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Hegemonía y cultura política en el Partido Comunista de Chile: la transformación del militante tradicional, 1924 – 1933

Ximena Urtubia · 2016

75,952 words · about 5 h 19 min to read

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Licence: CC BY-SA 3.0 · repository export licence (OAPEN) · Urtubia, Ximena (2016), Hegemonía y cultura política en el Partido Comunista de Chile: la transformación del militante tradicional, 1924 – 1933, open access publisher - licensed CC BY-SA 3.0 (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/)

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Ximena Urtubia
Language
Spanish
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2016
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Hegemonía y cultura política en el Partido Comunista de Chile: la transformación del militante tradicional, 1924 - 1933

Ximena Urtubia Odekerken

Ximena Urtubia Odekerken (Talca, 1991), es Licenciada en Historia (Universidad de Chile). Ha realizado diversas actividades de docencia e investigación en historia política y cultural de Chile. La presente obra es

Índice

I El militante tradicional, 1924-1925

1. Admisión y composición, 50

2. La moral comunista, 60

3. Recabarren como monumento

y tradición, 73

4. Instrucción y formación doctrinaria, 81 5. Labores del militante, 90

II El militante en proceso de bolchevización, 1926-1931

1. Disciplina y desviación, 106

2; La represión como prueba, 147

3. Esfuerzos por mejorar

el nivel doctrinario, 158

4. Actividad partidaria entre democracia y dictadura, 164

III ¿El militante bolchevizado?, 1932-1933 l. Proletarización del partido, 180

2. Formación de cuadros revolucionarios, 188

3. Tareas en los albores de la revolución, 199

4. Recabarren entre la institución y la crítica, 217 5. Los cómplices del fascismo, .224

Conclusión, 232 Fuentes, 241 Bibliografía, 242

SIGLAS Y ABREVIATURAS

AHN Archivo Histórico Nacional

FIS Fondo de Intendencia de Santiago

AMH Archivo personal Manuel Hidalgo Plaza

vol. Volumen

S. C. Sin catalogar

s.d. Sin datos

fj: Foja

CE Comité Ejecutivo

CEN Comité Ejecutivo Nacional

CC Comité Central

CR Comité Regional

CL Comité Local

C. de B. Comité de Barrio

FAF Frente Anti Fascista

FOCh Federación Obrera de Chile

ISR Internacional Sindical Roja

Komintern Internacional Comunista © Tercera Internacional

PC Partido Comunista de Chile

PCA Partido Comunista de Alemania

POS Partido Obrero Socialista

PCtU Partido Comunista de toda la Unión (bolcheviques)

OCI Oposición Comunista Internacional

OSR Oposición Sindical Revolucionaria

SSA-BSA Secretariado Sudamericano o Buró

Sudamericano de la Internacional

Comunista SRI Socorro Rojo Internacional URSS Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas USRACh Unión Social Republicana de Asalariados de Chile

AGRADECIMIENTOS

La investigación que ha originado este libro fue realizada para mi tesis de Licenciatura, bajo el patrocinio del Proyecto Fondecyt N° 1130286, titulado “El comunismo chileno después de Recabarren hasta el fin de las políticas del “Tercer período” (1925-1934)”. Quiero agradecer, en primer lugar, a Sergio Grez Toso, investigador responsable del referido proyecto y profesor guía de mi tesis, por el apoyo, la confianza y la generosidad intelectual que me ha brindado durante estos años que hemos trabajado juntos. Debo reconocer que una parte importante de mi formación en el quehacer historiográfico se la debo a él, no así mis posibles defectos. La rigurosidad con la que revisó el manuscrito de mi tesis me llevó a realizar importantes cambios, cuyo resultado final fue la base de este libro. Le expreso mi más sincera gratitud.

Quiero agradecer a quienes leyeron la primera versión de este texto y tuvieron la generosidad de compartir conmigo sus comentarios, los cuales - sin duda - han contribuido a mejorar mi trabajo y a profundizar mis reflexiones. Por ello, agradezco a mi amiga personal Elisa Montero Carvajal, a la comisión ante la cual defendí mi tesis en la Universidad de Chile, Pablo Artaza Barrios e Isabel Jara Hinojosa, y, desde el interés por el comunismo chileno, a los historiadores Manuel Loyola Tapia y Rolando Álvarez Vallejos.

Particularmente, le estoy agradecida a Pablo Muñoz Acosta, archivero del Archivo Histórico Nacional, quien me facilitó el acceso - pese a que estaban en proceso de catalogación - a los documentos que pertenecieron a uno de los principales líderes del Partido Comunista durante el período que nos convoca, Manuel Hidalgo Plaza. Asimismo, nuevamente le agradezco a Sergio Grez Toso por ayudarme a recopilarlos. Tratándose de un corpus no consultado por otros investigadores, la aparición de este archivo provocó en la planificación inicial de mi proyecto de tesis un giro inesperado, gracias a la posibilidad de indagar en actores y temas que, hasta este momento (y precisamente por falta de fuentes), no habían sido estudiados. Tengo la seguridad que estos documentos serán un aporte tremendo al estudio del comunismo chileno y consiguientemente, al debate historiográfico.

Agradezco a mis amigos personales Valentina Ascencio Altamirano y Miguel Álvarez Lisboa por su valiosa colaboración en la construcción de este libro.

A todos los hago solidariamente parte de lo que he logrado con este trabajo y, asimismo, libres de toda responsabilidad sobre sus posibles vacíos. Ciertamente, si bien este libro es de mi autoría, su construcción ha sido fruto del apoyo y la generosidad de varias personas.

Finalmente, y no por ello menos importante, quiero agradecer a mis amigos y amigas, a toda mi familia y a mis exprofesores, por haber estado conmigo en esta larga travesía. Sus afectos y enseñanzas han sido mi principal sostén para seguir adelante en mi formación como historiadora y, por qué no decirlo, para ser mejor persona.

INTRODUCCIÓN

Entre 1924 y 1933, se produjo lo que se conoce como la “bolchevización” del Partido Comunista de Chile (en adelante, PC). Este proceso consistió en el progresivo alineamiento del PC a las directrices exigidas por la Internacional Comunista (o Komintern) en un momento clave para el movimiento comunista internacional.

Hacia 1927, en el marco de aceleradas crisis económicas, Nikolái Bujarin anunció que se estaba desarrollando un “tercer período” del desarrollo del capitalismo mundial, caracterizado por la radicalización de las masas trabajadoras, y la consiguiente agudización del conflicto de clases. Esta situación, según este dirigente y miembro del Politburó soviético, llevaría al colapso definitivo del capitalismo.

En el contexto del VI Congreso de la Internacional Comunista, esta tesis justificó el llamado a los partidos comunistas a prepararse para lo inminente, es decir, a superar sus debilidades internas y a conseguir la conducción en el movimiento obrero de sus respectivos países. Desde esta perspectiva, la política del Frente Único Proletario - ya aprobada por el Comité Ejecutivo komintereano en diciembre de 1921 - terminó por profundizar su carácter sectario": el frente unido contra las

! El fracaso del movimiento revolucionario alemán en octubre de 1923, fue un indicador decisivo de la sensación de retirada en la marcha hacia la revolución mundial. Asimismo, ratificaba las denuncias en la teoría u oratoria bolchevique sobre los socialdemócratas. Sin embargo, la situación no era del todo pesimista. Como el Partido Laborista británico y el “bloque de izquierdas” francés se hallaban en el poder, la alternativa al fascismo contemplada por las resoluciones del IV Congreso komintereano, en gran medida, se había cumplido. Tal como señaló Edward H. Carr, “la llegada de la era democrático-pacifista se saludaba como una «señal del colapso del capitalismo»”. Ambos factores sugirieron una orientación inequívoca hacia la izquierda de la línea política que finalmente, culminó con las resoluciones de los V y VI Congresos de la Komintern. En: Edward H. Carr, El socialismo en un solo país, 1924-1926. 3° Las relaciones exteriores, Madrid, Alianza Editorial, 1976, t. 3, primera parte, pp. 83- ofensivas de los patrones y los Estados, no debía considerar posibles alianzas con la socialdemocracia u otros grupos reformistas (es decir del “frente único por arriba”), porque estos sectores demostrarían su complicidad con la derecha y su vía fascista” frente a una coyuntura revolucionaria. De ahí que la labor de los comunistas fuera “desenmascararlos”, es decir, levantar campañas de desprestigio contra estos partidos y sus dirigentes para eliminar su influencia en la clase obrera. Por tanto, el Frente Único, liderado por los comunistas, debía estar

87; Miloš Hájek, Historia de la Tercera Internacional. La política del Frente Único (1921-1935), Barcelona, Editorial Crítica, 1984, pp. 117-129. Es posible encontrar una buena síntesis del desarrollo de las políticas del “Tercer Período” de la Internacional Comunista, en Sergio Grez, “Un episodio de las políticas del ‘Tercer Período’ de la Internacional Comunista: elecciones presidenciales en Chile, 1931”, Historia, Santiago, Pontificia Universidad Católica de Chile, diciembre de 2015, 2(48):465-503. Mis agradecimientos al autor por facilitarme el manuscrito antes de su publicación.

? Tras el fracaso alemán de 1923, el V Congreso de Komintern revisó la tesis sobre la contradicción, subrayada por el anterior, entre el fascismo y la democracia burguesa. La descomposición de la sociedad capitalista, según los congresistas, era correlativa al carácter fascista que tomaban los partidos burgueses, principalmente la socialdemocracia. En ese sentido, la socialdemocracia no podía ser un aliado en la lucha contra el fascismo, pues era considerada como su ala izquierda. Sin embargo, el VI Congreso de la Komintern, según Miloš Hájek, no fue tan lejos en su giro a la izquierda sobre este tema. El programa komintereano señalaba, al respecto, que en el transcurso de su evolución, la socialdemocracia mostraba tendencias fascistas principalmente en épocas críticas para el capitalismo, pero eso no la impedía situarse como partido de oposición contra los gobiernos burgueses. Por esta razón, el VI Congreso no aceptó el término “socialfascismo”. De acuerdo a Fernando Claudín, posteriormente, el IX Pleno del CE komintereano (1929), adoptó la perfecta asimilación entre fascismo y socialdemocracia. La tesis del socialfascismo enfatizó la equivalencia de los fines entre ambos sectores políticos, si bien se diferenciaban en consignas y métodos. El ala izquierda del socialfascismo, según esta tesis, tenía la misión de manipular las consignas de los sectores revolucionarios y por otro lado, su desarrollo inevitablemente la llevaría al fascismo puro. En: Milos Hájek, op. cit., pp. 189-190, Fernando Claudín, La crisis del movimiento comunista. Tomo 1: De la Komintern al Kominform, [s. d.], pp. 75-76.

formado por una amplia unidad en la base, ganando simpatizantes de la clase trabajadora (rural y urbana) al partido y al movimiento sindical revolucionario. Solo así se iba a llevar a cabo la revolución.

En conjunto, estas políticas fueron conocidas como “clase contra clase” o las del “Tercer Período”. De acuerdo a Milos Hájek, el aplastamiento de la democracia interna en la Komintern y el limitado carácter de las discusiones que se desarrollaron en su seno explican que tras el X pleno del CE komiuntereano, esta orientación “ultraizquierda” se haya mantenido por tanto tiempo, pese al balance negativo que trajo su aplicación entre los distintos partidos comunistas”.

Para lograr este propósito, la Komintern consideró imprescindible que sus secciones nacionales depuraran sus rasgos partidarios adoptando el modelo bolchevique; ya desde mediados de 1924 se habían dado los primeros pasos a la imposición de esta uniformidad”. La bolchevización, en términos generales, fue el llamado de la Komintern - zanjado en su V Congreso - a construir un partido revolucionario de masas, centralizado y monolítico, “siguiendo fielmente las directivas de Lenin, y temiendo en cuenta, al nusmo tiempo, la situación concreta de cada país

? Milos Hájek, op. cit., pp. 208-209.

7 La derrota alemana de 1923 fortaleció inevitablemente, el prestigio y el predominio ruso en la Internacional Comunista, dado que el fracaso del PCA reflejó la distancia entre el único partido con una revolución victoriosa, y aquellos partidos que habían fracasado en ese intento. En el marco de la controversia con Lev Trotsky en el seno del PC ruso, las resoluciones del V Congreso de Komintern sancionaron la condena a la oposición (y por tanto, el primer castigo formal al dirigente soviético) y, consiguientemente, desplazó la médula de la demanda de la “bolchevización” hacia la supresión de las desviaciones de derecha y al trotskismo. De acuerdo a Carr, la bolchevización no tenía que interpretarse como una trasposición mecánica de la experiencia de los comunistas rusos, sino la adopción de cualidades que se consideraron esenciales para un partido bolchevique. En: Edward H. Carr, op. cit., pp. 104-105.

9 Ibid., p. 105. Las cursivas son del original.

De acuerdo a Edward H. Carr sobre esta última idea, la consigna de la bolchevización tenía como unidad básica para los partidos comunistas del mundo, la estricta aceptación y sin discusiones, de la militancia a las decisiones de la autoridad central y su instrucción en el marxismo-leninismo”. En suma, la uniformidad de los partidos comunistas necesariamente implicaba forjar cuadros de combate, por lo que requería contar con cierto tipo de militantes, que debían ser disciplinados y capacitados doctrinariamente para evaluar la coyuntura política y, por consiguiente, accionar orgánicamente. A partir de esto, los partidos comunistas nacionales adquirían una vinculación más explícita con el movimiento comunista internacional y por tanto, internacionalizaban su rol.

Este proceso de transformación fue directamente supervisado por las unidades de la Komintern y para el caso chileno, le correspondió esta tarea al Secretariado Sudamericano (SSA), luego Buró Sudamericano (BSA), a fines de la década de 1920 y comienzos de 1930 respectivamente. Según Olga Ulianova, esta intervención se produjo en un momento en que las condiciones generadas por la clandestinidad en el PC chileno, a raíz de la instauración de la dictadura de Carlos Ibáñez entre 1927 y 1931, facilitó esta labor”.

En general, los historiadores han entendido la bolchevización del PC chileno como una transformación tanto estratégica como orgánica, cuyo punto de arranque habría sido el fallecimiento de Luis Emilio Recabarren en diciembre de 1924”, quien como se sabe, fue uno de los principales líderes del antiguo Partido Obrero Socialista

$ Olga Ulianova, “El PC chileno durante la dictadura de Ibáñez (1927- 1931): primera clandestinidad y *bolchevización” estaliniana”, en Olga Ulianova y Alfredo Riquelme (eds.), Chile en los archivos soviéticos, 1922-1991. Tomo 1: Komintern y Chile 1922-1931, Santiago, DIBAM, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, 2005, p. 258. ? Hernán Ramírez, Origen y formación del Partido Comunista de Chile. Ensayo de historia política y social de Chile, Moscú, Editorial Progreso, 1984, pp. 285 y ss.

(POS) y del PC en sus primeros años, si bien la bolchevización ya se anunciaba en la prensa partidaria meses antes”. Para efectos de nuestro estudio, pese a que la bolchevización partió con el VII Congreso Nacional partidario, por razones que desarrollaremos a continuación, nuestra investigación consideró los años inmediatos a la muerte de Recabarren para indagar así en sus antecedentes más próximos.

A partir del VII Congreso realizado en 1926, el partido que anteriormente poseía una estructura federativa heredada del antiguo POS, basada en el asambleísmo y la democracia interna de los centros, se rigió luego por una organización celular fundada en el llamado “centralismo democrático”, es decir, por una cadena de instancias deliberativas y democráticas que si bien estaban marcadas por una acentuada jerarquía, debían centralizarse en torno a las directivas nacionales (en este caso, el CEN o CC). De ahí a que la disciplina de los organismos inferiores - instaurada durante este congreso - respecto a sus superiores, tuviese un asidero en principio democrático. Pese a ello, la última palabra recaía en la Komintern, una vez que se zanjó su derecho -durante su V Congreso- a anular o modificar las resoluciones de los órganos directivos y de los congresos de sus secciones nacionales.

A lo anterior se sumó lo siguiente. Según los estudios precedentes, en el marco del viraje estratégico impulsado por la Internacional, el PC chileno, abandonando sus prácticas políticas de antaño, adoptó la retórica del “Tercer Período” e implementó a ultranza y pese a los costos, las políticas de “clase contra clase” una vez que salió de la clandestinidad”.

10 En Rolando Álvarez, “La bolchevización del Partido Comunista de Chile. Antecedentes (1920-1927)”, estudio presentado en Seminario Internacional “El comunismo y su impacto en América Latina, 1917- 1948”, organizado por la Universidad de Valparaíso y la Universidad Diego Portales, 11 de agosto de 2015, p. 15 (inédito). Mis agradecimientos a su autor por facilitarme el manuscrito.

!! La evaluación de los resultados que trajo la aplicación de las políticas del “Tercer Período”, en general, ha sido negativa. El

Si bien los funcionarios komintereanos hacia 1927 reconocían la significativa presencia del PC chileno en los sectores populares y en el movimiento sindical (lo que era una fortaleza excepcional en comparación al panorama latinoamericano), consideraban que se trataba de “una pequeña y débil organización””. Esto debido a que además de no estar estructurada en células y de carecer de literatura doctrinaria actualizada, el SSA consideraba grave la confusión de las organizaciones partidarias con las sindicales”. Asimismo, para los dirigentes chilenos que abogaron por la bolchevización, el PC era un partido que solo funcionaba durante las contiendas electorales.

Esta amalgama que el PC chileno mantuvo con la FOCH, de acuerdo a Sergio Grez, se debió a la equivalencia de los objetivos entre ambas organizaciones que pese a la división de tareas, finalmente se traducía en la siguiente fórmula que este autor toma, a su vez, de otro historiador, Miguel Silva: “parece que la FOCH era el “partido” de la lucha contra los patrones y el PC era el partido de las elecciones””. En ese sentido, esta particularidad del PC era concomitante a su estrategia basada, según Grez, en la interpelación beligerante al sistema, sin excluir la posibilidad de actuar dentro de la institucionalidad política en pos de los intereses de los trabajadores y así construir carácter marcadamente sectario de la línea estratégica desarrollada por el PC chileno lo habría llevado al aislamiento, reduciendo así, sus posibilidades de incidencia en la coyuntura política nacional del período. El estudio que inauguró este argumento en el debate historiográfico, fue la tesis doctoral de Andrew Barnard (1977), titulada The Chilean Communist Party 1922-1947. En: Andrew Barnard, “El Partido Comunista de Chile y las políticas del tercer período, 1931-1934”, en Olga Ulianova, Manuel Loyola y Rolando Álvarez (eds.), 1912-2012. El siglo de los comunistas chilenos, Santiago, IDEA-USACH, 2012, pp. 115-170.

12 Olga Ulianova, “El PC chileno durante la dictadura de Ibáñez...”, op. cit., p. 224.

B Loc. cit.

1% Sergio Grez, Historia del comunismo en Chile. La era de Recabarren (1921-1924), Santiago, Ediciones Lom, 2011, p. 209.

una alternativa revolucionaria”. De ahí a la temprana preocupación del partido por la cuestión electoral y la política de alianzas con otros partidos”.

A partir de 1926, la separación entre el partido y la FOCH se estableció a través de la creación de las llamadas “fracciones comunistas”, en tanto una distinción clara entre los posicionamientos alineados de los militantes y el resto de los trabajadores en el seno de los sindicatos.

Desde 1931 y en el marco de la retórica del “Tercer Período”, el partido intentó, - a partir de las fracciones - obtener la hegemonía de esos espacios a través de métodos agresivos, para así desplazar a los dirigentes reformistas. La instrucción era levantar campañas de desprestigio. Consiguientemente, el PC declaró durante estos años su rechazo a las alianzas con otras fuerzas políticas y, a lo más, aceptó establecerlas para disputar su base social. La conformación del Frente Único por la base, por tanto, tendría su principal plataforma en la FOCh y en las organizaciones cuya dirección estaría en manos de los comunistas.

En este contexto, la Conferencia Nacional realizada en julio de 1933, marcó un hito de inflexión en las políticas de “clase contra clase” al no considerar la revolución dentro de un horizonte inmediato, iniciando tempranamente - en relación al movimiento comunista internacional - la transición hacia la política de “Frentes Populares””

El principal costo de este proceso fue la división del PC en dos fracciones, una oficial (pro SSA-BSA) y otra de oposición, es decir, de los llamados “laferttistas” e “hidalguistas”, respectivamente, una vez que terminó la dictadura de Ibáñez. A partir de 1931, se sabe que cada una de estas fracciones articuló un proyecto político propio que

17 Hernán Venegas, “El Partido Comunista de Chile y sus políticas aliancistas: del Frente Popular a la Unión Nacional Antifascista, 1935- 1943”, Revista de Historia Social y de las Mentalidades, USACH, Santiago, 2010, 14(1):88-89.

en la medida que sus diferencias se hicieron cada vez más irreconciliables, derivó en la escisión definitiva”.

El año 1933 fue decisivo para el comunismo chileno. En marzo los oposicionistas en su Congreso partidario, resolvieron separarse de la organización, fundando la Izquierda Comunista y adscribiendo a la Oposición Comunista Internacional. Análogamente, la fracción oficial, tras su IX Congreso, reafirmó definitivamente su hegemonía en el PC con su Conferencia Nacional realizada en julio del mismo año.

A partir de lo expuesto anteriormente, los historiadores han identificado que la incompatibilidad de ambas fracciones excedió a lo estratégico. Varios autores han entendido el conflicto entre éstas de acuerdo a los debates del comunismo internacional, asociando a los disidentes con el trotskismo (lo que encontraba su asidero en su posterior adhesión a la Oposición Comunista Internacional”) y a la fracción oficial con los estalinistas. No obstante, últimamente se ha considerado a los disidentes como los continuadores de una “tradición recabarrenista” (más bien, de las antiguas prácticas políticas del PC aún vigentes después de la bolchevización), y, por otro lado, a la fracción oficial como el único bastión "bolchevizado"”.

'SGabriel Muñoz, Disputa por el comunismo en Chile: estalinistas y oposicionistas en el partido de Recabarren (1924-1934), Tesis para optar al grado de Licenciado en Historia, Departamento de Ciencias Históricas, Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile, Santiago, 2014, pp. 39 y ss.

12 Este argumento se ha sustentado solo a partir del carácter de las tesis que fueron aprobadas en el Congreso de marzo de 1933. Éstas han sido sistematizadas en los documentos compilados en: En defensa de la Revolución. Informes, tesis y documentos presentados al Congreso Nacional del Partido Comunista a verificarse el 19 de Marzo de 1933, Santiago, Editorial Luis Emilio Recabarren, 1933.

20 Gabriel Muñoz, op. cit., p. 10; Cristián Pérez, “¿En defensa de la Revolución?: la expulsión de la «Izquierda Comunista», 1928-1936”, en Manuel Loyola y Jorge Rojas (comp.), Por un rojo amanecer: hacia una historia de los comunistas chilenos, Santiago, Impresora

Desde distintas miradas, el proceso de bolchevización durante este período, culminó con una transformación profunda. Como lo habíamos adelantado, el abandono de sus prácticas políticas de antaño habría permitido al PC, en particular a su fracción oficial, asentar los principales pilares para su estalinización, lo que incluso significó su refundación”. En ese sentido, Olga Ulianova y Jaime Massardo explicaron que la bolchevización generó en el PC oficial una mirada de reprobación sobre su pasado, sus tradiciones y, en particular, sobre su fundador, Luis Emilio Recabarren”. Asimismo, la bolchevización fue correlativa al proceso de reconfiguración de la cultura política del partido que se venía desarrollando desde 1917, a partir de las recepciones que los comunistas chilenos adoptaron de la cultura política bolchevique (el llamado bolcheviquismo)”.

Sobre el impacto de la bolchevización en la fracción de oposición, no se ha indagado; principalmente por la falta de registros y, en menor medida, porque ya sea por considerarlos trotskistas © férreos opositores, la historiografía especializada ha tendido a descartar cualquier posibilidad de influencia de la bolchevización en estos sectores.

2 Gabriel Muñoz, op. cit., pp. 102-113.

2 Jaime Massardo, La formación del imaginario político de Luis Emilio Recabarren. Contribución al estudio crítico de la cultura política de las clases subalternas de la sociedad chilena, Santiago, Ediciones Lom, 2008, pp. 36-56; Olga Ulianova, “Entre el auge revolucionario y el abismo sectario: el PC chileno y el Buró Sudamericano de la Internacional Comunista”, en Rolando Álvarez, Augusto Samaniego, Hernán Venegas (eds.), Fragmentos de una historia. El Partido Comunista de Chile en el siglo XX. Democratización, clandestinidad y rebelión, Santiago, Ediciones ICAL, 2008, pp. 75-81.

% Santiago Aránguiz, Rusia Roja de los Soviets: Recepciones de la Revolución Rusa, del bolchevismo y de la cultura política soviética en el mundo obrero revolucionario chileno (1917 - 1927), Tesis para optar al grado de Doctor en Historia, Instituto de Historia, Pontificia Universidad Católica, Santiago, 2012.

En este marco, el presente estudio se propone abordar la historia de la cultura política del PC de este período, a partir de una representación específica: el modelo hegemónico del militante comunista.

Esta investigación partió de una mirada crítica a la historiografía oficial del PC, en particular con la obra de Hernán Ramírez Necochea. Respecto al militante, este autor señaló que desde su fundación, “el partido apreció que a través de la lucha ideológica los militantes aceraban su voluntad, se hacían más firmes, mejores, más abnegados y eficientes comunistas”. En la consagración de este espíritu, las deserciones que se produjeron durante la dictadura de Ibáñez habrían tenido un aspecto positivo, ya que:

“se produjo una depuración de los rangos partidarios; elementos que dañaban la consistencia ideológica del partido, que tuvieron gran responsabilidad en la formación de grupos fraccionales, en el surgimiento y desarrollo de grandes desviaciones políticas””.

Por desviaciones políticas o tendencias erróneas, tanto Hernán Ramírez como Iván Ijubetic, se refirieron a quienes se opusieron a la transformación que implicaba la bolchevización”. Como ambos autores sostuvieron que el partido había sido esencialmente el mismo desde su fundación, sin grandes quiebres; para ellos, el problema radicaba en una cuestión de personalidades, ambiciones individuales y de compromisos. Desde este lugar, el modelo del militante no era problematizado, pues se asumía la existencia ontológica de un ser comunista y, en ese marco, su consagración era marginar del partido a todo aquel que no cumplía con ese ideal. De ahí a la tendencia de la historiografía oficial del PC y de las memorias

% Hernán Ramírez, op. cit., p. 350.

% Hernán Ramírez, op. cit., pp. 285 y 303; Iván Ljuvetic, Breve historia del Partido Comunista de Chile, Serie Comisión Regional Metropolitana de Educación, 1991, p. 21.

biográficas de “comunistas ejemplares””, a descartar la posibilidad de cambio de este modelo.

A partir de este diagnóstico es que nuestra pregunta sobre los modelos del militante comunista, en particular aquellos que hayan sido hegemónicos en el marco del período de la bolchevización, encuentra su asidero disciplinario. Nos cabe preguntar, ¿cómo se desarrolló esta transformación y por qué?

Entendiendo los modelos hegemónicos del militante como una vía de acceso al campo mayor de la cultura política comunista, cuestión que desarrollaremos más adelante, nuestro estudio parte de la siguiente premisa: más que asuntos personales, el problema fue que la fracción de oposición sustentó una cultura política diferente a la defendida por los comunistas de la fracción oficial y cuyo asidero fueron, siguiendo la línea de las últimas investigaciones, en gran parte los discursos y prácticas tradicionalmente arraigados en el partido. Por tanto, si el modelo del militante cambió en el partido, fue porque así también lo hizo su cultura política. Consiguientemente, esto significa que además de indagar en esta representación específica, asumiendo las orientaciones que a continuación trazaremos en la discusión bibliográfica del tema, establecimos su interrelación con las transformaciones de la cultura política comunista del período.

El planteamiento central de este estudio es, en definitiva, que el modelo hegemónico del militante

2 Elías Lafertte, Vida de un comunista (páginas autobiográficas), Santiago, s. d., 1957; Galo González, La lucha por la formación del Partido Comunista de Chile, Santiago, s. d., 1958, pp. 5-16; Centro de Estudios Históricos del Partido Comunista, Ricardo Fonseca, combatiente ejemplar, Santiago, Ediciones 21 de Julio, 1952; José Vega, “Aprendiz de comunista”, Principios, Santiago, marzo a junio de 1969, Cuarta Época, 29(130-131):89-100; José Vega, “Aprendiz de comunista”, Principios, Santiago, s. d., [1970, Quinta Época, 30(132)]:86-95. Una revisión crítica sobre lo relatado en las memorias biográficas de los comunista es Mariano Vega, “¿Hidalguismo versus lafertismo? Crisis y disputa por la representación del comunismo en Chile, 1929-1933”, en Olga Ulianova, Manuel Loyola y Rolando Álvarez (eds.). op. cit., pp. 97-114.

comunista entre 1924 y 1933, estuvo determinado por las tensiones entre correlaciones de fuerza que apostaban por la dirección del partido y, en ese sentido, la bolchevización terminó siendo instrumentalizada. Estas tensiones en un primer momento fueron entre dirigentes chilenos, luego, entre la dirección chilena y los funcionarios komintereanos, y finalmente, adoptaron la forma de la lucha fraccional. Estos conflictos, sin embargo, no fueron protagonizados inicialmente por bandos claramente delimitados, como así lo sostienen las hipótesis del recambio generacional (entre la “vieja guardia” y los “jóvenes revolucionarios”) o la internacionalista (“estalinistas” y “trotskistas”).

Durante los primeros años de implementación de la bolchevización, hubo una confluencia de posiciones entre distintos dirigentes que no nos permite sostener una clara continuidad entre este momento y la organización de las fracciones. Básicamente, es posible apreciar una continuidad en las ideas, sin embargo no hay claridad respecto a quiénes las sustentaron. Posiblemente, las condiciones generadas por la dictadura y las características que adoptó la intervención komintereana en ese contexto, agudizaron las tensiones y provocaron un reordenamiento en las dirigencias.

En últmo término, todas estas tensiones explican las contradicciones e imbricaciones entre dos culturas políticas, cuyo crítico encuentro se produjo bajo la impronta de la bolchevización. De esta forma, se articuló un repertorio de transformaciones y continuidades en la representación del ser comunista que en su ordenamiento cronológico, dibujó tres momentos que estructuraron los tres capítulos de este libro.

Lo que nos interesa señalar, es que durante este período, el modelo inicial, cuyo arraigo estaba en los discursos y prácticas tradicionales, fue cambiando en la medida que integró ciertos elementos propios de la cultura política bolchevique. Asimismo, este modelo renovó y conservó algunos aspectos de la cultura política tradicional del PC. Siguiendo esta línea, el resultado al final del período no fue dicotómico para las fracciones del partido.

Ni los oposicionistas ni los comunistas de la fracción oficial sufrieron la liquidación de sus discursos y prácticas de antaño. Tampoco la bolchevización afectó exclusivamente a una fracción.

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Establecida la problemática en este campo, antes de seguir, es necesario definir qué entenderemos por la cultura política del Partido Comunista de este período, y cuál es su relación con los modelos hegemónicos del militante, en virtud de la naturaleza de las fuentes disponibles para su estudio.

Considerando los estudios que han desarrollado el debate teórico sobre el concepto de cultura política, es claro que no existe un consenso generalizado, y eso se ha expresado en la variedad de temas y problemas abordados. Desde distintas miradas, el tratamiento del término históricamente ha girado en torno no solo a los factores que inciden en las actitudes y comportamientos políticos de las personas hacia su sistema político y, en general, hacia la política, sino también en relación a los discursos políticos con que una sociedad se representa a sí misma, entre otros temas”. Para efectos de esta investigación, entendemos que la cultura política del PC de este período, corresponde a un sistema de principios generadores de prácticas y discursos, que hacen inteligibles las esferas de poder y le dan sentido a la multiplicidad de relaciones que éstas generan.

2 La siguiente bibliografía, en conjunto, ofrece un recorrido por las distintas propuestas teóricas en torno al concepto de cultura política: Gabriel Almond y Sidney Verba, “La cultura política”, en Albert Battle, Diez textos básicos de las ciencias políticas, España, Ariel Ediciones, Segunda edición, 2001, pp. 171-201; Norbert Lechner, Cultura política y democratización, Santiago, CLACSO, FLACSO, 1987; Pablo Castro, “Cultura política: una propuesta socioantropológica de la construcción de sentido en la política”, Región y sociedad, México, enero-abril de 2011, 23(50):215-247; Larissa Adler Lomnitz, “Identidad nacional/cultura política: los casos de Chile y México”, en su Redes sociales, cultura y poder. Ensayos de antropología latinoamericana, Porrúa-FLACSO, Ciudad de México, 1994. Estos dos últimos fueron considerados para la construcción de nuestro concepto.

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