Orígenes de la novela, Tomo II (part 6 of 6)
ANTONIO.--Huelgo que toméis gusto de lo que digo, y más holgaría de que os aprovechásedes dello. Pues escuchad, que no he acabado de decir todo lo que siento. ¿Tenéis por pequeño trabajo el andar buscando por las calles y de casa en casa quien juegue, rogando al uno, fatigando al otro, haciendo plegarias, conjurándolos como á espirituados? Y como en los juegos se prestan unos á otros dineros, y la principal causa porque otra vez se los presten al que los da, cuando no hay aparejo para pagarlos, andan los hombres corridos, affrentados de faltar sus palabras y promesas, y assí se esconden muchas veces de aquellos á quien son deudores, y si los ven venir por una calle ellos huyen por la otra, y si van á alguna casa á donde están no entran en ella. Y aun no solamente hacen esto los que no tienen aparejo para pagar, que muchos traen consigo los dineros y tienen en poco esta vergüenza, y disimulan porque no les falte para jugar. No es este el mayor mal, que otros hay muy mayores. Los hombres casados dan muchas veces ocasión á que sus mujeres, viviendo mal, hagan desatinos y los amengüen, lo que no harían por ventura no teniendo tan buen aparejo. Porque como saben que los maridos juegan noches y días y que no han de entender lo que ellas hacen, porque todo su cuidado es en el juego, toman mayor licencia con la libertad y con el tiempo que les sobra para sus pasatiempos deshonestos. Y demás desto suceden los debates y rencillas que hay sobre el juego. Que aunque, como he dicho, se suffran muchas injurias, son tantas y tantas veces, que algunas dellas vienen á parar en sangre y en muertes, como por experiencia se ha visto; de allí suceden pasiones, desafíos y desasosiegos, y quedan los hombres afrentados muchas veces sin poder tomar satisfacción ni venganza de los que los afrentaron. Sin esto veréis una pasión y flaqueza muy grande en muchos de los que pierden ó qué son las plegarias, las rogativas, las amenazas, los conjuros que hacen á los que se levantan del juego para que tornen á jugar con ellos para que dexen de ser jurados, porque este nombre les ponen ó que se han metido frailes. Desta suerte passan la vida los tahures noches y días con estos inconvenientes y otros más dañosos. Porque muchos dellos, cuando les faltan los dineros, procuran haberlos por todas las vías illícitas que pueden, y vienen á hurtar y robar y hacer insultos los hijos á los padres, los criados á los señores, y cuando de esta manera no pueden, lo roban de sobre el altar si lo hallan; y assí algunos lo vienen á pagar en las horcas, y aun si no lo pagan también las ánimas, no son tan mal librados. Y si el juego es tan malo generalmente para todos, los que sirven y son criados de señores tienen mayor obligación de huir y apartarse dél, porque si tienen y les dan cargos en que trayan hacienda entre manos, ó se han de aprovechar della para el juego ó ya que no lo hagan, siempre han de tener á sus amos sospechosos y recatados de que se aprovechan y hurtan para jugar, y sobre esto les dicen mil malicias y mil lástimas, que por ninguna cosa habían de dar ocasión á ellas; y si no tratan ni traen entre manos cosa de que pueda aprovecharse ni hacer menos, sirven muy mal, hacen mil faltas, cuando son menester no los hallan, cuando los buscan no parecen, cuando han de servir están embarazados, si topan con ellos ruegan á los que los llaman que digan que no los hallaron, y si les paresce que no pueden hacer menos de ir, van murmurando, blasfemando, perdiendo la paciencia con todos, diciendo mil injurias en ausencia á sus amos, y, finalmente, nadie puede servir bien jugando; y de mi consejo, quien jugare no sirva ó quien sirviere no juegue.
BERNARDO.--Decidme, señor Antonio, ¿por qué no tomáis esse consejo para vos como lo dais á los otros?
ANTONIO.--Bien habéis dicho si no lo hubiese tomado, y no me acuséis ahora, pero acusadme de aquí adelante si me viérades hacer menos de lo que digo, que aunque haya sido tarde, todavía (como dice el proverbio) vale más que nunca; y porque no se me olvide lo que tengo que decir, tornando al propósito, no veo seguirse provecho ninguno del juego, y que se siguen los daños que he dicho, y tantos, que si todos se hubiessen de decir, sería para nunca acabar. Pero no quiero parar aquí, aunque os parezca que soy largo, porque no es de callar el trabajo que tienen los que se han de andar guardando de los chocarreros, que los que lo son ya tienen perdida la vergüenza á Dios y al mundo. Y como por la mayor parte hacen mayor mal los ladrones secretos que los públicos, assí éstos hacen grandísimo daño en las repúblicas, porque hurtan y roban secretamente las haciendas ajenas, no se guardando las gentes dellos; y para mí por tan gran hurto lo tengo, que á los que assí llevan los dineros mal ganados, con muy gran justicia les podrían poner á la hora una soga á la garganta y colgarlos sin piedad de la horca. Esta es una manera de hurtar sotil, ingeniosa, delicada, encubierta, engañosa y traidora, digna de muy gran castigo; y no veo que jamás se castiga, que las ferias están siempre llenas de ellos, en los pueblos se hallarán á cada passo, y, en fin, las justicias se han muy remisamente en no castigar un delito tan dañoso y perjudicial como éste; que con razón podrían acriminarlo tanto en algunos, que de allí tomasen ejemplo los otros para apartarse de tan mal trato y officio, los cuales, por no verse en este peligro, debrían tomar otra manera de vida, y los tahures, por no andar siempre recatados y recelándose (como los que tienen enemigos y se guardan de traición), sería bien que se apartasen de este vicio del juego, porque es uno de los grandes trabajos que se pueden tener; pero hacen como los beodos, que, sabiendo que el vino les hace mal, lo buscan y procuran, sin recelarse del daño que reciben en beberlo.
LUIS.--¿No nos diríades qué son los delitos que cometen y cómo los hacen, pues que generalmente tanto mal decís dellos?
ANTONIO.--Deciros lo he, pero no particularmente, porque sería imposible acabar de contar sus maldades y traiciones, pero todavía contaré algunas dellas, assí para que sepáis que tengo razón en lo que digo como para que tengáis aviso en conocerlos. Aunque ellos fingen y disimulan y tienen tales astucias y mañas que dificultosamente podréis entender su manera de vida. Los más destos andan muy bien aderezados, con muy buenos atavíos y en tal hábito, que los que no los conozcan los juzgan por hombres honrados y que no presumirán dellos que harán vileza ninguna. Cuando van nuevamente á estar, ó por mejor decir, á jugar en algún pueblo, buscan formas y maneras para entrar donde juegan, entremeterse en conversación con los jugadores, y después que son admitidos al juego, si se conocen dos deste oficio luego se juntan, y si el uno juega, el otro está mirando á los contrarios. Si el juego es de primera tienen escritas ciertas señas con que dan á entender al compañero que el contrario que envida va á primera, otras para cuando va á flux, y otras y otras para cuando tiene tantos ó tantos puntos, de manera que juega por ambos juegos. Y estas señas son tan encubiertas, que nadie puede entendérselas, porque ó ponen la mano en la barba, ó se rascan en la cabeza, ó alzan los ojos al cielo, ó hacen que bostezan y otras cosas semejantes, que por cada una dellas entienden lo que entre ellos está concertado. Algunos traen un espejo consigo, y cuando están detrás lo ponen cuando es menester de manera que sólo su compañero puede verlo, y ver en él las cartas que tienen los que juegan para envidar ó saber si los envites que les hacen son falsos ó verdaderos. Esto mesmo hacen en el tres, dos y as y en los otros juegos desta calidad. Si juegan entrambos en un juego con otros, ayúdanse de manera que se entiendan la carta que han menester, y el uno la da al otro, porque las conocen todas, ó á lo menos de qué manjar es cada una dellas.
LUIS.--Cosa recia decís creer si los naipes vienen nuevos á la mesa cuando comienza el juego, que no sé yo como los pueden conocer tan presto.
ANTONIO.--Yo os lo diré para que lo entendáis. Algunos dellos están concertados con otros tenderos tan buenos como ellos, que por alguna parte de la ganancia que les dan huelgan de ser también participantes de la bellaquería, y en casa destos ponen tres y cuatro docenas de barajas de naipes que tienen sus flores encubiertas, y cuando quieren jugar dan orden que vayan allí á comprarlas, y assí juegan con ellos sin sospecha, siendo tan falsos como podréis entender.
BERNARDO.--Declaradnos qué cosas son estas flores, que yo hasta agora no las entiendo.
ANTONIO.--Estad atento, que yo os desengañaré. Toman los naipes y con una pluma muy delicada dan su punto con tinta tan subtil y delicado que si no es quien lo supiere parece imposible caer en la cuenta del engaño; á los de un manjar danlo en una parte, y de los otros á cada uno en la suya diferentemente para conocerlos. Y cuando estas señales parece que no se pueden tan bien encubrir, con una punta de tijera ó cuchillo ó con una aguja ó alfiler muy agudo los señalan tan delicada y encubiertamente que apenas los ojos los descubren. Y si los naipes no son destos, á la primera vuelta que dan con ellos están todos señalados, que con las uñas suplen la falta de los cuchillos; de manera que assí roban los dineros de todos los que con ellos se ponen á jugar sin que lo sientan, y aun algunas veces se dan tan buena maña, que toman para sí los mesmos naipes que están descubiertos. Otros, cuando se descartan, echan un naipe encima de los otros, y si lo han menester lo toman con toda la gentileza del mundo sin ser vistos ni sentidos.
BERNARDO.--No puedo yo entender lo que les puede aprovechar tener los naipes señalados, pues que en fin han de tomar los que en suerte les venieren.
ANTONIO.--No estáis bien en la cuenta; lo primero de que se aprovechan es conocer por las señales cuántas cartas tiene el contrario de un manjar, y lo otro que, aunque venga en baxo, á segunda ó tercera carta, la que ellos han menester, la sacan del medio y tienen tan gran sutileza que, habiéndola de dar por suerte al otro, la toman para sí, y para esto siempre, cuando tienen los naipes, al sacar de uno dexan tres ó cuatro tendidos, que no juntan con los otros, porque si los tienen bien juntos no pueden tan bien conocer las señales. Y si tienen necesidad de la primera carta, dan á los otros tres y cuatro de las otras, y guardan y toman aquéllas para su juego ó para el de su compañero si son dos los que juegan de concierto. Y esto llaman salvar las cartas, y entre ellos se dice ir á salvatierra; mirad si es esta ventaja para robar el mundo que se jugase, no los entendiendo. Deciros he lo que á mí me sucedió estando en la isla de Cerdeña cinco ó seis compañeros que allí quedamos aislados por espacio de dos meses. Estaba entre nosotros un reverendo canónigo de más de sesenta años, que trataba en este oficio más que en rezar sus horas. Y jugando con nosotros con estas ventajas, ganónos el dinero que llevábamos para nuestro camino, y á mí, que presumía de gran jugador de ganapierde, me descubría á cada mano las primeras seis cartas que tomaba ó yo le daba, y con todo esto me ganó cuanto tenía, porque yo vía las seis y él me conocía las mías todas nueve. De manera que el negocio vino á términos que nos prestó dineros para llegar á Roma, á donde íbamos, sobre las cédulas de cambio que llevábamos. Llegado á Roma, acertamos á posar juntos ambos en una casa, y descuidándose un día este reverendo padre de cerrar bien una puerta de su cámara, yo la abrí y entré sin que él me sintiese, y estaba tan embebido haciendo una flor, más sutil que las que he contado, que por un buen rato no me sintió, y cuando me hubo visto, bien podréis creer que no se holgaría conmigo, y quísome deshacer el negocio con buenas palabras y burlas. Yo dissimulé también con él, porque me pareció que me convenía. Y en saliéndose de casa abrí su cámara y cogíle un mazo de bulas que habían costado á despachar más de doscientos ducados, y puestas en cobro, delante de todos los de la casa le dixe, cuando las halló menos, que yo las tenía y que si no me volvía lo que me había mal ganado que no se las daría. El me amenazó que se quejaría al auditor de la cámara, y yo le respondí que yo iría primero á informarle de lo que pasaba. El bueno del canónigo, por no verse más afrontado, se concertó conmigo, entendiendo algunos amigos entre nosotros, y me dió cuarenta ducados y me aseguró con una cédula otros treinta, aunque él me había ganado más de ciento.
LUIS.--¿Y acabólos de pagar?
ANTONIO.--No, y deciros he el por qué. Yo jugaba un día en un juego de primera en que había harta cantidad de dineros, y estando metidos los restos de tres, un arcediano que tenía los naipes en las manos había tenido su resto á una primera de dos treses y una figura, y con ser de los mayores chocarreros que había en Roma, quiso salvar una carta, porque con la otra que venía hacía primera. Este canónigo viejo estaba tras él, y entendiéndolo, porque un ladrón mal puede hurtar á otro, hízome de señas que lo remediase. Yo caí luego en la cuenta, y púsele la mano en los naipes haciéndole tomar. El canónigo, vueltos á la posada, tanto se apiadó conmigo por la buena obra que me hizo, que le hube de volver su cédula, aunque después cuando jugaba y ganaba me iba pagando parte de la deuda, con que no me la quedó á deber toda. Sin esto que he dicho, hay otras mil formas y maneras de malos jugadores; hay hombres de tan sotiles manos, que sin sentirlo juntan cinco ó seis cartas ó más de un manjar, á lo cual llaman hacer empanadilla ó albardilla, y poniéndolas encima, siempre barajan por el medio, porque no se deshagan. Y cuando sale la una, saben que vienen las otras tras ella, y conforme á esto os envidan ó tienen los envites con esperanza de la carta que les ha de venir de aquel manjar. Algunos chocarreros hay que se hacen mancos y que no pueden barajar, porque así los ponen mejor á su voluntad. ¿Queréis más, sino que hay vellacos tan diestros en esto que jugando al tres, dos y as, si os descuidáis un poco os darían las más veces tres figuras y tomarán para sí un seis, cinco y tría, ó otro risco con que os quiten las ganancias? Y en el juego que agora se usa de la ganapierde, si se juntan dos de concierto son para destruir á todos cuantos jugaren con ellos, porque todas las veces que el uno está rey, el otro se carga, se deja dar bolo sin que se pueda entender, haciendo muy del enojado con los otros compañeros porque no la metieron ó porque jugaron por donde se cargase, y después él y el otro parten las ganancias. Pues los que esto hacen ¿qué no harán en los otros juegos?
BERNARDO.--Bien entendido todo lo que habéis dicho; pero el juego de la dobladilla, que es el que más agoran usan, casi ha desterrado á la primera y á los otros, y este es un juego tan á la balda, que no hay lugar en él de hacer tantas maldades y bellaquerías.
ANTONIO.--Engañaisos, que si yo tuviese agora los dineros que se han ganado á ella mal ganados, más rico sería que un Cosme de Médicis; veréis á esta gente que digo hacer y urdir y componer en este juego veinte trascartones cuando los naipes les entran en las manos, poniendo juntos todos los encuentros que pueden, para que si por ventura viniesen no pierdan sino una ó dos suertes, y si acaesce alzar el contrario por una carta antes, viene luego su suerte y comenzan á contar subiendo lo que pueden, de manera que aventuran á perder poco y á ganar mucho. Otros hay que si pueden haber los naipes antes que jueguen, ó si son de los que he dicho, que tienen concertados con los que los venden ó con el dueño de las casas donde juegan, ponen entre ellos algunos naipes mayores ó más anchos que los otros alguna cosa, assí como cuatro reyes, cuatro cincos ó cuatro sotas, los unos son mayores por los lados y los otros por los cantos, y cuando no pueden hacer esto doblan algún naipe de manera que no assiente bien y acierten á alzar por él, y á estos naipes llaman el guión ó la maestra. Y cabe los que son mayores ó doblados ponen siempre y procuran juntar los otros como ellos, que si es as ponen los ases y si es seis ponen los seises, para que cuando alzasen por ellos, como lo hacen, venga cerca su suerte.
LUIS.--Poco les puede aprovechar esso, si los naipes se barajan bien, porque todas essas cosas se deshacen.
ANTONIO.--Vos tenéis razón, que muchas veces con el barajar no tiene efecto su malicia, pero tan á menudo procuran esta ventaja que algunas suertes les salen como ellos procuran, y por pocas que sean bastan para destruir á su contrario, porque como tienen este conocimiento de la suerte que viene, cuando sienten que no es la suya, procuran que se salga y hacen veinte partidos hasta asegurarla. Y aun algunos hay que pasan la suerte de sus contrarios, á lo menos cuando los tienen picados, que están ya medio ciegos y para esto tienen mill formas y maneras exquisitas. Y no para en esto el negocio, que hay algunos chocarreros de los que se conciertan que yendo por ambos la moneda que juegan, el uno arma con dineros al contrario de la cuarta ó quinta parte, porque perdiendo allí gana acullá la mitad del dinero. Son tantas estas traiciones y bellaquerías, que es imposible acabarlas de decir ni entender, porque como estudian en ellas los que las usan, cada día inventan cosas nuevas en esta arte, como los otros oficiales que buscan nuevos primores en sus oficios, y si dos que se conciertan toman á uno en medio, no le dejan cera en el oído, siendo dos al mohíno. Y á los que no entienden ni saben estas cosas, esta buena gante los llama guillotes y bisofios. Y dexando los naipes, vengamos á los dados, que no hay menos que decir en ellos. Hay muchos hombres tan diestros en jugarlos, que todas las veces que se hallan con suerte menor, como es siete, ocho ó nueve puntos, hincan un dado de manera que le hacen que caya siempre de as, para que los otros corran sobre él, y cuando la suerte es doce ó de ahí arriba hincan otro dado de seis, de manera que las más veces aseguran su suerte; y esto quieren defender que no es mal jugar, sino saber bien jugar y tener mejor habilidad y destreza en el juego que los otros. Algunos hay tan hábiles, que hincan dos dados desta manera, y de otros dicen que todos tres; pero yo no lo creo ni lo tengo por posible si no los estuviesen componiendo en las manos; y si esto hiciesen habían de estar ciegos los que juegan con ellos. Y todo es sufridero para con otras tacañerías que se usan, y la mayor de todas es cuando meten dados cargados, que llaman brochas, los cuales hacen de esta manera: que á los que llaman de mayor, por la parte del as hacen un agujero hueco y allí meten un poco de azogue, que es muy pesado, y á los de menor donde están los seis puntos; y después tapan el agujero, que es muy sutil, y encima pintan uno ó dos puntos para que no se vean, y estos dados llevan los chocarreros escondidos, y cuando tienen una suerte de doce ó trece ó catorce puntos, echan los dados de manera que se les caya alguno en el suelo, y haciendo que se baxan por él, sacan otro de los de mayor, que meten en su lugar, y como está cargado en el as, cae siempre para abaxo y el seis para arriba; y de la mesma manera hacen cuando tienen por suerte siete ú ocho puntos, que meten un dado cargado en el seis porque vaya el as para arriba, yendo el seis para abaxo, y si es menester meten dos dados de esta suerte cargados de mayor, y cuando tienen suerte de doce ó de trece, alárganse en el parar y en el decir, de arte que, no siendo entendidos, todo el dinero es suyo. Otros dados hay que llaman falsos, que son mal pintados porque tienen dos ases y fáltales el seis, ó tienen dos seises, faltándoles el as, y conforme á la suerte que echan y á la necesidad que tienen, se aprovechan dellos metiéndolos en el juego tan bien como las brochas. Y cuando juegan á las tablas no penséis que se descuidan los hombres desta professión, que lo mesmo hacen con los dados, y verdaderamente yo tengo por malo y dañoso también este juego, assí por jugarse con dados, como por ser trabajoso y mohino. Á todos los otros juegos podéis levantaros y os toman en una petrera; habéis de esperar á que se acabe el juego, perdiendo á cada mano y cada vez que echáis los dados sabiendo que se echa para perder y no para ganar, y assí es el juego más aparejado de todos para perder la paciencia, porque es menester esperar á que el juego ó el dinero se acaben. Y aunque yo no os he dicho de diez partes la una de los males y trabajos y fatigas y persecuciones y desasosiegos y afrentas, menguas y deshonras y infamia que se siguen del juego, de lo dicho podréis collegir cuán perjudicial es, assí para la salud como para la hacienda y la honra de las gentes que lo siguen; porque pocos hay que jueguen, por ricos y caballeros y grandes señores que sean, que no les pese de perder, y muchos destos se acodician á jugar mal por ganar, y assí veréis muchas personas de muy gran autoridad, y de quien apenas se podría creer, que hacen malos juegos, por la buena estima y reputación en que están tenidos que, apremiados de la conciencia, restituyen dineros mal ganados, de los cuales yo conozco algunos que lo han hecho.
BERNARDO.--¿De manera que queréis condenar á todos los juegos del mundo y no dejar ninguno para recreación de la vida y para poder pasar la ociosidad del tiempo?
ANTONIO.--No digo yo tal cosa, que otros juegos hay lícitos, assí como birlos, pelota y axedrez y los semejantes á éstos, y esto se entiende jugando pocos dineros y que se tome más por recreación que no por vía de vicio y exercicio continuo, de manera que por ellos dexen de entender las gentes en lo que les conviene, que si esto se hace ya dexan de ser buenos y honestos y se convierten en la naturaleza de los que habemos reprobado, y aun de tal manera se podrían usar los juegos de naipes y dados que no pudiesen tener reprensión; pero hay pocos que no comiencen por poco que si tienen aparejo no vengan á picarse y á perder ó ganar en mucha cantidad, y por esto tengo por mejor dexarlos del todo. Y si queréis que concluya, todo lo dicho es poco y casi nada, porque son trabajos y premios y galardones del mundo. Lo que toca á la ánima y á la conciencia es lo que hace al caso, y lo que más debríamos temer y ponérsenos delante de los ojos, para no solamente dexar de jugar, pero para acordarnos de jamás tener memoria dello; y si no hobiera prometido de no pasar más adelante en esta materia, todavía dixera algo que aprovechara; pero assí quiero dexarlo para cuando tengáis más voluntad de oir lo que sobre esto puedo deciros.
BERNARDO.--Agora que habéis comenzado, queremos que no quede nada por decir, y estáis obligado á hacerlo, pues de tan buena gana os escuchamos y estamos atentos al discurso de vuestra plática.
ANTONIO.--Pues que assí es, yo lo diré tan brevemente cuanto he sido largo en lo pasado; porque en esto no podré decir cosa nueva, ni que dexe de estar escrita por muchos doctores, canonistas y legistas y teólogos que desmenuzan y apuran esta materia de las restituciones declarando los decretos y leyes en ella, altercando cuestiones y determinando la verdad dellas, hasta dexarlo todo en limpio; y quien quisiese satisfacerse y verlo todo á la clara, lea á Santo Tomás y á Grabiel, y al Antonio, arzobispo de Florencia, al Cayetano, que éstos sin otros muchos le dirán lo cierto, y porque no dexéis de llevar alguna cosa en suma de que podáis aprovecharos, digo que todos les que ganan en los juegos con naipes ó dados falsos ó con otro cualquier género de las chocarrerías y traiciones que he dicho, están obligados á restituirlo, so pena de irse al infierno, conforme á lo que dice San Agustín: Non dimittitur peccatum, nisi restituatur ablatum. Pues lo que assí se gana, tomado y hurtado es, siendo encubierto, como si fuese robo manifiesto. Anssí mesmo, todo lo que se gana á personas que lo que juegan no es suyo, ni pueden disponer dello sin licencia de otra persona, así como los criados que juegan los dineros ó haciendas de sus amos, los esclavos que juegan las de sus señores, los hijos que para esto toman las haciendas á sus padres, los que tienen curadores y por falta de edad no pueden disponer de sus haciendas, y también los que ganan dineros á otros que saben que los han ganado mal y están (antes que los juegen) obligados á la restitución dellos. Lo que se gana á personas simples y á enfermos necesitados, lo que se gana atrayendo á uno por fuerza ó por engaño ó por grandes persuaciones á que juegue, todo esto obliga á restitución; y en otros muchos casos que dexo de decir, en que hay la mesma obligación, el cómo y cuándo y en qué manera se haya de restituir, déxolo para que lo veáis en los doctores que os he dicho, y también porque los confesores os avisarán de ello, aunque lo mejor sería no tener en este casso necesidad de sus consejos. Solamente quiero agora que consideréis, señores, entre vosotros, pues sois tahures y habéis conversado y tratado con tahures, ¿cuántos habéis visto tan limpios y tan recatados que tengan advertencia á estas cosas, sino, bien ó mal, juegan con quien quiera, trayan dineros suyos ó sean cuyos fuesen, sean libres ó siervos, padres ó hijos, bobos ó sabios, los dineros que traen mal habidos? Por cierto pocos ó ninguno hay que dexen de hacer á cualesquiera dineros destos, y procurar de ganarlos de la manera que pudieren, alegando que no están obligados á la especulación destas cosas, ni á saberlas; sabiendo que la ignorancia no excusa el pecado y que San Pablo dice (Ad. Cor., XIII): Ignorans ignorabitur. Y si queréis que os diga lo que siento verdaderamente de los que esto hacen, se puede presumir que no son verdaderos cristianos, ni sienten bien de la fe, porque más adoran á los naipes que á Dios, más quieren los dados qué todos los santos, que por jurar no oyen misa ni sermón los días de fiestas, por el juego pierden todos los otros oficios divinos, y se estarán una semana sin entrar en la iglesia; si hacen alguna oración ó devoción es por ganar; las cuentas que traen y lo que por ellas rezan es echar cuentas cómo ganarán las haciendas á sus prójimos. Si pierden es abominable cosa su decir mal á Dios y blasfemar, y si lo dexan de decir en público, es porque temen más el castigo del cuerpo que el del alma y el del mundo más quel del infierno. Así que siendo cristianos usan tan mal de la cristiandad, que roban las haciendas ajenas y se aprovechan dellas, pierden el tiempo y muchas veces pagan de sus haciendas lo que han ganado de las otras, de los que viven de la manera que ellos, quedando todos debaxo de la obligación de restituirlas. ¿Qué diremos sin esto de los que buscan supersticiones y hechicerías para ganar con ellas diciendo que tienen virtud para ello? Y assí unos traen consigo nóminas con nombres no conoscidos, ó por mejor decir de demonios, otros traen sogas de ahorcados, otros las redecillas ó camisas en que nacen vestidos los niños, algunos traen mandrágulas y otras mil suciedades y abominaciones. Por cierto éstos tienen en tan poco sus ánimas, que las darán á trueque de ganar cuatro reales por ellas. Pues decidme, señor Bernardo, ¿qué os parece cómo es bueno el juego para el cuerpo y para el alma? ¿y qué provechos son tan grandes los que dél se sacan? ¿No es bien dexar su amistad y trato y conversación á cualquier tiempo que sea, pues que debaxo los halagos y placeres y deleites que dél se siguen hay tantos y tan grandes desabrimientos, tantas afrentas y menguas, tan terribles desasosiegos, tanta turbación y peligros, principalmente para la salvación de nuestras almas? Mirad bien en ello y consideraldo todo, que aunque nosotros como malos cristianos no tuviésemos atención al daño y perjuicio de nuestras conciencias, la habríamos de tener á que ningún contentamiento ni descanso de el juego hay que después no se vuelva en doblado trabajo y tristeza; y nunca dió ganancia que no se pagase con doblada pérdida; y en fin, es siempre mayor el dolor que se causa del perder que la alegría que trae consigo el ganar; y no aleguéis á dos ó tres ó cuatro personas que por ventura sabéis que se hayan hecho ricos por el juego, que éstos son como una golondrina en el invierno, porque por ellos veréis mill millones de gentes perdidas y abatidas por haber perdido cuanto tenían. Dicho os he mi parecer y dado os he consejo, como pienso tomarlo para mí, y el que estoy obligado á daros como vuestro amigo; si os pareciere bien, seguilde, y si no vuestro será el daño, que á mí no me cabrá dello más de pesarme de ver que os quedáis tan ciegos como hasta aquí habéis estado.
BERNARDO.--No penséis, señor Antonio, que no he caído en la cuenta de todo lo que habéis dicho; porque vuestras palabras me han alumbrado el juicio y destapado los ojos del entendimiento, que tenía ciegos, y con firme propósito y determinación quedo desde agora de no jugar en mi vida, y si jugare, á lo menos de manera que me puedan llamar tahur por ello, que pues decís que pasar el tiempo entre amigos es algunas veces lícito, no se ganando tantos dineros que el que los perdiese reciba daño por ello, cuando alguna vez me desmandase será á esto y no á más.
ANTONIO.--Y aun eso no ha de ser muy continuo, porque, si muchas veces se hiciese, de pasatiempo se volvería en vicio, y si pudiésedes acabar con vos de dexar de todo punto el juego, sería lo más seguro; pero no quiero agora apretaros tanto que con ello quiebre este lance que os he armado y prisión en que de vuestra voluntad os vais metido.
LUIS.--Pues en pago de vuestra buena intención, señor Bernardo, y porque me prometáis de seguir lo que agora tenéis determinado, os quiero prestar los treinta ducados que quedasteis debiendo, para que, pagándolos, cumpláis con vuestra fe y palabra.
BERNARDO.--Muy gran merced es la que me hacéis, y de los primeros que vinieren á mí poder seréis muy bien pagado dellos.
ANTONIO.--Con esto nos podremos ir, que platicando se nos ha passado el día y yo tengo mucho que hacer.
LUIS.--Pues comenzad á caminar, que nosotros os acompañaremos hasta dexaros en vuestra posada.
Finis.
COLLOQUIO
En que se trata lo que los médicos y boticarios están obligados á hacer para cumplir con sus oficios, y así mesmo se ponen las faltas que hay en ellos para daño de los enfermos, con muchos avisos necesarios y provechosos. Divídese en dos partes: en la primera se trata lo que toca á los boticarios, y en la segunda lo de los médicos.
INTERLOCUTORES
Médico, Licenciado Lerma. Boticario, Dionisio.--Enfermo, D. Gaspar. Caballero, Pimentel.
LERMA.--Dios dé salud á vuestra merced, mi señor D. Gaspar.
D. GASPAR.--Así haga á vuestra merced para que en tiempo tan necesario no me olvide tanto como hoy lo ha hecho; que si no fuera con la buena conversación del señor Pimentel, que me ha entretenido, muy largo se me hubiera hecho el día, y aun con el señor Dionisio no he holgado poco, porque tiene gran cuidado de visitarme, y cuando los médicos se descuidan, es bien que los boticarios (como uno de sus miembros) vengan á cumplir sus faltas con los enfermos.
LERMA.--Buena manera es essa de reñir conmigo una falta que hago por no poder hacer menos; y no la hiciera sino con dexar á vuesa merced esta mañana en tan buena disposición, que creo que debe estar ya sin calentura.
D. GASPAR.--Mejor viva yo que estoy sin ella.
LERMA.--Muéstreme vuestra merced el pulso. En verdad que no es tanta que se pueda decir calentura, y de aquí á mañana yo sé cierto que no habrá ninguna.
D. GASPAR.--Menos cuenta tengo con ella que con este dolor que siento en el hígado, porque yo os digo, señor licenciado, que me atormenta tanto, que le temo, y esto es lo principal para que yo querría que me buscásedes remedio.
PIMENTEL.--A lo que yo siento, más debe proceder el accidente de la calentura del mal que hay en el hígado que no el mal ó dolor del hígado de la calentura, y pocas veces el señor Gaspar estará sin ella hasta que esté remediada la causa principal de á donde se sigue el daño.
LERMA.--Vuestra merced dice gran verdad, pero, según esto, Dionisio no ha hecho el emplasto de melliloto que yo dexé ordenado, ni vuestra merced lo debe tener puesto.
DIONISIO.--Así es verdad.
LERMA.--¿Pues por qué no se hizo?
DIONISIO.--Porque no ha tantas horas que vuestra merced lo ordenó que no se pueda haber sufrido sin él, como se han pasado tantos días que el señor don Gaspar lo hubiera de haber tenido con otros beneficios que se le pudieran haber hecho antes de ahora.
LERMA.--¿Y qué descuidos parece á vos que se ha tenido en esso?
DIONISIO.--Yo no he visto que hayan precedido los remedios universales á los particulares que agora se hacen; pues no se han hecho las evacuaciones conforme á las reglas de medicina, las cuales han de preceder á las unciones y emplastos, según la doctrina de Ipocras en sus aforismos.
LERMA.--No es malo que queráis vos haceros dotor en Medicina sin saber letra della y que os parezca que estoy yo obligado á sufrir vuestra desvergüenza de enmendarme la cura que yo hago. ¿Sabéis vos por ventura la intención principal que yo he llevado en ella, y si ha habido otros accidentes más principales y que tienen más necesidad de remediarse?
DIONISIO.--Lo que yo sé es que no está toda la fuerza en el emplasto para sanar el hígado.
LERMA.--Si no tuviera respeto á estos señores que están presentes, yo os respondiera como vos merecíades; pero assí no quiero deciros más de que atendáis á hacer bien lo que toca á vuestro oficio, y no haréis poco.
DIONISIO.--Vuestra merced se ha apasionado sin razón, y en lo que toca á mi oficio, yo lo hago de manera que no hay de qué reprehenderme.
LERMA.--¿Qué podéis vos hacer más que los otros boticarios, pues en fin sois boticario como ellos?
DIONISIO.--¿Y qué suelen hacer los boticarios que no sea muy bien hecho?
LERMA.--Por vuestra honra quiero callarlo, y aun por la de los médicos, pues lo sabemos y no lo remediamos.
DIONISIO.--Si vuestra merced lo dixese, no faltará para ello respuesta; pues no es justo que en esse caso paguen justos por pecadores.
PIMENTEL.--Lo que aquí se dixere no saldrá desta puerta afuera, y con esta condición, y con que sea sin ningún enojo, el señor don Gaspar y yo recebiremos muy gran merced en que se trate algo desta materia para satisfacerme de algunas cosas que me han puesto duda y sospecha de que algunos boticarios no cumplen con el mundo y con Dios lo que son obligados.
LERMA.--Ningún engaño recibe vuestra merced en esso, y plega á Dios que no sean todos los que esso hacen, y pues que aqui puede pasar, menester es que todas sean verdades las que se dixeren.
DIONISIO.--Diga vuestra merced lo que quisiere, que ninguna pena recebirá dello con tal que yo sea también oído antes que la cuestión se determine, pues estos señores han de ser jueces della.
D. GASPAR.--Razón tiene Dionisio en lo que pide.
LERMA.--Yo soy contento de que, cuando sea tiempo, pueda replicar y alegar de su derecho. Y porque vuestras mercedes entiendan que no me muevo sin razón á lo que he dicho, sepan que las condiciones que han de tener los boticarios escriben muchos autores, y quien particularmente las trata, es Saladino en la primera parte de su obra; y porque referir todo lo que dice sería confusión y prolijidad, diré algunas cosas dellas. Y lo primero es que el boticario ha de ser de muy buen ingenio, hombre sin vicios, sabio y experimentado en su oficio; no ha de ser avariento, ni deseoso de adquirir hacienda; sobre todo ha de ser muy fiel para que no haga cosa contra su conciencia, ni por su parecer, sino con consejo de médico docto, y que en el precio de las medicinas sea convenible. Estas son cosas tan necesarias, que obligan tanto al boticario á guardarlas y cumplirlas, que no lo haciendo, no es poco el daño ni pocos los inconvenientes que dello se siguen á los enfermos; pero yo he hablado sin perjuicio de los buenos boticarios (que son tan pocos, que apenas se hallará uno entre ciento), diré lo que cerca desto hacen. Lo primero en lo que toca á ser hombre sabio y experimentado en su oficio no tienen ellos toda la culpa, que la mayor parte se puede dar á los protomédicos porque examinan y dan por hábiles y suficientes á muchos que ni saben ni entienden qué cosa son medicinas, ni tienen experiencia dellas ni conocimiento para alcanzar cuál es una ni cuál es otra, sino que si van á la feria á comprar sus drogas, no solamente se engañan en distinguir y apartar lo malo de lo bueno, pero muchas veces toman uno por otro sin conocerlo, porque ignoran la condición y calidades que han de tener para ser aquella medicina que piensan; y por no se mostrar ignorantes, quieren más dexarse engañar de los que los venden que tomar consejo con quien podría desengañarlos para que no errasen.
PIMENTEL.--Pues, ¿por qué los protomédicos hacen una cosa tan fuera de razón como essa?
LERMA.--O por no perder el interese de los derechos que los pagan ó porque reciben servicios con que se obligan á hacer lo que no deben, y sin esto aprovechan mucho los favores de personas señaladas ó de algunos amigos á quien estiman en más que á las conciencias, y así veréis que muchos vienen examinados y con su carta de examen muy bien escrita y iluminada, que podrían con más justa razón traer una albarda que usar el oficio. Y con poner sus boticas muy compuestas con cajas doradas y botes pintados, y las redomas con unos rétulos muy grandes, á muchas gentes hacen entender que es oro todo lo que reluce, y que vayan á tomar medicinas á sus tiendas, que aprovechan más para enfermar con ellas los sanos que para dar salud á los enfermos.
D. GASPAR.--En esto también me parece que tienen la culpa los médicos como los boticarios, pues lo saben y lo permiten.
LERMA.--Yo no quiero excusar á los que esso hacen.
DIONISIO.--Ni podría vuesa merced hacerlo aunque quisiese, pero yo lo guardo todo para mi respuesta, porque no quiero quebrar el hilo satírico que vuestra merced lleva tan bien ordenado.
LERMA.--Bien es que lo hagáis así, que también, como ya he dicho, os oiré yo lo que en favor vuestro y de los boticarios alegásedes. Y tornando al propósito, digo que es cosa recia la desorden que en esto se tiene, que en una cosa que va la salud y vida de los hombres, no se ponga mayor diligencia en conocer á los que pueden tratar dello.
PIMENTEL.--¿Y qué se podría hacer para remediarlo?
LERMA.--No dar el oficio de los protomédicos á hombres que hubiesen de llevar derechos ni dineros algunos á los que examinaren, porque así cesaría la codicia y no los cegaría el interés que se les sigue. Y demás desto habíanlos de buscar personas muy santas, temerosas de Dios y de sus conciencias, para que no permitiesen que ninguno tratasse en esta arte que no la entendiese y supiese muy bien lo que hacía.
D. GASTAR.--Harto buena gobernación sería essa, y aun bien necesaria, si se hiciesse lo que decís, y aun las justicias y regimientos de los pueblos habían de entender en remediar esta falta, cuando saben que un boticario no es bastante, por el daño que dello se sigue á la república; pero pasad adelante en tanto que esto se remedia.
LERMA.--Es tanta la iñorancia desta gente de quien hablamos, que en lo que decían saber más es en lo que menos saben, porque la principal parte que han de tener es en el conocimiento de las hierbas y plantas y raíces y piedras; notorio está que la mayor fuerza de la medicina consiste en ellas, y tanto que, según dice Rasis en el segundo de los anforismos, trayéndolo por auctoridad de aquel gran filósofo Hermes, si se conociesen bien las propiedades y virtudes de las hierbas y plantas, curarían los médicos con solas ellas, de manera que pareciese que curaban con arte mágica; pues si esto es assí, al médico conviene ordenar y á los boticarios poner en efeto lo que ellos ordenassen, lo cual pueden muy mal hacer si no conocen destintamente las plantas y las hierbas y las raíces y piedras, y aun las condiciones y propiedades dellas. ¡Oh cuántos y cuántos boticarios de los buenos se engañan en tener unas hierbas por otras, y en no conocer y entender muchas dellas! ¿Que harán los que no lo son? ¿Y esto de donde pensáis que procede? De que no saben gramática para entender los libros que tratan dellas, ó si la saben, porque les falta la experiencia, que ni nunca las han buscado ni visto, y cuando las buscan, hallan algunas que se parecen unas á otras en las hojas, en el tamaño y en las flores y en el olor, y por ventura son tan distintas y diferentes en las propiedades, que la una mata y la otra sana, y los mezquinos de los enfermos han de estar sujetos á la simpleza de un boticario, si acierta ó no acierta, y no solamente los enfermos, pero los médicos, que desto y de otras muchas cosas nos ponen la culpa, sin tenerla.
D. GASPAR.--¿Y qué pueden hacer para esso los protomédicos?
LERMA.--Yo lo diré. Que al que examinasen, no había de ser ni en un día, ni en ocho, ni aun en quince, y también le habían de examinar de la teórica como de la prática, y de la experiencia como de la ciencia; mostrándole mucha cantidad de hierbas juntas, á lo menos de las que más le traen en uso, para que apartasen las unas de las otras, y las nombrassen por sus nombres y dixesen los efectos que tienen y en qué pueden servir en las medicinas, pues tienen á Dioscórides y á Plinio y á Leonardo Susio, y á otros muchos que tan buena noticia les dan de todas ellas, si ellos las hubiesen buscado y tratado para conocerlas. Pero el mal es que nunca las buscan sino cuando tienen necesidad dellas, y por esto caen en tantos yerros, y tan perjudiciales como aquí he dicho. Lo mismo habían de hacer en las piedras y raíces y gomas y licores, y en todas las otras medicinas; y dexando los pecados que hacen en esto por iñorancia, líbrenos Dios de los boticarios que no tienen respeto sino adquirir y ganar haciendas, que la avaricia y codicia les hace dejar de usar fielmente sus oficios, porque éstos son aquellos de quien dice Jacobo Silvio en el proemio de su obra que hizo de las cosas que tocan á este arte, que se pueden llamar carniceros y verdugos los boticarios que no saben ni usan bien su obligación, porque de lo que aprovecha es de matar los hombres sin ningún respeto ni piedad. Verdaderamente, si no tienen conciencia y fidelidad, y si han ya perdido el temor de Dios por el de los dineros, no hay cosa más cruel que sus manos, más sin piedad que su intención ni más abominable que sus hechos, porque no dan medicina que sea buena, ni que haga buena operación. Lo que los médicos hacen, ellos lo dañan, ellos destruyen la buena cura. Y porque más claramente se entienda quiero decir algunas particularidades, pues que para decirlas todas sería menester muy largo tiempo. Tienen por flor una cosa que diré, y es que cuando un médico quiere recentar una purga ó píldoras, ó otra cosa, y pide las medicinas que entran en ella para verlas, suele decir: ¿Tenéis buen reubarbo ó buen agárico? Mostradlo acá. Y entonces el boticario saca tres ó cuatro pedazos que no valen dos maravedises, y entre ellos uno que es muy bueno, y antes que el médico hable le dice: Señor, todo el reubarbo es tal que no hay más que pedir; pero este boleto dél es el mejor del mundo, y por tal me ha costado á tanto precio; dél se podrá gastar en esta purga lo que vuesa merced mandare. El médico le dice: Pues echad dél una dracma, ó media dracma como ves que es menester; y en volviendo las espaldas, el boticario guarda aquello bueno y echa de lo malo, de manera que con un pedazo bueno vende cuanto reubarbo tiene que no vale nada, porque después que lo muele y se echa en la purga, mal se puede ver si era de lo uno ó de lo otro.
D. GASPAR.--Si no se pudiera ver, á lo menos podráse sentir en la disposición y salud del enfermo, pues no hará tan buena operación lo malo como lo bueno.
LERMA.--Lo mesmo que digo hacen en la escamonea, en el acíbar y en todas las otras medicinas desta suerte.
PIMENTEL.--¿Y en la cañafístola hay algún engaño desos?
LERMA.--Si sueltan la rienda al deseo de la ganancia, no hay medicina en sus tiendas con que no puedan engañar á las gentes, y en la cañafístola hay lo que dice. Si se receuta dos onzas della y es la cañafístola de la buena, sácale la pulpa necesaria, y si es de la mala y seca, todo el peso tiene la caña, y la pulpa no es casi nada ni hace operación ninguna, y para engañar á los médicos ó á los que la compran, meten la cañafístola en las cuevas y lugares muy húmedos porque parezca mejor y pese más, y así los enfermos con la cañafístola que les ha de aprovechar como medicina benedita, toman la mitad de humedad que no obra de otra cosa sino de destruir la salud y el cuerpo.
PIMENTEL.--Y en las otras medicinas simples ¿qué pueden ó suelen hacer los boticarios?
LERMA.--Lo uno no conocerlas cuando las compran ó cogen del campo ó de los huertos en que nacen; y lo otro, si las conocen, no entender cuáles sean las mejores ni las peores para usar dellas, y lo que peor es, que hay tantos boticarios tan necios y iñorantes, que no saben gramática ni entienden los nombres de las medicinas en latín, y cuando les dan las receutas, por no mostrar su iñorancia, dexan de echar aquella medicina simple en el compuesto, y por ventura es la que en todas más hace al caso; y éstos tienen á Mesue y á la declaración de los fraires, y Antonio Musa y Jacobo Silvio, y otros cien libros muy bien encuadernados que no sirven de más que de auctorizar su botica, estando obligados á entenderlos tan bien como los médicos mismos. Y para que vuestras mercedes entiendan lo que pasa, yo sé boticario que, receutando un médico en su casa cierta medicina en que hubo necesidad de poner media onza de simiente de psilio, él no lo entendió ni supo qué cosa era, y para salir de la duda que tenía fuesse á casa de otro boticario y preguntóle si tenía psilio. El otro le respondió que sí. Pues dadme media onza dél y ved lo que me habéis de llevar por ella. El otro boticario, que era astuto y avisado, entendió luego el negocio y díxole: No os la puedo dar un maravedí menos de un ducado, porque por dos ducados compré la onza, y no os hago poca cortesía en dárosla sin ganancia. Pues que assí es, dixo el que compraba, veis aquí el ducado y dádmela. El otro lo tomó y le dió en un papel la media onza de psilio, y cuando lo hubo descogido y mirado, vio que era zaragatona y dixo: ¿Qué me dais aquí, que esta zaragatona es? Assí es verdad, dixo el otro que se le había dado. Pues por cosa que vale un maravedí, dixo él, ¿me lleváis un ducado? Sí, respondió el que le había vendido, que yo no os vendí la zaragatona, sino el nombre, que no lo sabíades, y el aviso para un boticario como vos vale más que diez ducados. Y aunque sobre esto hubieron barajas y fueron ante la justicia, se quedó con el ducado y reyéndose todos del boticario nescio que se lo había dado.
D. GASPAR.--Por cierto él lo merecía bien por lo que hizo.
LERMA.--No es menos de oir lo que agora diré, y pasa así de verdad; que queriendo hacer un boticario el collirio blanco de Rasis que aprovecha para el mal de los ojos, viό que al cabo de las medicinas que habían de entrar en él estaba escrito tere sigilatim, que quiere decir que las moliese cada una por sí, y él entendió que le mandaba echar una medicina que se llamaba tierra sellada, y teniendo todo junto para revolverlo, llegó otro boticario, y conociendo la tierra sellada, díxole: ¿Qué es esto que hacéis? En el collirio de Rasis no entra esta medicina. Y el que lo hacía porfiaba que sí y que así estaba en la receuta del collirio. Sobre porfía lo fueron á ver, donde el boticario que había llegado de fuera, conociendo la causa de su yerro, le desengañó, mostrándole lo que quería decir tere sigilatim, y así le hizo quitar la tierra sellada, y lo que en ello iba era que todas las medicinas de aquel collirio son frías, y ésta era cálida y de tal condición, que bastaba para quebrar los ojos en lugar de sanarlos. Otras muchas cosas pasan cada día desta mesma manera, porque boticarios hay que, siendo el espodio de Galeno, y de los griegos Tucia, y el de Avicena y los árabes raíces de cañas quemadas, y el que nosotros comúnmente usamos dientes de elefantes, que es verdadero marfil, ellos hacen otro nuevo espodio echando los huesos y canillas, y aun plega á Dios que no sean de la primera bestia quo hallasen muerta, y con esto les parece que tienen cumplido con lo que deben. Y cuando vienen á hacer algún compuesto en que entren muchas medicinas, algunas dellas les faltan, otras están dañadas, otras secas y que les falta la virtud y no dexan de echarlas sin tener respeto á que: improbitas unius simplicis totam compositionem viciat.
D. GASPAR.--No entendemos muy bien latín; vuestra merced lo diga en romance.
LERMA.--Digo que la maldad de una medicina simple, cuando se junta con otras, destruye y hace que no valga nada toda la composición. Pues si esto es assí, qué hará en la composición de los xarabes, y purgas, y píldoras, que alteran y descomponen los cuerpos humanos y más adonde entran medicinas furiosas, recias y venenosas, que se desvelan los médicos por no errar en la cuantía y en el peso y medida, y los boticarios, yendo envidada la vida de un hombre en acertar ó en errar, no se les da dos maravedís que sea más ni menos ni que obren bien que mal. Su atención y intención es de ganar, y sea como fuere, que la culpa ha de ser del médico y no del boticario.
D. GASPAR.--Esso es en las purgas; pero en los xarabes ¿qué hacen que no sea bien hecho?
LERMA.--Antes creo que no hay xarabe que se haga bien en las boticas de los hombres desta suerte que he dicho, porque ó no tienen los zumos tan buenos como son menester y tan perfectos como han de ser, ni los echan en la cantidad que el xarabe ha de llevar; y en el azúcar tienen una alquimia que siempre compran y traen el más vellaco y más sucio que hallan, porque con ser para xarabes, parésceles que es pecado gastar azúcar bueno y limpio. Y entre diez xarabes no hallaréis los dos que tengan el punto necesario.
PIMENTEL.--En esso parece que no va tanto, aunque lo mejor sería que todo fuese perfecto.
LERNA.--En las píldoras hay también las mesmas faltas que en las purgas, y aun otras que parecen mayores, porque demás de lo que he dicho, hay una massa de píldoras que se quieren gastar en haciéndose, y otras que duran cuatro meses, y otras seis y ocho y un año y más, pero cuando passan de su tiempo sécanse y pierden la virtud y fuerza las medicinas que allí están incorporadas, y assí no son para aprovechar; y los boticarios avarientos, por no perder el intereses que dellas se les ha de seguir, ni gastar en hacer otras de nuevo, ¿qué pensáis que hacen? Visitan las cajas donde tienen las píldoras y miran un rétulo ó cédula que tienen dentro dellas en que está puesta la hecha del año, mes y día, y si es pasado el tiempo quitan aquella cédula y ponen otra, por la cual parece que no ha dos meses que se hicieron, habiendo por ventura más de un año que estaban hechas, estando ya perdidas y corrompidas; y assí engañan al médico que las pide y receuta, y al enfermo que con ellas se cura; y donde han de hacer evacuar los humores si estuviesen en su perfición, no tienen fuerza más de para alterarlos y moverlos más de lo que están, en grandísimo daño y perjuicio de los enfermos y de su salud y vida. Pues en las aguas que venden, ¿no hay engaños? Muchas veces al medio año acaban todas cuantas han destilado y hinchen las redomas de agua de la fuente ó del río, y lo que les costó una blanca hacen della tres ó cuatro ducados, y jamás pedirán cosa ninguna en su botica que digan que no la tienen ó por gran maravilla; y dan unas cosas por otras, diciendo que tienen la misma propiedad y que hacen el mismo efecto, y á esto llaman ellos dar quid pro quo, mudando las medicinas sin la voluntad y consentimiento de los médicos, por no dexar de vender y hacer dineros. Y por ventura no halló el licenciado Monardis tantas medicinas en un diálogo que hizo que se podiesen poner unas por otras cuantas hallan los boticarios porque los que traxeren dineros á sus tiendas no se vuelvan con ellos. En los aceites, si se les van acabando, con poco que tenga el cántaro ó la redoma, la tornan á henchir encima del que se vende en la plaza; y assí me dixeron á mí de uno que vendió un gran cántaro de aceite rosado no teniendo sino un poco en el hondón, sobre el cual tornólo á henchir, y revolviéndolo todo, quedóle un poquito de olor con que lo pudo vender, afirmando que era el mejor del mundo. Y en los ingüentos también pecan, ó por iñorancia ó por malicia, que pocas veces salen en su perfición. Lo mesmo hacen en los polvos, y finalmente, no hay medicina ninguna que no hagan de manera que justamente se pudiese condenar por falsa si se pudiesen averiguar los simples que echan en la composición, á lo menos si son costosos ó dificultosos de haber ó de conocerse. Si mandaren á estos boticarios hacer una buena triaca, muchos de ellos no conocerían la mitad de las medicinas simples que entran en ella, y plega á Dios que conozcan las de la confeción de Hamech, que son menos y más usadas, y las que entran en otras confeciones desta suerte. La triaca de esmeraldas que venden no creo más en ella que en Mahoma, si no la viese hacer por los ojos, y por más cierto tendría que echan esmeraldas contrahechas de alquimia ó de vidrio ó de unas que vienen de las Indias, que de las finas; y por mi consejo nadie las tomaría, ni daría á quien bien quisiese, si no la hubiese visto cuando se hacía ó si no fuesse de mano de boticario de quien estuviese tan saneado que no se tuviere duda de su conciencia y virtud.
D. GASPAR.--Harto ha dicho vuesa merced, señor licenciado, para que estemos más avisados y advertidos de lo que los boticarios pueden hacer; pero no es posible que todos pequen tan á rienda suelta.
LERMA.--No digo yo que todos, porque haría injuria á algunos buenos que hay entre ellos, aunque no sean muchos, y los que son malos es, ó porque son simples y iñorantes, ó porque son malos cristianos y tienen poco temor de Dios, ó porque son pobres, que la pobreza es ocasión de grandes males.
PIMENTEL.--Pues, ¿qué remedio se podría poner en este desconcierto que bastase para estorbar tan gran daño como los malos boticarios hacen?
LERMA.--El primero ya yo le he dicho, que no habían de permitir que ninguno usase el oficio que no fuese muy docto y muy experimentado; y lo principal que ha de tener es ser muy buen gramático, para entender los libros de su arte, muy estudioso y curioso de saber y aprender todos los primores que hay en ella, y sin esto, se requiere que hayan estudiado alguna medicina para que sepan mejor lo que hacen. Los boticarios que son buenos muchas veces aprovechan de advertir á los médicos en algunos descuidos y yerros que hacen, y no holgaría yo poco de que todos los boticarios con quien tratase fuesen tan suficientes que supiesen hacer esto.
D. GASPAR.--¿Pues por qué os enojasteis de que Dionisio dixo poco ha que la cura del hígado no iba por los términos que convenía?
LERMA.--No me enojé yo porque me lo dixese, sino porque me lo dixo en público, y no ha de ser por vía de reprensión sino de consejo, y en esto no me negará él que tengo razón; y, aunque no lo quisiera decir en su presencia, sería mal que vuesas mercedes pensasen que ninguna cosa de las que he dicho aquí toca en su honor, porque yo certifico que ninguna falta tiene para que no sea uno de los mejores boticarios que hay en el reino y de quien más sin sospecha puedan confiarse los enfermos y los médicos que los curaren.
PIMENTEL.--Bien me parece que después de descalabrado le untéis la cabeza; yo fiador que, á lo que creo, no os vais, señor licenciado, sin respuesta, que no sin causa os ha escuchado sin contradeciros en nada. Pero pasad adelante y decidnos otros remedios.
LERMA.--No habían de ser los boticarios pobres, sino que también les habían de pedir si tenían patrimonio de donde ayudarse á sustentar, como hacen á los clérigos cuando van á ordenarse; que recia cosa sería fiarse de un hombre pobre muchos dineros sin contarlos, y sin pensar que se aprovecharía del los en sus necesidades, podiendo hacerlo, y lo mesmo de un boticario con pobreza las medicinas, sin pensar que procurase remediarla con ellas; y por esto hay autores que dicen que en un tiempo se tuvo en Roma tanta cuenta con este oficio, que las medicinas estaban depositadas en ciertas personas de gran confianza; que llevaban salario por ello, y que allí iban los médicos á tomarlas y los boticarios las gastaban así como las llevaban, sin que en ello, ni por iñorancia ni por descuido, pudiese haber yerro ninguno. El otro remedio que se podría tener es en las visitas que les hacen, para las cuales, habiendo buena gobernación, había de haber visitadores generales que no entendiesen en otra cosa, y éstos habían de estar proveidos en cada provincia y pagados del dinero público, de manera que no se les siguiese interés particular ni les cupiese parte de la pena ni de otra cosa, para que más sin afición ni pasión pudiesen juzgar, y que los que no hallasen suficientes los inhabilitasen y privasen del oficio sin tener advertencia á la honra ó bien particular de uno en perjuicio y daño de toda la república.
PIMENTEL.--Bien sería esso, si se hallasen personas de quien se pudiese tener tan buena confianza, y el rey, con otros cuidados que tiene mayores, no puede tener tan particular cuenta con este negocio.
LERMA.--Pues habríala de tener él ó los que tienen cargo de la gobernación de sus reinos, como lo tienen con examinar á uno que ha de ser escribano real, que quieren que sepa hacer bien una escritura en que va la hacienda de un hombre; y sería más justo que procurasen de que también fuesen bien hechas las medicinas en que va la salud y vida de los hombres, porque no son pocos los que mueren por culpa dellos. Y conforme á este parecer es lo que dice Jacobo Silvio hablando desta gente que digo: Dios haga y provea que la justicia real alguna vez tenga cuenta con los que primero usan esta arte que la hayan entendido, siendo á los cuerpos de los hombres tan saludable cuando bien se hace y tan dañosa cuando iñorantemente se trata. Y, finalmente, habrían de tener los boticarios fieles que les mirasen las medicinas y se las tasasen en precios convenibles, averiguando la costa que tienen y dándoles ganancia con que se pudiesen sustentar, aunque fuese más de la que agora llevan, pues las medicinas serían mejores y de más valor; porque si las que agora venden son buenas, yo digo que las venden muy baratas, y si son malas, en cualquiera precio, aunque den dinero por que las lleven, son tan caras que ninguna mercaduría hay que tanto lo sea.
PIMENTEL.--Pues, decidme, señor licenciado: ¿de que aprovecha el visitar las boticas cuando los regimientos de los pueblos traen boticarios de fuera para hacerlo?
LERMA.--Algún fruto hace, aunque poco, porque si los médicos se hallan presentes, como siempre lo están, es para ayudar á los boticarios, y ellos que habían de acusar sus defetos se los encubren, porque son sus amigos, y cuando les preguntan alguna cosa que no saben, responden por ellos, tomándoles la palabra de la boca, y también defienden algunas cosas cuesta arriba, y con otras disimulan todos ellos; y aun plega Dios que no haya algunas que ni los unos ni los otros no las entiendan. Y sobre esto, no hay botica tan bien visitada que si veniesse otro día alguno que entendiese bien el oficio no hallase cosas nuevas que reprender y enmendar. Y cuando ya se viene á dar la sentencia, nunca faltan amigos y favores que con buena maña bastan para procurar con solicitud que sea muy moderada; y de ciento que podrían privar, no hallaréis dos inhabilitados, y ya que lo sean luego hay mil remedios para que la sentencia no se execute y tornen á usar sus oficios contra justicia y conciencia suya y de los que se lo permiten y consienten. Dios ponga remedio en esto, que harta necesidad hay de que lo provea de su mano.
_Fin de la primera parte del colloquio de los médicos y boticarios._
COMIENZA LA SEGUNDA PARTE
del colloquio, en la cual se trata lo que toca á los médicos.
INTERLOCUTORES
Los mesmos que en la primera.
DIONISIO.--Hasta agora, señor licenciado, no me ha faltado atención para oir ni paciencia para escuchar todo lo que vuesa merced ha querido decir de los boticarios, y, verdaderamente, no sería justo que por hacer buenos á los que son buenos yo quiero que también lo sean los malos, pues en todas las artes y oficios que se usan en el mundo hay de los unos y de los otros, y que los haya en este oficio y arte de boticario no es maravilla, aunque yo confieso que tienen toda la obligación que vuestra merced ha dicho y que es muy mayor la culpa que se les puede dar. Porque va poco en que un platero yerre una vasija, y un sastre una ropa, y un pintor una imagen, y va mucho en que un boticario y un médico yerren la cura de un hombre en que le va la salud y la vida; el uno por falta de las medicinas y el otro por faltarle la ciencia y la experiencia de manera que no lo sepa curar. Que hay pocos boticarios en España que sepan lo que han de saber y lo que se requiere para no errar, no puedo negarlo, y que hay también muchos que, sabiéndolo, pecan con malicia y que la codicia se antepone en ellos á la conciencia, también lo creo, y aun lo sé, porque lo he visto estando tratando en las casas y tiendas de muchos boticarios, donde pasan cosas extrañas y tan desordenadas que me han espantado, y sin duda los malos boticarios, de cualquier manera que sea, son cruel pestilencia para los pueblos, y yo confiesso que no hay cosa más justa que remediarlo si fuesse posible; y porque no puedan decir los culpados que en mi se cumple el proverbio ¿quién es tu enemigo? hombre de tu oficio, no quiero extenderme á más, que por ventura pndiera decir otros muchos y mayores secretos de las maldades que hacen que no han venido á noticia del señor licenciado. Pero con todo esto no quiero que se dé toda la culpa á los boticarios en muchas cosas que tienen la mayor parte los médicos, aun á las veces es toda, y así las autoridades que vuesa merced ha alegado de Jacobo Silvio contra los malos boticarios, si tiene memoria dello, también las dice contra los que no son buenos médicos, porque en aquel proemio contra los unos y los otros va hablando.
LERMA.--Creo que decís la verdad, pero poco es lo que vos ni nadie podrá decir contra los médicos en comparación de lo que yo he dicho y se podría decir contra los boticarios.
DIONISIO.--Si vuesa merced quiere tener sufrimiento para oirlo, no le parecerá sino mucho; que no es menor el daño ni perjuicio que hacen en la república, ni habría menos razón para que los desconciertos que dellos se siguen se remediasen.
LERMA.--Decid lo que quisiéredes, que quiero que estos señores no digan que no cumplo mi palabra.
PIMENTEL.--Ni aun sería justo que se dexase de cumplir, y vos, señor Dionisio, decid lo que os pareciere, pues que el señor licenciado no tiene tanta priesa que no pueda detenerse otro tanto para escucharos como se ha detenido para hacer verdadero lo que al principio propuso contra los boticarios.
LERMA.--Forzado me sería hacer lo que vuestras mercedes mandan, aunque en verdad que hago alguna falta á dos ó tres enfermos que tengo de visitar.
D. GASPAR.--Tiempo habrá para todo, que si la plática se dexase en estos términos, era quedar pleito pendiente, y lo mejor será que luego se determine.
DIONISIO.--Aunque yo tenía harto en que alargarme, procuraré ser breve diciendo en suma lo que cerca desto entiendo, pues no será necesario más de apuntarlo para que vuestras mercedes lo entiendan y estén al cabo de todo. Y digo lo primero que lo que Ipocras dice de los que no son buenos médicos en el libro que se llama Introductorio son las palabras siguientes: Muy semejantes son éstos á los que se introducen en las tragedias, porque tienen la figura y vestidos y atavíos y aun la presencia de médicos de la misma manera que los hipócritas, y así hay muchos médicos de nombre y que lo sean en las obras son muy pocos. Pues Ipocras evangelista de los médicos es llamado, y podemos tener por cierto que en ninguna cosa de lo que cerca desto dice recibe engaño, y pluguiese á Dios que en nuestros tiempos no acertase tan de veras como acierta en esto que ha dicho, porque así no habría los daños y grandes inconvenientes que para la salud de los enfermos se siguen por falta de los buenos médicos.
LERMA.--Assí es como vos decís, señor Dionisio; pero decime: ¿quiénes son essos malos médicos, que yo á todos los tengo por buenos?
DIONISIO.--Antes son tan pocos los buenos médicos, que apenas hay ninguno que no sea malo, como vuesa merced ha dicho de los boticarios, y por no gastar palabras, quiérome ir declarando más particularmente, para que nos entendamos, de las condiciones que se requieren para que un médico cumpla con Dios y con el mundo. La primera, que sea hombre justo, temeroso de Dios y de su conciencia, conforme á lo que Salomón dice (Eccl., I): El principio de la sabiduría es el temor que á Dios se tiene; porque el que no llevare su fundamento sobre esto, no podrá hacer las curas suficientes ni que aprovechen á los enfermos, y así dice Galeno: Aquel cuyo juicio fuere débil y cuya ánima fuere mala, no aprenderá aquello que se enseña en esta ciencia, y esto es porque su fin no es de aprovechar á su prójimo con ella, sino á sí mismo. No sé yo qué temor de Dios tienen los médicos que curan sin tener la ciencia y experiencia y las otras cosas necessarias y convinientes para que curen, y si éstas les faltan, y faltándoles con la codicia de la ganancia se ponen á curar no sabiendo lo que hacen, no solamente pecan, pero dañan su ánima; de manera que no podrán aprender lo que son obligados á saber, como Galeno les ha dicho, ni tampoco puede ser piadoso ni misericordioso el médico que cura las enfermedades que no conoce, ni sabe, ni entiende; antes es muy gran crueldad y inhumanidad la que usan, pues que, ó por ganar dineros ó por no confesar su iñorancia, ponen los enfermos en el peligro de la muerte y no guardan lo que Rasis dice, trayéndolo por autoridad de un gran médico judío, que los médicos han de ser muy piadosos con los enfermos, para que con mayor cuidado y diligencia curen dellos.
LERMA.--¿Pues cómo sabéis vos que los médicos no tienen suficiencia y habilidad que se requiere para curar, de manera que no cumplan con lo que deben á su conciencia?
DIONISIO.--Ya yo he dicho que no son todos los médicos, sino que hablo con la mayor parte dellos, y si vuesa merced quiere que le declare lo que sabe muy mejor que yo lo entiendo, quiero aclararme más para que estos señores lo entiendan. Cruel cosa y fuera de todo término de razones la que se consiente y permite á los médicos que después que se van á estudiar á las universidades, con tres ó cuatro años que han oido de medicina presumen luego de ponerse á curar, ó por mejor decir á matar los enfermos. Y con tres maravedís de ciencia quieren ganar en un año quinientos ducados, porque su intención es á sola ganancia, no teniendo atención á lo que Ipocras dice en su juramento, que siempre su principal intención será en curar á los enfermos, sin tener respecto á lo que por ello se ha de ganar.
LERMA.--Mal podéis vos juzgar las intenciones de los médicos.
DIONISIO.--Antes muy bien se pueden juzgar de las obras que hacen, porque si el médico es necio de su natural, mal acertará en el remedio de la vida de un hombre, donde tan gran discreción se requiere, y si es sabio, ha de saber que con tan poca ciencia no ha de presumir de hacer lo que otros con mucha no pueden ni saben, y con este conocimiento está obligado á no curar hasta que pueda tener mejor constanza de sí, y si no lo hacen, claro está que la codicia de la ganancia les hace poner en aventura la salud y vida de los hombres en si aciertan ó no aciertan en la cura que hacen.
D. GASPAR.--Pues si esso es así, ¿cuándo han de comenzar á curar los médicos?
DIONISIO.--Cuando tuvieren la ciencia suficiente y la práctica que se requiere para ponerla en obra.
D. GASPAR.--No os entiendo lo que queréis decir.
DIONISIO.--Digo, que no solamente un médico ha de tener muy gran ciencia y saber muy bien los preceptos y reglas de medicina, sino que también ha de tener muy larga y conocida experiencia de las enfermedades y de la manera y orden que han de tener en curarse. Porque el principal fundamento está en conocerlas, y esta experiencia requiere muy largo tiempo, conforme á lo que Ipocras dice: La vida de los hombres es muy breve y la arte es muy luenga; el tiempo es agudo y la experiencia engañosa. Si esto es así verdad, ¿qué experiencia pueden tener los que ayer salieron del estudio, ni los que ha un año, ni dos, ni seis que curan, á lo menos si las curas que hacen son con sólo su parecer y por su albedrío?
PIMENTEL.--Muy poca ó ninguna, y cuando viniera á tenerla, habrían ya muerto más hombres que sanado enfermos.
D. GASPAR.--¿Pues qué han de hacer los médicos para no errar?
DIONISIO.--Lo que dice el señor licenciado de los boticarios: que es, tratar mucho tiempo su oficio antes que comiencen á usar dél por su actoridad, y primero que se atrevan á hacer una experiencia la han de haber visto muchas veces, ó á lo menos otra semejante; y esto ha de ser curando mucho tiempo los médicos mancebos en compañía de los viejos experimentados, lo que no hace ninguno, porque con la leche en los labios de lo que han estudiado, les parece que son bastantes á curar cualquiera enfermedad por sí solos, y si la ganancia no estuviese de por medio, todavía se humillarían á lo que son obligados; porque no basta que den muy buena razón de lo que les preguntassen si no lo saben obrar, conforme á lo que dice Avicena: Que no basta en la medicina la razón sin la experiencia ni la experiencia sin la razón, porque ambas son menester y han de andar juntas la una con la otra.
PIMENTEL.--¿Pues qué han de hacer los médicos en tanto que no pudiesen ganar de comer? Que según esso primero llegarán á viejos que justamente puedan llevar alguna ganancia.
DIONISIO.--Que coman de sus patrimonios, y si no lo tienen, que lo procuren por otra vía, que no ha de ser su ganancia tan á costa y perjuicio de las repúblicas que sean los médicos peor pestilencia y más crueles verdugos que los boticarios, como el señor licenciado ha dicho, pues que están obligados á cumplir el juramento que su evangelista juró en nombre de todos ellos.
LERMA.--Bien sería si los médicos de agora que fuesen como los de los tiempos pasados que esso escribieron, que hablaban á su seguro y sin necesidad de ganar de comer por su trabajo, que Ipocras, señor fué de la isla de Coo y tan rico y poderoso, que no quiso las riquezas de un potentísimo rey que se las ofrecía por que le fuese á curar de una enfermedad, ni después temió sus amenazas porque no quiso hacerlo. Avicena, príncipe fué del reino de Córdoba. Hamech, hijo fué de un rey, y así otros muchos médicos que se podrían decir semejantes á éstos; pero los que agora aprendemos esta arte es para sustentarnos con ella y no para mostrarnos sabios y ganar honra solamente, como ellos.
DIONISIO.--Yo no quito que del trabajo se saque el premio para sustentarse los médicos; pero querría que con mayor cuidado procurasen que yo no tuviese razón en lo que digo, porque verdaderamente por lo menos habrían de haber visto curar y tratar las enfermedades cinco ó seis años antes que tuviesen licencia de curar por si solos: porque sabe un médico dar razón de las alteraciones que ha de haber en un pulso para que un enfermo tenga calentura, y cuando le toma el pulso no lo conoce por falta de experiencia, y muchas veces desta manera vemos que curando dos médicos á un enfermo, el uno dice que tiene calentura y el otro que está sin ella, y así mesmo yerran diversas veces, teniendo unas enfermedades por otras; y cuando Galeno, siendo tan excelentísimo médico, confiesa de sí mesmo haberse engañado una vez que teniendo mal de cólico y muy gran dolor pensó que le procedía de tener piedra en los reñones, haciendo diferentes remedios de los que para aquella enfermedad eran necesarios, ¿qué harán estos médicos de quien yo digo, y más no teniendo las enfermedades en sus mesmos cuerpos para sentirlas, sino en los ajenos, donde por la mayor parte juzgan por adivinanzas? Y el no conocer bien los médicos las enfermedades que son tan diversas y diferentes es causa de venir á morir muchos de los que las tienen, que siendo curados dellas con los remedios que se les suelen hacer no perderían las vidas; y sin esto, ¿qué menos obligación tienen los médicos que los boticarios á conocer si las medicinas son buenas ó malas, y escoger las mejores cuando mandan hacer una purga ó unas píldoras ó otra cosa semejante, para que los boticarios no los engañen, que así la culpa es de los unos y de los otros? Por cierto cosa es para reir ver algunos médicos de los nuevos, y aun de los viejos, ir á nuestras boticas y pedir que les mostremos las medicinas y tomar las peores por las mejores, y algunas veces unas por otras, y el xarabe que está bueno dicen que está malo, y el que está malo alaban por bueno, tanto que muchas veces nos burlamos dellos, mostrándoles una cosa por otra sin que lo conozcan. Y no para en esto la fiesta, sino que hay médicos que recetan disparates, y cosas que bastarían á matar á los sanos, cuanto más é los enfermos, y tienen necesidad las boticarios de remediarlo, por no ser participantes en la culpa, que si las medicinas obran bien, quieren ellos llevarlas gracias, y si mal, que nos den á nosotros por culpados. También hacen otra cosa perjudicial á sus conciencias y honras, y es que se aficionan á unos boticarios más que á otros para darles provecho, no teniendo respecto á lo que saben y entienden, ni al aparejo que tienen, sino á los servicios que les hacen, porque les dan parte de las ganancias; y aunque no sea tan descubiertamente, en fin, aprovéchanse dellos en las haciendas y en las personas, y el boticario que no les sirviere y anduviere bailando delante, poca medra tiene con ellos; y de aquí nace que pocas veces los médicos son amigos de los buenos boticarios, porque confiando en su saber y bondad y en el buen aparejo de medicinas que hay en sus tiendas, no les quieren tener aquel respecto que ellos desean y procuran, y con esto no medran mucho con la ganancia que les dan, porque se la quitan cuando pueden.
PIMENTEL.--Si todos los boticarios les dan el trato que vos agora les dais, poca razón tendrán de serles amigos; pero pasad adelante, porque me parece que os queda más que decir.
DIONISIO.--No sería poco si se hubiese de decir todo; pero todavía quiero pasar más larga la carrera, que yo me iré abreviando por no cansar á vuesas mercedes. Por cierto, cosa es de notar, y aun de burlar, ver á los médicos ponerse en los portales de sus casas, esperando por las mañanas que les traigan las orinas de los lugares comarcanos donde viven, que las unas son tomadas cuatro horas ha y otras seis, y algunas por ventura de una noche ó de todo un día vienen mazadas y botadas, que no parecen sino lodo, y así las están mirando como si estuviesen para conocerse las enfermedades por ellas, habiendo de estar la orina tomada por lo más de una hora y reposada en el orinal para que no esté revuelto el hipostasis, y con esto cumplen los pobres simples, para que les den dineros por ello, y si á un médico destos le llaman para cien enfermos, á todos irá á visitar y á curarlos de cualquiera enfermedades que tengan, no teniendo tiempo de estudiar para los seis dellos, ni para acabar de entender lo que curan y los remedios necesarios, y así andan ciegos y desatinados en lo que es necesario tener el mayor concierto y tino del mundo, fuera de la salvación del ánima, porque no han de confiar de lo que han estudiado ni de lo que tienen en sus memorias, sino de ver de nuevo cada día y cada hora cómo se ha de curar la enfermedad que tienen entre manos y qué remedios se le han de aplicar para sanarla.
PIMENTEL.--No me parece que tenéis tanta razón en lo que decís que no podáis engañaros, porque los médicos viejos que han visto y estudiado mucho, con lo que saben pueden curar sin tornar á ver los libros tantas veces como vos decís.
DIONISIO.--A los que eso hicieren, acaescerles ha como á los predicadores, que siendo grandes teólogos, presumen de hacer algunos sermones sin estudiar los primeros, y por una vez que aciertan á llevarlos bien ordenados, diez veces se pierden, de manera que luego se les conoce que lo que predican es sin estudio, y cuando yerran, es ésta la disculpa que tienen; así los médicos que quieren curar las enfermedades sin estudiar de nuevo para cada una dellas, por una que aciertan, errarán muchas, para acabar la vida de aquellos que se ponen en sus manos por alargarla.
D. GASPAR.--Todas estas faltas se suplen con la discreción y buen natural de un médico, y muchas veces aprovecha más con ello que con la arte ni con cuanta medicina han estudiado.
DIONISIO.--No digo yo menos que esso, y vuestra merced me ha quitado de trabajo en echarlo en el corro, para que aquí se declare; pero diga vuestra merced ¿cuántos médicos hay hoy con las propiedades y condiciones que cerca de eso se requieren? Pluguiese á Dios que antes les faltase parte de la ciencia que no el buen natural y el juicio claro, reposado y assentado, porque teniéndolo, con él suplirían muchas faltas, juzgando con discreción en algunas cosas, que sólo ella bastaría; porque la buena estimativa, como dice Averroes, sola hace bueno al médico. Lo mismo tiene Halirodoan y Galeno en el primero de los días críticos, y conforme á esto Damasceno: el ingenio natural del médico con pequeño fundamento ayuda á la naturaleza, y el que es defetuoso hace el effeto contrario. Pues siendo esto assí, como estos autores dicen, ¿qué podrán hacer muchos médicos alterados, locos, desasosegados, elevados y, lo que peor es de todo, muy grandes necios? Por cierto, en los tales como éstos yo tengo en muy poco la ciencia que tienen, porque no sabrán usar della por mucha que tengan, ni aprovechar á los que tuvieren necesidad de su ayuda. Porque los unos dellos todo lo que saben lo tienen en el pico de las lenguas, alegando textos y autoridades á montones sobre cada cosa que se trata, sabiendo entenderla para tratarla y no para usar della. Otros que les parece que todo su saber consiste en sustentar opiniones contrarias de los otros médicos; y en fin si les preguntasen dónde está el bazo ó el hígado, apenas sabrían mostrarlo, porque, como he dicho, no lo han tratado ni tienen experiencia dello. Y estos tales son como unos marineros que saben aritmética, cosmografía y astrología, y dan buena razón de todo lo que les preguntan cerca de la arte de marear, y les pusiessen un timón de una nave en las manos, presto la pondrían en trabajo y peligro de anegarse, por no saber gobernarla y guiarla, y así como se hiciese pedazos en las peñas ó se encallase en algunos vaxios, para no poder salir de la arena, porque no conocen la tierra, ni saben los puertos donde acogerse, ni los lugares seguros donde echar áncoras hasta que pase la tempestad y tormenta. Y así los médicos que no han visto las enfermedades ni las han curado otras veces, no saben guiarlas á puerto seguro, ni sacarlas de los peligros desta mar del mundo en que navegamos, y dan con los enfermos al través; de suerte que en lugar de sacarlos á puerto de salvación, los llevan al de perdición de su salud y vida; y de estas cosas muchas remedia el buen entendimiento, y el buen natural y claro juicio y la buena estimativa á donde la hay, aunque esto todo juntamente con las letras necesarias pocas veces y en pocos médicos se halla, y éstos pierden la bondad que tienen por el fin que pretenden de las riquezas, que la codicia les hace desordenarse de manera que no atienden tanto á hacer con su habilidad cuanto á sacar el provecho que pueden della, y así hacen mil descuidos y desatinos, proveyendo lo que conviene á las enfermedades sin haber estudiado sobre ellas, no mirando lo que dice Galeno: Que conviene al médico ser muy estudioso para que no diga ni provea alguna cosa en la enfermedad que curare absolutamente y sin haberla primero bien mirado. Al médico que esto hiciese no le acaecería lo que á mí me han contado de uno que mirando cierta enfermedad de un hombre dixo que con muy gran brevedad la curaría, y el enfermo, que lo deseaba, oyendo esto dióle mayor priesa al médico. Por abreviar, mandóle que, así como había de tomar para purgarse cuatro ó cinco xarabes que digestiesen el humor, que se trajesen todos juntos y que los tomase de una vez, pareciéndole que por ser la mesma cantidad haría el mesmo efeto que si se tomaran en cinco días; y así le dió luego la purga, la cual nunca le salió del cuerpo, porque se murió con ella, lo cual por ventura no pasara si el tiempo ayudara á los xarabes repartidos, que en cinco días tuvieron el humor digesto para poder hacer la evacuación que por falta de éste no se hizo. Y porque ya me parece que me voy alargando, quiero resumirme con que el día de hoy hay pocos médicos que verdaderamente lo sean, y muchos que tienen los nombres de médicos que no lo son, porque tienen el nombre sólo, sin las obras; y no hay menos necesidad de que en esto se pusiese remedio que en lo de los boticarios, no dexando curar sino á las personas que fuesen suficientes para ello y que tuviesen todas las partes y condiciones que se requieren para no matar á los enfermos en lugar de sanarlos.
PIMENTEL.--Conforme á eso, ¿queríades que los médicos fuesen tan perfetos que todas sus obras fuesen sin reprehensión?
DIONISIO.--Yo querría lo que Galeno dice que conviene á los médicos (así como antiguamente está dicho) ser semejantes á los ángeles, para que no yerren en lo que hicieren.
D. GASPAR.--Mucha medicina habéis estudiado, á lo que parece, señor Dionisio, pues tantas autoridades y de tantos autores traéis para probar vuestra intención contra los médicos.
LERMA.--Aquellas tiénenlas estudiadas y recopiladas muchos, días ha, para satisfacerse de los médicos que dixeren alguna cosa de los boticarios, aunque no puedo dexar de confesar que Dionisio tiene tanta habilidad que basta para más que esto, y en todo lo que ha dicho dice muy gran verdad y tiene razón, porque son todas cosas convenientes y necesarias; y verdaderamente es mucho el daño que hacen los médicos que no son suficientes ni tienen la habilidad que se requiere para usar bien sus oficios, de las cuales es la mayor la arte y después la experiencia, y con ellas se ha de juntar el buen natural, la discreción y la buena estimativa para conocer y juzgar y obrar con la calidad y cantidad, y guardar los tiempos, las condiciones, diferenciando con el buen juicio la manera que se ha de tener en las curas, que requieren diversas formas y maneras para ser curadas; y conforme á esto, los médicos, para ser buenos médicos, si fuese cosa que se pudiese hacer, habrían de ver curar cuando mozos y curar cuando viejos y experimentados.
PIMENTEL.--Lo que yo infiero de lo que ha dicho Dionisio y de lo que vos, señor licenciado, decís, hartos más son los que enferman y mueren por la iñorancia ó malicia de los médicos y boticarios que los que sanan con las curas que les hacen y medicinas que reciben. Y así lo que dice Salomón, que el Señor altísimo crió de la tierra la medicina y el varón prudente no la aborrecerá, entiéndolo yo por la buena medicina; pero por lo que se ha platicado, pocas medicinas tienen buenas los boticarios, y tan pocas son las que ordenan bien los médicos; y así lo mejor sería que las gentes se curasen todas como yo he visto á los mismos médicos cuando están enfermos, y á sus mujeres y hijos cuando están malos.
LERMA.--¿Y qué diferencia ha visto vuesa merced hacer?
PIMENTEL.--Yo os la diré luego. Cuando un médico está malo, jamás le veréis comer ni tener dieta, á lo menos tan estrecha como la mandan á los otros enfermos; no comen lentejas, ni acelgas cocidas, ni manzanas asadas, sino muy buenos caldos de aves y parte dellas con otras cosas sustanciales. Beben siempre, aunque tengan calentura, un poco de vino aguado, y no del peor que pueden haber. No permiten sangrarse ni purgarse, si la necesidad no es tan grande que vean al ojo la muerte; á sus mujeres y hijos cúranlos tan atentadamente, que siempre dicen que dexan obrar á la naturaleza, y nunca les dan purgas ni les hacen sangrías, sino son en enfermedades agudas y peligrosas. Pero si uno de nosotros está un poco mal dispuesto ó tiene calentura, por poca que sea, luego receutan xarabes y purgas y mandan sacar cien onzas de sangre, con que recibe el cuerpo más daño que provecho puede recoger en toda su vida de los médicos.
LERMA.--La culpa desto tiene la común opinión del vulgo, porque si un médico va á visitar tres ó cuatro veces á un enfermo y no provee luego en hacer remedios, tiénenle por iñorante y murmuran dél, diciendo que no sabe curar ni hace cosa buena en medicina, y si no les mandan comer dietas y estrecharse, parésceles que aquello es para nunca sanarlos; y por otra parte, desmándanse á comer mil cosas dañosas, y muchas veces por esta causa estrechamos la licencia, que bien sabemos que hay pocos enfermos que no la tomen mayor que nosotros se la damos, y acaece á muchos venirles la muerte por ello. Y á la verdad, los médicos habrían siempre de mandar lo que se ha de hacer puntualmente, y los enfermos cumplirlo sin salir dello; y lo que nosotros hacemos con nuestras mujeres y hijos es porque osamos aventurarlas, y si la cura fuere más á la larga, nuestro ha de ser el trabajo.
D. GASTAR.--Si los médicos teniendo mayor afición y voluntad para procurar la salud á sus mujeres é hijos hacen eso con ellos, lo mismo querría yo que hiciessen conmigo.
LERMA.--Vuesa merced, que lo entiende y tiene discreción para ello, holgaría de que se tuviese esa orden en sus enfermedades; pero las otras gentes, á los médicos que luego receutan y sangran y purgan y hacen otras cosas semejantes y experiencias malas ó buenas, tiénenlos por grandes médicos y con ello cobran fama y reputación entre las gentes.
PIMENTEL.--Entre las gentes necias será esto; pero no es buena razón, señor licenciado, que miren los médicos ninguna cosa desas para dexar de cumplir con lo que son obligados á Dios y á sus conciencias, y al bien general y particular de sus repúblicas; y habrían siempre de tener cuenta con la necesidad de los enfermos, y no con el juicio de las gentes; y cuenta con curar las enfermedades de manera que de los remedios que aplican para sanar las unas no se engendrasen otras mayores, y cuenta con que la han de dar á Dios si usan bien ó mal sus oficios, y desta manera nunca errarán en lo que hicieren ni tendrán de qué ser reprendidos ni acusados. Pero ¿quién hay que haga esto?
LERMA.--Algunos habrá, si vuessa merced manda no llevarlos á todos por un rasero.
PIMENTEL.--Si los hay yo no los veo, y reniego del mejor de vosotros, como dixo el que araba con los lobos.
LERMA.--Vámonos, señor Dionisio, que basta lo que el uno al otro nos hemos dicho sin esperar la cólera del señor Pimentel, que yo le veo en términos de ponernos á todos muy presto del lodo.
PIMENTEL.--Eso será por no esperarse á oir las verdades.
DIONISIO.--¿No bastan las que nosotros hemos tratado sin que vuessa merced quiera traer cosas nuevas? Y si han de ser para echarnos de aquí por fuerza, mejor será que nos vamos antes que oyamos con que nos pese.
LERMA.--Aunque yo quisiese detenerme, no puedo hacerlo. Vuessa merced, señor Gaspar, está mejor, loado Dios, y para el dolor del hígado se aplicarán luego los remedios necesarios. Yo me voy por la botica de Dionisio, donde dexaré dada la orden en lo que se hubiese de hacer. No se beba otra agua sino la de doradilla, y con tanto, beso las manos á vuesas mercedes.
D. GASPAR.--No sea esta visitación para olvidarme tanto como estos días.
DIONISIO.--No será, porque yo tendré cuidado de ponerlo al señor licenciado para que venga muchas veces.
D. GASPAR.--A vos, señor Dionisio, os pido yo por merced que vengáis, que no huelgo menos con vuessa visitación que con la de cuantos médicos hay en el mundo.
DIONISIO.--Yo lo haré así, y agora vuestras mercedes me perdonen, que el licenciado lleva priesa y quiero seguirle porque no se agravie, y aun podrá ser que sospeche que todavía quedamos murmurando.
PIMENTEL.--No sería pecado mortal si la murmuración fuesse tan verdadera y provechosa como las passadas.
Finis.
COLLOQUIO
Entre dos caballeros llamados Leandro y Florián y un pastor Amintas, en que se tratan las excelencias y perfición de la vida pastoril para los que quieren seguirla, probándolo con muchas razones naturales y autoridades y ejemplos de la Sagrada Escritura y de otros autores. Es muy provechosa para que las gentes no vivan descontentas con su pobreza, no pongan la felicidad y bienaventuranza en tener grandes riquezas y gozar de grandes estados.
INTERLOCUTORES
Leandro.--Florián.--Amintas.
LEANDRO.--Paréceme, señor Florián, que no es buen camino el que llevamos; porque agora que pensábamos salir al cabo deste monte, entramos en la mayor espesura, y según veo no se nos apareja buena noche, pues será excusado salir tan presto de este laberinto donde andamos dando vueltas á una parte y á otra, sin hallar salida.
FLORIÁN.--Culpa es nuestra, pues quessimos que nos anocheciese en tierra tan montañosa, y cuanto más anduviéremos será mayor el yerro no sabiendo á qué parte vamos. Lo mejor será que nos metamos en una mata destas y desenfrenando los caballos para que puedan pacer, passemos lo que nos queda de la noche durmiendo, que venido el día presto podremos aportar á poblado.
LEANDRO.--Bien decís; pero á mí me parece que oigo ladrar algunos mastines, y sin duda debe de estar cerca alguna majada de pastores.
FLORIÁN.--Decís la verdad, que yo también los he oído; por aquí podremos ir, que el monte está menos espeso.
LEANDRO.--No sería malo hallar alguna cosa que comer, porque yo os doy mi fe que no voy menos muerto de hambre que si hubiesse tres días que no hubiesse comido bocado.
FLORIÁN.--A mí la sed me fatiga, aunque no lo había dicho; pero una noche como quiera puede pasarse.
LEANDRO.--Mejor sería passarla bien que mal, si pudiéssemos, y no hemos traído mal tino, que veis allí está fuego hecho y un pastor no poco enzamarrado; pero doy al diablo estos perros que assí nos fatigan como si veniéssemos á hurtalles el ganado.
AMINTAS.--Torna aquí, Manchado, que mala rabia te mate y lobos te despedacen; torna aquí; dolos yo á la mala ventura, que no saben ladrar sino cuando no es menester.
LEANDRO.--Buenas noches, hermano mío.
AMINTAS.--Salud buena os dé Dios. ¿Qué venida es ésta por aquí á tal hora?
FLORIÁN.--Mi fe, hermano, no venimos por nuestra voluntad, sino por haber perdido el camino, que toda esta noche hemos andado perdidos por este monte, hasta agora que contigo hemos topado, que no ha sido pequeña dicha.
AMINTAS.--Esa yo la he tenido en haber llegado á mi majada personas tan honradas, y más y más si en ella quisiéredes ser mis huéspedes por esta noche, pues que á cualquiera parte que queráis caminar, el pueblo más cercano está de aquí dos leguas; y con la grande escuridad que hace, dificultosamente podréis atinar allá, aunque yo quisiese poneros en el camino.
LEANDRO.--Desa manera forzado será aceptar tu buena voluntad y ofrecimiento; pero dinos, ¿por ventura tienes alguna cosa que comamos, que lo que nos dieres te será todo muy bien pagado?
AMINTAS.--No ha de faltar, si queréis contentaros con la miseria de que vivimos los pobres pastores. Desenfrenad los caballos para que puedan pacer, pues hay hierba en abundancia que suplirá la falta de la cebada, que para vosotros pan hay con un pedazo de cecina y esta liebre que mis mastines por gran aventura mataron, para la cual tenía encendido el fuego que veis, y assí está ya aparejada, y en lugar del buen vino que solemos beber en vuestra tierra, habréis de pasaros con agua que agora poco ha he traido de una clara y sabrosa fuente.
LEANDRO.--Dios te dé buena ventura, que más nos hartará tu buena voluntad y gracia que todos los manjares y vinos del mundo, y pues que así es, comencemos á comer, que en verdad yo estaba medio desmayado con pensar que esta noche la habíamos de pasar como camaleones.
FLORIÁN.--Nunca Dios hizo á quien desamparase, y yo os prometo que me sabe mejor lo que como y bebo que si estuviéssemos en el mejor banquete que se hace en la corte.
AMINTAS.--El buen gusto hácelo el buen apetito y la hambre, que es la cosa que mayor sabor pone á los manjares, y así agora no podrá saberos mal el pan de centeno de mi convite que tan buenos bocados os veo dar en él como si fuesse de trigo y de lo muy escogido, blanco y regalado.
FLORIÁN.--Así me ayuda Dios que hasta agora yo no había mirado si era de trigo ó de centeno, porque me sabe tan bien, que no tengo cuidado sino de hartarme.
AMINTAS.--Si queréis, señores, leche migada, aquí la tengo en este cacharro nuevo; bien podéis comer sin asco, que yo os digo está bien limpio.
LEANDRO.--Está tan sabrosa y tan dulce que ninguna cosa me ha sabido mejor en mi vida. Comed della, señor Florián, que por ventura nunca mejor la comistes.
FLORIÁN.--Assí es la verdad, pero no comamos tanta que nos pueda hacer daño.
LEANDRO.--Bien habéis dicho, que yo ya estoy satisfecho.
FLORIÁN.--Y yo muy bien harto. Dios dé mucha salud á quien tan bien nos ha convidado.
AMINTAS.--Assí haga, señores, á vosotros, aunque no tenéis de qué darme gracias, si no es por la voluntad, que, conforme á ella, de otra manera fuérades convidados.
LEANDRO.--Dime, hermano mío, ¿cómo es tu nombre?
AMINTAS.--Amintas, señor, me llamo, á vuestro servicio. Mas decidme, ¿para qué lo preguntáis?
LEANDRO.--Lo uno para saber de quién hemos recebido tan buena obra, y que cuando se ofreciere tiempo podamos galardonarte della, y lo otro para poderte mejor decir algunas cosas que después que aquí estamos me han pasado por el pensamiento.
AMINTAS.--Cuando alguna buena obra se hace, ella misma trae consigo el galardón en ser bien hecha, assí que yo me doy por bien pagado si en algo he podido serviros. En lo demás, decid, señor, lo que quisiéredes, que bien aparejado me hallaréis para oiros.
LEANDRO.--Pues tan buen aparejo hallo en ti, hermano Amintas, para escucharme, quiérote decir lo que estoy considerando, y no me tengas á mal mis razones, porque en el fin dellas conocerás que todas irán enderezadas en provecho y honra tuya; y cuando así no fuere, bien podré yo engañarme, pero mi intención será buena, pues quiero darte en todo el consejo que yo para mí mesmo tomaría, aunque por ello me puedas dar la viga que dicen que está aparejada para quien lo da á quien se lo pide.
AMINTAS.--Aquellos que son aconsejados mal ó bien, tienen una gran ventaja, y es que no son forzados, antes quedan en su libertad para escoger lo que mejor les está y les pareciere; que de otra manera no sería consejo, sino mandamiento forzoso; así que los que aconsejan, no solamente bien, pero aunque sea mal, han de ser con atención oídos, porque si el consejo es bueno pueden y deben los hombres aprovecharse dél, y si es malo toman las gentes mayor aviso para huir el peligro que consigo trae; aunque para esto yo confieso que hay necesidad de muy gran discreción, porque muchas veces las gentes simples son engañadas con el consejo de los maliciosos.
LEANDRO.--Tienes tanta razón en lo que dices y tan buenas razones en lo que hablas, y con tan polido y gentil estilo te muestras en tu plática tan prudente, que sólo esto me mueve á decirte mi parecer cerca de lo que debrías hacer de ti y de tu vida; que según siento traes tan mal empleada en la soledad de estos desiertos y montes, y en la braveza destas montañas, á donde aun las bestias fieras parece que de mala voluntad habitarían. Y para que mejor, hermano mío Amintas, puedas entenderme, yo he considerado que, siendo tú un mancebo al parecer de veintiuno á veintidós años, con muy buena disposición en el cuerpo y tan hermoso de rostro que andando tratado de otra manera pocos ó ninguno habría que te hiciesen ventaja, assí en gentileza como en hermosura, teniendo otras gracias que, según lo que de ti hemos visto y conocido no deben faltarte, y sobre todo un buen natural y juicio claro, dotado de gran discreción, con sutil y delicado entendimiento, que lo empleas tan mal todo ello, que con razón podrías ser reprendido de los que te conocen y sienten que podrías tener mayores y mejores pensamientos que no los que muestras andando tras el ganado, en hábito tan humilde que nunca serás ni podrás ser más de lo que agora paresces, que es ser pastor como los otros pastores. Y contentándote con la pobreza y desventura que todos tienen, sin pretender de pasar más adelante ni venir á ser más estimado y temido, habiendo en ti tanta habilidad y suficiencia, á lo que hemos visto y conocido, que más pareces hombre disfrazado que no criado en el hábito que traes. Así que, amigo Amintas, lo que todas las gentes pretenden, que es el valor de la persona y las riquezas, por donde vienen á ser más estimados y tenidos, tú también lo habías de pretender y procurar, no teniendo tan gran descuido para lo que te cumple, que si tú quieres ponerte en mudar el hábito y manera de vivir en que agora andas, yo fiador que ni te falten aparejos para venir poco á poco á poner tu persona en otra manera de vida con que puedas vivir más honrado y contento que agora lo estás, aunque á ti te parezca al contrario de lo que digo.
FLORIÁN.--Todas las mudanzas son trabajosas, y aunque sean de mal en bien ó de bien en mejor se hacen con dificultad, porque la costumbre se convierte en otra naturaleza, y assí debe de ser en Amintas, que aunque conozca que vuestro consejo, señor Leandro, es bueno y provechoso, con estar tan acostumbrado, y por ventura toda su vida, en el oficio que agora tiene, dificultosamente querrá dexarlo, que si él quisiesse todos le ayudaríamos para disponer de sí, mudando el hábito y procurando remediarse por otra vía más aventajada y honrosamente.
AMINTAS.--Conocido he, señores, la intención con que me habéis dicho lo que de mi vida os parece, y que el consejo que me dais es como de personas que deseáis mi bien y lo procuraríades cuando en vuestra mano estuviese, y pues no os lo puedo servir con las otras según mi pobreza, agradecéroslo he siempre con mi voluntad. Pero muy engañados estáis en lo que de mí habéis juzgado, porque yo voy por otro camino muy diferente del que á vosotros os parece que siga, y no debéis maravillaros mirando lo que comúnmente se dice: que cuantas cabezas hay, tantos son los pareceres y juicios diferentes. Vosotros fundáis vuestra opinión en aquello que tenéis por mejor y más bien acertado, porque así está concebido y determinado en vuestro entendimiento, y á mí pónenseme delante otras razones tan fuertes en lo contrario, que no me dexan determinar en dexar la vida que tengo, ni en que tenga por mejor otra ninguna de las que las gentes tienen; y si no fuesse por no cansaros y haceros perder el sueño, que os será más provechoso, yo las diría, para que viésedes que no me faltan razones, si por ventura con ellas me engaño, para querer ser pastor, como lo soy, y no tener en nada todo lo que el mundo para valer más me pueda poner delante.
LEANDRO.--No podrás, Amintas, darnos mejor noche que será con oirlas, que el sueño no nos hace falta, y pues que descansamos recostados en esta verde frescura, por amor de mí te ruego que prosigas hasta el cabo de tu plática, que de muy buena gana escucharemos, para poder entender qué causas pueden á ti moverte, fuera de la simpleza que los otros pastores tienen, para tener y estimar en mucho la vida que todos tenemos en poco, huyendo della con todo nuestro poder y fuerzas, y que tú por tu voluntad quieras seguirla, mostrando tan gran contentamiento con ella.
AMINTAS.--Pues que assí lo tenéis por bien, escuchadme, que yo las diré y con la mayor brevedad que pudiere, para que si os parecieren torpes y mal fundadas, como salidas de un entendimiento torpe y grosero, no recibáis cansancio en escucharlas, que los pastores á veces pueden leer cosas que los ciudadanos, impedidos de sus tratos y conversaciones, por ventura no leen, por donde recogeré en mi memoria algunas cosas de las que en este yermo á mis solas he leído acerca deste propósito de que hablamos.
FLORIÁN.--Antes te ruego que las digas sin dexar ninguna cosa de lo que te pareciere que hace al propósito, para que mejor las entendamos.
AMINTAS.--Todas las cosas como las hace y produce la naturaleza desnudas y con sólo el ser que de su sustancia tienen son de mayor perfición que cuando los accidentes son adquiridos y postizos, porque parece que la causa de tener necesidad dellos arguye aquella cosa ser imperfecta y querría ser ayudada con ponerlos en sí, para la imperfección que en sí sienten. Y porque mejor me podáis entender, decidme, señores, ¿qué ventaja hace una cosa viva, aunque sea fea y tenga muchos defetos para parecer bien, á la mesma cosa pintada, aunque el pintor se esmere en hacerla y procure contrahacer naturalmente á la viva? Y así mesmo ¿qué ventaja tan grande la de la hermosura igual al parecer en dos mujeres, si la una la tiene suya sin poner cosa ninguna y la otra la tiene postiza y con afeites y otras cosas que la ayuden á estar hermosa? Pues si tomáis las hierbas y flores que nacen en los campos de diversos colores y matices, ¿cuánta mayor perfición muestran en sí que las que están pintadas y contrahechas? Y dexando aparte la suavidad de los olores, y la virtud con que están criadas, en el parecer les hacen ventaja muy conocida.
Pareceros ha, señores, que estas comparaciones van sin propósito hasta que entendáis el fin para que las he dicho, el cual es mostraros que cuanto las cosas están más cerca y allegadas á lo que manda y muestra querer la naturaleza, tanto se podrían decir que tienen mayor bondad y que son más perfetas, y con la perfición más dignas de ser queridas y seguidas de las gentes. Todo esto he dicho para mostraros que, siendo la vida pastoril, por muchas causas y razones que para ello hay, más allegada á la que la naturaleza quiso como por principal intento y voluntad que los hombres seguiéssemos, que os parezca también que los que la siguen y se contentan con ella no solamente no hacen yerro ninguno, pero que no por esso es razón que sean tenidos en menos que los otros hombres que siguen y andan embebidos en las riquezas y en los deleites y en las pompas y honores, que todas son vanidades del mundo.
LEANDRO.--No me parece mal fundamento el que has tomado; pero yo no veo razón que baste á probar cómo quiso la naturaleza más que los hombres anduviesen guardando ganado que no que entendiesen en los otros tratos y negociaciones que se acostumbran en el mundo.
AMINTAS.--No digo yo que la naturaleza lo quiso de manera que no dexase lugar para que pudiésemos entender en otras cosas; pero que parece que esto nos puso delante como cosa más principal, y assí lo podréis entender por lo que agora diré. Cuando nuestro señor Dios tuvo por bien de criar el mundo y en él á nuestros primeros padres á su imagen y semejanza, fué con aquella llaneza y simplicidad que se requería para estar en su servicio, hasta que comieron del fruto vedado, por el cual fueron echados del Paraíso; y como por el pecado cometido les fuese dado mandamiento, por maldición, que comiesen del sudor de sus manos, hallaron para sustentarse las hierbas y las raíces en los campos, las frutas en los árboles, las aguas en las fuentes y ríos y las semientes puestas, así verdes como maduras, en las mesmas hierbas; todo esto, después que una vez lo hallaban, no huía ni se apartaba dellos; pero los ganados, de cuya leche y lo que de ella se hace, también habían de comer, aunque no comían la carne para mantenerse, en descuidándose se iban por unas partes y por otras, de manera que les era trabajoso el andarlos buscando, y assí les fué forzado, juntando algunos rebaños dellos, hacerse ellos mesmos guardas y pastores, obedeciendo á la naturaleza que parecía mandarles, y aun forzarles, á que lo hiciesen para que mejor pudiesen sustentarse. Y assí en teniendo hijos los pusieron en el mesmo cuidado; pues que el oficio de Abel fué guardar los ganados, y el de Caín ser labrador de las hierbas y simientes que entonces producía la tierra; y conforme á esto se puede creer que en aquella edad primera y dorada los mejores bienes y mayores riquezas que los hombres tenían eran los ganados, de que se sustentaban á sí y á sus hijos y familias, gozando de los despojos de la lana, leche y queso y manteca, y aun haciendo vestidos de los pelejos dellos, porque entonces no procuraba la malicia humana las nuevas invenciones de los vestidos y atavíos que agora se usan, ni conocían el oro ni la plata, sino por unos metales muy buenos de que se aprovechaban en las cosas necesarias y no para hacer moneda, que fué la mayor perdición que pudo venir al mundo, no por el dinero, que, por ser como un fiador de las cosas vendibles, excusa de muchos males que habría sin él, mas por la cobdicia que vino al mundo junto con el dinero. Y el valor que tuvo el dinero cuando se hizo fué porque en él estaba esculpida la figura de oveja ó cabra ó de otra res de ganado, ó porque la primera moneda que hubo fué hecha y esculpida la señal en el cuero de los ganados, y por la una causa ó por la otra en latín se llamó pecunia, que quiere decir cosa de ganado, de manera que los que más y menos valían, todos debían de ser guardas y pastores de sus ganados. Y aun después de aquel universal diluvio, como parece por aquel gran patriarca Abraham, que, siendo un hombre tan poderoso, su principal patrimonio eran los rebaños de los ganados, los cuales él vía y visitaba de contino, y aun por aventura también guardaba, como parece cuando estaba á la puerta de su casa que se le parecieron tres ángeles en figura de hombres mancebos que le denunciaron que Sara, su mujer, en su senectud pariría, y queriendo tenerlos por convidados, él mesmo fue al ganado y trajo una ternera, con que les hizo el convite. Y así mesmo cuando hizo el concierto y confederación con Abimelec y Michol, para confirmar la amistad le dió parte de los ganados que tenía. También su hijo Isaac, cuando los de Palestina, pareciéndoles que se hacía más rico y poderoso que ellos, le mandaron salir de la tierra, las mayores riquezas que llevó fueron sus ganados, y haciendo pozos en muchas partes para que las reses no pereciesen con la sed, tuvo contienda sobre el agua con los pastores de Gerare. Y cuando aquel gran patriarca Jacob fué á la tierra de Oriente y allegó á la casa de Labán, su tío, primero halló á su hija Rachel que, siendo pastora, apacentaba los ganados de su padre, por la cual y por el engaño que le fué hecho con su hermana Lia, servió catorce años, y cuando se despedía de Labán, su suegro, para volverse á su tierra, siendo por él molestado que no se fuesse, hizo concierto con Jacob que porque tornase á ser pastor y guarda de sus ganados le daría todas las ovejas y cabras que de allí adelante naciesen manchadas y de diversos colores. Lo mesmo sabemos todos de los hijos de Jacob, que también fueron pastores como su padre, y el menor dellos, que fué José, les llevaba de comer al campo donde andaban con el ganado que Jacob tenía. Del pacientísimo Job es bien notorio que, siendo el más rico hombre de toda la provincia donde habitaba, sus principales riquezas eran los ganados de todas suertes, así como ovejas y cabras, bueyes, asnos y camellos, con los cuales andaban sus criados y sus mesmos hijos, no se desdeñando de ser guardas y pastores dellos. Moisés, caudillo del pueblo de Israel, y por cuyo consejo fué librado del poder de Faraón, pastor era y apacentando andaba el ganado de su suegro Jetro cuando Dios se le apareció en la zarza que ardía y no se quemaba. Saúl, cuando fué ungido rey, andaba buscando unos asnos de su padre que se le habían perdido, lo cual era señal que él era el que tenía cuidado de guardarlos. Del real profeta y grande amigo de Dios, el rey David, notorio y muy claro es á todos que siempre andaba en el campo apacentando el ganado de su padre, y que de allí lo escogió Dios para que gobernase y regiese el pueblo de Israel. Y sin estos que he dicho, hubo otros muchos patriarcas y profetas y varones muy señalados, no solamente entre los judíos, pero también entre otras naciones y maneras de gentes que á mí se me olvidan y de quien no hacen mención las escrituras y corónicas que fueron pastores, no lo teniendo en menos que cualquiera otro de los oficios y manera de vivir que las otras gentes seguían, porque, como he dicho, entonces no había las vanidades, las pompas, las presunciones, los pensamientos altivos y soberbios que hay agora, ni los bollicios y sutilezas de los ingenios, todos endrezados á subir y valer más como quiera que sea, lícita ó ilícitamente, desdeñándose las gentes de todo aquello que solían hacer y seguir los antiguos y personas señaladas en vida y en dotrina, de quien están obligados tomar enxemplo siguiendo sus pisadas, haciendo lo que ellos hacían.
LEANDRO.--No tienes razón, Amintas, en parecerte que essas razones sean tan bastantes que obliguen á todas las gentes para que, desando todos los otros oficios y maneras de vivir, se vuelvan á ser labradores ó pastores, como tú querrías que lo fuessen.
AMINTAS.--Menos razón tenéis vos, señor, en pareceros que no hace bien ningún hombre que tenga buen entendimiento, con otras gracias, en seguir la vida pastoril, pues con tantas razones á mí me estábades persuadiendo para que, pareciéndome tenerla mal empleada, la desamparase.
FLORIÁN.--Por cierto, Amintas, tú has dicho y alegado, defendiendo tu opinión, buenas razones y enxemplos; si hubiese agora algunos de los pastores de los que había en aquellos tiempos que supiesen y entendiesen tan bien lo que les convenía para con Dios, para con las gentes; pero pocos se hallarán de tu manara, que ya no hay en ellos aquella simplicidad santa, ni la sabiduría llena de bondad, ni las obras, para que merezcan tener aquella familiaridad con Dios, por la cual eran dél visitados y ayudados de su gracia, con que venían á ser estimados y tenidos en mucho, como tú lo has dicho.
AMINTAS.--¿Sabéis qué puedo responderos á esso? Lo que un pastor á un obispo, que reprendiéndole de cierta cosa en que había pecado, le decía que los pastores de los tiempos pasados todos eran santos y buenos y amigos de Dios, y que por esso Dios los quería bien y hacía tantos milagros por ellos, y así como á santos y amigos suyos se les aparecieron los ángeles á denunciarles el nacimiento de Christo y fueron los primeros que le adoraron y ofrecieron dones; y que los pastores deste tiempo eran muy mal inclinados y simples, y que toda su simpleza era inclinada á mal fin y á hacer con ella malas obras. Y el pastor le respondió: También, señor, en este tiempo, cuando moría algún obispo ó perlado se tañían las campanas de suyo, y ahora, cuando las quieren tañer, no bastan cien brazos y manos á moverlas. Mayor obligación tenéis los obispos y los curas de ánimas, los cardenales y patriarcas y aun el papa, de no hacer cosa mala ni de que poder ser reprendidos, pues sois más verdaderos pastores que nosotros y habéis de dar cuenta á Dios de mayores y mejores rebaños de ganados, so pena de pagar con vuestra ánima lo que por vuestra culpa se perdiere; que nosotros, si algún mal ó daño hacemos, á muy pocos daña, y principalmente es para nosotros, que pagamos de nuestras haciendas ó soldadas las reses que se nos perdieren; pero los perlados inficionan sus ovejas con el mal enxemplo de su vida y excesos; y en fin, todos somos pastores y todos hacemos mal lo que somos obligados, y así tiene agora Dios tan poca cuenta y familiaridad con los obispos y con los otros perlados y curas de ánimas como con los pastores que andan con el ganado en el campo. Y la verdadera reprensión que me habéis de dar es con el buen enxemplo y dotrina de vuestra vida, para que yo me avergüence y confunda cuando no hiciere lo mismo que vos hiciéredes.
LEANDRO.--Avisado pastor era esse, y bien conozco yo que no solamente los obispos y los otros perlados y pontífices son pastores y tienen la obligación que has dicho, pero que desa manera también se pueden llamar pastores los emperadores, reyes y príncipes, y los otros grandes señores y todos aquellos que tienen vasallos y súbditos con cargo de gobernarlos.
AMINTAS.--Pues si todos estos son pastores como yo soy pastor, harto mejor vida es la mía que no la suya; porque los unos han de tener cuidado de las ánimas y los otros de los cuerpos de muchas gentes, gobernándolos con muy gran rectitud y justicia, y cuando dexan de hacerlo por voluntad ó negligencia ó descuido, es grandíssima la pena que tienen, que no pagan con menos que con la condenación de sus ánimas; y yo, aunque se me pierda un carnero, ó me lleve el lobo una oveja, ó me coma un cabrito, con pagarlo á mi amo le satisfago y quedo sin pena ninguna; así que no tengo por buen consejo dexar de ser pastor de rebaños de bueyes y vacas, y ovejas y cabras, en que tan poco se aventura, y procurar de serlo (como vosotros me aconsejáis) de hombres y mujeres, poniendo en mayor condición la salvación de mi ánima de la que agora tengo.
LEANDRO.--Muy bien me parece, Amintas, lo que dices si bastasse para hacerme entender del todo lo que al principio dixiste.
AMINTAS.--¿Y qué dixe?
LEANDRO.--Que la vida pastoril era más conforme á la manera en que la naturaleza quería que viviesen las gentes que no ninguna de las otras.
AMINTAS.--Ya me acuerdo, y lo que por medio se ha tratado me embarazó á seguir la plática comenzada; pero tornando al propósito, digo que la naturaleza hizo y crió todas aquellas cosas que le pareció que no solamente bastaban para socorrer á la necesidad de todos los animales, pero también á la de los hombres; y á todas las puso en gran perfición, que si quisiésemos usar y aprovecharnos dellas, sin otro ningún artificio, por ventura las hallaríamos muy más provechosas, y serían causa de alargarnos la salud y la vida mucho más tiempo; porque cuando los hombres comían por pan las frutas de los árboles, las hierbas, las simientes y raíces y los otros mantenimientos sin hacer las mezclas que agoran hacen, no se les acababa la vida tan presto, y así veréis que los ciudadanos y ricos que no viven con otro cuidado si no de procurar de poner artificiosamente otro diferente sabor en los manjares del que consigo tienen, que no siguen la orden de naturaleza como la seguimos los pastores, los cuales nos contentamos con comer las cosas que he dicho, y el pan de centeno tenemos por curiosidad para nosotros; cuando hallamos algunas frutas montesinas ó algunas hierbas comederas y también algunas raíces sabrosas, deleitámonos en comerlas. Si matamos alguna liebre ó conejo con nuestros cayados, ó si tomamos con lazos y redes que armamos algunas aves, no las estimamos en tanto que se nos dé mucho por comerlas, por la costumbre que tenemos de contentarnos con lo que ordinariamente comemos, porque nunca nos falta esto que digo, con abundancia de leche y queso y manteca y cuajada que nos dan las cabras y las ovejas; y cuando la sed nos acosa, buscamos las fuentes de las montañas, y llegándonos á ellas, miramos cómo salen aquellos chorros de agua á borbollones por medio de las venas de la tierra, y á donde vemos que la arena está más limpia y dorada, con unas pedrecillas pequeñas que con la claridad transparente de la agua están reluciendo, allí nos echamos de bruces y nos hartamos. Y si esto no queremos hacer, con nuestras manos encorvadas tomamos el agua y la traemos á la boca, no tomando menos gusto en beber por este vaso natural y de que nos poseyó naturaleza, que si bebiésemos por los más ricos de oro y plata que tuvieron los reyes Creso y Mida, como se cuenta en las historias. Cierto, poco cuidado tenemos de los buenos vinos y sidras y cervezas y alojas, ni de los otros brebajes que se hacen, porque el no verlos ni tratarlos nos quita la codicia dellos y de los manjares sabrosos y delicados; y el gusto, como está hecho á comer y beber lo que digo, parécele que no hay cosa que mejor sabor tenga. Y, verdaderamente, muchos de nosotros, comiendo algunas veces de las cosas que no acostumbramos, por buenas que sean, nos revuelven los estómagos y nos hacen mucho daño; assí que no sentimos falta dellas, ni las procuramos, antes nos reimos y burlamos de ver á las otras gentes con un error y cuidado tan grande, y con una solicitud tan extraña en tener muchas cosas bien aderezadas y muchos manjares bien adobados para hartarse dellos, los cuales, pasando por tantas manos tan envueltos y revueltos, no pueden ir con aquella limpieza que lo que nosotros comemos, aunque á todos os parezca al contrario desto. Y dejando lo que toca al comer y beber, muy gran ventaja es la que haga la vida pastoril á la de todas las otras gentes, en la quietud y reposo, viviendo con mayor sosiego, más apartados de cuidados y de todas las zozobras que el mundo suele dar á los que le siguen; las cuales son tan grandes y tan pesadas cargas, que si las gentes quisiesen vivir por la orden natural, habían de procurar por todas las vías que pudiesen de huirlas y apartarse dellas; pero no viven sino contra todo lo que quiere la naturaleza, buscando riquezas, procurando señoríos, adquiriendo haciendas, usurpando rentas, y todo esto para vivir desasosegados y con trabajos, con revueltas y con grandes persecuciones y fatigas. Los que somos pastores, el mayor cuidado que tenemos es de dormir muy descansadamente; muy pocas cosas nos hacen perder el sueño si no estamos en alguna parte donde tengamos temor á los lobos. A donde quiera que vamos hallamos muy buena cama, que es la tierra, en la cual nos acostamos sin hallar menos los colchones y cabezales blandos, ni las sábanas delgadas y mantas de lana fina. Ponemos una piedra ó terrón por cabecera, y muchas veces se nos passa así una noche entera sin que despertemos; y de mí os digo, que cuando me pongo á pensar que la tierra es la verdadera cama en que nuestros cuerpos han de reposar después que la ánima los desampare, tan largo tiempo como será hasta que seamos llamados para el universal juicio, que me maravillo cómo por tan pocos días y tan breve vida ninguno quiere hacer mudanza ni tener otra cama. Y si dixéredes que se hace por el daño que recebiría la salud con la humedad de la tierra, la costumbre es la que quita estos inconvenientes, que los pastores por la mayor parte viven muy sanos y con pocas enfermedades, y si las tenemos, no tan recias y trabajosas como los que viven con regalos y delicadezas. Y también os sé decir que los vestidos que traemos, aunque no son tan costosos, no son de menos provecho que los de los ciudadanos, porque después de andar muy bien arropados, traemos encima las zamarras y pellicos en el invierno, con el pelo adentro, que nos pone mucho calor, y en verano afuera, porque la lana nos defiende del sol y el pellejo es para nosotros templado; sentimos muy poco los grandes fríos y los grandes calores, porque ya el cuerpo está curtido y acostumbrado á sufrirlos y passarlos sin trabajo, de manera que no nos espantan las nieves ni las heladas, porque cuando algo nos fatiga, eslabón y pedernal traemos en los zurrones, y la leña siempre está cerca, y cuando hace muy grandes calores y siestas, nunca falta una cueva ó choza ó la sombra de algún árbol que nos defiende de la fuerza del sol; y en el campo pocas veces falta algún viento fresco con que mejor puede pasarse; y assí, muy contentos y regocijados, cuando algunos pastores nos juntamos en uno, tañiendo nuestras gaitas y chirumbelas y rabeles nos holgamos y passamos el tiempo muy regocijados, dando saltos y haciendo bailes y danzas y otros muchos juegos de placer; y cuando yo quedo solo de día, ando con gran atención mirando por mi ganado y procurándole buenos pastos para la noche, en la cual sin ningún sobresalto me echo y duermo, como dicen, á sueño suelto; y si despierto antes del día, limpiando los ojos los levanto al cielo, y mirando aquellas labores con que los planetas y estrellas lo pintan, estoy contemplando muchas cosas, principalmente en Dios que los hizo y después en la gloria que en ellos se espera. Y con esto acuérdaseme de los filósofos y astrólogos que quieren medir los cielos y la grandeza del sol y el tamaño de la luna, la propiedad de cada una de las estrellas, y riome dellos y del contentamiento que tienen con su ciencia, pareciéndoles tan cierta que no pueden errar en ninguna cosa; porque á mi me parece que aunque acierten en muchas dellas, es tanto lo que queda por saber, que casi es nada lo que saben, y que mucho de lo que ellos tienen por cierto y averiguado, lo debrían tener por dudoso y aun por falso, y que sólo aquello se puede tener por muy verdadero que por la verdad y certidumbre de nuestra santísima fe estamos obligados á creer sin duda alguna. Y de aquí métome en otras contemplaciones que me levantan los pensamientos á mayores cosas que las del mundo, y que aquellas que vosotros, señores, me aconsejáis y querríades que las emplease. Cuando viene la mañana, alégrome con la luz; estoy mirando el lucero que viene como guia del resplandeciente sol, miro cómo se está descubriendo poco á poco, cómo tiende sus claros rayos sobre la haz de la tierra. Levántome luego en pie sin tener trabajo de vestírme, como no lo tuve de desnudarme, y bendigo y alabo á Dios con ver que muchas veces el campo, que á la noche estaba seco y limpio, á la mañana comienza á reverdecer saliendo los gromecitos pequeños de la hierba, la cual (estándola yo mirando) va creciendo, y de ahí á pocos días veo salir las flores y las rosas de diversos colores y matices, con una hermosura y olor tan suave, que parece cosa celestial. Oyo los cantos de las aves á las mañanas y á las tardes, que también con su dulce harmonía parecen música del cielo, y, en fin, veo pocas cosas que me den enojo y pocas que me desasosieguen; como no veo lo que pasa en el mundo, tampoco lo codicio, ni me parece que me falta nada, y hartas veces con el sobrado placer ando alrededor del ganado tañendo con mi chirumbela, dando saltos, que quien me viese pensaría que estoy fuera de juicio, aunque yo cuando esto hago pienso que tengo más seso y estoy más cuerdo que nunca.
LEANDRO.--Según esso, hermano Amintas, más amigo eres de la vida contemplativa que no de la activa, y no te puedo negar que no tienes razón en ello, pues por la boca de Christo se declaró y averiguó tener mayor perfición; mas para hacer lo que tú dices, si yo no me engaño, lo mejor sería ser flayre.
AMINTAS.--En esso cada uno hace lo que Dios le da de gracia, que yo por agora no quiero perder la libertad, sino hacer con ella lo que pudiere, para que Dios sea servido, que yo confiesso que, no teniendo respecto sino al servicio de Dios, es más perfecta vida la de los flayres; pero si queremos gozar juntamente de la libertad del mundo, buena es la de los pastores, y no es por fuerza que se han de salvar todos los flayres ni condenarse los que no lo fuesen.
LEANDRO.--No tienen tan buen aparejo para salvarse los pastores como ellos, porque cada día dicen ó ven misa, rezan sus horas y hacen otras devociones y sacrificios que vosotros no podéis hacer.
AMINTAS.--Yo no comparo la vida de flayres y pastores para hacerlas iguales, que bien conozco la ventaja por las causas que he dicho, pero tengo la vida de los pastores por mejor que la de los otros hombres que siguen los oficios y tratos del mundo. Y lo que yo pretendo que entendais de mis razones no es sino la poca razón que tenéis en persuadirme que dexe esta manera de vivir y que siga cualquiera de las otras que á vosotros os parece mejores, no lo siendo.
FLORIÁN.--¿Parécete á ti que es bien oir missa tan de tarde en tarde, confessaros mal y por mal cabo, oir tan pocos sermones, saber tan mal las cosas que tocan á la fe y tener tan poca noticia de las cosas y precetos ordenados por la Iglesia?
AMINTAS.--Harto peor es saberlo y no usar dello como conviene, que aunque dicen que la iñorancia no excusa el pecado, como no se puede negar, á lo menos quita la gravedad del pecado, porque más gravemente peca el que comete un pecado sabiendo que lo es, que no el que iñorantemente peca sin saber lo que hace, y el pastor que no cumpliere con el preceto divino y de la Iglesia en lo de la confessión, no le meto yo en la cuenta de los pastores de quien he hablado, ni tampoco el que dexase de oir missa podiendo hacerlo, aunque los santos padres del desierto y los ermitaños con la contemplación suplían las faltas que hacían en esto, porque Sanct Antón y San Pablo y otro muy gran número dellos estuvieron muchos años y tiempos donde ni vían missa, ni oían sermón, ni estaban al rezar de las horas; pero no por esso dexaron de salvarse y venir á ser santos y canonizados; assí que no por la falta que en lo que he dicho hecieren los pastores dexarán de tener por otras muchas vías aparejo para su salvación.
LEANDRO.--Bien me parece lo que dices, pero no me podrás negar que no vivís todos los pastores apocados y abatidos y sin tener parte en el mundo, y no porque la tuviéredes dexaríades de ser tan buenos y aun por ventura mejores de lo que sois; contentándoos con la vida solitaria, viviendo más como bestias salvajes que no como hombres que usan de la razón, con que sobrepujaron por excelencia á todos los otros animales.
AMINTAS.--No paséis, señor, más adelante, que estáis muy engañado en todo lo que habéis dicho; porque dexando aparte que á mí me paresce que lo que nosotros hacemos es usar de la razón, y que lo que las gentes hacen en los tráfagos y baratar, en la presunción de la honra, en procurar preminencias y estados, es todo muy gran desatino y locura, quiero responderos á lo que habéis dicho que el mundo nos tiene como á cosa superflua y olvidada, y esto sería si no se hubiese el mundo acordado de muchos pastores y aun casi reconosciendo algunas veces tener necessidad dellos; porque como en el principio de nuestra plática os dixe, Moisés, caudillo y capitán fue del pueblo de Israel, y para serlo salió detrás del ganado que guardaba; lo mesmo sucedió al rey David. Pero ya que queráis decir que á estos Dios los eligió por su mano, yo os diré otros muchos que de pobres pastores subieron á tener muy grandes y poderosos estados y reinos algunos, porque por su virtud fueron llamados para ellos, y otros que de sí mesmos los procuraron, dándose tan buena maña que hobieron y alcanzaron.
FLORIÁN.--Por tu vida que nos los digas, porque yo no sé ninguno y holgaré mucho de saberlo.
AMINTAS.--Á mí me place, que también lo he leído en historias. Los primeros que yo sé son Rómulo y Remo, que siendo criados por aquel pastor Faustulo que los halló echados á la ribera de una laguna, y por su mujer llamada Loba, después que iban creciendo les ayudaban á guardar sus ganados, y de allí vinieron á ser fundadores de la ciudad de Roma. Paris, hijo del rey Priamo, pastor fué mucho tiempo, y así lo era cuando la contienda de las tres diosas sobre la manzana de la discordia, y después por el robo de Elena fué causa de la destrucción de Troya. Apolo, por haber sido en la muerte de los cícoples, vino á ser pastor y guardó los ganados de Admeto, rey de Tesalia, y después vino á ser contado entre los dioses celestiales. Giges, rey de Persia, pastor fué primero, y hallando una piedra con la cual se hacía invisible todas las veces que quería, vino á tener amores con la reina, y matando al rey se casó con ella, y se dió tan buena maña que se quedó con el reino. Primislao, rey de Bohemia, primero anduvo apacentando vacas y yeguas que tuviese la gobernación del reino. Justino, emperador que tuvo el imperio antes de Justiniano, no solamente en su juventud fué pastor de vacas y yeguas, pero también dicen dél que fué mucho tiempo guarda de los puercos de un lugar donde vivía. Viriato, que fué príncipe y gobernó mucho tiempo el reino de los portugueses, deffendiéndolo muy esforzadamente del poder de los romanos, primero fué pastor y después cazador, y de allí vino á hacerse tan poderoso. Tulio Ostilio, rey de los romanos, cuando era mozo anduvo mucho tiempo en el campo apacentando las ovejas. Aquel tan poderoso y nombrado rey Ciro, estando en poder de Mitrídates y de su mujer llamada Espaco (pastores que lo criaron cuando por mandado de Astiages fué puesto á las bestias fieras que lo comiesen), muchas veces les ayudó á guardar los ganados. Licasto y Parrasio fueron gobernadores y reyes de Arcadia, los cuales habiendo sido echados en el campo cuando nacieron por su madre Filonomia y criados por un pastor llamado Teliso, le ayudaron, primero que la fortuna les ensalzase, á guardar los rebaños de los ganados con que andaban por los montes. El papa Sixto, primero deste nombre, hijo fué de un pastor y criado en el oficio de su padre, y no por esso dexó de alcanzar el pontificado. El gran Taborlán, rey de los citas, que casi fué en nuestros tiempos, el primer oficio que tuvo fué guardar los puercos, y después ser pastor de ganados, y de allí vino á ser entre los más poderosos reyes del mundo, y en ser famoso capitán muchos lo quisieron comparar al gran Alejandro, rey de Macedonia. También se dice que el primero Sofi, antes que viniese á ganar el señorío que agora tienen sus descendientes, guardaba ovejas y cabras en una montaña donde fue criado. Y porque viene al propósito, quiero contaros lo que sucedió á dos hermanas pastoras, hijas de un hombre que hacía carbón, lo cual me dixeron á mí por cosa muy cierta y verdadera, y assí lo tengo también por verdad.
FLORIÁN.--No será malo tener en qué pasar la noche, porque como estamos desvelados con la plática comenzada, yo fiador que aunque la dexásemos no nos venciese el sueño tan presto.
AMINTAS.--Pues escuchadme, que yo creo que es historia que holgaréis de oirla. Un rey de Francia, de cuyo nombre no tengo memoria, era en gran manera amigo de andar á caza y de montear venados y jubalís y otras bestias fieras; y como la tuviese por ejercicio y un día estando puesto en una parada se le fuese su venado della sin poderlo herir, fué tanta la codicia que le tomó de matarle, que encima de un muy hermoso caballo y muy ligero que tenía comenzó á seguirle sin tener atención á otra cosa. La tierra era muy montañosa y la espesura de los montes muy grande, y cuando el rey con los lebreles que le seguían vino á matar el venado, había corrido tan larga tierra, que estaba muy lejos de donde había dexado sus cazadores; y en fin, cebando los perros en la presa, y haciendo todas las otras muestras de gran cazador, sobrevino la noche muy cerrada y escura, y como hubiese venido dando vueltas á una parte y á otra, y también la escuridad le desatinase, cuando pensó que volvía donde sus cazadores tenían puestas sus armadas, se metió mucho más adentro en la montaña, y esto fué causa de que no pudiesse oir las bocinas que sus criados buscándole por unas partes y por otras tañían, y que ellos tampoco pudiesen oir la suya. Viéndose el rey perdido y soplando un viento cierzo que le hacía haber muy grande frío, aquella noche deseaba hallar alguna parte donde albergarse pudiese, y acaso oyendo los ladridos de unos mastines y yéndose al tino dellos, halló dos mozas pastoras que guardaban la una un rebaño de cabras y la otra de bueyes y vacas, y como les preguntase si por allí cerca había algún poblado, ellas le respondieron que por todas partes estaba tan lejos que no podría allegar ni atinar allá en toda la noche. El rey mostró congojarse con esta nueva, y sentiéndolo las pastoras, le dixeron que si él quería irse con ellas, que por aquella noche se podría acoger en casa de su padre, el cual era un hombre carbonero, que por causa de su oficio y para mejor poderlo hacer se había venido á vivir en aquella montaña. El rey les respondió que no solamente quería, pero que se lo rogaba; y assí llevando de sí los hatos del ganado, se fueron todos tres á la casa, que muy cerca estaba, y entrando dentro, el carbonero y su mujer (que muy buena gente eran) acogieron al rey con muy buena voluntad; el que le dió á entender con buena disimulación que era uno de los cazadores que con el rey había salido á caza, y que por venir en seguimiento de un venado se había perdido de los otros cazadores; y apeándose del caballo y queriéndolo meter en una caballeriza donde estaban los asnos del carbonero, antes tomándoselo con muy gentil gracia y desenvoltura lo ataron y echaron mucho feno y cebada de que su padre estaba bien proveído, y entre tanto la mujer hizo un fuego muy grande para que el rey se calentase, y sentándose á él con el carbonero, se estuvieron hablando en algunas cosas, en tanto que las hijas aderezaron la cena lo mejor que pudieron, porque en casa tenían buen aparejo de aves, de caza y de otras cosas de que siempre estaban proveídos; y puesta la mesa con mucha limpieza, conforme al aposento donde se hallaban, la una pastora cortaba lo que se ponía en ella y la otra proveía en todo lo que más era necesario. El rey las estaba mirando y diciendo entre sí que, puestas en otro hábito, parecerían á maravilla hermosas, y por poder disimular mejor quién era, al asentarse porfió mucho con el carbonero que tuviese la cabezera de mesa y el mejor lugar cabe el fuego; pero el carbonero fue tan bien comedido, que no lo quiso hacer. Después, estando cenando, cuando las hijas ponían el primero plato, el rey se hacía de rogar queriendo que el carbonero fuesse primero servido, y assí porfiando la segunda vez sobre ello, el carbonero le dixo: Mirad, señor, cuando estuviéredes en vuestra casa, mandad y obedeceros han, y agora que estáis en la mía, habéis de obedescer lo que os mandan y hacerlo sin tanta porfía. El rey se rió desto y dixo: En verdad que vos tenéis mucha razón y yo lo haré assí de aquí adelante, y si alguna vez vos fuéredes mi huésped, acuérdeseos que quedáis obligado á hacer lo mesmo. Con esto cenaron con mucho regocijo y contento de todos, y acabada la cena, luego se puso en orden una cama bien limpia y mollida, en que el rey (aunque vestido) dormió lo que quedaba de la noche y muy sosegadamente con el cansancio que traía; y á la mañana levantándose, halló que las pastoras le habían ya piensado el caballo y le estaban aparejando una perdiz que almorzase, la cual el rey comió, por ver la buena voluntad con que se le daban, y cuando se quiso partir, hallándose sin dineros, sacó un anillo del dedo con una piedra de muy gran valor y dándola al carbonero le dixo: Huésped amigo, pésame de no tener dineros con que satisfaceros la honra que en vuestra casa me habéis hecho; pero en tanto que yo puedo mejor agradecéroslo, tomad este anillo, que mucho mayor valor tiene del que parece. El carbonero no lo quiso tomar, antes mostrándose agraviado dello le dixo: Señor, yo no os he hecho cortesía para ser con dineros pagado della, antes vos me habéis hecho merced en querer serviros de mi pobreza; algún día podrá ser que yo llegue con necesidad á vuestra casa, y por ventura me favoreceréis vos mejor de lo que agora habéis sido de mí socorrido, que los hombres se topan con los hombres y no los montes con los montes. Pues que así queréis, dixo el rey, ha de ser con una condición, y es que me prometáis, la primera vez que fuéredes á la ciudad, de verme y visitarme en mi posada. Eso haré, dixo el carbonero, de muy buena voluntad, que de aquí á seis días he de ir á vender dos carros de carbón que tengo hechos; mas no sabré yo á dónde hallaros si agora no me lo decís, para que sepa á dónde os he de buscar. En palacio me habéis de hallar, dixo el rey, que allí tengo mi aposento, y para que no podáis errarme, tened cuenta de que vais un poco antes de medio día, que yo tendré también aviso de mirar por vos, y si por ventura no me viéredes tan presto, esperadme en los corredores, que yo saldré allí sin falta. Assí lo haré, dixo el carbonero; y con esto se volvió el rey á los suyos, que toda la noche habían andado perdidos en su busca. El carbonero para el día que había quedado tomó sus dos carros de carbón y se fué á la ciudad con ellos, y vendiéndolos de mañana, tuvo cuenta con lo que el cazador le había mandado, y antes de medio día se fué á palacio, y no mirando si burlaban dél ó no, se subió á los corredores, y el rey, que tenía avisados á los de su guarda para que le hiciesen saber cuando viniese, habiéndoles dicho las señas para que le conociesen, luego que supo que era venido, salió de su cámara, y acompañado de muchos señores y caballeros. Y como el carbonero viera salir tanta gente, quisiera esconderse; pero el rey mandó que le detuviesen, y yéndose hacia él, el carbonero miraba si conocería al cazador que había estado en su casa, para que no le consintiese hacer mal, porque ya estaba atemorizado y se había arrepentido de haber venido allí, y mirando á unos y á otros, puestos los ojos en él, conoció que era el rey el que había tenido por huésped, y entonces él no quisiera haber venido por ninguna cosa del mundo. El rey conociendo su turbación fué para él y le abrazó. El carbonero se echó á sus pies y se los besaba diciendo: Señor, perdonadme que no os conocí cuando estuvisteis en mi casa. El rey le dixo: Buen hombre, vos me hecistes en ella tanta cortesía como si me conociérades, y assí quiero yo que la recibáis vos en la mía, pues que lo habéis tan bien merescido. Y con esto, alzándolo y tomándolo por la mano, lo llevó consigo, contando á todos lo que con él le había acaescido, y assí lo llevó á la capilla donde se decía la missa y le hizo sentar cabe sí para oirla, y después de dicha, pediendo que le diesen de comer, hizo poner al carbonero en una silla á la cabecera de su mesa, y mandóle que se assentase en ella. El carbonero lo rehusaba; pero vista la determinación del rey, lo hubo de hacer, y venido el maestresala, el rey le mandó que le diese agua á manos primero que á él. El carbonero comenzó á excusarse y á porfiar por no mostrar las manos, que debian de venir de la mesma color del carbón que había vendido. El rey estonces hizo que se enojaba y díxole: Mirad, buen hombre, no queráis vos mandar más en vuestra casa que yo en la mía, y pues que allá me mandasteis y yo os obedecí, también quiero que cumpláis vos agora lo que yo mandare, que ya yo os dixe que se os acordase para cuando fuéredes mi huésped, como yo lo fui vuestro. El carbonero, acordándose de lo que había pasado, no osó contradecir á la voluntad del rey, el cual en toda la comida quiso que fuese servido primero, y después que se alzó la mesa, delante de todos le dixo: amigo mío, justo será que yo os pague, y del galardón del buen servicio que me hícistes y porque yo no sé lo que más os agradará y con qué estaréis más contento, vos me pedid merced en lo que quisiéredes, que yo os la haré con muy buena voluntad. El carbonero estuvo pensando un poco, y no siendo tan discreto en esto como en el buen acogimiento que había hecho el rey, le dixo: Lo que yo, señor, querría, y en lo que vuestra alteza me hará muy gran merced, es que de aquí adelante los carboneros en este reino no paguen derechos ningunos y sean francos del carbón que vendieren, que yo tendré mucho que por mi causa reciban esta buena obra, y que siempre tengan memoria de mí por el beneficio que les hago. Todos los que allí estaban se reyeron de lo que el carbonero había pedido, teniendo antes por cierto que pediera alguna cosa de muy gran valor y para sí solo, porque de aquello poco era el aprovechamiento que le venía. Y el rey reyéndose también le dixo: Vos me habéis demandado la merced conforme á vuestro estado y á quien sois, pero no por esso me quitáis la obligación para dexarla de hacer como quien yo soy. La merced de essa franquicia yo os la hago á vos y á todos los carboneros de aquí adelante, y también quiero daros con qué viváis honradamente. Vuestras hijas me hicieron mucho servicio y con gran voluntad, y porque creo que deben tener mayores y mejores pensamientos que vos, quiero que conforme á ellos lleven el galardón, y assí yo inviaré luego recaudo para que vengan á mi palacio; haced que á la hora se pongan en camino. Y con esto mandó aparejar mucha gente y muchos aderezos con que las hizo traer muy honradamente, como si fueran hijas de uno de los grandes de su corte. La reina, por respeto del rey que lo quiso, les hizo tan buen tratamiento que ninguna cosa las diferenciaba de las damas de su casa, porque en ellas hallaba aparejo para todo el bien que se les hacía, y assí andando el tiempo, con estar tan favorecidas y con muy gran dote que les dieron, las casaron con dos caballeros de los más principales del reino, porque ellas eran muy hermosas y muy bien entendidas, que no fue poca parte para su buena dicha, y en Francia dicen que el día de hoy hay dos linajes que descienden de estas dos pastoras y son de los principales del reino, sin que ninguno de sus descendientes se deshonren ni afrenten de haberlas tenido por antecesoras, antes lo confiesan y se precian dello por el merecimiento que por su virtud estas dos hermanas tuvieron. Y no penséis, señores, que lo que os he dicho no sea verdad, que yo os digo que lo hallaréis muy cierto cuando mejor quisiéredes informaros dello.
LEANDRO.--Yo no quiero tenerlo por evangelio, pero lleva razón para creerse, porque yo he oído decir por cosa muy cierta que los carboneros no pagan derecho ni tributo ninguno del carbón que venden en el reino de Francia, y essa que tú dices debe ser la causa dello.
FLORIÁN.--También yo he oído decir lo mesmo y parte de lo que aquí Amintas ha contado.
AMINTAS.--Tornando al propósito comenzado, ya veis por estos ejemplos cómo de los pastores y pastoras se acuerda Dios muchas veces para hacerles merced; porque sin estos que he dicho, podiera decir otros muchos que, aunque no vinieron á ser reyes ni emperadores, subieron á otros estados y dignidades en que vivieron muy ricos y estimados y con muy gran aparato y honra; pero paréceme que bastan para que, señores, sepáis que Dios principalmente, y la opportunidad y el tiempo como despenseros de sus bienes, también se acuerdan de los pastores como de las otras gentes. Y no digo esto para que yo á los que assí han tenido mandos y gobiernos y grandes riquezas les tenga ninguna envidia, ni malicia, que maldita aquélla en mí reina; pero tampoco digo que si se me ofreciese otro mayor bien que ser pastor y me veniese (como suelen decir) de mano besada y sin trabajo, lo rehusaría ni dexaría de tomarlo, mas no porque dexe de estar y vivir muy contento con la vida que tengo, llena de tanta quietud y reposo, fuera de la ocasión de los vicios, quitada de todas contiendas y baratas, apartada de muchos cuidados y desasosiegos. Maldito el temor tengo de que me ha de faltar qué coma, porque cuando hubiere esterilidad del pan, las hierbas y raíces y frutas me bastan, que pocas ó muchas, nunca el campo dexa de darlas. Tampoco dexaré de dormir con pensar que me han de hacer mal los ladrones, que cuando más daño me hacen es tomarme lo que trayo en el zurrón y algún cabrito ó cordero del rebaño, que todo vale poco dinero. De los lobos me guarde Dios, que éstos, si me descuido, hacen muy gran destrozo; pero yo traigo muy buenos mastines y procuro siempre de poner tan buen cobro, que pocas veces hallan en mis rebaños aparejo para matar la hambre.
LEANDRO.--Paréceme, Amintas, que tú podrías decir lo que un filósofo, que todos tus bienes los traes contigo, y verdaderamente en todo lo que dices te has mostrado tan filósofo, que yo no sé qué responderte, sino que si mucho tiempo conversase contigo, creo que bastarías para hacerme mudar de propósito y que, dexando la vida que tengo, me tornase también pastor como tú lo eres.
FLORIÁN.--A mí muy bien me parece lo que dice y de muy buena gana lo he escuchado: pero en fin, determinado estoy de dormir en buena cama en cuanto podiere, y comer buenos manjares y beber buenos vinos y andar muy bien vestido y procurar buenas conversaciones para pasar el tiempo, sin cuidar de las filosofías de Amintas ni de sus contemplaciones, que la vida de los hombres es muy breve y lo mejor y más bien acertado, á mi parecer, es pasarla con las menos zozobras y trabajos que los hombres podieren.
AMINTAS.--Sabed, señor, que la buena cama es aquella donde los hombres duermen á su sabor sin tener quien les estorve el sueño, y los buenos manjares aquellos que hartan el estómago y dan contentamiento al gusto, y los buenos vinos los que matan la sed sin hacer daño á la salud. Los buenos vestidos, los que tapan el cuerpo y son amparo de la calor y del frío, y la buena conversación la que se tiene sin perjuicio del prójimo, y muy mejor la que se tiene en la contemplación con los ángeles y con los santos, teniendo siempre los pensamientos puestos en el cielo. Y esta es la verdadera filosofía y ciencia que todos debríamos aprender y saber para jamás olvidarnos della. Cuando yo duermo en el suelo duro no despierto en toda una noche, despertando ciento los que duermen en los colchones blandos y sábanas delgadas. El pan de centeno con una cebolla ó con un tassajo de cecina me sabe mejor que saben las perdices y gallinas y capones á los que no saben comer otra cosa. La agua dulce y clara de las fuentes y arroyos para mí tiene mejor sabor que los mejores vinos del mundo, porque el gusto está acostumbrado á beberla sin tener memoria del sabor ni de la diferencia que tiene en los sabores del vino. Mi jubón y mi capisayo y mi pellico que trayo encima son tan calientes y me quitan mejor el frío que á los señores las ropas de martas que traen de Rosia. La conversación, cuando la quiero, con otros pastores nunca falta, que cada hora podemos juntarnos, y si no en los lugares comarcanos la tenemos. Y en fin, esto que hacemos los pastores todo es con harto menos trabajo y peligro que lo que hacen los ciudadanos, y si á vosotros, señores, os parece otra cosa y que la vida que tenéis es mejor que la nuestra, seguilda, que así haré yo la mía, y desta manera podemos decir que cada loco con su tema.
LEANDRO.--No te veo yo, Amintas, tan loco que no seas muy cuerdo, y tan cuerdo que pluguiese á Dios que, assí como me satisfacen tus razones, podiesse acabar conmigo de seguirlas, y más si fuese con las condiciones que tú aquí has dicho; pero assí es el mundo, que Dios provee para todas las cosas con el remedio necesario y quiere que las gentes tengan pareceres diferentes y diversos, y que no quieran seguir todos una manera de vida, y aun no es este el menor de sus secretos si contemplamos cómo para todos los oficios hay hombres que los quieran, viendo que uno que tiene habilidad para platero quiere ser herrero, y otro que podría ser pintor huelga de ser embarrador, y el que tiene suficiencia para ser sastre toma el oficio de ganapán, y el que tiene aparejo para ser mercader quiere usar el oficio de tejedor, y esto todo procede de la voluntad y providencia del que crió todas las cosas, dando quien las quiera y las siga y tenga afición con ellas. Assí que no todos podemos ser señores, ni caballeros, ni ciudadanos, ni oficiales, ni flayres, ni pastores, sino que unos han de seguir una manera de vivir y otros otra; y pues que assí es, tú, Amintas, si estás contento con la vida pastoril, como aquí lo has mostrado, yerro sería que la dexases, y nosotros, pues lo estamos con la que tenemos, también la seguiremos. Plega á Dios que le sirvamos todos con ella. Y pues que ya el día se viene acercando y el lucero se nos muestra dando manifiesta señal de su venida, será bien que nos vamos, y tú, hermano mío Amintas, conócenos desde agora para tenernos por verdaderos amigos, que, si place á Dios, algún día te podremos pagar la honra que esta noche nos has hecho. Y porque con la espesura de los árboles no podremos acertar el camino, por tu fe que nos guíes por donde hemos de ir á la ciudad, que también el trabajo que en esto tomares te será galardonado.
AMINTAS.--A mí me place de muy buena voluntad; por aquí podremos ir mejor, y en bajando aquel valle hallaréis un camino abierto y ancho; por él os iréis sin tomar á una parte ni á otra, que no lo podréis errar; y porque dexo el ganado solo no voy hasta allá; por tanto, perdonadme y Dios vaya con vosotros os guíe.
FLORIÁN.--Ese quede contigo y te haga bienaventurado.
Finis.
COLLOQUIO
Que trata de la desorden que en este tiempo se tiene en el mundo, y principalmente en la cristiandad, en el comer y beber: con los daños que dello se siguen, y cuán necesario sería poner remedio en ello.
INTERLOCUTORES
Licenciado Velázquez.--Salazar. Quiñones.--Ruiz.
RUIZ.--¿A dónde bueno, señor Quiñones?
QUIÑONES.--Hacia el monasterio de San Jerónimo, á gozar un rato del fresco de la tarde y de la buena conversación del licenciado Velázquez; porque él y Salazar ha poco que iban para allá cabalgando, y yo mandé luego aderezar mi caballo para salir á buscarlos.
RUIZ.--Si vuesa merced me lo paga, acompañarle he yo, porque no vaya solo.
QUIÑONES.--Antes merezco que se me pague á mí el buen aviso, que no veo adonde mejor se pueda pasar el día.
RUIZ.--En fin, lo habré de hacer aunque pensaba dar una vuelta por cierta parte que me convenía.
QUIÑONES.--Tiempo habrá para todo, que agora no está para perderse la frescura del campo. Por este camino creo que iremos más ciertos de encontrar con ellos.
RUIZ.--Antes me parece que son aquéllos que vienen entre las viñas; aquí podremos esperarlos si vuesa merced manda.
QUIÑONES.--Bien será, porque nos vamos paseando hacia la ribera del río.
LICENCIADO.--Paréceme, señor Quiñones, que por cumplir vuesa merced mejor su palabra, ha traído al señor Ruiz en su compañía.
QUIÑONES.--De temor lo he hecho; como vuestras mercedes eran dos, pudieran estar de concierto contra mí, y he querido traer quien me ayude si quisiesen acometerme.
SALAZAR.--Sea por lo que fuere, que á lo menos tendremos una hora ó dos de buena recreación paseándonos por este campo, que la tarde hace aparejada para ello.
QUIÑONES.--Y aun es bien menester para ir á cenar de buena gana, que yo, como el conde tuvo huéspedes, quedéme á comer en palacio, y fueron tantos los platos que se sirvieron y de tan buenos manjares, que traigo el estómago estragado de lo mucho que he comido.
LICENCIADO.--El mayor yerro que pueden hacer los hombres es comer más de aquello que puede gastar la virtud y calor natural; porque, según doctrina de todos los médicos, la indigestión y corrución de los manjares que della se sigue es origen de todas las enfermedades, y assí dice el Sabio en el capítulo XXXVII del Eclesiástico: No quieras ser deseoso en las comidas que hicieres, ni comas de todos los manjares, porque en la muchedumbre dellos hay siempre enfermedad.
SALAZAR.--Pues en verdad que lo que en nuestros tiempos más se usa es no tener atención á ningún daño que del mucho comer puede seguir, sino al gusto que dello se recibe.
LICENCIADO.--¿Y pareceos, señor Salazar, que es pequeño mal esse? Yo os digo que si los hombres que aman su salud y desean alargar la vida conociessen y entendiesen los inconvenientes que del mucho comer tienen por contrarios, que por ventura ayunarían muchas veces, aunque no fuese para servir á Dios, sino para su solo provecho.
SALAZAR.--Yo creo que hay muchas personas que, aunque lo entienden, no dexan por eso de comer á su voluntad, porque el aparejo les da ocasión á querer cumplir tanto con el apetito como con la salud, y si no dígame vuesa merced ¿qué había de hacer el señor Quiñones si puesto á la mesa le servían tantos y tan diversos platos? ¿No fuera necedad dexar de comer de todos, siquiera para saber si eran buenos ó malos y hacer lo que todos los otros que allí estaban hacían?
LICENCIADO.--Antes fuera muy gran discreción tener sufrimiento para que el aparejo de la gula no le diera causa de vencerse della.
SALAZAR.--Pues si eso es assí, ¿para qué se hacen y aderezan tantos y tan diferentes manjares en las casas de los grandes señores y aun en las que no lo son, sino para que los que sientan á sus mesas los coman y se harten con ellos, pues que para este propósito se aparejaron?
LICENCIADO.--Así es la verdad; pero lo mejor sería que no los aparejasen ni los hubiesen.
RUIZ.--Contraria opinión es esta de la común, porque todos los hombres generalmente querrían comer y beber lo mejor que pudiesen.
LICENCIADO.--Si comiendo bien, digo de buenas cosas, no comiesen más de aquello que les basta para sustentarse, no es muy mala opinión la que decís; pero por la mayor parte nacen della la desorden y vienen los hombres con el aparejo á comer más de lo necesario, sin sentirlo, y assí sin sentirse se recrece dello el daño, y cuando ya se siente, muchas veces no puede remediarse, y aun algunas cuesta tan caro, que suele perderse por ello la vida.
SALAZAR.--Pues lo que con todas essas condiciones el día de hoy más se usa en esta tierra es comer y beber sin temor, y después venga lo que viniere.
LICENCIADO.--También se usa morirse las gentes muy más presto de lo que solían en otros tiempos.
SALAZAR.--¿Y es por ventura el comer la causa?
LICENCIADO.--Sí, por la mayor parte, y si queréis escuchar la razón, yo os la diré para que lo entendáis notoriamente. En los tiempos antiguos que los hombres vivían con mayor simplicidad que agora, y contentándose con lo que la naturaleza les aparejaba para su mantenimiento, sin andar buscando otras nuevas formas de composiciones en los manjares que comían, vivían los hombres muy largos tiempos, como á todos es notorio la larga vida de Adán, nuestro primero padre, de Matusalén y de otros muchos, los cuales se contentaban con comer solas las frutas silvestras, y principalmente debían de ser bellotas y castañas, y otras desta manera, porque después del diluvio de Noé que ya habían pasado muy largos tiempos, las gentes comían esto mesmo y se sustentaban con ello, principalmente los de la provincia de Arcadia. Los atenienses su mantenimiento eran higos secos. El de los caramanos, dátiles. El de los meotides, mijo. El de los persas, mastuerzo. Los de Tirinto comían peras silvestres, y assí otras naciones se mantenían de otras diferentes frutas y raíces, de las cuales dicen que era la principal la de una hierba que llamamos grama, hasta que vino aquella mujer llamada Ceres, que andando buscando las simientes de las hierbas que eran buenas para comer, halló la simiente del trigo y la manera que había de tener para hacerse pan della, y por esta causa fue adorada por diosa entre los gentiles. Y cuando los antiguos comían algunas carnes no andaban buscando que fuesen sabrosas ni delicadas, ni buscaban de darles otro nuevo sabor con las salsas y aparejos que agora se les hacen. Y así cuenta Homero que Alcinoo, rey de los feaces, teniendo por huésped á Ulises y por convidados á todos los principales de su reino, para el banquete que les hizo mandó matar doce ovejas y ocho puercos y dos bueyes, que estonces debían ser los más preciados manjares que se usaban; y en este tiempo también tenían los hombres muy larga la vida, y como comenzaron á inventar manjares nuevos y compuestos, así comenzaron á debilitar y enflaquecer con ellos los estómagos, porque la diversidad de los sabores que hallaban en ellos les hacía comer más de lo que podían gastar los estómagos. Y así dice Galeno que del tiempo de Hipócrates hasta el suyo, la naturaleza estaba debilitada en los hombres, y el tiempo de Galeno acá también lo deben de estar mucho más, pues siempre vemos que van en disminución de los años de la vida, y que viven agora menos que solían; pero la culpa que ponemos á la naturaleza no es suya, sino de nuestra desorden, porque si tuviéssemos mayor concierto y templanza en el comer y beber, nuestra vida generalmente sería muy más larga. Y así lo dice Hipócrates en el libro sexto de Las enfermedades populares: El concierto de nuestra salud en esto consiste que comamos con tanta templanza que nunca nos hartemos de los manjares; y si en algún tiempo hubo desorden y desconcierto es en el de agora, que cuando me pongo á pensarlo de ver las invenciones que las gentes han procurado, todo en daño de sus vidas, como si las tuviesen por enemigas y su intención no fuese otra sino de acabarlas muy presto.
QUIÑONES.--No es mala materia ni poco provechosa lo que se trata, si el señor licenciado la lleva adelante así como la ha comenzado.
LICENCIADO.--Si vuestras mercedes huelgan de oirla, yo me iré declarando más particularmente, aunque no aproveche para más de que entendamos el yerro que hacemos, porque verdaderamente es muy grande, y tan grande, que yo no he visto mayor desatino que el que agora se ha introducido en el mundo, á lo menos en la christiandad, que en las otras naciones de gentes son más templadas y viven más moderadamente. Solían en nuestra España comer las personas ricas y los caballeros un poco de carnero assado y cocido, y cuando comían una gallina ó una perdiz era por muy gran fiesta. Los señores y grandes comían una ave cocida y otra assada, y si querían con esto comer otras cosas, eran frutas y manjares simples. Agora ya no se entiende en sus casas de los señores sino en hacer provisión de cosas exquisitas, y si con esto se contentasen, no habría tanto de qué maravillarnos; pero es cosa de ver los platillos, los potajes, las frutas de sartén, las tortadas en que van mezcladas cien cosas tan diferentes las unas de las otras, que la diversidad y contrariedad dellas las hace que en nuestro estómago estén peleando para la digestión. Y es tanto lo que en esto se gasta, que á mi juicio ha encarecido las especias, la manteca, la miel y la azúcar, porque todo va cargado dello, y como comen á la flamenca, con cada servicio que llevan va un plato destos para los hombres golosos, y con no tocarse algunas veces en ellos, tienen mayor costa que toda la comida. Y comer de todos estos manjares diferentes (aunque cada uno dellos sea simple) sería muy dañoso, cuanto más siendo los más dellos compuestos, que muchos hay dellos que llevan encorporadas diez y doce y veinte cosas juntas, no mirando lo que Plinio dice contra ello en el undécimo capítulo de la Natural Historia, cuyas palabras son: El manjar simple para los hombres es muy provechoso, y el ayuntamiento de manjares es pestilencia, y más dañoso que pestilencia cuando los manjares son adobados. Y lo peor de todo es que, muchos, cuando se sientan á la mesa y aun casi todos, como es cosa natural, luego procuran satisfacer á la hambre que llevan y comen hasta hartarse de lo primero que les ponen delante, y pudiéndose levantar y sustentar con ello conservando su salud y vida, como después vienen otras cosas nuevas y que despiertan en la golosina el apetito, aunque no hagan sino probar de cada uno un bocado, hacen tan gran replición en el estómago, que no pueden gastarse, y desasosiegan y dan trabajo al que las ha comido. Y esto es lo que dice Galeno en el tercer libro de Régimen: Que la diversidad de las cosas que se comen, cuando no son semejantes en sus virtudes, hacen en el estómago desasosiego. Y en otra parte: Las cosas compuestas de muchas sustancias son de muy más fácil corrupción que las simples y compuestas de pocas; pero todo esto no basta para que las gentes se concierten en el comer, porque con ver los hombres plebeyos la desorden que los que pueden y tienen mayores haciendas y más aparejo hacen, toman argumento para comer y gastar más de lo que tienen, y en esto está tan estragada la razón y tan perdida la buena regla, que hay muchos que, no teniendo sino dos reales, aquello dan por una trucha ó por una gallina, que comen aquel día sin mirar á lo de adelante, y todo cuanto ganan lo echan en comer, sin guardar un maravedí, y, después, si caen enfermos ó se han de morir de hambre ó han de hacer que pidan por Dios para ellos, y esto tienen en menos que dejar de probar todas cuantas cosas buenas y preciosas vienen á venderse, cuesten lo que costaren.
RUIZ.--No se puede negar todo lo que vuestra merced dice ser assí; pero muchas cosas hay que, aunque se conozca en ellas el yerro, no hay orden para que pueda remediarse, como es esto del comer desordenado de la gente común, porque no se les puede ir á la mano en ello, sino que han de hacer lo que quisieren, como coman de sus haciendas y no de las ajenas.
LICENCIADO.--Bien se parece que no ha leído vuestra merced algunos autores que tratan de una ley que los romanos hicieron y se guardó mucho tiempo en Roma, y principalmente lo cuenta Macrobio en el tercero libro de las Saturnales.
RUIZ.--¿Y qué ley era essa?
LICENCIADO.--Una ley que mandaba por ella que todos comiesen públicamente en los portales de sus casas y que hubiesse por los barrios repetidos veedores que andaban de casa en casa mirando si alguno comía más curiosamente ó suntuosamente de lo que convenía á su estado, y luego eran castigados por esto, y si por acaso lo querían comer en ascondido, no podían, porque no osaban comprarlo, temiendo ser acusados de quien lo viese, y aun por ventura de quien lo vendía; y como estonces se cumplía esta ley, también se podía hacer agora, y aun en algunas partes se guarda alguna cosa della, porque dicen que en Francia los villanos no pueden comer gallina ninguna, ni los perniles de los tocinos, si no fuesse con mucha necesidad.
QUIÑONES.--Bien lejos estamos de que en España se hagan essas leyes ni se guarden tampoco, y hablar en ello es predicar en desierto.
LICENCIADO.--Yo no lo digo porque se ha de hacer, sino porque sería justo que se hiciese; y lo que más principalmente convendría es que los caballeros y señores y grandes se moderasen en sus gastos excesivos, y que ellos mismos, juntándose, hiciesen entre sí mesmos una ley, ó que nuestro emperador lo hiciese, de que en ningún banquete ni comida suntuosa se sirviesen sino tantos platos tasados; porque después que un hombre come de cuatro manjares ó cinco, el estómago está satisfecho y todo lo lo demás es superfluo, que no aprovecha para otra cosa sino para estragar los estómagos y disminuir la salud y las haciendas, y tan disminuídas, que de aquí viene que solían hacer más los señores y mantenerse más gentes y criados con cuatro cuentos de renta que agora con doce, y entonces ahorraban dineros para sus necesidades, y estaban ricos y prósperos, y agora siempre andan empeñados y alcanzados, y todo esto se gasta en comer y en beber, principalmente si tienen huéspedes, si andan en corte, que han de hacer plato, porque entonces tienen por mayor grandeza lo que sobra y se pierde y se gasta bien gastado. Y verdaderamente esta es la principal causa de sus necesidades, que de andar los señores ó un caballero en la corte un año ó dos haciendo estos gastos vienen á ponerse en necesidad, que con estar otros cuatro en sus casas ahorrando y estrechándose no pueden salir della y muchas veces en su vida. Y el mayor daño de todos es que lo mesmo quiere hacer un señor de dos cuentos de renta que de quince, y también quiere que sirvan á su mesa veinte y treinta platos diferentes, como si no gastasen en ello dineros.
QUIÑONES.--Poco es para lo que agora se usa, que ya en un banquete no se sufre dar de ochenta ó cien platos abajo, y aun averiguado es y notorio que ha poco tiempo que en un banquete que hizo un señor eclesiástico se sirvieron setecientos platos, y si no fuera tan público, no osara decirlo por parecer cosa fuera de término.
RUIZ.--Mal cumple ese y todos los otros señores eclesiásticos lo que son obligados conforme aquel decreto que dice que los bienes de los clérigos son bienes de los pobres, porque después de gastado lo necesario para sí y para su familia, todo lo demás tiene obligación de gastarlo con ellos, so pena de ir al infierno como quien hurta hacienda ajena, pues hacen esos banquetes á los ricos, y sin necesidad, quitándolo á la gente pobre y necesitada. Pero todos me parece que van igualmente desordenados, sin tener atención ninguna sino á comer y beber á su voluntad.
LICENCIADO.--Bien conforma esso con lo que Valerio Máximo dice de la costumbre que se solía tener en el comer antiguamente, lo cual trata por estas palabras en el segundo libro de Las instituciones antiguas: Hubo en los tiempos pasados, en los antiguos, grandísima sencilleza y templanza en el comer, lo cual es demostración muy cierta de su moderación y continencia, porque no comían manjares los cuales por su demasía hubiesen vergüenza de que todos los viesen. Estaban en tanta manera los hombres de mayor autoridad en sus pueblos continientes, que lo que más ordinariamente comían eran poleadas ó puchas, y con ellas se contentaban. Y en el mismo capítulo y libro torna á decir: La templanza en el comer y beber era como verdadera madre de su salud, y enemiga de los manjares superfinos y apartada de toda abundancia de vinos y de todo uso demasiado de destemplanza. Agora me parece que todo es ya al contrario de lo que Valerio ha dicho, como si toda la bienaventuranza de la vida consistiese en el comer y beber destempladamente, y muy pocos hay que no pecan en este vicio si no son los que no tienen ni pueden más, que destos Dios sabe su buena voluntad. Y deste comer mucho y beber demasiado se siguen grandes daños é inconvenientes que todos ayudan á destruir y desconcertar la vida, como lo trata Hipócrates en el libro De afectionibus, Acaccio Antiocheno en el tercero libro Tetrablibii, y esto procede de que no puede el estómago con los muchos manjares, ni con la diversidad ni abundancia dellos para gastarlos y digirirlos. Y así dice el filósofo en el quinto capítulo del tercero libro De partibus animalium: Es verdad que el calor natural no gasta ni digiere lo que se come demasiado, no porque él sea pequeño, sino porque comemos más de lo que es necesario para sustentarnos; pero nosotros no tenemos atención á esto, sino á ser unos epicuros, teniendo este vicio por suma felicidad; y es la desorden tan grande, que si hoy hubiese quien tornase á sustentar esta opinión epicúrea de nuevo, no faltaran gentes que con muy gran afición y voluntad la siguiessen. Y dejando lo del comer, qué destemplanza tan grande es la del vino, que ya que en muchos no se muestra la beodez y desatinos que del demasiado beber proceden, á lo menos veremos la curiosidad en buscar vinos de olor y sabor exquisitos, no teniendo en nada la costa que se hace por estar proveídos dellos, aunque éste no le tengo por gran vicio cuando la templanza anda de por medio, de manera que no beban demasiado ni reciban daño en su salud por lo que bebieren.
SALAZAR.--Paréceme que el señor licenciado de teólogo se ha vuelto médico; pero bien es que los hombres sean estudiosos, de manera que puedan hablar en todas las materias que se propusiesen, que quien lo viere alegar tantas autoridades á su popósito, parecerle ha que no ha estudiado más teología que medicina, y con todo esto no quiero que se vaya alabando que no halla contradicción en todos nosotros para lo que ha dicho, porque yo quiero agora decir que no hará poco cuando le hubiera dado buena salida.
LICENCIADO.--Haré lo que pudiere, pues que hasta agora no me ha obligado á más que á esto.
SALAZAR.--Ni yo quiero más tampoco, y para que mejor nos entendamos, lo principal que vuesa merced ha dado y sobre lo que más ha fundado su intención es la templanza de los antiguos en el comer y beber, y hay tantas cosas que alegar contra esto, que creo que algunas se ofreceran á mi memoria. Y la primera es la destemplanza del gran Alejandro en los convites, que con ella vino á matar á Clito, su familiar y muy privado, y después en Babilonia se estaban haciendo banquetes y fiestas cuando le dieron la ponzoña con que le mataron. Sin esto, á todos es notorio cuán destemplado fué el emperador Nerón, que muchas veces duraban los banquetes desde un día á la hora que él y sus convidados se sentaban á la mesa hasta otro día á la mesma hora. De Heliogábalo todos saben los grandes y excesivos gastos que hacía en procurar manjares preciosos y delicados y costosos, tanto que algunos quieren decir que hacía buscar papagallos que de los sesos dellos pudiesen hacer salsa que bastara para muchos convidados que con él comían. No es menos lo que se dice del emperador Galba, y de Joviniano escribe Bautista Ignacio que, comió tanto en una cena, que por no gastarlo se murió. Otro tanto dice Eufesio de Domicio Afro, y el banquete que Marco Antonio hizo á Cleopatra todos lo saben, y el que ella le tornó á hacer, que porque fuese más costoso deshizo en vinagre una perla de tan grande estima que no le podían poner precio, y con él se hizo una salsa de que comió Marco Antonio. También es autor Flavio Vopisco, que uno llamado Phiago comía cien panes y una ternera y un puerco á un comer, aunque parece esto cosa que se creerá de mala gana. Eracides, griego, era tan gran comedor, que convidaba á los que querían comer con él á cualquiera hora del día por tornar á comer con ellos muchas veces. De los pueblos de Asia y de los asirios, muchos escriben que no entendían sino en comer y beber, y que en esto ponían su bienaventuranza; y lo que más se puede notar de todo es lo que escribe Julio César en el libro llamado Anticatones, que Marco Catón uticense, con todas las virtudes que dél se cuentan, era tan destemplado en el comer y beber, que muchas veces pasaba toda una noche sin dormir por estar en los banquetes. Quinto Ortensio, orador, fué el primero que hizo en Roma que los pavos se comiessen, y Sergio Orata, según dice Plinio, inventó estanques en el lago bayano por tener en él las ostras para vender á la gula de los romanos, y Lúculo rasgó una montaña sobre Nápoles á grandísima costa para hacer un estanque para tener pescado con que satisfacer su gula. Y porque me parece que bastan los ejemplos que he traído, oígan vuesas mercedes las palabras de Macrobio en el libro tercero de las Saturnales, las cuales son éstas: Quién negará haber sido grandíssima y indómita gula entre los antiguos, los cuales de mar tan largo traían instrumentos á su desorden, como son las lampreas que echaban en los estanques, y sin éstas, hay muchas cosas y autoridades que podrían hacer al caso para probar que los antiguos no tuvieron la templanza que el señor licenciado ha dicho; pero si él me satisface á esto, yo me daré por satisfecho en todo lo demás que pudiere alegar.
LICENCIADO.--En trabajo me ha puesto el señor Salazar, porque no tienen tan poca fuerza sus argumentos y razones que no será dificultosa la respuesta; pero yo espero en Dios de darle tan buena salida que le contente y confiesse ser verdad lo que yo he dicho. Y digo que es assí, que también entre los antiguos hubo algunos golosos y desordenados, tanto y más que agora lo son, y que se hacían los banquetes y gastos excesivos en muy gran cantidad; pero esta desorden no era general como agora lo es, sino particular, y de manera que generalmente parecía mal á todos, porque no hay ciudad tan bien ordenada donde no haya algunos delitos, ni campo de soldados tan bien concertado que no haya en él algunos revoltosos, ni aun monasterio, si es de muchos frayles, que no esté en él algún desasosegado, y así no es mucho que entre tan gran multitud de gentes como en los tiempos antiguos había en el mundo, hubiese algunos dados á la desorden de la gula, así como el señor Salazar lo ha dicho, que de creer es que aún serán muchos más de los que dice; pero éstos, en comparación de los otros que usaban de la templanza, es como una estrella para todas las que hay en el cielo, y una golondrina, como suelen decir, no hace verano, ni diez granos de neguilla en un muelo de trigo no son causa de que se haga mal pan, ni es justo que por tan pocos golosos condenemos á muchos templados; y la mayor señal de que lo eran es que luego se conocían entre ellos los que se desmandaban en el comer y beber demasiadamente. Y los poetas y oradores tratando de este vicio lo traían por exemplo para que los que después dellos viniesen, pensando que las gentes habían siempre de permanecer en la templanza que ellos comúnmente guardaban; pero agora en nuestros tiempos así podríamos notar un hombre templado y tenerlo en mucho, como si viésemos alguna cosa muy nueva, y los que lo son es porque no pueden más, que la gula y la curiosidad del comer está tan desenfrenada en todos, que es cosa para espantar á los que bien lo consideraren, y lo que peor es que los pobres y los que poco pueden muchas veces son más golosos y destemplados que los ricos, y no se contentan con un manjar ni con dos ni con tres, que querrían comer cincuenta si pudiessen. Y entre los antiguos no debían ser menos cinco que agora ciento, porque así dice Juvenal en la primera sátira reprendiendo este vicio: ¿Quién hubo entre los antiguos que en los convites secretos comiesse siete manjares? Como si dixese: Gran desorden es la que agora hay en Roma, pues que hay banquetes en que se sirven siete platos diferentes, lo cual nunca se hizo entre los antiguos. Y pues que Juvenal en su tiempo reprendía este desconcierto, ¿qué hiciera en el nuestro viendo los grandes desconciertos que ya vienen en dar en locura? En que, como he dicho, no sería poco necesario el remedio, como lo pusieron los atenienses con los criados y hijos de uno que se llamaba Nosipio, que porque supieron que comía y bebía demasiadamente, mandaron que no comiesen con él, porque no quedasen avezados á aquella mala costumbre. Agora hombres hay que comen mucho; pero si lo pide su estómago, no son tanto de reprenderle como los que quieren comer de muchos y diferentes manjares, adobados con mucha diversidad de cosas, entre las cuales unas son calientes, otras son frías, unas templadas y otras sin ninguna templanza; unas son duras y pessadas y otras son fáciles de gastar, de manera que la virtud del estómago se embaraza con ellas y no puede recebir tanto provecho que no será mayor el daño para no sé conservar la salud ni la vida. Y torno á decir que teniendo atención á la moderación y buena regla que los antiguos tenían en sus comidas, que todos agora se habrían de moderar en ellas, y principalmente los grandes señores, á lo menos en no hacer gastos superfluos y sin provecho, que después que se sirven lo que se pueden comer, y hasta sin hacer falta, no han de querer que se sirva lo demás para sólo el humo de la autoridad y de la grandeza, pues se conoce el poco provecho y el gran daño que se recibe. Y aun el mundo y la gente conocen dél tiene muy gran razón de agraviarse, porque esto es causa de que los mantenimientos se hayan subido en precios tan excesivos, porque saben que hay muchos que los compren y gasten y que han de hallar por ellos lo que pidieren y quisieren llevar. Y en verdad que no sería mal hecho que en esto se pusiese algún remedio y se hiciesse alguna ley en que se diese orden para remediarlo. Y porque me he divertido de lo que queda con el señor Salazar, que fué satisfacerle á sus objeciones, quiero saber si queda satisfecho con lo que he respondido, porque á no lo estar, yo me conformaré con su buen parecer y juicio.
SALAZAR.--No faltará qué poder replicar, pero yo sé que vuesa merced me satisfará tan bien á ello como á lo pasado, y assí lo quiero dexar, aunque no fuera malo que con reprender la desorden y destemplanza de las comidas se hubiera dicho algo de la que se tiene en el tiempo dellas, porque también se estima por grandeza no tener orden ni concierto en esto, haciendo del día noche y de la noche día, y caando han de comer á las diez del día comen á las dos de la tarde, y si han de cenar á las seis de la tarde cenan á las once y á las doce de la noche, assí que es una confusión y desatino la que ellos tienen por orden y concierto.
RUIZ.--Bien entendida está ya esta materia, porque el señor licenciado la ha tratado tan bien en tan pocas palabras, que queda poco por decir de lo dicho, y paréceme que no habrá menos que tratar de la desorden que se tiene en los vestidos y gastos que en ellos se hacen, porque no tienen menos destruído el mundo ni es menos el yerro que las gentes cometen en este desatino.
LICENCIADO.--Essa es materia más larga y para tratarse más despacio que el que agora tenemos, porque la noche se viene acercando y el sereno, con el frescor del río, podría hacernos daño si más nos detuviésemos, y si vuestras mercedes mandasen, será bien que nos vamos.
QUIÑONES.--También el señor licenciado se ha querido en esto mostrar médico como en lo pasado, y pues es su consejo tan bueno, justo será que lo sigamos.
RUIZ.--Por entre las huertas podremos ir, por no volver por donde venimos.
SALAZAR.--Guíe vuestra merced delante, que todos le seguiremos.
Finis.
COLLOQUIO
Que trata de la desorden que en este tiempo se tiene en los vestidos y cuán necesario sería poner remedio en ello.
INTERLOCUTORES
Sarmiento.--Escobar.--Herrera.
HERRERA.--¿No veis, señor Sarmiento, qué galán y costoso viene Escobar? Por Dios, que me espanto de verle cada día salir con un vestido de su manera, que si tuviera un cuento de renta no podría hacer más de lo que hace.
SARMIENTO.--Passo que, según es delicado, si nos oye pensará que estamos murmurando dél.
HERRERA.--Y aunque lo hiciésemos sería pagarle de lo que merece, porque jamás sabe hacer otra cosa de todos cuantos hay en el mundo.
SARMIENTO.--No le arriendo la ganancia, pues ha de pagar su ánima lo que pecare su lengua.
ESCOBAR.--¿Qué ociosidad es esta tan grande? ¿Por ventura tenéis, señores, tomado el paso á las damas, que hoy andan en visitaciones, para gozar de verlas y juzgarlas? Pues á fe que no tarden en venir dos dellas, que no son de las más feas del pueblo.
HERRERA.--Antes estamos para juzgar los galanes, y vos sois el primero, porque venís tan galán que dais á entender á todos en miraros.
ESCOBAR.--¿Y qué gala halláis que es ésta?
HERRERA.--Si essa no lo es, ¿cuál queréis que lo sea? En verdad que me parece á mí que bastaría para un gran señor, cuanto más para un pobre caballero como vos. No fuera bien que os contentárades con tafetanes en esas calzas, sino que por fuerza había de ser telilla de oro, y aun no de la de Milán?
ESCOBAR.--Hícelo porque dice mejor con el terciopelo blanco.
HERRERA.--Pues, la guarnición de capa y sayo, ¿no es costosa? Yo fiador que con lo que ella costó se pudieran hacer bien dos sayos y dos capas, sin que la capa está toda aforrada en felpa para el fresco que hace, y la hechura, según lleva la obra, no debió de ser muy barata.
ESCOBAR.--No fué muy cara; en ocho ducados sayo y capa.
HERRERA.--Loado Dios que ocho ducados os parecen poco. Agora acabo de confirmar lo que muchas veces he pensado, que una de las cosas, y aun la más principal, que el día de hoy trae la gente pobre y perdida, sin alcanzar con qué poder sustentarse, es la costa grande de los vestidos, los cuales empobrecen harto más dulcemente que no los edificios. Y esta manera de empobrecer no la puedo yo llamar por otro nombre sino locura.
ESCOBAR.--De essa manera todo el mundo es loco, pues no hay ninguno que podiendo no quisiese andar muy bien vestido.
HERRERA.--Confieso que, generalmente, es assí; pero muchos hay que no entran entre los que decís.
ESCOBAR.--Essos hacerlo han de desventurados y mezquinos y que tienen en poco la honra, porque una de las cosas con que los hombres andan más honrados es con andar muy bien aderezados y vestidos.
HERRERA.--Bien habéis dicho, si en ello no hubiese extremos, los cuales son muy odiosos en cualquiera cosa, y más en ésta que forzosamente, tarde ó temprano, se ha de dar señal de un extremo á otro.
ESCOBAR.--Yo os declaro que hasta agora no os he entendido.
HERRERA.--Pues yo haré que me entendáis muy presto. Digo, que los hombres habrían siempre de tener respeto á su posibilidad y mirar lo de adelante, conformándose y contentándose con lo que puedan para no caer de aquello en que una vez se pusieren, y si lo sustentaren, que sea con no padecer trabajo por otra vía. Que muy bien puede un hombre vestirse de terciopelos, rasos y gastar ciento ó doscientos ducados si los tiene, y acabados aquellos vestidos, como no tenga con qué comprar otros, viene á caer de un extremo en otro, que es harto peor que si al principio se contentara con un sayo y una capa de paño, sin hacer tanta costa, de manera que se hallan los hombres sin la hacienda que gastaron y no pueden sustentar la honra que por ello decís que se les sigue.
ESCOBAR.--Muy gran seso sería esse si los mancebos hubiesen de contemplar essas cosas.
HERRERA.--No pongo yo menos culpa á los viejos que á los mozos, porque también en esto andan desordenados, aunque no sea tanto como ellos.
ESCOBAR.--Por vuestra vida, señor Herrera, que dexéis estar el mundo como lo hallasteis y como siempre fue, porque excusado será que por vuestro parecer haya mudanza ni las gentes dexen de vestirse costosamente como lo hacen.
HERRERA.--Engañado estáis, señor Escobar, ni yo, aunque no soy muy viejo, hallé en los vestidos el mundo como agora le vemos, ni fué siempre lo que agora parece; antes hace en esto tantas mudanzas, y más en nuestros tiempos, que ya es confusión pensar en ello.
ESCOBAR.--Yo no las creo.
HERRERA.--Es porque tenéis los pensamientos embarazados, y será bien que yo os diga algunas para que os desengañéis y para que veáis si se puede condenar las de agora por una desatinada locura.
ESCOBAR.--Pues en verdad que yo huelgo de oiros de muy buena voluntad, y lo mismo hace, por amor de mí, el señor Sarmiento, que harto tiempo y espacio tenemos para todo.
HERRERA.--No ha muchos tiempos que, en España, andaban vestidas las gentes tan llanamente que no traía un señor de diez cuentos de renta lo que agora trae un escudero de quinientos ducados de hacienda, porque estonces no había un sayo entero de terciopelo, y el que tenía un jubón, no hacía poco, que éste era el hábito que estonces se usaba, trayendo los sayos sin mangas para que se pareciesse, y algunos traían solas las mangas con un collar postizo de terciopelo que subía encima del sayo para que se pareciese. Y otros no ponían en las mangas más de las puntas, que eran cuatro ó cinco dedos de ancho, que por mucha gala sacaban fuera de las mangas del sayo para que se pareciesse. El hábito de encima eran capas castellanas como agora se usan, ó capuces cerrados de la manera que los traen muchos portugueses, y por guarnición un rebete de terciopelo tan angosto que apenas podía cobrir la orilla. Los sayos eran largos y con girones; el que se vestía de Londres no pensaba que andaba poco costoso; traíanlos escotados como camisas de mujeres, y una puerta muy pequeña delante de los pechos puesta con cuatro cintas ó agujetas y los musiquís de las mangas muy anchos.
SARMIENTO.--Bien extremado está esto de lo de agora, porque lo que estonces echaban en las faldas y en las mangas echan agora en los collares, que hacen que suban encima de los cocotes y ande el pescuezo metido en ellos de manera que parecen los que los traen mastines con carrancas.
HERRERA.--No quiero yo altercar cuál es mejor uso en los trajes, el de entonces ó el de agora; pero solamente quiero que entendáis que el de estonces era muy á la llana y el de este tiempo muy curioso, y cuanto al parecer bien, aquello que se usa es lo que bien parece, y si se usase traer los zapatos de lana y las gorras de cuero, á nadie le parecería mal; pero dexando esto, el hábito de encima era un capuz cerrado y el que lo traía de contray de Valencia no pensaba que era poco costoso, y había de ser muy rico para traerlo, y las calzas todas eran llanas, que no sabían qué cosa era otra hechura nueva; usábanse estos bonetes que agora se traen castellanos y unas medias gorras con la vuelta alzada ó caída atrás, y gorras de grana grandes con unos tafetanes de colores por debajo de la barba.
ESCOBAR.--Debían de ser como las que agora se pintan en las mantas francesas.
HERRERA.--Decís la verdad, y aun hoy veréis muchos trajes antiguos destos que digo. Los señores por fiesta se vestían de grana colorada ó morada, y era tan grande la templanza que se solía tener en los vestidos, que andando yo buscando unas escrituras de las de la casa de un señor deste reino, vi entre ellas una carta que el rey escrebía á uno de sus pasados, por la cual le rogaba y mandaba que se llegase á la corte, que para el gasto que se hiciese le ymbiaba once mil maravedís de ayuda de costa, y que lo que le encargaba era que en ninguna dejase de llevar él su jubón de puntas y collar de brocado.
SARMIENTO.--Gentil antigualla es essa para lo que agora usamos; cierto pocas acémilas debían de ser menester en este tiempo para llevar las recámaras de los señores.
HERRERA.--Lo que no llevaban de recámara llevaban en la mucha y muy lucida gente de que andaban acompañados, que parecía harto mejor que los cofres en las acémilas, cargados de plata y de oro y de vestidos demasiados, y no por esso dejaban de ir bien proveídos de lo necesario para la calidad de sus personas. Y con esto traían también los señores una ropa de martas que era la cosa de más estima que estonces había, y agora así Dios me salve que la he yo visto traer á mercaderes y personas que no valían otro tanto su hacienda como el valor que tiene la ropa. Pero esto no lo tengo en tanto como ver que hoy ha cuarenta años si vían á un pobre hombre con un sayo de terciopelo por rico que fuese, le miraban como á cosa nueva y desordenada, y en este tiempo hasta los mozos y criados de los caballos y aun los oficiales no lo tienen en más que á un sayo pardo, y pluguiese á Dios que se contentasen con andar vestidos de terciopelo y de las otras maneras de sedas llanamente, que lo que mayor daño hace es las hechuras, las invenciones nuevas y costosas que muchas veces cuesta más lo acessorio que lo principal, según las cosas que piden los sastres y oficiales de seda para pespuntar, para hacer los torcidos, los caireles, los grandujados, dando golpes y cuchilladas en lo sano, deshilando y desflorando, echando pasamanos, cordones y trenzas, botones, alamares; y lo que peor es, que cuando un hombre piensa que está vestido para diez años, no es pasado uno cuando viene otro uso nuevo que luego le pone en cuidado, y lo que estaba muy bien hecho se torna á deshacer y remendar, quitando y poniendo; y aun muchas veces no aprovecha toda la industria que se pone, sino que se ha de tornar á hacer de nuevo, de manera que los usos é invenciones nuevas de cada día desasosiegan las gentes y acaban las haciendas, porque somos tan locos, que ninguno hay que se conforme con lo que puede, sino que el que tiene veinte ducados los quiere también echar en un sayo y en una capa, como el que tiene dos mil, y no ha sido esto poca parte para encarecer los paños y sedas hasta venir al precio que agora piden y tienen, que si no hubiese quien los comprase, gastándolos, tan mal gastados, ellos vendrían á valer harto más barato de lo que valen.
SARMIENTO.--Una cosa no puedo yo acabar de entender, y es que cuanto más encarecen los paños y sedas y van subiendo en precio, tanto se desordenan más las gentes y procuran andar mejor vestidos y más costosos.
HERRERA.--Hacen como los hombres beodos, que cuando hay mayor carestía de vino les crece más el apetito del beber, y no tienen el real cuando lo ofrecen en la taberna, aunque no les quede otro ninguno; y pluguiese á Dios que lo mismo hiciésemos nosotros yendo con los dineros en casa de los mercaderes, pero no hacemos sino sacar fiado tan sin medida como si nunca se hubiese de pagar, y por esto sube cada vara tres ó cuatro reales en precio, y el pagar es muchas veces con essecuciones, de manera que por la mayor parte viene á ser más el daño y las costas que se pagan que lo principal que se debe, y sin tener respecto á ninguna cosa destas no dejan de andar todos desmedidos y desconcertados. Y de lo que á mí me toma gana de reir es de ver que los oficiales y los hombres comunes andan tan aderezados y puestos en orden que no se diferencian en el hábito de los caballeros y poderosos, y topándolos en la calle quien no los conozca, muchas veces juzgará que cada uno dellos tiene un cuento de renta.
SARMIENTO.--Sabéis, señor Herrera, que veo que esta desorden y desconcierto que decís de los vestidos solamente la hay entre los cristianos. Y aun no entre todos, porque dexando aparte los que viven fuera del conocimiento y sujeción de la madre Iglesia romana, aun de los que le son subjetos hay muchos que no tienen esta curiosidad, como son los húngaros, los escoceses y otras gentes que andan con hábitos humildes y poco costosos; y lo que á mí me parece que me da mayor causa de murmurar es ver la templanza de los infieles, moros, turcos y gentiles. Porque á los moros y turcos, que son los que confinan con la christiandad y de quien más noticia tenemos, vemos que andan todos con hábitos y aderezos casi comunes, y los que son más ricos y poderosos, cuando más se quieren diferenciar en los vestidos, ponen una almalafa ó capuz cerrado de grana colorada ó de otro paño de color, con unos borceguíes de buen cuero. Todos ellos traen zarahuelles sin gastar sus haciendas en muslos de calzas, ni en guarniciones, ni en otras cosas semejantes, que son las que consumen las haciendas. Y esta orden guardan los señores y los servidores, los ricos y los pobres, porque los buenos y que algo pueden, quieren que tomen enxemplo dellos los inferiores para no desconcertarse, y no por esso dexan de conoscer los que más valen, porque los otros les reconocen la superioridad que sobre ellos tienen mejor que nosotros hacemos. Porque no hay en el mundo tanta soberbia ni tanta presunción y exención como en los christianos, y en esto de los vestidos mucho más, porque tan bien los quieren traer el oficial como el caballero y el criado como el señor, de manera que todo va desbaratado y sin ninguna orden ni concierto, el que no falta entre las otras generaciones de gentes de quien tengamos noticia de vista ó de oídas ó por escritura, porque lo mesmo leemos de todos los antiguos que se moderaban en gran manera en los vestidos y aderezos de sus personas.
ESCOBAR.--Pues no se os ha acordado de hablar en les aderezos del camino, que no me parece que habría poco que decir sobre ello.
HERRERA.--Tenéis razón, porque casi todos son disparates, y si lo queréis ver, decidme, ¿puede ser mayor disparate en el mundo que andar un hombre comúnmente vestido de paño procurando que un sayo y una capa le dure diez años, y cuando va de camino lleva terciopelos y rasos, y los chapeos con cordones de oro y plata, para que lo destruya todo el aire y el polvo y la agua y los lodos, y muchas veces un vestido destos que les cuesta cuanto tienen, cuando han servido en un camino están tales que no pueden servir en otros? Y á mi parecer mejor sería mudar bissiesto y que los buenos vestidos serviesen de rua, y los que no lo fuesen de camino.
ESCOBAR.--Cesse un poco esta plática y mirad cuáles vienen la señora doña Petronila y la señora doña Juana de Arellano que parecen dos serafines en hermosura, pues poco vienen bien aderezadas; yo fiador que pasa de quinientos ducados de valor lo que trae sobre sí doña Petronila.
HERRERA.--También puedo yo fiar que no vale otro tanto la hacienda que su marido tiene, y así conoceréis la razón que yo tengo en lo que he dicho, porque si el desconcierto del vestir de los hombres es muy grande, el de las mujeres es intolerable.
ESCOBAR.--Dexaldes pasar, que podrían oiros.
HERRERA.--Poco va ni viene que me oyan, que no soy servidor de ninguna dellas, y assí estaré libre para decir la verdad, que quieren parecer fuera de sus casas unas reinas y morir dentro dellas con sus maridos y hijos de hambre. No sé que paciencia es la que basta á los hombres que se casan en cumplir con los atavíos de las mujeres tan costosos y fuera dé términos, que en otros tiempos la que tenía una buena saya y un buen manto pensaba que no le faltaba ninguna cosa; y assí los antiguos romanos pusieron por ley y estatuto que ninguna romana pudiese tener más de un vestido de su persona, y por cierta ayuda que hicieron á la república dando las joyas de oro para una gran necesidad, entre otros beneficios que les hicieron en remuneración desto, fué el mayor darles licencia que cada una pudiese tener dos vestidos. Agora no se contentan con seis, ni con diez, ni con veinte, que hasta que no quede hacienda ninguna, toda querrían que se consumiese en vestidos. Unas piden saboyanas, otras galeras, sayños, saltanbarcas, mantellinas, sayas con mangas de punta que tienen más paño ó seda que la misma saya, y otras cincuenta diferencias de ropas, unas cerradas y otras abiertas, de paño y de seda de diferentes colores, con las guarniciones tan anchas y tan costosas, que tienen más costa que la mesma ropa en que están puestas; las verdugadas y las vasquiñas que traen á cada día y en baxo de las otras ropas y sayas más cuestan agora que en otro tiempo lo que se solía dar á una mujer cuando se casaba, por rica que fuese. Y dexando los vestidos, en las invenciones de los tocados ¿habría poco que decir si hombre quisiese? Así Dios me salve que en pensarlo aborrezco sus trajes, sus redecillas, sus lados huecos, sus cabellos encrespados, sus pinjantes, sus pinos de oro, sus piezas de martillos, sus escosiones, sus beatillas y trapillos por desdén echados tras las orejas, con que piensan que parecen más hermosas; y de lo que me toma gana de reir muy de veras, es que lo mesmo quiere traer la mujer de un hombre común que la de un caballero que sea rico, todas quieren ser iguales y todas dan mala vida y trabajosa á sus maridos si no las igualan con las otras aunque sean muy mejores y más ricas que ellas.
SARMIENTO.--Por eso hicieron bien los ginoveses pocos tiempos ha, que viendo cuán gran polilla y destryción para su hacienda eran los gastos excesivos y trajes de las mujeres, hicieron en su república un estatuto y ley general (la cual no sé si agora se guarda), y por ella pusieron el remedio necesario, el cual fué que ninguna mujer podiese traer ropa de seda ni de paño fino, sino de otros paños comunes, y solamente les dexaron lo que echan por cobertura sobre la cabeza cuando hace gran sol ó cuando llueve, que son dos varas de alguna manera de seda, así como se corta de la pieza, sin otra hechura ninguna.
ESCOBAR.--En eso, agravio parece que recebían las principales, pues no les dexaban en qué diferenciarse de las otras.
HERRERA.--Pluguiese á Dios que el mesmo agravio hiciesen á las principales de España, que bien se sufriría tan poco mal por que se ordenase tan gran bien, cuanto más que en todo se podría poner buen remedio, y que la ley se hiciese de manera que fuese justa, y que hubiese algunas particularidades en que se diferenciasen las que más pueden y valen de las otras mujeres comunes.
SARMIENTO.--Esso sería poner confusión entre ellas, porque no habría mujer que con dos maravedís no pensase que podía traer lo que una condesa; lo mejor sería que ellas se comediesen y hiciessen lo que las romanas agora hacen, y es que todas andan vestidas de paño negro, sin guarnición ni gala ninguna, en que muestran su gran honestidad y bondad; no traen sobre si oro, ni perlas, ni otras cosas con que parezca acrecentar en su hermosura artificialmente; los mantos son unos lienzos blancos en que hay poca diferencia, que es de ser unos más delgados que otros. Todo su fin es andar honestas y sin traer sobre sí cosa que pueda dañar á su honestidad, y si algunas tienen algún vestido rico, diferenciado deste, no lo visten sino cuando hay algunas fiestas grandes, algunos ayuntamientos de muchas romanas en que quieren mostrarse. Y sin esto si fuese decir los ritos y costumbres de otras naciones en el vestir de las mujeres, todas enderezadas á buen fin, sería nunca acabar; pero en nuestra España la curiosidad de las mujeres es tan grande, sus importunidades son tantas, sus desatinos en el vestir tan fuera de tino, que no hay quien las sufra, y en fin, todas hacen como las monas, que todo lo que ven que hacen y traen sus vecinas, quieren que passe por ellas, no mirando á la razón ni á la calidad y possibilidad de las otras, porque su fin no es sino de vestirse tan bien y mejor y más costosamente que todas, vaya por donde fuere y venga por donde viniere.
HERRERA.--¡Guay de los pobres maridos que lo han de sufrir y cumplir!
ESCOBAR.--No cabrían en sus casas si quisiesen hacer otra cosa.
SARMIENTO.--Assí es, y particularmente mal podría remediarse este desconcierto; pero en general, remedio tendría si las gentes quisiesen.
HERRERA.--¿Qué remedio?
SARMIENTO.--Yo os lo diré. Que se heciesen leyes y pramáticas sobre ello, diferenciando los estados y dando á cada una qué ropas y de qué manera las podiese traer, y si no quesiesen tener respeto á las personas, que se tuviesen á las haciendas, y que no permitiesen que quisiesen andar tan bien vestidos el hombre y la mujer que tienen doscientos ducados de hacienda como el que tiene dos mill, como el que tiene tres cuentos, porque de aquí nace la perdición, de que dan á uno quinientos ducados en casamiento y muchas veces los echa todos en vestidos sobre sí y su mujer, y después se ven en necesidad y trabajos sin poder remediarse. Y la pena que se pusiese en las leyes que sobre esto se hiciesen, habría de ser la mayor parte para el que denunciase de los vestidos, porque los pobres con la codicia no dejarían de denunciar de quienquiera que fuese, y assí las penas serían mejor esecutadas, y esta sería buena gobernación, que con ella se remediaría muy gran parte de la perdición del reino, que según veo trocadas y mudadas las cosas de el ser que solían, yo me maravillo cómo las gentes se sustentan ni pueden vivir con estos desconciertos que agora se usan.
HERRERA.--Nosotros no bastamos para concertarlos, y lo que más en ello se hablase es excusado; lo mejor será dexarlos y andar con el tiempo, que aosadas, que él haga presto mudanza de lo que agora se usa.
ESCOBAR.--Plega á Dios que no sea de mal en peor.
SARMIENTO.--Quien más viviere más cosas verá, y en fin, otros vendrán que digan que los usos de agora eran los mejores del mundo; y con esto nos vamos, que yo tengo un poco que hacer. Dios quede con vuestras mercedes.
HERRERA.--Y á vuestra merced no olvide.
Finis.
COLLOQUIO
Que trata de la vanidad de la honra del mundo, dividido en tres partes: En la primera se contiene qué cosa es la verdedera honra y cómo la quel mundo comúnmente tiene por honra las más veces se podría tener por más verdadera infamia. En la segunda se tratan las maneras de las salutaciones antiguas y los títulos antiguos en el escrebir, loando lo uno y lo otro y burlando de lo que agora se usa. En la tercera se trata una cuestión antigua y ya tratada por otros sobre cuál sea más verdadera honra, la que se gana por el valor y merecimiento de las personas ó la que procede en los hombres por la dependencia de sus pasados. Es colloquio muy provechoso para descubrir el engaño con que las gentes están ciegas en lo que toca á la honra.
INTERLOCUTORES
Albanio.--Antonio.--Jerónimo.
ALBANIO.--Deleitable cosa es, sin duda, Jerónimo mío, ver la frescura deste jardín tan hermoso y la verdura, tan apacible á los ojos, mezclada con las diversas colores de las flores y rosas que en ella produce la natura, con la voluntad de Aquél que todas las cosas hace, las cuales no solamente sirven al contentamiento que la vista con ellas recibe, sino que con la suavidad de su olor nos hacen alzar los juicios á la contemplación de mayores cosas, considerando qué tal será lo del cielo cuando en la tierra hallamos lo que en tan gran admiración nos pone.
JERÓNIMO.--En gran manera me contenta todo lo que veo, y principalmente esta calle plantada de chopos, por tan gran concierto, que no sale el uno del otro con ser tan larga, siendo todos ellos tan altos y veniéndose á juntar las puntas los unos con los otros, como si la naturaleza quisiera usar de todo su poder hurtando la fuerza del sol para que con menos pena y trabajo se pueda andar por ella, teniendo mayor oportunidad para tender los ojos por tan grande arboleda como por una parte y por otra paresce, habiendo en algunas partes tan grandes espesuras que no lo puedo ver sin venirme á la memoria las deleitosas moradas y hermosas estancias de las que los poetas llaman ninfas, y las florestas de los faunos y sátiros de la ciega y antigua gentilidad estimados por dioses. Si su diosa Diana agora estuviera en el mundo, no hallara más amenas y deleitosas las florestas y bosques á donde andaba cazando.
ALBANIO.--No lo digáis de burla, que de veras podréis creerlo, porque dentro deste cercado no faltará á quien poder tirar con su arco ni en qué emplear las saetas de su aljaba; pero todo lo que habéis visto es poco con lo que veréis entrando por esta puerta. Y, lo primero, mirad esta hermosa casa y morada, no menos suntuosa que bien fabricada para el propósito que fué hecha, y la deleitosa y bien ordenada compostura deste deleitoso jardín, que es como ánima del que allá fuera habemos visto; qué orden de calles, qué plantas y hierbas tan olorosas, qué sombras con sus descansos y asientos á donde pueden gozarse, á lo cual pone mayor contentamiento y alegría la grandeza y suntuosidad del estanque lleno de tantos géneros de pescados y tan crescidos que cuasi lo podréis juzgar por otro mar Caspio.
JERÓNIMO.--Así lo parece con las barcas y navíos, á los cuales no falta sino la grandeza.
ALBANIO.--Son conformes á la navegación que tienen, que es muy corta y de poco peligro.
JERÓNIMO.--Lo que más me aplace es la dulce harmonía destos ruiseñores, que con la excelente suavidad de su música me tienen elevado tanto, que sin dubda no he visto más deleitoso lugar en el mundo. Pero, decidme: ¿por dónde sale el agua que vimos venir al estanque cerca de la puerta por donde entramos?
ALBANIO.--Allí donde está aquel chapitel veréis una fuentecilla artificial por donde corre y sale de la otra parte, tomando la corriente por un valle más espeso de arboleda que ninguna floresta, en el cual se consume, recibiéndola en sí la tierra para depedirla por otros respiraderos, sin saber á dónde va á dar, aunque á lo que se cree no puede ir á parar sino en el caudaloso río que de la otra parte tan cerca de las paredes del jardín tiene su corriente.
JERÓNIMO.--¿Quién es aquel que de la otra parte del estanque anda passeándose tan embelesado y contemplativo que, á lo que paresce, hasta agora ni nos ha visto ni oído?
ALBANIO.--Antonio, nuestro grande amigo, es, si yo no me engaño. Mejor conversación se nos apareja de la que pensamos.
JERÓNIMO.--En algún profundo pensamiento anda metido, y entre sí se está riyendo no con poca gana.
ALBANIO.--¿Qué es esto, señor Antonio, que tan de mañana nos habéis hurtado el gozo deste hermoso jardín?
ANTONIO.--La ociosidad hace buscar algunas cosas en que pasar el tiempo, y yo, no teniendo en qué emplearlo, me he venido aquí adonde hay tanto para todos, que la mayor falta que veo es venir tan pocos á gozarlo. Y así, con la soledad que tenía, distraído en otros pensamientos, con el juicio no gozaba tanto de lo que presente tenía.
ALBANIO.--Así me parece que os había agora acaecido, porque de lo que pensárades os estábades reyendo con tanta voluntad, que por poco nos provocárades también á nosotros á risa.
ANTONIO.--Estaba pensando en las opiniones de aquellos dos filósofos, Heráclito y Demócrito, y por no llorar, como hacía Heráclito, acordé reirme con Demócrito.
JERÓNIMO.--¿Y qué era la causa de la risa?
ANTONIO.--Ver la vanidad del mundo en una cosa que, por no ser tenido por loco, no me atrevería á decirlo.
ALBANIO.--Tampoco hubiérades de decir esso para no ponernos en mayor agonía de saberla, y pues que forzosamente habréis de venir á declararos, mejor será que por vuestra voluntad lo digáis, que ninguna excusa podrá valeros para quedar (como suelen decir) preñado con vuestras razones.
ANTONIO.--Con una condición os lo diré, y es, que por lo que dixere no me tengáis por desatinado, ó á lo menos no me condenéis hasta oir mi justicia, que pues tenemos tiempo y el lugar es oportuno, podréisme decir vuestro parecer, oyendo también el mío, que después todos podremos ser los jueces para determinar la causa. Estaba pensando en la vanidad de la honra mundana y en el engaño que todos rescibimos en desearla y procurarla, y cuán mal entendemos qué cosa es honra para usar della conforme á lo que en sí es, y, en fin, con cuánta mengua y deshonra procuramos honrarnos todos los mortales, teniendo tan grande obligación para huir dello, como lo podrá ver cualquiera que con claro juicio procurare entender el engaño desta honra fingida y engañosa.
ALBANIO.--Por cierto, señor Antonio, blasfemia es esta que (según la opinión general de las gentes) dificultosamente puede oirse con paciencia. Porque yo no veo en el mundo cosa que en más se deba tener, preciar y estimar que la honra, de la cual dice el filósofo que es el mayor bien de todos los bienes exteriores, y assí todos la buscamos y anteponemos á los otros bienes mundanos, y la tenemos por la más subida y más próspera felicidad y riqueza de todas las que en esta vida pueden alcanzarse para vivir en ella. Porque por ella estiman las gentes todos los otros bienes en poco: el dulce amor de los hijos, la afición de sus mujeres, el sosiego de sus casas y patrias, y, finalmente, tienen en poco las vidas, ofresciéndolas á cada paso por la honra, y vos sólo en dos palabras procuráis destruirla y desterrarla de entre los hombres como á cosa abominable y digna de ser aborrecida. No hay hombre tan justo que la desechase, como podréis ver por lo que dice Esaias: Mi honra no la daré á otro. Sant Pablo, en el capítulo nono de la primera epístola á los de Corintho, dice: Más me conviene morir, que no que alguno deshaga mi gloria; y los hijos del Zebedeo, por la honra principalmente echaron á su madre que pidiese á Christo el asiento de la mano derecha para el uno y el de la siniestra para el otro. Y sin estos, otros muchos enxemplos podría traeros para confundir vuestra opinión tan contraria de la común en la estimación y precio de la honra, y autorizarlo con lo que dice el Sabio en los Proverbios: No des tu honra á gentes ajenas.
ANTONIO.--No cumplís, señor Albanio, la condición con que se comenzó esta materia, pues sin oirme me dais por condenado. Yo confieso todo lo que habéis dicho ser assí, y lo que os ruego es que me oigáis, porque veréis cómo debaxo dello está el engaño manifiestamente encubierto, y para que mejor lo entendáis, escuchadme con atención, no dexando de replicar á los tiempos necessarios, que á todo pienso satisfaceros.
JERÓNIMO.--Justo es que assí lo hagamos y que escuchemos cómo funda su razón, que según las dificultades que en ella hallo, tengo deseo de ver la conclusión que tendrá.
ANTONIO.--Pues hemos de tratar de la honra, para que mejor nos entendamos, es menester saber primero qué cosa es honra.
ALBANIO.--Según el filósofo, no es otra cosa sino premio de la virtud.
ANTONIO.--Es tan contrario lo que agora se usa de lo que el filósofo dice y otros muchos autores que tratan desta materia, como veréis por lo que adelante diré, que vosotros vendréis á confesar sin tormento ser verdad todo lo que he dicho, porque conforme á esa definición hemos de considerar de una ó de dos maneras la honra. La una es como christianos, y si lo somos tan de veras como es razón que lo seamos, mayor obligación tenemos á nuestra fe que á nuestra honra.
JERÓNIMO.--Ninguno puede negarlo.
ANTONIO.---¿Pues qué cosa hay hoy en el mundo tan contraria á la verdadera fe de christiano como es la honra tomándola, no conforme á la difinición del filósofo, sino como nosotros della sentimos, porque así la más verdadera difinición será presunción y soberbia y vanagloria del mundo, y della dice Christo por el evangelio de San Juan: ¿Cómo podréis creer los que andáis buscando la honra entre vosotros y no buscáis la que de solo Dios procede? Esta nuestra sanctíssima fe es fundada en verdadera humildad christiana, y la honra, como he dicho, es una vana y soberbia presunción, y desta manera mal puede compadecerse, porque todos los que quieren y procuran y buscan honra, van fuera del camino que deben siguir los que son christianos; y así me parece que es más sutil red y el más delicado lazo y encubierto que el demonio nos arma para guiarnos por el camino de perdición. ¿Y qué pensáis que es la causa? El deseo que tiene que nos perdamos por la mesma razón que él fué perdido. Cosa es por cierto para que todos nos espantemos y nos ponga en gran admiración, ver la fuerza que tiene esta ambición de la honra, que no solamente tenemos en poco y menospreciamos los hijos y las mujeres, los parientes, las haciendas, las vidas, pero que no haga más cuenta de las ánimas, teniéndolas en menos que si no las tuviésemos, ni esperanza ninguna de salvarlas, buscándola y procurándola por diferentes vías que lo hacían los hijos del Zebedeo y otras personas justas, las cuales buscaban la verdadera honra aunque erraban los verdaderos medios de la virtud, puesto que no querían ser honrados y estimados por las riquezas ni hazañas preñadas de la vanagloria mundana.
JERÓNIMO.--Conforme á eso, parésceme que queréis condenar los notables hechos y dignos de perpetua memoria que los romanos, los griegos, los cartagineses y otras naciones hicieron, ofreciendo las vidas de su propia voluntad, como hicieron los Decios, Mucio Scévola y otros que por la prolixidad dexo de decir.
ANTONIO.--Si essos pensaran que por ello podían perder sus ánimas, yo los condenara; pero así no quiero hacerlo cuanto á este artículo, porque no tenían sino á la honra y á la fama que ganaban, teniendo por cierto, conforme á su fe que ellos tenían, que lo que hacían era también para ganar la gloria del otro mundo, como la tenían en éste por cierto; y esta es la segunda manera de honra, la cual en su manera está fundada y tiene cimiento sobre la virtud, pues que conforme á su ley, las cosas que hacían eran lícitas y en provecho suyo ó de sus repúblicas ó de otras personas particulares. Pero los que somos christianos todo lo hemos de tener y creer al contrario, porque la honra que perdemos en este mundo estando en medio la humildad y el amor de Christo y temor de ofenderle, es para acrescentar más en la honra de nuestras ánimas, aunque hay pocos que hagan esto que digo.
ALBANIO.--¿Y quién son esos pocos?
ANTONIO.--A la verdad el día de hoy mejor dixera que ninguno. El mundo cuanto á esto está perdido y estragado sin sabor ni gusto de la gloria del cielo; todo lo tiene en la pompa y vanagloria deste mundo. ¿Quereislo ver? Si hacen á un hombre una injuria y le ruegan é importunan que perdone al que se la hizo, aunque se lo pidan por Dios y le pongan por tercero, luego pone por inconveniente para no hacerlo: ¿cómo podré yo cumplir con mi honra? No mirando á que siendo christianos están obligados á seguir la voluntad de Christo, el cual quiere que cuando nos dieren una bofetada pasemos el otro carrillo estando aparejado para rescibir otra, sin que por ello nos airemos ni tengamos odio con nuestro prójimo. Si alguno ha levantado un falso testimonio en perjuicio de la buena fama ó de la hacienda y por ventura de la vida de alguna persona, por lo que su conciencia le manda que se desdiga luego, pone por contrapeso la honra y hace que pese más que la conciencia y que el alma, y así el premio que había de llevar de la virtud por la buena obra que hacía en perdonar ó en restituir la fama, en lo cual ganaba honra, quiere perderle con parescerles que con ello la pierde por hacer lo que debe, quedando en los claros juicios con mayor vituperio por haber dexado de hacerlo que su conciencia y la virtud le obligaba. Absolvió Christo á la mujer adúltera, y paresce que por este enxemplo ninguno puede justamente condenarla, pero los maridos que hallan sus mujeres en adulterio, y muchas veces por sola sospecha, no les perdonan la vida.
JERÓNIMO.--Pues ¿por qué por las leyes humanas se permite que la mujer que fuere hallada en adulterio muera por ello?
ANTONIO.--Las leyes no mandan sino que se entregue y ponga en poder del marido, para que haga della á su voluntad. El cual si quisiere matarla, usando oficio de verdugo, puede hacerlo sin pena alguna cuanto al marido; pero cuanto á Dios no lo puede hacer con buena conciencia sin pecar mortalmente, pues lo hace con executar su saña tomando venganza del daño que hicieron en su honra; y si se permite este poder en los maridos, es por embarazar la flaqueza de las mujeres para que no sea este delito tan ordinario como sería de otra manera. Y no pára en esto esta negra deshonra, que por muy menores ofensas se procuran las venganzas por casi todos, y es tan ordinario en todas maneras de gentes, que ansí los sabios como los necios, los ricos como los pobres, los señores como los súbditos, todos quieren y procuran y con todas fuerzas andan buscando esta honra como la más dulce cosa á su gusto de todas las del mundo, de tal manera que si se toca alguno dellos en cosa que le parezca que queda ofendida su honra, apenas hallaréis en él otra cosa de christiano sino el nombre, y si no puede satisfacerse ó vengarse, el deseo de la venganza muy tarde ó nunca se pierde. Los que no saben qué cosa es honra, ni tienen vaso en que quepa, estiman y tienen en mucho esta honra falsa y fingida. Si no, mirad qué honra puede tener un ganapán ó una mujer que públicamente vende su cuerpo por pocos dineros, que á estos tales oiréis hablar en su honra y estimarla en tanto, que cuando pienso en ello no puedo dexar de reirme como de vanidad tan grande; y no tengo en nada esto cuando me pongo á contemplar que no perdona esta pestilencial carcoma de las conciencias á ningún género de gentes de cualquier estado y condición que sean, hasta venir á dar en las personas que en el mundo tenemos por dechado, de quien todos hemos de tomar enxemplo, porque los religiosos que, allende aquella general profesión que todos los christianos en el sancto bautismo hecimos, que es renunciar al demonio y á todas sus pompas mundanas, tienen otra particular obligación de humildad por razón del estado que tienen, con la cual se obligan á resplandecer entre todos los otros estados, pues están puestos entre nosotros por luz nuestra, son muchas veces tocados del apetito y deseo desta honra, y ansí la procuran con la mejor diligencia que ellos pueden, donde no pocas veces dan de sí qué decir al mundo, á quien habían de dar á entender que todo esso tenían ya aborrecido y echado á un rincón como cosa dañosa para el fin que su sancto estado pretende; de donde algunas veces nacen entre ellos, ó podrían nascer, rencillas, discordias, discusiones y desasosiegos que en alguna manera podrían escurecer aquella claridad y resplandor de la doctrina y sanctidad que su sancto estado publica y profesa, lo cual ya veis que á la clara es contra la humildad que debrían tener, conforme á lo que profesaron y á la orden y regla de vivir que han tomado.
JERÓNIMO.--Conforme á esso no guardan entre sí aquel precepto divino que dice: el que mayor fuese entre vosotros se haga como menor; porque desta manera todos huirían de ser mayores, pues que dello no les cabría otra cosa sino el trabajo.
ANTONIO.--Verdaderamente, los que más perfectamente viven, según la religión christiana, son ellos, y por esto conoceréis cuán grande es el poder de la vanidad de la honra, pues no perdona á los más perfectos.
JERÓNIMO.--No me espanto deso, porque en esta vida es cosa muy dificultosa hallar hombre que no tenga faltas, y como los flaires sean hombres, no es maravilla que tengan algunas, especialmente este apetito desta honra que es tan natural al hombre, que me parece que no haya habido ninguno que no la haya procurado. Porque aun los discípulos de Jesu Christo contendían entre sí cuál había de ser el mayor entre ellos, cuanto más los flaires que, sin hacerles ninguna injuria, podemos decir que no son tan sanctos como los discípulos de Jesu Christo que aquello trataban. Pero quiero, señor Antonio, que me saquéis de una duda que desta vuestra sentencia me queda y es: ¿por qué habéis puesto enxemplo más en los flaires que en otro género de gente?
ANTONIO.--Yo os lo diré. Porque si á ellos, que son comúnmente los más perfectos y más sanctos y amigos del servicio de Dios, no perdona esta pestilencial enfermedad de la honra mundana y no verdadera, de aquí podréis considerar qué hará en todos los otros, en los cuales podéis comenzar por los príncipes y señores y considerar la soberbia con que quieren que sea estimada y reverenciada su grandeza, con títulos y cerimonias exquisitas y nuevas que inventan cada día para ser tenidos por otro linaje de hombres, hechos de diferente materia que sus súbditos y servidores que tienen. Los caballeros y personas ricas quieren hacer lo mesmo, y así discurriendo por todos los demás, veréis á cada uno, en el estado en que vive, tener una presunción luciferina en el cuerpo, pues si las justicias hubiesen de hacer justicia de sí mesmos, no se hallarían menos culpados que los otros, porque debajo del mando que tienen y el poder que se les ha dado, la principal paga que pretenden es que todo el mundo los estime y tenga en tanto cuasi como al mesmo príncipe ó señor que los ha puesto y dado el cargo, y si les paresce que alguno los estima en poco, necesidad tiene de guardarse ó no venir á sus manos.
ALBANIO.--Justo es que los que tienen semejantes cargos de gobierno sean más acatados que los otros.
ANTONIO.--No niego yo que no sea justo que así se haga; pero no por la vía que los más dellos quieren, vanagloriándose dello y queriéndolo por su propia autoridad y por lo que toca á sus personas, y no por la autoridad de su oficio. Y dexando éstos, si queremos tomar entre manos á los perlados y dignidades de la Iglesia de Christo, á lo menos por la mayor parte, ninguna otra cosa se hallará en ellos sino una ambición de honra haciendo el fundamento en la soberbia, de lo cual es suficiente argumento ver que ninguno se contenta con lo que tiene, aunque baste para vivir tan honradamente y aún más que lo requiere la calidad de sus personas, y assí, todos sus pensamientos, sus mañas y diligencias son para procurar otros mayores estados.
ALBANIO.--¿Y qué queréis que se siga de esso?
ANTONIO.--Que pues no se contentan con lo que les basta, y quieren tener más numerosos servidores, hacer grandezas en banquetes y fiestas y otras cosas fuera de su hábito, que todo esto es para ser más estimados que los otros con quien de antes eran iguales, y assí se engríen con una pompa y vanagloria como si no fuesen siervos de Christo sino de Lucifer, y este es el fin y paradero que los más dellos tienen. Puede tanto y tiene tan grandes fuerzas esta red del demonio, que á los predicadores que están en los púlpitos dando voces contra los vicios no perdona este vicio de la honra y vanagloria cuando ven que son con atención oídos y de mucha gente seguidos en sus sermones y alabados de lo que dicen, y así se están vanagloriando entre sí mesmos con el contento que reciben de pensar que aciertan en el saber predicar.
JERÓNIMO.--Juicio temerario es este; ¿cómo podéis vos saber lo que ellos de sí mesmos sienten?
ANTONIO.--Júzgolo porque no creo que hay agora más perfectos predicadores en vida que lo fué San Bernardo, el cual estando un día predicando le tomó la tentación y vanagloria que digo, y volviendo á conoscer que era illusión del demonio estuvo para bajarse del púlpito, pero al fin tornó á proseguir el sermón diciendo al demonio que lo tentaba: Ni por ti comencé á predicar ni por ti lo dejaré. En fin, os quiero decir que veo pocos hombres en el mundo tan justos que si les tocáis en la honra, y no digo de veras, sino tan livianamente, que sin perjuicio suyo podrían disimularlo, que no se alteren y se pongan en cólera para satisfacerse, y están todos tan recatados para esto, que la mayor atención que tienen los mayores es á mirar el respeto que se les tiene y el acatamiento que les guardan, y los menores el tratamiento que les hacen, y los iguales, si alguno quiere anteponerse á otro para no perder punto en las palabras ni en las obras. Y medio mal sería que esto pasase entre los iguales, que ya en nuestros tiempos, si una persona que tenga valor y méritos para poderlo hacer trata á otra inferior llanamente y llamándole vos, ó presume de responderle como dicen por los mesmos consonantes, ó si no lo hacen van murmurando dél todo lo posible. Y no solamente hay esto entre los hombres comunes y que saben poco, que entre los señores hay también esta vanidad y trabajo, que el uno se agravia porque no le llaman señoría y el otro porque no le llaman merced; otros, porque en el escribir no le trataron igualmente, y un señor de dos cuentos de renta quiere que uno de veinte no gane con él punto de honra. Pues las mujeres ¿están fuera desta vanidad y locura? Si bien lo consideramos, pocas hallaréis fuera della, con muy mayores puntos, quexas y agravios que tienen los hombres. La cosa que, el día de hoy, más se trata, la mercadería que más se estima, es la honra, y no por cierto la verdadera honra, que ha de ser ganada con obras buenas y virtuosas, sino la que se compra con vicios y con haciendas y dineros, aunque no sean bien adquiridos. ¡Oh cuántos hay en el mundo que estando pobres no eran para ser estimados más que el más vil del mundo, y después que bien ó mal se ven ricos, tienen su archiduque en el cuerpo, no solamente para querer ser bien tratados, sino para querer tratar y estimar en poco á los que por la virtud tienen mayor merecimiento que ellos! Si vemos á un hombre pobre, tratámosle con palabras pobres y desnudas de favor y auctoridad; si después la fortuna le ayuda á ser rico, luego le acatamos y reverenciamos como á superior; no miramos á las personas, ni á la virtud que tienen, sino á la hacienda que poseen.
JERÓNIMO.--Si esa hacienda la adquirieron con obras virtuosas, ¿no es justo que por ella sean estimados?
ANTONIO.--Sí, por cierto; pero el mayor respeto que se ha de tener es á la virtud y bondad que para adquirirlas tuvieron, por la cual yo he visto algunos amenguados y afrontados, que usando desta virtud gastaron sus patrimonios y haciendas en obras dignas de loor, y como todos tengamos en el mundo poco conoscimiento de la honra, á éstos que la merecen, como los veamos pobres, les estimamos en poco; así que los ricos entre nosotros son los honrados, y aunque en ausencia murmuramos dellos, en presencia les hacemos muy grande acatamiento; y la causa es que, como todos andemos tras las riquezas procurándolas y buscándolas, pensamos siempre podernos aprovechar de las que aquellos tienen, los cuales van tan huecos y hinchados por las calles, que quitándoles las gorras ó bonetes otros que por la virtud son muy mejores que ellos, abaxándolos hasta el suelo con muy gran reverencia, ellos apenas ponen las manos en las suyas, y en las palabras y respuestas también muestran la vanidad que de las riquezas se ha engendrado en ellos. ¡Oh vanidad y ceguedad del mundo! que yo sin duda creo que esta honra es por quien dixo el Sabio: Vanidad de vanidades y todas las cosas son vanidad. La cual tan poco perdona los muertos como á los vivos, que á las obsequias y sacrificios que hacemos por las almas llamamos honras, como si los defunctos tuviesen necesidad de ser honrados con esta manera de pompa mundana; y lo que peor es que muchos de los que mueren han hecho sus honras en vida llamándolas por este nombre, tanto para honrarse en ellas como para el provecho que han de recibir sus ánimas. Es tanta la rabia y furor de los mortales por adquirir y ganar honra unos con otros, que jamás piensan en otra cosa, y harto buen pensamiento sería si lo hiciesen para que se ganase la honra verdadera. Lo que tienen por muy gran discreción y saber es aventajarse con otros en palabras afectadas y en obras de viva la gala, y cuanto se gana en lo uno ó en lo otro entre hombres que presumen de la honra, ¿qué desasosiego de cuerpo y de ánima nace dello? Porque si es tierra libre, luego veréis los carteles, los desafíos, los gastos excesivos, pidiendo campo á los reyes ó á los señores que pueden darlo; de manera que para venir á combatir han perdido el tiempo, consumido la hacienda, padescido trabajo, y muchas veces los que quieren satisfacerse quedan con mayor deshonra, por quedar vencidos. Y lo que peor es que el que lo queda, por no haber sido muerto en la contienda, pierde la honra en la opinión de los parientes, de los amigos y conoscidos, que todos quisieran que perdiera antes la vida y aun la ánima que la honra como cobarde y temeroso. Y es el yerro desto tan grande, que si muere (con ir al infierno) los que le hacen se precian dello y les paresce que en esto no han perdido su honra. Y si es en parte donde no se da campo á los que lo piden, ¡qué desasosiego es tan grande el que traen en tanto que dura la enemistad, qué solicitud y trabajo insoportable por la satisfacción y venganza! Y muchas veces se pasan en este odio un año, dos años y diez años, y otros hasta la muerte, y algunos se van con la injuria y con deseo de vengarla á la sepultura.
JERÓNIMO.--Bien ciertos van éstos de la salvación, quiero decir de la condenación de su ánima; poco más me diera que murieran siendo turcos y gentiles, y aun en parte menos, porque no dieran cuenta del sancto baptismo que no hubieran recibido.
ALBANIO.--Decidme, señor Antonio, ¿hay alguna cosa que pueda ó tenga mayor fuerza que la honra?
ANTONIO.--El interesse es algunas veces de mayor poder, aunque no en los hombres de presunción y que se estiman en algo, y si por ventura en éstos se siente esta flaqueza, pierden el valor que tienen para con los que tienen presunción de la honra, y luego son dellos menospreciados.
ALBANIO.--¿Y cual tenéis vos por peor, el que sigue el interés ó la vanagloria?
ANTONIO.--Si el interese es bien adquirido, por mejor lo tengo, porque con él pueden venir á hacer buenas obras y usar de virtud, lo que no se puede hacer con la honra vana sin el interese.
ALBANIO.--Pues decidnos en conclusión, ¿qué es lo que queréis inferir de todo lo que habéis alegado contra la honra, que según habéis estado satírico, creo que ha de ser más áspero que todo lo antecedente. ¿De manera que queréis desterrar la honra del mundo para que no se tenga noticia della?
ANTONIO.--Si tenéis memoria de todo lo que he dicho, por ello entenderéis que yo nunca he dicho mal de la que es verdadera honra, conforme á la diffinición della y al verdadero entendimiento en que habemos de tomalla, y si á los virtuosos, los sabios, los que tienen dignidades ó officios públicos honrados, los esforzados, los magníficos, los liberales, los que hicieron notables hechos, los que viven justa y sanctamente también merescen esta honra y acatamiento que el mundo suele hacer como ya arriba dixe y lo dice Sancto Tomás. Y es razón que sean honrados y estimados de los otros, y la honra que ellos procuran por esta via, justa y sancta es, y nosotros estamos obligados á dársela. Pero si la quieren y piden con soberbia, queriendo forzarnos á que se la demos, ya pierden en esto el merecimiento que tenían por los méritos que en ellos había.
JERÓNIMO.--Desa manera ninguno habrá que pueda forzar á otro á que le reverencie y acate.
ANTONIO.--No es regla tan general ni la toméis tan por el cabo, que el padre puede forzar á los hijos, los hermanos mayores á los menores, y más si les llevan mucha edad, los señores á los vasallos y á los criados, los perlados á los súbditos; pero esto ha de ser con celo de hacerlos ser virtuosos y que hagan lo que deben, y no con parescerles que les puedan hacer esta fuerza por solo su merecimiento, porque assí ya va mezclada con ella la soberbia y vanagloria, y en lugar de merescer por ello, serán condenados en justicia.
JERÓNIMO.--Al fin lo que entiendo de vuestras razones es que la verdadera honra es la que damos unos á otros, sin procurarla los que la reciben; porque las obras virtuosas que hicieron las obraron por sola virtud y sin ambición ni codicia de la honra, y que cualquiera que procurare tomarla por sí mesmo, aunque la merezca, esto solo basta para que la pierda.
ANTONIO.--En breves palabras habéis resumido todos mis argumentos; ahí se concluye todo cuanto he dicho, siendo tan contrario de la común opinión de todos los que hoy viven en el mundo. Y lo que he hablado entre vosotros, como verdaderos amigos, no lo osaría decir en público, porque algunos no querrían escucharme, otros me tendrían por loco, otros dirían que estas cosas eran herejías políticas contra la policía, y otros necedades; no porque diesen causa ni razón para ello, ni para confundir las que digo aunque no son gran parte las que se podrían decir, lo que harían es irse burlando dellas y reyéndose de quien las dice, aunque á la verdad esto es decir verdades, y verdaderamente lo que se ha de sentir de la honra que tan fuera nos trae del camino de nuestra salvación. Y porque ya se va haciendo tarde y por ventura el conde habrá preguntado por mí, es bien que nos vamos, aunque algunas cosas quedarán por decir, de que creo que no recibiérades poco gusto.
JERÓNIMO.--Ya que no las digáis agora, yo pienso persuadiros que las digáis hallándoos desocupado, porque quiero entender todo lo que más hay que tratar desta honra verdadera y fingida, porque si alguna vez platicare esta materia con mis amigos, vaya avisado de manera que sin temor pueda meterme á hablar en ella, como dicen, á rienda suelta.
ALBANIO.--No quedo yo menos codicioso que Jerónimo, y assí pienso molestaros hasta quedar satisfecho.
ANTONIO.--Pues que así lo queréis, mañana á la hora de hoy volveremos á este mesmo lugar, que yo holgaré de serviros con daros á sentir lo que siento. Y no nos detengamos más, porque yo podría hacer falta á esta hora.
COMIENZA LA SEGUNDA PARTE
Del colloquio de la honra, que trata de las salutaciones antiguas y de los títulos y cortesías que se usaban en el escrebir, loando lo que se usaba en aquel tiempo, como bueno, y burlando de lo que agora se usa, como malo.
INTERLOCUTORES
Albanio.--Antonio.--Jerónimo.
ALBANIO.--Á buena hora llegamos, que aquél es Antonio, que agora llega á la puerta del jardín. No ha faltado punto de su palabra.
JERÓNIMO.--Paréceme que, dexando la calle principal de los chopos, se va por otro camino rodeando.
ALBANIO.--El rodeo es tan sabroso que no se siente, porque toda esta arboleda que veis es de muy hermosas y diferentes frutas, las cuales no tienen otra guarda más de estar aparejadas para los que quisieren aprovecharse y gustar dellas. Toda esta espesura que miráis produce fructo en muy gran abundancia, y los más de los árboles que están en este tan hondo valle son provechosos. Mirad qué dos calles estas que parescen dos caminos hechos en alguna cerrada y muy espesa floresta, y de la mesma manera va otra calle por la otra parte. Por cierto deleitosa y muy suave cosa es gozar en las frescas mañanas deste caloroso tiempo de tan grande y agradable frescura como aquí se muestra.
JERÓNIMO.--¿Qué puerta grande es ésta que aquí vemos?
ALBANIO.--Una puerta trasera por donde se entra al jardín, y es la mesma que vimos cabe la fuentecilla, cerca del estanque.
JERÓNIMO.--Agora entiendo lo que decís; porque lo he visto, pero no veo á Antonio. ¿Dónde se podrá haber escondido?
ALBANIO.--Acá en la huerta de los olivos, que poco ha era otro laberinto fabricado por otra mano de Dédalo.
JERÓNIMO.--¿Por qué lo deshicieron?
ALBANIO.--Porque no hallaron al minotauro que en él estuviese encerrado.
JERÓNIMO.--Bueno estoy yo entre un filósofo y un poeta. Cada día podré aprender cosas nuevas.
ALBANIO y JERÓNIMO.--Buenos días, señor Antonio.
ANTONIO.--Seáis, señores, bien venidos, que con temor estaba de vuestra tardanza. Parésceme que no solamente llegamos á un tiempo, pero que todos venimos con una intención: vosotros de oir el fin de lo que ayer aquí tratamos, y yo de decir lo que dello siento, á lo cual me habéis dado mayor ocasión con la salutación que me hecistes y con la que yo os he respondido, que para los que agora quieren ser honrados fuera una manera de afrenta saludarlos, á su parecer, tan bajamente. Y cuando esto contemplo, parésceme que no puedo dejar de seguir la opinión de Demócrito de reirme de su ceguedad é locura. ¡Oh mundo confuso, ciego y sin entendimiento, pues amas y quieres y buscas y procuras todo lo que es en perjuicio de ti mesmo! Si no entendemos lo que hacemos, es muy grande la ceguera y iñorancia, por la cual no se puede excusar el peccado; y si lo entendemos y no lo remediamos, viendo el yerro que hacemos, ninguna excusa nos basta; y declarándome más, digo que solían en otros tiempos saludarse las gentes con bendiciones y rogando á Dios, diciendo: Dios os dé buenos días; Dios os dé mucha salud; Dios os guarde; Dios os tenga de su mano; manténgaos Dios; y agora, en lugar desto y de holgarnos de que así nos saluden, sentímonos afrentados de semejantes salutaciones, y teniéndolas por baxeza nos despreciamos dellas. ¿Puede ser mayor vanidad y locura que no querer que nadie ruegue á Dios que nos dé buenos días ni noches, ni que nos dé salud, ni que guarde, mantenga, y que en lugar dello nos deleitemos con un besa las manos á vuestra merced? Que si bien consideramos lo que decimos, es muy gran necedad decirlo, mintiendo á cada paso, pues que nunca las besamos, ni besaríamos, aunque aquel á quien saludamos lo quisiese. Por cierto cosa justa sería que agora nos contentásemos nosotros con lo que en los tiempos pasados se satisfacían los emperadores, los reyes y príncipes, que con esta palabra «á ver» se contentaban, porque quiere decir tanto como Dios os salve; y como paresce por las corόnicas antiguas y verdaderas, á los reyes de Castilla aún no ha mucho tiempo que les decían: «manténgaos Dios» por la mejor salutación del mundo. Agora, dexadas las nuevas formas y maneras de salutaciones que cada día para ellos se inventan y buscan, nosotros no nos queremos contentar con lo que ellos dexaron, y es tan ordinaria esta necedad de decir que besamos las manos, que á todos comprende generalmente, y dexando las manos venimos á los pies, de manera que no paramos en ellos ni aun pararemos en la tierra que pisan, y, en fin, no hay hombre que se los descalce para que se los besen, y todo se va en palabras vanas y mentirosas, sin concierto y sin razón.
ALBANIO.--Como caballo desenfrenado me paresce que os vais corriendo sin estropezar, por hallar la carrera muy llana. Decidme: al emperador, á los reyes, á los señores, á los obispos, á los perlados, ¿no les besan también las manos de hecho como de dicho? Y al Summo Pontífice, ¿no le besan los pies? Luego mejor podrían decir los que lo hacen que no hacerlo.
ANTONIO.--Antes á esos, como vos decís, se besan sin que se digan, y oblíganos la razón por la superioridad que sobre nosotros tienen, y cuando no lo podemos hacer por la obra, publicámoslo en las palabras, como lo haríamos pudiendo. Mas acá entre nosotros, cuando uno dice á otro que le besa las manos, ¿besárselas ya si se las diese?
ALBANIO.--No por cierto, antes le tendrían por nescio y descomedido si le pediese que cumpliese por obra las palabras.
ANTONIO.--Pues ¿para qué mentimos? ¿Para qué publicamos lo que no hacemos? ¿Y para qué queremos oir lisonjas y no salutaciones provechosas? ¿Qué provecho me viene á mí de que otro me diga que me besa las manos y los pies?
JERÓNIMO.--Yo os lo diré, que en decirlo parescerá recognosceros superioridad y estimaros en más que á sí, teniéndose en menos por teneros á vos en más.
ANTONIO.--Mejor dixérades por ser pagado en lo mesmo, que si uno dice que os besa las manos, no digo siendo más, sino siendo menos, no siendo la diferencia del uno al otro en muy gran cuantidad, si no le respondéis de la mesma manera, luego hace del agraviado y lo muestra en las palabras y obras si es necesario, buscando rodeos y formas para igualarse y para no tener más respeto ni acatamiento del que se les tuviere; y, en fin, todos se andan á responder, como dicen, por los consonantes, y el oficial en esto quiere ser igual con el hidalgo diciendo que no le debe nada, y el hidalgo con el caballero, y el caballero con el gran señor, y todo esto porque es tan grande la codicia y ambición de la honra, que no hay ninguno que no querría merecer la mayor parte, y no la meresciendo, hurtarla ó robarla por fuerza, como á cosa muy codiciosa. Y tornando á lo pasado, es muy mal trueque y cambio el que habemos hecho del saludar antiguo al que agora usamos. Por menosprecio decimos á uno: en hora buena vais, vengáis en buena hora, guárdeos Dios, y si no es á nuestros criados ó á personas tan baxas y humildes que no tienen cuenta con ello, no osaríamos decirlo, siendo tanto mejor y más provechoso que lo que decimos á otros, cuanto podrá entender cualquiera que bien quisiese considerarlo. Gran falta es la que hay de médicos evangélicos para curar tan general pestilencia, la cual está ya tan corrompida y inficcionada, que sólo Dios basta para el remedio della; antes va el mundo tan de mal en peor, que si viviésemos muchos tiempos veríamos otras diferentes novedades, con que tendríamos por bueno lo de agora.
ALBANIO.--Por ventura con el tiempo vendrá el mundo á conoscer lo bueno que ha dexado, y dexará lo malo que agora se usa, porque muchas cosas se usan que se pierden, y después el tiempo las vuelve al primer estado. Pero ¿no me diréis de que os estáis reyendo?
ANTONIO.--De otra vanidad tan grande como la pasada; y también me río de mí mesmo, que no dexaría de picar en ella conosciendo que es locura, como lo hacían todos los otros del mundo.
JERÓNIMO.--Pues luego no pongáis culpa á los otros, que el que quiere en alguna cosa reprehender á su próximo ha de estar en ella disculpado.
ANTONIO.--Con una razón podré disculparme: que á lo menos conozco y siento el yerro que hago.
ALBANIO.--Esso sólo basta para teneros por más culpado; porque si vos conosciendo que erráis no os apartáis del yerro, menos razón tendrán los que, errando, tienen por cierto que aciertan, y así el primero á quien habéis de reprehender es á vos mesmo y conoscer que estoy dignamente debajo de la bandera desta locura.
ANTONIO.--No sé cuál tenga por mayor yerro, seguir común opinión y parescer de todos ó quererme yo solo extremarme para ser notado de todo el mundo, y assí pienso por agora no me apartar de la compañía donde entran buenos y malos, sabios y necios; y por no teneros más suspensos, digo que es cosa para mirar y contemplar los títulos y cortesías que se usan en el escrebir. Solían en los tiempos antiguos llamar á un emperador ó un rey escribiéndole, por la mayor cortesía que podían decir, «vuestra merced», y cuando lo decían era con haberle dicho cient veces un «vos» muy seco y desnudo. Después, por muy gran cosa le vinieron á llamar «señoría», y agora ya no les basta «alteza», que otros títulos nuevos y exquisitos se procuran, subiendo tan cerca de la divinidad que no están á un salto del cielo; y en los emperadores y reyes podríase sufrir, por la dignidad que tienen y principalmente por la que representan, pero comenzando abaxo por los inferiores veréis cosas notables. A los mesmos reyes que he dicho, en las cartas ó peticiones ó escrituras solían poner noble ó muy noble rey, muy virtuoso señor. Agora no hay hombre que, si se estima en algo, no quiera ser noble ni virtuoso.
JERÓNIMO.--Eso debe de ser porque hay poca virtud y nobleza en el mundo, que todo se ha subido al cielo. Pero decidme, ¿qué es lo que quieren ser?
ANTONIO.--Magníficos ó muy magníficos, aunque en Valencia y Cataluña se tiene por más ser noble que magnífico; mas andan á uso de acá los que no siendo nobles se precian de título de magníficos, y muchos de los que lo quieren, maldita la liberalidad que usaron, ni grandeza hicieron, y por ventura son los mayores míseros y desventurados que hay en el mundo.
ALBANIO.--¿Luego quieren que mientan como los otros que dicen que besan los pies ó las manos?
ANTONIO.--Eso mesmo es lo que procuran, y si usasen alguna liberalidad ó magnificencia con quien se lo llama y escribe, tendría razón para ello. Y dexando á éstos, que es la gente que presume y tiene algún ser para ello y para poderse estimar, los señores y grandes á quien solían escrebir, por título, muy sublimado, muy magnífico, agora ya lo tienen por tan baxo que se afrentan y deshonran dello.
JERÓNIMO.--Tienen razón, porque se han dado á no hacer ya merced ninguna, y lo que peor es, que se precian dello, y así quieren dexar este título para los señores pasados que usaron magnificencias, y ellos tomar otros nuevos y que más les convengan.
ANTONIO.--Llámanse ilustres y muy ilustres y illustrísimos.
ALBANIO.--No puedo entender qué quieren decir esos nombres.
ANTONIO.--Lo que ellos quieren que diga es que son muy claros, muy resplandecientes en linaje y en obras.
ALBANIO.--Bien es que lo quieran los que lo son; pero los que no lo fueren, poca razón tienen de quererlo y usurpar los títulos ajenos; y lo que me paresce mal es que los perlados, que vemos ser hijos de humildes padres y labradores y que se hicieron con ser venturosos del polvo de la tierra, se agravien si no les llaman illustres y muy illustres, dexando los títulos que más les convienen.
ANTONIO.--Yo os diré la causa y la razón que tienen para ello, la cual es que, como los solían llamar muy reverendos ó reverendísimos, que quiere decir tanto como dignos de ser acatados y reverenciados, y ellos por el linaje y obras no lo sean, no quieren que mintamos tanto, teniendo por menor mentira que los llamemos illustres, y ya que sea tan grande, quieren el título que les paresce ser más honrado cuanto á la vanidad del mundo, y en fin, esto durará muy pocos días, que ya, como todos los hijos de señores y de otras personas señaladas quieren y procuran el illustre y muy illustre, otros nuevos títulos hemos de buscar para los otros.
JERÓNIMO.--Ya los hay, porque ya en España se comienza á usar el excelente, muy excelente, sereníssimo, y en lugar de señoría se llama «excelencia».
ANTONIO.--Decís verdad, que no me acordaba, aunque esos títulos no están bien confirmados; pero yo fiador que los que vivieren muchos años vean que de la excelencia suben á la alteza.
JERÓNIMO.--¿Y qué quedará para los reyes?
ANTONIO.--No faltará algo de nuevo, y por ventura volverán á dar vuelta al mundo y se tornar á llamar virtuosos y nobles, y por alteza nobleza; y esto sería acertamiento, que todo esto otro son vanidades y necedades, y lo que pior es, que todos cuantos las escrebimos, las damos firmadas de nuestros nombres. Assí lo hacen también los señores que, escrebiendo á los inferiores dellos, á unos llaman parientes, á otros parientes señores, y á otros nombres de parentesco, sin haber entre ellos ninguno, ante los quieren hacer sus parientes porque se tenga en ellos por grandeza llamarlos parientes, por ser más cosa magnífica el dar que el recibir, siendo tan gran mentira y tan manifiesta, y no piensan que es peccado venial mentir á cada paso, y no tienen cuenta con que no es lícito el mentir, ni aun por salvar la vida del hombre.
JERÓNIMO.--No llaman á todos parientes ni primos, que algunos llaman singulares ó especiales amigos.
ANTONIO.--También mienten en esto, porque, según dice Tulio en el De amicicia: La amistad ha de ser entre los iguales, y como no lo sean, aquel á quien escriben no puede ser su amigo singular. ¿Queréislo ver? Si el criado ó el vasallo llamase al señor amigo, permitirlo ia? No por cierto, y assí no se puede llamar amistad la que hay entre ellos; y si no es amistad, no se pueden llamar propiamente amigos.
ALBANIO.--De essa manera ¿no dexáis título ninguno con que los señores puedan escribir á los criados y vasallos y otros inferiores?
ANTONIO.--No faltan títulos si ellos quieren escribirlos, y más propios que los escriben. A los criados escribirles: á mi criado, á mi fiel criado, á mi humilde criado, á mi buen criado Fulano. A los que no lo son: al honrado, al virtuoso, al muy virtuoso, y otras maneras que hay de escribir; que no parezcan desatinos, y de los malos usos que en él se han introducido que tendrán por mayor desatino este que digo.
JERÓNIMO.--No tengáis dubda desso.
ANTONIO.--Como quiera que sea diga yo la verdad en tiempo y lugar, y el mundo diga y haga lo que quisiere, y porque no paremos aquí, os quiero decir otra cosa no poco digna de reirse como desatino y ceguera, que á mí me tiene admirado que las gentes no la destierren del mundo como á simpleza, que los brutos animales (si bastase su capacidad á entenderla), burlarían de nosotros y della.
JERÓNIMO.--¿Y qué cosa es essa?
ANTONIO.--La que agora se usa en los estornudos, que como sabéis es aquella tan espantable y terrible pestilencia que hubo en la ciudad de Roma siendo pontífice San Gregorio, cuando las gentes estornudaban, se caían luego muertos, y assí los que los vían estornudar decían: Dios os ayude, como á personas que se les acababa la vida, y de aquí quedó en uso, que después á todos los que vían estornudar los que se hallaban presentes les ayudaban con estas buenas palabras; pero agora, en lugar desto, cuando alguna persona á quien seamos obligados á tener algún respeto estornuda, y aunque sea igual de nosotros, le quitamos las gorras hasta el suelo, y si tienen alguna más calidad, hacemos juntamente una muy gran reverencia, ó por mejor decir necedad, pues que no sirve de nada para el propósito, ni hay causa ni razón para que se haga.
JERÓNIMO.--A lo menos servirá para que vos burléis della, y por cierto muy justamente, porque esta es una de las mayores simplezas y necedades del mundo, y mayor porque caen en ella los que presumen de más sabios, que los simples labradores y otras gentes de más poco valor están en lo más cierto, pues que dexando de hacer las reverencias se dicen unos á otros: Dios os ayude; palabras dignas de que los señores y príncipes no se desdeñasen de oirlas, antes están obligados á mandar á los criados y súbditos que con ellas los reverencien y acaten cuando estornudaren.
ANTONIO.--Así habrá de pasar esta necedad como otras muchas, porque el uso della se ha convertido en ley que se guarda generalmente en todas partes, aunque le queda sólo el remedio de su invencion, que ya sabéis que al nombre de Jesús se debe toda reverencia, y es cierto que cuando estornuda el que le quería ayudar pronunciaba el nombre de Jesús, y juntamente pronunciándole, quitaba la gorra y hacía la reverencia por reverencia de tan alto nombre; quedóse la reverencia y dejóse de pronunciar el nombre, y los señores reciben, no sin gran culpa, para sí la reverencia debida al diviníssimo nombre de Jesús, á quien toda rodilla en el cielo y en la tierra y en los abismos se debe humillar. Digo, pues, que el remedio sería que se usase pronunciar el nombre de Jesús, que valiese al que estornuda, y entonces la reverencia quedaría para el nombre y no la usurparía el que no quisiese ser ídolo terrenal y hacerle un emperador entre manos.
ALBANIO.--Por cierto, señor Antonio, que me parece que habéis dado en el blanco; mas veo que no os habéis acordado en este artículo de los flayres.
ANTONIO.--No pecan tan á rienda suelta en esto, pero todavía tienen su punta, y los que algo presumen les pesa si les llaman vuestra reverencia, porque les paresce que en esto les hacen iguales á todos.
JERÓNIMO.--¿Pues cómo quieren que les llamen?
ANTONIO.--Vuestra paternidad ó vuessa merced, como á los seglares.
ALBANIO.--No entiendo cómo sea esso, que para hacer mercedes temporales todos los flaires son pobres, por donde les está mejor decirles padre fray Fulano que el señor; ¿por qué quieren ser más llamados señores que padres y no resciben con buena voluntad el nombre de padres amando la paternidad?
ANTONIO.--Así es, porque como siendo flaires no dexen de ser hombres, aunque no sea en todo en parte, siguen el camino de los otros hombres en este artículo de la cortesía; pero, al fin, del mal en ellos hay lo menos y pluguiesse á Dios que nosotros fuésemos como ellos, que por malos que los extraordinarios dellos sean, en la bondad nos hacen mucha ventaja.
ALBANIO.--Bien me paresce que después de descalabrados les lavéis la cabeza.
ANTONIO.--No os maravilléis, que he comenzado á decir verdades, y para concluir con ellas en esta materia que tratamos, digo que considerando bien las de las salutaciones y cortesías con los títulos que se usan en el hablar y en el escribir, es todo un gran desatino, una ceguedad, una confusión, un genero de mentiras sabrosas al gusto de los que las oyen, y así no solamente no hay quien las reprenda, pero todos las aman y las quieren y procuran de hallarlas diciendo lisonjas para que se las digan á ellos, y todo para rescibir mayor honra en la honra que no lo es, antes verdaderamente deshonra, pues en ello no hay virtud, ni género de virtud, ni nobleza; y bien mirado, se podrían mejor decir las causas torpes y feas y dignas de reprehensión para que los que las hacen, y por medio dellas quieren rescebir honra, se puedan tener por afrentados y deshonrados.
ALBANIO.--Parésceme qué, conforme á esso, no queréis dejar honra ninguna en el mundo, porque no habiendo quién busque y procure la honra por el camino que vos decís, habráse deshecho la honra y no quedaría sino sólo en nombre.
ANTONIO.--Engañaios, señor Albanio, que no digo yo que haya algunos, aunque no son muchos, que tengan honra y la hayan ganado por la virtud y por las obras virtuosas que han hecho sin mezcla de las otras cosas que la destruyen y la deshacen, y á estos tales hemos de tener por dignos de ser honrados y acatados, y aunque ellos no quieran la honra, se la hemos nosotros de dar. Porque cuanto más huyeren y se apartaren de querer la vanagloria mundana, se dan á sí mesmos mayor merecimiento para que nosotros les demos la verdadera honra que merescen.
ALBANIO.--¿Sabéis, señor Antonio, que me paresce que hiláis tan delgado esta tela que se romperá fácilmente, porque todo lo que decís es una verdad desnuda, y conosciéndola vos tan bien y dándonosla á conoscer no usáis della como la platicáis? Mirad qué harán los que no lo entienden y piensan que aciertan en lo que hacen.
ANTONIO.--No os maravilléis deso, porque me voy al hilo de la gente, que si tomase nueva manera de hablar ó de escribir, tendríanme por torpe y necio y mal comedido, y por ventura de los amigos haría enemigos, los cuales no juzgarían mi intención sino mis palabras, y como ayer dixe, esto he tratado con vosotros como con verdaderos amigos y personas que lo entendéis, aunque no bastemos á poner remedio en estos desatinos. Pero el tiempo, en que todas las cosas se hacen y deshacen, truecan y mudan y se acaban, por ventura traerá otro tiempo en que á todos sea común lo que aquí hemos tratado particularmente. Otras cosas se pudieran tratar que agora por ser tarde quiero dexarlas para cuando tengamos más espacio, porque yo tengo necesidad de ir á despachar cierto negocio.
ALBANIO.--¿Qué es lo que más puede quedar de lo dicho para que la honra que se piensa y tiene por tal quede más puesta del lodo?
ANTONIO.--Una cuestión antigua y tratada por muchos; sobre cuál tiene mayor y mejor honra, el que la ha ganado por el valor y merecimiento de su persona ó el que la tiene y le viene por la dependencia de sus pasados.
JERÓNIMO.--Delicada materia es esa, y como decís que requiere más tiempo para altercarla, y por saber si tenéis otras nuevas razones sin las que sobre ello están dichas, tengo deseo de oir hablar en ello, y así os tomo la palabra para que mañana á una hora del día estemos aquí todos tres, que yo quiero que no sea como estos dos días, porque tendré proveído el almuerzo para que mejor podamos pasar el calor cuando nos volvamos á nuestras posadas.
ALBANIO.--Muy bien habéis dicho si así lo hacéis, porque nos hemos venido dos veces muy descuidados madrugando tan de mañana, y no será mala fruta de postre acabar de entender lo que el señor Antonio dirá sobre esta cuestión, que yo aseguro que no faltarán cosas nuevas.
ANTONIO.--A mí me place que vengamos por ser convidados del señor Jerónimo, que en lo demás poco podré decir que no esté ya dicho; bastará referir y traer lo mejor y más delicado dello á la memoria, poniendo yo de mi casa lo que me paresciere. Y agora comencemos á ir por esta calle de árboles tan sombría.
JERÓNIMO.--No me holgara poco que assí fuéramos siempre encubiertos de arboleda hasta palacio, porque el sol va muy alto y la calor comienza á picar; bien será darnos prisa.
TERCERA PARTE
Del colloquio de la honra, que trata una cuestión antigua: de cuál es más verdadera honra y se ha de estimar en más, la que viene y procede en las gentes por dependencia de sus antepasados ó la que es ganada y adquirida por el valor y merecimiento de las personas.
INTERLOCUTORES
Albanio.--Antonio.--Jerónimo.
ALBANIO.--Pues que Jerónimo tan bien ha cumplido su promesa habiéndonos convidado y dado el almuerzo de tan delicados y suaves manjares, que yo no he comido en mi vida cosa que más me satisfaciese, vos, señor Antonio, cumplid lo que nos prometistes en proseguir la materia comenzada de la honra, que no nos dará menos gusto, pues no falta apetito en el entendimiento para ver el remate de la plática en que quedamos cuando de aquí ayer nos apartamos.
ANTONIO.--Por mejor tuviera que con descuidaros no me obligárades á meter en tan hondo piélago, en el cual han nadado otros muchos con mayores fuerzas y discreción sin haber podido hallar vado, quedando confusa la determinación para lo que cada uno quisiere juzgar, y lo que yo haré en ello será deciros por una parte y por otra algunas razones que yo no las he oído. Vosotros podréis seguir las que mejor os parecieren y más cuadraren á vuestro entendimiento, que os haré determinar lo que hasta agora no está determinado, habiendo tantos que defienden la una y la otra opinión.
JERÓNIMO.--Luego, ¿materia es ésta que se haya tratado otras veces?
ANTONIO.--Muchos la han tocado, aunque los que han dado sentencia en ella no son creídos, porque cada uno con pasión defendía lo que le tocaba. Entre los cuales son los principales Salustio y Marco Tulio, que después de se perseguir con las obras, con las palabras quisieron escurecer y abatir cada uno la honra del otro. Salustio alegaba ser Tulio nascido de baxa y escura gente y de padres humildes y de poco valor, y que por esto había de ser menospreciado, Tulio contradecía diciendo que la virtud de sus obras le habían traído al estado que tenía, y que por esto era dino de mayor honra que los que la habían heredado de sus pasados; y sobre esto escribieron el uno contra el otro, como en sus libros agora parece.
ALBANIO.--¿Y vos á cuál dellos estáis más aficionado? Porque siempre en juegos y batallas y en otras cosas semejantes, los hombres se afficionan á una de las partes, aunque no las conozcan, y esto sin saber por qué más de que la natural inclinación les mueve en ello la voluntad.
ANTONIO.--A mí siempre me parecieron bien las cosas de Tulio.
ALBANIO.--Pues yo quiero tomar y defender la parte de Salustio, porque defendiendo el uno y contradiciendo el otro, más fácilmente podremos venir en el conocimiento de la verdad.
ANTONIO.--Mucho huelgo que me aliviéis del trabajo, y pues que assí es, decidme: ¿qué os paresce de la opinión de Salustio con los que siguiendo su bandera la defienden?
ALBANIO.--Lo que me parece es que la más verdadera honra y la que más se debe estimar y tener en mucho es la que viene por antigüedad de nobleza y la que redunda en nosotros de los antepasados, nuestros progenitores. Porque, como es notorio, todas las cosas se apuran y perficionan con el tiempo, en el cual lo que es bueno lo hace venir á mayor perfición de bondad, como se podrá ver por muchos ejemplos que se pueden traer á este propósito. Vemos que el plomo ó el estaño, según la opinión de algunos, con el tiempo se apura y perficiona, de manera que muchas veces se vuelve en plata fina, y el oro, con el tiempo, sube á tener más quilates. Las frutas que de su natural nascen amargas y desabridas, si están en buenos árboles, el tiempo las hace venir á ser dulces y sabrosas, tomando con él otra perfición de la que tuvieron al principio cuando el árbol, desamparado de la flor, comenzó á mostrar lo que debaxo della tenía encubierto. También vemos que el agua que no es buena ni sale de fuentes que no sean buenas, por el contrario, con el tiempo se corrompe más presto, y los vinos que no son buenos, porque las cepas de adonde fueron cogidos no eran buenas ó estaban plantadas en mala tierra, con el tiempo se destruyen más fácilmente que los otros, tomando diferentes gustos malos y desabridos; de lo cual se puede inferir que es más difícil corromperse lo bueno por antigüedad que lo que es por accidente, y que lo que no es bueno por naturaleza, que el tiempo no lo haga bueno, antes le ayuda á seguir su natural y acrecienta lo malo que en él hay para que sea y aparezca más malo cuanto más el tiempo se alargare y pasare por ello. Y así los hombres que tienen la nobleza por sus pasados y con la costumbre y antigüedad se convierte en ellos en otra naturaleza, el tiempo la perficiona, de manera que la que se tiene y se adquiere de nuevo no puede llegar á tener aquella perfición, y así no se deben estimar ni tener en tanto á los hombros que por sus personas han adquerido honra como á los que por sus pasados la adquirieron heredándola por sucesión para que sea más perfecta. Así mesmo estimamos en más la virtud que nasce y cresce con un hombre que de su nacimiento ha sido virtuoso, que no la que tiene un hombre que toda la vida ha sido malo y entonces comienza á ser bueno. Porque el malo estropezará y caerá más presto en la antigua costumbre, y el bueno, que siempre ha sido bueno, dificultosamente puede ser malo, y aunque lo sea, detendráse poco en el mal, tornando luego á usar la bondad que siempre ha usado y con que ha sido nacido. De aquí podremos inferir cuánto más puede y cuánto mayor fuerza tiene la virtud y nobleza que viene por antigüedad y dependencia de los antepasados, engendrada de las obras grandes y virtuosas que hicieron, que no la que de nuevo se gana, porque ansí, como con facilidad se ha ganado, fácilmente puede perderse, y conforme á esto, mayor honra se debe y en más deben ser estimados los que heredaron la virtud y la honra que aquellos que por sus personas y merecimientos la ganaron. Y cuando viéramos que sus descendientes siguen las mismas hazañas y procuran el mesmo merecimiento que aquél que fué principio dellas, cuanto más á la larga fuere la dependencia, tanto es razón de tener en más y dar mayor honra á los que dellos descendieron. Demás destas razones, notorio es á todos, por ser común opinión de todas las gentes, que se ha de tener y estimar más saber conservar lo ganado que no ganarlo y adquirirlo de nuevo; siendo esto así, mayor virtud y excelencia es, descendiendo de un antiguo y estimado linaje, conservar la honra dél y no dar ocasión á perderla que no hacer y principiar linaje de nuevo. En fin, que los que heredaron la virtud y nobleza por la antigüedad parece ser natural, y en los que la han ganado de nuevo, cosa postiza y colgada por hilo tan delgado que fácilmente podrá quebrarse.
JERÓNIMO.--Buenos fundamentos son, Albanio, los que habéis traído para defender vuestra intención; oyamos lo que dice Antonio contra ellos, que yo quiero ser juez desta cuestión, aunque será para mí solo, pues vosotros no habéis puesto en mi mano la determinación dello.
ANTONIO.--Por cierto, Albanio, delicadamente habéis tratado esta materia con agudas y delicadas razones, que parece no tener contradición; pero lo mejor que supiere os responderé á ellas y diré las que se me ofrecieren para que conozcáis el engaño que en las vuestras hay. Verdaderamente, el tiempo es el que hace y deshace las cosas, da principio y fin á los que lo pueden tener y con él puede ganarse la honra, y con el mesmo tiempo podrá tornar á perderse. No es cosa tan natural del tiempo ayudar á lo bueno que sea más perfecto en bondad y á lo malo para que sea más malo, que muchas veces no veamos effetos contrarios destos, como de vuestras mesmas razones podría colegirse, que las frutas amargas y con mal sabor con el tiempo se tornan dulces y de buen gusto, y las silvestres y campesinas, trasplantadas y bien curadas, se perficionan y vienen á ser tan buenas y mejores que las otras criadas en los apacibles jardines. Las aguas que se corrompen y vienen á tener muy mal olor y sabor sin que se puedan gustar, vemos que muchas dellas tornan después más sabrosas y en mayor perficion que antes tenían. La experiencia desto se ve en la agua del río Tíber, y assí ha habido en Roma agua cogida de cincuenta y sesenta años, que después de haberse corrompido y estado estragada y hedionda tornó en tan gran perfición, que no la tenían en menos que si fuera otro tanto bálsamo. Lo mesmo acaesció en muchas cisternas donde la agua llovediza se detiene muchos tiempos. Vemos también sin esto que muchas cosas de su natural muy perfectas y buenas, el tiempo no solamente las corrompe, pero con él se destruyen y deshacen del todo. Perfectíssimo metal es el oro, pero tratándolo se gasta y consume; las perlas y piedras preciosas se gastan y pierden la perfición que tenían, y assí todo se corrompe y acaba. ¿Qué cosa puede ser más recia que el acero y el orín lo come y deshace? Y desta manera, la honra antigua y de tiempos pasados, si no se conserva y aumenta, se desminuye y viene á volverse en nada, y algunas veces en un algo que es peor que nada, porque se convierte en infamia y deshonra; pero á esto diréis vos que ya habéis alegado que tan grande y mayor hazaña es conservar lo ganado como ganarlo y adquirirlo de nuevo, y los que vienen descendientes de antiguo y claro linaje, si no hacen cosas dinas de infamia y viven conservando la honra que sus pasados tuvieron sin perderla, que á estos tales se debe dinamente mayor honra que á los que por sí mesmos y por sus obras la merecen. Yo confieso que esta razón parece no tener contradición ninguna, si para ello hubiese una cosa que se nos pasa por alto y desimulamos porque no hace á nuestro propósito, y es que en la conservación de la honra ha de haber trabajo y contrariedad y no menos que en la de aquel que por su persona la ha adquirido. Si vos me dais que dos caballeros que sean iguales en renta y en personas y desiguales en linajes, y el que es de escuro y bajo linaje lo ha ganado por hazañas valerosas y el otro teniéndola lo ha conservado, defendiéndolo de enemigos, poniendo la vida por sustentarlos, no permitiendo que por otros mayores, de mucho poder, le fuese hecho agravio, en este caso yo digo que tendré por más honrado al que conservó y defendió la hacienda y honra de su linaje; pero si no hay contradición ninguna y el que ha heredado el mayorazgo lo está gozando sin trabajo, holgando á su sabor, no lo quiero hacer ni tener por tan honrado como al que por el valor de su persona tuvo tanto merecimiento que pudo venir á ganarlo. Y assí, los antiguos romanos, que sabían bien dar la honra á quien la merecía, tenían dos templos, el uno llamado templo del Trabajo y el otro templo de la Honra, y con grandes estatutos y penas estaba prohibido que ninguno entrase en el templo de la Honra sin que primero hubiese entrado en el templo del Trabajo, dando por esto á entender que no es verdadera la honra que sin trabajo se gana; y así no se puede decir que conservan la honra de sus progenitores los que sin trabajo se hallan en ella y la gozan sin contradición alguna, salvo si estos tales dan muestras y señales de tan gran ánimo y valor, juntamente con la virtud, que claramente se conozca dellos que tendrían ánimo para las adversidades y fortaleza para resistirlas y discreción para conquistarlas, y, finalmente, que serían bastantes para la conservación de la honra y gloria de sus pasados. Y para esto, yo os ruego que me digáis: si vos tuviéredes en un huerto vuestro un espino que diese muy hermosas flores, y después dellas muy sabrosas manzanas, y un peral que diese muy hermosas peras, ¿á cuál dellos estimaríades en más y tendríades por árbol más preciado?
ALBANIO.--Notorio es que, como á cosa nueva y que hacía más de lo que en sí era, tendríamos el espino, porque del peral es cosa natural dar las peras y del espino es cosa monstruosa y que excede á la naturaleza, y así todo el mundo querría verlo por cosa nueva y digna de admiración, y no habría nadie que no holgase de llevar algún ramo ó raíz para plantar y poner en sus heredades.
ANTONIO.--Y después que de esse espino se hubiesen producido tantos espinos que ya no se tuviese por nuevo el haberlos, ¿tendríades en tanto á uno dellos como tuvistes al primero?
ALBANIO.--Buena está de dar la respuesta: que no.
ANTONIO.--Pues lo mesmo es en los hombres, que cuando es el primero el que comienza á dar la nueva fruta de virtudes y hazañas, tenémosle, y es razón que le estimemos en más que á los sucesores, y así siempre el primero y que da principio al linaje es digno de mayor honra que los que dél proceden, aunque se igualen en la virtud y fortaleza. Demás desto, quiero traer á mi propósito una razón muy común y que, siendo muy mirada, concluye á los que, queriendo conformarse con la razón, no están pertinaces en lo contrario por lo que les toca, y es que, como sabéis, todos somos hijos de un padre y de una madre, que fueron Adán y Eva. Destos procedemos por diversas vías: unos se engrandecieron y hicieron reyes y señores por virtud y fortaleza y con hazañas dignas de memoria; otros, con adquerir riquezas con las cuales compraron sus señoríos; otros vinieron á subir en grandes estados con crueldades y tiranías, y así vimos al grande Alexandre, en su vida señor casi de todo el mundo y en su muerte repartirse su señorío en diversos reinos, de los cuales fueron reyes unos por una vía y otros por otras de las que he dicho. Desta manera sucedió el señorío y monarchía del imperio romano; lo mesmo en el de los partos y asirios y en otros diversos, en los cuales hemos visto subir unos y abaxar otros, abatirse los unos y engrandecerse los otros. Viniendo á particularizar más, lo mesmo se vió también en los particulares; así que hemos visto fenecerse y acabarse muchos linajes y comenzarse y principiar otros, y de los que se acabaron no habrá ninguno que no diga que el que mayor gloria alcanzó y el que mayor honra mereció fué el que hizo el principio dél, digo el que dió principio con virtudes y hazañas, que si el linaje se principió por alguna vía no lícita, estonces esta gloria se ha de dar al primero sucesor que lo mereció por su virtud y fortaleza; y así siempre merece más y tiene mayor fuerza el tronco que las ramas.
JERÓNIMO.--¿De manera que, según lo que decís, el testamento que hizo Adán fué dexar á todos sus descendientes por herederos, para que el que más pudiese tomar y usurpar fuese suyo?
ANTONIO.--Assí fuera si no dexara juntamente la razón y la justicia con que nos gobernásemos; pero éstas en algunas partes tienen poca fuerza, á lo menos para con los poderosos, los cuales no quieren que valga razón con ellos más de lo que vale su voluntad.
ALBANIO.--¿Y qué es lo que queréis concluir de lo que habéis dicho?
ANTONIO.--Lo que concluyo es que todos somos hijos de un padre y de una madre, todos sucesores de Adán, todos somos igualmente sus herederos en la tierra, pues no mejoró á ninguno ni hay escritura que dello dé testimonio; de lo que nos hemos de preciar es de la virtud, para que por ella merezcamos ser más estimados, y no poner delante de la virtud la antigüedad y nobleza del linaje, y muy menos cuando nosotros no somos tales que nos podemos igualar con los antepasados, porque, como dice Sant Agustín, no ha de seguir la virtud á la honra y á la gloria, sino ellas han de seguir á la virtud. Y en otra parte: No se ha de amar y procurar la honra, sino la virtud y hazañas por donde se merece; y, en fin, una cosa han de considerar los que presumen de ensoberbecerse y hacer el principal fundamento en su linaje para su valor y estimación, y es lo que dice Séneca: Que no hay esclavo ninguno, que si se pudiese saber quiénes fueron aquellos de quien procede, comenzando de muchos tiempos atrás, que no se hallase por línea recta venir de sangre de reyes ó de príncipes poderosos, y que así no hay rey que no venga y sea descendiente de sangre de esclavos, que, según las vueltas del mundo, la confusión que en él ha habido, las veces que se ha revuelto, las mudanzas que ha hecho, los reinos y estados que se han trocado tantas y tan diversas veces, podemos creer con justa causa ser muy verdadero el dicho de Séneca. Y pensando en él debríamos perder la soberbia que tenemos, presumiendo con los linajes, y tener en mayor estima y hacer más acatamiento á los que con sus obras hacen principio á su linaje; que no hay razón para que queramos heredar los mayorazgos y no las virtudes de aquellos que los ganaron con ellas, y gozar de lo que ellos gozaron por la prosperidad de las riquezas y no porque tengamos el mismo valor en las personas. No dirá uno: «soy virtuoso ó soy bueno»; sino: «soy de los godos, ó soy de tal ó de tal linaje, descendiendo de tal casta ó de tal parentela»; y no miran lo que dice Ovidio en el libro XIII de su Metamorphoseos:
Et genus, et proavos, et quæ non fecimus ipsi, Vix ea nostra voco.
JERÓNIMO.--Yo no he estudiado gramática para entender eso.
ANTONIO.--Quiere decir, que el linaje y los agüelos y las cosas que ellos hicieron mal puede uno decir que son suyas, ni preciarse dellas, pues él no las hizo. Y lo mesmo dice otro poeta, que no tengo memoria quién es, aunque se me acuerdan sus versos que son éstos:
Sanguine ab etrusco quid refert ducere nomen Cum friget et virtus cumque relicta jacet.
Que quiere decir: ¿qué hace al caso traer el nombre y descendencia de la sangre de los toscanos, como la virtud se haya resfriado y habiéndola dexado éste desamparada? Por cierto si los hombres tuviesen buena consideración no habrían de decir: «mis pasados fueron virtuosos y buenos y por esto me precio dellos», sino: «yo soy bueno y virtuoso como mis passados lo fueron, y primero me quiero preciar de mí y después de mis progenitores», que más excelente cosa es dar principio á un linaje que no irlo prosiguiendo, si no fuese con las condiciones que he dicho. Y si lo queréis ver, por ejemplo, decidme: en las órdenes de Santo Domingo y San Francisco y otros sanctos que las instituyeron, ¿á quien estimaréis en más, á los mesmos sanctos que las ordenaron y dieron principio ó á los religiosos que las guardan y cumplen con toda sinceridad y pureza? Por cierto mucho se debe á los religiosos, pero no habrá nadie que con razón pueda decir que no se deba mayor honra á los mesmos sanctos, porque fueron causa y principio del bien de todos los otros. Y si queréis decir que por esto se entiende que hemos de tener en más al que da principio á un linaje que no á los sucesores, pero que no por esto ha de ser más honrado que los que proceden de otros linajes más antiguos, responderos he yo que más estimo á San Francisco que al mejor fraile de la orden de Santo Domingo, y en más á Sant Benito que al mejor fraile de la orden de San Bernardo, y así en todas las otras órdenes, no porque cada uno de los frailes no pudiessen igualar en bondad y en santidad con los santos que he dicho, sino porque no fueron principio ni dieron principio á las órdenes, como lo hacen los que comienzan y dan principio á los linajes; así que con esto alcanzaréis lo que se ha de sentir desta materia que altercamos. En fin, en justa razón y verdadera filosofía, el mundo en esto está tan ciego como en lo demás, y la causa es que, como hay pocos que puedan alcanzar y tener el valor de sus personas por la virtud y bondad, y muchos que se pueden preciar de sus antepasados, pueden más en esta guerra los muchos que los pocos, y no curando de razón ni justicia, ni queriendo escuchar las que los otros tienen, defienden su partido á puñadas y forzosamente.
JERÓNIMO.--Confórmanse en esso con el desafuero de Mahoma, el cual mandó que su ley se defendiese con armas y no con razones, y esto es claro que lo hizo por la poca razón que hay en ella para defenderse.
ALBANIO.--No niego yo, señor Antonio, que vuestras razones no vayan muy bien fundadas; pero tengo por recia cosa que queréis con ellas abatir y deshacer la nobleza de la sangre confirmada por tantos descendientes como vemos que hay en los linajes antiguos, en los cuales, aunque el primero haya hecho el principio y se le haya dado por ello la gloria y honra que merece, no por eso son de menos merecimientos los que siguieron sus pisadas, á los cuales, si por ventura se les offreciera cosa en que poder mostrar su valor, no lo hicieran menos, y pudiera ser que se mostraran más valerosos. Y assí lo que vois hacéis es juzgar sin oir las partes y sin tener información ni averiguación de la justicia que tienen.
ANTONIO.--Essa información y experiencia no estoy yo obligado á hacerla, ni ninguno, para juzgar lo que exteriormente parece; los que quisieren ser remunerados con el premio de la honra, la han de hacer de sí mesmos y dar testimonio dello con las obras que hicieren, porque sería tomar cuidado de cosas ajenas sin que á nosotros nos fuese encargado. Los que pretenden la ganancia pretendan el trabajo y hacernos ciertos de que la merecen, que si esa consideración hubiésemos de tener, muchos hombres de bajos y humildes estados hay que si se les ofreciesen casos en que mostrar el valor de sus ánimos y el esfuerzo de sus corazones, no deberían en ellos nada á los que más presumen. Assí que yo quiero tener en más á los que hacen grandes hazañas que á los que las podrían hacer no las haciendo; que también podría cada uno de nosotros ser un rey y no lo somos, y no por esso nos tienen en tanto como á los reyes.
ALBANIO.--Todo lo que habéis dicho me parece bien si el decreto de San Gregorio no sonase lo contrario, en el cual declara que ha de ser más estimado y honrado el hijo del bueno que es bueno que no el que por su persona tiene este merecimiento, y la razón para que esto sea así es de tan gran fuerza, que yo no le hallo contradicción ninguna ni argumento que pueda desbaratarla, la cual os quiero poner en término que me podáis responder á ella si hallareis qué poder decir para confundirla.
ANTONIO.--Proponed, que yo iré respondiendo como supiere, aunque, según la habéis encarecido, desde agora me puedo dar por concluso; pero todavía tengo creído que no faltará respuesta, y mejor de la que vos pensáis.
ALBANIO.--Decidme: si un religioso reza sus horas canónicas con mucho cuidado y devoción, y un seglar hace lo mismo y en la misma igualdad, ¿cuál de ellos merecerá mayor premio y será digno de más gloria?
ANTONIO.--Paréceme que el religioso, porque assí como tendría mayor pena y mayor castigo no cumpliendo con la obligación que tiene sobre sí, assí es justo que se le dé mayor premio por hacerlo que es obligado; que de otra manera sería notorio agravio el que recibiese, y como Dios sea juez tan justo, quiere que sean iguales en la gloria y en la pena, para que el que fuere digno de más crecida pena también lo sea para llevar más crescida la gloria.
ALBANIO.--Lo cierto habéis respondido, y de vuestra respuesta sale la razón que he dicho, y así me responded á lo que diré: ¿cuál es digno de mayor infamia, uno que es de muy buen linaje y hace alguna vileza ó cosa fea de que pueda ser reprehendido, ó uno que ha alcanzado valor por su sola persona y comete la misma vileza haciendo lo que no debe?
ANTONIO.--El que ha ganado el merecimiento y valor por su persona.
ALBANIO.--Pues ¿cómo puede ser esso, que vos mesmo os contradecís, porque esta razón tiene la mesma fuerza que la pasada? Claro es y notorio á todos que mayor obligación tiene un bueno á obrar cosas buenas y virtuosas que uno que no lo es tanto, digo en la calidad y linaje, y así por esta obligación que tiene sobre sí merece mayor premio y honra en ser bueno siguiendo la virtud de sus pasados, que no el que es de bajo y oscuro linaje; porque éste no está tan obligado á usar de aquella bondad, y así como al bueno se le ha de dar mayor premio por esto, es digno de mayor infamia si se desvía del camino que fundó el que dió principio á su linaje y siguieron los que dél han procedido, y si es digno de mayor infamia faltando á su obligación, justo será que se le dé mayor honra sin contradicción ninguna.
ANTONIO.--Hermosa y fuerte razón es la que, señor Albanio, habéis traído, y argumento muy aparente, aunque no dexa de tener respuesta bastante, porque, como suelen decir, debaxo de la buena razón á veces está el engaño, y asi lo está debaxo desto que vos habéis dicho cuando quisiéredes bien entenderlo, porque yo no niego que al que es de buen linaje y hijo de buenos padres se le debe mayor honra, siendo bueno, que al que es de humilde linaje aunque sea bueno; pero esto se entiende cuando son igualmente buenos, que bien podría ser bueno el que es de buen linaje y tener mayor bondad el que es de más bajo estado; y en este caso todavía me afirmo en que es digno de mayor honra el que mayor bondad tuviere; esto podréis mejor entender por lo que agora diré. Notorio es que muchos romanos de oscuros y bajos linajes hicieron hechos tan valerosos que por ellos merecieron ser recebidos en Roma con muy honrados y sumptuosos triunfos, y á algunos dellos se les pusieron públicas estatuas en los lugares públicos y fueron tenidos y estimados como dioses que decian, héroes entre los hombres. No faltaban juntamente en Roma algunos hombres de antiguos y claros linajes, muy virtuosos y sin mancilla que les pudiese embarazar la honra; pero con no igualar en los hechos, ni en la fortaleza y virtud del ánimo con los otros, no se igualaban con ellos en la honra que se les hacía, antes eran tenidos y estimados en menos. El rey David, pastor fué que guardaba ganado, y en su tiempo muchos varones sanctos y virtuosos hubo que descendían de sangre de reyes, á los que no les faltaba virtud ni fortaleza; pero con no igualarse en ellas ni en las hazañas tan valerosas, principalmente cuando mató á Golias, no fueron tan honrados ni tan estimados de las gentes como lo fué el rey David. Y así podría traeros otros diversos exemplos, los cuales dexo por la prolixidad y porque entre nosotros lo vemos cada día; que dos hijos de un padre y de una madre igualmente buenos, si á algunos dellos por permisión y voluntad de Dios ayuda y le favorece la industria en poder acabar y salir con hechos más hazañosos, le tenemos y estimamos por más honrado que al otro.
JERÓNIMO.--Desa manera al acaecimiento se ha de atribuir la honra de los hombres y en él está darla á los unos y quitarla á los otros.
ANTONIO.--Principalmente se ha de atribuir á Dios, pues todas las cossas se gobiernan por su summo poder y voluntad. Pero con esto permite que algunos sean más bien empleados que otros, y así cuando unos se ensalzan, otros se humillan y abaten, que no pueden estar todos en una igualdad. Y así resolviendo me digo, que cuando dos hombres, el uno de buen linaje y el otro de no tan bueno, fueren igualmente buenos, que ha de ser preferido y antepuesto en la honra el de buen linaje al otro, y si no son iguales, siendo mejor en virtud y fortaleza el que es inferior en linaje ha de ser más estimado y preferido; y conforme á esto se ha de entender el decreto sobredicho, porque la razón que habéis dicho de que merece mayor pena el bueno, haciendo lo que no debe, que el que no es tal como él, yo os lo confieso que así es digno de mayor gloria. Pero (como en lo que arriba he dicho bien á la clara yo he probado) el que tiene más virtud y valor, aunque sea desigual en linaje, ya se ha hecho tan bueno con ello como el otro, y aun mejor. Y así está ya puesto debajo de la mesma obligación de usar la virtud y bondad, y obligado á la mesma pena. Lo que entenderéis por un ejemplo que diré: Si un fraile ha que es fraile cuarenta años, y otro no ha más de uno que hizo proffesión, ¿no estará éste obligado á los preceptos de la orden como el otro? ¿y no pecará igualmente?
ALBANIO.--Aunque en parte le relevaría no estar tan habituado á las observancias de la orden; pero si no es pecado por inorancia, eso no puede negarse.
ANTONIO.--Pues lo mesmo es en lo que tratamos; que cuando uno se ensalza y engrandece con virtudes y hazañas, hace profesión en la orden de la honra, de manera que tan obligado queda á guardar los preceptos della y conservarla como aquel que de antiguo tiempo tiene esta obligación, pues que á todos nos obliga la naturaleza igualmente á ser virtuosos, no quiero decir en un mesmo grado, sino que nos obliga á todos sin excetar alguno, dexando la puerta abierta para que sea vicioso, y á lo mesmo la verdadera ley christiana que tenemos y seguimos nos obliga juntamente á todos, y desta manera, si bien lo consideramos, no tenemos por qué decir que es más obligado á sustentar la honra de sus antepasados uno que desciende de claro y antiguo linaje que uno que por si mesmo la ha ganado de nuevo.
ALBANIO.--En fin, la común opinión es contraria de lo que decís, porque tienen en tanto una antigua y clara sangre, que el que della participa, siempre es juzgado digno de mayor honra.
ANTONIO.--No entendemos qué cosa es ser buena y clara la sangre, pues ya conocemos qué cosa es ser antigua. Por cierto á muchos juzgamos de buena sangre que la tienen inficionada y corrompida de malos humores, y dexando de ser sangre se vuelve en ponzoña que, bebiéndola, bastaría á matar á cualquier hombre, y algunos labradores hay viles y que no sabiendo apenas quiénes fueron sus padres tienen una sangre tan buena y tan pura que ninguna mácula hay en ella. Esta manera de decir de buena sangre es desatino y un impropio hablar. Pero dexando esto, yo estoy espantado de las confusiones, novedades, desatinos que cada día vemos en el mundo acerca desto de los linajes; pluguiesse á Dios que tuviesse yo tantos ducados de renta en su servicio para no vivir pobre, como hoy hay hidalgos, pecheros y villanos que no pechan, que en esto hay algunos que se saben dar tan buena maña, que gozan del privilegio que no tienen, y otros hay tan apocados y tan pobres, que no son bastantes á defender su hidalguía cuando los empadronan, y assí la pierden para sí y para sus descendientes. Y assí hemos visto dos hermanos de padre y madre ser el uno hidalgo y pechar el otro, y ser el uno caballero y el otro no alcanzar á ser hidalgo. Algunos de los que son hidalgos no hallan testigos que juren de padre y agüelo, como la ley lo manda; otros que no lo son, hallan cien testigos falsos que por poco interese juran. Y assí anda todo revuelto y averiguada mal la verdad en este caso.
JERÓNIMO.--Así es, señor Antonio, como vos lo decís, que muchas veces lo he considerado y aun visto por experiencia. Pero decidme, ¿qué diferencia hay entre hidalgo y caballero, que yo no lo alcanzo?
ANTONIO.--Yo os la diré. En los tiempos antiguos, los reyes hacían hidalgos algunos por servicios que les hacían ó por otros méritos que en ellos hallaban; á otros armaban caballeros, que era mayor dignidad, porque gozaban de más y mejores essenciones; pero esto se entendía en sus vidas, porque después sus descendientes no gozaban de más de ser hidalgos. Los que eran caballeros se obligaban á cumplir ciertas cosas cuando recebían la orden de caballería, como aun agora parece por algunas historias antiguas, y en los libros de historias fingidas, que tomaron exemplo de lo verdadero, se trata más copiosamente, y por esta causa eran en más estimados. Agora no se usa aquella orden de caballería, y así hay muy pocos caballeros á los cuales nuestro emperador ha dado este previlegio ó por sus virtudes ó por otros respetos, y con ser la mayor dignidad de todas en la milicia, puede tanto la malicia de las gentes, que si antes que hubiessen la orden de caballería no eran de buen linaje, los llaman por despreciados caballeros pardos ó hidalgos de privilegio, paresciéndoles que por ser en ellos más antigua la hidalguía tiene mayor valor, y dexando de guardar en esto la verdadera orden que se ha de tener. A los hidalgos ricos llaman caballeros, y á lo que creo es porque tienen más posibilidad para andar á caballo, que yo no veo otra causa que baste, porque tan hidalgo es un hidalgo que no tiene un maravedí de hacienda como un señor que tiene veinte cuentos de renta, si, como he dicho, no es armado caballero; y hay tan pocos caballeros en Castilla, que aunque el rey ha dicho algunos, no sería muy dificultoso el número dellos, y con todo esto no veréis otra cosa, ni oiréis entre los que presumen sino á fe de caballero, yo os prometo como caballero, sin que tengan más parte con ser caballeros que quien nunca lo fué ni lo soñó ser, ó diremos que toman este nombre en muy ancho significado porque el vulgo tiene por caballero que es hombre rico que anda á caballo. Desta manera son todas las otras cosas que tocan á esto de la honra, que ningún concierto ni orden hay en ellas, sino que cada uno juzga y defiende como le parece y como más hace á su apetito.
ALBANIO.--¿Sabéis, Antonio, qué veo? Que cuando comenzamos esta materia prometisteis de no sentenciar en ella, y á lo que he visto, por más que sentenciar tengo vuestras palabras, pues ningún lugar habéis dejado con ellas para ser más estimados los herederos de la honra que los que por sí la ganaron, y no os veo tan desapasionado en esto que queráis volver atrás de lo que habéis dicho en ninguna cosa.
ANTONIO.--Yo digo lo que siento, y no por esso dejo de pensar que habrá otros que lo sientan differentemente y de manera que tengan otras muchas razones contrarias para contradecir lo que he dicho, y así me pongo debaxo de la correción de los que más sabios fueren y mejor lo entendieren; pero esto ha de ser no les yendo en ello su propio interese, que desta manera podrán ser buenos jueces, como vemos que lo fué Salustio que cuando competía con Marco Tulio, porque le iba su propia pasión, fué del parecer vulgar, mas cuando habló desapasionado y como filósofo moral en la batalla que escrebió del rey Ingurta dice asi:
Quanto vita majorum plæclarior est, tanto posterorum socordia flagitior est.
que quiere decir: cuanto la vida de los antepasados fué más illustre, tanto la pereza de los descendientes es más culpada.
Y pues que ya hemos dicho brevemente todo lo que alcanza á nuestros claros juicios, y yo he cumplido lo que quedé mejor que he sabido, justo será que nos vamos, que ya el sol tiene tanta fuerza que no basta el frescor de la verdura para resistirla.
JERÓNIMO.--Es ya casi medio día y con el gusto de la cuestión no hemos sentido ir el tiempo. Caminemos, porque no hagamos falta, que ya el conde habrá demandado la comida.
Finis.
COLLOQUIO PASTORIL
En que un pastor llamado Torcuato cuenta á otros dos pastores llamados Filonio y Grisaldo los amores que tuvo con una pastora llamada Belisia. Va compuesto en estilo apacible y gracioso y contiene en sí avisos provechosos para que las gentes huyan de dexarse vencer del Amor, tomando enxemplo en el fin que tuvieron estos amores y el pago que dan á los que ciegamente los siguen, como se podrá ver en el proceso deste colloquio.
Á LOS LECTORES DICE LAS CAUSAS QUE LE MOVIERON Á PONER ESTE COLLOQUIO CON LOS PASSADOS.
Bien cierto estoy que no faltarán diferentes juicios para juzgar esta obra, como los hay para todas las otras que se escriben, y que aunque haya algunos á quien les parezca bien, habrá otros que tendrán otro parecer diferente y murmurarán diciendo que no fué bien acertado mezclar con los colloquios de veras uno de burlas, como es el que se sigue, y que yo debiera excusarlo assí, y quiero decir los motivos que para ello tuve y me parecieron bastantes, en los cuales pude acertar y también he podido engañarme, que creo que habrá assimesmo en esto diversos pareceres como en lo pasado. Lo primero que me movió, fué que, dirigiendo este libro al Sr. D. Alonso Pimentel, y estando su señoría en edad tan tierna, cuando viniese á leer cosas más pesadas que apacibles, como son las que se tratan en estos colloquios, que por ventura se enfadaría dellas, y convenía hallar en qué mudar el gusto para tomar más sabor en lo que se leyese, y así quise poner por fruta de postre la que también podrá servir en el medio cuando entre manjar y manjar quisiere gustar della; y demás desto, no dexa de tener en sí este colloquio muy buenos enxemplos y dotrina, pues se podrá entender por él el fin que se sigue de los amores que se siguen con vanidad, y cuán poca firmeza se suele hallar en ellos. También en la segunda y tercera parte se hallarán algunas cosas que, considerándolas, se sacará dellas muy gran provecho, pues tienen más sentido en sí del que en la letra parece; y sin estas causas que he dado, parecióme que podría yo hacer lo que otros autores muy graves hicieron sin ser reprehendidos por ello, y que tenía escudo y amparo en su enxemplo contra las lenguas de los que de mí por esta causa murmurar quisiessen.
El primero es el poeta Virgilio, que con los libros de La Eneida, siendo obra tan calificada, no le pareció mal poner las Bucólicas, que tratan cosas de amores, y los Parvos, que son todos de burlas y juegos. El poeta Ovidio también mezcló con sus obras el de Arte amandi y el de Remedio amoris. Eneas Silvio, que después se llamó el papa Pío, escribió cosas muy encarecidas y con ellas los Amores de Eurialo Franco y Lucrecia Senesa. Luciano, autor griego, con los colloquios de veras mezcló algunos de burlas y donaires, y también puso con ellos los libros en que escribe el Mundo nuevo de la luna, fingiendo que hay en ella ciudades y poblaciones de gentes y otras cosas que van pareciendo disparates. Petrarca muchas obras escribió en que se mostró muy gran teólogo y letrado, y no por esto dexó de poner entre ellas la que hizo sobre los amores que tuvo con madona Laura, y así yo pude escribir el colloquio que se sigue con los pasados, teniendo por mi parte tantos autores con quien defenderme de lo que fuere acusado. Y si estas razones y excusas no bastaren, bastará una, y es que á los que les pareciere mal no lo lean y hagan cuenta que aquí se acabaron los colloquios, que para mí basta solamente que á quien van dirigidos se satisfaga de mi intención, la cual ha sido de acertar á servir en esto y en todo lo que más pudiere hacerlo, como soy obligado.
Torquemada.
COLLOQUIO PASTORIL
En que se tratan los amores de un pastor llamado Torcato con una pastora llamada Belisia: el cual da cuenta dellos á otros dos pastores llamados Filonio y Grisaldo, quexándose del agravio que recibió de su amiga. Va partido en tres partes. La primera es del proceso de los amores. La segunda es un sueño. En la tercera se trata la causa que pudo haber para lo que Belisia con Torcato hizo.
INTERLOCUTORES
Grisaldo.--Torcato.--Filonio.
FILONIO.--¿Qué te parece, Grisaldo, de las regocijadas y apacibles fiestas que en estos desposorios de Silveida en nuestro lugar hemos tenido, y con cuánto contento de todos se ha regocijado? Que si bien miras en ello, no se han visto en nuestros tiempos bodas que con mayor solemnidad se festejasen, ni en que tantos zagales tan bien adrezados ni tantas zagalas tan hermosas y bien ataviadas y compuestas se hayan en uno juntado.
GRISALDO.--Razón tienes, Filonio, en lo que dices, aunque yo no venga del todo contento, por algunos agravios que en ellas se han recibido, que á mi ver han sido en perjuicio de algunos compañeros nuestros, que con justa causa podrán quedar sentidos de la sinrazón que recibieron. Y porque no eres de tan torpe entendimiento que tu juicio no baste para haber conocido lo que digo, dime, así goces muchos años los amores de Micenia y puedas romper en su servicio el jubón colorado y sayo verde con la caperuza azul y zaragüelles que para los días de fiesta tienes guardados, ¿no fué mal juzgada la lucha entre Palemón y Melibeo dándose la ventaja á quien no la tenía y poniendo la guirnalda á quien no la había merecido; que si tuviste atención no fué pequeña ventaja la que tuvo el que dieron por vencido al que por vencedor señalaron?
FILONIO.--Verdaderamente, hermano Grisaldo, bien desengañado estaba yo de que el juicio fué hecho más con afición que no con razón ni justicia; porque puesto caso que Palemón sobrepujase en fuerzas á Melibeo, no por eso se le debía atribuir la victoria, pues nunca le dió caída en que ambos no pareciesen juntamente en el suelo, y demás desto, si bien miraste la destreza de Melibeo en echar los traspiés, el aviso en armar las zancadillas, la buena maña en dar los vaivenes, juzgarás que no había zagal en todas estas aldeas que en esto pudiese sobrepujarlo; y cuando Palemón con sus fuertes brazos en alto lo levantaba, así como dicen que Hércules hizo al poderoso Anteo, al caer estaba Melibeo tan mañoso que, apenas con sus espaldas tocaba la tierra, cuando en un punto tenía á Palemón debaxo de sí, que quien quiera que le viera más dignamente le juzgara por victorioso que por vencido. Pero ¿qué quieres que hiciese el buen pastor Quiral, puesto por juez, que por complacer á su amada Floria le era forzado que, con justicia ó sin ella, diese la sentencia por Palemón su hermano?
GRISALDO.--Si al amor pones de por medio, pocas cosas justas dexarán de tornar injustamente hechas. Y dexando la lucha, no fué menos de ver el juego de la chueca, que tan reñido fué por todas partes, en el cual se mostró bien la desenvoltura y ligereza de los zagales, que en todo un día no pudieron acabar de ganarse el precio que para los vencedores estaba puesto; ni en la corrida del bollo se acabó de determinar cuál de los tres que llegaron á la par lo había tocado más presto que los otros, y en otras dos veces que tomaron á correr, parecía que siempre con igualdad habían llegado.
FILONIO.--Bien parece que con faltar Torcato en estos regocijos y fiestas, todos los pastores y mancebos aldeanos pueden tener presunción que cuando él presente se hallaba, ninguno había que con gran parte en fuerzas y maña le igualase; todas las joyas y preseas eran suyas, porque mejor que todos lo merecía y en tirar á mano ó con una honda, en saltar y bailar á todos sobrepujaba, en tañer y cantar con flauta, rabel y cherumbela, otro segundo dios Pan parecía. No había zagala hermosa en toda la comarca que por él no se perdiese; todas deseaban que las amase, y, en fin, de todas las cosas de buen pastor á todos los otros pastores era preferido; mas agora yo no puedo entender qué enfermedad le trae tan fatigado y abatido, tan diferente del que ser solía, que apenas le conozco cuando le veo su gesto, que en color blanca con las mejillas coloradas á la blanca leche cubierta de algunas hojas de olorosos claveles semejaba, agora flaco, amarillo, con ojos sumidos, más figura de la mesma muerte que de hombre que tiene vida me parece; su tañer y cantar todo se ha convertido en lloros y tristezas; sus placeres y regocijos en suspiros y gemidos; su dulce conversación en una soledad tan triste que siempre anda huyendo de aquellos que lo podrían hacer compañía. En verdad te digo, Grisaldo, que las veces que con él me hallo, en verle cual le veo, con gran lástima que le tengo, me pesa de haberle encontrado, viendo el poco remedio que á sus males puedo darle.
GRISALDO.--Mal se puede remediar el mal que no se conoce; pero bien sería procurar de saberlo dél, si como amigo quisiesse manifestarnos lo que siente.
FILONIO.--Muchas veces se lo he preguntado, y lo que entiendo es que él no entiende su mal, ó si lo conoce, no ha querido declararse conmigo; pero lo que yo solo no he podido, podría ser que entrambos como amigos podiésemos acabarlo. Y si su dolencia es tal que por alguna manera podiese ser curada, justo será que á cualquiera trabajo nos pongamos para que un zagal de tanta estima y tan amigo y compañero de todos no acabe tan presto sus días, trayendo la vida tan aborrida.
GRISALDO.--¿Pues sabes tú por ventura dónde hallarlo podiésemos? que assí goce yo de mi amada Lidia, no procure con menor cuidado su salud que la mía propia.
FILONIO.--No tiene estancia tan cierta que no somos dudosos de encontrarle, porque siempre se aparta por los xarales más espesos y algunas veces en los valles sombríos, y en las cuevas escuras se encierra, donde sus gemidos, sus lamentaciones y querellas no puedan ser oídas; pero lo más cierto será hallarle á la fuente del olivo, que está enmedio de la espesura del bosque de Diana, porque muchas veces arrimado á aquel árbol lo he visto tañer y cantar estando puesto debaxo de la sombra y oteando de allí su ganado, el cual se puede decir que anda sin dueño, según el descuido del que lo apacienta.
GRISALDO.--Pues sigue, Filonio, el camino, que cerca estamos del lugar donde dices. Y para que menos cansancio sintamos, podremos ir cantando una canción que pocos días ha cantaba Lidia á la vuelta que hacia del campo para la aldea trayendo á sestear sus ovejas.
FILONIO.--Comienza tú á decirla, que yo te ayudaré lo mejor que supiere.
GRISALDO
En el campo nacen flores y en el alma los amores. El alma siente el dolor del zagal enamorado, y en el alma está el amor y el alma siente el cuidado; assí como anda el ganado en este campo de flores, siente el alma los amores.
FILONIO.--Calla, Grisaldo, no cantemos: que á Torcato veo adonde te dixe, y tendido en aquella verde yerba, recostado sobre el brazo derecho, la mano puesta en su mexilla, mostrando en el semblante la tristeza de que continuamente anda acompañado, y á lo que parece hablando está entre sí. Por ventura antes que nos vea podremos oir alguna cosa por donde podamos entender la causa de su mal.
GRISALDO.--Muy bien dices; pues no nos ha sentido, acerquémonos más, porque mejor podamos oirle.
TORCATO.--¡Oh, claro sol, que con los resplandecientes rayos de la imagen de tu memoria alumbras los ojos de mi entendimiento, para que en ausencia te tenga presente, contemplando la mucha razón que tengo para lo poco que padezco! ¿Por qué permites eclipsar con la crueldad de tu olvido la luz de que mi ánima goza, poniéndola en medio de la escuridad de las tinieblas infernales, pues no tengo por menores ni menos crueles mis penas que las que en el infierno se padecen? ¡Oh, ánima de tantos tormentos rodeada! ¿cómo con ser inmortal los recibes en ti para que el cuerpo con el fuego en que tú te abrasas se acabe de convertir en ceniza? Si el uso de alguna libertad en ti ha quedado, sea para dexar recebir tanta parte de tus fatigas al miserable cuerpo que con ellas pueda acabar la desventurada vida en que se vee. ¡Oh, desventurado Torcato, que tú mesmo no sabes ni entiendes lo que quieres, porque si con la muerte das fin á los trabajos corporales no confiesas que quedarán en tu ánima inmortal perpetuamente! Y si han de quedar en ella, ¿no es mejor que viviendo se los ayude á padecer tu cuerpo en pago de la gloria que con los favores pasados de tu Belisia le fue en algún tiempo comunicada? ¡Oh, cruel Belisia, que ninguna cosa pido, ni desseo, ni quiero, que no sea desatino, sino es solamente quererte con aquel verdadero amor y aficción que tan mal galardonado me ha sido! Ando huyendo de la vida por contentarte y pienso que no te hago servicio con procurar mi muerte, porque mayor contentamiento recibes con hacer de mí sacrificio cada día y cada hora que el que recebirías en verme de una vez sacrificado del todo, porque no te quedaría en quién poder executar tu inhumana crueldad, como agora en el tu sin ventura Torcato lo haces; bien sé que ninguna cosa ha de bastar á moverte tu corazón duro para que él de mí se compadezca; pero no por esso te dexaré de manifestar en mis versos parte de lo que este siervo tuyo, Torcato, en el alma y en el cuerpo padece. Escuchadme, cruel Belisia, que aunque de mí estés ausente, si ante tus ojos me tienes presente, como yo siempre te tengo, no podrás dexar de oir mis dolorosas voces, que enderezadas á ti hendirán con mis sospiros el aire, para que puedan venir á herir en tus oídos sordos mis tristes querellas.
FILONIO.--Espantado me tienen las palabras de Torcato, y no puedo ser pequeño el mal que tan sin sentir lo tiene que no nos haya sentido; pero esperemos á ver si con lo que dixere podremos entender más particularmente su dolencia, pues que de lo que ha dicho se conoce ser los amores de alguna zagala llamada Belisia.
GRISALDO.--Lo que yo entiendo es que no he entendido nada, porque van sus razones tan llenas de philosofías que no dexan entenderse; no sé yo cómo Torcato las ha podido aprender andando tras el ganado. Mas escuchemos, porque habiendo templado el rabel, comienza á tañer y cantar con muy dulce armonía.
TORCATO
¡Oh, triste vida de tristezas llena, vida sin esperanza de alegría, vida que no tienes hora buena, vida que morirás con tu porfía, vida que no eres vida, sino pena, tal pena que sin ella moriría quien sin penar algún tiempo se viese, si el bien que está en la pena conociese! Más aceda que el acebo al gusto triste, más amarga que el acíbar desdeñosa, ningún sabor jamás dulce me diste que no tornase en vida trabajosa; aquel bien que en un tiempo me quesiste se ha convertido en pena tan rabiosa, que de mí mismo huyo y de mí he miedo y de mí ando huyendo, aunque no puedo. Sabrosa la memoria que en ausencia te pone ante mis ojos tan presente, que cuando en mí conozco tu presencia, mi alma está en la gloria estando ausente, mas luego mis sentidos dan sentencia contra mi dulce agonía, que consiente tenerte puesta en mi entendimiento con gloria, pues tu gloria es dar tormento. ¡Oh, quién no fuese el que es, porque no siendo no sentiría lo que el alma siente!; mi ánima está triste, y padeciendo; mi voluntad, ques tuya, lo consiente; si alguna vez de mí me estoy doliendo con gran dolor, es tal que se arrepiente; porque el dolor que causa tu memoria no se dexa sentir con tanta gloria. Mis voces lleva el viento, y mis gemidos rompen con mis clamores l'aire tierno, y en el alto cielo son más presto oídos, también en lo profundo del infierno; que tú quieres que se abran tus oídos á oir mi doloroso mal y eterno; si llamo no respondes, y si callo ningún remedio á mis fatigas hallo. También llamo la muerte y no responde, que sorda está á mi llanto doloroso; si la quiero buscar, yo no sé á dónde, y ansí tengo el vivir siempre forzoso; si llamo á la alegría, se me asconde; respóndeme el trabajo sin reposo, y en todo cuanto busco algún contento, dolor, tristeza y llanto es lo que siento.
TORNA Á HABLAR TORCATO
¡Oh, desventurado Torcato! ¿á quién dices tus fatigas? ¿á quién cuentas tus tormentos? ¿á quién publicas tus lástimas y angustias? Mira que estás solo; ninguno te oye en esta soledad; ninguno dará testimonio de tus lágrimas, si no son las ninfas desta clara y cristalina fuente y las hayas y robles altos y las encinas, que no sabrán entender lo que tú entiendes. Das voces al viento, llamas sin que haya quien te responda, si no es sola Eco que, resonando de las concavidades destos montes, de ti se duele, sin poder poner remedio á tu pasión. ¡Ay de mí, que no puedo acabar de morir, porque con la muerte no se acaban mis tormentos; tampoco tengo fuerzas para sustentar la miserable vida, la cual no tiene más del nombre sólo, porque verdaderamente está tan muerta que yo no sé cómo me viva! ¡Ay de mí, que muero y no veo quién pueda valerme!
GRISALDO.--¡Filonio, Filonio; mira que se ha desmayado Torcato! Socorrámosle presto, que, perdiendo la color, su gesto ha quedado con aquel parecer que tienen aquellos que llevan á meter en la sepoltura.
FILONIO.--¡Oh, mal afortunado pastor, y qué desventura tan grande! ¿Qué mal puede ser el tuyo que en tal extremo te haya puesto? Trae, Grisaldo, en tus manos del agua de aquella fuente, en tanto que yo sustento su cabeza en mi regazo; ven presto y dale con ella con toda furia en el gesto, para que con la fuerza de la frialdad y del miedo los espiritus vitales que dél van huyendo tornen á revivir y á cobrar las fuerzas que perdidas tenía; tórnale á dar otra vez con ella.
GRISALDO.--¡Ya vuelve, ya vuelve en su acuerdo! Acaba de abrir los ojos, Torcato, y vuelve en ti, que no estás tan solo como piensas.
TORCATO.--El cuerpo puede tener compañía; pero el alma, que no está conmigo, no tiene otra sino la de aquella fiera y desapiadada Belisia, que contino della anda huyendo.
FILONIO.--Déxate deso, Torcato, agora que ningún provecho traen á tu salud esos pensamientos.
TORCATO.--¿Y qué salud puedo yo tener sin ellos, que no fuese mayor emfermedad que la que agora padezco? Pero decidme: ansí Dios os dé aquella alegría que á mí me falta, ¿que ventura os ha traído por aquí á tal tiempo, que no es poco alivio para mí ver que en tan gran necesidad me hayáis socorrido, para poder mejor pasar el trabajo en que me he visto; que bien sé que la muerte, con todas estas amenazas, no tiene tan gran amistad conmigo que quiera tan presto contarme entre los que ya siguen su bandera?
FILONIO.--La causa de nuestra venida ha sido la lástima que de ti y de tu dolencia tenemos; y el cuidado nos puso en camino, buscándote donde te hemos hallado, para procurar como amigo que vuelvas al ser primero que tenías, porque según la mudanza que en tus condiciones has hecho, ya no eres aquel Torcato que solías; mudo estás de todo punto, y créeme, como á verdadero amigo que soy tuyo, que los males que no son comunicados no hallan tan presto el remedio necesario, porque el que los padece, con la pasión está ciego para ver ni hallar el camino por donde pueda salir dellos; así que, amigo Torcato, páganos la amistad que tenemos con decirnos la causa de tu dolor más particularmente de lo cual hemos entendido, pues ya no puedes encubrir que no proceda de amores y de pastora que se llame Belisia, á la cual no conocemos, por no haber tal pastora ni zagala en nuestro lugar, ni que de este nombre se llame.
GRISALDO.--No dudes, Torcato, en hacer lo que Filonio te ruega, pues la affición con que te lo pedimos y la voluntad con que, siendo en nuestra mano, lo remediaremos, merecen que no nos niegues ninguna cosa de lo que por ti pasa; que si conviene tenerlo secreto, seguro podrás estar que á ti mesmo lo dices, porque los verdaderos amigos una mesma cosa son para sentir y estimar las cosas de sus amigos, haciéndolas propias suyas, así para saberlas encubrir y callar como para remediarlas si pueden.
TORCATO.--Conocido he todo lo que me habéis dicho, y aunque yo estaba determinado de no descubrir mi rabioso dolor á persona del mundo, obligado quedo con vuestras buenas obras y razones á que como amigos entendáis la causa que tengo para la triste vida que padezco. Y no porque piense que ha de aprovecharme, si no fuere para el descanso que recibiré cuando viere que de mis tribulaciones y fatigas os doléis, las cuales moverán á cualquier corazón de piedra dura á que de mí se duela y compadezca. No quiero encomendaros el secreto, pues me lo habéis offrecido, que nunca por mí vaya poco en que todo el mundo lo sepa. Es tanto el amor que tengo á esta pastora Belisia, que no querría que ninguno viniesse á saber el desamor y ingratitud que conmigo ha usado, para ponerme en el extremo que me tiene.
FILONIO.--Bien puedes decir, Torcato, todo lo que quisieres, debaxo del seguro que Grisaldo por ambos te ha dado.
TORCATO.--Ora, pues, estad atentos, que yo quiero comenzar desde el principio de mis amores y gozar del alivio que reciben los que cuentan sus trabajos á las personas que saben que se han de doler dellos.
COMIENZA TORCATO Á CONTAR EL PROCESO DE SUS AMORES CON LA PASTORA BELISIA
En aquel apacible y sereno tiempo, cuando los campos y prados en medio del frescor de su verdura están adornados con la hermosura de las flores y rosas de diversas colores, que la naturaleza con perfectos y lindos matices produce, brotando los árboles y plantas las hojas y sabrosas frutas, que con gran alegría regocijan los corazones de los que gozarlas después de maduras esperan, estaba yo el año passado con no menor regocijo de ver el fruto que mis ovejas y cabras habían brotado, gozando de ver los mansos corderos mamando la sabrosa leche de las tetas de sus madres y á los ligeros cabritos dando saltos y retozando los unos con los otros; los becerros y terneros apacentándose con la verde y abundante yerba que en todas partes les sobraba, de manera que todo lo que miraba me causaba alegría, con todo lo que veía me regocijaba, todo lo que sentía me daba contento, cantando y tañendo con mi rabel y chirumbela passaba la más sabrosa y alegre vida que contar ni deciros puedo.
Muchas veces, cuando tañer me sentían los zagales y pastores que en los lugares cercanos sus ganados apacentaban, dexándolos con sola la guarda de los mastines, se venían á bailar y danzar con grandes desafíos y apuestas, poniéndome á mí por juez de todo lo que entre ellos passaba; y después que á sus majadas se volvían, gozaba yo solo de quedar tendido sobre la verde yerba, donde vencido del sabroso sueño sin ningún cuidado dormía, y cuando despierto me hallaba, contemplando en la luz y resplandor que la luna de sí daba, en la claridad de los planetas y estrellas, y en la hermosura de los cielos y en otras cosas semejantes passaba el tiempo, y levantándome daba vuelta á la redonda de mi ganado y más cuando los perros ladraban, con temor de los lobos, porque ningún daño les hiciessen.
Y después de esto, pensando entre mí, me reía de los requiebros y de las palabras amorosas que los pastores enamorados á las pastoras decían, gozando yo de aquella libertad con que á todos los escuchaba, y con esta sabrosa y dulce vida, en que con tan gran contentamiento vivía, pasé hasta que la fuerza grande del sol y la sequedad del verano fueron causa que las yerbas de esta tierra llana se marchitassen y pusiesen al ganado en necesidad de subirse á las altas sierras, como en todos los años acostumbraban hacerlo; y ansí, juntos los pastores, llevando un mayoral entre nosotros, que en la sierra nos gobernase, nos fuimos á ella. Y como de muchas partes otros pastores y pastoras también allí sus ganados apacentassen, mi ventura, ó por mejor decir desventura, traxo entre las otras á esa inhumana y cruel pastora, llamada Belisia, cuyas gracias y hermosura así aplacieron á mis ojos, que con atención la miraban, que teniéndolos puestos en ella tan firmes y tan constantes en su obstinado mirar, como si cerrar, ni abrir, ni mudar no los pudiera, dieron lugar con su descuidado embovescimiento que por ellos entrase tan delicada y sabrosamente la dulce ponzoña de Amor, que cuando comencé á sentirla ya mi corazón estaba tan lleno della que, buscando mi libertad, la vi tan lexos de mí ir huyendo, con tan presurosa ligera velocidad, que por mucha diligencia que puse en alcanzarla, sintiendo el daño que esperaba por mi descuido, jamás pude hacerlo, antes quedé del todo sin esperanza de cobrarla, porque volviendo á mirar á quien tan sin sentido robádomela había, vi que sus hermosos ojos, mirándome, contra mí se mostraban algo airados, y parecióme casi conocer en ellos, por las señales que mi mismo deseo interpretaba, decirme: ¿De qué te dueles, Torcato? ¿Por ventura has empleado tan mal tus pensamientos que no estén mejor que merecen? Yo con grande humildad, entre mí respondiendo, le dije: Perdonadme, dulce ánima mía, que yo conozco ser verdad lo que dices, y en pago de ello protesto servirte todos los días que viviere con aquel verdadero amor y affición que á tan gentil y graciosa zagala se debe.
Y ansí, dándole á entender, con mirarla todas las veces que podίa, lo que era vedado á mi lengua, por no poder manifestar en presencia de los que entre nosotros estaban el fuego que en mis entrañas comenzaba á engendrarse, para convertirlas poco á poco en ceniza, encontrándonos con la vista (porque ella, casi conociendo lo que yo sentίa, también me miraba), le daba á conocer que, dexando de ser mía, más verdaderamente estaba cautivo de su beldad y bien parecer. Y mudando el semblante, que siempre solίa estar acompañado de alegrίa, en una dulce tristeza, también comencé á trocar mi condición, de manera que todos conocían la novedad que en mí había.
Y todo mi deseo y cuidado no era otro sino poder hablar á la mi Belisia, y que mi lengua le pudiese manifestar lo que sentía el corazón, para dar con esto algún alivio á mi tormento; y porque mejor se pudiese encubrir mi pensamiento, determiné en lo público mostrar otros amores, con los cuales fengidos encubriese los verdaderos, para que de ninguno fuesen sentidos, y así me mostré aficionado y con voluntad de servir á una pastora llamada Aurelia, que muchas veces andaba en compañía de la mi Belisia, y conversaba con mucha familiaridad y grande amistad con ella. Y andando buscando tiempo y oportunidad para que mi deseo se cumpliese, hallaba tantos embarazos de por medio, que no era pequeña la fatiga que mi ánima con ellos sentía. Y habiéndose juntado un día de fiesta algunos pastores y pastoras en la majada de sus padres de la mi Belisia, después de haber algún rato bailado al son que yo con mi chirumbela les hacía, me rogaron que cantase algunos versos de los que solía decir otras veces, y sin esperar á que más me lo dixesen, puestos los ojos con la mejor disimulación que pude á donde la afición los guiaba, dando primero un pequeño sospiro, al cual la vergüenza de los que presentes estaban detuvo en mi pecho, para que del todo salir no pudiese, comencé á decir:
Extremos que con fuerza así extremada dais pena á mis sentidos tan sin tiento, teniendo al alma triste, fatigada, Causáisme de continuo un tal tormento que mi alma lo quiere y lo asegura, porque viene mezclado con contento. Si acaso vez alguna se figura á mi pena cruel que se fenece, ella misma el penar siempre procura. Cuando el cuidado triste en mí más crece, mayor contento siento y mayor gloria, porque el mismo cuidado la merece. De mal y bien tan llena mi memoria está, que la razón no determina cuál dellos lleva el triunfo de vitoria. Con este extremo tal que desatina, mi esperanza y mi vida van buscando el medio[1274] que tras él siempre camina. Y si grandes peligros van pasando, ninguno les empece ni fatiga; de todos ellos salen escapando. El agua no les daña, porque amiga á mis lágrimas tristes se ha mostrado, pues que ellas dan camino en que las siga. El fuego no las quema, que abrasado de otro fuego mayor siempre me siente, y assí passan por él muy sin cuidado. También mi sospirar nunca consiente que el viento les fatigue ni dé pena, si aquel de mis sospiros no está ausente. Amor con mi ventura así lo ordena, para mostrar en mí su gran potencia, porque á perpetua pena me condena. Dada está contra mí cruel sentencia, que no pueda morir, ni yo matarme ni sanar pueda desta gran dolencia. Sólo Amor puede con fuerza acabarme si me falta el consuelo y esperanza de aquella que el consuelo pueda darme.
Con mucha atención estuvieron escuchándome todos los que allí estaban, y principalmente aquella hermosa Belisia, conociendo que salían mis palabras forzadas de la pasión que mi ánima por ella sentía, y tornando al regocijo primero de los bailes y danzas, oímos muy grandes voces de pastores y ladridos de mastines y perros, que seguían un lobo que de entre el ganado un cordero llevaba, al cual todos los de la compañía, deseosos de aquella provechosa caza, comenzaron á seguir con gran grita y alaridos, acossando los perros para que con mayor voluntad al lobo siguiesen, y como todos con grande atención lo fuesen mirando y siguiendo, sólo yo miraba en lo que más me convenía, que era en la mi querida Belisia, la cual, no sé si por no poder más correr, ó con la lástima que de mí tenía, por darme lugar á que con manifestársela recibiese algún descanso, se quedó harto zaguera; y yo, deteniéndome de la mesma manera, hasta que ambos emparejamos juntos, con la color mudada y la voz temblando, que casi formar las palabras no podía, así le comencé á decir:
DESCUBRE TORCATO SUS AMORES Á BELISIA
«Aquel amor, cuyas fuerzas poderosas á ninguno perdonan, Belisia mía, en mí las ha executado con tan gran fuerza, que forzosamente me ha rendido y hecho poner las armas de mi libertad en tus manos, haciéndome cautivo de tu angélica belleza, porque como del resplandeciente sol la luna y estrellas resciben la claridad que en ellas se muestra, no teniendo de sí mesmas otra ninguna con que manifestársenos puedan, así mis sentidos, que la vida tienen prestada por el tiempo que tú dársela quisieres, recibiéndola de ti, te pagan el tributo del conocimiento que desto te deben, poniéndose en tu presencia con aquella humildad que más piensan aprovecharles, para que de mi atribulado corazón te duelas. ¡Ay de mí, Belisia, que si como siento el trabajo de mi rabioso dolor sentiese no ser de ti conocido, imposible sería sustentar la vida con el bravo y contino tormento que padece! Bien sé que, aunque no te he hasta agora manifestado la crueldad de mi pena, ni la causa de mi tristeza, ni el extremo en que tu hermosura me ha puesto, en mis ojos lo habrás conocido, los cuales, habiendo querido mostrarse amigos de mi lengua, y viéndola hasta agora que estando muda ha callado, como no pueden formar las palabras que la lengua diría, con lágrimas dan señal de la fatiga que el corazón siente; lo que te suplico es que de mi terrible mal hayas lástima, ayudándome con algún remedio que pueda aliviarlo, pues que, faltándome tu favor, del todo sería imposible sustentar la vida, y si esto hacer no quisieres, á lo menos que muestres que recibirás contento con mi muerte; porque no está en más de que tú lo quieras para que yo no pueda vivir más sola una hora en el mundo».
Acabando de decir esto, mis ojos regaban la tierra con tanta abundancia de lágrimas, que yo mesmo me maravillaba, pareciéndome que del todo me había de convertir en ellas, y mis sospiros parecía que rompían mis entrañas con la fuerza que salían para alentar el corazón, que en el golfo de mi pasión se ahogaba, y temblando con el temor que de la respuesta de Belisia esperaba, la vi que, mirando con el gesto algo alegre y risueño, me decía:
«Bien pensé, Torcato, que no llegara á tanto tu atrevimiento que assí tan claramente osases manifestarme lo que sientes, pues que no has conocido de mí ser amiga de oir ni entender cosa que á mi honra y fama en alguna manera dañar pueda; y no tengas en poco haberte escuchado lo que muchos días ha que de ti he conoscido, aunque más quisiera no conocerlo; porque ni tú te vieras en el trabajo que publicas, ni yo lo tuviera en pensar que por mi causa lo padeces; y digo que lo pienso, porque no sé cómo te crea habiendo publicado tus amores con Aurelia, de la cual entiendo que como á su vida te quiere y ama; si lo que dices es para engañarme, confiando en la simplicidad de pastora que en mí sientes, engañado vives, que con dificultad podrás hacerlo, y si no el tiempo descubrirá tu secreto y á mí me dirá lo que hacer debo; por agora te baste que, si me amas como lo muestras, te lo agradezco, y fuera deste agradecimiento en la voluntad, no me pidas otra cosa que no pueda, sin perjuicio mío y de mi honestidad, en ningún tiempo hacerla».
Tal quedé con la respuesta de la mi Belisia como los que en la profundidad de la mar con gran tormenta navegan, inciertos del fin que han de haber en su jornada peligrosa, porque lo que por una parte en sus razones me concedía, que era licencia para quererla, por otra me la negaba para que más la serviesse; y lo que más pena me dió era los celos que de Anrelia me pedía, siendo yo tan verdadero testigo de su engaño; y para desengañarla del mal pensamiento que tenía, le dixe: «Harto bien es para mí, señora mía, que conozcas que la afición que te muestro y el verdadero amor que tengo no es fingido; y así quiero que también me creas que ningún engaño en él está encubierto, sino es el que recibe Aurelia si piensa que yo la quiero, habiendo subjetado mi voluntad á la suya de manera que no quede por esta parte libre del todo para amarte y quererte como te quiero».
«Pues ¿por qué tienes tan engañosas muestras para con ella, me dixo Belisia, que yo la he lástima si es así?».
«Si tú me dices del engaño que recibe, mayor la habrías de tener de mí, le respondí yo, por la causa que tengo para engañarla, que no es otra sino que mi pensamiento no sea entendido, por no poner en peligro el aparejo que pienso hallar algunas veces para hablarte y servirte conforme á mi deseo; que bien sabes, mi Belisia, la sospechosa condición de tu madre, y que si esto no tuviese creído, que con mayor cuidado te guardaría de mí que agora lo hace, de manera que pocas veces ó ninguna pudieses oir en presencia lo que en ausencia por ti mi ánima siente».
«El tiempo dirá lo que en todo se ha de hacer, me dixo Belisia; bástete por agora el favor que de mí has recebido en haberte escuchado, lo que jamás pensé hacer con ninguno; y porque la gente maliciosa no pueda pensar alguna cosa de lo que hablamos, apártate de mí, porque ya vuelven cerca los que solos nos dexaron, y lo mejor será que no te vean».
Yo, viendo la razón que tenía, con un suspiro que mis entrañas llevaba envueltas en medio de sí, le dixe: «Adiós, ánima mía y descanso mío, hasta que yo pueda volver á buscarme á donde agora yo quedo más enteramente que no voy conmigo». «Dios te guíe, respondió Belisia, assí como yo lo deseo.»
Diciendo esto, cada uno de nosotros se fué por su parte, viendo venir á todos los pastores y pastoras que al lobo habían seguido, con tan grande estruendo y alaridos y voces que todos los valles cercanos resonaban con ellas; era la grita y vocería de regocijo por haber muerto el lobo, el cual traían con sus manos arrastrando, y era tan grande que pocos mayores se habían visto en aquella montaña. Y como yo con el mesmo regocijo me llegase á verlo, Aurelia, que con Belisia me había visto hablando, tomando alguna sospecha de lo que podía ser, casi pediéndome celos, me dixo: «Alegre te veo, Torcato, y con mayor contento que estos días passados te vía; mucho ha podido la buena conversación de Belisia, pues tan presto te ha mudado de lo que ser solías».
Yo entendiendo sus palabras y el fin con que las decía, le respondí: «Engañada estás, Aurelia, si de mí ni de Belisia piensas ninguna cosa que en tu perjuicio sea; presto te muestras desconfiada, sabiendo que por ambas partes puedes estar muy segura, pesarmería si pensase que lo sientes así como lo dices». Ella, reyéndose, me dixo: «Estoy burlando contigo, que aunque de ti pudiese pensar mal, no lo pensaría de Belisia, porque está mejor acreditada conmigo».
Y con esto, tornando al regocijo que con el lobo se tenía, llegamos á las majadas, y en un prado que en medio dellas se hacía se comenzó la fiesta de bailes y danzas, que no con poco placer y alegría tuvo hasta la noche, la cual yo pasé más contento que las pasadas, por haber podido manifestar á la mi Belisia la presunción de mis pensamientos, que no me parecía haber hecho poco, según lo mucho que lo deseaba. Y con esto se pasaron algunos días, que el tiempo no dió lugar á que más pudiese á solas hablarla; lo que procuraba con gran diligencia era que por señales conociese lo que mi ánima sentía, y aunque éstas eran tan disimuladas que parecía imposible que ninguna persona entenderlas podiese, había quedado Aurelia con tanta sospecha de lo pasado, que jamás de nosotros los ojos quitaba, y entendiendo algunas veces lo que hacía y diciéndome algunas palabras maliciosas sobre ello, yo lo mejor que podía disimulaba con ello, haciéndola estar dudosa, porque lo que por una parte sospechaba, por otra no lo creía; mas con todo esto vivía tan recatada y celosa, que una sola hora jamás de la compañía de Belisia se apartaba, y así, era el mayor estorbo y embarazo que yo hallaba para mi deseo. Muchas veces estando ambas solas y yo solo con ellas, pasábamos graciosas burlas y donaires envueltos en algunas malicias; pero no por eso dexaba de pasar mi disimulación adelante, por lo mucho que á mi y á Belisia nos importaba. Desta manera andaba esperando tiempo y oportunidad para tornar á hablarla, porque la afición y pasión que en mí sentia crecer cada hora, tan ásperamente me atormentaban, que en ninguna cosa hallaba descanso ni sosiego.
Y andando con esta cuidadosa congoxa, vino un día de fiesta para todos los pastores y zagalas, no poco regocijado, porque queriendo cumplir un voto ó promesa que de correr toros tenían, comenzaron á cercar un corro con muchas talanqueras y palenques á la redonda, con que de la braveza y ferocidad de los toros pudiesen defenderse, y en ellas todas las mujeres y hombres para ver se pusieron, si no eran aquellos que su ligereza y velocidad en el correr mostrar querían, de los cuales los más eran zagales y pastores enamorados, que con garrochas y invenciones puestas en ellas, paseándose por el corro con muchos ademanes y meneos mostraban su gentileza, y en saliendo los toros las emplearon en ellos cada uno lo mejor que supo y pudo hacerlo. Y ansí se comenzó la grita y estruendo de los silbos, las voces, el correr para una parte y para otra, el huir, el asconderse, el saltar y trepar, por excusar el peligro con que se podían ver con una bestia fiera.
Todos los que miraban estaban muy atentos y embebecidos con esto; sólo yo aquí en el amoroso fuego abrasaba, sin tener atención á ninguna cosa destas, como si presente no me hallara; tenía los ojos puestos donde mi corazón los guiaba, de manera que de mirar á Belisia no podía apartarlos, á la cual no hallé tan descuidada que, doliéndose de mí, algunas veces no me mirase, y movida con alguna piedad y lástima que de mí tuvo, hallando cierta ocasión para poderlo hacer sin sospecha, se vino á donde yo estaba y se puso á mi lado, sin que ninguna persona estuviese entre nosotros, y con una graciosa risa me habló diciendo:
«Bien fuera, Torcato, que como los otros zagales salieras al corro para mostrar con ellos el valor de tu persona, y que no estuvieses tú mirando el peligro á que se ponen por servir en ello á sus enamoradas y amigas tan á tu salvo, que á lo menos estarás bien seguro de no venir á caer en los cuernos de los toros».
«¡Ay, dulce ánima mía, le respondí yo, cuánto mayor es el peligro en que cada hora me veo de no caer en tu desgracia, que para mí es harto más temerosa que no la braveza y ferocidad de los toros; y quien tan peligrosa contienda tiene consigo, no es justo meterse en otra, donde tan poco provecho puede sacarse, cuanto más que juzgando el dolor de las heridas de las garrochas por las que yo en el alma siento, tiradas con la hermosa vista de tus ojos con tan poderosa fuerza que las puntas de los clavos tienen llagado el corazón y puesto en el estrecho de la muerte, mal podía tirárselas ni hacer mal ni daño á quien ninguno me hace, antes tan gran bien cuanto pueda encarecerlo, pues son causa de que yo dé algún alivio y descanso á mi tormento, con que tu entiendas que un punto jamás sin él me hallo. Y créeme, mi Belisia, que ya mis fuerzas no bastan para sufrir la pena rabiosa que me está consumiendo la vida; de manera que muy presto dará señales de tu crueldad y de mi muerte, si no es socorrida con aquella paga que mi verdadero amor te merece».
«No tienes razón, Torcato, me respondió, de aquexarte tanto ni de agraviarte de mí, pues hago más de lo que puedo y debo para darte contento, el cual yo te deseo; assí los hados prósperamente me den la ventura que yo querría, que si no desease complacerte no hobiera venido á hablarte, dexando la compañía de las zagalas con quien estaba; y porque no puedan agraviarse de lo que he hecho, á Dios te queda, que yo me vuelvo para ellas».
Con esto se fué la luz de mis ojos, dexándome tal que pocas señas podría dar de los toros que se corrieron; y cuanto mayor contentamiento me quedó con oir sus amorosas razones, tanto crecia en mí más el deseo cada hora de tornarla á hablar si pudiese; y asi anduve algunos días, que el poco aparejo que el tiempo me daba y el estorbo que la presencia de Aurelia me hacia me quitaron que no gozasse de persuadir á Belisia que de mis mortales cuitas se doliese, habiendo lástima de quien las padecía; lo que hacía era dar quexas al viento, echar mis sospiros en el aire, derramar lágrimas sin que ninguno las viese; pintaba con mi cañibete en los árboles que hallaba el nombre de la mi Belisia, y en la cabeza de un cayado que tengo tan buena maña me dí, que contrahice su gesto, casi tan natural como yo en el alma lo tengo pintado. Con esto me consolaba, no queriendo que á nadie fuesse descubierta la causa de mi pena, y algunas veces con mi rabel tañia y cantaba, componiendo versos, entre los cuales hice un día unos que, por parecerme al propósito de lo que os he contado, los quiero decir, para que los oyáis.
FILONIO.--Antes, Torcato, si te place, en pago de la atención con que te escuchamos, y de la lástima que de ti tenemos, te ruego que cantados nos los digas, que después podrás acabar de contarnos lo que has comenzado, que no es tan poco el gusto que con ello recibo, que aunque tú quisieses dexarlo yo lo consintiría.
TORCATO.--Pues assí lo queréis, soy contento de complaceros, que el rabel tengo templado y luego quiero comenzarlos:
Los árboles y plantas con sus flores se muestran apacibles y olorosos; los campos, matizados con colores que pintan su belleza, están hermosos; los animales brutos con amores andan regocijados y gozosos; yo solo estoy penando y pensativo con ver que Amor se muestra tan esquivo. Los montes y los bosques, que el invierno con las nieves y fríos tiene helados, producen muchas hojas y gobierno á las aves y bestias y ganados; por todas partes sale el gromo tierno, de que se vieron antes despojados, y en mi engendró el Amor nuevo cuidado con ver que del olvido estaba helado. Los páxaros con cantos y armonía regocijan el tiempo del verano, publican con sus voces la alegría que tiene cada uno muy ufano; á mí me tiene tal mi fantasía, que no hallo consejo que sea sano, mi canto son aullidos, temerosos sospiros y gemidos dolorosos. Cuando quiero alegrarme, sin contento, de verme con sabores y esperanzas, combate á mi alegría un gran tormento, diciendo que no tenga confianza, que todos los favores lleva el viento cuando el bien que se espera no se alcanza, y es causa de mayor mal y fatiga sentir que la esperanza es mi enemiga. La esperanza me alegra cuando espero la gloria que mi pena ha merecido; mas luego me fatigo y peno y muero en ver que en balde espero, y afligido con mi dolor rabioso desespero, viendo que la esperanza se ha huido, volviendo alguna vez para engañarme, pues no tiene otro fin sino matarme.
GRISALDO.--Encarescido has tu pena, Torcato, de manera que gran sinrazón te hiciera Belisia en no tener lástima della; y porque estoy con agonía de saber el fin que tus amores tan penados tuvieron, te ruego que prosigas el cuento dellos, que con los muchos pastos que el ganado tiene adonde agora anda, seguros estaremos de que no se irá á meter en los panes ni en los cotos, para que pueda ser prendado por nuestro descuido.
TORCATO.--Pues que así lo quieres, escuchadme, para que sepáis en qué pararon y conozcáis la razón que me sobra para el sentimiento que tengo, que con justa causa juzgaréis ser menos del que debería tener de la paga tan cruel con que el Amor y mi Belisia me han pagado. Después que muchos días anduve con la fatiga que me causaba no poder tornar á hablar en mi trabajosa cuita, con la causa della suplicándole por el remedio para poder mejor pasarla, vine á ponerme con el pensamiento y cuidado en tal estrecho de la vida, que ni podía comer tanto que sustentarme pudiese ni cerrar mis ojos de manera que se pudiese decir que dormía; así que la falta del mantenimiento y del sueño pusieron á mi afligida vida en tal estrecho, que contino me parecía ver ante mis ojos la muerte.
Y aunque todos vían claramente mi mal, ninguno lo acababa de entender, si no era la mi Belisia, la cual, doliéndose del, á lo que estonces pareció, con una zagala que consigo tenía y de quien se fiaba, me envió á decir lo mucho que de mi mal le pesaba, y que si yo su contentamiento deseaba y quería, que ella me rogaba que no me afligiese tanto y que me contentase con saber que me quería y tenía tanto amor, que verme á mí tan penado le daba á ella tan gran pena, que si yo bien lo supiese holgaría de hacerle placer en esto que me rogaba. Tan gran fuerza tuvieron para conmigo estas amorosas razones, que no menos que de muerte á vida me resucitaron. Y después de haber dado las gracias lo mejor que supe á la pastora que la embaxada me traía, le rogué que por respuesta della me llevase una carta á Belisia, porque no podría tener memoria para decirle todo lo que yo le respondiese. Y respondiéndome que por amor de mí lo haría, la escribí luego y se la di para que la llevasse; y ansí se volvió con ella, dexándome á mí más contento de lo que me había hallado; y porque quiero que veáis el traslado, el cual tengo en este mi zurrón, lo sacaré y leeré, que dice desta manera:
CARTA DE TORCATO Á BELISIA
«No quiero negar, Belisia mía, que no es mayor la merced y favor que de ti recibo que las mis rabiosas cuitas y crueles tormentos merecer agora ni en ningún tiempo te pueden; no porque de tu parte ni de la mía haya habido falta ninguna, sino porque no pueden igualar, por mayores y más crecidos que sean, al mucho merecimiento tuyo; y todo esto no basta para que en lugar de menguarse no crezcan más cada hora, porque conociendo, por la gloria que con tu consuelo he recibido, la diferencia que hay de la que me has dado á la que darme podrías si como á siervo tuvo me fuese permitido que del todo gozarla pudiese, no siento el gusto de la una contemplando en la otra, con que tan bienaventurado y dichoso sobre todo los del mundo me harías. Conozco ser el más bien afortunado pastor que entre los pastores ha nacido, por tener señales tan manifiestas de estar mi verdadero amor y deseo admitidos en tu gracia; pero también quiero que conozcas que soy el más penado y afligido que entre todos ellos podría hallarse, hasta que gozarla pueda con aquella libertad que desea esta ánima mía, más tuya que mía. Y en tanto que la compasión y lástima que de mí muestras en las palabras no me la certificaras con las obras, en lugar de disminuir mi mal, lo acrecentaras cada hora, porque los consuelos fingidos al corazón afligido son causa de doblar el sentimiento de su pena; créeme, dulce ánima mía, que es tan hondo el piélago de persecuciones en que mi cuidado me trae navegando, que si tú no me socorres con darme la mano de tus verdaderos favores, yo corro peligro de quedar anegado para siempre, porque ya voy perdiendo las fuerzas, y el esfuerzo me falta, el aliento se me acaba, y estoy puesto en el último extremo de la vida, la cual no me pesa que se acabe, sino por no poderte servir con ella, teniendo muchas vidas, para que cada día pudieses hacer sacrificio de una dellas, hasta acabarlas, en pago de la importunidad que con manifestarte mis rabiosas ansias y fatigas tantas veces de mí recibes. Y porque agora no la recibas mayor con oir mis lástimas, acabo con suplicarte que de mí quieras dolerte, poniéndome con tu favor en la mayor gloria que entre todas las del mundo darse puede».
Después de inviada esta carta, Belisia por señas me dió á entender haberla recibido. De que no poco contento estuve algunos días, pareciéndome que siempre se ofrecían cosas que me ponían mayor esperanza, y así con ella andaba entreteniendo y disimulando el dolor que continuamente mi ánimo atormentaba, y no pasó mucho tiempo que Belisia no me envió una breve respuesta de la que le había escrito, que es ésta que aquí trayo y dice desta manera:
CARTA DE BELISIA Á TORCATO
«Ninguna razón, Torcato, tienes de agraviarte de mí, pues que hasta agora ninguna causa hay con que justamente puedas hacerlo. Si me amas, yo te amo; y si me quieres, yo te quiero; si me deseas hacerme placer, yo deseo darte todo el contentamiento que pudiese; y pues que en esto puedes estar satisfecho de mi voluntad, debrías contentarte con ella y no pedirme las obras que sin perjuicio de mi honestidad no pueden hacerse. Lo que con grande affición te ruego es que me ames con el verdadero amor que yo te tengo, y no con amores ilícitos y dañosos, porque mi voluntad nunca se ha podido inclinar á consentirlos; y si con los favores que yo te pudiere dar desta manera te contentare, jamás por mí te serán negados; y los que fuera dellos me pidieres, no pienso darlos en tanto que mi propósito no se mudare, el cual, poniendo á la razón de por medio, no dexará de estar firme en esto que te digo. Aunque no puedo negarte que nunca supe qué cosa era verdadero amor, si no es el que de mí para contigo he conocido; y así querría conocer el tuyo, dando alivio á la pena que en ti sientes, la cual me da á mi poca fatiga, ni me tiene puesta en poco cuidado de verte sin ella, conociendo que á mi causa la recibes.»
Ningún alivio me dieron las razones desta carta, más del que recibí con el favor que Belisia me daba en escribirme, ni tampoco perdí del todo la esperanza por lo que en ella me decía, conociendo la condición de las mujeres y que, haciendo guerra contra el Amor, se ha de combatir procurando ir ganando las entradas y salidas de su fortaleza poco á poco. Y como no pudiese hallar lugar para hablar con ella, si no era en público y delante de mucha gente, le torné á escrebir otras cartas, á las cuales siempre me respondió con unas razones tan dudosas, que ni podía tomar de ellas verdadera esperanza ni tampoco perderla del todo. Así andaba confuso, cargado de pensamientos y cuidados, y el mayor que tenía era procurar que mis ojos pudiessen contemplar en presencia de Belisia la causa de su mal, y esto buscaba todas las ocasiones y achaques que podía; el mayor trabajo, ó uno de los mayores, era la disimulación fingida que traía con Aurelia, en la cual conocía siempre algún recelo sospechoso de lo que verdaderamente pasaba, sin poder averiguar la verdad, porque andaba recatado para que ninguna persona del mundo entenderme pudiese. Desta manera se pasaron algunos días, hasta que la ventura quiso que la mi Belisia de una muy grave enfermedad se hallase fatigada; que como á mi noticia viniese, ninguna adversidad en el mundo pudiera venirme que en tan gran confusión y fatiga me pusiera; y así mayor esfuerzo que el mío era necesario para poder passarla, y desmayando el corazón y las fuerzas, quedé con esta triste nueva hecho un hombre de piedra, sin sentido, de manera que ni oía lo que me hablaban ni respondía á lo que me decían; tenía el juicio alterado y todo lo que hacía y decía desatinaba, porque el Amor mostraba estonces contra mí todo su poder, y como los que andaban embelesados con algún espanto por haber visto visiones ó fantasmas, así anduve yo hasta que, siendo Belisia sabidora dello, con alguna lástima buscó aparejo para que yo pudiese entrar á verla donde estaba, que para mí, después de su salud, ninguna cosa pudiera darme mayor alivio y consuelo; y assí puesto delante su lecho, viendo en su hermoso gesto las señales del mal que tenía, que eran amarillez y flaqueza, le dixe: «No sé cómo pudo tener fuerza el mal donde tan gran bien se encierra; y ten por cierto, dulce ánima y señora mía, que más verdaderamente lo siento yo en el alma que tú lo puedes sentir en el cuerpo; y en tanto que lo tuvieres enfermo, poca salud puedo yo tener, pues toda la que en mí hay, por ti y por tu esperanza la tengo. ¡Ay de mí, Belisia mía, que me sobra el sentimiento y me faltan las palabras para poderte encarecer lo que siento! Pluguiesse á Dios que con todo el mal que la fortuna puede darme pudiese merecer de verte á ti sin el que padeces, que todo se me hacía poco por el menor bien que venirte pudiese, para que por mi causa lo gozases; y si por decir lo que querría y deseo dixese desatinos, no me pongas, señora mía, culpa, que el dolor de verte á ti tal me hace que no pueda atinar en ninguna cosa que diga ni haga; y así te suplico tú mesma guíes mi lengua como eres señora de la voluntad, para que mejor puedas entenderme lo que ella por sí sóla como muda delante de ti manifestar no te puede».
Diciendo esto, mis lágrimas daban señal muy manifiesta de que era más lo que quedaba encubierto en mi corazón que lo que la torpeza de mi lengua publicaba. Y Belisia, viéndome tal, me dixo: «Satisfecha estoy, Torcato, de todo lo que me dices, y cada día me vas obligando más con ver la verdadera fe que conmigo tienes, de la cual no eres tan mal pagado que no halles en mí mucha parte della para agradecerte y pagarte la affición con que conozco que de ti soy amada. Mi mal me ha dado hasta agora fatiga; mas ya se me va aliviando, de manera que tengo esperanza de verme presto buena del todo; y si en tanto que del lecho no me levantare pudieres alguna vez visitarme, no dexes de hacerlo, que aunque no se puede hacer en secreto, como hoy lo has hecho, ocasiones habrá para que públicamente puedas verme y hablarme, que para mí no será pequeño alivio, pues no puedo negarte que no recibo gran consolación con tu vista, y mayor que de ninguno de los que visitarme pueden».
Diciendo esto, tomando mis grosseras manos con las suyas delicadas y hermosas, me las apretó con ellas, dándome á entender que no era fingido lo que me decía, sino que sus palabras procedían de verdadero amor y voluntad que tenía.
Yo, con este favor transportado en una gloria comparada, en mi entendimiento, á la mayor que en la tierra se puede recebir, después de aquella que los bienaventurados reciben en el cielo, cobré un poco de más esfuerzo y osadía, mezclados con un temor que me embarazaba para no saber en qué determinarme; pero al fin, vencido de mi mesmo deseo, junté mi boca con la de mi Belisia, hallándome con tan gran bien subido en un contentamiento tan glorioso, que casi estaba para desconocerme, pensando que era impossible que tan gran gloria se pudiese hallar en el mundo para quien con tantos trabajos y penas infernales contino andaba padeciendo; y no sabiendo si por mi atrevimiento de mí quedaba enojada, le dixe:
«Perdonadme, señora mía, si algún agravio de mí has recebido, el cual no era yo parte para hacerlo si el Amor no me forzara sin poder resistirle, y aunque yo no tengo toda la culpa, aparejado estoy para sufrir toda la pena que por haberte ofendido te merezco».
Belisia, sintiéndome confuso y afligido, me respondió: «La causa de tu yerro, Torcato, trae consigo el perdón que me pides; bien fuera que esperaras mi licencia, pero pues tú la has tomado, yo habré de tenerlo por bueno, que no veo otro remedio para quedar satisfecha de lo que conmigo has hecho». Yo, que tanto miraba lo que me daba á entender en su hermoso gesto como lo que en sus palabras me decía, la vi quedar alegre y sonriéndose, con que cobré mayor ánimo y esfuerzo para tornar á gozar de lo que me había consentido; y estando desta manera, con un gozo y contentamiento incomparable, que yo jamás quisiera que se acabara, fueme forzado, para no ser sentido, que me saliese, y abrazando y besando á la mi Belisia, le dixe: «Aquel consuelo y alegría con que, señora, me envías quede contigo, para que con ella tengas la salud que yo te deseo, la cual plegue á Dios que te dé á ti, pasando en mí la dolencia que te aflige, para que en mí se junte todo el mal que tú tienes y en ti todo el bien que yo tengo y tener puedo».
«Dios vaya contigo, respondió Belisia, que mi mal no es tanto que no piense levantarme muy presto del lecho, y así holgaría dello por el contentamiento tuyo como por la salud que me deseas».
Con esto me salí templando la gloria de lo que por mí había pasado con la pena de verme tan presto sin ella; y con ver á Belisia en poco tiempo fuera de su enfermedad se me alivió la pasión que por esta causa muy congojoso y fatigado me traía. Con estos favores que sustentaban mi esperanza y con el deseo que se contentaba hasta haberla gozado, pasaba la vida en la soledad de los desiertos campos y deshabitados montes, con una alegre tristeza, y tal que yo no la entendía; porque cuando se ponía ante mis ojos la razón que para estar triste se me mostraba, la alegría, muy agraviada, decía que por fuerza y por sola mi voluntad era de mí desechada, pues sentía ser amado con el verdadero amor que yo amaba y pagado de lo que mis mortales ansias y cuitas merecían.
¡Oh, cuántos y cuán diversos pensamientos eran los que combatían mi entendimiento, sin que pudiese quedar de ninguno dellos vencido, por las razones contrarias que por cada parte hallaba! Y, en fin, siempre me parecía inclinar á la tristeza, que con mayores y más sufficientes razones y pruebas me combatía, assí admirando el fin tan áspero, cruel y engañoso con que de la mi Belisia he sido tratado, que al estado y punto de la muerte en que me habéis visto me ha traído.
Andando desta manera, dando sus vueltas acostumbradas el movible tiempo, estando ya Belisia fuera de la enfermedad y vuelta á lo que de antes solía, parecíame ser requestada de algunos zagales polidos, que confiando en su apostura y vencidos de la gracia y hermosura de Belisia, daban señales manifiestas del amor que los aquexaba, serviéndola en lo que podían y festejándola con bailes y danzas; y de día y de noche, tañendo flautas y chirumbelas, con músicas de rabeles muy acordados, procuraban agradarla con alboradas, cantando versos muy bien compuestos y canciones bien ordenadas. Lo cual todo para mí era muy grande aflición y tormento, y mayor lo fuera si la mi Belisia no me confiara diciéndome que todas estas cosas le eran enojosas y que no tenía de qué recelarme ni vivir con cuidado, porque ninguno en el mundo, por mayor valor que tuviese, llevaría della jamás los favores que á mí me había dado; y assí me traxo vacilando de mi ventura algunas veces, con grandes sinsabores y sobresaltos de disfavor, y otras con alguna manera de esperanza, aunque siempre dudosa, porque Belisia me daba á entender que no por affición sino por lástima era lo que conmigo hacía, y que yo no tenía más que esperar de lo passado, y que con ello pensaba haber offendido á lo que á sí mesma se debía.
Y yo, aquexado con la tristeza que estas cosas me causaban, andaba siempre buscando aparejo para persuadirla á que de mis fatigas se doliese, y así un día que mi ventura quiso que en el campo entre unos espesos árboles la hallase sentada, apartada de la compañía de las otras pastoras y mirando cómo su ganado por los verdes y floridos prados se apacentaba, llegándome á ella con la voz temerosa y temblándole, comencé á decir: «Ya, hermosa Belisia mía, mi ánima no puede con mis fatigas ni el cuerpo con el trabajo de mis cuidados, ni todo junto con el tormento que padezco en ver que de mí no te dueles para satisfacer al deseo con la gloria de gozar tan excelentes gracias y hermosura; porque los favores que me das y la merced que con tus palabras me haces, y el amor y voluntad que me muestras, todo es para acrecentar en mí el dolor, poniéndome en mayor agonía, como á los que, estando con gran calentura y rabiosa sed con ella, si les muestran alguna vasija de agua clara y dulce sin poder beber della, muy más sedientos y fatigados los dexa, y pues que conoces que mis palabras no pueden acabar de manifestarte lo que mi corazón siente, en mis ojos podrás conocer cuánto es mayor mi fatiga y congoxa y cuánta ventaja hace el dolor y pasión encerrada en mi pecho al que publica mi lengua, que para poder decirlo delante de ti se me enmudece; por el verdadero amor que te tengo, por la affición y fidelidad con que te amo, te conjuro y requiero que no uses conmigo de crueldad, dexándome acabar la vida, pues con la muerte ningún servicio te hago, que si con ella lo recibieses, en poco tendría que se sacrificasse por tu voluntad, sin dilatarlo por la mía solo una hora».
En medio de estas palabras eran tantos mis sospiros y sollozos, que me impidieron lo que más pudiera decirle. Y Belisia, mirándome con los ojos húmedos de la compasión y lástima que de mí tuvo, me comenzó á decir: «Vencido han, Torcato, tus lágrimas á mi determinación y propósito; mudado has mi voluntad para hacer contigo lo que jamás pensé hacer con ningún hombre del mundo, porque el verdadero amor que en ti conozco me fuerza á que te pague con amarte y quererte, procurando darte el descanso y alivio que fuere en mi mano; y no digo el que desseas, porque, aunque yo quisiese, no sería verdadero amor el que tú me tienes si me quisieres poner en el peligro que de ello podría seguirse. Y si de ti tengo seguridad que en ninguna cosa procurarás offenderme, yo holgaré de que de noche me veas á donde con más libertad puedas hablarme y gozar de aquellos favores que yo sin dañar del todo á mi honestidad y bondad pudiere darte».
Tan gran contentamiento me dió esta nueva de alegría, que para mí ninguna pudiera ser mayor en la vida para resucitar la vida que muerta andaba, que tomándole sus hermosas manos, se las besé muchas veces, bañándolas con otras lágrimas alegres que mi corazón con el nuevo descanso por mis ojos destilaba. Y después lo mejor que supe di las gracias de tan gran merced y beneficio y le supliqué que no dilatase tan gran bien como me hacía; y ella me señaló tercero día, diciéndome que, por quitar la ocasión de alguna sospecha, me fuese, lo cual yo hice luego tan alegre, que á mí mesmo por el bien que esperaba no me conocía; y llegando con muy gran regocijo á donde los otros zagales y pastores estaban, y la mi Belisia por otra parte, comenzamos todos, en tanto que el ganado pacía, á hacer muchos juegos con que nos solazamos, y después, rogándome que con mi flauta les hiciese algunos sones, bailaron hasta que de cansados tornaron á sentarse. Y yo, que la alegría me tenía otro del que solía ser, comencé á cantar estos versos, que agora quiero deciros:
Alegre tiempo, sereno y claro día en que el sol resplandeciente se ha mostrado, no dexes parecer algún nublado que pueda oscurecer nuestra alegría; el campo con sus flores se cubría, las yerbas con verdura se mostraban, las rosas de sí olor suave daban y la fruta estando en flor se descubría, y el zagal enamorado, aunque más ande penado su gran dolor y tormento despedía. Huyendo se va el pesar de este rebaño, donde el placer en tal día se ha sentido; el trabajo y el dolor se han escondido de manera que no pueden hacer daño; el regocijo y contento es ya tamaño en pastores y pastoras de esta sierra que ningún trabajo pueda darles guerra, por ser el día mejor de todo el año; y los zagales polidos que de amor están heridos hoy no pueden recelar algún engaño. Las cabras con sus cabritos retozaban; las ovejas y corderos van saltando; las terneras van corriendo y saltos dando, y este día con placer regocijaban; los páxaros con dulzura voces daban, mostrando en su dulce canto estar contentos; los animales que andan muy hambrientos en los pastos abundosos se hartaban; los zagales con amores hoy no sienten sus dolores contemplando los favores que llevaban.
Acabando de cantar nos partimos los unos de los otros, y yo, esperando la tercera noche por mí tan deseada, unas veces reñía con el tiempo, pareciéndome que contra mi ventura se alegraba, y otras le rogaba que, apresurando su curso, diese lugar para que se cumpliese mi deseo; y pasando en estas consideraciones, Belisia me dió aviso de la manera que había de tener para entrar á donde ella me esperaría, y no siendo yo perezoso, sin faltar un punto y sin ser de ninguno sentido me vine á hablar solo con ella sola, pareciéndome que, dexando de estar en la tierra, gozaba de la gloria del cielo; pero Belisia, antes que yo palabra ninguna pudiese hablarle, más de besar sus hermosas manos, que para mi boca eran el más precioso manjar que gustar en el mundo podía, me dixo: «Mira, Torcato, que, confiando yo en el grande y verdadero amor que me muestras y tengo por cierto que me tienes, me he osado poner en tus manos, no para que de mí pienses aprovecharte de manera que fueses causa de ponerme en fatiga, procurando quitarme el mayor bien de que la naturaleza me ha dotado, porque entonces no sería amistad la tuya para conmigo, antes te juzgaría por el mayor enemigo de todos los que tener puedo, y aunque yo inconsideradamente te diese lugar para cumplir lo que deseas, obligado estás tanto á mi honra como á tu contentamiento. Bien sé que no tengo fuerzas para poder resistir las tuyas si quisieses; pero tú eres el que has de forzarte á ti mismo, contentándote con lo que fuera desto yo pudiere hacer para aliviarte de la pena con que estos días te he visto andar tan fatigado, porque si otra cosa hicieses gozarías breve tiempo de tu voluntad, poniéndome á mí en el peligro de la vida y á ti de perderme para siempre». Con muy gran tristeza estuve escuchando estas razones; pero pensando que el tiempo, que todas las cosas trueca y muda, podría hacer en esto lo mesmo, me hizo recibirlo con paciencia respondiéndole: «Dulce ánima y señora mía, yo no tengo, no puedo tener otra voluntad sino la tuya, y aunque con tan duro freno quieras gobernarme, yo lo pasaré todo en paciencia, gozando de la merced que me haces, y con la condición que tú hacérmela quisieres; no tengas recelo de mis fuerzas para contigo, que la mayor fuerza de todas es tu mandamiento, que por mí en ninguna manera puede dexar de ser obedecido». Hablando en esto y en otras muchas cosas pasamos toda aquella noche, estando yo siempre abrazado con la mi Belisia, y las más veces la una boca con la otra, gozando della y de sus hermosas manos, sin que otra cosa yo intentase ni ella me lo prometiese, y acercándose la mañana harto más presto de lo que yo quisiera, fueme forzado salirme, pasando entre nosotros al despedirnos muchas cosas con que cada uno procuraba dar á entender al otro el amor que le tenía.
Y tornándome yo á mi ganado, anduve muchos días contento y ufano con una sabrosa y agradable vida, aunque no era cumplida mi gloria del todo, porque algunas veces que con importunidad y casi forzada Belisia me hacía la merced pasada de verme y hablarme á solas de noche y de día, era con las condiciones que la primera vez lo había consentido; pero tanto podía el Amor para conmigo, que tenía en más cualquier enojo, por muy pequeño, que Belisia á mi causa recibiese que todo el tormento y trabajo que yo recibía con el buen comedimiento, el cual tengo agora por cierto que fué la causa de todo mi daño. Desta manera anduvimos muchos días, passando el tiempo con entretenimientos aplacibles, buscando siempre lugares oportunos para que unas veces descansasen los ojos y otras las lenguas, publicando lo que los corazones sentían y procurando darnos todo el contento que podíamos, sin passar jamás aquella ley que me estaba puesta, la que para mí no tenía menos fuerza que si con quebrarla hubiera de perder la vida.
Y como las cosas no pueden estar siempre en su ser, passándose este tiempo comenzó á acercarse aquel en que nos era forzado hacer mudanza, porque la aspereza del viento cierzo, acarreando las heladas y nieves, y el viento ábrego hinchiendo el cielo de nubes, que con grandes avenidas de aguas nos amenazaban, nos pusieron á todos en cuidado de baxar los ganados á la tierra llana. Y como esta nueva fatiga tuviese acongoxada mi ánima, comenzándose á mostrar en mi gesto la tristeza grande de que comenzaba á andar acompañado, sintiéndolo Belisia me dixo:
¿Qué nuevo cuidado es éste, Torcato? Jamás te tengo de ver tan alegre que no sea más parte la tristeza para hacer huir de ti la alegría. Flaco andas y amarillo, de que á mí muy de veras me pesa, porque el Amor no consiente que yo pueda ver en ti tal experiencia sin que te haya de consentir lo mesmo que tú sientes; y assí, holgaría de que no te fatigasses, pues nos es forzado passar las cosas como la ventura las ordena, debrías contentarte con haber conocido mi voluntad y obras, sin querer con el fin dellas ponerme en aquella turbación que sólo mi muerte tendría por remedio».
«No es eso, le respondí yo, mi Belisia, lo que agora me atormenta y desatina para andar como me ves, que con la vida que tengo más verdaderamente podría ser contado entre los muertos. Mi nuevo cuidado nace de ver que se allega para mí el día más temeroso que podría haber después de aquel universal juicio; porque assí como los que estonces fueren condenados carecerán de la gloria que los bienaventurados gozan en el cielo, assí me falta á mí la mayor de que gozo ni podría gozar sin tu vista en la tierra. Si alguna cosa me puede dar alivio será verte á ti, ánima mía, con alguna parte del sentimiento que yo tengo, para que conozcas que, ya que me aparto de tu presencia, no me apartaré de tu memoria ni de tu gracia, que son dos cosas que pueden sustentarme la vida que anda por acabarse muy presto».
«Desso puedes estar cierto, respondió Belisia, que no será menos lo que yo sentiré que lo que tú sientas; pero menester es que tengamos paciencia á donde no vemos otro remedio.» Con esto nos apartamos, y todas las veces que después nos podimos ver fueron para tratar esta materia, preveniendo el trabajo y apercibiéndonos contra la fatiga; porque, á tomarnos desapercibidos, ninguna paciencia bastara según lo que de mí conocía y lo que Belisia me mostraba, la cual con sus palabras siempre procuraba consolarme mostrándome una fe tan verdadera, que yo jamás pensé que me faltara; y bien fué menester estonces, porque verdaderamente creo que sin ella en aquella partida también se partiera el ánima de mi cuerpo.
Y venido el día señalado, que á entrambos nos puso casi deffuntos en la sepoltura, no fué poco poder en él sustentar la vida que no se acabase del todo ó no mostrar tan claramente que todo el mundo lo conociera cuán difficultosamente podía sufrirse una prueba tan áspera como el Amor en nosotros ambos hacía. Yo traía mis ojos hinchados por arreventar con las lágrimas; un nudo hecho en mi garganta que apenas hablar me dexaba; tenía las fuerzas tan perdidas, que con difficultad moverme podía, y en fin, andaba tal, que no tenía otro remedio sino mostrarme muy enfermo, para que nadie podiesse conocer mi verdadera dolencia.
Ya cierto en este tiempo lo que Belisia hacía no parecía fingido, que las señales y muestras que daba eran de verdadero amor y agradecimiento.
Y así aquella noche antes que nos partiésemos se dió tan buena maña y la ventura nos favoresció á entrambos de manera, que nos dió lugar para pasar mucha parte della juntos, y puesto yo en su presencia le decía: «No sé, señora mía, cómo podrá este cuerpo vivir ausente de ti, que eres más ánima suya que la que consigo trae; de una cosa podrás estar cierta, que la que yo tengo queda contigo, y que conmigo va sólo mi cuerpo con el deseo de que siempre andará acompañado, no teniendo otra vida sino la esperanza de tornar á verte y servirte, pues yo no puedo emplearme en otra cosa ninguna que fuera desto pueda darme contentamiento».
Diciendo estas palabras, mis lágrimas eran tantas, mis sollozos y sospiros eran tan grandes, que no me dexaron pasar adelante. Y Belisia, viéndome casi sin aliento, ayudándome con la mesma congoxa que yo tenía, mezclaba sus lágrimas con las mías, porque los ojos de entrambos estaban hechos manantiales fuentes, y dando un profundo sospiro me respondió:
«Nunca pensé, Torcato, que á tal extremo me traxera la affición y verdadero amor que para contigo dexé aposentar en mis entrañas, el cual me tiene tal que no sé cuándo podré tener una hora de alegría viéndome ausente de ti, aunque nunca te apartaré de mi pensamiento porque ya no soy parte para hacerlo si quisiese, ni tengo la libertad pasada con que hacerlo en otro tiempo pudiera. Y así el tiempo que no te viere, estaré desamparada y sola, como viuda y triste y desconsolada, sin esperanza de bien ninguno, hasta que mis ojos puedan tornar á ver la luz que agora pierden en perder de poder mirarte para su descanso, como hasta agora hacían».
Con esto, juntando una boca con otra, llorando la cercana partida, pudo tanto el dolor en el tierno corazón de Belisia, que no pudiendo socorrerle con sus flacas fuerzas, le tomó en mis brazos un desmayo que sin sentido ninguno la dexó, y pareciéndome que la muerte le ponía asechanzas, rodeando por todas partes para hallar manera cómo sin vida la dexasse, á mí me tenía casi sin ella, estando con una pasión tan crecida y un dolor tan áspero y fiero, que agora en pensarlo me espanto cómo pude sufrir una experiencia tan fuerte y poderosa, la cual me puso en tal extremo, que por más muerto me contaba que la mi Belisia; y no hallando otro remedio con que socorrerla pudiesse, la abundancia de mis lágrimas socorrieron á la falta de la agua para echarle en su hermoso gesto, las cuales, despidiéndolas mis ojos por mis mejillas y cayendo en él, fueron causa para que más presto en sí volviese diciendo:
«No fuera pequeño descanso, Torcato, si en tus brazos se feneciera la vida que de aquí adelante se pasará con tanta tristeza y tan desventurada muerte; mejor fuera que me dexaras morir que buscarme remedio que tan caro me costará todo el tiempo que viviere».
«No quiera Dios, mi señora, le respondí yo, que tu muerte sea primero que la mía, ni á mí me venga tan gran mal que yo ver ni saberla pueda. No me pesa de que sientas el tormento de nuestra partida, porque por el tuyo conozcas el que yo siento, y acordándote dél hayas lástima de mí, como de tu verdadero siervo, aunque no querría que tu sentimiento fuesse tanto que no pudiesse encubrirlo y pasarlo sin que con señales de tanto dolor lo manifiestes. Y pues ningún otro remedio nos puede valer en esta adversidad sino la paciencia, suplícote, ánima mía, y por el verdadero amor que me tienes y yo te tengo te conjuro que tú la tengas hasta que yo busque y procure cómo los tiempos se muden y truequen, para hallar otro descanso del que agora tenemos, que yo no pienso perder la esperanza estando tan conformes las voluntades».
«Yo lo haré, me respondió, como lo dices, ó á lo menos procuraré hacerlo, y pues la noche se nos acaba y el día se nos muestra en enemigo para apartarnos forzosamente, forzado será que tú te vayas. Y porque no tengo prenda mía que pueda darte para que de mí te acuerdes, con este cordón de mi camisa quiero ligar tu mano derecha, con la cual me diste tu fe, porque no puedas mudarte ni trazarla sin que te venga á la memoria la injuria que haces á quien tan verdadera la tiene y tendrá siempre contigo, que jamás hallarás en ella mudanza».
«Ya poca necesidad hay, le dixe yo, de prendarme con ninguna cosa más que con aquel amor que tan gran fuerza tiene que ninguna prosperidad ni adversidad bastará para quebrar su firmeza. Y pues yo voy tan prendado, queda, señora, segura que yo el mayor consuelo que llevo es pensar que voy seguro de que nuestras voluntades es una mesma voluntad, sin haber entre ellas differencia».
Con estas palabras nos abrazamos, y acompañados el uno y el otro de lágrimas y sospiros nos apartamos, yendo yo tan cargado de cuidados y fatigas, que no me acordaba de otra cosa, y así entre dos luces me torné al ganado, sin que de ninguno de los pastores que cerca estaban fuesse sentido. Y venido el día, puestos todos á punto, nos partimos; pero antes en lo público estando todos juntos, Belisia y yo con los ojos nos dábamos á entender lo que los corazones en esta partida sentían, y no fué poco poderlo encubrir de manera que los que estaban presentes no lo conociessen. Assí nos apartamos, yendo los unos por una parte y los otros por la otra; y si yo quissiese contar ni encarecer el sentimiento que llevaba, imposible sería que mi lengua podiese decirlo, porque yo iba tan fuera de mi juicio, que ni entendía lo que me hablaban ni oía lo que me decían, porque todos mis pensamientos y sentidos llevaba ocupados en la contemplación de mi desventura teniendo el retrato de la mi Belisia en el alma de tal manera que los ojos espirituales, que mirándola estaban siempre, también ocupaban á los corporales para que en otra cosa ocupar no se pudiesen; llegados que fuimos á nuestra aldea, muchos días anduve con esta triste vida buscando la soledad de los desiertos y montes deshabitados, trayendo mis ganados por los riscos y peñascos, huyendo de los otros pastores y de cualquiera otra compañía que apartarme del pensamiento de la mi Belisia pudiese, porque sola esta era mi gloria y en solo esto hallaba descanso y alivio; muchas veces á voces la llamaba, llevándolas en vano el viento sin ser oídas, y otras estaba hablando con ella contándole mis passiones y trabajos, como si presente la tuviera; pero después, hallándome burlado de ver cuán lexos de mí estaba apartada, tornaba á mis principiadas quexas conmigo solo, de las cuales hacía muchos días testigo á esta clara fuente donde agora estamos, porque sola ella las oía. Y andando con este cuidado, determiné de escrebirla una carta dándole cuenta de mi vida y rogándole que me enviase algún consuelo con que sustentarla pudiesse; lo cual ella hizo con muy amorosas razones, de manera que en mi salud y contento se pareció la alegría que con ella había recebido. Passado algún tiempo, la ventura me descubrió cierto negocio y ocasión con que lícitamente pude ir á la aldea donde sus padres habitaban; y llegado sin haber sentido cansancio ninguno en el camino, con la agonía que llevaba, aunque la mi Belisia me recibió con alegre semblante y palabras amorosas, el corazón, que pocas veces suele engañarse, me daba á entender que no hallaba en ella aquella fuerza de affición con que otras veces eran dichas, antes me las representaba con una tibieza que por una parte me espantaba y ponía temor y por otra no la creía. Pero al fin, dándome audiencia en secreto, con alguna importunidad que me puso en mayor sospecha y parecióme hallarla con alguna más libertad que solía, aunque no de manera que pudiese tener razón que por estonces bastase para agraviarme, y habiéndome detenido tanto espacio cuanto el negocio requería, el cual yo dilaté todo lo que pude, fueme forzado volverme, dexando el ánima con ella y llevando conmigo solo el cuerpo y el cuidado que me acompañaba, porque ya yo iba algún tanto sospechoso, adivinando el mal que esperaba de las señales encubiertas, que hacían á mi atribulado corazón adivino, y assí entreteniéndome algún tiempo la esperanza confiando en la fe que había en un tiempo conocido y en las promesas que con tan gran hervor y voluntad se me habían hecho, determiné de tornar á descubrir tierra, y para ello le escribí una carta, la cual le envié con mensajero cierto, y si queréis oirla, decírosla he, porque la tengo en la memoria de la mesma manera que fué escrita.
GRISALDO.--Antes te lo rogamos que lo hagas; pero bien será, si te parece, Torcato, que primero, por ser passada tanta parte del día, comamos algún bocado si en tu hatero traes aparejo para ello, que ya la hambre me acusa y á Filonio creo que le debe tener fatigado.
FILONIO.--Antes os hago ciertos que casi de hambre y de sed estoy desmayado; porque ayuno me vine esta mañana, y como no me sustento en amores, de la manera que Torcato lo hace, hasme dado, Grisaldo, la vida con tu buen aviso de acordarlo á tan buen tiempo.
TORCATO.--Yo confiesso que no ha sido pequeño mi descuido en no convidaros, y aunque no esté tan bien aparejado como vosotros lo merecéis y como lo estuviera si fuera avisado de vuestra venida, todavía no faltará qué comáis, que aquí tengo un pedazo de cecina de venado que mis mastines este invierno, por estar herido en una pierna, mataron; también hallaréis parte de un buen queso y cebolletas y ajos verdes, y el pan, aunque es de centeno, tan bien sazonado que no habrá ninguno de trigo que mejor sabor tenga.
FILONIO.--Yo traigo conmigo la salsa de San Bernardo para que todo me haga buen gusto; pero bien será, Torcato, que también tú nos ayudes, porque sin comer ni beber mal pueden los hombres sustentarse, y, como suelen decir, todos los duelos con pan son buenos.
TORCATO.--Quiero hacer lo que me dices, que no es poca mi flaqueza ni la necesidad que tengo de socorrerla.
GRISALDO.--En mi vida no comí cosa que mejor me supiese; ¡oh qué sabroso está todo y qué bueno! que aunque nos esperaras no estuviera más á punto, ni nos pudieras hacer convite que más agradable nos fuera.
FILONIO.--Dame, Torcato, el barril, que no es menor mi sed que mi hambre, y quiero que se corra todo junto.
TORCATO.--Vedlo aquí; y aunque yo no lo he probado, por muy buen vino me lo dieron.
GRISALDO.--Passo, Filonio, que no lo has de acabar todo, que á dos vaivenes como ese apenas nos dexarías una gota.
FILONIO.--No había bebido tres tragos cuando ya te matabas; ¿no miras que tiene el cuello muy angosto y que sale tan destilado que casi no le he tomado el gusto?
TORCATO.--Bebe, Grisaldo, que no faltará vino, porque acabado esse barril otro está en aquel zurrón, con que podréis tornar á rehacer la chanza.
GRISALDO.--¡Oh, qué singular vino, mal año para el de San Martín ni Madrigal, que ninguna ventaja le hacen!
FILONIO.--Por tu fe, Grisaldo, que ordeñes aquella cabra negra que tan llenas trae las tetas de leche como si el cabrito no hubiera hoy mamado; que pues hay barreños y cuchares en que la comamos, no vendrá á mal tiempo para tomarla por fruta de postre.
GRISALDO.--Bien has dicho; harta tiene para todos, aunque, según tú tienes las migas hechas, no parece que te bastaría toda la que traen las cabras y ovejas del rebaño.
FILONIO.--No las hago todas para mí, que muy bien podrán repartirse, y assí haz tu de la leche; bien está, para mí no eches más.
TORCATO.--Pues harta tenemos yo y Grisaldo en la que queda.
GRISALDO.--Dios te dé muchos días de vida, Torcato, que así nos has socorrido.
FILONIO.--El barril vuelva á visitarnos, que la hambre ya la maté como ella me mataba.
GRISALDO.--Toma y bebe á tu placer; paréceme que no hay sacristán que mejor ponga las campanas en pino.
FILONIO.--De ti lo aprendí cuando fueste monacino, que solías hacer de la mesma manera á las vinajeras antes que se desnudase el clérigo que había dicho la misa.
GRISALDO.--Hora sus, pues estamos hartos. ¡Dios loado! recoge, Torcato, lo que queda, que no dexará de aprovechar para otro día.
TORCATO.--Bien me parece que seas en tus cosas tan bien proveído; y pues todo está ya guardado, ved qué es lo que más os agrada que hagamos.
FILONIO.--¿Qué es lo que hemos de hacer sino que nos digas la carta que á Belisia escribiste, con todo lo demás que sobre tus amores tan penados te hubiere sucedido?
TORCATO.--Por dos cosas quisiera dexarlo en el estado que habéis oído: la una era por pensar que con mi largo cuento os tenía enfadados, y la otra porque no podré decir cosa que no os dé sinsabor y enojo, entendiendo cuán contrario fue de aquí adelante el fin de mi porfía á lo que de razón hubiera de serlo, según los buenos prencipios con que el Amor me había favorescido; y para que entendáis cuán poderosamente executó contra mí sus inhumanas fuerzas, escuchadme la carta, que después os diré lo demás:
CARTA DE TORCATO Á BELISIA
«Mi mano está temblando, ánima mía; mi lengua se enmudece contemplando lo mucho que el dolor decir podría.
Tantas cosas se están representando juntas con gran porfía de escrebirse, que yo las dexo á todas porfiando.
Porque en mi alma pueden bien sentirse; mas mostrar cómo están es excusado, pues nunca acabarían de decirse.
Su confusión me tiene fatigado, aunque lo que me da mayor fatiga es verme estar de ti tan apartado.
Mi poca libertad es mi enemiga, pues quiere que te escriba mis pasiones sin estar yo presente que las diga.
No me falta razón; mas las razones con que entiendas mi mal yo no las hallo si tu en mi torpe lengua no las pones.
Mis cuitas y trabajos, porque callo, me dan mayor fatiga y más cuidado, y el remedio se alexa en procurallo.
No sé qué me hacer, desventurado, que todo me aborresce en no tenerte presente ante mis ojos y á mi lado.
En todo cuanto veo hallo la muerte, todo placer me daña y da tormento, todo me da pesar si no es quererte.
Los campos que solían dar contento con los montes y bosques á mis ojos, estrechos son agora al pensamiento.
Las ovejas y cabras, que despojos de lana y queso y leche dan contino, en lugar de esto me causan mil enojos.
No hay monte, valle ó prado, ni camino donde halle holganza ni reposo, que en todos me aborrezco y pierdo el tino.
A las fuentes me llego temeroso, por no hallar en ellas mi figura que en verme cuál estoy mirar no me oso.
Ell alma tiene en mí la hermosura con tenerte á ti en sí representada, que el cuerpo casi está en la sepoltura.
La vida trayo á muerte condenada si tú no revocares la sentencia que mi pena cruel ya tiene dada.
Porque no pasarla en tu presencia no es pena, mas es muerte muy rabiosa, ó que me da fatiga con tu ausencia.
En esta vida triste y trabajosa paso mis tristes días padeciendo, teniendo á mi esperanza algo dudosa.
Las noches, si las paso, es no durmiendo; los días sin comer, gemidos dando, y en verme que estoy vivo no me entiendo.
Susténtase mi vida contemplando cuán bien está empleado mi tormento, y por algún favor tuyo esperando con que pasarlo pueda más contento».
Inviada esta carta, Belisia la recibió, según supe, mostrando poca voluntad, y pidiéndole la respuesta de ella, como ya las velas de su voluntad y affición estuviessen puestas en calma, ó por ventura vueltas á otro nuevo viento con que navegaban, no la quiso dar por escrito, sino que con gran desabrimiento de palabras me invió á decir que no curase más de escrebirla ni importunarla, porque su determinación era de despedir de su memoria todas las cosas passadas, las cuales estaban ya fuera de ella, y que si alguna vez se acordaba de ellas era para pesarle, y que estuviesse cierto de que jamás haría conmigo otra cosa de lo que me decía, y que tendría por muy enojosa persecución la que yo le diese si quissiese proseguir en mi porfía más adelante, de la cual no sacaría ningún fruto, si no era ponerla en mayor cuidado, para que de mí y de mis importunidades con gran diligencia se guardasse.
Venido el mensajero, el cual yo esperaba con alegres nuevas para mi descanso, y recibiendo en lugar dellas esta desabrida respuesta, ya podéis sentir lo que mi ánima sentiría, que muchas veces estuve por desamparar la compañía de mi atormentado cuerpo para procurar por su parte algún alivio de sus passiones; pero no habiendo acabado de perder del todo la esperanza, y pensando que este nuevo accidente podría presto hacer otra mudanza, quise sustentar la vida para poder ver con ella la razón que Belisia me daba, mostrando la que tenía para tratarme con tanta crueldad y aspereza.
Y comenzando á mostrar en mi gesto la tristeza que me acompañaba, desechando de mí toda alegría, andaba cargado de cuidados y pensamientos, no sabiendo qué decir ni qué hacer que aprovecharme pudiesse; no dormía ni reposaba; mi comer, era tan poco que difficultosamente podía sustentarme; la flaqueza y la falta del sueño, que me traían casi fuera de mi juicio.
Y lo que mayor pena me daba era que á ninguno osaba descubrirla, ni con nadie la comunicaba para recibir algún alivio. Anduve ansí muchos días, más muerto que vivo, y pensando que Belisia por ventura lo había hecho por probarme para saber de mí si estaba firme con la fe que siempre le había mostrado, determiné de tomar el camino para su aldea, lo cual puse luego por obra; y llegando allá ninguna manera ni diligencia bastó para que Belisia oirme ni escucharme quisiesse, á lo menos en secreto como solía, que en lo público no podía decirle nada que á nuestros amores tocasse, y con tal disimulación me inviaba como si jamás entre mí y ella ninguna cosa hubiera pasado; estaba tan seca de razones y tan estéril de palabras, que, en verlo, mil veces estuve por desesperarme.
Y, en fin, queriendo tornar á probar mi ventura, me determiné de escribirle otra carta, encaresciéndole mi pena y passión todo lo que pude, pensando que aprovecharía para que dello se doliesse, y la carta era ésta, porque aquí tengo el traslado della:
CARTA DE TORCATO Á BELISIA
«Los golpes de los azadones, Belisia mía, que cavan en mi sepoltura, con su temeroso son ensordecen mis oídos; y el clamor de las campanas, con su estruendo espantoso, no me dexan oir cosa que para mi salud aprovechase. La tristeza de los que con verme tan al cabo de mi vida se duelen de mí, me tiene tan triste, que ni ellos bastan á consolarme ni yo estoy ya para recebir algún consuelo. En tal extremo me tienes puesto, que lo que con mayor verdad puede pronunciar mi lengua es que me han rodeado los dolores de la muerte y los peligros del infierno me han hallado. Desventurado de mí, que vivo para que no se acaben mis tormentos muriendo, y muero por acabar de morir si pudiesse. Mas ha querido mi desventura que mi pena rabiosa tenga mayores fuerzas que la muerte, la cual, viéndome tan muerto en la vida no procura matarme, antes, espantada de verme cual estoy, va huyendo de mí con temor de que no sea yo otra muerte más poderosa que pueda matarla á ella, y cuando la crueldad viene en su compañía con intención de ayudarla, para acabarme, movida á compasión de mí se pone á llorar conmigo mis fatigas; y tú, más cruel que la misma crueldad, te deleitas y recibes contentamiento en verme metido en este piélago de persecuciones. Bien creo que, si alguno se puede llamar infierno, fuera de aquel en que los condenados perpetuamente padecen, que será éste en que agora yo me veo, que según son semejantes mis penas á las suyas, la mayor diferencia que me parece que hay es que ellos sin redención penarán para siempre y tú podrías restituirme y ponerme en la cumbre de la gloria de tu gracia, viéndome yo con algún favor de manera que pensasen ser restituido en ella, y no tan desfavorecido como con respuestas tan desabridas me he hallado. Pero ¿de qué me agravio que, si bien lo miro todo, poca razón tengo de quexarme, pues que todo el amor está en mí para contigo, sin dexar ninguno ni parte dél para que tú lo puedas tener conmigo? Yo tengo la fe tan entera, la amistad tan cumplida, la ley tan verdadera, que todo esto se queda en mí y tú estás tan libre y exenta, que para lo que aprovecharán mis agravios será para que te rías dellos con aquella libertad que has mostrado, teniéndome á mí en una prisión y cautiverio perpetuo; lo que siento que me puede quedar de lo passado es la contemplación de una tristeza dulce, trayendo á mi memoria aquellas palabras de «tiempo bueno, que dicen, fue tiempo y horas ufanas, en que mis días gozaron, aunque en ellas se sembraron las simientes de mis canas; yo me vi ser bien amado, mi deseo en alta cima contemplar en lo passado; la memoria me lastima»; el tiempo, Belisia mía, me da bien el pago de no haber sabido gozarlo, y con verme cual me veo lo tengo por mejor que haber passado un punto de lo que por tu voluntad mostrabas y querías; cuando quiero quexarme de mí mesmo, la razón riñe conmigo, diciendo que no me quexe del buen comedimiento que tuve, pues que consigo tiene el galardón y contigo queda la culpa de la ingratitud y desconocimiento de lo mucho que me debes. Si el tiempo fuera más largo no me maravillara tanto de ver esta mudanza, aunque ninguna cosa había de bastar para hacerla; pero siendo tan breve, paréceme que aquel amor que me mostraste, aquel sentimiento que vi para verme á mí siempre sin libertad ninguna, aquella fe que estonces se me puso delante tan verdadera, aquellas lágrimas con que parecía sellarse la affición y voluntad que se mostraba, que todo estaba colgado de un hilo tan delgado que sólo el viento bastó para quebrarlo. Cuando me acuerdo de algunas cosas que por mí pasaron, paréceme imposible lo que veo, por que no eran prendas de tan poca fuerza que tan presto habían de olvidarse, y assí ando con el juicio desatinado, buscando cuál podría ser la causa; porque en mí no ha habido falta sino de los servicios, y ésta no creo que bastaría, pues no sufre pensarse que tú me habrías de tener amor ni affición por solo interese; por otra parte, combate una sospecha celosa, á la cual no quiero dar crédito, porque siempre cuanto á esto has estado bien acreditada para conmigo. Bien sé que te irás enojada con carta tan larga, pues se leerá ya sin gusto habiéndolo perdido de todas las cosas que tocan á quien la escribe, y si soy porfiado, suplícote, señora mía, me perdones, que lo hago con determinación de no enojarte más con otras, porque en esto quiero que conozcas el deservicio que será, teniendo en menos mi fatiga y tormento que no darte á ti pesadumbre con serte más importuno; viviré los pocos días y tristes que tuviere con aquella fe que de mí se ha conocido y con la voluntad y affición que siempre he mostrado, y con el dolor y trabajo que por galardón de todo esto has querido darme, con el cual quedo, y con aquel verdadero deseo de servirte, que no se acabará en tanto que no se acabare la vida que tú has querido que tan miserablemente muera en el tiempo que viviere».
Y inviada esta carta, supe que había venido á sus manos y no con pequeña diligencia, que para ello se puso, porque yo con gran difficultad quería oir ni ver cosa que á mí me tocasse, y viendo que no quería responder, aunque por otra cosa no esperé algunos días, me vine harto desconsolado y affligido, pero todavía con alguna esperanza, que del todo no me había desamparado, porque pensaba que por ventura Belisia lo hacía por probarme, ó que le habían dicho de mí alguna cosa que, sabiendo después no ser verdadera, le haría arrepentirse de la aspereza y inhumanidad con que me trataba. Y pasados algunos días, no sé si por estorbar que yo no le diese más importunidad con palabras ni cartas, ó si por ventura holgó de desesperarme del todo, me escribió una carta breve, que más verdaderamente se pudiera decir sentencia de mi muerte, la cual decía desta manera:
CARTA DE BELISIA Á TORCATO
«Tus cartas, Torcato, y tus importunidades me son tan enojosas que me fuerzan á escrebirte para que de mí lo entiendas y acabes de conocer mi voluntad, la cual está tan diferente de lo que solía, que lo que estonces me agradaba es la cosa que más agora aborrezco, y de lo passado estoy tan arrepentida que no puedo consolarme en tanto que te viere determinado en tu porfía sin provecho; si en algún tiempo me tuviste verdadero amor, el mío no era fingido, y con él te pagué lo que merecías, y como las cosas no pueden permanecer siempre en un ser, antes se truecan y mudan cada hora, no te maravillarás con mucha razón de ver que en mí haya habido esta mudanza, para lo cual no he tenido otra ocasión sino parecerme que era cosa que me convenía para tornar á cobrar el sosiego que por tu causa he tenido mucho tiempo perdido; lo que te ruego es que si, como siempre mostraste, deseas contentarme, que olvides las cosas passadas, echándolas fuera de tu memoria como si jamás no hubieran sido, y si no pudieres hacerlo será necesario que te hagas fuerza y que procures de ponerte en aquella libertad con que yo quedo, y si todavía te acordares de algunas dellas, podrás hacer cuenta que pasaron en sueños sin ser verdaderas, y assí como á cosa de sueño las olvida, que por lo mucho que te quise y aun agora te quiero, te doy el consejo que para mí he tomado, el cual holgaría que siguieses, pues todo lo demás será acrecentar en la pena que publicas, sin aprovecharte más de para trabajar en vano y darme á mí fatiga para que con justa razón y causa pueda tenerme por agraviada, ¡ay! porque esta será la postrera mía; también estarás cierto de que no recibiré ninguna tuya, y así te aviso que no te pongas en desasosegarme más con ella, pues será perder el tiempo y el trabajo que en ello se pusiere. Y fuera desto, yo te deseo el mesmo bien y alegría que tú me deseas, con el cual plega á Dios que, habiéndome olvidado, tan presto te veas cuanto yo verte, sin ninguna memoria de mí, para mayor bien mío y tuyo, he deseado».
Las palabras desta carta alteraron tanto mi juicio, que á muchas veces me hallé sin él para desesperarme, y deseaba que la tierra dentro de sí vivo me sumiese ó que por otro algún acaecimiento ó desastre se me acabase la vida, y cierto yo me tornara del todo loco, si la razón que conmigo peleaba no me venciera; pero con todo esto no podía acabar de hallarme en ninguna compañía que pudiese apartarme de mi pensamiento, el cual jamás en otra cosa se ocupaba, y andando como habéis visto por los montes é desiertos deshabitados y por las montañas más ásperas, muchas veces era causa de que mi ganado padeciese, y de lástima dél me venía adonde mejores pastos hallaba; y adonde yo más descanso tenía era en este florido bosque, por causa desta hermosa fuente, en el cual dando voces y gemidos, sin ser de ninguno entendido mi mal, un día tendido en el mesmo lugar donde estamos, sobre la verde yerba deste prado, creciendo en mí la pasión por estar considerando el agravio que el Amor y la mi Belisia me hacían, dando un profundo sospiro, que parescía llevar consigo mis entrañas, comencé á decir desta manera:
EXCLAMACIÓN DE TORCATO
¿A quién enderezaré mis clamores y gemidos, que con alguna lástima procure socorrerme? ¿A quién rogaré que escuche mi doloroso llanto, para que, oyéndolo, de mi rabioso mal se compadezca? ¿A quién publicaré mis rabiosas cuitas y fatigas, para que, con entenderlas, me procure dar algún consuelo? Hienda mis dolorosas voces el aire, rompiendo las embarazosas nubes, y pasando aquella región del fuego, menor que el que á mí me abrasa, preséntense en los soberanos cielos pidiendo la ayuda y socorro que en la tierra me ha faltado, en la cual no hay cosa que contra mí no se muestre enemiga. Todas me son contrarias. Todas me amenazan con la muerte. Todas me la procuran, sin que ninguna dellas pueda dármela, por no me dar el descanso que con ella recibiría.
¡Oh, Fortuna cruel, mudable, ciega, mentirosa, traidora, engañosa, sin ninguna fe, inconstante, perversa, maliciosa y sobre todo la mayor enemiga del bien que los mortales tener pueden! Porque tú mesma, que se lo das forzada y por no poder hacer otra cosa, después con todas tus fuerzas procuras quitárselo, pareciéndote que cuanto mayor mal hicieres á los que con algún bien tienes en parte satisfechos, quitándoselo muestras ser mayor poder el tuyo, el cual jamás conocen las gentes en la prosperidad hasta que con mayor adversidad y tribulaciones no están amenazados, para que no puedan gozarla, teniendo siempre temor de tu inconstancia y condición sin ninguna firmeza. Dime, tirana, perversa, perseguidora de aquellos á quien sientes tener algún contento, arrepintiéndote de habérselo dado, ¿para qué me pusiste en la cumbre del mi deseo? ¿para qué me favoreciste? ¿para qué me quesiste poner ante mis ojos la gloria que podías darme en la vida, si con quitármela tan presto me habías de dexar en tantas y tan escuras tinieblas, negándome la esperanza de poderla gozar en ningún tiempo?
¡Oh, baxa tierra fementida, que jamás das cosa que prometes, jamás cumples cosa que digas, siempre son al revés tus obras de las señales que muestras! ¿con qué palabras podré encarecer el agravio que de ti recibo, pues al tiempo que pensaba llegar á la cumbre de tu rueda con tantas angustias y trabajos me has derrocado della, poniéndome en el centro de los abismos?
¡Oh, cruel enemiga de todo mi bien, ocasión de todo mi mal! ¿qué te han merecido las obras y deseos de un pobre pastor para que contra él tan poderosamente quisieses mostrarte airada, executando tu dañosa condición, llena de mortal ponzoña contra mí, persiguiéndome hasta ponerme en el más mísero estado de todos los nacidos? ¡Oh, verdugo cruel de aquellos á quien, cumpliendo sus deseos, has hecho dichosos, porque siempre en la mayor prosperidad les armas los lazos de las mayores adversidades! No quiero maravillarme de que conmigo hayas hecho lo mesmo, pues que, con ser propio officio tuyo, heciste lo que hacer sueles con todos los mortales, y assí, dexándote para quien eres, será bien dexarte hacer y cumplir tu voluntad buscando algunas fuerzas más poderosas que las tuyas para que de tu falso poder puedan librarme.
A la Muerte.
¡Oh, Muerte, dichosa para mí si, oyendo mis llantos, mis sospiros y gemidos dolorosos, quisieses socorrerme, para hacer dichoso con tu acelerada venida al más desdichado y sin ventura pastor de todos los pastores! Tú que sola eres socorro de los afflegidos cuerpos, tú que sueles consolar á los que más han menester tu consuelo, y tú que das alivio á los que con necesidad te lo piden, ayúdame, socórreme, no me niegues tu favor en tiempo que la muerte que me darías sería más verdadera vida que la que agora, muriendo con ella, sostiene este miserable cuerpo cercado de tantas angustias y tribulaciones; usa agora conmigo de aquella piedad que sueles tener de los que con necesidad te llaman; respóndeme, pues que te llamo; recíbeme en tu compañía, pues que te busco; no me niegues lo que te pido, ni dexes de executar en mí tu officio, pues yo tan de veras lo quiero y lo desseo; no seas contra mí tan cruel como la Fortuna lo ha sido, porque la herida de la flecha de tu arco poderoso no me dará dolor, ni yo huiré mi cuerpo para recibirla, antes con muy gran contentamiento estaré esperándola, conosciendo el bien que con ella rescibo. Más agradable me será la sepoltura que me dieres que los verdes campos y prados y las deleitosas florestas en que la Fortuna tan contra mi voluntad me trae; tú sola serás mi descanso y mi reposo, y contigo fenecerán todas mis penas, mis ansias y mis trabajos. ¿Para qué tardas tanto? ¿cómo no vienes? ¿cómo no me socorres? ¡También me quexaré de ti! ¡También publicaré que me haces agravio! Mira que es crueldad la que conmigo usas, y tanto será mayor cuanto más te detuvieres en hacer lo que te ruego, que ya el cuerpo querría verse sin la compañía de mi alma y el alma anda huyendo de la de mi cuerpo y no espera sino tu voluntad y tu mandamiento. No dilates más tu venida, para quien con tanto desseo y con tan gran agonía la está esperando para alivio de sus rabiosos tormentos y passiones.
Al Tiempo.
Y tú, Tiempo, que con tu ligero movimiento se hacen y deshacen todas las cosas, poniendo las alas que en ti tienen principio, ¿por qué me haces agravio en no poner fin á la terrible pasión y á las rabiosas cuitas que contigo me cercaron? ¿por qué te muestras tan largo con ellas? Abrevia tu veloz corrida, haciendo conmigo la mudanza que sueles, pues el más verdadero officio que tienes es no dexar cosa ninguna estar mucho tiempo en un ser, y assí como para mi mal tan presto te mudaste, haciéndote de bueno malo, de alegre triste, de dichoso desaventurado, podrías si quisieses convertir al contrario tus obras, para que yo no pudiese con tanta razón mostrar el agravio que de ti tengo por el daño que de ti rescibo, siendo el mayor de todos cuantos hacerme pudieras. ¡Oh, Tiempo, que un tiempo para mí fuiste dulce, alegre, sereno y claro, el más apacible y lleno de deleites de cuantos tiempos por mí, no por otro ninguno, han passado! ¿por qué te has tornado tan presto triste y amargo y tan escuro que mis ojos no pueden ver ni mirar si no son tinieblas más escuras y espantables que las de la mesma muerte? ¡Oh, tiempo bueno, que por mí como sombra pasaste, no dexando más de la memoria para mayor tribulación del que en ti piensa continuamente! ¿cómo te trocaste en malo y tan malo que ninguno para este desventurado pastor á quien has dexado tan sin esperanza puede haber en el mundo que peor sea?
A Belisia.
Y tú, vida de la vida que conmigo contra mi voluntad vive, ¿qué razón podrás dar de ti que pueda excusarte de la más ingrata, inhumana, cruel y despiadada pastora de todas las nacidas? Mira que el amor verdadero con otro amor se paga, y tú con un extraño y fiero desamor quieres que yo quede pagado de lo mucho que te quise y quiero, y de lo que he padecido y padezco por tu causa. ¿Es este el galardón de mi rabiosa pena, la lástima que mostrabas de mis angustias, la affición con que mostrabas dolerte mis lágrimas? ¡Oh, Belisia, Belisia! escucha mis versos y entiende lo que por ellos te digo, para que tú mesma te conozcas y sientas la razón que yo tengo para sentir mi agravio de tu crueldad, que por ello quiero publicar lo que contra mí haces, para que otros se guarden de no caer en el pozo de desventuras en que por tu causa estoy metido. Escucha, Belisia, que mi voz, triste como de cisne que con ella solemniza su muerte, ayudada con las cuerdas de mi rabel, que otras veces en versos que loaban tu beldad, gracias y hermosura se empleaban, dirán agora lo que de ti y tus condiciones he conocido, las cuales has descubierto contra un pobre pastor que, atado de pies y de manos, y, lo que peor es, ciega la voluntad y libertad, flacas fuerzas halla en sí para poderlas resistir.
Las Furias infernales temorosas, que al son de mis querellas han venido, de mi mal espantable muy medrosas al centro del abismo se han huido; las Parcas, que al vivir son enojosas, de acortarme tal vida se han tenido; tú sola me procuras mal eterno, más que rabiosa Furia del infierno. Los ángeles que fueron condenados y en diablos espantables convertidos, de mi rabioso mal muy espantados, escuchan mis clamores y gemidos, paréceles ser poco atormentados mirando mis tormentos tan crecidos, y tú, cruel más que leona fiera, no quieres contentarte sin que muera. Ninguno por justicia condenado que tenga ya la soga á la garganta, con esperar la muerte fatigado, jamás se viera estar con pena tanta; tu ingratitud me tiene en tal estado que cosa más del mundo no me espanta, pues te precias y quieres dar la muerte á quien no quiere vida sin quererte. Los tigres y leones muy furiosos, los osos y las onzas muy ligeras, los lobos muy crueles y rabiosos, las bestias que se cuentan por más fieras, siendo animales brutos muy medrosos de mí se van huyendo muy de veras; tú sola, que mi sangre estás bebiendo, de mi rabioso mal te estás reyendo. ¿Qué víbora ó serpiente ponzoñosa, qué basilisco fiero ó qué dragón, qué áspide cruel muy enconosa, qué bravo cocodrilo y sin razón podrán tener tu condición dañosa ni tu duro y sangriento corazón? ¡Oh, corazón cruel, áspero y fuerte, que lo que más te aplace es dar la muerte! ¿Qué corazón de acero ó de diamante puede ser que no ablande mi fatiga? Y tú, en tu crueldad firme y constante, con más rabia te muestras mi enemiga. No hay nadie que lo sepa á quien no espante, que no conozca y sienta y que no diga que tu desamor fiero assí te agrada como á sangrienta loba encarnizada.
Acabando de cantar estos versos, con la ayuda que mis lágrimas hacían para solemnizarlos y con la fatiga que mi espíritu padecía pensando en las cosas que por mí pasaban, de cansado venció á mis ojos un pesado sueño que sin poder resistirlo dexó todos mis miembros sepultados en el olvido que consigo traer suele; sola mi memoria estaba velando, y de tal manera me representaba durmiendo las cosas pasadas como si presentes las tuviera; pero descuidándose un poco, venció la imaginación, la cual en sueños me puso delante lo que agora contaros quiero, que más verdaderamente me pareció haberlo visto pasando por mí derecho que no haberlo soñado ni que fingidamente se me representasse.
PARTE SEGUNDA CUENTA TORCATO EL SUEÑO
Parecíame que lo que en la fantasía se me representaba mis ojos lo vían palpablemente, y que sin saber de qué manera ni por quién era llevado, en muy breve tiempo caminaba muy grande espacio y cantidad de tierra, discurriendo por diversas provincias y regiones con una velocidad tan arrebatada que mis pies apenas tocaban la pesada tierra, y habiendo hecho fin á mi tan larga jornada con algún cansancio del trabajoso camino, me hallé en un muy verde y florido prado, con tanta diversidad de hermosas flores y rosas, que con diversos colores al suelo matizaban, dando de sí un olor muy perfecto y suave, del cual mi fatigado cuerpo era recrecido que del todo me sentí vuelto en mis corporales fuerzas, y echando los ojos alrededor de donde estaba, vi cosas que me pusieron tan grande espanto y admiración, que aun agora en volverlas á mi memoria para contarlas me espantan y tienen confuso, pareciéndome que apenas sabré decirlas. Era este hermoso y aplacible prado todo alrededor cercado de unas florestas muy espesas y deleitosas en los ojos que las miraban, porque demás de ser los árboles muy altos, verdes y floridos, y todos puestos con muy gran orden y concierto, estaban cargados de muchas y diversas frutas maduras, y en tan gran perfición, que sólo en verlas ponía gran deleite y contentamiento á mis ojos que las miraban, viendo que las hojas con un manso y amoroso viento se andaban meneando á una parte y á otra, haciendo un sordo ruido agradable á mis oídos, y sus sombras, con que la fuerza de la calor del sol hurtaban, me ponían en agonía de gozarlas cuando con mi ganado á sestear me venía; andaban por ellas muy gran cantidad de diversos animales bravos y mansos, envueltos los unos con los otros, sin hacerse daño ninguno.
Y en las cimas de los árboles estaban sentados grande abundancia de aves y páxaros de diversos colores y raleas, grandes y pequeños, los cuales con sus arpadas y differentes lenguas cantando hacían una música y armonía tan acordada que yo jamás quisiera dexar de oirla si permitido me fuera; y después revolando todos por el aire, trocando sus lugares, tornaban como de principio á proseguir en la suavidad de su canto.
Estaban estas florestas cercadas de una muy alta montaña, que por todas partes igualmente parecía levantarse, llevando por sí tendidos en gran cantidad los montes y florestas, hasta que en el remate della se hacía un muro tan alto, que parecían comunicar con las nubes las almenas que con muy gran orden y concierto estaban edificadas. Era este muro triangulado, y de un ángulo á otro de diferentes colores; porque la una parte estaba hecha de unas piedras coloradas, que en la fineza parecía ser muy verdaderos rubís; en medio desta pared estaba edificado un castillo, assimesmo de las mesmas piedras, entretexidas con otras verdes y azules, enlazadas con unos remates de oro que hacían una tan excelente obra que más divina que humana parecía, porque con los rayos del sol que en él daban, resplandeciendo, apenas de mis ojos mirarse consentía. Estaba tan bien torreado y fortalecido con tantos cubos y barbacanas, que cualquiera que lo viera, demás de su gran riqueza, lo juzgara por un castillo de fortaleza inespugnable. Tenía encima del arco de la puerta principal una letra que decía: «Morada de la Fortuna, á quien por permissión divina muchas de las cosas corporales son subjetas».
La otra pared del otro ángulo que cabe éste estaba era toda hecha de una piedra tan negra y escura, que ninguna lo podía ser más en el mundo; y de la mesma manera en el medio della estaba edeficado un castillo, que en mirarlo ponía gran tristeza y temor. Tenía también unas letras blancas que claramente se dexaban leer, las cuales decían: «Reposo de la Muerte, de adonde executaba sus poderosas fuerzas contra todos los mortales».
La otra pared era de un christalino muro transparente, en que como en un espejo muy claro todas las cosas que había en el mundo, así las pasadas como las presentes, se podían mirar y ver, con una noticia confusa de las venideras. Tenía en el medio otro castillo de tan claro cristal que, con reverberar en él los rayos resplandecientes del sol, quitaban la luz á mis ojos, que contemplando estaban una obra de tan gran perfición; pero no tanto que por ello dexase el ver unas letras que de un muy fino rosicler estaban en la mesma puerta esculpidas, que decían: «Aquí habita el Tiempo, que todas las cosas que se hacen en sí las acaba y consume».
En el medio deste circuito estaba edificado otro castillo, que era en el hermoso y verde prado cerca de adonde yo me hallaba, el cual me puso en mayor admiración y espanto que todo lo que había visto, porque demás de la gran fortaleza de su edificio era cercado de una muy ancha y tan honda cava, que casi parecía llegar á los abismos. Las paredes eran hechas de unas piedras amarillas, y todas pintadas de pincel, y otras de talla con figuras que gran lástima ponían en mi corazón, que contemplándolas estaba, porque allí se vían muchas bestias fieras, que con gran crueldad despedazaban los cuerpos humanos de muchos hombres y mujeres; otras que después de despedazados, satisfaciendo su rabiosa hambre, á bocados los estaban comiendo. Había también muchos hombres que por casos desastrados mataban á otros, y otros que sin ocasión ninguna, por sólo su voluntad, eran causa de muchas muertes; allí se mostraban muchos padres que dieron la muerte á sus hijos y muchos hijos que mataron á sus padres. Había también muchas maneras y invenciones de tormentos con que muchas personas morían, que contarlos particularmente sería para no acabar tan presto de decirlos. Tenía unas letras entretalladas de color leonado que decían: «Aposento de la Crueldad, que toda compasión, amor y lástima aborrece como la mayor enemiga suya».
Tan maravillado me tenía la novedad destas cosas que mirando estaba, que juzgando aquel circuito por otro nuevo mundo, y con voluntad de salirme dél si pudiesse, tendí la vista por todas partes para ver si hallaría alguna salida adonde mi camino enderezase, que sin temer el trabajo á la hora lo comenzara, porque todas las cosas que allí había para dar contentamiento, con la soledad me causaban tristeza, deseando verme con mi ganado en libertad de poderlo menear de unos pastos buenos en otros mejores y volverme con él á la aldea cuando á la voluntad me viniera; y no hallando remedio para que mi deseo se cumpliese, tomando á la paciencia y sufrimiento por escudo y compañía para todo lo que sucederme pudiese, me fuí á una fuente que cerca de mí había visto, la cual estando cubierta de un cielo azul, relevado todo con muy hermosas labores de oro, que cuatro pilares de pórfido, labrados con follajes al romano, sostenían, despedía de sí un gran chorro de agua que, discurriendo por las limpias y blancas piedras y menuda arena, pusieran sed á cualquiera que no la tuviera, convidando para que della bebiesen con hacer compañía á las ninfas que de aquella hermosa fuente debían gozar el mayor tiempo del año; y assí, lavando mis manos y gesto, limpiándolo del polvo y sudor que en el camino tan largo había cogido, echado de bruces y otras veces juntando mis manos y tomando con ellas el agua, por no tener otra vasija, no hacía sino beber; pero cuantas más veces bebía, tanto la sed en mayor grado me fatigaba, creciéndome más cada hora con cuidado de la mi Belisia, que el agua me parecía convertirse en llamas de fuego dentro de mi abrasado y encendido pecho, y maravillado desta novedad me acordaba de la fuente del olivo, donde agora estamos, deseando poder beber desta dulce agua y sabrosa con que el ardor matar pudiese que tanta fatiga me daba; y estando con este deseo muy congojado, comencé á oír un estruendo y ruido tan grande, que atronando mis oídos me tenían casi fuera de mi juicio, y volviendo los ojos para ver lo que podía causarlo, vi que el castillo de la Fortuna se había abierto por medio, dexando un gran trecho descubierto, del que salía un carro tan grande, que mayor que el mesmo castillo parecía; de los pretiles y almenas comenzaron á disparar grandes truenos de artillería, y tras ellos una música tan acordada de menestriles altos con otros muchos y diversos instrumentos, que más parecía cosa del cielo que no que en la tierra pudiese oirse; y aunque no me faltaba atención para escucharla, mis ojos se empleaban en mirar aquel poderoso carro, con las maravillas que en él vía que venían, que no sé si seré bastante para poder contar algunas dellas, pues que todo sería imposible á mi pequeño juicio hacerlo. El carro era todo de muy fino oro, con muchas labores extremadas hechas de piedras preciosas, en las cuales había grande abundancia de diamantes, esmeraldas y rubís y carbunclos, sin otras de más baxa suerte. Las ruedas eran doce, todas de un blanco marfil, asimesmo con muchas labores de oro y piedras preciosas, labradas con una arte tan sutil y delicada que no hubiera pintor en el mundo que así supiera hacerlo. Venían uncidos veinte y cuatro unicornios blancos y muy grandes y poderosos, que lo traían; encima del carro estaba hecho un trono muy alto con doce gradas, que por cada parte lo cercaban, todas cubiertas con un muy rico brocado bandeado con una tela de plata, con unas lazadas de perlas, que lo uno con lo otro entretexía; encima del trono estaba una silla toda de fino diamante, con los remates de unos carbunclos que daban de sí tan gran claridad y resplandor que no hiciera falta la luz con que el día les ayudaba, porque en medio de la noche pudiera todo muy claramente verse. En esta silla venía sentada una mujer, cuya majestad sobrepuja á la de todas las cosas visibles; sus vestidos eran de inestimable valor y de manera que sería imposible poder contar la manera y riqueza dellos; traía en su compañía cuatro doncellas; las dos que de una excelente hermosura eran dotadas venían muy pobremente aderezadas, los vestidos todos rotos, que por muchas partes sus carnes se parecían; estaban echadas en el suelo. Y aquella mujer, á quien ya yo por las señales había conocido ser la Fortuna, tenía sus pies encima de sus cervices, fatigándolas, sin que pudiesen hacer otra cosa sino mostrar con muchas lágrimas y sospiros el agravio que padecían; traían consigo sus nombres escritos, que decían: el de la una, «Razón», y el de la otra, «Justicia». Las otras dos doncellas, vestidas de la mesma librea de la Fortuna, como privadas suyas, tenían los gestos muy feos y aborrecibles para quien bien los entendiesse, conociendo el daño de sus obras; traían en las manos dos estoques desnudos, con que á la Razón y á la Justicia amenazaban, y en medio de sus pechos dos rótulos que decían: el de la una, «Antojo», y el de la otra, «Libre voluntad». Con grande espanto me tenían estas cosas; pero mayor me lo ponía el gesto de la Fortuna, que algunas veces muy risueño y halagüeño se mostraba y otras tan espantable y medroso que apenas mirarse consentía. Estaba en esto con tan poca firmeza, que en una hora mill veces se mudaba; pero lo que en mayor admiración me puso fué ver una rueda que la Fortuna traía, volviendo sin cesar con sus manos el exe della; y comenzando los unicornios á mover el carro hacia adonde yo estaba tendido junto á la fuente, cuanto más á mí se acercaba tanto mayor me iba pareciendo la rueda, en la cual se mostraban tan grandes y admirables misterios, que ningún juicio humano sin haberlos visto es bastante á comprenderlos en su entendimiento; porque en ella se vían subir y baxar tan gran número de gentes, assí hombres como mujeres, con tantos trajes y atavíos diferentes los unos de los otros, que ningún estado grande ni pequeño desde el principio del mundo en él ha habido que allí no se conociese, con las personas que dél próspera ó desdichadamente habían gozado, y como cuerpos fantásticos y incorpóreos los unos baxaban y los otros subían sin hacerse impedimiento ninguno; muchos dellos estaban en la cumbre más alta desta rueda, y por más veloce que el curso della anduviese, jamás se mudaban, aunque éstos eran muy pocos; otros iban subiendo poniendo todas sus fuerzas, pero hallaban la rueda tan deleznable que ninguna cosa le aprovechaba su diligencia, y otros venían cabeza abaxo, agraviándose de la súpita caída, con que vían derrocarse; pero la Fortuna, dándose poco por ello, no dexaba de proseguir en su comenzado officio. Yo que estaba mirando con grande atención lo que en la rueda se me mostraba, vime á mí mesmo que debaxo della estaba tendido, gemiendo por la grande caída con que Fortuna me había derribado; y con dolor de verme tan mal tratado, comencé á mirar la Fortuna con unos ojos piadosos y llenos de lágrimas, queriéndole mover con ellas á que de mis trabajos se compadeciese. Y á este tiempo, cesando la música del castillo y parando los unicornios el carro, la Fortuna, mirándome con el gesto algo airado y con una voz para mí desabrida, por lo que sus palabras mostraron, con una gran majestad me comenzó á decir desta manera:
La Fortuna contra Torcato.
«Mayor razón hubieras, Torcato, de tener para agraviarte de mí, como ha poco hacías, tratándome tan desenfrenadamente con tu descomedida lengua, que fuera mejor darte yo el pago que merecías con mis obras que no satisfacerte con mis palabras; aunque si quisieres quitar de ti la pasión con que has querido juzgarme no será pequeño el castigo tuyo haciéndote venir en conocimiento de que tú solo tienes la culpa que á mí has querido ponerme sin tenerla, pues no podrás decir ni mostrar causa ninguna de tus agravios que no sea testigo contra ti mesmo para condenarte justamente; y si no dime: ¿De qué te quejas, de qué te agravias, por qué das voces, por qué procuras infamarme con denuestos y injurias tan desatinadas? ¿Por ventura has recibido de mí hasta agora, en el estado que estás, sino muy grandes beneficios, muy grandes favores y muy buenas obras, las cuales por no hacer al propósito de la causa de tus quexas quiero excusar de decirlas? Veniendo á lo principal, que es la congoxa y tormento que agora te aflige y tiene tan desatinado que estando fuera de ti quieres culparme del mal que nunca te hice, antes todo el bien que pude hacerte conforme á tu desseo, que era de que Belisia te quisiese y amasse como tú á ella hacías, lo cual viste por experiencia manifiesta, y muchos días estando firme en su propósito, de manera que por ello me loabas y mill bienes de mi decías, dándome gracias por el estado en que te tenía, que para ti era el más dichoso y bienaventurado que poseía ninguno de tus iguales, es verdad que yo volví la rueda, abaxando tu felicidad, trocando tu contentamiento y consentiendo en tu caida; pero no fué tanto por mi voluntad como por tu descuido, pues dexaste de tomar prendas con que tu gozo se conservara y el Amor venciera de la libertad que en la tu Belisia has conoscido.
Bien sabes tú que mi propio officio es no ser constante ni firme en ninguna cosa, como poco ha lo manifestabas. Si lo sabías, ¿por qué no te armabas contra mí? ¿por qué no tomabas defensa contra mi condición? Tenías en las manos el escudo para recibir mis golpes y perdístelo, consentiéndolo tú mesmo en ello; pues quéxate de ti y no de mí, que ninguna culpa te tengo, y quéxate de tu Belisia, que por su voluntad y no forzada se metió en essa fortaleza de la Crueldad, de la cual te hacen ambas la guerra para destruirte, que aunque yo soy parte para tu remedio, menester es su consentimiento, el cual habrías tu de procurar lo mejor que pudiesses, y no estarte haciendo exclamaciones sin provecho ninguno para el alivio de tu pena. No te desesperes, pues sabes que todas las cosas se truecan y mudan, y cuando no hallares piedad en la tu Belisia, por ventura hallarás mudanza en tus deseos, paresciéndote que, aunque los hayas tan bien empleado, te estará mejor verte y hallarte después sin ellos. Y porque lo dicho basta para satisfacerte del engaño que en agraviarte de mí recebías, no quiero decirte más de que no te ensalces con la prosperidad ni con la adversidad dexes abatirte; siempre osadía y esfuerzo, que son las armas con que yo puedo ser vencida, y si usare de mis acostumbradas mañas haciendo mi officio, no te maravilles, ni me culpes, ni me maltrates con palabras tan ásperas y enojosas, que al fin soy mandada y tengo superior á quien obedezco, y por su voluntad me rijo y gobierno. De Belisia te agravia, que si ella quiere bien puede forzarme para que no te falte mi favor, aunque yo no quiera, pues tu ventura está en su voluntad, la cual está al presente más libre que ésta que vees venir en mi compañía».
Acabando de decir esto, los unicornios con la mesma solemnidad y aparato que habían traído el carro comienzan á dar la vuelta con tanta presteza, que aunque á mí no me faltaban palabras y razones para poder responder á lo que la Fortuna me había dicho, no tuve lugar para hacerlo como quisiera, porque antes que yo pudiese abrir mi boca para comenzarlas, ya estaba dentro en su castillo, siendo recebida con aquella dulce armonía de música que al salir la había acompañado; y siendo cerrado el castillo de la manera que antes estaba, el sol comenzó á escurecerse, y el día, con muchos nublados escuros que sobrevenieron, perdía gran parte de su claridad. Comenzaron luego á sonar de las nubes grandes truenos, y á mostrarse muchos y muy espesos relámpagos que en medio de la escuridad con el resplandor de su luz fatigaban á mis temerosos ojos, de manera que en cualquiera corazón es forzado miedo. Y así, estando no poco medroso con lo que se me representaba, vi que el castillo que en el muro negro estaba edificado se abría de la mesma suerte que el de la Fortuna había hecho, quedando en el medio dél muy grande espacio descubierto, en el cual se me mostró una tan fiera y espantable visión, que aun agora en pensarlo los cabellos tengo erizados y el cuerpo respeluzado; y porque sepáis si tengo razón para encarecerlo de esta manera, quiero deciros particularmente la forma de su venida. Estaba un carro tan grande y mayor que aquel en que había venido la Fortuna, aunque en el parecer harto diferentes el uno del otro; porque éste era hecho de una madera muy negra, sin otra pintura ninguna, con doce ruedas grandes de la mesma suerte, á las cuales estaban uncidos veinte y cuatro elefantes, cuya grandeza jamás fué vista en el mundo, estando por su compás dos de ellos entre cada rueda de un lado y de otro, que todo el carro rodeaban, y en el medio dél estaba un trono hecho, cercado de gradas por todas partes, y encima una tumba grande como las que se ponen en las sepolturas; lo uno y lo otro cubierto todo de un paño negro de luto. En la delantera de este carro venían tres mujeres muy desemejadas, flacas y amarillas, los ojos sumidos, los dientes cubiertos de tierra, tanto que más muertas que vivas parecían; traían en sus manos sendas trompas, con que venían haciendo un son tan triste y doloroso, que atronando mis oídos parecía oir aquel de las trompetas con que los muertos serán llamados el día del juicio; y estándolas mirando no con pequeño temor, vi que traían sus nombres escritos, que decían: «Vejez», «Dolor», «Enfermedad». Tras éstas venían otras tres, sentadas junto á la tumba, de las cuales la una tenía una rueca y la otra con un huso estaba hilando, y la tercera con unas tijeras muchas y diversas veces cortaba el hilo, sin cesar jamás ninguna de ellas de proseguir en su officio, por el cual y por lo que ya yo muchas veces había oído conocí ser las tres Parcas: Atropos, Cloto y Lachesis; y después que bien las hube mirado, puse los ojos en una figura que encima de la tumba venía sentada, tan terrible y espantable de mirar que muchas veces se me cerraban los ojos por no verla; porque con muy gran miedo y temor de ver una fantasma tan temerosa y aborrescible, comenzó á temblar todo mi cuerpo y los sentidos á desfallecerme y dexarme casi sin vida. Tomóme un sudor muy frío y congoxoso, como suelen tomar aquellos que están muy cerca de las sepolturas para ser metidos en ellas; pero tomando algún esfuerzo para que el desmayo del todo no me venciese, alzando algunas veces y no con pequeña fuerza la vista, vi que era toda compuesta de huesos sin carne ninguna; por entre todos ellos andaban bullendo muy gran cantidad de gusanos; en lugar de los ojos no traía sino unos hondos agujeros; venía con un arco y una flecha en la una mano y con una arma que llaman guadaña en la otra. Cuando se meneaba, todos los huesos se le descomponían, y cuando los elefantes andando con el carro más hacia mí se acercaban, mayor espanto me ponía; ninguna cosa viva de las que en el campo y en el aire poco antes se mostraban dexó de desaparecer en el miedo de su presencia, y cierto si yo pudiera huir fuera de aquel circuito de buen grado lo hiciera; pero así esperando muy espantado hasta que el carro estuvo cerca de mí y los elefantes se hubieron parado, vi que aquella fiera y temerosa voz me comenzó á decir de esta manera:
La Muerte contra Torcato.
«Si no me conoces, Torcato, yo soy aquella Muerte que poco ha en tus exclamaciones con muy grande afición llamabas y pedías; y no temas que vengo para matarte, sino para que por mis razones conozcas la poca razón que tienes en mostrarte agraviado con la vida, pues que con ella estás en la pena que tu cobardía y descuido merecieron, para ponerte en la desventura y miseria con que agora vives tan penado; y por la culpa que en esto tuviste en la vida estás condenado á que viviendo padezcas la pena que tan justamente has merecido, lo cual es justo que sufras con mayor paciencia de la que muestras. Y si te parece que de mí recibes agravio en no matarte, ¿para qué te quexas de la vida que tienes, llamándola verdadera muerte? Porque hallándote muerto por mi mano habrías de decir que te daba más verdadera vida, y no puedo yo dexarte de confessar que tú viviendo estás muerto, y que es mayor y más cruda la muerte que recibes que la que yo con todo mi poder darte podría; pero la vida desta muerte y la muerte de tu vida están en las manos de tu Belisia, de la cual te quexa y agravia más que de mí, pues que entrando en este circuito de nuestra morada, y dexando la compañía de los que estamos en ella, se ha entrado en el castillo de la Crueldad y hecho en él su aposento, de adonde te persigue y fatiga y te hace tan cruel guerra como ya la Fortuna estando contigo te dixo; y allí se ha hecho tan fuerte y poderosa que, temiendo mi poder, se ha puesto en competencia conmigo para contigo, paresciéndole que es en su mano darte la muerte ó la vida, y que en esto por agora yo tengo obligación forzosa á seguir su voluntad, aunque yo no sigo sino la mía, dexándote vivo para que procures el remedio con vencerla ó con ponerte en la libertad sin que agora vives, que no es pequeño género de muerte para los que sin ella passan la vida; y pues que la razón está por mi parte y tú no tienes causa bastante para poder estar de mí quexoso, no te aflixas ni congoxes pediéndome ayuda y socorro hasta que yo por mi voluntad quiera dártelo, el cual jamás te será tan agradable como te ha parescido, porque si agora con sólo visitarte puse tan gran espanto y temor como en tu descolorido gesto se parece, y si hallaras aparejo para huir no me vieras ni me esperaras, ¿qué hicieras si en mi compañía quisiera luego llevarte? Créeme, Torcato, que ninguno me llama con tan gran voluntad, aunque mayores adversidades y trabajos le persigan, que no se espante y le pese muy de veras cuando siente mi venida, y que no quisiesse huir cien mill leguas de mí si pudiesse. Y pues que con lo que te he dicho quedo contigo desculpada, no quiero decirte más sino que sufras pacientemente el vivir hasta que sea cumplido el curso de la vida que por el soberano Hacedor de todas las cosas te está prometido».
Acabando la Muerte de decir estas cosas, sin esperar la respuesta dellas, de que á mí no me pesó, por verla fuera de mi presencia, se volvieron los elefantes con el carro, yendo aquellas mujeres proseguiendo aquella infernal y temerosa música de las trompetas, que por no oirla puse mis manos encima de mis oídos, y siendo entrado el carro en el castillo, se tornó á cerrar de la manera que de antes estaba, dexándome á mí tal que apenas ninguno de mis sentidos me acompañaba; y huyendo los ñublados y cesando la tempestad, el día tornó tan claro y sereno como de antes había estado; las aves y animales que con espanto y temor estuvieron ascondidos, volviendo á regocijarse, mostraban muy grande alegría por hallarse fuera de aquel temeroso peligro. Y yo, tornando poco á poco á cobrar las fuerzas y aliento que perdido tenía, comencé á oir una música de voces tan dulce y apacible que me paresció ser imposible que fuesse cosa de la tierra, sino que los ángeles hubiessen venido de los altos cielos á mostrarme en ella parte de la gloria que los bienaventurados poseían.
Salían estas voces del castillo del Tiempo, el cual luego se abrió como los passados, y del medio dél salió otro carro bien diferente de los otros que había visto, porque era muy menor que ellos, y hecho todo de una piedra transparente, que como un espejo christalino por todas partes relucía. Estaban uncidos á él seis griffos con unas alas muy grandes, que con muy gran velocidad lo levantaban tan alto, que en un instante paresció sobrepujar á las altas nubes; y batiéndolas con tan gran ímpetu y furor que el aire que con ellas hacían se sentía á donde yo estaba, anduvieron revolando por el aire todo aquel circuito á la redonda, y hecho esto se baxaron, poniendo el carro tan cerca de mí como los otros habían estado. Los griffos eran en las plumas de varias y diferentes colores, haciendo por sí labores tan extrañas como las que los hermosos pavos en sus crecidas colas tener suelen; las ataduras de sus cuellos eran torzales muy gruesos de oro fino. En medio del carro vi que venía un hombre tan viejo y arrugado que parecía ser compuesto de raíces de árboles. La barba y cabellos tenía todos tan blancos como la blanca nieve y tan largos que pasaban de la cintura; su vestido era de una tela blanca que todo le cubría, y en la mano traía un báculo con que sustentaba sus cansados miembros. Estaba temblando, de la manera que un solo punto jamás le vi estar firme, y con unas pequeñas alas que de los hombros le salían se hacía continuo viento, con que ayudaba al movimiento que en sí sin cesar tenía en todo su cuerpo; traía asida con la otra mano una doncella vestida con muy ricos y preciosos atavíos, pero venía destocada y sobre su gesto le caían un manojo de muy rubios y hermosos cabellos, de manera que casi se lo cubrían, y de la media cabeza atrás tresquilada, sin cabello ninguno. Mirábame con los ojos algo airados, como si de mí algún enojo tuviesse; traía su nombre escrito en los pechos que decía: «Occasión», y en baxo una letra, que fue por mí leída, vi que decía desta manera:
«El que pudiere alcanzarme y asirme destos cabellos, procure de no dexarme, porque si me suelta dellos muy tarde podrá hallarme».
Yo que casi atónito todas estas cosas estaba mirando, vi que aquel tan anciano viejo con una voz sonorosa y temblando comenzó á decir:
El Tiempo contra Torcato.
«Ya me debes, Torcato, haber conocido, pues que teniéndome presente con la tristeza que muestras, me tuviste en lo passado con no menor alegría y me tendrás en lo porvenir como la divina Majestad por quien todos somos regidos y gobernados lo ordenare y quisiere. Poco ha que de mí, que soy el Tiempo, te agraviabas con grandes querellas, poniéndome la culpa que tú tienes, y queriendo que contigo tuviesse la firmeza que con ninguno de los mortales he tenido. Mi propio officio es, como en mí puedes ver, no estar jamás un instante firme, y assí como soy mudable, assí en mí se mudan todas las cosas, unas de buenas en malas y otras de malas en buenas, y que lo mesmo passasse por ti no debe espantarte, ni por ello pienses que tienes razón de estar mal conmigo ni decirme las razones agraviadas que con tanto enojo poco ha que de mi decías. De ti mesmo podrás agraviarte más justamente, pues no supiste ayudarte de mí cuando yo puse en tus manos esta doncella que conmigo trayo, que es la ocasión que te di poniéndote en lugares y tiempos que te pudieras aprovechar de la tu Belisia, de la cual no quesiste gozar, antes con tu floxedad temerosa perdiste los cabellos que en tu mano á mi intercesión tenías, dexándola que te volviese las espaldas, poniéndote en trabaxo de seguirla en vano, porque con estar tresquilada por detrás, aunque agora le eches la mano no podrás asirla ni tenerla, y será menester que tengas paciencia ó trayas compañía con que puedas ayudarte para vencerla. Y ésta solamente es la de tu Belisia, la cual está en la fortaleza de la Crueldad, tan armada y tan fuerte contra ti, que no sé qué diligencia podrá bastar para que quiera ayudarte á tornarla á poner en tu favor como ya tú la tuvistes. ¿No has oído aquel común refrán de la gente que dice: Quien tiempo tiene y tiempo atiende, etc.? En ti lo habrás conocido ser muy verdadero, y assí no de mí sino de ti te quexa y agravia, que pocas veces se cobra el bien perdido si no es con el affán y trabajo que basta á comprarlo muy caro, y tanto está en ti y en tu buena diligencia que yo vuelva á parecerte el que solía, como en mí, que sin tener respeto á ninguna cosa no hago sino passar mi jornada disponiendo de las cosas según el aparejo que en ellas hallo, y pues ya has conocido mi condición y tienes experiencia de lo passado, aparéjate para lo porvenir, que harta parte serás para vencerme y mudarme si te dieres tan buena maña que puedas volver á la tu Belisia de tu bando, sacándola del castillo de la Crueldad, donde muy esforzada con su fortaleza está metida agora».
Acabando el Tiempo de decir esto, los griffos comenzaron á menear con gran fuerza y velocidad sus alas levantado el carro con gran ligereza, y en muy breve espacio volvieron á ponerlo en el castillo, el cual se cerró como los otros, cesando la música de voces que hasta allí se habían oído, y en lugar dellas comencé á oir otras muy tristes y dolorosas, unos clamores y gemidos como de gente apasionada y que algunos tormentos grandes padescían; sus suspiros, rompiendo el aire, parecían llegar al cielo y oirse en él con quexas de tan gran lástima, que en cualquiera corazón la pusieran. Todo esto sonaba en el castillo de la Crueldad, el cual se abrió luego como los otros, y del medio dél vi que salía otro carro pequeño de color leonado, sin otra pintura ninguna; las ruedas, que seis eran, venían historiadas de la manera que el castillo estaba; traía uncidos este carro doce dragones muy espantables, que por sus crueles bocas echaban llamas de fuego; las alas, levantadas y temerosas, eran enroscadas y vueltas para arriba; su vista era muy fiera y temerosa; entre cada rueda de una parte y de otra venían dos dellos, guiando desta manera el carro, encima del cual venía asentada en una silla, que al parecer era hecha de muy ardientes brasas, una mujer con un semblante y gesto tan fiero y espantable, que me puso harto mayor temor que los dragones me lo habían puesto; sus vestidos estaban todos ensangrentados, y en la una mano tenía una espada desnuda y con la otra á la mi Belisia, la cual venía con todo el regocijo y contentamiento del mundo, mostrándose muy alegre y ufana por estar en compañía para ella tan apacible. Venían en la delantera del carro tres mujeres vestidas de la mesma manera que la Crueldad, pero con los ojos tristes y dolorosos, vertiendo lágrimas en abundancia, sus manos puestas en la mexilla, mostrando en su tristeza venir forzadas y contra su voluntad; sus nombres, que escritos traían, eran: «Tribulación», «Angustia» y «Desesperación». Delante destas estaba un hombre sentado, amarillo y flaco y tan pensativo que yo le juzgué más por muerto que vivo; su nombre era «Cuidado». Con esta compañía llegó á mí la mi Belisia, reyéndose de verme cuál estaba, y saliendo ella y la Crueldad del carro saltando con el placer que mostraban, se acercaron á mí, que atónito de lo que vía, ninguna palabra podía formar mi lengua, antes hecho mudo estaba sin poderlos hablar ni menearme de adonde estaba, y llegándose más cerca la Crueldad, me comenzó á decir:
La Crueldad contra Torcato.
«Poco te aprovecha, Torcato, llamar en tu defensa á la Fortuna y á la Muerte y al Tiempo, pues ninguno dellos te ha podido socorrer ni valer de mis poderosas fuerzas ayudándome de las de tu Belisia, la cual tiene por bien que contra ti las execute, para mostrarte cuán caro cuesta el amor que no se sabe conservar con prendas tan verdaderas que basten para forzar la libertad y voluntad, dexándolas subjetas de manera que no hallen camino ninguno que pueda guiarlas para meterse en mi castillo, como Belisia agora con ellas ha hecho. Y pues de mi nombre podrás conocer qué tales pueden ser mis obras, no te espantarás que con ellas quiera complacer á Belisia, á quien tan obligada estoy por no tener piedad ninguna para contigo, que es la mayor enemiga que yo en este mundo tenga».
Diciendo esto, Belisia se llegó á mí y con sus manos me comenzó á rasgar el capisayo y jubón y camisa que sobre mis pechos tenía, dexándolos descubiertos; y aunque yo conocía que todo esto era para daño mío, no podía dexar de holgarme en gran manera que Belisia me tocase con sus manos en mis carnes, recebiendo con ello algún descanso; pero luego la Crueldad, abriendo con su espada mi lado siniestro, comenzó con Belisia á beber la sangre que por la herida salía, y metiendo por ella sus manos, sacaron mi corazón, dándome tan áspero y terrible dolor, que aun agora en pensarlo me desmayo, y ambas con muy gran ferocidad y agonía daban en él con sus dientes muy grandes bocados, como si de rabiosa hambre estuvieran atormentadas, y después que desta manera lo estuvieron despedazando, Belisia, holgándosse y reyéndose de verme cuál estaba, comenzó á decirme:
Belisia contra Torcato.
«Porque no digas, Torcato, que en pago del amor que me has tenido y tienes no te dexo compañía que en la soledad con que quedas te acompañen, contigo quedarán estas cuatro personas, que jamás se apartarán de ti, y son las que en este carro has visto que con nosotras vinieron».
Y diciendo esto, me vi rodeado de la Tribulación, Angustia, Desesperación y Cuidado; y Belisia y la Crueldad, tornando á subir en el carro, se metieron en el castillo con gran contentamiento de lo que contra mí habían hecho.
A esta hora, con los cuatro compañeros que cercado sin desamparar me tenían, sentí alzarme de tierra, y de la mesma manera que había sido traído en aquel lugar tan extraño fui llevado en el aire, passando por mucha tierra deshabitada y por grandes ciudades y poblaciones de extrañas provincias y gentes, por muy espessos montes y muy altas montañas, hasta venir á hallarme donde tendido estaba con el pesado sueño que todas estas cosas en sí me había mostrado, y recordando y abriendo mis ojos, pareciéndome que verdaderamente y no en sueños por mí hubiese pasado todo lo que he dicho, echeles alrededor, mirando por la compañía que conmigo había traído, á la cual no pude ver pero sentíla que había aposentado en mis entrañas y en mi ánima, á donde aun agora la siento y sentiré en tanto que la vida me durare.
Este fué, Filonio y Grisaldo, el fin de mi sueño, y este ha sido el fin que han tenido los amores de la mi cruel Belisia. Este ha sido el pago que por el amor que le he tenido y tengo me ha dado. Si me sobra la razón para estar triste y con el trabajo que me habéis visto; si con justa causa me ando quexando á vosotros pongo por jueces, pues no podéis dexar de confessarme que mi mal es sin remedio, faltándome la esperanza, y que hago agravio á la vida en sustentarla y tenerla, pues que con acabarse acabaría de verme cual me veo; y cierto para mí el menor mal de todos sería la muerte, que en sueños y despierto huye de mí para no darme la vida que con ella recibiría. Como á verdaderos amigos os he descubierto el secreto de mis entrañas y os he dicho la verdad de todo lo que por mí ha pasado; si como tales me podéis dar algún consejo para aliviar mi tormento, pues quitarlo del todo es impossible, yo os ruego, y por la amistad que entre nosotros hay os conjuro que lo hagáis, porque teniendo el juicio más libre estará con mayor claridad que no el mío para mirar y ver lo que más me conviene hacer y de qué manera, para alivio de mis trabajos, pueda recibir algún descanso.
Fin de la segunda parte.
COMIENZA LA TERCERA PARTE
En que se cuentan las razones que podría haber para que Belisia olvidase los amores de Torcato; hay en ella algunos avisos provechosos.
FILONIO.--Grandes son las cosas, Torcato, que por ti en estos tus amores han passado. No puedo dexar de haberte muy gran lástima, aunque tú mesmo has tenido la culpa de todo tu daño, según de tus razones se puede haber atendido; pero muy bien has hecho en no encubrir ninguna cosa, porque los enfermos que á los médicos no dan particular cuenta de sus enfermedades, mal pueden ser curados dellas; y assí, para que yo y Grisaldo con nuestros pobres juicios podamos decirte lo que te conviene y darte el consejo que mejor nos parezca para que tu trabajo y passión reciban algún alivio, convenía que tan enteramente nos hubiesses informado como con tu larga relación lo heciste. Y lo primero que quiero decir es que las mujeres de su naturaleza son movibles y insconstantes y sin ninguna firmeza en sus hechos, tanto que cuando con mayor affición y voluntad las vieres puestas en alguna cosa, has de pensar y tener por averiguado que se mudarán más presto que las hojas suelen menearse en los árboles, y que poco viento basta para llevarlas á donde quisiere; y assí todos los auctores que escriben dellas lo dicen, y Salomón las compara al mesmo viento en sus mudanzas. Belisia era mujer, y en naturaleza y condición no diferente de las otras, y assí no me maravillo que haya hecho lo que las otras hacen, que hacen mudanza, pues esta es la más principal condición que tiene la ausencia, y de aquí nace aquel común proverbio que dixe: Cuan lexos de ojos, tan lexos de corazón. Si tú estuvieras presente, el amor se conservara, porque la continua conversación es causa de acrescentarlo, y la ausencia de disminuirlo, como por experiencia lo has conocido.
TORCATO.--Antes en mí he visto al contrario, porque ninguna cosa por estar ausente ha mudado mi voluntad, que si juntamente con la de Belisia se mudara no tuviera de qué agraviarme.
FILONIO.--Yo fiador, si no se ha mudado, que ella se mude, si no tomas tú por punto de honra estar tan firme en ella que procures permanecer en tu desatino.
TORCATO.--¿Qué llamas desatino? que yo por muy atinado me tengo en lo que hago, pues una voluntad tan bien empleada no debe tan presto mudarse.
FILONIO.--Bien digo yo que tú mesmo no quieres dar lugar á tu propia salud. ¿Por ventura puedes estar más desatinado que en querer á quien no te quiere, y en amar á quien no te ama, y en llamar á quien no te responde y seguir á quien anda huyendo de ti, y en tener tan verdadera fe con quien ninguna tiene contigo? Esto digo que son desatinos y locuras, que los hombres debrían desechar de sus pensamientos y fantasías, sacudiéndose dellos para ponerse en libertad y conocer con ella lo que les conviene; porque á los que están aficionados, el Amor los tiene ciegos y sin juicio, ni entienden, ni ven, ni conocen lo que les está bien ni mal, como agora tú haces en parecerte que es bien perseverar en los amores de Belisia, conociendo della que ninguna fe, ni ley, ni amor tiene contigo, y que si alguna te mostró en algún tiempo no era verdadera sino fengida para engañarte, y si lo fué, que era tan poca que cualquiera causa por pequeña que fuese bastó para que te olvidase, no se acordando del amor tan verdadero que tenía y mostraba.
TORCATO.--Lo que mayor pena me da es no saber essa causa, para juzgar si tuvo razón en lo que conmigo ha usado.
GRISALDO.--Ninguna habría que á ti te pareciese bastante porque no te pudiese condenar por ella á ti mesmo.
TORCATO.--No estoy tan fuera de razón que me quitase el buen juicio, aunque fuesse contra mí, pues no es menos el amor que tengo á la mi Belisia; pero no veo cosa que bastase para el desamor que muestra tenerme, que por mi parte no ha habido falta ninguna para la mudanza que ha hecho.
FILONIO.--Si por tu parte no la ha habido, por la suya había tantas que basten para quitarla de culpa cuanto á ti te parecerá tener la mayor por ellas.
TORCATO.--Por tu fe, Filonio, que tú me las digas, pues yo no las alcanzo ni entiendo.
FILONIO.--Ya yo te dixe que la primera de todas es ser mujer, á quien es propio y natural no permanecer en un ser mucho tiempo, y si alguna cosa las detiene más de lo que por su voluntad lo harían, es el interese de los servicios, los cuales tú no heciste, según has confessado, y assímesmo tú me has confessado que conociste ser servida y secuestrada de otros pastores y zagales, que con grande agonía procuraban ganarle su voluntad, y estando tú presente tuvieras mucho que hacer en entretenerla para no ser vencida, mira cómo podrás hacerlo estando ausente tanto tiempo, que por ventura tendrá ya perdida de ti la memoria como si nunca te hubiera conocido.
TORCATO.--Propiedad es de las mujeres la que me has dicho; pero no confesaré yo de Belisia esse pecado, que porque en mí conociese el grande y verdadero amor que le tenía y por él me diese los favores que os he contado, los cuales casi fueron sin perjuicio de su honestidad, no por esso podré pensar que me dexasse de querer á mí por poner el amor en otro ninguno, pues sería difficultoso hallar otro que tanto la quisiese para forzarla á que se mudasse con ponerme á mí en olvido.
FILONIO.--Esso todo es á tu parecer; pero otros hallarás muy diferentes, porque estando sin pasión conocen mejor que tú la condición y calidad de las mujeres, no haciendo á ninguna dellas tan casta como tu quieres que lo sea tu Belisia.
TORCATO.--Yo por casta la tengo á ella y á todas las mujeres, si las lenguas malas y testimonieras de los hombres dexasen de morderlas con testimonios falsos y levantados, como si las tuviésemos por mortales enemigas.
FILONIO.--Bien puede ser assí como tu dices; pero escúchame lo que acaesció en el reino de Egipto, por donde conocerás el engaño que te tiene ciego para tener por tan cierto lo que has dicho.
TORCATO.--Alguna fábula ó hablilla querrás contarme de las que suelen contar las viejas tras el fuego.
FILONIO.--Antes te digo que es cosa muy cierta y verdadera, porque la escriben y cuentan notables varones y auctores á quien se da muy gran crédito: Diódoro, Herodoto (Libro II). «Y fué que uno llamado Ferón, hijo de un rey de Egipto que llamaron Sofis, tuvo una recia y muy grande enfermedad, de la cual vino á quedar del todo ciego, que fué para él la mayor persecución y trabajo que le podía venir en el mundo, tanto que no la tenía en menos que la muerte, y haciendo por su parte todas las diligencias possibles para saber si podría tornar á cobrar la vista que tenía perdida, y no hallando en los médicos consejo que le aprovechasse, acordó de consultar con grandes sacrificios los oráculos de sus dioses, los cuales le dieron por respuesta que después que hubiesse sacrificado con gran devoción á un dios que estonces era reverenciado y servido en la ciudad de Eliópoli, porque decían ellos que hacía grandes milagros en aquel tiempo, que pussiese los ojos en una mujer tan casta que no hubiese tenido pendencia sino con solo su marido, y que luego sería sano del mal que en ellos tenía. Ferón cumplió luego lo que los dioses le dixeron sin faltar nada, y teniendo confianza en su propia mujer, trayéndola delante de sí para cobrar por ella la salud que le faltaba, quedó como de antes sin ver ninguna cosa, y luego hizo traer todas las principales mujeres del reino de Egipto, las cuales no le aprovecharon más de lo que su mujer había hecho, y viéndose por esto affligido y fatigado, perdiendo del todo la esperanza de cobrar la vista, comenzó á probar de poner los ojos en todas las mujeres comunes, sin que le aprovechase, hasta que le traxeron una mujer de un hortelano, y poniéndolos en ella, tornó luego á ver de la manera que antes, como si no hubiera tenido mal ninguno, y haciendo quemar por esto á su mujer con otras muchas de las más principales, se casó con ésta, aunque no faltaron maliciosos que dixeron que en aquel mesmo día que la habían traído se había casado con el hortelano, y que si esperaban á otro día, por ventura Ferón no viera ni tuviera la salud tan deseada, porque no turara en ella la castidad tanto tiempo».
TORCATO.--Si en Egipto había en este tiempo falta de buenas mujeres, ¿por ventura no la hubiera en otras partes donde hay tanta abundancia dellas que para cada hombre que haya bueno se hallarán mil que le hagan ventaja?
FILONIO.--Esas que tú dices yo no las veo, porque si hablan en algunas partes de mujeres que tuvieron en mucho su castidad, luego veréis que traen por exemplo y dechado de todas ellas á Lucrecia y Virginea, romanas, y á Penélope, griega, y á otras semejantes, y si todas son tales como éstas fueron, poco tienen que loarse de su bondad para que las tengan por castas.
TORCATO.--¿Y qué defeto hallas tú que hubo en la bondad desas?
FILONIO.--De Lucrecia yo te lo diré: si cuando Tarquino la quiso forzar, poniéndole el puñal á los pechos, ella consintiera que le diera con él y la matara antes que su castidad fuera violada, yo la tuviera verdaderamente por casta; pero después que consentió en que compliesse con ella su voluntad, aunque fuesse forzada, para cumplir con su marido Collatino y aun para cumplir con el mundo y alcanzar aquella fama después de su muerte que todos los gentiles procuraban, se mató públicamente, así mesmo preveniendo á la muerte que por ventura Collatino le diera cuando tuviera noticia de lo que había pasado, cuanto más que no hay nadie que sepa si ella consentió en el adulterio por su voluntad, y arrepentida de haberlo hecho, ó temiendo las causas que he dicho, quiso remediarlo todo con la muerte; y no pienses que yo por solo mi parecer la condeno, que muchos hay que dicen lo mesmo, y un flaire en nuestra aldea me dixo que Sant Agustín trataba della como de mujer que no había dado de sí tan buen exemplo que se hubiesse de tener en mucho la castidad que había mostrado.
TORCATO.--Paréceme que, según la enemistad que muestras con la bondad de las mujeres, que no corres menos peligro con ellas que aquel su grande enemigo Torrella; pero, ¿de Penélope qué tienes que decir; que, según yo he oído, todos los libros griegos y latinos están llenos de sus alabanzas, loándola de casta y recogida, assí en el tiempo que su marido Ulises estuvo en la guerra de Troya y anduvo peregrinando por el mundo como en todo lo demás de su vida?
FILONIO.--Assí es como tú dices; pero entre estos autores que escribieron della algunos hubo que dixeron muy al revés, porque no faltó quien ha escrito que, estando Ulises ausente, Penélope usaba de su cuerpo como pública ramera, y otro autor que dixo que Pan, dios de los pastores, fué hijo suyo y de Mercurio, y que por saber esto Ulises hizo divorcio con ella y se fué á vivir á la ínsola Cortina; y otros muchos que hablando de su vida trataron della como de mujer que había vivido deshonestamente y que no solamente tuvo por hijo al dios Pan, sino á otros muchos de diferentes padres, hechos en adulterio; y si Virginea fué muerta por no consentir en la desenfrenada voluntad de aquel varón de los diez que entonces gobernaban á Roma, que por tan exquisitas y desvergonzadas formas y maneras procuraba gozar el amor ilícito y deshonesto que con ella tenía, fué porque su padre hizo sacrificio de la hija por no recebir la afrenta que viviendo le estaba aparejada, que si á la voluntad de Virginea lo dexaran, por ventura excusara la muerte con dexarse corromper su honestidad antes que recebir las puñaladas que le fueron dadas por su padre; así que no estés, Torcato, tan confiado de la tu Belisia que no puedas presumir que por haber puesto sus amores y voluntad en otra persona haya dexado los que contigo tenía, porque esto es lo que yo por más cierto tengo.
TORCATO.--Y yo por más incierto, porque no me podrás inducir con tus enxemplos que pueda creerlo; porque ya que fuese verdad lo que has dicho, ¿cuántas mujeres ha habido y hay en el mundo tan castas que ninguna mancilla se puede poner en su bondad? Y si no mira lo que hizo la reina Dido por no querer consentir en los amores del rey Yarvas, ni que después de la muerte de su marido Sicheo hubiese quien pudiesse triunfar de su honestidad, y así escogió por mejor dexar hacer ceniza su cuerpo en el ardiente fuego que no dar lugar á que otro ninguno pudiese gozar de lo que él había gozado; aunque el poeta Virgilio, no sé por qué causa ó razón inducido, quiso poner en su bondad y buena fama la mancilla que puso, diciendo que había tenido amores con Eneas, siendo falsedad averiguada, porque Dido fué mucho tiempo antes que Eneas, saliendo de Troya, anduviesse peregrinando por el mundo; y sin tratar de las mujeres antiguas, ¿cuántas en nuestros tiempos se sojuzgan al incomparable trabajo de las religiones, haciendo sacrificio de la vida hasta la muerte, y otras que han tenido por mejor que sus cuerpos fueran despedazados que no consentir en que por su voluntad la castidad fuesse en ellas violada? Sola Susana bastaba para quitar las lenguas de los maldicientes, viendo con cuánta firmeza procuró guardarla de aquellos viejos que procuraban aprovecharse della, teniendo por mejor ser por su falso testimonio condenada á la muerte que consentir en sus torpes desseos. Y sin ésta, te podría decir otras muchas que bastan en nuestros tiempos á defenderse de la importunidad de los hombres, sin dexarse jamás vencer para que su castidad corra peligro, ni ellas se puedan dexar de llamar mujeres castas; y para que mejor entiendas la ventaja que en esto hacen las mujeres á los hombres, mira lo que se usa en muchas partes y entre muchas naciones de gentes idólatras, que en muriendo los maridos se matan y se entierran, ó se queman con ellos, por su propia voluntad, y mostrando muy gran contentamiento en huir de los peligros en que quedaría su honestidad siendo viudas, y no verás hombre ninguno que haga lo mesmo aunque se le mueran cien mujeres; y ten por cierto que muchas habría en la christiandad que seguirían esta mesma orden si el temor de la perdición de sus ánimas no se lo vedase.
FILONIO.--En cargo te son las mujeres, que assí quieres defender contra la común opinión de todo el mundo ser hechas de otra differente condición y costumbres de las que tienen y en ellas se conocen; continuamente todos cuantos han escrito, cuando vienen á hablar en ellas, no hallan palabras que basten á contar sus vicios y torpezas; los libros están llenos dello, y no solamente los proffanos, pero también los de la Sagrada Escriptura, y si no pregúntalo á Salomón y verás con cuán encarescidas palabras las pone muchas veces del lodo, tratándolas como ellas lo merecen. Y en un libro que yo oí una vez leer decía que la mujer nunca era buena sino una vez en la vida, y que ésta era la hora que se moría, y que era mejor cuando más presto se muriese; y con estas palabras consolaba un amigo á otro porque su mujer se le había muerto.
TORCATO.--Bastaría que alguna mujer te hubiesse á ti tratado como á mí me ha hecho Belisia para que tanto mal me dixeses della y de todas las otras mujeres; pero no quiera Dios que yo con pasión me ciegue para decirlo, ni para consentir que tú pienses que tienes razón en lo que dices. Y lo primero que quiero preguntarte es quiénes son esos que escribieron los libros que has dicho.
FILONIO.--¿Quiénes han de ser sino hombres muy sabios y avisados que las tienen bien conocidas?
TORCATO.--Bien se parece que son hombres, que si fueran mujeres harto más tuvieran que poder decir y escribir y con mayor verdad de los hombres que no los hombres dellas, porque verdaderamente muy mayores y más torpes y más comunes son los vicios en los hombres que en las mujeres, y nosotros, que las notamos y acusamos de parleras y desenfrenadas en sus lenguas, somos los que las infamamos diciendo tantos males dellas, que debríamos de tener vergüenza de que nuestras palabras saliessen por nuestras bocas tan perjudiciales contra personas de quien tantos bienes recebimos; y aunque haya algunas malas entre ellas, yo fiador que no sean tantas como los hombres, y nosotros mesmos somos la principal causa de sus males, importunándolas y fatigándolas con promesas, con engaños, con lisonjas y con persuasiones que bastarían á mover las piedras, cuanto más á mujeres, para que algunas veces vengan á dar en algunos yerros; y ellas jamás nos importunan ni fatigan requiriéndonos, y molestándonos con desvergüenza, antes tienen por mejor callando passar sus trabajos, que no dar á entender lo que por ventura con su flaqueza les piden sus apetitos. Y los que escribieron contra ellas no fué contra las buenas, sino contra las malas, y lo que dixeron de las unas, siendo pocas, no se ha de entender de las otras, que son muchas; así que sería mejor que todos nosotros nos empleásemos en decir bien de quien tantos bienes habemos recebido y recebimos cada día, y no mal de quien ninguno nos merece; y si alguna nos diere causa, con algunos desatinos, á que podamos decir mal della, sea particularmente para reñirla y castigarla con palabras y obras, siendo necessario, y no queramos que paguen las justas por las peccadoras y las que no tienen culpa por las que merecen el castigo; que lo que fuera desto se hiciere ó dixere, será mal dicho y mal hecho, y los vituperios y infamias y deshonras quedarán en aquellos que las dixeren, queriendo por una mujer mala hacer á todo el género de las mujeres malas, siendo por la mayor parte buenas y tan buenas que plugiesse á Dios que no fuéssemos nosotros peores que ellas; y concluyendo digo que yo no tengo la sospecha que dices de que Belisia por haber tomado amores con otro haya dexado los míos, y primero lo habré visto por los ojos que lo confirme en el pensamiento.
FILONIO.--Paréceme, Torcato, que hablar alguna cosa en perjuicio de Belisia es tocarte á ti en el alma, y pues que con tanta afición y tan apassionadamente defiendes lo que le toca, yo no te veo otro remedio para salir deste piélago en que estás metido sino esperar á que el tiempo vaya consumiendo el agua poco á poco hasta que te halles en seco, y entonces juzgarás las cosas muy diferentemente de lo que agora lo haces.
GRISALDO.--Con estas pláticas se nos ha pasado el día, y pues que ya, Torcato, has descansado con decirnos tu fatiga y nosotros quedamos obligados á procurar tu remedio y consuelo en todo lo que pudiéremos hacerlo, aunque sea contra tu parecer y voluntad, procura de dexar la compañía de la soledad con que andas, porque con la conversación no tiene tanto lugar la tristeza que sin sentirlo te consumirá la vida, y agora todos nos vamos al lugar, donde los regocijos de las bodas de Silveyda no serán aún acabados, y podremos llegar á tiempo que gocemos alguna parte dellos.
TORCATO.--Haced lo que os pareciere, que determinado estoy á forzarme y seguir vuestro consejo.
FILONIO.--Pues ¡alto! ¡sus! caminemos, y para que menos sintamos el camino, vamos cantando alguna cosa con que tomemos placer, que, según veo, bien será menester para que Torcato deseche parte de la tristeza con que anda.
TORCATO.--Yo quiero comenzar unos versos que hice en este desierto, al propósito de lo que mi corazón siente; vosotros me ayudad, para que mejor pueda cantarlos.
GRISALDO.--Comienza á decirlos, que así lo haremos.
TODOS TRES PASTORES
Montes, sierras y collados, que entendido habéis mi pena rabiosa y mis dolores, escuchando mis fatigas y querellas que al alto cielo han subido, rompiendo con mis clamores las estrellas, Doleos de mis trabajos y fatiga; llorad conmigo mis ansias y mis males; moveos á compasión de mi tormento, pues la dulce mi enemiga quiere sean mortales los que siento. Los ríos desta montaña, con las fuentes, testigos de mis fatigas y cuidados, cansados ya de me ver con mis enojos, detengan hoy sus corrientes, dando lágrimas parados á mis ojos. Tú, Eco, que estás contino resonando, de mis llantos grande amiga y compañera, llevando mis tristes voces por los vientos, no dexes de ir publicando cómo me acusan, que muera mis tormentos. Y tú, mi ganado triste y afligido, con pastor tan sin ventura y desdichado, que alredor deste acebo andas paciendo, aquí te estarás tendido tomando en ti mi cuidado, y padesciendo. Soledad muy agradable, y compañía á mis tristes pensamientos y memoria, con la cual siempre descansa mi tristeza, no dexes de ser mi guía, porque sienta en ti su gloria mi firmeza. Belisia, si mis clamores han herido tus oídos, yo te ruego que escucharlos quieras con lástima alguna y compasión de verme tan afligido, y no quieras ataparlos sin razón. Porque si no remediares mi dolor, á mí me basta que sepas que padezco, con entera libertad, y así lo quiero, con muy verdadero amor, pues á la muerte me ofrezco y por ti muero.
Fin.
Á LOOR Y HONRA DE SEÑOR JESUCHRISTO Y DE SU BENDITA MADRE SANTA MARÍA,
NUESTRO AMPARO Y GUÍA, FUERON IMPRESSOS LOS SIETE COLLOQUIOS EN LA CIUDAD DE MONDOÑEDO
EN CASA DE AGUSTÍN DE PAZ, IMPRESSOR
ACABÓSE Á XXV DÍAS DEL MES DE OCTUBRE DEL AÑO DE MDLIII
NOTAS:
[1274] Remedio dice la edición de Mondoñedo, añadiendo una sílaba al verso.
Tetuán de Chamartín.--Imp. de Bailly-Baillière é hijos.