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Orígenes de la novela, Tomo II (part 5 of 6)

Part 5 of 6 · Marcelino Menéndez y Pelayo · Public domain text

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Contents (6)

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Orígenes de la novela, Tomo II (part 5 of 6)

Estas y otras muchas cartas y canciones me envió, las cuales, si tanto me movieran como me contentaban, él se tuuiera por dichoso y yo quedara mal casada. Mas ninguna cosa era bastante á borrar de mi corazón la imagen del amado Montano, el cual, según mostraba, respondió á mi voluntad con iguales obras y palabras. En esta alegre vida passamos algunos años, hasta que nos paresció dar cumplimiento á nuestro descanso con honesto y casto matrimonio. Y aunque quiso Montano antes de casar conmigo dar razón dello á su padre, por lo que como buen hijo tenía obligación de hacer; pero como yo le dije que su padre no venía bien en ello, á causa de la locura que tenía de casarse conmigo, por esso, teniendo más cuenta con el contento de su vida que con la obediencia de su padre, sin dalle razón, cerró mi desdichado matrimonio. Esto se hizo con voluntad de mi padre, en cuya casa se hicieron por ello grandes fiestas, bailes, juegos y tan grandes regocijos, que fueron nombrados por todas las aldeas vecinas y apartadas. Cuando el enamorado viejo supo que su propio hijo le había salteado sus amores, se volvió tan frenético contra él y contra mí, que á entrambos aborresció como la misma muerte, y nunca más nos quiso ver. Por otra parte, una pastora de aquella aldea, nombrada Felisarda, que moría de amores de Montano, la cual él, por quererme bien á mí, y por ser ella no muy joven ni bien acondicionada, la había desechado, cuando vido á Montano casado conmigo, vino á perderse de dolor. De manera que con nuestro casamiento nos ganamos dos mortales enemigos. El maldito viejo, por tener ocasión de desheredar el hijo, determinó casarse con mujer hermosa y joven á fin de haber hijos en ella. Mas aunque era muy rico, de todas las pastoras de mi lugar fué desdeñado, si no fué de Felisarda, que por tener oportunidad y manera de gozar deshonestamente de mi Montano, cuyos amores tenía frescos en la memoria, se casó con el viejo Fileno. Casada ya con él, entendió luego por muchas formas en requerir mi esposo Montano por medio de una criada nombrada Silveria, enviándole á decir que si condescendía á su voluntad le alcanzaría perdón de su padre, y haciéndole otros muchos y muy grandes ofrescimientos. Mas nada pudo bastar á corromper su ánimo ni á pervertir su intención. Pues como Felisarda se viese tan menospreciada, vino á tenerle á Montano una ira mortal, y trabajó luego en indignar más á su padre contra él, y no contenta con esto, imaginó una traición muy grande. Con promessas, fiestas, dádivas y grandes caricias, pervirtió de tal manera el ánimo de Silveria, que fué contenta de hacer cuanto ella le mandasse, aunque fuesse contra Montano, con quien ella tenía mucha cuenta, por el tiempo que había servido en casa de su padre. Las dos secretamente concertaron lo que se había de hacer y el punto que había de ejecutarse; y luego salió un día Silveria de la aldea, y viniendo á una floresta orilla de Duero, donde Montano apascentaba sus ovejas, le habló muy secretamente, y muy turbada, como quien trata un caso muy importante, le dijo: ¡Ay, Montano amigo! cuán sabio fuiste en despreciar los amores de tu maligna madrastra, que aunque yo á ellos te movía, era por pura importunación. Mas agora que sé lo que passa, no será ella bastante para hacerme mensajera de sus deshonestidades. Yo he sabido della algunas cosas que tocan en lo vivo, y tales que si tú las supiesses, aunque tu padre es contigo tan cruel, no dejarías de poner la vida por su honra. No te digo más en esto, porque sé que eres tan discreto y avisado, que no son menester contigo muchas palabras ni razones. Montano á esto quedó atónito y tuvo sospecha de alguna deshonestidad de su madrastra. Pero por ser claramente informado, rogó á SILVERIA le contasse abiertamente lo que sabía. Ella se hizo de rogar, mostrando no querer descubrir cosa tan secreta, pero al fin, declarando lo que Montano le preguntaba, y lo que ella mesma decirle quería, le explicó una fabricada y bien compuesta mentira, diciendo deste modo: Por ser cosa que tanto importa á tu honra y á la de Fileno, mi amo, saber lo que yo sé, te lo diré muy claramente, confiando que á nadie dirás que yo he descubierto este secreto. Has de saber que Felisarda tu madrastra hace traición á tu padre con un pastor, cuyo nombre no te diré, pues está en tu mano conoscerle. Porque si quisieres venir esta noche, y entrar por donde yo te guiare, hallarás la traidora con el adúltero en casa del mesmo Fileno. Ansí lo tienen concertado, porque Fileno ha de ir esta tarde á dormir en su majada por negocios que allí se le ofrescen, y no ha de volver hasta mañana á medio día. Por esso apercíbete muy bien, y ven á las once de la noche conmigo, que yo te entraré en parte donde podrás fácilmente hacer lo que conviene á la honra de tu padre, y aun por medio desto alcanzar que te perdone. Esto dijo Silveria tan encarescidamente y con tanta dissimulación, que Montano determinó de ponerse en cualquier peligro, por tomar venganza de quien tal deshonra hacía á Fileno, su padre. Y ansí la traidora Silveria contenta del engaño que de consejo de Felisarda había urdido, se volvió á su casa, donde dió razón á Felisarda, su señora, de lo que dejaba concertado. Ya la escura noche había extendido su tenebroso velo, cuando venido Montano á la aldea tomó un puñal, que heredó del pastor Palemón, su tío, y al punto de las once se fué á casa de Fileno, su padre, donde SILVERIA ya le estaba esperando, como estaba ordenado. ¡Oh, traición nunca vista! ¡Oh, maldad nunca pensada! Tomóle ella por la mano, y subiendo muy queda una escalera, le llevó á una puerta de una cámara, donde Fileno, su padre, y su madrastra Felisarda estaban acostados, y cuando le tuvo allí, le dijo: Agora estás, Montano, en el lugar donde has de señalar el ánimo y esfuerzo que semejante caso requiere; entra en essa cámara, que en ella hallarás tu madrastra acostada con el adúltero. Dicho esto, se fue de allí huyendo á más andar. Montano engañado de la alevosia de Silveria, dando crédito á sus palabras, esforzando el ánimo y sacando el puñal de la vaina, con un empujón abriendo la puerta de la cámara, mostrando una furia extraña, entró en ella diciendo á grandes voces: ¡Aquí has de morir, traidor, á mis manos, aquí te han de hacer mal provecho los amores de Felisarda! Y diciendo esto furioso y turbado, sin conoscer quién era el hombre que estaba en la cama, pensando herir al adúltero, alzó el brazo para dar de puñaladas á su padre. Mas quiso la ventura que el viejo con la lumbre que allí tenía, conosciendo su hijo, y pensando que por habelle con palabra y obras tan mal tratado, le quería matar, alzándose presto de la cama, con las manos plegadas le dijo: ¡Oh, hijo mío! ¿qué crueldad te mueve á ser verdugo de tu padre? vuelve en tu seso, por Dios, y no derrames agora mi sangre, ni des fin á mi vida; que si yo contigo usé de algunas asperezas, aquí de rodillas te pido perdón por todas ellas, con propósito de ser para contigo de hoy adelante el más blando y benigno padre de todo el mundo. Montano entonces, cuando conosció el engaño que se le había hecho y el peligro en que había venido de dar muerte á su mesmo padre, se quedó allí tan pasmado, que el ánimo y los brazos se le cayeron y el puñal se le salió de las manos sin sentirlo. De atónito no pudo ni supo hablar palabra, sino que corrido y confuso se salió de la cámara; íbase también de la casa aterrado de la traición que Silveria le había hecho y de la que él hiciera, si no fuera tan venturoso. FELISARDA, como estaba advertida de lo que había de suceder, en ver entrar á Montano, saltó de la cama y se metió en otra cámara que estaba más adentro, y cerrando tras sí la puerta, se asseguró de la furia de su alnado. Mas cuando se vió fuera del peligro, por estar Montano fuera de la casa, volviendo donde Fileno temblando aún del pasado peligro estaba, incitando el padre contra el hijo, y levantándome á mí falso testimonio, á grandes voces decía ansí: Bien conoscerás agora, Fileno, el hijo que tienes, y sabrás si es verdad lo que yo de sus malas inclinaciones muchas veces te dije. ¡Oh, cruel, oh traidor Montano! ¿cómo el cielo no te confunde? ¿cómo la tierra no te traga? ¿cómo las fieras no te despedazan? ¿cómo los hombres no te persiguen? Maldito sea tu casamiento, maldita tu desobediencia, malditos tus amores, maldita tu Ismenia, pues te ha traido á usar de tan bestial crueza y á cometer tan horrendo pecado. ¿No castigaste, traidor, al pastor Alanio, que con tu mujer Ismenia á pesar y deshonra tuya deshonestamente trata, y á quien ella quiere más que á ti, y has querido dar muerte á tu padre, que con tu vida y honra ha tenido tanta cuenta? ¿Por haberte aconsejado le has querido matar? ¡Ay, triste padre! ¡ay, desdichadas canas! ¡ay, angustiada senectud! ¿qué yerro tan grande cometiste, para que quisiesse matarte tu proprio hijo? ¿aquel que tú engendraste, aquel que tú regalaste, aquel por quien mil trabajos padesciste? Esfuerza agora tu corazón, cesse agora el amor paternal, dése lugar á la justicia, hágase el debido castigo; que si quien hizo tan nefanda crueldad no recibe la merescida pena, los desobedientes hijos no quedarán atemorizados, y el tuyo, con efecto, vendrá después de pocos días á darte de su mano cumplida muerte. El congojado FILENO, con el pecho sobresaltado y temeroso, oyendo las voces de su mujer y considerando la traición del hijo, rescibió tan grande enojo, que, tomando el puñal que á Montano, como dije, se le había caído, luego en la mañana saliendo á la plaza, convocó la justicia y los principales hombres de la aldea, y cuando fueron todos juntos, con muchas lágrimas y sollozos les dijo desta manera: A Dios pongo por testigo, señalados pastores, que me lastima y aflige tanto lo que quiero deciros, que tengo miedo que el alma no se me salga tras habello dicho. No me tenga nadie por cruel, porque saco á la plaza las maldades de mi hijo; que por ser ellas tan extrañas y no tener remedio para castigarlas, os quiero dar razón dellas, porque veáis lo que conviene hacer para darle á él la justa pena y á los otros hijos provechoso ejemplo. Muy bien sabéis con qué regalos le crié, con qué amor le traté, qué habilidades le enseñé, qué trabajos por él padescí, qué consejos le di, con cuánta blandura le castigué. Casóse á mi pesar con la pastora Ismenia, y porque dello le reprendí, en lugar de vengarse del pastor Alanio, que con la dicha Ismenia, su mujer, como toda la aldea sabe, trata deshonestamente, volvió su furia contra mí y me ha querido dar la muerte. La noche passada tuvo maneras para entrar en la cámara, donde yo con mi Felisarda dormía, y con este puñal desnudo quiso matarme, y lo hiciera, sino que Dios le cortó las fuerzas y le atajó el poder de tal manera, que medio tonto y pasmado se fué de allí sin efectuar su dañado intento, dejando el puñal en mi cámara. Esto es lo que verdaderamente passa, como mejor de mi querida mujer podréis ser informados. Mas porque tengo por muy cierto que Montano, mi hijo, no hubiera cometido tal traición contra su padre, si de su mujer Ismenia no fuera aconsejado, os ruego que miréis lo que en esto so debe hacer, para que mi hijo de su atrevimiento quede castigado, y la falsa Ismenia, ansí por el consejo que dió á su marido, como por la deshonestidad y amores que tiene con Alanio, resciba digna pena. Aún no había Fileno acabado su razón, cuando se movió entre la gente tan gran alboroto, que paresció hundirse toda la aldea. Alteráronse los ánimos de todos los pastores y pastoras, y concibieron ira mortal contra Montano. Unos decían que fuesse apedreado, otros que en la mayor profundidad de Duero fuesse echado, otros que á las hambrientas fieras fuesse entregado, y en fin, no hubo allí persona que contra él no se embravesciesse. Moviólos también mucho á todos lo que Fileno de mi vida falsamente les había dicho; pero tanta ira tenían por el negocio de Montano, que no pensaron mucho en el mío. Cuando Montano supo la relación que su padre públicamente había hecho y el alboroto y conjuración que contra él había movido, cayó en grande desesperación. Y allende desto sabiendo lo que su padre delante de todos contra mí había dicho, rescibió tanto dolor, que más grave no se puede imaginar. De aquí nasció todo mi mal, esta fué la causa de mi perdición y aquí tuvieron principio mis dolores. Porque mi querido Montano, como sabía que yo en otro tienpo había amado y sido querida de Alanio, sabiendo que muchas veces reviven y se renuevan los muertos y olvidados amores, y viendo que Alanio, á quien yo por él había aborrescido, andaba siempre enamorado de mí, haciéndome importunas fiestas, sospechó por todo esto que lo que su padre Fileno había dicho era verdad, y cuanto más imaginó en ello, más lo tuvo por cierto. Tanto que bravo y desesperado, ansí por el engaño que de Silveria había recebido como por el que sospechaba que yo le había hecho, se fué de la aldea y nunca más ha parescido. Yo que supe de su partida y la causa della por relación de algunos pastores amigos suyos, á quien él había dado larga cuenta de todo, me salí del aldea por buscarle, y mientras viva no pararé hasta hallar mi dulce esposo, para darle mi disculpa, aunque sepa después morir á sus manos. Mucho ha que ando peregrinando en esta demanda, y por más que en todas las principales aldeas y cabañas de pastores he buscado, jamás la fortuna me ha dado noticia de mi Montano. La mayor ventura que en este viaje he tenido fué, que dos días después que partí de mi aldea hallé en un valle la traidora Silveria, que sabiendo el voluntario destierro de Montano, iba siguiéndole, por descubrirle la traición que le había hecho y pedirle perdón por ella, arrepentida de haber cometido tan horrenda alevosía. Pero hasta entonces no le había hallado, y como á mí me vido, me contó abiertamente cómo había passado el negocio, y fué para mí gran descanso saber la manera con que se nos había hecho la traición. Quise dalle la muerte con mis manos, aunque flaca mujer, pero dejé de hacerlo, porque sólo ella podía remediar mi mal declarando su misma maldad. Roguéle con gran priessa fuesse á buscar á mi amado Montano para dalle noticia de todo el hecho, y despedíme della para buscarle yo por otro camino. Llegué hoy á este bosque, donde convidada de la amenidad y frescura del lugar, hice assiento para tener la siesta; y pues la fortuna acá por mi consuelo os ha guiado, yo le agradezco mucho este favor, y á vosotros os ruego, que pues es ya casi medio día, si possible es, me hagáis parte de vuestra graciosa compañía, mientras durare el ardor del sol, que en semejante tiempo se muestra riguroso. Diana y Marcelio holgaron en extremo de escuchar la historia de Ismenia y saber la causa de su pena. Agradesciéronle mucho la cuenta que les había dado de su vida, y diéronle algunas razones para consuelo de su mal, prometiéndole el possible favor para su remedio. Rogáronle también que fuesse con ellos á la casa de la sabia Felicia, porque allí sería possible hallar alguna suerte de consolación. Fueron assí mesmo de parescer de reposar allí, en tanto que durarían los calores de la siesta, como Ismenia había dicho. Pero como Diana era muy plática en aquella tierra, y sabía los bosques, fuentes, florestas, lugares amenos y sombríos della, les dijo que otro lugar había más ameno y deleitoso que aquel, que no estaba muy lejos, y que fuessen allá, pues aún no era llegado el medio día. De manera que levantándose todos, caminaron un poco espacio, y luego llegaron á una floresta donde Diana los guió; y era la más deleitosa, la más sombría y agradable que en los más celebrados montes y campañas de la pastoral Arcadia puede haber. Había en ella muy hermosos alisos, sauces y otros árboles, que por las orillas de las cristalinas fuentes, y por todas partes con el fresco y suave airecillo blandamente movidas, deleitosamente murmuraban. Allí de la concertada harmonía de las aves, que por los verdes ramos bulliciosamente saltaban, el aire, tan dulcemente resonaba, que los ánimos, con un suave regalo, enternescia. Estaba sembrada toda de una verde y menuda hierba, entre la cual se levantaban hermosas y variadas flores, que con diversos matices el campo dibujando, con suave olor el más congojado espíritu recreaban. Allí solían los cazadores hallar manadas enteras de temerosos ciervos, de cabras montesinas y de otros animales, con cuya prisión y muerte se toma alegre pasatiempo. Entraron en esta floresta siguiendo todos á Diana, que iba primera y se adelantó un poco para buscar una espessura de árboles, que ella para su esposo en aquel lugar tenía señalada, donde muchas veces solía recrearse. No habían andado mucho, cuando Diana llegando cerca del lugar que ella tenía por el más ameno de todos, y donde quería que tuviessen la siesta, puesto el dedo sobre los labios, señaló á Marcelio y á Ismenia que viniessen á espacio y sin hacer ruido. La causa era, porque había oído dentro aquella espessura cantos de pastores. En la voz le parescieron Tauriso y Berardo, que por ella entrambos penados andaban, como está dicho. Pero por sabello más cierto, llegándose más cerca un poco por entre unos acebos y lantiscos, estuvo acechando por conoscellos, y vido que eran ellos y que tenían allí en su compañía una muy hermosa dama, y un preciado caballero, los cuales, aunque parescían estar algo congojados y mal tratados del camino, pero todavía en el gesto y disposición descubrían su valor. Después de haber visto los que allí estaban, se apartó, por no ser vista. En esto llegaron Marcelio é Ismenia, y todos juntos se sentaron tras unos jarales, donde no podían ser vistos y podían oir distincta y claramente el cantar de los pastores, cuyas voces, por toda la floresta resonando, movían concertada melodía, como oiréis en el siguiente libro.

Fin del libro segundo.

LIBRO TERCERO DE DIANA ENAMORADA

La traición y maldad de una ofendida y maliciosa mujer suele emprender cosas tan crueles y abominables, que no hay ánimo del más bravo y arriscado varón que no dudasse de hacerlas y no temblase de solo pensarlas. Y lo peor es que la Fortuna es tan amiga de mudar los buenos estados, que les da á ellas cumplido favor en sus empresas; pues sabe que todas se encaminan á mover extrañas novedades y revueltas, y vienen á ser causa de mil tristezas y tormentos. Gran crueldad fue la de Felisarda en ser causa que un padre con tan justa, aunque engañosa causa, aborresciesse su propio hijo, y que un marido con tan vana y aparente sospecha desechasse su querida mujer, pero mayor fue la ventura que tuvo en salir con su fiero y malicioso intento. No sirva esto para que nadie tenga de las mujeres mal parescer, si no para que viva cada cual recatado, guardándose de las semejantes á Felisarda, que serán muy pocas; pues muchas dellas son dechado del mundo y luz de vida, cuya fe, discreción y honestidad meresce ser con los más celebrados uersos alabada. De lo cual da claríssima prueba Diana y Ismenia, pastoras de señalada hermosura y discreción, cuya historia publica manifiestamente sus alabanzas. Pues prosiguiendo en el discurso della, sabréis que cuando Marcelio y ellas estuvieron tras los jarales assentadas, oyeron que Tauriso y Berardo cantaban desta manera:

Terços esdruccioles.

BERARDO

Tauriso, el fresco viento, que alegrándonos murmura entre los árboles altíssimos, la vista y los oídos deleitándonos; Las chozas y sombríos ameníssimos; las cristalinas fuentes, que abundancia derraman de licores sabrosíssimos; La colorada flor, cuya fragrancia á despedir bastara la tristicia, que hace al corazón más fiera instancia: No vencen la braveza y la malicia del crudo rey, tan áspero y mortífero, cuyo castigo es pura sin justicia. Ningún remedio ha sido salutífero á mi dolor, pues siempre enbraveciéndose está el veneno y tóxico pestífero.

TAURISO

Al que en amores anda consumiéndose, nada le alegrará: porque fatígale tal mal, que en el dolor vive muriéndose. Amor le da más penas, y castígale, cuando en deleites anda recreándose, porque él á suspirar contino oblígale. Las veces que está un ánima alegrándose, le ofresce allí un dolor, cuya memoria hace que luego vuelva á estar quejándose. Amor quiere gozar de su victoria, y al hombre que venció, mátale ó préndele, pensando en ello haber famosa gloria. El preso á la fortuna entrega, y véndele al gran dolor, que siempre está matándole, y al que arde en más ardiente llama enciéndele.

BERARDO

El sano vuelve enfermo, maltratándole, y el corazón alegre hace tristíssimo, matando el vivo, el libre captivándole. Pues, alma, ya que sabes cuán bravíssimo es este niño Amor, sufre y conténtate con verte puesta en un lugar altíssimo. Rescibe los dolores, y preséntate al daño que estuviere amenazándote, goza del mal y en el dolor susténtate. Porque cuanto más fueres procurándote medio para salir de tu miseria, irás más en los lazos enredándote.

TAURISO

En mí halla Cupido más materia para su honor, que en cuantos lamentándose guardan ganado en una y otra Hesperia. Siempre mis males andan aumentándose, de lágrimas derramo mayor copia que Biblis cuando en fuente iba tornándose. Extraño me es el bien, la pena propia, Diana, quiero ver, y en vella muérome, junto al tesoro estó, y muero de inopia. Si estoy delante della, peno y quiérome morir de sobresalto y de cuidado, y cuando estoy ausente, desespérome.

BERARDO

Murmura el bosque y ríe el verde prado, y cantan los parleros ruiseñores; mas yo en dos mil tristezas sepultado.

TAURISO

Espiran suave olor las tiernas flores, la hierba reverdesce al campo ameno; mas yo viviendo en ásperos dolores.

BERARDO

El grave mal de mí me tiene ajeno, tanto que no soy bueno para tener diez versos de cabeza.

TAURISO

Mi lengua en el cantar siempre tropieza, por esso, amigo, empieza, algún cantar de aquellos escogidos, los cuales estorbados con gemidos, con lloro entrerompidos, te hicieron de pastores alabado.

BERARDO

En el cantar contigo acompañado, iré muy descansado; respóndeme. Mas no sé qué me cante.

TAURISO

Di la que dice: Estrella radiante, ó la de: O triste amante, ó aquella: No sé como se decía, que la cantaste un día bailando con Diana en el aldea.

BERARDO

No hay tigre ni leona que no sea á compassión movida de mi fatiga extraña y peligrosa; mas no la fiera hermosa, fiera devoradora de mi vida.

TAURISO

Fiera devoradora de mi vida, ¿quién si no tú estuviera con la dureza igual á la hermosura? y en tanta desventura ¿cómo es possible, ay triste, que no muera?

BERARDO

¿Cómo es possible, ay triste, que no muera? dos mil veces muriendo; ¿mas cómo he de morir viendo á Diana? El alma tengo insana: cuanto más trato Amor, menos le entiendo.

TAURISO

Cuanto más trato Amor, menos le entiendo, que al que le sirve mata, y al que huyendo va de su cadena, con redoblada pena las míseras entrañas le maltrata.

BERARDO

Pastora, á quien el alto cielo ha dado beldad más que á las rosas coloradas, más linda que en Abril el verde prado, do están las florecidas matizadas, ansí prospere el cielo tu ganado, y tus ovejas crezcan á manadas, que á mí, que á causa tuya gimo y muero, no me muestres el gesto airado y fiero.

TAURISO

Pastora soberana, que mirando los campos y florestas asserenas, la nieve en la blancura aventajando y en la beldad las frescas azucenas, ansí tus campos vayan mejorando, y dellos cojan fruto á manos llenas, que mires á un pastor, que en solo verte piensa alcanzar muy venturosa suerte.

A este tiempo el caballero y la dama, que los cantares de los pastores escuchaban, con gran cortesía atajaron su canto, y les hicieron muchas gracias por el deleite y recreación que con tan suave y deleitoso música les habían dado. Y después desto el caballero vuelto á la dama le dijo: ¿Oiste jamás, hermana, en las soberbias ciudades música que tanto contente al oído y tanto deleite el ánimo como la destos pastores? Verdaderamente, dijo ella, más me satisfacen esos rústicos y pastoriles cantos de una simple llaneza acompañados, que en los palacios de reyes y señores las delicadas voces con arte curiosa compuestas y con nuevas invenciones y variedades requebradas. Y cuando yo tengo por mejor esta melodía que aquélla, se puede creer que lo es, porque tengo el oido hecho á las mejores músicas que en ciudad del mundo ni corte de rey pudiessen hacerse. Que en aquel buen tiempo que Marcelio servía á nuestra hermana Alcida, cantaba algunas noches en la calle al son de una vihuela tan dulcemente, que si Orpheo hacía tan apacible música, no me espanto que las fieras conmoviesse, y que la cara Eurydice de averno escurissimo sacasse. ¡Ay! Marcelio, ¿dónde estás agora? ¡Ay! ¿dónde estás, Alcida? Ay desdichada de mí, que siempre la fortuna me trae á la memoria cosas de dolor, en el tiempo que me ve gozar de un simple passatiempo! Oyó Marcelio, que con las dos pastoras tras las matas estaba, las razones del caballero y de la dama, y como entendió que le nombraron á él y á Alcida, se alteró. No se fió de sus mesmos oídos, y estuvo imaginando si era quizá otro Marcelio y Alcida los que nombraban. Levantóse presto de donde assentado estaba, y por salir de duda, llegándose más, y acechando por entre las matas, conosció que el caballero y la dama eran Polydoro y Clenarda, hermanos de Alcida. Corrió súbitamente á ellos, y con los brazos abiertos y lágrimas en los ojos, agora á Polydoro, agora á Clenarda abrazando, estuvo gran rato, que el interno dolor no le dejaba hablar palabra. Los dos hermanos, espantados desta novedad, no sabían qué les había acontescido. Y como MARCELIO iba en hábito de pastor, nunca le conoscieron, hasta que, dándole lugar los sollozos, y habida licencia de las lágrimas, les dijo: ¡Oh, hermanos de mi corazón, no tengo en nada mi desventura, pues he sido dichoso en veros! ¿Cómo Alcida no está en vuestra compañía? ¿Está por ventura escondida en alguna espesura deste bosque? Sepa yo nuevas della, si vosotros las sabéis; remediad por Dios esta mi pena, y satisfaced á mi deseo. En esto lo dos hermanos conoscieron á Marcelio, y abrazados con él, llorando de placer y dolor, le decían: ¡Oh venturoso día! ¡oh bien nunca pensado! ¡oh hermano de nuestra alma! ¿qué desastre tan bravo ha sido causa que tú no goces de la compañía de Alcida ni nosotros de su vista? ¿por qué con tan nuevo traje te dissimulas? ¡Ay áspera fortuna! en fin no hay en ningún bien cumplido contentamiento. Por otra parte, Diana é Ismenia, visto que tan arrebatadamente Marcelio había entrado donde cantaban los pastores, fueron allá tras él, y halláronle passando con Polydoro y Clenarda la plática que habeis oído. Cuando Tauriso y Berardo vieron á Diana, no se puede encarescer el gozo que recibieron de tan improvisa vista. Y ansi TAURISO, señalando con el gesto y palabras la alegría del corazón, le dijo: Grande favor es este de la Fortuna, hermosa Diana, que la que huye siempre de nuestra compañía, por casos y succesos nunca imaginados venga tantas veces donde nosotros estamos. No es causa dello la Fortuna, señalados pastores, dijo DIANA, sino ser vosotros en el cantar y tañer tan ejercitados, que no hay lugar de recreación donde no os hagáis sentir vuestras canciones. Pero pues aquí llegué sin saber de vosotros, y el sol toca ya la raya del medio día, me holgaré de tener en este deleitoso lugar la siesta en vuestra compañía, que aunque me importa llegar con tiempo á la casa de Felicia, tendré por bien de detenerme aquí con vosotros, por gozar de la fresca vereda y escuchar vuestra deleitosa música. Por esso aparejaos á cantar y tañer, y á toda suerte de regocijo, que no será bien que falte semejante placer en tan principal ajuntamiento. Y vosotros, generosos caballeros y dama, poned fin por agora á vuestras lágrimas, que tiempo ternéis para contaros las vidas los unos á los otros y para doleros ó alegraros de los malos ó buenos sucessos de fortuna. A todos paresció muy bien lo dicho por Diana, y ansí en torno de una clara fuente sobre la menuda hierba se assentaron. Era el lugar el más apacible de aquel bosque y aun de cuantos en el famoso Parthenio, celebrado con la clara zampoña del Neapolitano Syncero pueden hallarse. Había en él un espacio casi que cuadrado, que tuviera como hasta cuarenta passos por cada parte, rodeado de muchedumbre de espessíssimos árboles, tanto que, á la manera de un cercado castillo, á los que allá iban á recrearse no se les concedía la entrada sino por sola una parte. Estaba sembrado este lugar de verdes hierbas y olorosas flores, de los pies de ganados no pisadas ni con sus dientes descomedidamente tocadas. En medio estaba una limpia y claríssima fuente, que del pie de un antiquíssimo roble saliendo, en un lugar hondo y cuadrado, no con maestra mano fabricado, mas por la provida naturaleza allí para tal efecto puesto, se recogía: haciendo allí la abundancia de las aguas un gracioso ajuntamiento, que los pastores le nombraban la fuente bella. Eran las orillas desta fuente de una piedra blanca tan igual, que no creyera nadie que con artificiosa mano no estuviesse fabricada, si no desengañaran la vista las naturales piedras allí nascidas, y tan fijas en el suelo como en los ásperos montes de fragosas peñas y duríssimos pedernales. El agua que de aquella abundantíssima fuente sobresalía, por dos estrechas canales derramándose, las hierbas vecinas y árboles cercanos regaba, dándoles continua fertilidad y vida y sosteniéndolas en muy apacible y graciosíssima verdura. Por estas lindezas que tenía esta hermosa fuente, era de los pastores y pastoras tan visitada, que nunca en ella faltaban pastoriles regocijos. Pero teníanla los pastores en tanta veneración y cuenta, que viniendo á ella dejaban fuera sus ganados, por no consentir que las claras y sabrosas aguas fuessen enturbiadas, ni el ameno pradecillo de las mal miradas ovejas hollado ni apascentado. En torno desta fuente, como dije, todos se asentaron, y sacando de los zurrones la necessaria provissión, comieron con más sabor que los grandes señores la muchedumbre y variedad de curiosos manjares. Al fin de la cual comida, como Marcelio por una parte y Polydoro por otra deseaban por extremo darse y tomarse cuenta de sus vidas, MARCELIO fue primero á hablar, y dijo: Razón será, hermanos, que yo sepa algo de lo que os ha sucedido después que no me vistes, que como os veo del padre Eugerio y de la hermana Alcida desacompañados, tengo el corazón alterado, por no saber la causa dello. A lo cual respondió POLYDORO:

Porque me parece que este lugar queda muy perjudicado con que se traten en él cosas de dolor, y no es razón que estos pastores con oir nuestras desdichas queden ofendidos, te contaré con las menos palabras que será possible las muchas y muy malas obras que de la fortuna habemos recebido. Después que por sacar al fatigado Eugerio de la peligrosa nave, esperando buena ocasión para saltar en el batel, de los marineros fuí estorbado, y juntamente con el temeroso padre á mi pesar hube de quedar en ella, estaba el triste viejo con tanta angustia, como se puede esperar de un amoroso padre, que al fin de su vejez ve en tal peligro su vida y la de sus amados hijos. No tenía cuenta con los golpes que las bravas ondas daban en la nave, ni con la furia que los iracundos vientos por todas partes le combatían, sino que, mirando el pequeño batel donde tú, Marcelio, con Alcida y Clenarda estabas, que á cada movimiento de las inconstantes aguas en la mayor profundidad dellas parescía trastornarse, cuanto más lo vía de la nave alejándose, le desapegaba el corazón de las entrañas. Y cuando os perdió de vista, estuvo en peligro de perder la vida. La nave siguiendo la braveza de la Fortuna, fué errando por el mar por espacio de cinco días, después que nos despartimos; al cabo de los cuales, al tiempo que el sol estaba cerca del occaso, nos vimos cerca de tierra. Con cuya vista se regocijaron mucho los marineros, tanto por haber cobrado la perdida confianza, como por conoscer la parte donde iba la nave encaminada. Porque era la más deleitosa tierra, y más abundante de todas maneras de placer, de cuantas el sol con sus rayos escalienta, tanto que uno de los marineros sacando de una arca un rabel, con que solía en la pesadumbre de los prolijos y peligrosos viajes deleitarse, se puso á tañer y cantar ansi:

Soneto.

Recoge á los que aflige el mar airado, oh, VALENTINO, oh, venturoso suelo donde jamás se cuaja el duro hielo ni de Febo el trabajo acostumbrado. Dichoso el que seguro y sin recelo de ser en fieras ondas anegado, goza de la belleza de tu prado y del favor de tu benigno cielo. Con más fatiga el mar surca la nave que el labrador cansado tus barbechos: ¡oh tierra¡, antes que el mar se ensoberbezca, Recoge á los perdidos y deshechos, para que cuando en TURIA yo me lave estas malditas aguas aborrezca.

Por este cantar del marinero entendimos que la ribera que íbamos á tomar era del reino de VALENCIA, tierra por todas las partes del mundo celebrada. Pero en tanto que este canto se dijo, la nave, impelida de un poderoso viento, se llegó tanto á la tierra que si el esquife no nos faltara pudiéramos saltar en ella. Mas de lejos por unos pescadores fuímos devisados, los cuales viendo nuestras velas perdidas, el árbol caído á la una parte, las cuerdas destrozadas y los castillos hechos pedazos, conoscieron nuestra necessidad. Por lo cual algunos dellos, metiéndose en un barco de los que para su ordinario ejercicio en la ribera tenían amarrados, se vinieron para nosotros, y con grande amor y no poco trabajo nos sacaron de la nave á todos los que en ella veníamos. Fué tanto el gozo que recebimos, cuanto se puede y debe imaginar. A los marineros que en su barco tan amorosamente y sin ser rogados nos habían recogido, Eugerio y yo les dimos las gracias, y hecimos los ofrescimientos que á tan singular beneficio se debían. Mas ellos, como hombres de su natural piadosos y de entrañas simples y benignas, no curaban de nuestros agradescimientos, antes no queriendo recebirlos, nos dijo el uno dellos: No nos agradezcáis, señores, esta obra á nosotros, sino á la obligación que tenemos á socorrer necessidades y al buen ánimo y voluntad que nos fuerza á tales hechos. Y tened por cierto que toda hora que se nos ofresciere semejante ocasión como ésta haremos lo mesmo, aunque peligren nuestras vidas. Porque esta mañana nos sucedió un caso, que á no haber hecho otro tal como agora hecimos, nos pesara después hasta la muerte. El caso fué que al despuntar del día salimos de nuestras chozas con nuestras redes y ordinarios aparejos para entrar á pescar, y antes que llegassemos á la ribera vimos el cielo escurescido; sentimos el mar alterado y el viento embravescido, y dos veces nos quisimos volver del camino desconfiados de podernos encomendar á las peligrosas ondas en tan malicioso tiempo. Pero paresció á algunos de nosotros que era conveniente llegar á la ribera para ver en qué pararía la braveza del mar, y para esperar si tras la rigurosa fortuna sucedería, como suele, alguna súbita bonanza. Al tiempo que llegamos allá vimos un batel lidiando con las bravas ondas, sin vela, árbol ni remos, y puesto en el peligro en que vosotros os habéis visto. Movidos á compassión, metimos en el mar uno de aquellos barcos muy bien apercebido, y saltando de presto en él, sin temor de la fortuna, fuímos hacia el batel que en tal peligro estaba, y á cabo de poco rato llegamos á él. Cuando estuvimos tan cerca dél que pudimos conoscer los que en él estaban, vimos una doncella, cuyo nombre no sabré decirte, que con lágrimas en los ojos se dolía, con los brazos abiertos nos esperaba y con palabras dolorosas nos decía: Ay hermanos, ruégoos que me libréis del peligro de la Fortuna; pero más os suplico que me saquéis de poder deste traydor, que conmigo viene, que contra toda razón me tiene captiva, y á pura fuerza quiere maltratar mi honestidad. Oyendo esto, con toda la possible diligencia, y no sin mucho peligro, los sacamos de su batel, y metidos en nuestro barco los llevamos á tierra. Contónos ella la traición que á ella y una hermana y cuñado suyo se les había hecho, que seria larga de contar. Tenémosla en compañía de nuestras mujeres, libre de la malicia y deshonestidad de los dos marineros que con ella venían, y á ellos los metimos en una cárcel de un lugar que está vecino, donde antes de muchos días serán debidamente castigados. Pues habiéndonos acontescido esto, ¿quién de nosotros dejará de aventurarse á semejantes peligros por recobrar los perdidos y hacer bien á los maltratados? Cuando Eugerio oyó decir esto al marinero le dió un salto el corazón, y pensó si era esta doncella alguna de sus hijas. Lo mesmo me passó á mí por el pensamiento; pero á entrambos nos consolaba pensar que presto habíamos de saber si era verdadera nuestra presunción. En tanto el pescador nos contó este sucesso, el barco, movido con la fuerza de los remos, caminó de manera que llegamos á poder desembarcar. Saltaron aquellos pescadores con los pies descalzos en el agua, y sobre sus hombros nos sacaron á la deseada tierra. Cuando estuvimos en tierra, conosciendo que teníamos necessidad de reposo, uno dellos, que más anciano parescía, travando á mi padre por la mano, y haciendo señal á mí y á los otros que le siguiéssemos, tomó el camino de su choza, que no muy lejos estaba, para darnos en ella el refresco y sossiego necessario. Siendo llegados allá, sentimos dentro cantos de mujeres, y no entráramos allá antes de oir y entender dende afuera sus canciones si el trabajo que llevábamos nos consintiera detenernos para escucharlas. Pero Eugerio y yo no vimos la hora de entrar allá por ver quién era la doncella que libre de la tempestad y de las manos del traidor allí tenían. Entramos en la casa de improviso, y en vernos luego dejaron sus cantares las turbadas mujeres; y eran ellas la mujer del pescador y dos hermosas hijas que cantando suavemente hacían las ñudosas redes con que los descuidados peces se cautivan, y en medio dellas estaba la doncella, que luego fué conoscida, porque era mi hermana Clenarda, que está presente. Lo que en esta ventura sentimos, y lo que ella sintió, querría que ella mesma lo dijesse, porque yo no me atrevo á tan gran empresa. Allí fueron las lágrimas, allí los gemidos, allí los placeres revueltos con las penas, allí los dulzores mezclados con las amarguras y allí las obras y palabras que puede juzgar una persona de discreción. Al fin de lo cual mi padre, vuelto á las hijas del pescador les dijo: Hermosas doncellas, siendo verdad que yo vine aquí para descansar de mis trabajos, no es razón que mi venida estorbe vuestros regocijos y canciones, pues ellas solas serían bastantes para darme consolación. Essa no te faltará, dijo el pescador, en tanto que estuvieres en mi casa: á lo menos yo procuraré de dártela por las maneras possibles. Piensa agora en tomar refresco, que la música no faltará á su tiempo. Su mujer en esto nos sacó para comer algunas viandas, y mientras en ello estábamos ocupados, la una de aquellas doncellas, que se nombraba Nerea, cantó esta canción:

Canción de Nerea. En el campo venturoso, donde con clara corriente Guadalavïar hermoso, dejando el suelo abundoso, da tributo al mar potente, Galatea desdeñosa, del dolor que á Lycio daña iba alegre y bulliciosa por la ribera arenosa, que el mar con sus ondas baña.

Entre la arena cogiendo conchas y piedras pintadas, muchos cantares diciendo, con el son del ronco estruendo de las ondas alteradas, Junto al agua se ponía, y las ondas aguardaba, y en verlas llegar huía, pero á veces no podía y el blanco pie se mojaba.

Lycio, al cual en sufrimiento amador ninguno iguala, suspendió allí su tormento mientras miraba el contento de su polida zagala. Mas cotejando su mal con el gozo que ella había, el fatigado zagal con voz amarga y mortal desta manera decía:

Nympha hermosa, no te vea jugar con el mar horrendo, y aunque más placer te sea, huye del mar, Galatea, como estás de Lycio huyendo. Deja agora de jugar, que me es dolor importuno; no me hagas más penar, que en verte cerca del mar tengo celos de Neptuno.

Causa mi triste cuidado, que á mi pensamiento crea, porque ya está averiguado que si no es tu enamorado lo será cuando te vea. Y está cierto, porque Amor sabe desde que me hirió que para pena mayor me falta un competidor más poderoso que yo.

Deja la seca ribera do está el agua infructuosa, guarda que no salga afuera alguna marina fiera enroscada y escamosa. Huye ya, y mira que siento por ti dolores sobrados, porque con doble tormento celos me da tu contento y tu peligro cuidados.

En verte regocijada celos me hacen acordar de Europa Nympha preciada, del toro blanco engañada en la ribera del mar. Y el ordinario cuidado hace que piense contino de aquel desdeñoso alnado orilla el mar arrastrado, visto aquel monstruo marino.

Mas no veo en tí temor de congoja y pena tanta; que bien sé por mi dolor, que á quien no teme el Amor, ningún peligro le espanta. Guarte, pues, de un gran cuidado; que el vengativo Cupido viéndose menospreciado, lo que no hace de grado suele hacerlo de ofendido.

Ven conmigo al bosque ameno, y al apacible sombrío de olorosas flores lleno, do en el día más sereno no es enojoso el Estío. Si el agua te es placentera, hay allí fuente tan bella, que para ser la primera entre todas, sólo espera que tú te laves en ella.

En aqueste raso suelo á guardar tu hermosa cara no basta sombrero, ó velo; que estando al abierto cielo, el sol morena te para. No encuentras dulces contentos, sino el espantoso estruendo, con que los bravosos vientos con soberbios movimientos van las aguas revolviendo.

Y tras la fortuna fiera son las vistas más suaves ver llegar á la ribera la destrozada madera de las anegadas naves. Ven á la dulce floresta, do natura no fué escasa, donde haciendo alegre fiesta, la más calurosa siesta con más deleite se passa.

Huye los soberbios mares, ven, verás como cantamos tan deleitosos cantares, que los más duros pesares suspendemos y engañamos. Y aunque quien passa dolores, Amor le fuerza á cantarlos, yo haré que los pastores no digan cantos de amores, porque huelgues de escucharlos.

Allí por bosques y prados podrás leer todas horas en mil robles señalados los nombres más celebrados de las Nymphas y pastoras. Mas seráte cosa triste ver tu nombre allí pintado, en saber que escrita fuiste por el que siempre tuviste de tu memoria borrado.

Y aunque mucho estás airada, no creo yo que te assombre tanto el verte allí pintada, como el ver que eres amada del que allí escribió tu nombre. No ser querida y amar fuera triste desplacer, más ¿qué tormento ó pesar te puede, Nympha, causar ser querida y no querer?

Mas desprecia cuanto quieras á tu pastor, Galatea, sólo que en essas riberas cerca de las ondas fieras con mis ojos no te vea. ¿Qué passatiempo mejor orilla el mar puede hallarse que escuchar el ruiseñor, coger la olorosa flor y en clara fuente lavarse?

Pluguiera á Dios que gozaras de nuestro campo y ribera, y porque más lo preciaras, ojala tú lo probaras, antes que yo lo dijera. Porque cuanto alabo aquí, de su crédito le quito, pues el contentarme á mí, bastará para que á tí no te venga en apetito.

Lycio mucho más le hablara, y tenía más que hablalle, si ella no se lo estorbara, que con desdeñosa cara al triste dice que calle. Volvió á sus juegos la fiera, y á sus llantos el pastor, y de la misma manera ella queda en la ribera y él en su mismo dolor.

El canto de la hermosa doncella y nuestra cena se acabó á un mesmo tiempo; la cual fenescida, preguntamos á Clenarda de lo que le había sucedido después que nos departimos, y ella nos contó la maldad de Bartofano, la necessidad de Alcida, su prisión y su cautividad, y en fin, todo lo que tú muy largamente sabes. Lloramos amargamente nuestras desventuras; oídas las cuales, nos dijo el pescador muchas palabras de consuelo, y especialmente nos dijo cómo en esta parte estaba la sabia Felicia, cuya sabiduría bastaba á remediar nuestra desgracia, dándonos noticia de Alcida y de ti, que en esto venía á parar nuestro deseo. Y ansí passando allí aquella noche lo mejor que pudimos, luego por la mañana, dejados allí los marineros que en la nave con nosotros habían venido, nos partimos solos los tres, y por nuestras jornadas llegamos al templo de Diana, donde la sapientíssima Felicia tiene su morada. Vimos su maravilloso templo, los ameníssimos jardines, el sumptuoso palacio, conoscimos la sabiduría de la prudentísima dueña y otras cosas que nos han dado tal admiración, que aun agora no tenemos aliento para contallas. Allí vimos las hermosíssimas Nymphas, que son ejemplo de castidad; allí muchos caballeros y damas, pastores y pastoras, y particularmente un pastor nombrado Syreno, al cual todos tenían en mucha cuenta. A éste y á los demás la sabia había dado diversos remedios en sus amores y necessidades. Mas á nosotros en la nuestra hasta agora el que nos ha dado es hacer quedar á nuestro padre Eugerio en su compañía y á nosotros mandarnos venir hacia estas partes, y que no volviéssemos hasta hallarnos más contentos. Y según el gozo que de tu vista recebimos, me paresce que ya habrá ocasión para la vuelta, mayormente dejando allí nuestro padre solo y desconsolado. Bien sé que buscarle su Alcida importa mucho para su descanso: pero ya que la fortuna en tantos días no nos ha dado noticia della, será bien que no le hagamos á nuestro padre carescer tanto tiempo de nuestra compañía. Después que Polydoro dió fin á sus razones, quedaron todos admirados de tan tristes desventuras, y Marcelio después de haber llorado por Alcida, brevíssimamente contó á Polydoro y Clenarda lo que después que no había visto, le había acontescido. Diana é Ismenia, cuando acabaron de oir á Polydoro, desearon llegar más presto á la casa de Felicia: la una porque supo cierto que Syreno estaba allí, y la otra porque, oyendo tales alabanzas de la sabia, concibió esperanza de haber de su mano algún remedio. Con este deseo que tenían, aunque fué la intención de DIANA recrearse en aquel deleitoso lugar algunas horas, mudó de parescer, estimando más la vista de Syreno que la lindeza y frescura del bosque. Y por esso, levantada en pie, dijo á Tauriso y Berardo: Gozad, pastores, de la suavidad y deleite desta ameníssima vereda, porque el cuidado que tenemos de ir al templo de Diana no nos consiente detenernos aquí más. Harto nos pesa dejar un aposento tan agradable y una tan buena compañía; pero somos forzados á seguir nuestra ventura. ¿Tan cruda serás pastora, dijo TAURISO, que tan presto te ausentes de nuestros ojos y tan poco nos dejes gozar de tus palabras? MARCELIO entonces dijo á Diana: Razón los acompaña á estos pastores, hermosa zagala; razón es que tan justa demanda se les conceda: que su fe constante y amor verdadero merece que les otorgues un rato de tu conversación en este apacible lugar, mayormente habiendo bastantíssimo tiempo para llegar al templo antes que el sol esconda su lumbre. Todos fueron deste parescer, y por esso Diana no quiso más contradecirles, sino que, sentándose donde antes estaba, mostró querer complacer en todo á tan principal ajuntamiento. ISMENIA entonces dijo á Berardo y Tauriso: Pastores, pues la hermosa Diana no os niega su vista, no es justo que vosotros nos neguéis vuestras canciones. Cantad, enamorados zagales, pues en ello mostráis tan señalada destreza y tan verdadero amor, que por lo uno sois en todas partes alabados y con lo otro movéis á piedad los corazones. Todos sino el de Diana, dijo BERARDO; y comenzó á llorar, y Diana á sonreír. Lo cual visto por el pastor, al son de su zampoña, con lágrimas en sus ojos, cantó glossando una canción que dice:

_Las tristes lágrimas mías en piedras hacen señal y en vos nunca, por mi mal._

Glossa. Vuestra rara gentileza no se ofende con serviros, pues mi mal no os da tristeza ni jamás vuestra dureza dió lugar á mis suspiros. No fueron con mis porfías vuestras entrañas mudadas, aunque veis noches y días con gran dolor derramadas las tristes lágrimas mías.

Fuerte es vuestra condición, que en acabarme porfía, y más fuerte el corazón, que viviendo en tal passión no le mata la agonía. Que si un rato afloja un mal, aunque sea de los mayores, no da pena tan mortal; mas los continos dolores en piedras hacen señal.

Amor es un sentimiento blando, dulce y regalado; vos causáis el mal que siento, que Amor sólo da tormento al que vive desamado. Y ésta es mi pena mortal, que el Amor, después que os ví, como cosa natural, por mi bien siempre está en mí, y en vos nunca, por mi mal.

Contentó mucho á DIANA la canción de Berardo; pero viendo que en ella hacía más duro su corazón que las piedras, quiso volver por su honra, y dijo: Donosa cosa es, por mi vida, nombrar dura recogida y tratar de cruel la que guarda su honestidad. Ojala, pastor, no tuviera más tristeza mi alma que dureza mi corazón. ¡Mas, ay dolor, que la fortuna me cautivó con tan celoso marido, que fuí forzada muchas veces en los montes y campos ser descortés con los pastores, por no tener en mi casa amarga vida! Y con todo esto el ñudo del matrimonio y la razón me obligan á buscar el rústico y mal acondicionado marido, aunque espere innumerables trabajos de su enojosa compañía. A este tiempo, TAURISO, con la ocasión de las quejas que Diana daba de su casamiento, comenzó á tocar su zampoña y á cantar hablando con el Amor, y glossando la canción que dice:

Canción.

_La bella mal maridada, de las más lindas que ví, si has de tomar amores, vida no dejes á mí._

Glossa.

Amor, cata que es locura padescer, que en las mujeres de aventajada hermosura pueda hacer la desventura más que tú siendo quien eres. Porque estando á tu poder la belleza encomendada, te deshonras, á mi ver, en sufrir que venga á ser la bella mal maridada.

Haces mal, pues se mostró beldad ser tu amiga entera, porque siempre al que la vió, á causa tuya le dió el dolor que no le diera. Y ansí mi constancia y fe y la pena que está en mí, por haber visto no fué, mas por ser la que miré de las más lindas que ví.

Amor, das á tantos muerte, que pues matar es tu bien, algún día espero verte, que á ti mismo has de ofenderte, porque no tendrás á quién. ¡Oh qué bien parescerás herido de tus dolores! cautivo tuyo serás, que á ti mismo tomarás, si has de tomar amores.

Entonces dolor doblado podrás dar á las personas, y quedarás excusado de haberme á mí maltratado, pues á ti no te perdonas. Y si quiero reprehenderte, dirás, volviendo por ti, razón forzarte y moverte, que á ti mismo dando muerte, vida no dejes á mi.

El cantar de Tauriso paresció muy bien á todos, y en particular á Ismenia. Que aunque la canción, por hablar de mal casadas, era de Diana, la glossa della, por tener quejas del Amor, era común á cuantos dél estaban atormentados. Y por esso Ismenia, como aquélla que daba alguna culpa á Cupido de su pena, no sólo le contentaron las quejas que dél hizo Tauriso; mas ella, al mesmo propósito, al son de la lira, dijo este soneto, que le solía cantar Montano en el tiempo que por ella penaba:

Soneto.

Sin que ninguna cosa te levante, Amor, que de perderme has sido parte, haré que tu crueldad en toda parte se suene de Poniente hasta Levante. Aunque más sople el Abrego ó Levante, mi nave de aquel golfo no se parte, do tu poder furioso le abre y parte, sin que en ella un suspiro se levante. Si vuelvo el rostro estando en el tormento, tu furia allí enflaquesce mi deseo, y tu fuerza mis fuerzas cansa y corta; Jamás al puerto iré, ni lo deseo, y ha tanto que esta pena me atormenta, que un mal tan largo hará mi vida corta.

No tardó mucho Marcelio á respondelle con otro soneto hecho al mismo propósito y de la misma suerte, salvo que las quejas que daba no eran sólo del Amor, pero de la Fortuna y de sí mismo.

Soneto.

Voy tras la muerte sorda passo á passo, siguiéndola por campo, valle y sierra, y al bien ansi el camino se me cierra, que no hay por donde guíe un sólo passo. Pensando el mal que de contino passo, una navaja aguda, y cruda sierra de modo el corazón me parte y sierra, que de la vida dudo en este passo. La Diosa, cuyo ser contino rueda, y Amor que ora consuela, ora fatiga, son contra mí, y aun yo mismo me daño. Fortuna en no mudar su varia rueda, y Amor y yo, cresciendo mi fatiga, sin darme tiempo á lamentar mi daño.

El deseo que tenía Diana de ir á la casa de Felicia no le sufría detenerse allí más, ni esperar otros cantares, sino que acabando Marcelio su canción se levantó. Lo mismo hicieron Ismenia, Clenarda y Marcelio, conosciendo ser aquella la voluntad de Diana, aunque sabían que la casa de Felicia estaba muy cerca, y había sobrado tiempo para llegar á ella antes de la noche. Despedidos de Tauriso y Berardo, salieron de la fuente bella por la misma parte por donde habían entrado, y caminando por el bosque su passo á passo, gozando de las gentilezas y deleites que en él había, á cabo de rato salieron dél, y comenzaron á andar por un ancho y espacioso llano, alegre para la vista. Pensaron entonces con qué darían regocijo á sus ánimos, en tanto que duraba aquel camino, y cada uno dijo sobre ello su parescer. Pero MARCELIO, como estaba siempre con la imagen de su Alcida en el pensamiento, de ninguna cosa más holgaba que de mirar los gestos y escuchar las palabras de Polydoro y Clenarda. Y ansí por gozar á su placer deste contento, dijo: No creo yo, pastoras, que todos vuestros regocijos igualen con el que podéis haber si Clenarda os cuenta alguna cosa de las que en los campos y riberas de Guadalaviar ha visto. Yo passé por allí andando en mi peregrinación, pero no pude á mi voluntad gozar de aquellos deleites, por no tenerle yo en mi corazón. Pero, pues para llegar á donde imos tenemos de tiempo largas dos horas, y el camino es de media, podremos ir á espacio, y ella nos dirá algo de lo mucho que de aquella ameníssima tierra se puede contar. Diana y Ismenia á esto mostraron alegres gestos, señalando tener contento de oirlo, y aunque Diana moría por llegar temprano al templo, por no mostrar en ello sobrada passión hubo de acomodarse á la voluntad de todos. CLENARDA entonces, rogada por Marcelio, prosiguiendo su camino, desta manera comenzó á hablar:

Aunque decir yo con mal orden y rústicas palabras las extrañezas y beldades de la Valentina tierra será agraviar sus merescimientos y ofender vuestros oídos, quiero deciros algo della, por no perjudicar á vuestras voluntades. No contaré particularmente la fertilidad del abundoso suelo, la amenidad de la siempre florida campaña, la belleza de los más encumbrados montes, los sombríos de las verdes silvas, la suavidad de las claras fuentes, la melodía de las cantadoras aves, la frescura de los suaves vientos, la riqueza de los provechosos ganados, la hermosura de los poblados lugares, la blandura de las amigables gentes, la extrañeza de los sumptuosos templos, ni otras muchas cosas con que es aquella tierra celebrada, pues para ello es menester más largo tiempo y más esforzado aliento. Pero porque de la cosa más importante de aquella tierra seáis informados, os contaré lo que al famoso TURIA, río principal en aquellos campos le oí cantar. Venimos un día Polydoro y yo á su ribera para preguntar á los pastores della el camino del templo de Diana y casa de Felicia, porque ellos son los que en aquella tierra le saben, y llegando á una cabaña de vaqueros, los hallamos que deleitosamente cantaban. Preguntámosles lo que deseábamos saber, y ellos con mucho amor nos informaron largamente de todo, y después nos dijeron que, pues á tan buena sazón habíamos llegado, no dejássemos de gozar de un suavíssimo canto que el famoso TURIA había de hacer no muy lejos de allí antes de media hora. Contentos fuimos de ser presentes á tan deleitoso regocijo, y nos aguardamos para ir con ellos. Passado un rato en su compañía, partimos caminando riberas del río arriba, hasta que llegamos á una espaciosa campaña, donde vimos un grande ajuntamiento de Nymphas, pastores y pastoras, que todos aguardaban que el famoso TURIA comenzasse su canto. No mucho después vimos al viejo TURIA salir de una profundíssima cueva, en su mano una urna, ó vaso muy grande y bien labrado, su cabeza coronada con hojas de roble de laurel, los brazos vellosos, la barba limosa y encanescida. Y sentándose en el suelo, reclinado sobre la urna, y derramando della abundancia de claríssimas aguas, levantando la ronca y congojada voz, cantó desta manera:

Canto de Turia.

Regad el venturoso y fértil suelo, corrientes aguas, puras y abundosas, dad á las hierbas y árboles consuelo, y frescas sostened flores y rosas; y ansí con el favor del alto cielo tendré yo mis riberas tan hermosas, que grande envidia habrán de mi corona el Pado, el Mincio, el Rhódano y Garona.

Mientras andáis el curso apressurando, torciendo acá y allá vuestro camino, el Valentino suelo hermoseando con el licor sabroso y cristalino, mi flaco aliento y débil esforzando, quiero con el espíritu adevino cantar la alegre y próspera ventura que el cielo á vuestros campos assegura.

Oidme, claras Nimphas y pastores, que sois hasta la Arcadia celebrados: no cantaré las coloradas flores, la deleitosa fuente y verdes prados, bosques sombríos, dulces ruiseñores, valles amenos, montes encumbrados, mas los varones célebres y extraños que aquí serán después de largos años.

De aquí los dos pastores estoy viendo CALIXTO y ALEXANDRE, cuya fama, la de los grandes Césares venciendo, desde el Atlante al Mauro se derrama: á cuya vida el cielo respondiendo, con una suerte altíssima los llama, para guardar del báratro profundo cuanto ganado pasce en todo el mundo.

De cuya ilustre cepa veo nascido aquél varón de pecho adamantino, por valerosas armas conoscido, CESAR romano y Duque valentino, valiente corazón, nunca vencido, al cual le aguarda un hado tan malino, que aquél raro valor y ánimo fuerte tendrá fin con sangrienta y cruda muerte.

La mesma ha de acabar en un momento al HUGO, resplandor de los MONCADAS, dejando ya con fuerte atrevimiento las mauritanas gentes subjectadas: ha de morir por CARLOS muy contento, después de haber vencido mil jornadas, y pelear con poderosa mano con el francés y bárbaro africano.

Mas no miréis la gente embravescida con el furor del iracundo Marte: mirad la luz que aquí veréis nascida, luz de saber, prudencia, genio y arte; tanto en el mundo todo esclarescida, que ilustrará la más oscura parte: VIVES, qué vivirá, mientras al suelo lumbre ha de dar el gran señor de Delo.

Cuyo saber altíssímo heredando el HONORATO JUAN, subirá tanto, que á un alto rey las letras enseñando, dará á las sacras Musas grande espanto; parésceme que ya le está adornando el obispal cayado y sacro manto: ojalá un mayoral tan excelente sus greyes en mis campos apasciente.

Cuasi en el mesmo tiempo ha de mostrarse NÚÑEZ, que en la doctrina en tiernos años al grande Stagyrita ha de igualarse, y ha de ser luz de patrios y de extraños: no sentiréis Demósthenes loarse orando él. ¡Más, ay, ciegos engaños! ¡ay, patria ingrata, á causa tuya siento que orillas de Ebro ha de mudar su assiento!

¿Quién os dirá la excelsa melodía, con que las dulces voces levantando, resonarán por la ribera mía poëtas mil? Ya estoy de aquí mirando que Apolo sus favores les envía, porque con alto espíritu cantando, hagan que el nombre de este fértil suelo del uno al otro polo extienda el vuelo.

Ya veo al gran varón que celebrado será con clara fama en toda parte, que en verso al rojo Apolo está igualado y en armas está al par del fiero Marte: AUSÍAS MARCH, que á tí, florido Prado, Amor, Virtud y Muerte ha de cantarte, llevando por honrosa y justa empresa dar fama á la honestíssima Teresa.

Bien mostrará ser hijo del famoso y grande PEDRO MARCH, que en paz y en guerra, docto en el verso, en armas poderoso, dilatará la fama de su tierra; cuyo linaje ilustre y valeroso, donde valor claríssimo se encierra, dará un JÁIME y ARNAU, grandes poëtas, á quien son favorables los planetas.

JORGE DEL REY con verso aventajado ha de dar honra á toda mi ribera, y siendo por mis Nimphas coronado resonará su nombre por do quiera; el revolver del cielo apressurado propicio le será de tal manera, que Italia de su verso terná espanto y ha de morir de envidia de su canto.

Ya veo, FRANCI OLIVER, que el cielo hieres con voz que hasta las nubes te levanta, y á ti también, claríssimo FIGUERES, en cuyo verso habrá lindeza tanta; y á tí, MARTÍN GARCÍA, que no mueres, por más que tu hilo Lachesis quebranta; INNOCENT DE CUBELLS, también te veo que en versos satisfaces mi deseo.

Aquí tendréis un gran varón, pastores, que con virtud de hierbas escondidas presto remediará vuestros dolores y enmendará con versos vuestras vidas: pues, Nimphas, esparcid hierbas y flores al grande JAIME ROIG agradescidas, coronad con laurel, serpillo y apio el gran siervo de Apolo y de Esculapio.

Y al gran NARCIS VIÑOLES, que pregona su gran valor con levantada rima, tejed de verde lauro una corona, haciendo al mundo pública su estima; tejed otra á la altíssima persona, que el verso subirá á la excelsa cima, y ha de igualar al amador de Laura, CRESPI celebradíssimo VALLDAURA.

Parésceme que veo un excelente CONDE, que el claro nombre de su OLIVA hará que entre la extraña y patria gente, mientras que mundo habrá, florezca y viva; su hermoso verso irá resplandesciente con la perfecta lumbre, que deriva del encendido ardor de sus Centellas, que en luz competirán con las estrellas.

Nimphas, haced del resto, cuando el cielo con JUAN FERNÁNDEZ os hará dichosas, lugar no quede en todo aqueste suelo, do no sembréis los lirios y las rosas; y tú, ligera Fama, alarga el vuelo, emplea aquí tus fuerzas poderosas, y dale aquel renombre soberano que diste al celebrado Mantuano.

Mirando estoy aquel poëta raro JAIME GAZULL, que en rima valentina muestra el valor del vivo ingenio y claro que á las más altas nubes se avecina; y el FENOLLAR que á Tityro acomparo, mi consagrado espíritu adevina, que resonando aquí su dulce verso se escuchará par todo el universo.

Con abundosos cantos del PINEDA resonarán también estas riberas, con cuyos versos Pan vencido queda, y amansan su rigor las tigres fieras; hará que su famoso nombre pueda subir á las altíssimas espheras: por éste mayor honra haber espero, que la soberbia Smyrna por Homero.

La suavidad, la gracia y el assiento mirad con que el gravíssimo VICENTE FERRANDIS mostrará el supremo aliento, siendo en sus claros tiempos excelente: pondrá freno á su furia el bravo viento, y detendrán mis aguas su corriente oyendo al son armónico y suave de su gracioso verso, excelso y grave.

El cielo y la razón no han consentido, que hable con mi estilo humilde y llano del escuadrón intacto y elegido para tener oficio sobrehumano, FERNAN, SANS, VALDELLOS y el escogido CORDERO, y BLASCO ingenio soberano, GACET, lumbres más claras que la Aurora, de quien mi canto calla por agora.

Cuando en el grande BORJA, de Montesa Maestre tan magnánimo imagino, que en versos y en cualquier excelsa empresa ha de mostrar valor alto y divino, parésceme que más importa y pesa mi buena suerte y próspero destino, que cuanta fama el Tíber ha tenido, por ser allí el gran Rómulo nascido.

A ti del mismo padre y mismo nombre y misma sangre altíssima engendrado, claríssimo DON JUAN, cuyo renombre será en Parnasso y Pindo celebrado, pues ánimo no habrá que no se assombre de ver tu verso al cielo levantado; las Musas de su mano en Helicona te están aparejando la corona.

Con sus héroes el gran pueblo Romano no estuvo tan soberbio y poderoso, cuanto ha de estar mi fértil suelo ufano, cuando el magno AGUILÓN me hará dichoso, que en guerra y paz consejo soberano, verso subtil, y esfuerzo valeroso, le han de encumbrar en el supremo estado donde Maron ni Fabio no han llegado.

Al SERAPHIN CENTELLAS voy mirando, que el canto altivo y militar destreza á la región etérea sublimando, al verso añadirá la fortaleza, y en un extremo tal se irá mostrando su habilidad, su esfuerzo y su nobleza, que ya comienza en mí el dulce contento de su valor y gran merescimiento.

A DON LUIS MILLÁN recelo y temo que no podré alabar como deseo, que en música estará en tan alto extremo, que el mundo le dirá segundo Orpheo; tendrá estado famoso, y tan supremo, en las heroicas rimas, que no creo que han de poder nombrársele delante Cino Pistoya y Guido Cavalcante.

A tí, que alcanzarás tan larga parte del agua poderosa de Pegaso, á quien de poesía el estandarte darán las moradoras de Parnasso, noble FALCÓN, no quiero aquí alabarte, porque de ti la fama hará tal caso, que ha de tener particular cuidado que desde el Indo al Mauro estés nombrado.

SEMPER loando el ínclito imperante Carlos, gran rey, tan grave canto mueve, que aunque la fama al cielo le levante, será poco á lo mucho que le debe; veréis que ha de passar tan adelante con el favor de las hermanas nueve, que hará con famosíssimo renombre que Hesiodo en sus tiempos no se nombre.

Al que romanas leyes declarando, y delicados versos componiendo, irá al sabio Licurgo aventajando y al veronés poeta antecediendo, ya desde aquí le estoy pronosticando gran fama en todo el mundo, porque entiendo que cuando de OLIVER se hará memoria ha de callar antigua y nueva historia.

Nymphas, vuestra ventura conosciendo, haced de interno gozo mil señales, que casi ya mi espíritu está viendo que aquí están dos varones principales: el uno militar, y el otro haciendo cobrar salud á míseros mortales, SIURANA y el ARDÉVOL, que levantan al cielo el verso altíssimo que cantan.

¿Queréis ver un juicio agudo y cierto un general saber, un grave tiento? ¿queréis mirar un ánimo despierto, un sossegado y claro entendimiento? ¿queréis ver un poético concierto, que en fieras mueve blando sentimiento? PHELIPPE CATALÁN mirad, que tiene posessión de la fuente de Hipocrene.

Veréis aquí un ingenio levantado, que gran fama ha de dar al campo nuestro, de soberano espíritu dotado, y en toda habilidad experto y diestro, el PELLICER, doctísimo letrado, y en los poemas único maestro, en quien han de tener grado excessivo grave saber y entendimiento vivo.

Mirad aquel, en quien pondrá su assiento la rara y general sabiduría; con este Orpheo muestra estar contento, y Apolo influjo altíssimo le envía; dale Minerva grave entendimiento, Marte nobleza, esfuerzo y gallardía: hablo del ROMANÍ, que ornado viene de todo lo mejor que el mundo tiene.

Dos soles nascerán en mis riberas mostrando tanta luz como el del cielo; habrá en un año muchas primaveras, dando atavío hermoso el fértil suelo, no se verán mis sotos y praderas cubiertos de intractable y duro hielo, oyéndose en mi selva ó mi vereda los versos de VADILLO y de PINEDA.

Los metros de ARTIEDA y de CLEMENTE tales serán en años juveniles, que los de quien presume de excelente, vendrán á parescer bajos y viles: ambos tendrán entre la sabia gente ingenios sossegados y subtiles, y prometernos han sus tiernas flores fructos entre los buenos los mejores.

La fuente que á Parnasso hace famoso será á JUAN PÉREZ tanto favorable, que de la Tana al Gange caudaloso por siglos mil tendrá nombre admirable; ha de enfrenarse el viento pressuroso, y detenerse ha el agua deleznable, mostrando allí maravilloso espanto la vez que escucharán su grave canto.

Aquel, á quien de drecho le es debido por su destreza un nombre señalado, de mis sagradas Nymphas conoscido, de todos mis pastores alabado, hará un metro sublime y escogido, entre los más perfectos estimado: este será ALMUDÉVAR, cuyo vuelo ha de llegar hasta el supremo cielo.

En lengua patria hará clara la historia de Nápoles el célebre ESPINOSA, después de eternizada la memoria de los Centellas, casa generosa, con tan excelso estilo, que la gloria, que le dará la fama poderosa, hará que este poeta sin segundo se ha de nombrar allá en el nuevo mundo.

Recibo un regalado sentimiento en la alma de alegría enternescida, tan sólo imaginando el gran contento que me ha de dar el sabio BONAVIDA: tan gran saber, tan grave entendimiento tendrá la gente atónita y vencida, y el verso tan sentido y elegante se oirá desde Poniente hasta Levante.

Tendréis un DON ALFONSO, que el renombre de ilustres REBOLLEDOS dilatando, en todo el universo irá su nombre sobre Maron famoso levantando; mostrará no tener ingenio de hombre, antes con verso altíssimo cantando, parescerá del cielo haber robado la arte subtil y espíritu elevado.

Por fin deste apacible y dulce canto, y extremo fin de general destreza, os doy aquel, con quien extraño espanto al mundo ha de causar naturaleza; nunca podrá alabarse un valor tanto, tan rara habilidad, gracia, nobleza, bondad, disposición, sabiduría, fe, discreción, modestia y valentía.

Este es ALDANA, el único Monarca, que junto ordena versos y soldados, que en cuanto el ancho mar ciñe y abarca, con gran razón los hombres señalados en gran duda pondrán, si él es Petrarca ó si Petrarcha es él, maravillados de ver que donde reina el fiero Marte, tenga el facundo Apolo tanta parte.

Tras éste no hay persona á quien yo pueda con mis versos dar honra esclarescida, que estando junto á Phebo, luego queda la más lumbrosa estrella escurecida, y allende desto el corto tiempo veda á todos dar la gloria merescida. Adiós, adiós, que todo lo restante os lo diré la otra vez que cante.

Este fué el canto del río TURIA, al cual estuvieron muy atentos los pastores y Nymphas, ansí por su dulzura y suavidad, como por los señalados hombres que en él á la tierra de VALENCIA se prometían. Muchas otras cosas os podría contar, que en aquellos dichosos campos he visto; pero la pesadumbre que de mi prolijidad habéis recibido, no me da lugar á ello. Quedaron Marcelio y las pastoras con gran maravilla de lo que Clenarda les había contado, pero cuando llegó á la fin de su razón, vieron que estaban muy cerca del templo de Diana y comenzaron á descubrir sus altos chapiteles, que por encima de los árboles sobrepujaban. Mas antes que al gran palacio llegassen, vieron por aquel llano cogiendo flores una hermosa Nympha, cuyo nombre, y lo que de su vista sucedió, sabréis en el libro que se sigue.

Fin del libro tercero.

LIBRO CUARTO DE DIANA ENAMORADA

Grandes son las quejas que los hombres dan ordinariamente de la Fortuna; pero no serían tantas ni tan ásperas si se tuviesse cuenta con los bienes que muchas veces nos vienen de sus mudanzas. El que estando en ruin estado huelga que la fortuna se mude, no tiene mucha razón de increparla y afrentarla con el nombre de mudable cuando algún contrario sucesso le acontesce. Mas pues ella en el bien y en el mal tiene por tan natural la inconstancia, lo que toca al hombre prudente es no vivir confiado en la possessión de los bienes ni desesperado en el sufrimiento de los males: antes vivir con tanta prudencia que se passen los deleites como cosa que no ha de durar, y los tormentos como cosa que puede ser fenescida. De semejantes hombres tiene Dios particular cuidado, como del triste y congojado Marcelio, librándole de su necessidad por medio de la sapientíssima Felicia, la cual, como con su espíritu adevinasse que Marcelio, Diana y los otros venían á su casa, hizo de manera que aquella hermosa Nympha saliesse en aquel llano para que les diesse ciertas nuevas y sucediessen cosas que con su extraña sabiduría vió que mucho convenían. Pues como Marcelio y los demás llegassen donde la Nympha estaba, saludáronla con mucha cortesía, y ella les respondió con la misma. Preguntóles para dónde caminaban, y dijéronle que para el templo de Diana. Entonces ARETHEA, que este era el nombre de la Nympha, les dijo: Según en vuestra manera mostráis tener mucho valor, no podrá dejar Felicia, cuya Nympha soy, de holgar con vuestra compañía. Y pues ya el sol está cercano del occaso, volveré con vosotros allá, donde seréis recebidos con la fiesta possible. Ellos le agradescieron mucho las amorosas ofertas, y juntamente con ella caminaron hacia el templo. Grande esperanza recibieron de las palabras desta Nympha, y aunque Polydoro y Clenarda habían estado en la casa de Felicia, no la conoscían ni se acordaban habella visto. Esto era por la muchedumbre de Nymphas que tenía la sabia, las cuales obedesciendo su mandado entendían en diversos hechos en diferentes partes. Por esso le preguntaron su nombre, y ella dijo que se llamaba ARETHEA. Diana le preguntó qué había de nuevo en aquellas partes, y ella respondió: Lo que más nuevo hay por acá es que habrá dos horas que llegó á la casa de Felicia una dama en hábito de pastora, que vista por un hombre anciano que allí hay fué conoscida por su hija, y como había mucho tiempo que andaba perdida por el mundo, fué tanto el gozo que recibió, que ha redundado en cuantos están en aquella casa. El nombre del viejo, si bien me acuerdo, es EUGERIO, y el de la hija ALCIDA. MARCELIO oyendo esto quedó tal como un discreto puede presumir, y dijo: ¡Oh venturosos trabajos los que alcanzan fin con tan próspera ventura! ¡Ay, ay! y queriendo passar adelante se le añudó el corazón y se le travó la lengua, cayendo en el suelo desmayado. Diana, Ismenia y Clenarda, sentándose cabe él, le esforzaron y le dijeron palabras para dalle ánimo. Y ansí tornando luego en sí, se levantó. No se holgaron poco Polydoro y Clenarda con semejante nueva, viendo que sus desventuras con la venida de su hermana Alcida habían de acabarse; y Diana y Ismenia también recibieron grande alegría, assí por la que sus compañeros tenían, como por la que ellas esperaban de mano de la que sabía hacer tales maravillas. DIANA, por saber algo de Syreno, á la Nympha preguntó assí: Nympha hermosa, gran confianza me distes de contento con decirme el que hay en el palacio de Felicia por la venida de Alcida, pero más cumplido le recibiré si me contáis los pastores más señalados que en ella están. Respondió entonces ARETHEA: Muchos pastores hallaréis allí de singular merescimiento; pero los que agora se me acuerdan son Sylvano y Selvagia, Arsileo y Belisa, y un pastor, el más principal de todos, llamado Syreno, de cuyas habilidades hace Felicia mucho caso; mas tiene un ánimo tan enemigo de Amor, que á cuantos están allí tiene maravillados. De la mesma condición es Alcida, tanto que después que ella ha llegado, los dos no se han partido, tratando del olvido y platicando cosas de desamor. Y ansí tengo por muy cierto que Felicia los hizo venir á su casa para casallos, pues son entrambos de un mesmo parescer, y están sus ánimos en las condiciones tan avenidos, que aunque él es pastor y ella dama, puede Felicia añadirle á él más valor del que tiene, dándole muchíssima riqueza y sabiduría, que es la verdadera nobleza. Y prosiguiendo su razon ARETHEA, vuelta á Marcelio dijo: Por esso tú, pastor, pues ves tu bien en peligro de venir á manos ajenas, no te detengas un punto, que si llegas á tiempo podrás hurtarle la ventura á Syreno. Diana, después de haber oído estas palabras, sintió bravíssima pena, y la señalara con voces y lágrimas si la vergüenza y la honestidad no se lo impidieran. El mesmo dolor, y por la mesma causa, sintió Marcelio, y quedó dél tan atormentado que pensó morirse, haciendo grandíssimos extremos: de manera que un mesmo cuchillo travessó los corazones de Marcelio y Diana, y un mesmo recelo les fatigó las almas. Marcelio temía el casamiento de Alcida con Syreno y Diana el de Syreno con Alcida. La hermosa Nympha bien conocía á Marcelio y Diana y todos los demás; pero por orden sapientíssima, que Felicia les había dado, había dissimulado con ellos y había dicho una verdad, para darle á Marcelio una no pensada alegría, y una mentira para más avivar su deseo y el de Diana, y para que con esta amargura después les fuessen más dulces los placeres que allí habían de recebir. Llegados ya á una plaza ancha y hermosíssima, que está delante la puerta de aquel palacio, vieron salir por ella una venerable dueña con una saya de terciopelo negro, tocada con unos largos y blancos velos, acompañada de tres hermosíssimas Nymphas, representando una honestíssima Sibila. Esta era la sabia Felicia, y las Nymphas eran Dorida, Cynthia y Polydora. Llegando ARETHEA delante su señora, avisada primero su compañía cómo aquélla era Felicia, se le arrodilló á sus pies y le besó las manos, y lo mesmo hicieron todos. Mostró FELICIA tener gran contento de su venida, y con gesto muy alegre les dijo: Preciados caballeros, dama y pastoras señaladas, aunque es muy grande el placer que tengo de vuestra llegada, no será menor el que recibiréis de mi vista. Mas porque venís algo fatigados id á tomar descanso y olvidad vuestro tormento, pues lo primero no podrá faltaros en mi casa y lo segundo con mi poderoso saber será presto remediado. Mostraron todos allí muchas señales y palabras de agradescimiento, y al fin dellas se despidieron de Felicia. Hizo la sabia que Polydoro y Clenarda quedassen allí diciendo tener que hablar con ellos; y los demás, guiados por Arethea, se fueron á un aposento del rico palacio, donde fueron aquella noche festejados y proveídos de lo que convenía para su descanso. Era esta casa tan sumptuosa y magnífica, tenía tanta riqueza, era poblada de tantos jardines, que no hay cosa que de gran parte se le pueda comparar. Mas no quiero detenerme en contar particularmente su hermosura y riqueza, pues largamente fué contada en la primera parte. Sólo quiero decir que Marcelio, Diana y Ismenia fueron aposentados en dos piezas del palacio entapizadas con paños de oro y seda ricamente labrados, cosa no acostumbrada para las simples pastoras. Fueron allí proveídos de una abundante y delicada cena, servidos con vasos de oro y de cristal, y al tiempo de dormir se acostaron en tales camas, que aunque los cuerpos de sus penas y cansancios venían fatigados, la blandura y limpiezas dellas y la esperanza que Felicia les había dado les convidó á dulce y reposado sueño. Por otra parte, Felicia en compañía de sus tres Nymphas, y de Polydoro y Clenarda; y avisándoles que no dijessen nada de la venida de Marcelio, Diana é Ismenia, fué á un ameníssimo jardín, donde vieron que en un corredor Eugerio con su hija Alcida estaba passeando. Don Félix y Felismena, Syreno, Sylvano y Selvagia, Arsileo y Belisa y otro pastor estaban más apartados sentados en torno de una fuente. Estaba aún Alcida con los mismos vestidos de pastora con que aquel día había llegado, pero luego por sus hermanos fué conoscida. La alegría que todos tres hermanos recibieron de verse juntos, y la que el padre tuvo de ver á sí y á ellos con tanto contento, el gozo con que se abrazaron, las lágrimas que vertieron, las razones que passaron y las preguntas que se hicieron, no se pueden con palabras declarar. Grandes fiestas hizo Alcida á los hermanos, pero muchas más á Polydoro que á Clenarda, por la presumpción que tenía que con Marcelio se había ido, dejándola en la desierta isla, como habéis oído. Pero queriendo FELICIA aclarar estos errores y dar fin á tantas desdichas, habló ansí: Hermosa Alcida, por más que la fortuna con desventuras muy grandes se ha mostrado tu enemiga, no negarás que con el contento que agora tienes, de todas sus injurias no estés cumplidamente vengada. Y porque el engaño, que hasta agora tuviste, aborresciendo sin razón á tu Marcelio, si vives más en él, es bastante para alterar tu corazón y darle mucho desabrimiento, será menester que de tu error y sospecha quedes desengañada. Lo que de Marcelio presumes es al revés de lo que piensas: porque dejarte allí en la isla no fué culpa suya, sino de un traidor y de la fortuna. La cual, por satisfacer el daño que te hizo, te ha encaminado á mí, en cuya boca no hallarás cosa ajena de verdad. Todo lo que acerca desto passa, tu hermana Clenarda largamente lo dirá; oye su razón y da crédito á sus palabras, que por mí te juro que cuantas cosas sobre ello te contará serán certíssimas y verdaderas. Comenzó entonces Clenarda á contar el caso como había passado, desculpando á Marcelio y á sí, recitando largamente la grande traición y maldad de Bartofano y todo lo demás que está contado. Oído lo cual, Alcida quedó muy satisfecha, y junto con el engaño salió de su corazón el aborrescimiento. Y tanto por estar fuera del error passado como por la obra que las poderosas palabras de Felicia hacían en su alma, comenzó á despertarse en ella el adormido amor y avivarse el sepultado fuego, y como tal le dijo á Felicia: Sabia señora, bien conozco el yerro mío y la merced que me heciste en librarme dél, pero si yo desengañada amo á Marcelio, estando él ausente como está, no tendré el cumplimiento de alegría que de tu mano espero, antes recibiré tan extremada pena, que para el remedio della será menester que me hagas nuevos favores. Respondió á esto FELICIA: Buena señal es de amor tener miedo de la ausencia; pero ésta no tardará mucho, pues yo tomé á cargo tu salud. El sol ya sus rayos ha escondido, y es hora de recogerse; vete con tu padre y hermanos á reposar, que mañana hablaremos en lo demás. Dicho esto se salió del jardín, y lo mesmo hicieron Eugerio y sus hijas, yendo á los aposentos del palacio que Felicia les tenía señalados, que estaban apartados de los de Marcelio y sus compañeras. Quedaron un rato Don Félix y Felismena, los otros pastores y pastoras en torno de la fuente; pero luego se fueron á cenar dejando concertado de volver allí al día siguiente, una hora antes del día, para gozar de la frescura de la mañana. Pues como la esperanza del placer les hiciesse passar la noche con cuidado, todos madrugaron tanto que antes de la hora concertada acudieron con sus instrumentos á la fuente. Eugerio, con el hijo y hijas, avisado de la música, madrugó, y fué también allá. Comenzaron á tañer, cantar y mover grandes juegos y bullicios á la lumbre de la Luna, que con lleno y resplandeciente gesto los alumbraba como si fuera día. Marcelio, Diana y Ismenia dormían en dos aposentos, el uno al lado del otro, cuyas ventanas daban en el jardín. Y aunque por ellas no podían ver la fuente, á causa de unos espessos y altos álamos que lo estorbaban, pero podían oir lo que en torno della se hablaba. Pues como al bullicio, regocijo y cantares de los pastores Ismenia recordasse, despertó á Diana, y luego Diana dando golpes en la pared que los dos aposentos dividía, despertó á Marcelio, y todos se asomaron á las ventanas, donde estuvieron sin ser vistos ni conoscidos. Marcelio se paró á escuchar si por ventura sentiría la voz de Alcida. Diana estaba muy atenta por oir la de Syreno. Sola Ismenia no tenía confianza de oir á Montano, pues no sabía que allí estuviesse. Pero ella tuvo más ventura, porque á la sazón un pastor al son de su zampoña cantaba deste modo:

Sextina.

La hermosa, rubicunda y fresca Aurora ha de venir tras la importuna noche; sucede á la tiniebla el claro día, las Nymphas salirán al verde prado, y el aire sonará el suave canto, y dulce son de cantadoras aves.

Yo soy menos dichoso que las aves que saludando están la alegre Aurora, mostrando allí regocijado canto; que al alba triste estoy como la noche, ó esté desierto ó muy florido el prado, ó esté ñubloso ó muy sereno el día.

En hora desdichada y triste día tan muerto fuí, que no podrán las aves, que en la mañana alegran monte y prado, ni el rutilante gesto de la Aurora de mi alma desterrar la escura noche, ni de mi pecho el lamentable canto.

Mi voz no mudará su triste canto, ni para mí jamás será de día; antes me perderé en perpetua noche, aunque más canten las parleras aves y más madrugue la purpúrea Aurora para alumbrar y hacer fecundo el prado.

¡Ay, enfadosa huerta! ¡Ay, triste prado! pues la que oir no puede este mi canto, y con rara beldad vence la Aurora, no alumbra con su gesto vuestro día; no me canséis ¡ay! importunas aves, porque sin ella vuestra Aurora es noche.

En la quieta y sossegada noche, cuando en poblado, monte, valle y prado reposan los mortales y las aves, esfuerzo más el congojoso canto, haciendo lloro igual la noche y día, en la tarde, en la siesta y en la Aurora.

Sola una Aurora ha de vencer mi noche, y si algún día ilustrará este prado, darme ha contento el canto de las aves.

Luego Ismenia, que por la ventana estuvo escuchando, conosció que el que cantaba era su esposo Montano, y recibió tanto gozo de oirle, como dolor en sentir lo que cantaba. Porque presumió que la pena de que en su canción decía estar atormentado era por otra y no por ella. Pero luego quedó desengañada, porque oyó que en acabando de cantar MONTANO dió un suspiro, y dijo: ¡Ay, fatigado corazón, cuán mal te fué en dar crédito á tu sospecha y cuán justamente padesces los males que tu misma liviandad te ha procurado! ¡Ay, mi querida Ismenia, cuánto mejor fuera para mí que tu sobrado amor no te forzara á buscarme por el mundo, para que cuando yo, conoscido mi error, á la aldea volviera, en ella te hallara! ¡Ay, engañosa Sylveria, cuán mala obra heciste al que de su niñez te las hizo tan buenas! Mas yo te agradesciera el desengaño que después me diste declarándome la verdad, si no llegara tan tarde, que no aprovecha sino para mayor pena. ISMENIA, oído esto, se tuvo por bienaventurada, y recibió tanto gozo que no se puede imaginar. Las lágrimas le salieron por los ojos de placer, y como aquélla que vió cercana la fin de sus fatigas, dijo: Ciertamente ha llegado el tiempo de mi ventura, verdaderamente esta casa es hecha para remedio de penados. Marcelio y Diana se holgaron en extremo de la alegría de Ismenia, y tuvieron esperanza de la suya. Quería Ismenia en todo caso salir de su aposento y bajar al jardín, y al tiempo que Marcelio y Diana la detenían, paresciéndoles que debía esperar la voluntad de Felicia, oyeron nuevos cantos en la fuente, y conosció Diana que eran de Syreno; Ismenia y todos se sosegaron, por no estorbar á Diana el oir la voz de su amado, y sintieron que decía ansí:

SYRENO

Goce el amador contento de verse favorescido; yo con libre pensamiento de ver ya puesto en olvido todo el passado tormento.

Que tras mucho padescer, los favores de mujer tan tarde solemos vellos, que el mayor de todos ellos es no haberlos menester.

A Diana regraciad, ojos, todo el bien que os vino; vida os dió su crueldad, su desdén abrió el camino para vuestra libertad.

Que si penando por ella fuera tres veces más bella, y en todo extremo me amara, tan contento no quedara como estoy de no querella.

Vea yo, Diana, en tí un dolor sin esperanza, hiérate el Amor ansí, que yo en ti tenga venganza de la que tomaste en mí.

Porque sería tan fiero á tu dolor lastimero, que si allí á mis pies tendida me demandasses la vida, te diría que no quiero.

Dios ordene que, pastora, tú me busques, yo me asconda tú digas: «Mírame agora», y que yo entonces responda: «Zagala, vete en buena hora».

Tú digas: «Yo estoy penando y tú me vas desechando, ¿qué novedad es aquesta?» y yo te dé por respuesta irme y dejarte llorando.

Si lo dudas, yo te ofrezco que esto y aún peor haré que por ti ya no padezco, porque tanto no te amé cuanto agora te aborrezco.

Y es bien que te eche en olvido quien por ti tan loco ha sido, que de haberte tanto amado, estuvo entonces penado y agora queda corrido.

Porque los casos de amores tienen tan triste ventura, que es mejor á los pastores gozar libertad segura que aguardar vanos favores.

¡Oh Diana, si me oyesses para que claro entendiesses lo que siente el alma mía! que mejor te lo diría, cuando presente estuviesses.

Pero mejor será estarte en lugar de mí apartado, porque perderé gran parte del placer de estar vengado con el pesar de mirarte.

No te vea yo en mis días, porque á las entrañas mías les será dolor más fiero verte cuando no te quiero que cuando no me querías.

Acontecióle á Diana como á los que acechan su mesmo mal, pues de oir los reproches y determinaciones de Syreno sintió tanto dolor, que no me hallo bastante para contarle, y tengo por mejor dejarle al juicio de los discretos. Basta saber que pensó perder la vida y fué menester que Ismenia y Marcelio la consolassen y esforzassen con las razones que á tan encarecida pena eran suficientes; y una dellas fué decirle que no era tan poca la sabiduría de Felicia, en cuya casa estaban, que á mayores males no hubiesen dado remedio, según en Ismenia desdeñada de Montano poco antes se había mostrado. Con lo cual Diana un tanto se consoló. Estando en estas pláticas, comenzando ya la dorada Aurora á descubrirse, entró por aquella cámara la Nympha ARETHEA, y con gesto muy apacible les dijo: Preciados caballeros y hermosas pastoras, tan buenos y venturosos días tengáis como á vuestro merescimiento son debidos. La sabia Felicia me envía acá para que sepa si os hallasteis esta noche con más contento del acostumbrado y para que vengáis comigo al ameno jardín, donde tiene que hablaros. Mas conviene que tú, Marcelio, dejes el hábito de pastor, y te vistas estas ropas que aquí te traigo, á tu estado pertenecientes. No esperó ISMENIA que Marcelio respondiesse de placer de la buena nueva, sino que dijo: Los buenos y alegres días, venturosa Nympha, que con tu vista nos diste, Dios por nosotros te lo pague, pues nosotros no bastamos á satisfacer por tanta deuda. El contento que de nosotros quieres saber, con sólo estar en esta casa sería muy grande, cuanto más que habernos sido esta mañana en ella tan dichosos, que yo he cobrado vida y Marcelio y Diana esperanza de tenella. Mas porque á la voluntad de tan sabia señora como Felicia en todo se obedezca, vamos al jardín donde dices, y ordene Felicia de nosotros á su contento. Tomó entonces Arethea de las manos de otra Nimpha que con ella venía las ropas que Marcelio había de ponerse, y de su mano le ayudó á vestirlas, y eran tan ricas y tan guarnecidas de oro y piedras preciosas, que tenían infinito valor. Salieron de aquella cuadra, y siguiendo todos á Arethea, por una puerta del palacio entraron al jardín. Estaba este vergel por la una parte cerrado con la corriente de un caudaloso rio; tenía á la otra parte los sumptuosos edificios de la casa de Felicia, y las otras dos partes unas paredes almenadas cubiertas de jazmín, madreselva y otras hierbas y flores agradables á la vista. Pero de la amenidad deste lugar se trató abundantemente en el cuarto libro de la primera parte. Pues como entrassen en él, vieron que Sylvano y Selvagia, apartados de los otros pastores, estaban en un pradecillo que junto á la puerta estaba. Allí Arethea se despidió de ellos, diciéndoles que aguardassen allí á Felicia, porque ella había de volver al palacio para dalle razón de lo que por su mandado había hecho. Sylvano y Selvagia, que allí estaban, conoscieron luego á Diana y se maravillaron de vella. Conosció también Selvagia á Ismenia, que era de su mismo lugar, y ansí se hicieron grandes fiestas y se dieron muchos abrazos, alegres de verse en tan venturoso lugar, después de tan largo tiempo. SELVAGIA entonces con faz regocijada les dijo: Bien venida sea la bella Diana, cuyo desamor dió ocasión para que Sylvano fuesse mío, y bien llegada la hermosa Ismenia, que con su engaño me causó tanta pena, que por remedio della vine aquí, donde la troqué con un feliz estado. ¿Qué buena ventura aquí os ha encaminado? La que recebimos, dijo DIANA, de tu vista, y la que esperamos de la mano de Felicia. ¡Oh, dichosa pastora, cuán alegre estoy del contento que ganaste! Hágate Dios de tan próspera fortuna, que goces de él por muchíssimos años. Marcelio en estas razones no se travesó porque á Sylvano y Selvagia no conoscía. Pero en tanto que los pastores estaban entendiendo en sus pláticas y cortesías, estuvo mirando un caballero y una dama que, travados de las manos, con mucho regocijo por un corredor del jardín iban passeando. Contentóse de la dama, y le dió el espíritu que otras veces la había visto. Pero por salir de duda, llegándose á Sylvano le dijo: Aunque sea descomedimiento estorbar vuestra alegre conversación, querría, pastor, que me dijesses, quién son el caballero y dama que por allí passean. Aquellos son, dijo SYLVANO, Don Felix y Felixmena, marido y mujer. A la hora MARCELIO, oído el nombre de Felixmena, se alteró y dijo: Dime, ¿cúya hija es Felixmena? ¿y dónde nasció? si acaso lo sabes, porque de Don Felix no tengo mucho cuidado. Muchas veces le oí contar, respondió SYLVANO, que su tierra era Soldina, ciudad de la provincia Vandalia, su padre Andronio y su madre Delia. Mas haced placer de decirme quién sois y por qué causa me haceis semejante pregunta. Mi nombre, respondió MARCELIO, y todo lo demás lo sabrás después. Pero por me hacer merced, que, pues tienes conoscencia con esse Felix y Felixmena, les digas que me den licencia para hablarles, porque quiero preguntarles una cosa de que pueda resultar mucho bien y alegría para todos. Pláceme, dijo SYLVANO, y luego se fué para Don Felix y Felixmena, y les dijo que aquél caballero que allí estaba quería, si no les era enojoso, tratar con ellos ciertas cosas. No se detuvieron un punto, sino que vinieron donde Marcelio estaba. Después de hechas las debidas cortesías, dijo MARCELIO, hablando contra Felixmena: Hermosa dama, á este pastor pregunté si sabía tu tierra y tus padres, y me dijo lo que acerca dello por tu relación sabe; y porque conozco un hombre que es natural de la misma ciudad, que, si no me engaño, es hijo de un caballero cuyo nombre se paresce al de tu padre, te suplico me digas si tienes algún hermano y cómo se nombra, porque quizás es éste que yo conozco. A esto FELIXMENA dió un suspiro y dijo: ¡Ay, preciado caballero, cómo me tocó en el alma tu pregunta! Has de saber que yo tuve un hermano, que él y yo nascimos de un mesmo parto. Siendo de edad de doce años, le envió mi padre Andronio á la corte del rey de lusitanos, donde estuvo muchos años. Esto es lo que yo sé dél, y lo que una vez conté á Sylvano y Selvagia, que son presentes en la fuente de los alisos, después que libré unas Nymphas y maté ciertos salvajes en el prado de los laureles. Después acá no he sabido otra cosa dél sino que el rey le envió por capitán en la costa de Africa, y como yo tanto tiempo ha que ando por el mundo, siguiendo mis desventuras, no sé si es muerto ni vivo. MARCELIO entonces no pudo detenerse más, sino que dijo: Muerto he sido hasta agora, hermana Felixmena, por haber carescido de tu vista, y vivo de hoy en adelante, pues he sido venturoso de verte. Y diciendo esto, estrecha y amorosamente la abrazó. Felixmena, reconosciendo el gesto de Marcelio, vió que era aquel mesmo que ella desde su niñez tenía pintado en la memoria, y cayó luego en la cuenta que era su proprio hermano. Fué grande el regocijo que passó entre los hermanos y cuñado, y grande el placer que sintieron Sylvano y las pastoras de verlos tan contentos. Allí se dijeron amorosas palabras, allí se derramaron tristes lágrimas, allí se hicieron muchas preguntas, allí se prometieron esperanzas, allí se hicieron determinaciones, y se hablaron y hicieron cosas de mucho descanso. Gastaron en esto larga una hora, y aun era poco, según lo mucho que después de tan larga ausencia tenían que tratar. Mas para mejor y con más sossiego entender en ello, se assentaron en aquel pradecillo, bajo de unos sauces, cuyos entretejidos ramos hacían estanza sombría y deleitosa, defendiéndolos del radiante sol, que ya con algún ardor assomaba por el hemispherio.

En tanto que Marcelio, Don Felix, Felixmena, Sylvano y las pastoras entendían en lo que tengo dicho, al otro cabo del jardín, junto á la fuente estaban, como tengo dicho, Eugerio, Polydoro, Alcida y Clenarda. Alcida aquél día había dejado las ropas de pastora por mandato de Felicia, vistiéndose adrezándose ricamente con los vestidos y joyeles que para ello le mandó dar. Pues como allí estuviessen también Syreno, Montano, Arsileo y Belisa cantando y regocijándose, holgaban mucho Eugerio y sus hijos de escucharlos. Y lo que más les contentó fué una canción que Syreno y Arsileo cantaron el uno contra y el otro en favor de Cupido. Porque cantaron con más voluntad, con esperanza de una copa de cristal que Eugerio al que mejor paresciese había prometido. Y ansí Syreno al son de su zampoña, y Arsileo de un rabel, comenzaron deste modo:

SYRENO

Ojos, que estáis ya libres del tormento, con que mi estrella pudo enbelesaros, ¡oh, alegre! ¡oh, sossegado pensamiento! ¡oh, esquivo corazón!, quiero avisaros, que pues le dió á Diana descontento veros, pensar en vos y bien amaros, vuestro consejo tengo por muy sano de no mirar, pensar ni amar en vano.

ARSILEO

Ojos, que mayor lumbre habéis ganado mirando el sol que alumbra en vuestro día, pensamiento en mil bienes ocupado, corazón, aposento de alegría: sino quisiera verme, ni pensado hubiera en me querer, Belisa mía, tuviera por dichosa y alta suerte mirar, pensar y amar hasta la muerte.

Ya quería Syreno replicar á la respuesta de Arsileo, cuando EUGERIO le atajó y dijo: Pastores, pues habéis de recebir el premio de mi mano, razón será que el cantar sea de la suerte que á mi más me contenta. Canta tú primero, Syreno, todos los versos que tu Musa te dictare, y luego tú, Arsileo, dirás otros tantos ó los que te paresciere. Plácenos, dijeron, y Syreno comenzó assí:

SYRENO

Alégrenos la hermosa primavera, vístase el campo de olorosas flores, y reverdezca el valle, el bosque y el prado. Las reses enriquezcan los pastores, el lobo hambriento crudamente muera, y medre y multiplíquese el ganado. El río apressurado lleve abundancia siempre de agua clara; y tú, Fortuna avara, vuelve el rostro de crudo y variable muy firme y favorable; y tú, que los espíritus engañas, maligno Amor, no aquejes mis entrañas.

Deja vivir la pastoril llaneza en la quietud de los desiertos prados, y en el placer de la silvestre vida. Descansen los pastores descuidados, y no pruebes tu furia y fortaleza en la alma simple, flaca y desvalida. Tu llama esté encendida en las soberbias cortes, y entre gentes bravosas y valientes; y para que gozando un dulce olvido, descanso muy cumplido me den los valles, montes y campañas, maligno Amor, no aquejes mis entrañas.

¿En que ley hallas tú que esté sujeto á tu cadena un libre entendimiento y á tu crueldad una alma descansada? ¿En quien más huye tu áspero tormento, haces, inicuo Amor, más crudo efecto? ¡oh, sinrazón jamás acostumbrada! ¡Oh, crüeldad sobrada! ¿No bastaría, Amor, ser poderoso, sin ser tan riguroso? ¿no basta ser señor, sino tirano? ¡Oh, niño ciego y vano! ¿por qué bravo te muestras y te ensañas, con quien te da su vida y sus entrañas.

Recibe engaño y torpemente yerra quien Dios te nombra, siendo cruda llama, ardiente, embravescida y furiosa. Y tengo por más simple el que te llama hijo de aquella Venus, que en la tierra fue blanda, regalada y amorosa. Y á ser probada cosa que ella pariesse un hijo tan malino, yo digo y determino que en la ocasión y causa de los males entrambos sois iguales: ella, pues te parió con tales mañas, y tú, pues tanto aquejas las entrañas.

Las mansas ovejuelas van huyendo los carniceros lobos, que pretenden sus carnes engordar con pasto ajeno. Las benignas palomas se defienden y se recogen todas en oyendo el bravo son del espantoso trueno. El bosque y prado ameno, si el cielo el agua clara no le envía, la pide á gran porfía, y á su contrario cada cual resiste; sólo el amante triste sufre su furia y ásperas hazañas, y deja que deshagas sus entrañas.

Una passión que no puede encubrirse, ni puede con palabras declararse, y un alma entre temor y amor metida. Un siempre lamentar sin consolarse, un siempre arder, y nunca consumirse, y estar muriendo, y no acabar la vida. Una passión crescida, que passa el que bien ama estando ausente, y aquel dolor ardiente, que dan los tristes celos y temores, estos son los favores, Amor, con que las vidas acompañas, perdiendo y consumiendo las entrañas.

Arsileo, acabada la canción de Syreno, comenzó á tañer su rabel, y después de haber tañido un rato, respondiendo particularmente á cada estanza de su competidor, cantó desta suerte:

ARSILEO

Mil meses dure el tiempo que colora, matiza y pinta el seco y triste mundo, renazcan hierbas, hojas, frutas, flores. El suelo estéril hágase fecundo. Ecco, que en las espessas sylvas mora, responda á mil cantares de pastores. Revivan los amores, que el enojoso hibierno ha sepultado; y porque en tal estado mi alma tenga toda cumplimiento de gozo y de contento, pues las fatigas ásperas engañas, benigno Amor, no dejes mis entrañas.

No presumáis, pastores, de gozaros con cantos, flores, ríos, primaveras, si no está el pecho blando y amoroso. ¿A quién cantáis canciones placenteras? ¿á qué sirve de flores coronaros? ¿cómo os agrada el río caudaloso ni el tiempo deleitoso? Yo á mi pastora canto mis amores, y le presento flores, y assentando par della en la ribera gozo la primavera, y pues son tus dulzuras tan extrañas, benigno Amor, no dejes mis entrañas.

La sabia antigüedad Dios te ha nombrado, viendo que con supremo poderío siempre ejecutas hechos milagrosos. Por ti está un corazón ardiente y frío, por ti se muda el torpe en avisado, por ti los flacos tornan animosos. Los dioses poderosos en aves y alimañas convertidos, y reyes sometidos á la fueza de un gesto y de unos ojos, han sido los despojos de tus proezas é ínclitas hazañas, con que conquistas todas las entrañas.

Vivía en otro tiempo en gran torpeza con simple y adormido entendimiento, en codiciosos tratos ocupado. Del dulce amor no tuve sentimiento ni en gracia, habilidad y gentileza, era de las pastoras alabado. Agora coronado estoy de mil victorias alcanzadas en luchas esforzadas, en tiros de la honda muy certeros, y en cantos placenteros, después que tú ennoblesces y acompañas, benigno Amor, mi vida y mis entrañas.

¿Qué mayor gozo puede recebirse, que estar la voluntad de amor cautiva y á él los corazones sometidos? Que aunque algunos ratos se reciba algún simple disgusto, ha de sufrirse á vueltas de mil bienes escogidos. Si viven afligidos los tristes sin ventura enamorados de estar atormentados, echen la culpa al Tiempo y la Fortuna, y no den queja alguna contra ti, Amor, que con benignas mañas tiernas y blandas haces las entrañas.

Mirad un gesto hermoso, y lindos ojos, que imitan dos claríssimas estrellas: que al alma envían lumbre esclarescida. El contemplar la perfección de aquellas manos, que dan destierro á los enojos, de quien en ellas puso gloria y vida. Y la alegría crescida, que siente el que bien ama y es amado, y aquel gozo sobrado de tener mi pastora muy contenta, lo tengo en tanta cuenta, que aunque á veces te arrecias y te ensañas, Amor, huelgo que estés en mis entrañas.

A todos generalmente fueron muy agradables las canciones de los pastores. Pero viniendo Eugerio á dar el prez al que mejor había cantado, no supo tan presto determinarse. Apartó á una parte á Montano para tomar su voto, y lo que á Montano le paresció fué, que tan bien había cantado el uno como el otro. Vuelto entonces EUGERIO á Syreno y Arsileo, les dijo: Habilíssimos pastores, mi parescer es que fuisteis iguales en la destreza y sin igual en todas estas partes, y aunque el antiguo Palemón resuscitasse, no hallaría mejoría entre vuestras habilidades. Tú, Syreno, eres digno de la copa de cristal, y tú también, Arsileo, la meresces. De manera que sería haceros agravio, señalar á nadie vencedor ni vencido. Pues resolviéndome con el parescer de Montano, digo que tú, Syreno, tomes la copa cristalina, y á tí, Arsileo, te doy esta otra de Calcedonia, que no vale menos. A entrambos os doy copas de un mesmo valor, entrambas de la vajilla de Felicia, y á mí por su liberalidad presentadas. Los pastores quedaron muy satisfechos del prudente juicio y de los ricos premios del liberal Eugerio, y por ello le hicieron muchas gracias. A esta sazón ALCIDA, acordándose del tiempo passado, dijo: Si el error, que tanto tiempo me ha engañado, hasta agora durara, no consintiera yo que Arsileo llevara premio igual con el de Syreno. Mas agora que estoy libre dél, y captiva del amor de Marcelio mi esposo, por la pena que me da su ausencia, estoy bien con lo que cantó Syreno, y por el deleite que espero alabo la canción de Arsileo. ¡Mas ay, descuidado Syreno! guarda no sean las quejas que tienes de Diana semejantes á las que tuve yo de Marcelio, porque no te pese, como á mí, del aborrescimiento. Sonrióse á esto Syreno, y dijo: ¿Qué más justas quejas se pueden tener de una pastora que después de haberme dejado tomar un desastrado por marido? Respondió entonces ALCIDA: Harto desastrado ha sido él, después que á mí me vido, y porque viene á propósito, quiero contarte lo que ayer, estorbada por Felicia, no pude decirte, cuando hablábamos en las cosas de Diana. Y esto á fin que deseches el olvido, sabiendo la desventura que mi desamor le causó al malaventurado Delio. Ya te dije cómo estuve hablando y cantando con Diana en la fuente de los alisos, y cómo llegó allí el celoso Delio, y luego tras él, en hábito de pastor, el congojado Marcelio, de cuya vista quedé tan alterada, que di á huir por una selva. Lo que después me acontesció fué, que cuando llegué á la otra parte del bosque, sentí de muy lejos una voz que decía muchas veces: Alcida, Alcida, espera, espera. Pensé yo que era Marcelio, que me seguía, y por no ser alcanzada, con más ligera corrida iba huyendo. Pero por lo que después sucedió, supe que era Delio, marido de Diana, que tras mi corriendo venía. Porque, como yo de haber corrido mucho, viniesse á cansarme, hube de ir tan á espacio, que llegó en vista de mí. Conoscíle y paréme, para ver lo que quería, no pensando la causa de su venida, y él, cuando me estuvo delante, fatigado del camino y turbado de su congoja, no pudo hablarme palabra. Al fin, con torpes y desbaratadas razones me dijo que estaba enamorado de mí, y que le quisiesse bien, y no sé qué otras cosas me dijo, que mostraron su poco caudal. Yo reíme dél, á decir la verdad, y con las razones que supe decirle, procuré de consolarle, y hacerle olvidar su locura, pero nada aprovechó, porque cuanto más le dije, más loco estaba. Por mi fe te juro, pastor, que no vi hombre tan perdido de amores en toda mi vida. Pues como yo prosiguiesse mi camino, y él siempre me siguiesse, llegamos juntos á una aldea que una legua de la suya estaba, y como allí viesse mi aspereza, y le desamparasse del todo la esperanza, de puro enojo adolesció. Fué hospedado allí por un pastor que le conoscía, el cual luego en la mañana dió aviso á su madre de su enfermedad. Vino la madre de Delio con gran congoja y mucha presteza, y halló su hijo que estaba abrasándose con una ardentíssima calentura. Hizo muchos llantos, y le importunó le dijesse la causa de su dolencia; pero nunca quiso dar otra respuesta, sino llorar y suspirar. La amorosa madre con muchas lágrimas le decia: ¡Oh, hijo mío! ¿qué desdicha es ésta? no me encubras tus secretos, mira que soy tu madre, y aun podrá ser que sepa de ellos algo. Tu esposa me contó anoche que en la fuente de los alisos la dejaste, yendo tras no sé qué pastora: dime si nasce de aquí tu mal, no tengas empacho de decirlo; mira que no puede bien curarse la enfermedad, si no se sabe la causa della. ¡O triste Diana! tú partiste hoy para el templo de Felicia por saber nuevas de tu marido y él estaba más cerca de tu lugar, y aun más enfermo de lo que pensabas. Cuando Delio oyó las palabras de su madre, no respondió palabra, sino que dió un gran suspiro, y de entonces se dobló su dolor; porque antes sólo el amor le aquejaba, y entonces fué de amor y celos atormentado. Porque como él supiesse que tú, Syreno, estabas aquí en casa de Felicia, oyendo que Diana era venida acá, temiendo que no reviviessen los amores passados, vino en tanta phrenesía, y se le arreció el mal de tal manera, que combatido de dos bravíssimos tormentos, con un desmayo acabó la vida, con mucho dolor de su triste madre, parientes y amigos. Yo cierto me dolí dél, por haber sido causa de su muerte, pero no pude hacer más, por lo que á mi contento y honra convenía. Sola una cosa mucho me pesa, y es que, ya que no le hice buenas obras, no le di á lo menos buenas palabras, porque por ventura no viniera en tal extremo. En fin yo me vine acá, dejando muerto al triste, y á sus parientes llorando, sin saber la causa de su dolencia. Esto te dije á propósito del daño que hace un bravo olvido, y también para que sepas la viudez de tu Diana, y pienses si te conviene mudar intento, pues ella mudó el estado. Pero espantóme que, según la madre de Delio dixo, Diana partió ayer para acá, y no veo que haya llegado. Atento estuvo Syreno á las palabras de Alcida, y como supo la muerte de Delio, se le alteró el corazón. Allí hizo gran obra el poder de la sabia Felicia, que aunque allí no estaba, con poderosas hierbas y palabras, y por muchos otros medios procuró que Syreno comenzasse á tener afición á Diana. Y no fué gran maravilla, porque los influjos de las celestes estrellas tanto á ello le inclinaban, que paresció no ser nascido Syreno sino para Diana ni Diana sino para Syreno.

Estaba la sapientíssima Felicia en su riquíssimo palacio, rodeada de sus castas Nymphas obrando con poderosos versos lo que á la salud y remedio de todos estos amantes convenía. Y como vió desde allí con su sabiduría que ya los engañados Montano y Alcida habían conoscido su error, y el esquivo Syreno se había ablandado, conosció ser ya tiempo de rematar los largos errores y trabajos de sus huéspedes con alegres y no pensados regocijos. Saliendo de la sumptuosa casa en compañía de Dorida, Cyntia, Polydora y otras muchas Nymphas, vino al ameníssimo jardín, donde los caballeros, damas, pastores y pastoras estaban. Los primeros que allí vió fueron Marcelio, Don Felix, Felixmena, Sylvano, Selvagia, Diana é Ismenia, que á la una parte del vergel en el pradecillo, como dije, junto á la puerta principal estaban assentados. En ver llegar á la venerable dueña todos se levantaron y le besaron las manos, donde tenían puesta su esperanza. Hízoles ella benigno recogimiento, y señalóles que la siguiessen, y ellos lo hicieron de voluntad. Felicia, seguida de la amorosa compañía, travesado todo el jardín, que grandíssimo era, vino á la otra parte dél, á la fuente donde Eugerio, Polydoro, Alcida, Clenarda, Syreno, Arsileo, Belisa y Montano estaban. Alzáronse todos en pie por honra de la sabia matrona; y cuando Alcida vió á Marcelio, Syreno á Diana y Montano á Ismenia, se quedaron atónitos, y les paresció sueño ó encantamiento, no dando crédito á sus mesmos ojos. La sabia, mandando á todos que se assentassen, mostrando querer hablar cosas importantes, sentada en medio de todos ellos en un escaño de marfil habló desta manera: Señalado y hermoso ajuntamiento, llegada es la hora que determino daros á todos de mi mano el deseado contentamiento, pues á esse fin por diferentes medios y caminos os hice venir á mi casa. Todos estáis aquí juntos, donde mejor podré tratar lo que á vuestra vida satisface. Por esso, yo os ruego que os contentéis de mi voluntad y obedezcáis á mis palabras. Tú, Alcida, quedaste de tu sospecha desengañada por relación de tu hermana Clenarda. Conoscido tenía que, después que desechaste aquel cruel aborrescimiento, sentías mucho estar ausente de Marcelio. Ofrescite que esta ausencia no sería larga, y ha sido tan corta, que al tiempo que della te me quejabas, estaba ya Marcelio en mi casa. Agora le tienes delante tan firme en su primera voluntad, que si á ti placerá, y á tu padre y hermanos les estará bien, se tendrá por dichoso de efectuar contigo el prometido casamiento; el cual, allende que por ser de tan principales personas ha de dar grande regocijo, le dará más cumplido á causa de la hermana Felixmena, que Marcelio después de tantos años halló en mi casa. Tú, Montano, de la mesma Sylveria, que te engañó, quedaste avisado de tu error. Llorabas por haber perdido tu mujer Ismenia; agora viene á vivir en tu compañía, y á dar consuelo á tu congoja, después que por toda España con grandes peligros y trabajos te ha buscado. Falta agora que te dé remedio, hermosa Diana. Mas para ello quiero primero avisarte de lo que Syreno y algunos destos pastores por relación de Alcida saben, aunque sea cuento que ha de lastimar tu corazón. Tu marido Delio, hermosa pastora, como plugo á las inexorables Parcas, acabó sus días. Bien conozco que tienes alguna razón de lamentar por él, pero en fin todos los hombres están obligados á pagar ese tributo, y lo que es tan común no debe á nadie notablemente fatigar. No llores, hermosa Diana, que me rompes las entrañas en verte derramar essas dolorosas lágrimas: enjuga agora tus ojos, y consuela agora tu dolor. No vistas ropas de luto ni hagas sobrado sentimiento, porque en esta casa no se sufre largo ni demasiado llanto, y también porque mejor ventura de la que tenías te tiene el cielo guardada. Y pues á lo hecho no se puede dar remedio, á tu prudencia toca agora olvidar lo passado y á mi poder conviene dar orden en lo presente. Aquí está tu amador antiguo Syreno, cuyo corazón por arte mía, y por la razón que á ello le obliga, está tan blando y mudado de la passada rebeldía como es menester para que sea contento de casarse contigo. Lo que te ruego es que obedezcas á mi voluntad, en cosa que tanto te conviene: porque, aunque parezca hacer agravio al marido muerto casarse tan prestamente, por ser cosa de mi decreto y autoridad, no será tenida por mala. Y tú, Syreno, pues comenzaste á dar lugar en tu corazón al loable y honesto amor, acaba ya de entregarle tus entrañas, y efectúese este alegre y bien afortunado casamiento, al cumplimiento del cual son todas las estrellas favorables. Todos los restantes que en este deleitoso jardín tenéis aparejo de contentamiento, alegrad vuestros ánimos, moved regocijados juegos, tañed los concertados instrumentos, entonad apacibles cantares y entended en agradables conversaciones, por honra y memoria destos alegres desengaños y venturosos casamientos. Acabada la razón de la sabia Felicia, todos fueron muy contentos de hacer su mandado, paresciéndoles bien su voluntad y maravillándose de su sabiduría. Montano tomó por la mano á su mujer Ismenia, juzgándose entrambos dichosos y bienaventurados; y entre Marcelio y Alcida y Syreno y Diana fué al instante solemnizado el honesto y casto matrimonio, con la firmeza y ceremonia debida.

Los demás, alegres de los felices acontescimientos, movieron grandes cantos. Entre los cuales ARSILEO, por la voluntad que á Syreno tenía, y por la amistad que había entre los dos, al son de su rabel cantó en memoria del nuevo casamiento de Syreno lo siguiente:

Versos franceses.

De flores matizadas se vista el verde prado, retumbe el hueco bosque de voces deleitosas, olor tengan más fino las coloradas rosas, floridos ramos mueva el viento sossegado. El río apressurado sus aguas acresciente, y pues tan libre queda la fatigada gente del congojoso llanto, moved, hermosas Nymphas, regocijado canto.

Destierre los ñublados el prefulgente día, despida el alma triste los ásperos dolores, esfuercen más sus voces los dulces ruiseñores, Y pues por nueva vía con firme casamiento, de un desamor muy crudo se saca un gran contento, vosotras entre tanto moved, hermosas Nymphas, regocijado canto.

¿Quién puede hacer mudarnos la voluntad constante, y hacer que la alma trueque su firme presupuesto? ¿quién puede hacer que amemos aborrescido gesto y el corazón esquivo hacer dichoso amante? ¿Quién puede á su talante mandar nuestras entrañas, sino la gran Felicia, que obrado ha más hazañas, que la Thebana Manto? moved, hermosas Nymphas, regocijado canto.

Casados venturosos, el poderoso cielo derrame en vuestros campos influjo favorable, y con dobladas crías en número admirable vuestros ganados crezcan cubriendo su ancho suelo. No os dañe el crudo hielo los tiernos chivaticos, y tal cantidad de oro os haga entrambos ricos, que no sepáis el cuánto; moved, hermosas Nymphas, regozijado canto.

Tengáis de dulce gozo bastante cumplimiento con la progenie hermosa que os salga parecida, más que el antiguo Néstor tengáis larga la vida, y en ella nunca os pueda faltar contentamiento; Moviendo tal concento por campos encinales, que ablande duras peñas y á fieros animales cause crescido espanto: moved, hermosas Nymphas, regocijado canto.

Remeden vuestras voces las aves amorosas, los ventecicos suaves os hagan dulce fiesta, alégrese con veros el campo y la floresta, y os vengan á las manos las flores olorosas. Los lirios y las rosas, jazmín y flor de Gnido, la madreselva hermosa y el arrayán florido, narcisso y amaranto; moved, hermosas Nymphas, regocijado canto.

Concorde paz os tenga contentos muchos años, sin ser de la rabiosa sospecha atormentados, y en el estado alegre viváis tan reposados, que no os cause recelo Fortuna y sus engaños. En montes más extraños tengáis nombre famoso; mas porque el ronco pecho tan flaco y temeroso repose agora un cuanto, dad fin, hermosas Nymphas, al deleitoso canto.

Al tiempo que Arsileo acabó su canción se movió tan general regocijo, que los más angustiados corazones alegrara. Comenzaron las deleitosas canciones á resonar por toda la huerta, los concertados instrumentos levantaron suave armonía, y aun parescía que los floridos árboles, el caudaloso río, la amena fuente y las cantadoras aves, de aquella fiesta se alegraban. Después que buen rato se hubieron empleado en esto, paresciéndole á Felicia ser hora de comer, mandó que allí á la fuente, donde estaban, se trajesse la comida. Luego las ninfas obedesciéndole proveyeron lo necesario, y puestas las mesas y aparadores á la sombra de aquellos árboles, sentados todos conforme al orden de Felicia, comieron, servidos de sabrosas y delicadas viandas en vasos de muchíssimo valor. Acabada la comida, tornando al comenzado placer, hicieron las fiestas y juegos que en el siguiente libro se dirán.

Fin del libro cuarto.

LIBRO QUINTO DE DIANA ENAMORADA

Tan contentos estaban estos amantes en el dichoso estado, viéndose cada cual con la deseada compañía, que los trabajos del tiempo passado tenían olvidados. Mas los que desde aparte miramos las penas que les costó su contentamiento, los peligros en que se vieron y los desatinos que hicieron y dijeron antes de llegar á él, es razón que vamos advertidos de no meternos en semejantes penas, aunque más cierto fuesse tras ellas el descanso, cuanto más siendo tan incierto y dudoso, que por uno que tuvo tal ventura se hallan mil cuyos cargos y fatigosos trabajos con desesperada muerte fueron galardonados. Pero dejado esto aparte, vengamos á tratar de las fiestas que por los cosamientos y desengaños en el jardín de Felicia se hicieron, aunque no será possible contarlas todas en particular. Felicia, á cuyo mandamiento estaban todos obedientes, y en cuya voluntad estaba el orden y concierto de la fiesta, quiso que el primer regocijo fuesse bailar los pastores y pastoras al son de las canciones por ellos mesmos cantadas. Y ansí, sentada con Eugenio, Polydoro, Clenarda, Marcelio, Alcida, D. Felix y Felixmena, declaró á los pastores su voluntad. Levantáronse á la hora todos, y tomando Syreno a Diana por la mano, Sylvano á Selvagia, Montano á Ismenia y Arsileo á Belisa, concertaron un baile más gracioso que cuantos las hermosas Dryadas ó Napeas, sueltas al viento las rubias madejas del oro finísimo de Arabia, en las ameníssimas florestas suelen hacer. No se detuvieron mucho en cortesías sobre quién cantaría primero, porque como Syreno, que era principal en aquella fiesta, estuviesse algo corrido del descuido que hasta entonces tuvo de Diana, y el empacho dello le hubiesse impedido el desculparse, quiso cantando decirle á Diana lo que la vergüenza le había consentido razonar. Por esso sin más aguardar, respondiéndole los otros, según la costumbre, cantó ansí:

Canción.

Morir debiera sin verte, hermosíssima pastora, pues que osé tan sola un hora estar vivo y no quererte.

De un dichoso amor gozara, dejado el tormento aparte, si en acordarme de amarte de mi olvido me olvidara. Que de morirme y perderte tengo recelo, pastora, pues que osé tan sola un hora estar vivo y no quererte.

En diferente parescer estaba Diana. Porque como aquel antiguo olvido que tuvo de Syreno con un ardentíssimo amor le había cumplidamente satisfecho, y de sus passadas fatigas se vió sobradamente pagada, no tenía ya por qué de sus descuidos se lamentasse; antes hallando su corazón abastado del possible contentamiento y libre de toda pena, mostrando su alegría é increpando el cuidado de Syreno, le respondió con esta canción:

Canción.

La alma de alegría salte; que en tener mi bien presente no hay descanso que me falte, ni dolor que me atormente.

No pienso en viejos cuidados; que agravia nuestros amores tener presentes dolores por los olvidos passados. Alma, de tu dicha valte; que con bien tan excelente no hay descanso que te falte, ni dolor que te atormente.

En tanto que Diana dijo su canción, llegó á la fuente una pastora de extremadíssima hermosura, que en aquella hora á la casa de Felicia había venido, é informada que la sabia estaba en el jardín, por verla y hablarla, allí había venido. Llegada donde Felicia estaba, arrodillada delante della, le pidió la mano para se la besar, y después le dijo: Perdonar se me debe, sabia señora, el atrevimiento de entrar aquí sin tu licencia, considerando el deseo que tenía de verte y la necesidad que tengo de tu sabiduría. Traigo una fatiga en el corazón, cuyo remedio está en tu mano; mas el darte cuenta della lo guardo para mejor ocasión, porque en semejante tiempo y lugar es descomedimiento tratar cosas de tristeza. Estaba aún MELISEA, que este era el nombre de la pastora, delante Felicia arrodillada, cuando vido por un corredor de la huerta venir un pastor hacia la fuente, y en verle dijo: Esta es otra pesadumbre, señora, tan molesta y enojosa, que para librarme della no menos he menester vuestros favores. En esto el pastor, que NARCISSO se decía, llegó en presencia de Felicia y de aquellos caballeros y damas, y hecho el debido acatamiento, comenzó á dar quejas á Felicia de la pastora Melisea, que presente tenía, diciendo cómo por ella estaba atormentado, sin haber de su boca tan solamente una benigna respuesta. Tanto que de muy lejos hasta allí había venido en su seguimiento, sin poder ablandar su rebelde y desdeñoso corazón. Hizo FELICIA levantar á Melisea, y atajando semejantes contenciones: No es tiempo, dijo, de escuchar largas historias; por agora, tú, Melisea, da á Narcisso la mano, y entrad entrambos en aquella danza, que en lo demás á su tiempo se pondrá remedio. No quiso la pastora contradecir al mandamiento de la sabia, sino que en compañía de Narcisso se puso á bailar juntamente con las otras pastoras. A este tiempo la venturosa ISMENIA, que para cantar estaba apercebida, dando con el gesto señal del interno contentamiento que tenía después de tan largos cuidados, cantó desta suerte:

Canción.

Tan alegres sentimientos recibo, que no me espanto, si cuesta dos mil tormentos un placer que vale tanto.

Yo aguardé, y el bien tardó, mas cuando el alma le alcanza, con su deleite pagó mi aguardar y su tardanza. Vengan las penas á cuentos, no hago caso del llanto, si me dan por mil tormentos un placer que vale tanto.

Ismenia, al tiempo que cantaba, y aun antes y después, cuasi nunca partió los ojos de su querido Montano. Pero él como estaba algo afrentado del engaño en que tanto tiempo, con tal agravio de su esposa había vivido, no osaba mirarla sino á hurto al dar de la vuelta en la danza, estando ella de manera que no podía mirarle, y esto porque algunas veces, que había probado mirarla en el gesto, confundido con la vergüenza que le tenía y vencido de la luz de aquellos radiantes ojos, que con afición de contino le miraban, le era forzoso bajar los suyos al suelo. Y como en ello vió que tanto perdía, dejando de ver á la que tenía por su descanso, tomando esto por ocasión, encaminando su cantar á la querida Ismenia, desta manera dijo:

Canción.

Vuelve agora en otra parte, zagala, tus ojos bellos; que si me miras con ellos es excusado mirarte.

Con tus dos soles me tiras rayos claros de tal suerte, que, aunque vivo en solo verte, me matas cuando me miras. Ojos, que son de tal arte, guardados has de tenellos: que si me miras con ellos, es excusado mirarte.

Como nieve al sol caliente, como á flechas el terrero, como niebla al viento fiero, como cera al fuego ardiente: Ansi se consume y parte la alma en ver tus ojos bellos: pues si me miras con ellos, es excusado mirarte.

¡Ved qué sabe hacer amor, y la Fortuna qué ordena! que un galardón de mi pena acresciente mi dolor. A darme vida son parte essos ojos sólo en vellos: mas si me miras con ellos, es excusado mirarte.

MELISEA, que harto contra su voluntad con el desamado Narciso hasta entonces había bailado, quiso de tal pesadumbre vengarse con una desamorada canción, y á propósito de las penas y muertes en que el pastor decía cada día estar á causa suya, burlándose de todo ello, cantó ansí:

Canción.

Zagal, vuelve sobre ti; que por excusar dolor no quiero matar de amor, ni que Amor me mate á mí.

Pues yo viviré sin verte, tú por amarme no mueras, que ni quiero que me quieras ni determino quererte.

Que pues tú dices que ansi se muere el triste amador, ni quiero matar de amor ni que Amor me mate á mi.

No mediana pena recibió Narcisso con el crudo cantar de su querida, pero esforzándose con la esperanza que Felicia le había dado de su bien, y animándose con la constancia y fortaleza del enamorado corazón, le respondió añadiendo dos coplas á una canción antigua que decía:

_Si os pesa de ser querida, yo no puedo no os querer, pesar habréis de tener, mientras yo tuviere vida._

Sufrid que pueda quejarme, pues que sufro un tal tormento, ó cumplid vuestro contento con acabar de matarme. Que según sois descreída, y os ofende mi querer, _pesar habréis de tener, mientras yo tuviere vida_.

Si pudiendo conosceros, pudiera dejar de amaros, quisiera, por no enojaros, poder dejar de quereros. Mas pues vos seréis querida, mientras yo podré querer, _pesar habréis de tener, mientras yo tuviere vida_.

Tan puesta estaba MELISEA en su crueldad, que apenas había Narcisso dicho las postreras palabras de su canción, cuando antes que otro cantasse, desta manera replicó:

Canción.

Mal consejo me parescs, enamorado zagal, que á ti mismo quieres mal, por amar quien te aborresce.

Para ti debes guardar esse corazón tan triste, pues aquella á quien le diste, jamás le quiso tomar. A quien no te favoresce, no la sigas, piensa en ál, y á ti no te quieras mal, por querer quien te aborresce.

No consintió NARCISSO que la canción de Melisea quedasse sin respuesta, y ansí con gentil gracia cantó, haciendo nuevas coplas á un viejo cantar que dice:

_Después que mal me quesistes nunca más me quise bien, por no querer bien á quien vos, señora, aborrescistes._

Si cuando os miré no os viera, ó cuando os vi no os amara, ni yo muriendo viviera, ni viviendo os enojara. Mas bien es que angustias tristes penosa vida me den, que cualquier mal le está bien al que vos mal le quesistes.

Sepultado en vuestro olvido tengo la muerte presente, de mí mesmo aborrescido y de vos y de la gente. Siempre contento me vistes con vuestro airado desdén, aunque nunca tuve bien después que mal me quesistes.

Tanto contento dió á todos la porfía de Narcisso y Melisea, que aumentara mucho en el regocijo de la boda si no quedara templado con el pesar que tuvieron de la crueldad que ella mostraba y con la lástima que les causó la pena que él padescía. Después que Narcisso dió fin á su cantar, todos volvieron los ojos á Melisea, esperando si replicaría. Pero calló, no porque le faltassen canciones crueles y ásperas con que lastimar el miserable enamorado, ni porque dejasse de tener voluntad para decirlas; más, según creo, por no ser enojosa á toda aquella compañía. Selvagia y Belisa fueron rogadas que cantassen, pero excusáronse, diciendo que no estaban para ello. Bueno sería, dijo DIANA, que saliéssedes de la fiesta sin pagar el escote. Esso, dijo FELIXMENA, no se debe consentir, por lo que nos importa escuchar tan delicadas voces. No queremos, dijeron ellas, dejar de serviros en esta solemnidad con lo que supiéremos hacer, que será harto poco; pero perdonadnos el cantar, que en lo demás haremos lo possible. Por mi parte, dijo ALCIDA, no permitiré que dejéis de cantar ó que otros por vosotras lo hagan. ¿Quién mejor, dijeron ellas, que Sylvano y Arsileo, nuestros maridos? Bien dicen las pastoras, respondió MARCELIO, y aun sería mejor que ambos cantassen una sola canción, el uno cantando y el otro respondiendo, porque á ellos les será menos trabajoso y á nosotros muy agradable. Mostraron todos que holgarían mucho de semejante manera de canción, por saber que en ella se mostraba la viveza de los ingenios en preguntar y responder. Y ansí SYLVANO y ARSILEO, haciendo señal de ser contentos, volviendo á proseguir la danza, cantaron desta suerte:

Canción.

SYLVANO. Pastor, mal te está el callar: canta y dinos tu alegría.

ARSILEO. Mi placer poco sería si se pudiesse contar.

SYLVANO. Aunque tu ventura es tanta, dinos de ella alguna parte.

ARSILEO. En empresas de tal arte comenzar es lo que espanta.

SYLVANO. Acaba ya de contar la causa de tu alegría.

ARSILEO. ¿De que modo acabaría quien no basta á comenzar?

SYLVANO. No es razón que se consienta tu deleite estar callado.

ARSILEO. La alma, que sola ha penado, ella sola el gozo sienta.

SYLVANO. Si no se viene á tratar no se goza una alegría.

ARSILEO. Si ella es tal como la mía no se dejará contar.

SYLVANO. ¿Cómo en esse corazón cabe un gozo tan crescido?

ARSILEO. Téngole donde he tenido mi tan sobrada passión.

SYLVANO. Donde hay bien no puede estar escondido todavía.

ARSILEO. Cuando es mayor la alegría menos se deja contar.

SYLVANO. Ya yo he visto que tu canto tu alegría publicaba.

ARSILEO. Decía que alegre estaba, pero no cómo ni cuánto.

SYLVANO. Ella se hace publicar, cuando es mucha una alegría.

ARSILEO. Antes muy poca sería si se pudiesse contar.

Otra copla querían decir los pastores en esta canción, cuando una compañía de Nymphas, por orden de Felicia, llegó á la fuente, y cada cual con su instrumento tañendo movían un extraño y deleitoso estruendo. Una tañía su laúd, otra un harpa, otra con una flauta hacía maravilloso contrapunto, otra con la delicada pluma las cuerdas de la cítara hacía retiñir, otras las de la lira con las resinosas cerdas hacía resonar, otras con los albogues y chapas hacían en el aire delicadas mudanzas, levantando allí tan alegre música que dejó los que presentes estaban atónitos y maravillados. Iban estas Nymphas vestidas á maravilla, cada cual de su color, las madejas de los dorados cabellos encomendadas al viento, sobre sus cabezas puestas hermosas coronas de rosas y flores atadas y envueltas con hilo de oro y plata. Los pastores, en ver este hermosíssimo coro, dejando la danza comenzada, se sentaron, atentos á la admirable melodía y concierto de los varios y suaves instrumentos. Los cuales algunas veces de dulces y delicadas voces acompañados causaban extraño deleite. Salieron luego de través seis Nymphas vestidas de raso carmesí, guarnecido de follajes de oro y plata, puestos sus cabellos en torno de la cabeza, cogidos con unas redes anchas de hilo de oro de Arabia, llevando ricos prendedores de rubines y esmeraldas, de los cuales sobre sus frentes caían unos diamantes de extremadíssimo valor. Calzaban colorados borzeguines, subtilmente sobredorados, con sus arcos en las manos, colgando de sus hombros las aljabas. Desta manera hicieron una danza al son que los instrumentos hacían, con tan gentil orden que era cosa de espantar. Estando ellas en esto, salió un hermosíssimo ciervo blanco, variado con unas manchas negras puestas á cierto espacio, haciendo una graciosa pintura. Los cuernos parescían de oro, muy altos y partidos en muchos ramos. En fin, era tal como Felicia le supo fingir para darles regocijo. A la hora, visto el ciervo, las Nymphas le tomaron en medio, y danzando continuamente, sin perder el son de los instrumentos, con gran concierto comenzaron á tirarle, y él con el mesmo orden, después de salidas las flechas de los arcos, á una y otra parte moviéndose, con muy diestros y graciosos saltos se apartaba. Pero después que buen rato passaron en este juego, el ciervo dió á huir por aquellos corredores. Las Nymphas yendo tras él, y siguiéndole hasta salir con él de la huerta, movieron un regocijado alarido, al cual ayudaron las otras Nymphas y pastoras con sus voces, tomando desta danza un singular contentamiento. Y en esto las Nymphas dieron fin á su música. La sabia FELICIA, porque en aquellos placeres no faltasse lición provechosa para el orden de la vida, probando si habían entendido lo que aquella danza había querido significar, dijo Diana: Graciosa pastora, ¿sabrásme decir lo que por aquella caza del hermoso ciervo se ha de entender? No soy tan sabia, respondió ella, que sepa atinar tu subtilidades ni declarar tus enigmas. Pues yo quiero, dijo FELICIA, publicarte lo que debajo de aquella invención se contiene. El ciervo es el humano corazón, hermoso con los delicados pensamientos y rico con el sossegado contentamiento. Ofréscese á las humanas inclinaciones, que le tiran mortales saetas; pero con la discreción, apartándose á diversas partes y entendiendo en honestos ejercicios, ha de procurar de defenderse de tan dañosos tiros. Y cuando dellos es muy perseguido ha de huir á más andar y podrá desta manera salvarse; aunque las humanas inclinaciones, que tales flechas le tiraban, irán tras él y nunca dejarán de acompañarle hasta salir de la huerta desta vida. ¿Cómo había yo, dijo DIANA, de entender tan dificultoso y moral enigma si las preguntas en que las pastoras nos ejercitamos, aunque fuessen muy llanas y fáciles, nunca las supe adevinar? No te amengues tanto, dijo SELVAGIA, que lo contrario he visto en ti, pues ninguna vi qne te fuesse dificultosa. A tiempo estamos, dijo FELICIA, que lo podremos probar, y no será de menos deleite esta fiesta que las otras. Diga cada cual de vosotros una pregunta, que yo sé que Diana las sabrá todas declarar. A todos les paresció muy bien, sino á Diana, que no estaba tan confiada de sí que se atreviesse á cosa de tanta dificultad; pero por obedescer á Felicia y complacer á Syreno, que mostró haber de tomar dello placer, fué contenta de emprender el cargo que se le había impuesto. SYLVANO, que en decir preguntas tenía mucha destreza, fué el que hizo la primera, diciendo: Bien sé, pastora, que las cosas escondidas tu viveza las descubre, y las cosas encumbradas tu habilidad las alcanza; pero no dejaré de preguntarte, porque tu respuesta ha de manifestar tu ingenio delicado. Por esso dime qué quiere decir esto:

Pregunta.

Junto á un pastor estaba una doncella, tan flaca como un palo al sol secado, su cuerpo de ojos muchos rodeado, con lengua que jamás pudo movella. A lo alto y bajo el viento vi traella, mas de una parte nunca se ha mudado, vino á besarla el triste enamorado y ella movió tristíssima querella. Cuanto más le atapó el pastor la boca, más voces da porque la gente acuda, y abriendo está sus ojos y cerrando. Ved qué costó forzar zagala muda, que al punto que el pastor la besa ó toca, él queda enmudecido y ella hablando.

Esta pregunta, dijo DIANA, aunque es buena, no me dará mucho trabajo, porque á ti mesmo te la oí decir un día en la fuente de los alisos, y no sabiendo ninguna de las pastoras que allí estábamos adevinar lo que ella quería decir, nos la declaraste diciendo que la doncella era la zampoña ó flauta tañida por un pastor. Y aplicaste todas las partes de la pregunta á los efectos que en tal música comúnmente acontescen. Riéronse todos de la poca memoria de Sylvano y de la mucha de Diana; pero SYLVANO, por desculparse y vengarse del corrimiento, sonriéndose dijo: No os maravilléis de mi desacuerdo, pues este olvido no paresce tan mal como el de Diana ni es tan dañoso como el de Syreno. Vengado estás, dijo SYRENO, pero más lo estuvieras si nuestros olvidos no hubiessen parado en tan perfecto amor y en tan venturoso estado. No haya más, dijo SELVAGIA, que todo está bien hecho. Y tú, Diana, respóndeme á lo que quiero preguntar, que yo quiero probar á ver si hablaré más escuro lenguaje que Sylvano. La pregunta que quiero hacerte dice:

Pregunta.

Vide un soto levantado sobre los aires un día, el cual, con sangre regado, con gran ansia cultivado muchas hierbas producía. De allí un manojo arrancando, y sólo con él tocando una sabia y cuerda gente, la dejé cabe una puente sin dolores lamentando.

Vuelta á la hora DIANA, á su esposo dijo: ¿No te acuerdas, Syreno, haber oído esta pregunta la noche que estuvimos en casa de Iranio mi tío? ¿no tienes memoria cómo la dijo allí Maroncio, hijo de Fernaso? Bien me acuerdo que la dijo, respondio SYRENO, pero no de lo que significaba. Pues yo, dijo DIANA, tengo dello memoria: decía que el soto es la cola del caballo, de donde se sacan las cerdas, con que las cuerdas del rabel tocadas dan voces, aunque ningunos dolores padescen. SELVAGIA dijo que era ansí y que el mesmo Maroncio, autor de la pregunta, se la había dado como muy señalada aunque había de mejores. Muchas hay más delicadas, dijo BELISA, y una dellas es la que yo diré agora. Por esso apercíbete, Diana, que desta vez no escapas de vencida. Ella dice deste modo:

Pregunta.

¿Cuál es el ave ligera que está siempre en un lugar, y anda siempre caminando, penetra y entra do quiera, de un vuelo passa la mar, las nubes sobrepujando? Ansi vella no podemos, y quien la está descubriendo, sabio queda en sola un hora; mas tal vez la conoscemos, las paredes solas viendo de la casa donde mora.

Más desdichada, dijo DIANA, ha sido tu pregunta que las passadas, Belisa, pues no declarara ninguna dellas si no las hubiera otras veces oído, y la que dijiste, en ser por mí escuchada luego fué entendida. Hácelo, creo yo, ser ella tan clara, que á cualquier ingenio se manifestará. Porque harto es evidente que por el ave, que tú dices, se entiende el pensamiento, que vuela con tanta ligereza y no es visto de nadie, sino conoscido y conjeturado por las señales del gesto y cuerpo donde habita. Yo me doy por vencida, dijo BELISA, y no tengo más que decir sino que me rindo á tu discreción y me someto á tu voluntad. Yo te vengaré, dijo ISMENIA, que sé un enigma que á los más avisados pastores ha puesto en trabajo; yo quiero decirle, y verás cómo haré que no sea Diana tan venturosa con él como con los otros; y vuelta á Diana dijo:

Pregunta.

Decí, ¿cuál es el maestro que su dueño le es criado, está como loco atado, sin habilidades diestro y sin doctrina letrado? Cuando cerca le tenía, sin oille le entendía, y tan sabio se mostraba, que palabra no me hablaba y mil cosas me decía.

Yo me tuviera por dichosa, dijo DIANA, de quedar vencida de ti, amada Ismenia; mas pues lo soy en la hermosura y en las demás perfeciones, no me dará agora mucha alabanza vencer el propósito que tuviste de enlazarme con tu pregunta. Dos años habrá que un médico de la ciudad de León vino á curar á mi padre de cierta enfermedad, y como un día tuviesse en las manos un libro, tomésele yo y púseme á leerle. Y viniéndome á la memoria los provechos que se sacan de los libros, le dije que me parescían maestros mudos, que sin hablar eran entendidos. Y él á este propósito me dijo esta pregunta, donde algunas extrañezas y excelencias de los libros están particularmente notadas. Con toda verdad, dijo ISMENIA, no hay quien pueda vencerte, á lo menos las pastoras no tendremos ánimo para passar más adelante en la pelea; no sé yo estas damas si tendrán armas que puedan derribarte. ALCIDA, que hasta entonces había callado, gozando de oir y ver las músicas, danzas y juegos, y de mirar y hablar á su querido Marcelio, quiso también travessar en aquel juego, y dijo: Pues las pastoras has rendido, Diana, no es razón que nosotras quedemos en salvo. Bien sé que no menos adivinarás mi pregunta que las otras, pero quiero decirla porque será possible que contente. Díjomela un patrón de una nave, cuando yo navegaba de Nápoles á España, y la encomendé á la memoria, por parescerme no muy mala, y dice desta suerte:

Pregunta.

¿Quién jamás caballo vido que, por extraña manera, sin jamás haber comido, con el viento sostenido, se le iguale en la carrera? Obra muy grandes hazañas, y en sus corridas extrañas va arrastrando el duro pecho, sus riendas, por más provecho, metidas en sus entrañas.

Un rato estuvo DIANA pensando, oída esta pregunta y hecho el discurso que para declararla era menester, y consideradas las partes della, al fin resolviéndose, dijo: Razón era, hermosa dama, que de tu mano quedasse yo vencida, y que quien se rinde á tu gentileza se rindiesse á tu discreción, y por ella se tuviesse por dichosa. Si por el caballo de tu enigma no se entiende la nave, yo confiesso que no la sé declarar. Harto más vencida quedo yo, dijo ALCIDA, de tu respuesta que tú de mi pregunta, pues confessando no saber entendella subtilmente la declaraste. De ventura he acertado, dijo DIANA, y no de saber, que á buen tino dije aquello, y no por pensar que en ello acertaba. Cualquier acertamiento, dijo ALCIDA, se ha de esperar de tan buen juicio; pero yo quiero que adevines á mi hermana Clenarda un enigma que sabe, que no me paresce malo: no sé si agora se le acordará. Y luego vuelta á Clenarda le dijo: Hazle, hermana, á esta avisada pastora aquella demanda que en nuestra ciudad heciste un día, si te acuerdas, á Berintio y Clomenio, nuestros primos, estando en casa de Elisonia en conversación. Soy contenta, dijo CLENARDA, que memoria tengo della, y tenía intención de decilla, y dice deste modo:

Pregunta.

Decidme, señores, ¿cuál ave volando tres codos en alto jamás se levanta, con pies más de treinta subiendo y bajando, con alas sin plumas el aire azotando, ni come, ni bebe, ni grita, ni canta; Del áspera muerte vecina allegada, con piedras que arroja, nos hiere y maltrata, amiga es de gente captiva y malvada, y á muertes y robos contino vezada, esconde en las aguas la gente que mata?

DIANA entonces dijo: Esta pregunta no la adivinara yo si no hubiera oído la declaración della á un pastor de mi aldea que había navegado. No sé si tengo dello memoria, mas parésceme que dijo que por ella se entendía la galera, que estando en medio de las peligrosas aguas, está vecina de la muerte, y á ella y robos está vezada, echando los muertos en el mar. Por los pies me dijo que se entendían los remos, por las alas las velas y por las piedras que tira las pelotas de artillería. En fin, dijo CLENARDA, que todas habíamos de decir por un igual, porque nadie se fuesse alabando. Con toda verdad, Diana, que tu extremado saber me tiene extrañamente maravillada, y no veo premio que á tan gran merescimiento sea bastante, sino el que tienes en ser mujer de Syreno. Estas y otras pláticas y cortesías passaron, cuando Felicia, que de ver el aviso, la gala, la crianza y comedimiento de Diana espantada había quedado, sacó de su dedo un riquíssimo anillo con una piedra de gran valor, que ordinariamente traía, y dándosele en premio de su destreza, le dijo: Este servirá por señal de lo que por ti entiendo hacer: guárdale muy bien, que á su tiempo hará notable provecho. Muchas gracias hizo Diana á Felicia por la merced, y por ella le besó las manos, y lo mesmo hizo SYRENO. El cual acabadas las cortesías y agradescimientos dijo: Una cosa he notado en las preguntas que aquí se han propuesto, que la mayor parte dellas han dicho las pastoras y damas, y los hombres se han tanto enmudescido, que claramente han mostrado que en cosas delicadas no tienen tanto voto como las mujeres. D. FELIX entonces burlando dijo: No te maravilles que en agudeza nos lleven ventaja, pues en las demás perfecciones las excedemos. No pudo sufrir BELISA la burla de Don Felix, pensando por ventura que lo decía de veras, y volviendo por las mujeres dijo: Queremos nosotras, Don Felix, ser aventajadas, y en ello mostramos nuestro valor, subjetándonos de grado á la voluntad y saber de los hombres. Pero no faltan mujeres que puedan estar á parangón con los más señalados varones: que aunque el oro esté escondido ó no conoscido, no deja de tener su valor. Pero la verdad tiene tanta fuerza, que nuestras alabanzas os las hace publicar á vosotros, que mostráis ser nuestros enemigos. No estaba en tu opinión Florisia, pastora de grande sabiduría y habilidad, que un día en mi aldea, en unas bodas, donde había muchedumbre de pastores y pastoras, que de los vecinos y apartados lugares para la fiesta se habían allegado, al son de un rabel y unas chapas, que dos pastores diestramente tañían, cantó una canción en defensión y alabanza de las mujeres, que no sólo á ellas, pero á los hombres, de los cuales allí decía harto mal, sobradamente contentó. Y si mucho porfías en tu parescer, no será mucho decírtela, por derribarte de tu falsa opinión. Rieron todos del enojo que Belisa había mostrado, y en ello passaron algunos donaires. Al fin el viejo Eugerio y el hijo POLYDORO, porque no se perdiesse la ocasión de gozar de tan buena música, como de Belisa se esperaba, le dixeron: Pastora, la alabanza y defensa á las mujeres les es justamente debida, y á nosotros el oilla con tu delicada voz suavemente recitada. Pláceme, dijo BELISA, aunque hay cosas ásperas contra los hombres, pero quiera Dios que de todas las coplas me acuerde; mas comenzaré á decir que yo confío que, cantándolas, el mesmo verso me las reducirá á la memoria. Luego ARSILEO, viendo su BELISA apercibida para cantar, comenzó á tañer el rabel, á cuyo son ella recitó el cantar oído á Florisia, que decía desta manera:

Canto de Florisia.

Salga fuera el verso airado con una furia espantosa, muéstrese el pecho esforzado, el espíritu indignado y la lengua rigurosa. Porque la gente bestial, que, parlando á su sabor, de mujeres dice mal, á escuchar venga otro tal y, si es possible, peor.

Tú, que el vano pressumir tienes ya de tu cosecha, hombre vezado á mentir, ¿qué mal puedes tú decir de bien que tanto aprovecha? Mas de mal harto crescido la mujer ocasión fué, dando al mundo el descreído, que tras de habelle parido se rebela sin por qué.

Que si á luz no la sacara, tuviera menos enojos, porque ansí no la infamara, y en fin cuervo no criara que le sacasse los ojos. ¿Qué varón ha padescido, aunque sea un tierno padre, las passiones que ha sentido la mujer por el marido y por el hijo la madre?

¡Ved las madres con qué amores, qué regalos, qué blanduras tratan los hijos traidores, que les pagan sus dolores con dobladas amarguras! ¡Qué recelos, qué cuidados tienen por los crudos hijos; qué pena en verlos penados, y en ver sus buenos estados, qué cumplidos regocijos!

¡Qué gran congoja les da si el marido un daño tiene, y si en irse puesto está, qué dolor cuando se va, qué pesar cuando no viene! Mas los hombres engañosos no agradescen nuestros duelos: antes son tan maliciosos, que á cuidados amorosos les ponen nombre de celos.

Y es que como los malvados al falso amor de costumbre están contino vezados, ser muy de veras amados les paresce pesadumbre. Y cierto, pues por amarlos denostadas nos sentimos, mejor nos fuera olvidarlos, ó en dejarlos de mirarlos, no acordarnos si los vimos.

Pero donoso es de ver que el de más mala manera, en no estar una mujer toda hecha á su placer, le dice traidora y fiera. Luego veréis ser nombradas desdeñosas las modestas y las castas mal criadas, soberbias las recatadas y crueles las honestas.

Ojalá á todas cuadraran essos deshonrados nombres, que si ningunas amaran, tantas dellas no quedaran engañadas de los hombres. Que muestran perder la vida, si algo no pueden haber, pero luego en ser habida la cosa vista ó querida, no hay memoria de querer.

Fíngense tristes cansados de estar tanto tiempo vivos, encarescen sus cuidados, nómbranse desventurados, ciegos, heridos, captivos. Hacen de sus ojos mares, nombran llamas sus tormentos, cuentan largos sus pesares, los suspiros á millares y las lágrimas á cuentos.

Ya se figuran rendidos, ya se fingen valerosos, ya señores, ya vencidos, alegres estando heridos y en la cárcel venturosos. Maldicen sus buenas suertes, menosprecian el vivir; y en fin, ellos son tan fuertes, que passan doscientas muertes y no acaban de morir.

Dan y cobran, sanan, hieren la alma, el cuerpo, el corazón, gozan, penan, viven, mueren, y en cuanto dicen y quieren hay extraña confusión. Y por esso cuando amor me mostraba Melibeo, contábame su dolor, yo respondía: Pastor, ni te entiendo ni te creo.

Hombres, ved cuán justamente el quereros se difiere, pues consejo es de prudente no dar crédito al que miente ni querer al que no quiere. Pues de hoy más no nos digáis fieras, crudas y homicidas; que no es bien que alegres vais, ni que ricos os hagáis con nuestras honras y vidas.

Porque si acaso os miró la más honesta doncella, ó afablemente os habló, dice el hombre que la vió: Desvergonzada es aquélla. Y ansí la pastora y dama de cualquier modo padesce, pues vuestra lengua la llama desvergonzada, si os ama, y cruel, si os aborresce.

Peor es que nos tenéis por tan malditas y fuertes, que en cuantos males habéis, culpa á nosotras ponéis de los desastres y muertes. Vienen por vuestra simpleza y no por nuestra hermosura, que á Troya causó tristeza, no de Helena la belleza, mas de Paris la locura.

¿Pues por qué de deshonestas fieramente nos tratáis, si vosotros con las fiestas importunas y molestas reposar no nos dejáis? Que á nuestras honras y estados no habéis respetos algunos, dissolutos, mal mirados, cuando más desengañados, entonces más importunos.

Y venís todos á ser pesados de tal manera, que queréis que la mujer por vos se venga á perder y que os quiera aunque no quiera. Ansí conquistáis las vidas de las mujeres que fueron más buenas y recogidas: de modo que las perdidas por vosotros se perdieron.

¿Mas con qué versos diré las extrañas perfecciones? de qué modo alabaré la constancia, amor y fe que está en nuestros corazones? Muestran quilates subidos las que amor tan fino tratan, que los llantos y gemidos por los difuntos maridos con propria muerte rematan.

Y si Hippólyto en bondad fué persona soberana, por otra parte mirad muerta por la castidad Lucrecia, noble romana. Es valor cual fué ninguno que aquel mancebo gentil desprecie el ruego importuno, mas Hippólyto fué uno y Lucrecias hay dos mil.

Puesta aparte la belleza en las cosas de doctrina, á probar nuestra viveza basta y sobra la destreza de aquella Sapho y Corina. Y ansí los hombres letrados con engañosa cautela, soberbios en sus estados, por no ser aventajados nos destierran de la escuela.

Y si autores han contado de mujeres algún mal, no descresce nuestro estado, pues los mesmos han hablado de los hombres otro tal. Y esto poca alteración causa en nuestros meresceres, que forzado es de razon que en lo que escribe un varón se diga mal de mujeres.

Pero allí mesmo hallaréis mujeres muy excelentes, y si mirar lo queréis, muchas honestas veréis fieles, sabias y valientes. Ellas el mundo hermosean con discreción y belleza, ellas los ojos recrean, ellas el gozo acarrean y destierran la tristeza.

Por ellas honra tenéis, hombres de malas entrañas, por ellas versos hacéis y por ellas entendéis en las valientes hazañas. Luego los que os empleáis en buscar vidas ajenas, si de mujeres tratáis, por una mala que halláis no infaméis á tantas buenas.

Y si no os pueden vencer tantas que hay castas y bellas, mirad una que ha de ser tal que sola ha de tener cuanto alcanzan todas ellas. Los más perfectos varones sobrepujados los veo de las muchas perfecciones que della en pocas razones un día Proteo.

Diciendo: En el suelo ibero, en una edad fortunada ha de nascer un lucero, por quien Cynthia ver espero en la lumbre aventajada. Y será una dama tal, que volverá el mundo ufano, su casta ilustre y real haciendo más principal que la suya el africano.

Alégrese el mundo ya, y esté advertido todo hombre que de aquesta que vendrá CASTRO el linaje será, DOÑA HIERONYMA el nombre. Con BOLEA ha de tener acabada perfección, siendo encumbrada mujer del gran vicecanciller de los reinos de Aragón.

Viendo estos dos, no presuma Roma igualar con Iberia, mas de envidia se consuma de ver que él excede á Numa y ella vale más que Egeria. Vencerá á Porcia en bondad, á Cornelia en discreción, á Livia en la dignidad, á Sulpicia en castidad y en belleza á cuantas son.

Esto Proteo decía y Eco á su voz replicaba; la tierra y mar parecía recebir nueva alegría de la dicha que esperaba. Pues de hoy más la gente fiera deje vanos pareceres, pues cuando tantas no hubiera, ésta sola engrandesciera el valor de las mujeres.

Parescieron muy bien las alabanzas y defensas de las mujeres y la gracia con que por Belisa fueron cantadas, de lo cual Don Felix quedó convencido, Belisa contenta y Arsileo muy ufano. Todos los hombres que allí estaban confessaron que era verdad cuanto en la canción estaba dicho en favor de las mujeres, no otorgando lo que en ella había contra los varones, especialmente lo que apuntaba de los engaños, cautelas y fingidas penas: antes dijeron ser ordinariamente más firme su fe y más encarescido su dolor de lo que publicaban. Lo que más á Arsileo contentó fué lo de la respuesta de Florisia á Melibeo, tanto por ser ella muy donosa y avisada, como porque algunas veces había oído á Belisa una canción hecha sobre ella, de la cual mucho se agradaba. Por lo cual le rogó que en tan alegre día, para contento de tan noble gente, la cantasse, y ella, como no sabía contradecir á su querido Arsileo, aunque cansada del passado cantar, al mesmo son la dijo, y era esta:

Canción.

Contando está Melibeo á Florisia su dolor, y ella responde: _Pastor, ni te entiendo ni te creo._

El dice: Pastora mía, mira con qué pena muero, que de grado sufro y quiero el dolor que no querría. Arde y muérese el deseo, tengo esperanza y temor. Ella responde: _Pastor, ni te entiendo ni te creo._

El dice: El triste cuidado tan agradable me ha sido, que cuanto más padescido, entonces más deseado. Premio ninguno deseo, y estoy sirviendo al Amor. Ella responde: _Pastor, ni te entiendo ni te creo._

El dice: La dura muerte deseara si no fuera por la pena que me diera dejar, pastora, de verte. Pero triste, si te veo, padezco muerte mayor. Ella responde: _Pastor, ni te entiendo ni te creo._

El dice: Muero en mirarte y en no verte estoy penando; cuando más te voy buscando más temor tengo de hallarte. Como el antiguo Proteo mudo figura y color. Ella responde: _Pastor, ni te entiendo ni te creo._

El dice: Haber no pretendo más bien del que la alma alcanza, porque aun con la esperanza me paresce que te ofendo. Que mil deleites posseo en tener por ti un dolor. Ella responde: _Pastor, ni te entiendo ni te creo._

En tanto que Belisa cantó sus dos cantares, Felicia había mandado á una Nympha lo que había de hacer para que allí se moviesse una alegre fiesta, y ella lo supo tan bien ejecutar, que al punto que acababa la pastora de cantar se sintieron en el río grandes voces y alaridos, mezclados con el ruido de las aguas. Vueltos todos hacia allá, y llegándose á la ribera, vieron venir río abajo doce barcas en dos escuadras, pintadas de muchos colores y muy ricamente aderezadas: las seis traían las velas de tornasol blanco carmesí, y en las popas sus estandartes de lo mesmo, y las otras seis velas y banderas de damasco morado, con bandas amarillas. Traían los remos hermosamente sobredorados y venían de rosas y flores cubiertas y adornadas. En cada una dellas había seis Nymphas vestidas con aljubas, es á saber: las de la una escuadra de terciopelo carmesí con franjas de plata, y las de la otra de terciopelo morado, con guarniciones de oro; sus brazos arregazados, mostrando una manga justa de tela de oro y plata, sus escudos embrazados á manera de valientes Amazonas. Los remeros eran unos salvajes coronados de rosas, amarrados á los bancos con cadenas de plata. Levantóse en ellos un gran estruendo de clarines, chirimías, cornetas y otras suertes de música, á cuyo son entraron dos á dos río abajo con un concierto que causaba grande admiración. Después desto se partieron en dos escuadrones, y salió de cada uno dellos un barco, quedando los otros á una parte. En cada cual de estos dos barcos venía un salvaje vestido de los colores de su parte, puestos los pies sobre la proa, llevando un escudo que le cubría de los pies á la cabeza, y en la mano derecha una lanza pintada de colores. Amainaron entrambos las velas, y á fuerza de remos arremetieron el uno contra el otro con furia muy grande. Movióse grande alarido de las Nymphas y salvajes, y de los que con sus voces los favorescían. Los remeros emplearon allí todas sus fuerzas, procurando los unos y los otros llevar mayor ímpetu y hacer más poderoso encuentro. Y viniéndose á encontrar los salvajes con las lanzas en los escudos, era cosa de gran deleite lo que les acaescía. Porque no tenían tantas fuerzas ni destreza, que con la furia con que los barcos corrían y con los golpes de las lanzas quedassen en pie, sino que unas veces caían dentro de los bajeles y otras en el río. Con esto allí se movía la risa, el regocijo y la música, que nunca cessaba. Los justadores la vez que caían en el agua iban nadando, y siendo de las Nymphas de su parcialidad recogidos, volvían otra vez á justar, y cayendo de nuevo, multiplicaron el regocijo. Al fin el barco de carmesí vino con tanta furia y su justador tuvo tanta destreza, que quedó en pie, derribando en el río á su contrario. A lo cual las Nymphas de su escuadrón levantaron tal vocería y dispararon tan extraña música, que las adversarias quedaron algo corridas, y señaladamente un SALVAJE robusto y soberbio, que afrentado y muy feroz dijo: ¿Es possible que en nuestra compañía haya hombre de tan poca habilidad y fuerza que no pueda resistir á golpes tan ligeros? Quitadme, Nymphas, esta cadena, y sirva en mi lugar por remero quien ha sido tan flojo justador, veréis cómo os dejaré á vosotras vencedoras y á las contrarias muy corridas. Dicho esto, librado por una hermosa Nympha de la cadena, con un bravo denuedo tomó la lanza y el escudo, y púsose en pie sobre la proa. A la hora los salvajes con valerosos ánimos comenzaron á remar, y las Nymphas á mover grande vocería. El contrario barco vino con el mesmo ímpetu, pero su salvaje no hubo menester emplear la lanza para quedar vencedor, porque el justador, que tanto había braveado, antes que se encontrassen, con la furia que su barco llevaba, no pudo ni supo tenerse en pie, sino que con su lanza y escudo cayó en el agua, dando claro ejemplo de que los más soberbios y presumptuosos caen en mayores faltas. Las Nympas le recogieron, que iba nadando, aunque no lo merescía. Pero los cinco barcos de morado que aparte estaban, viendo su compañero vencido, á manera de afrentados todos arremetieron. Los otros cinco de carmesí hicieron lo mesmo, y comenzaron las Nymphas á tirar muchedumbre de pelotas de cera blanca y colorada, huecas y llenas de aguas olorosas, levantando tal grita y peleando con tal orden y concierto, que figuraron allí una reñida batalla, como si verdaderamente lo fuera. Al fin de la cual los barcos de la devisa morada mostraron quedar rendidos, y las contrarias Nymphas saltaron en ellos á manera de vencedoras, y luego con la mesma música vinieron á la ribera, y desembarcaron las vencedoras y vencidas con los captivos salvajes, haciendo de su beldad muy alegre muestra. Passado esto, Felicia se volvió á la fuente donde antes estaba, y Eugerio y la otra compañía, siguiéndola, hicieron lo mesmo. Al tiempo que vinieron á ella, hallaron un pastor que en tanto que había durado la justa había entrado en la huerta y se había sentado junto al agua. Parescióles á todos muy gracioso, y especialmente á FELICIA, que ya le conoscía, y ansí le dijo: A mejor tiempo no pudieras venir, Turiano, para remedio de tu pena y para augmento desta alegría. En lo que toca á tu dolor, después se tratará, mas para lo demás conviene que publiques cuanto aproveche tu cantar. Ya veo que tienes el rabel fuera del zurrón, paresciendo querer complacer á esta hermosa compañía; canta algo de tu Elvinia, que dello quedarás bien satisfecho. Espantado quedó el pastor que Felicia le nombrasse á él y á su zagala, y que á su pena alivio prometiesse; pero pensando pagarle más tales ofrescimientos con hacer su mandado que con gratificarlos de palabras, estando todos assentados y atentos, se puso á tañer su rabel y á cantar lo siguiente:

Rimas provenzales.

Cuando con mil colores devisado viene el verano en el ameno suelo, el campo hermoso está, sereno el cielo, rico el pastor y próspero el ganado. Philomena por árboles floridos da sus gemidos: hay fuentes bellas, y en torno dellas, cantos suaves de Nymphas y aves. Mas si Elvinia de allí sus ojos parte, habrá contino hibierno en toda parte.

Cuando el helado Cierzo de hermosura despoja hierbas, árboles y flores, el canto dejan ya los ruiseñores y queda el yermo campo sin verdura. Mil horas son más largas que los días las noches frías, espessa niebla con la tiniebla escura y triste el aire viste. Mas salga Elvinia al campo, y por doquiera renovará la alegre primavera.

Si alguna vez envía el cielo airado el temeroso rayo ó bravo trueno, está el pastor de todo amparo ajeno, triste, medroso, atónito y turbado. Y si granizo ó dura piedra arroja, la fruta y hoja gasta y destruye, el pastor huye á passo largo, triste y amargo. Mas salga Elvinia al campo, y su belleza desterrará el recelo y la tristeza.

Y si acaso tañendo estó ó cantando á sombra de olmos ó altos valladares, y están con dulce acento á mis cantares la mirla y la calandria replicando; Cuando suave expira el fresco viento, cuando el contento más soberano me tiene ufano, libre de miedo, lozano y ledo: si assoma Elvinia airada, assí me espanto, que el rayo ardiente no me atierra tanto.

Si Delia en perseguir silvestres fieras, con muy castos cuidados ocupada va de su hermosa escuadra acompañada, buscando sotos, campos y riberas; Napeas y Hamadriadas hermosas con frescas rosas le van delante, está triunfante con lo que tiene; pero si viene al bosque donde caza Elvinia mía, parecerá menor su lozanía.

Y cuando aquellos miembros delicados se lavan en la fuente esclarescida, si allí Cyntia estuviera, de corrida los ojos abajara avergonzados. Porque en la agua de aquella transparente y clara fuente el mármol fino y peregrino con beldad rara se figurara, y al atrevido Acteon, si la viera, no en ciervo, pero en mármol convertiera.

Canción, quiero mil veces replicarte en toda parte, por ver si el canto amansa un tanto mi clara estrella, tan cruda y bella. Dichoso yo si tal ventura hubiesse que Elvinia se ablandasse ó yo muriesse.

No se puede encarescer lo que les agradó la voz y gracia del zagal, porque él cantó de manera, y era tan hermoso, que paresció ser Apolo, que otra vez había venido á ser pastor, porque otro ninguno juzgaron suficiente á tanta belleza y habilidad. MONTANO, maravillado desto, le dijo: Grande obligación tiene, zagal, la pastora Elvinia, de quien tan subtilmente has cantado, no sólo por lo que gana en ser querida de tan gracioso pastor como tú eres, pero en ser sus bellezas y habilidades con tan delicadas comparaciones en tus versos encarescidas. Pero siendo ella amada de ti, se ha de imaginar que ha de tener última y extremada perfección, y una de las cosas que más para ello la ayudarán, será la destreza y ejercicio de la caza, en la cual con Diana la igualaste, porque es una de las cosas que más belleza y gracia añaden á las Nymphas y pastoras. Un zagal conoscí yo en mi aldea, y aun Ismenia y Selvagio también le conoscen, que, enamorado de una pastora nombrada Argía, de ninguna gentileza suya más captivo estaba que de una singular destreza que tenía en tirar un arco, con que las fieras y aves con agudas y ciertas flechas enclavaba. Por lo cual el pastor, nombrado Olympio, cantaba algunas veces un soneto sobre la destreza, la hermosura y crueldad de aquella zagala, formando entre ella y la Diosa Diana y Cupido un desafío de tirar arco, cosa harto graciosa y delicada, y por contentarme mucho le tomé de cabeza. A esto salio CLENARDA diciendo: Razón será, pues, que tengamos parte de esse contento con oirle. A lo menos á mí no me puede ser cosa más agradable que oirtele cantar, siquiera por la devoción que tengo al ejercicio de tirar arco. Pláceme, dijo MONTANO, si con ello no he de ser enojoso. No puede, dijo POLYDORO, causar enojo lo que con tan gran contento será escuchado. Tocando entonces MONTANO un rabel, cantó el soneto de Olympio, que decía:

Soneto.

Probaron en el campo su destreza Diana, Amor y la pastora mía, flechas tirando á un árbol, que tenía pintado un corazón en la corteza. Allí apostó Diana su belleza, su arco Amor, su libertad Argía, la cual mostró en tirar más gallardía, mejor tino, denuedo y gentileza. Y ansí ganó á Diana la hermosura, las armas á Cupido, y ha quedado tan bella y tan cruel desta victoria, Que á mis cansados ojos su figura, y el arco fiero al corazon cuitado quitó la libertad, la vida y gloria.

Fué muy agradable á todos este soneto, y más la suavidad con que por Montano fué cantado. Después de consideradas en particular todas sus partes, y passadas algunas pláticas sobre la materia dél, FELICIA, viendo que la noche se acercaba, paresciéndole que para aquel día sus huéspedes quedaban asaz regocijados, haciendo señal de querer hablar, hizo que la gente, dejado el bullicio y fiesta, con ánimo atento se sossegasse, y estando todos en reposado silencio, con su acostumbrada gravedad habló ansí:

Por muy averiguado tengo, caballeros y damas, pastores y pastoras de gran merescimiento, que después que á mi casa venísteis, no podréis de mis favores ni de los servicios de mis Nymphas en ninguna manera quejaros. Pero fué tanto el deseo que tuve de complaceros y el contento que recibo en que semejantes personas le tengan por mi causa, que me paresce que, aunque más hiciera, no igualara de gran parte lo mucho que merescéis. Solos quedan entre vosotros descontentos Narcisso con la aspereza de Melisea y Turiano con la de Elvinia. A los cuales por agora les bastará consolarse con la esperanza; pues mi palabra, que no suele mentir, por la forma que más les conviene, presta y cumplida salud ciertamente les promete. A Eugerio veo alegre con el hijo, hijas y yerno, y tiene razón de estallo, despues que á causa dellos se ha visto en tantos peligros y ha sufrido tan fatigosas penas y cuidados.

Acabadas las razones de Felicia, el viejo Eugerio quedó espantado de tal sabiduría, y los demás satisfechos de tan saludable reprensión, sacando della provechoso fruto para vivir de allí adelante muy recatados. Y levantándose todos de entorno la fuente, siguiendo á la sabia, salieron del jardín, yendo al palacio á retirarse en sus aposentos, aparejando los ánimos á las fiestas del venidero día. Las cuales y lo que de Narcisso, Turiano, Tauriso y Berardo acontesció, juntamente con la historia de Danteo y Duardo, portugueses, que aquí por algunos respetos no se escribe, y otras cosas de gusto y de provecho, están tratadas en la otra parte deste libro, que antes de muchos días, placiendo á Dios, será impressa.

FIN DE LA DIANA ENAMORADA DE GASPAR GIL POLO

EL PASTOR DE FILIDA

COMPUESTO POR LUIS GÁLVEZ DE MONTALVO

GENTIL-HOMBRE CORTESANO

CARTA DEDICATORIA DEL AUTOR AL MUY ILUSTRE SEÑOR DON ENRIQUE DE MENDOZA Y ARAGÓN

Considerando que desde el tiempo que U. S. se criaba en casa de sus excelentíssimos abuelos, aquel gran Duque del Infantado, tan digno deste nombre, y aquella gran señora, digna hija del Infante Fortuna, siempre U. S. fué amador de la virtud; y siempre, desde aquella edad tierna, ha ido resplandeciendo en su pecho la gloriosa llama de su sangre, hasta ser el mayor testimonio della, de dó nace ser U. S. entre los suyos el más virtuoso de los ricos y el más rico de los virtuosos, con aquel don del cielo que por mayor premio el mundo puede dar: amado de grandes y menores, y de todos conocidas las excelencias con que fué criado, sin que rabia de tiempo ni rigor de envidia lo puedan negar ni deshacer. Entre los venturosos que á U. S. conocen y tratan, he sido yo uno, y estimo que de los más, porque deseando servir á U. S. se cumplió mi deseo, y assi dejé mi casa y otras muy señaladas, dó fui rogado que viviesse, y vine á ésta, donde holgaré de morir, y donde mi mayor trabajo es estar ocioso, contento y honrado, como criado de U. S. Y assi, á ratos entretenido en mi antiguo ejercicio de la divina alteza de la Poesía, donde son tantos los llamados y tan pocos los escogidos, he compuesto EL PASTOR DE FILIDA, libro humilde y pequeño, digníssimo de su nombre, de aquel favor con que U. S. suele amparar á los necessitados dél, en lo cual fiado se le ofrezco, rudo y mal ataviado, como viene de las SELVAS, para que U. S. le despierte y componga de su mano, que cuanto es soberbio en pensamientos, es humilde en voluntad; y sabrá conocer la merced que se le hiciere, sin miedo de que nadie le ose enojar; y yo que le envío, me atreveré á trocar su zampoña en trompeta heroica, que cante el bien que el mundo de U. S. tiene y espera: cuya muy ilustre persona y estado nuestro Señor guarde y acreciente, como todo el mundo desea. De Madrid, y Febrero 20 de 1582.

Las muy ilustres manos de U. S. besa su criado

Gálvez de Montalvo.

EL AUTOR AL LIBRO

Pastor de mis pensamientos, guardador de mis cuidados, si quieres trocar los prados por soberbios aposentos, seráte fuerza volar sin alas con que subir, y habréme de lastimar, de mí, por verte partir; de ti, por verte quedar. Dejarás la gravedad; no me parezcas en esto; también será deshonesto que pierdas mi autoridad. Si te vieres en aprieto, mostraréte á ser bastante para quedar sin defeto, sei con el necio arrogante y humilde con el discreto. Cuando entre damas te vieres, honestas, sabias, hermosas, encubrirás cuantas cosas contra su opinion tuvieres; mas si te catan los senos y en sus orejas dissuenas, diles, con ojos serenos, que si todas fueran buenas las buenas valdrían menos. No llevas capas, ni ornatos de Parnassos, ni Helicones, que por mis pobres rincones apenas tenías zapatos. Y si los Faunos acaso por los montes te encontraren, passa quedo, habla passo; que donde ellos agradaren harán de ti poco caso. No te quiero yo obligar á hablar de mí por tassa; que lo que passa ó no passa, ya sé que lo has de contar; y si causares porfía con lo que te enseño yo, bajarás la fantasía, y di que el que te enseñó quizá menos lo entendía. Si te aprobaren los más, no te mueva hichazón, que la perfeta eleción en los menos la verás; pero si los pocos ves contar tus hechos por vanos, no pretendas tu interés, ni te cures de las manos, que más te valdrán los pies. Para derramar tus obras, no tomes larga carrera: si agradas, vas tras do quiera, si enfadas, do quiera sobras. Donde tus prendas están no temas los enemigos, y si te ves en afán acógete á mis amigos, que éstos no te faltarán. No quiero negarte aquí, que otro gallo me cantara si á mí se me aconsejara lo que te aconsejo á ti; lo que sé te significo, haz lo que será cordura, no puedo dejarte rico; mas si tuvieres ventura, podrás valer por tu pico. Bien conviene que recuerden los Hados á te ayudar, si te tienes de ganar por lo que tantos se pierden, podría ser que muriesses como han hecho más de dos; ó tantos siglos viviesses, que hoy pidiesses por Dios, y tú mañana lo diesses. Si se rompiere la hebra de mi nombre y de tu vida, la hechura irá perdida, como vidrio que se quiebra. Y pues de vivir honrado te partes tan sospechoso, no debes juzgar tu estado por larga vida dichoso, ni por corta desdichado. Mas ¡ay! que me llevas cuanto me tenía enriquecido, que como lo he padecido por fuerza lo estimo en tanto, y otras prendas que no cuento, que parece poco seso mezclarlas en este intento; mas van para contrapeso, porque no te lleve el viento. Ora cantes, ora llores, ora provoques á risa, siempre será tu devisa: LA CAUSA DE MIS DOLORES. Este es el blasón que quiero, y dél quiero que presumas; y en lo demás te requiero, que te faltarán las plumas si te picas de altanero.

CENSURA

Por comissión de los Señores del Consejo de su Majestad, he visto este libro, cuyo título es EL PASTOR DE FILIDA, compuesto por Luis Gálvez de Montalvo, en prosa y verso castellano; y habiéndole passado con atención, me parece no sólo digno de salir á luz, en conformidad de la pretensión de su autor, más aun que me parece, por su pureza, propiedad, facilidad y dulzura, por la novedad de las invenciones, por la orden y disposición con que las trata, ser estimado por uno de los más aceptos que hasta ahora en este género han salido á juicio del mundo; y aunque la materia, siendo pastoril y amorosa, parece que de suyo requiere humildad y llaneza, no le ha costado tan poco guardar el decoro que en ella se pide, que no haya hecho por igual el estilo y acomodarle al propósito que se sigue, guardando las partes á él necessarias, todo lo que, con mucho estudio, de un aventajado ingenio se puede esperar: y assí, libre de pasión, me parece que se le debe conceder la licencia que pide. En Madrid á dos de Junio de 1581.

Pedro Laínez.

PRIMERA PARTE DEL PASTOR DE FILIDA

Cuando de más apuestos y lucidos pastores florecía el Tajo, morada antigua de las sagradas Musas, vino á su celebrada ribera el caudaloso Mendino, nieto del gran rabadán Mendiano, con cuya llegada el claro río ensoberbeció sus corrientes: los altos montes de luz y gloria se vistieron; el fértil campo renovó su casi perdida hermosura, pues los pastores dél, incitados de aquella sobrenatural virtud, de manera siguieron sus pisadas que, envidioso Ebro, confuso Tormes, Pisuerga y Guadalquivir admirados, inclinaron sus cabezas, y las hinchadas urnas manaron con un silencio admirable: sólo el felice Tajo resonaba, y lo mejor de su son era Mendino, cuya ausencia sintió de suerte Henares, su nativo río, que con sus ojos acrecentó tributo á las arenas de oro. Bien le fué menester al gallardo pastor, para no sentir la ausencia de su caríssimo hermano, hallar en esta ribera al gentil Castalio, su primo, al caudaloso Cardenio, al galán Coridón, con otros muchos valerosos pastores y rabadanes, deudos y amigos de los suyos, con quien passaba dulce y agradable vida Mendino, en quien todos hallaban tan cumplida satisfación, que como olvidados de sus propias cabañas, sitios y albergues, los de Mendino estaban siempre acompañados de la mayor nobleza de la pastoría: de allí salían á los continuos juegos, y allí volvían por los debidos premios; allí se componían las perdidas amistades y por allí pasaban los bienes y males de Amor, cuáles pesada y cuáles ligeramente: sólo Mendino entre todos era tan señor de sí en sus tratos, que si todos no le amaran, todos le fueran envidiosos; mas ¿quién gozará perseverancia en tanto bien contra las fuerzas del tiempo, si donde unas no bastan otras sobran? Curiosamente Mendino, guiado de los pastores de la nueva ribera, vido las más hermosas pastoras y ninfas de ella: la gracia y gallardía de Filena y Nise, la gran hermosura de Pradelia y Clori, la sin igual discreción de Nerea, acostumbrada á vencer en versos á los más celebrados poetas del Tajo; el dulcíssimo canto de Belisa, acompañado de igual valor, y otras muchas, que no quedaban atrás, no bastaron á que la libertad de Mendino no passase por muchos días adelante, hasta llegar el plazo de su deuda, que fué en un día del florido Abril, entre los salces del río, donde, retirados de los silvestres juegos los más validos pastores y las pastoras de más beldad, Elisa entre ellas fué señalada para venganza de Amor, á quien Mendino rindió las fuerzas y la voluntad á un punto. Era Elisa de antigua y clara generación, de hermosura y gracia sin igual, de edad tierna y de maduro juicio, amada de muchos, mas de ninguno pagada, y aun el saber esto fué causa en Mendino de detenerse en descubrir su fuego, que, como las plantas con los años, iba con las horas creciendo, hasta que el sufrimiento rompió, y las secretas llamas resplandecieron por mil diversas partes, ora en placer, ora en tristeza; cuándo concertando fiestas públicas, donde á todos los pastores se aventajaba, y cuándo en profundas melancolías retirándose, aunque lo más ordinario era, olvidado del hato y los amigos, buscar los lugares donde Elisa estaba, no inocente, aunque dissimulada, de la afición de Mendino, el cual, entre temor y esperanza, determinó decirle su mal, y faltándole aliento en la presencia, tomó por medio escribirle, no en versos propios ni ajenos, ni con palabras de artificio y cuidado, sino con pura llaneza del corazón, en razones humildes como éstas:

MENDINO

«Elisa: Si el conoceros ha sido causa para desconocerme, podrálo ser también de mi disculpa en esta osadía, que os certifico que no lo es decir mis males, sino un dolor, de que debéis doleros como causa dél, y no le tuviera por tal si le mereciera; pero verme indigno del daño me quita la esperanza del remedio y me acobarda de suerte al descubrirle, que holgaría que este papel perdiesse el camino, por que no nos perdamos los dos: que esto es muy cierto, si vos, como sola señora mía, no volvéis en todo por mí, revolviendo á vuestro valor y hermosura, de cuya fuerza fuera impossible resistirme, cuanto más librarme. En fin; peno, y no hay para mí lugar de alivio, sino vuestra voluntad, que, como yo la sepa, será la medida de mi deseo, del cual, pues antes que á vos he hecho testigos á las piedras y á las plantas, no es razón que también antes que vos se duelan de quien ama la muerte por amaros».

Este papel llegó á las manos de Elisa por las de un zagal de Mendino, que en la cabaña de la hermosa pastora tenía entrada. No fué Sirio (que assí el zagal se llamaba) mal recibido, antes, passando Elisa muchas veces los ojos por la carta, passaron por su pecho mil consideraciones tiernas, que con cada una iba perdiendo de la entereza de su corazón, que siempre fué desdeñoso y grave, y vuelta á Sirio, le dixo: Dile, zagal, á Mendino, que si éstas son verdades, el tiempo lo dirá por él. Con esto el zagalejo volvió á Mendino, y Mendino tan en sí, como de muerte á vida. Primero alabó su pensamiento y la hora de su determinación, y ofreció de nuevo la libertad á Elisa, y luego estudió los passos de su jornada con más cuidado y menos demostraciones, que es muy de buen enamorado, más recatado á más favor. No dejó la compañía de los amigos y deudos, ni se apartó de los ratos de exercicio público, aunque todos eran pesados para él, pero con una templada dissimulación buscaba los de su contento, y acompañaba al viejo Sileno, venerable padre de la hermosa pastora; y muchas veces en su compañía, y en la de Galafrón y Barcino, Mireno y Liardo, los tres deudos y el uno apasionado de Elisa, passaban los días por la espessura del monte ó por las sombras del llano, á gran placer de todos, que sin más industria de su natural condición, de buenos y malos era amado, y en cualquier lugar se le daba el primero; mas en el pecho de Elisa no había segundo, ni el pastor quería otro bien sino éste, ni ya ella podía detenerse en allanarse, ni Amor en favorecer sus intentos, y assí todo era verdad, todo amor y todo llaneza sin estorbo, que los mismos deudos y aficionados de Elisa entretenían á Mendino y le llevaban á las cabañas de Sileno; y el mismo Sileno, sin esquivarse de que acompañasse á la cara hija por la soledad de los campos y las fuentes; y todo se podía fiar de la bondad de Mendino y del valor de Elisa, aunque no en la opinión de Filis, hermosa ninfa del Tajo, que, amando secretamente á Mendino, sin osar descubrirle su intención, combatida de amor y celos, muchas veces los buscaba, y con fingida amistad acompañándolos, escudriñaba sus pechos, sin entender el pastor que Filis le amaba ni Elisa que le aborrecía. Pues como un dia, entre otros, Elisa, Filis y Clori, Mendino, Galafrón y Castalio, se hallasen juntos á la sombra y frescura de un manso arroyo, habiendo passado gran rato en dulces pláticas y razones, ya que el sol iba igualando los campos y los sotos, Galafrón, incitado de los demás pastores, sacó la lira y la acompañó cantando:

GALAFRÓN

Pastora, tus ojos bellos, mi cielo puedo llamallos, pues en llegando á mirallos se me passa el alma á ellos. Ojos cuya perfección desprecia humanos despojos, los ojos los llamen ojos, que el alma sabe quién son. Pastora, la fuerza dellos por espejo hace estimallos, pues viene junto el mirallos y el passarse el alma á ellos. Muchas cosas dan señal desta verdad sin recelo, que tus ojos son del cielo y su poder celestial. Pastora, pues sólo vellos fuerza el corazón á amallos, y la gloria de mirallos á passarse el alma á ellos.

Elisa fué en quien menos Galafrón puso los ojos mientras duró su canto, y aun ella la que menos estuvo en él: pero todos conocieron el recato del pastor y el desdén de la pastora, y no osando alabarle á él por ella ni hablarle á ella en él, todos callaban, hasta que Mendino, al son de un rabel, con esta canción rompió el silencio:

MENDINO

Si tanto gana, pastora, quien mira tus ojos bellos, ¿qué hará el mirado dellos? Entre mirarse y mirar, la ventaja es conocida, como de buscar la vida á venir ella á buscar. No le queda qué hallar á aquel que merece vellos, sino ser mirado dellos. Aunque en su luz sin igual no puede haber competencia, por oficio hay diferencia de más y menos caudal; que si el medio principal del deseo es conocellos, el fin ser mirado dellos.

Este breve cantar, dilatado con dulce son y agradable harmonía, escuchó Elisa con rostro alegre y grave, y los demás con mucha atención y gusto: y ya que el gentil Castalio, las manos en el rabel y los ojos en la bella Clori, acrecentarle quería, vieron venir al arroyo los dos apuestos pastores Bruno y Turino, éste nuevamente cautivo y aquél escapado del Amor, siendo verdad que poco antes fué Bruno el amante y Turino el descuidado; pero á todo bastó la hermosura y aspereza de Filis, esta misma Filis que á Mendino secretamente amaba. Pues como agora los dos pastores llegaron, y vieron la causa, uno de su presente y otro de su passado daño, ambos destos pastores admitidos, y ambos dellos mismos rogados, ambos las manos en las liras, desta arte Bruno y assí Turino cantaron:

BRUNO

Id, mis cuidados, de rigor vestidos por los peñascos de dureza llenos, que allí aun seréis por ásperos tenidos.

TURINO

Veníos á mí, llenad entrambos senos de cuerpo y alma, que el que os busca y llama, cuando sois más, os tiene por más buenos.

BRUNO

Bien gana gloria, bien consigue fama, quien por amar á solo su enemigo de sí se olvida y su salud desama.

TURINO

Al cielo, Filis, quiero por testigo, Filis hermosa, que me importa amarte cuando procuro no estar mal conmigo.

BRUNO

Miedos á una, celos á otra parte; vayan y vengan fáciles antojos, en cuyo gusto el alma tenga parte.

TURINO

Si para mí nacieron los enojos, ¿cómo podré no sujetar el cuello al yugo amado sobre entrambos ojos?

BRUNO

Ya que te ves colgado de un cabello y tu esperanza encomendada al viento, ¿qué piensas ver en recompensa dello?

TURINO

Cuando no vea más de mi tormento y aquel valor que es ocasión del daño, es paga justa de mi perdimiento.

BRUNO

Mira y verás tu engaño, que tu garganta con placer desnuda; y el presto desengaño el duro lazo al tierno cuello añuda, la leña pone luego, y tu fe misma está soplando el fuego.

TURINO

Los claros ojos miro de quien el alma, vida ó muerte quiere; que allí sólo respiro, donde el dolor con más rigor me hiere, y aquella hermosura es el Abril de mi mayor frescura.

BRUNO

¡Oh desdén de perfeción, hágate el mundo un soberano templo, y el fiel corazón se ponga allí en mi muerte por ejemplo; y con él sean colgadas estas cadenas, rotas de apretadas!

TURINO

A ti va mi destino, Amor; por tuyas todas mis prisiones, que en el agro camino, en que á tu gusto mis pisadas pones, más aliviado ando cuando las llevo por tu honor rastrando.

BRUNO

Vive penando entre cuidados tristes.

TURINO

Cuenta tus chistes entre los pastores.

BRUNO

Bebe dolores, sudarás fatigas.

TURINO

Come tus migas, vivirás contento.

BRUNO

Haz en el viento muros y castillos.

TURINO

Haz tú á los grillos jaulas de la avena.

BRUNO

Siembra en la arena, perderás cuidado.

TURINO

Y sin perderle quedaré pagado.

Si la hermosa Filis no fuera tan graciosa y tan discreta, no pudiérase cansar destas canciones, porque igualmente el cautivo y el exento la enfadaban; mas viendo que los demás con tanto deleite los oían, la pastora hizo lo mismo hasta el fin, que como los pastores se metieron en cuestión de firmezas y mudanzas, ella se volvió á Elisa, y á poco rato, despedidas de los pastores, se entraron por la espessura de los árboles con poco gusto de todos, y menos de Mendino, que las quisiera seguir, pero no pudo, que Galafrón por diversa parte le llevó hablando, y cuando le vido en soledad favorable á su intención, primero alabó la hermosura y discreción de Filis, el caudal y suerte, y sobre todo el trato tan lleno de bondad y llaneza; después le aconsejó que pussiesse en ella el pensamiento, pues en otra ninguna estaría tan bien ocupado. Ni le pareció al cortés Mendino despreciar alguna destas cosas, pero menos le salió al empleo, y como no era esto lo que Galafrón buscaba, declaróse más, y dijo que él sabía que le amaba Filis. Mendino hizo la estimación debida, y tras largas razones, á más ver se despidieron los dos y guiaron á sus ganados, que en el amparo de nobles mayorales y pastores los tenían. Graciosa cosa que Filis hizo el mismo oficio con Elisa, pidiéndole que amasse á Galafrón, pues su valor y su fe lo merecían; de dó se deja entender que Galafrón y Filis estaban de concierto, y aunque Galafrón á Mendino y Filis á Elisa se encargaron el secreto, no por esso Mendino y Elisa le guardaron; y bueno fuera que los dos se celaran ningun propio acaecimiento, ésta fuera la falta, que si en essotro la hubo quedóse en quien entendió que entre Mendino y Elisa podía, habiendo sola una alma, haber más de un corazón. Discreta era Elisa, y viendo que Filis, enamorada y celosa, los podría dañar, aconsejó á Mendino que con aparencias la entretuviesse, y serviría de más seguridad y secreto en sus veras. Lo mismo quiso Mendino que Elisa hiciesse con Galafrón, y el ponerse assí por obra fué causa en ellos de mayor deleite, porque las horas que los dos verdaderos amantes se hurtaban de todos para solos verse y conversarse, con toda aquella bondad que dos almas desnudas lo pudieran hacer, no era la peor parte el contarse lo que á él con Filis y á ella con Galafrón les sucedía. Ved si Mendino y Elisa vivirían contentos: pues Galafrón y Filis también lo estaban, hasta que no faltó quien lo viniesse á turbar en todos. Murió Padelio, noble y próspero rabadán, y vino al Tajo á heredar sus rebaños Palideo, su hermano, mancebo sabio y galán, y quitando los ojos de la herencia, los puso en la belleza de Elisa, con tanta solicitud y ardimiento, que de día en sus cabañas, con el viejo Sileno, que su grande amigo era, y de noche cercándolas con sus propios pastores, jamás faltaba: esto á gran costa y pesar de Mendino, y no menos de Elisa, porque, estorbadas las horas de su contento, los dos andaban tan sin él, que fácilmente se les echaba de ver, y lo peor fué que Sileno, con sospecha ó aviso, se receló de entrambos. Creció el cuidado en Mendino, y perdiendo el respeto á su recato, los días velaba y las noches no dormía. Y no es possible menos á quien ama en competencia, aunque verdaderamente se vea triunfando de su enemigo. Desta diligencia, Padileo, celoso, acrecentó la suya, y Galafrón y Filis vieron su perdición: que en los tiempos adversos nadie sabe fingir. Nublados fueron éstos que en Padileo tronaron, en Mendino y Elisa turbaron la luz, y en los ojos de Galafrón y Filis llovieron, y no por esso cesaron: pues viéndose Elisa en tanto dolor y á su querido amante, confusa y triste y imposibilitada de poderle consolar, quiso hacerlo por escrito, y con el zagal Sirio le envió una letra que decía:

ELISA

Es el papel en que escribo el corazón que os he dado; y el estilo mal limado, el mismo mal en que vivo; el agotado licor de mis entrañas la tinta; y la pluma que le pinta, es con la que vuela Amor. Recebid esta embajada, á vos sola dirigida, de una libertad perdida y una voluntad ganada, aunque por aqueste modo pagados vamos los dos, pues que hallo en solo vos todo lo que pierdo en todo. Viviendo sola y ausente de mi propia compañía, agravio al alma sería preguntarle lo que siente. Si á descubrirlo me ofrezco, en vano me cansaré, pues se ha de entender por fe ó por mí que lo padezco. Estas montañas á una testigos firmes me son que lo es más mi corazón á los golpes de Fortuna. Y este noble humilde techo, que de albergaros fué dino, sabe que sólo Mendino puede caber en mi pecho. Moradas de hombres y fieras conocen esta verdad, que mi mucha voluntad no se extiende á menos veras. Y si vos de aqueste intento lo cierto queréis sentir, sin alma podré vivir con vuestro conocimiento. Si no escucháis el dolor, tenelde de verme así, con tal que me deis á mí el vuestro todo, pastor; mas no me contenta, no, haceros tal demasía, más á cuento nos vendría pagar por entrambos yo. Si por ventura estimáis más mi fe que vuestro gusto, á tiempo estamos, que es justo que mostréis lo que me amáis: pues puedo y quiero juraros, así me vala el quereros, que cuanto pierdo de veros lo voy cobrando en amaros. El que dañarnos pretende, aqueste cargo nos echa, si en estorbar se aprovecha, que en aprovechar se ofende: y no me juzguéis culpada en su vana pretensión, pues sola vuestra opinión me hace á mí deseada. El vela noches y días, con enojo suyo y nuestro, mas yo os ofrezco por vuestro el fruto de sus porfías: él verá, por más que haga, el poco rastro que deja, y siendo suya la queja, veréis vos vuestra la paga. Imposible me es quererle, y aun no dexar él de amarme, que cansarále el cansarme más que á mí el aborrecerle. Su bien y su mal igualo, y por ponerle más freno, ni le encenderé con bueno, ni le indignaré con malo. Si estos medios no son tales, dadme vos otros mejores, que aunque me los deis peores, me serán los más cabales. Esto es lo que Amor me enseña, y lo que compro barato, siendo de cera en el trato y en la firmeza de peña. Ausencias, muertes, debates, adversidades y antojos, son el toque en que á los ojos muestra la fe sus quilates. Los suyos os mostrará la mía con tal excesso, que la tomaréis sin peso y después no os pesará. Y pues tan claro veréis que es mi fe tan viva y cierta, porque no parezca muerta, mandadla obrar y veréis cómo atropella al momento honra y vida sin temor, porque no hay vida ni honor fuera de vuestro contento. Andando á solas un poco ayer, sin vos y sin mí, en un álamo leí: nunca mucho costó poco; mas yo, que sé cómo lucho, con deseo y con trabajo borrélo y puse debajo: nunca mucho costó mucho. En el mar seguro y manso se anega el desconfiado; y al que espera ser premiado cualquier trabajo es descanso; con la esperanza de gloria no puede haber mucha pena, que el que vence en la cadena, mayor hace la victoria. Hay un muro en mi vergel, á la parte de la fuente, y un resquicio suficiente, para hablarnos por él, dó podrás venir seguro, entre el norte y el lucero, que allí, pastor, os espero, y en Dios, de veros sin muro.

Aunque no fuera deseado, fuera de mucho contento en Mendino el papel de Elisa, pues viniendo á tan buen tiempo, fácil es de entender cómo sería recebido y cómo celebrado. Quisiera el pastor poder mostrar su alegría sin que fuera tan á costa suya; pero cerrándola dentro de su corazón, se dispuso á la siguiente noche que apenas vido el silencio della, cuando mudado el vestido, con un grueso bastón de encina con que acostumbrado estaba Mendino á despartir los toros en la pelea y á derribar los ossos en los montes, se salió de su cabaña, y rodeando la de Elisa, con atento oído y pies sordos llegó al muro señalado, donde ya la pastora le esperaba y le avisó que aun no era tiempo para hablarle de espacio, que entretanto se fuese y tornase acompañado, porque Padileo no pudiese como á solo ofenderle ni como á ocupado hallarle. A esto Mendino obedeció, y aunque pudiera buscar á su buen primo Castalio, ó al galán Coridón, su leal amigo, que con mucho gusto de Elisa era consabidor deste caso, no quiso más compañía que á Siralvo, uno de sus mayorales, de quien fiaba mucho y más podía. Juntos se fueron á aquel secreto lugar, y quedando Siralvo á la entrada dél, de donde todas las del campo descubría, Mendiano por entre el muro y las peñas, lugar estrecho y sombrío, llegó al resquicio, y sentado sobre la húmida hierba esperó, y no mucho, que presto vino la hermosa Elisa, que con su luz esclareció la noche y con su habla puso el día en el alma de Mendino. Allí hubo razones tiernas y turbadas; allí lágrimas y risas, ruegos y promesas, y sobre todo Amor que lo sazonaba. No fué sola esta vez la que Mendino y Elisa por aquella parte se hablaron; pero no todas Mendino llevó á Siralvo que le acompañasse, porque sabía que el humilde pastor no lo era en pensamientos. Andaba furiosamente herido de los amores de FILIDA, FILIDA que por lo menos en hermosura era llamada sin par y en suerte no la tenía; y como los días con la ocupación del ganado y el recelo de Vandalio y sus pastores (á donde FILIDA estaba) no le daban lugar á procurar verla ni oirla, iba las noches y descansaba á vista de sus cabañas, y algunas veces veía á la misma FILIDA, que en compañía de sus pastoras salía á buscar la frescura de las fuentes, y entre los árboles cantaba, y haciéndose encontrado con ellas, no se esquivaba FILIDA de oirle ni de entender que le amaba, que bien sabía de Florela, pastora suya, con quien Siralvo comunicaba su mal, y de cuantos más al pastor conocían, que cabía en su virtud su deseo. Esto entendía Mendino, y lastimoso de estorbarle, muchas noches se iba solo á hablar á la hermosa Elisa, entre las cuales una el sospechoso Padileo le acechó y le vido, y fué por mejor que, celoso y desconfiado, sin decir la causa de su movimiento, pidió luego por mujer á la hermosa y discreta Albanisa, viuda del próspero Mendineo, hija del generoso rabadán Coriano, que en la ribera del Henares vivía, y allí desde las antiguas cabañas de su padre apacentaba en la fértil ribera 1.000 vacas, 10.000 ovejas criaderas y otras tantas cabras en el monte al gobierno de su mayoral Montano, padre de Siralvo, pastor de Mendino. Esta famosa empresa consiguió Padileo, y en conformidad de los deudos de una y otra parte, partió del Tajo, acompañado de los mejores rabadanes dél, y el mismo Mendino, que muy deudo y amigo era de la gentil Albanisa, y desposado y contento, con el mayor gassajo y fiesta que jamás se vido entre pastores, volvió del Henares con la cara esposa, enriqueciendo de beldad y valor el Tajo y su ribera; desta suerte quedó contento Mendino y pagado Padileo, y Elisa, pagada y contenta; y como de nuevo comenzó Mendino en sus amores, y forzosamente á fingir con Filis y Elisa con Galafrón, que no les importaba menos que el sossiego, y sin más industria dellos, el viejo Sileno asseguró su pecho, y el trato como primero y con más deleite tornó en todos y los placeres y fiestas lo mismo, porque para cualquier género de ejercicio había en la ribera bastantíssima compañía: en fuerza y maña, Mendino, Castalio, Cardenio y Coridón; en la divina alteza de la poesía, Arciolo, Tirsi, Campiano y Siralvo; en la música y canto, con la hermosa Belisa, Salio, Matunto, Filardo y Arsiano, aunque á la sazón Filardo, enamorado de la pastora Filena y celoso de Pradelio, andaba retirado, con mucho disgusto de todos, que nadie probaba su amistad que no le amasse por su nobleza y trato; pero de muchas bellas pastoras favorecido, amaba á sola Filena y sola ella le aborrecía, siendo verdad que otro tiempo le estimaba; pero cansóse el Amor, como otras veces suele, y con todo esso Filardo, tan cortés y leal que se escondía á aquejarse, y en la mayor soledad encubría sus celos; solos estaban Coridon y Mendino junto á una fuente, que al pie de una vieja noguera manaba, cubierta por la parte del Oriente de una alta roca, que alargando la mañana gozaban de más frescura y secreto, cuando por un estrecho sendero vieron venir á Filardo, buscando la soledad para sus quejas, y al mismo tiempo fueron dél sentidos; y viendo ocupado el lugar que él buscaba, quiso volverse, pero los dos no lo consintieron, antes Mendino le rogó que llegasse, y llegado, Coridón le pidió que tañesse, y tañendo ambos le incitaron al canto, que, comedido y afable, no se pudo excusar, ni aquí su canción, que fué ésta:

FILARDO

Vuestra beldad, vuestro valor, pastora, contrarios son al que su fuerza trata, que si la hermosura le enamora, la gravedad de la ocasión le mata; los contentos del alma que os adora, el temor los persigue y desbarata, lucha mi amor y mi desconfianza, crece el deseo y mengua la esperanza. Los venturosos ojos del que os mira, os juzgan por regalo del tormento, y el alma triste que por vos suspira, por rabia y perdición del pensamiento; essa beldad que al corazón admira, esse rigor que atierra el sufrimiento, poniéndonos el seso en su balanza, sube el deseo y baja la esperanza. Aunque me vi llegado al fin de amaros, ningún medio hallé de enterneceros, que como fué forzoso el desearos, lo fué el desconfiar de mereceros; el que goza la gloria de miraros y padece el dolor de conoceros, conocerá cuán poco bien se alcanza, rey el deseo, esclava la esperanza. Si propia obligación de hermosura es mansedumbre al alma que la estima, y al fuerte do razón más assegura, tantos peligros voluntad arrima, vaya para menguada mi ventura, pues lo más sano della me lastima; mas si holgáis de ver mi mala andanza, viva el deseo y muera la esperanza. Bien muestra Amor su mano poderosa, pero no justiciera en mi cuidado, atando una esperanza tan medrosa al yugo de un deseo tan osado, que en cuanto aquél pretende, puede y osa, ella desmedra, teme y cae al lado, que mal podrán hacer buena alianza fuerte el deseo y débil la esperanza. La tierna planta que, de flores llena, el bravo viento coge sin abrigo, bate sus ramas y en su seno suena, llévala y torna, y vuélvela consigo, siembra la flor ó al hielo la condena, piérdese el fruto, triunfa el enemigo; sin más reparo y con mayor pujanza persigue mi deseo á mi esperanza.

Cantó Filardo, y Mendino quedó de su canción muy lastimoso. Coridón no, que estaba ausente de su bien, y cuantos males no eran de ausencia le parecían fáciles de sufrir. Cada uno siente su dolor, y el de Filardo no era de olvidar que era de olvido, y ahora, después de haber alabado su cantar tan igual en la voz y el arte, los tres pastores se metieron en largas pláticas de diversas cosas, y la última fué la ciencia de la Astrología, que grandes maestros della había en el Tajo; allí estaba el grave Erión, de quien después trataremos; el antiguo Salcino, el templado Micanio, con otros muchos de igual prueba; mas entre todos, Filardo alabó el gran saber de Sincero, y la llaneza y claridad con que oía y daba sus respuestas: por esto le dió gran gana á Mendino de verse con Sincero, que muchos días había deseado saber á dónde llegaba el arte destos magos; y como Filardo dijo que sabía su morada, los tres se concertaron de buscarle el día siguiente, antes que el Sol estorbasse su camino, con lo cual tomaron el de sus cabañas, donde cada uno á su modo passó el día y la noche, y ya que el alba y el cuidado del concierto desterraron el sueño, Coridón y Filardo buscaron á Mendino, cuando él salía de sus cabañas á buscarlos, y escogiendo la vía más breve y menos agra passaron el monte, y á dos millas que por selvas y valles anduvieron, en lo más secreto de un espesso soto hallaron un edificio de natura, á manera de roca, en una peña viva, cercado de dos brazas de fosso de agua clara hasta la mitad de la hondura; aquí quiso Filardo merecer la entrada, y sentado sobre la hierba sacó la lira, á cuyo son con este soneto despertó á Sincero:

FILARDO

Si me hallasse en Indias de contento, y descubriesse su mayor tesoro en el lugar donde tristeza ó lloro jamás hubiessen destemplado el viento; Donde la voluntad y el pensamiento guardassen siempre al gusto su decoro, sin ti estaría, sin ti que sola adoro, pobre, encogido, amargo y descontento. ¿Pues qué haré donde contino suenan agüeros tristes de presente daño, propio lugar de miserable suerte; Y adonde mis amigos me condenan, y es el cuchillo falsedad y engaño, y tú el verdugo que me das la muerte?

Con el postrero acento de Filardo abrió el mago una pequeña puerta, y con aspecto grave y afables razones los saludó y convidó á su cueva. Pues como fuesse aquello á lo que venían, fácilmente acetaron, y por una tabla que el mago tenía en el fosso, que sería de quince pies en largo, hecha á la propia medida, passaron allá y entraron en aquel lugar inculto, donde lo que hay menos que ver es el dueño. Aquí en estas peñas cavadas solo vivo y solo valgo, y aunque no á todos comunico mi pecho, bien sé, nobles pastores, que sois dignos de amor y reverencia; mas vos, Coridón ausente, y vos, Filardo olvidado, perdonaréis por ahora, y vos, Mendino, oid quién sois y lo que de vos ha sido y será, que dichoso es el hombre que sabe sus daños para hacerles reparo y sus bienes para alegrarse en ellos; y viendo que Mendino le prestaba atención, en estas palabras soltó su voz el mago:

SINCERO

Cuando natura con atenta mano, viendo el Sér soberano de do viene, el ser que el hombre tiene y es dechado, dó está representado, y junto todo, quiso con nuevo modo hacer prueba maravillosa y nueva, no del pecho, cuyo poder y hecho á todo excede, pero de cuánto puede y cuánto es buena capacidad terrena en fortaleza, en gracia, en gentileza, en cortesía, en gala, en gallardía, en arte, en ciencia, en ingenio, en prudencia y en conceto, en virtud y respeto, y finalmente, en cuanto propiamente acá en el suelo una muestra del cielo sea possible, con la voz apacible, el rostro grave, como aquella que sabe cuanto muestra su poderosa diestra y sola abarca, invocando á la Parca cuidadosa, «Obra tan generosa se te ofrece, le dice, que parece menosprecio hacer caudal y precio de otra alguna de cuantas con la luna se renuevan, ó con el sol se ceban y fatigan, ó á la sombra mitigan su trabajo; tus hombros pon debajo de mi manto, obrador sacrosanto de tu ciencia, y con tal diligencia luego busca aquel copo que ofusca lo más dino, que después del Austrino al mundo es solo; de los rayos de Apolo está vestido de beldad, guarnecido de limpieza, allí acaba y empieza lo infinito, es AVE el sobrescrito sin segundo, á cuyo nombre el mundo se alboroza, de MENDOZA, y MENDOZA sólo suena donde la luz serena nos alegra, y á do la sombra negra nos espanta; agora te adelanta en el estilo, y del copo tal hilo saca y tuerce, que por más que se esfuerce en obra y pueda, mi mano nunca exceda en otra á ésta». Dijo Natura, y presta al mandamiento, Lachesis, con contento y regocijo, sacó del escondrijo de Natura aquella estambre pura, aquel tesoro, ciñó la rueca de oro, de oro el huso, y como se dispuso al exercicio, la mano en el oficio, assí á la hora la voz clara sonora á los loores: «Oid los moradores de la tierra cuánta gloria se encierra en esta vida, que hilo por medida más que humana; aquí se cobra y gana el bien passado, que del siglo dorado fué perdido este bien, escogido por amparo de bondad y reparo de los daños que el tiempo en sus engaños nos ofrezca; porque aquí resplandezca la luz muerta, la verdad halla puerta y la mentira cuchillo que la admira y nos consuela, y la virtud espuela, el vicio freno, en quien lo menos bueno al mundo espante: crece, gentil INFANTE, ENRIQUE crece, que FORTUNA te ofrece tanta parte, no que pueda pagarte con sus dones, pero con ocasiones, de tal suerte, que el que quiera ofenderte ó lo intentare, si á tu ojo apuntare el suyo saque y su cólera aplaque con su daño; del propio y del extraño serás visto, y de todos bien quisto, INFANTE mío; mas ¡ay! que el desvarío del tirano mundo cruel, temprano te amenaza, tan áspero fin traza á tus contentos, que tendrás los tormentos por consuelo; cuando el Amor del suelo lo más raro te diere menos caro, hará trato que tendrás por barato desta fiesta lo que la vida cuesta; mas entiende que si el Hado pretende darte asalto, y que te halles falto de la gloria, do estará tu memoria, el cielo mismo te infundirá un abismo de cordura, con que la desventura se mitigue, que aunque muerte te obligue, cuando á hecho rompa el ínclito pecho de tu padre, de claro aguelo y madre á sentimiento, y el duro acaecimiento que te espera de que á tus ojos muera la luz bella, de aquella, digo, aquella que nacida será tu misma vida muertos ellos, serás la Fénix dellos; crece ahora, que ya la tierra llora por tenerte, por tratarte y por verte y será presto». Dijo Lachesis esto, y yo te digo, que tú eres buen testigo en lo que ha sido, y si en lo no venido no reposas, esfuérzate en las cosas que te ofenden, que en el tiempo se entienden las verdades y el franco pecho en las adversidades.

Ganoso anduvo Mendino de oir á Sincero, y valiérale más no haberlo hecho, porque una vez le oyó y mil se arrepintió de haberle oído. Imprimióse una imagen de muerte en su corazón, que si juntamente en él no estuviera la de Elisa, cayera sin duda en el postrer desmayo. Cruel fué Sincero con Mendino en afirmarle lo que fuera possible ser tan falso como verdadero, mas pocos hay que encubran su saber, aunque el mostrarlo sea á costa del amigo. Tal quedó el pastor, que no fué poco poderse despedir del mago, que con ofertas y abrazos salió con ellos hasta passar el soto, donde se quedó, y ellos volvieron á la ribera, que al parecer de Mendino ya no era lugar de contento, sino de profundo dolor, con quien anduvo luchando muchos días por no poderle excusar y por hacerlo de que Elisa lo sintiesse. ¡Oh cuántas veces el leal amador mostró placer en el rostro, que en el alma era rabia y ponzoña, y cuántas veces su risa fué rayo, que penetraba su pecho y aun los mismos ratos de la presencia de Elisa, que en muerte y afrenta le fueran consuelo, le eran allí desesperación, y así no tenía gusto sin acibar ni trabajo con alivio! «¿Es possible, decía, que la celestial belleza de Elisa ha de faltar á mis ojos, y que muerta Elisa yo podré vivir, y mis esperanzas juntas con Elisa se harán polvo que lleve el viento? Primero ruego á la deidad donde todo se termina que mude en mí la sentencia, y si no, yo me la doy, Elisa, que ya que no sea poderoso para que no mueras, serélo á lo monos para no vivir». Estas y tales razones decía Mendino á solas con la boca, y acompañado con el corazón, y Elisa, inocente destos daños, siempre se ocupaba en agradarle y engañar á Galafrón, como Mendino á Filis. Tres veces se vistió el Tajo de verdura, y otras tantas se despojó della, en tanto que Elisa sin sobresalto, y Mendino siempre con él, gozaron de la mayor fe y amor que jamás cupo en dos corazones humanos, y al principio del tercero invierno, cuando el fresno de hoja y el campo de hermosura, juntamente se despojó de vida el corazón de Mendino no olvidado, no celoso ni ausente menos que del alma, porque adoleció Elisa de grave enfermedad é inútiles los remedios de la tierra, aquella alma pura, buscando los celestiales, desamparó aquel velo de tan soberana natural belleza, dejando un dolor universal sobre la haz del mundo y una ventaja de todo en el pecho del sin ventura pastor, que aun para quejarse no le quedó licencia, solo por la soledad de los montes buscaba á Elisa, y en lágrimas sacaba su corazón por los ojos; allí, con aquellas peñas endurecidas, comunicaba su terneza, y en ellas mismas ponía sentimiento. Con él lloraron SIRALVO, Castalio y Coridón. Con él lloraron los montes y los ríos; con él las ninfas y pastoras, mas nadie sentía que él lloraba. Gran pérdida fué aquélla, y grande el dolor de ser perdida, y muchos los que perdieron. Esto se pudo ver por las majadas de Sileno, donde no quedó pastor que no llorasse y gimiese, y desamparando las cubiertas cabañas, passaban la nieve y el granizo por los montes las noches, y por los yermos los días, mayormente en el lugar do fué Elisa sepultada, en una gran piedra coronada de una alta pirámide, á la sombra de algunos árboles, y á la frescura de algunas fuentes, todos los rabadanes, pastoras y ninfas de más estima cubrieron sus frentes con dolor y bañaron con lágrimas sus mejillas en compañía del anciano padre, donde Mendino, que más sentía, era quien menos lo mostraba, por el decoro de Elisa y el estorbo de Filis, y así apartado, donde de nadie podía ser visto ni oído, satisfacía á su voluntad en lágrimas sin medida y en quexas sin consuelo; y cuando el bravo dolor le daba alguna licencia, cantaba en vez de llorar, y peor era su canto que si llorara, que cuando el triste canta, más llora, y más MENDINO, que desta suerte cantaba:

MENDINO

Yéndote, señora mía, queda en tu lugar la muerte, que mal vivirá sin verte el que por verte vivía; pero viendo que renaciste muriendo, muero yo con alegría. En la temprana partida vieja Fénix pareciste, pues tu vida escarneciste por escoger nueva vida: sentiste la mejoría, y en sintiéndola volaste, mas ay de aquel que dejaste triste, perdido y sin guía; y entendiendo que te cobraste muriendo, se pierde con alegría. El árbol fértil y bueno no da su fruto con brío hasta que es de su natío mudado en mejor terreno; por esto, señora mía, en el jardín soberano te traspuso aquella mano que acá sembrado te había; y entendiendo que allí se goza viviendo, muero aquí con alegría. Bien sé, Elisa, que convino, y te fué forzoso y llano quitarte el vestido humano para ponerte el divino; mas quien contigo vestía su alma, di, ¿qué hará, ó qué consuelo tendrá quien sólo en ti le tenía, si no es viendo que tú te vistes muriendo de celestial alegría? En esta ausencia mortal tiene el consuelo desdén, no porque te fuiste al bien, mas porque quedé en el mal; y es tan fiera la osadía de mi rabiosa memoria, que con el bien de tu gloria el mal de ausencia porfía; pero viendo que el mal venciste muriendo, al fin vence el alegría. Es la gloria de tu suerte la fuerza de mi cadena, porque no cesse mi pena con la presurosa muerte, que ésta no me convenía; mas entonces lo hiciera cuando mil vidas tuviera que derramar cada día; pues sabiendo la que ganaste muriendo, las diera con alegría. Vi tu muerte tan perdido, que no sentí pena della, porque de sólo temella quedé fuera de sentido; ya mi mal, pastora mía, da la rienda al sentimiento; siempre crece tu contento y el rigor de mi agonía; pero viendo que estás gozosa viviendo, mi tristeza es alegría.

Así pasaba Mendino su congojosa vida, huyendo de los lugares donde de Elisa se trataba, honrándola ó llorándola, porque para ella y para él era este recato de grande importancia, y así se entretenía en sus cabañas con el vaquero Coridón ó con Castalio su primo lo más del tiempo, y esto porque en amor no falte su costumbre, que es haber siempre quien de nuevo llore; Cardenio, enamorado de Clori, perdió el respeto á Castalio, que más que á sí la quería, y la pidió en casamiento, y el generoso padre de ella, viendo la igualdad de los dos ricos pastores en edad y suerte, y que ambos le pedían y ambos eran dignos, y á Castalio heredero y á Cardenio heredado, dió la palabra á Cardenio y dejó á Castalio, de manera que estuvo mil veces por darse la muerte. En estos trances tan dolorosos se pasó lo restante del invierno. No os he dicho nada de Galafrón, siendo mucho lo que hay que decir; mas presto celebraremos el sepulcro de Elisa, donde serán sus lágrimas las mejores, porque allí faltarán las de Mendino; y ahora veréis que llega á la ribera un galán cortesano en hábito de pastor; Alfeo se llama, y con dolor viene: tratemos dél, en tanto que de Mendino y Castalio sus recientes daños no nos dan lugar: que tal vendrá, que los hallemos más tratables, pues

El mal que el tiempo hace, el tiempo le suele curar.

SEGUNDA PARTE DEL PASTOR DE FILIDA

En tanto que el generoso Alfeo siguió las pomposas Cortes tan satisfecho de su habitación, que le parecía tiempo perdido el que en otra parte se gastaba, mayormente el de aquellos que de las ciudades y villas, retirados á las humildes aldeas, vivían entre aquella soledad acompañada de murmuración, y aquella compañía desierta de consejo, no es de maravillar que así amasse el trato cortesano: porque criado en él y aficionado á las artes, hallaba allí del mundo lo mejor; ayudábale á gozarlo ser rico y liberal, gentil, cortés, discreto y bien nacido, amado de todos, y sobre todo, señor de su voluntad. Pero después que vió la hermosura de Andria, que era sin igual, y probó su condición, tan fácil al mal y al bien, que en breves días, enamorado y creído, sintió el favor de su parte, medida de su deseo, y en más breves la ponzoña secreta de su dulzor, juzgó enemigos al cielo y á la tierra, llamó la muerte, aborreció la vida, estragó su pecho hasta quedar tan trocado de sí, que á sí mismo no se conocía, y tan enemigo del lugar, que á otra cosa que infierno no le comparaba. Huyó dél, corrido de sus amigos, desesperado de su contento y atónito de su perdición; buscó la ausencia, con deseo de que en ella le viniese la muerte sin que la despiadada Andria supiese de su muerte ni de su vida. Así como iba trocada su fortuna, así lo iba su traje: camisa cruda llevaba y sayo pardo vaquero, caperuza de faldas y calzón de lienzo, polaina tosca y zapato gruesso, é intencionado de encubrir su suerte y guardar cabras y ovejas en la ribera del Tajo, donde al silencio de la noche enderezó sus pasos, sin más compañía que su dolor y cuidado, que casi con alas del viento apresuraban su jornada, llegó á su verde ribera al punto que el sol con la primera lumbre ahuyentaba las postreras sombras de la noche. Era el tiempo que la deleitosa primavera, desechando las flores de sus plantas, casi apenas el deseado fruto entre las tiernas hojas descubría. Y á las aves de la noche por las cavernas encerrándose, las del día (desamparados los nidos) dulcíssimos cantares acordaban. Ya el rústico Arsindo, desde un alto peñasco que sobre el Tajo pendía, tocaba una sonora bocina, á que de todas partes de la ribera le comenzaron á responder con flautas, chapas, adufres y otros instrumentos pastorales, donde Alfeo entendió ser día entre ellos de gran solemnidad y fiesta, y acrecentando su pena, se entró por la espesura de unos tarayes, y recostado en la tierra junto á un pequeño arroyo que del Tajo salía, los ojos en él y el pensamiento en Andria, al son del agua y al compás de sus suspiros comenzó á decir:

ALFEO

Apartado de la vida pago, viniendo á morir, con la pena del partir la culpa de la partida; culpa que (si bien se apura) procede en tal ocasión, no por falta de razón, mas por mengua de ventura. Húyome de vos agora, aunque decirlo es afrenta, mas si vos quedáis contenta, iré pagado, señora; sin derramar más querellas, que en su mayor fundamento las ha de llevar el viento y á mí la vida tras ellas. Partíme de vos sin veros, porque no puedan decirme que fué possible partirme y no lo fué enterneceros; excusaré, mal mi grado, el juzgar en la partida á vos por desconocida y á mí por desesperado. No hay fortuna que assegure aquel que de vos se parte, ni tiempo, razón ni arte que por su salud procure; y así á tan amarga suerte no buscaré resistencia, pues vos disteis la sentencia, yo ejecutaré mi muerte. No crece en esta jornada la pena como el quereros, que no es mayor mal no veros que veros contino airada; y pues iguala á la ausencia lo que padezco presente, no podrá llamarme ausente quien no me lloró en presencia. Yo me huyo, y no me quejo, porque no vengo conmigo, perdonadme que os lo digo por galardón de que os dejo; y si os mostráredes servida en partirme desta suerte, podré decir que la muerte me valió más que la vida. Coged el fruto que ofrece mi partida en mis enojos, pues quita de vuestros ojos lo que vuestra alma aborrece; quedad satisfecha así, que aunque soy el agraviado, triunfaré como vengado si sé vengaros de mí. De este bien desconfiando, mis males agradeciendo, vuestro desdén conociendo, de la vida no curando, tal me voy á tierra extraña á volverme en tierra poca con vuestro nombre en la boca y en el alma vuestra saña.

Bien pensó Alfeo que se quexaba á solas, ignorando que á su siniestro lado, á la caída del río, al fin de la espesura, estaba la cabaña de la pastora Finea, discreta y bella serrana, la cual, recordando á la bocina de Arsindo, fué herida de las palabras del afligido amante; mientras las cuales duraron, dejó el humilde lecho, calzó abarcas de limpio cuero con cordones de fina lana, vistió su cuerpo gentil de saya parda oscura con saino baxo y camisa blanca gayada, cogió sus cabellos, y cubriéndolos con un ancho y alto tocado á fuer de la serranía, salió al lugar donde Alfeo estaba con más semejanza de muerto que de vivo. Y aunque la graciosa Finea había bien entendido de sus palabras la causa de su dolor, dissimulando le dijo: ¿Duermes, pastor? No duermo, dixo Alfeo. ¿Pues por qué, dixo Finea, dejas passar el río tu manada, que cuando della no cures, del daño que puede hacer deberías tener cuidado? No tengo cosa, dixo Alfeo, que á nadie pueda dañar, sin haberla en el mundo que á mí no me dañe. Según esso, dixo Finea, tú eres el más desdichado de los hombres, pues ninguno lo es tanto que no halle quien dél se duela. Y sin duda ya yo lo hago de ti, porque me pareces enamorado y forastero. En lo uno y lo otro, dixo Alfeo, has acertado; sólo yerras en tener compassión de mí, y así te ruego no la tengas si no eres amiga de tiempo muy perdido. ¿Qué sabes, dixo Finea, si puedes pagarme en mi moneda? ¿Eres acaso, dixo Alfeo, enamorada y forastera? Esso, dixo Finea, puedes tú ver, sin preguntarlo, en mi traje por una parte y en mi piedad por otra. Pero dime, pastor, así triunfes de tus enojos, ¿quién eres, de dónde y á qué eres venido, que tu hábito me dice uno y tu persona me descubre otro? No creas nada, dixo Alfeo, que aquí estoy yo que te desengañaré de todo, pues no puedo ser ingrato al cargo que en tan breves razones me has echado: suplícote primero me digas qué es la causa del ruido que esta mañana (al parecer del sol) sonó en la ribera. La causa, dixo Finea, de las voces é instrumentos que has oído es una junta casi general de los pastores desta ribera que hoy se hace en lugar señalado, por recordación de la difunta Elisa, hija del caudaloso rabadán Sileno, cuyas cenizas serán cada año en este mismo día celebradas. Por esto subió el rústico Arsindo á avisar con su ronca bocina desde las altas peñas, y toda la pastoral compañía desde sus moradas le respondieron, á cuyo son recordé yo y oí tus quexas, y estimo en lo que es razón la voluntad con que te ofreces á darme cuenta de ti; pero el detenimiento en este lugar podría ser peligroso, porque el sitio de Elisa es más de una milla distante de donde estamos, y la obligación de entrar yo á tiempo, forzosa, y sin duda no hay pastor ni pastora que no vaya caminando, así que en el camino podré saber lo que tanto deseo, y tú mandar lo que ya quisieres de tu gusto, que responderé á él con toda la obligación que me has hecho. Pastora, dixo Alfeo, yo no debo hacer essa jornada si no es porque tú lo quieras, y así te acompañaré hasta donde fueres contenta, que para mí no tiene más un lugar que otro, salvo los de la soledad á que mi mala fortuna me tiene tan obligado. Sígueme, pastor, dixo Finea, y saliendo de entre los tarayes se entraron por una senda estrecha y deleitosa, entre olmos y salces, y á poco espacio, antes que nada pudiessen tratar, sobrevino á la parte del río una banda de apuestos pastores y hermosas pastoras, y entre ellos Licio, pastor de mucha estima, desfavorecido y celoso de Silvia, una de las pastoras que allí iban. Fuéles forzoso á los dos, Alfeo y Finea, seguir su compañía, que sin esquivarse del nuevo pastor, iban en dulces pláticas entreteniéndose, y á la mitad del camino Finea pidió á Ergasto que tañese y á Licio que cantasse, á cuyo ruego Ergasto sacó la flauta, y á su son Licio comenzó á cantar de aquesta suerte:

LICIO

¿De qué sirve, ojos serenos, que no me miréis jamás? De que yo padezca más, mas no de que os quiera menos. Si el que con gusto moría, queréis que rabiando muera, aunque mudéis la manera, firme está la fantasía: de ira y gracia llenos dais por un mismo compás el mal de menos á más y el favor de más á menos. Si imagináis que dexarme tan sin ley y sin razón en mí ha de ser ocasión para desaficionarme; pues no bastan ser ajenos, industrias son por demás, antes el deseo es más cuando la esperanza es menos. Podéis con desabrimiento quitarme el verme y el veros, mas no que por conoceros no me agrade mi tormento; ser tan hermosos y buenos que lo dexáis todo atrás, esto en mí siempre fué más y lo demás todo menos. Si por matar al amigo no podéis ser alabados, y os queréis ver disculpados con todo el mundo y conmigo; cuando huya de sus senos el alma triste además, miradme, y no pido más, mas tampoco pido menos.

Todos, sino Silvia, oyeron atentamente la tierna canción del angustiado Licio; pero ella, que de costumbre tenía esquivarse con él en todo, mientras duró se entretuvo con Dinarda en plática de poca importancia, según pareció por lo que Dinarda hizo, que pidiendo á Ergasto que no cessase y á Licio que le respondiesse, Ergasto empezó á tañer, y ella á cantar, y Licio á responder desta manera:

DINARDA Y LICIO

--¿Si Silvia se te desvía, más la sigues?--Hago bien. --Morirás por ello.--Amén; quizá la contentaría. --Pon más consideración en tan confusa aspereza, que te lleva tu firmeza carrera de perdición; ¿cuando más males te envía más te humillas?--Hago bien. --Tú te destruyes.--Amén; que esso es lo que yo querría. --No abras con tal error tu mal soldada herida, que si es mala la caída, la recaída es peor; mira que es gran niñería, no escarmentar.--Hago bien. --¿Y si te pierdes?--Amén; que poco se perdería. --De tantos males y enojos ¿qué nuevas esperas buenas, si tu afición y tus penas son culpas ante sus ojos? ¿A la que te desafía te avassallas?--Hago bien. --Veráse vengada.--Amén; que entonces yo triunfaría. --Eres juez tan cruel en sentenciar tu processo que, ó se te ha enjugado el seso ó no naciste con él; lo que en tu frente se cría, ¿es locura?--Hago bien. --¿Y si te atassen?--Amén; que por cuerdo quedaría.

O por oir Silvia á Dinarda, ó porque el cantar la movió á más atención que el primero, mientras duró estuvo puestos los ojos en los pastores que cantaban. Mas ya que vió que era acabado, con rostro grave y hermoso, vuelta á la pastora le dixo: Volvamos, Dinarda, á nuestro cuento, que aunque el día es largo, para esso faltará lugar y para essotro no, que llegados al valle todos cantaremos. Esso creo yo, dixo Uranio (pastor de pocas palabras, pero de mucho aviso), mas será la diferencia que cantaréis en la rama y Licio en la red. Si yo la hice, dixo Silvia, en ella muera. ¿Pues quién la hizo? dixo Licio. Tú, pastor, dixo Silvia; si alguna hay, aunque tu desassossiego no es prisión, sin duda, sino temor de venganza de las más conocidas sinrazones que jamás contra mujer se han hecho. ¿Quién las hizo? dixo Licio. Tú, dixo Silvia, que en medio de una tierníssima voluntad mía, donde eras solo señor, moviste en pago tus pies y tu lengua contra mí. Si tú primero, dixo Licio, me quitaste el seso, no fué mucho que yo hiciesse locuras. ¿Pues tengo yo culpa, dixo Silvia, á tus desvariadas sospechas? Desso, dixo Licio, tú eres testigo, pero sey juez, que yo huelgo de ser el condenado. Sola una cosa, dixo Silvia, quiero preguntarte: ¿Qué te movió á desterrar á Celio de la ribera? Esso, dixo el pastor, fué concierto de nuestra contienda que el que quedasse vencido no pudiesse, por término de un año, apacentar en la ribera del Tajo: condición fué sacada por su boca y desafío hecho por su mano, y pena por que yo passara (aunque á mi pesar) si él me venciera. Y oxalá Licio fuera el vencido, con que el cielo me ayudara con la más mínima parte del sentimiento que por Celio tienes. Mira, pastor, dixo Silvia con rostro más altivo y tierno; vuelve á Celio á su cabaña, y de mí y de la mía no te acuerdes jamás, y agradece mucho que me humillo á enseñarte cómo podrás tenerme menos agraviada. Sí, agradezco á ti y al cielo, dixo Licio; y llamando á Ergasto, á passo largo se entraron por una senda que á mano derecha estaba, quedando los demás pastores muy agradecidos del noble respeto del pastor y del buen proceder de la pastora. Pero viéndola casi forzada á llorar, no quisieron enternecerla; antes, vuelto Uranio al nuevo pastor Alfeo, con gran cortesía le preguntó su nombre y su venida. Mi nombre, dixo el pastor, es Alfeo; mi venida, de passo, y serlo ha más si os soy inconveniente. Esso estuviera á mi cargo, dixo la serrana Finea. Y volviendo á los demás les asseguró que Alfeo era muy digno de su compañía y trato. Y en estos agradables razonamientos llegaron á una hermosa y gran floresta que á la entrada del valle de Elisa estaba, y donde había orden de irse aguardando los pastores hasta que juntos entrassen al sagrado valle. Y assí agora hallaron muchos, divididos por los arroyos y fuentes, tejiendo guirnaldas, juntando ramos de diversas flores y algunos tañendo y cantando con gran harmonía y arte, que allí estaban Sasio, Filardo y Arsiano, y la pastora Belisa, hija del doctíssimo lusitanio Coelio, los cuatro más aventajados en música y canto que en las españolas riberas se hallaban. Ayudábales el mucho estudio, suaves voces v discreción y donaire, aunque en suavidad y harmonía Belisa los dejaba atrás. Cantando estaba Arsiano cuando nuestros pastores llegaron; pero á poco rato, Belisa, ayudada de Sasio, al son de la lira con gran dulzura comenzó á cantar aquestos versos:

BELISA

Entre hierbas fresquíssimas floridas, un cendal por los ojos rodeado, juntos los pies, las alas escondidas, Suelta la aljava, el arco floxo al lado, durmiendo estaba con descuido y gana el pequeñuelo dios de Amor echado. Llevaba en el frescor de la mañana FILIDA sus ovejas, que las flores iban barriendo con la blanca lana. No sonaban zampoñas de pastores, iba cantando (cuando vió dormido al mismo Amor) qué cosa es mal de amores. No conoció quién era, aunque le vido, porque nunca sintió su pena grave, mas llegó á conocerle sin ruido. Miróle y dixo con su voz suave: ¿Hombre y ciego y con alas? No eres hombre. ¿Ave con solas alas? No eres ave. Si te pusiste aquí porque me assombre con tu nueva facción, por no hacello quiero saber de ti cuál es tu nombre. Una trenza texió de su cabello y atóle, y recordando el Amor luego, se vió cautiva della y preso en ello. FILIDA dixo: Dime, alado ciego, cómo te llamas. Respondió riendo: Furor causado de tu gran sossiego. FILIDA le responde: No te entiendo. Y dice Amor: Mi nombre es tu belleza, con cuya luz la misma nieve enciendo. Yo soy Amor, si quieres más certeza, ves allí el arco, ves allí la aljaba, tiéntalos y verás su fortaleza. FILIDA dice: El tiempo que me amaba el que solo obligada me tenía al yugo que atajó la muerte brava, Cuatro coronas el Amor traía, no era arquero, no era amor alado, ni ciego como tú, que bien veía. Tú vienes con dos jaras adornado, una ligera y otra muy pesada, y el efeto por dicha más pesado. Dícele humilde Amor: Essa dorada, de sólo bien querer está sangrienta, y essa de plomo, en desamor bañada. Sin quebrar la pesada te contenta puedes, pues para el hombre que te viere es imposible que su fuerza sienta; Mas cuanto tu beldad acá viviere, por fuerza essotra vivirá segura, que cuando de mi aljaba se perdiere, la hallaré en tu gracia y hermosura.

La mucha arte, la gran harmonía del vario son que la pastora Belisa á sus versos iba dando, fué de manera que no quedó pastor ni pastora que por una y otra parte no la rodeassen. Y al fin de su cantar, como maravillados de oirla y no menos satisfechos de mirarla, no se movían de aquel lugar, deseosos que tornasse á su agradable canto. Pero á esta hora ya la floresta estaba llena de la más noble y lucida gente que jamás se ha visto entre pastores. Y el viejo Sileno, con largo sayo y retorcido bastón, la barba al cinto, cana como la limpia nieve, y sobre su arrugada frente una corona de funeral ciprés, salió del valle acompañado de los cuatro escogidos y gallardos pastores Mireno y Liardo, Galafrón y Barcino, en discreción y gentileza iguales, y en caudal y estimación lo mismo. Traían de varios pellicos sus vestiduras, con dardos gruessos de fresno de puntas de luciente acero en sus manos, sus cabellos limpios y peinados, cubiertos con guirnaldas de verde yedra, á cuya entrada todo el pastoral concurso prestó un atento silencio. Y después que Sileno con sus cuatro pastores hubo pasado y visto por todas partes la floresta, vuelto al encerrado valle mandó que Arsindo tocasse en él su bocina, cuyo son apenas fué oído cuando por una sola entrada que el valle tenía se trasladó en él toda la gente que en la floresta estaba. Dispuesto era el lugar para la gran fiesta que se ordenaba. Tenía de ancho media milla y una en largo. Guardábale de ambos lados un espesso y alto monte de gruessos robles y viejas encinas, por entre los cuales baxaban muchos arroyos de agua clara, que unos hacían estanques en el fresco valle y otros por las cavernas sumiéndose, acrecentaban su deleite y hermosura. No faltaban en el llano fuentes puríssimas que, como de cristal, bañaban los troncos á las diversas y hermosas plantas. Estaba entre ellas una alta pirámide de rico mármol, casi toda cubierta de nativa yedra y de compuestos ramos; aquí con gran reverencia fueron llegando pastoras y pastores sin quedar ninguno que no dejasse en el devoto sepulcro verde ramo ó florida guirnalda. Y apartados por orden, sentándose sobre la menuda hierba, Alfesibeo, caudaloso rabadán, de edad madura y de presencia gentil, subiendo con el viejo Sileno, Galafrón y Barcino, Mireno y Liardo á un ramoso y alto assiento que á un lado de la pira estaba, tomó la templada lira, y no impedido de las aves del cielo, pero ayudado de los suaves vientos y oído de los atentos pastores, comenzó á cantar esta piadosa elegía.

ALFESIBEO

Pues el suave sentido y dulce canto perdió la causa, en testimonio desto comenzad, Musas, vuestro amargo llanto. Presentes sean al dolor funesto Beldad, Fortuna, Amor, Gracia y Prudencia, en veste negra y dolorido gesto. Llore Beldad la sin igual violencia de la muerte cruel, acerba y dura de quien le daba vida y excelencia. Fortuna ofrezca suma desventura, pues quien la pudo dar al mundo buena guarda su luz en esta pira oscura. Amor derrame en abundante vena su sentimiento, pues la cruda muerte á fin eterno su poder condena. La Gracia, viuda de mezquina suerte, pues la fuente perdió de do manaba, la de sus ojos crezca en mal tan fuerte. Prudencia llore su deidad, esclava de la Parca cruel, pues juntamente con las demás su breve curso acaba. Y todos ellos mi cantar doliente acompañen con lágrimas, en tanto que diere luz al mundo el rojo Oriente. Sin igual es la causa del quebranto, débelo ser también en sentimiento; proseguid, Musas, vuestro amargo llanto. Yace á la sombra deste encerramiento, oscuro y negro, reverente y pío, la misma Idea de merecimiento. Mi voz cansada, en monte, en valle, en río Elisa, Elisa en triste son resuena y acoge el cielo el tierno acento mío. General es la pérdida y la pena, general es el afligido lloro, general la sentencia que condena. En lo más alto del Castalio coro, las nueve Hermanas con estrecho luto cubren la luz de sus cabellos de oro. Allánanse á pagar este tributo los que en mil lastimosas ocasiones han conservado siempre el rostro enjuto. Dolopes fieros, duros Mirmidones, los soldados de Ulises inclementes ablandaran aquí sus corazones. No es maravilla que unas y otras gentes tomen el triste oficio por costumbre, haciendo agora de sus ojos fuentes. Que el Sol, subido en la más alta cumbre, envuelto en nubes de mortal tristeza, tiene eclipsada su serena lumbre. Y el fértil suelo lleno de aspereza, de seco invierno con estéril manto, llora también la celestial belleza. Y que llore ó no llore, el duro canto que sus miembros bellíssimos encierra, bañadle, oh Musas, con amargo llanto. Fría piedra, estrecha pira, poca tierra, que encerráis juntamente cuanta gloria de nuestras almas el dolor destierra. De la Muerte cruel fué la vitoria; vuestros son los raríssimos despojos, nuestro será el dolor y la memoria. La clara luz de los serenos ojos, el semblante gentil, el aire digno de producir y refrenar antojos, La blanca mano, el rostro cristalino, la boca de rubín, ebúrneo cuello, frente de nieve, trenzas de oro fino, Beldad que puso á la beldad el sello; ¿dónde está, pira oscura, piedra fría, tu poca tierra? Danos cuenta dello. Tierra dichosa en cuanto el cielo cría, dichoso en cuanto tú, Neptuno, bañas, y en cuanto mira el portador del día. De Atlante en las altíssimas montañas, en lo hondo del Gange sólo suenes y bañen venas de oro sus entrañas. Que las perlas y el oro no son bienes que con gran parte deban igualarse á la menor que en tu custodia tienes. Montes y mares vengan á humillarse á ti, Pira; á ti, Piedra; á ti, Tirrheno, en quien tanta beldad quiso encerrarse. Guarda, sepulcro, en tu dichoso seno la que guardó en el suyo todo cuanto se conoce en el mundo amable y bueno. Y si oprimidas de piedad ó espanto el dolor os suspende, al mismo punto volved, oh Musas, al amargo llanto. Si debe ser en todos tan á punto el dolor, la tristeza, el descontento, ¿qué hará en quien lo paga todo junto? Padre Sileno, el alto entendimiento socorra en tan justíssima querella y en ocasión de tanto sentimiento. Limpiad los ojos y veréis aquélla libre de nuestras graves ligaduras, alma pura, gentil, beata y bella, Entre las almas gloriosas puras que, escarneciendo nuestros desatinos, van de esperanza y de temor seguras; Y si gozaba acá con los más dignos pareceres humanos tanta estima, lo mismo hace allá con los divinos. Nadie, Pastor, se espantará que oprima vuestro sentido tan pesada carga y esse dolor que en general lastima. Pero por esso os dió, con mano larga, juicio el cielo, con que la vitoria dulce gocéis de la contienda amarga; Y cuando os diere assalto la memoria de la ocasión de vuestro bien passado, volvedla luego á su presente gloria. Yo sé que su provecho, ponderado con vuestro daño, y aunque no os lo quite, comportable hará vuestro cuidado. En el dolor que la razón permite, si no tomáis por vuestra su ganancia, pérdida fué que no terná desquite. En público lugar, en sola estancia, el tiempo aplicaréis con celo santo á consideración tan de importancia. Y después que digáis al mundo cuanto supierdes de dolor y de consuelo, dexen las Musas el amargo llanto, Suba el incienso al cristalino cielo; los versos píos, las ofrendas santas hinchan de honor y de socorro el suelo; Júntense ahora en esta pira cuantas nobles, piadosas y diversas gentes hoy tienes á la sombra de tus plantas. Cercanos deudos, próximos parientes, que desto fuiste tan enriquecida como de otros bienes excelentes, Y junta la progenie esclarecida, templos se hagan á tu nombre ilustre, que pueda Fama eternizar su vida. De siglo en siglo irán, de lustre en lustre, contigo allí mil ínclitos varones, sin que fortuna ó tiempo los deslustre. Y entre sus gloriossísimos blasones, otro se les añada por su parte de tus virtudes y admirables dones. Las venas cessarán de ingenio y arte, mas no podrá jamás faltar, yo fío, la voluntad perpetua de alabarte. Los hombres con respeto y señorío, á tu nombre pondrán de tiempo en tiempo mil epitafios, y primero el mío: Aquí se hace tierra; aquí contemplo la más perfecta y singular criatura que fué en su muerte de bondad ejemplo, siendo en su vida sol de hermosura.

Fué escuchado Alfesibeo de toda la agradable compañía con un grave silencio, interrumpido á ratos con terníssimos suspiros. Pero ya que hubo dado fin á sus versos, el venerable Sileno le tomó la lira con que los tañía, y colgándola de la ancha rama que de una gran encina sobre ellos pendía, mandó que Arsindo tocasse nueva señal, á cuya bocina los pastores y pastoras se fueron dividiendo por el ameno valle, y sobre humildes mesas, cuál del cortado tronco y cuál de la fresca y menuda hierba, gustaron las rústicas viandas que traían. Lo mismo hicieron el viejo Sileno y los gallardos cuatro pastores que le acompañaban con el rabadán Alfesibeo, y todos seis al cabo de su breve comida, que fué al pie de una fuente que salía de una viva peña poco distante de la alta pira, enderezaron á la parte que la pastora Belisa de los más hábiles y nobles pastores de nuestro Tajo estaba acompañada, y con gran cortesía les pidieron que mudassen lugar, porque la fuente de la peña estaba más fresca y el sitio más acomodado. No gastaron mucho tiempo en ruegos, que al punto Sileno fué obedecido, y tras los llamados fueron otros muchos, deseosos de gozar tan buen entretenimiento, y entre ellos Alfeo y Finea, que, vistos de Sileno, por el conocimiento de la gentil serrana y la pastora del nuevo pastor, particularmente les hizo lugar entre sí y la pastora Belisa. A esta hora Pradelio, pastor mozo, robusto, de más bondad que hacienda, llegó cansado y solo por la parte que Sileno estaba, y disculpando su tardanza fué de todos bien recebido, pero más de la pastora Filena, cuya hermosura y gracia traía robadas mil secretas intenciones, sin poderse guardar en esto la cara amigos á amigos. Bien conoció Belisa el contento de Filena en la llegada del pastor, porque sabía que con gran bondad y ternura le amaba, y porque la vido mezclar de fina rosa el cristal de su cara con una alegría conocida y honesta, y volviéndose á ella, por ayudarla á dissimular, le dijo: Cantemos juntas, pastora. Canta tú, dijo Filena, que es lo que Sileno y los demás aguardan. Como mis cantares, dixo Belisa, no nacen de propia ocasión, siempre he menester quien me los acuerde. Esso haré yo, dixo Arsindo: canta, pastora, aquel que ayer dijiste en la ribera, que si no fuere á tu propósito será al de todos, que esso tiene lo que por sí es tan bueno. Con lo cual Belisa, templando el rabel de seis cuerdas, dixo con gran dulzura aquesta letra:

BELISA

Ojos que cuesta el reposo volver á mirar con ellos, más valiera no tenellos. Ojos que saben prenderme, pero nunca rescatarme, osados á aventurarme, cobardes á socorrerme; pues no estiman el perderme en el menor gusto dellos, más valiera no tenellos. Ojos de tan malas mañas que, estando por veladores, dan passo como traidores á las banderas extrañas, hasta las mismas entrañas que en llanto salen por ellos, más valiera no tenellos. Ojos con quien miro y veo que aquí consiste mi daño, y si dicen que me engaño muero, y digo que lo creo; pues llevan tras el deseo la razón por los cabellos, más valiera no tenellos. Ojos que, cuanto se piensa en los males que se ofrecen, por su deleite escarnecen, sin dar otra recompensa; pues recibe el alma ofensa si quiero vengarme dellos, más valiera no tenellos.

No pudo tanto la pastora Finea, mientras duró el suave cantar de Belisa, que no volviesse sus muy suaves ojos muchas veces á los de Pradelio, que atentamente la miraban. Pero Filardo, que cada vez que la pastora lo hacía, como de agudo hierro sentia traspassar su corazón con la rabia de los celos y la fuerza del amor, turbó su rostro y cubrióse de sudor su frente, y sin aguardar á que le rogassen, pidió á Sasio que tocasse la lira, y acompañole, desta arte lamentándose:

FILARDO

Los que consiguen favores por sus servicios fieles, busquen alegres vergeles para gozar sus dulzores; yo por los sepulcros feos buscaré los infernales, que éstos fueran mis iguales si sintieran mis deseos. Quien, mirando mi dolor, burlare de mi cuidado, de mí será perdonado si no sabe que es Amor; y porque mi parecer no tenga de hoy más por juego, meta la mano en mi fuego, mudará de parecer. Hay mil montes de passión delante de mi consuelo, y ha cerrado el passo el cielo con un mar de confusión. En navegación tan fuerte descanso no le procuro, que en el puerto más seguro está escondida la muerte. A veces, por me acabar, vienen á mis sentimientos tan á tropel los tormentos, que se estorban al entrar; y en batalla tan reñida por mi mano les es dada, con tal condición la entrada que no pidan la salida. Lo que pudiera ayudarme, esso viene á combatirme, por ver si me halla firme, para más y más dañarme: mi cadena, es mi vitoria; mi fe, mi condenación; mi cuchillo, mi razón; mi verdugo, mi memoria.

Más cantara Filardo si pudiera, mas la passión que le forzó á hacerlo le forzó á dexarlo: bañando los ojos y passando á priesa la mano por su rostro, se levantó de donde estaba, dando con su ida á todos ocasión de mucho pesar, que asaz amigos de estima tenía Filardo. Pradelio desto no hizo sentimiento; pero la pastora Filena, por dissimular el suyo, vuelta al nuevo pastor Alfeo, le pidió que no gastasse más tiempo en escuchar, antes pagasse lo que había oído. Á este ruego acudió Belisa y ayudó Finea, y aunque Alfeo, poco ganoso de obedecer, no quiso parecer menos cortés á las primeras vistas, antes pidió á Finea que tocasse la zampoña, y ella á Sasio la lira; y assí, al pastoral son de los dos acordes instrumentos, cantó con gran dulzura estas querellas:

ALFEO

Si el dessabrido y rústico aldeano, en quien Amor no luce ni parece, por ajena ocasión hace jornada Y por un solo acogimiento humano suele cobrar amor á la posada, y al despedirse della se enternece; Con razón se entristece el alma sola amarga, que con mano tan larga Regalada se vió en su pensamiento, al inhumano, y triste apartamiento, de su sombra, y abrigo: y no es razón que esté sin ti conmigo. Sale de Oriente con ligero passo Febo, vistiendo el cielo de alegría, comunicando al mundo su grandeza; Mas apenas le alberga el frío Ocaso, cuando se ve una sombra, una tristeza de negra noche temerosa y fria. Desta arte el alma mía del Sol de hermosura, gozó la luz más pura Que se puede mirar con vista humana, y desta arte es ya noche su mañana, y desta arte, en su ausencia, es de tiniebla y muerte la sentencia. La verde hierba que el arroyo baña, la tierra, el aire, el sol, la favorecen; mas si le falta el agua, assí se muda, Que el viento fresco la inficiona y daña, quémala el Sol, la tierra no le ayuda, y su verdor y su virtud fenecen. Desta suerte perecen gracia, salud y vida, estando despedida De tu presencia el alma que te adora; porque sin este solo bien, señora, cualquiera que se ofrezca es mal y daño, con que más padezca. Levanta el diestro artífice seguro sobre muro y colunas su artificio, que quiere competir con las estrellas; Mas si quebranta el tiempo el fuerte muro ó rompe el peso las colunas bellas, también ha de faltar el edificio. Yo, que de tu servicio, y de mi bien y gloria máquinas de vitoria Sobre tu voluntad iba subiendo, esta ilustre coluna falleciendo, tu servicio y mi suerte cairán por tierra en manos de la Muerte. En tanto que el favor, y la privanza siente el siervo leal del Rey benino, su lozanía y su contento suena; Mas si después en esto ve mudanza, por su mal hado ó por industria ajena, corrido y triste le veréis contino: Oh menguado destino, mira cual he quedado, solo, desamparado De aquel favor y tiempo venturoso, que entre las gentes ando vergonzoso, cabizbajo y con miedo que me señalen todos con el dedo. Canción de mi despecho, si llanto y no canción quieres llamarte, aquí podrás por mi amistad quedarte, que en desventura tanta bien se puede llamar loco el que canta.

Los tiernos afectos, la mucha harmonía, las amorosas palabras del afligido Alfeo se hicieron sentir generalmente, de suerte que, acabado el dulce canto, por gran rato unos con otros encarecieron, cuál los afectos, cuál la harmonía y cuál las palabras. Pero Belisa, que de todo quedó pagada, todo lo encareció mientras duraba, y después de acabado, primero con el semblante y después con mil discretas razones, que ayudaron á confirmar en todos la buena opinión de Alfeo. Pero él, agradecido á sus favores, no podía en lo interior tomar contentamiento. A esta hora Sileno ordenó que la música cessase y se diesse lugar á otro entretenimiento de los usados entre pastores, porque no solamente las almas se recreasen en aquel exercicio, que en efecto no era para todos; y assí, señalando premios para la lucha, ofreció al más fuerte un cayado de acebo guarnecido de estaño, tallado de buril de despojos de caza, y por la una parte un gran cuchillo secreto, que tocando á una llave salía y tocando á otra se tornaba á esconder, obra ingeniosa del valiente Alcimedonte; y si este dón era para el más fuerte, para el más mañoso había otro tal, un arco era de palo indio, con la empuñadura de luciente plata y esmalte fino, cuerda de seda, aljaba labrada y seis ligeros tiros de diversas puntas, con plumas variadas, blancas, encarnadas y verdes; premios que movieron, por ser tales, los ánimos más exentos de amor, que los enamorados no han menester quien los mueva. Hízose á la hora una ancha plaza de toda la general compañía, con gran concierto y orden, y á poco rato que esperaron, en medio dellos se puso Colín, pastor de cabras, más robusto que bien proporcionado, en el cuello y brazos desnudo, camisa muy justa y zarefuelle estrecho y medias de lienzo sin zapatos. No le dexó mucho sossegar Barcino, rico ovejero y competidor suyo en amores, que con el mismo hábito le salió delante, y sin aguardar más señal, se fueron el uno para el otro, cada cual intencionado de hurtar el cuerpo al contrario, y assí sucedió que casi desta vez no se tocaron. Pero queriéndolo ambos enmendar la segunda, con tal maña se acometieron, y con tal fuerza se hicieron presa, que ambos arrodillaron. Era el perder ó el ganar á la primera caída, y el conocimiento del vencido estar en tierra y su contrario ambas rodillas sin tocar al suelo; y como agora assí se vieron, cada cual procurando que el otro no se levantasse, anduvieron gran rato volteando por la hierba, sin conocerse ventaja, hasta que Colín, inadvertido, se cogió la una pierna debajo de la otra, y al revolver el cuerpo se torció la rodilla de manera que, olvidado del premio y de Dinarda que le miraba, quexándose se dejó tender en tierra, y Barcino sobre él comenzó á pedir vitoria. La grita de los pastores, unos con gusto y otros con pesar, hicieron mayor la honra del uno y el corrimiento del otro.

Luego salió Damón, mozo membrudo, aunque de poca edad, gran amigo de Colín, pero presto le hizo compañía y alguna parte de consuelo.

Los dos vencidos pastores tenían á Barcino más animoso y á los circunstantes menos determinados. Y assí de la segunda lucha le dexaron algún tanto de lugar para que descansasse; pero Pradelio, que, ardido en amores, los ojos en la pastora Filena, con gran atención veía mirar á los otros que luchaban, pareciéndole que le hurtaba á su corazón cualquier vuelta que con sus ojos daba en otra parte, á la hora, sin más prevención de quitarse el gabán y el cinto, se presentó con gentil cuerpo y donaire al vitorioso Barcino, que ya le esperaba. Asiéronse por los brazos igualmente, y aunque la fuerza de Barcino era aventajada, la maña de Pradelio no era menos, y cuanto el uno de la fuerza del uno, el otro de la maña del otro se debían recelar. Y assí, andando en torno gran espacio, sin dar el uno lugar al otro para sus fuerzas ni el otro al otro para sus mañas, ya sus venas estaban tan gruesas que parecían querer reventar, y el sudor de sus frentes les quitaba la vista; pisaban sobre la verde hierba, inconveniente grande para Barcino por no poder restribar en ella como quisiera, pero no para Pradelio, que tenía en esso la confianza. Y assí, viendo á Barcino que con gran furia venía sobre él, hurtándole el cuerpo, tuvo muy cerca la vitoria; mas el fuerte pastor, proveyendo al daño, tan fuertemente tuvo á Pradelio por los brazos, que juntos llegaron á tierra y juntos se levantaron, juntos se tornaron á apercibir y juntos gimieron como dos bravos toros en pelea. Ya la gente estaba admirada de la terrible y peligrosa lucha, y lastimosos los dos pastores; pero ellos, más animosos que al principio, iban buscando sus presas, cuando Sileno, puesto en medio, les atajó su porfía, con aprobación de toda la compañía, mayormente de las pastoras Dinarda y Filena. Y á Barcino le fué dado el cayado gentil, y á Pradelio el galán arco, y á Colín y á Damón licencia para tenerles envidia.

Quedó Sileno nuevamente deseoso de ver á los demás ejercitarse en saltar ó correr ó tirar á la barra. Gran turba de pastores se levantó para estos ejercicios, pero con diferentes intentos: porque Uranio y Folco, Frónimo y Tirseo, se apercibieron para la carrera; Elpino, Bruno y Silveo para la barra; Delio, Lidonio y Florino para el salto. Cupo la primera suerte de ejercicio á los cuatro corredores, que sin ningún detenimiento se despojaron de sus vestidos, salvo de las camisas y zarafuelles, sin medias ni zapatos. Puso Sileno al cabo de la carrera, que era en una parte del valle, sin tropiezo ni hierba, cuatro premios. El primero, y menos bueno, un rabel de tres cuerdas, de oloroso ciprés de Candía; el segundo, y mejor, un zurrón de seda y lana, labrado con gran arte; el tercero, y mejor que el segundo, un espejo de acero, guarnecido en palo de serval; el cuarto, y mejor que todos, un puñal de monte, por la una parte de corte vivo y por la otra sierra muy fuerte, con vaina verde y empuñadura de cuerno de ciervo, trabado con correas blancas de venado. En esta forma: el rabel colgaba de un olmo; y adelante ocho pasos, el zurrón, de un salce; y otros ocho adelante, el espejo, de un mirto; y doce más el puñal, de un enebro. Y hecha calle vistosíssima de todos los pastores y pastoras, ya que los cuatro corredores estaban los pies izquierdos adelante y los derechos casi en las puntas, haciendo Arsindo señal, el son de su bocina fué como el de la cuerda de sacudido arco, y los pastores no otra cosa parecieron que ligeras saetas por el aire. Fáltame por decir lo más gustoso: como Sildeo, pastor de claro entendimiento, aunque de pies perezosos, vido el orden con que los premios estaban, barruntó luego lo que había de suceder, y alzó al viento las luengas haldas del sayo y púsose con los cuatro, que en ligereza excedían al viento, y juntamente con ellos empezó á medir sus passos por la carrera, y toda la gente que lo miraba á reirse de su osadía; pero como los cuatro passaron tan adelante, y los ojos de todos iban tras ellos, Sildeo pudo correr á sus anchuras sin ser más mirado ni reído. Que cosa fué ver á Folco del primer vuelo tan aventajado, que á la mitad de la carrera todos juzgaron el puñal por suyo; pero Fronimo, corrido, criando alas de su afrenta, con dos cuerpos se le puso delante. Uranio iba tras Folco, y Tirseo tras Uranio, cuando Fronimo, vanaglorioso de su ventaja y codicioso de la vitoria, ó tropezó en la tierra ó en sus piernas, que súbito pareció tendido en la carrera, y Folco sobre él, que no pudo apartase sin caer. Uranio y Tirseo se vieron señores del campo, y la grita y ruido de la gente, que les debiera animar, parece que los desalentó, de modo que los dos caídos, levantándose, y ellos dos entorpeciéndose, todos cuatro llegaron casi juntos á los premios, y todos cuatro, despreciándose del rabel, passaron al zurrón, y desde allí al espejo, y adelante al puñal, que en un instante alargaron los brazos á tomarle. Bien se contentara Sildeo (que tras ellos iba) con el rabel, pero viéndolos que, asidos del puñal, reciamente porfiaban, passó hasta el espejo y tomóle, y baxó al zurrón y púsosele al cuello y desde allí al rabel, y pudo hacerlo porque el concierto era que, comenzando de premio mayor, pudiessen de allí tomar los menores que hallasen. Sildeo, risueño y gritado de la gente, enderezó los passos á Sileno, y los cuatro pastores asidos de su puñal, cuál por la vaina, cuál por el puño y cuáles por los correas, hicieron lo mismo. No pudo Uranio (aunque quisiera) desnudar el cuchillo, porque tenía un secreto que le cerraba; pero Sileno, presto en atajar su contienda, tomó á su cargo el puñal y dióle á Sildeo para que él le diesse á quien le agradasse. Discreto y gracioso era Sildeo, y como se vió hecho juez de todo, les dixo desta manera: Estos premios se pusieron para el corredor que primero los viesse en su poder; yo los veo en el mío sin que nadie me tocasse á los tres en la carrera, y sin que ninguno de vosotros haya tenido el cuarto libremente como yo, y assí, por derecho y condición son todos los cuatro míos, y así lo juzgo. No solos los amigos de Sildeo rieron de la graciosa sentencia, pero á los mismos pretensores hizo mucho donaire, y Sileno la confirmó como bien dada, y mandó á Valleto, zagal suyo, que diesse á los cuatro pastores, el siguiente día, cada dos gruesos carneros de los mejores del rebaño, con que quedaron los circunstantes muy contentos y los pastores muy pagados.

Y mientras muchos se estaban culpando de no haber tenido el aviso de Sildeo, Delio, Lidonio y Florino pidieron lugar para los saltos, y Elpino, Bruno y Silveo para la barra, y aunque quisiera Sileno dársele, viendo que del día estaba gastada la mayor parte, y aquellos ejercicios (aunque de mucha estima) no eran de tanta recreación, acordó que se ingeniasen en pruebas de fuerza y ligereza, cada cual como supiesse ó bastasse, prometiendo á todos dignos premios de su exercicio. Prueba haré yo, dixo Bruno, que no la hará otro pastor de la ribera. Hazla, dixo Elpino; veamos dónde llega tu soberbia. Agora lo veréis, dixo Bruno, y haciéndose atar por las muñecas con dos cuerdas de torcido cáñamo dió el un cabo á Elpino y el otro á Silveo, y tomando en cada mano una manzana, tirad, les dixo, cada uno por su parte, veréis si salgo con mi intención. Con tanta fuerza tiraban los dos pastores, que parecía quererle abrir por los pechos; pero Bruno, recogiendo sus fuerzas, haciendo piernas, apretando los dientes, á pesar de entrambos puso las manzanas en la boca. No hubo entre todos quien á otro tanto se atreviesse. Pero Lidonio, que deseaba mostrarse en algo aquel día, viendo presente á la hermosa Silvia (digo aquélla que á la ida del valle toparon Alfeo y Finea con la pastora Dinarda), alegre de verla sin los dos competidores Licio y Celio, le pidió licencia para ejercitarse en su nombre, y ella, que de nada tenia gusto, le dixo que hiciese el suyo; esto tuvo Lidonio por gran favor, y animado con él, mientras que Delio y Florino, haciendo vueltas galanas y dificultosas por el suelo y por el aire, entretenían la gente, envió por perchas altas y delgadas á un huerto suyo, que cerca del valle estaba, y puesto en medio de la gente, las afirmó en tierra derechas sin hincarlas, y con ambas manos, sin otra ayuda, comenzó á subir por ellas con grande facilidad, hasta poner los brazos sobre lo alto, y arrimándolas al cuerpo sin otra ligadura, ni afirmar los pies en nada, se comenzó á pasear por entre los que le miraban, y después de ser bien visto, se dexó deslizar por ellas hasta el suelo. Prueba fué que agradó y admiró á todos en general.

Mas viendo que el luchador Pradelio tomaba el puesto para hacer nueva prueba, todos volvieron á él atentamente, y el mancebo gentil, tendiéndose en tierra de espaldas, los brazos abiertos, sobre la una mano se puso un pastor de pies y sobre la otra otro, asiéndose los dos de las manos para afirmarse. Pradelio levantó en alto los brazos con ellos y estuvo assí un rato, y luego se sentó en tierra con la misma carga, tras lo cual se levantó en pie, y trayendo á los pastores tres ó cuatro vueltas en el aire, se fué sentando y tendiendo y baxando los brazos hasta dexarlos donde los había tomado. ¡Oh, cómo fué prueba esta del esfuezo y maña de Pradelio y cómo contentó á todos los pastores y pastoras que la vieron! El gusto de Filena para después se quede, y aun las pruebas por ahora, porque Sileno bien siente que no es razón de exercitarse tanto con tanta fatiga, y así, premiando á todos con mucha voluntad y franqueza, mandó tornar á componer las rústicas mesas con regaladas viandas, de donde brevemente todos se levantaron, y siguiendo á Sileno, Galafrón y Barcino, Mireno y Liardo y el rabadán Alfesibeo enderezaron á la devota pirámide; y allí Galafrón, tierno y verdadero amante de la difunta Elisa, la una rodilla en tierra, al son de la flauta de Barcino, que de la misma arte la tocaba, cantó estos versos tristes y amorosos:

GALAFRÓN

Elisa, que un tiempo fuiste descanso de los enojos con sólo volver los ojos á los que en llanto volviste, la furia perpetua y triste de nuestras continuas quexas no es tanto porque nos dexas como por ver que te fuiste. Porque, Elisa, aunque dexarnos sea lo mismo que irte, sintiendo el mal de partirte no se entiende el de quedarnos; y sólo en representarnos la memoria que te has ido, no queda libre el sentido para de otro mal quexarnos. Mas, dime: ¿en prisión tan grave por qué nos dexas con ceño, como cautivos sin dueño, donde esperanza no cabe? ¿qué nueva vendrá suave á nuestra prisión y pena, si, cerrada la cadena, el cielo rompe la llave? Algún alivio tenemos en ausencia tan amarga, y es que no puede ser larga, aunque ya larga la vemos; otra rienda hallaremos que más enfrene al tormento, y es que vives en contento ya que nosotros penemos. Tengo aquí, pastora cara, una canción que decías, con cuyos versos cubrías de mis lágrimas mi cara, y aunque de dulzura avara y más que la muerte fiera, si yo agora te la oyera bien piadosa la juzgara. De suerte nos igualaste, que contra el competidor nuestra venganza mayor era ver que le miraste: bien seguros nos dexaste de memorias de contento, porque aun de darnos tormento, señora, no te preciaste. Por nuestra afición abrojos nos diste, en lugar de palma, y nunca sintió tu alma lo que hicieron tus ojos; nuestros más ricos despojos llevaste sin pretendellos, y este es el mal, que, á querellos, gloria fueran los enojos. Baxe ya tu luz preciosa del alto cielo á la tierra, y venga á hacernos guerra si no quisiere piadosa, por el mármol do reposa tu ceniza sepultada, que de mi diestra cuitada fué pruebecilla amorosa. Vaya lexos la alegría de nuestro monte y ribera, cuanto se teme y se espera pare en la ventura mía; fálteme el postrero día una común sepultura, que si yo busqué ventura, por ti sola la quería. Húyame el contentamiento, nada me preste favor, conviértaseme en dolor cualquier causa de contento, déme el cielo sólo aliento para conocer mi mengua, no quiera llegar la lengua do no alcanza el sentimiento. Bien puede, Elisa, subir atrás el corriente río, y el más importuno frío nuevas flores producir; mas no podrán permitir tiempo, fortuna ó estrella que cesse nuestra querella hasta que cesse el vivir.

En tanto que Galafrón cantaba desta suerte, muchas de las pastoras habían traído blancos tabaques de hierbas y rosas de la florestas y en un punto, sobre sus luengos cabellos poniendo artificiosas guirnaldas, alrededor de la alta pira, presas por las manos sus anchas mangas, de blanco lienzo colgando, mientras cantaban, iban en sossegado corro, y acabado el cantar, vueltas las unas á las otras con gran donaire bailaban. Ya en esto, el gran planeta parecía, que, agradecido de la solene fiesta, quería dejar libre sombra para que los pastores buscassen sus moradas, y al trasponer del monte, su rostro alegre y bello (recogiendo la lumbre de sus rayos) desde el Ocaso arrojó una viva y templada claridad, que, bordando de fina plata y luciente oro las varias nubes, dejó nuestro cielo hermosíssimo. Y luego las pastoras, trocando las guirnaldas de sus frentes con las que en el sepulcro estaban, y los pastores ramos con ramos, todos juntos comenzaron á seguir al viejo Sileno hasta la salida del valle, que allí con alegre rostro y dulces abrazos se despidió (uno por uno) de todos, y dejando con él sus cuatro pastores y el rabadán Alfesibeo, se comenzaron por las sendas y caminos á dividir desde la verde floresta.

TERCERA PARTE DEL PASTOR DE FILIDA

Alegremente vinieron nuestros pastores al fresco valle de la celebrada Elisa, y no menos se dividieron al salir dél, porque no quedó senda, atajo ni camino donde no sonassen voces acordadas, liras, rabeles, flautas y otros alegres instrumentos; solos Finea y Alfeo, como solos entraron por la vereda de los salces, camino poco usado, por ser áspero y estrecho, al principio dél dixo Finea: ¿Qué te ha parecido, Alfeo, de los pastores del Tajo? Tan bien, dixo Alfeo, que no te lo sabré decir: su gala es mucha; discreción y cortesía, grande, y lo que es habilidad y mesura, aventajado á cuanto he visto. Paréceme que de España lo mejor se recoge en estas selvas. Esso puedes creer, dixo Finea, que aunque lo natural dellas es bueno, todos essos ricos pastores que hoy has visto y essas pastoras de tanta gracia y hermosura, cuál es del Ebro, cuál del Tormes, Pisuerga, Henares, Guadiana, y algunos de donde, mudando nuestro Tajo el nombre, se llama Tejo; pero como el sitio es tan acomodado á la crianza de los ganados, á la labor de la tierra y á la recreación de la gente, muchos que aquí vienen por poco, se quedan por mucho, como á mí me ha sucedido y á ti creo que será otro tanto. No hará, pastora, dixo Alfeo, que aunque entiendo que no me estaba mal, véome impossibilitado para ello. ¿Qué podría yo hacer aquí, ó en qué entretendría el tiempo que no pareciesse feo á todos? Yo te lo diré, dixo Finea: lo que yo hago, ó lo que hace SIRALVO, forastero pastor que aqui habita. Yo compré ovejas y cabras conforme á mi poco caudal, y con pocos zagales las apaciento. SIRALVO, aunque pudo hacer otro tanto, gustó de entrar á soldada con el rabadán Mendino, por poder mudar lugar cuando gusto ó comodidad le viniesse, sin tener cosa que se lo estorbasse. ¿Quién es esse SIRALVO? dixo Alfeo. Es un noble pastor, dixo Finea, de tu misma edad, honesto y de llaníssimo trato: amado generalmente de los pastores y pastoras de más y menos suerte, aunque hasta agora no se sabe de las suya más de lo que muestran sus respetos, que son buenos, y sus exercicios, de mucha virtud. ¿Cómo vería yo á SIRALVO? dixo Alfeo. Bien fácilmente, dixo Finea; porque las cabañas de MENDINO están muy cerca de aquí, y SIRALVO por maravilla sale dellas, y más agora que está su radabán ausente y él no podrá apartarse del ganado. Assí hayas ventura, dixo Alfeo, que vamos allá. Vamos, pastor, dixo Finea; y volviendo el camino sobre la mano derecha, mientras Alfeo, agradeciendo á la serrana su voluntad y trabajo, ella nuevamente con amor se le ofrecia, llegaron á la fuente de MENDINO, que poca distancia de las cabañas estaba, y á un lado della, cerca del arroyo, oyeron una flauta, que al son del agua y de los inquietos árboles acordadamente sonaba. Aquella flauta, dixo Finea, es de SIRALVO, y si él canta, á buen tiempo hemos venido, que no es menos músico el pastor que enamorado, aunque él, no preciado desto, siempre busca la soledad para cantar sus versos. Oyámosle, dixo Alfeo, que no es possible que el aparejo tan conforme á su condición no le incite. Y con esto, sentándose los dos junto á la fuente casi á un punto, SIRALVO, dejando la zampoña, comenzó á cantar aquestas rimas:

SIRALVO

Ojos á gloria de mis ojos hechos, beldad inmensa en ojos abreviada, rayos que heláis los más ardientes pechos, hielos que derretís la nieve helada, mares mansos de amor, bravos estrechos, amigos, enemigos en celada, volveos á mí, pues sólo con mirarme podéis verme y oirme y ayudarme. Si me miráis, veréis en mí, primero, cuanto con Vos Amor hace y deshace; si me escucháis, oiréis decir que muero, y que es la vida que me satisface; si me ayudáis, lo que pretendo y quiero, que es alabaros, fácil se me hace; en tan altas empressas alumbradme, mis ojos, vedme, oídme y ayudadme. Siendo verdad que el alma que me ampara es sólo un rayo dessa luz pendiente, cuando no me miráis, es cosa clara que estoy del alma con que vivo ausente; mas no tan presto á la marchita cara vuelve la vuestra, soles de mi oriente, cuando, el espíritu mío renovado, quedo vivo, contento y mejorado. La causa fuistes de mi devaneo, y podéis serlo de mi buena andanza, que si á vuestra beldad cansa el deseo, vuestra color ofrece la esperanza, esmeraldas preciosas, donde veo más perfeción que el ser humano alcanza, viva mi alma entre essas dos serenas lumbres divinas, de vitorias llenas. ¡Cuánto mejor en vuestra compañía que con la lira ó con el tierno canto, pudiera Orfeo, el malhadado día, robar la esposa al reino del quebranto! pues la amorosa ardiente ánima mía, al resplandor de vuestro viso santo suspende tantas penas infernales, Ojos verdes, rasgados, celestiales. ¿Sois celestiales, soberanos ojos? Si que lo sois, aunque os alberga el suelo, pues solas almas son vuestros despojos, almas que os buscan como á propio cielo; fundó el Amor sus gustos, sus enojos, estableció su pena y su consuelo, dejó las armas frágiles de tierra, y escogió vuestra luz en paz y en guerra. Estrellas, nortes, soles, que á la diestra del Sol salís, por soles verdaderos, si en cuanto el lugar cielo al mundo muestra, no hay cosa que merezca pareceros, ¿quién verá sola una pestaña vuestra que presuma, aun con muerte, mereceros? Bástale á aquel que os ve, si os conociere, morir, y ver que por miraros muere. Pues los que os miran quedan condenados á arder de amores si miráis piadosos y á rabia eterna si volvéis airados, ved si los que abrasáis son venturosos; yo que con pensamientos inflamados, Ojos, os miro, y con deseos rabiosos, ó rabie, ó arda, ó muera, ó viva, al menos no dejéis de mirarme, Ojos serenos. Al revolver de vuestra luz serena, se alegran monte y valle, llano y cumbre; la triste noche de tinieblas llena, halla su día en vuestra clara lumbre, sois, Ojos, vida y muerte, gloria y pena; el bien es natural; el mal, costumbre: no más, Ojos, no más, que es agraviaros, sola el alma os alabe, con amaros.

No tocó SIRALVO al fin de la postrera estancia la flauta, como á las demás había hecho, pero rematóla con un terníssimo suspiro, y Alfeo y Finea, que con mucho gusto le habían escuchado, dexando la fuente se llegaron á él, saludándole con muy corteses palabras. ¿Qué caso, dixo Siralvo, te trae, Finea, por esta parte tan á deshora? Buscarte, SIRALVO, dixo la graciosa serrana. Aquí me hallarás muy á tu voluntad, dixo SIRALVO, y levantándose del suelo, echando al hombro el zurrón, todos tres se fueron llegando á la fresca fuente, y allí sentados, preguntó quién era el pastor que con ella venía. No dió lugar Finea á que Alfeo respondiesse; mas ella lo hizo de arte que SIRALVO, muy contento de su venida y deseoso de saber su suerte, se le ofreció en lazo estrecho de amistad, á que Alfeo bastantemente correspondió en voluntad y razones. No se contentó Finea con esto, pero pidió á SIRALVO que diesse orden en acomodar á Alfeo. Aquí estaban, dixo SIRALVO, mil ovejas del gran rabadán Paciolo, que las guardaba Liardo, y ahora está con Sileno; este rebaño tiene cuatro zagales diligentes, cabaña nueva, instrumentos muy cumplidos, dehesa propia en que se apacienta y abrevaderos y corrales para él solo; estaba á mi cargo buscar un mayoral que le gobierne, y si Alfeo le quiere tomar al suyo, en cuanto yo le pudiere descuidar lo haré, con las mismas veras que lo ofrezco. Finea y Alfeo acetaron con grande agradecimiento la voluntad y obra de Siralvo; y contentíssima desto, le pareció á la serrana irse á su cabaña, y á los dos pastores hacerle compañía, y sin valer excusas, que ella dió para desviarles aquel cuidado, los tres comenzaron á caminar por la espessura, y la pastora á contar á Siralvo lo que en el valle de Elisa había passado, cuando Filardo, competidor de Pradelio, hacia ella venía cantando, con una voz llena de melodía y tristeza, y por no ser causa de que lo dexasse, apartándose entre los árboles con gran silencio, oyeron esta canción que no con menos espacio iba diciendo:

FILARDO

No por sospiros que deis, corazón, descanso espero; pero dé el alma el postrero, y ella y Vos descansaréis. Estando la vida tal de su tiempo bueno ausente, que ser vida es acidente, y cansarme es natural, corazón, no alcanzaréis con sospiros lo que quiero; pero dé el alma el postrero, y ella y Vos descansaréis. El rato que sospiráis, descansárades siquiera, cuando la vida no fuera el fuego en que os abrasáis; dad sospiros, y veréis que el mejor es más ligero; pero dé el alma el postrero, y ella y Vos descansaréis. Un solo rayo os abrasa, mas sus lugares son dos: las llamas tocan en vos, y en el alma está la brasa; con sospiros la encendéis, y el sospiro verdadero es dar al alma el postrero, y ella y Vos descansaréis. No quiero yo, corazón, quitaros el sospirar, que sospiro podéis dar que os valga por galardón; si con sospiros movéis la voluntad por quien muero, sin dar el alma el postrero, ella y Vos descansaréis.

No estaba muy confiado de merecer Filardo tanto bien (como sus versos decían), se ablandasse por tiempo la causa de su dolor, y assí el presente fué tanto, que, sin poder animarse, con los postreros acentos cayó en tierra. Siralvo con gran lástima y amor se le presentó, diciendo: ¿Qué es esto, Filardo mío, qué congoxa te mueve á tanto extremo? ¿Qué ha de ser, dixo Filardo, sino lo que siempre suele? ¿ó qué fatiga me puede descomponer, sino la que Filena me quisiere dar? ¿ó qué rato podré vivir sin que ella guste de atormentarme? ¡Maldita sea la hora en que nací para amalla, y maldito sea el hombre que nace para amar! Puesto estoy, Siralvo, en el profundo de las miserias de Amor, sin haber cosa de donde espere consuelo. Levántate amigo, dixo Siralvo, que aunque yo creo que tendrás razón, de tu propio humor eres congojoso; vente con nosotros, y dime tu pena, quizá no será tanta la causa como te parece. Como tú quizá, dijo Filardo, estás favorecido, parécete poco el mal ajeno. En cada jornada, dixo Siralvo, hay su legua de mal camino; pero menester es resistencia, si ha de haber perseverancia. Si Filena se descuidó en algo contigo, ya pensarás que el mundo es acabado: no la fatigues con quejas continuas, aunque la razón te sobre; no la pidas celos, aunque te arranquen el corazón, que la mujer apretada siempre desliza por donde peor nos está. Haz lo mismo que Pradelio, que donde quiera que la ve llega risueño y regocijado, y pone en fiesta á cuantos allí están, inventando juegos y danzas, y cualquier cosa que la pastorcilla haga alaba por buena. Créeme, que la primera fuerza que con mujeres se ha de probar es bien parecer, y un hombre marchito y trashojado viene á ofendellas, hasta ser demonio en su presencia. Basta pastor, dijo Filardo, hablas como sano en fin, y tus medicinas no son para el doliente: haga Filena conmigo lo que hace con Pradelio, verás cuál ando yo y cuál anda él. Mas, si desde que entró en el valle de Elisa hasta la salida, jamás dél partió los ojos ni los volvió á mirarme: ¿qué quieres que sienta? ¿ó qué sintieras tú si como yo la amaras? Doliérame, dixo Siralvo, mas á las veces una sinrazón notable suele desapassionar al más enamorado. Y aun indignar, dixo Filardo mas pássase essa ira en un momento y queda el triste que ama hecho un centro de dolores, donde creo que nunca la muerte viene por fuerza de los males, sino por contradición del que la teme, que á mí que la deseo, tan necessitado de su favor, niégamele; y niéguemele si quiere, que si nací para esto, yo no lo puedo excusar. ¿Qué ves, ingrata, en Pradelio más que en mí, sino lo que tú le das? ¿ó qué en mí menos que en él, sino lo que tú me quitas? Ayer pagada de mis servicios, y hoy de mi muerte, buen galardón lleva el que desea servir; tómate cuenta de lo que haces, y volverás por tí misma, si no olvidas del todo, á lo que te obliga tu propio valor. Passó Filardo, y dixo Finea: Assí veas á Filena tan de tu parte como deseas, que no te aflijas; mas saca la lira y canta un poco, y entretendrás tu dolor y nuestro camino. Gracia tienes, serrana, dixo el pastor: ¿cantar me mandas de gusto, viéndome morir? Pues haz como el cisne, dixo Finea, y lo que has de lamentar sea cantando, que no enternecerán menos tus querellas. Por castigarte de lo que pides, dixo Filardo, quiero cantar, serrana; y sacando la lira, con tres mil sospiros, en son triste, pero artificioso y suave, comenzó á decir Filardo:

FILARDO

Si á tanto llega el dolor de sospechas y recelos, no le llame nadie celos, sino rabia del amor. Dolor, que siempre está verde, aunque vos más os sequéis, y á donde quiera que estéis, veis presente á quien os muerde; mal que para su rigor se conjuran hoy los cielos, no le llame nadie celos, sino rabia del amor. Pues derriba una sospecha la vida más poderosa, y una presunción celosa deja una gloria deshecha, y á fuerza de su furor se aborrecen los consuelos, no la llame nadie celos, sino rabia del amor. No valen fuerzas ni mañas contra mal tan inhumano, porque el hambriento gusano que se ceba en las entrañas, allí vierte á su sabor sus centellas y sus hielos; no le llame nadie celos, sino rabia del amor. Si deste diente tocado debe un corazón rabiar, nadie lo podrá juzgar sino aquél que lo ha probado; yo que en medio del favor gusté tan enormes duelos, no puedo llamarlos celos, sino rabia del amor.

Quien tal pide que tal pague, dixo Filardo al fin de su canción. Veis aquí, pastora, cuál estoy, y cuál está la lira, y cuál el canto. Assí estuviera tu corazón, dixo Finea, que, como cantas sin gusto, no te satisfaces á tí como á nosotros. Pues assí te ha parecido el pastor, págamelo en otro tanto, y di alguna canción de las que suele decir Filena, que, aunque poco ganoso de hacerlo ni excusarlo, quiero ver si hay en el mundo orejas que se muevan á mi ruego. Las mías, dixo Finea, prestas estarán á oirte y á obedecerte: toca la lira, que á tu son quiero cantar. No andaba tras esso, dixo Filardo; mas hágase lo que quieres. Tocando el instrumento, la serrana le acompañó diciendo assí:

FINEA

Del Amor y sus favores, lo mejor es no tratar con Amor. Esme el cielo buen testigo, del cual voy tras mi deseo, do con mil muertes peleo, teniendo un solo enemigo, no durarán lo que digo, y aún peor los que tratan con Amor. Verán su fé y su razón escrita en letras de fuego, y verán que su sossiego es campo de altercación; verán que su galardón, el mejor no tiene señal de Amor.

Juntamente llegó Finea al fin de su canción y á la puerta de su cabaña, donde halló á Dinarda y á Silvia que la esperaba, y allí despidiéndose los pastores con gran cortesía. Filardo, á ruego de Silvia, se quedó con ellas, y Alfeo y SIRALVO tornaron por su camino. No querría, dixo SIRALVO, cansarte con preguntas ni congojarte con mi deseo; pero no dexaré de decirte que holgara en extremo de saber quién y de dónde eres. Las alabanzas que de ti me dió la serrana, tu persona las confirma todas, y lo que tengo visto, bien basta para procurar tu amistad; pero ya sabes que entre amigos no es justo haber nada encubierto: préndote mi fe, que no te arrepientas jamás de lo que conmigo comunicares. Esso creo yo muy bien, dixo Alfeo, pero sabe que es mucho lo que hay que saber de mí, y si más hubiera, más supieras, que tu bondad, SIRALVO, á esto y más me obliga. Tú sabrás que este hábito no es mío: pluguiera al cielo que desde mi nacimiento lo fuera, excusara las mayores desventuras que jamás han passado por hombre de mi suerte. Caballero soy, natural desta vecina Mantua, que por toda ella se ve el blasón de mi verdadero apellido, y más sabrás que pago en breves días con las setenas lo que muchos gocé de libertad y contento. No renuevas mi mal con tu pregunta, que siempre se está presente, ni me aflige tu voluntad, que bien enseñado estoy á no seguir la mía; mas porque temo cansarte con mi cuento largo y pesado, te suplico cuando lo estés me avises, que llevándolo en dos veces, quizá te bastará la fuerza y á mí el ánimo. Ser tú quien dices, dixo Siralvo, bien claro lo muestras, y conocer yo la merced que me haces, no lo dudes; y menos que es imposible cansarme de oir tus casos; mas yo sé, Alfeo, que el día ha sido hoy largo para tí, y será razón dar á la noche su parte hasta el alba, y entonces, habiendo tú reposado, podrás cumplir la promessa y oirme un rato, quizá seré ocasión de alivio á tu mal. No espero menos de ti, dixo Alfeo; y en estas y en otras agradables pláticas llegaron á las cabañas de Mendino, donde Alfeo fué albergado, y Siralvo, sin que él ni nadie lo sintiesse, tomó el camino de las huertas del rabadán Vandalio, donde FILIDA estaba, y á esta hora SIRALVO con seguridad podía buscarla para oirla ó verla desde aparte. Poco tardó en llegar el enamorado pastor, pero rato había que la hermosíssima FILIDA reposaba. Triste y despechado se halló Siralvo por su tardanza, y sentándose al pie de un olmo, junto al ancho y rico albergo, se dejó transportar en un profundo pensamiento, de manera que, sin sentirlo él, fué sentido, recordando con sus sospiros á Florela, hermosa y discreta pastora de la casa de Vandalio, y tan amada de FILIDA, que en su mismo aposento se albergaba; bien conocía los sospiros de Siralvo, y muchas veces deseó que FILIDA los sintiesse y admitiesse la voluntad del pastor, allí donde infinitas y de grande estima eran despreciadas. Dexó el lecho Florela, y mal vestida salió donde halló á Siralvo, que vuelto en sí se levantaba para irse. ¿Qué venida es ésta? dixo Florela. La mía no sé, dixo Siralvo; pero la tuya mi remedio será, porque te certifico que estaba á punto de acabarme. Consuélame, pues siempre lo haces, y no hay quien pueda hacerlo sino tú. Deja el pesar, dixo Florela, que si esta noche vinieras á la hora que sueles, pudieras ver y oir á FILIDA en el lugar que estamos. Buena manera, dixo Siralvo, es essa de consuelo. ¡Maldita sea mi tardanza, que soy el más desazonado de los hombres! Bien le bastaría al que ama una pequeña sepultura donde passasse el tiempo que resta de sus contentos, para que cuidados ajenos no le estorbassen los suyos. Vinieron á mi cabaña Filardo y Finea, y otro pastor forastero, y cuando dellos me pude librar, hallo la pérdida que ves. Descongójate, dixo la pastora, que por lo menos sabrá FILIDA tu sentimiento, y vente conmigo, que tengo grandes cosas que contarte, y este lugar no me parece muy seguro, que poco ha andaban por aquí pastores de Vandalio buscando unos mastines. Vamos donde quisieres, dixo Siralvo, y siguiendo á Florela entraron por un camino estrecho que dividía dos huertos, y entre las ramas que de ellos salían, que casi el camino cegaban, los dos se sentaron, y la pastora comenzó diciendo: ¿Qué tanto amas á FILIDA, Siralvo? Á esse grado, dixo el pastor, no llegó mi propio sentimiento. ¿De manera, dixo la pastora, que te parece mucho lo que la amas? Sí, mientras no la veo, dixo Siralvo; que llegado á miralla no me parece possible amarla lo que se le debe. ¿Pues quién te ataja la voluntad, dixo Florela, para no pagar essa obligación? Un corazón de hombre, dixo Siralvo, con que la amo, impossibilitado á pagar deuda tan superior. Mucho me agrada tu fe, dixo Florela, y ten cierto que toda la debes como la pagas, que aunque te parezca que FILIDA guarda su punto más que las otras mujeres, pues es la mejor de todas, no hay exceso en esto, y al fin sólo has bastado en lo que nadie ha sido parte: no se desgusta de que la veas, y allánase á leer tus versos y oir tus querellas cuando tú se las das, á yo por ti. Ves aquí una carta de Carpino que le envió con Silvia, y no la quiso leer ni recebir, y yo por mostrártela se la tomé á Silvia. No me encarezcas, dixo Siralvo, mi buena fortuna, que para conocer el bien que tengo no es menester que le pierda: yo lo sé en más cosas de las que tú me dices. Pésame que hayas tomado esse papel, que no pensará Carpino que le quieres para tu gusto, sino para el de FILIDA. En esta respuesta lo verá, dixo Florela, y sacando la carta, fácilmente á la luna vió Siralvo que decía:

CARTA

Vive Amor, dulce señora, y vivirá en mi cuidado, al natural retratado, del que en nuestros ojos mora, que holgara de callar si pudiera, mas no puedo; con Amor sin culpa quedo, con vos lo querría quedar. Vuestra hermosura vi, y luego mi muerte en ella, que cualquiera parte della tocó al arma contra mí; ojos, frente, manos, boca, que al ser humano excedéis, tate, dije, no os juntéis tantos á empresa tan poca. Prendiéronme juntamente, sin mostrar desto desdén: vuestra voluntad también se quiso hallar presente; viendo que merecimiento faltaba de parte mía, puse yo lo que tenía, que fué mi consentimiento. Á la sazón que el Amor me prendió desta manera, la montaña y la ribera sin hoja estaba y sin flor, y cuando os llegué á mirar, mostróme Amor de su mano el más felice verano que el cielo puede mostrar. Mas apenas fué llegada vuestra ausencia fiera y cruda, cuando mi verano muda su fuerza en sazón helada; y assí será hasta ver la luz dessos claros ojos, que entonces estos abrojos flores tornarán á ser. Pues, esmeraldas divinas, lumbre generosa y alma, desterrad ya de mi alma tan rigurosas espinas, que aunque ella siempre os adora, y veros en sí merece, sabed que se compadece deste cuerpo donde mora. Llevó mis passos ventura, pensándome despeñar, y heme venido á hallar en minas de hermosura; tan soberana riqueza, tesoros tan extremados, no permitáis que, hallados, se me tornen en pobreza. Por ventura á mis razones, aunque ciertas desmandadas, vuestras orejas, usadas á más agradables sones, tomarán alteración, y la púrpura y la nieve que en nuestras mejillas llueve, crecerán por mi ocasión. Señora, no lo hagáis, reid y burlad de mí; haced cuenta que nací para que vos os riáis; mas no, pastora, no sea tomada en burla la fe que en vuestra beldad juré y en mi alma se recrea. No hay en mí cosa valida que os ponga en obligación de estimar esta afición que estimo en más que la vida: loaros es ofenderos; serviros, ¿quién llega allí? y si os quiero más que á mí, ya voy pagado en quereros. Ninguna cosa he hallado que merecer pueda dar de desearos mirar, si no es haberos mirado; porque aquel conocimiento de vuestro sumo valor, es la dignidad mayor que cabe en merecimiento. Ya veis que fuistes nacida por milagro de natura; sedlo también de ventura, y hacelde en mi humilde vida, y vénganse luego á mí los más bien afortunados; volverán desconsolados, muertos de envidia de mí. ¿Qué nos enseña en la tierra el cielo por sobrescrito de aquel poder que, infinito, todo lo abarca y encierra? ¿qué pinta imaginación? ¿qué descubre ingenio ó arte que llegue á la menor parte de vuestra gran perfeción? Juntáronse tierra y cielo á poneros sus señales; con las dotes celestiales y las mejores del suelo hizoos tan perfeta Dios, que lo que es menos espanta, y á mí dé ventura tanta, que venga á morir por vos. Yo sé que, si lo que os quiero acertara á encarecer, os pudiera enternecer aunque fuérades de acero; mas de lo poco que muestro podéis ver mi mucho amor, y que con ira ó favor me firmaré: Siempre vuestro.

Enamorado está Carpino dixo Siralvo al fin de la carta, y, para decir verdad, no me hace muy buen gusto. Siempre vosotros, dixo Filena, querríades que la que amáis no pareciesse bien á nadie. Mal recado tendría yo, dixo SIRALVO, si esso quisiesse; que á la belleza de FILIDA los cielos se enamoran, los hombres se admiran y pienso que las fieras se amansan. ¡Oh, Florela, qué excesivas ventajas puso Dios en ella sobre cuantas viven! Pues la condición, Siralvo, dixo Florela, yo te prometo que no es menos buena que su hermosura; tiene una falta, que no es discreta, á lo menos como las otras mujeres, porque su entendimiento es de varón muy maduro y muy probado, aquella profundidad en las virtudes y en las artes, aquella constancia de pecho á las dos caras de fortuna. ¿Y la gracia, pastora? dixo Siralvo. No me hables en esso, dixo Florela, que con ser yo mujer, me veo con ella mil veces alcanzada de amores; su limpieza y aseo, liberalidad y trato, ¿dónde se hallará? Amala, Siralvo, y ámela el mundo, que no hay en él cosa tan puesta en razón. Mas dime, ¿qué papel era el que le emviastes anoche, que no me acordé de pedirsele? Florela, dixo Siralvo, era un retrato en versos que yo le hice. Dímele, pastor, dixo Florela, que aun podría yo pagártele en otro de pintura suyo, que hizo el lusitano Coelio, padre de Belisa: mira si será extremado. También lo será la paga, dixo SIRALVO, y por que no la excuses, oye el que yo hice, que el uno y el otro sé yo que cuando á FILIDA no se parezca, menos habrá quién se parezca á ellos, pues de tan rico dechado no saldrá labor que en otra pueda hallarse.

SIRALVO

Ya que me faltan para dibuxaros pincel divino y mano soberana, y no la presunción de retrataros, con mal cortada péñola liviana, de mis entrañas quiero trasladaros, donde os pintó el Amor, con tanta gana, que, por no ser á su primor ingrato, se quedó por alcaide del retrato. Ricas madexas de inmortal tesoro, cadenas vivas, cuyos lazos bellos no se preciaron de imitar al oro, porque apenas el oro es sombra dellos: luz y alegría que en tinieblas lloro, ébano fino, tales sois, cabellos, que aunque mil muertes muera quien os mira, dichosa el alma que por vos sospira. Campo agradable, cielo milagroso, hermosa frente, en cuyo señorío goza la vista un Mayo deleitoso y el corazón un riguroso Estío; nieve, blanco jazmín, marfil precioso, fuego, espina cruel, espejo mío, pues la beldad en vos de sí se admira, dichosa el alma que por vos sospira. Ojos, de aquella eterna luz maestra de donde mana estotra luz visible, que la noche y el día, el cielo muestra, de aquélla fuistes hechos, y es possible ser verde el rayo de la lumbre vuestra: para hacer vuestro poder sufrible, ora miréis con mansedumbre ó ira, dichosa el alma que por vos sospira. Si distinto elemento el primor fuera de la tierra, del agua, el aire, el fuego, bella nariz, vos fuérades su esfera, pues doquiera que estéis se halla luego centro de la belleza verdadera, donde la perfeción goza sossiego y en quien naturaleza se remira, dichosa el alma que por vos sospira. Sale la esposa de Titón bordando de leche y sangre el ancho y limpio cielo; van por monte y por sierra matizando oro y aljófar, rosa y lirio el suelo, vuestra labor, mejillas, imitando, que, llenas de beldal y de consuelo, dicen las Gracias puestas á la mira: dichosa el alma que por vos sospira. Puede humana invención, en breve y poca materia, dibujar parte por parte el cielo todo, soberano boca; mas no de vos la más pequeña parte, ámbar, perlas, rubí, cristal de roca, que confudido habeis ingenio y arte; espíritu que por tal gloria respira, dichosa el alma que por vos sospira. Cuello gentil, coluna limpia y pura por quien Amor un Hércules tornado, por fin del Mundo y de la hermosura sobre esse monte ilustre os ha plantado pues en vos se remata la ventura, y en vos sólo el deseo está amarrado, aunque esperanza á vuelo se retira, dichosa el alma que por vos sospira. Jardín nevado, cuyo tierno fruto dos pomas son de plata no tocada, do las almas golosas á pie enjuto para nunca salir hallan entrada, que el crudo Amor, como hortelano astuto, allí se acoge y prende allí en celada; si á tal prisión de vuestro grado aspira, dichosa el alma que por vos sospira. Hermosa mano, rigurosa y dina de atar las del Amor en lazo estrecho, á cuya fuerza la mayor se inclina y el más exento y libre paga pecho: pues veros es bastante medicina del corazón, por vos mil partes hecho, siendo la mano con que Amor nos tira, dichosa el alma que por vos sospira. Donaire, gala, discreción, sujeto, secretos solo al alma revelados, quién fuera tan dichoso y tan discreto que os viera encarecidos gozados; ya que tan alto don no me prometo, ni me conceden tanto bien los Hados, pues todo el ser del mundo en vos espira, dichosa el alma que por vos sospira.

¡Oh, cómo está el retrato boníssimo!, dixo Florela; y sacando de la manga una cajuela de marfil, aquí está, prosiguio, el que hizo el lusitano: una ventaja hace el tuyo á éste, que se puede oir sin verse; más otra hace éste al tuyo, que se puede conocer sin oirse. Tómale, pastor; que en nadie del mundo estará más seguro que en ti, y yo sé que FILIDA holgará de que tú le tengas. A la fe, Florela, dixo SIRALVO, como ella sabe que tengo el original en el alma, no se recelará de que traya el traslado en el seno. Essa es la verdadera, dixo Florela; mas ya ves, si alguno te lo viesse, cómo sería caso peligroso. Descuida, pastora, dixo Siralvo, y abriendo la caja, vido á la luna su sol. Por gran rato estuvo elevado en él, y cuando su turbación le dió lugar, assí dixo, puestos en él los ojos:

SIRALVO

Divino rostro, en quien está sellado el postrer punto del primor del suelo, pues de aquel, en quien tanto puso el cielo, tanto el pincel humano ha trasladado. Rostro divino, fuiste retratado del que Natura fabricó de hielo, ó del que amor, passando el mortal velo, con vivo fuego en mí dejó estampado. Divino rostro, el alma que encendiste, y los ojos que helaste en tu figura, por ti responden y por ellos creo; Rostro divino, que de entrambos fuiste sacado, en condición y en hermosura, pues tiemblo y ardo el punto que te veo.

Lo que hace un buen sujeto, dixo Florela; no me ha contentado menos el Soneto que las Estancias; escríbemele, Siralvo, en estas memorias que son de FILIDA y quiero que le vea. Assí lo hizo el pastor, y pareciéndoles que ya la noche tenía muy vecina la mañana, con gran amor se despidieron. La pastora volvió al aposento de FILIDA, y el pastor á la cabaña donde quedó Alfeo, y hallándole dormido, se puso junto á él á esperar que recordasse, donde el Sueño, parece que agraviado de lo poco que dél curaba, llegó con gran silencio y le bañó el rostro de un licor suavíssimo, con que Siralvo quedó por gran espacio trasportado, hasta que Alfeo recordó, y á su movimiento Siralvo dexó el sueño y el lugar, y saliendo á la puerta del albergue halló el Sol extendido por el monte y su ganado por la dehesa, y antes que la calor se lo impidiesse, dió vuelta á las demás cabañas, y dexando orden en todas, para todo, volvió á la suya, donde ya Alfeo levantado le esperaba; allí passaron dulces y agradables pláticas, y después de haber visitado los zurrones, se bajaron á la fuente, acomodado y fresco lugar para su propósito, donde sin dar lugar Alfeo á que Siralvo le preguntasse, desta manera comenzó su Cuento:

ALFEO

Sabe el cielo, Andria, que cuantas señales doy de vivo son para mí nueva muerte, después que de mi vida y de tu fe tan mala cuenta diste: pues mira si el quexarme de ti será mi gusto, ó cómo lo excusaré contra el poder de tu crueldad. Yo soy el mismo que levantaste y desvaneciste, y tú eres sola quien me pudo hacer bien ó mal, sin haber en la tierra otra parte de dó venir me pudiesse; ya tu bien no le quiero, que sé cuán poco dura; tu mal me basta para que hartes en mí tu condición terrible. Yo fuí, Siralvo mío, el primero de los dichosos, y soy de los desdichados el postrero, porque jamás vendrá desdicha como la mía. Vime hasta la edad de veinte años tan señor de mí, que jamás mis cuidados salían de mi contento, no porque viviesse tan sencillamente que no procurasse parecer bien y ser querido, pero con una libertad sobre todo, que jamás Amor ni Fortuna me dieron mala comida. Era mi estancia en la Corte, y mis entretenimientos, amigos, caballos y caza, música y libros, á que principalmente era inclinado: las liviandades del mundo passaban por mí sin dejar señal ninguna; pero cansado Amor de mis burlas y Fortuna de mis veras, armáronme un poderoso lazo en la hermosura de Andria, por lo menos, donde tropecé y caí de manera que nunca me he levantado. Es Andria de clara generación y caudalosos parientes, de hermosura sin igual, de habilidad raríssima, moza de dieciocho años y de más ligero corazón que la hoja al viento. ¡Oh qué mal viene, Andria, lo uno con lo otro! Ya que era forzoso tener algo para mostrarnos que eres del suelo, no fuera tan contra nuestras almas y vidas; quitara el cielo del fino oro de tu cabeza, del cristal puro de tu frente, de la inmensa luz de tus ojos, del vivo rubín de tus labios; hiciera menos buenas las perlas de tu boca; descompusiera la rosa y el jazmín de tus mexillas; de essa gracia y habilidad tan altas cercenara un poco y un mucho pudiera, y quedar tú bastante á prender y nunca soltar; mas no quiso, pastor, sino que probasse yo lo que pruebo. No se mostró esquiva Andria á mis deseos, ni gasté mucho tiempo en procurar sus favores, ni cuando vinieron los sentí como solía otros muchos de que sin trabajo había triunfado. Vime en un punto cautivo, de manera que contento ni gusto, si de Andria no venía, me podía recrear. Retiréme de mis amigos y deudos, dejé la caza y los libros, fundé todo mi deleite en los papeles de Andria y en visitar su calle y en verla las horas hurtadas que ella me concedía. No fué menos lo que Andria sentía por mí ni lo que menos me dañó; porque retirada de cuanto le solía dar contento, fué notada en su casa y más en las ajenas, y muchos, prendados de su amor (hombres de suerte y caudal), procuraron saber la causa de su novedad, y á pocos lances la hallaron en mí. Luego comenzaron las assechanzas, los chismes y las mentiras, cartas falsas contra Andria, amenazas contra mí. Día me amaneció en que mil veces deseé la muerte, porque Andria, apretada de amigos y parientes, se enfriaba conmigo en verme y escribirme, y yo á cada cosa más encendido por ella, viendo levantarse montes de estorbos contra mi contento, no hallaba remedio de valerme; ya las horas de verla y de oirla estaban impossibilitadas; sus Letras, pocas y de estilo caído; forzado deste dolor, con su licencia me ausenté de mi casa, y caminando por los passos de la muerte, Andria me hizo buscar y me volvió á la passada vida, atropellando cuantos estorbos é inconvenientes se ofrecían; pero todo esto para más mal, porque en medio desta felicidad comenzaron de uno y otro lado á combatirme celos y sospechas. ¡Oh crueles enemigos del alma y de la vida! ¿de qué servían aquí mis quejas? De indignarla conmigo y de sufrir mil agravios para volver en su gracia, de no dormir assechando, de no hablar viendo y de no ver llorando mis desventuras. ¡Oh, cuántas veces me despedí del cielo, y vuelto á los abismos invoqué los infernales! y en medio deste furor llamaba á Andria y con un breve papel de su mano quedaba sossegado mi corazón, hasta que ocasión nueva tornaba á verter en mis venas la cruel ponzoña de los celos. Día hubo que, después de haberme jurado con gran ternura y amor que solo en la tierra me amaba y todo lo demás que hacía era fingido y de ningún efeto, estando yo alentándome en mi casa y contradiciendo lo que veían mis ojos y oían mis oídos, me envió á pedir cuantos papeles tenía suyos y otras prendecillas de su mano que yo estimaba más que á mi corazón, y partiéndoseme en mil partes, le obedecí sin réplica, y á la noche, cuando me disponía al sueño de la muerte, me tornó mis caras prendas, culpándose de su ímpetu. Mil veces la indigné con lo que le solía agradar, y otras mil la injurié honrándola; y no es, Siralvo, esto lo peor que por mí ha passado: mis trabajos y mis celos con verme en su memoria se aliviaban; pero cansóse de todo y olvidóse de su honra y de mi fe, y juntó en mi pecho todas las penas del infierno, dolor, espanto y desesperación; halléme sin ella y sin mí, porque lo procuré remediar y no pude: busqué medios lícitos, no me bastaron; hice supersticiones, no me valieron; llamé la muerte, no me oyó; dolíme del alma, y por esso no me privé de la vida; determinéme á mudar lugar; mira, SIRALVO, qué huésped te ha venido, para tu recreación, tan importante. Ereslo tanto, dixo SIRALVO, que no te lo sabré encarecer. Lastimado me ha mucho tu mal, mas no es possible que la sinrazón de Andria no pare en gran consuelo tuyo. Afrenta es amar á tan varia mujer. ¿De qué sirve ahí la hermosura y discreción, alto linaje y los favores colmados, si todo es sin proporción de bondad? Yo sé de mi corazón que sabe amar á veces más de lo que le está bien, pero en tu causa mejor supiera valerse que el tuyo. No te quiero aconsejar que la olvides, que esto no será en tu mano; ni que te alegres, porque nadie es tan señor de sus tristezas que, cuando vienen, las pueda tomar ó dexar: sólo encargo que no se aparten de tu memoria los agravios que Andria te hubiere hecho y la fe con que siempre la amaste, y cuando su hermosura te salteare, acuérdate que della procedió el mal que has passado y pasas. Si quieres proseguir con tu disfraz y tomar el rebaño del gran Paciolo, no te será contrario el ejercicio para tu mal, y si quieres estarte en mi cabaña, della y de mí podrás hacer á tu gusto. Todo cuanto dices me le da muy grande, dixo Alfeo, y por ahora contigo me quiero estar, que entiendo que has de ser el solo consuelo de mis daños; mas no se gaste toda nuestra plática en tristeza y desventura, alégrala con algo de tu parte, debajo de fé, que te será guardada con la mayor del mundo. Gran cosa me pides, dixo SIRALVO; pero, pues en essas se han de ver los amigos, óyeme, Alfeo:

SIRALVO

Tú sabes que yo no soy natural desta ribera; mis bisabuelos en la de Adaja apacentaron, y allí hallaron y dejaron claras y antiquísimas insignias de su nombre, son las alas de un águila de plata sobre color de cielo, que de inmemorial es blasón suyo. Mis abuelos y padres, trasladados al Henares, me criaron en su ribera, y de allí yo, por favorable estrella, bebo las aguas del Tajo. Bien habrás oído nombrar á FILIDA, aquella en cuya hermosura y bondad, como en claríssimo espejo, resplandece la virtud de sus mayores, y sabrás que dexó las aguas de su pequeño río, anchas y felicíssimas por su nacimiento, y engrandeció con su presencia las del dorado Tajo en los ricos albergues de Vandalio, donde por deudo vive la sola señora de mi voluntad; que á lugar tan alto volaron mis pensamientos, y en él permanecen sin despeñarse. ¿Quién hay, dixo Alfeo, que la ignore? ¿en qué Corte ó Ciudad, en qué montaña ó camino no se celebra la sin par FILIDA? ¿Pero dime, pastor, ella sabe que la amas? Sí sabe, dixo SIRALVO, que pues he comenzado á descubrirme contigo (cosa que jamás pensé), no quiero dejar nada para otro día. ¿Y dime, dixo Alfeo, estima tu voluntad? No soy, dixo SIRALVO, tan desvanecido que quiera tanto como eso: basta que no se ofenda de que la ame, para morir contento por su amor. Alguno ha tenido fuerza en la tierra para espantarla toda, y no ventura para que allí se admita su voluntad; pues ¿quién presumirá ganar aquella plaza? Sola podría mi fe, por su grandeza; yo la amo sobre todas las riquezas que Dios ha criado, y ella sabe dónde llega mi amor, y no fuera FILIDA quien es si despreciara esta obra fabricada de su mismo poder. No es locura mi intención, aunque en mil cosas lo parezca, ni fuera desvalor suyo valerla, pues sola se puede ser digna de esta gloria, y como la mía no la puede haber en lo terreno, digo que no le pido á FILIDA que me ame, pero que vivo contentíssimo con que no se desguste de mi amor. No pienses, Alfeo, que por vivir en los campos donde, en buena razón, la malicia debería ser menos, lo debe ser el recato. Grandes son mis inconvenientes, grandes mis peligros y grandes mis enemigos, de los que, en competencia, miran la beldad de FILIDA; no me peno mucho, aunque ellos lo son en caudal y en suerte, sin haber en el mundo otros mejores; pero yo sé cómo vuelven desta empresa los pastores de Vandalio; éstos son grandes contrarios á mis contentos, pues por ellos pierdo el verla muchas veces, siendo su dulcíssima presencia principio y fin de mis deseos. Ves aquí mi suerte, y ves aquí mi vida, y ves aquí la voluntad que te tengo, pues tan abiertamente te he manifestado lo más íntimo de mi pecho. Plega al cielo, dixo Alfeo, de conservar tu vida sin que la sin par FILIDA de tu bien se canse. El mismo, dixo SIRALVO, alegre la tuya, de suerte que de la ingrata Andria te veas con entera satisfacción; y ahora, por mi contento, cantemos un poco, Alfeo, que por el tuyo se hará luego lo que ordenares. Y sacando la lira, SIRALVO comenzó á cantar y Alfeo á responder:

SIRALVO

¡Oh, más hermosa á mis ojos que el florido mes de Abril; más agradable y gentil, que la rosa en los abrojos; más lozana que parra fértil temprana; más clara y resplandeciente que al parecer del Oriente la mañana!

ALFEO

¡Oh, más contraria á mi vida que el pedrisco á las espigas; más que las viejas ortigas intratable y dessabrida; más pujante que herida penetrante; más soberbia que el pavón; más dura de corazón que el diamante!

SIRALVO

¡Más dulce y apetitosa que la manzana primera; más graciosa y placentera que la fuente bulliciosa; más serena que la luna clara y llena; más blanca y más colorada que clavelina esmaltada de azucena!

ALFEO ¡Más fuerte que envejecida montaña, al mar contrapuesta; más fiera que en la floresta la brava ossa herida; más exenta que fortuna; más violenta que rayo del cielo airado; más sorda que el mar turbado con tormenta!

SIRALVO ¡Más alegre sobre grave que sol tras la tempestad; y de mayor suavidad que el viento fresco y suave; más que goma tierna y blanda; cuando assoma, más vigilante y artera que la grulla, y más sincera que paloma!

ALFEO ¡Más fugaz que la corriente entre la menuda hierba, y más veloz que la cierva que los cazadores siente; más helada que la nieve soterrada en los senos de la tierra; más áspera que la sierra no labrada!

SIRALVO

¡FILIDA, tu gran beldad, porque agraviada no quede, ser comparada no puede sino sola á tu beldad; ser tan buena, por ley y razón se ordena, y en razón ni ley no siento quien tenga merecimiento de tu pena!

ALFEO

¡Andria, contra mí se esmalta cuanta virtud hay en tí, donde sólo para mí lo que sobra es lo que falta, y porfías; si te sigo, te desvías, persíguesme si me guardo, y cuando yo más me ardo más te enfrías!

Prosiguiendo en su canción, los dos pastores quedaron tendidos sobre la menuda hierba, suspensos, oyendo la diversidad de aves que cantaban junto á sus oídos, el manso arroyo que de la fuente salía, á cuyo son, las manos en las mejillas, se adurmieron. Duerman, dejémoslos, que en siendo hora, no les faltarán amigos que los recuerden, y cuando no lo hagan, cuidados tienen ellos que lo sabrán hacer.

CUARTA PARTE DEL PASTOR DE FILIDA

Possible será que una sola beldad rija y dispense en los amores, pero dificultoso me parece, porque no sólo sus efetos en nosotros son contrarios, sino también en sí mismo; poder diviso es sin duda, y sí lo es, ¿cómo permanece? ¿hay por ventura quien haya determinado esta contienda? Quiza sí; pero cada uno aprobará conforme á su voluntad, de do se deja entender que en cada pecho nace y gobierna quien le condena ó le absuelve, y este señor allí mengua ó crece, como le viene la gana ó halla nuestro sujeto. Grande es Amor, grande sobre el poder humano; mas no se entienda que este grande Amor es aquel crimen del mundo injusto; que desde que la malicia tocó en su materia baja y vil el cendrado oro de la edad dichosa, juntamente Amor se desterró del concurso de las gentes, y buscó la soledad de las selvas, contento de habitar con los sencillos pastores, dejando en los anchos poblados (desde los más humildes techos hasta los resplandecientes de oro y plata) una ponzoña incurable, vengadora de sus injurias, que hasta hoy permanece; luego ya se determina que en las selvas vive Amor, y en los poblados su ira y saña. Yo sin ninguna duda lo creo, que puesto caso que de las incultas plantas apenas la esperanza y el miedo se desvían, cualquier efeto suyo puede fundarse en razón, que menos ó más se contradice su fuerza allí donde el Amor se sigue con vanagloria, y es la beldad estimada en menos que el arreo, y la voluntad se hace precio, los celos son invidias y pundonores, la perseverancia tema y los servicios engaños. Imaginario es el Amor, venganza justa del cielo, triste del que con él mora y infinito el número de los tristes, porque los más moran con él. Allá se avengan y no permita el cielo que llegue su infición y daño á las silvestres cabañas, donde al menos nadie finge, el celoso no es traidor, ni el olvidado enemigo, el querido no es engañado, ni el cohecho hace bien ni mal. No dudo yo que en la mayor Babilonia permita Amor algún pecho lleno de fe y lealtad, y entre la soledad de los campos alguna intención dañada, para confusión de aquéllos y ventaja de estotros; mas pocos son, y tan pocos que por milagro se puede topar con ellos. Bien probarán los pastores del Tajo con su intención la mía, y bien me acuerdo que el enamorado Filardo, la noche antes quedó en la cabaña de Fidea, con Silvia y Dinarda; pues agora sabed que, recogidas las tres pastoras después de largas y dulces pláticas, el celoso amante, vencido del dolor que le atormentaba, buscó á Pradelio y con palabras graves y corteses le llevó á la falda de un collado, lugar solo y propio para su intención. No se receló Pradelio de Filardo porque sabía que era noble de corazón y de trato llano y seguro, ni Filardo jamás pensó ofenderle, porque de nada le tenía culpa, y junto con esso le conocía por bastante para su defensa. Golpeándole iba á Filardo el corazón, y mil veces en el camino escogiera no haberse determinado, pero ya que no se vino en tiempo de volver atrás, lo más sereno que pudo soltó la voz y díxole: ¿Qué has entendido siempre de mi amistad, pastor? Hasta ahora, dijo Pradelio, no la he probado, pero entiendo que á mí ni á nadie la puedes hacer mala. No cierto, dixo Filardo, pero si esso es assí, ¿por qué me haces tanto daño? ¿Daño? dixo Pradelio; no sé cómo. Yo te lo diré, dixo Filardo. ¿No sabes, Pastor, que yo amo á Filena más que á mí, y que fuí la causa de que tú la conociesses, y después que ella te conoce nunca más ha vuelto los ojos á mirarme, y yo muero sin remedio, porque sin ella me es imposible vivir? Pues yo, pastor, dixo Pradelio, ¿qué puedo hacer que bien te esté? Mucho, dixo Filardo; con no verla, quitarás la ocasión de mi tormento. ¿Qué es la causa, dixo Pradelio, que huelgas de verla tú? Amarla como la amo, dixo Filardo. Pues si esso te obliga, dixo Pradelio, la misma obligación tengo yo; y si te parece que tú me la diste á conocer, quiérote desengañar, que antes que tú la conociesses la amaba yo. Basta decirlo tú, dixo Filardo, para que yo lo crea, Y aun para ser verdad, dixo Pradelio, y esto nadie mejor que Filena lo puede saber; si tienes tanta parte con ella, que te lo diga. Por gran amiga la tengo de aclarar dudas, y si no estás tan adelante, no te penes, Filardo, que es la vida breve y inhumanidad gastarla en pesadumbres. Pastor, dixo Filardo, yo no vengo por consejos, que valen baratos y cómpranse muy caros. Tú te resumes en no hacerme el gusto que te pido: Filena haga el suyo, que quizá pararás en lo que yo pararé. Sin duda, dixo Pradelio, tú fuiste muy favorecido de Filena. Como tú lo eres, dixo Filardo. ¿Pues qué se puede hacer? dixo Pradelio. A las mujeres, y más á las que tanto valen, amarlas es lo más justo, y el tiempo del favor estimarle con el alma: y si esto faltare, como el buen labrador cultivar de nuevo, que tierras son que tras los cardos suelen dar el fruto. Mientras tú la gozas, dixo Filardo, poca esperanza dél me puede á mí quedar. Y á mí poco miedo, dixo Pradelio, mientras que tú la deseas. Filena, aunque moza y poco cursada en esto, es de tan claro entendimiento y de bondad tan natural, que lo que contigo hizo y contigo hace, sólo le sale de una condición afable y llana, con que generalmente trata sus amigos, sino que los hombres burlados de aquella llaneza, aficionados á su hermosura, al punto armamos torres de viento y arrojamos la presunción por donde jamás ha passado su pensamiento. Yo asseguro que si te entendió que no era tu trato con ella tan llano como el suyo contigo, essa fué la causa de sus desdenes, y lo mismo haría conmigo si me desviasse del camino que ella lleva. Gracias te doy, pastor, dixo Filardo, con la buena conclusión de tus bienes y mis males. Si yo no hubiera arado con Filena, maestro quedaba para saberlo hacer. Yo nací antes que tú, Pradelio, y moriré primero; vive en paz con tus favores, que eres digno y muy digno de gozarlos. En estas pláticas se les passó la noche á los pastores, y ya que el alba rompía, Finea y las dos pastoras, desamparando el lecho, guiaron á la cabaña de Filena, por complacer á Silvia que iba intencionada de valer con ella á Filardo en todo lo que pudiesse. Pues como toparon á los dos pastores, Dinarda les pidió compañía y todos cinco caminaron; pero no le parecio á Finea que fuessen ociosos, y vuelta á Filardo encarecidamente le pidió que cantasse y á Pradelio que tañesse. El lo hará todo, dixo Pradelio. Si haré, dixo Filardo, que quien consigo discorda, con ninguno se podrá templar.

FILARDO

Cuando el Amor, con poderosa mano, prendió mi pensamiento, prometióme salud, paz y alegria; fiéme del tirano, y si ve mi contento, por diverso camino se desvía; no espere más, Amor, quien de ti fía. ¡Oh, mala rabia te atraviesse el pecho, porque sientas un poco de lo que siente el que por tí se huía, tu voluntad despecho, tu entendimiento loco, y tu memoria como está la mía, y vengárase, Amor, quien de ti fía! ¿Qué ley del cielo ó tierra puedes darnos, que obliguen nuestras penas á más de padecer en su porfía? mas quieres obligarnos; nuevos fueros ordenas, que llamemos reposo la agonía. ¡Oh, desdichado, Amor, quien de ti fía! ¿Hemos por dicha visto de tu casa salir algún pagado, como salen quexosos cada día? ¡Oh, mano al bien escassa! ¡oh, mal aconsejado el que se alegra con tu compañía, y más, Amor, aquel que de ti fía! Pone en sulcar las ondas confianza, en seca arena siembra, coger el viento en ancha red confía, quien funda su esperanza, en corazón de hembra, qué es tu templo, tu cetro y monarquía. ¿Qué fruto espera, Amor, quien de ti fía? El que de libre se te hace esclavo, en tus leyes professo, morir mejor partido le sería, pues queda al cabo, al cabo, pobre, enfermo, sin seso, y arrepentidos los de su valía; en esto para, Amor, quien de ti fía.

Buena ha estado la lisonja, dixo Silvia; si dessa manera sobornas á todos los que has menester, yo los doy por desapassionados de tu gusto. Pastora, dixo Filardo, quien me hiciesse á mí mudar estas canciones, bien poderosa sería. Yo sé que cualquiera entiende cuán digno es de perdón el forzado. Cante Pradelio, que como le hacen otro son, podrá llevar otros tenores. Esso no se excusa, dixo Dinarda, y tomando á Filardo la lira la dió á Pradelio, el cual ansí obedeció á la pastora, sin poner excusa:

PRADELIO

El tiempo que holgares, Filena, en ver mis ojos de agua llenos, ó los tuyos alzares en mi favor serenos, el ganado y la vida tendré en menos. Viendo de dónde viene el bien ó el mal que tu beldad me ha hecho, obligado me tiene con un constante pecho á agradecer el daño y provecho. Tu alta gentileza, tu valor, tu saber, amé primero, subíme á más alteza de un querer verdadero, ámote mucho y mucho más te quiero. El quererte y amarte proceden de mirarte y conocerte, cada cual por su parte; el amarte es por suerte, pero por albedrío el bien quererte. Mis llamas, mis prisiones, son los jardines donde me recreo; tus gustos, tus razones, espejo en que me veo, y en tu contento vive mi deseo. Á ser sólo dotada, como otras, de caduca hermosura, quizá fueras amada de la misma hechura; mas tu beldad de todo me asegura. Ansí ciega y assombra mi gran amor, que á todos escurece, y el mundo es una sombra, y cuanto en él parece del sol que en mis entrañas resplandece. Págame en mi moneda mi amor (si tanto amor puede pagarse), ó á lo menos no pueda con pesares aguarse la fe más pura que podrá hallarse. No son estos recelos por no entender mi hado venturoso, y tampoco son celos de indicio sospechoso: sólo mi valor me trae medroso. Tú, mi dulce señora, primera causa de mi buena andanza, por la fe que en mí mora, si en la tuya hay mudanza, haz que socorra engaño á mi esperanza.

Entre otras cosas que los hombres tienen malas, dixo Dinarda, ésta es una: que desde la hora que comienzan á amar, desde essa misma comienzan á temer. Yo te asseguro, dixo Filardo, que si es agravio temellas, también lo es amallas, porque verdaderamente el que no teme no ama, que bien lo dice aquel soneto de Siralvo, ¿hasle oido, Silvia? No, Filardo, dixo la pastora. Pues yo te lo quiero decir, dixo Filardo. Y yo oirle, dixo Silvia, que aunque me tienes enojada, no tanto que no te quiera escuchar. Tú sabes, dixo Filardo, la obligación que tienes á mi voluntad, y ahora óyeme el soneto.

FILARDO

Poco precia el caudal de sus intentos el que no piensa en el contrario estado; el capitán que duerme descuidado poco estima su vida y sus intentos. El que no teme á los contrarios vientos, pocos tesoros ha del mar fiado; pocos rastros y bueyes fatigado el que no mira al cielo por momentos. Poco ha probado á la fortuna el loco que en su privanza no temiere un hora que se atraviesse invidia en la carrera; Finalmente de mí y por mí, señora, creed que el amador que teme poco, poco ama, poco goza y poco espera.

En cuanto dixo Silvia: será para FILIDA el soneto. Sólo esto me descontenta de SIRALVO, ser tan demasiado altanero: en el Henares á Albana, en el Tajo á FILIDA; á otra vez que se enamore será de Juno ó Venus. Amigo es de mejorarse, dixo Dinarda, que aunque Albana no es de menos suerte y de más hacienda, FILIDA es muy aventajada en hermosura y discreción. Pues yo sé quién la pide en casamiento, dixo Finea; y si se ha de casar no tomará otra cosa que mejor le esté. FILIDA, dixo Dinarda, no lo hará de su voluntad; y si la apremia, dejará los deudos y se consagrará á Diana, y si considera lo que con tanta razón puede, que es no haber hombre que la merezca, hará muy discretamente. Unas coplas sé yo, dixo Pradelio, que hizo Siralvo á su DESEO, aprobadas por dos claríssimos ingenios: uno el culto Tirsi, que de Engaños y Desengaños de Amor va alumbrando nuestra nación española, como singular maestro dellos, y otro el celebrado Arciolo, que con tan heroica vena canta del Arauco los famosos hechos y vitorias. Esso tienen las coplas, dixo Silvia, que por parecer de uno aplacen á muchos; pero si a mí no me agradan, poco me mueve que grandes poetas las alaben, que por la mayor parte gustan de cosas que no son buenas para nada. ¿Qué poesía ó ficción puede llegar á una copla de la Propaladia, de ALECIO y FILENO, de las Audiencias de Amor, que todos son verdaderamente ingenios de mucha estima, y los demás, ni ellos se entienden ni quien se la da? ¿Y los dos de un nombre, dijo Pradelio, el Cordobés y el Toledano, y el claro espejo de la poesía que cantó Tiempo turbado y perdido? No falta, dixo Filardo, quien los murmure, y aun al que por mayoría es llamado el Poeta Castellano, porque hasta ahí llega la ciencia de los que á sola su opinión lo entienden. Esta es la mía, dixo Silvia; dínos las coplas, Pradelio, que para mí no quiero mejor Tirsi ni Arciolo que mi gusto; con lo cual, sacándolas el pastor del seno, las leyó, y decían:

PRADELIO

Si no te he dicho, DESEO, en la estimación que estás, sabe que te tengo en más que á los ojos con que veo; y no es demasiada fiesta, que una prenda tan valida, no es mucho que sea tenida en lo menos que me cuesta. Aunque tú quedaste en calma sin viento que te contraste, bien sabes que me anegaste la luz del cuerpo y del alma, y visto parte por parte, pues solo suples la falta, de todo lo que me falta, por todo debo estimarte. Yo voy ciego, y voy sin guía, por la mar de mis enojos, y tú das lumbre á mis ojos más que el sol á medio día; no puede imaginación engastar perla de Oriente que esté tan resplandeciente como tú en mi corazón. Voy á remo navegando, es la imán mi voluntad, y sola tu claridad el norte que va mirando el débil barquillo abierto, sin merecimiento en él, y en el naufragio cruel eres mi seguro puerto. No espero jamás bonanza en la vida ni en la muerte, mas bástame á mí tenerte en lugar de la esperanza; bien sé que en ti se turbó el sossiego más sereno, mas no hay ninguno tan bueno por quien te trocase yo. Vengan penas desiguales, y por caudillo desdén, que sola serás mi bien, aunque les pese á mis males. Tú, en la esperanza más dura, tú sola, en el día malo, tienes de ser mi regalo, mi consuelo y mi blandura. ¿No fuiste engendrado, dime, de aquellos ojos beninos por quien quedarán indinos los que el mundo en más estime? Y en mi pecho concebido, y en la vida alimentado, hijo que tanto ha costado, ¿no es razón que sea querido? Juzguen el justo caudal que hago de ti por vicio; digan que en este edificio eres arena sin cal; llamen tu hecho arrogancia, sin esperanza á do fueres, que yo que entiendo quién eres confessaré tu importancia. ¡Oh, cuánto me has de costar en cuanto no me acabares! mas cuanto más me costares, tanto más te he de estimar; los daños de aquesta historia, bravos son considerados; vistos no, que van mezclados contigo, que eres mi gloria. El rato que considero la gracia, la gentileza, la discreción, la belleza, por quien á tus manos muero, no sólo el dolor terrible passo sin dificultad, pero con facilidad te sufro en ser impossible. Quizá dirán devaneas muchos que saben de Amor. ¿Qué es cosa y cosa, amador, deseas ó no deseas? Responderles he que sí y que el mal que Amor me hace, de mi desventura nace, y el bien y el honor, de ti. Pues, ilustre DESEO mío, ¿quién te torcerá el camino, si veniste por destino, y vences por albedrío? Eres una dulce pena, eres un contento esquivo, eres la ley en que vivo, y en la que Amor me condena.

Las coplas me han contentado, dixo Silvia, porque son del arte que yo las quiero; tienen llaneza y juntamente gravedad. En mil obras de poetas he leído á Caribdis y Scila y Atlante y el humido Neptuno, cosa bien poco importante en amores, y que se dexa entender que no le sobran conceptos al que se acoge á los ajenos. Mas ahora, ¿qué hará Siralvo? ¿Es su cabaña aquélla? Sí, dixo Pradelio, vamos por allí, que él holgará de hacernos compañía. Qué fresca es, dixo Finea, esta Fuente de Mendino; pues allí me parece que duermen dos pastores y, sin duda, son Alfeo y Siralvo. Sí son, dixo Finea; y llegando más cerca, al ruido los dos pastores recordaron, y saludándose alegremente determinaron de seguir á Silvia, y ella, que en extremo era graciosa y discreta, los fué entreteniendo hasta llegar á la cabaña de Filena, donde la hallaron vestida de una grana fina, con pellico azul de palmilla, pespuntado de pardo y lazadas verdes; camisa labrada de blanco y negro, y el cabello, en cinta leonada, trenzado con ella; estaba Florela vestida de verde claro, saya y pellico; el cabello cogido en una redecilla de oro, y un cayado en la mano. Con la llegada de los pastores creció su hermosura y gentileza, y tras breves pláticas supieron que la sin par FILIDA iba al templo de Pan, Dios de los pastores, y enviaba por Filena, y tendría mucho gusto de que todos fuessen allá, porque estaría sola con Belisa, la vieja Celia, Campiano y Mandronio, doctíssimos maestros del ganado. Con esta seguridad tomaron el camino del templo, donde en breve espacio passaron grandes cosas. Siralvo supo de Florela cómo trataban de casar á FILIDA, y FILIDA estaba tan congojada de ver á sus deudos determinados, que se pensaba ir con Diana sin ninguna duda, y porque la tenían la noche antes no se lo había dicho, mas ya estaba declarado por la una parte y por la otra. Este fué agudo puñal para el corazón de Siralvo, y mucho más holgara de verla casada que con Diana en los montes, donde el verla y oirla sería con mayor dificultad; pero certificado de que era su gusto hacerlo, se consoló con Florela cuanto pudo. Por otra parte, Silvia y Filena trataron de la causa de Filardo y Pradelio, y sin valerle á Silvia sus ruegos ni razones, Filardo quedó excluído y Silvia corrida y triste; llamó al pastor y á Dinarda, y despidiéndose los tres se volvieron, á gran pesar de Filardo y á mayor placer de Pradelio, porque tuvo lugar de irse con la pastora Filena solo á su voluntad platicando. Finea y Alfeo no se hicieron mala compañía; porque si él se desterró enamorado y desfavorecido, ella hizo otro tanto; un mismo dolor los afligía, y una misma razón los debiera consolar; mas agora, de todos seis sólo Pradelio y Finea, contentos, llegaron al templo del semicabro Pan, donde fueron de la sin par FILIDA y los que con ella estaban favorablemente recebidos, y sacando la anciana Celia preciosas conservas, por ruego de FILIDA, los pastores comieron del desusado manjar y bebieron del agua fresca que en el jardín del templo había; luego anduvieron por él mirando y, entre otras cosas, hallaron, de sutil mano y pincel, la bella Siringa convertida en caña, y el silvestre amante juntando con cera los nuevos cañutos. Adelante, en una gran tabla, estaban, por letras y números, las leyes pastorales, el tiempo de desquilar, el modo de untar la roña, el talle del mastín, la forma del cayado, el arte de hacer el queso, manteca y otras muchas menudencias más y menos importantes; y por si alguno se acordasse que el silvestre Dios fué de Hércules, por amores de Deyanira, despeñado, quiso el pintor que se viesse la fuerza de su despeñador, y assi puso alrededor del templo sus espantosas hazañas.

Primero, en su concepción, Júpiter, su padre, trasformado en Amphitrión, marido de su madre Alcumena.

Después, en su nacimiento, la madrastra Juno hecha pobre vejezuela y con hechizos estorbando el peligroso parto; pero después, con la astucia de Agalante, está nacido el poderoso Hércules en compañía del no menos valeroso hermano, hijo de su padrasto Amphitrión.

Después desto se veían los muchachos solos, en sendas cunas; el de Amphitrión llorando, de dos culebras enviadas, de la venenosa Juno; pero Hércules, que de soberano poder era ayudado, asiendo con sus tiernas manecillas las fieras culebras, las tenía ahogadas.

Tras esto estaba, cuando llevó vivo á Euristheo el fiero puerco de Arcadia del monte Erimantho, donde estaba (por maldición de Diana) destruyendo los campos y labores, y matando cuanta gente hallaba ó le buscaba por la fama de su fuerza.

Luego se veía la Selva Nemea, y el gentil mancebo por ella, siguiendo al fiero León, al cual, alcanzado, rompía con sus manos las fuertes quijadas, y después desollándole se cubría de su duríssima piel.

Assí vestido, estaba más adelante en la Laguna Lernea, llena por sus anchas islas de juncos y cañaverales, peleando con la fiera Sierpe Hidra; más viendo que si le cortaba una cabeza, por sola aquella le nacían siete, después que con la espada la tajaba el duro cuello, sobre la misma herida ligeramente le pegaba un hacha de vivo fuego.

Aunque esto se veía vivamente retratado, no parecía menos bien la lucha suya y del gran Anteo, al cual, como Hércules vido que dejándose caer sobre la Tierra (cuyo hijo era), cobraba dobladas fuerzas en sus brazos, con los suyos le apretaba de manera que, quitándole el alma, le hacía extender el cuerpo, desasido de su bravo y fuerte vencedor.

Adelante estaba, en el Occeano de Africa, matando el fiero Dragón de la Huerta de Atlante. Y después victorioso con las Manzanas de oro. Tras esto, en el monte Aventino, viendo que el ladrón Caco, hijo de Vulcano y Venus, le había hurtado sus vacas, le estaba poniendo fuego á su fuerte cueva, donde con lumbre y humo le procuraba dar la muerte: y al fin salido della, echando por su boca y oídos grandes llamas, procuraba en vano defenderse; pero el valeroso Alcides, teniéndole en el suelo, sin ninguna piedad le ahogaba.

Luego sustentando el Cielo con sus hombros.

Después, amarrando al Can Cerbero y sacándole á él y á Proserpina robados, dejaba herido á Plutón, Dios de los Infiernos. No con menos agonía peleaba con el de las Aguas Acheloo, al cual habiendo vencido en su propia figura de gigante, y después de Dragón, cuando le ve hecho Toro, con risa le abate, y quita el Cuerno de su frente.

Tras esta lucha estaba la Cierva en Menalo, con sus pies de metal y cuernos de oro, á quien con gran trabajo Hércules mataba triunfante con los ricos despojos de su empresa.

Assimismo desterraba las Harpías, por voluntad del Rey Fineo.

Luego, más trabajosamente, dividía los altos montes de Calpe y Abila, por donde el fiero mar estrechamente passasse.

Más allí se mostraba con las pesadas colunas en sus hombros.

Tras esto, en la ribera del mar, libraba á Hesiona, hija de Laomedón, matando la fiera que para su comida la buscaba.

Después, á aquel que, por voluntad de los Dioses, en el monte Cáucaso, viendo comer sus hígados de una cruel águila, brevemente criaba otros donde el mismo tormento se le diesse.

Más adelante estaba cuando la gente Pigmea, al pie del monte, le quiso matar viéndole dormido.

Y cuándo llevó los pueblos franceses atados á su lengua.

Y cuándo al que con sangre humana engordaba sus caballos dió el mismo castigo, haciéndole manjar dellos.

Y cuándo en las bodas mató los Sagitarios: veíase el Centauro Nesso muerto con sus saetas, al tiempo que al passar el río Eveno le llevaba á Deyanira.

Llegado, pues, al fin desta historia, se veía lastimosamente, casi en venganza de la quebrantada pierna del Dios Pan, cuándo la celosa mujer, con la engañosa camisa que el Centauro le dió, pensando remediar su mal, fué causa de mayor daño, porque, vistiéndosela el ausente marido, con la furia del pestífero veneno que en sí tenía se le pegó á las carnes, y abrasándole los tuétanos y entrañas, el sinventura Hércules, fuera de su sentido, vertía los humildes sacrificios, derribaba los templos y arrancaba los duros troncos, y procurando desnudarse, despedazaba sus mismas carnes, descubriendo los propios huessos y nervios por donde, como de gran hoguera, salía un espesso humo, y él, mirando á los cielos con amargo rostro, á ratos de su crueldad parecía que se quexaba, y otros pedía socorro á tan insufrible y dolorosa muerte, á veces que, sin sentido, destruyendo sus carnes, se tendía en tierra y callaba.

Estaba sobre un altar, en medio del templo, el vestido, el cayado y la lira de Apolo, aquel mismo apero con que moró en las selvas, y por las altas colunas sembrados infinitos despojos de pastores y fieras, cayados y zampoñas, cabezas de los lobos y pies de águilas, versos y prosas que no poca hermosura acrecentaban al grandioso templo. Pero Siralvo, que en FILIDA veía el de su alma, pocas señas pudiera dar de lo que aquél tenía; y ella, que no dudaba los efectos de su valor, no lo hacía en volver la luz de sus hermosos ojos al enamorado pastor, robándole nuevamente, á cada vuelta, el alma, y dejándole cada vez nueva vida con que viviesse. En tanto que esto passaba, Sasio y Arsiano vinieron allí por orden de Mandronio, y viendo junto cuanto en la música podía desearse, amén de Filardo y Matunto, que si no eran más no eran menos, acordaron de entrarse en el jardín del templo, que, aunque pequeño, era lleno de frescura y deleite. Nunca Vertuno tuvo los suyos compuestos con tanta destreza como éste lo estaba sin arte; las flores y hierbas, las aguas y las aves que en él moraban, todo era extremadamente bueno. Pues como dentro se vieron, Florela, que tiernamente á su señora amaba, mirando su hermosura y la habilidad de los pastores con la comodidad del tiempo y del lugar, pidió encarecidamente que, tomando el sujeto de la beldad de FILIDA, cantassen; deseo fué el de Florela que todos le tenían, y tocando el principio de la empresa á la gentil Belisa, desta manera comenzó su canto, y desta fueron por su orden prosiguiendo:

BELISA

Las ondas quiere sulcar, el agua en red oprimir, el fuego quiere medir y el viento quiere pesar el que pretende loar, Filida, vuestra figura, siendo el comenzar locura é impossible el acabar.

ARSIANO

Lazos de amor son aquellos do Amor tiene su prisión, pues sin dar en corazón nunca hace tiro dellos; hablo de vuestros cabellos, por cuya gran excelencia el sol no tiene licencia sin deslumbrarse de vellos.

FINEA

El lugar esclarecido sobre los dos claros ojos, de mil sangrientos despojos á costa ajena teñido, es duro campo corrido de la Muerte y del Amor, donde él es el vencedor y ella el premio del vencido.

ALFEO

Soles sois con que alumbráis, rayos con que derretís, saetas con que herís, licor con que remediáis los ojos con que miráis, en quien se mira el Amor, ó para hablar mejor, los ojos con que matáis.

FLORELA

Vuestras mejillas, sembradas de las insignias del dia, florestas son de alegría de la eterna trasladadas, donde no por las heladas ni por las muchas calores faltan de contino flores divinamente mezcladas.

SASIO

El alinde que divide las dos florestas reales, con frescuras celestiales los rayos del sol despide; á la misma invidia impide su proporción aguileña, y aunque es medida pequeña, al Amor inmenso mide.

FILENA

Vuestra boca no es coral ni vuestros dientes aljófar, que el aljófar es azófar y el coral bajo metal; mas es puerta principal fabricada dal primor, archivo do tiene Amor todo su bien ó su mal.

PRADELIO

La coluna generosa deste edificio tan claro, más que del mármol de Paro, más que blanca poderosa es la garganta graciosa, fuente rica de dulzor, donde la fuerza de Amor segura y libre reposa.

CELIA

Vuestro pecho no hay braveza que no se amanse con él, ni hay quien pensando en él no esforzasse su flaqueza, á quien dió naturaleza, por mezclar gracia y rigor, de la leche la color y del hierro la dureza.

CAMPIANO

Lo que falta por contar, después de la blanca mano, á quien el sentido humano es imposible loar, no quiero en ello hablar; que aunque la fe, como diestra, tan altos bienes nos muestra, son más para contemplar.

MANDRONIO

Vuestra discreción loara, á no haber considerado, que como quedo agraviado el cuerpo, al alma agraviara; á Vos sola es cosa clara que concede la razón, que hiráis al corazón cuando amaguéis á la cara.

SIRALVO

Yo no me hallo bastante á proseguir este intento bien, hasta que el pensamiento se pierda por arrogante, Razón diga y Amor cante y lleve la Fe el compás, donde queda más atrás quien passa más adelante.

No acabaran tan presto los pastores si la bella FILIDA, que, con una gravedad suavíssima, estuvo escuchando sus loores, y acrecentando la causa dellos en su soberano semblante, no los atajara, tomando á Belisa la lira, y obligada de su liberal condición, vuelta á SIRALVO le dixo: Pastor, yo quiero cantar una glossa tuya, de una canción ajena á que soy muy aficionada, porque me la dió Florela y porque la glosa lo merece. Bien basta tu afición, dixo SIRALVO, para su merecimiento, y la merced que nos haces para que todo el mundo quede invidioso de nuestra ventura; y con esto FILIDA, alegrando tierra y cielo, comenzó á tañer y cantar, y los pastores á suspenderse oyéndola.

FILIDA

Canción.

Mi alma tenéisla vos, y yo á vos en lugar della, ¿á quién da más gloria Dios? á ella sin mí con vos ó á ella con vos y sin ella?

Glossa.

Aquel venturoso día que Amor, con industria y arte, me robó cuanto tenía, fué tanta su cortesía, que os dió la más noble parte, y como solo mi oficio es contentar á los dos, por principal ejercicio mi cuerpo está en su servicio, mi alma tenéisla vos. Bien galardonado voy si sirvo como cautivo, pues cuando en la cuenta estoy, hallo que es lo que recibo mucho más que lo que doy; en gran deuda me dejáis, no quedaréis sin querella, pues por favor ordenáis que vos mi alma tengáis y yo á vos en lugar della. En la gloria que se ven, han movido gran cuestión cuerpo y alma sobre quién consigue más alto bien, y entrambos tienen razón. El alma dice que allá está contino con vos; el cuerpo que os tiene acá: ¿quién, señora, juzgará á quién da más gloria Dios? Firmes en su diferencia, cada cual lleva victoria, sin que se dé la sentencia, porque es tal la competencia, que acrecienta más la gloria, y como se ven en calma en este pleito los dos, que no importa, dice el alma, que ya se le dió la palma á ella sin mí con vos. Aquí comienza á juraros el cuerpo que la dejó por poder mejor gozaros, y concluyendo en amaros, la duda en pie se quedó. Mas dixo Amor que él saldría, cerrados los ojos della, porque en vuestra compañía, á mi alma escogería, ó á mí con vos y sin ella.

Callaron las aves, cessó el viento, paró la fuente, y pienso que el sol se olvidó de su camino, mientras la sin par FILIDA cantó estos versos, y acabados, con un donaire igual á su hermosura, volvió la lira á Belisa, como corrida de haber cantado; pero los pastores, que de su llaneza como de su beldad estaban cautivos, vueltos unos á otros alabaron la hora en que el cielo había juntado en FILIDA cuanto bien por el mundo repartía. Esso no, dixo Florela, que lo que en FILIDA hay no se halla en el mundo junto ni repartido. Passo, pastores, dixo FILIDA, que me afrento mucho de oirme loar, y no quiero que en mí cesse la música: gusto tanto de canciones viejas bien glossadas, que esso me hizo cantar, y cierto es la cosa en que el poeta muestra mayor ingenio. Una muy nueva sé yo, dixo Siralvo, y diréla con tu licencia. Para esso, pastor, dixo FILIDA, tú la tienes, y más si es tuya. Primero, dixo SIRALVO, que te diga el dueño, quiero decirla y saber lo que te parece.

SIRALVO

En mi pensamiento crecen mis esperanzas y viven; en el alma se conciben y en ella misma fenecen.

Glossa.

Porque en el mal que me hiere perpetua pena reciba, el Amor ordena y quiere que en mi pensamiento viva lo que en mi ventura muere; pues si alguna vez se ofrecen, ó de lejos aparecen esperanzas de mi bando, en vuestra gracia menguando, en mi pensamiento crecen. ¿Do llegará mi tormento? Pues por caminos tan agros do no llegó entendimiento, suben á hacer milagros. Ventura y mi pensamiento, en ello gloria reciben, y en libertad se aperciben á morir desesperadas y en él están sepultadas mis esperanzas y viven. Aunque falsas, lisonjeras, mil veces vengo á pensar que deben ser verdaderas, viéndolas en el lugar do suelen estar las veras, y aunque por milagro aviven, en parte inmortal se escriben; que como su vanidad se engendra en la voluntad, en el alma se conciben. En noble parte nacidas, en noble parte criadas, nobles aunque van perdidas, noblemente comenzadas y en nobleza concluídas; al pensamiento obedecen, y en su prisión resplandecen y su natural guardaron, que en el alma comenzaron y en ella misma fenecen.

A todos contentó la glossa de Siralvo, y más á FILIDA, que vió en sí la causa della, y pareciéndole hora de que los pastores descansassen, mandó á Florela por señas lo que había de hacer, y al punto se puso en medio de todos una mesa ancha, limpia y abundante de dulces y regaladas viandas, que del albergue de Vandalio habían traído, y sin esquivarse FILIDA de comer con los pastores, todos juntos lo hicieron, salvo Finea y Alfeo, que de secreta mano se habían sentido trabar los corazones, y entre el viejo dolor y el nuevo, estaban con una suspensión en los espíritus, que sin poderse ellos entender, fácilmente los entendieron todos. ¡Oh grande y poderoso Amor! ¿será possible que Alfeo, muriendo ayer por Andria, bellísima cortesana, hoy se enamore de la serrana Finea? Verlo he menester para creerlo, que Finea de Alfeo, menos maravilla me hace, porque, aunque rústica y criada en aspereza, es muy discreta y hermosa, y Alfeo excessivamente aventajado al pastor de quien ella era despreciada. Si nuevamente estos dos se aman, cosa es que no se podrá encubrir: alcemos las mesas, levántense los pastores y queden solas FILIDA y Celia en el fresco jardín; que los demás en el templo podrán passar la siesta, donde hallarán á Filardo, que, á excusa de Silvia, se volvió tras ellos, y aunque había gran rato que allí estaba, no quiso entrar al jardín, antes, saliendo á la ribera, por un pequeño resquicio del muro estuvo mirando y oyendo lo que passaba, y cuando sintió que los pastores al templo salían, adelantóse y entró primero. Filena y Pradelio holgaron poco de verle, pero Campiano íntimo amigo suyo, con gran caricia le recibió y assí luego los dos se apartaron, y por otra parte Florela y Siralvo, Pradelio y Filena, Belisa y Mandronio, Sasio y Arsiano, á un lado del templo se pusieron á concertar alguna fiesta, para entretener aquella tarde á la hermosa FILIDA, y la mejor les pareció representarle la EGLOGA de Delio y Liria y Fanio, pastores de aquesta ribera, que con sus casos habían dado mil veces materia á los poetas. Belisa tomó la persona de Liria; Sasio, la de Delio, y la de Fanio, Arsiano, y mientras en baja voz estaban ensayándose, Alfeo y Finea en algo se ocuparon: sentados los vió Siralvo á una parte del templo, hablando menos palabras que solían, demudados de su color natural. No pudo tanto consigo que no se llegasse á ellos, y antes que nada les preguntasse, Alfeo le dixo, cuanto los pudiera preguntar: Siralvo mío, por tres partes me siento combatir y por todas tres vencer: las sinrazones de Andria contrastan mi afición, tus consejos me mudan la voluntad, la beldad de Finea me cautiva. A mí me enamora todo, dixo Siralvo; ¿pero á ti, serrana, qué te parece? ¿Qué estás hablando por mí? dixo Finea. ¿Pues qué haremos, dixo Siralvo, de Andria y Orindo? Lo que ellos hicieron de nosotros, dixo Alfeo, y con esto se dieron las manos de no faltarse jamás, tomando al Dios de los pastores por testigo; y llenos de contento y placer se fueron con los que ensayando se estaban. Campiano y Filardo siempre se estuvieron apartados, y bien se le echó de ver al pastor el mal que por Filena sufria, pues sin bastar su dolor ni el menosprecio con que le dejaba, se iba tras ella, sin poderse refrenar en sus deseos. No tomó la sin par FILIDA mucho tiempo de reposo, antes, sintiendo que los pastores en el templo esperaban que los llamasse, mandó á Celia que lo hiciesse, y assí fueron todos al jardín, salvo Belisa, Sasio y Arsiano, que se quedaron para entrar representando, y después que todos se sentaron, por orden de FILIDA, los tres que habían quedado, entraron por la suya, como aquí veremos.

EGLOGA

Fanio.--Delio.--Liria.

LIRIA

Floridos campos, llenos de belleza, en cuya hermosura, sitio y traza, gran estudio mostró Naturaleza. En vosotros se halla espessa caza de aves, bestias y animales fieras, y tanta flor y fruto, que embaraza. En vosotros, majadas y praderas, donde se ven ganados abundosos y en medio los inviernos, primaveras. No faltan los pastores querellosos, que forman al Amor quexas sin cuento, y otros, regocijados, venturosos. Unos, al ejercicio dan su intento, cuál corre, salta, tira, lucha ó canta, cuál en los huertos pone su contento. Aquél enxiere, siembra, poda ó planta, otros con su ganado se recrean, viendo desde las sombras copia tanta. Mira los cabritillos que pelean, y después á sus madres van buscando, que con ubres pesadas los desean. Allí ve sus zagales ordeñando; allí las cabras que la nueva hoja no con poca codicia van buscando. Una al agua parece que se arroja, otra en lo mas espesso está mordiendo, que el rigor de la zarza no la enoja. Luego ve la ovejuela, que paciendo, apoca simplemente lo que halla, lo más dificultoso no queriendo. Y si Orión se mueve á dar batalla, permite que el pastor pueda avisarse y con flacos ingenios mitigalla. Veréis á los carneros alegrarse; veréis las hormiguillas polvorosas, ciegas, unas con otras encontrarse. Las ánades bañarse presurosas, y lamerse al revés el buey el pelo, y pacer las becerras más golosas. Cuervos, grajas, cornejas para el cielo suben y bajan luego con ruido, y tornan para arriba con su vuelo. Oyese en las lagunas el sonido de las cantoras ranas en más grado que en el sereno tiempo le han tenido. Vese de blancas aves ayuntado más número que suele en valle ó sierra, y el cabrío dormir más apretado. Escarba la ovejuela por la tierra, y la golondrinilla á la corriente, con pobres alas hace flaca guerra. Al fin esto se passa brevemente, y en tanto, en la abrigada cabañuela, arropado el pastor poco lo siente. Después que nieva, que ventisca y hiela, el nuevo sol su claridad extiende, con que el mundo afligido se consuela. Después, cuando á bañarse al mar deciende, hallándose en la noche escura y fiera, con las anchas hogueras se defiende. Todo se acaba en dulce primavera después que, fenecida esta contienda, llena de paz el cielo la ribera. Y contra el sol, en monte, en valle, en senda, los árboles, ó en selva ó bosque ameno, no sufren que su lumbre al suelo ofenda. Con el frescor de su confuso seno, la altiva haya y el ciprés frisado, con cuerpo assaz de duro fruto lleno; El laurel siempre verde, preservado de la ira del cielo, y el espino de más puntas que hojas adornado. Con su rebelde fruto ayuda el pino, aguda hoja y enredado saco, del pacífico olivo de contino. No se precia, entre todos, de más flaco, ni el olmo que á las nubes se avecina, con la planta gentil del libre Baco. Allí se extiende la robusta encina, con sus antiguos brazos y el precioso cidro, que á todos su cabeza inclina. Y el pobo y el castaño, alto, ñudoso, con las soberbias frentes acopadas, uno en corteza feo, otro hermoso. Las ricas palmas de hojas espinadas, triunfante premio de gloriosa estima, con los racimos de oro coronadas. La que defiende con la espessa cima que no caliente Febo el agua clara, en pago, el agua al tronco se le arrima. No se podrá decir que le es avara, que si el agua no pierde, el tronco gana, ella le da frescor cuando él la ampara. Siembra el manzano la postrer manzana, siembra el racimo la noguera fría, el jazmín nieve y el madroño grana. ¿Hay mas beldad que ver la pradería estrellada con flores de las plantas, que van mostrando el fruto y la alegría? Donde, con profundíssimas gargantas, las tiernas avecillas estudiosas están de señalar cuales y cuántas. Allí veréis pastoras más hermosas (no con maestra mano ataviadas), que las damas en Cortes populosas. Allí veréis las fuentes no tocadas distilando, no agua al viso humano, mas el cristal de piedras variadas. Allí veréis el prado abierto y llano, donde los pastorcillos su centella descubren al Amor, furioso, insano. Este, de su pastora se querella; aquél de sí, por que miró la suya; el otro, más grossero, se loa della. No hay quien por defeto se lo arguya, ni quien de rico ponga sobrecejo, ni quien á los menores dexe y huya. En el prado se oye el rabelejo, la zampoña resuena en la floresta, en la majada juegan chueca ó rejo. Pues qué ¿venido el día de la fiesta, hay gusto igual que ver á los pastores haciendo á las pastoras su requesta? Uno presenta el ramo de las flores, y cuando llega, el rostro demudado, otro dice suavíssimos amores. Uno llora, y se muestra desamado; otro ríe, y se muestra bien querido; otro calla, y se muestra descuidado. El uno baila, el otro está tendido; el uno lucha, el otro corre y salta, el otro motejado va corrido. En esta dulce vida, ¿qué nos falta? y más á mí que trato los pastores, y cazo el bosque hondo y la sierra alta, Con arco, perchas, redes y ventores, ni basta al ave el vuelo presuroso, ni se me van los ciervos corredores. Este sabuesso era un perezoso, y ya es mejor que todos: halo hecho que, como mal usado, era medroso. Tiene buen espinazo y muy buen pecho y mejor boca: ¡oh pan bien empleado! toma, Melampo, y éntrete en provecho. Quiérome ya sentar, que estoy cansado; ¡oh seco tronco, que otro tiempo fuiste fresno umbroso, de Ninfas visitado! Aquí verás el galardón que hubiste, pues te faltó la tierra, el agua, el cielo, después que este lugar ennobleciste. Assí passan los hombres en el suelo; después que han dado al mundo hermosura, viene la muerte con escuro velo. Ya me acuerdo de ver una figura que estaba en tu cogollo dibujada, de la que un tiempo me causó tristura. Estaba un día sola aquí sentada; ¡cuán descuidado iba yo de ella, cuando la vi, no menos descuidada! Puse los ojos y la vida en ella, y queriendo decirla mis dolores, huyó de mí, como yo ahora della. Por cierto grande mal son los amores, pues al que en ellos es más venturoso, no le faltan sospechas y temores. Igual es vivir hombre en su reposo. ¿Quién es aquel pastor tan fatigado? Debe de ser Florelo ó Vulneroso. La barba y el cabello rebuxado, la frente baxa, la color torcida. ¡Qué claras señas trae de enamorado! ¿Es por ventura Fanio? ¡Qué perdida tengo la vista! Fanio me parece. ¡Oh Fanio, buena sea tu venida!

FANIO

Amado DELIO, el cielo que te ofrece tanta paz y sossiego, no se canse, que solo es bien aquel que permanece.

DELIO

Aquesse mismo, FANIO mío, amanse el cuidado cruel que te atormenta, de suerte que tu corazón descanse. He desseado que me diesses cuenta, pues que la debes dar de tus pesares á quien contigo, como tú, lo sienta. Y quiero, FANIO, por lo que tratares perder la fe y el crédito contigo, cuando en poder ajeno lo hallares. Sabe que al que me ofrezco por amigo, la hacienda pospuesta y aun la vida, hasta el altar me hallará consigo.

FANIO

DELIO, tu voluntad no merecida no es menester mostrarla con palabras, pues en obras está tan conocida. Pero después que tus orejas abras, más lastimosas á escuchar mi duelo en un lenguaje de pastor de cabras, Ni á ti podrá servirte de recelo, pues ya tienes sobradas prevenciones, ni á mí de altivo en tanto desconsuelo. Y no son de manera mis passiones que se puedan contar tan de camino, que aunque sobra razón, faltan razones.

DELIO

Conmigo te han sobrado de contino, entendiendo que la hay para encubrirme lo que por más que calles adivino. Y aunque me ves en porfiar tan firme, sabe que poco más que yo barrunto de tu importancia puedes descubrirme. Y pues me ves en todo tan á punto para mostrarme amigo verdadero, no me dilates lo que te pregunto. Cuéntame tus passiones, compañero, cata que un fuego fácil encubierto suele romper por el templado acero.

FANIO

Oh, caro amigo mío, y cuán más cierto será hacer mis llagas muy mayores, queriéndote contar mi desconcierto. Porque siendo mis daños por amores, tú pretendes saber, contra derecho, más que la que ha causado mis dolores. Salga el nombre de LIRIA de mí pecho y toque á tus orejas con mi daño, ya que no puede ser por mí provecho. No me quexo de engaño ó desengaño, de ingratitud, de celos ni de olvido, quéxome de otro mal nuevo y extraño. Quéxome del Amor, que me ha herido; abrióme el corazón, cerró la boca, ató la lengua, desató el sentido. Y cuanto más la rabia al alma toca, la paciencia y firmeza van creciendo y la virtud de espíritu se apoca. De tal manera, que me veo muriendo, sin osarlo decir á quien podría sola dar el remedio que pretendo.

DELIO

Amigo FANIO, aquessa tu porfía tiene de desvarío una gran parte, aunque perdones mi descortesía. Díme, ¿por qué razón debes guardarte de descubrir tu llaga á quien la hace? ¿ó cómo sin saberla ha de curarte?

FANIO

Porque de LIRIA más me satisface que me mate su amor que su ira y saña, y en esta duda el buen callar me aplace.

DELIO

No tengo á LIRIA yo por tan extraña, ni entiendo que hay mujer que el ser querida le pudiesse causar ira tamaña. Cierto desdeño ó cierta despedida, cuál que torcer de rostro ó cuál que enfado, y cada cosa de éstas muy fingida. Aquesto yo lo creo, FANIO amado; empero el ser amada, no hay ninguna que no lo tenga por dichoso hado. Y si, como me cuentas, te importuna aquesse mal y tienes aparejo, no calles más pesar de tu fortuna. Tú no te acuerdas del proverbio viejo: que no oye Dios al que se hace mudo, ni da ventura al que no ha consejo.

FANIO

Pues dame tú la industria, que soy rudo, grossero y corto, y en un mismo grado mi razonar y mi remedio dudo. Bien que llevando LIRIA su ganado por mi dehesa, junto con el mío, me preguntó si soy enamorado. Y el otro día estando junto al río llorando solo, en medio de la siesta, LIRIA llevaba al monte su cabrío. Y díxome: Pastor, ¿qué cosa es ésta? y yo turbado, sin osar miralla, volvíle en un suspiro la respuesta. Mas ya estoy resumido de buscalla, y decirle por cifra lo que siento, al menos matárame el enojalla. De cualquier suerte acaba mi tormento, con muerte, si la enojo, ó con la vida, si mi amor y mi fe le dan contento. Veremos esta empresa concluída, venceré mi temor con mi deseo, la vitoria, ó ganada ó bien perdida. ¿Oyes cantar? D. Si oyo. F. A lo que creo, LIRIA es aquélla. D. Eslo, F. Al valle viene. ¡Ay, que te busco y tiemblo si te veo! Ascóndete de mí, que no conviene, si tengo de hablarle, que te vea.

DELIO

Ascóndeme, pastor; Amor ordene que tu mal sienta y tus cuidados crea.

LIRIA

El pecho generoso, que tiene por incierto serle possible, al más enamorado ser pagado, y quejoso vivir estando muerto, y verse en medio de la llama helado; cuán bienaventurado le llamará el extraño, y en cuánta desventura juzgará al que procura hacerse con sus manos este daño, y por su devaneo á la razón esclava del Deseo. Memoria clara y pura, voluntad concertada, consiente al alma el corazón exento; no viene su dulzura con acíbar mezclada, ni en medio del placer ama el tormento sano el entendimiento, que deja el Amor luego más que la nieve frío, pero el franco albedrío y el acuerdo enemigo, á sangre y fuego; y en tan dañosa guerra, sin fe, sin ley, sin luz de cielo ó tierra. Promessas mentirosas, mercedes mal libradas son tu tesoro, Amor, aunque no quieras; las veras, peligrosas; las burlas, muy pesadas; huyan de mí tus burlas y tus veras, que sanes ó que hieras, que des gloria ó tormento, seas cruel ó humano, eres al fin tirano, y el mal es mal y el bien sin fundamento; no sepa á mi morada yugo tan duro, carga tan pesada. Corran vientos suaves, suene la fuente pura, píntese el campo de diversas flores, canten las diestras aves, nazca nueva verdura, que estos son mis dulcíssimos amores; mis cuidados mayores el ganadillo manso, sin varios pensamientos ó vanos cumplimientos que me turben las horas del descanso, ni me place ni duele que ajeno corazón se abrase ó hiele.

FANIO

Por essa culpa, FANIO, ¿qué merece LIRIA? L. Lo que padece; pues, penando, quiere morir callando. F. Gran engaño recibes en mi daño. ¿Tú no sientes que las flechas ardientes amorosas vienen siempre forzosas? Si de grado tomara yo el cuidado, bien hicieras si me reprendieras y culparas.

LIRIA

Déxame, que á las claras te condenas: pudo Amor darte penas y matarte, y no debes quexarte, pues que pudo; de ti, que has sido mudo y vergonzoso, debes estar quexoso. ¿De qué suerte remediará tu suerte y pena grave quien no la ve ni sabe? F. ¡Ay, LIRIA mía! que yo bien lo diría, pero temo que el fuego en que me quemo se acreciente.

LIRIA

Pues, ¿tan poquito siente de piadosa quien tu pena furiosa ensoberbece?

FANIO

Mas antes me parece, y aun lo creo, que tan divino arreo no es posible en condición terrible estar fundado; pero considerado aunque esto sea, no es justo que yo vea mi bajeza, y aquella gentileza soberana, y que sufra de gana mis dolores sin pretender favores. L. Grande parte ha de ser humillarte, á lo que creo, para que tu deseo se mitigue, porque Amor más persigue al más hinchado, que está muy confiado que merece, que al otro que padece, y de contino se cuenta por indino; pero cierto, tú no guardas concierto en lo que haces: ¿no se sabe que paces las dehessas, con mil ovejas gruessas abundosas y mil cabras golosas y cien vacas? ¿No se sabe que aplacas los estíos y refrenas los fríos con tu apero, y tienes un vaquero y diez zagales? Todos estos parrales muy podados, que tienes olvidados, ¿no son tuyos? Pues estos huertos, ¿cuyos te parecen? Todo el fruto te ofrecen; pues si digo del cielo, ¿cuán amigo se te muestra, tecuánto la maestra alma Natura y dió de hermosura, fuerza y maña? ¿Hay ave ó alimaña que no matas? ¿Hay pastor que no abatas en el prado? ¿Hate alguno dejado en la carrera? Pues en la lucha fiero ó en el canto, ¿hay quién con otro tanto se te iguale? Pues esso todo vale en los amores, porque de los dolores no se sabe si es su accidente grave ó si es liviano. Todo lo tienes llano. F. ¿Qué aprovecha tener la casa hecha y abastada, si en la ánima cuitada no hay reposo?

LIRIA

Vivir tú doloroso, ¿qué te vale, si aquella de quien sale no lo entiende? Tu cortedad defiende tu remedio.

FANIO

¿Parécete buen medio que lo diga?

LIRIA

Antes es ya fatiga amonestarte.

FANIO

Pues, ¿tienes de enojarte si lo digo?

LIRIA

FANIO, ¿hablas conmigo ó desvarías? ¿Pensabas que tenías y mirabas presente á quien amabas? F. Sí pensaba y en nada me engañaba. L. No te entiendo, aunque bien comprehendo que el amante tiene siempre delante á la que ama, y allí le habla y llama en sus passiones.

FANIO

No glosses mis razones. L. Pues, ¿qué quieres?

FANIO

Hacer lo que quisieres, aunque quiero preguntarte primero: ¿si mis males y congojas mortales me vinieran por ti y de ti nacieran, y el cuidado te fuera declarado, ¿te enojaras?

LIRIA

Si no lo preguntaras, te prometo que fueras más discreto. Tú bien sientes los rostros diferentes de natura en una compostura de facciones; pues, en las condiciones, es al tanto, aunque no debe tanto ser piadosa, á mi ver, la hermosa que la fea, que en serlo hermosea su fiereza.

FANIO

¡Ay, cuánta es tu belleza! L. Assí que digo, que no debes conmigo assegurarte, pues sé certificarte que en tal caso, aquello que yo passo por contento puede ser descontento á tu pastora, y no imagino agora por qué vía con la voluntad mía quiés regirte.

FANIO

Porque puedo decirte que, en belleza, en gracia y gentileza, eres trassunto, sin discrepar un punto, á quien me pena.

LIRIA

¿Es por dicha SILENA tu parienta? Si es ella, no se sienta entre la gente, que eres tan su pariente como mío; pueda más tu albedrío que tu estrella.

FANIO

¡Ay, LIRIA, que no es ella! ¿Y aún te excusas y de decir rehusas el sujeto que en semejante aprieto mostrarías?

LIRIA

Horas me tomarías si lo digo, que como fiel amigo te tratasse; y horas que me enojasse, que aun no siento mi propio movimiento. F. Dessa suerte más me vale la muerte y encubrillo, que al tiempo de decillo verla airada.

LIRIA

Bien puede ser quitada tu congoxa, si aquella que te enoja me mostrasses y en mis manos fiasses tu remedio.

FANIO

Dessas espero el medio que conviene.

LIRIA

¿Es mi amiga quien tiene tu alegría?

FANIO

Si tanto fuera mía, en tal fortuna, poca quexa ó ninguna se tuviera.

LIRIA

Pues di dessa manera mal tan duro, que, por mi fe, te juro de hablalla y á tu amor incitada. F. Que me place; á mí me satisface tu promessa, aunque en la alma me pesa de probarte; y antes quiero mostrarte aquesta carta, que con angustia harta tengo escrita, para aquella que quita mi contento; jamás mi pensamiento fué adivino, que fueras, papel, dino de hallarte donde pudo llegarte mi osadía: leedle, LIRIA mía, parte á parte.

CARTA

La libertad ganada, porque en tan buena empresa va perdida; la voluntad prendada, el alma enriquecida, viéndose en su servicio de partida, Indignas de llamarte, sin tu licencia, el nombre de señora, vienen á suplicarte que se la des ahora, y cada cual se llamará deudora. Recibe por cautivas las que este nombre en su sepulcro escriben; verás, si no te esquivas y tal merced reciben, cómo en mí solo mueren, en ti viven. Inclina á mis cansadas razones tus orejas, por ventura; no sean despreciadas en afición tan pura las mismas obras de tu hermosura. Al fin mi fe y mi pena, pues de ti nacen, tuyo será el cargo, y aquí cesse la vena de estilo tan amargo, corto en hablarte y en pedirte largo.

LIRIA

La carta está tan buena que, aunque pruebe de mil maneras, no sabré loalla, porque es, en fin, compendiosa y breve.

FANIO

¿Parécete que puedo aventuralla?

LIRIA

Paréceme que pierdes de ventura lo que te detuvieres en cerralla.

FANIO

¿Parécete que llegará segura de que puedan culparme de arrogante?

LIRIA

Paréceme un retrato de mesura.

FANIO

¿Al fin me juzgas verdadero amante?

LIRIA

Y que mereces ser galardonado.

FANIO

Quiera Dios que assí digas adelante.

LIRIA

Pero ya que la carta me has mostrado, dime, ¿quién fue la causa de hacella? Pues sé la pena, sepa quién la ha dado.

FANIO

En cinco partecillas que hay en ella, pedrás saber el todo que pretendo, si adivinares el secreto della.

LIRIA

Tórnamelo á decir, que no lo entiendo.

FANIO

De cada cinco estancias ve tomando la primer letra y velas componiendo: Porque estas cinco letras ayuntando, por el orden que digo, fácilmente el nombre de mi alma irás formando.

LIRIA

No te he entendido verdaderamente, ¿acaso dice LERIA? F. Con dos ies no puede pronunciar Leria el leyente.

LIRIA

¿Dice por dicha Libia? F. No porfíes, ¿con erre Libia? Buen descuido es esse.

LIRIA

Pues menester será que tú me guíes.

FANIO

Habrélo de hacer, aunque me pese, que LIRIA dice. L. Siria. ¿Pues entiendes que no lo sé decir si lo leyesse?

FANIO

Pues, Siria, digo yo, ¿por qué me vendes descuidos, cuando el alma me has robado, y con falsa ignorancia te defiendes? ¿Dónde te vas, pastora? L. A mi ganado.

FANIO

Mira, pastora, tente. L. ¿Qué locura es ésta que tan presto te ha tomado? ¿Estás loco, pastor? F. Que no hay cordura en quien no la perdiesse, contemplando mi amor y tu desdén y hermosura.

LIRIA

Déjame, ¿qué pretendes? F. Que llorando me veas fenecer. L. Deja mi mano.

FANIO

Y tú mi alma, que la estás matando.

LIRIA

¡Oh solitario valle! ¡oh campo llano! ¿Habrá quien lastimoso me defienda deste pastor perdido, deste insano?

FANIO

Escucha, LIRIA, ya solté la rienda á lo osadía para detenerte, no bastará aunque Júpiter descienda.

LIRIA

¿Qué quieres? F. Quiero en todo obedecerte, si no es ahora en esta fácil cosa, que estés presente al passo de mi muerte.

LIRIA

Otra podrás buscas más animosa.

FANIO

Pues para dar la muerte eres osada, para verme morir no seas medrosa.

LIRIA

Suéltame, FANIO. F. Ya serías soltada, por no enojarte, si tuviesse cierto que escucharías un rato sossegada.

LIRIA

Suéltame, que no aprietas como muerto.

FANIO

Asido á las aldabas de la vida, pensar muerte prenderme es desconcierto.

LIRIA

Suelta ya. F. Sí haré; mas sei servida de me escuchar. L. Como no fuesses largo.

FANIO

Esso, tu voluntad será medida. Y si te pareciere que me alargo, mándame tú callar, y verás luego cómo procuro en todo echarte cargo. Ser contigo atrevido no lo niego; mas ¿qué derecho guardará el forzado ó cómo no cairá sin luz el ciego?

LIRIA

Esso me agrada, llámate culpado, y yo te escucharé de buena gana.

FANIO

Y aun si quieres me doy por condenado. Mira esta parra fértil tan lozana, cómo por este olmo infrutuoso se abraza, y lo que él gana y ella gana. El con ella se muestra más hermoso, y ella sin él cayera por el suelo, do no fuera su fruto provechoso. La flor desamparada quema el hielo, no hay cosa sola en la Naturaleza, y lo que no aprovecha no es del cielo. Goza con tiempo de tu gentileza, que el día passado no puede cobrarse, ni como rosa torna la belleza. Cuando un estado tiene de tomarse, hallando la ocasión que es conveniente, ¿qué sirve ó qué aprovecha dilatarse? No te niego yo, LIRIA, que al presente podrías escoger otro que fuesse en bondad y en hacienda preminente; Mas si tomasses á quien más valiesse que yo, yo juraré que no hallases otro que más ni tanto te quisiesse. Demás desto, pastora, si mirasses mi edad y mi hacienda y mis respetos, podría ser que no me despreciasses. Y sobre todo, mira los efetos que en mí hacen tu gracia y hermosura, que bastan á suplir muchos defetos.

LIRIA

Basta, pastor; que Dios te dé ventura; yo te agradezco amor tan verdadero, y escúchame otro poco, por mesura. ¿Qué sabes tú si por ventura quiero y amo otro pastor, de tal manera que, como tú por mí, por él me muero; Y le tengo una fe tan verdadera, que aunque la vida su afición me cueste, ha de ser la primera y la postrera? ¿Qué es esto, FANIO? ¿qué desmayo es éste? ¿háceslo adrede? No, que estás muy frío. ¿Hay algún Dios que su favor te preste? Recuerda, FANIO. ¡Oh Ninfas deste río, venidme á socorrer un caro amigo, porque no me castigue el error mío! Recuerda ya, los Dioses sean contigo, mira que lo que dije fué burlando, y ahora es verdadero lo que digo.

FANIO

¿Yo muero, ó vivo, ó veo, ó estoy soñando? ¿qué ha sido, LIRIA? L. A lo que entiendo, ibaste con el sueño transportando; Que como yo te estaba persuadiendo que te dejasses de tan vana empresa, con el placer quedástete durmiendo.

FANIO

Más que esso, LIRIA, á lo que entiendo pesa: paréceme que me ponías un caso donde el extremo de miserias cesa.

LIRIA

De esso, pastor, no hagas mucho caso, si le haces de mí, porque son cosas, que en efeto las digo y no las passo. Mas porque son razones peligrosas, estas que aquí passamos, quiero irme, que bien bastan dos horas para ociosas.

FANIO

Yo de ti y de la vida despedirme, que aqueste lazo acabará mis días si como tú se me mostrare firme.

LIRIA

Mira, pastor, no hagas niñerías, que para verme y aun para hablarme no faltará lugar más de dos días.

FANIO

Esso, pastora mía, ¿es engañarme?

LIRIA

Es gran llaneza. F. Y aunque no lo sea, bien bastará para resucitarme.

LIRIA

Fanio, lo que yo digo se me crea, y forzada me voy de aquí tan presto, adiós. F. El haga que otra vez te vea. Publicar tanto bien, ¿seráme honesto, ó á poderlo callar, seré bastante? ¿A quién iré que me aconseje en esto?

DELIO

Tu verdadero amigo está delante.

FANIO

¡Oh, caro Delio mío, y cómo atas mi voluntad con lazos de diamante! ¿Fuístete ó hasme oído? D. Mal me tratas. ¿Irme tenía viéndote en tal punto?

FANIO

¿Pues dónde estabas? D. Entre aquellas matas. Con tu desmayo me quedé difunto, pero decirte mi placer no puedo viendo á Liria en valerte tan á punto. Bien quisiera salir, mas tuve miedo de darte sobresalto ó descontento, y entre pena y placer me estuve quedo.

FANIO

¿Pues hizo en mi desmayo sentimiento?

DELIO

Tú como transportado no lo viste; mas cree de mí, que la verdad te cuento, Que se mostró tan alterada y triste, que comenzó á pedir al cielo ayuda, y mesuróse cuando en ti volviste. Sabe disimular, como es sesuda, mas de quererte como tú la quieres, no tengo yo (ni tú la tengas) duda.

FANIO

Ya yo sé, DELIO, que á doquier que fueres, ó tus consejos fueren admitidos, no faltarán contentos y placeres.

DELIO

Essos tengas de LIRIA muy cumplidos, aunque en lo que quedaste aquí hablando cuando se fué, ofendiste á mis oídos. No sé qué te decías, no bastando á cerrar en tu pecho la alegría, ora el callar, ora el hablar dudando. Pues mira qué consejo te daría, que, en lo que toca á Amor, antes rebientes que confieses agora que es de día. Bien pareces sencillo, pues no sientes cuánto debe excusar el hombre sabio la envidia y la malicia de las gentes. Al que te arrima dulcemente el labio no le fíes el dedo, que á tu costa podrá ser que conozcas su resabio. Porque la fe del mundo es tan angosta, tan ancha y prolongada la malicia, que la virtud escapa por la posta. Aquel que te hiciere más caricia, si te escudriña con industria el pecho, cree que tu mal y no tu bien codicia. Los bienes que el Amor te hubiere hecho, Fanio, tesoros son de duen de casa, cállalos, y entrarante en buen provecho. Y aquel refrán, que tan valido passa, que pierde el bien si no es comunicado, no atraviesse las puertas de tu casa. Calla con el amigo más fundado, que en prisión, en discordia ó en ausencia, no te arrepentirás de haber callado. Sabe que es general esta dolencia, entre la gente moza respetarse amigo á amigo sólo en la presencia. Que ya hemos visto alguno, por fiarse de un gran amigo, hecha su jornada, pensar que es todo un tiempo, y engañarse. Y alguno vi con suerte confiada, lleno de vanagloria en sus favores, después hallarse un nido con no nada. Y cuando la ocasión destos temores cessasse (que impossible me parece), por ley han de callar los amadores. Y en lo que ahora de tu bien se ofrece, no te descuides, menos te apressures, que lo extremado apenas permanece. ¿Qué me respondes, FANIO? F. Que no cures, de decir más, que poco daño temo con tal que tú por mi salud procures. Demás que siempre huigo yo el extremo, y callo bien, como si fuesse un canto, y de mi hermano en mi afición blasfemo.

DELIO

Cumple que assí lo hagas; y con tanto me voy, que tengo lejos el abrigo, y desdobla la noche apriessa el manto. Y porque pienso luego dar conmigo en el monte de pino, á las paranzas, quédate en paz. F. Y vaya Dios contigo.

DELIO

Allá te avén con vanas esperanzas, que aunque se muestra tu fortuna mansa, quizá te arrastrarán tus confianzas.

FANIO

Delio me espanta cómo no descansa, si topa con quien ha de respetarle, que habla tanto, que, aunque bueno, cansa; ya yo lo estaba casi de escucharle.

Con tales afectos representaron los discretos pastores, que á los oyentes no les parecía representación, sino propio caso, y aunque agradó á todos, á FILIDA mucho más, porque sabía más por entero aquella historia. Liria era su amiga y Fanio y Delio muy conocidos de todos, y assí, estuvo con gran atención desde el principio hasta el cabo; que le hizo gran donaire verlos despedir murmurándose, y agradeciendo á los pastores la curiosidad con que la entretenían, pidió á Sasio que rematasse la fiesta, el cual, las manos en la lira y el pensamiento en Silvera, pastora gentil, á quien nuevamente amaba, cantó con gran dulzura aquestos versos suaves:

SASIO

Esto que traigo en mi pecho no puede ser sino amor, pues me siento en su rigor agraviado y satisfecho; yo oso en la cobardía y en el osar me acobardo; ¿qué me guardo, si la nieve que me enfría es el fuego en que me ardo? Guárdome de tal manera que me guardo del contento, pues la causa del tormento fué mi ventura primera. Ampárome con mi ofensa porque sé que aunque más pene, me conviene no hacer jamás defensa sino al bien que sin vos viene. En la empresa comenzada no puede faltarme gloria, pues la primera vitoria de mí la tengo alcanzada; que aunque la pena contina mi juicio desconcierte, es de suerte que estimo por medicina lo que me causa la muerte. En tan rabioso combate bien se verá á lo que vengo, pues por vencimiento tengo ser vencido y sin rescate; porque, pastora, quedé en lugar donde bonanza no se alcanza, que en los brazos de la fe se desmaya la esperanza. El que más se guarda y mira, más en vano se defiende, pues vuestra terneza prende y ejecuta vuesta ira, y pasa tan adelante, que entiendo en el daño fiero de que muero, que sois hecha de diamante ó pensáis que sois de acero. Trayo comigo guardado licor para mi herida, un sufrimiento á medida de vuestro rigor cortado, que aunque en el alma me daña, prestando á vuestra aspereza fortaleza, crecer puede vuestra saña, mas no mengnar mi firmeza.

El suave son de la lira, la dulzura de la voz, la harmonía de los versos fué tal, que echó el sello á todo lo passado, y habiendo FILIDA hecho traer de sus cabañas una curiosa caxa de ébano fino, allí en presencia de todos la abrió, y sacando della ricas cucharas de marfil, cuchillos de Damasco, peines de box y medallas de limpio cristal, con gran amor lo repartió de su mano, y los pastores, con gran alegría recibieron sus dones, salvo Filardo que no había cosa que le pudiesse alegrar, y assí él solo triste y todos los demás contentos, salieron á la ribera con la hermosa FILIDA, y por la orilla del cristalino Tajo se anduvieron recreando. ¡Oh, quién supiera decir lo que aquellos árboles oyeron! porque Siralvo y Florela gran rato estuvieron solos; Finea y Alfelio lo mismo; Pradelio y Filena, por el consiguiente. Pues Sasio y Arsiano, Campiano y Mandronio, bien tuvieron que hacer en consolar á Filardo, y la sin par FILIDA, como señora de todo, todo lo miraba y todo lo regía; hasta que el sol traspuesto forzó á todos á hacer otro tanto. Á FILIDA acompañaron los dos maestros del ganado y sus pastoras, Celia y Florela, y á Filena los demás, porque assí FILIDA lo ordenó; sólo Filardo, viendo cuán poco allí granjeaba, por diferente parte tomó el camino de su cabaña; y sólo yo, fatigado deste cuento, un rato determino descansar, y si hay otro que también lo esté, podrá hacer lo mismo.

QUINTA PARTE DEL PASTOR DE FILIDA

No es possible que á todos agrade el campo, los árboles y las hierbas; mas ya sabemos que las selvas fueron dignas de resonar en las orejas de los cónsules: la diferencia es salir el son de la zampoña de Titiro ó de la mía; mas esto tiene su descuento, que de más y menos se ordena el mundo, tan aína hallaremos quien oya el tamboril de Baco como la lira de Apolo. Haré una cosa dificultosa para mí, pero fácil para todos, que será passar en silencio lo que nos queda del florido Abril y del rico y deleitoso Mayo, donde nuestros pastores entre sus bienes y sus males con Fortuna y Amor, perdiendo y ganando, passaron cosas dignas de más cuenta que la que yo agora hago. Porque Pradelio y Filena en este tiempo, entre mucho dulzor, hallaron mucho acíbar, el pastor celoso y perdido y la pastora apremiada y confusa. Fanio y Finea fueron creciendo en las voluntades, hasta hacerse de dos almas una. Ergasto y Licio trujeron á Celio, y hallaron á Silvia enamorada, no se puede decir de quién, que cuando se sepa, será un notable hechizo de Amor; y lo que sin lágrimas no podré contar, aquella sin par nacida, principio y fin de la humana hermosura (que por estos nombres bien puede entenderse el suyo), oprimida de su bondad natural y del conocimiento de su valor, dexó los bienes, negó los deudos y despreció la libertad, consagróse á la casta Diana y llevóse tras sí á los montes la riqueza y hermosura de los campos: pues al cuitado pastor que más que á sí la amaba, nada nuevo la pudo llevar; porque el alma dada se la tenía, pero dexóle en lugar de su dulcíssima presencia una noche de eterno dolor y llanto en que ocupado passaba la mezquina vida. No buscaba los montes, porque no osaba; no seguía la ribera, porque le afligía; lo más del tiempo, solo en su cabaña entre memorias crueles, esperaba la muerte, y si alguna vez salía, no por la sombra de los árboles ni por la frescura de las fuentes, pero por riscos y collados, donde el sol de Junio abrasaba la desierta arena, sobre ella tendido llamaba en vano á la hermosa FILIDA, y entre estas lamentaciones, un día, sentado sobre el tronco seco de un acebo, repentinamente sacó el rabel que estaba tan olvidado, y los ojos tiernos y helados, que se pudiera juzgar que no veía, desta manera acompañó sus lágrimas:

SIRALVO

FILIDA ilustre, más que el sol hermosa, sol de mi alma, sin razón ausente destos húmidos ojos anublados, ¿cuándo veré la cristalina fuente? ¿Cuándo el jazmín? ¿Cuándo el color de rosa con los dos claros ojos eclipsados? ¿Cuándo piensas romper estos nublados y mostrarnos el día, FILIDA, dulce mía? Si en algún tiempo á los desconsolados mancilla hubiste, tenla de mi pena; cesse tan triste ausencia, que en tu presencia la fatiga es buena.

FILIDA, tú te fuiste, que de otra arte estar ausentes no fuera possible, porque nunca de ti yo me apartara. Que ni acidentes de dolor terrible ni peligros de muerte fueran parte para partirme de tu dulce cara. Ven, no te muestres á mi amor avara; que si gusto te diera, FILIDA, si bien fuera, entre tigres de Hircania te buscara; mi mal me hace que á mi bien no acierte, y estando tú escondida, busco la vida y topo con la muerte.

FILIDA, mira con quién vivo ausente; mira de quién estoy acompañado y lo que saco de su compañía. La esperanza ligera, el mal pesado, el bien passado con el mal presente y el interés morir en mi porfía; mas si yo viesse un venturoso día en que tu rostro viesse, FILIDA, aunque muriesse ¡por cuán vivo y dichoso me tendría! Mas ay de mí, que temo más que espero: temo que si hay tardanza, esta esperanza morirá primero.

FILIDA, cuantas lágrimas envío, no son ya tanto porque no te veo cuanto porque jamás espero verte; no sé si tiene culpa mi desseo, bien sé que tiene pena, y yo lo fío, que al que espera salud, no hay dolor fuerte; ¿qué juzgarías que perdí en perderte? Perdí la misma vida, FILIDA mía querida, que en tu ausencia no es vida, sino muerte; perdí los ojos, que sin ti los niego, y negarlos conviene, pues quien los tiene y no te mira es ciego.

FILIDA, tal quedé de ti apartado cual sin el alma el cuerpo, ó cual la nave sin marinero, ó cual sin sol el día; muriendo aprendo, ciencia harto grave, á conocer un buen y un mal estado, y cuánto va de un es á un ser solía; edificando estoy de noche y día labores sin cimiento: FILIDA el argumento; y el oficial mi vana fantasía; mas en siendo la torre levantada trazada á mi deseo, luego la veo por tierra derribada.

FILIDA mía, consuelo de mi alma, más agradable que la luz serena y muy más que la misma vida cara, ¿dónde suena tu canto de sirena? ¿Quién goza tu amistad sincera y alma? ¿Dónde se mira tu hermosa cara? ¡Oh! cuán de veras me ha costado cara la lumbre de los ojos, FILIDA, que mis ojos de espaldas ven el bien, el mal de cara, la triste vida que posseo me culpa, y ella misma me pena: sufra la pena quien causó la culpa.

FILIDA, en tanto que el sereno Apolo ciñe nuestro horizonte, y entre tanto que le da cuna el húmido Neptuno, mis ojos, no en reposo, mas en llanto, su oficio es llorar solo, y como solo á solas estas rocas importuno, excúsome que sepa ya ninguno vida tan trabajosa. FILIDA mía hermosa, si contasse mis males de uno en uno, corta sería la vida, el tiempo, el modo, corto el entendimiento, que mi tormento no se entiende todo.

FILIDA, viva ó muera, llore ó ría ó trabaje ó repose, ó duerma ó vele, ora tema, ora espere y dude y crea, ha de estar firme lo que siempre suele, firme el querer y firme la porfía del que mirarte y no otro bien desea. Escrito está en mi alma, allí se lea, tu nombre y mi deseo. FILIDA, allí te veo, mas haz que con mis ojos hoy te vea; míralos viudos, tristes y enlutados, coronados de nieblas, con las tinieblas por Amor casados.

Ya falta aliento al espíritu cansado que vencen las passiones, FILIDA, y las razones con mi seca ventura se han helado; muero, y si quieres que contento muera, doquier que estés, señora, acoge agora mi razón postrera.

Apenas Siralvo puso fin á su afligida canción, cuando, llamado de un súbito ruido, volvió los ojos al monte, y por la falda dél vido venir un ligero ciervo herido de dos saetas en el lado izquierdo, sangrientas las blancas plumas, y tan veloz en su carrera, que sólo el viento se le podía comparar, y á poco rato que entró por la espessura del bosque, por las pisadas que él había traído llegaron dos gallardas cazadoras, que con presuroso vuelo le venían siguiendo. Descalzos traían los blancos pies y desnudos los hermosos brazos; sueltos los cabellos que, como fino oro, al viento se esparcían; blanco cendal y tela de fina plata cubrían sus gentiles cuerpos, las aljabas abiertas y los arcos colgando. Pues ahora, sabed que la una destas era Florela, que juntamente con FILIDA seguía los montes de Diana, y como vido á Siralvo, casi forzada de amor y compassión le dixo: Pastor, ¿has visto por aquí un ciervo herido que poco ha baxaba de la altura deste monte? Sí he visto, respondió Siralvo lleno de turbación de ver quién se lo preguntaba. Pues guíanos, pastor, dixo la cazadora, que las saetas que lleva nuestras son y tuya será parte de los despojos. No respondió Siralvo, pero atónito y contento tomó la senda del bosque, obligándolas á correr más que solían, y después que gran rato anduvieron por la espessura, á un lado oyeron bramar el ciervo, y acercándose á él se hallaron cerca de una fuente, que al pie de un pino salía, asiendo de la hierba sobre el agua. Prestamente, Siralvo le asió por los anchos cuernos y con el puñal le cortó las piernas, con que quedó tendido al pie del árbol. Las cazadoras, contentas con la presa, pidieron á Siralvo que le quitasse los cuernos y los pusiesse en lo alto del pino en tanto que ellas se alentaban de la larga carrera. Poco tardó Siralvo en hacer esto y menos Florela en hablarle cuando á la compañera vió dormida. Siralvo mío, le dixo, ¿qué buena suerte te ha traído por donde yo te topasse? Esa, dixo Siralvo, mía sola la puedes llamar, si siendo tan buena puede ser de quien tan mala como yo la tiene. Esso me enoja, dixo Florela; viva FILIDA y contenta; tú en su gracia, ¿cómo puedes quexarte de tu suerte? Desde ahora, dixo Siralvo, mal contado me sería que sé de ti tales nuevas; pero ausente de su hermosura y ignorante de su contento, desesperado del mío, ¿cómo juzgas, Florela, que yo podría estar? Como tú dices, respondió la cazadora; pero porque á ti y á FILIDA no ofendas, te certifico dos cosas: la una, su gusto, y la otra, tu favor; mira si es razón que basten contra tus melancolías y vuelvas al tiempo de tus deleites, pues que nunca ha habido mudanza en la causa dellos, ya que en el estado la haya. ¿Esso te parece poco, dixo Siralvo, una privación continua de ver su beldad como solía? Pues sabe que aunque los ojos del ánima nunca de FILIDA se apartan, éstos que la vieron y no la ven bastantes enemigos son para aguar mis consuelos. ¿Y si yo hago, dixo Florela, que la veas? Harías conmigo, dixo Siralvo, más que el cielo, pues lo que él me niega tú me lo dabas. Pues alégrate, pastor, dixo Florela, y vete en buen hora, que me importa quedar aquí; mira qué quieres que le diga á FILIDA, que de la misma arte se lo diré. Dile, Florela, dixo el pastor, que aquella misma vida que en virtud de sus ojos se sustentaba, está ahora en su ausencia. ¿Qué más le diré? dixo Florela. Dile más, dixo Siralvo, que se fué y me dexó; y basta, que ella sabe más de lo que tú y yo le podemos decir. Lo que ves en mi cara le podrás contar, y el bien que me hubiere de hacer sea á tiempo que aproveche, porque me llama la muerte muy aprissa, y aunque ahora por ti entretendré la vida, si tardas en confirmarla no sé qué será de mí. Pierde cuidado, pastor, dixo Florela, que yo le tendré como verás; con lo cual Siralvo se partió della, y por pensar mejor en su sucesso, entró por lo más espesso del bosque, entre temor y esperanza, lleno de turbación, y sentándose en aquella soledad sombría oyó un sospiro tan tierno que le juzgó por proprio suyo. ¡Oh, sospiros míos, dixo Siralvo, si será possible que algún día lleguéis á las orejas de Filida, y vosotros, tristes ojos, veáis en los suyos vuestra lumbre verdadera! Resuma el cielo en este solo bien cuantos pensare hacerme, Aqui Siralvo quedó suspenso consigo, y á poco rato oyó otro sospiro muy más tierno, y volviendo los ojos á la parte donde había salido, por entre la espessura de sus ramas vió un bulto que no determinó si de pastor ó de pastora fuesse, y levantándose en pie, lo más quedo que pudo se fué acercando hasta llegar donde vido, el cuerpo en la tierra y en la mano la mexilla, una pastora, en tanto extremo hermosa, que si no hubiera visto la hermosura de FILIDA, aquélla estimara por la primera del mundo. Su vestidura humilde era y el apero humilde, pero su suerte tan extraordinaria, que Siralvo quedó admirado. Sus cabellos, cogidos en ellos mismos, despreciaban al sol y al oro; el color de su rostro, vestido de leche y sangre, con una ternura que representaba el alba cuando nace; sus ojos eran negros, rasgados, con las pestañas y cejas del color mismo; la boca y dientes excedían al rubí y á las finas perlas orientales. Tan nueva cosa le pareció á Siralvo, que sacó el retrato de la sin par FILIDA; mas en viéndole, arrepentido de haberle opuesto á beldad humana, le tornó á cubrir, y representándose á la pastora le dixo: Si supiesses al tiempo que me llego á ti, verías lo que has podido conmigo. De tu tiempo, dixo la pastora, poco puedo yo saber; del mío te sé decir que es el peor que nunca tuve. Si tu congoja, dixo Siralvo, es tal que un pastor con sus fuerzas pueda remediarla, dímela, gentil pastora, que assí halle yo quien por mí vuelva como tú hallarás á mí. ¿Qué te mueve, dixo la pastora, á tanta cortesía con quien no conoces? Paréceme, dixo el pastor, que es mucho lo que mereces. Mejor le diré yo, dixo la pastora, que es ser tú noble de corazón y quizá haberte visto en necessidad como me veo. Essa deseo saber, dixo Siralvo. Por ahora, dixo la pastora, no es possible; pero yo voy barruntando que tú y los demás pastores destas selvas y riberas seréis testigos deste mal y no podréis remediarle. Bien podrá ser, dixo Siralvo; pero yo ganoso estoy de servirte, y si me pruebas, hallarme has muy á punto. Soy contenta, dixo la pastora. ¿Conoces á Alfeo, un pastor nuevo de esta ribera? Sí conozco, dixo Siralvo. Pues búscale, dixo la pastora, y dile que no tengo aquí más armas de un cayado y un zurrón, y que si todavía me teme, se traya consigo á la serrana Finea que le quite el miedo. A la hora entendió Siralvo quién era, mas no quiso hacer demostración, y sin más detenerse, tomando aquello á su cargo, dió la vuelta á su cabaña, donde ya Alfeo le estaba aguardando, triste y pensativo, lleno de dolor. Siralvo, pues, aunque confuso, contento iba y animado en las palabras de Florela; mas ahora sin tratar nada de sí: pastor, le dixo, ¿qué congoja es ésta en que te hallo? La mayor, dixo Alfeo, que me pudiera venir. Sabe que Andria, en hábito de pastora, es venida á buscarme y está en el bosque del pino. ¿Cómo lo sabes, dixo Siralvo? ¿Cómo? dixo Alfeo. Como me ha enviado á llamar. También yo lo sé, dixo Siralvo, y te trayo un recado suyo, porque pasando yo por el bosque encontré con ella y preguntándole quién era no me lo quiso decir, pero rogóme que te dixesse que estaba sola, sin más armas que el cayado y el zurrón, y que si assí la temías, llevasses contigo á Finea que te quitasse el miedo. Luego conocí quién era y te vine á dar aviso. Harto hemos menester ahora, dixo Alfeo, para no errarlo; á ti te basta tu mal sin ponerte á los ajenos; yo estoy necessitado de consejo y de favor, y no sé adonde lo halle. Pastor, dixo Siralvo, no creas que mis passiones han de estorbarme el buscar remedio á las tuyas; yo quiero volver á Andria y saber della lo que quiere, y conforme á su intención podremos apercebir la nuestra para lo que mejor te estuviere. Muy bien me parece, dixo Alfeo, y quedándose en la cabaña tornó Siralvo al bosque, y por presto que llegó, halló con ella á Arsiano, que era con el que primero había topado y había enviado á llamar á Alfeo, y como volvió tan turbado de la nueva, volvió luego á la pastora á darle cuenta de lo que passaba; por parte llegó Siralvo que los dos no le vieron, y gran rato estuvo escondido oyendo sus razones. Ella le dixo que era una pastora de Jarama, que se llamaba Amarantha, y por cierta adversidad era allí venida, y Alfeo era un pastor que le estaba muy obligado, y se admiraba que en el Tajo se hubiera hecho tan descortés que no viniesse llamándole. Arsiano le decía que Alfeo no se osaba apartar de la serrana Finea, y que ninguna cosa querría ella mandar que no la hiciesse él tan bien y mejor que Alfeo. A esto la pastora replicaba que ninguna importancia al presente tenía, sino verse con Alfeo en parte donde nadie lo pudiesse juzgar; que se le truxesse allí si quería dexarla muy obligada. Arsiano parece que, pesaroso de apartarse della, tornó con aquel recado, y Siralvo que la vió sola llegó con el suyo; pero el mismo despacho tuvo que Arsiano, y assí volvió á su cabaña, donde llamaron á Finea y le dieron cuenta de lo que passaba. Su parecer, entre mil temores, fue que Alfeo se escondiesse algunos días y se echasse fama que se había ido, para que Andria también se fuesse á buscarle; y cuando Arsiano volvió certificáronle que Alfeo, en sabiendo la venida de la pastora Amarantha, se había despedido dellos y ídose no sabían adónde. Con esto volvió Arsiano á la pastora, y ella, que amaba y era mala de engañar, posponiendo el crédito al enojo, con Arsiano se vino á la ribera donde, vista su gran hermosura, no quedó pastor ni pastora que no se le ofreciesse, y ella, agradecida á todos, escogió la cabaña de Dinarda, por consejo de Arsiano, que estaba herido de su beldad, sin bastar su cordura para dissimularlo, y assí la noche siguiente, cubierto de la capa del silencio, tomó la flauta, y puesto donde Amarantha le pudiesse oir, con estos versos acompañó su instrumento:

ARSIANO

Si sabéis poco de amores, corazón, agoras veréis quién son. Esta empresa á que os pusistes, confiado en no sé qué, es la que os hará á la fe saber para qué nacistes; no os espanten nuevas tristes, corazón, pues vos les dais ocasión. Llevaréis la hermosura, que os ofende, por amparo, pues este solo reparo os promete y asegura que no os faltará ventura, corazón, aunque os falte galardón.

No tan presto Arsiano diera fin á su canción si no sintiera venir por la parte del río un gran tropel de pastores, y escondióse entre lo más espesso de los árboles; esperó lo que sería, y vido llegar al lugar mismo donde él antes estaba á Sasio con su lira, á Ergasto con la flauta y á Fronimo con el rabel, y templando los instrumentos, después de haber tañido un rato, al mismo son Liardo comenzó á cantar aquestos versos, tomando principio desta canción ajena:

LIARDO

Donde sobra el merecer, aunque se pierda la vida bien perdida no es perdida. Tal ganancia hay que desplace y tal perder que es ganar, que á todo suele bastar la forma con que se hace; de tal arte satisface nuestro valor á mi vida, que perdida no es perdida. La vanagloria de verme morir en vuestro servicio será el mayor beneficio que el vivir puede hacerme; para pagar el valerme quiero yo poner la vida, do perdida no es perdida. De lo que el Amor ha hecho no puedo llamarme á engaño, que si fué en la vida el daño, en la muerte está el provecho; si de trance tan estrecho se aparta y libra la vida, es perdida y más perdida. Ser la vida despreciada si en la muerte no se cobra, bien se conoce que es obra sobrenatural causada; á vos sola es otorgada tal potestad en la vida, si es perdida ó no es perdida.

Mal se les hace esta noche á los nuevos amantes su propósito, que si Arsiano fué impedido, á la primera canción de Liardo, Liardo lo fué de la misma suerte, porque apercibiéndose para la segunda, de la parte del soto comenzó á sonar una flauta y tamborino, y esperando quien fuesse llegó Damón, que era el que tañía, y con él Barcino y Colin, grandes apassionados de Dinarda. Poco se les dió que los demás pastores estuviessen junto á la cabaña, antes llegándose á ellos, Barcino los desafió á bailar, y Fronimo (que no era menos presumido) salió al desafío, y aunque al principio comenzaron á nombrar grandes precios en su apuesta, al cabo acordaron que se bailasse la honra. Pusieron por juez á Sasio, y aguardando que passasse una nube que les impedía la luna, apenas mostró su cara clara y redonda cuando Fronimo comenzó un admirable zapateado, que el tamborino tenía que hacer en alcanzalle: acabó con una vuelta muy alta y zapateta en el aire que fué solenizada de todos; y á la hora Barcino, que ya tenía las haldas en cinta y las mangas á los codos, entró con gentil compas bailando, y á poco rato comenzó unas zapatetas salpicadas; luego fué apresurando el son con mudanzas muchas y muy nuevas, y cuando quiso acabar tomó un boleo en el aire con mayor fuerza que maña de arte, que por caer de pies cayó de cabeza. Su dolor y el polvo y la risa de los pastores fué causa de correrse Barcino, de manera que si Sasio no le animara se alborotara la fiesta, y pidiéndole que juzgasse les dixo que sabían que el premio era la honra, y el uno la había hallado en el aire y el otro en el polvo, que pues assí era toda la del mundo, ambos quedaban muy honrados. A este tiempo ya Arsiano se había mezclado con ellos, cansando de estar escondido, y viéndose juntos Sasio y él, unas veces ellos cantando y otras Damón tañendo, passaron la mayor parte de la noche. ¿Deseó saber si Amarantha y Dinarda los oían? Sí, sin duda, porque Dinarda acostumbrada estaba á oirlos; y Amarantha, aunque triste, no por esso sería desconversable. Idos los pastores, las dos volvieron á sus consejas, que desde el principio de la noche las tenían comenzadas: su resolución fué que Amarantha se viesse con Finea y á Arsiano se le encomendasse que buscase á Alfeo donde quiera que estuviesse. Con esto (saliendo de la cabaña) vieron los más altos montes coronados del vecino sol, y oyeron las aves del día saludando la nueva mañana. Todo para Amarantha era tristeza y desconsuelo, y no sé si igual la gana de hallar á Alfeo y de ver á Finea. En fin, los dos, sin más compañía, enderezaron á su cabaña, donde la hallaron no tan alegre como otras veces pudieran; pero dissimulando lo más que pudo, las recibió con gracioso semblante. Era discreta Finea y no menos hermosa, y assí se lo pareció á Amarantha, y le dixo en viéndola: Muy hermosa eres, serrana. Al menos muy serrana, dixo Finea. La condición, dixo Amarantha, no sé yo si lo es, mas la cara de sierra. Lo uno y lo otro, dixo Finea, fué criado entre las peñas do apenas las aves hacen nidos. ¿Y quién te truxo acá? dixo Amarantha. Quien te podría llevar allá, dixo Finea. De esso me guardaré yo, dixo Amantha; pero dime, serrana, ¿dónde está Alfeo? Como es grande, dixo Finea, para traerle en la manga, no te lo sabré decir. A estar de gana, dixo Amarantha, gustara de la respuesta; pero dime, serrana, ¿sabes cómo es Alfeo fugitivo? No, dixo Finea; pero sé que la causa de serlo le podría desculpar. Essa, dixo Amarantha, yo te la diré: testigo me es el cielo que no se la dí; porque si dexé de acudir á su contento no fué por falta de voluntad, sino por más no poder: y cuando pude ya no le hallé, y agora cansada de esperarle, olvidé honra y vida, y, como ves, le vengo á buscar: pues no será razón que tú me usurpes mi contento. Yo, dixo Finea, muy poca parte soy para esso; hombre es Alfeo que sabrá dar cuenta de sí y tú mujer que acertarás á tomársela; quiérate él pagar las deudas que publicas, que yo os serviré de balde á entrambos. Por más cierto tengo, dixo Amarantha, serviros yo á los dos; pero ya que no te hallas parte para lo que he dicho, seilo siquiera para que yo le hable. Haz tú lo que yo hago, dixo Finea, cuando quiero verle, y no habrás menester rogar á nadie. ¿Qué haces? dixo Amarantha. Búscole, dixo Finea, hasta que lo hallo. Yo estimo en mucho el consejo, dixo Amarantha, y assí le pienso tomar; adiós, serrana. Adiós, pastora, dixo Finea, y quedándose en su cabaña, ellas guiaron á la de Siralvo, donde entendieron hallar á Alfeo; pero como allá llegaron, Siralvo muy cortésmente las recibió y les dió la entrada franca, para que se assegurassen de que no estaba allí. Ya en esto iba el veneno creciendo en el pecho de Amarantha, porque estaba muy fiada que en viéndola Alfeo sería lo que ella quisiesse; y como veía que este medio le iba faltando, la paciencia también le faltó, y vuelta á la cabaña con Dinarda, soltó la rienda al llanto y al dolor, sin ser parte Dinarda para su consuelo, ni la continuación de muchos caudalosos pastores que, vencidos de su beldad, de mil maneras procuraban su contento. Assí passaron algunos días sin que Alfeo saliesse donde ella le pudiesse ver; pero pareciéndole que el encerramiento iba muy largo, determinó de salir con licencia de Finea, que aunque temerosa de la hermosura de Amarantha, pudo más la confianza de su amador. Muchas veces Amarantha y Alfeo se toparon y estuvieron á razones solos y acompañados; pero siempre Finea llevo la mejor parte, y no por esso Amarantha cessaba en su porfía. ¡Oh cuántas veces se arrepintió de su mal término passado, y cuántas quisiera que se abriera la tierra y la tragara! Tal andaba Amarantha, que muchas veces se quiso dar la muerte, y tal andaba Arsiano por su amor, que á sólo ella se podía comparar: que aunque otros muchos comenzaron, ninguno con las veras que él prosiguió. Yo le vi una vez (entre otras) solo con ella en la ribera, tan desmayado y perdido que quise llegar á darle ayuda, pero cuando volvió en sí, viendo los ojos de la hermosa pastora que (en nombre de Alfeo) vertían abundantes lágrimas, sacó la flauta y al son della con gran ternura les dixo:

ARSIANO

Ojos bellos, no lloréis, si mi muerte no buscáis, pues de mi alma sacáis las lágrimas que vertéis. Esse licor que brotando, de vuestra lumbre serena, va la rosa y azucena del claro rostro bañando, ojos bellos, no penséis que es agua que derramáis, sino sangre que sacáis de esta alma que allá tenéis. Ya que el ajeno provecho me hace á mí daño tanto, al menos templad el llanto, ya que vivís en mi pecho; si no con él sacaréis las entrañas donde estáis, pues dellas mismas sacáis las lágrimas que vertéis. De aquestas gotas que veo, la más pequeña que sale, si se compara, más vale que todo vuestro deseo. Ya yo veo que tenéis pena de lo que lloráis y culpa, pues derramáis lágrimas que no debéis. Ojos llenos de alegría, entended que no es razón que otro lleve el galardón, de la fe, que es sola mía; agraviad, si vos queréis, al alma que enamoráis, mas mirad que si lloráis, alma y vida acabaréis.

Palabras eran éstas con que Amarantha se pudiera enternecer si no tuviera toda su ternura sujeta á tan diferente causa; mas ahora no hicieron en ella más que en los peñascos duros. ¡Oh, gran tirano de la humana libertad! ¿Es possible que, siendo Amor, permitas que uno muera deseando lo que otro desecha, y que sea tan flaco el hombre que no sólo se rinda, pero te dé lazos con que le ates, armas con que le hieras y veneno con que le atosigues las heridas? Rómpase el cielo y caya una ley que borre todas las tuyas; no venga escrita, que perecerá, sino de mano oculta se imprima en tu voluntad, para que con solo un ñudo ates dos corazones, y cuando se rompiere, ambos se suelten, que quedar uno riendo y otro llorando no es reliquia de amistad, sino de mortal desafío; mas, ¿cuándo podrá cumplirse este deseo? Assí te hallamos y assí te dexaremos, Amor. Bien poco ha que vimos á Alfeo morir por Andria, á Finea por Orindo, Silvia por Celio, Filardo por Filena, y á Filena y Pradelio amándose tan contentos. Pues mirad del arte que están ahora: Alfeo y Finea se aman, y Andria llora: Silvia y Filardo, amigos; Celio olvidado; Pradelio y FILENA combatidos de irreparable tempestad, donde la fe de Filena y la ventura de Pradelio, con el agua á la boca, miserablemente se van anegando. Llevó el cruel destino á la cabaña de Filena á Mireno, rico y galán pastor, en fuerte punto para Pradelio, porque enamorado della y continuando su morada, y persuadido de Lirania, deudo suyo, y de la persona y hacienda de Mireno, Pradelio iba á mal andar, y cada día peor, pero con un corazón valeroso dissimulaba su mal. Pues como llegasse el día que se celebraba la fiesta de la casta Diana, donde se habían de juntar los pastores de la ribera y las ninfas de los montes, ríos y selvas, Pradelio la noche antes, solo al pie de un roble, estaba enajenado de sí, cuando un buho puesto sobre el árbol, con su canto llenó de amargura el pecho del pastor, y queriéndose alentar cantando, los grillos no le daban lugar; y no eran grillos, que en el temblor de la voz los hubiera conocido, y si alacranes fueran, en el silbo breve lo pudiera entender, y si abejarrones, en el ruido prolongado; donde creyó Pradelio que el son estaba en sus oídos, y retirado á su cabaña, llegaron sus mastines mordidos de los lobos, y calentando sus zagales aceites para curarlos, la cabaña se comenzó á quemar. En reparar estos daños se passó la noche, aunque el principal no tenía reparo. Y ya que aparecía la hermosa mañana, más benigno el cielo, oyó Pradelio el son de dos suaves instrumentos acordados, una lira y un rabel, y atentamente escuchando, conoció ser los pastores Bruno y Turino, que á poco rato que tañeron, sobre estas dos letras ajenas comenzaron assí á cantar á su propósito:

TURINO

Sembré el Amor de mi mano, pensando haber galardón, y cogí de cada grano mil manojos de passión. Aré con el pensamiento y sembré con fe sincera semillas que no debiera, llevar la lluvia ni el viento; reguélo invierno y verano con agua del corazón, y cogí de cada grano mil manojos de passión. Era la tierra morena, que el buen fruto suele dar, y cuando quise segar halléla de abrojos llena; probéla á escardar en vano, y bajé la presunción, y cogí de cada grano mil manojos de passión. Torné de nuevo á rompella, por ver si me aprovechaba, y cuando el fruto assomaba, vino borrasca sobre ella, que quiso el Tiempo tirano que no llegasse á sazón, y cogí de cada grano mil manojos de passión. Aunque ella vaya faltando, no ha de faltar la labor, que como buen labrador, pienso morir trabajando; todo se me hace llano por tan valida intención, aunque me dé cada grano mil manojos de passión.

BRUNO

Con Amor, niño rapaz, ni burlando ni de veras os pongáis á partir peras si queréis la pascua en paz. Por verle niño pensáis que está la vitoria llana, burláis dél entre semana, mas la fiesta lo pagáis. Convertíseos ha el solaz en fatigas lastimeras. Sobre el partir de las peras perderéis sossiego y paz. Yo me vi que Amor andaba tras robarme la intención, y mirando la ocasión dél y della me burlaba; fué mi confianza el haz donde encendió sus hogueras, el fuego el partir las peras y la ceniza mi paz. Prometióme sus contentos, y al fin vencióme el cruel, y fuí perdido tras él. Cuando me daba tormentos, llamóme y fuí pertinaz á las demandas primeras, una vez partimos peras y mil me quitó la paz. Ya que estoy desengañado tan á propia costa mía, su tristeza ó su alegría no se arrime á mi cuidado; para las burlas capaz, inútil para las veras, otro le compre sus peras, que yo más quiero paz.

Tanta fué la dulzura con que los pastores dixeron sus cantares, que Pradelio suspendió un poco su tristeza, y con pesar de que tan presto acabassen, salió á ellos y con mucha cortesía, sentándose entre los dos, les pidió que tornassen á su canto, y ellos, con no menos amor, se lo otorgaron, y con otras dos letras viejas tornaron á su intención, como primero.

TURINO

¿En qué puedo ya esperar, pues á mis terribles daños no los cura el passar años ni mudanza de lugar? Para el dolor, que camina con mayor furia y poder, tiempo ó lugar suelen ser la más cierta medicina; todo ha venido á faltar, en el rigor de mis daños, porque crecen con los años sin respeto de lugar. Siendo el tiempo mi enemigo, ¿cómo querrá defenderme? ¿Qué lugar ha de valerme, si me llevo el mal conmigo? Bien puedo desesperar de remedio de mis daños, aunque gastasse mil años en mudanza de lugar. No hay tan cierta perdición como la que es natural, ni enemigo más mortal que el que está en el corazón; pues, ¿qué tiempo ha de bastar para reparar mis daños, si son propios de mis años y es el alma su lugar? No está en el lugar la pena ni tiene el tiempo la culpa; mi ventura los desculpa, y ella misma me condena; la voluntad ha de estar enterneciendo mis daños, pues aunque passen más años, serán siempre en un lugar.

BRUNO

No me alegran los placeres ni me entristece el pesar, porque se suelen mudar. Los gustos en su venida tengo por cosa passada, porque es siempre su llegada víspera de su partida, y en la gloria más cumplida menos se puede fiar, porque se suele mudar. Puede el pesar consolarme cuando viene más terrible, porque sé que es impossible no acabarse ó acabarme, y aunque más piense matarme no pienso desesperar, parque se suele mudar.

En la perseverancia del tiempo, verdad cantó Turino, que después que él amaba á Filis, el tercer planeta cuatro veces había rodeado el quinto cielo, y en la mudanza del lugar lo mismo, porque después, si os acordáis, que estos dos pastores otra vez cantaron en compañía de Elisa, Filis y Galafrón, Mendino y Castalio, á la orilla de un arroyo, Turino, con despecho y dolor se ausentó de la ribera: pero viendo que el mal no cesaba aún y el remedio se hacía más impossible, volviosse al Tajo y allí passaba su vida amargamente, siempre en compañía de Bruno, que aunque eran tan diversos en aquella opinión, en todas las demás se conformaban, y por la mayor parte los hallaban por la soledad de los campos ó los montes, huyendo Turino de cansar á Filis y temiendo Bruno hallar otra que la pareciesse, pues agora, como la mañana se declaró, Pradelio, forzado de ir á la fiesta de Diana, con agradables razones se despidió destos amigos, y confuso y lastimoso, considerando el mal que tenía entre manos, tomó el camino por una fresca arboleda de pobos y chopos y otras plantas, donde las mañanas muchos paxarillos solían, dulcemente cantando, alegrar á quien passaba; mas entonces, en señal de descontento, sin parecer ave que blanca fuesse; las verdes ramas, que de unos con otros árboles solían apaciblemente abrazarse, estaban apartadas y sin hoja, de suerte que el sol pudiera hallar entrada y con sus rayos calentar las aguas de un manso arroyo, que desde el Tajo por entre ellos corría, todo en señal de la desventura de Pradelio, el cual, assí caminando, oyó cantar á la celosa Amarantha, cuya dulzura enamoraba el cielo y parecía que con tal deleite se iba clarificando; mas ella que vió al pastor, vergonzosa y turbada, dexó colgar al cuello la zampoña con que á ratos tañía, y assí á un tiempo cessó su son y su canto; pero Pradelio, necessitando de entretener su mal de cualquier suerte, llegándose á ella, le dixo: Hermosa Amarantha, assí el cielo te haga tan venturosa como gentil y discreta, que no cesse tu comenzado canto; antes tornando á él muestres tu grande amor y la mudanza de Alfeo, porque ya todos sabían los casos destos pastores, y ella, vencida del dolor, sin guardar la ley de su respeto, como un pastor aficionado usaba de libertad en sus querellas, y assí Pradelio se atrevió á pedirle que cantasse á propósito desta historia, y ella, que no era menos cortés que enamorada, sin más ruego comenzó á tocar su zampoña, tras cuyo son suavemente dixo assí sus males:

AMARANTHA

Agua corriente serena, que desde el Castalio coro vienes descubriendo el oro de entre la menuda arena, y haces con la requesta del verde y florido atajo, parecer que está debajo una agradable floresta. Más bella y regocijada en otras aguas me vi; ya no me conozco aquí según me hallo trocada, y assí no pienso ponerme á mirar en ti mi arreo, pues cual era no me veo y cual soy no quiero verme. De mi parte estaba Amor cuando me dexó mortal, no vive más el leal de lo que quiere el traidor; vendióseme por amigo, fuéme señalando gloria y hizo de mi vitoria triunfo para mi enemigo. No quiero bien ni esperanza de quien á mi costa sé que tuvo en menos mi fe que el gusto de su mudanza; pero en tanto mal me place que se goce en mi tormento, si puede tener contento quien lo que no debe hace. Contigo hablo, alevoso Amor, que si tal no fueras, de mis ojos te escondieras de ti mismo vergonzoso; mas en daño tan sin par claro se deja entender, que el que lo pudo hacer lo sabrá dissimular. Querrás quizá condenarme, que merezco mi passión; pues sabes bien la razón, consiénteme disculparme: quise amar y ser amada, pero fortuna ordenó que la fe que me sobró me tenga ya condenada. ¿Quién juzgará las centellas, dime, Alfeo, en que vivías, viendo ya las brasas mías y á ti tan helado en ellas? Tempestad fué tu dolor, menos que en agua la sal, pues no quedó de tu mal cosa que parezca Amor. Dime qué hice contigo, ó lo que quieres que haga, pues en lugar de la paga me das tan duro castigo. Tu voluntad se me cierra cuando me ves que me allano; ¿tu corazón es serrano que assí se inclina á la sierra? No tengo celos de ti, ni tu desamor se crea que es por amar á Finea, mas por desamarme á mí; quejarme della no quiero porque tú me vengarás, que presto la dexarás si no te dexa primero. ¡Mas, ay, que un tigre sospecho que en mis entrañas se cría, que las rasga y las desvía y las arranca del pecho, y un gusano perezoso carcome mi corazón, y yo canto al triste son de su diente ponzoñoso! Y confieso que algún día me sobró la confianza, mas si no hice mudanza perdonárseme debía; muera quien quiera morir, y como lloro llorar, que en esto suele parar el demasiado reir. Sólo aquel proverbio quiero por consuelo en mi quebranto, pues en tan contino llanto le hallo tan verdadero: las abejuelas, de flor jamás tuvieron hartura, ni el ganado de verdura, ni de lágrimas Amor.

Los tiernos metros de la pastora Amarantha no sólo á Pradelio dieron contento, pero á otros muchos que le escucharon, y por no atajalla, apartados del manso arroyo por entre las plantas se iban deteniendo; al fin de los cuales llegaron á la falda de un fresco montecillo, donde el sitio de Diana comenzaba. Y en él vieron al pastor Alfeo que, en compañía de otros caminaba al templo de la diosa; aquí quedó la vencida Amarantha casi muerta, sin alzar los ojos de la tierra dixo: Mucho quisiera, pastor, acompañarte y dar á Diana los debidos loores, pero ya ves cuán mal se me ha ordenado; pues yo no puedo vivir donde Alfeo estuviere, aunque él sea mi propia vida y contento; mira si mi dolor es grave y mi ventura ligera, pues temo lo que deseo, y siendo aquella presencia la cosa que yo más amo, tantas veces la excuso cuantas puedo, como el que huyesse la luz, medroso de ser abrasado della; porque, mi buen Pradelio, cuando el amador no es desamado debe seguir contino lo que ama; pero después que conoce el adverso odio y enemiga, debe siempre excusar de dar fastidio, porque es llana cosa que entonces son las gracias grosserías, la beldad fiereza y la luz tiniebla; assí que el aborrecido por donde mas gana es buen callar y retraimiento, que nunca mejor me hallo que cuando sola llorando de mí misma me querello; por eso te ruego que, dexándome, te vas, y si á Alfeo de mi mal hablares, antes le cuentes mancillas que proezas, que aquellas creerá y á estotras dará la poca fe que siempre ha dado. Esto decía Amarantha con tantas lágrimas, que para ayudarla Pradelio, sólo bastara cualquier movimiento de su lengua, y assí, forzado desto, sin más respuesta que mirarla tiernamente, se partió della tan enemigo de nueva compañía, que dexando el camino derecho entró per una angosta senda que más de una milla se alargaba, y por ella apresurándose vino á rodear el templo que estaba en un valle escondido, no edificado de cedros ni de cipreses, pero de sólo laureles y fresca murta y no cortados; pero assí desde sus troncos, los ramos entretejidos y las hojas añudadas que por ninguna parte podía el sol entrar, salvo por la que con artificio se apartaban. En medio dél estaba la imagen de la hermosa Diana, de mármol resplandeciente; caían sus cabellos hasta la cinta, y en las blancas manos su arco y saetas con la pendiente aljaba, todo de fina plata, cristal y oro; estaba cercada de bultos de castas ninfas con las mismas armas de cazadoras: unas desnudas, sólo cubiertas con sus luengos cabellos; otras entre flores, tendidas, como fatigadas del presuroso curso, y otras vestidas de ricos paños, hinchendo de contentamiento el sacro templo, en el cual por un lado y otro había clavados muchos despojos, cabezas de jabalís, cuernos de ciervos, redes, arcos, cepos y otros instrumentos de la generosa caza; tenía dos altas puertas de maravilloso artificio abiertas, y cerrábanse con dos laureles que, puestos en dos vasos grandes de tierra cocida, y allí bastantemente cultivados, se podían quitar y poner cuando importaba. No era este templo aquel que en la provincia de Jonia estaba sobre su fiera Laguna, con ciento y veinte y siete colunas de rico mármol, parte dellas con esculturas, parte lisas como el bruñido acero, sobre las cuales todo el maderamiento era de labrado cedro y las puertas de oloroso ciprés, de anchura de doscientos y veinte pies y de longura cuatrocientos y veinte y cinco y de alto cada coluna ciento y veinte, hecho por las manos de Tesifón y Chersifón en doscientos y veinte años de trabajo. Pero creo que si el nuestro vieran las fuertes Amazonas se excusaran de hacer aquél, y el maldito Herostrato no se moviera á quemarle como el otro. Dejémosle y hablemos del presente, el cual, en el ancho pedestal de la bella Diana tenía, de menuda talla, las otras seis maravillas de la tierra.

Primero, el espantoso edificio de Babel, hecho ó verdaderamente reparado por la antigua Semíramis; en una parte del cual se veía el anchuroso campo, lleno de agradables frescuras, y de la otra parte herían las claras ondas del río Eufrates, acrecentando belleza á las puentes, alcázares, huertos y jardines que, sobre arcos, en los muros estaban edificados.

Tras esto estaba el fiero colosso ó estatua de Rhodas, que, aunque no pudo tallarse de setenta codos en alto como él era, á lo menos mostraban las facciones deste traslado claramente la grandeza de su original; y para mayor muestra muchos hombres de menor figura, puestos á sus lados, procuraban abrazar solo uno de sus dedos, pero menos podían que los vivos, en tiempo que este colosso se sostuvo en alto.

Después, entre la ciudad de Menfis y la isla del Nilo, Delta, estaba la excelsa pirámide que, comenzando en cuadro, subía su punta en increible altura de mármoles de Arabia; no tenía cada piedra como ella treinta pies, pero cercábanla con extraña viveza los trescientos y setenta mil hombres que tardaron veinte años en hacerla.

Luego el ancho y alto sepulcro que la honesta Arthemisa hizo para su caro marido, rey de Caria, que aunque no pudo dársele en circuito los cuatrocientos y seis pies, y en alto los veinte y cinco codos que él tenía, al menos diéronsele sus treinta y seis colunas de extraño artificio y riqueza, sembrando por todo él piezas de mucho valor y hermosura, y abriéndole con anchurosos arcos al Norte y al Mediodía, que era su propio asiento. Pero hacia la parte del Oriente estaba su artífice Escopas, de su propia labor maravillado, y á la del Septentrión Brias tendido como cansado de su larga y trabajosa jornada, y á la de Mediodía Timotheo con grande alegría; pero á la de Poniente Leocares como esperando la paga de su trabajo, junto á la viuda animosa que, más ocupada en su largo planto, sin respuesta la detiene, acaso por no ser la obra conforme á su voluntad acabada.

Más la provincia de Acaya en el Olimpo, entre las ciudades Elis y Pisa, y allí el simulacro ó figura de marfil de Júpiter, del artífice Fidias, de riqueza y arte incomparable y no con menos retratado.

Seguíanse otra vez los huertos pensiles de la alta Babilonia, y con ellos, frontera á las bocas del Nilo, de albíssima piedra cercada de agua, la alta y muy costosa Torre de Faros, en cuya altura se mostraban muchas y grandes lumbres dando guía á los presurosos navíos que por la ancha mar iban á tomar puerto.

No faltaba el obelisco de Semíramis, á manera de pirámide, salvo que era todo de una pieza, y en él por números señalados sus ciento y cincuenta pies en alto, y noventa y seis en circuito, como de los montes de Armenia fué sacado. Todo lo cual estaba en el último cuadro por la variedad de los que dello tratan, pero no estaba el antiguo templo de la Diosa, por no ofender al presente que con tanto cumplimiento suplía.

Acababan aquí las esculturas, las pinturas no, que sobre la una puerta estaba la ínsula Delfos, donde Latona, retraída de la fiera serpiente, se veía en el parto de la amada Diana, al fin del cual la misma hija ayudaba á la madre en el nacimiento de su hermano Apolo; el cual nacido se mostraba de tan perfetos matices, que verdaderamente se juzgara que él daba la luz al templo.

No era menos agradable el cuadro de la segunda puerta, donde la misma Diana, metida en su fresca y reservada fuente, había tornado ciervo al sin ventura Acteón, al cual sus propios lebreles rabiosamente despedazaban; y lo que más era de mirar del sutil artífice, que habiendo pintada una cabeza de perro ferocíssima se pintó temeroso junto á ella, queriendo honestamente loar la viveza de su pintura. Aquí entró Pradelio lleno de pesar, y viendo que la gente aun no era entrada, imaginó que estuviesse en la floresta, y assí se fué allá, que muy cerca estaba, donde con estudiosa y abundante mano parecía que la maestra Natura hubiesse querido señalarse. Eran las flores rojas, blancas y amarillas casi como rubís y diamantes entre el oro, y pienso que la esmeralda no llegasse á la fineza de la hierba; estaba en medio de la hermosa estancia una pura fuente de relevado cimiento, assí alrededor cercada de hierba y hoja que por ninguna parte se veía. Salía de allí un arroyo claro cercado de muchas plantas donde las varias aves seguras volando andaban de una en otra parte, sin faltar algunas que suavemente cantassen, no impidiendo al manso susurro que entre claveles y sándalos las abejuelas hacían. Halló Pradelio de la una parte de este arroyo que más ancha y llana era todos los pastores que buscaba esperando á las bellas ninfas que, nacidas en las aguas, en las selvas y en los montes, vivían en los secretos jardines y reservados lugares del sagrado templo. Y lo primero que el pastor vido fué á Mireno, que en compañía de Filena andaba cogiendo de las bellas flores. Sintió traspassar su corazón de rigurosa espina, y esforzándose cuanto pudo, se llegó á Siralvo y Filardo que estaban cerca de la fuente. Bien conocieron el dolor con que llegaba, y por no acrecentársele callaron. Y á poco rato que assí estuvieron, el gallardo Coridón, vaquero de valor y estima, rendido y ausente de la beldad de Fenisa y incitado de Sasio, comenzó á cantar al son de su lira esta sestina:

CORIDÓN

Faltó la luz de tus hermosos ojos, dulce Fenisa, á los de mi alma triste, y assí quedaron en eterna noche, sin buscar otro alivio de su pena, sino la muerte que les fuera vida; ¿mas cuándo les vendrá tan dulce día? Si aquesta cuenta rematasse un día cerrando ya mis afligidos ojos para principio de otra nueva vida, y pudiesse salir el alma triste desta prisión mortal de infernal pena, el sol saldría en medio de la noche. Razón sería tras tan larga noche, que apareciesse en el Oriente el día, que no son dinos de llevar la pena, pues que no fué la culpa de mis ojos, el yerro fué de la ventura triste, que siempre yerra á costa de mi vida. Cómo podrá passar mi enferma vida con la pesada carga de la noche, que si es consuelo del doliente triste la esperanza de ver el nuevo día, ninguna tienen mis cansados ojos que les pueda aliviar su grave pena. Dure la ausencia, dóblese la pena que á todo he de pagar con una vida, no veré los despechos de mis ojos, ni andaré tropezando por la noche, ni tendré envidia de quien goza el día, ni mancilla de mí, pues volví triste. Por cuán más venturoso tengo al triste, que le acaba la furia de su pena, que al doliente, á quien va de día en día atormentando la mezquina vida, el vivir cesse ó cesse ya la noche: ó véante ó no vean estos ojos. Que no son ojos en tu ausencia triste, son dura noche, son eterna pena, pues en la vida no gozaron día.

Apenas dio Coridón fin á su canto, cuando se oyó resonar gran número de instrumentos, albogues, flautas, liras, cítaras, y cornamusas, que con suave harmonía se iban llegando á la floresta, y mirando los pastores á aquella parte vieron entrar sesenta ninfas, veinte del río, veinte del monte y veinte de las selvas; todas venían vestidas de sus propias telas de oro y seda, pero las unas traían guirnaldas de flores en sus frentes; las otras luengos ramos levantados, y los cabellos sueltos; las otras cogidos en varios velos y redes, y las aljabas á los hombros, los brazos desnudos y los arcos en las manos; tanta fué la hermosura de las Ninfas, que los pastores admirados, no sabían apartar los ojos dellas; no viniera allí la simpar FILIDA si no fuera por reparar la vida de su amante, que ya sabía de Florela en el estado que SIRALVO estaba. Entró, pues, en la floresta tan aventajada á las demás, que no sólo á ellas, mas á la misma Diana, parecía que despreciasse. Brotó el suelo nuevas flores, el cielo mejor luz, la fuente más agua y los suaves vientos, arrogantes entre tanta beldad, desdeñándose de herir en los verdes ramos, entre las vestiduras de las ninfas, y los cabellos de sus cabezas mezclándose, hicieron graciosos y agradables juegos. Pues SIRALVO, que atentamente miraba los ojos de FILIDA, y su alma en ellos, no es possible encarecer su sentimiento, ni es poca prueba de la hermosura de las pastoras no haber parecido mal entre las ninfas. No se detuvieron mucho en la floresta, antes llamando luego á los pastores, entraron al sagrado templo, donde quince en quince hicieron cuatro corros y los tres danzando y el uno tañendo, fueron dejando sus insignias sobre el altar: las del río sus guirnaldas, las de las selvas sus ramos y las de los montes, arcos y saetas. Con esto remitieron la oración al viejo Sileno, que entre ellos iba, y con aquel aspecto grave y gentil, vuelto al de la triforme Diana, primeramente alabó su excessiva belleza, y después con humildad le pidió perdón si algunas veces violaron los montes con la misma sangre de las fieras á ella consagradas, ó si acaso cansados de la propia caza, torpemente, el curso della maldixeron, y assimismo de otros errores y culpas, en que el frágil juicio suele caer; pero después de todo le rogó los librasse de las venenosas redes de los solícitos lisonjeros y falsos halagüeños, con la fuerza de los carnales apetitos, destruidores de devoción y salud; antes prestándoles de su cumplido favor, les diesse resistencia contra todo mal, contra todo daño y contra toda malicia. Y con esto, callando él, la música tornó á sonar, y las ninfas á la orden de sus corros, en que por gran espacio se ocuparon, hasta que pareciéndoles hora del reposo, tomando por orden sus insignias, tornaron á la floresta, y mezcladas con los pastores, se fueron repartiendo por las sombras, donde no faltaron rústicas y delicadas viandas, y algunos que durmiessen, y alguno que velasse. No os he contado la ventura de Siralvo: pues sabed que al salir del templo estuvo gran rato con Florela, que de parte de FILIDA le certificó que holgaba de su vida, y de la suya le avisó que se templasse en miralla, porque nunca aparencias sirvieron sino de dañar. Con esto volvió Siralvo tan contento que en sí mismo no cabía, y mientras todos reposaban, él á la sombra de un fresno en voz baxa estuvo recitando al silencio unos versos que hizo al principio de la ausencia, cuando entre temor y esperanza andaba el sufrimiento de partida; quien gustare de oirlos, podrá llegarse al pastor, en tanto que las ninfas duermen y quien no, passe por ellos y hallarálas despiertas.

SIRALVO

¡Oh tú, descanso del cansado curso desta agra vida, á mi pesar, tan larga, oye un momento en suma su discurso! Y si mi boca más que hiel amarga no te acertare á pronunciar dulzuras, esso la culpa y esso la descarga. Presentes sean mis entrañas puras, mi limpio corazón, mi sano pecho, atlantes firmes de mis desventuras. Y tú, que con tus manos tienes hecho el grave monte que su fuerza oprime, no hagas cierto lo que yo sospecho. Ya que tan grave mal no te lastime, pues eres dél la causa, no la niegues, porque, siquiera, á padecer me anime. Amor te obliga que á razón te llegues, y aun ella quiere que su fuerza entiendas: no lo será, que con su lumbre ciegues. ¡Oh, es necesario que el rigor suspendas de los duros peñascos, do no hallan las aves nidos ni las bestias sendas! Los perversos contrarios que batallan por acabarme en desigual pelea mientras te hablo, mira cómo callan. Vieron mis ojos celestial idea de gracia y discreción, tu soberana beldad, que sola sin igual passea, Desde la parte donde la lozana aurora tierna de su luz hermosa, abre á las gentes la primer ventana, Hasta el ocaso á do la trabajosa muestra, dada del sol, en premio justo, en los brazos de Dórida reposa; Y desde aquella do el ardor injusto la habitación de su morada evita, enflaqueciendo al Etíope adusto, Hasta las fuentes donde el duro Scita mata la sed y el inclemente Arturo cuajando el mar, el curso al agua quita. Y por essa beldad misma te juro que, con ser en el mundo la primera, es la menor que tiene en ti seguro, La deleitosa y fértil primavera de juventud, el sin igual tesoro de esse rostro, do Amor teme y espera; La mansedumbre y gravedad que adoro; los cabellos que el ébano bruñido han imitado, despreciando el oro; El cristal de la frente, el encendido rosicler puro ó púrpura de Oriente, sobre los blancos lirios esparcido; Las finas perlas, el coral ardiente, con las dos celestiales esmeraldas, beldad que loor humano no consiente, Aunque de preciosíssimas guirnaldas ciñen al sol y á Amor las francas sienes, son las menores rosas de tus faldas. Essotras plantas, que en el alma tienes, que tocando en el cielo con sus ramas, nos dan por fruto incomparables bienes; Essos ricos tesoros que derramas del pecho ilustre en abundancia tanta, que á los deseos más remotos llamas; Esse juicio, que á la tierra espanta; esse donaire, que enamora el cielo; esse valor, que á todos adelanta; Essas y otras grandezas con que el suelo tienes tan rico y tan enriquecida el alma que te adora de consuelo, Dejando aparte ahora el ser nacida sobre las ilustríssimas llamada y entre las más honestas escogida; Y con ser de fortuna acompañada, porque Himeneo al gusto te ofendía, quisiste ser á Delia dedicada. Aquestos bienes, que tu alma cría, impressos en mi alma, y aun aquellos de carne y sangre, en carne y sangre mía. Llevo el yugo de Amor sobre dos cuellos, que si no fuera más que de diamante, fuera rompido á cada pa so dellos. Cuando el cuello del cuerpo va delante queda atrás el del alma, y cuando él passa, cae el del cuerpo, y no hay quien le levante. El uno quiere retirarse á casa, llamado de la sombra y del reposo; el otro al yermo, donde el sol abrasa; El cuerpo está sediento, trabajoso; el alma harta de sossiego llena, ¿quién compondrá combate tan furioso? De suerte que, derecha la melena, cuerpo y alma caminen, con templanza, por la carrera para entrambos buena. Y si hallaren muerta la esperanza, y á la fe siempre viva que la llora, juntos alaben á la confianza. ¿Mas, quién pondrá tan alta paz, señora, entre dos enemigos tan contrarios, que con lo que uno sana otro empeora? Estos combates son tan ordinarios, que los dones del alma escarnecidos me son también mortales adversarios. Los deleites del cuerpo no cumplidos, los del alma turbados con engaños y los inconvenientes tan unidos. Bien sé que el solo medio destos daños fuera apartarse deste cuerpo esta alma, poniendo fin á mis cansados años. Aquella fuera generosa y alma vida del cuerpo cuando en tierra vuelto, libre dejara al spíritu la palma. Que como es el autor del mal revuelto, y el alma está bañada en sus zozobras, la vida es furia de enemigo suelta. ¡Oh tú, que á todas las potencias sobras de bien y mal, tu pederosa mano estampe en mí la fuerza de tus obras! Que deste trance y cautiverio insano, desta tristeza, deste mal terrible, podrás dejarme libre, alegre y sano. A tí sola ha dejado Amor posible que aquesta piedra de mi gran cuidado hagas, sobre esta roca, inconmovible. Y estas navajas, con que el tierno lado abre la rueda de mis fantasías, sean rotas, y mi cuerpo desatado. Y esta águila infernal, que tantos días, me halla en este monte de sospechas, no sepa más á las entrañas mías. Y estas plantas y frutas tan ahechas á burlar por momentos al deseo, dejen mi sed y hambre satisfechas. Mil continos estorbos ya los veo, y otros más de creer dificultosos, por mi corta ventura más los creo. Ojos abiertos, pechos enconosos, tu gran beldad, mis ricas intenciones, cercadas de legiones de envidiosos. Bien imagino yo que si te pones á querer tropellar dificultades, irás segura en carros de leones. Bien tienes entendidas mis verdades, y que en mí son llanezas conocidas las que en mil otros son curiosidades. Bien sabes que quisiera tantas vidas cuantos momentos vivo por contallas, por muy ganadas, en tu Amor perdidas. Y bien sé yo que en mi rudeza hallas iugenio soberano para amarte, y sabes que te escucho aun cuando callas. Entiendes que me huyo por buscarte, y alguna vez tan sin piedad me dexas, que pierdo la esperanza de hallarte. Conoces claramente que mis quexas llevan puro dolor sin artificio, y con descuido mi cuidado aquexas. Mis ojos ven que el principal oficio que, sustentando el cuerpo, al alma honra, es, no faltar los dos de tu servicio. Y ven los tuyos, vueltos á mi honra, que el rato que sin ellos me imagino, tengo el alma y la vida por deshonra. Alguna vez creciendo el desatino, á fuerza del pestífero veneno matarme ó despeñarme determino. Acoge ¡oh mar! en tu sagrado seno esta barquilla, que á tu golfo embiste, porque se alabe de algún día sereno. Essos divinos Nortes, que escogiste, de la primera inacessible lumbre, para alegrar al navegante triste, Muéstrense en essa soberana cumbre, hincha la vela el viento favorable contra la calma desta pesadumbre. Deje el cuidado el remo incomportable, y estotras jarcias de trabajos llenas, tórnense en ejercicio saludable. Cántenme tus dulcíssimas sirenas, que vencida del sueño mi barquilla, y á voluntad la sangre de mis venas, Si tu Neptuno á mi favor se humilla aumentarás tus obras y mi suerte, librando en tan heroica maravilla á quien te ofrece el alma de la muerte.

Aunque SIRALVO en sus versos iba mezclando tristeza, su corazón contento estaba; pero como pocas veces hallaremos un alegre sin un triste, Pradelio, que menos dormía, le fué buscando entre todos y le dió cuenta de la poca que ya Filena tenía con él, antes le era tan contraria, que á sus mismos ojos no se hartaba de favorecer á Mireno, y hablándole él, no le había respondido. Esto decía con tanto dolor y enojo, que casi quería reventar, y mientras SIRALVO procuraba consolarse, ya los pastores y Ninfas, viendo passada la hora ardiente de la siesta, iban buscando la clara fuente y el manso arroyo. A una parte del agua llegaron las tres más hermosas del gremio de Diana: era la una FILIDA, diosa en los montes; la otra Filis, deesa en las selvas; la otra Clori, Ninfa en el río; con ellas estaban Silvia y Filardo y Filena y Mireno, entreteniéndose en dulces pláticas y suaves canciones; también llegaron Siralvo y Pradelio, uno de placer y otro de pesar incitados, y no faltaron los dos caudalosos y apuestos rabadanes Cardenio y Mendino. Gran cosa se había juntado si Pradelio no llegara: porque de once, solo él dejaba de estar contento; y mirando la sin par FILIDA la agradable compañía, escogió al triste para que cantasse; mas viendo SIRALVO que no estaba para cantares, le disculpó con FILIDA, y rogó á Filardo que lo hiciesse; el cual, los ojos en la graciosa Silvia, tocó la lira, y comenzó á cantar assí al son della:

FILARDO

Tus ojos, tus cabellos, tu belleza, soles son, lazos de oro, gloria mía, que ofuscan, atan, visten de alegría, el alma, el cuello, la mayor tristeza. Fuego, no siente el alma tu aspereza; yugo, no teme el cuello tu porfía; que bastante reparo y osadía concede Amor en tanta gentileza. Rabia, que por mis venas te derramas; oro, que á servidumbre me condenas; beldad, por quien la vida se assegura, Pues soy un nuevo Fénix en las llamas, y hallo libertad en las cadenas, amo y bendigo tanta hermosura.

En extremo contentó á todos el soneto de Filardo, pero más á Silvia y menos á Mireno, que invidioso de verla tan loada, sin que nadie le rogasse, sacó el rabel y vuelto á Filena, presumió de igualarla deste modo:

MIRENO

Sale la Aurora, de su luz vertiendo las mismas perlas que el Oriente cría; vase llenando el cielo de alegría, vase la tierra de beldad vistiendo. Las claras fuentes y los ríos corriendo, las plantas esmaltándose á porfía, las avecillas saludando el día, con harmonía la nueva luz hiriendo. Y esta Aurora gentil, y este adornado mundo de los tesoros ricos, caros, que el cielo ofrece, con que al hombre admira, Es miseria y tristeza, comparado á la belleza de tus ojos claros, cuando los alzas á mirar sin ira.

Ya le pareció á Pradelio que perdía de su punto si á vuelta de aquellos sentimientos dulces no sonaba el amargo suyo, y pidiendo á SIRALVO que tocasse la zampoña, los ojos y el color mudado, la acompañó diciendo:

PRADELIO

Mientras la lumbre de tus claros ojos estuvo en el Oriente de mi gloria, entendimiento, voluntad, memoria ofrecieron al alma mil despojos. Mas después que, siguiendo tus antojos, á gente extraña fue su luz notoria, es mi rico tesoro pobre escoria, mis blandos gustos ásperos enojos. Vuelva ya el rayo á su lugar usado; pero no vuelva, que una vez partido, no puede ser que no haya sido ajeno. Mas ¡ay! sol de mi alma deseado, vuelve á mis ojos, que una vez venido, mi turbio día tornarás sereno.

A este soneto hizo Filena tan mal semblante, que Pradelio se arrepintió de haber cantado y aun de ser nacido; pero las Ninfas, que con gran gusto oían sus contiendas, pidieron que cantassen las pastoras. Ellas respondieron que aun faltaban pastores por cantar, y en haciéndolo ellos, ellas lo harían. Agradó á Clori la respuesta y tomando á Filena la lira, la dió á MENDINO, el cual, los ojos en Filis, dixo, sin más excusa:

MENDINO

Ponen, Filis, en cuestión mi corazón y mis ojos, cuál goza de más despojos, los ojos ó el corazón. Los ojos dicen que os vieron, y de vuestro grado os ven, y que del presente bien la primera causa fueron, prueba en la misma razón el corazón á los ojos; ¿que gozarán más despojos los ojos ó el corazón? Poco importa más testigo, dicen los ojos que á ti; dice el corazón, ni á mí, de lo que tengo conmigo; no les niega su razón, el corazón á los ojos, no le nieguen sus despojos los ojos al corazón. Su contienda es por demás, pues todos llevan vitoria, estando llenos de gloria, sin que á nadie quepa más; mas viva la presunción del corazón y los ojos, por ser de quien son despojos los ojos y el corazón. Son estos competidores flacos, aunque liberales, que en efeto son mortales y hanlo de ser sus favores; si pone el alma el bastón entre corazón y ojos, verán eternos despojos los ojos y el corazón.

Contenta quedó Filis de la canción de Mendino, de manera que no lo pudo dissimular, y por pagar á Clori en su moneda, tomó la lira y diósela á Cardenio, el cual, aunque menos músico que enamorado, assí enmendó lo uno con lo otro:

CARDENIO

Por mirar vuestros cabellos quitóse la venda Amor, y estúvierale mejor dar otro ñudo y no vellos. Quítesela no entendiendo lo que le podía venir, valiérale más vivir deseando que muriendo, pues fué de los lazos bellos atado con tal rigor, que se le tornó dolor toda la gloria de vellos. Entenderá desta suerte que fué grande devaneo dar armas á su deseo con que le diesse la muerte. Voluntad de conocellos fuera su pena mayor, mirad si será peor perder la vida por ellos. Hizo sus ojos testigos de tan alto merecer, y dió su mismo poder vitoria á sus enemigos; que si con estos cabellos quitó mil vidas Amor, vengáranse en su dolor los que padecen por vellos. Quiso ver con qué prendía y sus redes le prendieron, y á herirle se volvieron las flechas con que hería. Quedar cautivo de aquellos cabellos fué gran honor, pero fuérale mejor olvidallos y no vellos.

Cuando Cardenio acabó su canción, ya SIRALVO tenía la zampoña en la mano, y mientras las Ninfas alabaron el passado canto, leyó él en los ojos de FILIDA el presente:

SIRALVO

FILIDA, tus ojos bellos el que se atreve á mirallos, muy más fácil que alaballos le será morir por ellos. Ante ellos calla el primor, ríndese la fortaleza, porque mata su belleza y ciega su resplandor. Son ojos verdes, rasgados, en el revolver suaves, apacibles sobre graves, mañosos y descuidados. Con ira ó con mansedumbre, de suerte alegran el suelo, que fijados en el cielo no diera el sol tanta lumbre. Amor, que suele ocupar todo cuanto el mundo encierra, señoreando la tierra, tiranizando la mar, para llevar más despojos, sin tener contradición, hizo su casa y prisión en essos hermosos ojos. Allí canta y dice: Yo ciego fui, que no lo niego, pero venturoso ciego, que tales ojos halló, que aunque es vuestra la vitoria en dárosla fui tan diestro, que siendo cautivo vuestro sois mis ojos y mi gloria. El tiempo que me juzgaban por ciego, quíselo ser, porque no era razón ver si estos ojos me faltaban; será ahora con hallaros, esta ley establecida: que lo pague con la vida quien se atreviere á miraros. Y con esto, placentero dice á su madre mil chistes: el arquillo que me distes tomáosle, que no le quiero; pues triunfo siendo rendido de aquestas dos cejas bellas, haré yo dos arcos dellas que al vuestro dejen corrido. Estas saetas que veis, la de plomo y la dorada, como herencia renunciada, buscad á quien se las deis, porque yo de aqui adelante podré con estas pestañas, atravessar las entrañas á mil pechos de diamante. Hielo que dexa temblando, fuego que la nieve enciende, gracia que cautiva y prende, ira que mata rabiando; con otros mil señoríos y poderes que alcanzáis vosotros me los prestáis, dulcíssimos ojos míos. Cuando de aquestos blasones el niño Amor presumía, cielo y tierra parecía que aprobaban sus razones, y él dos mil juegos haciendo entre las luces serenas, de su pecho, á manos llenas, amores iba lloviendo. Yo que supe aventurarme á vellos y á conocer no todo su merecer mas lo que basta á matarme, tengo por muy llano ahora lo que en la tierra se suena, que no hay Amor ni hay cadena, mas hay tus ojos, señora.

No cesara con esto el cantar de los pastores, porque Silva y Filena también cantaran, si las Ninfas no oyeran señal en el templo que las forzaba á ir allá y assí, con gran amor despedidas de los pastores, por no serles permitido ir esta vez con ellas, por el mismo orden que primero, volvieron á visitar á la casta Diana, y los pastores y pastoras, que eran muchos y en diferentes ejercicios repartidos, dejando la floresta, unos con placer y otros con pesar tomaron el camino de sus ganados. Cardenio, MENDINO y su mayoral SIRALVO, tales iban como aquellos que se apartaban de su propia vida y contento. Filardo, Alfeo y Mireno, éstos sí que llevaban consigo todo su bien y descanso, pero el más contento de todos era Sasio, que supo allí que Silvera era venida al Tajo; y el más triste de los tristes Pradelio, que á rienda suelta Filena no sólo le negaba sus favores, pero, olvidada de la estimación que le debía, le iba escarneciendo. Tal llegó Pradelio á la ribera, que sus enemigos se pudieran lastimar, y viendo que la causa estaba tan lejos de hacerlo, determinó partirse y dejarse el ganado perdido, como él lo iba, y aquella misma noche, sin dar parte á amigos ni parientes, solo, sin guía, dexó los campos del Tajo con intención de pasar á las islas de Occidente, donde tarde ó nunca se pudiesse saber de sus sucessos, y para testigo de su apartamiento, llegando á la cabaña de Filena, en la corteza de un álamo que junto á ella estaba, dexó escrita esta piadosa despedida:

PRADELIO

Ya que de tu presencia, cruel y hermossísima pastora, parto por tu sentencia, la desdichada hora que con tanta razón el alma llora; Queriendo ya partirme de cuanto me solía dar contento, habré de despedirme, dando, en tanto tormento, mis esperanzas y mi lengua al viento. Adiós, ribera verde, do muestra el cielo eterna primavera; que el que se va y te pierde, su partida tuviera por muy mejor si de la vida fuera. Adiós, serenas fuentes, donde me vi tan rico de despojos, que si quedáis ausentes, presentes mis enojos me dan otras dos fuentes de mis ojos. Adiós, hermosas plantas, adonde dejo el rostro soberano, con excelencias tantas, que todo el siglo humano celebrará las obras de mi mano. Adiós, aguas del Tajo y Ninfas dél, que en el albergue usado sentiréis mi trabajo, pues el cantar passado en tristeza y en llanto se ha trocado. Adiós, laurel y hiedra, que fregando uno en otro os encendía. Adiós, acero y piedra, de do también salía el fuego que ya va en el alma mía. Adiós, ganado mío, que ya fui por tu nombre conocido, mas ya por desvarío del hado endurecido tu nombre pierdo, pues que voy perdido. Adiós, bastón de acebo, que conducir solías mis ganados, pues los que agora llevo de penas y cuidados, de Fortuna y Amor serán guardados. Adiós, mastines fieros, bastantes á vencer con vuestras mañas los lobos carniceros, antes que yo las sañas de aquella que se ceba en mis entrañas. Adiós, espejo escaso, donde sólo se ve lo pobre y viejo, pues fuera duro caso mirarse el sobrecejo, faltando al alma su más claro espejo. Adiós, cabaña triste, que en el tiempo passado más copiosa de gozo y gloria fuiste; ya, sola y enfadosa, sierpes te habitarán, que no otra cosa. Adiós, horas passadas; testigo es aquel tiempo de vitoria, que si debilitadas perdistes ya mi gloria, no os perderá por esso mi memoria. Adiós, aves del cielo, que no puedo imitar vuestra costumbre. Adiós, el Dios de Delo, que tu sagrada lumbre fuera de aquí no quiero que me alumbre. Adiós, adiós, pastores, adiós, nobleza de la pastoría, que sin otros dolores turbará mi alegría dejar vuestra agradable compañía. Adiós, luz de mi vida, Filena ingrata; en tan mortal quebranto cesse mi despedida, porque el dolor es tanto que se impide la lengua con el llanto.

SEXTA PARTE DEL PASTOR DE FILIDA

Possible cosa será que mientras yo canto las amorosas églogas que sobre las aguas del Tajo resonaron, algún curioso me pregunte: Entre estos amores y desdenes, lágrimas y canciones, ¿cómo por montes y prados tan poco balan cabras, ladran perros, aullan lobos? ¿dónde pacen las ovejas? ¿á qué hora se ordeñan? ¿quién les unta la roña? ¿cómo se regalan las paridas? Y finalmente todas las importancias del ganado. A esso digo que como todos se incluyen en el nombre pastoral, los rabadanes tenían mayorales, los mayorales pastores y los pastores zagales, que bastantemente los descuidaban. El segundo objeto podrá ser el lenguaje de mis versos. También darán mis pastores mi disculpa con que todos ellos saben que el ánimo del amado mejor se mueve con los conceptos del amador que con el viento las hojas de los árboles. La tercera duda podrá ser si es lícito donde también parecen los amores escritos en los troncos de las plantas, que también haya cartas y papeles: cosa tan desusada entre los silvestres pastores. Aquí respondo que el viejo Sileno merece el premio ó la pena, que como vido el trabajo con que se escribía en las cortezas, invidioso de las ciudades hizo molino en el Tajo donde convirtió el lienzo en delgado papel, y de las pieles del ganado hizo el raso pergamino, y con las agallas del roble y goma del ciruelo y la carcoma del pino hizo la tinta, y cortó las plumas de las aves: cosa á que los más pastores fácilmente se inclinaron. Desta arte podría ser que respondiese á cuanto se me culpasse; mas ya que yo no lo hago, no faltará en la necessidad algún discreto y benigno que vuelva por el ausente. Confiado en lo cual prosigo que la ausencia de Pradelio se sintió generalmente en el Tajo, porque era bueno el pastor para las veras y las burlas; bastante para amigo y enemigo, hombre de verdad y virtud y de nunca vista confianza; pero sobre todos lo sintió SIRALVO, que en muchas cosas le tenía probado. Lloraron sus nobles padres Vilorio y Pradelia; cubrieron sus cabellos de oro las dos hermosas hermanas ARMIA y VIANA, y la misma Filena, causa de la partida, bañó sus ojos en llanto en presencia del nuevo amor Mireno. Tal fuerza tiene la razón, que el que la niega con la boca con el alma la confiesa. Guíe el cielo á Pradelio, que donde quiera que vaya amigos hallará y patria quizás más favorable que la suya; y vueltos á los que quedan, sabed que los dos caudalosos rabadanes Mendino y Cardenio y el pastor Siralvo quedaron desta siesta de Diana tan desaficionados de los campos, tan enemigos de sus chozas y tan sin gusto de sus rebaños, que á pocos días ordenaron desampararlo todo y buscar sólo su contento; y entrando en acuerdo sobre el orden que tendrían, á Cardenio le pareció que en el bosque del Pino hacia la falda del monte se edificasse un albergue ancho y cubierto de rama, donde, apartados del concurso de la ribera, pudiessen expender las horas á su gusto. No le pareció á Mendino que el lugar era seguro para esto, antes sería fácilmente barruntado su propósito, por ser aquella parte visitada muchas veces de las Ninfas; á lo cual dixo Siralvo desta suerte: Yendo por el cerrado valle de los fresnos hacia las fuentes del Obrego como dos millas de allí, acabado el valle entre dos antiguos allozares, mana una fuente abundantíssima, y á poco trecho se deja bajar por la aspereza de unos riscos de caída extraña, donde por tortuosas sendas fácilmente puede irse tras el agua, la cual en el camino va cogiendo otras cuarenta fuentes perenales que juntas con extraño ruido van por entre aquellas peñas quebrantándose, y llegando á topar el otro risco soberbias le pretenden contrastar; mas viéndose detenidas, llenas de blanca espuma, tuercen por aquella hondura cavernosa como á buscar el centro de la tierra; á pocos pasos en lo más estrecho está una puente natural por donde las aguas passando, casi corridas de verse assí oprimir, hacen doblado estruendo, y al fin de la puente hay una angosta senda que, dando vuelta á la parte del risco, en aquella soledad descubre al Mediodía un verde pradecillo de muchas fuentes pero de pocas plantas, y entre ellas de viva piedra cavada está la cueva del Mago Erión, albergue ancho y obrado con suma curiosidad. Este es el solo lugar que os conviene, porque el secreto dél es grande y el apartamiento no es mucho. ¿Qué podréis allá pedir que no halléis? Todo está lleno de caza y de frescura, y aunque es visitado continuamente de las bellas Ninfas, no es lugar común á todos como el bosque del Pino, pues la compañía de Erión seros ha muy agradable. Éste sabe en los cielos desde la más mínima estrella hasta el mayor planeta su movimiento y virtud; en los aires sus calidades y en las aves dél y alimañas de la tierra lo mismo; en la mar tiene fuerza de enfrenar sus olas y levantar tempestades hasta poner sobre las aguas las arenas: la división de las almas irracionales y la virtud de la inmortal con profundíssimo saber. Pues llegando á los abismos las tres Furias á su canto, Alecto tiembla, Tesifón gime y Megera se humilla; Plutón le obedece y los dañados salen á la menor de sus voces. Pues de las penas de amor, sin hierba ni piedra, con sólo su canto hace que ame el amado ó aborrezca el aborrecido; y si le viene la gana vuelto en lobo se va á los montes, y hecho águila á los aires, tornado pez entra por las aguas, y convertido en árbol se aparece en los desiertos; no tiene Dios desde las aguas del cielo á las ínfimas del olvido cosa que no conozca por nombre y naturaleza; no es de condición áspera ni de trato oculto; allí recibe á quien le busca y remedia á quien le halla. Aquí podemos irnos que en probarlo se pierde poco, y yo sé que el ser bien recebidos está cierto. Cardenio, como de la ribera había estado tanto tiempo ausente, quedó admirado del gran saber del nuevo Erión; pero Mendino, que dél y de su estancia tenía mucha noticia, aunque pudiera desde el Mago Sincero estar escarmentado, fácilmente dando crédito á sus loores, determinó que le buscassen el siguiente día por poner aquél en cobro lo que les importaba dexar, que fué fácilmente hecho, y recogiéndose á las cabañas de Mendino, pusieron orden en la cena, que fué de mucho gusto, y al fin della no faltó quien se le acrecentasse, porque vinieron Batto y Silvano, pastores conocidíssimos, ambos mozos y ambos de grande habilidad, á buscar juez á ciertas dudas que Batto sentía de versos de Silvano; y el juicio de SIRALVO fué que si todos los poetas fuessen calumniados, pocos escaparían de algún objeto; y colérico Silvano, en un momento puso mil á Batto, y de razón en razón se desafiaron á cantar en presencia de aquellos pastores, pero pareciéndoles la noche blanda y el aire suave, se salieron juntos á tomarle y oirlos á la fresca fuente: donde sentados sacaron la lira y el rabel, á cuyo son assí cantó Silvano y assí fué Batto respondiendo:

SILVANO

Dime que Dios te dé para un pellico, ¿por qué traes tan mal vestido, Batto, presumiendo tu padre de tan rico?

BATTO

Porque el pastor de mi nobleza y trato no ha menester buscarlo en el apero, que una cosa es el hombre y otra el hato. Mas dime, esse capote dominguero ¿quién te le dió? ¿Quizá porque cantasses en tanto que comía el compañero?

SILVANO

Si á quien yo le canté tú le bailasses, yo sé, por más que de rico te alabes, si te diesse otro á ti, que le tomasses. Mas ¿por qué culpas tales y tan graves de Lisio traes sus RIMAS desmandadas, de lengua en lengua que ninguna sabes?

BATTO

Calla y sabrás: ¿no ves cuán aprobadas del mundo son las mías y la alteza de mis LÍRICAS ODAS imitadas? Tú tienes por tesoro tu pobreza, y si lo es, está tan escondido que para descubrirle no hay destreza.

SILVANO

Pastor liviano, ¿qué libro has leído que de ti pueda nadie hacer caso, si no estuviesse fuera de sentido? El franco Apolo fué contigo escaso, y por hacerte de sus paniaguados, no te echarán á palos del Parnasso.

BATTO

Desso darán mis versos levantados el testimonio y de mi poesía sin ser como los tuyos acabados. En diciendo fineza y hidalguía, regalo, gusto y entretenimiento, diosa, bizarro trato y gallardía.

SILVANO

¡Oh, qué donoso desvanecimiento! Dessos vocablos uso, Batto mío, porque son tiernos y me dan contento, Pero las partes por do yo los guío, son tan diversas todas y tan buenas, que ellas lo dicen, que yo no porfío.

BATTO

¿Sabes lo que nos dicen? Que van llenas de muy bajas razones su camino, y si algunas se escapan son ajenas, Y no hurtáis, SILVANO, del latino, del griego ó del francés ó del romano, sino de mí y del otro su vecino.

SILVANO

Si tu trompa tomassen en la mano, que la de Lisio apenas lo hiciste, ¿qué son harías, cabrerizo hermano? Para vaciarla el sueño no perdiste, para cambiarla sí, que no hallaste otro tanto metal como fundiste.

BATTO

¡Basta! que tú en la tuya granjeaste de crédito y honor ancho tesoro; mas dime si en mis RIMAS encontraste La copla ajena entera sin decoro, ó espuelas barnizadas de gineta, con jaez carmesí y estribos de oro.

SILVANO

Descubriréte á la primera treta tu lengua sin artículos, defeto digno de castigar por nueva seta. Tu nombre es PIEDRA TOQUE y en efeto, usando descubrir otros metales, el miserable tuyo te es secreto.

BATTO

¡Oh tú, que con irónicas señales, cansas los sabios, frunces los misérrimos, viviendo por pensión de los mortales!

SIRALVO

Pastores, dos poetas celebérrimos no han de tratarse assí, que es caso ilícito motejarse en lenguajes tan acérrimos. Ni á vosotros, amigos, os es lícito, ni á mi sufrirlo, y es razón legítima, que ande el juez en esto más solícito. La honra al bueno es cordial epítima, y los nobles conócense en la plática, dándose el uno por el otro en vítima. Aquí, donde la hierba es aromática, con el sonido de la fuente harmónica, al claro rayo de la luz scenática, Suene SILVANO, nuestra lira jónica, Batto rosponda el rabelejo dórico y duerma el JOVIO con su dota CRÓNICA. Cada cual es poeta y es histórico, y cada cual es cómico y es trágico, y aun cada cual gramático y retórico. Pero dexado, en un cantar selvático, si aquí resuena Lúcida y Tirrena, más mueve un tierno son que un canto mágico.

SILVANO

En hora buena, pero con tal pato si pierde BATTO, que esté llano y cierto, que por concierto deste desafío, ha de ser mío su rabel de pino; y si benino Apolo se le allana, y en él se humana para que me gane, que yo me allane y sin desdén ó ira le dé mi lira de ciprés y sándalos.

BATTO

No hagas más escándalos, satírico, ni presumas de lírico y bucólico; con algún melancólico lunático te precias tú de plático en poética; que esté su lira ética y él ético, que mi rabel poético odorífero no entrará en tan pestífero catálogo ni en tal falso diálogo ni cántico.

SIRALVO

Si estilo nigromántico bastasse á poder sossegar vuestra contienda, tened por cierto que lo procurasse, O callad ambos ó tened la rienda, ó poned premios ó cantad sin ellos, pero ninguno en su cantar se ofenda.

SILVANO

Dos chivos tengo, y huelgo de ponellos, para abreviar en el presente caso, contento de ganallos ó perdellos.

BATTO

Pues yo tengo, SIRALVO, un rico vaso que á mi opinión es de ponerse dino con las riquezas del soberbio Crasso. El pie de haya, el tapador de pino, de cedro el cuerpo y de manera el arte, que excede el precio del metal más fino. Dédalo le labró parte por parte, tallando en él del uno al otro polo, cuanto el cielo y el sol mira y reparte. Y cuando en tanta hermosura violo, fuese por Delfos, y passando á Anfriso, dióle al santo pastor el rubio Apolo. Y cuando al carro trasponerse quiso el retor de la luz, dejó el ganado y aqueste vaso con mayor aviso, Á las Ninfas del Tajo encomendado; y ellas después le dieron á SILVANA, de quien mi padre fué pastor preciado. Ella á él y él á mí; mas si me gana SILVANO, ahora quiero que le lleve.

SIRALVO

Y yo juzgaros con entera gana. BATTO á pagar y á no reñir se atreve, y tú, SILVANO mío, bien te acuerdas que has prometido lo que aquí se debe. Pues fregad la resina por las cerdas, muestren las claras voces su dulzura al dulce son de las templadas cuerdas. Sentémonos ahora en la verdura; cantad ahora que se va colmando de flor el prado, el soto de frescura. Ahora están los árboles mostrando, como de nuevo, un año fertilíssimo, los ganados y gentes alegrando. Ahora viene el ancho río puríssimo, no le turban las nieves, que el lozano salce se ve en su seno profundíssimo. Descubrid vuestro ingenio mano á mano, cada cual cante con estilo nuevo, comience BATTO, seguirá SILVANO, diréis á veces, gozaráse Febo.

BATTO

¡Oh, rico cielo, cuya eterna orden es claro ejemplo del poder divino, haz que mis versos y tu honor concorden!

SILVANO

Para que deste premio sea yo dino en mis enamorados pensamientos, muéstrame, Amor, la luz de tu camino.

BATTO

Lleven los frescos y suaves vientos mis dulces versos á la cuarta esfera, pues ama el mismo Apolo mis acentos.

SILVANO

Dichoso yo si Lúcida estuviera tras estos verdes ramos escuchando, y oyéndose nombrar me respondiera.

BATTO

Pues no me canso de vivir penando, la que me está matando, debría templar un poco de mi pena. Ablándate, dulcíssima Tirrena, que siendo en todo buena, no es justo que te falte el ser piadosa.

SILVANO

Pues cuando te me muestras amorosa, Lúcida mía hermosa, muy humilde te soy, seime benina. Regala, diosa, esta ánima mezquina, que mi fineza es dina de que tu gallardía me entretenga.

BATTO

Si quiere Amor que mi vivir sostenga, de Tirrena me venga el remedio, que es malo de otra parte. Mira que de mi pecho no se parte, Tirrena, por amarte, un Etna fiero, un Mongibelo ardiente.

SILVANO

Si yo dijesse la que mi alma siente, cuando me hallo ausente, de tu grande beldad, Lúcida mía, Etnas y Mongibelos helaría, porque su llama es fría, con la que abrasa el pecho de SILVANO.

BATTO

Cuando en mi corazón metió la mano, sin dejarme entendello, robóme Amor la libertad con ella, dejando en lugar della el duro yugo que me oprime el cuello.

SILVANO

El duro yugo que me oprime el cuello, por blando le he tenido llevado del dulzor de mi deseo, por quien de Amor me veo menos pagado y más agradecido.

BATTO

Menos pagado y más agradecido, Amor quiere que muera, quiéralo él, que yo también lo quiero, y veráse, si muero, cuánto mi fe, pastora, es verdadera.

SILVANO

Cuánto mi fe, pastora, es verdadera es falsa mi esperanza, porque mejor entrambas me deshagan, y aunque ellas no la hagan, nunca mi corazón hará mudanza.

BATTO

Tirrena mía, más blanca que azucena, más colorada que purpúrea rosa, más dura y más helada que blanca y colorada; si no te precias de aliviar mi pena, hazlo al menos de ser tan poderosa, que queriendo tus ojos acabarme, con ellos mismos puedas remediarme.

SILVANO

Lúcida mía, en cuya hermosura están juntas la vida con la muerte, el miedo y la esperanza, tempestad y bonanza, sin duda á aquél que de tu Amor no cura darás vida, esperanza y buena suerte, pues por amarte, Lúcida, me han dado la muerte el miedo y el adverso hado.

BATTO

¿Di, quién, recién nacido de un animal doméstico preciado, del todo está crecido, de padre sensitivo fué engendrado, mas nació sin sentido y en esto su natura ha confirmado; después, materna cura, muda su sér, su nombre y su figura?

SILVANO

Di tu, ¿quién en dulzura nace, y en siendo della dividida, la llega su ventura á otra cosa, que teniendo vida muere ella y si procura vivir, queda la otra apetecida, haciendo su concierto, del muerto vivo y del vivo muerto?

BATTO

El canto se ha passado querellándonos, de aquellas inhumanas que, ofendiéndonos, quedan sin culpa con el mal pagándonos.

SILVANO

Al principio pensé que, defendiéndonos, tan solos nuestros premios procuráramos, menos desseo y más passión venciéndonos.

SIRALVO

Pastores, mucho más os escucháramos, aunque en razones no sabré mostrároslo, porque de oiros nunca nos cansáramos. Ponerme yo en mis RIMAS á loároslo, por más que lo procure desvelándome, no será más possible que premiároslo.

BATTO

Pues yo, SIRALVO, pienso, que premiándome, saldrás de aquessa deuda conociéndote, y en tu saber y mi razón fiándome.

SILVANO

Yo no pienso cansarte persuadiéndote á lo que tú, SIRALVO mío, obligástete, y la justicia clara está pidiéndote.

SIRALVO

BATTO, de tal manera señalástete, de suerte tus cantares compusístelos, que de tu mano con tu loor premiástete. Y tú, SILVANO, tanto enriquecístelos tus conceptos de amor, que deste premio como de cosa humilde desviástelos. Por esto sin gastar largo proemio, firmen las nueve musas mi sentencia, pues sois entrambos de su ilustre gremio. Iguales sois en música y en ciencia, iguales sois en arte, en voz, en gracia, assí yo os imitara en elocuencia, como en cantar vosotros al de Thracia.

Bien confiado estaba cada cual destos pastores en su vitoria, porque á la verdad les cupo mucho al repartir de la arrogancia, pero el punto de honrados, que lo eran en extremo, venció en ellos, y pasaron afablemente por la sentencia de Siralvo, la cual aprobaron Mendino y Cardenio, y juntos se retiraron á las cabañas, porque el aire comenzó á correr menos fresco y en el cielo parecieron unas nubecillas, que cubrían la claridad de la Luna, entre relámpagos, aunque pequeños, muy espesos, y ya con desapacibilidad estaban en descubierto; no pareció, después de recogidos, que Batto y Silvano quedasen cansados, porque nueva, aunque amigablemente, sacaron contiendas, muy dignas de su habilidad, recitando versos propios y ajenos: Batto loando el italiano, Silvano el español, y cuando Batto decía un soneto lleno de musas, Silvano una glossa llena de amores, y no quitándole su virtud al hendecasílabo, todos allí se inclinaron al castellano, porque puesto caso que la autoridad de un soneto es grande y digno de toda la estimación que le puede dar el más apassionado, el artificio y gracia de una COPLA, hecha de igual ingenio, los mismos Toscanos la alaban sumamente y no se entiende, que les falta gravedad á nuestras RIMAS, si la tiene el que las hace, porque siempre, ó por la mayor parte, las coplas se parecen á su dueño. Y allí dixo Mendino algunas de su quinto abuelo, el gran pastor de Santillana, que pudieran frisar con las de Titiro y Sincero. ¿Y quién duda, dixo SIRALVO, que lo uno ó lo otro pueda ser malo ó bueno? Yo sé decir, que igualmente me tienen inclinado; pero conozco que á nuestra lengua le está mejor el propio, aliende de que las leyes del ajeno las veo muy mal guardadas, cuando suena el agudo que atormenta como instrumento destemplado; cuando se reiteran los consonantes, que es como dar otavas en las músicas; la ortografía, el remate de las canciones, pocos son los que lo guardan, pues un soneto que entra en mil epítetos y sale sin conceto ninguno, y tiénese por esencia que sea escuro y toque fábula, y andarse ha un poeta desvanecido para hurtar un amanecimiento ó traspuesta del Sol del latino ó del griego, que aunque el imitar es bueno, el hurtar nadie lo apruebe, que en fin cuesta poco; pues que tras un vocablo exquisito ó nuevo, al gusto de decirle, le encajarán donde nunca venga, y de aquí viene que muchos buenos modos de decir, por tiempo se dejan de los discretos, estragados de los necios hasta desterrallos con enfado de su prolija repetición. Hora yo quiero deciros un soneto mío á propósito de que he de seguir siempre la llaneza, que aunque alguna vez me salgo della, por cumplir con todos, no me descuido mucho fuera de mi estilo.

SIRALVO

Si para ser poeta hace al caso hablar de musas ó del dulce riso, por mi descargo de conciencia aviso que haga de mí el mundo poco caso. Esto que me sucede á cada passo, si quien quise me quiso ó no me quiso, esto tengo en mis versos por más liso que andar por Helicón ó por Parnasso. Si Domenga me miente ó me desmiente, ¿qué me harán los Faunos y Silvanos, ó el curso del arroyo cristalino? Todos son nombres flacos y livianos, que á juicio de sabia y cuerda gente, lo fino es: pan por pan, vino por vino.

Á todos agradó el soneto de SIRALVO, pero Batto, que era de contraria opinión, dijo otros suyos, haciéndose en alguno, Roca contrapuesta al mar, y en alguno, Nave combatida de sus bravas ondas, y aún en alguno, Vencedor de leones y pastor de inumerables ganados; en estas impertinencias se passó la mayor parte de la noche, y cargando el sueño, Batto y SIRALVO cortésmente se despidieron, y MENDINO y CARDENIO quedaron con mucho agradecimiento, y SIRALVO pagadíssimo de la habilidad de entrambos, con lo cual se entregaron al reposo, que aunque necesitado dél, fué breve, porque apenas cogió Titán los postreros abrazos de la tierna esposa, y la estrella del Alba pidió albricias del alegre día, y en los verdes ramos, cargados del maduro fruto, las avecillas comenzaron á moverse, cuando Mendino de sus gallardos miembros sacudió el sueño, y libres de aquella imagen de la muerte, salió del lecho y sacó á Cardenio y Siralvo, y todos tres dexando bastantes pastores y zagales, se pusieron en camino para buscar al sabio Erión, y á pocos pasos oyeron el son de una melodiosa zampoña, el cual llevando sus ojos á la parte donde resonaba, vieron venir por entre los sombríos ramos uno que en hermosura de rostro y gallardía de miembros más cortesano mancebo que rústico pastor representaba; eran sus luengos cabellos más rubios que el fino ámbar, su rostro blanco y hermoso, bien medido, cuyas facciones, debajo de templada severidad, contenían en sí una agradable alegría. Traía un sayo de diferentes colores gironado, mas todo era de pieles finíssimas de bestias y reses, unas de menuda lana y otras de delicado pelo, por cuyas mangas abiertas y golpeadas salían los brazos cubiertos de blanco cendal, con zarafuelles del mismo lienzo, que hasta la rodilla le llegaban, donde se prendía la calza de sutil estambre. Bien descuidado venía de ser visto y assí hacía extremos extraños aunque no feos, entre los cuales fué el uno quebrar furiosamente la zampoña con que las cercanas selvas resonaban; pero después, como arrepentido ó constreñido de necesidad, se llegó á un verde sauce, donde con un pequeño cuchillo comenzó á labrar otra, sentado sobre la fresca hierba, y allí las manos en su oficio y los ojos en el cielo comenzó á decir:

«¡Oh Cielo, que adornado de claro Sol y de agradable Luna, más te me muestras hermoso que benigno, si después de tu ira sueles oir las voces de los que con dolor te llaman, oye agora las querellas deste á quien todo bien y contentamiento es ajeno! Cierto yo creo que la causa de tanta pena y fatiga, de tanto mal y cuidado, de sólo imaginarlo no se acuerde; la cual cosa, si cierto es verdad, no sé cómo te baste dureza, no sé, ¡oh alto Cielo! cómo te baste justicia para no remediar tan fiero daño, aplacando aquélla que con su rostro los ojos míos alegrar solía, mi alma con sus palabras confortaba, mi corazón con su belleza atraía domado, no como agora al yugo del desamor y olvido, pero á la sabrosa cadena de su templada voluntad. Cierto yo no sé quién de aquí adelante me sea agradable, ni quién remedie mis daños, ni dé alivio á la carga de mi mal, si la que más amo y es la causa dél, tan olvidado le tiene, y tú, cielo sordo, tan descuidado estás de esta memoria. ¡Ay, Arsia mía, causa principal, contigo me vi alegre en dulces pláticas, contigo en deleite cazando por los altos montes, contigo dichoso visitando los sacros templos; ya sin ti por pequeña ocasión me veo triste, lleno de dolor y miseria; sin ti me veo mezquino, siempre llorando, solo y sin voluntad de compañía; ¡ay cuántas veces contigo coroné los toros, reduje y estreché los ganados con el son de mi zampoña y tu lira, al cual unos de pacer olvidados escuchaban y otros de placer conmovidos rumiaban las tiernas y matutinas hierbas! ¡y cuántas veces sin ti, olvidado el hato por los riscos y solitarios valles, me lamento, donde mis ojos te dan ríos, ríos te dan mis ojos; y mi triste zampoña te canta, entre mis justas querellas, alguna parte de tus más justos olores; de manera que ya los árboles á tu suave nombre con sus hojas me responden, y yo enseñaré á las bestias que con sus bramidos, al son dél, muestren temor y humildad, escribiendo por estos olmos, por estas hayas, por estos pinos, tu crueldad y mi pena, tu beldad y mi firmeza; de manera que en largos tiempos dure tu memoria, y de temor sea tu nombre reverenciado, sin que jamás la fama de tu valor y mi dolor se acabe!».

Apenas el sin ventura había llegado á los postreros acentos de su querellosa plática, cuando repentinamente, sin poder los pastores avisarse, le vieron caído en tierra, y queriendo llegar á socorrelle, les fué forzado dexarle por no impedir á una Ninfa que lastimosa á él vieron llegar, cuya hermosura juzgaron digna de las palabras del desmayado amante; mas ella llorosa y con angustiado rostro vertió sobre el pastor abundantes lágrimas, y después con ardientes sospiros le decía:

«¡Oh, Livio, Livio, más hermoso que el sol, más gracioso que el alba y más suave que el aura! Tú solo, desde tu nacimiento, fuiste agradable á mis ojos, tú sólo fuiste dulce á mi alma, tú solo deleitoso á mis sentidos, mas tú solo injusto á mis orejas. ¡Oh, Livio, Livio, amarga fueque tu voluntad violaste; contentáraste con lo mucho que te amaba; miraras la amistad que te hacía, pues bastara á entretener cualquier ardiente deseo; mas ¡ay! que ni bastó mi honestidad á refrenar tu apetito ni mi respeto á mudar tu intención, y assí con ambas cosas me injuriaste y con tu valor me tienes en tu cadena: conténtate con que si penas, peno; si amas, amo, y si me sigues, huyo de mi mismo contento y alegría, y no quieras más mal de lo passado, y agora, pues con mi vista te arrodillaste y con mis lágrimas recuerdas, quédate á Dios, que no es justo que veas á quien con el corazón amas y con los hechos aborreces!».

En esto la hermosa Ninfa, temerosa del pastor que en su acuerdo volvía, comenzó á apresurar los passos por la espessura; mas el pastor, que con sobresalto en sí volvió, mirando á una y á otra parte se levantó del suelo y la comenzó á seguir repitiendo su nombre muchas veces: de la cual cosa nuestros pastores extrañamente admirados, quisieron ver el fin de aquella historia, y siguiéronlos á passo largo sin detenerse más de una milla, que no los perdieron de vista hasta la traspuesta de un monte, que como tragados de la tierra se desaparecieron; y casi corridos de no haberlos alcanzado, baxaron de la cumbre y no se dexaron andar por un valle espacioso donde á partes yermo y á partes plantado estaba lleno de frescura y deleite. Llamábase éste el valle del Venero, porque casi en medio de él estaba una fresquíssima fuente rodeada de olmos y salces. Aquí guiaron nuestros pastores con intención de reposar un rato en ella y aliviar del peso á los zurrones comiendo de lo que dentro traían; mas esto no pudo ser como pensaron, que á poca distancia antes que llegassen, ya que á sus oídos tocaba el rumor de la agradable corriente, toparon á Carpino que les salió al encuentro, rico y noble rabadán, de poca edad y de muchos casos, amigo de Amor pero más de su libertad, y assí á cada cosa acudía con un mismo cuidado; éste les dijo que se detuviessen si no querían turbar á cinco Ninfas que en la fuente reposaban, y él había esperado si alguna desmandada viniesse por allí con intenciún de hablarle; mas ellas, después de largas pláticas se habían quedado dormidas, y que á la otra parte del valle á la entrada de la selva tenían sus redes armadas y otra Ninfa que las estaba guardando; al razonar de Carpino, ó caso que ellas lo oyessen, ó que el cuidado les quitasse el sueño, comenzaron á hablar, y los pastores, por oirlas, se entraron con gran silencio entre las matas, donde fácilmente las conocieron y se vieron llenos de contentamiento. Por lo menos eran la sin par FILIDA, la discreta Filis, la gallarda Clori, la hermosa y agradable Albanisa y la graciosa y bella Pradelia, entre las cuales FILIDA, sacando la lira por su ruego casi divinamente tocada, y pienso que de los divinos espíritus atentamente oída, cantó esta letra antigua con estas coplas de su raro ingenio:

Letra.

FILIDA

Enjuga, Filis, tus ojos, que el tiempo podrá curar lo que no tú con llorar.

Coplas.

Si piensas que son las penas con el llorar redimidas, más lágrimas hay vertidas que tiene la mar arenas; y pues ellas no son buenas, al tiempo debes llamar, que puede más que llorar. Si acaso el llorar bastara á aliviar nuestros quebrantos, yo que sufro y callo tantos, hasta secarme llorara. Pero pues es cosa clara, que no tiene de bastar, ¿para qué sirve llorar? No hay peligro tan ligero que con llorar se asegure, ni mal que el tiempo no cure, por desvariado y fiero; el reparo verdadero el tiempo te le ha de dar, que no, Filis, el llorar. Si es fuego que Amor emprende, no le mata el agua, no, que como en la mar nació con el llorar más se enciende; pues mi consejo te ofende, toma el tiempo en su lugar, valdráte más que llorar.

Esta canción fué solenizando FILIDA con su gracia, las Ninfas con sus loores y los pastores con su silencio, pero Filis con sus sospiros, y al fin della, con ellos y este soneto acompañó la lira:

FILIS

Pues la contraria estrella de mi vida no hace cosa que no sepa á muerte, tenga piedad de mi dolor la muerte, poniendo fin á tan cansada vida, Tal ha sido el discurso de la vida, que mil vidas daré por una muerte; quizás satisfaré con esta muerte á quien siempre ofendí con esta vida. Siempre fueron contrarias vida y muerte, que va la muerte á quien querría la vida, que está la vida en quien desea la muerte. Yo que soy enemiga de la vida, líbrame della, perezosa muerte, antes que muera á manos de tal vida.

Acabó Filis su cantar, mas no cessaron sus sospiros, á la cual Clori piadosamente dixo: Desde ayer te veo llorosa, Filis, y no te he preguntado la causa; pero pues Filida te ha procurado consolar, dime qué nueva passión te aflige para que yo también lo haga. A esto respondió FILIS: «No es nuevo tener yo que llorar, ni dolerte tú de mis pesares; mas ahora son de manera que los extraños lo pueden hacer, cuanto más FILIDA y tú á quien yo tanto amo. El descuido de Mendino me tiene llena de sospechas, y nunca el alma me dice cosa que me engañe». Palabras fueron estas que hicieron temblar el corazón de alguna que allí estaba y por muy amada de Mendino se tenía; turbó el color de su rostro y atravesó razones que descubrieron más su sentimiento, lo cual mirando Clori con gracioso semblante dixo: Todos los hombres son mudables, y á la verdad menos nosotras nos dexamos olvidar, pero yo muy disculpada estoy en haber dexado Castalio por Cardenio, pues hice la voluntad de su padre y el mío, y aun mi negocio y el suyo: pésame que Mendino te dé ocasión de quexarte aunque ya tú le conoces; bien sabes á quién amó en el Henares, y en apartándose en lo que se entretuvo, y que apenas murió Elisa, cuando se ocupó en otras partes, que antes de llegar á ti tuvo muchas leguas de mal camino. A esto dixo Filis: ¡Oh, Clori, qué engaño tan grande es pensar que tenga Mendino olvidado su primer amor! Más vivo está en su alma que nunca estuvo; con esta carga le tomé, Ninfa; y de otras muertas y vivas antes de mí, poco me penó, que es agua passada: cosas nuevas son las que escuecen y lo harán hasta la muerte. Esso me admira, dixo Clori; luego cuando trata MENDINO, ¿pasatiempo y burla es? Tenlo por cierto, dixo la bella Albanisa; que yo soy bastante testigo de sus veras y sé que con nadie las puede tener, porque las consagró á buen lugar. Su hado lo sea, dixo Pradelia, que el contento general sería. A esto Filis quiso responder, mas fué impedida de Florela, que estaba en guarda de las redes, y como vido llena la selva de aves que se venían á recoger del sol, presurosa le vino á avisar, y ellas sin detenerse dejaron la plática y la fuente y siguieron á Florela. Los pastores, que ni palabra ni afecto habían perdido, cuál confuso y cuál contento se fueron con el mismo secreto siguiéndolas por entre las plantas; hasta que, sin avisarse, toparon con una de las redes, teñida en verde perfetíssimo, que de dos altos chopos hasta la tierra pendía. A un lado estaba una alta peña cubierta con las copas de árboles, donde los cuatro pastores subiéndose sin ser vistos, descubrían la selva: vieron las hermosas Ninfas, que, puestas en ala, con largos ramos en las manos comenzaron á sacudir las plantas, trayendo cada una las aves hacia sus redes, que, espantadas del ruido, de rama en rama venían hasta dar en ellas. No á cuarto de hora que desta suerte fatigaron la selva, sus anchas redes se sembraron de más de cien maneras de aves, desde el simple ruiseñor hasta la astuta corneja. Y á este tiempo, passando Ergasto por la selva, sentado sobre el asnillo, las Ninfas le llamaron para que las ayudasse á desprender, las redes: ésta tomaron los pastores por propicia ocasión, y decendiendo á las Ninfas, alegremente fueron dellas recibidos. Allí vió Siralvo todo su bien; Cardenio todo su gusto, porque era general con Ninfas y pastoras; pero Mendino, que había oído hablar tan profundamente de sí, con más recato gozó de aquella buena suerte; y todos juntos llegándose á las redes, baxó SIRALVO las de FILIDA, Cardenio las de Clori, Mendino las de Albanisa, que era su deudo y verdadero amigo; Carpino las de Filis y Ergasto las de Pradelia, y echándolas sobre el asnillo, á Florela se le encomendó que las llevasse al monte, y en tanto que tornaba acordaron de volverse juntos á la fuente. ¡Oh, amadas Ninfas; oh, pastores míos! ¿quién podrá decir lo que allí passastes? ¿Quién viera á Siralvo ardiendo en su castíssimo amor, donde jamás sintió brizna de humano deseo; á Cardenio tan enriquecido de despojos; á Carpino tan inclinado á todas, y á Mendino de todas tan juzgado, que sola Albanisa le defendía? No se descuidó Cardenio en decir cómo los tres iban buscando la cueva de Erión, con intención de habitar en ella, ni las Ninfas contradijeron su propósito, antes le aprobaron; y al fin de sus razones FILIDA pidió á SIRALVO que cantasse, y él, que quizá lo tenía más gana, sacó la lira, á cuyo son dixo mirando los ojos de la hermosa Ninfa:

SIRALVO

Ojos llenos de consuelo, si vuestra luz me faltasse, fálteme él, si no esquivasse los míos de la del cielo; quien de vuestro mírar tierno gozó la gloria algún día, fuera della, ¿qué vería que no le fuesse un infierno? Van el daño y el provecho tan juntos en esta historia, que vuestra sola memoria fabrica un cielo en mi pecho; pero si el helado miedo de perderos llega allí, ¿quién dará señas de mí? Hable Amor, que yo no puedo. No será poca osadía tenerla Amor en hablar, que yo le he visto temblar á vuestra luz más de un día; él me ofende y yo le ofendo si nuestras causas callamos, ojos, hablemos entramos, él temblando y yo muriendo. Vos sabéis que no hay quien huya de essos rayos vencedores, y él sabe que sois señores de mi alma y de la suya; yo sé que si me dexáis llevará Muerte la palma, pues tanto tengo en el alma, ojos, cuando me miráis. Cuando miráis producís mayos de contentamiento, y á cualquier apartamiento inviernos los convertís, y en la sequedad mayor, como tornéis á mirar, el más marchito lugar vuelve de vuestro color. Teniendo tales maestros, tal espíritu quisiera, que quien mis loores oyera conociera que eran vuestros; mas si en la intención se gana, en el efecto se yerra: mal podrá pincel de tierra sacar labor soberana. A la gloria de miraros sólo iguala el bien de veros, y á la pena de perderos el dolor de no hallaros; el punto que os puedo ver es el que tiene el deseo, y si no os veo, no veo; ved si hay más que encarecer. Aunque mi alma sustenta vuestra luz en mis enojos, la sed de veros, mis ojos, con miraros se acrecienta; y ¿qué señal más segura, qué razón más conocida de estar sin alma y sin vida, que haber en veros hartura? Sois grandezas peregrinas, sois milagros inmortales, sois tesoros celestiales, sois invenciones divinas, sois señales de bonanza, sois muertes de los enojos, sois ídolos de mis ojos, sois ojos de mi esperanza.

Por más agradable tuviéramos á Florela, á ser esta vez menos diligente, porque no hizo más de llegar al monte y en lugar señalado dejar en guarda la caza y volverse con el asnillo de Ergasto á llamar á las ninfas que la fuessen á repartir. Llegó cuando Siralvo acababa su canción, y acabóseles á todos el contento, porque á la hora, dejando sentimiento en el lugar cuanto más en los corazones, que más que á sí las amaban, las ninfas se despidieron; también el galán Carpino se fué por su parte, Ergasto por la suya; Cardenio, Mendino y Siralvo atravessaron por sendas y veredas al valle de los Fresnos, y á la misma hora de medio día bajaron los riscos y passaron á la morada de Erión, donde le hallaron curando con hierbas á un miserable pastor que, siguiendo á una ninfa á quien amaba y se huía, con rabia y dolor se había despeñado, y sus amigos lleváronle al mago sin sentido. Luego conocieron los pastores que era el mismo que ellos venían siguiendo, y después de saludar á Erión y ser dél alegremente recebidos, ayudaron allí en lo que pudieron, hasta que Livio, que si os acordáis assí le llamó la ninfa, volvió en sí, y haciéndole beber de un precioso licor, quedó totalmente reparado y arrepentido, que tal fuerza puso Díos en el saber humano. Con esto Mendino apartó al mago y le dixo cómo los tres venían por algunos días á habitar su morada, de que Erión recibió mucho contento, y despidiendo á Livio y á sus compañeros, entró con los tres por los secretos de su cueva, que, para no la agraviar, era de realíssima fábrica, pero toda debajo de tierra, con anchas lumbres que en vivas peñas se abrían á una parte del risco, donde jamás humano pie llegaba. No sé yo si esto fuesse por fuerza de encantamiento ó verdadero edificio, pero sé que su riqueza era sin par. Primero entraron á una ancha y larga sala de blanco estuco, donde, en concavidades embebidas, estaban de mármol los romanos Césares, unos con bastones y otros con espadas en sus manos, y en los pedestales abreviados versos griegos y latinos, que ni negaban á Julio César sus vitorias ni callaban á Heliogábalo sus vicios. El techo desta sala era todo de unos pendientes racimos de oro y plata, que por sí pudieran clarificar el alto aposento, en medio del cual estaba una mesa redonda de precioso cedro sobre tres pies de brasil, diestramente estriados, y alrededor los assientos eran de olorosa sabina. Aquí pienso que el mago adivinó la necessidad, porque los hizo sentar y sacó fresquíssima manteca y pan, que en blancura le excedía, sin faltar precioso vino, que con el agua saltaba de los curiosos vasos, y habiendo satisfecho á esta necessidad, entraron á otros aposentos (aunque no tan grandes), de mucha más riqueza. Admirados quedaron los pastores de que en las entrañas de los riscos pudiesse haber tan maravillosa labor, pero á poco rato perdieron la admiración desto, y la hallaron mayor en un fresco jardín que sólo el cielo y ellos le veían, donde la abundancia de fuentes, árboles y hierbas, la harmonía de las diversas aves y la fragancia de las flores, representaban un paraíso celestial; á la una parte del cual estaba una lonja larga de cien passos y ancha de veinte, cubierta de la misma labor de la primera sala. Era el suelo de ladrillo esmaltado, que por ninguna parte se le veía juntura; á una mano era pared cerrada y á otra abierta, sobre colunas de un hermoso jaspe natural; por todas partes se veía llena de varias figuras que, de divino pincel, con la naturaleza competían, y en la cabecera se levantaba, sobre diez grados de pórfido, un suntuoso altar, cubierto de ricos doseles de oro y plata, y en él la imagen de la ligera Fama, cubierta de abiertos ojos y bocas, lenguas y plumas, con la sonora trompa en sus labios; tenía á sus lados muchos retratos de damas de tan excesiva gracia y hermosura, que todo lo demás juzgaron por poco y de poca estima. Aquí Erión los hizo sentar en ricas sillas de marfil, y él con ellos, al son de una suave baldosa, assí les dixo, puestos los ojos en la inmensa beldad de las figuras:

ERIÓN

Desde los Etíopes abrasados hasta los senos del helado Scita, fueron nueve varones consagrados á la diosa gentil que al alma imita; los nueve de la Fama son llamados, y lo serán en cuanto el que se quita y se pone en Oriente para el suelo, no se cansare de habitar el cielo. Agora cuanta gloria se derrama por todo el orbe, nuestra Iberia encierra en otras lumbres de la eterna Fama, por quien sus infinitas nunca cierra; recuperaron con su nueva llama aquella antigua que admiró la tierra, para que, como entonces de varones, muestre de hoy más de hembras sus blasones. Estas cuatro primeras son aquellas que á nuestro cristianíssimo monarca han prosperado las grandezas dellas más que cuanto su fuerte diestra abarca; después que el mundo vió su fruto en ellas, segó las flores la violenta Parca. Luso, Galia, Alemania con Bretaña lloran, y Iberia el rostro en llanto baña. Tras ellas la Princesa valerosa, aquella sola de mil reinos dina, á quien fué poco nombre el de hermosa, no siendo demasiado el de divina; á cuya sombra la virtud reposa y á cuya llama la del sol se inclina, ínclita y poderosa doña Juana, por todo el mundo gloria Lusitana. Las dos infantas que en el ancho suelo con sus rayos claríssimos deslumbran como dos nortes en que estriba el cielo, como dos soles que la tierra alumbran, son las que á fuerza de su inmenso vuelo el soberano nombre de Austria encumbran, bella Isabel y Catarina bella, ésta sin par y sin igual aquélla. De claríssimos dones adornadas luego veréis las damas escogidas que, al soberano gremio consagradas, rinden las voluntades y las vidas; ni de pincel humano retratadas, ni de pluma mortal encarecidas, jamás pudieron ver ojos mortales otras que en algo pareciessen tales. Aquel rayo puríssimo que assoma, como el sol tras el alba en cielo claro, es doña Ana Manrique, de quien toma la bondad suerte y el valor amparo; la siguiente es doña María Coloma, que en hermosura y en ingenio raro, en gracia y discreción y fama clara su nombre sube y nuestra vida para. Hoy la beldad con el saber concuerda[1271], hoy el valor en grado milagroso, en otras dos que cada cual acuerda la largueza del cielo poderoso; ésta de Bobadilla y de la Cerda, con estotra de Castro y de Moscoso, una Mencía y otra Mariana: ésta el lucero y ésta la mañana. Doña María de Aragón parece esclareciendo al mundo su belleza; su valor con su gracia resplandece, su saber frisa con su gentileza, y la que nuestra patria ensoberbece, y á Lusitania pone en tanta alteza con cuantos bienes comunica el cielo, es la bella Guiomar, gloria de Melo. La más gentil, discreta y valerosa, la de más natural merecimiento, será doña María, en quien reposa el real nombre de Manuel contento; y esta Beatriz, tan bella y tan graciosa, que excede á todo humano entendimiento, luz de Bolea, diga el que la viere: Quien á tus manos muere, ¿qué más quiere? Doña Luisa y doña Madalena de Lasso y Borja, el triunfo que más pessa, vida de la beldad, de amor cadena, de la virtud la más heroica empressa, que cada cual con su valor condena á la fama inmortal que nunca cessa, ni cessará eu su nombre eternamente: veislas allí, si su beldad consiente. Aquel cuerpo gentil, aquel sereno, rostro que veis, aquel pecho bastante, es de doña Francisca, por ser bueno Manrique, porque va tan adelante; y aquellas dos, que no hay valor ajeno que se pueda llamar más importante, son doña Claudia y Jasincur, adonde con el deseo la gloria corresponde. De Diatristán el nombre esclarecido, en Ana y en Hipólita se arrima, y en ellas vemos el deseo cumplido de cuantos buscan de beldad la cima; su mucho aviso, su valor crecido, de suerte se conoce, assí se estima, que vista humana no se halla dina para mirar tal dama y tal Menina. Doña Juana Manrique viene luego, doña Isabel de Haro en compañía, y doña Juana Enríquez, por quien niego que haya otras gracias ni otra gallardía; por estas tres espera el Amor ciego quitar la venda y conocer el día, que esta estrella, este norte, este lucero, serán prisión de más de un prisionero. Aquesta es la claríssima compaña que el invicto Felipe escoge y tiene con los soles puríssimos de España, y cuanto el cielo con su luz mantiene; de lo que el Tajo riega, el Ebro baña, mostraros otras lumbres me conviene, que donde aquestas son fueron criadas, y otras no menos dinas y estimadas. La que con gracia y discreción ayuda á su mucha beldad, con ser tan bella, que si estuviera su beldad desnuda, gracia y saber halláramos en ella, doña Luisa Enríquez es sin duda; duquesa es del Infantado, aquella en quien el cielo por igual derrama hermosura, linaje y clara fama. Desta rama esta flor maravillosa, de aqueste cielo aquesta luz fulgente, deste todo esta parte gloriosa, de aquesta mar aquesta viva fuente; bella, discreta, sabia, generosa, es gloria y ser de inumerable gente, dice doña Ana de Mendoza el mundo, y el Infantado queda sin segundo. Aquellas dos duquesas de un linaje, entrambas de Mendoza, entrambas Anas, á quien dan dos Medinas homenaje, de Sidonia y Ruiseco, más humanas rinden las alabanzas vassallaje, á sus altas virtudes soberanas, Mendoza y Silva, en sangre y en ejemplo de valor y beldad el mismo templo. Doña Isabel, gentil, discreta y bella, de Aragón y Mendoza, allí se muestra marquesa de la Guardia, en quien se sella todo el ser y valor que el mundo muestra; ¿qué bien da el cielo que no viva en ella? ¿qué virtud hay que allí no tenga muestra? Diga el nombre quién es, que lo que vale, no hay acá nombre que á tal nombre iguale. Mirad las dos de igual valor, doña Ana y doña Elvira, cada cual corona de cuanto bien del cielo al mundo mana, como la fama sin cessar entona, Enríquez y Mendoza, por quien gana tal nombre Villafranca y tal Cardona, que de su suerte y triunfo incomparables quedarán en el mundo inestimables. Humane un rayo de su rostro claro en mi pecho, si quiere ser loada, aquélla que en virtud é ingenio raro es sobre las perfetas acabada: ser condesa de Andrada y ser amparo de Apolo, es alabanza no fundada; ser doña Catarina, ésta lo sea de Zúñiga y del cielo viva idea. Veis las dos nueras del segundo Marte, y de la sin igual en las nacidas, á quien el cielo ha dado tanta parte, que son por gloria suya conocidas: la una dellas en la Albana parte, y la otra en Navarra obedecidas, son María y Brianda y su memoria, de Toledo y Viamonte honor y gloria. Aquella viva luz en quien se avisa para alumbrar el claro sol de Oriente, que entre sus ojos lleva por devisa la gracia y la prudencia juntamente, será la sin igual doña Luisa de Manrique y de Lara procediente, duquesa de Maqueda, y más segura reina y señora de la hermosura. Aquella que los ánimos recuerda á buscar alabanza más que humana, á donde, si es possible que se pierda, hallaréis la beldad, pues della mana, la gloria de Mendoza y de la Cerda, es la sabia y honesta doña Juana, por quien la gracia y el valor se humilla y se enriquece el nombre de Padilla. Aquella en quien natura hizo[1272] prueba de su poder, y el cielo y la fortuna, doña Isabel riqueza de la Cueva, duquesa es de la felice Ossuna; y el claro sol que nuestros ojos lleva á contemplar sus partes de una en una, es doña Mariana Enríquez, bella, fénix del mundo, para no ofendella. La que con sus virtudes reverbera en su misma beldad, luz sin medida, es doña Guiomar Pardo de Tavera, en quien valor y discreción se anida; y la que levantando su bandera es á las más bastantes preferida, es doña Inés de Zúñiga, en quien cabe cuanto la fama de más gloria sabe. Veis aquella condesa generosa de Aguilar, á quien Amor respeta, entre las muy hermosas más hermosa y entre las muy discretas más discreta, que de virtud y gracia milagrosa tocar la vemos una y otra meta, doña Luisa de Cárdenas se llama, gloria del mundo y vida de la fama. Ved el portento que produjo el suelo donde natura mayor gloria halle, Madalena gentil, que el cortés cielo Cortés le plugo su consorte dalle, Cortés levanta de Guzmán el vuelo, Guzmán resuena en el felice Valle, porque el descubridor del Nuevo Mundo goce del nuevo triunfo sin segundo. Aquella de valor tan soberano que es agravio loarla en hermosura, aunque natura, con atenta mano se quiso engrandecer en su figura, en quien linaje y fama es claro, y llano poner su raya en la suprema altura, condesa de Chinchón; mas es el eco, que lo cabal es doña Inés Pacheco. Doña Juana y doña Ana, son aquéllas de la Cueva y la Lama, madre y hija, Medina Celi y Cogolludo en ellas tienen el bien que al mundo regocija: hermosura y valor que están en ellas, sin que halle la invidia que corrija, fama y linaje deste bien blasonan y las virtudes dellas se coronan. Aquella fortaleza sin reparo, aquella hermosura sobre modo, aquella discreción, aquel don raro de dones, y el de gracia sobre todo, del tronco de Padilla, lo más claro de las reliquias del linaje godo, en quien del mundo lo mejor se muestra, es marquesa de Auñón y gloria nuestra. Aquélla es la princesa por quien suena la temerosa trompa tan segura, y dice doña Porcia Madalena, por quien Asculi goza tal ventura; y aquella que el nublado sol serena y el claro ofusca con su hermosura, tal que en Barajas vencerá la fama, doña Mencía de Cárdenas se llama. Otra más dulce y más templada cuerda, otra voz más sonora y no del suelo, cante á doña María de la Cerda, que en la Puebla podrá poblar un cielo; y pues el son con el nivel concuerda, que escucha atento el gran señor de Delo, y la voz oye y la harmonía siente, doña Isabel de Leiva es la siguiente. Aquella que entre todas raya hace en valor, en saber y en gentileza, que de Mendoza y de la Cerda nace, y de Leiva quien goza su belleza; por quien la Fama tanto satisface, que con lo llano sin buscar destreza, hace que el suelo Mariana diga y que el deseo tras otro bien no siga. La que á los ojos con beldad admira, y á los juicios con saber recrea, Denia la ofrece, espérala Altamira, y quien la goza más, más la desea; doña Leonor de Rojas, con quien tira Amor sus flechas y su brazo emplea, Fama se esfuerza, pero no la paga, porque no hay cosa en que su prueba haga. Veréis las dos de Castro, á quien Fortuna impossible es que al merecer iguale, son Juana, á quien jamás llegó ninguna; Francisca, que entre todas tanto vale, que el claro sol y la hermosa luna de Mendoza y Pizarro en ellas sale, Juana y Francisca Puñonrostro canta y el mundo al son los ánimos levanta. Hermanas son y bien se les parece en valor y beldad y cortesía las dos, do más el nombre resplandece de Zapata, que el sol á medio día, son Jerónima y Juana, en quien ofrece el cielo cuanto por milagro cría, Rubí se engasta de su esmalte puro, Puertocarrero el puerto ve seguro. En el discurso de la grave lista id con nuevo recato apercebidos, que la belleza ofuscará la vista y el valor y el saber á los sentidos: la condesa mirad de Alba de Lista, veréis en ella los deseos cumplidos, que cuanto el mundo considera y sabe, doña María de Urrea es en quien cabe. Aquella viva lumbre, decendiente de Mendoza, Velasco se apellida, Juana Gentil, en quien Ramírez siente bondad y gracia y triunfo sin medida; es doña Juana Cuello la siguiente, donde tal suerte y tal valor se anida, tal beldad, tal saber, tal gentileza, que empereza la Fama su grandeza. Si queréis ver de discreción la suma, si queréis de valor ver el extremo, de hermosura el fin, donde la pluma se ha de abrasar y al pensamiento temo, golfo de bienes que, aunque más presuma, no correrá el deseo á vela y remo, volved, veréis las cuatro lumbres bellas, y lo más que diré, lo menos dellas. Brianda, Andrea serán, Teresa y Ana, nortes del mundo y más de nuestra Iberia, por quien gozan vitoria más que humana Béjar, Gibraleón, Arcos y Feria; Guzmán, Sarmiento, Zúñiga, que llana hacen la palma nuestra y dan materia á la Fama, que haga formas tales, que durarán por siglos inmortales. Gracia, bondad, valor, beldad, prudencia, linaje, fama y otras celestiales partes se ven en firme competencia, para quedar en un lugar iguales: es Mariana quien les da excelencia, la gloria de Bazán, por quien son tales y á quien la casa de Coruña llama, para más nombre, gloria, triunfo y fama. Entre estas maravillas singulares doña María Pimentel se mira, valerosa condesa de Olivares, en quien el valor mismo se remira; y aquella preferida en mil lugares, doña Luisa Faxardo es quien admira á la natura, y Medellín, dichoso por ella, al mundo dexará invidioso. Aquella gracia y discreción que iguala á la beldad, con ser en tanto grado, que lo menos que vemos tiende el ala sobre lo más perfecto y acabado, miradla bien, que es doña Inés de Ayala, sin poder ser de otra aquel traslado, aquel extremo de amistad y vida, de antigua y clara sangre producida. Mirad, veréis á la gentil doña Ana Félix, felicidad de nuestra era; es condesa de Ricla, es quien allana al siglo el nombre de la edad primera; y aquella que se muestra más que humana en valor, suerte y gracia verdadera, doña Guiomar de Saa, será su historia luz de Vanegas, de Espinosa gloria. En Tavara y Cerralvo contemplamos nueva luz, que los ánimos assombre, con estas dos bellezas que juzgamos, engrandeciendo de Toledo el nombre: si ofuscada la vista retiramos, veremos otro sol de tal renombre, que el de Guzmán adelantado queda, por quien compite con el cielo Uceda. Allí se muestra en rostro grave y ledo aquella admiración de los vivientes, honor de Enríquez, gloria de Acevedo, siendo condesa sin igual de Fuentes; y aquella (si en tan poco tanto puedo que, dexadas sus partes excelentes, diga su nombre) es doña Catarina de Carrillo y Pacheco la más dina. Mirad las dos de extraña maravilla en valor, en saber y en hermosura: la una de Escobedo, otra de Arcilla, gloria y honor, y más de la natura, María y Catarina, á quien se humilla todo lo digno de alabanza pura, ambas por albedrío y por estrella, aquésta de Bazán, de Hoyo aquélla. Llegue doña María de Peralta, en quien se alegra y enriquece el suelo; doña Angela de Tarsis, do se esmalta más viva luz que la que muestra el cielo; doña Isabel Chacón aquí no falta, que faltara la gloria y el consuelo; tres tales son que, para no agraviallas, gastar debía tres siglos en loallas. Vamos á aquella de la antigua cepa de Córdova, sin par doña María, es marquesa de Estepa, y con Estepa, serlo de un mundo entero merecía; y á ti en quien no es possible que más quepa suerte, valor, beldad y gallardía, del tronco de Velasco, Mariana, por quien el de Alvarado tanto gana. Las tres hermanas que en mirar se goza con atención el regidor de Oriente, veislas aquí cómo las muestra Poza, y cómo Aranda, y cómo Avilafuente; en ellas el real nombre se alboroza de Enríquez, y un misterio nuevo siente, que aunque no es nuevo en él el bien cumplido, eslo en el mundo el que ellas han tenido. De Castro y de Moscoso llana hacen dos Teresas la luz, y al sol escaso, por quien Mendoza y Vargas satisfacen sin haber cosa que más haga al caso, con doña Mariana más aplacen, por quien Mendoza, enriqueciendo á Lasso, se alegra el Tajo, y su feliz corriente dirá Lasso y Mendoza eternamente. Las dos hermanas en quien cupo tanto, que en lengua humana su loor no cabe, son Blanca y Catarina, y son espanto de quien lo menos de sus partes sabe, el claro nombre de la Cerda, en tanto abre su lumbre y éstas son la llave con su gracia y virtud resplandecientes, una de Denia y otra de Cifuentes. Aquella que, aunque el sol más se le acerque, es impossible que á su luz parezca, y por más vueltas con que el cielo cerque, no hallará quien tanto loor merezca, es la gentil duquesa de Alburquerque, por quien después que todo el bien parezca, recobrarse podrá en la antigua Cueva, que ha de ser siempre milagrosa y nueva. De singulares dones mejorada se ve doña María de Padilla, del mundo por valor Adelantada, siéndolo por estado de Castilla; y la que fué de tal beldad dotada, que la misma belleza se le humilla, doña Juana de Acuña, en quien se halla tanto, que más la alaba el que más calla. La de Velada y la del Carpio vienen, aquésta de Toledo, ésta de Haro, y ambas del cielo en lo que en sí contienen de beldad y valor é ingenio raro; junto con ellas á su lado tienen á la que no fué el cielo más avaro, es señora de Pinto, y es aquella luz de Carrillo y de Faxardo estrella. No nos encubre la alta Catarina de Mendoza su aspecto valeroso, marquesa de Mondéjar, sola dina de hacer nuestro siglo venturoso; ni aquella de bondad tan peregrina del nombre de Velasco generoso, que desde Peñafiel hinche la tierra de cuanto bien y gloria el mundo encierra. La que al sol mira en medio de su esfera, y el sol se ofusca al resplandor jocundo, es doña Ana del Aguila, do espera Ciudad Rodrigo, y goza el bien del mundo; quise cantar aquesta luz primera, al cabo de este templo sin segundo, ya que en el orden no hay otro remedio para igualar principio y fin y medio.

Dixo el mago Erión; y vuelto á los tres pastores, que con sumo contento le escuchaban, recibió dellos las debidas gracias, y tornando del fresco jardín, les señaló aposentos en que habitassen y familiares suyos que los sirviessen; donde gozaban sin medida su deleite, cuándo con las diosas de los montes, siguiendo las fieras, cuándo con las deesas de las selvas, cazando las aves, y cuándo con las ninfas del sagrado río, apartando el oro de entre la menuda arena; vida dulce, más fácil de ser invidiada que imitada, donde era la razón señora, el deseo cautivo, el gusto honor, el honor regalo, Amor ardía y el respeto no se helaba; bien se puede aquí esperar firmeza, que donde falta virtud, difícil es la perseverancia. Y ahora volvamos á la ribera, donde, con su bien ó su mal, quedaron nuestros pastores esperándonos.

NOTAS:

[1271] En la primera edición se lee acuerda, repitiendo el consonante Mayans enmendó bien concuerda.

[1272] Así en la primera edición. En la de Mayans, hace.

SÉPTIMA PARTE DEL PASTOR DE FILIDA

Si en la llaneza y soledad de los campos se lloran celos y se padece olvido, ¿de qué más se puede Amor culpar, en la pompa de las Cortes y en el tráfago de las ciudades, de la mentira y engaño de un corazón que, dividido en mil partes, sin reparar en ninguna, á todas se vende por entero? ¿Y de la miseria del amador, que á trueco de no ser olvidado, le es fácil passar callando por más mal que sospechas y recelos, donde claro se ve cuánto mayor sea el dolor del olvido que la passión celosa? Celosos he visto yo sin miedo de ser olvidados, y jamás vi olvidado que no viviesse celoso; ausencia calle con celos; celo y ausencia con olvido; que si el ausente carece de su contento, puédele buscar, y el celoso si le halla, es en poder ajeno; y el olvidado ausente está, y con más violencia, y celoso y con menos reparo; pero todo esto no puede compararse, Amor, á la injusticia de un engaño, que mientras uno con lealtad y fe sirva y ame, sea pagado con fingida voluntad y agradecida esta paga. Mas, ¿quién me aparta á tan insufrible consideración? Vuélvame la verdad de mis pastores á la agradable ribera, donde ya que como humanos hagan mudanza, no como dañados harán engaños. Vimos venir á Sasio del templo de Diana, tan contento de la venida de Silvera como si tuviera muchas y grandes seguridades de su Amor; mas sucedióle lo que suele á los confiados, que la pastorcilla gentil, no estimando en nada haberla él hospedado en la ribera de Pisuerga y agasajádola con su música y canto tantas veces, y alabádola en tiernas y numerosas rimas, y menos la afición que de presente le mostraba, puso los ojos en el prendado Arsiano; empleo que á la verdad pudiera tener Sasio por venganza, si su mucho amor la consintiera, porque más que nunca Arsiano amaba á la hermosa Amarantha; y de aquí vino que Sasio y Arsiano adolecieron á un tiempo, con el contino cuidado, con el celoso dolor, con las noches malas y los peores días, y en muy breves Sasio murió, dexando un general sentimiento por cuantas aguas riegan nuestra España, especial en los pastores y hermosas hijas del sagrado Tajo; y pienso que las nueve musas y el mismo Apolo sintieron esta pérdida. ¡Oh, gran padre de la Música, sin duda callabas cuando te llamó la muerte! Tú, con tu voz divina, mil veces alegraste los tristes y aliviaste los dolores ajenos, digno fué tu acento de resonar en los cielos y de mover las peñas en la tierra. ¿Cómo ahora no lo haces en la que te cubre? Vengan, Sasio, de las remotas naciones los hombres raros á llorar tu muerte, y de la propia, llore Filardo, lloren Arsiano y Matunto, y tu traslado Belisa, en quien nos queda tu mayor herencia y nuestro mayor consuelo. Fué puesto Sasio poco distante de su cabaña, en un mármol cavado, negro como el ébano de Oriente, cubierto de otro, blanco como la nieve de la sierra, y en muchas plantas que alrededor tenía se escribieron diversos epitafios en sus loores; mas entre todos el famoso Tirsi, cuyas rimas tantas veces Sasio solía cantar, en el tronco de un olmo, que con sus ramas cubría el ancho sepulcro, escribió estos versos de su mano:

DE TIRSI Á SASIO

Yace á la sombra deste duro canto el que le enterneciera, si cantara; dexando al mundo su silencio en llanto, dexó el velo mortal el Alma cara; mas no pudieran Muerte y Amor tanto, si el cielo para sí no le invidiara, Amor y Muerte dan; recibe el cielo, el don es, Sasio, y quien le llora el suelo.

Entre las lágrimas justas destos amigos pastores, nació otra justíssima ambición y codicia para heredar la lira del segundo Orfeo: los opositores fueron Filardo y Matunto, Belisa y Arsiano, que aunque enfermo y sin gusto, dexó el lecho y se animó á esta empresa. Pusieron por jueces al venerable Sileno, al celebrado ARCIOLO, al famoso TIRSI, que todos tres sabían la dignidad de los cuatro pretendientes, y aun esto fué causa de no determinarse, antes remitieron el juicio y la lira á las ninfas del río: ellas la tuvieron un día en su poder y la cubrieron de una rica funda de oro y seda, hecha por las hermosas manos de Arethusa; y assí adornada la enviaron á las deesas de las selvas, donde estuvieron tres días, entre olorosas flores y hierbas, y hecho un carro triunfal, cubierto de hiedra y de frescas ramas, tirado de los dos blancos becerros, fué llevada en él á las diosas de los montes, y allí se consagró á FILIDA, en cuyo poder, de conformidad de ninfas y pastores, quedó aquel don caro del cielo, y con mayor fuerza que antes mueve á los animales y las gentes por la grandeza de su poseedora. Pero la lástima universal de Sasio y el general aplauso de su muerte, ¿por ventura movieron el pecho de Silvera? Esso no; que moría por Arsiano, y mientras un contento huye, mal puede haber otra cosa que lastime. Juntos estaban un día gran número de pastores y pastoras, caído el sol, gozando de la frescura de un verde pradecillo y del templado viento que soplaba, donde Alfeo los ojos en Finea, Andria los suyos en Alfeo, los de Arsiano en Andria y los de Silvera en Arsiano, Andria rompió el silencio y dixo al son de la zampoña de Silvera:

ANDRIA

Suele en el bosque espesso el animoso mozo gallardo, que con el agudo venablo fuerte ha penetrado el crudo pecho del tigre, del león ó el osso, Mirarle en tierra muerto, sanguinoso, y recrearse viendo lo que pudo; y á las veces, dexándole desnudo, la piel á cuestas irse victorioso. ¿No he sido digna yo de tanta cuenta como las fieras, que la muerte suya baña de invidia mis cansados ojos; Pues tienes el matarme por afrenta, y estimas en tan poco mis despojos, que te ofende mi alma porque es tuya?

Acostumbrado estaba Alfeo á oir estas mancillas y Arsiano á sentirlas por los dos, pero no por esso menguaba punto de su Amor, y como ahora vido que, callando Silvera, Filardo tañía, dixo assí, puestos los ojos en la fingida Amarantha:

ARSIANO

Mientras el más ocioso pensamiento del bravo mozo, con soberbio pecho, levanta de su honra ó su provecho hasta las nubes machinas de viento, Las vitorias allí de ciento en ciento, la plata, el oro se le viene al lecho, y alargando la mano á lo que ha hecho, se ve de rico pobre en un momento. Dejando yo estas torres de vitoria, de triunfos, de riquezas, de despojos, suelo fingir, pastora, por lo menos, Que me miras de grado con tus ojos, mas despiértame luego la memoria, y quedo con los míos de agua llenos.

No dió lugar Silvera á que Filardo dexasse la zampoña, que al punto que Arsiano acabó su soneto, vuelta á él, comenzó desta manera el suyo:

SILVERA

Toma del hondo del abismo el fuego, la rabia y ansia de los condenados; el descontento de los agraviados: de los tiranos el desasossiego. Ponlo en el alma donde el Amor ciego puso tu merecer y mis cuidados, y porque sean mis males confirmados cessen mis ojos de mirarte luego. Que de tu voluntad escarnecido, aqueste Amor que sólo me asegura prisión, afrenta y muerte de tu mano, No sólo no de lo que siempre ha sido podrá quitar un punto, un tilde, un grano, pero hará mi fe más firme y pura.

Estos pastores cantaban y otros menos afligidos, aunque todos enamorados, se estaban ejercitando en grandes pruebas, cuando entre todos llegó un pastor robusto con un cayado, dejó un sayo tosco, sin pliegues, hasta los pies, y en el brazo izquierdo un zurrón de lana, cinto ancho de piel de cabra y caperuza baja de buriel. Serrano era el traje y el color del rostro más; pero la postura y brío tan gentil, que suspendió á todos su llegada, y en lugar de cortesía, soltando el cayado y zurrón, desafió á tirar, saltar y correr á cuantos allí estaban. Muchos salieron á estos desafíos, mas á ninguno le estuvo bien, assí á los que saltaron y corrieron, como á los que tiraron la barra, y entre ellos no quedó el menos corrido Alfeo, sino el más deseoso de saber quién fuesse. Y si con este cuidado mirara á la serrana Finea, conociera fácilmente ser el pastor Orindo, por cuyo desdén ella andaba desterrada, que la turbación de su rostro bien claro se lo dixera; pero seguro desto pensó que era su mudanza porque aquel serrano le había vencido, y llegándose á ella le dixo: Finea mía, en esto y en todo es fácil que todos me venzan, mas en amarte ninguno. A esto Finea le hizo señas que callasse, que vido venir á Orindo á donde estaban, el cual, tras breve salutación le dixo: Finea, ¿hallaste mejor en lo llano que en la sierra? ¿Quién eres tú, dixo Finea, que quieres saber esso de mí? Si tú no lo sabes, dixo Orindo, menos lo quiero yo saber, pero certifícote que soy Orindo. Ya te conozco, dixo la serrana, y sin más hablar se levantó y dexólos; no hizo señal Orindo de seguirla ni Alfeo de sentimiento, aunque le tuvo en medio del corazón, y ya que la noche cerraba se fué á buscarla á su cabaña, donde amargamente la halló llorando, y queriéndola alegrar no pudo. Muchos días passó Finea desta suerte, y muchos Orindo la seguía, y otros muchos Alfeo confuso no sabía si perdía ó si ganaba, hasta que viniendo un día Siralvo á la ribera, que muchos acostumbraba venir á visitar las cabañas de Mendino y los pastores que curaban su ganado, Alfeo le rogó que hablase con Finea y supiesse della la causa de sus lágrimas, porque si era pesar de ver á Orindo, él le echaría fácilmente de la ribera, y si era voluntad de volverse con él, no era razón desviárselo. Siralvo lo tomó á su cargo, y á pocos lances sintió de Finea que andaba cruelmente combatida y su salud á mucho riesgo. Orindo era de su misma suerte, y Alfeo no, de manera que, estándole bien casarse con Orindo, á Alfeo no le convenía casarse con ella; su destierro había sido por desdén de Orindo, y ya venía humilde á su disculpa: Orindo era su amor primero; Alfeo, segundo; por otra parte, amaba á Alfeo y se veía dél amada, y en él había tantos quilates de valor y merecimiento, que antes ella se debía dejar morir que hacer cosa en que le ofendiesse; acordábase de la venida de Amarantha y que su mucha hermosura y afición no habían sido parte para torcer su voluntad. Estas consideraciones y otras muchas en la discreta Finea eran ponzoña que penetraba su pecho; pero Siralvo, que verdaderamente á los dos amaba, valiéndose de toda su industria echó el resto de su diligencia y pudo tanto, que en dos días que se detuvo en la ribera trocó las lágrimas de aquellos pastores en súbito placer y contento; de manera que Orindo y Finea tornaron á su primera amistad, Alfeo y la encubierta Andria á la suya, y Arsiano, vencido de la razón, volvió sus pensamientos á Silvera, que tan tiernamente le amaba; con intención Finea y Orindo de volverse á la sierra, Alfeo y Amarantha á la olvidada corte, Arsiano y Silvera de habitar el Tajo. No quedó en sus campos pastor que de tanto bien no se alegrase, y junta la mayor nobleza de la pastoría, concertaron celebrar estos conciertos hechos por mano de Amor con alguna fiesta en memoria dellos, y sabiendo ya que Alfeo era cortesano, quisieron que la fiesta fuese á su imitación. Propuso Elpino que se enramassen carros y en ellos saliessen invenciones y disfraces con músicas y letras, cada uno á su albedrío. Ergasto dixo que se cerrase una gran plaza de estacada y dentro se corriessen bravos toros con horcas y lanzas; pero Sileno dixo: Yo tengo yeguas que en velocidad passan al viento, MENDINO y Cardenio lo mismo y holgarán de dallas para el caso; hágase una fiesta de mucho primor que en las ciudades suele usarse y sea correr una sortija, donde se puede ver la destreza y ánimo de cada uno. Esta proposición de Sileno agradó á todos, y de conformidad hicieron mantenedor á Liardo, y acompañado á Licio, y juez á Sileno, y á la hora se escribió un cartel señalando lugar para el cuarto día, desde la mitad dél hasta puesto el sol, donde, allende de los precios que ellos quisiessen correr, al más galán se le daría un espejo en que viesse su gala; al de mejor invención, un dardo con que la defendiese; á la mejor lanza, un cayado para otro día; á la mejor letra, las plumas de un pavón, y al más certero, una guirnalda de robre, por vencedor, y al que cayesse, un vaso grande en que pudiesse beber. Venida la noche, por toda la ribera se encendieron muchas hogueras, y el buen Sileno con toda la compañía, principalmente Mireno, Liardo, Galafrón, Barcino, Alfeo, Orindo, Arsiano, Colin, Ergasto, Elpino, Licio, Celio, Uranio, Filardo y SIRALVO, salieron por la ribera en yeguas de dos en dos con largas teas encendidas en las manos, corriendo por todas partes con mucho contento de cuantos lo miraban; porque unos se veían ir por la cumbre del monte, otros por los campos rasos, otros por entre la espessura de los sotos, y aun algunos arrojar las hierbas en el Tajo y pasarle á nado reverberando sus lumbres en el agua; después al son de la bocina de Arsindo se juntaron en un ancho prado que, á una parte sin hierba y llano y á otra lleno de altas peñas, era sitio para la fiesta principal muy acomodado y allí fijaron su cartel en el tronco de una haya, y con gran orden acompañando al viejo Sileno se volvió cada cual á su cabaña, excepto SIRALVO, que fué á despedirse de Arsiano, Orindo y Alfeo y de las hermosíssimas Andria, Finea y Silvera, prometiéndoles hallarse allí el cuarto día, con lo cual guió á la morada de Erión, donde Mendino y Cardenio le aguardaban maravillados de su tardanza; allí les contó el pastor lo que pasaba en la ribera, y cómo los pastores della les pedían sus yeguas y Sileno daba las suyas; no lo excusaron MENDINO y Cardenio, antes por su orden volvió SIRALVO á darlas el tercero día, y ellos también se determinaron de ver aquella fiesta tan nueva entre pastores; pero primero quisieron avisar á las amadas ninfas, y pudiéronlo fácilmente hacer porque hallaron á Florela en el monte, esperando que un ruiseñor se recogiese al nido para llevarle á FILIDA, que aquella noche se había agradado mucho de su canto; para este efeto la acompañaron los dos gallardos pastores, y tomando Mendino el ruiseñor se le dió á Florela y le dijo lo que en la ribera pasaba, y que en todo caso FILIDA y Filis y Clori no perdiesen de ver aquella fiesta, porque con la esperanza de verlos él y Cardenio y Siralvo estarían allá; con esto Florela se encumbró al monte y los pastores se bajaron con el Mago, que ya la mesa puesta los esperaba. Costumbre tenía Erión de tomar el instrumento sobre comida para recrear juntamente los cuerpos y los ánimos; assí esta vez en siendo acabada tomó un coro, que divinamente le tañía, á cuyo son los pastores se transportaron, y al fin dél, alabando al docto Mago, y tomando su licencia se salieron con los arcos por el monte, deseosos de toparse con las Ninfas, mas no les fué posible, porque como ellas tuvieron aviso de la fiesta, juntáronse Filida y Filis, Clori y Pradelia, Nerea y Albanisa, Arethusa y Colonia, y fueron al templo de la casta Diana por licencia para ir á la ribera; assí gastaron el día, y Mendino y Cardenio buscándolas en vano, y ya que bajaban á la cueva, mataron dos corzos en la falda del risco; á la hora, con Siralvo, que era venido á certificarles la fiesta, los enviaron á Sileno, porque supieron que los había menester el siguiente día; y ellos en amaneciendo dejaron la cueva y fueron á sus cabañas, donde le hallaron poniendo orden en todo. Era muy de ver á cada parte los sitios de los pastores donde tenían sus yeguas y ordenaban sus invenciones, cada uno en soledad con los de su cabaña, sin que de otra nadie los ocupase; y sabiendo Sileno de Florela, que vino delante, cómo las Ninfas venían, mando hacer tres enramadas, una para él y los precios, otra para las Ninfas y otra para las pastoras. En estos apercebimientos, pastores y Ninfas y la hora de la fiesta llegaron juntas; á cada cual puso Sileno en su sitio, y tomando el cartel subió al suyo con Mendino y Cardenio y los festejados Alfeo, Arsiano y Orindo. Sin duda eran estos los más apuestos pastores del Tajo, y éstas las más hermosas pastoras del mundo. A las Ninfas no alabe lengua humana, porque ellas no lo parecían; invidioso Febo se puso tras las pardas nubes, y assí passó el día todo sin dar fastidio con sus rayos; soberbia la tierra se alegró de arte que compitió con el cielo, pues los pastores que tan mejor lo sentían, celébrenlo con mirarlo si ojos mortales bastan á tanto bien; y ahora digamos cómo llegó el mantenedor Liardo vestido de un paño azul finíssimo, sayo largo vaquero y caperuza de falda, camisa labrada de blanco y negro con mangas anchas, atadas sobre los codos, con listones morados, zarafuelle y medias de lana parda y verde, zapato de vaca, que le servía de estribo y espuela, en una yegua castaña acostumbrada á volver los toros á las dehesas; el freno era un cabestro de cerdas con una lazada revuelta por los colmillos, y la silla una piel de tigre de varias colores, y presentándose á Sileno fué su letra:

Si no gano manteniendo más que en mantener la fe, pocos precios ganaré.

Licio, su acompañado, salió de la misma suerte, excepto que el vestido era leonado, la yegua baya y por silla su gabán doblado, y la letra:

El que con la fe ha perdido la esperanza, ¿que ganará con la lanza?

Celio cogió de los campos gran diversidad de flores y hierbas, y con el jugo dellas y agua de goma pintó la yegua y la lanza y su vestidura, que era de un blanco lienzo todo á bandas, de más de diez colores; pero la que caía sobre el corazón era negra, y la letra:

Las alegres son ajenas, mas las tristes propias son, y más las del corazón.

Puso por precio una bolsa de lana parda con cerraderos verdes, y contra ella señaló Sileno unas castañetas de ébano con cordones de seda; luego al son de la bocina de Arsindo y de un atabal de dos corchos, que Piron tañía, tomaron lanzas, y á las dos que corrieron no hubo ventaja, pero á las terceras Liardo llevó la sortija y Celio la cuerda: recibió Liardo sus precios y diólos á la hermosa Andria, que á quien él quisiera no podía; y vuelto al lugar, llegó Uranio, vestida la piel entera de un osso que él había muerto, y en la cabeza de la yegua, hecha de cartones, otra de sierpe, que la cubria, y en la anca una gran cola de la misma invención; la lanza cubierta de pellejos de culebras, de arte que parecía verdaderamente un osso; sobre una sierpe con una gran culebra en la mano, decía su letra:

Pero la que sigo es al revés.

Puso por precio un cuerno de hierba ballestera, y Sileno un carcax con seis saetas, y licencia para hacer un arco el que ganasse. Corrieron sus lanzas Licio y Uranio, y las cinco fueron con tanta gallardía, que á todos dieron contento; pero á la sexta, como la yegua de Uranio llevaba la cabeza cubierta, tropezó y dió con el osso una gran caída: perdió el precio, pero diósele un vaso de agua, y tornando á subir algo corrido se puso á un cabo.

Luego entró Siralvo en una yegua overa, vestido de caza, de una tela blanca y verde, por toda ella sembrada de FF y SS; de las FF salian unos lazos que en muchos ñudos enredaban á las SS, y la letra:

De ti nacieron los lazos, y de mí la gana de verme anssí.

Puso por precio doce cintas de colores, con cabos blancos, y Sileno dos cenogiles de lo mismo. Corrieron Liardo y SIRALVO, sin haber ventaja entre ellos; pero como ya dos aventureros habían perdido, quiso Sileno animar á los demás, y juntamente hacer lisonja á MENDINO y dióle el precio á SIRALVO: el cual, mirando á quién pudiesse darle, vido llegar á la enramada de las ninfas un pastor muy flaco, vestido de un largo sayo de buriel, en un rocín que casi se le veían los huessos, y á las ancas traía otro pastor en hábito de vieja, ambos con máscaras feíssimas; y llegándose á ellos, les dió los cenogiles y las cintas.

Los cuales á la hora los presentaron á Sileno y pidieron campo. Sileno se lo atorgó, y señaló contra sus precios una bola de acero bruñida, que servía bastantemente de espejo, y llegados al puesto, el pastor disfrazado quiso suplir la falta que había de padrinos en esta fiesta, y hasta la media carrera le llevaba la vieja la lanza: allí la tomaba él y en corriendo se la tornaba á dar; la gracia de las lanzas era muy conforme al talle, y la risa de las ninfas y pastores no cessaba; al fin, por pagalles el contento, Licio pidió al juez que les diesse los precios, y preguntándoles las ninfas si traían letra, sacó la vieja un papel y diósele. Entre los pastores no se supo lo que decía, entre ellas, basta que fué bien solenizado con risa y colores en algunas.

Aquí llegó Filardo en una yegua alazana de hermoso talle; traía vestido sobre jubón y zarafuelles blancos, sayo y calzones de grana fina, caperuza verde, y en ella un manojo de espinas, y con un ramo de oliva, que salía de entre ellas, y la letra:

Mi guerra produxo espinas, mas Amor mi paz les puso por flor.

Dió por premio un caramillo de siete puntos, y contra él Sileno una flauta de trece. Corrió Liardo la primera lanza, en que llevó la sortija. Siguióle Filardo de la misma arte; á la segunda, Liardo tocó en ella y derribóla; lo mismo hizo Filardo, y á la tercera Liardo no llevó tal lanza como las passadas; pero Filardo la aventajó á todas, y assí Sileno le dió el precio, y él á Silvia, que con el deseo le tenía comprado.

A la hora oyeron gran ruido de instrumentos y voces, y vieron llegar una ancha cuba, sobre secretas rodajas, tirada con cuerdas de cuatro máscaras, con rostros de gimios y pies de sátiros; venía enramada toda, y encima un pastor sentado, con carátula ancha y risueña, los brazos desnudos, los pechos descubiertos, y en su cabeza una guirnalda de pámpanos llenos de uvas y hojas, en una mano una copa y en otra un odre; alrededor dél, con las mismas coronas y alegria, venían muchos hombres y muchachos, que torciendo llaves, del vientre de la cuba sacaban vino, henchían vasos y derramaban los unos sobre los otros. No faltaba quien también tañesse chapas, albogues, bandurrias y churumbelas y otros instrumentos más placenteros que músicos; todos generalmente se alegraron con la buena venida del fingido Baco, y llegando á Sileno le dió esta letra:

El que de mí se desvía, á sí y á mi madre enfía.

Puso por precio un vaso grande de vidrio sembrado de verde pimpinela. Sileno señaló un caracol muy hermoso que podía servir de vaso y de bocina; con esto Baco y Licio fueron al puesto. La lanza de Baco era hecha de luengos sarmientos juntos y añudados con sus mismas hojas. No quiso Licio correr primero por el respeto del alegre rey; y en un punto, al son de los envinados instrumentos, la gran cuba fué llevada con grandíssima velocidad, y sin hacer calada ni cosa fea, Baco llevó la sortija, y lo mismo hizo la segunda y la tercera lanza; y aunque Licio corrió bien, quedóse en todas muy atrás. Tornaron á sonar los instrumentos, y la bocina de Arsindo y el atabal de Pirón, y con gran aplauso y contento se le dió á Baco el caracol, con lo cual hizo lugar á Galafrón, que entró en una yegua cebruna, cubierto de hierba tan compuesta y espessa, que por ninguna parte se veía otra vestidura; la cual lanza teñida del mismo color, y un sol de flores en la caperuza con esta letra:

Mi sol fué la flor de abril, mi contento la verdura y el invierno mi ventura.

Puso por precio un cinto de becerro bayo, tachonado de nuevo latón, con su escarcela plegada, y Sileno unas carlancas de cuero de ante, herradas con puntas de acero, importantíssimo reparo del mastín contra los noturnos lobos robadores del ganado. Corrió Liardo la primera lanza con mucha destreza, y Galafrón con mucha más; á la segunda se aventajó Liardo, y á la tercera anduvieron tan iguales, que SIRENO, Mendino y Cardenio no se supieron determinar; pero queriendo Sileno igualar á entrambos, trocó los precios, dando á Galafrón las carlancas y á Liardo el cinto, con que quedaron contentos, y más Silvera, á quien ambas joyas se presentaron.

Gran rato después desto estuvieron Liardo y Licio esperando aventureros, y ya casi admirados de la tardanza, vieron venir un gran castillo almenado, con extraño ruido de cohetes, que por todas partes salían, invención que, á ser de noche, sin duda pareciera la mejor, porque era todo ensetado de mimbres torcidos y cubiertos de lienzos pintados de color de piedra, y dentro los pastores de Mireno, por secretos lazos le llevaban; y llegando á los jueces, abriéndose de una parte una ancha puerta, por ella salió Mireno en una yegua melada, pisadora, vestido de un sayo corto, gironado á colores, caperuza y calzón de lo mismo, zarafuelle y camisa de varias sedas y lana, con una argolla al cuello y esta letra:

Por hado y por albedrío.

Puso por precio una hermosa caja de cucharas, labradas con gran primor, y Sileno otra de ricos cuchillos, limados no con menos. Corrió Licio mejor que nunca su primera lanza; mas bien le hizo menester, que la de Mireno fué con gran gala y destreza; la aegunda no menos; pero á la tercera, Licio se embarazó y perdióla. Mireno, más animado, remató con llevar la sortija y el premio, el cual fué luego á manos de la hermosa FILIDA.

Poco después entró Ergasto, en una yegua tordilla, vestido al modo de serrano, un sayo pardo de pliegues, largo de faldas, escotado de cuello, mangas abiertas de alto á baxo con cintas blancas, calzón de polaina, y sobre una gran cabellera postiza, la caperuza vaquera sembrada de cucharas y peines, y en lo alto della una mata de retama en flor, con esta letra:

Tales son, Amor, tus flores que, del olor engañado, el gusto queda burlado.

Quitó un peine de su caperuza, y púsole por precio, y Sileno unas tijeras grandes lucias de desquilar. Liardo fué en las dos lanzas primeras desgraciado, y en la tercera muy gracioso; pero como Ergasto en todas anduvo bien y igual, diósele el precio de que hizo presente á la serrana Finea, y ella le recibió con rostro afable.

Iba ya el sol tan cerca de ponerse, que á poco más que Barcino tardara no fuera de efecto su venida; mas él llegó á tiempo en una hermosa yegua rucia rodada, vestido un galán pellico y calzón de armiño, sombrero en su cabeza, alto y ancho, de la misma piel, con zarafuelle y camisa de igual blancura, y su letra:

En quererte, y tan en blanco mi suerte.

Puso por precio un ramillete de rosas blancas, y Sileno un vidrio do se pudiessen conservar en agua. Corrió Licio la primera lanza, y llevó la sortija; Barcino tras él hizo otro tanto sin haber mejoría en la destreza, y volviendo á la segunda, mientras Lucio corría, y todos se ocupaban en mirarle, Barcino, sin dejar la yegua, se quitó el hábito de pastor y quedó hecho salvaje, cubierto de largo vello de pies á cabeza, de suerte que no fuera conocido á no serlo tanto la yegua. Estas segundas lanzas también fueron buenas; y de la misma suerte, mientras Licio corrió la tercera menos bien que las otras, Barcino tornó á dejar la piel de salvaje, y quedó vestido de un cuero plateado en forma de arnés desde el escarpe hasta la celada: iba todo él y la lanza bañado en agua ardiente, y en medio de la carrera, cuando la gente con más atención le miraba, con fuego secreto se hizo arder todo el cuerpo, hasta la armella de la lanza, de manera que no se pudo tener con ella cuenta, mas ella la dió tan buena de sí que se llevó la sortija. Mucho placer hubieron ninfas y pastores de la invención de Barcino, y dándole Sileno el precio, él le dió á Dinarda.

Con esto, viendo ya que el sol era traspuesto, Sileno pidió á Mendino que diesse los premios del cartel; y llegando todos á la enramada, Mendino, con muchos loores, encareció su fiesta, y á Barcino dió el dardo que era el premio de la invención; á Mireno el espejo, que era el de gala; á Uranio confirmó el vaso de agua que se le dió tan á mejor tiempo; á Baco, que se supo que era Elpino, cayado por mejor lanza; y á Liardo la corona, por vencedor, y las plumas del pavón que eran para la letra, remitió á las ninfas que las habían leído todas, y ellas con mucho gusto las dieron á la vieja.

Bien quisieran los jueces que hubiera premios para cumplir con todos, y alabando á Aquel que sólo todo lo cumple, dejaron las enramadas, y ninfas y pastores siguieron al buen Sileno, que en su cabaña estaba aparejada la cena, donde passaron cosas de no menos gusto y donde se vido junta toda la bondad y nobleza humana, y donde quedaron en silencio hasta que más docta zampoña los cante ó menos ruda mano los celebre.

DEL AUTOR Á SU LIBRO

Soneto.

Por más que el viejo segador usado la hoz extienda por la mies amiga, no puede tanto que de alguna espiga no se quede el rastrojo acompañado. Aunque el corvo arador con más cuidado los bueyes rija y el arado siga, no le hace tan diestro su fatiga que no vaya algún sulco desviado. Y tú, PASTOR, que con tan pobre apero, de los humildes campos te retiras, lleno de faltas, sin enmienda alguna, Si te llamaren rústico y grosero, tendrás paciencia, pues, si bien lo miras, aquesta es mi disculpa y tu fortuna.

DE PEDRO DE MENDOZA

Soneto.

Este PASTOR en quien el cielo quiso resumir el primor de los pastores, que aunque son de los campos sus primores, do vive Amor no ha de faltar aviso. Por tal PASTOR se vuelve paraíso la ribera, caudal de amor y amores: por tal PASTOR merecen más loores los pastores del Tajo que el de Anfriso. ¡Oh tú sola, sin par FILIDA bella, y tú, PASTOR, gentil que su renombre tomaste por triunfo verdadero, Ella es digna por ti, más tú por ella, ella de ser del Tajo eterno nombre y tú de sus pastores el primero!

DE DIEGO MESSIA DE LASSARTE

Soneto.

Agradar al discreto, al más mirado, al necio, al maldiciente, al envidioso, medir los gustos de cortés curioso, ¿cómo podrá un PASTOR con su cayado? En su querido albergue del ganado trate y cuide, si el pasto le es dañoso, de FILIDA su bien, sólo cuidoso, y de otro fin ajeno y descuidado. Pastor, este es oficio de pastores: pero quien os leyere, dirá al punto que sois un nuevo cortesano Apolo. Con fama tal, del uno al otro polo, viviréis agradando á todos, junto discretos, envidiosos, detractores.

DE DON LORENZO SUÁREZ DE MENDOZA

Soneto.

PASTOR, si estáis de serlo tan ufano, ¿cómo en las cortes os habéis metido? y si sois cortesano conocido, ¿para qué es bueno el traje de villano? Si tocáis el rabel con ruda mano, ¿cómo sale de cíthara el sonido? y si sois con los árboles nacido, ¿quién os mostró el lenguaje ciudadano? PASTOR, quiero deciros lo que siento, después de descifrar vuestros primores y de llegar con vos casi á las manos, Que FILIDA os ha dado ser y aliento para ser el mejor de los pastores y el más discreto de los cortesanos.

DE GREGORIO DE GODOY

Soneto.

PASTOR, que por ovejas ha escogido dulces cuidados, altos pensamientos, aunque la leche y queso sean tormentos, sola firmeza su cayado ha sido. No es mucho que, cansado del exido, se venga á los ilustres aposentos, que es agradable y sonlo sus intentos, y es bien morir á donde fué nacido. Por él puede decirse sin defecto que so el sayal hay al, pues si queremos apartarle el rebozo con cuidado, Un GÁLVEZ DE MONTALVO hallaremos, tan hidalgo y galán como discreto y tan discreto como enamorado.

DE DON FRANCISCO LASSO DE MENDOZA, SEÑOR DE JUNQUERA

Soneto.

Si al claro ilustre son que con victoria tan célebre robó al olvido y muerte los hechos grandes de aquel griego fuerte tuvo Alejandro envidia tan notoria, Tuviérala mayor á la alta gloria de los pastores que do el Tajo vierte habitan, pues les da el cielo por suerte quien alce á más grandeza su memoria. Y á ti, Tajo mayor, que por tu arena dorada al Histro y Ganges igualabas, mas ya tu nombre cielo y tierra llena. Perlas, oro y rubís es cuanto lavas, pues MONTALVO, con rica heroica vena, te enriquece del bien que no alcanzabas.

DEL DOCTOR CAMPUZANO

Soneto.

Hallar del Nilo la primera fuente procuraba Nerón con gran trabajo. ¡Oh! quién me descubriesse la del Tajo, avenida de amor, rica corriente. El Pindo debe ser en Oriente, de allí desciende por su falda abaxo, dejemos sus rodeos, quel ataxo más breve es esperarle en Occidente. ¿Dónde está esto, PASTOR? quiero gustalle; aquí es el agua dulce, aquí se cría aquel licor del monte soberano. Este solo PASTOR basta á loalle, y á tal PASTOR ninguno bastaría, y ansí lo dejo por trabajo vano.

FIN DEL PASTOR DE FILIDA

COLLOQUIOS SATÍRICOS

HECHOS POR ANTONIO DE TORQUEMADA

SECRETARIO DEL YLLUSTRISSIMO SEÑOR DON ANTONIO ALFONSO PIMENTEL, CONDE DE BENAVENTE

DIRIGIDOS

AL MUY YLLUSTRE Y MUY EXCELENTE SEÑOR DON ALONSO PIMENTEL PRIMOGÉNITO Y SUCESSOR EN SU CASA Y ESTADO

A continuación se detallan las materias que se tractan en estos siete colloquios.

Colloquio primero, en que se tratan los daños corporales del juego y aun espirituales, persuadiendo á los que lo tienen por vicio que se aparten dél, con razones muy sufficientes y provechosas para ello, en que hallarán todas quantas cautelas y engaños que los malos jugadores usan y se aprovechan dellas en todo género de juegos.

El segundo colloquio trataos y boticarios están obligados á hazer para cumplir con sus officios y conciencias. Assí mesmo se ponen las faltas que ay en ellos para daño de los enfermos, declarando las faltas y hierros que hazen, con muchos avisos necesarios y provechosos; divídense en dos partes: en la primera se trata lo que toca á los boticarios; en la segunda, lo de los médicos.

Colloquio tercero, en que se tratan las excelencias y perfición de la vida pastoril para los que quieran seguirla, provándolo con muchas razones naturales y auctoridades y exemplos de la Sagrada Escriptura, y de otros autores. Es muy provechoso para que las gentes no vivan descontentas con la pobreza, ni pongan la felicidad y bienaventuranza en tener grandes riquezas y gozar de grandes estados.

Colloquio cuarto, que trata de la desorden que en este tiempo se tiene en el mundo, y principalmente en la christiandad, en el comer y beber, con los daños que dello se siguen y quán necessario sería poner remedio en ello.

Colloquio quinto, que trata de la desorden que en este tiempo se tiene en los vestidos, y quán necessario sería poner remedio en ello.

Colloquio sexto, que trata de la honrra del mundo, dividido en tres partes: En la primera se contiene qué cosa es la verdadera honrra, y cómo la que el mundo comúnmente tiene por honrra las más vezes se podría tener por más verdadera infamia.

En la segunda se tratan las maneras de las salutaciones antiguas y los títulos antiguos en el escrevir loando lo uno y lo otro y burlando de lo que agora se usa.

En la tercera se trata una quistión antigua y ya tratada por otros, sobre quál sea más verdadera honrra, la que se gana por el valor y merecimiento de las personas ó la que procede de los hombres por la decendencia de sus passados. Es colloquio muy provechoso para descubrir el engaño con que las gentes están ciegas en lo que toca á la honrra.

Colloquio sétimo. Pastoril en que un pastor llamado Torcato cuenta á otros dos pastores llamados Filonio y Brisaldo los amores que tubo con una pastora llamada Belisia. Va compuesto en estilo apacible y gracioso; y contiene en sí avisos provechosos para que las gentes huyan de dexarse vencer del amor, tomando enxemplo en el fin que tuvieron estos amores, y el pago que dan á los que ciegamente los siguen, como se podrá ver en el proceso deste colloquio.

Fin de la tabla.

Yo el maestro Alexio Venegas he leydo todo este libro, y lo que dél me paresce es que los colloquios satíricos son dignos de ser impressos para que vengan en las manos de todos, porque son muy avisadamente escritos y son muy provechosos, con que no se dexen algunas corresciones, que aunque son pocas, algunas son sustanciales.

Del coloquio pastoril digo que el estilo sabe no solamente de pastores, más aun de muy leydos ciudadanos, en el que aunque ay algunos avisos contra el amor, especialmente en la tercera parte ay muchas celadas, que enseñan á amar á los ignorantes, por donde no se les debría dar arte para osar emprender lo que ignorancia no emprendería, mas si se hubiese de imprimir vaia con las enmiendas que en él se hizieron.

Alexio Venegas.

EL PRÍNCIPE

Por quanto por parte de vos Antonio de Torquemada, criado del conde de Benavente, nos ha sido hecha relación que vos habéis hecho en prosa castellana unos colloquios satíricos con un colloquio pastoril al cabo, suplicándonos y pidiéndonos por merced que teniendo consideración al trabajo que en componer la dicha obra habeys tenido os diéssemos licencia y mandássemos que vos ó la persona ó personas que vuestro poder oviessen y no otras algunas puedan imprimir ni vender los dichos colloquios en estos reynos y señoríos de la corona de Castilla ni traellos á vender de fuera dellos ó como la nuestra merced fuere, y porque habiéndose visto los dichos colloquios por nuestro mandado paresció que de imprimirlos no se siguía ningún incombiniente, por la presente os damos licencia y facultad y mandamos que vos ó la persona ó personas que vuestro poder ubieren y no otras algunas puedan imprimir ni vender ni impriman ni vendan los dichos colloquios en los dichos reynos, señoríos de Castilla ni traellos de fuera dellos por tiempo de diez años primeros siguientes, que se cuenten desdel día de la fecha desta mi cédula en adelante, so pena que la persona ó personas que sin tener vuestro poder para ello lo imprimieren ó hizieren imprimir y lo vendieren ó hizieren vender pierdan toda la impresión que hizieren ó vendieren y los moldes y aparejos con que lo hizieren, y más incurra cada uno en pena de treynta mil maravedís por cada vez que lo contrario hiziere, la qual dicha pena se reparta en esta manera: la tercia parte para la persona que lo acusare, y la otra tercia parte para el juez que lo sentenciare, y la otra tercia parte para nuestra cámara y fisco, y mandamos que cada pliego de molde de la dicha obra se venda al precio que por los del Consejo de Su Majestad fuere tasado, y mandamos á los del dicho Consejo de Su Majestad, presidentes y oydores de sus audiencias, alcaldes, alguaziles de la casa corte y chancillerías y á todos los corregidores, assistentes, gobernadores, alcaldes, alguaziles, prebostes, merinos y otras muchas justicias y juezes qualesquier destos nuestros reynos y señoríos que guarden y cumplan, y hagan guardar y cumplir esta nuestra cédula y contra lo en ella contenido, no vayan, ni passen, ni consientan hir ni passar en tiempo alguno ni por alguna manera so pena de la nuestra merced y de diez mil maravedís para la nuestra cámara á cada uno que lo contrario hiziere. Fecho en Segovia á diez de abril de mil y quinientos y cinquenta y dos años.

Yo el Principe. Por mandado de Su Alteza, Iuan Vázquez.

AL MUY EXCELENTE SEÑOR DON ALONSO PIMENTEL, PRIMOGENITO SUCESSOR EN EL ESTADO DE BENAVENTE, ETC., MI SEÑOR.

Doctrina es común de todos los filósofos, muy excelente señor, que aquello que se trata en la niñez y tierna edad de los hombres es lo que más se imprime en ell alma y hace aposento en la condición, quedando como el sello en la cera, que muestra las armas señaladas en ella como en él estaban esculpidas, y assí todos los que desean que sus hijos sean bien enseñados, habrían de procurar que la primera conversación fuesse tal que della pudiessen tomar buenos enxemplos y aprender buenas costumbres, porque esta era ley que los atenienses guardaban en su república de tal manera, que muchas veces si los padres eran viciosos, les quitaban los hijos de su poder para que no se estragassen y corrompiesen con sus vicios. La conversación, vuestra excelencia la tiene tal en sus illustríssimos padres, que todo el mundo con muy justa razón los puede tener ante sus ojos por perfectíssimo dechado de virtudes. Y porque el tiempo que vuestra excelencia se hallase en ociosidad della, en ninguna cosa mejor puede emplearlo que en leer los libros que hay escritos, de adonde se pueden sacar buenos exemplos y doctrina, los cuales, aprendidos en la edad de siete años que vuestra excelencia tiene, hacen raices en el alma para todo el tiempo de la vida, tomé yo atrevimiento para poner en sus manos estos colloquios en que se reprehenden algunos vicios y se da á entender el daño que sigue dellos, para que si alguna vez viniesen disfrazados puedan mejor conoscerse, y sepa vuestra excelencia apartarlos de sí y de sus repúblicas cuando nuestro señor fuese servido que venga á tener el gobierno dellas. Y á los que les paresciere que yo hago yerro en sacar á luz una obrecilla que no tiene mayor bien que estar debajo del amparo y favor que para ello ha tomado, responderles he con lo que Sant Pablo dice: que todas las cosas que están escritas se escribieron para nuestra doctrina, y assí podrán inmitar lo bueno que dixese y huir de lo que vieren que es malo; pues mi intención ha sido buena para no ser mal juzgada porque todo en fin es acertar á servir á vuestra excelencia como lo hago agora en servicio del conde mi señor y de la condesa mi señora, á quien nuestro Señor dé tan larga vida y con tan gran prosperidad como sus humildes criados deseamos, para que con ella pueda aumentar su señorío y estado y dexar á vuestra excelencia por sucessor en ellos, como lo merece.

Menor y más obediente criado de vuestra excelencia que sus excelentes manos besa.

ANTONIO SÁNCHEZ IOLI EN LOOR DEL AUTOR

Mi lengua muy torpe, mi muy ruda pluma, mi poco saber, mi grande deseo agora conviene que largo resuma en loor de persona, que con mayor suma de lo que diré merece su arreo. El grande tesoro de[1273] acerva Siqueo no se compara con este minero, el oro y la plata parece muy feo delante de aqueste á quien claro veo Minerva lo tiene por su tesorero. Las minas ó venas que hobo en España de oros y platas y de otros metales, al grande poder por fuerza y por maña que tenía adquerido, que era cosa extraña, de grandes haciendas y ricos caudales. Si el rey Hispan fundó cosas reales y hizo otros hechos en ella famosos, ya casi que vemos por tierra los tales; pero aun que faltaron, por ser terrenales, ya han adquirido otros más frutuosos. El oro y la plata al fin, fin, fué tierra, y asina se halló sin trabajo poner las minas que ora hay, Tritona las cierra; no se abren á nadie sino á pura guerra que el que las quisiere con si ha de traer. En esto está firme España y su ser, toda bordada de sublimes ciencias que están en personas de mucho valer, y de los que hay, podremos creer vos sois el uno de más preeminencias. Y no os doy aquellas que os debría de dar según que se debe á su merecimiento, que sería manera de nunca acabar un imprincipio de siempre contar y al cabo que falte la suma y el cuento. Porque habéis fundado tan hondo secreto de dichos subtiles, avisos y cosas, que cualquier curioso de noble talento si los nota bien verá lo que siento ser digno de fama y honrra gloriosas. Todos los vicios que están embaucados de aquellos que piensan apenas se engañan reciban v noten los vuestros dechados, que allí entenderán como andan burlados, verán si coligen los bienes qne apañan. E los que otros puntos también amarañan mirando muy bien lo que va apuntando á sí mesmos cierto temen que se dañan; de donde sucede que muchos se ensañan á Dios maldiciendo no habiendo pecado.

Vale, autor charissime.

EL IMPRESOR Á LOS LECTORES SOBRE LA CORRECCIÓN DE LOS LIBROS

Es costumbre tan usada en cualquiera que lee un libro, si halla algunos defetos ó mentiras ó letras mal puestas ó unas por otras, que luego echan la culpa al impresor que lo imprimió, sin saber si aciertan ó si no, que como ya tiene esta fama no habrá nadie que se la quite, y para desengañar los que así echan la culpa á los impresores determiné avisarles declarándoles la manera que se tiene en las correcciones; y habéis de saber que en cualquier emplenta hay un corretor asalariado para que corrija todos los libros que se imprimen, y éste ha de tener cuidado de corregir todas las faltas que halla en el original y que se hacen en la emplenta, y así, si algunos defetos se hacen, son á cargo del corretor y no del impresor, y así ninguno se debe de maravillar por las faltas que halla, porque por sí mesmo puede juzgar á los corretores: estáis escribiendo una carta á donde tenéis todo vuestro juicio y memoria y entendimiento, á donde no tenéis más con quien entender sino con el papel y la pluma y tinta, y después de escrita, tornándola á leer halláis en ella harto que tornar á enmendar, y aun tomarla á trastadas, cuanto más donde hay tantas menudencias de letra que no basta juicio humano para hacer que en lo que se imprime no lleve defetos; porque por mí lo he visto passar dos y tres veces y aun cuatro una prueba, y si me tomasen juramento juraría que no hay en ella qué corregir, y tornarla á leer y hallar en ella algunas mentiras ó letras mal puestas, y aun algunos que me han dado obras á imprimir, y ellos mismos son corretores de sus obras, y decirme que en sus obras no han de llevar sola una mentira, y al cabo de impresa la obra tornarla á pasar el autor y hallar tantas que estaban espantados; assí que se pasan los ojos y no basta nadie á hacer que no lleve defetos, aunque más mirar y diligencia tengan.

NOTAS:

[1273] Parece que ha de ser que.

COLLOQUIO

En que se tratan los daños corporales del juego, persuadiendo á los que lo tienen por vicio que se aparten dél, con razones muy suficientes y provechosas para ello.

INTERLOCUTORES

Luis.--Antonio.--Bernardo.

LUIS.--Verdaderamente, señor Antonio, aunque la profesión ú orden de vida que los hombres toman para sustentarse, á lo más sea muy áspera y trabajosa, cuando los bienes de fortuna no bastan para poder vivir con ellos conforme á la calidad de sus personas, todas me parecen tolerables y que con mayor paciencia se pueden sufrir los trabajos que acarrean pudiéndose passar sin venir á perder su propia libertad, compelidos y apremiados á venderla por dineros, haciéndose esclavos y muchas veces por muy pocos, siendo esta libertad tan sin precio que dice Ovidio della que no se vende bien por todo el oro del mundo.

ANTONIO.--Antigua querella es esta de todos los que viven con señores, y los más dellos tienen poca razón de agraviarse, porque demás de llevarles sus dineros y sustentarse con hacienda ajena, hay otras ganancias que obligan á dissimularlas con sobras de la falta de libertad, porque se ganan los favores en las necesidades, el socorro en los trabajos, el valor y merecimiento en las personas, que si bien lo consideráis, á muchos tenéis mucho respeto por ser criados de los señores que decís, que no lo siendo hacíades poco caso dellos.

LUIS.--Es muy gran verdad lo que habéis dicho, pero todavía parece gran bien vivir los hombres libres si tienen posibilidad de hacerlo.

ANTONIO.--Pocos hay que la tengan que no la hagan, y los que no lo hacen es porque pretendan otras cosas que no tienen en menos que la riqueza.

LUIS.--¿Qué cosas son esas?

ANTONIO.--De lo que he dicho lo pudiésedes haber inferido. La honra, la autoridad, la preminencia, el acatamiento que se les hace, el respeto que se les tiene por causa de los señores con quien viven, y no quiero daros exemplos desto porque serían perjudiciales, pues no puedo decir que se les da todo esto por causa ajena sin mostrar que por la suya no lo merecían.

LUIS.--Bien sería todo ello si no viniese tan cargado de inconvenientes que apenas puede el provecho y honra con ellos, porque si hacéis algún delito ó cosa por donde merezcáis ser castigado en tierra del señor con quien vivís, mayor es el rigor que se usa con vos que en otra parte ninguna; porque dicen que con el castigo de su criado dan mayor exemplo á sus súbditos, y assí estáis con obligación de vivir más recatado y con mayor aviso. Y lo que peor es que, conociendo esto los vasallos, tienen en poco á los criados de los señores, desacatándose con ellos y tratándolos con poco respeto, y éstos porque saben que los han de sufrir, y que por no dar ocasión á que el señor se enoje con ellos y aun por ventura los despida, sufren muchas veces más de lo que sería justo.

ANTONIO.--Los señores que esso permiten no pueden excusarse de culpa mientras así lo hicieren, pues es ley universal de naturaleza que haya unas personas preferidas á otras, y los que quieren tan grande igualdad en sus tierras, yerro es manifiesto que hacen. Pero debéis engañaros, que si algunas veces los señores muestran querer esa igualdad no es para más de quitar la ocasión á los criados que no se ensoberbezcan ni traten ásperamente á los vasallos, pensando que con servirles tienen libertad para ello.

LUIS.--No sé lo que tenga por peor; una cosa quiero que me confeséis.

ANTONIO.--¿Qué cosa?

LUIS.--Que no conoscen los señores el buen servicio que tienen.

ANTONIO.--¿Cómo es eso?

LUIS.--Yo os lo diré. Porque nunca supieron ser mal servidos: tiene uno de nosotros un mozo ó dos ó tres, que á cada paso que les decimos ó mandamos alguna cosa fuera de su voluntad se agravian en nuestra presencia y nos dicen palabras sueltas y libres, y muchas veces se desvergüenzan á responder que no quieren hacer lo que se les manda, y aun algunas con palabras iguales. Y todo esto sufrimos y passamos y disimulamos, que no es menester poca paciencia para ello.

ANTONIO.--¿Y qué es la causa que la tenemos?

LUIS.--Servirnos nosotros de gente ruin, desvergonzada y desenfrenada, y que se les da poco vivir hoy con uno y mañana con otro. Y si no hallan amos, pedirlo por Dios ó tomar cordel y ser ganapanes. Y si nosotros los despedimos, no hallamos otros mejores, y por ventura serían de peor condición; pero los señores que se sirven de hombres que tienen y temen la honra, no pasan por este trabajo, que con ser buenos y hijos de buenos, demás de no hacer vileza, procuran tener contento siempre al señor con quien viven, sufriendo sus desabrimientos, sus importunidades y sus condiciones, que son muchas veces fuera de todos términos de razón, porque saben que han de salir con todo lo que quieren, sin que sus criados se lo contradigan ni dexen de cumplir lo que les manda, sea bueno ó malo, justo ó injusto, ¿y qué pensáis que lo hace? La vergüenza y la virtud que tienen; de manera que la mayor ventaja que nos hacen los príncipes y señores es servirse de buenos y hijos de buenos y que procuran hacer y sufrir como buenos, y nosotros somos servidos de gente ruin y de ruines costumbres y inclinaciones. Así que si aquellos á quien servimos mirasen y pusiessen ante sus ojos una cosa tan áspera y terrible como es que negamos nuestra propia inclinación y voluntad por seguir la ajena; y muchas veces tan fuera de razón y de propósito parecerles ya poca recompensa el salario por grande que fuesse, y holgarían de disimular algunas flaquezas, si en nosotros las hubiese, en lo que toca á su servicio, y juntamente con esto caerían en la cuenta de la obligación que tienen de hacer merced á los que bien y con trabajo les sirven.

ANTONIO.--Ese es el mayor que los servidores padescen, á lo menos aquellos que, como habéis dicho, son criados de grandes señores y príncipes, porque no sirven tanto por el galardón y premio que les dan de su salario y partido, como por la esperanza que tienen de ser remunerados en beneficios y mercedes. Y muchas veces les pasa la vida bebiendo los vientos como camaleones y cebándose en esperanzas vanas, sin sacar más fruto ni provecho de hallarse burlados.

LUIS.--No tienen de esso los señores toda la culpa.

ANTONIO.--¿Cómo no? Pues los servidores ¿hacen por su parte lo que son obligados?

LUIS.--Yo os lo diré: mucho está en ser unos venturosos y más bien afortunados que otros, digo cuanto á la opinión de algunos, que la verdad católica no lo consiente; mas prosiguiendo en alguna manera la vulgar opinión, para que mejor lo entendáis, quiero deciros en breves palabras que cuando niño me acuerdo que me contaron. Un rey que hubo en los tiempos antiguos, cuyo nombre no tengo memoria, tuvo un criado que le sirvió muchos años con aquel cuidado y fidelidad que tenía obligación, y viéndose ya en la vejez y que otros muchos que habían servido tanto tiempo ni tan bien como él habían recebido grandes premios y mercedes por sus servicios, y que él sólo nunca había sido galardonado ni el rey le había hecho merced ninguna, acordó de irse á su tierra y passar la vida que le quedaba en granjear un poco de hacienda que tenía. Para esto pidió licencia y se partió, y el rey le mandó dar una mula en que fuesse, considerando que nunca había dado nada á aquel criado suyo, y que teniendo razón de agraviarse se iba sin haberle dicho ninguna palabra. Y para experimentar más su paciencia invió otro criado suyo que, haciéndose encontradizo con él, fuese en su compañía dos ó tres jornadas y procurase entender si se tenía por agraviado. El criado lo hizo así, y por mucho que hizo nunca pudo saber lo que sentía, más de que passando por un arroyo la mula se paró á orinar en él y dándole con las espuelas dixo: Arre allá, mula, de la condición de su dueño, que da donde no ha de dar. Y passando de la otra parte aquel criado del rey que le seguía, sacó una cédula suya por la cual mandaba que se volviesse y lo hizo luego; y puesto en la presencia del rey, el cual estaba informado de lo que había dicho, le preguntó la causa que le había movido decir aquello. El criado le respondió diciendo: Yo, señor, os he servido mucho tiempo lo mejor y más lealmente que he podido; nunca me habéis hecho merced ninguna, y á otros que no os han servido les habéis hecho muchas y muy grandes mercedes, siendo más ricos y que tenían menos necesidad que yo, y así dixe que la mula era de vuestra condición, que daba donde no había de dar, pues daba agua al agua, que no la había menester, y dexaba de darla donde había necesidad della, que era en la tierra. El rey le respondió: ¿Piensas que tengo yo toda la culpa? La mayor parte tiene tu ventura; no quiero decir dicha ó desdicha, porque, de verdad, estos son nombres vanos, mas digo ventura, tu negligencia y mal acertamiento fuera de razón y oportunidad; porque lo creas quiero que hagas la experiencia dello. Y assí lo metió en una cámara y le mostró dos arcas iguales y igualmente aderezadas, diciéndole: la una está llena de moneda y joyas de oro y plata, y la otra de arena: escoge una de ellas, que aquélla llevarás. El criado, después de haberlas mirado muy bien, escogió la de la arena, y entonces el rey le dixo: Bien has visto que la fortuna te hace el agravio también como yo; pero yo quiero poder esta vez más que la fortuna, y assí le dió la otra arca rica, con que fué bienaventurado.

ANTONIO.--Entendido he lo que ahí queréis inferir, y lo que yo querría es que de la misma manera hiciesen conmigo, que no soy más dichoso que esse.

LUIS.--Todavía quiero decir que los criados tenemos la culpa de que los señores se descuiden de hacernos merced, porque nosotros les damos mucha ocasión para ello.

ANTONIO.--¿Cómo es esso?

LUIS.--Yo os lo diré. ¿Paréceos que es bien lo que los criados por la mayor parte hacen, que es agraviarse siempre de aquellos á quienes sirven diciendo mal y blasfemar dellos públicamente y donde quiera que se hallan, como si fuessen sus mortales enemigos, porque no les dan cuanto tienen y porque no les hacen cada día mercedes como si de fuero se las debiesen?

ANTONIO.--No alabo yo á los que esso hacen y es la mayor falta que puede haber en los servidores, si reciben la justa recompensa de su servicio en el partido y en otras cosas; pero así como digo esto de los que se agravian sin razón, quiero salvar á los que la tienen con aquel exemplo de Philipo, rey de Macedonia, el cual tuvo un criado llamado Nicanor, de quien fué muy bien servido, y como no recibía el galardón conforme á sus servicios, comenzó á desenfrenar la lengua y á decir mal del rey, tan libre y sueltamente donde quiera que se hallaba, que unos privados de Philipo que le oyeron se lo fueron á decir; agraviando el negocio y pareciéndoles que no cumplían con menos, le inducían á que le castigase gravemente y le desterrase de su reino. El rey dixo que él haría en él lo que convenía, y de ahí á tres ó cuatro días hizo muy grandes y crecidas mercedes á Nicanor. Y passado muy poco tiempo tornó á preguntar á aquellos criados suyos si porfiaba Nicanor en decir todavía tantos males dél como solía. Ellos le respondieron que antes decía y publicaba tantos bienes que los tenía maravillados de su mudanza. Y el rey les dixo entonces: Agora veréis que no tenía el sólo la culpa, sino yo, pues era en mi mano hacer que dixese bien ó mal de mí y no lo había remediado hasta agora.

ANTONIO.--Ya no son essos tiempos, ni se usa agora esa manera de remedios, aunque no hay menos obligación que entonces para que los señores tengan más cuenta con su familia y con los que mayor trabajo pasan en su servicio, para que mejor sean remunerados. Pero dexando esta materia, ¿no veis cuál viene Bernardo tan pensativo y triste que apenas puede moverse, la color mudada y levantando los ojos al cielo como si tuviesse que tratar con las nubes?

LUIS.--No trate con Dios de decir alguna blasfemia entre dientes, que á lo que yo entiendo, el que daba poco ha jugado y debe haber perdido lo que tenía.

ANTONIO.--¡Ah, gentil hombre, por acá es el camino si no vais huyendo de nosotros!

BERNARDO.--Antes vengo mejor guiado de lo que pensaba, pues he venido á hallar tan buena conversación para pasar el día.

ANTONIO.--Mejor viva yo que no quisiérades vos más que durara lo que habéis dexado y que vuestra bolsa os prestara más aparejo. Pero vos hacéis con el juego lo que ella hace con vos, que le dexáis cuando ella dexa de daros dineros, y assí creo que debe de haberos acaecido agora.

BERNARDO.--¿En qué lo veis?

ANTONIO.--Vuestro gesto lo dice y el semblante que traéis muestra que habéis perdido lo que teníades.

BERNARDO.--Pluguiera á Dios que no fuera más de esso, y de lo que me pesa es que no sólo perdí lo que tenía, pero también lo de mis amigos, que treinta ducados me prestaron y tampoco me dexaron blanca dellos.

LUIS.--¿Pues por qué dexaste de jugar? Quizá os desquitárades.

BERNARDO.--Porque no hallé quien me prestase más dineros.

ANTONIO.--Yo lo creo bien, que si el juego no os dexa á vos, no le dexaréis vos á él. ¿Y quién os lo ganó?

BERNARDO.--Ruiz y Guevara me trataron como os digo.

ANTONIO.--¿Y por haber perdido habéis de mostrar essa tristeza? Péssame ya que nadie os lo sintiesse por lo que toca á vuestra honra. Ya yo os he visto perder mayor cantidad y no por eso dexasteis de quedar muy alegre y contento.

BERNARDO.--No serán pocas veces las que esso me ha acaecido, pero entonces quedárame con qué poder tornar á jugar, y assí no sentía tanto la pérdida, y agora ha días que el juego me tiene fatigado, y no solamente he perdido cuanto tengo, pero también el crédito. Porque ya no hallo quien me preste un ducado, y los que agora me prestaron fué porque les debía más dineros, y quisieron aventurallos porque si ganasse se los pagasse todos. Y también empeñé mi palabra que lo uno y lo otro les pagaría dentro de tercero día, lo cual puedo tan bien cumplir como volar de aquí al cielo.

LUIS.--Essa es la mayor pérdida. Porque con ello perdéis la autoridad, la fe que habéis dado, y por ventura perderéis los amigos, que de tales se os volverán enemigos no cumpliendo con ellos lo que habéis quedado.

BERNARDO.--Ninguno se obliga á lo imposible, y si no lo tengo, como suelen decir, el rey me hace franco; cuando pudiere les pagaré y en tanto tengan paciencia, pues yo la tengo, no me quedando qué jugar, y lo peor es que gastar, ni con qué remediarme.

ANTONIO.--Muy mala razón es essa, señor Bernardo, y por lo mucho que os quiero no querría que la dixérades fuera de entre nosotros porque seríades mal juzgado. Y pues que tantas veces tenéis experiencia de los males y daños y desasosiegos que el juego trae consigo, debríades moderaros en jugar, y aun lo mejor sería dexarlo del todo, pues habéis visto la ganancia que sacáis de andaros jugando toda la vida, que en fin no la podéis sacar mejor que todos la sacan, la cual es acabaros de perder del todo si no ponéis remedio en lo porvenir, pues tenéis tiempo para hacerlo.

BERNARDO.--Por Dios que me parece, señor Antonio, que queréis contrahacer al raposo, que se vestía en hábito de frayre para predicar á las gallinas; nunca vi yo rufián que después de haber dexado el oficio por faltarle las fuerzas y aparejos para seguirle trayendo un rosario muy largo de agallones, y aun á las veces el hábito de hermitaño, mejor supiese hacer del hipócrita y dar á entender á las gentes ser un sancto sin pecado, que vos lo hacéis agora conmigo como si no tuviese noticias de vuestra vida ni os hubiese conocido hasta agora. Después que habéis jugado lo vuestro y lo de vuestros amigos, y que lo habéis tenido por oficio toda vuestra vida, pensáis de hacerme entender que es muy mala cosa el juego. Muy gran traición le haréis siendo vos de los mayores amigos y privados que él ha tenido y tiene, tratarle tan mal en ausencia; pero á fe que ó él podrá poco ó se vengará de vos en algún tiempo.

ANTONIO.--Ya le voy yo perdiendo el miedo, aunque no puedo negaros no ser verdad todo lo que habéis dicho, assí dejásedes vos su amistad como yo la he dexado. Por que he conocido sus traiciones y falsedades, sus trapazas y sus engaños. He visto esto, hele cobrado odio y enemistad y tan ruin voluntad, que de muy grande amigo le he hecho muy grande enemigo.

BERNARDO.--Ora ya que poco trabajo sería menester para que retornasen á hacer las amistades.

ANTONIO.--Bien me tenéis entendido, si vos queréis tener paciencia para escucharme un cuarto de hora como la tenéis para jugar cincuenta días y noches, yo os mostraré lo que siento del juego y de los que siguen su blandeza para que entendáis cuál lexos estoy de tornar á caer en este piélago, y por ventura podrá aprovecharos á vos tanto que, aunque no sea muy á vuestro salvo, no dexéis de saliros á buen tiempo deste laberinto en que andáis tan perdido.

BERNARDO.--Mirad, señor Antonio; si me queréis predicar los males y daños del juego y el peligro de la conciencia de los que juegan, en mi posada tengo un librillo que se llama Remedio de jugadores, que trata esta materia muy copiosamente; si habéis de decirme lo mismo que en él he leído, bien podéis desde agora excusaros de tomar esse trabajo.

ANTONIO.--¿Y no os ha aprovechado ninguna cosa lo que aquel frayre os aconseja?

BERNARDO.--No, porque con ver que no hacía al propósito de mi voluntad, por un oído me entraba y por otro me salía; porque estoy determinado de no ser sancto como él me quiere hacer.

ANTONIO.--Pues si no os aprovechó lo quél como buen frayre y muy buen teólogo os ha dicho, por ventura os aprovechará lo que yo como tahur y como hombre que he traído á cuestas los atabales os dixesse, porque serán diferentes cosas y conocidas por pura expiriencia, por haber passado las más dellas por mí y haber visto las otras en otras gentes, y también os quiero decir que no han passado menos por vos. Y pues esse frayre trata lo que principalmente toca al ánima y á la conciencia, yo trataré agora de los males y persecuciones que el cuerpo recibe por el juego, aunque al cabo también diré lo uno como lo otro. Lo primero que tiene el juego es quitar á los hombres el buen conocimiento, para que no entiendan lo que hacen, que si lo entendiesen él quedaría perdido del todo, porque no habría quien le siguiesse, ni aun quien le conociesse, y assí usa deste ardid y de otros muchos, principalmente de dar algunos alegrones de ganancias, para después se le restituya todo con doblada pérdida, de las cuales la mayor de todas es la del tiempo mal empleado. Porque si San Bernardo dice que todas las horas que se duermen se han de quitar y descontar de la vida, ¿qué mayor sueño que el del juego, donde todos los sentidos están tan atentos, la memoria de otras cosas tan olvidada y el juicio tan fuera de sí mesmo, para entender cuál es bueno ni cuál es malo, que, como todos sabemos, muchas veces estamos como beodos, porque conociendo la ventura contraria, los naipes y suertes dellos, en favor de los que juegan con nosotros, de manera que casi claramente nos dicen que hemos de perder, la beodez del juego nos detiene y nos adormece, de manera que no despertamos hasta acabársenos la moneda, y entonces caemos en la cuenta de nuestro daño, cuando ya no tiene remedio? Verdaderamente, señor Bernardo, podéis creer que los que juegan no viven, y que, teniéndolo por oficio, su vida es como sueño, porque cuando comen no toman gusto en los manjares, pensando en lo que han perdido y cómo se desquitarán, y si han ganado cómo acabarán de ganar cuantos dineros hay en el mundo, y tan embelesados están en esto, que acaesce muchas veces acabando de comer preguntarles lo que han comido y no saber decirlo, ni acordarse dello; y con el bocado en la boca van á buscar con quien jueguen, y si á su posada vienen jugadores, primero están los dados ó los naipes en la mesa que se alcen los manteles; y muchas veces les acaesce comenzar á jugar y pasarse aquel día y después la noche y ser otro día sin haberse levantado de un lugar. Esta bien se puede decir que no es vida, pues se passa el tiempo sin vivirlo, y de aquí nascen muchos inconvenientes porque dexan los hombres de entender en lo que toca á las haciendas y al aprovechamiento de sus casas: pierden el cuidado de las mujeres y de los hijos y de lo que es menester proveer para ellos, y tienen en poco la salud de los cuerpos; porque de la desorden del juego suceden muchas enfermedades, que de estar tantas horas y tanto tiempo sentados sin hacer ejercicio, ni movimiento, no se gastan los manjares que se comen, y vienen á corromperse y á engendrar malos humores. Y demás desto, el que pierde porque no se levante el otro con la ganancia, y el que gana porque no se le passe la dicha ó ventura que tiene, aunque tengan necesidad de cumplir con lo que es forzoso con sus cuerpos, se detienen y fuerzan á estar quedos, y desto viene muchas veces la cólica pasión, la estrangurria, la disuria, mal de hijada y otras pasiones diferentes destas, y aun muchas veces tras ellas la muerte. Porque si estos trabajos del juego ó se pasan ó pueden mejor tolerarse en verano, veréis hombres en el ivierno que con estar fuego y brasas en las piezas donde juegan, están tan descuidados y embebecidos en los juegos, que cuando los dexan y se levantan tienen las piernas casi entomidas con el frío, el cual con la humidad les ha penetrado los huesos, y cuando se van á sus camas no pueden calentar en toda la noche, y cuando esto se continúa se vienen á follecer y padecer mill trabajos, poniendo la culpa dellos á otras ocasiones muy diferentes y no al juego, por no perder la amistad que con él tienen. Pues las cabezas de los que juegan desta manera, ¿no padescen detrimento, que los más se levantan con muy grande dolor dellas, y otros tan desvanecidos, que después que se levantan de jugar no se pueden tener en los pies? Tras esto viene que los que han ganado mucho muestren con grandes señales de regocijo la alegría que llevan consigo, y los que han perdido, una incomparable tristeza, teniendo la color mudada, los ojos baxos, el gesto turbado, dándonos tristes y muy profundos suspiros, todo en mengua y afrenta y ignominia suya, no sintiendo los desventurados lo que se platica, lo que se dice y murmura dellos y de su poquedad y desventura. Porque los que assí sienten la pérdida no debían aventurarla por la ganancia, por no mostrar tan gran flaqueza en lo uno como en lo otro. Otros cuando juegan, si están perdiendo se congoxan y trasudan; vereislos limpiar el sudor cien veces, ya dexan las capas, ya las gorras, ya se afloxan los vestidos hasta mostrar las camisas, porque la congoxa de la pérdida les ahoga y quita el huelgo, y así hacen diversos meneos y visajes como si estuviesen locos. De manera que dan qué mirar y qué reir y burlar á los que están presentes. Cada cosa que viene les embaraza; de cada uno que entra se amotinan; cada palabra que oyen juzgan que es en su perjuicio, y en fin, no hay cosa que no les saque de paciencia, y pluguiese á Dios que parassen en esto, y no en perderlo del todo, offendiendo á Dios con las lenguas é blasfemar, que aunque todos no lo hacen en público, pocos hay que en secreto no hablen con Dios muy enojados, y unas veces con el pensamiento y otras veces entre dientes le dicen lo que se les antoja, con palabras desacatadas, tratando entre sí muchas y diversas herejías, que por cada una dellas merecían ser gravemente castigados en el alma y en el cuerpo.

LUIS.--Ya esso es salir de lo que cuando comenzasteis esta materia prometisteis: pues dexados los daños del cuerpo, comenzáis á tratar los del alma.

ANTONIO.--No es posible menos para que vaya bien enhilado; pues tornando á lo que decía, después que se van jugando los dineros y las haciendas, los que los llevan se aprovechan dellos como de dineros de trasgos. Hay algunos tan avarientos y tan codiciosos del juego, que no gastarán en sus casas un real aunque hayan ganado cien ducados, porque no les falte para jugar, teniendo aquello por suma felicidad, y con esto tornan á jugar otro día, perdiendo lo que ganaron sin quedarles ninguna cosa; otros hay contrarios desta opinión, que cuando han ganado les parece que hallaron aquella hacienda en la calle, y assí la gastan y destruyen comiendo demasiada y curiosamente, y haciendo gastos excesivos, de manera que se les cae por entre los dedos, y después cuando tornan á jugar y pierden, páganlo de sus propias haciendas, padeciendo ellos y sus mujeres y hijos y familia.

LUIS.--Para esso yo os podré decir lo que pocos días ha yo mismo ví, que un amigo mío ganó en tres ó cuatro veces hasta ochenta ducados, y de hoy á tres días, jugando sobre su palabra, le ganaron los veinte dellos; y fué para mí muy congoxado, rogándome que se los buscase sobre unas prendas, porque no los tenía. Y yo le pregunté qué había hecho de los que ganara. Y queriendo echar cuenta y averiguar en qué los había gastado, jamás pudo llegar al término dellos, y jurábame que más daño recebiría en pagar aquellos veinte que provecho con los ochenta que había ganado.

ANTONIO.--Todas las ganancias de los tahures son desa manera, y después, cuando no tienen qué jugar, su officio es andar pidiendo emprestado de los unos y de los otros, envergonzándose con muchos que no les dan los dineros. Y si bien se considerase cuán grande affrenta es ésta para un hombre que se tiene en algo, bastaría quitarle del juego de manera que lo aborreciese perpetuamente. Veréis demás desto andar las prendas suyas y de sus amigos de casa en casa empeñadas y (lo que es peor) los vestidos de las mujeres empeñados y vendidos, que muchas veces no les dexan con qué salir de casa, y cuando no hay más que jugar (y aunque lo haya), si han perdido en alguna cantidad, muchos quieren que los de su casa padezcan los desatinos que ellos han hecho, buscando ocasiones para reñir, y el descontento y desabrimiento que traen consigo, hanlo de pagar las mujeres, los hijos y los criados, reñendo con ellos, dándoles y maltratándoles sin causa; de suerte que parece que el juego los dexó locos ó desatinados, y assí andan dando voces por casa como beodos ó gente sin juicio, y después están en sus camas pensando en la pérdida, no duermen sueño, sino dan vueltas á una parte y á otra, sospirar y gemir y andar vacilando, con el sentido sin reposo alguno. Y si el cansancio los vence, para que duerman algún poco, luego despiertan con el sobresalto de la pérdida; de manera que una noche mala de las que assí llevan habían de estimar en más los hombres de buen conocimiento que toda la ganancia que el juego puede darles en la vida, y despegarse de su vicio tan ponzoñoso. Y cuando esto no bastasse, debría bastar lo que saben que han de sufrir los que tienen por oficio andar siempre jugando. Pintadme los caballeros, ó muy valientes, ó personas que estiman en mucho la honra de cualquiera suerte que sean; han de sufrir injurias y afrentas por muchas vías y maneras, porque la codicia de la ganancia les hace jugar con gente vil y de baja suerte, y el juego es de tal condición que los hace á todos iguales. Y assí los inferiores quieren tratar á los otros igualmente, porque si pierden quieren que les sufran y si ganan súfrenlos porque no se levanten con la ganancia. Y cuando un hombre ruin ha dicho una injuria á un hombre honrado y le reprende porque se la ha sufrido, responde éste con pasión, y á los que pierden todos les han de sufrir, y mayor mengua es tomarme yo con aquél. De manera que anda la honra entre los que juegan debajo de los pies, y si hay algunos que son recatados y no sufren (como dicen) cosquillas, son muy pocos, y aun essos no todas veces salen desto tan bien como querrían.

BERNARDO.--No habéis dicho cosa que no sea muy verdadera, y por eso he sufrido escucharos. Proseguid vuestra plática, que hasta el cabo della me tendréis muy atento.

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