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I
I EL LOTO
En aquel tiempo, el desierto estaba poblado de anacoretas. En ambas orillas del Nilo, innumerables cabañas, construidas con ramaje y arcilla por los solitarios, se alzaban a cierta distancia unas de otras, de modo que sus ocupantes vivieran aislados, pero en condiciones de ayudarse mutuamente si hubiese necesidad. Asomaban de trecho en trecho, por encima de las cabañas, iglesias coronadas con el sino de la cruz, y a ellas se dirigían los monjes los días festivos para asistir a la celebración de los misterios y participar en los sacramentos. También había en la orilla del río casas, donde los cenobitas, recluido cada uno en estrecha celda, saboreaban mejor la soledad.
Anacoretas y cenobitas vivían en la abstinencia; sólo tomaban alimento después de la puesta del sol, y consistía en pan, algunas hierbas y un polvo de sal. Los había que, lanzados en los arenales, buscaban resguardo en una caverna o en una tumba, sometidos a una disciplina más rigurosa.
Todos eran sobrios y castos; llevaban el cilicio y la cogulla, dormían en el suelo después de mucho velar, decían sus oraciones, cantaban los salmos y, para decirlo de una vez, realizaban diariamente obras extraordinarias de penitencia. En atención al pecado original, negaban a sus cuerpos no solamente los placeres y las satisfacciones, sino incluso los cuidados que pasan por indispensables conforme a las idea del siglo. Estimaban que las dolencias de nuestros miembros sanean nuestras almas, y que la carne no es digna de recibir adornos más gloriosos que las úlceras y las llagas. De este modo se atendían las palabras de los profetas, que dijeron "El desierto se cubrirá de flores".
Entre los moradores de aquella santa Tebaida, unos consagraban su días al ascetismo y la contemplación, otros tejían la fibra de la palmas para procurarse la subsistencia o trabajaban como jornalero de los cultivadores vecinos en la época de la recolección. Los gentiles sospechaban falsamente que algunos vivían del bandolerismo y de unirse con los árabes nómadas que robaban las caravanas. Pero, en verdad, aquellos monjes despreciaban las riquezas, y el olor de su virtudes subía hasta el cielo.
Ángeles de apariencia juvenil apoyados en una cayada, iban como viajeros a visitar las ermitas; mientras, los demonios, disfrazados con figura de etíopes o de animales, erraban en torno a los solitarios con el propósito de inducirlos a la tentación. Cuando los monjes iban a la fuente por la mañana para llenar su cántaro, veían impresos en la arena los pasos de sátiros y de centauros. Considerada desde su aspecto verdadero y espiritual, la Tebaida era un campo de batalla donde se libraban a todas horas, y especialmente de noche, los maravillosos combates del cielo y del infierno.
Los ascetas, furiosamente asaltados por legiones de condenados; se defendían, con la ayuda de Dios y de los ángeles, por medio del ayuno, de la penitencia y de las maceraciones. A veces, el aguijón de los deseos carnales los atormentaba tan cruelmente, que aullaban doloridos, y a sus lamentaciones respondían, bajo el cielo estrellado, los maullidos de las hienas hambrientas. Entonces era cuando los demonios se les presentaban en formas atractivas. Porque si, en realidad, los demonios son feos, a veces se revisten de una aparente belleza, que no permite discernir su íntimo carácter. Los ascetas de la Tebaida vieron con espanto, en el retiro de su celda, imágenes del placer desconocidas aun por los voluptuosos del siglo. Pero como el signo de la cruz estaba sobre ellos, no sucumbían a la tentación, y los inmundos espíritus, con su verdadera figura, recobrada, se alejaban al amanecer, avergonzados y rabiosos. No era raro encontrar al alba a uno de aquellos que, al huir lloriqueando, a los que le interrogaban respondía: "Lloro y gimo porque uno de los cristianos que habitan aquí me ha sacudido con una vara ignominiosamente."
Los antiguos del desierto extendían su poder sobre los pecadores y los impíos. Su bondad a veces era terrible. Heredaron de los apóstoles el poder de castigar las ofensas hechas al verdadero Dios, y nada podía salvar a los condenados por ellos. En los pueblos, y hasta entre la plebe de Alejandría, era corriente creer que la tierra, entreabierta, se tragaba a los que golpeaban con su vara. Por lo cual, gentes de mala conducta los temían, sobre todo los mimos, los histriones, los curas amancebados y las cortesanas.
Tal era la virtud de aquellos religiosos, que sometían a su poder hasta a las fieras. Cuando un solitario iba a morir, un león acudía a cavar una fosa con las uñas. El bienaventurado, seguro ya por esto de que Dios lo llamaba, iba en busca de sus hermanos para darles el beso de paz. Luego se acostaba con la alegría del justo que se duerme en el seno de Dios.
Desde que Antonio, cuya edad pasaba de los cien años, se había retirado en la cumbre del monte Colsino con sus discípulos predilectos, Macario y Amatas, no hubo en toda la Tebaida un monje comparable, por sus múltiples obras de piedad, con Pafnucio, abad de Antinoe. Sin duda, Efrén y Serapión regían a un número mayor de monjes y sobresalían en la dirección espiritual y temporal de sus monasterios; pero Pafnucio observaba los ayunos con más rigor, y a veces pasaba tres días sin tomar alimento. Su cilicio era de pelo muy rudo; se flagelaba por la mañana y por la noche, y solía prosternarse con la frente en el suelo.
Sus veinticuatro discípulos, que habían construido sus cabañas próximas a la suya, imitaban sus austeridades. Los amaba cariñosamente en Jesús y los exhortaba sin cesar a la penitencia. En el número de sus hijos espirituales encontrábanse los hombres que, después de haberse entregado al bandolerismo durante largos años, se sintieron tocados por las exhortaciones del santo abad, hasta el punto de consagrarse al estado monástico. La pureza de su vida edificaba a sus compañeros. Entre los que se distinguía el antiguo cocinero de una reina de Abisinia, convertido igualmente por el abad de Antinoe, que no cesaba de verter lágrimas y el diácono Flaviano, que poseía el conocimiento de las Escrituras y hablaba sabiamente. Pero el más admirable de los discípulos de Pafnucio era un joven campesino de nombre Pablo, a quien llamaban el Simple por su extrema ingenuidad. Los hombres se burlaban de su candor: pero Dios lo favorecía con visiones celestiales y el don de profecía.
Pafnucio sacrificaba sus horas en la enseñanza de sus discípulos y las prácticas del ascetismo. A menudo meditaba también sobre los libros sagrados para hallar en ellos alegorías. Por todo esto, joven aún, eran sus méritos abundantes.
Los diablos, que libraban muy rudos asaltos contra los virtuosos anacoretas, no se atrevían a aproximarse a él. De noche, a la luz de la luna, siete pequeños chacales se colocaban frente a su celda, descansaban sobre sus cuartos traseros, inmóviles, silenciosos, con las orejas en alto. Y se cree serían siete demonios retenidos en el umbral de su morada por la virtud de su santidad.
Pafnucio había nacido en Alejandría de padres nobles, que le hicieron instruir en las letras profanas, y hasta fue seducido por las mentiras de los poetas. Tales eran, en su primera juventud, el error de su inteligencia y el desarrollo de su pensamiento, que llegó a creer a la raza humana ahogada por el Diluvio en la época de Decaulión, y disputaba con sus condiscípulos, sobre la naturaleza, los atributos y hasta la existencia de Dios. Vivía entonces en la disipación al uso de los gentiles. Fueron días de los que solo se acordaba con vergüenza y dolor.
—En aquel tiempo —solía decir a sus hermanos— yo estaba hirviendo en la caldera de las falsas delicias.
Quería expresar con esto que se alimentaba con manjares hábilmente aderezados y que frecuentaba los baños públicos. En efecto, había llevado hasta sus veinte años aquella vida del siglo, merecedora de llamarse muerte y no vida. Pero, gracias a las lecciones del sacerdote Macrino, se transformó en un hombre nuevo.
La Verdad lo penetró hasta el fondo, y solía decir que la verdad entró en él como una espada. Abrazado a la fe del Calvario, adoró a Jesús crucificado. Después de su bautismo aún permaneció un año entre los gentiles, en la sociedad a la que le unían los lazos de la costumbre. Pero al entrar un día en una iglesia oyó leer al diácono este versículo de la Escritura: "Si quieres ser perfecto anda y vende todo lo que tienes y da el dinero a los pobres." Al punto vendió sus haciendas, y después de distribuir el precio en limosnas, abrazó la vida monástica.
Desde que se había retirado del trato de los hombres diez años antes, ya no hervía en la caldera de las delicias, y se maceraba provechosamente con los bálsamos de la penitencia.
Así, al recordar un día, según su piadosa costumbre, las horas que había vivido lejos de Dios; el examinar sus culpas una a una, para concebir exactamente su deformidad, se le vino a la memoria una comedianta de gran belleza, llamada Tais, que vio en otro tiempo en el teatro de Alejandría. Aquella mujer se mostraba en los juegos y no temía entregarse a las danzas cuyos movimientos, acompasados con habilidad excesiva, recordaban los de las más horribles pasiones. También simulaba alguna de esas actitudes vergonzosas que las fábulas de los paganos prestan a Venus, a Leda o a Pasifae. Así abrasaba en el fuego de la lujuria a todos los espectadores, y cuando arrogantes jóvenes o ricos ancianos acudían, impulsados por el amor, a depositar flores en el umbral de su casa, ella los acogía y se les entregaba; de manera que al perder su alma, daba motivo de que se perdieran muchas almas.
Poco había faltado para que indujese también a Pafnucio al de la carne. Con el deseo encendido en su venas, una vez se había dirigido a casa de Tais. Pero se detuvo en el umbral de la cortesana, por la timidez natural de la extrema juventud (entonces tenía quince años) y por el miedo a verse rechazado, falto de suficiente dinero, porque sus padres no le autorizaban para hacer derroches.
Dios en su misericordia, se valió de su timidez y de la prudencia paternal para librarlo de una horrible caída; pero al pronto Pafnucio no comprendió lo que tenía que agradecer a la Providencia, inepto aun para discernir lo que más le convenía y ansioso de gozar terrenales dichas. Al presente, arrodillado en su celda ante el simulacro de aquel madero saludable de donde fue suspendido, como en una balanza, el rescate del mundo, Pafnucio comenzó a pensar en Tais, porque Tais era su pecado, y meditó largo tiempo, según las reglas del ascetismo, acerca de la fealdad espantable de las delicias carnales, cuyo gusto le había inspirado aquella mujer en los días de agitación y de ignorancia. Después de algunas horas de meditación, la imagen de Tais se le apareció con resplandeciente claridad. Volvió a verla como en el momento de la tentación, bella según la carne. Se le presentó primero como una Leda, muellemente tendida sobre un lecho de jacintos, vencida hacia atrás la cabeza, húmedos y relampagueantes los ojos, palpitante la nariz, la boca entreabierta, el pecho en flor y los brazos, frescos como dos arroyos. Ante aquella visión, Pafnucio se golpeaba el pecho, y decía:
—¡Te tomo por testigo, Dios mío, de que considero la fealdad de mi pecado!
Entre tanto, la imagen cambiaba insensiblemente de expresión. Los labios de Tais revelaban, poco a poco, abatiéndose en ambas comisuras, un misterioso padecer. Sus ojos, agrandados, resplandecían entre lágrimas; su pecho, palpitante, mostraba una inquietud recelosa, como en los primeros augurios de una tempestad. Ante aquello, Pafnucio se sintió turbado hasta el fondo del alma. Posternóse, y oró así:
—Tú, Señor que pusiste la piedad en nuestros corazones como el rocío de la mañana sobre los prados. Dios justo y misericordioso, ¡bendito seas! ¡Loor a ti! Aparta de tu siervo esta falsa emoción, que conduce a la concupiscencia, y concédeme la gracia de no poder amar a tus criaturas, sino solo a Ti, porque pasan y Tú permaneces. Si me intereso por esa mujer, Señor es porque reconozco en ella tu obra. Los propios ángeles se inclinan hacia ella con solicitud. ¿No es, ¡oh Señor!, el soplo de tu boca? Es preciso que no siga prostituyéndose con tantos ciudadanos y extranjeros. Una inmensa piedad se ha levantado hacia ella en mi corazón. Sus crímenes son abominables, y solo pensar en ellos me estremece de tal modo, que un espantoso terror eriza mis cabellos. Pero cuanto más culpable sea, más compasión merece. Lloro al imaginar que los diablos han de atormentarla durante la eternidad.
Mientras meditaba de ese modo, advirtió que había un pequeño chacal sentado a sus pies, y esto le hizo sentirse muy sorprendido, porque la puerta de su celda estuvo cerrada todo el día. El animalito meneaba la cola como un perro y lo miraba como si leyera sus reflexiones. Santiguóse Pafnucio y la bestia se desvaneció. Hasta entonces nunca se había deslizado el demonio en su refugio. Hizo una breve plegaria, y volvió a pensar en Tais. Luego se dijo:
"¡Con la ayuda de Dios, me propongo salvarla!"
Y se durmió.
A la mañana siguiente, después de rezar sus oraciones, dirigióse al lugar donde moraba el bienaventurado Palemón, que, no lejos de allí, vivía como anacoreta. Lo encontró apacible, risueño y ocupado en cavar la tierra, según su costumbre. Palemón era bastante anciano; cultivaba un huertecito; las fieras iban a lamerle las manos y no le atormentaban los demonios.
—¡Alabado sea Dios, Hermano mío —dijo al ver a Pafnucio, y suspendió su labor.
—¡Alabado sea Dios! —respondió Pafnucio—. ¡Y que la paz sea con mi hermano!
—¡La paz sea también contigo, hermano Pafnucio! —repuso el monje Palemón; y se enjugó con su manga el sudor de la frente.
—Hermano Palemón, nuestras palabras no deben tener por único objeto el elogio de Aquel que ha prometido estar entre los que se junten en su nombre. Por esto vine a comunicarte un propósito concebido con objeto de glorificar al Señor.
—Así bendiga el Señor tu propósito, Pafnucio, como ha bendecido mis lechugas; con el rocío extiende sus gracias todas las mañanas sobre mi huerto, y su bondad me induce a glorificarlo en los pepinos y en las calabazas que me concede. Pidámosle con oraciones que nos tenga en su paz. Porque ¡nada es, más de temer que los movimientos desordenados que turban el corazón! Cuando esos movimientos nos agitan, somos semejantes a los hombres embriagados, y torcemos a uno y otro lado nuestro camino, a punto de caer ignominiosamente a cada paso. A veces esos transportes nos hunden en una bárbara alegría, y quien a ella se abandona hace resonar en el aire viciado la risa torpe de los brutos; esa lamentable alegría conduce al pecador hacia toda clase de desórdenes, y también algunas veces las turbulencias del alma y de los sentidos nos arrojan en una tristeza diabólica, más funesta mil veces que la alegre impiedad. Hermano Pafnucio, yo no soy mas que un miserable pecador; pero he observado en mi larga existencia que el cenobita no tiene peor enemigo que la tristeza. Me refiero a esa melancolía tenaz que envuelve el alma como una bruma y le oculta la luz de Dios. Nada es más opuesto a la salud, y el mayor triunfo del demonio consiste en esparcir un acre y negro humo en el corazón de un religioso. Si nos evitara solo tentaciones alegres, sería mucho menos temible. ¡Ay! Su mayor triunfo consiste en desolarnos. Con ese propósito hizo ver a nuestro padre Antonio un niño negro, de tal belleza, que, al verlo, era imposible no llorar. Con la ayuda de Dios, nuestro padre Antonio evitó las argucias del demonio. Era un santo. Vivió un tiempo entre nosotros, y de su alegría constante participábamos los discípulos. Nunca estuvo melancólico. Pero ¿no venías, hermano Pafnucio, a tratar conmigo de un propósito formado en tu espíritu? Me favorecerás comunicándomelo, ya que tiene por objeto la gloria de Dios.
—En efecto, hermano Palemón, me propongo glorificar al Señor. Fortaléceme con tu consejo, pues tienes muchas luces y jamás el pecado oscureció la claridad de tu inteligencia.
—Hermano Pafnucio, no soy digno de desatar la correa de tus sandalias, y mis inquietudes son innumerables como las arenas del desierto. Pero soy viejo y no te negaré la ayuda de mi experiencia.
—Te confiaré, pues, hermano Palemón, que siento un dolor agudo ante la idea de que hay en Alejandría una cortesana llamada Tais, que vive en el pecado y es para el pueblo una tentación escandalosa.
—Hermano Pafnucio, eso es, en efecto, una cosa abominable y debe afligirnos. Muchas mujeres viven como esa entre los gentiles. ¿Imaginaste un remedio para tan espantoso mal?
—Hermano Palemón, iré a encontrar a esa mujer en Alejandría, y, con el auxilio de Dios, la convertiré. Tal es mi propósito. ¿Merece tu aprobación, hermano mío?
—Hermano Pafnucio, yo no soy más que un pobre pecador; pero nuestro padre Antonio tenía costumbre de decir: "En cualquier lugar donde te halles no te apresures a salir para dirigirte a otro."
—Hermano Palemón, ¿descubres algo condenable en el propósito que tengo concebido?
—¡Apacible Pafnucio, Dios me guarde de mantener sospechas por las intenciones de mi hermano! Pero nuestro padre Antonio decía también: "Los peces, al ser sacados del agua, pierden la vida. Y también ocurre que los monjes, al dejar sus celdas y mezclarse con las gentes del siglo, se apartan de los buenos propósitos."
Después de hablar así, el anciano Palemón hundió con el pie el filo de su laya en la tierra, que removió afanosamente alrededor de una higuera cargada de frutos. Mientras layaba, un antílope, que franqueó, de un salto rápido, con un rumor de hojas, el seto que cerraba el huerto, sin curvar el follaje, se detuvo, sorprendido, inquieto, con los corvejones temblorosos; luego se llegó en dos saltos al anciano e introdujo su fina cabeza en el seno de su amigo.
—¡Dios sea alabado en la gacela del desierto! —dijo Palemón. Y habiendo ido a su cabaña, seguido de la bestia ligera, sacó un mendrugo de pan negro, que le dio a comer en la palma de la mano.
Pafnucio quedó un buen rato meditabundo, con la mirada fija en las piedras del camino. Y después volvió lentamente a su celda, preocupado por lo que acababa de oír. Su espíritu se debatía en cavilaciones, y se decía:
"Este solitario es buen consejero; la más equilibrada prudencia reside en él. Duda del acierto de mi propósito. Sin embargo, considero una crueldad no socorrer a esa Tais contra el demonio que la posee: ¡Que Dios me ilumine y me guíe!"
Avanzaba en su camino, y vio una grulla presa en las redes que un cazador había tendido sobre la arena, y dedujo ser hembra, porque otra grulla, que sería el macho, a picotazos rompió las mallas, de modo que su compañera pudo librarse al fin.
Pafnucio contemplaba interesado aquel acontecimiento, y por inspiración de su santidad deducía el sentido místico, indudable, de lo que la Providencia puso ante sus ojos. El pájaro cautivo era representación de Tais, cogida en los lazos de las abominaciones; y tomando ejemplo del macho, que cortaba los hilos de la red con el pico, debía él romper con palabras poderosas las invisibles ataduras que la retenían en el pecado. Por esto en aquel instante alabó a Dios y sintió ya firme y decidido su propósito. Pero luego, al ver al macho también sujeto por las patas en la misma red que había roto, volvió a sentir penosa incertidumbre.
No durmió en toda la noche y antes del amanecer tuvo una visión. Era Tais que se le aparecía. Su rostro no expresaba las voluptuosidades culpables ni estaba cubierta, según su costumbre, con tejidos transparentes. Un sudario la envolvía por completo y hasta ocultaba una parte del rostro, de manera que solo veía él dos ojos, de los que brotaban lagrimones gruesos y blancos.
Ante aquel espectáculo, lloró amargamente y seguro de que aquella visión se la ofrecía Dios, ya no tuvo más vacilaciones. Se levantó, cogió un palo nudoso, imagen de la fe cristiana, salió de su celda, cuya puerta cerró cuidadosamente, a fin de que los animales que viven sobre la arena y los pájaros del aire no pudiesen ir a ensuciar el libro de las Escrituras que conservaba a la cabecera de su lecho, llamó al diácono Flaviano para confiarle el gobierno de sus veintitrés discípulos, y vestido solamente con un largo cilicio encaminóse hacia el Nilo, con la intención de seguir a pie la orilla Líbica hasta la ciudad fundada por el Macedonio. Desde el amanecer andaba sobre la arena, sin que le abrumaran la fatiga, el hambre ni la sed; asomaba ya el sol en el horizonte cuando vio el río aterrador que precipitaba sus aguas sangrientas entre rocas de oro y fuego. Avanzó por la orilla mendigando el pan por el amor de Dios en las puertas de las cabañas aisladas, y recibiendo con alegría injurias, negativas, amenazas. No temía ni a los bandidos, ni a las fieras, pero ponía gran cuidado en apartarse de las ciudades y de los pueblos que se ofrecían a sus ojos en el camino. Temía encontrar a los niños que juegan a las tabas junto al hogar paterno, o ver, en las cisternas, a las mujeres de camisa azul que sonreían al dejar sus cántaros en el suelo. Para el solitario todo es peligroso, hasta puede ser un peligro para él leer en la Escritura que el Divino Maestro iba de ciudad en ciudad y cenaba con sus discípulos. Las virtudes que los anacoretas bordan cuidadosamente sobre el cañamazo de la fe, son tan frágiles como magníficas. Un tenue soplo del cielo puede empañar sus agradables colores; y evita Pafnucio entrar en las ciudades por el temor de que su corazón se ablandara en presencia de las gentes.
Por esto buscaba los caminos solitarios. Al cerrarse la noche, el murmullo de los tamarindos, acariciados por el aire, le producía un estremecimiento y bajaba su capucha sobre los ojos para no ver más la belleza de las cosas. Al sexto día de camino, llegó a un lugar llamado Silsilé. El río corre sobre un estrecho valle que bordea una doble cadena de montañas de granito. Allí es donde los egipcios, en el tiempo en que adoraban a los demonios, tallaron sus ídolos. Vio allí Pafnucio una enorme cabeza de esfinge empotrada en la roca. Temeroso de que aún estuviese animada de algún poder diabólico, hizo el signo de la cruz y pronunció el nombre de Jesús. Un murciélago salió volando de una de las orejas del monstruo de piedra y Pafnucio conoció que se alejaba el espíritu maligno que había en aquella figura desde siglos antes. Aumento su celo apostólico aquella circunstancia y asiendo una gruesa piedra, la arrojó a la faz del ídolo; pero al advertir en la misteriosa esfinge una expresión de tristeza profunda, Pafnucio se sintió conmovido. En verdad la expresión de dolor sobrehumano de que aquella faz de piedra estaba impregnada, habría conmovido al más insensible. Por esto Pafnucio dijo a la esfinge:
—¡Oh bestia, a ejemplo de los sátiros y de los centauros que vio en el desierto nuestro padre Antonio, confiesa la Divinidad de Cristo Jesús y te bendeciré en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo!
Eso dijo, y una claridad rosada salió de los ojos de la esfinge; los pesados párpados de la bestia estremeciéronse y los labios de granito articularon penosamente, como un eco de la voz del hombre, el santo nombre de Jesús; en vista de lo cual Pafnucio extendió la mano derecha para bendecir a la esfinge de Silsilé.
Luego prosiguió su camino y, donde se ensancha el valle, vio las ruinas de una ciudad inmensa. Los templos, que seguían en pie, estaban sostenidos por los ídolos que servían de columnas y, con el permiso de Dios, las cabezas de mujeres con cuernos de vaca clavaban en Pafnucio insistentes miradas que le hacían palidecer. Caminó así diecisiete días; tomaba por todo alimento algunas hierbas y dormía por la noche en los palacios derruidos, entre los gatos monteses y las ratas de Faraón, con las que se mezclaban mujeres cuyo busto se prolongaba en forma de escamoso pez. Pero Pafnucio sabía que tales mujeres eran seres del infierno y las alejaba con hacer solamente la señal de la Cruz.
El día decimoctavo descubrió, lejos de toda población, una miserable choza de hojas de palmera, medio sepultada bajo la arena que arrastra el viento del desierto, y se aproximó con la esperanza de que habitase allí algún piadoso anacoreta. Aquel refugio carecía de puerta y sin entrar pudo ver en el interior un cántaro, un rimero de cebollas y una yacija de hojas marchitas.
—¡He aquí —se dijo— el mobiliario de un asceta. Comúnmente los eremitas se alejan poco de su cabaña. No dejaré de encontrar pronto al morador de esta choza. Quiero darle un beso de paz, a ejemplo del santo solitario Antonio, que al hallar en su camino al eremita Pablo, le abrazó tres veces. Hablaré con él de cosas eternas y tal vez Nuestro Padre nos enviará por un cuervo un pan, y seré invitado piadosamente a compartirlo.
Mientras reflexionaba de este modo, discurría lentamente por las proximidades de la choza, con la esperanza de que apareciese alguien, y no había dado cien pasos, cuando vio a un hombre sentado sobre las piernas cruzadas a la orilla del Nilo. Estaba desnudo. Sus cabellos, como su barba, eran enteramente blancos y su cuerpo de color de ladrillo. Pafnucio no dudaba de que fuera el ermitaño, y le saludó con las palabras que los monjes tienen costumbre de cambiar cuando se encuentran.
—¡Que la paz sea contigo, mi hermano! Así logres un día gozar las dulces auras del Paraíso.
El hombre no contestó. Permanecía inmóvil como si no comprendiese. Pafnucio imaginó que aquel silencio era motivado por uno de esos éxtasis tan frecuentes en los santos. Se puso de rodillas con las manos cruzadas junto al desconocido, y así estuvo en oración hasta la puesta del sol. Y al ver que su compañero seguía inmóvil, dijo:
—Padre mío, si ha terminado el éxtasis en que te vi sumergido, dame tu bendición en Nuestro Señor Jesucristo.
El otro le respondió sin volver la cabeza:
—Extranjero: yo no sé lo que quieres decir y no conozco a ese Señor Jesucristo.
—¡Cómo! —exclamó Pafnucio—. Los profetas lo anunciaron; legiones de mártires han confesado su nombre; hasta el mismo César lo ha adorado y poco ha hice proclamar su gloria por la esfinge de Silsilé. ¿Cómo es posible que tú no lo conozcas?
—Amigo mío —respondió el otro—, eso es posible. Y hasta sería cierto, si hay alguna certeza en el mundo.
Pafnucio estaba sorprendido y contristado por la increíble ignorancia de aquel hombre.
—Si no conoces a Jesucristo —le dijo— tus obras no te servirán de nada y no ganaras la vida eterna.
El anciano replicó:
—Es vano actuar y vano también abstenerse, como es indiferente vivir o morir.
—Pero ¿qué? —arguyó Pafnucio—. ¿acaso no deseas vivir en la Eternidad? ¿No habitas una cabaña en este desierto a la manera de los anacoretas?
—Eso parece.
—¿No vives desnudo y desprovisto de todo?
—Eso parece.
—¿No te alimentas con raíces y no practicas la castidad?
—Eso parece.
—¿No has renunciado a todas las vanidades de este mundo?
—En efecto: he renunciado a todas las cosas vanas que, comúnmente, suelen ser la preocupación de los hombres.
—Así, pues, eres como yo, pobre, casto y solitario. ¡Y no lo haces como yo por el amor de Dios, y con miras a la felicidad celestial! Eso es lo que no puedo comprender. ¿Por qué te privas de los bienes de este mundo, si no esperas ganar los bienes eternos?
—Extranjero: yo no me privo de ningún bien, y me place haber hallado una manera de vivir algo satisfactoria, por más que, a decir verdad, no haya buena ni mala vida. Nada es en si honesto ni vergonzoso, justo ni injusto, agradable ni penoso, bueno ni malo. La opinión es la que da cualidades a las cosas, como la sal da sabor a los alimentos.
—Así, pues, según tú, no hay certidumbre. Niegas la verdad que hasta los idolatras buscaron. Descansas en tu ignorancia, como un perro fatigado que duerme sobre basura.
—Extranjero: tan vano es injuriar a los perros como a los filósofos. Ignoramos lo que son los perros y lo que somos nosotros. No sabemos nada.
—¡Oh anciano! perteneces, pues a la ridícula secta de los escépticos? ¿Sin duda eres uno de esos miserables locos que niegan igualmente el movimiento y el reposo y que no saben distinguir la luz del sol de las sombras de la noche?
—Amigo mío: sí soy escéptico, y de una secta que me parece loable, mientras tú la juzgas ridícula. Porque las mismas cosas tienen diversas apariencias. Las pirámides de Menfis parecen, al amanecer, conos de luz rosada, y a la puesta del sol, sobre el cielo rojizo, se muestran como negros triángulos. Pero... ¿quién penetrará su íntima sustancia? Tú me reprochas que niegue las apariencias, cuando, al contrario, las apariencias son las únicas realidades que reconozco. El sol me parece luminoso, pero su naturaleza me es desconocida. Siento que el fuego quema, pero no sé ni cómo, ni por qué. Amigo mío, no me comprendes; pero al fin y al cabo lo mismo da ser considerado así o de otra manera.
—Una vez más vuelvo a interrogarte. ¿Porqué vives de dátiles y de cebollas en el desierto? ¿Por qué sufres con paciencia tantas privaciones? Como tú, yo también practico la abstinencia y la soledad; pero me conformo para ser grato a Dios y merecer la beatitud eterna. Tal es un propósito razonable, porque acredita cordura, sufrir con la esperanza del premio. Pero es una insensatez pasar voluntariamente inútiles fatigas y vanos sufrimientos. Si yo no creyese (¡perdona esa blasfemia, oh Luz increada!), si yo no creyese en la verdad de lo que Dios nos ha enseñado por la voz de los Profetas, por el ejemplo de su Hijo, por los actos de los Apóstoles, por la autoridad de los Concilios y por el testimonio de los mártires; si yo no supiese que los sufrimientos del cuerpo son necesarios a la salud del alma; si estuviese, como tú lo estás, hundido en la ignorancia de los sagrados misterios, volvería inmediatamente al siglo; me esforzaría por adquirir riquezas para vivir en la molicie como los dichosos de este mundo, y diría a las voluptuosidades: "Venid, hijas mías, venid, sirvientas mías, venid todas a verterme vuestros vinos, vuestros filtros y vuestros perfumes." Pero tú, insensato anciano, te privas de todas las ventajas y lo pierdes sin esperar ninguna ganancia. Das y no esperas devolución; imitas ridículamente los trabajos admirables de nuestros sacerdotes, como un mono desvergonzado piensa copiar el cuadro de un pintor ingenioso, mientras no hace otra cosa que ensuciar una pared. ¡Oh el más estúpido de los mortales! ¿En qué apoyas tus razones?
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The end
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