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Obras completas de Vicente BLASCO IBAÑEZ
LOS
CUATRO JINETES
Al lector
En Julio de 1914 noté los primeros indicios de la próxima guerra europea, viniendo de Buenos Aires á las costas de Francia en el vapor alemán König Friedrich August.
Era el mismo buque que figura en los primeros capítulos de esta obra. No quise cambiar ni desfigurar su nombre. Copias casi exactas del natural son también los personajes alemanes que aparecen en el principio de la novela.
Les oí hablar con entusiasmo de la «guerra preventiva», y celebrar, con una copa de champaña en la mano, la posibilidad, cada vez más cierta, de que Alemania declarase la guerra, sin reparar en pretextos. ¡Y esto en medio del Océano, lejos de las grandes agrupaciones humanas, sin otra relación con el resto del planeta que las noticias intermitentes y confusas que podía recoger la telegrafía sin hilos del buque en aquel ambiente agitado por los mensajes ansiosos que cruzaban todos los pueblos!... Por eso sonrío con desprecio ó me indigno siempre que oigo decir que Alemania no quiso la guerra y que los alemanes no estaban deseosos de llegar á ella cuanto antes.
El primer capítulo de me lo proporcionó un viaje casual á bordo del último trasatlántico germánico que tocó en Francia.
Viviendo semanas después en el París solitario de principios de Septiembre de 1914, cuando se desarrolló la primera batalla del Marne y el gobierno francés tuvo que trasladarse á Burdeos por medida de prudencia, el ambiente extraordinario de la gran ciudad me sugirió todo el resto de la presente novela. Marchando por las avenidas afluentes al Arco de Triunfo, que en aquellos días parecían de una ciudad muerta y contrastaban por su fúnebre soledad con los esplendores y riquezas de los tiempos pacíficos, tuve la visión de «los cuatro jinetes», azotes de la Historia, que iban á trastornar por muchos años el ritmo de nuestra existencia.
Después de la batalla salvadora del Marne, cuando el gobierno volvió á instalarse en París, conversé un día con M. Poincaré, que era entonces presidente de la República.
Poincaré ama la literatura más que la política.
—Yo soy el abogado de los escritores—dice con orgullo, como si este fuese el mejor de sus títulos—. Yo defendí en todos sus pleitos á la Academia Gonconrt.
El presidente de la República quiso felicitarme por mis escritos espontáneos á favor de Francia en los primeros y más difíciles momentos de la guerra, cuando el porvenir se mostraba obscuro, incierto, y bastaban los dedos de una mano para contar en el extranjero á los que sosteníamos franca y decididamente á los Aliados.
—Quiero que vaya usted al frente-me dijo-, pero no para escribir en los periódicos. Eso pueden hacerlo muchos. Vaya como novelista. Observe, y tal vez de su viaje nazca un libro que sirva á nuestra causa.
Gracias al presidente de la República pude ver todo el inmenso escenario de la batalla del Marne, cuando aún estaban recientes las huellas de este choque gigantesco. Por sus recomendaciones viví en un pueblecito cerca de Reims, donde estaba el cuartel general de Franchet d'Esperey, jefe del quinto ejército.
Luego, Franchet d'Esperey, en el último año de la guerra, mandó el ejército de Oriente, venció á los búlgaros, obligándolos á pedir la paz, y aceleró con ello la terminación general de la lucha. Hoy es mariscal de la República francesa.
Esta novela la escribí en París cuando los alemanes estaban á unas docenas de kilómetros de la capital, y bastaba tomar un automóvil de alquiler en la plaza de la Ópera para hallarse en menos de una hora á pocos metros de sus trincheras, oyendo sus conversaciones á través del suelo siempre que cesaba el traquetear de fusiles y ametralladoras, restableciéndose éel silencio sobre los desolados campos de muerte.
La falta de medios de comunicación dentro de París y la escasez de dinero que trajo para muchos la guerra, me obligaron á abandonar la elegante casita con jardín que ocupaba en las inmediaciones del Bosque de Bolonia, instalándome en un barrio vulgarísimo del centro, en una casa de numerosos habitantes, cuyas paredes y tabiques dejaban pasar los sonidos como si fuesen de cartón.
La guerra parecía atraernos y aglomerarnos á los habitantes de la ciudad. Nuestra vida tenía algo de campamento. Los niños jugaban en la calle lo mismo que en un villorrio; toda clase de ruidos é incomodidades eran tolerados. ¡Quién iba á quejarse, como en los tiempos normales, cuando la única preocupación era saber si el enemigo había avanzado ó retrocedido, y al cerrar la noche todos mirábamos inquietos la negrura del cielo cortada por las mangas luminosas de los reflectores, preguntándonos si dormiríamos en paz ó si las escuadrillas aéreas, con sus proyectiles, vendrían á interrumpir nuestro sueño!...
En los diversos pisos de mi casa existían cuatro pianos, y todos ellos sonaban desde las primeras horas de la mañana hasta después de media noche. Las vecinas distraían su aburrimiento ó su inquietud con un pianoteo torpe y monótono, pensando en el marido, en el padre ó en el novio que estaban en el frente. Además, había que preocuparse del carbón, que era puro barro y no calentaba, del pan de guerra, nocivo para el estómago, de la mala calidad de los víveres, de todas las penalidades de una vida triste, mezquina y sin gloria á espaldas de un ejército que se bate.
Nunca trabajé en peores condiciones. Tuve las manos y el rostro agrietados por el frío; usé zapatos y calcetines de combatiente, para sufrir menos los rigores del invierno.
Así escribí .
Reconozco que hoy no podría terminar una novela en aquella menguada habitación, con tres pianos sobre la cabeza, otro piano bajo los pies, y una ventana al lado dando sobre una calle maloliente, por la carencia de limpieza pública, donde jugaban á gritos docenas de chiquillos faltos de padres, pues éstos sólo de tarde en tarde podían alcanzar un permiso para volver del frente. Además, transitaban por ella sin descanso cantores populares y toda clase de estrépitos, excepcionalmente tolerados.
Pero el ambiente heroico de la guerra influía en nosotros, y durante cuatro años vivimos todos en París de un modo que nos asombra ahora al recordarlo.
La novela imaginada y escrita en un pisito de la rue Rennequin ha dado después la vuelta á la tierra, siendo traducida á los idiomas de todos los pueblos civilizados y obteniendo en algunos de éstos—los más importantes y poderosos—un éxito que nunca llegué á sospechar.
1923.
Primera Parte II - El centauro Madariaga
En 1870, Marcelo Desnoyers tenía diecinueve años. Había nacido en los alrededores de París. Era hijo único, y su padre, dedicado a pequeñas especulaciones de construcción, mantenía a la familia en un modesto bienestar. El albañil quiso hacer de su hijo un arquitecto, y Marcelo empezaba los estudios preparatorios, cuando murió el padre repentinamente, dejando sus negocios embrollados. En pocos meses, él y su madre descendieron la pendiente de la ruina, viéndose obligados a renunciar a sus comodidades burguesas para vivir como obreros.
Cuando, a los catorce años, tuvo que escoger un oficio, se hizo tallista. Este oficio era un arte y estaba en relación con las aficiones despertadas en Marcelo por sus estudios, forzosamente abandonados. La madre se retiró al campo, buscando el amparo de unos parientes. Él avanzó con rapidez en el taller, ayudando a su maestro en todos los trabajos importantes que realizaba en provincias. Las primeras noticias de la guerra con Prusia le sorprendieron en Marsella, trabajando en el decorado de un teatro.
Marcelo era enemigo del Imperio, como todos los jóvenes de su generación. Además, sentíase influido por los obreros viejos, que habían intervenido en la República del 48 y guardaban vivo el recuerdo del golpe de estado del 2 de diciembre. Un día vio en las calles de Marsellla una manifestación popular en favor de la paz, que equivalía a una protesta contra el Gobierno. Los viejos republicanos, en lucha implacable contra el emperador; los compañeros de la Internacional, que acababan de organizarse, y gran número de españoles e italianos, huidos de sus países por recientes insurrecciones componían el cortejo. Un estudiante melenudo y tísico llevaba la bandera. «Es la paz que deseamos; una paz que una a todos los hombres», cantaban los manifestantes. Pero en la Tierra los más nobles propósitos rara vez son oídos, pues el Destino se divierte en torcerlos y desviarlos. Apenas entraron en la Cannebière los amigos de la paz con su himno y su estandarte, fue la guerra lo que les salió al paso, teniendo que apelar al puño y al garrote. El día antes habían desembarcado unos batallones de zuavos de Argelia que iban a reforzar el ejército de la frontera, y estos veteranos, acostumbrados a la existencia colonial, poco escrupulosa en materia de atropellos, creyeron oportuno intervenir en la manifestación, unos con las bayonetas, otros con los cinturones desceñidos «¡Viva la muerte!» Y una lluvia de zurriagazos y golpes cayó sobre los cantores. Marcelo pudo ver cómo el cándido estudiante que hacía llamamientos a la paz con una gravedad sacerdotal rodaba envuelto en su estandarte bajo el regocijado pateo de los zuavos. Y no se enteró de más, pues le alcanzaron varios correazos, una cuchillada leve en un hombro, y tuvo que correr lo mismo que los otros.
Aquel día se reveló por primera vez su carácter tenaz, soberbio, irritable ante la contradicción, hasta el punto de adoptar las más extremas resoluciones. El recuerdo de los golpes recibidos le enfureció como algo que pedía venganza. «¡Abajo la guerra!» Ya que no le era posible protestar de otro modo, abandonaría su país. La lucha iba a ser larga, desastrosa, según los enemigos del Imperio. Él entraba en quinta dentro de unos meses. Podía el emperador arreglar sus asuntos como mejor le pareciese. Desnoyers renunciaba al honor de servirle. Vaciló un poco al acordarse de su madre. Pero sus parientes del campo no le abandonarían, y él tenía el propósito de trabajar mucho para enviarle dinero. ¡Quién sabe si le esperaba la riqueza al otro lado del mar!... ¡Adiós Francia!
Gracias a sus ahorros, un corredor del puerto le ofreció el embarco sin papeles en tres buques. Uno iba a Egipto; otro, a Australia; otro, a Montevideo y Buenos Aires. ¿Cuál le parecía mejor?... Desnoyers, recordando sus lecturas, quiso consultar el viento y seguir el rumbo que le marcase, como lo había visto hacer a varios héroes de novelas. Pero aquel día el viento soplaba de la parte del mar, internándose en Francia. También quiso echar una moneda en alto para que indicase su destino. Al fin, se decidió por el buque que saliese antes. Sólo cuando estuvo con su magro equipaje sobre la cubierta de un vapor próximo a zarpar tuvo interés en conocer su rumbo. «Para el río de la Plata...» Y acogió estas palabras con un gesto de fatalista. «¡Vaya por la América del Sur!» No le desagradaba el país. Lo conocía por ciertas publicaciones de viajes, cuyas láminas representaban tropeles de caballos en libertad, indios desnudos y emplumados, gauchos hirsutos volteando sobre sus cabezas lazos serpenteantes y correas con bolas.
El millonario Desnoyers se acordaba siempre de su viaje a América: cuarenta y tres días de navegación en un vapor pequeño y desvencijado, que sonaba a hierro viejo, gemía por todas sus junturas al menor golpe de mar y se detuvo cuatro veces por fatiga de la máquina, quedando a merced de olas y corrientes. En Montevideo pudo enterarse de los reveses sufridos por su patria y de que el Imperio ya no existía. Sintió la vergüenza al saber que la nación se gobernaba por sí misma, defendiéndose tenazmente detrás de las murallas de París. ¡Y él había huido!... Meses después, los sucesos de la Commune le consolaron de su fuga. De quedarse allá, la cólera por los fracasos nacionales, sus relaciones de compañerismo, el ambiente que vivía, todo le hubiese arrastrado a la revuelta. A aquellas horas estaría fusilado o viviría en un presidio colonial, como tantos de sus antiguos camaradas. Alabó su resolución y dejó de pensar en los asuntos de su patria. La necesidad de ganarse la subsistencia en un país extranjero, cuya lengua empezaba a conocer, hizo que sólo se ocupase de su persona. La vida agitada y aventurera de los pueblos nuevos le arrastró a través de los más diversos oficios y las más disparatadas improvisaciones. Se sintió fuerte, con una audacia y un aplomo que nunca había tenido en el viejo mundo. «Yo sirvo para todo -decía- si me dan tiempo para ejercitarme.» Hasta fue soldado -él, que había huido de su patria por no tomar un fusil-, y recibió una herida en uno de los muchos combates entre blancos y colorados de la Ribera Oriental.
En Buenos Aires volvió a trabajar de tallista. La ciudad empezaba a transformarse, rompiendo su envoltura de gran aldea. Desnoyers pasó varios años ornando salones y fachadas. Fue una existencia laboriosa, sedentaria y remuneradora. Pero un día se cansó de este ahorro lento que sólo podía proporcionarle, a la larga, una fortuna mediocre. Él había ido al Nuevo Mundo para hacerse rico, como tantos otros. Y a los veintisiete años se lanzó de nuevo en plena aventura, huyendo de las ciudades, queriendo arrancar el dinero de las entrañas de una Naturaleza virgen. Intentó cultivos en las selvas del Norte; pero la langosta los arrasó en unas horas. Fue comerciante de ganado, arreando con sólo dos peones tropas de novillos y mulas, que hacía pasar a Chile o Bolivia por las soledades nevadas de los Andes. Perdió en esta vida la exacta noción del tiempo y el espacio, emprendiendo travesías que duraban meses por llanuras interminables. Tan pronto se consideraba próximo a la fortuna, como lo perdía todo de golpe por una especulación desgraciada. Y en uno de estos momentos de ruina y desaliento, teniendo ya treinta años, fue cuando se puso al servicio del rico estanciero Julio Madariaga.
Conocía a este millonario rústico por sus compras de reses. Era un español que había llegado muy joven al país, plegándose con gusto a sus costumbres y viviendo como un gaucho, después de adquirir enormes propiedades. Generalmente, lo apodaban el gallego Madariaga, causa de su nacionalidad, aunque había nacido en Castilla. Las gentes del campo trasladaban al apellido el título de respeto que precede al nombre, llamándole don Madariaga.
-Compañero -dijo a Desnoyers un día que estaba de buen humor, lo que en él era raro-, pasa usted muchos apuros. La falta de plata se huele de lejos. ¿Por qué sigue en esta perra vida?... Créame, gabacho, y quédese aquí. Yo voy haciéndome viejo y necesito un hombre.
Al concertarse el francés con Madariaga, los propietarios de las inmediaciones, que vivían a quince o veinte leguas de la estancia, detenían al nuevo empleado en los caminos para augurarle toda clase de infortunios.
-No durará usted mucho. A don Madariaga no hay quien lo resista. Hemos perdido la cuenta de sus administradores. Es un hombre que hay que matarlo o abandonarlo. Pronto se marchará usted.
Desnoyers no tardó en convencerse de que había algo de cierto en tales murmuraciones. Madariaga era de un carácter insufrible: pero, tocado de cierta simpatía por el francés, procuraba no molestarlo con su irritabilidad.
-Es una perla ese gabacho -decía, como excusando sus muestras de consideración-. Yo lo quiero porque es muy serio... Así me gustan a mí los hombres.
No sabía con certeza el mismo Desnoyers en qué podía consistir esta seriedad tan admirada por su patrón; pero experimentó un secreto orgullo al verlo agresivo con todos, hasta con su familia, mientras tomaba, al hablar con él, un tono de rudeza paternal.
La familia la constituían su esposa, misiá Petrona, a la que él llama la china, y dos hijas, ya mujeres, que habían pasado por un colegio de Buenos Aires, pero al volver a la estancia recobraron en parte la rusticidad originaria. La fortuna de Madariaga era enorme. Había vivido en el campo desde su llegada a América, cuando la gente blanca no se atrevía a establecerse fuera de las poblaciones por miedo a los indios bravos. Su primer dinero lo ganó como heroico comerciante, llevando mercancías en una carreta de fortín a fortín. Mató indios, fue herido dos veces por ellos, vivió cautivo una temporada, y acabó por hacerse amigo de un cacique. Con sus ganancias compró tierra, mucha tierra, poco deseada por lo insegura, dedicándose a la cría de novillos, que había de defender carabina en mano de los piratas de la pradera. Luego se casó con su china, joven mestiza que iba descalza, pero tenía varios campos de sus padres. Estos habían vivido en una pobreza casi salvaje sobre tierras de su propiedad que exigían varias jornadas de trote para ser recorridas. Después, cuando el Gobierno fue empujando a los indios hacia las fronteras y puso en venta los territorios sin dueño -apreciando como una abnegación patriótica que alguien quisiera adquirirlos-, Madariaga compró y compró a precios insignificantes y con larguísimos plazos. Adquirir tierra y poblarla de animales fue la misión de su vida. A veces, galopando en compañía de Desnoyers por sus campos interminables, no podía reprimir un sentimiento de orgullo.
-Diga, gabacho. Según cuentan, más arriba de su país parece que hay naciones poco más o menos del tamaño de mis estancias. ¿No es así?...
El francés aprobaba... Las tierras de Madariaga eran superiores a muchos principados. Esto ponía de buen humor al estanciero.
-Entonces no sería un disparate que un día me proclamase yo rey. Figúrese, gabacho. ¡Don Madariaga Primero!... Lo malo es que también sería el último, porque la china no quiere darme un hijo... Es una vaca floja.
La fama de sus vastos territorios y sus riquezas pecuniarias llegaban hasta Buenos Aires. Todos conocían a Madariaga de nombre, aunque muy pocos lo habían visto. Cuando iba a la capital pasaba inadvertido por su aspecto rústico, con las mismas polainas que usaba en el campo, el poncho arrollado como una bufanda, y, asomando sobre éste, las puntas agresivas de una corbata, adorno de tormento impuesto por las hijas, que en vano arreglaban con manos amorosas para que guardase cierta regularidad.
Una mañana había entrado en el despacho del negociantes más rico de la capital.
-Señor, sé que necesita usted novillos para Europa, y vengo a venderle una puntita.
El negociante miró con altivez al gaucho pobre. Podía entenderse con uno de sus empleados; él no perdía el tiempo en asuntos pequeños. Pero ante la sonrisa maliciosa del rústico, sintió curiosidad.
-¿Y cuántos novillos puede usted vender, buen hombre?
-Unos treinta mil.
No necesitó oír más el personaje. Se levantó de su mesa y le ofreció obsequiosamente un sillón.
-Usted no puede ser otro que el señor Madariaga.
-Para servir a Dios y a usted.
Aquel instante fue el más glorioso de su existencia.
En el antedespacho de los gerentes de banco, los ordenanzas le ofrecían asiento misericordiosamente, dudando de que el personaje que estaba al otro lado de la puerta se dignase recibirlo. Pero apenas sonaba adentro su nombre, el mismo gerente corría a abrir. Y el pobre empleado quedaba estupefacto al escuchar cómo el gaucho decía a guisa de saludo: «Vengo a que me den trescientos mil pesos. Tengo pasto abundante y quisiera comprar una puntita de hacienda para engordarla.»
Su carácter desigual y contradictorio gravitaba sobre los pobladores de sus tierras con una tiranía cruel y bonachona. No pasaba vagabundo por la estancia que no fuese acogido por el rudamente desde sus primeras palabras.
.Déjese de historias, amigo -gritaba como si fuese a pegarle-. Bajo el sombraje hay una res degollada. Corte y coma lo que quiera, y remédiese con esto para seguir viaje... Pero ¡nada de cuentos!
Y le volvía la espalda luego de entregarle unos pesos.
Un día se mostraba enfurecido porque un peón iba clavando con demasiada lentitud los postes de una cerca de alambre. ¡Todos lo robaban! Al día siguiente hablaba con sonrisa bonachona de una importante cantidad que debería pagar por haber garantizado con su firma a un conocido en completa insolvencia: «¡Pobre! ¡Peor es su suerte que la mía!»
Al encontrar en el camino la osamenta de una oveja recién descarnada, parecía enloquecer de rabia. No era la carne. «El hambre no tiene ley, y la carne la ha hecho Dios para que la coman los hombres. Pero ¡al menos que le dejasen la piel!... » Y comentaba tanta maldad repitiendo siempre: «Falta de religión y buenas costumbres.» Otras veces, los merodeadores se llevaban la carne de tres vacas, abandonando las pieles bien a la vista; y el estanciero decía, sonriendo: «Así me gusta a mí la gente: honrada y que no haga mal.»
Su vigor de incansable centauro le había servido poderosamente en la empresa de poblar sus tierras. Era caprichoso, despótico y de grandes facilidades para la paternidad, como sus compatriotas que siglos antes, al dominar el Nuevo Mundo, clasificaron la sangre indígena. Tenían los mismos gustos que los conquistadores castellanos por la belleza cobriza, de ojos oblicuos y cabello cerdoso. Cuando Desnoyers le veía apartarse con cualquier pretexto y poner su caballo al galope hacia un rancho cercano, se decía sonriendo: «Va en busca de un nuevo peón que trabajará sus tierras dentro de quince años.»
EL personal de la estancia comentaba el parecido fisonómico de ciertos jóvenes que trabajan lo mismo que los demás, galopando desde el alba para ejecutar las diversas operaciones del pastoreo. Su origen era objeto de irrespetuosos comentarios. El capataz Celedonio, mestizo de treinta años, generalmente detestado por su carácter duro y avariento también ofrecía una lejana semejanza con el patrón.
Casi todos los años se presentaba con aire de misterio alguna mujer que venía de muy lejos, china sucia y malcarada, de relieves colgantes, llevando de la mano a un mesticillo de ojos de brasa. Pedía hablar a solas con el dueño; y al verse frente a él, le recordaba un viaje realizado diez o doce años antes para comprar una punta de reses.
-¿Se acuerda, patrón, que pasó la noche en mi rancho porque el río iba crecido?
El patrón no se acordaba de nada. Únicamente un vago instinto parecía indicarle que la mujer decía verdad.
-Bueno; y ¿qué?
-Patrón, aquí lo tiene... Más vale que se haga hombre a su lado que en otra parte.
Y le presentaba al pequeño mestizo. ¡Uno más y ofrecido con esta sencillez!... «Falta de religión y buenas costumbres.» Con repentina modestia dudaba de la veracidad de la mujer. ¿Por qué había de ser precisamente suyo?... La vacilación no era, sin embargo, muy larga.
-Por si es, ponlo con los otros.
La madre se marchaba tranquila, viendo asegurado el porvenir del pequeño; porque aquel hombre pródigo en violencias también lo era en generosidades. Al final no le faltaría a su hijo un pedazo de tierra y un buen hato de ovejas.
Estas adopciones provocaron al principio una rebeldía de misiá Petrona, la única que se permitió en toda su existencia. Pero el centauro le impuso un silencio de terror.
-¿Y aún te atreves a hablar, vaca floja?... Una mujer que sólo ha sabido darme hembras. Vergüenza debías tener.
La misma mano que extraía negligentemente de un bolsillo los billetes hechos una bola, dándolos a capricho, sin reparar en cantidades, llevaba colgada a la muñeca un rebenque. Era para golpear al caballo; pero lo levantaba con facilidad cuando alguno de los peones incurría en su cólera.
-Te pego porque puedo -decía como excusa al serenarse.
Un día, el golpeado hizo un paso atrás, buscando el cuchillo en el cinto.
-A mí no me pega usted, patrón. Yo no he nacido en estos pagos... Yo soy de Corrientes.
El patrón quedó con el látigo en alto.
-¿De verdad que no has nacido aquí?... Entonces tienes razón: no puedo pegarte. Toma cinco pesos.
Cuando Desnoyers entró en la estancia, Madariaga empezaba a perder la cuenta de los que estaban bajo su potestad a uso latino antiguo y podían recibir sus golpes. Eran tantos, que incurría en frecuentes confusiones. El francés admiró el ojo experto de su patrón para los negocios. Le bastaba contemplar por breves minutos un rebaño de miles de reses para saber su número con exactitud. Galopaba con aire indiferente en torno del inmenso grupo cornudo y pataleante, y de pronto hacía apartar varios animales. Había descubierto que estaban enfermos. Con un comprador como Madariaga, las marrullerías y artificios de los vendedores resultaban inútiles.
Su serenidad ante la desgracia era también admirable. Una sequía sembraba repentinamente sus prados de vacas muertas. La llanura parecía un campo de batalla abandonado. Por todas partes, bultos negros; en el aire, grandes espirales de cuervos que llegaban de muchas leguas a la redonda. Otras veces era el frío: un inesperado descenso del termómetro cubría el suelo de cadáveres. Diez mil animales, quince mil, tal vez más, se habían perdido.
-¿Qué hacer? -decía Madariaga con resignación-. Sin tales desgracias, esta tierra sería un paraíso... Ahora lo que importa es salvar los cueros.
Echaba pestes contra la soberbia de los emigrantes de Europa, contra las nuevas costumbres de la gente pobre, porque no disponía de bastantes brazos para desollar a las víctimas en poco tiempo y miles de pieles se perdían al corromperse unidas a la carne. Los huesos blanqueaban la tierra como montones de nieve. Los peoncitos iban colocando en los postes del alambrado cráneos de vaca con los cuernos retorcidos, adorno rústico que evocaba la imagen de un desfile de liras helénicas.
-Por suerte queda la tierra -añadía el estanciero-.
Galopaba por sus campos inmensos, que empezaban a verdear bajo las nuevas lluvias. Había sido de los primeros en convertir las tierras vírgenes en praderas, sustituyendo el pasto natural con la alfalfa. Donde antes vivía un novillo, colocaba ahora tres. «La mesa está puesta -decía alegremente-. Vamos en busca de nuevos convidados.» Y compraba a precios irrisorios el ganado desfallecido de hambre en los campos naturales, llevándolo a un rápido engordamiento en sus tierras opulentas.
Una mañana, Desnoyers le salvó la vida. Había levantado su rebenque sobre un peón recién entrado en la estancia, y éste le acometió cuchillo en mano. Madariaga se defendía a latigazos, convencido de que iba a recibir de un momento a otro la cuchillada mortal, cuando llegó el francés y, sacando su revólver, dominó y desarmó al adversario.
-¡Gracias, gabacho! -dijo el estanciero, emocionado-. Eres todo un hombre y debo recompensarte. Desde hoy... te hablaré de tú.
Desnoyers no llegó a comprender qué recompensa podía significar este tuteo. ¡Era tan raro aquel hombre!... Algunas consideraciones personales vinieron, sin embargo, a mejorar su estado. No comió más en el edificio donde estaba instalada la Administración. El dueño exigió imperativamente que en adelante ocupase un sitio en su propia mesa. Y así entró Desnoyers en la intimidad de la familia Madariaga.
La esposa era una figura muda cuando el marido estaba presente. Se levantaba en plena noche para vigilar el desayuno de los peones, la distribución de la galleta, el hervor de las marmitas de café o de mate cocido. Arreaba a las criadas, parlanchinas y perezosas, que se perdían con facilidad en las arboledas próximas a la casa. Hacía sentir en la cocina y sus anexos una autoridad de verdadera patrona; pero apenas sonaba la voz del marido, parecía encogerse en un silencio de respeto y temor. Al sentarse la china a la mesa lo contemplaba con sus ojos redondos, fijos como los de un búho, revelando una sumisión devota.
Desnoyers llegó a pensar que en esta admiración había mucho de asombro por la energía con que el estanciero -cerca ya de los sesenta años- seguía improvisando nuevos pobladores para sus tierras.
Las dos hijas, Luisa y Elena, aceptaron con entusiasmo al comensal, que venía a animar sus monótonas conversaciones del comedor, cortadas muchas veces por las cóleras del padre. Además, era de París. «¡París!», suspiraba Elena, la menor, poniendo los ojos en blanco. Y Desnoyers se veía consultado por ellas en materias de elegancia cada vez que encargaban algo a los almacenes de ropas de Buenos Aires.
El interior de la casa reflejaba los diversos gustos de las dos generaciones. Las niñas tenían un salón con muebles ricos -apoyados en paredes agrietadas- y lámparas ostentosas que nunca se encendían. El padre perturbaba con su rudeza esta habitación, cuidada y admirada por las dos hermanas. Las alfombras parecían entristecerse y palidecer bajo las huellas de barro que dejaban las botas del centauro. Sobre una mesa dorada aparecía el rebenque. Las muestras de maíz esparcían sus granos sobre la seda de un sofá que sólo ocupaban las señoritas con cierto recogimiento, como si temiesen romperlo. Junto a la entrada del comedor había una báscula, y Madariaga se enfureció cuando las hijas le pidieron que la llevase a las dependencias. Él no iba a molestarse con un viaje cada vez que se le ocurriese averiguar el peso de un cuero suelto... Un piano entró en la estancia, y Elena pasaba las horas tecleando lecciones con una buena fe desesperante. «¡Irá de Dios! ¡Si al menos tocase la jota o el pericón!» Y el padre, a la hora de la siesta, se iba a dormir sobre un poncho, entre los eucaliptos cercanos.
Esta hija menor, a la que apodaba la Romántica, era el objeto de sus cóleras y sus burlas. ¿De dónde había salido con unos gustos que nunca sintieron él y su pobre china? Sobre el piano se amontonaban cuadernos de música. En un ángulo del disparatado salón, varias cajas de conservas, arregladas a guisa de biblioteca por el carpintero de la estancia, contenían libros.
-Mira, gabacho -decía Madariaga-. Todo versos y novelas. ¡Puros embustes!... ¡Aire!
Él tenía su biblioteca, más importante y gloriosa, y ocupaba menos lugar. En su escritorio, adornado con carabinas, lazos y monturas chapeadas de plata, un pequeño armario contenía los títulos de propiedad y varios legajos que el estanciero hojeaba con miradas de orgullo.
-Pon atención y oirás maravillas -anunciaba a Desnoyers, tirando de uno de los cuadernos.
Era la historia de las bestias famosas que había entrado en la estancia para la reproducción y mejoramiento de sus ganados; el árbol genealógico, las cartas de nobleza, la pedigree de todos los animales. Había de ser él quien leyese los papeles, pues no permitía que los tocase ni su familia. Y con las gafas caladas iba deletreando la historia de cada héroe pecuario: «Diamond III, nieto de Diamond I, que fue propiedad del rey de Inglaterra, e hijo de Diamond II, triunfador en todos los concursos.» Su Diamond le había costado muchos miles; pero los caballos más gallardos de la estancia, que se vendían a precios magníficos, eran sus descendientes.
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The end
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