Prefacio
Las siguientes páginas relatan los hechos más pronunciados en la vida de una mujer, cuyo natural temperamento y varoniles inclinaciones, se desarrollaron en la atmósfera libre de los campos, familiarizándose así, desde la infancia, con el espectáculo y con las fuerzas de la naturaleza.
La Chapanay fue personalmente conocida de muchos hijos distinguidos de la provincia de San Juan; y el relato oral de sus hechos se propagó por toda la República. Encarnaba esta extraordinaria mujer, un tipo especialísimo, que merece ser recordado, no sólo por sus singularidades físicas, sino también porque se ha incorporado a las leyendas de la región andina; es decir, al fondo de esa poesía romancesca y popular, que refleja en cada país el alma de las multitudes. Por otra parte, su actuación se desenvolvió en un medio material y moral que la civilización ha ido transformando, y es bueno fijar las características de aquel medio, siquiera para apreciar mejor, por comparación, en el presente y en el futuro, los progresos que va alcanzando la República.
Por último, el carácter, la personalidad de la heroína, es interesante de por sí. En la primera parte de su vida no fue precisamente una ladrona, sino una sometida al bandolero con quien vivía. Cuando se emancipó de él, se entregó al bien, y hay sin duda una gran nobleza de ese gaucho-hembra que se convierte en una especie de Quijote de las travesías cuyanas, primero por natural honradez, y luego por su afán de redimirse de culpas anteriores. Su historia, mezcla tal vez de realidad y de imaginación, está, de todos modos, referida en este libro, tal como el autor la recogió de labios de algunos que la conocieron, y de la tradición local. No se han formado de otro modo los romances y las gestas de grandes literaturas.
Ha creído el autor que no debía insistir demasiado en el empleo del lenguaje rústico al escribir esta historia, a fin de no recargarla con barbarismos idiomáticos. Hace, pues, hablar convencionalmente a sus personajes, un lenguaje que no es el suyo, intercalando aquí y allá expresiones populares, al solo objeto de agregar de vez en cuando una nota pintoresca.
P. E.
I
A poco más de treinta y cuatro leguas de la capital de San Juan, y en dirección al S. E. de la misma, hállase situada la primera de las famosas lagunas de Guanacache, que, como se sabe, proveen a la ciudad de exquisito pescado. Sobre las movedizas arenas que circundan el cauce de la más importante de aquéllas, la llamada "El Rosario", y bajo un techo de totora y barro, nació Martina Chapanay el año de 1811.
La sencilla vida de los escasos moradores de aquellos lugares, no convenía a los instintos de la criatura ansiosa de espacio y movimiento, según más tarde lo demostraría. Aparejar los espineles por la tarde para revisarlos a la aurora, campear los asnos y las demás bestias de servicio, y sentarse por la noche a la entrada de la cabaña a oír el canto de los sapos, bajo la claridad de la luna o las estrellas, no eran cosas que pudieran satisfacer el espíritu inquieto y aventurero que se revelaría después en la muchacha.
Juan Chapanay, su padre, solía recordar complacido que era un indio puro. Natural del Chaco, había sido arrebatado de la tribu de los Tobas a la edad de seis años, por indígenas de otra tribu, con la que aquélla se encontraba en guerra. Reducido al cautiverio, al cabo de dos años pasó al dominio de otro indígena más civilizado, que se ocupaba en recorrer las provincias, vendiendo en ellas yerbas y semillas traídas de Bolivia. Dedicado por su nuevo amo al oficio de curandero ambulante, visitó con éste gran parte de la República Argentina. Cuatro años más tarde, y cuando cumplía doce de edad, Juan aburrido de comer mal, dormir peor y caminar sin descanso, resolvió emanciparse del todo, o enajenar sólo en parte su libertad, si así le convenía. Había aprendido a estropear el castellano y contaba con que esto le facilitaría su propósito. Su amo resolvió, por aquel entonces, hacer una excursión a las provincias de Cuyo y lo llevó consigo. Allí se le presentó a Juan Chapanay la ocasión de realizar su propósito, y la aprovechó. Se encontraban en San Juan, a la entrada de Caucete, y se habían alojado en compañía de un lagunero , cuando el hambre que lo tenía acosado hizo que el muchacho se echara a llorar amargamente. Curioso el lagunero por saber la causa de aquel llanto, lo interrogó aprovechando un descuido de los otros indios, y supo no sólo que aquél estaba poco menos que muerto de hambre, sino también que abrigaba la firme intención de fugarse. Tuvo el lagunero compasión del infeliz, y se ofreció a llevárselo en ancas de su mula. Así se hizo. A media noche, cuando los coyas roncaban, Juan Chapanay se alejaba con su salvador, rumbo a las Lagunas.
El hombre a quien Juan Chapanay había confiado su destino, no tenía familia. Se llamaba Aniceto y era un excelente anciano que no tardó en profesarle un afecto paternal. Como a verdadero hijo lo trató y consideró, siendo una de sus primeras preocupaciones la de hacerlo bautizar en una iglesia de Mendoza. El muchacho supo corresponder a los beneficios que su protector le dispensaba, y ayudó eficazmente a éste en su industria de pescador. Al cabo de algunos años estaba completamente aclimatado en las Lagunas, e incorporado a la vida del lugar como si hubiera nacido en él. El anciano Aniceto, con quien había trabajado como socio en los últimos tiempos, murió, y lo dejó dueño de recursos bastante desahogados.
Llegaba justamente Juan Chapanay a la plena juventud y a pesar de que los vecinos vivían allí como en familia, se sintió demasiado solo en su intimidad, y pensó en casarse. Sus convecinos lo habían elegido juez de paz del lugar, pues los laguneros constituían por entonces una especie de minúscula república independiente, que elegía sus propias autoridades. La justicia de la provincia sólo intervenía en los casos de crímenes o de grandes robos, por medio de un oficial de partida que inquiría el hecho y levantaba sumario, cuando lo reclamaban las circunstancias. El ruido de armas no turbó la tranquilidad de aquellos lugares; y ni cuando el caudillaje trastornó todo el país, dejaron de ser los laguneros un pacífico pueblo de pescadores y pastores, aislados del resto del mundo al borde de sus lagunas. La región de las Lagunas de Guanacache, está hoy lejos de ser lo que antes fue. Se ha convertido en un desierto en el que el fango y los tembladerales alternan con los arenales. El antiguo pueblo ha desaparecido. Los caudillejos locales concluyeron por envenenar el espíritu de aquellos hombres sencillos y primitivos, y Jerónimo Agüero, Benavídez y Guayama, los arrastraron al fin a las revueltas, perturbando su vida de paz y de trabajo. De las poblaciones de Guanacache, no queda, pues, más que el nombre, que está vinculado a algunos episodios de nuestra historia política.
Juan Chapanay comenzó a ir a la capital de San Juan con más frecuencia. No se presentaba ahora en ella solamente como vendedor de pescado, sino también como visitante que deseaba divertirse e instruirse un poco en el contacto con la ciudad. Gustaba de frecuentar los templos, y después de oír misa con recogimiento, solía quedarse en el atrio mirando salir la concurrencia. Persistía en su propósito de casarse, pero la ocasión no se le presentaba, y él se afligía de que el tiempo corría sin traerle ninguna probabilidad de encontrar la compañera que él soñaba, y que no debía ser por cierto una lagunera, ¡Ah, no! El tenía pretensiones más altas...
II
Regresaba cierta vez a sus lagunas de vuelta de la ciudad, siguiendo un camino que se alargaba entre pedregales y montes de algarrobos, cuando le pareció oír un quejido. Detuvo su cabalgadura y prestó atención. En efecto, del próximo algarrobal salían ayes lastimeros. Se dirigió hacia él, miró por entre las ramas, y un cuadro impresionante se presentó a su vista. Suspendida por debajo de los brazos, de un grueso algarrobo, estaba una joven como de veinte años de edad. Sus pies tocaban apenas el suelo, tenía desgarrado el traje, la cabeza doblada sobre el pecho y el rostro ensangrentado. Cerca, yacían dos cuerpos apuñalados y degollados, percibíanse todavía, en dirección opuesta a la que traía Juan, los rastros de varios caballos, y un reguero de sangre.
Al ver cerca de sí un hombre, la mujer torturada redobló sus lamentos pidiendo socorro. Juan descendió de su montura y corrió a cortar las cuerdas que la tenían suspendida. Cuando lo hubo hecho, la muchacha cediendo a su propio peso cayó a tierra: tenía fracturada una pierna. Aumentaron sus ayes, y Juan no atinaba a aliviarla en sus dolores. ¿Qué hacer? No podía alzarla en ancas de su macho, ni podía en consecuencia transportarla a otro sitio. Mientras se le ocurría algo mejor, desensilló su cabalgadura e improvisó con su montura una cama en el suelo. Recostó en ella a la herida, y la cubrió con su poncho. Luego miró con inquietud a su alrededor como si temiera la vuelta de los asesinos.
-¡Por Dios! ¡No me abandone usted! - dijo con voz desfallecida.
Juan la tranquilizó, la exhortó a tener paciencia mientras él iba en busca de auxilios; la colocó en el precario lecho de la mejor manera que le fue posible para evitar que sufriera demasiado, y diciéndole palabras de esperanza y de consuelo, saltó en pelo en su macho y se alejó al galope con rumbo a las Lagunas, de las que lo separaban unas cinco leguas. Cinco mortales horas hubo de pasar abandonada en el desierto la muchacha, torturada por sus heridas, por su soledad y por la siniestra presencia de los cadáveres decapitados. Cuando Juan, acompañado de diez laguneros armados de chuzas y trayendo una tosca angarilla, reapareció, aquella deliraba: -¡Bárbaros! - decía. - ¡Dejadme! ¡es Carlos, es mi marido!
Juan Chapanay le lavó la herida, vendó como pudo la pierna y sus amigos cavaron una fosa y dieron sepultura a los cadáveres. En cuanto a las cabezas de los mismos, fueron envueltas y conducidas al pueblito. Alternándose, para llevar la carga, los hombres de la comitiva llegaron a las Lagunas después de una ruda jornada.
III
San Juan era por aquellos tiempos una tenencia de la gobernación de Mendoza. Juan Chapanay quiso ocurrir al centro de las autoridades para informarlas del crimen cometido, y dispuso, al efecto, que un vecino partiera al día siguiente a Mendoza, llevando las cabezas de las víctimas para entregarlas a la policía.
El indio, entretanto, le prodigaba a la herida solícitos cuidados. La terapéutica indígena que había visto ejercer a su antiguo amo, en sus correrías, le sirvió en aquella ocasión a maravilla para curar a la muchacha. En la herida del rostro le exprimía el jugo de cierta yerba triturada por sus propios dientes, y le aplicaba luego una especie de emplasto de grasa de iguana. En la pierna rota le aplicó también cataplasmas de yerbas misteriosas y sólidos vendajes. Ello es que la herida del rostro mejoró rápidamente; en cuanto al fémur fracturado, concluyó por soldarse al cabo de largo tiempo, en forma defectuosa. Si las yerbas de Juan Chapanay ayudaron, o no, a esta curación, es cosa que no podríamos decir.
El acontecimiento había provocado, como se supondrá, una inmensa impresión en la localidad. Los hábitos mansos y laboriosos de aquellas gentes, se vieron perturbados con la noticia del espantoso crimen, y durante largo tiempo perduró el terror que éste vino a despertar. En cuanto a la herida, ninguna explicación de lo ocurrido había dado todavía, y Juan Chapanay, su médico y enfermero, no se atrevía a interrogarla. En estas circunstancias se presentó la policía de Mendoza a practicar investigaciones. La joven tuvo, pues, que hablar ante la autoridad, entre otros motivos, para dejar en salvo la responsabilidad de su benefactor.
De las declaraciones de aquélla, así como de las conversaciones y confidencias que con Juan Chapanay tuvo después, surgió bien clara y prolija la historia de su vida. Es la que vamos a resumir a continuación:
IV
La joven asilada por Juan Chapanay se llamaba Teodora. Era nativa de San Juan, contaba veinte años, y hacía diez que quedara huérfana. Fue recogida por unas tías que le hicieron pagar cara la hospitalidad que le acordaron, tratándola con brusquedad, con desprecio y hasta con crueldad. Una prima de Teodora, que habitaba la misma casa, se complacía en humillarla y vejarla de todos modos, enrostrándole el pan que allí se le daba, y haciéndola sentir a cada paso la inferioridad de su situación. Teodora era bella, y esto no se lo perdonaban sus parientes; en particular su perversa prima, cuya nariz exagerada y deforme era la pesadilla de toda la familia. Cumplía Teodora sus diez y ocho años, cuando un gran acontecimiento vino a cambiar su porvenir, que tan triste se le había presentado hasta entonces.
Eran aquellos los tiempos de la sencillez, la franqueza, la generosidad y la confianza. Una carta de recomendación valía entonces más que una letra de crédito. En las familias no había lujo, pero sí holgura, y como faltaban hoteles, las puertas de los hogares estaban siempre abiertas para los forasteros que trajesen una carta de recomendación. La hospitalidad practicada así, es propia de los pueblos primitivos y patriarcales. La civilización, o más propiamente, el progreso, transforma estas costumbres cordiales en relaciones ceremoniosas y egoístas, y aleja a los seres humanos entre sí, en vez de aproximarlos.
En casa de las tías de Teodora se presentó cierta mañana un joven bien parecido, de maneras cultas y bizarro continente. Venía recomendado por un hermano de aquéllas, residente en Coquimbo, y fue recibido en la casa con la debida deferencia. Quedó alojado en la mejor habitación, y Teodora recibió la orden de servirlo, con lo cual se buscaba disminuirla y rebajarla a los ojos del huésped. Las tías habían visto en el recién llegado un buen candidato a marido para la prima de Teodora, y trataban de suprimir a esta última desde el primer momento, como rival posible.
Pero el plan dio resultados opuestos. El semblante y las maneras de Teodora denotaban nobleza de sentimientos y natural distinción, cosas que no pasaron desapercibidas para el viajero, que se prendó de la muchacha. No comprendió la prima lo que ocurría, y siguió alimentando ilusiones de conquista para con el huésped. Sin embargo, las cosas se aclararon bien pronto. Colocaba Teodora una mañana flores en el cuarto de aquél, cuyo nombre era Carlos Tarragona, -cuando fue interrogada en tono a la vez tierno y deferente:
-¿Sufre Vd., Teodora? -le dijo Carlos observando que tenía los ojos húmedos.
-¡Oh! sí, señor... -respondió Teodora abandonándose a la confianza que Tarragona le inspiraba.
-¿Y no podría remediar yo sus penas, siquiera en parte?
-¿Usted?
-Sí, Teodora, yo. Y ya que Vd. ha sido franca conmigo, quiero serlo yo también con Vd. Hace tiempo ya que observo y comprendo sus padecimientos y sus humillaciones. Yo estoy en mejor situación que otro cualquiera para darme cuenta de ellos, pues también yo sé lo que es ser huérfano, siéndolo yo mismo desde la infancia. Su desamparo de Vd., su belleza, su bondad, hasta sus propios sufrimientos, me han ido inclinando a Vd. día a día. ¿Y sabe Vd. lo que he pensado más de una vez?... Que si Vd. lo quisiera, podría ser mi esposa...
Ante aquella declaración inesperada y deslumbrante, Teodora quedó atónita. No sabía qué contestar. Por último tartamudeó:
-¿Yo esposa de Vd.?... Supongo que no quiere burlarse de mí...
-No, Teodora. Eso sería una acción indigna. Hablo en serio y le repito mi proposición. ¿Quiere Vd. ser mi esposa?
Teodora no contestó sino llorando y reclinando su cabeza en el pecho de Carlos.
Justamente en aquel instante una de las tías hizo irrupción en el cuarto, y se encontró ante tan expresivo cuadro.
Tarragona sin inmutarse, le dijo:
-Señora, lo que acaba Vd. de ver me ahorra mayores explicaciones. Esta señorita y yo pensamos en casarnos...
La decepción y la cólera se pintaron en el rostro de la tía.
-¿Casarse Vd. con Teodora? ¿Y se contenta Vd. con eso?
-¡Oh! señora... "eso" es para mí la personificación de la dulzura, de la belleza y del sacrificio ...
Pareció que a la vieja señora le iba a dar un síncope de rabia. Dio media vuelta y se fue a poner al corriente de lo que sucedía al resto de la familia.
No hay para qué describir el despecho que de la otra tía y de la prima se apoderó, cuando conocieron la noticia. Quisieron poner a Teodora en la calle inmediatamente, y a duras penas pudo conseguir Tarragona, que le acordaran tres días de plazo para encontrar domicilio. Sin pérdida de tiempo se dirigió a la Curia, y gracias a la buena voluntad de un sacerdote, a quien le expuso con franqueza y claridad el caso, pudo contraer enlace con Teodora y encontrar alojamiento para ambos, dentro de los tres días que las furiosas tías le habían concedido. Poco tiempo después, los recién casados se ausentaban con rumbo a Buenos Aires, de donde Carlos era nativo, y donde debía entrar en posesión de una herencia. Regresaban a San Juan, después de dos años de permanencia en aquella ciudad, cuando acaeció la aterradora tragedia en cuyo epílogo le había tocado intervenir a Juan Chapanay, como salvador de Teodora.
Los ladrones de caminos ejercían su siniestra industria casi impunemente por aquellos tiempos. Las grandes distancias que separaban entre sí los centros poblados, lo primitivo de los medios de transporte, limitados a la cabalgadura y a la galera, lo desierto de los campos que para trasladarse de pueblo a pueblo y de ciudad a ciudad, era necesario atravesar, todo eso facilitaba el salteo y el robo en descampado. Las policías bastaban apenas para mantener el orden en los departamentos urbanos, y los salteadores podían operar en completa libertad, refugiándose luego, como en seguras guaridas, en los vericuetos de las serranías, o en los montes de algarrobos, y chañares que crecen en las desoladas travesías. Cuando las poblaciones estaban en extremo aterrorizadas por el sangriento vandalismo de los ladrones, solían las autoridades organizar expediciones para ir a perseguirlos. Y cuando caían aquéllos en manos de éstas, se procedía en forma sumaria e implacable a ejecutarlos. El terror sólo podía combatirse con el terror.
Una de las bandas de ladrones que infestaban la región, había atacado a Carlos Tarragona y a su mujer, cuando hacían a caballo la última etapa de su viaje, de Mendoza a San Juan, acompañados por un peón. Asaltados de improviso, los dos hombres se defendieron como pudieron, y Carlos consiguió traspasar a uno de los atacantes, pero su defensa fue dominada por el número, y sólo sirvió para exasperar la saña de aquéllos, que degollaron a sus víctimas después de acribillarlas a puñaladas. Teodora había querido intervenir en el combate, y había recurrido, a falta de otra arma, a una caldera de agua que hervía en el fuego, cuando vio que su esposo se quedaba desarmado, después de haber descargado su pistola; mas también ella recibió una cuchillada en la cara, y fue luego colgada de un árbol en la forma en que Chapanay la encontró. Los ladrones pudieron, pues, huir tranquilamente, después de consumar su crimen bárbaro, llevándose su herido, y los veinte mil pesos que constituían la herencia que Carlos había ido a buscar a Buenos Aires.
V
La anterior historia debía provocar y provocó, según antes se dijo, comentarios y exageraciones de todo género. La imaginación del pueblo es fecunda y bien pronto se crearon mil versiones aumentadas, deformadas y hasta fantásticas, en torno a la vida y a la sangrienta aventura que había hecho ir a parar a Teodora a las Lagunas. No había imprenta en estas provincias por aquellos días, y a falta de diarios, se ponían en canciones los sucesos cotidianos, recogidos en el mostrador de las pulperías, para cantarlas por la noche dando "esquinazos" al pie de las rejas. Esto fue lo que ocurrió en el caso de Teodora, del cual se formaron numerosas leyendas. La justicia no dio con los asesinos, como de costumbre. Las cabezas de las víctimas fueron a parar al campo santo, y Teodora se quedó a morar, hasta su muerte, sobre las arenas de las Lagunas.
Juan Chapanay seguía cuidando a Teodora con solicitud, y cuando estuvo repuesta, se ofreció para acompañarla a San Juan si ella lo deseaba. Pero aquélla rehusó el ofrecimiento, con gran contento del indio que le había cobrado hondo cariño. La herida del rostro se había cicatrizado, y la rotura de la pierna concluyó por soldarse, pero dejándola coja. En tales condiciones, la idea de presentarse en San Juan debía serle ingrata a la pobre mujer, que se decidió a concluir su existencia en aquel hospitalario rincón.
Para serle agradable a Teodora, Juan Chapanay levantó con sus propias manos, ayudado por otro Lagunero, dos cuartos decentes rodeados de corredores, que luego se fueron ampliando con otras construcciones, y quedaron convertidos al fin, en una vivienda cómoda y bien tenida. El mismo indio había empezado a preocuparse de aliñar su persona. En cuanto a la viuda, que cuando fue conducida a las Lagunas contaba apenas con su ensangrentado traje, disponía ahora de un buen equipo. Quiso tener algunos libros de devoción, una Virgen de Mercedes y algunos textos y cartillas de enseñanza primaria. Todo se lo facilitó el buen Chapanay, que gastaba en esto, gustoso, las economías de su vida entera.
¿Qué le faltaba a Juan para ser completamente dichoso? ¡Ah! él lo sabía ... Había llegado a ser la autoridad del rinconcito del mundo en que moraba; tenía una habitación que parecía un palacio entre las cabañas del vecindario; se le consideraba y se le quería. Sólo le hacía falta esposa, y su más bello ensueño consistía que Teodora llegase a serlo.
Su ensueño se realizó. Conmovida por la ternura y la adhesión del indio, la viuda lo aceptó como marido. Esto pasaba en 1810, justamente cuando el país entero retemblaba a impulsos de la Revolución desencadenada. Un año después, y bajo las auspiciosas auras de la libertad, venía al mundo Martina Chapanay.
Al mismo tiempo que criaba a su hija, Teodora se dedicó a enseñar la doctrina cristiana y las primeras letras a los niños del lugar. Los corredores de la casita levantada por Juan, se convirtieron en escuela, con lo cual aumentó la consideración, el respeto y la gratitud que todo el vecindario le profesaba a los esposos Chapanay. Pero, por desgracia, no pudo Teodora ejercer largo tiempo su noble y generosa misión de poner la cartilla y la cruz en manos de los niños de las Lagunas. En 1814 murió, dejando a su hija en edad demasiado tierna, a Juan Chapanay desesperado y a la población entera entristecida.
VI
Cuando Chapanay hubo trasladado a San Juan, y enterrado lo mejor que pudo los restos de su esposa, quiso reanudar con ahínco su antiguo trabajo, pero la pena que la pérdida de su compañera le había causado, era tan honda, que un desequilibrio se manifestó desde entonces en él. Se volvió reconcentrado y taciturno. No tenía ya, aquella alegría ni aquella movilidad que parecían ser antes los resortes de su carácter, y era evidente que en su vida faltaba ahora el contrapeso que habían traído a ella el buen sentido y la nobleza de Teodora. El pobre indio vagaba melancólico alrededor de su casita, durante las horas que le dejaba libre el trabajo, y era fama que hacía frecuentes visitas al árbol de la travesía en que encontró un día a la que luego había de ser su mujer.
Entretanto su hija Martina crecía casi abandonada, sin dirección ni consejos, en la vida semisalvaje de las Lagunas. A tan corta edad, denotaba ya un carácter rebelde y varonil. Sus juegos predilectos eran los violentos, y tenía a raya a todos los muchachos del pueblo, a fuerza de distribuirles pescozones y pedradas. Se trepaba sobre los burros sueltos y los extenuaba a talonazos, haciéndolos galopar sobre los arenales; pialaba terneros y perseguía a cuanto animal encontraba en su camino. Se había tallado una especie de facón de palo, y con él se complacía en "canchar" con muchachos de mayor edad que ella, a quienes más de una vez les dejó la cabeza llena de chichones a fuerza de planazos. No fue por cierto la menor de las aficiones que por entonces empezó a demostrar, la que la llevaba a sumergirse en el agua. Pasaba largas horas bañándose en las lagunas, y aprendió a nadar con la soltura y la resistencia de un pez. Más tarde perfeccionaría esta habilidad, que llegó a ser verdaderamente sorprendente en ella, y que le permitió más de una vez ser útil a sus semejantes durante su accidentada vida.
Sus correrías y travesuras tenían alarmada a la población lagunera, que se quejó al padre de las diabluras de la hija. Un día vinieron a decirle a Juan, que Martina le había roto una pata a la potranca de un vecino. Este hecho le trajo contrariedades y disgustos, y lo decidió a salir de su apatía y a preocuparse seriamente de contener los instintos rudos de la muchacha.
Cierta señora de San Juan, Doña Clara Sánchez, le había hablado repetidas veces, cuando él bajaba a la ciudad a colocar su pescado, de sus deseos de tener en su casa una chica pobre, del campo, a quien ella educaría en cambio de los servicios que ésta pudiera prestarle. Juan reflexionó que esta colocación podía convenirle a Martina, pues la substraería del ambiente selvático de las Lagunas, moderaría sus inclinaciones al vagabundeo por los campos, y además le daría ocasión de instruirse en algo. Habló con la señora Sánchez, y le propuso traerla a su hija.
Quedó cerrado el trato, y Martina Chapanay dejó sus campos natales para venir a instalarse en la ciudad.
Mucho le costó adaptarse a la existencia encerrada y metódica de la casa de la señora Sánchez, acostumbrada como estaba a no reconocer voluntad ni límite que la contuviese, y puede decirse que nunca llegó a identificarse con su nueva vida. Pero se sometió a ella como se someten los pájaros a la jaula: esperando siempre una ocasión de poder tender las alas en pleno espacio.
Al principio, su padre vino a visitarla con frecuencia, pero de pronto dejó de venir. Pasaron cinco años, y Juan Chapanay no daba señales de vida. Martina les pidió informes de él a otros laguneros que bajaban semanalmente a la ciudad, y éstos le contestaron que nada sabían. El indio había desaparecido sin dejar indicio ninguno del rumbo que hubiera podido tomar. Se hicieron al respecto las suposiciones más diversas, hasta que por último, se aceptó la versión de que debía haber muerto envenenado por cierta yerba que le gustaba masticar, y de la cual abusaba en los últimos tiempos.
Allá por el año 40, se encontraron en la travesía, al pie del algarrobo en que Teodora fue martirizada y suspendida por los salteadores, restos humanos. Eran, seguramente, los de Juan Chapanay. El indio había ido a buscar la muerte en el mismo sitio en que un día encontró la felicidad.
VII
Cuando Martina Chapanay se convenció que su padre no volvería nunca más, y de que ella había quedado sola en el mundo, no pensó sino en recobrar su libertad. En casa de la señora Sánchez había aprendido poca cosa y era tratada con creciente rigor. Se le encargaba de barrer la casa, llevar la alfombra de su señora cuando ésta iba a la iglesia, zurcir ropa y ordeñar las vacas. Al toque de ánimas debía ir a rezar a los pies de su señora. De todas sus ocupaciones, la única que a ella le interesaba era ordeñar las vacas, pues le traía a la memoria la vida del campo, le permitía pisar el pasto del potrero y oír los relinchos de los caballos, que le despertaban punzantes nostalgias de viajes y aventuras a campo abierto. Se decía que ella no podría ya ser nada en la ciudad, ni siquiera maestra de niños como lo fue su madre, pues no se le había enseñado a leer, y, en tales condiciones, era mejor volverse a las Lagunas. Este deseo trabajaba constantemente su imaginación.
De la finca que la señora Sánchez poseía en uno de los departamentos, bajaban con frecuencia a la ciudad peones rurales, en servicio de aquélla. Había entre dichos peones, uno que le interesó a Martina, porque tenía fama de cantor y de guapo. Se llamaha Cruz, y por sobrenombre lo apellidaban Cuero. Era alto y flaco, pero musculoso y dueño de robustos puños. Picado de viruela, lampiño y con tipo de indio, había en él un aire de audacia y de ferocidad disimulada que causaba inquietud. Sus antecedentes eran pésimos, como que tenía en su haber seis entradas a la cárcel por robos. La señora Sánchez conocía sus hazañas, y si lo guardaba a su servicio, era porque no habiéndole robado a ella nada, lo utilizaba como espantajo para los otros ladrones de la campaña, que le temían y obedecían.
Las "tonadas" que cantaba en la guitarra, y su prestigio de varón fuerte, tenían muy impresionada a Martina, que escuchaba con gusto sus requiebros, y se veía de vez en cuando a solas con él.
Un hecho criminal de Cuero, trajo como consecuencia su fuga, acompañado de aquélla, en las siguientes circunstancias:
En una discusión con otro peón, Cuero le dio una puñalada y tuvo que ponerse a salvo de la autoridad que se echó a buscarlo. Escondido en paraje seguro, envió a Martina un mensaje invitándola a escaparse con él, que iba -le decía- a refugiarse en los campos, en donde ambos podrían vivir a su antojo, libres y contentos. Ya se ha dicho, que de tiempo atrás, la muchacha no pensaba sino en esto. Además estaba enamorada de Cuero, y por consiguiente aceptó su proposición sin vacilar. A las doce de la noche, y siguiendo indicaciones transmitidas por Martina, Cruz Cuero llegó a las tapias que circundaban la huerta de la señora Sánchez. Aquélla lo esperaba, trayendo consigo un atado con su ropa y otros efectos. Un poco por travesura, y otro poco por precaución, había cerrado con llave todas las puertas de la casa, y se llevaba las llaves.
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The end
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