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El lunar

Alfred de Musset · 1922 · Free in the US

11,143 words · about 47 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
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About this book

Author
Alfred de Musset
Language
Spanish
Published
1922
Length
11,143 words · about 47 min
Sections
8 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (8)
  1. Front matter under 1 min
  2. Capítulo I about 6 min
  3. Capítulo II about 6 min
  4. Capítulo III about 11 min
  5. Capítulo IV about 8 min
  6. Capítulo V about 10 min
  7. Capítulo VI about 1 min
  8. Capítulo VII about 5 min

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fr:Nouvelles et Contes (Musset)/La Mouche

Capítulo I

En 1756, cuando Luis XV, cansado de las disputas entre la magistratura y el Consejo Superior sobre el impuesto de los dos sueldos, tomó el partido de mantenerse en un plano de justicia, los miembros del Parlamento le devolvieron sus actas. Dieciséis de estas dimisiones fueron aceptadas, recayendo sobre ellas otros tantos destierros.

-Pero ¿podríais ver -decía madame de Pompadour a uno de los presidentes-, podríais ver con sangre fría que un puñado de hombres se resistiese a la autoridad del rey de Francia? ¿No os habría parecido mal? Despojaos de vuestra investidura, señor presidente, y juzgaréis el caso como yo.

No solamente los desterrados sufrieron la pena de su malquerencia, sino también sus parientes y amigos. La censura epistolar divertía al rey. Para descansar de sus placeres, se hacía leer por su favorita cuanto de curioso contenía la correspondencia. Bien entendido que, bajo el pretexto de estar por sí mismo en el secreto de todo, se divertía así con las mil intrigas que desfilaban ante sus ojos; pero aquella que tocaba de cerca o de lejos a los jefes de partido estaba casi siempre perdida. Se sabe que Luis XV, con todas sus debilidades, poseía una sola fuerza, la de ser inexorable.

Una noche que se hallaba junto al fuego, sentado a la chimenea y, como de ordinario, melancólico, la marquesa, hojeando un legajo de cartas, se echó a reír encogiéndose de hombros. El rey le preguntó qué sucedía.

-Que acabo de ver -respondió la marquesa- una carta sin sentido común, pero muy conmovedora, y que da lástima.

-¿Quién la firma? -dijo el rey.

-Nadie; es una carta de amor.

-¿Y a quien va dirigida?

-Eso es lo gracioso. A mademoiselle de Annebault, sobrina de mi buena amiga madame de Estrades. Seguramente la han metido entre estos papeles para que yo la viera.

-¿Y qué es lo que dice? -añadió el rey.

-Ya os lo he dicho; habla de amor. Es cosa de Vauvert y de Neauflette. ¿Hay por allí algún gentilhombre? ¿Recuerda Vuestra Majestad?

El rey se picaba de conocer a fondo toda Francia, es decir, la nobleza de Francia. La etiqueta de su corte, que había estudiado muy bien, no le era más familiar que los blasones de su reino; ciencia bien reducida, puesto que no sabía nada más; pero se envanecía de ello; ante sus ojos toda noble jerarquía era como la escalinata de su trono, y quería pasar por su maestro. Después de permanecer unos momentos pensativo, frunció las cejas como ante un recuerdo desagradable, y haciendo a la marquesa seña de que leyera, volvió a hundirse en su sillón, y dijo sonriendo:

-Sigamos: la muchacha es bonita.

Madame Pompadour, en el tono más suavemente burlón, empezó a leer una larga epístola, pródiga en grandes tiradas amorosas.

«¡Ved -decía su autor- cómo me persigue el destino! Todo parecía dispuesto a satisfacer mis deseos, y hasta vos misma, mi tierna amiga, ¿no me habíais hecho esperar la felicidad? Sin embargo, por una falta que no he cometido, he de renunciar a ella. ¿No es excesiva crueldad haberme dejado entrever el cielo, para precipitarme en el abismo? ¿Gozaríais del bárbaro placer de mostrar a los ojos de un pobre condenado a muerte cuanto puede hacer la vida atrayente y amante? No obstante, tal es mi suerte; no me queda otro refugio ni otra esperanza que la tumba, pues mi desgracia me impide aspirar a vuestra mano. Cuando la fortuna me sonreía ponía toda mi esperanza en que llegaseis a ser mía; pobre ahora, me daría horror atreverme a seguir pensando en vos, y, puesto que no puedo haceros dichosa, aunque muriendo de amor, os prohíbo que me améis...»

La marquesa sonrió a estas palabras.

-He aquí un hombre honrado, señora -dijo el rey-. ¿Pero qué es lo que le impide casarse con su amada?

-Permitid, Sire, que continúe:

«Me sorprende que injusticia que tanto me abruma proceda del mejor de los reyes. Sabéis que mi padre solicitaba para mí una plaza de corneta o de abanderado, y que esta plaza decidía mi vida, puesto que me proporcionaba el derecho de aspirar a vos. El duque de Birón me había propuesto; pero el rey me recusó de un modo que me es muy triste recordar, pues si mi padre tiene su manera de ver las cosas -quiero admitir que ello sea una falta-, ¿debo ser yo castigado por eso? Mi fidelidad al rey es tan firme y sincera como mi amor a vos. Claramente demostraría lo uno y lo otro, si para ello me valiera tirar de espada. Es desesperante que se rechace mi demanda; pero lo que se opone a la bien reconocida bondad de Su Majestad es que se me rechace sin razón valedera, envolviéndome en desgracia semejante...»

-¡Ah! ¿Sí? -dijo el rey-. Eso me interesa.

«¡Si supierais cuán tristes estamos! ¡Ay, amiga mía! ¡Durante todo el día me paseo a solas por estas tierras de Neauflette, por este pabellón de Vauvert, por estos bosquecillos! Ayer, el jardinero odioso se presentó con su rastra; pero le he prohibido que rastrille. Iba a profanar la arena... La huella de vuestros pasos, más frágil que la brisa, aun no se había borrado. La punta de vuestros menudos pies y vuestros altos tacones blancos aun se marcaban en el paseo; parecían caminar ante mí, mientras iba siguiendo vuestra divina imagen, y vuestra sombra, como posándose sobre el fugitivo rastro, se animaba por momentos. Fue aquí, departiendo a lo largo del parterre, donde tuve ocasión de conoceros y apreciaros. Una educación admirable en un angelical espíritu; la dignidad de una reina junto a la gracia de una ninfa; un lenguaje sencillo para unos pensamientos dignos de Leibnitz; la abeja de Platón en los labios de Diana: todo esto me envolvía en cendal de adoración. Y entretanto, entonces, las bien amadas flores esparcían su aroma en torno nuestro. Las aspiré escuchándoos y en su perfume vive vuestro recuerdo. Ahora doblan sus corolas, como, mostrándome la muerte...»

-Ése es un mal discípulo de Juan Jacobo [1] -dijo el rey-. ¿Para qué me leéis eso?

[1] | Juan Jacobo (Jean Jacques) Rousseau.

-Porque Vuestra Majestad me lo ha ordenado por los lindos ojos de mademoiselle de Annebault.

-Ciertamente, sus ojos son lindos.

«Al regresar de mis paseos encuentro a mi padre siempre solo, en el gran salón, de codos junto a un candelero, bajo estos dorados descoloridos que cubren nuestros carcomidos artesonados. Me ve llegar con tristeza... Mi pena aviva la suya. ¡Oh Atenaida! En el fondo de este salón, junto a la ventana, está el clavecino que recorrían vuestros deliciosos dedos, que sólo una vez tocaron mis labios, mientras los vuestros se entreabrían dulcemente a los acordes de la más suave música..., de tal modo que vuestro canto no era sino una sonrisa. ¡Ah, qué deliciosos Rameau, Lulli, Duni y qué sé yo cuántos otros! ¡Oh, sí! ¡Vos los amáis, y siempre están en vuestra memoria! ¡Su hálito ha cruzado por vuestros labios! También yo me siento ante el clavecino y trato de tocar una de esas sonatas que tanto os placen, y que ahora me parecen frías y monótonas; me paro de pronto, y las oigo extinguirse, mientras el eco se apaga bajo esta bóveda lúgubre. Mi padre se vuelve hacia mí y me contempla desolado. ¿Qué puede hacer él? Un chisme callejero, de antecámara palaciega, ha apretado nuestros grillos. Me ve joven, ardiente, lleno de vida, sin más deseo que estar en el gran mundo, y aunque es mi padre, nada puede hacer...»

-¿No se diría -dijo el rey- que al mozo, yendo de caza, le hubiera matado el halcón en su propia mano? ¿Acaso alude a alguien?

«Es muy cierto -replicó la marquesa, prosiguiendo su lectura en tono más bajo-, es muy cierto que somos vecinos cercanos y lejanos parientes del abate Chauvelin...»

-¡Ya salió aquello! -dijo Luis XV bostezando-. Un sobrino más de los pleiteantes y memorialistas. Mi Parlamento abusa de mi bondad; verdaderamente, tiene demasiada familia.

-Pero si no es más que un pariente lejano...

-¡Bah! Toda esa gente no vale la pena. El abate Chauvelin es un jansenista, un pobre diablo; pero de los dimitidos. Echad esa carta al fuego, y que no se me hable más de ella.

Capítulo II

Las últimas palabras pronunciadas por el rey no eran precisamente una sentencia de muerte, pero sí una especie de prohibición de vivir. ¿Qué podría hacer en 1756 un joven sin fortuna y de quien el rey no quería ni hablar? Procurarse un destino, hacerse filósofo o acaso poeta; pero sin influencia, como en aquel caso, nada valía todo ello.

No era ésta, ni con mucho, la vocación del caballero de Vauvert, que acababa de escribir, con los ojos arrasados en llanto, la carta de que se burlaba el rey. Entretanto, a solas con su padre en el fondo del viejo castillo de Neauflette, se paseaba por la estancia con aire triste y enfurecido.

-Quiero ir a Versalles.

-¿Y qué vas a hacer allí?

-No lo sé; pero ¿qué hago aquí?

-Acompañarme; ciertamente que esto no será muy divertido para vos, y de ningún modo quiero reteneros. Pero ¿olvidáis que vuestra madre ha muerto?

-No, señor; y le prometí consagraros la vida que os debo. Volveré, pero quiero partir; no sabría permanecer aquí.

-¿Y a qué se debe eso?

-A un extremado amor. Amo perdidamente a mademoiselle de Annebault.

-Sabéis que es inútil. Nadie más que Molière puede hacer casamiento sin dote. Olvidáis, además, que he caído en desgracia.

-¡Ah, señor! ¡Vuestra desgracia! ¿Me será permitido, sin apartarme del más profundo respeto, preguntaros a qué se debe? Nosotros no pertenecemos al Parlamento. Nosotros no creamos el impuesto, pero lo pagamos. Si el Parlamento escatima los dineros del rey, es cosa suya y no nuestra. ¿Por qué ha de arrastrarnos en su ruina el señor abate de Chauvelin?

-El señor abate de Chauvelin procede como un hombre honrado. Se niega a aprobar el diezmo porque está escandalizado de las dilapidaciones de la Corte. En tiempos de madame de Châteauroux no hubiera ocurrido nada semejante. Aquélla, al menos, era realmente hermosa, y no costaba nada, ni aun lo que prodigaba generosamente. Y aunque reina y señora, se consideraba satisfecha con que el rey no la enviase a pudrirse en un calabozo cuando le retirase su favor. Pero esta Etioles, esta Normant, esta Poisson insaciable... [2]

[2] | Diversos títulos que poseía Pompadour.

-¿Y qué importa?

-¿Qué importa, decís? Más que pensáis. ¿Sabéis siquiera que, al presente, mientras el rey nos arruina, la fortuna de su griseta es incalculable? Al principio se hacía pasar una renta de ciento ochenta mil libras; pero esto no era más que una bagatela, que hoy no se tiene en cuenta. No es posible hacerse idea de las tremendas sumas que el rey pone a sus pies. No pasan tres meses sin que ella coja al vuelo, como sin darle importancia, quinientas o seiscientas mil libras, unas veces sobre las sales y otras sobre el aumento de crédito para las caballerizas; con el alojamiento de que disfruta en todas las mansiones reales, compra la Selle, Cressy, Aulnay, Brimborion, Marigny, Saint-Remi, Bellevue y otras muchas tierras y castillos en París, Fontainebleau, Versalles y Compiègne, sin contar una fortuna secreta colocada en todos los países y en todos los Bancos de Europa, para el caso de su probable desgracia o de que el soberano muriera. Y ¿quién paga todo esto, queréis decirme?

-Lo ignoro, señor; pero yo no.

-Vos como todo el mundo. Francia, el pueblo que suda sangre y agua, que grita en las calles e insulta la estatua de Pigalle. Y el Parlamento se niega a más: no quiere nuevos impuestos. Cuando se trataba de gastos de guerra, nuestro último escudo se hallaba siempre dispuesto; no pensábamos en regatear. El rey, victorioso, pudo ver claramente cuán amado era de todo el reino, y aun más claramente cuando estuvo para morir. Cesó entonces toda disidencia, toda facción, todo rencor; Francia entera se arrodilló ante el lecho del rey y rogó por él. Pero si pagamos sin reparar sus soldados y sus médicos, no queremos seguir pagando sus queridas, y tenemos que hacer algo más que sostener a madame de Pompadour.

-No la defiendo, señor. No sabría darle ni quitarle la razón; no la he visto jamás.

-Sin duda, y no os disgustaría verla, ¿verdad?, para formar sobre ella alguna opinión: que a vuestros años la cabeza juzga por los ojos. Intentadlo, si bien os parece, pero se os rehusará tal satisfacción.

-¿Por qué, señor?

-Porque es una locura; porque la tal marquesa es tan invisible en sus camarines de Brimborion como el Gran Turco en su serrallo; porque os darán pon todas las puertas en las narices. ¿Qué intentáis hacer? ¿Conseguir lo imposible? ¿Buscar fortuna como un aventurero?

-No, como un enamorado. No pretendo suplicar, señor, sino reclamar contra una injusticia. Tenía una esperanza fundamentada, casi una promesa de monsieur de Biron; estaba en víspera de poseer lo que más amo, y mi amor no era ninguna insensatez; vos no lo desaprobasteis. Permitid, pues, que trate de defender mi causa. Ignoro si tendré que entenderme con el rey o con madame de Pompadour, pero quiero partir.

-¡No sabéis lo que es la Corte, y queréis presentaros en ella!

-¡Bah! Acaso por lo mismo que soy un desconocido se me reciba con mayor facilidad.

-¡Vos desconocido! ¡Un antiguo noble! ¿Así pensáis? ¡Con un nombre como el vuestro...! Somos antiguos gentilhombres, señor mío; no podréis pasar inadvertido.

-¡Mejor entonces! El rey me escuchará.

-No querrá ni oír hablar de vos. Soñáis con Versalles, y pensáis veros en él no más que en cuanto el postillón se detenga... Supongamos que llegáis hasta la antecámara, hasta la galería, hasta el Ojo de Buey; veréis que entre Su Majestad y vos no hay más que el batiente de una puerta: pues mediará un abismo. Retrocederéis, buscaréis recomendaciones, protectores: nada encontraréis. ¿Cómo creéis que el rey se venga, de nuestro parentesco con monsieur de Chauvelin? De Damieus se venga con el tormento; del Parlamento, con el destierro; pero de nosotros, con una palabra o, peor todavía, con el silencio. ¿Sabéis lo que es el silencio del rey cuando, con muda mirada, en vez de responderos os examina fijamente, al pasar, y os anonada? Después del cadalso en la plaza de la Grève y en la prisión de la Bastilla, existe una especie de suplicio que, menos cruel en apariencia, deja tanta huella como la mano del verdugo. Cierto que el condenado queda en libertad; pero ya no ha de pensar nunca en acercarse a una mujer, a un cortesano, a un salón, a una abadía o a un cuartel. Todo se cerrará o dará media vuelta ante sus ojos, y así habrá de vagar, al azar, en una invisible prisión.

-Pero yo daré tantas vueltas que saldré de ella.

-No más que salieron otros. El hijo de monsieur de Meynières no era más culpable que vos. Como vos, había recibido las mejores promesas y las más legítimas esperanzas. Su padre, el más fiel vasallo de Su Majestad, el hombre más honrado de su reino, desatendido por el rey, ha tenido que ir, con sus cabellos blancos, no a suplicar, sino a intentar convencer a la griseta favorita. ¿Y sabéis lo que le ha respondido? He aquí sus propias palabras, que monsieur de Meynières me copia en una carta: «El rey es el dueño; no juzga digno de vos manifestaros personalmente su desagrado; se contenta con hacéroslo experimentar privando a vuestro hijo de una brillante posición. Castigaros de otro modo sería comenzar un proceso, y el rey no quiere; es preciso respetar su voluntad. Sin embargo, os compadezco y participo de vuestras penas porque he sido madre; sé lo que es para vos dejar a vuestro hijo sin una posición.» ¡Ya veis el estilo de esa criatura! ¡Y queréis poneros a sus pies!

-¡Se dice que los tiene preciosos!

-¡Sí, por cierto! No siendo guapa, todos sabemos que el rey la adora. Cede y se doblega ante ella. Para mantener su extraño poder, preciso es que tenga algo más que su cabeza hueca.

-¡Pretenden que tiene un talento especial!

-¡Y muy poco corazón! ¡Bonito mérito!

-¿Poco corazón ella, que tan bien sabe declamar los versos de Voltaire, cantar la música de Rousseau y representar Alcira y Colette? Es imposible, jamás lo creeré.

-Id a verlo, puesto que así lo queréis. Yo aconsejo, no ordeno; pero perderéis el viaje. ¿Tanto amáis, en fin, a esa damisela de Annebault?

-Más que a mi vida.

-Pues idos.

Capítulo III

Se ha dicho que los viajes perjudican al amor, porque proporcionan distracciones; se ha dicho también que lo fortalecen, porque dejan tiempo para pensar en él. Pero nuestro caballero era demasiado joven para hacer tan sensatas distinciones. Cansado del coche a mitad del camino, había tomado un caballejo de posta, y hacia las cinco de la tarde llegó a la Hostería del Sol, que ostentaba su muestra, ya pasada de moda en tiempos de Luis XIV.

Había en Versalles un cura viejo que había sido párroco cerca de Neauflette; el caballero le conocía y le quería. El cura, sencillo y pobre, tenía un sobrino beneficiado, abate en la corte, que podía serle útil. El caballero fue, pues, a casa del sobrino, el cual, hombre importante, sumido en su alzacuello, recibió muy bien al recién llegado y se dignó escuchar sus cuitas.

-¡Hombre! -le dijo-, venís muy a punto. Esta noche hay ópera en palacio, cierta fiesta por no sé qué. Yo no voy porque estoy enojado con la marquesa para ver si consigo algo; pero he aquí, precisamente, una invitación del señor duque de Amnont, que le había yo pedido no sé para quién. Id allá. No estáis presentado, es cierto; pero para estos espectáculos no es necesario. Procurad hallaros al paso del rey por el saloncillo. Una mirada, y habéis hecho vuestra fortuna.

El caballero dio las gracias al abate, y, fatigado por la mala noche y la jornada a caballo, se atavió ante un espejo de la hostería con esa negligencia que sienta tan bien a los enamorados. Una criada poco experta le ayudó lo mejor que pudo, y le cepilló la casaca bordada. Y así se lanzó a la casualidad. Tenía veinte años. Anochecía cuando llegó a palacio. Tímidamente se acercó a la verja y preguntó el camino al centinela. Mostráronle la gran escalinata, y, una vez allí, supo por el suizo que la función acababa de empezar, y que el rey, es decir, todo el mundo, estaba en la sala. [3]

[3] | El autor no se refiere a la sala actual, construida por Luis XV, o más bien por madame de Pompadour, que no se terminó hasta 1769, ni se inauguró hasta 1770, para la boda del duque de Berry (Luis XVI) con María Antonieta. Se refiere a un cierto teatro transportable que, según la costumbre de Luis XIV, se armaba en cualquier galería o salón. (Nota del autor.)

-Si el señor marqués quiere atravesar el patio -añadió el suizo, que por si acaso le daba el tratamiento de marqués- llegará en un instante a la representación. Si prefiere pasar por los salones...

El caballero no conocía el palacio. La curiosidad le impulsó a responder que iría por los salones; luego, como un lacayo se dispusiese a servirle de guía, un movimiento de vanidad le hizo añadir que no necesitaba quien le acompañase. Siguió, pues, avanzando solo, no sin cierta emoción.

Todo Versalles resplandecía. Desde la planta baja hasta el tejado relucían las arañas, las girándulas, los mármoles y los muebles dorados. Excepto los aposentos de la reina, todas las puertas estaban abiertas de par en par. A medida que el caballero avanzaba, le invadían una admiración y una sorpresa difíciles de imaginar, pues lo que hacía realmente maravilloso el espectáculo que se le ofrecía no era solamente la belleza y el esplendor del mismo, sino la absoluta soledad en que se encontraba en aquella especie de desierto encantado.

En efecto, cuando se encuentra uno solo en un vasto recinto, ya sea un templo, un claustro o un palacio, se siente algo extraño o, por así decirlo, misterioso. Parece como que el monumento pesa sobre el hombre, que los muros le miran, que los ecos le escuchan y el ruido de sus pasos turba un tan gran silencio de tal modo, que siente un temor involuntario y no se atreve a andar sino con respeto.

Así le ocurrió al principio al caballero; pero pronto pudo más la curiosidad, y le arrastró. Los candelabro de la galería de los Espejos, al mirarse en ellos, se devolvían a sí mismos sus luces. Sabido es los millares de amorcillos, ninfas y pastoras que jugueteaban entonces por los artesonados, revoloteaban por los techos y parecían enlazar el palacio entero en una inmensa guirnalda. Había vastos salones con doseles de terciopelo salpicado de oro, y grandes sillones de gala que aun conservaban el majestuoso empaque del gran rey; más allá, otomanas chafadas y sillas de tijera en desorden alrededor de una mesa de juego; una serie infinita de salones, siempre vacíos, cuya magnificencia resaltaba tanto más cuanto más inútil parecía; de vez en cuando, puertas secretas que abrían sobre interminables corredores; mil escaleras y pasillos que se cruzaban como para un laberinto; columnas y estrados hechos como para gigantes; gabinetes desordenados como escondrijos de chicos; un enorme cuadro de Vanloo junto a una chimenea de pórfido; una caja de lunares olvidada al lado de una grotesca figurilla china; aquí una soberbia grandeza, allá una gracia afeminada, y por todas partes, entre tanto lujo y tal prodigalidad y molicie, mil olores embriagadores, extraños y variados, mezcla de perfumes de flores y de mujeres; una enervante tibieza, un aire de voluptuosidad.

Estar a los veinte años en semejante lugar, en medio de aquellas maravillas, y encontrarse solo, era motivo suficiente para sentirse deslumbrado. El caballero avanzaba al azar, como en sueños.

«¡Verdadero palacio de hadas!», murmuraba. Y, en efecto, le parecía que se realizaba para él uno de esos cuentos en que los príncipes extraviados descubren mágicos palacios.

¿Eran criaturas mortales las que habitaban aquella mansión ideal?

¿Eran mujeres verdaderas las que habían estado sentadas en aquellas butacas, y cuyas graciosas formas habían impreso a los cojines aquellas ligeras huellas, llenas todavía de indolencia? ¿Quién sabe si tras aquellas espesas cortinas, al fondo de alguna inmensa galería, se aparecería una princesa dormida desde hacía cien años, una Armida con lentejuelas, o alguna dríada de corte que saliera de una columna de mármol o entreabriese un dorado artesonado?

Aturdido, a pesar suyo, por todas aquellas quimeras, el caballero se había echado en un sofá para soñar más a gusto, y tal vez hubiera permanecido allí más tiempo de no haber recordado que estaba enamorado. ¿Qué haría en aquellos momentos su bienamada, la señorita de Annebault, que quedaba allá, en un viejo castillo?

-¡Atenaida! -exclamó de repente-. ¡De qué modo pierdo aquí mi tiempo! ¿Me he vuelto loco? ¿Dónde estoy, Señor, y qué es lo que me ocurre?

Y, levantándose, continuó su camino a través de aquel país desconocido, donde no hay que decir que se perdió. Vio a dos o tres lacayos que hablaban en voz baja en el fondo de una galería, y, dirigiéndose a ellos, les preguntó el camino para ir a la comedia.

-Si el señor marqués -le respondieron, usando siempre la consabida fórmula- quiere tomarse la molestia de bajar por esa escalera y seguir la galería de la derecha, hallará al final tres escalones que subir; debe volver luego a la derecha, y cuando haya atravesado el salón de Diana, el de Apolo, el de las Musas y el de la Primavera, bajará de nuevo seis peldaños, y luego, a la izquierda, la sala de las guardias, para tomar la escalera de los ministros, no puede por menos de encontrarse con otros ujieres que le indicarán el camino.

-Muchas gracias -dijo el caballero-. ¡Con señas tan detalladas, mía será la culpa si no me oriento!

De nuevo emprendió valerosamente la marcha, aunque deteniéndose con frecuencia, a pesar suyo, para mirar a uno y otro lado, hasta que el recuerdo de su amor le hacía continuar el camino; y, por fin, al cuarto de hora encontró, como le habían dicho, nuevos lacayos, que le dijeron:

-El señor marqués se ha equivocado, porque ha debido ir por la otra ala del palacio; pero nada más fácil que dar con ella: sólo tiene el señor que bajar esta escalera, pasar por el salón de las Ninfas, luego por el salón del Estío, luego por el de...

-Muchas gracias -dijo el caballero.

«El majadero soy yo -pensó luego-, que se pone a hacer preguntas como un papanatas. Estoy haciendo el ridículo inútilmente, y aunque, lo que no es probable, no se burlasen de mí, ¿para qué me sirve esa nomenclatura y los pomposos títulos que dan a esos salones, para mí desconocidos?»

Decidió caminar en línea recta en cuanto le fuese posible. «Porque -se decía-, después de todo, es muy grande y magnífico el palacio, pero terminará en alguna parte, y aunque sea tres veces más largo que nuestro conejar, habré de ver dónde acaba.»

Pero en Versalles no es fácil andar mucho rato en línea recta, y la rústica comparación de la morada real con un criadero de conejos debió desagradar a las ninfas del palacio, porque se dieron con más ahínco a extraviar al pobre enamorado, y para castigarle, sin duda, complaciéronse en hacerle dar vueltas y revueltas sobre sus propios pasos, volviéndole siempre al mismo lugar, como a un campesino extraviado en un bosque.

En las Antigüedades de Roma, de Piranesi, hay una serie de grabados que el artista llama «sus sueños», y que son un recuerdo de las propias visiones del artista durante el delirio de una fiebre. Representan estos grabados unas vastas salas góticas, en cuyo suelo hay toda clase de utensilios y de máquinas, ruedas, cables, poleas, catapultas, etc., etc.

A lo largo de los muros se ve una escalera, y trepando por ella, no sin trabajo, al mismo Piranesi. Mirando a los escalones, un poco más arriba, se ve que, de repente, se cortan ante un abismo, y ocurra lo que quiera con el pobre Piranesi, imaginamos que, al menos, ha dado fin a sus trabajos, puesto que no puede dar un paso más sin caer al abismo; pero si levantamos más los ojos, vemos elevarse en el aire una segunda escalera, y de nuevo vemos en esta escalera a Piranesi al borde de otro precipicio. Mirando aún más alto, se ve una nueva «calera, más aérea todavía que las anteriores, y al pobre Piranesi que continúa su ascensión; y así indefinidamente, hasta que la eterna escalera y Piranesi desaparecen juntos por las nubes, es decir, por el borde del grabado.

Esta febril alegoría representa, con bastante exactitud, el fastidio de un trabajo inútil y la especie de vértigo que produce la impaciencia. Asimismo, el caballero, que no cesaba de vagar de salón en salón, fue acometido de cierta cólera.

-¡Pardiez! ¡Esto es muy aburrido! ¡Después de estar tan satisfecho, tan encantado de encontrarme solo en este maldito palacio -ya no le llamaba de las hadas-, no voy a poder salir de él! ¡Mal haya la fatuidad que me inspiró la idea de penetrar aquí como el príncipe Fanfarinet, con sus botas de oro macizo, en lugar de decir al primer lacayo con que tropecé que me acompañase, sencillamente, a la sala del espectáculo!

Cuando sentía estos tardíos remordimientos, el caballero se encontraba como Piranesi, en la meseta de una escalera, entre tres puertas. Le pareció oír detrás de la puerta del centro un murmullo tan dulce, tan ligero, tan voluptuoso, por así decirlo, que no pudo por menos de escuchar; y en el momento en que se disponía a seguir adelante, temeroso de ser indiscreto, abriose la puerta de par en par. Una bocanada de aire embalsamado con mil perfumes y un torrente de luz capaz de hacer palidecer a la galería de los Espejos le sorprendieron tan repentinamente que retrocedió algunos pasos.

-¿Quiere pasar el señor marqués? -preguntó el ujier que había abierto la puerta.

-Desearía ir a la comedia -respondió el caballero.

-Acaba de terminar en este instante.

Al mismo tiempo, bellísimas damas, delicadamente pintadas con blancos y carminosos afeites, y dando, no ya el brazo, ni siquiera la mano, sino la punta de los dedos a viejos y jóvenes, comenzaban a salir de la sala de espectáculos, poniendo gran cuidado en andar de costado para no estropear sus miriñaques. Toda aquella, brillante sociedad hablaba en voz baja, con una semialegría mezcla de temor y de respeto.

-¿Qué es esto? -dijo el caballero, sin adivinar que el azar le había conducido precisamente al saloncillo de descanso.

-¡El rey va a pasar! -anunció el ujier.

Hay una especie de intrepidez que no duda de nada y que es sumamente fácil: el valor de las gentes mal educadas. Aunque nuestro joven provinciano era bastante valiente, no poseía esa facultad, y a las solas palabras de «el rey va a pasar» quedó inmóvil y casi aterrado.

El rey Luis XV, que cuando salía de caza hacía a caballo una docena de leguas sin notarlo, era, como se sabe, soberanamente indolente. Se vanagloriaba, no sin razón, de ser el primer caballero, de Francia; y sus queridas le decían, no sin justicia, que también era el más guapo y apuesto. Era una cosa extraña verle abandonar su sillón y dignarse andar a pie. Cuando atravesó el salón, con un brazo apoyado, o más bien extendido, por el hombro del señor de Argenson, mientras sus tacones rojos resbalaban por el suelo -había puesto de moda ese aire perezoso-, cesaron todos los cuchicheos; los cortesanos bajaban la cabeza, y las damas, replegándose suavemente sobre sus jarreteras de color de fuego, arriesgaban ese coquetón saludo que nuestras abuelas llamaban una reverencia, y que nuestro siglo ha reemplazado por el brutal shakehand [4] de los ingleses.

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