Capítulo I
Desde su nacer fué desafortunado aquel sabio infeliz. Casi estoy por decir que antes de nacer lo era ya. Le cupo suerte de gemelo y, si por los consiguientes se juzgan los antecedentes, es muy presumible que en el claustro materno le tocara la habitación peor.
Vino á esta existencia el segundo. Todos los gestos y exclamaciones de alegría hechos por los padres al advenimiento del primer hijo, trocáronse en gestos de contrariedad y exclamaciones de disgusto al presentarse el otro. No eran ricos los padres y aquella propina filial les amargó el buen parto.
Á más de ello, si el primer hijo era robusto y mantecoso, era el segundo pellejoso y enclenque. El médico tuvo que propinarle una tanda de azotes para que rompiese á llorar y llorando empezara á vivir, como empezamos todos.
En su bautizo calentó el agua de más el monaguillo, y cargó la mano en la sal el cura; de modo que le achicharraron la piel y le pusieron la boca como tocino rancio. Á poco si la madrina le deja caer al suelo; á poco si le asfixia el padrino al atarle los cordoncillos de la gorra. Por lo que hace á nombre le pusieron Anatolio, sin más añadiduras.
No podía la madre nutrir á los dos vástagos. Al primer nacido le tocó el pecho maternal. Para el segundo buscaron ama; y como las de fuera de casa resultan, al parecer, más económicas, escogieron para Anatolio una de extramuros. Allá fue el pobre chiquitín, á una casuca de Tetuán de las Victorias, donde era sucio todo, desde el pezón de la nodriza, lleno de mugre y costras, hasta las ropas de la cama, bordadas de churretes y pespunteadas de insectos.
No fué vida la del pobre Anatolio en el tugurio aquel; martirio de criatura fué en potro de inmundicias. Los pañales se le mudaban, si se le mudaban, una vez por día, para ahorrarse gasto de jabón -que si es bueno cobrarlo, es aun mejor no consumirlo.- En brazos de la nodriza apenas estuvo. Unas veces encima de la cama, otras, y eran las más, en el santo y no limpio suelo, le dejaban patas arriba, dándole, para entretenimiento de ojos, las telarañas que decoraban la techumbre, y para engaño de la boca, una muñequilla de trapo, remojada en un cierto menjurje, indigesto y dulzón.
De teta no hay que hablar; por milagro le ponían á ella. Después de todo, igual era ponerle que no ponerle, á los efectos nutritivos. Andaba muy escasa de leche la mala criadora. Á bien que para suplir las escaseces del jugo natural, abundaban los cucharones de sopaza, los barros harinosos y aun las tiras de arenques, que el chicuelo chupaba y rechupaba, en aumento de su sed y detrimento de su estómago. Claro que, con tales potingues, salía Anatolio á indigestión diaria; claro que á cuenta de medrar desmedraba á ojos vistas; y claro que los padres -¡si sería grande el desmedro!- lo echaron de ver y decidieron cambiarle de ama.
Si la primera era sucia, era la segunda borracha, la tercera andariega, la cuarta, ejemplar de malos humores... Así recorrió ocho amas en catorce meses y no reventó, con tan malos tratos y continuas mudanzas, porque á mayores le traía reservado el Destino.
Destetado -es ello un decir- á los catorce meses, ingresó en el domicilio paterno. Parejo andaba, en lo estrujado y mal oliente, con los famosos arencones que le entretuvieron el hambre:
-¡Un asco de niño!- según exclamaron los padres cuando le recibieron. Mejor fuera para Anatolio seguir en poder de las seudo-nodrizas, que volver al hogar de sus engendradores.
En los casucos, donde avecinaban aquéllas, no había luz, ni aire, ni higiene; era la suciedad señora, la escasez despensera, la indigestión perpetua enfermedad. Ni buena leche, ni aseados pañales; una tarima con oficios de cuna y unas vigas entelarañadas, por todo cielo que mirar.
En casa de los padres cuidaban unas miajas mejor la alimentación, la limpieza, el aire y la luz; en cambio, había un hermanito, comparados con el cual, todos los elementos martirizadores que combatieran á Anatolio fuera de su casa, eran una bendita gloria.
Este hermanito, cuyo nombre era Antonio, había acaparado todo el cariño que los padres debieron honradamente distribuir entre Anatolio y él. Nutrido al pecho maternal; creciendo hora á hora entre los brazos de la madre y entre las caricias del padre, fué hora á hora también, apoderándose de sus corazones; de suerte que Anatolio al entrar en su casa resultó para los padres un extraño y para el hermano un objeto de envidia, cuando no un maniquí de entretenimiento y torturación.
Á fe que Antoñito era maestro en lo de torturar. Á falta de perro ó de pájaro allí estaba Anatolio, puesto siempre á disposición del minúsculo Torquemada.
Unas veces tocábales á los cabellos de Anatolio el oficio de riendas. Á ellos se asía el Benjamín con las dos manos y de ellos tiraba sin cuidarse él, y sus padres tampoco, de los gritos y contorsiones que arrancaban á la víctima los repelonazos; otras veces correspondía el turno á las orejas; algunas á los ojos; no pocas á labios y narices. Todo el muñeco vivo servía á los caprichos del insaciable Neroncete. ¡Y ay del muñeco vivo si resistía ó protestaba!... Unos buenos azotes y nuevamente á poder del hermano. Éste lloraba si le quitaban el juguete. No era cosa de que vertiera lágrimas y se estropeara los ojos un chiquillo tan guapo.
Anatolio era feo. Como la belleza entra por mucho en esto del afecto y las simpatías, faltábanle los de los extraños y también los de sus padres propios. Hay padres para todo. Á los de Anatolio hacíaseles caso de oprobio y de vergüenza el haber engendrado sujetillo tan ruín; y el engendro pagaba el delito de la imperfecta engendradura.
Si esto ocurría con los padres, ¿qué iba á ocurrir con las visitas y parientes? Que todas sus caricias, arrumacos y ferias eran para Antoñito. Á Anatolio que le partiera un rayo. ¡Así le hubiese partido en temprana edad! Fuera favor del cielo; pero, tratándose de aquel chico, ni el mismo cielo estaba por hacerle favores.
Despreciado de los suyos, maltratado por los ajenos, sin ver en nadie cariño ó atención, creció la infeliz criatura. Aquel vivir triste, aquel mirarse á todos y por todos pospuesto, cristalizaron en su pensamiento la idea de que su desdicha era, no desdicha, sino suceso natural, ley divina, á la cual necesitaba someterse.
De acuerdo con la idea fueron las acciones del chico. Humilde, resignado, paciente, todo lo sufría sin protesta; á todo servicio estaba pronto. Ni una vez siquiera se revolvió contra la crueldad fraterna; ni una hizo mala cara al desabrimiento de los padres. Acaso había en ocasiones relámpagos de tristeza en sus ojos; nunca faltó en sus labios la sonrisa dulce que han puesto en boca de sus mártires los pintores cristianos.
No vale decir si los padres cuando fué hora de poner los niños en maestro, guardarían sus desvelos y ahorros en beneficio de Antoñito.
A un buen colegio le mandaron. Digo bueno, porque si en él dejaba la enseñanza mucho que desear, el cobro no dejaba nada que apetecer á los enseñadores. Para Anatolio buena estaba la escuela gratuita. En ella entró con las botas rotas y el delantal sucio, mientras su hermano entraba en el colegio con botas nuevas, delantal limpio y cartera de bruñido cuero y de reluciente hebillaje.
Era Antonio desaplicado; su inteligencia dejaba mucho y hasta muchos que desear; pero como en estos colegios de buen pago, mientras se paga bien, no conviene perder alumnos, es decreto que todos resulten maravillas.
No es ello crítica de maestros. Á la mayor parte signifícales la enseñanza un medio de vivir como otro cualquiera. Cada uno debe y necesita vivir lo mejor posible. Mientras haya padres necios que con exterioridades se engrían y con premios, cintajos y medallitas satisfagan, bien hacen los maestros explotando su necedad. Al fin y á la postre de los tontos se vive en este mundo y aun, aun haciendo promesas para el otro.
Siendo de tal hechura el colegio donde metieron á Antoñito; siendo sus padres capaces de todo sacrificio y halago para quienes les pintaran al muchacho como ángel de sabiduría, inútil es decir que premios, y cintas y medallas llovieron como lluvia abrileña sobre el educando.
Al otro, en escuela gratuita, con maestros que apenas tenían si comer, no le tocaban premios, por la sencillísima razón de que no los había; pero es lo cierto que el muchacho era listo y trabajador, y aprendía mucho más y más bien que de los métodos y elementos educativos, empleados allí, debía justamente esperarse.
Especialmente para matemáticas y geografía era un prodigio el menguado Anatolio. Cúpole en suerte un maestro viejo, á quien desdichas de la profesión trajeron á maestro de colegios gratuitos. En otros mejores anduvo; en implantar uno á la moderna gastó sus pocos ahorros. Cerrólo por falta de discípulos, mejor dicho, de padres de discípulos que quisieran entrar por la vía de hacer á sus hijos hombres y no loros, y acogióse á una escuela municipal como náufrago á tabla.
Se encariñó el maestro con el discípulo; pagó éste con creces cariño y enseñanzas, y á los catorce años podía tenérselas tiesas con Aristóteles y Copérnico, refundidos.
Poco valieron estos méritos de Anatolio frente al juicio estrecho de sus padres.
-¿Qué servía el ingnorantón de Anatolio, comparado con Antoñito, que era bachiller, y al año siguiente emprendería la carrera para ser deslumbre del Foro? Nada ó casi nada. Aquel calabacín había dado de sí cuanto debía dar. ¿Tenía buena letra y sabía dé cuentas? Pues á encontrarle un empleillo y que se las buscase como Dios le diera á entender.
¿Un empleo? ¿Dónde encontrarlo? El viejo maestro se lo proporcionó, humilde pero suficiente á cubrir sus necesidades, en la Secretaría de un centro pedagógico. Allí prestaría útiles servicios y podría dedicarse á aquellos estudios propios de sus aptitudes y aficiones.
Dicho y hecho. Anatolio entró en la Secretaría con «dos cincuenta», y á vivir.
El mismo día y casi á la misma hora anunciaban los padres á todos sus conocimientos que Antonio «entraba por el primer año de leyes».
Capítulo II
Presidía el centro pedagógico donde emplearon á Anatolio, un astrónomo del Observatorio matritense, hombre de tantos años como ciencia.
Tenía los cabellos color plata de luna, cual si los rayos de ésta hubieran echado raíces en la cabeza de su fervoroso observador; los ojos redondos, claros y sus miajas convexos, como lente de anteojo; la nariz, recta, delgada, muy en punta, parecía un compás. ¿Cuándo se abrirá para medir? decía uno al mirarla; las arrugas innumerables del rostro resultaban, por el dibujo, mas que arrugas, fórmulas algebraicas; el cuerpo era menudo; al andar movía los brazos con movimiento de alas: creyérasele dispuesto á volar en busca de los espacios siderales. En resumen, un buen señor con alma grande y noble, digna de otros planetas.
Prendóse de Anatolio el sabio, no por otro motivo que hallar en él felicísimas disposiciones para la ciencia astronómica de que el sabio había hecho su religión, y se dispuso á protegerle y á darle carrera en consonancia con sus bien manifestadas aptitudes.
Al primer fin, viendo que el mozo, á quien sus padres habían puesto en la del rey, para domicilio, alimentación y traje no tenía más que las dos cincuenta, le brindó hospedaje en su casa y le regaló los desechos de su vestuario. Suerte que era el beneficiador tan enclenque como Anatolio. Por tal causa pudo éste aprovechar el desecho de trajes y zapatos. No ocurrió igual con los sombreros. La cabeza del astrónomo era por su tamaño y por su redondez, una esfera armilar.
En lo que toca á profesión, siendo la de don Lucas la que iba Anatolio á seguir, no precisaron universidades y maestros. Con el de la casa bastaba y aun sobraba á las veces. Era exigente el profesor, y solía poner con sus exigencias en tortura el buen intelecto y la buena voluntad del discípulo. Bien instruído, bien alimentado y alojado, y si no bien vestido, vestido, que ya es algo para andar por las calles en esta época extraparadisíaca, nada le faltaba á Anatolio. Hasta le sobraban las dos cincuenta. Traducidas eran semanalmente en ahorros sobre una libreta del Monte de Piedad.
Hubiera sido el mozo completa y absolutamente feliz, si en el mundo ello resultara posible. De entretenimiento le servían, que no de ocupación, el limpiar los instrumentos del maestro, el cepillarle la ropa, el prepararle agua para la diaria rasuración y el oír los discursos que enjaretaba antes de dormirse, á propósito de Marte, de Venus, de Júpiter, de Sirio, de esta estrella ó de otra; de este ó de aquel sistema planetario.
Hubiera sido totalmente dichoso Anatolio sino contrastasen y chocaran algunas veces las condiciones privativas de su carácter con las del carácter de D. Lucas.
Era Anatolio linfático, sedentario, pasivo; era D. Lucas todo nervios, acción e inquietud. Anatolio tenía naturaleza de caracol ó de ostra; la casa, el domicilio significaban para él lo que la concha para aquéllos. Á serle posible hubiera ido á todas partes con la casa á cuestas como el caracol ó la hubiera entreabierto, nada más que entreabierto para ver lo que fuera ocurría, como hace la ostra con sus valvas.
D. Lucas, por el contrario, no hallaba jamás un domicilio conveniente.
¿Por afán de comodidades materiales? No. Las comodidades materiales eran para el astrónomo pura y despreciable superfluidad. El toque de sus inquietudes y mudanzas domiciliarias estaba en otros puntos.
El Observatorio de Madrid significaba para D. Lucas el templo abierto, la catedral donde todos los sacerdotes astronómicos realizaban los oficios sacros del culto en noble comunión; pero así como necesita el místico de un lugar oculto, de una recóndita capilla donde abrir sin testigos las alas del espíritu y comulgar con Dios, necesitaba el sabio también capilla hábil para su deliquios siderales.
Á esto, á la precisión de encontrar capilla digna de su misticismo astronómico, debíanse las incesantes mudanzas de D. Lucas. Quería él domicilio sin vecindad, en el campo, naturalmente, libre de boscajes y de montículos, que le entorpecieran los disfrutes del paisaje celeste; y quería en aquella vivienda una azotea alta, lo más alta posible para saludar desde su remate, anteojo en mano y pupila en anteojo, á todos los mundos brilladores que temblaban sobre el espacio azul.
Ninguna capilla le parecía buena al objeto de sus oraciones astronómicas. Al poco tiempo de alquilada una casa desechábala por inservible. Era preciso buscar otra y ¡hala!... ¡Anatolio! ¡Avisa el carro de mudanza! ¡Anatolio, enfúndame los instrumentos!... ¡Anatolio, mete la ropa en las maletas!... ¡Anatolio, cierra los armarios!... ¡Sube, Anatolio!... ¡Anatolio, baja!...
Y el pobre Anatolio, el hombre ostra, la criatura caracol, iba de un lado á otro y de este barrio á aquel, no echando maldiciones, el muchacho era incapaz de maldecir, pero sí dándose á todos los cometas que, por rabudos, algo tienen de diablos.
En fin, y mudanzas aparte, era dichosa la existencia del astrónomo en perspectiva.
Poco á poco, sin perder uno, ganó todos los cursos y llegó al término de su carrera; los ganó con notas de sobresaliente, con premios y matrículas y título de honor. D. Lucas gozaba cada triunfo del discípulo tal que si fuera propio. Al terminar su carrera Anatolio, halló el maestro forma de que entrara en el Observatorio y fuera dentro de la iglesia un sacerdote más.
Como el joven apenas tuvo precisión de tocar el sueldo del centro pedagógico, ascendían sus ahorros á algunos miles de pesetas cuando terminó la carrera, y cambió su jornal de escribiente por un jornal de sabio. El jornal de sabio consistía en cinco pesetas diarias. De algún modo han de pagarse tantos años de estudio.
Todo llega en el cielo de arriba y en la tierra insignificante de abajo, y le llegó á D. Lucas la hora de morir.
Fué ésta durante una noche estival que entoldaban blancas nubecillas, coloreadas de tiempo en tiempo por la luz del relámpago. Las estrellas temblaban misteriosamente en el cielo; la madre luna en toda su nacarina plenitud, paseaba lentamente el espacio.
-Anatolio -dijo D. Lucas que llevaba cuatro días en cama,- esto concluye; se me acabó el fuego central; dentro de algunas horas entraré en la categoría de los cuerpos difuntos. No vale apurarse. Ni los astros son eternos; ¡para que lo sean los hombres! Ahora sí, no quiero que se extinga mi luz sin dar un adiós último á los amigos de allá arriba. Con que, ayúdame; subiremos poco á poco esas escaleras y desde la azotea me despediré de este mundo nuestro y de los otros.
Excusado es decirte -añadió D. Lucas- que cuanto poseo, mis instrumentos, mis apuntes y las bagatelas de mi casa, te pertenecen. Como á hijo te miré, y como á hijo te lego toda mi fortuna. No encontrarás mucho dinero, pero encontrarás algunas fórmulas curiosas».
Y fué allá arriba, sobre la azotea, bajo el cielo claveteado con estrellas, en presencia de la luna blanca y amorosa, donde el sabio se fué extinguiendo poco á poco, sin convulsiones, sin espasmos, con majestuoso y dulce agonizar.
Puestos los ojos en la Diana de los poetas, seguía sonriendo su curso. Con los ojos de par en par abiertos quedó el maestro al morir; en ellos tembló durante unos segundos la imagen pálida de la luna. Hubo un silencio augusto bajo el cielo azul.
La madre luna envolvió al muerto con una mortaja de alabastro.
Capítulo III
¿Cuáles sucesos habían ocurrido durante aquellos años en el domicilio de Anatolio que éste muy de tarde en tarde visitaba?
Antoñito, el apreciable Benjamín, respondiendo cumplidamente á las promesas infantiles, salió un perfectísimo granuja.
Embobados trajo á sus padres durante mucho tiempo con charlas engañadoras y con trampas estudiantiles. Unas y otras llevaban por objeto exclusivo sacar á los padres dinero y encubrir suspensos y pérdidas totales de curso.
Para lo de sacar dinero siempre tenía á mano un libro nuevo, un repaso hecho, secretamente, con cualquier profesor, un centro ó sociedad estudiantil de la cual, por supuesto, le habían nombrado presidente... Recursos de esta índole nunca faltaban al pícaro holgazán, para saquear las arcas paternales.
Ocasiones hubo en que no bastándole con los engaños, recurrió al hurto franco y al empeño de objetos y prendas valorables.
Cuando hurto ó pignoración eran descubiertos, reñía el padre, lloraba á moco tendido la madre, el mozo se deshacía en prometimientos de enmienda y todo concluía en paces. Antonio echaba escaleras abajo encogiendo los hombros, y los padres exclamaban casi, casi á dúo: «Después de todo mientras el muchacho haga bien sus estudios no hay que tomarlo por lo heroico. Esas y otras calaveradillas son propias de la edad».
¡Los estudios!... Para los padres exclusivamente llevaban camino franco los de Antonio. Por la cuenta de ellos andábase el mozo en el quinto año; por la del mozo y los profesores del mozo no había pasado del primero.
Hábil en raspar y enmendar papeletas, certificados y matrículas, llevaba al domicilio todos los junios una carga de sobresalientes. Eran ellos suspensos en la realidad. Los infelices padres tragaban el anzuelo y ya veían á su Antonio siendo asombro de estrados, procuradorías y audiencias.
Asombro sí era. No precisamente de claustros, aulas y profesores, pero sí de billares, de garitos y de tahures. Conocía y ejercitaba maravillosamente todos los juegos de naipes, así los carteados como los de azar y de envite; daba gloria en carambolas, treinta y cuarenta y una, morito, platillo y demás lances de billar; bailaba como un organillero, y en las casas públicas declarábanle hijo adoptivo la alcahueta, chulo las mancebas y compañero los rufianes. Un encanto de mozo.
Vino al cabo lo de averiguarse sus trapacerías. Toda la casa fué llanto y desazón.
Quisieron los padres refrenar al mancebo, y mejor lo hicieran callando. Antonio, rompiendo la máscara de su hipocresía, hizo frente á las reprensiones y hasta llegó en sus réplicas á la amenaza, con gran dolor de sus progenitores, que habiéndole educado para ser malo se asombraban de que lo fuera. -¿Qué hacer ahora de él? -exclamaban los padres.- ¡Tanto tiempo perdido!... ¡Tanto dinero gastado inútilmente! ¡Quién lo pensara!... ¡Esto es horrible! ¡No podía ocurrirnos otra cosa peor!
Sí que podía; y ocurrió.
Sabía Antonio que su padre guardaba dentro de un armario, en una cajita de hierro veinte mil pesetas, único y definitivo capital para la próxima vejez, y cierta noche descerrajó el armario, hizo propia la caja y tomó las de villadiego con el propósito, fielmente cumplido, de volver la espalda á su hogar y no ocuparse más de los suyos.
Al padre le trajo el disgusto una paralisis, dejándole inútil para todo trabajo; quedó la madre punto menos que lela, y la miseria entróse por aquel hogar como dueña y señora.
Entonces, sólo entonces, se acordaron los buenos padres de Anatolio. La voz de la sangre habló en ellos pidiendo á gritos la presencia del hijo ausente y olvidado. Noble y santa voz de la sangre ¡qué á tiempo sabes hacerte oír!
Muerto era ya D. Lucas cuando acaecieron estas cosas. Anatolio acudió donde le llamaron, y puso á réditos de la enfermedad y de la vejez de sus padres los ahorros y la paga.
Después de todo era su obligación. Así lo pensaban los padres y Anatolio también.
La libreta del Monte de Piedad se hizo humo entre cuentas de médico, recetas y cuidados precisos á la manutención de los dos enfermos. Menos mal que la muerte se encargó de llevarlos en tiempo oportuno para que la paga del astrónomo no cayese en manos de usureros.
Con diferencia de unos meses se verificaron los dos entierros.
Al concluir el último, un pariente de éstos que sólo aparecen en las casas cuando hay muerto ó recién nacido ó casado, echó los brazos al cuello de Anatolio y le dijo entre sollozos que parecían naturales:
-¡Ay, Anatolio!... Tu desgracia es muy grande. Nada como un padre y como una madre. Hace dos meses perdiste á la primera; hoy al segundo pierdes. Hoy te quedas solo en este mundo.
Anatolio creía que cuando quedó solo en este mundo fué al morir D. Lucas, pero no quiso llevar la contraria al pariente.
Capítulo IV
Al igual del maestro consideraba su carrera una religión el joven astrónomo y á ella dedicaba toda su actividad. Su casa era la torre del Observatorio; su balcón el anteojo, sus paisajes los dibujados sobre fondo azul por las constelaciones.
¡Qué dicha la suya cuando en las noches estrelladas, de cara á cara con el infinito, iba recorriendo anteojo en diestra el mundo sideral para la mayor parte de los hombres todo incógnitas y misterios, para él todo claridad y sencillez!
Como el piloto dirige su barco de uno en otro océano, dirigía él su anteojo por los océanos celestes, sondando las profundidades, huyendo los escollos, llegando siempre al puerto luminoso donde le llevaban sus observaciones.
Una vez en puerto, es decir, una vez anclada su lente en el astro de escala, qué deliciosas excursiones realizaban los ojos de Anatolio por la superficie aquella.
La luna, diosa pálida á quien los poetas dedican endechas melancólicas, era para Anatolio planeta despreciable, criatura muerta, sin alma, puesto que atmósfera y calor la abandonaron para siempre. Luego muy conocida; apenas si quedaba en su organismo cosa á descubrir. Así es que cuando el anteojo se detenía sobre la redonda esponja de alabastro, el astrónomo lo empujaba desdeñosamente y seguía su viaje pasando con indiferencia por Marte, por Venus, por Saturno, por todo nuestro sistema planetario. Eran amigos antiguos y no precisaban cortesías extremas.
Allá, lejos, muy lejos, donde las nebulosas van, por los méritos del anteojo, descomponiéndose en astros y más astros, era hacia donde rumbaban sus navegaciones constelares; y aun iba más allá, siempre más allá, buscando estrellas nuevas, como busca tierras ignotas el navegante, perdiéndose en los océanos lechosos de arriba como se pierde en los hielos del polo el descubridor ansioso de alcanzarlo.
Quien viera al astrónomo en sus horas de observación, no le reconociera.
El jovenzuelo enclenque, de rostro paliducho y de encogidos ademanes; la débil criatura que no se atrevía á mirar á nadie, sufría una espléndida transfiguración.
Resplandecían sus ojos con fulgor entusiasta, una terca voluntad se exteriorizaba en las arrugas de su frente; el rostro adquiría calor, energías la boca, fortaleza los músculos, temblores anhelosos las manos, grandeza total la insignificante figurilla. Imagen de conquistador parecía, examinando el campo de batalla, disponiéndose para el combate.
¡Y qué hermoso campo de batalla! ¡Qué divino espectáculo el del infinito repujado de estrellas!... ¡Qué sueños tan hermosos los de Anatolio, cuando cerrando los párpados, viendo con las pupilas de su imaginación, se consideraba transportado á un punto imaginario, desde el cual podía contemplar de una vez y de un solo golpe el espacio del firmamento comprendido entre la cruz del Sur y la estrella del Norte! ¡Sublime océano sideral aquél donde millones y millones de estrellas resplandecían como faros indicadores de otros tantos mundos, que andando los siglos se pondrían en relación directa, en directas comunicaciones, como lo están hoy los pueblos de la tierra, de este planeta misérrimo y defectuoso que gira y regira, mendigando un poco de lumbre en rededor del sol!
¡Visiones de poeta en las cuales se confundían la quimera con la realidad, eran las de Anatolio entonces! ¡Prodigiosas visiones por obra de las cuales llegaba á creer á los astros ojos de fantásticas criaturas que en la profunda noche le contemplaban amorosas, tendiéndole sus brazos, hechos con temblores de luz!
Así como el poeta materializa sus impresiones en estrofas armónicas sobre una cuartilla de papel, en cuartillas materializaba las suyas Anatolio, escribiendo fórmulas algebraicas, trazando letras, y números y signos.
Aquellas fórmulas, incomprensibles para los ignorantes, eran para Anatolio, para los como él iniciados en el lenguaje de la astronomía, estrofas del poema del infinito, canciones de otros espacios y otros mundos, que iban desarrollándose sobre un pentagrama de mases y menos, de raíces cúbicas y cuadradas, de puntos y de líneas.
No cambiara Anatolio sus cuadernos algebraicos y geométricos por los cuadernos de poeta ninguno vivo; y no cambiara los manuscritos originales de su maestro por los del propio Alghieri, si alguien le propusiera el trueque. Como todo tiene sus contras, aquel vivir en perpetua relación con los astros, había hecho del joven un hombre perfectamente inútil para la vida terrenal.
A tropezones andaba por la tierra Anatolio. Del vivir práctico no se le alcanzaba palabra. Afortunadamente, en lo que toca á bienandanzas materiales se conformaba con tan poco que podía dejarlo en cero. Su mezquino sueldo bastaba á las necesarias urgencias. Siéndole igual que fuera dura ó blanda la cama y blandos ó duros los garbanzos del cocido diario, siempre hallaba quien, por módico estipendio, diese alojamiento á su persona; y siéndole iguales también el corte y la condición de las ropas, tampoco le era difícil hallar sastre en razones de economía.
Después de todo, ¿qué se le daba á él de terrenas comodidades? Él casi no pertenecía á la tierra. Era un sujeto sideral encadenado á nuestro mundo por equivocación.
Pero su cadena le permitía ascender á la torre del Observatorio. Una vez en ella podía volar, volar siempre, cada vez más alto. á lo alto miraba, sin bajar nunca los ojos á la tierra.
Un día los bajó.
Era un crepúsculo de Mayo. Anatolio atravesó la puerta del Observatorio y tomó rumbo hacia el Retiro.
Tarde primaveral aquella, hablaba á la sangre de remozamientos y á los nervios de voluptuosidad. Como oro en polvo cernían las hojas los rayos postrimeros del sol; un airecillo suave vibraba en la atmósfera, empapada en perfumes de flores y de hierbas; cantaban los pájaros sobre las ramas verdes, desprendíase de la tierra húmeda, un fuerte olor de engendramiento...
Anatolio, caído, mejor que sentado, en un banco, respiraba á pleno pulmón aquella atmósfera saturada de gérmenes; sus ojos seguían el picotear de dos mirlos que se cortejaban entre el césped; los jilgueros se enviaban de un árbol á otro amorosas endechas; en un estanque próximo roncaban su liviandad las ranas; dos mariposas se perseguían encima de un rosal.
Anatolio se había olvidado del cielo; no era el Anatolio de siempre. Una gran languidez fué apoderándose de su cuerpo, los brazos cayeron al largo, los ojos se entornaron, por los abiertos labios salían suspiros de placentera angustia. Ansias de algo desconocido, no gozado por él aun, se iban enseñoreando del mozo. Sin que él se diera cuenta su boca pronunció esta palabra: Amor.
Crujieron las ramas, y un grupo de muchachas apareció enfrente de Anatolio. Última de todas era una, que frisaría en los veinte años. Morena de tez, negra de ojos, con mucha sangre en los labios y mucha gracia en el andar, pasó por frente del astrónomo.
Este se alzó del banco y maquinalmente echó tras la muchacha.
Al ruido de los pasos de él, volvió ella la cabeza, y el idilio empezó.
Idilio de pájaros pobres, que la necesidad de ganarse la vida interrumpía con paréntesis largos.
La muchacha era modista de sombreros. Únicamente á la salida del taller podía encontrarla Anatolio para acompañarla media hora y dejarla en el portal de su casita humilde.
Para desquitarse de la homeopática entrevista tenían los domingos.
Y se desquitaban en las mismas poéticas alamedas donde se conocieron. Se desquitaban con largos apretones de manos, con besos furtivos, con diálogos que suplían la brevedad del ósculo. Sólo que tan dulces desquites, hallaban dique en la vigilancia extrema de la madre y en una hermana solterona que, por el despecho de la soltería definitiva, se había declarado, en punto de amores ajenos, la propia rigidez.
El astrónomo se casó.
Capítulo V
Fué modesta la boda, sin que en ella faltara ninguna de las cursilerías propias á este género de ceremonias.
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The end
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