Dedicatoria y prólogo
A MIS QUERIDOS COMPATRIOTAS
¿A quién mejor que á vosotros, mis queridos amigos y paisanos, he de dedicar mi humilde trabajo? En el siglo del positivismo y de los negocios, á nadie pueden interesar las glorias de una insignificante Ciudad y su pequeño Señorío sino es á sus hijos, para quien nunca pueden ser indiferentes las glorias de la Madre Patria. Recibidlo, pues, con benevolencia, no mirando lo que vale y sí lo que significa.Con gran abundancia de materiales no es difícil edificar. Esto me ha sucedido con la Historia de Molina y de su Señorío. El Licenciado Nuñez en sus Memorias inéditas, Sanchez Portocarrero, el Abad Elgueta y D. Antonio Moreno en sus Historias impresas y manuscritas, nos han dejado desembarazado y ancho camino para recorrer sin obstáculo sus correspondientes épocas y parte de las anteriores. En esta parte yo me he concretado á confrontar datos y fechas, ordenándolos en la forma que me pareció más oportuna: pero dolíame sobre manera ver la historia de la pátria y de sus ilustres hijos, diseminada en voluminosos manuscritos y escasos ejemplares impresos poco asequibles á la generalidad; y formé el propósito de recopilarla, (añadiendo los sucesos posteriores), en un pequeño volúmen que estuviese al alcance de todos los hijos del Señorío.
Por lo demás, el Noble y Muy Leal Señorío de Molina, último título de los Monarcas de España, sello generoso de sus Reinos y Señorios, cuidado de los Reyes de Aragon, deseo de los de Castilla, Mayorazgo de sus Primogénitos, Corte de Infantes, Dote de Reinas, y desvelo de Ricos Omes, como le llama Portocarrero en su prólogo; bien merece que se le dedique un libro sin pretensiones, hoy que tantos se imprimen sobre cosas superficiales, estimulándo así a los que nos suceden, para que á su vez trasmitan á sus descendientes el recuerdo de nuestras antiguas y gloriosas tradiciones.
Al llegar á la Historia moderna, he dejado de incluir, con deliberado propósito, á muchos hijos ilustres de Molina y su Señorío que hoy cuentan con méritos suficientes para ocupar un lugar distinguido en su catálogo, por no herir su modestia. Tambien confieso ingénuamente que, ni el afan del lucro, ni el deseo de gloria, ni la pasión de partido han influido en mi ánimo al escribir esta Historia, y que solo un sentimiento ha guiado mi pluma; la gloria de la Patria.
Capítulo I
Brillantísimos capítulos dedica Portocarrero á la investigación de los primeros pobladores de Molina. Como buen hijo y amante de las glorias de su pátria, no se contenta con los orígenes que por tradición y documentos irrecusables nos constan como auténticos; sino que penetrando, como dice en su introducción, sin guia por senda que hasta hoy ninguno penetró de propósito, y rompiendo el hielo de un olvido de casi tres mil años, se lanza con sin igual valentía en medio la obscuridad de los tiempos fabulosos, para buscar en ellos sus primeros pobladores y las raices del nombre con que hoy la conocemos.
Con pasmosa erudición y en íntima familiaridad con todos los historiadores Griegos y Romanos, registra la Mitología para buscar á Hércules Molion en su viaje por España, al que con la autoridad de Pellicer y sobre todo de Juliano, halla en la ciudad de Alce matando los gigantes que en ella había; entendiéndose por estos, los reyes, gefes ó caudillos de los naturales. Que la populosa ciudad de Alce estaba en la Celtiveria cercana á Ercavica, que fué destruida por Tiberio Graco en las guerras de Romanos y Celtíveros y que en su lugar quedó un pueblo pequeño, lo demuestra evidentemente con testimonios de historiadores antiguos; situando aquella ciudad, con alguna verosimilitud, donde ahora el pueblo de Tobillos, cerca de Mazarete, para venir á deducir que Molion pudo muy bien ser el fundador de Molina, dándole el nombre de Moliona. No dejan de tener cierta analogía estos nombres entre sí; y más si se tiene en cuenta, que á causa de la gran variedad de razas que dominaron antiguamente nuestra península, la confusión de los diferentes dialectos pudo dar origen á la pequeña variación que se observa.
Igualmente congetura si el nombre de Molina pudo derivarse de Molo, hijo de Minos, rey decimocuarto de Creta, que viniera á España entre los capitanes derrotados de la guerra de Troya; pero no deja de conocer que en todas estas cosas, falla la consistencia de autores antiguos.
Más verosímil parece la idea que apunta de que el nombre de Molina pudo derivarse de Melonia, diosa de las abejas, segun Apolodoro; por la gran abundancia que habia en el Señorío, como veremos más adelante.
Ni merece menor encomio la magistral disertación histórica para demostrar que la ciudad de Castulo, fundada por los Focenses, noble y poderosa entre las de España, estuvo situada en el Señorío de Molina. Recréase con verdadera fruición en todos los detalles concernientes á esta ciudad, por creer con el testimonio de antiguos y graves historiadores, que el nombre de Castilla se deriva de la famosa Castulo, célebre en las guerras de Cartagineses y Romanos. En ella vivió y encontró esposa el esforzado Anibal, y por su conquista y posesión llevaron á cabo ambos pueblos sus más celebradas hazañas. Disputa y prueba de una manera evidente y con datos irrefragables, que andan errados los autores que sitúan la antigua Castulo donde hoy Cazlona; y partiendo de la base firmísima de que todos los historiadores convienen en que estaba situada junto á las Fuentes de Tajo, deduce con probabilidades de acierto, que fué Castil de Griegos, en término de Checa, el sitio que ocupó la antigua Castulo. Asombro causa ver el cúmulo de trabajo que necesariamente hubo de tomarse Sanchez Portocarrero, por el solo hecho de procurar al Señorío de Molina la gloria de poseér dentro de su comarca las ruinas de tan famosa ciudad. Los historiadores latinos Tito Libio, Silvio Italico y los dos Plinios, y los españoles Flavio Dextro, Morales, Francisco de Vivar, Pellicer, Florian de Ocampo, Mariana, Luis Nuñez, El Obispo de Gerona, Zurita, Gerónimo Paulo, Rus de la Puerta, Juliano, Pedro A. Benter, el Abad de San Juan de la Peña, sin contar infinidad de manuscritos que con esto tienen relación, le suministran materiales para levantar un edificio grandioso, cuyas proporciones se destacan bien delineadas. Si como soldado, Sanchez Portocarrero está dispuesto á sacrificar la vida por su pátria, como escritor no le escatima trabajos, vigilias y desvelos. Glóriese en hora buena, Molina, de su antigüedad, de su ilustre prosapia y de los hechos gloriosos de sus hijos; pero sobre los triunfos de sus guerreros y sobre los laureles de sus poetas, descollará el que supo elevar á su pátria un monumento histórico de tan portentosa riqueza, donde entre oro y piedras preciosas descansan las cenizas de sus héroes y se custodian sus tradiciones venerandas.
Pero donde apura el inmenso caudal de sus conocimientos es en demostrar que la antigua Ercavica debió estar situada donde hoy Molina, ó en sus inmediaciones. La tan debatida cuestión entre los antiguos y modernos historiadores sobre los límites de la división de la España Romana en Ulterior y Citerior, es el primer objetivo de sus inquisiciones; pues hecha luz en este punto tan oscuro, se podría fijar, casi con seguridad, la situación de aquellas antiquísimas ciudades en que tan disconformes se muestran en sus escritos. Convienen muchos de ellos en hacer pasar por Castulo la línea divisoria; pero desecha como exagerada la opinión de Florian de Ocampo que, en su afan de colocar á Castulo en Cazlona apoyado en la autoridad de Plinio, hace pasar esta línea por Muxaera, lugar en la costa de Cartagena, hasta Villanueva de la Serena; con cuya división quedaban dentro de la España Citerior los pueblos Contestanos, Bastetanos y otros muchos de los que no queda duda, y todos ellos convienen, pertenecian á la Ulterior. Igualmente considera errónea la opinión de Garibai que coloca la antigua Ercavica en Alcañiz, fundándose en la concordia entre Cartagineses y Romanos, por lo que, segun Libio, se convino, en que Ebro fuese el límite de sus imperios quedando la Ulterior por Cártago, y la Citerior por Roma; pues además de probar que esta concordia debió ser poco duradera, demuestra el grande error por la mucha distancia que hay de Alcañiz á la Celtiveria; y sobre todo, con la división de Obispados del Rey Wamba, documento que hace gran luz en este asunto. Como consecuencia deduce Portocarrero, que el límite de la Citerior pasaba por el Señorío de Molina, centro de los Celtíveros, apoyado en la autoridad de D. Alonso de Cartagena y en la del Obispo de Gerona, quien claramente limita la Celtiveria y Citerior España, por la orilla de Tajo hasta Duero. Y como si contradicción se admita que los Turtedanos, Contestanos y Bastetanos, pueblos situados sobre las vertientes del Júcar, tenian por límite con la Celtiveria las fuentes y parte del río Tajo; y pasando entre Molina y Medinaceli, iba á terminar á los pueblos Numantinos.
Hecha bastante luz en tan importantísima cuestion; pasa á dilucidar la no menos importante de la situación de la Celtiveria; con la gran diferencia, de que hasta aquí ha tenido que marchar por terreno desconocido, en medio de opiniones contradictorias y haciendo deducciones más ó menos verosimiles: pero ya en adelante, halla terreno firme sobre que asentar sus conclusiones. Discurriendo sobre la etimologia de su nombre, asegura procede de los Españoles llamados Iberos, que á consecuencia de una pertinaz sequía que duró veintisiete años, hubieron de emigrar á Francia. Volvieron despues á España mezclados con los Celtas, y de uno y otro nombre se compuso el renombrado de Celtíveros y Celtiveria la provincia donde se asentaron; conviniendo en esta parte todos los historiadores.
No andan tan conformes en señalar los límites á la Celtiveria; la Historia general del Rey D. Alfonso los entiende desde el mar de San Sebastian hasta la mar que dicen Mediterráneo, fundándose sin duda en un texto de Libio, media interduo maria est; pero no ha de entenderse que esta provincia tocaba los dos mares, sino que próximamente se encuentra situada á igual distancia de ambos mares. Plinio y Flavio Dextro los señalan desde Zaragoza hasta Osma: Morales y Florian de Ocampo, desde Segorbe hasta Daroca, Calatayud y Medinaceli; y en Castilla, Molina, Cuenca y Huete. Juliano puso su limite en Alce, ciudad cerca de Ercavica, Cifuentes y Huete, dentro de la Celtiveria. Pero Portocarrero, siguiendo la opinión de Zurita, Estrabon y Tolomeo, ajusta más los límites; señalando por el Oriente a Nertobriga, hoy Ricla, entre Zaragoza y Calatayud; al Occidente, las fuentes del Jalón, cerca de Medinaceli; al Mediodía, las fuentes de Tajo, que nace en las montañas Orospedas, hoy Sierra Molina; y por el Septentrión el Monte Casino, hoy Moncayo: siendo, segun Tolomeo, los más orientales de los Celtíveros los pueblos de Lobeto, esto es, Albarracin. De donde se desprende claramente que los límites de la antigua Celtiveria, la encuentra y explica Portocarrero de una manera muy natural y sencilla. Siendo los Celtíveros raza guerrera e indomable, no solo estendieron su dominación sobre los pueblos inmediatos, sino que formaron alianzas y concedieron su protección á otros más lejanos, siendo considerados como Celtíveros los que en realidad no lo eran; segun se vé en las guerras de Numancia, y de aquí la confusión expuesta. Esto está confirmado plenamente por Estrabon, que dice: Los Celtíveros aumentados en poder hicieron de su mismo nombre las Regiones á la suya cercanas; resultando que tenian provincia propia y limitada, aun cuando se les vea figurar en todas las guerras de España; pues á ellas eran conducidos ya por auxilio ó inclinación, ya por amistad ó sueldo; como se vé en muchos pasajes de Libio
Que la Celtiveria fué una de las provincias más ilustres, poderosas y ricas de España, están contestes todos los historiadores. Tolomeo contó en ella diez y ocho ciudades: Belsino, Turiaso, Nertobriga, Condabora, Bilbis, Arcobriga, Cesada, Mediolon, Aitaco, Ergabica, Segobriga, Bursada, Laxta, Valeria, Isthonion, Alaba, Libana y Urcesa; éstas como las principales, pues otros autores nombran muchas más. Libio, en la conquista de la Celtiveria por Graco, dice; que despues de la rendición de Alce, se entregaron ciento tres ciudades y pueblos, que otros hacen subir á trescientos; pero es indudable, que en este número comprendían los castillos y atalayas de que estaba lleno el pais, como lo manifiestan las ruinas que hay por todas partes.
Puestos en claro los límites de la antigua Celtiveria y nombradas y reconocidas sus más importantes ciudades, pasa Portocarrero á designar su situación, y con gran copia de razones y datos, supone á Ercavica donde hoy Molina, ó cerca; coloca á Segobriga junto á Albarracin; á Lacobriga como muy cercana a Ercavica, en Labros; Arcobriga en Arcos, y desecha como errónea la opinión que sitúa á Ercavica en Santaver y Peñaescrita, (Cuenca), para cuyo lugar deja una de las Vertobrigas. Expone la opinión de Juliano, que dice; fue Manlia en Molina en los Celtíveros, de la cual toma nombre la Montaña que tiene cerca; y la de Luitprando que escribió en el año novecientos de J. C.; en este año los Godos destruyeron á Lacobriga cerca de Bursada, que es Molina. Concilia ambas opiniones reconociendo la existencia de dos Molinas, la Vieja, situada cerca de Rillo, á la que se refiere Luitprando; y la que habitamos, que es de la que trata Juliano. Este, en otro lugar duda si Maximisa fué en Molina ó Medinaceli. Por la semejanza de nombre supone si Manlia pudo ser Almalba, pequeño pueblo de este Señorio; y se confirma más en esta opinión cuando prueba con Apiano Alejandrino, en su guerra de Numancia, que esta ciudad se llamaba Malia y no Manlia; pues tiene por cosa cierta que la partícula Al se la añadieron los Moros. Por la misma semejanza de nombre supone, que la Albura de Luitprando, en la Celtiveria, pudo estar en el sitio que hoy llaman Albacar, junto á la Aldehuela, en este Señorío.
Reconociendo Portocarrero la imposibilidad de escribir con propiedad la historia de Molina y de su Señorío, principiando por sus primeros fundadores y continuando la série no interrumpida de sus príncipes o señores, apela á las noticias generales que de los Celtíveros y algunos de sus príncipes se encuentran en los antiguos historiadores; para deducir fundamentalmente, que la gloria de aquellos y sus famosas hazañas, corresponde al Señorío de Molina, corazón de los pueblos Celtíveros y teatro principal de las guerras que contra ellos hicieron, Cartagineses, Romanos y Godos.
El primero de los príncipes que con más particularidad parece poseyó la tierra de este Señorío en los más remotos tiempos, fué Lacrino Caccabe, llamado por otros Licinio y vulgarmente Cacco, del que hace mención Florian de Ocampo, narrando los sucesos de la guerra que tuvo con su cuñado Palatuo, rey veintidos de los españoles. De él dice Pellicer, que fué principe poderoso en la Celtiveria, y que fabricó oficinas en el río Salón, (hoy Jalón), donde labró arneses y escudos, afiló espadas y forjó armas: que por esto le aclamaron hijo de Vulcano, y le dieron el nombre de Cacco no por sus robos, sino por la invención de estas armas; y á los de su linaje apellidaron Caccabe, que significa cabeza de caballo, por ser tambien el que fabricó el primer Morrión de hechura de la cabeza de caballo. Descontento Lacrino, ó Caccabe ó Cacco, de su hermano Palatuo, le quitó la corona, año 1265 antes de J. C., quedando por rey veintitres de España. A los treinta y seis años de reinado vuelto á vencer por Palatuo y huyendo á Italia, fué muerto en el Monte Aventino por Hércules el Griego. Cacco habitó principalmente en la Celtiveria, cerca de Moncayo, del que afirman algunos tomó su nombre. Al pié del Moncayo venció a Palatuo, siendo esta la primera batalla en que primero se vieron armas de hierro. Entusiasmado Portocarrero con la invención de esta gloria para su pátria, exclama lleno de júbilo, (cap. 13. paj. 114): «En esta batalla como tan cercana no se dudará que tuvo gran parte nuestro distrito, y sus habitados. Y supuesto que la habitación continua de Cacco era tan cerca de donde es el Señorio de Molina, se infiere que las primeras minas (de hierro) que se conocieron, fueron las suyas, pues no hay otras en muchas leguas de distancia, y que dió al mundo las primeras armas: excelencia no vulgar hasta ahora no advertida.»
Por este tiempo, ó poco despues, señala la entrada en España de Hércules el Griego, fundador de muchas ciudades. Internándose dentro de la Península y queriendo quitar los ganados, fué vencido de los pastores; atribuyendo la gloria al Señorío, supuesto que siempre en su distrito, la abundancia de ganados excedió á todas las demás de España. Vencedor al fin Hércules y dueño del terreno, pudo muy bien fundar á Ercavica, y si no él, alguno de sus compañeros, por no estar muy distante de otras que fundaron. Corrobora esta conjetura los vestigios de muchos nombres Griegos que quedan en el Señorío, cuales son: Chera, casa torcida, de la Hoz que forma el rio, Selas, resplandores; Anchuela, Concha, Aldehuela, Orea, Traid, Mexina, Teros, Tierzo y otros, que aunque corrompidos, tienen significación apropiada.
En el año 213 antes de J. C., encuentra á los Cartagineses por Sigüenza y Medinaceli, haciendo guerra á los Celtíveros; ponderando el valor de uno de ellos, que habiendo muerto á Asdrubal, general Cartaginés, en venganza de la muerte del príncipe Celtíbero Tago; puesto por ello en graves tormentos, valerosamente los sufrió, contento y con desprecio.
Aun cuando de las historias no se colige que la Celtiveria tuviese Reyes ó Señores particulares, en el año 209 antes de J. C., segun Libio, Publio Scipion el africano restituyó su esposa prisionera en Cartagena á Aliccio príncipe de los Celtíveros, quien agradecido á tan gloriosa acción, fué publicando entre sus naturales que había venido un mancebo semejante á los Dioses, que vencía ya con las armas, ya con la liberalidad. El agradecimiento de Aliccio valió á Scipion la amistad ó la sujeción de casi toda la Celtiveria.
Otro príncipe de los Celtíveros nos presenta Libio en las conquistas de Graco, año 176 antes de J. C. Conquistadas las ciudades de Certima y Munda, próximas á la Celtiveria, revolvió sus ejércitos contra Alce, famosa ciudad en los límites de esta provincia. Tenian los Celtiveros su real junto á Alce y valiéndose Graco de industria y astúcia, dió sobre ellos, consiguiendo una gloriosa victoria que le abrió el camino de la Celtiveria y discurriendo por ella, se le entregaron ciento tres ciudades y lugares. Puso luego sitio á Alce y fué entrada por fuerza. Turro, señor de aquellas comarcas, tenia en Alce dos hijos y una hija que fueron hechos prisioneros: demandó á Graco seguridad para hablarle, y obtenida, le pidió sus hijos que le fueran devueltos. En recompensa, juró seguir á los Romanos; é imposibilitado de valer á los suyos, lo hizo con tanta lealtad, que le debió Roma grandes sucesos; por cuya excelente conducta, le colma Libio de alabanzas. Ercavica, ciudad noble y poderosa que hasta entónces habia conservado su libertad, sabedora de la resolución de Turro, abrió sus puertas á los Romanos.
No habiendo noticias de otros príncipes desde esta fecha, pasa Portocarrero á encomiar las hazañas de los Celtíveros. Contrebia, ciudad de la Carpetania, cercana á los Montes Manlianos, apurada con el sitio que le pusieron los Romanos, año 180 antes de J. C., pidió auxilio a los Celtíveros. El temporal de lluvias y avenidas retrasó de tal modo la llegada del socorro, que cuando se acercaron, ya había sido tomada la ciudad por los Romanos. Salieron estos de improviso, y cogiendo desprevenidos á los Celtíveros les hicieron retirar con muerte de veintitres mil de ellos y cuatro mil prisioneros; y en otro encuentro inmediato, murieron otros doce mil. Asombra tal mortandad, pero hay que tener en cuenta según Valerio Máximo, que teniendo los Celtíveros por grande afrenta ser vencidos, se dejaban matar en la batalla.
Al año siguiente principió á moverse la guerra por las comarcas de Numancia y límites de la Celtiveria, cuyos sucesos tanto dieron que escribir á los historiadores. Tenian los Numantinos guarnición forzosa en Manlia, ciudad amiga de Roma, distante al medio dia diez y ocho leguas del sitio de Numancia. El Cónsul Pompeyo seguía la guerra por aquellas comarcas, siendo derrotado tres veces por los Termestinos. Atemorizado se retiró á Manlia, donde los naturales en prueba de la fé jurada, habian dado muerte á toda la guarnición Numantina.
En el año 101 antes de J. C., los Cimbros, raza septentrional de las más fieras que recorrieron triunfalmente Italia y Francia, salieron ignominiosamente de España, arrojados por la espada de los Celtíveros.
En la guerra de la república, año 79 de J. C., seguia Sertorio en España el bando de Mario: vino contra él Cecilio Metelo, y puso sitio á Lacobriga, ciudad amiga de Sertorio. Este con ayuda de los Celtíveros, obligó al Cónsul a levantar el sitio con deshonra é ignominia; y agradecido á la lealtad de los Celtíveros, compuso de ellos su guardia. En este pasaje se aferra Portocarrero á la idea de que Lacobriga fué donde hoy Labros, siguiendo a Luitprando y Estrabon, que la sitúan entre Bilbilis y Segobriga cerca de Bursada, que toma por Molina la Vieja.
Describiendo el valor de los Celtíveros, se deleita Portocarrero extraordinariamente. Fueron, dice, los españoles valerosos, y entre ellos los Celtíveros más aventajados. En la guerra contra los Cartagineses, los solicitaron los dos Escipiones; y tal confianza tenian en su valor, que según Libio, creian que habian allegado en ellos á su ejército la mayor fuerza. Luego que los Celtíveros faltaron del ejército, perdieron los Capitanes Romanos la reputación adquirida. Caton les ofreció doblado sueldo por que sirvieran en su ejército, y grandes ofrecimientos á cambio de su neutralidad. Cuando Aníbal se presentó á las puertas de Roma, y la República se encontraba en grande aprieto, dice Libio, «que es cosa insigne y dignísima de memoria, que no tuvieron jamás los Romanos soldados á sueldo en sus ejércitos hasta que entónces condujeron los Celtíveros; obrando en esto por razón de Estado,» no solo por el conocimiento de su valor, sino por el temor de sus armas. Siempre que estuvo en España alguna guerra á su cargo, se terminó con feliz resultado. Según Lucio Floro y Stadio, cuatro mil Celtíveros defendieron á Numancia por espacio de catorce años, contra cuarenta mil Romanos; y que seis Cónsules y seis ejércitos, se estrellaron contra una ciudad pequeña. El valor de los Celtíveros, dice textualmente: «Triste y afligida la ciudad, y casi pobre de Consejo, bajó en el día de las juntas al Campo Martio, y volviéndose todos á los Magistrados, veían los rostros de los principales, que se miraban unos á otros, bramando de que todo era acabado; y que fuese tanta desesperación en que estaba la República, que no había quien se atreviese en ella á tomar el gobierno de España... que de las Españas, estaba en armas la Citerior, y se había de pelear con los Celtíveros.» Paulo Orosío confirma este hecho, diciendo: «Que como el grande miedo de los Celtíveros hubiese ocupado el ánimo de todos los Romanos, de manera que de todos no habia uno que se atreviese á ir por soldado, ni por capitan, se ofreció Escipion el mozo.» Y finalmente, funda en la excelencia de los Celtíveros, la mayor gloria para el Señorío de Molina; porque los de su distrito eran, entre los de la Celtiveria, los más valerosos. Hablando de ellos, dice Estrabon: «Que los más fuertes de ellos eran los habitaban en la parte oriental y meridional de la Celtiveria y el distrito de las »Fuentes de Tajo.» La estimación que hicieron de este distrito los Romanos, se desprende del señalado privilegio que concedieron á Ercavica, haciéndola Municipio Romano y confirmando á sus ciudadanos en el antiguo derecho del Lacio. Era ésta una gran prerogativa, pues por ella gozaban de inmunidad, como ciudadanos Romanos, exención de toda clase de tributos, admisión á todos los cargos y honores de la República, ya fueran civiles ó militares, y derecho al voto para Magistrados como las demás Tribus. De esta manera, dice Portocarrero, «y de tan atrás comenzó el Señorío de Molina á gozar privilegios señalados, que continuaron despues sus Señores.»
Si mucho se distinguieron los Celtíveros por su valor indomable, lo fueron doblemente por su religiosa piedad. Hablando de la religión primitiva de los Celtíveros, asegura que no fué pueblo idólatra, según lo comprueba con la autoridad de Pellicer, que dice así: «Los Celtíveros y demás antiguos españoles que habitaban hacia el Borcas ó el Cierzo, adoraban al verdadero Dios. Estrabon dice, que sacrificaban á un Dios innominado como los Athenienses al Dios no conocido: este fué Pan, que és el verdadero Uno y Trino, sin admitir pluralidad de Dioses; de ahí le quedó acaso el nombre de Pania á esta provincia, que añadiendole la partícula His que dicen significa fortaleza, quieren algunos que componga el nombre de Pania fuerte; de manera que los Celtíveros y sus Boreales, que son aragoneses y luegos los Cántabros... adoraban al Dios innominado con ceremonias de danzas, y saraos que le hacían de noche á las puertas de sus casas con el resplandor de la luna en su creciente. Alude á esto ver que en el Mediterráneo de esta esclarecida Peninsula se hallan tan pocos vestigios de Templos y Aras de la gentilidad, y estos pocos que fueron sin duda fábrica Romana.» De donde se infiere que los españoles no fueron por sí idólatras y que la derivación del conocimiento de un Dios, procede desde Noé por Túbal su nieto. El mismo Pellicer más adelante añade: «Los Celtíveros adoraban un Dios eterno, Máximo e innominado... y que de esta Deidad sin Nombre se hallan irrefragables testimonios en varias inscripciones de los Castulones, Carpetanos y Edetanos.» Claramente se vé la antigua religión del Señorío de Molina por los pasajes transcritos, y corrobora más esta afirmación, la carencia de noticias y de ruinas, ni rastro de algún templo gentilicio en estas tierras. De aquí la propicia disposición en que se encontraban estos pueblos para recibir la verdadera doctrina, ni maravilla que el año 37 de J. C. viniese Santiago á España, recorriese muchas ciudades y fundase muchas Iglesias. Murillo en su Historia de Zaragoza, afirma; «que el Apostol Santiago trajo á España, entre otros compañeros a Josef ab Anmatia, que obrando grandes milagros predicó en varias lenguas en la Carpetania, Celtiveria y Lusitania.» Según Dexiro, el año 50, «Athanasio primero, Obispo de Zaragoza, predica en toda la Celtiveria.» San Indalecio, tambien discípulo del Apostol Santiago, refiere Juliano «que predicó en la Celtiveria y puso Obispos en Valeria, en Ergavica y en Segobriga:» de donde se deduce la antigüedad de la silla Episcopal de Ercavica, á quien sucedió Molina aun cuando su Obispado se trasladase á otra parte.
De la predicación del Apostol Santiago y sus discípulos, trae origen el culto que los de Molina tributan á la Inmaculada Concepción, de que se hará mención en su lugar, por constituir una de sus más eximias glorias.
La sagrada semilla sembrada por el Apostol y sus discípulos en la Celtiveria, principió luego á dar copiosos frutos de santidad y gloriosos confesores. Entre estos merece especial mención Santa Tecla mártir, hija de padre Celtívero y discípula del Apostol San Pablo: una parte de su cuerpo fué traida á Tarragona desde Alejandría donde fué martirizada, en tiempo del Obispo Audacia. Luitprando en el año 960 de nuestra era, dice que visitó su templo y le dedicó un epitafio latino en una de sus obras. Más cercanos á Molina, fueron martirizados los santos Eleuterio y sus compañeros Teodosio y Zoilo, Celtíveros, en la primera persecución de Nerón. De estos dice Juliano; «en los límites de la Celtiveria en la ciudad de Alce padecieron martirio los santos mártires Eleuterio y compañeros... Eleuterio fué Primipilo, que es lo mismo que Alferez Mayor.» Este mismo historiador recuerda la célebre memoria de los santos mártires Dionisio, Faustino y compañeros en Contrevia, ciudad en los confines de Carpetanos y Celtíveros, y añade: «Ni es menor la muy célebre memoria de algunos mártires de Manlia, que es hoy Molina en la Celtiveria, de quien toma nombre la Sierra cercana, donde fué la pelea entre Celtíveros y Romanos;» habiéndose perdido, por desgracia, la noticia particular de sus nombres, vida y martirio. El mismo Juliano dice, «que en su tiempo florecia en esta comarca la memoria de San Marco, consobrino de San Bernabé Apostol, que predicó en Bilbilis y en Alia, en la Celtiveria... padeció martirio en la persecución de Domiciano y su cuerpo se trasladó á Braga en España, el cual yo adoré.» No le queda duda a Portocarrero de que este Alia es Manlia, y se confirma más en esta opinión, por un hueso de la espalda de San Marcos que se venera en Molina desde tiempo inmemorial, y que aun existe en la actualidad en la parroquia de San Martin; pero crée que este San Marcos es San Marco Marcelo, Arzobispo de Toledo. Tambien dá noticia de las «Santas mártires Quintia Marcela y su hija Potamiena, naturales de Bursada,» que según Luitprando es Molina la Vieja. Este mismo dá tambien noticias de San Papio, martir, «atormentado en Albucar en la Celtiveria,» y que Portocarrero supone en Albacar junto á la Aldehuela. Dextro dice que el año 300, «en Rueda en la Celtiveria de España, padecieron martirio los santos Dionisio y Amonio.» Como prueba infalible del arraigo de la religión cristiana en la Celtiveria, cita el martirio de la Legión de que era Tribuno San Cenón, martirizado en Roma año 290; pereciendo mil doscientos dos Celtíveros, que teniendo las armas en la mano se dejaron decapitar sin defenderse, por no sacrificar á los Dioses del Imperio. Por no omitir gloria ninguna, hace mención de otros muchos santos y Mártires Celtíveros, entresacados de diversos historiadores, rastreando, como él dice, los tres primeros siglos de la Iglesia.
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