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El señor Bergeret en París

Anatole France · 1905 · Free in the US

53,066 words · about 3 h 43 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
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About this book

Language
Spanish
Published
1905
Length
53,066 words · about 3 h 43 min
Sections
27 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (27)
  1. Capítulo I about 8 min
  2. Capítulo II about 7 min
  3. Capítulo III about 7 min
  4. Capítulo IV about 12 min
  5. Capítulo V about 6 min
  6. Capítulo VI about 7 min
  7. Capítulo VII about 7 min
  8. Capítulo VIII about 7 min
  9. Capítulo IX about 8 min
  10. Capítulo X about 12 min
  11. Capítulo XI about 14 min
  12. Capítulo XII about 8 min
  13. Capítulo XIII about 8 min
  14. Capítulo XIV about 8 min
  15. Capítulo XV about 6 min
  16. Capítulo XVI about 6 min
  17. Capítulo XVII about 14 min
  18. Capítulo XVIII about 8 min
  19. Capítulo XIX about 5 min
  20. Capítulo XX about 5 min
  21. Capítulo XXI about 6 min
  22. Capítulo XXII about 7 min
  23. Capítulo XXIII about 6 min
  24. Capítulo XXIV about 2 min
  25. Capítulo XXV about 21 min
  26. Capítulo XXVI about 8 min
  27. Capítulo XXVII about 9 min

Continue:

Capítulo I

Mientras el señor Bergeret tomaba su frugal cena, tenía a sus pies a Riquet echado sobre un almohadón. El alma de Riquet era religiosa; tributaba al hombre honores divinos y juzgaba magnánimo y poderoso a su dueño; pero, sobre todo al verle sentado a la mesa, reconocía la magnanimidad y el poder soberanos del señor Bergeret, porque si bien todos los alimentos eran para él agradables y preciosos, en particular el alimento humano parecíale augusto. Veneraba el comedor como si fuera un templo, y la mesa del comedor, como un altar. Mientras comía su dueño, Riquet aguardaba inmóvil y silencioso a sus pies.

—¡Mire qué pollito tan bien cebado! —advirtió la anciana Angélica al dejar la fuente sobre la mesa.

—Hágame el favor de trincharlo —dijo el señor Bergeret, poco diestro en el manejo de las armas e incapaz de hacer las veces de escudero trinchante.

—Con mucho gusto —afirmó Angélica—; pero no es a las mujeres, sino a los hombres, a quienes corresponde trinchar las aves.

—Yo no sé trinchar.

—El señor debiera saber.

No era la primera vez que hablaban de aquel modo; Angélica y su amo sostenían igual conversación en cuanto había sobre la mesa un ave asada; y no sin más ni más, ni por ahorrarse una molestia obstinábase la criada en ofrecer a su amo el cuchillo de trinchar, sino como testimonio de consideración y respeto. Entre los campesinos, a cuya clase pertenecía, y en casa de los burgueses donde había servido, corresponde por tradición al jefe de la familia trinchar las aves; y por hallarse muy arraigado en su alma fiel el respeto a las tradiciones, no aprobaba que el señor Bergeret dejase de hacerlo y delegara en ella una función magistral, en vez de realizarla por sí mismo, ya que no era bastante poderoso para tener un jefe de comedor, como lo tienen los Brecés, los Bonmont y otros señores en el campo o en la ciudad. Sabía muy bien cuánto obligasu propia estimación a un burgués que come en su casa, y procuraba, en todas las ocasiones propicias, recordárselo al señor Bergeret.

—El cuchillo está recién afilado, y el señor podría muy bien cortar un galón; es fácil encontrar la coyuntura cuando el pollo es tierno.

—Angélica, hágame el favor de trincharlo.

La criada obedeció muy a su pesar, y un tanto confusa se puso a trinchar el pollo en una esquina del aparador. Angélica tenía, respecto al alimento humano, ideas más exactas que Riquet, pero no menos respetuosas.

Entre tanto, el señor Bergeret examinaba en su fuero interno, las razones del prejuicio que indujo a la buena mujer a creer que el derecho de manejar el cuchillo corresponde únicamente al dueño de la casa; pero no buscó tales razones en el sentimiento generoso y benévolo del hombre que se reserva las tareas fatigosas y sin atractivos, porque se ha observado que los trabajos más penosos y desagradables de las casas correspondieron a las mujeres en el transcurso de los tiempos y con el consentimiento unánime de los pueblos. Así, el señor Bergeret relacionó la tradición venerada por la vieja Angélica con la antigua idea de que la carne de los animales preparada para sustento del hombre es algo tan sagrado que sólo el amo y señor debe trincharlo y repartirlo; y recordó al divino porquero Eumeo, que recibió a Ulises en su establo sin reconocerle, a pesar de lo cual tributóle honores reservados a un elegido de Zeus. Eumeo se levantó para servir con su equidad acostumbrada. Hizo siete partes, de las cuales consagró una a las ninfas y a Hermes, hijo de Maya; distribuyó las otras entre los invitados y ofreció a su huésped, paró honrarle, todo el lomo del cerdo. Complacido, el sutil Ulises dijo a Eumeo: "¡Ojalá, Eumeo, seas grato siempre a Zeus paternal por haberme honrado con la mejor parte sin que yo te revelara quién soy!" El señor Bergeret, ante su vieja criada, hija de la tierra fecunda, sentíase transportado a los tiempos antiguos.

—Si el señor quiere servirse...

Pero el señor Bergeret, no disfrutaba, como el digno Ulises y los reyes de Homero, de un apetito heroico, y mientras comía leía el periódico, extendido sobre la mesa; otra de sus costumbres que la sirvienta no aprobaba.

—Riquet, ¿quieres pollo? —preguntó el señor Bergeret—. Está bonísimo.Riquet nada respondió. Cuando estaba echado debajo de la mesa nunca pedía nada; jamás reclamó su parte, por apetitoso que fuera el olor del plato que a su amo servían, y ni se atrevió a probar lo que le ofrecieron... Negábase a comer en un comedor de seres humanos. El señor Bergeret, que, afable y compasivo, compartiera gustoso la comida con su compañero, al principio le dio algunos pedacitos, entre palabras cariñosas; pero con la soberbia que acompaña frecuentemente a la bondad, le dijo:

—Lázaro, recoge las migas del rico bondadoso, puesto que para ti soy el rico bondadoso.

Riquet siempre se había negado a aceptar semejante ofrecimiento; la majestad del lugar le sobrecogía, y acaso también, en su condición pasada, recibió lecciones que le enseñaron a respetar los alimentos del amo.

Un día el señor Bergeret instóle más que de costumbre para que comiera y sostuvo mucho rato junto a la nariz de su amigo un pedazo de carne sabrosísima. Riquet apartó la cabeza, se alejó y fijó en el amo sus hermosos ojos humildes, que, llenos de inocencia y reproche, parecían decir: "Señor, ¿por qué me tientas?

Con el rabo entre las piernas, las patas encogidas, arrastrándose sobre el vientre en señal de humildad, fue a sentarse tristemente junto a la puerta. Así estuvo mientras duró la comida, y el señor Bergeret admiró la santa paciencia de su compañerito negro.

Como su amo se daba cuenta de todos los sentimientos de Riquet, no insistió en que comiera; sin embargo, no ignoraba que, una vez terminada su comida, a la cual Riquet asistía respetuosamente, el perro devoraría en la cocina su ración, debajo del fregadero, soplando y resoplando a sus anchas. Tranquilizado respecto a este punto, entregóse de nuevo a sus divagaciones.

"Para los héroes —pensaba—, comer era un asunto muy importante. Homero no deja de decirnos que en el palacio del rubio Menelao era su criado Eteoneo, hijo de Boeto, quien cortaba la carne y repartía las raciones. Un rey merecía todo género de alabanzas cuando en su mesa daba a cada cual su parte de buey asado. Menelao era buen conocedor de las costumbres; Helena, la de los brazos blancos, guisaba en compañía de sus sirvientas, y el ilustre Eteoneo trinchaba la carne. El orgullo de tan noble ocupación resplandece aún en el afeitado rostro denuestros jefes de comedor. Estamos unidos al pasado por raíces profundas; pero yo como poco, no soy tragón, y Angélica Borniche, mujer primitiva, me lo reprocha. Me admiraría mucho más si yo tuviera el apetito de un atrida o de un Borbón.

El señor Bergeret había llegado a este punto de sus reflexiones, cuando Riquet abandonó su almohadón y se puso a ladrar delante de la puerta.

Aquel acto era chocante, por lo poco frecuente. Riquet no se levantaba nunca de su almohadón hasta que su amo se levantaba de la silla.

Riquet ladraba todavía cuando la vieja Angélica entreabrió la puerta y anunció, desconcertada, que unas señoritas acababan de llegar. El señor Bergeret comprendió que serían su hermana Zoé y su hija Paulina; no las esperaba tan pronto, pero sabía que su hermana Zoé tomaba decisiones bruscas y repentinas. Levantóse de la mesa, mientras Riquet al oír andar en el pasillo, ladraba furiosamente con objeto de producir alarma. Su prudencia salvaje, refractaria a toda educación liberal, inducíale a pensar que cualquier forastero es enemigo. Oliscaba un daño enorme, la terrible invasión del comedor, amenazas de ruina desoladora.

Paulina, de un salto, se arrojó al cuello de su padre, quien la besó sin soltar la servilleta que tenía en la mano, y retrocedió luego para contemplar a la muchacha, misteriosa como todas, a la cual apenas reconocía después de un año de ausencia; érale a un tiempo muy allegada y casi desconocida, pertenecíale por oscuros orígenes y se le escapaba por la fuerza resplandeciente de la juventud.

—¡Buenos días, papá mío!

Hasta la voz había cambiado; se hizo menos aguda y más cadenciosa.

—¡Qué alta estás, hija mía!

Le pareció bonita, con su nariz afilada, sus ojos inteligentes y su boca burlona. Sintió un goce intenso al verla; pero aquel goce se desvaneció al reflexionar que no se vive tranquilamente en el mundo, y que los jóvenes, ansiosos de felicidad, acometen, para lograrla, inseguras y difíciles empresas.

Besó a Zoé en las mejillas, y le dijo:

—Tú no has cambiado, mi buena Zoé... Aun cuando no os esperaba hoy, me satisface mucho veros.

Riquet no concebía que su amo hiciese a personas extrañas tan familiar acogida. Mejorhubiera comprendido que las arrojase de allí violentamente.

Acostumbrado a no comprender todas las acciones de los hombres, respetaba la voluntad del señor Bergeret y cumplía su obligación: ladraba muy fuerte para espantar a los malos; del fondo de su garganta salían gruñidos de odio y de cólera; un fruncimiento horrible de sus labios dejaba al descubierto sus dientes blancos; amenazaba a sus enemigos, a la vez que retrocedía temeroso.

—¿Tienes perro, papá?

—Creí que veníais el sábado —dijo el señor Bergeret.

—¿Has recibido mi carta? —preguntó Zoé.

—Sí — respondió el señor Bergeret.

—No; la otra.

—Sólo he recibido una.

—No es posible entenderse con este ruido. Era cierto que Riquet ladraba con todas sus fuerzas.

—El aparador está cubierto de polvo —dijo Zoé al dejar allí su manguito—. ¿Tu criada no limpia?

Riquet no podía sufrir que se apoderasen del aparador de aquel modo, y ya porque sintiese aversión hacia la señorita Zoé, ya porque le diera mayor importancia que a Paulina, contra ella lanzaba sus más furiosos ladridos. Cuando vio que ponía la mano sobre el mueble donde guardaban el alimento del hombre, ladró tan chillonamente que los vasos resonaron estremecidos sobre la mesa. La señorita Zoé volvióse con brusquedad hacia el perro y le preguntó irónica:

—¿Me vas a devorar?

Entonces Riquet huyó asustado.

—¿Muerde tu perro, papá?

—Nunca. Es inteligente y no es rabioso.

—Demuestra ser poco inteligente — dijo Zoé.

—Pues lo es —repuso el señor Bergeret—. No comprende todas nuestras ideas; pero tampoco nosotros comprendemos todas las suyas. Las almas son impenetrables unas para otras.

—Luciano —dijo Zoé—, nunca supiste juzgar a las gentes.

El señor Bergeret dijo a Paulina:

—Acércate para que te vea. ¡Casi no te conozco!

Riquet tuvo una inspiración: resolvió ir a la cocina, donde estaba la buena Angélica, y advertirla, si era posible, de los disturbios que desolaban el comedor; contaba con ella para restablecer el orden y arrojar a los intrusos.—¿Dónde has puesto el retrato de nuestro padre? —preguntó la señorita Zoé.

—Sentaos y comed —dijo el señor Bergeret—. Hay un pollo y algo más.

—Papá, ¿es cierto que nos vamos a vivir a París?

—El mes que viene, hija mía. ¿Estás contenta?

—Sí, papá, estoy contenta; pero también viviría con gusto en el campo, si tuviese un jardín.

Dejó de comer pollo para decirle:

—Papá, te admiro. Estoy orgullosa de ti. Eres un hombre ilustre.

—La misma opinión tiene mi perrito —dijo el señor Bergeret.

fr:Monsieur Bergeret à Paris/I

Capítulo II

Bajo la dirección de la señorita Zoé embalaron los muebles del profesor y los llevaron a la estación del ferrocarril.

Aquellos días, Riquet vagó tristemente por el aposento desmantelado; miraba con recelo a Paulina y a Zoé, cuya llegada había precedido en muy pocos días al trastorno de la casa, tan pacífica poco antes.

Las lágrimas de la vieja Angélica, que, metida en la cocina, lloraba sin cesar, aumentaron su tristeza. Le contrariaban en sus más gratas costumbres; hombres extraños, mal vestidos, mal hablados y desagradables, turbaban su reposo; al entrar en la cocina daban un puntapié a su plato de comida y a su cazuela de agua fresca, le quitaban las sillas a medida que se iba subiendo a ellas, tiraban bruscamente de las alfombras en que se hallabasentado, hasta el punto de que, en su propia casa, ya no sabía Riquet dónde meterse.

Digamos en su honor que al principio intentó resistir. Cuando quitaron el fregadero ladró furiosamente al enemigo, pero nadie acudió a su llamamiento; nadie le alentaba, y, al parecer, era combatido. La señorita Zoé le había dicho con sequedad:

"Cállate", y la señorita Paulina había añadido: "Riquet, no seas ridículo."

Renunció, por fin, a dar avisos inútiles y a luchar solo para defender los bienes comunes; deploraba en silencio las ruinas de la casa, y buscaba inútilmente, de habitación en habitación, un poco de sosiego. Cuando los mozos de cuerda entraban en el cuarto donde él se había refugiado, se ocultaba con prudencia debajo de un mueble; pero sus precauciones eran más perjudiciales que inútiles, porque al poco rato el mueble, tambaleándose, subía y bajaba, crujía y amenazaba aplastarle; huraño entonces y con el pelo de punta, buscaba un nuevo escondite, no más duradero y seguro que el anterior.

Las molestias y hasta los peligros que le hacían sufrir carecían de importancia comparados con las congojas de su corazón; como suele decirse, lo más afectado en Riquet era lo moral.

Los muebles de la casa no significaban para él objetos inertes, sino seres animados y bondadosos, genios favorables, cuya traslación auguraba crueles desgracias. Platos, azucareros, sartenes y cacerolas, todas las divinidades de la cocina; butacas, alfombras, almohadones, todos los ídolos del hogar, sus dioses lares y sus dioses domésticos, habían desaparecido. Seguro de que tan inesperado trastorno era irreparable, sintió por ello toda la pena que su almita pudo sentir. Por fortuna, semejante al alma humana, la de Riquet se distraía con facilidad y olvidaba pronto las desdichas. En ausencia de los bruscos mozos de cuerda, mientras la escoba de la vieja Angélica removía el viejo polvo del piso, Riquet recreaba su ligera imaginación con el paso de una araña o el olor a ratones; pero pronto la tristeza y el abatimiento le invadían de nuevo.

El día de la partida se desoló al ver que todo empeoraba por instantes. Le impresionaba dolorosamente ver las ropas recogidas en oscuras cajas. Con alegre precipitación, Paulina quiso arreglar su baúl. Riquet se apartó como si la hubiera sorprendido en el momento de cometer una malaacción, y, acurrucado junto a la pared, pensaba: "¡Esto es lo peor de todo! ¡Esto es el final de todo!" Ya sea porque creyese que las cosas no existían cuando no las veía, o que tratara sólo de evitarse un penoso espectáculo, tuvo buen cuidado de no mirar hacia donde Paulina estaba. La casualidad hizo que Paulina, en su constante ir y venir, advirtiese la actitud de Riquet; aquella actitud triste parecióle cómica, rióse y llamó al perro:

—¡Ven, Riquet, ven!

Pero el perro no se movió de su rinconcito, ni siquiera volvió la cabeza. No tenia humor de acariciar a su amita, y por un instinto secreto, por una especie de presentimiento, temía 'acercarse al baúl abierto. Paulina lo llamó repetidas veces; como el perro no atendía, fue a cogerlo y lo alzó entre sus manos. "¡Qué desgraciado eres! ¡Me das lástima!", le dijo irónicamente. Riquet no interpretaba la ironía; inerte y tristón entre las manos de Paulina, fingió no ver nada ni oír nada. "¡Riquet, mírame!" Tres veces le repitió lo mismo, y las tres veces en vano; después de lo cual, simulando una violenta cólera, le dijo: "Animal estúpido, ¡ desaparece!", y lo arrojó dentro del baúl, cuya tapa dejó caer.

Por haberla llamado su tía en aquel instante, al salir de la habitación dejó a Riquet dentro del baúl.

El perro sintió grandes inquietudes; ni un momento supuso que le habían metido en aquel baúl por juego y sin mala intención. Creía su estado bastante comprometido y esforzóse para no agravarlo con investigaciones desatentas, por lo cual permaneció breves instantes inmóvil, silencioso. Luego, sin temer ya nuevas desgracias, juzgó necesario explorar su oscuro encierro, tanteó con las patas las enaguas y las camisas, sobre las cuales había sido tan miserablemente arrojado, y buscó algún resquicio que le permitiera escapar. Hacía dos o tres minutos que se hallaba ocupado en aquella tarea, cuando el señor Bergeret, dispuesto a salir, le llamó:

—¡Ven, Riquet, ven! Vamos a despedirnos de Paillot, el librero. ¡Ven!... ¿Dónde estás?

La voz del señor Bergeret consoló al perrito, que arañaba desesperadamente su cárcel de mimbre para contestar de algún modo a su amo.

—¿Dónde está Riquet? —preguntó el señor Bergeret a Paulina, que entraba con un montón de ropa.

—Está dentro del baúl, papá.

—¿Y por qué está en el baúl? —Porque yo lo he metido.

El señor Bergeret acercóse al baúl y dijo:

—De igual modo, el niño Comatas, que tocaba la flauta mientras guardaba las cabras de su amo, fue encerrado en un cofre, y las abejas de las musas lo alimentaron con su miel. Pero tú, Riquet, no eres grato a las musas inmortales y te hubieras muerto de hambre dentro del baúl.

Después de hablar así el señor Bergeret libertó a su amigo. Riquet le seguía y meneaba el rabo, pero en la antesala tuvo de pronto una idea feliz: retrocedió hasta donde se hallaba Paulina, se puso en pie y apoyó sus patitas en la falda; sólo después de hacerle tumultuosas caricias, en señal de acatamiento, se reunió con su amo, que lo aguardaba en la escalera. Hubiérase creído falto de prudencia y de religión al salir sin dar pruebas de amor a una persona cuyo poder lo había arrojado en un baúl profundo.

Al señor Bergeret parecióle triste y fea la tienda de Paillot, quien estaba muy atareado, revisando con su dependiente los pedidos de la Escuela Municipal. Aquel trabajo no le permitió despedir al profesor con el afecto que las circunstancias requerían; nunca fue muy expresivo, y al envejecer perdía poco a poco el uso de la palabra. Cansado ya de vender libros, como el negocio iba de mal en peor sólo deseaba traspasarlo y retirarse a vivir en su casa de campo, donde se recogía todos los domingos. El señor Bergeret, según costumbre, se metió en el rincón de los pergaminos y pastas viejas y sacó de un estante el tomo XXXVIII de la Historia general de los viajes; también aquel día se abrió el libro por las páginas 212-213, y el señor Bergeret leyó una vez más estos párrafos insípidos.

"...trar un camino hacia el Norte. A este contratiempo, dijo, debemos la fortuna de haber podido visitar de nuevo las Islas Sandwich y enriquecer nuestro viaje con un descubrimiento que, a pesar de ser el último, tiene muchas trazas de ser el más importante que los europeos hicieran en toda la extensión del Océano Pacífico. Las dichosas predicciones que se anunciaban así, desgraciadamente, no se vieron realizadas.

Aquellas líneas que leía por centésima vez y que le recordaban tantas horas de su vida modesta y dificultosa, embellecida, sin embargo, por escogidos trabajos intelectuales; aquellas líneas cuyo sentido no había intentado comprender nunca, le entristecieron y desalentaron como si encerrasen un símbolo de lanulidad de todas nuestras esperanzas y la expresión del vacío universal. Cerró el libro que tantas veces había abierto, que ya nunca volvería a abrir, y salió desolado de la tienda del librero Paillot.

En la plaza de San Exuperio dirigió una última mirada a la casa de la reina Margarita. Los rayos del sol poniente realzaban las vigas historiadas, y en el contraste violento de luces y sombras, el escudo de Felipe Tricouillard lucía soberbio los varoniles atributos de su blasón, armas parlantes colocadas como un ejemplo y como un reproche sobre aquella ciudad estéril.

De regreso en la casa desamueblada, Riquet se frotó las patas contra las piernas de su amo y alzó hacia él sus hermosos ojos afligidos, cuya mirada decía:

"Tú, que hace poco eras tan rico y poderoso, ¿te has vuelto pobre? ¿Te has vuelto débil, dueño mío? ¿Permites que hombres desconocidos, cubiertos de harapos viles, invadan tu salón, tu alcoba tu comedor, se arrojen sobre tus muebles y se los lleven fuera de aquí, arrastren por la escalera tu cómoda butaca, tuya y mía, la butaca donde reposábamos todas las noches y, con frecuencia, también por la mañana el uno junto al otro? Al verse presa de hombres mal vestidos, oí gemir a nuestra butaca, que es un ídolo fuerte y un espíritu bondadoso. No resististe a esos invasores. Si ya no posees ninguno de los genios que llenaban tu morada, si has perdido hasta las pequeñas divinidades con que te calzabas al levantarte del lecho (las zapatillas que yo mordía, juguetón), si eres indigente y miserable, ¡oh dueño mío!, ¿qué será de mí!

—Luciano, no queda tiempo que perder —dijo Zoé— . El tren sale a las ocho y no hemos comido aún; comeremos en la estación.

—Mañana estarás en París —dijo el señor Bergeret a Riquet—. París es una ciudad ilustre y generosa, pero su generosidad no se halla repartida entre todos sus habitantes, sino, por el contrario, entre un pequeño número de ciudadanos. Toda una ciudad y toda una nación residen en algunas personas que piensan con más energía y más tino que las otras; las restantes nada significan. Lo que llamamos el genio de una raza sólo se patentiza entre imperceptibles minorías. Escasean en todos los países los espíritus bastante independientes para libertarse de los terrores vulgares y descubrir por sí mismos la verdad oculta.

fr:Monsieur Bergeret à Paris/II

Capítulo III

El señor Bergeret al llegar a París habíase instalado con su hermana Zoé y su hija Paulina en una casa que pronto sería derribada, y, al saber que no era posible vivir allí mucho tiempo, encontróse a gusto en ella, ignorante de que, aun cuando no la derribaran, la señorita Bergeret había decidido ya dejarla pronto, pues la tomó solamente para darse tiempo de buscar otra más cómoda, por lo cual se opuso a que se hiciesen gastos de instalación.

Era una casa de la calle del Sena, por lo menos de cien años, que, sin haber sido nunca bonita, volvióse fea al envejecer. Su puerta principal se abría humildemente a un patio húmedo, entre la tienda de un zapatero y la de un embalador. El señor Bergeret ocupaba uno de los aposentos del segundo piso, y tenía por vecino a un restaurador de cuadros, cuya puerta, al entreabrirse, dejaba ver varios lienzos sin marco, colocados en torno de una estufa: paisajes, retratos antiguos y un desnudo de mujer de carne ambarina, tendida en un bosque sombrío bajo un cielo verdoso. La escalera, bastante clara y con telarañas en todos los rincones, tenía los peldaños de madera y suelo de baldosas en los descansillos, donde por la mañana se veían hojas de verduras caídas de las cestas de las inquilinas. Todo esto era desagradable para el señor Bergeret, y, sin embargo, le entristecía la idea de perderlo después de haber perdido tantas otras cosas que tampoco eran muy gratas, pero cuya sucesión formaba la trama de su vida. Después de sus tareas cotidianas, dedicado a buscar un aposento, dirigíase con preferencia por la orilla izquierda del Sena, donde su padre había vivido y donde creía respirar la existencia plácida y los estudios serios. Lo que más dificultaba sus investigaciones era el estado lamentable de las calles, en las que se abrían zanjas profundas y se alzaban montones de tierra, y de los malecones intransitables desfigurados para siempre. Nadie ignora que durante el año 1899 todo París estuvo removido ya porque las nuevas condiciones de la vida exigiesen la ejecución de muchas obras, ya porque la proximidadde una maravillosa feria universal excitara en todas partes actividades desmesuradas y un repentino afán de modificación. Al señor Bergeret le afligía el desconcierto de la ciudad, sin creerlo suficientemente justificado; pero, como era prudente, sus reflexiones le consolaban y tranquilizaban, y cuando llegaba a su hermoso muelle Malaquais tan cruelmente devastado por los implacables ingenieros, dolíase de los árboles arrancados, de los libreros de viejo desaparecidos, y pensaba serenamente:

"Al volver a esta ciudad no encuentro a mis amigos ni lo que me agradaba en ella. Su paz, su gracia, su hermosura, sus antiguas elegancias y su noble paisaje histórico desaparecen de pronto; pero es necesario que la razón se anteponga al sentimiento. No debemos entregarnos a lamentaciones vanas ni quejarnos de las variaciones que nos importunan, puesto que variar es la norma de la vida. Acaso estos trastornos sean indispensables, y acaso también sea preciso que esta ciudad pierda su belleza tradicional para que la existencia de la mayor parte de sus habitantes sea menos penosa y menos dura."

El señor Bergeret sumábase al grupo de los ociosos repartidores de pan y de los policías indolentes para ver cómo los braceros destruían el pavimento de la orilla ilustre, y reflexionaba:

"Adivino la imagen de la ciudad futura, donde los más grandiosos edificios están sólo señalados aún por hondas zanjas, lo cual hace suponer a los hombres poco perspicaces que los braceros empleados en la reforma de esta ciudad (cuyo esplendor nosotros no veremos) abren abismos, cuando realmente preparan tal vez la vivienda próspera, el refugio pacífico y alegre."

De tal modo el señor Bergeret, hombre bondadoso, juzgaba con benevolencia las reformas de la ciudad real, expuesto por sus constantes distracciones a caerse en un hoyo a cada paso.

Entre tanto, buscaba casa, pero con cierta fantasía; las casas antiguas le agradaban porque sus piedras tenían para él un significado; la calle de Gitle—Coeur le atraía singularmente; veía el cartelillo de una casa que se alquilaba, prendido junto al mascarón de la clave de un arco sobre una puerta, desde la cual se divisaba el arranque de una barandilla de hierro forjado, y al subir los escalones, seguido por una portera astrosa, respiraba un olorinfecto de mil generaciones de ratas que, de piso en piso, hacían más asfixiantes las emanaciones de las cocinas indigentes; los talleres de encuadernadores y de estuchistas añadían un repugnante hedor a engrudo y cola podridos, y el señor Bergeret se alejaba triste, desilusionado.

Y de regreso en su casa, mientras comían, explicaba a su hija Paulina y a su hermana Zoé el resultado lamentable de sus investigaciones. La señorita Zoé lo oía sin inmutarse, resuelta, desde un principio, a buscar y a encontrar la casa conveniente. Admiraba la inteligencia de su hermano, pero le creía incapaz de una idea razonable en la vida práctica.

—He visto un piso en el malecón de Conti. Ignoro si os parecerá bien. Recibe luces de un patio donde hay un pozo, hiedra y una estatua de Flora mohosa y mutilada; sin cabeza, teje aún su guirnalda de rosas. He visto otro pisito en la calle de la Chaisse; los balcones dan a un jardín donde arraiga un tilo enorme, una de cuyas ramas entrará en mi estudio cuando llegue la primavera. Paulina tendrá su gabinete espacioso, que puede adornar muy bien con algunos metros de cretona, rameada.

—¿Y mi alcoba? —preguntó la señorita Zoé— Nunca te ocupas de mi alcoba. Y también...

Se distrajo y no terminó la frase, porque daba poca importancia a lo que su hermano decía.

—Quizá nos veamos obligados a meternos en una casa nueva —adujo el señor Bergeret, prudente y acostumbrado a someter sus deseos a la razón.

—Mucho lo temo papá —dijo Paulina—; pero no te preocupes: encontraremos un arbolito que llegue a tu ventana; te lo aseguro.

Paulina se interesaba por lo de la casa, risueña y complaciente, sin preocuparse mucho de sí misma, tal vez porque las mudanzas no intimidan a las criaturas cuyo destino no está fijado aún y que viven como en espera del ignorado porvenir.

—Las casas modernas —repuso el señor Bergeret — están mejor decoradas que las antiguas, pero no me gustan, acaso porque al rodearme de lujo mezquino me hacen sentir más la torpeza de una vida angustiosa. No lamento, ni siquiera por vosotras, la medianía de mi posición, pero lo vulgar y lo común me desagrada... Os parecerá absurdo.

—¡Oh no, papá!

—En una casa moderna lo que me resulta más odioso es la exacta correspondencia de ladistribución, la estructura demasiado visible de las habitaciones, que se descubre desde fuera. Hace tiempo que los ciudadanos viven unos sobre otros; y puesto que tu tía no quiere oír hablar de una casita en las afueras, me resignaré a vivir en un piso tercero o cuarto; pero me duele renunciar a las casas antiguas, cuya irregularidad hace más soportable el hacinamiento. Al pasar por una calle moderna reflexiono inmediatamente que la superposición de los hogares en las construcciones recientes presenta una ridícula uniformidad. Sus comedorcitos, colocados unos sobre otros, con los mismos cristales y los mismos quinqués de bronce que se encienden a la misma hora; sus cocinas muy pequeñas, con las fresqueras por la parte del patio y con unas criadas muy sucias; los salones con sus pianos, colocados unos sobre otros. La casa moderna, por la precisión de su estructura, descubre las funciones cotidianas de los seres que a su amparo se cobijan tan claramente como si las paredes fueran de cristal; los inquilinos comen unos sobre otros, tocan el piano unos sobre otros, acuéstanse unos sobre otros con absoluta monotonía, y representan así un espectáculo cómico y humillante.

—Los inquilinos no se dan cuenta de ello — dijo Zoé, firmemente decidida a instalarse en una casa nueva.

—En verdad —observó Paulina, pensativa—, en verdad resulta un espectáculo cómico.

—Veo en diferentes sitios pisos que me gustan — repuso el señor Bergeret—, pero rentan mucho más de lo que puedo pagar. Esta experiencia me hace dudar de la veracidad de un principio establecido por un hombre admirable, Fourier, quien aseguraba que la diversidad de gustos es tal que los chiribitiles serían tan rebuscados como los palacios, si viviéramos en armonía, porque si nuestra vida fuese armónica tendríamos todos una cola adherente para colgarnos de los árboles. Fourier así lo ha dicho. Un hombre de bondad reconocida, el afable príncipe Kropotkin, nos aseguró recientemente que llegará un día en que los hoteles de las grandes avenidas serán abandonados por sus dueños, cuando éstos no encuentren criados que los sirvan; y será una satisfacción para los ricos cedérselos a las mujeres del pueblo, que, acostumbradas a trabajar, podrán habitarlos sin sentir la molestia de sus anchuras. Mientras esto llegue, el problema de la casa es arduo y difícil. Zoé, hazme el favor de ir a ver el piso delmalecón de Conti, de que ya os hablé. Se halla bastante deteriorado, porque ha servido de depósito durante treinta años a un fabricante de productos químicos. El dueño no quiere hacer obra y se propone alquilarlo para almacén. Sus ventanas son abuhardilladas, pero se ve desde ellas una pared cubierta de hiedra, un pozo musgoso y una estatua de Flora sin cabeza. No es fácil encontrar todo esto en un París.

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