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Virginia Capote Diaz
Reescribir la violencia supone un acercamiento al conflicto armado en Colombia desde la obra de escritoras que narran las experiencias de victimas de la guerra. Diarios, autobiografias, historias de vida, entrevistas y narrativa testimonial serán los cauces de expresión más idóneos para la perpetuación de la memoria de mujeres asediadas por la violencia.
El presente volumen recoge un análisis de la obra híbrida, entre el periodismo y la ficción, de Silvia Galvis, Patricia Lara, Elvira Sánchez-Blake y Laura Restrepo, basado en la manera en la que estas escritoras llevan a cabo la resemantización de eventos históricos y el rescate del olvido de experiencias individuales, desde una perspectiva diferente a la oficial.
CAPÍTULO I La mujer en el contexto sociopolitico colombiano
Dentro del panorama de violencia y conflicto armado que golpea a Colombia desde los albores de su historia bélica, no debemos obviar que han sido los sectores sociales marginales aquellos que de manera mas injusta han sufrido las consecuencias de los desbarajustes sociopoliticos y entre ellos, especialmente, las mujeres, que desde los tiempos mas remotos se han visto envueltas en una doble opresión: la propia del complejo contexto nacional al que se enfrentan y aquella derivada de las desventajas que conlleva su género. Ser mujer, y mas atin, ser mujer pobre, o indigena, en Colombia, ha supuesto un gran handicap para el desarrollo personal, favoreciendo que éstas tengan que ingeniarselas e invertir mas esfuerzo que sus semejantes masculinos en su lucha por la supervivencia, por salir hacia adelante o por encontrar su lugar en la compleja realidad a la que les ha tocado enfrentarse. Los grupos femeninos en Colombia, desde el inicio de su historia social, han contado con no pocas trabas para el desarrollo de su especificidad. Latinoamérica y, por ende, Colombia, se han constituido como algunos de los lugares del planeta que han generado, en mayor medida, el desarrollo de estructuras patriarcales limitantes, hasta bien entrado el siglo veinte, en cuanto a la creación de espacios politicos, sociales y culturales que potencialmente pudieran estar caracterizados por la igualdad, ya sea ésta entre los diferentes estatus personales, clases sociales y, por supuesto, ordenes sexuales.
Siguiendo las teorías de Magdala Velásquez Toro', una de las historiadoras contemporáneas que de manera más vehemente ha abogado en sus estudios por los derechos de la mujer y que mejor ha descrito su situación jurídica y social a lo largo del tiempo, podemos afirmar que la condición femenina ha sufrido en Colombia una fuerte situación de dominación y discriminación debido a la posición secundaria que ha ocupado con respecto al varón. Excluidas de la vida pública, sometidas a los dictámenes de la férrea y jerarquizada sociedad a la que pertenecen y relegadas a las actividades propias del ámbito de lo privado, las mujeres colombianas, consideradas como un elemento-objeto, contaron, hasta l! Para más información consultar el trabajo de Magdala Velásquez Toro (1989).
bien entrado el siglo veinte, con muy pocas posibilidades de realización personal. En palabras de Velásquez Toro «el quehacer de las mujeres [ha sido] una presencia ausente en [el] discurrir histórico colombiano. La ausencia de [éstas] en la vida pública las ha hecho también invisibles para la historia, pero allí, desde esa carencia, las mujeres han tenido un desempeño específico de acuerdo a su procedencia social» (1989: 10). Esta situación se vio reflejada en el ámbito intelectual, donde las colombianas, amenazadas por los cuatro costados por estructuras patriarcales de vida, despojadas de la categoría de ciudadanas y destituidas de la vida pública, vieron sesgadas, en su enorme mayoría, sus posibilidades de desarrollar y llevar a cabo sus facultades mentales e intelectuales.
Gracias a la acción de mujeres pioneras en la defensa de los derechos femeninos, y debido, también, a las necesidades financieras del país, se fue caminando más rápido en materia político-económica, que en materia ideológica. Algunas mujeres destacadas fueron incursionando paulatinamente en los ámbitos de impulso de lo económico, pero el panorama ideológico seguía relegando a la mayor parte de los círculos femeninos al servilismo de las leyes del varón, algo apoyado en su integridad por la Iglesia Católica, cuyos mayores representantes alegaban que las disposiciones propuestas por el gobierno «rechazaban la educación y la ideología esencialmente cristianas del pueblo colombiano, la moral y las costumbres hogareñas de [esta] raza» (Velásquez Toro, 1989: 24). El avance en cuanto a la defensa de los derechos de la mujer se ve reflejado, por tanto, en el proceso de industrialización del país. Como indica María Mercedes Jaramillo, es en este momento en el que la mujer busca su espacio en un gran número de fábricas, sobre todo a partir de la activación de la economía cafetera (Jaramillo et al., 1991: 190). A partir de la consecución de este hito, y de manera muy progresiva, la mujer ha ido abriéndose un espacio en aquellos lugares reservados a los hombres, ha entrado gradualmente en los espacios públicos y en los discursos políticos, así como ha ido definiendo su feminidad, su pensamiento y sus aspiraciones. La evolución de éstos últimos se ha podido seguir a través de «sus obras de ficción, donde han proyectado el modelo deseado, denunciando el abuso, insinuando soluciones y señalando la violencia» (Jaramillo et al., 1991: 188).
Son de sustancial importancia, en este sentido, referentes del mundo de la cultura como Soledad Acosta de Samper, Josefa Acevedo de Gómez, María Rojas Tejada, Ofelia Uribe de Acosta o Virginia Gutiérrez de Pineda, quienes conscientes de la impermeabilidad hacia los espacios públicos y de la desigualdad de la época que les ha tocado vivir, llevan a cabo con sus meritorias incursiones en la vida pública y sus reflexiones vertidas en el cauce de la escritura, una deconstrucción progresiva del enfoque eminentemente patriarcal presente en la estructura ideológica hegemónica de su sociedad. Aunque la clase, el origen social, el nivel cultural y económico del que formaron parte la mayoria de ellas, facilitaron su entrada en el campo de las letras desde la escritura y la lectura, es innegable el mérito y el valor de sus frutos literarios?. Con sus obras y sus aportaciones en los círculos socioculturales en los que se movieron, consiguen toda una serie de logros articulados en una doble dirección. Por una parte, abren la veda de la escritura de impronta femenina, difundiendo toda una serie de paradigmas de comportamiento y de ideas de germen progresista; y por otra, se pronuncian, a través de la utilización de diferentes géneros literarios, en cuanto a la conformación del ideario de Colombia, precisamente, en un momento decisivo para el devenir de la República. De esta manera aportan con sus escritos, al igual que los demás intelectuales de la época, un proyecto de nación propio en el que tiene cabida la reivindicación de la presencia femenina en todos los ámbitos de la vida pública e intelectual. Si tenemos en cuenta el terreno de las luchas sociales, no podemos dejar de mencionar a Betsabé Espinal y María Cano, pioneras de la defensa de los derechos humanos que, por su acción huelguista y reivindicativa en favor de mejoras en las condiciones laborales, se definen como pilares fundamentales del feminismo en Colombia en los albores del siglo veinte. El arrojo y relevancia de estos personajes femeninos ha hecho que formen parte, incluso, de la imaginería de las novelas más representativas de escritoras en Colombia’.
El estudio de las trayectorias vitales e intelectuales de estas ideólogas y activistas nos demuestra cómo la mujer colombiana, así como el resto de sociedades marginales y oprimidas en el país, ha tenido que luchar con tesón y constancia para poder marcar, definir y defender su lugar en el mundo. En aras de manifestar su verdad, su interioridad, así como de reafirmar que han tenido un papel activo en el desarrollo político, histórico y social de la nación, se han visto constreñidas a buscar y desarrollar cauces adecuados de expresión que den paso a sus procesos ideológicos e intelectuales. Como indica Agudelo Ochoa, las tertulias culturales, la prensa, la narrativa y la autobiografía fueron los moldes escriturales escogidos por eruditas como Soledad Acosta de Samper y Josefa Acevedo de Gómez para verter sus ideas en el campo literario post-independentista colombiano. La poesía, situada en la cúspide de prestigio con respecto a los géneros literarios fue, por lo general, menos utilizada por los sectores femeninos al funcionar como símbolo del campo de poder que, tanto en lo literario, como en la vida política, estaba destinado a los hombres (Agudelo-Ochoa, 2015).
Si nos referimos concretamente a la historia de la violencia colombiana, observamos cómo las mujeres han tenido un papel protagonista, tanto
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Para más información sobre la figura de la myjer en el siglo XIX ver Agudelo Ochoa (2015) y Rozo-Moorhouse (1995).
Silvia Galvis y Laura Restrepo, entre otras, aprovechan sus obras para rendir homenaje a algunas de estas mujeres.
como agentes en las distintas guerras, como desde el punto de vista de lo pasivo. A pesar de las dificultades y las trabas que se les han impuesto, han luchado por expresar su voz, su experiencia y sus acciones, siendo, por tanto, categórica, la aseveración de que en ningún momento la mujer ha permanecido ausente en las guerras y la escritura del discurso histórico e identitario, tanto de ellas mismas como de la totalidad de la nación colombiana. Desde la independencia de la corona española las mujeres han sido partícipes de alguna manera, tanto de las guerras más importantes del país como del proceso de construcción identitaria de la nueva nación emergente. Por afán político, económico, ideológico o familiar han formado parte de las contiendas guerreras en uno y otro bando. Ya desde los primeros enfrentamientos fratricidas y desde la Guerra de los Mil Días fue de especial importancia el papel que tuvieron las mujeres. Éstas fueron popularmente llamadas «las Juanas» y no sólo se encargaron del cuidado de los enfermos, el apoyo moral de los combatientes o la preparación de los alimentos, sino que muchas de ellas tuvieron una activa participación en la negociación de las armas, financiación de grupos guerrilleros y formación de células de inteligencia tales como el espionaje (Velásquez Toro, 1989: 91):
Sus actividades iban desde el rezo por el éxito de sus parciales, la confección de bandas y estandartes bordados, la difusión de rumores falsos para desconcertar al enemigo, la atención de los heridos, la compra y el transporte clandestino de armas, hasta la acción directa en los combates. Las «voluntarias», «vivanderas», y las «juanas», fueron inseparables de los ejércitos y el sostén para los soldados. Ellas transportaban grandes fardos con provisiones y demás elementos que hacían el bienestar en la campaña, preparaban alimentos, curaban a los heridos y peleaban en los combates [...] Sin embargo, como ha acontecido en casi todos los grandes conflictos de la humanidad, en los momentos críticos se rompen códigos y tradiciones y las mujeres participan activamente en la lucha. Pero una vez resuelto el conflicto, vuelven a sus cocinas y a sus labores tradicionales en el hogar, sin que el partido triunfante les reconozca derechos políticos en la nueva estructura de Estado (Velásquez Toro, 1989: 38).
Igualmente, las mujeres desempeñaron un papel medular en el interior de la lucha guerrillera desde los primeros años de la misma. Germán Guzmán Campos en su obra La violencia en Colombia afirma al respecto:
Acompañó al grupo familiar trashumante, atendió el vivac, cosió uniformes, remendó harapos y sirvió de ojos y oídos a las guerrillas. Su labor de espionaje se facilitaba por razón de su sexo, hasta cuando se decretó su exterminio sistemático. Algunas, muy hábiles, lograron neutralizar con amorosos arrumacos a oficiales donjuanescos destacados a zonas convulsionadas. No fue raro el caso de que mientras la avispada doña recibía caricias militares en una alcoba, en la siguiente se ocultaban los guerrilleros, quienes conocían de inmediato los planes arrancados a los incautos por las artimañas de la hembra. Hombro a hombro con los guerrilleros luchó la mujer campesina, silenciosa e indomable. Muchos actos de heroismo y sacrificio realizaron las mujeres que se encontraron envueltas en el conflicto (Guzman Campos, 1968: 209).
En general, a pesar de las dificultades, en periodos de guerra las mujeres hacían un alto en su camino e irrumpían en el ámbito de lo público.
El referente más característico en cuanto a esta cuestión, que, además, se acaba convirtiendo en el antecedente más representativo de mujer guerrillera que pone por escrito sus experiencias a través del uso de formatos de escritura de corte autobiográfico, lo constituye María Martínez de Nisser’, representante gracias a su trayectoria vital y escritural de los marbetes «violencia» y «memoria». No sólo participó activamente en la Guerra de los Supremos? sino que desafió a las estructuras intelectuales de su tiempo escribiendo la crónica de dicha contienda a través de un diario, Diario de los sucesos de la revolución en la provincia de Antioquia, con el deseo de «contribuir a que se [conservara] para la posterioridad la memoria de los granadinos que supieron sacrificarse por la constitución y sus fueros» (Martínez de Nisser, 1843). Este relato narra los antecedentes de la batalla de Salamina, de la que participó Martínez de Nisser defendiendo a su patria, luchando en el campo de batalla y haciéndose cargo de los heridos que habían resultado de la misma. De manera gradual, en su escritura pasa de mera narradora de los hechos a combatiente y guerrera activa del conflicto; de mujer de su tiempo, deudora de la familia y el honor, a gran oradora, guerrera y líder, en un discurrir narrativo que no sólo gana en fuerza, vehemencia y explicitud a medida que va avanzando, sino en el que asistimos, también, a las contradicciones sentidas por la protagonista al tener que adaptar su feminidad a las características de
María Martínez, hija de padres de ascendencia española, Paula Arango y Pedro Martínez, nació en Sonsón, municipio del departamento de Antioquia en 1812. Recibió una esmerada educación de manos de su propio padre que ejercía como pedagogo en el mismo municipio desde 1813. El resultado fue la formación de una mujer muy cultivada para su tiempo, pues María Martínez llegó a hablar idiomas e, incluso, a dirigir la escuela femenina en Sonsón desde 1825 (Rodríguez-Arenas, 1991: 94). Con tan solo dieciocho años contrae matrimonio con Pedro Nisser, un ingeniero sueco, dueño de minas por el mundo entero, comerciante y topógrafo, que también estuvo inmerso en los desbarajustes de la Guerra de los Supremos. Lo conoció en Sonsón donde trabajó como médico. Con él tuvo dos hijos de los cuales ninguno sobrevivió, lo que pudo favorecer que María Martínez de Nísser focalizara, con mayor ahínco, sus energías en la consecución de un estado de justicia para el país en el que vivía (Orlando Melo, 2012). Es así como en 1940, momento en el que surge la revolución, tanto María como su marido entran en una ferviente lucha a favor del gobierno central elegido constitucionalmente. María decide reflejar por escrito los sucesos del levantamiento contra el presidente del momento, José Ignacio de Márquez, a favor del cual se posiciona en su escritura por haber sido elegido por el pueblo de manera democrática. Asimismo, centra la acción en Sonsón, narrando la contraofensiva que efectuaron los partidarios del presidente.
La guerra de los Supremos, también llamada Guerra de los Conventos fue un proceso histórico que tuvo lugar en Colombia en el siglo XIX, de 1839 a 1840.
un mundo estructurado por los hombres. Es asi como no solo narra el acontecimiento desde un punto de vista general, sino también desde su propia perspectiva intima y personal, circunscribiendo su experiencia en el momento histórico que relata. Si en la primera mitad del diario se limita a ofrecer a la Historia oficial una resemantización personal de los conflictos políticos a los que se enfrenta, la segunda se corresponde con la decisión de realizar una actividad contundente por la causa. La entrada directa a la acción y la transcripción de los hechos a la escritura se asemeja con los relatos testimoniales de las combatientes y excombatientes actuales, pues se dedica a narrar de manera paralela, por una parte, la dificultad física de la empresa que acomete (dureza de los caminos que tiene que cruzar, trochas imposibles, ríos caudalosos, y temperaturas difíciles de soportar por el ser humano) y la problemática que supone, en el siglo diecinueve, ser mujer en un mundo propio de los varones.
Ya en el siglo veinte y veintiuno, durante la época de La Violencia y el narcotráfico en Colombia, las mujeres han ocupado diferentes posicionamientos con respecto a las consecuencias del conflicto. La guerra ha sido sufrida por los sectores femeninos de todas y cada una de las clases sociales que conforman el país, no sólo en el lado de las víctimas sino también en el de los agentes activos; asimismo, la violencia ha afectado desde a mujeres negras, indígenas y campesinas hasta representantes de la alta burguesía. En las últimas décadas, el número de mujeres en el Ejército, en los grupos insurgentes y contrainsurgentes ha ido en aumento. La mayoría de ellas, sobre todo al inicio de la vida de tales grupos, eran campesinas con escasos recursos económicos, que no veían otra salida que el ingreso en estas instituciones como medio de subsistencia. En general, la mayoría de las mujeres que ingresaban en los grupos guerrilleros lo hacían por eliminación y necesidad, por abandonar duras realidades de su vida cotidiana, generalmente dominadas por la violencia familiar y la pobreza, o bien con la finalidad de realizarse como persona ante las escasas opciones existentes. Buscaban, por tanto, una alternativa al «vacío de identidad» al que les había llevado su pertenencia a una sociedad patriarcal y desigual desde una perspectiva económica y educacional (Londoño F. y Nieto V., 2006: 25). A medida que la vida de tales agrupaciones de combatientes avanzaba, comenzaron a adherirse a la causa mujeres con una mayor preparación cultural, motivadas ya no sólo por intereses económicos sino, sobre todo, por principios ideológicos.
De esta manera se fue formando un colectivo femenino potente desde el punto de vista de lo ideológico que permitió, por una parte, que la palabra de las mujeres fuera relevante con respecto a la reconstrucción de una nación corrompida por la impunidad, los asesinatos y las injusticias económicas, sociales y políticas. Por otro lado, estos núcleos de pensamiento y actuación fomentaron que las mujeres pudieran escalar puestos en el interior de la jerarquía de las organizaciones insurgentes y tener acceso de manera paulatina a posiciones de poder cada vez mas relevantes dentro de sus respectivas agrupaciones. Sin lugar a dudas, uno de los grupos en los que la figura de la mujer ha contado con una mayor representación en los cargos de poder es el grupo revolucionario M-19. Al contrario de lo que ocurrió en las FARC o en los grupos Paramilitares, como han señalado en sus testimonios muchas de sus excombatientes”, el M-19 ha sido considerado en multitud de ocasiones como la estructura más liberal, abierta y plural en este sentido (Londoño F. y Nieto V., 2006: 28). Dos de los testimonios más relevantes en este campo, que han traspasado fronteras y que se han convertido en textos-bandera de la participación de la mujer en las luchas políticas e ideológicas de forma activa, pertenecen a dos mujeres excombatientes de dicho grupo: Escrito para no morir y Razones de vida, escritos por María Eugenia Vásquez y por Vera Grabe, respectivamente. Alix María Salazar, excombatiente del M-19 y una de las mayores representantes y activistas de las actuales asociaciones de paz, señala como «algunos compañeros decían que [se trataba] de una guerrilla femenina, porque el M tuvo mujeres desde su creación y [porque] la [primera] reunión del M-19 se hace en casa de una mujer» (Cárdenas y Lozano). En la actualidad del postconflicto, la mayoría de las mujeres que se asociaron a grupos guerrilleros, e incluso, paramilitares, trabajan hoy por la reinserción social, por la consecución de la paz y por la resignificación de sus memorias personales y colectivas a través de la configuración de las asociaciones de mujeres desmovilizadas, donde continúan con las luchas políticas en favor de la obtención de un país mejor, esta vez, usando como arma la palabra. El Colectivo de Mujeres Excombatientes, creado a través de la iniciativa de María Eugenia Vásquez Perdomo, funciona como una opción de resistencia en contra del olvido y en favor de la memoria y la identidad, pasada, presente y futura, de mujeres desmovilizadas.
Observamos, por todo esto, cómo a pesar de la participación de las mujeres en la historia bélica y política colombiana, ya sea desde el plano del discurso, desde los movimientos guerrilleros de la etapa contemporánea (FARC, ELN, M-19, EPL, etc.), o desde ambos, sus voces y experiencias han estado excluidas, generalmente, de los discursos oficiales de guerra y paz en Colombia. Tanto las mujeres, por las circunstancias que acabamos de esbozar, como los grupos subalternos, han plasmado por escrito sus experiencias personales como método de desahogo y liberación personal. Estos sectores sociales han encontrado en el testimonio y sus variantes, por la flexibilidad y el carácter no-canónico de sus manifestaciones textuales, el instrumento más eficaz para expresar sus vivencias, e incorporar sus voces alos discursos históricos oficiales de la nación. Es llamativo, por otra parte, el hecho de que, de manera paralela, han sido mujeres periodistas y literatas
€ Véase Patricia Lara (2000).
en su inmensa mayoría quiénes han dibujado a través de la escritura —y por medio de géneros diversos— ese reverso no oficial de la historia de Colombia, dando lugar a relatos, casi todos ellos, vividos en primera persona, que presentan como telón de fondo bien eventos históricos, cuya versión hegemónica está dirigida a los intereses de los vencedores, bien historias personales —femeninas en su mayoría— vinculadas con la violencia desprendida del conflicto armado. Una de las consecuencias de extrema relevancia de la participación —agentes— y el sometimiento —victimas— de mujeres en y por la guerra es precisamente el enorme caudal de testimonios, representaciones del conflicto y de momentos históricos, ya sean éstos de manera directa o indirecta, ya sea a través de sus protagonistas, o de la mano de intelectuales y escritoras. Este hecho demuestra la importancia de la representación y perpetuación de la memoria personal de mujeres que se pronuncian por escrito con el fin de proyectar, de manera colectiva, el sentido individual de una experiencia y de resignificar un evento histórico determinado o una vivencia personal en relación con la violencia.
Aproximación al concepto de memoria
Recordar el olvido es hacer memoria, y hacer memoria es una condición indispensable para recuperar con sentido las historias personales o colectivas y poder entonces mirarlas cara a cara, para aprender del pasado, enriquecer el presente y construir el futuro.
Luz María Londoño y Yoana Fernanda Nieto
La preservación de la memoria por parte del ser humano a lo largo de toda la geografía ha constituido una obsesión constante desde el principio de los tiempos. La necesidad de todas las civilizaciones de transmitir de generación en generación mitos, creencias populares, religiones, idiosincrasias, tradiciones, personajes célebres y costumbres, ha favorecido la creación de métodos de perpetuación de los hechos individuales y colectivos a través de la invención de instrumentos mnemotécnicos como ábacos, quipus, y elementos de representación como pinturas prehistóricas, pictogramas y otros procedimientos gráficos. Estos sistemas dieron paso a los palimpsestos, y éstos últimos a la creación de la escritura, la invención de la imprenta y la divulgación de libros, calendarios y almanaques. En épocas más modernas ha sido la imagen la revolución de esta perpetuación de la memoria, con su materialización en fotografías y más adelante en películas, documentales y videojuegos. Existe una tendencia en los días presentes a coleccionar, rememorar y conservar representaciones del pasado. En la actualidad, Internet y toda una revolución en el terreno de la informática, con «cerebros electrónicos» tales como las memorias USB, discos duros externos, espacios de almacenamiento en la llamada «nube» y dispositivos que funcionan como apoyos del recuerdo y del culto a lo perecedero, se constituyen como los grandes representantes del afán de perpetuación de la memoria (Jelin, 2002: 9-10; Candau, 2006: 10-11; Rincón, 2010: 25-26).
Pero, ¿a qué se debe este fenómeno de conservación obsesiva de lo pasado? Sin entrar aquí en precisiones exhaustivas sobre lo que es y lo que significa la sucesión del tiempo en nuestra vida, desde un punto de vista estricto tan sólo contaríamos con la existencia real del presente (Bergson, 1957: 47), como una sucesión de momentos instantáneos, pues, como señalaba San Agustín en sus Confesiones, lo pasado ya no existe y tampoco aquello que está por acontecer. Así, tanto el reconocimiento de los hechos pasados, como la proyección de éstos hacia el futuro dependen de la existencia de la memoria. Si tenemos en cuenta el desarrollo vital de cualquier individuo, observamos que tan sólo perpetuamos en nuestro presente un minúsculo porcentaje de las vivencias que tuvieron lugar en nuestro pasado desde nuestro nacimiento, y que va en aumento a medida que nos acercamos progresivamente a la edad actual. Sin embargo, estos ínfimos recuerdos, se constituyen como esenciales para la construcción de la identidad de cada persona y se erigen como representación del pasado en cuestión (Bergson, 1957: 48). Estos mínimos recuerdos actuarían con un carácter de colectividad de todos aquellos que se quedaron en el olvido. Según todo esto, la concatenación, ya no sólo de grandes bloques temporales, sino de meros instantes de la vida diaria, el aprendizaje de cualquier hecho o disciplina, la existencia de las relaciones interpersonales y, en definitiva, la integridad como ser humano, dependerían de la memoria.
Consideramos, por tanto, esencial, el fomento del estudio de las representaciones de la memoria como un ejercicio clave en el desarrollo de las humanidades y, concretamente, en la antropología moderna, con la que se vincula el espacio de lo literario en nuestro caso, pues la reflexión anterior sobre la importancia de la memoria en la vida de cualquier persona desde el punto de vista de su individualidad, puede extrapolarse al devenir de familias, pueblos, grandes civilizaciones, grupos sociales en conflicto —como el colectivo de mujeres colombianas participantes del discurso de la violencia, la guerra y la paz- y, en definitiva, al total de la humanidad en su conjunto. La nación colombiana, tanto por la complejidad de su proceso histórico, como por el desarrollo y consecución de rasgos de especificidad de su producción literaria, especialmente compleja hasta la aparición de García Márquez, se ha caracterizado por caminar a pasos agigantados hacia la reconstrucción de su identidad como país y de su discurso nacional que lo autodefina. Ha sido el ciclo de la novela de La Violencia, el primer bastión en el terreno literario al servicio de la caracterización identitaria de las letras colombianas. Estos textos estaban cargados de testimonios y elementos fácticos tomados de la realidad y pasados por el filtro de la ficción, algunos en mayor medida que otros, para poder llegar hasta los lectores, con la finalidad de perpetuarse en el tiempo con mayor eficacia. Podemos decir, asi, que desde el inicio de su producción literaria —tomando incluso como ejemplo obras como El carnero o La vorágine— los intelectuales colombianos han hecho uso de estrategias discursivas como el testimonio, encaminados a la perpetuación en el tiempo de los hechos acaecidos, desde diversas perspectivas.
Colombia, para narrarse a sí misma, ha necesitado de este elemento fundamental: la memoria, considerada como el soporte de los recuerdos y de los olvidos. Es a través de esta recuperación y perpetuación de su memoria como, sus gentes, su literatura, su historia, han buscado sentido a su esencia. Reconstruir la trama de su vida será aquello que le permita encontrar tal sentido desde una perspectiva diferente a la que ofrece la historiografía tradicional. Como cita Joanne Rappaport, en su ensayo «La política de la memoria. Interpretación indígena de la historia de los Andes Colombianos» Gabriel García Márquez en Los funerales de la Mamá Grande expresa la premura por terminar el relato «antes de que los historiadores tengan tiempo de llegar». A pesar de que éstos últimos ya hubieran hecho acto de presencia, el Nobel colombiano ya evidencia la necesidad de «corregir los errores de la historiografía colombiana» y recalcar aquellos acontecimientos que «habiendo sido olvidados y omitidos durante mucho tiempo, deberían haber estado en el centro de la conciencia histórica del país» (Rappaport, 2000: 29). Si prestamos atención al binomio Historia y Memoria, podemos afirmar sin reservas cómo el segundo concepto —y aquí englobamos a los relatos testimoniales, diarios, autobiografías y demás representaciones escritas— funciona como un elemento básico de cara a la reconstrucción del primer elemento. Como indica Elizabeth Jelin «la memoria es una fuente crucial para la historia [...] y funciona de estímulo en la elaboración de la investigación histórica». Del otro lado, y demostrando el carácter complementario de ambas formas de escribir los acontecimientos, «la historia permite cuestionar y probar críticamente los contenidos de las memorias» (Jelin, 2001: 75).
Pero continuando con la importancia de la reflexión en torno a la recuperación de la memoria por parte del ser humano, podemos comprobar cómo ya desde la Antigüedad Griega, los pensadores que después han venido a constituir los grandes mitos de la historia de la filosofía han dedicado sus esfuerzos a reflexionar sobre el significado y la importancia de esta facultad universal. En el politeísmo que caracterizaba a esta civilización, Mnemosina (Mnemosuné o Mnemosyné) era el nombre de la diosa titánide que la personificaba. Toda la producción literaria grecolatina desde Homero refleja esta mitología destinada a la transmisión de conocimientos para que las generaciones sucesivas tuvieran la oportunidad de conocer a las deidades y personalidades heroicas que conformaron su pasado. En una segunda corriente de pensamiento, representada esencialmente por Pindaro, Esquilo, Empédocles y la escuela pitagórica, Mnemosina pasa de ser la gran representante de los actos heroicos del pasado a ser la fuerza de la que depende el destino de las almas en la transición entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos (Candau, 2006: 22). Esta segunda corriente tiene la virtud de llevar a cabo este proceso de olvido entre una vida que acaba y su reencarnación en otro cuerpo. En una tercera corriente aparece Platón y sus seguidores, para el que la memoria «se vuelve la facultad de conocimiento, en tanto el esfuerzo de rememoración se confunde con la búsqueda de la verdad» (Candau, 2006: 23). Es Aristóteles el encargado de anunciar las nuevas formas de pensamiento. Su concepto de memoria viene a recordar el carácter imperfecto e incompleto del cuerpo que nos posee (Ricoeur, 2000: 33), así la memoria sería la responsable de hacer al hombre reflexionar sobre el paso del tiempo. Es de esta manera como le abre camino a San Agustín de Hipona, para el que la memoria es un medio que permite el autoconocimiento del hombre. En sus reflexiones sobre ésta, San Agustín distingue tres formas diferentes de memoria. La memoria de los sentidos, que conserva todas aquellas sensaciones que entran a través de la vista, el gusto, el oído, el tacto y el olfato, permitiría a través del recuerdo evocar luz, colores, olores, formas, texturas y sabores, que se transportarían del pasado al presente. Menciona también a la memoria intelectual, que se trata de la rememoración de formas que ya no obtenemos de los sentidos, sino a través de nosotros mismos, de nuestra inteligencia. Por último, enuncia la memoria de los sentimientos, lo que permitiría al ser humano recordar la felicidad, la tristeza u otro sentimiento determinado, sin necesidad de estar sintiéndolo en ese momento (Candau, 2006: 26-28).
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