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UNIVERSIDAD CARLOS III DE MADRID Profesores, cátedras y universidad en la Salamanca del siglo de Oro
The Figuerola Institute Programme: Legal History The Programme “History of Universities” of the Figuerola Institute of Social Science History –a part of the Carlos III University of Madrid– is devoted to improve the overall knowledge on the highlearning academic institutions, since their inception in the Late Middle Ages, until our days. The Programme uses an interdisciplinary approach, and it is open to all branches of related knowledge, such as the history of institutions, of science, and of cultural and social events. A number of experts from several countries have participated in the Programme, bringing in their specialized knowledge and dedication to the subject of their expertise. To give a better visibility of its activities, the Programme has published in its Book Series a number of monographs on the different aspects of its academic discipline. Publisher: Carlos III University of Madrid Book Series: History of Universities Editorial Committee: Manuel Ángel Bermejo Castrillo, Universidad Carlos III de Madrid Gian Paolo Brizzi, Alma Mater Studiorum, Università di Bologna Elena Hernández Sandoica, Universidad Complutense de Madrid Françoise Hiraux, Université Catholique de Louvain Manuel Martínez Neira, Universidad Carlos III de Madrid More information at www.uc3m.es/history_universities
DYKINSON Profesores, cátedras y universidad en la Salamanca del siglo de Oro Francisco Javier Rubio Muñoz Universidad de Salamanca orcid id: 0000-0003-3922-6528
Parte I Lectio
SALAMANCA Y SU UNIVERSIDAD EN EL SIGLO XVI: UN ‘LOCUS AMOENUS’ EN UN TIEMPO ÁUREO Salamanca, ciudad celebérrima entre todas las probinçias de la christiandad por su clarísima Unibersidad, madre de las çiençias, y por salir de aquí la mayor parte de los varones que han gobernado los reynos de España.
ANóNImO Floresta española (C. 1600) Esta apreciación de comienzos del siglo XVII es uno de los abundantes ejemplos que retrataban a la Salamanca del siglo (o siglos) de Oro unida a su Estudio1. Locales y foráneos coincidían en la admiración hacia una ciudad en cuyo seno nace, crece y se desarrolla la universidad más importante de la Monarquía Hispánica. Efectivamente, desde la fundación del Estudio Salmantino en 1218 por el rey Alfonso IX de León, Salamanca ha sido definida por su inseparable vínculo con la Universidad. La ciudad del Tormes en el siglo de Oro es el hábitat del profesorado universitario, de tal modo que suele aparecer como locus amoenus en donde se formaron las élites intelectuales y de poder. En el siglo XVI, el pintor Wingaerde nos presentaba una panorámica de la urbe salmantina como un puñado de casas modestas salpicadas por algunas construcciones que emergían en el horizonte: la incipiente catedral, cuya construcción se iba adosando al edificio románico anterior; la universidad y los colegios mayores. Más allá de eso, un rosario de palacios y casas solariegas pertenecientes a familias con cierto abolengo y numerosos colegios menores, 1 [Anónimo]. Floresta española. Manuscrito Q 144 de principios del siglo XVII conservado en la Biblioteca Nacional de España (BNE). Publicado y transcrito por SÁNCHEZ COS- TA, Luis. “La Península a principios del siglo XVII”. Revue Hispanique, 34, 1915, p. 390.
conventos e iglesias cuyas torres y espadañas sobresalían de la masa urbana contenida en la muralla.
La población de Salamanca no había parado de aumentar durante todo el quinientos hasta iniciar la década de 1560, beneficiándose de un momento de expansión generalizada en que Castilla pasó de 4,7 a 6,6 millones de habitantes entre 1530 y 1591. Esto supondría un crecimiento de un 47 % paralelo a una intensa urbanización2. Concretamente, la ciudad del Tormes había crecido desde aproximadamente 18000 habitantes a inicios de siglo hasta aproximadamente 25000 individuos en 1561. Desde esa fecha y al igual que otras ciudades como Ávila y Burgos, Salamanca perdió población hasta estabilizarse en torno a unas 17000 almas en 15983. En consecuencia, el crecimiento en Castilla había sido más intenso en las décadas centrales, de modo que los primeros signos de remisión comenzaron a ser perceptibles hacia la década de 1570-1580. Este declive se aceleraría a finales de la centuria por el aumento de la mortalidad catastrófica (peste de 1596-1602)4.
La Salamanca del siglo de Oro participaba de los rasgos propios de otros núcleos urbanos castellanos, aunque con una particularidad que alteraba los 2 Es el llamado “régimen demográfico antiguo”. Véase NADAL, Jordi. La población española. Madrid: Ariel, 1971, pp. 28-36; “La población española durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Un balance a escala regional”. En PÉREZ MOREDA, Vicente y REHER, David- Sven (eds.). Demografía histórica en España. Madrid: El arquero, 1988, p. 41. Las estimaciones más alcistas sitúan la población española en un umbral superior a los 6,6 millones de habitantes, mientras que, a la baja, estaría en torno a los 5,3 millones. Véase Pérez Moreda, Vicente. “La población española”. En ARTOLA, Miguel (dir.). Enciclopedia de Historia de España. Madrid: Alianza, 1988, vol. 1, p. 372; también RUIZ MARTÍN, Felipe. “La población española al comienzo de los tiempos modernos”. Cuadernos de Historia. Anexos de Hispania, vol. 1, 1967, pp. 189-203. 3 Las investigaciones de referencias para Salamanca en este período son: FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Manuel. “La demografía de Salamanca en el siglo XVI a través de los fondos parroquiales”. Actas de las I Jornadas de Metodología Aplicada a las Ciencias históricas. Santiago de Compostela: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Santiago, 1975, pp. 281-296; DÍAZ MEDINA, Ana. “Estructura demográfica y socio-profesional de Salamanca en 1561”. Provincia de Salamanca, vol. 4, 1982, pp. 69-100; VELA SANTAMARÍA, Francisco J. “Salamanca en la época de Felipe II”. El pasado histórico de Castilla y León. I Congreso de Historia de Castilla y León. Burgos: Junta de Castilla y León, 1983, p. 293; RODRÍGUEZ, Ángel. “La articulación del territorio salmantino en la Edad Moderna”. En MARTÍN, José L. Historia de Salamanca. Salamanca: Centro de Estudios Salmantinos, 1999, vol. 3, p. 53. 4 Teniendo en cuenta que la mortalidad ordinaria seguía presentando unas elevadas tasas, el crecimiento de la población sólo pudo lograrse con un incremento de la natalidad, procedente de una fecundidad elevada y de una nupcialidad temprana. PÉREZ MOREDA, La población española..., pp. 369-375.
tradicionales contrapesos entre los sectores de poder. El poder universitario, encabezado por el rector y el maestrescuela, formaba parte de una red entretejida con los hilos de la Corona, representada en el corregidor; la Iglesia secular, con el obispo a la cabeza, y las oligarquías urbanas, que en el caso de Salamanca trascendían lo local por la presencia de los Alba. Cada una de las instituciones tenía un grupo de presión correspondiente: la corporación municipal, con la destacada representación de la nobleza urbana; el cabildo de la catedral, y, vinculados a todos ellos, el profesorado universitario. Los conflictos, horizontales y verticales, inmiscuían a los miembros de estos colectivos, tal y como era señalado magistralmente por Fernández Álvarez: Frente al prelado, los canónigos; frente al Corregidor, los regidores; enfrentados con los altos linajes –que a la Casa de Alba habría que añadir la de Monterrey– el patriciado urbano; y, en fin, frente al Maestrescuela –que no en vano tenía la necesaria y, a la vez, odiosa función de juez del Estu - dio–, el rector, por un lado, y el cuerpo de catedráticos por otro. Ahora bien, no cesaban ahí los conflictos y las tensiones. Habría que añadir las pugnas constantes producidas en el seno mismo del patriciado urbano –los famosos bandos salmantinos de Santo Tomé y San Benito– o los suscitados entre los fieros manteístas y el vecindario de la ciudad5.
En lo que atañe a la institución universitaria salmantina, sus raíces medievales la habían configurado a modo de gremio de enseñanza con el monopolio de conferir grados académicos reconocidos en el orbe cristiano. Su función principal era la de formar profesionales en diversas áreas de conocimiento, sobre todo Leyes, Medicina y Teología, muy relacionadas con las crecientes necesidades del Estado y la Iglesia 6. En este sentido, las uni- 5 FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Manuel. “La Salamanca de Fray Luis”. Discurso de ingreso en el Centro de Estudios Salmantinos. Salamanca: Centro de Estudios Salmantinos, 1993, p. 10. 6 Los estudios sobre la Universidad de Salamanca cuentan con una trayectoria de más de 30 años de investigaciones encabezadas por el profesor Luis E. Rodríguez-San Pedro. Sin ánimos de ser exhaustivos, se debe mencionar: RODRÍGUEZ-SAN PEDRO, Luis E. (coord.). Historia de la Universidad de Salamanca. Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 2002-2018 (6 vols.), y la publicación periódica a cargo de RODRÍGUEZ-SAN PEDRO, Luis E. y POLO, Juan L. (eds.). Miscelánea Alfonso IX. Salamanca: Universidad de Salamanca, 2000-2015 (15 vols.). Para este sucinto recorrido histórico nos hemos apoyado en RODRÍGUEZ-SAN PEDRO, Luis E. “La Universidad Hispana del Renacimiento. Salamanca”. En El siglo de Frai Luis de León. Salamanca y el Renacimiento. Catálogo de la exposición del IV centenario de la muerte de Fray Luis de León. Salamanca: Ediciones versidades se consideraban verdaderos caladeros que nutrían de especialistas a las diversas instituciones de la Edad Moderna; prueba de ello es la proliferación de estos centros a lo largo del siglo XVI, calificada como una “revolución educativa” 7.
Tradicionalmente se han señalado varios períodos en la evolución de las universidades hispánicas, desde unos inicios medievales entre los siglos XIII-XV que dan paso a un momento de esplendor y expansión hasta el primer cuarto del siglo XVII8. El auge de la Universidad de Salamanca, su siglo o siglos de Oro, tuvo lugar en este momento, el cual no se circunscribe ni a dos períodos de cien años –en el caso de hablar de siglos en plural– ni a una única centuria (si se prefiere la forma en singular). De forma amplia, la Universidad de Salamanca vivió una época dorada cuya cronología se extendió por el quinientos y el seiscientos, del mismo modo que los profesores, como hijos de su tiempo, vivieron a caballo –o, mejor dicho, sobre mulas– entre dos siglos9. Rodríguez-San Pedro calificaba como clásico a este periodo que, además, lo divide en dos mitades bien diferenciadas. Un primer momento sería el de cristalización del esplendor salmantino, hasta la primera mitad del siglo XVI y más relacionado con el afianzamiento de la institución en el siglo XV. El segundo período, que es en el que se desarrolla este libro, se ligaría a la plenitud del Estudio, comprendiendo no sólo la segunda mitad del siglo XVI, sino también las primeras décadas del siglo XVII10.
Esta temporalización, no obstante, es algo difusa, un aspecto totalmente intencional que tiene una sencilla explicación. La obra se traza a través del conjunto de múltiples vidas que, aun convergiendo en un modelo común, el del docente universitario, estaban supeditadas a los límites de la propia condición humana. Se nacía y se moría en diferentes momentos, aunque, como veremos, las trayectorias vitales se pueden acotar en generaciones. No obs- Universidad de Salamanca, 1991, pp. 45-58; y RODRÍGUEZ-SAN PEDRO, Luis E. “Las universidades de Castilla”. En GARCÍA SIMÓN, Agustín (ed.). Castilla y León. Historia de una Cultura. Valladolid: Junta de Castilla y León, 1996, pp. 411-459. 7 La obra de Kagan, aunque con imprecisiones y errores, fue una de las primeras en dar cuenta de la expansión de las universidades en el mundo hispánico durante el quinientos. KAGAN, Richard L. Universidad y sociedad en la España Moderna. Madrid: Technos, 1981. 8 FUENTE, Vicente de la. Historia de las Universidades, Colegios y demás estableci - mientos de enseñanza en España. Madrid: Imp. de la Viuda e Hija de Fuentenebro, 1884- 1889, vol. 1, p. 16. 9 Por tanto, hablar de “siglo” en singular o en plural queda a merced de elecciones estilísticas; en este caso se ha preferido la forma en singular. 10 RODRÍGUEZ-SAN PEDRO, La Universidad Hispana… p. 52.
tante, en aras de mayor inteligibilidad, se podrían establecer los límites del libro a los reinados de Felipe II (1556-1598) y, en menor medida, de su hijo Felipe III (1598-1621), aunque resulte un tanto artificial. Desde la época de los Reyes Católicos, el poder autoritario de los monarcas se dejó sentir en todas las instituciones, también en la universidad. Conscientes del valor del Estudio, el intervencionismo de la Corona sería, desde entonces, una constante con un sentido ambivalente. Por un lado, los reyes favorecieron a las universidades “mayores” (Salamanca, Valladolid y Alcalá) con una mejor financiación y privilegios, lo cual potenció su prestigio. En contrapartida, se dio una paulatina pérdida de la tradicional autonomía universitaria medieval y de la influencia del papado, lo cual quedó materializado en la presencia de visitadores reales y en la elaboración de estatutos que complementaron las Constituciones pontificias otorgadas por Martín V en 1422. La Universidad de Salamanca seguía el modelo medieval de Bolonia, en donde los discentes tenían un fuerte peso en la estructura de gobierno. Así, tanto el rector como los consiliarios eran estudiantes, normalmente procedentes de estratos nobles elegidos en representación de las ocho naciones que agrupaban a la población estudiantil según la procedencia geográfica 11. A ello se le sumaban los diferentes claustros en donde se dirimían cuestiones académicas, económicas y administrativas; serían los órganos en los que el profesorado va a consolidar su verdadero poder de decisión en los asuntos universitarios. Además, el Estudio Salmantino contaba con una jurisdicción propia con un tribunal civil y criminal exclusivo para el gremio universitario a cuya cabeza estaba el maestrescuela de la catedral. No sólo era juez del es - tudio, sino también tenía una función esencial en la Universidad: otorgar grados académicos (bachiller, licenciado, doctor o maestro) en nombre de Papa. Las enseñanzas impartidas en la universidad salmantina quedaban agrupadas en cuatro facultades mayores de Cánones, Leyes, Teología y Medicina, 11 Algunos estudios sobre naciones son los de RODRÍGUEZ-SAN PEDRO, Luis E. “La nación de Vizcaya en las Universidades de Castilla. Siglos XVI-XVIII”. Revista de Historia Moderna. Anales de la Universidad de Alicante, vol. 20, 2002, pp. 11-46; y “La corona de Aragón en la Universidad de Salamanca: siglos XVII y XVIII”. Aulas y saberes. VI Congreso Internacional de Historia de las Universidades Hispánicas (Valencia, diciembre 1999). Valencia: Universidad de Valencia, 2003, vol. 2, pp. 399-417. También los de RUBIO MU- ÑOZ, Francisco J. “La nación de Extremadura en la Universidad de Salamanca durante su etapa clásica”. Norba. Revista de Historia , vol. 24, 2014, pp. 225-256; y “Solidaridad estudiantil ante la vida y la muerte en la Universidad de Salamanca del siglo XVI”. Tiempos Modernos. Revista de Historia Moderna, vol. 32/1, 2016, pp. 178-203.
a los que se añadían los estudios menores de Artes (Filosofía), algunas cáte - dras de Gramática, Lenguas o Retórica y otras sin adscripción a una facultad concreta (Astrología-Matemáticas o Música). La metodología de enseñanza se basaba, desde época medieval, en el uso del latín como lengua vehicular y en tres tipos de ejercicios pedagógicos: la lectio o comentarios sobre textos de autoridades; la repetitio, que eran clases magistrales realizadas en público y la disputatio o actividades dialécticas a modo de síntesis. El curso se iniciaba en torno al 18 de octubre (san Lucas) y finalizaba por la Natividad, el 8 de septiembre, si bien los estudiantes, para superarlo, debían asistir a clase seis meses y un día como mínimo. Para alcanzar los grados se debía realizar una probanza de curso y un examen de acceso que les facultaba como bachiller (habilitación profesional) o licenciado (habilitación docente). En cambio, el grado máximo, el de doctor o maestro, era una costosa ceremonia sin mayores requisitos académicos que la licenciatura ya obtenida. Con respecto a la financiación de la Universidad del Tormes, sus ingresos dependían casi en exclusiva de las tercias reales sobre el diezmo de la diócesis de Salamanca12. Es decir, la base económica de la universidad era el campo, de ahí que las fluctuaciones en su trayectoria dependieran, en gran parte, de los ritmos de las cosechas. El siglo XVI, de expansión agraria, favoreció por tanto una tendencia alcista en los recursos económicos el Estudio, lo cual se vinculó claramente al esplendor de la institución y a las grandes inversiones en edificios o mejora de salarios en este momento.
Además de la universidad propiamente dicha, no se debe pasar por alto la existencia de otras instituciones vinculadas como son los colegios seculares (mayores y menores) y los conventos regulares. Entre los primeros, se destacaban por encima de todo los colegios mayores de San Bartolomé, Cuenca, Oviedo y del Arzobispo, fundados entre los siglos XV y XVI. Aunque originalmente tenían una finalidad asistencial, poco a poco se tornaron en instituciones elitistas, constituyéndose como verdaderas fábricas de al- 12 PESET, Mariano. “La organización de las universidades españolas en la Edad Moderna”. En ROMANO, Andrea (a cura di). Studi e Diritto nell’area mediterranea in età moderna. Calabria: Rubbettino, 1993, pp. 73-122. RODRÍGUEZ-SAN PEDRO, Luis E. y POLO, Juan L. “La hacienda tradicional”. En RODRÍGUEZ-SAN PEDRO, Luis E. (coord.). Historia de la Universidad de Salamanca. Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 2004, vol. 2, pp. 287-330. Hacia finales del siglo XVII ya se percibía el descenso de las rentas agrarias de las que dependía la financiación de la universidad. Véase también RODRÍGUEZ-SAN PEDRO, Luis E. (et alii). “Hacienda Universitaria salmantina del siglo XVII: gastos y alcances”. Studia Historica. Historia Moderna, vol. 7, 1989, pp. 753-783.
tos burócratas13. Estos colegios, junto a los conventos, generaron numerosos enfrentamientos y tensiones con la universidad, constituyendo una minoría muy influyente, pero con escasa representación en la matrícula universitaria si lo comparamos con las cifras de estudiantes manteístas u ordinarios (en torno al 90 %).
Este era el panorama dorado de la institución a la que pertenecía el profesorado universitario salmantino. La Universidad de Salamanca se erigió como el centro de educación superior más importante de la Monarquía Católica de las 32 universidades que existían en la península ibérica a finales del reinado de Felipe III. Las razones son harto conocidas: era la más prestigiosa y mejor financiada de todas, así como la más concurrida. Las cifras de estu - diantes respaldan este hecho, llegando a superar los 7000 matriculados en la segunda mitad del siglo XVI 14, con hitos máximos a mitad de la década de 158015. Al mismo tiempo, el prestigio de sus estudios jurídicos daba respuesta a un sector emergente, el de unos letrados ávidos de colocación en las estructuras administrativas de la Monarquía y la Iglesia. Y no menos importante era la producción cultural de la institución universitaria salmantina, la cual se destacó por formar y acoger a las más eminentes figuras especializadas en prácticamente todos los campos del saber: Derecho, con figuras como Antonio Gómez, Diego de Covarrubias o Antonio Pichardo; Teología y Artes, con Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca, o fray Luis de León y los hebraístas, muy relacionados también con las humanidades, entre las que destacaron personajes conocidos como Nebrija, El Pinciano, León de Castro o El Brocense, y otros casi ignotos como el helenista Juan Escribano; Medi - cina, como Cosme de Medina o el portugués Ambrosio Núñez. En definitiva, profesores en casi todos los casos cuya definición como grupo social estaba sin abordar hasta la fecha. 13 Para Salamanca destaca la obra de CARABIAS, Ana M. Colegios Mayores: Centros de poder. Los Colegios Mayores de Salamanca durante el siglo XVI. Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 1986. Un reciente y completo análisis del fenómeno colegial en la Edad Moderna en LARIO, Dámaso de. Escuelas de Imperio. La formación de una élite en los colegios mayores (siglos XVI-XVII). Madrid: Dykinson, 2019. 14 RODRÍGUEZ-SAN PEDRO, Luis E. “La Universidad de Salamanca, evolución y declive de un modelo clásico”, Studia Histórica. Historia Moderna, vol. 9, 1991, p. 17. 15 En un estudio anterior concretamos esta cifra en 7308 estudiantes matriculados para el curso 1584-85. RUBIO MUÑOZ, La nación de Extremadura… pp. 231 y 246 (figura 1).
PROFESORES, CATEDRÁTICOS, DOCENTES Y ENSEÑANTES Llegamos a Salamanca, en donde decidimos detenernos: allí famosos y doctos profesores enseñan todas las ciencias. BALTASAR DE mONCONYS Viaje de España (1628) Reflexionar acerca de la figura del docente universitario en el siglo de Oro supone realizar un viaje que, en nuestro caso, finaliza en Salamanca, una ciudad plagada de profesores según la visión ofrecida por Baltasar de Monconys. Este periplo, como no podía ser de otra manera, tiene un punto de inicio, un camino y un lugar de destino. En primer lugar, parte de una cuestión de carácter epistemológico: conocer la naturaleza del profesorado como sujeto histórico. En segundo lugar, el itinerario se apoyará en el bastón de la prosopo - grafía y transitará sobre la senda de las fuentes históricas; arenas movedizas en ocasiones, férreo pavimento en otras. Finalmente se llegará a la meta de precisar qué significaba ser profesor de esta helmántica república de sabios en el contexto socioeconómico del momento.
LOS PROFESORES Y EL GREMIO UNIVERSITARIO Al buscar una forma de definir a los profesores universitarios en la Salamanca de la Edad Moderna se puede comenzar conociendo lo que pensaban otras personas acerca de la figura del docente. En este sentido, es interesante la visión que dieron algunos viajeros extranjeros de la época sobre la estima social del profesorado, su prestigio y su capacidad de atraer estudiantes. Dos ejemplos. A finales del siglo XV, el humanista alemán Jerónimo Münzer daba cuenta de su asombro por la afluencia de estudiantes al Estudio Salmantino, de tal modo que “las excelencias de los maestros que leen las diversas disciplinas son, sin duda alguna, las causas de que afluya a aquellas cátedras tan extraordinario número de escolares”1. Más de un siglo después, la misma opinión permanecía en la visión de otro extranjero, Baltasar de Monconys, un médico francés que estudió en Salamanca allá por 1628 y que sostenía que, además de los “famosos y doctos profesores […] lo que la hace [a Salamanca] florecer y llevar su nombre por todo el mundo es su grande y renombrada Universidad, en la que siempre hay cuatro o cinco mil estudiantes de diferentes naciones”2. Un profesor también podía conocerse por su trabajo. En 1488, otro humanista, Pedro Mártir de Anglería, fue invitado por el maestrescuela Gutiérrez de Toledo a enseñar en la Universidad de Salamanca. Como él mismo nos relataba, “en el momento de subir a la cátedra […] les pregunto qué desean les explique. […] Desde antes de las dos –que, como dije, era la hora señalada– en que subí a la cátedra, hasta las tres, se me estuvo oyendo con oídos atentos”3. El citado Monconys también incidía en la importancia de la profesión docente, en tanto que “la Universidad de Salamanca, por su organización, por el número de profesores y por los privilegios de los alumnos es la primera del mundo”4.
Los testimonios citados, entre otros muchos, dan una primera idea sobre la importancia del vínculo profesor-universidad y su labor docente. No en vano, estas relaciones delimitaban de forma genérica al profesorado de la Universidad del Tormes con respecto a la sociedad de su tiempo, tal y como aparecen en otras fuentes históricas. Así, la adscripción al “gremio de la Universidad” aparece frecuentemente en la documentación cotidiana del profesor, un término este último que, por cierto, apenas era utilizado en favor del de “catedrático”5. Sea como fuere, el hecho de que los enseñantes aparezcan 1 MÜNZER, Jerónimo. “Itinerario español (1494)”. En MAJADA Jesús y MARTÍN Juan (comps.). Viajeros extranjeros en Salamanca (1300-1936). Salamanca: Centro de Estudios Salmantinos, 1988, p. 104. 2 MONCONYS, Baltasar de. “Viaje de España (1628)”. En MAJADA y MARTÍN, Viajeros extranjeros…, p. 107. 3 MÁRTIR DE ANGLERÍA, Pedro. “Cartas (24 de septiembre de 1488)”. En MAJADA y MARTÍN, Viajeros extranjeros…, p. 103. 4 MONCONYS, Viaje de España…, p. 109. 5 Como ya señalamos, el término “catedrático” era mucho más frecuente, equivaliendo al de profesor universitario sin expresar el grado máximo que actualmente implica. En el punto siguiente aclaramos la conceptualización y los términos relacionados con los profesores universitarios en Salamanca.
acogidos bajo el concepto de gremio facilita las cosas al delimitar un ámbito propio, el cual podía identificarse por su pertenencia a la institución universitaria salmantina por encima de todo. Sin embargo, se debe señalar que esta situación gremial académica no era exclusiva de los profesores, ya que frecuentemente aludía al nexo entre los estudiantes con la Universidad de Salamanca6. No obstante, ¿qué eran –y somos– los profesores universitarios sino estudiantes que han continuado con su carrera académica? Por muy vaga que sea esta definición, lo cierto es que la idea de la Universidad como gremio se liga íntimamente con la concepción corporativa que, desde sus orígenes, configuró la estructura y el desarrollo del Estudio. Las universidades medievales se vertebraban según el peso que cada agente (profesores o estudiantes) tenía en su estructura, de tal modo que, en el caso salmantino, el cierto equilibrio entre docentes y discentes dio como resultado una universitas scholarum et magistrorum. Además, el propio término universitas indica, ya en el siglo XV, la existencia de estudiantes, personal docente y no docente además de otros elementos (edificios, legislación…) dentro de un sistema corporativo-gremial7.
Así pues, no sólo la mera vinculación al gremio universitario, sino la propia noción de pertenencia al mismo –como así manifestaban los docentes salmantinos– puede ser considerados elementos suficientes como para hablar del profesorado de la Universidad de Salamanca como grupo homogéneo y diferenciado de otros miembros de la sociedad moderna. El principal nexo era su condición de docentes dentro del Estudio más potente de la Monarquía Católica, un rasgo que le otorgaba una coherencia al colectivo y cuyas implicaciones iban más allá del ejercicio profesional (por ejemplo, un ámbito jurídico propio). Lógicamente esto no quiere decir que todos los profesores fueran iguales; de hecho, ocurría justamente lo contrario. Los contrastes entre las diferentes categorías de cátedras, salarios y áreas de conocimiento, amén de otras diferencias a nivel social o económico tenían como consecuencia la existencia de una jerarquía bien delimitada. Sin embargo, los profeso - res, como sabios, conformaban una república que, en el caso de Salamanca, implicaba una distinción social per se. 6 También alude, incluso, al personal no académico, el cual es definido, a menudo, por su adscripción al gremio de la Universidad. 7 GARCÍA Y GARCÍA, Antonio. “Consolidaciones del siglo XV”. En RODRÍGUEZ-SAN PEDRO, Luis E. (coord.). Historia de la Universidad de Salamanca. Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 2002, vol. 1, p. 41.
Los términos con los que los docentes son mencionados en las fuentes (catedrático, maestro, profesor, doctor…) se remontan a unos orígenes más antiguos que el de las propias universidades 8. Entre ellos, el de catedrático era el más frecuente. Desde la Antigüedad, cathedra designaba a la silla desde donde un docente enseñaba, así como la propia función del enseñante. Isidoro de Sevilla lo definía como cathedrae doctorum o la silla “empleada por los hombres doctos”9. Ya en la época medieval adquirió el sentido que después precisaría Antonio de Nebrija, en tanto que catedrático es “el que lee” desde “la cátedra o silla”, a lo que añadía Covarrubias “el que tiene estipendio público en la universidad o estudio, con obligación de leer cátreda de prima o de vísperas, de propiedad o de tiempo señalado”10.
Sin embargo, no es extraño encontrar el término de catedrático intercambiado con el de licenciado, maestro o doctor, que expresan un grado académico con función docente. Así lo explicaba Covarrubias a comienzos del siglo XVII, en tanto que en las universidades van dando los títulos por grados. El primero es de Bachiller, el segundo de Licenciado y el tercero de Dotor. Dan este título último a los eminentes en las facultades de la sagrada Theología, Cánones, Leyes y Medicina. El vulgo llama tan solamente dotores a los médicos por serles más familiares y comúnmente neçesarios11. 8 El origen de estos términos es tratado rigurosamente en WEIJERS, Olga. Terminologie des universités au XIII siècle. Roma: Edizioni dell’Ateneo, 1987, pp. 19-120 y 133-180. También hemos consultado algunos diccionarios históricos procedentes del Nuevo tesoro lexicográfico de la lengua española (NTLLE), cuyo portal es http://ntlle.rae.es/ntlle/Srvlt- GUILoginNtlle. 9 SEVILLA, Isidoro de. Etimologías. Edición bilingüe de José Oroz Reta, Manuel A. Marcos Casquero y Manuel C. Díaz y Díaz. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2004, Libro XX, 11, 9, pp. 1350-51. 10 NEBRIJA, Antonio de. Vocabulario español-latino. Salamanca: 1495, p. 33. Edición facsímil publicada por la Real Academia Española. Madrid: 1951, reimpresión 1989; COVA- RRUBIAS, Sebastián de. Tesoro de la lengua castellana o española. Madrid: Luis Sánchez impresor, 1611, p. 211 v. Nótese el uso generalizado de “cátreda” y “catredático”, vocablos totalmente intercambiables por la forma actual. 11 COVARRUBIAS, Sebastián de. Suplemento al Thesoro de la lengua castellana, de D. Sebastián de Covarrubias, compuesto por él mismo . Biblioteca Nacional de España (BNE), Ms. 6159, fol. 300 r. Generalmente se empleará el término de maestro para los que alcanzasen la máxima laurea en Artes y Teología, y Doctor para Cánones, Leyes y Medicina, si bien ambos grados son equivalentes.
Paradójicamente, el término que actualmente se emplea con mayor asiduidad, el de profesor, parece ser menos frecuente en la época, si bien se equipara al de catedrático. Henríquez señalaba que el término professor aludía a aquel que enseñaba “alguna arte”, haciéndolo sinónimo de magister o doctor12, mientras que Terreros y Pando recogía también esta identificación con docentes universitarios exclusivamente, definiéndolo como “doctor o maestro o catedrático que enseña públicamente las artes y ciencias en una Universidad en las cátedras fundadas para este efecto”13. En resumen, para el caso del cuerpo docente de las Universidades Hispánicas, y concretamente el de Salamanca, el término más común era el de catedrático, y, dado el caso, doctor y maestro. Catedrático, como individuo que enseñaba desde la cátedra, era el concepto más extendido para referirse a los profesores. No suponía, como ahora, el nivel mayor en la escala académica, sino que se usaba genéricamente para todo el que enseñaba en la universidad, incluidos los bachilleres. Por su parte, el uso de magister como título honorífico data del siglo XIII, siendo anterior al de doctor, cuya carga simbólica se extenderá en la Edad Moderna. Ambos términos, equivalentes, indicaban dos características de gran parte de los profesores: capacidad para enseñar y posesión del grado más elevado14.
PROSOPOGRAFÍA Y FUENTES El concepto de profesor universitario es algo escurridizo por la variedad de términos y situaciones que se pueden encontrar a tenor de la documenta - ción de la época. Sin embargo, hay una manera de delimitar, de una forma bastante concisa, el grupo que protagoniza esta obra. Se trata de la prosopografía, una metodología que en el caso de la Historia se ha revalorizado en 12 HENRÍQUEZ, Baltasar. Thesaurus utriusque linguae hispanae et latinae. Madrid, Juan García Infançón, 1679, p. 370. 13 TERREROS Y PANDO, Esteban de. Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas francesa, latina e italiana [...]. Madrid: Viuda de Ibarra, 1767 (Edición de los años 1786-1788), vol. 3, p. 221. 14 Sin embargo, ambos rasgos no iban necesariamente de la mano: no es raro encontrar documentación intitulando a doctores que sólo eran licenciados, o bachilleres convertidos en maestros y viceversa. Probablemente se quería indicar, de forma abstracta, la facultad docente del individuo, aunque a veces el intercambio de términos parece inclinarse hacia cierto interés o descuido por parte del escribano en arrogar un grado diferente al que se poseía.
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