Novelas ejemplares y amorosas (part 3 of 3)
—¿Pues por amar han de quitar la vida a un triste hombre?
—Sí —dijo la reina—; que amar lo ajeno, y más siendo el dueño su hermano, no es delito capaz de perdón, y ese hombre no amaba, sino apetecía el deleite, ni ofendiera lo que amaba en el honor, y más por fuerza.
—No falta quien dice —respondió Federico— que, si bien ella sintió la fuerza, ya le pesa de no haber callado, sintiendo que haya de morir quien la ama; y bien mirado, es cierto que por amar no debe morir.
—Cuando el amor es deshonesto —respondió la reina—, ¿qué privilegio le puede defender del castigo? Y si este caso pasara por mí, no aguardara yo a que ni esposo ni la justicia vengara mi agravio, que yo por mí misma le vengara; y así desde aquí condeno a él y a ella a muerte; a él por el delito, y a ella porque no lo vengó.
Diciendo esto, puso el rostro severo, y con alguna ira dijo:
—Veamos los memoriales que traes, Federico, y no se hable más de esto, que ofensas del honor y del marido las aborrezco tanto, que estoy ofendida aún en haber oído que haya mujer que lo consienta, ni hermano tan traidor que lo piense, cuanto y más que lo ejecute.
—Los memoriales, señora —dijo Federico—, no son para ahora; con más espacio los podrás ver.
Y con esto, no muy contento, se despidió y se fue a su cuarto, maldiciendo la hora y el día en que había visto a Beatriz; la cual, tomando los memoriales, los fue pasando, y al tercero que abrió, vio que decía así:
«Federico, infante, a Beatriz, reina de Hungría, pide la vida que por sentencia de su desdicha en el tribunal de la crueldad está mandado que la pierda, y solo la puede dar la misma causa por quien muere, que es la misma a quien pide la vida. Ya, hermosísima Beatriz (que no te quiero llamar reina, por olvidarme de la ofensa que hago al rey tu esposo), no puede mi sufrimiento tener mi mal oculto, pues basta un año de silencio, ni es tan poco amada vida que, sin buscar algún remedio, la deje acabar; ya que haya de morir, muera, sabiendo tú que muero por tu causa, y por este atrevimiento conocerás la calidad de mi dolor, pues no me deja mirar a quién eres y a quién soy; pues anteponiéndose mi pena a tu decoro, mi atrevimiento a tu honestidad y mi amor a todos los inconvenientes, me fuerza a que publique que tu hermosura es causa de mi muerte. Yo te adoro, ya lo dije; si no merezco perdón, dame castigo, que lo sufriré gustoso con saber que por ti muero.»
¿Quién podrá ponderar el enojo y turbación de la reina, habiendo leído el atrevido papel? No hay más que decir sino que la turbación sacó a hilos las perlas de sus ojos, y con el enojo, hizo el papel menudos pedazos, que no fue pequeño desacierto para lo que después la sucedió.
Entre sí pensaba qué haría, sin saber determinarse a nada; pues si le mandaba matar, no se aseguraba de la ira de su esposo ni de sus vasallos, pues aún no tenía Hungría otro heredero; y si le daba al rey cuenta del caso, y más habiendo roto el papel, no aseguraba su inocencia; pues no pensando en ella más liviandad que haber hallado en la misma motivo para el atrevimiento de Federico, bastaba para quedar su honor en opinión, pues era dificultoso de creer que contra su mismo hermano pudiese haber intentado tal traición; demás que podía Federico fácilmente culparla por disculparse, y ya la pesaba de no haber guardado el atrevido memorial, aunque se satisfacía de haber vengado en él su ira; y entre todos estos pensamientos se resolvió a lo mismo que antes, que era disimular, y que mientras Federico no se atreviese a más, dejarlo así, pidiendo a Dios la amparase y defendiese de él; y como no podía retirarse de su vista, siendo fuerza, como lo había ordenado el rey para los despachos y negocios, verle cada día, ordenó a la aya que la había criado, y había venido de Inglaterra asistiéndola, que ni de día ni de noche se apartase de ella.
Mandó que durmiese en su misma cámara, haciendo poner en las puertas de ella y en las demás cuadras por la parte de adentro fuertes cerrojos, por si Federico se quisiese aprovechar de la fuerza, como había propuesto en el caso que le había contado; y con esto, juzgando estar segura, pasó como antes, aunque con menos gusto, tanto que bien mostraba en la severidad de su rostro lo mal contenta que estaba con él.
Tretas fueron estas que al punto las conoció el traidor cuñado, mas no fue nada parte para que desistiese de su amorosa porfía; antes muy contento de que ya que no hubiese granjeado más de que la reina supiese que la amaba, le parecía que antes había ganado que perdido, y ya se atrevía cuando la veía a decirla sentimientos de amor, ya a vestir de sus colores, y ya a darla músicas en el terrero, con lo cual la virtuosa reina andaba tan desabrida y triste que en ninguna cosa hallaba alivio, y solo le tuviera en la venida del rey; mas esta se dilataba, porque los casos de la guerra son buenos de empezar y malos de acabar.
Pues sucedió que estando una tarde con sus damas en el jardín de palacio, tan melancólica como se ha dicho, aquellas por alegrarla o divertirla mandaron venir los músicos, a quienes Federico tenía prevenidos de unas endechas al propósito de su amor, para que si fuesen llamados en alguna ocasión las cantasen, dándoles a entender que eran dirigidos a una dama de palacio a quien amaba, que como entraron y hallaron la ocasión, cantaron así:
¡Que gustes que mis ojos, Ídolo de mi pecho, Estén por tus crueldades Copiosas fuentes hechos!
¡Que no te dé cuidado Ver que llorando peno, Sin que al sueño conozca Cuando tú estás durmiendo!
¡Con qué crueldad me quitas La vida que poseo; Pues cuando tú la gloria, Tengo yo los tormentos!
No entiendo aqueste enigma, Pues en tu pecho el hielo, Sin que en él se deshaga, Se destila por ellos.
¡Mas ay!, que ya conozco De aqueste mal el riesgo; Porque el tuyo es de mármol, Cuando el mío es de fuego.
¡Que las ardientes llamas De mi abrasado incendio A deshacer no pasen La nieve de tu pecho!
Tienes el corazón De algún diamante hecho, Que aun no basta a ablandarle La sangre de un cordero.
Caliéntale a las llamas Que amor está encendiendo, Y verás cuán suaves Son para tu recreo.
Dueño eres de mi vida, Y aunque muera, has de serlo; Pues después de la muerte Te he de aclamar por dueño.
No porque me faltara Quien me rindiera feudo, Que bellezas me aman, Cuando a la tuya quiero.
Antes aborrecidas De que a todas me niego, Se alegran de que me trates Con rigor tan severo.
Eres Anagaste, Si en la hermosura Venus, Dafne, que a Febo ultraja, Porque la sigue Febo.
Sin ventura cultivo, En tierra estéril siembro, Abrojos da por granos, Perderé mis empleos.
Triunfa ya de mi vida, Triunfa, Nerón soberbio; Y si gustas que muera, Yo también lo deseo.
¡Qué avara estás conmigo! Poco favor te debo; Poco cuestan agrados, Y siempre estás sin ellos.
Si te miro, es sin gusto, Siempre cruel te veo, Siempre estás desdeñosa, Y yo siempre muriendo.
Págame las finezas Con que te adoro y quiero, Siquiera con mirarme Con semblante halagüeño.
No quiero más favores, Pues que no los merezco, De que tu boca diga: De ti lástima tengo.
Salid, lágrimas mías, Salid, que no os detengo; Suspiros, ya os envío A vuestro amado centro.
No temo por amarte El castigo del cielo; Aunque sé que le irrito Con este pensamiento.
Ya me acaban las penas, Mi triste vida veo Cercana ya a la muerte, Y no le hallo remedio.
Ya con tantas desdichas Se acaba el sufrimiento, El alma está sin gusto, Y sin salud el cuerpo.
Ya me niego a los ojos De los que me tuvieron Por asilo en las gracias, Por deidad en lo cuerdo.
Así gasta llorando Su bien perdido tiempo, Que amar tanta belleza Gloria es, que no tormento.
Un amante, sin dicha, Que adora un mármol bello; Que aunque oye, no escucha, Por no darle remedio.
Y nunca se enternece, Porque es cruel, y su dolor no siente.
Con airado rostro escuchó la reina las referidas endechas, si bien, por no dar que sospechar a los que las cantaron y a los que las oían, habiendo conocido en ellas mismas de la parte que venían, disimuló su enojo, mas no quiso que cantasen más, y ardiéndose en ira, estuvo en puntos de mandarle matar por librarse de sus atrevimientos y cansadas quimeras, y pedía a Dios trajese presto al rey, imaginando que su presencia refrenaría su desbocada locura.
Mas viendo que la venida se dilataba, y que en Federico se alargaba la desenvoltura, desenfadándose con libertades de que podía resultar algún mal suceso, se determinó a lo que ahora diré, y fue que, llamando con gran secreto artistas que fuesen a propósito juramentados de que no dijesen a nadie la obra que habían de hacer en una gran cuadra que estaba en el jardín, con muchas rejas que por todas partes caían al hermoso vergel, donde muchas noches del verano el rey y ella cenaban y dormían en medio de ella, porque era muy grande y hermosa y tenía capacidad para todo, mandó a los dichos artistas le hiciesen una jaula de varas de hierro, doradas, gruesas, fuertes y menudas, de tal calidad que no pudiesen ser rotas ni arrancadas de su lugar, y que desde el suelo al techo estuviesen bien fijadas, de tanto espacio que cupiese dentro una cama pequeña, un bufete y una silla, y que quedase algún espacio para pasearse por ella: que en su puerta hubiese un fuerte cerrojo con una grande y segura llave, y además otra cerradura que, cerrándola de golpe, quedase segura y construida muy a su gusto. Mandó colgar la sala de afuera de ricas colgaduras, y dentro de la jaula poner una cama y lo demás; y como estuvo aderezado, mandó llamar a su traidor cuñado, y con más agradable semblante que otras veces, le dijo:
—Hermano mío, vamos al jardín, que quiero que vuestra alteza vea una obra que en él tengo hecha muy de mi gusto para cuando venga el rey.
Federico, seguro y alegre de ver que la reina le hacía aquel favor (no de los menores que él podía desear), la tomó de la mano diciendo:
—¿Quién podrá, reina y señora, contradecir a lo que mandas, ni imaginar que siendo de tu gusto no será muy hermosa?
Y con esto caminaron al jardín; la reina tan falsa contra Federico cuanto él lozano y alegre de ir con ella tan cerca que la podía manifestar su sentimiento, como lo hizo; pues a excusas de las damas la iba diciendo amorosas y sentidas razones. La reina sufrió por tener tan cerca su venganza y por llegar a conseguirla, siendo su atrevimiento tan grande que llegó a besarla la hermosa mano que llevaba asida con la suya, no poco contento de ver que la reina tenía tanto sufrimiento, pareciéndole obraba amor en ella.
Llegaron a la sala dicha y, entrando en ella, se acercaron a la jaula que allí estaba hecha, admiradas las damas de verla; porque mientras se había construido no había consentido la reina que ninguna bajase al jardín; y estando a la puerta le dijo la reina a Federico que entrase y la mirase bien, que luego le declararía su designio; y él, no maliciando el caso, entró; mas apenas puso los pies dentro, cuando la reina, dando de manos a la puerta la cerró con un gran golpe, y echando el cerrojo y torciendo la llave dijo a Federico, que al ruido de la puerta había vuelto:
—Ahí estarás, príncipe, hasta que venga el rey tu hermano; porque, de otra suerte, ni tú dejarás de ser traidor ni yo perseguida, ni el honor de mi esposo puede estar seguro.
Y dando orden de que por la parte que hacía espaldas a la jaula se pusiesen camas para cuatro pajes que le asistiesen de noche y de día, y a todos sus caballeros para que entrasen en la sala y le divirtiesen, y que llevasen libros y tablas de ajedrez, naipes, dados y dinero para que se entretuviese con sus criados, y a sus damas, que cuando le diese gusto bajasen a divertirle, la más contenta mujer del mundo se retiró a su palacio, dando gracias a Dios de tenerle donde pudiese vivir segura de sus traiciones y quimeras.
Con tanto enojo quedó Federico de ver lo que la reina había hecho con él, que rayos parecían salirle por los ojos, y fue bastante este desprecio (que por tal le tenía) para que todo el amor se le volviese en aborrecimiento y mortal rabia; y de cólera que tenía, en tres días no quiso comer bocado, aunque se le llevaba su comida con la grandeza y puntualidad que siempre, ni acostarse, ni hablar palabra a ninguno de cuantos le asistían, ni tampoco a las damas que bajaban a divertirle; mas, viendo que la reina no mudaba de propósito de sacarle de allí, hubo de comer por no morir, mas tan limitado, que solo era bastante a sustentarle; mas desnudarse, ni hacerse la barba, ni mudar camisa ni vestido, ni acostarse, no se pudo acabar con él, aunque la misma reina fue a pedírselo, diciéndole, con muy bien entendidas razones, que aquella acción él mismo se la había de agradecer, pues con ella le quitaba de cometer un delito tan feo como el que intentaba contra su hermano, y así ella tenía seguro su honor: mas Federico a cosa ninguna le quiso responder, ni hacer lo que le pedía; con lo que la reina, ya resuelta a que le había de tener allí hasta que el rey viniese, le dejó sin querer verle, aunque bajaba muchas veces al jardín; y para mayor seguridad, porque ninguno de sus criados le diese modo con que pudiese salir de allí, mandó a sus criados (los que había traído de Inglaterra) que velasen y tuviesen en custodia a Federico, el cual, a pocos meses que estuvo en esta vida, se puso tan flaco y desemejado que no parecía él, ni su figura.
Algún escándalo causó en la ciudad, entre los grandes, la prisión de Federico, los que acudieron a la reina a saber la causa: a lo cual satisfizo ella diciéndoles que importaba al honor y quietud del rey y suya que estuviese así hasta que su hermano viniese; mandando que, pena de la vida, ninguno avisase al rey de este caso, con lo que ellos, más deseosos, de criados confidentes de Federico supieron cómo amaba a la reina (que estas cosas, y más en los señores que se fían de criados, jamás están secretas): y así, todos los grandes juzgaron que la reina por la seguridad de su honor le tenía allí, y todos la daban muchas alabanzas, amándola más por su virtud que antes.
Estaba Federico tan emponzoñado y colérico, como de su natural era soberbio, que tenía ya trazada en su imaginación su venganza, pues aunque el rey le escribía, jamás le quiso responder; y si bien el rey había enviado a saber de la reina la causa, ella le había respondido que ya sabía la enfermedad que Federico padecía y que ahora, más apretado de ella, le obligaba a no escribirle.
Más de un año pasó en esta vida, despachando la reina con gran prudencia las cosas del reino, sin que hiciese falta en ellas Federico, teniendo a los vasallos tan contentos que no echaban menos ni al rey ni a él.
Fenecida la guerra, y asentadas las cosas de ella muy a gusto de Ladislao, como se vio libre de este embarazo dio la vuelta a Hungría, y sabida su venida por la reina, habiendo hecho un rico vestido para Federico, ya que supo que no estaba el rey más de una jornada de la ciudad y que los señores se querían partir a recibirle, fue a la prisión en que estaba y, abriendo la puerta, le dijo:
—Ya, príncipe, es fenecida tu prisión; tu hermano viene y esta noche estará aquí: la causa de tenerte como te he tenido mejor que yo la sabes tú, pues no fue para castigarte sino por vivir segura y que lo estuviese el honor de tu hermano: ya no es tiempo que en día de tanta alegría haya enemistades: suplícote que me perdones y que, perdiendo el enojo que tienes contra mí, te vistas y adereces con estas galas que de mi gusto para ti se han hecho, y salgas con los caballeros que te están aguardando a recibir el rey.
Bastantes eran estas palabras para amansar otro cualquier ánimo menos obstinado que el de Federico; mas él, apoderado de todo punto de su ira, sin responder palabra a su reina, ni querer mudar camisa ni vestido, ni cortarse ni aun peinarse los cabellos, ni hacerse la barba, sino de la manera en que estaba, pidiendo un caballo y subiendo en él, se partió con los caballeros que le aguardaban por orden de la reina, dejándola mal segura y bien cuidadosa de alguna traición, pesándole de haberle dado libertad hasta que ella hubiera informado al rey de todo, y mucho más de haber roto el papel, que pudiera ser el mejor testigo de su abono; mas viendo que ya estas cosas no tenían remedio, se encomendó a Dios, poniéndose en sus manos y resignando su voluntad en la suya.
Llegó Federico adonde estaba su hermano, no en forma de señor ni príncipe, sino de un salvaje, de un esqueleto vivo, de una visión fantástica; quien como, bajando del caballo, le pidiese las manos, puesto ante él de rodillas, y el rey le viese de tal manera, admirado le dijo:
—¿Cómo, hermano mío, en día de tanta alegría como yo traigo, por haberme Dios vuelto victorioso a mi tierra, vos, que la habíades de solemnizar más que todos, os ponéis delante de mí de la suerte que os veo? ¿Qué os ha sucedido, o cómo estáis de esta suerte? Decídmelo por Dios, no me tengáis más confuso; que aun cuando fuera muerta Beatriz, que es la prenda que en esta vida más estimo, aún no os pudiera obligar a tanto sentimiento.
—Rey y señor —respondió Federico—, pluguiera al cielo que el verme como me veis fuera la causa la reina muerta, que no es pérdida de que os podéis apasionar mucho; pues por lo menos viviera, muriendo ella, vuestro honor: yo vengo de la manera que la liviandad de vuestra mujer me tiene cuanto ha que partiste de Hungría: y porque no son casos que puedan estar secretos, ni lo han estado, sabed que desde que os fuisteis me ha tenido en una jaula de hierro, como león o tigre, u otra bestia fiera, dándome de comer por tasa, no dejándome cortar la barba ni cabellos, ni mudar vestido ni camisa; porque enamorada de mí descubrió su lascivo amor, pidiéndome remedio a él, prometiéndome con vuestra muerte hacerme dueño de su hermosura y de vuestro reino; y porque yo he cumplido con la deuda que a mi rey y hermano soy obligado, me ha hecho pasar la vida que oís, y en mi persona veis, bajando cada día a persuadirme que cumpliese con su liviano y lascivo amor, o que allí me había de dejar morir hasta hoy; la cual, como supo que ya estábades tan cerca, me llevó vestidos y dio libertad, pidiéndome con lágrimas y ruegos que no dijese lo que había pasado; mas yo, que estimo más vuestro honor y vida que la mía, no quise oírla ni hacer lo que pedía, sino venir así a daros cuenta de lo que pasa; y del peligro en que está vuestra vida si la liviana y traidora reina no muere: porque, si bien por mi parte, y por guardar el decoro que os debo, no ha tenido efecto la ofensa, para un rey y marido basta haberla intentado, y quien ha hecho una no dejará de hacer otras muchas, pues podrá ser acuda a otro de menos obligaciones que yo, que siguiendo su parecer os ponga en las manos de la muerte: esta es la santa, la virtuosa, la cuerda y honesta Beatriz, que tanto amáis y estimáis.
Ya delante de vuestros vasallos y caballeros os he dicho lo que me preguntáis, y tanto deseáis saber: porque si se disculpare con vos, contando estas cosas de otra manera, culpándome en ellas para disculparse a sí, como puede ser que lo haga, que las astucias de las mujeres, cuando quieren apoyar su inocencia y encubrir sus traiciones y mentiras, son grandes; creed, señor, que esta es la verdad y no lo que la reina dijere, que ni yo la levantara este testimonio, si fuera mentira lo que digo, o pudiera, sin hacerme acusador público, advertiros de su viciosa vida de otro modo, o procurar decirla con menos testigos de los que están presentes: y si a vos, señor, o a cualquiera de estos caballeros, les parece que lo que digo no es la verdad misma, aquí estoy para sustentarla a cualquiera que en el campo quisiere defender la parte de la reina, porque debe creerse que cuando yo me dispuse a sacar la cara en cosas tan pesadas, y donde está de por medio el honor de un rey y hermano mío, ya fui dispuesto a ponerme a todo riesgo: mas si vos, señor, forzado del amor que la tenéis, disimulando vuestra afrenta, la quisiérades perdonar, vuestra voluntad es ley; mas yo no tengo de estar donde vea con mis ojos una mujer que, sin considerar que soy hijo del rey Ladislao (que Dios tiene), me quiso hacer instrumento de la afrenta y agravio de su esposo, siendo mi rey y mi hermano; y así desde aquí os pido licencia para irme, sin volver más a la ciudad, a las villas que me dejó el rey mi padre y vuestro, a reparar del mal estado en que me han puesto sus deshonestas crueldades. Esto es lo que pasa en vuestra ausencia, y cómo he cumplido con la obligación que a mi grandeza y lealtad debo.
Calló con esto Federico, poniéndose la mano en los ojos; que hay traidores que hasta con lágrimas saben apoyar sus traiciones; y como el rey, atónito de lo que oía, viese además que su presencia flaca, astrosa y mal parada, acreditaba su agravio, y que con las lágrimas sellaba la verdad de lo que decía, creyó como fácil: gran falta en un rey, que si ha de guardar justicia, dando un oído a la acusación, debe de dar otro a la defensa de ella; mas era el acusador su hermano y la acusada su esposa, el traidor un hombre y la comprendida en ella una mujer, que aunque más inocente esté, ninguno cree su inocencia, y más un marido, que con este nombre se califica de enemigo: y así, sin responder palabra, si bien con los ojos unas veces arrojando rayos de furor y otras vertiendo el humor amoroso, se abandonaba a él sin poderle resistir; porque de verdad amaba a la reina ternísimamente. Ordenando a su hermano le siguiese, mandó proseguir su jornada a la ciudad.
Gran rumor se levantó entre los caballeros, platicando unos con otros sobre el caso: y si bien hubo algunos que defendían la parte de la reina, diciendo ser testimonio, porque su virtud y honestidad la acreditaba, los más eran de parecer contrario, y todos se resumían en que no se atreviera Federico a manifestar públicamente un caso de tanto peso si no fuera verdad: sin esto veían que hasta entonces no tenían otro príncipe, y que a falta de su hermano le tocaba por derecho la investidura del reino, y no quisieron, por volver por la reina (aunque estuviese inocente), enemistarse con él.
Con esto caminaron todos, y el rey tan triste que en todo lo que duró el camino no le oyeron más que penosos suspiros, sacados de su apasionado corazón, batallando en él el honor y el amor, el agravio y la terneza de su hermano y su esposa, que al cabo de la lid, ella, como más flaca o más desdichada, quedó vencida.
Antes de entrar en la ciudad, donde llegó casi de noche, mandó que una escuadra de soldados se adelantase y cercase el palacio, sin que dejasen entrar ni salir persona alguna porque no avisasen a la reina y se escapase; y que de camino llevasen orden para que las fiestas prevenidas a su entrada cesasen, y si había luminarias encendidas, se quitasen todas.
Hecho todo como lo mandaba, ya cerrada la noche entró en palacio, despidiendo a la puerta de él todo el acompañamiento y demás gente, y subiendo con solo su hermano, guardia, y algunos monteros de su cámara a los corredores, adonde a la puerta de la sala estaba la santa y hermosísima reina Beatriz con sus damas, bizarramente aderezada: pues aunque cercada de temores y pesares se había compuesto con gran cuidado para esperar al rey, a quien tan pronto como vio, con los brazos abiertos fue a recibirle.
¿Quién podrá en este paso ponderar el enojo del rey? Dígalo el entendimiento de los que lo escuchan; pues ciego de ira, retirándose atrás por no llegar a sus brazos, alzó la mano, y la dio un bofetón con tan grande crueldad y fuerza que, bañada en su inocente sangre, dio con ella a sus pies; y luego, sin más aguardar ni oírla, llamando a cuatro monteros, que en todo el reino no se hallaban hombres más crueles y desalmados, pues por su soberbia y mala vida eran de todos aborrecidos, les mandó tomasen a la reina y la llevasen a los más espesos y fragosos montes que hubiese en el reino, y que en parte donde más áspero e inhabitable sitio hallasen, la sacasen los ojos, con los que por mirar deshonesta había causado su deshonor, y que hecho esto, se la dejasen allí viva, para que siendo su muerte dilatada, sintiese más pena por el delito que había cometido contra él y su amado hermano; a quien mandando que le siguiese, se entró en su cuarto, ordenando asimismo retirar al suyo todas las damas que llorando amargamente tenían cercada a la reina, quien con lágrimas se despedía de todas, diciendo que pues Dios quería que padeciese así, que no la llorasen, que ella estaba muy conforme con su voluntad.
Al entrarse Federico con el rey, la dijo:
—Anda, Beatriz, muere, pues me matas; que pagarme habías el tenerme enjaulado como león.
A lo que la santa señora respondió:
—¡Ah traidor, y como te tiene ciego el demonio, que no juzgas que es mejor morir inocente que no vivir culpada! Y más quiero morir en las garras de los brutos animales que no vivir en tus deshonestos brazos, ofendiendo a Dios y a mi esposo: lo que siento es que haya sido tan grande su engaño que haya dado crédito a tus traiciones, sin averiguar la verdad.
Con esto se entraron todos, como el rey había mandado, y los monteros tomaron a la reina y partieron con ella a ejecutar la orden que llevaban.
¿Qué hay que moralizar aquí en la crueldad de este hombre, pues a quien tanto había amado, como decían sus tristezas y furores, según publicaba, porque no consintió en sus lascivos apetitos, ofendiendo a Dios y a su marido, puso en el estado que oís? Cierto, señores caballeros, que aquí no hay disculpa en apoyo de los hombres, ni razón que os acredite, ni aun vosotros mismos, que tantas halláis contra las mujeres, la hallaréis en vuestro favor: y vosotras, hermosas damas, ¿qué mayor desengaño queréis, ni buscáis, ni le podréis hallar, si deseáis tener algo que os estorbe de ser fáciles? Mas temo que os pesa saberlo, porque pecar de inocencia parece que tiene disculpa; mas de malicia, es quiebra que no se puede soldar, y quisiérades no oír tantos desengaños porque vosotras os queréis dejar engañar, pues en los tiempos pasados y presentes hallaréis que los hombres son unos siempre.
Los que llevaban a Beatriz caminaron con ella toda la noche y otro día siguiente, y al medio del tercero llegaron a un monte de espesas matas y arboledas, distante de la corte más de diez leguas, y en una quiebra de las peñas, que parecía en su profundidad que bajaba a los abismos, sin tener piedad de su hermosura y mocedad, ni de sus lágrimas, ni enternecerse de las lastimosas palabras que decía, con que les aseguraba su inocencia, y les pedía que ya que la habían de dejar allí no ejecutasen del todo la rigurosa orden del rey, privándola de la luz, siquiera porque viese su muerte cuando las fieras la ejecutasen, la sacaron los más bellos ojos que se habían visto en aquel reino.
Estaba en poder de hombres; ¡qué maravilla! Cegar y engañar parece así, en el modo, que es todo uno, pues el que está engañado se dice que está ciego de su engaño: luego, hasta en sacarla los ojos cumplieron estos con el oficio de hombres contra esta mujer, como hacen ahora todos con todas.
Hecha esta crueldad, pareciéndoles que no había de vivir, supuesto que cuando no la matasen las fieras, moriría del dolor de las heridas, o de hambre, pues no tenía vista para buscar el necesario sustento, la quitaron las ricas joyas que llevaba, y no sé cómo no hicieron lo mismo del vestido, pues competía en riqueza con las joyas: debió de ser por no embarazarse con él, o porque Dios lo ordenó así, y hecho esto, dejándosela allí, se partieron.
Cómo quedaría la hermosa reina, puesta en los filos de la guadaña de la airada muerte, bien se deja considerar, pues como la sentía tan cerca, no hacía más de llamar a Dios y a su divina y piadosa Madre, tuviesen misericordia de su alma, que ya del cuerpo no hacía caso, ofreciéndoles aquel martirio; cuando a poco más de media hora que así estaba, sintió pasos, y creyendo sería algún oso o león que la venía a despedazar, llamando con más veras a Dios, se dispuso a morir; mas ya que más cerca sintió los pasos, oyó una voz de mujer que la dijo:
—¿Qué tienes, Beatriz, de qué te afliges y lamentas?
—¡Ay, señora! —respondió la afligida dama—, quienquiera que seáis, que como no tengo ojos, no os veo; pues que vos los tenéis, y me veis y conocéis, pues me llamáis de mi propio nombre; ¿por qué me preguntáis de qué me lamento?
—No me ves —respondió la mujer—; pues ahora me verás, que aunque Dios ha permitido darte este martirio, aún no es llegado tu fin, te faltan otros que padecer; que a los que su divina Majestad ama, regala así.
Y diciendo esto, y tocándola con la mano los lastimados ojos, luego quedaron tan sanos como antes de sacárselos los tenía, y aun mucho más hermosos.
Como Beatriz se vio con ellos, miró por quién se le había hecho tan gran bien, y vio junto a sí una mujer muy hermosa, y con ser, a su parecer, muy moza, tan grave y venerable que obligaba a tenerla respeto: y pareciole asimismo que la había visto otras veces, mas no podía acordarse en dónde.
Púsose de rodillas la hermosa reina, no porque la tuviese por deidad, aunque su grave rostro daba indicios de ello, sino por agradecida al beneficio recibido; y tomándole las manos, se las empezó a besar, bañándoselas en tiernas lágrimas, diciendo:
—¿Quién sois, señora mía, que tanto bien me habéis hecho, que aunque me parece que os he visto, no me acuerdo dónde?
—Soy una amiga tuya —respondió la señora—, y la verdad es que me has visto muchas veces; mas por ahora no conviene que sepas más de mí que lo que ves.
Y tomándola por la mano, la levantó y abrazó, y luego sacando una pequeña cestica con pan y algunas frutas, y una calabacita con agua, porque en la parte que estaban no la había, que hasta de este bien la privaron sus rigurosos verdugos, buscando el lugar donde así como había de morir de hambre muriese también de sed, mandó que comiese, y Beatriz lo hizo, como tenía necesidad de ello, rogando a la señora comiese también; a lo que respondió que no tenía necesidad de comer, que lo hiciese ella, porque habían de partir de allí luego; y mientras Beatriz comía, se sentó junto a ella, y la hermosa reina no hacía sino mirarla, porfiando con su memoria para traer a ella dónde la había visto, de que la señora se sonreía.
Acabada la comida, que a Beatriz le pareció que estaba más contenta con ella que con los varios y ostentosos manjares del real palacio, siendo dos horas antes de anochecer, la tomó la hermosa señora por la mano, y dando vueltas por las peñas, unas veces bajando, y otras subiendo, la sacó de entre ellas a un agradable y deleitoso prado, cercado de espesos álamos, chopos y sauces, de que se formaba una hermosa alameda, y en medio de la cual había una clara y cristalina fuente donde, parando junto a ella, la dijo:
—Aquí, Beatriz, te has de quedar, que no tardará en venir quien te lleve donde descanses por algunos días: sigue tu virtud con ánimo y paciencia, que es de la que más se agrada Dios, que haciéndolo así, te amparará en muchos trabajosos lances en que te has de ver, donde has menester que muestres la alta sangre de donde desciendes: quédate con Dios, a quien ruego y rogaré que te ayude y socorra en ellos, y confía en él, que con esto le hallarás en los mayores aprietos.
Y tornándola a abrazar, no aguardó respuesta, ni Beatriz se la pudiera dar; tan ahogada la tenía el sentimiento de verla partir: solo la respondió con un diluvio de lágrimas que empezó a verter de sus lindos ojos, y volviendo a mirar por dónde iba, la vio que a largo paso caminaba, hasta que se encubrió con la espesura de los árboles, dejando con su ausencia tan embelesada a Beatriz que la pareció quedar sin alma ni vida, porque la vida y alma se le iban siguiendo las pisadas de aquella señora, reparo de sus desdichas, no pudiendo enjugar sus llorosos ojos hechos raudales de perlas.
Sentose, ya que la hubo perdido de vista, junto a la fuente, y lavándose la cara y las manos, que estaban manchadas del fino rosicler que habían vertido sus ojos cuando se los sacaron sus crueles y carniceros verdugos, estuvo así hasta poco antes de anochecer, trayendo a la memoria los sucesos que habían pasado por ella, y pensando a vueltas de ellos quién sería tan sabia mujer, que no solo la había restituido las perdidas luces, mas profetizádole lo que la había de suceder; cuando sintiendo venir tropel de caballos y gente, muy temerosa miró a la parte donde había sentido el ruido y vio salir de entre los árboles hasta diez o doce hombres en forma de cazadores, con halcones y perros, y entre ellos uno que parecía ser el señor de los demás, en el costoso vestido y majestad de su rostro.
Era de mediana edad, galán, y de afable cara y amable presencia, y así que llegaron a la fuente se apearon todos de los caballos, llegando a tener el del caballero para que hiciese lo mismo, y como este llegase donde Beatriz estaba, juzgó de verla lo que ella de verle a él, que era persona de porte, según mostraba en su aderezo y hermosura; que no sé qué se tiene la nobleza que al punto se da a conocer, y así la hizo una cortés reverencia, a lo que Beatriz respondió con lo mismo.
Llegó el caballero, y en la cristalina agua mató la sed, y se lavó las manos y rostro del polvo y sudor que ocasiona el gustoso ejercicio de la caza, y sentándose junto a Beatriz, en lenguaje alemán, que ella bien entendía, la dijo:
—Hermosísima señora, admirado estoy de ver en una parte tan lejos de poblado y sola a una mujer de tanta belleza y rico adorno, pudiendo esta soledad y aspereza ocasionar algún daño contra vuestro honor y vida si vinieran por esta parte muchos salteadores y bandoleros que hay por estas montañas. Suplícoos, para que yo, por ignorar quién sois, no caiga en alguna descortesía, me saquéis de este cuidado diciéndome quién sois y qué fortuna os ha traído por aquí.
No quiso Beatriz que aquel caballero, ya que la veía tan sin compañía y en tal lugar, por encubrir su grandeza, que la perdiese el decoro, teniéndola en menos; y así en la misma lengua alemana le dijo:
—Señor caballero, yo soy una mujer de calidad, que por varios accidentes desgraciados salí de mi tierra, y ellos mismos (que cuando la fortuna empieza a perseguir no se contenta con poco) han ocasionado el apartarme de mi compañía: suplícoos, por lo que a cortesía debéis, que no queráis saber más de mí, porque no me va en callar menos que la vida; solo os pido me digáis quién sois, y en qué tierra estoy, y si está muy lejos de Hungría.
—Señora hermosa, más que cuantas he visto, yo os beso la mano por la merced que me habéis hecho en lo que me habéis dicho; y para satisfaceros a lo que deseáis saber, os digo que estáis en el imperio de Alemania: Hungría, aunque no está muy lejos, es otro reino distinto de este; y yo me llamo el duque Octavio, soy señor de toda esta tierra, y mi estado, por la misericordia de Dios, de los mayores del imperio, por ser potentado de él: dos leguas de aquí está una villa mía, de donde salí hoy a cazar: si sois servida (porque sentiré mucho que os quedéis en tan peligrosa parte esta noche, y asimismo porque no es decente ni bien parecido que tanta hermosura esté sola en el campo) de veniros conmigo, yo sé que seréis muy bien recibida y regalada de la duquesa mi mujer, por darme gusto y porque vos lo merecéis.
Nuevamente agradecida respondió Beatriz al duque, aceptando la merced que la ofrecía; y finalmente el duque la llevó consigo, tan contento como si hubiera hallado un tesoro, no porque la apeteció con amor lascivo, sino que forzado de una secreta estrella, la cobró tanto amor como si fuera su hermana.
Llegados a su palacio, la entregó a su mujer, que era una hermosa señora, aunque ya casi de la edad del duque, contándola cómo la había hallado; que si bien al principio la duquesa no se aseguró de que viniese con el duque tan hermosa dama, dentro de poco tiempo se cercioró de la inocencia con que el duque la había traído, viendo la honestidad y virtud de Rosimunda, que así dijo que se llamaba, porque otro día, quitándose los ricos vestidos que llevaba los guardó, vistiéndose de otros que la dio la duquesa, más honestos, con lo cual la duquesa y el duque la amaban ternísimamente, alabando y bendiciendo el día en que la habían hallado.
Dejemos aquí a Beatriz, siendo el gobierno de la casa del duque y el ídolo de él y de la duquesa; que importa volver a Hungría, donde dejamos al traidor Federico y al engañado rey Ladislao, el cual, con la precipitación de la ira que le causó la relación que su hermano contra la reina le había hecho, la mandó llevar, sin hacer más averiguación de la verdad ni oírla.
Entrando en su cámara, se acostó, y pasando algún espacio de tiempo, ya algo más sosegado, le vino a la imaginación si sería verdad lo que su hermano le había dicho, acordándose de la honestidad y amor con que la reina le había salido a recibir, no pudiendo olvidar su hermosura y pareciéndole que si la reina le hubiera hecho ofensa, que no se atreviera a ponerse delante de él, supuesto que podía sospechar de Federico, pues no había querido hacer lo que le había pedido en razón de mudar de traje.
Y con este pensamiento mandó llamar las damas más queridas de la reina, de las cuales se informó qué habían entendido en aquel caso, las cuales le dijeron que jamás habían visto en la reina asomo de tal pensamiento, antes tenían orden suya para no dejarla sola cuando estuviese allí el infante: y que de la prisión no sabían más de que después de haberla hecho con gran secreto, le había llevado a ella por engaño, en donde si el infante no estuviera tan enojado de verse así, no le había faltado su regalo como si estuviera en plena libertad: que ellas no sabían otra cosa, ni jamás la reina había comunicado con ellas su intención; y esto lo decían con tantas lágrimas, que obligaron a que el rey las ayudase, y más se aumentó cuando vinieron los que la habían llevado y le contaron todo lo sucedido, lo que le ocasionó tanta pena que llegó casi a los fines de su vida, sin que fuese parte el traidor hermano a consolarle, aunque más lo procuraba: tanto que le pidió licencia para ir a buscar a la reina, no siendo la intención del traidor hallarla para su hermano, sino de gozarla y luego quitarla la vida.
Al fin, aunque el rey le negó la licencia, se la tomó él, llevando consigo uno de aquellos que la habían llevado; para que le enseñase la parte donde había quedado; mas cuando llegaron, ya la reina estaba muchas leguas de allí, como se ha dicho.
Cansados de buscarla y no hallando rastro de ella, ni un hilo de los vestidos, pues si la hubieran muerto las fieras, estuvieran esparcidos por el campo; desesperado de ver cuán mal se le lograban sus deseos, se sentó en una de aquellas peñas mientras el montero todavía la buscaba, y ardiéndose en ira de no hallarla para cumplir sus deshonestos apetitos, tomando en esto y en matarla venganza del desprecio que había hecho de él, pensando cuán desacordado había sido de no irse con los que la habían llevado, vio bajar por una senda que entre las peñas se mostraba, aunque mal usada y áspera, un hombre vestido a modo de escolástico, de horrible rostro, y que parecía hasta de cuarenta años.
Traía un libro en la mano, dando con él muestra de que profesaba alguna ciencia, y como llegó a él, le dijo:
—En hora buena esté el noble Federico, príncipe de Hungría.
—En la misma vengáis, maestro —respondió Federico, admirado de que aquel hombre le conociese, no conociéndole él.
Y prosiguiendo el doctor, que así le llamaremos, dijo:
—¿Qué estás pensando, príncipe, en quién soy, o cómo te conozco? Pues más sé yo de ti que tú de mí; pues solo por saber con el cuidado en que estás, a remediártele vengo de muy extrañas y remotas tierras, no habiendo un cuarto de hora que estaba de esa parte de los montes Rifeos, donde tengo mi morada y habitación, por ser la más conveniente para ejercitar mis artes. Soy, para que no estés suspenso, un hombre que ha estudiado todas las ciencias, y sé lo pasado y por venir; he andado cuantas provincias y tierras hay del uno al otro polo, porque soy mágico, que es la facultad de que más me precio, pues con ella alcanzo y sé cuanto pasa en el mundo; y soyte tan aficionado que sin que tú me hayas visto te he visto yo a ti muchas veces, sin más interés que el de tenerte por amigo y que tú me tengas a mí por tal, como lo verás en el modo con que te ayudo en el cumplimiento de tus deseos; mas ha de ser con una condición, que este secreto que pasa entre los dos me has de dar palabra, como quien eres, de jamás decirle a nadie, ni aun al confesor, aunque te veas en peligro de la muerte, porque solo en esto estriba la fuerza de mi ciencia; y como esto hagas, no solo te diré cosas que te admiren, mas te pondré en tu poder lo que deseas para que cumplas tu voluntad: mira si te determinas a esto, y hagamos el pleito homenaje para que yo esté seguro, y si no, me iré por donde he venido.
¡Qué le pidieran en esta ocasión a Federico que no cumpliese, y más prometiéndole el doctor lo que le prometía! Pues con lo que le respondió fue con los brazos, y luego con prometerle guardar tan inviolablemente el secreto que aun en la hora de la muerte no le descubriría, ni aun al confesor.
Hecho pues el concierto, se sentaron juntos y el doctor le dijo:
—En primer lugar te digo que por ahora no hallarás lo que buscas, ni es bien que lo halles, porque el día que tu hermano llegue a ver a Beatriz, que viva es, y con ojos, aunque se los sacaron (el cómo los tiene no he podido alcanzar, porque ha sido por una secreta ciencia, reservada al cielo), y está en parte donde es muy estimada y querida, en ese día, pues, ten por segura tu muerte, porque apenas le dirá la verdad del caso cuando el rey la ha de creer, y bien ves en esto tu peligro; y así, lo que hemos de procurar es que salga de donde está, y después de haberla violado el honor y la castidad conyugal, de que ella tanto se precia, la quites la vida, pues de esto conseguirás dos cosas de mucha utilidad: la una, que no se descubra tu traición, pues muriendo ella, no se sabrá y te librarás así de uno de los mayores enemigos que tienes; porque te advierto que lo es, y muy grande; y la otra, que si ella muere, tu hermano no se casará jamás, porque la ama (aun con lo que le has dicho) tan tiernamente que no le ha de agradar mujer alguna como no sea su Beatriz, y tú de este modo has de ser rey de Hungría. Supuesto esto, y que yo vengo a asistirte y ayudarte, desecha tristezas; y el amor que la tienes vuélvele en venganza, que es lo que te importa, que cuando sea tiempo yo te avisaré, mas mira que te vuelvo a requerir el secreto, porque si otra persona en el mundo sabe estas cosas, ni yo te podré ayudar, ni tú conseguirás lo que deseas.
Embelesado estaba Federico escuchando al doctor, viendo cómo le decía sus más íntimos pensamientos, y mucho más de que la reina fuese viva y tuviese vista; mas no quiso apurar en esto la dificultad, antes tornole a abrazar y prometiole de nuevo el secreto y muchas mercedes, jurando que el día que cogiese a la reina en su poder no se contentaría con darla una muerte, sino dos mil si pudiese ser.
Venido el montero, dieron la vuelta a la ciudad, y llegados a ella, hallaron al rey muy malo, y tanto que temían el peligro de su vida; al que como las damas de la reina le informaron tan diferente de lo que Federico le había dicho de su virtud, indeciso de la verdad o mentira, como el amor por su parte hacía lo que le tocaba, se inclinaba más a creer que la reina había padecido inocente que culpada, y se afeaba a sí mismo la ira con que la había enviado a dar la muerte sin hacer primero averiguación del agravio por que la había condenado.
Pues como Federico vio al rey en este estado, temiendo que si averiguaba lo contrario de lo que él había dicho corrían su vida y opinión gran peligro, fue de propósito a advertírselo a su doctor; mas no tenía necesidad de ello, que él estaba bien advertido; y para acreditar más su sabiduría, antes que Federico le hablase sobre ello, le dijo:
—Cuando no fuera de más importancia mi venida a servirte, oh príncipe valeroso, que de salvar tu vida, como en esta ocasión lo haré, la doy por bien empleada. Tu hermano está muy sospechoso de que la reina esté culpada, y si se desengaña, ha de correr riesgo tu vida: toma este anillo y póntele en el dedo del corazón, y entra a hablarle y vuélvele a indignar contra la reina, que en virtud de él te creerá todo cuanto le dijeres, porque hallo por mi sabiduría que el rey no ha de morir de este mal; y asimismo que él, de su voluntad, te ha de heredar en el reino, y es mejor que no alcanzarle violentamente, porque con esto no ganarías la voluntad de los vasallos, y sí dándotele el rey.
Tomó Federico el anillo, en que había estampado algunos caracteres y cifras, admirado de cómo el doctor le adivinaba la imaginación, teniéndose por el hombre más dichoso del mundo en tenerle por amigo, y poniéndosele en el dedo, entró donde el rey estaba, que como le vio, obrando en él la fuerza del encanto, le dijo que fuese bien venido, alegrándose mucho con él; y preguntándole si había hallado lo que iba a buscar, Federico le dijo que no, porque no había hallado más de los vestidos, indicios de que alguna fiera había comido otra fiera; y viendo que el rey había suspirado, le dijo:
—¿Y cómo, señor, en eso estimas tu honor y el mío, que haces sentimiento por haber muerto quien a ti y a mí nos quitó la vida? A ti ofendiéndote en el honor, y a mí por no querer ser el verdugo de él, teniéndome como me tuvo tanto tiempo. Consuélate, por Dios, y ten por seguro que, si no estuviera culpada, el cielo la hubiera defendido, que es amparo de inocentes; mas ya que ha permitido que pague su culpa, no ha sido por acaso. No pueda más el amor que a aquella mujer engañosa tenías que tu honor; tratemos de tu salud, que es lo que importa, procurando olvidar lo sucedido.
Estas y otras cosas que Federico dijo a su hermano, dándole crédito en virtud del encantado anillo, fueron parte para que en algo se aquietase, mas no para alegrarle, que en esto no tuvo remedio, porque en mucho tiempo no le vieron reír.
Sano ya Ladislao de su enfermedad, en cuya cura se mostró el gran saber del doctor de Federico, que así le llamaban, le pidieron los vasallos que se casase, a lo cual, dándoles bastantes causas para no hacerlo, les dijo, por última resolución, que si pedirle cosa tan fuera de su gusto como sujetarle segunda vez a un yugo tan peligroso y con tantos azares como el del matrimonio, lo hacían por tener herederos, que allí estaba Federico su hermano, a quien desde aquel punto juraba y nombraba por príncipe heredero; y les rogaba que ellos hiciesen lo mismo: y con esto que el rey hizo fue Federico jurado por príncipe de Hungría, que aunque no era muy afecto al reino, por conocerle soberbio y travieso, y más desde que había acaecido el suceso infeliz de la reina, viendo que era voluntad del rey y que por muerte suya le venía derechamente el reino, hubieron de obedecer.
Todas estas cosas llegaron en lenguas de la parlera fama al reino de Inglaterra, con las cuales los reyes, padres de Beatriz, recibieron tanta pena como era justo: unas veces, no creyendo que, en la virtud que en su hija habían conocido, fuese verdad; y otras, juzgándola mujer, de quien por nuestra desdicha se cree más presto lo malo que lo bueno: y para asegurarse más del caso enviaron embajadores al rey Ladislao, que llegados a Hungría e informados del caso, se volvieron tristes y mal satisfechos, asegurando a sus reyes cuán justamente Ladislao había castigado su culpa: con lo cual se excusaron las guerras que sobre esto se pudieran causar.
Poco menos de un año había pasado que Beatriz estaba en casa del duque con nombre de Rosimunda, tan amada de todos que si los hijos que tenía el duque no tuvieran estado, la casara este con uno de ellos: tan aficionados estaban él y la duquesa de su virtud y honestidad; y el mal doctor en la corte de Hungría, tan amado de su rey y príncipe que no hacían más de lo que él ordenaba: tan sujetos los tenía a su voluntad.
Un día le dijo a Federico que ya era tiempo que se empezase la guerra contra Beatriz, que había mucho que gozaba de la amada paz; y que para esto era fuerza partir juntos de la corte; que pidiese licencia al rey, dándole a entender que iban a ver unos torneos que en la corte de Polonia se hacían.
Súpolo tan bien negociar el príncipe que, aunque contra su voluntad, alcanzó licencia por un mes; y diciendo que quería ir encubierto, partió de la corte con el doctor y dos criados, que era el modo con que podía ir a menos costa y más seguro, pues con las artes del doctor fue muy breve el camino, durante el cual avisó a Federico que cuando quisiese no ser conocido, estaba solo en su voluntad, porque el anillo que le había dado tenía esa virtud, como la de mudarle el rostro cuando fuese su gusto, y desfigurarle de suerte que pareciera otro.
Con este advertimiento llegaron una noche a la villa donde vivía el duque, en cuya casa estaba Beatriz; y entrando en el palacio Federico, seguro con su anillo de no ser conocido, y el doctor en sus artes de no ser visto; lo que hizo el doctor fue llegar sin que le viesen, y poner a la inocente Beatriz en su manga una carta cerrada y sellada, con el sobrescrito a otro gran potentado de Alemania, por quien el duque se había retirado de la corte a sus estados, y con el que sobre cosas tocantes a la corona había tenido palabras delante del emperador, ocasionando de esto haber salido los dos a campaña y quedar de esta facción muy enemistados: tanto que se procuraban el uno al otro la muerte: y otra abierta, dando muestra de haber sido leída, con la sobrecubierta a Rosimunda; y hecha esta prevención diabólica, acompañado de Federico, que en virtud de su anillo no podía ser conocido sino de quien era su voluntad, se fueron a otro día al palacio a tiempo que el duque y la duquesa, y con ellos Beatriz, que nunca los dejaba, estaban oyendo cantar los músicos que asistían al duque, y entrados dentro de la misma sala, Federico se quedó junto a la puerta y el doctor, pasando adelante, llegó al duque y le dijo:
—Poderoso señor, la descortesía de entrarme sin licencia bien sé que me la perdonarás cuando sepas a lo que vengo: no te quiero decir quién soy, pues mis obras en tu servicio darán testimonio de mi persona y la facultad que profeso. Estando poco ha en los montes Rifeos, donde cerca de ellos tengo mi habitación, me puse a mirar las cosas que en el mundo han de suceder desde hoy a mañana, y entre otras muchas hallé que en este señalado tiempo que digo has de morir a traición a manos de un enemigo tuyo, a quien ha de dar entrada en tu cámara una persona de tu palacio de las que más amas: quién sea, no está otorgado del cielo que yo lo sepa: y viendo cuán gran daño se seguiría si tú faltases del mundo, por ser como eres un príncipe tan magnánimo y de tanto valor y prudencia, y que por tus muchas virtudes te soy muy aficionado, he venido a toda diligencia, ayudado y acompañado de mis familiares confidentes, a darte aviso de que mires por ti: y para que consigas y sepas lo que a mí me ha negado la poderosa mano, mira cuantos al presente se hallan en tu palacio, que en su poder hallarás quien te asegure de la verdad: y el cielo te guarde, que no me puedo detener más.
Dicho esto, sin aguardar más respuesta, se salió con su compañía y se fueron a emboscar en aquellas arboledas cerca de la fuente donde el duque halló a Beatriz, que allí los aguardaban los dos criados de Federico.
Alborotose el duque y la duquesa con tales nuevas, y mandando cerrar las puertas de palacio, por su misma persona no dejó el duque de visitar ninguna habitación, cofre, arca ni escritorio, ni aun los más secretos rincones de las posadas de los criados, tanto de los oficios mayores como de los inferiores, sin exceptuar las mismas personas, y viendo que por aquella parte no hallaba lo que aquel sabio hombre le había dicho, subió donde estaba la duquesa bañada en lágrimas, e hizo lo mismo con las criadas, sin que quedase cosa por mirar; de modo que ya no faltaba sino Beatriz y los escritorios de la duquesa, y casi por burla la dijo:
—¿Y tú, Rosimunda, serás acaso la que guardas el secreto de mi muerte?
—Señor —respondió la inocente dama—, con mi vida quisiera yo alargar la tuya, como quien tantos beneficios ha recibido y recibo de ella: mas porque no es justo que me reserves a mí entre todos, te suplico hagas conmigo lo que con los demás, que yo creo tan poco en estas fábulas y encantos, que tengo por sin duda que es algún mentiroso engaño para darte este susto.
—Así me parece —dijo el duque—; mas, como dices, por no hacer agravio a los demás, quiero también mirarte a ti.
Y riéndose la entró la mano en la manga, donde hallando las cartas, y mirando los sobrescritos, vio que el uno de la que estaba abierta era la letra misma de su enemigo el conde Fabio, y leyéndole, decía de esta suerte: «A la hermosísima Rosimunda». La cerrada era de letra de Beatriz, y esta decía: «Al excelentísimo y poderoso conde Fabio». Abrió la que no tenía sello, y leyéndola en alto, que de todos fue oída, decía así:
«Los agravios y deshonores recibidos del duque Filiberto, hermosa Rosimunda, están pidiendo venganza; pues, como sabrás del tiempo que asististe en su casa, llegaron a dejarme señalado en el rostro y en el mundo por hombre sin honra: y aunque he procurado con todas veras satisfacerme, no me ha sido posible, que los cobardes miran mucho por su vida, y así es fuerza valerme de la industria, si para quitársela, en desagravio de mi afrenta, me la das, y lugar para hacerlo, como quien en su casa lo puede todo. Con lo que te pagaré este beneficio será con hacerte dueño mío, que por las nuevas que tengo de tu hermosura lo deseo, y señora de mi estado. La respuesta y resolución de este caso darás a quien te diere esta, que es leal confidente mío.
EL CONDE FABIO.»
Estaba la letra tan parecida, y la firma tan bien contrahecha, que no había que poner duda en que la carta era del conde.
Abrió el duque la cerrada, que decía así:
«Tiénenme tan lastimada, conde excelentísimo, los agravios que del duque has recibido desde el día que lo supe, que cualquiera encarecimiento que diga será corto; y aunque los beneficios del duque recibidos me pudieran tener obligada, más debo al sentimiento de tu agravio, como lo verás en la ocasión que me has puesto; que dar lugar a que las personas como tú se desagravien no lo tengo por traición, y supuesto que es así, y que por tu confidente sé cuán cerca estás de esta villa, entra en ella, y ven mañana, ya pasado de media noche, por la puerta trasera de este palacio, que es adonde caen las ventanas de mi posada, trayendo por seña en el sombrero una banda blanca, para que no padezca engaño, por donde te arrojaré la llave con que podrás entrar tú y los que te acompañaren: y déte el cielo valor para lo demás, que en razón de la merced que me prometes, no la acepto hasta que me veas; que podrá ser que entonces te parezca la fama que de mi hermosura tienes más mentirosa que verdadera. El cielo te guarde.
ROSIMUNDA.»
Tan asombrado quedó el duque de ver las cartas, y conocer la letra y firmas, como Beatriz de que se hubiesen hallado en su poder: era de modo que ni el duque hablaba para culparla ni ella para defenderse de otro modo que con las hermosas lágrimas que hilo a hilo caían de sus lindos ojos: y no hay duda de que si no se acordara de las razones que la hermosa señora la dijo, cuando se apartó de ella en la fuente, de lo que la faltaba por padecer, se quitara la vida para salir de una vez de tantas penas: y aun del duque se cree que le pesó más de hallar las cartas en su poder que de la traición que veía armada contra su vida, y que diera la mitad de su estado porque no fuera hallada en ella; pero la duquesa, como mujer que veía la vida de su marido en balanzas, y la maldad de una mujer que tanto amaban y a quien tantos beneficios habían hecho, como fuera de juicio daba voces que la matasen, diciéndola mil afrentas: a lo que la inocente señora no respondía más que con su amargo llanto, no pudiendo imaginar por dónde le habían venido a su poder aquellas cartas que no había visto ni pensado; si bien se persuadía eran puestas por algún envidioso de su privanza, que contrahaciendo su letra y firma ordenó tal traición: y viendo que para ello no había más disculpa que la de Dios, que como quien sabía la verdad podía ordenar, callaba y lloraba: de que el duque compadecido, la mandó retirar a su cámara, con orden que no saliese de ella, bien contra la voluntad de la duquesa, que no quería sino que muriese.
Ida Beatriz, lo primero que el duque hizo fue poner buena guardia en su palacio, y luego, sin dejar casa ni posada en toda la villa que no se mirase, mandó buscar el tal confidente del conde Fabio, mas no fue hallado, aunque para más satisfacción le trajeron cuatro forasteros que en ella había: y asimismo informado de todos cuantos en su palacio estaban si habían visto a Rosimunda hablar con algún forastero, y diciendo todos que no, creyendo que era más la traición contra la bella Rosimunda que contra él, por descomponerla, lastimado de ello y movido a piedad de su hermosura, honestidad y virtud, y la paciencia con que llevaba aquel trabajo, y lo que más es, guiado por Dios, que no quería que Beatriz muriese, habiéndole dicho que la duquesa, viéndole remiso en darla muerte, estaba determinada a darla veneno, sin que la duquesa lo supiese ni él querer verla, porque no le diese más lástima de la que tenía, la mandó sacar una noche, al cabo de dos días que estaba presa, y que dos criados suyos la llevasen y la pusiesen junto a la fuente donde la habían hallado, sin hacerla más daño que dejarla allí, y así fue hecho; y como la fuente no estaba más de dos leguas de la ciudad, y partiesen con ella al primer cuarto de la noche, cuando llegaron a ella aún no había amanecido; y dejándola allí, como llevaban la orden de su dueño, se volvieron.
¿Quién podrá decir el tierno sentimiento de la afligida reina cuando se vio allí de noche sola y sin amparo, habiendo perdido el sosiego con que en casa del duque estaba, y más por una causa tan afrentosa? Como no se hallaba con prenda de valor para poder remediarse, pues como se ha dicho en casa del duque andaba vestida muy honestamente, no hacía sino llorar, y a cada rumor que oía, ya le parecían, o bestias fieras que la venían a sepultar en su vientre, o salteadores que la violasen su honra; y esto temía más que el morir, porque estaba tal que casi tenía aborrecida la vida.
En esta congoja estaba cuando empezó la aurora a tirar las cortinas de la noche, desterrando los nublados de ella para que Febo saliese, cuando, mirándose Beatriz con los entreclaros crepúsculos del alba, se vio con los ricos vestidos que había sacado de Hungría cuando la llevaron por mandado del rey su esposo a sacarla los ojos: y pareciéndola todas sus cosas prodigios, estando cierta de que aquellos vestidos habían quedado en casa del duque, y ella, con la pena que salió de allí, no se había acordado de ellos; considerando pues estas cosas, juzgó que quien la ponía en tales ocasiones no la desampararía.
Aguardó algo más consolada en qué pararían sus fortunas, llamando a Dios que la socorriese y ofreciéndole aquellos trabajos; cuando siendo ya más de día vio salir de entre los árboles, no un león, ni un oso, ni un salteador, porque estos no la dieran tanto asombro como ver salir a Federico, que si se os acuerda, con su falso doctor y criados se fueron a la floresta cuando dejaron urdida la traición.
No hay duda sino que quisiera más Beatriz verse despedazada de cualquiera de los dichos, antes que verle, y queriéndose poner en huida, se levantó; mas Federico, abrazándose con ella, la dijo:
—Ahora, ingrata y desconocida Beatriz, no te librarán de mis manos tus encantos ni hechizos, ni la jaula de hierro en que me tuviste tanto tiempo, que yo te gozaré en venganza de tus desvíos, y luego te daré la muerte, para excusar la que tú tratas de darme.
—Antes, traidor a Dios, a tu hermano y a mí, verás la mía —respondió Beatriz—, que yo tal consienta. Mátame, traidor enemigo, mátame ahora, si lo has de hacer después.
Diciendo esto, trabajaba por defenderse, y Federico por rendirla, pareciéndole al traidor que luchaba con un gigante, y a Beatriz que sus fuerzas en aquel punto no eran de flaca mujer, sino de robusto y fuerte varón; y andando, como digo, en esta lucha, la dijo Federico, viendo su resistencia:
—¿Qué te cansas, desconocida de mi merecimiento y valor, en quererte librar de mi poder, que aun el cielo no es poderoso para librarte?
Apenas acabó el blasfemo Federico de decir esto, cuando de entre los árboles salió la hermosa señora que en las pasadas angustias la había socorrido, que a paso tirado venía caminando hacia ellos, que como llegó, sin hablar palabra, asió de la mano a Beatriz, y tirando de ella la sacó de entre los brazos del lascivo príncipe y se la llevó, quedando Federico abrazado, en lugar de la hermosa presa que se le iba, con un fiero y espantoso león, que con sus uñas y dientes le hería y maltrataba; y viéndose así, empezó a dar tristes y lastimosas voces, a las cuales acudieron el doctor y criados, que, viéndole en tal estado, sacaron las espadas, de las cuales el león temeroso le soltó, entrando por lo más espeso de la alameda; porque no era tiempo de que la vida de Federico ni los trabajos de Beatriz tuviesen fin.
Quedó Federico tendido en el suelo y mal herido, tanto que a los criados y al doctor les fue forzoso llevarle al primer lugar, donde se estuvo curando muchos días de sus heridas, no pudiendo alcanzar, ni Federico con su entendimiento, ni el doctor con sus artes, cómo había sido aquella transformación, ni adónde se había ido Beatriz, que eso estaba por entonces reservado a quien la llevaba; la cual, con la hermosa señora que la llevó, se halló libre de la fuerza que esperaba recibir.
Daba muchas gracias a su verdadera amiga y defensora de su vida y honor, y ella la animaba y regalaba con amorosas caricias, caminando todo aquel día hasta poco antes de anochecer (a lo que a Beatriz la parecía) fuera de camino; porque unas veces creía que iban hacia adelante y otras que daban vuelta y volvían a caminar lo ya andado, cuando llegaron a unas cabañas de pastores donde la dejó su guía diciéndola:
—Quédate aquí, Beatriz, donde hallarás lo que por ahora has menester.
Y sin aguardar, ni dar lugar a que la respondiese, ni la diese agradecimientos del bien que la hacía, la vio ir por el campo con ligerísima velocidad, dejándola tan desconsolada en su ausencia como la vez primera; porque cuanta alegría recibía su corazón mientras la tenía junto a sí, sentía de pena cuando se apartaba.
En fin, viendo que ya se había encubierto, se llegó a las cabañas donde halló cantidad de pastores y pastoras que tenían, sobre unas pellejas de reses muertas, tendidos unos blancos aunque toscos manteles, y todos sentados alrededor, querían cenar una olla, que estaba sacando una de las pastoras, de tasajos cecinados, los que así como vieron aquella mujer, que en lengua alemana les dio las buenas noches, y tan hermosa y ricamente aderezada, como simples rústicos se quedaron mirándola embelesados, hasta que ella viendo la suspensión, prosiguió diciendo:
—Amigos, por la pasión de Cristo os pido que, si sois cristianos, como me parece, me admitáis y amparéis en vuestra compañía, siquiera por ser mujer, que me he escapado de un gran peligro y vengo huyendo de un cruel enemigo que anda procurando quitarme la vida.
Ellos, habiendo entendido bien la lengua, porque era la misma que hablaban, pues de allí a la corte de Alemania apenas había media legua, la respondieron que entrase, que de buena voluntad harían lo que les pedía.
Con este beneplácito de la pobre gente entró la perseguida reina, y haciéndola sentar a la pobre mesa, cenó, comió y almorzó con ellos; porque desde que salió de casa del duque no había comido bocado, haciéndola todos tanto agasajo y buena acogida que aquella noche, no pudiendo dormir, pensando en sus fortunas, se resolvió a enviar a vender a la ciudad aquellos ricos vestidos; y trocándolos en los pastoriles, quedarse allí con aquella buena gente.
Mas no le sucedió como ella pensaba, y fue el caso que cerca de aquellas majadas de pastores había un soto donde se criaba gran cantidad de caza, y adonde el emperador iba muchas veces a cazar y a divertirse de la pensión que trae consigo la carga del gobierno, y había seis u ocho días que estaba en él con la emperatriz y toda su gente, y un niño único que tenían de seis años, príncipe heredero de todo aquel imperio; y a otro día, volviéndose todos a la ciudad, era fuerza pasar por delante de las cabañas; y como los pastores y pastoras sintieron que venía, salieron todos a verle pasar, y Beatriz con ellos.
Como la carroza en que venían el emperador, la emperatriz y su hijo llegase cerca, y entre la gente rústica viesen aquella dama tan hermosa y bien aderezada, y con vestido de tanta riqueza, extrañando la novedad y el traje, que bien conocieron ser húngaro, mandando parar la carroza, enviaron con un criado a llamarla; que sabido por Beatriz, se llegó y con una cortés reverencia (como ella bien sabía se habían de tratar tan reales personas) los saludó, a la cual el emperador correspondió con otra no menos cortés reverencia, contemplando en su rostro la majestad que en sí encerraba; y con alegre y afable semblante la preguntó que de dónde era, y qué hacía entre aquella gente.
—Poderoso señor —respondió Beatriz—, yo soy de tierras muy extrañas de esta, aunque he asistido algún tiempo en Hungría; sacáronme de mi patria y casa por un engaño, y después de haberme conducido a unos montes, que allá detrás quedan, queriéndome matar en ellos, el cielo, que sabe para qué me guarda, me libró de las crueles manos de mis enemigos y, hurtándome de ellos, llegué anoche a estas cabañas donde esta piadosa gente me amparó: esto es lo que puedo decir a vuestra majestad; lo restante es más para sentido que para contado.
Mirándola estaban el emperador y la emperatriz mientras ella hablaba, maravillados de su gracia y belleza, cuando sucedió una maravilla bien grande, y fue que el niño que junto a su padre estaba, acercándose al estribo de la carroza, como Beatriz estaba tan junto, que tenía las manos puestas en él, la echó los brazos al cuello, y juntando su rostro con el suyo, la empezó a besar con tan grande amor como si toda su vida se hubiera criado en su compañía; lo que visto por Beatriz, le sacó de la carroza, y apretándole entre sus brazos, le pagó en amoroso cariño lo que el príncipe había hecho con ella.
Admirados todos de lo que el niño hacía con aquella dama, juzgando a prerrogativa de la hermosura agradarse todos de quien la posee, dejando a más de cuatro el niño envidiosos de los favores que gozaba, queriendo restituírsele a sus padres, no fue posible, porque daba gritos, llorando por volverse con ella, sin bastar los halagos de su madre, ni el reñirle el emperador, pues era tan grande el sentimiento que el príncipe hacía y tan tiernas y lastimosas las lágrimas que derramaba que los padres, como no tenían otro, compadecidos de él, rogaron a Beatriz entrase en el coche, diciéndola que supuesto que no tenía parte segura donde ampararse de los que la perseguían, que dónde mejor podría hacerlo que en su palacio, donde el príncipe su hijo la serviría de guardia, pues los que le guardaban a él la velarían a ella.
No le pareció a Beatriz ser acaso este suceso, sino encaminado por Dios y su guardadora; y así, besando la mano al emperador y emperatriz y despidiéndose de los pastores, prometiéndoles satisfacerles el bien que de ellos había recibido en albergarla aquella noche, se fue con el emperador, tan contentos él y la emperatriz de llevarla que, si hubieran ganado un reino, no fueran más gozosos: a tanto obligaba el sereno, honesto, y hermoso rostro de Beatriz, que cuantos la miraban se le aficionaban.
Las alegrías que el niño mostraba admiraban a todos, pues no hacía sino apartar su cara de la de Beatriz y mirarla, y luego, riéndose, volver a juntarse con ella, quedando desde este día a su cargo la crianza del príncipe, porque no había que intentar apartarle de ella: con ella comía y dormía, y en tratando de dividirle de su compañía, lloraba y hacía tales ansias que temían su muerte. Queríanla tanto por esto los emperadores que no es posible ponderarlo; y ella amaba al príncipe más que si fuera su hijo.
En fin, la dejaremos en esta paz y quietud tan amada, respetada y servida como si estuviera en el reino de Hungría; y vamos a Federico y su doctor, que ya sano de sus heridas y tan enojado contra la reina, por parecerle que por artes mágicas le había puesto en tal peligro que si la tuviera en su poder (como cuando la tuvo en la fuente), no aguardara a gozarla, como entonces intentó, sino que la diera la muerte, bien pesaroso de no haberlo hecho entonces.
Preguntó un día a su doctor qué le parecía de tales sucesos.
—¿Qué quieres, príncipe, que me parezca —respondió el doctor—, sino que tú y yo tenemos suerte enemiga? Porque no puedo, por más que lo procuro, alcanzar qué deidad defiende a esta mujer, contra quien no valen nada mis artes y astucias. Solo alcanzo que si dentro de un año no muere, nos hemos de ver tú y yo en la mayor afrenta que hombres en el mundo se hayan visto; y no puedo entender sino que es grandísima hechicera y maga; porque aunque he procurado saber después que estamos aquí dónde o quién la ha escondido, no lo he podido alcanzar hasta hoy, que me ha dicho un familiar mío que está en el palacio del emperador de Alemania, muy querida y estimada de todos, porque un niño de seis años, hijo del emperador, la quiere más que a su madre, a cuya causa los padres la aman ternísimamente; y lo que se ha de temer es no descubra al emperador quién es y lo que la ha pasado contigo; y descubierto, no hay duda que dará cuenta al rey tu hermano, el cual desengañado y sabida la verdad, tú morirás, y yo no quedaré libre por haberte ayudado.
Dirás cómo, sabiendo tanto, no acabo con ella. A eso te respondo que contra esta mujer ni tu acero puede cortar, ni mis artes tienen fuerza, por una sombra que la ampara, que no puedo alcanzar quién se la hace, ni mis familiares tampoco; porque hay cosas que hasta a los demonios las oculta Dios por sus secretos juicios; y es tan grande el amparo que tiene, que aunque ahora quisiera llegar a ella (como llegué cuando en casa del duque la puse en las mangas las cartas con que la saqué de allí y la puse en tu poder), no fuera posible: y esto es desde el día que en la fuente te la sacaron de las manos, y en su lugar dejaron el león que te ha tenido en el estado en que te has visto.
Pues dejarla que viva es peligroso para nosotros, que tarde o temprano se ha de venir a descubrir, y corremos el mismo riesgo; lo más acertado es procurar que muera por ajenas manos; y el cómo ha de ser en esta forma: yo te pondré dentro del palacio del emperador y en la misma cámara donde duerme con el niño príncipe: cuando ya el sueño los tenga a todos rendidos (que entrar yo es imposible, por esta sombra que digo que la defiende), pondrasla debajo de la almohada una yerba que yo te daré, que provoca a un sueño tan profundo que, mientras no la despertaren, dormirá seis días: y como esté así, mátale el niño y luego ponle la daga en la mano para que, viéndola de este modo, juzguen que ella le ha muerto, que con esto acabaremos con ella; pues claro es que la han de mandar degollar en venganza de la muerte del príncipe, con que quedaremos libres; y si esto no se hace, no hay que aguardar otra cosa: mira si te parece a propósito y si te determinas a ello, y si no, sigue tu parecer y gusto, que yo me quiero volver a mi morada, porque estoy dudoso si me guardarás el secreto prometido, de que se me seguirá mucha pérdida, cuando no sea en mi vida, en mi saber, que en él está la fuerza de mis artes; y quiero, si lo hicieres, estar lejos del peligro; porque el día que (aunque sea confesándote) lo descubrieres, ese día moriremos tú y yo, y no es la vida tan poco amable que se desee perder; y sería, sobre haberte bien servido, llevar mal galardón.
—¿Cómo irte a tu morada? —respondió Federico, abrazando al doctor—: mientras yo viva no consentiré tal; y para que con más seguridad estés, dame la mano y palabra de que de día ni de noche te has de apartar de mi lado, que yo te la doy de lo mismo; y en cuanto al secreto, te vuelvo a prometer, como hijo de rey y príncipe que soy (y rey que espero ser), de guardártelo de modo que, aunque me confiese, no confesaré lo que entre los dos pasa, ha pasado y pasará; y antes dejaré de confesarme porque pierdas el temor.
—No confesarte —dijo el doctor— fuera causar mucho escándalo, que al fin eres cristiano y lo has de hacer, aunque no sea sino por cumplir con el mundo: calla lo que importa, y di lo demás, que más de dos hay que lo hacen de este modo.
—Así será —dijo Federico—, y vamos luego a matar ese niño para que muera esta enemiga, ya que no puede mi acero ejecutar en ella la rabia de mi pecho.
Con esto dando orden a los criados los aguardasen allí, sin que por accidente alguno se apartasen de aquel lugar hasta que ellos volviesen, se salieron paseando por el campo, y aquella misma noche puso el doctor a Federico dentro del palacio del emperador, y aguardando a que todos se sosegasen, ya cuando fue tiempo le llevó a la puerta de la cámara donde Beatriz con el niño dormía, descuidada de esta maldad; y dándole la yerba que queda dicho, le dijo:
—Entra, príncipe, que aquí te aguardo, y advierte que en lo que vas a hacer no te va menos que la vida: no te ciegue ni engañe la hermosura, ni el amor de esta tirana, que si te cogiera a ti como tú la tienes a ella, yo te aseguro que no te reservara.
—Déjame ese cargo —respondió Federico, maravillado del gran saber del doctor—, que cuando no fuera por lo que me va a mí en ello, solo por tu gusto, aun a mi hermano no perdonara la vida; y si no dime que se la quite, y verás con obedecerte lo que te estimo.
—Así lo creo —dijo el doctor—, eso será para después, que deseo tanto verte rey que pienso que no hemos de aguardar a que el curso de los años se la quite: y no te espantes de que tema a un hombre enamorado en presencia de una mujer hermosa, que es un hechizo la hermosura que a todos mueve a piedad; y porque sé tanto, alcanzo que por amor se perdonan muchos agravios.
Con esto Federico entró, y el doctor se quedó aguardando fuera, que como llegó junto a la cama vio dos ángeles; humanémoslo más: vio a Venus y a Cupido dormidos, porque en la cuadra había grande luz.
Era la crueldad de este hombre mucha, pues no le ablandó tan hermosa vista; mas no hay que espantar, que estaba ya el rigor apoderado de él: púsola la yerba debajo de la almohada, y quiso hacer experiencia del saber del doctor, su amigo, y sacando la daga fue a herir a Beatriz en medio del blanco pecho, diciendo:
—Ahora, alevosa reina, con una muerte me pagarás tantas como por ti he dado.
Mas no fue posible poder mandar el brazo: con lo que satisfecho de la verdad que su doctor le trataba, la volvió contra el inocente príncipe, y dándole tres o cuatro puñaladas le dejó dormido en el eterno sueño; y luego, poniendo en la mano de Beatriz la daga bañada en la inocente sangre, se volvió a salir adonde esperaba el doctor y juntos se fueron al campo inmediato a las cabañas de los pastores donde Beatriz estaba cuando la halló el emperador, porque allí le dijo el doctor se había de ejecutar la justicia de Beatriz, para verla por sus ojos y quedar seguros de ella.
Llegó la mañana bien triste y desdichada para el emperador y todo el imperio de Alemania; pues como las criadas que asistían a Beatriz y al príncipe vieron ser hora, entraron a la cámara y hallaron el cruel y lastimoso espectáculo, y dando gritos, fueron donde estaban el emperador y emperatriz diciendo:
—Venid, señores, y veréis la tragedia de vuestro palacio e imperio, pues la traidora Florinda —que así había dicho se llamaba— os ha muerto a vuestro amado hijo.
Los ansiosos padres, con tales nuevas traspasados, fueron a ver lo que aquellas mujeres les decían; y así como se ofreció a sus ojos tal lástima y dolor, empezaron como gente sin juicio a dar voces, mesando la emperatriz sus cabellos y el emperador sus barbas, a cuyas voces despertó Beatriz despavorida, que hasta entonces le había durado el diabólico sueño; y no hay duda que, si antes hubiera despertado, con la misma daga que tenía en la mano se hubiera quitado la vida; quien como se vio bañada en sangre y al niño muerto, y que ella, con la daga que tenía en la mano, daba muestras de ser la agresora de tal delito, no hizo más de alzar al cielo los ojos, bañados de tiernas y lastimosas lágrimas, y decir:
—¡Ya, Señor, veo que de esta vez es llegado el fin de mi desdichada y perseguida vida! Y pues conozco que esta es tu voluntad, también es la mía: yo moriré contenta de que no la debo y de que aquí tendrán fin mis persecuciones, y con una muerte excuso tantas como cada día padezco; y así, mi desengaño sea mi silencio, porque deseo morir sin contradecir a lo que dispones.
A este tiempo ya el emperador, ciego de ira, había mandado llamar al gobernador, que venido, mandó que tomasen a aquella mujer, así desnuda como estaba, y la llevasen a la misma parte donde la habían hallado, y allí la cortasen la cabeza, y que ella y la mano se pusiesen en el mismo camino, con letras que dijesen su delito; y dando orden que se enterrase el príncipe, él y la emperatriz se retiraron a llorar la muerte del amado hijo.
Sacaron a la hermosa reina, así desnuda como estaba, del palacio, y por llegar más presto (como hasta la parte dicha había media legua), la entraron en un coche, y también porque no la mirasen los ciudadanos, que dando voces andaban como locos lamentando la muerte de su príncipe, antes de ejecutar la justicia; y como la vana ostentación del mundo hasta en los cuerpos sin alma se guarda, no pudo ser el entierro del niño tan presto que primero no llegasen con la hermosa señora al lugar del suplicio: luego que estuvieron en él, sacándola del coche, atadas las manos, la pusieron en mitad de aquel campo, en medio de un armado escuadrón, para que todos los que la seguían la viesen mientras se levantaba un alto cadalso, donde se había de ejecutar la justicia, que muchos oficiales armaban a gran prisa.
Estaba la inocente y mansa corderilla cercada de carniceros lobos, con ojos llorosos mirando con la prisa que se disponía su muerte: llamaba muy de veras a Dios, ofreciéndole aquel y los demás martirios que había padecido; y el traidor Federico y su compañero, entre la gente, mirando lo que tanto deseaban, cuando bajando Beatriz los ojos del cielo, donde los tenía puestos, y extendiendo la vista por el campo, vio venir rompiendo por el tumulto de la gente a largo paso a su defensora y amiga, aquella hermosa señora que la había dado su favor en tantos peligros como se había visto, quien como llegó la dijo:
—En estas ocasiones, Beatriz, se conocen las verdaderas amigas.
Y desatándola las manos, tomándola por una de ellas, por entre toda la gente, paso a paso, la sacó de entre todos, hallándose Beatriz a este tiempo con los mismos vestidos que salió de su casa y se le habían quedado en el palacio del emperador, y llevola muy distante de allí, poniéndola entre unas peñas muy encubiertas, a la boca de una cueva, en donde había una cristalina y pequeña fuentecilla, y del otro lado una verde y fructuosa palma cargada de los racimos de su sabroso fruto; y como llegó allí la dijo la hermosa señora:
—Entra, Beatriz, dentro de esa cueva, que esta ha de ser tu morada hasta que sea tiempo; en ella hallarás lo que has menester, que quiere Dios que por ahora no comuniques con más gente que con las voladoras aves, simples conejuelos y sueltos gamos, donde te hallarás mejor que con los hombres: vive en paz, ama la virtud y encomiéndate a Dios, y acuérdate de mí, que soy la que te ha sacado del aprieto en que te has visto.
—¡Ay, señora! —dijo Beatriz arrodillándose a sus pies—: no os vayáis sin decirme quién sois, para que sepa a quién tengo de agradecer tantas mercedes, que olvidarme de vos es imposible.
—Aún no es tiempo que lo sepas.
Y diciendo esto se fue con notable ligereza, dejando a Beatriz absorta, siguiendo con los ojos sus pasos, y con el sentimiento que todas las veces que se apartaba de ella quedaba; y cuando la perdió de vista se levantó y entró en la cueva, la cual no tenía de hueco más de algunos veinte pasos, y toda labrada en la misma peña.
A un lado de ella estaba una cruz grande, formada de dos maderos con mucho primor y curiosidad, y del clavo de los pies y de los que tenía en los brazos estaba colgado un rosario y unas disciplinas, y al pie un pequeño lío en que estaba un hábito de jerga, con su cuerda, y una toca de lino crudo, y sobre el lío unas Horas de Nuestra Señora y otras oraciones en romance, un libro grande de vidas de santos, y, enfrente, unas pajas donde podía caber su cuerpo, que a lo que la santa reina juzgó, parecía haber sido morada de algún penitente, que había trocado esta vida, llena de penalidades, con la eterna; la cual viendo esto, desnudándose el vestido, haciéndole un lío, le puso a un lado de la cueva, y vistiéndose el grosero saco, ciñéndose la cuerda y cubriendo el dorado cabello con la cruda toca, se sintió tan gozosa como si estuviera en el palacio de su padre o esposo, no echando menos, con el alimento que en la verde palma y clara fuentecilla halló, los regalados manjares de la casa del duque ni palacio del emperador.
Dejémosla aquí, comunicando a todas horas con Dios, a quien daba muchas gracias, junto con su santa Madre, de haberla sacado de entre los tráfagos y engaños del mundo, pidiéndoles que antes que se muriese supiese quién era aquella hermosa y piadosa señora que la había librado tantas veces de la muerte y traídola a tan sosegada vida, pasando esta unos ratos orando y otros leyendo. Volvamos al lugar del suplicio y a la corte del emperador, que no hay poco que decir de ellos.
Acabose de levantar el cadalso, que porque fuese más bien vista su muerte se mandó hacer muy elevado; y queriendo, para ejecutar la justicia, llevar a él a Florinda, que así la llamaban todos, como a un tiempo fue el ir por ella y llevársela su defensora, y vieron que delante de sus mismos ojos faltaba, quedaron los engañados ministros tan asombrados como cuando el caminante, que en noche muy oscura siguiendo su viaje, de repente se le ofrece a la vista un repentino relámpago que, dejándole deslumbrado, no sabe lo que le ha sucedido: así quedaron los que, al tiempo de asir de Florinda, se hallaron sin ella, mirando a una parte y a otra por ver por dónde se había ido; no quedando menos admirados que los demás Federico y el doctor, no pudiendo imaginar dónde se hubiese ido: unos decían: «Aquí estaba ahora»; otros: «Mirándola sin apartar los ojos de ella, se me ha desaparecido de ellos». Estos le llamaban «milagro», y aquellos «encantamiento»: solo el doctor, que era el que más espantado estaba de que a su saber se le encubriese, dijo a Federico:
—¡Qué nos cansamos! mientras esta sombra se la hiciere a esta mujer, no hemos de tener poder contra ella.
Pues estando de esta suerte, sin saber qué hacerse ni qué disculpa darían al emperador, vieron venir a todo el galope de un caballo un caballero de palacio, dando voces que si no estaba ejecutada la justicia, se suspendiese y diesen vuelta con Florinda a palacio, que así lo mandaba el emperador: que como llegó le dijo al gobernador lo mismo, y cómo, al tiempo de llevar a sepultar al príncipe con general sentimiento de todos, había resucitado levantándose sano y bueno, diciendo a voces:
—No maten a Florinda, que no me mató Florinda; antes por Florinda tengo vida; tráiganme a Florinda, vayan presto, no la maten, que está inocente, que no me mató, sino un traidor por hacerla mal a ella.
Nuevas admiraciones causaron estas nuevas, y viendo que no parecía, ni por más vueltas que dieron por el campo la hallaban, volvieron a dar cuenta al emperador de todo, y fue tanto y tan grande su sentimiento de que no pareciese como si la hubieran muerto; y más viendo que el niño lloraba tanto por ella y decía que sin Florinda no quería vivir.
Ida la gente, quedaron solos Federico y el doctor, a quien dijo el príncipe:
—¿Qué me dices de tales sucesos como estos, doctor amigo?
—Qué quieres que te diga, sino que tengo agotado el entendimiento, deshecha y deslucida la sabiduría viendo lo que pasa; y que a mí, que no se me encubre cuanto sucede en el mundo, y aun lo que en las profundas cavernas del infierno hay lo miro y juzgo como si estuviera en cada parte; no puedo alcanzar este secreto, ni en qué virtud se libra esta mujer de tantos peligros como la ocasionamos tú y yo, y no sé, aunque más lo procuro, si en virtud de Dios o de algún demonio se hace esto.
Mirándola estaba cuando se desapareció, y no vi más de que la encubrieron, sin saber quién, ni por ahora alcanzo dónde está; solo sé que la hemos de volver a ver, mas entonces será con gran riesgo de los dos, y así es menester que de nuevo tornemos tú y yo a prometernos el no apartarnos uno del otro en ningún tiempo ni ocasión; porque unidas nuestras fuerzas no la basten las suyas contra nosotros, y ahora demos la vuelta a Hungría por aliviar la pena que tu hermano y todo el reino tiene por ti, y allí obraré con más fuerza y sosiego de mis encantos, para ver si podremos obrar contra ella antes que lo ejecute contra nosotros; y en caso que no se pueda hacer, será lo más acertado quitar a tu hermano la vida con alguna confección que le demos, que siendo tú rey, poco podrá contra ti.
Pareciole bien a Federico el consejo del doctor, y dándole de nuevo palabra de no apartarle de sí en ningún tiempo, ni de noche ni de día, se fueron donde habían dejado los criados, y de allí a Hungría, donde hallaron al rey bien penado por no saber nuevas de su amado hermano, y todo el reino muy triste, no sabiendo de su príncipe; y por su venida hicieron grandes fiestas; pues como el rey no se quería casar, tenían todos puestos en él los ojos; y aunque le conocían mal inclinado, era, en fin, hijo de su rey y hermano del que tenían.
Ocho años estuvo Beatriz en la cueva, sin que el mal doctor pudiese en todos ellos descubrir dónde estaba, y ella tan contenta en aquella morada, gozando tan quieta y pacífica vida que ya no se acordaba de reino ni de esposo, sin que persona humana viese sus ojos en todo este tiempo. Toda su compañía eran simples conejuelos y medrosos gamos con tiernas cervatillas, que estaban tan hallados con ella que se le venían a las manos como si fueran mansos cachorrillos, gozando de la alegre música de las aves, con quienes se deleitaba y entretenía.
Solo sentía mucha pena de no haber visto en todos estos años a su amada amiga y defensora, aquella hermosa señora a quien tanto debía, y casi amara el verse en peligro por volver a gozar de su vista; cuando una mañana, al empezar a reír el alba, estando durmiendo, se oyó llamar de la misma suerte que cuando estaba sin ojos entre las peñas, diciéndole:
—Dios te salve, Beatriz amiga.
A cuya voz, abriendo los soñolientos ojos, vio junto a sí a su querida y amada defensora, y levantándose despavorida y alegre, se arrodilló delante de ella, diciendo con lágrimas de alegría:
—¡Ay, señora mía, y qué largo tiempo ha que no os veo! ¿Cómo os habéis olvidado de mí, como quien tanto sabe las ansias que por veros he tenido? Decidme: ¿cómo no me habéis venido a ver? Que a saber yo dónde os pudiera hallar, no me hubiera detenido en buscaros.
—Yo —respondió la señora— nunca me olvido de quien verdaderamente me ama, que aunque tú no me has visto, yo te he visto a ti; mas como hasta ahora no has necesitado de mi favor, no he venido a que me veas; y porque ya es tiempo que los deseos que tienes de saber quién soy se cumplan, antes de decirte a lo que vengo, quiero que me conozcas y sepas que soy la Madre de Dios.
En diciendo esto, como ya era la voluntad de Dios y la suya que la conociera, al punto, en el diáfano manto azul, que aunque de este color, más era sol que manto, en los contornos de la plateada luna, en la corona de estrellas, en el clarísimo resplandor de su divino y sagrado rostro, en los angélicos espíritus que la cercaban, conoció Beatriz a aquella soberana reina de los ángeles, Madre de Dios y Señora nuestra, y puestos los ojos en ella, así como estaba de hinojos, se quedó inmóvil y elevada gran rato, absorta en tan gloriosa vista.
Goce Beatriz este favor tan deseado mientras que yo pondero este misterioso suceso, y digo que es gran prueba de nuestra razón la que sucedió a esta hermosa y perseguida reina, que para defenderse de la lasciva crueldad de un hombre, no le bastase su santidad y su honestidad, con todas las demás virtudes de que se cuenta era dotada, ni con su divino y claro entendimiento disimular y celar el amor de que tantas veces y en tan varias ocasiones se había dado por desentendida, ni el excusarse de que hallase en ella más cariño ni agrado cuando le escribió el papel, ni tenerle el tiempo que estuvo en la jaula de hierro; nada bastó contra la soberbia e ira de este hombre, sino que fue menester todo el favor y amparo de la madre de Dios.
¡Ah, hermosas damas, si consideráis esto, y qué desengaño para vuestros engaños! El poder de la madre de Dios es menester para librar a Beatriz de un hombre, resistiéndose, apartándose, disimulando, prendiendo, y tras todo esto no se puede librar de él si la Madre de Dios no le libra. ¿Qué esperáis vosotras, que los amáis, que los buscáis, que los creéis, y os queréis engañar?
Porque lo cierto es que si fuéramos por un camino y viéramos que cuantos han caminado por él han caído en un hoyo que tiene en medio, y viendo caer a los demás, nosotras fuésemos a dar en él de ojos, sin escarmentar de ver caer a otros, ¿qué disculpa podríamos dar, sino que por nuestro gusto vamos a despeñarnos en él?
Veis la parienta burlada, la amiga perdida, la señora deshonrada, la plebeya abatida, la mujer muerta a manos del marido, la hija por el padre, la hermana por el hermano, la dama por el galán; y finalmente veis que el día de hoy el mayor honor y la mayor hazaña de que se precian los hombres es de burlaros, y luego publicarlo y decir mal de vosotras, sin reservar ninguna, sino que en común hacen de todas una ensalada, ¿y no tomaréis ejemplo las unas de las otras?
¿Para qué os quejáis de los hombres, pues, conociéndolos, os dejáis engañar de ellos, fiándoos de cuatro palabras cariñosas? ¿No veis que son píldoras doradas? ¿No consideráis que a las otras que burlaron dijeron lo mismo, que es un lenguaje estudiado con que os están vendiendo, un arancel que todos observan; y apenas os pierden de vista, cuando, aunque sea a una fregatriz, la dicen otro tanto?
Y lo que más habíades de sentir es cuando, juntos en corrillo, dicen que os hallan tan a la mano que vosotras mismas los rogáis, y que hallan mujeres a cuarto de castañas, o a este papel de a cuarto. ¿No os afrentáis de esto? ¿No os caéis muertas de sentimiento?
Pues de mí digo que, con no ser comprendida en estas leyes, porque ni engaño ni me pongo en ocasión que me engañen, ni he menester los desengaños, me afrento, de manera que quisiera ser poderosa de todas maneras para apartaros de tal vicio y para defenderos de tales desdichas.
¡Y que nada os obligue a vosotras para libraros de ellas! Pues mirad cómo esta reina que, pues merecía tener el favor de la Madre de Dios, buena era; pues si siendo buena tuvo necesidad de que la Madre de Dios la defendiese de un hombre, vosotras, en guerra de tantos y sin su favor, ¿cómo os pensáis defender?
Volved, volved por vosotras mismas, y ya que no estimáis la vida, pues a cada paso la ponéis en riesgos, estimad el honor, que no sé qué mujer duerme sosegada en su cama, sabiendo que en los corrillos están diciendo mal de ella los mismos que debían encubrir su falta, habiendo sido instrumento de que cayese en ella; que en las pasadas edades más estimación se hacía de las mujeres, porque estas la tenían de sí mismas, y entonces, como les costaban más, las aplaudían más, y los poetas las alababan en sus versos y no las ultrajaban como ahora, que no se tiene por buen toreador el que no hinca un rejón.
Ahora volvamos a Beatriz, que la dejamos elevada y absorta en aquella divina vista, que en lo demás yo pienso que me canso en balde, porque ni las mujeres dejarán de dar ocasión para ser deshonradas ni los hombres se excusarán de tomarla; porque a las mujeres les huele mal el honor y a los hombres el decir de ellas bien, y así anda todo de pie quebrado: es la gracia que tienen todos, y todos los tejados de vidrio, y sin temer las pedradas que darán en el suyo, están tirando piedras a los demás, y de lo que más me admiro es del ánimo de las mujeres de esta edad, que sin tener el favor y amparo de la Madre de Dios, se atreven a fiarse del corazón de los hombres, bosques de espesura, que así los llamó el rey don Alonso el sabio en lo verdadero, y el dios Momo en lo fabuloso, donde no hay sino leones de crueldades, lobos de engaños, osos de malicias y serpientes de iras, que siempre las están despedazando el honor y las vidas, hartando su hambre y sed rabiosa en sus delicadas carnes, que bien delicada es la vida y bien débil el honor, y con ver salir a las otras despedazadas, se entran ellas sin ningún miedo en ellas.
Pues, como digo, estaba Beatriz arrodillada y tan fuera de sí, mirando aquella divina señora, de quien tan regalada se hallaba que se estuviera así hasta el fin del mundo, si la santísima Virgen no le dijera:
—Vuelve en ti, amiga Beatriz, que es ya tiempo que salgas de aquí y vayas a volver por tu honor, que aunque padeces sin culpa, eso y tu paciencia es bastante para darte el premio de tus trabajos: quiere mi Hijo que sus esposas tengan buena fama; y por eso a muchas a quien el mundo se la ha quitado, aun después de la última jornada de él, permite que con averiguaciones bastantes, como las que se hacen en su canonización, se la vuelva el mismo que se la ha quitado; mas de ti quiere que tú la restaures y quites a tu mismo enemigo el peligro que tiene de condenarse; y a tu esposo y padres, juntos con los dos reyes de Inglaterra y Hungría, la mala opinión en que te tienen. Toma este vestido de varón y póntele, dejando ahí los dos que te han servido en tus penas e inquietudes, y estas yerbas.
Diciendo esto, le dio el vestido y una cestilla de unas yerbas tan frescas y olorosas que bien parecía que las traía aquella que es vergel cerrado y oloroso; y prosiguió diciendo:
—Estas no se te marchitarán jamás, sino que siempre las hallarás como te las doy: vete a Hungría, donde por voluntad y permisión de mi Hijo todos padecen de una cruel peste que ha dado tal, que no vale la diligencia de los médicos humanos para reservar a los tocados de ella de la muerte; solo a ti, por medio de estas yerbas, es otorgado el poder; mas ha de ser de este modo: que el herido de este mal que quisiere ser sano se ha de confesar de todos sus pecados, sin reservar ninguno, por feo que sea, delante de ti y otra persona que tú señalares; y hecho esto, habiendo sacado el zumo de esta yerba, le darás a beber una sola gota, con que al punto quedará sano; mas advierte, y así lo hagas tú a los que curares, que en dejando de confesar algún pecado, o por vergüenza o malicia, al punto que beba el salutífero y suave licor, le será riguroso veneno que le acabará la vida con gran peligro de su alma.
Levantose Beatriz, oído esto, y quitándose el saco de jerga se puso el vestido, y llevando el arreo que se quitaba a la cueva, le puso en el lugar que le había hallado; y despidiéndose de aquella morada con tierno sentimiento, tomó su cestilla acompañada de su gloriosa defensora, quien tomándola por la mano la sacó de entre las peñas y la puso en el camino, enseñándola por dónde había de ir, y abrazándola y dándola su bendición, y ella arrodillada, con muchas lágrimas por apartarse de aquella celestial señora, la besó los pies con tal sentimiento que no se quisiera quitar jamás de ellos, pidiéndola que siempre la amparase; y la santísima Virgen, ya que se quería partir, la dijo:
—Anda, hija, con la bendición de Dios y mía, y sanarás a todos los que hicieren lo que he dicho, en el nombre de Jesús, mi amado Hijo.
Y dejándosela así, arrodillada, se desapareció, quedando la santa reina tan enternecida de que se hubiese partido de ella que no acertaba a levantarse ni quitar la boca del lugar adonde había tenido sus gloriosos pies; y así estuvo un buen espacio hasta que, viendo ser justo obedecer lo que le había mandado, se levantó y empezó a caminar.
Como fuese entrando por el reino de Hungría, era cosa maravillosa de ver la gente que sanaba, así de un sexo como del otro, tanto que a pocos días volaba su fama por todo el reino, llamándole el médico milagroso, hasta que llegó a la misma ciudad donde residía la corte, la cual halló en más aprieto que las demás que había andado, tanto porque como allí había más gente y el mal estaba apoderado de los más, cuanto porque estaba herido de él el príncipe Federico, en tanto grado que no se tenían esperanzas de su vida, por no aprovecharle los remedios que los médicos le hacían; y como no había otro heredero, el rey y el reino estaban muy penados.
Empezó Beatriz a hacer sus milagrosas curas, sanando a tantos con ellas que apenas la dejaban hora para dar algún reposo a su cuerpo, y junto con esto, a no hablarse de otra cosa sino del médico milagroso, unos creyendo ser algún santo, y otros teniéndole por ángel; de suerte que llegaron las nuevas al rey, a quien afirmando todos los que lo sabían que sanaba a tantos, deseoso de la vida de su amado hermano, envió por él, y venido, le prometió grandes mercedes si le daba salud.
—Vamos adonde está, respondió Beatriz, que como el príncipe haga lo que los demás hacen, sanará sin duda.
Oído esto por el rey, la tomó por la mano y la entró adonde estaba Federico en el lecho, tan malo y debilitado que parecía que apenas duraría dos días. Tenía a la cabecera a su mágico doctor y amigo, que de día ni de noche se apartaba de él, y si bien había ya hecho las prevenciones que todo cristiano debe hacer para partir de esta vida, habían sido tan falsas como quien había prometido a su doctor no decir, ni aun al confesor, el secreto que los dos sabían.
Pues viéndole el rey tan fatigado, le dijo:
—Ánimo, amado hermano mío, que aquí tienes el milagroso médico que te dará con el favor de Dios la vida, como la ha dado a cuantos en todo el reino padecían de este mal.
Alentose Federico, y poniendo en Beatriz los ojos, le dijo:
—Haz tu oficio, doctor, que si me sanas, prometo hacerte el mayor señor de Hungría.
—Hemos menester —dijo a esta sazón el mágico— saber en qué virtud curas, si es por ciencia, o por yerbas, o palabras.
—¿Pues tú —respondió Beatriz— que tanto sabes, ignoras en qué virtud curo? En la de Dios, que puede más que tu falsa mágica.
Calló el mágico, oído esto, y Beatriz, volviéndose a Federico, le dijo:
—¿Sabes, príncipe, lo que has de hacer para que te aproveche el remedio que te he de dar?
—No —dijo Federico—. Adviérteme de todo, porque no pierda la cura por ignorar lo que se ha de hacer.
—Pues tú has de confesarte de todos tus pecados, sin dejar ninguno por vergüenza ni malicia, delante del rey tu hermano y de mí: mas mira, príncipe, lo que haces, que si no te confiesas de todo y te queda alguno, en lugar de vivir, morirás.
¡Gran misterio de Dios, que estaba hablando con los mismos que la perseguían, sin ser conocida de ninguno, y del mágico menos! Pues viendo Federico que había nombrado al rey, vuelto a su doctor, le dijo:
—Ya ves, doctor, que no puede ser menos: da lugar para que haga lo que este buen hombre dice que he de hacer.
Riose el doctor, y volviéndose a Federico, le dijo:
—¿Pues cómo, príncipe, te olvidas que me tienes prometido, como quien eres, de no apartarte de mí? ¿Será justo que un rey quiebre su palabra? Según esto, ni yo puedo irme ni tú enviarme. Mira esto, hombre, cómo ha de ser, que menos que hecho pedazos no cederé del derecho que tengo a tu promesa.
Mudo quedó Federico, sin saber qué responder a lo que el doctor hablaba, viendo que decía verdad.
A lo que Beatriz respondió, inspirada del cielo:
—Estate quedo, engañador, no te vayas, que poco importa que estés presente, pues tú siempre lo estás a todo; mas por esta vez no te valdrán tus astucias ni saber, que hay quien sabe más que tú.
Con esto, sentándose el rey y Beatriz, y el doctor, Federico se confesó de todos sus pecados, excepto de las traiciones tocantes a la reina, estando muy contento el mágico, viendo cómo observaba el príncipe lo que le tenía prometido, quien luego que acabó y dijo no tener más que decir, viendo Beatriz que era diferente, le dijo:
—¿No tienes más que decir?
—No —dijo Federico.
—¿No? —replicó Beatriz. Pues mira lo que haces hasta darte el licor: yo te lo daré, que en esta vasija le tengo; mas advierte que si te dejas alguna cosa, por mínima que sea, en el mismo punto que le bebas no solo perderás la vida, mas también el alma.
Tembló oyendo esto Federico, y volviéndose al rey le dijo:
—Hermano mío, prometedme, como rey, perdonarme lo que hubiere cometido contra vos, y otorgadme la vida, que menos que con esto no puedo hacer lo que este buen hombre pide.
—Yo, hermano amado —dijo el rey—, os perdono, aunque hubiérades tratado de quitarme la vida, y os otorgo la vuestra, y quiera Dios que, obrando este milagroso remedio, la tengáis por muchos años.
—Pues, doctor amigo —dijo Federico, vuelto al mágico—, perdona, que morir y condenarme son dos males terribles; y no es razón que, por guardarte a ti la promesa que te hice loco, pierda la vida del alma y cuerpo, cuando estoy cuerdo.
—¿De esa manera cumples lo que prometes? —dijo el mágico—. ¿Qué esperanzas darás a tus súbditos para cuando seas rey? Y yo me quejaré de ti, y te infamaré por todo el mundo de perjuro.
—Más importa el alma y la vida —dijo Federico.
Y sin aguardar a más preguntas ni respuestas, declaró todo lo que tocaba a la reina, diciendo cómo había sido quien la había enamorado y perseguido, y cómo ella, por librarse de él, le había encerrado en la jaula de hierro; cómo había fingido con el saber del doctor las cartas, estando en la casa del duque; cómo la había querido forzar antes de matarla en la fuente; cómo le había muerto el niño príncipe en casa del emperador, y cómo, estando para degollarla, se había desaparecido; lo que había oído del caballero de casa del emperador que había venido a que no se ejecutase la justicia, porque el niño había resucitado; cómo la había hallado con los ojos, siendo cierto que los monteros se los habían sacado; y cómo, por más que habían procurado saber qué se había hecho, no lo habían podido alcanzar, ni el doctor con su saber, ni él con sus diligencias; y cómo tenían intención de matar al rey, porque si en algún tiempo pareciese, no los castigase.
Finalmente, no dejó cosa que no la descubriese, lo que visto por Beatriz, dándole la abujeta del licor, al punto quedó sano.
Como el rey, que atento estaba a lo que su hermano decía, se enterase de la inocencia de la reina y lo que había pasado de trabajos y persecuciones, y no supiese dónde la hallarían para pedirla perdón y volverla al estado que merecía, llorando tiernamente le dijo:
—¡Ay, Federico (que no te quiero llamar hermano, que no han sido tus obras de serlo); y cómo fuiste cuerdo en pedirme la vida, que a no habértela prometido, una muerte fuera pequeño castigo, pues si pudiera darte mil, no lo dejara por ningún peligro que me pudiera venir! No parezcas mientras yo viviere ante mis ojos, que no quiero ver con ellos la causa de las lágrimas que están vertiendo los míos.
¡Ay, mi amada Beatriz, y cómo si, considerándote culpada, aún no ha entrado alegría en mi triste corazón por haber perdido tu amada compañía; cómo desde hoy moriré viviendo, sin que estas lágrimas que vierto jamás se enjuguen de mis penosos ojos! ¡Ay, santa mártir! Perdona mi mal juicio en dar crédito contra tu virtud a tal traición: ¿mas cómo no me había de engañar si mi propio hermano te desacreditaba con tan aparentes maldades?
Decía el rey estas lástimas con tanto sentimiento, que viendo Beatriz que ya era tiempo de darse a conocer, le dijo:
—Sosiégate, Ladislao, no te desconsueles tanto, que aquí está Beatriz; yo soy la que tantas deshonras y desdichas ha padecido, y por quien tus ojos están vertiendo esas lágrimas.
Apenas la reina dijo esto, cuando se vio, y la vieron todos, con los reales vestidos que sacó de palacio cuando la llevaron a sacar los ojos y que se habían quedado en la cueva, sin faltar ni una joya de las que le quitaron los monteros, tan entera en su hermosura como antes, sin que el sol ni el aire, aunque estuvo ocho años en la cueva, la hubiesen ajado un punto de su belleza; observando todos cuantos en la sala estaban, que eran muchos (por cuanto al llanto que el rey hacía habían entrado todos los caballeros que fuera estaban, creyendo que Federico había muerto), cómo la Madre de Dios, Reina de los ángeles y Señora nuestra, tenía puesta su divina mano sobre el hombro derecho de la hermosa reina Beatriz; a cuya celestial y divina vista el doctor, que sentado en una silla estaba cerca de la cama de Federico, dando un grande estallido, como si un tiro de artillería se disparara, daba grandes voces, diciendo:
—Venciste, María, venciste; ya conozco la sombra que amparaba a Beatriz, que hasta ahora estuve ciego.
Y desapareció, dejando la silla llena de espeso humo, siendo la sala un asombro y un caos de confusión, porque a la parte que estaba Beatriz con su divina Defensora era un resplandeciente paraíso, y a la que el falso doctor y verdadero demonio, una tiniebla y obscuridad.
Arrodillose el rey, y Federico, que ya había saltado de la cama, a los pies de Beatriz, y todos cuantos estaban en la sala de la misma suerte, besándola los pies y la tierra en que los tenía.
¡Quién oyera a Ladislao las ternezas que la decía, pidiéndola perdón del descrédito que contra su virtud había tenido! ¡Quién viera a Federico suplicándola le perdonase, confesando a voces su traición! ¡Quién mirara a sus damas, que a las voces y tronidos del demonio habían salido con tiernas lágrimas, besándola unas las manos y otras las ropas; y todos con tanto contento cuanto había sido la pena que habían tenido de sus desdichas! No hay que decir sino que parecía un género de locos de contento.
Levantó Beatriz a su esposo y cuñado juntos, abrazándolos de la misma suerte, y luego a todos los demás, uno por uno. Salió la voz de la venida milagrosa de la reina, sabiéndose cómo era el doctor que había dado la vida a todos, y corrían como fuera de juicio a palacio; tanto, que fue necesario que saliese donde de todos fuese vista, porque daban voces que les dejasen ver su reina; y así como la dejó entre el concurso dicho, la Reina del cielo había desaparecido.
Bien quisiera Ladislao tornar a gozar entre los hermosos brazos de su esposa las glorias que había perdido en su ausencia; mas ella no lo consintió, diciéndole que ya no había reino ni esposo en el mundo para ella, que al Esposo celestial y al reino de la gloria solo aspiraba; que no la tratase de volver a ocasionarle más desdichas de las padecidas: y como esta debía de ser la voluntad divina, no la replicó más el rey ni trató de persuadirla lo contrario; porque, inspirado de Dios, se determinó a seguir los pasos y camino de Beatriz, que sin querer hacer noche en palacio, llevando consigo todas las damas que quisieron ser sus compañeras, se fue a un convento donde tomaron todas el hábito de religiosas, dándola licencia el rey para ello, donde vivió santamente hasta que fue de mucha edad.
El rey Ladislao envió luego a Inglaterra las nuevas con embajadores fidedignos, enviando por la infanta Isabela para mujer de Federico, quien era hermana de Beatriz y muy niña cuando ella vino a Hungría, y no menos hermosa que su hermana, a la que los reyes sus padres quisieron traer ellos mismos, por ver de camino a Beatriz; y venidos, se celebraron las bodas de Federico y la infanta Isabela con grandes fiestas de los dos reinos, y acabadas, antes que los reyes de Inglaterra se volviesen, el rey Ladislao traspasó y cedió el reino a su hermano; y habiéndole dado la investidura y jurádole los vasallos, tomó el hábito del glorioso san Benito, donde siguiendo los pasos de su santa esposa, fue a prevenirse el lugar en el cielo.
Habiendo vivido santamente, murió muchos años antes que Beatriz, la cual, antes de su muerte, escribió ella misma su vida, como aquí se ha dicho con nombre de desengaño; porque en él ven las damas lo que deben temer, pues por la crueldad y porfía de un hombre padeció tantos trabajos la reina Beatriz, la que en toda Italia es tenida por santa, donde vi su vida manuscrita, estando allá con mis padres.
Y advierto esto, porque si alguno hubiere oído algo de esta reina, será como digo, mas no impresa ni manoseada de otros ingenios; y como se ha propuesto que estos desengaños han de ser sobre casos verdaderos, fuerza es que alguno los haya oído en otras partes, mas no como aquí va referido.
Con tanto gusto escuchaban todos el desengaño que doña Estefanía refirió, que, aunque largo, no causó hastío al gusto, antes quisieran que durara más: y si bien don Diego, por llegarse a ver dueño de la belleza de Lisis, deseada tan largo tiempo, quisiera que los desengaños de aquella noche fueran más cortos, las dos desengañadoras, como era la penúltima, de propósito los previnieron más largos, y no le hacían poco favor en dilatarle la pena que en lugar de gusto le estaba prevenida por fin de la fiesta, pues en esta penosa vida no le hay cumplido, porque, como nos vamos acercando más al fin, como el que camina, que andando un día una jornada y otro día otra, viene a llegar al lugar adonde enderezó su viaje, así este triste mundo va caminando, y en las desdichas que en él suceden parece que se va acercando a la última jornada.
Pues viendo doña Isabel que la discreta Lisis trocaba asientos con doña Estefanía, por ser la penúltima que había de desengañar, cantó sola este soneto, de un divino entendimiento de Aragón, hecho a una dama a quien amaba por fama, sin haberla visto, y ella se excusaba de que la viese por no desengañarle del engaño que podía padecer en su hermosura; si bien le desengañaba por escrito, diciéndole que era fea, por quitarle el deseo que tenía de verla; y se le había dado Lisis a doña Isabel para que le cantase, en esta ocasión, por no darle fin trágico, aunque el héroe que lo hizo le merecía por haberse embarcado en el Leteo.
Amar sin ver, facilidad parece, Que contradice efectos al cuidado; Pero quien del ingenio se ha pagado, De más amante crédito merece.
El que a la luz que el tiempo desvanece Solicita lascivo el dulce agrado, Apetito es su amor, que desdichado Con el mismo deleite descaece.
Amarilis, si viendo tu hermosura, Rindiera su beldad tiernos despojos, Sujetara a los años mis sentidos.
Mi amor porción del alma se asegura, Y huyendo la inconstancia de los ojos, Se quiso eternizar en los oídos.
NOCHE DÉCIMA.
DESENGAÑO DÉCIMO.
ESTRAGOS QUE CAUSA EL VICIO.
Ya cuando doña Isabel acabó de cantar estaba la divina Lisis sentada en el asiento del desengaño, habiéndola honrado todos cuantos había en la sala, damas y caballeros, como a presidente del sarao, con ponerse en pie, haciéndola cortés reverencia hasta que se sentó, y todo lo merecía su hermosura, su entendimiento y su valor; y habiéndose vuelto todos a sentar, con gracia nunca vista empezó de esta suerte:
—Estaréis, hermosas damas y discretos caballeros, aguardando a oír mi desengaño con más cuidado que los demás, por esperarle mejor sazonado, más gustoso, con razones más bien dispuestas, y habrá más de dos que dirán entre sí: «¿Cuándo ha de desengañar la bien entendida, o la bachillera, que de todo habrá, la que quiere defender a las mujeres, la que pretende enmendar a los hombres, y la que pretende que no sea el mundo el que siempre ha sido?» Porque los vicios nunca se envejecen, siempre son mozos, y en los mozos, de ordinario hay vicios; los hombres son los que se envejecen en ellos, y una cosa a que se hace hábito jamás se olvida; y yo, como no traigo propósito de canonizarme por bien entendida sino por buena desengañadora, es lo cierto que, ni en lo hablado ni en lo que hablaré, he buscado razones retóricas ni cultas; porque, además de ser un lenguaje que con el extremo posible aborrezco, querría que me entendiesen todos, el culto y el lego, porque como todos están ya declarados por enemigos de las mujeres, contra todos he publicado la guerra; y así he procurado hablar en el idioma que mi natural me enseña y aprendí de mis padres; que lo demás es una sofistería en que han dado los escritores por diferenciarse de los demás; y dicen a veces cosas que ellos mismos no las entienden, y cómo las entenderán los demás si no es diciendo, como algunas veces me ha sucedido a mí, que cansando el sentido por saber qué quiere decir y no sacando fruto de mi fatiga, digo: «Muy bueno debe de ser, pues yo no lo entiendo».
Así, noble auditorio, yo me he puesto aquí a desengañar a las damas y a persuadir a los caballeros que no las engañen; y ya que esto sea por ser ancianos en este vicio, pues ellos son los maestros de los engaños, y han sacado en las que los militan buena disciplina, no digan mal de la ciencia que ellos enseñan.
De manera que aquí me he puesto a hablar sin engaño, y yo misma he de ser el mayor desengaño, porque sería morir del engaño y no vivir del aviso si, desengañando a todas, me dejase yo engañar.
Ánimo, hermosas damas, que hemos de salir vencedoras. Paciencia, discretos caballeros, que habéis de quedar vencidos y habéis de juzgar a favor que las damas os venzan. Este es el desafío de una a todos, y de cortesía por lo menos me habéis de dar la victoria, pues tal vencimiento es quedar más vencedores.
Claro está que siendo, como sois, nobles y discretos, por mi deseo, que es bueno, habéis de alabar mi trabajo, aunque sea malo, no embote los filos de vuestro entendimiento este parto pobre y humilde mío; y así, pues no os quito y os doy, ¿qué razones habrá para que entre las grandes riquezas de vuestros heroicos discursos no halle lugar mi pobre jornalejo? Y supuesto que, aunque moneda inferior, es moneda y vale algo, por humilde no la habéis de pisar: luego si merece tener lugar entre vuestro grueso caudal, ya os vencéis y me hacéis vencedora.
Ved aquí, hermosas damas, cómo quedando yo con la victoria de este desafío, le habéis de gozar todas, pues por todas peleo.
¡Oh, quién tuviera el entendimiento como el deseo, para saber defender a las hembras y agradar a los varones! Y que ya que os diera el pesar de venceros, fuera con tanta erudición y gala que le tuviérades por placer, y que, obligados de la cortesía, vosotros mismos os rindiérades más.
Si es cierto que todos los poetas tienen parte de divinidad, quisiera que la mía fuera tan del empíreo que os obligara sin enojaros; porque hay pesares tan bien dichos que ellos mismos se diligencian el perdón.
De todas estas damas habéis llevado la reprensión, aunque con temor, porque creo que no están aún bien desengañadas de vuestros engaños; y de mí la llevaréis, saliendo triunfadora, porque pienso que no os habré menester sino para decir bien o mal de este sarao; y en eso hay poco perdido, si no le vale, como he dicho, vuestra cortesía; porque si fuere malo, no ha de perder el que le sacare a luz, pues le comprarán siquiera para decir mal de él; y si bueno, él mismo se hará lugar y se dará el valor.
Si le tuvieren por bachillería, no me negaréis que no va bien perfeccionado, y más no habiéndome ayudado del arte, que es más de estimar, sino de este natural que me dio el cielo.
Yo os advierto que escribo sin temor; porque como jamás me han parecido mal las obras ajenas, de cortesía se me debe que parezcan bien las mías, y no solo de cortesía, mas de obligación. Doblemos aquí la hoja y vaya de desengaño, que al fin se canta la gloria, y voy segura de que me habéis de cantar la gala.
Estando la católica y real majestad de Felipe tercero el año de mil seiscientos diecinueve en la ciudad de Lisboa, en el reino de Portugal, sucedió que un caballero, gentilhombre de su real cámara (a quien llamaremos don Gaspar, bien fuese así su nombre o bien lo sea supuesto, pues así lo oí o a él mismo o a personas que le conocieron, que en esto de los nombres pocas veces se dice el mismo), fue a esta jornada acompañando a Su Majestad.
Era galán, noble, rico y con todas las prendas que se pueden desear, y más en un caballero, pues como la mocedad trae consigo los accidentes de amor, mientras dura su flor no tratan los hombres de otros ministerios, y más cuando van a otras tierras extrañas de las suyas, quienes por ver si las damas de ellas se adelantan en gracias a las de su tierra, luego tratan de calificarlas haciendo empleo de su gusto en alguna que los saque de esta duda.
Así don Gaspar, que parece iba solo a esto, a muy pocos días que estuvo en Lisboa hizo elección de una dama, si no de lo más acendrado en calidad, por lo menos de lo más lindo que para sazonar el gusto pudo hallar; y esta fue la menor de cuatro hermanas, que, con recato (por ser en esto las portuguesas muy miradas), trataban de entretenerse y aprovecharse, pues ya que las personas no sean castas, es gran virtud ser cautas, porque en lo que más pierden los de nuestra nación, tanto hombres como mujeres, es en la ostentación que hacen de los vicios, y es el mal que apenas hace una mujer un yerro, cuando ya se sabe, y a muchas que no lo hacen se le acumulan.
Estas cuatro hermanas que digo vivían en un cuarto tercero de una casa muy principal, y los demás de ella estaban ocupados de buena gente, y ellas no en muy mala opinión: tanto que, para que don Gaspar no se la quitase, no la visitaba de día, y para entrar de noche tenía llave de un postigo de una puerta trasera; de forma que, aguardando a que la gente se recogiese y las puertas se cerrasen, que de día estaban entrambas abiertas por mandarse los vecinos por la una y la otra, abría con su llave y entraba a ver a su prenda sin nota ni escándalo de la vecindad.
Poco más de quince días había gastado don Gaspar en este empleo, si no enamorado, a lo menos satisfecho de la belleza de esta dama, cuando una noche, que por haber estado jugando fue algo más tarde que las demás, le sucedió un portentoso y raro caso que parece fue anuncio de los que en aquella ciudad le sucedieron después, y fue que, habiendo despedido un criado que siempre le acompañaba, por ser de quien fiaba entre todos los que le asistían a las travesuras de sus amores, abrió la puerta y parándose a cerrarla por de dentro, como hacía otras veces, en una cueva que en el mismo portal estaba, no trampa en el suelo sino puerta levantada en arco con unas verjas menudas, y que siempre estaba sin llave por ser para toda la vecindad que en aquel cabo de la casa moraban, oyó unos ayes dentro, tan bajos y lastimosos que no dejó de causarle por primera instancia algún horror, si bien ya más recobrado, juzgó sería algún pobre que, por no tener donde albergarse aquella noche, se había entrado allí, y que se lamentaba de algún dolor que padecía.
Acabó de cerrar la puerta, y subiendo al cuarto de su dama (por satisfacerse de su pensamiento, antes de hablar una sola palabra en razón de su amor), pidió una luz, y con ella tornó a la cueva, y con grande ánimo, al fin como quien era, bajó los escalones, que no eran muchos, y entrando en ella vio que no era muy espaciosa, porque desde el fin de los escalones se podía bien señorear lo que había en ella, que no era más de las paredes; y espantado de verla desierta y que no estaba en ella el dueño de los penosos gemidos que había oído, mirando por todas partes, como si hubiera de estar escondido en algún agujero, advirtió a una parte de ella mullida la tierra, como que había poco tiempo que la habían cavado, y habiendo visto de la mitad del techo colgado un garabato, que debía de servir de colgar en él lo que se ponía a remediar del calor, tirando de él le arrancó y empezó a arañar la tierra para ver si acaso descubría alguna cosa; y a poco trabajo que puso, por estar la tierra muy movediza, vio que uno de los hierros del garabato había hecho presa, y se resistía de tornar a salir; puso más fuerza y levantándolo hacia arriba asomó la cara de un hombre, por haberse clavado el hierro por debajo de la barba, no porque estuviese apartada del cuerpo, que a estarlo la sacara de todo punto.
No hay duda sino que tuvo necesidad don Gaspar de todo su valor para sosegar el susto y tornar la sangre a su propio lugar, que había ido a dar favor al corazón, que, desalentado del horror de tal vista, se había enflaquecido. Soltó la presa, que se tornó a sumir en la tierra, y allegando con los pies la que había apartado, se tornó a subir arriba, dando cuenta a las damas de lo que pasaba, que, cuidadosas de su tardanza, le esperaban, de que no se mostraron poco temerosas, tanto que, aunque don Gaspar quisiera irse luego, no se atrevió, viendo su miedo, a dejarlas solas; mas no pudieron acabar con él que se acostase como otras veces, no de temor del muerto sino de empacho y respeto, que cuando nos alumbran de nuestras ceguedades los sucesos ajenos, y más tan desastrados, demasiada desvergüenza es no atemorizarse de ellos, y por respeto del cielo, pues a la vista de los muertos no es razón pecar los vivos. Finalmente, la noche la pasaron en buena conversación, dando y tomando sobre el caso, pidiéndole las damas modo y remedio para sacar de allí aquel cuerpo que estaba lamentándose como si tuviera alma.
Era don Gaspar noble, y temiendo no les sucediese a aquellas mujeres algún riesgo, obligado de la amistad que tenía con ellas, a la mañana, cuando se quiso ir, que fue luego que la aurora empezó a mostrar su belleza, les prometió que a la noche daría orden para sacarlo de allí y que se le diese tierra sagrada, que eso debía de pedir con sus lastimosos gemidos; y como lo dispuso, fue irse al convento más cercano, y conferenciando con el superior de los religiosos, en confesión le contó todo cuanto le había sucedido, que acreditó con saber el religioso quién era, porque la nobleza trae consigo el crédito; y aquella misma noche del siguiente día fueron con don Gaspar dos religiosos, y traída luz, que la mayor de las cuatro hermanas trajo, por ver el difunto, a poco que cavaron, pues apenas sería vara y media, descubrieron el triste cadáver, y sacándolo fuera vieron que era un mozo que aun no llegaba a veinte y cuatro años, vestido de terciopelo negro y ferreruelo de bayeta; porque nada le faltaba del arreo, pues hasta el sombrero tenía allí, con su daga y espada, y en las faltriqueras, en la una un lienzo, unas horas y el rosario, y en la otra unos papeles, entre los cuales estaba la bula; mas por los papeles no pudieron saber quién fuese, por ser letra de mujer y no contener otra cosa más de finezas amorosas, y la bula aún no tenía asentado el nombre, por parecer tomada aquel día, o por descuido, que es lo más cierto. No tenía herida alguna, ni parecía estar muerto de más de doce o quince días.
Admirados de todo esto, y más de oír a don Gaspar que le había oído quejar, le acomodaron en una caja que para esto llevaba el criado de don Gaspar, y habiéndose la dama vuelto a subir a su cuarto, se le cargó al hombro uno de los religiosos, que era lego, y caminaron con él al convento, haciéndoles guarda don Gaspar y su confidente, donde le enterraron, quitándole el vestido y lo demás, en una sepultura que ya para el caso estaba abierta, supliendo don Gaspar este trabajo de los religiosos con alguna cantidad de doblones para que se dijesen misas por el difunto, a quien había dado Dios lugar de quejarse para que la piedad de este caballero le hiciese este bien.
Bastó este suceso para apartar a don Gaspar de aquella ocasión en que se había ocupado; no porque imaginase que tuviesen las hermanas culpa, sino porque juzgó que era aviso de Dios para que se apartase de casa donde tales riesgos había, y así no volvió más a ver las hermanas, aunque ellas lo procuraron diciendo se mudarían de la casa: y asimismo, atemorizado de este suceso, por algunos días resistió los impulsos de la juventud, sin querer emplearse en lances amorosos, en donde tales peligros hay, y más con mujeres que tienen por renta el vicio y por caudal el deleite, pues de estas no se puede sacar sino el motivo que han tomado los hombres para no decir bien de ninguna y sentir mal de todas; mas al fin, como la mocedad es caballo desenfrenado, rompió las ataduras de la virtud sin que estuviese en manos de don Gaspar dejar de perderse, si así se puede decir; pues a mi parecer, ¿qué mayor perdición que enamorarse?
Fue el caso que, en uno de los suntuosos templos que hay en aquella ciudad, un día que con más devoción y descuido de amar y ser amado estaba, vio la divina belleza de dos damas, de las más nobles y ricas de la ciudad, que entraron a oír misa en el mismo templo donde don Gaspar estaba, tan hermosas y niñas que a su parecer no se llevaban un año la una a la otra; y si bien había suficiente caudal de hermosura en las dos para amarlas a entrambas, como el amor no quiere compañía, escogieron los ojos de nuestro discreto caballero la que le pareció de más perfección, y no escogió mal, porque la otra era casada.
Estuvo absorto, despeñándose más y más en su amor mientras oyeron misa, que acabada, viendo se querían ir, las aguardó a la puerta; mas no se atrevió a decir nada, por verlas cercadas de criados y porque en un coche que llegó a recibirlas venía un caballero portugués, galán y mozo, aunque robusto, y que parecía según su presencia no ser hombre de burlas.
La una de las damas se sentó al lado del caballero, y la que don Gaspar había elegido por dueño, a la otra parte, de que no se alegró poco en verla sola; y deseoso de saber quién era, detuvo un paje a quien le preguntó lo que deseaba, y le respondió que el caballero era don Dionís de Portugal y la dama que iba a su lado su esposa, y que se llamaba doña Magdalena, que había poco que se había casado; que la que se había sentado en frente se llamaba doña Florentina, y era hermana de doña Magdalena.
Despidiose con esto el paje y don Gaspar, muy contento de que fuesen personas de tanto valor, ya determinado de amar, servir y agradar a doña Florentina, y de diligenciarla para esposa (con tal rigor hace amor sus tiros cuando quiere herir de veras), mandó a su fiel criado y secretario que siguiese el coche para saber la casa de las dos bellísimas hermanas.
En tanto que el criado fue a cumplir, o con su gusto, o con la fuerza que en su pecho hacía la dorada saeta con que amor le había herido dulcemente (que este tirano enemigo de nuestro sosiego tiene unos repentinos accidentes, que si no matan, privan del juicio a los heridos de su dorado arpón), estaba don Gaspar entre sí haciendo muchos discursos: ya le parecía que no hallaba en sí méritos para ser admitido de doña Florentina, y con esto desmayaba su amor, de tal suerte que se determinaba dejarle morir en su silencio; y ya más animado, haciendo en él la esperanza las fuerzas que con sus engañosos gustos promete, le parecía que apenas la pediría por esposa, cuando le fuese concedida, sabiendo quién era, y cuán estimado vivía cerca de su rey: y como este pensamiento le diese más gusto que los demás, se determinó a seguirle, enlazándose más en el amoroso enredo, con verse tan valido de la más que mentirosa esperanza, que siempre promete más que da, y somos tan bárbaros que conociéndola vivimos de ella.
En estas quimeras estaba cuando llegó su confidente y le informó del cielo donde moraba la deidad que le tenía fuera de sí, y desde aquel mismo punto empezó a perder tiempo y gastar pasos tan sin fruto, porque, aunque continuó muchos días la calle, era tal el recato de la casa que en ninguno alcanzó a ver, no solo a las señoras, mas ni criada alguna, con haber muchas, aunque buscaba las horas más dificultosas como las más fáciles.
La casa parecía encantada, en las rejas había menudas y espesas celosías, y en las puertas fuertes y seguras cerraduras; y apenas era una hora de noche, cuando ya estaban cerradas y todos recogidos; de manera que, si no era cuando salían a misa, no era posible verlas, y aun entonces pocas veces iban sin ir acompañadas de don Dionís: con que todos los intentos de don Gaspar se desvanecían; solo con los ojos en la iglesia daba a entender su cuidado a la dama; mas ella no hacía caso, o no atendía a ellos.
No dejó en este tiempo de ver si por medio de algún criado podía conseguir algo de su pretensión, procurando con oro asestar tiros a su fidelidad; mas como era castellano, no halló en ellos lo que deseaba, por la antipatía que esta nación tiene con la nuestra, que con vivir entre nosotros son nuestros enemigos.
Con estos estorbos se enamoraba más don Gaspar, y más el día que veía a Florentina, que no parecía sino que los rayos de sus ojos hacían mayores suertes en su corazón, y le parecía que quien mereciese su belleza habría llegado al non plus ultra de la dicha, y que podría vivir seguro de celosas ofensas, estando bien triste, sin saber qué hacerse, ni qué medios poner en su cuñado para que se la diese por esposa, temiendo la oposición que hay entre portugueses y castellanos.
Poco miraba Florentina en don Gaspar, aunque había bien que mirar en él, porque aunque, como he dicho, en la iglesia podía haber notado su asistencia, le debía de parecer que era deuda debida a su hermosura; que pagar el que debe no merece agradecimiento. Más de dos meses le duró a don Gaspar esta pretensión, sin tener más esperanzas de salir con ella que las dichas. Y si la dama no sabía la enfermedad del galán, ¿cómo podía aplicar el remedio? Y creo que aunque lo supiera no se le diera, porque llegó tarde.
Vamos al caso, que es como sigue: una noche, poco antes que amaneciese, venían don Gaspar y su criado de una casa de conversación, pues aunque pudiera con la ostentación de señor traer coche y criados, como mozo y enamorado picaba en muy esforzado y gustaba más de andar así, procurando con algunos entretenimientos divertirse de sus amorosos cuidados, cuando pasando por la calle donde vivía Florentina, que ya que no veía la perla se contentaba con ver la caja, al entrar por la calle, por ser la casa a la salida de ella, con el resplandor de la luna, que aunque iba alta daba claridad, vio tendida en el suelo una mujer, a quien el oro de sus atavíos, cuyos vislumbres con los de divina competencia la calificaban de porte, que con desmayados alientos se quejaba, como si ya quisiera despedirse de la vida.
Más sustos creo que le dieron estos a don Gaspar que no los que oyó en la cueva, no de pavor sino de compasión; y llegándose a ella para informarse de su necesidad, la vio toda bañada en sangre, de que todo el suelo estaba hecho un lago, y su macilento y hermoso rostro, aunque desfigurado, daba muestras de su divina belleza y también de su cercana muerte.
Tomola don Gaspar por sus hermosas manos, que parecían de mármol en lo blanco y elevado, y estremeciéndola la dijo:
—¿Qué tenéis, señora mía, o quién ha sido el cruel que así os puso?
A cuya pregunta respondió la desmayada señora, abriendo los ojos, y conociéndole castellano, y alentándose más con esto de lo que podía, en lengua portuguesa le dijo:
—¡Ay, caballero!, por la pasión de Cristo y por lo que debéis a ser quien sois, y a ser castellano, que me llevéis adonde procuréis, antes que muera, darme confesión, que ya que pierdo la vida en la flor de mis años, no querría perder el alma, que la tengo en gran peligro.
Tornose a desmayar dicho esto, lo que visto por don Gaspar, y que la triste dama daba indicios mortales, entre él y el criado la levantaron del suelo, y acomodándosela a este en los brazos de manera que la pudiese llevar con más alivio, para quedar él desembarazado por si encontraban gente o la justicia, caminaron lo más aprisa que podían a su posada, que no estaba muy lejos, donde llegados sin estorbo alguno, fueron recibidos de los demás criados y una mujer que cuidaba de su regalo, y poniendo el desangrado cuerpo sobre su cama, envió uno por un confesor y otro por un cirujano.
Y hecho esto, entró donde estaba la linda dama, a quien tenían cercada los demás, y la criada con una bujía encendida en la mano, que a este punto había tornado en sí y estaba pidiendo confesión, porque se moría: a quien la criada consolaba, animándola a que tuviese valor, pues estaba en parte donde cuidarían de darla remedio al alma y cuerpo.
Llegó pues don Gaspar, y poniendo los ojos en el ya casi difunto rostro, quedó como los que ven visiones o fantasmas, sin pestañear ni poder con la lengua articular palabra alguna, porque no vio menos que a su adorada y hermosa Florentina; y no acabando de dar crédito a sus mismos ojos, los cerraba y abría, y tornándolos a cerrar los tornaba de nuevo a abrir, por ver si se engañaba; y viendo que no era engaño, empezó a dar lugar a las admiraciones, no sabiendo qué decir de tal suceso ni qué causa podría haber dado para que una señora tan principal, recatada y honesta estuviese del modo que la veía y en la parte que la había hallado; mas, como vio que por entonces no estaba para saber de ella lo que tan admirado le tenía, porque la herida dama ya se desmayaba y ya tornaba en sí, puso treguas a sus deseos, callando quién era por no advertir a los criados de ello.
Vino en esto el criado con dos religiosos, y de allí a poco el que traía al cirujano, y para dar primero remedio al alma, se apartaron todos; mas Florentina estaba tan desfallecida y desmayada de la sangre que había perdido y perdía, que no fue posible confesarse; y así, por mayor, por el peligro en que estaba, haciendo el confesor algunas prevenciones y prometiendo, si a la mañana se hallase más aliviada, confesarse, la absolvió; y dando lugar al médico del cuerpo, acudiendo todos y los religiosos, que no se quisieron ir hasta dejarla curada, la desnudaron y pusieron en la cama, y hallaron que tenía una estocada entre los pechos de la parte de arriba, que aunque no era penetrante, mostraba ser peligrosa, y lo fuera más a no haberla defendido algo las ballenas de un justillo que traía: y debajo de la garganta, casi en el hombro derecho otra, también peligrosa, y otras dos en la parte de las espaldas, dando señal que teniéndola asida del brazo se las habían dado, que lo que la tenía tan sin aliento era la perdida sangre, que era mucha, porque había tiempo que estaba herida.
Hizo el cirujano su oficio, y al revolverla para hacerlo, se quedó de todo punto sin sentido. En fin, habiéndola tomado la sangre, y don Gaspar contentado al cirujano, avisándole no diese cuenta del caso hasta ver si la dama no moría, contándole de la manera que la había hallado; por ser el cirujano castellano, de los que habían ido en la tropa con S. M., pudo conseguir lo que pedía, y con orden de que volviese en siendo de día, se fue a su posada y los religiosos a su convento.
Recogiéronse todos menos don Gaspar, que no quiso cenar, quedándose en una cama en la misma cuadra en que estaba Florentina. Se fueron los criados a acostar, dejándole allí algunas conservas, bizcochos, agua y vino, por si la dama cobraba el sentido, darla algún socorro.
Idos, como digo, todos, don Gaspar se sentó sobre la cama en que estaba Florentina, y teniendo cerca de sí la luz, se puso a contemplar la casi difunta hermosura, y viendo medio muerta la misma vida con que vivía, haciendo en su enamorado pecho los efectos que amor y piedad suelen causar, con los ojos humedecidos del amoroso sentimiento, tomándola las manos que tendidas sobre la cama tenía, ya la registraba los pulsos, para ver si acaso vivía, otras tocándola el corazón y muchas poniendo los claveles de sus labios en los nevados copos que tenía asidos con sus manos, decía:
—¡Ay, hermosísima y malograda Florentina, que quiso mi desdichada suerte que cuando soy dueño de estas deshojadas azucenas, sea cuando estoy tan cerca de perderlas! Desdichado fue el día que vi tu hermosura y la amé; pues después de haber vivido muriendo tan dilatado tiempo, sin valer mis penas nada ante ti, que lo que se ignora pasa por cosa que no es, quiso mi desesperada y desdichada fortuna que cuando te hallé, fuese cuando te tengo más perdida y estoy con menos esperanzas de ganarte; pues cuando me pudiera prevenir, con el bien de haberte hallado, algún descanso, te veo ser despojo de la airada muerte.
¡Qué podré hacer, infelice amante tuyo, en tal dolor, sino serlo también en el punto que tu alma desampare tu hermoso cuerpo, para acompañarte en esta eterna y última jornada! ¡Qué manos tan crueles fueron las que tuvieron ánimo para sacar de tu cristalino pecho, donde solo amor merecía estar aposentado, tanta púrpura como los arroyos que te he visto verter! Dímelo, señora mía, que como caballero te prometo de hacer en él la más rabiosa venganza que cuanto ha que se crió el mundo se haya visto.
¡Mas ay de mí, que ya parece que la airada parca ha cortado el delicado estambre de tu vida, pues ya te admiro mármol helado, esperando verte fuego y blanda cera derretida al calor de mi amor! Pues ten por cierto, ajado clavel y difunta belleza, que te he de seguir, cuando, no acabado con la pena, muerto con mis propias manos, con el puñal de mis iras.
Diciendo esto, tornaba a hacer experiencia de los pulsos y del corazón, y tornaba de nuevo y con más lastimosas quejas a llorar la malograda belleza.
Así pasó hasta las seis de la mañana, que a esta hora tornó en sí la desmayada dama con algo de más aliento, pues como se le había restriñido la sangre, tuvo más fuerza su ánimo y desanimados espíritus; y abriendo los ojos miró, como despavorida, los que la tenían cercada, extrañando el lugar donde se veía, estando ya todos allí, y el cirujano y los dos piadosos frailes; mas volviendo en sí, y acordándose cómo la había traído un caballero y lo demás que había pasado por ella, con debilitada voz pidió que la diesen alguna cosa para cobrar fuerzas, y la sirvieron con unos bizcochos mojados en oloroso vino, por ser alimento más blando y sustancioso; y habiéndolos comido, dijo que la señalasen el caballero a quien debía el no haber muerto como gentil bárbara; y hecho, le dio las gracias como mejor supo y pudo.
Y habiéndose ordenado la sacasen una sustancia, la quisieron dejar un rato sola para que, no teniendo con quien hablar, reposase y se previniese para confesarse; más ella, sintiéndose con algo más aliento, dijo que no, sino que se quería confesar luego por lo que pudiese suceder; y antes de eso, volviéndose a don Gaspar, le dijo:
—Caballero, que aunque quisiera llamaros por vuestro nombre, no le sé, aunque me parece que os he visto antes de ahora, ¿acertaréis a ir a la parte donde me hallasteis? Que si es posible acordaros, en la misma calle preguntad por las casas de don Dionís de Portugal, que son bien conocidas en ella; y abriendo la puerta, que no está más que con un cerrojo, poned en cobro lo que hay en ella, tanto de gente como de hacienda; y porque no os culpen a vos de las desventuras que hallaréis en ella, y por hacer bien os venga mal, llevad con vos algún ministro de justicia, que ya es imposible, según el mal que hay en aquella desdichada casa (por culpa mía), encubrirse, ni menos cautelarme yo, sino que sepan dónde estoy; y si mereciere más castigo del que tengo, me le den.
—Señora —respondió don Gaspar, diciéndola primero cómo era su nombre—, bien sé vuestra casa y bien os conozco, pues aunque no decís sino que muchas veces me habéis visto, aunque no me habéis mirado, yo a vos sí, que os he mirado y visto; mas no estáis en estado de saber por ahora dónde, ni menos para qué, si de esas desdichas que en vuestra casa sois vos la causa, andéis en lances de justicia.
—No puede ser menos —respondió Florentina—; haced, señor don Gaspar, lo que os suplico, que yo no temo más daño del que tengo; demás que vuestra autoridad es bastante para que por ella me guarden a mí alguna cortesía.
Viendo pues don Gaspar que esta era su voluntad, no replicó más; antes mandando poner el coche, entró en él y se fue a palacio, y dando cuenta de lo sucedido con aquella dama, sin decir que la conocía ni amaba, a un deudo suyo, también de la cámara de Su Majestad, le rogó le acompañase para ir a dar cuenta al gobernador, porque no le imaginasen cómplice en las heridas de Florentina ni en los riesgos sucedidos en su casa; y juntos don Gaspar y don Miguel fueron a casa del gobernador, a quien dieron cuenta del estado en que había hallado la dama y lo que decía de su casa.
Y como el gobernador conocía muy bien a don Dionís y vio lo que aquellos señores le decían, al punto, entrándose en el coche con ellos, haciendo admiraciones de tal suceso, se fueron cercados de ministros de justicia a la casa de don Dionís, y llegados a ella abrieron el cerrojo que Florentina había dicho, y entrando todos dentro lo primero que hallaron fue, a la puerta de un aposento que estaba al pie de la escalera, dos pajes en camisa, dados de puñaladas; y subiendo por la escalera, una esclava blanca, herrada en el rostro, a la misma entrada de un corredor, de la misma suerte que los pajes, y una doncella sentada en el corredor, atravesada de una estocada hasta las espaldas, que aunque estaba muerta, no había tenido lugar de caer, como estaba arrimada a la pared; junto a esta estaba una hacha caída, como que a ella misma se la había caído de la mano: más adelante, a la entrada de la antesala, estaba don Dionís atravesado en su misma espada, que toda ella se le salía por las espaldas, y él caído boca abajo, pegado el pecho con la guarnición, que bien se conocía haberse arrojado sobre ella, desesperado de la vida y aborrecido de su misma alma.
En un aposento que estaba en el mismo corredor, correspondiente a una cocina, estaban tres esclavas, una blanca y dos negras, la blanca en el suelo en camisa en la mitad del aposento; y las negras en la cama, también muertas a estocadas; entrando más adentro, en la puerta de una cuadra, medio cuerpo afuera y medio adentro, estaba un mozo de hasta veinte años poco más o menos, de muy buena presencia y cara, traspasado de una estocada; este estaba en camisa, cubierto con una capa y en los descalzos pies unas chinelas: en la misma cuadra donde estaba la cama, echada en ella, doña Magdalena, también muerta de crueles heridas, mas con tanta hermosura que parecía una estatua de marfil salpicada de rosicler: en otro aposento, detrás de esta cuadra, otras doncellas en la cama, también muertas como las demás.
Finalmente, en la casa no había cosa viva: mirábanse los que veían esto unos a otros, tan asombrados que no sé cuál podía en ellos más, si la lástima o la admiración; y bien juzgaron ser don Dionís el autor de tal estrago, y que después de haberlo hecho, había vuelto su furiosa rabia contra sí: mas viendo que solo Florentina, que era la que tenía vida, podía decir cómo había sucedido tan lastimosa tragedia, sabiendo de don Gaspar el peligro en que estaba su vida y que no era tiempo de averiguarla hasta ver si mejoraba, suspendieron la averiguación y dieron orden de enterrar los muertos, con general lástima, y más de doña Magdalena, que como la conocían por una señora de tanta virtud y tan honrada, y la veían con tanta mocedad y belleza, se dolían más de su desastrado fin que de los demás.
Dada, pues, tierra a los lastimosos cadáveres y puesta por inventario la hacienda, depositándola en personas abonadas, se vinieron todos juntos a casa de don Gaspar, donde hallaron reposando a Florentina, la que después de haberse confesado y dádola una sustancia, se había dormido; y que un médico, de quien se acompañó el cirujano que la asistía por orden de don Gaspar, decía que no era tiempo de desvanecerla, por cuanto la confesión había sido larga y la había dado calentura; que aquel día no convenía que hablase más, porque temían con la falta de tanta sangre como había perdido, no enloqueciese, y así la dejaron depositada en poder de don Gaspar y su primo, quienes siempre que se la pidiesen darían cuenta de ella.
Se volvió el gobernador a su casa, llevando bien qué contar él y todos de la destrucción de la casa de don Dionís, y bien deseosos de saber el motivo de tan lastimoso caso.
Más de quince días se pasaron que no estuvo Florentina para hacer declaración de tan lastimosa historia, llegando muchas veces a término de acabar la vida, tanto que fue necesario darla todos los sacramentos. En cuyo tiempo, por consejo de don Gaspar y don Miguel, había hecho declaración, delante del gobernador, cómo don Dionís había hecho aquel lastimoso estrago, celoso de doña Magdalena y aquel criado de quien injustamente sospechaba mal, que era el que estaba en la puerta de la cuadra, y que a ella había también dado aquellas heridas; mas que no la acabó de matar por haberse puesto de por medio aquella esclava que estaba en la puerta del corredor, donde pudo escaparse mientras la mató, y que se había salido a la calle y cerrado tras sí la puerta, y con perder tanta sangre, cayó donde la halló don Gaspar: que en cuanto a don Dionís, que no sabía si se había muerto o no; mas que, pues le habían hallado como decían, que él de rabia se habría muerto.
Con esta confesión o declaración que hizo, no culpándose a sí por no ocasionarse el castigo, cesaron las diligencias de la justicia; antes desembargando la hacienda y poniendo a ella en libertad, la dieron posesión: la parte de su hermana, por herencia, y la de don Dionís, en pago de las heridas recibidas de su mano, para que si viviese, la gozase, y si muriese, pudiese testar a su voluntad.
Con que, pasado más de un mes y viéndose quieta y rica, se consoló y mejoró (o por disposición de Dios, que ordena las cosas conforme a su voluntad, y para utilidad nuestra) de tal suerte que en poco tiempo estaba ya tan fuera de peligro y tan agradecida del agasajo de don Gaspar, y reconocida del bien que de él había recibido, que no fuera muy dificultoso el amarle, pues fuera de esto lo merecía por su gallarda y afable condición, además de su nobleza y muchos bienes de fortuna de que le había engrandecido el cielo de todas maneras; y aun estoy por decir que le debía de amar.
Mas como no se hallaba inferior en la buena sangre, en la riqueza y en la hermosura, que esa sola bastaba, sino en la causa que originó el estar ella en su casa, no se atrevía a darlo a entender; ni don Gaspar, más atento a su honor que a su gusto, aunque la amaba, como se ha dicho, y más como se sabe del trato, que suele engendrar amor donde no le hay, no había querido declararse con ella hasta saber en qué manera había sido la causa de tan lastimoso suceso; porque más quería morir amando con honor, que sin él vencer y gozar, supuesto que Florentina, para mujer, si había desmán en su pureza, era poca, y para dama, mucha: y deseoso de salir de este cuidado y determinar lo que había de hacer, porque la jornada de Su Majestad para Castilla se acercaba y él había de asistir a ella, viéndola con salud y muy cobrada en su hermosura, y que ya se empezaba a levantar, la suplicó le contase cómo habían sucedido tantas desdichas como por sus ojos había visto; y Florentina, obligada y rogada de persona a quien tanto debía, estando presente don Miguel, que deseaba lo mismo, y aun no estaba menos enamorado que su primo, aunque, temiendo lo mismo, no quería manifestar su amor, empezó a contar su prodigiosa historia de esta manera.
—Nací en esta ciudad (nunca naciera, para que no hubiera sido ocasión de tantos males) de padres nobles y ricos, siendo desde el primer paso que di en este mundo causa de desdichas, pues se las ocasioné a mi madre, quitándola, en acabando de nacer, la vida, con tierno sentimiento de mi padre, por no haber gozado de su hermosura más de los nueve meses que me tuvo en su vientre; si bien se le moderó, como hace a todos, pues apenas tenía yo dos años se casó con una señora viuda y hermosa, con buena hacienda, que tenía asimismo una hija que le había quedado de su esposo, de edad de cuatro años, y esta fue la desdichada doña Magdalena.
Hecho, pues, el matrimonio de mi padre y su madre, nos criamos juntas desde la infancia, tan amantes la una de la otra y tan amadas de nuestros padres que todos entendían que éramos hermanas; porque mi padre, por obligar a su esposa, quería y regalaba a doña Magdalena como si fuera hija suya; y su esposa, por tenerle a él grato y contento, me amaba a mí más que a su hija; que esto es lo que deben hacer los buenos casados y que quieren vivir con quietud; pues del poco agrado que tienen los maridos con los hijos de sus mujeres, y las mujeres con los de sus maridos, nacen mil rencillas y pesadumbres.
En fin, digo que si no eran los que muy familiarmente nos trataban, que sabían lo contrario, todos los demás nos tenían por hermanas, y aun nosotras mismas lo creímos así hasta que la muerte descubrió este secreto, pues llegando mi padre al punto de hacer testamento para partir de esta vida, por ser el primero que la dejó, supe que no era hija de la que reverenciaba por madre ni hermana de la que amaba por hermana; y por mi desdicha, hubo de ser por mí por quien faltó esta amistad.
Murió mi padre, dejándome muy encomendada a su esposa; mas no pudo mostrar mucho tiempo en mí el amor que a mi padre tenía, porque fue tan grande el sentimiento que tuvo de su muerte que dentro de cuatro meses le siguió, dejándonos a doña Magdalena y a mí bien desamparadas, aunque bien acomodadas de bienes de fortuna, que acompañados con los de naturaleza, nos prometíamos buenos casamientos, porque es bien cierto que no hay dieciocho años feos.
Dejonos nuestra madre (que en tal lugar la tenía yo) debajo de la tutela de un hermano suyo, de más edad que ella, el cual nos llevó a su casa y nos tenía como a hijas, no diferenciándonos en razón de nuestro regalo y aderezo a la una de la otra, porque era con tan gran extremo lo que las dos nos amábamos que el tío de doña Magdalena, pareciéndole que hacía lisonja a su sobrina, me quería y acariciaba de la misma suerte que a ella; y no hacía mucho, pues no estando él muy sobrado, con nuestra hacienda no le faltaba nada.
Ya cuando nuestros padres murieron, andaba don Dionís de Portugal, caballero rico y poderoso, y de lo mejor de esta ciudad, muy enamorado de doña Magdalena, deseándola para esposa, y se había dilatado el pedirla por su falta, paseándola y galanteándola de lo ternísimo y cuidadoso, como tiene fama nuestra nación. Y ella, como tan bien entendida, conociendo su logro, le correspondía con la misma voluntad en cuanto a dejarse servir y galantear de él, con el decoro debido a su honestidad y fama, supuesto que admitía su voluntad y finezas con intento de casarse con él.
Llegaron pues estos honestos y recatados amores a determinar doña Magdalena casarse sin la voluntad de su tío, conociendo en él la poca que mostraba a darla estado, temeroso de perder la comodidad con que con nuestra buena y lucida hacienda pasaba; y así gustara más de que fuéramos religiosas, y aun nos lo proponía muchas veces: mas viendo la poca inclinación que teníamos a este estado, o por desvanecidas con la belleza, o porque habíamos de ser desdichadas, no apretaba en ello, mas dilataba el casarnos; que todo esto pueden los intereses a los que quieren vivir con descanso: lo que visto por doña Magdalena, determinada, como digo, a elegir por dueño a don Dionís, empezó a engolfarse más en su voluntad, escribiéndose el uno al otro y hablándose muchas noches por una reja.
Asistíala yo algunas noches (¡así primero muriera, pues tan cara me cuesta esta asistencia!), al principio contenta de ver a doña Magdalena empleada en un caballero de tanto valor como don Dionís, medio envidiosa de que fuese suyo y no mío, y al fin enamorada y perdida por él. Oíle tierno, escuchele discreto, mirele galán, y considerele ajeno, y dejeme perder sin remedio con tal precipicio que vine a perder la salud; donde conozco que acierta quien dice que el amor es enfermedad, pues se pierde el gusto y se huye el sueño y se apartan las ganas de comer.
Pues si todos estos accidentes caen sobre el fuego que amor enciende en el pecho, no me parece que es el menos peligroso tabardillo; y más cuando da con la modorra de no poder alcanzar, y con el frenesí celoso de ver lo que se ama empleado en otro cuidado; y más rabioso fue este mal en mí, porque no podía salir de mí, ni consentía ser comunicado, pues todo el mundo me había de infamar de que amase yo lo que mi amiga o hermana amaba; yo quería a quien no me quería, y este amaba a quien yo tenía obligación de no ofender. ¡Válgame Dios, y qué intrincado laberinto! Pues solo mi mal era para mí, y mis penas no para comunicarlas.
Bien notaba doña Magdalena mi melancolía y perdido color, y demás accidentes, mas no imaginaba la causa, que creo, de lo que me amaba, que dejara la empresa porque yo no padeciera; y cuando considero esto, no sé cómo mi propio dolor no me quita la vida: antes juzgaba que mi tristeza debía de ser porque no me había llegado a mí la ocasión de tomar estado como a ella, como es este el deseo de todas las mujeres de sus años y de los míos; y si bien algunas veces me persuadía a que la comunicase mi pena, yo la divertía dándola otras precisas causas, hasta llegarme a prometer que, casándose, me casaría con quien yo tuviese gusto. ¡Ay, malograda hermosura, y qué falsa y desdichadamente te pagué el amor que me tenías!
Cierto, señor don Gaspar, que a no considerar que si dejase aquí mi lastimosa historia, no cumpliría con lo que estoy obligada, os suplicara me diérades licencia para dejarla, porque no me sirve de más sino de añadir nuevos tormentos a los que padezco en referirla: mas pasemos con ella adelante, que justo es que padezca quien causó tantos males, y así pasaré a referirlos.
Las músicas, las finezas y los extremos con que don Dionís servía a doña Magdalena, ya lo podréis juzgar de la opinión de enamorados que nuestra nación tiene, ni tampoco las rabiosas bascas, los dolorosos suspiros y tiernas lágrimas de mi corazón y ojos, el tiempo que duró este galanteo, pues lo podréis ver por lo que adelante sucedió.
En fin, puestos los medios necesarios para que el tío de doña Magdalena no se opusiese, viendo conformes las dos voluntades, aunque de mala gana por perder el interés que se le seguía en el gobierno y administración de la hacienda, doña Magdalena y don Dionís llegaron a gozar lo que tanto deseaban, tan contentos con el felicísimo y dichoso logro de su amor como yo triste y desesperada, viéndome de todo punto desposeída del bien que adoraba mi alma.
No sé cómo os diga mis desesperaciones y rabiosos celos, mas mejor es callarlo porque así saldrán mejor pintados, porque no hallo colores como los de la imaginación. No digo más, sino que a este efecto hice un romance, que si gustáis, le diré, y si no, le pasaré en silencio.
—Antes me agraviaréis —dijo don Gaspar— en no decirle, que sentimientos vuestros serán de mucha estima.
—Pues el romance es este, que canté a una guitarra el día del desposorio, más que cantando, llorando.
Ya llego, Cupido, al ara, Ponme en los ojos el lienzo, Pues solo por mis desdichas Ofrezco al cuchillo el cuello.
Ya no tengo más que darte; Que pues la vida te ofrezco, Niño cruel, ya conoces El poco caudal que tengo.
Un cuerpo sin alma doy, Que es engaño, ya lo veo; Mas tiéneme Fabio el alma, Y quitársela no puedo.
Que si guardaba la vida, Era por gozarle en premio De mi amor; mas ya la doy Con gusto, pues hoy le pierdo.
No te obliguen las corrientes Que por estos ojos vierto, Que no son por obligarte, Sino por mi sentimiento.
Antes, si me has de hacer bien, Acaba, acábame presto; Para que el perder a Fabio Y el morir lleguen a un tiempo.
Mas es tanta tu crueldad, Que porque morir deseo, El golpe suspenderás, Más que piadoso, severo.
Ejecuta el golpe, acaba, O no me quites mi dueño; Déjame vivir con él, Aunque viva padeciendo.
Bien sabes que solo una hora Vivir sin Fabio no puedo, Pues si he de morir despacio, Más alivio es morir presto.
Un año, y algo más, ha Que sin decirlo padezco, Amando sin esperanzas, Que es la pena del infierno.
Ya su sol se va a otro oriente, Y a mí, como a ocaso negro, Quedándome sin su luz, ¿Para qué la vida quiero?
Mas si tengo de morir, Amor, ¿para qué me quejo? Que pensarás que descanso, Y no descanso, que muero.
Ya me venda amor los ojos; Ya desenvaina el acero; Ya muero, Fabio, por ti; Ya por ti la vida dejo.
Ya digo el último adiós; ¡Oh, permita, Fabio, el cielo, Que a ti te dé tantas dichas Como yo tengo tormentos!
En esto decir quiero, Que muero, Fabio, pues que ya te pierdo, Y por ti, con gusto, Fabio, muero.
Casáronse, en fin, don Dionís y doña Magdalena; y, como me lo había prometido, me trajo, cuando se vino a su casa, en su compañía, con ánimo de darme estado, pensando que traía una hermana y verdadera amiga, y trajo la destrucción de ella: pues ni el verlos ya casados, ni cuán ternísimamente se amaban, ni lo que a doña Magdalena de amor debía, ni su misma pérdida, nada bastó para que yo olvidase a don Dionís, antes crecía en mí la desesperada envidia de verlos gozarse y amarse con tanta dulzura y gusto, con lo que yo vivía tan sin él que, creyendo doña Magdalena que nacía de que se dilataba el darme estado, trató de emplearme en una persona que me estimase y mereciese; mas nunca ella ni don Dionís lo pudieron acabar conmigo, de lo que doña Magdalena se admiraba mucho y me decía que me había hecho de una condición tan extraña que la traía fuera de sí, ni me la entendía.
Y a la cuenta debía de comunicar esto mismo con su esposo; porque un día que ella estaba en una visita y yo me había quedado en casa, como siempre lo hacía, pues estando tan desabrida a todo divertimiento me negaba, vino don Dionís y hallándome sola y los ojos bañados de lágrimas, pues pocos ratos dejaba de llorar el mal empleo de mi amor, sentándose junto a mí, me dijo:
—Cierto, hermosa Florentina, que a tu hermana y a mí nos trae cuidadosísimos tu melancolía, haciendo varios discursos de qué te puede proceder, y ninguno hallo más a propósito, ni que lleve color de verdadero, sino que quieres bien en parte imposible, que a no ser así, no creo que haya caballero en esta ciudad, aunque sea de jerarquía superior, que no estime ser amado de tu hermosura y se tuviera por muy dichoso en merecerla, aun cuando no fueras quien eres ni tuvieras la hacienda que tienes, sino que fueras una pobre aldeana, pues, con ser dueño de tu sin igual belleza, se pudiera tener por el mayor rey del mundo.
—Y si acaso sucediese —repliqué yo (no dejándole pasar adelante; tan precipitada me tenía mi amorosa pasión, o, lo más seguro, dejada de la divina mano)— que fuera así, que amara en alguna parte difícil de alcanzar correspondencia, ¿qué hiciérades vos por mí, señor don Dionís, para remediar mi pena?
—Decírsela, y solicitarle para que te amase —respondió don Dionís.
—Pues si es así —respondí yo—, dítela a ti mismo y solicítate a ti, y cumplirás lo que prometes; y mira cuán apurado está mi sufrimiento que, sin mirar lo que debo a mí misma, ni que profano la honestidad y joya de más valor que una mujer tiene, ni el agravio que hago a tu esposa, que aunque no es mi hermana la tengo en tal lugar, ni con saber que voy a perder y no a ganar contigo, pues es cierto que me has de desestimar y tener en menos por mi atrevimiento, y despreciarme por mirarme liviana, y de más a más, por el amor que debes a tu esposa, tan merecedora de tu lealtad como yo de tu desprecio. Nada de esto me obliga, porque he llegado a tiempo que es más mi pena que mi vergüenza; y así, tenme por libre, admírame atrevida, ultrájame deshonesta, aborréceme liviana, o haz lo que fuere de tu gusto, que ya no puedo callar.
Y cuando no me sirva de más mi confesión, sino que sepas que eres la causa de mi tristeza y desabrimiento, me doy por contenta y pagada de haberme declarado; y supuesto esto, ten entendido que, desde el día que empezaste a amar a doña Magdalena, te amo más que a mí, pasando las penas que ves y no ves, y de que a ninguna persona en el mundo he dado parte, resuelta a no casarme jamás, porque si no fuere a ti, no he de tener otro dueño.
Acabé esta última razón con tantas lágrimas, ahogados suspiros y sollozos, que apenas la podía pronunciar.
Lo que resultó de esto fue que, levantándose don Dionís, creyendo yo que se iba huyendo por no responder a mi determinada desenvoltura, cerró la puerta de la sala y volvió donde yo estaba, diciendo:
—No quiera amor, hermosa Florentina, que yo sea ingrato a tan divina belleza, y a sentimientos tan bien padecidos y tan tiernamente dichos.
Y anudándome al cuello los brazos, me acarició de modo que ni yo tuve más que darle, ni él más que alcanzar ni poseer. En fin, toda la tarde estuvimos juntos en amorosos deleites, y en el discurso de ella me hizo saber, y no sé que fuese verdad pues los amantes a peso de mentiras nos compran, que desde otro día de casados me amaba y que, por no atreverse, no me lo había dicho, y otras cosas con que yo, creyéndole, me tuve por dichosa y me juzgué no mal empleada, y que si se viera libre, fuera mi esposo. Rogome don Dionís con grandes encarecimientos que no descubriera a nadie nuestro amor, pues teníamos tanto lugar de gozarle, y yo le pedí lo mismo, temerosa de que doña Magdalena lo conociese.
En fin, de esta suerte hemos pasado cuatro años, estando yo desde aquel día la mujer más alegre del mundo: cobreme en mi perdida hermosura, restituime en mi donaire, de manera que ya era el regocijo y alegría de toda la casa, porque yo mandaba en ella; lo que yo hacía era lo más acertado; lo que mandaba, lo obedecido; era dueña de la hacienda, y de cúya era; por mí se despedían y recibían los criados y criadas; de manera que doña Magdalena no servía más que de hacer estorbo a mis empleos.
Amábame tanto don Dionís, granjeándole yo la voluntad con mis caricias, que se vino a descuidar en las que solía y debía hacer a su esposa, con que se trocaron las suertes: primero Magdalena estaba alegre y Florentina triste; y ya Florentina era la alegre y Magdalena la melancólica, llorosa, desabrida y desconsolada; y si bien entendía que por andar su esposo en otros empleos se olvidaba de ella, jamás sospechó en mí: lo uno, por el recato con que andábamos, y lo otro, por la gran confianza que tenía de mí, no pudiéndose persuadir a tal maldad; si bien me decía que en mí las tristezas y alegrías eran extremos que tocaban en locura.
¡Válgame el cielo, y qué ceguedad es la de los amantes, pues nunca me alumbré de ella hasta que a costa de tantas desdichas se me han abierto los ojos!
Llegó a tal extremo y remate la de mis maldades que nos dimos palabra de esposos don Dionís y yo, para cuando muriera doña Magdalena; como si estuviera en nuestra voluntad el quitarla la vida, o tuviéramos las nuestras más seguras que ella la suya.
Llegose en este tiempo la Semana Santa, en que nos es fuerza acudir al mandamiento de la Iglesia; y si bien algunas veces en el discurso de mi mal estado me había confesado, había sido de cumplimiento; y yo, que sabía bien dorar mi yerro, no debí de haber encontrado confesor tan escrupuloso como este que digo, o yo debí de declararme mejor.
¡Oh infinita bondad, y lo que sufres! En fin, tratando con él del estado de mi conciencia, me la apuró tanto, y me puso tantos temores de la perdición de mi alma, no queriéndome absolver y diciéndome que estaba, como acá, ardiendo en los infiernos, que volví a casa bien desconsolada, y entrando en mi retraimiento, empecé a llorar de suerte que lo sintió una doncella mía que se había criado conmigo desde niña; que es la que, si os acordáis, señor don Gaspar, hallasteis en aquella desdichada casa, sentada en el corredor, arrimada a la pared, pasada de parte a parte por los pechos: esta pues, con grandes instancias, ruegos y sentimientos, me persuadió a que la dijese la causa de mi lastimoso llanto, y yo (o por descansar con ella, o porque ya la fatal ruina de todos se acercaba, advirtiendo, lo primero, el secreto y disimulación delante de don Dionís, porque no supiese que ella lo sabía, por lo que importaba) la di cuenta de todo, sin faltar nada, contándola también lo que me había pasado con el confesor.
La doncella, haciendo grandes admiraciones, y más de cómo había podido tenerlo tanto tiempo encubierto sin que ninguno lo entendiese, me dijo, viendo que yo la pedía consejo, estas razones:
—Cierto, señora mía, que son sucesos los que me has contado de tanta gravedad que era menester, para dar salida a ellos, mayor entendimiento que el mío; porque pensar que has de estar en este estado presente hasta que doña Magdalena se muera, es una cosa que solo esperarla causa desesperación; porque ¿cómo sabemos que se ha de morir ella primero que tú?, ¿ni don Dionís decirte que te apartes de él, amándole? Es locura, porque ni tú lo has de hacer, ni él, si está tan enamorado como dices, menos; tú, sin honor y amando, aguardas milagros, que las más de las veces en estos casos suceden al revés, porque el cielo castiga estas intenciones y acontece morir primero los que agravian que el agraviado, acabar el ofensor y vivir el ofendido. El remedio que hallo, cruel es, mas ya es remedio; porque llagas tan ulceradas como estas quieren curas violentas.
Roguela me le dijese, y respondiome:
—Que muera doña Magdalena, que más vale que lo padezca una inocente, que irá a gozar de Dios con la corona del martirio, que no que tú quedes perdida.
—¡Ay, amiga, y no será mayor horror que los demás —dije yo— matar a quien no lo debe; y que Dios me castigará a mí, pues haciendo yo el agravio, le ha de pagar el que le recibe!
—David —me respondió mi doncella— se aprovechó de él matando a Urías, porque Bersabé no padeciera ni peligrara en la vida ni en la fama; y tú me parece que estás cerca de lo mismo, pues el día que doña Magdalena se desengañe, ha de hacer de ti lo que yo te digo que hagas de ella.
—Pues si con solo el deseo —respondí yo— me ha puesto el confesor tantos miedos, ¿qué será con la ejecución?
—Hacer lo que hizo David —dijo la doncella—; matemos a Urías, que después haremos penitencia: en casándote con tu amante, restaurar con sacrificios el delito, que por la penitencia se perdona el pecado, y así lo hizo el santo rey.
Tantas cosas me dijo y tantos ejemplos me puso, y tantas leyes me alegó, que como yo deseaba lo mismo que ella me persuadía, reducida a su parecer, dimos entre las dos la sentencia contra la inocente y agraviada doña Magdalena, que siempre a un error sigue otro, y a un delito, muchos: y dando y tomando pareceres cómo se ejecutaría, me respondió la atrevida mujer, en quien pienso que hablaba y obraba el demonio:
—Lo que me parece más conveniente para que ninguna de nosotras peligre, es que la mate su marido, y de esta suerte no culparán a nadie.
—¿Cómo será eso —dije yo—, pues doña Magdalena vive tan honesta y virtuosamente que no hallará jamás su marido causa para hacerlo?
—Eso no es del caso —dijo la doncella—, ahí ha de obrar mi industria; calla y déjame hacer, sin darte por entendida de nada; y si antes de un mes no te vieres desembarazada de ella, tenme por la más ruda y boba que hay en el mundo.
Diome parte del modo, apartándonos las dos, ella a hacer oficio de demonio y yo a esperar el suceso, con lo que cesó nuestra plática: y la mal aconsejada moza, y yo más que ella, pues que ambas seguíamos lo que el demonio nos inspiraba, hallando ocasión, como ella la buscaba, dijo a don Dionís que su esposa le quitaba el honor, porque mientras él no estaba en casa, tenía trato ilícito con Fernandico.
Este era un mozo de hasta edad de diez y ocho a veinte años, que había en casa nacido y criádose en ella, porque era hijo de una criada de los padres de don Dionís, la que había sido casada con un mayordomo suyo: y muertos ya sus padres, el desdichado mozo se había criado en casa heredando el servir mas no el premio, pues fue muy diferente del que ellos habían tenido; que este era el que hallasteis muerto a la puerta de la cuadra donde estaba doña Magdalena: era galán y de buenas prendas, y muy virtuoso, por lo cual a don Dionís no se le hizo muy fácil el creerlo, si bien la preguntó que cómo lo había visto. A lo que ella respondió que al ladrón de casa no hay nada oculto, que piensan las amas que las criadas son ignorantes.
En fin, don Dionís le dijo que cómo haría para satisfacerse de la verdad.
—Haz que te vas fuera y vuelve al amanecer, o ya pasando de media noche, y hazme una seña para que yo sepa que estás en la calle —dijo la criada—, que te abriré la puerta y los cogerás juntos.
Quedó concertado para de allí a dos días, y mi criada me dio parte de lo hecho, de que yo algo temerosa me alegré, aunque por otra parte me pesaba; mas viendo que ya no había remedio, hube de pasar, aguardando el suceso. Vamos al endemoniado enredo que voy diciendo, por la pena que me da referir tan desdichado suceso.
Al otro día dijo don Dionís que iba con unos amigos a ver unos toros que se corrían en un lugar tres leguas de Lisboa; y apercibido su viaje, aunque Fernandico le acompañaba siempre, no quiso que esta vez fuera con él, ni otro ningún criado, que para dos días los criados de los otros le asistirían; y con esto se partió el día a quien siguió la triste noche que me hallasteis.
En fin, él vino solo, pasada media noche, y hecha la seña, mi doncella, que estaba alerta, le dijo se aguardase un poco, y tomando una luz, se fue al aposento del malogrado mozo, y entrando alborotada, le dijo:
—Fernando, mi señora te llama que vayas allá muy apriesa.
—¿Qué me quiere ahora mi señora? —replicó Fernando.
—No sé —dijo ella— más de que me envía muy apriesa a llamarte.
Levantose, y queriendo vestirse, le dijo:
—No te vistas, sino ponte esa capa y enchanclétate esos zapatos, y ve a ver qué te quiere, que si después fuere necesario vestirte, lo harás.
Hízolo así Fernandico, y mientras él fue donde su señora estaba, la cautelosa mujer abrió a su señor.
Llegó Fernando a la cama donde estaba durmiendo doña Magdalena, y despertándola, la dijo:
—Señora, ¿qué es lo que me quieres?
A lo que doña Magdalena asustada, como despertó y le vio en su cuadra, le dijo:
—Vete, vete, mozo, con Dios. ¿Qué buscas aquí? Que yo no te llamo.
Que como Fernando la oyó, se fue a salir de la cuadra cuando llegó su amo al tiempo que él salía, y como vio que estaba desnudo y que salía del aposento de su esposa, creyó que salía de dormir con ella, y dándole con la espada, que traía desnuda, dos estocadas, una tras otra, le tendió en el suelo, sin poder decir más de Jesús sea conmigo, con tan doloroso acento que yo, que estaba en mi aposento, bien temerosa y sobresaltada (como era justo estuviese quien era causa de un mal tan grande, y autora de un testimonio tan cruel, y motivo de que se derramase aquella sangre inocente, que ya empezaba a clamar delante del tribunal supremo de la divina justicia), me cubrí con un sudor frío; y queriéndome levantar para salir a estorbarlo, o ya que mis fuerzas estuviesen enflaquecidas, o que el demonio que estaba ya señoreado en aquella casa lo estorbase, me hallé de suerte que no pude verificarlo.
En tanto don Dionís, ya de todo punto ciego, entró donde estaba su inocente esposa, que se había vuelto a quedar dormida con los brazos sobre la cabeza, y llegando a su puro y casto lecho, a sus airados ojos y engañada imaginación sucio, deshonesto y violado con la mancha de su deshonor, le dijo:
—¡Ah traidora, y cómo descansas en mi ofensa!
Y sacando la daga, la dio tantas puñaladas cuantas su indignada cólera le pedía, sin que pudiese ni aun formar un ¡ay!, con lo que desamparó aquella alma santa el más hermoso y honesto cuerpo que conoció el reino de Portugal.
Ya a este tiempo había yo salido fuera de mi estancia y estaba en parte que podía ver lo que pasaba, bien perdida de ánimo y anegada en lágrimas, mas no me atreví a salir; y vi que don Dionís pasó adelante a un retrete que estaba consecutivo a la cuadra de su esposa, y hallando dos desdichadas doncellas que dormían en él, las mató, diciendo:
—Así pagaréis, dormidas centinelas de mi honor, vuestro descuido, dando lugar a vuestra alevosa señora para que velase a quitarme el honor.
Y bajando por una escalera excusada que daba a un patio, salió al portal, y llamando los dos pajes que dormían en un aposento cerca de allí, que a su voz salieron despavoridos, les pagó su puntualidad con quitarles la vida: y como un león encarnizado y sediento de humana sangre volvió a subir por la escalera principal, y entrando en la cocina, mató las tres esclavas que dormían en ella, que la otra había ido a llamarme, oyendo la revuelta y llanto que hacía mi criada, que sentada en el corredor estaba, la que, o porque se arrepintió del mal que había hecho cuando no tenía remedio, o porque Dios quiso que le pagase, o porque el honor de doña Magdalena no quedase manchado sino que supiese el mundo que ella y cuantos allí habían muerto iban sin culpa, y que solo ella y yo la teníamos, que es lo más cierto, arrimando una hacha que ella propia había encendido a la pared, pues tan descaradamente siguió su maldad que para ir a abrir la puerta a su señor la pareció poca luz la de una vela, que en dejándonos Dios de su divina mano, pecamos como si hiciéramos algunas virtudes, sin vergüenza de nada se sentó y empezó a llorar, diciendo:
—¡Ay desdichada de mí, qué he hecho! ¡Ya no hay perdón para mí en el cielo ni en la tierra; pues por apoyar un mal con tan grande y falso testimonio, he sido causa de tantas desdichas!
A este mismo punto salía su amo de la cocina, y yo por la otra parte, y la esclava que me había ido a llamar, con una vela en la mano; y como la oí, me detuve y vi que llegando don Dionís a ella, la dijo:
—¿Qué dices, moza, de testimonio y de desdichas?
—¡Ay, señor mío! —respondió ella—, ¿qué tengo de decir, sino que soy la más mala hembra que ha nacido, que mi señora doña Magdalena y Fernando han muerto sin culpa, con todos los demás a quienes has quitado la vida? Sola yo soy la culpada y la que no merezco vivir; que yo hice este enredo, llamando al triste Fernando, que estaba en su aposento dormido, diciéndole que mi señora le llamaba, para que, viéndole tú salir de la forma que le viste, creyeses lo que yo te había dicho; para que, matando a mi señora doña Magdalena, te casaras con doña Florentina, mi señora, restituyéndola y satisfaciendo con ser su esposo el honor que la debes.
—¡Oh, falsa traidora! si eso que dices es verdad —dijo don Dionís—, poca venganza es quitarte una vida que tienes, que mil son pocas, y que a cada una se te diese un género de muerte.
—Verdad es, señor; verdad es, señor, y lo demás mentira; yo soy la mala, y mi señora la buena; la muerte merezco, y el infierno también.
—Pues yo te daré lo uno y lo otro —respondió don Dionís—, y restauraré la muerte de tantos inocentes con la de una traidora.
Y dicho esto, la atravesó con la espada por los pechos contra la pared, dando la desdichada una grande voz, diciendo:
—Recibe, infierno, el alma de la más mala mujer que crió el cielo, y aun allá pienso que no hallará lugar.
Y diciendo esto la rindió a quien la ofrecía.
A este punto salí yo con la negra, y fiada en el amor que me tenía, entendiendo amansarle y reportarle, le dije:
—¿Qué es esto, don Dionís, qué sucesos son estos? ¿Hasta cuándo ha de durar el rigor?
Él, que ya a este punto estaba de la rabia y dolor sin juicio, embistiendo conmigo, me dijo:
—Hasta matarte y matarme, falsa, traidora, liviana, deshonesta, para que pagues haber sido causa de tantos males; pues no contenta con los agravios que con tu deshonesto apetito hacías a la que tenías por hermana, no has parado hasta quitarla la vida.
Y diciendo esto, me dio las heridas que habéis visto y acabárame de matar si la negra no acudiera a ponerse en medio, que como la vio don Dionís, asió de ella y mientras la mató tuve yo lugar de entrarme en un aposento y cerrar la puerta, toda bañada en mi sangre.
Acabando pues don Dionís con la vida de la esclava, y que ya no quedaba nada vivo en casa si no era él, porque de mí bien creyó que iba de modo que no escaparía; e instigado del demonio, puso el pomo de la espada en el suelo y la punta en su cruel corazón, diciendo:
—No he de aguardar a que la justicia humana castigue mis delitos, que más acertado es que sea yo el verdugo de la justicia divina.
Se dejó caer sobre la espada, pasando la punta a las espaldas, llamando al demonio que le recibiese el alma.
Yo viéndole ya muerto y que me desangraba, si bien con el miedo que podéis imaginar de verme en tanto horror y cuerpos sin alma, que de mi sentimiento no hay qué decir, pues era tanto que no sé cómo no hice lo mismo que don Dionís, mas no lo debió de permitir Dios porque se supiese un caso tan desdichado como este; con más ánimo del que en la ocasión que estaba imaginé tener, abrí la puerta del aposento, y tomando la vela que estaba en el suelo me bajé por la escalera y salí a la calle con ánimo de ir a buscar, viéndome en el estado que estaba, quién me confesase, para que, ya que perdiese la vida, no perdiese el alma.
Con todo, tuve advertimiento de cerrar la puerta de la calle con aquel cerrojo que estaba, y caminando con pasos desmayados por la calle, sin saber adónde iba, me faltaron con la sangre las fuerzas y caí donde vos, señor don Gaspar, me hallasteis, donde estuve hasta aquella hora y llegó vuestra piedad a socorrerme, para que, debiéndoos la vida, la gaste el tiempo que me durare en llorar, gemir y hacer penitencia de tantos males como he causado, y también en pedir a Dios guarde la vuestra muchos siglos.
Calló con esto la linda y hermosa Florentina: mas sus ojos, con los copiosos raudales de lágrimas, no callaron, que a hilos se desperdiciaban por sus más que hermosas mejillas, en que mostraban bien la pasión que en el alma sentía, que forzada de ella se dejó caer con un profundo y hermoso desmayo, dejando a don Gaspar suspenso y espantado de lo que había oído; y no sé si más desmayado que ella, viendo que, entre tantos muertos como el muerto honor de Florentina había causado, también había muerto su amor, porque ni Florentina era ya para su esposa ni para dama era razón que la procurase, pues que la veía con determinación grande de tomar más seguro estado que la librase de otras semejantes desdichas como las que por ella habían pasado, y se alababa en sí de muy cuerdo en no haberle declarado su amor hasta saber lo que entonces sabía.
Y así, acudiendo a remediar el desmayo con que estaba, ya vuelta de él la consoló, esforzándola con algunos dulces y conservas, y diciéndola cariñosas razones, la aconsejó que en estando con más entera salud, el mejor modo de adquirir su reposo era entrarse en religión, donde viviría segura de nuevas calamidades; que en lo que tocaba a allanar el riesgo de la justicia, si hubiese alguno, él se obligaba al remedio, aunque diese cuenta a Su Majestad del caso, si fuese menester: a lo que la dama, agradeciendo los beneficios que había recibido y recibía, con nuevas caricias le respondió que ese era su intento, y que cuanto antes se negociase y ejecutase, le haría mayor merced: que ni sus desdichas ni el amor que al desventurado don Dionís tenía, le daban ya lugar a otra cosa.
Acabó don Gaspar con esta última razón de desarraigar y olvidar el amor que la tenía; y en menos de dos meses que tardó Florentina en cobrar fuerzas, sanar de todo punto y negociarse todo, pues que fue necesario que se diese cuenta a Su Majestad del caso, quien dio piadoso el perdón de la culpa que Florentina tenía en ser culpada de lo referido, se consiguió su deseo, entrándose religiosa en uno de los suntuosos conventos de Lisboa, sirviéndole de castigo su mismo dolor y las heridas que le dio don Dionís, supliendo el dote y demás gastos la gruesa hacienda que había de la una parte y de la otra, donde hoy vive santa y religiosísima vida, carteándose con don Gaspar, a quien, siempre agradecida, no olvida, antes con muchos regalos que le envía, agradece la deuda en que le está; el cual, vuelto con Su Majestad a Madrid, se casó en Toledo, donde hoy vive, y de él mismo supe este desengaño que habéis oído.
Apenas dio fin la hermosa Lisis a su desengaño, cuando la linda doña Isabel, como quien tan bien sabía su intención, mientras descansaba para decir lo que para dar fin a este entretenido sarao faltaba, porque ya Lisis había comunicado con ella su intento, dejando el arpa y tomando una guitarra, cantó sola lo que se sigue:
Al prado, en que espinas rústicas Crían mil humores sálicos, Que de ausencias melancólicas Es fruto que da mi ánimo:
Salgo a llorar de un cruelísimo Olvidos de un amor trágico; Que si fuera dichosísimo, Cantara en estilo jácaro.
Que como visión fantástica, Ni aun de mis ojos los párpados Vieron, pues voz armónica Ganó en el alma habitáculo.
Con solo acentos científicos Goza de mi amor el tálamo, Si bien con olvido fúnebre Le quito a mi vida el ámbito.
Acentos congojadísimos Escuchan aquestos álamos; Que pena sin culpa acérrima Le dan al alma estos tártagos.
No canto como oropéndola, Ni cual jilguerillo orgánico; Mas lamento como tórtola, Cuando está sola en el páramo.
Como fue mi amor platónico, Y en él no fue el fuego tácito, No quiso con fino anhélito Ser trueno, sino relámpago.
Amó solo por teórica, Pagándome con preámbulos, Y olvidando cruelísimo Un amor puro y magnánimo.
¡Ay prados y secos céspedes, Montes y fríos carámbanos! Oíd en bascas armónicas Aquestos suspiros lánguidos.
Con mil lágrimas ternísimas, Vuestros arroyos cristálicos Serán ríos caudalísimos Con que crezca amor hispánico.
Y si de mi muerte acérrima Vieres los temblores pálidos, Y mi vida cansadísima Dejaré su vital tráfago.
Decidle al pájaro armónico, Que con mal sentidos cánticos, Las aves descuidadísimas Cautiva al modo mecánico;
¡Cómo siendo ilustre héroe Y de valor tan diáfano, Engaña siendo ilustrísimo, Fingiendo fuegos seráficos!
¿Qué hay que esperar de los cómunes Sino desdichas y escándalos? Que mire a Teseo infelice Atado en el monte Cáucaso.
Que sin razones históricas, Con estilo dulce y práctico, Pone por culto a las tórtolas, Que vive con libre ánimo.
¿Qué milagro que, oyéndole, Se descuelguen de los pámpanos? ¿Ni qué milagro que, ardiéndose, Quede aturdida cual tábano?
Que si la mira benévola, Es estilo fiero y áspero, Que volando ligerísimo, La deje en amargo tártago.
Que aunque a su bella oropéndola Amase, es estilo bárbaro, Siendo este amor tan castísimo, Darle pago tan tiránico.
Que en tiempo dilatadísimo No se ha visto en mi habitáculo De su memoria mortífica, Ni en su voluntad un átomo.
Que si amara lo inteléctico, No le pesara ser Tántalo, Ni olvidara facilísimo Tiernos y dulces diálogos.
Esto cantaba una tórtola Con ronco y fúnebre cántico, Sentada en un ciprés fúnebre, Que estaba en un seco páramo.
—Bien ventilada me parece que queda, nobles y discretos caballeros y hermosísimas damas —dijo la bien entendida Lisis, viendo que doña Isabel había dado fin a su romance—, la defensa de las mujeres, por lo que me dispuse a hacer esta segunda parte de mi entretenido y honesto sarao; pues si bien confieso que hay muchas mujeres que con sus vicios y yerros han dado motivo a los hombres para la mucha desestimación que hoy hacen de ellas, no es razón que hablando en común las midan a todas con una misma medida; que lo cierto es que, en una máquina tan dilatada y extendida como la del mundo, ha de haber buenas y malas, como asimismo hay hombres de la misma manera, que eso ya fuera negar la gloria a tantos santos como hay ya pasados en esta vida, y que hoy se gozan con Dios en ella, y la virtud a millares de estos que se precian de ella; mas no es razón que se alarguen tanto de la desestimación de las mujeres que, sin reservar a ninguna, como pecado original las comprenden a todas: pues como se ha dicho en varias partes de este discurso, las malas no son mujeres, y no pueden ser todas malas, que ya esto fuera no haber criado Dios en ellas almas para el cielo, sino monstruos que consumiesen el mundo.
Bien sé que me dirán algunos cuáles son las buenas: supuesto que hasta en las de alta jerarquía se hallan hoy travesuras y embustes. A eso respondo que estas son más bestias fieras que las comunes, porque, olvidando las obligaciones, dan así motivo a desestimación: pues ya que su mala estrella las inclina a esas travesuras, tuvieran más disculpa si se valieran del recato.
Esto es, si acaso a las deidades comprehende el vicio, que yo no lo puedo creer, antes me persuado que algunas de las comunes, pareciéndoles ganan estimación con los hombres, se deben (fiadas de un manto) de vender por reinas, y luego se vuelven a su primer ser, como las damas de las farsas; y como los hombres están dañados contra ellas, luego creen cualquiera flaqueza suya, y para apoyar su opinión dicen mal hasta de las de mayores obligaciones; y aquí se ve la malicia de algunos hombres, que no quiero decir todos, aunque en común han dado todos en tan noveleros que, por ser lo más nuevo el decir mal de las mujeres, dicen que lo que se usa no se excusa.
Lo que me admira es que los nobles, los honrados y virtuosos, se dejen ya llevar de la común voz, sin que obre en ellos ni la nobleza de que el cielo los dotó, ni las muchas virtudes de que ellos se pueden dotar, ni de las ciencias que siempre están estudiando, pues por ellas pudieran sacar, como tan estudiosos, que hay y ha habido en las edades pasadas y presentes muchas mujeres buenas, santas, virtuosas, estudiosas, honestas, valientes, firmes y constantes.
Yo confieso que en parte tienen razón en creer que hay hoy más mujeres viciosas y perdidas que ha habido jamás, pero no que falten tantas buenas que no excedan el número de las malas. Y tomando de más atrás el apoyo de esta verdad, no me podrán negar los hombres que en las antigüedades no haya habido mujeres muy celebradas, porque esto fuera negar las innumerables santas, de quien la Iglesia canta tantas mártires, tantas vírgenes, tantas viudas y continentes, tantas que han muerto y padecido en la crueldad de los hombres; que si esto no fuera así, poco paño hubieran tenido estas damas desengañadoras en que cortar sus desengaños, todos tan verdaderos como la misma verdad, tanto que las debe muy poco la fábula, pues hasta para hermosear no han tenido necesidad de ella.
¿Pues qué ley humana o divina halláis, nobles caballeros, para precipitaros tanto contra las mujeres que apenas se halla uno que las defienda, cuando veis tantos que las persiguen? Quisiera preguntaros si cumplís en esto con la obligación de serlo, y lo que prometéis cuando os ponéis en los pechos las insignias de serlo. Y si es razón que lo que juráis cuando os las dan, no lo cumpláis. Mas pienso que ya no las deseáis sino por gala, como las medias de pelo y las guedejas.
¿De qué pensáis que procede el poco ánimo que hoy todos tenéis, que sufrís que estén los enemigos dentro de España y nuestro rey en campaña, y vosotros en el Prado y en el río, llenos de galas y trajes femeniles, y los pocos que le acompañan, suspirando por las ollas de Egipto? De la poca estimación que hacéis de las mujeres, que a fe que si las estimarais y amárades como en otros tiempos se hacía, por no verlas en poder de vuestros enemigos, vosotros mismos ofreciérades, no digo yo ir a la guerra a pelear, sino a la muerte, poniendo la garganta al cuchillo, como en otros tiempos, y en particular en el del rey don Fernando el Católico, se hacía, donde no era menester llevar los hombres por fuerza, ni maniatados, como ahora (infelicidad y desdicha de nuestro católico rey), sino que ellos mismos ofrecían sus haciendas y personas, el padre por defender la hija, el hermano por la hermana, el esposo por la esposa, y el galán por la dama; y esto era por no verlas presas y cautivas; y lo peor es, deshonradas, como me parece que vendrá a ser si vosotros no os animáis a defenderlas; mas como ya las tenéis por la alhaja más vil y de menos valor que hay en vuestra casa, no se os da nada de que vayan a ser esclavas de otros, y en otros reinos; y si los plebeyos os vieran a vosotros con valor para defendernos, a vuestra imitación lo hicieran todos; y si os parece que en yéndoos a pelear os han de agraviar y ofender, idos todos, seguid a vuestro rey a defendernos, que quedando solas seremos Moisenes, que orando vencerá Josué.
¡Es posible que nos veáis ya en poder de contrarios, pues desde donde están adonde estamos no hay más defensa que vuestros heroicos corazones y valerosos brazos, y no os corráis de estaros en la corte ajando galas y criando cabellos, hollando coches y paseando prados, y que, en lugar de defendernos, nos quitéis la opinión y el honor contando cuentos que os suceden con damas, que creo que son más invenciones de malicia que verdades, alabándoos de cosas que es imposible sea verdad que lo puedan hacer ni aun las públicas rameras, solo por llevar al cabo vuestra dañada intención, todo efecto de la ociosidad en que gastáis el tiempo en ofensa de Dios y de vuestra nobleza! ¡Que esto hagan pechos españoles! ¡Que esto sufran ánimos castellanos!
Bien dice un héroe bien entendido que los franceses os han hurtado el valor, y vosotros a ellos, los trajes: estimad y honrad a las mujeres, y veréis cómo resucita en vosotros el esfuerzo y valor perdidos; y si os parece que las mujeres no os merecen esta fineza, es engaño, que si dos os desobligan con sus malos tratos, hay infinitas que los tienen buenos: y si por una buena merecen perdón muchas malas, merézcanle las pocas que hay, por las muchas buenas que goza este siglo, como lo veréis si os dais a visitar los santuarios de Madrid y de otras partes, que son más en número las que veréis frecuentar todos los días los sacramentos que no las que os buscan en los prados y ríos.
Muchas buenas ha habido y hay, caballeros; cese ya, por Dios, vuestra civil opinión y no os dejéis llevar del vulgacho novelero, pues cuando no hubiera habido otra más que nuestra serenísima y virtuosa reina doña Isabel de Borbón (que Dios llevó porque no la merecía el mundo, la mayor pérdida que ha tenido España), solo por ella merecían buen nombre las mujeres, alabándose las malas en él y las buenas adquiriendo gloriosas alabanzas.
Dádselas vosotros de justicia; porque os aseguro que si cuando los plebeyos hablan mal de ellas supieran que los nobles las habían de defender, es cierto que de miedo por lo menos las trataran bien; pero ven que vosotros escucháis con gusto sus oprobios, y son como los truanes, que añaden libertad a libertad, desvergüenza a desvergüenza y malicia a malicia: y digo que ni es caballero, ni noble, ni honrado, el que dice mal de las mujeres, aunque sean malas, pues las tales se pueden librar en virtud de las buenas.
Y en forma de desafío, digo que el que dijere mal de ellas no cumple con su obligación; y como he tomado la pluma, habiendo tantos años que la tenía arrimada, en su defensa, tomaré la espada para lo mismo, que los agravios sacan fuerzas donde no las hay; no por mí, que no me toca, pues me conocéis por lo escrito y no por la vista, sino por todas, por la piedad y lástima que me causa su mala opinión.
Y vosotras, hermosas damas de toda suerte de calidad y estado, ¿qué más desengaño aguardáis que el desdoro de vuestra fama en boca de los hombres? ¿Cuándo os desengañaréis de que no procuran más de derribaros y destruiros, y luego decir aún más de lo que con vosotras les sucede? ¿Es posible que, con tantas cosas como habéis visto y oído, no reconoceréis que en los hombres no dura más la voluntad que mientras dura el apetito, y concluido este se acabó? Y si no, conocedlo en el que más dice que ama una mujer; hállela en una niñería, a ver si la perdonará como Dios, quien como nos ama tanto, nos perdona cada instante y cada momento las infinitas ofensas que le hacemos.
¿Pensáis ser vosotras más dichosas que las referidas en estos desengaños? Ese es vuestro mayor engaño; porque cada día, como el mundo se va acercando al fin, va todo de mal en peor, porque queréis, por veleta tan mudable como la voluntad de un hombre, aventurar la opinión y la vida en las crueles manos de ellos; y es la mayor desdicha de todo esto que, quizá las inocentes y las que no tienen culpa alguna mueren, y las maliciosas y que están culpadas viven.
Pues no he de ser yo así, que en mí no ha de faltar de ninguna manera el conocimiento que en todas las demás; y así, vos, señor don Diego (prosiguió la sabia y entendida Lisis, vuelta al que aguardaba verla su esposa), advertid que no será razón que deseando yo desengañar me engañe, no porque en ser vuestra esposa pueda haber ningún engaño, sino porque no es justo que yo me fíe de mi dicha, pues no me siento más firme que la hermosa y entendida doña Isabel, a quien no le aprovecharon tantos trabajos como en el discurso de su desengaño nos refirió, de lo que mis temores han tenido principio.
Considero a Camila, a quien no bastó para librarse de una desdicha ser virtuosa, sino que por no avisar a su esposo, sobre morir, quedó culpada.
Roseleta, que le avisó, tampoco se libró del castigo; Elena sufrió inocente, y murió atormentada.
A doña Inés no la valió el privarla el mágico con sus enredos y encantos el juicio; ni a Laurela el engañarla el traidor; ni a doña Blanca tampoco la sirvió de nada su virtud ni candidez; ni a doña Mencía el ser su amor sin culpa; ni a doña Ana el no tenerla, ni haber pecado, pues solo por ser pobre vino a perder la vida.
Beatriz hubo menester todo el favor de la Madre de Dios para salvar la vida, acosada con tantos trabajos, y este no todas le merecemos.
A doña Magdalena no la sirvió ser honesta y virtuosa para librarse de la traición de una infame sierva, de que ninguna en el mundo se puede librar; porque si somos buenas, nos levantan un testimonio, y si ruines, descubren nuestros delitos, porque los criados y criadas son animales caseros y enemigos no excusados, a quienes estamos regalando y, después de gastar con ellos nuestra paciencia y hacienda, son al cabo como el león, que harto el leonero de criarle y sustentarle se vuelve contra él y le mata: así ellos, al cabo matan a sus amos diciendo lo que saben de ellos, y también lo que no saben, sin cansarse de murmurar de su vida y costumbres; y es lo peor que no podemos pasar sin ellos, por la vanidad y por la honrilla.
Pues si una triste viuda tiene tantos adversarios, y el mayor es un marido, ¿quién me ha de obligar a que entre yo en lid de que tantas han salido vencidas, y saldrán mientras durare el mundo, no siendo más valiente ni más dichosa?
Vuestros méritos son tantos que hallaréis esposa más animosa y menos desengañada, pues aunque no lo estoy por experiencia, lo estoy por ciencia; y como en el juego es el que mejor juzga quien mira que el que juega, yo viendo, no solo en estos desengaños, mas en los que todas las casadas me dan, unas lamentándose de que tienen los maridos jugadores, otras amancebados, y muchas de que no atienden a su honor, y por excusarse de dar a su mujer una gala, sufren que se la dé otro; y más que, por esta parte, en vez de desentenderse se dan a entender con quitarles la vida, que fuera más bien empleado quitársela a ellos, pues fueron los que dieron la ocasión, como he visto en Madrid, que desde el día que se dio principio a este sarao, que fue martes de carnestolendas de este presente año de mil seiscientos cuarenta y seis, han sucedido muchos casos escandalosos; estoy tan cobarde que, como el que ha cometido algún delito, me acojo a sagrado y tomo por amparo el retiro de un convento, desde donde pienso (como en talanquera) ver lo que sucede a los demás; y así, con mi querida doña Isabel, a quien pienso acompañar mientras viviere, me voy a salvar de los engaños de los hombres.
Y vosotras, hermosas damas, si no os desengaña lo escrito, desengáñeos lo que me veis hacer. Y a los caballeros, por despedida suplico muden de intención y lenguaje con las mujeres, porque si mi defensa por escrito no basta, será fuerza que todas tomemos las armas para defendernos de sus malas intenciones y defendernos asimismo de los enemigos; aunque no sé qué mayores enemigos que ellos, pues nos ocasionan ya mayores ruinas que estos.
Dicho esto, la discreta Lisis se levantó, y tomando por una mano a la hermosa doña Isabel y a su prima doña Estefanía por la otra, haciendo una cortés reverencia, sin aguardar respuesta se entraron todas tres en otra cuadra, dejando a su madre, como ignorante de su intención, confusa, a don Diego, desesperado, y a todos, admirados de su determinación.
Don Diego, descontento, con bascas de muerte, sin despedirse de nadie se salió de la sala; dicen que se fue a servir al rey en la guerra de Cataluña, donde murió, porque él mismo se ponía en los mayores peligros.
Toda la gente, despidiéndose de Laurela y dándola repetidos parabienes del grande y sublimado entendimiento de su hija, se fueron a sus casas llevando unos qué admirar, todos qué contar, y muchos qué murmurar del sarao; porque hay en la corte grande número de sabandijas legas que su mayor gusto consiste en decir mal de las obras ajenas; y es lo mejor que no las saben entender.
Otro día Lisis y doña Isabel, con doña Estefanía, se fueron a su convento: con mucho gusto doña Isabel tomó el hábito y Lisis se quedó seglar; y en poniendo Laura la hacienda en tal orden que les rentase lo que habían menester, se fue con ellas por no apartarse de su amada Lisis, avisando a la madre de doña Isabel, quien como supo dónde estaba su hija, se vino también con ella, tomando el hábito de religiosa, donde tuvieron noticias de que don Felipe había muerto en la guerra.
A pocos meses se casó Lisarda con un caballero forastero muy rico, dejando mal contento a don Juan, el cual confesaba que por ser desleal a Lisis le había dado Lisarda el pago que merecía, de que le sobrevino una peligrosa enfermedad, y de ella un frenesí, con que acabó la vida.
Yo he llegado al fin de mi entretenido sarao y, por último, pido a las damas que se reporten en los atrevimientos si quieren ser estimadas de los hombres; y a los caballeros, que muestren serlo honrando a las mujeres, pues les está tan bien; o que se den por desafiados porque no cumplen con la ley de caballería no defendiendo a las mujeres. Vale.
Ya, ilustrísimo Fabio, por cumplir lo que pediste de que no diese trágico fin a esta historia, la hermosa Lisis queda en clausura, temerosa de que algún engaño la desengañe, no escarmentada de desdichas propias. No es trágico fin sino el más felice que se pudo dar, pues codiciosa y deseada de muchos, no se sujetó a ninguno.
Si os duran los deseos de verla, buscadla con intento casto, que así la hallaréis tan vuestra y con la voluntad tan firme y pundonorosa como tiene prometido, y tan servidora vuestra como siempre y como vos merecéis, porque hasta en conocerlo ninguna la hace ventaja.
DOÑA MARÍA DE ZAYAS Y SOTOMAYOR.
FIN.
TABLA.
PRIMERA PARTE.
Pág.
INTRODUCCIÓN. 1
Aventurarse perdiendo. 5
La burlada Aminta, y venganza del honor. 29
El castigo de la miseria. 50
El prevenido engañado. 70
La fuerza del amor. 97
El desengañado amado, y premio de la virtud. 108
Al fin se paga todo. 126
El imposible vencido. 141
El juez de su causa. 158
El jardín engañoso. 172
SEGUNDA PARTE.
INTRODUCCIÓN. 182
La esclava de su amante. 186
La más infame venganza. 214
La inocencia castigada. 233
El verdugo de su esposa. 255
Tarde llega el desengaño. 272
Amar solo por vencer. 292
Mal presagio casar lejos. 319
El traidor contra su sangre. 338
La perseguida triunfante. 359
Estragos que causa el vicio. 402
PARÍS. — EN LA IMPRENTA DE FAIN Y THUNOT, Calle Racine, 28, cerca del Odéon.