Novelas ejemplares y amorosas (part 2 of 3)
En esta ocasión le trajeron a Lisis una hermosísima esclava, herrada en el rostro, mas no porque la S y clavo que esmaltaba sus mejillas manchase su belleza, que antes la descubría más; era mora y su nombre Zelima, de gallardo entendimiento y muchas gracias, como era leer, escribir, cantar, tañer, bordar y, sobre todo, hacer excelentísimos versos. Este presente le hizo a Lisis una tía suya, hermana de su madre, que vivía en la ciudad de Valencia; y aunque pudiera desdorar algo la estimación de tal prenda el ser mora, sazonaba este género de desabrimiento con decir quería ser cristiana.
Con esta hermosa mora se alegró tanto Lisis que, gozándose con sus habilidades y agrados, casi se olvidaba de la enfermedad, cobrándose tanto amor que no era como de señora y esclava, sino de dos queridas hermanas: sabía muy bien Zelima granjear y atraer a sí la voluntad de Lisis, y Lisis pagárselo en quererla tanto que apenas se hallaba sin ella.
Entretenía Zelima a su señora, haciendo alarde de sus habilidades, ya cantando y tañendo, ya recitando versos, ya contándole cosas de Argel, su patria; y aunque muchas veces la veía Lisis divertida y tan transportada que sin sentir se le caían las lágrimas de sus divinos ojos, creía Lisis serían memorias de su tierra; y tal vez que le preguntaba la causa, le respondía la discreta Zelima:
—A su tiempo, señora mía, lo sabrás y te admirarás de ella.
Con que Lisis no la importunaba más. Sanó Lisis, convaleció Lisis, y volvió el sol de su hermosura a recobrar nuevos rayos, y apenas la vio don Diego con entera salud cuando volvió de nuevo a sus pretensiones, hablando a Laura y pidiendo cumpliese la palabra de darle a Lisis por esposa.
Comunicó la discreta señora con su hermosa hija lo que don Diego le había propuesto, y la sabia dama dio a su madre la respuesta que se podía esperar de su obediente proceder, añadiendo que pues se allegaban los alegres días de las carnestolendas y en ellos se habían de celebrar sus bodas, que tenía gusto de que se mantuviese otro entretenido recreo como el pasado, empezando el domingo para que el último día se desposasen, y que le diese licencia para que lo dispusiese; de lo que se alegró mucho su madre con la fiesta que quería hacer Lisis.
Concedida facultad para ordenarlo, se dispuso de esta suerte: en primer lugar, que habían de ser las damas las que novelasen (y en esto acertó con la opinión de los hombres, pues siempre tenían a las mujeres por noveleras). Y en segundo, que los que refiriesen fuesen casos verdaderos y que tuviesen nombre de desengaños (en esto no sé si los satisfizo, porque como ellos procuran siempre engañarlas, sienten mucho se desengañen).
Fue la pretensión de Lisis en esto volver por la fama de las mujeres, tan postrada y abatida por su mal juicio que apenas hay quien hable bien de ellas. Y como son los hombres los que presiden en todo, jamás cuentan los malos pagos que dan sino los que les dan: y si bien lo miran, ellos cometen la culpa y ellas siguen tras su opinión, pensando que aciertan, y lo cierto es que no hubiera malas mujeres si no hubiera malos hombres.
No hablo con los que no lo fueren, que de la misma manera que a la mujer falsa, inconstante, liviana y sin reputación no se le ha de dar nombre de mujer sino de bestia fiera, así el hombre cuerdo, bien intencionado y que sabe en los mismos vicios aprovecharse de la virtud y nobleza a que está obligado, no será comprendido en mi reprensión: mas hablo de los que, olvidados de sus obligaciones, hacen diferente de lo que es justo: estos tales no serán hombres sino monstruos, y si todos lo son, con todos hablo, advirtiendo que las mujeres que hablaré en este libro no son de las comunes, y que tienen por oficio y grangería el serlo, que esas pasan por sabandijas; sino de las no merecedoras de desdichados sucesos.
Habíale pedido a Lisis Zelima por merced le fuese concedido que los versos que se cantasen los diese ella, de que Lisis se holgó por excusarse de este trabajo, y que la primera que desengañase fuese ella; y Lisis, imaginando la petición no por acaso, lo tuvo a bien; y así nombró para la primera noche a Zelima, y tras ella a su prima Lisarda, luego a Nise, y tras ellas a Filis.
Para la segunda noche puso la primera a su madre, segunda a Matilde y tercera y cuarta a doña Luisa y doña Francisca, dos señoras hermanas que poco había vivían en su casa, la primera viuda y la otra doncella, mozas hermosas y muy bien entendidas.
Y la tercera noche puso primero a doña Estefanía; esta era una prima suya que tenía religiosa, que había con licencia salido del convento a curarse de unas peligrosas cuartanas, y ya sana de ellas no aguardaba para volverse a él más de que se celebrasen las bodas de Lisis, y ella tomó para sí el postrero desengaño, para que hubiese lugar para su desposorio.
Ordenado esto, convidó a todos los caballeros y damas, citados en la primera parte, y muchos más que vinieron avisados unos de otros. Con esto se sacó licencia del nuncio para que se desposasen sin amonestaciones, o por más secreto, o por mayor grandeza (que está ya el gusto tan empalagado de lo antiguo, que buscan lo más moderno, y lo tienen por sainete).
Se previnieron músicos y entoldaron las salas de ricas tapicerías, suntuosos estrados, curiosos escritorios, vistosas sillas y taburetes, aliñados braseros, tanto de buenas lumbres como de diversas y olorosas perfumaderas, claros y resplandecientes faroles, muchas bujías, y sobre todo sabrosas y costosas colaciones, sin que faltase el amigo chocolate (que en todo se halla como la mala ventura).
Todo tan en su punto que la hermosa sala no parecía sino un abreviado cielo, y más cuando empezaron a ocuparla tantas jerarquías de serafines, presidiendo a todas la divina Lisis, de negro, con muchos botones de oro: y si bien esta dama no era la más linda de todas, en la gallardía y entendimiento las excedía.
Acomodados todos en sus lugares, sin que faltasen de los suyos el ingrato don Juan y el dichoso don Diego, y todos los hombres mal contentos, quienes por no serles concedido el novelar no podían dar muestra de sus intenciones, y quizá los que escriben deseosos de verse en ocasión de vengarse, como si a mí me importase algo, pues no les quito el entendimiento que Dios les dio, si acaso escribir esto fuese presunción y no entretenimiento, no obstante las damas contentas de que les llegaba la ocasión de satisfacerse de tantos agravios como les hacen en sentir mal de ellas y juzgar a todas por una, Zelima, que junto a Lisis estaba, se levantó, y haciendo una cortés y humilde reverencia (habiendo prevenido a los músicos de lo que habían de hacer, como a quien tocaba dar los versos), se entró en una cuadra y los músicos dieron principio a la fiesta con este romance:
Mentiroso pastorcillo, Que a los montes de Toledo Llevasteis mis alegrías, Y me dejaste mis celos:
Dueño de quien soy esclava, Y a quien reconoce imperio, Por confrontación de estrella, Mi cautivo pensamiento:
Deidad, a cuyos altares, Sacrificando en deseos El alma, víctima humilde, Es holocausto e incienso:
¿Qué dichosa te entretiene, Que faltando el plazo puesto, Consientes que estén mis ojos Bañados en llanto tierno?
Si los rigores de ausencia Hicieran mella en tu pecho, Ni tú estuvieras sin mí, Ni yo estuviera con ellos.
Si cuando te despediste Callé el dolor que padezco, Ya que no por sentirle, Porque tú fueses contento.
Y con aqueste seguro, Ignorando mis tormentos, La rienda a la ausencia alargas, Pensando que no la siento.
Vuelve a mirarte en los ojos, Que sueles llamar espejos, Y los verás por tu causa Caudalosas fuentes hechos.
Vuelve, y verás que las horas Las llamo siglos eternos; Los días eternidades, Tanto es el dolor que tengo.
Quizá a la que te detiene, Estando sin mi contento, Quitarás de los favores Que a mis espaldas le has hecho.
Que según sin mí te hallas, Puedo llamar mis contentos Censos que son al quitar, Que me los quitas tan presto.
Celos me abrasan el alma: ¡Ay de mí! Valedme, cielos, Dad agua apriesa, ojos míos, Pues veis que crece el incendio.
¿Mas es fuego de alquitrán Este en que me estoy ardiendo? Que más se aviva la llama, Mientras más lágrimas vierto.
Dicen algunos que son Los celos del amor hielo; Mas en mí vienen a ser Abrasado mongibelo.
¿Para qué quiero la vida? ¿Para qué el reposo quiero? ¡Ay, zagalejos del Tajo, No ángeles, sino infierno!
Mirad que Salicio es mío, En él vivo, y por él muero, Y quitármele es sacar El alma a mi triste cuerpo.
Violentamente gozáis Esa vida que poseo, Porque sus favores son Los bienes solos que tengo.
¡Ay, Dios! a quien me quejo, O a quien aquestas lágrimas ofrezco, Si mi ingrato Salicio está tan lejos.
Yo triste, y él contento, Él gozando otros gustos, yo con celos.
Que soy inmortal Egeo, Pues no me acaba este mortal veneno.
Largo les pareció el romance a los oyentes, y más como no sabían el designio de Zelima, la que de propósito lo había prevenido así para tener lugar de hacer lo que ahora se dirá; demás que los músicos de los libros son más piadosos que los de las salas de los señores, que acortan los romances y les quitan el ser, dejándolos sin pies ni cabeza.
A los últimos acentos de los postreros versos salió Zelima de la cuadra en tan diferente traje del que entró, que a todos puso en admiración. Traía una camisa de transparente cambray, con grandes puntas y encajes, las mangas muy anchas de la parte de la mano; unas enaguas de lama a flores, azul y plata, con tres o cuatro relumbrones que quitaban la vista, tan corta que apenas llegaba a las gargantas de los pies, y en ellos unas sandalias de muchos lazos y listones de seda muy vistosas: sobre esto, un vaquerillo o aljuba de otra telilla azul y plata muy vistosa, y asido al hombro una almalafa de la misma tela.
Tenía la aljuba o vaquerillo las mangas tan anchas que se igualaban con las de la camisa, mostrando sus blancos y torneados brazos con costosos carcajes o brazaletes: los largos, ondeados y hermosos cabellos, que ni eran oro ni ébano, sino un castaño tirante a rubio, tendidos por las espaldas, que le pasaban de la cintura una vara, y cogidos por la frente con una cinta o apretadorcillo de diamantes y luego prendido a la mitad de la cabeza un velo azul y plata, lo que unido todo al donaire, majestad y grandeza de sus airosos y concertados pasos, no parecía sino una princesa de Argel, una reina de Fez o Marruecos, o una sultana de Constantinopla.
Admirados quedaron damas y caballeros, y más la hermosa Lisis de verla con más arreos que los que ella había visto, y no acertaba a dar lugar al disfraz de su esclava, y así no hizo más de callar y admirarse (como todos) de tal deidad, porque la contemplaba una ninfa o diosa de las antiguas fábulas.
Pasó Zelima hasta el estrado, dejando a las damas muy envidiosas de su acabada y linda belleza, y a los galanes rendidos a ella, pues hubo más de dos que, con los clavos del rostro, sin reparar en ellos, la hiciera señora y poseedora de su persona y hacienda, y aun se juzgara indigno de merecerla.
Hizo Zelima una reverencia al auditorio y otra a su señora Lisis, y sentose en dos almohadas que estaban situadas en medio del estrado, lugar prevenido para la que había de desengañar, y vuelta a Lisis dijo así:
NOCHE PRIMERA.
DESENGAÑO PRIMERO.
LA ESCLAVA DE SU AMANTE.
—Mandásteme, señora mía, que contase esta noche un desengaño para que las damas se avisen de los engaños y cautelas de los hombres, para que vuelvan por su fama en tiempo que la tienen tan perdida, pues en ninguna ocasión hablan ni sienten de ellas bien, siendo su mayor entretenimiento decir mal de ellas; pues ni comedia se representa ni libro se imprime que no sea todo en ofensa de las mujeres, sin que se reserve ninguna; y si bien no tienen ellos toda la culpa, que si como buscan las malas para sus deleites, y estas no pueden dar más de lo que tienen, buscaran las buenas para admitirlas y alabarlas, las hallaran honradas, cuerdas, firmes y verdaderas: mas es tal nuestra desdicha y el mal tiempo que alcanzamos que a estas tratan mucho peor; y es que como las otras no los han menester sino por algún tiempo, antes que ellos tengan tiempo de tratarlas mal ellas les dan con la ceniza en la cara.
Muchísimos desengaños pudiera traer en apoyo de esto de las antiguas y modernas desdichas sucedidas a mujeres por los hombres; mas quiero pasarlas en silencio y contaros mis desdichados sucesos, para que, escarmentando en mí, no haya tantas perdidas como hay, y tan pocas escarmentadas. Y porque lo mismo que contaré ahora es la misma reprensión, digo de esta manera:
—Mi nombre es doña Isabel Fajardo, no Zelima, ni mora, como pensáis, sino cristiana e hija de padres católicos, y de los más principales de la ciudad de Murcia, que estos hierros que veis en mi rostro no son sino sombras de los que ha puesto en mi calidad y fama la ingratitud de un hombre; y para que me deis más crédito, veislos aquí quitados: así pudiera quitar los que han puesto en mi alma mis desventuras y poca cordura.
Y diciendo esto, se los quitó y arrojó lejos de sí, quedando el claro cristal de su divino rostro sin mancha, sombra ni obscuridad, descubriendo aquel sol los resplandores de su hermosura sin nube: y todos los que colgados de lo que intimaba su hermosa boca, casi sin sentido, que apenas osaban apartar la vista por no perderla, pareciéndoles que como ángel se les podía esconder; y por fin, los galanes más enamorados y las damas más envidiosas, y todos compitiendo en la imaginación sobre si estaba mejor con hierros o sin ellos; y casi se determinaban a sentirlo viéndola sin ellos, por parecerles más fácil la empresa; y más Lisis, que como la quería con tanta ternura, dejó caer por sus ojos unos desperdicios; mas por no estorbarla los recogió con sus hermosas manos.
Con esto la hermosa doña Isabel prosiguió su discurso, viendo que todos callaban, notando la suspensión de cada uno y la de todos juntos.
—Nací en la casa de mis padres sola, para que fuese sola la perdición de ella: hermosa, ya lo veis; noble, ya lo he dicho; rica, lo que bastara, a ser yo cuerda, para poder obtener un noble marido.
Crieme hasta llegar a los doce años entre las caricias y regalos de mis padres, que claro es que, no habiendo tenido otra de su matrimonio, serían muchos, enseñándome entre ellos las cosas más importantes a mi calidad.
Ya se entenderán las virtudes que forman una persona virtuosamente cristiana, los ejercicios honestos de leer, escribir, tañer y danzar, con todo lo demás competente a una persona de mis prendas y de todas aquellas cuyos padres desean ver enriquecidas a sus hijas; y más los míos, que como no tenían otra, se aficionaban en estos extremos; salí única en todo, y perdonadme que me alabe, que como no tengo otro testigo, no es justo pasen por desvanecimiento mis alabanzas; bien se lo pagué, pero más bien lo he pagado.
Yo fui en todo extremada, mas en hacer versos era la admiración de aquel reino y la envidia de muchos no tan peritos en esta facultad, pues hay varios ignorantes que, como si las mujeres les quitaran el entendimiento por tenerle, se consumen de los aciertos ajenos. ¡Bárbaro, ignorante, si los sabes hacer, hazlos, que no te roba nadie tu caudal!: si son buenos los que no son tuyos, y más si son de dama, adóralos y alábalos; y si malos, discúlpala, considerando que no tiene más caudal y que son dignos de más aplauso en una mujer que en un hombre, por adornarlos con menos arte.
Cuando llegué a los catorce años, ya tenían mis padres tantas pretensiones para mis bodas que ya enfadados respondían que me dejasen ser mujer; mas como, según decían ellos, idolatraban en mi belleza, no se podían excusar de importunarles.
Entre los más rendidos se mostró apasionadísimo un caballero, cuyo nombre es don Felipe, de pocos más años que yo, tan dotado de gentileza y nobleza cuanto desposeído de bienes de fortuna, que parecía que envidiosa de las gracias que le había dado el cielo, le había quitado los suyos. Era, en fin, pobre, y tanto que en la ciudad era desconocido, desdicha que padecen muchos.
Este era el que más a fuerza de suspiros y lágrimas procuraba granjear mi voluntad, mas yo seguía la opinión de todos, y como los criados de casa veían mi poco afecto, jamás le oyó ninguno, ni fue mirado de mí, pues bastó esto para ser poco conocido en otra ocasión: pluguiera al cielo le mirara yo bien y fuera parte para que no me hubieran sucedido las desdichas que lloro, y hubiera sabido excusar algunas; mas, siendo pobre, ¿cómo le había de mirar mi desvanecimiento?, pues tenía yo hacienda para él y para mí, mas mirábale de modo que jamás pude dar señas de su rostro, hasta que me vi engolfada en mis desventuras.
Sucedió en este tiempo el levantamiento de Cataluña, para castigo de nuestros pecados, o solo de los míos, que aunque han sido las pérdidas grandes, la mía es la mayor, que los muertos en esta ocasión ganaron eterna fama, y yo, que quedé viva, ignominiosa infamia.
Súpose en Murcia como Su Majestad (Dios le guarde) iba al ilustre y leal reino de Aragón para hallarse presente en las civiles guerras; y mi padre, como quien había gastado lo mejor de su mocedad en servicio de su rey, conoció lo que le importaban a Su Majestad los hombres de su valor, y se determinó a irle a servir para que en tal ocasión le premiase los servicios pasados y presentes, como católico y agradecido rey; y con esto trató de su jornada.
El sentimiento de mi madre y mío fue extremado, y el de mi padre de la misma suerte: tanto que a importunidades de mi madre y mías trató llevarnos en su compañía, con que volvió nuestra pena en gozo, y más a mí, que como niña, deseosa de ver tierras, o por mejor sentir mi desdichada suerte que me guiaba a mi perdición, me llevaba contenta.
Prevínose la partida, y aderezado lo que se había de llevar, fue lo más importante para, aunque a la ligera, mostrar mi padre quién era y que era descendiente de los antiguos Fajardos de aquel reino. Partimos de Murcia, dejando con mi ausencia común y particular tristeza en aquel reino, solemnizando en versos y prosas todos los más divinos entendimientos la falta que hacía a aquel reino.
Llegamos a la nobilísima y suntuosa ciudad de Zaragoza, y aposentados en una de sus principales casas, ya descansada del camino, salí a ver, vi, y fui vista. Mas no estuvo en esto mi pérdida, que dentro en mi casa estaba el incendio, pues sin salir me había ya visto mi desventura, y como si careciera esta noble ciudad de hermosuras, pues hay tantas que apenas hay plumas ni elocuencias que basten a alabarlas, pues son tantas que dan envidia a otros reinos, se empezó a exagerar la mía como si no hubiera visto otra: no sé si es tanta como decían, solo sé que fue la que bastó a perderme; mas como dice el vulgo, lo nuevo place: ¡oh, quién no la hubiera tenido para excusar tantos infortunios!
Habló mi padre a Su Majestad, que informado de que había sido en la guerra tan gran soldado y que aún no estaban amortiguados sus bríos, valor y buena cuenta que siempre había dado de lo que tenía a su cargo, le mandó asistiese al gobierno de un tercio de caballos, con título de maestre de campo, honrándole con un hábito de Calatrava: y así fue fuerza el asistir allí y enviar a Murcia por toda la hacienda que se podía traer, dejando la demás a deudos nobles que tenía allá.
Era dueña de la casa en que vivíamos una viuda, principal y rica, que tenía un hijo y una hija; él mozo, galán y de buen discurso, así no fuera falso y traidor, llamado don Manuel: no quiero decir su apellido, que mejor es callarle pues no supo darle lo que merecía.
¡Ay, y qué a costa mía he hecho experiencia de todo! ¡Ay, mujeres fáciles, y si supiésedes una por una, y todas juntas, a lo que os ponéis el día que os dejáis rendir a las falsas caricias de los hombres; y cómo quisiérades más haber nacido sin oídos y sin ojos o, si os desengañásedes en mí, de que más vais a perder que a ganar!
Era la hija moza y medianamente hermosa, y concertada de casar con un primo que estaba en las Indias, y le aguardaban para celebrar sus bodas en la primera flota. Su nombre era doña Eufrasia: esta y yo nos tomamos tanto amor como su madre y la mía, pues ni de día ni de noche nos dividíamos, y si no era para ir a dar el común reposo a los ojos, jamás nos apartábamos, o yo en su cuarto o ella en el mío: no hay más que encarecerlo sino que ya la ciudad nos celebraba por el nombre de «las dos amigas»; y de la misma suerte don Manuel dio en quererme, o en engañarme, que todo viene a ser uno: a los principios empecé a extrañar y resistir sus pretensiones y porfías, teniéndolos por atrevimientos contra mi autoridad y honestidad; tanto que por atajarlos me excusaba y negaba a la amistad de su hermana, dejando de asistirla en su cuarto todas las veces que sin nota podía hacerlo, de que don Manuel hacía tantos sentimientos, mostrando andar muy melancólico y desesperado, que tal vez me obligaba a lástima, por ver que ya mis rigores se atrevían a su salud.
No miraba yo mal, las veces que podía sin dárselo a entender, a don Manuel: y bien gustara, pues era fuerza tener dueño, fuera él a quien tocara la suerte: mas, ¡ay!, que él iba con otro intento, pues con haber tantos que pretendían este lugar, jamás se opuso a tal pretensión; y estaba mi padre tan desvanecido en mi amor que, aunque lo intentara, no fuera admitido, por haber otros de más prendas que él, pues aunque don Manuel tenía muchas, ni yo me apartara del gusto de mi padre por cuanto vale el mundo.
No había hasta entonces llegado amor a hacer suerte en mi libertad, antes imagino que, ofendido de ella, hizo el estrago que tantas penas me cuesta. No había tenido don Manuel lugar de decirme, más de con los ojos, su voluntad, porque yo no se le daba; hasta que una tarde, estando yo con su hermana en su cuarto, salió de su aposento, que estaba a la entrada de él, con un instrumento en la mano y, sentándose en el mismo estrado con nosotras, le rogó mucho doña Eufrasia cantase alguna cosa, y rehusándolo él, se lo supliqué también yo por no parecer grosera; y él, que no deseaba otra cosa, cantó un soneto que, si no os cansa mi larga historia, diré con los demás que se ofrecieren en el discurso de ella.
Lisis, por todos, la rogó lo hiciese así, que les daría notable gusto, diciendo:
—¿Qué podréis decir, señora doña Isabel, que no sea de mucho agrado a los que os escuchamos? Y así, en nombre de estas damas y caballeros, os suplico no excuséis nada de lo que os sucedió en vuestro prodigioso suceso, porque de lo contrario recibiremos gran pena.
—Pues con esta licencia —replicó doña Isabel—, digo que don Manuel cantó este soneto; advirtiendo que él a mí y yo a él nos nombrábamos por Belisa y Salicio.
De un diluvio la tierra condenada, Que toda se anegaba en sus enojos, Ríos fuera de madre eran sus ojos, Porque ya son las nubes mar airada.
La dulce Filomena retirada, Como no ve del sol los rayos rojos, No le rinde canciones en despojos Por verse sin su luz desconsolada.
Progne lamenta, el ruiseñor no canta, Sin belleza y olor están las flores; Y estando todo triste de este modo,
Con tanta luz, que al mismo sol espanta: Toda donaire, discreción y amores, Salió Belisa, y serenose todo.
Arrojó, acabado de cantar, el instrumento en el estrado, diciendo:
—¿Qué me importa a mí que salga el sol de Belisa en el oriente a dar alegría a cuantos la ven, si para mí está siempre convertida en triste ocaso?
Diole diciendo esto un modo de desmayo con que, alborotadas su madre, hermanas y criadas, fue fuerza llevarle a su cama y yo retraerme a mi cuarto; no sé si triste o alegre, solo sabré asegurar que me conocí confusa y determiné no ponerme más en ocasión de sus atrevimientos.
Si me durara este propósito, acertara, mas ya empezaba en mi corazón a hacer suertes amor, alentando yo misma mi ingratitud, y más cuando supe, de allí a dos días, cómo don Manuel estaba con un accidente que a los médicos había puesto en cuidado; con todo eso estuve sin ver a doña Eufrasia hasta otro día, no dándome por entendida y fingiendo precisa ocupación con la estafeta de mi tierra, hasta que doña Eufrasia, que hasta entonces no había tenido lugar asistiendo a su hermano, le dejó reposando y pasó a mi aposento dándome muchas quejas de mi descuido y sospechosa amistad, de que me disculpé, haciéndome de nuevas y muy pesarosa de su disgusto.
Al fin, acompañando a mi madre, hube de pasar aquella tarde a verle; y como estaba cierta que su mal procedía de mis desdenes, procuré, más cariñosa y agradable, darle la salud que le había quitado con ellos, hablando donaires y burlas que en don Manuel causaban varios efectos, ya de alegría y ya de tristeza, que yo notaba con más cuidado que antes, si bien lo encubría con cauta disimulación.
Llegó la hora de despedirnos, y llegado con mi madre a hacer la debida cortesía y esforzarle con las esperanzas de salud que siempre se dan a los enfermos, me puso tan impensadamente en la mano un papel que, o fuese la turbación del atrevimiento, o recato de mi madre y de la suya, que estaban cerca, no pude hacer otra cosa más de encubrirle; y así que llegué a mi cuarto me entré en mi aposento, y sentándome sobre mi cama saqué el engañoso papel para hacerle pedazos sin leerle; y al punto que lo iba a conseguir me llamaron, porque había venido mi padre, y hube de suspender por entonces su castigo; y no hubo lugar de dársele hasta que me fui a acostar, que habiéndome desnudado una doncella que me vestía y desnudaba y a quien yo quería mucho por habernos criado desde niñas, me acordé del papel y se le pedí, y que me llegase de camino la luz para abrasarle en ella.
Entonces me dijo la cautelosa Claudia, que este era su nombre y bien le puedo dar también el de cautela, pues también estaba prevenida contra mí y en favor del ingrato y desconocido don Manuel:
—¿Y acaso, señora mía, ha cometido este desdichado algún delito contra la fe que le quieres dar tan riguroso castigo? porque si es así, no será por malicia sino con inocencia; porque antes entiendo que le sobra fe, y no que le falta.
—Con todo mi honor le está cometiendo —dije yo—, y porque no haya más cómplices será bien que este muera.
—¿Pues a quién se condena sin oírle? —replicó Claudia—, porque a lo que miro, entero está como el día en que nació; óyele, por tu vida, y luego si mereciere pena se la darás, y más si es tan poco venturoso como su dueño.
—¿Sabes tú cúyo es? —le volví a replicar.
—¿De quién puede ser, si no es admitido, sino del mal correspondido don Manuel, que por causa tuya está como está, sin gusto y salud, dos males que, a no ser desdichado, ya le hubieran muerto? Mas hasta la muerte huye de los que lo son.
—Sobornada parece que estás, pues abogas con tanta piedad por él.
—No estoy, por cierto —respondió Claudia—, sino enternecida, y aun si dijera lastimada acertara mejor.
—¿Pues de qué sabes tú que todas esas penas de que te lastimas tanto son por mí?
—Yo te lo diré —dijo la astuta Claudia—. Esta mañana me envió tu madre a saber cómo estaba, y el triste caballero vio los cielos abiertos en verme: contome sus penas, dando de todo la culpa a tus desdenes; y esto con tantas lágrimas y suspiros que me obligó a sentirlas como propias, solemnizando con suspiros los suyos y acompañando con lágrimas las suyas.
—Muy tierna eres, Claudia —repliqué yo—, presto crees a los hombres; si fueras tú la querida, presto le consolaras.
—Y tan presto —dijo Claudia—, que ya estuviera sano y contento. Díjome más, que en estando para poderse levantar se ha de ir donde a tus crueles ojos e ingratos oídos no lleguen nuevas de él.
—Yo quisiera que estuviera bueno para que lo cumpliera —dije yo.
—¡Ay señora mía! —respondió Claudia—, ¿es posible que en cuerpo tan lindo como el tuyo se aposente alma tan cruel? No seáis así, por Dios, pues ya se pasó el tiempo de las damas andariegas que con corazones de diamantes dejaban morir los caballeros sin tener piedad de ellos: casada has de ser, que tus padres para este estado te guardan; pues si es así, ¿qué desmerece don Manuel para que no gustes que sea tu esposo?
—Claudia —dije yo—, si don Manuel estuviera tan enamorado como dices, y tuviera tan castos pensamientos, ya me hubiera pedido a mis padres; y pues no trata de eso sino de que le corresponda, o por burlarme o ver mi flaqueza, no me hables más de él, que me das notable enojo.
—Lo mismo que tú dices —volvió a replicar Claudia—, le dije yo, y me respondió que cómo se había de atrever a pedirte por esposa, incierto de tu voluntad; pues podía ser que aunque tu padre lo acepte no gustes tú de ello.
—El gusto de mi padre será el mío —dije yo.
—Ahora, señora —tornó a decir Claudia—, veamos el papel, pues ni hace ni deshace el leerle, pues que lo demás corre por cuenta del cielo.
Estaba ya mi corazón más blando que la cera, pues, mientras Claudia me decía lo referido, había entre mi pecho varios discursos y todos en abono de lo que me decía mi doncella y en favor de don Manuel; mas por no darla más atrevimientos, pues ya la juzgaba más de la parte contraria que de la mía, después de haberla mandado no hablase más en ello ni fuese adonde don Manuel estaba, porfié a quemar el papel y ella a defenderle, hasta que, deseando yo lo mismo que ella quería, le abrí, amonestándola primero que no supiese don Manuel sino que le había rompido sin leerle, y ella prometiéndolo, vi que decía así:
«No sé, ingrata señora mía, de qué tienes hecho el corazón, pues a ser de diamante ya le hubieran enternecido mis lágrimas; antes, sin mirar los riesgos que me vienen, le tienes cada día más endurecido: si yo te quisiera menos que para dueño de mí y de cuanto poseo, ya parece que se hallara disculpa a tu crueldad; mas, pues gustas que muera sin remedio, yo te prometo darte gusto ausentándome del mundo y de tus ingratos ojos, como lo verás en levantándome de esta cama, y quizá entonces te pesará de no haber admitido mi voluntad.»
No decía más que esto el papel, ¿pero qué más había de decir? Dios nos libre de un papel escrito a tiempo; saca fruto de donde no le hay y engendra voluntad aun sin ser visto: mirad qué sería de mí que ya admiraba los méritos de don Manuel todos juntos y cada uno de por sí.
¡Ay, engañoso amante; ay, falso caballero; ay, verdugo de mi inocencia! ¡Y ay, mujeres fáciles y mal aconsejadas, y cómo os dejáis vencer de mentiras bien afeitadas, y que no les dura el oro con que van cubiertas más que mientras dura el apetito! ¡Ay, desengaño, que visto, no se podrá engañar ninguna! ¡Ay, hombres!, y ¿por qué siendo hechos de la misma masa y trabazón que nosotras, no teniendo más nuestra alma que la vuestra, nos tratáis como si fuéramos hechas de otra pasta, sin que os obliguen los beneficios que desde el nacer al morir os hacemos? Pues si agradecierais los que recibís de vuestras madres, por ellas estimaríais y reverenciaríais a las demás; ya, yo lo tengo conocido a costa mía, que no lleváis otro designio sino perseguir nuestra inocencia, aviltar nuestro entendimiento, derribar nuestra fortaleza, y haciéndonos viles y comunes, alzaros con el imperio de la inmortal fama.
Abran las damas los ojos del entendimiento y no se dejen vencer de quien pueden temer el mal pago que a mí se me dio, y para que aprendan en esta ocasión y tiempo estos desengaños, pues podrá ser que por mi causa cobren las mujeres la opinión perdida y no den lugar a los hombres para alabarse ni hacer burla de ellas, ni sentir mal de sus flaquezas y malditos intereses, por los cuales hacen tantas que en lugar de ser amadas, son aborrecidas, aviltadas y vituperadas.
Volví de nuevo a mandar a Claudia, y de camino rogarle no supiese don Manuel que había leído el papel ni lo que había pasado entre las dos, y ella a prometerlo; y con esto se fue, dejándome divertida en tantos y tan confusos pensamientos que yo misma me aborrecía de tenerlos, y ya amaba, ya me arrepentía; ya me repetía piadosa, ya me hallaba mejor. Airada al final, me determiné a no favorecer a don Manuel de suerte que le diese lugar a atrevimientos, mas tampoco desdeñarle de suerte que le obligase a algún desesperado suceso.
Volví con esta determinación a continuar la amistad de doña Eufrasia y a comunicarnos con la frecuencia de que antes hacía gala: si ella me llamaba cuñada, a mí no me pesaba de oírla; escuchaba a don Manuel más apacible, y si él no correspondía a mis deseos, a lo menos no le afeaba me dijese su amor sin rebozo; y con lo que más le favorecía era con decirle que me pidiese a mi padre por esposa, que le aseguraba de mi voluntad; mas como el traidor llevaba otros intentos, jamás lo puso en ejecución.
Llegose en este tiempo el alegre de las carnestolendas, tan solemnizado en todas partes y más en aquella ciudad, que se dice por ponderarlo más, carnestolendas de Zaragoza. Andábamos todos de fiesta y regocijo, sin reparar los unos en los desaciertos ni aciertos de los otros.
Sucedió, pues, que pasando sobre tarde al cuarto de doña Eufrasia a vestirme con ella de disfraz para una máscara que teníamos prevenida, y ella y sus criadas y otras amigas ocupadas adentro en prevenir lo necesario, su traidor hermano, que debía de estar aguardando esta ocasión, me detuvo a la puerta de su aposento que, como he dicho, era a la entrada del de su madre, dándome la bienvenida, como hacía con toda cortesía otras veces: yo descuidada, o por mejor decir incierta de que pasaría a más su atrevimiento, si bien ya había llegado a tenerme asida por una mano, viéndome divertida tiró de mí, y sin poder ser parte a hacerme fuerte, me entró dentro, cerrando la puerta con llave; yo no sé lo que me sucedió porque del susto me privó el sentido un mortal desmayo.
¡Ah flaqueza femenil de las mujeres, acobardadas desde la infancia y debilitadas las fuerzas con enseñarlas primero a hacer vainicas que a jugar las armas! ¡Oh, si no volviera jamás en mí, sino que de los brazos del mal caballero me traspasaran a la sepultura! Mas guardábame mi mala suerte para más desdichas, si puede haberlas mayores.
Pasada pues poco más de media hora volví en mí y me hallé, mal digo, no me hallé, pues me hallé con la pérdida que no supe, ni pude, ni podré ganar jamás, e infundiéndome mi agravio una mortífera rabia, lo que en otra mujer pudiera causar lágrimas y desesperaciones, en mí fue un furor diabólico, con el cual, desasiéndome de sus infames lazos, arremetí a la espada que tenía a la cabecera de la cama y, sacándola de la vaina, se la fui a esconder en su cuerpo; hurtome el golpe y no fue milagro, porque estaba diestro en hurtar, y abrazándose conmigo me quitó la espada, que me la iba a entrar por mi cuerpo por haber errado el del infame, diciéndole de esta suerte:
—Traidor, me vengo en mí, pues no he podido en ti, que las mujeres como yo así vengan sus agravios.
Procuró el cauteloso amante amansarme y satisfacerme, temeroso de que no diera fin a mi vida, y disculpó su atrevimiento con decir que lo había hecho por tenerme segura; y ya con caricias, ya con enojos mezclados con halagos, me dio palabra de ser mi esposo.
En fin, a su parecer más quieta, aunque no al mío, que estaba hecha una pisada serpiente, me dejó volver a mi aposento tan ahogada en lágrimas que apenas tenía aliento para vivir.
Este suceso dio conmigo en la cama de una peligrosa enfermedad que fomentada de mis ahogos y tristezas me vino a poner a punto de muerte; estando de verme así tan tristes mis padres que lastimaban a quien los veía.
Lo que granjeó don Manuel con este atrevimiento fue que si antes me causaba algún agrado, ya aborrecía hasta su sombra; y aunque Claudia hacía instancias por saber de mí la causa de este pesar que había en mí, no lo consiguió, ni jamás la quise escuchar palabra que don Manuel procurase decirme, y las veces que su hermana me veía era para mí la misma muerte. En fin, yo estaba tan aborrecida que, si no me la di yo misma, fue por no perder el alma.
Bien conocía Claudia mi mal en mis sentimientos, y por asegurarse más habló a don Manuel, de quien supo todo lo sucedido; pidiole me aquietase y procurase desenojar, prometiéndole a ella lo que a mí, que no sería otro su esposo: permitió el cielo que mejorase de mi mal, porque aún me faltaban por pasar otros mayores; y un día que estaba Claudia sola conmigo, que ni mi madre ni las demás criadas estaban en casa, me dijo estas razones:
—No me espanto, señora mía, que tu sentimiento sea de la calidad que has mostrado y muestras; mas a los casos que la fortuna encamina y el cielo permite para secretos suyos, que a nosotros no nos toca el saberlo, no se han de tomar tan a pechos y por el cabo que se aventure a perder la vida, y con ella el alma. Confieso que el atrevimiento del señor don Manuel fue el mayor que se puede imaginar; mas tu temeridad es más terrible, y supuesto que en este suceso, aunque has aventurado mucho, no has perdido nada, pues en siendo tu esposo queda puesto el reparo: si tu pérdida se pudiera remediar con esos sentimientos y desesperaciones, fuera razón tenerlas; ya no sirven desvíos para quien posee y es dueño de tu honor, pues con ellos das motivo para que arrepentido y enfadado de tus sequedades te deje burlada; pues no son las prendas de tu ofensor de tan pocos méritos que no podrá conquistar con ella cualquiera hermosura de su patria; y puesto que más acertado es que se acuda al remedio antes que cuando le busques no le halles, hoy me ha pedido que te amanse y te diga cuán mal lo haces con él y contigo misma, y que está con mucha pena de tu mal; que te alientes y procures cobrar salud, que tu voluntad es la suya y no saldrá en esto y en todo lo que ordenares de tu gusto: mira, señora, que esto es lo que te está bien, y que se pongan medios con tus padres para que sea tu esposo, con que la quiebra de tu honor quedará soldada y satisfecha, y todo lo demás es locura y acabar de perderte.
Bien conocí que Claudia me aconsejaba lo cierto, supuesto que ya no se podía hallar otro remedio; mas estaba tan aborrecida de mí misma que en muchos días no llevó de mí buena respuesta; y aunque ya me empezaba a levantar, en más de dos meses no me dejé ver de mi atrevido amante, ni recado que me enviaba quería recibir, ni papel que llegaba a mis manos llevaba otra respuesta que hacerle pedazos; tanto que don Manuel, o fuese que en aquella ocasión me tenía alguna voluntad, o porque picado de mis desdenes quería llevar adelante sus traiciones, se descubrió a su hermana y la contó lo que conmigo le había pasado, de que doña Eufrasia admirada y pesarosa, después de haberle afeado acción tan grosera y mal hecha, tomó por su cuenta quitarme el enojo.
Finalmente, ella y Claudia trabajaron tanto conmigo que me rindieron: y como sobre las pesadumbres entre amantes las paces aumentan el gusto, todo el aborrecimiento que tenía a don Manuel se volvió en amor, y el suyo en aborrecimiento; que los hombres, en estando en posesión, su voluntad se desvanece como humo.
Un año pasé en estos desvanecimientos sin poder acabar con don Manuel pusiese terceros con mi padre para que se efectuasen nuestras bodas, y otras muchas que a mi padre le trataban no llegaban a efecto, por conocer la poca voluntad que tenía de casarme.
Mi amante me entretenía diciendo que en haciéndole Su Majestad merced de un hábito de Santiago que le había pedido, para que más justamente mi padre le admitiese por hijo, se cumplirían mis deseos y los suyos; si bien, aunque yo sentía mucho estas dilaciones y casi temía mal de ellas, por no disgustarle no apuraba más.
En este tiempo, en lugar de un criado que mi padre había despedido entró a servir en casa un mancebo que, como después supe, era aquel caballero pobre que jamás había sido bien visto de mis ojos (¿mas quién mira bien a un pobre?); el cual no pudiendo vivir sin mi presencia, mudado hábito y nombre, hizo esta transformación: pareciome cuando le vi la primera vez que era el mismo que me había antes querido, mas no hice reparo en ello, por parecerme imposible.
Bien conoció Luis (que así dijo llamarse) a los primeros lances la voluntad que yo y don Manuel nos teníamos, pero no creyó de la entereza de mi condición que pasase a más de honestos y recatados deseos, dirigidos al conyugal lazo: y él estaba cierto que no había de alcanzar aunque fuera conocido por don Felipe más que los despegos que siempre callaba, y por no privarse de verme sufría como amante aborrecido y desestimado, dándose por premiado de su amor con poderme hablar y ver a todas horas.
De esta manera pasé algunos meses, pues aunque el amor de don Manuel no era verdadero, sabía tan bien las artes de fingir que yo me daba por contenta y pagada de mi voluntad: así me duraran estos engaños; ¿mas cómo puede la mentira pasar por verdad sin que al cabo se descubra?
Acuérdome que una tarde que estábamos en el estrado de su hermana, chanceándonos y diciendo burlas y entretenidos festejos como otras veces, le llamaron; y él, al levantarse del asiento, me dejó caer la daga en las faldas, que se la había quitado por el estorbo que le hacía para estar sentado en bajo; a cuyo asunto hice este soneto:
Toma tu acero cortador, no seas Causa de algún exceso inadvertido, Que puede ser, Salicio, que sea Dido, Si por mi mal quisieres ser Eneas.
Cualquiera atrevimiento es bien que creas De un pecho amante, de tu valor rendido, Muy cerca está de ingrato el que es querido, Llévale, ingrato, si mi bien deseas.
Si a cualquiera rigor de aquellos ojos Te lloro, Eneas, y me temo Elisa, Quítame la ocasión de darme muerte.
Que quieres la vida por despojo, Que me matas de amor, mi amor te avisa; Tú ganarás honor, yo dulce suerte.
Alabaron doña Eufrasia y su hermano más la presteza de hacerle que el soneto; si bien don Manuel tibiamente; ya parecía que andaba su voluntad achacosa, y la mía temerosa de algún mal suceso en los míos, y a mis solas daban mis ojos muestra de mis temores, quejándome de mi mal pagado amor, dando al cielo quejas de mi desdicha: y cuando don Manuel, viéndome triste y los ojos con las señales de haberles dado el castigo que no merecían, pues no tuvieron culpa en mi tragedia, me preguntaba la causa, por no perder el decoro a mi gravedad, desmentía con él los sentimientos de ellos, que eran tantos que apenas los podía disimular; enamoreme, rogué, rendime; vaya, vengan penas, alcáncense unas a otras.
Mas por una violencia estar sujeta a tantas desventuras, ¿a quién le ha sucedido sino a mí? ¡Ay, damas hermosas y avisadas, y qué desengaño es este si le contempláis! ¡Ay, hombres, y qué afrenta para vuestros engaños! ¿Quién pensara que don Manuel hiciera burla de una mujer como yo, supuesto que aunque era noble y rico, aun para escudero de mi casa no le admitieran mis padres?, que este es el mayor sentimiento que tengo, pues estaba segura de que no me merecía y conocía que me desestimaba.
Fue el caso que había más de diez años que don Manuel hablaba a una dama de la ciudad, ni la más hermosa ni la más honesta, y aunque casada, no hacía ascos de ningún galanteo, porque su marido tenía buena condición; pues comía sin traerlo, y por no estorbar se iba fuera cuando era menester; y aunque aquí había reprensión para los hombres, mas los comunes y bajos que viven de esto no son hombres, sino bestias.
Cuando más engolfada estaba Alejandra, que así se llamaba esta dama, en la amistad de don Manuel, quiso el cielo, para castigarla, o para destruirme, darla una peligrosa enfermedad, de la que, viéndose en peligro de muerte, prometió a Dios apartarse de tan ilícito trato, haciendo voto de cumplirlo: sustentó esta devota promesa, viéndose con la deseada salud, año y medio, que fue el tiempo en que don Manuel buscó mi perdición, viéndose despedido de Alejandra; bien que, como después supe, la visitaba por cortesía y la regalaba por la obligación pasada.
¡Ah, mal hayan estas correspondencias corteses que tan caras cuestan a muchas! Entretenido en mi galanteo faltó a la asistencia de Alejandra, conociendo el poco fruto que sacaba de ella, pues esta mujer en faltar de su casa, como solía mi ingrato dueño, conoció que era la ocasión otro empleo, y buscando la causa, o que las criadas pagadas de la casa de don Manuel, o mi desventura que se lo debió de decir, supo como don Manuel trataba su casamiento conmigo: entró aquí alabarle mi hermosura y su rendimiento, y como jamás se apartaba de idolatrar en mi imagen, que cuando se cuentan los sucesos, y más si han de dañar, con menos ponderación son suficientes.
En fin, Alejandra, celosa y envidiosa de mis dichas, faltó a Dios lo que había prometido, para sobrarme a mí en penas; que si faltó a Dios, ¿cómo no me había de sobrar a mí? Era atrevida y resuelta, y lo primero a que se atrevió fue a verme. Pasemos adelante, que fuera hacer este desengaño eterno, y no es tan corto el tormento que padezco en referirle, que me saboree tan despacio en él; acarició a don Manuel, solicitó que volviese a su amistad, consiguió lo que deseó y volvió de nuevo a reincidir en la ofensa, faltando en la enmienda que a Dios había prometido.
Parecerá, señores, que me deleito en nombrar a menudo el nombre de este ingrato, pues no es así, sino que como ya para mí es veneno, quisiera que trayéndole en mis labios me acabara de quitar la vida.
Volviose en fin a adormecer y transportar en los engañosos encantos de esta Circe, y como una división causa mayores deseos entre los que se aman, fue con tanta puntualidad la asistencia en su casa que fue fuerza hiciese falta en la mía. Tanto que, ni en los pesarosos días del verano, ni en las cansadas noches del invierno, no había una hora para mí; y con esto empecé a sentir las penas que una desvalida y mal pagada mujer puede sentir, porque si a fuerza de quejas y sentimientos había un instante para estar conmigo, era con tanta frialdad y tibieza que se apagaban en ella los encendidos fuegos de mi voluntad; no para apartarme de tenerla, sino para darle las desazones que merecía: últimamente empecé a temer, del temer nace el celar, y del celar buscar las desdichas y hallarlas.
No le quiero prometer a un corazón amante más perdición que venir a tropezar en celos, que cierto es que la caída será para no levantarse más, porque si calla los agravios, juzgando que los ignora, no se recatan de hacerlos, y si habla más descubiertamente, pierden el respeto, como me sucedió a mí; que no pudiendo ya disimular las sinrazones de don Manuel, empecé a desenfadarme y reprenderle, y de esto pasar a reñirle, con que me califiqué por enfadosa y de mala condición, y a pocos pasos que di me hallé en los lances de aborrecida.
Ofréceseme a la memoria un soneto que hice, hallándome un día muy apasionada; que, aunque os canse, le he de decir.
No vivas, no, dichosa, muy segura De que has de ser toda la vida amada; Llegará el tiempo que la nieve helada Agote de tu dicha la hermosura.
Yo, como tú, gocé también ventura; Ya soy, como me ves, bien desdichada; Querida fui, rogada y estimada, Del que tu gusto y mi dolor procura.
Consuela mi pasión, que el dueño mío, Que ahora es tuyo, fue conmigo ingrato; También contigo lo será, dichosa.
Pagarasme el agravio en su desvío; No pienses que has feriado muy barato, Que tú has de ver como yo estoy celosa.
Admitía estas finezas don Manuel como quien ya no las estimaba, antes con enojos quería desvanecer mis sospechas, afirmándolas por falsas; y dándose más cada día a sus desaciertos, venimos él y yo a tener tantos disgustos y desasosiegos que más era muerte que amor el que había entre los dos, y con esto me dispuse a averiguar la verdad de todo, porque no me desmintiese; y de camino, por si podía hallar remedio a tan manifiesto daño, mandé a Claudia seguirle, con que se acabó de perder todo; porque una tarde que le vi algo inquieto, y que ni por ruegos ni lágrimas mías, ni pedírselo su hermana, no se pudo estorbar que saliese de casa, mandé a Claudia viese dónde iba, la cual le siguió hasta verle entrar en casa de Alejandra; y aguardando a ver lo que resultaba, vio que ella con otras amigas y don Manuel se entraron en un coche y se fueron a un jardín; y no pudiendo ya la fiel Claudia sufrir tantas libertades cometidas en ofensa mía, se fue tras ellos, y al entrar en el vergel, dejándose ver, le dijo lo que fue justo si, como fue bien dicho, fuera bien admitido: porque don Manuel, si bien corrido de ser descubierto, afeó y trató mal a Claudia, riñéndola más como dueño que como amante mío; con lo cual la atrevida Alejandra, tomándose licencia de valida, se atrevió a Claudia con palabras y obras, dándose por sabedora de quién era yo, cómo me llamaba y, en fin, cuanto por mí había pasado, mezclando entre estas libertades las amenazas de que daría cuenta a mi padre de todo; y aunque no cumplió esto, hizo otros atrevimientos tan grandes o mayores, como era venir a la posada de don Manuel a todas horas, entraba atropellándolo todo y diciendo mil libertades; tanto que en diversas ocasiones se puso Claudia con ella a mil riesgos.
En fin, para no cansaros lo diré de una vez. Ella era mujer que no temía a Dios ni a su marido, pues llegó su atrevimiento a tratar de quitarme la vida con sus propias manos.
De todos estos atrevimientos no daba don Manuel la culpa a Alejandra sino a mí, y tenía razón, pues yo por mis peligros debía sufrir más: estaba ya tan precipitada que ninguno se me hacía áspero ni peligroso, pues me entraba por todo sin temor de ningún riesgo: todo era afligirme, todo llorar y todo dar a don Manuel quejas; unas veces con caricias y otras con despegos, determinándome tal vez a dejarle y no tratar más de esto, aunque me quedase perdida; y otras pidiéndole hablase a mis padres, para que siendo su mujer cesasen estas revoluciones: mas como ya no quería, todas estas desdichas sentía y temía doña Eufrasia, porque había de venir a parar en peligro de su hermano: mas no hallaba remedio aunque le buscaba.
A todas estas desventuras hice unas décimas, que os quiero referir, porque en ellas veréis mis sentimientos mejor pintados y con más finos colores, que dicen así:
Ya de mi dolor rendida, Con los sentidos en calma, Estoy, deteniendo el alma, Que anda buscando salida; Ya parece que la vida, Como la candela que arde, Y al verse morir cobarde Vuelve otra vez a vivir, Porque aunque desea morir, Procura que sea más tarde.
Llorando noches y días Doy a mis ojos enojos; Como si fueran mis ojos Causa de las ansias mías: ¿Adónde estáis, alegrías? Decidme, ¿dónde os perdí? Responded, ¿qué causa os di? ¿Mas qué causa puede haber Mayor, que no merecer El bien que se fue de mí?
Sol fui de algún cielo ingrato, Si acaso hay ingrato cielo; Fuego fue, volviose hielo; Sol fui, luna me retrato, Mi menguante fue su trato; Mas si la deidad mayor Está en mí, que es el amor, Y este no puede menguar, Difícil será alcanzar Lo que intenta su rigor.
Celos tuve, mas, querida, De los celos me burlaba, Antes en ellos hallaba Sainetes para la vida: Ya sola y aborrecida Tántalo en sus glorias soy, Rabiando de sed estoy: ¡Ay qué penas, ay qué agravios! Pues con el agua en los labios Mayor tormento me doy.
¿Qué mujer habrá tan loca, Que viéndose aborrecer, No le canse el padecer, Y esté como firme roca? Yo sola, porque no toca A mí la ley de olvidar, Venga pesar a pesar, A un rigor otro rigor, Que ha de conocer amor Que sé cómo se ha de amar.
Ingrato, que al hielo excedes; Nieve, que a la nieve hielas, Si mi muerte no recelas, Desde hoy más temerla puedes: Regatea las mercedes, Aprieta más el cordel, Mata esta vida con él, Sigue tu ingrata porfía, Que te pesará algún día De haber sido tan cruel.
Sigue, cruel, el encanto De esa engañosa sirena, Que por llevarte a su pena Te adormece con su canto; Huye mi amoroso llanto, No te obligues de mi fe, Porque así yo esperaré Que has de ser como deseo De aquella arpía, Fineo, Para que vengada esté.
Préciate de tu tibieza, No te obliguen mis enojos, Pon más capote a los ojos, Cánsate de mi firmeza: Ultraja más mi nobleza, Ni sigas a la razón, Que ya en mi corazón Amor carácter ha sido, Pelearé con tu olvido, Muriendo por tu ocasión.
Bien sé que tu confianza Es de mi desdicha parte, Y fuera mejor matarte A pura desconfianza, Todo, cruel, se me alcanza, Que como te ves querido, Tratas mi amor con olvido, Porque una noble mujer, O no llegar a querer, O ser lo que siempre ha sido.
Ojos, llorad, pues no tiene Ya remedio vuestro mal, Ya vuelve el dolor fatal, Ya el alma a la boca viene: Ya solo morir conviene, Porque triunfe el que me mata; Ya la vida se desata Del lazo que el alma dio, Y con ver que me mató, No olvido al que me maltrata.
Alma, buscad dónde estar, Que mi palabra os empeño, Que en vuestra posada hay dueño Que quiere en todo mandar; ¿Ya qué tenéis que aguardar, Si vuestro dueño os despide, Y en vuestro lugar recibe Otra alma que más estima, No veis que en ella se anima, Y con más contento vive?
¡Oh cuántas glorias perdidas En esa casa dejáis! ¿Cómo ninguna sacáis? Pues no por mal adquiridas, Mal premiadas, bien servidas, Que en eso ninguna os gana; Pero si es tan inhumana La impiedad del que os arroja, Pues veis que en veros se enoja, Idos vos de buena gana.
Sin las potencias salís; ¿Cómo esos bienes dejáis? Que a cualquier parte que vais No os querrán si lo advertís: Mas oigo que me decís, Que sois como el que se abrasa, Que viendo que el fuego pasa A ejecutarle en la vida, Deja la hacienda perdida, Que se abrase con la casa.
Pensando en mi desventura, Casi en la muerte he llegado; Ya mi hacienda se ha abrasado, Que eran bienes sin ventura: Oh tú, que vives segura Y contenta en casa ajena, De mi fuego que la llena, Y algún día vivirá, Y la tuya abrasará Como escarmiento en mi pena.
Mira, y siente cuál estoy, Tu caída piensa en mí, Que ayer maravilla fui, Y hoy sombra mía no soy: Lo que va de ayer a hoy Podrá ser de hoy a mañana; Estás contenta y lozana, Pues de un mudable señor El fiarse es grande error, No estés tan alegre, Juana.
Gloria mis ojos llamó, Mis palabras gusto y cielos: Diome celos, y tomelos Al punto que me los dio: Ah, mal haya quien amó Celosa, firme y rendida, Que cautelosa y fingida Es bien sea una mujer, Para no llegarse a ver Como estoy, aborrecida.
¡Oh amor, por lo que he servido A tu suprema deidad, Ten de mi vida piedad! Esto por premio te pido; No se alegre este atrevido En verme por él morir; Pero muriendo vivir, Muerte será, que no vida, Ejecuta amor la herida, Pues yo no acierto a pedir.
Sucedió en este tiempo nombrar Su Majestad por virrey de Sicilia al señor almirante de Castilla, y viéndose don Manuel engolfado en estas competencias que entre Alejandra y yo traíamos, y lo más cierto, con poco gusto de casarse conmigo, considerando su peligro en todo, sin dar cuenta a su madre y hermana, diligenció por medio del mayordomo, que era muy íntimo amigo suyo, le recibiera el señor almirante por gentilhombre de su cámara, y teniéndolo secreto, sin decirlo a nadie, solo a un criado que le servía, y había de ir con él hasta la partida del señor almirante.
Dos o tres días antes mandó prevenir su ropa, dándonos a entender a todos quería ir por seis u ocho días a un lugar donde tenía no sé qué hacienda; que esta jornada la había hecho otras veces en el tiempo que yo le conocía.
Llegó el día de la partida, y despedido de todos los de su casa, al despedirse de mí, que de propósito había pasado a ella para despedirse, que como inocente de su engaño, aunque me pesaba, no era con el extremo que si supiera la verdad de él, vi más terneza en sus ojos que otras veces; porque al tiempo de abrazarme no me pudo hablar palabra, porque se le arrasaron los ojos de agua, dejándome confusa, tierna y sospechosa; si bien no juzgué sino que hacía amor algún milagro en él y conmigo; y de esta suerte pasé aquel día, ya creyendo que me amaba, vertiendo lágrimas de alegría, ya de tristeza de verle ausente: y estando ya cerrada la noche, sentada en una silla, la mano en la mejilla, bien suspensa y triste, aguardando a mi madre que estaba en visita, entró Luis, el criado de mi casa, o por mejor acertar, don Felipe, aquel caballero pobre que por serlo había sido tan mal mirado de mis ojos que no había sido ni antes ni en esta ocasión conocido de ellos, y que servía por solo servirme. Y viéndome como he dicho me dijo:
—¡Ay señora mía, y cómo si supieses tu desdicha, como yo la sé, esa tristeza y confusión se volvería en pena de muerte!
Asusteme al oír esto, mas por no impedir saber el cabo de su confusa razón, callé, y él prosiguió diciéndome:
—Ya no hay que disimular, señora, conmigo, que ha muchos días que yo imaginaba estos sucesos, mas ahora es diferente, que ya sé toda la verdad.
—¿Vienes loco, Luis? —le repliqué.
—No vengo loco —volvió a decir—; aunque pudiera, pues no es tan pequeño el amor que como a señora mía te tengo, que no me pudiera haber quitado el juicio, y aun la vida, lo que hoy he sabido; y porque no es justo encubrírtelo más, el traidor don Manuel se va a Sicilia con el almirante, con quien va acomodado por gentilhombre suyo; y además de haber sabido, de su criado mismo, que por no satisfacerte a la obligación que te tiene ha hecho esta maldad, yo le he visto por mis ojos partir esta tarde: mira qué quieres que se haga en esto; que a fe de quien soy, y que soy más de lo que tú imaginas, como sepa que tú gustas de ello, que aunque piense perder la vida te ha de cumplir lo prometido o que hemos de morir él y yo por ello.
Disimulando mi pena, le respondí:
—¿Y quién eres tú, que cuando aqueso fuese verdad, tendrías valor para hacer lo que dices?
—Dame licencia —respondió Luis—, que después de hecho lo sabrás.
Acabé de enterarme de la sospecha que al principio dije había tenido de ser don Felipe, como me lo había dado a entender su aire; y queriéndole responder, entró mi madre, con que cesó la plática; y después de haberla recibido, porque me estaba ahogando en mis propios suspiros y lágrimas, me entré en mi aposento y arrojándome sobre la cama no es necesario contaros las lástimas que dije, las lágrimas que derramé y las determinaciones que tuve, ya de quitarme la vida, ya de quitársela a quien me la quitaba, y al fin admití la peor y la que ahora oiréis, que estas eran honrosas; y la que elegí, con la cual me acabé de perder, fue levantarme con más ánimo que mi pena prometía, y tomando mis joyas y las de mi madre y muchos dineros en plata y en oro, porque todo estaba en mi poder, aguardé a que mi padre viniese a cenar, y habiendo venido, me llamaron, mas yo respondí que no me sentía buena, que después tomaría una conserva.
Se sentaron a cenar, y como vi acomodado lugar para mi loca determinación, por estar los criados y criadas divertidos en servir la mesa, y si aguardara más fuera imposible surtir efecto mi deseo, porque Luis cerraba las puertas de la calle y se llevaba las llaves; sin dar parte a nadie, ni a Claudia, con ser la secretaria de todo, por una que daba desde mi aposento a un corredor, me salí y puse en la calle.
A pocas de mi casa estaba la del criado que he dicho había despedido mi padre cuando recibió a Luis, la que yo sabía medianamente, porque lastimada de su necesidad, por ser anciano, le socorría y aun visitaba las veces que sin mi madre salía fuera: fuime a ella, donde el buen hombre me recibió con harto dolor de mi desdicha, que ya sabía él por mayor, habiéndole dado palabra que, en haciéndose mis bodas, le traería a mi casa.
Reprendió Octavio, que este era su nombre, mi determinación; mas viendo que ya no había remedio, hubo de obedecer y callar, y más cuando supo que traía dineros y que le di a él parte de ellos. Allí pasé aquella noche cercada de penas y temores, y a otro día le mandé fuese a mi casa y, sin darse por entendido, hablase a Claudia y la dijese que me buscaba a mí, como hacía otras veces, y viese qué había y si me buscaban.
Fue Octavio y halló, ¿qué halló?, el remate de mi desventura. Cuando llego a acordarme de esto no sé cómo no se me hace pedazos el corazón. Llegó Octavio a mi desdichada casa, y vio entrar y salir toda la gente de la ciudad, y admirado entró él también con los demás, buscando a Claudia, y hallándola triste y llorosa, le contó cómo acabando de cenar entró mi madre donde yo estaba para saber qué mal me afligía, y como no me halló preguntó por mí; a lo que todos respondieron que sobre la cama me habían dejado cuando salieron a servirla; y que habiéndome buscado por dentro y fuera de la casa, como hallasen las llaves de los escritorios sobre la cama y abierta la puerta que salía al corredor, que siempre estaba cerrada, y mirasen los escritorios y viesen la falta de ellos, luego vieron que no faltaba en vano. A cuyo suceso empezó mi madre a dar gritos; acudió mi padre a ellos y sabiendo la causa, como era hombre mayor, con la pena y susto que recibió dio una caída de espaldas, privado de todo sentido; y que ni se sabe si de ella o si del dolor había sido el desmayo tan profundo que no volvió más de él.
De todo esto fue causa mi facilidad: díjole también que aunque los médicos mandaban se tuviese sin enterrar las horas que mandaba la ley, que era excusado, y que ya se trataba de hacerlo; que mi madre estaba poco menos, y que con estas desdichas no se hacía caso de la mía, si no era para afear mi mal acuerdo; que mi madre había sabido lo que pasaba con don Manuel; que en volviendo yo las espaldas todos habían dicho lo que sabían, y que no había consentido buscarme, diciendo que pues yo había elegido el marido a mi gusto, que Dios me diese más dicha con él que había dado a su casa.
Volvió Octavio con estas nuevas, bien tristes y amargas para mí, y más cuando me dijo que no se platicaba por la ciudad sino de mi suceso. Dobláronse mis pasiones y casi estuve en términos de perder la vida; mas como aún no me había bien castigado el cielo por ser causa de tantos males, me la quiso guardar para que pasase los que faltaban.
Animeme algo con saber que no me buscaban, y después de coser todas mis joyas y algunos doblones en parte donde los trajese conmigo sin ser vistos, y dispuesto lo necesario para nuestra jornada, pasados cuatro o seis días, una noche nos pusimos Octavio y yo en camino, y partimos la vía de Alicante, donde iba a embarcarse mi ingrato amante. Llegamos a ella, y viendo que no habían llegado las galeras, tomamos posada hasta ver el modo que tendría en dejarme ver de don Manuel.
Iba Octavio todos los días adonde el señor almirante posaba: veía a mi traidor esposo (si le puedo dar este nombre) y veníame a contar lo que pasaba, y entre otras cosas me dijo un día cómo el mayordomo buscaba una esclava, y que, aunque le habían traído algunas, no le habían gustado.
En oyendo eso me determiné a otra mayor fineza o a otra mayor locura que las demás, y como lo pensé lo puse por obra, y fue que, fingiendo clavo y S para el rostro, me puse en hábito conveniente para fingirme esclava y mora, poniéndome por nombre Zelima, diciendo a Octavio que me llevase y dijera era suya, y que si agradaba no reparase en el precio.
Mucho sintió Octavio mi determinación, vertiendo lágrimas en abundancia por mí; mas yo le consolé con advertirle no ser este disfraz sino para proseguir mi intento y traer a don Manuel a mi voluntad, y que teniendo a los ojos a mi ingrato, sin conocerme, descubriría su intento. Con esto se consoló Octavio, y más con decirle que el precio que le diesen por mí se aprovechase de él, y me avisase a Sicilia de lo que mi madre disponía de sí.
En fin, todo se dispuso tan a gusto mío que antes que pasasen ocho días ya estaba vendida en cien ducados, y esclava, no de los dueños que me habían comprado y dado por mí la cantidad que digo, sino de mi ingrato y alevoso amante, por quien yo me quise entregar a tan vil fortuna.
En fin, satisfaciendo a Octavio con el dinero que dieron por mí y alguna cosa más de lo que yo tenía, se despidió para volverse a su casa con tan tierno sentimiento que, por no verle verter tiernas lágrimas me aparté de él sin hablarle, quedando con mis nuevos amos no sé si triste o alegre, aunque en encontrarlos buenos fui más dichosa que en lo que hasta aquí he referido; demás que yo los supe agradar y granjear, de modo que antes de muchos días me hice dueño de su voluntad y casa.
Era mi señora moza y de afable condición, y con ella y otras dos doncellas que había en casa me llevaba tan bien que todos me querían como si fuese hija de cada una y hermana de todas, particularmente con la una de las doncellas, cuyo nombre era Leonisa, que me quería con tanto extremo que comía y dormía con ella en su misma cama. Esta me persuadía que me volviese cristiana, y yo la agradaba con decir lo haría cuando llegase la ocasión, y que yo lo deseaba más que ella.
La primera vez que me vio don Manuel fue un día que comía con mis dueños; y aunque lo hacía muchas veces, por ser amigos, no había tenido yo ocasión de verle porque no salí de la cocina hasta el día que digo, que vine a traer un plato a la mesa, quien como pusiese en mí sus aleves ojos y me reconociese, aunque le debió de desvanecer su vista la S y clavo de mi rostro, tan perfectamente imitado al natural que a nadie diera sospecha de ser fingidos, en medio de sus dudas se olvidó de llevar el bocado a la boca, pensando qué sería lo que miraba, porque por una parte creyó ser la misma que era, y por otra no se podía persuadir que yo hubiese cometido tal delito, como ignorante de las desdichas por su causa sucedidas en mi triste casa.
A mí no me causó menos admiración otra novedad que advertí, y fue que como le vi que me miraba tan suspenso, por no desengañarle tan presto aparté de él los ojos y púselos en los criados que estaban sirviendo. En compañía de dos que había en casa vi a Luis, el mismo que servía en la mía; admireme, y vi que Luis estaba tan pasmado de verme en tal hábito como don Manuel; y como me tenía más fija en su memoria que don Manuel, a pesar de los fingidos hierros me había conocido.
A tiempo de volverme adentro, oí que don Manuel había preguntado a mis dueños si era la esclava que habían comprado.
—Sí —dijo mi señora—, y es tan bonita y agradable que me da el mayor desconsuelo el ver que es mora, y diera doblado de lo que costó por que se hiciese cristiana, y casi me hace verter lágrimas ver en tan linda cara aquellos hierros, y doy mil maldiciones a quien tal puso.
A esto respondió Leonisa, que estaba presente:
—Ella misma dice que se los puso por un pesar que tuvo de que por su hermosura le hubiesen hecho un engaño, y ya me ha prometido a mí que será cristiana.
—Bien ha sido menester que los tenga —respondió don Manuel— para no creer que es una hermosura que yo conozco en mi patria; mas puede ser que naturaleza hiciese esta mora en la misma estampa.
Como os he contado, entré cuidadosa de haber visto a Luis, y llamando un criado de los de casa le pregunté qué mancebo era aquel que servía a la mesa con los demás.
—Es —me respondió— un criado que en este mismo día recibió el señor don Manuel, porque el suyo mató un hombre, y está ausente.
—Yo le conozco —repliqué— de una casa donde yo estuve un tiempo, y cierto que me holgara hablarle, que me alegra ver acá gente de donde me he criado.
—Luego —dijo— entrará a comer con nosotros y podrás hablarle.
Acabose la comida y entraron todos los criados, y Luis con ellos: sentáronse a la mesa, y cierto que yo no podía contener la risa, a pesar de mis penas, de ver a Luis, que mientras más me miraba más se admiraba, y más oyéndome llamar Zelima, no porque no me había conocido sino de ver al extremo de bajeza que me había puesto por tener amor.
Pues como se acabó de comer, aparté a Luis y díjele:
—¿Qué fortuna te ha traído, Luis, adonde yo estoy?
—La misma que a ti, señora mía, querer bien y ser mal correspondido, y deseos de hallarte y vengarte en teniendo lugar y ocasión.
—Disimula, y no me llames sino Zelima, que esto importa a mis cosas, que ahora no es tiempo de más venganzas que las que amor toma de mí, que yo he dicho que has servido en una casa donde me crié y que te conozco por ese motivo; y a tu amo no le digas que me has conocido ni hablado, que más me fío de ti que de él.
—Con seguridad lo puedes hacer —dijo Luis—, que si él te quisiera y estimara como yo, no estuvieras en el estado que estás ni hubieras causado las desdichas sucedidas.
—Así lo creo —respondí—: mas dime, ¿cómo has venido aquí?
—Buscándote, y con determinación de quitar la vida a quien ha sido parte para que tú hagas esto; y con esta intención entré a servirle.
—No trates de eso, que es perderme para siempre; que aunque don Manuel es falso y traidor, está mi vida en la suya; fuera de que yo trato de cobrar mi perdida opinión, y con su muerte no se granjea sino la mía, que apenas harías tú tal cuando yo misma me matase.
Esto le dije porque no pusiese su intención en ejecución.
—¿Qué hay de mi madre, Luis?
—¿Qué quieres que haya —respondió—, sino que pienso que es de diamante, pues no la han acabado las penas que tiene? Cuando yo partí de Zaragoza quedaba disponiendo su partida para Murcia; lleva consigo el cuerpo de tu padre y mi señor, por llevar más presentes sus dolores.
—¿Y por allá qué se platica de mi desacierto? —dije yo.
—Que te llevó don Manuel —respondió Luis— porque Claudia dijo lo que pasaba; con que tu madre se consoló algo en tu pérdida; y pues la parece que con tu marido vas, que no hay que tenerte lástima; no como ella, que le lleva sin alma. Yo, como más interesado en haberte perdido y como quien sabía más bien que no te llevaba don Manuel, antes iba huyendo de ti, no la quise acompañar, y así he venido donde me ves y con el intento que te he manifestado, el cual suspenderé hasta ver si hace lo que como caballero debe; y de no hacerlo me puedes perdonar, que aunque sepa perderme y perderte, vengaré tu agravio y el mío, y cree que me tengo por bien afortunado en haberte hallado, y en merecer que te fíes de mí y me hayas manifestado tu secreto antes que a él.
—Yo te lo agradezco —respondí—: y por que no sientan mal de conversación tan larga, vete con Dios, que lugar habrá de vernos; y si hubieres menester algo, pídemelo, que aún no me lo ha quitado la fortuna todo, que bien tengo que darte, aunque sea poco para lo que mereces y yo te debo.
Y con esto y darle un doblón de a cuatro, le despedí; y cierto que nunca más bien me pareció Luis que en esta ocasión: lo uno, por tener de mi parte algún arrimo, y lo otro, por verle con tan honrados y alentados intentos.
Algunos días tardaron las galeras en llegar al puerto, uno de los cuales, estando mi señora fuera con las doncellas y sola yo en casa, don Manuel, acaso deseoso de satisfacerse de su sospecha, vino a mi casa a buscar a mi señor, o a mí, que es lo más cierto, y como entró y me vio, con una sequedad notable me dijo:
—¿Qué disfraz es este, doña Isabel? ¿O cómo las mujeres de tus obligaciones, y que han tenido deseos y pensamientos de ser mía, se ponen en semejantes bajezas?; siéndolo tanto que si alguna intención tenía de que fueses mi esposa, ya la he perdido por el mal nombre que has granjeado conmigo y con cuantos lo supieran.
—¡Ah traidor engañador y perdición mía! ¿Cómo no tienes vergüenza de tomar mi nombre entre tus labios, siendo la causa de esa bajeza con que me baldonas, cuando por tus traiciones y maldades estoy puesta en ella? Y no solo eres causador de esto, mas de la muerte de mi honrado padre, que porque pagues a manos del cielo tus traiciones, y no a las suyas, le quitó la vida con el dolor de mi pérdida. Zelima soy, no doña Isabel: esclava soy, no señora: mora soy, pues tengo dentro de mí misma aposentado un moro renegado como tú, pues lo es quien falta a Dios la palabra que le dio de ser mío, ni tampoco cristiano ni noble, sino un infame caballero; estos hierros y los de mi afrenta tú me los has puesto, no solo en el rostro sino en la fama: haz lo que te diere gusto, que si te ha quitado la voluntad de hacerme tuya, Dios hay en el cielo y rey en la tierra: y si estos no lo hicieren, hay puñales, y tengo manos y valor para quitarte esa vida: para que de mí aprendan las mujeres nobles a castigar hombres falsos y desagradecidos. Y quítateme de delante si no quieres que haga lo que digo.
Viome tan colérica y apasionada que, o porque no hiciese algún desacierto, o porque no estaba contento de los agravios y engaños que me había hecho y le faltaban más que hacer, empezó a reportarme con caricias y halagos que yo no quise por gran espacio admitir, prometiéndome remedio a todo. Queríale bien, y creíle (perdonadme estas licencias que tomo en decir esto; y creedme que más llevaba el pensamiento de restaurar mi honor que no el achaque de la liviandad). En fin, después de haber hecho las amistades y dádole cuenta de lo que me había sucedido hasta aquel punto, me dijo que pues ya estas cosas estaban en este estado, pasasen así hasta que llegásemos a Sicilia, que allá se tendría modo como mis deseos y los suyos tuviesen dichoso fin, y con esto nos apartamos, quedando yo contenta, mas no segura de sus engaños; mas para la primera vez no había negociado muy mal.
Vinieron las galeras y embarcámonos en ellas con mucho gusto mío, por ir don Manuel en compañía de mis dueños y en la misma galera que yo iba, donde le hablaba y veía a todas horas, con gran pena de Luis, que como no se le ocultaban mis dichas, andaba muy triste, con lo que confirmaba el pensamiento que tenía de que era don Felipe, mas no se lo daba a sentir por no darle mayores atrevimientos.
Llegamos a Sicilia y aposentámonos todos dentro de palacio. En reconocer la tierra y tomarla cariño se pasaron algunos meses, y cuando entendí que don Manuel diera orden de sacarme de esclava y cumplir lo prometido, volvió de nuevo a matarme con tibiezas y desaires; tanto que aun para mirarme le faltaba voluntad, y era que había dado en andar distraído con mujeres y juegos, y lo cierto de todo, que no tenía amor, con que llegaron a ser mis ahogos y tormentos de tanto peso que de día ni de noche se enjugaban mis tristes ojos, de manera que no fue posible encubrírselo a Leonisa, aquella doncella con quien profesaba tanta amistad, que sabidas debajo de secreto mis tragedias, y quién era, quedó fuera de sí.
Queríame tanto mi señora que, por dificultosa que fuera la merced que le pedía, me la otorgaba, y así por poder hablar a don Manuel sin estorbos y decirle mi sentimiento, la pedí una tarde licencia para que con Leonisa fuera a merendar a la marina, y concedida, pedí a Luis dijera a su amo que unas damas le aguardaban en la marina, mas que no dijese que era yo, temiendo que no iría.
Nos fuimos a ella, y tomamos un barco para que nos pasase a una isleta, que tres o cuatro millas dentro del mar se mostraba muy amena y deleitosa. En esto llegaron don Manuel y Luis, que habiéndonos conocido, disimulando el enfado, solemnizó la burla. Entramos todos cuatro en el barco con dos marineros que le gobernaban; y llegando a la isleta salimos en tierra, aguardando en el mismo barquillo los marineros para volvernos cuando fuese hora (que en esto fueron más dichosos que los demás).
Sentámonos debajo de unos árboles y estuvimos hablando en la causa que allí me había llevado, yo dando quejas y don Manuel disculpas falsas y engañosas, como siempre.
De la otra parte de la isleta había dado fondo en una quiebra o cala de ella una galeota de moros corsarios de Argel, y como desde lejos nos viesen, saltaron en tierra el arráez y otros moros, y viniendo encubiertos hasta donde estábamos, nos sorprendieron de modo que ni don Manuel ni Luis pudieron ponerse en defensa, ni nosotros huir; y así nos llevaron cautivos a su galeota, haciéndose, luego que tuvieron presa, a la mar, pues no se contentó la fortuna con haberme hecho esclava de mi amante, sino de moros, aunque en llevarle a él conmigo no me servía de tanta pena el cautiverio. Los marineros, viendo el suceso, remando a boga arrancada, como dicen, se escaparon, llevando la nueva de nuestro desdichado suceso.
Estos corsarios moros, como están diestros en tratar y hablar con cristianos, hablan y entienden medianamente nuestra lengua; y así me preguntó el arráez, como me vio herrada, quién era; yo le dije que era mora y me llamaba Zelima, que me habían cautivado seis años había, que era de Fez y que aquel caballero era hijo de mi señor y el otro su criado, y aquella doncella lo era también de mi casa, que los tratase bien y pusiese precio en el rescate, que apenas lo sabrían sus padres cuando enviarían la estimación; y esto lo dije fiada en las joyas y dineros que traía conmigo. Todo lo dicho lo hablaba alto, porque los demás lo oyesen y no me sacasen mentirosa.
Contento quedó el arráez, así con la presa por su interés como por parecerle había hecho un gran servicio a su Mahoma en sacarme, siendo mora, de entre cristianos, y así lo dio a entender haciéndome muchas caricias y a los demás buen tratamiento, y así fuimos a Argel y nos entregó a una hija muy hermosa y niña llamada Zaida, que se holgó tanto conmigo, porque era mora, como con don Manuel, porque se enamoró de él.
Vistiome luego de estos vestidos que veis, y trató que hombres diestros en quitar estos hierros me los quitasen; no porque ellas no usen tales señales, que antes lo tenían por gala, sino porque era S y clavo, que daba señal de lo que yo era, a lo cual respondí que yo misma me lo había puesto por mi gusto y que no los quería quitar.
Queríame Zaida ternísimamente, o por merecerlo yo con mi agrado, o por parecerle podría ser parte con mi dueño para que la quisiese; en fin, yo hacía y deshacía en su casa como propia mía, y por mi respeto trataban a don Manuel, a Luis y a Leonisa muy bien, dejándolos andar libres por la ciudad, habiéndoles dado permiso para tratar su rescate.
Avisé a don Manuel hiciese el precio de todos tres, que yo le daría joyas para ello; de lo cual mostró don Manuel quedar agradecido: solo hallaba dificultad en sacarme a mí, porque en cuanto a esto cierto es que no se podía tratar de rescate; y así aguardamos a los redentores para que se dispusiese todo.
En este tiempo me descubrió Zaida su amoroso cuidado, pidiéndome hablase a don Manuel y que le dijese que si quería volverse moro, se casaría con él y le haría señor de grandes riquezas que tenía su padre, poniéndome con esto en tantos cuidados y desesperaciones que casi me vi en términos de quitarme la vida.
Dábame lugar para hablar despacio a don Manuel; y aunque en muchos días no le dije nada de la pasión de la mora, temiendo su mala condición, dándole a ella algunas fingidas respuestas, unas de disgusto y otras al contrario, la fuerza de los celos, más por pedírselos a mi ingrato que por decirle la voluntad de Zaida, porque el traidor, habiéndole parecido bien, con los ojos deshacía cuanto hacía, me obligó a hacerle sabedor de todo. Después de reñirme mis sospechosas quimeras, me dijo que más acertado le parecía engañarla, que le dijese que él no había de dejar su ley aunque le costase no una vida que tenía sino mil; mas si ella quería venirse con él a tierra de cristianos y ser cristiana, que la prometía casarse con ella, y a esto añadió que yo lo sazonase para atraerla a nuestro intento, que en saliendo de allí estuviese segura que cumpliría con su obligación.
¡Ah, falso, y cómo me engañó en esto como en lo demás! En fin, para no cansaros, Zaida vino en todo muy contenta, y más cuando supo que yo también me iría con ella, y se concertó para de allí a dos meses la partida, pues su padre había de ir a un lugar donde tenía hacienda y casa, que los moros en todas las tierras donde tienen trato tienen mujeres e hijos.
Ya la venganza mía contra don Manuel debía de disponer el cielo, y así facilitó los medios de ella, pues ido el moro, Zaida hizo una carta en que su padre la enviaba a llamar porque había caído en una peligrosa enfermedad, para que el rey la diese licencia para su jornada, por cuanto los moros no pueden ir de un lugar a otro sin ella; y alcanzada, hizo aderezar una galeota bien armada de remeros cristianos, a quienes se avisó con todo secreto el designio, y poniendo en ella todas las riquezas de plata, oro y vestidos que sin hacer rumor podía llevar, y con ella yo y Leonisa, y otras dos cristianas que la servían, que mora no quiso llevar ninguna, don Manuel y Luis, caminamos por la mar la vía de Cartagena o Alicante, donde con menos riesgo se pudiese salir.
Aquí fueron mis tormentos mayores, aquí mis ansias sin comparación, porque como allí no había impedimento que lo estorbase y Zaida iba segura de que don Manuel había de ser su marido, no se negaba a ningún favor que pudiese hacerle; ya contemplaban mis tristes ojos a don Manuel asido de las manos de Zaida, ya miraba a esta colgada de su cuello, y aun volverse los alientos en vasos de coral; porque como el traidor mudable la amaba, él buscaba las ocasiones; y si no llegó a más era por el cuidado con que yo andaba, siendo estorbo de mayores placeres.
Bien conocía yo que no gustaban de que yo fuese tan cuidadosa, mas disimulaban su enfado: y si tal vez le decía al medio moro alguna palabra, me daba en los ojos con que lo podía hacer, que bastaban los riesgos que por mis temeridades y locuras había pasado, y que no era razón por ellas mismas nos viésemos en otros mayores, que tuviese sufrimiento hasta llegar a Zaragoza, que todo tendría remedio.
Llegamos en fin con próspero viaje a Cartagena, y tomada tierra, dimos libertad a los cristianos para que pudiesen ir a su casa. Puesta la ropa a punto, tomamos el camino para Zaragoza; si bien Zaida descontenta, pues quisiera en la primera tierra de cristianos bautizarse y casarse; tan enamorada estaba de su nuevo esposo: y si no lo hizo, fue por mí, que no porque él no deseaba lo mismo.
Llegamos a Zaragoza, siendo pasados seis años que partimos de ella, y a casa de don Manuel, donde halló a su madre muerta y a doña Eufrasia viuda, que habiéndose casado con el primo que esperaba de las Indias, dejándola recién parida de un hijo, había muerto en la guerra de un carabinazo.
Fuimos bien recibidos de doña Eufrasia, y con la admiración y gusto que se puede imaginar. Tres días descansamos, contando los unos a los otros sucesos pasados. Maravillose doña Eufrasia de ver S y clavo en mi rostro, que por Zaida no le había quitado, a quien consolé con decirle eran fingidos y que era fuerza tenerlos hasta cierta ocasión.
Era tanta la priesa que Zaida daba a que la bautizasen, pues se quería casar, que me obligó una tarde, algo antes de anochecer, a llamar a don Manuel, y en presencia de Zaida y su hermana, y demás familia, sin que faltase Luis, que aquellos días andaba más cuidadoso, le dije estas razones:
—Ya, señor don Manuel, que ha querido el cielo, obligado de mis continuos lamentos, que nuestros trabajos hayan tenido fin con tan próspero suceso como haberos traído libre de todos a vuestra casa, y Dios ha permitido que yo os acompañase en lo uno y lo otro, quizá para que viendo por vuestros ojos con cuánta perseverancia y paciencia os he seguido en ellos, paguéis deudas tan grandes: cesen ya engaños y cautelas, y sepa Zaida y el mundo entero que lo que me debéis no se paga con menos cantidad que con vuestra persona; y que estos hierros que están en mi rostro vos solo los podéis quitar, llegando el día en que las desdichas y afrentas que he padecido tengan premio: fuerza es, pues, que ya mi ventura no se dilate, para que los que han sabido mis afrentas y desaciertos sepan mis logros y dichas.
Muchas veces habéis prometido ser mío, y no es razón que cuando otras os tienen por suyo, os tema yo ajeno y os llore extraño: mi calidad ya sabéis que es mucha; mi hacienda no es corta; mi hermosura, la misma que vos buscasteis y elegisteis; mi amor no lo ignoráis; mis finezas pasan a temeridades; por ninguna parte perdéis, antes ganáis; que si hasta aquí con hierros fingidos he sido vuestra esclava, desde hoy sin ellos seré verdadera. Decid, os suplico, lo que queréis que se disponga, para que lo que os pido tenga el dichoso lauro que deseo, y no me tengáis más temerosa, pues ya de justicia merezco el premio que de tantas desdichas como he pasado os estoy pidiendo.
No me dejó decir mas el traidor, pues sonriéndose, a modo de burla dijo:
—¿Y quién os ha dicho, señora doña Isabel, que todo eso que decís no lo tengo muy conocido, y tanto que con lo mismo que habéis pensado obligarme me tenéis tan desobligado, que si alguna voluntad os tenía, ya ni aun pensamiento de haberla habido en mí tengo?
Vuestra calidad no la niego, vuestras finezas no las desconozco, mas si no hay voluntad, no sirve todo esto nada; conocido pudiérades tener en mí desde el día en que partí de esta ciudad, que pues os volví las espaldas, no os quería para esposa; y si entonces aún se me hiciera dificultoso, ¿cuánto más será ahora, que solo por seguirme como pudiera una mujer baja, os habéis puesto en tan civiles empeños?
Esta resolución con que ahora os hablo, días ha que la pudiérades tener conocida; y en cuanto a la palabra que decís os he dado, como estas damos los hombres por alcanzar lo que deseamos, y pudieran ya las mujeres tener conocida esta treta y no dejarse engañar, pues las avisan tantas escarmentadas; y, en fin, por esta parte me hallo menos obligado que por las demás; pues si la di alguna vez, fue sin voluntad de cumplirla y solo por moderar vuestra ira: yo nunca os he engañado, que bien podéis haber conocido que el dilatarlo nunca ha sido por falta de lugar, sino que no tengo ni he tenido tal pensamiento, pues vos sola sois la que os habéis querido engañar, por andaros tras mí sin dejarme; y para que ya salgáis de esa duda y no me andéis persiguiendo, sino que viendo el imposible os aquietéis, perded la esperanza que en mí tenéis, y volviéndoos con vuestra madre, allá entre vuestros naturales buscad marido que sea menos escrupuloso que yo, porque es imposible que yo me fiase de mujer que sabe hacer y buscar tantos disfraces.
Zaida es hermosa, y riquezas no la faltan; amor tiene como vos, y yo se le tengo desde el punto que la vi; y así, en siendo cristiana, que será en previniéndose lo necesario para serlo, le doy la mano de esposo; y con esto acabaremos, vos de atormentarme y yo de padecerlo.
De la misma suerte que la víbora pisada me pusieron las infames palabras y aleves obras del ingrato don Manuel, y queriendo responder a ellas, Luis, que desde el punto que él había empezado su plática había mejorado de lugar y puéstose al mismo lado de don Manuel, sacando la espada y diciendo:
—Oh falso y mal caballero, ¿de esa suerte pagas las obligaciones y finezas que debes a un ángel?
Viendo que a estas voces se levantaba don Manuel, metiendo mano a la suya, le tiró una estocada tal que, o fuese por cogerle desapercibido, o que el cielo por su mano le envió su merecido castigo y a mí la deseada venganza, le pasó de parte a parte con tal presteza que al primer «¡ay!» le salió el alma del cuerpo, dejándome a mí casi sin ella, y en dos saltos se puso a la puerta diciendo:
—Ya, hermosa doña Isabel, te vengó don Felipe de los agravios que te hizo don Manuel; quédate con Dios, que si escapo de este riesgo con vida yo te buscaré —y en un instante se puso en la calle.
El alboroto en un fracaso como este fue tal que es imposible contarle, porque las criadas, unas acudieron a las ventanas dando voces y llamando gente, y otras a doña Eufrasia, que se había desmayado, de suerte que ninguna reparó en Zaida, que como siempre había tenido cautivas cristianas, no sabía ni hablaba muy mal nuestra lengua; y no habiendo entendido todo el caso, viendo a don Manuel muerto, se arrojó sobre él llorando, y con el dolor de haberle perdido le quitó la daga que tenía en la cinta, y antes que nadie pudiese, con la turbación que todas tenían, prevenir su riesgo, se la escondió en el corazón, cayendo muerta sobre su infeliz amante.
Yo, que como más cursada en desdichas era la que tenía más valor, por una parte lastimada del suceso y por otra satisfecha con la venganza, viéndolos a todos revueltos y que ya empezaba a venir gente, me entré en mi aposento, y tomando todas las joyas de Zaida que de más valor y menos embarazo eran, que estaban en mi poder, me salí a la calle, lo uno porque la justicia no asiese de mí para que dijese quién era don Felipe, y lo otro por ver si le hallaba, para que entrambos nos pusiésemos en salvo; mas no le hallé.
En fin, aunque había días que no pisaba las calles de Zaragoza, acerté la casa de Octavio, que me recibió con más admiración que cuando la primera vez fui a ella, y contándole mis sucesos, reposé allí aquella noche (si pudo tener reposo mujer por quien habían pasado y pasan tantas desventuras), y así aseguro que no sé si estaba triste o alegre; porque por una parte el lastimoso fin de don Manuel, como aún hasta entonces no había tenido tiempo de aborrecerle, me lastimaba el corazón; por otra sus traiciones y malos tratos, considerándole ya no mío sino de Zaida, encendía en mí tal ira que tenía su muerte y mi venganza por consuelo: considerando además el peligro de don Felipe, a quien tan obligada estaba por haber hecho lo que a mí me era fuerza hacer para volver por mi opinión perdida. Todo esto me tenía con mortales ahogos y desasosiegos.
Otro día salió Octavio a ver por la ciudad lo que pasaba, y supo cómo habían enterrado a don Manuel y a Zaida: al uno como a cristiano, y a ella como a mora desesperada; y cómo a mí y a don Felipe nos llamaba la justicia a pregones, poniendo grandes penas a quien nos encubriese y ocultase, así me fue forzoso estarme escondida quince días hasta que se sosegase el alboroto de un caso tan prodigioso: al cabo de los cuales persuadí a Octavio fuese conmigo a Valencia, que allá más seguros le diría mi determinación.
No le iba a Octavio tan mal con mis sucesos, pues siempre granjeaba de ellos con qué sustentarse, y así me lo concedió; y puesto por obra, tres o cuatro días estuve después de llegar a Valencia sin determinar lo que dispondría de mí; unas veces me determinaba a entrarme en un convento hasta saber nuevas de don Felipe, a quien no podía negar la obligación que le tenía, y a costa de mis joyas sacarle libre del peligro en que estaba por el delito cometido, y pagarle con mi persona y bienes, haciéndole mi esposo; mas de esto me apartaba el temor de que quien una vez había sido desdichada no sería jamás dichosa. Otras veces me resolvía a irme a Murcia con mi madre; y de esto me disuadía el imaginar cómo parecería ante ella, habiendo sido causa de la muerte de mi padre y de todas sus penas y trabajos.
Finalmente, me resolví tomar la determinación con que empecé mis fortunas, que era ser siempre esclava herrada, pues lo era en el alma; y así, metiendo las joyas de modo que las pudiese siempre traer conmigo, y este vestido en un lío que no pudiese parecer más de ser algún pobre arreo de una esclava, dando a Octavio satisfacción del trabajo que por mí tomaba, le hice me sacase a la plaza y a pública voz de pregonero me vendiese, sin reparar en que el precio que le diesen por mí fuese bajo ni subido.
Con grandes veras procuró Octavio apartarme de esta determinación, poniéndome por delante quién era, lo mal que me estaba; y que si hasta entonces por reducir y seguir a don Manuel lo había hecho, ya era excusado seguir una vida tan vil; mas viendo que no podía reducirme, quizá por permisión del cielo, que me quería traer a esta ocasión, me sacó a la plaza, y de los primeros que llegaron a comprarme fue el tío de mi señora Lisis, que aficionado, o por mejor decir enamorado, como pareció después, me compró, pagando por mí cien ducados; y haciendo a Octavio merced de ellos, me despedí de él, y él se apartó de mí llorando, viendo cuán sin remedio era ya el verme en descanso, pues yo misma me buscaba los trabajos.
Llevome mi señor a su casa y entregome a mi señora doña Leonor, la cual poco contenta, por conocer a su marido travieso de mujeres, quizá temiendo de mí lo que le debía de haber sucedido con otras criadas, no me admitió con gusto; mas después de algunos días que me trató, satisfecha de mi proceder honesto, admirando en mí la gravedad y estimación que mostraba, me cobró amor, y más cuando viéndome perseguida de su marido, se lo avisé, pidiéndole pusiese remedio en ello, y el que más a propósito halló fue quitarme de sus ojos.
Con esto ordenó enviarme a Madrid, y a poder de mi señora Lisis, que dándome nuevas de su afable condición vine con grandísimo gusto en mejorar de dueño, que en esto bien le merezco ser creída; pues por el grande amor que la tengo, y haberme importunado algunas veces la dijese de qué nacían las lágrimas que en varias ocasiones me veía verter, y yo haberla prometido contarlo a su tiempo, lo he hecho en esta ocasión; pues para contar un desengaño, ¿qué mayor que el que habéis oído en mi larga y lastimosa historia?
Ya, señores —prosiguió la hermosa doña Isabel—, pues he desengañado con mi engaño a muchas, no será razón que me dure toda la vida vivir engañada, fiándome en que tengo de vivir hasta que la fortuna vuelva su rueda en mi favor.
Ya no ha de resucitar don Manuel, ni cuando esto fuera posible me fiara de él ni de ningún hombre, pues a todos los contemplo en este, engañosos y taimados para con las mujeres; y lo que más me admira es que ni el noble, ni el honrado, ni el de obligaciones, ni el que más se precia de cuerdo, hace más con ellas que los civiles y de humilde esfera, porque han tomado por oficio decir mal de ellas, desestimarlas y engañarlas, pareciéndoles que en esto no pierden nada; y si lo miran bien, pierden mucho: porque mientras más flaco y débil es el sujeto de las mujeres, más apoyo y amparo habían de tener en el valor de los hombres.
Mas a esto basta lo dicho, que yo no lo he menester ya, porque no quiero haberlos menester, ni me importa que sean fingidos o verdaderos, pues tengo elegido amante que no me olvidará y esposo que no me despreciará, a quien contemplo con los brazos abiertos para recibirme.
Y así, divina Lisis (esto dijo poniéndose de rodillas), te suplico, como esclava tuya, me concedas licencia para entregarme a mi divino Esposo, entrándome en religión en compañía de mi señora doña Estefanía, para que en estando allí avise a mi triste madre, porque en compañía de tal Esposo ya se holgará hallarme, y yo no tendré vergüenza de parecer en su presencia; y ya que la he dado triste mocedad, darela descansada vejez.
En mis joyas me parece tendré para cumplir el dote y los demás gastos. Esto no es razón me lo neguéis; y pues por ingrato y desconocido amante he pasado tantas desdichas, y siempre con los hierros y nombre de esclava, ¿cuánto mejor es serlo de Dios, y a él ofrecerme con el mismo nombre de la Esclava de su amante?
Aquí dio fin la hermosa doña Isabel con un ternísimo llanto, dejando a todos compasivos y lastimados, en particular a Lisis, que como acabó y la vio de rodillas ante sí, la echó los brazos al cuello, juntando su hermosa boca con la mejilla de doña Isabel, a quien dijo con mil hermosas lágrimas y tiernos sollozos:
—¡Ay, señora mía!, ¿y cómo habéis permitido tenerme tanto tiempo engañada, teniendo por mi esclava a la que debía ser y es señora mía? Esta queja jamás la perderé; y os pido perdonéis los yerros que he cometido en mandaros como a esclava, contra vuestro valor y calidad. La elección que habéis hecho, en fin, es hija de vuestro entendimiento; y así yo la tengo por muy justa, y excusado es pedirme licencia, pues vos la tenéis para mandarme como a vuestra; y si las joyas que decís tenéis no bastaren, os podéis servir de las mías, y de cuanto yo valgo y tengo.
Besaba doña Isabel las manos a Lisis mientras le decía esto; y dando lugar a las damas y caballeros que la llegaban a abrazar y ofrecérsele, se levantó, y después de haber recibido a todos, y satisfecho a sus ofrecimientos con increíble donaire y despejo, pidió una arpa, y sentándose junto a los músicos, y sosegados todos, cantó este romance.
Dar celos quita el honor, La presunción, pedir celos, No tenerlos no es amor, Y discreción es tenerlos.
Quien por picar a su amante Pierde a su honor el respeto, Y finge, o que no hace, O se determina a hacerlo,
Ocasionando el castigo Se pone a cualquiera riesgo, Que también supone culpa La obra como el deseo.
Quien pide celos no estima Las partes que le dio el cielo, Y ensalzando las ajenas Abate el merecimiento.
Está a peligro que elija Su mismo dueño por dueño, Lo que por reñir su agravio Sube a la esfera del fuego.
Quien tiene amor y no cela, Todos dicen, y lo entiendo, Que no estima lo que ama, Y finge sus devaneos.
Celos y amor no son dos; Uno es causa, el otro efecto, Porque efecto y causa son Dos, pero solo un sujeto.
Nacen celos del amor, Y el mismo amor son los celos, Y si es, como dicen, dios, Una en dos causas contemplo.
¿Quién vive tan lastimado, Que no teme será necio, Pues quien más estado alcanza, Más cerca está de perderlo?
Seguro salió Faetón Rigiendo el carro febeo, Confiado en su volar Por las regiones del cielo.
Ícaro en alas de cera, Por las esferas subiendo: Y en su misma confianza, Ícaro y Faetón murieron.
Celos y desconfianza, Que son una cosa es cierto: Porque el celar es temer, El desconfiar lo mesmo.
Luego quien celos tuviere Es fuerza que sea discreto; Porque cualquier confiado Está cerca de ser necio.
Con aquesto he desatado La duda que se ha propuesto; Y responderé a cualquiera Que deseare saberlo,
De que en razón de celos, Es tan malo darlos Como tenerlos.
Pedirlos, libertad; Darlos, desprecio; Malo es tenerlos;
Pero aqueste quiero, Porque mal puede amor Serlo sin ellos.
NOCHE SEGUNDA.
DESENGAÑO SEGUNDO.
LA MÁS INFAME VENGANZA.
Acabada la música, ocupó la hermosa Lisarda el asiento situado para las que habían de desengañar, temerosa de haber de mostrarse apasionada contra los hombres, estando su amado don Juan presente; mas pidiéndole licencia con sus hermosos ojos, como si dijera: «Más por cumplir con la obligación que por ofenderte hago esto», empezó así:
—Mandásteme, hermosa Lisis, que fuese la segunda en dar desengaños a las damas, de que deben escarmentar en sucesos ajenos para no dejarse engañar de los hombres; y cierto que más por la ley de la obediencia me obligo a admitirlo que por sentir que tengo de acertar.
Lo primero, porque aún no he llegado a tiempo de desengañarme a mí, pues aún apenas sé si estoy engañada, y mal puede quien no sabe un arte, sea el que fuere, hablar de él, y tengo por incivilidad decir mal de quien no me le ha hecho; y con esto mismo pudiera disculpar a los hombres; pues lo cierto es que los que se quejan están agraviados, que a no ser así no son tan menguados de juicio que dijeran tanto mal como de las mujeres dicen: y para que ni ellos se quejen, y yo cumpla con lo que me es mandado, sucintamente referiré un caso que sucedió a una principal dama, con lo que me parece desengañaré a las que hubieren menester desengañarse; y sobre todo pienso que no conseguiré fruto alguno.
Por donde la hermosa doña Isabel ha salido tan bien de su empeño, escarmentando a todas con su mismo suceso, no deja de ser atrevimiento querer ninguna lucir como ha lucido, y menos mi entendimiento, que carece de todo acierto; mas suplicando a todo este auditorio hermoso y noble perdonéis las faltas de él, digo así:
No ha muchos años que en la nobilísima y populosa ciudad de Milán había un caballero dotado de todas las prendas, gracias y prerrogativas de que puede colmar naturaleza y fortuna; si bien en mocedades y juegos disminuyó lo más de su hacienda. Era español, y como con un honrado cargo en la guerra había pasado a aquel país, casó allí con una dama igual a su calidad, aunque no rica, con que vino a ser su hacienda bastante para poder pasar una modesta y descansada vida, no sobrándole ni faltándole para criar dos hijos que tuvo de su matrimonio.
Con algún regalo nació primero Octavia, llamándose así por su madre: y el segundo don Juan, de quien no diré el apellido; que cuando los hombres con sus flaquezas desdoran su linaje, es mejor encubrirle que manifestarle.
Era Octavia, aunque mayor que su hermano seis años, de las más hermosas mujeres de aquel reino: así no lo fuera en las gracias, donaire y entendimiento; pues quien sin verla la oía, la admiraba fea cuando la celebraba hermosa.
Llegando pues a la edad en que más campea la belleza, se enamoró de ella, viéndola en un festín, un hijo de un senador, mozo, galán, entendido y rico; partes para que no tuviera Octavia mucha culpa en corresponderle; mas era cuerda, y notó que ya no es dote la hermosura, y que Carlos, que este era su nombre, era rico y no se había de casar con quien no lo fuese; con cuyos temores se defendió algún tiempo: así lo hiciera siempre y no fuera causa de las desdichas que después sucedieron; pues, como he dicho, vio Carlos a Octavia en un festín, regocijo usado en aquella tierra; y viéndola se perdió, o lo dio a entender; que para mí lo peor que siento de los hombres es que publican más que sienten.
No miró Octavia mal a Carlos, mas viendo el imposible (aunque no para lo que merecía su hermosura), detuvo el afecto del mirar para no llegar a sentir; porque como no pensaba hacer lo que las comunes, no tenía por acertado empeñarse en amar sino a quien pudiese ser su esposo; y que ya que su desdicha la encaminase a rendirse, fuese obligándose a serlo.
¡Oh, qué de desengaños han padecido por esta parte las mujeres, y cuantas desengañadas tienen los hombres, cuando ya no tienen remedio!
Muy cautivo se halló Carlos de la belleza de Octavia, mas no con el pensamiento que ella tenía, que era el matrimonio, porque en tal caso no pensaba Carlos salir de la voluntad de su padre, que entendía no había hasta entonces nacido mujer que igualase a su hijo: mas pareciole que como Octavia no era rica, pues sus padres no poseían sino una honrada medianía, que con joyas y dineros conquistaría este imposible de hermosura; y a no bastar esto, valerse de la fuerza o de algún empeño; que esto es echar, como dicen, por el atajo; y así, empezó primero su conquista con suspiros, y con pasear su calle de día y de noche; mas a esto Octavia, si no descuidada, a lo menos advertida de que con no verlo ni oírlo se había de defender, se negaba a todo huyendo de la vista de Carlos, aumentando en él con estos desvíos o el amor o el deseo, que tal vez los hombres suelen volver en tema la voluntad.
No gozaba Carlos sin competidores de su amor mal correspondido: pues como Octavia era hermosa, había muchos deseosos de merecer sus divinas prendas, y con más honestos pensamientos que Carlos; mas Octavia los hacía a todos iguales: y si de alguno se dejaba llevar su altivo desdén, era de un deudo de su madre que mediante el parentesco la trataba con mucho más cariño, por visitarla algunas veces, y él andaba buscando ocasión para pedirla a su padre por esposa.
No ignoraba esto Carlos que, como era rico, sobornó a los criados, y estos regularmente son descubridores de lo más oculto que sus amos hacen. Como le era imposible decirla ni su amor ni sus celos, por no darle lugar la dama, una noche de las calurosas de julio, sentado debajo de los balcones como otras veces le sucedía, al son del templado instrumento de sus lastimosos suspiros, cantó este soneto:
Apenas en amor di el primer paso, Cuando en rabiosos celos di de ojos: ¡Ay qué crueles penas! ¡ay qué enojos! Favor, amor, que en su rigor me abraso.
¿Cómo de gloria estás conmigo escaso, Que se lleva otro dueño mis despojos? ¡Oh qué prados de espinas y de abrojos, Mirando ajeno el bien, llorando paso!
Mal haya quien, amando, en nada fía, Fidelidad ingrata, triste lloro, A yugo desleal mi cuello obligo.
Ya murió mi esperanza; era al fin mía: Falsa me paga cuando firme adoro, Tropieza en celos si a Cupido sigo.
¡Oh amor, dulce enemigo, Oh cruel tirana, Reinar y amar no quieren compañía!
Ya parece que Octavia escuchaba a Carlos tan bien como le había mirado; pues estuvo en el balcón mientras Carlos cantó el referido soneto. Había de ser desgraciada, y empezaba ya su desdicha a ponerla en las ocasiones de perderse: y así dio lugar, con estarse queda en el balcón, a que Carlos, como que hablaba con sus mismos pensamientos, le afease lo mal que decía tanta hermosura con tanta crueldad; que aunque no tuvo respuesta, se contentó el amante con el favor de haberle escuchado, con lo que tuvo atrevimiento de escribirla este papel:
«No sé qué gloria consigues, divina Octavia, en ser cruel, o en qué te ofende mi amoroso rendimiento, que te excuses, ya que no de premiarle, de oírle, que aún no me conceden tus hermosos ojos licencia de nombrarme tuyo; pues asegúrote que, o has de dejar de ser hermosa, o que no he de apartarme de amarte; y pues es cada imposible de estos imposible vencerle, permíteme, que pues soy y he de ser tuyo mientras tuviere vida, el favor de oírme, que con esto la sustentaré para ser tuyo.»
¡Qué peligrosa bala para el fuerte de la honestidad es la porfía! Todas cuantas defensas se pueden poner, rinde, como sucedió en Octavia; pues habiendo venido a sus manos este papel por medio de una criada, a quien Carlos supo granjear con oro, lo que primero había sido agrado se convirtió en amor.
Enamorose Octavia, y dejose vencer de suerte que tuvo Carlos respuesta de este y otros que le escribió, y no solo este favor, mas el hablarle de noche por una reja después de acostados sus padres, que don Juan su hermano no asistía en Milán, acudiendo fuera de ella a sus estudios: era muchacho y no muy bien inclinado; ocasión para que su padre le privase de sus regalos. Deseaba que fuese eclesiástico, aunque él no tenía ese parecer, y con esto tenía más lugar Octavia para seguir su empresa amorosa, con intención de ver si podía granjear a Carlos para esposo.
Algunos meses entretuvo Octavia a su amante con solo este favor de hablarle, sin consentirle tomarla una mano por la permisión que daba la reja, temerosa, aunque le quería bien, de algún engaño, conociendo que era un imposible si el amor no le obligaba, por ser Carlos tan rico. Este, más enamorado con las resistencias de Octavia, estaba deseoso de mayores favores; mas la dama, al paso que le veía desearlos más, se los negaba, tanto que ya tocaba en crueldad, de lo que el galán se quejaba, culpando su poco amor, y para mostrárselo mejor cantó una noche a los ecos de un laúd que le traía un criado, esta canción:
¡Ay cómo imito a Tántalo en la pena, Pues el agua a la boca de sed muero! Tengo conmigo al bien que adoro y quiero, Y parece que el bien de mí se ajena.
De las penas de amor el alma llena, El premio de mi amor gozar espero, Y cuando ya le toca desespero, Porque un rigor mi atrevimiento enfrena.
¿Qué delito me usurpan tus favores, Hermosa ingrata que en mi alma vives? ¿Por ventura robete la ambrosía?
Aplaca de mi alma los ardores, Que no es razón que del cristal me prives Cuando muere de sed el alma mía.
Vesme sin alegría, Y tú cruel conmigo, Morir me dejas, y con ser testigo De las penas que paso, No me socorres cuando más me abraso.
Cuando morir me dejas, Y mirarme no sientes con fieros accidentes, Sin remediar mis quejas: Y si lloran mis ojos, Recibes de mis lágrimas enojos: O remedia la llama en que me abraso, O déjame llorar el mal que paso: Y el llanto venza el mío, Tu crueldad, tu tibieza, tu desvío; Pues es rigor quitarme, Cuando llorando estoy, desahogarme.
¡Ay, con cuántos rigores el alma sin ti lucha, Y si tu voz escucha, Oh, cómo son mayores! Cobarde, no me atrevo A hacerla de mi boca dulce cebo: Que fuera gran contento En vaso de rubí beber su acento: ¡Ay, Dios!, quién me lo quita, Digo, que un miedo que en mi alma habita, De temer que te ofendo, Cuando gozar este favor pretendo.
Bien sabes que te quiero, Y que con alma ingrata No miras que me mata Tu recato severo. Pues si vivo en tus ojos, Y me quitan la vida sus enojos, Haces suerte en la vida; ¡Oh, más ingrata, mientras más querida! Y para que concluya, Yo viva y muera en la desgracia tuya, Si no has de ser mi dueño, Yo de ser tuyo mi palabra empeño.
Pues, dueño de mi vida, Goce yo tus favores, Quítame estos temores, No seas mi homicida: Mas ¡ay amor! que muero, Ya de obligarte, ingrata, desespero: Ya mi bien no me quiere; Ya mi memoria en su memoria muere: Y pues de mí se olvida, Venga la muerte, acábese la vida, Y vivan en mis ojos Eternamente lágrimas y enojos.
Canción triste, si obligas A mi dueño querido, Inmortal vivirás de eterno olvido; Y si no moriremos En la desdicha que los dos tenemos.
Menos que esto había ya menester Octavia, porque ya amaba a Carlos más que fuera razón; que en esto se ve cuán flacas son las mujeres, que no saben perseverar en el buen intento; y aun por esta parte disculpo a los hombres en la poca estimación que hacen de ellas; mas disculpemos los yerros de amor con el mismo amor; y así, abriendo la ventana le llamó diciendo:
—No sé, Carlos, cómo me tienes por tan cruel e ingrata como has mostrado y das a entender en tus versos, pues has merecido llegar al favor que hoy gozas, a pesar de mi recato y nobleza, sin haberme asegurado de un dichoso fin en tu pretensión; y yo, por quererte bien, aún no he reparado en eso ni mirado lo mal que le está a mi opinión, y a la de mis padres y hermanos, galanteos sino de quien ha de ser mi esposo, y ahora, mal hallado con la merced que te hago, te quejas de ingratitudes y crueldades cuando debieras mirar que fuera tenerlas conmigo misma, si hiciera lo que pides sin resguardo de mi honor: tú sí que eres cruel conmigo, pues pudiéndome hacer dichosa, me haces desdichada; que claro es que perderé esposo por tu causa, y no te ganaré a ti, como si desmereciera yo esta dicha.
Pobre soy para igualarme a tu riqueza; en esto confieso que me excedes, pero en lo demás te igualo; y cuando no lo fuera, amor iguala bajezas con grandezas fiadoras: esta poca o mucha belleza que tengo, que esto será lo que tú quieres, ¿por qué estás cobarde de hacerla tuya? Y cuando haciéndolo me conozcas ingrata, entonces te podrás levantar por desvalido, y si no, conténtate con lo que alcanzas y no te quejes; y para que en ningún tiempo lo puedas hacer justamente de mí, te digo que, menos que siendo mi esposo, ni pidas más ni alcanzarás más; y aun esto lo he hecho pareciéndome a mí que un hombre de tu entendimiento y capacidad, el día que se puso y determinó a amar una mujer de mi calidad y prendas, no había de ser con otro intento y fin.
Con esto calló; y Carlos, como no lo había de cumplir, no se le hizo dificultoso prometerlo, y así la respondió:
—Hermoso dueño mío, no quiera el cielo que por cosa que a mí me está bien me quite a mí propio la dicha de ser vuestro y de gozar los favores que tanto deseo; y para conseguirlo y teneros a vos segura, y que vos lo estéis de mí, yo os daré, no una vez sino mil, la fe y palabra de ser vuestro esposo; pero con la condición de que por ahora esté secreto, por la avara y civil condición de mi padre que piensa darme mujer aún más rica que él, sin mirar que la riqueza más grande es vuestra hermosura.
¡Qué liberal promete Carlos, y qué ignorante cree Octavia! Liviandad me parece; mas vaya, que ella se hallará burlada; que promesas de rico a pobre pocas veces se cumplen, y más en casos amorosos.
Quería Carlos alcanzar, y prometía; y quería Octavia marido de las prendas de Carlos, y así, pareciéndola que con el dote de la hermosura la bastaba, aceptó, dándole a Carlos las gracias: y Carlos, después de haber venido la criada, tercera en estas locuras, delante de ella la dio fe y palabra de ser su marido.
¡Ah, Octavia, y qué engaño se te previene! En la hermosura te fías, sin mirar que es una flor que en manoseándola un hombre se marchita, y en marchitándose la arroja y la pisa. Este es el mismo desengaño, hermosas damas; no creáis que ningún hombre lo que hace enamorado lo hará después arrepentido; y si alguno lo ha hecho, es un milagro, y aun después lo hace pagar bien caro.
Riose Octavia: ¡oh mujer fácil! Abrió a Carlos la puerta: ¡oh loca! Entregó la joya más rica que una mujer tiene: ¡oh hermosura desdichada! No quiero decir más en esto, que el mismo suceso desengañará. Gozaron sus amores muchos días, entrando Carlos con secreto en casa de Octavia. No se arrepintió Carlos tan presto, pues antes se hallaba muy gustoso con su amada prenda, y ella teniéndose por extremo dichosa.
Ocasionáronse en este tiempo las largas y peligrosas guerras de aquellos reinos, que no solo lloran ellos sino nosotros; pues de esto se originó entrársenos en España y costarnos a todos tanto como cuesta; y en una de las batallas que se dieron murió el padre de Octavia, por seguir ya anciano el ejercicio de su mocedad, que eran las armas; y su madre a pocos meses murió también de pena de haber perdido su amado esposo. ¡Dichosos en perder la vida antes que se la acabara ver la perdición de su hija!
Don Juan, luego que supo la muerte de sus padres y que ya no tenía freno a sus travesuras, vino al punto a Milán, más cursado en juegos y amoríos que en los estudios; que como no los seguía de voluntad, mas de por la fuerza que le hacía su padre, no había aprovechado nada en ellos, sino contribuido a acabar parte de la hacienda que había, y arrimando los hábitos y libros empezó a gastar la que había quedado, sin mirar que tenía una hermana moza, hermosa, y por tomar estado; y para que ella no gastase nada, la tenía tan encerrada y necesitada de todo que, aunque él no la tuviera así, ella misma se quitara de los ojos de todos por no parecer en menos porte que el que traía en vida de sus padres; porque aunque tenía algunas joyas de valor que Carlos la había dado, no osaba que don Juan se las viese; porque tan presto como llegaran a sus ojos las tuviera puestas con dueño.
Con estos sucesos cesó el poder entrar Carlos en su casa como solía; no porque don Juan supiese nada, sino por temor de que no lo entendiese, viendo que Carlos no quería, por temor de su padre, que se publicase; de manera que apenas se veían si no era pasando por la calle, y eso con mil temores, por conocer la arrebatada condición de don Juan y que con él no había hora segura; de que los dos amantes estaban tan impacientes, que ni Carlos vivía ni sosegaba, ni Octavia enjugaba sus ojos: el mayor alivio que tenían era escribirse por medio de aquella criada dicha, la cual un día trajo un papel a su señora, que Carlos le dio, con estas décimas; habiendo tomado asunto para ellas haber visto a Octavia en el balcón muy triste y llorosa, como la que más sentía el estar apartada de su esposo, que tal creía que era Carlos:
Triste estáis, dueño querido, Y puedo decir que al sol Le ha faltado el esplendor De que siempre está vestido: El gusto tenéis perdido, Y yo no os le puedo dar; Mas si para remediar La alegría perdida, Habéis menester mi vida, Con gusto os la quiero dar.
Leandro seré en perderla Con voluntad animosa; Porque en mi poder no hay cosa Que no seas dueño de ella: Y si por secreta estrella Para ser vuestro nací, Y falta el poder en mí Para alegrar vuestros ojos, Dadme a mí aquesos enojos, Hareisme dichoso así.
¡Ay, quién poderoso fuera De poderos alegrar! Porque como os supe amar, Daros contento supiera: El sol en su sacra esfera Aun no estuviera seguro; Y por vuestros ojos juro Que son en mí sus enojos Prados de espinas y abrojos, Donde el sufrimiento apuro.
Mas, señora, si mi suerte, De mis glorias enemiga, Es la misma que os obliga A que sufráis esa muerte: Decidle que porque acierte Su golpe ejecute en mí; Y vos, mi dueño, vivid: Y si no, pedidle vos Que le ejecute en los dos, Y será acertado así.
Mas en tanto que esto llega, Alegraos, que, vive Dios, Que a mí me matáis, si vos Os matáis de rabia ciega: En mis lágrimas se anega Este papel amoroso, En vuestras manos dichoso Cuando las llegue a besar; Pues sin saber qué es amar, Más es que yo venturoso.
Muchos días, como he dicho, se pasaron sin que estos dos amantes pudiesen dar alivio a sus penas; porque don Juan, o de celoso, o mal intencionado, el día que iba a misa no se quitaba de su lado; que otras visitas no se las dejaba hacer: con que Carlos estaba desesperado y Octavia perdía el juicio; hasta que sucedió que en una casa de juego, sobre jugar una suerte mató a un caballero principal de la ciudad, y queriéndole prender por ella se escapó y retiró a un convento, viendo que si le prendían no le iría muy bien, respecto de traerle ya sobre ojo la justicia por sus travesuras; y desde allí avisó por un papel a su hermana que, deshaciéndose de algunas cosas de casa, le juntase el dinero que pudiese para ponerse a mejor recaudo; porque le habían avisado trataban de sacarle de la iglesia; que en llegando a Nápoles, donde quería irse, la avisaría o enviaría por ella, dándola asimismo media docena de documentos de lo que había de hacer en su ausencia, quien los pudiera también tomar para él.
Así se hizo como él pidió, supliéndolo todo Carlos porque Octavia no se deshiciese de sus joyas, y con todo secreto fue a ver a su hermana, y despedido de ella, se pasó al reino de Nápoles, quedando Carlos con la ausencia de don Juan por dueño de la casa de Octavia, entrando y saliendo de ella sin ningún recato, restaurando los gustos perdidos con tantos excesos que ya le vinieron a cansar, dando lugar a que toda la ciudad lo murmurase, y a que todas las señoras amigas de Octavia se retrajesen de su comunicación, por estar su fama tan oscurecida.
Más de dos años pasaron de esta suerte, pues aunque Carlos se hallaba ya achacoso de la voluntad, no se atrevía a declararse de todo punto con Octavia, si bien ella vivía ya menos segura de que Carlos la cumpliese la palabra, conociendo en su tibieza su desdicha, porque no le veía con tanta puntualidad ni la trataba con el cariño que antes.
Si muchas noches faltaba al lecho y a las lágrimas que Octavia vertía, y a las bien entendidas quejas que le daba, él ponía por excusa a su padre, diciendo que le reñía porque salía de casa de noche; y si ella le hablaba en razón del casamiento, la respondía que si le quería ver destruido y muerto a manos de su padre: y aunque Octavia le suplicaba que por excusar la ofensa a Dios se casasen en secreto, la decía que si era él persona que cuando llegase la ocasión se había de casar así. Avivó con estas cosas la desconfianza de Octavia, dándose por perdida y dudando de la poca fe de Carlos; martirizaba sus ojos y ajaba su hermosura, mientras Carlos estaba cada día más desapasionado.
¡Ah, qué se les pudiera decir ahora a los hombres, infamando a Carlos de engañador, de falso y mal caballero!; ¡y quién pudiera afear a Octavia su flaqueza, para que las damas, viendo reprender a Octavia, mirasen lo que habían de hacer!; mas este desengaño se lo está diciendo por mí; fíense, fíense, que al cabo se hallarán como Octavia se halló, sin esposo, sin honor y aun sin amante, que Carlos aun de serlo estaba arrepentido.
Carlos no alcanzaba, y se desesperaba: Carlos alcanzó, y se arrepiente: y es lo peor que este Carlos debió de procurar muchos Carlos, que aunque en todos tiempos los ha habido, y hoy lo son todos y todas son Octavias, ni ellos se arrepienten de serlo ni ellas tampoco, cayendo cada día en los mismos hoyos que cayeron los pasados.
Ya, en fin, Carlos, cansado de Octavia, no le parecía tan hermosa ni le agradaba su asistencia, ni le descuidaba su cuidado; y como naturalmente se enfadaba de ella, todo le enfadaba; la asistencia era poca, los cariños eran menos: ya se descuidaba del ordinario sustento, y si se le pedía, ponía ceño; de manera que Octavia se halló en el estado de aborrecida sin saber cómo; y si bien conocía los lazos que en otro tiempo tenían preso a su desconocido dueño, ya los ponderaba dogales para el cuello, y disimulaba cuanto podía por no acabar de perderle.
¡Ah, desdichadas mujeres, que el mismo martirio conserváis por no perderle! ¡Dichosas muchas veces las que, libres de tal mal, conserváis la vida en quietud, sin estar agradando un tirano que cuando más propio le tenéis más perdido!
Finalmente, Carlos aborreció a Octavia, y estaba tan cansado de ella que se pasaban los dos y los tres días sin verla; y si la veía era a fuerza y con poco aliento; y de todo no tenía culpa su padre, que él no la tenía de todo punto, porque aunque eran ya estos amores tan públicos que ni él ni nadie los ignoraba, y le reprendía como padre, y pudiera por esta parte no acudir a ellos, no era tan a menudo que le estorbase lo que él mismo, con el poco gusto que tenía, se estorbaba.
Sucedió, pues (que cuando las desdichas han de venir, no faltan acasos que alienten), que en Navarra murió un caballero, amigo del senador, padre de Carlos, y le dejó por testamentario y tutor de una sola hija que tenía, llamada Camila, de edad de veinte años, medianamente hermosa y sumamente rica: si bien la mayor riqueza de Camila era la virtud, que sobre ser honesta y virtuosa criatura, su entendimiento y demás gracias eran grandes.
Pues como el senador vio la ocasión, aplicó luego tal joya para su hijo, y como lo pensó lo quiso efectuar; y llamándole a solas se lo comunicó, engrandeciendo las prendas de Camila y el acierto que en que fuese su esposa se hacía, añadiendo a esto afearle la amistad de Octavia y diciéndole lo mal que parecía en Milán, aunque la estimase por amiga, cuanto y más tomarla por esposa, pues una mujer que se había rendido a él, ¿qué confianza podía tener que no se rindiese a otro?, y que la hermosura de todos era apetecida; añadiendo a eso que si no ponía remedio en ello, dotándola para que se casase o entrase religiosa, admitiendo la esposa que le proponía, que con la potestad que tenía de juez haría en ella un ejemplar castigo, desterrándola de Milán públicamente por inquietadora de su casa.
Como Carlos ya no amaba a la desdichada Octavia, dando las disculpas a su padre convenientes y asegurándole pondría en orden su vida, y haciendo que Octavia se entrase en un convento, aceptó el casamiento de Camila, aficionándose, como mudable, de la nueva dama que esperaba tener por suya.
Y porque Octavia no le impidiese mediante la palabra que delante de testigos la había dado, añadió un engaño a otro. Fue a ver a Octavia, fingiéndose muy triste; y la afligida dama, como le quería y siempre estaban colgados sus ojos de su semblante, y le vio algunas ternezas en ellos, o falsedades, por no mentir, y dar algunos congojosos suspiros, sintiendo más su pena que él mismo, empezó a temer, y más viendo que Carlos, sin rogárselo, como muchas veces la había sucedido, porque después que la había aborrecido si no era a fuerza de lágrimas no podía alcanzar tal favor, se desnudó y puso en el lecho, haciendo ella lo mismo, para que en aquel amoroso potro confesase, apretado de los lazos que le pusiese al cuello, que no era menester apretarlo mucho, porque él tenía voluntad de decirlo, pues de industria se mostraba tan afligido. Al fin, con amorosas caricias le dijo:
—No sé qué me tema, oh Carlos y señor mío, de lo que veo en ti esta noche, y de tus suspiros en el pecho y lágrimas en los ojos, y que no paras conmigo. La pena que causa esta novedad, a la cuenta yo soy quien te la da; y si es así, cree que será con ignorancia y no de malicia; y entender lo contrario será en ti falta de conocimiento y aun de voluntad; porque si de mí entendiera que pendía ni aun con el pensamiento ofenderte, antes que tú llegaras a saber mi delito me le castigara yo quitándome la vida; y supuesto esto, si quieres que yo más justamente te ayude a sentir lo que sientes, comunica conmigo tu pena y sácame de tanta confusión, que me tienes ahogada en temores y sepultada en sospechas.
No aguardaba más el engañoso Carlos, y así, fingiendo mayores ahogos y más apretados sentimientos, la respondió:
—Mucho me pesa, Octavia mía, que juzgues que es mi pena por desaciertos tuyos; que si alguna cosa me obliga a adorarte y estimarte, es tu cordura y honestidad, pues con ser tu hermosura tanta, es más que tu hermosura, pues si ella me enamoró, tus virtudes me cautivaron; y cree que aunque eres tú la causa de mi sentimiento, no eres tú, supuesto que no tienes más culpa en ella sino por ser desgraciada y no haber nacido rica, ocasión para que mi padre te aborrezca y yo no me atreva a decirle que eres mi esposa; y para no darte la purga en taza dorada, sino que la bebas de una vez, mi padre ha sabido de hecho todos nuestros amores y la asistencia que tengo en tu casa, la continuación con que te asisto, y rematadamente le han dicho que me quiero casar contigo, que le gasto la hacienda y otras cosas en que se adelantó la lengua traidora que se lo dijo; que a saber yo de quién era, la hubiera sacado del lugar donde se halla.
Él está, como padre, enojado; y como juez, airado, y como viejo avaro sin paciencia ha jurado te ha de prender, y por inquietadora de la ciudad y de su hijo desterrarte públicamente, añadiendo que hará buscar a tu hermano, cuando esto no baste, y le obligará con decirle tus flaquezas a que te dé el merecido castigo. No me atreví, según le veía, a declararle la verdad, ni tampoco a casarme luego, por no agravar más el caso ni provocarle a más cólera, porque si ahora, en duda, es su ira tanta, ¿qué será si lo tuviese por verdad? Tengo por sin duda que a entrambos nos quitara la vida.
Esta es mi confusión y tristeza, porque sé cuán aprisa se ejecutará lo que ha dicho: aquí estoy contigo, y te tengo en mis brazos, y te estoy llorando ausente y desterrada con tanta afrenta, o en poder de la ira de tu hermano, adonde corre riesgo tu vida y la mía: ahora que lo sabes, mira si con tu divino entendimiento hallas salida a tantas desdichas como se nos aparejan, pues claro es que pasándolas tú, son tan mías como tuyas.
En gran espacio no pudo responder Octavia a Carlos, temiendo, como flaca mujer, el daño que la amenazaba, no sospechando de Carlos cautela ninguna, viéndole con tan tiernos sentimientos; mas, cobrándose de la pasión que tenía, le respondió, desperdiciando hermosas perlas:
—¡Ay, Carlos, y qué de días ha que ha temido y teme esto mi triste corazón! Y cuando te rogaba con tantas ansias que me hicieras de todo punto dichosa, no era por temer que me habías de faltar a la palabra dada, sino por escapar de esta tempestad con honor, y tú creías que era desconfianza de tu amor; que si estuvieras casado conmigo, a lo hecho ¿qué podía hacer tu padre?, pues no aventuraba a perder más de los bienes de fortuna, que en lo demás no le debo nada. Pedirte en el riesgo que lo hagas es excusado, pues el que no lo hizo en la bonanza de la paz mucho menos se puede esperar lo hará en la tempestad de la guerra; y así, no trato de nada más de huir de la fortuna que me amenaza, fiada en que obrarás como cristiano y como buen caballero. Mira tú ahora dónde será bien esconderme del rigor de tu padre, y si será a propósito salirme de Milán por algunos meses u ocultarme en casa de algún deudo mío.
—No, Octavia mía, no —dijo entonces el cauteloso Carlos—; salirte de la ciudad es muy a costa mía, que no podrán mis ojos, enseñados a mirar tu belleza, vivir sin ella: en casa de ningún pariente, tampoco, porque yo no he de dejar de entrar a verte, y dos veces que sea notado de las espías que me ha de poner mi padre, no hallándote a ti cuando te busque, ha de correr el mismo peligro: lo que me parece más a propósito es entrarte en un convento, y que lleves a él tu hacienda y criadas, y te estés allí algunos meses en tanto que a mi padre se le pase la ira, que viéndote a ti en clausura y a mí obediente, no le durará mucho, que al fin es padre y hará como tal; que cuando yo te saque de él para mi esposa, podrá ser estén las cosas de otra manera: allí te veré todos los días, y te iré dando joyas y dineros para que, pues la codicia de mi padre es tanta, no obstante que a ti la riqueza de tu hermosura te bastara, tengas con que hartarla y satisfacerla.
Concedió Octavia en lo que ordenó Carlos; y no fue mucho que la engañara, según él lo sabía ponderar, y haciéndola mil caricias y prometiéndola de nuevo ser su esposo, se despidió de sus brazos con caudalosos ríos que vertían sus ojos.
Llegó el día, y con él se dispuso todo, de suerte que antes de la noche ya Octavia estaba en el convento y Carlos libre de su embarazo, quien avisando a su padre como ya Octavia estaba en religión, se efectuó el casamiento con Camila, partiéndose el senador mismo a Navarra por ella.
Más de un mes se pasó en disponer las cosas para la boda, visitando en este tiempo cada día a Octavia con tantas finezas y agasajos que, como la dama había visto en él tantos despejos desde que la había aborrecido, y ahora le juzgaba tan amante, daba por bien empleada su reclusión.
Regalábala mucho y dábala joyas de valor, que ella tomaba creyendo que era para la causa que le había dicho, que era aumentar su dote; mas Carlos iba con otra intención, porque como no se había de casar con ella, quería de este modo satisfacer a su obligación, para que, cuando Octavia supiese que se había casado, no lo sintiese tanto, viéndose rica para tomar otro estado, imaginando que con el oro doraría la falta de su fama.
¡Quién hiciera esta traición sino un hombre! Mas quiero callar, que el mismo suceso dice más de lo que yo puedo expresar.
Llegose el día deseado de Carlos, ya nuevamente enamorado de Camila, que aunque no muy hermosa, el trato y ser ropa nueva le hacía apetecerla. Tenía Camila la belleza que ha de tener la propia mujer, pues más en las virtudes que en hermosura ha de florecer; demás que no era tan fea que pudiera por esto ser aborrecida, y cuando lo fuera la hiciera hermosa más de cincuenta mil ducados que tenía de dote, y deseaba ya Carlos verse dueño de todo.
Desposose y velose Carlos con mucho gusto y grandes fiestas, olvidando de todo punto la obligación de Octavia. Pasados dos o tres días en las ocupaciones dichas, ya más moderados los alientos de desear, con haber gozado de su esposa y tenerla ya, como suya, menos apreciada; pues como dijo un galán que otro día después de haberse casado estaba triste, y siendo preguntado si estaba arrepentido, respondió: «¿Pues quién ignora que no fuera casamiento si no lo estuviera?»
En fin, como digo, acordose Carlos de Octavia, y que era fuerza desengañarla: como él no pensaba verla más, la escribió un papel que decía así:
«Cuando los sucesos están dispuestos del cielo, ni sirve desearlos ni pretenderlos: que fueses, hermosísima Octavia, mía, y yo tuyo, se ve que no lo estaba, pues permitió otra cosa. Sabe Dios lo que siento el desengañarte, mas, pues no puede ser menos, mayor crueldad será tenerte engañada que haberte trocado por otra: mi padre me ha casado con una señora de la calidad y nobleza que sabrás tiene mi esposa Camila, demás de haber juntado a mi hacienda cincuenta mil ducados, de que soy dueño, y tú también, si quieres serlo, pues todo estará a tu voluntad si quieres usar de ella como de tu entendimiento espero: ya no sirven lágrimas ni desesperaciones, porque lo hecho no tiene remedio; el tuyo deseo, como quien te ha querido tanto; y así, te suplico pongas la mira en el estado que gustes elegir. Es cierto que por mi gusto el de religiosa te suplico que admitas; yo te ayudaré con mi persona y hacienda, y excusarasme con esto la pena que recibiré en ver la belleza que ha sido mía en poder de otro dueño.»
Había pasado Octavia los días que Carlos había faltado muy angustiada, no pudiendo imaginar la causa, y más no atreviéndose a enviar a saber de Carlos por el peligro que temía, y así que recibió el papel, bien asustada le abrió, le leyó, y viendo en él la sentencia de su muerte en la burlada fe de Carlos, se cayó tan amortecida que, por más remedios que la hicieron, no volvió en sí en muchas horas; y ya que fue restaurada en sus sentidos, hacía tales extremos y cosas como pudiera hacer una mujer loca; y sin duda se quitara la vida si las criadas y religiosas la dejaran sola.
En fin, algo más quieta, de allí a dos días despachó a Nápoles un propio con una carta a su hermano, diciéndole en ella que sin temor de ningún peligro se viniese luego a Milán, que tenía necesidad de él para cosas tocantes a su honor, avisándole dónde estaba para que se viniese allí derecho. Leída la carta por don Juan, al punto se puso en camino.
Licencia me daréis, señores, para que me admire, en este desengaño en que pondero los engaños de los hombres, de la ira de una mujer; mas también me la darán estos mismos para conocer que de la cautela de los hombres nacen las iras de las mujeres, y que por una que procuraba venganza hay mil que no la toman de sí mismas; pues yo aseguro que si todas vengaran las ofensas que reciben como Octavia hizo, no hubiera tantas burladas y ofendidas; mas hay tantas mujeres de tan común estilo que la venganza que toman es, si las engaña uno, engañarse ellas con otro, con que dan lugar a aquel que pudiera temer ultraje a que salga bien de cualquier empeño.
¡Oh, qué mal tiempo que alcanzamos donde tienen por venganza la deshonestidad y el vicio! ¡Cuánto más acierto fuera que a la que le faltan manos para vengarse, dejara al cielo su causa, que él volviera por ella! ¡Ay, hombres, y cómo sois causa de tantos males! Porque ya no hallados con las comunes, buscáis y solicitáis las recatadas y recogidas, y si las vencéis, las dais ocasión o para que sean tan comunes como las demás o que hagan lo que Octavia hizo.
No se dejara vencer Octavia si Carlos no la combatiera a todo riesgo: no se engañara Octavia si Carlos la desengañara; ni Octavia buscara venganza si no la burlara Carlos: pues tenga Octavia ira y pague Carlos tan mal trato, que todo lo merece, pues no faltando en Milán mujeres sin obligaciones con quien pudiera entretenerse, se puso a solicitar, vencer y engañar la que las tenía.
Paréceme que este desengaño tanto es para los hombres como para las mujeres; pero quédese aquí, que me parece que ya don Juan ha venido y hay mucho que decir.
Llegó don Juan al convento donde estaba su hermana, y después de los recibimientos de ausencia tan larga, que ella aplaudió con lágrimas, la preguntó la causa de estar allí y no en su casa, como la había dejado: a que satisfizo Octavia contando su desdicha y poniéndole el papel de Carlos en las manos, pidiéndole de más a más venganza de sus agravios.
Ya he dicho la inclinación de don Juan, más ajustada a travesuras y desgarros que a prudencia; mas en esta ocasión pareció que degeneró algo de su mismo ser, porque reportando el furor que tal suceso era fuerza le causase, con palabras entre airadas y cariñosas respondió a su hermana que tratase, pues había sido loca y liviana, de tomar el hábito y ser religiosa, pues no había otro remedio si no quería perder la vida a sus manos: que lo demás lo dejase a él, que no se quedaría Carlos alabando de la burla.
Después trató por medio de amigos y deudos de su padre, y de joyas de valor que le dio su hermana, pues ya no las había menester porque a otro día tomó el hábito de religiosa, de ajustar la muerte que había hecho y por la que se ausentó de Milán: que habiendo dineros y favores, no fue dificultoso; de manera que antes de un mes se vio libre, paseando por la ciudad.
No se aseguró mucho Carlos cuando supo la repentina venida de don Juan, y más viéndole libre; y sabiendo que Octavia era ya monja, por medio de algunos amigos había procurado aquietarla, ofreciéndola lo que hubiese menester para su nuevo estado.
Mas Octavia jamás se dejó ver de ninguno, con que Carlos quedó menos seguro: mas como veía a don Juan con el descuido que andaba y que le hablaba y trataba con familiaridad de amigo, se sosegó; aunque no dejó de traer dos pistolas en sus faltriqueras, y los criados que andaban con él de la misma suerte; mas parecíale que Octavia no le debía de haber dicho nada, fiándose en el amor que le tenía.
Él pensaba esto y don Juan su venganza, que si la tomara, como era razón, en quien le había hecho el agravio, nadie le culpara; mas vengose de la culpa de Carlos en quien no la tenía: de suerte que hasta en la satisfacción del honor de su hermana fingió sus traviesas inclinaciones, y así pensó una traición que solo se pudiera hallar en un bajo y común hombre, y no de la calidad que don Juan era; y fue que propuso quitarle a Carlos el honor con Camila, como este se le había quitado a él con Octavia.
Miren qué culpa tenía la inocente: será para vengarse en ella de su marido; pues si Octavia quedó burlada de Carlos, ya Octavia no estaba sin culpa, pues se dejó vencer del amor de Carlos, fiada solo de una palabra falsa que le dio. Mas Camila honesta, Camila cuerda, Camila recogida y no tratando sino de servir a su marido, se quiere vengar en Camila. ¡Oh, pobre dama, y cómo tú sola pagarás los yerros de Octavia, los engaños de Carlos y las traiciones de don Juan!
Ya he dicho el uso y costumbre de aquellos reinos, que son los festines que unos días se celebran en unas casas y otros en otras, y que es permitido a las damas, casadas y doncellas, y aun las viudas, el ir a ellos, y a los caballeros, con máscaras y sin ellas, entrar y sacar a danzar la dama que les parece, y en los asientos, si caen junto a ellas, hablar, y ellas no extrañar el agasajar con ellos.
Pues como Camila era recién casada, si bien su condición no era de las más esparcidas, a petición de sus parientas y amigas, y a ruego de su esposo, iba a muchos o a todos; y don Juan, que no se descuidaba, avisado de los en que podía ver a Camila, entraba en ellos con galas y trajes costosos, que para todo había en lo que Carlos había dado a Octavia, luciendo en él más que en otro, por tener gallardo talle y buen rostro, no faltándole lo entendido y airoso: así se supiera aprovechar para obrar bien de ellos.
Empezó a enamorar a Camila con aquello de lo rendido, afectuoso y tierno, acreditándose de amante con suspiros y elevaciones, de que saben muy bien los señores hombres el arancel, pues para tales engaños son muy diestros: y cuando podía tomaba lugar donde pudiese hablar a Camila, celebrar su talle y hermosura, engrandeciendo la dicha de haber merecido verla; y la que no podía ser esto, hacía por sacarla a danzar, y en tal ocasión la requebraba y galanteaba; mas a todo Camila no respondía palabra, gustando más bien acreditarse de necia que de deshonesta; si bien no se atrevía a negar el salir a danzar porque no la sacrificasen por melindrosa.
Lo que hacía era excusarse de ir a ellos la vez que sin nota podía ejecutarlo; mas cuando los ruegos de las amigas y parientas pasaban a importunación, y por este caso a mandárselo su esposo, era fuerza no negarse a ellos, y de esta suerte vino don Juan en varias ocasiones a ponerle en la mano cuatro o seis papeles bien notados, y no mal escritos, que la dama recibió, no por gusto, sino por no dar nota, de los cuales no se puede decir lo que contenían, porque la discreta Camila, por lo dicho, los recibía y no los leía; antes sin abrirlos los hacía pedazos, y al último, ya cansada, le reprendió de su atrevimiento con palabras severas y crueles amenazas; y viendo que no era posible que se aquietase, desistiendo de tal locura, se excusó de todo punto de ellos, y aun de salir de su casa, si no era que fuese con ella Carlos, a quien no dio cuenta del caso por excusarle el riesgo. Pues viendo el mal aconsejado don Juan que por vía de amor no podía salir con su intención, mudó de intento, y procuró con engaño aprovecharse de la fuerza, y consiguiolo del modo que ahora diré.
Un día que supo que Carlos era ido a caza con sus criados y varios amigos, se puso un vestido de los mejores que tenía su hermana, y tocándose y componiéndose de suerte que pudiese parecer mujer, se entró, cubierto con su manto, en una silla y se hizo llevar a casa de Camila, llevando consigo dos amigos de su parcialidad que le hiciesen resguardo; y llegando a la puerta del cuarto en que la dama vivía, bajo y distinto del que el senador habitaba, preguntó por ella, diciendo la quería hablar para un negocio de importancia: y le respondió una criada que estaba en otro cuarto en la misma casa a visitar una amiga que vivía en él.
A lo que replicó don Juan le dijesen que estaba allí una señora principal, que necesitaba de hablarla para un caso de mucho riesgo; y aunque al pronto lo rehusó la criada, por fin lo hubo de hacer, y dicho el tal recado a Camila respondió que estaba en visita y que sería descortesía dejarla, que volviese otro día.
A lo que replicó don Juan que no sufría dilación su necesidad; que aquella señora con quien estaba daría licencia, que ella sería breve y se podría luego volver; por lo que convencida Camila de esto, y de los ruegos de la amiga con quien estaba, pasó a su casa, y viendo a la dama que tenía echado el manto en el rostro, pareciéndole de calidad en el traje y que era recato necesario tener cubierta la cara, creyendo ser su venida a pedirle favor para con su suegro, sin reparar en más, la tomó por la mano y se fue a sentar con ella en un estrado; a lo cual el engañoso don Juan la dijo que se sirviese de oírla en parte más oculta, para que supiese a lo que venía, que era caso de honor, y se pudiese descubrir el rostro; y viendo esto Camila, se entró con ella hasta la cuadra donde tenía la cama y sentáronse en el estrado que estaba delante. Así como don Juan vio sentada a Camila, se levantó y cerró la puerta con la misma llave que estaba en la cerradura, y sacando una daga la dijo:
—A la primera voz que des, Camila, te tengo de esconder esta daga en el pecho, y los que quedan allá fuera a tus criadas; pues sé bien que hombres no los hay en tu casa, que son idos a caza con Carlos, tu traidor esposo: mírame, y conóceme por don Juan de tal (pase así por no nombrarle, que es muy conocido); no el que te enamoraba, como tú juzgabas, cuando te hablaba y escribía en los festines, sino el que deseaba vencerte, para que publicando tu flaqueza quedara vengada mi desdichada hermana Octavia, a quien Carlos tu marido burló y deshonró debajo de la palabra de esposo, a que faltó por casarse contigo, y con su afrenta vengarme de la mía, y después matarle; mas pues fue tan dichoso que tiene mujer que sabe guardar su honor más que mi liviana hermana el mío, haga la fuerza lo que no ha podido la astucia.
Y así como esto dijo, teniéndole la daga puesta al pecho, tan junta que aun matizó la punta con la inocente sangre de la desdichada dama, que medio muerta del temor de ver la muerte tan cerca y de lo que estaba escuchando, conociendo a su traidor amante, que ya tenía el rostro descubierto, no tuvo fuerzas para defenderse, y si lo hiciera, estaba ya tan resuelto y vencido del demonio, que la matara.
Cumplido don Juan su infame deseo, y viendo que Camila se había desmayado, la dejó, y abriendo la puerta salió, no cubierto como entró, sino echado el manto atrás y diciendo:
—Decidle a Carlos, vuestro dueño, que cómo, habiendo burlado a Octavia y deshonrádome a mí, no vivía con más cuidado: que ya yo me he vengado quitándole el honor con su mujer como él me lo quitó a mí con mi hermana: que yo soy don Juan, hermano de Octavia, y ahora que se guarde de mí, porque aún me falta tomar venganza en su vida, ya que la tengo en su honor.
Y como dijo esto, sin atreverse las criadas a hablar, por verle la daga y una pistola en las manos, se entró en la silla, y a los lados los dos que venían con él caminaron a un convento de religiosos descalzos, donde se ocultaron.
Acudieron las criadas a su señora, y halláronla mal compuesta y sin sentido, corriendo sangre del piquete que la daga del traidor don Juan le había hecho en los pechos; empezaron a dar voces, a las cuales acudió la amiga que vivía en casa, que el senador no estaba en ella; y sabido el caso, haciéndola remedios, volvió en sí tan desconsolada y llorosa que daba lástima a quien la miraba, y no hallándose segura de la ira de su esposo, aunque sin culpa, por no haber avisado a Carlos de la pretensión del traidor don Juan y dádole los papeles que la había escrito, aconsejada de la amiga y criadas, todas mujeres sin ánimo, antes que Carlos y el senador viniesen tomó algunos dineros y joyas, las que fuesen bastantes a alimentarla algunos meses, y una criada de las que tenía, y se fue a un convento, debiendo a esto más la vida que a su inocencia; porque encubrírselo a Carlos era imposible, por cuanto el infame don Juan, como no lo había hecho con otro fin que el de deshonrar a Carlos, lo iba publicando a voces por la casa y la calle.
Vino Carlos de su desdichada caza y halló en su cuarto a su padre haciendo extremos de loco, y sabiendo ser la causa del desdichado suceso de su casa, quedó peor que su padre: si bien el viejo senador hablaba ya dislates, mas Carlos callaba, como el que tenía la culpa y la pena en haberse asegurado de la disimulación de don Juan, culpando a Camila de lo que ella por excusarse algún riesgo había callado.
Divulgose el caso por la ciudad, andando en opiniones la conducta de Camila: unos decían que no quedaba Carlos con honor si no la mataba; otros, que sería mal hecho, supuesto que la dama no tenía culpa, y cada uno apoyaba su parecer.
Más de un año estuvo Camila en el convento y Carlos sin salir de su casa, si bien tenía espías para saber si don Juan estaba en la ciudad; mas él se debió poner en tal parte que era excusado buscarle; y si bien todos los que le visitaban le consolaban con la poca culpa de su esposa, y su padre, ya más reportado por no perderse, hacía lo mismo, con todo Carlos no tenía consuelo.
Visitó el senador a Camila en el convento y este día fue de juicio, según las lástimas que la dama hizo con él; quien, asegurado de su inocencia y viendo la disculpa que daba de no haber avisado a su esposo de la pretensión de don Juan, pareciéndole sería su recato, retiro y aspereza bastante motivo para no poner a Carlos en ocasión de perderse, trató con este que hiciese vida con su mujer, pues por parte de ella no había sido su agravio, y poniéndose por medio el gobernador y toda la nobleza de Milán, convino en ello.
Camila salió del convento, bien temerosa, aunque no culpada, y se vino a su casa tan honestamente vestida que mientras vivió no se puso más galas que las que sacó del convento, reducidas a un hábito de picote. Pareció delante de Carlos con tanta vergüenza que apenas alzó los ojos a mirarle, y él la recibió tan severo que no dio indicios de seguridad alguna. Desconsuelo bien grande para Camila, y más cuando vio que Carlos no consintió que comiese ni durmiese con él, ni hablaba con ella más de lo que no podía excusar, con lo que Camila vivía mártir. Sus ojos continuamente no enjutos de lágrimas, y como quien no tenía segura la vida, confesaba muy a menudo en su oratorio, sin salir más a ver ni ser vista de nadie, ni tampoco Carlos lo consintiera.
De esta suerte, y con esta vida, bien arrepentida de haber salido del convento, vivió poco más de un año, al cabo del cual reinó en Carlos el demonio y la dio un veneno para matarla; mas no le sucedió así, porque debía de querer Dios que esta desdichada señora padeciese más martirios, para darle en el cielo el premio de ellos; y fue el caso que no la quitó luego el veneno la vida, mas hinchose toda con tanta monstruosidad que sus brazos y piernas parecían unas gruesísimas columnas y el vientre se apartaba una gran vara de la cintura; solo el rostro no tenía hinchado. Nunca se levantaba de la cama, y en ella estaba como un apóstol, diciendo mil ejemplos y dando buenos consejos a sus criadas.
De esta suerte vivió seis meses, al cabo de los cuales, estando sola en su cama, oyó una voz que decía: «Camila, ya es llegada tu hora». Dio gracias a Dios porque la quería sacar de tan penosa vida. Recibió los sacramentos y otro día en la noche murió para vivir eternamente.
Enterrada Camila, con gran pesar de su muerte en todos los que conocían su virtud, Carlos, tomando dineros y otras joyas de valor, sin dar parte a nadie, ni a su padre, ni llevar consigo ningún criado, se desapareció una noche, con que dio a su padre bien desconsolada vejez porque no tenía otro hijo ni hija, tanto que le obligó a casarse por tenerlos.
Sospechose que Carlos había partido a buscar a su enemigo don Juan, si acaso supo parte segura donde estaba, mas de ninguno de los dos se supo jamás nueva alguna.
Octavia profesó, siendo la más dichosa, pues trocó por el verdadero Esposo el falso y traidor que la engañó y dejó burlada.
Este caso me refirió quien le vio por sus ojos, y que no ha muchos años que sucedió y me lo afirmó por muy cierto; y más os digo, que no se ha disimulado en él más que la patria y nombre, porque aún viven algunas de las partes en él citadas, como son Octavia y el senador, padre de Carlos, casado y con hijos de su segundo matrimonio.
No tengo que decir a las damas otro desengaño mayor; que habiendo oído el que he contado, ni las con culpa ni las sin culpa están seguras de la desdicha, que a todas se extiende su jurisdicción; y si esta desdicha la causan los engaños de los hombres, o su flaqueza, ellas mismas lo podrán decir, que yo, como he dicho, si hasta ahora no conozco los engaños, mal podré avisar con los desengaños.
Congojada y sonrojada acabó la hermosa Lisarda el pasado suceso, no por faltarle caudal a su entendimiento, que le sobraba para mayores desempeños, sino por huir de culpar de todo punto a los hombres en las desdichas que suceden a las mujeres, por no enojar a don Juan; el cual por alentarla la dijo:
—Cierto, bellísima Lisarda, que habéis tenido tanta gracia y donaire, así en el desengaño que habéis dicho como en las reprensiones que a las damas y caballeros habéis dado, que se puede desear, sin que seáis enfadosa, que digáis mal, y tenerlo todos por favor.
—Lo cierto es —dijo doña Isabel—, que si como es este sarao entretenido fuera certamen, la hermosa Lisarda merecía el premio. Mas de mi voto digo que soy del parecer de Carlos, que no dejó Camila de tener alguna culpa en callarle la pretensión de don Juan a los principios, que con eso se avisara a Carlos, quien sabía el agravio de su hermana.
—Eso fuera —replicó Lisis— si Camila supiera el amor de Carlos y Octavia: pues aunque se murmuraba en la ciudad, Camila, como forastera, no lo sabría; y no sé qué mujer habrá en el mundo tan necia que se atreva a decir a su marido que algún galán la pretende, pues se pueden seguir de eso muchos riesgos, y el mayor es a un hombre seguro de celos despertarle para que los tenga y no viva seguro de su mujer, supuesto que la fineza del amor es la confianza; pues aunque algunos ignorantes dicen que no es sino los celos, lo tengo por engaño; que el celoso, no porque ama más guarda la dama, sino por temor de perderla, envidioso de que lo que es suyo ande en venta para ser de otro; y así no perdió a Camila eso, pues creo que hizo como cuerda y honesta, pareciéndole, como así fuera si el falso don Juan no buscara aquella invención diabólica para su venganza, que su resistencia y recato la libraran del deshonesto amor de don Juan.
No la perdió, como digo, sino la crueldad de Carlos, pues así como se cansó de Octavia, siendo hermosa, y no teniéndola por propia, hastío que empalaga a muchos, o a todos, también le cansaría Camila, y para eso mejor fuera dejarla en el convento o divorciarse de ella, y no después de haberle dado tan triste vida, quitársela.
El desengaño le da y le dará a muchas, pues como dice el señor don Juan, mi prima Lisarda ha dado a todos documentos tan cuerdos que por ello le doy las gracias.
Con esto que dijo la hermosa Lisis cesaron de ventilar la culpa y disculpa de Camila, dando lugar a la linda doña Isabel que, acompañada de los músicos, cantó este romance:
¿Adónde vas, dueño mío, Que aquesos pasos que das, Es dar heridas al alma, Con que la dejas mortal?
Si eres tú mi propia vida, ¿Cómo es posible que vas A ser mi propio cuchillo, Sin mirar que es impiedad?
¡Cómo viviré sin ti! Dime, ¿quién alegrará Mis ojos, cuando, sin verte Llenos de penas están?
¿Qué días serán los míos, Llegando a considerar Ajena toda el aldea De tu suprema deidad?
Pues las noches... ¡ay de mí! Amparadme, voluntad, Que solo en su valentía Tiene defensa mi mal.
Detente, mi amado dueño, Mas no me quiero quejar, Que no quiero detenerte, Si con tu gusto te vas.
Mas con todo, tu partida Muy apriesa es, buena está: Si te vas, vete despacio, Detente un poquito más.
Dame un día más de vida; ¡Ay ojos, cuáles estáis! Pero si os falta la luz, Gozad de la obscuridad.
Esto cantaba un amante A su dueño, que se va, Si no a perderle, a dejarle, Que todo viene a ser mal.
Pues de todas suertes queda Con un dolor inmortal, Siendo su vista su vida, Y su muerte lo demás.
Y así cantaba llorando: ¿Dónde vas? Mira que cada paso Es un puñal, Con que a mi triste vida Muerte das.
NOCHE TERCERA.
DESENGAÑO TERCERO.
LA INOCENCIA CASTIGADA.
A la última hora de su jornada iba por las cristalinas esferas el rubicundo Apolo, recogiendo sus flamígeros cabellos por llegar ya con su carro cerca del occidente, para dar lugar a su mudable hermana a visitar la tierra, cuando los caballeros y damas de la pasada noche se habían hallado en casa de la bien entendida Lisis, honrando la fiesta de su honesto y entretenido sarao.
Estaban ya juntos en la misma sala, y no era pequeño favor haber acudido tan temprano, porque desengañar y decir verdades está hoy tan mal aplaudido, por pagarse todos más de la lisonja bien vestida que de la verdad desnuda, que había bien que agradecerles; mas eso tienen las novedades, que aunque no sean muy sabrosas, todos gustan de comerlas, y por esa causa hubo esta noche más gente que la pasada, que unos a la fama de la hermosa esclava, que ya se había transformado en señora, y otros por la hermosura de las damas convidadas, por gozar de la novedad, venían, aunque no sé si muy gustosos, por estar prevenidos de que las desengañadoras, armadas de comparaciones y casos portentosos, tenían publicada la guerra contra los hombres; si bien ellos viven tan exentos de leyes que no las conocen si no son a favor de su gusto.
Tenían duda de que las segundas, que habían de desengañar a las damas de los engaños en que viven, igualasen a las primeras, y deseaban ver cómo salían de su empeño; aunque tengo por cierto que si bien estaban estas, como las pasadas, determinadas a tratar con rigor las costumbres de los hombres, no era por aborrecerlos sino por enmendarlos, para que si les tocaba alguno no llevasen el pago que llevan las demás; y no me espanto, que suele haber engaños tan bien sazonados que, aunque se conoce que lo son, no empalagan, y aun imagino que cuando más desengañan las mujeres entonces se engañan mejor: demás que mis desengaños son para los que engañan y para las que se dejan engañar; pues, aunque en general se dice por todos, no es para todos, pues las que no se engañan no hay necesidad de desengañarlas, ni a los que no engañan no les tocará el documento.
Quién ignora que habría esta noche algunos no muy bien intencionados a quienes me parece los oigo decir: «¿Quién las pone a estas mujeres en estos disparates? Porque enmendar a los hombres es lindo desacierto».
Veamos ahora a estas bachilleras, que no faltará ocasión de venganza; y como no era fiesta en que se podía pagar un silbo a un mosquetero, dejarían en casa doblado el papel y cortadas las plumas para vengarse, mas también imagino que a las desengañadoras no se les daba mucho, que diciendo verdades no hay que temer, pues pueden poner falta en lo hablado tanto en verso como en prosa; mas en la misma verdad no puede haber falta, como lo dijo Cristo nuestro Señor cuando dijo: «Si verdad os digo, ¿porqué no me creéis?»
Que trabajos del entendimiento, el que sabe lo que es, lo estima, y el que no lo sabe, su ignorancia le disculpa; como sucedió en la primera parte de este sarao, que si unos le desestimaron, ciento le aplaudieron, y todos le buscaron y le buscan, y ha gozado de tres impresiones, dos naturales y una hurtada, que los bien intencionados son como la abeja, que de las flores silvestres y sin sabor ni olor hace dulce miel; y los malos, como el escarabajo, que de las olorosas hace basura.
Pues crean que aunque las mujeres no son Homeros con basquiñas y enaguas, y Virgilios con moño, por lo menos tienen el alma, las potencias y los sentidos como los hombres. No quiero decir el entendimiento, que aunque muchas pudieran competir en él con ellos, fáltales el arte de que ellos se valen en estudios; y como lo que hacen no es más que una natural fuerza, es preciso que no salga tan acendrado: mas esta noche no les valió las malas intenciones, pues en lugar de vengarse se rindieron, que aquí se vio la fuerza de la verdad.
Salieron las desengañadoras siguiendo a Lisis, que traía de la mano a doña Isabel, muy ricamente vestidas y aderezadas, y muy bien prendidas, y con tantas joyas que parecía cada una un sol con muchos soles; y más doña Isabel, que habiendo renunciado el hábito morisco, pues ya no era necesario, su aderezo era costosísimo; tanto que no se podía juzgar qué daba más resplandores, si su hermoso rostro o sus ricas joyas, que esta noche hizo alarde de las que la pasada había dicho tenía reservadas para los gastos de su religión.
Doña Isabel se pasó al lado de los músicos, y las demás con Lisis al estrado, y la discreta Laura, su madre, que era la primera que había de desengañar, al asiento del desengaño.
Admirados quedaron todos de tanta hermosura y gallardía: los que las habían visto la noche antes juzgaron que en esta se habían armado de nueva belleza, y los que no las habían visto, juzgando que el cielo se había trasladado a la tierra y todos los ángeles a aquella sala, pareciéndoles que con las deidades no se puede tener rencor, perdieron el enojo que traían y decían:
—Aunque más mal digáis de nosotros, os lo perdonamos, por el bien de haber visto tanta hermosura.
Pues sentadas las damas y sosegados todos, la hermosa doña Isabel cantó sola este romance, que se hizo estando ausente el excelentísimo señor conde de Lemos, que hoy vive, y viva muchos años, y mi señora la condesa, su esposa:
Los bellos ojos de Atandra, Claros y hermosos luceros, Cuyo resplandor da al sol Las luces con que le vemos.
De quien aprendió el amor A matar con rayos negros, Quitando a las flechas de oro Valor y merecimientos.
Vertiendo sartas de perlas, Que Manzanares risueño Coge, para que sus ninfas Adoren sus blancos cuellos.
Al tiempo que el alba hermosa Deja del Titán el lecho, La vi yo, y la vio el amor, Por la ausencia de Fileno.
Aquel galán mayoral, Digo de aquel sol, que siendo Sol de este presente siglo, Se pasó a ser sol del cielo.
Dejando púrpura y oro Por el paño tosco y negro Del patriarca Benito, Cuyos pasos va siguiendo.
Tras aquestos resplandores Se fue su amante discreto: Que a los rayos de tal sol Serán los suyos eternos.
Mirando al aurora, dice La aurora de nuestro pueblo: No goces, alba, tu esposa, Cuando sin mi esposo quedo.
Llore la tórtola triste La pérdida de su dueño; Pues yo sin mi dueño amada Ausente y sola padezco.
¿Adónde vas sin tu Atandra? ¿Cómo te cansó tan presta? Eres hombre; no me espanto; Mas no eres hombre, que miento.
Si eres deidad, necia soy, Cuando de un ángel me quejo; No me castigues, amor, Pues ya ves que me arrepiento.
Vuelve, Fileno, a mis brazos, Mira las penas que tengo, Deja al sol, que tú eres sol En su claro firmamento.
Si como luna recibo De tu esplendor rayos bellos, O vuelve a darme tu luz, O tu luz iré siguiendo.
Dijo, y corriendo el aurora La cortina el claro Febo, Porque entraron sus zagales, Puso a sus quejas silencio.
Las ninfas de Manzanares, Que escuchándola estuvieron, Al son de acordadas liras La cantaron estos versos.
Enjugad, Atendra, Vuestros soles negros, Que señala tristeza Si llora el cielo.
Sol es vuestro amante, Ya venir lo vemos, Pues vos sois su oriente Al oriente vuestro.
Si de esa belleza El divino extremo Le cautivó el alma, Y aprisionó el cuerpo.
No juzguéis su amor Tan corto y pequeño, Que no alargue el paso Acortando el tiempo.
No deis a esos soles Tantos desconsuelos, Que señala tristeza Si llora el cielo.
Con graves y dulces ecos se alabó la música, admirando los que no habían visto a la linda doña Isabel la hermosura y el donaire, dejándolos tan enamorados como suspensos, no sabiendo qué lugar le podían dar, sino décima musa; y si habían entrado con ánimo de murmurar y censurar este sarao, por atreverse en él las damas a ser contra los hombres, se les olvidó lo dañado de la intención con la dulce armonía de la voz y la hermosa vista de su belleza, perdonando, por haberla visto, cualquiera ofensa que recibiesen de las demás en sus desengaños; y viendo Laura la suspensión de todos, dio principio de esta suerte:
—Viví tan dulcemente engañada el tiempo que fui amada y amé, de que me pudiese dar la amable condición de mi esposo causa para saber y especificar ahora desengaños, que no sé si acertaré a darlos a nadie.
Mas por ciencia alcanzo, pues de experiencia estoy muy ajena, que hoy hay de todo, engañadas y engañados, y pocos o ningunos que acierten a desengañarse; y así, las mujeres se quejan de sus engaños y los hombres de los suyos; y esto es porque no quieren dejar de estarlo; porque paladea tanto el gusto esto de amar y ser amados que, aunque los desengaños se vean a los ojos, se dan por desentendidos y hacen que no los conocen: si bien es verdad que los que más se cobran en ellos son los hombres, que como el ser mudables no es duelo, se dejan llevar tanto de esta falta que dan motivo a las mujeres para que se quejen, y aun para que se venguen; y han elegido una venganza civil, y que fuera tanto mejor vengarse en las vidas que no en las honras, como de quedar ellas con nombre de valerosas y ellos con el castigo que su mudable condición merece; porque no puedo imaginar sino que el demonio las ha propuesto este modo de venganza de que usan las que lo usan; porque, bárbara, si tu amante o marido te agravia, ¿no ves que en hacer tú lo mismo te agravias a ti misma, y das motivo para que si es marido, te quite la vida, y si es amante, diga mal de ti? No seas liviana, y si lo fuiste, mata a quien te hizo serlo y no mates tu honra.
De esto me parece que nace el tener los hombres motivo para decir mal de las mujeres; demás que como ya los hombres se precian de mudables, fuerza es que para seguir su condición busquen las comunes, y creo que lo hacen de propósito para hallar ocasión para dejarlas; pues claro está que las hallarán a cada paso, porque no quieren seguir otro ejercicio y les sabe mejor pasear que no hilar.
¿Quién duda que a cada paso les darán ocasión para que varíen? Y así, por esta parte a todos los culpo y a todos los disculpo: por lo que no tienen los hombres disculpa es por el hablar licenciosamente de ellas, pues les basta su delito sin que ellos se le saquen a plaza, y lo peor es que se descuidan y las llevan a todas por un camino sin mirar cuánto se desdoran a sí mismos, pues hallaremos pocos que no tengan mujer o pariente o conocida a quien guardar decoro, pues ni de lo malo se puede decir bien, ni de lo bueno mal; mas la cortesía hará más que todo, diciendo bien de todas; de unas, porque son buenas, y de otras, por no ser descorteses.
¿Quién duda, señores caballeros, que hay mujeres muy virtuosas, muy encerradas y muy honestas? Direisme: ¿Adónde están? Y diréis bien, porque como no las buscáis, no las halláis, ni ellas se dejan buscar ni hallar, y hablan de las que tratan y dicen cómo les va con ellas; y así, en lugar de desengañar, quisiera aconsejar y pedirles que aunque sean malas, no las ultrajen, y podrá ser que así las hagan buenas; y en verdad, hermosas damas, que fuera cosa bien parecida que no hubiera hombres muy nobles, muy sabios, muy cuerdos y muy virtuosos: cierto es que los hay, y que no todos tratan engaños ni hablan desenfrenadamente contra las mujeres, y de los que lo hacen digo que no le está a un hombre tan mal obrar mal como hablar mal, que hay cosas que son mejores para hechas que para dichas.
De suerte que, honrando y alabando a las damas, restauran la opinión perdida, pues tanto cuesta lo uno como lo otro, y lo demás es bajeza; y las damas sean cuerdas y recogidas, que con esto no habrán menester desengaños; que quien no se engaña no tiene necesidad de desengañarse.
Los ríos, los prados, las comedias no son para cada día, que se rompen muchos mantos y vale cara la seda; véndanse a deseo, y verán como ellas mismas hacen buenos a los hombres.
En cuanto a la crueldad, no hay duda de que está asentada en el corazón del hombre, y esto nace de la dureza de él; y pues ya este sarao se empezó con dictamen de probar esto y avisar a las mujeres para que teman y escarmienten, pues conocen que todo cae sobre ellas, como se verá en este desengaño, digo así:
En una ciudad cerca de la gran Sevilla, que no quiero nombrarla porque aún existen deudos muy cercanos, vivió don Francisco, caballero principal y rico, casado con una dama su igual hasta en la condición.
Este tenía una hermana de las hermosas mujeres que en toda la Andalucía se hallaba, cuya edad aún no llegaba a diez y ocho años. Pidiósela por mujer un caballero de la misma ciudad, no inferior a su calidad ni menos rico, antes entiendo que le aventajaba en todo; pareciole, como era razón, a don Francisco que aquella dicha solo venía del cielo, y muy contento con ella lo comunicó con su mujer y con doña Inés su hermana que, como no tenía más voluntad que la suya, y en cuanto a la obediencia y amor reverencial le tuviese en lugar de padre, aceptó el casamiento, quizá no tanto por él cuanto por salir de la rigurosa condición de su cuñada, cruel cuanto se puede imaginar, de manera que antes de dos meses se halló, por salir de un cautiverio, puesta en otro martirio; si bien satisfecha con la dulzura de las caricias de su esposo, pues hasta en eso a los principios no hay quien se la gane a los hombres; antes se dan tan buena maña que tengo para mí que las gastan todas al primer año, y después, como se hallan fallidos del caudal del agasajo, hacen morir a puras necesidades de él a sus esposas, y quizá, y sin quizá, es lo cierto ser esto la causa por donde ellas aborrecidas se empeñan en bajezas, con las que ellos pierden el honor y ellas la vida.
¿Qué espera un marido, ni un padre, ni un hermano, y hablando más comúnmente, un galán de una dama, si se ve aborrecida y falta de lo que ha menester, y tras eso poco agasajada y estimada, sino una desdicha? ¡Oh, válgame Dios, y qué confiados son hoy los hombres! Pues no temen que lo que una mujer desesperada hará, no lo hará el demonio, y piensan que por velarlas y celarlas se libran y las apartan de travesuras, y se engañan: quiéranlas, acarícienlas y denlas lo que han menester, y no las guarden ni celen, que ellas se guardarán y celarán, cuando no sea por virtud, por obligación: ¡y válgame otra vez Dios, y qué moneda tan falsa es ya la voluntad que no pasa ni vale sino el primer día, y luego no hay quien sepa su valor!
No le sucedió por esta parte a doña Inés la desdicha, porque su esposo hacía la estimación de ella que merecía su valor y hermosura: por esta le vino la desgracia, porque siempre la belleza anda en pasos de ella.
Gozaba la bella dama una vida gustosa y descansada, como quien entró en tan florida hacienda, con un marido lindo de talle y mejor condición, si le durara, mas cuando sigue a uno la adversa suerte, por más que haga no se librará de ella; y fue que siendo doncella jamás fue vista de nadie por la terrible condición de su hermano y cuñada; mas ya casada, o bien con su esposo, o bien con las parientas y amigas, salía a las holguras, visitas y fiestas de la ciudad.
Fue vista de todos, unos alabando su hermosura y la dicha de su marido en merecerla, y otros envidiándola y sintiendo no haberla escogido para sí, y otros amándola ilícita y deshonestamente, pareciéndoles que con sus dineros y galanterías la granjearían para gozarla: uno de estos fue don Diego, caballero mozo, rico y libre, que, a costa de su gruesa hacienda, no solo había granjeado el nombre y lugar de caballero, mas que no se le iban por alto ni por remontadas las más hermosas garzas de la ciudad.
Este, de ver la peligrosa ocasión, se admiró, y de admirarse, se enamoró, y debió ser de veras, que hay hombres que se enamoran de burlas: con loca desesperación, pues, mostraba y daba a entender su amor en la continua asistencia en su calle, en iglesias y en todas las partes que podía seguirla: amaba, en fin, sin juicio, pues no atendía a la pérdida que podía resultar al honor de doña Inés con tan públicos galanteos.
No reparaba la inocente dama en ellos; lo uno, por parecerla que con su honestidad podía vencer cualesquiera deseos lascivos de cuantos la veían; y lo otro, porque en su calle vivían sujetos, no solo hermosos, mas hermosísimos, a quien imaginaba dirigía don Diego su asistencia: solo amaba a su marido, y con este descuido ni se escondía si estaba en el balcón, ni dejaba de asistir a las músicas y demás finezas de don Diego, pareciéndola iban dirigidas a una de dos damas que vivían más abajo de su casa, doncellas y hermosas, mas con libertad.
Don Diego cantaba y tenía otras habilidades que ocasiona la ociosidad de los mozos ricos y sin padres que los sujeten, y las veces que se ofrecía, daba muestras de ellas en la calle de doña Inés.
Ella y sus criadas, y su mismo marido salían a oírlas, como he dicho, creyendo se dirigían a diferente sujeto; que a imaginar otra cosa, de creer es que pusiera estorbo al dejarse ver: en fin, con esta buena fe pasaban todos haciendo gala del bobeamiento de don Diego: cuando el esposo de doña Inés o sus criados le veían, daba a entender lo mismo que ellos pensaban, y con este cuidado descuidado, cantó una noche, sentado a la puerta de las dichas damas, este romance:
Como la madre a quien falta El tierno y amado hijo, Así estoy cuando no os veo, Dulcísimo dueño mío.
Los ojos en vuestra ausencia Son dos caudalosos ríos, Y el pensamiento sin vos Un confuso laberinto.
¿Adónde estáis, que no os veo, Prendas que en el alma estimo? ¿Qué oriente goza esos rayos, O qué venturosos Indios?
Si en los brazos del aurora Está el sol alegre y rico, Decid, siendo vos mi aurora, ¿Cómo no estáis en los míos?
Salís y os ponéis sin mí, Acaso triste me pinto, Triste Noruega parezco, Tormento en que muero y vivo.
Amaros no es culpa, no, Adoraros no es delito, Si el amor dora los yerros, ¡Qué dorados son los míos!
No viva yo si ha llegado A los amorosos quicios De las puertas de mi alma Pesar de haberos querido.
Ahora que no me oís, Habla mi amor atrevido; Y cuando os veo enmudezco, Sin poder mi amor deciros.
Quisiera que vuestros ojos Conocieran de los míos Lo que no dice la lengua, Que está para hablar sin bríos.
Y luego que os escondéis, Atormento los sentidos, Por haber callado tanto Diciendo lo que os estimo.
Mas porque no lo ignoréis, Siempre vuestro me eternizo; Siglos durará mi amor, Pues para vuestro he nacido.
Alabó doña Inés, y su esposo, el romance, porque, como no entendía que ella era la causa de las bien cantadas y lloradas penas de don Diego, no se sentía agraviada, que a imaginarlo es de creer que no lo consintiera.
Pues viéndose el mal correspondido caballero cada día peor y que no daba un paso adelante en su pretensión, andaba confuso y triste, no sabiendo cómo descubrirse a la dama, temiendo de su indignación alguna áspera y cruel respuesta.
Pues, estando, como digo, una mujer que vivía en la misma calle y en frente de la casa de la dama, algo más abajo, notó el cuidado de don Diego con más sentimiento que doña Inés, y luego conoció el juego, y un día que le vio pasar, le llamó, y con cariñosas razones le procuró sacar la causa de sus desvelos.
Al principio negó don Diego su amor, por no fiarse de la mujer; mas ella, como astuta, y que no debía de ser la primera que había hecho, le dijo que no se lo negase, que ella conocía medianamente su pena; y que si alguna en el mundo le podía dar remedio era ella; porque su señora doña Inés le hacía mucha merced, dándole entrada en su casa y comunicando con ella sus más escondidos secretos, porque la conocía desde antes de casarse, estando en casa de su hermano.
Finalmente, ella lo pintó tan bien y con tan finos colores que don Diego casi pensó si era echada por parte de la dama, por haber notado su cuidado; y con este loco pensamiento, a pocas vueltas que este astuto verdugo le dio, confesó de plano toda su voluntad, pidiéndola diese a entender a la dama su amor, ofreciéndola, si se veía admitido, grande interés; y para engolosinarla más, quitándose una cadena que traía puesta, se la dio: era rico y deseaba alcanzar, y así no reparaba en nada: ella la recibió y le dijo descuidase, y que anduviese por allí que ella le avisaría en teniendo negociado, que no quería que nadie le viese hablar con ella, porque no cayesen en alguna malicia.
Pues, ido don Diego, muy contenta la mala mujer, se fue a casa de unas mujeres de oscura vida que ella conocía, y escogiendo entre ellas una, la más hermosa, y que así en el cuerpo y garbo pareciese a doña Inés, llevola a su casa, comunicando con ella el engaño que quería hacer; y escondiéndola donde de nadie fuese vista, pasó a casa de doña Inés diciendo a las criadas dijesen a su señora que una vecina de en frente la quería hablar, lo que sabido por doña Inés, la mandó entrar; y ella, con la arenga y labia necesaria, de que la mujercilla no carecía, después de haberla besado la mano, la suplicó le hiciese merced de prestarle por dos días aquel vestido que traía puesto, y que se quedase en prenda de él aquella cadena, que era la misma que la había dado don Diego, porque casaba una sobrina.
No anduvo muy descaminada en pedir aquel que traía puesto, porque, como era el que doña Inés ordinariamente traía, que era de damasco pardo, pudiese don Diego dejarse llevar de su engaño. Doña Inés era afable, y como la conoció por vecina de la calle, la respondió que aquel vestido estaba ya ajado de traerle continuo, que otro mejor la daría.
—No, señora —dijo la engañosa mujer—, este basta, que no quiero que sea demasiadamente costoso, que parecerá (lo que es) que no es suyo, y los pobres también tenemos reputación; y quiero yo que los que se hallaren a la boda piensen que es suyo y no prestado.
Riose doña Inés, alabando el pensamiento de la mujer, y mandando traer otro se le puso, desnudándose aquel y dándosele a la dicha, que le tomó contentísima, dejando en prendas la cadena que doña Inés tomó por quedar segura, yéndose con él más contenta que si llevara un tesoro.
Con esto aguardó a que viniese don Diego, que no fue nada descuidado, y ella, con alegre semblante, le recibió diciendo:
—Esto sí que es saber negociar, caballerito; bobillo, si no fuera por mí, toda tu vida te pudieras andar tragando saliva sin remedio; ya hablé a tu dama y la dejé más blanda que una madeja de seda floja, y para que veas lo que me debes y en la obligación que me estás, esta noche, a la oración, aguarda a la puerta de tu casa, que ella y yo te iremos a hacer una visita, porque es cuando su marido se va a jugar a una casa de conversación, donde está hasta las diez; mas dice que, por el decoro de una mujer de su calidad y casada, no quiere ser vista, que no haya criados ni luz, sino muy apartada o que no la haya: mas yo, que soy muy apretada de corazón, me moriré si estoy a oscuras, y así podrás apercibir un farolillo que dé luz, y esté sin ella la parte donde hubieres de hablarla.
Todo esto hacía porque pudiese don Diego reconocer el vestido y no el rostro, y se engañase; mas volvíase loco el enamorado mozo, y abrazaba a la falsa y cautelosa tercera, ofreciéndola de nuevo suma de interés, dándole cuanto consigo traía.
En fin, él se fue a aguardar su dicha, y ella, ido él, vistió a la moza que tenía apercibida el vestido de la desdichada doña Inés, tocándola y aderezándola al modo que la dama andaba; púsola de modo que, mirada algo a lo oscuro, parecía la misma doña Inés, muy contenta de haberle salido tan bien la invención que ella misma, con saber la verdad, se engañaba.
Poco antes de anochecer se fueron en casa de don Diego, que las estaba aguardando a la puerta, haciéndosele los instantes siglos; que, viéndolas y reconociendo el vestido, por habérsele visto ordinariamente a doña Inés, como en el talle le parecía y venía tapada, y era ya cuando se acercaba la noche, la tuvo por ella. Loco de contento, la recibió y entró en un cuarto bajo donde no había más luz que la de un farol que estaba en la antesala, y a esta y a una alcoba que en ella había no se comunicaba más que el resplandor que entraba por la puerta.
Quedose la vil tercera en la sala de afuera, y don Diego, tomando de la mano a su fingida doña Inés, se fueron a sentar sobre una cama de damasco que estaba en la alcoba. Gran rato se pasó en encarecer don Diego la dicha de haber merecido tal favor, y la fingida doña Inés, bien instruida en lo que había de hacer en responderle a propósito, encareciéndole el haber venido y vencido los inconvenientes de su honor, marido y casa, con otras cosas que más a gusto les estaba, don Diego, bien ciego en su engaño, llegó al colmo de los favores que tantos desvelos le habían costado el desearlos y alcanzarlos, quedando muy más enamorado de su doña Inés que antes.
Entendida era la que hacía el papel de doña Inés, y representábale tan al propio que en don Diego puso mayores obligaciones; y así, cargándola de joyas de valor, y a la tercera de dinero, viendo ser la hora conveniente para llevar adelante su invención, se despidieron, rogando el galán a su amada señora que viniese presto, y ella prometiéndole que sin salir de casa la aguardase cada noche desde la hora que había dicho hasta las diez, que si hubiese lugar no le perdería. Él se quedó gozosísimo, y ellas se fueron a su casa contentas y aprovechadas a costa de la opinión de la inocente y descuidada doña Inés.
De esta suerte le visitaron algunas veces en quince días que tuvieron el vestido; al cabo de los cuales, temerosas de que se descubriese la verdad, o por temor de que don Diego no reconociese con el tiempo que no era la verdadera doña Inés la que gozaba, no se previnieron de otro vestido como el que les servía de disfraz; y viendo era tiempo de volverle a su dueño, la última noche que se vieron con don Diego le dieron a entender que su marido había dado en recogerse temprano, y era fuerza por algunos días recatarse, por parecerles andaba algo cuidadoso, y que era fuerza asegurarle que en habiendo ocasión de verle no la perderían. Se despidieron, quedando don Diego tan triste como alegre cuando la primera vez la vio. Con esto se volvió el vestido a doña Inés; y la fingida y la tercera partieron la ganancia, muy contentas con la burla.
Don Diego, muy triste, paseaba la calle de doña Inés, y muchas veces que la veía, aunque notaba el descuido de la dama, juzgábalo a recato, y sufríalo sin atreverse a más que a mirarla; otras hablaba con la tercera que había sido de su gloria; y ella unas veces le decía que no tenía lugar por andar su marido cuidadoso, otras, que buscaría ocasión para verle; hasta que un día, viéndose importunada de don Diego, y que le pedía llevase a doña Inés un papel, le dijo no se cansase, porque la dama, o por miedo de su esposo, o porque se había arrepentido, no consentía la hablase en esas cosas, y aun llegaba a más, que la negaba la entrada en su casa, mandando a las criadas no la dejasen entrar. En esto se ve cuán mal la mentira se puede disfrazar en traje de verdad; y si lo hace, es por poco tiempo.
Quedó el triste don Diego con eso tal, que fue milagro no perder el juicio; y en mitad de sus penas, por ver si podía hallar alivio en ellas, se determinó hablar a doña Inés y saber de ella misma la causa de tal desamor y tan repentino, y así no faltaba de día ni de noche de la calle hasta hallar ocasión de hacerlo.
Pues un día que la vio ir a misa sin su esposo (novedad grande, porque siempre le acompañaba), la siguió hasta la iglesia; y arrodillándose junto a ella lo más paso que pudo, si bien con grande turbación, la dijo:
—¿Es posible, señora mía, que vuestro amor fuese tan corto, y mis méritos tan pequeños, que apenas nació cuando murió? ¿Cómo es posible que mi agasajo fuese de tan poco valor y vuestra voluntad tan mudable que, siquiera bien hallada en mis cariños, no hubiera echado algunas raíces para a lo menos tener en la memoria cuántas veces os nombrasteis mía, y yo me ofrecí por esclavo vuestro? Si las mujeres de calidad dan mal pago, ¿qué se puede esperar de las comunes? Si acaso este desdén nace de haber andado corto en serviros y regalaros, vos habéis tenido la culpa, que quien os rindió lo poco os hubiera hecho dueño de lo mucho, si no os hubiésedes retirado tan cruel que, aun cuando os miro, no os dignáis favorecerme con vuestros hermosos ojos, como si cuando os tuve en mis brazos no jurasteis mil veces por ellos que no me olvidaríais.
Mirole doña Inés, admirada de lo que decía, y dijo:
—¿Qué decís, señor? ¿Deliráis, o teneisme por otra? ¿Cuándo estuve en vuestros brazos, ni juré de no olvidaros, ni recibí agasajos, ni me hicisteis cariños?; porque mal puedo olvidar lo que jamás me he acordado, ni cómo puedo amar ni aborrecer lo que nunca amé.
—¿Pues cómo —replicó don Diego—, queréis negar que no me habéis visto ni hablado? Decid que estáis arrepentida de haber ido a mi casa, y no lo neguéis; porque no lo podrá negar el vestido que traéis puesto, que es el mismo que llevásteis, ni lo negará fulana, vecina de en frente de vuestra casa, que fue con vos.
Cuerda y discreta era doña Inés; y oyendo del vestido y mujer, aunque turbada y medio muerta de un caso tan grave, cayó en lo que podía ser; y volviendo a don Diego le dijo:
—¿Cuánto habrá eso que decís?
—Poco más de un mes —replicó él.
Con lo cual doña Inés acabó de todo punto de creer que el tiempo que el vestido estuvo prestado a la misma mujer la habían hecho algún otro; y por averiguarlo mejor dijo:
—Ahora, señor, no es tiempo de hablar más en esto; mi marido ha de partir mañana a Sevilla a la cobranza de unos pesos que le han venido de las Indias; por la tarde estaréis en mi calle, que yo os haré llamar, y hablaremos largo sobre esto que me habéis dicho; y no digáis nada a esa mujer, que importa encubrirlo de ella.
Con esto don Diego se fue muy gustoso por haber negociado tan bien, cuanto doña Inés quedó triste y confusa.
Finalmente, su marido se fue a otro día, como ella dijo, y luego doña Inés envió a llamar al corregidor, y venido le puso en parte donde pudiese oír lo que pasaba, diciéndole convenía a su honor que fuese testigo y juez de un caso de mucha gravedad; y llamando a don Diego, que no se había descuidado, le dijo estas razones:
—Cierto, señor don Diego, que me dejasteis ayer puesta en tanta confusión que si no hubiera permitido Dios la ausencia de mi esposo en esta ocasión, que con ella he de averiguar la verdad y sacaros del engaño y error en que estáis, pienso que hubiera perdido el juicio o yo misma me hubiera quitado la vida; y puesto que tenemos ocasión tan oportuna, os suplico me digáis muy por entero y despacio lo que ayer me dijisteis de paso en la iglesia.
Admirado don Diego de sus razones, le contó cuanto con aquella mujer le había pasado, las veces que había estado en su casa, las palabras que le había dicho y las joyas que la había dado; a que doña Inés admirada, satisfizo y contó cómo ese tiempo había estado el vestido en poder de esa mujer, y cómo le había dejado en prenda una cadena, atestiguando con sus criadas la verdad, y como ella no había faltado de su casa, ni su marido iba a ninguna otra a conversación, antes se recogía con el día, y que ni conocía tal mujer sino de verla a la puerta de su casa, ni la había hablado, ni entrado en ella en su vida; con lo cual don Diego quedó embelesado como los que han visto visiones, y corrido de la burla que de él se hizo, y aún más enamorado de doña Inés que antes.
A esto salió el corregidor, y juntos fueron en casa de la desdichada tercera que al punto confesó la verdad de todo, entregando algunas de las joyas que le habían tocado de la partición, y la cadena, que se volvió a don Diego, granjeando de la burla doscientos azotes por infamadora de mujeres principales y honradas, y más desterrada por seis años de la ciudad, no declarándose más el caso por la opinión de doña Inés: con que la dama quedó satisfecha en parte, y don Diego más perdido que antes, volviendo de nuevo a sus pretensiones, paseos y músicas; y esto con más confianza, pareciéndole que ya había menos que hacer, supuesto que la dama sabía su amor, no desesperando de la conquista, pues tenía caminado lo más; y lo que le debió de animar fue no creer que no había sido doña Inés la que había gozado, pues aunque se averiguó la verdad con tan fieles testigos, y que la misma tercera lo confesó, con todo debió de entender había sido fraude, y que arrepentida doña Inés lo había negado, y la mujer de miedo se había sujetado a la pena.
Con este pensamiento la galanteaba muy atrevido, siguiéndola, si salía fuera, y hablándola, si hallaba ocasión; con lo que doña Inés perseguida, ni aun a misa se dejaba ver del atrevido mozo, que con la ausencia de su marido se tomaba más licencia que era menester; de suerte que la afligida señora aun la puerta no consentía que se abriese, porque no llegase su descomedimiento a entrarse en su casa; mas, ya desesperada y resuelta a vengarse por este soneto que una noche cantó en su calle, sucedió lo que luego se dirá.
Dueño querido, si en el alma mía Alguna parte libre se ha quedado, Hoy de nuevo a tu imperio la he postrado, Rendido a tu hermosura y gallardía.
Dichoso soy desde aquel dulce día Que con tantos favores quedé honrado, Instantes a mis ojos he juzgado Las horas que gocé tu compañía.
¡Oh, si fueran verdad los fingimientos De los encantos que en la edad primera Han dado tanta fuerza a los engaños!
Ya se vieran logrados mis intentos; Si de los dioses merecer pudiera Encantado gozarte muchos años.
Sintió tanto doña Inés entender que aún no estaba don Diego cierto de la burla que aquella engañosa mujer le había hecho, en desdoro de su honor, que al punto le envió a decir con una criada, que supuesto que ya sus atrevimientos pasaban a desvergüenzas, que se fuese con Dios, sin andar haciendo escándalos ni publicando locuras, y si no, que le prometía, como quien era, de hacerle matar.
Sintió tanto el mal aconsejado mozo esto, que como desesperado, con mortales bascas, se fue a su casa donde estuvo muchos días en la cama con una peligrosa enfermedad, acompañada de tan cruel melancolía que parecía querérsele acabar la vida, y viéndose morir de pena, habiendo oído decir que en la ciudad había un moro, grande hechicero y nigromántico, le hizo buscar y que se le trajesen, para obligar con encantos y hechicerías a que le quisiese doña Inés.
Hallado el moro y venido a su presencia, se encerró con él, dándole larga cuenta de sus amores tan desdichados como atrevidos, pidiéndole remedio contra el desamor y desprecio que hacía de él su dama, tan hermosa como ingrata. El nigromántico agareno le prometió que dentro de tres días haría que la misma dama se le viniese a su poder, como lo hizo, que como ajenos de nuestra católica fe no les es dificultoso, con apremios que hacen al demonio, aun en casos de más calidad.
Pasados los tres días, vino y le trajo una imagen de la misma figura y rostro de doña Inés, que por sus artes la había copiado al natural como si la tuviera presente. Tenía en el remate del tocado una vela de la medida y proporción de una bujía de un cuarterón de cera verde; la figura de doña Inés estaba desnuda, y las manos puestas sobre el corazón, que tenía descubierto, clavado por él un alfiler grande dorado, a modo de saeta, y en lugar de la cabeza tenía una forma de plumas del mismo metal, y parecía que la dama quería sacarle con las manos, que tenía encaminadas a él.
Díjole el moro que en estando solo pusiese aquella figura sobre un bufete y que encendiese la vela que estaba sobre la cabeza, que sin falta ninguna vendría luego la dama, y que estaría el tiempo que él quisiese mientras él no la dijese que se fuese; que cuando la enviase no matase la vela, que en estando la dama en su casa se moriría por sí misma; que si la mataba antes que ella se apagase correría riesgo la vida de la dama; y asimismo que no tuviese miedo de que la vela se acabase aunque ardiese un año entero, porque estaba formada con tal arte que duraría eternamente, mientras que en la noche del Bautista no la echase en una hoguera bien encendida.
Don Diego, aunque no muy seguro de que sería verdad lo que el moro le aseguraba, contentísimo cuando no por las esperanzas que tenía a lo menos por ver en la figura el natural retrato de su enemiga, con tanta perfección y naturales colores que, si como no era de más del alto de media vara fuera de la altura de una mujer, creo con ella olvidara el natural original de doña Inés, a imitación del que se enamoró de otra pintura y de un árbol.
Pagole al moro bien a su gusto el trabajo; y despedido de él, aguardaba la noche como si esperara la vida, haciéndosele un siglo el tiempo que tardó en recogerse la familia y una hermana suya, viuda, que tenía consigo en casa y le asistía a su regalo; tal era el deseo que tenía de experimentar el encanto. Recogida pues la gente, él se desnudó para acostarse y dejando la puerta de la sala no más de apretada, que así se lo advirtió el moro, porque las de la calle nunca se cerraban por haber en la casa más vecindad, encendió la vela, y poniéndola sobre el bufete se acostó, contemplando a la luz que daba la belleza del retrato.
Así que la vela empezó a arder, la desdichada doña Inés, que estaba ya acostada y su casa y gente recogida, porque su marido aún no había vuelto de Sevilla por haberse originado a sus cobranzas algunos pleitos, privada, con la fuerza del encanto y de la vela que ardía, de su juicio y, en fin, forzada de algún espíritu diabólico que gobernaba aquello, se levantó de su cama, y poniéndose unos zapatos que tenía junto a ella y un faldellín que estaba con sus vestidos sobre un taburete, tomó la llave que tenía debajo de su cabecera, y saliendo fuera, abrió la puerta de su cuarto, y juntándola en saliendo y mal torciendo la llave, se salió a la calle y fue a casa de don Diego, que aunque ella no sabía quién la guiaba, la supo llevar, y como halló la puerta abierta, se entró sin hablar palabra ni mirar en nada; se puso dentro de la cama donde estaba don Diego, quien viendo un caso tan maravilloso quedó fuera de sí; mas levantándose y cerrando la puerta, se volvió a la cama diciendo:
—¿Cuándo, hermosa señora mía, merecí yo tal favor? Ahora sí que doy mis penas por bien empleadas. ¡Decidme, por Dios, si estoy durmiendo y sueño este bien, o si tan dichoso que despierto y en mi juicio os tengo en mis brazos!
A esto y otras muchas cosas que don Diego decía doña Inés no respondía palabra, y viendo esto el amante algo pesaroso, por parecerle que doña Inés estaba fuera de su sentido con el maldito encanto y que no tenía facultad para hablar, teniendo aquellos, aunque favores, por muertos, conociendo claro que si la dama estuviera en su juicio no se los hiciera, como era la verdad, que antes pasara por la muerte, quiso gozar el tiempo y la ocasión, remitiendo a las obras las palabras. De esta suerte la tuvo gran parte de la noche, hasta que viendo ser hora se levantó, y abriendo la puerta, la dijo:
—Señora mía, mirad que es ya hora de que os vayáis.
Y en diciendo esto, la dama se levantó, y poniéndose su faldellín y calzándose sin hablar palabra, se salió y volvió a su casa, y llegando a ella, abrió, y vuelto a cerrar sin haberla sentido nadie, o por estar vencidos del sueño, o porque participaban todos del encanto, se echó en su cama. Luego que se halló en ella, la vela que estaba en casa de don Diego, ardiendo, se apagó, como si con un soplo la mataran, dejando a don Diego mucho más asombrado, y no acababa de santiguarse aunque lo hacía muchas veces; y si la admiración que le causaba todo esto no le tuviera como absorto, se volviera loco de alegría.
Estese con ella lo que le durare, y vamos a doña Inés que, como estuvo en su cama y la vela se apagó, la pareció, cobrando el perdido sentido, que despertaba de un profundo sueño; si bien acordándose de lo que le había sucedido, juzgaba que todo le había pasado soñando, y muy afligida de tan descompuestos sueños, se reprendía a sí misma diciendo:
—¡Qué es esto, desdichada de mí! ¿Pues cuándo he dado yo lugar a mi imaginación para que me represente cosas tan ajenas de mí, o qué pensamientos ilícitos he tenido yo con este hombre para que de ellos hayan nacido tan enormes y deshonestos efectos? ¡Ay de mí!, ¿qué es esto o qué remedio tendré para olvidar cosas semejantes?
Con esto, llorando y con gran desconsuelo, pasó la noche y el día, y ya sobre tarde se salió a un balcón por divertir algo su enmarañada memoria; al tiempo que don Diego, aun no creyendo fuese verdad lo sucedido, pasó por la calle para ver si la veía, y fue al tiempo que como he dicho estaba en el balcón; y viéndola el galán quebrada de color y triste, conociendo de qué procedía el tal accidente, se persuadió a dar crédito a lo sucedido; mas doña Inés, en el punto que le vio, quitándose del balcón lo cerró con mucho enojo, en cuya acción conoció don Diego que doña Inés iba a su casa privada de todo sentido, y que su tristeza procedía si acaso como en sueños se acordaba de lo que con él había pasado; si bien, viéndola con la cólera que se quitó del balcón, se puede creer que la diría:
—Cerrad, señora, que a la noche yo os obligaré a que me busquéis.
De esta suerte pasó don Diego más de un mes, llevando a su dama la noche que le daba gusto a su casa, con lo cual la pobre señora andaba tan triste y casi asombrada de ver que no se podía librar de tan descompuestos sueños, que tal creía que eran, ni por encomendarse a Dios, como lo hacía, ni por acudir a menudo a su confesor, que la consolaba cuanto era posible, y deseaba que viniese su marido por ver si con él podía remediar su tristeza; y ya determinada, o a enviarle a llamar, o a persuadirle la diese licencia para irse con él, le sucedió lo que ahora oiréis, y fue que una noche, que por ser de las calurosas del verano, muy serena y apacible con la luna hermosa y clara, don Diego encendió su encantada vela, y doña Inés, que por ser ya tarde estaba acostada, aunque dilataba el sujetarse al sueño por no rendirse a los malignos sueños que ella creía ser, lo que no era sino la pura verdad; cansada de desvelarse, se adormeció, y obrando en ella el encanto, despertó despavorida, y levantándose fue a buscar el faldellín, que no hallándole, por haber las criadas llevado los vestidos para limpiarlos, así en camisa como estaba se salió a la calle, yendo encaminada a la casa de don Diego.
Encontró con ella el corregidor, que con todos sus ministros de justicia venía de ronda, y con él don Francisco su hermano, que habiéndole encontrado gustó de acompañarle por ser su amigo; y como viesen aquella mujer en camisa tan a paso tirado, la dieron voces que se detuviese; mas ella callaba y andaba a toda diligencia, como quien era llevada del espíritu maligno: tanto que les obligó a alargar el paso por lograr alcanzarla; mas cuando lo hicieron fue cuando doña Inés se hallaba ya en la sala, y entrando todos juntos, ella se fue a la cama donde estaba don Diego, y ellos a la figura, que estaba en la mesa con la vela encendida en la cabeza.
Así que don Diego vio el fracaso y desdicha, temeroso de que si mataban la vela doña Inés padecería el mismo riesgo, saltando de la cama, les dio voces que no matasen la vela, que se quedaría muerta aquella mujer; y vuelto a ella, le dijo:
—Idos, señora, con Dios, que ya tuvo fin este encanto; y vos y yo el castigo de nuestro delito: por vos me pesa, que inocente padeceréis —y esto lo decía por haber visto a su hermano al lado del corregidor.
Levantose, dicho esto, doña Inés, y como había venido se volvió a ir, habiéndola al salir reconocido todos, y también su hermano, y fue bien menester la autoridad y presencia del corregidor para que en ella y en don Diego no tomase la justa venganza que a su parecer merecían.
Mandó el corregidor que fuesen la mitad de sus ministros con doña Inés y que, viendo en qué paraba su embelesamiento, no se apartasen de ella hasta que él mandase otra cosa, volviendo uno a darle cuenta de todo; y viendo que de allí a poco la vela se mató repentinamente, le dijo al infelice don Diego:
—¡Ah, señor, y como pudiérades haber escarmentado en la burla pasada, y no poneros en tan costosas veras!
Con esto aguardaron el aviso de los que habían ido con doña Inés, que como llegó a su casa y abrió la puerta, que no estaba más de apretada, y entró, y todos con ella, volvió a cerrar y se fue a su cama, echándose en ella; y como a este mismo punto se apagase la vela, ella despertó del embelesamiento, y dando un grande grito, viéndose cercada de aquellos hombres y conociendo ser ministros de justicia, les dijo que qué buscaban en su casa, o por dónde habían entrado, supuesto que ella tenía la llave.
—¡Ay, desdichada señora —dijo uno de ellos—; y cómo habéis estado sin sentido, pues eso preguntáis!
A esto y al grito de doña Inés habían ya salido las criadas alborotadas, tanto de oír dar voces a su señora como de ver allí tanta gente. Prosiguiendo el que había empezado, contó a doña Inés cuanto había sucedido desde que la habían encontrado hasta el punto en que estaba, y cómo a todo se había hallado su hermano presente: lo que oído por la triste y desdichada dama fue milagro no perdiese la vida.
En fin, para que no se desesperase, según las cosas que hacía y decía, y las hermosas lágrimas que derramaba sacándose a manojos sus cabellos, enviaron a avisar al corregidor de todo, diciéndole ordenase lo que se había de hacer; el cual, habiendo tomado su confesión a don Diego y este dijo la verdad del caso, declarando cómo doña Inés estaba inocente, pues privado su entendimiento y sentido con la fuerza del encanto venía como habían visto: con lo que su hermano mostró serenar su cólera, aunque otra cosa le quedó en el corazón.
Con esto mandó el corregidor poner a don Diego en la cárcel a buen recaudo, y tomando la encantada figura se fueron a casa de doña Inés, a la cual hallaron haciendo las lástimas dichas, sin que sus criadas ni los demás fuesen parte para consolarla, que a haber quedado sola se hubiera quitado la vida.
Estaba ya vestida y arrojada sobre un estrado, alcanzándose un desmayo a otro, y una congoja a otra: y así que vio al corregidor y a su hermano, se arrojó a sus pies pidiéndole que la matase, pues había sido tan mala que, aunque sin su voluntad, había manchado su honor.
Don Francisco, mostrando en su exterior piedad, si bien en lo interior estaba vertiendo ponzoña y crueldad, la levantó y abrazó, teniéndoselo todos a nobleza; y el corregidor la dijo:
—Sosegaos, señora, que vuestro delito no merece la pena que vos pedís, pues no lo es, supuesto que vos no erais parte para no hacerlo.
Y algo más quieta la desdichada dama mandó el corregidor, sin que ella lo supiera, se saliesen fuera y encendiesen la vela: lo que, apenas fue hecho, cuando se levantó y se salió adonde la vela estaba encendida, y en diciéndole que ya era hora de irse se volvía a su asiento, y la vela se apagaba y ella volvía como de un sueño.
Esto hicieron muchas veces, mudando la vela a diferentes partes, hasta volver con ella a casa de don Diego y encenderla allí, y luego doña Inés se iba allá de la manera que estaba, y aunque la hablaban no respondía: con que averiguado el caso, asegurándola, y acabando de aquietar a su hermano, que estaba más sin juicio que ella misma, por entonces disimuló, siendo él el que más la disculpaba; y dejándola el corregidor dos guardas, más por amparo que por prisión, pues ella no la merecía, se fue cada uno a su casa, admirados del suceso.
Don Francisco se recogió a la suya loco de pena, contando a su mujer lo que pasaba; que, como al fin cuñada, decía que doña Inés debía de fingir el embelesamiento por quedar libre de culpa. Su marido, que había pensado lo mismo, fue de su parecer y al punto despachó un criado a Sevilla con una carta a su cuñado, diciéndole en ella dejase todas sus ocupaciones y se viniese al punto, que importaba al honor de entrambos, y que fuese tan secreto que no supiese nadie su venida, ni fuese a su casa hasta que se viese con él.
El corregidor a otro día buscó al moro que había hecho el hechizo; mas no pareció. Divulgose el caso por la ciudad y, sabido por la inquisición, pidió el preso, que le fue entregado con el proceso ya sustanciado y puesto como había de estar, quien llevado a su cárcel, y de ella a la suprema, no pareció más; y no fue pequeña piedad castigarle en secreto, pues al fin él había de morir a manos del marido y hermano de doña Inés, supuesto que el delito cometido no merecía menor castigo.
Llegó el correo a Sevilla y dio la carta a don Alonso, quien como vio lo que en ella se le ordenaba, bien confuso y temeroso de que serían flaquezas de doña Inés, se puso en camino y a largas jornadas llegó a casa de su cuñado con tanto secreto que nadie supo su venida, y sabido todo el caso como había sucedido, entre todos tres había diferentes pareceres sobre qué género de muerte darían a la inocente y desdichada doña Inés, la que, aun cuando de voluntad fuera culpada, la bastara por pena de su delito la que tenía, cuanto más no habiéndole cometido como estaba averiguado: y de quien más pondero la crueldad es de la traidora cuñada, que siquiera por ser mujer podría tener piedad de ella.
Acordado en fin el modo, don Alonso, disimulando su dañada intención, se fue a su casa y con caricias y halagos la aseguró, haciendo él mismo de modo que la triste doña Inés estuviese más quieta, viendo que su marido había creído la verdad y estaba seguro de su inocencia; porque habérselo encubierto era imposible según estaba el caso público; y si bien avergonzada de su desdicha apenas osaba mirarle, se moderó en sus sentimientos y lágrimas.
Con esto pasó algunos días, cuando uno con mucha afabilidad le dijo el cauteloso marido cómo su hermano y él estaban determinados y resueltos a irse a vivir con sus casas y familias a Sevilla; lo uno, por quitarla de los que habían sabido aquella desdicha que la señalaban con el dedo; y lo otro, por asistir a sus pleitos que habían quedado empantanados; a lo cual doña Inés dijo que en ella no había más gusto que el suyo.
Puesta por obra la determinación propuesta, vendiendo cuantas posesiones y hacienda tenían allí, como quien no pensaba volver más a la ciudad, se partieron todos con mucho gozo y doña Inés más contenta que todos; porque vivía afrentada de un suceso tan escandaloso.
Llegados a Sevilla, tomaron casa a su cómodo, sin más vecinos que ellos dos, y luego despidieron todos los criados y criadas que habían traído, para hacer sin testigos la crueldad que ahora diré.
En un aposento, el último de toda la casa, donde aunque hubiese gente de servicio ninguno tuviese modo ni ocasión de entrar en él, en el hueco de una chimenea que allí había, o ellos la hicieron, porque para este caso no hubo más oficiales que el hermano, marido y cuñada, habiendo traído yeso, cascotes y lo demás que era menester, pusieron a la pobre y desdichada doña Inés, no dejándole más lugar que cuanto pudiese estar en pie; porque si se quería sentar no podía sino, como ordinariamente se dice, en cuclillas, y la tabicaron, dejando solo una ventanilla como medio pliego de papel, por donde respirase y le pudiesen dar una miserable comida porque no muriese tan presto, sin que sus lágrimas ni protestas los enterneciesen.
Hecho esto, cerraron el aposento, y la llave la tenía la mala y cruel cuñada, y ella misma iba a darla la comida y un jarro de agua, de manera que aunque después recibieron criados y criadas, ninguno sabía el secreto de aquel cerrado aposento.
Aquí estuvo doña Inés seis años, que permitió la divina Majestad en tanto tormento conservarla la vida, o para castigo de los que se le daban, o para mérito suyo, pasando lo que imaginar se puede, supuesto que he dicho de la manera que estaba, y que las inmundicias y basuras que de su cuerpo echaba la servían de cama y estrado para sus pies.
Siempre estaba llorando y pidiendo a Dios la aliviase de tan penoso martirio, sin que en tan largo tiempo viese luz ni pudiese recostar su triste cuerpo, ajena y apartada de las gentes, negada a los divinos sacramentos y a oír misa, padeciendo más que los que martirizan los tiranos, sin que ninguno de sus tres verdugos tuviese piedad de ella ni se enterneciese; antes la traidora cuñada cada vez que la llevaba la comida la decía mil oprobios y afrentas.
Nuestro Señor, cansado de sufrir tales delitos, permitió que fuese sacada esta triste mujer de tan desdichada vida, siquiera para que no muriese desesperada; y fue el caso que a las espaldas de esta casa en que estaba había otra principal de un caballero de mucha calidad: la mujer del que digo había tenido una doncella que la había casado años había, la cual enviudó, quedando necesitada, y la señora, por caridad y haberla servido, porque no tuviese en la pobreza en que estaba que pagar casa, le dio dos aposentos que estaban arrimados al emparedamiento en que la cuitada doña Inés estaba, y nunca había habitado gente en ellos porque no habían servido sino de guardar cebada.
Pasada pues a ellos esta buena viuda, acomodó su cama a la parte que digo estaba doña Inés, la cual, como siempre, estaba lamentando su desdicha y llamando a Dios que la socorriese; la otra, que estaba en su cama, como con el sosiego de la noche todo estaba en quietud, oía los ayes y suspiros; y al principio es de creer que entendiera era alguna alma de la otra vida, y tuvo tanto miedo, como estaba sola, que apenas osaba estar allí; de tal modo que la obligó a pedir a una hermana suya le diese una muchacha de hasta diez años, hija suya, para que estuviese con ella, con cuya compañía, más alentada, asistía más allí; y como se reparase más, y oyese que entre los gemidos que doña Inés daba llamaba a Dios y a la Virgen María Señora nuestra, juzgó sería alguna persona enferma a quien los dolores que padecía la obligaban a quejarse de aquella forma.
Y una noche que más atenta tuvo arrimado el oído a la pared, pudo percibir que decía estas razones:
—¿Hasta cuándo, poderoso y misericordioso Dios, ha de durar esta triste vida? ¿Cuándo, Señor, darás lugar a la airada muerte que ejecute en mí el golpe de su cruel guadaña; y hasta cuándo estos crueles y carniceros verdugos de mi inocencia les ha de durar el poder de tratarme así? ¿Cómo, Señor, permites que te usurpen tu justicia, castigando con su crueldad lo que tú, Señor, no castigaras?
Pues cuando tú envías el castigo es a quien tiene culpa, y aun entonces con piedad; mas estos tiranos castigan en mí lo que no hice, como lo sabéis vos, que no fui parte en el yerro por que padezco tan crueles tormentos; y el mayor de todos y que más siento es carecer de vivir y morir como cristiana, pues ha tanto tiempo que no oigo misa, ni confieso mis pecados, ni recibo tu santísimo cuerpo.
¿En qué tierra de moros pudiera estar cautiva que me trataran como me tratan? ¡Ay de mí!, que no deseo salir de aquí por vivir, sino solo por morir católica y cristianamente; que ya la vida la tengo tan aborrecida que, si tomo el triste sustento que me dan, no es por vivir, sino por no morir desesperada.
Acabó estas razones con tan doloroso llanto que la que escuchaba, movida a lástima, alzando la voz para que la oyese, la dijo:
—Mujer, o quien eres, ¿qué tienes o por qué te lamentas tan dolorosamente? Dímelo por Dios; y si soy parte para sacarte de donde estás, lo haré, aunque aventure y arriesgue la vida.
—¿Quién eres tú —respondió doña Inés—, que ha permitido Dios que me tengas lástima?
—Soy —replicó la otra mujer— una vecina de esta otra parte, que ha poco que vine aquí y en ese corto tiempo me has ocasionado muchos temores, tantos cuantos ahora compasiones; y así, dime qué podré hacer, y no me ocultes nada, que yo no excusaré ningún trabajo por sacarte del que padeces.
—Pues si es así, señora mía —respondió doña Inés—, que no eres de la parte de mis crueles verdugos, no te puedo decir más por ahora, porque temo que me escuchen, sino que soy una triste y desdichada mujer a quien la crueldad de un hermano, un marido y una cuñada me tienen puesta en tal desventura que aun no tengo lugar de poder extender este triste cuerpo: tan estrecho es en el que estoy que, si no es en pie, o mal sentada, no hay otro descanso sin otros dolores y desdichas que estoy padeciendo; pues cuando no la hubiera mayor que la oscuridad en que estoy, bastaba; y esto no ha un día ni dos, porque aunque aquí no sé cuando es de día ni de noche, ni domingo, ni sábado, ni pascua, ni año, bien sé que ha una eternidad de tiempo; y si esto lo padeciera con culpa, ya me consolara; mas sabe Dios que no la tengo: y lo que temo no es la muerte, que antes la deseo; perder el alma es mi mayor temor; porque muchas veces me dan tentaciones de con mis propias manos hacer cuerda a mi garganta para acabarme; mas luego considero que es el demonio, y pido ayuda a Dios para librarme de él.
—¿Qué hiciste que los obligó a tal? —dijo la mujer.
—Ya te he dicho —dijo doña Inés— que no tengo culpa; mas son cosas muy largas, y no se pueden contar. Ahora lo que has de hacer, si deseas hacerme bien, es irte al arzobispo o al asistente y contarle lo que te he dicho, y pedirles vengan a sacarme de aquí antes que muera, siquiera para que haga las obras de cristiana; que te aseguro que está ya tal mi triste cuerpo que pienso no viviré mucho, y pídote por Dios que sea luego, que le importa mucho a mi alma.
—Ahora es de noche —dijo la mujer—; ten paciencia y ofrécele a Dios eso que padeces, que yo te prometo que siendo de día yo haré lo que pides.
—Dios te lo pague —replicó doña Inés—, que así lo haré, y reposa ahora, que yo procuraré, si puedo, hacer lo mismo con las esperanzas de que has de ser mi remedio después de Dios.
—Créelo así —respondió la buena mujer; y con esto callaron.
Venida la mañana, la viuda bajó a su señora y la contó todo lo que la había pasado, de lo que la señora se admiró y lastimó; y si bien quisiera aguardar la noche para hablar ella misma a doña Inés, temiendo el daño que podía crecer si aquella pobre mujer se muriese, no lo dilató más; antes mandó poner el coche; y para que con su autoridad se diese más crédito al caso, se fue ella y la viuda al arzobispo, dándole cuenta de todo lo que en esta parte se ha dicho; el cual, admirado, avisó al asistente y juntos, con todos sus ministros seculares y eclesiásticos, se fueron a la casa de don Francisco y don Alonso, y cercándola por todas partes, porque no se escapasen, entraron en ella y prendieron a los dichos y a la mujer de don Francisco, sin reservar criados ni criadas; y tomadas sus confesiones, estos no supieron decir nada, porque no lo sabían; mas los traidores, hermano, marido y la cruel cuñada, al principio negaban; mas viendo que era por demás, porque el arzobispo y asistente venían bien instruidos, confesaron la verdad, y dando la cuñada la llave subieron donde estaba la desdichada doña Inés que, como sintió tropel de gente, imaginando lo que sería, dio voces: en fin, derribando el tabique la sacaron.
Aquí entra la piedad; porque cuando la encerraron allí no tenía más de veinte y cuatro años, y seis que había estado eran treinta, que era la flor de su edad.
En primer lugar, aunque tenía los ojos claros, estaba ciega, bien fuese de la oscuridad (porque es cosa asentada que si una persona estuviese mucho tiempo sin ver luz, cegaría), o ya fuese de llorar; sus hermosos cabellos, que cuando entró allí eran como hebras de oro, estaban como la misma nieve, enredados y llenos de animalejos, en tanta cantidad que por encima hervoneaban; el color, el de la muerte; y tan flaca y consumida que se le señalaban los huesos, como si el pellejo que estaba encima fuera un delgado cendal; desde los ojos hasta la barba tenía dos surcos cavados de las lágrimas, que se le escondía en ellos un bramante grueso; los vestidos hechos cenizas, y se le veían las más partes de su cuerpo, descalza de pies y piernas, pues los excrementos de su cuerpo, como no tenía dónde echarlos, la habían consumido la carne hasta los muslos, que tenía llenos de llagas y gusanos de que abundaba aquel hediondo lugar. No hay más que decir, sino que causó a todos tanta lástima que lloraban como si fuera hija de cada uno.
Así como la sacaron, pidió que si estaba allí el señor arzobispo, la llevasen a él (como fue hecho), habiéndola, por la indecencia que estar desnuda causaba, cubierto con una capa.
En fin, en brazos la llevaron junto a él, y ella echada en el suelo le besó los pies y pidió la bendición, contando en sucintas razones toda su desdichada historia, de que se indignó tanto el asistente que al punto los mandó a todos tres poner en la cárcel con grillos y cadenas, de suerte que no se viesen los unos a los otros, afeando a la cuñada más que a los otros la crueldad: a lo que ella respondió que hacía lo que le mandaba su marido.
La señora que dio el aviso, junto con la buena dueña que lo descubrió, que estaban presentes a todo, rompiendo la pared por la parte que estaba doña Inés, por no pasarla por la calle, la llevaron a su casa, y haciendo la noble señora prevenir una regalada cama, puso a doña Inés en ella, llamando médicos y cirujanos para curarla, haciéndola tomar sustancias, porque era tanta su flaqueza que temía no se muriese: mas doña Inés no quiso tomar cosa alguna hasta dar la divina sustancia a su alma, confesando y recibiendo el santísimo sacramento, que le fue luego traído.
Últimamente, con tanto cuidado miró la señora por ella, que sanó; solo la vista no fue posible restaurársela.
El asistente sustanció luego el proceso a los reos y, averiguado todo, los condenó a todos tres a muerte, que fue ejecutada en un cadalso, por ser nobles y caballeros, sin que les valiesen sus dineros para alcanzar perdón, por ser el delito de tal calidad.
A doña Inés pusieron, ya sana y restituida en su hermosura, aunque ciega, en un convento, con dos criadas que cuidaban de su regalo, sustentándose de la gruesa hacienda de su hermano y marido, donde hoy vive haciendo vida de una santa, afirmándome quien la vio cuando la sacaron de la pared, y después, que es de las más hermosas mujeres que hay en el reino de Andalucía; porque, aunque está ciega, como tiene los ojos claros y hermosos como ella los tenía, no se le echa de ver que no tiene vista.
Todo este caso es tan verdadero como la misma verdad, que ya digo me lo contó quien se halló presente. Ved ahora si puede servir de buen desengaño a las damas; pues si a las inocentes les sucede esto, ¿qué esperan las culpadas? Pues en cuanto a la crueldad para con las desdichadas mujeres, no hay que fiar en hermanos ni maridos, que todos son hombres. Y como dijo el rey don Alonso el Sabio, el corazón del hombre es bosque de espesura que nadie le puede hallar senda, y donde la crueldad, bestia fiera e indomable, tiene su morada y habitación.
Este suceso habrá que pasó veinte años, y vive hoy doña Inés, y muchos de los que la vieron y se hallaron en el suceso; y quiso Dios darla sufrimiento y guardarla la vida porque no muriese allí desesperada; y para que tan rabioso lobo como su hermano, y tan cruel basilisco como su marido, y tan rigurosa leona como su cuñada, ocasionasen ellos mismos su castigo.
Deseando estaban las damas y caballeros que la discreta Laura diese fin a su desengaño: tan lastimados y enternecidos los tenían los prodigiosos sucesos de la hermosa cuanto desdichada doña Inés, que todos de oírlos derramaban ríos de lágrimas, y no ponderaban tanto la crueldad del marido como la del hermano, pues parecía que no era sangre suya quien tal había permitido; pues cuando doña Inés de malicia hubiera cometido el yerro que les obligó a tal castigo, no merecía más que una muerte breve, como se ha dado a otras que han pecado de malicia, y no darla tantas y tan dilatadas como la dieron; y a la que más culpaban era a la cuñada, pues ella como mujer pudiera ser más piadosa, estando cierta, como se averiguó, que privada de sentido con el endemoniado encanto había caído en tal yerro.
La primera que rompió el silencio fue doña Estefanía, que dando un lastimoso suspiro dijo:
—¡Ay divino esposo mío!, y si vos, todas las veces que os ofendemos, nos castigarais así, ¡qué fuera de nosotros! Mas soy necia en hacer comparación de vos, piadoso Dios, con los esposos del mundo; jamás me arrepentí cuanto ha que me consagré a vos de ser esposa vuestra, y hoy menos lo hago ni lo haré, pues, aunque os agraviase, sé que a la más mínima lágrima me habéis de perdonar y recibirme con los brazos abiertos.
Y vuelta a las damas, las dijo:
—Cierto, señoras, que no sé cómo tenéis ánimo para entregaros, con nombre de marido, a un enemigo que no solo se ofende de las obras sino de los pensamientos; que ni con el bien ni el mal acertáis a darles gusto: y si acaso sois comprendidas en algún delito contra ellos, ¿por qué os fiais y confiáis de sus disimuladas maldades, que hasta que consiguen su venganza, y es lo seguro, no sosiegan?
Con solo este desengaño que ha dicho la señora Laura, mi tía, podéis quedar bien desengañadas, y concluida la opinión que se sustenta en este sarao: y los caballeros podrán también conocer qué engañados andan en dar toda la culpa a las mujeres, acumulándolas todos los delitos, flaquezas, crueldades y malos tratos, pues no siempre tienen la culpa; y es el caso que, por la mayor parte, las de más aventajada calidad son las más desgraciadas y desvalidas, no solo en sucederles las desdichas que en los desengaños referidos hemos visto, sino que también las comprenden en la opinión en que tienen a las vulgares; y es género de pasión o tema de los divinos entendimientos que escriben libros y componen comedias formar un empeño en seguir la opinión del vulgacho, que en común da la culpa de todos los malos sucesos a las mujeres, pues hay tantos en qué culpar a los hombres; y escribiendo de unos y de otros hubieran excusado a estas damas el trabajo que han tomado en volver por el honor de las mujeres y defenderlas, viendo que no hay quien las defienda, haciendo presentes los casos más ocultos para probar que no son todas las mujeres las malas, ni todos los hombres los buenos.
—Lo cierto es —replicó don Juan— que verdaderamente parece que todos hemos dado en el vicio de no decir bien de las mujeres como en el tomar tabaco, que ya tanto le gasta el ilustre como el plebeyo; y los que dicen mal de los que le toman traen ellos su tabaquera más a mano y en más custodia que el rosario y las horas; como si porque anda en cajas de oro, plata y cristal dejase de ser tabaco. Y si preguntan por qué lo toman, dicen que porque se usa. Lo mismo es en cuanto a culpar a las damas en todo; porque si se preguntase al más apasionado por qué dice mal de las mujeres, siendo el más deleitable vergel de cuanto crió la naturaleza, respondería que porque se usa.
Todos rieron la comparación del tabaco al decir mal de las mujeres que había hecho don Juan; y si se mira bien, tuvo razón, porque el vicio más abominable que puede haber es no estimar, alabar y honrar a las damas, a las buenas, por buenas, y a las malas, por las buenas.
Pues viendo la hermosa doña Isabel que la linda Matilde se prevenía para pasarse al asiento del desengaño, hizo señal a los músicos que cantaron este romance:
Cuando te mirare, Atandra, No mires, ingrato dueño, Los engaños de sus ojos, Porque me matas con celos.
No esfuerces sus libertades, Que si ve en tus ojos ceño, Tendrán los livianos suyos En los tuyos escarmiento.
No desdores tu valor Con tan civil pensamiento, Que serás causa que yo Me arrepienta de mi empleo.
Dueño tiene, en él se goce, Si no le salió a contento, Reparara en elegirle O su locura o su acierto.
Oblíguente a no admitir Sus livianos devaneos Las lágrimas de mis ojos, De mi alma los tormentos.
Que si procuro sufrir Las congojas que padezco, Si es posible a mi valor, No lo es a mi sufrimiento.
¿De qué me sirven, Salicio, Los cuidados con que velo, Sin sueño las largas noches, Y los días sin sosiego?
Si tú gustas de matarme, Dando a esa tirana el premio, ¿Qué me cuestas tantas penas, Qué me cuestas tanto sueño?
Hoy, al salir de tu albergue Mostró, con rostro risueño, Tirana de mis favores, Cuánto se alegra en tenerlos.
Si miraras que son míos, No se los dieras tan presto; Cometiste estelionato, Porque vendiste lo ajeno.
Si te viera desabrido, Si te mirara severo, No te ofreciera atrevida Señas de que yo te ofendo.
Esto cantó una casada A solas en su instrumento, Viendo en Salicio y Atandra Averiguados los celos.
NOCHE CUARTA.
DESENGAÑO CUARTO.
EL VERDUGO DE SU ESPOSA.
A los últimos ecos del estribillo se levantó la hermosa Nise de su asiento, y haciendo una cortés reverencia, se pasó al desengaño, y con mucho donaire y despejo dijo:
—Por decreto de la hermosa y discreta Lisis me toca esta noche el cuarto desengaño; y aunque pudiera esta audiencia cerrarse con los referidos, pues son bastantes para que las damas de estos tiempos estemos prevenidas con el ejemplo de las pasadas a guardarnos de no caer en las desdichas que ellas cayeron por dejarse vencer de los engaños disfrazados en amor de los hombres; por que no me tengáis por alguna de las engañadas, pues si mi corto entendimiento me ayuda espero no serlo, y aunque mi desengaño no sea de tanta erudición como los referidos, ocupo este lugar, advirtiendo que, supuesto que la hermosa Lisis manda que sean casos verdaderos los que se digan, si acaso pareciere que los desengaños hasta aquí referidos, y los que faltan, los habéis oído en otras partes, habrán sido contados por quien, como yo y las demás desengañadoras, lo supo por mayor, mas no con las circunstancias que aquí van hermoseados, y no sacados de una parte a otra, como hubo algún ignorante o envidioso que lo dijo de la primera parte de nuestro sarao.
Diferente cosa es novelar solo con la inventiva un caso que ni fue ni pudo ser, y este no sirve de desengaño sino de entretenimiento, a contar un caso verdadero que no solo sirva de entretener sino de avisar; y como nuestra intención no es de solo divertir sino de aconsejar a las mujeres a que miren por su opinión y teman, con tantas libertades como el día de hoy profesan, no les suceda lo que a las que han oído y oirán les ha sucedido, y también por defenderlas, habiendo dado los hombres en la opinión, por no decir flaqueza, de ser contra ellas, hablando y escribiendo como si en todos tiempos no hubiera habido de todo, buenas mujeres y buenos hombres, y al contrario, malas y malos, y así no vea libro ni comedia en que encuentren una mujer inocente ni un hombre con defectos.
Toda la carga de las culpas es al sexo femenil, como si no fuese mayor la del hombre, supuesto que ellos quieren ser la perfección de la naturaleza. Luego mayor delito será el que hiciere el perfecto que el imperfecto; más pesada es la necedad del discreto que del necio; y así, es bien se sepa que, como hay mujeres livianas, hay hombres mudables, y como interesadas, engañosos, y como libres, crueles; y si se mira bien, la culpa de las mujeres la causan los hombres.
Caballero que solicitas la doncella, déjala, no la inquietes, y verás como ella, aunque no sea más de por vergüenza y recato, no te buscará a ti: el que busca y desasosiega la casada, no lo haga, y verá que cuando no la obligue la honestidad, el respeto y temor de su marido le hará que no te solicite ni busque; y el que inquieta la viuda, no lo haga, que no será ella tan atrevida que aventure su recato, ni te busque, ni pretenda; y si las buscas y solicitas, y las haces caer, ya con ruegos, ya con regalos, ya con dádivas, no digas mal de ellas, pues tú tuviste la culpa de que sean débiles.
Esto es respecto a las mujeres de honor, que las que tratan de vivir con libertad, ¿qué quieres sacar de ellas sino lo que pretendes, que es entretenerte y quitarte tus dineros, que para eso te admiten? Y pues ya lo sabes, ¿para qué las culpas de que hacen su hacienda y destruyen la tuya, y luego te quejas que te engañan? Vosotros sí os queréis engañar, y la causa de todo esto yo la diré ahora.
Encuentras una mujer en la calle; dícesla cuatro palabras; óyelas sin averiguar si tú las dices de veras o burlando; píntasete honrada y que no la ve el sol; créeslo, necio; convídasla con tu posada; acepta, va a ella; ¿pues cómo de una mujer que tan fácil se rinde a tus deseos podrás creer no haga con otros lo mismo en apartándose de ti? Y si piensas diferente, tú eres el que te engañas; que ella con su misma facilidad avisa.
¿Pues para qué te quejas de ella ni la ultrajas? Ella hace su oficio: si te ruega y busca, no la admitas, que su misma deshonestidad te avisa muy claramente que no eres tú el primero; y si te agradó algo, y la sigues, no te quejes de nadie, pues sabes muy bien que cada uno ha de hacer como quien es.
He aquí como no tienen la culpa las mujeres, sino los hombres, en quienes ha de estar la cordura, el buen lenguaje, la modestia y entendimiento; pero ya no se hallan estas virtudes, sino todo al contrario. ¡Ay, qué de buenas hubiera si los hombres las dejaran! Mas ellos hablan y ellas escuchan, y de mentiras bien alhajadas ¿quién no se deja vencer?, y más si, convertida la pretensión en tema, esta misma las está incitando a todas horas.
Esto basta, y pluguiera a Dios sirviese para enmienda; y para que se vea que, si Camila perdió con su esposo por callar las pretensiones de don Juan, en el desengaño que ahora diré no le sirvió a otra dama para asegurar su crédito con su marido avisarle de las pretensiones de otro don Juan, aunque el cielo abonó su causa; y con estas prevenciones prosigo de esta suerte:
En la ciudad de Palermo, en el reino de Sicilia, hubo en tiempos pasados dos caballeros nobles, ricos, galanes, discretos, y sobre todo, para que fuesen estas gracias de naturaleza y fortuna más lucidas, eran hijos de españoles que habiendo sus padres pasado a aquel reino a ejercer cargos que su rey les encomendó, se casaron y avecindaron allí, como sucede cada día a los españoles que allá pasan.
Eran sobre lo dicho don Juan y don Pedro (que estos son sus propios nombres) tan grandes amigos, por haberse desde niños criado juntos, mediante la amistad de sus padres, que en diciendo «los dos amigos», ya se conocía que eran don Pedro y don Juan: juntos paseaban, de una misma forma vestían, y en no estando don Pedro en su casa le hallaban en la de don Juan, y si faltaba este de la suya era seguro que estaría en la de don Pedro; porque un instante no se hallaban divididos, pues, aunque vivían en casas distintas, todo lo más del tiempo estaban juntos.
Sucedió pues en medio de este extremo de amistad tratar a don Pedro un casamiento con una rica y principal señora de la ciudad, con tanto extremo de hermosura que ninguno la nombraba que no fuese con el aplauso de la bella Roseleta, que este era su nombre.
Efectuose el casamiento, para que fuese esta señora como bella desgraciada, que por la mayor parte se apetece lo mismo que viene a ser cuchillo de nuestras vidas; y aunque don Juan se halló a las bodas de su amigo, que se celebraron con mucha fiesta y aparato, no debió de mirar la belleza, gracia y donaire de Roseleta; y si la miró, fue como a mujer de su amigo: freno que si le durara siempre, fuera tenido por verdadero.
No por temor de sí, que hasta entonces no había ni aun imaginado cupiera en él la menor ofensa de don Pedro, sino por excusar murmuraciones, que esto es lo que ha de mirar la verdadera amistad, considerando no parecerle bien asistir tanto como solía a la casa de don Pedro, excusaba cuanto podía ir a ella; y como este, por ser recién casado y con tan linda dama, estuviese enamorado como amante y cuidadoso como marido, no podía ir tan a menudo como antes a la casa de su amigo.
Sentíalo ternísimamente, y con este sentimiento la vez que veía a don Juan le daba sentidas quejas, diciéndole que si entendiera que por casarse le había de perder, aunque los méritos de su esposa eran tantos, lo hubiera excusado, y con esto le rogaba mudase el propósito, acudiendo a su casa de la misma suerte que antes, que él estaba cierto que Roseleta tendría el mismo gusto que conocía había en él.
Con palabras cuerdas y afables se excusó don Juan muchas veces de la petición de su amigo; mas viendo era imposible el reportarle, hubo de condescender en darle gusto, entrando en casa de don Pedro con la familiaridad que antes, comiendo y cenando los más días con él y su esposa: la cual, viendo lo mucho que su marido amaba a don Juan, le recibía con un honesto agrado.
Ya he dicho que don Juan no había mirado a la bella Roseleta, aunque se halló a sus bodas; y aquí se conoce que una cosa es mirar y otra ver: viola don Juan en estas ocasiones, y admiró en ella una tan singular belleza que sin querer llevaba y atraía la vista de cuantos la miraban, y juzgó a don Pedro por el hombre más dichoso del mundo.
De aquí le renació una envidia de no haber él merecido tal prenda, no faltando en él méritos para haberla alcanzado, que enamorose de todo punto de la mujer de su amigo tan loca y perdidamente que, aunque quería retenerse de mirarla, no le era posible, pues en llegando a mirar una mujer humana con asomos de divinidad, quedaba otra vez perdido; mayormente al contemplar debajo de una honesta gravedad tal donaire y gracia, mezclado con un divino entendimiento, y no solo se aventuraba a perder sus honrados designios, mas la misma vida; en tales términos que, por más que los intentaba, no podía reprimir con el freno de la razón el desenfrenado caballo de su voluntad.
Con grandes desasosiegos se hallaba el triste caballero, y en viéndose a solas, él mismo se reprendía, diciendo: «¿Qué es esto, traidor don Juan? ¿Qué viles pensamientos son estos? ¿Qué enemigo mortal de mi amigo don Pedro los tuviera? ¿O de quién supieras tú que intentaba el agravio de tu amigo, que no le hicieras pedazos? ¿Pues qué dirá de ti el mundo si llegase a saberlo, sino, o que no eres de sangre noble, o has perdido el juicio? ¡Oh, amigo don Pedro, y qué engañado vives en el amor que tienes a este desleal amigo, que ha dado lugar a tan viles e infames pensamientos! Mejor fuera decírtelo, para que tomaras venganza de tan desleal y traidor amigo. ¡Ay Roseleta, nunca mis desdichados ojos vieran tu más que celestial hermosura, acompañada de tan innumerables gracias! ¡Oh, si nacieras fea! ¡Oh, si no fueras mujer de don Pedro! No, no me ha de vencer tu hermosura: viva el honor de mi amigo, y muera yo, pues fui tan liviano que he tenido tan ruines deseos.»
Con este propósito se determinaba a no amar a Roseleta, pero en vano, porque en volviéndola a ver, toda su fortaleza daba en tierra y, rindiendo con ella sus potencias, lo ponía todo a los pies de Roseleta.
Con estos combates andaba tan triste y distraído que, si comía, se le olvidaba el bocado de la mano a la boca, y si le hablaban, parecía que no entendía o respondía a despropósito. Notaba don Pedro la tristeza de su amigo; a solas, y delante de su esposa, le preguntaba la causa de ella; más él se excusaba con decir que él mismo la ignoraba.
Muchos días pasó don Juan con estas imaginaciones, ya perdiéndose y ya volviéndose a cobrar, hasta que, rendido a ellas, cayó en la cama de una peligrosa enfermedad en que llegó muy al cabo, asistiéndole don Pedro y visitándole algunas veces Roseleta.
En fin, ya con salud y volviendo a la casa de su amigo como antes, se resolvió, aunque aventurase cuanto había y el honor, que era lo más, a decir a Roseleta su amor en hallando ocasión; y vínole a propósito porque un día, comiendo con don Pedro y su esposa, estando tan triste y divertido como siempre, le dijo don Pedro:
—Cierto, amigo don Juan, que puedo estar verdaderamente quejoso y agraviado de vuestra amistad, pues no se compadece de tenerla los dos desde nuestra primera edad, como todos saben, y que me calléis la causa de vuestra tristeza, haciéndome sospechar muchas cosas de ella que agravian vuestra calidad y la mía: porque, ¿qué cosa os puede obligar a estar, como os veo y he visto también, en términos de perder la vida, que no se pueda comunicar conmigo aunque fuera contra vuestro honor? Por Dios os pido que me saquéis de esta confusión.
Viendo don Juan que de callar podía imaginar alguna cosa, y también por empezar a poner la primera piedra en el cimiento de su pretensión, le dijo:
—Cierto, amigo don Pedro, que el haberme recatado de haberos dicho mi pena, ni ha sido falta de voluntad, ni menos el tener por sospechosa vuestra amistad, sino de vergüenza de que ninguno sepa mi flaqueza, que es bien grande por haberme rendido a un pensamiento que me cueste lo que veis y habéis visto; y así, para sacaros de ese cuidado, con licencia de vuestra esposa, os lo diré. Sabed que, desde que vi la hermosura de Angeliana, una dama de esta ciudad a quien pienso conocéis, estoy de la manera que veis, porque es tanta su severidad y desvío para conmigo, que aunque he procurado que sepa mi pasión, no ha querido oír ni recibir papel ni recado de mi parte, y esto me trae tan triste y desesperado que si no es quitarme la vida, no me queda otra cosa. Esta es la ocasión, y no otra; ved si hacía bien en callarla; pues es vileza que el corazón de un hombre se rinda a una mujer con tanto extremo que le ponga en el que yo me veo.
No era así como don Juan decía, que en esta ocasión había ya gozado a Angeliana, si bien desde que vio a Roseleta se le había entibiado aquel amor.
Consolaban don Pedro y su esposa a don Juan, lastimados de su pena, aconsejándole que pues Angeliana era de la calidad que todos sabían, y no tenía padres, que la pidiese por esposa a sus deudos, que todos estimarían tenerla por tal.
A esto respondió don Juan que era lo cierto lo que le aconsejaban; mas que, aunque la quería ternísimamente, no tenía voluntad de casarse hasta que entrase en más edad.
De esta manera pasó más de dos meses sin tener lugar de declararle a Roseleta su amor, si no era con los ojos y ansiosos suspiros que ella no entendía, ni creía que fuesen sino por Angeliana; hasta que un día, estando comiendo con Roseleta y don Pedro, le vino a buscar un caballero con quien había de averiguar unas cuentas; y porque no entrase dentro donde estaban comiendo él y su esposa con don Juan, se levantó de la mesa y salió fuera.
Viendo don Juan tan buena ocasión, no la quiso perder, y como su amorosa voluntad estaba ya resuelta y determinada, temblando la voz y con un suspiro que parecía rendir entre él el alma, la dijo:
—¡Ay, hermosa Roseleta, y qué desdichado y dichoso fue el día en que te conocí y vi tu realzada hermosura, dichoso por haber gozado mis ojos de tu celestial vista y desdichado en contemplarte ajena, pues quedé privado del bien de merecerte! No es Angeliana la causa de mi tristeza, sino tú, hermosa señora, que eres el ángel en que idolatra mi voluntad; no te digo esto porque me des remedio, que morir por ti es mi apetecida vida, y amando pienso llegar al fin de ella, sino porque si me ves triste, tú eres la causa y no Angeliana; que ojalá me favorecieses tú como ella me favorece, mas ya no la estimo desde que te conocí.
Más quisiera decir don Juan, y aun pienso que se alargara más su atrevimiento, porque Roseleta estaba fuera de su sentido de enojo, si a este tiempo no entrara don Pedro y estorbara que don Juan fuera más atrevido. Acabose la comida y Roseleta se retiró rabiando de cólera, y don Pedro y su amigo se salieron a pasear, estando don Juan bien contento por haber declarado su amor a la dama.
Muchos días pasaron que no pudo don Juan tornar a decirla ni una sola palabra, porque ella se recataba tanto, y huía de no darle más atrevimientos, que ya estaba pesaroso de haberlos tenido por no perder su vista; porque Roseleta muchas veces, por no salir a comer con don Juan, fingía repentinos accidentes; y otras que no lo podía excusar, no alzaba los ojos a mirarle.
Ya un día que todos tres habían acabado de comer y estaban sobre mesa platicando, no habiendo podido Roseleta excusar el no hallarse presente, don Pedro preguntó a don Juan cómo le iba con los amores de Angeliana.
—Muy mal —dijo don Juan—; pues porque los días pasados tuve lugar de intimarla mi pasión y los desvelos que me cuesta su hermosura, se me ha negado de suerte que apenas se deja ver; y si la veo, es con un ceño que me quita la vida, a cuyos enfados la he hecho unos versos que, si gustáis, os los quiero leer.
—Mucho gusto me daréis —dijo don Pedro, aunque a Roseleta le pesó, como quien ya sabía a quién dirigía don Juan todas aquellas cosas: y si no fuera por su esposo, se levantara y se fuera.
Y sacando don Juan el papel, leyó lo siguiente:
Si es imposible vivir, Amado dueño, sin vos, Que pida al tiempo que vuele, No será muy grande error.
La gloria que tengo en veros, De que al amor gracias doy, En faltando vos, es pena, Porque vos mi gloria sois.
Si sin el sol no vivimos, Y vos, mi bien, sois el sol, Fuerza es que sin vos no viva: Mirad vuestra obligación.
No por interés que tiene El sol de nuestro favor, Acude a darnos la vida, Esta es sabida cuestión.
Sabe que necesitamos, Así el cielo lo ordenó, De que dé aliento a la vida Con su luz y su calor.
Pues si el sol hace este efecto, Y sin vos muriendo estoy, No por vos, sino por mí, Dad remedio a mi pasión.
Fáltame la confianza, Mis méritos pocos son: Así como yo sé amaros, Supiera si amado soy.
A estos ojos que os adoran, No los cercenéis, por Dios, El bien que en veros reciben, Que es darles mortal dolor.
No soy mío, bella ingrata, Vuestro soy; si ingrata sois, Muy presto veréis mi vida Perdida por tal rigor.
¿Quién podrá, si os escondéis, Sufrir el estar sin vos? Ojos, llorad, pues sois nubes, Y se os ha escondido el sol.
Si en otro oriente salís Y yo me quedo sin vos; Noche seré de Noruega, Pues vuestra luz me faltó.
En teniéndote ausente, Muerto soy, La vida se me acaba; ¡Ay qué rigor!
Alabó don Pedro el romance, y no me espanto, que era apasionado de las cosas de don Juan, su amigo, que aunque fuera peor, le pareciera bien: mas su esposa, que desde que le empezó a decir estaba reprimiendo la cólera porque vio al blanco a que tiraba, y con ella dejaba y tomaba su rostro mil alejandrinas rosas, con semblante entre risueño y altivo le dijo:
—Cierto, señor don Juan, que ya vuestro amor deja de serlo y toca en locura o temeridad; si conocéis que esa dama no gusta de que la améis, o por su honestidad, o porque no se agrada de vuestras pretensiones, porque no le están bien a su honor, que es lo más cierto, pues no porque una mujer sepa que un hombre la ama, si es en menoscabo de su opinión, está obligada a amarle, ya os pudierais cansar de querer vencer un imposible: sino que los hombres empiezan amando, acaban venciendo, y salen despreciando; porque en viendo que una mujer se les resiste, ya no por amarla, sino por vencerla, trocando el amor en tema, perseveran para vengarse de los desprecios que les ha hecho; y quieren que una mujer, aunque no quiera, los quiera, y no sé qué ley hay para que, si la tal es cuerda y tiene honra, se aborrezca a sí por querer a otro: y más si sabe que el tal amor no es para darle honor sino para quitársele. Si no os quiere, dejadla y amad a otra, que os amará y os costará menos cuidados, y os excusaréis de riesgos; pues de mí digo que si entendiera que había en algún hombre atrevimiento para poner en mí el pensamiento, ¿qué digo pensamiento?, a mirarme con ojos de quitarme la opinión, si diciéndoselo a mi esposo no le quitara la vida, lo hiciera yo por mis manos.
No sintió bien don Juan la reprensión que Roseleta le dio, porque con ella le amenazaba; mas don Pedro rio mucho el enojo de su esposa por volver por Angeliana: y llevando a don Juan consigo, se salió de casa muy descontento del desdén de su dama; mas no por eso se apartó de su pretensión; antes mientras más imposible lo miraba, más se perdía, y se determinó a no dejar de amar y porfiar hasta vencer o morir: y con esta bien desleal intención, para lo que debía a la verdadera amistad de su amigo, sin temer ponerse al riesgo que Roseleta le había intimado, la escribió en diferentes ocasiones cuatro papeles, que hizo que llegasen a sus manos por cautela y con apoyo de una criada; mas de ninguno tuvo respuesta, ni aun pudo saber de la tercera, que con engaño se los daba, si los había leído, hasta que al quinto, Roseleta, después de haber reñido a la criada su atrevimiento, le envió a decir con ella misma que se quitase de tal locura, porque si pasaba adelante su infame pretensión, se lo diría a su esposo.
No temió don Juan la amenaza de la dama, por parecerle imposible que ninguna mujer tuviese atrevimiento de dar parte a su marido de caso semejante, por lo que podría perder con él, supuesto que le advertía del daño a que estaba expuesta y de la quietud que debe tener un casado, en razón de la confianza que es justo tener y le despertaba a celoso, enfermedad en el casado muy peligrosa, y así pensó que no lo haría, aunque lo proponía, y que era más porque se excusase de molestarla; y con esto le envió el sexto papel, que decía así:
Qué poco siente mis penas Tu corazón de diamante; Qué ingrata miras mi amor, Poco te obligan mis males.
Un volcán tengo en el pecho; Pero como el tuyo es Alpe, Huye el fuego de la nieve, Y en mí muere como nace.
¿Quién pensara que mi amor En guerras tan desiguales Como es mi fuego y tu hielo, No hubiera muerto cobarde?
¿Quién le ve escapar rendido De ingratitudes tan grandes, Que piense que ha de volver Otra vez a aventurarse?
Si no soy yo, bella ingrata, Que soy quien su fuerza sabe, Y conozco que si huye, Es para más animarse.
No porque jamás se aparta De quererte y adorarte, Que antes faltará la vida, Que en mí aquesta fe me falte.
Temblando a tus ojos llego, Que amor tiene tretas tales, En las burlas atrevido, Temeroso en las verdades.
Quien ama, cobarde estima, Que el mismo amor al amante El atrevimiento acorta, Y la soberbia deshace.
Cuando te hablo en mi pecho, Mil cosas digo a tu imagen; Que, a escucharlas, bella ingrata, Fuerza es que las estimases.
Triste estoy, mil penas siento, Todas de tu rigor nacen, Aunque digas que mi amor Intenta temeridades.
Ponme pena de muerte; Mas ¿qué importa que me mates? Pues morir a causa tuya Muerte es que puede envidiarse.
Es tanto lo que te quiero, Que amaré lo que tú ames, Estimaré lo que estimas Solo porque tú lo mandes.
Alguna secreta causa, Que el alma profeta sabe (Que en adivinar desdichas No hay sabio que más alcance),
Señora mía, me obliga Amargamente a quejarme: Quiera el cielo que ella mienta, Quiera el amor que me engañe.
Si mi pena no te obliga, Bien sabes tú lo que haces; No merezco más favor, Pues no te animas a darle.
Sabe Dios, si como él solo Se obliga de voluntades, Te obligaras de la mía, Conociendo lo que vale.
Que aunque cruel me maltratas, Tú vinieras a obligarte De la vida que aborreces, Y acabaran tus crueldades.
¡Ay de mí! ¿cómo diré Mi amor? mas mi lengua calle, Que si no le has de pagar, Más justo será ignorarle.
Fue tan grande el enojo que Roseleta recibió en este último papel, que sin mirar riesgos ni temer peligros, con una crueldad de basilisco, tomando este y los demás que tenía guardados se fue a su marido, y poniéndoselos todos en las manos le dijo:
—Para que veáis el amigo que tenéis, y de quién os fiais y traéis a vuestra casa, vuestro amigo don Juan trata de quitaros la honra, solicitando con las muestras que en él habéis visto vuestra mujer; y advertid que la Angeliana por quien publica desvelos soy yo, y a mí es a quien dirige todas sus palabras y versos; que si le dije el otro día lo que delante de vos pasó, fue por reñirle sus atrevimientos; y ni esto ni amenazarle que os lo diría me ha servido de nada, pues se ha atrevido a escribirme tan descaradamente como veréis. Ahora ved qué remedio se ha de poner, porque yo no hallo otro sino quitarle la vida: yo he cumplido con lo que me toca, ahora cumplid con lo que os conviene a vos.
En el discurso de este desengaño veréis, señores, como a las que nacieron desgraciadas nada les excusa de que no lo sean hasta el fin; pues si Camila murió por no haber notificado a su esposo las pretensiones de don Juan, Roseleta, por avisar al suyo de los atrevimientos y desvelos de su amante, no está fuera de padecer lo mismo; porque en la estimación de los hombres el mismo lugar tiene la que habla como la que calla. Dios nos libre si dan en desacreditarnos, que por una medida pasan todas.
Cómo quedaría don Pedro oyendo a Roseleta no hay lengua que lo diga; júzguelo el que lo oye, pues sobre el agravio se le ofrecía ser su mayor amigo quien se le hacía: leyó los papeles una y otra vez, y ya la cólera no le daba lugar a aguardar tiempo para su venganza, pero el amor que a don Juan tenía le atajaba el tomarla: mas, al fin, resuelto a que tal agravio no quedase sin castigo, dispuso dársele de modo que no se supiese por la ciudad, porque no quedase su honor en opiniones; y así le mandó a Roseleta que respondiese a don Juan un papel muy tierno, disculpándose de su ingratitud y dándole a entender que estaba arrepentida del desdén que hasta allí le había mostrado, y que para darle más seguras satisfacciones le aguardaba, al otro día en la noche, en su quinta, que él muy bien sabía, porque su marido iba al otro día fuera de Palermo a un negocio donde había de estar dos días; y que no entrase por la puerta de la quinta sino por un portillo que estaba en la huerta, por excusar que no le viesen los labradores que en dicha quinta había; que en la misma huerta le aguardaba sola con aquella criada que era testigo de sus pensamientos.
Finalmente, el papel le notó don Pedro y le escribió Roseleta. Llevole la criada, ignorante de que era ordenado por su señor, sino creyendo que Roseleta, ya vencida de don Juan, le respondía.
Recibió el papel el enamorado mozo, haciendo y diciendo mil locuras de gozo, satisfaciendo a la mensajera su cuidado; y enviando a decir a su señora que sería obedecida, la despidió.
¡Oh ceguedad de amante, que no advirtió el peligro, ni admiró la liviandad de Roseleta, quien después de tanta repugnancia, tan pronto se mostraba apasionada; antes alabó su dicha, dando gracias al amor porque tras tantas penas le había dado tal gloria!
Llegó la mañana del aplazado día, y don Pedro, con dos criados, apercibido su camino, se partió hallándose don Juan presente, quien de falso se ofreció a ir con él, mas don Pedro, no aceptando, salió de Palermo por diferente puerta de la que iba a la quinta, y luego torciendo el camino, él y sus criados se ocultaron en ella, que no distaba más de tres millas de la ciudad, que es una legua española.
Acabando de comer, Roseleta se entró en su coche con la criada, tercera de los amores; y a vista del mismo don Juan, que no se descuidaba, partió camino de la quinta, y entreteniéndose por el campo hasta que fue de noche, dio la vuelta por otra parte y se volvió a su casa, admirada la criada de lo que veía.
Poco antes de anochecer subió don Juan en un caballo, y solo, caminó hacia la quinta con tanto contento de ir a verse con la hermosa Roseleta que no llevaba pensamiento de azar ninguno, y al salir de la ciudad tocaron al Ave María, que oyéndolo don Juan, aunque divertido de sus amorosos cuidados, pudo más la devoción; y parando en donde oyó la campana se puso a rezar, pidiendo a la Virgen María, nuestra purísima señora, que no mirando la ofensa que iba a hacerle, le librase de peligro y le alcanzase perdón de su precioso Hijo; y acabada su devota oración siguió su camino.
Úsase en toda la Italia ajusticiar los delincuentes en la misma parte que cometen el delito; y aquel mismo día habían, a una milla de la ciudad, ahorcado tres hombres, y a un lado del camino por donde don Juan iba, porque allí habían muerto a unos caminantes por robarlos; y como por allá, y aun en muchas partes de España, los dejan en la horca, estos tres que digo estaban en ella.
Al llegar don Juan casi en frente del funesto madero, oyó una voz que dijo: «¡Don Juan!», quien, como se oyó nombrar, miró a todas partes, y no viendo persona alguna, porque aunque ya había cerrado la noche hacía luna, aunque algo turbia, pasó adelante, pareciéndole que se había engañado; y a pocos más pasos oyó otra vez la misma voz, que volvió a decir: «¡Don Juan!» Volvió espantado la cabeza a todas partes y no viendo persona alguna, santiguándose, volvió a seguir su camino, y llegando ya en frente de la horca oyó tercera vez la misma voz que le dijo: «¡Ah, don Juan!» A este último acento, y ya casi enfadado de la burla que hacían de él, se llegó a la horca y viendo los tres hombres en ella, con ánimo increíble les dijo:
—¿Llámame acaso alguno de vosotros?
—Sí, don Juan —respondió el que parecía más mozo—, yo te llamo.
—¿Pues qué es lo que me quieres? —le respondió don Juan—. ¿Quieres que te haga algún bien, o que te haga decir algunas misas?
—No —respondió el hombre—, que por ahora no las he menester. Para lo que te llamo es para que me quites de aquí.
—¿Pues qué, estás vivo? —dijo don Juan.
—Pues si no lo estuviera —replicó el hombre—, ¿qué necesidad tenía de pedirte que me quitases?
—¿Cuándo te ahorcaron? —dijo don Juan.
—Hoy —replicó el hombre.
—¿Pues cómo has podido vivir hasta ahora?
—¿Hay para Dios imposible que lo sea? Cuando quiere librar una vida, aun enterrado lo puede hacer, como sea su voluntad.
—¿Pues cómo lo haremos —dijo don Juan—, que no hay con qué subir allá arriba, y si corto la soga podrás caer y hacerte daño?
—Vuelve las ancas al caballo, y como con la espada cortes la soga, yo me quedaré después de pies en él.
Hízolo así el admirado caballero, y como cortó la soga, se quedó el hombre sentado en las ancas del caballo.
Hecho esto, volvieron a su camino, pareciéndole a don Juan siglos lo que se había detenido: tanto deseo tenía de llegar donde esperaba gozar toda su gloria en los brazos de Roseleta; y yendo por él, le dijo:
—Dime ahora cómo ha sido esto que habiéndote ahorcado estés vivo.
—Yo estaba inocente del delito que me levantaron, confesé de miedo del tormento, y así fue Dios servido de guardarme la vida.
—La cosa más rara y milagrosa que se ha visto es esta —dijo don Juan.
—Sí es —dijo el hombre—, mas ya ha sucedido en otros, como se ve en el milagro de Santo Domingo de la Calzada en España, que hasta hoy se guardan las memorias en el gallo y la gallina, que resucitaron para crédito de que el mozo que habían ahorcado quince días había estaba vivo, que Dios como padre de misericordia acude con ella a quien le ha menester, como ha hecho a mí, y aun a ti, pues quiso traerte por esta parte a tiempo que me pudieses socorrer y fueses la mano por donde se cumpliese la voluntad divina.
—Bendito sea —dijo don Juan—, que lo ordenó así, pues cuando no fuera mi venida para el gusto que espero gozar de ella, por haberte socorrido a tal tiempo, la doy por muy bien empleada y te prometo como caballero no desampararte mientras viviere, porque la necesidad no te obligue a hacer por donde te veas otra vez en tan desventurado lugar como te has visto.
—Yo te beso, señor, la mano —dijo el hombre—, y doy gracias al cielo que te encaminó por esta parte.
Al fin, tratando en esto y en otras cosas, descubrieron la quinta, que estaba en medio de una deleitosa arboleda, por haber en aquella tierra muy hermosos jardines, y la quinta la tenía de las mejores de cuantas por aquel prado había. A tiro de arco de ella bajó don Juan del caballo, y haciendo el hombre lo mismo, le dijo:
—Quédate aquí con este caballo, y aguárdame, que yo voy a un negocio preciso, que es el que me sacó esta noche de mi casa, que presto daré la vuelta para que nos volvamos a la ciudad, o te avisaré de lo que has de hacer.
—No, don Juan —replicó el hombre—, no andas acertado en eso que me mandas, que a ese negocio a que vas que importa tanto, yo lo tengo de hacer y tú eres el que te has de quedar aquí con el caballo.
Riose don Juan de voluntad, y respondiole:
—¿Pues sabes tú lo que yo vengo a hacer, o cómo puedes tú suplir la falta que yo haré?
—Esa es la gracia —respondió—, que sé a lo que vienes, y he de suplir la que tú vienes a desempeñar.
—Acaba —dijo don Juan—, que estás porfiado en vano y perdemos tiempo.
—Ya yo lo veo —dijo el ahorcado— que perdemos no solo tiempo, mas las palabras, y tú eres el porfiado, y así toma el caballo, que esto ha de ser; yo he de ir y tú te has de quedar.
—Cansado eres, y a saber esto no te hubiera traído conmigo, que si supieses los ratos de gusto que me quitas en detenerme, no me pagarías descortés el beneficio que esta noche te he hecho.
—No sabes bien cómo te lo pago —dijo el hombre— y los gustos que te estorbo; y para que no nos cansemos, que quieras que no quieras he de ir yo adonde tú vas; y más, que no has de quedar aquí donde estamos, que el caballo lo has de atar a aquel árbol que está allí desviado, y tú te has de subir a otro apartado de él, donde no puedas ser visto: ten atención a lo que vieres y oyeres, y entonces conocerás a cuál de los dos importa más que vaya, tú o yo.
Embelesado estaba don Juan oyéndole, con mil asustadas palpitaciones que el corazón le daba, que le hacían temblar todo el cuerpo sin poder aquietarle, aunque se aprovechaba de todo su valor y ánimo, pareciéndole prodigioso todo lo que veía; y sin replicar más tomó su caballo, y atándole al árbol que el hombre le había señalado, se subió en otro no muy lejos de él, aguardando a ver en qué paraba la porfía de aquel hombre, el cual en viéndole puesto en parte segura, caminó a la quinta; y de lo que más se maravilló don Juan fue de ver que no encaminó a la puerta; antes, dando vuelta por junto a las tapias, se fue a un portillo que en la huerta había, que era por donde él estaba avisado que había de entrar, porque no fuese visto de la gente que en la quinta había, acordándose muy bien que él no le había dicho esta circunstancia.
Llegó el ahorcado al portillo, y apenas saltó por él, que era como de algo menos que un estado de hombre, cuando don Pedro y sus criados, que estaban en centinela, pareciéndoles ser don Juan, disparando a un tiempo las pistolas le derribaron en tierra, y luego que le vieron tendido fueron sobre él y dándole muchas puñaladas le cogieron y echaron en un pozo muy hondo, arrojando sobre él cantidad de piedras que tenían apercibidas.
Sin sentido quedó don Juan oyendo desde el sitio en que estaba el ruido de las bocas de fuego, sin poder imaginar qué fuese, y no hacía sino santiguarse; y más le creció la admiración cuando de allí a un cuarto de hora vio abrir las puertas de la quinta y salir por ellas tres hombres a caballo, que, como llegaron a emparejar con el de don Juan y los sintió, relinchó; a lo que uno de los tres dijo:
—Es el caballo del señor, no subirá más en él —y pareciole en la voz y en el talle a su amigo don Pedro.
—¡Válgame el cielo, qué es esto! —decía el espantado caballero—, ¿qué es lo que me ha sucedido y sucede? ¡Don Pedro y sus criados en la quinta! ¡No dejarme ir aquel hombre que quité de la horca! ¡Oír ruido de pistolas! ¡Decir don Pedro aquellas expresiones!
Y con estos pensamientos, así como los perdió de vista y que habían tomado el camino de la ciudad, se bajó del árbol y, queriendo ir hacia la quinta, llegó el hombre todo bañado en sangre y mojado, dando con su venida a don Juan nuevas admiraciones, quien le dijo:
—Pídote por Dios que me desates de tantas dudas y saques del cuidado en que estoy con las cosas que esta noche me han sucedido; que, o pienso que sueño, o que estoy encantado.
—Ni sueñas ni estás encantado —respondió él—, yo te lo aclararé todo. ¿No viste a don Pedro, tu amigo, y a sus criados? ¿No oíste lo que dijeron? ¿Pues tan ignorante eres que no sacas de eso lo que puede ser? Vesme como vengo; pues todas estas heridas me han dado, creyendo ser tú, y luego me echaron en un pozo, y muchas piedras sobre mí, y aun pienso que don Pedro no quedó vengado de tu traición y falsa amistad, de que Roseleta, su mujer, le dio cuenta poniéndole en la mano tus papeles, y por orden suya te escribió ella para que, viniendo aquí, su marido te diese el castigo que merecen tus atrevimientos; y mira lo que los cristianos pecadores debemos a la Virgen María, Madre de Dios y Señora nuestra, que con venir, como venías, a ofender a su precioso Hijo y a ella, se obligó de aquella Ave María que la rezaste cuando saliendo de la ciudad tocaron a la oración, y de una misa que todos los sábados le haces decir en tu capilla, donde tienes tu entierro y el de tus padres, y le pidió a su precioso Hijo te librase de este peligro que tú mismo ibas a buscar; y su divina Majestad, por su voluntad (quizá para que siendo este caso tan prodigioso y de admiración, tú y los demás que lo entendieran sean con más veras devotos de su Madre), me mandó viniese de la manera que has visto para que, tomando a los ojos de don Pedro y sus criados tu forma, lleven creído que te dejan muerto y sepultado en aquel pozo, y tú tengas lugar de arrepentirte y enmendarte: ya te he librado y dicho lo que tan admirado te tiene: quédate con Dios, y mira lo que haces y que tienes alma, y que esta noche has estado cerca de perderla con la vida: yo me voy adonde estaba cuando Dios me mandó que viniera a librarte, que yo muerto estoy y no vivo; y acuérdate de mí para hacerme algún bien.
Diciendo esto, dejando a don Juan más confuso y asombrado que hasta allí, se le desapareció de delante; y es cierto que a no valerse de todo su ánimo cayera allí sin sentido; mas haciéndose mil veces la cruz en su frente, y dando muchas gracias a Dios y a su bendita Madre, desató su caballo y, subiendo en él, tomó el camino de la ciudad con nuevos pensamientos, bien diferentes de los que hasta allí había tenido; y como llegó en frente de la horca, miró hacia ella y vio a los tres hombres como antes estaban.
Entró en la ciudad encomendándolos a Dios, y llegando a su casa se acostó, sin hablar nada a ninguno de sus criados, que estaban admirados de su tardanza por ser ya más de media noche, la cual pasó hasta que fue de día con mucha inquietud.
Como viese la luz, se vistió y se fue a casa de su amigo don Pedro, que estaba durmiendo con su mujer, contento con haberse vengado, y de modo que nadie sabía qué se había hecho don Juan; y entrando en la calle, como le viesen los criados de don Pedro que habían asistido a su muerte, más admirados que don Juan había estado la noche antes, fueron a su amo y despertándole le dijeron:
—¡Señor, la mayor maravilla que ha sucedido en el mundo!
—¿Y qué es? —replicó don Pedro.
—Que don Juan está vivo, y viene acá —respondieron ellos.
—¿Estáis en vuestro juicio —dijo don Pedro—, o le habéis perdido? ¿Cómo puede don Juan venir ni estar vivo? Pues si no muriera de las heridas que le dimos, era imposible salir del pozo con las piedras que le echamos encima.
—En mi juicio estoy, que no le he perdido; y digo que viene sano y bueno —dijo el uno de ellos—, y vesle sube por la escalera.
—Y ¡vive Dios! —dijo el otro—, que está ya en la antesala, que no las tengo todas conmigo, esté vivo o muerto.
Cuando esto se acabó de decir ya don Juan estaba en la cuadra, dejándolos a todos como los que han visto visiones, y más a don Pedro, que no podía creer sino que era cuerpo fantástico.
Entrando pues don Juan, se echó a los pies de don Pedro, pidiéndole perdón de los agravios que no había cometido, aunque los había intentado; y a Roseleta de sus atrevidas y locas pretensiones, contando sin que faltase nada de lo que le había pasado, dejando a todos tan confusos que apenas acertaban a responderle; y hecho esto, despidiéndose de todos, haciendo primero quitar los cuerpos que estaban en la horca, y haciéndoles un honroso entierro, mandándoles decir muchas misas, se fue a un convento de religiosos carmelitas descalzos, y se entró fraile, tomando el hábito de aquella purísima Señora que le había librado de tan manifiesto peligro.
Bien pensaréis, señores, que estos prodigiosos sucesos serían causa para que don Pedro estimase y quisiese más a su esposa, conociendo cuán honesta y honrada era: pues no solo había defendido su honor de las persuasiones de don Juan, sino avisádole de ellas para que pusiese remedio y se vengase: pues no fue así; que con los crueles y endurecidos corazones de los hombres no valen ni las buenas obras ni las malas; que de la misma suerte, como no sea a su gusto, estiman lo uno que lo otro, pues en ellos no es durable la voluntad y por esto se cansan hasta de las propias mujeres; y si no las arrojan de sí como a las que no lo son, no es porque las aman, sino por su opinión.
Así le sucedió a don Pedro, que, o fuese porque se cansó de la belleza de Roseleta (por tenerla por plato ordinario, y quisiera mudar y ver diferente cara), o por hallarse corrido de lo que había sucedido con don Juan, viendo que se había divulgado por la ciudad, pues no se hablaba de otra cosa; y como el vulgo es novelero y no todos bien entendidos, cada uno daba su parecer; unos, si don Pedro había satisfecho su honor con lo que había hecho, pues aunque se suponía no haber tenido efecto la culpa, para el honor del casado solo el amago basta, sin que dé el golpe: otros, poniéndolo en la honestidad de Roseleta, decían si había sido o no, juzgando si la motivó diferentes accidentes que la honestidad a avisar a su marido de las pretensiones de don Juan, y a esto anteponían el entrar tan de ordinario en su casa: otros, que no cumplía con la ley de honrada si no lo hiciera; de manera que en todas partes se hablaba y había corrillos sobre el caso, señalando a don Pedro con el dedo. «Este —decían— es el que tornó a matar el ahorcado.» Otros respondían: «Buen lance echó, bien desagraviado quedó.»
Todo esto traía a don Pedro avergonzado, y con tal descontento que, sin mirar cómo el cielo había sido autor de la defensa de don Juan, y que él estaba ya puesto al amparo de la misma que se le había dado para que él no ejecutase su venganza, lo vino a pagar todo su inocente esposa, aborreciéndola de modo que, ante sus ojos, era un monstruo y una bestia fiera.
Opúsose a la hermosa y desdichada dama para que lo fuese de todo punto, si ya no bastaba verse aborrecida de su esposo, Angeliana, aquella dama que al principio dije que don Juan amaba cuando se enamoró de Roseleta, y que la había gozado con palabra de esposo; la que como supo el suceso, rabiosa de haber perdido a don Juan por causa de Roseleta, se quiso vengar de entrambos; de la dama, quitándola su marido, y de don Juan, agraviándole con su amigo.
Era libre y había errado, causa para que algunas se den más a la libertad; que esto habían de mirar los hombres cuando desasosiegan las doncellas, que va sobre ellos el enseñarlas a ser malas.
Poníase en las partes más ocasionadas para que don Pedro la viese; y aunque no era tan hermosa como Roseleta, los ademanes libres, con otras señas que con lascivos ojos le hacía, como ya él aborrecía a su esposa, le atrajeron de suerte que vino a conseguir su intento, de modo que don Pedro se enamoró de ella, entrando en su casa, no como recatado amante, sino con más libertad que si fuera su marido; y como a cariño nuevo le asistía más, faltando en su casa no solo al regalo y agasajo de su esposa sino también al sustento de su familia, no bastándole su hacienda y la de su mujer para que Angeliana destruyese; que siempre para las cosas del diablo sobra y para las de Dios falta.
Vino a ser tan pública esta amistad que la ciudad la murmuraba y Roseleta no la ignoraba, por donde, impaciente, se quejaba, viniendo a tener entre ella y don Pedro los disgustos acostumbrados que sobre tales casos hay entre casados; y por esto, y ver que se disminuía su hacienda, no disfrutándola ella, se determinó a escribir un papel a Angeliana, amenazándola que si no se apartaba de la amistad de su marido, la haría quitar la vida.
Este papel dio Angeliana a don Pedro con grandes sentimientos y lágrimas; y para dañarlo más, le dijo que ella sabía por cierto que don Juan había gozado a Roseleta; que el darle los papeles y cuenta de las pretensiones que tenía, fue celosa por vengarse de él, porque se quería casar con ella, y que aquellos papeles eran de los primeros que don Juan le había escrito; que los que después se escribían el uno al otro, llenos de amores y caricias, como ella había visto algunos por habérselos quitado a don Juan, que de esos no le había dado parte.
Finalmente, la traidora Angeliana lo dispuso de tal modo, pidiéndola la vengase de los atrevimientos de su esposa, y de haber sido causa de que ella no lo fuese de don Juan, que don Pedro, dándola crédito, se lo prometió; y para ejecutarlo, porque no le diesen a él ni a Angeliana la culpa, se concertaron en lo que habían de hacer, y fue que don Pedro se retiró de industria de la casa de su dama, y asistir con más puntualidad y cuidado a la suya y al regalo de Roseleta, con que la pobre señora, sosegados sus celos, empezó a tener más gusto que hasta allí había tenido, viendo que su marido se había aquietado y quitádose de la ocasión de Angeliana.
Más de dos meses aguardó el falso don Pedro la ocasión que deseaba, no viendo a su dama sino con gran cautela y recato. En este tiempo Roseleta cayó mala de un aprieto de garganta, de que fue necesario sangrarla, como se hizo; y esa misma noche el ingrato y cruel marido, después de recogida la familia, viendo que dormía Roseleta, la quitó la venda de la sangría, y la destapó la vena, por donde se desangró hasta que rindió la hermosa vida a la fiera y rigurosa muerte, y como vio que ya había ejecutado el golpe y que estaba muerta, dando grandes voces, llamando criados y criadas que trajesen luz, alborotó la casa y vecindad, y entrando con la luz, que él de propósito había muerto cuando hizo el buen hecho, hallaron la hermosa dama muerta, que, como se había desangrado, estaba la más bella cosa que los ojos humanos habían visto.
Llorábala toda su familia, y también la ciudad lamentaba tal desgracia, ayudando a todos el cruel don Pedro, que dando gritos y llorando lágrimas falsas, hacía y decía tales extremos que en muchos acreditaba sentimientos, mas en otros cautela.
—¿Adónde te has ido —decía—, amada esposa mía? ¿Cómo has dejado el triste cuerpo de tu don Pedro sin alma? Presto seguirá tras ti la de este despreciado hombre. ¡Ay, ángel mío!, ¿cómo viviré sin ti? ¿Quién alegrará mis ojos, faltándoles la hermosura de mi querida y amada Roseleta?
Arrojábase sobre ella, besábala las manos, y no quería que nadie le consolase, pues que él se estaba consolando.
Enterraron a Roseleta con general sentimiento de todos, y esa misma noche vino Angeliana a consolar a don Pedro, y lo hizo tan bien que se quedó en casa por que no se volviese a desconsolar, con lo que empezaron todos a conocer que él la había muerto; mas como no se podía averiguar, paró solo en murmurarlo, y más cuando dentro de tres meses se casó con Angeliana, con quien vivió en paz, aunque no seguros del castigo de Dios, que si no se les dio en esta vida, no les reservaría de él en la otra.
Buscó don Pedro a don Juan, ya profeso, para matarle; mas no lo permitió Dios, que la que le había guardado una vez le guardó siempre, porque con licencia de sus mayores pasó a más estrecha vida, donde acabó en paz.
Vean ahora las damas de estos tiempos si, con el ejemplo de los pasados, se hallan con ánimo para fiarse de los hombres, aunque sean maridos; y no desengañarse de que el que más dice amarlas, las aborrece; y el que más las alaba, más las vende; y el que más muestra estimarlas, más las desprecia; y que el que más perdido se muestra por ellas, al fin las da la muerte; que para con las mujeres todos son unos; y esto se ve en que si es honrada, es aborrecida porque lo es; y si es libre, cansa; si es honesta, es melindrosa; si atrevida, deshonesta; ni les agradan sus trajes ni sus costumbres, como se ve en Roseleta y Camila, que ninguna acertó, ni la una callando ni la otra hablando.
Pues, señoras, desengañémonos, volvamos por nuestra opinión, mueran los hombres en nuestras memorias; pues más obligadas que a ellos estamos a nosotras mismas.
Con mucho desenfado, desahogo y donaire dio fin la hermosa Nise a su desengaño, dando a las damas, con su buen entendido documento, que temer y advertir lo que era justo que todas miren.
Libre vivía Nise de amor, que aunque era hermosa y deseada de muchos para merecerla por esposa, jamás había rendido a ninguno su libre voluntad, y por eso con menos embarazo que Lisarda había hablado; y como vieron que ya había dado fin, empezaron las damas y caballeros a dar sus pareceres sobre el desengaño dicho, alegando si don Pedro fue fácil en creer lo que Angeliana le dijo contra el decoro de su esposa, pues debía conocer que, siendo su amiga y estando rabiosa del papel que había recibido, lo cierto es que no podía hablar bien de ella.
Los caballeros le disculpaban, alegando que un marido no está obligado, si quiere ser honrado, a averiguar nada; pues cuando con los cuerdos quedase sin culpa, los ignorantes no le disculparían; y cuando quisiera disimular, por ser caso secreto, lo que Angeliana le decía, le bastaba para pensar que ella lo sabía, y más afirmando haber visto papeles diferentes de los que a él le habían dado: y cuando estuviera muy cierto de la inocencia de Roseleta, ya parecía que Angeliana la ponía en duda, aunque mintiese, y dejaba oscurecido su honor.
Las damas decían lo contrario, afirmando que no por la honra la había muerto, pues qué más deshonrado y oscurecido quería ver su honor que con haberse casado con mujer ajada de don Juan y después gozada de él, sino que por quedar desembarazado por casarse con la culpada, había muerto la sin culpa; que lo que más se podía admirar era de que hubiese Dios librado a don Juan por tan cauteloso modo, y permitido que padeciese Roseleta.
A lo cual Lisis respondió que eso no había que sentir más de que a Dios no se le puede preguntar por qué hace esos milagros, supuesto que sus secretos son incomprensibles; y así, a unos libra y a otros deja padecer; que a ella le parecía, con el corto caudal de su ingenio, que a Roseleta le había dado Dios el cielo, padeciendo aquel martirio, porque la debió de hallar en tiempo de merecerle, y que a don Juan le guardó hasta que le mereciese con la penitencia y que tuviese más larga vida, y tantos desengaños para enmendarla: con que sujetándose todos a su parecer, dieron lugar a la linda doña Isabel y a los demás músicos, que estaban aguardando silencio, para que cantasen este romance:
A pesar de la fortuna Que su vista me quitó, Sin ser aurora en mis brazos, Ayer Febo amaneció,
Vertiendo risa en las flores Con su divino esplendor, Dando perlas a las fuentes, Lustre, ser y admiración.
¿Quién vio, entre celajes rojos, Salir, gobernar el sol Los flamígeros caballos Que descompuso Faetón?
¿Quién vio decretar a Jove El castigo que se dio Al mozo mal entendido Que por soberbio cayó?
¿Y quién vio al sabio Mercurio Adormecer al pastor Que velaba con cien ojos A la desdichada Ío?
¿Quién vio sujetando a Marte, Con su extremado valor, Las belicosas escuadras De quien es dueño y señor?
¿Quién le vio rendir a Venus La soberbia condición, Animoso entre soldados, Tierno tratando de amor?
¿Quién vio conquistando al mundo Aquel magno emperador Que alcanzó en él tanta monta, Glorias, título y blasón?
¿Quién vio vencer imposibles Aquel mozo que abrasó, Por castigar su flaqueza, Su brazo con tal valor?
Así, selvas, a mis ojos Un bello sol ofreció, Y de haberle visto, selvas, Mi dicha alabando estoy.
Envídieme la fortuna Si oriente soy de tal sol, Siendo diamante que alcanzo A sus rayos más valor.
Mas ¡ay! que tal favor En sueños la fortuna me ofreció; Porque nunca mi amor, Si no es durmiendo, aquesto mereció.
NOCHE QUINTA.
DESENGAÑO QUINTO.
TARDE LLEGA EL DESENGAÑO.
Acabada la música, ocupó la hermosa Filis el asiento que había ya quedado desembarazado, bien temerosa de salir del empeño tan airosa como las demás que habían desengañado; y congojada de esto, cubriendo el hermoso rostro de nuevas y alejandrinas rosas que el ahogo le causaron, dijo:
—Cierto, hermosas damas y discretos caballeros, y tú, divina Lisis, a cuyo gobierno estamos todas sujetas, que cediera de voluntad a cualquiera, que me quisiera sacar de este empeño en que estoy puesta, este lugar; porque haber de desengañar en tiempo que se usan tantos engaños, que ya todos viven de ellos, de cualquiera estado o calidad que sean, es fuerte rigor; y así digo que ni las mujeres son engañadas, que una cosa es dejarse engañar y otra es engañarse; ni los hombres deben de tener la culpa de todo lo que se les imputa; y así muchas mujeres vemos hoy, sin los casos pasados, llorar y gemir por haber sido burladas.
¿Qué mejor desengaño habemos menester? Mas dirán lo que dijo una vez una bachillera, oyendo contar una desdicha que había sucedido a una dama casada: «Bueno fuera que por una nave que se anega, no navegasen las demás.» Y cierto que, aunque se dice que el libre albedrío no está sujeto a las estrellas, pues aprovechándonos de la razón las podemos vencer, soy de parecer que, si nacimos sujetos a desdichas, es imposible apartarnos de ellas.
Bien se advierte en Camila y Roseleta, que ni la una con su prudencia pudo librarse, aunque calló, ni la otra con su arrojamiento, hablando, se libró tampoco; y aunque miro en Carlos y don Pedro dos amigos bien crueles, no me puedo persuadir a que todos los hombres sean de una misma manera; pues juzgo que ni los hombres deben ser culpados en todo, ni las mujeres tampoco. Ellos nacieron con libertad de hombres, y ellas con recato de mujeres; y así, por lo que deben ser más culpadas, dejando aparte que son más desgraciadas, es que, como son las que pierden más, luce en ellas más el delito; y por esto, como los hombres se juzgan los más ofendidos, quéjanse y condénanlas en todo, y así están hoy más abatidas que nunca, porque deben de ser los excesos mayores.
Demás de esto, como los hombres, con el imperio que naturaleza les otorgó en serlo, temerosos quizá de que las mujeres no se le quiten, pues no hay duda que si no se dieran tanto a la compostura, afeminándose más que naturaleza las afeminó, y como en lugar de aplicarse a jugar las armas y a estudiar las ciencias, estudian en rizar el cabello y matizar el rostro, ya pudiera ser que pasaran en todo a los hombres: luego el culparlas de fáciles y de poco valor y menos provecho es porque no se les alcen con la potestad; y así, en empezando a tener discurso las niñas, pónenlas a labrar y hacer vainillas, y si las enseñan a leer es por milagro; que hay padre que tiene por cosa de menos valor que sepan leer y escribir sus hijas, dando por causa que de saberlo son malas; como si no hubiera muchas más que no lo saben y lo son; y esta es natural envidia y temor que tienen de que los han de pasar en todo.
Bueno fuera que si una mujer ciñera espada, sufriera que la agraviara un hombre en ninguna ocasión; harta gracia fuera que si una mujer profesara las letras, no se opusiera con los hombres tanto a las dudas como a los puestos: según esto, temor es el abatirlas y obligarlas a que ejerzan las cosas caseras.
Esto prueba bien el valor de las hermanas del emperador Carlos V, que no quiero asir de las pasadas, sino de las presentes; pues el entendimiento de la serenísima infanta doña Isabel Clara Eugenia de Austria, pues con ser el católico rey don Felipe II de tanto saber que adquirió el nombre de prudente, no hacía ni intentaba acción alguna que no tomase consejo con ella: en tanto estimaba el consejo de su hija; pues en el gobierno de Flandes bien mostró cuán grande era su saber y valor.
Pues la excelentísima condesa de Lemos, camarera mayor de la serenísima reina Margarita, y aya de la emperatriz de Alemania, abuela del excelentísimo conde de Lemos, que hoy vive, y viva muchos años, fue de tan excelentísimo entendimiento, demás de haber estudiado la lengua latina, que no había letrado que la igualase.
La señora doña Eugenia de Contreras, religiosa en el convento de Santa Juana de la Cruz, hablaba la lengua latina, y tenía tanta prontitud en la gramática y teología, por haberla estudiado, que admiraba a los más elocuentes en ella.
Pues demás de estas hay otras muchas de que hoy goza el mundo, excelentes en prosa y verso, como se ve en la señora doña María Varona, religiosa en el convento de la Concepción Jerónima, y la señora doña Ana Caro, natural de Sevilla: y ya Madrid ha visto y hecho experiencia de su entendimiento y excelentísimos versos, pues los teatros la han hecho estimada y los grandes entendimientos la han dado laureles y vítores, rotulando su nombre por las calles; y no será justo olvidar a la señora doña Isabel de Ribadeneira, dama de mi señora la condesa de Gálvez, tan excelente y única en hacer versos que de justicia merece el aplauso entre las pasadas y presentes: pues escribe con tanto acierto que arrebata, no solo a las mujeres, mas a los hombres, el laurel de la frente; y otras muchas que no nombro por no ser prolija.
Puédese creer que, si como a estas que estudiaron las concedió el cielo tan divinos entendimientos, si todas hicieran lo mismo, unas más y otras menos, todas supieran y fueran famosas.
De manera que no voy fuera de camino en que los hombres, por temor y envidia, las privan de las letras y las armas, como hacen los moros a los cristianos que han de servir donde hay mujeres, que los hacen eunucos por estar seguros de ellos.
¡Ah, damas hermosas, y qué os pudiera decir si supiera que como soy oída no había de ser murmurada! Ea, dejemos las galas, rosas y rizos, y volvamos por nosotras; unas con el entendimiento y otras con las armas; y será el mejor desengaño para las que hoy son y las que han de venir; y supuesto que he dicho lo que me parece, y ya que estoy en este asiento, he de desengañar, es fuerza que, cumpliendo el mandamiento de la divina Lisis, ha de ser mi desengaño contra los caballeros; y por si algún día los hubiere menester, les pido perdón y licencia.
Con gran gusto escucharon todos a la hermosa Filis, que después de haberla dado las gracias, y concedido lo que tan justamente pedía, empezó así:
Si mis penas pudieran ser medidas, No fueran penas, no, que glorias fueran; Con más facilidad contar pudieran Las aves que en el aire están perdidas.
Las estrellas a cuenta reducidas, Más cierto que ellas número tuvieran; Por imposibles, fáciles se vieran Contadas las arenas esparcidas.
Sin ti, dulce y ausente dueño mío, La noche paso deseando el día, Y en viendo el día, por la noche lloro.
Lágrimas, donde estáis, con gusto envío, Gloria siento por ti en la pena mía, Cierta señal que lo que pierdo adoro.
Espero, desespero, gimo y lloro, Que sin ti, dueño amado, Me cansa el río y entristece el prado.
¡Cuándo llegará el día En que te vuelva a ver, señora mía,
Que hasta que yo te vea, No hay gusto para mí que gusto sea!
Así cantaba para divertir su pena, siendo tan grande como quien sabe qué es ausencia, don Martín, caballero mozo, noble, galán y bien entendido, natural de la imperial ciudad de Toledo, a quien deseos de aumentar honor habían ausentado de su patria y apartado de una gallarda y hermosa dama, prima suya, a quien amaba para esposa; cuando navegaba la vuelta de España, honrado de valerosos hechos y acrecentado de grandes servicios, adquiridos en Flandes, donde había servido con valeroso ánimo y heroico valor a su católico rey, y de quien esperaba, llegando a la corte, honrosos premios, ligando de camino el libre cuello al yugo del matrimonio, lazo amable y suave para quien le toma con gusto, como él esperaba hacerlo con su hermosa prima, juzgando el camino eterno, por impedirle llegar a gozar y poseer sus amorosos brazos, pareciéndole el próspero viento con que la nave volaba perezosa calma.
Mas la fortuna (cruel enemiga del descanso, que jamás hace cosa a gusto del deseo), habiendo cerrado la noche oscura, tenebrosa y revuelta de espantosos truenos y relámpagos, con furiosa lluvia, trocándose el viento apacible en rigurosa tormenta; los marineros, temerosos de perderse, queriendo amainar las velas porque la nave no diese contra alguna peña y se hiciese pedazos, no les fue posible, antes empezó a correr, sin orden ni camino, por donde el furioso viento la quiso llevar, con tanta pena de todos que viendo no tenían otro remedio, puestos de rodillas, llamando a Dios que tuviese misericordia de las almas, ya que los cuerpos se perdiesen; y así, poniendo el timón la vía de Cerdeña, pareciéndoles no medrarían muy mal si llegasen a ella, perdidas las esperanzas de quedar con las vidas, con grandes llantos se encomendaba cada uno al santo con quien más devoción tenía; y es lo cierto que, si no fuera por el valor con que don Martín los animaba, el mismo miedo los acabara: mas era toledano, cuyos pechos no le conocen, y así, haciendo la misma cara al bien que al mal, poniendo todas sus esperanzas en Dios, esperaban con valor lo que sucediese.
Tres días pasaron de esta suerte sin darles lugar la oscuridad y el ir engolfados en alta mar a conocer por dónde iban; y ya que esto les aseguraba el temor de hacerse pedazos la nave, no lo hacía el dar en tierra de moros, cuando al cuarto día descubrieron tierra poco antes de anochecer, mas fue para acrecentarles el temor, porque eran unas montañas tan altas que, antes de sucederles el mal, ya le tenían previsto; y procurando amainar, fue imposible, pues la triste nave venía tan furiosa que antes que tuviesen lugar de hacer lo que intentaban, dio contra las peñas y se hizo pedazos, con lo que viéndose perdidos, acudió cada uno como pudo a salvar la vida, y aun esa tenían por imposible librarla.
Don Martín, que siguiendo el ejercicio de las armas, no era esta la primera fortuna en que se había visto, animosamente asió una tabla, haciendo cada uno lo mismo, con cuyo amparo y el del cielo lograron, a pesar de las furiosas olas, tomar tierra en la parte donde más cómodamente pudieron; y como en ella se vieron, aunque conociendo su manifiesto peligro por llegar las olas a batir en las mismas peñas, por estar furiosas y fuera de madre, dieron gracias a Dios por las mercedes que les había hecho.
Buscando como pudieron dónde ampararse, don Martín y otro caballero pasajero, que los demás enderezaron hacia otras partes, se acogieron a un hueco o quiebra que en la peña había, donde, por estar bien cóncavo y cavado, no llegaba el agua.
Estuvieron hasta la mañana, que habiéndose sosegado el aire y quitádose al cielo el ceño, salió el sol y dio lugar a que las olas, retiradas a su cerúleo albergue, descubriesen una arenosa playa, de ancho hasta dos varas, de modo que se podía muy bien andar alrededor de las peñas.
Viendo esto don Martín y su compañero, temerosos de que no les hallase allí la venidera noche y deseosos de saber dónde estaban, y menesterosos de sustento, por no haber comido desde la mañana del día pasado, salieron de aquel peligroso albergue y caminando por aquella vereda iban buscando si hallaban alguna parte por donde subir a lo alto, con harto cuidado de que no fuese tierra de moros, donde perdiesen la libertad que el cielo les había concedido, aunque les parecía más civil muerte acabar la vida a manos de la hambre. No sé qué dulzura tiene esta triste vida que, aunque sea con trabajos y desdichas, la apetecemos.
Dábales a don Martín y su camarada más guerra la hambre que el esperar verse cautivos, y sentían más la pérdida de los mantenimientos, que con la nave se habían perdido, que los vestidos y ropa que se habían anegado con ella: si bien a don Martín no le hacían falta los dineros, porque en un bolsillo que traía en la faltriquera había salvado buena cantidad de doblones y una cadena.
Más de medio día sería pasado cuando, caminando orilla del mar, descubrieron una mal usada senda que a lo alto de la peña subía, y entrando por ella, no con poca fatiga, a cosa de las cuatro de la tarde llegaron a lo alto, desde donde descubrieron la tierra llana y deleitosa, muchas arboledas muy frescas y en ellas huertas de agradable vista, y muchas tierras sembradas, y en ellas, o cerca, algunas hermosas caserías; mas no vieron gente alguna, con lo que no pudieron salir de sus dudas de si estaban entre enemigos; mas, al fin, sujetos a lo que la fortuna quisiese hacer de ellos como hallasen qué comer, siguieron su camino, y a poco más de una legua, cuando ya quería anochecer, descubrieron un grande y hermoso castillo, y vieron delante de él andarse paseando un caballero, que en su talle, vestido y buena presencia pareció serlo.
Tenía, sobre un vestido costoso y rico, un gabán de terciopelo carmesí, con muchos pasamanos de oro y al uso español, de que no se alegraron poco nuestros mojados y hambrientos caminantes, dando mil gracias a Dios de que, ya que con tanto trabajo los había guiado hasta allí, fuese tierra de cristianos, porque hasta aquel punto habían temido lo contrario.
Yéndose para el caballero, que se paró a esperarlos, juzgando en verlos venir así lo que podía ser, y como llegasen más cerca pudieron ver que era un hombre de hasta cuarenta años y algo moreno, mas de hermoso rostro, el bigote y cabello negro y algo encrespado. Llegando pues más cerca, con semblante severo y alegre los saludó con mucha cortesía, y prosiguió diciendo:
—No tengo necesidad, señores, de preguntaros qué ventura os ha traído aquí, que ya juzgo en el modo que venís, a pie y mal enjutos, que habéis escapado de alguna derrotada nave que en la tempestad pasada se ha perdido, haciéndose pedazos en estas peñas; y no ha sido pequeña merced del cielo en haber escapado con las vidas, que ya otros muchos han perecido sin haber podido tomar tierra.
—Así es —respondió don Martín, después de haberle vuelto los corteses saludos—, y suplícoos, señor caballero, me hagáis merced de decirme qué tierra es esta, y si hallaremos cerca algún lugar donde poder repararnos del trabajo pasado y del que nos fatiga, que es no haber comido dos días ha.
—Estáis, señores —respondió el caballero—, en la Gran Canaria, si bien por donde la fortuna os la hizo tomar es muy dificultoso el conocerla, y de aquí a la ciudad hay dos leguas; y supuesto que ya el día va a la última jornada, será imposible llegar a ella a tiempo que os podáis acomodar de lo que os falta, y más siendo forasteros, que es fuerza ignoréis el modo, y supuesto la necesidad que tenéis de sustento y descanso, porque me parecéis en la lengua españoles, y tener yo gran parte de esta dichosa tierra, que es de lo que más me honro, os suplico aceptéis mi casa para descansar esta noche y todo el tiempo que más os diere gusto, que en todo podéis mandar como propia, y yo lo tendré por muy gran favor; que después yo iré con vosotros a la ciudad, donde voy algunas veces, y os podréis acomodar de lo que os faltare para vuestro viaje.
Agradecieron al noble caballero don Martín y su camarada con corteses razones lo que les ofrecía, aceptando, por la necesidad que tenían, su piadoso ofrecimiento; y con esto todos tres y algunos criados que habían salido del castillo se entraron en él; y cerrando y echando el puente, por ser ya tarde y aquellos campos mal seguros de salteadores y bandoleros, subieron a lo alto.
Iban notando nuestros héroes que el caballero debía ser muy principal y rico, porque todas las salas estaban muy aliñadas de ricas colgaduras y excelentes pinturas, y de otras cosas curiosas que decían el valor del dueño, sin faltar mujeres que acudieron a poner luces y ver qué se les mandaba tocante al regalo de los huéspedes que su señor tenía, porque salieron, habiéndolas llamado, dos doncellas y cuatro esclavas blancas herradas en los rostros, a quienes el caballero dijo que fuesen a su señora y la dijesen mandase apercibir dos buenas camas para aquellos caballeros, juntas en una cuadra, y que se aderezase presto la cena, porque necesitaban de comer y descansar; y mientras esto se hacía, don Martín y el compañero se quedaron con el caballero, contando de su viaje y del modo que habían llegado allí, juzgando, por lo que a las criadas había dicho dijesen a su señora, que el caballero era casado.
Aderezada la cena y puestas las mesas, ya que iban a sentarse, se les ofrecieron a la vista dos cosas de que quedaron bien admirados, sin saber qué les había sucedido; y fue que, diciéndoles el caballero que se sentasen, y haciendo él lo mismo, sacó una llave de la faltriquera, y dándola a un criado, abrió con ella una pequeña puerta que en la sala había, por donde vieron salir, cuando esperaban o que saliesen algunos perros de caza u otra cosa semejante, salió, como digo, una mujer, al mismo tiempo que, por la otra donde entraban y salían las criadas, otra, que la vista de cualquiera de ellas causó a don Martín y su compañero tan grande admiración que, suspendidos, no se les acordó de lo que iban a hacer, ni atendieron a que el caballero les daba prisa que se sentasen.
La mujer que por la pequeña puerta salió parecía tener hasta veinte y seis años, hermosísima con tan grande extremo que juzgó don Martín, con haberlas visto muy lindas en Flandes y España, que esta las excedía a todas; mas tan flaca y sin color, que parecía más muerta que viva, o que daba muestras de su cercana muerte.
No traía sobre sus blanquísimas y delicadas carnes sino un saco de una jerga muy basta, y este le servía de camisa, faldellín y vestido, ceñido con un pedazo de soga. Los cabellos, que más eran madejas de Arabia que otra cosa, partidos en trenza, como se dice, al estilo aldeano, y puestos detrás de sus orejas, y sobre ellos arrojada una toca de lino muy basto. Traía en sus hermosas manos (que parecían copos de nieve) una calavera.
Juzgó don Martín, harto enternecido de verla destilar de sus hermosos ojos sartas de cristalinas perlas, que si en aquel traje se descubrían tanto los quilates de su belleza, que en otro más precioso fuera asombro del mundo; y como llegó cerca de la mesa, se entró debajo de ella.
La otra que por la otra puerta salió era una negra, tan tinta que el azabache era blanco en su comparación, y sobre esto, tan fiera que juzgó don Martín que si no era el demonio, que debía ser retrato suyo; porque tenía las narices tan romas que imitaban los perros bracos que ahora están tan validos, y la boca con tan grande hocico y bezos tan gruesos que parecía boca de león, y lo demás a esta proporción.
Pudo muy bien don Martín notar su rostro y costosos aderezos en lo que tardó en llegar a la mesa, por venir delante de ella las dos doncellas con dos candeleros de plata en las manos, y en ellos dos bujías de cera encendidas.
Traía la fiera y abominable negra vestida una saya entera con manga en punta, de un raso de oro encarnado, tan resplandeciente y rica que una reina no la podía tener mejor; collar de hombros y cintura de resplandecientes diamantes; en su garganta y muñecas, gruesas y albísimas perlas, como lo eran las arracadas que colgaban de sus orejas; en la cabeza, muchas flores y piedras de valor, como lo eran las sortijas que traía en sus manos.
Así que llegó, el caballero, con alegre rostro, la tomó por la mano y la hizo sentar a la mesa, diciendo:
—Seáis bien venida, señora mía.
Y con esto se sentaron todos, la negra a su lado y don Martín y su camarada enfrente, tan admirados y divertidos en mirarla que casi no se acordaban de comer.
Bien notó el caballero la suspensión, mas no por esto dejó de regalar y acariciar a su negra y endemoniada dama, dándola los mejores bocados de su plato; y a la desdichada belleza que estaba debajo de la mesa, los huesos y mendrugos, que aun para los perros no eran buenos, pero como tan necesitada de sustento, los roía como si fuera uno de ellos.
Acabada la cena, la negra se despidió de los caballeros y de su amante o marido, que ellos no podían adivinar qué fuese, y se volvió por donde había venido, con la misma solemnidad de salir las doncellas con las luces; y saliendo de debajo de la mesa la maltratada hermosura, un criado, de los que asistían a servir, en la calavera que traía en las manos la echó agua, y volviéndose a su albergue, cerró el criado la puerta con llave y se la dio a su señor.
Pasado pues esto, y los criados idos a cenar, viendo el caballero a sus huéspedes tan suspensos pensando en las cosas que en aquella casa veían, sin atreverse a preguntar la causa les habló de esta suerte:
—Si bien, buenos amigos, el trabajo pasado en la mar os ha hecho necesario más el descanso y reposo que el oír sucesos, véoos tan admirados de lo que en esta casa veis que estoy seguro que no os pesará el oír el mío, y la causa de los extremos que veis, que los juzgaréis encantamientos de los que se cuentan había en la primera edad del mundo; y porque salgáis de la admiración en que os veo, si gustáis de saberla, con vuestra licencia os contaré mi prodigiosa historia, asegurándoos que sois los primeros a quienes la he dicho y han visto lo que en este castillo pasa; porque desde que me retiré a él de la ciudad, no he consentido que ninguno de mis deudos o amigos que me vienen a ver pasen de la primera sala, ni mis criados se atreverán a contar a nadie lo que aquí pasa, pena de que les costara la vida.
—Antes, amigo y señor —respondió don Martín—, te suplico que lo digas y me saques de la confusión en que estoy, que no puedo tener el descanso que dices que mi fatiga ha menester sin saber primero la historia que encierra tan prodigiosos misterios.
—Pues supuesto eso, os la diré —dijo el caballero—: estadme atentos, que pasa así:
Mi nombre es don Jaime de Aragón, que este mismo fue el de mi padre, quien fue natural de Barcelona, en el reino de Cataluña, y de nobles caballeros de ella, como lo dice mi apellido.
Tuvo mi padre con otros caballeros de su patria unas competencias sobre el galanteo de una dama, y fue de suerte que llegaron a sacar las espadas, donde mi padre, o por más valiente, o más bien afortunado, dejando uno de sus contrarios en el último vale, se escapó en un caballo al reino de Valencia, y embarcándose allí, pasó a Italia, donde estuvo algunos años en la ciudad de Nápoles sirviendo al rey como valeroso caballero, donde llegó a ser capitán; y ya cansado de andar fuera de su patria, volviéndose a ella, con tormenta derrotado, como vosotros, en esas peñas y salvando la vida por el mismo modo, estándose reparando en la ciudad del trabajo pasado, vio a mi madre, que habiendo muerto sus padres, la habían dejado niña y rica. Finalmente, al cabo de dos años que la galanteó, vino a casarse con ella.
Tuviéronme a mí solo por fruto de su matrimonio, que llegando debajo de su educación a la edad floreciente de diez y ocho años, era tan inclinado a las armas que pedí a mis padres la licencia para pasar a Flandes a emplear algunos años en ellas y ver tierras.
Tuviéronlo por bien mis padres, porque no perdiese el honor que por tan noble ejercicio podía ganar, aunque con paternal sentimiento me acomodaron de lo necesario, y tomando su bendición, me embarqué para Flandes, que llegando a ella, asenté mi plaza y acudí a lo que era necesario en el ejercicio que profesaba, y en esto empleé seis años, y pienso que estuviera hasta ahora si no me hubiera sucedido un caso, el más espantoso que habréis oído.
Tenía yo a esta sazón veinte y cuatro años, el talle conforme a la floreciente edad que tenía, las galas como de soldado y las gracias como de mozo, acompañando a esto el valor de la noble sangre que tengo.
Pues estando un día en el cuerpo de guardia con otros camaradas y amigos, llegó a mí un hombre anciano, que al parecer profesaba ser escudero, y llamándome a un lado me dijo que le oyese una palabra, y despidiéndome de mis amigos, me aparté con él, que en viéndome solo me puso en la mano un papel, diciendo que leyese y de palabra le diese la respuesta.
Leíle, y contenía estas razones:
«Tu talle, español, junto con las demás gracias que te dio el cielo, me fuerzan a desear hablarte: si te atreves a venir a mi casa con las condiciones que te dirá ese criado, no te pesará de haberme conocido. Dios te guarde.»
Viendo que el papel no decía más y que se remitía a lo que dijese el criado, le pregunté el modo de poder obedecer lo que en aquel papel se me mandaba, y me respondió que no había que advertirme más de que si me resolvía a ir, que le aguardase en dando las diez en aquel mismo puesto, que él vendría por mí y me llevaría.
Yo, que con la juventud que tenía, la facultad que profesaba, y ayudado de mi noble sangre, no miraba en riesgos ni temía peligros, pareciéndome que aunque fuese a los abismos no aventuraba nada, porque no conocía la cara al temor, acepté la ida respondiendo que le aguardaría.
Advirtiome el sagaz mensajero que en este caso no había más riesgo que el de comunicarlo con nadie, y que así me suplicaba que ni a camarada ni a amigo lo dijese, que importaba a mí y a la persona que le enviaba.
Asegurado de todo, y sin sosiego hasta ver el fondo a un caso con tantas cautelas gobernado, apenas vi que serían las diez cuando, hurtándome a mis camaradas, me fui al señalado puesto, y dando el reloj las diez, llegó mi viejo en un valiente caballo, que por hacer la noche entre clara se dejaba ver, y bajando de él lo primero que hizo fue vendarme los ojos con un tafetán de que venía apercibido, de cuya acción unas veces dudaba fuese segura y otras me reía de semejantes transformaciones; y diciendo que subiese en el caballo, subió él a las ancas y empezamos a caminar, pareciéndome, en el tiempo que caminamos, que habían sido dos millas, porque cruzando calles y callejuelas, como por ir tapados los ojos no podía ver por dónde iba, muchas veces creí que volvíamos a caminar lo que ya habíamos andado.
En fin, llegamos al cabo de más de una hora a una casa, y entrando en el zaguán, nos apeamos, y así, tapados los ojos como estaba, me asió de la mano y me subió por unas escaleras.
Yo os confieso que en esta ocasión tuve algún temor y me pesó de haberme puesto en una ocasión, que ella misma, pues iba fundada en tanta cautela, estaba amenazando algún grave peligro; mas considerando que ya no podía volver atrás y que no era lo peor haberme dejado mi daga y espada, y una pistola pequeña que llevaba en la faltriquera, me volví a cobrar, pues juzgué que, teniendo con que defenderme, ya que muriese, podía matar.
Acabamos de subir, y en medio de un corredor, a lo que me pareció por haber tentado las barandas, con una llave que traía abrió una puerta, y trasladando, al entrar por ella, mi mano, que en la suya llevaba a otra que al parecer del tacto juzgué mejor, sin hablar palabra volvió a cerrar y se fue, dejándome más encantado que antes; porque la dama a quien me entregó, según juzgué por el rugir de la seda, fue conmigo caminando otras tres salas, y en la última, llegando a un estrado, se sentó y me dijo que me sentase.
Animeme cuando la oí hablar, y díjele:
—Gracias a Dios, señora mía, que ya sé que estoy en el cielo, y no como he creído que me llevaban a los infernales abismos.
—¿Pues en qué conocéis que aquí es el cielo? —me replicó.
—En la gloria que siento en el alma y en el olor y dulzura de este albergue, y que, aunque ciego, o yo soy de mal conocimiento, o esta mano que tengo en la mía no puede ser sino de un ángel.
—¡Ay, don Jaime! —me volvió a replicar—, no juzgues a desenvoltura esto que has visto sino a fuerza de amor, de que he querido muchas veces librarme y no he podido, aunque he procurado armarme de la honestidad y de la calidad que tengo; mas tu gala y bizarría han podido más, y así han salido vencedoras, rindiendo todas cuantas defensas he procurado poner a los pies de tu valor, con lo cual, atropellando inconvenientes, te he traído de la manera que ves; porque tanto a ti como a mí nos importa vivir con este secreto y recato; y así, para conseguir este amoroso empleo, te ruego que no lo comuniques con nadie, que si alguna cosa mala tenéis los españoles es el no saber guardar secreto.
Con esto me desvendó los ojos, aunque fue como si no lo hiciera, porque todo estaba a oscuras; y yo, agradeciéndole tan soberanos favores, con el atrevimiento de estar solos y sin luz, empecé a procurar por el aliento a conocer lo que la vista no podía, brujuleando partes tan realzadas, que la juzgué en mi imaginación por alguna deidad.
Hasta dada la una estuve con ella gozando regaladísimos favores, cuanto la ocasión daba lugar, y pareciéndole hora, como me hubiese dado un bolsillo grande y con buen bulto, pues estaba tan lleno que apenas se podía cerrar, se despidió de mí con amorosos sentimientos, y volviéndome a vendar los ojos, diciendo que la noche siguiente no me descuidase de estar en el mismo puesto, salió conmigo hasta la puerta por donde entré, y entregándome al mismo que me había traído, volviendo a cerrar, bajamos donde estaba el caballo, y subiendo en él, caminamos otro tanto tiempo como a la ida, hasta ponerme en el mismo puesto de donde me había sacado.
Llegué, en yéndose el criado, a mi posada, y hallando en ella ya acostados y durmiendo a mis camaradas, me entré a mi aposento, y haciéndome millares de cruces del suceso que por mí pasaba, abrí el bolsillo, y había en él una cadena de peso de doscientos escudos de oro, cuatro sortijas de diamantes, y cien doblones de a cuatro. Quedé absorto, juzgando que debía de ser mujer poderosa, y dando gracias a mi buena dicha pasé la noche, dando otro día cadena al cuello y a las manos relumbrones, jugando largo y gastando liberal con los amigos: tanto que ellos me decían que de qué Indias había venido; a quienes satisfacía con decir que mi padre me lo había enviado; y a la noche siguiente aguardando en el puesto a mi guía, que fue muy cierta a la misma hora, a quien recibí con los brazos, y con darle lo que merecía su cuidado, con esto de la misma suerte que la noche pasada fui recibido y agasajado, y bien premiado mi trabajo, pues aquella noche me proveyó las faltriqueras de tantos doblones que sería imposible el creerlo.
De esta suerte pasé más de un mes, sin faltar noche alguna mi guía, ni yo de gozar mi dama encantada, ni ella de colmarme de dineros y preciosas joyas, que en el tiempo que digo largamente me dio más de seis mil ducados, con que yo me trataba como un príncipe, sin que, en todo este tiempo que he dicho, permitiese dejarse ver; y si la importunaba para ello, me respondía que no nos convenía; porque verla y perderla había de ser uno; mas como las venturas fundadas en vicios y deleites perecederos no pueden durar, cansose la fortuna de mi dicha y volvió su rueda contra mí; y fue que como mis amigos y camaradas me veían tan medrado y poderoso, sospecharon mal y empezaron a hablar peor; porque echando juicios y haciendo discursos de donde podía tener yo tantas joyas y dineros, dieron en el más ínfimo, diciendo que era ladrón o salteador, y esto lo hablaban en mis espaldas tan descaradamente que vino a oídos de un camarada mío, llamado don Baltasar: y si bien en varias ocasiones había vuelto por mí, y puéstose en muchos riesgos, enfadado de verme en tan mala opinión y quizá temiendo no fuese verdad lo que decían, me apartó una tarde de todos y sacándome al campo me dijo:
—Cierto, amigo don Jaime, que ya es imposible el poder excusar deciros mi sentimiento, para lo que aquí os he traído, y creedme que el quereros bien lo ocasiona, porque siento tanto el oír hablar mal de vos, como se hace entre todos los que os conocen y os han visto no tan sobrado como estáis; y para decirlo de una vez, sabed que después que os ven con tantos aumentos y mejorado de galas y joyas, como hacéis alarde de unos días a esta parte, entre los soldados, todos juntos y cada uno de por sí, haciendo conjeturas y juicios de dónde os puede venir, dicen públicamente que lo tenéis de donde aun yo me avergüenzo de decirlo, mas ya no es tiempo de que se os encubra; dicen, en fin, que debéis de hurtar y capear, infiriéndolo de que os ven faltar de casa todas las noches: yo he tenido por volver por vos muchos enfados, mas es caso dificultoso poder uno solo contra tantos.
Ruégoos, por la amistad que entre los dos hay, que es más que parentesco, me saquéis de esta duda, para que ya que los demás estén engañados, no lo esté yo, que soy también hombre y puede ser que viendo que os guardáis y cauteláis de mí, crea el mismo engaño que los demás creen, y sabiendo yo lo contrario, pueda seguramente volver por vuestra perdida opinión y sustentar la mía.
Reíme muy de voluntad oyendo a don Baltasar lo que me decía, y quise disculparme dando diferente color al caso, por no descubrir el secreto de mi amada prenda, que ya a este tiempo, con las cargas de las obligaciones que la tenía, aunque no la veía, la quería; mas al fin, don Baltasar apretó tanto la dificultad que, pidiéndole por la amistad que había entre los dos me guardase el secreto, avisándole el riesgo que me corría, le conté todo lo que me había sucedido y sucedía.
Admirose y tornose a admirar don Baltasar, y después de haber dado y tomado sobre el caso me dijo:
—¿Es posible, amigo, que no hemos de saber esta casa dónde es, siquiera para seguridad de vuestra vida?
—Dudoso lo hallo —dije yo—, por el modo con que me llevan.
—No muy dudoso —dijo don Baltasar—, pues se puede llevar una esponja empapada en sangre, y esta acomodada en un vaso, y haciendo con ella al entrar o salir una señal en la puerta, será fácil otro día que hallemos por ella la casa.
En fin, para abreviar, aquella misma noche llevé la esponja y señalé la puerta, y otro día don Baltasar y yo no dejamos en toda la ciudad calle ni plaza, rincón ni callejuela, que no buscamos; mas nunca tal señal pudimos descubrir, y volviéndonos ya a la posada, cansados y admirados del caso, no a veinte casas de ella, en unas muy principalísimas, vimos la señal de la sangre, de que quedamos confusos y atónitos, y que el rodear, cuando me llevaban, tanto, juzgamos era por deslumbrarme, para que juzgase que era muy lejos.
Informámonos cúyas eran las dichas casas y supimos ser de un príncipe y gran potentado de aquel reino, ya muy viejo, y que solo tenía una hija heredera de todo su estado y riqueza, viuda, mas muy moza, por haberla casado niña, y de las más bellas damas de aquel país. Mirámoslo todo muy bien y notamos que, aunque había muchas rejas y balcones, todas estaban con muy espesas celosías, por donde se podía ver sin ser vistos.
Recogímonos a la posada hablando del caso, y después de haber cenado, nos salimos, yo a mi puesto, para aguardar mi guía, y don Baltasar a ocultarse en la misma casa hasta satisfacerse, y al fin nos enteramos de todo, porque venido mi viejo norte, yo me fui a mis oscuras glorias, y don Baltasar aguardó hasta que me vio entrar, con que se volvió a la posada y yo me quedé con mi dama, con la cual, haciéndole nuevas caricias y mostrándole mayores rendimientos, pude alcanzar, aunque contra su voluntad, dejarse ver: así ella misma fue por la luz, y sacando entre sus hermosos dedos una bujía de cera encendida, vi, no una mujer sino un serafín, y sentándose junto a mí, me dijo:
—Ya me ves, don Jaime, quiera el cielo no sea para perderme: madama Lucrecia soy, princesa de Erne, no dirás que no has alcanzado conmigo cuanto has querido, mira lo que haces.
¡Ay, qué desórdenes hace la mocedad! Si yo tuviera en la memoria estas palabras, no hubiera llegado al estado en que estoy, y le tuviera mayor, porque matando la luz, prosiguió diciendo:
—Mi padre es muy viejo, no tiene otro hijo sino a mí, y aunque me salen muchos casamientos, ninguno acepto ni aceptaré hasta que el cielo me dé lugar para hacerte mi esposo.
Besele las manos por las mercedes que me hacía y las que de nuevo me ofrecía; y siendo hora, colmado de dichas y dineros y muy enamorado de la linda Lucrecia, me vine a mi posada, dando cuenta a don Baltasar de lo que había pasado; si bien cuidadoso de que conocí en Lucrecia quedar triste y confusa.
Otro día por la mañana me vestí aun con más gala y cuidado que otras veces y con mi camarada salimos a la calle según costumbre, y como mozo mal regido y enamorado, empezamos a dar vueltas por la calle, ya hacia arriba y ya abajo, mirando a las ventanas porque ya los ojos no podían excusarse en buscar la hermosura que habían visto, y después de comer gastamos la tarde en lo mismo.
¡Ay de mí!, y cómo ya mi desdicha me estaba persiguiendo, y mis venturas, cansadas de acompañarme, me querían dejar; porque no habiendo en todo el día visto ni aun sombra de mujer en aquella casa, llegamos a la mía, y mientras don Baltasar fue al cuerpo de guardia yo me quedé a la puerta.
Era poquito antes de anochecer, como se dice entre dos luces, cuando llegó a mí una mujer en traje de flamenco, con una mascarilla en el rostro, y me dijo en lengua española, que ya la saben todos en aquel reino por la comunicación que hay con españoles:
—Mal aconsejado mozo, salte de la ciudad al punto; mira que no te va menos que la vida, porque esta noche te han de matar por mandado de quien más te quiere; y por la lástima que tengo a tu juventud y gallardía, con harto riesgo mío te aviso.
Y diciendo esto se fue como el mismo viento, sin aguardar respuesta mía, ni yo poder seguirla, porque al mismo punto llegó don Baltasar con otros amigos que posaban con nosotros; y si os he de decir la verdad, aunque no vinieran, no la pudiera seguir, según cortado y desmayado me dejaron sus palabras; si bien me colegí que fuese mi amada señora el juez que me condenaba a tan precisa y cercana muerte: con todo eso, como llegaron los amigos, me cobré algo, y después de haber cenado, aparté a don Baltasar y le conté lo que me había pasado, que echando mil juicios, unas veces temiendo y otras con el valor que requerían tales cosas, estuvimos hasta los tres cuartos de las diez, que ya cansado de pensar qué sería, con la soberbia que mi valor me daba dije:
—Las diez darán; vamos, amigo, y venga el mundo, que aunque me cueste la vida, no dejaré la empresa comenzada.
Salimos, llegué al puesto, dieron las diez y no vino el que esperaba; aguardé hasta las once, y viendo que no venía, dije a don Baltasar:
—Puede ser que si acaso os han visto, no lleguen por eso: apartaos y encubríos en esta callejuela, veamos si es esta la ocasión.
Y apenas don Baltasar se desvió donde le dije, cuando salieron de una casa más abajo de donde yo estaba seis hombres armados y con máscaras, y disparando dos de ellos dos pistolas, y los otros metiendo mano a las espadas, me acometieron cercándome por todas partes: de las pistolas, la una fue por alto, mas la otra me acertó en un brazo, que si bien no encarnó para hacerme pedazos, bastó a herirme muy mal: metí mano y quise defenderme, mas fue imposible, porque a cuchilladas y estocadas, como eran seis contra mí, me derribaron, herido mortalmente.
Al ruido volvió mi camarada y salieron de las casas vecinas gentes, y de mi posada los amigos, que aún no estaban acostados por haberse puesto a jugar, y los traidores, viendo lo que les importaba, se pusieron en fuga, que si no, tengo por sin duda que no se fueran hasta acabarme.
Lleváronme a la posada medio muerto, trajeron a un tiempo los médicos para el alma y para el cuerpo, que no fue pequeña misericordia de Dios quedar para poderme aprovechar de ellos. En fin, llegué a punto de muerte; mas no quiso el cielo que se ejecutase entonces esta sentencia.
Púsose tanto cuidado en mi cura como me hallé con dinero para hacerlo, que vine a mejorar de mis heridas y estar ya para poderme levantar; y cuando lo empezaba a hacer, me envió el general a decir con el sargento mayor que tratase de salir luego de aquel país y me volviese a mi patria, porque me hacía cierto de que quien me había puesto en el estado que estaba aún no estaba vengado, que así se lo avisaban por un papel que le habían dado, sin saber quién; y que le decían en él que por loco y mal celador de secretos había sido; que no hiciese juicios, que de mano de una mujer se había todo originado.
En esto conocí de qué parte había procedido mi daño; y así, sin aguardar a estar más convalecido, me puse en camino, y con harto trabajo, por mi poca salud, llegué a mi patria, donde hallé que ya la airada parca había cortado el hilo de la vida a mi madre, y a mi padre, viejo y muy enfermo, por lo que dentro de un año siguió a su amada consorte.
Quedé rico, y en lo mejor de mi edad, pues tenía a la sazón treinta y tres a treinta y cuatro años. Ofreciéronseme luego muchos casamientos de señoras de mucha calidad y hacienda, mas yo no tenía ninguna voluntad de casarme porque aún vivía en mi alma la imagen adorada de madama Lucrecia, perdida el mismo día que la vi, pues aunque había sido causa de tanto mal como padecí, no la podía olvidar ni aborrecer; hasta que una Semana Santa, acudiendo a la iglesia mayor a los divinos oficios, vi un sol, poco digo, un ángel; vi, en fin, un retrato de Lucrecia, tan parecido a ella que mil veces me quise persuadir a que, arrepentida de haberme puesto en la ocasión que he dicho, se había venido tras mí: vi, en fin, a Elena, que este es el nombre de aquella desventurada mujer que habéis visto comer los huesos y migajas de mi mesa; y así como la vi, no la amé, porque ya la amaba; la adoré, y luego propuse, si no había causa que lo estorbase, a hacerla mi esposa; seguila, informeme de su calidad y estado; supe que era noble, mas tan pobre que aun para una medianía le faltaba; era doncella, y sus virtudes las mismas que pude desear, pues el dote de la hermosura se allegaba al de honesta, recogida y bien entendida: no tenía padre, que había muerto un año había, y su madre era una honrada y santa señora.
Contento de todo, haciendo cuenta que la virtud y hermosura era la mayor riqueza, y que en tener a Elena tenía más riquezas que tuvo Midas, me casé con ella, quedando madre e hija tan agradecidas que siempre lo estaban repitiendo; y yo, como más amante, me tuve en merecerla por el más dichoso de los hombres.
Saqué a Elena de la mayor miseria a la mayor grandeza, como habéis visto en esta negra que ha estado a mi mesa esta noche, dando envidia a las más nobles damas de toda la Gran Canaria, tanto con la hermosura como con la grandeza en que la veían; luciendo tanto la belleza de Elena con los atavíos y ricas joyas, que se quedaban embelesados cuantos la veían: y yo cada día más y más enamorado, buscando nuevos rendimientos para más obligarla, amábala tan ternísimamente que las horas sin ella juzgaba siglos, y los años en su compañía, instantes. Elena era mi cielo, Elena era mi gloria, Elena era mi jardín, Elena mis holguras y Elena mi recreo.
¡Ay de mí, y cómo me tendréis por loco, viéndome recrear con el nombre de Elena, y maltratarla como esta noche habéis visto! Pues ya es Elena mi asombro, mi horror, mi aborrecimiento; fue mujer Elena, y como mujer ocasionó sus desdichas y las mías. Murió su madre a los seis años de casada Elena, y sentilo yo más que ella: ¡pluguiera al cielo viviera, que quizá a su sombra fuera su hija la que debía ser!
Tenía Elena un primo hermano, hijo de una hermana de su padre, mozo galán y bien entendido; mas tan pobre que no tenía para poder seguir sus estudios y dedicarse a la iglesia; y yo, que todas las cosas de Elena las estimaba mías, para que pudiera conseguir los estudios le traje a mi casa, comiendo, vistiendo y triunfando a costa mía, y se lo daba yo con mucho gusto, porque le tenía en lugar de hijo.
Ya había ocho años que éramos casados, pareciéndome a mí que no había una hora: vivíamos en la ciudad, si bien los veranos nos veníamos a este castillo a recoger la hacienda del campo, como todos hacen; y aquel verano, que fue en el que empezó mi desdicha, sucedió no estar Elena buena; y creyendo que fuesen achaques de preñada, como yo lo deseaba, no la consentí venir aquí: vine yo solo, y como el vivir sin ella era imposible, a los ocho días, instándome el deseo de verla, volví a la ciudad con el mayor contento que puede imaginarse: llegué a sus brazos, y fui recibido con el mismo.
Cuando considero las traiciones de una mujer, se me acaba la vida: ¡con qué disimulación me acarició, pidiéndome que si había de volver al castillo no la dejase, que estando apartada de mí no vivía! Pues apenas estuve sosegado en mi casa, me llamó aparte esta negra que aquí veis, que nació en mi casa de otra negra y un negro, que siendo los dos esclavos de mis padres, los casaron, y me dijo llorando:
—Ya, señor, no será razón encubrirte la maldad que pasa, que fuera negarme a la crianza que tus padres y tú hicisteis a los míos, y a mí y al pan que como: sabe Dios la pena que tengo en llegar a decirte esto, mas no es justo que pudiendo remediarlo, por callar yo, vivas tú engañado y sin honra; y por no detenerme, que temo no será más mi vida de cuanto me vean hablar contigo, porque así me han amenazado, mi señora y su primo tratan en tu ofensa e ilícito amor y, en faltando tú, en tu lugar ocupa su primo tu lecho; yo lo había sospechado y cuidadosa lo miré, y es el mal que lo sintieron. Yo te he avisado de la traición que te hacen; ahora pon en ello el remedio.
Cómo quedé, buenos amigos, el cielo solo lo sabe, y vosotros lo podéis juzgar. Mil veces quise sacar la lengua a la vil mensajera y otras no dejar en toda la casa nada vivo; mas viendo que era espantar la caza si lo hacía, me reporté, y disimulando mi desventurada pena, traté otro día, no teniendo ya paciencia para aguardar a ver mi agravio a vista de mis ojos, de que nos viniésemos aquí; y dando a entender que me importaba estar aquí más despacio que otras veces, envié todo el menaje de casa, criados y esclavos primero, y luego partimos nosotros.
Elena, con gusto de lo que yo le tenía, aunque fuese por cautela y disimulación, que estoy en que lo era, y aunque no lo fuese, pues al honor de un marido solo que él lo sospeche basta, cuanto más habiendo testigo de vista, convino en todo placentera.
Lo primero que hice, ciego de furiosa cólera, en llegando aquí, fue quemar vivo al traidor primo de Elena, reservando su cabeza para lo que habéis visto, que es la que traía en las manos para que le sirva de vaso en que beba los acíbares, como bebió en su boca las dulzuras.
Luego, llamando a la negra que me había descubierto la traición, la di todas las joyas y galas de Elena delante de ella misma, y la dije, por darle más dolor, que ella había de ser mi mujer, y como a tal se sirviese y mandase de la hacienda, criadas y criados, durmiendo en mi misma cama, aunque esto no lo ejecuto, pues antes que Elena acabe, la he de quitar a ella también la vida.
Queríase disculpar Elena, mas no se lo consentí. No la maté luego, porque una muerte breve es pequeño castigo para quien hizo tal maldad contra un hombre que, sacándola de su miseria, la puso en la alteza que os he contado.
En fin, de la suerte que veis ha dos años que la tengo, no comiendo más de lo que hoy ha comido y bebido, ni teniendo más de unas pajas para cama, ni aquel rincón donde está es mayor que lo que cabe su cuerpo echado, que aun en pie no se puede poner; su compañía es la calavera de su traidor y amado primo, y así ha de estar hasta que muera, viendo cada día la esclava que ella más aborrecía adornada de sus galas, y en el lugar que ella perdió en mi mesa y a mi lado.
Esto es lo que habéis visto y lo que os tiene tan admirados. Consejo no os lo pido, que no lo tengo de tomar aunque me lo deis, y así podéis excusaros de ese trabajo; porque si me decís que es crueldad que viva muriendo, ya lo sé, y por eso lo hago.
Si dijéredes que fuera más piedad matarla, digo que es la verdad, que por eso no la mato: porque pague los agravios con la pena, y los gustos que perdió y me quitó con los disgustos que pasa; con esto idos a reposar sin decirme nada, porque, de haber traído a la memoria estas cosas, estoy con tan mortal rabia que quisiera que fuera hoy el día en que supe mi agravio, para poder de nuevo ejecutar el castigo. Mañana nos veremos, y podrá ser que esté más humana mi pasión y os oiré todo lo que me quisiéredes decir; no porque he de mudar de propósito, sino por no ser descortés con vosotros.
Con esto se levantó de la silla, haciendo don Martín y su compañero lo mismo, y mandando a un criado los llevase adonde tenían sus lechos, dándoles las buenas noches se retiró don Jaime adonde tenía el suyo.
Espantados iban don Martín y su compañero del suceso de don Jaime, admirándose cómo un caballero de tan noble sangre, cristiano y bien entendido, tenía ánimo para dilatar tanto tiempo tan cruel venganza en una miserable y triste mujer que tanto había querido, juzgando, como discretos, que también podía ser testimonio que la maldita esclava hubiese levantado a su señora, supuesto que don Jaime no se aseguró de ello; y resuelto don Martín en dárselo a entender otro día, se empezaron a desnudar.
Don Jaime, ya retirado a otra cuadra en donde dormía, con la pasión, como él había dicho, de traer a la memoria los naufragios de su vida, se empezó a pasear por ella, dando suspiros y golpes una mano con otra, que parecía que estaba sin juicio.
Estando en esto, Dios, que no se olvida de sus criaturas y quería, habiendo ya dado (como luego se verá) el premio a Elena de tanto padecer, que no quedase el cuerpo sin honor, ordenó lo que ahora oiréis: y fue que apenas se habían recogido todos, cuando la negra, que acostada estaba, empezó a dar grandes gritos diciendo: «¡Jesús, que me muero, confesión!», y llamando a las criadas por sus nombres, a cada una decía que le llamasen a su señor.
Alborotáronse todas, y entrando donde la negra estaba la hallaron batallando con la cercana muerte. Tenía el rostro y cuerpo cubierto de un mortal sudor, y tras esto con un temblor, que la cama se estremecía, y de rato en rato se quedaba amortecida, que parecía que ya había dado el alma, y luego volvía con los mismos dolores y congojas a temblar y sudar a un tiempo.
Viendo pues que decía que le llamasen a su señor, que le importaba hablarle antes de partir de este mundo, le llamaron, y así él como don Martín y su compañero habían, al alboroto de la casa, salido fuera, y entrando todos tres, y algunos de los criados que vestidos se hallaron, en donde la negra estaba, notó don Martín la riqueza de la cama en que la abominable figura dormía, que era de damasco azul, goteras de terciopelo con franjas y flecos de plata, que a la cuenta juzgó ser la cama misma de Elena, que hasta de aquello la había hecho dueña el mal aconsejado marido.
Así que la negra vio a su señor, le dijo:
—Señor mío, en este paso en que estoy no han de valer mentiras ni engaños; yo me muero, porque a mucha priesa siento que se me acaba la vida, yo cené y me acosté buena y sana, y ya estoy acabando; soy cristiana, aunque mala, y conozco, aunque negra, con el discurso que tengo, que ya estoy en tiempo de decir verdades, porque siento que me está amenazando el juicio de Dios; y ya que en la vida no le he temido, en la muerte no ha de ser de ese modo; y así te juro, por el paso riguroso en que estoy, que mi señora está inocente y no debe la culpa por donde la tenéis condenada a tan rigurosa pena; y que no me perdone Dios si cuanto dije no fue testimonio que la levanté, que jamás yo la vi cosa que desdijese de lo que siempre fue, santa, honrada y honesta; y que su primo murió sin culpa: porque lo cierto del caso es que yo me enamoré de él y le andaba persuadiendo fuese mi amante, y como veía que siempre hablaba con mi señora y que a mí no me quería, di en aquella mala sospecha que se debían de amar, pues aquel día mismo que tú viniste, riñendo mi señora conmigo, la dije no sé qué libertades en razón de esto, que indignada de mi libertad, me maltrató de palabra y obra, y estándome castigando entró su primo, quien, sabido el caso, ayudó también a maltratarme, jurando entrambos que te lo habían de decir, y yo, temiendo tu castigo, me adelanté con aquellas mentiras para que tú me vengases de entrambos, como lo hiciste; mas ya no quiere Dios que esté más encubierta mi maldad; ya no tiene remedio lo hecho: lo que ahora te pido es que me perdones y alcances de mi señora lo mismo, para que me perdone Dios, y vuélvela a su estado, porque por él te juro que es sin culpa lo que está padeciendo.
—Sí haré —dijo a esta última razón don Jaime, los ojos bermejos de furor—: este es el perdón que tú mereces, engañadora y mala hembra, y pluguiera a Dios tuvieras más vidas que esa que tienes para quitártelas todas.
Y diciendo esto se acercó de un salto a la cama, y sacando la daga, la dio tres o cuatro puñaladas, o las bastantes para acelerar más presto la muerte. Fue hecho el caso con tanta presteza que ninguno lo pudo prevenir ni estorbar, ni creo lo hicieran, porque juzgaron bien merecido aquel castigo.
Saliose, hecho esto, don Jaime fuera, y muy pensativo se paseaba por la sala, dando de rato en rato unos profundos suspiros. A este tiempo llegó don Martín, y muy contento le dijo:
—¿Pues cómo, señor don Jaime, en día de tanta alegría, en que habéis ganado honor y mujer, pudiendo hacer cuenta que hoy os casáis de nuevo con la hermosa Elena, hacéis extremos; y el tiempo que habéis de gozaros en sus brazos le dejáis perder? No tenéis razón; volved en vos y alegraos como todos nos alegramos; dad acá esa llave y saquemos esta triste e inocente señora.
Aquietose algo el pobre caballero y sacando la llave, la dio a don Martín, el cual, abriendo la estrecha puerta, llamó a la dama diciendo:
—Salid, señora Elena, que ya llegó el día de vuestro descanso.
Y viendo que no respondía, pidió le acercasen la luz, y decía bien, que ya Elena no la tenía, y entrando dentro, vio a la desgraciada dama muerta, echada sobre unas pobres pajas, los brazos en cruz sobre el pecho, la una mano tendida, que era la izquierda, y en la derecha, formada con sus hermosos dedos, una perfecta cruz; el rostro, si bien flaco y macilento, pero tan hermoso como un ángel, y la calavera del desdichado e inocente primo junto a la cabecera, a un lado.
Fue tan grande la compasión que le sobrevino al noble don Martín que se le arrasaron los ojos de lágrimas, y más cuando llegó y tentándola la mano, vio que estaba fría, que a la cuenta, así como desde su penosa cárcel debió de oír a su marido contar su lastimosa historia, fue su dolor tan grande que bastó lo que nunca pudo alcanzar la penosa vida que pasaba, viendo el crédito que daba a tan grande engaño, a acabarle la vida.
Viendo pues que ya no había remedio, después de haberle dicho con lágrimas el buen don Martín:
—Dichosa tú, Elena, que ya acabaste con tu desgraciada suerte; y desdichada en que siquiera no supieras cómo ya el cielo volvió por tu inocencia, para que partieras de este mundo con algún consuelo.
Llamó a don Jaime, diciendo:
—Entrad, señor, y ved de lo que ha sido causa vuestro cruel engaño: entrad, os suplico, que para ahora son las lágrimas y los sentimientos, que ya Elena no tiene necesidad de que vos le deis el premio de su martirio, pues ya Dios se le ha dado en el cielo.
Entró don Jaime alborotado y con pasos descompuestos, y como vio a Elena de la suerte que estaba, llorando como flaca mujer el que había tenido corazón de fiera, se arrojó sobre ella y besándole la mano decía:
—¡Ay, Elena mía, y cómo me has dejado! ¿Por qué, señora, no aguardabas a tomar venganza de este traidor, que dio más crédito a una falsedad que a tus virtudes? Pídesela a Dios, que cualquier castigo merezco.
Don Martín, viéndole con tanta pasión, acudió advertido a quitarle la daga que tenía en la pretina, temiendo no hiciese alguna desesperación; y es lo cierto que la hiciera, pues echando la mano a buscarla y no hallándola, empezó a darse puñadas y arrancarse las barbas y cabellos, y a decir muchos desaciertos.
Acudieron todos llorando y casi por fuerza le sacaron fuera; mas, por cosas que hacían, no le pudieron aquietar hasta que rematadamente perdió el juicio, que sobre las demás lástimas vistas, esta echó el sello; y cuantos estaban presentes, soltando las riendas al dolor, daban gritos como si a cada uno le faltara la prenda más amada de su alma, en particular las doncellas y esclavas de la difunta Elena, que cercadas la tenían llorando y diciendo mil lastimosas razones, abonándola y publicando su virtuosa vida, quienes, por no haberlas querido su señor oír, no lo habían hecho antes.
Viendo don Martín la confusión, mandó que las mujeres se retirasen adentro, y por fuerza entre él y los criados llevaron a don Jaime a su cama y le acostaron, atándole por que no se levantase y se arrojase por alguna ventana, que ese era su tema, que le dejasen quitarse la vida para ir donde estaba Elena, mandando a dos criados no se apartaran de él ni le dejaran solo.
Informose si don Jaime tenía algún pariente en la ciudad, y diciéndole tenía un primo hermano, hijo de una hermana de su madre, caballero rico y de mucha calidad y nobleza, despachó luego uno de los criados con una carta para que viniese a disponer lo necesario en tantos fracasos; y sabido el caso por don Alejandro, e informado de todo, él y su mujer, con mucha gente de su casa, así criados como criadas, con otros caballeros que supieron el caso, vinieron al castillo de don Jaime, donde hallando tantas lástimas, todos juntos lloraban de ternura, y más de ver a Elena que cada hora parecía estar más hermosa.
Sacáronla de donde estaba, que hasta entonces no había consentido don Martín tocar a ella, y puesta en una caja que se mandó traer de la ciudad, después de haber enterrado a la negra, que parecía un retrato de Lucifer, allí, en la capilla del castillo, con don Jaime, el cuerpo de Elena y todo lo demás de hacienda y gente se vinieron a la ciudad a casa de don Alejandro, y don Martín y su camarada con ellos, a quienes todos hacían mucha honra; y después de sepultada Elena con general sentimiento, se trató con médicos afamados dar remedio a don Jaime; mas no fue posible. Allí estuvo don Martín un mes aguardando si don Jaime se aliviaba, y visto que no tenía remedio, despedido de don Alejandro, se embarcó para España, y tomando próspero puerto llegó a la corte.
Visto por Su Majestad las ocasiones en que le había servido, se lo premió como merecía; y llegando a Toledo se casó con su amada prima, con quien vive hoy contento y escarmentado en el suceso que vio por sus ojos, para no engañarse de enredos de malas criadas y criados; y en las partes que se hallaba contaba el suceso que habéis oído de la misma manera que yo le he dicho, donde con él queda bien claramente probada la opinión de que, en lo que toca a la crueldad, son los hombres terribles, pues ella misma los arrastra de manera que no aguardan a segunda información; y se ve asimismo que hay mujeres que padecen inocentes, pues no todas han de ser culpadas, como en la común opinión lo son.
Vean ahora las damas si es buen desengaño considerar que si las que no ofenden pagan, como pagó Elena, ¿qué harán las que, siguiendo sus locos devaneos, no solo dan lugar al castigo, mas son causa de que infamen a todas, no mereciéndolo? Y es bien advertir que, en la era que corre, estamos en tan adversa opinión con los hombres que ni con el sufrimiento los vencemos, ni con la inocencia los obligamos.
Aquí dio fin la hermosa Filis a su desengaño, enterneciendo a cuantos le oyeron la paciencia con que había Elena llevado su dilatado martirio; y los galanes, agradecidos a la cortesía que Filis había tenido con ellos, la dieron corteses agradecimientos; y todos, dando cada uno su parecer, gastaron alguna parte de la noche, que ya iba caminando con apresurado paso a su albergue, para dar lugar al día, que asimismo venía caminando a toda diligencia; y esto fue en tanto que sacaban una costosa y bien dispuesta colación que, por ser tan tarde, no quiso Lisis que fuera cena, quedando avisados que se juntasen el día siguiente más temprano, porque tuviesen lugar después de dichos los cuatro desengaños, de recibir un suntuoso banquete que estaba prevenido.
Con esto se dio fin a la noche, cantando doña Isabel y los músicos estas canciones:
Como Tántalo muero, El cristal a la boca, Y cuando al labio toca, Y que gustarlo quiero, De mí se va apartando, Sin mirar que de sed estoy rabiando.
¿Hurté yo la ambrosía, Oh Júpiter airado, Por qué me has castigado Con tanta tiranía? ¡Ay, qué rigor tan fiero, Que estando junto al bien, por el bien muero!
¡Ay, pensamiento mío! ¿Qué te han hecho mis ojos Que, colmados de enojos, Es cada cual un río? ¡Y tú, sordo a mis quejas, Sin dolerte su mal, llorar los dejas!
NOCHE SEXTA.
DESENGAÑO SEXTO.
AMAR SOLO POR VENCER.
Cuando dio fin la música, ya la hermosa Matilde estaba prevenida para referir su desengaño, bien incierta de que luciese como los que ya quedaban dichos; mas ella era tan linda y donairosa, que solo sus gracias bastaban a desengañar a cuantos la miraban, de que ninguno la merecía; y así, cuando no fuera su desengaño de los más realzados, la falta de él supliera su donaire; y viendo que todos suspensos callaban, dijo así:
—Cierto, hermosas damas y bien entendidos caballeros, que cuando me dispuse a ocupar este asiento, dejé a la puerta prevenida una posta, y ya traigo las espuelas calzadas; porque el decir verdad es lo mismo que desengañar: y en el tiempo que hoy alcanzamos, quien ha de decir verdades ha de estar resuelto a irse del mundo, porque si nos han de desterrar de él los que las escuchan, más vale irnos nosotros; pues la mayor suerte es vencerse uno a sí mismo, que no dejarse vencer de otros.
De esto nació el matarse los gentiles, porque como no alcanzaban la inmortalidad del alma, en cambio de no verse abatidos y ultrajados de sus enemigos, no estimaban la vida, y tenían por más hermosa victoria morir a sus mismas manos que no a las de sus enemigos; y de esta misma causa nace hoy el decir mal los hombres de las mujeres, porque los desengañan, si no con palabras, con las obras.
Hablo de las que tratan de engañar y de desengañar; los hombres fueron los autores de los desengaños; historias divinas y humanas nos lo dicen, y aunque pudiera citar algunas, no quiero, porque deseo granjear nombre de desengañadora, mas no de escolástica; que ya que los hombres nos han usurpado este título con debilitarnos más de lo que la naturaleza nos afeminó; y ella, si nos dio flacas fuerzas y corazones tiernos, por lo menos nos infundió el alma tan capaz para todo como la de los varones; y supuesto esto, gocen su imperio, aunque tiranamente adquirido, que yo por lo menos me excusaré de cuestiones de escuela.
Digo, en fin, que como las mujeres vieron que los hombres habían de más a más inventado contra ellas los engaños, hurtáronles no el arte sino el modo. Entra un hombre engañando (como es la verdad, que todos lo saben hacer bien), la mujer finge engañarse, y cuando ve que ya el hombre trata de deshacer el engaño, adelántase a ser la primera.
¿Quién es tu enemigo? El adagio lo dice. Ellos, por no declararse por engañadores, disimulan y queréllanse de que no hay que fiar de ellas, porque todas engañan. Ved cómo la verdad está mal recibida: ellas, por no morir a manos de los engaños de los hombres, desengañan y quieren más morir a las suyas, que bien cruel es la mala opinión en que las tienen; porque, ¿qué mayor desengaño que quitarles su dinero y ponerlos en la calle?
El daño es que los hombres, como están tan hechos a engañar que ya se hereda como mayorazgo, lo mismo hacen con la buena como con la que no lo es. Ellos dicen hacerlo por escarmentados, y este es el mayor engaño suyo, que no es sino porque no pueden más.
Miren las que no tratan de los deleites vulgares lo que les sucede a otras y será el verdadero acierto el mal, que como las que digo no van con el dictamen de las demás, que es engañar y desengañar, entran en el engaño y se están en él toda la vida, y aun de esto se les ha seguido a muchas la muerte, como se verá en mi desengaño.
Pues si hoy las que estamos señaladas para desengañar hemos de decir verdades y queremos ser muestras de ellas, ¿qué esperamos sino odios y rencillas?; y aseguraré hay más de dos que están deseando salir de este lugar para verter de palabra y por escrito la ponzoña que les ha ocasionado nuestro sarao; luego bien prevenida está la posta y bien dispuesto el traer puestas las espuelas, y con todo esto no he de morir de miedo; ya estoy en este asiento, desengañar tengo a todas y guardarme de no ser engañada.
Paciencia, caballeros, que todo viene a ser una satirilla más o menos, y eso no hará novedad, porque ya sé que no puede faltar; mas en esto me la ganan, porque jamás dije mal de las obras ajenas; y hay poetas y escritores que se pudren de que los otros escriban.
Todo lo alabo, todo lo estimo; si es levantadísimo, lo envidio, no porque lo haya trabajado su dueño sino por no haber sido yo la que lo haya alcanzado, y juzgo, en siendo obra del entendimiento, que cuando no se estime de ella otra cosa sino el desvelo del que la hizo, hay mucho que estimar; y supuesto que yo no atropello ni digo mal de los trabajos ajenos, mereceré de cortesía que se diga bien de los míos, y en esta conformidad digo así:
En la Babilonia de España, en la nueva maravilla de Europa, en la madre de la nobleza, en el jardín de los divinos entendimientos, en el amparo de todas las naciones, en la progenitora de la belleza, en el teatro de la gloria, en el archivo de todas las gracias, en la escuela de las ciencias, en el cielo tan parecido al cielo, que es locura dejarle si no es para irse al cielo, y, para decirlo todo de una vez, en la ilustre villa de Madrid, Babilonia, madre, maravilla, jardín, archivo, escuela, progenitora, retrato y cielo, en fin, retiro de todas las grandezas del mundo, nació la hermosísima Laurela, no en estos tiempos, que en ellos no fuera admiración el ser tan desgraciada como ella por haber tantas bellas y desgraciadas, de padres ilustres y ricos, siendo la tercera en su casa, por haberse adelantado la primera y segunda hermana, no en hermosura, sino en nacer antes que Laurela.
Ya se entiende que, siendo sus padres nobles y ricos, la criarían y doctrinarían bien, enseñándola todos los ejercicios y habilidades convenientes, pues sobre los caseros, lavar, bordar y lo demás, que es bien que una mujer sepa para no estar ociosa, sabía leer, escribir, tañer y cantar a una arpa, en que salió tan única que, oída sin ser vista, parecía un ángel, y vista y oída, un serafín.
Aún no tenía Laurela doce años cuando ya tenía doce mil gracias; tanto que ya las gastaba como desperdicios y la llamaban el milagro de naturaleza; y si bien criada con el recogimiento y recato que era justo, ni se pudo esconder de los ojos de la desdicha, ni de los de don Esteban, mozo libre, galán, músico, poeta y, como dicen, baldío, pues su más conocida renta era servir, y en faltando esto le faltaba todo: no se le conocía tierra ni pariente, porque él encubría en la que había nacido, quizá para disimular algunos defectos de bajeza. Servía a un caballero del hábito, y era de él bien querido por sus habilidades y solicitud.
Tendría don Esteban, al tiempo que vio a Laurela, diez y nueve a veinte años, edad floreciente y en la que mejor asesta sus tiros el amor; y así fue, pues viendo un día a la hermosa niña en un coche, en compañía de su madre y hermanas, se enamoró tan locamente (si se puede decir así) que perdió el entendimiento y la razón, que no pudo ser menos, pues informado de quién era Laurela, no desistió de su propósito, conociéndole tan imposible, pues ni aun para escudero le estimaran sus padres.
Andaba loco y desesperado, y tan divertido en sus pensamientos que faltaba a la asistencia de su dueño; si bien como había otros criados, no se conocía de todo punto su falta.
En fin, viéndose naturalmente morir, se determinó a solicitar y servir a Laurela, y probar si por esta parte podía alcanzar lo que no conseguía por otra, supuesto que no alcanzaba más bienes que los de su talle y gracias, que en cuanto a esto no había que desperdiciar en él.
Paseaba la calle, dábala músicas de noche, componiendo él mismo los versos, engrandeciendo su hermosura y gentileza, porque en esto era tan pronto que, si cuanto hablaba lo quería decir en versos, tenía caudal para todo, mas de nada de esto hacía caso ni lo sentía Laurela, porque era tan niña que no reparaba en ello, ni aunque a esta sazón tenía catorce años, porque todo este tiempo pasó don Esteban en sus necios desvelos, no había llegado a su noticia qué era amar ni ser amada, antes su desvelo era, en dejando la labor, acudir al arpa junto con criadas que tenía buscadas al intento que sabían cantar, y con ellas entretener y pasar el tiempo, aunque no sé para qué buscamos ocasiones de pasarle, que él se pasa bien por la posta.
Todo el tiempo que he dicho pasó don Esteban en esta suspensa y triste vida, sin hallar modo ni manera para descubrir a Laurela su amor; unas veces por falta de atrevimiento, y las más por no hallar ocasión, porque las veces que salía de casa era con su madre y hermanas, y cuando no fuera esto, ella atendía tan poco a sus criados que los pagaba con un descuidado descuido.
Pues considerando el atrevido mozo lo poco que granjeaba aguardando a que por milagro supiera Laurela su amor, intentó uno de los mayores atrevimientos que se pueden imaginar, y que no se pusiera en él sino un hombre que no estimara la vida, y fue que, hallándose un día en casa de un amigo casado, estaba allí una mujer que había sido criada de la casa de Laurela, a quien él reconoció, como quien medianamente por su asistencia conocía de vista a todas, y haciéndose algo desentendido, dijo:
—Paréceme, señora, haberos visto, mas no me puedo acordar dónde.
La moza, acordándose haberle visto algunas veces en aquella casa, le respondió:
—Habreisme visto, señor, hacia el Carmen, que allí cerca he servido algunos meses en casa de don Bernardo.
—Así es —dijo él—, que en esa misma casa os he visto, y no me acordaba.
—Y yo a vos —dijo la moza— os he visto algunas veces pasar por esa misma calle.
—Tengo en ella —dijo don Esteban— un galanteo, y por eso la paseo a menudo. ¿Mas por qué os salisteis de esa casa, que tengo noticia de ser buena?
—¡Y cómo que lo es! Mas en habiendo muchas criadas, fácil cosa es encontrarse unas con otras, y así me sucedió a mí. Yo servía en la cocina: hay en casa otras tres doncellas, reñimos una de ellas y yo, y la una por la otra nos despedimos, y cierto que me ha pesado, porque los señores son unos ángeles, en particular mi señora Laurela, que es la menor de tres hijas que hay, que solo por ella se puede servir de balde, porque como es muchacha, todo el día anda jugando con las criadas.
—Hermosa es esa dama —respondió don Esteban—, más que sus hermanas.
—¡Qué tiene que hacer; ay, señor mío! Vale más la gracia, el donaire y el agrado de mi señora Laurela que todas las demás, y más cuando toma el arpa y canta, que no parece sino un ángel.
—¿Tan bien canta? —dijo don Esteban.
—Excelentísimamente —respondió la moza—; y es tan aficionada a la música que cuantas criadas recibe gusta que sepan cantar y tañer, y si no lo saben y tienen voz, las hace enseñar, y como lo sepan, no se les da nada a sus padres que no sepan otra labor; porque aman tan tiernamente a esta hija que no tratan sino de agradarla y servirla, y en siendo músicas, no regatean con ellas el salario. Y yo aseguro que habrá sentido harto mi señora Laurela la ida de la que riñó conmigo, porque cantaba muy bien; y aun yo, con no saber cómo se entona, si mucho estuviera allí, saliera cantora; que como la escuchaba a todas horas, también yo, en la cocina, al son de mis platos, entonaba y decía mil letrillas.
Oído esto por don Esteban, al punto fundó en ello su remedio, porque despedido de allí, se fue a la platería, y vendiendo algunas cosillas que tenía granjeadas, compró todo lo necesario para transformarse en doncella; y no teniendo necesidad de buscar cabelleras postizas, porque en todos tiempos han sido los hombres aficionados a melenas, aunque no tanto como ahora, apercibiéndose de una navaja para cuando el tierno vello del rostro le desmintiese su traje, dejando sus golillas a guardar a un amigo, sin darle parte de su intento, se vistió y aderezó de modo que nadie juzgara sino que era mujer, ayudando más el engaño tener muy buena cara, que con el traje que digo daba mucho que desear a cuantos le veían.
Hecho esto, se fue a casa de Laurela y dijo a un criado que avisase a su señora si quería recibir una doncella, porque tenía noticia de que se había despedido una.
Los criados, como su ejercicio es murmurar de los amos, pues les parece que solo para eso les sustentan, le dijeron, burlándose de la condición de Laurela, que si no sabía tañer y cantar que bien se podía volver por donde había venido; porque en aquella casa no se pedía otra labor, y que siendo música la recibirían al punto.
—Siempre oí —dijo don Esteban— que tañer y cantar no es ajuar; mas si en esta casa gustan de eso, les ha venido lo que desean; que a Dios gracias, mis padres, como me criaron para monja, casi no me enseñaron otro ejercicio: faltáronme al mejor tiempo, con que he venido desde señora a servir, y me acomodo mejor a esto que no a hacer otra flaqueza.
—En verdad, dijo el uno de los criados, que tenéis cara más para eso que para lo que pretendéis, y que gastara yo de mejor gana con vos mi jornalejo que con el guardián de san Francisco.
—En lo uno ni en lo otro le envidio la ganancia, hidalgo —dijo don Esteban—, y ahorremos de chanzas y entre a decir si me han menester; porque si no, tengo otras dos casas en venta y me iré a la que más me diere gusto.
—Yo le tendré muy grande en que os quedéis en casa, señora hermosa, porque me habéis parecido un pino de oro, y así entraré a decirlo; mas ha de ser con una condición, que me habéis de tener por muy vuestro.
—Entre, galán, y dígalo, que se verá su pleito —respondió don Esteban.
Con esto el criado entró donde estaban sus señoras y les dijo cómo afuera estaba una doncella que preguntaba si la querían recibir para servir en lugar de la que se despidió.
—Y os aseguro, señoras —medio amartelado el escudero—, que su cara, despejo y donaire más merece que la sirvan que no que sirva: y demás de esto dice que sabe tañer y cantar.
Sonole bien a Laurela esta habilidad, como quien era tan llevada de ella, y a las damas no desagradó, que luego mandaron que entrase, que como madre y hermanas querían ternísimas a Laurela, todas seguían su inclinación, no juzgándola viciosa ni advirtiendo que el demonio teje sus telas, tomando para hacerlo de cada uno la inclinación que tiene.
Dada pues la licencia, entró la doncella, y vista e informadas de lo que sabía hacer, agradadas de su brío y desenvoltura, a pocos lances quedó en casa; porque si a todas agradó, a Laurela enamoró, tanto era el agrado de la doncella. No fue este amor de calidad de don Esteban, porque Laurela, sin advertir engaño, creyó que era mujer.
Preguntáronle el nombre, y dijo que se llamaba Estefanía, sin don, que entonces no debía de ser la vanidad de las señoras tanta como la de ahora, que si tienen picaza la llaman «doña Urraca», y si papagayo, «don Loro»; hasta a una perrita llamó una dama «doña Marquesa», y a una gata, «doña Miza».
—Pues, Estefanía —dijo Laurela—, yo quiero oír tu voz, para ver si me agrada tanto como tu cara.
—¡Ay señora mía —respondió Estefanía—, si la voz no es mejor que la cara, buena medra sacaré!
Y habiéndole dado una guitarra, templó sin enfadar y cantó sin ser rogada: falta tan grande de los cantores, que cuando vienen a conceder, ya tienen enfadado al género humano de rogarlos; mas Estefanía cantó así:
Después que pasaron, De la edad dorada, Las cosas que cuentan Las viejas honradas;
Y después que al cielo Fueron desterradas La verdad hermosa, La inocencia santa:
Porque acá las gentes Ya las maltrataban, O por ser mujeres, O por no imitarlas;
Cuando las encinas La miel destilaban, Y daba el ganado Hilos de oro y plata;
Ofrecían los prados Finas esmeraldas, Y la gente entonces Sin malicia estaba:
Cuando no traían Fregonas ni damas Guardainfantes, moños, Guardapiés y enaguas;
Cuando los galanes Calzaban abarcas, No medias de pelo, Que estén abrasadas;
La de plata vino, Donde ya empezaban A saber malicias Y a maquinar trazas.
Esta pasó, y luego La de alambre falsa Mostró en sus engaños Maliciosas trazas.
Llegó la de hierro, Tan pobre y tan falta De amistad, que en ella No hay más que marañas.
Son tantos los males, Tantas las desgracias, Que se teme el mundo De que ya se acaba.
Al Tiempo envió Con su blanca barba De Júpiter santo A la audiencia sacra:
Para que le advierta Que repare y haga Contra tantos vicios Jueces de la fama.
Júpiter le dijo Que diga la causa, Que a pedir justicia Obliga a sus canas.
Lo primero pido, Dijo en voces altas, Que los lisonjeros Desterrados vayan;
Porque solo aquestos Oro y seda arrastran, Y de los señores Son pulgas que abrasan.
Y que a la mentira Descubran la cara, Que verdad se nombra, Como anda tapada.
Ítem: que declare Cómo o dónde halla Los diversos trajes Con que se disfraza.
Que las viejas muestren Sus cabezas canas, Las damas sus pelos, Los hombres sus calvas:
Porque hay mil achaques, Postillas y agallas, Reumas y jaquecas, Y otras cosas malas,
Después que se usa Vender en la plaza Cabelleras, moños, Que a los muertos sacan.
Si son pelicortas, Que mandan que traigan Las cofias de pavos De la infanta Urraca.
Que a los hombres manden Que vistan botargas, Como en otros tiempos Los godos usaban.
Que nuestros abuelos Era gente honrada, Y siempre vistieron Una martingala.
Las medias de pelo Mueran abrasadas, Y las que las hacen Sean leña y ascuas;
Porque no hay haciendas, Que todas se gastan En ponerse unas Todas las semanas.
Demás que parece Que descalzos andan, Quitando el valor A las toledanas.
Que a sus trajes vuelvan, Y vuelvan a Francia Los que le han hurtado, Que parece infamia.
Que Francia el valor Le ha robado a España, Y los españoles Al francés las galas.
Que en la ropería Acorten las faldas A aquestos jubones, Ya medio sotanas.
Y que se recojan Aquestas que andan Pelando atrevidas Las bolsas y el alma.
Y porque trabajen, Las señalen casa, Donde recogidas Coman, si lo ganan.
Que gastando mantos, Y rompiendo sayas, Como vemos, vale La seda muy cara.
Que a los coches pongan Corozas muy altas, Por encubridores De bajezas tantas.
Y que a ciertas viejas, Que en forma de santas, Voluntades juntan, A los montes vayan.
Porque solo sirven De enseñar muchachas A chupar las bolsas Y hacer caravanas.
Que algunos maridos Manden que en sus casas Miren, por si hay Varas encantadas,
Con que sus mujeres Oro y tela arrastran, Y ellos paseando, Comen, visten, calzan.
Que a mil maldicientes, Que atrevidos hablan Contra las mujeres, A la guerra vayan.
Que sobre los dones Echen alcabalas, Y la cantidad A pobres repartan,
Que si cada uno Ofrece una blanca, El uno por ciento No hará a suma tanta.
Esto pidió el Tiempo, Y Júpiter manda Que se vea su pleito, Que fue no hacer nada.
Cantó esta sátira Estefanía con tanto donaire y desenvoltura que dejó a todas embelesadas, creyendo que tenían en ella una preciosa joya, que a saber que era el caballo troyano, pudiera ser no les diera tanto gusto.
Pues como Laurela era niña y tan inclinada a la música, fuera de sí de gozo, se levantó del estrado y, cruzando los brazos al cuello de Estefanía, juntando su hermosa boca con la mejilla, favor que no entendió ella llegar a merecerle, la dijo:
—¡Ay amiga, y qué alegre estoy de tenerte conmigo, y cómo no tengo de tenerte por criada, sino por hermana y amiga!
Tomola Estefanía una de sus hermosas manos, y besándosela por el favor que la hacía, dio por bien empleado su disfraz, que la hacía merecedora de tantos favores, y díjola:
—Señora mía, yo sé que te merezco y mereceré toda la merced que me hicieres, como lo conocerás con el tiempo; porque te aseguro que desde el punto que vi tu hermosura, estoy tan enamorada (poco digo, tan perdida), que maldigo mi mala suerte en no haberme hecho hombre.
—Y a serlo —dijo Laurela—, ¿qué hicieras?
—Amarte y servirte hasta merecerte, como lo haré mientras viviere; que el poder de amor también se extiende de mujer a mujer, como de galán a dama.
Diolas a todas gran risa oír a Estefanía decir esto dando un lastimoso suspiro, juzgando que se había enamorado de Laurela.
Preguntó Estefanía si había más doncellas en casa.
—Otras dos —dijo Laurela—, y una criada que guisa de comer.
Y oído esto, pidió a sus señoras se sirviesen darla cama aparte, porque no estaba enseñada a dormir acompañada, y demás de esto era apasionada de melancolía, cosa usada de los versistas, y se hallaba mejor con la soledad.
—Luego también tienes esa habilidad —dijo Laurela.
—Por mis pecados —respondió Estefanía—, para que estuviese condenada a eterna pobreza.
—Cada día me parece has de descubrir nuevas habilidades —respondió Laurela—; mas en cuanto a tu pobreza, vencido has a tu fortuna en haber venido a mi poder, pues yo te haré rica para que te cases como mereces.
—Ya soy la más rica del mundo, pues estoy en tu poder, que yo no quiero más bienes que gozar de tu hermosa vista; y en lo que toca a casarme, no tienes que tratarme tal cosa, pues la divina imagen que hoy ha tomado asiento en mi corazón no dará lugar para que se aposente en él otra alguna.
Volviéronse a reír todas, confirmando el pensamiento hecho de haberse Estefanía enamorado de Laurela: y, en fin, para más agradarla, le dieron su aposento y cama dividido de las demás, quedando Estefanía muy contenta, por poder, al desnudarse y vestirse, no dar algunas sospechas, y remediar cuando las flores del rostro empezasen a descubrir lo contrario de su hábito, pues aunque hasta entonces no le habían apuntado, se temía no tardarían mucho. Gran fiesta hicieron las demás criadas a Estefanía, ofreciéndosele todas por amigas, si bien envidiosas de los favores que la hacía Laurela.
Vino su padre a cenar, que era un caballero de hasta cuarenta años, discreto y no de gusto melancólico, sino jovial y agradable; y dándole cuenta de la nueva doncella que había traído a casa y de sus gracias y habilidades, diciendo este la quería ver, vino Estefanía y con mucha desenvoltura y agrado besó a su señor la mano, y él, muy pagado de ella, lo más que ponderó fue su hermosura, con tal afecto que al punto conoció Estefanía que se había enamorado, y no le pesó, aunque temió verse perseguida de él.
Mandola que cantase y no lo rehusó, pues como no era mujer sino en el hábito, no la ocupó la vergüenza; y así, pidiendo una guitarra, con la prontitud del ingenio y la facilidad que tenía en hacer versos, pues era maravillosa, cantó así:
Ausentose mi sol, y en negro luto Me dejó triste y de dolor cercada; Volvió a salir la aurora aljofarada, Y dile en feudo lágrimas por fruto.
Nunca mi rostro de este llanto enjuto, Le da la enhorabuena a su llegada, Que si ella ve su sol, yo desdichada, Al mío doy querella por tributo.
Sale Febo tras ella, dando al suelo Oro, si le dio perlas la aurora, Plata a las fuentes, y cristal al río.
Sola yo, con eterno desconsuelo, No me alegro, aunque miro alegre a Flora, Que aunque sale su sol, no sale el mío.
Amo, temo, y porfío A vencer con mi amor fieros temores; ¡Mas ay, que por instantes son mayores!
En mí es amor gigante, En mí es infante tierno, Para que sea mi tormento eterno.
Ama gigante Y teme como infante, Y yo padezco como firme amante.
—Competencia puede haber, Estefanía, sobre cuál ha de llevar el laurel, entre tu voz y tu hermosura —dijo don Bernardo, que así se llamaba el padre de Laurela.
—Y más —dijo doña Leonor, que este es el nombre de su madre—, que lo que canta ella misma se lo compone; y en este soneto parece debía estar enamorada Estefanía cuando le hizo.
—Señora mía —respondió ella—, lo estaba, lo estoy, y estaré hasta morir; y aún ruego a Dios no pase mi amor más allá del sepulcro; y en verdad que como se iban cantando los versos, se iban haciendo, que a todo esto obliga la belleza de mi señora Laurela, que como se salió acá fuera y me dejó a obscuras, y yo la tengo por mí, soltome este asunto ahora que me mandó don Bernardo, mi señor, que cantase.
Empezaron todas a reírse, y don Bernardo preguntó qué enigmas eran aquellos.
—¿Qué enigmas han de ser —dijo doña Leonor— sino que Estefanía está enamorada de Laurela desde el punto que la vio, y lamenta su ausencia celebrando su amor, como habéis visto?
—Bien me parece —respondió don Bernardo—, pues de tan castos amores bien podemos esperar hermosos nietos.
—No quiso mi dicha, señor mío —dijo Estefanía—, que yo fuera hombre, pues a serlo sirviera como Jacob por tan linda Raquel.
—Más te estimo yo mujer que no hombre —dijo don Bernardo.
—Cada uno busca y desea lo que ha menester —respondió Estefanía.
Con estas y otras burlas, que pararon en amargas veras, llegó la hora de acostarse, diciendo Laurela a Estefanía la viniese a desnudar, porque desde luego la hacía favor de camarera.
Se fueron todos, y Estefanía con su señora, asistiéndola hasta que se puso en la cama, gozando así sus ojos, en virtud de su engaño, lo que no se les permitiera a no ser por su engañoso disfraz, enamorándose más y más, juzgando a Laurela aún más linda desnuda que vestida.
Más de un año pasó en esta vida Estefanía sin hallar modo cómo descubrir a Laurela quién era, temiendo su indignación y perder los favores que gozaba: pues es de creer que, a entender Laurela que era hombre, no pasara por tal atrevimiento, y aunque en todas ocasiones le daba a entender su amor, ella y todas las demás lo juzgaban a locura, y las servía de entretenimiento y motivo de risa siempre que le veían hacer extremos y finezas de amante, como llorar celos y sentir desdenes, admirando que una mujer estuviese enamorada de otra, sin llegar a su imaginación que pudiese ser lo contrario; y muchas veces Laurela se enfadaba de tanto querer y celar, porque si salía fuera, aunque fuese con su madre y hermanas, cuando venía la pedía celos: y si tal vez salía con ellas, la decía se echase el manto en el rostro porque no la viesen, diciendo que a nadie era bien fuese permitido ver su hermosura. Si estaba a la ventana, la hacía quitar, y si no se entraba, se enojaba y lloraba, y la decía tan sentidas palabras que Laurela se enojaba y la decía que la dejase, pues ya se cansaba de amor tan impertinente.
Pero en tratando algún casamiento, como era su belleza tanta, antes la deseaban a ella que a sus hermanas, aunque eran mayores y no feas: allí eran las ansias, las congojas, las lágrimas y los desmayos, que la terneza de su amor vencía la fiereza de hombre; y se tenía entendido que Estefanía se había de morir el día que se casase Laurela.
No le faltaban a Estefanía, sin las penas de su amor, otros tormentos que la tenían bien disgustada, y era la persecución de su amo, pues en todas ocasiones la perseguía, prometiendo casarla muy bien si hacía por él lo que deseaba: y si bien se excusaba con decirle era doncella, no se atrevía a estar un punto sola en estando en casa, porque no fuese con ella atrevido y se descubriese la maraña.
Abrasábase Estefanía en celos de un caballero que había en la misma casa, mozo y galán, con cuya madre y hermanas tenía Laurela, su madre y las demás, grande amistad, y se comunicaban muy familiarmente, pasando por momentos los unos al cuarto de los otros, porque sabía que estaba muy enamorado de Laurela y la deseaba por esposa, habiéndola ya pedido a su padre, si bien no se había efectuado por ser Laurela muy niña, y su padre quisiera primero acomodar a las mayores.
Era de modo lo que Estefanía sentía el que fuese allá Laurela que no le faltaba sino perder el juicio; y lo dio bien a entender una tarde que estaba Laurela con las amigas que digo en su cuarto, pues habiendo estado algún espacio de tiempo allá, la mandó llamar su madre, y viniendo, las halló a todas en una sala sentadas a los bastidores, y Estefanía con ellas bordando, pues aunque no era muy cursada en aquel ejercicio, con su buen entendimiento se aplicaba a todo. Llegó Laurela, y sentándose con las demás, miró a Estefanía que estaba muy melancólica y ceñuda, y empezose a reír, y sus hermanas y las demás doncellas de la misma suerte, de que Estefanía con mucho enojo, enfadada, dijo:
—Graciosa cosa es reírse de mi llorar.
—Pues no llores —respondió Laurela, riéndose— sino canta un poco, pues me parece, según estás de melancólica, que un tono grave le cantaras divinamente.
—Por esto te llamé yo —dijo su madre—, para que, mandándoselo tú, no se excusase, pues aunque se lo hemos rogado, no ha querido; y me he admirado, pues nunca la he visto hacerse rogar sino hoy.
—En verdad que me tiene mi señora Laurela muy sazonada para hacer lo que su merced me mande.
—¡Ay, amiga! —dijo Laurela—, ¿y en qué te he ofendido, que tan enojada estás?
—En el alma —respondió Estefanía.
—Deja esas locuras —replicó Laurela— y canta un poco, que es disparate creer que yo te tengo de agraviar en el alma ni en el cuerpo; y solamente porque sea verdad lo que mi madre dice, que cantarás mandándolo yo, debes hacerlo, para no desdecir lo que tantas veces has dicho, que eres mía.
—No me desdigo ni vuelvo atrás de lo que he dicho —dijo Estefanía—, que una cosa es ser de cúyo soy, y otra estar enojada; y sé que no estoy cantando y hablando sino para decir desaciertos; mas algún día me vengaré de todo.
Con esto reían las demás.
—Canta ahora —dijo Laurela— lo que te gustare, que después yo llevaré con gusto tu castigo, como no sea perderte, pues lo sentiría mucho.
—Así supiera yo —dijo Estefanía— que esto se había de sentir, como no estuviera un instante más en casa.
—Dios me libre de tal —respondió Laurela—. Mas dime, queriéndome tanto, ¿tuvieras corazón para dejarme?
—Soy tan vengativa que por matar, me matara, y más estando rabiosa como ahora.
—Canta, por tu vida —dijo Laurela—, que después averiguaremos este enojo.
Y como Estefanía fuese de tan presto ingenio, y más en hacer versos, en un instante apercibió cantando decirla su celosa pasión en estas canciones:
¡Oh soberana diosa, Así a tu Endimión goces segura, Sin que vivas celosa, Ni desprecies por otra tu hermosura, Que te duela mi llanto, Pues sabes qué es amor, y amarte tanto! Ya ves que mis desvelos Nacen de fieros y rabiosos celos.
Fuese mi dueño ingrato A no sé qué concierto de su gusto: ¡Ay, Dios, y qué mal trato! Castigue amor un caso tan injusto: Y tú, Diana bella, Mira mi llanto, escucha mi querella, Y sus veredas sigue, Y con tu luz divina le persigue.
Para muchos ha sido Cansada, sacra dea, y enfadosa, Y muchos han perdido Por descubrirlos ocasión dichosa: Hazlo así con mi amante, Sigue sus pasos, vela vigilante, Y dale mil disgustos, Impídele sus amorosos gustos.
Darete el blanco toro, De quien Europa enamorada goza; De Midas, el tesoro, Y de Febo, tu hermano, la carroza, El vellocino hermoso, Que de Jasón fue premio venturoso, Y por bella y lozana Juzgaré que mereces la manzana.
Solo porque me digas Si fue a gozar algunos dulces brazos: Sí dices: no prosigas, Hechos los vea cuatro mil pedazos; Y di: ¿quiérelos mucho? Que sí, me dices, tal sentencia escucha: Ea pues, ojos míos, Volveos con llantos caudalosos ríos.
¿Cómo, di, ingrato fiero, Tan mal pagas mi amor, tan mal mi pena? ¡Mas, ay de mí! que quiero Contar del mar la más menuda arena, Ver en el suelo estrellas Y en el hermoso cielo plantas bellas; Pues, si lo consideras, Es lo mismo pedirte que me quieras.
Del amor dijo el Sabio Que solo con amor pagar se puede; No es pequeño mi agravio, No quiero amor que sin castigo quede; Pues cuando más te adoro, Si lo entiendes así, confusa ignoro, Y es mi mal tan extraño, Que mientras más te quiero, más me engaño.
Confieso que en ti sola Extremó su poder naturaleza, Y en la tierra española Eres monstruo de gala y gentileza; Mas de una piedra helada Tienes el alma, por mi mal, formada; Y la mía en tu hielo Es Etna, es un volcán, es Mongibelo.
Esos ojos que adoras, ¿Acaso son más dulces que los míos? Sí; pues en ellos moras, Y por su causa tratas con desvíos Los ojos que en tus ojos Adoran por favores los enojos, Por gloria los desdenes, Y los pesares por dichosos bienes.
Ojos, ¿no la mirasteis? Pues pagad el mirar con estas penas. Corazón, ¿no la amasteis? Pues sufrid con paciencia estas cadenas. Razón, ¿no te rendiste? Pues di, ¿por qué razón estás tan triste? Pues es mayor fineza Amar en lo que amáis esta fineza.
¿No sabes que te adoro? Pues ¿cómo finges que mi amor ignoras? ¿Mas qué mayor tesoro, Que cuando tú nueva belleza adoras, Halles el pecho mío Tan abrasado, cuanto el tuyo frío? Y ten en la memoria Que amar sin premio es la victoria.
Así seas oída De tu Narciso, ninfa desdichada, Que en Eco convertida Fue tu amor belleza malograda; Que si contigo acaso Habla la causa en quien de amor me abraso, Le digan tus acentos Mis tiernos y amorosos sentimientos.
Y tú, Venus divina, Así tu Adonis en tus brazos veas; Y a ti, gran Proserpina, Así de tu Plutón amada seas, Y que tus gustos goce Los seis meses que faltan a los doce. Que a Cupido le pidas Restituya mis glorias ya perdidas.
Así de la corona Goces de Baco, o Ariadna bella, Y al lado de Latona Asiento alcances, como pura estrella; Y al ingrato Teseo Veas preso y rendido a tu deseo: ¿A qué le impides el gusto A quien me mata con cruel disgusto?
Y tú, Calixta hermosa, Así en las aguas de la mar te bañes, Y que a Juno belosa, Para gozar a Júpiter, engañes; Que si desde tu esfera Vieras que esta fe tan verdadera Se paga con engaño, Castigues sus mentiras y mi daño.
Oh tú, diosa suprema, De Júpiter hermana y dulce esposa, Así tu amor no tema Agravios de tu fe, ni estés celosa, Que mires mis desvelos, Pues sabes qué es amor, agravio y celos, Y como reina altiva, Seas, con quien me agravia, vengativa.
Dile al pastor que tiene, Para velar a Jove, los cien ojos, Que a tu gusto conviene Velar de aqueste sol los rayos rojos, Que solían ser míos, Y son ahora de otros desvaríos; Pero tengo advertencia, Que es vara de Mercurio su elocuencia.
Y tú, triste Teseo, Refiere la pena que padeces En el Cáucaso feo, Que las entrañas al rigor ofreces De aquella águila hambrienta, Porque padezca con dolor y afrenta, Y así en cabeza ajena Tendrá escarmiento, y sentirá mi pena.
Dile, Tántalo triste, Por faltarte lealtad, la pena tuya, La gloria que perdiste Del néctar sacro, y para que concluya, Cuéntala tu fatiga: Y como amor tu ingratitud castiga, Habla, no estés tan mudo, Podrá el temor lo que amor no pudo.
No goce de su amante La verde yedra, de su cuello asida, Pues que la fe inconstante De aquel dueño querido de mi vida, Ya se pasa a otro dueño, Con que de morir mi palabra empeño, Por ser de amores, Porque sean más dulces mis dolores.
Desháganse los lazos Del leal y dichoso Hermafrodito, Pues en ajenos brazos A mi hermoso desdén estar permito, Sin que mi mano airada No tome la venganza deseada, Que con celos bien puedo, Ni respetar deidad ni tener miedo.
Canción, si de mi dueño Bien recibida fueses, Pues de mi pena fiel testigo eres; Cual sabia mensajera, Dile me excuse esta pena fiera; Y para no matarme, Si desea mi vida, quiera amarme.
Admiradas estaban doña Leonor y sus hijas, con todas las damas, de oír a Estefanía; y Laurela de rato en rato ponía en ella sus hermosos ojos, admirando los sentimientos con que cantaba, tomando y dejando los colores en el rostro conforme lo que sentía, y ella, de industria, en su canción ya parecía que hablaba con dama, ya con galán, por divertir a las damas; y viendo había dado fin con un ternísimo suspiro, riéndose le dijo:
—Cierto, Estefanía, que si fueras, como eres mujer, hombre, dichosa se pudiera llamar la que tú amaras.
—Y aun así como así —dijo Estefanía—, pues para amar, supuesto que el alma es toda una en varón y hembra, no se me da más ser hombre que mujer, pues las almas no son hombres ni mujeres, y el verdadero amor en el alma está, y no en el cuerpo, y el que amare el cuerpo con el cuerpo no puede decir que es amor, sino apetito, y de esto nace arrepentirse en poseyendo, porque como no estaba el amor en el alma, el cuerpo, como mortal, se cansa siempre de un manjar, y el alma, como espíritu, no se puede fastidiar de nada.
—Sí, mas es amor y no provecho amar una mujer a otra —dijo una de las criadas.
—Ese —dijo Estefanía— es el más verdadero amor, pues amar sin premio es mayor fineza.
—¿Pues cómo los hombres —dijo una de las hermanas de Laurela— a cuatro días de amar le piden, y si no se le dan, no perseveran?
—Porque no aman —respondió Estefanía—, que si amaran, aunque no los premiaran, no olvidarían, que amor verdadero es el carácter del alma, y mientras el alma no muriere, no morirá el amor. Luego siendo el alma inmortal, también lo será el amor, y como amando solo con el cuerpo no le alcanzan, aborrecen u olvidan luego, por tener lugar para buscar alimento en otra parte, y si alcanzan, ahítos buscan lo mismo.
—Pues según eso —dijo otra doncella—, los hombres de ahora todos deben de amar solo con el cuerpo y no con el alma, pues luego olvidan, y detrás de eso dicen mal de las mujeres, sin reservar a las buenas ni a las malas.
—Amiga —respondió Estefanía—, de las buenas dicen mal porque no las pueden alcanzar, y de las malas, porque están ahítos de ellas.
—¿Pues por qué las buscan? —dijo la otra hermana de Laurela.
—Porque las han menester —dijo Estefanía—, y por excusar un buen día a los muchachos, porque los maestros no los suelten temprano.
—Pues si solo por necesidad aman, y son tan malas por ellos las unas como las otras, más vale —respondió Laurela— ser buena y no admitirlos.
—Todo es malo —dijo Estefanía—, que ni han de ser las damas tan desdeñosas que tropiecen en crueles, ni tan desenvueltas que caigan en desestimación.
—Sí, mas yo quisiera saber —replicó la otra doncella— qué piensa sacar Estefanía de amar a mi señora Laurela, que muchas veces, a no ver su hermosura, y haberla visto algunas veces desnuda, me da una vuelta el corazón pensando que es hombre.
—Pluguiera a Dios, amiga —dijo Estefanía—, dieras cuatro en los infiernos; mas eso es vivir de esperanza; aunque qué sé yo si algún día hará, viéndome morir de imposible, algún milagro conmigo.
—El cielo excuse ese milagro por darme a mí gusto —dijo Laurela—, porque no soy amiga de prodigios, y de eso no pudieras ganar más de perderme para siempre.
Con esto pasaban, teniendo todas chacota y risa con los amores de Estefanía, que aunque disimulaba, no estaba poco penada al ver que ya las compañeras, entre burlas y veras, jugando unas con otras, procuraban ver si era mujer u hombre; demás que había menester andar con demasiada cuenta con las barbas que ya empezaba a hacer, y no sabía cómo declararse con Laurela, ni menos librarse de su padre, que perdido por ella, era sombra suya en todas las ocasiones que podía.
Pues sucedió, porque la fatal ruina de Laurela venía a toda diligencia, que aquel caballero que vivía en casa y amaba a Laurela con mortales celos de Estefanía, tornó a pedírsela por esposa a su padre, diciendo, porque no se la negase, que no quería otro dote con ella sino el de su hermosura y virtudes.
Don Bernardo, codicioso, aceptó luego, y tratándolo con su mujer e hija, la hermosa Laurela obedeció a su padre, diciendo no tenía más gusto que el suyo; y con esto, muy contenta, entró donde estaba Estefanía y las demás criadas, y las dijo:
—Ya, Estefanía, ha llegado la ocasión en que podré hacer por ti, y pagarte el amor que me tienes.
—¿En qué forma, señora mía? —respondió ella.
—En que me caso —tornó a responder Laurela—, que ahora me lo acaba de decir mi padre, que me ha prometido por esposa a don Enrique.
Apenas oyó estas últimas palabras Estefanía, cuando con un mortal desmayo cayó en el suelo, con lo que todas se alborotaron; y más Laurela que, sentándose y tomándole la cabeza en su regazo, empezó a desabrocharle el pecho, apretarle las manos y pedir apriesa agua, confusa, sin saber qué decir de tal amor y sentimiento.
Al cabo de un rato, con los remedios que se le hicieron, Estefanía volvió en sí, con que ya consoladas todas, mandó Laurela fuesen a acostarla.
Laurela, mientras las demás fueron a que se acostase, quedó revolviendo en su pensamiento mil quimeras, no sabiendo dar color de lo que veía hacer a aquella mujer; mas que fuese hombre jamás llegó a su imaginación, que si tal pensara, no hay duda sino que resueltamente la apartara de sí sin tornarla a ver, y no le valiera menos que la vida.
Acostada Estefanía y las criadas ocupadas en prevenir la cena, Laurela entró donde estaba y, sentándose sobre la cama, la dijo:
—Cierto, Estefanía, que me tienes fuera de mí, y que no sé a qué atribuya las cosas que te veo hacer después que estás en casa. Y acaso pensara, a no ser cosa imposible y que pudiera ocasionar muchos riesgos, o que no eres lo que pareces, o que no tienes juicio. ¿Qué perjuicio te viene de que yo tome estado, para que hagas los extremos que esta noche he visto?
—El de mi muerte —respondió Estefanía—; y pues morir, viéndote casada, o morir a tus manos todo es morir, mátame o haz lo que quisieres, que ya no puedo callar, ni quiero: tan aborrecida tengo la vida que por no verte en poder de otro dueño, la quiero de una vez perder. No soy Estefanía, no, don Esteban soy, un caballero de Burgos, que enamorado de la extrema belleza que te dio el cielo, tomé este hábito, por ver si te podía obligar con estas finezas a que fueses mía; porque aunque tengo nobleza con que igualarte, soy tan pobre que no he tenido atrevimiento de pedirte a tu padre, teniendo por seguro que el granjear tu voluntad era lo más esencial, pues una vez casado contigo, tu padre había de tenerse por contento, pues no me excede más que en los bienes de fortuna, que el cielo los da y los quita. Ya te he sacado de confusión, cuerda eres, obligada estás de mi amor; mira lo que quieres disponer, porque apenas habrás pronunciado la sentencia de mi muerte con negarme el premio que merezco, cuando yo me la daré con esta daga que tengo debajo de la almohada para este efecto.
Figura de mármol parecía Laurela: tan helada y elevada estaba oyendo a Estefanía, que apenas osaba apartar de ella los ojos, pareciéndola que en aquel breve instante que la perdiese de vista, se la había de transformar, como lo había hecho de Estefanía en don Esteban, en algún monstruo o serpiente; y visto que callaba, no sabiendo si eran burlas o veras sus razones, le dijo (ya más cobrada del susto que le había dado con ellas):
—Si no imaginara, Estefanía, que te estás burlando conmigo, la misma daga con que estás amenazando tu vida fuera verdugo de la mía y castigo de tu atrevimiento.
—No son burlas, Laurela, no son burlas —respondió Estefanía—, ya no es tiempo de burlarme, que si hasta aquí lo han sido y he podido vivir de ellas, era con las esperanzas de que habían de llegar las veras, y habías de ser mía, y si esto no llegara a merecer, me consolara con que si no lo fueras, por lo menos no te hicieras ajena, entregándote a otro dueño; mas ya casada, o concertada, ¿qué tengo que esperar sino morir? ¿Es posible que has estado tan ciega que en mi amor, en mis celos, en mis suspiros y lágrimas, en los sentimientos de mis versos y canciones, no has conocido que soy lo que digo y no lo que parezco?; porque, ¿quién ha visto que una dama se enamore de otra? Y supuesto esto, o determínate a ser mía, dándome la mano de esposa, o apenas saldrás con intento contrario por aquella puerta, cuando yo me haya quitado la vida; y veremos luego qué harás, o cómo cumplirás con tu honor para entregarle a tu esposo y para disculparte con tus padres y con todo el mundo; que claro es que hallándome sin vida, y que violentamente me la he quitado, y viendo que no soy mujer, si primero creyendo que lo era solemnizaban por burlas mis amores, conociendo las veras de ellos, no han de creer que tú estabas ignorante sino que con tu voluntad me transformé contigo.
¿Quién podrá ponderar la turbación y enojo de Laurela, oyendo lo que don Esteban con tanta resolución decía? Ninguno por cierto. Mas en lo que hizo se conocerá: que fue, casi fuera de juicio, asir la daga que en la mano tenía, diciendo:
—Matándome yo, excusaré todas estas afrentas y evitaré que lo hagan mis padres.
Mas don Esteban, que estaba con el mismo cuidado, la tuvo tan firme que las flacas fuerzas de la tierna dama no bastaron a sacarla de sus manos; y viéndola tan rematada, la rogó se aquietase, que todo era burla, que lo que era la verdad era ser Estefanía y no más, que se mirase muy bien en todo y que no se precipitase, que Estefanía sería mientras ella gustase que no fuese don Esteban.
Con esto, Laurela, sin hablarle palabra, con muy grande enojo, se salió y la dejó contenta con haber vencido la mayor dificultad, pues ya por lo menos sabía quién era, la cual, ni segura de que fuese Estefanía ni cierta de que era don Esteban, se fue a su aposento con grandísima pasión, y sin llamar a nadie se desnudó y acostó, mandando dijesen a sus padres que no salía a cenar por no sentirse buena.
Dormían todas tres hermanas, aunque en camas distintas, en una misma cuadra, con lo que Laurela se aseguró de que Estefanía no se pondría en ningún atrevimiento, caso que fuese don Esteban; y ya todos recogidos y aun dormidos, sola Laurela desvelada y sin sosiego, dando vueltas por la cama, empezó a pensar qué salida tendría de un caso tan escandaloso como el que le estaba sucediendo.
Unas veces se determinaba a avisar a su padre de ello: otras si sería mejor decir a su madre que despidiese a Estefanía, y otras miraba los inconvenientes que podrían resultar si su padre no creyese que ella de tal atrevimiento estaba inocente.
Ya se aseguraba en lo mucho que la querían sus padres y cuán ciertos estaban de su virtuosa y honesta vida: ya reparaba que, cuando sus padres se asegurasen, no lo había de quedar el que había de ser su esposo, pues comunicación de tanto tiempo con Estefanía había de criar en él celosos pensamientos, y que, o había de ser para perderle, o para vivir siempre mal casada, pues no podía esperarse menos de marido que entraba a serlo por la puerta del agravio, y no de la confianza.
Consideraba luego las bellas prendas de don Esteban, y parecíale que no le aventajaba don Enrique más que en la hacienda; y para esta falta (que no era pequeña) echaba en la balanza de su corazón, por contrapeso, para que igualase el amor de don Esteban, la fineza de haberse puesto por ella en un caso tan arduo, las lágrimas que le había visto verter, los suspiros que le había oído desperdiciar, las palabras que le había dicho aquella noche, que con estas cosas y otras tocantes a su talle y gracias igualaba el peso, y aun hacía ventaja.
Ya se alegraba, pareciéndole que, si le tuviese por esposo, todas podían envidiar su dicha; ya se entristecía, pareciéndole que su padre no le estimaría, aunque más noble fuese, siendo pobre.
En estos pensamientos y otros muchos, vertiendo lágrimas y dando suspiros, sin haber dormido sueño, la halló la mañana; y lo que peor es, que se halló enamorada de don Esteban, que como era niña, mal leída en desengaños, aquel rapaz enemigo común de la vida, del sosiego, de la honestidad y del honor, el que tiene tantas vidas a cargo como la muerte, el que, pintándole ciego, ve adónde, cómo y cuándo ha de dar la herida, asestó el dorado arpón al blando pecho de la delicada niña, y la hirió con tanto rigor que ya cuantos inconvenientes hallaba antes de amar, los hallaba fáciles. Ya le pesara que fuera Estefanía y no don Esteban, ya se reprendía de haber hablado con aspereza, ya temía si se había muerto, como lo había de hacer, y al menor ruido que sentía fuera, le parecía que eran las nuevas de su muerte.
Todas estas penas la ocasionaron un accidente de calentura que puso a todos en gran cuidado, como tan amada de todos, y más Estefanía, que como lo supo, conociendo procedía de la pena que había recibido con lo que le había dicho, se vistió y fue a ver a su señora, muy triste y los ojos muy rojos de llorar, lo que notó muy bien Laurela, como quien ya no la miraba como a Estefanía sino como a don Esteban.
Vino el médico y mandó sangrar a Laurela, y ejecutado ese remedio saliéronse todos de allí, juzgando que donde Estefanía asistía sobraban los demás en servir a Laurela.
Últimamente, por ir dando fin a este discurso, tanto hizo Estefanía puesta de rodillas delante de la cama, tanto rogó y tanto lloró, y todo con tan ternísimos afectos y sentimientos, que ya cierta Laurela de ser don Esteban, perdió el enojo y perdonó el atrevimiento del disfraz, y prometiéndose el uno al otro palabra de esposo, concertaron se disimulase hasta que ella estuviese buena, que entonces determinarían lo que se había de hacer para que no tuviesen trágico fin tan extraños y prodigiosos amores.
¡Ay, Laurela, y si supieras cuán trágicos serán, no hay duda sino que antes te dejaras morir que aceptar este concierto! Mas inútil es querer excusar lo que ha de ser; y así le sucedió a esta mal aconsejada niña. ¡Oh traidor don Esteban! ¿En qué te ofendió la candidez de esta inocente, que tan aprisa la vas diligenciando su perdición?
Más de un mes estuvo Laurela en la cama bien apretada de su mal, que valiera más que la acabara: mas ya sana y convalecida, concertaron ella y su amante, viendo con la prisa que se le facilitaba su matrimonio con don Enrique, quien hechas las capitulaciones y corridas dos amonestaciones, no aguardaba a más que pasase la tercera para desposarse, y viendo también cuán imposible era estorbarlo, ni persuadir a sus padres que trocasen a don Enrique por don Esteban, pues no era lance ajustado el descubrir en tal ocasión el engaño de Estefanía, menos que estando los dos seguros de la indignación de don Bernardo y don Enrique, que ya como hijo era admitido; concertaron, digo, que se ausentarían una noche, y puestos en cobro y ya casados, sería fuerza aprovecharse del sufrimiento, pues no había otro remedio, y que interpondrían personas que con su autoridad alcanzasen el perdón de su padre.
Suspendieron la ejecución para de allí a tres días, y Estefanía, con licencia de su señora, diciendo iba a ver una amiga o parienta, salió a prevenir la parte adonde había de llevar a Laurela, como quien no tenía más casa ni bienes que su persona, y en esa había más males que bienes, que fue en casa de un amigo, que aunque era mancebo por casar, no tenía mal alhajado un cuarto de una casa en que vivía, que era el mismo donde don Esteban había dejado a guardar un vestido y otras cosillas, no de mucho valor.
Cuando el tal amigo le vio con el hábito de dama, pues él creía estaba fuera de Madrid, santiguándose le preguntó qué embeleco era aquel. A quien don Esteban satisfizo contándole todo lo que queda dicho; si bien no le dijo quién era la dama.
En fin, le pidió lugar para traerla allí, a lo que el amigo condescendió voluntariamente, no solo por una noche sino por todas las que gustase, y le dio una de dos llaves que tenía el cuarto, quedando advertido que de allí a dos noches él se iría a dormir fuera, porque con más comodidad gozase amores que le costaban tantas invenciones; con lo que se volvió muy alegre a casa de Laurela, la cual aquellos días juntó todas las joyas y dineros que pudo, que serían de valor de dos mil ducados, por tener, mientras su padre se desenojase, con qué pasar.
Llegada la desdichada noche, escribió Laurela un papel a su padre dándole cuenta de quién era Estefanía y cómo ella se iba con su esposo, por dudar que no le admitiría por pobre, aunque en nobleza no le debía nada, y otras muchas razones en disculpa de su atrevimiento, pidiéndole perdón con sentidas expresiones.
Aguardaron a que todos estuviesen acostados y dormidos, y habiendo de nuevo don Esteban prometido a Laurela ser su esposo, que con menos seguridad no se arrojara a tan atrevida acción, dejando el papel sobre las almohadas de su cama, y Estefanía el vestido de mujer en su aposento, se salieron cerrando por defuera la puerta y llevándose la llave, para que, si fuesen sentidos, no pudiesen salir tras ellos hasta que estuviesen en salvo.
Se fueron a la casa que don Esteban tenía apercibida, dando el traidor a entender a la desdichada Laurela que era suya, donde se acostaron con el mayor reposo, Laurela creyendo que con su esposo y él imaginando lo que había de hacer, que fue lo que ahora se dirá.
Apenas se empezó a reír la mañana cuando se levantó e hizo vestir a Laurela, pareciéndole que a esta hora no había riesgo que temer, como quien sabía que en casa de Laurela las criadas no se levantaban hasta las ocho y los señores a las diez, si no era el criado que iba a comprar.
Vestido él, y Laurela bien temerosa qué sería tanto madrugar, facción bien diferente de la que ella esperaba, la hizo cubrir el manto, y tomando las joyas y dineros, salieron de casa y la llevó a Santa María, iglesia mayor de esta corte, y en estando allí la dijo estas razones:
—Las cosas, hermosa Laurela, que se hacen sin más acuerdo que por cumplir con la sensualidad del apetito, no pueden durar, y más cuando hay tanto riesgo como el que a mí me corre, sujeto al rigor de tu padre y esposo, y al de la justicia, que no me amenaza menos que la horca: yo te amé desde que te vi, e hice lo que has visto, y te amo por cierto, mas no con aquella locura que antes, cuando no miraba en riesgo alguno, mas ya los veo todos y a todos los temo; con que es fuerza desengañarte.
Yo, Laurela, no soy de Burgos, ni caballero, porque soy hijo de un pobre oficial de carpintería, que por no inclinarme al trabajo me vine a este lugar, donde sirviendo he pasado fingiendo nobleza y caballería: te vi y te amé, y busqué la invención que has visto hasta conseguir mi deseo; y si bien no fueras la primera en el mundo que casándose humildemente ha venido de alto a bajo estado, y trocando la seda en sayal ha vivido con su marido contenta, aun cuando yo quisiera hacer esto, me es imposible, porque soy casado en mi tierra, que no es veinte leguas de aquí, y mi mujer la tienen mis padres en su casa, sustentándola con su pobre trabajo.
Esto soy; y como no hay tal potro como el miedo, que en él se confiesan verdades, puedes considerar cómo me atreveré a ser hallado de tu padre, pues a este punto ya seré buscado, y no puedo esperar sino la muerte, que tan merecida tengo por la traición que en su casa he cometido.
Nada miraba con el deseo de alcanzar tu hermosura; mas ya es fuerza que lo mire, y así vengo determinado a dejarte aquí, y ponerme en salvo, y para hacerlo tengo necesidad de estas joyas que tú no has menester, pues te quedas en tu tierra, donde tienes deudos que te ampararán, y ellos reportarán el enojo de tu padre, que al fin eres su hija y considerará la poca culpa que tienes, pues has sido engañada.
Aquí no hay que gastar palabras ni verter lágrimas, pues con nada de esto me has de enternecer, porque primero es mi vida que todo; antes tú misma, si me tienes voluntad, me aconsejarás lo mismo; pues no remedias nada con verme morir delante de tus ojos, y todo lo que me detengo aquí contigo pierdo de tiempo para salvarme.
Sabe Dios que si no fuera casado no te desamparara, aunque fuera echarme una esportilla al hombro para sustentarte, que ya pudiera ser que tu padre, por no deshonrarse, gustara de tenerme por hijo; mas si tengo mujer, mal lo puedo hacer, y más que cada día hay aquí gente de mi tierra que me conocen y luego han de llevar allá las nuevas, y de todas maneras tengo de perecer.
Dicho te he lo que importa, conque quédate a Dios, que yo me voy a poner al punto a caballo para en partiéndome de Madrid excusarme el peligro que me amenaza.
Dicho esto, sin aguardar respuesta de la desdichada Laurela, sin obligarse de su lindeza, sin enternecerse de sus lágrimas, sin apiadarse de sus tiernos suspiros, sin dolerse del riesgo y desamparo en que la dejaba, como vil y ruin, que quiso más la vida infame que la muerte honrosa, pues muriendo a su lado cumplía con su obligación, la dejó tan desconsolada como se puede imaginar, vertiendo perlas y pidiendo a Dios la enviase la muerte, marchándose donde hasta hoy no se saben nuevas de él; si bien piadosamente podemos creer que no le dejaría Dios sin castigo.
Dejemos a Laurela en la parte dicha, adonde la trajo su ingrato amante, o donde se trajo ella misma por dejarse tan fácilmente engañar, implorando justicias contra el traidor y temiendo las iras de su padre, sin saber qué hacer ni dónde irse; y vamos a su casa, que hay bien que contar en lo que pasaba en ella.
Así que fue hora de que el criado que tenía a cargo el ir a comprar lo necesario se vistiese, fue a tomar la llave (que siempre para este efecto quedaba en la puerta por la parte de adentro, porque no inquietasen a los señores que dormían), y como no la halló, pensando que Estefanía, que era la que cerraba, la habría llevado, hubo de aguardar hasta que ya las criadas vestidas salieron a aliñar la casa, y dícholes fuesen a pedir la llave a Estefanía, de que enfadadas, así como envidiosas de ver que ella lo mandaba todo, después de haber murmurado un rato, como se acostumbra entre este género de gente, entraron a su aposento, y como no hallaron sino solos los vestidos sobre la cama, creyeron se habría ido a dormir con Laurela, de quien no se apartaba de noche ni de día; mas como viesen que sus señoras reposaban, no se atrevieron a entrar, y volviéndose afuera empezaron a decir bellezas sobre la curiosidad de quitar la llave; y así estuvieron hasta que fue hora, que entrando en la cámara y abriendo las ventanas para que despertasen, viendo las cortinas de la cama tiradas, abriéndolas decían: «¿Dónde Estefanía puso anoche la llave de la puerta?».
Ni hallaron a Estefanía ni a Laurela, ni otra cosa más del papel sobre las almohadas; y viendo un caso como este, dieron voces, a las cuales las hermanas, que estaban durmiendo con el descuido que su inocencia pedía, despertando despavoridas y sabido el caso, saltaron de las camas y fueron a la de Laurela, entendiendo era burla que les hacían las doncellas, y mirando no solo en ella, mas debajo y hasta los más pequeños dobleces, creyendo en alguno las habían de hallar, con que desengañadas tomaron el papel, que visto, decía el sobrescrito a su padre, llorando y viendo por esta seña que no había que buscar a Laurela, se le fueron a llevar, contándole lo que pasaba, que por no ser cansada no refiero lo que decía, mas de que, como he dicho, le contaba quién era Estefanía y la causa porque se había transformado de caballero en dama, como era don Esteban de Feí, caballero de Burgos, y como a su esposo le había dado posesión de su persona, y se iban hasta que se moderase su ira, y otras cosas a este modo, parando en pedirle perdón, pues el yerro solo tocaba en la hacienda, que en la calidad no había ninguno.
La pena que don Bernardo sintió, leído el papel, no hay para qué ponderarla, mas era cuerdo, y tenía honor, y consideró que con voces y sentimientos no se remediaba nada, antes era espantar la caza para que no viniese a su poder. Consideró esto en un instante, pareciéndole mejor modo para cogerlos y vengarse mostrarse risueño.
Viendo a doña Leonor y sus hijas deshacerse en llanto, las mandó callar y que no alborotasen la casa, ni don Enrique entendiese el caso hasta que con más acuerdo se le dijese: que para qué habían ellas de llorar el gusto a Laurela, y que pues ella había escogido esposo y le parecía que era mejor que el que le daba, que Dios la hiciese bien casada, y cuando quisiese venir a él, claro está que la había de recibir y amparar como a hija.
Con esta disimulación, pareciéndole que no se le encubrirían para darles el merecido castigo, mandó a los criados que, pena de su indignación, no dijesen a nadie nada, y a su mujer e hijas que callasen.
Ya que no los excusó la pena, moderó los llantos y escándalo, juzgando todos que pues no mostraba rigor, que presto se le pasaría el enojo, si tenía alguno, los perdonaría y volvería a su casa; si bien su madre y hermanas a lo sordo se deshacían en lágrimas, ponderando entre ellas las palabras y acciones de la engañosa Estefanía, advirtiendo entonces lo que valiera más hubieran hecho antes.
Tenía don Bernardo una hermana casada, cuya casa estaba cerca de Santa María, y su marido oía todos los días misa en la dicha iglesia: este pues, como los demás días, llevado de su devoción, entró casi a las once en ella, donde halló a Laurela, la que, aunque le vio y pudiera encubrirse, estaba tan desesperada y aborrecida de la vida que no lo quiso hacer, y como la vio tan lejos de su casa, sola sin su madre ni hermanas, ni criada alguna, y sobre todo tan llorosa, le preguntó la causa, y ella, con el dolor de su desdicha, se la contó, pareciéndole que era imposible encubrirlo, supuesto que ya por el papel que había dejado a su padre estaría público.
Algunos habrá que digan fue ignorancia; mas bien mirado, ¿qué podía hacer, supuesto que su desdicha era tan sin remedio? Porque como creyó que su atrevimiento no tenía de yerro más de casarse sin gusto de su padre, con esa seguridad le había declarado tanto en el papel; y así, en esta ocasión no le encubrió a su tío nada, antes le pidió su amparo; y el que la dio fue que, diciéndola palabras bien pesadas, la llevó a su casa y la entregó a su tía diciéndole lo que pasaba, que aun con más rigor que su marido la trató, poniendo en ella violentamente las manos, con lo que la desdichada Laurela, demás de sus penas, se halló bien desconsolada y afligida. Fue el tío al punto a casa de su cuñado, dándole cuenta de lo que pasaba. Con esta segunda pena se renovó la primera, de la que aún no tenía los ojos enjutos.
En fin, por gusto de su padre, Laurela quedó en casa de su tía hasta que se determinase lo que se había de hacer, y por ver si se podía coger el engañador. Los dos juntos contaron a don Enrique lo que había sucedido, del cual fue tan tierno el sentimiento que fue milagro no perder la vida, además que le pidió que pasasen adelante los conciertos sin que sus padres supiesen lo que pasaba: que si Laurela había sido engañada, el mismo engaño la servía de disculpa: tan enamorado estaba don Enrique. A quien su padre respondió que no tratase de eso, que ya Laurela no estaba más que para un convento.
Más de un año estuvo Laurela con sus tíos, sin ver a sus padres ni hermanas porque su padre no consintió que la viesen; ni él, aunque iba algunas veces a casa de su hermana, no la veía, ni ella se atrevía a ponérsele delante, antes se escondía temerosa de su indignación, pasando una triste y desconsolada vida, sin que hubiese persona que la viese, ni en ventana ni en la calle, porque no salía si no era muy de mañana a misa, ni aun reía ni cantaba como solía; hasta que al cabo de este tiempo un día de Nuestra Señora de Agosto, con su tía y criadas madrugaron y se fueron a Nuestra Señora de Atocha, donde, para ganar el jubileo que en este día hay en aquella santa iglesia, confesaron y comulgaron: Laurela, con buena intención (¿quién lo duda?); mas la cruel tía no sé cómo la llevaba, pues no ignoraba la sentencia que estaba dada contra Laurela, antes había sido uno de los jueces de ella.
Mucho nos sufre Dios, y nosotros por el mismo caso le ofendemos más.
Cruel mujer por cierto, pues ya que su marido y hermano eran cómplices en la muerte de la dama, ella, que la pudiera librar llevándola a un convento, no lo hizo; mas era tía, que es lo mismo que suegra, cuñada o madrastra. Con esto lo he dicho todo.
Mientras ella estaba en Atocha, entró el padre y el tío por un aposento que servía de despensa, donde no entraban sino a sacar lo necesario de ella, cuyas espaldas caían a la parte donde su tía tenía el estrado; y desencajando todo el tabique, lo pusieron de modo que no se echase de ver.
Venidas de Atocha, se sentaron en el estrado, pidiendo las diesen de almorzar, con mucho sosiego, y a la mitad del almuerzo, fingiendo la tía una necesidad precisa, se levantó y entró en otra cuadra desviada de la sala, quedando Laurela y una doncella que había recibido para que la sirviese bien descuidadas de la desdicha que les estaba amenazando; y si bien pudieron salvar a la doncella, no lo hicieron, por hacer mejor su hecho, pues apenas se apartó la tía, cuando los que estaban de la otra parte derribaron la pared sobre las dos, y saliéndose fuera, cerraron la puerta, y el padre se fue a su casa, y el tío dio la vuelta por otra parte para venir a su tiempo a la suya.
Pues como la pared cayó y cogió las pobres damas, a los gritos que dieron las desdichadas acudieron todas dando voces, las criadas con inocencia, mas la tía con malicia, al mismo tiempo que el tío entró con los vecinos que acudieron al golpe y alboroto, quienes hallando el fracaso y ponderando la desgracia, llamaron gente que apartasen la tierra y cascotes, lo que no pudo hacerse tan apriesa que, cuando surtió efecto, hallaron ya a la sin ventura Laurela de todo punto muerta, porque la pared la había abierto la cabeza y con la tierra se acabó de ahogar. La doncella estaba viva, mas tan maltratada que no vivió más de dos días.
La gente que acudió se lastimaba de tal desgracia, y su tía y tío la lloraban por cumplir con todos; ¿mas a una desdicha de fortuna qué se podía hacer sino darles pésames y consolarlos? En fin, pasó por desgracia la que era malicia; y aquella noche llevaron la malograda hermosura a San Martín, donde tenía su padre entierro.
Fueron las nuevas a su padre, que no era necesario dárselas, quien las recibió con severidad, y él mismo las llevó a su madre y hermanas, diciendo que ya la fortuna había hecho de Laurela lo que él había de hacer en castigo de su atrevimiento; en cuyas palabras conocieron que no había sido acaso el suceso, con lo que los tiernos sentimientos que hacían lastimaban a cuantos las miraban, y para que su dolor fuese mayor, una criada de los tíos de Laurela que servía en la cocina y se quedó en casa cuando fueron a Atocha, oyó los golpes que daban para desencajar la pared en la despensa, y saliendo a ver qué era, acechó por la llave y vio a su amo y cuñado que lo hacían y decían:
—Páguelo la traidora que se dejó engañar y vencer, pues no hemos podido hallar al engañador para que lo pagaran juntos.
La moza, como oyó esto y sabía el caso de Laurela, luego conoció que lo decían por ella, y con gran miedo, temiendo no la matasen porque lo había visto, sin hablar palabra se volvió a la cocina, y no se atrevió o no pudo avisar a Laurela, antes aquella misma noche, mientras se andaba previniendo el entierro, cogió su hatillo y se fue, sin atreverse a descubrir el caso a nadie, y aguardando tiempo, pudo hablar en secreto a la hermana mayor de Laurela, y la contó lo que había visto y oído, y ella a su madre y a la otra hermana, lo que fue causa de que su sentimiento y dolor se renovase, que les duró mientras vivieron, sin poder jamás consolarse.
Las hermanas de Laurela entraron a pocos meses monjas, que no se pudo acabar con ellas se casasen, diciendo que su desdichada hermana las había dejado buen desengaño de lo que había que fiar de los hombres; y su madre, después que enviudó, se fue con ellas, las cuales contaban este suceso como yo lo he dicho, para que sirva a las damas de desengaño, para no fiarse de los bien fingidos engaños de los cautelosos amantes, que no les dura de voluntad más de hasta vencerlas.
—Dirán ahora los caballeros presentes —dijo la hermosa Lisis, viendo que Matilde había dado fin a su desengaño—: ¡cuántos males causamos nosotros! Y si bien hablarán irónicamente, dirán bien; pues en lo que acabamos de oír se prueba bastantemente la cautela con que tratan a las desdichadas mujeres, no llevando la mira a más que vencerlas, y luego darlas el pago que dio don Esteban a Laurela, sin perdonar el engaño de transformarse en Estefanía, y que hubiese en él perseverancia para que en tanto tiempo no se cansase de engañar, o no se redujese a querer de veras.
Quien le vio tan enamorado, tan fino, tan celoso, tan firme, tan hecho Petrarca de Laurela, ¿podría creer jamás hubiese usado con ella tan infame bajeza?; y nosotros asimismo deberíamos pensar que había de ser Laurela la más dichosa de cuantas han nacido, y que había de quitarnos a todos con su dicha la acedía de tantas desdichas.
¡Ay, señores caballeros! No digo yo que todos seáis malos, mas sí que no sé cómo se ha de conocer el bueno; demás que yo no os culpo de otros vicios, que eso fuera disparate; solo para con las mujeres no hallo con qué disculparos.
Conocida cosa es que habéis dado todos en este vicio, y haréis más transformaciones que Proteo por traer una mujer a vuestra voluntad; y si esto fuese para perseverar amándola y estimándola, no fuera culpable; mas, para engañarla y deshonrarla, ¿qué disculpa habrá que lo sea?
Vosotros hacéis a las mujeres malas, y os ponéis a mil riesgos porque sean malas, y no miráis que si las quitáis el ser buenas, ¿cómo queréis que lo sean? Si inquietáis la casada, y ella persuadida de las finezas que hacéis, pues no son las mujeres mármoles, la derribáis y hacéis violar la fe que prometió a su esposo, ¿cómo será esta buena? Diréis: siéndolo.
No se hallan ya a cada paso santas Teodoras Alejandrinas que, por solo un yerro que cometió contra su esposo, hizo tantos años de penitencia; antes hoy en haciendo uno, procuran hacer otro, por ver si les sale mejor; y no le hicieran si no hubieran caído en el primero.
Déjase vencer la viuda honesta de vuestros ruegos; responderéis: no se rinda. No hay mujeres tórtolas, que siempre lamentan el muerto esposo, ni Artemisas, que mueren en llorándole sobre el sepulcro. ¿Cómo queréis que esta sea buena si la hicisteis mala y la enseñasteis a serlo?
Veis la simple doncella, criada al abrigo de sus padres, y traéis ya el gusto tan desenfadado que no hacéis caso de nada; lo mismo es que sea doncella que no lo sea: decís linda y desahogadamente cualquier yerro, por pesado y fuerte que sea, solicitaisla, regalaisla; y aun si estos tiros no bastan, la amagáis con casamiento. Si cae, que no son las murallas de Babilonia, que tan a costa labró Semíramis, daisla mal pago, faltando a lo que prometisteis, y lo peor es que faltáis a Dios a quien habéis hecho la promesa. ¿Qué queréis que haga esta? Proseguir con el oficio que la enseñasteis, si se libra del castigo a que está condenada, si lo saben sus padres y deudos: luego cierto es que vosotros las hacéis malas; y no solo eso, sino que decís que lo son.
Pues ya que sois los hombres el instrumento de que lo sean, dejadlas, no las deshonréis, que sus delitos y el castigo de ellos a cuenta del cielo están; mas no sé si vosotros os libraréis también de él, pues lo habéis causado, como se ve cada día en tantos como pagan con la vida.
Lo cierto es que a ninguno matan que no lo merezca; y si en la presente justicia no lo debía, de atrás tendría hecho por donde pagase; que como a Dios no hay nada encubierto, y son sus secretos tan incomprensibles, castiga cuando más es su voluntad, o quizá cansado de que apenas salís de una cuando os entráis en otra: y es que como no estimáis de verdad en ninguna parte, para todas os halláis desembarazados.
Oí preguntar una vez a un desprevenido de amor (porque aunque dicen que le tiene, es engaño, supuesto que en él la lealtad está tan achacosa como en todos) que de qué color es el amor. Yo respondile que el que mis padres y abuelos y las historias que son más antiguas dicen se usaba en otros tiempos: no tenía color, ni el verdadero amor le ha de tener; porque ni ha de tener el alegre carmesí, porque no ha de esperar la alegría de alcanzar; ni el negro, porque no se ha de entristecer de que no alcance; ni el verde, porque ha de vivir sin esperanza; ni el amarillo, porque no ha de tener desesperaciones; ni el pardo, porque no ha de darle nada de esto penas. Solos dos le competen, que es el blanco, puro, cándido y casto, y el dorado por la firmeza que en esto ha de tener.
Este es el verdadero amor, el cual no es delito tenerle, ni merece castigo. Hay otro modo de amar, uno que no mancha jamás la lealtad: este es el amor imitador de la pureza. Otro, que tal vez violado, arrepentido de haber quebrado la lealtad, vuelve por este mérito a granjear lugar en amor; mas no por puro, sino por continente.
El amor que usáis ahora, señores caballeros, tiene muchos colores; ya es rubio, ya pelinegro, ya moreno, ya blanco, ya casado, ya soltero, ya civil, ya mecánico, y ya ilustre y alto: y Dios os tenga de su mano no le busquéis barbado, que andáis tan de mezcla que ya no sabéis de qué color vestirle.
Para conseguir esto es fuerza que hagáis muchas mujeres malas; y hay muchas que lo son por desdicha y no por accidente ni gusto; y a estas no es razón que las deis ese nombre, cuando es culpa sin perdón dársele aun a las más comunes.
Pues si el honrar a las mujeres comunes es deuda: ¿qué será para con las que no lo son, no habiendo entre tantos como hoy las vituperan y ultrajan ninguno que las defienda? ¿Puede ser mayor desdicha, que ni aun los caballeros, pues cuando se señalan por tales, prometen la defensa de las mujeres, se dejen también llevar de la vulgaridad, sin mirar que faltan a lo mismo que son y a la fe que prometieron?
No hay más que ponderar, sino que, ya que las hacéis malas y estudiáis astucias para que lo sean, ocasionando sus desdichas, deshonras y muertes, gustéis castigarlas con las obras y afrentarlas con las palabras, no os corráis de que sea así. Decid bien de ellas, y ya os perdonaremos el mal que las hacéis.
Esto es lo que os pido, que, si lo miráis con reflexión, en favor vuestro es más que en el suyo, y los más nobles y más afectuosos haréis que los que no lo son, por imitaros, hagan lo mismo; y creed que, aunque os parece que hay muchas malas, hay muchas más inculpables; y que no todas las que han sido muertas violentamente lo han sido con razón, pues si muchas padecen con causa, hay tantas más que no la han dado; y si la dieron, fue por haber sido engañadas.
Más dijera Lisis, y aun creo que no fuera mal escuchada; porque los nobles y cuerdos presto se sujetan a la razón, como se vio en esta ocasión, en la que estaban los caballeros tan colgados de sus palabras que no hubo allí quien quisiese contradecirla ni estorbarla.
Mas viendo la linda doña Isabel que era tarde y faltaban dos desengaños para dar fin a la noche; y también que doña Luisa se prevenía para dar principio al que le tocaba, haciendo señas a los músicos, cantó así:
Si amados pagan mal los hombres, Gila, Dime, ¿qué harán si son aborrecidos? Si no se obligan cuando son queridos, ¿Por qué tu lengua su traición perfila?
Su pecho es Caribdis y una Escila, Donde nuestros deseos van perdidos, No te engañen, que no han de ser creídos Cuando su boca más dulzor destila.
Si la que adoran tienen hoy consigo, Que mejor es llamarla la engañada, Pues engañada está quien de ellos fía.
A la que encuentran, como soy testigo, Dentro de una hora dicen que es la amada: Conclúyase con esto tu porfía.
Su cruel tiranía Huir pienso animosa, No he de ser de sus giros mariposa.
En solo un Hombre creo, Cuya verdad estimo por empleo;
Y este no está en la tierra; Porque es un Hombre Dios, que el cielo encierra;
Este sí que no engaña; Este es hermoso y sabio, Y que jamás hizo a ninguno agravio.
NOCHE SÉPTIMA.
DESENGAÑO SÉPTIMO.
MAL PRESAGIO CASAR LEJOS.
Cuando la hermosa doña Isabel acabó de cantar, ya doña Luisa tenía ocupado el asiento del desengaño, y con mucha gracia dijo así:
—Por mi vida que no sé qué mayor desengaño, hermosas damas, queréis oír, que este soneto que la hermosa doña Isabel acabó ahora de decir, pues en él ha dicho el Hombre que solo hay que no se engañe, y el que merece solo ser amado.
Mas, ya que no puedo excusar de decir lo que me toca, dejaré a un lado muchas circunstancias en que pudiera detenerme si supiérades los penosos desasosiegos que tuve con mi esposo, tan opuesto a mi voluntad que jamás le conocí agradecido a ella; antes, con muchos desabrimientos en las palabras y gran parte en los ojos, me satisfacía cuando más le granjeaba y lisonjeaba con caricias: mas, porque para sí nadie es buen juez, a los ojos ajenos dejaré muchas fortunas mías y contaré desdichas ajenas, refiriendo una historia tan verdadera que aún hoy hay quien no tiene, acordándose de ella, enjutas las lágrimas, no dando más reprensión a los caballeros que la que el mismo desengaño les ofrece; porque fui tan amante de los despegos y tibiezas de mi esposo que en él respeto a todos, y con esta advertencia digo así:
Por muerte de un gran señor de España, quedaron sin el amparo que tenían en su padre, por haberles faltado su madre días antes, un hijo y cuatro hijas de la hermosura y virtudes que se puede creer tendrían tan grandes señoras: y si bien entrando su hermano en la herencia de los estados les previno a sus hermanas el amparo de padre, no les pudo prevenir el librarlas de la desdichada estrella en que nacieron, porque puedo asegurar que de cada una se pudiera contar un desengaño; pues ni les sirvió la hermosura, la virtud, el entendimiento, la ilustre sangre, ni la inocencia para que no fuesen víctimas sacrificadas en las aras de la desgracia.
La primera, llamada doña Mayor, casó en Portugal: esta señora se llevó consigo, cuando se fue con su esposo, a la menor de todas: su nombre es doña María, con intención de darla en aquel reino marido igual a su grandeza; mas a una y a otra siguió su mala fortuna; porque no siendo doña Mayor amada de su esposo, por la simpatía que la nación portuguesa tiene con las damas castellanas, en no hacer confianza de ellas, y así, o por probarla, o, lo más cierto, por tener achaque para librarse de ella con color de agravio, escribió una carta en nombre de un caballero castellano, dándosela a un paje que se la llevase a la señora, que, hecho así, estándola leyendo, admirada de que a ella se escribiese tal, entró el marido, que aguardaba esta ocasión, y sacando la espada para matarla, porque el triste paje, a voces, empezó a decir la traición, le mató, y luego a su inocente esposa.
La hermana, viendo el fracaso y habiendo muy bien oído ella y las criadas lo que el paje había dicho, temiendo la muerte (que la diera sin duda), se arrojó por una ventana, y de las criadas castellanas se escaparon algunas y otras acompañaron a su señora en el eterno viaje.
Doña María fue tan desgraciada que se rompió las piernas, de modo que algunos años que vivió estuvo siempre en la cama; porque al caer, pudo ser vista de algunos caballeros castellanos que asistían a su malograda hermana, los cuales la salvaron y trajeron a Castilla; en donde, sabido el caso por Su Majestad, castigó al reo como hasta hoy permanece la memoria de su castigo.
La segunda hermana, cuyo nombre es doña Leonor, casó en Italia: esta señora, teniendo ya de su matrimonio un niño de cuatro años, porque alabó de muy galán un capitán español, no con mal intento sino que de verdad lo era, estándose lavando la cabeza, entró el marido por una puerta excusada de un retrete, y con sus propios cabellos, que los tenía muy hermosos, la hizo lazo a la garganta, con que la ahogó, y después mató al niño con un veneno, diciendo que no había de heredar sus estados hijo dudoso: y si el capitán, avisado por una dama de la misma señora, no se escapara, corriera la misma fortuna.
Quedó por casar doña Blanca, que era tercera hermana, y la primera no solo de las demás en hermosura, entendimiento y valor, mas de todas las de aquel tiempo; porque así lucía doña Blanca entre las más solemnizadas de la corte como el lucero entre las demás estrellas. Por conveniencias a la real corona y gusto de su hermano, se concertó su matrimonio con un príncipe de Flandes, cuyo padre, que aún vivía, era gran potentado de aquel reino.
No había sucedido ni sucedió tan presto la desdicha de sus hermanas; porque puédese creer que si sucediera antes de casarse doña Blanca, por sin duda tengo que no lo aceptara, antes se entrara religiosa; mas había de seguir por lo que las demás, y por esto la suerte cruel no ejecutó su deseo hasta que doña Blanca estuvo cautiva en el lazo que solo la muerte le rompe.
Con poco gusto aceptó la hermosa señora el casarse sin conocer ni saber con quién; porque decía, y decía bien, que era gran ánimo el de una mujer cuando se casaba solo por conveniencias y ajeno gusto con un hombre de quien ignoraba la condición y costumbres; por cuya causa envidiaba a las que se casaban precediendo primero las finezas de enamorados; pues, cuando sobre voluntad no aceptase, no se podía quejar de nadie sino de sí misma; y viendo que no podía conseguir este modo de casarse, al tiempo de firmar las capitulaciones, sacó por condición, antes de otorgarlas, que el príncipe había de venir a España, y antes de casarse la había de galantear y servir un año, de la misma manera y con las mismas finezas que si no estuviera otorgada por su esposa, sino que la enamorase con paseos, músicas, billetes y regalos, como si la pretendiera a excusas y a fuerza de finezas; porque quería amar por el trato y conocer por él el entendimiento, condición y gracias de su esposo.
Mucho rieron su hermano y todos cuantos supieron las condiciones con que doña Blanca aceptó el casamiento, que aun en palacio se contaba y reía; mas su hermano, que la quería ternísimamente, por darla gusto y porque se dilatase el perderla, vino en todo cuanto doña Blanca pedía, y así, se avisó al príncipe, quien hizo lo mismo con mucho gusto, que como era de poca más edad que doña Blanca, por ver a España, si bien a descontento de su padre, puso luego en ejecución su partida.
Tenía doña Blanca, entre las damas que la asistían, una que se había criado con ella desde niña y a quien amaba más que a ninguna, con quien comunicaba lo más secreto de sus pensamientos. Pues un día que doña Blanca se estaba tocando, y todas sus damas asistiéndola, las preguntó (como era tan afable):
—¿Qué habéis oído de lo que se platica en la corte de las condiciones con que acepté este casamiento?
Doña María (que así se llamaba la dama tan querida suya) la respondió, como la que fiada en su amor hablaba con más libertad:
—Si te he de decir verdad, señora mía, a todos oigo decir que es locura; porque pudiendo gozar gustos descansados con tu esposo, le quieres condenar y te condenas a la pena de la dilación y a los desasosiegos de amar, con esperanzas de poseer lo mismo que es tuyo.
—¿Y quiénes son los necios, doña María —preguntó doña Blanca—, que llaman locura a una razón fundada en buen discurso? ¿Conque creen que es mejor casarse una mujer con un hombre a quien jamás vio ni habló, y que suceda ser feo, necio, desabrido o mal compuesto, y se halle después aborrecida y desesperada de haberse empleado mal, que no avisarse del caudal que lleva en su esposo? Todas cuantas cosas se compran se procuran ver, y que vistas agraden al gusto, como es un vestido, alguna joya: ¿y un marido, que no se puede deshacer de él como de la joya y del vestido, ha de ser por el gusto ajeno? ¡Cuánto más acertado es que, galán, la granjee la voluntad, y ella, bien hallada con ella, se la pague; que no, como hemos visto a muchas que se casan sin gusto, y viviendo sin él pasan de la vida a la muerte, sin haber vivido el tiempo que duró el casamiento, o que, viéndose galanteadas de otros que supieron con finezas granjearlas la voluntad, como no se la tenían a sus esposos, caer en muchas liviandades, que no cayeran si los amaran!
No hay, doña María, más firme amor que el trato: con él se descubren los defectos o gracias del que ha de tener por compañero toda la vida. Y a los que se valen del adagio vulgar, «que quien se casa por amor vive con dolor», tengo por ignorantes, pues su misma ignorancia les desmiente, porque jamás se puede olvidar lo que de veras se amó; y amando, no sienten ni las penas, ni las necesidades, ni las incomodidades: todo lo dora y endulza el amor; y si tal vez hay desabrimiento, lo causan las desigualdades que en los casamientos por amores hay; mas, si son iguales en la nobleza y en los bienes de fortuna, ¿qué desabrimientos ni dolor puede haber que no lo supla todo el amor?
Es como decir muchos que el marido no ha de ser celoso: es engaño notable, pues no siéndolo tanto que peque de necio, y él no falte por celoso al cariño y regalo de su esposa, con eso la excusa de que no sea fácil; pues más presto se arroja a cualquiera travesura la que tiene el marido descuidado que no la que le tiene cuidadoso, pues sabe que tiene, o no tiene, lugar.
Yo, por lo menos, quiero conocer en mi esposo, en las finezas de galán, lo cariñoso que será cuando sea marido, y en los aciertos de puntual sin posesión, lo que obrará puesto en ella.
—Estoy bien con eso —dijo doña María—: mas tú, señora, aunque conozcas diferentes condiciones en el príncipe de las que en tu idea te prometes, ¿puedes ya dejar de ser suya?
—En esto hay mucho que averiguar, porque yo no soy la que me le he prometido, que a ser eso así, no procurara avisarme de lo que cobro en él: hánmele prometido galán, bien entendido, afable, liberal, con otras mil prerrogativas de que vienen llenas las cartas; y tantos hipérboles como dicen los retratos se ha visto infinitas veces ser engañosos. Averiguo otra cosa: luego no tendré obligación de cumplir lo firmado, pues no me dan lo que prometieron; y para eso hay conventos, pues no me tengo yo de cautivar con otro diferente del que me dijeron; y me puedo llamar a engaño, diciendo que yo me prometí a un hombre perfecto, y que, supuesto que me le dan imperfecto, no es el que me ha de merecer.
Venga el príncipe, y empiécese la labor amorosa, que no permitirá el cielo que sea menos que como yo deseo; y sepa ser buen galán, para que después no sea descuidado marido; y si no fuere tal como le han pintado, el tiempo me dirá lo que tengo de hacer, y cada uno siga su opinión, que yo no pienso apartarme de la mía.
Con estos y otros coloquios entretenía doña Blanca y sus damas el tiempo que tardó en llegar el príncipe, que venido y visto, en cuanto a la presencia, talle y gala, con la hermosura del rostro, no hubo que despreciar, y aun a doña Blanca le pareció muy bien, y no sé si le pesó del concierto en cuanto a la dilación, según lo dio a entender cuando le vio por entre unas menudas celosías, y después oyéndole hablar con su hermano, por lo que la podía cubrir una antepuerta.
Teníanle prevenida posada en la misma calle donde vivía doña Blanca, que de industria, para conseguir lo concertado, no le aposentaron en su misma casa. Entre las demás gracias que tenía el príncipe era hablar muy bien nuestra lengua, porque los señores siempre tienen maestros que los habilitan en todas.
No quiso doña Blanca que la viera aquel día el príncipe, dando por excusa el no hallarse apercibida, excusando la visita que de cortesía se debía hacer, quizá por tenerle más deseoso de su vista, o porque naturalmente no se casaba con gusto: y quedando citada para otro día, el príncipe y su gente se fueron a descansar.
Venida la mañana, doña Blanca se levantó muy melancólica, tanto que a fuerza parecía que estaba deteniendo las lágrimas que por sus hermosísimos ojos estaban reventando por salir, teniendo a sus criadas confusas, y más a doña María, extrañando el no darla parte de su pena; y así en burlas la dijo:
—¿Qué severidad o tristeza es esta, señora, en tiempo de tanta alegría, como es justo tener por la venida del príncipe mi señor?
A esto respondió doña Blanca:
—Hasta ahora no es razón darle este título, que aún hay de plazo un año hasta que lo sea.
—Y aun eso debe de ser —replicó doña María— lo que te tiene triste, si no es el no haberte parecido bien el novio. Dínoslo, así el cielo te haga con él muy dichosa.
—Por tu vida, doña María —respondió doña Blanca—, y por la mía también, que ni es lo uno ni lo otro; porque en cuanto a haberme parecido bien, te puedo jurar que yo soy la apasionada; y en cuanto a desear que el año del concierto estuviese cumplido, te doy mi palabra que quisiera que durara una eternidad; y asimismo te aseguro que no sé de qué me procede este disgusto, si ya no es de pensar que tengo de ausentarme de mi patria y de mi hermano, e irme a tierras tan remotas como son donde he de ir; mas tampoco me parece es la causa esta, ni la puedo dar alcance, aunque más lo procuro.
Hablando de esto y otras cosas con que sus damas la procuraban divertir, se aderezó y prendió con tanto cuidado suyo y de todas, que parecía un ángel, y salió donde su hermano y el príncipe la aguardaban, quien se enamoró tanto de la hermosa doña Blanca, o lo fingió, que el corazón del hombre para todo tiene astucias, que dio bien a entender con los ojos y las palabras cuánto le pesaba de la dilación que para gozar tal belleza había; y comenzándose desde este punto el galanteo en las alabanzas y en la vista, tuvo fin la visita, y doña Blanca se retiró a su cuarto tan triste que ya no tan solo procuraba detener las perlas que a las ventanas de sus ojos se asomaban, sino que dejaba caer hasta el suelo cuantas desperdiciaban sus pestañas.
¡Oh, qué profeta es el corazón!, pocas veces se olvida de avisar las desdichas que han de venir si nosotros le creyésemos. Porque confesar que le agradaba el príncipe, no negar que le amaba, haberle parecido bien y no desear la posesión, antes pesarle de que para llegar a tenerla era corto plazo el de un año y que quisiera fuera más dilatado, cosas son que admiran.
Acostose al punto, sin querer responder a cuanto sus damas la decían, y estuvo sin levantarse de la cama cuatro días, admirando a todos, y más a su hermano, el que no sabía a qué atribuir tan diferentes efectos como en ella veían; en los cuales días de indisposición, informado el príncipe de cuál era la dama más querida de doña Blanca, y sabido que era doña María, la habló y dio un papel y un rico presente de cosas muy sazonadas de su país, y para ella una joya de mucho valor, con otras para que repartiese con las demás damas, lo que doña María recibió; y habiéndolo llevado a su señora, después de dar a las damas sus joyas, doña Blanca vistió las suyas, muy agradada de ellas, y leyó el papel que decía de esta manera:
«No debe ser admitido galán el que no sanea su atrevimiento con el deseo de ser esposo, ni tampoco será buen marido el que no fuera finísimo galán; pues es fuerza que lo sea todo para ser perfecto en todo. Lúcese bien vuestro entendimiento, hermosísima señora mía, en disponer que la gloria de mereceros se conquiste con la pena de desearos: que soy vuestro, ya lo sabéis: que sois mía, ignoro, pues aún no he llegado a estado de tal bien; y así, os suplico ordenéis lo que he de hacer para mereceros mía; pues ya sé lo que he de hacer para no morir hasta que lo seáis; y pues a los golpes de vuestra belleza no tengo otro reparo sino la esperanza, alentadme con ella, para que no muera con la dilación de vuestra gloriosa posesión. El cielo os guarde.»
Leído el papel, alabó doña Blanca el entendimiento y solemnizó el buen gusto del presente, mas no respondió por escrito; solo mandó a doña María le dijese cómo lo había recibido con la estimación que se debía.
Pasados los cuatro días, se levantó doña Blanca, ya algo moderada su tristeza, y oía con más gusto cómo la decían que el príncipe paseaba la calle y que había salido muy galán de sus colores; y esa noche salió a oír una música que la dio, cantando excelentísimamente a seis voces este soneto:
No quiere, dueño amado, el dolor mío Tan áspero remedio como ausencia, Que ni hay valor, cordura ni paciencia Para sufrir, aunque sufrir porfío.
Tratadme con desdenes, con desvío, Con celos, aunque es tanta su violencia, Haréis de un firme amor clara experiencia, Aunque me vuelva con mi llanto un río;
Que como yo me vea en vuestros ojos, Dulces nortes de amor, estrellas mías, En quien las desdichas de mi suerte espero;
Alegres, tristes, con mil enojos, Darán aliento a mis cansados bríos, Pero cuando no os veo, desespero.
Si más que a mí no os quiero, Si veros me da vida, Tenedla, si no os veo, por perdida.
Bien conoció el príncipe que estaban las rejas ocupadas, y no dudó de que estaría en ellas doña Blanca, y con mucho desenfado y donaire, como quien galanteaba con fe de amante y seguridad de esposo, dijo, llegándose más cerca:
—¿Seré tan dichoso que entre tantas estrellas esté el sol, y entre tantos nortes la blanca y plateada Cintia?
—Sí —respondió una de las damas, que como estos amores iban con las conveniencias ya dichas, y a lo público, no le querían regatear los favores, ni se temían las murmuraciones.
—¿Pues cómo, señora mía —prosiguió—, cubrís vuestros divinos rayos y lustrosos candores con la oscuridad del silencio? Merezca yo un favor vuestro, aunque sea mandarme morir.
—Que viváis muchos años —respondió doña Blanca—, y que prosiga la música es lo que mando.
Y con esto, avisando a los músicos, volvieron a cantar este romance:
Contaros quiero mis dichas, Dulces y amorosas selvas, En cambio de que escuchasteis Con grato oído mis penas.
Salió a mis ojos el sol De una divina belleza, Tal que deidad le adorara, A no conocer la eterna.
A sus acentos el alma, Con tanta dulzura atenta, Instantes juzgó las horas, Millares contó las quejas.
Amor, desterrando dudas, Aunque niño, cobró fuerzas; Miente quien dice que amor Es mayor con las ofensas.
Con las ternezas se cría, Si con la vista se engendra; Con las firmezas se anima, Las finezas le alimentan.
Los agravios le desmayan, Las sinrazones le hielan, Enferma con los temores, Y muere con las ofensas.
Y siendo así que el amor Con los favores se aumenta, Quien tantos ha recibido, Fuerza es querer con más veras.
¿Quién verá, Blanca divina, Tu hermosura y gentileza, Que no te dé por tributo Mil almas, si las tuviera?
Tal imperio tu hermosura Ha puesto en mí, que quisiera De nuevo entregarte el alma, A no ser tuya esta prenda.
A tener tantas que darte, Como son las prendas vuestras, Ninguna libre quedara, Que todas se las rindiera.
¡Ay, dueño del alma mía! Si la estimáis como vuestra, Maltratadla con amor, No la matéis con su ausencia.
Si más que a mí no os estimo, Ruego a Dios que no me vea En posesión de esos ojos, Siempre esté en desgracia vuestra.
Selvas, si veis de Blanca la belleza, Contadle mi firmeza, Referidle mi pena; Rogadle, selvas, que de mí se duela.
Acabando de cantar, se retiró doña Blanca y quedó doña María para decir al príncipe que su señora se daba por muy bien servida de sus finezas: con que el príncipe muy gustoso se fue a su posada.
No se acabara jamás este desengaño si se hubieran de contar por menudo las cosas que sucedieron en este entretenimiento de amor y prueba de entendimiento, que así le llamaba doña Blanca; porque llegó a escribirse el uno al otro bien entendidos y tiernos papeles, a hablarle doña Blanca por una reja, no concediéndole más favor que el de sus hermosas manos; deseando las damas, y más doña María, que durara tantos años como días tenía el del concierto; porque demás de gozar las más noches de músicas, y los días de paseos, toros, cañas y encamisadas, máscaras y otras fiestas que el príncipe hacía en servicio de doña Blanca, estaban muy medradas de galas y otras dádivas, gozando también de sus galanteos; y así, ellas deseaban que el año no se acabara.
Doña Blanca lo deseaba más; porque cada día que pasaba la costaban muchos desperdicios de perlas: tanto era lo que sentía imaginar que se había de casar; y demás de esto amaba al príncipe tan ternísimamente que, cuando la venía a ver, a la dama o paje que la daba la nueva, daba, en albricias, una joya. ¿Quién vio jamás tan diferentes efectos de amor y desamor?
Contábanse en la corte estos amores por cosa de admiración; unos decían que doña Blanca tenía buen gusto en hacer que le costase al príncipe tan cara su hermosura, y que la comprase a precio de dilaciones: otros que era locura, y que siendo verdaderamente suyo y que podía poseer sin embarazo, dilatarlo por tanto tiempo; de suerte que cada uno hablaba como sentía del caso.
Tal vez que las criadas hablaban con los criados del príncipe, procurando saber de ellos cómo llevaba su dueño estas dilaciones; ellos las decían que estaba desesperado, y que, si bien quería de veras a doña Blanca, si no fuera por su hermano, hubiera deshecho los conciertos y vuéltose a su tierra, que así se lo escribía su padre que lo hiciese; y cuando doña María la decía esto a doña Blanca, arrasados sus ojos de lágrimas, respondía:
—Más desesperada estoy yo de que se cumpla tan presto el plazo; que si a ellos se les hace tarde, yo le juzgo temprano.
En fin, llegó (que no hay ninguno que no llegue, y más el que trae por padrino a las desdichas, que parece que le espolean para que se cumpla más presto); desposose doña Blanca con igual regocijo de toda la corte; y cuando pensaron que la tornaboda había de ser con el mismo regocijado aplauso, fue con llantos y lutos; porque casi una tras otra llegó la triste nueva del desdichado fin de sus hermanas, trayéndole a sus ojos la más pequeña, imposibilitada de poder andar; porque de las rodillas abajo no tenía piernas ni pies, habiendo de ser la cama el teatro donde mientras vivió representaba a todas horas la adversa estrella con que había nacido; con lo cual doña Blanca quedó tan temerosa y desabrida que se tiene por seguro que, si no se hubiera desposado, por ningún temor, interés ni conveniencia se casara, y así lo decía a sus damas con muchos sentimientos, y antes se hubiera entrado religiosa.
En fin, llenas de luto y pesares se acabaron de celebrar las bodas, y luego se empezó a tratar de la partida. Doña María trataba de casarse con el camarero del hermano de doña Blanca, y cuando supo que quería quedarse, como la quería tanto y se habían criado juntas, y la tenía por alivio en sus mayores penas, lo sintió de suerte que, por moderarle el desconsuelo, se dio orden que don Jorge (que este era el nombre del camarero del hermano de doña Blanca) fuese en su servicio con otros criados que llevaba españoles, con promesa de que en llegando allá los casaría y haría merced: con que dentro de dos meses casada, dejó doña Blanca a España, con tan tierno sentimiento de apartarse de su hermano y hermana, y de su amada patria, que el príncipe mostraba gran enfado de ello: porque como ya estaba en posesión, se iba cansando de los gustos que en esperanza le habían agradado, mas disimulaba a la cuenta hasta sacarla del poder de su hermano.
Al tiempo que doña Blanca partió de Madrid, se había averiguado la inocencia de su hermana doña Mayor y el rey había severamente castigado a su marido, con lo cual se moderó en parte el dolor de su muerte, juzgándola gozaba en el cielo la corona de mártir.
Puesta en camino, en fin, con el sentimiento que digo, era agasajada, los días que duró el camino por tierra, de su marido, mas no con tanto cariño como cuando estaba en la corte, de que ella, con extrañas admiraciones, daba parte a su querida doña María, la que como cuerda la alentaba, aconsejaba y entretenía la tristeza que llevaba de haber dejado su paternal albergue e irse a vivir desterrada para siempre de él, y más con los despegos que empezó a ver en su esposo; porque apenas se embarcaron y le pareció que tenía la inocente palomilla fuera de todo punto de su nido, cuando se desapegó de ella con tanta demostración de tibieza o enfado que muchas veces llegaban a tener rencillas sobre ello, y a las quejas que ella le daba respondía:
—No seas viciosa, española, ni te lamentes tanto por lo que ahora se empieza: ¿qué quieres: verme siempre junto a ti? Algún día desearás verme lejos.
No sé qué desdicha tienen las españolas con los extranjeros, que jamás las estiman, antes se cansan a dos días y las tratan con desprecio; y esto por haberlo visto en muchas lo digo.
Tuvo fin el viaje, y llegados a sus estados, se halló doña Blanca con menos gusto que antes; porque el suegro era hombre severo y que tocaba más en cruel que en piadoso; y enfadado del largo tiempo que su hijo se había detenido en el galanteo, aun el mismo día que llegaron a su presencia no disimuló el enfado y la recibió diciendo:
—¿Cuándo había de ser esta venida? Basta, que las españolas sois locas: no sé qué extranjero os apetece si no es que esté desesperado.
Y otras razones, de que doña Blanca corrida no acertó a responder, conociendo claramente que estaba en poder de sus enemigos; y si con alguna cosa tuvo alivio su pena fue con una hermana de su esposo, llamada la señora Marieta; que en aquellos países ni en Italia, ninguno se llama «don», sino solo los clérigos, porque nadie hace ostentación de los «dones» como en España; y más el día de hoy, que han dado en una vanidad tan grande que hasta los cocheros, lacayos y mozas de cocina le tienen, estando ya los negros «dones» tan abatidos, que las taberneras y fruteras son «doña Serpiente» y «doña Tigre»; que de mi voto, aunque no el de más acierto, ninguna persona principal se le había de poner, que no ha muchos días que oí llamar a una perrilla de falda «doña Jarifa», y a un gato «don Morro», que si Su Majestad (Dios le guarde) echara alcabala sobre los «dones», le había de aprovechar más que el uno por ciento; porque casas hay en Madrid, y las conozco yo, que hierven de «dones» como los sepulcros de gusanos; y me contaron por muy cierto que una labradora socarrona de Vallecas, vendiendo pan el otro día en la plaza, a cualquier vaivén que daba el burro, decía: «Está quedo, don Rucio»; y queriendo partirse, empezó a decir: «Don Arre»; y queriéndose parar: «Don Jo».
Era la señora Marieta muy hermosa y niña, aunque casada con un primo suyo; y lo que mejor tenía era ser muy virtuosa, y vivía con su padre. Con esta señora trabó doña Blanca grande amistad, cobrándose las dos tanto amor que, si no era para dormir, no se dividía la una de la otra, comunicando entre ellas sus penas; que gustos tenían tan pocos que no las cansaba mucho el contarlos, porque tan poco estimaba su esposo a la señora Marieta como el príncipe a doña Blanca.
Tenía el príncipe un paje, mozo, galán, y que los años no pasaban de diez y seis, tan querido que trocara su esposa el agasajo suyo por el del paje; y él tan soberbio con la privanza que más parecía señor que criado: él tenía cuanto el príncipe estimaba, con él comunicaba sus más íntimos secretos, por él se gobernaba todo, y él tan desabrido con todos, que trataban de agradarle más que al príncipe.
Pues como doña Blanca muchas veces preguntaba qué hacía su esposo y la respondían que estaba con Ernesto (que este era su nombre), y algunas, que o por burlas o veras la decían que más quería a su paje que no a ella, fue causa para que Ernesto aborreciese a doña Blanca de suerte que lo mostraba no solo en el desagrado con que siempre la asistía, si era necesario, mas en responderla en varias ocasiones algunas libertades; y doña Blanca asimismo le aborrecía, por tener por seguro que servía de tercero en algunos amores que debía de tener el príncipe, y que de esto nacía la libertad y soberbia del paje.
Con este pensamiento dio en ser celosa, con que se acabó de perder; porque ella se desagradaba declaradamente de las cosas de Ernesto, hablándole con sequedad y despego, y él con libertad y desenvoltura, llegando doña Blanca y el príncipe a tener sobre esta causa muchos disgustos, y todo por hallarse menos querida de su esposo y más odiada de Ernesto, y aun de su suegro, que muchas veces oía de él palabras muy desabridas.
No la llamaban por su nombre, sino la Españoleta; y aunque doña Blanca volvía por sí, no consintiéndose perder el respeto, la valía poco; porque todos eran sus declarados enemigos, sin que tuviese ninguno de su parte, supuesto que los criados que tenía españoles estaban tan oprimidos y mal queridos como ella.
Era doña Blanca excelentísima música, y cantaba divinamente, no teniendo necesidad de buscar los tonos que había de cantar, porque el cielo la había dado la gracia de saberlos hacer; y más en esta ocasión, que como tenía caudal de celos, lo hacía con más sentimiento. Con ellos, pues, alentaba su natural, y así un día que la señora Marieta pidió cantase alguna cosa de las que hacían a su celosa pasión, cantó este romance que había hecho, y le diré aquí porque fue causa de un gran disgusto que tuvo con su esposo:
¿Qué gusto tienen tus ojos De ver los ojos, que un tiempo Dueños llamaron los tuyos, Dos copiosas fuentes hechos?
¿Qué gusto te da saber Cuán poco ocupan el sueño; Pues ellos están llorando, Cuando los tuyos durmiendo?
Muy a mi costa les quitas El imperio que tuvieron; Mas tú te llevas la gloria, Y ellos pasan los tormentos.
No sé cómo es este enigma, Que la nieve está en tu pecho, Y sin que en él se deshaga, Ya se destila por ellos.
Mas ya llego a conocer De aquesta duda el secreto, Que otro fuego te deshace, Y resulta el daño en ellos.
¡Que entre las muertas cenizas De aquel tu pasado incendio, No guardases una brasa Que reviviese algún tiempo!
Si tienes el corazón Hecho para mí de hielo; Acércate, ingrato, al mío, Que presto será deshecho.
Mira que al fuego que ardes Es un aparente fuego, El mío no, que es amor, Y es su calor verdadero.
No sé cómo un pecho noble Puede vivir satisfecho, Cuando ve una alma rendida Tirar los golpes violentos.
No te acabo de entender, Ni a mí misma no me entiendo; Solo entiendo que te adoro, Solo entiendo que padezco.
Mis lágrimas te endurecen, Y viene a ser caso nuevo, Caer sobre el hielo el agua, Y no dejarle deshecho.
Solo en ti, porque yo muera, Permite amor tal extremo; Pues debieras conocer Que me pierdes si te pierdo.
Seguro estoy que tendrás Quien te quiera; pero advierto Que quien te quiera hallarás; Mas no más que yo te quiero.
Muy avaro estás conmigo, Muy pocos gustos te debo, Que aun por negarme el cariño, Siempre estás fingiendo sueño.
Frío me dijiste ayer Que tenías: alto cuento; ¿Pues cuándo tienes calor Para darme a mí consuelo?
No me mates tan aprisa, Hasta que me maten celos; Penas, que cuando hay amor, Son más que las del infierno.
Disimula las tibiezas, Que, si no amor, es respeto; No te precies de cruel Cuando de tuya me precio.
Di a la Circe que te encanta Algo de lo que merezco; Y pídele facultad Para no ser tan grosero.
¿Quién me dijera algún día Esta ingratitud que veo? ¡Ah, finezas de hombre ingrato, Y cómo en humo se fueron!
Yo me acuerdo cuando el sol Te halló en la calle, viniendo Más de alguna vez a ver Lo que estás aborreciendo.
Y veo que ahora estás Tú reposando en el lecho; Y yo sintiendo y llorando Tu tibieza y mi desprecio.
Pues espero que algún día Te ha de castigar el cielo, Y que la misma que estimas Ha de ser el instrumento.
Y entonces conocerás Lo que tienes en mi pecho. Que cual pelícano está Para regalarte abierto.
Y aún estás tan riguroso, Tan ingrato y tan severo, Que no conservas mis brazos, Por si te faltan aquellos.
Mis penas me han de matar, Porque ya mi sufrimiento Está tan falto de fuerzas Que casi a vivir no acierto.
No es gran victoria matarme, Cuando ves que estoy muriendo A manos de tu rigor Y a la fuerza de mis celos.
Préciate de tu crueldad, Cantarás como otro Nero, Viendo que se abrasa el alma En donde tienes tu imperio.
¡Oh si estuviera en mi mano Aborrecerte! Aunque pienso Que, en lugar de castigarte, Lisonja te hubiera hecho.
Mas es carácter del alma El amor con que te quiero; Pues quien desea imposibles No podrá lograr su intento.
Mas si piensas ostentar El rigor de que me quejo, Morir a fuerza de agravios Será el último remedio.
Así canta y llora Blanca, Mas no la escucha su dueño, Que lágrimas en ausencia Son de muy poco provecho:
Y más con un ingrato, Que en otra más dichosa está adorando:
Y aunque la ve llorar no se enternece, Porque es cruel, y lágrimas no siente.
No acertaba en nada doña Blanca, aunque fuese la más acertada, porque como era mal recibida, enfadaba de todas maneras; y así, entrando a este punto el príncipe y su padre que venían de fuera, como a los últimos versos decía que sería el último remedio el morir, respondió:
—Así será, que de otra manera no me puedo librar de tus enfados.
Y prosiguiendo con grandísimo enojo, dijo:
—¿Qué locuras o qué mentiras son estas, Blanca, que así en verso y prosa, con achaque y color de lamentarte, estás diciendo contra mí? ¡Qué!, ¿no basta en secreto cansarme y atormentarme con ellas, sino que cantando las publicas? Cansadísimas mujeres sois las españolas, gran castigo merece el extranjero que mezcla su sangre con la vuestra.
A esto, como doña Blanca estaba cierta de que había sido, como quien la tenía tan ilustre, mayor su engaño que no el del príncipe, respondió con brío:
—Mayor le merece la española, que entendiendo viene a ser señora, deja su patria, donde lo es, por hacerse esclava de quien no la merece.
—No seáis atrevida, doña Blanca —respondió el suegro—, que os cortaré yo las alas: ¿con qué soberbia os remontáis, que no sé yo cómo pensasteis vos, ni vuestro linaje, llegar a merecer ser esposa de mi hijo?
Finalmente, por no cansar, diciendo los unos y respondiendo los otros, se encendió el suegro de suerte que el príncipe se descompuso con doña Blanca, no solo de palabras, mas de obras, maltratándola tanto que fue milagro salir de sus manos con la vida, y esa se la pudo deber, después de Dios, a la señora Marieta, que con su autoridad puso treguas, aunque no paces; al disgusto de este día, pasándose muchos que ni el príncipe la vio, ni doña Blanca se levantó de la cama; mas al cabo tuvieron fin estos enojos, haciéndose las amistades, no sé si para mayor enemistad; porque doña Blanca quedó, como tan gran señora, descontenta con el desprecio pasado, y el príncipe menos cariñoso que antes; porque entre la vulgaridad, estas rencillas entre casados, en llegando a acabarse los enojos, no se acuerdan más de ellas; mas en la grandeza de los señores es diferente, que aunque sean casados, tienen duelo; y así se lo decía doña Blanca a doña María, pues aunque amaba ternísimamente a su esposo, todas las veces que le veía le salían al rostro los colores que habían puesto en él sus atrevidas manos.
Sucedió dentro de pocos meses un caso, el más atroz que se puede imaginar, y fue, en primer lugar, amanecer dentro del mismo palacio una mañana muerto a puñaladas un gentilhombre de la señora Marieta, que le daba la mano cuando salía fuera, mozo de mucha gala y nobleza; y luego, pasados dos días, en que aún no estaba moderado el sentimiento que tuvieron de esta violenta y desaliñada muerte la señora Marieta y doña Blanca, y más viendo que el príncipe viejo no había consentido hacer las diligencias que fuera muy justo en un suceso tan desastrado, antes mandó que no se hablase más en ello, por donde se pensó que había sido hecho por gusto suyo: como digo, dentro de dos días envió su padre a llamar a su cuarto a la señora Marieta, que fue al punto, y entrando donde estaba, le halló con su esposo y primo.
No se pudo saber lo que entre ellos pasó, más de que se cerraron las puertas del cuarto se oyó por un espacio llorar a la señora Marieta, después de esto llamar a Dios, y luego quedar todo en silencio; y fue que, a lo que después se vio, tenían atado al espaldar de una silla un palo, y haciéndola sentar en ella, su propio marido delante de su padre la dio garrote, que esta tan cruel sentencia contra la hermosa y desgraciada señora salió de acuerdo de los dos, suegro y yerno; y de más de una hora que habían estado hablando a solas, no se pudo saber nada; y solo se sospechó por haber muerto a su gentilhombre, que sería por algún testimonio, porque la señora Marieta era tan noble y tan honesta que no se podía pensar de ella liviandad alguna, si ya no la dañó el ser tan noble y el amar tanto a doña Blanca, que en todas ocasiones volvía por ella. En fin, murió apenas de veinte y cuatro años, siendo el juez su padre y el verdugo su mismo esposo.
Estaba doña Blanca cuidadosa de qué haría allá dentro la señora Marieta, que ya sabía de sus damas que había sido llamada por su padre; y no habiéndose hasta medio día abierto la puerta de la sala donde se había ejecutado la cruel maldad, que era en la que comía, entraron, y como se abrió, los criados pusieron las mesas; mas aunque vieron el triste espectáculo, ninguno hablaba, porque se lo habían así mandado o porque todos eran unos.
Vino el príncipe de fuera, que no se halló al lastimoso caso ni le sabía, que fuera cierto no lo consintiera o la salvara, porque amaba mucho a su hermana y no era el que había sentido menos la muerte del gentilhombre.
Venido pues, avisaron a doña Blanca saliese a comer, como lo hizo bien apriesa por ver si veía a la señora Marieta y saber qué enigmas eran los que en aquella casa pasaban, y sucedió que a un mismo tiempo entraba el príncipe por una puerta y doña Blanca salía por otra que correspondía a su cuarto, que también había estado cerrada hasta entonces, con otras dos más adentro; y así que vio el triste cadáver, diciendo «¡Jesús sea conmigo!» cayó de un mortal desmayo.
Sus damas, que con ella habían salido, aunque bien desmayadas de lo que presente veían, acudieron; y el príncipe, que, como digo, había entrado al mismo tiempo, viendo por una parte a su hermana muerta, por otra a doña Blanca desmayada, y a su padre y cuñado sentados a la mesa, no hay duda sino que traspasado de dolor y asustado de un caso semejante, con el color mortal acudió a doña Blanca, diciendo a su padre:
—¿Qué crueldades son estas, señor, o qué pretendes de esta triste española, que la has llamado para que vea tan lastimoso caso?
A lo que respondió el padre:
—Calla, cobarde, que más pareces hijo de algún español que no mío, que luego te dejas vencer de hazañerías españolas.
Retiraron las damas a doña Blanca a su cámara, acompañándola el príncipe, que no quiso sentarse a comer con su padre; antes mostrando tierno sentimiento de la muerte de su hermana y mal de su esposa, asistiendo a los remedios que se le hacían para tornarla en sí; al cabo de una hora, creyendo todos era muerta y llorándola por tal, cobró el sentido con tantos suspiros y lágrimas que enterneciera a un mármol, y viendo al príncipe que la tenía por una de sus hermosas manos, alentándose lo más que pudo, le dijo:
—¿Qué quiere, señor, de mí vuestro padre, o qué es su pensamiento, que ya que hizo una crueldad como la que hoy ha hecho en su hija, siendo tan santa, honesta y virtuosa, me mandase llamar para que la viese?
Si es que me quiso dar ejemplo, no hay para qué, supuesto que mi real sangre y mi honor no le han menester, por ser todo como mi nombre; demás que en el de la señora Marieta vuestra hermana, por ser más puro que el sol, no hay que poner dolo, que para mí más la ha muerto la malicia que no la razón.
Si es que ni vos ni él os halláis bien conmigo, enviadme a España con mi hermano, que yo os doy palabra que, en deshaciendo Su Santidad el matrimonio y llegando a ella, me entraré religiosa, pues no será muy dificultoso romper un lazo que tan dulcemente nos aprieta.
No la dejó la pena decir más, de lo cual el príncipe, enternecido, la consoló, asegurando estar él tan ajeno de lo que había pasado con su hermana como ella; mas que creyese que, pues su padre y esposo se habían determinado a tal crueldad, que alguna secreta y bastante causa los obligaría, y con algunas tibias caricias comió con ella, y dejándola más quieta, a su parecer, se fue, porque le llamó Ernesto su privado.
Ido el príncipe, llamó doña Blanca a doña María y la mandó que trajese un escritorio donde ella tenía sus más ricas y preciosas joyas, y que llamase a todas las damas que habían venido con ella de España, que eran seis, pues todas las demás eran flamencas, y habiéndolas mandado cerrar la puerta, llorando con mucha terneza, les dijo:
—Ya he visto, queridas amigas mías, en el cruel y desastrado suceso de la señora Marieta que mi muerte no se dilatará mucho, porque quien con su hija ha sido tan cruel, mejor lo será conmigo, y más con el poco amparo que tengo en mi esposo; y por si me cogiere de susto como a ella, no quiero que quedéis sin algún premio del trabajo que habéis tomado por acompañarme, dejando vuestra patria, padres y deudos; y así, estas joyas que ahora os daré traedlas siempre con vosotras en parte donde no os las vea nadie, para que si Dios os volviere a España, sacándoos de entre estos enemigos, tengáis con que tomar estado: toma tú, doña María, esta cadena y collar de diamantes, y esta sarta de perlas, que era de mi madre, que bien vale todo dos mil escudos, y cásate con don Gabriel, pues yo hasta ahora, por mis desdichas, no he podido cumplir lo que te prometí; y dichosa tú, que tendrás marido de tu natural, y no como yo, que me entregué a un enemigo; y vosotras, estas que quedan las podréis repartir entre todas, y perdonadme que no vale más mi caudal, que de otra suerte os pensé yo pagar lo que me habéis servido.
Dicho esto, dándole todas mil agradecimientos, llorando como si ya la vieran muerta, pidió recado de escribir y escribió una carta a su hermano, dándole cuenta de lo que pasaba, y después de cerrada la dio a doña María, para que de su parte dándola a don Gabriel, le mandase la despachase a España con persona confidente, y abrazándolas a todas les dio su bendición, besándole ellas las manos.
Cuatro días estuvo doña Blanca en la cama, mientras se dio sepultura a la señora Marieta, al cabo de los cuales se levantó tan cubierta el alma de luto como el cuerpo; porque apenas se le enjugaban los ojos ni se alegraba de nada, ni aun con la vista de su esposo; mas esto no era mucho, porque él estaba tan seco y despegado con ella que daba gracias a Dios el día que no la veía.
De esta suerte pasó más de cuatro meses, estando ya las cosas más quietas, y que parecía que los disgustos estaban más moderados y doña Blanca más consolada: mas, aunque ella estaba con algún descuido, no lo hacía así su fatal desdicha y la estrella rigurosa de su nacimiento, que no le prometía más alegre fin que a sus hermanas; porque en el tiempo que parecía había más quietud quiso ejecutar su sangriento golpe, y así dispuso que una tarde después de comer, no habiendo entrado el príncipe, como solía otras, a dormir la siesta al estrado, extrañando doña Blanca que de la mesa se hubiese retirado a su cuarto, que era en bajo, preguntó a una de las damas flamencas si había salido el príncipe fuera, y respondiéndole que no, y que con Ernesto se había ido a su cuarto; sospechando que tenía en él la dama, causa de sus celos, sacando de un escritorio una llave de que estaba apercibida, que un corazón celoso de todo está prevenido, bajó por una escalera de caracol que de su cuarto correspondía al del príncipe y que jamás se abría; y abriendo despacio y entrando con mucho sosiego por no ser sentida, llegó hasta la cama del príncipe, en que dormía ordinariamente, pues con ella por gran milagro, y halló... ¿qué hallaría?
Quisiera, hermosas damas y discretos caballeros, ser tan entendida que, sin darme a entender, me entendiérades, por ser cosa tan enorme y fea lo que halló. Vio acostados en la cama a su esposo y a Ernesto, en deleites tan torpes y abominables que es bajeza, no solo decirlo, mas pensarlo.
Doña Blanca, a la vista de tan horrendo y sucio espectáculo, quedó más difunta que cuando vio el cadáver de la señora Marieta, mas con más valor, pues apenas lo vio, cuando más apriesa que había ido se volvió a salir, quedando ellos, no vergonzosos ni pesarosos de que los hubiese visto, sino más descompuestos de alegría, pues con gran risa dijeron:
—Mosca lleva la española.
Llegó doña Blanca a su cuarto, y sentándose en su estrado, puesta la mano en la mejilla, se estuvo gran espacio de tiempo tan embelesada como si hubiera visto visiones de la otra vida. Llegó, viéndola así, su dama doña María, y puesta ante ella de rodillas, la dijo:
—¿Qué hallaste, señora mía, que tan cuidadosa te veo?
—Mi muerte hallé, doña María —respondió doña Blanca—; y si hasta aquí la veía en sombras, la veo ya clara y sin ellas: bien sé que lo que he visto me ha de costar la vida; y supuesto que ya no se me excusa el morir, ya que esto ha de ser, será con alguna causa o dejaré de ser quien soy.
—¡Ah, señora mía! —dijo doña María—, y como es bueno vivir aunque sea padeciendo, siquiera hasta que tu hermano ponga el remedio a estos trabajos. Y pues desde que le escribiste, dándole cuenta de ellos, tenías su remedio puesto en él, ¿por qué lo quieres aventurar todo? Mejor es disimular, haciéndote desentendida, hasta que venga, como te avisó, a estos estados, y entonces con su amparo podrás mejor ejecutar tu venganza. Muchas veces te he suplicado con muchos ruegos que disimules tu pasión con esta cruel gente, tan poderosos, con ser tan grandes señores, que ni temen a Dios ni al mundo, y ahora te lo vuelvo a pedir con más veras, y ya que no lo quieras hacer por ti, pues no me espanto que tengas con tanto padecer aborrecida la vida, a lo menos por tus tristes criados, que quedaremos sin tu amparo en perpetuo cautiverio, si ya no hacen con ellos lo mismo que tú dices esperas harán contigo.
—Ya no puede ser —dijo doña Blanca—, que si bien juzgo que es verdad lo que dices, lo que yo he visto, sin haber más delito que verlo, me ha condenado a muerte; y supuesto que ya no hay que aguardar, era degenerar de quien soy si entendiese esta infame gente que paso por un mal tan grande. Yo tengo de morir vengada, ya que no en los reos, que esos quedan reservados para ser mis verdugos hasta que la justicia de Dios lo sea suyo, a lo menos en el teatro donde se comete su ofensa y la mía con tan torpes y abominables pecados, que aun el demonio se avergüenza de verlos; y pues el delito que ellos hacen me condena a mí a muerte, no hay que aconsejarme, que servirá de darme enfado y no se conseguirá fruto alguno.
Diciendo esto, sin querer declararse más, dejando a doña María tan confusa como descontenta, sabiendo que el príncipe había salido fuera con su padre y que Ernesto se había quedado escribiendo, en el mismo cuarto de su señor, unos despachos que le habían mandado, bajó a él, y llamando ella misma los criados más humildes, que no quiso que ninguna de sus criadas quedase comprendida en la ejecución de su venganza, mandó sacar la cama al patio y quemarla.
Preguntola el atrevido paje que por qué causa se hacía aquel exceso. A quien respondió doña Blanca que la causa era su gusto, y que agradeciese no hacía en él otro tanto; mas que algún día lo haría, o no sería doña Blanca.
Recogiose con esto a su cuarto a disponerse para morir, que bien sería cierto; porque cuando volvió las espaldas, habiéndole dicho a Ernesto lo que se ha contado, le oyó decir entre dientes:
—Bien harás, española, si puedes; mas no te daré yo lugar para ello.
Como lo hizo, pues apenas vinieron los príncipes, padre e hijo, cuando Ernesto les contó cuanto había pasado, ponderándolo con tales razones que hinchó de venenosa furia los pechos dañados de sus señores, y más el del viejo que, ardiendo en ira, respondió:
—No temas eso, que antes de mañana a estas horas pagará la española atrevida estos excesos.
En fin, se resolvieron a quitarla la vida antes que su hermano llegase, que ya tenían aviso venía a gobernar las armas de aquellos reinos.
Esa misma noche habló doña María a don Gabriel por una reja, por donde otras veces le hablaba, dándole cuenta de lo que pasaba, diciéndole cómo, si Dios no la remediaba, era indudable la muerte de doña Blanca; y porque no ejecutasen con él lo mismo, como a quien sabían que doña Blanca estimaba tanto, se escondiese en parte que estuviese seguro hasta ver en qué paraba, pues sus fuerzas ni las de los demás criados españoles no eran poderosas contra tan soberbios y poderosos enemigos, y más estando dentro de su estado; y dándole las joyas que doña Blanca le había dado, se despidió de él con muchas lágrimas, pidiendo a Dios los librase. Don Gabriel al punto, tomando un caballo, se partió sin avisar a nadie, por no alborotar, la vuelta de Amberes, donde si no había llegado, llegaría muy presto el hermano de doña Blanca.
Aquella noche no vio doña Blanca a su esposo ni la llamaron, como las demás, para cenar, en que se conoció la ira que con ella tenían; y por estar más apercibida no se acostó; antes, en siendo de día, como quien tan cierta tenía su muerte, envió a llamar a su confesor y se confesó, recibiendo con mucha devoción el Santísimo Sacramento; y dándole al confesor una cadena y las sortijas que traía en las manos, le dijo se saliese luego de aquel lugar, porque, por ser español, no le iría en él mejor que a ella, y le pidió que si veía a su hermano le dijese por lo que moría.
Hecho esto, se fue a su estrado y, sentándose en él, empezó a platicar con sus damas como si no estuviera esperando la partida de esta vida, pareciéndoles a todas más linda que jamás la habían visto, porque el luto que traía por la señora Marieta la hacía más hermosa.
Así estuvo hasta cerca de media hora, que como los príncipes padre e hijo se vistieron, luego quisieron ejecutar la sentencia contra la inocente corderilla, como ya lo tenían determinado; y entrando los dos con su sangrador y Ernesto, que traía dos bacías grandes de plata, quisieron que hasta en ser él también ministro en su muerte, dársela con más crueldad.
Mandaron salir fuera todas las damas y cerrando las puertas ordenaron al sangrador ejercer su oficio, y sin hablar a doña Blanca palabra, ni ella a ellos, mas de llamar a Dios la ayudase en tan riguroso paso, la abrieron las venas de entrambos brazos para que por tan pequeñas heridas saliese el alma envuelta en sangre de aquella inocente víctima, sacrificada al rigor de tan crueles enemigos. Doña María por el hueco de la llave miraba, en lágrimas bañada, tan triste espectáculo.
A poco rato que la sangre comenzó a salir, doña Blanca se desmayó tan hermosamente que diera lástima a quien más la aborreciera, y quedó tan linda que el príncipe, su esposo, que la estaba mirando, o enternecido de ver la despojada azucena, o enamorado de tan bella muerte, volviéndose a su padre, con algunas señales piadosas en los ojos, le dijo:
—¡Ay señor, por Dios, que no pase adelante esta crueldad!; satisfecha puede estar con lo padecido vuestra ira y mi enojo; porque os doy palabra que, cuanto ha que conozco a Blanca, no me ha parecido más linda que ahora; por esta hermosura merece perdón de su atrevimiento.
A lo que respondió el cruel y riguroso viejo con voz alterada y rigurosa:
—Calla, cobarde, traidor, medio mujer, que te vences de la hermosura y tiene más poder en ti que los agravios; calla, otra vez te digo, muera, que de tus enemigos los menos; y si no tienes valor, repara tu flaqueza con quitarte de delante; salte fuera y no la veas, que mal defenderá ni ofenderá a los hombres quien desmaya de ver morir una mujer: así tuviera a todas las de su nación como tengo a esta.
Y diciendo esto, le abrió la puerta y le hizo salir fuera; a lo que el príncipe, anegado en lágrimas, no replicó: en lo que se conoció que el despego que tenía con doña Blanca le debía ocasionar su padre y Ernesto.
Ido pues el príncipe, se volvió a cerrar la puerta y se prosiguió con la crueldad, asistiendo los dos a ella con ánimo de tiranos hasta que, desangrada, como Séneca, rindió la vida a la crueldad de los verdugos y el alma a su Criador.
Murió la hermosa doña Blanca tan desgraciadamente porque no envidiase la desdicha de sus hermanas, si es don para ser envidiado, dejando bien que llorar en aquellos estados; pues los estragos, que tocaron en crueldades, que el duque de Alba hizo en ellos, fue en venganza de esta muerte.
Dejáronla en el estrado como estaba, y abriendo las puertas que correspondían al cuarto de sus damas y cerrando las de la otra parte, se salieron fuera los ministros de esta crueldad; y así que doña María y las demás pudieron salir donde estaba, no lo rehusaron, antes llorando se acercaron todas a ella, españolas y flamencas, que en el sentimiento tanto lo mostraban las unas como las otras, pues como era tan afable, de todas igualmente era amada: unas la besaban las manos, otras la estremecían, pensando que no estaba muerta, y todas hacían lastimoso duelo sobre el difunto y hermoso cuerpo, y en particular doña María, que se arrancaba los cabellos y se sacaba con sus mismos dientes pedazos de sus manos, diciendo lastimosas ternezas; y es de creer se matara a sí propia si no fuera por no perder el alma.
Así estuvieron hasta la noche, que llevaron el cuerpo de doña Blanca a la bóveda de la capilla del príncipe, para que acompañase al de la señora Marieta; y a doña María y las otras damas españolas a una torre, teniendo a esta hora en otra a los criados españoles, con el confesor, que no había tenido lugar de irse, menos don Gabriel, que la noche antes se había partido, donde estuvieron muchos días, y estuvieran hasta que acabaran si don Gabriel no diligenciara el modo de su libertad, pues así que llegó a Amberes halló allí al hermano de doña Blanca, que había llegado aquel día, y dándole cuenta de lo que pasaba, loco de dolor, juntando la gente de guerra vino contra el príncipe, pensando llegar a tiempo porque, como todos los criados estaban presos, no sabían si se había ejecutado la muerte de doña Blanca, hasta que cerca del estado cogieron uno de la misma ciudad, quien les dijo lo que pasaba, por estar ya público, y también cómo los príncipes, padre e hijo, siendo avisados de su venida, estaban puestos en defensa; mas no les valió, que ellos y muchos de sus valedores pagaron con las vidas la muerte de la inocente doña Blanca, siendo su hermano para ellos fiero león, tal era la mortal rabia que tenía: mas todo esto no fue hecho tan presto que los pobres criados y criadas no estuviesen más de cuatro años presos, pasando mil lacerías y trabajos; mas Dios les guardó en tantas penas la vida para que saliesen a gozar su amada libertad.
También sacaron el cuerpo de doña Blanca para traerle a España, que estaba tan linda como si entonces acabara de morir (señal de la gloria que goza el alma); y las cosas que su hermano hacía y decía eran capaces de enternecer a un mármol.
Don Gabriel y doña María, ya casados, con las demás damas y criados vinieron a traer el hermoso cadáver, donde ya sosegados en su amada patria, tuvieron una hija cuyo nombre fue el mismo de su madre; y esta hija, llegando a edad de tomar estado, por su hermosura casó con un deudo muy cercano de doña Blanca, que fueron mis padres, a quienes juntamente con mis abuelos oí contar esta tan lastimosa historia y verdadero desengaño que habéis oído, y os doy tan larga cuenta de ella porque creáis su verdad, como la contaban los que la vieron con sus mismos ojos.
Vean ahora las damas si hay en este desengaño bien en qué desengañarse, y los caballeros en qué retractarse de su mala opinión de que todas las mujeres padecen culpadas.
Eran a esta ocasión, que dio fin doña Luisa, tan tiernos los sentimientos de las damas y la admiración de los caballeros que, aunque veían que había dado fin, todos callaban, si no era con los ojos, lenguas del alma; hasta que don Juan, viendo la suspensión de todo el auditorio, volviéndose a la hermosa doña Isabel, la dijo:
—Cantad, señora, alguna cosa que divierta esta pasión, para que la señora doña Francisca empiece con otra a renovar nuestra terneza; que yo, en nombre de todos estos caballeros y mío, digo que queda tan bien ventilada y concluida la opinión de las damas desengañadoras, y que con justa causa han tomado la defensa de las mujeres, que por conocerlo así nos damos por vencidos y confesamos que hay hombres que, con sus crueldades y engaños, condenándose a sí, disculpan a las mujeres; y oyendo todos los caballeros lo que don Juan decía, respondieron que tenía razón; con lo cual, sin dar lugar a las damas que moralizasen sobre lo referido, pues veían que los caballeros, rendidas las armas de su opinión, se daban por rendidos a la suya, la hermosa doña Isabel y los músicos cantaron así:
Lástima tengo, ojos míos, Que estáis ciegos y cansados A puro sentir desprecios, Y a puro llorar agravios.
Si ya vivís satisfechos Que servís a dueño ingrato, Que el oro de vuestro amor Le paga con plomo falso.
Y que cuando le aguardáis Con caricias y regalos, A pesar de vuestras penas, Reposa en ajenos brazos.
¿Para qué os atormentáis, Para qué os estáis cansando, Si en taza de amargos celos Os da a beber desengaños?
Si es que lloráis, ojos míos, Venturas que ya pasaron, Advertid, que de esas glorias No hallaréis senda ni rastro.
Y si pensáis restaurar Lo perdido con el llanto, Sabed que en agua escribís Los gustos que ya pasaron.
Cuando más os ve rendidos, De vosotros no hace caso; Que tratar mal al humilde Es condición de tiranos.
Si veis que no se lastima, Aunque excusa vuestro llanto, Decidme ya: ¿qué esperáis, O de qué sirve cansaros?
Más seguro será huir; Mas responderéis, llorando: ¿Cómo he de huir de la vida, Cuando la tengo en tus manos?
Mas pues veis que no medráis, Ojos, buscad nuevo amo; Con lágrimas respondéis, No queréis ejecutarlo.
Pues advertid que si amor Se rinde a nuevos cuidados, Con quien más le sirve tiene La condición de villano.
Pues no os podéis engañar, Aunque queréis disculparos, Que bien conocéis el daño De quien es el vuestro esclavo.
Pues sufrir y padecer, Sujetos a un ciego engaño, Eso es quitaros la vida Con tormento dilatado.
Gloriosa vive Castalia, Vosotros morís rabiando; ¿Pues cómo no echáis de ver Que es grande hechicero el trato?
¡Ay, cuitados de vosotros, Qué poco remedio os hallo, Si no os vais a retraer Al templo del desengaño!
Pues si esperáis a que el tiempo Haga en vosotros milagro, Pasa en los bienes apriesa, Como en los males despacio.
Decid, ¿qué pensáis hacer? Mas ya respondéis callando, Que presos por voluntad, Jamás la prisión dejaron.
Morir amando, Que el valiente en la lid No deja el campo.
NOCHE OCTAVA.
DESENGAÑO OCTAVO.
EL TRAIDOR CONTRA SU SANGRE.
En tanto que duró la música, que todos escucharon con gran gusto, oyendo en este romance trocados los últimos versos de uno que hizo aquel príncipe del Parnaso, Lope de Vega Carpio, cuya memoria no faltará mientras el mundo no tuviere fin, habían trocado asiento doña Luisa y doña Francisca su hermana, que era a quien tocaba el último desengaño de esta octava noche, no muy segura de salir victoriosa como las demás; pero viendo era fuerza, se alentó, y encomendándose a la ventura, comenzó de esta suerte:
—Que los hombres siempre lleven la mira a engañar a las mujeres, no me persuado a creerlo; pues que algunos habrá que con la primera intención, o aficionados a la hermosura, o rendidos al agrado, o engolosinados de la comodidad, amen, esto téngolo por certísimo: que se cansan presto, y cansados, o se entibian, o aborrecen y olvidan, es seguro: mas que hay muchos que engañan, ¿quién lo puede dudar? Pues todas las veces que yo dijere que deseo una cosa, teniéndola, engaño, pues lo que poseo no lo puedo desear; ¿y cómo el casado, teniendo a su mujer, busca otra?
No es respuesta el decir: «Haralo porque es más hermosa, más graciosa o más agradable»; porque le responderé: «Cuando amaste esa, ¿no la hallaste con todas esas gracias? ¿Sí? Pues mírala siempre con ellas, y será siempre una, y no engañes a otra diciendo que la quieres amar y servir. No amas ni sirves a la que tienes en casa, ¿y lo harás a la que buscas fuera?»
Y lo mismo es el galán con la dama, y de estos engaños que ellos hacen, las mujeres dan la causa, pues lo creen; y así no me maravillo que los hombres las condenen.
No quieren los hombres confesar que engañan, que eso fuera preciarse de un mal oficio, antes, publicando buen trato, culpan a las mujeres de que no le tienen bueno; y si los apuran, dicen: «¿Para qué se dejan ellas engañar?» Y tienen razón, que hay mujer que es como el ladrón obstinado, que aunque ve que están ahorcando el compañero, está él hurtando. Ven a las otras lamentarse de engañadas y mal pagadas, y sin tomar escarmiento, se engañan ellas mismas.
¿Por qué yo me he de engañar de cuatro mentiras bien afectadas que me dice el otro, asegurándome que se guardó para mí intacto y puro, sin tener otras ciento a quienes dice otro tanto? Y luego me engaño. Bueno está el engaño. Anda, boba, que tú te engañaste, que a los hombres no se les ha de creer sino cuando dicen: «Domine, non sum dignus».
Aficionose un galán por las nuevas que había oído de una dama, o lo fingía (que era lo más seguro); trató de verla, no lo consintió; dio en escribirla, y ella, por lo galante, le respondía de lo acendrado, de lo cariñoso, de lo retórico, y él siempre hacía sus fuerzas por verla, mas ella lo excusó hasta que el tal hubo de hacer una jornada.
Partió con su deseo, prometiendo la correspondencia, porque él amaba, según decía, el alma y no el cuerpo: a dos leguas no se acordó más de tal amor, mas ella, que, cuerda, conocía el achaque, no había caminado una cuando ya lo tenía olvidado, porque a la treta amarla con treta, que de corsario a corsario no hay que temer.
Esto es, señoras mías, no dejarse engañar, y mientras no lo hiciéredes así, os hallaréis a cada paso en las desdichas en que hoy se hallan todas las que tratan de estos misterios más dolorosos que gozosos.
Lo que siento mal de los hombres es el decir mal de ellas, porque si son buenas, no cumplen con las leyes divinas y humanas en culpar al que no tiene culpa; y si son malas, no es menester decir más mal que el que ellas mismas dicen de sí con sus malas obras; y con esto ellos mostrarán su nobleza, y ellas su civilidad; mas ya me parece que no habrá en eso enmienda, y así, trataremos de salir con nuestra intención, que es probar que hay y ha habido muchas buenas, y que han padecido y padecen en la crueldad de los hombres sin culpa; y dejemos lo demás, porque tengo por sin duda que están ya tan obstinados los ánimos de los hombres contra las mujeres que ha de ser trabajo sin fruto, porque como no encuentran con las buenas, no se quieren persuadir que las hay, y esa es su mayor ignorancia, que si las que hallan a cada paso y a cada ocasión en las calles, por los prados y riscos, de noche y de día, pidiendo y recibiendo, y muchas dando su opinión a precio del vicio, fueran buenas, no las hallaran, y crean que esto es lo cierto; y conociendo en la libertad de su trato lo que son, no se quejen, sino vayan con advertimiento que la que busca, en pasando aquello que halla, buscará otro tanto, y cuando no lo encuentre lo irá a buscar a los infiernos; y de las que buscan a todos no esperen sacar más que agravios, si lo son; porque yo tengo por seguro que el mayor es el que les hicieren en las bolsas, que los demás no lo son, pues saben que aquel es su oficio.
Con esto he dicho lo que siento: lo diré en mi desengaño en razón de la crueldad de los hombres e inocencia de muchas mujeres que han padecido sin culpa.
No ha mucho más de veinte y seis años que en una ciudad de las nobles y populosas de la Andalucía, que a lo que he podido alcanzar es la insigne de Jaén, vivía un caballero de los nobles y ricos de ella, cuyo nombre es don Pedro, hombre soberbio y de condición cruel.
A este le dio Dios (no sé si para sus desdichas) un hijo y una hija, y digo que no sé si fue ventura o desgracia el tenerlos, porque cuando los trabajos no se sienten no son trabajos, que el mal no es mal cuando no se estima por mal, que hay corazones tan duros o tan ignorantes que de la misma suerte reciben el trabajo que el gusto; y si bien dicen que es valor, yo le tengo por crueldad.
El hijo tenía por nombre don Alonso, y la hija doña Mencía; hermosa es fuerza que lo sea, porque había de ser desgraciada; demás que parece que compadece más la desdicha en la hermosa que en la fea; virtuosa era fuerza, siendo noble; amada, ella misma con la afabilidad y noble condición se lo granjearía; deseada y apetecida, ¿qué mujer rica de naturaleza y fortuna no lo es? Pues parece que por lo admirable de ver juntas en una mujer nobleza, hermosura, riqueza y virtud, no solo admira, mas es imán que se lleva tras sí las voluntades; y teníalas doña Mencía tan granjeadas que, no solo en su misma tierra, mas en las apartadas y cercanas tenía su fama jurisdicción, por lo cual había muchos que la deseaban por esposa y se la habían pedido a su padre; mas él, deseoso de que toda la hacienda la gozase don Alonso, teniendo intento de que doña Mencía fuese religiosa, la negaba a todos cuantos le trataban de merecerla dueño.
A quien más apretó el deseo o el amor de doña Mencía fue a un caballero natural de la ciudad de Granada, que asistía en la de Jaén, algunos años había, por haberse venido sus padres a vivir a ella, trayéndole muy pequeño; la causa se ignora, solo se sabía que era abastecido de riquezas en tanta suma que, siendo su padre de los más poderosos de la ciudad, cualquiera de los caballeros de ella, cuando en don Enrique no hubiera las partes de gala, bizarría y noble condición, por solo la hacienda tuvieran a suerte emparentar con él, y la tenían por muy buena en tenerle por amigo, porque hallaban en su liberalidad muchos desahogos para algunas ocasiones de necesidad; siendo de este número don Pedro y su hijo.
Mas como la soberbia de don Pedro predominaba en él más que su nobleza, no hacía dentro de sí mismo la estimación que a don Enrique se le debía, efecto de no desearle como los demás para emparentar con él, y esto nacía de saber no sé qué mancha en la sangre de don Enrique, que don Pedro no ignoraba, que a la cuenta era haber sido sus abuelos labradores, falta que, supuesto que se cubría con ser cristianos viejos y con tanta abundancia de hacienda, no fuera mucho disimularla.
Enamorado de la hermosura y contento con la buena fama de doña Mencía, se atrevió don Enrique a pedírsela a su padre y hermano por esposa, quienes habiéndole respondido que doña Mencía quería ser monja, se halló defraudado de merecerla, y desesperado por amarla; mas como los amantes siempre viven de esperanzas, no la perdió del todo don Enrique, pareciéndole que si llegase a alcanzar lugar en la voluntad de la dama, importaba poco no tener la de su padre; pues, a todo riesgo, como ella quisiese ser su esposa, todo el daño podía resultar en sacarla de su poder, aunque no le diesen dote con ella, pues tenía bastantes bienes para no sentir la falta de que doña Mencía no tuviese sino los de su belleza y virtud.
Y con ese pensamiento se determinó a servir a doña Mencía y ganarla la voluntad hasta conseguir su deseo y salir con su intención, y para esto granjeó la voluntad de un criado de doña Mencía que la acompañaba ordinariamente cuando salía fuera, aunque era pocas veces, por la condición escrupulosa de su padre y hermano; los cuales ya la hubieran encerrado en un convento, temerosos de que ella no se casase, viendo que no trataban de casarla, a no haber visto en doña Mencía poca voluntad a tal estado, y aguardaban a que viéndose encerrada, y no muy querida de los dos, la obligase el aprieto de sus condiciones a elegir el estado que ellos deseaban darle; y si bien don Enrique no ignoraba que doña Mencía tenía otros pretensores que con el mismo intento que él la solicitaban, fiado en su gentileza y riqueza, y en la ayuda que el criado que había traído a sí con dádivas le prometía, dio principio a su pretensión con este papel:
«Mi atrevimiento es grande, mas no mayor que vuestra hermosura, que con esa no hay comparación, sino solo mi amor; forzado de él os he pedido a vuestro padre por esposa, mas he sido tan desgraciado que no le he merecido este bien, diciéndome que os tiene para religiosa. Viéndome morir sin vos, me ha parecido que, si vuestra voluntad me admite, importa poco que me falte la suya, pues no me hizo el cielo tan pobre que tenga necesidad de su hacienda, si acaso por esto desea poneros en el eterno cautiverio de la religión, quitando al mundo el sol de vuestra hermosura y a mí la dicha de merecerla: mi intento es que seáis mi dueño, aunque sea a disgusto suyo. Ya os he dicho cuanto os puedo decir, y si os pareciere atrevimiento, tomad un espejo, mirad vuestra belleza, y me disculparéis. Suplícoos, señora mía, que por ser ingrata conmigo, no seáis cruel con vos, ni aguardéis a que vuestro padre, quitándoos la libertad, me quite a mí la vida.»
No se descuidó el mensajero en dar el papel a su señora, la cual, habiéndole leído, y considerando cuán tiranamente su padre y hermano, por desposeerla de la hacienda, la querían privar de la libertad, desesperada con la pasión y persuadida del criado, que puso todas las fuerzas de su astucia diciéndola lo que ganaba en ser esposa de don Enrique, su riqueza y prendas, aconsejándola no dejase perder la ventura que le ofrecía el cielo, diciéndola que si no se casaba así, no esperase serlo de mano de su padre, porque él sabía bien su intención, que era quitarla la ocasión de que la hacienda, que toda la quería para su hermano, se desmembrase, y otras cosas semejantes.
Pareciéndole a doña Mencía que el yerro de casarse sin gusto de su padre con el tiempo se doraría; agradada de la graciosa persona de don Enrique, a quien había visto muchas veces y tenía particular inclinación, y porque había de ser desgraciada, que es lo más cierto (pues aunque se dice que el sabio es dueño de las estrellas, líbrenos Dios de las que inclinan desgracias, que aunque se teman y se aparte de ellas, es necesaria mucha atención para que no ejecuten su poder), se rindió al gusto de su amante, al consejo de su criado y, lo más cierto, a su inclinación, y a pesar de esta suerte, al gusto de su padre, por ser tan contrario al suyo.
De manera que hallando el amor entradas bastantes en el pecho tierno de la dama, se apoderó de él, empezando desde aquel mismo punto a amar a don Enrique, y a desearle y admitirle por esposo, respondiendo al papel tan a gusto de su amante que, desde ese mismo día, se juzgó en posesión del bien que deseaba; pues, viéndose favorecido, empezó a galantear y servir a doña Mencía con paseos, si bien recatados por no alborotar a su padre y hermano, con regalos y joyas que mostraban su amor y riqueza, con músicas y versos en que era, si no muy acertado, por lo menos no los pedía prestados a otros, todo dispuesto por la orden de Gonzalo (que este era el nombre del criado), tercero de esta voluntad, hablándose algunas noches, después de recogidos todos, por unas rejas bajas que caían a las espaldas de la casa de doña Mencía, y eran de su misma estancia, que por menos paseada aquella calle la tenía su padre en ella, por donde una noche que doña Mencía le escuchaba, cantó don Enrique al son de un laúd estas décimas:
De la memoria los ojos Se quejan, y con razón, Porque ella ni el corazón No gozan de sus enojos: A la pena dan despojos Los ojos, pues en no ver Con eterno padecer Están; pero la memoria, Gozando el bien, está en gloria Porque llega a poseer.
Vieron los ojos el bien, Mas la memoria ligera Se le usurpó de manera Que hace que sin él estén: Ellos vieron, y no ven; Ella no vio, y el bien tiene; Ella cuando el bien no viene, En sí le goza, y los ojos Gozan lágrimas y enojos, Hasta que el ver los despene.
La tabla, que al huésped llama, Le aposenta y fuera queda, Son los ojos, sin que pueda Amor reparar su llama: Es la memoria la cama En que vos, señora, estáis; Mas si a los ojos no dais Parte del bien, que sois vos, Yo os juro, mi bien, por Dios, De que un esclavo perdáis.
No hay cosa que satisfaga Al mal que sin veros tienen, Y si los dejáis que penen, No les dais segura paga: No permitáis los deshaga Su continuo padecer, Pues supieron escoger Tan divino dueño en vos; Pagad, señora, a los dos Lo bien que os saben querer.
Vuestro valor sin segundo Celoso mi bien me tiene, Temiendo que habrá quien pene Por vos como yo en el mundo: Los celos que tengo fundo, Señora, en vuestro valor, Porque si yo os tuve amor El día que os llegué a ver, Cualquiera os podrá querer Que os llegue a ver en rigor.
De justicia, amor pudiera Pretender esta victoria, Mas haga misericordia Lo que justicia pudiera: De que hallaréis quien os quiera Yo no lo puedo dudar, Pero quien os pueda amar, Dulce dueño, más que yo, No le hay en el mundo, no, Ni se ha de poder hallar.
Deidad sois, en quien mis ojos Adoran de Dios el ser, Pues que se ve su poder En tan divinos despojos: A vuestras plantas de hinojos Os ofrezco cuanto soy, Por esclavo vuestro estoy En el rostro señalado, El alma que ya os he dado, Dos mil veces os la doy.
Causó la música (aunque sin ostentación de voces ni instrumentos, más de la que alcanzó del cielo el que la daba) por novedad, admiración en la vecindad; y temía al padre de doña Mencía, que su hermano no estaba en casa, que, como mozo, se recogía tarde, ocupado en sus juegos y galanteos; mas por la primera vez no hizo extremo alguno, considerando en medio de su sospechoso recelo que podía ocasionarla alguna dama de las que había en la vecindad, viendo que su hija parecía vivir descuidada de galanteos y amores: en fin, pasó por esta vez en su duda, porque aunque doña Mencía estaba junto a la reja, no la abrió, oyendo que su padre no dormía, antes muy paso se acostó, y no negoció mal en hacerlo, porque desde que don Enrique empezó a cantar, estaba don Alonso en la calle, que venía a acostarse, mas como en ninguna ventana de su casa vio gente, aunque enfadado, entrándose en ella, no se dio por entendido de su enfado.
Vínose a eslabonar de suerte la voluntad de don Enrique y doña Mencía, ayudados de los consejos y solicitudes de Gonzalo y de una doncella suya, a quien doña Mencía dio parte de su amor, que por la misma reja se hablaban, y delante de los criados se dieron fe y palabra de esposos, con que don Enrique se juzgó dichoso y doña Mencía segura de que su padre la hiciese fuerza para que tomase el estado que deseaba; si bien temiendo la dama la ira de su padre, pidió a su amante que por entonces no se hiciese novedad alguna, hasta ver si su padre mudaba de intención, que se la concedió bien contra su voluntad, porque, como amaba, quisiera verse en la posesión de su amada prenda, lo que era imposible por la condición dicha de su padre y hermano, si no era sacándola de su casa: tanta era la custodia con que la tenían; y aunque causaba algún escándalo en los vecinos de la misma calle verlos hablar de noche por la reja, no se atrevieron a estorbarlo por la soberbia que en padre e hijo conocían, disculpando en parte a la dama por la vida tan estrecha en que la tenían, no saliendo sino a misa, y eso acompañándola su padre o hermano.
Cuando don Enrique se enamoró de doña Mencía tenía una dama casada, más libre y desenvuelta; y como el verdadero amor no permite en el pecho donde se aposenta compañía, al punto que amó a doña Mencía para hacerla su esposa, se olvidó del de Clavela, en tanto extremo que ni verla ni aun pasar por su calle fue posible acabarlo con él.
Clavela, sentida del desprecio y de la falta que la hacían las dádivas y regalos de don Enrique, dio en inquirir y saber la causa, sospechando que nuevos empleos le apartaban de ella, y encomendando el averiguarlo a la solicitud de una criada, no la fue dificultoso, porque siguiéndole de día y de noche vino a saber cómo hablaba con doña Mencía todas las más noches por aquella reja; y conociendo las prendas de la dama, bien conoció que era casamiento, porque por otra vía no se podía entender que caminase aquel amor, y se resolvió a estorbarlo, aunque pusiese a peligro su vida y la de los dos amantes.
¿Qué no intentará una mujer libre y celosa? Pues como tal buscó a don Enrique, viendo que él no la buscaba a ella; y sobre muchos disgustos que acerca del caso tuvieron, viendo que ni con lágrimas ni ruegos, ni con amenazas, le podía volver a su amistad, se determinó a llevarlo por camino más violento: pues aunque don Enrique se lo negó, como ella estaba bien cierta de la verdad, no tuvo atención a más que a vengarse, y la desdicha la dio modo para hacerlo.
Tenía esta dama amistad con unas señoras de la ciudad, madre e hija, de lo bueno y calificado de ella, aunque en su modo de vida no se portaban con la atención competente a su sangre, porque recibían visitas con gran desdoro de su opinión, en cuya casa entraba familiarmente don Alonso, y aun ellas visitaban algunas veces a su hermana; porque aunque por su modo de vida las más principales de la ciudad se negaban a su casa, no las podían impedir venir a las suyas.
En esta casa había visto don Alonso a Clavela, y aun no le había parecido mal, sino que se le había ofrecido por muy suyo, y aun dicho a las expresadas señoras la hablasen de su parte. No ignoraba Clavela ser don Alonso hermano de doña Mencía, y si bien a los principios, creyendo don Enrique volvería a su amistad, se había negado a su pretensión, ya desvalida de todo punto de don Enrique, admitió a don Alonso, no tanto por estar aficionada a él cuanto por entablar su venganza.
Veíase, por causa de su marido, con don Alonso en casa de sus amigas, y un día que todas juntas estaban con don Alonso en conversación, le dijo Clavela que por qué no casaba su hermana, que si aguardaba a que ella se casase sin su gusto y el de su padre.
—No hará Mencía tal —dijo don Alonso—, porque demás de que su virtud y obediencia la asistía siempre, era muy niña y aún no habían llegado a su imaginación esos deseos, que a ser de más edad, ya estuviera en religión.
—¡Qué bueno es eso —respondió Clavela— para lo que sé! Bien dicen que el postrero que lo sabe es el ofendido: pues advierta, don Alonso, que si no está casada, ya anda en eso; y dígolo así porque no es de creer que una dama de la calidad y circunstancias de la señora doña Mencía se atreviera contra su opinión, la de su padre y hermano, a hablar todas las noches por una reja con don Enrique, si no fuera para casarse.
—Mira lo que dices, Clavela —dijo don Alonso—, que si son celos de don Enrique porque entra algunas veces en mi casa, bien puedes tenerlos, y dármelos a mí con saber que aún no estás olvidada de esa voluntad, mas no que pongas dolo en el honor de mi hermana, porque desde mi cuarto al suyo hay mucho, y juraré que las veces que don Enrique entra a buscarme a mí, ni ve a mi hermana ni ella está en tan poca custodia que le vea a él, porque es mi padre quien la vela.
Riose Clavela y las demás, que ya todas estaban puestas en hacer este mal a doña Mencía, y dijo:
—Ni son celos, ni a mí me importa nada don Enrique, que no es sino sentimiento de que se hable mal en la vecindad y otras partes contra el honor de esta señora; las músicas, los paseos, el hablar de noche es tan público que antes dicen que don Alonso y su padre se dan por desentendidos, por casarla sin dote con un hombre tan poderoso como don Enrique. Esto lo saben muy bien estas señoras, y es muy buen modo de tener yo celos, y supuesto que si se toma mi voto, le daré ahora, aconsejando que sería mejor casarlos que no dar motivo a murmuraciones.
La ira y cólera que al instante se excitó en don Alonso, con esto que oyó, fue tan grande que apenas acertó a responderla, y ciego de enojo, tanto de la liviandad de su hermana como del atrevimiento de don Enrique, sin poder disimular su pasión ni las mal aconsejadas mujeres reportarle en ella, pues no pretendían sino incitarle a ella, se despidió y fue a su casa, y apartando a su padre, le dio cuenta de lo que pasaba, y después de varios acuerdos se determinaron a disimular hasta vengarse, teniendo por afrenta que la sangre de don Enrique se mezclase con la suya.
Más de un mes se pasó sin tratarse de nada, en razón de la venganza; porque como don Pedro era hombre mayor, no quiso hallarse a los riesgos de ella; y así, habiendo venido la flota donde le traían cantidad de dineros, diciendo que quería hallarse presente al despacho de ellos en las aduanas de Sevilla, se partió de Jaén llevando consigo a Gonzalo y otros dos criados que había en casa, no quedándole a don Alonso más de un paje que le acompañaba en este tiempo.
Disimuladamente se había don Alonso enterado del galanteo de su hermana, y vístola por sus ojos hablar con don Enrique, el que, si bien no se aseguraba mucho de las amenazas que Clavela le había hecho, amaba tanto a doña Mencía que, sin temer riesgos ni peligros, continuaba en verla, pareciéndole que cuando Clavela intentara hacer algún mal, todo podía parar en sacar la cara y decir que era doña Mencía su mujer: y aun a no impedírselo ella, temerosa de la ira de su padre, ya lo hubiera hecho. En teniendo cartas don Alonso de que su padre había llegado a Sevilla, al punto dio orden de lo que entre ellos había quedado dispuesto.
Mal segura se hallaba doña Mencía y temerosa por ver a su hermano andar desabrido con ella; y no queriendo ya aguardar a algún lance peligroso, un día, acabando de comer, viendo a su hermano que se había ido a su cuarto, se entró en aquella cuadra por donde hablaba a don Enrique, cuya reja caía a las espaldas de la casa, que era donde ella se tocaba, por detrás de la en que ella tenía su cama, y se puso a escribir un papel a su esposo, pidiéndole se viese aquella noche con ella para disponer sus cosas; y acabando de escribirle, don Alonso, que no se descuidaba, y había estado acechando lo que hacía, habiendo enviado al paje de propósito fuera, y dejando cerradas en su mismo cuarto dos doncellas y una criada de cocina que había, amenazándolas con la muerte si chistaban, entró en el aposento de su hermana tan paso, que sin poder prevenir guardar el papel, le cogió cerrándole; y como se le quitó y le leyó, aunque la triste dama quiso disculparse, no le bastó ninguna cosa que en abono suyo intentase decir.
Saliose don Alonso fuera, y cerrándola con llave, se salió a la puerta de la calle, donde se estuvo hasta que vio pasar un clérigo, al cual llamó, diciéndole entrase a confesar una mujer que estaba en grande peligro de muerte.
Hízolo así el sacerdote, y entrando dentro y don Alonso con él, harto espantado de no ver en toda la casa persona alguna, llegaron al retrete, y abriendo don Alonso la puerta le dijo que entrase y confesase aquella mujer que estaba allí, porque al punto había de morir.
Asustose el sacerdote, y dijo que por qué causa quería hacer crueldad semejante.
—Padre —respondió don Alonso—, eso no le toca a usted, ni a mí el darle cuenta por qué la tengo de matar: confesarla es lo que le piden, y si no lo quiere hacer, váyase con Dios, que sin confesar la mataré.
Viendo pues el clérigo la determinación de don Alonso, entró y confesó a doña Mencía, la cual con muchas lágrimas lo hizo, deteniendo al clérigo para entretener algún poco más la vida, como le contó él mismo después.
Acabada de confesar la dama, el sacerdote salió, y con palabras muy cuerdas y cristianas quiso reducir a don Alonso, diciéndole que mirase que aquella señora no debía aquella muerte, por cuanto su delito no pasaba a ofensa, supuesto que no era más que deseo de casarse, sin haber habido agravio ninguno de por medio; que temiese la ofensa de Dios y su castigo.
—Bien estoy en esto, padre —respondió el airado mozo—; yo sé lo que tengo de hacer, y nunca dé consejo a quien no se le pide. Lo que yo le ruego es que en estos ocho días no diga a nadie esto que aquí ha visto; porque si lo contrario hace, le he de hacer menudas piezas.
Temió tanto el clérigo que, no dudando que estaba tan en peligro como la dama, habiéndoselo prometido, no vio la hora de verse fuera de aquella casa, y aun después no acababa de asegurarse si estaba en salvo; por lo cual no se atrevió a dar cuenta del caso hasta que estuvo público.
Ido el sacerdote, don Alonso volvió a entrar donde estaba la desdichada dama, y dándola tantas puñaladas cuantas bastaron a privarla de la vida, se salió, y cerrando el retrete, se dejó la llave en la misma puerta, y luego aguardando a que viniese el paje, le dio el papel de doña Mencía y le mandó se le llevase a don Enrique, diciéndole que dijese se le había dado su señora, y que luego le fuese a buscar a casa de aquellas señoras donde solía ir y que le aguardase allí hasta que él fuese.
Con esto, cerrando la puerta de la casa, se fue a la de un amigo que debía de ser de las mismas mañas que él, a quien pidió le acompañase aquella noche en un caso que se le había ofrecido, y hallando en él la ayuda que buscaba, se estuvo en la misma casa del amigo retirado hasta que fuese hora de ir a él.
Dio el papel de doña Mencía a don Enrique el paje, y habiéndole respondido de palabra dijese a su señora haría lo que le mandaba, se fue donde su amo le había dicho le esperase.
Mucho extrañó don Enrique llevase el paje de don Alonso el papel; porque desde que se había ido Gonzalo a Sevilla, doña Mencía no le escribía sino por una criada, y a no conocer la letra de la dama, casi le pusiera en confusión de algún engaño; mas pensó que alguna gran novedad debía de haber, pues le escribía con diferente mensajero, y no veía la hora de ir a saberlo.
Así que vio que habían dado las once, hora en la que la dama le hablaba, por ser en la que su casa estaba sosegada; solo, porque siempre iba así, aunque apercibido de armas bastantes, se fue a la casa de su dama y llegando a su reja la vio cerrada, porque don Alonso la había dejado así; y haciendo la seña por donde se entendían, como vio que ni a una vez, ni a dos, ni a tres salía, llegó a la reja y paso tocó en ella, y apenas puso la mano, cuando las puertas de todo punto se le abrieron con un grandísimo estruendo, y alborotado con él, miró por ver que en el pequeño retrete había gran claridad, no de hachas ni bujías, sino de una luz que solo alumbraba en la parte de adentro, sin que tocase a la de afuera; y más admirado que antes, miró con más cuidado y vio al resplandor de ella a la hermosa dama tendida en el estrado, mal compuesta y bañada en sangre, que con estar muerta desde medio día, corría entonces de las heridas como si se las acabaran de dar, y junto a ella un lago de sangriento humor.
A vista tan lastimosa quedó don Enrique casi sin pulsos, y a su parecer juzgó que ya el alma se le apartaba del cuerpo, sin tener valor para apartarse ni allegarse; porque todo el cuerpo le temblaba como si tuviera un grande accidente de cuartana; y más fue cuando oyó que de donde estaba el sangriento cadáver salía una voz, muy débil y delicada, que le dijo:
—Ya, esposo, no tienes que buscarme en este mundo, porque ha más de nueve horas que estoy fuera de él; pues aquí no está más de este triste cuerpo sin alma, de la suerte que le miras. Por tu causa me han muerto, mas no quiero que tú mueras por la mía, que quiero me debas esta fineza; y así te aviso que te pongas en salvo y mires por tu vida, que estás en muy grande peligro; y quédate a Dios para siempre.
Y acabando de decir esto, se tornaron las puertas de la ventana a cerrar con el mismo ruido que cuando se abrieron.
Quedó de lo que había oído, sobre lo que había visto, tal don Enrique que, casi tan difunto como su malograda esposa, faltábale de todo punto el ánimo y el valor; y no es maravilla, pues por una parte el dolor y por otra el temor le dejaron poco menos que mortal; tanto que ni moverse de allí ni aun alentar le era posible.
Ya cuando esto sucedió, don Alonso y su amigo estaban en la calle, aunque no sintieron el ruido ni vieron abrir la ventana; mas seguros de que era don Enrique, pensando, como le veían parado, que estaba aguardando que le abriesen; el uno por la una parte y el otro por la otra le vinieron cercando, y cogido en medio, sin poder el pobre caballero defenderse con la turbación que tenía, aunque vio acometerse, ni se pudo aprovechar de una pistola que traía, ni meter mano a la espada; y de dos estocadas que a un tiempo le dieron le tendieron en el suelo, donde caído le dieron veinte y dos puñaladas, y dejándole casi muerto se pusieron en fuga, porque a las voces que dio pidiendo confesión, empezó a salir gente y sacar luces.
En fin, vieron que don Alonso se fue a casa de las ya dichas y el amigo a un convento: la gente que se juntó llegaron a don Enrique y le hallaron sin sentido; y estando trazando el llevarle a su casa, porque de todos era bien conocido, llegó la justicia, y haciendo su oficio, no pudieron averiguar más de que a las voces que aquel caballero había dado, pidiendo confesión, habían salido, y hallándole en el estado que le veían, y revolviéndole, conocieron que no estaba muerto.
En fin, le llevaron a su casa, dando con su vista la pena a sus padres, que era razón tener por ser único, y llamando quien le tomase la sangre, le desnudaron y pusieron en la cama, donde estuvo de este modo hasta la mañana, que volvió en sí, permitiéndolo Dios nuestro Señor para que se supiese el lastimoso fin de doña Mencía; porque aunque la justicia, habiendo llamado a las puertas de don Pedro y no respondiendo nadie, admirados y confusos de ver tanto silencio como en la casa había, quisieron dar orden de romper las puertas, mas no lo hicieron hasta que don Enrique, si volvía, diese su declaración; porque como don Pedro era tan principal y poderoso, todos le guardaban en la ciudad el debido respeto y decoro.
Vuelto en sí don Enrique, y dándole una sustancia, cobrando algo del ánimo perdido, pidió que luego juntamente llamasen al confesor, y al corregidor también, y venidos delante del que le había de confesar, contó al corregidor todo lo que aquella noche le había sucedido, pidiendo se fuese a casa de don Pedro, y rompiendo, si no abrían la puerta, viesen si había sido verdad o alguna ilusión fantástica; si bien por aquel papel que de su esposa había recibido y las heridas que le habían dado, lo tenía por verdad.
Mientras el corregidor fue a averiguar el caso, admirado de lo que contaba el herido, este se confesó y recibió el Santísimo Sacramento, hallándole los cirujanos muy de peligro.
El corregidor y sus ministros fueron a casa de don Pedro; llamaron, y como no respondiese nadie, derribaron la puerta, y entrando, no hallaron a nadie, y yendo de una sala en otra hasta llegar al retrete, que, como he dicho, estaba la llave en la puerta, y abriendo hallaron a la hermosa y desdichada doña Mencía de la misma suerte que decía don Enrique haberla visto: las heridas y sangre que de ellas corría estaban como si entonces se acabaran de dar: junto a ella estaba un bufetillo con recado de escribir, y en unos pliegos de papel, que había encima, estaba escrito:
«Yo la quité la vida, porque no mezclara mi noble sangre con la de un villano.
DON ALONSO.»
Visto esto, anduvieron toda la casa por ver si había alguna gente, y en un aposento, al último de otro cuarto que estaba en frente del que acababan de mirar y donde estaba la difunta dama, oyeron dar gritos, y abriendo con la llave que asimismo estaba en la cerradura, hallaron las dos doncellas y la criada de doña Mencía, de quienes no pudieron saber más de que don Alonso, el día antes, habiéndolas llamado, las había encerrado allí, amenazándolas con que si daban voces las había de matar.
Diose orden de depositar el cuerpo de doña Mencía en la parroquia hasta que se determinase otra cosa, y haciendo la justicia sus embargos, como de oficio le tocaba, llamaron a don Alonso a pregones, avisando a Sevilla para que prendiesen a don Pedro; mas él, probando la coartada, de presto le dieron por libre: y tomando por excusa no haber estado en la parte en que había sucedido el fracaso de su amada hija, se quedó viviendo en Sevilla.
Divulgose por la ciudad el suceso y entonces acudió el clérigo que había confesado a doña Mencía a contar lo que le había sucedido.
Don Enrique llegó muy al cabo; mas Dios, por intercesión de su Madre santísima, a quien prometió, si le daba vida, ser religioso, se la otorgó; y así lo hizo, que se entró fraile en un convento del seráfico padre san Francisco, y con mucha parte de su hacienda labró el convento, que era pobre, y una capilla con una aseada bóveda, donde pasó el cuerpo de su esposa; habiendo muchos testigos que se hallaron presentes a su translación, que aseguraron que, con haber pasado un año que duró la obra, estaban las heridas corriendo sangre como el mismo día que la mataron, y ella tan hermosa que parecía no haber tenido jurisdicción alguna la muerte en su hermosura.
Don Alonso, habiendo estado ocho días con su paje escondidos en casa de aquellas damas con Clavela, al cabo de ellos, como estaba bien prevenido de joyas y dineros, que antes de salir de su casa había tomado, dejando al paje durmiendo, se partió una noche la vuelta de Sevilla para despedirse de su padre y caminar a Barcelona, donde tenía determinado embarcarse para pasar a Italia.
El paje, cuando despertó y supo que su amo le había dejado, se salió del encierro, contando por la ciudad como su amo había estado en aquella casa ocho días, y como los había oído hablar de la muerte de su señora y heridas de don Enrique, por lo cual las tales damas estuvieron presas y a pique de darlas tormento; mas donde hay dinero todo se negocia bien.
El amigo de don Alonso, como contra él no había indicio alguno, por estar el secreto entre los dos, en viendo sosegados estos alborotos, salió libremente a la calle.
Don Alonso estuvo con su padre en Sevilla solos dos días, porque como sabía que estaba llamado a pregones y sentenciado en ausencia a cortarle la cabeza, no paró allí más, antes se partió para Barcelona, donde se embarcó y con próspero viaje llegó a la ciudad de Nápoles, donde sentó plaza de soldado, por no dar que decir de que estaba allí sin ocupación alguna; y socorrido largamente de su padre, pasaba una vida ociosa, jugando y visitando damas.
Ayudole a darse tanto al vicio haber tomado amistad con un jenízaro, hijo de español y napolitana, hombre perdido y vicioso, tanto en glotonerías como en lo demás; y como don Alonso tenía dineros, hallábase bien con él, ganándole la voluntad con lisonjas. Este era clérigo salvaje, y porque no se extrañe este nombre, digo que hay en Italia unos hombres que, sin letras ni órdenes, tienen renta por la iglesia solo con andar vestidos de clérigos, y llámanlos prestes salvajes, y así lo era Marco Antonio, que este era su nombre.
Luego que tuvo aviso don Pedro de que su hijo estaba en Nápoles y tenía sentada plaza, le diligenció muchas cartas de favor, por las cuales el excelentísimo señor conde de Lemos, don Pedro Fernández de Castro, que era virrey de aquel reino, le dio una bandera, con la cual estaba don Alonso tan contento y olvidado de la justicia divina, y de la inocente sangre de su hermana que había derramado tan sin causa como se ha visto, que dio en enamorarse; cosa que hasta entonces no había hecho, pues aunque había tenido amistad con Clavela, más había sido apetito que amor, y aun en esta ocasión lo pudiera excusar.
Estaba en la ciudad un caballero entretenido, como hay en ella muchos, cuyo nombre es don Fernando de Añasco, español y caballero de calidad, y que había sido capitán de infantería: este tuvo un hijo que casó allí con una señora de prendas, aunque no muy rica, y dejándola cinco hijas, murió; y visto por don Fernando que la nuera y nietas estaban necesitadas, las trajo a su casa: las dos mayores se entraron religiosas en el convento de la Concepción, de la misma ciudad, porque estando velando juntas una noche, cayó entre las dos un rayo y no las hizo mal, y ellas, asombradas de esto, no quisieron estar más en el siglo: las otras dos casaron por su hermosura, sin dote, con dos capitanes.
Quedó la menor y la más hermosa, llamada doña Ana, y tan niña que apenas llegaba a quince años: mas como su madre y abuelo habían gastado tanto con las dos monjas, no tenían qué darla, ni aun para vestirla sino con un moderado aseo, y con todo eso sobresalía tanto su belleza que ninguna de la ciudad (con haber muchas) la igualaba, y ella excedía a todas: mas no le había llegado su ventura como a sus hermanas, porque la estaba aguardando su desventura.
Viola don Alonso y enamorose de ella, y, enamorado, dio en galantearla con las tretas que todos los hombres galantean, o, por mejor decir, engañan, que este arancel todos le saben de memoria.
¡Ay de aquellas que los creen! ¡Y ay de doña Ana, que se dejó ver de don Alonso, que no fue para ella amante sino el hado fatal que la ocasionó su desgracia! Noble, honesta, recogida y hermosa era doña Ana, ¿mas de qué la sirvió si nacía desgraciada?
Hacíale, como dicen, rostro; lo uno, porque sabía quién era y su rico mayorazgo después de la vida de su padre: lo otro, porque cuanto al talle, bien merecía ser querido; y quiso probar la suerte por ver si acertaba, como sus hermanas, mas no porque se alargase más en los favores que le hacía, que a dejarse ver en la ventana y oír con gusto alguna música que la daba, que en esto aun con más extremos se adelantan en Italia que en otras partes, porque son todos muy inclinados a ella.
Diola una don Alonso una noche, cantando él mismo a una vihuela este romance, tomando por asunto no haber ido doña Ana a un jardín, por llover mucho, donde habían de ir a holgarse su madre y hermanas con otras amigas; que como don Alonso estaba enamorado, siempre andaba inquiriendo las salidas de la dama, por mostrarla su cuidado en ellas, y esto se lo había dicho un criado de su casa.
En fin, el romance era este:
Llorad, ojos, pues las nubes Han hecho conjuración, Por quitar que no gocéis Los rayos de vuestro sol.
Si para los desdichados Hasta la muerte faltó, ¿Cómo queréis ver la vida, Pues tan desdichados sois?
Esclavos sois de buen dueño; No os quejaréis, que no os dio Todo cuanto pudo daros La fortuna de favor.
Solo con este consuelo Vivo alegre en mi pasión, Que es gloria por tal belleza Pasar penas y dolor.
Detened, nubes, el agua, Pues con mis ojos les doy Bastante censo a los ríos, Que ya por mí mares son.
Y tú, Anarda de mi vida, No te dé agua el temor; Más agua vierten mis ojos; Y con más justa razón.
En el fuego que me abraso, Como la fragua es amor, Con agua nunca se apaga, Antes crece con su ardor.
Muerto de mis propias penas, Y en ellas penando estoy: Que es purgatorio tu ausencia, Tu vista gloria mayor.
En el infierno las almas Penan, que los cuerpos no; Aquí penan alma y cuerpo Juntos, por una razón.
¿Cuándo en la gloria de verte Se acabará mi dolor? ¿Y cuándo he de verte mía, Que es el premio de mi amor?
Ya la esperanza me alienta, Ya me desmaya el temor, Ya fío en tu cortesía, Y ya temo tu rigor.
Mas en mirando estas nubes, Me falta todo el valor, Que hasta las nubes persiguen Los que desdichados son.
Sal a alumbrarme, sol, Que se me anega el alma de dolor.
Con estos y otros engaños (que así los quiero llamar) andaba don Alonso solicitando la tierna y descuidada corderilla, hasta cogerla para llevarla al matadero, no acordándose de que había traído al mismo a la hermosa doña Mencía su hermana.
Se pasaron en solicitudes amorosas muchos días, y como con ella no granjeaba más favores de los ya dichos, andaba desesperado, de lo cual su amigo Marco Antonio había estado ignorante hasta que, ya a los últimos días, viéndole melancólico y desesperado, le dijo:
—Cierto, don Alonso, que aunque pudiera quejarme de vuestra amistad, no teniéndola por muy segura, pues encubrís de mí vuestra pasión amorosa, dando lugar a que la sepa de otra parte primero que de vuestra boca, no me quiero sentir agraviado de ello, antes, compadecido de vuestra pena, me quiero ofrecer para el remedio de ella; que tengo por seguro no habrá en todo el reino de Nápoles quien mejor que yo os dé la prenda que deseáis: mas he menester saber qué intento es el vuestro en este galanteo a doña Ana de Añasco; porque si la pretendéis menos que para esposa, os certifico que perderéis tiempo, porque en doña Ana hay mayores virtudes de las que admiráis en su hermosura, pues demás de ser muy recatada y honesta, en calidad no os debe nada, porque su padre tuvo el hábito de Santiago por claro timbre de su nobleza: no es ella rica, que la fortuna hace esos desaciertos: a quien no lo merece da muchas prosperidades, negándoselas a los que con justa causa debían darse; de modo que si la amáis para dama, os aconsejo os apartéis de esa locura porque no sacaréis de ella al cabo de mucho sino lo que habéis sacado hasta hoy; y si la deseáis por esposa, que lo cierto es que os merece tal, dejadme a mí el cargo, que antes de seis días la tendréis en vuestro poder.
—No me tengáis, amigo Marco Antonio —respondió don Alonso—, por tan ignorante que había de pretender a doña Ana para menos que para mi esposa; pues no ignoro que de otra suerte no he de ser admitido; y si bien pudiera retirarme de este pensamiento la poca hacienda que tiene, de lo que estoy bien informado, no reparo en eso, aunque la condición avarienta de mi padre me pudiera dar temor, pues yo tengo bienes, gracias al cielo, para los dos; y mi padre no tiene otro hijo sino a mí: su hermosura y nobleza, junto con su virtud, es lo que yo en doña Ana estimo, y así, perdiendo el enojo de no haberos dado parte de este amor desde el principio, os suplico, pues aseguráis que tenéis poder para ello, me hagáis dueño de tal belleza, que con eso me juzgaré dichosísimo.
Prometióselo Marco Antonio, y tomando la mano en ello, lo supo negociar tan bien, dándole a entender a don Fernando lo que granjeaba en tener por yerno a don Alonso, contándole cuán gran caballero y rico era don Alonso, que antes de un mes estaba desposado con doña Ana, tan contenta ella, su madre y abuelo con el venturoso acierto, que les parecía tener toda la ventura del mundo por suya.
Había poco que don Pedro había enviado a su hijo letras de cantidad, con lo que él puso su casa, que fue en la misma de don Fernando, eligiendo don Alonso para sí un cuarto en frente del suyo, que no tenía más división que un corredor.
Sacó galas a doña Ana, con que mostraba más su hermosura, manifestando don Alonso el primer año en su alegría su acierto. A los nueve meses les dio el cielo un hijo, que llamaron como a su abuelo paterno, don Pedro, al cual doña Ana su madre quiso criar a sus pechos.
Bien quisiera don Alonso que no supiera su padre que se había casado, temeroso de lo mal que lo había de recibir, y por no perder el socorro que todos los más ordinarios le enviaba: mas como nunca falta quien por meterse en duelos ajenos haga más mal que bien, se lo escribieron a su padre, el cual, como lo supo, loco de enojo, le escribió una carta muy pesada, diciéndole en ella que ni se nombrase su hijo ni le tuviese por padre; pues cuando entendió que le diera por nuera una gran señora de aquel reino, que engrandeciera su casa de calidad y riqueza, añadiendo renta a su renta, se había casado con una pobre mujer que antes servía de afrenta a su linaje que de honor; y que si le tuviera presente, hiciera de él lo que él había hecho de su hermana: mas pues estaba tan contento con su bella esposa que sin comer se podía pasar, o que lo ganase como quisiese, que no le pensaba enviar un maravedí, antes determinaba dar tan buen cabo de su hacienda, que cuando él muriese, no hallase ni una sombra de ella; que más quería jugarlo a las pintas que no que la gozase la señora doña Ana de Añasco.
Mucho sintió don Alonso el enojo de su padre, y fue de modo que bastó a templarle el amor, de suerte que lo que hasta allí no le había sucedido, que era arrepentirse de haberse casado, en un instante le llegó el arrepentimiento y se le empezó a conocer en el desagrado con que trataba a su esposa. No sabía doña Ana la causa de ver tal novedad en su esposo, y lloraba sus despegos bien lastimosamente; mas al fin lo supo, porque vencido don Alonso de sus importunaciones, la enseñó la carta de su padre.
Pues como se quitó la máscara y vio que ya doña Ana lo sabía, lo que antes eran despegos se convirtió en aborrecimiento; la daba a cada paso en cara con su pobreza, y más fue cuando, gastado el dinero que tenía, empezó a dar tras las galas de su esposa, vendiendo unas para el sustento y jugando otras. Vino a tal estado de miseria que, despidiendo las criadas, se humilló a servir su casa, aunque alguna vez la criada de su madre la excusaba con acudir a servirla, y lo peor de todo era que muchos días no comiera si no la socorrieran su madre y abuelo.
Con estas cosas se remató don Alonso de suerte que no había cosa más aborrecida de él que la hermosa dama, y de aborrecerla nació el desear verse sin ella, creyendo que así volvería a la amistad y gracia de su padre; y luego, con los buenos consejos de su amigo Marco Antonio, se resolvió a salir de todo de una vez; y concertando los dos cómo había de ser, lo dilataron hasta la partida del excelentísimo señor conde de Lemos, que ya trataba su vuelta a España, quedando en su lugar, hasta que de Sicilia viniese el señor duque de Osuna, el señor don Francisco de Castro, conde de Castro y duque de Taurisano.
¡Ah, mozo mal aconsejado, y cómo la sangre de tu hermana clama contra ti y, no harto de ella, quieres verter la de tu inocente esposa!
Llegose el plazo, y más apriesa el que ha de ser más desgraciado; y como el embarcarse había de ser de noche, fue don Alonso a su casa con su amigo y díjola a doña Ana, que acababa de dormir a su niño y le había echado en la cama, que viniese y vería embarcar al virrey, que antes que el niño despertase se volverían.
Pareciola a doña Ana que era nuevo favor en medio de tantos disgustos como con ella tenía; y así, cerrando la puerta del cuarto y echándose la llave en la manga para cuando volviese, y no desasosegar a su madre ni abuelo, llegó a su cuarto, diciéndoles dejasen la puerta de la calle abierta, porque iba con don Alonso y Marco Antonio a ver embarcar al virrey; y se fue con ellos.
Acabada doña Ana de salir, la dijo la criada a su madre:
—¿Por qué, señora, deja vuestra señoría ir a mi señora doña Ana de noche fuera, no usándose en esta tierra salir así las señoras?
A lo que respondió:
—Amiga, con su marido va; ¿en eso qué hay que temer que se murmure?
Con esto, habiéndose recogido, se acostaron, bien inocentes y descuidadas del mal que había de suceder.
Llegó doña Ana a la marina acompañada de sus dos enemigos, y habiendo estado en ella hasta las diez, embarcado ya el virrey y partidas las galeras, aunque no todas, que algunas quedaban para la demás gente, ya que se quería volver a su casa con muy grandísimo cuidado de su niño, les rogó, a ella y a don Alonso, Marco Antonio llegasen a su posada a tomar un refresco; y aunque lo excusaron, doña Ana con su cuidado y don Alonso con su falsedad, como después se supo de él y Marco Antonio, lo hubo de aceptar.
En fin, fueron, y llegando a ella, abriéndoles la puerta una criada de Marco Antonio, ya mujer mayor, se entraron a un jardinico donde estaba la mesa, y en ella una empanada y otras cosas: sentáronse a ella y, repartiendo Marco Antonio, dio al ama su parte y la dijo pusiese allí lo que era menester, y se fuese a su aposento, cenase y se acostase, que él cerraría la puerta y se llevaría la llave, para que cuando volviese de acompañar aquellos señores pudiese entrar a acostarse.
Hecho como él lo ordenó y recogida la ama, estando la descuidada doña Ana comiendo de la empanada, fingiendo don Alonso levantarse por algo que le faltaba, se llegó por detrás con un cuchillo grande que él traía apercibido y aquel día había hecho amolar, y la dio en la garganta tan cruel golpe que la derribó la cabeza sobre la misma mesa.
Hecho el sacrificio, la echaron en un pozo que había en el mismo jardín, y el cuchillo con ella, y tomando la cabeza se salieron, y cerrando la puerta, echaron la llave por debajo y se fueron a la marina, y en una cueva que estaba en ella, haciendo un hoyo, la metieron, y al punto se embarcaron en una galera que iba aprisa en seguimiento del virrey. Vayan, que la justicia de Dios va tras ellos.
Como pasó de media noche, el niño que doña Ana había dejado dormido despertó, que ya tenía un año, y como se halló sin el abrigo y cariño de su madre empezó a llorar, a cuyo llanto despertó su abuela; mas no pudiéndose persuadir que su madre no estaba ya con él, juzgando que el sueño la tenía rendida, decía entre sí:
—¡Válgame Dios, tan dormida está doña Ana que no siente llorar su hijo!
Calló el niño un rato, con lo que la buena señora se volvió a dormir, y cuando empezó a amanecer despertó bien alborotada a los gritos que el niño daba, y levantándose se vistió y salió a ver qué era la causa de estar su nieto tan sin sosiego; mas como llamando muy recio no la respondieron, casi sospechando el mal sucedido, llamando a don Fernando y a un criado, abrieron la puerta y entraron; y como no hallasen más que el angelito solo, no sintiendo bien del caso, la señora tomó el nieto y llamando a una vecina que le diese de mamar, le aquietó y adormeció: en tanto se vistió don Fernando y salió fuera para hacer diligencias por saber de don Alonso; mas todos decían no haberle visto.
Mientras que esto pasaba en casa de doña Ana, en la de Marco Antonio había otra tragedia, y fue que la ama se levantó y fuese adonde su amo dormía; mas aunque no le halló, no hizo novedad de ello, porque otras veces se quedaba fuera; mas hízola cuando salió al jardín y vio la mesa puesta, toda llena de sangre, y también la silla en que se había sentado aquella mujer: y si bien conocía a don Alonso, por ser amigo de su amo, no sabía que fuese casado ni conocía a su esposa; y no bien contenta de ver tales señales, quitó la mesa, y saliendo fuera halló la llave.
En fin, tomó un caldero y empezó a entrarle en el pozo para sacar agua y regar la casa: aún no había entrado la mitad de la soga cuando el caldero se detuvo en el malogrado cuerpo, que se había quedado atravesado en lo angosto del pozo y no había llegado al agua; porfiando, pues, para que entrase, y siendo imposible, sacole fuera y encendió un candil, y le ató en la soga, y como le bajó, miró qué era lo que no dejaba pasar el caldero; bien medrosa vio el bulto, que aunque le pareció de persona no pudo percibir quién fuese.
Con grandísimo susto soltó la soga, fue corriendo a la calle, dando descompasados gritos, a los cuales acudió la vecindad y la gente que pasaba, y buscando quien bajase al fondo, sacaron el triste cuerpo sin cabeza.
Tenía vestido un faldellín francés, con su justillo de damasco verde con pasamanos de plata, que como era verano, no había salido con otro arreo, y rebocillo negro que llevaba cubierto, unas medias de seda nacarada, con el zapatillo negro que apenas era de seis puntos. Conoció el ama por los vestidos que era la mujer que había visto cenar con su amo y don Alonso; mas no supo decir quién era.
Avisaron a la justicia, que, venida, prendieron a la ama hasta hallar más noticia del caso y secuestraron los bienes de Marco Antonio, que no debían de ser muchos; llevaron el cuerpo a la plaza de palacio, para ver si había alguno que le conociese, habiendo mirado primero en el pozo si estaba la cabeza, mas no hallaron sino el cuchillo.
Llegados con el cuerpo de doña Ana a la dicha plaza y poniéndole en medio de ella en unas andas, acudieron todos los soldados a ver el cuerpo, y entre los demás don Fernando de Añasco, que al punto conoció a su nieta, y dando una gran voz, dijo:
—¡Ay, hija mía, y cómo ha muchos días que me decía el corazón este desastrado suceso, y no le quería creer!
Hízole llevar a su casa, donde no hay que decir cómo le recibiría su madre: los oyentes lo juzguen, que yo no me atrevo a contarlo.
Fuese a pedir justicia al virrey, el cual, lastimado de sus lágrimas, despachó tras las galeras, en un barco grande, una escuadra de soldados, y por cabo al sargento don Antonio de Lerma, con cartas pidiendo al marqués de Santa Cruz, como general de las galeras, los reos; si bien eso no pudo ser tan breve que no pasaran cinco o seis días, en los cuales se hicieron diligencias buscando la cabeza de doña Ana, mas no pareció. Al fin dieron al cuerpo, sin ella, sepultura, dejando en su abuelo, madre y hermanas gran dolor de su muerte y aun en cuantos la conocían.
Partidos los soldados, y con ellos un sobrino de don Fernando, por prisa que dieron en la navegación no alcanzaron las galeras hasta Génova, donde, cuando llegaron, había sucedido un acaso en que se vio que Dios estaba ofendido y cansado de aguardar tan enormes delitos como don Alonso cometía, para que pagase con su sangre culpada la inocente que había derramado en las muertes de su hermana y esposa; y fue que, habiendo dado fondo las galeras en el puerto, salieron de ellas todos o los más que iban embarcados para descansar en tierra de las fatigas de la mar, sabiendo que habían de estar allí tres o cuatro días, y con ellos don Alonso y su mal amigo Marco Antonio.
Llegaron a comprar unas medias de seda en casa de un mercader, y habiéndoles sacado el dicho una caja en que había muchos pares de todos colores para que escogiesen, don Alonso, persuadido del demonio, o que Dios lo permitió así, escondió unas azules, y el amigo otras leonadas, que como el mercader las echó de menos, apellidándoles ladrones, llamando amigos y criados, asió de ellos, sacándoselas a vista de todos, y no contento con esto, llamó la justicia, que los llevó a la cárcel, haciéndoles causa de ladrones; y si bien don Alonso y Marco Antonio se defendieran y no se dejaran prender, no llevaban armas, que en Génova no las trae ninguno, ni dejan pasar a nadie en la puerta con ellas, y así, habían dejado las suyas donde las dejaban los demás, sin valerles el ser soldados; y así, los llevaron a la cárcel, donde estaban cuando llegaron los que iban por ellos, y dando las cartas al marqués de Santa Cruz, mandó se buscasen y los entregasen a quien venía por ellos, que parando en la cárcel los sacaron y entregaron, y volvieron con ellos a Nápoles, y apenas les tomaron la confesión cuando dijeron lo que sabían y más de lo que les preguntaron: diciendo don Alonso que ya era tiempo de pagar con la vida, no solo la muerte de su esposa sino también la de su hermana, y que así había permitido Dios que hiciese en Génova aquel delito para que pagase lo uno y lo otro; mas que no le perdonase Dios si él tuviera ánimo para matar a doña Ana si Marco Antonio su amigo no le persuadiera a ello, diciéndole que con eso quitaría el enojo a su padre; y que él le había dado el modo y dispuesto el caso, y que haberse dejado vencer de su enojo era permisión divina, para que pagase por lo uno y lo otro; y añadió que hacía más de dos meses que apenas se dormía, cuando le parecía ver a su hermana que le amenazaba con su cuchillo.
Sentenciáronle a degollar, y a Marco Antonio a ahorcar, y otro día salieron a morir. Iba ya don Alonso, cuando salió, tan desmayado que casi no se podía tener en la mula, y fue fuerza que se pusiese cerca quien le tuviese; y viéndole así Marco Antonio, dando una voz grande, le dijo:
—¿Qué es esto, señor don Alonso?, ¿tuvisteis ánimo para matar y no le tenéis para morir?
A lo que respondió don Alonso:
—¡Ay, Marco Antonio, y como si supiera qué era morir, no matara!
En llegando al cadalso, pidió por merced a la justicia se suspendiese la ejecución de su muerte por un poco de tiempo; y diciendo dónde estaba la cabeza de doña Ana enterrada, suplicó que fuesen por ella, como se hizo, sacándola tan fresca y hermosa como si no hubiera seis meses que estaba debajo de tierra: lleváronsela, y tomándola en la mano, llorando, dijo:
—Ya, doña Ana, pago con una vida culpada la que te quité sin culpa: no te puedo dar más satisfacción de la que te doy.
Y diciendo esto, se quedó desmayado, en que se conoció que no la quería mal, sino que los desapegos de su padre y consejos de Marco Antonio fueron causa de que la quitase la vida.
En fin, don Alonso satisfizo con una muerte dos muertes, y con una vida dos vidas. Murió también Marco Antonio tan desahogadamente (si se puede decir de quien moría ahorcado) que, como estaba en la plaza y no entendió qué había pedido don Alonso cuando mandó ir por la cabeza de doña Ana, preguntó que a qué aguardaban. Y diciéndoselo, respondió:
—Buen despacio tiene mi amigo, ya no falta sino que envíe también por la de su hermana a Jaén: acabemos, señores, que no tengo condición para aguardar, y hasta el morir quiero que sea sin dilación.
Fueron estas nuevas a Sevilla, a su padre, y cuando llegaron las cartas estaba jugando con otros amigos, y acabando de leerlas, tomolas para sí, y poniéndose muy despacio a brujulearlas, dijo:
—Más quiero tener un hijo degollado, que mal casado.
Y se volvió a jugar como si tales nuevas no hubiera tenido. Mas Dios, que no se sirve de soberbios, le envió el castigo de su crueldad; pues antes de un mes, una mañana entrando los criados a darle de vestir, le hallaron en la cama muerto, dejando una muy gruesa hacienda; y como los criados le vieron muerto, dando cuenta a la justicia, y sabiendo tenía un nieto, puso la hacienda en administración.
Se avisó la muerte de don Pedro a don Fernando, y sabida, él con su nuera y niño, dejando a Italia, vinieron a Sevilla, donde hoy, a lo que entiendo, vive: será don Pedro Portocarrero y Añasco de algunos veinte y ocho años. Suceso tan verdadero es este, que hay muchos que le vieron de la suerte que le he contado.
Acabando doña Francisca su desengaño, no se moralizó sobre él, por ser muy tarde. Sonó la música y levantándose Lisis lo hicieron así los demás, y pasándose todos a otra sala, tan bien aderezada como la que desocuparon, se sentaron a las mesas, que estaban puestas con ricos y ostentosos aparadores, donde fueron servidos de una suntuosa y sazonada cena; porque al otro día, después de referir los desengaños que faltaban, se había de celebrar el desposorio de Lisis y don Diego. De industria, por si faltaba lugar, les hizo esta noche la bien entendida Lisis el banquete, como quien sabía que otro día no habría tiempo.
Mientras duró la cena, las damas y caballeros tuvieron sobre su opinión diversas y sabidas disputas: si bien los caballeros, o rendidos a la verdad o agradecidos a la cortesía, dieron el voto por las damas, confesando haber habido y haber muchas mujeres buenas, y que han padecido y padecen inocentes en la crueldad de los engaños de los hombres, y que la opinión común y vulgar, por lega y descortés, no era justo guardarla los que son nobles, honrados y bien entendidos, pues no lo es, ni lo puede ser, el que no hace estimación de las mujeres.
Viendo que era hora de irse a reposar, la hermosa doña Isabel dio fin a la fiesta de la octava noche cantando sola este romance:
Parece que me has dado A beber algún hechizo, Con que de mi libertad Vencedor triunfante has sido.
¿En qué te ofendió, tirano, La paz en que mis sentidos, Jamás sujetos a penas, Sin prisiones han vivido?
Apenas ya me conozco, Diferente soy que he sido; Por los imposibles muero, Y a ellos me sacrifico.
Deseando estoy el día, Y cuando el día ha venido, A solo aguardar la noche Estos deseos aplico.
Ya de los gustos me canso, Ya por las penas suspiro, Porque pienso que en penar Nuevos méritos consigo.
No vivo con su esperanza, Cuando a temores me rindo, Que es muy cierto en el amor Ser cobarde como niño.
Ajenas prendas me quitan Con deseos el juicio, Y antes de tener el bien Le lloro ya por perdido.
Mares de lágrimas vierto, Y sin saber cómo ha sido, Me veo vivir sin alma, Que es otro nuevo prodigio.
No he visto lo que idolatro, Y rendimiento publico, Que es deidad que no se ve, Sino por fe, en el sentido.
No quise ver lo que adoro, Y adoro lo que no he visto, Porque amar lo que se goza, Comodidad la imagino.
Yo me quité la ventura, Y lloro haberla perdido; Mi voluntad es enigma, Mi deseo, un laberinto.
El cautiverio apetezco, De la libertad me privo, Y negándome a las dichas, Ya por las dichas suspiro.
No conozco lo que amo, Y pudo ser conocido, Y de todas mis finezas Esta la mayor ha sido.
Temí perder si le viera, No viéndole le he perdido, Y si de pérdida estoy, Mejor es no haberle visto.
¡Ay tesoro perdido! Grande debes de ser, pues yo te estimo.
¡Mas ay!, que si le viera, También pudiera ser que le perdiera;
Y para no perderle, Cuando se estima el bien, es bien no verle. ¡Mas ay de mí!, que de una y otra suerte, El remedio que espero es en la muerte.
NOCHE NONA.
DESENGAÑO NONO.
LA PERSEGUIDA TRIUNFANTE.
Con aplauso de nuevos oyentes se empezó a celebrar la novena noche del honesto y entretenido sarao, porque don Diego convidó para testigos de sus deseadas dichas (como esperaba tener con la posesión de su amada Lisis) muchos señores y señoras de la corte. Sin estos, de parte de Lisis vinieron muchas damas y caballeros, no faltando por la de los demás que en las noches pasadas habían asistido nuevos convidados.
Estaba la casa de la divina Lisis desde las tres de la tarde muy concurrida de caballeros y damas, todos nobles, todos ilustres, y todos bien entendidos; que como la fama, con su sonora trompa, había extendido la nueva de que las desengañadoras probaban bien su opinión, y a los cuerdos poco es menester para sacarlos de un error, que en esto más que en otra cosa alguna se diferencian de los necios; viendo que los demás no los tachaban de otro vicio sino de que engañan a las mujeres y luego dicen mal de ellas, no sujetándose a creer que hay mujeres buenas, honestas y virtuosas; y que asimismo hay y ha habido muchas que han padecido y padecen sin culpa en sus engaños y crueldades; y esto ellos mismos lo saben y confiesan; pues el decir mal no es (a lo que entiendo) porque lo sientan así, sino por seguir la variedad de los muchos, como cuando hay una pendencia o una fiesta, que acudiendo al tumulto de toda suerte de gentes, ilustres y plebeyos, si les preguntasen adónde van, responderían que adonde van todos, y lo mismo les sucede en el decir mal de las mujeres; y, como he dicho, ya los nobles reducidos a no seguir en esto la vulgaridad, se habían engolosinado con los desengaños, que aunque trágicos, por verdaderos eran apetecidos.
Acudieron esta penúltima noche más y más temprano, con propósito de no seguir en adelante la opinión de los necios, que bien necio es el que no dice bien ni estima las mujeres; a la buena, porque lo es, y a la mala, por no parecer descortés y necio, pues por decir bien, aunque de lo que se diga sea malo, no se incurre en multas ni castigos, antes se acreditan de ánimos nobles y generosos, y lo demás es vulgaridad y grosería.
Acomodados ya todos en sus asientos, no veían la hora de oír nuevos desengaños para que fuese disculpado su rendimiento, y más ultrajado el bando descortés y común de los vulgares.
Las cuatro de la tarde serían cuando empezaron a salir las damas desengañadoras, tan vistosas y aderezadas, y con tanta bizarría, que solo en verlas se tuvieron por satisfechos de lo que habían aguardado.
Venían adelante Laura y doña Luisa, que como viudas no pudieron mudar traje, con sus vestidos negros y tocas albísimas, y en sus cabezas dos coronas de laurel, y tras ellas las otras damas, todas vestidas de encarnado, con muchas joyas; las cabezas muy aseadas, y encima de los tocados las mismas coronas, como vencedoras triunfantes, y detrás de todas salió la discreta Lisis.
Traía a doña Isabel de la una mano, y de la otra a doña Estefanía, esta con sus hábitos blancos y escapulario azul, como religiosa de la Concepción, y sobre el velo su corona como las demás, pues aunque no había hasta entonces desengañado, segura venía de ser tan valiente como todas.
Lisis y doña Isabel venían de una misma suerte, dando su vista a don Diego no poca turbación; porque habiendo enviado aquel mismo día a su esposa el vestido y joyas con que se adornase, vio que Lisis no traía ni una flor de las que él había enviado, juzgando a disfavor o desprecio el no haberse puesto ninguna cosa de ello.
Venían las hermosas damas con sayas enteras de raso blanco; con muchos botones de diamantes, que hacían hermosos visos, verdugados y abanicos, los cabellos, en lugar de cintas, trenzados con albísimas perlas, y en lo alto de los tocados, por remate de ellos, dos coronas de azucenas de diamantes cuyas verdes hojas eran de esmeraldas, dispuestas estas, como también los vestidos, con singular cuidado desde antes que se empezara la fiesta, cinta y collar de los mismos diamantes, y en las mangas de punta de las sayas enteras muchas azucenas de la misma forma que las que traían en la cabeza, y en lo alto de las coronas, en forma de airones, muchos mazos de garzotas y martinetes, más albos que la no pisada nieve.
Finalmente, salieron tan bizarras y bien prendidas, y tan sumamente hermosas, que en la belleza imitaban a Venus y en lo blanco la castidad de Diana.
Dieron tal muestra de sí que, cuando los caballeros no miraran más de su hermosura, fuera esta el arrepentimiento de sus engaños, pues en ella veían el mayor desengaño de sus cautelas y motivo para que las perdonasen cuanto les habían reprendido, y lo que esperaban en esta penúltima noche; y las más poco atentas al decoro de su honestidad dónde aprender a saberla guardar de los engaños de los hombres, para no verse abatidas y ultrajadas de sus lenguas y conversaciones.
Llegando, pues, al estrado y hecha su cortesía a todos, en pie las aguardaban, y las desengañadoras se fueron con su presidenta Lisis al estrado, doña Estefanía al asiento del desengaño y la hermosa doña Isabel con los músicos, y sentada en medio de ellos, tomó una arpa y con su extremada voz cantó así:
A la desdeñosa Anarda, De la corte nuevo sol, De las vidas basilisco Y de las almas prisión.
De unas sospechas celosas, Jacinto pide perdón; Nueva humildad de ofendido Y nuevo extremo de amor.
Donde ruega el ofendido, Y castiga el agresor, Humillado el agraviado Y severo el ofensor.
Mas no es milagro muy nuevo, Ni por tal le juzgo yo; Porque la ley de Cupido Ya leyes sin leyes son.
Bien sabe que está agraviado, Su cuidado le avisó; Mas el dejarse engañar De amor es nueva razón.
Muere por su amada ingrata, Y aunque fingido el favor, Le admite por no morir A manos de sinrazón.
Y así postrado a sus pies, Está mirando el pastor En sus ojos sus engaños, Y en su boca su traición.
Dice a sus traviesas niñas, No me negaréis que sois, Cuanto bellas, engañosas, Cuanto amadas, sin amor.
Sois para todos suaves, Que no tenéis el rigor Sino con las tristes mías, Que ya esclavas vuestras son.
Pluguiera el cielo quisiese Daros del sol su esplendor, Porque matéis, rayo a rayo, Alma, vida y corazón.
Anduviera más escaso, Negándoos perfección, Pues preciada de hermosura, No ostentárades rigor.
¡Oh, que no vieran las mías En vuestro negro color El luto que por mi muerte Naturaleza os vistió!
Ladronas sois de mi gusto; ¡Ay, rapazas, quién os dio Jurisdicción de prender, De matar jurisdicción!
En los afectos que miro Os contemplo a mí y a vos, Yo abrasado en vuestro hielo, Y heladas en mi calor.
Etna ardiente son mis llamas; Volcán abrasado soy; Pero solo a mí me quemo, Que el fuego nunca os tocó.
Soy Ícaro en el subir A mirar vuestro arrebol; Mas en llegando a la cumbre, Soy derribado Faetón.
¡Ay, mi bellísima Anarda, Deidad en quien adoró La triste voluntad mía Dulces milagros de amor!
No te pido que me quieras, Que era pedir sin razón; Sino que no me maltrates Con tal crueldad y rigor.
Dijo; mas Anarda, ingrata, De sus penas se rio, Que ha jurado de no amar En tiempo que no hay amor.
Porque ya no se usa, si se usó, Que amor, como era viejo, se murió.
No ama ninguno, no, Que vestirse a lo antiguo, ya pasó.
—Cierto, hermosa doña Isabel —dijo acabada la música doña Estefanía—, que procuramos muy bien los engaños de los hombres cuando vos estáis notificando en vuestros versos rendimiento de un galán y desdenes de una dama.
—No todos los versos tienen héroes —respondió doña Isabel—, y advertid, señora doña Estefanía, que yo he cantado lo que ha de ser, y no lo que es; y tengo por sin duda que no todos los poetas sienten lo que escriben; antes imagino que escriben lo que no sienten; demás que, de industria, he querido consolar a estos caballeros con mostrar un hombre firme, para que tengan ánimo y esperen, en la sentencia de esta penúltima noche, buen suceso de su parte, pues pudiéramos, si por milagro se pudiera hallar uno que amase firme y perseverase desdeñoso, perdonar por él a los demás, pues me parece que os han temido después que os sentasteis a desengañar, admirándoos deidad, y que no solo los castiguéis con las palabras, mas lo ejecutéis con las obras.
—Pues así es —respondió doña Estefanía—, vaya de desengaño, advirtiendo que no ha de caminar por lo popular sino por lo majestuoso, que también hay reinas desdichadas, y reyes y príncipes crueles, porque la ley del rigor a todos comprende.
La mayor novedad que más ha de admirar, hermosas damas y gallardos caballeros, es que persona de mi hábito y estado desengañe, siendo la hacienda que primero aprendemos el engañar, como se ve en tantos ignorantes que, asidos a las rejas de los conventos, sin poderse apartar de ellas, bebiendo, como Ulises, los engaños de Circe, viven y mueren en este encantamiento, sin considerar que los engañamos con las dulces palabras y que no han de llegar a conseguir las obras; que si las del siglo fueran cuerdas, a nosotras nos habían de estimar, y aun dar gajes, por vengadoras de los engaños que de los hombres reciben; mas a esto digo que el diablo tal vez, con ser el padre del engaño, desengaña, y así haré yo ahora, que siendo de la profesión de las que engañan, desengañaré; si bien voy segura de que no servirá; porque son por imposibles tan apetecidos nuestros engaños que, mientras más lo rumian y golosean, más se enredan en ellos; y lo mismo fuera con las damas del siglo si no vendieran tan baratos los favores, que los dan a precio de engaños; y si, por ser maestra de engañar, como he dicho, no supiere ser buena desengañadora, me consolaré con saber que no he sido engañada y que no hablaré por experiencia, sino porque me sacrifiqué desde muy niña a esposo que jamás me ha engañado ni engañará.
En la fuerza de mi desengaño pondré lo moral del intento, y consolaré a las damas, asegurándolas de que si no las supiere bien desengañar, las sabré bien vengar; y diré a los caballeros que si de mi desengaño no quedaren bien castigados, lo quedarán si me buscan en estando en mi casa; porque los entregaré a una docena de compañeras, que será como echarlos a los leones.
En Hungría, por muerte del rey Ladislao, entró a gozar la corona un hijo suyo, llamado asimismo Ladislao como el padre (que entonces venía el reino de padres a hijos, no como ahora, por votos de los potentados). Era Ladislao príncipe generoso, gallardo, de afable condición y bien entendido, y de todas maneras amable, y así, desde que entró a reinar fue muy querido de sus vasallos; al cual, amándole príncipe, no le olvidaron rey: solo en el caso que voy contando fue notado de fácil; mas hay lances, aunque mentirosos, con tantas apariencias de verdad, y más si los apoyan celos, que más merecen disculpa que castigo.
Siéndole forzoso tomar estado para dar herederos a su reino, pidió por esposa al rey de Inglaterra a la bellísima infanta Beatriz, su hija, que era de las más perfectísimas damas en hermosura, entendimiento, virtud y santidad que en todos aquellos reinos se hallaba en aquella sazón. Pues siéndole concedida por esposa, y hechos los conciertos y puesto en orden lo necesario, mandó el rey que fuese por la reina el infante Federico, su hermano, mozo galán y discreto.
No cansemos con esto a los oyentes, pues se dice todo con decir que, con ser Ladislao tan perfecto, había opiniones de que con Federico había sido más pródiga la naturaleza, aunque lo desdoraba con ser tan inclinado a los engaños y travesuras con que los mozos oscurecen la virtud, pasando por achaques de la mocedad.
Era Federico de un año menos que el rey, y tan amado de él que muchas veces estuvo determinado (si no fuera por las importunaciones de sus vasallos) a no casarse, porque quedara rey después de sus días.
Puesto en ejecución el viaje y efectuado con próspero suceso, fue recibido Federico en Inglaterra con el contento y aplauso que era debido a un hermano de Ladislao. Dispusiéronse muy solemnes fiestas para cuando, en virtud de los poderes del rey su hermano, diese la mano a la hermosa infanta, la cual hasta este día, que fue al segundo que llegó Federico, no se había dejado ver por su grande honestidad.
Llegó el ya señalado día en que se habían de efectuar los desposorios, y cuando a los ojos de Federico se mostró la bella infanta Beatriz, tan adornada de belleza como de ricas galas, al punto que puso en ella los ojos quedó sin vida: poco digo, sin potencias; no es nada, sin sentidos; levantémoslo más, quedó sin alma, porque todo lo rindió y humilló a la vista de tal hermosura y belleza.
Fue de suerte que, a no serle a la infanta dificultoso de creer que en un hermano de su esposo pudiera tener lugar tal locura, en su turbación conociera el achaque de que había enfermado con su vista. Diole, en fin, la mano Federico en nombre de su hermano, quedando celebrado el matrimonio, y en su corazón una mortal basca de ver ya imposible su amor.
No fue parte para que desistiera de él ver que ya no tenía remedio, ni el considerarla mujer de Ladislao, ni conocer su honestidad, como asimismo la ninguna esperanza que podía tener su desatinado amor; y con este desdichado tormento asistió, en compañía de los reyes de Inglaterra y de la reina Beatriz, su cuñada, a las fiestas, con tanta tristeza que daba que sospechar a cuantos le veían tan melancólico, y más a la reina, que cuantas veces le miraba, le hallaba divertido en contemplar su hermosura; y como era bien entendida, no dejó de imaginar la enfermedad de Federico y conoció de qué procedían sus melancólicos accidentes, y por esto se determinó a no preguntarle la causa, por no oír alguna atrevida respuesta.
No era Federico tan falto de discurso que no considerase cuán mal cumplía con la obligación de quien era, y las que debía a Ladislao: y entre sí se reprendía y decía: «¿Qué locuras son estas, mal aconsejado príncipe? ¡Es posible que te dejes llevar de tan mal nacidos e infames deseos; no digo yo, no siendo hermano y tan amado de Ladislao, sino un vasallo! ¡Es justo que tú imagines en su ofensa, amando y deseando su esposa! Delito tan abominable y feo que, aun entre bárbaros, era para causar escándalos y sediciones, cuanto más entre príncipes cristianos. ¿En qué me tendrá el mundo? ¿Qué dirá Beatriz, si los unos y los otros llegasen a saber mi locura? No, no ha de ser así: mal nacidos deseos, yo os he de vencer, que no tengo de quedar vencido de vosotros.»
Con esto le parecía cobrar fuerzas y valor para resistir la violencia de su apetito; mas apenas volvía a mirar la perficionada belleza de la reina, cuando se le volvía a enredar la voluntad entre las doradas hebras de sus cabellos, y tornaba de nuevo a lastimarse, diciendo: «¡Desdichado fue el día en que yo partí de Hungría, y entré en Inglaterra, y más desdichado en el que vi, Beatriz, tu acabada belleza! ¡Oh Ladislao, ya no hermano, sino enemigo! ¿Es posible que he venido, por tu ocasión, a darme la muerte y llevarte a ti mi vida? ¿Cómo consentiré que goces y poseas el bien que solo me puede hacer dichoso? ¡Ay de mí, que no sé qué consejo tome, ni qué bando siga, si el de mis abrasados deseos o el de la razón! Porque si a ellos he de seguir, me aconsejan que te quite la vida para tenerla, y si a ella, me dice que muera yo, y que vivas tú.»
Con esto estaba tan de veras penando, que parecía a los que han visto visiones de la otra vida. Ya se determinaba a descubrir su pasión a la reina, y ya se reducía a morir callando, si bien no le pesara de que ella, entendiéndole por los contingentes del rostro, le saliera al camino preguntándole la causa de su tristeza; mas, como he dicho, la sabia y honesta señora, no ignorando el intento con que Federico la miraba, excusaba darle motivo para ningún atrevimiento.
De esta suerte pasaron, Federico muriendo y la reina disimulando, sin darse por entendida, juzgando que el día en que Federico se atreviese a perderle el decoro a ella y a su esposo, no cumplía menos que con matarle, acción debida a su honestidad y grandeza.
Los días que estuvieron en Inglaterra, y después los que duró la jornada hasta Hungría, no consintió la reina que jamás la dejasen sus damas un punto sola, y así lo tenía ordenado a todas.
Llegados a Hungría, se celebraron las bodas de Ladislao y Beatriz con grande alegría y satisfacción de los dos, pues a la reina le pareció corta la fama en contar los méritos de su esposo, y al rey que no era Beatriz mujer, sino deidad o espíritu angélico; tal era la virtud, santidad y hermosura de la bella reina, amándola con tanta terneza que no había más que pedir ni desear.
No por ver Federico a su hermano ya en posesión de la que le había robado el alma cesaron sus libidinosos apetitos y sus viles y desordenados deseos, antes, viéndose de todo punto privado del bien, creció con más fuerzas el deseo de alcanzarle, y ardía en rabiosos celos de ver la terneza con que se amaban y correspondían, pues, como a hermano, y tan querido, no se le negaba el ver los más recatados amores que entre uno y otro pasaban.
Él los veía con mortales bascas y no le faltaba más de declararse con palabras, pues con las señales del rostro bien claro lo manifestaba; mas, como en el pensamiento del rey no podía entrar tal malicia, no entendía sino que aquellos desasosegados accidentes le procedían de alguna enfermedad que padecía, y confirmábalo con haberle dicho Federico algunas veces, a quien había preguntado qué tenía, que hacía muchos días antes de ir a Inglaterra que padecía una mortal melancolía, que cuando le apretaba, le forzaba, olvidado de su prudencia, a hacer semejantes extremos; y si bien había tratado, compadecido del mal de su hermano, que famosos médicos le curasen, había sido sin fruto, porque males del alma pocas veces o ninguna se sanan con hacer remedios al cuerpo.
No lo sentía así la hermosa reina, que como más acertado médico había entendido de qué accidentes nacía la enfermedad de Federico, y hallando sin remedio la cura, pedía a Dios le abriese los ojos del entendimiento para que, conocido su error, saliese de él.
Muchas veces Federico, rendido a su hermosa pasión, se echaba en la cama y se sujetaba a que obrase en él la medicina, hallándose tan flaco y rendido que quisiera que las erradas curas acabaran con su vida; y otras, furioso y desesperado, se levantaba y, como loco, decía que le mataban. En fin, con vida tan poco sosegada y ánimo tan inquieto, vino a ponerse tan flaco y descolorido, negándose a cuantos gustos y entretenimientos su hermano y los grandes del reino le procuraban, y también a la compañía de los caballeros mozos que le seguían y ayudaban en sus pasadas travesuras; porque tratarle de gustos y entretenimientos era darle mil dilatadas muertes.
Un año podría haber que estos dos amantes y esposos gozaban las glorias de su amorosa compañía y bien pagado amor, y Federico las penas infernales de vérselas tener, cuando otro príncipe comarcano deseó engrandecer y aumentar su reino, y dilatar su señorío con el de Ladislao, y para conseguirlo le empezó a hacer guerra por los confines de su reino, de suerte que fue fuerza acudir a la defensa de él, porque le destruía todo cuanto podía alcanzar.
Pues viendo Ladislao que Federico, por su larga, prolija y no entendida enfermedad, no estaba para asistir a la guerra, dispuso él ir en persona a defender su tierra, de que no le pesó a Federico, fortaleciéndose con algunas esperanzas de remedio, faltando el rey, su hermano, del lado de su esposa, pues estaba ya tal este desventurado amante que, si hallara ocasión para aprovecharse de la fuerza, no la dejara, ni por la ofensa de Dios ni de su hermano. ¡Ah, riguroso desacierto de un hombre mal aconsejado con su mismo apetito, que ni mira la justicia divina, ni la ofensa divina y humana!
Dispuso Ladislao su partida bien contra la voluntad de la reina; y más cuando supo que a ella y a Federico les quedaba la gobernación del reino, con orden de que el uno sin el otro dispusiesen cosa alguna, temiendo que en la ausencia del rey no la pusiesen sus atrevimientos en algún cuidado; mas hubo de obedecer en todo, por no inquietar con nuevos cuidados el corazón de su esposo, ni hacerle sabedor de los de Federico.
Juntó el ejército y partió el rey, con gran sentimiento de la hermosa reina; tanto, que en más de un mes no se dejó ver de nadie ni se despachó negocio alguno, por no salir en público en la mitad del mar de sus lágrimas, hasta que, viendo era ya fuerza acudir al cargo que le quedaba ordenado, salió a comunicar con su traidor cuñado el despacho de las cosas tocantes al reino; mas con tanta honestidad, que apenas se podía hallar en ella causa para tenerla por menos que deidad.
Otras veces entraba en su cámara Federico a consultar los papeles, con lo que, si antes estaba perdido, ahora se remató con tanto extremo que casi se declaraba con palabras equívocas y decía su pasión con señas bien claras, de modo que las damas que asistían siempre a la reina, por orden suya, ya conocían de qué causa procedía el mal de Federico, y lo platicaban unas con otras, a excusas de la reina.
Determinado estaba Federico a descubrir a la reina su amor, y andaba buscando modo para hacerlo, si bien unas veces temía y otras se animaba, y muchas, paseándose por las salas, decía:
—¿Es posible que sea mi atrevimiento tan cobarde que tema decir mi pena a la causa de ella? ¿Qué es esto que me acobarda? ¿Qué importa que Beatriz sea honesta? ¿Qué me detiene el que sea virtuosa? ¿Por qué me acobarda el que sea mujer de mi hermano, si tras todo esto es mujer y puede ser que, por ignorar que ella es la causa de mi mal, no le haya dado el remedio; pues sabemos que las mujeres, en viéndose amadas, aman, y en amando, todo cuanto hay aventuran? ¿Tan poco merezco yo que no conseguiré que me ame Beatriz? Mas, ¡ay de mí!, ¿cómo me ha de amar, si está adorando a su esposo y jamás la veo enjutos los ojos en su ausencia? Pues a una mujer que ama a otro dueño, ¿no es locura intimarle nuevo amor? Claro está que, si a tal me atrevo, airada me ha de dar la muerte; mas ¿qué más muerte que la que padezco? Bien rigurosa por ser dilatada, que, ya que se muera, comodidad es morir presto; mas, ya puede ser que me engañe, y yo mismo me quite la gloria que por el purgatorio que padezco me es debida, pues podría ser que la reina no sintiese tan mal de mi atrevimiento, que es mujer, y en siéndolo, todo está dicho. Ánimo, cobarde corazón, y determínate a declarar tu pena, que lo cierto es que, si Beatriz no sabe que la amo, ¿cómo me ha de amar? Si ignora que padezco por su causa, ¿cómo me ha de remediar? Pues si es así, como lo es, y el proverbio moral dice que a los animosos ayuda la fortuna, en ella fío, y con esta confianza declararé a Beatriz mi pasión amorosa, y si muriese por atrevido, más honor será que morir de cobarde; y si muriese por su gusto, a buenas manos muero.
Con esto se entró en su aposento, y escribiendo un papel con varios acuerdos que primero tuvo, le puso entre unos memoriales que aquel día había de consultar a la reina, y con ellos fue donde estaba con sus damas, tan turbado, que de verle la reina temblar la voz y los pasos se asustó, temiendo que Federico se quería declarar con ella; mas, por no darse por entendida ni temerosa, le recibió con amable y honesto semblante: mandole sentar, lo que él quisiera excusar, porque en su presencia, mirando la reina los memoriales, no leyera el suyo; mas al fin lo hizo, y después de haber hablado de la ausencia del rey y estado de la guerra, y otras cosas de que más gusto podían tener, le dijo Federico (no porque hubiese sucedido, sino por ver qué hallaba en ella):
—Cierto, señora, que hoy me han contado un caso que pasa entre la justicia ordinaria de esta corte, que es bien para admirar, y es que dos hermanos que hay en ella amaban una mujer, y el mayor, o por más rico o más dichoso, la mereció por esposa, con que el menor quedó tan desesperado que, viéndose morir, hallando ocasión, por fuerza gozó a su cuñada. Hase sabido, y está preso por ello, y no se atreven a publicar sentencia contra él porque el marido, que está inocente del hecho, no lo entienda, y no saben qué medio tomar en el caso.
—¿Pues qué medio puede haber —respondió la reina— sino castigar al culpado? Pues cuando el marido lo sepa, sabrá que queda vengado su agravio.