Los monfíes de las Alpujarras: novela original (part 4 of 5)
--Nadie, ni los pájaros, me contestó: cuando una cabra se pierde hácia allá preferimos perderla á acercarnos en su busca al sitio maldito: y se pierden muchas, señor: yo creo que las atraen los brujos que viven en el palacio, para devorarlas.
--Mirad no hayan corrido esa voz los monfíes para tener un albergue seguro.
--Ningun monfí se atreveria á llegar al sitio á donde vos llegásteis cuando os llamé: y eso que los monfíes son valientes como demonios.
--¿Y conoceis vos á los monfíes? cuasi nadie los conoce.
--No los conocerán las justicias, ni los cuadrilleros, ni los soldados del rey: pero los pastores de la sierra es distinto: como que nos compran cabras y corderos y muchas noches duermen en nuestras majadas. Si no fueran moros y tan crueles, son buena gente: buenos mozos, gastadores, y bravos, eso sí, como lobos: á los pastores nos tratan bien: pero desdichado del pastor que dice que los ha visto...
--¿Con que tambien esos valientes monfíes tiemblan de acercarse á la sima maldita?
--Ya os digo que se dejarian coger y arcabucear por los soldados del rey antes de pasar de ciertas piedras que están puestas como señales alrededor de la síma.
--Pues os agradezco el que me hayais salvado de tal peligro.
--No habeis tenido mala suerte en que yo os vea. Ahora bien, he aquí el camino de Orgiva.
--Es que yo no iba á Orgiva, le contesté: por lo que me decís, me he perdido.
--¿Pues á donde ibais?
--A Cádiar.
--¡Diablo! pues teneis que desandar el camino, y un mal camino: atravesar el puerto que estará cerrado...
--No importa, solo que estoy cansado.
--Pues meteos en una cortijada, descansad y tomad un guia.
--No, no, prefiero otra cosa. ¿Me vendeis vuestro asno? le dije señalando el que llevaba en el hato.
--Es un jumento nuevo y de buena casta que puede cargar con una iglesia, me dijo.
--Pues mejor, asi podrá aguantar una buena jornada.
--Es que yo no le venderé en menos de diez ducados.
--No quede por eso tomad doce.
Y sacándolos del bolsillo los di al pastor.
--Vamos á aquella cortijada, me dijo; descargaré al pollino y os le llevareis.
Poco despues, y habiéndome dado el pastor las señas del camino por donde debia ir para llegar al puerto, me encontraba cabalgando en mi asno por la senda de un áspero desfiladero.
A mis piés veia la especie de embudo donde está situada la sima de la princesa encantada.
Estaba enteramente solo; descendí, llegué á las quebraduras; ví la roca á quien creen una mujer encantada, y encontré esta gruta: ¡ah! ¡á propósito! deteneos un momento Cisneros: ¿veis ese agujero abierto debajo de esa enorme roca?
--Sí.
--Pues ahí hay un barril de pólvora.
--¡Un barril de pólvora! ¿y para qué?
--En el centro de la primera gruta, me habia olvidado de deciroslo, hay otro, y otro á la entrada de la galería, junto al lugar que sirve de establo al asno. Estos tres barriles son mi defensa.
--¡Ah!
--Si, estoy ya escarmentado: si en otra ocasion hubiera tomado las mismas precauciones, mi suerte seria otra, y acaso otra la vuestra, porque entonces no hubiera venido á España con Angiolina.
--Pero no comprendo...
--Mis proyectos son tales, que puede suceder que me vea perseguido ya por los tercios del rey, ya por los mismos monfíes. En un extremo, al entrar en la gruta pongo fuego á la primera mecha, despues á la segunda, por último á esta.
--Pero os sentenciais á volar hecho pedazos.
--No por cierto: la explosion se efectúa siempre de abajo arriba: nunca de arriba á abajo.
--Deben ser terribles vuestros proyectos cuando de tal modo os preparais.
--Vamos adelante Cisneros y sabreis parte de esos proyectos. Os anuncio que vamos á penetrar dentro de poco en un verdadero palacio.
--¿Será verdad lo del encantamento?
--Si lo del encantamento no es verdad, estoy seguro que si estas rocas habláran podrian contarnos alguna historia, y aun historias de mucho interés.
--¿Y creeis vos que se hayan abierto exprofeso estas galerías para hacer un palacio en las entrañas de la tierra?
--No amigo mio: estas galerías se han abierto para otro objeto; esta es sin disputa una antigua mina romana, ó acaso mas antigua; á poco trabajo encontrareis sobre el terreno escorias de fundiciones de plata; mirad un pequeño fragmento.
Y Laurenti levantó del suelo una partícula de una materia gris oscura y esponjosa.
--En lo que no cabe duda, es en que algun rico bandido, ó algun señor rebelde se han aprovechado de estas y otras minas para ocultarse y de que, para hacerlas mas cómodas han construido en ellas algunas habitaciones con el bello gusto de los árabes. He aquí que llegamos á un punto en que podeis admirar esa delicada arquitectura.
En efecto tenian delante un arco árabe estucado, medianamente conservado, pero sin puerta.
--¡Ah! dijo Cisneros, esto se parece á la Alhambra.
--¡Si! el mismo adorno, el mismo primor, pero mas reducidas las habitaciones: bajad la cabeza sino quereis tropezar en el arco.
Entraron y se encontraron en una pequeña habitacion cuadrada embaldosada de marmol, estucada, con techo de bovedillas.
Al fondo habia una puerta mas alta que la anterior que daba paso á una galería, á cuyos costados habia algunas puertas, y á cuyo fin se abria otro arco, por el que se ingresaba en una gran cámara.
--Esto es muy bello, dijo Cisneros.
--Ya lo creo; es un verdadero alcázar algo deteriorado.
--Y en el que hace algun frio.
--Lo que prueba que el aire tiene comunicacion.
--¡Cómo! ¿no estais seguro de ello?
--No he tenido tiempo de recorrer la mina. Las únicas habitaciones que existen son las que habeis visto y las que corresponden á la puerta por junto á las cuales acabamos de pasar. Esta cámara, no tiene mas que una entrada y dos alcobas: mirad: el pavimento es magnífico: de mosáico aunque empolvado y sucio: mirad qué bella es la fuente del centro; lo que prueba que hay algun valle ó barranco mas abajo del nivel de esta habitacion adonde puedan ir á parar las aguas: el encañado debe estar en buen uso, porque ayer la fuente corria: Cuando salí al aire libre vi que habia llovido.
--Pues ha sido un hallazgo este escondite, dijo Cisneros, porque yo no sabia donde meterme: me conoce el emir de los monfíes, me conocen Aben-Humeya y Aben-Aboo, me conocen en fin otras muchas personas por temor de encontrarme con las cuales, he andado á salto de mata, durmiendo en los ventorrillos y aperreándome por los cerros.
--Agradecedme, pues, el que haya pensado en vos, al establecerme aquí.
--¡Como!
--Aquel es vuestro aposento, dijo Laurenti señalando uno de los alhamies ó alcobas: venid y juzgad.
Dirigiéronse allá, y Cisneros con gran asombro encontró un lecho y una pequeña mesa con algunas botellas.
--Es cuanto aquí nos hace falta, dijo Laurenti: vino que beber y lecho en que descansar.
--Y el vino es bueno, dijo Cisneros empinando una botella.
--Es de la tierra.
--Pero falta algo mas.
--¡Qué!
--Algo que comer.
--Mi olla debe estar cocida, dijo Laurenti.
--¡Diablo! sois un hombre que de nadie necesitais.
--Si tal, he necesitado de un jumento que traiga nuestras camas, nuestros víveres y nuestra leña, á mas de dos buenos arcabuces que hay en aquel rincon.
--Sois todo un hombre, señor Godinez.
--Voy á traer leña, la encenderemos, pondremos junto á ella nuestra mesa, comeremos, beberemos, y acabaremos de entendernos.
Algun tiempo despues, sentados en dos taburetes de pino, teniendo en medio una mesa, en que se veian dos botellas, un vaso y una fuente de estaño, en que humeaba una olla podrida, al lado de una hoguera que ahumaba la habitacion, comian y bebian callando, en uno de esos primeros momentos de la comida, en que solo se atiende á un apetito exigente, Laurenti y Cisneros.
--Vamos á ver, dijo el primero al segundo, sacando un enorme reloj de bolsillo: son las once del dia, hasta las cuatro de la tarde en que necesitamos ponernos en marcha, van cinco horas: en cinco horas de buena conversacion, se puede convenir en muchas cosas.
--Os digo en verdad, amigo Godinez, contestó Cisneros, que me encuentro en las Alpujarras, y metido segun creo en una grande empresa, sin que yo me dé otra razon de andar en estos pasos, mas que mi empeño por una mujer, que se ha burludo de mí, que se ha burlado, por lo que entiendo de vos, cuya historia es un misterio, y cuyo fin podrá ser desastroso. Yo he tenido amores con muy nobles y hermosas damas; he gozado del favor y de la amistad de poderosos señores; he manejado á mi antojo á un príncipe, y he jugado con mi fortuna, sin pararme nunca á considerar en qué vendrian á parar mis aventuras: nunca una mujer ha dominado mi corazon como le domina la princesa: si me hubieran dicho que por esa mujer habia yo de olvidar mis proyectos, mi conveniencia, cuanto me interesa; que me habia de ver reducido á una vida casi miserable, sin dinero, sin amistades, aislado enteramente, sujeto como un niño, y corriendo trás ella por cerros y valles, no lo hubiera creido.
--No hay burlas con el amor, dijo Laurenti: esa mujer os arrastra, os lleva consigo, os atrae, os desespera: teneis zelos: zelos mortales: teneis sed, una sed inextinguible de hacerla vuestra, y junto con esto, la rabia de veros burlado, porque esa mujer se ha burlado de vos.
--Es verdad.
--Yo tambien voy detrás de esa mujer, pero con distintas intenciones: yo la conocí por una venganza, y por una venganza me apoderé de ella: se la robé á su padre: pero cuando se toma por medio de venganza una mujer tal como Angiolina, nuestra venganza nos hiere, porque nos hace esclavos: al poco tiempo de haberme apoderado de Angiolina, la amaba; la amaba, no sabré deciros cómo, porque yo nunca habia amado, pero me parecia que el ser de ella, se habia trasladado al mio; que respiraba con su aliento, que mi corazon latia en el suyo... ¡ah! fuí muy imprudente en tomar por instrumento de una horrible venganza á Angiolina: ella me recuerda mi venganza: me la recuerda todos los días, á todas horas, porque desde que me apoderé de ella, hasta hoy (y han pasado diez años), no he dejado de verla continuamente, á excepcion de dos meses, el año pasado, que vine á Granada: siempre que la veo, tan hermosa, y al parecer tan pura y tan casta, se levanta ante mis ojos, detrás de ella, otra mujer hermosa, que en mal hora dejó de ser casta y pura: otra mujer que me mira con sus dulces ojos grandes y melancólicos y que me acusa. Nunca que miro á Angiolina, dejo de ver el espectro de esa otra desdichada: nunca veo esa figura sangrienta, sin que mi corazon se hiele y se estremezca, por mas que mi semblante continúe impenetrable: ese fantasma que vive eterno detrás de Angiolina, es mi remordimiento, mi horrible remordimiento, mi infierno.
--¿Fue una mujer que abandonásteis por Angiolina? dijo con interés Cisneros.
--No; contestó roncamente Laurenti; fue una mujer á quien maté: á quien maté á puñaladas, á pesar de que pedia á gritos la vida; la vida, no para ella, sino para el hijo que llevaba en sus entrañas.
Laurenti se estremeció de una manera visible, y calló.
--Mucho debió ofenderos esa mujer, cuando tan cruel fuísteis con ella: ¿era acaso vuestra esposa?
--Era mi hermana, contestó con acento sepulcral, horrible, tremendo como una blasfemia, reconcentrado como el rugido de un leon á quien devora la calentura.
Cisneros se puso de pié de una manera instintiva, y miró con terror á Laurenti.
--¡Matásteis á vuestra hermana! exclamó.
--Si, pero sentaos: la maté... y ya no tiene remedio: pero esa catástrofe horrible, aumentó mi amor por Angiolina: durante diez años la he seguido á todas partes encubierto, disfrazado, sirviéndola, tendiéndome á sus pies como un esclavo, procurando hacerme amar de ella, y recibiendo solo en pago, indiferencia; la indiferencia de un mal amo respecto á su criado: pero al menos no tenia zelos: si Angiolina no me amaba, al menos no amaba á nadie; pero una noche, Angiolina entró en su casa con un hombre: con la frente alta, sin recatarse de sus criados, é introdujo á aquel hombre en sus mismas habitaciones como si hubiera sido su marido. ¿Y qué creeis que hice yo?...
--¡Esperásteis á aquel hombre á la salida, y le matásteis...!
--No le maté, ese hombre vive... es el marqués de la Guardia.
--¡Ah!
--Pasé la noche sufriendo lo que ningun hombre ha sufrido jamás, pegado á una pared medianera de los aposentos de Angiolina; pegado el oído á la pared, oyendo, percibiendo cuanto Angiolina en su enamorado delirio dijo y concedió á aquel hombre.
--¿Y no le matásteis al salir?
--No, porque tuve miedo.
--¡Miedo! ¿y de qué?
--Miedo de que me aborreciese Angiolina.
--¡Ah! repitió Cisneros.
--Vos no sabeis lo que es amar: si yo la hubiera amado menos, ella hubiera sido la que hubiera muerto: pero era su esclavo, y lo soy aun.
--Y entonces, ¿de quién quereis vengaros?
--¿De quién? de el hombre que ha tenido la culpa de que Angiolina ame al marqués.
--No os comprendo.
--Angiolina jamás hubiera amado, porque era honrada: porque aun cuando ella creia no haber pertenecido á su marido, aunque no le amaba, le estaba agradecida y hubiera respetado su nombre.
--¿Por qué decis que Angiolina creia no haber pertenecido á su marido?
--Porque ese marido, el príncipe Maffei Lorenzini, era una moneda falsa, no habia tal príncipe.
--¿Pues quién era ese hombre?
--Ese hombre era yo: yo que habia tomado un disfraz impenetrable y un nombre supuesto; yo que gastando mis tesoros de bandido, sostenia el fausto con que Angiolina se presentaba en la córte como princesa.
--¡Ah! ¡sois un hombre extraordinario!
--Decia, pues, que Angiolina, por un amor vulgar nunca hubiera manchado ante las gentes el nombre de su esposo. Pero las mujeres en general vienen al mundo con un grave pecado: con el pecado de la vanidad.--Angiolina se habia acostumbrado á ser la reina de las damas de la córte por su hermosura y por su fausto: yo gastaba cuanto era necesario: el homenaje y la envidia de los caballeros y de las damas de la córte, mantenian satisfecha su vanidad; pero cuando se presentó en Madrid la sultana Amina, ó doña Esperanza, ó la hermosa duquesita, como dieron en llamarla...
--La hermosa de las hermosas, la rica entre las ricas: la altiva entre las altivas, observó Cisneros.
--Decís bien: esa fatal mujer á cuya influencia debo la amargura que tengo en el corazon.--A poco de presentarse en la córte la sultana, noté con terror que Angiolina la envidiaba.--Nadie sabe hasta donde puede llevar la envidia á una mujer, y yo lo temí todo.--En efecto, Angiolina notó que la sultana estaba enamorada; buscó el hombre de su amor, le encontró, y por una sucesion de fatales consecuencias, se hizo querida del hombre á quien amaba la sultana, pretendió robárselo... la vanidad y la envidia llevaron á Angiolina respecto al marqués, al mismo punto á que á mi me llevó mi venganza respecto á Angiolina: se enamoró perdidamente del marqués de la Guardia. Pues bien, ¿quién es la causa de que Angiolina haya contraido ese empeño?
--Indudablemente la sultana Amina; pero acaso, acaso, sin la sultana, Angiolina se hubiera enamorado del mismo modo del marqués.
--No la conoceis: el marqués la habia galanteado: y por lo mismo que el marqués estaba reputado entre las damas de la córte por un hombre irresistible, su vanidad hubiera defendido de él á Angiolina.
--¿Quién sabe?
--Sea como quiera, la causa palpable de mi desgracia es la sultana. La causa de haber ido la sultana á la córte, la ambicion del emir de los monfíes. Necesitaba, pues, no atreviéndome á saciar mi corage en Angiolina, no pudiendo, saciarle en otro: hay rabias que necesitan matar. Mi rabia se volvió al emir y á su hija. El rey don Felipe, supo que el duque viudo de la Jarilla era el emir de los monfíes: la córte supo que la hermosa hija del duque, estaba deshonrada por el amor del marqués de la Guardia: el mismo emir, en una ocasion solemne cayó á mis pies bañado en sangre, y la Inquisicion se apoderó de él: libráronle del Santo Oficio sus monfíes: pero no importa; el golpe de gracia, el golpe que acabará de hacer pedazos su corazon, que le exterminará, se lo daré yo aquí, en las Alpujarras, en medio de su ejército: golpe terrible, del cual se encargaran tales manos, que Satanás escribirá mi venganza entre las mas terribles que halla producido el odio humano.
Laurenti, calló, apoyó la cabeza entre sus manos, y quedó profundamente pensativo: Cisneros le miraba con terror.
--Ahora bien, dijo Laurenti alzando de nuevo la cabeza, despues de algunos momentos de silencio; cuento con vos para mi venganza.
--¡Conmigo! ¿y qué he de hacer yo?
--Ya habeis oido que doña Elvira de Céspedes, viuda de don Diego de Córdoba y de Válor, está en Cádiar. Lo habeis oido de boca del mismo emir de los monfíes.
--¿Y bien?
--El emir ha recomendado al Ferih con un acento particular esa dama.
--¿Y bien?
--Es necesario que vayais á verla.
--¿Y con qué pretexto?
--Por ejemplo: vos conoceis á Aben-Humeya.
--Mucho: como que el tal está tambien enamorado de Angiolina, y travó amistad conmigo para aproximarse á ella por mi medio.
--Pues bien, presentaos á doña Elvira, y decidla: que habiendo escapado su hijo de Granada, y sabiéndose que los moriscos piensan sublevarse, acudís á ella para que por su mediacion, os admita su hijo á su servicio.
--Pero no veo lo que en eso pueda convenirme.
--Esta es una de las primeras mallas de una red, en que os juro se cogeran tantas cosas, contribuyendo vos á ello, que el rey de España os perdonará por lo de marras, y os dará cuanto querrais.
--Pero Angiolina...
--No hay que pensar en ella... ni os ama, ni me ama; esa será otra de las buenas presas que queden en la red: no pudiendo obtener á Angiolina, os importa abriros un camino para volver á la córte: vos fuera de Madrid vivís como el pez de mar en agua dulce: estais mareado: procurad, pues, enmendar vuestra mala suerte, y para eso servidme: yo necesito ser una doble persona: vos sois alentado y astuto, y me convenís.
--¡Qué diablos! dijo Cisneros, mas perdido que estoy no puedo estarlo: haré cuanto querais.
--Y no hareis nada que no sea en provecho vuestro: preparaos, sin embargo, y fortaleceos, porque la empresa es dura y llena de peligros.
--Entre peligros ando hace mucho tiempo, y de todos ellos me ha sacado después de Dios, mi buen aliento.
--Pues por lo pronto, hemos convenido en lo que debemos convenir: esta tarde nos pondremos en camino, y esta noche entraremos en Cádiar. Con que si teneis sueño, que bien podrá ser, segun lo que habeis trasnochado y andado por cerros, dormid, que yo os llamaré cuando sea hora.
Cisneros que comprendió que aquel terrible y misterioso Godinez, que se habia convertido en su señor, no tenia mas ganas de hablar, y sintiéndose por otra parte cansado, se metió en el alhami ó alcoba que Laurenti le habia dicho era su aposento y se acostó, y á poco se durmió.
Laurenti, cuando le oyó roncar, se levantó, fué á un rincón donde tenia su maleta, la abrió, sacó de ella una cartera, y volviendo á sentarse junto á la mesa, sacó de la cartera unos papeles y se puso á meditar sobre ellos con profunda y terrible atencion.
CAPITULO XIX.
El exámen de doctrina cristiana.
A las once de aquel mismo dia, el inquisidor Molina de Medrano, acompañado del licenciado Juan de Ribera, del guardian de San Francisco, de algunos clérigos y frailes, del corregidor, del capitan Diego de Herrera y de algunos castellanos viejos vecinos de Cádiar, entró en la iglesia.
Quedaron fuera, Juan Hurtado Docampo, con los arcabuceros, los timbales y los alguaciles de la Inquisicion.
Desde el momento en que el inquisidor Molina de Medrano entró en la iglesia, una campana empezó á tañer un toque lento y acompasado.
Aquel toque llevó el terror á los oídos de todos los moriscos, porque aquel toque era la voz que les llamaba á la iglesia para ser examinados de doctrina cristiana.
Cuando resonaba la campana tañendo de aquel modo, todos los moriscos tenian obligacion estrecha, bajo severas penas, de acudir á la iglesia, sucediendo muchas veces, que el terror hacia dejar el lecho á los mismos enfermos.
Apenas empezó el toque, de todas las casas de la villa empezó á salir gente que se encaminó á la iglesia.
Bien pronto esta se encontró llena de una multitud vestida en su mayor parte con el pintoresco trage árabe, notándose solo que las mujeres no llevaban albornoz ni nada que las cubriese el rostro.
No era aquel un pueblo cristiano, que lleno de fe y por su libre y espontánea voluntad acude al templo y se arrodilla ante los altares: era un pueblo que iba allí llamado por una campana inexorable que parecia decirles con su lúgubre son:--El que no acuda será condenado:--todos estaban de pié, apilados hácia el fondo de la iglesia, vista desde el presbiterio, dejando vacio un gran espacio entre las sillas que á los piés del altar mayor ocupaba el inquisidor Molina de Medrano, teniendo á su derecha al beneficiado Juan de Ribera, á su izquierda el sacristán Barbillo, que tenia en las manos un papel en que se fijaban de una manera medrosa las miradas de los moriscos, y detrás de su silla, los clérigos de la iglesia, el guardian y los padres graves del convento de San Francisco, y por último, los familiares y alguaciles del Santo Oficio. Ademas, y para no perdonar intimidacion ni aparato, á derecha é izquierda del presbiterio, en su primer escalon habia dos soldados de la fe con las alabardas al hombro.
En el espacio que quedaba libre entre el presbiterio y el semicírculo demarcado por la primera fila de los moriscos, habia algunas personas arrodilladas: eran estas personas, dona Isabel de Córdoba y de Válor; Aben-Aboo, su hijo, Angiolina Visconti, Mariblanca, Tomás el Ansarí, y algunos otros cristianos viejos, alguaciles y oficiales castellanos, y moriscos ricos, conocidos por todo el mundo como convertidos de buena fe.
Todas estas personas que estaban arrodilladas, parecian buenas cristianas por su actitud recogida y tranquila, en contraposicion de los moriscos que estaban de pié al fondo de la iglesia, y cuyos semblantes, no solo se mostraban disgustados, sino hostiles.
Angiolina Visconti por su parte, al ver de improviso ante sí al inquisidor Molina de Medrano, palideció y se cubrió instintivamente el semblante con el manto. Molina de Medrano habia fijado en ella una mirada penetrante, y hasta cierto punto amenazadora: esto consistia, en que Molina la habia conocido el año anterior, en razon á las actuaciones del proceso fulminado por el Santo Oficio contra Yaye, y en razon á pasar Angiolina en la córte por esposa del príncipe Lorenzini Maffei, á quien se atribuia la herida que habia entregado al emir de los monfíes al Santo Oficio. Angiolina habia desaparecido de Madrid por el mismo tiempo de la fuga de Yaye, y esta circunstancia y la de encontrar á la princesa en las Alpujarras, llenaron de alegria la negra alma del inquisidor, que creyó haber encontrado un precioso hilo, que podia llevarle á una rehabilitacion de la influencia del Santo Oficio que tan mal parada habia quedado en el asunto de Yaye. Disimuló sin embargo Molina de Medrano, y Angiolina, comprendiendo que era peor mostrar miedo, que afrontar con valor aquella situación, descubrió de nuevo el rostro, y acercándose á doña Isabel, la dijo con recato:
--Es necesario que no digais que soy vuestra parienta, sino que he venido á parar á vuestra casa.
Doña Isabel miró con turbacion á Angiolina.
Molina de Medrano se apercibió de todo esto.
Despues de algunos momentos en que el inquisidor estuvo comtemplando con su mirada de buho á los moriscos que tenia ante sí, se levantó, y con voz tonante y acento enérgico y duro, les manifestó el objeto de su visita: que su magestad el católico rey de las Españas, y el Santo Tribunal de la Inquisicion, estaban indignados contra ellos, por la tibieza de su fe, y por la tenacidad con que conservaban sus trages y sus malas y reprobadas costumbres, contra los mandamientos de su magestad; que el rey y la Inquisicion le enviaban para poner remedio á todo aquello; que estaba decidido á obrar con un vigor saludable, y que iba á examinarlos en el acto de doctrina cristiana.
[imagen: Mariblanca.]
Despues de esto, se volvió á maese Barbillo que continuaba con su papel en ristre, y le dijo.
--Id llamando á los vecinos, uno por uno, desde el mas alto, hasta el mas bajo, sin dejar nombre que en el padron se encuentre, hasta los niños de siete años.
Maese Barbillo, se caló las antiparras, arrojó una mirada sobre el papel, y dijo:
--¡Doña Isabel de Córdoba y de Válor, viuda de Miguel Lopez!
Levantóse doña Isabel de donde estaba arrodillada, y se acercó tranquila, pero pálida, al inquisidor.
--¿Sois vos esa doña Isabel á quien ha llamado el sacristan? dijo Molina con voz áspera.
--Yo soy, contestó doña Isabel.
--¿Cuánto tiempo hace que os habeis bautizado?
--El tiempo que cuento de vida.
--¡Ah! ¿sois cristiana desde la cuna?
--Lo es mi familia desde la conquista de Granada.
--¡Lástima que tan noble familia se olvide de sus obligaciones para con Dios y para con el rey! Vos debeis ser parienta de don Fernando de Válor.
--Soy su tia, hermana de su padre.
--¿Y sabeis que don Fernando de Válor anda huido?
--Sé que tuvo contestaciones en el cabildo de Granada, y que por resultas de ellas, ha desaparecido.
--¿Conoceis los misterios de la Religion Católica Apostólica Romana?
--¡Oh! si señor, y los adoro.
--¿Qué teneis que decir de esta mujer? preguntó el inquisidor volviéndose con una ruda grosería al beneficiado.
--Esa señora, dijo Juan de Ribera, es un modelo de piedad, y de caridad cristiana.
--¿De modo que no hay necesidad de examinarla?
--Vuestra señoría puede hacerlo si gusta, y yo me alegraré mucho, porque conozca vuestra señoria á una excelente cristiana.
[imagen: El inquisidor Molina de Medrano.]
--Apartaos, pero no os vayais de la iglesia, dijo Molina de Medrano.
Doña Isabél fué á sentarse en un escaño.
--Seguid, dijo el inquisidor á Barbillo.
--Diego Lopez Aben-Aboo, dijo el sacristan; hijo de Miguel Lopez, difunto, y de doña Isabel de Córdoba y de Válor.
Adelantó Aben-Aboo.
--Soy cristiano desde que nací, como mi madre, dijo con impaciencia el jóven, sé la doctrina cristiana desde el principio hasta el fin, y soy bueno y leal vasallo de su magestad.
--Pero sois soberbio y poco respetuoso; nadie os ha preguntado.
--Preguntad cuanto querais.
--¿Es cristiano como su madre este mozo? dijo el inquisidor volviéndose á Juan de Ribera.
--Oye misa, y cumple con los preceptos de la Iglesia.
--¿Está instruido?
--Si señor.
--¿Da escándalos?
--No señor.
--¿Cumple las pragmáticas de su magestad?
--Si señor.
--¿Y respeta su justicia?
--Nunca ha sido preso ni aun reprendido.
--¡Sois primo hermano de don Fernando de Válor! le dijo con voz tonante el inquisidor.
--Su primo soy, contestó Aben-Aboo.
--¿Y sabeis donde para vuestro primo?
--Mi primo vive en Válor, y yo en Cádiar. Apenas nos tratamos.
--Bien, retiraos, pero no os vayais de la iglesia.
Aben-Aboo, fué á sentarse junto á su madre.
--Seguid, dijo el inquisidor á Barbillo.
--Doña Angélica, forastera, que vive en casa de doña Isabel de Córdoba y de Válor, su parienta.
Adelantó Angiolina, y posó una mirada serena y altiva en el inquisidor.
--¡Ah! ¡ah! hénos aquí otra vez frente á frente, señora princesa, dijo con sarcasmo Molina de Medrano: por cierto que no esperaba yo volver á ver á vuecencia tan lejos de la córte y entre tales parientes.
--Yo no tengo aquí ningun pariente, contestó con altivez Angiolina; aquí no hay ningun Visconti. Pero como soy viuda...
--¡Ah! ¿ha muerto el señor príncipe?
--Si señor: mi salud requeria el aire de las montañas, y lo repito, como soy viuda y jóven, al venir á parar casa de mi buena amiga doña Isabel, convinimos en que pasaria por su parienta.
--Es extraño que os hayais venido á tomar los aires en una tierra por donde anda sin duda vuestra antigua amiga la duquesa de la Jarilla con su noble padre, y donde ademas se encuentra otro vuestro grande amigo, el señor marqués de la Guardia.
--Creo que no sean estas cosas para tratadas en un templo, dijo con altivez Angiolina.
--Teneis razon, estos asuntos deben tratarse en otra parte; por lo mismo, tened la dignacion de esperar, señora, á que yo concluya la importante comision que traigo. Seguid, añadió el inquisidor, mientras Angiolina se retiraba al escaño donde estaban sentados doña Isabel y Aben-Aboo.
--Mariblanca, morisca, que antes de convertirse se llamaba Alida, hija de Melik el Ferih.
Adelantó Mariblanca con su resplandeciente hermosura y su bello trage de montañesa alpujarreña.
--Mariblanca es mi ama desde que se bautizó, dijo el beneficiado, y cuando digo que es mi ama, añado que es buena cristiana y buena doncella, que de otro modo no la tendria yo conmigo.
--¿Y cuánto tiempo hace que se bautizó esta... doncella?
--Hace diez años.
--¿Y qué edad teneis, moza?
--Veinticinco años, señor.
--¿Es decir, exclamó severamente Molina de Medrano, que tomásteis por ama, una doncella morisca de quince años, garrida y hermosa?
--Estaba abandonada... su padre la habia abandonado.
--Debísteis evitar el tenerla en vuestra casa.
--Hícelo por caridad.
--Idos á vuestros quehaceres, muchacha, dijo el inquisidor, y procurad ser en lo sucesivo tan cristiana y tan honrada como lo habeis sido hasta ahora.
Mariblanca saludó al inquisidor, salió, y dijo al pasar, al capitan Diego de Herrera, que estaba en la puerta de la iglesia.
--Que no te olvides de que te espero esta noche Diego.
--Esa muchacha está loca por mí, dijo el capitan, acariciándose el vigote.
Entre tanto, Barbillo habia llamado á Tomás el Ansari, morisco bautizado.
Adelantó humildemente el anciano.
Examinóle minuciosamente Molina de Medrano, pidió informes de él al beneficiado, y cuando estuvo convencido de su cristiandad y buenas costumbres, le pidió por su familia.
--Estoy solo en el mundo, señor, contestó el xeque; mi esposa murió, mis hijos han muerto, y dos nietos pequeñuelos que me quedaban, han sido llevados á Castilla para criarlos en los hospicios del rey.
--Su magestad quiere que todos sus vasallos sean buenos católicos, y ha mirado por el alma de vuestros nietos.
--Dios se lo pague á su magestad, señor, contestó el Ansari.
Y se retiró.
--¡Malicatulzarah![24] dijo el sacristan.
Adelantó una hermosísima mujer, muy jóven, como de veinte años, vestida con el trage morisco, y llevando de la mano un niño como de ocho años, y una niña como de siete, igualmente vestidos á la morisca.
--¿Cómo os atreveis á presentaros asi en la iglesia, y delante de mí? dijo el inquisidor á la pobre joven que temblaba.
--¡Ah, señor! somos pobres y no tenemos dinero para comprar vestidos castellanos.
--¿Que sois pobres, y vestis sayas de lana fina, y gastais cadena de oro y arracadas de plata?
--Estas joyuelas eran de mi madre y las conservo por su amor.
--¿Y esos niños?
--Son mis hijos.
--¡Vuestros hijos!
--Si señor, soy casada.
--¡Casada! ¿pero qué edad teneis?
--Veinte años.
--¿Y esos hijos, son hijos de vuestro esposo?
--¡Oh! ¡si señor!
--¿Pero á qué edad se casan estas gentes? exclamó escandalizado el inquisidor.
--Las castellanos pueden casarse á los doce años, señor, observó la morisca.
Irritóse el inquisidor.
--Hablad cuando os pregunten, dijo.
La morisca bajó los ojos, y calló.
--¿Vive vuestro marido?
--Si señor: todo el mundo le conoce en la villa: es tejedor de sedas.
--¿Y por qué no ha venido á la iglesia?
--Está gravemente enfermo, dijo maese Barbillo, y por eso no le habia nombrado.
--Que vayan al momento por él cuatro alguaciles del Santo Oficio, y uno de la villa para que los guie.
--¿Pero no ois, señor, que mi pobre Adel está enfermo de peligro?
Irritóse mas con esta réplica Molina de Medrano, y gritó lleno de cólera, sin tener en cuenta el sagrado lugar en que se encontraba:
--Los enfermos y los sanos, los altos y los bajos, todos vendrán aquí: es necesario limpiar los dominios del rey de la mala yerba, y si los muertos pudieran oir y contestar, á los muertos sacaria yo de la tumba, cuanto mas á los enfermos de sus lechos. Dios y el rey lo mandan.
--Pero si mi Adel muere, ni vuestro Dios, ni vuestro rey, me le volverán, exclamó desesperada Malicatulzarah.
--Id ministros, id, exclamó en el colmo de su cólera el inquisidor: traedme acá ese descreido. Y tú, tú la de vuestro Dios y vuestro rey, como si no fuesen tambien tu Dios y tu señor, mira como me contestas, porque si no te encuentro instruida en los misterios de nuestra santa religion, si no te retractas de tus blasfemias, me apodero de tí en nombre del Santo Tribunal de la Inquisicion.
La jóven no temblaba: tenia fija una mirada lúcida, altiva, terrible, en Molina de Medrano, que en vano queria dominarla con su mirada de lobo hambriento.
--Empecemos por tus hijos: si eres buena cristiana les habrás enseñado á rezar: di el padre nuestro muchacho.
--No lo sé, contestó el niño, estrechándose contra el zagalejo de su madre.
--¡Ah! ¡no sabes el padre nuestro! ¡no sabrás tampoco cuántas son las personas de la Santísima Trinidad!
--¡Le ille Allah! contestó el niño en árabe con voz sonora.
--¿Qué quiere decir este muchacho? exclamó el inquisidor.
--¡No hay otro Dios, que Dios el Altísimo y Unico y Mahoma su profeta! dijo una voz débil desde el centro de la multitud, pero que á pesar de su debilidad, resonó clara y distinta en el templo.
Molina de Medrano se puso de pié, y gritó:
--¿Quién es el blasfemo...?
--Has preguntado lo que ha querido decir mi hijo, contestó adelantando apoyado en un viejo, un hombre como de treinta años, demacrado, pálido, vacilante, y á todas luces gravemente enfermo: al verle Malicatulzarah corrió á él, seguida de sus hijos, y ayudó al anciano á llevar al jóven hasta el presbiterio.
Era toda una familia que se presentaba ante la Inquisicion: el abuelo decrépito, el hijo enfermo, la mujer hermosa y desesperada, y los hijos pequeñuelos asombrados y temblando por lo que veian.
--Tus alguaciles han ido á buscarme, dijo, pero yo estaba allí entre mis hermanos: yo esperaba que fueses un hombre de caridad, pero eres un lobo, y vengo á que me despedaces con los mios, antes que el miedo haga renegar á mi esposa del Dios de nuestros abuelos.
--Es decir que te confiesas moro.
--Moro soy y moros son los mios, y moros moriremos confesando al Dios Altísimo y Unico.
--¿Estan bautizados? dijo el inquisidor con una intencion de hiena dirigiéndose al beneficiado.
--Si señor, bautizados estan, pero siempre han sido flojos cristianos, contestó todo trémulo el beneficiado.
--Nunca hemos sido cristianos, ni lo son los que tienes delante: ninguno... ninguno ha dejado de ser moro: hemos doblado la frente de miedo, hemos mentido y Dios nos castiga: pero ha llegado la hora: ó nosotros ó vosotros.
--Morireis como mueren los herejes contumaces, gritó Molina de Medrano. Llevaos ese hombre, esa mujer y ese viejo, y encerradlos en la cárcel.
--¡Y mis hijos! exclamó con un grito indefinible Malicatulzarah, viendo que los alguaciles la arrebataban sus pequeñuelos.
--Quien no es cristiano no tiene hijos, gritó Molina de Medrano: estos niños son hijos del rey.
Malicatulzarah palideció, un destello terrible, un destello de sangre lució en sus ojos, y antes de que nadie pudiera evitarlo, se avalanzó al inquisidor, y le estrechó el cuello con entrambas manos.
Era la leona que defendia sus cachorros.
Pero instantáneamente la infeliz lanzó un grito agudísimo, soltó el cuello de Medrano y cayó de espaldas exclamando:
--¡Vengadme, hermanos, vengadme!
Uno de los soldados de la fe la habia herido con su alabarda en el costado izquierdo en el momento en que se arrojó sobre el inquisidor.
La sangre corria sobre el pavimento: una exclamacion de horror habia salido de todas las bocas: Adel arrojado sobre su esposa lloraba á gritos: lloraban los niños, el viejo levantaba las manos y los ojos al cielo en un ademan de blasfemia, y aterrados los moriscos, temiendo que la maldicion de Dios cayese sobre aquel lugar de sangre, se precipitaron por la puerta de la iglesia.
Solo quedaron allí Aben-Aboo, que miraba de una manera letal al inquisidor, doña Isabel y Angiolina, pálidas como la muerte; Tomás el Ansari, impasible, Barbillo atortolado, el beneficiado confuso, los soldados feroces, y Molina de Medrano mirando fascinado, á aquel hombre y aquellos niños que se retorcian sobre el cadáver de su esposa y de su madre, y el viejo morisco detrás de este grupo pidiendo justicia al cielo por la sangre que corria á sus piés.
--Llevaos esa gente... lleváosla, exclamó Medrano, el templo está impuro, y es necesario purificarle: no podemos permanecer aquí.
Y Molina de Medrano como si hubiera sentido miedo de permanecer en aquel sitio salió.
Doña Isabel corrió á aquella pobre familia, pero Aben-Aboo y el Ansari se interpusieron.
--Nada podemos hacer por ellos, dijo el Ansari: idos á vuestra casa señoras; idos, y procurad olvidar lo que habeis visto.
Doña Isabel salió llorando seguida de Angiolina que iba profundamente preocupada.
El Ansari y Aben-Aboo las seguian.
--¡Oh! ¡y cuánto tarda la noche, dijo el Ansari!
--¡Juro á Dios beber la sangre de ese clérigo! dijo con la voz ronca y trémula Aben-Aboo.
CAPITULO XX.
De cómo fue el casamiento del marqués de la Guardia.
Hacia tres dias que el marqués de la Guardia se impacientaba á causa de la situacion en que se veia colocado.
Veamos en la situacion en que se encontraba el marqués.
Esta se reducia á estar encerrado en una casa desconocida para él, no ver á otra persona viviente que á su criado Peralvillo que le servia, y á un esclavo negro que le procuraba alimentos.
La casa en que se encontraba el marqués estaba construida á la morisca, bellamente amueblada, y con cuantas comodidades se conocian en aquellos tiempos.
En esta casa ocupaba el marqués un recibimiento, una cámara y un retrete con alcoba y mirador á un jardin.
En este retrete habia ademas una chimenea siempre provista de fuego.
El jardin, que se veia desde el mirador, era muy bello, ó debia serlo cuando sus árboles estuviesen verdes y no despojados como entonces por el invierno, y cuando la nieve y la escarcha no cubriesen su cesped.
Sobre las tapias, que estaban revestidas por espalderas de jazmines silvestres, solo se veia á lo lejos la cumbre de una montaña distante, y sobre aquella cumbre una atalaya.
Mas allá se veia una estrecha línea azul oscura.
Era el horizonte del Mediterráneo.
Tres dias antes, esto es, el martes siguiente al domingo en que bebió en casa del Hardon el vino aquel que le adormeció, despertó don Juan con la cabeza un tanto pesada, y vió con admiracion suya á su lado á Peralvillo, que tenia los ojos hinchados como de haber dormido mucho.
--¿Que es esto, Peralvillo? dijo don Juan incorporándose en el lecho en que se encontraba vestido: ¿nos hemos mudado?
--Sin duda, señor: dijo restregándose los ojos Peralvillo, que tenia todas las trazas de un lacayo de capa y espada de aquellos tiempos: pero yo no conozco al dueño, ni sé cuánto pagamos por la casa.
--¿Pero dónde estamos?
--Eso mismo os pregunto yo señor: ¿dónde diablos nos han traido?
--¡Cómo traido! pues qué, ¿no hemos venido nosotros?
--Indudablemente: puesto que estamos aquí, hemos venido, pero no por nuestro pié: cuando haya pasado algun tiempo y recordeis como yo...
--¿Y qué has recordado?
--Por mi parte recuerdo que yendo por la calle de Elvira á punto de oscurecer un domingo, me he encontrado á un sargento amigo mio--¿A dónde vais, señor Peralvillo, me ha dicho?--Voy á entretener el ocio por esas calles, le he contestado.--Lo mismo ando yo, me ha dicho...
--¿Pero qué tiene que ver el sargento y tu conversacion con él, con lo que nos sucede? dijo impaciente el marqués.
--Y tanto como tiene: figuraos que el sargento me convidó á ir á la taberna, para dar tiempo á que volviesen del jubileo dos beatas amigas suyas.
--¡Ah! ¡te llevó á una taberna!
--Si señor, comimos, bebimos... yo noté que el vino tenia cierto sabor... y despues no noté nada.... porque me dormí.
--¡Como yo! dijo el marqués.
--Pues ved ahí que no entiendo para qué diablos hayan de habernos aletargado.
--Pero en fin, ¿hace mucho tiempo que has despertado tú?
--Hará una hora: halléme en un colchon á los piés de otra cama mas alta; primero nada recordé; despues fuí recordando; me levanté y os ví en la cama dormido: os moví para despertaros, pero ¡bah! estabais como un tronco: llamé... y como si hubiéramos estado en un desierto: examiné nuestro alojamiento, que solo tiene cuatro piezas, aunque muy ricas, eso sí, y hallé sobre una mesa una carta cerrada con sobrescrito para vos.
--¡Una carta! exclamó el marqués: ¡dame, dame!
Peralvillo salió y entró de nuevo en la alcoba con la carta.
El marqués rompió la nema, abrió la carta y Peralvillo, que observaba el semblante de su amo para ver el efecto que en él producia la carta, le vió palidecer, temblar, levantarse luego trasportado de alegria y exclamar:
--¡Es de ella, de ella!
--¿Pero quién es ella, señor, quién es ella? ¿acaso el duende negro de la calle de San Miguel que nos trae de cabeza?
--Ya sabes que no quiero que se me pregunte, Peralvillo, contestó el marqués.
--Es verdad, señor, pero la situacion en que nos encontramos...
El marqués no contestó: se habia acercado á una vidriera y estaba absorto en la lectura de la carta.
Peralvillo se calló, y se puso á pasear por la cámara con las manos atrás.
Hé aquí lo que el marqués leia:
«Don Juan de mi corazon: al fin mi padre se compadece de nosotros; al fin consiente en que sea tu esposa. Para que nos unamos, mi padre te ha robado de Granada, valiéndose del medio de aletargarte: yo te escribí para que fueras á la taberna donde has sido aletargado. Nada te importe donde estás. Nada te importe que pasen algunos dias antes de que me veas. Nada te faltará. Tu criado estará contigo para servirte. Un esclavo de mi padre te proveerá de cuanto quieras; pero nada preguntes á ese esclavo, porque nada te contestará. Quien tanto confía en tí que ya se llama tu esposa.--Esperanza de Cárdenas.»
Luego por bajo se leia:
«Nuestra hija sabe ya dar besos, y te se parece tanto, que aunque quisiera olvidarte no podria.»
El marqués leyó diez veces esta carta, la guardó y volvió á sacarla otras tantas, y al fin cuando ya Peralvillo se habia sentado cansado de dar paseos, el jóven se dirigió á él.
--Tengo apetito, le dijo, y almorzaria de buena gana.
--Y yo tambien, señor. Pero en esta casa no he visto la cocina.
--No importa, llama.
--Es que ya he llamado, y nadie me ha respondido. Mucho será que el duende negro no nos haya encantado, señor.
El marqués aplicó un puntapié á Peralvillo.
Miróle este dolorosamente y salió de la cámara, se dirigió á la puerta de la antecámara y dijo:
--¡Ah de casa! Mi señor, que es un señor muy impaciente, y que trata de una manera dolorosa á sus criados cuando tiene hambre, pide de almorzar.
Oyéronse pasos tras de la puerta, luego una llave en la cerradura de esta, abrióse y apareció un negro atlético, que hizo retroceder dos pasos á Peralvillo.
--Se va á servir al momento al señor, dijo el negro en buen castellano, y desapareció volviendo á cerrar la puerta.
--Paréceme, señor, que estamos metidos en una mala aventura, dijo Peralvillo: no me gusta nada ese tizon de dos piés que acaba de hablarnos.
--Tienes el defecto de ser el hablador mas incorregible del mundo, Peralvillo, dijo el marqués que preocupado con su pensamiento, queria quedarse á solas con él, y devorar su alegría.
Peralvillo comprendió la situacion en que se encontraba su amo y se calló.
Poco despues acudió á la puerta de la antecámara donde habia sonado la llave, y vió que el negro entraba trayendo por sí solo una enorme mesa, cubierta y servida.
--Os ayudaré amigo mio, dijo Peralvillo que deseaba á todo trance hacerse un conocimiento.
--No hay necesidad, dijo el negro, entrando con la mesa en la cámara.
Peralvillo quiso aprovechar la entrada del negro para ver lo que se ocultaba tras la puerta de la antecámara, que habia quedado abierta, pero al encaminarse á ella, se cerró.
--Vamos, dijo Peralvillo volviéndose: cartas que no se sabe quien las ha traido; negros que sirven sin permitir que nadie les ayude; puertas que se cierran por sí mismas: decididamente estamos encantados.
Cuando entró en la cámara, el marqués, que siguiendo las instrucciones que le daba en la carta Amina, no habia dicho al esclavo una sola palabra, se sentaba á la mesa.
--Ponme vino, y trínchame esas perdices Peralvillo, dijo el marqués.
Peralvillo se quitó los puños, se levantó las bocamangas, y se puso á trinchar las perdices.
--Y estan asadas con aceite, y soberbiamente asadas, dijo: ¿sois vos el cocinero, amigo? añadió volviéndose al negro.
Este hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.
--Pues podiais servir en las cocinas de su magestad, á quien por noticias de un galopin á quien yo conocia, sé que gustan mucho las perdices asadas con aceite.
Una mirada del marqués hizo callar á Peralvillo, que puso delante de su amo la fuente de plata con las perdices trinchadas, y le sirvió vino en una enorme copa de oro.
Despues, y no atreviéndose á hablar por temor al marqués, se puso á contemplar el servicio.
--¡Cáspita! dijo para sí: del ramillete de su magestad no saldria una mesa mejor servida: todo esto es regio: ¿y de dónde diablos han sacado esas flores? decididamente estamos encantados y encantados por duendes reales.
--Otro plato, Peralvillo, dijo el marqués.
--¿Qué quereis? ¿carne, cecina ó pescado?
--Dame de ese salmon.
Sirvió Peralvillo.
Poco despues el marqués se levantó de la mesa.
--Yo os aconsejaría señor, que comieseis de estos mariscos, de estas ensaladas y de estas confituras.
--Come de lo que quieras como si estuviese empezado Peralvillo, dijo el marqués conociendo la intencion de su lacayo: come y déjame en paz.
--¿Pero dónde he de comer, señor?
--En esa mesa.
--Pero...
--No hay otra.
El negro adelantó y se acercó á Peralvillo.
--Fuera teneis vos mesa servida.
--¡Ah! exclamó Peralvillo estremeciéndose, porque esperaba encontrar fuera una olla podrida y un gigote, cuando ya se habia consentido á gozar del excelente almuerzo del marqués.
Salió, pero en la pequeña mesa que encontró en la antecámara, solo vió un cubierto de plata, una copa de vidrio y algunos platos.
--¡Pero y la comida! exclamó pálido Peralvillo.
--Tomad de aquí lo que querais, dijo el esclavo con cierto acento de superioridad.
Volvió la cabeza Peralvillo y encontró tras si al negro que habia traido consigo la mesa del marqués.
--¡Ah! esto es distinto, dijo: mi amo está desganado pero yo no lo estoy... estas perdices, despues esas ostras, luego aquella ensalada de truchas, despues unas confituras y dos botellas de vino: perfectamente. Hemos concluido, camarada.
--Cuando vuestro señor necesite algo llamad, dijo el negro.
--Se llamará, amigo.
--Y en cuanto á vos no seais curioso, porque os pudiera pesar.
--Y decidme, ¿durará mucho este encierro? dijo Peralvillo con la boca llena.
--No lo sé.
--Y mientras estemos aqui, ¿comeremos del mismo modo?
--Probablemente.
--¡Y cuáles son las horas de comer en esta casa?
--Las que vuestro señor quiera.
--Bien, ¿pero y si mi señor no tiene ganas de comer?...
--Pedid vos.
--Y si...
--Sois el lacayo mas hablador del mundo.
--Lo que no quita para que seamos buenos amigos.
--Yo no os conozco.
--Pues conozcámonos. ¿Hay doncellas en esta casa? no me pesaria conocer á las doncellas.
--Quedad con Dios; dijo el esclavo abriendo la puerta.
--Vaya con Dios vuesamerced, contestó empinándose una botella Peralvillo.
* * * * *
Sin ningun nuevo accidente, comiendo cuando querian, durmiendo por entretenimiento, y fastidiándose mas de lo que hubieran querido, pasaron amo y criado, desde el anochecer del martes veintiuno de diciembre, hasta el medio dia del viernes veinticuatro.
Apunto que el sol señalaba el medio dia natural en un cuadrante, situado en el mirador que daba sobre el jardin, apareció de improviso en la cámara el esclavo negro, y presentó al marqués inclinándose profundamente, una carta en una bandeja de oro.
Tomó el marqués la carta, la abrió, y vió con suma sorpresa, que era de su tio don César de Arévalo, de quien hacia mucho tiempo que no tenia noticias.
La carta era brevísima.
«Mi amado sobrino decia: os estoy esperando con suma impaciencia; tengo muchas cosas que deciros, y una grave comision que desempeñar con vos. Seguid al dador de esta y me vereis.--Vuestro tio.--Don César de Arévalo.»
--En esta carta me dicen que os siga, dijo el marqués al esclavo.
--Y yo tengo órden de guiar al señor á donde le esperan, contestó el esclavo.
--¿Es decir que salimos de nuestro encierro? dijo Peralvillo.
--Vos no, repuso el esclavo, y salió precediéndo al marqués, despues de lo cual cerró la puerta.
Peralvillo se quedó durante algun tiempo mirando aquella puerta con desesperacion, y luego se entró en la cámara, tomó de un rincón, donde solia ocultarlas, una botella, se la empinó, y despues fué á tenderse de una manera heróica en la cama de su amo.
Este entre tanto, guiado por el esclavo, habia llegado á otra cámara á cuya puerta le salió al encuentro un hombre que se arrojó entre sus brazos.
Era su tio.
Despues de los primeros apretones, el marqués dijo á don César:
--¿Qué significa esto?
--¡Cómo! ¿no sabeis lo que esto significa?
--No por cierto, mi buen tio, porque esperaba no volveros á ver tan pronto.
--Creo que te casas.
--Eso sospecho.
--¡Cómo! ¿pues no lo sabes de cierto?
--Hace tres dias que he tenido el primer indicio.
--¿Indicio no mas?
--Nada mas, tio.
--Pues te casas de veras, sobrino: digo, á no ser que no quieras casarte, en lo que harias ciertamente muy mal.
--Si es con doña Esperanza de Cárdenas, me caso.
--¿Pues con quién habia de ser, sino con su excelencia la hermosa duquesa de la Jarilla?
--Ved tio, que el rey confiscó ese titulo.
--Si, pero le ha devuelto á la duquesa.
--¿Pero y el proceso contra su padre?
--El emir de los monfíes es una cosa, y su hija la duquesa de la Jarilla, es otra. ¿Qué culpa tiene la duquesa, de que su padre sea enemigo del rey, y le haya provocado y se le haya ido de entre las manos?
--Si; pero ya sabeis que en el mundo en que vivimos pagan justos por pecadores: y al menos el título y la grandeza del duque...
--Es que el padre de doña Esperanza era duque viudo: que tu presunta esposa, estaba en posesion de su título y de su grandeza: que se han hecho muchas informaciones y muchas probanzas, se ha gastado mucho dinero, y el Consejo de su Magestad, ha declarado: primero: que doña Esperanza de Cárdenas, es descendiente legítima de los duques de la Jarilla; segundo: que es cristiana desde su nacimiento, y muy piadosa, y muy honrada, y muy pura; tercero: que si bien su padre es rebelde y moro y traidor al rey, su hija no le ha ayudado en sus conspiraciones, ni ha alentado los amores del difunto príncipe don Carlos, á quien continuamente ha rechazado; cuarto: que por lo mismo no puede imponérsela pena alguna, debiéndosela, por lo tanto, restituir sus bienes y preeminencias como grande de España, exigiéndola, sin embargo, juramento de fidelidad al rey. Por último, y en atencion á las rebeldías de su padre, se la ha declarado mayor de edad, librándola de toda tutela; se la ha puesto en posesion de su título, su grandeza y sus bienes, y se la ha concedido licencia para casarse... con mi amado sobrino, el señor marqués de la Guardia, capitan de infantería de los ejércitos de su Magestad, y el mayor loco, que despues de mí he conocido ni espero conocer.
--Pero tio, esas noticias son tales, que no debeis ofenderos, si dudo de que os encontreis en completo uso de razon.
--Carta canta, dijo don César, yendo á una maleta que estaba sobre la mesa, y sacando de ella un promontorio de papeles: y á los desconfiados como vos, no hay cosa como darles con la prueba en las narices.
Y desatando el legajo, sacó de él un pliego de papel sellado, moreno, granugiento, escrito con letra gorda, y autorizado al fin, por la firma de tres escribanos de cámara, y el sello de la Chancilleria de Valladolid.
Devoró el marqués el contenido de aquel pliego: era la restitucion hecha por el rey á la excelentísima duquesa de la Jarilla, grande de España, de su título y grandeza, y todos sus bienes que le habian sido confiscados.
--¿Y ahora crees, sobrino, dijo don César?
--Creo tio; pero me parece que sueño.
--Lee este otro documento, añadió don César, dando al marqués un segundo pliego, autorizado del mismo modo que el primero.
El rey declaraba en él mayor de edad, á la duquesa de la Jarilla, y aprovaba su casamiento con el marqués de la Guardia, indultando á entrambos de la pena en que habian incurrido, por haberse casado sin su licencia en la villa de Yátor en las Alpujarras, el dia 30 de setiembre de 1567.
--Pero tio, dijo el marqués con asombro, aquí se me dá por casado desde hace mas de un año, y vos solo me habeis dicho que se nos concedia licencia para casarnos.
--Tanto da: yo decia que te se daba licencia, porque me consta que no te has casado: pero cuando hay mucho dinero para hacer probanzas falsas...
--¿Pero quien ha andado en eso...? el emir no puede haber sido, porque hace mas de un año que vive de incógnito fuera de la córte.
--¡Ah! en eso hemos andado el abuelo de la duquesa y yo.
--¡El abuelo de la duquesa! ¡pues no le conozco!
--¡Cómo! ¿no conoces al abuelo materno de la duquesa, rey del desierto de Méjico, cristiano, vasallo de su magestad, y el hombre mas rico de España?
--Pues no le conozco, tio.
--Bien puede ser: á los enamorados, generalmente les basta con conocer á la mujer que les enamora. Pero eso no quita, que á los muchos y buenos doblones del megicano se deba el buen resultado de vuestro negocio: porque desengáñate, sobrino: aunque el rey es demasiado caballero, y altivo, y celoso de su autoridad para doblegarse por todo el oro del mundo, sus consejeros, los que andan á su lado, no piensan del mismo modo: título de Castilla, del Consejo de su magestad, ha habido, que ha desempeñado sus rentas con lo que le ha producido este negocio, y oidor que por la primera vez se ha visto dueño de una razonable cantidad de oro. Y lo que es mas extraño; la Inquisicion, la tremenda Inquisicion, ha cedido por la gracia del dinero.
--¿Pero qué tenia que ver la Inquisicion...?
--¡Ahí es nada! La Inquisicion, que habia preso al emir de los monfíes, á quien no pudo quemar, por la sencilla razon de que el emir se les fué como una anguila de entre las manos, le ha seguido la vareta, como dicen los curiales, le ha sentenciado en rebeldia, le ha quemado en estátua, ha declarado infames á sus hijos hasta la cuarta generacion, y les ha sentenciado á llevar de por vida, el Sambenito; porque la Inquisicion como sabes muy bien...
--Si, lleva su castigo á los hijos y á los nietos de los que sentencia.
--Pues para que la Inquisicion quite el Sambenito á tu esposa, y la declare buena y limpia cristiana, ha sido necesario empezar por regalar una vajilla de oro y mas de diez alhajas riquísimas al inquisidor general, don Fernando Valdés, que estaba terriblemente irritado, y con razon, contra los monfíes. Como que hicieron con su venerable persona una herejia, y le causaron del susto una enfermedad que puso al pobre señor muy al cabo. Ademas, fue necesario deslumbrar á los inquisidores de la Suprema... todo esto invirtiendo un tesoro.
--¡Oh! ¡y cuántos sacrificios!
--De que tú eres la causa, sobrino, y por los que debes amar mucho á tu mujer.
--Pero tio, si yo la adoro.
--¡Milagro!
--Un milagro causado por la hermosura y por el alma de Esperanza. ¡Ah! os juro tio, que no merezco tanta felicidad. Y sin embargo, esa felicidad será amargada.
--¡Amargada! ¿y por qué?
--Yo quisiera que mi Esperanza fuera pobre, muy pobre, y de una muy humilde cuna.
--¡Bah! sobrino, tú estás loco: como parece mejor una bellísima rosa, ¿á la luz de la luna, ó á los rayos del sol? ¿en un tiesto miserable, ó en un magnífico jarron de oro?
--Si, pero podrá creer que me caso...
--¡Por interés! ¡bah! tus rentas son considerables, sobrino.
--¡Mis rentas! ¡si estan empeñadas hasta el cuello, segun me dijísteis vos hace mas de un año en una carta dentro de la cual, me enviásteis la provision de la compañía que mando!
--Es mucha verdad: pero tambien lo es, que los usureros que cobraban tus rentas, me vinieron á ver uno trás otro, me dieron muchas y rendidas gracias por haberles pagado...
--¿Pero les pagásteis vos?
--¡Yo! ¿de dónde ni cómo? Los sacos y las buenas presas, han andado por el cielo en el poco tiempo que he estado en los Paises Bajos, y aunque hubiéramos entrado en Gante, á saco mano, no hubiera tenido con mi parte ni la centésima de la cantidad que se necesitaba para el tal desempeño.
--¿Con que es decir...?
--Que las escrituras de todas tus haciendas estan allí desempeñadas.
El marqués que era noble, generoso y altivo, alzó los ojos al cielo, y suspiró con impaciencia y pena.
--¡Como ha de ser! dijo: ella es primero.
--Y aun hay mas. Tu esposa, á mas de sus riquezas propias que son inmensas, trae su dote; un tesoro por parte de su padre, y otro por parte de su abuelo, en buenos doblones de oro, y alhajas.
Tornó á lanzar su mirada de blasfemia al cielo don Juan.
--¡Tú estás loco, sobrino! le dijo don Juan: cuando una mujer que tanto vale se casa contigo...
--Se casa tal vez por cubrir su honor... y yo necesito su alma, su alma entera.
--Bien, muy bien: pero eso pasará y quedará lo positivo: esto es, la inmensa cantidad contante y sonante del dote de tu mujer: las rentas de su título que ya son enormes, y que juntas con las del tuyo, llegan á ser maravillosas. Dentro de un año me lo dirás si es que vuelvo por España.
--¡Pues qué os vais!
--Sin duda debo parecer peligroso á los que te casan, cuando me apartan de tu lado.
--¡Pero cómo!
--Soy oidor de la real Audiencia del Perú, dijo con hueca gravedad don César.
--¿Y eso...?
--Tambien me lo han procurado los que te casan con tu mujer.
--¡Ah! ¡ah!
--Tengo órden ademas de llevarme á tu lacayo Peralvillo.
--Lleváoslo en buen hora, cada dia se va haciendo mas hablador.
--Ahora bien, y sin saber como, hé aquí que he terminado mi comision.
--¿Pero qué comision era esa?
--Darte parte de lo que sucedía, entregarte tus bienes; que ahí estan con tu ejecutoria en esas escrituras, preparándote, en fin, para que nada de esto tuviese que decirte el padre de tu mujer.
--¡Cómo! ¿está aquí el emir de los monfíes?
--Si.
--¿Pero en donde estamos?
--Ni mas ni menos que en el riñon de las Alpujarras, cerca de la villa de Yátor, en una heredad del señor don Alonso de Fuensalida.
--¡Ah! ¡el emir continúa disfrazado!
--Si, pero aunque el padre de tu mujer está encubierto, es necesario evitar que te presentes á él con ese trage de ronda. Ahí en mi maleta traigo un rico vestido de terciopelo, y un collar de Santiago: con que manos á la obra: voy á servirte de ayuda de cámara: ¿y qué mucho? casi casi, eres un especie de rey.
--¡Rey! murmuró el marqués mientras su tio le desnudaba, recordando la frase que en otra ocasion le dijo Yaye: «si habeis de casaros con mi hija, todo se reducirá á haceros rey.»
--¿En qué piensas sobrino? dijo don César? encajándole al mismo tiempo una camisa de Cambray.
--Pienso en que el padre de doña Esperanza ha cambiado mucho de intenciones.
--¡Porque te da su hija!
--Si.
--¡Bah! ama á su hija, y las mujeres son capaces... estírate mas las calzas, sobrino, y mira que grana... es de la mas rica: el jubon... sencillo... pero los herretes de diamantes valen un mundo: vamos, la daga, la espada y la gorra. El padre de tu mujer te espera, y como es un gran personaje, moro ó cristiano, lo que importa poco, no debe impacientársele: maldita arruga: suéltate el segundo herrete, sobrino: vamos, ya está bien: ¡ola!
Apareció el esclavo negro.
--Id, y decid á vuestro señor, le dijo don César, que dentro de un momento va á tener la honra de saludarle el señor marqués de la Guardia.
El esclavo salió, y tras él, don César y el marqués: atravesaron algunas habitaciones y se detuvieron en una antecámara, donde les indicó el esclavo que se detuviesen; poco despues, el esclavo que habia salido, volvió y dijo al marqués:
--Mi noble señor, espera al señor marqués de la Guardia.
--Hasta luego, sobrino, dijo don César, estrechando fuertemente la mano del marqués.
--¡Ah! no sé lo que me sucede tio, dijo don Juan, y entró por la puerta cuyo tapiz tenia levantado el esclavo.
Encontróse en una cámara magnífica. En ella con el mismo trage con que se habia presentado aquella mañana al beneficiado de Cádiar, se paseaba Yaye profundamente pensativo.
Al sentir los pasos del marqués, se detuvo, se volvió á él, y le miró con una grave benevolencia.
--¡Ah! sois vos, dijo: bien venido seais.
--¡Ah señor! dijo el marqués: disimulad mi turbacion porque...
--Sentaos, marqués, dijo Yaye con una perfecta y fácil cortesanía: sentaos, y hablemos un momento.
Sentáronse en un estrado, y Yaye asió las manos del jóven.
--¿Quereis ser mi hijo ahora, como lo queriais ser en otro tiempo?
--No puedo vivir sin ella, dijo con la voz apagada y trémula el marqués.
--Ni ella puede vivir sin vos. El Altísimo lo quiere, y no mereceria yo su ayuda sino cumpliese con placer su voluntad. Pero, prescindiendo de todas las dificultades que se oponian á este casamiento, y que ya estan vencidas, hay en medio de nosotros un terrible secreto.
Don Juan comprendió que Yaye se referia á la muerte de su padre, y bajó los ojos.
--A pesar de ese terrible secreto, señor, comprendo que debísteis tener poderosas razones para obrar de la funesta manera que obrásteis y... no hablemos mas de ello... yo no puedo aborreceros; no puedo... no... sois padre de Esperanza... ¡que me perdone Dios...!
--Tuve razon: pero decís bien... olvidemos... vos por Esperanza... yo... ¡cómo no he de amaros yo si sois la vida de mi hija!
Yaye se enjugó una lágrima.
--Pero hablemos de otros asuntos. Ha llegado para mi un momento supremo: el momento de la guerra contra España.
--Pero ¿por qué no os reducis á la obediencia del rey?...
--No hablemos de eso... Felipe y yo somos enemigos á muerte. Por lo mismo no debemos fiar en la devolucion de sus títulos y de su rango á mi hija. Felipe es un lobo: le debo un hijo, y temo que si ha accedido al dictámen de su Consejo, haciendo justicia á nuestra Esperanza, es solo para tenderla un lazo, para apoderarse de ella, para cobrarse del hijo que le he muerto. No, no debeis permanecer en España. En las aguas de Motril os espera un bergantin fletado por mí que os llevará á Venecia, á Francia, á cualquier Estado de Europa. No entreis en los dominios del rey de España mientras don Felipe viva.
--¡Pero separar de vos á vuestra hija...!
--Dios lo quiere. Dejadme, dejadme luchar con mi destino, que es terrible; yo no puedo exponer á mi hija. No quiero tampoco perderos. Permaneciendo aquí, ó tendriais que haceros monfí y lidiar contra España, ó servir á Felipe y volver las armas contra el pecho de vuestra esposa y de vuestra hija. No, no; vais á casaros, y despues... vuestra compañía está en Yátor; entregadla al teniente Velorado y tomad testimonio de ello, para que el rey no pueda llamaros nunca desertor; ya teneis su licencia para dejar la compañía: despues, escoltado por mis monfíes ireis á Motril donde os embarcareis, vos, mi hija y mi nieta: con vos irá para serviros el mas noble, el mas bravo, el mas fiel de mis walíes: el noble Harum el Geniz, y permanecerá con vosotros si asi lo quereis. Ha visto nacer á Esperanza y la ama casi tanto como yo.
--Será lo que querais, señor, dijo el marqués que estaba aturdido.
--Bien, puesto que estamos enteramente de acuerdo, id, abrid aquella puerta, atravesad un corredor y encontrareis á vuestra esposa y á vuestra hija.
Zumbaron los oidos al marqués, se nublaron sus ojos, se levantó como un ébrio, y dominado por su emocion, y sin decir una sola palabra á Yaye, corrió á la puerta que este le habia indicado.
Poco despues se oyeron dos gritos de suprema alegría, uno como de hombre, otro de mujer; besos y sollozos.
--¡Oh! era preciso, dijo el emir: Amina no puede amar ni ser amada de otro modo.
Y siguió paseándose á lo largo de la cámara.
CAPITULO XXI.
Continuacion del anterior.
Anunciaron á Yaye que acababa de llegar á la heredad el beneficiado y el sacristan de Cádiar.
Yaye mandó introducir al momento á Juan de Ribera.
--¡Oh, qué dia! qué dia tan aciago, exclamó el beneficiado apenas vió á Yaye.
--¿Pues qué sucede? contestó el emir.
--Sucede... vamos... no sé cómo he podido escapar para cumpliros mi promesa... sucede que el Santo Oficio ha venido á la villa.
--Ya lo sé.. vos mismo me lo dijísteis.
--Es verdad... pero tengo la cabeza trastornada.... ¡qué escándalo y qué dolor, Dios mio!.. y que la tenacidad de esos desdichados nos obligue á ver tales cosas...
--¡Ah! ¡la muerte de esa morisca... de esa Malicatulzarah..!
--¡La sabíais...!
--Yátor está cerca de Cádiar.
--¡Pero no sabreis...!
--Si, si; sé y me pesa, que su marido Adel, el tejedor, que estaba enfermo, ha muerto tambien: pero el anciano padre y los pequeñuelos huérfanos estan amparados.
--¡Por vos, siempre vos en todas partes donde hace falta la caridad! ¡Cuando digo que sois un santo!
--No soy santo, pero creo que entre estas gentes se adelanta mas con la blandura.
--¡Hum! dijo el beneficiado; son duros como rocas.
--Ya veis si yo he convertido gente.
--Dios os da la gracia.
--No, sino que obro de distinto modo que el inquisidor que ha venido á visitar á Cádiar..... Me han dicho que ha obrado con muy poca caridad.
--Es un tanto duro el señor Molina de Medrano, pero muy religioso, eso sí... figuraos que aunque acababa de dejar el camino, no ha querido reposar ni comer hasta que se ha purificado la iglesia que habia quedado impura por la sangre que en ella se habia vertido. Por esa razon he venido mas tarde y os he hecho esperar... pero en cambio se ha labado el templo de su impureza, gracias á las ámplias facultades que trae el señor Molina de Medrano y podrá celebrarse en él la Pascua... de otro modo la iglesia hubiera estado impura algunos dias.
--¡Gracias á Dios! asi tendremos misa del gallo.
--A la que me alegraría mucho que asistieseis: celebrará el señor inquisidor Medrano: yo seré diácono y el licenciado Arias subdiácono: tendremos villancicos en que cantará con su hermosa voz... una dama que vos apreciais mucho, y otra señora que ha venido á su casa...
--Doña Isabel de Válor, ¿y la otra?
--Una gran señora.
--¡La princesa Angiolina Visconti..! Os prometo ir.
--Con vuestra noble hija.
--¿Conoceis vos á mi hija?
--No señor, pero he oido ponderar su virtud y su hermosura.
--Mi hija no está aquí en estos momentos.
--¡Qué desgracia!.. pero en fin, os tendremos á vos.
--Indudablemente: pero vamos á lo que importa.
--Si, á la conversion del Ferih de los Berchules.
--Pues no tenemos el gusto de bautizar á ese descreido.
--¡Cómo! ¿por qué?
--Porque mientras yo fuí á veros, el tal bandido se ha escapado.
--¡Cómo! ¿pues no estaba herido, y herido de peligro?
--Eso mismo me he dicho yo: no lo comprendo, pero lo cierto es que se ha escapado... yo lo he sentido mucho y vos, no debeis sentirlo menos.
--¡Oh! ¡siéntolo en el alma! ¡un miembro podrido que continúa separado del cuerpo de los fieles!
--Y aun por algo mas debeis sentirlo, señor beneficiado, porque segun creo, aunque vos me habeis guardado el secreto, Melik el Ferih, es padre de una morisca, de una Mariblanca que es vuestra ama.
--¡Ah! dijo el beneficiado no pudiendo evitar un estremecimiento: vos lo sabeis todo.
--¿No veis que busco al bien, y para practicarle tengo por todas partes gentes que se informan de todo?
--¡Ah! dijo el beneficiado que empezaba á sentir algun recelo.
--Por eso, porque lo sé todo, vuestra venida, á pesar de la fuga del Ferih, no es inutil. No os ireis sin bautizar una mora, y aun mas sin casar á una mora y á un cristiano, padres de la no bautizada.
--¿Y por qué no bautizar tambien á la madre?
--Por la sencilla razon de que, desde que nació la madre es cristiana.
--¡Ah! ¡una morisca!
--Algo mas que una morisca: una sultana.
--¡No os comprendo! dijo el beneficiado que se sentia mal, y que iba viendo transformarse en otro hombre distinto del que habia visto hasta entonces á Yaye.
--Pues es muy fácil de comprender: la dama á quien vais á casar es hija del emir de los Monfíes: en una palabra, es mi hija.
--¡Vos!.. exclamó el beneficiado y no pudo continuar.
Anudósele la voz en la garganta; se puso pálido como un cadáver, tembló, se anonadó; quedó tal como si la tremenda cabeza de Medusa, con toda su terrible virtud y sus sierpes ponzoñosas se hubiese presentado ante su vista.
--¡Qué os espanta! ¿no sois vos el que con tanta crueldad habeis martirizado á los pobres moriscos? ¿no sois vos el que habeis arrebatado los hijos á sus madres y los habeis enviado á los hospicios del rey? ¡Habeis tenido valor suficiente para remitir las súplicas desesperadas, las lágrimas, los gritos de angustia de las desdichadas á quienes arrebatabais los hijos de sus entrañas, y os falta delante de mí que ningun mal he de haceros, puesto que habeis venido bajo el seguro de mi palabra!
Tranquilizóse un tanto el eclesiástico.
--¿Pero quién habia de creer..? dijo: yo hubiera jurado...
--Que yo el don Alonso de Fuensalida á quien conociais, era el mayor cristiano del mundo...
--Vuestras obras... vuestra caridad...
--Si, es cierto: mi caridad hácia los mios, me ha obligado á presentarme ante vos encubierto con un nombre castellano, á captarme vuestra voluntad con donaciones hechas á vuestra iglesia, á fingirme catequizador de moriscos, cuando en verdad solo se bautizaban los infelices por sugestion mia, para evitar las crueldades que so pretesto de religion cometiais con ellos: si es cierto: mi caridad para con los moriscos ha sido grande, porque lo que he hecho en Cádiar lo he hecho tambien en las demás villas de las Alpujarras. Pero no hablemos mas de esto. Procurad tranquilizaros, porque os lo repito: aunque os encontrais entre monfíes, nada os acontecerá: por muy cruel y fanático que seais, aunque mereciéseis un terrible castigo, os he llamado yo, porque os necesito, y estais tan seguro como si os cobijara el trono del rey de España.
--¿Y para qué me necesitais, señor? dijo el beneficiado no bien repuesto á pesar de las tranquilizadoras palabras de Yaye, y tratándole con tanto respeto cuanto era su miedo.
--Ya os he dicho para lo que os necesito: para casar á mi hija y bautizar á mi nieta.
--Estoy dispuesto á obedeceros, señor.
--Con vos ha venido vuestro sacristan que se ha quedado fuera.
--Si señor.
--¿Sabe ese hombre á lo que venis?
--Le he dicho que se trataba de bautizar...
--Bien, por eso no quede, haremos una farsa; mandaré á uno de los mios que se meta en cama...
--Pero...
--¿Y qué os importa á vos pronunciar algunas palabras y verter una poca de agua sobre la cabeza de un hombre?
--Lo que yo temo, es que maese Barbillo que es muy ladino conozca que no se trata de un herido.
--Descuidad que la farsa se hará bien. Ahora vamos á otra cosa. Es necesario que la fecha de ese casamiento y de ese bautismo se anticipen.
--No os comprendo bien.
--Vais á comprender al momento.
Yaye sacó de su bolsillo una cartera, y de aquella cartera dos papeles doblados, y los presentó á Juan de Rivera.
Eran dos partidas de casamiento y de bautismo; la una estaba fechada en 30 de setiembre de 1567, la otra nueve meses despues. Solo faltaba la firma del beneficiado.
--¿Pero no veis, dijo Juan de Ribera, que estas partidas no pueden constar en el libro de la parroquia ni con los folios que aquí tienen?
--Descuidad: el libro de la parroquia desaparecerá sin que os puedan hacer cargo. Ya comprendereis que tratándose de mi hija y de mi nieta, tengo un gran interés en que estas partidas no aparezcan falsas; á vos os interesa tambien porque... pienso demostraros mi agradecimiento de una manera digna de mí.
Y Yaye abrió un cajon de su mesa, y sacó de él uno trás otro, veinticinco columnas compuestas por veinticinco dorados doblones de á ocho cada uno.
--Si, si, es verdad: sois el mismo generoso señor de siempre, pero encuentro una dificultad.
--¿Cuál?
--¿De quién es hija la dama que se va á casar?
--Es hija mia.
--Aquí dice: la excelentísima señora doña Esperanza de Cárdenas, duquesa de la Jarilla, grande de España, hija del excelentísimo señor don Juan de Andrade, duque viudo de la Jarilla.
--Es que yo soy ese.
--¿Pero no sois entonces el emir de los monfíes?
--Tambien lo soy; para que os aclare mas dudas, preguntad al inquisidor Medrano, ya que le teneis en la villa, y aposentado en vuestra casa, quién es el duque viudo de la Jarilla: él me conoce bien.
--¡Ah!
--Lo que importa es que firmeis estos documentos, porque se va haciendo tarde, y teneis que volver antes de la noche á Cádiar.
Juan de Ribera firmó.
Yaye guardó de nuevo las dos partidas, y dijo:
--Vamos y terminemos. Casareis á mi hija, bautizareis á mi nieta, y despues haremos delante del sacristan la farsa del bautismo de Melik-el-Ferih, del padre de vuestra ama.
--Vamos á donde querais, señor.
Yaye y el beneficiado desaparecieron por una puerta.
Pasó una hora, y maese Barbillo fue llamado.
Atravesó la cámara acompañado de un lacayo y desapareció por otra puerta.
Media hora despues, el lacayo y Barbillo volvieron.
--Es mucha, mucha, la caridad cristiana de don Alonso, dijo con cierto intencionado sarcasmo Barbillo al atravesar la cámara: pero creo que ese buen Ferih no está tan gravemente herido como dicen. ¿Eh? ¿qué decís vos?
--Digo, contestó el lacayo, que no era otra cosa que un monfí, mirando fijamente á Barbillo, que jamás me entrometo en las cosas de mi señor.
Y salieron por otra puerta.
Apenas habian salido, cuando entraron de nuevo en la cámara Yaye y el beneficiado.
--Ya que habeis casado á mi hija, y bautizado á mi nieta, le dijo Yaye, cuidad de que nadie sepa lo que aquí ha sucedido. Mi hija debe aparecer casada en la fecha que consta en la partida de desposorios. Nadie ha asistido á la ceremonia, mas que mi familia: si esto se sabe... vos lo habreis dicho... y entonces...
--¡Oh! descuidad, descuidad, señor, contestó todo humilde el beneficiado.
--Y no os atrevais á nada cuando os veais libre y seguro en Cádiar, porque podria pesaros.
--¿Y cómo me habia yo de atrever, viviendo en las Alpujarras, á faltar á la voluntad de quien tan poderoso es en ellas?
--Y aun fuera de ellas. Mis monfíes estan en todas partes. Oid: en una ocasion, herido gravemente, caí en poder del Santo Oficio. La Inquisicion hubiera tenido un grande placer en quemarme vivo: pero no pudo. Mis monfíes me sacaron de la cárcel del Santo Oficio. Y esto sucedió en Madrid, delante del rey, como quien dice, y del inquisidor general. Guardaos, pues, si apreciais vuestra vida.
--¿Pero me prometeis, señor, que ningun peligro corro? los moriscos estan inquietos... esta mañana...
--Si; esta mañana se ha cometido un horrible crímen en vuestra iglesia..... pero nada temais por ahora..... mas adelante podrá suceder.... para mas adelante, ya os habré procurado yo una buena prebenda.
--¡Una prebenda! ¡vos!
--Si por cierto. Si, yo quiero haceros obispo..... yo moro, capitan de bandidos, como vosotros decís... sereis obispo.
--¡Ah, señor! exclamó el beneficiado, arrojándose casi á los piés de Yaye.
--Pero para que yo os favorezca, será necesario que os hagais merecedor de mis favores.
--Descuidad, callaré, os serviré, seré vuestro esclavo.
--Bien: obrando asi obrareis prudente: ahora idos: ya el sol desciende y es necesario que llegueis á Cádiar antes de la noche. Algunos de mis criados os acompañaran hasta la entrada del pueblo, id.
El beneficiado se dirigió á la puerta.
--Se os olvida eso, dijo Yaye, señalándole el dinero que estaba sobre la mesa.
El beneficiado, con vergüenza, no de recibir el dinero, sino por la manera con que lo recibia, guardó el oro en sus bolsillos.
Despues salió con Yaye que le precedia, con las muestras de la mayor distincion y amistad.
Poco despues, Yaye entró de nuevo en la cámara.
--Ha sido necesario, dijo, confiar á ese miserable, para que no hable una sola palabra: difundido este secreto, cualquiera que por casualidad escapase, podria llevarlo á oidos tales, que perjudicasen á mi hija!... ¡Mi hija! ¿puede hacer un padre mas sacrificios que los que yo he hecho por Amina?
Yaye se pasó la mano por la frente, como si hubiera querido arrancarse de ella una horrible pesadilla.
--¡Cúmplase la voluntad de Dios! exclamó.
Y luego dirigiéndose á una puerta, la abrió y llamó.
--¡Suleiman!
Presentóse el mismo monfí jóven que habia burlado un año antes en Madrid al inquisidor general.
--¿Qué me mandais, magnífico señor? dijo.
--¿Has mirado bien á ese clérigo? le preguntó.
--Le conocería aunque pasasen muchos años, y le viese entre mil.
--¿Y al que le acompañaba?
--Si señor.
--Es necesario que esos dos hombres mueran.
--Morirán, señor.
--Vete, y di á mi wazir Harum, que le espero.
Fuése Suleiman, y á poco entró Harum.
Yaye se encerró con él.
CAPITULO XXII.
Lo que hicieron contra el emir Aben-Aboo y Aben-Jahuar.
Aquella misma tarde, un jóven con un trage sumamente pintoresco, y con una escopeta al hombro, atravesaba por el áspero desfiladero de una montaña próxima á Cádiar.
El trage de este jóven, consistia en un gorro ó bonete de granada, una chaquetilla de colores vivos, y adornada con alhamares y bordados de plata; una camisa sin cuello, bajo una chupa del mismo color que la chaqueta (jaqueta la llamaban los moros); una faja de seda sobre la chupa, y unos calzones anchos, cortos hasta la rodilla, abiertos por abajo, cuadrados en su abertura, y en las piernas unos botines de grana bordados.
Llevaba ademas sobre la faja un cinto con dos bolsas, llenas la una de balas de hierro, y la otra de pólvora: en el cinto dos largos pedreñales ó pistoletes, y un puñal; pendiente del cinto con dos cordones de seda, un alfange berberisco, y sobre el hombro un albornoz de lana, listado á anchas franjas negras y blancas.
Este jóven era Aben-Aboo.
Con su bello trage morisco, su fisonomía se habia completado: era el infante de Granada, brabío y valiente, con el sello característico de su raza fijo en el semblante, y la expresion sombría y amenazadora del oprimido, que tras largos años de paciencia, se levanta ante su opresor.
Era á punto que el sol se ponia, el cielo hasta entonces limpio y despejado, empezaba á cargarse de oscuras nubes hácia el Norte, y allá entre los altos picos de Sierra Nevada se escuchaba rodar el trueno á lo lejos: frias ráfagas de viento pasaban silbando entre los brazos desnudos de las encinas y las peladas rocas, á las que se veia acudir las águilas para preservarse en su profundo nido de la tempestad.
Aben-Aboo siguió andando á gran paso.
El nublado siguió avanzando con extrañada rapidez, y al fin, al ponerse el sol, un tupido toldo de densas nubes cubrió las montañas.
Algunas gruesas gotas cayeron sobre las rocas.
Aben-Aboo entonces partió á la carrera.
Los que hayan viajado por las Alpujarras, y hayan tenido necesidad de atravesar una rambla para llegar al término de su viaje, comprenderán por qué Aben-Aboo, que tenia que atravesar la rambla de los Ciegos, corria.
A los que no conozcan aquel terreno, les diremos: que basta una lluvia de algunos minutos para que en aquel quebradísimo terreno, las innumerables vias de las vertientes de las montañas, conduzcan á la rambla que viene á ser un punto de reunion, un pequeño arroyo, y que juntos todos estos arroyos produzcan por su inconcebible número una corriente bastante considerable para que no pueda ser atravesada por un hombre.
Cuando la lluvia es fuerte y dura algunas horas, no es ya un rio invadeable, el que rueda por la rambla, sino un torrente monstruoso, atronador, que se extiende de monte á monte, que arrastra árboles y aun rocas: un alubion gigantesco que dura muchas horas despues de haber terminado la lluvia que lo produce, que va á aumentar alguno de los traidores rios de las Alpujarras, y que cuando se extingue deja sobre la rambla un fango arenoso, entre el cual, no es difícil encontrar reses muertas y aun cadáveres humanos.
Por eso corria Aben-Aboo.
La tormenta se le echaba encima, y la lluvia empezaba, lenta si, pero con indicios de aumentarse progresivamente hasta convertirse en un furioso aguacero.
Saltaba el jóven como un gamo de roca en roca, y al fin vió una ancha abertura practicada entre dos rocas gigantes, por la cual se veia un plano ancho, pendiente, de arena blanca y brillante.
Tan blanca era esta arena, que cuando reverberaba en ella el sol, ofendia la vista, por cuya razon la habian llamado la rambla de los Ciegos.
Entre estas dos altísimas y cortadas rocas, habia un hombre cubierto en otro albornoz rayado, que al saltar junto á él Aben-Aboo, desde una breña, retrocedió un paso y preparó su escopeta, exclamando con acento enérgico:
--¡Párate! ¡la señal!
--¡Granada y los monfíes! contestó Aben-Aboo.
--¡Ah! ¿eres tú sobrino? dijo el que esperaba, y dejó caer el embozo de su albornoz.
Era Aben-Jahuar-el-Zaquer.
--¿Y nuestra gente? dijo Aben-Aboo.
--Estan mas abajo.
--Está con ellos Abd-el-Melik-el-Ferih.
--No; pero ya hemos quedado de acuerdo: nuestra gente se compone de veinte de los mios.
--¡No son monfíes!
--No; son moriscos y cristianos renegados por delitos, gente dura y braba, que yo estoy reclutando hace tiempo, y cuyo número aumento con todo hombre á proporcion que se me viene á las manos.
--¿Y sabe el emir que vos teneis esa gente?
--Si lo sabe yo no se lo he dicho.
--¿Y entonces quien paga á esa gente?
--Los moriscos de Granada y de la Vega.
--¡Ah! ¿y cuántos son?
--Unos trescientos que podran servirnos de mucho para nuestros asuntos particulares.
--¿Y para qué habeis traido con vos esos veinte hombres?
--Atravesemos la rambla, sobrino, que la noche y la lluvia se nos vienen encima por fortuna nuestra, y sabrás para lo que he traido conmigo á esa gente.
Y Aben-Jahuar tomó á buen paso hácia las quebraduras del frente seguido de Aben-Aboo.
Cuando hubieron atravesado la rambla, subido un áspero repecho, y penetrado en las quebraduras que habia indicado el tio al sobrino, se encontraron en un terreno extremadamente brabío, oculto bajo el saliente de una roca.
--¿Ves la Muela del Lobo, sobrino? dijo Aben-Jahuar, señalando una alta roca que se veia á lo lejos hácia el Sur, al pié de una montaña.
--Si por cierto.
--¿Ves al pié de la Muela una huerta, y en medio de la huerta una casa?
--Sí.
--¿Y alcanzas á percibir á la poca luz que tenemos, lo que pasa delante de aquella casa?
--Tengo muy buena vista, tio: delante de aquella casa hay tres literas, seis caballos y algunas acémilas que estan cargando con maletas y cofres. Eso indica que la gente que vive en aquella casa, ha olido la tempestad de sangre que se prepara, y huye antes de que se le eche encima. Algunos perros cristianos que piensan ponerse en salvo antes de que arrecie el peligro.
--¡Bah! en aquella casa hay cristianos y monfíes.
--¡Cristianos y monfíes!
--Si por cierto: voy á decirte el nombre de los cristianos: primeramente la excelentísima señora duquesa de la Jarilla, doña Esperanza de Cárdenas, ó sino la conoces por ese nombre, la sultana Amina.
--¡La sultana Amina! exclamó estremeciéndose Aben-Aboo.
--Déjame que continúe mi lista de cristianos: el antes solamente marqués de la Guardia, y hoy duque de la Jarilla por su casamiento con la sultana, don Juan Coloma.
--¡Ah! ¡mi amigo el marqués! exclamó con un sarcasmo amenazador el jóven.
--Ademas, doña Estrella Coloma y Cárdenas, hija de los excelentísimos duques de la Jarilla.
--¡Su hija!
--Item: la nodriza de doña Estrella y dos criadas: Calpuc, el indiano, abuelo de doña Esperanza, y bisabuelo de doña Estrella; don César de Arévalo, tio del marqués de la Guardia, ó mejor dicho del duque de la Jarilla, y por último Peralvillo, lacayo del duque.
--Y sin duda allí estará tambien...
--Sí, voy á decirte los monfíes que estan en esa casa: primero el magnífico emir de los monfíes nuestro pariente: luego Harum-el-Geniz, su wazir, Suleiman, su walí, y como hasta cincuenta monfíes.
--¿Pero á dónde es ese viaje?
--No sé tanto; solo sé que podrá suceder muy bien si tienes valor que hagamos un buen negocio.
--Tio... jugamos el todo por el todo.
--Y á qué nos habíamos de haber puesto estos vestidos berberiscos nosotros y nuestra gente, á qué traer antifaces rojos sino para no ser conocidos. Sígueme sobrino, y confia en mí y en el diablo que nos dará buena suerte.
Aben-Jahuar y Aben-Aboo siguieron las breñas adelante, descendieron á unas ásperas quebraduras y al entrar en ellas, Aben-Jahuar gritó ténuemente como un cuclillo.
En el acto respondió otro grito semejante, y otro y otro.
--Ahí estan, dijo Aben-Jahuar.
--¿Quién?
--Los mios.
--Pues os juro que hubiera pasado junto á ellos sin notarlos, dijo Aben-Aboo.
--Eso prueba, cuando han podido engañarte á tí, que eres astuto y experimentado como el monfí mas viejo, que engañaran tambien á los monfíes. Ahora, ocultémonos tambien nosotros, y guardemos el mas profundo silencio.
Tio y sobrino se perdieron entre un jaral.
Junto al sitio en que toda esta gente estaba oculta, habia un estrecho desfiladero, y en él una senda escabrosa.
El desfiladero estaba desierto.
Nadie tampoco hubiera sospechado que junto á él habia gente oculta.
Pasó algun tiempo; empezó al fin á llover con mas fuerza, y en el momento en que arreciaba la lluvia, se oyeron resonar pasos de cabalgaduras en la parte baja del pedregoso sendero, y voces de hombres que hablaban descuidadamente.
--Aquijad, aquijad, decia una voz robusta; marchad de prisa, la lluvia arrecia, y mucho será que podamos pasar la rambla de los Ciegos.
--Las mulas no pueden marchar mas deprisa, señor, contestó otra voz: nos vemos obligados á llevar las literas una detrás de la otra.
--Pues aprisa cuanto se pueda, dijo la voz que mandaba.
De repente se oyó un sordo mugido, indistinto y sordo primero, que fue creciendo y aumentándose hasta oirse perfectamente el bramido de las aguas que corrian á alguna distancia.
En aquel punto la lluvia caia á torrentes.
--¡La avenida en la rambla de los Ciegos! gritó una voz.
--Pues volved, volved atrás; gritó con energía la voz que antes habia mandado; dentro de poco tendremos por aquí otra avenida.
Apenas habia pronunciado aquella voz estas palabras, cuando sonó un tiro: luego otro y otro, sucediendo á esto el rumor de un reñido combate.
Veamos lo que era aquello.
Hemos dicho que la gente de Aben-Jahuar estaba oculta en unos arenales al lado de un pendiente desfiladero: á uno de sus lados se habian ocultado tambien Aben-Jahuar y Aben-Aboo.
Por aquel desfiladero habia aparecido una caravana, que aunque la noche habia cerrado anticipadamente á causa de la tempestad, se veia de tiempo en tiempo á la clara luz de los relámpagos.
Componian esta caravana cuatro monfíes; tras ellos tres literas, cada una de las cuales era llevada por dos mulas una delante y otra detrás, y cada una de estas mulas por un monfí. Luego á caballo, el marqués de la Guardia, Calpuc, el rey del desierto, don César de Arévalo, Peralvillo y Harum-el-Geniz: últimamente como hasta cuarenta monfíes.
En el momento en que, las literas pasaron del lugar donde estaban escondidos con su gente Aben-Jahuar y Aben-Aboo, sonaron los disparos que hemos dicho, y á poco se trabó un combate cuerpo á cuerpo entre los de Aben-Jahuar, y los del emir.
Las literas habian quedado cortadas y delante, y se oia la voz de Amina y las de sus doncellas que pedian socorro, y las imprecaciones en árabe de los monfíes que guiaban las literas.
Uno de los relámpagos iluminó la escena.
--¡Ah! exclamó con rabia Harum el Geniz que se batia como un lobo: ¡son corsarios berberiscos!
La estratagema de Aben-Jahuar, por lo que vemos, habia producido muy buen efecto.
De repente el pavor se apoderó de todos.
No era un enemigo humano el que les aterraba: eran los elementos: algunos pedazos de roca habian pasado zumbando por el desfiladero y por la parte alta se dejó oir un ronco mugido.
--¡La avenida! ¡la avenida! gritaron todos.
Y se arrojaron fuera del desfiladero.
No tardó mucho en dejarse ver el torrente que pasó brillando entre la oscuridad como una serpiente inmensa, blanquecina, puesta en fuga y cuya carrera fuera velocísima.
A la luz de los relámpagos vieron Harum, el marqués, y todos los demas, que los que creian berberiscos se perdian entre las breñas al otro lado del torrente que por efecto de la tempestad llenaba el desfiladero.
Por una casualidad no habia quedado entre ellos ni uno solo.
Faltaban los monfíes que precedian á las literas; los que las conducian y Amina, su hija, la nodriza y las doncellas de Amina que eran llevadas en las literas.
Al ver esto el marqués de la Guardia, que era valiente hasta la temeridad, antes de que nadie pudiese impedirlo, se arrojó con su caballo á la avenida, pretendiendo atravesarla.
Un grito de horror salió de todas las bocas.
El caballo y el ginete fueron arrebatados por la corriente.
--Pronto, pronto, á buscar el puente del salto del Gamo, gritó Harum: salvemos á la sultana: la sultana antes que todo.
--Es que, dijo un monfí viejo, no podremos llegar al salto del Gamo.
--Tienes razon Mahdar; el desfiladero del Fraile estaba invadeable: estamos encerrados, señores, añadió con desesperacion; estamos encerrados por la avenida entre una rambla y dos desfiladeros: ¡que se haga la voluntad de Dios!
* * * * *
--Dios ó el diablo nos han protegido, sobrino, decia Aben-Jahuar á Aben-Aboo, entrando con él en Cádiar, en el meson del Cojo, cubiertos con sus capas castellanas; la tormenta nos ha ayudado; de otro modo aunque sin duda hubieramos vencido, alguno de dos nuestros hubiera quedado en poder de ellos y era un mal cabo; ahora... ahora... no salen á bien librar hasta mañana de la prision en que los han puesto las aguas.
--Pero han sucedido horribles desgracias tio, dijo Aben-Aboo, cuyo semblante tenia una expresion ferozmente sombría.
--¿Y qué importa? ya no es un obstáculo á nuestros proyectos la hija del emir.
Y al decir estas palabras se entró con su sobrino en el aposento en que se habian encontrado aquella mañana.
Poco despues un hombre llamó recatadamente á la puerta, le abrieron y entró. Era el emir.
CAPITULO XXIII.
Cómo trataba Yaye á sus parientes.
Tendió á un tiempo las manos á Aben-Jahuar y Aben-Aboo y se las estrechó con fuerza.
[imagen: El licenciado Juan de Ribera.]
--¡Oh! dijo sentándose. Estoy contento. Al fin he tomado una resolucion decisiva, he fijado la suerte de mi hija y me quedo libre para hacer con vosotros la guerra al cristiano.
--¡Qué habeis fijado la suerte de vuestra hija! primo, dijo Aben-Jahuar con las muestras del mas solícito interés.
--Sí, esta tarde se la he entregado á su marido. Era para mí un obstáculo inseparable; la acompaña su abuelo, y va bien escoltada. Es verdad que puede haberles cortado el camino la tormenta impidiéndoles pasar la rambla de los Ciegos, pero esto no es mas que algunas horas de detencion; remontaran la montaña y llegaran mañana á Motril, donde en una galeota mia se trasladaran á Venecia. Y estoy alegre, vive Dios, muy alegre. Era necesario decidirse, decidirse de todo punto. Pero tengo apetito. Manda, hijo mio que nos den de cenar.
Se levantó Aben-Aboo y salió.
--Tengo que hablarte primo, de un asunto, ó por mejor decir de dos asuntos importantísimos para los dos. No he querido decírtelo delante de nuestro sobrino.
--¿Tan de repente has pensado ese asunto?
--Si; cuando al fin he visto asegurada la suerte de Amina, me he encontrado otro hombre. Pienso abdicar...
--Abdicar... ¿y en qiuén?
--Aben-Aboo es muy brabo y los monfíes le aman...
--¡Cómo!
--Silencio, le siento acercarse... cuando hayamos cenado, yo me despediré, é iré á esperarte á la salida de la villa por la Caba-honda.
--Iré.
Aben-Aboo entró en aquel momento y á la primer mirada comprendió que habia pasado algo grave entre sus dos tios.
Sin embargo comprendió tambien que debia disimular.
--¿Conqué mi prima, dijo, se va á Venecia? ¡Y yo que contaba al menos con verla!
--¿Y qué habiamos de hacer aquí con ella una vez empeñada la guerra? No, no: era prudente ponerla fuera del incendio. Si Dios nos ayuda y triunfamos tiempo tendremos de verla.
El Cojo entró entonces con una verdadera cena de meson, pero era tal el apetito de los comensales, estaban todos tan contentos, cada cual por su causa, que devoraban un pésimo gigote y algunas aves, acompañadas de una liebre que por casualidad tenia cabeza.
Durante la cena y como estaban servidos por el Cojo y por su hija, alegre mocetona de veinte y cuatro años, la cena pasó con una conversacion indiferente.
[imagen: El capitan Diego de Herrera.]
--¿Qué diria la Inquisicion si nos viera comer carne la noche de navidad?, dijo el emir.
--¿Y si viera que esta carne nos la servia una mora de tan buena carne como Pascuala? dijo Aben-Jahuar.
--Vamos señor, siempre que hay gentes delante se estrella vuesamerced, contestó la muchacha.
--¡Cuándo digo yo que esta Pascuala acabará por arruinarme! dijo el Cojo.
--¿Pues qué hace la muchacha para ello? dijo Aben-Aboo.
--¡Bah! con esa cara de hereje que pone á los huéspedes... no hay ninguno que no se me haya quejado, sobre todo de la mala cama.
--Es que los tales huéspedes quieren á veces, que las camas sean tan completas... dijo la muchacha.
--Y no crean usamercedes que esto es por virtud; no señor; sino porque la tiene bebidos los sesos ese organista del diablo, que solo gana tres maravedises... que... que en fin, es un haragan, un desarrapado... lo que no impide que esta señora se pase las noches de claro en claro pelando la pava con él.
--¿Y qué tiene eso de malo?
Y asi mientras duró la cena, los tres personajes ocultaron su verdadero estado con conversaciones tales, como la de que acabamos de dar una muestra.
Acabada la cena, el emir se despidió de Aben-Jahuar y de Aben-Aboo.
--¡Que está tranquilo acerca de su hija! dijo sombriamente el jóven apenas se quedó solo con su tio.
--Afortunadamente, nadie nos ha conocido, ni los mismos que nos han ayudado saben lo que han hecho. El emir no puede hacernos cargo de nada.
--¿Y á dónde irá ahora?
--Es muy posible que vaya á ver á tu madre.
Ya sabemos que Aben-Jahuar sabia que Yaye no habia ido en busca de su hermana doña Isabel.
--¿A buscar á mi madre en una noche como esta?
--Pues esta noche mas que otra, debe el emir estar cuidadoso por mi hermana.
--Pero la tenacidad de ese hombre, cuando mi madre...
--¿Y qué quieres? asi son todos los enamorados.
--¡Pues juro á Dios...!
Aben-Aboo se detuvo, pero Aben-Jahuar adivinó el resto del juramento: Aben-Aboo se habia puesto de pié, y se arreglaba la capa y el talabarte.
--Mira lo que haces, sobrino, exclamó profundamente Aben-Jahuar: el emir es poderoso, y está acostumbrado á satisfacer sus empeños: prudencia, sobrino, prudencia, y no aventuremos en un minuto lo que tanta paciencia y tantos sacrificios nos ha costado.
--Tan prudente seré, dijo Aben-Aboo, que daré ocasion á que otros aprendan en mi prudencia.
Aben-Aboo que habia pronunciado estas palabras de una manera ambigua, cuya verdadera intencion no podia apreciarse bien, salió.
--¡Ah! dijo Aben-Jahuar: ¡quiere abdicar en Aben-Aboo! ¡si ese insensato llega á ser emir de los monfíes, todo está perdido para mí! los monfíes conocen su ferocidad y le aprecian: le servirian á ciegas, y correrian tras él, aunque los llevase á arrojarse de cabeza á un volcan. Pero aunque sois astuto y feroz, señor sobrino, yo os llevo la delantera, y nos veremos, vive Dios, ¡nos veremos!¡vos, el emir y yo...! ¡Ah! ¡ah! yo os juro amigo mio, que no habeis de ver la verdad hasta que esa verdad os espante.
Despues llamó, pagó la cuenta que le ajustó el Cojo por los dedos, y se fué á encontrar al emir.
Hallóle en la parte baja del pueblo junto á las tapias.
--Empezaba á impacientarme, le dijo.
--He tenido que engañar á Aben-Aboo para separarme de él.
--¿Y sospecha algo?
--Nada: solo espera con impaciencia que llegue la hora.
--Poco tardará en sonar, ya son las nueve. Entre tanto podemos hablar nosotros, y ponernos de acuerdo.
--¿Pues qué estamos discordes?
--Si; y este es un mal presagio.
--¿Y en qué consiste esa discordancia?
--En que todos teneis ambicion, y vuestras ambiciones encontradas, seran la causa de nuestra ruina.
--¿Y nada dices de tu propia ambicion?
--Yo la he perdido: todo me ha salido mal: en todos mis afectos, en todos mis deseos, en todas mis esperanzas, estoy ya contrariado: ya no soy el hombre que luchaba con toda su inteligencia, con todas sus fuerzas: soy un vencido que se rinde.
--¡Un vencido!...
--Sí vencido por su suerte.
--Desmayas en los momentos en que mas necesitamos de tu ayuda.
--No por cierto: yo os doy todo lo que tengo: mi ejército, mis tesoros, mi espada. ¿Quereis mas?
--Pero esa abdicacion...
--Es necesaria. Aben-Aboo está descontento: Aben-Humeya le mira con recelo: señor es uno, vasallo el otro: ni Aben-Aboo serviria bien á Aben-Humeya, ni Aben Humeya confiará en Aben-Aboo. Por el contrario, siendo Aben-Aboo emir de los monfíes, se encontraran igualmente poderosos...
--Aben-Aboo pesará sobre Aben-Humeya.
--Pero aun vivimos nosotros: nosotros mas experimentados que ellos: nosotros que tenemos una poderosa influencia, tú sobre los moriscos, yo sobre los monfíes: nosotros que podemos enlazarnos á ellos por sagrados vínculos.
--¡Cómo!
--Tu amas á tu cuñada doña Elvira, dijo Yaye.
--Es verdad, contestó con voz cavernosa Aben-Jahuar.
--Yo amo... cada dia con mas fuerza, cada dia con mas desesperación, á tu hermana doña Isabel.
--¿Por qué no la amaste del mismo modo hace veintidós años? entonces Aben-Aboo sería tu hijo...
--¡Ah! exclamó Yaye: olvidemos lo pasado y pensemos solo en el presente: estoy irrevocablemente decidido á lo que te he propuesto.
--No creo realizable tu proyecto mas que en lo relativo á la abdicacion en Aben-Aboo: por lo demás, ni mi hermana se casará contigo, ni conmigo mi cuñada doña Elvira; ademas, y seamos francos... doña Elvira te ama, Yaye.
--¡Oh! ¿quién te ha dicho eso?
--¿No crees que los zelos son muy perspicaces?
--Los zelos mienten, ó por mejor decir, los zelos se engañan. Doña Elvira no ama á nadie, á nadie mas que á su hijo: por eso, encontrando solo un hombre ante el porvenir de su hijo, siendo ese hombre yo, pretende inhabilitarme, apoderarse de mí, matarme, en una palabra; Doña Elvira, primo, me aborrece, y por que me aborrece, me cerca de asechanzas, me ataca con todas sus armas, con su astucia, con un amor fingido, con un empeño tenaz. Cuando vea que yo abdico en Aben-Aboo... que me caso con tu hermana, doña Elvira se casará contigo, para contrabalancear el poder de Aben-Aboo: no lo dudes Aben-Jahuar: doña Elvira solo ama á su hijo Aben-Humeya.
Quedóse profundamente pensativo Aben-Jahuar.
--¿Y qué hemos de hacer? dijo.
--¿Consientes en que pongamos por obra mis proyectos?
--¿Y tú estás seguro de que doña Elvira querrá casarse conmigo?
--Sí, en el momento en que yo me case con tu hermana doña Isabel.
--Pero es necesario empezar á obrar al momento.
--Es necesario que vayamos á casa de tu hermana.
--¡Ah!
--Tú hablarás á Aben-Aboo; le participarás mi resolucion, y le prepararás para que desde esta noche empiece á obrar como corresponde á su nuevo estado: yo entre tanto hablaré á tu hermana.
--Quiera Dios, dijo Aben-Jahuar que saques de ella tan buen partido como yo espero sacar de Aben-Aboo.
Y tomando por fuera de las tapias arriba, se encaminó con Yaye á la atalaya donde vivia Aben-Aboo.
CAPITULO XXIV.
De cómo se encontraron reunidas de una manera extraña, personas que se creian muy separadas.
En una habitacion completamente blanca, con el pavimento cubierto de una estera de esparto, desnudas las paredes y con techo de bovedillas y adornada con algunos muebles modestos, al lado de una chimenea encendida, habia dos mujeres.
Era la una doña Isabel de Córdoba y de Válor: la otra Angiolina Visconti.
Doña Isabel, si bien contaba ya cuarenta años, estaba en el esplendor de su hermosura: no de esa hermosura brillante, vaporosa, delicada, esmaltada, por decirlo así, de la jóven, de la adolescente casi, sino en esa fuerte y brillante hermosura de la mujer, en que hay un exceso de vida y de pasion, en que se mira con dolor el pasado, y se espera con temor ó al menos con una dolorosa resignacion la metamorfosis de la mujer, en que se marchitan las mejillas, en que aparecen las canas y las arrugas, en que las formas mas hermosas se deprimen, en que la mirada se apaga, en que los cabellos se disminuyen, se aclaran, se retiran de la frente, ó por mejor decir, la ensanchan: doña Isabel no tenia ya la belleza de la esbeltez, pero tenia en cambio, la magestad y la incitante hermosura de la matrona: habia engruesado, pero sin perder la belleza de sus formas; su pecho se habia levantado, pero sin perder su aspecto puro y virginal; doña Isabel habia crecido en vida y en hermosura y no habia perdido nada de su pureza: el sufrimiento agudo de un amor contrariado, de una vida robada á la felicidad, habia impreso, fijado sobre su semblante, la expresion del sufrimiento, pero de un sufrimiento valiente y resignado, y esta expresion daba á su hermosísimo semblante, á su ardiente mirada, un resplandor sublime, por decirlo así, casi divino: doña Isabel era á los cuarenta años, una de esas mujeres que hacen bendecir á Dios que las ha criado, que inspiran un amor exento de competencias de todo género, que absorven completamente la vida y el alma de un hombre.
Sin embargo, en los veintidos años que habian pasado desde la muerte de Miguel Lopez, se habia visto libre de pretensiones, exceptuando las de Yaye.
¿En qué podia consistir esto, tratándose de una mujer tan hermosa y tan pura?
Consistia en que en Cádiar no la conocia nadie mas que los parientes próximos de su hijo, su confesor y un escaso número de mujeres.
Estas en verdad habian ponderado su hermosura: pero doña Isabel no salia de su casa sino para ir á misa (eso todos los dias), y en esta sola ocasion se cubria de tal modo el rostro con el manto, que solo podia apreciarse lo airoso de su andar, lo gentil de su conjunto, y ese perfume particular que deja tras si toda mujer hermosa.
Su casa, encerrada dentro de una tapia y situada en una altura, estaba libre de miradas curiosas, y en ella no penetraba nadie, mas que, como hemos dicho los parientes, y estos viejos unos, ó casados los otros, y algunas mujeres.
La hermosura pues, de doña Isabel, solo se conocia de fama.
Pero lo repetimos: era esta tal, que á pesar de ser hermosísima Angiolina, se encontraba como empalidecida, como borrada, como vulgarizada, al lado de doña Isabel.
Encontrábanse las dos, en el momento en que las presentamos de nuevo en escena, en esa disposicion de ánimo en que se piensa mucho y se habla muy poco.
Ademas, la situacion en que se encontraban colocadas la una respecto á la otra, era tirante y difícil: vivian juntas y apenas se conocian: al llevar Aben-Aboo á Angiolina de Granada, habia dicho á su madre:
--Esta dama es una noble viuda á quien amo, y que se encuentra sola en el mundo: sino fuera la persona que es, pudiera haberme recibido en su casa, como otras tantas; pero esto no era conveniente ni decoroso, ni para ella ni para mí: he contado, pues, con que vos la servireis de madre hasta el dia en que pueda llamarse vuestra hija.
Doña Isabel tendió la mano á la aventurera que su hijo la presentaba, la admitió en su casa, la llamo su parienta para salvar las apariencias, y nada la preguntó ni nada la dijo Angiolina.
La dulzura y la virtud, y la magnífica belleza de doña Isabel, empezaron á dominar á la veneciana, que se sintió arrastrada hácia ella. Angiolina por su parte, que era una mujer digna y noble cuando no se trataba de su empeño por el marqués de la Guardia, empezaba tambien á hacerse lugar en el corazon de doña Isabel.
Esta no sabia quién era: pero aquella mañana en el exámen, delante de la Inquisicion, se habia llamado Angiolina princesa.
Doña Isabel no habia podido olvidar aquella revelacion: ni que el inquisidor habia tratado á Angiolina como una conocida antigua, ni la turbacion y la vacilacion de Angiolina al reconocer al inquisidor. Cuando doña Isabel dejaba de pensar en esto, se la venia á la memoria la terrible muerte de Malicatulzarah, con sus horribles detalles, con toda su aguda pasion, y entonces los ojos de doña Isabel se llenaban de lágrimas, y su corazón se levantaba á Dios rogando por aquellos desventurados.
Por esta razon estaba tan profundamente pensativa doña Isabel.
El haberse visto reconocida por Molina de Medrano cuando menos lo esperaba; el haber visto aquella mañana desde la atalaya entre las breñas y á lo lejos á Laurenti y á Cisneros, y el recuerdo de la sangrienta escena de la iglesia, tenian tambien profundamente pensativa á Angiolina.
Dieron las ánimas, y doña Isabel las rezó.
Contestóla Angiolina, y por esta razon se cruzaron entre ellas algunas palabras.
--Cómo zumba el viento en la chimenea, dijo doña Isabel arreglando los tizones.
--Todo es hoy lúgubre, contestó Angiolina.
--¿Y mi hijo? ¿dónde estará mi Diego? añadió doña Isabel: otras noches ha venido mas temprano.
--Aquí estoy madre, dijo la voz de Aben-Aboo á la puerta.
Y el jóven adelantó, se quitó la gorra, la capa y el talabarte, y se sentó delante del fuego entre las dos mujeres.
--No es prudente andar á deshora por la calle cuando tenemos el pueblo lleno de soldados, y cuando la Inquisicion hace su visita, dijo doña Isabel: recelan demasiado de nosotros, y es peligroso...
--Pues ved ahí, madre mia, dijo Aben-Aboo: yo quisiera que hubiese cien veces mas soldados y mil veces mas inquisidores en el pueblo.
Palideció doña Isabel al escuchar la ronca y amenazadora voz de su hijo y no contestó.
Angiolina miró de una manera profunda al jóven.
Su semblante estaba terriblemente contraido, ceñudo.
--Supongo, dijo doña Isabel, que nos acompañarás á la misa del gallo.
--Cabalmente he venido á deciros que no ireis.
--¿Que no iremos? exclamó doña Isabel: ¿y por qué?
--Porque no debeis ir.
--¡Que no debemos ir! explícate por Dios, Diego.
--Ha llegado la hora, replicó el jóven.
--¿La hora de qué?
--Esta mañana se ha vertido en la iglesia sangre inocente.
--¡Ah! exclamaron las dos mujeres.
--Esta noche se verterá en la misma iglesia sangre de infames.
--Pero tú no la verterás, Diego, hijo mio; exclamó toda asustada doña Isabel: el crímen ageno no autoriza el crímen propio; tú te harás ageno á esos crímenes.
--¿Crímenes llamais á la venganza de un pueblo oprimido?
--Dios toma á su cargo las lágrimas y la sangre de los que sufren.
--No queremos esperar tanto.
--Pero no meditas que una vez dado un paso...
--Se dan diez, ciento, mil... en buen hora: yo daré el primero sin vacilar.
--No, tú no darás ninguno.
--He jurado beber la sangre de ese infame inquisidor y la beberé, madre.
--Pero te perderás, y perderás á los tuyos.
--¿Temeis que alguien perezca en esa lucha, señora? dijo con acento de reconvencion Aben-Aboo.
--Temo que perezcas tú, contestó con dignidad doña Isabel que habia comprendido la intencion de su hijo.
--¿Y no temeis por nadie mas?
--Temo por todos, por todos, Diego, ¿lo entiendes?
--Yo creia que antes que por mí temblabais por...
--¿Por quién? preguntó con tal altivez doña Isabel que Aben-Aboo á su despecho se vió obligado á bajar los ojos.
En aquel momento y cortando la conversacion que empezaba á hacerse difícil, se abrió la puerta y apareció en ella Alí, el esclavo de Aben-Aboo.
--Señora, dijo; vuestro hermano don Fernando, que viene con otro caballero, desea veros.
--Dí á mi tio, contestó Aben-Aboo, que pase á mi habitacion.
--No, no, dijo doña Isabel: díle que entre aquí.
El esclavo salió.
--Acaso mi tio me busca á mí, no á vos, señora.
--Tu tio, dijo á la puerta Aben-Jahuar, os busca á todos; pasad, primo, pasad; hermana, te traigo un antiguo conocido.
Y adelantaba llevando de la mano á Yaye que temblaba como un niño.
Todos se pusieron de pié.
Aben-Aboo miró con recelo á su tio: doña Isabel fijó una mirada atónita, vaga, indescribible en Yaye, y Angiolina al ver al emir se puso sumamente pálida.
--¿Qué es esto, dijo Aben-Aboo? pues no me habiais dicho...
--Indudablemente te he dicho mucho y aun tengo mas que decirte.
--Si, dijo Yaye; vuestro tio tiene que deciros de mi parte graves cosas; seguidle, Aben-Aboo; yo tambien tengo que tratar con vuestra madre gravísimos asuntos.
--Aben-Aboo vaciló un momento, y luego dijo:
--Veamos lo que teneis que decirme, tio don Fernando; os dejo con mi madre, tio don Juan: oid vos señora á ese mi tio que se queda con vos, como yo voy á oir á este con quien me voy.
Y salió con Aben-Jahuar.
--Permitidme, dijo Angiolina; vais á hablar de graves negocios y...
--No, no; quedaos doña Angélica, dijo con precipitacion doña Isabel.
--La princesa Angiolina Visconti, mi antigua amiga, dijo Yaye con acento natural, dulce, casi cariñoso, dice bien; tenemos que tratar gravísimos asuntos, prima, y necesitamos tratarlos á solas. Venid, princesa, venid y perdonadme, pero graves razones me disculpan.
--¡Oh! siempre estais para mí perdonado, dijo Angiolina, y aceptando la mano de Yaye se dejó conducir á una puerta inmediata.
Doña Isabel habia quedado de pié y temblando junto á la chimenea.
Su mirada estaba fija en Yaye de una manera lúcida, ardiente, medrosa, enamorada.
Yaye se conservaba tan hermoso como ella se habia conservado.
Yaye cerró las dos puertas de la habitacion.
--¡Oh, no! exclamó doña Isabel; pueden venir, encontrar las puertas cerradas.
--Nadie vendrá, dijo Yaye: tu hermano tiene que hablar mucho en mi nombre á nuestro hijo.
--¡Ah! exclamó doña Isabel cubriéndose el rostro con las manos.
Yaye se acercó y apartó las manos del rostro de doña Isabel.
Esta le miró frente á frente.
Sus ojos parecian absorver á Yaye.
--¡Oh Dios mio! ¡mas hermosa que hace veinte y dos años!
Doña Isabel bajó los ojos y calló.
--¡Veinte y dos años sin vernos! continuó Yaye: ¡veinte y dos años amándonos de una manera desesperada!
--¡Ah! ¡no, no, yo no! exclamó doña Isabel.
--Si, me amas, tus ojos me lo dicen, me lo dicen tus manos que tiemblan entre las mias, me lo dice tu alma, Isabel, esposa mia.
Y en un momento de fascinacion aquellos dos semblantes se unieron, aquellas dos bocas se besaron.
Doña Isabel exhaló un grito ahogado, se retiró bruscamente de Yaye, se desasió de él y le dijo trémula y conmovida:
--Vete.
--¡Que me vaya!
--Si, vete: vete y déjame con mi pobre amor sin esperanza, resignado, sufrido; vete, y no me atormentes, porque me atormentarias en vano, Yaye. Lo que Dios quiso que fuera, fue: me has hecho avergonzarme ante mí misma; no me hagas que me avergüence ante Dios; vete, Yaye, vete: sabes que te amo, que te amo como el primer dia en que te confesé mi amor, pero... Dios no quiere que pasemos de ahí; vete, Yaye, y déjame en mi triste paz.
--Los dos somos viudos, dijo Yaye.
--Pluguiera á Dios que no lo fuésemos, repuso doña Isabel.
Ennegrecióse el semblante del emir.
--¿Habré yo vivido soñando? dijo.
--Sí, contestó doña Isabel; toda tu vida ha sido un sueño, y un sueño horrible.
--Pero es que quiero despertar de ese sueño: es que quiero olvidar lo que por mí ha pasado: es que quiero volver á la vida, renacer transformado en otro hombre: es que desde hace algun tiempo, veo claramente que Dios aparta de mí su mano y maldice todas mis obras: ¿será tambien que Dios haya maldecido mi sincero amor, la luz que continuamente ha alumbrado mi existencia? ¿será que trás tantos años de esperar y de sufrir, haya tambien de renunciar á tí, á tí á quien he buscado en vano, á tí á quien adoro y á quien me amparo perdida ya la esperanza de todo?
--¿Y la patria á quien me sacrificaste, Yaye?
--¡La patria! ¡la patria! exclamó con sordo acento el emir; ¡no hay esperanza para la patria como no la hay para mí!
--Lo que habeis hecho vosotros los ambiciosos, dijo doña Isabel, ha sido mantener el descontento entre los moriscos; excitarlos á la rebelion, en vez de aconsejarles una sumision que hubiera hecho mas blando el yugo del conquistador. Pero los moriscos han resistido, excitados por vosotros, los que queriais ser á costa suya; se han rebelado una y cien veces, han resistido de todo punto la conversion, se han hecho temibles á fuerza, de indómitos, y solo han conseguido venir al punto de un rompimiento fatal: esta mañana, ¡oh Dios mio! ¡esta mañana he visto morir una familia delante de mis ojos! he visto el templo del señor manchado de sangre y... ¡te he acusado Yaye!
--¡Isabel! exclamó el emir.
--Sí; yo no puedo hacer otra cosa que acusarte. ¡Acuérdate!
--¡Isabel! repitió Yaye.
--¿Qué has hecho de tus hijos, emir de los monfíes? exclamó con acento solemne y doloroso doña Isabel.
--¡Oh! ¡calla! ¡calla! exclamó Yaye con terror: y luego añadió con voz sorda y reconcentrada: mis hijos estan malditos de Dios.
--¡Oh! ¡si! exclamó doña Isabel: malditos de Dios porque son hijos del adulterio.
--Pero ya te he dicho que mi vida ha sido un sueño horrible: que necesito tu amor para ahogar en él mis recuerdos... mis remordimientos... porque tengo remordimientos, Isabel... remordimientos crueles... y tú... tú eres la primera causa de esos remordimientos.
--¡Yo...!
--Si, tú, porque tú fuiste mi primera víctima.
A esta confesion tan franca, tan espontánea, la generosa doña Isabel no supo qué contestar.
--Cuando yo te conocí, continuó Yaye, alentado por el silencio de doña Isabel; cuando yo te conocí, abria mis alas al viento de la vida, volaba de frente, al sol, le miraba cara á cara, y en vez de deslumbrarme, me parecia el sol pequeño. Sin embargo, te amaba Isabel, te amaba: aun no se ha cerrado la dolorosa herida que abrió en mi alma nuestra separacion; solo la muerte de Miguel Lopez y la certeza de que no fuiste suya, pudo calmar la desesperada amargura que sintió mi alma al verte su esposa. Yo te necesitaba para llegar á mis sueños de gloria, como la nube fresca y olorosa que debia sustentarme en mi vuelo por el espacio. Durante veintidos años he estado pensando continuamente en tí; llorándote á mis solas, ó entregado al furor por no poseerte: durante veintidos años, me has esquivado, te has apartado de mí, y yo que siempre he estado á tu alrededor, no me he valido de los mil medios con que contaba para apoderarme de tí, porque no podia decirte: soy tuyo, enteramente tuyo: tú eres mi Dios y mi patria; mis altares y mi honra: tú lo eres todo para mí, noble y pura mujer engrandecida por el martirio.
Doña Isabel miraba fascinada á Yaye: podia decirse que su magnífica hermosura se habia transfigurado.
Yaye creia ver alrededor de su cabeza una aureola de luz.
La desdichada se habia apoyado desfallecida en el respaldo de su sillon, y miraba de hito en hito á Yaye.
Y un amor inmenso, sin reserva, apareció en su rostro en una explosion de felicidad; pero de repente, aquel hermoso semblante se nubló de nuevo bajo su pálida tristeza; el fuego divino de sus ojos se apagó bajo dos brillantes lágrimas, y oprimiéndose el pecho sobre el corazon, exclamó:
--¡Ya es tarde!
Yaye se estremeció.
Aquella terrible frase ¡ya es tarde! hacia mucho tiempo que se presentaba ante sus ojos saliendo al encuentro de todos sus proyectos.
--¡Tarde! ¡tarde aun para arrepentirse!
--Tu arrepentimiento no puede evitar las desgracias que nos amenazan, exclamó dolorosamente doña Isabel. ¿Qué vá á suceder en Cádiar esta noche?
Yaye se estremeció.
--Es necesario vengar á nuestro pueblo, dijo con voz ronca.
--Y para ello es necesario que se ensangrienten tus hijos, que se cubran de crímenes. Me destrozaste el corazon como amante, y ahora me le destrozas como madre. ¿Qué vá á ser de nuestro hijo, Yaye?
Y arrebatada por su pasion de madre, doña Isabel levantó la voz mas de lo que hubiera debido.
--¡Oh! ¡silencio! ¡silencio, imprudente! exclamó el emir palideciendo de una manera mortal: cuando yo entré aquí estaba contigo una mujer terrible, esa italiana, esa farsanta... nos hemos olvidado de todo al vernos solos, y no hemos cuidado de la seguridad de nuestra entrevista.
Y Yaye tomó una bujía y salió á una habitacion inmediata.
--Afortunadamente no habia nadie, dijo volviendo á entrar; he cerrado las puertas y podemos hablar sin temor: pero es necesario que nos decidamos pronto: tu hermano no podrá entretener por mucho tiempo á nuestro hijo: escúchame Isabel, y escúchame como quien vá á salvar ó á perder irremisiblemente á una criatura: estoy cansado de la vida: la fatalidad me ha convencido de que todo lo que haga para salvar á mi pueblo será inútil: antes de empezar la lucha estan divididos; tu hermano, mis hijos, todo morisco que vale algo, que puede algo quiere la corona: se levantan á un tiempo, pero con el odio en el corazon los unos para los otros: esto acabará mal: Selin II que podria ser para nosotros una poderosa ayuda, está demasiado entretenido con los venecianos, y nada hará por el momento: Felipe II sujeta á Flandes con el severísimo gobierno del duque de Alba, y los hugonotes estan acobardados en Francia: la reina Isabel de Inglaterra contemporiza y no he podido meter la rebeldía en Italia: todo nos sale mal. Desde hace año y medio, Dios se ha encargado de mostrarme palpablemente que yo seré el último emir, que nuestros hijos seran los últimos moros de España.
--Hace veintidos años, pensaba yo del mismo modo: veia á pesar de mi juventud, que la lucha de los moriscos contra el rey de España era una lucha insensata: veia con dolor á mis hermanos empeñados en esa lucha.... pero ya no es tiempo de hablar de eso, aprovechemos el tiempo Yaye, porque es necesario que nuestra entrevista concluya pronto, porque sufro demasiado. ¿A qué has venido con mi hermano, amparándote de él?
--He venido á decirte: sé mi esposa.
--¿Y para qué se ha llevado mi hermano á nuestro hijo?
--Para que nuestro hijo sepa que yo le dejo mi herencia.
--¡Tú herencia!
--Sí; yo abdico en él mi dignidad de emir de los monfíes.
--¡Dios mio! ¡mi hijo rey de tus bandidos!
--Mis bandidos le haran mejor de lo que él seria sin ellos.
--Pero... en vez de evitar...
--Yo no puedo evitar nada. ¡Dios lo quiere! Aben-Aboo es ambicioso, Isabel.
--¡Oh Dios mio!
--Y no podrás acusarme de que yo he excitado su ambicion.
--¡Oh no!
--Los parientes de Miguel Lopez, su ascendencia, su nombre, todo le ha alentado para fundar esperanzas ambiciosas sobre la corona de Granada; ademas, Isabel, la fatalidad me hizo traer hace año y medio á las Alpujarras á mi hija Esperanza.
--¡Ah! ¡pobre niña! exclamó doña Isabel.
--La fatalidad ó mi ambicion, ó Satanás, han determinado su destino. Esperanza cayó entre los brazos de un castellano, y fue necesario ocultar su deshonra. Mi alcázar subterráneo la ahogaba: entonces y mientras le construia un pequeño palacio en Yátor, Esperanza salió á respirar el aire libre por las noches y por las mañanas.
--¡Ah! ¡la Dama blanca de la montaña!
--¿Quién fue el primero que pronunció este nombre? La fatalidad sin duda. No podia haberse elegido un nombre mas misterioso ni mas incitante. ¡La Dama blanca de la montaña! ¡la hermosísima Dama blanca! y como si la fatalidad no hubiera quedado satisfecha, extendió este nombre por todas las Alpujarras: le llevó á los oidos de todos los moriscos, y acreciendo la fatalidad, Aben-Humeya y Aben-Aboo, la buscaron, la vieron escondidos en las quebraduras y... se enamoraron de ella sin conocerla; de ella... de su hermana...
--¡Oh! ¡que horror!
--Luego sospecharon que era mi hija..... despues esta sospecha se convirtió en certidumbre y entrambos me la pidieron por esposa.
--Dios te castiga de una manera tremenda Yaye, y el castigo de tu culpa recae sobre los que han tenido la desgracia de pertenecerte. Tú has condenado á tu amor y á tu familia: tú has hecho maldito á todo lo que has tocado con tu mano.
--Mi culpa ha sido haber amado á mi patria y habérselo sacrificado todo... mi culpa ha sido...
--Haber ambicionado lo imposible, haber mirado con desprecio la felicidad sencilla, humilde, pero tranquila, sin remordimientos. Has querido salvar á tu pueblo y le has perdido.
--Sea como quiera ya es tarde para volver atrás: vale mas morir luchando, que ser martirizados lentamente dia por dia, hora por hora, minuto por minuto: en el punto en que estan las cosas... y no nos engañemos, en el punto en que yo las encontré... la lucha la guerra, han sido y son la única, la última esperanza de nuestro pueblo. Nuestro hijo ha tenido la desgracia de nacer de tí...
--¡Ah! exclamó doña Isabel!
--Y acaso, si hubiera sido hijo de Miguel Lopez, si este hubiera vivido, fuera mas feroz, mas impetuoso. La sangre de los Válor que corre por sus venas es la que le da soberbia: si fuera hijo de otra mujer...
--¡Me acusas! es decir que yo no debí casarme.....
--Acaso no: y si tu no te hubieras casado...
--Mi desesperacion al verme abandonada...
--¡Tu venganza!
--¡Ah Dios mio!...
--Dejemos, pues, las recriminaciones porque entrambos tenemos de qué acusarnos. Si tu no te hubieras casado, hubieras sido mi esposa: Aben-Humeya, mi otro hijo de la fatalidad, tú lo sabes bien Isabel, no existiria; no existiria mi otra hija Esperanza: nuestro hijo educado por mí, seria un caballero...
--¿Y qué no lo es?
Movió dolorosamente la cabeza Yaye.
--Mucho me temo dijo, de que Aben-Aboo no sea un infame.
--Le juzgas con demasiada ligereza.
--¡A qué ha traido esa comedianta de Granada! ¿sabes tú quien es esa comediante?
--Solo sé que es una ilustre dama viuda...
--Tu hijo afrenta á su madre permitiendo que se la engañe, que se la escarnezca: esa mujer es enemiga á muerte de mi hija, enemiga mia: Aben-Aboo, uniéndose á ella, se conjura contra mí que le he colmado de beneficios; acaso se apresta á ser el brazo de exterminio de esa mujer.
--¡No, no! ¡Dios no lo permitirá!
--Nuestros padres han cometido sin duda grandes pecados, porque estamos malditos de Dios.
--¿Has venido á acabarme de rasgar el corazon?
--Solo un medio de salvacion nos queda.
--¿Cuál?
--Sé mi esposa...
--Y siendo yo tu esposa...
--Cuando seas mi esposa, Aben-Aboo sabrá quien es su padre.
--¡Otro sacrificio..!
--Te lo pido por nuestro hijo...
--¡Pero si es ambicioso..!
--Cúrele yo del amor de su hermana, que ya sabré buscarle en Africa un reino donde mande á su placer.
--¡Ay! no tengo esperanza ninguna, Yaye.
--Ni amor tampoco.
--Amor si; y un amor desesperado: lo sabes: te lo escribí hace veintidos años: te amaré siempre, te dije entonces, y he cumplido mi juramento; yo te amo Yaye, ahora mas que entonces; con toda mi alma, con todo mi deseo, y me pareces mas hermoso y mas grande: pero en medio de los dos se levanta una sombra maldita.
--¿Piensas acaso que yo tuve alguna parte en el asesinato de Miguel Lopez?
--¡Ah, no! ¡no! ya lo sé: ya sé que eres inocente de aquel crímen: pero escucha: algunas noches estoy desvelada: mi cabeza revuelve sus recuerdos, y tu entre ellos te levantas diciéndome siempre yo te amo: te miro enamorado, anhelante, sufriendo por mí; y cuando voy á arrojarme en tus brazos me detiene una sombra horrible, la sombra de Miguel Lopez. Yo te amaba me dice: y tu amor me costó la vida: un hijo de otro lleva mi nombre: yo me vengaré en ese hijo de la afrenta que se me ha hecho: Yaye te ama, le amas tú, pero yo espíritu condenado vago en derredor de vosotros envidioso de vuestra felicidad..... ¡oh! ¡yo estoy loca, Yaye! todo lo que pasa á mi alrededor me asusta; el mas leve ruido me estremece; creo que solo estoy segura á los piés del altar, á donde no se atreven á perseguirme esos recuerdos, ni ese horrible fantasma.
--Pues bien, dijo Yaye: vamos juntos al pié de ese altar arrodillémonos ante él, y levantémonos con las manos asidas, esposos.
--¿Y cómo vendrias tú ante el altar del Dios de los cristianos?
--Isabel, ¿creerás en lo inmenso de mi amor, cuando sepas que ese amor me ha convertido?
Doña Isabel lanzó un grito de alegría.
--¿Convertido tú?
--Mira:
Y Yaye se abrió el jubon, y mostró á doña Isabel el relicario con la imágen de la Vírgen, que ella le habia dado veintidos años antes, pendiente de su cuello.
--Pero este relicario quedó en poder de mi cuñada doña Elvira, dijo alentando apenas doña Isabel.
--Es verdad, pero yo se lo hice robar. ¿No sabes que mis monfíes entran en todas partes?
--Y la santa imágen de la Vírgen... ¡oh Dios mio!.. ¡y mi amor..! ¡no me engañes por Dios, Yaye!
--Mi hija Esperanza á quien amo con toda mi alma, es cristiana tambien como tú; el padre de doña Estrella, de la madre de Esperanza, el rey del desierto de Méjico, profesa tambien el cristianismo; rodeado de una familia de convertidos, he meditado mucho y me he convertido tambien.
Doña Isabel miró de una manera vaga, ansiosa, insensata á Yaye, y poniendo sus manos sobre sus hombros, le dijo con la voz desfallecida:
--Júrame que no mientes, Yaye: ¡júramelo!
--Te lo juro por el misterio de la Encarnacion del Verbo, contestó Yaye.
--¡Cristiano! ¡cristiano! exclamó estremecida de placer doña Isabel: pues bien: soy tuya, tuya: tu esposa, tu amante, tu esclava, lo que tú quieras que sea... ¡oh Dios mió! ¡Dios mio! ¡al fin has tenido compasión de mí!
Y doña Isabel se arrojó entre los brazos de Yaye, le estrechó en ellos, y rompió á llorar.
Yaye lloraba de placer.
--Serenémonos dijo: retirando suavemente á doña Isabel, y sentándola en un sillon. Es necesario evitar que nuestro hijo nos encuentre encerrados.
--Sí, si; es necesario, necesario de todo punto que... que nuestro hijo.....
Y doña Isabel se detuvo.
--Para curarle de su ambicion, es necesario darle á probar algunos amargos desengaños: yo abdico en él: pero mi nombre y mi espada quedan al frente de los monfíes....
--¡Con que esa guerra es inevitable!
--Has olvidado ya la muerte de la desdichada Malicatulzarah.
--¡Oh miserables! exclamó con fiereza doña Isabel.
--¿Crees que los castellanos no son unos infames, á quienes si pudiéramos deberiamos exterminar?
--Harto se han ensangrentado con los pobres moriscos.
--Pues bien, Isabel, ha llegado el dia de la venganza: no podremos exterminar á todos los verdugos, pero gran parte de ellos caerán bajo nuestra espada... y.... ¿quien sabe? Tu amor me engrandece, Isabel mia, el Dios misericordioso á quien adoro, me demostrará que me ha perdonado por tu amor, si me concede el triunfo...
--Y yo te aliento al combate: antes temblaba, temblaba por mi hijo... pero ahora... ahora que levantas tu corazon á Dios, ahora que solo desnudas tu espada para defender al débil y al oprimido, ahora Yaye, siento hervir en mis venas la sangre de mi raza: levántate, valiente mio, y extermina en nombre del Dios de la justicia á esos miserables asesinos de viejos, moribundos y mujeres: levántate con la espada de Dios en la mano, y cuenta con el aliento de tu esposa...
--Silencio, se acercan... por aquella otra puerta que no está cerrada, dijo Yaye.
En efecto, se oian pasos precipitados.
Levantóse el tapiz y apareció Aben-Aboo, adelantó, se detuvo, y fijó una mirada indescribible en Yaye y en su madre.
Tras él venia Aben-Jahuar.
--¿Es verdad lo que acaba de decirme mi tio, señor? dijo el jóven con la voz ronca.
--¿Y qué os ha dicho mi buen primo?
--Me ha dicho que mi madre y vos...
--Es verdad lo que mi hermano te ha dicho, hijo mio. Amo á nuestro pariente Sidy Yaye.
--¿Y os casais con él?
--Me caso.
--¿Y vos me dejais la dignidad de emir de los monfíes?
--Sí, porque os amo Aben-Aboo, porque quiero que no tengais zelos de vuestro primo Aben-Humeya.
--¿Es decir que vais á ser mi padre...?
--Si.
--¿Que levantaré vuestra bandera contra los castellanos?
--Si.
--Yo habia creido que todo esto era un sueño terrible, dijo con voz casi sepulcral Aben-Aboo.
--¡Te parece terrible mi casamiento con tu madre, mi abdicacion en tí de mi corona! dijo con extrañeza Yaye.
--¿Sabia esto mi tio Aben-Jahuar hace algun tiempo? dijo el jóven señalando con una mirada hosca al morisco.
--No lo ha sabido hasta esta noche.
--Madre, dijo el jóven acercándose á doña Isabel y asiéndola una mano; que Dios os haga feliz; señor, añadió asiendo otra mano de Yaye, os juro que muy pronto habeis de ver el buen uso que hago del poder que me dais.
--Tú serás sin embargo, mi hijo y mi vasallo, dijo Yaye.
--Lo seré, señor.
--Si cumples bien y fielmente, como lo espero, antes de mucho, tu madre y yo nos retiraremos á una vida oscura y pacífica.
--A donde quiera que vayais, allí irá con vosotros el corazon de vuestro hijo.
--Esta noche es la mas feliz de mi vida, dijo Yaye: mi hija sale de España con su esposo; una mujer digna del amor de un héroe, me da con su amor la paz de mi alma, y tú valiente hijo mio, aceptas mi espada, y te aprestas á un combate que ya no puede dilatarse: nuestro pariente el noble Aben-Jahuar nos ayuda con su valor y sus consejos, y Aben-Humeya verá con placer, que ya entre él y su valiente primo no existe motivo de rivalidad. Dios ha querido que llegue este fausto momento. Hagámonos, pues, dignos de él, aprovechando el tiempo en su servicio, Isabel: añadió volviéndose á ella: no salgais esta noche de vuestra casa: suceda lo que suceda, nada temais. Pero añadió en voz tan baja que solo doña Isabel pudo oirla; tened mucha cuenta con esa mujer, con esa italiana.
--Pero... murmuró doña Isabel.
--Os va en ello la honra y acaso la vida. Y luego añadió alto: mi valiente sobrino, mi noble primo: ya es tarde y sabeis que nos esperan. Adios Isabel, os repito que nada temais, y, sobre todo, no olvideis lo que os he encargado.
--Adios, señor, dijo doña Isabel: adios hermano, adios hijo mio.
Y al pronunciar estas últimas palabras, se arrojó sollozando en los brazos de Aben-Aboo.
--¡Oh madre mia! ¡madre mia! exclamó el jóven, ¡rogad á Dios!
Pronunció con tal acento Aben-Aboo sus últimas palabras, que doña Isabel, sin poderse explicar la causa de ello se estremeció.
Poco despues estaba sola, pensativa, pálida y llorosa al lado de la chimenea: una mujer de pié, inmóvil en una puerta, la observaba.
Era Angiolina.
--¡Con que Aben-Aboo es vuestro hijo! ¡con que tú no has tenido otro esposo que el emir! murmuraba la veneciana. ¡Ah! ¡ah! ¡mi venganza se va haciendo cada dia mas horrible!
Y dos gruesas lágrimas surcaron las mejíllas de aquella mujer singular.
CAPITULO XXV.
De qué modo satisfizo Mari-Blanca la honra de su padre.
Cádiar estaba en aquellos momentos completamente desierto.
Nevaba; la leve claridad emanada por el reflejo de la nieve, era la única luz dudosa y fantástica que determinaba de una manera vaga las formas en las estrechas pendientes y tortuosas calles.
Yaye, Aben-Jahuar y Aben-Aboo, se habian deslizado por fuera del pueblo á lo largo de las tapias, en direccion á la montaña.
Reinaban, pues, en la villa, una tranquilidad absoluta y un silencio profundo.
La oscuridad era tambien densa, modificada solo por el débil reflejo de la nieve.
En ninguna ventana, ni aun por los resquicios se veia luz, á excepcion de una casa, en la cual se veia un rojizo reflejo, tras las vidrieras de un balcon.
Aquella casa era la del beneficiado Juan de Ribera.
Ademas la puerta estaba abierta, y en el zaguan se veian dando guarda algunos soldados y dos alguaciles del Santo Oficio, lo que demostraba que el inquisidor Molina de Medrano se habia aposentado en casa del párroco.
Mariblanca, maese Barbillo y el niño de coro, estaban atareados en la cocina, cuidando de cazuelas y cacerolas, lo que demostraba tambien que el beneficiado por temor ó respeto á la Inquisicion, se habia propuesto obsequiar con una excelente cena de navidad al señor ministro de la Suprema, Molina de Medrano.
Maese Barbillo y Mariblanca estaban indudablemente en mala disposicion de ánimo, iban de acá para allá evitando tropezarse, no se miraban y se mostraban silenciosos y ceñudos.
Pero á primera vista se notaba que el ceño y el disgusto de Mariblanca, nada tenia que ver con maese Barbillo, á quien trataba con una indiferencia, y casi podriamos decir con un desprecio, irritante.
El aspecto sombrío de Mariblanca, era la causa del aspecto hosco de maese Barbillo.
Solo el niño de coro se mostraba indiferente, y dirigia la palabra ya al uno ya á la otra, sin obtener por contestacion mas que monosílabos.
Sin embargo, una observacion del niño de coro vino á dar lugar al diálogo siguiente:
--¿Sabeis señora Mariblanca, que esta Noche-Buena pasa lo que nunca ha pasado? dijo el niño de coro.
--¿Y qué pasa esta Noche-Buena que no ha pasado en otras, Cristovalillo? dijo Mariblanca mirando con recelo al muchacho.
--No andan mozos por las calles, respondió el niño.
--Nieva y hace frio, repuso Mariblanca.
--El año pasado nevaba mas y el frío no podia resistirse, y acuérdese vuesamerced, señora ama; á estas horas todo era cuadrillas de mozos, y habia un ruido de zambombas, rabeles y villancicos, que daba gozo.
--Tiene razon Cristobalillo, dijo el sacristan: esta noche parece Cádiar un cementerio.
--¿Qué entendeis vos de eso maese Barbillo? dijo con despego Mariblanca: si esta noche no rondan ni cantan, será porque no quieran, ó por que tienen miedo ó frio, y sobre todo, ¿qué se os da?
--Sin duda que habeis pisado alguna mala yerba, María; dijo maese Barbillo.
--Pudiera ser, contestó Mariblanca.
--Y tanto como que puede ser: y á propósito, ya que se os sacan algunas palabras del cuerpo: ¿qué diablos haciais en la cañada de San Juan esta tarde?
--¡Yo! contestó con precipitacion Mariblanca.
--No me querais negar que habeis ido á la cañada de San Juan: os he visto yo al pasar por el camino cuando iba á Yátor con el señor beneficiado.
--¿Quién ha traído los berros de la ensalada? dijo Mariblanca.
--Es verdad que en la cañada de San Juan hay muy buenos berros; pero tambien hay muy buenos hongos, de los que os habeis traido una cantìdad no pequeña.
--Os engañais; lo que yo he traido son setas.
--Os digo que son hongos, y os advierto que por lo que pueda suceder arrojeis al albañal esa cazuela de truchas que con los hongos habeis guisado.
--No la serviré á nadie, maese Barbillo, dijo Mariblanca; porque ese guiso de setas y truchas le he hecho yo para mí.
--¡Ah! eso es distinto: entonces si solo para vos lo habeis hecho, voy creyendo que seran buenas setas y no hongos, porque vos no querreis morir envenenada.
--¡Yo! ¡tan desesperada creeis que esté!
--No lo digo por tanto... pero hé aquí que son las once... Cristovalillo anda vete á vestir al señor beneficiado, que dentro de poco tendremos que ir á la iglesia á la misa del gallo.
Cristovalillo miró picarescamente al sacristan y al ama, y salió cantando un villancico.
Apenas se quedaron solos, cuando maese Barbillo tomó otro talante y se encaró con Mariblanca.
--¿Por qué estais tan mal carada y tan silenciosa? le dijo.
--¡Qué no puedo yo tener la cara que mejor me convenga! dijo Mariblanca.
--Creo que yo tengo derecho á preguntaros.
--¡Vos! ¿y quién os le ha dado?
--Tenemos tratado casarnos.
--¡Se tratan tantas cosas que no se cumplen!
--Señora Mariblanca; me parece que habeis variado mucho.
--¿Qué os he concedido otro dia mas de lo que os doy ahora?
--¡Ah! ¡ah! es verdad que hace mucho tiempo que me estais haciendo penar.
--Dejadme en paz, Barbillo, y no me canseis con vuestras quejas ni con vuestros zelos; ningun motivo os he dado; ningun favor os he hecho...
--Ya lo creo, como el licenciado tiene ojos de lince...
--Ya sabeis que el licenciado me importa tanto como vos: en una palabra, Barbillo: solo he querido á un hombre; solo he sido de un hombre, y es disparate pretender que sea de otro... lo entendeis... si no lo entendeis, bien claro os lo digo: acordaos de ello siempre, y no me fastidieis mas.
--¿Pero me habeis prometido?...
--Porque no me atosigueis continuamente.
--¿Es decir que no sereis mi mujer?...
--¡Yo!... ni de vos ni de nadie.
--Ya, ya lo creo; no habia querido deciros nada porque no me dijérais que era zeloso; pero se conoce que ha vuelto al pueblo el capitan Diego de Herrera.
--Y bien, para que no os coja de susto: sabed que me caso con el capitan.
--¡Que os casais!
--Si por cierto: por toda una eternidad.
--¡Ah! ¡ah! ¡con un miserable que os insultó!...
--Señor Barbillo, dijo á la puerta de la cocina el niño de coro.
--¿Qué diablos quieres? dijo Barbillo irritado por aquella intempestiva interrupcion.
--No soy yo quien quiere, sino el señor beneficiado. Me ha dicho que vayamos á la iglesia.
--¡Pero si acaban de dar las once!
--No importa: como oficia el señor inquisidor...
Maldijo Barbillo en su foro interno al inquisidor y al beneficiado, y empezó á quitarse su mandil de cocinero.
--¿Y vos no ireis á la misa del gallo? dijo á Mariblanca.
--Ya veis que tengo que acabar de arreglar la cena.
--Es verdad: como tenemos convidados...
--Señor Barbillo, dijo otra vez el niño de coro: que el señor beneficiado y el señor inquisidor van ya camino de la iglesia.
--¿Nos veremos luego Mariblanca? dijo el sacristan.
--Ciertamente, porque yo creo que vendreis á cenar...
--Despues...
--¿Despues de la cena?
--Sí.
--Tengo un convidado...
--¿El capitan?...
--Cierto: le espero... para pelar la pava...
Barbillo lanzó una mirada de tigre á Mariblanca, y salió.
La jóven quedó sola en la cocina.
Esperó á que pasase algun tiempo, y luego tomó una bujía, la encendió y salió al zaguan.
No habia nadie: sin duda los soldados y los alguaciles habian seguido al inquisidor.
La puerta de la calle estaba cerrada con llave.
--¡Ah! ¡ah! dijo Mariblanca: me habeis dejado encerrada, pero yo voy á encerrarme mas; habeis salido de la casa y no volvereis á entrar, yo os lo juro.
Y echó los cerrojos por la parte de adentro de la puerta y á mas de esto la atrancó.
Luego recorrió la casa. Nadie habia en ella.
Entonces bajó al huerto, apagó la luz, se acercó á la tapia y cantó un villancico de Navidad.
Se oyó fuera un silbido y Mariblanca calló.
Poco despues al escaso reflejo de la nieve se vió trepar á un hombre por la tapia y saltar al huerto.
Mariblanca se estremeció, adelantó hácia el bulto y exclamó:
--¡Padre! ¿eres tú?
--Yo soy, dijo una voz ronca.
--Ven, ven conmigo, le dijo asiéndole de una mano.
Y condujo á su padre á un sotechado, abrió una puerta y le introdujo en una habitacion oscura.
--Espera aquí, le dijo.
--¿Qué aposento es este? dijo la misma ronca voz.
--Es el mio. Espera, voy por luz.
Mariblanca salió y poco tiempo despues volvió con dos bujías que puso sobre una mesa.
Aquella mesa estaba cubierta por un mantel y por un servicio para dos personas.
--¿Me has convidado á cenar, mi buena hija? dijo Melik-el-Ferih, que él era, mirando de una manera profundamente amenazadora á la jóven.
El Ferih llevaba el trage característico de los monfíes é iba completamente armado.
--Te he convidado para que conozcas á tu hija.
--Tú deshonraste á tu familia.
--Me cegó el amor de un hombre.
--Tú renegaste del Dios Altísimo y Unico.
--Por salvar la honra de mi familia.
--Tú huiste de mi casa.
--Creí haber matado al infame que se burló de mí.
--Has sido manceba de un clérigo.
--Quien te ha dicho eso ha mentido, padre: tu hija ni ha dejado de ser honrada, ni ha dejado de ser mora. Tú verás, padre, tú verás, cómo satisface tu honra tu hija.
Movió fatídicamente la cabeza el Ferih.
--Si no quedas satisfecho, padre, mátame.... pero espera.... espera.... y verás que tu hija es digna de tí.
--¿Pero qué prueba puedes darme...?
--Estoy esperando de un momento á otro al capitan Diego de Herrera.
--Para cenar con él....
--Sí, para cenar con él. Y ya es la hora, padre, ya es la hora exclamó con voz lúgubre Mariblanca.
--¿Y quieres que yo asista á tu cita?
--Escóndete.
--Esconderme....
--Sí, escóndete en mi alcoba y espera.
Y la jóven llevó tras las cortinas de su alcoba á su padre que la siguió fascinado por el aspecto, por el acento, por la mirada singular de Mariblanca.
La jóven salió entonces al huerto.
Durante algunos instantes el aposento permaneció desierto; al fin, se abrió la puerta y apareció Mariblanca llevando de la mano al capitan Herrera.
Este venia casi ébrio y se arrojó cansado sobre una silla.
Mariblanca salió y trajo algunos platos que puso sobre la mesa.
--¿Sabes, Alida, la dijo el capitan, que ha sido mucho que me acuerde de tu cita? Solo el amor que te tengo ha podido ayudarme, como que hemos estado bebiendo de lo lindo mi cuñado Ocampo, el alférez de la compañía y yo.... Vamos, esto es asunto de que nos vayamos cuanto antes á descansar como dos buenos casados: no sé, no sé cómo he podido trepar por la tapia: tu amor siempre, tu amor que me daba fuerzas. ¡Vive Dios y qué hermosa está la muchacha!.... ¿Sabes, Mariblanca, que me se va quitando la borrachera?
--¿Sabeis, señor mio, que á mi no me gustan los hombres borrachos? dijo sonriendo dulcemente Mariblanca.
--¡Ira de Dios! á fe que cuando vine al pueblo no me acordaba no, vivo Dios, no me acordaba de tí, y sino te veo... ¡bah! no hubiera vuelto á acordarme... pero asi que te ví... ven y dame un abrazo Alida.
--No he de acercarme á tí, mientras estes de ese modo.
--Pues entonces para rato tenemos... vamos... ha sido una buena broma... como nuestra... es necesario si has de ser mi mujer que te vayas acostumbrando á esto.
--Diego, comiendo se quita la embriaguez.
Y Mariblanca servia un plato al capitan.
--¡Comiendo, eh! ¡pues comamos! asi como asi, solo hemos bebido... y tengo apetito. ¡Ah! ¡ah! ahora el señor beneficiado estará en la iglesia bien ageno de que su ama se divierta con un buen mozo.
El capitan comia con apetito.
Mariblanca se sirvió del mismo manjar, y al llevar el primer pedazo á la boca se puso pálida y se estremeció; sin embargo comió.
--¡Qué felices vamos á ser Diego! dijo Mariblanca: ¡oh! ¡que felices! ¡vamos á estar eternamente juntos!
--Juntos eternamente... por ahora no me desagrada: eres hermosa y jóven y me amas... vaya si me amas... pero dices eso de eternamente de un modo...
--Te juro que estaremos juntos hasta la muerte.
--No te conozco muchacha; dijo el capitan engullendo siempre: antes eras mas desconfiada: y ahora hablas con una seguridad... ¡diablo! no parece sino que sabes cuando vamos á morir.
Mariblanca soltó una carcajada que heló la sangre al capitan.
Tan aguda, tan acerada por decirlo asi, tan sarcástica, tan llena de crueldad y de odio habia resonado aquella carcajada en sus oidos.
--Tienes una manera muy singular de reir, niña, dijo el capitan.
--Es verdad, cuando te conocí reia de otro modo. Es verdad que entonces era feliz y confiada... despues... han pasado diez años, diez años de vergüenza y de tormento y lentamente mi risa ha cambiado hasta convertirse en esa risa de odio y de venganza.
Y soltó otra carcajada mas terrible.
El capitan se levantó: Mariblanca se levantó tambien.
--¿Qué significa esto? exclamó: ¿qué burlas son estas, Alida?
--Estas son burlas con que pago la burla que me hiciste: esto es que no confio mucho en el puñal que ya me engañó una vez, y te hiero de una manera mas segura, capitan Herrera.
--Vamos, tú estas loca Alida, dijo el capitan sentándose de nuevo: con todo eso solo consigues que mi embriaguez se aumente, y que me ponga malo. Dejémonos de niñerías, sigamos nuestra cena, y hablemos como buenos amigos. Ponme mas de estas truchas Alida; estan muy sabrosas.
--Basta con las que hemos comido, Diego, para nuestro viaje.
--¿Qué viaje?
--El que vamos á hacer juntos dentro de un momento á la eternidad.
--¡Un viaje á la eternidad! exclamó el Ferih saliendo de repente de detrás de las cortinas de la alcoba.
--¡Un monfí! exclamó el capitan.
--Mi padre, testigo de nuestra boda, Diego, dijo Mariblanca y soltó otra carcajada.
--Pero ese manjar que has comido... estas pálida, lívida..... hija mia, exclamó el Ferih que al fin era padre.
--Eran truchas, con hongos venenosos de las humbrías de la cañada de San Juan; en la salsa habia jugo de yerbas.
--¡Ah! ¡infame ramera! exclamó el capitan que aun conservaba sus fuerzas, lanzándose sobre Mariblanca.
Pero el Ferih le asió del cuello y ciego de furor, le dió de puñaladas.
El capitan cuando le soltó el Ferih, cayó desplomado debajo de la mesa.
--¡Mata ahora á tu hija, padre! exclamó Alida, repitiendo otra horrible carcajada.
--¡Oh! ¡matarte! ¡matarte, hija mia! ¡no, no! yo te perdono: yo quiero que vivas: yo durante mi destierro de España no te he olvidado un solo dia: yo no me hubiera atrevido á matarte.
--Me he atrevido yo porque estoy deshonrada: porque le he visto otra vez... he visto al miserable... le amo... y él... él no me amaba... solo pretendia volver á burlarme...
--Pero..... es necesario que vivas... es necesario pedir socorro...
--¿Para qué?... ¿para que la justicia encuentre aqui al capitan asesinado?
--¡Oh! ¡Dios mio, Dios mio! y cada vez te pones mas pálida...
--Solo hay un remedio... una yerba... y esa yerba.....
--Está en la montaña, exclamó con desesperacion el Ferih.
Y luego añadió con un acento de resolucion suprema.
--Pero no importa... no... yo te salvaré.
Y asiendo de su hija, la cargó sobre sus hombros; salió al huerto, buscó el postigo, dejó por un momento á Alida en tierra, violentó el postigo con sus fuerzas de toro y dió á correr con ella, por las desiertas calles hácia la salida de la villa.
En el momento en que salia el Ferih del pueblo con su preciosa carga, tocaban á la misa del gallo las campanas de la iglesia.
--Es de noche, decia Alida dejándose conducir, y con voz ya bastante débil: es de noche y no encontraremos la yerba, padre.
El Ferih rugia.
--La nieve cubre la montaña... no encontrareis la yerba, repetia con voz mas débil Alida.
El Ferih forzaba su carrera rugiendo como un leon.
--La muela del Hermitaño donde se encuentra la yerba está lejos, y habré muerto antes de que llegues.
El Ferih corria y lloraba.
De repente Alida se retorció entre sus brazos y dió un horrible grito.
El Ferih sintió un estremecimiento de horror.
--¡Padre! ¡padre! exclamó Alida llorando: mátame, porque padezco horriblemente.
El Ferih se detuvo dominado por el horror de la situacion.
Estaba en el campo á la salida del pueblo, y se habia parado bajo el saliente de una roca.
El horror, la fatiga, le obligaron á descansar un momento; se sentó y al poner la mano sobre el suelo se estremeció de alegría.
Habia creido tocar la yerba salvadora.
Arrancó algunos tallos y los mordió.
Entonces lanzó una exclamacion indescribible.
--¡La bendita yerba de San Juan! exclamó.
--Es ya tarde, dijo Alida con voz apenas perceptible.
--¡Tarde hija mia! ¡tarde! ¡Dios nos favorece! toma: la yerba de San Juan te salvará.
--Es tarde... tarde... dijo Alida, yo muero: véngame padre... un cristiano me ha asesinado.
El Ferih pretendió introducir en la boca de su hija el jugo de la yerba salvadora, pero Alida tenia los dientes fuertemente apretados por el dolor: cuando arostrándolo todo el Ferih logró abrir con su puñal los dientes de Alida, la cabeza de esta cayó desplomada.
Ya todo era inútil: la infeliz habia muerto.
En aquel momento repicaron á gloria las campanas de la iglesia de la villa.
El monfí que habia quedado mudo, aterrado, replegado sobre su hija, se alzó rígido y trémulo.
No dió un solo grito, no derramó una sola lágrima, pero exclamó de una manera terrible:
--¡Los cristianos! siempre los cristianos! ¡ayer mi honra! ¡hoy su vida! ¡Necesito la honra y la vida de todos los castellanos!
Y se llevó á la boca una bocina y la tocó, haciendo retumbar las breñas.
Y luego de breña en breña se oyeron á la redonda bocina de bocina, y aquella señal, saliendo de entre las quebraduras, avanzaron en círculo y á la carrera sobre Cádiar los monfíes.
Las campanas seguian repicando á gloria.
CAPITULO XXVI.
De cómo fue para la villa de Cádiar y para otras muchas en las Alpujarras, una noche muy mala la Noche-Buena de 1568.
Apenas los monfíes en un número considerable habian cargado sobre la villa, cuando aparecieron en un repecho cercano, dos bultos informes.
Iban envueltos en capas, y bajo ellas asomaban dos largos arcabuces, á juzgar por las apariencias.
--Ha llegado el momento amigo mio, dijo uno de aquellos bultos al otro: las campanas de la villa han dado sin saberlo la señal á las bocinas de los monfíes. La jornada va á ser caliente, con que preparaos, señor Cisneros.
--Tan desesperado estoy Godinez, repuso Cisneros, que me importa muy poco lo que pueda suceder. ¿Pero qué diablos vamos á hacer en la villa?
--Ya veremos: aproximémonos entre tanto y esperemos una ocasion favorable, yo os avisaré. Hasta entonces andad y callad.
Siguieron adelante Cisneros y Laurenti, vencieron el repecho, y se perdieron en un barranco.
Entre tanto, los cristianos de la villa y aun algunos moriscos, llenaban la iglesia en que se celebrara la misa del gallo.
El presbiterio estaba hecho un ascua de oro, como suele decirse: tantas luces brillaban en él.
El órgano trocando las graves notas de la música sagrada, por las ligeras y alegres de los villancicos llenaba el templo de armonía, unido á las voces de los niños de coro, y á las de algunas mujeres á quienes por gran merced habia permitido cantar en aquella ocasion el inquisidor Medrano.
Todo parecia alegre, todo tranquilo: sin embargo, habia al pié de las gradas del presbiterio cuatro soldados de la fe, con las alabardas enhiestas, dos á cada lado, y en la puerta de la iglesia habia una respetable guarda de soldados de la compañía de Diego de Herrera, mandada por un sargento.
Esto podia ser muy bien en honor del Santo Oficio, representado en Cádiar por el licenciado Molina de Medrano; pero en realidad habia algo de temor: el suspicaz miembro del Consejo de la Suprema, no habia visto sin recelo ciertas señales de agitacion en la villa, aunque recatadas, y el silencio sepulcral de aquella noche, por lo general ruidosa en las poblaciones cristianas: se habia rodeado de soldados y de alguaciles, y confiando demasiado en el terror que infundian el rey y la Inquisicion celebraba su misa tranquilo.
El corregidor por su parte, habia acudido á la iglesia rodeado de alguaciles armados, con ánimo de rondar por la villa asi que concluyese la misa, y Hurtado de Ocampo, medio borracho, decia á sus conocidos sin respeto al lugar en que se encontraba:
--No os extrañe la falta de mi cuñado, porque se ha ido á soplarle el ama al beneficiado Juan de Ribera, mientras está entretenido en la iglesia.
Unos se escandalizaban, y otros se reian; seguian entre tanto los villancicos, la misa tocaba á su fin, y el pueblo parecia tranquilo.
De repente se oyó á lo lejos una campana que tocaba apresuradamente á rebato.
Aquella campana era del convento de San Francisco: poco despues sonaron en la plaza arcabuzazos, y algunos vecinos se lanzaron despavoridos en la iglesia gritando:
--¡Cerrad las puertas! ¡cerrad las puertas, y á las armas! ¡Los monfíes estan en la villa!
Sucedió á estas palabras un alarido general y una confusion horrorosa: los mas valientes de los hombres desnudaron sus espadas: los demás y las mujeres corrian sin saber á donde, y los moriscos que habia en la iglesia se levantaron armados, y corrieron al presbiterio donde estaban aturdidos el inquisidor Medrano, el beneficiado Juan de Ribera y el licenciado Arias.
Y en medio de aquel primer tumulto, de aquella confusion, entre los disparos que sonaban en la plaza, entre los gritos de terror de los cristianos se oia gritar á los moriscos que empezaban á herir en la multitud y abrirse paso hasta el altar:
--¡Le ille Allah!
Los soldados de la fe, los alguaciles y algunos hombres esforzados se batian desesperadamente al fondo de la iglesia, en tanto que Juan de Ribera, el licenciado Arias, Molina de Medrano y maese Barbillo escapaban por la puerta de la sacristía.
Pero al entrar en ella el inquisidor se sintió cogido y al volverse vió dos ojos ardientes como dos brasas, fijos en los suyos.
--Yo soy Aben-Aboo, le dijo quien le habia cogido: yo soy quien he jurado beber tu sangre, miserable lobo, y ha llegado la hora.
Y arrastraba hácia la iglesia al inquisidor.
Ya en otro lugar hemos tenido ocasion de dar á conocer que si la crueldad era el pecado culminante del inquisidor Medrano, no tenia ni un tanto de la noble virtud que ha ceñido una aureola á la frente de los mártires del cristianismo: carecia absolutamente de valor, y por lo tanto de dignidad.
Asi es que rompió á llorar y á pedir piedad á gritos.
Pedir piedad á Aben-Aboo era lo mismo que pedir dulzura al acibar, suavidad á la zarza, agua á una roca.
Aben-Aboo seguia arrastrando al inquisidor hácia la iglesia con un gozo feroz.
Cuando Aben-Aboo asomó á la puerta de la sacristía, el espectáculo que presentaba el templo era terrible.
El combate habia cesado; todos los que habian resistido estaban por tierra: solo quedaba la matanza continua, cruel, gozada con una lentitud horrible por los monfíes.
Brillaban por todas partes las antorchas y los yataganes ensangrentados, y tenian lugar escenas repugnantes, horribles; todo género de excesos cometidos con las mujeres sobre la sangre de sus padres, de sus hermanos, de sus hijos, y de sus esposos.
Herian, los monfíes y los moriscos, mataban y despedazaban, ebrios de furor.
--No mateis á las mujeres, decia un monfí, cuyos ojos irradiaban una mirada insensata; no las mateis, afrentadlas, deshonradlas, delante de su Dios, de sus padres y de sus esposos, como ellos han deshonrado á nuestras hijas; no mateis tan aprisa: bebamos gota á gota la sangre de los castellanos; gota á gota como ellos han bebido la de nuestros padres, y la de nuestros hijos: no los mateis como mata el leon en el combate, sino como matan los clérigos en la Inquisicion. ¡Ah! ¡ah! ¡ah!
Y aquel hombre que blandia con furia un largo puñal ensangrentado, soltó una carcajada horrible, dolorosa, la carcajada de un loco.
Aquel hombre era Melik-el-Ferih.
El padre de Mariblanca.
* * * * *
El autor siente una verdadera repugnancia, una repugnancia de horror, al llegar á este sangriento episodio de la historia de aquellos tiempos; porque lo que el autor va á contaros, no es el aborto monstruoso de una imaginacion calenturienta; son hechos terribles, resultado de la presion brutal de un despotismo sombrío y cruel, ejercida sobre los moriscos del reino de Granada en un espacio de setenta y seis años: durante ellos, los moriscos no habian sido tratados como hombres, sino como cosas de que disponia á su antojo el feroz conquistador: cuantas rapiñas pueden inventarse, cuantos excesos pueden cometerse, cuantas afrentas pueden inferirse, cuantos dolores pueden causarse, todo lo habian sufrido los moriscos: no se habia procurado asimilarlos por medio de la tolerancia y del tiempo al pueblo vencedor, bajo la triple faz de la religion, las leyes y las costumbres; no se habia procurado su refundicion lenta, pero segura en la gran masa del pueblo español; no se habia cuidado de aligerar el yugo, como lo exigian la fe de los tratados, la política, y para decirlo de una vez, la caridad: desde el principio, desde el dia siguiente al de la conquista de Granada se habia tendido á destruirlos: España, embrutecida, fanatizada por sus frailes, no conocia los grandes beneficios que debia á la civilizacion de los árabes y de sus descendientes los moros; si tenia industria, aquella industria era originaria de árabes; si se habia suavizado la gótica rudeza de sus costumbres, á su contacto contínuo con los árabes lo debia: si su agricultura habia mejorado; si los antes yermos campos habian sido transformados en fértiles campiñas por los canales de riego, aquellos canales los habian abierto los árabes: si sus médicos, si sus letrados sabian algo, aquellos médicos, aquellos letrados habian ido á beber la ciencia á las escuelas de Córdoba, ó la habian encontrado en los libros que de aquellas escuelas salian como otras tantas antorchas luminosas: el espíritu civilizador del pueblo árabe, se habia infiltrado de una manera profunda en el pueblo español: de ellos habia tomado este, en el lenguaje un número incalculable de voces, en sus códigos gran número de leyes; habia adoptado casi por completo sus sistemas monetario y administrativo, y hasta la denominacion de sus ministros de justicia, y de muchos de los altos cargos del Estado: al poco tiempo de la dominacion de los árabes en España, el gefe de las fuerzas marítimas de los solariegos, de los españoles indígenas, se llamaba almirante; alcalde, el juez; alcaide, el gobernador de plaza fuerte; alguacil, el encargado de las obligaciones menudas de la ley; su arquitectura, sus trages, sus armas, tomaron su bello carácter oriental que las distingue de los edificios, de los trages y de las armas de los otros Estados contemporáneos de Europa, y hasta en su religion existe, como un testimonio irrefragable de la influencia de los árabes sobre los solariegos, el misal mozárabe: ellos, con sus órdenes religiosas de los rabits y los morabithos, dieron la norma de las órdenes religioso-militares, y hasta en las diversiones públicas nos legaron las justas, las cañas, la lidia de toros: en poesía, en música, nos dieron su carácter y sus instrumentos: la buena poesía española de nuestros tiempos aun conserva el sonido cadencioso, y la forma hiperbólica de la poesía árabe, y aun conservamos la guitarra, como instrumento de placer; el timbal y el tambor como instrumentos de guerra: nuestras enseñas de honor, las banderas que nos han llevado tanto tiempo al combate y al triunfo, no son las águilas romanas; nosotros, cuando mas, hemos heredado de los romanos el estandarte, copia del lábaro; pero la bandera, y sobre todo el antiguo pendon de dos puntas de Castilla, son una copia de las divisas que ondeaban en su centro las apiñadas taifas de los sectarios del Profeta.
¿Pero á qué esforzarnos en demostrar la influencia que tuvieron y aun tienen sobre nosotros, la civilizacion y las costumbres de los árabes?
Basta pisar el territorio español para encontrar las profundas huellas del paso de aquel pueblo extinguido: el castillo, la catedral, la villa, la campiña, muestran por do quier en España la forma del pueblo árabe: su lenguaje, sus costumbres, sus cantos populares, sus fiestas, conservan aun vivo entre nosotros el espíritu de aquel pueblo, que pasó, como un meteoro, con el rápido vuelo de la conquista, desde el Yemen basta los Pirineos, dejando por do quiera las señales indelebles de su paso. Puede asegurarse, sin temor de ser desmentido, que la mitad de la sangre española es sangre árabe; en una palabra, que si fueron nuestros abuelos los solariegos descendientes de Pelayo y de Teodorimo tambien lo fueron los descendientes de los que vinieron de Oriente acaudillados por Tarik y por Muza.
¿Quereis conocer una mujer típicamente árabe? Id á Andalucía y á Valencia.
¿Quereis encontrar ese tipo en toda su pureza, en todo el esplendor de su indolente y magnifica hermosura?
[imagen: Degüello de los cristianos en Cádiar.]
Enriscaos en las Alpujarras; recorred nuestro litoral del Océano desde Huelva á Gibraltar, el del Mediterráneo desde Gibraltar á Valencia: mezclaos entre sus habitantes, escuchad su lenguaje, observad sus costumbres, estudiad sus pasiones, y habreis conocido en toda su pureza á la mujer de la raza de Oriente importada á España por los árabes.
Oid la poesía de ese pueblo.
Encontrareis el romance árabe con toda su síntesis, con toda su expansion, con todo su sentimiento: un poema de amor, de dolor, ó de esperanza en cuatro versos, en una copla; poemas no escritos, improvisados por el corazon, cantados por la felicidad, por la desesperacion ó por el deseo.
Y presenciad sus bailes, acompasados por una guitarra y acompañados por ese canto; contemplad el corto zagalejo de la que baila, con sus rayas de vivos colores; su corpiño de pana negra ceñido á un talle, á una espalda, á un pecho y á unos brazos incomparables; ved ese pañuelo de mil colores que apenas cubre una magnífica cabellera, y se anuda ligeramente bajo la barba de un semblante encantador ligeramente moreno ó deslumbrantemente blanco, cuyos ojos negros ó garzos despiden relámpagos de pasion, y cuya boca sonrie, como ayudando á los ojos en su guerra contra el corazon del que los ve sonreir y mirar; observad á ese jóven moreno que baila con ella, con su pañuelo en la cabeza, su chupa ó su chaqueta, su ancha faja encarnada, sus anchísimos zaragüelles, ó su ajustado calzon, su media y su alpargata, ó su botin labrado y su zapato blanco: observad la contera de la vaina del cuchillo, ó el extremo de las cachas de la navaja saliendo del bolsillo interno del lado izquierdo de la chaqueta: oid el repique de las castañuelas, las palmas de las gentes del corro, acompañando á la guitarra, á la copla, al baile; mirad el paisage esplendoroso que os rodea, levantad los ojos al radiante cielo que inunda de una luz fuertemente meridional el cuadro, y podreis afirmar que casi habeis visto una zambra árabe.
Tan fuertes raices habia echado en el suelo español ese pueblo, de tal manera habia mezclado su sangre de vencedor con la sangre del vencido, que la única diferencia esencial que existia entre ambos pueblos eran dos libros, por otra parte muy semejantes: quitad á los árabes de España el Koram y dadles la Biblia, ó quitad la Biblia á los solariegos y dadle el Koram, y no encontrareis mas que un solo pueblo, pero un pueblo maravilloso.
[imagen:--Te juro que estaremos juntos hasta la muerte.]
Dícese que los árabes españoles tenian mucho del carácter de los solariegos.
Nosotros decimos que los solariegos habian tomado mucho, todo lo que habian podido tomar de sus enemigos, y que se parecian mucho á ellos.
Por lo mismo despues de la conquista de Granada, una política tolerante, amplia, fecunda, protectora; simplemente el religioso cumplimiento de los tratados, hubiera sido bastante para refundir á los moriscos, sin violencia, de una manera lenta, si, pero segura, en el pueblo español.
Para esto hubiera sido necesario que los hombres de la conquista hubiesen sido tolerantes é ilustrados y no eran ni lo uno ni lo otro.
Desde el último tercio del siglo XV el estado político de España habia variado completamente de faz: durante la edad media, la nobleza robustecida por las concesiones forzosas de los reyes habia llegado á hacerse prepotente: entonces no existian mas que dos poderes: la alta nobleza en la cual se refundia el alto clero, y el estado llano, ó sea las universidades como llamaban á la muchedumbre en Aragon, ó las comunidades como la llamaban en Castilla: el trono se encontraba anulado, sin fuerza propia, con una autoridad prestada entre la alta nobleza, con sus escandalosos privilegios feudales, y el estado llano con sus fueros populares y su bravio espíritu de independencia: rebelabanse de una parte los nobles por el mas fútil protesto contra la corona; negaba á esta por otra parte subsidios de nombres y dinero en las cortes el estado llano, para lo cual bastaba que la peticion real pareciese atentar, aunque remota y levísimamente á los fueros y libertades del reino: compraba el rey partidarios, en la nobleza con mercedes dispendiosas, en el estado llano con franquicias y fueros que hacian cada vez mas precaria y mas nula la autoridad real. Enrique II se vió obligado para ser rey á repartir en mercedes el patrimonio de la corona: Enrique III llegó hasta el punto de no tener un dia que comer; don Juan el II se vió obligado á pedir á su favorito dinero para comprar su jubon nuevo, y Enrique IV hubo de contemporizar con los bandos, humillarse, deshonrarse, deshonrar á su esposa, desheredar á su hija, sin librarse por eso de ser destituido é insultado en estátua por la faccion rebelde, y de ver proclamado rey á su hermano el infante don Alonso.
La corona necesitaba vengar los ultrajes que debia á la nobleza: esta habia escarnecido el poder real durante centenares de años, y habia pesado con gravamenes insoportables sobre la masa comun. Habian llegado á tal punto la ambicion, la rapiña y la corrupcion de los nobles, que era imposible que pasaran adelante: la codicia y la soberbia los habian dividido de tal modo, que bastaba dejarlos entregados á sí propios para que se destruyesen.
Al subir al trono Isabel de Castilla, su marido Fernando de Aragon, comprendió que era llegado el momento de destruir de una manera radical y para siempre el poder de la nobleza: pero era Fernando V demasiado astuto y político, para exponer á un fracaso sus proyectos de restauracion del poder real, obrando de una manera violenta, impremeditada y prematura. Necesitaba contemporizar para ganar tiempo y procurarse sus medios de combate, y contemporizó: necesitaba destruir al alto clero y á la alta nobleza, y buscó á los enemigos de aquellos dos poderes en el bajo clero y en el estado llano: el bajo clero le dió al famoso fray Francisco Jimenez de Cisneros, al fanático ermitaño del Castañar, al hombre que poseia la humildad mas vanidosa y mas soberbia de que puede encontrarse ejemplo, con una tenacidad invencible á la cual se ha dado nombre de firmeza, y con un ascetismo sistemático y feroz al cual se ha dado nombre de virtud: hombre de acero, profundamente reservado y suspicaz, dotado de alguna instruccion, pero de miras estrechas, poco previsor y extremadamente testarudo.
Fernando V vió en él un ariete y le aprovechó, le elevó gradualmente hasta ponerle á la altura de aquellos con quienes debia combatir, y le apoyó con todo el poder que le daban las circunstancias y con los elementos de fuerza de las diferentes coronas que poseia.
Fray Hernando de Talavera, y fray Tomás de Torquemada, fueron dos instrumentos poderosísimos que el bajo clero dió á los Reyes Católicos, y en cuanto al estado llano, le dió en la Santa Hermandad un ejército que debia contrapesar la prepotencia de la nobleza.
Alarmada esta, representó contra la organizacion de la Santa Hermandad, á pretexto de que con esta reorganizacion se lastimaban sus privilegios, pero ya era tarde: fuerte Fernando para la lucha, la habia empezado incorporando á la corona los maestrazgos de las órdenes militares, levantando ejércitos permanentes pagados por las ciudades, y acabando al fin por instituir la Inquisicion, tribunal terrible, con el cual, despues de amansada la nobleza á la que se habia arrancado sus banderas, esto es: sus ejércitos particulares, y sus guaridas, esto es, sus castillos que fueron desmantelados, debía contener al pueblo.
La nobleza habia muerto como poder, herida por el cetro de los Reyes Católicos: habiase apoyado la corona para vencer á la alta nobleza y al alto clero, en el estado llano y en el clero bajo, pero dándola zelos aun el poder popular, que le habia ayudado á su triunfo, se alió estrechamente con el altar, y la Inquisicion y el rey fueron ya los únicos poderes que imperaron de una manera absoluta; dependiente la Inquisicion de la corona, es verdad, pero activa, incansable, ambiciosa, tendiendo en tiempos no muy distantes al dominio universal, llenó de hogueras las plazas públicas, de víctimas los calabozos, de horror la historia: la razon fue proscrita, la discusion anatematizada, la libertad de conciencia perseguida, la familia espiada hasta en lo íntimo de sus hogares: todo fiscalizado, todo subordinado á los intereses del trono y del altar y todo empequeñecido, como debia serlo, para dar fuerza á aquellos dos astutos poderes, que habian sabido engrandecerse con los mismos elementos que les eran contrarios.
Cuando aconteció la conquista de Granada, se habia operado ya la maravillosa transformacion política de España: el gran cardenal don Pedro de Mendoza habia creado la Inquisicion, los tercios reales estaban organizados, y los altivos ricos-hombres, los que pocos años antes podian llamarse pequeños reyes, servian á sueldo bajo el estandarte real: tres años despues de la conquista, fray Francisco Jimenez de Cisneros era cardenal arzobispo de Toledo, canciller mayor de Castilla y ministro universal: fray Hernando de Talavera confesor de la reina, arzobispo de Granada, y el sombrío, el terrible dominico fray Tomás de Torquemada inquisidor general: las comunidades religiosas habian sido reformadas, la Inquisicion habia quemado millares de criaturas, Colon habia descubierto un nuevo mundo, y las prepotentes banderas españolas amenazaban á la Europa.
En tales circunstancias, los moros de Granada habian rendido pleito homenaje á los Reyes Católicos: esto es, se habian confesado sus vasallos.
La tiranía y el fanatismo dominaban de consuno: el altar empezaba á predicar el derecho divino de los reyes, y la corona apoyaba fuertemente el exclusivismo de Roma: continuaban en ejercicio muchas de las bárbaras leyes de la edad media, y los jueces de una parte, los inquisidores de otra, y el elemento militar por último, empezaron á pesar sobre la antigua tolerancia que tan amplia habia sido en Castilla y sobre las libertades públicas que no podian ser compatibles con la autoridad real tal cual se queria que esta autoridad fuese.
El primer acto de intolerancia de los Reyes Católicos, fue la expulsion de los judíos.
Treinta mil familias industriosas salieron de España á consecuencia de aquella medida hija del fanatismo religioso.
Dado este golpe á los judíos se reparó en los moriscos.
El feroz fanatismo de los preclaros varones que sustentaban el pendon de la fe en España, encontró que era una cosa muy dura que los vencidos siguiesen en la practica de su religion, de sus leyes y de su dialecto nacional, en el uso de sus trages y en la práctica de sus costumbres.
Empezáronse á violar las capitulaciones de la conquista de una manera curva, casuística: encontróse que habia entre los moriscos una clase de gente llamada elches, esto es, descendientes de cristianos que en otro tiempo habian abjurado el catolicismo abrazando la religion musulmana.
A estos se les mandó convertirse.
No obedeciendo, se empezó á ejercer con ellos la fuerza.
El resultado de esta abierta infraccion de los tratados, produjo una insurreccion.
Esta insurreccion dió pretexto para extender á los moriscos las prescripciones que se habian hecho á los elches.
Entonces empezó el martirio lento, horrible de los moriscos de Granada.
El aspecto amenazador de los moriscos, obligó á los reyes á que enviasen allá á Cisneros.
Partióse este de Alcalá de Henares, donde se encontraba erigiendo su colegio, que despues fue Universidad, y llegó á Granada donde se encontraban los Reyes Católicos; la primera providencia del grande hombre fue quemar cuantos manuscritos árabes le vinieron á las manos, destruyendo con ellos un caudal inapreciable de ciencia, y apagando con las llamas del fanatismo luminosas noticias que nos hubieran servido en gran manera para esclarecer la confusion que reina en la historia de los árabes españoles.
Empezáronse á seguida los trabajos de la conversion de una manera ruda y tenaz: en vez de apelarse á la mansedumbre evangélica se apeló al terror: al que resistia el bautismo se le prendia, se le encerraba con un fraile fanático, y no se perdonaba medio, hasta que aterrada la víctima pedia á voces el bautismo.
Crecia con esto el descontento, huian á centenares de las poblaciones los moriscos y se iban á la montaña haciéndose monfíes, y entregándose, irritados por la tiranía de los vencedores, á los mas graves excesos contra los cristianos.
La lucha era sorda, sostenida: habíanse bautizado todos los moriscos de Granada y la mayor parte de los de las Alpujarras, pero si bien ostensiblemente profesaban el catolicismo, seguian siendo moros en secreto.
Si iban á misa los dias de precepto, era porque los parrocados estaban facultados á imponerles multas y aun prision por la falta de asistencia.
Si confesaban, jamás decian la verdad.
Los giumas (viernes), dias consagrados por el Koram, se encerraban en sus casas, hacian las abluciones y se consagraban á la oracion á puerta cerrada.
Del mismo modo y tambien á puerta cerrada, trabajaban los dias de fiesta prescritos por el rito católico.
Inmediatamente despues de ser bautizados sus hijos, les lababan con agua caliente la cabeza, para quitarles el crisma y el santo oleo, los circuncidaban, celebraban segun sus usos la fiesta de las buenas hadas, y les ponian el imprescindible sobrenombre árabe.
Cuando se casaba una doncella, al volver á su casa, la quitaban los vestidos castellanos con que se habia visto obligada á ir á la iglesia, la vestian ropas moriscas y hacian las bodas, con leilas, zambras y banquetes segun sus costumbres.
Solo aprendian la doctrina católica los que tenian necesidad de casarse, porque para ello sufrian un exámen prévio, y aun muchos se disculpaban con no saber la lengua.
Llenos de odio y ansiosos de venganza por la tirania de que eran víctimas, recibian á los monfíes, y aun á los turcos y piratas berberiscos en sus alquerías y les avisaban de cuándo podian sorprender recuas de castellanos para robarlos, hacerlos cautivos ó matarlos.
Aterrados los castellanos por esta asechanza sorda, por este peligro contínuo, unian su voz á las declamaciones de los frailes, y el trono y la Inquisicion se propusieron estremar el rigor contra ellos, y destruirlos si necesario fuese.
Entonces se promulgó el famoso edicto del emperador don Carlos, de que dimos cuenta á nuestros lectores en el principio de este libro.
Viéronse los pobres vencidos atacados á un tiempo en su industria, en sus haciendas, en sus costumbres, y lo que era peor, vejados, tratados vilmente, con una injusticia notoria, con una crueldad siempre en aumento, sin que se oyesen sus quejas, sin que se diese castigo á los que los ofendían y vieron con temor empadronados sus hijos desde la edad de tres años, hasta la de quince, porque no sabian lo que querian hacer con ellos.
Haciáseles pagar los alguaciles y las guardias que servian para oprimirlos; se les obligaba á tener las casas abiertas; se les exigian tributos onerosos; se prendia á las mujeres que iban por la calle con los rostros cubiertos; se les arrebataban sus hijos y los llevaban á los hospicios por el mas leve pretexto, y en vano eran sus quejas, porque los clérigos mandaban á nombre de Dios, y Felipe II era tan sombría y fanáticamente cruel como los clérigos.
No se pensó ni un solo momento en que los moriscos constituian una parte considerable de la poblacion de España, ni en que por su industria y sus riquezas, eran un gran elemento de prosperidad pública.
Los funestos reyes de la casa de Austria todo lo posponian, todo lo olvidaban á trueque de que no hubiese en sus Estados una sola persona que no fuese católica; manía lamentable, fanatismo ignorante que han dado al trono y al clero español de aquel tiempo y aun de los tiempos subsiguientes, un carácter odioso y repugnante: ciega brutalidad que ha costado á España torrentes de sangre, que ha retrasado su civilizacion, que nos ha debilitado, atacando nuestra poblacion y nuestra riqueza, comprometiéndonos en guerras desastrosas, colocándonos á retaguardia de las demás naciones de Europa: fatales resultados de la estrecha alianza del trono y del altar: de los reyes de derecho divino y del clero omnipotente y sanguinario, sostenido por el infame tribunal de la Inquisicion.
El rey y el fraile, al destrozar entre sus garras á los que se atrevian á rebelarse contra su despotismo, destrozaban á España: el terror hacia callar al derecho, el desuso del derecho, le puso en olvido, y el pueblo tan libre otros dias, vino á ser la troje hollada por los dos fatales elementos reunidos.
Uniase á esto una magistratura inmoral, un ejército compuesto de aventureros, una nobleza degradada, que se arrastraba á los piés de la Inquisicion y del trono, y un pueblo degradado tambien, que todo lo sufria en silencio, ó que, por mejor decir, por resultado de su degradacion y de su envilecimiento, no sufria nada.
En los tiempos de la dominacion austriaca, un español, en siendo esclavo sumiso, y católico fanático, era cuanto podia ser: un leal vasallo del rey, y un hijo obediente de la Iglesia.
La literatura y las artes, sufrieron, como era preciso, la suerte del país: se vieron marcadas con el sello realista monástico, que se imprimia en todo, y apenas dieron á conocer alguno que otro rasgo tímido de independencia; nuestros mejores artistas, nuestros mas aventajados escritores, no brillaron como hubieran brillado de seguro, bajo un gobierno digno de hombres que hubieran sabido serlo: la mezquindad de la época los hacia mezquinos: los mataba.
En todas las empresas de la casa de Austria, exceptuando las de Carlos V, se ve, no la política, no la sagacidad, sino la tenacidad y la ignorancia: Felipe II desangró y debilitó la nacion en empresas descabelladas aconsejadas por el fanatismo, y una de estas empresas que pudo traer fatalísimos resultados, no solo para España, sino tambien para Europa, fue la de la conversion de los moriscos, no solo bajo el punto de vista religioso, sino tambien bajo el de las costumbres.
La rebelion de las Alpujarras motivada por la crudeza con que quiso llevarse á cabo la sumision completa de los moriscos, fue de tanta trascendencia, como que refiriéndose á ella en el principio de su historia de la guerra de Granada, dijo Hurtado de Mendoza, autor contemporáneo, y tanto, como que tomó personalmente parte en aquella guerra:
«Veráse una guerra al parecer tenida en poco, y liviana dentro en casa, mas fuera estimada y de gran coyuntura; que en cuanto duró tuvo atentos, y no sin esperanza, los ánimos de príncipes amigos y enemigos lejos y cerca.»
Mas adelante el mismo autor confiesa las graves circunstancias en que se encontraba España al estallar la rebelion de las Alpujarras, en las siguientes líneas:
«... Los Estados de Flandes, desasosegados por el príncipe de Orange, eran recien pacificados por el duque de Alba. Mas, puesto que las fuerzas del rey, y la experiencia del duque capitan, criado debajo de la disciplina del emperador, testigo y parte de sus victorias, bastasen para mayores empresas; todavía lo que se temia de parte de Inglaterra, y las fuerzas de los hugonotes en Francia, algunas sospechas de príncipes de Alemania y designios en Italia, daban cuidado; y tanto mayor, por ser la rebelion de Flandes por causas de religion comunes con los franceses, ingleses y alemanes, y por quejas de tributos y gravezas comunes con todos los que son vasallos, aunque sean livianas y ellos bien tratados.»
Por las citas anteriores, se vé que en aquellos tiempos habia quien veia claro, y que solo el rey y los clérigos estaban ciegos por su fatal locura religiosa.
Y esta ceguedad, esta monomanía feroz por exterminar todo lo que no era católico, como si el catolicismo no fuese una religion altamente afecta á la discusion y á la libertad, hacen comprender hasta qué punto serian vejados, tiranizados, martirizados los moriscos por aquel doble despotismo, por aquella tenaz ferocidad, por aquella cólera sagrada, por decirlo asi; por aquella intemperancia de mando, por el odioso sic voleo sic jubeo del tirano.
Y esta ferocidad, esta carencia total de miras políticas, ya que no de sentimientos humanitarios, habian hecho precisa, inevitable la rebelion de los moriscos, porque cuando llega á un limite dado la miseria humana, la desesperacion suple con ventaja al valor, y la sed de venganza produce horribles catástrofes, á vueltas de sublimes rasgos de heroismo.
Y cuando un pueblo ha sido insultado, robado, azotado, herido en sus mas intimas afecciones cuando se han visto holladas las canas de los ancianos, separada la esposa del esposo, el hijo de los padres; cuando las sospechas han bastado como si hubiesen sido evidencias para imponer castigos atroces; cuando se han desoido una y cien veces las súplicas humildes; cuando el que manda se ha mantenido inflexible en el mandato cruel; cuando esto sucede, no hay pueblo cobarde, lo arrostra todo, prefiere la muerte aunque sea horrorosa, al martirio lento, continuado, dia por dia, hora por hora, minuto por minuto, y como se lanza á la pelea enloquecido por la desesperacion, excitado por la sed de venganza, se entrega respecto á sus enemigos á las mismas crueldades, á los mismos horrores, á los mismos crímenes de que ha sido víctima.
Los pueblos cuando se insurreccionan en nombre de su derecho, ponen siempre en práctica la tremenda ley del Talion.
Por eso antes de condenar los horrores de una revolucion, es necesario meditar á sangre fria las causas que la han motivado.
Hemos creido necesaria la antecedente digresion, para que nuestros lectores no crean ficciones de una fantasia salvaje, los hechos que vamos á continuar relatándoles.
No los inventamos: únicamente los ordenamos y los trascribimos con la historia á la vista, apoyándonos en su testimonio.
CAPITULO XXVII.
Continúa el asunto interrumpido en el anterior.
La iglesia de la villa de Cádiar, era teatro de una orgía de sangre.
Melik-el-Ferih, enloquecido por el reciente recuerdo de la desastrada muerte de Alida, y por la dolorosa causa que habia motivado aquella catástrofe, estaba ébrio de sangre y sediento de venganza.
Aben-Aboo, con la mirada sangrienta como un lobo, arrastraba desde la sacristía al presbiterio, asido por el cuello al inquisidor Molina de Medrano que tropezaba embarazado por sus largos y rígidos ornamentos pontificales.
Al ver Melik-el-Ferih aquel grupo á la viva luz de las cien velas que aun ardian en el tabernáculo, saltó del monton de cadáveres en que habia subido, y se lanzó hácia el presbiterio, pero antes de llegar á él tropezó en un muerto y cayó.
Al levantarse vió ante sí una mujer pálida, de rodillas, mirándole de una manera ansiosa, y procurando ocultar entre sus brazos, entre sus ropas, á una criatura.
Aquella mujer para salvar á su hija se habia acurrucado entre los muertos, y solo se habia alzado al ver caer junto á ella el monfí.
Melik-el-Ferih contempló á la madre y á la hija con una mirada tal, en que habia tan feroz, tan cruel alegría, que la pobre madre se estremeció.
--¡No la mateis! gritó: no mateis á mi hija: mi hija no os ha hecho ningun daño.
--¿Y qué daño habia hecho mi hija á los cristianos? gritó el Ferih mezclando á sus palabras una carcajada insensata.
--¡Ah! ¡teneis una hija! dijo la infeliz: pues bien, por la vida de vuestra hija, no mateis á la mia.
--¡Por la vida de mi hija! exclamó el Ferih.
Y sus ojos rodaron de una manera espantosa en sus órbitas.
La infeliz madre dió un grito horrible.
El Ferih la habia arrebatado la pobre criatura asida por el cuello, y la habia abierto de una sola puñalada: despues habia arrojado aquel miserable despojo palpitante á los piés de la madre, y de un salto se habia puesto en el presbiterio y asido al inquisidor Molina de Medrano.
--¡No le mates! ¡no le mates! exclamó Aben-Aboo: una puñalada es poco castigo para este infame lobo: ¡no le mates, Ferih!
--¡Matarle! no por cierto... ya verás... ya verás... la noche es nuestra, y es necesario que nos divertamos... vamos á divertirnos mucho...
El solo anuncio de aquella diversion, de que sin duda iba á ser él el protagonista, despegó la carne de los huesos del inquisidor.
El Ferih entre tanto habia acercado uno de los tres sillones del presbiterio, y le habia puesto sobre el altar.
--Siéntate ahí, dijo el Ferih: te ponemos en un trono... no tienes por qué quejarte te vamos á adorar, faquí de los cristianos: vamos sube: ¿no quieres ser rey?
--No puedo subir, soy viejo; exclamó llorando el inquisidor: tened compasion de mi.
--¡Ah! ¿no puedes subir? dijo Aben-Aboo, por eso no quede: échamelo acá, Ferih, añadió desde el altar á donde habia subido de un salto.
El Ferih asió por la cintura al inquisidor y le levantó: Aben-Aboo le asió por el cuello le puso sobre el altar y le sentó rudamente en el sillon.
Desde aquel momento puede decirse que Molina de Medrano no vió ni sintió mas que un terror pánico: todo daba vueltas en derredor suyo, pero cubierto de una niebla densa, azul, inpura, y el miserable temblaba, pero de una manera exclusivamente orgánica.
--No basta, no basta eso: dijo el Ferih: es necesario asegurarle en su trono.
Y volviéndose hácia el fondo de la iglesia donde continuaban el degüello y las crueldades, tocó por tres veces la bocina.
Cesó la matanza y un numeroso grupo de monfíes adelantó hasta el presbiterio, y se pusieron á reir y á señalar con ademanes grotescos al inquisidor.
--¡Ah, valientes mios! dijo el Ferih: ved á este respetable señor encaramado en su silla, vestido de oro y rodeado de luces, ni mas ni menos que como los ídolos que han querido que adoremos: pero este trono es todavía poco resplandeciente.
--Es verdad, si, es verdad.
--Aumentemos el resplandor de su trono.
--Pongamos fuego al altar.
Y algunos adelantaron blandiendo sus antorchas.
--Esperad: esperad, dijo Aben-Aboo: ¿no veis que tanto resplandor puede parecerle demasiado y hacerle huir de una gloria de que se creerá indigno? es necesario que se vea obligado á recibir nuestros homenajes. Buscad cuerdas, y sino las halláreis, vengan las de vuestras ballestas.
--Dice bien.
--Asegurémosle en su trono.
--Que no pueda escapar.
--Como no pueden escapar los sentenciados por la Inquisicion.
--Como no pudo escapar mi padre, á quien vi revolverse como una sabandija por entre las llamas.
--Ni mi madre á quien quemaron porque decian que era bruja.
--¡Allah Ahbar! (Dios es grande).
--¡Allah Galib! (Dios es vencedor).
--¡Allah Rahman! (Dios es misericordioso).
Y sin saber de donde, salieron á plaza cordeles, y en medio de un tumulto espantoso de carcajadas y silbidos, el inquisidor fue fuertemente atado á la silla, y la silla no menos fuertemente atada á las columnas del tabernáculo.
Volvieron á avanzar los implacables monfíes con las antorchas.
--Esperad, esperad: aun no es tiempo: traed acá á cuantos cristianos encontreis.
Extendiéronse los monfíes por la iglesia, y á poco volvieron trayendo á empellones como unas veinte personas entre hombres, mujeres y niños.
--Pocos son, dijo Aben-Aboo: pero ahí veo á mi buen amigo Lope Gutierrez, corregidor de la villa. ¿Eh? ¿que te parece de esto?
El corregidor tan feroz antes, cuando mandaba, cuando se creia fuerte, rompió á llorar.
--Yo no os he hecho ningun daño, dijo: yo era mandado; me lo mandaba el rey.
--¿Y te mandaba el rey, dijo una morisca jóven y hermosa, saliendo de entre la multitud, que para obligar á una mujer á ser tuya, la amenazases con ahorcar su padre, y vender por esclavos á sus hermanos?
--Yo no he hecho eso... yo no he hecho eso, os lo juro.
--¿Me conoces? exclamó la morisca arrancando una antorcha á un monfí, acercándola á su semblante, y acercándose al mismo tiempo al corregidor Lope Gutierrez, que retrocedió.
La morisca le miraba con los ojos dilatados escandescidos como los de una bacante.
--¿Me conoces al fin Lope Gutierrez? repitió la morisca; tú me deshonraste, y no bastó mi sumision á tus deseos: poco tiempo después á pretexto de que eran monfíes ahorcaste á mi padre, y echaste á galeras á mis hermanos.
--¡Ah! ¡no! ¡no! exclamó el corregidor.
--Ese miserable me abofeteó á pretexto de que no me habia quitado el sombrero en su presencia, echó á galeras á mi hijo porque tomó la defensa de su anciano padre, mi pobre esposa murió al verse separada en su ancianidad de su hijo, y despues me vi reducido á la indigencia: mis bienes, unas escasas tierrecillas habian sido confiscadas: ¡vengadme, hermanos!
--Ese miserable mató á mi amante porque no quise ser su manceba.
--Ese hombre deshonró á mi hija.
--Ese hombre es nuestro, exclamaron las mujeres apoderándose de él, y sacándole arrastrando de la iglesia.
--Hé aquí un buen exámen de doctrina cristiana, dijo Aben-Aboo volviéndose al inquisidor que no le oia. Dejad, dejad á esas buenas muchachas que despachen á su gusto al señor corregidor: no lo querais todo para vosotros. ¿Quién es aquel que se esconde detrás de esotro que está tan cabizbajo?
--El cabizbajo es el alguacil Truchuela, un bribon que merece ser desollado vivo: el que se esconde es el escribano Diego de Angulo.
--¡Ah! ¿con que sois vos el escribano que no tenia mas placer que fulminar procesos para engordar con las costas perdiendo hombres? ¿y vos maese Truchuela el alguacil que prendia con perro á los moriscos?...
Rompieron á dar alaridos los dos acusados.
--Colgad de los piés á esos dos perros, dijo Aben-Aboo.
No le escucharon sordos ni remisos, porque media docena de monfíes asieron del alguacil y del escribano, y los colgaron cabeza abajo de la verja de una capilla.
Los miserables gritaban de una manera horrorosa.
--Ponedles mordazas, gritó uno.
Poco despues aquellos hombres dejaron de gritar.
--¿Qué mujer es aquella exclamó el Ferih que está detrás de aquellos dos soldados castellanos?
--Yo soy doña María de Cáceres, dijo aquella mujer que era bastante hermosa, y que lloraba silenciosamente adelantando hácia el presbiterio.
--¿Quién tiene que quejarse de esa mujer? dijo Aben-Aboo que se habia constituido en único juez de un tribunal ejecutivo.
Nadie contestó.
--Ya lo veis, nadie tiene que quejarse de mí, contestó con acento sereno doña María.
--¿Y por qué lloráis? ¿creeis que los moros somos tan infames como los castellanos? ¿creeis que nosotros sentenciamos á los inocentes solo por el placer de verter sangre?
--Lloro, dijo doña María, porque he visto muchas desdichas.
--¿Qué pretendeis hacer con esa mujer? dijo una de las moriscas que volvían de dar fin del corregidor. Esta cristiana es nuestra.
--¿De qué teneis que acusarla? dijo Aben-Aboo.
--¡Acusarla! ¡por el contrario, tenemos mucho que decir en su favor!
--Es caritativa.
--Es buena.
--Ha dotado á muchas doncellas.
--Ha remediado muchas desdichas.
--Es la madre de los infelices.
--Una sola condicion y os libro, dijo Aben-Aboo.
--¿Y qué condición es esa?
--Abrid los ojos al conocimiento de la santa ley del Dios altísimo y único.
--¡Qué reniegue de Jesucristo! exclamó con horror doña María.
El Ferih que desde que habia empezado este diálogo habia templado su ballesta y armado en ella una jara, se echó de repente la ballesta al rostro, y exclamó disparándola sobre doña María:
--Mi hija tambien era inocente y ha muerto.
Doña María cayó sin exhalar un gemido.
--¡Oh! ¿qué has hecho? exclamó horrorizado á pesar de su ferocidad Aben-Aboo.
--Estamos perdiendo el tiempo, gritó el Ferih: yo he sido encargado por el emir de hacer justicia en la villa de Cádiar... ¡ea mis valientes! acabad con esos perros... y tú clérigo, tostador de criaturas de Dios, añadió volviéndose al inquisidor que continuaba alelado por el miedo, muere como debes morir.
Y tomando una antorcha de manos de un monfí, se encaminó al altar.
--¡Detente, Ferih! exclamó una voz poderosa, terrible, llena de autoridad y de mando en el fondo de la iglesia.
El Ferih quedó inmóvil en el lugar en que se encontraba cuando resonó aquella voz: los monfíes que habian empezado de nuevo la matanza, se detuvieron tambien.
Entre tanto un hombre armado como los caballeros moros del tiempo de la conquista, con corona en la cabeza é insignias de califa, adelantó evitando pisar los cadáveres, pero sin poder evitar teñir sus piés de sangre.
Detrás de él ondeaba un estandarte rojo, en cuyo centro se veian las armas de Granada, y tras el estandarte seguia un escuadron cerrado de monfíes.
Aquel hombre era el emir Yaye-ebn-Al-Hhamar.
--¿Qué es lo que estais haciendo? exclamó: ¿es esto lo que yo te he mandado hacer Ferih: es esto lo que conviene hacer á un caballero Aben-Aboo?
Ni el Ferih, ni Aben-Aboo, contestaron: pero se levantó un sordo murmullo entre los monfíes que estaban en la iglesia á la llegada del emir.
--¿Quién se atreve á murmurar, cuando su señor habla? exclamó con voz tonante Yaye, revolviendo en torno suyo una mirada amenazadora: ¿hay alguno que se atreva á levantar la voz, ni los ojos, ni un solo dedo, cuando habla su emir?
Nadie contestó: nadie se movió.
--¿Qué es lo que miro en rededor mio? exclamó creciendo en su cólera Yaye: ¡mi vista solo encuentra cadáveres!
--Cadáveres de castellanos, señor, contestó humildemente Aben-Aboo.
--Pero entre esos cadáveres hay viejos, niños y mujeres: doncellas que han sido violadas, madres delante de cuyos ojos se han degollado los niños de pecho. ¿Quereis acaso igualar y aun exceder las crueldades de los castellanos? ¿Pensais acaso que porque este es un lugar de idolatria, no está presente en él el Dios altísimo y único?
--¡Señor! murmuró Aben-Aboo.
--¡Basta! exclamó Yaye: los que se precian de valientes no se ensangrientan en los débiles: los que se precian de justos no sacrifican inocentes: los que se creen buenos muslimes deben temer á Dios, á Dios que escribe en el libro de su justicia la sentencia de los asesinos con la sangre de los débiles.
--Hemos sufrido cuantas desdichas, cuantas crueldades, cuantas humillaciones puede sufrir un hombre, dijo el Ferih.
--Los crímenes agenos, deben inspirarnos horror, no deseo de imitarlos: repuso el emir: ademas, si hemos de triunfar es necesario que sepamos obedecer. ¿Qué te habia ordenado yo Ferih?
Melik no contestó.
--Te dije, cerca la villa, que no salga de ella un cristiano...
--Degüella y mata, me dijiste.
--Si, pero degüella y mata á los clérigos, á los ministros de justicia, y á los soldados: pero sé justo y clemente con los que no han cometido otro delito que no ser moros como nosotros.
--¿Qué estas hablando de justicia y de clemencia, emir, á quien como yo ha visto su hija deshonrada; á quien la ha visto morir á consecuencia de las infamias de los castellanos; á quien la ha mirado espirar, gritando de dolor entre sus brazos y pidiéndole venganza? ¡Mi hija! ¡mi pobre Alida queda allá muerta entre las breñas, y me pides templanza á mi, á quien despedazan la rabia y el dolor!
Y el Ferih rompió á llorar como una mujer.
Hubo algunos momentos de solemne silencio, durante el cual solo se oyeron los gemidos de los que espiraban á consecuencia de sus heridas.
--Desatad ese clérigo que está en el altar, dijo el emir.
Pareció reanimarse á estas palabras Molina de Medrano.
--Ved, señor, dijo Aben-Aboo, que este es el miserable que causó esta mañana la muerte de la infeliz Malicatulzarah y de su esposo Adel: ved señor que es un lobo sediento de sangre.
--Ese hombre debe morir, y morirá, pero no de la manera horrible, cruel con que ellos matan á sus víctimas.
El inquisidor habia sido bajado del altar y se arrastraba á los piés de Yaye, en cuyo semblante fijaba una mirada entumecida por la atonía.
--Yo os conozco... señor... yo os conozco... tartamudeó.
Y se asió á las ropas talares de Yaye.
Yaye se inclinó.
--Tú eres Molina de Mediano...
--Si, si, pero yo obedecia al rey...
--Obedecias á un tirano...
--Por el Dios de Abraham y de Ismael que es nuestro mismo Dios... no me mateis... cautivadme... vendedme... llevadme á Africa... pero no me mateis.
--Tú has predicado el exterminio contra los que adoran al Dios de Abram, de Agar y de Ismael, y ahora pides misericordia á nombre de ese mismo Dios... suele suceder que los asesinos cuando se apodera de ellos la justicia mueran con valor: pero tú á mas de asesino eres cobarde.
--¡Perdon! ¡señor, perdon!
--Arrancadle de mi y matadle; matadle á hierro y pronto... necesitamos salir de aquí.
--¡Piedad! gritó Medrano al sentirse asido por una turba de monfíes.
Fue su última palabra: rasgado su pecho á un tiempo por veinte puñales manchaba de sangre su vestidura pontifical.
--Acabad con esos soldados, dijo el emir.
Seis soldados que habian sido apresados por los monfíes fueron inmolados en pocos segundos.
--Ahora soltad esa gente menuda.
--Nos mataran los que estan fuera señor, dijo un viejo.
--Id con ellos diez hombres, y amparadlos en las casas del ayuntamiento de la villa: asimismo llevareis á esas casas las mujeres, los viejos y los niños que encontreis.
Algunos monfíes salieron escoltando algunos cristianos que por fortuna habian escapado con vida de la iglesia.
--Rematad á esos desdichados que penan, añadió Yaye.
Pocos momentos despues, y mientras el emir hablaba acaloradamente con Aben-Aboo, fueron cesando los gemidos de los moribundos hasta dominar un silencio pavoroso.
Los monfíes que se agrupaban inmóviles tras el estandarte rojo del emir, llenando la iglesia, parecian fantasmas.
Yaye y Aben-Aboo siguieron hablando algun tiempo con gran interés.
El Ferih, doblegado al fin por su dolor estaba apoyado sobre el altar, inmóvil, insensible á todo.
Al fin Yaye se separó de Aben-Aboo, y dirigió la voz á los monfíes.
--Valientes, les dijo: al hacer lo que hemos hecho, hemos herido el rostro del tirano rey de España: hemos arrojado á sus ojos la sangre infame de sus jueces, de sus clérigos, y de sus soldados: ya no hay medio de retroceder: los ejércitos del rey de España vendrán sobre nosotros, pero vendrán tarde, porque el alguacil mayor del reino, el valiente Farax-Aben-Farax se apodera en estos momentos de Granada: Dios nos alienta y nos guia: pero no irritemos á Dios cometiendo actos de crueldad y de barbarie semejantes á los que acaban de cometerse: si apreciais en algo mi espada, si creeis que yo puedo llevaros á la victoria, no vertais mas sangre débil, no cometais mas crímenes, porque yo nunca desnudaré mi espada para ponerme al frente de infames ni de asesinos.
--¡Viva el emir! gritaron á una voz los monfíes.
--Ademas, dijo Yaye: oidme y entendedme bien: yo no soy el emir que debe mandaros.
Levantóse un murmullo de descontento que era una adulacion al emir.
--Los moriscos de Granada han elegido un rey.
--¡Viva el emir poderoso y vencedor Yaye-ebn-Al-Hhamar! gritaron los monfíes.
--Yo soy emir de las Alpujarras, únicamente, dijo Yaye: los granadinos han elegido legítimamente su rey; su rey es aliado y pariente mio. Obedeced al rey de Granada Muley-Aben-Humeya.
Pronunció con tal acento estas palabras Yaye, que los monfíes viendo en ellas un mandato gritaron:
--¡Viva el rey de Granada Muley-Aben-Humeya!
--¡Gracias, gracias, valientes muslimes de la montaña! exclamó una voz á las puertas de la iglesia; oyóse precipitado ruido de espuelas, y adelantó y abrazó á Yaye un jóven sencillamente vestido á la morisca.
Aquel jóven era Aben-Humeya.
Tras él seguia otro hombre de mas edad igualmente vestido á la usanza mora, llegó junto al emir, pero en vez de abrazarle se inclinó profundamente.
Aquel hombre era Aben-Jahuar el Zaquer.
--¿Y tu hermana? le dijo rápidamente y en voz baja Yaye.
--Está en seguridad en un cortijo de la montaña.
--¡Oh! ¡gracias hermano, gracias! Y volviéndose á los monfíes continuó en voz alta asiendo de la mano á Aben-Aboo, que era el único que vestia á la castellana: ¿Conoceis á este caballero?
--Si, si, gritaron todos.
--Es Sidy Aben-Aboo, de la raza de los Omeyas, añadieron algunos.
--Es mi pariente, añadió Yaye. Desde ahora, leales muslimes compartiré con él vuestro gobierno: obedecedle como á mí mismo: es mi compañero: aclamadle.
--¡Viva Muley Aben-Aboo!, gritaron espontáneamente los monfíes.
--Y para concluir, este otro caballero, Sidy Aben-Jahuar el Zaquer, mi pariente tambien, es el walí de los walíes[25] de Granada y de las Alpujarras.
--¡Viva Sidy Aben-Jahuar! gritaron los monfíes.
--Lo que á vosotros os he hecho saber en persona, se hará saber á las demás taifas por sus xeques. ¡La guerra empieza! constancia y valor y triunfaremos.
--¡Viva el emir!
--Pero si hemos concluido, dijo Aben-Humeya que habia oido con un profundo disgusto la espontánea aclamacion de los monfíes á su primo Aben-Aboo, si hemos concluido, bueno será, que nos preparemos á un próximo y sangriento combate.
--¿Pues qué sucede? dijo con gran calma Yaye.
--La compañía de infanteria española que estaba en Yátor, viene sobre Cádiar, dijo Aben-Humeya; y segun me han informado mis corredores viene á su frente, bramando de corage, el valiente marqués de la Guardia.
--¡El marqués de la Guardia! ¡no! ¡es imposible!
--Si es posible ó no, pronto lo veremos, dijo Aben-Humeya; entre tanto oid.
Se habian escuchado algunos distantes disparos de arcabuz. Animados por aquel socorro los cristianos que se habian refugiado á la torre de Cádiar empezaron á tocar de nuevo á rebato.
Yaye, Aben-Aboo, Aben-Humeya y Aben-Jahuar, se lanzaron fuera de la iglesia: los monfíes los siguieron á la carrera.
La iglesia quedó silenciosa, poblada solo de cadáveres, iluminada y resplandeciente, pero manchado de sangre el altar, y presentando delante de él un bulto brillante á trozos, rojo en otros.
Aquel bulto era el cadáver de Molina de Medrano, á quien cubrian aun los ornamentos pontificiales.
Por una coincidencia terrible aquel cadáver ocupaba el mismo lugar donde habia caido muerta Malicatulzarah.
CAPITULO XXVIII.
Continúan las escenas de sangre.
En aquellos momentos en un estrecho y oscuro callejon de Cádiar habia dos hombres como ocultos en la sombra, y hablando en voz muy baja por temor acaso de ser escuchados desde las casas.
Oíanse desde allí las campanas de la iglesia parroquial y del convento de San Francisco, tocando, de una manera que podia llamarse desesperada, á rebato, y se oian á lo lejos, perdidos, indistintos, gritos salvajes, alaridos, voces confusas.
Alguna vez un hombre pasaba en huída por la calleja, sin reparar en los dos hombres que estaban como cosidos á un entresijo de ella, y poco despues de haber pasado el que huia, en la parte baja, á la salida de la villa, se oia algun disparo de arcabuz, lo que demostraba que el pueblo estaba cercado.
A excepcion de estos ruidos lejanos ningun otro ruido se oia: la calleja estaba profundamente silenciosa, cerradas las puertas y ventanas de sus casas, y sin que ni por un solo resquicio se viese una luz.
Aquel era el silencio del miedo, porque á no dudarlo, los habitantes de aquellas casas, como todos los de Cádiar, velaban.
De repente se sintió abrirse silenciosamente una ventana, y desde su fondo oscuro cayó á la calle un objeto pesado que produjo un ruido opaco, sordo, como el de una odre que se rebienta.
La ventana volvió á cerrarse, y volvió el silencio.
--¿Qué es eso? dijo uno de los dos escondidos con voy temblorosa.
--Paréceme que teneis miedo, señor Cisneros, dijo el otro hombre.
--No tengo miedo, pero me repugna lo que está sucediendo; Dios me perdone, sino es un cuerpo humano el que han arrojado á la calle.
--Es sin duda el cadáver de algun soldado de los de la compañía de Diego de Herrera, que estaban aposentados en las casas de la villa: ¿pero qué os importa eso? No hemos venido á Cádiar ciertamente á divertirnos.
--¿Pero qué hacemos aquí, á estas horas y en tales circunstancias, señor Godinez?
--¿No habeis venido á ver esta noche, como teníamos concertado, á doña Elvira de Céspedes?
--Sí.
--¿No la habeis dicho que su hijo Aben-Humeya os conoce, y que veniais á ampararos de ella?
--Sí.
--¿No la habeis dicho ademas, como tambien convinimos, que venia con vos un amigo que igualmente necesitaba del amparo de Aben-Humeya?
--Si.
--¿Y no habeis venido á buscarme?
--Ciertamente.
--Ahora bien, la entrada de los monfíes nos ha hecho ampararnos de lo apartado y oscuro de esta calleja; pero ahora que los monfíes estan allá dentro, y por lo que se vé, bien entretenidos, podemos y debemos ir á casa de doña Elvira.
--Es que yo no he estado nunca en Cádiar: valíme de las señas que me dísteis, pregunté por la calle donde vive doña Elvira, y hallé la casa por su mirador de madera y el farol de su imágen... pero ahora estoy seguro de no dar con la calle.
--Pues la tenemos bien cerca.
--¡Ah!
--Si, aquí á la vuelta. Venid conmigo.
--¿Pero no oís?
--Oigo y no oigo. Es decir, antes se oia tocar á rebato en al convento de San Francisco, y ya no se oye: antes no se oian disparos, y ahora se oyen descargas de arcabucería.
--Seran los vecinos del pueblo que se defienden desde sus casas.
--No, no; solo dispara asi la infantería española; son descargas cerradas.
--¿Pero qué infantería es esa? La compañía de Diego de Herrera ha sido degollada.
--Pero estaba en Yátor la compañía del marqués de la Guardia.
--Pero en Yátor habran entrado los monfíes como en Cádiar, y habran degollado á los soldados.
--Asi es probable que haya sucedido: pero os afirmo, y no me engaño, que tenemos cerca infantería española, mucha y valiente. Esto nos favorece.
--¿Qué nos favorece?
--Ya vereis. No podian presentarse mejor nuestros negocios. Andad, andad mas de prisa, que se nos va acercando el combate. He aquí que estamos en la calle de doña Elvira.
--Creo que os engañais. No veo el farol.
--¿Queriais que los monfíes dejasen ardiendo una luz debajo de una imágen? Llamad.
--¿Dónde?
--Estamos á la puerta de doña Elvira.
--¡Ah! ¿esta es la casa?
--Esta es.
Cisneros buscó el llamador de la puerta, y dió tres golpes.
Vióse poco despues luz por las rendijas y una voz de vieja dijo desde adentro:
--¿Quién sois?
--Vuestra señora me espera, contestó el comediante.
--¿Sois el hidalgo que vino esta noche?
--Yo soy.
--¿Venís solo?
--No, viene conmigo un amigo.
--Abrid, abrid, dijo con precipitacion otra voz de mujer mas fresca y mas sonora.
Abrióse la puerta y entraron Laurenti y Cisneros.
--Y á tiempo ha sido, dijo este: entrad, entrad con esa luz, señora, que tenemos el combate ya en la calle.
La vieja, una dama hermosa, vestida de negro que estaba en la segunda puerta del zaguan, y Cisneros y Laurenti desaparecieron en el interior.
Entre tanto el fuego de la mosquetería redoblaba, oíase entre él el crugir de las ballestas y el silbar de las jaras, y alguno que otro grito de un hombre herido.
Veamos lo que pasaba en la villa.
Debemos retroceder: mientras tenian lugar los terribles acontecimientos de la iglesia, otros no menos terribles tenian lugar en el convento de San Francisco: por mas que los frailes se habian defendido, por mas que habian tocado á rebato; incendiado el convento, incendiada la torre de la iglesia, último refugio á donde aquellos desdichados se habian acogido, se habian visto obligados á rendirse; mas ceñido que el Ferih á las órdenes del emir, el wali que mandaba á los monfíes que habian asaltado el convento, dejó libres á las mujeres, á los niños y á los viejos que á él se habian refugiado y solo degolló á los frailes y á los hombres robustos.
Despues de esto penetraron en el convento entre las llamas, tomaron los vasos sagrados y los ornamentos y fueron á depositarlos en la plaza.
En seguida empezaron el saqueo por las casas una parte de los monfíes, y otra se fué á combatir la torre de la iglesia donde estaban refugiados el beneficiado Ribera, maese Barbillo y algunos alguaciles, soldados, vecinos y mujeres.
Aquellos infelices se encontraban apurando desde hacia mucho tiempo una agonía horrible: oian á sus piés los gemidos de los que eran asesinados en la iglesia, veian recorrer las calles monfíes con antorchas, penetrando en las casas; matando cristianos, saqueando y arrojando á un tiempo por las ventanas los cadáveres y los objetos robados: veian ardiendo el convento de San Francisco y lo que mas les aterraba era el notar que la campana de los frailes habia cesado de tocar á rebato.
Ellos por lo mismo, redoblaron su toque de una manera desesperada: al principio solo habian tañido la campana mayor; despues asociaron á ella otra campana: por último, hasta los esquilones se pusieron en movimiento.
--¿Habeis cortado las escaleras de la torre, Barbillo? decia lleno de angustia el beneficiado.
--Si señor, contestaba repicando á dos manos Barbillo.
--¿No pueden subir?
--No señor, como no pongan escala, y para eso les arrojaremos los ladrillos que hemos arrancado del suelo y cuando estos falten los esquilones...
--Nos pondran fuego, exclamó llorando de terror el beneficiado.
Barbillo siguió repicando.
--¿Qué habrá sido de la pobre Mariblanca? añadió Juan de Ribera.
Barbillo soltó un bufido, y apretó con entrambas manos las cuerdas de ambos badajos.
--¡Ay señor beneficiado, exclamó una pobre mujer! ¡Mire vuesamerced; mire por allá: por la parte de Yátor se ven antorchas!
--Y son soldados del rey, exclamó un muchacho.
--¿Soldados del rey has dicho, hijo? exclamó Juan de Ribera, avalanzándose al arco de campana que miraba á Yátor.
--Yo no veo mas que las luces.
--Pues yo si, yo veo muy bien los coletos de gamuza y los capacetes de los soldados, dijo una jóven. ¡Oh, Dios mio! vendran á socorrernos.
--Es la compañía del señor marqués de la Guardia, exclamó con alegría Barbillo: veo tendida su bandera blanca, con su cruz de bastos rojos.
--Muy alegre os habeis puesto, maese.
--¡Si son ciento y cuarenta demonios, y el marqués de la Guardia un leon, y el teniente Belorado un toro, y el alférez Cordavias un lobo! ¡ah, señores monfíes, paréceme que vais á dar con la horma de vuestro zapato!
--¿Pero vendran aquí?
--¡Pues no han de venir! vedlos que suben por el repecho.
--Pero no estarian en Yátor, porque si hubieran estado allí no hubieran podido atravesar la rambla ni los barrancos, dijo el beneficiado.
--Habran subido á la sierra y habran pasado por el puerto.
--Pues entonces traen seis leguas en el cuerpo, vendran rendidos, exclamó con desaliento el beneficiado.
--¡Pero calla! exclamó Barbillo, han apagado las antorchas; encima los tenemos. ¡Ah valientes!
Y se tiró con el furor del miedo á las campanas.
En aquel momento una jara que penetró por el arco se le clavó en la frente y cayó de espaldas.
Levantóse un alarido de terror entre los prisioneros de la torre.
Otra jara hizo sonar de una manera aguda una campana y otra y otra y otra siguieron entrando por los arcos.
Toda aquella pobre gente se arrodilló.
Solo siguió tocando á rebato la campana mayor, cuyo badajo ponian en movimiento los prisioneros tirando desde el suelo, de su cuerda.
Pero de improviso un nuevo incidente vino á centuplicar su terror.
Un humo espeso y acre empezó á penetrar por los arcos de las campanas.
Los monfíes habian puesto fuego á la torre.
Sin embargo, entre aquel torbellino de humo y de llamas la campana seguia tocando apresuradamente á rebato.
Allá en los extremos de la villa y en el centro ardían tambien algunas casas de cristianos.
No tardaron en oirse en las entradas del pueblo disparos de arcabucería.
Entonces fue cuando Yaye, Aben-Aboo, Aben-Humeya, Aben-Jahuar y el Ferih, salieron de la iglesia con los monfíes.
Al salir á la plaza desembocaba en ella á la carrera una manga de arcabucería, en medio de la cual flotaba la bandera blanca con la cruz de bastos rojos que habia visto desde la torre el difunto Barbillo.
Al frente de la manga y armado con una pica corta, venia un caballero jóven, con el rostro pálido y la mirada chispeante é iracunda, que apenas vió á los monfíes mandó hacer fuego con voz ronca á sus soldados.
Aquel caballero era el marqués de la Guardia.
Brillaron primero las mechas sopladas por los soldados y poco despues se vió un relámpago y se escuchó una detonacion uniforme: algunos monfíes cayeron por tierra: á la descarga de la mosquetería española contestó una descarga de la ballestería de la montaña.
Algunos soldados cayeron tambien.
Una segunda descarga de los soldados diezmó de nuevo á los monfíes.
--¡Es el marqués de la Guardia! exclamó con rabia Aben-Aboo.
--¡El marqués de la Guardia! exclamó con terror el emir. ¿Qué es esto, Dios mio?
--Hierro en mano y á degüello, gritó con voz tonante Aben-Aboo á los monfíes, lanzándose el primero alfanje en mano sobre los soldados.
--¡Ah! dijo el marqués de la Guardia con una alegría insensata, horrible: ¡te me vienes á las manos, asesino! ¡á mí, camaradas! los arcabuces bajo el brazo izquierdo y fuera las espadas: ¡á ellos! ¡Santiago y cierra España!
Pero de repente los monfíes se detuvieron cortados: por otra avenida de la plaza habia aparecido el teniente Cristóval de Belorado, y los barria enfilándolos con las descargas de sus arcabuceros.
Casi al mismo tiempo el sargento Gaspar de Aponte desembocaba por otro punto y los heria por la espalda.
Los monfíes acorralados entre tres fuegos, se arrojaron en tropel por una salida de la plaza que quedaba descubierta, obligando á que los siguiesen á Yaye, Aben-Humeya, Aben-Aboo y Aben-Jahuar.
--¿A dónde va vuestra señoría? exclamó el teniente Cristóval de Belorado, atravesándole al marqués de la Guardia que se habia puesto en seguimiento de los monfíes.
--¡Huyen!
--No huyen: desembarazan un lugar en que se han encontrado acorralados por sorpresa; pero dentro de poco cargaran sobre nosotros á centenares. ¡A cubrir las calles! gritó inmediatamente el viejo soldado.
--¡Es verdad! dijo suspirando el marqués: mandad barrear las calles: primero es nuestra obligacion como nobles y castellanos: sacad todos los muebles y colchones que encontreis en las casas: ¿tenemos bastante pólvora?
--Nos hemos traido cargadas cuatro acémilas.
--Destinad veinte hombres que apaguen el incendio de la iglesia: ola ¿qué haceis, alférez Cordavias? id cubriendo: sargento Aponte, vivo; haced abrir las casas y barread aprisa. Recoged nuestros heridos y rematad á esos perros monfíes. ¡Ah! primero es nuestra obligacion como cristianos y caballeros.
Y se puso á pasear por la plaza, con la pica debajo del brazo y con una distraccion espantosa, murmurando monosílabos y lanzando de tiempo en tiempo un horroroso juramento.
En un momento las calles que daban á la plaza estuvieron cubiertas y barreadas; esto es, cortadas con altas barricadas; muchos de los cristianos que vivian en la plaza y que habian estado escondidos, salieron con sus escopetas, y unos veinte soldados de la compañía de Diego de Herrera que se habian salvado en la torre descolgándose con una cuerda, fueron armados con los arcabuces de los soldados que habian sido muertos ó heridos en la sorpresa de la plaza.
--¿Pero dónde está el señor beneficiado? decian algunas mujeres que habian salido de la torre.
--¡El beneficiado! dijo uno de los de la compañia de Diego de Herrera: no ha tenido valor para descolgarse por la cuerda como nosotros y se ha quedado en la torre.
--¡Cómo! ¡el beneficiado de Cádiar! exclamó el marqués de la Guardia; ¡el que me casó esta tarde!... ¡Ah! Diez hombres conmigo!
Pero cuando llegaron al pié de la torre, les detuvo un espectáculo horrible.
La torre, que se habia incendiado por el centro, arrojaba por los arcos de sus campanas torbellinos de fuego: por la parte que miraba á la plaza, un hombre asido á una cuerda se contraia, se izaba, luchaba, daba gritos, pero no descendia; estaba aferrado á la cuerda con el terror de la muerte.
En vano le gritaban los soldados que se dejase resvalar.
Aquel hombre no les oia.
Viósele agotar sus fuerzas en conatos desesperados, extenderse al fin, quedar un momento pendiente de los brazos, y caer luego desde la altura dando vueltas.
--¡Es el beneficiado! gritaron las mujeres.
--¡Está muerto! dijo un soldado.
El marqués de la Guardia se separó de aquel lugar, y se puso á pasear de nuevo á lo largo de la plaza.
Entre tanto seguian los preparativos de defensa: muy pronto todas las avenidas de la plaza estaban perfectamente cubiertas, todas las calles que de ellas nacian, cortadas. Solo con un largo sitio y por hambre, podian rendir los monfíes á los castellanos, y era de esperar que el capitan general enviase pronto socorro.
Cuando todo estuvo preparado, distribuidos los centinelas, apagado el incendio de la iglesia, se esperó en vano la acometida de los monfíes: el mas profundo silencio reinaba en la villa.
--¿Qué hacemos aquí? dijo el marqués de la Guardia, volviéndose bruscamente á Cristóval de Belorado: ¿nos vamos á quedar esperando al Mesías? los enemigos se han marchado.
--Los moros son mala gente, señor marqués, dijo Belorado: callan, pero no se fie usia de su silencio: han huido, pero no se fie usía de su fuga: saben que somos pocos, y quieren que nos extendamos en la villa. Como estamos, estamos bien.
--Os digo que los moros se han retirado.
--Como guste usía, pero.
--¡Señor Cristóval de Belorado! ¿Sereis acaso vos el capitan de la compañía, y estaré yo acaso faltando á mi obligacion disputando con vos?
Callóse el teniente.
--Tomad veinte hombres y reconoced.
El marqués volvió la espalda al teniente y siguió paseando.
--El capitan está loco, dijo Belorado, y su locura nos va á costar el pellejo; pero ¿qué hemos de hacer? lo manda; desobedecer ó cumplir mal su mandato, seria una cobardía: ¡Hola sargento Aponte! escoged veinte hombres, y conmigo.
--¿A dónde vamos, señor Cristóval de Belorado? dijo el sargento.
--¡Eh! ¿y qué os importa á vos? ¿Teneis miedo?
El sargento se calló ante el teniente, como el teniente se habia callado ante el capitan.
--¡Ah, de la primera escuadra! gritó.
Formáronse inmediatamente en tres filas unos treinta hombres; el sargento hizo adelantar los hombres de las dos primeras filas, envió á los diez restantes á sus puestos, y fijó una mirada terrible en los veinte hombres que se habian quedado.
Algunos de ellos murmuraban.
--¡Eh! ¿Qué dices tú, Gil Perez? ¿y tú Pedro Donoso? ¿y tú, Chirlo del diablo? ¡eh! ¿teneis miedo, vergantes? ¡silencio y firmes! ¡ó voto á!...
Y la soltó redondo, arrimando al mismo tiempo á los soldados algunos golpes con el asta de su alabarda.
El sargento se vengaba en los soldados de las palabras del teniente, como el teniente se habia vengado en el sargento del exabrupto del capitan: pero hay que notar que aquella venganza aumentaba á medida que descendia.
Los soldados no podian desagraviarse con nadie, porque la venganza habia dado fondo en ellos.
El sargento dió parte á Belorado de que la gente estaba dispuesta, y Belorado se adelantó hácia ellos, y les dijo apoyado en su pica:
--Muchachos: vamos á hacer un reconocimiento sobre los enemigos: esto quiere decir que sopleis las cuerdas para que den pronto fuego. El lance es apretadillo y se os ha buscado para él, á vosotros, que por valientes marchábais en la vanguardia de la companía: ¡cuerpo de Dios! todos habeis estado en Flandes, y ya sabeis á lo que sabe el hierro: ¡voto á... que el que se me vuelva atrás un paso, se encuentra con la punta de mi pica! ¡Treinta legiones! debeis ser valientes porque sois soldados, y... ¡fuego y rayos! acordaos de que estos moriscos son muy ricos y de que podemos encontrar al paso alguna cosa. Con que no os digo mas. Id adonde yo vaya... y en marcha, hijos, en marcha.
Y el teniente, con el sargento y los veinte hombres salió por el claro de una barricada.
--¡Una valiente espada que perdemos, y veinte y un leones, que van á quedar tendidos á oscuras, y miserablemente! dijo el alferez Cordavias, que estaba apoyado en su bandera, al aposentador de la compañía.
--Pero yo no entiendo esto, dijo el aposentador: á nosotros nos habia relevado la compañía de Diego de Herrera, estábamos en Yator y de él no debiamos de habernos movido: el marqués parece dominado por algo terrible: vamos, no lo comprendo: ¿y á qué enviar á Belorado con esa gente?
--Yo no sé, yo no sé lo que le pasa al marqués, amigo Macías: todos le creiamos en Granada, cuando he aquí que se presenta en la posada de Belorado... yo estaba con él, y con dos buenas mozas.--Que se vayan esas mujeres, dijo el marqués.
Por mas que nos extrañase esta salida tan descortés, porque al fin, si él es título de Castilla no es mas hidalgo que nosotros, venia de tal manera que nos causó espanto: venia con la cabeza descubierta, con el semblante desencajado: mojado de piés á cabeza; mas que mojado, cubierto de lodo; miraba en torno suyo de una manera insensata, y arrojaba llamas por los ojos. ¿Veís que es buen mozo y buena cara? pues daba miedo: cuando salieron las mujeres dijo á Belorado.--Dadme vestidos y vos Cordavias, haced que los trompetas toquen llamada de infantes, y á la plaza con la gente.
Yo salí: algunos minutos despues, y antes de que hubiese acudido toda la compañía, vi venir al capitan vestido con otras ropas, y con una coraza limpia al lado del teniente, ¿y no habeis reparado? trae sobre la coraza una cadena de oro, y pendiente de la cadena una rica joya.
--Si, si; ya lo he visto, y no sé á qué vienen esas galas: sobre todo cuando hace una noche tan oscura, y cuando es mas fácil encontrar un arcabuzazo que un galanteo.
--Yo tampoco lo entiendo: ni sé si el capitan ha cumplido con su obligacion abandonando á Yátor y trayéndonos á Cádiar, con tres leguas en el cuerpo y enlodados hasta la cintura.
--En Yátor debe de haber habido tambien jarana.
--Esto se estaba esperando de un momento á otro, y creo, Dios me perdone, que tenemos faena para algun tiempo.
--¿Creeis que esto sea una guerra?
--Creo que nosotros somos los primeros soldados del rey que han disparado en esta guerra los arcabuces.
--¡Bah! ¡Diego de Herrera!...
--En la iglesia hay algunos soldados muertos de su compañía: sin armas, con todas las señas de haber sido sorprendidos: juraria á que esos perros los han degollado en sus mismas casas.
--Todo pudiera ser: pero noto una cosa singular.
--¿Qué?
--Ya sabeis que Cristóval de Belorado es hombre capaz de meterse en el infierno, antes de que uno solo de sus soldados pueda decir que se ha parado ante el peligro. De seguro se ha metido por las calles de la villa y reconocido en regla y como Dios manda.
--¿Y qué encontrais de extraño en eso?
--Que no se oye un solo arcabuzazo.
--Eso no quiere decir mas sino que á los monfíes les gusta mas el campo que las calles, y que han cercado la villa.
--Belorado ha tenido ya tìempo para salir de la villa y habrá salido: á lo menos habrá mandado internarse en las quebraduras inmediatas algunos hombres, y nada, nada se oye. Los moros se han retirado de Cádiar.
--Vayan con Dios: á enemigo que huye...
--¡Alférez! dijo el capitan desde el centro de la plaza.
Se echó el alférez la bandera al hombro, y se dirigió al capitan.
--Dejad una escuadra de guardia y con la demás gente reconoced los muertos que hay en la iglesia y en la plaza.
El alférez obedeció.
--Es extraña la confianza que tiene el capitan, dijo volviendo junto al aposentador. No parece sino que está seguro de que los monfíes se han retirado.
--Pues no lo entiendo, dijo Macías.
--Ni yo tampoco. ¡Ola sargento Astudillo! quedaos de guardia con vuestra escuadra en la plaza!
--Muy bien, mi alférez.
--Poned en cada bocacalle un centinela.
--Muy bien.
--Y decid á los sargentos de las otras tres escuadras que formen la gente.
El resto de la compañía, que no habia ido á reconocer ni quedaba de guardia, se encontraba poco despues en la iglesia, reconociendo los cadáveres.
La mayor parte de las velas se habian apagado, pero aun quedaban muchas ardiendo.
La iglesia exhalaba un insoportable olor á sangre fresca.
Los soldados revolvian los cadáveres y los amontonaban.
Cuando encontraban una mujer, la arrancaban las arracadas, y si las orejas resistan se las abrian con las dagas: no perdonaban joya ni suma que hallaban ni dejaban de registrar la bolsa á un solo muerto.
Y en aquella ocupacion ni parecian sentir el olor de la sangre, ni el horror que naturalmente inspiran cadáveres despedazados.
Eran dignos míembros de aquella famosa infantería española compuesta de vagos y aventureros, á la cual para que tomasen una plaza al asalto, no habia necesidad de hablarles de la gloria que podian alcanzar, sino de las horas que se les concedian de saqueo y licencia, una vez tomado el castillo ó la ciudad sobre la que los arrojaban como una tromba de exterminio.
Encontráronse mas de cien cadáveres, entre ellos el corregidor, algunos alguaciles, algunos soldados, mas de treinta mujeres, algunos niños, y como sabemos el del inquisidor Medrano, el del beneficiado Juan de Ribera, el de maese Barbillo, y el de Hurtado do Campo.
Despues de este reconocimiento se reconocieron las casas de la plaza, y en ellas, desiertas todas porque los moriscos habian escapado con los monfíes, se encontraron soldados asesinados en sus lechos, y en la del beneficiado Juan de Ribera, el capitan Diego de Herrera, cosido á puñaladas bajo una mesa servida.
Los primeros soldados que entraron allí, al ver los manjares los devoraron: poco despues dos soldados que habian comido de las setas preparadas por Mariblanca murieron en medio de las mas horrorosas convulsiones.
Al amanecer volvió de su reconocimiento el teniente Cristóval de Belorado.
--Señor marqués, dijo: los monfíes se han retirado enteramente.
--Ya lo sabia yo, dijo el marqués de la Guardia: ahora, añadió, que ya es claro, poned guardias en la atalaya y en la torre de la iglesia: haced que los demás que hayan quedado recojan los muertos y los entierren, y aposentad la compañia.
Dicho esto, el marqués fue á aposentarse en la vecina casa de Juan de Ribera, escribió un largo parte al capitan general de Granada, y le envió con un correo.
CAPITULO XXIX.
De lo que aconteció aquella misma noche en Granada.
Farax-Aben-Farax, con seis mil monfíes, habia emprendido aquella tarde, cumpliendo la órden del emir, su marcha sobre Granada.
Pero estaban tan difíciles los pasos de la sierra, que para llegar á la media noche se vió obligado á elegir los mas prácticos en el terreno, los mas hábiles y los mas fuertes y con solo trescientos hombres tomó á buen paso el camino de la ciudad.
Pero no llegó tan pronto que no pasase con mucho la hora de la media noche, y las gentes de la ciudad tuvieron tiempo para ir á las iglesias á oir la misa del gallo, y volver tranquilamente á sus casas.
Aunque los moriscos del Albaicin estaban prevenídos y todo lo tenian preparado, no se atrevieron á moverse por sí solos, porque, amedrentados, querian que se lo diesen hecho todo los monfíes.
Por otra parte la tardanza de estos empezaba á desanimarlos.
Contaban ademas con ocho mil moriscos del valle de Lecrin, del partido de Orgiva y de las alquerías de la Vega, y ni un solo emisario de estos se habia presentado. En un lugar de la sierra que se llama Cenes, debian esperar ocultos en un cañaveral dos mil hombres, y tambien faltaron: estos hombres mandados por los walíes de la montaña el Partal y el Nacoz debian acometer la Alhambra, y escalar la parte que corresponde á Generalife, para cuyo efecto se habian fabricado en los lugares de Dudar y Quentar diez y siete escalas grandes de esparto, por cuyos anchos travesaños de madera podían subir á un tiempo tres hombres: la longitud de estas escalas se habia hecho con arreglo á la altura de los muros, cuyas medidas habia dado un morisco albañil llamado maese Francisco Aben-Edem, y los moriscos del Albaicin debian acudir con sus capitanes á la primera señal.
Lo que debian hacer estos capitanes era lo siguiente:
Miguel Acis, con las gentes de las parroquias de San Cristóval, San Gregorio el Alto y San Nicolás debia acudir á la puerta de Frex-el-Leux, ó de Fajalanza con un estandarte de damasco carmesí con lunares de plata y flecos de oro: Diego Niquelí, el mozo, con las gentes de San Salvador, Santa Isabel de los Abades y San Luís, y una bandera de tafetan amarillo, á la plaza de Bib-al-Bonut, y Miguel Mozagaz con la gente de San Miguel, San Juan de los Reyes, y San Pedro y San Pablo, y una bandera de damasco azul turquesado, á la puerta de Guadix.
Lo primero que debian hacer los de esta parte, era pasar á cuchillo á los cristianos que vivian en el Albaicín, y, dejando une guardia en aquellos lugares, acometer despues la ciudad por tres partes, y al mismo tiempo la fortaleza de la Alhambra.
Los de la puerta de Frex-el-Leux, debian bajar al campo del Triunfo por fuera de los muros, ocupar el Hospital Real, acometer la puerta de Elvira, entrar por ella, matando á los cristianos que encontrasen, forzar la cárcel de la Inquisicion, y soltar los moriscos presos en ella.
Los de la plaza de Bib-al-Banut, debian bajar por la cuesta de Alacaba, dando por la calle de la Calderería en la cárcel de la ciudad, poniendo libertad á los moriscos, y yendo despues á las casas del arzobispo y procurando prenderle ó matarle.
Los de la puerta de Guadix debian bajar por la ribera del Darro, acometer las casas de la Audiencia Real, y prender al presidente don Pedro de Deza, yendo despues á reunirse todos á la plaza de Bibarrambla donde debian acudir tambien los ocho mil hombres del valle de Lecrin, del partido de Orgiva y de la Vega.
La ciudad debia ser entregada al degüello, al saqueo y al incendio.
Teníase sospechas de que los moriscos tramaban algo; pero como no hubiese un solo traidor entre ellos, ni se conocía su plan, ni se sabia el dia de la rebelion, ni aun se creia que pudiese ser, á pesar de que en Granada habia muy poca gente de armas y casi ningun pertrecho.
El marqués de Mondéjar don Iñigo Lopez de Mendoza, habia escrito al consejo del rey pidiendo hombres, y su peticion se habia desatendido hasta tal punto, que si los moriscos llegan á poner en práctica su plan concertado, hubiera sido horrible lo que hubiera acontecido en Granada la Noche Buena de 1568.
Todo consistió en esperar los unos la resolucion de los otros: Farax Aben-Farax confiando en las gentes del Albaicin y necesitando aprovechar el tiempo, creyó que le bastaba presentarse en el Albaicin con los trescientos monfíes que llevaba, y tanto anduvo, que á pesar del temporal, de lo oscuro de la noche y de lo intransitable de la sierra, llegó á Granada á la una de la noche, y tomando de los molinos que estan junto al rio Darro los picos y herramientas que habia de ellos, llegó á un muro que en aquellos tiempos existia aun, y del cual solo quedan hoy algunos restos, y abriendo con los picos un portillo que estaba tapiado por cima de la puerta de Guadix, entró por lo alto del barrio de Raab-Albayda, en el Albaicin, dejando veinticinco monfíes de guardia en el portillo, y haciendo que los restantes se pusieran bonetes encarnados y tocas blancas para parecer turcos, se fué á la casa que tenia en Granada junto al convento de Santa Isabel de los Abades, y llamó á los principales moriscos con quienes estaba concertado el alzamiento.
[imagen: Harum-el-Geniz.]
--¿Qué es esto, les dijo? acabo de entrar en la ciudad y la encuentro tranquila, desiertas y silenciosas las calles, y hasta las rondas metidas en sus casas. ¿Qué es lo que pensais hacer? La Alpujarra se ha levantado, y en estos momentos los cristianos son degollados é incendiadas sus haciendas: vosotros solos estais en silencio y acobardados.
Disculpáronse los llamados con que nadie les habia acudido.
--Los ocho mil hombres que deben venir del Valle y de la Vega, dijo Farax, y los capitanes de las parroquias del Albaicin estan prevenidos. Pero es necesario que vosotros los ricos y los respetados les deis los primeros el ejemplo, no mostrándoos cobardes y débiles. Que para esto he venido yo.
--Has venido con muy poca gente, dijo Abul-ben-Eden, y te perderás: nosotros no queremos perdernos mas de lo que estamos. Los primeros que nos han faltado son los monfíes.
--¡Cómo! exclamó irritado Farax; me habeis hecho perder mi casa, mi familia y mi hacienda, y darme á la sierra, solo por la libertad de la patria, y ahora que llegamos al punto del combate, los que mas debiais favorecernos y ayudarnos os echais fuera del peligro, como si hubiese otra salvacion que la guerra, ó como si despues de lo que hemos hecho esperasemos alcanzar perdon de los cristianos! antes debiais haberlo pensado: pero ya que sois tan miserables y tan cobardes, yo, yo solo con los que tengo, haré que el Albaicin se levante ó perezcais todos los que estais en él.
Y rugiendo en cólera se salió de su casa antes del amanecer, llevando los trescientos monfíes en dos cuadrillas, y por la calle de Raab-Albayda se encaminó á la plazuela que está delante de la colegiata del Salvador, donde le dijeron que habia una guardia de seis ú ocho soldados.
Cuando llegaron á la plazuela los monfíes que iban delante, se detuvieron á esperar la llegada de los otros, porque vieron un soldado que se paseaba por la plazuela haciendo centinela, y cuando sintió el ruido de los pasos de los monfíes que subian por Raab-Albayda, creyendo que era la ronda del corregidor, se fué hácia los monfíes con la mano puesta en la espada y echándola de valiente y cuando estaba cerca de ellos les dió el ¿quién vive?
La contestacion de los monfíes fue disparar sobre él las ballestas que llevaban armadas, hiriéndole en un muslo.
El soldado dió á huir hácia el lugar donde sus compañeros dormian descuidadamente alrededor de una hoguera, y empezó á dar gritos y á llamar al arma.
Los monfíes cargaron sobre los soldados, que aturdidos con el sueño, no pudieron levantarse tan pronto que no dejasen dos hombres muertos, llevando consigo otros dos heridos.
Siguiéronlos los monfíes por unas callejuelas estrechas hasta la plaza de Bib-al-Bonut, donde en aquellos tiempos estaba el convento de los Jesuitas: llamaron é insultaron al jesuita Albotodo, que era morisco, y no pudiendo forzar la puerta que era muy fuerte, arrancaron una cruz de madera que estaba clavada sobre ella y la hicieron pedazos.
La otra cuadrilla de monfíes, capitaneada por el walí Nacoz, tomó desde la plazuela del Salvador á la derecha, llegó á la Plaza Larga, derribó la puerta de una botica que era de un familiar del Santo Oficio, llamado Diego de Madrid, y no habiéndole encontrado dentro, le robaron é hicieron pedazos botes, redomas, armarios, cuanto encontraron, y luego pasaron el portillo de San Nicolás, situado junto á la puerta mas antigua de la alcazaba Cadima, y saliendo á la plazuela de la iglesia, desde donde se ve enteramente la Alhambra, el barrio del Hajeriz y gran parte de la ciudad, empezaron á tocar la zambra con sus dulzainas y atabalejos, y á decir á grandes voces:
--No hay mas Dios que Dios y Mahoma su mensajero: todos los moros que quisieren vengar las injurias que los cristianos han hecho á sus personas y ley, vénganse á juntar con estas banderas, porque el rey de Argel y el Xerife, á quien Dios ensalce, nos favorecen y nos han enviado toda esta gente, y la que nos está aguardando allí arriba. Ea, ea, venid, venid, que ya es llegada nuestra hora y toda la tierra de los moros está levantada[26].
Los cristianos escucharon aterrados este pregon, porque temian lo que no sucedió: esto es: que se levantanse los moriscos del Albaicin: en vano Farax-Aben-Farax y Nacoz y el Niqueli, repitieron sus pregones: ni un solo morisco salió á la calle.
Entre tanto las campanas de la Colegiata del Salvador tocaban apresuradamente á rebato, y empezaba á extenderse este toque á las torres de las demás parroquias.
Desesperado Farax, y viendo que ya amanecia, que nadie le ayudaba, y que no llegaba el grueso de los monfíes, se decidió á abandonar la ciudad.
Al pasar ya en retirada con sus dos cuadrillas por la calle de los Panaderos, se abrió una ventana y apareció un viejo.
--¿Cuantos sois? preguntó á Farax.
--Seis mil contestó, el alguacil mayor del reino.
--Venís pocos y venís tarde; exclamó el viejo con desprecio, y cerró la ventana.
Salióse ya enteramente desesperado Farax por el portillo por donde habia penetrado en el Albaicin, y antes de retirarse definitivamente quiso probar el último recurso, y subiendo al cerro de San Miguel hizo dar desde su cumbre otro pregon, y como nadie le contestase tampoco, gritó con todas sus fuerzas como si hubiera querido que le oyesen todos los moriscos del Albaicin:
--¡Perros! ¡traidores! ¡cobardes! ¡que nos habeis engañado y no cumplis lo prometido! ¡quedaos en paz! ¡pero yo os juro que si vuelvo será para degollaros lo mismo que á los cristianos!
Y seguidamente, rugiendo como un leon herido, se precipitó con sus trescientos monfíes por la ladera del cerro, y subiendo por el rio Darro tomó el camino del lugar de Cenes.
Solo Dios sabe lo que hubiera acontecido aquella noche, si los moriscos del Albaicin se hubiesen levantado á la voz de Farax, ó si hubiesen llegado los restantes monfíes, que á causa de la nieve no pudieron atravesar la sierra.
CAPITULO XXX.
Complemento del anterior.
Entre tanto los soldados que habian huido de la plazuela del Salvador, donde como dijimos estaban de guardia, fueron á avisar á Bartolomé de Santa María, uno de los alguaciles encargados por el presidente Deza de rondar el Albaicin. Por el camino los soldados habian ido llamando á grandes voces al arma; mas estaban los vecinos tan descuidados, que creyendo que fuese burla, se asomaban á las ventanas gritándoles que callasen, y creyéndolos borrachos. Otros vecinos, salieron á medio vestir, asombrados, soplando las mechas de los arcabuces, y no sabiendo qué hacer ni adonde ir.
Llegados, pues, el alguacil, los soldados y algunos vecinos á las casas de la Chancilleria, dieron parte de lo que sucedia al presidente Deza, aunque de una manera confusa é incompleta, porque el miedo que antes no les habia dejado ver, no les dejaba entonces hablar. El presidente hizo avisar al corregidor y al marqués de Mondéjar, y mandó al Albaicin al alguacil Santa María, para que se enterase bien del hecho y volviese á noticiárselo. Entre tanto el soldado que fue á avisar al marqués de Mondéjar estuvo detenido mucho tiempo en las puertas de la Alhambra, que no quisieron abrir, hasta que lo mandó el conde de Tendilla que andaba rondando por los adarves, y habia ya oido desde ellos la zambra y las voces de los monfíes en el Albaicin.
El soldado le informó de todo, y el conde de Tendilla le llevó al aposento de su padre el marqués de Mondéjar, que no queria creer lo que le decian, hasta que afirmándole su hijo que habia escuchado instrumentos moriscos en el Albaicin, y el soldado que habia visto hombres vestidos y tocados como turcos, saltó del lecho, se armó y mandó que la gente de la fortaleza se pusiese en armas.
Pero se encontró con que solo tenia ciento cincuenta infantes y cincuenta caballos: gente que no bastaba para defender el castillo, cuanto mas para sacarla de él. Tanto mas no sabiéndose el número de los enemigos, que podian ser muchos, puesto que solo en el Albaicin podian tomar las armas diez mil moriscos: en la ciudad habia muy poca gente bien armada de que poder disponer, y lo estrecho, peniente y tortuoso de sus calles favorecia á los moriscos para la defensa.
Resolvióse por eso á no dejar la Alhambra hasta que amaneciese, y habiendo sabido que el alguacil que fué á reconocer el Albaicin no habia encontrado rastro de moro, ni mas que algunos vecinos asustados, mandó que las campanas cesasen de tocar á rebato y que subiesen algunas rondas para asegurar el Albaicin, no fuese que con el pretexto del alboroto, saqueara la gente de mal vivir las casas de los moriscos.
El corregidor por su parte apenas recibió el primer aviso, montó á caballo y con algunos caballeros que se le presentaron armados, fué á situarse en la Plaza Nueva, delante del palacio de la Chancillería, donde recogió la gente que bajaba desbandada del Albaicin, y allí estuvo quieto hasta que amaneció, temeroso que el lance siguiese mas adelante.
Habian encontrado los que fueron á reconocer el Albaicin el portillo abierto por los monfíes, y junto á él las herramientas de que se habian servido y un saco lleno de bonetes turcos: cuando fue de dia el marqués de Mondéjar dejó la Alhambra y bajó á la Plaza Nueva con don Alonso de Cárdenas, su yerno y sus hijos el conde de Tendilla y don Francisco de Mendoza, reuniéndosele en la Plaza Nueva los marqueses de Villena y Villanueva, el conde de Miranda y otros muchos caballeros que se encontraban en Granada siguiendo pleitos y otros muchos escuderos y gentes de guerra, que habian acudido temerosos de lo que aquello pudiese ser.
En aquellos momentos un traginero dijo al marqués de Mondéjar, que habia encontrado á los monfíes caminando con dos banderas tendidas por detrás del cerro del Sol hácia el lugar de Casa Gallinas.
Alborotáronse con estas noticias los que estaban con el capitan general, y quisieron marchar tras los monfíes. Pero el marqués de Mondéjar no lo consintió á causa de que era mas importante la seguridad de la ciudad, y de no saberse el número de los enemigos.
Limitóse á enviar un escudero suyo con alguna gente á reconocerlos, y él con treinta caballos, cuarenta arcabuceros y los alabarderos de su guardia, subió al Albaicin; atravesó por medio de él sin encontrar una sola persona, porque los moriscos estaban encerrados y prevenidos en sus casas temerosos de ser robados: y llegando á la plazuela del Salvador, preguntó á algunos cristianos que se encontraban en ella, por qué no se veian moriscos por las calles y le respondieron que se habian retirado á sus casas.
Entonces mandó á Jorge de Baeza que llamase á los principales de ellos y venidos y habiendo protestado que ellos no tenian culpa alguna de lo que habia sucedido, y que eran buenos y leales vasallos del rey, el marqués les respondió: que puesto se habian mostrado tales no acudiendo al llamamiento de los monfíes, continuasen en su lealtad, y que contasen con su amparo.
Afectaron quedar muy contentos los moriscos, bajó á la plaza Nueva el capitan general, y como ya era bien entrado el dia se resolvió dar sobre los monfíes, y salieron cuando los que habian salido á reconocerlos trajeron noticia del camino que llevaban.
Los monfíes seguian entre tanto su camino hácia la sierra y sin detenerse en los lugares de Dudar y Quentar pasaron por ellos y bajaron á Cenes, donde se detuvieron á almorzar, y habiendo sido avisados que el capitan general de Granada, se les venia encima tomaron de nuevo el camino por la falda de Sierra Nevada hácia el lugar de Dilar.
El marqués de Mondéjar tomó por cima de Huetor hácia Dilar, y al llegar al campo de Gueni los caballos de vanguardia, descubrieron á los moros que iban ya embreñándose en la sierra.
Don Alonso de Cárdenas apretó las espuelas á su caballo, y seguido de algunos ginetes, se puso en demanda de los monfíes creyendo poder alcanzarlos antes que se embreñasen; pero se lo impidió una cuesta muy agria que hay en el barranco del rio de Dilar, y tardaron tanto en subir y bajar, que los monfíes tuvieron tiempo de posesionarse de un cerro alto y muy áspero que se levanta á la derecha del pueblo, y poniendo las banderas en medio, empezaron á jugar sobre los del marqués las ballestas y los arcabuces.
Mataron algunos soldados, pusiéronse en respeto á los demás, obligaron al marqués de Mondéjar á no pasar adelante, y luego tomaron lo áspero de la sierra, donde no podian subir los caballos, y burlando al marqués de Mondéjar, bajaron al valle de Lecrin, le sublevaron diciendo que dejaban alborotada á Granada, y se entregaron respecto á los cristianos que vivian en los pueblos del valle, á las mismas atrocidades que habian ensangrentado á Cádiar.
El marqués mandó tocar á recoger, y cuando tuvo la gente formada; cuando vió que por su poco número se veia obligado á volver á la ciudad, tomó el camino de ella murmurando para su celada:
--Los del consejo de Su Magestad creen que aqui no necesitamos ni hombres ni dinero, y si este descuido dura, Granada se perderá.
En medio del camino le detuvo un soldado que traía para él una carta: aquella carta era del marqués de la Guardia, en que le daba cuenta de los terribles sucesos de Cádiar.
CAPITULO XXXI.
De cómo supo Yaye que su mala estrella se le hacia cada vez mas enemiga.
Volvamos al marqués de la Guardia en el punto en que despues de haber escrito su carta para el capitan general se habia quedado solo.
Era poco despues del amanecer.
El marqués estaba en un estado de exaltacion terrible.
Estaba loco.
Solo se le oia murmurar.
--¡Esperanza! ¡Mi Esperanza! ¡Mi hija!
Y despues de murmurar estas palabras revolvia en torno suyo su mirada ensangrentada y furiosa.
Abrióse la puerta del aposento, y un soldado le entregó una carta.
Aquella carta decia:
--«Caballero: ignoro por qué razon os he encontrado al frente de vuestra compañía en Cádiar, cuando es creia al lado de mi hija. Tengo derecho á que me satisfagais, y os mando que vengais á encontrarme, siguiendo al hombre que os llevará esta carta.--El emir de los monfíes.»
--¿Dónde está el hombre que ha traido esta carta? dijo el marqués, guardándosela en el bolsillo.
--Espera en el zaguan, señor, contestó el soldado.
--Hacedle entrar.
Entró un hombre de aspecto al parecer humilde, y miserable y pobremente vestido.
El marqués se quedó solo con él.
--¿Sabes quién te envia? dijo el marqués.
Irguióse el mendigo.
--Soy wali del poderoso emir de los monfíes, contestó: y me llamo Suleiman.
--¿Y te atreves á decírmelo?
--Si: tú eres tambien monfí.
--¡Yo!
--Si, tú: tú eres monfí, eres traidor.
El marqués echó mano á su espada.
--Sí, dijo Suleiman, sin inmutarse por el movimiento amenazador del marqués: eres monfí, porque eres esposo de la sultana Amina; y eres traidor, porque ayudas á los cristianos.
--¡La sultana Amina! exclamó con acento rugiente el marqués: ¡sabes tú lo que ha sido de la sultana Amina! ¡sabes si está muerta ó viva... ó tal vez peor que muerta!
Palideció profundamente Suleiman, y asió con furor un brazo del marqués.
--¿Te habrás atrevido, perro cristiano?... exclamó.
--Me la han robado, gritó el marqués, lanzando de sí á Suleiman, y con ella me han robado á mi hija.
--¡Que te han robado á la sultana Amina! ¿y quién, quién? gritó Suleiman, sin temor de ser oido: ¿sabes tú lo que hará contigo el emir, sino le das cuenta de su hija, aunque te ocultes en medio de los escuadrones del rey de España?
--¿Dónde está Aben-Aboo?
--¡Aben-Aboo! ¡el compañero en el mando del emir! exclamó con extrañeza Suleiman, porque no sabia á dónde el marqués iba á parar.
--¡Llévame, llévame á donde esté el emir! dijo el marqués: á él solo daré cuenta de lo que ha sucedido; llévame á donde esté el emir, y nada temas.
--Yo nada temo, replicó Suleiman, pero puesto que obedeces á nuestro comun señor, sígueme.
Calóse el marqués su morrion de hierro, envolvióse en una capa que le habian prestado, y siguió á Suleiman.
En cuanto este estuvo fuera de la casa, tomó todo el aspecto de un mendigo anciano y enfermo.
Bajaron torciendo por algunas callejas y salieron al campo: esto es, á la montaña.
En cuanto estuvieron en ella, Suleiman se irguió de nuevo, y siguió adelante á gran paso.
El marqués iba tras él.
Pasaron algunos barrancos, en los cuales quedaba el fango del pasado aluvíon, y al fin Suleiman empezó á trepar por un sendero escarpado, á cuyo fin se veia la entrada de una cueva.
Cuando llegaron á ella, el marqués vió que dentro se paseaba un hombre enteramente vestido á la usanza mora.
Aquel hombre era el emir.
Al sentir á Suleiman, se volvió: al ver tras él al marqués, se puso totalmente pálido, y con un ademan imperioso mandó á Suleiman que se retirase.
El monfí descendió á la carrera por el sendero.
Yaye y don Juan quedaron solos.
--¡Cómo te encuentro aquí, mi buen hijo! exclamó el emir con un acento doloroso y reconcentrado, conteniendo mal su cólera.
--Teneis razon, señor, dijo el marqués. Teneis razon en extrañar que me encuentre á vuestro lado porque debia estar muerto.
Pronunció de tal modo el marqués estas palabras, que la irritacion del emir pasó para dejar su lugar al espanto.
--¡Muerto! ¡y por qué! ¿y mi hija y tu esposa?
--No sé qué ha sido de ellas, exclamó con desesperacion el marqués.
--¡Habla! ¡habla! ¡acaba! no sé por qué veo en tus palabras, en tus miradas, los indicios de una gran desgracia.
--¡Me la han robado! exclamó con acento rugiente el jóven.
--¡Robado! ¡pero quién! ¡cómo!
--¡Quién! Diego Lopez Aben-Aboo, exclamó el marqués: sí, le reconocí, y eso que solo le ví á la luz del fuego de un arcabuzazo; pero tenia fijos en mí los ojos con una expresion infernal... y luego oí su voz ronca que gritaba: ¡embreñaos! ¡embreñaos con ella!... despues nos separó la mano de Dios: una maldita avenida por el barranco donde nos encontrabamos.
Yaye estaba aterrado, contraido, mudo, sin poder pronunciar una sola palabra.
El marqués le refirió de qué manera habian sido sorprendidos, y cómo desesperado se arrojó con su caballo á la corriente.
Despues continuó:
--Yo debí perecer: la violencia de la avenida arrastraba á mi caballo: veia pasar rápidamente á ambos costados mios las sombras informes de las rocas: encontréme de repente fuera del caballo que se habia sumergido, y me sentí sumergir: pero tambien de repente me sentí alzado y me encontré sobre el tronco de un árbol que arrastraba la avenida. Por una casualidad aquel tronco se detuvo en una roca: yo tendí los brazos á aquella roca, y encontré por casualidad las raices de un árbol: trepé... y me encontré salvo, pero me encontré solo... solo... ¿qué habia sido entre tanto de mi Esperanza?
El marqués inclinó la cabeza desesperado.
--¡Mi hija...! ¡robada por Aben-Aboo! murmuraba entre tanto sordamente el emir.
Y luego cerrando los puños, y levantando los ojos al cielo exclamó:
--¡Oh! ¡es mucho, mucho castigo! ¡es demasiado! ¡es horrible, señor!
Y luego volviéndose al marqués, continuó:
--¿Pero estas seguro?... seguro de todo punto?
--¡Oh! tan seguro estoy de ello, que donde quiera que le encuentre, he de beber la sangre de ese infame.
--Pero, exclamó desconfiando aun en el emir, tú te encontraste solo en una roca en la montaña... en un terreno que no conoces, de noche... y despues te he encontrado con tu compañía en Cádiar: tu compañía estaba en Yátor.
--La avenida me habia echado cerca de Yátor.
--¿Pero cómo pudiste conocerlo, no siendo práctico en la tierra?
--Se escuchaba á lo lejos el ladrido de algunos perros, y se veian algunas luces inmóviles entre la oscuridad; yo me dirigí adonde se escuchaban aquellos ladridos, adonde brillaban aquellas luces, y me encontré en Yátor. Entonces busqué á mi teniente Cristóval de Belorado, y le mandé reunir la gente, con la cual me encaminé á Cádiar, adonde llegué despues de la media noche. Yo sabia que Aben-Aboo era vecino de Cádiar, que tenia allí á su madre, y no sé por qué, estaba seguro de encontrar en Cádiar á Aben-Aboo. Y no me engañé. ¿Por qué huyeron los monfíes?
--¡Huyeron!... porque yo no queria que tú murieses; porque yo los mandé retirar: pero en estos momentos, en el punto en que tú has salido de Cádiar, en el momento en que no puedes correr peligro, mis monfíes habrán envestido de nuevo la villa, y no dejarán ni uno solo de tus soldados vivos.
--¿Y para qué quiero yo vivir?
--¿Para qué? si es cierto lo que dices, ¿por qué quieres morir y no vengarte?
--¿Y no me habeis impedido vos mi venganza?
Yaye se estremeció: el hombre que habia robado á su hija, era su hermano; el hombre de quien con tanta justa causa queria vengarse el marqués de la Guardia, era su hijo.
La fatalidad ó la justicia de Dios eran con él inexorables: él habia matado al padre del marqués de la Guardia creyéndole corruptor de su esposa, y el hijo del difunto marqués habia seducido á su hija: su hija habia enloquecido al príncipe don Carlos, le habia hecho traidor á su padre, y Felipe II se habia visto obligado á prenderle, á procesarle y acaso á matarle: Amina habia enloquecido tambien á Aben-Aboo, y le habia hecho traidor á su padre, rebelde, inobediente, feroz. Acaso Yaye, como Felipe II, se veria obligado á matar á su hijo por el bien de su pueblo. Acaso en medio de todo aquello podia haber horrorosos crímenes: el incesto, el fratricidio acaso: Amina, Aben-Aboo y Aben-Humeya ignoraban que eran hermanos, y los dos hermanos amaban á su hermana y estaban zelosos entre sí.
El emir estaba consternado: la mas terrible desesperacion le torturaba el alma, la vida se le habia hecho de todo punto insoportable, y un remordimiento voraz le roia las entrañas.
--¿Dónde te robaron tu esposa? dijo al fin dirigiéndose al marqués.
--En un barranco, cuando caminábamos bien de prisa, porque segun decian, teniamos que atravesar una rambla peligrosa.
--¿Y estábais ya cerca de esa rambla?
--Si señor.
--¡Ah de abajo! gritó el emir asomándose á la boca de la cueva.
Poco despues subió Suleiman.
--Que se reunan al momento cuarenta monfíes, y mi caballo.
Poco despues el emir cabalgaba en el fondo del barranco y Suleiman, á quien habia hablado algunas palabras Yaye, dijo al marqués.
--Sígueme, señor.
El marqués miró á Yaye.
--Síguele, síguele, hijo mio, dijo el emir: él te llevará á lugar seguro.
El marqués siguió á Suleiman y Yaye siguió adelante con su gente, á gran paso, salvando todo género de obstáculos, por lo mas áspero de la montaña.
De repente los monfíes que iban de descubierta, se detuvieron y se encararon las ballestas que llevaban armadas.
--¿Quién va? gritó el que iba mas adelante.
--¡Allah le ille Allah! gritó una voz muy conocida del emir.
--¡Harum! exclamó Yaye haciendo saltar hácia adelante su caballo, al escuchar aquella voz.
--¡Ah, poderoso señor! exclamó desesperado el wazir.
--Nuestra hija nos ha sido arrebatada, gritó Calpuc.
--Y mi sobrino ha perecido, dijo todo desencajado don César de Arévalo.
--Y sobre todo, dijo para su capote Peralvillo, que estaba entre los recien encontrados; hemos pasado una muy mala Noche-buena con el agua á la rodilla y dando diente con diente.
El emir desmontó y se apartó á un lado con Calpuc, Harum y don César.
--¿Con qué es verdad? dijo.
--Si, si, verdad es, dijo Calpuc: una horrible verdad. ¿Pero quién te lo ha dicho?
--Basta que yo lo sepa, dijo el emir.
--¿Y sabeis tambien, poderoso señor, quiénes han sido los ladrones? ¿Sabeis quién puede haberlos pagado?
--¡Qué! ¿no habeis podido vosotros conocer á los robadores?
--Eran piratas berberiscos, dijo Harum.
--Corsarios berberiscos eran, repitió Calpuc.
--Si, si, unos horribles berberiscos, con bonetes encarnados, añadió don César de Arévalo.
--¿Pero no sabeis que los monfíes que han ido á Granada con Farax-Aben-Farax, llevaban muchos vestidos berberiscos y bonetes colorados para hacer creer á los de Granada que habian venido á ayudarnos los africanos?
--¡Ah! exclamó como quien encuentra una difícil solucion Harum. Ya decia yo. Farax-Aben-Farax debia ya de estar en marcha para Granada cuando sucedió la desgracia.
--¿Y qué importa? ¿No pudiste conocer á ninguno de los robadores?
--No señor.
--¿Y por qué no los perseguísteis?
--Nos lo impidió la tempestad, nos vimos encerrados entre de tres torrentes, dijo Harum.
--Y tan verdad es esto, dijo entristecido don César, que mi sobrino, que se arrojó á la corriente para perseguir á los infames, fue arrastrado por las aguas sin que se sepa qué ha sido de él. Es necesario que averigueis lo que ha sido de mi sobrino, poderoso emir.
--¿Qué me hablais de vuestro sobrino, cuándo he perdido á mi hija? exclamó Yaye; y luego volviéndose á Harum dijo: es necesario batir en derredor la montaña: los ladrones no deben estar lejos: deben haberles cortado el paso otros barrancos. Conmigo, caballeros, conmigo, y que nos proteja Dios.
En vano el emir registró por aquella parte todos los barrancos, quebraduras y escondrijos de la montaña: nada se encontró.
Yaye se volvió desesperado.
No le quedaba otro recurso que ir á encontrar frente á frente á Aben-Aboo.
Cuando volvió á Cádiar encontró á los monfíes al mando del Ferih enteramente apoderados de la villa.
Su pronostico al marqués de la Guardia se habia cumplido.
Cercada por todas partes y abrumada por el número la valiente compañía de arcabuceros, habia sucumbido toda, á excepcion del marqués de la Guardia de quien estaba apoderado Yaye, y del soldado que el marqués habia enviado al capitan general de Granada.
La poblacion presentaba un aspecto horrible.
No se veia en las calles mas que sangre y cadáveres; en la plaza estaba amontonado un botin sangriento, y algunas casas que habian sido incendiadas ardian aun.
La atalaya y la huerta que habian servido de habitacion á Aben-Aboo, estaban desiertas: doña Isabel de Válor y Angiolina Visconti habian desaparecido.
Cuando Yaye hizo buscar á doña Elvira de Céspedes no pudo darse con ella, y solo quedaban en la villa algunos moriscos aterrados y los monfíes triunfantes.
Cuando Yaye preguntó por Aben-Aboo y por Aben-Jahuar el Zaquer, le dijeron que habian marchado á la taha de Jubiles.
Aben-Humeya habia marchado tambien á la taa de Válor.
Yaye envió dos de sus walíes con órden terminante de que se presentaran Aben-Humeya y Aben-Aboo.
Pero Aben-Humeya contestó con altivez que era rey de Granada y que no obedecia á nadie, y Aben-Aboo no pudo ser encontrado.
Yaye conoció que era llegada para él la hora de la expiacion.
Entre tanto don César de Arévalo esperó en vano á que pareciese su sobrino, y cuando, no teniendo que hacer en las Alpujarras, se despidió del emir y se fué con Peralvillo á Granada, supo con horror que el capitan general habia recibido una carta del marqués de la Guardia, fechada en la madrugada del primer dia de Pascua, en que le participaba que con su compañia habia batído los monfíes y ocupado la villa de Cádiar.
Todo el mundo, incluso don César de Arévalo, dió por cosa cierta, cuando se supo el degüello de la compañía por los monfíes, que el marqués de la Guardia habia perecido víctima de su lealtad al rey.
Entonces, y no teniendo ya cosa que le detuviese en España, se fué con Peralvillo al Perú donde le llamaba su oficio de oidor de aquella real audiencia.
Desde este momento don César y Peralvillo se nos pierden: no se sabe si se ahogaron en la travesía, ó si don César se murió de viejo haciendo injusticias á los peruanos.
CAPITULO XXXII.
En que se ve que se estrechan las distancias entre nuestros personajes.
¿Qué habia sido de Angiolina Visconti y de doña Elvira de Céspedes?
Vamos á decirlo sin rodeos á nuestros lectores.
Aben-Aboo habia llevado á Angiolina á un caserío de sus parientes en la montaña donde no podia correr el menor peligro.
Doña Elvira habia sido conducida por Laurenti, medio robada, engañada, al subterráneo de la Princesa encantada.
Es tal la multitud de sucesos que se agolpan en esta parte, que se embrollan, en las viejas memorias que nos sirven de guia, que nos vemos obligados á desenredarlos y darles claridad, á dejar en suspenso la explicacion de la causa de algunos; de este número, es la razon que tuvo Laurenti para apoderarse de doña Elvira, y el por qué del consentimiento de doña Elvira á seguirle.
En cuanto á doña Isabel de Córdoba y de Válor ya hemos apuntado anteriormente que Yaye la habia puesto en seguridad en la montaña.
El marqués de la Guardia habia sido conducido por Suleiman, de órden de Yaye, al alcázar subterráneo de los emires de los monfíes.
En cuanto á Amina y su hija nada podemos decir por ahora á nuestros lectores.
Digamos algo á cerca de la rebelion, puesto que su historia nos llevará como por la mano al desenlace de los sucesos complicadísimos que vamos relatando.
Lo que habia acontecido en la villa de Cádiar la noche del 24 de diciembre de 1568 habia acontecido en todas las villas de las Alpujarras.
Los moriscos se habian rebelado enteramente apoyados en los monfíes, habian acometido á los cristianos, matado á los que no pudieron escapar, cautivando á las mujeres jóvenes, incendiando, robando, martirizando con una crueldad infinita: tan cierto es que cuanto mas dura y ferozmente ha sido tiranizado un pueblo, mas terrible, mas cruel, mas abominable es su venganza.
Ni es nuestro objeto entrar en los detalles de aquellas inhumanas carnicerías, ni nuestro carácter se presta á ello: en el relato de los acontecimientos de Cádiar de que no hemos podido dispensarnos, no hemos tenido afortunadamente necesidad de presentar niños crucificados, y acañavereados, sacerdotes á quienes se arrancaba vivos el corazon; hombres quemados á fuego lento; horrores inauditos, venganzas monstruosas, que se llevaron á cabo en casi todos los lugares de la Alpujarra, y que empañaron la causa defendida por los monfíes, haciendo de ellos innobles ladrones y repugnantes asesinos.
Yaye veia desvanecerse sus sueños: comprendia al fin que solo habia sido rey de una numerosa banda de malhechores, contenida por su espada, mientras no se habia llegado á un rompimiento decisivo, pero desbordada y alentada y puesta en insubordinacion por fatales elementos el dia del rompimiento. Alrededor de Yaye habia muchos caballeros entre ellos Harum, que conservaban la tradicional y generosa hidalguía de los antiguos árabes, pero que eran impotentes para contener el mal.
Yaye conoció que en todo se habia engañado: pero cada uno de sus engaños habia sido para él de una trascendencia terrible.
Yaye estaba desesperado.
A mas de sus desgracias domésticas, que eran bastantes para desgarrarle el corazon, veia con espanto que la guerra se habia empezado con los peores auspicios posibles.
La justicia, la opinion pública, la conciencia debian protestar y protestaban contra aquellas gentes que no cesaban de incendiar, de violar, de matar, de robar.
Los horrores se sucedian sin intermision[27].
Inmediatamente despues del alzamiento de Cádiar se alzó la taa de Poqueira; á continuacion los quince lugares ó alquerias de la taa de Orgiva; los once lugares de la de Ferreria; los veinte de la de Jubiles; los veinte de las taas de los dos Cebeles; los diez y nueve de la de Ujijar, todas estas villas y lugares, los primeros del alzamiento, lo verificaron, como Cádiar, el dia 24 de diciembre; despues y hasta el 1.º de enero del siguiente año de 1569, esto es: en el espacio de seis días se rebelaron los lugares de la tierra de Adra, las taas de Veria, Andarax, Dalias, Lucha, Marchena, Rio Boluduy, las tierras de Salobrena y Almería y el marquesado del Zenete: es decir: todas las Alpujarras y parte de la Axarquía de Málaga y de la provincia de Almería.
Un número considerable de cristianos asesinados, cuyo número no seria exagerado determinándolo en diez mil, habian sido el terrible reto, lanzado por los moriscos al rostro de Felipe II; una oleada de sangre que estremeció á España, y que hizo se fijasen en ella las miradas de Europa; sombrío relámpago de una insurreccion comprimida hacia mucho tiempo, y que al fin estallaba salvaje en todo el esplendor de su horrorosa venganza.
Encontró esta rebelion al marqués de Mondéjar sin gente y sin pertrechos: afortunadamente la tentativa de los monfíes sobre Granada habia fracasado: si por un acaso, por una combinacion mejor meditada, el estandarte de Mahoma llega á tremolar sobre las torres de la Alhambra, España se hubiera encontrado de repente acometida por un enemigo formidable: Africa entera se hubiera lanzado á los puertos españoles ocupados por los turcos y el ambicioso sultan de Constantinopla, el guerreador y terrible Selín II hubiera encontrado en España su campo de batalla contra la cristiandad.
¿Quién sabe lo que pudo haber sido de Europa, por la imprevision de Felipe II, por lo antipolítico de su opresor fanatismo, por su ciega confianza en las fuerzas del clero y de las gentes de justicia? En el reino de Granada, como en todo país recien conquistado, se necesitaba un gobierno justo y benévolo para atraer, un ejército respetable para reprimir. Nada de esto habia; se azotaba al vencido, se le provocaba, se le excitaba á la rebelion, y no se tenia ningun medio represivo.
Asi es que el marqués de Mondéjar no supo que hacer en los primeros momentos; urgia ir á apagar el terrible incendio de las Alpujarras y no contaba con fuerzas para ello: temia una acometida sobre la ciudad y no encontraba los medios de defensa: tenia los enemigos dentro de la casa, esto es: los moriscos del Albaicin, porque, aunque reprimidos y al parecer leales, porque no veian aun en los monfíes bastante apoyo para rebelarse, se rebelarian en el momento en que supiesen que un ejército turco venia en su ayuda; todo esto era inminente: urgia guarnecer la ciudad, y atravesando á todo trance por medio de las rebeladas Alpujarras, cubrir las costas.
En este conflicto el marqués de Mondéjar apeló á la antigua usanza de Castilla, apellidó guerra: hizo llamamiento de gente á las ciudades y señores de Andalucia, con arreglo á la antigua obligacion de los concejos: puso banderas para el enganche de soldados aventureros, buscó cuantas armas, pertrechos y provisiones pudo, gran parte con su propio caudal y parte con la ayuda de los mas principales señores del reino de Granada, y como todos estos esfuerzos no bastasen para tanta empresa, escribió á Felipe II, manifestándole lo grave del suceso, y pidiéndole con urgencia capitanes, hombres y dinero.
Entre tanto la ciudad estaba profundamente desasosegada: las noticias que se sabian cada dia de las Alpujarras, y los que venian de ellas aterrados y acaso maltratados y heridos, exagerando aun lo terrible de la rebelion, eran una continua ocasion de alarmas falsas: veíanse de repente correr los vecinos sin saber á donde con los arcabuces afianzados y las espadas desnudas; y volver á su casa despavoridos, solo por el pensamiento del peligro que no existia: todo era turbacion y miedo: desconfiaban los unos de los otros: las mujeres corrian á los templos á rogar á Dios, y las principales señoras se acogieron á la Alhambra, como lugar mas fuerte, siendo infinito el número de las familias que abandonaron á Granada: no se veian por todas partes mas que casas vacias y tiendas cerradas: los clérigos y los frailes en rogativas, y todos ansiosos por la venida de gentes de guerra.
Las primeras que llegaron fueron las de Alcalá y Loja: una compañía fué por órden del marqués á Restabal, pueblo inmediato á las Alpujarras, para poner en salvo á los cristianos viejos, sus familias y haciendas; otras dos compañías se estacionaron en Durcal para impedir á los enemigos el paso á la ciudad, y el capitan don Diego de Quesada con una bandera de infantería y una corneta de caballos fué á ponerse sobre el puente de Tablate, lugar estrecho á la entrada de las Alpujarras.
El presidente Deza por su parte, queriendo emular con el marqués de Mondéjar, escribió á don Luis Fajardo, marqués de los Velez, adelantado en el reino de Murcia y capitan general de la provincia de Cartagena, excitándole á que con sus gentes, y las de sus parientes y amigos, acometiese á los rebelados de las Alpujarras por la parte del rio de Almería: á lo que se prestó hidalgamente el marqués de los Velez, levantando banderas y empezando á reunir gente.
La misma incertidumbre, la misma perplejidad de que estaban poseidos el capitan general, el presidente de la Chancillería y el corregidor de Granada, se habia apoderado de las cabezas de la rebelion.
Yaye estaba aturdido; Aben-Aboo, oculto; Aben-Jahuar, receloso; Aben-Humeya, desalentado; al ver el poco efecto que habia hecho en los moriscos de la ciudad y de la Vega el alzamiento, no sabia qué partido tomar: y entre tanto la turba multa, esto es: los monfíes, los moros gandules (entre monfí y morisco) y los moriscos rebelados, se entregaban á la matanza, al saqueo, al incendio y á toda clase de licencias, haciendo de la guerra una empresa de bandidos, desprestigiándola, haciéndola odiosa. El mismo aspecto repugnante y brutal que habia tomado la rebelion, la reconcentró en la montaña, sin poder pasar mas adelante; hizo que Selin II mirase con poco calor la ayuda de aquella empresa, que el dey de Argel, Aluch-Ali, mas ocupado de presas y piraterías que de este asunto, y mas siendo tan dudoso el de los moriscos, contestase á sus peticiones de socorro de una manera vaga, y que solo el rey de Fez, descendiente de los Xerifes, que por su religiosidad veia en la sublevacion de las Alpujarras una guerra santa, fuese con ellos mas esplícito.
Pero lo que sobraba al Xerife de buenos deseos, le faltaba de fuerzas: temia exponer sus naves en el mar contra las galeras de España, y aplazó su socorro; limitóse solo, á formar una alianza con el dey de Argel, y á ayudar indirectamente á los moriscos, distrayendo las fuerzas marítimas de España en una empresa contra Túnez y Biserta.
Si estaban divididos y empeñados en una vieja rivalidad, el presidente don Pedro de Deza y el capitan general don Iñigo Lopez de Mendoza, no estaban menos divididos los gefes de los moriscos.
Aben-Humeya desalentado andaba errante de villa en villa; el emir de los monfíes se ocupaba mas de sus asuntos particulares que de la guerra; Aben-Aboo, conspiraba contra el emir, y contra Aben-Humeya, y Aben-Jahuar le alentaba, previendo el dia en que, quedándose solo Aben-Aboo pudiese vencerle haciéndole á su vez traicion y apoderándose de todo.
De parte de los cristianos faltaban fuerzas: de parte de los moriscos conciencia: la lucha se habia reducido desde el principio empequeñeciéndose á una guerra de montaña que podia durar mas ó menos, pero sin otro horizonte por el momento, sin otros augurios que los de una sucesion de sangrientas escaramuzas sin resultado de una parte ni de la otra.
España tenia su poder y sus ejércitos: los moriscos sus breñas inaccesibles, y su brabío y feroz espíritu su independencia; pero España podia, como lo hizo mas adelante, aislar el incendio é impedir que por la agregacion de nuevos elementos se extendiese.
La balanza, pues, estaba igual al empezarse la guerra: entrambas partes se temian: entrambas estaban recelosas: entrambas contaban con temor las fuerzas probables que podria poner en accion la parte contraria.
Porque ni los moriscos apreciaban bien las dificultades casi insuperables que tenia que vencer España, distraida en otras empresas para levantar enormes ejércitos, ni los cristianos sabian las tambien insuperables dificultades con que contaban los moriscos para procurarse una eficaz ayuda de sus correligionarios de Africa.
Desalentado Aben-Humeya, se salió un dia solo de Lanjaron, resuelto á pasar á Africa abandonando la empresa, y no atreviéndose ya en razon al estado de las cosas á demandar perdon del rey de España.
Encontráronle unos monfíes atravesando un barranco, á pié triste, cabizbajo, llevando el caballo del diestro.
Aquel encuentro fue para él decisivo; fue, puede decirse, una prision: desde entonces Aben-Humeya, á pretexto de lealtad estuvo vigilado, pusiéronle casa real á usanza de los antiguos reyes de Granada: le casaron con tres moriscas principales, una del Albaicin, otra del rio Almanzora, y otra de Tabernas: procuráronle un pequeño harem con las mas bellas de las cristianas que habian robado en las villas y lugares entrados á sangre y fuego, y le obligaron á desnudar la espada y á dirigir la guerra.
Dividió los moriscos y los monfíes en dos ejércitos: el uno ocupó el camino de Orgiva, entre Granada y la entrada de las Alpujarras al Levante de Almería, al Poniente de Salobreña y Almuñecar, y al Norte de Granada. El otro ejército adelantó sobre Granada, poniéndose sobre Durcal, pero habiendo sido rechazado despues de una noche de combate dudoso (4 de enero de 1569) por las gentes de las compañías de Lorenzo de Avila y de Gonzalo de Alcántara, que fueron socorridas por el marqués de Mondéjar, que con dos mil infantes y cuatrocientos caballos se habia puesto sobre la villa del Padul, se retiraron del centro de las Alpujarras al Laujar, barrio inmediato á Válor el Alto, y allí se hicieron fuertes y sentaron sus reales.
En tal estado se encontraba la guerra de Granada al empezar el año de 1569.
CAPITULO XXXIII.
En que el autor deja la historia para tomar otra vez la novela.
Aben-Jahuar y Aben-Aboo, habian abandonado, no sin razon la escena pública, por decirlo asi.
La noche del 24 de diciembre del año anterior, esto es, aquella terrible noche en que la esterminadora venganza de los monfíes habia caido sobre Cádiar: en el momento en que el marqués de la Guardia al frente de sus soldados, cargaba sobre los enemigos y llamaba á Aben-Aboo ansioso de matarle: cuando el emir al ver en peligro al marido de su hija mandó retirar á los monfíes, Aben-Jahuar al parar junto á la embocadura de una oscura calleja habia asido á su sobrino de un brazo y le habia arrastrado consigo.
--¿A dónde me lleváis? dijo el jóven.
--Sigue, sigue aprisa, dijo Aben-Jahuar: es preciso huir del peligro.
--¿Pero qué peligro nos amenaza? esta es una retirada falsa, sin duda, para sacar á esos perros de la plaza.
--Los cristianos no son en estos momentos nuestro peligro. El peligro está entre nosotros. Nuestro peligro es el emir de los monfíes.
--¿Nos hará acaso traicion?
--No me entiendes. El emir no puede hacer traicion á los moros. El emir matará hasta el último de esos cristianos, pero será cuando no esté entre ellos su hijo, el duque de la Jarilla.
--¡Ah!
--El emir llamará al duque, le robará, si es necesario, para salvarle, y cuando el duque de la Jarilla, esto es, el esposo de Amina hable con el emir, eres hombre perdido.
--¡Ah!
--Fuiste muy imprudente cuando nos apoderamos de Amina, te olvidaste de ponerte el antifaz. El resplandor aunque momentáneo de los disparos de las escopetas de nuestros hombres, bastó para que el marqués, que estaba cerca de ti en el barranco, te reconociera.
--Acaso os equivoqueis: con la turbacion del lance, con una noche tan oscura...
--El duque...
--Me martirizais con llamar duque á ese hombre.
--Pues bien: el marqués de la Guardia, es valiente y sereno, y no hay en él, por grande que sea el peligro, turbacion que le impida ver pronto, y bien; tú eras el que estabas turbado...
--Yo no soy cobarde.
--Pero tenias ansiedad por apoderarte de Amina: por lo mismo no pudiste oir lo que yo oi; el marqués te llamó por tu nombre y te apellidó infame, ladron y asesino. Poco despues la avenida del barranco le arrastró; yo di la cosa por concluida... porque ¿quién habia de pensar que el marqués se salvase? Sin embargo, se ha salvado: el emir le ha visto entre los soldados que combatian en Cádiar, y no ha mandado retirar al verle sino para salvarle. Le salvará, lo sabrá todo. ¿Qué piensas tú responder al emir cuando te pregunte por Amina? ¿puedes entregarle su hija?
--¡Ah! exclamó Aben-Aboo.
--Anda, pues, mas de prisa, sobrino; es necesario que nos perdamos: que no puedan dar con nosotros.
--¿Pero no considerais que perdernos ahora, es perdernos para siempre?
--Es que estaremos poco tiempo perdidos.
--No os entiendo; ¿creeis que mañana no me preguntará Yaye por su hija?
--Dentro de algun tiempo no podrás temerle.
--Explicaos, explicaos, tio, porque no os entiendo.
--Hablemos, pues, sin rodeos. Es necesario que muera el emir.
--¡Que muera! pero no es tan fácil matarle.
--Tú le matarás.
--¡Ah! sois mas sanguinario y mas cruel que yo.
--Conozco la necesidad. Y entre matar y morir, prefiero matar.
--Pero mi pobre madre... mi pobre madre que le ama.
--Tu madre le amaba antes de casarse con tu padre.
--¡Tio! ¡tio! ved lo que decís.
--Yaye debió casarse con tu madre; el casarse con ella costó la vida á tu padre.
--Harto lo sé, dijo roncamente Aben-Aboo: me lo ha dicho Angiolina, que no sé por qué, aborrece al emir.
--Le aborrece porque el emir es padre de Amina, y Amina ha robado á Angiolina Visconti, que este es su verdadero nombre, el hombre á quien amaba, porque la princesa ama con toda su alma al marqués de la Guardia.
--Parece que Satanás habla por vuestra boca. ¿No sabeis que estoy enamorado de esa mujer?
--Por lo mismo mata al emir, para poder matar despues al marqués de la Guardia.
--¿Olvidais que el emir me ha proclamado su sucesor, y su compañero en el mando? ¿que los monfíes me miran ya como su señor?
--Pues mejor, mucho mejor; los monfíes no tienen necesidad ninguna de saber que tú has matado al emir, y cuando él haya muerto, tú serás el rey único y absoluto de esos valientes. Con ellos, y alguna habilidad, puedes dar de través con Aben-Humeya, y quedar único rey de Granada.
--Me aconsejais que atraviese un lago de sangre.
--Cuando se buscan coronas, los cadáveres se pisan.
--Si al menos el emir hubiera tenido una parte directa en el asesinato de mi padre... pero quien le mató fue vuestro difunto hermano... por mas que ha hecho Angiolina no ha podido hacerme ver claro que el emir tomase parte alguna en aquel crímen. Vos, que en aquella ocasion acompañábais al verdadero asesino...
--¿Quién te ha dicho que mi hermano fue el autor de esa muerto? Monfíes fueron los que la mataron.
--Probadme que asesinó á mi padre...
--¡Le matarás, sobrino, le matarás!... y para ello te ayudará tu madre.
--¡Mi madre! ¡mi madre que tanto le ama!
--Te ayudará sin saberlo: pero adelante sobrino, adelante, que ya viene el dia.
--¿Pero dónde nos ocultaremos?
--¿Dónde? en el lugar donde murió tu padre.
--¡Ah! exclamó Aben-Aboo.
En efecto, el dia se entraba por el Oriente á buen andar, y á buen andar tambien Aben-Jahuar y Aben-Aboo, se perdieron entre las quebraduras de la montaña.
CAPITULO XXXIV.
De cómo puede parecer feliz y aun serlo á medias un desgraciado.
En vano, como sabemos, habia pretendido Yaye apoderarse de Aben-Aboo.
Aben-Aboo no parecia.
Del mismo modo Angiolina Visconti, doña Elvira de Céspedes y Aben-Jahuar habian desaparecido.
En vano Yaye apuró cuantos recursos tenia en su mano para descubrir su paradero.
Los monfíes no pudieron dar con ellos.
Entonces Yaye desesperado se volvió á buscar consuelo á la única persona que podia dárselo: á doña Isabel de Córdoba y de Válor.
Pero para que esta pudiera darle aquel consuelo, era preciso que fuese feliz.
Para esto era preciso engañarla hasta cierto punto.
Y decimos hasta cierto punto, porque una de las cosas que Yaye necesitaba hacer para que la felicidad de doña Isabel fuese una verdad, era bautizarse y casarse legitimamente ante la Iglesia Católica con ella.
Y la conversion de Yaye no era una mentira.
Fuese que la desgracia continuada y terrible hubiese creado en su corazon una ardiente necesidad de consuelo; que hubiese llegado á ese caso extremo en que el corazon humano se levanta al cielo, buscando en Dios la resignacion y la fuerza, y que el Dios del islamismo no pareciese á Yaye tan grande, tan misericordioso, tan inagotable de consuelos, como el Dios que, todo caridad, se humanizó, y lavó con su sangre las culpas de los hombres; fuese que su amor hácia doña Isabel influyese en él bajo el punto de vista religioso, Yaye se habia convertido; Yaye habia dejado hacia mucho tiempo de rogar al dios de Mahoma, para levantar su espíritu á Jesús crucificado: Yaye era cristiano de corazon.
Acaso tambien consistió en que del islamismo al cristianismo no hay mas que un solo paso; creer en un misterio altamente poético: en la maternidad de una vírgen.
Acaso tambien, perdida la ambicion y el odio que ciegan, habia comprendido Yaye lo que antes habia comprendido Amina: que la religion cristiana es una religion eminentemente grande, racional, conveniente, como por su esencia divina lo es, y no puede dejar de serlo: acaso influyó en él el pensamiento de que habia atribuido injustamente á la religion mas dulce, mas caritativa, mas pacífica, las crueldades, la intolerancia y el fanatismo que solo pertenecian á los vicios y á los errores de los hombres.
Yaye, como todo hombre dotado de un gran espíritu y de una alta inteligencia, habia discutido y combatido mucho en su pensamiento, y no se convirtió al cristianismo, sino cuando su razon le dijo que debia convertirse.
Si Yaye hubiese pensado del mismo modo veintidos años antes, acaso hubiese sido feliz; y lo que es indudable, no hubiera llenado su conciencia de remordimientos.
Perdido todo, familia, patria, porque Yaye desde el momento en que empezó la guerra, la vió vencida; desesperado hasta el último punto, buscó su consuelo en la embriaguez: porque lo único que podia ya embriagarle era el amor de doña Isabel.
Yaye la habia llevado la misma noche de la sangrienta catástrofe de Cádiar á su heredad de Yátor.
Un respetable número de monfíes aseguraba de todo peligro al último tesoro de Yaye.
El emir no habia dejado de verla un solo dia, ni de tranquilizarla acerca de su hijo: Yaye habia guardado un profundísimo secreto acerca de la terrible posicion en que se encontraba colocado respecto á Aben-Aboo.
Porque si Yaye hubiera revelado á doña Isabel que su hijo se habia apoderado de su hermana; que probablemente habria cometido, sin saberlo, uno de estos dos horribles crímenes: el fratricidio ó el incesto, hubiese desgarrado el corazon de aquella pobre mujer que tanto habia sufrido, que habia olvidado todas sus penas desde el momento en que habia visto á Yaye en la senda de la salvacion y del honor, profesando el cristianismo y desenvainando su espada en defensa de un pueblo oprimido, y que se habia quitado su luto, llevado veintidos años, cuando habia desaparecido el luto de su corazon.
Yaye, pues, guardó un profundo secreto acerca de aquellas horribles desgracias: del mismo modo doña Isabel, sacada á tiempo de Cádiar, no habia podido ser testigo de la ferocidad con que habian manchado la justicia de su causa los monfíes: doña Isabel creía que se habia empezado una guerra justa, noble y leal: la guerra entre el oprimido que rompe sus cadenas y el tirano que lucha por ponérselas de nuevo: doña Isabel, creyente de corazon, confiaba en que Dios, que es misericordioso y ayuda al débil y al desventurado, sea cualquiera su religion, ayudaria á los moriscos, y completando el milagro, los convertiria despues: doña Isabel lo veia todo de color de rosa, y era porque todo lo veia á través de su virtud, de su caridad y de su amor.
Una noche entró Yaye en su heredad de Yátor.
Doña Isabel estaba impaciente porque tardaba mas que otras noches: al sentirle cerca doña Isabel, se levantó de junto á la chimenea donde estaba sentada, se arrojó en sus brazos, le estrechó palpitante de pasion entre ellos, y le besó en la boca.
No extrañen esto nuestros lectores, porque Yaye y doña Isabel eran esposos.
El dia anterior un sacerdote, salvado por Yaye del furor de los monfíes, habia venido con él á la heredad.
El buen anciano, porque anciano era, demostraba ardientemente su gratitud á Yaye. Cuando Yaye le dijo que queria bautizarse, lloró de alegría: sin embargo, se informó minuciosamente de si Yaye conocia el espíritu del Evangelio, si era cristiano por su voluntad; y cuando estuvo seguro de ello, le bautizó: despues, cuando pidió que le casase con doña Isabel, se informó asimismo de la cristiandad de ella, y al fin, de una manera misteriosa, sin testigos, arrodillados á los piés del anciano sacerdote, Yaye y doña Isabel recibieron la bendicion de Dios, y se levantaron asidos de las manos, convertidos en uno por su sagrada alianza.
Inútil es creer que Yaye cuidó de que el anciano sacerdote fuese puesto fuera de peligro en Granada por los mas leales de sus monfíes.
Pero ninguno de estos supo, incluso Harum-el-Geniz, que Yaye se habia bautizado, ni mucho menos casado con doña Isabel.
Sabian si que al hacer su compañero en el mando á Aben-Aboo, debia casarse con su madre en un breve plazo.
La noche en que dijimos que Yaye habia entrado en la habitacion donde se encontraba doña Isabel, y se habia arrojado entre sus brazos, iba deslumbrantemente vestido.
Doña Isabel por el momento no reparó en ello, pero cuando se separó de él y le miró, lanzó un grito de niña, un grito de alegría y exclamó:
--¡Oh! ¡y qué hermoso y qué resplandeciente estás, rey mio!
--¡Oh! ¡no estás tú menos hermosa y resplandeciente mi sultana! contestó sonriendo de una manera melancólica Yaye.
En efecto, Yaye y doña Isabel estaban vestidos de una manera maravillosa por lo bello y al mismo tiempo por lo sencillo de sus vestiduras.
Doña Isabel llevaba por la primera vez de su vida un traje árabe: aquel traje se lo habia enviado aquel mismo dia Yaye en una caja de sándalo, y dentro de aquella caja, sobre aquel traje, habia encontrado doña Isabel un cofrecillo de ágata, y dentro de este cofrecillo una riquísima diadema de oro, perlas, rubíes, amatistas y diamantes y un collar de gruesas perlas, todas iguales, como vaciadas en un mismo molde, con un broche en que campeaba un gruesísimo brillante, rodeado de rubíes: aquellas perlas se parecian de tal modo á las que Calpuc habia vendido en otro tiempo al aleman Franz, que era de sospechar que hubiesen provenído del Nuevo Mundo: era tan rico este collar, que podia dar tres vueltas al magnífico cuello de doña Isabel, lo que significa que el collar valia un tesoro: habia asimismo en el cofrecillo dos arracadas tan grandes, que podian descansar sobre los hombros y tan cuajadas de pedrería que relumbraban como soles; últimamente, dos ajorcas ó brazaletes formados por tres filas de perlas compañeras de las del collar, y con enormes y bellos broches de pedrería; una flor de gran tamaño de diamantes, perlas y esmeraldas, destinada á servir de herrete sobre el pecho, á la túnica interior de brocado blanco y encajes que venia entre las ropas, y un ceñidor maravilloso, en el que formando arabescos, se veian todas las piedras preciosas conocidas formaban el riquísimo aderezo destinado por Yaye á su esposa.
Las ropas eran una túnica de brocado de seda y plata, formando arabescos, delicada, feble, como la tela mas sutil, ancha, flotante, que la caia hasta los piés, determinando por detrás una pequeña cola redonda: y esta túnica cerrada en la parte superior sobre el pecho por el herrete de que hemos hablado, dejando ver en su abertura, hasta el ceñidor, riquísimos encajes de Flandes; sobre esta túnica un caftan de brocado verde mar con grandes arabescos negros de terciopelo sobrepuesto; con anchas mangas perdidas; con falda hasta la rodilla, y sobre este caftan, descendiendo de la diadema, un largo veto de gasa de plata salpicada de pequeñísimas violetas de oro.
No podia ser esta traje mas sencillo á pesar de su riqueza, ni una mujer cuya hermosura, cuya expresion, cuya poesia pudiesen estar mas en relacion con la hermosura y con la riqueza del traje.
Doña Isabel, durante su juventud, es decir, antes de su desastrado casamiento con Miguel Lopez, habia sido la doncella, que por su hermosura y por la riqueza de sus trajes y joyas, se habia hecho mas reparable en el Albaicin. Su hermano don Diego la habia amado con delirio, acaso porque era la única mujer de la familia, acaso porque doña Isabel se hacia amar de todo el mundo: á pesar de sus ruinosos dispendios, don Diego, no solo no habia tocado á las ricas joyas de familia que habia heredado de su madre, como su madre de la suya, y asi sucesivamente desde la primera abuela de su raza la sultana Howara, esposa de Abd-el-Rahman-Aben-Moavia, primer califa onmiade de Occidente, sino que habia aumentado cuanto habia podido el número de aquellas joyas puramente árabes, con otras puramente del renacimiento, y sostenido una magnífica coleccion de costosísimos trajes á su hermana. Doña Isabel estaba, pues, acostumbrada á las galas y á las joyas; es mas, la agradaba porque la agradaba todo lo bello, pero habia usado de unos y otras sin afectacion y sin orgullo, y habia dejado de usarlas sin pena, desde el momento en que por sus desgraciados amores con Yaye, por su casamiento con Miguel Lopez, y por la extraña fatalidad que la habia arrojado casada y vírgen entre los brazos del hombre de su amor, habia perdido la alegría de su alma: desde entonces, y durante veinte y dos años, solo habia vestido un sencillo traje negro de lana, y una toca blanca, y lo que es mas, por amor á su hijo, y para que nada le faltase, habia vendido una á una y sin pena las admirables joyas de las sultanas y damas sus abuelas, como las que debia á su hermano, y los ricos trajes con que se habia engalanado en su tranquila juventud: doña Isabel habia vivido apartada del mundo, replegada en si misma, viviendo solo para su hijo y para su amor, que era el recuerdo de Yaye; llorando á solas con su lecho; inflamando su corazon en el candente recuerdo de la terrible felicidad que habia producido como una consecuencia maldita á Aben-Aboo, rogando á Dios con toda la pasion de su alma, porque reducido Yaye al cristianismo, pudiera abrirle sus brazos.
Aquel dia habia llegado: Yaye era cristiano: Yaye era su esposo: doña Isabel habia arrojado lejos de sí con su traje de luto el luto de su alma: como su alma se habia engalanado con todas las flores, con todos los perfumes de la felicidad, cuando recibió el rico canastillo de bodas de Yaye, al que acompañaban dos esclavas para servirla de doncellas, Doña Isabel, que habia vuelto á ser la niña, habia visto aquellas joyas y aquel traje con placer, se habia perfumado, se habia puesto aquellas galas, y se habia contemplado al espejo: entonces su alma habia sonreido, y su conciencia íntima la habia dicho:
--Eres mas hermosa que hace veinte y dos años: eres la alegría y la vida de Yaye.
Y doña Isabel habia llorado de felicidad, y habia esperado impaciente á su esposo, con lo mas hermoso que la naturaleza produce, sobre su hermosura, con la magnífica y pura frente ceñida por la diadema de las sultanas.
Si no alcanzais á soñar en cuerpo y en alma, una mujer tal como la que el autor ve en su pensamiento, viva, palpitante, irresistíble, al describiros á doña Isabel, debeis sentirlo porque perdeis un bellísimo sueño: y como la vida es sueño....
Pero esto es muy vulgar. Os describiremos á Yaye.
Su traje era mas sencillo que el de doña Isabel, y pertenecia á la moda de los tiempos medios de la dominacion árabe en España: una pequeña corona de oro macizo de puntas, lisa y sencilla: alrededor de la corona, una toca blanca, cuyo extremo, cayendo del lado ízquierdo de la cabeza, ondulaba sobre el pecho y venia á caer á su espalda pasando sobre el hombro derecho: una túnica ceñida de brocado verde con arabescos negros, grandes y sobrepuestos, larga hasta las rodillas, cerrada en el cuello sobre una camisa blanca y plegada, y abrochada por delante con una sola fila de botones de piedras preciosas: una faja de seda y oro ceñida á la cintura: una espada árabe con empuñadura de oro cincelada en arabescos con inscripciones cúficas esmaltadas, y un grueso brillante en el pomo: unas calzas de seda ceñidas, á grandes listas rojas y negras: unos borceguíes de tafilete verde bordados con hilo de plata, y sobre este traje una especie de toga talar negra, abierta por delante, con mangas perdidas y forrada de armiños.
Doña Isabel llevaba asido de la mano á Yaye hácia la chimenea.
--¡Oh! ¡y como tiemblas! le dijo: hace mucho frio, ¿no es verdad?
Yaye no temblaba por el frio, sino por la poderosa conmocion que le dominaba, cuando quería, acobardado por su destino, olvidarlo todo y embriagarse con el amor, con la hermosura, con el irresistible encanto de doña Isabel.
--Sí, sí, el invierno es crudo, dijo Yaye asiendo por la redonda cintura á doña Isabel, que llena de solicitud, con todas sus galas, se habia inclinado sobre la chimenea para avivar su fuego.
--Siéntate, luz de mi vida, la dijo Yaye; tengo que hablarte.
--Me dices eso de una manera demasiado séria, dijo palideciendo doña Isabel.
--Nada temas, la dijo sonriendo melancólicamente Yaye.
Y asiendo un sillon, le unió al de doña Isabel; se sentó en él y asió las manos de su esposa que le miraba con ansiedad.
--¿Por qué esa palidez, Isabel? la dijo Yaye que empezaba á embriagarse y á olvidarlo todo delante de ella. ¿Acaso no tienes una gran confianza en mí?
--Despues de Dios en nadie confio tanto como en tí, Yaye: pero desde que puedo llamarme legítimamente tuya: desde que puedo levantar mi frente tranquila y feliz, porque mi felicidad no puede avergonzarme... ¡oh! un vago cuidado se ha apoderado de mí: un recelo misterioso, que me he apresurado á arrojar de mi alma: si, si, yo te amo; no sé cómo hacerte comprender cuánto te amo: mira: lo que voy á decirte, es terrible, no debiera ser.... pero.... te amo mas... infinitamente mas, sin comparacion, ya lo creo.... te amo mas... ¡que á mi hijo! ¡que al hijo de mis entrañas!... es mas: cuando al fin Dios ha tenido compasion de mí, y te me ha dado, he comprendido que amaba á mi hijo, porque era hijo tuyo... he comprendido y me he sonrojado al comprenderlo.... que cuando durante mi viudez y mi luto, pasaba no sé cuánto tiempo bebiendo la mirada de nuestro hijo, fijos mis ojos en los suyos... era porque en la mirada de nuestro hijo hay algo de la tuya... ¡oh! no sabes cuánto me he desesperado, cuánto he vacilado cuando he recibido tus cartas; cuánto he deseado llorando estrecharte contra mi corazon: ¡oh! yo te he amado siempre asi; desde el dia en que te ví... desde el tiempo en que pasábamos tan dulces mañanas cada cual en su mirador no he olvidado nada... nada... y cuando veia que el tiempo no me hacia vieja; que á pesar de los años, porque ya estamos cerca de las puertas de la vejez, mi corazon era siempre el corazon de una niña: cuando por un privilegio sin duda, veia,--yo puedo y debo decírtelo todo, todo lo que pienso, todo lo que siento,--veia, que mis ojos eran cada vez mas brillantes, y que me hacia mas hermosa... ¡oh! ¡y cómo la modesta viuda, la que siempre tenia fijos los ojos en el suelo delante de las gentes, la que siempre estaba pálida, oh y cómo se contemplaba al espejo! ¡y cómo se coloraban sus mejillas, y cómo decia su corazon: gracias Dios mio, porque me conservas hermosa para mi Yaye! ¡haz Dios mio, que crea en tí para que yo pueda unirme á él! ¡para que pueda mirarme en sus ojos como me miro en este espejo!
Y al decir estas palabras doña Isabel, atrajo á sus labios las manos de Yaye y las besó suspirando.
Yaye estaba al fin embriagado: lo habia olvidado todo: no veia mas que á doña Isabel, y no la veia en la tierra, se creia con ella en el cielo.
Y esta embriaguez de Yaye, que era hermoso, daba tal expresion á su semblante, tal lucidez á sus ojos, que doña Isabel abria toda su alma para que la fecundase aquel amor.
--Y mira, añadió doña Isabel: si nos hubiéramos casado entonces, yo nunca te hubiera dicho esto, aunque pensaba del mismo modo; y no hubiera sido tan feliz, porque no hubiera conocido la desgracia.
Estaba tan dominado Yaye, que no contestó.
--Escucha, dijo doña Isabel inclinándose sobre su semblante, colorada de un leve rubor y con el acento ligeramente trémulo: anoche, ya tarde, dormias: yo no: la felicidad, lo inmenso de mi felicidad, no me dejaba dormir: la lámpara iluminaba blandamente tu semblante: tu sueño parecia fatigoso, tu aliento ronco: yo velé tu sueño; yo hubiera querido leer á través de tu hermosa frente tus pensamientos: yo te contemplaba enamorada y cuidadosa, me parecia que el ensueño que se habia apoderado de tí te hacia sufrir; de repente tu entrecejo se plegó de una manera terrible, tu semblante todo tomó un aspecto de amenaza, tu boca una expresion cruel, feroz, y con una voz ronca, con palabras apenas articuladas, murmuraste: ¡Amina! ¡Aben-Aboo! yo me incliné sobre tí, uní casi mis oidos á tus labios, y sentí tu aliento que abrasaba, pero no oi ni una palabra mas.
--¡Oh! dijo Yaye sonriendo, acabo de separarme de mi hija; mi hijo vela en la montaña frente al cristiano, ¡mientras yo duermo entre los brazos de su madre!
--Porque yo lo soy todo para tí, como tú lo eres para mí, exclamó con acento opaco y ardiente doña Isabel: porque olvidas entre mis brazos como yo olvido entre los tuyos... pero esos son breves momentos: algunas horas robadas á la realidad; despues nuestro mismo amor vuelve sobre nuestros hijos: ¿no es verdad?... ¿no es verdad que nos engañamos cuando creemos que los amamos menos que á nosotros mismos?... ¿cómo hemos de amarlos menos? ¿acaso no son ellos tu sangre? ¿acaso mi hijo no es un pedazo de mis entrañas? ¡Yaye! ¡Yaye de mi alma! tú, y tus hijos y yo... no somos mas que un solo corazon...! ¡no los olvidamos anegándonos en nuestro amor, porque ellos son hijos de nuestro amor!
--Es necesario romper á todo trance la situacion en que nos encontramos: yo era valiente cuando era desgraciado, cuando nada tenia que perder... ahora que te tengo á tí, me encuentro cobarde: el combate me estremece: se me figura que el primer arcabuz disparado por el enemigo ha de matarme: ¡Isabel! añadió gravemente Yaye: es necesario que sepas lo que eres para mí: desde anoche, luz de mis ojos, desde que he empezado á satisfacer la sed de mi corazon, nada hay ya en el mundo para mí mas que tú: he vivido soñando: he buscado lejos de tí la vida, y solo he encontrado la muerte: y cuando al fin vuelvo á vivir, la inflexible fatalidad me cierra el camino. Pues bien, estoy resuelto á todo: nada puedo hacer por mi patria, porque la patria ha muerto: la ha borrado del libro de los pueblos y de las generaciones la mano de Dios. He resuelto revelarlo todo á nuestro hijo...
--¡Ah! dijo doña Isabel cubriéndose el rostro con las manos.
--Es preciso, preciso de todo punto, dijo Yaye: y quiera Dios que mi revelacion no llegue tarde, nuestro hijo está enamorado de su hermana.
Dona Isabel se puso de pié pálida como un difunto.
--¿Y acaso tu hija le ama tambien?
--No, es peor que eso: le aborrece.
--Estamos malditos de Dios Yaye, exclamó anonadada doña Isabel.
--No, no; nuestro hijo, cuando sepa que Amina es su hermana, se horrorizará de su amor y le olvidará, le sustituirá con otro... ademas, yo no estoy seguro... necesito averiguar... probar... en esto pasará algun tiempo... y en ese tiempo te obligo á hacer un pequeño sacrificio.
--Ante todo júrame que estás seguro de que podemos salvar á nuestros hijos.
--Lo estoy, contestó Yaye.
--Pues bien, sepa Diego en buen hora que soy su madre.
--El sacrificio que acabo de indicarte, es mas sencillo. Se trataba de mi casamiento ante mi pueblo, de un casamiento aparente...
--¿Con quién?...
--Con la sultana Howara, dijo Yaye sonriendo.
--¡Casarte tú!... segun las costumbres de los moros, ese matrimonio debe consumarse, debe presentarse un testimonio á la córte... y yo... yo no puedo permitir eso... tú me has engañado de una manera infame.
Y doña Isabel se levantó con la cólera de una leona.
--Es que ese matrimonio está consumado, dijo Yaye sonriendo.
Los hermosos ojos de doña Isabel irradiaron en una expresion de agonía, de tal modo, que Yaye asustado se apresuró á decir:
--¡Isabel! ¡Isabel de mi alma! ¡la sultana Howara eres tú!
--¡Dios mio! y ¡que horrible juego! exclamó doña Isabel dejándose caer sobre el sillon.
--Toca la corona que rodea tu frente; mira la corona que ciño: ¿á qué habia yo de ceñírmela sino porque el momento de mi union contigo delante de los mios se aproxima?
--¡Pero yo no comprendo esto! ese nombre árabe...
--Es el de tu ilustre Abuela la sultana de Córdoba, la esposa del califa Abd-el-Rahman, el de la gran mujer á quien debió Abd-el-Rahman el trono que le hizo grande.
--Pero yo no quiero dejar de llamarme Isabel ni renegar de Dios.
--Ya te he dicho que es solo un casamiento aparente.
--¿Me obligaran á confesar el islamismo?
--Todos te creen morisca.
--¿No tendré que pronunciar una palabra sola contra Dios?
--No: es muy sencillo... se supone que ya está todo hecho: entregadas las arras concluido el contrato... todo se reducirá á tu presentacion; y á una fiesta de bodas.
--¡Ah! ¿es decir que solo engañamos á los hombres?
--Y los engañamos por necesidad: Dios lo sabe. Si yo no tuviese que esperar por nuestro hijo...
--¡Por nuestro hijo!...
--Si... necesito reducirle... convencerle á que nos siga. Los moriscos y los monfíes han empezado la guerra de una manera infame: como verdaderos bandidos.
--¡Oh! ¡Dios mio!
--Han incendiado, robado, degollado, exterminado: un caballero no puede desnudar con honra su espada al frente de ellos... he vivido soñando; pero no he despertado tarde... durante algunos dias los engañaremos: después nosotros, con nuestro hijo, nos acercaremos á la costa, embarcaremos nuestros tesoros y nos trasladaremos á Francia ó á Venecia, para vivir solo por nosotros mismos.
--¿Y tu ambicion?
--Mi ambicion ha sido anegada por un torrente de sangre.
--¡Oh! ¡Dios mio!
--Te juro que antes de un mes habremos arrojado esta corona que abrasa la frente, y estas vestiduras reales que oprimen el pecho. Pero es necesario dar el último paso hácia nuestra libertad.
Y Yaye se levantó y asió á doña Isabel de la mano.
--¿Es decir que es esta noche?
--Si, dijo Yaye.
--¡Que nos esperan!
--Si.
--Yo me habia puesto estas joyas y estas vestiduras por darte gusto; pero no creia...
--Si, ha llegado la hora de que los moros vean por un momento levantarse ante ellos una sultana tan hermosa y tan llena de magestad como la esposa de Abd-el-Rahman: es necesario que te aclamen, que los fascines y que contribuyas á que no desconfien de nosotros.
--Pero este terrible convenio durará poco.
--¡Oh! te juro que antes de que pase un mes habremos fijado nuestro destino.
Yaye llamó á las esclavas, y las mandó que trajesen un haike. Envolvióse en él doña Isabel á la usanza mora, y enteramente encubierta, sin que se la viesen mas que sus magníficos ojos negros, y sin mostrar de su hermosura mas que la gallardia de su cuerpo y lo magestuoso de su paso, salió de la cámara.
Aquella cámara estuvo desierta durante cuatro horas: al cabo de ellas oyóse en el exterior ruido de caballos y de gente armada, y los alegres acordes de la zambra.
Poco despues se oyeron abrir puertas en el interior, y al fin aparecieron Yaye y doña Isabel de vuelta, como á su salida, en el haike, que arrojó de sí doña Isabel.
--¡Oh! ¡cuanta magnificencia y cuanta grandeza! dijo: no sabia yo que eras tan poderoso, Yaye mio.
--Si, pero tras esa grandeza hay sangre y lágrimas dijo Yaye. Feliz aquel que en vez de nacer sobre un trono nace en una cabaña.
--Ha habido un momento, dijo doña Isabel quitándose por sí misma su diadema y sus ropas, en que aquellos ancianos de barbas blancas que llegaban uno tras otro á inclinarse delante de mi; en que aquellos fuertes soldados que de igual modo me saludaban; en que aquella música heredada de nuestros abuelos; aquellas lámparas que brillaban tan numerosas como estrellas sobre aquellas paredes de oro; aquellas esclavas que bailaban al compás de la zambra; aquel trono que tenia bajo mis piés, me fascinaron, me lucieron sentir no se qué vanidad, no sé qué sentimiento de que aquello fuera un sueño. Porque eso ha sido un sueño, ¿no es verdad? Ya no volveré á ponerme mas esa diadema: la venderé y daré su precio á los pobres: ya no volveré á ponerme mas esta túnica dorada y negra, emblema de la dignidad real: ¿no es verdad Yaye? ¿No es verdad que tu me amas del mismo modo con estas sencillas ropas castellanas?
Doña Isabel se habia puesto un trage de terciopelo negro, y se habia colocado de una manera hechicera sus trenzas; pero como era excesivamente blanca, como habia conservado las arracadas, el collar de perlas y los brazaletes, con el ancho y largo vestido negro de terciopelo, indolentemente reclinada en el divan, asomando un precioso pié calzado aun con el borceguí morisco recamado de perlas, sobre el dintel de la chimenea; apoyando en el sillon un magnífico brazo desnudo, la cabeza en la mano, y fijando en Yaye una mirada intensa y enamorada, estaba infinitamente mas hermosa que con el deslumbrante trage, con el trage de relumbron de que se habia despojado.
Yaye se levantó, se quitó la corona, la arrojó con desden sobre un sillon, se desciñó la espada, arrojó el ropon negro, se puso una loba de terciopelo que cruzó sobre su pecho, y se acercó á doña Isabel.
--¡Oh! ¡vida de mi vida! la dijo: ¡tú eres toda la felicidad que existe para mí!
CAPITULO XXXV.
El reverso de la medalla.
Era verdaderamente lástima que la fortuna no ayudase á Yaye.
Mientras él se embriagaba al lado de doña Isabel, el destino implacable, seguia su terrible camino y le preparaba nuevas desgracias.
Yaye se habia arrepentido tarde.
Las pasiones, los odios, los intereses que se habian cruzado en su camino habian llegado á tal extremo que solo un milagro de Dios podia deshacer sus fatales consecuencias.
Como si la justicia divina le castigase, no habia llegado á la posesion completa del amor de doña Isabel, de su eterno sueño, de su pasion viva, sino cuando otras terribles desgracias amargaban su felicidad y la ennegrecian.
Y deciamos mal cuando llamamos felicidad al estado en que se encontraba Yaye; es verdad que habia momentos en que la hermosura, la magia y el amor de doña Isabel le hacian olvidarse de todo y no vivir mas que para ella: pero ya lo hemos dicho: aquellos solo eran momentos que pasaban con una rapidez fatal para traerle de nuevo á la memoria á su hijo, apoderado de su hermana en una situacion misteriosa, tras cuyas tinieblas podia suponerse todo lo mas horrible: veia á su pueblo ensangrentado de una manera criminal, horrorosa en una guerra feroz: lo veia todo perdido, sin esperanza de recobro, desde la felicidad de su hija hasta la libertad de su patria.
Porque dado caso que Amina le fuese devuelta, ¿en qué estado se la devolverian? Suponiendo lo que no era probable que Aben-Aboo la hubiese respetado, ¿cómo hacer creer al marqués de la Guardia en aquel respeto? ¿Cómo arrancar de en medio de los dos esposos el terrible espectro de la desconfianza, y la amargura de la suposicion, matando sus placeres, su paz, su felicidad? ¿Cómo evitar que el marqués vertiese ó procurase verter la sangre de Aben-Aboo ni cómo podía su mismo padre dispensarse de castigarle?
Y viniendo á los moriscos ¿cómo volver atrás despues de las horrorosas desvastaciones, de los asesinatos, de los horribles crímenes cometidos en las Alpujarras? ¿Cómo seguir adelante, solos, abandonados de todos, encerrados en las breñas de las Alpujarras, rodeados por los ejércitos de España, y combatidos por los grandes capitanes de Felipe II?
[imagen: Venis pocos, y venis tarde.]
Desesperado, loco y calenturiento, pero con la locura del leon, Yaye, habia corrido al remedio de aquellos males con una energía imponderable: habia aterrado á los monfíes, ahorcando á algunos de aquellos que se habian mostrado mas infames en el degüello de las Alpujarras: se puso á su frente, los reorganizó, se dejó ver de todos ellos indómito, soberano, prepotente, con la espada desnuda y la cólera y la amenaza en los ojos. Les afeó sus excesos, y promulgó una ley por la cual se prohibia terminantemente so pena de muerte, asesinar á los niños menores de siete años, á las mujeres fuese cualquiera su edad, y aun á los hombres que no hubiesen tomado las armas ó que tomándolas no hubiesen hecho resistencia, ó que después de hecha se hubieren entregado: en una palabra, regularizó la guerra; la matanza y el incendio cesaron, pero cuando ya habian sucumbido doce mil víctimas; cuando el horror de aquella catástrofe zumbaba por España, pidiendo venganza, y por Europa, llamando gravemente la atencion de las córtes extranjeras: en cuanto á sus asuntos de familia nada habia conseguido: parecia que la tierra se habia tragado á Amina, á su hija y á Aben-Aboo: solo se habian encontrado en unos barrancos cercanos al lugar del robo, los monfíes que conducían las literas y los que las precedian, muertos á hierro, y las dos doncellas que acompañaban á Amina en aquella ocasion, degolladas: vestigios que no eran los mas á propósito para tranquilizar á Yaye acerca de las intenciones de Aben-Aboo; respecto á su hijo, Aben-Jahuar, Angiolina Visconti y doña Elvira de Céspedes habian asimismo desaparecido, y solo quedaba delante de Yaye, con la corona en la cabeza y la espada desnuda, avanzado á las posiciones del ejército de España, Aben-Humeya, pero triste, desalentado, sombrío, y receloso.
Harum-el-Geniz, Suleiman y algunos de los mas leales walíes de Yaye, acompañados de cuadrillas compuestas de los monfíes mas astutos y mas prácticos y conocedores de los escondrijos y senos de la montaña, buscaban por todas partes á los que se habian perdido, pero de una manera inútil.
Todos los dias recibia Yaye un desesperante aviso de que nada se habia descubierto, y mas desesperado cada dia después de este aviso, iba á buscar consuelo en el frenesí de su amor por doña Isabel: de aquel amor que le embriagaba.
[imagen: Rogad á Dios que os ampare, porque podreis morir aqui sepultada.]
Antes de presentarse á ella, Yaye hacia una violenta reaccion sobre sí mismo, concentraba en su corazon todos sus dolores, y entraba sonriendo, como el hombre mas feliz del mundo, y se arrojaba en los brazos de su esposa.
Doña Isabel le preguntaba por su hijo.
Yaye le contestaba que Aben-Aboo estaba al frente del ejército, que se obtenian triunfos y que pronto podría, sin manchar su honra, dejando encomendada la prosecucion de la guerra á buenos caudillos, abandonar á España é ir á gozar de su felicidad al extranjero.
Doña Isabel creia á Yaye, era feliz, le inundaba con todo el poderío de su magnifica hermosura, con toda la poesía de su alma, con toda su pureza de niña, con todo su ardiente amor, y le fascinaba, le hacia soñar y le daba algunas horas de olvido de todo lo que no era ella; algunas horas de felicidad suprema.
Pero cuando la fascinacion pasaba, cuando Yaye se separaba de doña Isabel, caia de repente de aquel cielo soñado, al infierno de la terrible verdad: en vano hacia esfuerzos desesperados: el terrible circulo que le rodeaba se estrechaba cada vez mas, amenazando ahogarle. Los sucesos ayudaban á la venganza de sus enemigos.
Venganzas algunas de ellas injustificadas, absurdas, pero ciertas, porque en el corazon humano dominan, por desgracia, la injusticia y el absurdo.
A tal especie pertenecia el odio que profesaban á Yaye Laurenti y Angiolina, porque este odio se fundaba en que Yaye era padre de una mujer cuya hermosura, cuyos amores con el marqués de la Guardia, habian herido el corazon y exasperado las pasiones de aquellos dos funestos personajes.
Pero este odio era resultado de la ambicion de Yaye: si Yaye no hubiera llevado á la córte con una intencion terrible á Amina, Amina no hubiera excitado las pasiones de nadie.
Es cierto que sin la venganza de Laurenti y de Angiolina, Yaye se hubiera encontrado combatido por la ambicion de Aben-Jahuar, por las rivalidades de sus hijos, por el amor desesperado de doña Elvira: Yaye meditaba todo esto, y veia con dolor que su culpa estaba en su nacimiento, primero, y despues en la educacion que se le habia dado; por último en la ignorancia en que habia vivido durante su primera juventud acerca de su orígen, de su posicion y de los proyectos de su padre.
Ninguna historia como la de Yaye tan á propósito para probar la influencia de la fatalidad en la existencia de los seres. Todo lo que Yaye habia hecho, era lógico, necesario, y sin embargo todo lo que Yaye habia hecho se habia vuelto contra él amenazador y terrible.
Jóven aun, como que solo contaba cuarenta y cinco años, no se atrevia á volver la vista atrás, porque el pasado le obligaba á cerrar los ojos, pretendia huir de su presente, y no se atrevia á mirar al porvenir.
Ni aun podia salvarse, huyendo con doña Isabel, la única felicidad de su vida, á continuar aquella felicidad en medio de una vida oscura: la situacion en que se encontraban sus hijos, le detenia en el peligro.
¿Y qué peligro podia ser este?
Yaye no le veia claro y distinto, pero lo temia todo: temia horribles desgracias; conocia que aquellas desgracias eran fatales, precisas; la expiacion necesaria de sus errores, y aun lo diremos: de sus crímenes.
La desaparicion de tantas personas de quien con fundado motivo desconfiaba, era ya una terrible amenaza.
¿Por qué se ocultaban Aben-Jahuar y Aben-Aboo? ¿Por qué Aben-Humeya se mostraba con él taciturno, reservado, sombrío?
Yaye veia agolparse sobre su frente la tempestad, y habia perdido el valor que tan necesario le era para conjurarla: mejor dicho: Yaye no podia conjurar aquella tempestad y se aterraba.
Por eso iba á buscar la felicidad del olvido y de la embriaguez, todas las noches, al lado de su esposa.
Por eso doña Isabel habia sorprendido alguna vez su sueño fatigoso, su suerte horrible.
Yaye no podia expiar de una manera mas horrorosa sus errores, ó sus crímenes.
CAPITULO XXXVI.
En que el autor descubre donde estaban los que se habian perdido.
Necesitamos dividir nuestra atencion entre tres lugares distintos.
Dos de ellos los conocemos.
El otro nos es enteramente desconocido.
Si penetramos en el uno, en el subterráneo donde vivió en otro tiempo Calpuc, á donde este tuvo herido á Miguel Lopez, y donde Miguel Lopez murió por último de hambre, encontraremos á uno de nuestros perdidos personajes.
A Amina.
La veremos sentada sobre un lecho, inmóvil, teniendo sobre su regazo á su pequeña hija, á quien amamanta; y para besar la cual de una manera delirante, sale de tiempo en tiempo de su inaccion.
Nada falta en el subterráneo que pueda hacer soportar la permanencia en él de una persona: nada mas que aire y dìa.
Por lo demás se ha procurado embellecer y hacer habitable, cuanto ha sido posible, aquel antro.
¿Quién habia revelado á Aben-Aboo la existencia de aquel antro?
Nuestros lectores adivinan su nombre sin duda. Habia sido Laurenti.
Nuestros lectores saben que Laurenti habia encontrado en un proceso en la Chancillería de Granada, la historia entera en que se contenia la muerte de Miguel Lopez, la del capitan Sedeño, el orígen de dona Estrella de Cárdenas, y demás sucesos que dejamos relatados en la primera parte.
La justicia habia bajado al subterráneo, guiada por el mismo Calpuc; pero despues aquel subterráneo habia quedado abandonado.
Un dia en que Aben-Aboo vagaba fugitivo por la montaña, y se habia entrado á dormir en una cueva, encontró junto á sí, al despertar, una carta.
Aquella carta contenia las siguientes palabras:
«Hace ya muchos dias que vagais á pié, acompañado de algunos hombres de vuestra confianza, llevando con vos una dama y una niña, y evitando, siempre con peligro, el encuentro de los monfíes que os buscan. Esa señora, demasiado delicada para andar con lluvia y con nïeve por breñas y vericuetos, será causa de que una vez deis en las manos del emir, que no seria en tal caso muy humano con vos. Yo, como vos, soy enemigo del emir, y quiero ayudaros, indicándoos un lugar muy escondido, donde podreis guardar á vuestra prisionera y quedar libre para vuestros negocios y para evitar la persecucion de que sois objeto. (A seguida el autor del anónimo daba á Aben-Aboo las señas indudables, por las cuales podia dar con el subterráneo). No desconfieis de quien os escribe, concluia, porque si fuese vuestro enemigo, podria haberos muerto ó preso mientras dormiais, en vez de haber dejado junto á vos y sobre vuestra ballesta, esta carta.»
Temeroso Aben-Aboo de que embarazado por Amina y por su hija, diesen con él los monfíes que le buscaban, como ya habia estado á punto de suceder alguna vez, buscó el subterráneo por las señas que tan misteriosamente le habian dado, y encerró en él á Amina y á su hija.
Aben-Aboo se encontraba, como Yaye, sin poder ir ni atrás ni adelante. Su tio Aben-Jahuar le habia metido de una manera insidiosa en aquel laberinto, del cual el jóven no encontraba la salida.
Sabia, á no dudarlo, que el emir no tenia duda alguna de que él habia sido el raptor de Amina: sabia que del mismo modo que Yaye le habia colmado de beneficios, se ensangrentaria con él, si le habia á las manos, porque sabia demasiado hasta donde llegaba la tremenda justicia del emir. Habia conocido al fin claramente, que su tio Aben-Jahuar le habia envuelto con una intencion refinadamente traidora en aquel compromiso, y en vez de presentarse lealmente á Yaye, para manifestarle la verdad de los hechos é implorar su perdon, le aconsejó su miedo deshacerse á todo trance y cuando pudiese del hombre que se lo inspiraba.
La muerte del emir estaba decretada en el pensamiento de Aben-Aboo como un medio de seguridad; la de Aben-Jahuar como la satisfaccion de la venganza de una parte, y por otra como una medida prudente que debia librarle de un rival peligroso, porque Aben-Aboo habia comprendido de una manera clara que el objeto de Aben-Jahuar era destruir cuantos obstáculos se oponian á su ambicion, y quedar solo, como señor soberano, al frente de la rebelion de los moriscos.
Para esto necesitaba Aben-Aboo una alianza, y la buseó, ó mejor dicho, aplazó el buscarla en Aben-Humeya.
Aben-Aboo entraba de lleno impulsado por su ambicion y por su miedo en la senda del crimen.
Sin embargo, y como á mujer, habia tratado y trataba con un profundo respeto á Amina.
Consistía esto, primero: en que Aben-Aboo no amaba á Amina, porque estaba enamorado de la princesa: segundo, en que habiendo resuelto deshacerse por medio del asesinato de Yaye, el resto de conciencia que le quedaba le separaba de la jóven: y tercero, en que, prescindiendo de estos dos antecedentes, sabia que Amina jamás podria ser para él mas que una esclava violentada.
Aben-Aboo tenia en Amina una carga que conservaba por temor, y que en todo caso podia servirle para dictar condiciones al emir.
Asi es que cuando Aben-Aboo bajaba todos los dias al subterráneo á cuidar de Amina, no la hablaba una sola palabra.
Unicamente un dia la dijo:
--Parto para una empresa aventurada, en la cual podré perecer: os dejo provisiones para muchos dias. Si falto tres, rogad á Dios que os ampare, porque podreis morir aquí sepultada.
Amina lanzó un grito de terror, estrechando contra su corazon á su hija.
¿Cuál podria ser la empresa aventurada que acometia Aben-Aboo?
Antes necesitamos revelar á nuestros lectores los otros dos lugares donde encontraremos el resto de nuestros perdidos personajes.
El segundo lugar que hemos dicho que conocemos, era el subterráneo de la princesa encantada.
Si entramos en él una noche, encontraremos á dos personas muy conocidas nuestras: á doña Elvira de Céspedes, viuda de don Diego de Córdoba y de Válor y á Aben-Jahuar, su cuñado.
El lugar en que se encontraban no era aquel salon árabe en que ya hemos entrado una vez con Laurenti y Cisneros, sino un pequeño retrete, á que se entraba por una de las puertas que, como dijimos, daban al corredor por donde era necesario pasar para llegar á la gran cámara.
Doña Elvira estaba recostada en un colchon doblado que la servia de divan: Aben-Jahuar estaba sentado junto á ella en un escabel ó banquillo de pino; una candileja clavada en la pared, alumbraba aquel espacio de una manera siniestra, y por último, algunas astillas de madera en el centro del pavimento roto, servian de calorífero.
Doña Elvira se conservaba sumamente hermosa; pero su hermosura habia tomado un aspecto terrible: conocíase que el disgusto contínuo, la ira reprimida, el deseo contrariado, el orgullo ofendido, habian ido fijando lentamente su marca en aquel semblante, hasta darle el aspecto del de un hermosísimo demonio; su sencillo y severo traje estaba en armonía con la terrible expresion de su semblante, y sin embargo, sonreia á su cuñado, y le sonreia con tal intencion, de una manera tal, que Aben-Jahuar estaba fascinado: porque en la mirada de doña Elvira hácia él habia amor, mas que amor, pasion: Aben-Jahuar se creia soñando.
--¿Sabes Elvira, la dijo, que apenas puedo creer á lo que mis oidos han escuchado, á lo que ven mis ojos? ¿Que tú me amas y que me amas hace mucho tiempo?
--Si, dijo doña Elvira, te amo, te amo porque lentamente tu amor y tus sacrificios me han obligado. ¿Y sabes por qué te he ocultado mi amor?
--Yo creia que era imposible que me amases, dijo con recelo Aben-Jahuar.
--¡Imposible! ¿y por qué?
--Porque... creia que amabas á otro.
--¿A Yaye? dijo con la mayor naturalidad doña Elvira.
--Si, á Yaye, contestó con acento reconcentrado Aben-Jahuar.
--¡Qué poco conoces el corazon de las mujeres!
--Sin embargo, has rechazado constantemente mis deseos.
--Porque no queria comprometerte... porque esperaba á concluir para siempre de una manera desembarazada.
--¿Concluir, qué?
--Concluir mi venganza.
--¿Contra Yaye?
--Contra Yaye.
--¿Venganza de amor?
--Venganza de odio.
--¡Tú has amado á Yaye!
--Yo no podia amar al asesino de mi marido.
--¡Ah!
--Yo no podia ni puedo amar al que es un obstáculo para el engrandecimiento de mi hijo.
--¿Consistirá tu odio en que Yaye se haya casado con Isabel?
--No, de ningun modo: ¡Isabel y Yaye! ¡digno consorcio! la mujer adúltera unida al asesino de su marido!
--Dame una prueba indudable de que me amas.
--¿Y qué prueba? dijo doña Elvira infiltrando una candente mirada en los ojos de Aben-Jahuar.
--Sé mi esposa.
--Juro serlo en el momento en que me vengue de Yaye.
--¿Y cómo piensas vengarte? preguntó Aben-Jahuar.
--No lo sé: hace mucho tiempo que Dios ó el diablo protegen á ese hombre: he gastado á manos llenas el oro para lograr que se apoderan de él, y no he podido conseguirlo.
--En otro tiempo le tuviste en tu poder.
--¡Enfermo! ¡hé ahi como me muestra su agradecimiento Yaye! casa á su hija con ese marqués de la Guardia, hace su compañero en el gobierno de los monfíes al hijo de su amante, y todo viene á asegurarme su intencion de que piensa robar á mi hijo la corona de Granada.
--Una sola palabra, Elvira.
--¿Cuál?
--¿No has sido tu tambien adúltera?
--¡Yo!
--¿No has sido amante de Yaye?
--¡Yo amante de ese miserable!
--Pronto me darás una prueba de si le amas ó le aborreces.
--¡Una prueba!
--Si, porque si es cierta tu sed de venganza muy pronto vas á ser vengada.
--¡Vengada! exclamó doña Elvira, y palideció y se extremeció.
--¡Paréceme que te espanta mi venganza, Elvira! dijo con acento terrible Aben-Jahuar.
--¡Porque tiemblo! tiemblo de impaciencia.
--Pues creo que esta noche quedarás vengada.
--¡Esta noche! ¿pero cómo?
--¿Qué te importa como sea, si esta noche ves ante tus plantas al emir?
--¡Pero explícame!...
--¡Oh! ¡oh! cualquiera diria Elvira que le amas y que temes por su vida.
--¡Su vida! exclamó doña Elvira no pudiendo contenerse en el fingimiento que se habia propuesto: ¿pues qué le vais á matar?
--Verdaderamente Elvira, dijo Aben-Jahuar con acento siniestro, ¿qué estás muy ansiosa de su sangre?
--¡Si! ¡pero!... ¡pero quién le va á matar! exclamó doña Elvira descubriendo cada vez mas su amor hácia Yaye.
--No ha faltado quien diga á tu hijo, quien se lo pruebe, que Yaye fue la causa de la prision y de la muerte de mi hermano.
--¿Y mi hijo lo ha creido?...
--Acaso en estos momentos, tu hijo se encamina al lugar donde sabe que debe encontrar al emir solo y desarmado.
--¡Para matarle!
--Cree que el emir ha sido la causa de la muerte de su padre.
--Pero eso no es verdad: Yaye no ha tenido culpa alguna...
--¿Pues no le acusabas poco hace tú misma?...
--¡Mentira! ¡mentira! y escucha hermano: yo te creo violento, zeloso, irritado, pero no miserable: escúchame por Dios hermano... porque es necesario evitar un horrible crímen.
--¿Es decir, que amas á Yaye?
--¡Oh! ¡Dios mio! ¡si! exclamó doña Elvira cubriéndose el rostro con las manos: le amo desesperadamente hace veintidos años.
--¿Y por qué me engañabas? dijo Aben-Jahuar, dominando su odio y dando á sus palabras un acento tristemente melancólico: ¿por qué me decias que querias vengarte de Yaye?
--¡Oh! ¡yo no sé! ¡yo no sé! ¡yo estoy loca! Yaye me ha despreciado: le he escrito arrojando en mis cartas todo mi corazon, y no ha contestado á mis cartas: he querido apoderarme de él, y no he podido: ¡al fin se ha casado!... ¡se ha casado con Isabel! yo queria vengarme... quiero vengarme... pero ya te lo he dicho: no sé como: porque yo no quiero matarle...
--Le matará tu hijo.
Doña Elvira al escuchar esta terrible profecía lanzó un grito de horror.
--¡Mi hijo! exclamó: ¡mi hijo! ¡un parricidio!
--¡Un parricidio! exclamó Aben-Jahuar levantándose: ¡un parricidio has dicho!
--Si, si: ¡porque... mi hijo es hijo de Yaye!
Destelló de los ojos de Aben-Jahuar una mirada salvaje indescribible.
--¡Oh! exclamó: ¡oh! pues entonces es necesario... necesario de todo punto evitar... yo no sabia... yo estaba engañado... y ese hombre... ese hombre extraño que nos ha procurado este asilo... ese hombre á quien yo esperaba...
--Pero yo quiero ir, volar junto á mi hijo: decirle: el hombre que quieres asesinar es tu padre... es necesario salir al momento de aquí... ¡Dios mio! ¡ Dios mio! ¿no oyes que es necesario que salgamos de aquí?...
--Pero yo no sé las salidas, dijo afectando desesperación Aben-Jahuar.
--¡Llévame, llévame á detener á mi hijo! exclamó doña Elvira arrojándose á sus piés: logre yo impedir ese horroroso crímen... y te amaré, Fernando, te amaré con toda mi alma... y seré tuya, y seré tu esclava. ¿No oyes que mi hijo es hijo de Yaye?
--Alzate, y silencio; suenan pasos; acaso sea ese hombre: si es él, aun tenemos tiempo... si, si, él es... pero enjuga tus lágrimas, tranquilízate... se acerca.
--¡Ya es hora! dijo acercándose á la puerta Laurenti.
* * * * *
Debemos trasladarnos á otro lugar, al lugar que hemos dicho que no conociamos, y donde encontraremos á Angiolina.
Todos los que hayan estado en Granada ó en las Alpujarras, habran tenido ocasion de ver que hay una clase de gente pobre, que vive en muy pobres habitaciones.
Son estas, cuevas naturales, á las que se ha puesto una puerta, abierto una chimenea, dilatado y blanqueado el interior. En Granada y en las Alpujarras, hay barrios enteros de estas viviendas, barrios cuyas calles son barrancos, y á los que sirve de terrado el repecho de la montaña, cubierta de higueras de Túnez y de pitas, entre las cuales se levanta el humo de las chimeneas.
Por lo general las gentes que viven en estos miserables albergues son gitanos.
En una de estas negras viviendas, entró Aben-Aboo, la misma noche en que tuvo lugar la escena anterior.
El jóven iba solo, vestido á la berberisca y armado con un arcabuz.
Dentro de la cueva estaba una vieja calentándose junto á un fuego medio extinguido, y asando castañas.
Cuando entró, el jóven se dirigió á la vieja.
--¿Ha pasado alguien? dijo Aben-Aboo.
--¡Nadie! dijo la vieja: hoy como todos los dias el barranco ha estado solitario; solo he visto á lo lejos por la loma de la fuente pasar un pastor de cabras.
--¿Y no se acercó?
--No.
--¿Qué hizo?
--¿Qué hizo? estar parado algun tiempo apoyado en su báculo.
--¿Y nada mas? ya te he dicho que observes bien cuanto hagan los que pasen cerca ó lejos de la cueva.
--¿Qué hizo? no me acuerdo de que haya hecho nada.
--¡Nada! exclamó con impaciencia Aben-Aboo.
--Nada hizo, solamente puso un lazo en un madroño.
--¡Ah! ¿un lazo para coger gorriones?
--Eso es.
--¿Y no volvió?
--No por cierto; aunque á poco de irse, cayó un gorrion en el lazo: yo esperé algún tiempo á ver si volvia, y como no volvia, atravesé el barranco, llegué al madroño, cogí el gorrión, me le traje, le asé y me le comi.
--¡Un lazo para coger gorriones! murmuró Aben-Aboo.
Y luego sacando de su bolsillo unas monedas de plata, dijo á la vieja:
--Vete.
--¡Que me vaya! ¿y á dónde?
--Ya no haces falta aquí.
--¿Y quién cuidará de esa señora?
--Te digo que no haces ya falta, tu cueva está cerca: vete con tus hijas.
--¿Y ya no me dareis mas dinero?
--¡Toma, toma, sanguijuela insaciable! dijo Aben-Aboo, dando á la vieja dos ducados mas.
--Todos los dias el hambre pide pan: antes cuando mi marido y mis hijos vivian, trabajaban y mi casa estaba alegre, porque siempre habia una olla al fuego y pan en la cesta; pero los cristianos mataron á mi marido y á mis hijos: mi casa ha quedado triste, y mis hijas buscan á los pastores y á los monfíes para que les den un pedazo de pan, porque tienen hambre.
--Yo mandaré que te den cuatro ducados todos los meses.
--¡Cuatro ducados! ¡Dios es grande y misericordioso, y os recompensará, señor!
--Bien, pero vete: necesito quedarme solo.
Aben-Aboo franqueó la puerta.
--¡Qué oscura y qué callada está la noche! dijo la vieja, asomando á la puerta la cabeza: pero á bien que dentro de dos horas saldrá la luna. Que Dios os guarde, hermoso señor.
Y la vieja se rebujó la cabeza en un andrajo, salió de la cueva, y pronto se perdió entre la oscuridad.
Aben-Aboo cerró entonces fuertemente la puerta.
--¡Un lazo para coger gorriones! repitió Aben-Aboo, tomando de un hueco de la cueva una linterna, y encendiéndola con una astilla del fuego: esa es la señal convenida: ¡esta noche! ¡esta noche al fin!
Aben-Aboo se estremeció, y permaneció inmóvil con la linterna en la mano.
--¡Esta noche...! ese hombre, ese castellano es terrible: me ha probado casi que el emir es el asesino de mi padre: me ha probado que mi madre es una infame; ella amaba al emir antes de casarse con mi padre: recien casado con ella, don Diego de Válor y mi tio Aben-Jahuar se llevaron consigo á mi padre, y la justicia le encontró despues muerto de hambre y herido en el mismo lugar donde tengo escondida á la sultana Amina: ¡Dios es justo y misericordioso! Pero aun no estoy satisfecho: ese Godinez ó ese demonio en quien parece confiar tanto doña Elvira, la madre de Aben-Humeya, no me ha presentado ninguna prueba concluyente: es cierto que me ha hecho reparar en muchas circunstancias que casi me convencen... pero me ha dicho que la prueba indudable la tiene la princesa, que por su rivalidad con Amina, se la procuró: la princesa está en mi poder... puedo tocar la verdad, y sin embargo esa verdad me estremece.
Aben-Aboo dió un paso hácia una oscura gruta de la cueva que conducia al interior, y se detuvo otra vez irresoluto.
--¿Seré yo acaso el instrumento de una venganza infame? se dijo: pero no: la princesa... la princesa me embriaga... parece amarme... ¿pero estaré yo ciego? sin embargo la princesa me domina, sabe que soy su esclavo... sabe cuánto la amo, que mi amor puede arrastrarme á una violencia, y sin embargo, se encuentra conmigo alegre, satisfecha, tranquila: solo me opone que mientras viva el marqués de la Guardia... indudablemente el amor que ha tenido al marqués se ha convertido en odio... y yo... yo la amo mas cada dia. Es necesario resolverse.
Y Aben-Aboo penetró en aquel antro.
Llegó á un ángulo, arrolló con el pié un monton de tascos de estopa, removió despues el suelo terrizo que la estopa habia dejado descubierto, y apareció una trampa de madera.
Levantó aquella trampa, bajó unas escaleras abiertas á pico, y se encontró en un pequeño espacio, donde habia una cama, una silla y una mesa con una lámpara encendida.
Salióle al encuentro una mujer vestida de negro.
Aquella mujer le abrazó y le besó en la frente.
Aben-Aboo se estremeció porque aquella mujer era Angiolina Visconti.
--¡Oh!; ¿cuándo sereis mi esposa? exclamó el jóven.
--Cuando sea viuda, contestó tranquilamente Angiolina.
--¡Viuda!
--Ya sabeis que yo no he pertenecido mas que á un hombre, que le he considerado mi esposo, y que mientras viva...
--El marqués ha muerto, dijo Aben-Aboo.
--¡Que ha muerto el marqués! dijo Angiolina con un acento reconcentrado, comprimiendo y dominando la angustia que se apoderó de su alma.
Aben-Aboo que la observaba profundamente, engañado por el violento esfuerzo con que Angiolina habia dominado su alma, dijo para sí:
--Indudablemente la princesa, no ama ya al marqués: si le amara se hubiera estremecido, se hubiera entregado á alguna demostracion de dolor al saber su muerte.
Angiolina leyó sin duda el pensamiento de Aben-Aboo en su mirada, porque dijo con interés, con conmocion, pero sin terror, sin sentimiento:
--¿Y dónde ha muerto el marqués?
--En Cádiar: la noche de Navidad; la compañía entera á cuyo frente se encontraba ha sido exterminada.
--¡Ah! ¿y le habeis matado vos?
--Afortunadamente no.
--¿Por qué decís afortunadamente?
--Porque no quisiera unirme á vos trayendo las manos manchadas con la sangre de ese nombre á quien habia considerado como vuestro esposo.
--¿De modo que, dijo Angiolina, anduve acertada en vestirme de negro para huir con vos de Cádiar?
--¿Llevais por él luto?
--¿No habeis dicho vos mismo que yo le consideraba mi esposo?
--¿Y esa muerte no os causa pesar?
--Ya lo veis, hablo de ello tranquilamente con vos como si se tratara de la de cualquier otro.
--Pero no os mostrais alegre.
--Yo no tengo mal corazon.
Era que Angiolina no tenia sobre sí misma dominio bastante para llevar su fingimiento hasta el punto de mostrarse alegre por la muerte del marqués, cuando estaba transida de dolor, anhelante, haciendo poderosos esfuerzos para que no saliesen á sus ojos las lágrimas, á sus labios los gritos desesperados.
--¿Será acaso que no creais que el marqués haya muerto? dijo el receloso jóven.
--Sí lo creo: porque según lo que ha pasado en las Alpujarras, el marqués que era muy noble y muy valiente ha debido morir.
--¡Ah! ¡le elogiais!
--El que haya sido conmigo un infame, el que yo me haya visto obligada primero á desear vengarme de él, después á despreciarle, no prueba que cuando se trataba del servicio del rey fuese cobarde ni villano: para probaros que os creo, voy á deciros una sola palabra: soy vuestra.
--¡Que sois mia! exclamó Aben-Aboo, levantándose de la silla.
--¡Si, si, dijo Angiolina conteniéndole con un movimiento: después de algunos dias...
--¡Ah! dijo Aben-Aboo. ¡Otro plazo!
--¿No despreciaríais algun dia á una mujer que os abriese sus brazos, caliente aun el cadáver de su esposo?
--¡Esa extraña manía de llamar vuestro esposo al marqués...!
--Yo le he considerado como tal. Sin embargo, podeis abreviar ese plazo.
--¿Cómo?
--Sabeis que soy enemiga del emir, porque de él vienen mis desgracias. Si él hubiera guardado mas á su hija, no me hubiera visto ultrajada por el marqués. Si mi esposo...
--¿De qué esposo hablais ahora...?
--Del príncipe Lorencini Maffei.
--¡Ah!
--Si, mi esposo no sé por qué malhirió al emir en Madrid, y huyó: desde entonces quedé abandonada, y me ví obligada á ampararme de Cisneros. Solo por una sucesion de tristes casualidades he podido venir á vuestras manos. Aborrezco al emir y á su hija, el odio que siento hácia ellos me abrasa el corazon. Si exterminais al emir y á la sultana Amina... el dia en que me digais: no existen, podéis pisar su sepultura, aquel dia... me arrojo en vuestros brazos.
Angiolina se estremeció horrorizada de sí misma: sabia que Aben-Aboo era hijo del emir, hermano de Amina, y sin embargo le pedia la sangre de su padre y de su hermana: y era que aunque comprimia su dolor, dolor causado por la noticia de la muerte del marqués, que Aben-Aboo la habia dado con la mayor seguridad, aunque sabia que el marqués no habia muerto, la enloquecia, la hacia sentir una horrible sed de exterminio, la arrastraba á todo.
Una fatalidad mas que se levantaba contra Yaye.
Porque Angiolina, que, como hemos dicho, solo era infame cuando se tocaba á su corazon, á sus zelos, á su desesperacion por el marqués, se habia reservado de dar á Aben-Aboo la prueba aparentemente terrible de que Yaye habia tenido parte en el asesinato de Miguel Lopez.
Si Aben-Aboo no se hubiera enamorado de Angiolina hasta el punto de inventar una mentira para procurarse su posesion, acaso Angiolina no se hubiera atrevido á afrontar el horroroso crímen de levantar el puñal de un hijo contra su padre.
Pero al escuchar la noticia de la muerte del marqués, noticia dada con tal maestría, que Angiolina creyó en ella, enloqueció y lo arrostró todo: en aquellos momentos, si hubiera podido, hubiera incendiado la creacion.
--¡Otra condicion mas! exclamó Aben-Aboo.
--Pero condicion que podeis satisfacer fácilmente.
--¡Matando al emir!
--¿Acaso no fue él la causa, y el cómplice de la muerte de vuestro padre?
--Me lo habeis repetido mil veces, pero no me habeis dado la prueba, dijo Aben-Aboo.
--¡La prueba! ¿queréis la prueba? exclamó Angiolina levantándose de donde estaba sentada, y sacando de debajo el cofre de sus alhajas que habia traido de Granada: os voy á dar la prueba, añadió abriendo con mano temblorosa el cofrecillo, y sacando de él unos papeles doblados que entregó á Aben-Aboo.
Aquellos papeles eran parte del testimonio que Laurenti habia traido de Granada: en él constaban las informaciones hechas acerca de la muerte de Miguel Lopez, la acusacion y la sentencia contra don Diego de Córdoba y de Válor, y las inculpaciones que este habia hecho, descargándose, contra el emir de los monfíes, puesto que monfíes habian sido los asesinos visibles de Miguel Lopez.
Si Aben-Aboo hubiera meditado un poco, hubiera aplazado hasta informarse mejor, la ejecucion de su venganza: hubiera podido saber por Aben-Jahuar que ninguna parte habian tenido Yaye ni su padre Yuzuf en aquella muerte; pero solo leyó esta terrible frase: los monfíes fueron los asesinos de Miguel Lopez, y el emir de los monfíes estaba enamorado de doña Isabel de Córdoba y de Válor.
Aben-Aboo, con los ojos desencajados se volvió á Angiolina despues de haber cogido aquellos papeles, que por desgracia para Aben-Aboo estaban autorizados en forma.
--Me habeis dicho que sereis mia, el dia en que podais pisar las sepulturas de Yaye y de Amina. Os aseguro que si cumplis vuestra promesa sereis mia mañana.
Y sin decir una palabra mas, salió desencajado, frenético.
Cuando se quedó sola Angiolina, lanzó un largo grito de angustia, se arrojó de costado sobre el lecho y rompió á llorar por el marqués.
Aben-Aboo entre tanto corria frenético á través de las breñas, en medio de las tinieblas de la noche.
CAPITULO XXXVII.
En que se cuentan sucesos horribles.
Aquella misma noche, el emir estaba sentado junto á una chimenea en su alquería de Cádiar.
Doña Isabel sentada frente á él, indolente, magnífica, pero preocupada, fijaba su vista distraida á través de los cristales de una ventana, en la luna que acababa de parecer sobre una montaña inmediata.
Yaye estaba tambien profundamente pensativo.
--Será necesario al fin romper por todo, dijo Yaye dirigiéndose á doña Isabel.
--¿Romper por todo? exclamó esta.
--Si, es necesario... necesario de todo punto, buscar á nuestro hijo: necesito hablarle... despues de hablarle, espero que todo se arreglará: es un sacrificio, un sacrificio enorme: ¿pero qué hacer?
--¿No hemos resuelto ya que nuestro hijo sepa la verdad de su nacimiento?
--Si, es cierto: pero yo lo dilataba; yo esperaba; el momento es llegado: despues de esto...
--Despues de esto, y para evitar nuevas y mayores desgracias, será necesario que hagas otra revelacion á otro hijo tuyo.
Yaye se puso pálido: hasta entonces doña Isabel ni una sola palabra le habia dicho que indicase que conocia el misterio del nacimiento de Aben-Humeya: las últimas palabras de doña Isabel, aunque tranquilas y afectuosas, le aterraron.
--¡De otro hijo mio! exclamó: ¿acaso sabes?... ¿acaso esa funesta mujer te ha revelado?....
--No; mi cuñada nada me ha dicho: ¿pero no sabia yo que hace veinte y dos años, doña Elvira te tuvo en su poder? ¿Acaso pudieron engañarse mis ojos? como no pudo engañarse mi corazon, no pudieron engañarse mis zelos; yo sabia que doña Elvira te amaba, que te amaba con toda su alma, con toda la vehemencia de un empeño contrariado. Mi hermano, despues de haber quedado tú en poder de doña Elvira por aquella sucesion terrible de fatalidades, solo volvió para estar un momento al lado de su esposa y ser preso por el Capitan general. Cuando nació Aben-Humeya, no pude dudar de que era tu hijo: lo que habia visto, el tiempo trascurrido desde la prision de mi hermano, hasta el nacimiento de Aben-Humeya, todo me confirmó en que era tu hijo. He guardado este terrible secreto de familia, pero en el estado á que han llegado las cosas, es necesario que Aben-Aboo y Aben-Humeya sepan que son hermanos: preciso de todo punto.
--¿Y crees que yo fui culpable, que yo acepté por mi voluntad los amores con doña Elvira? dijo Yaye cuya voz temblaba.
--¡Doña Elvira era muy hermosa! contestó tristemente doña Isabel.
--Doña Elvira abusó de mi situacion: cuando doña Elvira me perteneció, yo no vivia, propiamente dicho: estaba dominado por un marasmo profundo... y es mas Isabel, y puedes creerme como si leyeses en mi conciencia: en medio de aquella fascinacion fatal, yo creia poseerte cuando poseia á doña Elvira. ¡Oh! ¡cuán terrible, cuán funesta es mi historia!
--No hablemos mas de eso: ha sido lo que Dios, sin duda para probarte, ha permitido que sea. Pero en el punto en que nos encontramos, es necesario obrar, y obrar pronto: romper esa cadena funesta con que nos estrecha el destino y nos ahoga; remediar como se pueda el mal causado, y empezar otra nueva vida, una vida enteramente distinta. Me has prometido arrojar esa sangrienta corona; quiero mejor vivir en una choza, al lado del mar, alimentándome de la pesca, tranquila, descuidada, feliz, con el amor de mi familia, que los alcázares dorados, la servidumbre de los esclavos, las vestiduras regias, la grandeza del imperio, en medio de los remordimientos de horribles crímenes y bajo el peso de insoportables cuidados.
--¡Oh! ¡si quisiera Dios!
--¡Ojalá que Dios no esté irritado contra nosotros!
Y doña Isabel se puso de pié.
--¿A dónde vas? la dijo Yaye.
--Ha salido la luna, contestó doña Isabel.
--No te comprendo.
--Dentro de un momento me comprenderás.
--Pero...
--Silencio... déjame hacer.
--Te confieso que me espanta ese misterio.
--Ese misterio se esclarecerá pronto; pero no me detengas, dentro de un momento volveré.
Doña Isabel salió, y Yaye quedó entregado á una ansiedad indescribible, á una curiosidad punzante y gravísima.
Doña Isabel entre tanto habia ido á una retirada habitacion de la alquería, cuyas ventanas daban sobre un barranco.
Pero antes de decir lo que encontró doña Isabel en aquel aposento, debemos poner en antecedentes á nuestros lectores.
Algunos dias antes, doña Isabel habia recibido por medio de un gitano, mientras paseaba en el valle próximo á la alquería, una carta de su hijo concebida en estos términos:
«Necesito hablaros, madre mia: si quereis concederme esta merced, esperadme esta noche cuando salga la luna en una de las ventanas de vuestra casa que dan sobre el barranco. Yo llevaré una escala que vos podreis recoger con un cordon. Nada de esto digais á vuestro esposo.--Vuestro hijo que bien os quiere, Diego Lopez Aben-Aboo.»
Esta carta maravilló á doña Isabel, porque no podia comprenderla: ella creia que su hijo estaba al frente de los monfíes avanzado contra Granada.
Pero eran tan graves las circunstancias en que se encontraba Yaye, en que ella misma se encontraba, que guardó un profundo silencio acerca de la carta de su hijo, y aquella noche, en el momento que salió la luna, fué á la ventana indicada por Aben-Aboo, la abrió é hizo una ligera señal; la contestaron con otra señal desde abajo, y doña Isabel echó el cordon de que se habia provisto, sintió que abajo tiraban de él, tiró á su vez doña Isabel y trajo consigo una escala: la aseguró al alfeizar, se atirantó, y poco despues entró por la ventana un hombre.
Aquel hombre era Aben-Aboo.
--¿Qué significa esto, Diego? le dijo con ansiedad doña Isabel.
--¿Estamos solos, madre mia? dijo el jóven mirando con recelo á su alrededor.
--Si, solos estamos: el emir está en la montaña y no vendrá hasta la media noche.
--Tenemos entonces tiempo sobrado.
--Pero yo te creia lejos de aquí.
--¿No os ha dicho nada vuestro esposo, madre?
--¿Y qué habia de decirme?
--¿Nada os ha dicho de mí?
--No; solamente que te encontrabas mandando los monfíes hácia el puente de Tablate.
--¡Ah! ¿no os ha dicho que yo le hago traicion?
--No... no... ¿pero eso es verdad?
--No, madre, no, pero hay traidores que pretenden desunirnos á todo trance.
--Mi esposo está satisfecho de tí.
--Vuestro esposo sabe que me amais madre, y os engaña.
--¡Engañarme!
--Si: desde la noche del levantamiento de las Alpujarras ando huyendo, madre mia, y desde entonces el emir me anda buscando.
--Pero ¿por qué huyes?
--Porque sé que el emir me cree traidor, y me castigará. Vos sola, vos sola podreis, madre, hacer que el emir se contenga y consienta en escucharme. Si me escucha, yo me justificaré: os lo aseguro, porque soy inocente: pero quiero que me escuche aquí, aquí y á solas.
Doña Isabel, que amaba con delirio á su hijo, se afligió, lloró, y le prometió que el emir le escucharia y que el que se hubiera propuesto dividirlos y enemistarlos, seria castigado.
Doña Isabel y Aben-Aboo quedaron en verse tres noches despues.
Doña Isabel iba á cumplir su promesa.
Abrió una ventana, arrojó una piedrecilla al barranco, y se oyó abajo una palmada.
Doña Isabel echó un cordon, le retiró, trayendo una escala, la aseguró, y á poco apareció un hombre en la ventana y saltó dentro.
Era Aben-Aboo.
--¿Habeis hablado al emir, madre mia? la dijo con ansiedad.
--No; pero le he preparado; ahora le hablaré; él tambien desea hablarte: pero, qué pálido estás Diego, qué desencajado: ¿te ha sucedido alguna desgracia, hijo mío?
--Es que tengo miedo, madre.
--¡Miedo! ¿y de qué?
--¡Miedo del emir!
--¡Miedo de mi esposo! ¿crees tú que aunque fueses culpable, el emir podría castigarte?
--¡Oh! ¡madre mia! un demonio se ha puesto en medio de nosotros.
--¿Quién?
--Mi tio don Fernando el Zaguer.
--¡Oh! ¡siempre fue mi hermano traidor y miserable! pero nada temas, Diego, nada: ¿no sabes que el emir me ama con toda su alma? que te ama... á tí... porque... porque eres mi hijo?
--¡Madre, madre! ¡decís eso de una manera!
--El emir tiene que revelarte grandes secretos: secretos que tocan á tu madre, que te tocan á tí: por terrible que te parezca lo que te revele mi esposo... créelo, hijo mio, créelo: tu madre te dice que lo creas.
--¡Pero explicadme!
--No; no: seria para mi demasiado sacrificio: el emir te lo explicará.
--Una palabra: ¿ese secreto pertenece á vos?
--Si.
--¿Y por qué no me lo revelais?
--¿No te digo que seria para mí un horrible sacrificio?
--Me poneis en confusion, madre.
--Mi esposo te sacará de ella. Adios.
--¿Tardará mucho en venir, madre?
--Tardará un tanto, porque necesito prevenirle. Adios.
Y doña Isabel, conmovida y trémula escapó.
Aben-Aboo se quedó solo.
--Si, si, dijo: sin duda pretenden revelarme, que mi padre murió á manos de mi tio don Diego de Córdoba y de Válor: pero es ya tarde; ya sé á lo que debo atenerme: ¿se referirá esa revelacion á Amina? ¿Quién sube? pero es preciso no perder el tiempo; ¡ola! ¡eh! ¡primo! ¡subid, y subid pronto! dijo Aben-Aboo en voz breve asomándose á la ventana.
Poco despues otro hombre entró en la habitacion.
Era Aben-Humeya.
--¿Está el emir en la alquería?
--Si, contestó Aben-Aboo.
--¿Y has hablado á tu madre?
--Si.
--¿Y nada sospecha?
--Nada.
--¿De modo que podemos dar el golpe?
--Si, podremos vengar á nuestros padres.
--¡Oh! ¡y qué horribles misterios, primo!
--Pero le tenemos en nuestras manos. La justicia de Dios caerá sobre los infames: él muerto: mi madre... no la mataré, porque al fin me llevó en sus entrañas; pero castigaré en ella á la infame que se ha unido con el asesino de su esposo, con el padre de su hijo.
--Si, si; con el asesino de mi padre.
--Despues, tú, rey de Granada, yo, emir de los monfíes...
--Una palabra, primo: ¿sabes tú del paradero de Amina?
--Yo no: ¿la amas?...
--Te juro que si quise casarme con ella, solo fue por atraerme la amistad del emir.
--Y yo lo mismo.
--Muerto el emir...
--Amina nada importa...
--Si la encontramos...
--Si la encontramos la jugaremos á los dados.
--La jugaremos...
--Y quien la gane....
--La encerrará en su haren.
--Convenido.
--Me parece que suenan pasos.
--¡Oh! ¡si! debe ser el emir; escóndete y está pronto: cuando yo me abrace á él, hiérele tú por detrás.
--Esconderme ¿y dónde?
--Aquí, tras de este tapiz. Pronto; ocúltate.
Aben-Humeya se escondió.
En aquel momento se abrió la puerta y apareció Yaye.
Se detuvo á alguna distancia de Aben-Aboo y le miró profundamente: el jóven temblaba.
--Tu madre me ha dicho que deseabas hablarme, dijo el emir.
--Si, si señor, deseaba hablaros, porque me han calumniado, porque han suscitado vuestra cólera contra mí.
--Creo que aquí no hay calumnia, sino error, dijo conteniéndose Yaye. Pero necesito que me hables con verdad: ¿me has injuriado de una manera irreparable?
--No señor.
--¡Desdichado de tí si no has respetado á Amina!
--Señor, dijo Aben-Aboo, poniéndose letalmente pálido.
--Si, desdichado de tí... porque es necesario decírtelo de una vez... Amina es tu hermana.
--¡Que Amina as mi hermana! exclamó aturdido por aquel golpe imprevisto Aben-Aboo.
--Si, tu hermana, dijo profundamente conmovido Yaye, porque tú eres... porque tú eres mi hijo...
--¡Vuestro hijo! ¡que yo soy vuestro hijo! exclamó Aben-Aboo... pero esto no puede ser, no... mi padre se llamaba Miguel Lopez.
--Tu padre soy yo: tú naciste diez meses despues de la muerte de Miguel Lopez.
--¡La prueba! ¡la prueba! gritó Aben-Aboo.
--¿No te ha dicho tu madre que creas cuanto yo te digo?
--Pero mi madre es vuestra esposa, exclamó Aben-Aboo: mi madre tiene interés... en hacerme pasar por vuestro hijo...
--Aben-Aboo, gritó Yaye: ¿te atreverás á dudar de mí?
Mí padre murió asesinado y le asesinásteis vos.
--¿Yo?...
--Si, vos, emir de los monfíes... y por vengar á mi padre yo he venido á mataros...
--¡A matarme! exclamó Yaye, cuya frente se cubrió de sudor frío.
--Si, á mataros y os mato, exclamó Aben-Aboo, y por un movimiento rápido, que Yaye aturdido no pudo evitar, se abrazó á él.
Y en aquel momento Aben-Humeya, saltó como un tigre del lugar en donde estaba escondido, y antes de que Yaye pudiese desprenderse de Aben-Aboo, le clavó un puñal por tres veces en un costado, gritando:
--¡Muere, asesino de mi padre! ¡su hijo le venga en tí!
--¡Misericordia de Dios! exclamó cayendo Yaye: ¡asesinado, y asesinado por mis hijos!
Aquella exclamacion en la boca de un hombre herido de muerte, aterró á los dos jóvenes que se miraron pálidos de espanto.
--¡Ah! ¡que os perdone Dios! exclamó Yaye cayendo; ¡que os perdone Dios, porque no habeis sabido lo que habeis hecho!
--Pero... exclamó Aben-Aboo, inclinándose sobre el emir; ¿sostendreis aun á punto de muerte esta impostura?
--¡Que os perdone Dios! dijo con desesperacion Yaye.
--¿Será cierta esa horrible revelacion?...
--Corred, corred: buscad socorro; dijo el emir: yo quiero salvarme, no por mí, sino por vosotros: quiero salvarme para que no tengais el remordimiento de un parricidio.
En este momento un hombre apareció en la ventana y saltó á la estancia.
Aquel hombre era Laurenti.
--¿Es decir que todo se ha consumado? dijo viendo á Yaye por tierra sobre un lago de sangre: ¿es decir que los hijos han matado á su padre?...
--Laurenti, exclamó Yaye... tú...
--Si: yo el bandido que se venga.
--¿Has dicho que el emir es nuestro padre? exclamaron los jóvenes.
--Si, y os traigo la prueba. Lee tú esta carta de tu madre, Aben-Humeya; la escribió hace veinte y dos años; toma tú esotra, Ahen-Aboo; tambien hace veinte y dos años que la escribió tu madre doña Isabel.
--¡Ah! ¡las cartas! ¡las terribles cartas que me robaron! exclamó espirando Yaye, mientras los jóvenes devoraban las cartas en que sus madres habian anunciado su nacimiento á Yaye.
--Si, si, te las robé yo, dijo Laurenti, rompiendo los sellos de la Inquisicion: me he vengado y nada tengo ya que hacer aquí. Adios.
Y antes de que los dos jóvenes pudieran detenerle, se precipitó á la ventana y se deslizó por la escala.
--¡Oh! ¡no hay duda, no hay duda, exclamó con desesperacion Aben-Aboo, es mi padre! ¡Estoy maldito de Dios!
Y sin atreverse á mirar á Yaye huyó, ganando la ventana y la escala.
Aben-Humeya quedó inmóvil, aterrado, como herido por un rayo, despues de leer la carta de doña Elvira.
Luego tieso, ríjido, terrible, como impulsado por un poder superior, se acercó á Yaye, se inclinó sobre él y le miró.
Yaye estaba muerto.
--¡Mi padre! dijo con voz ronca: ¡mi padre! añadió, y se apretó las sienes con las dos manos, y luego con los cabellos erizados, vacilante, como un ebrio, se acercó á la ventana, ganó la escala y se deslizó por ella.
El cadáver de Yaye quedó sobre un lecho de sangre en la estancia, y á los piés de la mesa donde estaba la luz, las dos cartas que el horror habia dejado caer de las manos de Aben-Humeya y de Aben-Aboo.
CAPITULO XXXVIII.
En que empieza á desenlazarse nuestra historia, con la salida pera la eternidad de dos de sus principales personajes.
Entre tanto doña Isabel esperaba impaciente.
Suponia que debia ser larga la entrevista de Yaye y de Aben-Aboo y no se habia atrevido á escucharla.
Durante algun tiempo permaneció anonadada en un sillon junto á la chimenea. Luego, no pudiendo dominar su ansiedad se levantó, fué á su aposento, abrió una puerta, entró en un pequeño retrete, se arrodilló delante de un reclinatorio en que habia un cristo crucificado y se puso á rezar.
Para doña Isabel aquella era una situacion suprema.
Su pudor de madre iba á verse herido por la horrible revelacion que Yaye en aquellos momentos hacia sin duda á su hijo.
Un terror misterioso se habia apoderado de doña Isabel.
Se sentía mal, con el alma comprimida y no sabia darse razon de la causa.
Estaba bajo la influencia de esa intuicion inexplicable que nos anuncia una desgracia; intuicion ó augurio del cual no podemos darnos cuenta, sino cuando la desgracia ha acontecido.
Dominaba en torno suyo un silencio profundísimo y aquel silencio la asustaba.
Se distraia y solo rezaban sus labios.
Su corazon no estaba en Dios, sino en aquel apartado aposento donde se habian encerrado Yaye y Aben-Aboo.
Pasó asi algun tiempo, sin que nada turbase aquel denso silencio, aquella calma glacial.
De repente se oyeron fuertes ladridos de los perros de la alquería, luego ruido de voces, y al cabo pasos precipitados en la cámara de doña Isabel.
Esta se levantó del reclinatorio y corrió á su cámara.
En ella encontró á Harum-el-Geniz, en cuyo semblante se notaba algo extraordinario.
--¿Qué sucede? dijo doña Isabel.
--Debe amenazarnos una gran desgracia, señora, dijo el leal monfí.
--¡Una gran desgracia!
--Si, porque Aben-Jahuar el Zaguer, vuestro hermano y vuestra cuñada doña Elvira de Céspedes, acaban de llegar á la alquería y preguntan anhelantes por el emir, por vos, por vuestro hijo, por Aben-Humeya.
--Hacedles, hacedles entrar al momento, dijo doña Isabel.
Aben-Jahuar y doña Elvira fueron introducidos.
Doña Elvira se avalanzó pálida á doña Isabel.
Hacia veinte y dos años que aquellas dos mujeres no se veian: es mas, que se aborrecian.
Doña Isabel miró con una expresion de gran extrañeza á su cuñada.
--¿Qué quereis en mi casa, señora? la dijo.
--¡Qué quiero! salvar á Yaye, á quien vos habeis perdido, contestó doña Elvira.
--¿Qué decis? exclamó con un supremo desprecio doña Isabel.
--¿Dónde está Yaye? exclamó con afan doña Elvira.
--Si, ¿dónde está el emir? repitio Aben-Jahuar.
--¿Pero por qué me preguntais por él de ese modo?
--Urge aprovechar los momentos, hermana, dijo Aben-Jahuar, imponiendo silencio con un ademan á doña Elvira.
--Está aquí, en su casa, dijo cada vez mas admirada doña Isabel.
--¡Ah! ¡loado sea Dios! dijo Aben-Jahuar.
--Está hablando de negocios de familia con mi hijo, añadió doña Isabel.
--¿Que está encerrado con tu hijo, hermana? exclamó Aben-Jahuar, palideciendo de nuevo: ¿y hace mucho tiempo que han quedado solos?
--Cerca de una hora; pero no comprendo....
--¡Una hora! exclamó aterrada doña Elvira.
--Ha tenido tiempo bastante para asesinarle.
--¡Para asesinarle! exclamó doña Isabel: ¿qué decis?
--Tu hijo cree á tu esposo asesino de su padre.
Doña Isabel no escuchó mas: se precipitó hacia la habitacion donde habia dejado á Yaye y á su hijo, y Aben-Jahuar y doña Elvira la siguieron.
La puerta de aquella habitacion estaba cerrada por dentro, y no se escuchaba hablar á nadie en aquella habitacion.
--¡Harum! ¡Harum! gritó fuera de sí doña Isabel: echad esta puerta abajo, echadla.
Acudieron Harum y algunos monfíes y la puerta cayó por tierra.
Un grito de horror se exhaló de todas las bocas al ver el espectáculo que se presentó de repente á los ojos de todos.
Yaye estaba boca abajo sobre un lecho de sangre.
Todos quedaron inmóvibles, aterrados; doña Isabel con el semblante desencajado, con la mirada extraviada, dió algunos pasos hácia el cadáver, luego se detuvo, vaciló, lanzó uno de esos horribles gritos que solo lanzan las mujeres, y que solo expresan en toda su tremenda extension, el horror, el dolor, la desesperacion: extendió los brazos y cayó de boca sobre el cadáver, como un árbol á quien el hacha hiere por el pié.
Doña Elvira habia quedado muda, inmóvil, con la mirada terriblemente fija en aquel grupo horrible de la esposa desmayada, sobre el cadáver del esposo asesinado.
Aben-Jahuar, horrorizado de sí mismo, miraba tambien, como petrificado, aquel grupo, abrumado por el peso de su conciencia.
Harum blasfemaba, levantando el cadáver de su señor, llorando, rugiendo, amenazando á los cielos y á la tierra.
Los otros monfíes habian levantando á doña Isabel que parecia muerta, y la habian llevado á un divan.
De repente Harum, cierto ya, de que su señor no existia, le dejó de nuevo sobre la alfombra, y se volvió con la cólera reconcentrada del tigre á doña Elvira y á Aben-Jahuar.
--Vosotros habeis venido, dijo lanzando llamas por los ojos, vosotros habeis venido á esta casa anunciando una desgracia, preguntando por Aben-Aboo y por Aben-Humeya.
--¡Ellos! ¡ellos! ¡los malditos! ¡ellos han sido! gritó doña Elvira: ¡sus hijos! ¡el hijo mio y el hijo de esa mujer!
Y doña Elvira, con los ojos inflamados, pero sin verter una lágrima, adelantó hácia el cadáver:
--¡Yaye! exclamó: ¡tú has sacrificado todo cuanto has tenido á tu alrededor! tu aliento ha sido maldito para todo lo que ha tocado, y te has despedazado á tí propio, porque has caido bajo el puñal de tus hijos: ¡has vivido de la desgracia agena, y te has labrado tu propia desgracia! ¡Que te perdone Dios!
Y aquella mujer cayo de rodillas, levantó las manos al cielo, y luego se cubrió con ellas el rostro, y rompió á llorar.
--¡Idos! exclamó Harum-el-Geniz, dirigiéndose á Aben-Jahuar: ¡idos antes que mi razon se extravie y no pueda responder de mí mismo! ¡idos y llevaos á esa mujer!
--Una palabra, dijo Aben-Jahuar que apenas podia hablar: el emir tenia una hija.
--¿Sabeis vos lo que ha sido de la sultana Amina?
--La sultana Amina está en poder de Aben-Aboo.
--¿Pero dónde, dónde?
--En el mismo subterráneo donde murió de hambre Miguel Lopez.
--¡Es decir que vos, cuando tanto sabeis, sois cómplice en el robo de la sultana, y acaso en el asesinato del emir! dijo Harum, desnudando su puñal y adelantando demudado hácia Aben-Jahuar.
Una mano vigorosa detuvo el brazo de Harum.
Volvióse, y vió tras sí, pálido como un cadáver, á Calpuc, al rey del desierto mejicano.
--¡Idos! ¡idos! exclamó Calpuc con voz conmovida.
--Si, me voy, dijo con acento sentido Aben-Jahuar y pluguiera á Dios que nunca hubiera venido: pero recordad, Calpuc: Amina está en el subterráneo donde vos tuvísteis á Miguel Lopez.
Y arrojando una última é indescribible mirada á Yaye, y asiendo de la mano á su cuñada, salió.
Quedaron solos Calpuc, Harum y algunos monfíes junto al cadáver de Yaye y doña Isabel desmayada.
--Aquí hay una escala, dijo uno de los monfíes.
--Por aquí han huido los infames, gritó Harum.
--Y en el suelo hay dos cartas, dijo otro monfí.
Tomólas Calpuc, y las leyó extremeciéndose; despues las quemó á la luz de la lámpara.
Calpuc parecia sereno, pero en lo pálido de su semblante, y en lo concentrado de su mirada, revelaba todo lo intenso de su padecimiento interno.
--¡Todo! ¡todo cuanto he amado! exclamó mirando á Yaye.
Harum no podia creer aquello, no queria creerlo, y continuaba rugiendo y blasfemando.
--¡Juro al Dios Altísimo y Unico, desgraciado señor, no reposar hasta vengarte! ¡juro al Dios Altísimo y Unico, vengarte de tus asesinos! ¡no reposaré hasta verter la sangre de Aben-Aboo y de Aben-Humeya!
--Si, pero es necesario salvar á la esposa y á la hija de tu señor: la esposa está allí, entre la vida y la muerte... la hija... yo iré delante de vosotros á salvar á mi nieta.
* * * * *
Yaye fue puesto en un lecho por los monfíes que acompañaban á Harum, y doña Isabel conducida á su aposento y entregada al cuidado de sus doncellas.
Poco despues, armados y á gran paso, atravesaban la montaña cincuenta monfíes mandados por Harum y guiados por Calpuc.
* * * * *
Entre tanto Aben-Jahuar y doña Elvira marchaban por un estrecho camino.
Doña Elvira lloraba.
Aben-Jahuar iba profundamente pensativo.
Al llegar cerca de una venta, Aben-Jahuar se detuvo, y dijo á doña Elvira:
--No podemos permanecer en las Alpujarras; aquí todo es terrible para nosotros.
--¡Oh! ¡terrible, muy terrible! exclamó doña Elvira.
--Debemos pasar á Africa: la guerra, muerto Yaye, enemistados Aben-Humeya y Aben-Aboo, empeñados los monfíes en la venganza del emir, fracasará: ¿no podremos olvidar lejos de esta tierra tantos horrores?
--Haced de mí lo que os plazca, porque ya todo me importa poco, contestó doña Elvira.
Y se dirigió á la venta en la que entró con Aben-Jahuar.
* * * * *
Al mismo tiempo Laurenti se encaminaba acompañado de Cisneros á la cueva donde habia dejado Aben-Jahuar á Angiolina.
--¿Con que hemos concluido ya, señor Godinez? dijo el comediante.
--Si; si por cierto. Yo os daré tales papeles, que cuando os presenteis con ellos al arzobispo de Toledo, basten para que podais sin miedo volver á vuestro oficio, por toda España, y permanecer cuanto querais en la córte.
--¿Y esa mujer?
--¿La amais todavia?
--Os lo confieso.
--Pues renunciad á ella, porque soy mas fuerte que vos, y tambien la amo.
Llegaban en aquel punto á la cueva: en el barranco un hombre tenia dos caballos del diestro.
--Esperad aquí, dijo Laurenti.
Y entró en la cueva.
Al sentir sus pasos en la escalera, Angiolina, que habia esperado llena de ansiedad algunas horas hacia, se levantó anhelante creyendo que era Aben-Aboo.
--¿Me habeis vengado ya? exclamó.
--Si, dijo Laurenti: Aben-Aboo ha matado á su padre.
Angiolina dió un grito al reconocer á Laurenti.
--Y como nada tenemos que hacer aquí ya, dijo el bandido, nos volvemos á Roma, mi adorada Angiolina. El destino ha querido que no salgas de mis manos, hermosa; primero he sido para tí en los tiempos mas felices de mi vida, un hombre misterioso, que gozaba, sino tus amores, tu hermosura; despues tu salvador Bempo; luego á veces tu esposo el príncipe Lorenzini Maffei, á veces Bempo tu esclavo: después he sido Salvador Godinez, autor de comediantes, y al cabo vengo á ser Laurenti el bandido, Laurenti tu señor. Prepárate para acompañarme mientras escribo una carta para que ese pobre enamorado tuyo Andrés Cisneros pueda volver á la córte.
Laurenti sacó de su bolsillo un tintero de asta, le destornilló, sacó de una cartera papel, y escribió una carta al arzobispo de Toledo, recomendándole á Cisneros, que era merecedor de la gracia del rey, decia, contribuyendo á la muerte del emir de los monfíes, el enemigo mas respetable que tenia España en las Alpujarras.
Laurenti firmaba aquella carta con el nombre de Lope de Arias.
Mientras Laurenti escribia, Angiolina, considerándose perdida, habia meditado un atrevido proyecto: resuelta ya á lo que pensaba hacer, compuso su semblante, se dominó, y cuando Laurenti la mandó que le siguiese, se apoyó sonriendo de su brazo.
--Sin duda meditas alguna traicion, dijo el bandido, cuando tan tranquila te muestras.
--¡Una traicion! dijo Angiolina: te engañas Laurenti... ¿acaso no eres tu mi esposo? ¿acaso no me he vengado ya de ese aborrecido emir? ¿pues qué causa puede haber para que yo me entristezca?
--Asi cantan las sirenas, pensó para sus adentros Laurenti.
Y siguió hácia afuera llevando consigo á Angiolina.
Cuando llegaron al barranco, Laurenti dijo acercándose á Cisneros.
--Tomad la carta que os habia prometido para el arzobispo de Toledo, y una bolsa con que podais hacer el viaje. Montad á caballo y adios.
--¿Y no nos volveremos á ver?
--¿Quien sabe? contestó Laurenti.
--Adios, señora, adios, dijo Cisneros montando á caballo.
Angiolina no contestó, y Cisneros se alejó despechado.
Laurenti puso sobre un cogin, en el arzon delantero, á Angiolina, y montó á caballo; dió algunas monedas á quien habia tenido aquellos caballos, y siguió el barranco adelante.
Por algún tiempo caminaron en silencio.
La noche era nebulosa, fria, áspero el terreno y el caballo, aunque era fuerte y ágil, tropezaba con frecuencia.
--¿Nada tienes que decirme, Angiolina? dijo Laurenti.
--Nada, absolutamente nada, contestó Angiolina con la voz perfectamente sonora.
--¿No te aterra estar en mi poder?
--No.
--¿No temes que yo sea para tí un amante excesivamente despótico?
--No, Laurenti, no: si yo hubiera sabido que Bempo, el hombre que me ha acompañado durante diez años, eras tú, tú el primer hombre de mi amor...
--¡De tu amor...!
--Si tú hubieras observado otra conducta conmigo... sino me hubieras sentenciado á aquella oscuridad misteriosa, á aquella prision, á aquella violencia contínua...
--¡Me hubieras amado...!
--Yo te amaba y te aborrecia á un tiempo.
--No te comprendo.
--Miraba en tí á un tiempo el amante y el verdugo: hui del verdugo, pero he recordado siempre al amante.
--Para ultrajarle.
--No.
--Has sido querida del marqués de la Guardia.
--Me arrojó en sus brazos un empeño de mujer.
--Has sentido zelos de muerte contra la hija del emir.
--Siempre mi empeño y mi vanidad de mujer: pero me he vengado y estoy tranquila: he vuelto á tu poder, y no tiemblo, porque sé que me amas Laurenti, que enloqueces por mí, que por mí eres capaz de todo: porque sé que no seré tu esclava, sino tu señora.
--¡Ah!
--Si; mis miradas te embriagan, mis palabras te fascinan: mi amor te hace esclavo mio.
--Es verdad, dijo con voz ronca Laurenti: por tu amor he cometido mis mas repugnantes crímenes; mis crímenes mas horribles: esa hermana en poder de su hermano... ese padre asesinado por sus hijos...
Laurenti se estremeció: Angiolina se estremeció tambien.
A entrambos los habian llevado el amor y los zelos á crímenes monstruosos; en entrambos la conciencia se sublevaba contra sus hechos, implacable, severa: eran dos espíritus condenados.
Pero en entrambos quedaba arraigado el gérmen que los habia llevado á aquellos crímenes.
Laurenti amaba con toda su alma á Angiolina, y por un fenómeno singular, á aquel amor se unia un odio implacable, porque Laurenti se sentia aborrecido por ella.
Lo mismo acontecia á Angiolina; amaba, codiciaba al marqués, pero el marqués habia herido su corazon y su vanidad, abandonándola, despreciándola por Amina.
Angiolina creia muerto al marqués; le creia muerto por consecuencia de los manejos vengativos de Laurenti, y sentia contra él una insaciable sed de venganza.
--¡Oh! ¡yo te mataré! dijo en su pensamiento Angiolina, cuando conoció que Laurenti estaba, mas que nunca lo habia estado, enamorado de ella.
--Angiolina, dijo Laurenti, despues de algunos momentos de silencio: si tú me amases, aun podria ser feliz.
--¿Y por qué no he de amarte? ¿no has hecho por mi inmensos sacrificios? ¿no lo has sufrido todo? ¿no me has visto acompañada por el marqués, apoyada en su brazo, sonriéndole enamorada?
--¡Ah! exclamó Laurenti.
--Sin embargo, yo no amaba al marqués: estaba únicamente ofendida en mi orgullo, y creia amor lo que solo eran zelos de vanidad, empeño. Pero cuando he sabido que el marqués ha muerto, no he llorado...
--¿Quién te ha dicho que ha muerto el marqués? exclamó Laurenti, disimulando su extrañeza, porque sabia bien que el marqués vivia.
--¡Aben-Aboo! contestó Angiolina.
--¿Has sabido que el marqués ha muerto, y no has vertido todo tu corazon en lágrimas? ¡si tu hubieras muerto, yo no hubiera podido sobrevivirte!
--Eso debe probarte que no le amaba.
--¡Ah! yo te lo perdonaria todo Angiolina si pudiera creerte.
--¿Y qué pruebas puedo darte para que me creas?
Laurenti se estremeció de conmocion, estrechó convulsivamente la cintura de la jóven y la besó en el cuello.
Angiolina suspiró, se volvió, y rodeó sus brazos al cuello de Laurenti.
--¡Yo te amo! le dijo suspirando.
Y le besó en la boca.
--¡Oh! ¡tu amor! ¡tu amor Angiolina! exclamó el bandido ¿no me engañas?
--No; yo te amaré toda tu vida y aun despues de tu muerte.
--¡Oh! ¡amado por tí, mi vida será muy corta, porque la felicidad me matará!
--No, no te matará la felicidad, dijo Angiolina, apoderándose rápidamente de la daga de Laurenti, y estrechándole con fuerza contra su seno: te mato yo.
Laurenti dió un grito: habia sentido una punzada agudísima en su costado izquierdo, un cuerpo agudo que penetraba lentamente en su carne.
--Si, te mato yo; miserable asesino; raptor y deshonrador de mujeres; ladron infame.
Y Angiolina apretaba con fuerza la daga sobre el costado de Laurenti; y la estrecha daga penetraba con lentitud.
De repente Laurenti abrió los brazos, cayó sobre la grupa del caballo, y desde allí al suelo.
Angiolina saltó del caballo, y fué al sitio donde estaba Laurenti.
--¡Muerto! exclamó reconociéndole: ¡le he atravesado el corazon! ¡miserable, que has sido la causa de todas mis desgracias! ¡al fin me veo libre de tí! ¡líbre y sola! Ya me he vengado de tí, pero aun me queda que vengarme de otro hombre: don Juan ha muerto... es necesario que Aben-Aboo muera tambien: y le mataré; sí, le mataré, no sé cómo, pero el infierno le arrojará en mis manos.
Y temerosa de que Laurenti no estuviese bien muerto, con la crueldad del odio y del miedo, le atravesó las sienes con la daga, sirviéndose para hacer penetrar el arma, de una piedra á manera de martillo.
La daga quedó atravesada en el cráneo de Laurenti.
Angiolina registró los bolsillos del cadáver, se apoderó del dinero que llevaba y de sus pistoletes, y montando de nuevo á caballo, se alejó, exclamando con un gozo horrible.
--¡Oh! ¡de esta vez estoy segura de no volverte á encontrar!
Y resuelta á todo, llevando en la mano un pistolete amartillado, dejó al caballo en libertad de marchar por donde mejor quisiera.
Poco le importaba lo que pudíera acontecerla; si encontraba cristianos, les diria que era una cautiva escapada del poder de los monfíes, y si eran monfíes se declararia cautiva de Aben-Aboo.
El caballo caminaba á la ventura.
De repente, al atravesar una rambla, se escucharon pasos y voces de hombres, y se vieron relumbrando algunas antorchas.
Al sentir las pisadas del caballo, todos aquellos hombres avanzaron y rodearon á Angiolina.
--Es una dama, exclamaron con asombro.
--Sí, una dama que huye de sus enemigos, exclamó Angiolina.
--¡Ah! dijo un jóven que acababa de sobrevenir: vos sois la princesa Angiolina Visconti.
--Y vos sois don Fernando de Válor.
--Sí, yo soy Aben-Humeya.
--Pues me doy por dichosa, dijo Angiolina, porque he huido de mis verdugos, y os buscaba para que me amparáseis, señor.
--¡Ah! hermosa princesa, en mala hora venis á ampararos de mí: pero no importa: asid del diestro el caballo de esa dama, y adelante. No podemos detenernos un momento hasta que estemos en medio de mi ejército. Hasta entonces, perdonadme si para salvaros y para salvarme, no me detengo un punto. Adelante, adelante y aprisa: es necesario que antes del amanecer lleguemos al Laujar.
Aben-Humeya siguió á gran paso al frente de sus moriscos entre los cuales siguió marchando el caballo de Angiolina, ó mas bien del difunto Laurenti.
CAPITULO XXXIX.
De cómo se perdieron de nuevo Amina y el marqués.
Entre tanto Calpuc, Harum, y un cuerpo como de quinientos monfíes, marchaban á gran paso atravesando las Alpujarras en direccion á Orgiva.
Iba ademas con ellos otra persona muy conocida nuestra.
El marqués de la Guardia que habia sido sacado por Harum del alcázar subterráneo del emir.
El marqués caminaba entre Calpuc y Harum.
De tiempo en tiempo Calpuc exhalaba un profundo suspiro, al que contestaba una imprecacion del marqués y una blasfemia de Harum.
--¡Por los siete cielos, y por el infierno! exclamaba Harum: ¡muerto mi señor, y muerto villanamente á traicion! ¡muerto por esos dos miserables!
[imagen: ¡Muere, asesino de mi padre!]
El marqués juraba y votaba, y ofrecia su alma al diablo por matar á Aben-Aboo que le habia robado á su esposa y á su hija; pero el marqués no sabia, que Aben-Aboo y Aben-Humeya eran hijos del emir, y que por lo tanto Amina era hermana de ellos.
Calpuc guardaba tambien dentro de su alma aquel terrible secreto.
Los tres aguijaban sus caballos, hasta el punto de dejar atrás á los monfíes, que aunque iban á la carrera, no podian seguirlos.
De tiempo en tiempo Harum se volvia y gritaba á los monfíes:
--¿Os habeis convertido en bueyes cansados, de cabras sueltas que érais? ¿no sabeis que vamos en busca del asesino del emir, que vamos á libertar á la sultana?
Los monfíes lanzaban un alarido de furor y forzaban su carrera.
Pero por mucho que apresuraban su marcha, y aunque eran fuertes é incansables, no podian seguir á los caballos.
Estos les tomaron gran delantera.
A punto de amanecer, el caballo del marqués, mas fuerte, ó mejor llevado por su ginete, habia adelantado á los de Calpuc y Harum, y entraba en la rambla de los Gamos, en aquella rambla donde existia aun la encina muerta, de cuyas deshojadas ramas habia mandado colgar veinte y dos años antes Yuzuf, padre de Yaye, á los monfíes asesinos de Miguel Lopez.
Pasaba el marqués á la carrera junto á aquella viegísima encina, cuando de repente se oyó el galope de otro caballo, y apareció al fin, trayendo sobre su lomo un hombre y una mujer.
Este caballo, conduciendo aquel grupo, pasó como una exhalacion por delante del marqués cortando la carrera á su caballo.
A la luz de la mañana, el marqués creyó reconocer en aquella mujer á Amina, en aquel hombre á Aben-Aboo, y no pudo quedarle duda, porque reconocido por Amina, la oyó gritar:
--¡Sálvame! ¡sálvame de este infame!
El marqués revolvió violentamente su caballo, exponiéndole á dar de través, y destrozándole en esta vuelta violenta; y se puso en seguimiento de Aben-Aboo.
Pero fuese que el caballo de este fuese mas fuerte que el del marqués ó que estuviera mas descansado, á pesar de la desventaja de llevar sobre sí dos personas, siguió sosteniendo la ventaja que habia ganado, y sin que el marqués pudiera por mas que castigaba y excitaba á su caballo, hacerle disminuir aquella ventaja.
Hubo un momento en que Aben-Aboo revolvió su caballo con la intencion manifiesta de venir sobre el marqués y empeñar un combate.
Pero vió tras el marqués á otros dos ginetes á lo lejos, aunque no pudo reconocerlos, y allá, mas lejos aun, los monfíes que entraban á la carrera en la rambla, y se puso de nuevo en fuga.
--¡Flanquead! ¡flanquead y cortadle la huida! gritó Harum á los monfíes: ¡flanquead, mientras nosotros le seguimos por derecho!
Y los monfíes, al escuchar aquella voz de mando, se dividieron en dos bandas, y tomaron los atajos y los desfiladeros de la sierra.
El marqués continuaba clavando sus espuelas en los flancos de su caballo que lanzaba gemidos de dolor, y corria cubierto de espuma, pero sin alcanzar ventaja.
El caballo de Aben-Aboo no podia adelantar tampoco, por el aumento de su carga.
De repente el caballo del marqués, se paró jadeante: se extendió, tosió fatigosamente, arrojó un vómito de sangre y cayó muerto.
Don Juan lanzó una blasfemia, se desembarazó de los estribos, y siguió corriendo tras Aben-Aboo, pero desesperado.
De improviso lanzó un grito de alegría.
El caballo de Aben-Aboo habia caido rebentado tambien.
Calpuc y Harum continuaban montados, pero sus caballos se resistian á las espuelas y se negaban á correr.
Los monfíes empezaban á aparecer sobre los flancos de la montaña y se oian sus gritos de amenaza á Aben-Aboo.
Este se desembarazó tambien de los estribos, asió á Amina; cargó con ella y se embreñó.
Parecia inevitable la captura de Aben-Aboo, ó que á lo menos se veria obligado á abandonar su presa.
De tiempo en tiempo, Amina lanzaba un grito de socorro, y Harum, que habia logrado incorporarse al marqués, gritaba á los monfíes, algunos de los cuales preparaban sus arcabuces y sus ballestas:
--¡No tireis! ¡no tireis! ¿no veis que podeis herir á la sultana?
Aben-Aboo, como si le hubiera prestado fuerzas un poder sobrenatural, seguia corriendo.
Oyóse de improviso un grito de triunfo de Aben-Aboo.
Acababa de entrar en la jurisdiccion maldita, por decirlo asi, de la Princesa encantada; en aquel escondrijo que habia encontrado por casualidad Laurenti.
Ya hemos dicho que aquel lugar era terriblemente respetado por la credulidad supersticiosa de los monfíes: al llegar á cierto punto, Harum se detuvo aterrado, como si hubiera tratado de penetrar en el infierno, y los monfíes que flanqueaban la montaña, se detuvieron tambien y retrocedieron cuando reconocieron la hoya.
Solo el marqués, con la espada desnuda en una mano, y un pistolete amartillado en la otra, seguia tras Aben-Aboo y Amina, que se acercaban ya á la roca á la que se habia dado el nombre de Princesa encantada.
Aben-Aboo dió la vuelta á la roca y penetró por la grieta, recorrió los primeros senos, y al llegar á un paraje se detuvo, dejó en el suelo á Amina que se habia desmayado por la emocion y la fatiga, se inclinó sobre el suelo, levantó una piedra, y descubrió una mecha de yesca seca y perfectamente preparada.
Aben-Aboo cogió aquella mecha entre la cazoleta del pedreñal, y dió fuego: la mecha empezó á arder; Aben-Aboo cargó de nuevo con Amina y continuó descendiendo á la carrera, internándose rápidamente en el subterráneo.
El marqués de la Guardia, aunque muy retrasado, penetró tambien en la gruta espada en mano, siguiendo á Aben-Aboo.
Entre tanto los monfíes detenidos por su terror supersticioso en la frontera, por decirlo asi, de aquel terreno maldito, no daban un paso: el mismo Harum vacilaba, solo Calpuc atravesó á la carrera aquella demarcacion fatal.
Excitado al fin Harum por su lealtad á sus señores, la pasó tambien.
Pero ni un solo monfí adelantó.
Limitáronse á rodear aquella demarcacion.
Calpuc adelantaba, Harum le seguia.
De improviso una detonacion horrorosa hizo temblar la tierra; la roca que representaba la Princesa encantada, voló lanzando á gran altura enormes fragmentos, y solo quedó en el lugar que ocupaba un monton de escombros calcáreos.
Calpuc y Harum se detuvieron pálidos de espanto; y los monfíes lanzaron un alarido de terror.
Era imposible ya penetrar en el subterráneo: Aben-Aboo, Amina y el marqués de la Guardia, habian quedado sin duda sepultados.
Calpuc y Harum, pasado el primer momento de terror, corrieron al lugar de la catástrofe, y al contemplar aquel hacinamiento de rocas rotas, impidiéndoles el paso, separándolos de Amina y del marqués, cayeron de rodillas y oraron por ellos.
Pero de repente Harum se alzó.
En su semblante pálido se veia una expresion terrible de venganza, de una venganza ansiosa; sus ojos destellaban sombríos relámpagos de muerte.
Como él, Calpuc se habia alzado rígido y terrible.
--De seguro, dijo volviéndose á Harum, en esta terrible voladura, solo ha perecido el marqués de la Guardia. Aben-Aboo se ha dirigido aquí sin vacilar: debia conocer este escondrijo: debia tenerlo preparado á todo evento. Las voladuras se efectúan siempre para arriba: esto lo sé yo muy bien, como que he hecho volar muchas masas de pedernal, en el desierto mejicano para buscar el diamante: esa caverna debe tener una salida por la cual se habrá sin duda salvado ó se salvará con Amina Aben-Aboo... pero el pobre marqués...
--Acaso se haya salvado tambien, murmuró con acento ronco Harum; seguia ya de cerca á Aben-Aboo.
--Pero lo que nos queda que salvar es mi viznieta; sin duda ha sido abandonada por Aben-Aboo en el lugar donde ha tenido oculta á mi nieta. Corramos, Harum, corramos: salvemos al menos á la última de nuestra familia.
--Y á los que no podamos salvar, los vengaremos, exclamó Harum roncamente.
Y alejándose de la sima que habia abierto la explosion llegó con paso lento y tardo al lugar de donde no se habian atrevido á pasar los monfíes.
Calpuc le seguia.
Harum hizo sonar su corneta.
Poco despues los quinientos monfíes, con sus dos banderas, estaban agrupados á su alrededor:
--¡Valientes! gritó Harum: ya sabeis que el emir ha sido asesinado por Aben-Aboo y Aben-Humeya.
--¡Venganza! gritaron á una voz todos los monfíes como impulsados por un mismo pensamiento.
--¡Si, venganza, y venganza terrible! vosotros sois los valientes que componiais la guardia del emir, los que ibais tras su bandera: á vosotros toca vengarle y le vengareis. ¿Hay alguno entre vosotros que no quiera jurar enemistad á muerte á Aben-Aboo y Aben-Humeya?
Todos callaron.
--Mirad que vuestro silencio es un juramento de venganza contra esos dos infames: que el que no quiera ser de los nuestros hable, y quedará libre.
Continuó aquel elocuente silencio.
--¿Es decir que desde hoy todos somos hermanos? gritó Harum.
--Si.
--¿Que todos nos obligamos á ayudarnos, defendernos y avisarnos?
--Si.
--¿Que en cualquier tiempo y ocasion puedo contar con vosotros cuando os llame?
--Si.
--¡En el nombre de Dios Altísimo y Unico! ¡que ninguno de vosotros olvide lo que ha jurado, sino quiere ser tenido por infame y traidor!
--¡No! ¡no! gritaron en coro los monfíes.
--Pues bien: que ninguno de vosotros diga ni aun á su padre el nombre de los asesinos del emir.
--¡No! ¡no!
--Ahora, valientes, separémonos: yo haré de modo que todos, cualquiera que sea en el lugar donde nos encontremos, sepamos los unos de los otros: quedaos conmigo los de mi taifa: los demás á vuestros apostaderos.
Harum extendió el brazo en un ademan de imperio, y los monfíes se disolvieron, encaminándose á distintos puntos.
Solo quedaron con Harum cien hombres con una bandera.
--Ahora, dijo Calpuc, á mi antiguo subterráneo.
* * * * *
Al oscurecer de aquel mismo dia, Calpuc y Harum penetraron en el subterráneo.
Antes de llegar á la habitacion donde habia muerto Miguel Lopez, oyeron el llanto desesperado de una criatura.
Cuando llegaron á aquella habitacion, encontraron á la pequeña hija de Amina abandonada sobre el lecho.
Tomóla Calpuc en sus brazos, la besó en la frente, y exclamó llorando:
--¡Lo último, lo último acaso que me queda de todo cuanto he amado!
CONCLUSION.
LA VENGANZA DE LOS MONFIES.
CAPITULO XL.
En qué estado se encontraba la guerra de las Alpujarras algunos meses despues de los sucesos anteriores.
La guerra de las Alpujarras se hacia cada vez mas difícil y de resultado mas dudoso.
El marqués de Mondéjar no tenia medios para reprimir la insurreccion.
Le faltaban hombres y dinero.
Ademas, entre él y el presidente de la Chancillería, se cruzaban competencias de autoridad.
Las prudentes medidas que el marqués de Mondéjar tomaba para mantener en paz á los moriscos del Albaicin y de la Vega, eran inutilizadas por las severas é imprudentes represiones que el presidente don Pedro de Deza ejecutaba sobre los moriscos.
Los alguaciles y las guardas de la Chancillería, se permitian con ellos toda clase de excesos, y por la mas leve causa, con los mas absurdos pretextos, eran encarcelados.
La mayor parte huian á las Alpujarras.
La rebelion crecia.
Un dia y otro llegaban noticias terribles.
Ya era la de que en Guecija, los monfíes, despues de haber acorralado en la torre de su iglesia á una comunidad entera de frailes agustinos la habian matado, echándoles aceite hirviendo por un agujero abierto en el techo de la habitacion en que se encontraban; ya de que habian enchido ó rodeado de pólvora al cura de Mairena, y le habian puesto fuego, y de que habian enterrado hasta la cintura al vicario de la misma villa, y le habian asaeteado; enterrando á otros eclesiásticos hasta el cuello, y dejándolos morir de frio y de hambre; ya de que á otros cristianos habian mutilado los miembros y entregádolos á las mujeres para que con almaradas los acabasen de matar; ya que á este ó al otro corregidor, alguacil, corchete, ó miembro de justicia habian acañabereado, apedreado, desollado ó despeñado; ya que á los hijos del alcaide de la Poza llamado Arze, habian dado cruel muerte degollando al uno; azotando, crucificando, é hiriendo en el costado al otro, como en escarnio y reproduccion de la muerte de Jesucristo; ya que un convento entero de monjas habia sido entrado, y repartidas las monjas jóvenes entre ellos y hechas sus mancebas, y destinadas á la mas dura servidumbre las monjas viejas: ya, en fin, de horrores repugnantes, inconcebibles, de todo punto infames, practicados por los monfíes.
Los que escapaban, maltratados algunos y heridos, llevaban el terror á Granada, y las peticiones de represion y de venganza de los ciudadanos atemorizados, hacian mas precaria la situacion de los moriscos de la ciudad, y enconaban las diferencias entre el presidente don Pedro de Deza, y el capitan general, marqués de Mondéjar.
Este opinaba que nada debia hacerse contra los que en nada habian delinquido, y protegia abiertamente á los moriscos de la ciudad, porque decia:
--Si ellos tuviesen pensamiento de alzarse, y de faltar á la lealtad al rey, hubieran aprovechado la entrada de los monfíes en el Albaicin la noche de Navidad: manteniéndoles en su lealtad por medio de la blandura; se conseguirá que muchos de los moriscos de las Alpujarras que ven la guerra dudosa y la temen, se vengan á Granada á ponerse bajo el amparo del rey, cuando si á los de la ciudad se les trata con rigor, huiran á las Alpujarras y aumentaran desesperados la fuerza de la rebelion.
Pero en contra de las razones del marqués, el presidente decia.
--Los de la ciudad y los de las Alpujarras son unos mismos: si los de acá no se han levantado, es porque no han visto seguro el suceso, pero el dia en que por recibir ayuda de Berbería los rebeldes, ó por otra circunstancia, crean llegada la hora del triunfo, se sublevaran y nos encontraremos con los enemigos en casa. Deben, pues, ser considerados como enemigos ocultos y tratados con rigor.
No se sabia á cuál de estos dos opuestos pareceres conceder el acierto; pero el resultado era que el presidente conspiraba contra el marqués de Mondéjar; y que el marqués de Mondéjar andaba contrario y enemistado con el presidente; que la ciudad, dependiente de la Chancillería en gran manera, andaba rehacia en ayudar en lo que podia al marqués, y que los habitantes castellanos, acusaban públicamente de blandura y de parcialidad por los moriscos al capitan general, y pedian le sustituyese el marqués de los Velez don Luis Fajardo, adelantado de Murcia, en quien decian tener mas confianza.
Del mismo modo los caballeros y gentes que habian venido á ayudar en la empresa al marqués de Mondejar, estaban divididos, ayudando los unos al capitan general, poniéndose los otros de parte del presidente y del marqués de los Velez.
Aben-Humeya entre tanto habia acabado de levantar todas las Alpujarras; habia dado ocasion á que el fuego cundiese á la tierra de Almería, á la Axarquia de Málaga y á la serranía de Ronda; habia enviado embajadores al rey de Argel avisándole del buen punto en que se encontraba la guerra, y pidiéndole socorro, y habia enviado á Africa á Hernando el Habaquí á tomar turcos á sueldo, de los que andaban pirateando en el Mediterráneo.
Entre tanto las gentes del rey de España llevaban en las Alpujarras la peor parte; el capitan Avila habia sido vencido y encerrado en Adia; Castil de Ferro fue tomado por los monfíes; Orgiva habia sido entrada y ocupada; y el mismo Aben-Humeya, cargando con seis mil hombres sobre el puente de Tablate donde estaban las avanzadas de la gente del marqués de Mondejar, las hizo retroceder, venciéndolas y obligando al capitan Diego de Quesada que las mandaba á retirarse á Durcal.
Por esta victoria de Aben-Humeya, Granada estaba amenazada.
El marqués de Mondejar se vió obligado, pues, á salir contra el enemigo, dejando encomendado el gobierno de la ciudad á el presidente don Pedro de Deza, y llevando por todo ejército ochocientos infantes, doscientos caballos y algunos caballeros particulares.
Cuando llegaron encontraron cortado el puente.
Al otro lado estaba Aben-Humeya con un estandarte y tres mil y quinientos hombres entre monfíes y moriscos, armados parte con arcabuces y ballestas, parte con hondas y armas enhastadas.
Parecian dispuestos á defender á todo trance aquella puerta de las Alpujarras.
Aben-Humeya, ginete en un caballo negro, con corona en la cabeza y vestiduras reales, seguido de su estandarte, recorria sus apiñados escuadrones que ocupaban el repecho; alentaba á los unos, excitaba á los otros, ofrecia recompensas, se multiplicaba, acudia á todas partes, y obraba, en fin, como un valiente capitan.
El marqués de Mondejar por su parte, mandó á la infantería forzar el paso del puente; pero la infantería que acompañaba al marqués, reunida de improviso pocos dias antes, mal regida y poco disciplinada, fue rechazada por los monfíes, que repasaron el puente cargando en tropel y con recio alarido sobre las gentes del marqués.
Entonces Mondejar mandó cargar á la caballería, pero á la primera envestida empezaron á arremolinar algunas picas de su escuadron, y el marqués, resuelto á todo, se vió obligado á envestir en persona, seguido de su guardia, de sus escuderos y de los caballeros particulares que le acompañaban.
Aconteció que, como el paso era estrecho, entre dos cerros, y los monfíes se embarazaban unos á otros por el poco espacio, y presentaban un frente de ocho hombres, no pudieron resistir los primeros la acometida del marqués y de sus gentes, fueron arroyados y arrojados á los barrancos laterales los primeros en que se encarnizó la embestida, y revueltos los de detrás, y siendo muy estrecho el paso del puente, cayeron la mayor parte despeñados al fondo del tajo, se retiraron los demás, y alentada la gente del marqués, pasó á la carrera y á la deshilada por las tablas, apretando á los monfíes y haciéndoles retirarse á la montaña, donde no podian perseguirlos los caballos.
El marqués pasó adelante, puso alguna arcabucería en el castillo de Lanjaron, que encontró abandonado, y acampó en una cumbre delante de los enemigos.
Pero esta victoria, señalada é importantísima, porque quebraba el primer ímpetu de los monfíes, debida al arrojo y á la sangre fría de Mondejar, no fue bastante para darle autoridad como capitan y acallar las rencillas y las competencias del presidente de la Chancillería y la rivalidad del marqués de los Velez.
De nada le sirvió tampoco el haber libertado á Orgiva, el haber conseguido notables ventajas sobre el enemigo, obligándole á concentrarse, y todo esto con poca gente, sin ningun dinero, sin bastimentos ni provisiones.
Culpábasele por el presidente Deza de haber causado con sus contemporizaciones la rebelion de los moriscos; se desestimaban sus triunfos, se atribuian al acaso mas que á la pericia, todo esto en cartas al rey en que por el contrario se elogiaba al marqués de los Velez, que, requerido por el presidenta Deza, habia entrado con sus deudos, amigos y allegados en el reino de Almeria; se ponderaban su valor y su pericia: se referia enfáticamente cómo habia combatido una gruesa taifa de moros que atravesaban desvandados por Illar; cómo habia tomado á Flix, villa de moriscos y saqueádola y llevádola á sangre y fuego, y matando mas mujeres que hombres, y cómo por falta de vituallas, se habia visto obligado á recogerse á Casar de Canjayar, á quien por otro nombre llamaban y aun llaman hoy, barranco de la Hambre, en memoria de que en él se recogieron los moriscos cuando don Fernando el Católico fué sobre Andarax, en la primera rebelion de las Alpujarras, barranco en el cual murieron de hambre casi todos los moriscos que en él se refugiaron.
Felipe II recibia estas cartas; las leia detenidamente, conocia la parcialidad que en ellas se encerraba, y no proveia socorros ni para Mondejar ni para el marqués de los Velez, ni se decidia por el uno ni por el otro.
Política incomprensible, que dejaba crecer una rebelion respetable, que dilataba la guerra y empequeñecia la influencia del rey en las Alpujarras.
Sin embargo, puso algun temor á los moriscos la toma de Poqueira, Jubiles y Paterna, lugares que por su aspereza creian inexpugnables, tomas tanto mas dolorosas para ellos, cuanto por la reputacion de fuertes de aquellas villas, habia recogido en ellas todos sus caudales que fueron tomados por los cristianos.
Con estas ventajas creyó el marqués de Mondejar tener ya vencida y á punto de terminar la rebelion; pero esta, que parecia sosegada en el centro de las Alpujarras, saltó por otras partes á las Guajaras, que son tres lugares pequeños al Poniente de las Alpujarras, situados entre Almuñecar y el valle de Lecrin, en la rambla que va á parar al puerto de la Herradura.
Los monfíes ocuparon los dos peñones que se llaman las Guajaras, uno alto, de subida áspera y dificil, y otro mas bajo y accesible.
Fortificáronlos como pudieron, con piedra seca y mantas y enjalmas, á falta de tierra y ramas, y aumentado su número por tres mil moriscos de los lugares vecinos, esperaron al marqués, que dejando con sobrada impremeditacion á sus espaldas lugares sospechosos y mal reducidos como Ohañez y Válor, cargó sobre las Guajaras donde de nuevo aparecia la rebelion audaz y provocadora.
Desastrada pudo ser para los castellanos esta empresa por la imprevision del marqués de dejar á sus espaldas y á sus flancos lugares enemigos.
Acometidas las Guajaras, los monfíes y los moriscos se defendieron con el valor de la desesperacion; el ardor del capitan de infantería don Juan de Villaroel empeñó á una bandera de arcabuceros en el asalto imprudente del peñon mas difícil; cundió la imprudencia, y ya pasaban de ochocientos infantes los que subian por lo mas áspero del peñon, sin que el marqués de Mondéjar pudiese contenerlos; alentado el capitan Villaroel con aquel aumento de gente, creyendo tener asegurado para sí el honor de la jornada, desoyendo las órdenes del marqués, prosiguió en el asalto de una manera desvandada, dando ocasion á los monfíes de que le rechazasen con sus arcabuces y ballestas, y con una lluvia de piedras derrumbadas desde el alto del peñon.
De los moros, todos eran á arrojar: hombres, mujeres, viejos y niños.
Los cristianos fueron rotos, muertos de una manera desastrada la mayor parte de ellos; cargados por los moros que, al ver el desórden, saltaron del peñon abajo, y mataron entre otros muchos hidalgos al imprudente capitan Villaroel, que cayó desalentado con la espada en la cinta, acuchillado en la cabeza, y mutiladas las manos con que pretendia parar los golpes de los alfanjes y yataganes.
Murió allí tambien don Luís Ponce de Leon, que estando herido de muerte y por tierra, le despeñó un criado suyo por salvarle; y asimismo murieron el veedor de las compañías de Granada Juan de Ronquillo, y el único hijo del maestre de campo Hernando de Oruña, que cayó ensangrentado á los piés de su mismo padre.
El marqués, á la vista de aquel estrago y de los enemigos que embravecidos por el triunfo cargaban, prolongándose por la cumbre para tomarle las espaldas, guiados por los terribles walies Gironcillo y el Zamar, envió á don Alonso de Cárdenas con una manga de arcabucería á que contuviese su ímpetu.
Logróse, conteniéndose el impetu de los enemigos; llegó la noche, y el marqués con su gente recogida y en ordenanza permaneció acampado delante de los moros.
Al amanecer llegó al campo del marqués su retaguardia, compuesta de cinco mil quinientos hombres y cuatrocientos caballos.
Renovóse de nuevo el asalto del peñon por todas partes, y siendo el combate encarnizado todo el dia, con gran mortandad de los cristianos, que eran heridos por los moros desde sus reparos y asperezas á mansalva.
Visto por los monfíes y los moriscos que se encontraban cercados, que el campo del marqués habia vencido, que les faltaban municiones y víveres, y que al dia siguiente podrian resistir mal un nuevo asalto, rompieron durante la noche por el lugar que encontraron mas flacamente cercado, salvándose los monfíes con sus capitanes Gironcillo y el Zamar, y sacando las mujeres y niños que pudieron, pero quedando otro gran número de los naturales en las Guajaras defendiendo el peñon.
El marqués puso parte de su gente en demanda de los que huian, y el wali Zamar, embarazado por el peso de una hija doncella, á quien habia tomado en sus brazos, porque no podia seguir de cansada, fue herido en un muslo por un arcabucero preso, cautivada y deshonrada aquella hija por cuya salvacion se habia perdido, y enviado él mismo á Granada, donde le mandó atenacear el conde de Tendilla, hijo del marqués de Mondéjar.
Los horrores crecian.
Los desdichados que habian quedado cercados en el peñon, gente floja, mujeres, niños y viejos la mayor parte, fueron acometidos, tomada la cumbre del peñon despues de un ligero combate, y pasados todos los que allí se encontraron á cuchillo, sin distincion de persona, edad, ni sexo.
Cuando hoy se pasa por entre los peñones de las Guajaras, los naturales señalan algunas anchas ráfagas de tierra roja, y pretenden que aquella es la señal de la sangre vertida en aquella jornada.
Esta jornada fue de poco honor para Mondéjar; habia triunfado si, pero perdiendo la mitad de su gente, sin un gran resultado decisivo, puesto que aquella matanza de moriscos irritó mas que aterró á los insurreccionados.
Aquella victoria habia sido tan costosa, que se tenia por una derrota, é hizo pensar que si de esta suerte seguia triunfando con frecuencia el marqués, se necesitarian para la guerra de las Alpujarras los ejércitos de Jerjes y los tesoros de Creso.
Apretaban, pues, el presidente Deza y los vecinos mas calificados de Granada en que se encomendase la empresa de la pacificacion de las Alpujarras al marqués de los Velez, quitando este cargo al de Mondéjar.
Este último, por su parte, daba por concluida la guerra; pero para desmentirle se levantaban Ohañez y el marquesado del Zenete con nuevo empeño y temeridad increible; apenas castigados estos lugares, se alzaban otros, y los vencidos volvian á levantarse cuando el ejército cristiano, yendo de acá para allá, los desalojaba para ir á sujetar nuevas insurrecciones.
Perseguíase, buscábase á Aben-Aboo y Aben-Humeya, y no se les encontraba; pero los soldados no se volvian sin haber saqueado y cometido todo género de excesos en los lugares á donde habian ido á buscarlos.
Válor, Narila, Orgiva, sufrieron sucesivamente cuantas calamidades pueden llevar la guerra y el bandidaje á una poblacion; las mujeres y los niños eran cautivados y vendidos, y muertos los hombres y los viejos.
Veíase con frecuencia una larga caravana de moriscas descalzas, desgreñadas, aterradas, llevando sus hijos en los brazos unas, y otras de la mano, atravesando las montañas, escoltadas por algunos monfíes, en fuga de los cristianos que se habian acercado á su poblacion.
Acontecia muchas veces que estas pobres caravanas de fugitivos encontraban con un cuerpo de cristianos, que los acometian, se ensangrentaban en ellos, los cautivaban, y no perdonaban género de ferocidad.
Otras veces, por el contrario, los monfíes encontraban al revolver de un desfiladero una inmensa turba desvandada de soldados españoles, cargados con la presa de una poblacion que acababan de saquear, y llevando consigo mujeres cautivas; entonces los cristianos, embarazados por el botin, eran degollados, sin que los monfíes tomasen uno solo preso, y á veces sin que perdiesen los degolladores un solo hombre.
Era, en fin, una guerra de exterminio y de bandidaje, cuyo fin no se veia, y que amenazaba siempre con el peligro de que el turco tomase parte en ella, enviando á las Alpujarras un formidable ejército.
Por resultado de un terrible descalabro sufrido en Válor por las gentes del marqués, el rey mandó á este que recogiese su gente á los lugares fuertes y suspendiese todo género de hostilidades hasta recibir nuevas órdenes.
Algo mas adelante el rey conoció que se necesitaba mas capitan para aquella empresa, que el marqués de los Velez y el de Mondéjar, y encargó de ella á su hermano don Juan de Austria, á quien, á pesar de su mocedad, daba aliento y autorizaba la generosa sangre de su padre, el poder y respeto de su hermano, y bajo cuyas órdenes estarian mas obedientes los capitanes y mas sujetos los soldados.
Por otra parte, alentados los monfíes y los moriscos por las ventajas que recientemente habian alcanzado tras los pasados desastres, habian crecido en brios; Aben-Humeya mas ayudado por los suyos entró con mayor autoridad en el gobierno; imitó la manera de ordenar la gente y de combatir de los cristianos, dividió su ejército en tercios, compañías y escuadras; nombró para estos cuerpos, maestres de campo, coroneles, capitanes, alféreces y cabos; dió á cada compañía una bandera, y como estandarte suyo levantó un guion rojo con las armas de Granada.
Dividió las Alpujarras en partidos, y estos partidos en taas, poniendo en cada taa para su gobierno un alcaide que atendiese á la defensa y al mando de su demarcacion, y por último, para su decoro y seguridad personal, creó una guardia de cuatrocientos arcabuceros.
Tranquilos entre tanto y sosegados los moriscos de Granada, y los de la Vega, estaban muy lejos de temer la inmensa desgracia que se les preparaba con la venida de don Juan de Austria.
El primer augurio de estas desdichas, fue la matanza que hicieron algunas gentes de Granada, de moriscos que estaban presos en la cárcel de la Chancillería por mandado del presidente Deza.
Culpábaseles, con razon ó sin ella, de estar en tratos con los de las Alpujarras, para alzarse con la ciudad, y entregarla al saqueo, al incendio y al degüello.
Aumentó el temor y el odio de los cristianos el haber corrido la voz el dia 17 de marzo de 1569, de que en la ladera de la Sierra Nevada mas próxima á la ciudad, se habian visto de noche fuegos que parecian señales, y que de algunas ventanas y terrados del Albaicin habian contestado con otras lumbres.
El presidente habia tomado precauciones en consecuencia, y habia mandado á don Gerónimo de Padilla, capitan de la gente de guerra que aseguraba al Albaicin, y al cuadrillero Bartolomé de Santa María, que mandaba las rondas, estuviesen atentos y prevenidos, y al alcaide de la cárcel que tuviese gran cuidado con algunos moriscos principales que tenia presos.
El alcaide reunió á algunos parientes y amigos suyos armados para que custodiasen á los presos, y todo parecia estar prevenido, cuando una casualidad vino á producir una catástrofe.
Desde muy antiguo, la campana de la torre de la Vela del castillo de la Alhambra, al dar las once de la noche, toca treinta y tres campanadas; á este toque se llamaba en aquellos tiempos el cuarto de la modorra.
La noche del 18 de marzo, como el encargado de la campana tocase este cuarto mas tarde que de costumbre, y de una manera mas apresurada, creyóse en la ciudad que tocaba á rebato y se alborotó Granada.
Alborotáronse asimismo los presos de la cárcel, tanto cristianos como moros, y llegaron á tal punto que vinieron á las manos.
Los moriscos se valian para acometer y defenderse, de muebles, ladrillos y palos que sacaban de los calabozos, y los cristianos y la guardia, unos con los travesaños de los grillos, otros con sus espadas y arcabuces acometian á los moriscos.
El corregidor Juan Rodriguez de Villafuerte, que dormia en una sala del palacio de la Audiencia, oyó entre sueños el ruido del combate de la cárcel, se levantó y mandó á un soldado que fuera á ver qué era aquello.
El soldado volvió diciendo que los moriscos presos se habian rebelado, y que estaban peleando con la guardia y con los otros presos cristianos; que los unos decian «¡viva Mahoma!» y los otros, «¡viva la fe de Jesucristo!»
Avisado de lo que sucedia el presidente don Pedro de Deza, mandó que la compañía de infantería que estaba de guardia en la Plaza Nueva, cercase la cárcel, pero á este tiempo ya grandes turbas de gente de la ciudad, creyendo que se tocaba á arrebato, habian acudido armadas y entrado en la cárcel.
Los moriscos desesperados, habian juntado las esteras, los muebles, las camas, y les habian puesto fuego, y los cristianos á un tiempo apagaban el fuego y pasaban á cuchillo á los moriscos entre torbellinos de humo.
Diez horas duró esta escena de sangre, y fueron muertos á hierro y fuego ciento diez moriscos que estaban presos, y cinco cristianos, resultando ademas diez y siete heridos.
Muchas casas del Albaicin fueron saqueadas y robadas, y gran número de moriscos, aterrados, pasaron á las Alpujarras á aumentar la rebelion.
En estas circunstancias el 6 de abril de 1569 partió don Juan de Austria para Granada, desde Aranjuez, á donde habia ido á recibir instrucciones del rey.
Acompañábale su ayo don Luis Quijada, y el 12 del mismo mes llegó á la villa de Iznalloz, á cinco leguas de Granada, en la que entró al siguiente dia con gran solemnidad, como quien era hijo del famoso emperador don Carlos, y hermano del rey de España.
Acompañábale en la entrada el marqués de Mondejar que habia venido para esto solo de las Alpujarras.
Salióle á recibir el conde de Tendilla con doscientos ginetes, vestidos y armados á la morisca, y adelantó al lugar de Albolote.
Fuera de las puertas de la ciudad, le recibió el presidente Deza con cuatro oidores, y los alcaldes del crímen, y el corregidor con cuatro veinticuatros y sus tenientes y el arzobispo con cuatro dignidades del cabildo, y muchos caballeros particulares.
Todas estas gentes llegaron hasta el rio Beiro, próximo á la ciudad por la parte de la puerta Elvira, y allí encontraron á don Juan de Austria.
En el llano del rio estaba formada la infantería en número de diez mil hombres, que al pasar don Juan, hicieron salva con sus arcabuces.
Por industria del presidente Deza, y para predisponer al rigor la jóven alma de don Juan de Austria, se habia preparado una farsa.
Al llegar á la puerta de Elvira, le salieron al encuentro mas de cuatrocientas mujeres, desarrapadas, desmelenadas, enlutadas, dando alaridos, y arrojándose á los pies de su caballo.
--Justicia, señor, justicia, gritaban en coro.
--Nosotras somos las viudas y las huérfanas de los que han matado cruelmente los viles moriscos de las Alpujarras.
--Venganza contra los asesinos de nuestros padres, de nuestros esposos, de nuestros hijos, de nuestros parientes.
--Justicia, señor, y que no tengamos el dolor de ver á nuestros enemigos perdonados.
Y siguieron con sus alaridos, con sus lágrimas y con sus aclamaciones de venganza, hasta el punto de que don Juan de Austria se enterneció, las consoló y las prometió cumplida venganza, todo con gran consentimiento del presidente Deza, autor de aquella pantomima, y con no pequeño fruncimiento de cejas del marqués de Mondéjar, que veia claro á donde iba encaminado todo aquello.
Entrado don Juan en la ciudad, no tardó en presentársele una diputacion de los moriscos del Albaicin y de la Vega, compuesta de cuatro de los mas rícos y principales de ellos y un procurador general, el cual le espetó el siguiente discurso que tomamos á la letra del historiador Mármol:
«Grande es el contento que aquestas gentes tienen de ver á vuestra excelencia en esta ciudad para el remedio de tantos males como hay en ella, que cierto es, representan su destruicion. Temen que algunos habran desatado las lenguas y dado falsas nuevas de su fidelidad, diciendo ser autores del mal, ó favorecedores de los malos; mas confian en Dios, y en la bondad y clemencia de Su Magestad, que los que hubieren sido leales, seran favorecidos y bien tratados, como es justo sean rigorosamente castigados los que pareciere haber sido culpados en el levantamiento. Quéjanse que son molestados por los ministros de las cosas de justicia y de guerra con cohechos; que los soldados les roban sus haciendas y les deshonran sus casas; y que hasta agora los superiores no han puesto remedio en ello. Y suplican á vuestra excelencia lo mande remediar de manera, que desagraviados de lo pasado, proviniendo á lo porvenir, cese el alojamiento de las gentes de guerra en las casas, y tengan libertad de poder ir seguros á sus labores. Bien sabe que en esta ciudad cada uno da fuerza á la ruin opinion, ó la acrecienta de manera, que muchos temen lo que ellos mesmos inventaren; mas asegúralos la prudencia de vuestra excelencia, en cuya proteccion y amparo ponen sus vidas, honras y haciendas.»
A lo que don Juan de Austria, con sumo agrado, contestó con las palabras siguientes:
«El Rey, mi Señor, me mandó venir á este reyno, por la quietud y pacificacion de él; sed ciertos que todos los que hubiéredes sido leales al servicio de Dios, Nuestro Señor, y de Su Magestad, como decís, sereis mirados, favorecidos y honrados, y se os guardarán vuestras libertades y franquezas; pero tambien quiero que sepais, que juntamente con usar de equidad y clemencia, con los que lo merecieren, los que no hubieran sido tales, serán castigados con grandísimo rigor. Y en cuanto á los agravios que vuestro procurador general dice que habeis recibido, darme habeis vuestros memoriales, que yo lo mandaré ver y remediar luego, y quiéroos advertir, que lo que dixeredes sea con verdad, porque de otra manera habriades hecho daño á vosotros mesmos.»
Pero al salir los moriscos consolados con las nobles palabras de don Juan de Austria, estaban lejos de sospechar la tormenta que amenazaba á sus cabezas.
Pocos dias despues de la llegada de don Juan de Austria, llegó el duque de Sesa, y con su presencia empezó á tratarse del asunto de la pacificacion en consejo.
Componíase este consejo, bajo la presidencia de don Juan de Austria, del arzobispo, del duque de Sesa, del marqués de Mondéjar, de Luis Quijada, y del presidente Deza, al cual se añadió algunos dias el licenciado Bribiesca de Muñatones, del consejo y cámara de Felipe II, al cual habia enviado este exprofeso á Granada.
El marqués de Mondéjar fue de opinion, á la que se adhirieron el arzobispo y Luis Quijada, de que se remediase el daño poniendo guarniciones bastantes en los lugares de las Alpujarras, concentrando á los moriscos que querian la paz en la parte llana de las taas de Verja y Dalias, y tomar las sierras con la gente de guerra: que sino bastase esto, se le diesen al mismo marqués mil infantes y doscientos caballos, con los cuales, y con la gente que habia dejado en Orgiva, destruiria los sembrados y quemaria á los moriscos todos los bastimentos que tenian, reduciéndolos por hambre.
Pero el presidente Deza, enemigo declarado del marqués de Mondéjar, creyó insuficiente lo que aquel habia opinado, y dijo que lo que se debia hacer antes que todo, era quitar de Granada y de la Vega á los moriscos y deportarlos tierra adentro de España, para que no pudiesen ayudar á los moriscos rebelados con avisos, armas y gentes. Aconsejó ademas, que para aplacar á Dios, ofendido por tanto sacrilegio y tanto delito, se ejecutase un rigurosísimo castigo en los alzados empezando por las Albunuelas y siguiendo á las otras taas de las Alpujarras.
Pidió, en fin, como buen clérigo de aquellos tiempos, la deportacion, el hierro y el fuego para los moriscos, y declaró que solo de este modo podria llegarse á la pacificacion absoluta y duradera del reino.
El marqués de Mondéjar, apoyado por el arzobispo y el duque de Sesa, se opuso con energía á tan violentas y sanguinarias medidas, como quien sabia bien por haber sido muchos años capitan general de Granada, que no era de los moriscos toda la culpa del alzamiento, sino del rigor y de la injusticía con que hacia tantos años se les venia tratando.
Dijo: que no podia ni debia despoblarse un reino como el de Granada, de gente útil y rica, exponiéndose á perder el fruto las de ricas industrias que solo los moriscos conocian; que no era el rigor lo mas á propósito para reducir á gentes que excitadas por añejos y cada dia mas duros rigores, se habian levantado, y que solo servirian para despoblar y empobrecer el reino por una parte, y por otra para hacer mas encarnizada y duradera la guerra.
Durante esta controversia, sobrevino el licenciado Muñatones, con la autoridad de enviado especial del rey, y aunque al principio repugnó la deportacion, instigado al fin por Deza y por el licenciado Bohorques, gente de su mismo oficio, convino en ella y en extremar el rigor; tuvo esta opinion mayoría, se aprobó, y no le quedó al marqués otro recurso que representar al rey, y enviar con la representacion á la córte á su hijo el conde de Tendilla.
Esta lucha del consejo producia dilaciones, se perdia tiempo y de él se aprovechaba Aben-Humeya para rehacerse, para organizar á sus gentes, en una palabra.
Conoció el consejo lo que en tiempo se perdia, y se dió órden de seguir la guerra mientras llegaba la resolucion del rey acerca de las medidas que debian tomarse respecto á los moriscos.
Llamóse de nuevo gentes de las ciudades, se atendió á la provision de víveres y municiones, enviáronse banderas de infantería de guarnicion á las principales villas de las Alpujarras, y se recomendó á sus capitanes que tuviesen gran cuidado con la costa, porque se habian recibido noticias de la llegada de galeotas de Berbería con gente, armas y municiones para los moriscos.
En efecto, Aben-Humeya enviaba mensages y presentes á los alcaides y faquís que privaban con el Xerife y con el dey de Argel para que inclinasen y decidiesen á sus amos á socorrerle. De Tetuan habian venido á las Alpujarras algunos soldados y mercaderes con provisiones; el dey de Argel, Aluch-Alí, prometia venir en socorro de las Alpujarras en el momento que llegasen cuarenta galeras que Selim II le enviaba para aquella empresa; por último, el Xerife habia enviado á Aben-Humeya algunas fuerzas, y muchos turcos aventureros habian venido á ponerse bajo sus banderas.
Alentados los moriscos al ver que les acudian tantas gentes, no solo dieron por logrado el triunfo, sino que volvieron á las poblaciones, y se dedicaron á sus industrias y á las labranzas de sus campos.
Este aumento de fuerza de los rebelados, y la confianza de los moriscos eran demasiado amenazadores para que el receloso Felipe II no se decidiere por las medidas terribles.
Entre tanto seguia completándose el alzamiento de las Alpujarras, y empezaba el de los lugares del rio Almanzora.
Al fin llegó la resolucion de Felipe II acerca de la suerte de los moriscos.
La deportacion de los de Granada y del Albaicin habia sido decretada.
CAPITULO XLI.
De lo que aconteció á los moriscos de Granada la víspera de San Juan de 1559.
Al amanecer, los tambores y los pífanos de las compañías de infantería tocaron llamada á las gentes de guerra.
Las principales plazas de la ciudad se vieron llenas de soldados.
Luego se pregonó solemnemente un bando, por el cual se mandaba á todos los moriscos y mudejares que habitaban en la ciudad, en el Albaicin y en la Alcazaba, asi vecinos como forasteros, se reuniesen en sus respectivas iglesias parroquiales.
No pudiendo resistir obedecieron.
Pero aterrados, porque lo temian todo, porque no sabian qué iba á hacerse con ellos.
Cuando estuvieron reunidos en las iglesias, fueron encerrados en ellas.
Preguntaron aterrados qué suerte iba á ser la suya y el presidente Deza les ofreció cédulas de seguros de sus vidas, y lo que mas los tranquilizó fue la palabra que don Juan de Austria les empeñó en nombre del rey, de que los tomaba bajo el seguro y amparo real, que no se les haria daño, y de que se les sacaba de Granada para apartarlos del peligro en que se encontraban entre la gente de guerra.
Los desdichados hubieron de satisfacerse con esto: permanecieron aquella noche presos en las iglesias guardados por algunas compañías de infantería, y al dia siguiente escuadronada y apercibida la gente de guerra en el campo del Triunfo, que está situado entre la puerta de Elvira y el Hospital Real, campo que aun no llevaba aquel nombre, salieron los moriscos de las iglesias entre arcabuceros, yendo entre ellos para protegerlos con su autoridad, don Juan de Austria, el duque de Sesa, el marqués de Mondéjar, don Luis Quijada, ayo de don Juan, y el licenciado Briviesca de Muñatones, y fueron encerrados en el Hospital Real, donde Francisco Gutierrez de Cuellar, caballero del hábito de Santiago, y teniente de contador mayor, venido por órden del rey á Granada, y con él algunos otros contadores y escribanos, hizo lista de ellos con sus nombres, estado y profesiones, encontrándose despues de hecha la lista, pasar de diez mil los moriscos arrancados de sus hogares.
No se hizo esta prision en mano sin que aconteciese algo terrible.
A pesar de cuanto se procuró por don Juan de Austria y los del consejo, que nada siniestro aconteciese al tiempo de trasladar á los moríscos de las iglesias al hospital Real, sobrevino un hecho, que puso en peligro de ser muertos á manos de la soldadesca todos los moriscos.
Don Alonso de Orellana, uno de los capitanes de la infantería de Sevilla, queriendo señalar su compañía de las otras, ató en el asta de una lanza un crucifijo cubierto con un velo negro, y puso al soldado que le llevaba á la cabeza de la compañía: al sacar aquella compañía los moriscos de las iglesias, los infelices, al ver la cruz enlutada, creyeron que los llevaban á morir, y creyendo lo mismo las moriscas que iban llorando tras ellos, empezaron á dar alaridos y á mesarse los cabellos y á exclamar:
--¡Oh desventurados de vosotros, que os llevan como corderos al degolladero! ¡cuánto mejor os fuera morir en las casas donde nacísteis!
En estos momentos, un soldado dió un palo á un morisco jóven, que llevaba medio ladrillo debajo del brazo, y que, al sentir el golpe se lo tiró al soldado partiéndole una oreja; esto aconteció cerca de don Juan de Austria: arrojáronse los alabarderos de la Guardia sobre el morisco, y allí mismo le hicieron pedazos.
Revolviéronse los soldados y los moriscos, empezaron á correr voces entre los primeros de que el herido era don Juan de Austria, entre los segundos de que los iban á matar á todos, y fue necesaria la autoridad de don Juan de Austria, del presidente Deza y del marqués de Mondéjar, para que no aconteciese una gran desdicha.
Apaciguóse, pues, á los moriscos, se sosegó á los soldados, se apartó al muerto, se retiró al herido, y para que no se alborotase la ciudad y matasen á los moriscos que iban por las calles, don Juan de Austria mandó á don Francisco de Solís y á Luis de Mármol Carvajal, que mas adelante historió la rebelion de los moriscos de Granada, se pusiesen á las puertas de la ciudad y no dejasen entrar á nadie dentro.
Al fin los moriscos fueron encerrados en el Hospital Real, edificio gótico de fines del siglo XV ó principios del XVI, fundado por doña Isabel la Católica, para la curacion de toda clase de enfermedades y expecialmente para recoger locos.
Aquellos pobres moriscos, solo por el delito de serlo, y por haber inspirado temor, fueron deportados al interior de Castilla: todos fueron tratados cruelmente, y muchos de ellos muertos, vendidos otros por esclavos y repartidas entre la soldadesca las moriscas mas hermosas.
A pesar de esta deportacion, no quedó Granada enteramente limpia, como se decia entonces, de moriscos: habian quedado en la ciudad y en las alquerías de la Vega los niños menores de siete años, y los viejos mayores de cuarenta, como gente que no podian causar recelo; y á mas de esto, muchos oficiales de artes y oficios, que eran necesarios en la ciudad, y los mudejares, porque alegaron que no debian ser tratados de igual manera que los moriscos, porque decian descender de cristianos, que habian vivido como en vasallaje entre los moros, y que sus antepasados habian servido buena y fielmente á los príncipes cristianos contra los reyes moros.
Hecha esta limpia de seguridad, por decirlo asi, los ciudadanos de Granada se creyeron salvos; pero sin embargo, empezó á notarse la falta de los moriscos deportados; resintióse el comercio, se enflaqueció la industria, las casas y jardines de los moriscos tan bellos poco antes, empezaron á verse asolados, destruidos y tan mal parados, que parecia, segun el dicho de los contemporáneos, que habia caido una maldicion sobre Granada.
Los moriscos viejos, llorando sus desventuras, decian haberse cumplido un pronóstico hecho en otro tiempo á los de Granada: este pronóstico les habia anunciado que vendria un tiempo en que bajaria por la cuesta de Alacaba un arroyo de sangre morisca que cubriria una gran piedra puesta en la desembocadura de aquella cuesta al campo del Triunfo, en una esquina del convento de la Merced: y ciertamente que pudieron dar por cumplido el pronóstico, porque el dia de la deportacion bajaron por aquella cuesta tantos moriscos, que bien pudo considerárseles como sangre que cubrió la cuesta y la piedra.
Hubo otra circunstancia, sin duda casual, pero que podria tenerse por peor resultado de un fatalismo: la batalla de las Navas de Tolosa, fue la mas funesta de cuantas ganaron los cristianos á los moros: en las crónicas árabes, se encuentra aquel hecho señalado con el nombre de batalla de Hins al-Acab[28]: Hins al-Acab, se llamaba y se llama hoy en Granada, la cuesta por donde bajaron del Albaicin los moriscos para ser deportados.
Dado este terrible paso de precaucion, á costa de la libertad, de la vida y de las haciendas de diez mil infelices, se pensó en llevar adelante la guerra de las Alpujarras á todo rigor.
Aben-Humeya y Aben-Aboo, rey el uno, alcaide de los alcaides el otro, entre los moriscos, se robustecian y organizaban sus fuerzas: el marqués de Mondéjar no inspiraba gran confianza por su blandura, y don Luis Fajardo se averiguaba muy mal con los moriscos del Almanzora y del Marquesado. Aben-Humeya se habia apoderado de las fortalezas del rio Almanzora, y puesto por general de aquel distrito al Malek, tristemente célebre por sus desgracias, y que mas tarde debia morir desastradamente, con su amante Maleka en Galera, y ensoberbecido con los socorros que le habia enviado el dey de Argel, no dejaba reposar un punto á los cristianos, y aunque no alcanzase grandes ventajas, la confianza de los moriscos de la Alpujarra crecia hasta el punto de que labraban tranquilamente sus tierras y se entregaban al artefacto de la seda, como si fuesen las gentes mejor defendidas y seguras del mundo.
En vista de esto, y de que Aben-Humeya seguia levantando la tierra, y extendiendo la rebelion, temiéndose que esta cundiese á los reinos de Valencia y Murcia donde habia un considerable número de moriscos, el rey determinó que se hiciesen dos campos contra los rebeldes, uno bajo las órdenes de don Juan de Austria, y otro bajo las del marqués de los Velez.
En cuanto al marqués de Mondéjar, para evitar entorpecimientos y competencias, se le apartó de Granada con el pretexto de que fuese á la córte á informar en persona al rey acerca de los asuntos del reino de Granada, y de la manera que se habia de tener para sujetar á los moriscos, como quien habiendo sido tantos años capitan general de Granada, debia conocer bien á aquellas gentes.
Al saber que el marqués de Mondéjar era llamado á la córte, el licenciado Briviesca de Muñatones, como práctico que era en cosas de estado, dijo (era tuerto de un ojo): que me saquen el otro si el marqués torna de allá mientras dure la guerra.
En tal estado se encontraba la rebelion del reino de Granada á principios del mes de octubre de 1569.
CAPITULO XLII.
De cómo empezaba Harum á vengar al emir.
Era una de esas terribles noches de tormenta que tan frecuentes son en el otoño en las Alpujarras.
Llovia, relampagueaba, tronaba, zumbaba el viento entre las breñas.
Las calles de Andarax estaban completamente desiertas.
En Andarax estaba Aben-Humeya con trescientos escopeteros de su guardia, y mas descuidado de lo que debiera estarlo, acompañado siempre de dos mujeres y entretenido en zambras y diversiones.
Una de estas mujeres era Angiolina Visconti.
Irritábale esta con su hermosura, le enloquecia, le entretenia con promesas y entre tanto le vendia.
La otra mujer se llamaba María de Rojas, y era morisca.
Esta María de Rojas, prima de Diego Alguacil, uno de los moriscos mas influyentes en las Alpujarras y en Granada, era sobrina de aquel Miguel Rojas, padre de Isabel de Rojas, con quien ante la Iglesia Católica se habia casado Aben-Humeya.
Este, voluntarioso y tirano antes de haber asegurado á su cabeza la corona, habia repudiado á su mujer, dejándola abandonada en Granada, habia matado con extremada crueldad á los parientes de su esposa que se atrevieron á pedirle cuenta de aquel abandono, y enamorándose de María de Rojas, que era hermosísima, se la arrebató á Diego Alguacil de quien era amante, y se casó con ella á la usanza mora.
Aben-Humeya no comprendió que debia ser natural y precisamente su enemigo una mujer á cuyo padre y hermanos habia muerto, á quien habia arrebatado sus amores, y que aquella mujer debia pensar en vengarse; creyó que todo lo olvidaria una vez sultana de las Alpujarras, y la arrastró á su tálamo: mató su alma como habia matado á sus parientes, y se embriagó con sus amores fingidos, porque María de Rojas no habia olvidado nada, ni su padre extrangulado, ni sus hermanos degollados, ni á Diego Alguacil, de cuyos brazos casi habia sido arrancada.
Fuese que el remordimiento de haber matado á su padre, fuese que la confianza de su fortuna hubiesen embriagado á Aben-Humeya, nada temia, y lo que era peor aun, se rodeaba de enemigos y provocaba el peligro.
María de Rojas, al ver un dia en la casa de Aben-Humeya á Angiolina Visconti, apareciendo como un nuevo sol, al cual se volvian los inconstantes amores de Aben-Humeya, no tuvo zelos, porque no puede tenerlos quien no ama, pero alentó esperanzas: comprendió que Angiolina era tan desgraciada como ella, y que como ella ardia en sed de venganza contra Aben-Humeya: no tardaron en comprenderse las dos mujeres, y al comprenderse, hicieron de su venganza una causa comun, y se ayudaron mutuamente, y se encubrieron la una á la otra.
Cuando María de Rojas necesitaba algunos momentos de libertad, Angiolina entretenia á Aben-Humeya escuchando sus protestas de amor, alentándole, dándole esperanzas. Cuando Angiolina necesitaba disponer de algun tiempo, quien le entretenía, no ya con esperanzas, sino con fingidos zelos, era María de Rojas.
¿En qué invertian el tiempo que se procuraban la una á la otra estas dos mujeres?
Al lado de Aben-Humeya, sirviéndole con la mayor lealtad en las apariencias, acompañándole á todas partes, poniéndose delante de él en todos los peligros, habia tres personajes terribles: Aben-Aboo su hermano, que á pesar de serlo, ambicionaba su corona, y tendia asechanzas á su vida. Diego Alguacil, el primer amante de María de Rojas, que se fingia el súbdito mas sumiso y mas leal del mundo, y Harum-el-Geniz, el valiente caudillo de los monfíes despues de la muerte del infortunado Yaye, que afectaba ayudar á Aben-Humeya con todas sus fuerzas.
El insensato jóven nada sospechaba: ensoberbecido con algunas ventajas obtenidas sobre los castellanos, con la ayuda decidida del dey de Argel que le habia enviado algunos centenares de turcos, bajo las órdenes de los capitanes Alí, Huscen y Carcax, piratas levantinos, que solo al olor del oro y de la sangre habian dejado los puertos del sultan de Constantinopla Selim II, se creia ya decididamente sultan de Andalucia en el momento en que le acechaba de cerca la muerte.
Era, como dijimos al principio de este capítulo, una fria, nublada y tempestuosa noche de otoño.
Acababan de dar las doce en el reló de la villa.
A aquella hora, entraron en un casaron medio derruido en la parte baja del pueblo dos hombres.
El uno llevaba el ostentoso traje de walí de los walíes ó capitan general de los monfíes.
Era Harum-el-Geniz.
El otro llevaba un bello traje berberisco.
Era Aben-Aboo.
La estancia en que habian penetrado, estaba alumbrada únicamente por la fuerte luz de un monton de ramas de olivo que ardian en un ancho hogar.
Sentado junto al hogar habia un hombre como de treinta años, con traje morisco.
Este hombre era Diego Alguacil.
Al oir á los recien llegados se levantó.
--¡Cuánto habeis tardado! dijo.
--Los barrancos estan invadeables, respondió Harum-el-Geniz, y trayendo tanta gente nos ha sido preciso rodear mucho.
--¿Cuánta gente traeis?
--Dos mil monfíes.
--¡Ah! pues si traeis dos mil monfíes ¿á qué esperar? ¿acaso no teneis confianza en ellos?
--Si, si ciertamente. Pero es necesario justificar la muerte de Aben-Humeya para que el dey de Argel y el sultan no puedan acusarnos de ella, dijo Aben-Aboo.
--¿Y habeis encontrado un medio?
--Excelente.
--¿Y qué medio es ese?
--Que le maten los turcos que le ha enviado Aluch-Alí.
--¡Ah! pero los turcos aunque estan disgustados con él, no se atreveran á tanto.
Sonrió sesgadamente Aben-Aboo, y miró con una expresion de horrible inteligencia á Harum.
--Los turcos, dijo, mataran á Aben-Humeya, cuando sepan que Aben-Humeya quiere matarlos á ellos.
--Pero eso no es verdad, dijo Diego Alguacil.
--Poco importa que no lo sea con tal de que lo crean los turcos.
--Si, bien: yo aborrezco á Aben-Humeya, yo deseo su muerte: me ha herido en el corazon, me ha afrentado, dijo Diego Alguacil. Pero el deseo que tengo de esterminarle me hace desconfiar de que podamos herirle.
--¡Bah! dijo Aben-Aboo: tú serás quien cause la muerte de mi buen primo.
--¡Cómo!
--Toma, contestó Aben-Aboo dando una carta cerrada á Diego Alguacil.
--Esta carta, dijo el morisco mirando el sobrescrito, es para el alcaide de Mecina de Bombaron, y la letra parece de Aben-Humeya.
--Tan de Aben-Humeya es como mia, dijo sonriendo de una manera sesgada Aben-Aboo. Esa carta la ha escrito Diego de Arcos que, como sabes, ha sido secretario de Aben-Humeya. Y esta carta es tal, que yo te juro que nadie nos culpará de la muerte de Aben-Humeya.
--Quiera Dios que esta carta nos libre de ese malvado, dijo Diego Alguacil, devolviendo la carta á Aben-Aboo.
--Se necesita un hombre de confianza para llevar esa carta, dijo con acento breve Harum-el-Geniz.
--Diego Alguacil la llevará, repuso Aben-Aboo.
--¿Y para qué he de llevarla yo?
--¿No quieres vengarte de la afrenta que te ha hecho Aben-Humeya?
--¡Oh! ¡si! ¡vengarme! ¡vengarme de una manera terrible!
--Pues para eso es necesario que esta carta dé en manos de él.
--¡Recelaran!
--Concluyamos, Diego Alguacil: ¿podemos contar contigo, ó no? dijo Harum-el-Geniz.
--Quiero saber la parte que tomo en mi venganza, y para ello os estoy esperando.
--En esa carta llevas la muerte de Aben Humeya, de ese miserable traidor, repuso Harum-el-Geniz. Lo que necesitas hacer es muy sencillo: como los barrancos van crecidos, tendras que tomar la falda de la sierra: en la muela de las Aguilas estan los capitanes turcos esperando á Aben-Aboo; procura pasar por el sendero que cruza delante de la cueva, y cuando llegues á ella, como sorprendiéndote de encontrar allí gente, pides un guia para llegar á Mecina de Bombaron con la carta de Aben-Humeya á pretexto de haberte extraviado.
--¿Y nada mas?
--Nada mas.
--¿Es decir que en esta carta va la muerte de Aben-Humeya?
--Si. Ahora bien; dicen que Aben-Humeya está tan descuidado que todas las noches se anda en zambras y fiestas.
--Es verdad; ese maldito está abandonado de la mano de Dios.
--Dios abandona siempre á los traidores y á los desleales; pero estamos ya perdiendo tiempo. Vamos, Diego Alguacil; yo te acompañaré por el camino, y luego tomaré por los atajos para llegar antes que tú á la muela de las Aguilas y con distinta direccion, al pasar por la cueva donde me esperan los capitanes turcos.
Aben-Aboo se levantó y se puso en marcha: Harum-el-Geniz y Diego Alguacil le siguieron dejando la casa abandonada.
--¡Que Dios os dé buena ventura! dijo Harum-el-Geniz cuando estuvieron fuera de la casa volviéndose hácia la parte alta del pueblo.
--¡Cómo! ¿te quedas tú? dijo Diego Alguacil.
--Importa que yo me quede en Andarax, dijo Harum: y ademas ¿quién se ha de quedar al frente de los dos mil monfíes que cercan la villa para que no pueda escapar Aben-Humeya?
--Dices bien. Adios.
--Adios, dijo Aben-Aboo.
--Adios, contestó Harum-el-Geniz tomando para la parte alta del pueblo.
Aben-Aboo y Diego Alguacil salieron al campo mientras Harum se encaminaba á la plaza murmurando:
--¡Ah, mi noble y desgraciado señor! me he visto obligado á esperar mucho tiempo la venganza de tu sangre: pero al fin esos dos miserables van á hacerse pedazos. ¡Tus hijos! ¡no podian ser tus hijos, no: aquellas cartas mentían! ¡si hubieran sido tus hijos la sangre hubiera hablado á esos corazones de tigre! ¡y si eran tus hijos!... ¡oh Dios poderoso!... si eran tus hijos... el hijo que tiñe las manos en la sangre de su padre merece ser muerto por su hermano.
Y entrando á punto en la plaza Harum, se encaminó hacia la iglesia transformada entonces en mezquita, y torciendo por una estrecha calleja, llegó á un postigo oscuro de la tapia de un huerto.
CAPITULO XLIII.
De cómo la princesa Angiolina Visconti volvia á ser un instrumento manejado por Harum.
Harum se detuvo junto á aquel postigo y escuchó con la mayor atencion.
Nada se oia.
Una gran casa situada en el fondo del huerto y á la cual pertenecia, estaba envuelta en un silencio profundo y en una oscuridad lúgubre.
Solo en una ventana morisca se veia luz á través de su arco calado.
--¡Vela! dijo Harum: vela esperándome y Aben-Humeya no está en la casa: esa luz que brilla en el aposento de la italiana me lo dice. ¡Miserable mujer! su amor y su empeño por el marqués son acaso la causa de estas desgracias. Acaso sin ella mi desventurado señor, hubiera podido dar el golpe de muerte al rey don Felipe en su misma córte... pero aquella funesta herida... aquella imprevista prision en el Santo Oficio... ¡Vamos, es necesario no pensar mas en lo pasado porque es cosa de desesperarse! miremos adelante... á la venganza: ¡por el Dios Altísimo y Unico, que será cumplida y que te alcanzará en ella tu parte y una parte horrible, infame italiana!
Y tras estos pensamientos, buscó en el marco del postigo, halló el nudo de una cuerda, tiró, y el postigo se abrió.
Harum adelantó por el huerto como sobre un terreno conocido: atravesóle en pocos instantes, llegó á una galería, buscó en uno de les oscuros extremos una puerta, encontró unas escaleras, las subió, y al fin de ellas llamó con recato á una puerta.
Poco despues se oyeron apresurados pasos de mujer, la puerta se abrió y apareció una dama que por su traje parecia mora y mora riquísima, pero no lo era.
Era Angiolina.
--Entrad, entrad amigo mio, dijo á Harum-el-Geniz: os esperaba con ansia.
--¿Y María de Rojas? dijo con interés Harum.
--Antes de que veais á María necesito hablaros, dijo con ansiedad Angiolina.
--Hablemos, pues, pero invertamos en nuestra conversación el menos tiempo posible.
--Sentaos, dijo Angiolina, acercándo unos almohadones á su lado.
Harum se sentó.
¡Oh! ¡y por cuan horrible causa nos hemos conocido! dijo Angiolina, asiéndole una mano.
Harum miró fijamente á la veneciana.
--Horrible, si, muy horrible, señora: Dios no puede perdonar á los que han sido la causa de la desastrada y terrible muerte de mi señor.
--Os juro, Harum, os lo juro por la salvacion de mi alma, que no he tenido la menor parte en ella, que nada sabia, que si alguna noticia hubiera tenido, habria evitado ese horroroso asesinato.
Harum se contuvo de una manera admirable hasta el punto de que, á pesar de hervir la cólera en su corazon, su semblante permaneció impasible, y ni el mas ligero extremecimiento agitó la mano que Angiolina tenia en prenda de amistad entre las suyas.
--Todos hemos sido bien desgraciados: la sultana Amina ha perdido á su hijo y á su esposo.
--¡Ah! ¡infeliz! dijo Angiolina, dominando su alegría por la desgracia de Amina, como Harum habia devorado su odio.
--La misma sultana... ¿quién sabe lo que ha sido de la sultana?
--¿Qué no lo sabeis Harum? dijo insidiosamente Angiolina.
--No.
--Pues mirad, para eso os habia detenido, para preguntaros por ella.
--¿Y qué os importa ya la sultana Amina? ¿no ha muerto el hombre que os hacia enemigas?
--Creo que no, dijo con fijeza Angiolina.
--Desengañaos, señora; cuando yo os busqué la primera vez para que me ayudáseis en nuestra comun desgracia, os dije la verdad. El marqués pereció en la voladura de un subterráneo cuando perseguia á Aben-Aboo que se llevaba robada á su esposa.
--¿Y si yo os dijese que el marqués de la Guardia vive?
--¿Que vive el marqués de la Guardia? exclamó con la expresion de la mayor extrañeza Harum. Seria necesario creer en un milagro.
--Ese milagro le ha efectuado Dios, compadecido sin duda de mí, que por la muerte del marqués hubiera muerto de dolor.
--Pero eso es imposible: os aseguro, á fuer de buen creyente, que vi perecer al marqués de la Guardia.
--Os engañásteis: yo sé que vive. Y vamos claros, Harum: vos sabeis tambien como yo que vive.
--¡Yo!
--Si, es mas: vos me habeis traido el consuelo de la certeza de su existencia.
--¡Yo!
--¡Si, vos! ¿os acordais de un dia en que vinisteis á ver al rey, que os habia llamado?
Este rey que citaba Angiolina, era Aben-Humeya.
--Si, si, es verdad; hace seis meses.
--Cabalmente.
--Pues bien: con vos venia un moro encubierto.
--¡Ah! ¡el moravito[29] de Africa! exclamó con la mayor naturalidad Harum: ese hombre ha prometido llevar el rostro cubierto y no dormir bajo techado, hasta tanto que logre una venganza.
--¿Y quién mejor que el marqués pudiera haber hecho ese juramento?
--Insistís en vano, señora, os equivocais.
--¿Y si yo os diese una prueba?
--¿Cuál?
--Ese moro encubierto se quedó en el patio, entre vuestros monfíes.
--Es verdad.
--Yo le veia desde una celosía: sin saber por qué aquel moro me habia llamado la atencion: su estatura, su actitud, sus ojos negros, que se veian por cima de la toca con que llevaba cubierto el semblante...
--Pudisteis equivocaros, señora.
--Dudé un momento; pero mi corazon me decia que era él y quise salir de dudas: entonces le llamé en voz alta desde la celosía.
--¿Que le llamásteis?
--Si: le llamé por su nombre: ¡Don Juan! exclamé: y entonces el moro hizo un movimiento marcado: dió algunos pasos hácia delante y miró con interés al lugar donde habia reconocido mi voz.
--Esa es una prueba muy vaga.
--Es que tengo otras.
--¿Cuales?
--Una carta de Don Juan á su esposa.
--¡Ah! exclamó Harum.
--¿Sabeis acaso que don Juan recibió una carta en la que se le participaba que Amina estaba en una cueva en Mecina de Bombaron?
--Yo, señora... no recuerdo.
--Esperad: voy á ayudaros á recordar, dijo Angiolina sacando de su seno dos papeles doblados.
Desdobló el uno y leyó lo siguiente:
«Señor marqués de la Guardia: soy un cautivo cristiano, que para librarme de la muerte he renegado en la apariencia y estoy como soldado entre las gentes de Aben-Aboo. A fuerza de fingir y de disimular, he logrado la confianza de este moro, hasta el punto de que con mucha frecuencia me confió la guarda de una mujer que tiene presa en una cueva en el barranco de la fuente de la Zorra. Esta dama que es jóven y hermosa, se ha atrevido hoy á confiarse á mí, me ha contado su historia y me ha pedido que la ayude. Yo no he podido negarme á ello, porque esa dama es vuestra esposa doña Esperanza de Cárdenas, duquesa de la Jarilla. Escribidla para que se tranquilice acerca de vos, porque Aben-Aboo la afirma que habeis muerto: no sabiendo yo vuestro paradero, y habiéndome dicho doña Esperanza que el wazir Harum-el-Geniz os buscaria si no sabia vuestro paradero, dirijo esta carta al dicho Harum, y le suplico que os busque y os la entregue: doña Esperanza no escribe, porque me es imposible procurarla los medios; espera vuestra esposa una contestacion pronta: dádsela por Dios, porque si tarda creerá que habeis muerto: vuestro servidor que os besa las manos.--Juan de Carreño.»
--Vos debisteis recibir esta carta, Harum, añadió la italiana, y dársela al marqués, porque á los ocho dias recibí esta otra escrita del puño y letra de don Juan: llena de ternezas á su esposa, avisándola de que corria á salvarla...?
--¿Estais segura, señora, de que esta carta está escrita por el marqués...
--¿Quereis que no conozca su letra cuando aun tengo en mi poder las cartas de amor que me escribia hace dos años, cuando pretendia ser mi amante y yo le desdeñaba?
--De modo que...
--Si, Harum, si, os he tendido un lazo porque amo.
--¿Amais al marqués á pesar de haberse casado con otra?
--Cabalmente por eso le amo mas.
--¿Ignorais que despues de muerto el emir de los monfíes, yo soy el padre de la sultana Amina?
--Padre que no sabe donde está su hija.
--Lo sabré, puesto que está en poder de Aben-Aboo.
--Vos no sabreis nada, ni hareis nada si yo no quiero que lo hagais.
--¡Ah! os creis con poder...
--Puedo en vez de entregaros la persona de Aben-Humeya avisarle; Aben Humeya me ama como ama á una mujer todo aquel que no ha logrado de ella favor alguno...
--Todos os creen la amante favorecida del rey.
--Pues todos se engañan. Solo he sido de un hombre, y solo de él seré; porque prefiero la muerte á ser de otro; pero concluyamos que el tiempo se pasa. Habladme con verdad porque os voy á imponer condiciones.
--Veamos, dijo Harum.
--¿Qué gente habeis traido?
--Dos mil hombres.
--¿Cercan esos dos mil hombres la villa?
--Sí.
--¿Y creis que no puede escaparse Aben-Humeya? dijo con intencion Angiolina.
--Yo creo que sin vuestra ayuda y sin la de María de Rojas nos seria imposible apoderarnos de él.
--Si le avisamos; su huida es segura; ademas de que podria intentar la resistencia porque tiene la villa ochocientos escopeteros.
--Bien, bien, señora; vuestras condiciones.
--¿Viene con vuestra gente el marqués de la Guardia?
--Sí.
--Haced que yo le vea al momento.
--¡Que vos le veais! ¿y para qué?
--¿Sabeis acaso hasta qué punto llega mi amor? ¿sabeis si por acaso desesperada quiero obligarle á que me ame á costa de un nuevo sacrificio?
--¿Y sé yo si pretendeis hacer una traicion?
--Señaladme un lugar donde yo pueda verle á solas rodeada de vuestras gentes: es mas, entre vosotros vienen mujeres: me someto á ser registrada por una de esas mujeres para que os convenzais de que no llevo puñal ni nada que pueda dañar al marqués.
--Y bien, ¿si os concedo esa entrevista con el marqués, me entregareis á Aben-Humeya?
--Sí: yo y María os entregaremos á ese hombre.
--¿Dónde?
--Aquí mismo: en su casa.
--Pues bien, llamad á María de Rojas.
--Pero me jurais...
--Os juro que inmediatamente vereis al marqués.
--Os creo Harum, os creo, como creo que llegará un dia en que me hareis probar vuestra venganza. Pero vea yo por la última vez á don Juan, y todo me importa poco: ¿para qué quiero yo vivir? pero no hablemos de esto. Voy á llamar á María de Rojas.
Y Angiolina se levantó y desapareció tras una puerta.
--¡Oh! ¡esta mujer! ¡esta mujer! exclamó Harum: ¡su maldita pasion por el marqués, nos ha sido funesta, funestísima! ¡y sin embargo, al herirnos se ha herido ella misma: hay en sus ojos algo de insensato, algo que me causa compasion! compasion á pesar de mi odio hácia ella. ¡Dios mio! ¡Dios mio!
Harum compuso su semblante porque sintió los pasos de dos mujeres que se acercaban.
Levantóse el tapiz y apareció Angiolina seguida de otra mujer.
Aquella mujer era muy joven: de frente altiva, blanca y pálida; los cabellos, las cejas, las pestañas y los ojos negros, los labios rojos; el cuello y el talle largos, redondos, esbeltos; el andar indolente; la mirada lánguida, la boca anhelante, el seno conmovido.
Se detuvo delante de Harum y le dijo con el acento ardiente de la mujer que ama.
--¿Y Diego Alguacil?
--Ha ido en busca de quien atacará á Aben-Humeya.
--¿Con qué ha llegado la hora?
--Si; si vosotras me ayudais.
--Te ayudaremos, dijo María de Rojas: es necesario concluir de una vez; ese infame se ha convertido en lobo: me causa horror, y cuando me veo obligada á sonreirle se me parte el corazon: cuando le abro mis brazos creo morir. Y... ¿será esta noche?.
--Si, esta noche.
--Pero para ello es necesario que yo salga con Harum, y que detengas á Aben-Humeya para que no repare en mi falta.
--Aben-Humeya está en una zambra y vendrá tarde, dijo María de Rojas. Yo le entretendré si cuando vuelva no has vuelto tú. Ademas, escucha, Harum: ni tú ni tus gentes entreis á matarle sino cuando veais una luz detrás de la celosía que está sobre la puerta que da á la plaza. Ahora, idos, aprovechad el tiempo. Yo me quedo aquí esperando con impaciencia.
Angiolina se envolvió en un albornoz y salió con Harum, bajaron al huerto, le atravesaron y salieron por el postigo.
Llovía á mares y relampagueaba.
Muy pronto Harum y Angiolina salieron de la villa y se perdieron entre los barrancos.
CAPITULO XLIV.
De cómo los capitanes turcos sirvieron á Aben-Aboo ó creyeron servirse á sí mismos.
La muela del Aguila era una pequeña montaña en direccion á Andarax.
Por la parte media de su vertiente oriental corria un sendero que aunque áspero atajaba el camino desde Andarax á Mecina de Bombaron.
Este sendero pasaba junto á la entrada de una enorme gruta.
En esta gruta, la noche en que marcha nuestra accion, ardia una hoguera de ramas de olivo.
Sentados en piedras alrededor de la hoguera, habia tres hombres atezados, de mirada ávida, armados hasta los dientes, y revelando en su trage tanto á los turcos vasallos del sultan de Constantinopla, como al pirata berberisco de los mares de Levante.
Estos tres hombres parecían estar impacientes é irritados.
--Por Allah, decia uno de ellos: en esta tierra es durísima la fatiga: el combate es nada, comparado con los hielos y con este viento crudísimo que vuela de cumbre en cumbre.
--Aluch-Alí, nuestro señor, dijo otro de ellos dirigiéndose al que habia hablado, nos quiere mal cuando nos ha enviado á esta empresa, Carcax; en esta tierra maldita solo se siembran ingratitudes y se cogen traiciones; por el Dios Altísimo y Unico, que cuando me acuerdo de mi buena galeota, se me abre el corazon: prefiero verme sobre ella, dando caza viento en popa á los cruzados de Malta, que ser rey de esta tierra miserable.
--Miserable, porque son miserables los que en ella han levantado su bandera, Alí; por lo demás, Granada es el jardin del Profeta; pero con Aben-Humeya... hace algunos días que solo recibimos reveses: en Válor hemos sido destrozados: en Cádiar hemos huido de breña en breña delante de los cristianos, y si Aluch-Alí, nuestro señor, no nos saca de aquí perecemos en la lucha.
--¡Por Alah, Huscen! ¿qué dirian de nosotros en Argel si dejásemos abandonados á nuestros hermanos?
--No, no son estos mezquinos hermanos nuestros; nuestros hermanos no arremeterian al peligro para huir despues aterrados: Aben-Humeya es un insensato, que cuando ha menester de mas valor se entrega al desaliento ó á los placeres, ó lucha mal, poco y tarde. Aben-Aboo aunque es valiente, descontento ú ofendido, no hace lo que debia: y los moriscos desvandados, desnudos, miserables, ó perecen por la espada, ó al rigor del hambre.
--¡Aben-Aboo! exclamó Huscen; hace dos horas que le esperamos yertos de frio, y aun no ha venido: tal vez tenga miedo... ó prefiera tal vez dormir en Andarax á arrostrar para venir á buscarnos, los rigores de una noche tan fria.
--¿Quién se atreve á dudar de Aben-Aboo, y á llamarle indolente y cobarde? dijo una voz robusta á la entrada de la cueva.
[imagen: Don Juan de Austria.]
Volviéronse los capitanes turcos al sonido de aquella voz y vieron á un moro que adelantaba en la cueva.
Era Aben-Aboo.
Los turcos se levantaron.
--¡Ah! ¡es Aben-Aboo, el alcaide de los alcaides! dijo Alí.
--¡Por Allah! exclamó con desprecio Aben-Aboo mirando con una profunda fijeza á los turcos: ¿á quién parece tarde? ¿quién se atreve á blasonar de valiente amancillando mi honra?
--¡Aben-Aboo! exclamó el feroz Huscen.
--¡Yertos de frio, y murmurando como mujeres! ¡nunca lo hubiera creido de vosotros, capitanes!
--Perdona si te hemos ofendido Aben-Aboo, dijo Carcax; pero tenemos razones para quejarnos; desde que llegamos á las Alpujarras no hemos visto en torno de nosotros mas que traidores; si hemos empeñado alguna empresa hemos sido vencidos ó abandonados. ¿Quién nos ha traido del Africa á estas montañas para sufrir sonrojos y reveses? ¿quién humilla nuestro esfuerzo y nos obliga á ser testigos de tanto oprobio? ¿Y quieres que callemos como viles y cobardes, y no levantemos la voz contra tanta vergüenza?
--No, vive Dios, dijo Aben-Aboo: como vosotros estoy irritado, como vosotros veo que el insensato Aben-Humeya, ó es cobarde ó aprecia en poco su vida y su honra.
--¿Y quién le ha aclamado rey? dijo Carcax: vosotros, vosotros que creísteis que sacaría al reino del yugo del cristiano y estableceria el estandarte del Profeta sobre los muros de la Alhambra. ¿Y qué ha hecho ese miserable? entregarse al ócio, gastar su vida en fiestas y en zambras, empobrecer á los suyos para alentar sus vicios; y despues de algunos triunfos que no ha sabido aprovechar, al ver á don Juan de Austria en las Alpujarras, acobardarse y huir de breña en breña como la res acosada por los perros, cuando resuenan á sus espaldas las trompas castellanas.
--Y bien, exclamó con arranque Alí; ¡qué nos importa que Granada sea cristiana ó no! si esta guerra concluye mal, los moros solo verán un pedazo de menos en sus dominios: mas ¡ay si un dia Africa se arroja sobre Europa! ¡hay si clava en su vieja frente el estandarte del Profeta!
[imagen: Deportacion de los moriscos de Granada.]
--¡Escrito está! exclamó con acento solemne Aben-Aboo: pero vencidos en tanto los moriscos, habran visto desvanecerse su esperanza como humo que arrebata el viento. Volvereis si: pero os aterra el nombre de don Juan de Austria, y quereis abandonarnos. Pues bien: ¡idos! me causa rubor vuestra cobardía ¡idos! impacientes os esperan los vuestros á la orilla del mar en las galeras que han aprestado para la fuga.
--Si, nos iremos, gritó Alí, trémulo de cólera; mas no será sin herir antes la cabeza de ese miserable que descansa entre débiles mujeres. ¡Que tememos á don Juan de Austria! ¡que huimos aterrados ante el peligro! Pues bien, si valemos tan poco; si tú, Aben-Aboo, el mas bravo de los moriscos nos desprecias y nos rechazas, volveremos humillados al Africa, pero antes dejaremos en las riberas de la Alpujarra las señales sangrientas de nuestros piés.
--Aden-Aboo, dijo Huscen, con acento amigable: ni creo tus palabras ni me ofenden, porque son hijas del despecho con que ves las desdichas de tu patria. No tienes razon para acusarnos; hemos venido á ayudaros y os hemos ayudado, partiendo con vosotros el peligro, ensangrentando en los cristianos nuestras armas.
--¿Y porqué retroceder ahora? exclamó Aben-Aboo.
--Mientras Aben-Humeya esté en el trono, respondió Carcax; mientras haya una sola villa en las Alpujarras que le aclame rey, no entraran en la pelea mis gentes: haced vosotros lo que querais.
--Ni yo expondré otra vez mi estandarte á la vergüenza, dijo Alí.
--¿Y no es mas conveniente, dijo Huscen, hacer pedazos la frente de Aben-Humeya y dar la corona á quien valga mas que él; á un hombre como Aben-Aboo, valiente, leal, emprendedor, buen musulman y buen caballero?
--¡Yo! ¡yo rey! exclamó Aben-Aboo, disimulando su alegría. ¿Qué dices Huscen? ¿sobre mis débiles hombros quieres arrojar tan pesada carga? ¡No! ¡no! matad en buen hora á Aben-Humeya, y ocupe su trono otro que yo: uno de vosotros por ejemplo.
--Aluch-Alí nuestro señor, dijo Carcax, nos ha enviado á ayudaros, no á ser reyes... arreglad este asunto entre vosotros los moriscos... mas... alguien se acerca... ¿has traido á alguno contigo Aben-Aboo?
--He venido solo.
En aquel momento apareció en la entrada de la cueva un hombre.
Era Diego Alguacil.
Al ver á Aben-Aboo y á los turcos, adelantó y les dirigió confiadamente la palabra.
--Musulmanes, dijo: dadme ayuda; me he perdido en la montaña y necesito un guia para cumplir un encargo en servicio del rey.
--¿De qué rey hablas? dijo Aben-Aboo afectando no conocer á Diego Alguacil.
--¿De que rey he de hablar?, contestó el morisco, sino del alto el grande Muley Aben-Humeya, á quien Dios ensalze...
--Cuadra muy mal tu comisión con tu torpeza, moro, dijo con recelo Carcax.
--Tiene trazas de espía de los cristianos, dijo con acento de amenaza Huscen.
--Esta carta responderá por mí, dijo Diego Alguacil sacando del seno la que le habia dado en Andarax Aben-Aboo.
--De Aben-Humeya, sultan de Andalucía al alcaide de Mecina de Bombaron, dijo Carcax leyendo el sobre escrito de la carta que habia tomado de manos de Diego Alguacil.
Aben-Aboo, miró recatadamente á los turcos con una mirada enérgicamente significativa, con la que parecia decirles:
--Necesitamos apoderarnos de esa carta.
Y luego añadió volviéndose á Diego Alguacil como si no le conociera:
--Ven conmigo: llevo el mismo camino que tú y antes del alba habremos llegado á Mecina de Bombaron.
Alí adelantó receloso.
--Descuida, le dijo rápidamente Aben-Aboo: va conmigo, y yo ni vacilo ni dudo: y luego añadió alto: sígueme moro: hermanos mios, adios.
--Que Allah te guarde, contestaron los turcos.
Aben-Aboo y Diego Alguacil salieron de la cueva.
--Sigámosles, dijo Huscen, y castiguemos á Aben-Aboo si nos hace traicion.
--Deteneos, dijo Alí: el estrecho sendero por donde caminan está sobre el tajo.
--¿Y qué? dijo Huscen.
--¿Y qué? ¡Dios ayude al mensajero de Aben-Humeya!
Como para confirmar las palabras de Alí se escuchó en aquel momento uno de esos horribles gritos que exhala el que de repente siente la muerte sobre sí.
--¿Habeis oido? dijo Huscen.
--Si, un grito de horror, de agonía: sin duda ha caido el mensajero: ¡es la senda tan estrecha, y está tan resbaladiza con el hielo!...
En aquel momento Aben-Aboo apareció en la entrada de la cueva y adelantó hacia los turcos.
Parecia horrorizado: su mirada erraba sin objeto.
--Por fortuna llevaba yo la carta, dijo con voz opaca.
--Ha resbalado...
--Sí...
--Ha caido...
--Sí; un salto horrible: ha rebotado en las rocas, y ha caido al fin al torrente. Os juro que me ha causado horror.
--¿Y la carta? exclamó con afan Carcax.
--Aquí está, dijo Aben-Aboo, entregándola á Alí: llevadla, enviadla al alcaide de Mecina de Bombaron: yo me vuelvo á Andarax: esa desgracia me ha horrorizado.
--¿Que llevemos esta carta al alcaide de Mecina? dijo con asombro Alí.
--Sí; el rey lo manda, repuso Aben-Aboo: habeis venido á servirle y debeis obedecerle.
--¡Ah! no hace mucho que nos hablabas de otra manera, Aben-Aboo, dijo Carcax.
--La muerte enseña mucho y acabo de verla, contestó sentenciosamente Aben-Aboo, y salió de la cueva y se alejó.
Los turcos quedaron asombrados.
--O nos hace traicion ó está loco, dijo Alí.
--Lo que nos importa es saber lo que dice esa carta, repuso Carcax.
--Sí, veamos, porque recelo una traición, añadió Huscen.
Alí se inclinó sobre la hoguera, abrió la carta y la leyó.
He aquí el contenido de aquella carta:
«En el nombre de Dios Altísimo y misericordioso: el ensalzado, el favorecido de Dios, gobernador de los moros de España, Muley Aben-Humeya al valiente alcaide de Mecina de Bombaron, desea salud y prosperidades.--Sabrás alcaide, porque todo el mundo lo sabe, que los turcos que nos ha enviado el dey de Argel, mas que de provecho y de ayuda nos sirven de escándalo y perjuicio, haciendo insultos y deshonestidades, forzando mujeres, y robando las haciendas á los moros de la tierra. Hácenlo como corsarios y ladrones que son, gente aventurera y mala, agenos á todo respeto, sin temor á los hombres ni á Dios. Necesario es pues, evitar estos males, mas como son poderosos, te los enviaré á Mecina de Bombaron mañana: cuando llegaren, haz muestra de festejarlos: ordena una zambra, dáles de cenar y pon zumo de hagiz[30] en los manjares; cuando estén aletargados, mátalos, que después yo me disculparé con el dey de Argel, manifestándole las causas que he tenido para obrar asi.--Prospérete Dios y te dé ventura.»
Por bajo se leia en mal carácter africano la frase siguiente con que acostumbraba á firmar Aben-Humeya: Esto es verdad, como si dijera: esta carta es legítima.
El furor, la ira, la venganza, todas las malas pasiones, se pintaron en el semblante de los turcos apenas conocieron el contenido de la carta.
--¿Y dudaremos aun? exclamó el iracundo Carcax: ¿Dudaremos despues de lo que hemos leido?
--¡Dudar! exclamó Alí: ¡necesito toda la sangre de ese perro infiel!
--¡Mil vidas que tuviera! exclamó Huscen. Si vosotros esperais, yo no espero ni un momento. Yo voy á buscar á los mios...
--Y yo...
--Y yo... contestaron Alí y Carcax.
Y salieron de la cueva trémulos de corage, y en paso rápido se perdieron entre las quebraduras.
Apenas habian desaparecido los turcos cuando de entre un matorral salió una sombra informe, y se asomó al borde del abismo.
--¡Ah del muerto! exclamó.
--¿Quién va allá? contestó una voz desde abajo.
--Espérame, contestó el de arriba.
Y se deslizó por el borde de la cortadura.
Poco despues se detenia junto á otra sombra.
Eran Aben-Aboo y Diego Alguacil.
--Lo han creido, dijo Diego.
--¡Lo de tu muerte! ¿pues no han de haberla creido, si yo hubiera dudado? ¡oh! ¡qué grito tan lastimero!
--¿Y los turcos?
--Allá van hácia Andarax; vamos tambien nosotros: los turcos y los monfíes nos ayudan.
--¡Los monfíes! exclamó Diego Alguacil: Dios me perdone: pero desconfío de ellos.
--¡Desconfiar! ¿y por qué?
--Huyen demasiado.
--Los tercios que ha traido don Juan de Austria...
--Son valientes es verdad: pero los monfíes nunca han sido tan cobardes: parece que á la primera arremetida huyen de intento.
--¡Oh! ¡si eso fuera!
--Yo creo...
--¡Qué!
--Que la muerte del emir los ha irritado; que os atribuyen á vosotros esa muerte.
--¿Y quienes somos nosotros?
--Tú y Aben-Humeya.
Se estremeció todo Aben-Aboo.
--Te engañas, te engañas, Diego, contestó el jóven procurando dominar lo conmovido de su voz: los monfíes no tienen razon para sospechar... no pueden sospechar.
--Allá lo veremos, replicó Diego Alguacil: ó mas bien lo veran los que se queden.
--¿Y tú por qué no?
--Porque yo, en cuanto Aben-Humeya muera, que será esta noche, recobro á María, á la prenda de mi alma, que ese infame me ha robado, y me voy con ella á Africa. Te aconsejo que hagas lo mismo, Aben-Aboo.
--¿Que abandone yo la corona, cuando ya la siento sobre mi cabeza?
--Los monfíes te mataran como mataran á Aben-Humeya.
--¿Crees tú que no sea tan fácil matar á los monfíes como á los turcos?
--Dios es grande y vencedor, dijo Aben-Aboo.
--Pues bien haz lo que quieras: en cuanto á mí he tomado mi resolucion. Ahora vamos á Andarax.
--Vamos, contestó Aben-Aboo.
Poco despues los dos moriscos habian desaparecido entre las quebraduras.
CAPITULO XLV.
En que volvemos á encontrar al perdido marqués de la Guardia, y se sabe cómo escapó del subterráneo de la princesa encantada, y la escena que tuvo con su antigua amante.
Entre tanto, á pesar de la lluvia y del frio, y á través de breñas y despeñaderos, habia seguido Angiolina á Harum-el-Geniz.
El monfí se detuvo un momento, habló algunas palabras con otros monfíes, y él y Angiolina pasaron.
Anduvieron aun algun tiempo.
Al fin la italiana vió una luz entre la oscuridad.
--¿Está el marqués de la Guardia donde brilla aquella luz? dijo:
--Si; contestó secamente Harum.
Llegaron á poco á una especie de venta situada al lado de uno de los estrechos caminos de herradura que cruzan las Alpujarras.
Al llegar á la puerta, Harum previno á Angiolina que se cubriese con su velo, y asiéndola de la mano, la condujo á un pequeño aposento alto, á través de unas escaleras.
Al abrir su puerta, Harum desasió la mano de Angiolina.
--Dentro encontrareis al marqués de la Guardia, la dijo: fuera os espero.
Angiolina entró con el corazon comprimido.
Sentado en un lecho mezquino, verdadero tormento de la hospitalidad de una venta, habia un hombre meditabundo é inmóvil.
Al sentir el ruido de la puerta que se abria, el hombre que estaba sentado en el lecho levantó la cabeza, y miró á Angiolina.
Al verle la veneciana lanzó un grito de horror, palideció, sus ojos se llenaron de lágrimas y corrió á aquel hombre, le abrazó, y le miró con ansiedad.
--¡Oh! ¡Dios mio! exclamó: ¡me le vuelven muerto!
El marqués contestó con una triste sonrisa.
Estaba pálido, con la palidez impura de la enfermedad, de una enfermedad lenta: estaba demacrado, y sus ojos, sus antes hermosos ojos, casi hundidos en los alveólos: la barba larga, el aspecto macilento: la actitud como de hombre cansado, y de tiempo en tiempo desgarraba su pecho una tos seca, aguda, terrible.
La mirada de Angiolina se extravió.
--¿Quién sois, señora? dijo con voz ronca el marqués de la Guardia.
--¡Qué! ¿tan desdichada soy que ha llegado el caso de que no me reconozcas, don Juan? dijo la veneciana.
--Yo he escuchado vuestra voz, señora; la he escuchado no recuerdo cuándo ni dónde, dijo el marqués; pero recuerdo que ha sido en otros dias mas felices.
Y el marqués la miraba con esa expresion de deseo del que quiere reconocer á una persona.
--¿Pero que es esto? exclamó Angiolina: ¿qué te sucede don Juan? ¿habrás perdido acaso la razon?
--No, la razon no; pero la memoria, la vista, el oido... ¡oh! ¡oh! ha sido una cosa horrible.
--Pero... ¿qué horrible cosa ha sido esa? dímela, dímela, y yo te vengaré.
--¡Vengarme! ¿y por qué? Seria necesario que me vengárais en mí mismo: yo he sido la causa de todo: ella no tiene la culpa: me ama y ha tenido zelos.
--Y... ¿quién es esa mujer que te ama y está zelosa? exclamó con ansia la jóven.
--¡Ah! ¿y qué te importa?... ¿tú no conoces á la princesa Angiolina Visconti? una hermosa mujer que me sirvió para hacerme amar de otra.
--¡Ah! exclamó Angiolina.
Y su exclamacion fue semejante á un rugido.
--¿Y dices tú que esa mujer, que esa Angiolina, se ha vengado de tí?
--Si; se ha vengado de una manera horrible.
--¿Pero no me conoces? ¿no reconoces en mí á esa Angiolina que solo ha amado por tí, que solo ha vivido por tí, que solo por tí ha odiado, que solo por tí ha teñido sus manos en sangre, y ha llenado de remordimientos su conciencia?
--No, tú no eres Angiolina; si lo fueras mi odio me lo diria. ¡Oh! ¡funesta mujer!
Un nuevo acceso de tos cortó la palabra al marqués, y al retirar el pañuelo de su boca, Angiolina le vió manchado de sangre.
Hubo un momento de terrible silencio.
Don Juan contemplaba á Angiolina con una curiosidad cada vez mas creciente.
Angiolina contemplaba á don Juan con una ansiedad cada vez mas terrible.
--¿Pero quién te ha puesto en ese horrible estado? exclamó Angiolina.
--Ella, esa mujer, exclamó el marqués.
--¿Pero qué mujer es esa?
--¿No os he dicho que se llama la princesa Angiolina Visconti?
--No, no; ella no hubiera atentado á tu vida... ella hubiera muerto mil veces antes que tocar á uno solo de tus cabellos:... ella, porque tú vivieses seria capaz de buscar á tu adorada Amina, de entregártela, y de morir después.
--¡Amina! ¡Amina! esa infame mujer la ha perseguido; ella ha causado la desgracia de su padre; ella la ha entregado á Aben-Aboo; ella me ha asesinado.
--¡Oh! ¡no! exclamó con angustia Angiolina.
--Vos debéis conocer á esa mujer, cuando de tal modo la disculpais, dijo el marqués.
--¡Que si la conozco! Pluguiera á Dios que de tal modo me conocieses tú, exclamó llorando Angiolina.
--¡Llorais! ¡me compadeceis! teneis razon en llorar y en compadecerme señora, y puesto que conoceis á esa malvada, puesto que ella me ama con ese amor de Satanás. ¡Oid, oid, y contadla lo que vais á oir para que se estremezca y tema la justicia de Dios!
El marqués se sentó en el lecho, se reclinó sobre las almohadas é inclino la cabeza; Angiolina se arrodilló á sus pies, y continuó llorando en silencio.
--Oid: hubo un dia el mas feliz de mi vida, en que un sacerdote me unió á la única mujer que he amado. Yo juzgaba el mundo estrecho para mí; yo creí que Dios me habia anticipado su gloria dándomela sobre la tierra, representada por una mujer.
Tosió el marqués, y apareció en su pañuelo una nueva mancha de sangre.
Angiolina anonadada, ocultó su semblante sobre las rodillas del marqués.
Este continuó.
--Era de noche; caminábamos hácia la costa: de repente nos sorprendieron la tempestad y los hombres: mi esposa me fue robada, y yo arrebatado por la corriente, milagrosamente salvado, viví para buscar á mi Esperanza... y la encontré... pero robada por un infame.--Su caballo corria; veloz como el viento seguíale mi caballo... rendidos entrambos animales por la fatiga, el miserable que me robaba mi Esperanza, continuó su fuga á pié llevándola á ella sobre sus hombros.--Yo le seguia... le seguia... entróse en una caverna, y yo me entré tras él.--Sentí sus pisadas á través de un oscuro laberinto, y le seguí en las tinieblas.--De repente... no sé lo que aconteció.--Parecia que el mundo entero habia caido sobre mí, y luego no sentí nada... nada...--Despues de no sé cuanto tiempo volví á la vida, pero á una vida horrible: parecíame sentir despedazadas mis entrañas; ardia mi cabeza; mis miembros estaban como descoyuntados, y me rodeaban las mas lóbregas tinieblas.--Me creí en la region de los muertos.--Y sin embargo hice un esfuerzo, y logré arrastrarme sobre mis manos; impulsado por la desesperacion y por el terror, redoblé mis esfuerzos, y no sé en cuánto tiempo, pero largo, lento, débil, estenuado, sin cesar de arrastrarme, logré al fin volver á ver la luz del dia.--Estaba en una cueva.--Cuando me acerqué á su entrada, me ví en la parte media de la vertiente de una montaña al borde de una roca: abajo, mi vista debilitada, turbia, veia como á través de una niebla sangrienta un pequeño valle.--El vértigo zumbaba en mi cabeza.--De improviso, y como en medio de un sueño, oí un lejano ladrido que se acercaba, se acercaba, hasta resonar junto á mí.--Era un perro guardian del ganado que pastaba en el valle.--Junto al perro habia un pastor anciano.--Los buenos pastores me recogieron, cuidaron de mí, y ellos avisaron á mi amigo Harum.--¿Y sabeis lo que me dijo Harum cuando estuve en estado de escucharle?--Seguiais de cerca á Aben-Aboo, cuando os perdimos de vista: poco después, y cuando nos acercábamos á la caverna por donde habiais desaparecido, sonó una detonacion terrible; la roca voló rota en mil pedazos y... os dimos por muerto.
--¡Oh! ¡qué horror!
--Y todo esto es obra de esa mujer maldita: porque ella ha sido el primer eslabon de la cadena de desgracias que á todos, inclusa ella misma, nos han acontecido.--De ella es la obra de mi asesinato, porque yo, por resultado de aquella explosion estoy enfermo de muerte, y pluguiese á Dios viviese lo bastante para volver á ver á mi Esperanza y á mi pobre hija.--Puesto que conoceis á Angiolina, puesto que acaso ella os envia, contadla, señora, cómo me habeis encontrado: enfermo, loco... si, loco, transformado enteramente en cuerpo y en alma, desesperado, desalentado, inutilizado, muerto; decidle que todo esto es obra suya, y que yo la maldigo.
--¡Oh! no, no la maldigas, don Juan, perdónala, perdónala, y extermínala despues: ¡pero maldecirla porque te ha amado...! ¡porque te ama con toda su alma..! ¡esto es horrible, esto no puede ser!
--¿Quién sois vos que os interesais tanto por esa mujer, que llorais, que os retorceis las manos desesperada? dijo el marqués mirando fijamente á la joven.
--¡Oh! ¡no me conoce, no conoce á la mujer que por él lo ha perdido todo; su honra, su conciencia, su alma! Y ¡es verdad! estas ropas moriscas me desfiguran; este albornoz que me envuelve, esta toca que rodea mi cabeza, y mi terror, y mi dolor...
Y Angiolina arrojó el albornoz, se arrancó la toca dejó flotar sus hermosos cabellos, y asió las manos del marqués, infiltró en sus ojos una mirada lúcida, intensa, impregnada de amor, y acercando su boca seca y árida á la contraida boca del marqués, estampó en ella un beso candente, supremo, satánico.
El marqués dió un grito, y como obedeciendo á la poderosa magia de aquella mirada y de aquel beso, reconoció á Angiolina.
--¡Oh! ¡si! ¡tú! ¡eres tú! exclamó: pues bien miserable; has venido á tiempo porque aun me queda fuerza para exterminarte.
Y con un movimiento rápido é imprevisto, verdadero arranque de loco, asió con sus dos manos la garganta de Angiolina, que dió un grito ahogado y cayó de espaldas, mas por la dolorosa impresión de las intenciones del marqués respecto á ella, que por la fuerza de sus manos, demasiado débiles para que Angiolina no pudiese desprenderse de ellas.
En aquel momento se abrió la puerta, y apareció Harum.
--Un caballero, dijo con voz severa, nunca tiene razon bastante para convertirse en verdugo.
Y apartó al marqués, que fué á sentarse en su lecho en la actitud de un tigre replegado en sí mismo; levantó á Angiolina, la dió su toca y su albornoz en que ella se envolvió en silencio, y asiéndola de la mano la sacó de la habitacion.
--¡Oh! ¿por qué no me habeis dejado morir á sus manos? dijo llorando Angiolina.
--Porque le amo demasiado para permitir que tiña sus manos en sangre, y porque vos debeis vivir.
--¡Ah! vuestra venganza es cruel, muy cruel; pero os aseguro que no viviré mucho. ¿Y él? hablemos de él: yo no importo nada. ¿Y él? ¿creeis que podrá vivir, Harum?
--Solo Dios sabe lo oculto: solo Dios, que es fuerte y misericordioso, puede hacer milagros, contestó sentenciosamente.
--¡Oh! no me habiais engañado al decirme que el marqués habia muerto, ¡Muerto!.. lo que es lo mismo... loco... agonizando lentamente... si el amor de la sultana Amina pudiese salvarle...
--¡Qué decís, señora!.. exclamó con extrañeza Harum.
--¡Qué! ¿no creeis que yo sea capaz de sacrificarlo todo por él?.. mi vida, mis zelos... vos no habeis amado nunca... si yo pudiese salvarle sentenciándome á tormentos continuos, inauditos, insoportables, le salvaria. ¿Qué me importan Amina, ni vos, ni el mundo entero, ni el cielo, ni el infierno, cuando se trata de salvarle á él?
--¡Ah! ¡funesto amor! exclamó aterrado Harum.
--Decidme, decidme lo que yo puedo hacer: exclamó con afan Angiolina.
--¿Sois capaz de sacrificaros?
--¿No os he dicho que soy capaz de todo por él?
--Creo haber oido decir que Aben-Aboo os ama.
--Aunque no me amara, yo le obligaria á amarme.
--Obligad á Aben-Aboo, enamoradle, sed suya, embriagadle.
--Lo haré, contestó sin vacilar Angiolina.
--Y averiguad, descubrid, dónde para la sultana... salvadle... salvad acaso á ese pobre loco...
--Lo haré... ¡pero los medios!... los medios, dádmelos vos.
--Esta noche irá Aben-Aboo á matar á Aben-Humeya.
--¡Ah! me pondré á su paso... él estaba enamorado de mí... salvaré á vuestra señora, Harum, si está en poder de Aben-Aboo, y si el amor de doña Esperanza vuelve la razon y la salud al marqués, si son felices, despues que yo muera, decidles: su amor la hizo cometer crímenes: su amor os fue fatal, pero tambien su amor os ha salvado: perdonadla y rogad á Dios por ella.
--¡Vamos! ¡vamos! no sois tan malvada como yo creia. Asios bien á mi brazo, y volvámonos á Andarax. Se acerca la hora.
Poco tiempo despues Angiolina volvia á entrar en casa de Aben-Humeya, y en la habitacion que habia abandonado á la llegada de Harum.
CAPITULO XLVI.
De cómo fue la muerte de Aben-Humeya.
Los turcos habian llegado á Andarax con cuatrocientos de sus piratas; pero contenidos por la línea de los monfíes, no habian podido pasar adelante.
Aben-Aboo habia llegado tambien con trescientos hombres, y Farax-aben-Farax, alguacil mayor de las Alpujarras como hemos dicho, con trescientos moriscos.
Pero Suleiman, nuestro antiguo conocido, que se habia quedado mandando los monfíes en ausencia de Harum, habia declarado que nada se haria hasta que Harum llegase.
--¿Con que es decir, que nada podemos hacer, ni á nada podemos atrevernos sin los monfíes? exclamó el iracundo Alí.
--El emir de los monfíes, repuso Suleiman, es el rey, el único rey de las Alpujarras; sin los monfíes no hubiera sido posible la guerra; el dia en que los monfíes cedan y se recojan á sus guaridas, los cristianos se encontraran, como antes, dueños de las villas y lugares de las Alpujarras. Entre tanto los fuertes somos nosotros: tenemos rodeado á Andarax, y nadie entrará en él mientras no lo permita el emir de los monfíes.
--¿Y quién es el emir de los monfíes? dijo con acento torbo Aben-Aboo: ¿acaso no ha muerto mi tio Yaye-ebn-Al-Hhamar?
--Ciertamente que tu noble tio, ha sido villanamente asesinado, replicó con voz ronca Suleiman; pero vive su hija.
--¡La sultana Amina!
--Si, la sultana de los monfíes.
--¡Una mujer! ¡y una mujer, cuyo paradero no se sabe!
--Pero la sultana Amina tiene un esposo, dijo Suleiman.
--¡El marqués de la Guardia! ¡un cristiano renegado! repitió Aben-Aboo.
--El esposo de la sultana Amina, es el emir de los monfíes.
--Pero si la sultana Amina muriese...
--¡Mas le valdria no haber nacido al miserable que se atreviese á la vida de la sultana! exclamó con acento de amenaza Suleiman.
--Pero puede darse por muerta, puesto que nadie sabe donde se encuentra.
--Y bien, dijo Suleiman, dejándose arrastrar por las circunstancias, á falta de la sultana Amina, tenemos á su hija la sultana Zoraya[31].
--Mal nombre la habeis puesto, porque la otra sultana Zoraya, hija como esta de cristiano, y esposa de Muley Hacem, fue muy desgraciada.
--¿A qué es esa inútil disputa? dijo una nueva voz terciando en la conversacion: os he llamado y habeis venido; Aben-Humeya está descuidado y ha llegado el momento de obrar.
Quien asi hablaba, era Harum, walí de los walies de los monfíes, que acaba de llegar.
--Es verdad, dijo el capitan turco Carcax: esta disputa es inútil: si los monfíes teneis derecho á llamaros dueños de las Alpujarras, nosotros que hemos venido de Africa á ayudaros, tenemos tambien derecho á que se nos trate lealmente, á que se nos honre, á que se cumplan los pactos que hemos establecido: en vez de esto se pretende destruirnos, se nos acecha, y se nos manda matar: debemos, pues, vengarnos, y nos vengaremos matando á Aben-Humeya.
--Aben-Humeya es rey de Granada, exclamó Harum.
--¿Y pretenderás acaso disuadirnos de nuestra venganza? exclamó Alí: ¿ignoras que tenemos la prueba de la traicion del rey contra nosotros?
--Aben-Humeya debe morir, exclamó Farax-Aben-Farax, pero debe pensarse en un nuevo rey.
--¿Y qué rey pensais que debemos elegir, caballeros? dijo Harum.
Sucedió un silencio solemne...
En medio de él, se alzó la voz de Aben-Aboo.
--Concluyamos antes, dijo, con Aben-Humeya, que nos hace traicion, y despues tendremos lugar de pensar en un nuevo rey.
El rey que ha de gobernarnos, dijo Farax-Aben-Farax, acaba de hablar. Aben-Aboo será nuestro rey.
--Si, si, que sea rey de Granada Aben-Aboo, exclamaron á una voz todos los que allí estaban congregados.
En aquel momento y antes de que Aben-Aboo pudiese contestar, se oyó una voz que hablaba con dificultad á causa del sobrealiento causado por la fatiga de quien hablaba.
--Pronto, exclamó, pronto capitanes, acudid: Aben-Humeya se nos escapa, tiene preparados caballos en la puerta de su casa.
El hombre que hablaba asi, era Gironcillo de la Vega, alguacil mayor de Granada por los moriscos.
La noticia de que Aben-Humeya intentaba escapar causó una gran sensacion entre turcos, moriscos y monfíes.
Especialmente los turcos expresaron su furor de una manera violenta.
--Aben-Humeya no puede escapar, dijo reposadamente Harum; la villa está cercada por mis monfíes.
--Es que tus monfíes se han dividido, dijo Gironcillo: y ó tú nos haces traicion ó te la hacen los tuyos.
--Quien eso dice miente, exclamó Harum fuera de sí de cólera: ni yo ni mis monfíes somos traidores; y en prueba de ello seguidme los que querais.
Y Harum tiró por un barranco arriba en direccion de la villa.
Inmediatamente le seguia Aben-Aboo.
Despues Gironcillo de la Vega, Suleiman, los tres capitanes turcos, y como quinientos hombres entre turcos, moriscos y monfíes.
Aquella gente caminaba en silencio sin pronunciar una sola palabra, apagadas sus pisadas sobre la tierra empapada por la lluvia.
A pesar de la gente que tenia en el pueblo Aben-Humeya, ni un solo hombre armado ni que se les opusiese, ni que diese aviso ó hiciera señal, encontraron los conspiradores, en su tránsito por la villa hasta la plaza.
Cuando entraron en ella, Harum vió puesta una luz tras la celosía de un agimez sobre la puerta.
Aquella luz, era la señal concertada entre él y María de Rojas.
Aquella luz era la señal de que Aben-Aboo estaba en su casa y de que habia llegado la hora.
Harum, Aben-Aboo, los turcos, Gironcillo, Suleiman y sus gentes, avanzaron en silencio hácia la casa.
En aquel momento sonó un tiro, disparado por uno de los moriscos que daban la guardia á Aben-Humeya, y como si aquella detonacion hubiera sido una señal de combate, todos se lanzaron con las armas enhiestas, sobre la guardia, la arrollaron, rompieron las puertas y se precipitaron en la casa.
* * * * *
Poco antes habia entrado en ella Aben-Humeya.
Su paso era vacilante y sus miradas vagas.
Venia de una zambra, donde, á pesar del Koram que prohibia el uso de las bebidas espirituosas, se habia embriagado.
Sin embargo no era su embriaguez tal, que le privase del uso de sus sentidos, y cuando María de Rojas fue á encontrarle, sonriéndole, la dijo:
--¿Por qué me haces traicion?
A esta pregunta brusca, directa, imprevista, la jóven se desconcertó y solo contestó con embarazo:
--A nadie amo mas que á tí, señor, á tí que eres mi esposo: quien te diga otra cosa te engaña y merece la muerte; porque ha calumniado á tu esposa, á la sultana de Granada.
Aben-Humeya la rechazó de nuevo y le dijo con acento indolente:
--Ve, y cuéntale eso á tu amante, á Diego Alguacil: pero apresúrate á contárselo, porque mañana su cabeza no te podrá oir.
--Algun enemigo de tu reposo, señor, dijo María de Rojas dominándose, ha inventado esas mentiras.
--¡Oh! afortunadamente, repuso Aben-Aboo, reclinándose en su divan y ya soñoliento, he sido avisado á tiempo y he prevenido la traicion: al principio crei de mas gravedad el peligro y mandé ensillar dos caballos... pero despues... me quedará tiempo para descabezar á los traidores, y ayudado por los monfíes que son valientes y leales, acabaré con todos mis enemigos. ¡Ah! ¡mi buen hermano Aben-Aboo, mi querido hermano! ¡quereis cobrar vuestra parte de aquel asesinato..! ¡ah! ¡ah! ¡como herí al emir, os heriré á vos mi buen hermano! ¡quien mató á su padre... puede muy bien... sí... puede muy bien matar á su hermano!
--¡Tu hermano! ¡tu padre! exclamó asombrada María de Rojas, que conocia el terrible crímen de los hijos de Yaye.
--¡Ah! estabas todavía ahí, dijo Aben-Humeya.
--Has hablado del asesinato de tu padre, y has llamado tu hermano á Aben-Aboo.
--¿No era mi tio, el pariente mas poderoso que me quedaba, el emir de los monfíes? ¿no debió haber sido mi padre?
--¡Ah! dijo María.
--¿Y no me vi obligado á matarlo para que él no me matase?
--¡Ah! repitió la jóven.
--¿Y mi buen primo, el hijo de la hermana de mi padre, el alcaide de mis alcaides, no debia tratarme como á un hermano?
--¡Ah! repitió por tercera vez María de Rojas.
--¡Pues! ¡mi padre y mi hermano! mi corona destila sangre sobre mi frente, y ese velo rojo me incita... quieren matarme... y yo los mataré á ellos, ¡los mataré y dormiré tranquilo!
Aben-Humeya inclinó la cabeza vencido por el sueño.
--Si, dijo María de Rojas con voz ronca: si son traidores debes matarlos; enemigo muerto no daña: pero...
--¡Ah! ¿estabas todavía ahí...? vete... vete y puesto que amas tanto á Diego Alguacil, díle que su cabeza está mal segura. ¡Ah! ¡ah!
Inclinó de nuevo la cabeza.
--Si, voy á avisarle, murmuró la jóven para sí, y cuando le avise veremos cuál cabeza está menos segura sobre los hombros, si la suya ó la tuya.
María se encaminó á la puerta y al llegar á ella, se encontró con Angiolina.
--No le pierdas de vista, permanece junto á él, dijo María de Rojas: su embriaguez no es bastante para hacerle perder el conocimiento.
Dijo estas palabras en voz tan baja y de una manera tan rápida María, que Aben-Humeya no pudo percibir ni aun su murmullo.
María salió, y Angiolina magnífica é incitantemente vestida, adelantóse hácia el divan donde estaba reclinado Aben-Humeya.
Como si Angiolina hubiese lanzado delante de sí una influencia mágica, cuando estuvo á poca distancia de Aben-Humeya, este se incorporó sobre el divan y la miró frente á frente.
La hermosura de Angiolina parecia como que habia dominado, como que habia desvanecido su embriaguez.
--¡Ah! ¿sois vos señora? la dijo: ¿á qué debo la felicidad de vuestra presencia?
--Habeis tardado y estaba inquieta, dijo Angiolina sentándose en el divan, al lado del jóven.
--¿Inquieta vos por mí? permitidme que me maraville de tal mudanza; hasta ahora he sido para vos la persona mas indiferente del mundo.
--Siempre he sido vuestra amiga, bien lo sabeis.
--¡Amiga! ¡amiga! pero yo no quiero vuestra amistad, sino vuestro amor: recordad: desde que os ví representando en Granada, os importuné con mis ruegos: despues una feliz casualidad os trajo á mi lado, he seguido en mis importunaciones... y vos...
--Ya os lo he dicho una y mil veces y os lo repito, soy vuestra amiga y no puedo ser otra cosa.
--Pero esa fria amistad...
--Don Fernando, la amistad en la mujer es el prólogo del amor.
--Ved lo que decis, señora.
--Y bien... si yo os dijese que mi amistad hácia vos es interesada, algo mas que amistad...
--Os preguntaria la razon de no concederme por completo vuestro amor.
--Recordad: yo no os he llamado jamás Aben-Humeya, sino don Fernando.
--No os comprendo.
--Comprendedme, pues; yo no os quisiera ver moro.
--¡Ah! ¡sois vasalla fidelísima del rey de España!
--No, porque no soy española: por el contrario le aborrezco, porque es el opresor de mi patria la hermosa Italia: pero si no soy española, soy cristiana, don Fernando.
--¿Y pensais que yo no soy cristiano tambien, señora?
--Habeis renegado de Jesucristo por llamaros Muley Aben-Humeya[32].
--He renegado con los labios, pero no con el corazon.
--Sin embargo persistis en esa dañosa apariencia.
--Acaso no persista mucho tiempo, señora.
--¿Pensais acogeros al perdon del rey de España?
--No he dicho tanto: soy demasiado altivo para humillarme á las plantas de aquel cuyos ministros mataron á mi padre; que dió lugar á la avilantez de los que sin respetar mi linaje, me arrancaron, ó pretendieron arrancarme de la cintura, la daga con que en uso de mis privilegios habia entrado en su cabildo como regidor perpetuo: he aceptado la corona que me dieron los moriscos para vengarme, y me he vengado ya de todos mis enemigos: quédanme en verdad algunos, pero sus cabezas rodaran muy pronto á mis piés. Entonces, no pediré yo perdon al rey de España, sino que apretaré de tal modo la guerra que le obligaré á una avenencia honrosa, le obligaré á que me conceda mis privilegios, mi nobleza, mi rango de infante de Granada, con las tierras y señoríos que fueron de mis abuelos, y cuando esto suceda, declararé ante la iglesia católica, que jamás he sido musulman, que dentro de mi corazon, y esta es la verdad, he tenido levantado un altar al dios de mis padres, y que si he alentado una sedicion de gentes desesperadas, ha sido porque yo estaba desesperado tambien, porque se cometian conmigo degradantes injustícias.
--Y bien, haced eso cuanto antes, don Fernando: salvaos: salvad si aun es tiempo vuestro honor de caballero: acabad de una vez una guerra inútil, que no puede haceros rey, y que cuanto mas dure, mas desgraciada hará la condicion de los moriscos: aprovechad la primera ocasion de una avenencia; haced proposiciones al rey de España, y poned por primera condicion para la paz, el perdon primero, y la tolerancia y el respeto á los tratados para con los moriscos.
--Y bien mirado, señora, ¿qué se os da á vos de que la guerra con el rey de España concluya ó siga? ¿ó es que quereis meterme en una conversacion de Estado para que no os hable de mi amor? Eso es imposible; porque teniéndoos delante, solo veo vuestra hermosura que me enloquece.
--Yo no puedo ser vuestra.
--¡Por que soy musulman, ó lo parezco! ¡qué extraño capricho!
--Aunque volvíeseis á vuestro antiguo estado; aunque os reconcilíaseis con la Iglesia, yo no seria vuestra.
--¡Ah! ¿no querriais ser mi esposa?
--No, porque sois casado.
--¡Casado!
--Si; con Isabel de Rojas como cristiano; con María de Rojas como moro.
--¿Es decir, que de ningun modo sereis mia?
--No puedo serlo.
--Y si no podeis serlo, ¿á qué habeis venido de tal modo engalanada, de tal modo hermosa, á mi aposento en medio de la noche, y cuando por las circunstancias en que me encuentro, estoy desesperado y dispuesto á todo?
--He venido, contestó sin alterarse Angiolina, porque sé que antes que todo sois caballero. He venido, porque han llegado á mis oidos, no sé qué rumores de traicion contra vos: porque soy vuestra amiga y quiero guardaros el sueño.
--¿Y por qué no guardar mi sueño entre vuestros brazos?
--Por una razon suprema, contestó con dignidad Angiolina.
--¿Y cuál es esa suprema razon? dijo Aben-Humeya.
--Esa suprema razon consiste en que amo con toda mi alma á otro hombre, y no quiero, no puedo, no debo ser de otro.
--¡Ah! ¿amais á otro hombre, y me lo decis á mí, que os adoro?
--Os digo la verdad.
--Pero esa verdad me ofende.
--No debe ofenderos.
--Y me empeña.
--No debe empeñaros.
--¿Sabeis señora, que en el poco tiempo que llevo de reinar, me he acostumbrado á que nadie resista á mi voluntad?
--Habeis hecho muy mal en acostumbraros á eso, porque á cada paso encontrareis imposibles.
--Pues os juro que vos no sereis un imposible para mí.
--No jureis don Fernando, no jureis, porque os exponeis á jurar en vano.
--¿Os creis con fuerzas para resistirme?
En aquel momento sonó un tiro fuera.
--Yo os amo y soy vuestra, exclamó Angiolina arrojándose entre los brazos de Aben-Humeya, abrazándole y sujetándole.
--¡Oh! ¿qué es esto? exclamó Aben-Humeya.
--Esto es que cedo al fin á vuestro amor.
--¡Esos golpes, ese ruido de armas! exclamó Aben-Humeya luchando con Angiolina.
--¿Quién piensa ahora mas que en mi amor? exclamó con languidez la italiana.
--¡Ah! ¡miserable! exclamó Aben-Humeya: ¡tú estás vendida á los traidores!
Y haciendo un violento esfuerzo, logró desasirse de los brazos de Angiolina y puso mano á su puñal y le desnudó.
Pero Angiolina le tenia asido fuertemente del brazo izquierdo, se lo retorcia, y le tenia en una posicion violenta en que no podia volverse, para herirla Aben-Humeya.
Pero aquella lucha no podia ser larga, porque Angiolina era una mujer y sus fuerzas, por mas que se violentara, empezaban á faltarle.
Pero afortunadamente para ella, María de Rojas se precipitó en la habitacion, seguida de Aben-Aboo, de Harum el Geniz, de los tres capitanes turcos, de Farax-Aben-Farax, de Diego Alguacil, de Gironcillo de la Vega, y de una multitud de conjurados.
--¡Ah! teneis al miserable, al traidor, al asesino, exclamó María de Rojas, señalando á Aben-Humeya, que aun luchaba con Angiolina.
Aben-Aboo fue el primero que se arrojó sobre él; tras Aben-Aboo los otros, y Aben-Humeya fue desarmado.
La situacion era terrible, pero Aben-Humeya se puso á la altura de la situacion.
Miró tranquilamente en torno suyo, enteramente desvanecida la embriaguez, y dijo con acento sereno:
--Los que me avisaron de vuestra traicion no mintieron: hé aquí que sucede lo que yo habia previsto que sucederia...
--Tienes razon, dijo con ímpetu el capitan turco Alí: los que cometen traiciones, deben temer que un dia su misma traicion se vuelva contra ellos.
--¿Quién se atreve á hablar aquí de traicion? dijo Aben-Humeya: pero ya lo veo: os tengo delante cometiendo una traicion, y os cuadra bien llamar traidor al que venis á asesinar.
--El asesino debe ser asesinado, gritó María de Rojas; esa es la justicia de Dios.
--¿Por qué hablan las mujeres, antes que los hombres? dijo el turco Carcax, ¿se acostumbra esto en esta tierra?
--Cuando una mujer, dijo sin bajar de su tono solemne y trémulo María de Rojas, ha visto asesinados á su padre, á sus parientes, á sus hermanos; cuando ha sido separada del hombre á quien ama; cuando se ha visto obligada á servir los horribles caprichos del que ha matado á su familia y á su amor, esa mujer tiene derecho de acusar ante Dios y ante los hombres al asesino. El asesino es ese, exclamó señalando con un dedo inflexible á Aben-Humeya, y yo os le he entregado; pero para que me hagais justicia.
--Si es cierto, dijo con acento ronco Aben-Humeya, María de Rojas tiene derecho á acusarme: yo me he ensangrentado en su familia, familia de miserables traidores, y solo he cometido una falta: la de no ensangrentarme tambien en ella.
Y soltó una impia carcajada.
Todos callaron dominados por el acento febril, sarcástico, terrible de Aben-Humeya.
--Y bien, ¿no hay nadie que me acuse mas? añadió el jóven.
--Si, gritó Farax-Aben-Farax: yo te acuso de traidor á tu patria y de hereje á tu Dios.
--¿Y sabes tú cuál es mi Dios? exclamó con desprecio Aben-Humeya.
Ante esta audacia todos callaron.
--Mi Dios es el Dios de los cristianos, el Dios que confieso delante de vosotros; el Dios cuya fe no ha faltado en el fondo de mi corazon.
--¿Y por qué has ceñido la corona de un pueblo musulman? exclamó con indignacion Harum-el-Geniz.
--A tí solo, te contestaré, wali de los walies, dijo Aben-Humeya, á tí que eres el único que tienes derecho á acusarme; pero si me juzgas á mí ¿por qué no juzgas tambien á Aben-Aboo?
--Ignoro la causa por qué deba yo acusarte especialmente, y acusar á Aben-Aboo, dijo reposadamente Harum.
--Pues qué, ¿ignoras que Aben-Aboo y yo matamos á tu noble señor el emir de los monfíes?
--Mientes, exclamó Aben-Aboo, que creía que solo Dios, su madre y Aben-Humeya eran los conocedores de aquel crímen; mientes, miserable: yo puedo probar que la noche que murió el emir, mi noble tio, yo estaba muy lejos de Yátor, en cuyas inmediaciones pasó aquella muerte.--Mientes, repito; estás perdido y quieres perderme: y si no, presenta una prueba bastante de que yo he tomado parte en la horrible muerte de mi tio y señor.
--Es verdad, faltan sobre la tierra los testigos; unos han muerto, otros estan lejos. Algunos que pudieran hablar, callan. Pero Dios lo sabe, Dios arrojará sobre tí la sangre del emir de los monfíes, como la arroja sobre mi cabeza, ¡Dios castigará á los dos parricidas!
--¡Parricidas! sonó como un eco de horror entre los circunstantes.
--¿Qué os estremece? dijo Aben-Humeya: ¿acaso no debiamos llamar nuestro padre, al noble y poderoso emir nuestro pariente?
--Repito que ese hombre, al encontrarse perdido, arroja sobre mi cabeza, para perderme, un crímen en que no he tenido parte.
--Es verdad, tú no le hiriste.
--¡Lo ois! al cabo no se atreve á sostener su impostura.
--Pero le sujestaste entre tus brazos para que no pudiese defenderse mientras yo le heria, dijo con una horrible calma Aben-Humeya.
Dominaba un silencio de horror en los circunstantes.
--¡La prueba! ¡la prueba! gritó fuera de sí Aben-Aboo.
--Es inútil, dijo con autoridad Harum-el-Geniz: ni Aben-Aboo, ni Aben-Humeya han cometido ese asesinato.
--¡Ah! ¿te importa acaso ocultar el nombre de los asesinos, wali de los walies? dijo Aben-Humeya.
--No; pero yo me encontraba aquella noche en la alquería donde moraba mi pobre señor, y sé quién fue el asesino.
--¿Y quién fue? dijo con sarcasmo Aben-Humeya.
--Fue un emisario del rey de España: un bandido italiano llamado Laurenti, que se habia introducido entre nosotros.
Al escuchar el nombre de Laurenti, se estremecieron Aben-Humeya, Aben-Aboo y Angiolina.
Harum tenia razon: el verdadero asesino del emir habia sido Laurenti, puesto que él habia incitado á los jóvenes á aquel asesinato.
--Fue ese miserable que acabo de nombraros: asi me lo reveló bañada en llanto, la sultana Howara, la noble esposa del emir mi señor: la madre de Aben-Aboo.
--¡Oh! ¡mi madre! ¡pobre madre mia! exclamó Aben-Aboo.
--Yo, dijo Harum, juré vengar á mi señor con la muerte de su asesino; un dia Laurenti fue encontrado en la montaña por los monfíes, con una puñalada profunda en un costado, y con su propia daga clavada en la sien izquierda.
Angiolina tembló y se puso mortalmente pálida.
--Le maté yo, como se mata á un perro, añadió Harum, y del mismo modo hubiera muerto á los otros asesinos del emir, si hubiera habido mas que uno. Tengo la evidencia; mas: la prueba, de que ni Aben-Humeya ni Aben-Aboo, han tenido parte en esa muerte.
--¡Oh! ¡mi madre! ¡mi pobre madre, dijo para si Aben-Aboo, ha cubierto el delito horrible de su hijo! infeliz madre mia!
--No se trata, pues, de vengar la muerte del emir, dijo con acento conmovido Harum: el emir está vengado. Aben-Aboo tiene razon; Aben-Humeya lleva su maldad hasta el punto de acusarse de un delito que no ha cometido, para que se le crea, para perder al noble, al valiente Aben-Aboo, acusándole de complicidad en aquel crímen. Afortunadamente estoy yo aqui, y soy un testimonio vivo al que prestareis entera fe, caballeros: ¿no es verdad, que no creeis que Aben-Aboo haya cometido tan odioso crímen?
--¡No! ¡no! ¡no! exclamaron todos.
--Puedes engañar con tu autoridad á los hombres, wali de los walies, ¡pero no puedes engañar á Dios!
--¡Y aun insiste el miserable renegado! exclamó con indignacion Harum: pero tu resistencia es inútil: no venimos aquí á castigarte como asesino del emir de los monfíes: no: venimos á juzgarte como traidor á tu patria: estás en inteligencia con los cristianos.
--¿No os he dicho ya que soy cristiano? exclamó con insolencia Aben-Humeya.
--¿Qué mas quereis oir, caballeros? dijo Farax-Aben-Farax: el miserable confiesa su crímen.
--¿Y por qué no los confiesa todos? exclamó el turco Huscen.
--¿Teneis tambien vosotros de qué acusarme? dijo Aben-Humeya.
--¿Conoces esto? dijo Carcax adelantando fuera de sí de furor y mostrando á Aben-Humeya, la carta en que mandaba al alcaide de Medina de Bombaron, matar alevosamente á los turcos.
Aben-Humeya tomó la carta y la leyó: cuando la hubo leido desapareció la fria calma de su semblante, tembló no de miedo, sino de furor y exclamó arrugando entre sus manos la carta:
--Esta es una infamia horrible. Veo aquí tu mano Aben-Aboo, miserable, que mataste al padre y matas al hermano: tú has comprado á mi secretario, Diego de Arcos, cuya es esta letra, y has fingido esta carta.
--Estamos perdiendo el tiempo, dijo Carcax; este descreido lo negará todo: ¿no es justa su muerte, capitanes y caballeros?
--Si; si; debe morir, gritaron todos. Y como si aquella hubiese sido una señal, el feroz Carcax se arrojó sobre Aben-Humeya.
--¡A mí, esclavos! ¡á mí! ¡ha llegado la hora de la muerte! gritó el turco!: ¡á mi, verdugos!
Y sofocaba entre tanto á Aben-Humeya á quien habia asido por la garganta.
Dos africanos atezados habian aparecido y avanzaban hacia Aben-Humeya: uno de ellos llevaba un cordon en la mano.
Los detalles de la muerte de Aben-Humeya son repugnantes; oigamos cómo refiere esta catástrofe don Diego Hurtado de Mendoza, en su guerra de Granada.
«Ahogáronle dos hombres: uno tirando de una parte y otro de otra de la cuerda, que le cruzaron en la garganta; él mismo se dió la vuelta como le hiciesen menos mal; concertó la ropa; cubrióse el rostro.»
El mismo historiador refiere en otro lugar:
«Saqueáronle la casa; repartiéronse las mujeres, dinero, ropa; desarmaron y robaron la guardia; juntáronse con los capitanes y soldados, y... eligieron á Aben-Aboo por cabeza en público, segun lo habian acordado en secreto.»
La muerte de Aben-Humeya fue la señal de dispersion de los que la habian decretado y ejecutado; los turcos se alejaron con su gente; Farax-Aben-Farax, con sus moriscos y con su nuevo rey Aben-Aboo, que se llevó consigo á Angiolina; Diego Alguacil por su parte se unió de nuevo á María de Rojas, y preveyendo que ninguna buena aventura podia acontecerles en las Alpujarras, pasaron algunos dias despues á Africa, donde se casaron.
Antes de separarse Harum y Angiolina tuvieron este breve diálogo:
--¿Por qué habeis atestiguado que Aben-Humeya y Aben Aboo, eran inocentes de la muerte del emir?
--Necesito que Aben-Aboo confie en mí, contestó Harum.
--¿Y por qué no habeis muerto tambien á Aben-Aboo? dijo Angiolina, ¿acaso no teneis poder para ello?
--¿Se sabe dónde está la hija de mi señor? repuso Harum.
--¡Ah! teneis razon, exclamó con amargura Angiolina.
--Acordaos señora, la dijo Harum, del estado en que habeis visto al infeliz marqués de la Guardia: acordaos de lo que me habeis prometido: Aben-Aboo os ama: fascinadle; emplead toda vuestra astucia, toda vuestra inteligencia: averiguad el paradero de la sultana, y cuando le hayais averiguado, cuando nos hayamos apoderado de ella, entonces... entonces Aben-Aboo, sentirá sobre su cabeza la venganza de los monfíes.
--Os juro, os juro ayudaros, exclamó Angiolina; pero ayudadme vos tambien.
--Os ayudaré, os lo juro, dijo Harum; pero silencio: Aben-Aboo se acerca: salidle al encuentro y empezad á ser un demonio fascinador para él.