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Los monfíes de las Alpujarras: novela original (part 2 of 5)

Part 2 of 5 · Fernández y González, Manuel · Public domain text

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Los monfíes de las Alpujarras: novela original (part 2 of 5)

--¡Ventajas...!

--Si por cierto. Tú tenias un hijo.

--¡Que tenia yo un hijo!... ¿pues qué, Yaye ha muerto?

--Cuéntale por muerto, porque está en poder de Satanás, y si yo no te le entrego...

--¡Cómo! ¿te habrás atrevido?

--Aunque yo sea malo como el diablo, Yuzuf, no soy yo el que está apoderado de tu hijo. Es una mujer que hace mucho tiempo está enamorada de él.

--¡Una mujer! No te comprendo Sedeño.

--Ni yo me explicaré mas. Bástete saber que tu hijo está en poder de esa mujer, encerrado, cautivo... que aunque esa mujer ha llegado á ser su querida, sabe demasiado que Yaye no la ama, y será capaz de retenerle en su encierro ó de envenenarle, cuando no le pueda retener. Te juro que si yo no te ayudo, pierdes tu hijo, le pierdes, como yo perdí á mi padre.

--Pero yo puedo sujetarte al tormento.

--Moriré en él sin revelar una sola palabra. Bien sabes que soy valiente, Yuzuf.

El anciano se levantó, y se puso á pasear agitado, por la cámara. Sabia demasiado que Sedeño era hombre á quien nada aterraba, y que habiéndose propuesto deshacerse de Calpuc, no cejaria en su empeño aunque emplease para dominarle todos los terrores; todos los dolores posibles.

Yuzuf era padre, amaba á Yaye de una manera exagerada, si es que puede haber exageracion en el amor de un padre hácia su hijo. La pérdida de Yaye, la incertidumbre acerca de su suerte, habia llenado de amargura el corazon del anciano, y habia recibido un inmenso consuelo al saber por boca de Sedeño que su hijo vivia. Pero al mismo tiempo Sedeño se negaba á revelarle el lugar donde se ocultaba su hijo, y le exigia en cambio una infamia.

Yuzuf, sin embargo, no tardó en decidirse; pero antes se habia hecho el razonamiento siguiente:

--Calpuc me exige todos los dias, á todas horas, con un empeño justísimo, que le releve del juramento de respetar la vida de ese infame; ese vil Sedeño me pide por su parte que le permita deshacerse de Calpuc; entro estos dos hombres existen razones bastantes para que quieran mútuamente exterminarse. A mí, á mi pueblo conviene, que esos dos hombres vivan: Calpuc es riquísimo, sus tesoros son inagotables, y por odio á los españoles, me facilita medios para sostener mi ejército de monfíes. Como yo, es rey de una raza proscripta, vencida, amenazada por la cólera de los castellanos. Calpuc es mi igual, mi aliado natural. Por otra parte, Sedeño me sirve bien: es un excelente espía; vende á los castellanos en mi provecho, y acaso podríamos deberle un dia una sorpresa sobre Granada, sobre nuestra querida ciudad. Estos dos hombres son preciosos para mí. Pero mi hijo es antes que todo. Si Sedeño me revela el lugar donde se encuentra, le permitiré que obre contra Calpuc, y del mismo modo permitiré á Calpuc que obre contra Sedeño. El resultado será verme privado de la ayuda de uno de estos dos hombres, ó acaso de la de los dos. Pero mi hijo... mi hijo... si, es preciso de todo punto... mi hijo antes que todo.

Y se detuvo, y se volvió resueltamente á Sedeño.

--¿No has tenido tú parte, directa ni indirectamente, en la prision de Yaye? le dijo.

--Ya te he dicho que Yaye está en poder de una mujer.

--Respóndeme de una manera decidida.

--Nada he tenido ni tengo que ver en la prision de tu hijo.

--Pues bien; revélame el lugar donde se encuentra, y los medios de salvarle, y te permito que hagas lo que puedas contra Calpuc.

--¿Hasta matarle?

--Te dejo libre del juramento de respetar su vida.

--Pues bien; solo me falta una condicion para señalarte el lugar donde tu hijo se encuentra.

--¡Otra condicion!

--Sí, poderoso Yuzuf, las duras circunstancias en que me encuentro me han obligado á ofenderte. Prométeme, por tu fe de emir, de creyente y de caballero, que me perdonarás, y que no me negarás tu confianza, como no me la has negado hasta ahora. Hé aquí mi última condicion.

--Dáme á mi hijo, y te lo prometo todo.

--¿Nada tendré que temer de tí?

--Nada.

--Pues bien; tu hijo Yaye, está encerrado en un subterráneo de la casa de don Diego de Válor, y en poder de su esposa doña Elvira, que hace mucho tiempo que le ama.

--¿En casa de don Diego de Córdoba y de Válor?

--Sí por cierto.

--¿Y cómo sabes tú eso, dijo con recelo Yuzuf, cuando no han podido averiguarlo Abd-el-Gewar, ni los monfíes que yo he enviado á Granada en demanda de Yaye?

--Escucha Yuzuf: tú recordarás que yo, para estar en inteligencia oculta con don Diego, sin que pudiesen conocerlo los cristianos, compré una casa contigua á la de don Diego en el Albaicin. Estas dos casas se comunican por una mina.

--¡Ah! exclamó Yuzuf, para quien el recuerdo de Sedeño fue un rayo de luz.

--Bien; pues en esa mina hay algunos aposentos. Hace algunos dias, ignorante yo de que don Diego habia salido de Granada, y teniendo que darle algunas noticias importantes para que te las trasmitiese, bajé á la mina, y al acercarme á uno de los aposentos de que te he hablado, oí dos voces que hablaban apasionadamente: era la una de mujer, la otra de hombre, hablaban de amores: en la mujer reconocí á doña Elvira, la esposa de don Diego: por lo que escuché, supe que el hombre era Yaye, tu hijo. Sabia que tú le buscabas y que no le encontrabas, y esto me llenó de alegría, porque me dije: yo daré al emir su hijo, y el emir en cambio me dará la vida de Calpuc.

--¿Y doña Elvira es amante de Yaye? preguntó con repugnancia Yuzuf.

--Sí, sí por cierto, y parece que se aman mucho.

--¡Ah! silencio, silencio; don Diego anda libremente por esta parte del alcázar, y pudiera oirnos, dijo Yuzuf con cuidado.

En aquel momento se oyeron pasos, y poco despues se abrió una puerta, y entró don Diego.

Yuzuf le miró de una manera profunda, pero nada vió en don Diego que demostrase que habia oido las últimas palabras del capitan; estaba tranquilo, su paso era seguro, y su mirada descuidada.

--¡Ah! dijo deteniéndose, apenas habia dado algunos pasos en la cámara, perdonad si he sido indiscreto sin saberlo: pensaba que estabas solo, Yuzuf.

--No, don Diego, no estoy solo; hace algunos momentos que me ocupo de una conversacion interesante con el capitan Sedeño.

--Sí, sí por cierto, dijo el estropeado, y venís muy á tiempo don Diego, porque yo he venido á haceros un mutuo servicio al emir y á vos.

--¿Un mutuo servicio, capitan? dijo con perplejidad don Diego.

--Sí por cierto. ¿Recordais lo que pasó en vuestra casa el dia en que se casó con Miguel Lopez vuestra hermana doña Isabel?

--No comprendo lo que quereis decir.

--Cuando ya aquella boda no podia suspenderse, se presentó en vuestra casa Sidy Yaye, el hijo del emir.

--Es verdad, dijo don Diego.

--¿Y por qué me lo has ocultado, preguntó con su acento de terrible amenaza Yuzuf, cuando sabias la ansiedad con que yo buscaba á mi hijo?

--Porque no sabia si estaba muerto ó vivo.

--¡Cómo! ¿pues quién se atrevió?...

--Tu hijo, Yuzuf, supo en mi casa sin que yo lo pudiese evitar, que mi hermana doña Isabel acababa de casarse con Miguel Lopez: ya te he dicho las terribles razones que tuve para obligar á mi hermana á que se casase con ese hombre, rompiendo el pacto que existia en nuestras familias y por el cual tu hijo Yaye debia ser esposo de mi hermana. Tu hijo al saber que ya aquella union era imposible, cayó en tierra mortal, y yo le dejé al cuidado de mi esposa en lugar seguro, y me puse inmediatamente en camino con Miguel Lopez, á quien arrastré con un pretexto, y á quien como traidor debia matar, y como obstáculo remover de en medio de doña Isabel y de Yaye, que ya se amaban. Cuando algunos monfíes estaban próximos á dar muerte á Miguel Lopez, tú que te habias aproximado á Granada, me encontraste, é irritado por el asesinato de Miguel Lopez, cuya razon no podias apreciar bien, porque no conocias su traicion, me trajiste contigo. Tú tenias indicios ó los tuvistes despues de que tu hijo habia estado en mi casa, recelaste de mí, y me intimaste que no me veria libre hasta que estuvieses seguro de mi inocencia acerca de la desaparicion de tu hijo. Yo no podia saber, pues, si tu hijo habia sobrevivido ó no al accidente mortal que le habia acometido al saber el casamiento de mi hermana, y temiendo que hubiese muerto no me he atrevido á revelarte nada. Acaso, si por desgracia Yaye hubiese fenecido, me hubieras imputado su muerte cuando he hecho cuanto ha estado de mi parte por salvarle, y por romper el lazo que impedia su union con Isabel. Juzga en tu prudencia si he tenido razon para callar ó no.

--Por fortuna, don Diego, dijo Yuzuf, el capitan Sedeño ha descubierto que mi hijo vive.

--¡Ah! por la mina... lo comprendo perfectamente. ¿Y le habeis hablado, capitan?

--No por cierto: sabia que allí estaba en seguridad, conocia ó adivinaba las razones del misterio acerca del paradero de Yaye, y he venido á avisar al emir. He tenido una doble satisfaccion; porque en vuestra casa se tiene una gran ansiedad por vos.

--Pues esa ansiedad durará muy poco, dijo Yuzuf; aprecio en lo que valen las razones que has tenido, don Diego, tanto para castigar á Miguel Lopez, como para ocultarme la existencia de mi hijo en tu casa. Pero ya han desaparecido mis temores y el motivo de tu prision, don Diego. Ahora mismo vais á partir á Granada, tú, tu hermano y el capitan Sedeño. Es preciso que esta noche mi hijo esté en poder de Abd-el-Gewar.

--Un momento aun: me queda algo importante que decirte Yuzuf, dijo el estropeado.

--¡Importante!

--Sí; el capitan general y la chancillería de Granada estan con gran cuidado.

--¿Pues qué sucede?

--Hay poca gente de guerra en la ciudad, los moriscos se muestran cada dia mas y mas amenazadores, y representan de una manera rebelde contra el edicto del emperador. Anoche casa del Homaidí, en el Albaicin, se reunieron los xeques de la ciudad y los de las aldeas de la vega, y resolvieron enviarte algunos de ellos para poderte ayudar; se trata de una rebelion.

--¿De una rebelion? exclamó con alegría Yuzuf; ¿se han decidido al fin á romper las cadenas que tan vergonzosamente han llevado tanto tiempo los moriscos de Granada?

--Sí, y la ocasion es propicia, dijo don Fernando: el emperador se halla empeñado en guerra con Francia; el sultan de Constantinopla ansía un campo de batalla en las tierras de Occidente contra el cristiano, ¿y qué campo mejor que las Alpujarras? Puesto que en Granada hay pocos soldados, á las armas, y ¡sus! lancemos el grito de guerra. Demos el primer golpe, y si nos apoderamos de Granada, despues no nos han de faltar ni naves, ni soldados turcos.

En aquel momento se abrió la puerta del fondo y un monfí dijo inclinándose profundamente.

--Magnífico, señor, cuatro xeques de Granada desean hablarte.

--Que entren, que entren al momento.

Poco despues se celebró un consejo, en que abundaron el entusiasmo, el valor, la energía de las razas dominadas que aun no se han degradado, se alimentaron magníficas esperanzas y se decidió dar el grito en Granada en la noche del dia siguiente.

Yuzuf estaba frenético de alegría; habia encontrado á su hijo, y se le presentaba la ocasion que tanto tiempo habia deseado de desplegar su bandera real ante el estandarte imperial de Carlos de Austria, el valiente rey de España, el poderoso emperador de los germanos.

CAPITULO XV.

De cómo el capitan Sedeño hizo traicion á todo el mundo.

A las doce de aquel mismo dia galopaban en direccion á Granada, por el camino de las Alpujarras, don Diego de Válor, su hermano don Fernando, y el capitan Sedeño.

Al mismo tiempo por todas las veredas y barrancos de la montana, marchaban monfíes que llevaban á las diferentes tahas, órdenes de Yuzuf, para que reuniesen las taifas y marchasen hacia Granada, á la que debian llegar por los atajos de la sierra la noche siguiente. En cuanto á los tres ginetes, fuese por prudencia ó por otra causa, no hablaron una sola palabra durante el camino acerca de la rebelion, ni trataron mas que de cosas indiferentes.

En cuanto á don Diego de Válor, ni una palabra dijo que pudiese indicar que hubiese sorprendido la revelacion que habia hecho Sedeño á Yuzuf acerca de los amores de su mujer con Yaye. Pero Sedeño, que era sobre manera perspicaz, por el aspecto sombrío de don Diego, por la impaciencia con que aguijaba á su caballo, y sobre todo, por su tenaz reserva acerca de todo lo que tuviese relacion con Yaye, y con la manera de haber descubierto en su casa el capitan la existencia del jóven, comprendió que habia escuchado don Diego perfectamente las palabras que habia pronunciado poco antes de entrar aquel en la cámara de Yuzuf.

En efecto, el autor puede decirlo porque lo sabe, don Diego, que, como dijo Yuzuf, andaba libremente por aquella parte del alcázar subterráneo, habia llegado poco antes de aquella revelacion y habia escuchado y sabia á ciencia cierta, que doña Elvira su esposa habia manchado su honor.

Esto ennegrecia su alma, meditaba una cruda venganza y espoleaba á su caballo ansioso de realizarla.

Por su parte el capitan estropeado comprendió, que se habia hecho un enemigo formidable de don Diego de Córdoba, y resolvió deshacerse de él cuanto antes. Sedeño, como saben nuestros lectores, era el depositario de la carta por la que, Miguel Lopez habia obligado á don Diego que le entregase su hermana. Calpuc, poseedor de la sortija por medio de la cual debia Sedeño entregar aquella carta á quien se la pidiese, no habia tenido tiempo de encontrar una persona de confianza, á quien encargar de que recogiese aquella carta, puesto que él no podia presentarse ante Sedeño, sino para matarle, y esto le estaba prohibido por el juramento que habia hecho al emir Yuzuf, cuando este se lo exigió en la cárcel de Andarax, á trueque de conseguir su libertad.

Aquella carta, pues, estaba en poder de Sedeño.

Por lo que se vé todos aquellos personajes excepto Calpuc y Yuzuf, se trataban con una fe digna de bandidos.

Miguel Lopez, don Diego de Válor y el capitan estropeado eran tres infames.

Como picaban mucho y mudaban de caballos, llegaron aquella misma noche antes de que se cerraran las puertas á Granada. Poco tiempo antes de llegar, y porque les importaba, se separaron, y el estropeado tomó adelante y entró antes que los dos hermanos en la ciudad.

Eran las ánimas. Sedeño tomó por la plaza de Bibarrambla, el Zacatin y la Plaza Nueva, subió por la cuesta de los Gomeres, luego por otra pendientísima cuesta, y llegó á la puerta del Juicio de la Alhambra: una vez allí pidió una audiencia urgentísima al capitan general marqués de Mondejar.

Sedeño fue conducido al alcázar y á la presencia del capitan general, digno vástago de la familia de los Mendozas, en la que estuvo vinculada, durante muchos años, la capitanía general del reino y costa de Granada.

Lo que llevaba allí á Sedeño era una nueva traicion aconsejada por su recelo; hombre de poca fe, confiaba poco en la fe de los demás. Se habia visto obligado á imponer condiciones á Yuzuf, y recelaba la venganza de este: era rico, estaba cansado de servir y le importaba deshacerse de sus enemigos.

Asi es, que se presentó á don Luis Hurtado de Mendoza resuelto á consumar sus infamias con dos nuevas infamias.

El capitan general le recibió con ese altivo desprecio con que un caballero recibe á cierta clase de gente.

Para justificar el desprecio con que el marqués de Mondejar miraba á Sedeño, basta saber, que al mismo tiempo que era espia de Yuzuf contra los cristianos, lo era del capitan general contra los monfíes.

Esto es, era espia doble.

El marqués le dejó permanecer de pié, y despues de mirarle de piés á cabeza le dijo:

--¿Por lo que veo, acabais de venir de un viaje?

--Si, excelentísimo señor, contestó servilmente Sedeño: vengo de las Alpujarras, del alcázar del emir de los monfíes.

--¡Del alcazar del emir! ¿Pero donde está ese alcázar?

--Ya he dicho á vuecelencia que ese alcázar es subterráneo, y que está situado como á media legua de la villa de Cadiar. No he podido dar á vuecelencia noticias mas seguras, porque siempre al llegar á los pinares, me han salido al encuentro los monfíes y me han vendado los ojos.

--Señor Alvaro de Sedeño, dijo el marqués con fijeza, desde el dia en que me ofrecísteis vuestros servicios en defensa del rey, de la religion y de la patria, contra esos descreidos, os di cuantos medios podíais necesitar para exterminar á esos bandidos: vuestra compañía de arcabuceros es de la gente mas braba y aguerrida de los ejércitos de su magestad; se os ha dado oro, se os ha ofrecido mas gente y mas dinero, y sin embargo...

--¿Cree vuecelencia que en un año que llevo últimamente sirviendo al rey nuestro señor en las Alpujarras, se puede hacer mas de lo que he hecho?

--Es que no habeis hecho nada, dijo con doble fijeza el marqués; es que, á pesar de vuestros avisos, la gente de guerra que ha atravesado la montaña ha sido acometida y desbandada, quedando muertos entre las breñas los mejores capitanes de los tercios: es que nadie ve á esos monfíes; que solo se conoce su paso, por la destruccion, el saqueo y el incendio que dejan tras sí, y vos sin embargo les conoceis y tratais con ellos. Esto me habia hecho pensar en pediros serias explicaciones, y aun á obrar con rigor respecto á vuestra persona.

--¿Desconfía vuecelencia de mí? dijo con gran aplomo Sedeño.

--No es que desconfio, sino que la lealtad que debo al rey me prescribe el obrar con entereza. Ninguno de los capitanes que he enviado á las Alpujarras han podido dar con esa gente: los que los han encontrado han muerto: vos que pareceis valiente y teneis gente braba, no me habeis presentado ni uno solo, y por otro concepto, vos tratais con los rebeldes y los conoceis. Al mismo tiempo afirmais que os son desconocidos los lugares en que se ocultan ¿qué debo pensar de esto?

--Que el año que llevo últimamente en tratos con los monfíes en servicio del rey, es el plazo que se ha necesitado para que vuecelencia les puede dar un golpe decisivo. En cuanto á lo de ignorar yo el lugar donde se albergan, nada mas natural. Ya he dicho á vuecelencia que jamás entré en el alcázar subterráneo, sino con los ojos vendados.

--Se han reconocido todas las cavernas inmediatas á Cadiar, y solo se han encontrado minas de en tiempo de los romanos y de los moros; pero reconocidas esas minas no se ha hallado el mas leve vestigio de los ponderados alcázares subterráneos de que me habeis hablado tantas veces.

--Esta misma mañana he estado en ese alcázar hablando con el emir de los monfíes.

--¿Y me traeis algun aviso importante? dijo el marqués moviéndose con impaciencia en su ancho sillon coronado con las armas reales.

--Traigo á vuecelencia noticias decisivas.

--Veamos.

--Mañana á la noche debe levantarse el Albaicin.

--¡Ah! ¡ah! ¡tenemos á la rebelion llamando á las puertas de nuestra casa!

--Si señor.

--¿Y quienes son las cabezas de esa rebelion?

--Primeramente don Diego de Córdoba y de Válor.

--Ved lo que decís; don Diego de Válor aunque morisco, es uno de los mas leales vasallos de su magestad: ha dado repetidas pruebas de ello.

--Don Diego de Válor es un traidor que se encubre bajo la máscara de la lealtad para obrar con mas seguridad su traicion; en prueba de ello, ved, señor, esta carta escrita de su mano, dirigida al emir de los monfíes Yuzuf-Al-Hhamar.

Y Sedeño sacó una cartera y de ella la carta que le habia entregado Miguel Lopez y con la cual habia este último impuesto condiciones á don Diego.

Aunque la carta estaba escrita en algarabia aljamiada, lenguaje y escritura que se usaba entre moros y cristianos aun antes de la conquista de Granada, el marqués que era docto la comprendió perfectamente.

Era una prueba indudable de la traicion de don Fernando de Válor.

Sin embargo, el capitan general, que no guardaba ningun género de consideracion á Sedeño, le dijo profundamente, reteniendo la carta:

--¿Y quien me asegura de que este escrito no es una falsificacion con que acaso quereis sorprenderme?

--Llame vuecelencia á don Diego de Válor, hágale escribir con cualquiera pretexto en arábigo aljamiado, y vuecelencia se convencerá de que esa carta es suya, contestó con gran aplomo Sedeño.

--He llegado á entender, dijo el marqués, que don Diego y su hermano faltan estos dias de Granada.

--Como que han estado en las Alpujarras en el palacio del emir preparando el levantamiento; pero han venido desde allí conmigo, y se les encontrara en su casa.

Meditó un momento el marqués, despues de lo cual tomó un papel, escribió sobre él algunas palabras, despues llamó con una campanilla de plata, á cuyo sonido se presentó á la puerta de la cámara un escudero.

--Ginés, le dijo don Luis; dad esta órden al capitan de caballos Pero de Baena, y que la cumplimente al momento.

El escudero tomó la órden y salió.

--¿Y quienes mas son las cabezas de esta rebelion? añadió el marqués, encarándose de nuevo con Sedeño.

--El cuñado de don Diego, Miguel Lopez, y tanto es esto asi, como que en el mismo dia de sus bodas partió de Granada con sus dos cuñados, de que hay muchos testigos.

El marqués anotó en un papel el nombre de Miguel Lopez.

--¿Y donde está ese hombre? ¿ha vuelto con sus cuñados? preguntó á Sedeño.

--Sus cuñados y yo hemos venido solos. Nada sé de Miguel Lopez; pero es natural de Orgiva y es muy posible que haya quedado con los monfíes.

--Continuad.

--Otra cabeza de la rebelion, es el Homaidi xeque de los moriscos que vive en el barrio del Zenete.

Don Luis escribió este nuevo nombre.

--Continuad, repitió.

--Hay ademas, dijo Sedeño, un hombre que está en Granada hace quince dias que es poderosísimo por sus riquezas, y que es doblemente traidor al rey.

--¿Y quien es ese hombre?

--Ese hombre se llama Calpuc: es rey de los rebeldes de Méjico; ha venido á España ignoro por qué causa, y ayuda con sus tesoros á los monfíes.

--¿Le conoceis?

--Le conozco, porque Yuzuf me lo ha dado á conocer. Ese hombre vive en la plaza de Bibarrambla casa del aleman Franz Maitller y sale de ella todas las mañanas disfrazado de mendigo, y todas las noches vestido de caballero; se le puede conocer ademas por su color moreno dorado y por sus cabellos ensortijados: es un hombre como de treinta y cinco á cuarenta años, alto cenceño, de mirada fija y profunda.

Don Luis, escribió de nuevo, despues de lo cual repitió la palabra:

--Continuad.

--Estas son las cabezas de la rebelion; ademas, tengo grandes esperanzas de entregar al rey al emir de los monfíes.

--¿Al terrible Yuzuf Al-Hhamar? exclamó con alegría el marqués.

--No, no señor, sino su hijo Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, en quien el viejo emir ha renunciado su autoridad.

--Os cojo la palabra, Sedeño, y si me presentais á ese emir, os ofrezco en nombre del rey una encomienda.

--Solo me impulsa mi lealtad al rey nuestro señor, dijo Sedeño.

--Por lo mismo debeis ser recompensado. Pero seguid: conocidos los capitanes de la rebelion, veamos cómo piensan llevarla á cabo los moriscos.

--El edicto del emperador los ha acabado de desesperar y les ha puesto las armas en las manos.

--Ya he dicho á sus xeques, que representaré á su magestad, á fin de que les otorgue un plazo durante el cual puedan consumir las ropas que se les prohiben; vestir sus esclavos fuera de estos reinos y hacer de manera que sus haciendas no padezcan con el cumplimiento del edicto.

--Ellos han dicho, que no quieren dejar su habla, ni sus usos, ni sus fiestas y ceremonias moriscas, ni dejar de ser juzgados por sus cadies, en sus desavenencias; que antes de permitir que sus casas estén abiertas, que sus mujeres salgan á la calle con los rostros descubiertos y privarse de sus baños, se dejaran matar, hacer pedazos.

--Se les trata con demasiado rigor, murmuró el marqués de una manera involuntaria é ininteligible para Sedeño que continuó:

--Así, pues, han recurrido á las armas: aprovechan la ocasion de haber poca gente de guerra en la ciudad...

--¡Vive Dios! exclamó el marqués: los cortesanos piensan que ser capitan general de Granada, es lo mismo que llevar el ferreruelo y la espada dorada en las antecámaras de las secretarias de Estado. Piensan que todo se gobierna aquí con papeles, y aquí se necesitan muchas lanzas, muchos arcabuces y muchos brazos robustos para sostenerlos: dicen que cuesta mucho dinero el entretenimiento de tantas gentes de guerra en el reino y costa de Granada; que España está exhausta con las pasadas turbulencias, y que aquí nos basta para reprimir á los moriscos, con los alguaciles de la Chancilleria, y con dos ó trescientos arcabuceros viejos del presidio de la Alhambra: si mañana los moriscos de la vega y de la ciudad, los monfíes de las Alpujarras y los berberiscos, que pueden venir en un dia de Africa y desembarcar á mansalva en las costas desamparadas, se apoderasen de Granada, se llamaría torpe y descuidado al capitan general, cuando no se adelantasen á llamarle cobarde ó traidor. Pero en Dios confio que con la ayuda de los buenos caballeros de la ciudad y reino de Granada, con la gente de guerra de la Alhambra, y con los escuderos de mi casa, podremos sofocar esta primera llamarada. ¿Donde teneis vuestros cien buenos arcabuceros, capitan?

--En Andarax, señor.

--¿Quién los manda en vuestra ausencia?

--El alférez Pero Villasante.

Escribió el marqués.

--Bien, muy bien, dijo: ahora relatadme cuándo y de qué manera piensan levantarse los moriscos.

--¿Cuando? mañana á la noche. ¿Cómo? barreando las calles del Albaicin y viniendo al mismo tiempo sobre la ciudad por los atajos de la sierra, los monfíes.

--¡En los atajos, en los atajos de la sierra está nuestra salvacion! dijo el marqués con el rápido golpe de vista de un buen capitan. ¿Sabeis el punto por donde se han de acercar á Granada los monfíes?

--Si señor. Por los desfiladeros de Dilar.

--Bien, bien, capitan, dijo don Luis: os confieso que habia llegado hasta desconfiar de vos; pero el servicio que acabais de hacer á su magestad, os vuelve toda mi confianza. ¿Dónde vivís?

Sedeño dió al marqués las señas de su casa.

--Id, pues, con Dios; es tarde y necesitareis descansar.

Sedeño saludó profundamente al marqués, que se levantó y le dijo:

--Venid, venid conmigo: ahora pienso, que habiendo yo llamado á don Diego de Válor podria suceder que si volvíais por donde habeis venido podriais encontrarle y darle que sospechar. Venid.

--¿Y mi caballo? pudiera verle tambien al entrar y reconocerle.

--¡Ah! ¡vuestro caballo! ¡es verdad! ¡hola! dijo el marqués, y al presentarse un criado añadió: id á la puerta del Juicio, tomad un caballo que encontrareis allí y llevadle al momento á la puerta de Hierro.

Despues de esto el marqués salió precediendo á Sedeño, bajó unas escaleras, atravesó el hermoso patio de Lindaraja, pasó junto la sala de los secretos, entró por una mina, llegó á su fin, llamó á una puerta y despues del llamamiento se oyó la voz de un soldado que llamaba al alférez de la guardia. Poco despues se oyó otra voz que dijo:

--¡Quien va!

--Abrid al capitan general.

Rechinó precipitadamente una llave en una cerradura, descorrióse un cerrojo y la puerta se abrió.

--Alférez, dijo el marqués á uno que habia aparecido tras la puerta con una linterna en la mano. Cuando llegue uno de mis criados con un caballo, le entregareis á este capitan, abrireis la puerta de Hierro, y le dejareis salir libremente.

Despues de esto el marqués se volvió y el alférez cerró la puerta. A poco rato Sedeño á caballo, bajaba lentamente la pendientísima y tortuosa cuesta, que ciñe los muros de la Alhambra, desde Peña-Partida hasta los molinos del río Darro.

Habia quedado fuera del recinto de la ciudad; pero cuando despues de pasar el puente del Diablo, y de subir la cuesta del Chapin llegó á la puerta de Guadix, vió que por fortuna esta aun no se habia cerrado, y entró en el Albaicin, por cuyas oscuras y tortuosas calles se perdió.

CAPITULO XVI.

La venganza de don Diego de Córdoba y de Válor.

En una cámara del palacio de don Diego en el Albaicin, velaban una hora antes de los últimos sucesos que hemos referido, dos damas.

La una leia con suma distraccion, en un libro en folio feamente impreso. Decimos con suma distraccion, porque hacia gran tiempo que tenia fija la vista en el libro como si leyese, y sin embargo, no habia vuelto la hoja, á pesar de haber trascurrido espacio sobrado para que el mas torpe lector hubiese recorrido diez veces las líneas de las dos paginas por donde estaba abierto el libro. A poco que se leyese en aquellas páginas podia comprenderse que aquel libro era la historia del famoso caballero Amadis de Gaula.

Aquella dama era doña Isabel de Válor.

A pesar de que Calpuc la habia dado aquella mañana noticias exactas acerca de la existencia de Miguel Lopez, ni doña Isabel habia comunicado á nadie aquellas noticias, ni habia dejado su luto.

El negro color de sus ropas contrastaba enérgicamente con la palidez mate que hacia mas diáfana la blancura de su semblante.

La otra dama, sentada junto á la misma mesa apoyada un brazo en ella y en la mano el semblante, estaba, si cabe, mas pálida, que doña Isabel, y en sus negros ojos destellaba una chispa sombría y colérica.

Aquella otra dama era doña Elvira de Céspedes, esposa de don Diego.

Ni una sola palabra se cruzaba entre las dos cuñadas; la una fijaba la vista abstraida en el libro; la otra parecia fijar su intensa mirada en la inmensidad.

Dieron las animas en la cercana iglesia de San Gregorio, y doña Isabel se agitó con un ligero estremecimiento nervioso. Aquella campana que tañía lúgubremente á la oracion por el eterno descanso de los que habian dejado de existir, recordó á doña Isabel su cita en el huerto con el extraño hombre de aquella mañana. Doña Elvira pareció salir de su distraccion y rezó en voz baja, á cuyo rezo contestó doña Isabel.

Cuando se terminó la oracion, doña Elvira dirigió algunas secas palabras á doña Isabel.

--Ya es hora que nos recojamos, hermana, la dijo tomando una lamparilla de plata que estaba sobre la mesa, y encendiéndola en el velon.

--Recojámonos, pues, dijo doña Isabel cerrando el libro, y tomando una bugía y encendiéndola á su vez. Buenas noches, hermana.

--Buenas noches.

Como se ve no mediaba la mejor inteligencia entre doña Isabel y doña Elvira. Las dos cuñadas salieron de la cámara cada cual por distinta puerta.

Pero ninguna de las dos se encaminó á su dormitorio. Doña Isabel apenas salió á los corredores apagó la bugía y por una escalera de servicio, bajó al huerto buscando en su limosnera, la llave del postigo que se habia procurado durante el dia, y cerciorándose de si llevaba consigo la sortija, que por órden de Miguel Lopez, su esposo, debia entregar á Calpuc. Doña Elvira apenas salió de la cámara apagó tambien su luz, atravesó á tientas una habitacion, salió á otros corredores y abrió una puerta tras la cual se perdió. Aquella puerta era de los aposentos de don Diego, donde estaba la entrada secreta del subterraneo donde habia estado preso, por decirlo así, Yaye.

Una vez en la cámara de su esposo, doña Elvira encendió de nuevo su luz en una lámpara que ardia delante de un Cristo de talla sobre un reclinatorio, fué á la puerta secreta, la abrió, bajó las escaleras y se puso á escuchar.

--Nadie, no hay nadie, dijo: sin duda se han ido aquellos hombres que hoy al bajar me detuvieron: pero ¿por donde han entrado esos hombres? ¿quién los ha traido? Ellos son sin duda los que me han robado á Yaye.

Doña Elvira al pronunciar el nombre del jóven, exhaló un gemido, se llevó una mano sobre el corazon, y se apoyó en la pared un momento, como si hubiera necesitado de aquel apoyo para no vacilar y caer: luego rehaciéndose, merced á su indomable voluntad, acabó de bajar los escalones, y entró resueltamente en la mina y la recorrió, llegando á la otra escalera que comunicaba con la casa del capitan Sedeño.

A causa de la oscuridad y de su sobreexcitacion, doña Elvira habia pasado sin reparar en ella junto á la abertura practicada en uno de los costados de la mina por Harum el monfí.

Se detuvo un momento al pié de la escalera de la casa del capitan, y luego pintóse una decidida expresion en su semblante y trepo por ella.

No tardó en llegar á la puerta secreta: por acaso aquella puerta habia quedado abierta, y doña Elvira se encontró en la cámara del capitan.

Por un momento tuvo miedo de pasar adelante: se hallaba en una casa extraña; pero doña Elvira se hallaba en un estado terrible: tenia fiebre: esa fiebre que producen en las organizaciones vigorosas, la rabia y la desesperacion.

Doña Elvira siguió adelante, y recorrió la casa del capitan, hasta llegar á la puerta exterior; como si Dios no hubiese querido doblar el terror de doña Elvira, habia pasado algunas veces junto á la puerta de la cámara mortuoria, donde yacía doña Inés de Cárdenas, sin que se le hubiese ocurrido que allí habia una habitacion en la cual no habia entrado.

Maravillóla, sí, el encontrar encendidas las luces del zaguan en una casa donde no se encontraba á nadie.

Doña Elvira para cerciorarse de si aquella gran puerta daba á la calle ó á un patio interior, lo que podria muy bien suceder, corrió los cerrojos y abrió uno de los grandes postigos de aquella puerta.

En aquel momento un ginete arremetió por ella, y á poco no atropella á doña Elvira que se hizo un paso atrás, dejó caer la lámpara y exaló un grito de espanto al reconocer al ginete.

Aquel ginete era don Diego de Córdoba y de Válor.

--¡Ah! ¡ah! dijo don Diego; ¿sois vos señora? En verdad, en verdad, que yo esperaba encontraros en otra parte; pero no ciertamente aquí.

La situacion en que se hallaba doña Elvira era tan extraña que solo contestó fijando en su marido una mirada de terror.

--Haceis bien en aterraros, dijo don Diego, porque en verdad que sé algunas cosas de vos, que mas os valiera no haber nacido para no haberlas ejecutado.

Doña Elvira, que como la mayor parte de las mujeres, tenia suma facilidad para dominarse, se repuso y contestó á don Diego:

--No comprendo lo que me quereis decir, esposo y señor.

--¿Que haceis aquí, señora? dijo don Diego atando á una argolla del portal su caballo, del que habia descabalgado.

--En verdad que no lo sé, dijo doña Elvira recogiendo del suelo con gran serenidad la lámpara; al veros de repente ante mí me he sorprendido, porque no esperaba veros en esta casa, en la que á mí misma me causa gran extrañeza el encontrarme. Encended mi lámpara en uno de esos faroles y seguidme; tengo grandes cosas que comunicaros.

Sorprendido don Diego del aplomo con que doña Elvira le hablaba, ni mas ni menos que si nunca le hubiese ofendido, tomó maquinalmente la lámpara, la encendió y la entregó á su esposa.

--Vamos de aquí, dijo ella, trasladémonos á nuestra casa; tengo que revelaros sucesos importantes.

--¡Ah! ¿teneis que revelarme... sucesos importantes? dijo conteniendo mal su cólera don Diego.

--Si por cierto; pero ante todo decidme: ¿por qué razon habiendo estado un mes ausente, venís á esta casa antes que á la vuestra?

--Tenia mis razones para pretender llegar á cierto punto de mi casa sin ser sentido.

--¡Ah! ¿y á qué punto de vuestra casa queriais llegar sin ser sentido, caballero? en verdad que no comprendo la razon de tanto misterio, á no ser que pensáseis darme el placer de una sorpresa.

--Si por cierto, queria sorprenderos doña Elvira.

--Y efectivamente me habeis sorprendido presentándoos ante mí en un lugar y en una ocasion en que ciertamente no hubiera esperado encontraros.

--Perdonad si no os digo en qué lugar queria sorprenderos; porque estamos en una casa extraña y podria escucharnos alguno de los criados del capitan Alvaro de Sedeño.

--¡Ah! ¡esta es la casa de vuestro amigo el capitan Sedeño! En verdad que yo ignoraba que viviese tan cerca; que pudiese comunicarse con nosotros, y habeis hecho mal en no advertírmelo, porque...

--Seguid, seguid adelante, señora, y callad: basta con que hayais dado el escándalo de que os vean en esta casa, en la que no comprendo por qué razon estais; no hay necesidad de que nadie se entere de nuestros asuntos.

--Podeis estar tranquilo, dijo doña Elvira; nadie nos escuchará porque esta casa está deshabitada.

--¡Deshabitada!

--Si por cierto, seguidme y os convencereis.

Doña Elvira tomó por la escalera principal, y don Diego la siguió, dominado por lo extraño de lo que le acontecia.

Preocupados entrambos esposos con la situacion en que se encontraban, se olvidaron de cerrar la puerta de la calle, y siguieron en silencio el uno tras la otra por las escaleras arriba.

Doña Elvira entró en los corredores, y de ellos pasó á una antecámara, en la que antes no habia entrado.

En aquella antecámara habia un fuerte olor á cera quemada: era la antecámara mas allá de la cual habia muerto doña Inés.

Doña Elvira siguió fatalmente adelante y se encontró en el aposento mortuorio. Habia sobre la mesa dos bugías encendidas que proyectaban una luz opaca sobre el lecho.

--Aquí hay una mujer que duerme, dijo don Diego.

Doña Elvira miró el lecho, y mas perspicaz que su marido lanzó un grito de horror.

--¡Esa mujer está muerta! exclamó.

--¡Muerta! exclamó don Diego arrebatando la lámpara á doña Elvira que habia quedado yerta de espanto, y acercándose al lecho: ¡muerta! ¡sí muerta! pero... ¿quién es esta mujer?... ¡ah! ¡la muerte se cruza en mi camino cuando vengo á buscar una prueba de mi deshonra!

--¡De vuestra deshonra! exclamó en un acento indefinible doña Elvira.

--Sí, sí, seguidme, señora, seguidme y concluyamos de una vez.

Y asió brutalmente de un brazo á doña Elvira y la arrastró consigo fuera de la cámara; atravesó la antecámara, salió á los corredores y luego, como quien conocia bien aquella casa, torció por una puertecilla, atravesó un pasadizo, entró en el aposento del capitan Sedeño, y se encaminó á la puerta secreta.

Aquella puerta estaba abierta.

--¿Habeis entrado por aquí, señora? la dijo.

--Por aquí he entrado, contestó con acento severo y duro doña Elvira, como si con la entonacion de su voz hubiera querido protestar de la manera brutal con que la arrastraba consigo don Diego.

--¿Y quién os ha dicho que existia esta comunicacion secreta con nuestra casa? preguntó con un acento no menos duro y severo don Diego.

--Nadie me lo ha dicho, yo he descubierto esta comunicacion.

--¡Que la habeis descubierto! ¿y cómo? hay alguna distancia desde el aposento subterráneo aquí y no parece natural...

--Yo no hubiera descubierto esta comunicacion, sino hubiera desaparecido Sidy Yaye.

--¡Que ha desaparecido Sidy Yaye! exclamó con un acento indescribible don Diego: ¡es decir que se os ha escapado!

--Solo sé deciros que esta noche cuando bajaba á traerle la cena, encontré la habitacion abandonada. Yo habia dejado bien cerrada la puerta; nadie conoce la entrada del subterráneo por nuestra casa mas que vos y yo: Yaye debia haberse escapado por otra parte: nos importaba demasiado ese mancebo para que yo no procurase indagar cómo podia haber huido, y recorrí la mina: al fin de ella dí con una escalera, al fin de la escalera con esta puerta que encontré franca; recorrí la casa, menos esa habitacion donde hemos visto ese cadáver, y no encontré persona alguna: llegué al zaguan, y... abrí maquinalmente la puerta...

--Para ver sin duda, si se alejaba con seguridad vuestro hermoso Yaye, dijo don Diego cediendo á una suspicaz suposicion: ¡oh! si, si, veo en esto la mano de los monfíes; vos no habeis querido que vuestro amante esté privado del sol y del aire.

--¡Mi amante! exclamó verdaderamente aterrada doña Elvira; pero sobreponiéndose á su terror, ¿habeis dicho mi amante? añadió con altivez.

--Venid, exclamó trémulo de furor don Diego.

Y arrastrándola consigo, descendieron por las escaleras: un instante despues se encontraron en el aposento subterráneo donde habia vivido un mes Yaye.

Don Diego revolvió en torno suyo una mirada de tigre y acercándose á un sillon colocado junto al abandonado lecho de Yaye, tomó de sobre él un riquísimo justillo de mujer y una gargantilla, que doña Elvira había dejado allí abandonados, con el descuido de una mujer que no piensa ser sorprendida en la habitacion de su amante.

--¿Qué significa esto, señora? dijo con acento opaco don Diego: ¿habeis elegido por vuestra cámara de vestir, este aposento, y por camarera á Yaye?

Doña Elvira no pudo contestar: su palidez se hizo lívida y miró con los ojos desencajados de espanto las acusadoras prendas que don Diego la mostraba.

--Nunca os habeis engalanado tanto para vuestro marido, exclamó con acento ronco don Diego; conócese que el hermoso emir apreciaba sobre todo, la desnuda blancura de vuestro cuello, cuando os hacia despojaros de esta rica gargantilla: á falta de sol y de aire vos llenábais de flores, de perfumes y de amores su encierro. ¡Oh! razon tenia yo en querer sorprenderos; sorprenderos de manera que nadie pudiese avisaros, pero os sorprendo á vos sola... el infame... el infame se ha escapado llevándose mi honor: pero yo sabré encontrarle: yo sabré matarle aunque le protejan todos sus monfíes.

Doña Elvira quiso disculparse aun; pero don Diego trémulo de cólera, acometió á su mujer en el momento de hacer ademan de hablar. Doña Elvira aterrada retrocedió y la mano de don Diego solo pudo asir su rizada gorguera de encaje de Flandes, se la arrancó y dejó descubierto el cuello y parte del seno de doña Elvira.

Entonces vió don Diego que sobre el pecho de su esposa habia un relicario de oro, pendiente de su cuello por una preciosa cadena del mismo metal.

Don Diego arrojó lejos de sí la gorguera, y señaló con un dedo inflexible el relicario.

--Negad ahora, si os atreveis, exclamó.

--¿Y este relicario que os prueba? exclamó con audacia doña Elvira.

--Es el relicario de mi hermana: el relicario bendecido por el papa, que yo la regalé hace un año. Y ¿sabeis lo que hizo mi hermana con ese relicario? le regaló á Yaye, al hombre á quien amaba. ¿Sabeis que la noche en que se separaron Yaye é Isabel pidió ella su relicario al hombre de quien debia separarse para no volverle á ver, y que él, no consintió en separarse de ese relicario? ¿sabeis que yo lo escuchaba todo, oculto? ¿que sé que ese relicario habia quedado en poder de Yaye, y que solo él puede habérosle dado? ¿sabeís que cuando un hombre da una prenda de amor de una amante á otra amante, es porque ama mas á la segunda que á la primera ó porque no ama á ninguna de las dos? ¿Y me quereis negar todavía que sois amante de Yaye?

Dona Elvira era una mujer de pasiones violentas, de la cual no podian esperarse sino extremos, y desesperada por la pérdida de Yaye, enloquecida por la situacion en que se encontraba, devorada por la fiebre, fuera de sí, exclamó con una energía casi salvaje:

--Pues bien, si, matadme, matadme, porque estoy desesperada: porque le amo, he sido suya y le he perdido.

Don Diego se sintió acometido de un vértigo de sangre, desnudó su daga furioso y acometió á doña Elvira que cayó de rodillas; pero de repente se contuvo; se pasó la mano por la frente, envainó la daga y dijo asiendo á su esposa con una fuerza desesperada por un brazo:

--Aun no es tiempo... aun vive él... vivid vos tambien... una puñalada es poco... necesito mas para vengarme... y me vengaré... me vengaré sin que el mundo pueda conocer mi venganza, ya que no conoce mi deshonra... me vengaré, pero de una manera horrible.

Y sombrío y letal, dejando á doña Elvira doblegada sobre sus rodillas, salió del subterráneo por la casa del capitan Sedeño, cerró perfectamente la puerta secreta, atravesó aquella casa, bajó al zaguan, sacó el caballo fuera, encajó la puerta ya que no podía cerrarla, montó y rodeó el Albaicin para dar lugar á que su esposa se rehiciera, bajó al meson donde habia dejado á su hermano, y dos horas despues de la terrible escena habida con su esposa, llamó á su casa.

Doña Elvira bajó serena y tranquila; mejor dicho: como una esposa amante, á recibirle y se arrojó en sus brazos.

Don Diego la estrechó en ellos y la dijo al oido estas palabras envueltas en un beso satánico:

--¡Gracias! ¡doña Elvira, me habeis comprendido!

Y asido de su mano se encaminó á las escaleras en cuyo primer peldaño pálida y anhelante le esperaba doña Isabel.

--¡Y mi esposo! exclamó esta.

--Tu esposo hermana dijo don Diego ha tenido la desgracia de ser asesinado por los monfíes de las Alpujarras.

* * * * *

Un momento despues, don Diego fue solemnemente preso por un capitan de caballos de órden del capitan general de la córte y reino de Granada, y conducido con grandes seguridades á la Alhambra.

CAPITULO XVII.

Cómo se encontraron el rey del desierto y el capitan estropeado.

Sepamos ahora, lo que habia hecho en el huerto doña Isabel.

Adelantó temblando y á oscuras por entre las flores y se acercó al postigo; poco despues se oyeron por la parte de afuera en aquel postigo tres golpes recatados.

Doña Isabel abrió temblando.

--¿Sois vos? dijo á un hombre, que á pesar del calor, estaba envuelto en una ancha capa.

--Yo soy, dijo aquel hombre entrando; cerrad, señora, cerrad.

Doña Isabel cerró.

--¿Estais segura de que nadie puede vernos? dijo el hombre.

--Los criados estan al otro lado de la casa, y no acostumbran á venir de noche al huerto, contestó doña Isabel.

--Aunque la noche es oscura, como el huerto está descubierto por esta parte, temeria que os viesen conmigo.

--Os repito, dijo doña Isabel con acento en que se notaba la contrariedad en que la ponia aquella aventura, os repito que nadie puede vernos.

--¡Ah! la noche es oscura y las tapias no son muy altas, dijo el desconocido mirando á las que lindaban con el huerto de la casa del capitan Sedeño.

--¿Qué habla este hombre de tapias? dijo para sí con cierto temor doña Isabel, temiendo haber caido en un lazo tendido por un ladron.

Pareció como que el desconocido adivinaba el cuidado de doña Isabel, puesto que se apresuró á decirla:

--Nada temais: no es un criminal el hombre que teneis delante, y puesto que habeis tenido la bondad de franquearme la entrada, tenedla tambien de oirme en un lugar en donde de nadie podamos ser escuchados.

Una vez puesta en aquella situacion doña Isabel, siguió de una manera fatal el camino que habia empezado y condujo al extranjero á su enramada favorita.

--Sentaos, le dijo, señalándole el banco.

--Sentaos vos, señora, y nada temais; sois buena, necesitais de amparo y os juro que yo os ampararé.

Se trocaban los papeles: convertíase en amparador, el que aquella mañana pedia ser amparado.

--Nos encontramos en una situacion verdaderamente extraña, doña Isabel, la dijo; he podido procurarme una entrevista á solas con vos á nombre de vuestro esposo, y es necesario que sepais cómo he trabado conocimiento con él. Este conocimiento le debo á una traicion de vuestros hermanos.

--¡Ah! ¡ya lo temia yo! exclamó doña Isabel.

--Pero antes de que lleguemos á este punto es necesario que sepais quién soy yo.

--Vos sin duda sois extranjero, dijo con encogimiento doña Isabel.

--Si, es verdad, contestó suspirando el desconocido, y bien sabe Dios que si estoy en tierras de Europa, y en España, es contra mi voluntad.

--¿De qué parte del mundo sois, pues, caballero?

--De la cuarta parte, contestó el desconocido.

--¿De América?

--Cabalmente: soy mejicano.

--¡Ah!

--¿Comprendeis que un mejicano tiene tantos motivos para aborrecer á los españoles como un morisco?

[imagen: ¡Defiéndete! ¡ese cadáver va á ser nuestro testigo!]

--Sin embargo, á pesar de todas sus crueldades, de todas sus tiranías, los españoles nos han mostrado la santa ley de Jesucristo.

--¿Y qué importa que hayamos escuchado la voz de los ministros del Altísimo? ¿qué importa que persuadidos por su palabra hayamos despreciado á los torpes ídolos á quienes antes rendíamos un culto abominable, para arrojarnos llenos de fe y de esperanza al pié de los altares del Crucificado? ¿hemos conseguido por eso que los españoles nos traten como hermanos? Ellos nos han traido á la religion única y verdadera; pero tambien nos han traido al martirio.

--Es verdad, dijo doña Isabel que como morisca no podia desconocer las infamias de que los moriscos eran víctimas.

--Para esos hombres, continuó el mejicano no hay mas Dios que el oro, ni mas cielo que los placeres: allí donde alcanzan su garra ó sus ojos, allí van el robo, el asesinato y la impureza: la América es un tesoro vírgen, y las vírgenes de América las mujeres mas hermosas del mundo. ¡Ah! ¡perdonad! vos sois tan hermosa y tan pura, como la mas pura y mas hermosa de ellas. ¡Si conociíeseis á mi esposa! ¡si conocíeseis á mi hija!

La voz del mejicano se hizo trémula y sus ojos se llenaron de lágrimas.

Doña Isabel perdió todo su terror, que dejó en su alma su lugar á la compasion.

--¡Vuestra esposa! ¡vuestra hija! exclamó con un profundo acento de misericordia ¡Las habeis perdido!

--¡No! ¡me las han robado! ¡me las robó hace diez años un español infame! ¡pero no las he perdido no! estan muy cerca de mí: allí, en aquella casa.

Y señaló la del capitan estropeado.

--¿Qué estan allí, en esa casa, vuestra esposa y vuestra hija?

--¡Si! son esclavas del capitan Alvaro de Sedeño.

--¡Esclavas! ¡Dios mio! exclamó horrorizada doña Isabel.

--Como podeis serlo vos mañana.

--¡Yo soy cristiana!

--Pero sois morisca. Mañana una rebeldia imprudente de vuestro hermano, que es harto ambicioso, podrá causaros desventuras incalculablemente mayores que las que os ha causado ya su falta de prevision. ¡Oh! ¡si mañana encendida la guerra os vieseis cautiva arrancada de vuestros hogares, tratada brutalmente...! ¿de que os serviria haber abrazado con toda vuestra alma la religion de Cristo?

[imagen: ¡Estoy sola en el mundo! ¡sola y desesperada!]

--Si eso sucede, la religion me servirá y me sirve ya, para sufrir con valor mis desventuras.

--¡Ah! yo procuraré salvaros, como procuro salvar á mi hija y á mi esposa, si aun es tiempo.

--¡Si aun es tiempo!

--He visto una sola vez á mi esposa hace algunos dias despues de diez años de separacion y de lágrimas, y apenas he podido reconocerla. ¡Oh! ¡la desesperacion y la muerte estaban pintadas en su semblante! aun no he podido vengarla: cien veces he tenido junto á mí al infame, y un juramento horrible me ha atado las manos: cuento con vos para salvarlas y luego,... ¡quiero una venganza horrible, horrible de todo punto...! quiero que me vengue la Inquisicion!

--¡La Inquisicion!

--¡Oh! si: ese hombre es un espia de los monfíes, un renegado de Cristo.

--¿Conoceis á los monfíes?

--El rey de los monfíes contiene mi venganza por un juramento.

--Pero ¿quien sois vos? dijo maravillada de aquel hombre doña Isabel.

--Yo soy Calpuc, el rey del desierto, contestó solemnemente el mejicano.

--¡Ah! exclamó doña Isabel.

--Sí; como la vuestra, mi alcurnia es egregia, señora... para que cese vuestra extrañeza, para que consintais en ayudarme, necesito revelaros la historia de mi vida, de mis alegrias y de mis desventuras... pero ahora que hablamos de favorecernos: ¿habeis traido con vos la sortija de bodas?

--Si, si, tomad: ¿pero qué tiene que ver esta sortija...?

--Esta sortija servirá para arrancar de las manos de un miserable, una carta de vuestro hermano que puede perderle y perderos con él, porque la tal carta, fue escrita por don Diego al emir de los monfíes y contiene pruebas de traicion al rey. Miguel Lopez, vuestro esposo, se apoderó de aquella carta, y obligó con ella á vuestro hermano, á que eligiese entre haceros esposa de Miguel Lopez, ó que fuese entregada aquella carta al presidente de la Chancillería: vuestro hermano os sacrificó á su seguridad.

--¡Ah! ¡Dios mio! ¡Dios mio! exclamó doña Isabel.

--Pero nada temais: acaso Miguel Lopez muera, y esa carta no será entregada á los ministros del rey de España.

Doña Isabel dobló la cabeza bajo el peso de su infortunio.

--No perdais la esperanza, señora, la dijo Calpuc: vuestra felicidad está en mis manos; Yaye, el emir de los monfías, el hombre á quien amais, vive, y Miguel Lopez está en mi poder.

--¡Ah! ¡no le mateis! exclamó doña Isabel.

--Acaso muera sin que yo pueda evitarlo, respondió profundamente el rey del desierto.

Hubo un momento de silencio solemne, despues del cual dijo Calpuc.

--La noche sube y necesito que consintais en ayudarme; escuchad, pues, mi historia.

Y seguidamente contó á doña Isabel cómo robó á doña Inés de Cárdenas de la frontera del desierto; cómo por su amor se convirtió al cristianismo y cómo le fueron arrebatadas su esposa y su hija por Sedeño; su venida á España, en busca del robador, y su conocimiento con el emir de los monfíes.

Cuando concluyó, los ojos de doña Isabel estaban llenos de lágrimas.

--¿Y cómo quereis que contribuya á la libertad de vuestra esposa y de vuestra hija? preguntó.

--Escuchad, señora, dijo Calpuc: el capitan ha salido esta mañana hacia las Alpujarras: solo han quedado en la casa un viejo soldado y dos criadas: pretender penetrar por la puerta seria imprudente... pero puedo penetrar por esas tapias, si vos me lo permitís.

--¡Oh! si, si, id... y si yo pudiera ayudaros personalmente....

--No, no señora, dijo Calpuc; pero dejadme ir, por que me devora la impaciencia.

--¡Oh, si! id á salvarlas, id y que Dios os ayude.

--¡Que él os bendiga señora, exclamó Calpuc besando la mano de doña Isabel; que él os lo pague si yo no puedo pagaros!

Calpuc se separó de doña Isabel: esta le vió llegar á la tapia, terciarse la capa, asirse á las asperezas de la pared y trepar silenciosamente por ella.

Poco despues desapareció.

Doña Isabel permaneció algun tiempo en el huerto abstraida profundamente, pero vino á sacarla de su abstraccion un grito horrible, inarticulado, semejante á un rugido, que procedia del interior de la casa del capitan Sedeño.

Tuvo miedo, huyó del huerto, y se encerró en su habitacion de la que salió poco despues á recibir á sus hermanos que habian llamado á la puerta.

CAPITULO XVIII.

Continuacion del anterior.

El capitan Sedeño, bien ageno de todos estos acontecimientos, y anegando su alma de tigre en la feroz y para él alegre contemplacion de sus traiciones, que aseguraban su reposo y su independencia, se dirigia á su casa, atravesando las estrechas y oscuras callejas del Albaicin.

Llegó al fin, y llamó con fuerza desde el caballo; pero nadie le contestó.

Repitió dos golpes mas fuertes, y á su empuje la puerta, que como sabemos no estaba afianzada, cedió y se entreabrió.

--¿Qué es esto, exclamó con un colérico asombro el capitan? ¿no me responde nadie y la puerta está abierta?

Dicho esto empujó mas la puerta, penetró á caballo, y al ver los faroles del zaguan encendidos, gritó:

--¡Ola! ¿qué es esto? ¡vive Dios!

Nadie le contestó.

Entonces el capitan echó pié á tierra, temblando de cólera, corrió los cerrojos de la puerta, y subió, cuanto de prisa se lo permitia la falta de su pierna, las escaleras.

A medida que adelantaba, la soledad que encontraba en su casa, le hacia sentir un terror frio, semejante al presentimiento de un suceso terrible; siguió adelante, atravesó algunas habitaciones, y al fin abrió la puerta de la cámara mortuoria.

Al entrar encontró en el centro de ella un hombre que fijaba en él una mirada sobrenatural, y decimos sobrenatural, porque tal era el odio, la rabia, la desesperacion y la venganza que brillaban al par en aquella mirada.

Aquel hombre era Calpuc, el rey del desierto, que habia sentido acercarse al capitan, merced al ruido seco de su pata de palo sobre el pavimento, y se habia alzado de sobre el lecho, donde el infeliz habia encontrado muerta á su esposa.

Al ver ante sí á Sedeño, se encaminó gravemente á la puerta, y la cerró por dentro. Luego adelantó hasta el capitan, que permanecia asombrado en el centro de la cámara, mirando con una fascinacion horrible el cadáver de doña Inés.

Aquellos dos hombres no tenian nada que decirse: la situacion en que respectivamente se encontraban colocados, era demasiado terrible para que diese lugar á palabras ni á recriminaciones.

Calpuc desenvainó su espada con una calma horrorosa, y punzando en un brazo al capitan que estaba absorto, dominado por el terror, como para advertirle, le dijo, cuando este, al sentir la aguda punta, se volvió en un movimiento colérico:

--¡Defiéndete! ¡ese cadáver va á ser nuestro testigo!

--En buen hora, dijo con voz cavernosa el capitan, desnudando convulsivamente su espada: ese cadáver colocado entre los dos pide sangre: defiéndete.

Y empezó un combate espada contra espada, que hubiera podido parecer por lo acompasado y reflexivo un asalto de armas, sino hubiera existido en el lecho aquel cadáver, y una pasion profunda, letal, en el semblante de los combatientes.

Los dos eran maravillosamente diestros: los dos acometian y paraban con suma reflexion, como si hubiesen querido no perder un golpe, no faltar á una parada: conocíase en ambos la decidida intencion de matar á su adversario, y las estocadas eran rectas, profundas, las paradas vigorosas: cubríanse y reparábanse con un cuidado exquisito, con una sangre fria, admirable en la situacion en que se encontraban los dos enemigos.

Pero á poco que se observase á aquellos dos hombres, se conocia que la ventaja estaba de parte de Calpuc: no porque Sedeño fuese cojo y manco, defectos que no impedian el que se manejase perfectamente con la pierna y el brazo que tenia sanos, sino porque, á pesar de su valor y de su sangre fria, Sedeño estaba aterrado, su terror crecia de momento en momento, y no podia sufrir la candente mirada de Calpuc, que le devoraba, le amenazaba, le torturaba. En una palabra: porque su infamia habia acabado por dominar al capitan, mientras Calpuc, en quien vivian la rabia y el derecho, estaba sostenido por ellos como por la mano de Dios.

Sin embargo, y atendido el estado de la lucha, aunque se notase alguna ventaja en Calpuc, ventaja puramente moral, ningun inteligente en la esgrima de aquellos tiempos que hubiera presenciado el duelo, se hubiera atrevido á decidir rotundamente acerca de cuál de aquellos hombres seria el vencedor.

Conocíalo esto asimismo Calpuc, y se afianzó mas en su posicion y se hizo mas cauto y perspicaz en la acometida y en la parada; notó que Sedeño, á pesar del peligro, estaba abstraido, que se defendia bien por tacto y por costumbre, y que, saliendo bruscamente del género de ataque que habia usado hasta entonces, podria cogerle desprevenido y matarle.

Asi es que, con una destreza maravillosa, le marcó un golpe al rostro; hizo pasar la punta de su espada con la velocidad del relámpago por delante del único ojo del capitan, y rebatiendo la mano, á tiempo que Sedeño acudia á la parada por arriba, le metió la espada en el pecho hasta la empuñadura.

Calpuc dejó la espada en la herida, temeroso, si la sacaba, de traerse con ella la vida del capitan: este lanzó una horrible blasfemia al sentirse herido, quiso afianzarse sobre su pié y su pata para no caer; pero al fin vaciló y cayó sobre el costado donde habia sido herido.

--Mi esposa ha muerto: exclamó Calpuc, acercándose á él, pero mi hija vive: ¿sabes qué ha sido de mi hija?

--¡Ah! exclamó con una feroz alegria Sedeño: ¿has encontrado muerta á tu esposa, y no sabes qué ha sido de tu hermosa Estrella...? muero, pues, mas tranquilo. Doña Inés no puede ser tuya, porque es de la tumba, y tu hija ha huido acaso con algun castellano; acaso con el soldado que me servia... ¡deshonrada! ¡ah! ¡hermosa ramera!

Una tos profunda, hirviente, interrumpió al capitan, que lanzó un vómito de sangre.

--Contesta, contesta y te perdono... exclamó Calpuc: ¿qué has hecho de mi hija? ¿dónde está mi hija?

--¿Para qué quiero yo tu perdon? exclamó con la voz enronquecida Sedeño: yo te desprecio Calpuc, y muero satisfecho porque sé que no tardarás en acompañarme; porque muero dejando por una casualidad preparada mi venganza.

Un nuevo vómito de sangre, sin tos, sin esfuerzo, fácil, como rebosa el agua de una fuente, interrumpió de nuevo al capitan.

Calpuc se aterró ante aquella oscura amenaza que salia de los siempre crueles labios del moribundo.

--¡Mi hija! ¡mi hija! gritó Calpuc inclinándose sobre el capitan, y sacudiéndole furioso.

Tornó á él Sedeño la vista nublada y vaga por la muerte, sus labios se contrajeron de una manera horrible, y exclamó en medio de una carcajada débil, dolorosa; pero sarcástica y acerada:

--¡Tu esposa! ¡tu hija! ¡las dos! ¡y luego tú!

Su voz se apagó, se agitó en un débil esfuerzo, y faltándole el brazo sobre que se apoyaba, cayó y quedó inmóvil.

Estaba muerto.

Aquella muerte abrió un vacío profundo en el alma de Calpuc.

--¡Ah! exclamó: he sido un insensato: le he matado, y no he podido saciar mi venganza... mi venganza es ya imposible... está muerto... ¡muerto...!

Calpuc quedó inmóvil como una estátua, con una ansiedad mortal pintada en el semblante, con una rabia concentrada en sus ojos: luego se volvió de una manera insensata hácia el lecho, se arrojó sobre él, y besó una y otra vez delirante, la fria boca del cadáver.

Luego se alzó, cortó con su daga uno de los negros rizos de dona Inés, y le envolvió en un pedazo de las ropas del lecho que cortó tambien con su daga: despues besó de nuevo al cadáver, y dijo como si este pudiera oirle:

--¡Adios, Inés! ¡Inés de mi alma! yo moriria junto á tí... pero mi vida no me pertenece... ¡pertenece á nuestra hija! ¡tú, cuyo espíritu está sin duda en el seno de Dios, guíame para que pueda encontrarla, fortaléceme para que no sucumba al dolor, y vela desde el cielo por nuestra Estrella!

Despues de esto, Calpuc se levantó de sobre el cadáver y se separó algunos pasos; pero volvió de nuevo: parecia que un poder invencible le ataba, le retenia junto al cadáver de su esposa. Por una, dos y tres veces, pretendió en vano alejarse; pero al fin, hizo un violento esfuerzo y salió frenético de la cámara.

Cuando estuvo fuera de ella, se detuvo, volvió su rostro hácia el interior, y rompió á llorar como una mujer desconsolada.

Luego se alejó á paso lento, y salió de la casa, cuya puerta dejó abierta, murmurando una y otra vez con el acento de la mas profunda desesperacion:

--¡Ni mi esposa, ni mi hija, ni mi venganza!

CAPITULO XIX.

De cómo la justicia fue á cerrar la casa del capitan, dejándola enteramente deshabitada.

Aquella misma noche algunos monfíes enviados por Yuzuf, entraban en Granada escalando silenciosamente los ya aportillados muros de la muralla que por la parte de la Torre del Aceituno (hoy ermita de San Miguel el Alto), constituian la cerca que lleva aun en nuestros dias el nombre del Obispo don Gonzalo.

Aquellos monfíes disfrazados, llegaron en secreto y protegidos por la noche y por la soledad del Albaicin, á las casas de algunos moriscos principales, para manifestarles que la noche siguiente llegaria á Granada por los atajos de la sierra, el anciano Yuzuf con seis mil monfíes.

Al mismo tiempo algunos adalides del capitan general en traje de arrieros, salian secretamente por las puertas con pliegos para los corregidores de las poblaciones moriscas, en los que se les mandaba que al momento viniesen á Granada con los caballeros particulares y gente de guerra y del comun que pudiesen reunir.

No mucho despues de haber salido Calpuc de la casa del capitan Sedeño, un alcalde con una ronda de alguaciles, que, segun costumbre, recorria las silenciosas calles, entró en la de San Gregorio: al pasar por delante de la casa de Sedeño, maravillóle ver la puerta abierta y las luces del zaguan encendidas.

--Pues segun los bandos, dijo el alcalde, á estas horas debia estar ya cerrada esta puerta: adelantad maese Barbadillo, y decid al que saliere, que la justicia castiga por su descuido al dueño de esa casa, en dos ducados para obras pías.

Adelantó el corchete con su linterna, y entró.

--¡Ah de casa! dijo.

Nadie le contestó.

Asió entonces la cuerda de la campana y la agitó: tampoco sobrevino contestacion alguna.

Salióse el corchete.

--Señor alcalde, dijo, por el presente no parece en esa casa mas persona viviente, que un caballo que está enjaezado en el zaguan.

--Volved á llamar, maese Barbadillo, volved á llamar.

Llamó de nuevo el corchete con la voz y con la campana desaforadamente; pero no recibió mas contestacion que las veces anteriores.

Entonces el alcalde Anton de Zalduendo, hombre ágrio y seco, de cincuenta años, enhiestó la vara de justicia, y alegrándose, con esa alegría característica de los curiales cuando les cae que hacer, esto es, con una alegría maligna, se entró de rondon por la puerta franca, seguido de cuatro alguaciles, y dejando dos de guardia á la puerta.

Despues de un escrupuloso registro, que dió por resultado encontrar una casa grande, principal, ricamente amueblada y entapizada, sin una alma viviente y con dos cadáveres, el alcalde, aumentada su alegría en una proporcion maravillosa, mandó á un alguacil para que buscase de una manera apremiante un escribano, y otro para el cura de la parroquia, á fin de que acudiese con sus sepultureros.

El escribano libró testimonio de cómo en una casa grande de la calle de San Gregorio el Alto, el nombre de cuyo dueño no se sabia aun, por no haber habido lugar á la indagatoria, y en una de las cámaras de aquella casa, se habia encontrado por la ronda del alcalde de Casa y Córte, Anton de Zalduendo, los cadáveres de una dama como de cuarenta años, muerta al parecer de enfermedad, y el de uno, al parecer por sus divisas, capitan de infantería española, manco del brazo izquierdo, cojo de la pierna derecha, y tuerto del ojo siniestro, muerto á hierro y al parecer en riña: que habiendo comparecido el licenciado Pero de Rávago, cura de la parroquia de San Gregorio el Alto, se le habia ordenado que mandase conducir los dos difuntos á la iglesia, y que al dia siguiente los pusiese en sendas cajas de ánimas en la puerta de la parroquia, á fin de que los vecinos los viesen, por si alguno los reconocia; despues de lo cual, y habiéndose llevado los difuntos los sepultureros, y quedado en poder del infrascripto escribano, dos espadas y una daga que tenia sobre sí el difunto, la una espada en el cuerpo en una herida que le atravesaba de parte á parte, y la otra espada en la mano, sin señal alguna de sangre, se procedió al inventario y embargo de los muebles de la casa, y de dos caballos que se encontraron, el uno en el zaguan y el otro en la cuadra, cerrándose y sellándose todas las puertas por la justicia, y entregándose los caballos al mesonero del Meson del Cuervo, en la calle del Agua, todas cuyas diligencias tuvieron fin y remate al alborear el dia 1.º de julio del año de 1546.

Como se vé, Yaye, sin duda se habia llevado consigo las dos sirvientes, que como hemos dicho habian sido encerradas, puesto que la justicia no encontró en la casa persona alguna.

Igualmente se desprende del testimonio del escribano, que la justicia no habia dado con la puerta secreta que ponia en comunicacion la casa del capitan difunto con la de don Diego de Córdoba y de Válor, puesto que ni una palabra se decia en el testimonio acerca de la tal puerta.

Pero en un testimonio por separado que habia pasado con urgencia el alcalde Anton de Zalduendo al presidente de la Chancillería, constaba que en un armario, encontrado en un dormitorio, al parecer de hombre, se habían hallado papeles interesantísimos para la salud de la república y el servicio del rey.

CAPITULO XX.

Estrella.

La casa que el walí de los monfíes Harum, habia procurado á su señor el poderoso emir de las Alpujarras Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, era, como hemos dicho, una bellísima casa; mas aun, un pequeño alcazar situado en una calleja angular que se llamaba entonces la casa de las Tres Estrellas, y aun se llama hoy, puesto que la casa y la calleja en cuestion existen.

Debemos decir que la causa ostensible de tal nombre, son tres estrellas incrustadas en el ladrillo que sirve de clave al arco árabe agramilado de la puerta de la casa, y la causa ostensible de aquel nombre, porque aquellas tres estrellas, mas que un adorno son, por decirlo asi, un símbolo; lo que queda sobre la tierra de un tremendo suceso acontecido en aquella casa cuando Granada era de moros, suceso con el cual pensamos confeccionar una leyenda á la que titularemos, Dios mediante, Las Tres Estrellas.

Mas, volviendo á nuestra narracion, nos permitirán nuestros lectores que digamos algo acerca del estado en que se encontraba aquella casa cuando acontecian los sucesos que vamos refiriendo.

Su fachada era pequeña y formaba uno de los lados del segundo ángulo recto de la calle: la pequeña y sencilla, pero bella puerta ogiva de herradura, constituia el frente de la calle, conforme se doblaba el primer ángulo viniendo de la parte de la iglesia de San Gregorio el Alto; el muro á que aquella puerta pertenecia, no tenia perforacion, ventana ni respiradero alguno, mas que un pequeño agimez de estuco labrado, con columnas de mármol blanco de Macael, que correspondia á un pequeño mirador con cúpula, situado sobre el tejado de la casa, encima del alero de pino labrado y ennegrecido por el tiempo, mirador que estaba situado á la derecha de la casa, y que se veia desde la calle, merced á la poca elevacion de la pared, que constituia el otro lado del ángulo recto que determinaba la calle.

Este mirador era tan esbelto, tan delicado, tan feble, que algunos años hace, fue arrebatado por el huracan un dia de tormenta, del mismo modo que si hubiera sido de carton, ó como las hojas secas de un árbol.

Pasando la puerta se encontraba una especie de zaguan oscuro, pavimentado de mármol, con faja de mosáico ó alicatado en la parte inferior de los muros, que desde aquella faja hasta el techo estaba prolijamente adornado de arabescos, y aquel techo era de bobedillas pintadas con sumo primor y buena eleccion de colores, para los cuales faltaba luz. Frente á la puerta habia un delicado arco que daba paso á un patio muy pequeño, mas largo que ancho, en cuyo centro habia una fuente abierta en el pavimento, de mármol como el del zaguan; al fondo de este patio habia una puerta mas pequeña que daba á una estrechísima y oscura escalera que ponia en comunicacion el piso bajo con el alto, desembocando en una galería, situada á la izquierda del patio, con barandilla ó balaustrada de pino tallado y agramilado.

El costado izquierdo del patio consistia en un cenador estrecho en el piso bajo, y en la galería que hemos citado en el alto. Esta galería estaba sustentada por una viga maestra labrada delicadamente y apoyada en sus extremos por dos zapatas ricamente talladas, pintadas y doradas; otra viga enteramente semejante, con iguales zapatas, sostenia el alero que estaba tambien pintado y dorado. Ambos techos, el del cenador, y el de la galería, eran de ensambladura, con estrellas, escudetes y triángulos cruzados, matizados y dorados, con filetes de blanco y rosa. Ambos muros, el superior y el inferior, estaban ornamentados con fajas de azulejos ó mosáicos, labor de estuco, pintadas inscripciones y follajes. En ambos muros habia dos puertas de herradura, con elegantes nichos para las babuchas, en la parte media de sus gruesos, diferenciándose solo estas dos puertas, cuyos festones y enjutas estaban primorosamente labrados, en que la del cenador era mayor que la de la galería.

Por la puerta inferior se entraba en una cámara oscura; pero riquísima en su pavimento de mosáico, en sus arabescos y en su techo; á los extremos de esta sala habia dos pequeños alhamíes ó alcobas. Por la puerta de la galería se entraba á otra sala enteramente igual; pero mas baja de techo y variada en el adorno; al extremo de la galería habia una pequeña puerta que daba á una escalera, y aquella escalera desembocaba en un pequeño corredor oscuro, que iba á dar al mirador que se veia desde la calle.

Este mirador era perfectamente cuadrado y apenas de tres varas de extension. Tres de sus costados tenian agímeces cubiertos por celosías y por cortinas de seda carmesí; en el otro costado estaba la puerta. El friso de este mirador se hacia octógono, y sobre él se veian diez y seis bellísimas ventanas transparentes de estuco, sobre las cuales se levantaba una cúpula de estalácticas, que remedaba con sus colgantes una gruta de hadas.

Todo en aquel mirador era delicado, bello y rico: el mosáico menudo, caprichoso, ejecutado con sumo primor; las pechinas de agallones, que naciendo de los ángulos, determinaban la figura octógona del friso; los adornos, las inscripciones, los colores, todo perfectamente ejecutado, todo perfectamente concluido; un hermoso sueño de un hábil alarife realizado en miniatura. En aquella pequeña estancia habia un divan de seda y oro; cortinas magníficas en la puerta y en los agímeces y un bello perfumero de plata.

Ademas, pendiente de la cúpula habia una lámpara de seda, y de cuatro de los cupulinos del octógono, cuatro jaulas de plata doradas en que vivian aprisionados cuatro ruiseñores.

Estas eran las habitaciones que constituian la parte bella y artística de la casa de las Tres Estrellas. A las demás dependencias, habitaciones de los criados y caballerizas, se entraba por el postigo de una huerta situada á espaldas de la casa y la comunicacion estaba abierta en el muro derecho del patio por una puerta sencilla.

En lo que hoy existe de la casa solo se encuentra parte del plano, y algunos restos de estucos, adornos y pinturas, gastados, corroidos, ennegrecidos por el tiempo.

Aquella casa es hoy el esqueleto mutilado de lo que fue.

A aquella casa fue á donde Yaye hizo conducir á Estrella desmayada, y á donde tambien fueron llevados, como hemos dicho anteriormente, el soldado que servia á Sedeño, y las dos sirvientes que habia en la casa.

Estrella fue conducida al bello mirador que hemos descrito.

La infeliz jóven tardó mucho tiempo en volver de su desmayo; acompañábala Yaye, que observaba su estado, lleno de interés y de caridad: ya sabemos, que la caridad era la virtud culminante de Yaye: una caridad sui generis; pero al fin el jóven llamaba caridad al dulce sentimiento que le hacia experimentar, en mayor ó menor grado, toda mujer hermosa colocada en ciertas circunstancias, y nosotros nos hemos propuesto respetar la conciencia del jóven emir; pero era muy extraño que la caridad de Yaye no se extendiese á los hombres ni á las mujeres feas ó viejas: era, en todo caso, una caridad muy condicional.

Las circunstancias en que habia encontrado Yaye á Estrella habian sido eminentemente extraordinarias: Estrella, por su posicion, por su juventud, y por su magnífica hermosura, impresionaba fuertemente el alma entusiasta, espansiva y ardiente de Yaye; se sentia arrastrado por ella á una caridad sublime, caridad llena de goces y de placeres, que le hacia sentir una emocion dulce, lánguida, fresca, odorífera, si se nos permiten estas dos últimas extrañas calificaciones: caridad que era de todo punto independiente del amor que le inspiraba doña Isabel de Válor, amor que habia empezado tambien, al menos asi lo creia Yaye, por un impulso caritativo. Doña Isabel era para el jóven la luz de su alma, su amor contrariado, su empeño: doña Estrella, un ser débil, necesitado de proteccion, una hermosa flor que la desgracia habia arrojado ante los piés del emir, y que estaba ante él pálida, privada de sentido, y sufriendo de una manera interna, ó, por mejor decir, orgánica. Yaye se habia dicho, respondiéndose á sí mismo, y como queriendo calificar el lazo que le unia á aquellas dos mujeres, tan jóvenes, tan puras, y tan desgraciadas las dos:

--Estrella será mi hermana; Isabel... Isabel si no puede ser mi esposa, será mi amante: Isabel será mia.

Pero entre tanto no volvia en sí Estrella; el sacudimiento que habia sufrido el alma de la pobre niña habia sido demasiado fuerte para que el accidente causado por él fuese pasajero. Continuaba el desmayo y aquella congoja muda que hacia presentir acaso una afeccion mayor y mas peligrosa, si la ciencia no acudía al socorro de Estrella. Yaye estaba realmente preocupado, casi aterrado, porque queria tener oculta á Estrella, y no se fiaba de nadie absolutamente mas que de los monfíes.

El jóven estaba solo con ella. La habia rociado el rostro con agua; la habia hecho aspirar las fuertes esencias que los moros sabian extraer de las flores y de las plantas, y Estrella no habia vuelto en sí. Yaye no se habia atrevido á desembarazarla de la presion de sus vestidos, ni la habia tocado mas que con una mirada ardiente, es verdad; pero ardiente de caridad. Al fin, cuando ya estaba casi resuelto, en vista de la duracion del accidente, á tomar, contra su voluntad y de una manera desesperada, una resolucion mas eficaz y decisiva, Estrella suspiró profundamente y abrió con languidez los ojos, sus hermosísimos ojos negros, á los que el dolor y la ansiedad hacian mas hermosos, irresistibles.

Poco á poco fue volviendo al uso de sus facultades; se levantó sobre el divan, pasó sus pequeñas manos por su frente, se apartó las pesadas bandas de sus cabellos, que se habian desordenado, y miró en torno suyo.

No preguntó donde se encontraba, no nombró á su madre, no se entregó á ese dolor ruidoso, que grita, se retuerce, se exhala de mil maneras, que serian ridículas á no ser por lo terrible de la causa que las motiva. Nada dijo á Yaye, únicamente le asió una mano, y se la besó, dándole las gracias por la proteccion que la habia dispensado con una mirada velada por lágrimas; mirada que hizo estremecerse de los pies á la cabeza á Yaye.

Luego se replegó sobre sí misma y Yaye la sintió llorar en silencio.

Hay momentos en que toda palabra de consuelo es inoportuna y aun cruel, porque aviva el dolor en vez de calmarle: el jóven emir lo comprendió asi y dejó á Estrella abandonada á su dolor; pero no se atrevió á dejarla sola; hacia calor en aquel reducido aposento, y Yaye descorrió los tapices de la puerta y de los agimeces y abrió las maderas; frescas oleadas de las auras nocturnas cruzaron por el interior del mirador y uno de los ruiseñores rompió en un magnífico trino.

Yaye tomó la jaula, la descolgó y llevó fuera el ave cantora: parecióle que la alegría tranquila del pájaro debia punzar el alma lastimada de Estrella; los otros tres ruiseñores fueron desterrados tambien á una habitacion inmediata, donde, dominados por la oscuridad, guardaron silencio.

Cuando entró de nuevo Yaye en el mirador, encontró á Estrella mas tranquila; habia variado de posicion, estaba abandonada voluptuosamente en el divan, sin duda por casualidad, y apoyaba su cabeza en una de sus manos cuyo brazo se hundia en los almohadones.

Sus grandes ojos negros, en los cuales se habia secado el llanto, aunque conservaban una profunda expresion de dolor y de ansiedad, se fijaban lucientes en Yaye, en cuyo semblante se posaron algun tiempo.

Luego aquellos ojos irresistibles parecieron aumentar su fuerza, su brillo, su expresion; se entreabrieron los rojos labios de Estrella, y Yaye la oyó murmurar con un acento apagado y ardiente, semejante á un suspiro:

--¡Oh! ¡gracias! ¡gracias, caballero! ¡cuánto os debo! ¿sin vos qué hubiera sido de mí?

Yaye no supo qué contestar y contestó á la ventura lo primero que se le ocurrió.

--Dios sin duda os hubiera amparado, dijo.

--Y ¿quién sino Dios, ha podido llevaros á mi lado en la terrible situacion por que acabo de pasar?

--¿Creeis que haya sido Dios quien me ha traido á vuestro lado? dijo Yaye pronunciando tambien estas impías palabras á la ventura, porque estaba trastornado.

--Y ¿quién sino Dios, respondió con acento sonoro y solemne Estrella, ha podido valerse de vos para que consoleis á una pobre madre moribunda, y ampareis á una huerfana infortunada? ¿Quién sino Dios pudo haber hecho que nos encontráramos y nos conocieramos en aquel meson de las Alpujarras? ¿quién sino Dios, ha podido inspirar á mi madre, á mi infeliz madre, para que me ponga bajo vuestra proteccion? ¿Creeis que Dios no habla por la boca de los moribundos?

--¿Creeis que Dios haya hablado por la boca de vuestra madre? exclamó Yaye que seguía hablando abandonado á sí mismo, ó por mejor decir, abandonado á aquella situacion que le presentaba á Estrella con el triple incentivo de su hermosura, de su dolor y de su infortunio.

La caridad habia tomado en aquella situacion tales proporciones en el alma de Yaye, que le quemaba en un fuego voraz, le envolvia en una atmósfera ardiente, dominaba su corazon, que flotaba en una region de sueños desconocidos; en una palabra, Yaye estaba embriagado, dominado, loco, y sin voluntad, por decirlo así, de una manera instintiva, como atraido por una influencia magnética, se sentó en el divan al lado de Estrella.

--Sí, sí; Dios ha hablado por la boca de mi infeliz madre, dijo la jóven; Dios ha tenido compasion de mí, y al herirme tan profundamente en mi amor de hija, ha abierto para mí una fuente de consuelo, presentándome un alma noble, á la cual unir mi alma...

Estrella que hablaba sin reflexion, abandonada á su dolor, á su necesidad de consuelo, se contuvo, porque un rayo de razon brilló en medio de su delirio.

Yaye no se atrevió á pronunciar una sola palabra; otro rayo de razon le habia hecho comprender la gravedad de las palabras de Estrella.

Pero como nuestro corazon es siempre exigente y despótico y siempre sale vencedor en sus luchas con la cabeza, Estrella, alma ardiente como el suelo en que habia nacido; fuerte y poderosa, porque se habia fortalecido en la desgracia; sedienta de felicidad, la sed mas implacable del corazon; voluntariosa, como es voluntarioso quien siempre ha estado luchando con un imposible, y ansiosa de afectos, como que solo habia gozado del desesperado afecto de su madre á la que acababa de perder, no tuvo fuerza para contenerse en la pendiente sobre la cual la habia puesto su situacion, ó, tal vez desesperada, importándola poco todo lo que en el mundo se respeta como conveniencia, continuó infiltrando en Yaye todas las ardientes pasiones que se exhalaban por su magnífica mirada, y dijo con voz temblorosa de temor y de dolor.

--¡Estoy sola en el mundo! ¡sola y desesperada!

--¡Sola! esclamó Yaye con un tímido acento de reconvencion.

--¿Cómo os llamais? dijo Estrella, sin apartar su mirada poderosa de los ojos de Yaye: he oido vuestro nombre, pero... lo he olvidado... lo he olvidado todo... ¡Oh, Dios mio! ¡mi cabeza! ¡tengo aquí un infierno!

Y se oprimió con ambas manos la frente.

Yaye la tomó las manos, las separó de su cabeza y las retuvo entre las suyas, sin que Estrella hiciese el mas leve esfuerzo, la menor indicacion para desasirse; por el contrario, las manos de los dos jóvenes se estrechaban fuertemente y se trasmitian un flúido irresistible, mientras sus miradas se devoraban y se confundian.

Entrambos estaban pálidos, solemnemente graves, confundiendo sus almas, entregados el uno al otro, como si nada existiese en el mundo mas que ellos, como si hubiesen sido el primer hombre y la primera mujer.

Sin embargo, Yaye al contestar á la pregunta de Estrella, mintió en cierto modo, no sabemos por qué.

--Me llamo Juan de Andrade, la dijo.

--¡Ah no, no! dijo Estrella; ese no es el nombre de un rey: ¿por qué me engañais cuando os preguntan mi dolor y... mi alma?

Estrella iba á decir mi amor, pero el pudor, que el mundo ha fabricado para la mujer, la contuvo y la hizo dar tortura á la frase.

--¡Ah! perdonad, pero sois cristiana, y no me he atrevido á deciros que me llamo Sydy Yaye, y que soy emir de los monfíes de las Alpujarras.

--¿Y qué importa? mi padre se llama Calpuc y es rey del desierto mejicano: somos hijos y señores de dos pueblos dominados por los españoles. Los enemigos de cada uno de nosotros son nuestros mismos enemigos. ¿No creeis que Dios ha querido sin duda que dos que llevan en su frente una corona de desventuras se encuentren y se unan?

Yaye se acordó, estremeciéndose, del extraño y terrible desposorio efectuado con los dos por una moribunda, y detrás de aquel solemne y sombrio cuadro que le representaban sus recientes recuerdos, vió pasar la sombra de Isabel de Válor, pálida, triste, desesperada.

--¡Que Dios ha querido que nos unamos! exclamó.

Por fortuna la voz de Yaye era tan temblorosa que la altiva Estrella no pudo notar el profundo terror de que eran hijas las últimas palabras de Yaye.

--¡Oh! y oíd, porque si no os lo digo ahora que estoy desesperada, no os lo diria nunca: si Dios quiere que mis desgracias tengan fin, que goce algunos años de reposo sobre la tierra, será necesario que nuestras almas se unan, porque yo os amo.

Por esta vez Estrella no vaciló al pronunciar las palabras que expresaban su supremo pensamiento, sino que las lanzó con una entonacion firme, sonora, vibrante, llena de voluntad.

Yaye exhaló un grito que tanto podia parecer de espanto, como de alegría, como de placer.

Y era que el amor de Estrella, producia en él al mismo tiempo aquellas sensaciones.

--Si, yo os amo: el dia en que os ví en el meson de las Alpujarras os estuve contemplando largo espacio antes de hablaros: estabais distraido, profundamente preocupado; no sé qué teniais en vuestra mirada de sufrimiento, de ansiedad, de desesperacion: pero comprendí que erais desgraciado. ¡Desgraciado! yo tambien lo era y el sufrimiento es ya un vínculo bastante fuerte para acercar la una á la otra á dos almas desesperadas. Despues cuando os hablé, me ofrecisteis con toda la expansion de vuestra alma una generosa ayuda, y yo confié en ella, como siempre he confiado en Dios. Despues nos separamos. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que nos vimos por la primera vez? yo no lo sé, yo no he medido ese tiempo; pero durante ese tiempo no he dejado de pensar en vos, ni ha habido un instante en el que no haya sido mas íntimo el recuerdo que me inspirabais que en el instante anterior. Yo os esperaba: no sabia cuándo ni cómo os presentariais á mi vista; pero yo estaba segura de volveros á ver, segura de que me salvariais, segura de que un dia seriais para mí mas que un recuerdo, mas que un hombre, mas que un hermano: estaba segura de que seriais mi alma.

La expresion del semblante y de la mirada de Estrella llegó al último desarrollo de pasion que podian prestarla el amor, el dolor y la esperanza: Yaye sintió como que su alma se fundia, por decirlo asi, en aquella mirada; una fruicion suprema ensanchó, dilató todo su ser, se sintió trasportado á un paraiso, arrancado de la vida siempre fatigosa del mundo, como transformado en otro ser, cuya vida era mas fácil: decimos que se sintió, y hemos dicho mal: Yaye no podia darse razon de su sentimiento; aquel sentimiento era mas poderoso que la razon que compara y juzga: aquel sentimiento le arrastraba, y en el colmo de su fascinacion, de su trasporte, atrajo hácia sí á Estrella.

La jóven se dejó arrebatar por el mismo sentimiento; pero la presion convulsiva de los brazos de Yaye, y un ardiente beso que este estampó en sus labios, exhalando por él todo el volcan que ardia en su alma, la despertaron de su delirio y rechazó á Yaye.

--Aun está caliente el cadáver de mi madre, exclamó con un acento en que vibraban á un tiempo el pudor y el dolor; aun no sois mi esposo.

Yaye despertó á su vez y comprendió que envuelto por la fascinacion que habia arrojado sobre él á torrentes Estrella, habia dado un paso del cual no podia volver atrás sin dar derecho á una mujer á que le llamase infame.

Su caridad, su singular caridad, le habia llevado hasta aquel punto: su semblante se entristeció, se doblegó sobre el divan y se cubrió el rostro con las manos.

Estrella se conmovió; le amaba y el amor es la caridad de la mujer: se acercó á Yaye, le apartó las manos del rostro, como antes habia hecho Yaye con ella, le miró frente á frente con una expresion dulcísima y con los ojos llenos de lágrimas, y le dijo:

--Me habeis hecho mucho bien, habeis abierto para mí una nueva vida y ya no estoy sola en el mundo: me amais... ¡oh! ¡sí! ¡me amais! Sed mi esposo, pero respetad el dolor y la honra de vuestra esposa... yo os amo con toda mi alma... ¡pero abrir los brazos á la felicidad cuando mi pobre madre... cuando aun no está santificada nuestra union...! ¡oh! ¡no! eso seria una profanacion y un olvido imperdonable de lo que mutuamente nos debemos... yo no os culpo... la situacion en que nos encontramos debe haceros comprender que solo mi desesperacion ha podido hacer que yo sea la primera de los dos que hable de amor, y que vos os hayais dejado arrebatar por vuestro amor... ¡Oh! ¡Dios mio! ¡cuanta desgracia y cuanta felicidad á un tiempo!

Y Estrella rompió á llorar; pero de una manera convulsiva, en una de esas terribles reacciones del dolor, que es tanto mas fuerte cuanto mas se medita en el valor de lo que se ha perdido.

Yaye estaba enteramente desconcertado y no sabia que hacer.

En aquel momento se oyó un golpe recatado en una de las puertas interiores, y Yaye se dirigió á Estrella.

--Calmaos, calmaos por Dios, la dijo: me veo obligado á dejaros sola y quiero dejaros mas resignada.

Resonó otro golpe mas fuerte y mas impaciente.

--¡Dejarme sola! exclamó Estrella.

--Sí; algo grave debe acontecer cuando mis gentes se atreven á llamarme y con insistencia. Oid.

Habia resonado un tercer golpe.

--Id, id, dijo Estrella, nada temais, esto pasará... id donde os llaman.

--Pero estais desesperada... y lo temo todo...

--¡Oh! nada temais, porque os amo y necesito vivir para mi amor.

Yaye estrechó una mano que le presentó Estrella, la besó y salió.

Apenas habia salido Yaye, Estrella se levantó de una manera enérgica: sus ojos resplandecian con un brillo inconcebible, y su mirada parecia fija en la inmensidad; estaba pálida, temblorosa y su boca entreabierta tenia una expresion de fuerza y de voluntad inconcebibles.

Luego cayó de rodillas, levantó sus brazos y sus manos al cielo, y exclamó con un acento sublime, que parecia emanado del fondo de su alma:

--¡Oh madre mia! ¡madre mia! perdóname si cuando acabo de perderte me he atrevido á hablar de amor! ¡Estoy sola en el mundo y necesito vengarte! Ese hombre te vengará, sí, te vengará aunque me vea obligada á ser su manceba, su esclava! ¡ese hombre te vengará! ¡yo te lo juro!

Luego se alzó y se sentó pensativa en el divan: despues de su juramento habia recobrado una calma terrible, y sus ojos se habian secado. Luego la reflexion se fue apoderando de ella y arrojó una mirada indagadora al fondo de su alma.

--¡Oh, Dios mio! exclamó: ¿le amaré acaso...?

Se pasó la mano por la frente, palideció aun mas, y luego dijo como traduciendo en palabras lo que su corazon le decia en sensaciones:

--¡Oh, sí, le amo! no he podido olvidarle desde el dia en que le ví, y hace un momento, á pesar de mi dolor, una fuerza irresistible me ha arrastrado, y he estado á punto de ser suya... ¿y él, él me amará? ¡oh! ¡sí! ¡ha sido generoso! ¡ha respetado mi dolor y mi pudor! ¡pero Dios mio! ¡sino me amara! ¡si solo hubiese cedido á mi dolor y... á mi hermosura! ¡si solo me hubiese respetado por caballero! ¡oh, Dios mio! ¡al sentir esta duda conozco que le amo con toda mi alma! ¡oh, Dios mio! ¡ya que me has arrebatado mi madre, dame su amor! ¡permite que sea su esposa!

Yaye entró en aquel momento.

--Suceden cosas gravísimas, Estrella, le dijo con precipitacion; me es imposible vengar á vuestra madre.

--¡Qué os es imposible vengar á mi madre! exclamó profundamente Estrella.

--Si por cierto, porque el capitan Sedeño ha sido muerto esta misma noche á estocadas.

--¡Muerto á estocadas! ¿y por quién? exclamó con anhelo Estrella.

--Aun no puedo deciros quién es el hombre que le ha muerto: debe ser un hombre que salió de la casa del capitan algun tiempo despues que este habia entrado en ella de vuelta de un viaje.

--¿Con que el infame capitan Sedeño ha sido muerto por otro hombre en su misma casa, acaso delante del cadáver de mi pobre madre?

--Tal vez.

--¿Y quién os ha dado esas noticias? añadió Estrella, cuyo interés crecia.

--Uno de mis mas leales servidores, á quien dejé con algunos de los mios en observacion de la casa del capitan.

--¿Y no podrá averiguarse quién ha sido el hombre que ha matado á Sedeño?

--Acaso, puesto que uno de mis monfíes ha seguido recatadamente á ese hombre y ha visto que entraba en una casa en Bibarrambla.

--¡Muerto el infame Sedeño!

--Y no es esto solo; poco despues una ronda entró en la casa que encontraron abierta y abandonada, salieron dos alguaciles, y volvieron con un escribano y con el cura de la parroquia de San Gregorio á quien acompañaban... algunos sepultureros.

--¡Ah! exclamó Estrella cuyo dolor se avivó: ¡ya no volveré á ver á mi pobre madre!

--Su cadáver y el de Sedeño fueron sacados de la casa y conducidos á la iglesia: uno de mis monfíes se hizo el encontradizo con uno de los alguaciles á quien por acaso conocia, y supo por él que el capitan habia sido encontrado atravesado por una espada, y muerto en la misma cámara de vuestra madre.

--¡Oh! ¡y cuán justiciero es Dios! exclamó Estrella.

--Pero no es esto lo que me obliga á separarme de vos; asuntos que conciernen al pueblo, cuya corona ciño, me imponen el imperioso deber de ir á ocupar el puesto de honor que me corresponde.

--¿Vais á combatir con los cristianos? exclamó anhelante Estrella.

--Es muy probable.

--Podeis morir en el combate.

--Es muy posible.

--¿Y yo...?

--Vos sereis...

--Detúvose indeciso Yaye...

--¿Qué seré yo...?

--Sereis... la viuda de un rey que ha muerto con la espada en la mano en defensa de su pueblo oprimido.

--Partid, partid, señor, dijo Estrella cediendo á su amor y arrojándose en sus brazos: partid; Dios no querrá que murais, porque Dios no querrá hacer mas grande mi desesperacion.

Y apoyando su cabeza sobre el hombro de Yaye lloró.

--Es necesario separarnos en el momento, la dijo Yaye levantándola entre sus brazos; para cuidar de vos, señora, queda un hombre que velará por vos, y si muero queda encargado de serviros y de acompañaros. Vais á conocer á ese hombre.

Estrella se separó de los brazos de Yaye y se enjugó las lágrimas.

--¡Ola! ¡wali Harum! dijo Yaye asomándose á la puerta.

Harum, que venia completamente vestido á la castellana, apareció en la puerta y se inclinó profundamente ante Yaye, como se habria inclinado un wali antiguo ante un califa de Córdoba.

Estrella se habia sentado en el divan y tenia la actitud digna y altiva de una sultana.

--Mientras yo esté ausente, dijo Yaye, servirás y obedecerás á esta señora, como me servirias y me obedecerias á mí mismo. Si yo muriese, seguirás sirviéndola y obedeciéndola como si fuese mi hermana.

--Será como querais que sea, poderoso señor.

--Ahora, doña Estrella, adios, dijo el jóven acercándose galantemente á ella y besándola una mano.

--¡Adios! ¡adios! dijo Estrella; ¡que la Santa Vírgen os proteja y os dé ventura!

Los ojos de Estrella se arrasaron de lágrimas, y la fue necesario hacer un violento esfuerzo para contener su llanto.

Pero cuando salieron Yaye y Harum aquel llanto brotó libremente, y Estrella exclamó entre sus sollozos.

--¡Que me sirva como si fuera su hermana! ¿por qué no ha dicho que me respete y me sirva como si fuera su esposa?

Entre tanto Yaye decia á Harum.

--¿Para atender á las necesidades de esa dama mientras yo esté ausente tienes oro bastante?

--Si señor.

--Antes de emprender mi expedicion, que será al momento, yo dejaré dispuesto lo necesario para que si muero te entreguen del tesoro de mi corona, lo que baste para atender á la subsistencia honrada de esa dama durante toda su vida.

--¡Morir! ¡señor! ¡morir tan jóven y tan valiente! ¡eso no puede ser! el Altísimo y Único velará por vuestra vida, que es la esperanza de vuestro pueblo.

Como llegaban entonces á las puertas de la casa, Yaye que habia tomado una capa, una gorra y una espada, salió solo y se encaminó á largo paso á la calle del Zenete, á la casa donde habia vivido con Abd-el-Gewar y en donde habia conocido á doña Isabel de Córdoba y de Válor.

CAPITULO XXI.

Los xeques del Albaicin.

El anciano Abd-el-Gewar no supo lo que le acontecia cuando vió ante sí al jóven.

En el primer momento se arrojó á sus brazos, le besó como pudiera haberlo hecho despues de una larga ausencia su madre, y lloró y rió, como un niño ó como un loco.

--¡Oh! ¡gracias al Todopoderoso, exclamó, que te vuelvo á ver! ¿Donde habeis estado, caballero, durante un mortal y abominable mes?

--He estado en las entrañas de la tierra y ahora salgo de ellas.

Por mas que hizo Abd-el-Gewar no pudo sacar otra contestacion á Yaye.

Abd-el-Gewar le ponderó el mortal cuidado en que habia tenido á su padre y á él mismo su pérdida; los esfuerzos que se habian hecho por encontrarle, por último, que habiendo llegado el caso de un levantamiento general, era necesario que le acompañara para darle á reconocer como emir de los monfíes al lugar donde debian reunirse los xeques y los principales moriscos de la ciudad.

Con este objeto salieron de la casa mucho despues de la media noche, y subiendo por las agrias cuestas que conducian á la torre del Aceituno, entraron en una casa aislada en medio de huertos, mediante una seña que rindió á la puerta Abd-el-Gewar.

Hiciéronles atravesar varias habitaciones oscuras; bajaron unas largas y pendientes escaleras, y al fin entraron en un gran espacio de bóveda alta, sostenida en pilares, que por el revestimento verde y viscoso de sus paredes y por su pavimento resbalizo y húmedo, parecia una cisterna ó algibe.

Al fondo habia algunas sillas y una mesa con un belon de cobre encendido, y delante en la mesa, formando cuadro con ella, dos escaños.

En aquellas sillas y en aquellos escaños habia como hasta treinta hombres, la mayor parte de ellos ancianos.

Todos tenian impreso en su semblante el sello típico de la raza mora; todos estaban sobreexcitados, pálidos y con las miradas chispeantes.

Cuando entraron Yaye y Abd-el-Gewar, y antes de ser notados, un anciano de rostro noble y enérgico, que parecia hacer algun tiempo que dirigia la palabra á los demás, segun la altura á que se encontraba, su peroracion, decia:

--Y cuando tantas desgracias nos oprimen; cuando han llegado ya al extremo, como os he hecho notar, los ultrages de los cristianos, ¿sufriremos cobardemente por mas tiempo el yugo? ¿Qué importa que don Diego de Córdoba y de Válor, el hombre que estábamos decididos á proclamar rey despues del triunfo, si el Altísimo se digna concedérnoslo apiadado de nosotros; el que reconociamos por cabeza durante la desgracia, qué importa, repito, que ese hombre nos haya abandonado, y que cuando, extrañando su tardanza se ha ido á buscarle á su casa, se nos diga que ha sido llamado y preso por el capitan general? ¿no hemos lanzado ya todo temor? ¿no hemos desenterrado el viejo arcabuz y la coraza de nuestros padres, decididos al combate? Decís que, sin duda, don Diego, apegado al regalo que le proporcionan sus riquezas, ennoblecido por el rey de España, nuestro enemigo, y honrado con mercedes, nos abandona en el momento del peligro, nos vende, y para cubrir las apariencias se hace prender por el capitan general. En buen hora: asi nos ha avisado á tiempo de que es traidor á su ley y á su patria, y podemos volver los ojos á otra persona mas digna y mas valiente para ceñir á su cabeza la corona del reino. Pero decís: si don Diego nos ha hecho traicion descubriendo nuestros intentos al capitan general, estos intentos fracasan. No lo creais: el plazo es corto. El capitan general no puede tener mañana mas soldados que los que tiene hoy, y en todo caso, su refuerzo se reducirá á doscientos ó trescientos hombres mas, poco acostumbrados á la guerra, que podrán venirle de las villas inmediatas. Si el golpe se retardara algunos dias, podria ser imposible, porque los tercios de la costa, y los presidios del reino de Granada vendrian á ocupar la ciudad. Por lo mismo es necesario no cejar en lo comenzado, y dar el golpe, como se tenia preparado, mañana mismo, y si fuera posible, esta misma noche; pero es necesario esperar á los seis mil monfíes que llegarán mañana con Muley Yuzuf de la montaña, y á falta de capitan del alzamiento por la prision de don Diego de Válor nombrar uno entre nosotros.

--Ese capitan os le traigo yo, dijo Abd-el-Gewar, interrumpiendo al orador.

--Es Abd-el-Gewar, el santo faquí, dijeron algunas voces.

Todos se levantaron y saludaron á Abd-el-Gewar.

Cuando se hubo restablecido el órden, momentáneamente turbado por la aparicion del anciano faquí y de Yaye, preguntó el xeque que parecia presidir aquella reunion revolucionaria:

--¿Y quién es ese capitan que nos traes, Abd-el-Gewar?

--Ese capitan es el jóven que me acompaña.

--¡Cómo! ¿y á un jóven casi imberbe, dijo con desden el orador que habia sido interrumpido por Abd-el-Gewar, casi á un niño, hemos de entregar la suerte del reino?

--¿Y qué diriais, exclamó Yaye, adelantando con altivez al centro del espacio determinado por los escaños y por la mesa, qué diriais, si ese niño imberbe os dejase abandonados á vosotros mismos?

--¡Soberbia ayuda la tuya, rapaz! exclamó con desprecio el orador.

--¡El reino de Granada es mio, como son mias las Alpujarras! exclamó con una cólera mal contenida Yaye: y todos vosotros no sois mas que mis vasallos, mis siervos naturales, que debeis escuchar de rodillas la expresion de mi voluntad.

--¿Quién eres tú que asi te atreves á insultarnos? exclamó con cólera el Homaidi, feroz anciano que presidia la reunion, que dejó la mesa y se vino furioso hácia Yaye.

El jóven le asió con una mano de hierro, le doblegó y exclamó con acento vibrante:

--¡De rodillas, esclavo, ante el emir de los monfíes!

--¡El emir de los monfíes! exclamaron absortos todos los circunstantes.

--Sí: el emir de los monfíes, el magnífico Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, dijo Abd-el-Gewar, gozoso al ver que Yaye á pesar de su educacion medio castellana, poseia el terrible y altivo arranque, la mirada omnipotente y la terrible altivez de los déspotas musulmanes; sí, el emir de los monfíes es el que teneis delante.

--¡La prueba! exclamaron en coro muchos de aquellos hombres, mientras los demás miraban con recelo á Yaye y á Abd-el-Gewar; ¡la prueba de que ese mancebo es el emir!

--¿Acaso Homaidi, ayer en las Alpujarras de donde acabas de venir, no te dijo el poderoso, el valiente Yuzuf, que habia hecho renuncia de su corona y de su dignidad en su hijo Sidy-Yaye?

--Es verdad.

--¿No os he dicho yo muchas veces cuando me preguntábais si era mi hijo ese mancebo, que su padre era un noble y poderoso señor?

--Sí.

--Pues bien, he ahí que el padre de este noble mancebo es Yuzuf Al-Hhamar, el emir de las Alpujarras.

Desvanecida la duda, porque nadie podia dudar de veracidad de las palabras del anciano faquí, notóse un cambio completo en la disposicion de los xeques respecto á Yaye: sin embargo, el Homaidi se atrevió á decir:

--El emir de las Alpujarras no es el rey de Granada: bien lo sabeis: los xeques del Albaicin habian elegido por su señor á don Diego de Válor, segun le llaman los cristianos, á Yuzef-Aben-Humeya, segun le llamamos nosotros.

--¡Si! dijo con desprecio Yaye, ¡al miserable cobarde que doblegaba la cabeza ante el cristiano, y aceptaba mercedes de sus reyes, mientras los monfíes vivian sueltos y libres merced á su valor y á una guerra contínua en la montaña! ¡al infame traidor que, cuando llega la hora del combate, vende los secretos de su pueblo y con ellos su libertad, y se hace prender por el capitan general de Granada para encubrir su traicion! vosotros lo habeis dicho: vosotros habeis acusado de ese delito á don Diego de Válor.

--¿Y quién nos asegura de que no habeis sido vosotros, los monfíes, los que le habeis delatado, para que sea preso, y en su falta, acusándole de traidor, venís á reclamarnos la corona de Granada? dijo otro de los ancianos.

--No necesito yo, emir de los monfíes vuestra ayuda, cuando vivís enervados, y envilecidos, bajo el yugo. Por el contrario vosotros no podreis alzaros sin que mis monfíes os ayuden. ¿De quién es el poder? ¿De quién la fuerza?

--Es verdad, dijo el Homaidi: sin tu ayuda emir, nada podemos hacer los de Granada. Pero una palabra no mas para que concluya esta enojosa disputa y podamos consagrar todo nuestro tiempo á la salud del reino. ¿Estás dispuesto á jurar sobre este santo Koran, (y abrió un libro ricamente forrado que estaba sobre la mesa) que ninguna parte has tenido en la prision de don Diego de Válor?

--Lo juro, dijo el jóven con voz segura y tendiendo una no menos segura mano sobre el Koran.

--¿Juras que ninguna traicion has cometido contra nosotros?

--Lo juro.

--Pues bien, te creemos bajo tu juramento. Ahora, amigos, añadió volviéndose á los demás xeques; ¿admitimos por nuestro capitan al emir?

--Si, dijeron á una voz todos.

--En cuanto á lo de ser rey de Granada, Muley Yaye, continuó el Homaidi, primero es triunfar de los cristianos.

--Triunfaremos, dijo con gran aliento Yaye.

--Despues, continuó el Homaidi, el reino te elegirá ó no por su rey.

--El califa es el vencedor, dijo Yaye apoyándose en una prescripcion del Koran, y yo que venceré al cristiano, venceré tambien al que quiera disputarme la corona.

--Eres valiente á pesar de tus pocos años, emir, dijo otro de los ancianos, y si Dios pone la victoria en tus manos serás un esclarecido rey.

--¿Con cuanta gente de armas contamos en Granada? dijo Yaye entrando de lleno en sus funciones de capitan de la empresa.

--Con cuatro mil.

--¿Todos fuertes?

--Todos valientes y experimentados.

--¿Tienen armas?

--Sí.

--¿Dinero?

--Sí.

--¿Están ordenados en taifas?

--A una señal de las dulzainas y de las atakebiras; cada cual irá á reunirse al lugar que le está señalado.

--¿Quienes son sus capitanes?

--Yo, y yo, y yo, dijeron algunos ancianos.

--Pues, bien; id á avisar á vuestra gente que estén dispuestos para mañana á la noche á la primera señal: tú Homaidi, y tú Abd-el-Gewar, permaneced conmigo.

Los xeques salieron y se quedaron solos con Yaye los otros dos ancianos.

Agrupáronse alrededor de la mesa y se pusieron á tratar de los preparativos en la insurreccion.

CAPITULO XXII.

Del tristísimo y horrible encuentro que tuvo un caballero al entrar en Granada.

Al dia siguiente, como á las doce de la mañana, atravesaba por el lugar de Alfargue, próximo á Granada, un caballero como de sesenta anos, ginete en una mula y defendiéndose del sol, que picaba demasiado, con una ancha sombrilla. A su lado izquierdo cabalgaba un escudero viejo, ginete tambien en una mula, y detrás, caballeros en rocines, iban como una docena de lacayos jóvenes y robustos, armados á la gineta.

Dos de estos lacayos llevaban del diestro dos caballos fuertes enjaezados de guerra, sobre el caparazon de acero de cada uno de los cuales, iba una armadura, y otro lacayo llevaba, asimismo del diestro, una acémila cargada con dos grandes cofres.

El que parecia señor de toda esta gente, el caballero de los sesenta años, era un hombre flaco; pero nervudo, de grandes y severos ojos negros, en cuyo foco se notaba un disgusto sombrío, de mejillas pálidas, de barba gris, entera; pero convenientemente recortada, y con los cabellos canos y muy cortos. Vestía un sayo negro de raja de Florencia sencillo y sin cuchilladas, unos gregüescos de lo mismo, gorguera de cambray rizada, gorra negra de terciopelo con joyel de diamantes, y una pequeña pluma blanca, calzas atacadas de grana, y botas altas de gamuza: sus armas eran una espada larga de gabilanes, una daga no muy corta con guardamano, y dos pedreñales en sus fundas en el arzon delantero.

Por último, pendiente de un cordon de seda negro llevaba sobre el pecho una placa de oro, en que se veia esmaltada la cruz de Santiago.

Este hombre, por su aspecto, por lo altivo y dominador de su mirada, por su trage, por la condecoracion que resplandecia sobre su pecho y por su numerosa servidumbre, demostraba que era un señor y un señor de los grandes de aquellos tiempos.

El escudero que le acompañaba, vendria á tener sobre poco mas ó menos su misma edad; tenia trazas por su continente y por su trage de hidalgo, y por su desembarazo á caballo y por cierto sabor militar, de haber sido en sus tiempos un buen soldado, y que era un buen servidor lo demostraba la solicitud con que de tiempo en tiempo miraba á su amo, como si se hubiera tratado de un enfermo.

Los lacayos eran tambien, al parecer, buenos soldados: llevaban sombreros grises con plumas rojas, coseletes de hierro muy limpios, coletos de ante, calzas azules, botas altas, espada, daga, lanza y un largo arcabuz á la derecha de la silla.

Guardaban un profundo silencio, por respeto sin duda á su amo, y no caminaban tan deprisa como hubieran querido, porque descendian á la sazon por una cuesta bastante empinada.

Notó el caballero la lentitud de sus servidores, mas no la cuesta, y se volvió displicente á su escudero.

--Saez, haz caminar mas deprisa á esos bergantes. ¿No sabes que el capitan general nos necesita en Granada esta tarde?

--Aun no son las doce, señor, dijo Saez sacando del bolsillo un reloj de plata voluminoso y semi esférico; hemos salido de Guádix al amanecer y ya estamos á media legua de Granada.

--Si, pero ahora amanece á las tres de la mañana, dijo el caballero.

--No por eso hemos dejado de hacer una muy buena jornada: si los lacayos no caminan mas aprisa, mire vuecelencia cuán agria es la cuesta por do vamos.

--Mas agrias cuestas he bajado harto de prisa, dijo suspirando roncamente el señor excelentísimo.

--Por lo mismo, señor, y porque vuecelencia ha experimentado grandes desgracias, deberia reposar, cuando ya ha probado suficientemente á su magestad que sabe verter como noble la sangre en su servicio. ¿Qué importa á vuecelencia que los moriscos se subleven ó no?

--Me estas irritando, Gabriel, dijo el noble: ya sabes que no gusto de que me contrarien. ¿Qué me importa que se subleven los moriscos? allí donde se levante un rebelde al rey, allí está mi odio. ¡Los vencidos rebeldes! ¡ah! ¡daria toda mi sangre con tal de que me dejasen beber toda la sangre de los vasallos rebeldes al rey de España! ¡Infames! ¡Bandidos!

--Sea en buen hora, dijo el rebelde Gabriel Saez. Pero los moriscos no han hecho ningun daño á vuecelencia.

--No hablemos mas de esto. Estoy solo en el mundo, sin parientes, sin tener al lado mas que afectos interesados.

--¡Señor! exclamó con acento de respetuosa reconvencion Saez.

--No hablo por tí; pero ello es el caso que todo lo he perdido: estoy harto ya de oir resonar mis pisadas huecas en los desiertos salones de mi palacio de Guádix; de cazar en mis tierras sin llevar al lado mas que hidalguillos de gotera, y de aburrirme las largas noches de invierno.

--Ya he aconsejado á vuecelencia que viva en la córte.

--¡En la córte yo! ¡para irritarme entre la turba palaciega de extranjeros y de nobles degradados en su mayor parte que rodean el trono del emperador Don Cárlos! ¿qué habia yo de hacer en la córte? No, no; necesito algo que me saque de mi inaccion, algo que me ponga algun tiempo en actividad, que me distraiga, sin irritarme: la guerra ¡vive Dios! la guerra que tratándose de los moriscos será larga y peligrosa, porque esos perros, ya te lo he dicho otras veces, son muchos, valientes y tenaces. Y luego, si en la guerra me encuentran en buen sitio una pelota de arcabuz, una lanza ó una saeta, mejor, tanto mejor... así acabaré de sufrir.

Guardó silencio aquel extraño personaje y el escudero no se atrevió á sostener por mas tiempo la conversacion, temeroso de que su amo se irritase.

Habíase hecho menos agria la cuesta, los caballos caminaban mas desembarazadamente, y en poco espacio llegaron á la puerta de Fajalauza y entraron en Granada por la parte alta del Albaicin.

Inmediatamente despues de la citada puerta, hay una calle recta, cuyo nombre no recordamos, que entre feas casucas, desemboca junto á la iglesia de San Gregorio el Alto.

Por aquella calle tomaron el noble señor, su escudero y sus lacayos.

Por aquel punto parecia Granada una ciudad desierta. Todas las puertas estaban cerradas y no se veia un alma viviente. Pero cuando la cabalgata dobló el ángulo de la iglesia fue distinto. Una multitud de gentes que se empinaban para mirar á un centro comun, se agolpaban en la puerta de la iglesia.

--¿Que es eso Saez? ¿qué miran esos galopos? dijo el caballero.

--Lo ignoro, señor.

--¡Que lo ignoras! ¡que lo ignoras! no te he preguntado para que me respondas que lo ignoras, si no para que veas lo que es.

Acercó la mula el escudero, y miró cómodamente por encima de la multitud lo que la multitud miraba, mientras que su señor, no queriendo ponerse en contacto con la plebe, se mantenia á una distancia medida por el orgullo.

Lo que llamaba la atencion general, eran dos atahudes que se veian en la puerta de la iglesia en posicion vertical apoyados contra la pared, ó por mejor decir, los dos cadáveres que ocupaban los atahudes. Ya sabemos cuáles eran aquellos cadáveres. El de doña Inés de Cárdenas habia sido amortajado con un hábito. La infeliz, mas que muerta parecia dormida, y á pesar de la demacracion que habia operado en ella la tisis, la muerte la habia vuelto toda su hermosura, hermosura sobre la que flotaba una niebla fantástica, una expresion de sufrimiento profundo; pero tranquilo y resignado; la amortajadora habia querido peinar sin duda sus cabellos negros y aun abundantes; pero solo habia podido peinar los del lado derecho, porque el rizo izquierdo habia sido cortado enteramente y casi á raiz. Una cruz negra se veia entre las manos del cadáver, cuya blancura, aumentada por la palidez de la muerte, alcanzaba á la diáfana blancura del alabastro, y en su semblante se notaba de una manera indudable eso que se llama distincion de raza.

En cuanto al capitan era distinto: vestia su uniforme acostumbrado; tenia puesta aun su pata de palo, y cogida la vacía manga izquierda de su jubon á un herrete de su coleto: tenia horriblemente ensangrentado este coleto sobre el pecho; la muerte habia dado un color lívido á su semblante moreno y hosco; su ancha cicatriz se habia hecho repugnante, y á través de sus labios entreabiertos, que tenian la expresion de una horrorosa blasfemia, se veian sus dientes apretados y manchados con una espuma sanguinolenta.

Tanto se detuvo Gabriel Saez en la contemplacion nada grata por cierto de los dos cadáveres, que su señor hubo de llamarle: pero Saez no le oyó: repitió el incógnito personaje una, dos y tres veces su llamamiento, y tampoco le oyó. Entonces uno de los lacayos creyó que debia tomar cartas en el negocio en servicio de su amo, y le dijo acercándose á él y tocándole en el hombro:

--Señor Gabriel, su escelencia os llama.

--¡Eh! dejadme, exclamó volviéndose todo hosco al lacayo.

Lo que habia pasado en el semblante y en todo el ser del escudero apenas vió los cadáveres, habia sido singular.

Primero sus ojos tomaron una expresion de sorpresa, despues de espanto, luego se puso tan pálido como los dos cadáveres y se extremeció todo.

--¡Oh! ¡no no puede ser! murmuró: seria horrible: ¡doña Inés mi señora y el capitan Alvaro de Sedeño! le conozco, sí, le conozco; á pesar de esa pata de palo, de esa manga sin brazo, de esa cicatriz que le cruza el rostro. Sí, sí, es necesario creerlo, á menos que el diablo se esté burlando de mí; esa es doña Inés: mas vieja... ¡ya se vé! han pasado veinte años... mas flaca... pero es ella, si, yo veo en ese cadáver á la hermosa niña de quince años que era la alegría de la casa: y él... él... sí, es la misma expresion dura, amenazadora de aquel maldito capitan en quien mi señor se habia empeñado en ver un valiente hidalgo y un hombre de bien: valiente si, hidalgo pase, ¡pero hombre de bien...! ¿y cómo es que están aquí juntos... juntos y muertos, cuando no se conocieron, al menos en la casa de mi señor?

El escudero necesitó salir de dudas acerca de este último punto, y creyó que nadie le podia sacar de ellas, mejor que un alguacil que por órden superior estaba de guarda junto á los cadáveres.

Inclinóse, pues, sobre el arzon, y dijo de manera que pudiera ser oido, á pesar de las múltiples conversaciones de los curiosos.

--¡Eh! ¡señor ministro! ¡señor ministro! ¿tiene vuesamerced la dignacion de escuchar una palabra?

Gabriel Saez estaba, segun las muestras, muy bien criado y trataba con mucha consideracion á las gentes de justicia.

Volvióse el alguacil, que era un hombrecillo rechoncho, de semblante mofletudo y alegre, y ojillos vivaces y maliciosos, y al ver que quien le llamaba era un escudero de buena cara, que olia de cien leguas á hidalgo, no tuvo inconveniente en acercarse, pasando por entre los curiosos, y asiéndose al arzon, dijo con semblante propicio:

--Puede vuesamerced preguntarle lo que quisiese.

--Gracias, señor ministro. Ahora, bien, ¿para que tienen ahí á esos dos difuntos?

--Están expuestos para ver si hay alguien que los conozca.

--¡Qué! ¿nadie los conoce?

--Es toda una historia, dijo misteriosamente el corchete; y relató ce por be y pesadamente al escudero todo el encuentro que habia tenido la justicia con los dos difuntos en la casa del capitan.

--Preguntóse en el vecindario acerca del nombre de la persona que vivia en aquella casa, prosiguió el alguacil, y nadie supo decir si no que era un capitan estropeado. Eso ya se veia, y bien estropeado por cierto. En cuanto á la mujer, nada, ni pizca; nadie sabia ni aun siquiera que viviese en tal casa una mujer.

--¿Pero la justicia no ha encontrado en esa casa papeles, prendas?...

--Ya se ve que ha encontrado... pero... hay cosas que no se pueden decir.

--Todo puede decirse cuando se da con una persona discreta y agradecida.

Y Gabriel, que antes de llamar al corchete habia metido una mano en su bolsillo á todo evento, la sacó conteniendo un doblon de á ocho, que con gran disimulo y sin que nadie pudiese notarlo introdujo en la mano que el alguacil tenia asida al arzon; lo que demuestra, que, si bien el escudero trataba con buenos modos á las gentes de justicia, sabia que esta clase de gentes no se ofende de que pretendan comprarles un secreto con tal de que lo paguen bien.

Entreabrió un tanto con disimulo la mano el corchete, miró rápidamente y de soslayo el doblon, y al darle en los ojos el brillo del oro, se dulcificó aun mas y guiñando maliciosamente un ojo, dijo á Gabriel.

--Ciertamente que sois un honrado hidalgo, á quien no se puede negar nada; pero inclinad un poco mas la cabeza á fin de que nadie nos oiga y prometedme que guardareis secreto.

--Pues ya se ve, y callaré mas que un muerto.

--Pues señor, habeis de saber que el señor Andrés Zorcillo, escribano que ha andado en estas diligencias es todo un hombre de pro, que visita mucho mi casa, y dice que mi mujer, que es una moza alpujarreña, garrida donde las hay, es la mujer mas honrada del mundo, y en tanta estima nos tiene á mi mujer y á mí, que no nos guarda secretos. Bien es verdad que nosotros no vendemos ni uno solo de sus secretos ni por un ojo de la cara. Pues, bien, el señor Andrés Zorcillo me ha dicho, que nada menos que el capitan general ha declarado que el muerto era el capitan de infanteria española Alvaro de Sedeño.

--Bien, bien, dijo impaciente Saez; pero la dama...

--¿Qué dama?...

--La difunta.

Miró rápida; pero profundamente el corchete al escudero, y contestó.

--Estais equivocado; la difunta no es dama: es una mejicana que era esclava del capitan, y que segun lo que han declarado los médicos que han reconocido el cuerpo, ha muerto de una enfermedad de pecho.

--¿Y por dónde sabeis que la difunta era una esclava mejicana? preguntó con interés Saez.

--¿Cómo? por unos papeles que se encontraron en la casa del capitan en un armario, por los que se ha venido en conocimiento, de que el capitan era un perro monfí, un morisco traidor, que vendia al rey y que tenia consigo dos esclavas: la difunta, y otra...

--¿Y esa otra esclava? exclamó con anhelo Saez.

--Se espera saber donde para, porque se ha dado con el hombre que mató al capitan.

--¿Y quién es ese hombre?

--Un mejicano rebelde: uno de esos perros idólatras de Nueva España, que acometen las villas españolas, roban las doncellas y los niños y despues de hacer mil atrocidades con ellos, se los comen crudos.

--¡Ella esclava del capitan! murmuró de una manera ininteligible Saez, ¡otra esclava que ha desaparecido, y un indio mejicano que ha dado muerte en su propia casa á Sedeño...! ¡Oh! ¡oh! Y decidme señor ministro, ¿cómo se ha averiguado que ese idólatra ha muerto al capitan?

[imagen: ¿Para qué tienen ahí á esos dos difuntos?]

--¡Ah! para la justicia no hay nada oculto, señor escudero: figuraos que el señor capitan general tenia indicios de que un platero aleman de la plaza de Bibarrambla, andaba en tratos de rebelion con los moriscos, y supo les daba dinero á mano: que ademas, en la casa de este aleman vivia un mejicano que andaba tambien en la rebelion: el capitan general mandó prenderlos, y cuando los registraron en la cárcel para ver si tenian algun arma oculta, segun es costumbre y ley, y... mirad... ¿no reparais en que falta á la difunta el rizo del lado izquierdo, como si dijéramos, de la parte del corazon?

--Si, si que lo veo.

--Pues bien, ese rizo se encontró sobre el mejicano, envuelto en un pedazo como de tela de sábana que estaba cortado al parecer con un puñal: comprobados el rizo y el paño, se halló que era indudablemente el rizo aquel el que se habia cortado á la difunta, y el paño... el paño faltaba de las sábanas de la cama donde se encontró el cadáver, y comprobado, venia bien, perfectamente bien por todas sus cortaduras, con la falta que habia quedado en la sábana.

Cuando el alguacil llegaba á este punto de su revelacion fue cuando impacientado ya, y con sobrada razon, el desconocido, de la tardanza de Gabriel, le llamó, y cuando el lacayo le avisó de que su señor le llamaba.

--¿Dónde vivís, señor ministro? dijo Gabriel cuando, segun hemos dicho, hubo despedido bruscamente al lacayo.

--Vivo en la Calderería Vieja, para lo que gusteis mandar, dijo el alguacil, al lado de la carnicería, preguntad por Picote, y todo el mundo os dará razon.

--Pues bien, iré á veros esta noche, y á Dios que mi señor se impacienta.

Revolvió Gabriel su mula, y de nuevo se puso pálido y tembló; pero mas profundamente que la vez primera: impacientado el incógnito de la pesadez de su escudero, habia ido á avisarle por sí mismo; al acercarse, dominando, por razon de la altura de su mula, el círculo de curiosos que rodeaban á los dos cadáveres, su vista habia chocado con el de doña Inés.

El desconocido lanzó un grito horrible, en el momento en que Gabriel Saez se volvia, y se extremecia al ver la expresion atónita, fascinada, mortal con que su amo miraba el cadáver: luego, el incógnito, y antes de que Saez pudiera dirigirle una sola palabra, extendió los brazos hácia el cadáver, y gritó con un acento desgarrador, inmenso, como si se hubiese exhalado toda su vida en aquel grito supremo:

--¡Hija de mi alma!

Y cayó inerte de lo alto de la mula al suelo, sin que nadie pudiera valerle.

Aquel incidente lúgubre, dramático, en todo su horror, aterró á los circunstantes, que en union del leal Gabriel, que se tiró mas que se apeó de su mula y los lacayos, que asimismo se arrojaron de sus caballos, corrieron á socorrerle: el interés era general; hasta el mismo alguacil Picote se conmovió: el incógnito, segun dijo un médico que se apareció como llovido, no estaba muerto sino peligrosamente accidentado, y fue conducido á una casa inmediata que se le abrió francamente, probando una vez mas la característica caridad española; la curiosidad pública, cambiando de objeto, se apartó de los cadáveres para volverse á aquella casa, á la que no tardó en acudir la justicia, que siempre se mezcla por España á todo: un cuarto de hora despues salió Gabriel pálido, trémulo, de la casa á donde habia sido conducido su señor, y, acompañado de un alcalde y de un escribano, adelantó hácia los cadáveres á los que rodeaba un nuevo círculo de curiosos.

Rompieron por medio de ellos el escudero, el alcalde, el escribano y el alguacil Picote, y Gabriel, con las lágrimas en los ojos, dijo con voz conmovida, pero que todos pudieron oir:

--Habeis puesto esos cadáveres á la vista de todo el mundo para que declare quienes fueron, quien los conozca, pues bien, yo declaro que este cadáver es el de mi noble ama la excelentísima señora doña Inés de Cárdenas, hija única del excelentísimo señor don Juan de Cárdenas, duque de la Jarilla.

--¿Y ese otro, preguntó el alcalde?

--Ese otro, dijo con cólera Saez, es el del infame capitan de infantería, Alvaro de Sedeño.

Gabriel no se apartó de allí hasta que dejó depositado en una capilla de la iglesia el cadáver de su señora, convenientemente alumbrado, y guardado por cuatro lacayos, y despues de haber enviado á otros dos en busca de un carpintero y de un tapicero, para que se encargasen de la construccion de un féretro magnífico, volvió triste y cabizbajo á la cabecera del lecho de su amo.

CAPITULO XXIII.

Los desfiladeros de Dar-al-Huet.

Apenas habia cerrado la noche, cuando por la parte alta de la Alhambra, esto es, por la puerta de la Torre de los Siete Suelos, salieron en silencio algunas tropas como en número de quinientos hombres.

Estas tropas estaban compuestas de trozos de tercios y compañias diferentes, á juzgar por sus divisas; pero aunque unos eran piqueros, otros ginetes, otros arcabuceros, todos iban á pié, y todos llevaban arcabuces. Solamente iban montados el capitan general marqués de Mondéjar, que mandaba la expedicion, y que iba armado con un medio arnés á la ligera, sus maestres de campo y sus escuderos, sirviéndole de escolta como hasta veinte rocines. Comprendíase que aquella gente habia sido reunida de pronto, para acudir á un peligro, y que no se habia cuidado gran cosa de la organizacion, puesto que marchaban revueltos, detrás de los caballos que constituian la guardia del capitan general.

Los moriscos habian pensado bien cuando habian dicho, que aunque el marqués de Mondéjar, y el presidente de la Chancillería y el corregidor, tuviesen noticias del levantamiento preparado, les era imposible reunir gente bastante para contrarrestarles en el término de un dia.

Verdad es que muchos caballeros é hidalgos de los alrededores habian acudido, como el duque de la Jarilla, al llamamiento del capitan general, con la gente que habian podido reunir; pero toda esta gente llegaba á penas á doscientos hombres, en la generalidad mal montados, peor armados, y poco acostumbrados á la guerra.

Conoció el marqués de Mondéjar que aquellas gentes mas que de socorro le servia de embarazo; pero para no disgustarlas las metió en la Alhambra, las hizo distribuir por los adarves, dejó en la fortaleza cien soldados viejos para servir la artillería y guardar las puertas, y otros cincuenta en el castillo de Bib-Ataubin, bajo las órdenes del corregidor, que con ellos y algunos buenos caballeros, debia procurar asegurar la ciudad donde á la caida de la tarde se habian notado señales de movimiento, particularmente en el Albaicin, algunas de cuyas calles habian sido barreadas por los moriscos.

Barrear las calles queria decir en aquellos tiempos, lo mismo que hacer barricadas en los nuestros.

Pero el mayor peligro no estaba en Granada, sino fuera de ella. Los monfíes eran los enemigos formidables, los que debian decidir el lance. Comprendiólo asi don Luis Hurtado de Mendoza, y aunque no tenia fuerzas bastantes para ello, se decidió á salir á cortar á los monfíes el camino de la ciudad, ó á morir como buen caballero en servicio del rey.

Los monfíes, con arreglo á la traidora revelacion de Alvaro de Sedeño, debian venir sobre Granada por los atajos de la sierra y pasar por Dilar. El capitan general tomó por el costado de Generalife arriba, por una cañada del cerro del Sol y luego torció por un mal camino que guiaba al pueblo del Dar-al-Huet, que hoy se llama Casa-Gallinas.

Marchaba la gente á gran paso y en silencio, atenta y apercibida, y una hora despues de la salida de la Alhambra, llegaron á unos ásperos desfiladeros cerca ya del lugar.

En aquellos momentos llegó un adalid de los que el marqués habia enviado á la montaña, con la noticia de que los monfíes, en número de seis mil hombres se acercaban á Dilar, y que detrás de ellos y por los atajos, sin ser sentida, venia la compañia de arcabuceros del capitan Sedeño, bajo las órdenes del alférez Villasante.

El lugar en que se encontraba el marqués era inmejorable para una emboscada y tenia, ademas, la ventaja de estar muy cerca de la Alhambra, á la que podian recogerse en el caso de una derrota. El marqués, buen capitan, práctico en la guerra y en el terreno, dividió su escasa gente en pelotones, que situó convenientemente entre las breñas, y él con sus ginetes, se situó á la salida del desfiladero á la parte de Granada en un pequeño valle, por medio del cual atravesaba el rio Genil.

Dióse órden á todos de que guardasen el mayor silencio, y á pesar de que hacia una luna clarísima, nadie hubiera creido que hubiese una sola persona en el desfiladero: tan bien oculta y tan silenciosa estaba la gente.

Siendo alto el lugar en que se encontraban, y dominando á Granada, oiase perfectamente desde allí ese álito de vida que se desprende de una gran poblacion, antes de entregarse al descanso sus moradores y que tan bien se percibe, desde los silenciosos campos; oíase el reló de la iglesia de Santa María de la Alhambra á lo lejos y casi perdido; pero la campana de la torre de la Vela callaba, señal clara de que no habian lanzado aun el grito de insurreccion los moriscos del Albaicin, en cuyo caso se hubiera oido tocar á rebato aquella campana, y el estampido del cañon de la Alhambra.

Pasó una hora, y se oyó tocar á animas todas las campanas de las numerosas parroquias, conventos y cofradías de la ciudad, y sin embargo, pasó aun largo espacio sin que una sola persona atravesára el silencioso desfiladero; continuaba el silencio de una manera profunda y solo de tiempo en tiempo se oia el relincho de un caballo que nadie podia evitar, y el solitario ladrido de los perros campestres.

El marqués de Mondéjar llegó á creer, y su suposicion era muy posible, que los exploradores de los monfíes se habian apercibido de la ocupacion del desfiladero, y que los enemigos, variando de direccion, habrian tomado otro camino para llegar á Granada.

En este caso la ciudad estaba perdida, y no quedaba otro medio al marqués que correr á la Alhambra en el momento que la campana de la Vela y el cañon de la Alcazaba diesen la señal de alarma.

Pero si los monfíes entraban en Granada nada podia la Alhambra con la escasa gente que la guarnecia. El marqués, pues, estaba en un estado de ansiedad terrible.

Pero de improviso se escucharon pisadas sordas de algunos hombres en el desfiladero, y despues una banda de monfíes, exploradores sin duda, pasaron á buen andar, con las ballestas armadas, por delante de las breñas, entre las cuales se ocultaban el marqués y sus ginetes.

Los monfíes de detuvieron cuando estuvieron fuera del desfiladero y lanzaron al aire por tres veces el sonido ronco y poderoso de una bocina, despues de lo cual pasaron adelante.

Aquel triple toque de bocina debia ser una señal de los exploradores para avisar al grueso de los monfíes que el desfiladero estaba franco y seguro.

Por fortuna, mientras duró la parada de los exploradores, no relinchó un solo caballo, ni se escapó un tiro de un soldado imprudente. Poco despues se oyó rumor de mucha gente que se acercaba descuidada y como si no temiese ningun peligro.

La órden que tenian los capitanes y cabos puestos por el marqués á la cabeza de cada uno de los pelotones emboscados, era de que no se hiciese fuego hasta que los monfíes estuviesen extendidos en el desfiladero, despues de lo cual era fácil atacarlos y revolverlos.

Asi es, que tuvieron lugar los primeros de los monfíes de llegar al sitio donde estaba emboscado el marqués, antes de que se disparase un solo tiro; pero en el momento en que los primeros iban á desembocar en el valle, el mismo capitan general sacó de su arzon un pistolete y le disparó. Inmediatamente, de entre todas las breñas cayeron nutridas descargas de arcabucería sobre los monfíes, que sorprendidos, aterrados en el primer momento, se revolvieron, mientras el capitan general, saliendo de su acechadero á la cabeza de su pequeño escuadron, se lanzaba sobre ellos gritando:

--¡Por el rey! ¡Santiago y cierra España!

A aquel grito de guerra tan antiguo y tan entusiasta para los españoles, los ginetes se arrojaron con un ardor increible sobre los monfíes que estaban á la entrada del valle, y que, aterrados, dominados por la sorpresa, retrocedieron huyendo ante los caballos, hácia el interior del desfiladero.

El desórden de los monfíes era ya irremediable: en vano el valiente Yuzuf, que ginete en un caballo blanco, se revolvia entre ellos, les gritaba que los cristianos eran pocos, que bastaba el que se rehiciesen y penetrasen en las breñas, para que fuesen vencidos; en vano los mas valientes de los walíes, procuraban llevar á sus taifas á los lugares de donde salia el fuego siempre sostenido de los soldados: arremolinábanse los monfíes, apretábanse, y las balas que silbaban entre ellos, los tendian á centenares, mientras el marqués de Mondéjar y sus ginetes se ensangrentaban á mansalva en aquella multitud dominada por un terror pánico.

Yuzuf tenia noticias exactas de la gente con que podia contar el marqués de Mondéjar, y despreciándola por poca, no creyendo que se atreviese á salir al campo, habia descuidado precauciones, que sin duda le hubiesen ahorrado aquel fracaso, motivado por el terror de los monfíes, ante un ataque invisible é inesperado; terror que nada tenia de extraño, porque cada uno de los monfíes creia tener sobre sí un ejército.

Yuzuf era uno de esos valientes á quienes las dificultades y el peligro irritan, y volviéndose á los que le rodeaban y alzándose sobre los estribos exclamó:

--¡Ah! ¡de mis walíes! ¡á mí! ¡á mí todo el que quiera morir con honra! ¿Sereis tan cobardes que os dejareis matar por un puñado de perros cristianos ocultos entre las breñas?

Un centenar de hombres se agruparon alrededor de Yuzuf, que envistió con ellos al escuadron del marqués. Pero de repente Yuzuf vaciló en su caballo y cayó; una bala le habia herido en la cabeza.

Sus walíes se arrojaron sobre él, y le recogieron: oyéronse gritos desesperados y una voz robusta que gritó:

--¡El valiente Yuzuf, el magnífico emir, ha sido herido! ¡salvemos al emir!

Y aquella voz corrió de boca en boca á lo largo del desfiladero.

Por uno de esos misterios incomprensibles del corazon humano, los mismos á quienes el terror dominaba, se rehicieron ante el peligro del emir; lo que no habian podido hacer las exhortaciones y los esfuerzos de los walíes, lo hizo cada monfí por sí mismo; se arrojaron á las breñas sufriendo el fuego de la mosquetería, y muy pronto los soldados del marqués se vieron desalojados de sus posiciones, dispersados y replegados al valle.

El capitan general seguia batiéndose al frente de su pequeño escuadron; pero cuando vió que el fuego de mosquetería se habia apagado, que solo resonaba acá y allá algun tiro perdido entre las breñas, y escuchó los alaridos de triunfo de los monfíes, conoció que todo estaba perdido y mandó á sus trompetas que tocasen á recogerse.

Muy pronto la gente del marqués formada en buen órden, colocada delante de la caballería, empezó á retirarse, dando siempre el rostro al enemigo, y arrojando sobre él el fuego de su arcabucería; pero todo parecia inútil; los monfíes empezaban á flanquear la montaña, amenazando cortar á los cristianos, lo que, atendido su número, no les hubiese sido difícil, cuando se oyó sobre los mismos flancos fuego de mosquetería.

Los que producian aquel fuego en las alturas no podian ser otros que la compañía de arcabuceros de Alvaro de Sedeño.

Ignorando los monfíes el número de gente que venia en auxilio de los castellanos, tocaron tambien á recoger. El capitan general, que sabia lo escaso del socorro que le habia venido, tocó á recoger de nuevo, incorporósele la compañía de Alvaro de Sedeño y siguió en buen órden su retirada hácia la ciudad.

Los monfíes quedaron ocupando el desfiladero, mientras sus walíes estaban en consejo.

--El valiente Yuzuf está gravemente herido; dijo uno de ellos: ¿qué debemos hacer, hermanos?

--Recoger nuestros muertos y nuestros heridos, y volvernos á la montaña, dijeron algunos.

--¿Pero y los de Granada?

--Que se compongan como puedan.

--Lo primero es nuestro emir.

--¡A la montaña! ¡á la montaña!

Poco despues toda aquella gente se volvia á las Alpujarras, llevando consigo sus muertos y sus heridos, para que los cristianos no pudieran gozarse con la vista de ellos.

Yuzuf, perdido el conocimiento, era conducido en un lecho de campaña.

La bala de un soldado desconocido habia salvado á Granada.

Sobre el desfiladero habian quedado los cadáveres de algunos soldados castellanos, muertos en la pelea, y los de algunos heridos que, abandonados, habian sido rematados por los monfíes.

CAPITULO XXIV.

De cómo, á causa del levantamiento del Albaicin, cometió Yaye su primera infamia.

Entre tanto el capitan general se habia recogido en silencio á la Alhambra, entrando en ella secretamente por la puerta de Hierro.

Dióse órden de que no se dejase salir á nadie de la fortaleza para que no se supiese en Granada el mal resultado de la expedicion, y el marqués de Mondéjar, asomado á un agímez de la torre de Comares, con la vista fija en el Albaicin, esperaba con ansiedad ver brotar la primera chispa de insurreccion.

Veamos ahora lo que acontecia en el Albaicin.

Conócese por Albaicin en Granada un barrio alto extenso y populoso, que se extiende por una parte á lo largo y por cima de la calle de Elvira, mas allá del Zenete, que corre á lo largo de dicha calle, y por otra parte, por cima de la calle de San Juan de los Reyes, extendiendose hasta la cerca del obispo don Gonzalo, que orla la cresta de un cerro, donde ahora está situado San Miguel el Alto, desde el rio Darro hasta mas abajo la iglesia de San Cristóval.

Este barrio tiene dentro de sí una fortaleza que se llama la Alcazaba Cadima, y un número considerable de parroquias, capillas y conventos de frailes y monjas.

En aquel tiempo el Albaicin tenia mas alumbrado de noche que el que tiene en la actualidad, á pesar del gas y de la civilizacion. Esto consistia en que hoy no tiene absolutamente alumbrado público, y en aquellos tiempos la devocion de los vecinos sostenia en la esquina de cada calle, en el ángulo de cada plaza, una lampara encendida, delante de una imágen, de una cruz ó de un ecce-homo, colocados dentro de un nicho, ó simplemente clavados á la pared bajo un tejadillo de tablas.

Habia, ademas, los faroles en las cruzes de piedra, colocadas delante de las puertas de iglesias, conventos, cofradías, ermitas, capillas y cementerios, y lo que tambien era un alumbrado, aunque ambulante: las linternas de los alguaciles de las rondas.

Puede asegurarse, pues, que el Albaicin estaba mucho mas seguro, alumbrado y acompañado de noche en el siglo XVI que en nuestros dias.

Es cierto que ahora solo de tiempo en tiempo se da alguna cobarde puñalada en sus oscuras calles ó se roba alguna capa vieja, y que en aquel tiempo era un acontecimiento casi diario, encontrar dentro de la jurisdiccion murada del Albaicin algun hombre muerto á estocadas.

Tambien es verdad que aquello era mas noble y mas romancesco; que si ahora, al encontrarse un hombre muerto violentamente en aquel barrio, se piensa en alguna miserable riña de taberna, entonces al ver un hidalgo muerto se pensaba en alguna hermosa dama como causa de la desdicha, y la justicia y los que no eran la justicia se decian:--¿Quién será ella?

La verdad del caso es que el Albaicin, por cualquier faz que se le considere, valia mucho mas en 1546 en que estaba lleno de un vecindario noble y rico, que en el momento en que escribimos estas líneas: al Albaicin de hoy solo le quedan fragmentos de torres y murallas ennegrecidas; restos de su antiguo esplendor; solares llenos de escombros que otros tiempos fueron grupos enteros de casas, y casucos viejos y apolillados que amenazan hundirse muy pronto. Dentro de algunos años el Albaicin solo será un monte cubierto de hermosos cármenes, cuyas cercas se habrán hecho con los viejos materiales de la poblacion muerta, en medio de cuyos cármenes, se sostendran en pié durante algunos años aun, las iglesias y las macizas casas de solar construidas despues de la conquista.

Hace muchos años que Granada se está transformando, y perdiendo en sus transformaciones, y llegará un dia en que solo la queden algunos barrios desiertos, algunos restos de la Alhambra, con tal cual arabesco, y lo que nadie puede quitarla: su manto de flores y verdura, que cubrirá por sí mismo y sin que nadie se cuide de ello, sus ruinas.

¡Pobre Granada!

Hemos dicho que el Albaicin de 1546 estaba mas concurrido y mas alumbrado de noche que en nuestros dias; pero concretándonos á la noche en que acontecian los sucesos que estamos refiriendo, no habia ni una sola luz encendida, no sabemos si porque las habian apagado los moriscos, ó porque, recelosos del estado de alarma y de conmocion en que desde el oscurecer se habia presentado el Albaicin, no las habian encendido los vecinos.

Hacia una luna muy clara; pero tambien es cierto que como las calles del Albaicin, poblacion originariamente mora, eran estrechísimas y los aleros de las casas se cruzaban, superponiéndose en la mayor parte de ellas, estos callejas estaban en su fondo tenebrosamente oscuras.

Para que nuestros lectores pudiesen apreciar lo estrecho y lo tortuoso de aquellas calles, era necesario que las hubiesen visto y que hubiesen experimentado por sí mismos, que por muchas de ellas solo puede pasar un hombre de frente, y que la mas ancha, apenas tiene espacio para que marchen dos hombres de frente á caballo.

Como para desahogo y ensanche habia, sí, algunas plazas medianamente espaciosas, donde reflejaba á sus anchas la luna; pero en aquellas plazas no se veia una sola persona.

Por el contrario, en el fondo de las oscuras calles se notaba una animacion de mal agüero; iban, venian, se detenian y hablaban entre sí, hombres armados; se abrian y se cerraban puertas silenciosamente, sin que tras ellas apareciese una sola luz: todas las calles que bajaban á la ciudad estaban fuertemente barreadas y guardadas por hombres armados de arcabuces y ballestas: las rondas, tan frecuentes otras noches, que era dificil recorrer tres calles sin tropezar con una, se habian suprimido por sí mismas, lo que prueba el admirable instinto de las gentes de justicia para esconderse á tiempo, en cuanto asoman los primeros síntomas de insurreccion popular: las casas de los moriscos estaban cerradas por prudencia, y las de los cristianos por miedo.

En una plaza, que existia entonces entre las últimas casas de la parroquia de San Gregorio el Alto y las pendientes calles que poblaban un terreno áspero, que hoy está cubierto de nopales, á la falda del cerro donde se levanta la ermita de San Miguel, en dícha plaza decimos, donde á pesar de la claridad de la luna habia gente por no poderse ver á aquella plaza desde la Alhambra, por los accidentes del terreno, se paseaba meditabundo y pensativo Yaye-ebn-Al-Hhamar, asido del brazo del faquí Abd-el-Gewar, que á pesar de sus años, estaba completamente armado como el jóven, y, como él, con trage castellano.

Divididos en grupos en la plaza, se veian como hasta cien hombres armados de picas y de arcabuces, y en el centro de uno de aquellos grupos, se levantaba un estandarte rojo de tres puntas.

Se notaban una gran impaciencia y una ansiedad profunda en aquellos grupos: habian dado ya las ánimas y ninguna noticia se tenia de la aproximacion de los monfíes. La Alhambra estaba silenciosa y oscura como de costumbre, sin que, á pesar de la luna, se viese brillar una sola arma sobre los adarves, mas que las de los acostumbrados atalayas: ni se veia el farol de los artilleros en la batería de la torre de la Vela, ni en fin, indicio alguno de que la Alhambra estuviese preparada al combate, á pesar de que el capitan general no podia ignorar que las calles bajas del Albaicin estaban barreadas y los moriscos puestos en armas.

El castillo de Torres Bermejas estaba asimismo sombrío y silencioso y desiertas sus baterías.

Esto para los moriscos era objeto de una gran ansiedad, porque sabiendo el marqués de Mondéjar y el presidente y el corregidor, que los moriscos estaban sublevados, mucha seguridad debian tener de vencerlos cuando tan descuidados se mostraban.

Doblaba esta ansiedad la tardanza de los monfíes que debian entrar en el Albaicin por tres puertas: esto es por la de Fajalauza, por el portillo del Aceytuno y por la puerta de Guadix.

Llegaron las once de la noche, y la campana de la Vela dió, segun costumbre, treinta y tres campanadas graves y solemnes en aquellos momentos; aquella era la única voz del castillo y aquella voz parecia decir: estoy alerta.

Era demasiado tarde y la impaciencia empezaba á apoderarse de las masas que afluian en la plaza, corriendo de la parte baja en busca de noticias: aquella impaciencia empezaba á ser miedo, y el miedo á expresarse en quejas.

Al fin algunos de los principales creyeron que debian interrogar á Yaye, que habia sido nombrado capitan de la insurreccion; pero Yaye se encogió de hombros, como quien no puede responder acerca de lo que no está en su mano.

Al fin fue necesario para calmar la ansiedad general, enviar emisarios que adelantaran por el camino por donde debian venir los monfíes. Pero al abrir la puerta de Fajalauza, de que estaban apoderados los moriscos, se presentó á caballo y con las señales de haber venido corriendo á rienda suelta, un walí de los monfíes.

Al reconocerle por su trage y por sus armas, los que estaban en la puerta, creyendo ya cerca el ejército auxiliar, rompieron en una aclamacion de alegría; pero el walí no contestó á aquella aclamacion y se redujo á preguntar con semblante hosco, dónde estaba el poderoso emir Yaye-ebn-Al-Hhamar.

El aspecto del monfí, lo ronco de sus palabras y lo hosco de sus miradas, apagaron el entusiasmo de los aclamadores, que en silencio, y no sabiendo qué pensar, condujeron al walí á la plaza donde habia establecido su cuartel general, por decirlo asi, Yaye.

Cuando el walí estuvo en su presencia, cuando le dijeron que aquel jóven era el emir, se arrojó del caballo y se prosternó ante Yaye.

--Magnífico y poderoso señor dijo: la fortuna nos vuelve las espaldas. Vengo á avisarte que tu poderoso padre el emir Yuzuf, se vuelve con su gente á las Alpujarras.

--¿Que se vuelve mi noble padre á las Alpujarras? exclamó con asombro Yaye.

--Los cristianos nos esperaban emboscados en las quebradas de Dar-al-Huet, y no hemos podido forzar el paso.

--¿Que los cristianos esperaban emboscados, y os han vencido...? ¡Luego alguno de los nuestros nos ha hecho traicion avisando á los cristianos!

--Sí, sí, dijo sombriamente el monfí, nos han hecho traicion y han ocurrido horribles desgracias.

--¿Y mi padre?

--La mano de Dios protege á los reyes, dijo profundamente el walí.

Habíasele ordenado, para evitar á Yaye cuanto fuese posible lo doloroso de la noticia de la herida de Yuzuf, que guardase silencio acerca de ella, y el walí cumplia exactamente su encargo.

--Vuestro poderoso padre el emir Yuzuf, continuó el walí, me encarga deciros que si contais con bastante gente en el Albaicin para apoderaros de la ciudad y de la Alhambra, no os detengais un solo momento; pero que, si esto fuera imposible, marcheis inmediatamente y sin perder un momento á la montaña.

--Ya lo ois, dijo Yaye á los xeques que le rodeaban; mis monfíes han sido envueltos en una celada, y no podemos contar con ellos.

--¡Oh! exclamó con acento rugiente el Homaidi, que estaba entre los xeques: el infame don Diego de Válor, nos ha hecho traicion.

Estas palabras del Homaidi irritando á las masas excitadas, pasaron de boca en boca y muy pronto multitud de hombres armados, se encaminaron á la carrera, trémulos de corage, á la casa de don Diego.

Mientras, que viendo imposible la empresa, Yaye mandaba á los xeques y á los capitanes, que fuesen á retirar la gente y á quitar las barreras de las calles bajas; que se escondiesen las armas y que todo volviese al antiguo aspecto de paz y sumision, oyóse hácia la parte de San Gregorio el Alto un alarido informe; luego reflejó un resplandor indeciso, despues una llamarada y luego otra y al fin se declaró un incendio.

Y como si aquella hubiese sido una señal de alarma, retumbó el ronco estampido del cañon de la Alhambra, y la campana de la Vela empezó á tocar apresuradamente á rebato, lanzando aquella voz de guerra, hasta las distantes cumbres de las montañas que rodean la vega.

Al mismo tiempo, mientras unos corrian apresuradamente á las avenidas por donde podian acometer las tropas de la Alhambra el Albaicin; mientras otros tocaban ruidosamente la zambra, y otros disparaban al aire sus arcabuces en señal de levantamiento, algunos entraron en la plaza donde Yaye absorto no sabia qué partido tomar, y gritaron:

--La casa de don Diego de Córdoba y de Válor ha sido acometida y está ardiendo.

En aquel momento todo lo que le rodeaba, la situacion en que se encontraba, el peligro de un combate á todas luces dudoso, contra los cristianos, todo desapareció de la imaginacion de Yaye, en la que solo quedó una idea: la de doña Isabel de Córdoba y de Válor, abandonada en la casa de su hermano á una turba feroz irritada y sanguinaria: entonces, sin decir una sola palabra á los que le rodeaban, ni hacerse seguir de nadie, solo, anhelante, aterrado; echó á correr como un frenético hácia la casa de don Diego, llegó, tiró de la espada, se abrió paso, hiriendo como un leon irritado entre la multitud compacta que rodeaba la casa, y, en el primer momento de sorpresa, logró penetrar en el interior. Pero por valiente que fuese, iba solo: su trage habia sido visto, y una exclamacion de rabia habia salido de todas las bocas.

--¡Al cristiano! ¡al cristiano traidor, que viene á socorrer á los traidores! gritaron algunas voces.

Y todos aquellos que pudieron penetrar en la casa se precipitaron con las armas enhiestas en seguimiento de Yaye.

* * * * *

Entre tanto en el interior de aquella casa reinaba un desórden espantoso.

En el primer momento de peligro, doña Elvira, sin cuidarse de la seguridad de su cuñada doña Isabel, á quien aborrecia de muerte, corrió al aposento de don Diego, abrió la puerta secreta y se refugió en la mina.

En cuanto á doña Isabel y á los criados, aterrados, sobrecogidos, á penas tuvieron tiempo para huír al huerto en busca de una salida por el postigo.

Pero todos, en el primer momento de turbacion, habian olvidado la llave; el postigo era fuerte; se necesitaba perder algun tiempo, y el terror les aconsejó que buscáran un medio mas pronto.

Habia en el huerto algunos árboles arrimados á la cerca: los hombres, sin cuidarse de las mujeres, ni aun de doña Isabel, porque en los momentos de supremo peligro nadie se cuida mas que de sí mismo, treparon á los árboles, ganaron el borde de la cerca, se descolgaron á la calle y huyeron.

Doña Isabel y tres criadas quedaron en el huerto, que empezaba á iluminarse con la rojiza luz de las llamas, que emanaban de los pajares de la casa, que habian sido incendiados.

Algunos furiosos habian puesto fuego á la leñera.

Por las ventanas de los pisos bajos que daban al huerto, salieron muy pronto torbellinos de fuego.

Oíanse los furiosos alaridos de los moriscos que habian penetrado en las habitaciones y que las desmantelaban, robando los objetos de valor.

Doña Isabel y las tres criadas, hacian maravillosos esfuerzos y se ensangrentaban las manos en la cerradura del postigo; pero sus fuerzas eran demasiado débiles para forzarla.

A medida que el tiempo trascurria, el terror de doña Isabel aumentaba, y el llanto y los alaridos de las pobres mujeres que estaban con ella: el incendio se habia propagado á toda el ala del edificio que daba sobre el huerto, y la hacia parecer una inmensa cortina de fuego.

Desplomábanse los tabiques, y á través de algunos boquerones, se veia pasar y cruzar á la canalla, corriendo y cargada con el saqueo.

Solo quedaba libre de las llamas el gran portalon por donde se entraba al huerto; pero ya por la parte superior tocaban á su techumbre. Por el fondo de aquel portalon se veian pasar de contínuo hombres con antorchas encendidas ó cargados de efectos; pero hasta entonces ninguno se habia dirigido al huerto.

De repente se oyeron voces mas rugientes, mas irritadas, mas terribles; voces que alguna vez dejaban escucharse distintamente.

--¡Al traidor! ¡al castellano! ¡matadle!

Llenóse al fin el portalon de gente y doña Isabel, á pesar de su terror, vió que un hombre solo retrocedia defendiéndose de una turba numerosa.

Pero aquel hombre era muy diestro y muy valiente, y dando una cuchillada á este, una estocada al otro, no permitia que ninguno le tomara la espalda; pero se veia obligado á retroceder de una manera decidida.

Cuando el que se defendia y los que tan tenazmente le acometian, entraban casi en el huerto, doña Isabel, que contemplaba fascinada aquel espectáculo, lanzó un grito de horror: el techo del portalon, invadido por el incendio, se habia desplomado sobre los combatientes, dejándolos sepultados bajo un monton de maderas inflamadas y escombros.

Pero de delante de aquel horno saltó un hombre, y al verse incomunicado con el interior de la casa, empezó á buscar, como fuera de sí, una nueva entrada que hubiese respetado el fuego.

Doña Isabel fijaba la vista en aquel hombre, no sabiendo si aterrarse, contemplando en él un enemigo, ó alegrarse considerándole como un salvador: aquel hombre habia tenido la fortuna de que al derrumbarse el techo del portalon, cogiese solo á los que le acosaban y mantenia alejados al alcance de su espada, sin que un solo fragmento del hundimiento le tocase. Doña Isabel notó que estaba vestido á la castellana, segun la moda de los caballeros de aquel tiempo; que tenia en la mano una espada desnuda, y que en su apostura demostraba que estaba muy lejos de pertenecer á la canalla incendiaria y rapaz que habia acometido la casa.

En el primer momento, el terror solo permitió á doña Isabel ver en aquel hombre las generalidades que hemos indicado; pero despues, cuando le hubo mirado con alguna insistencia, arrojó un grito que tanto expresaba terror como alegría, y cayó de rodillas.

En aquel hombre habia reconocido al único hombre á quien habia amado; por el que habia sido abandonada; en una palabra: habia reconocido á Yaye.

A su vez Yaye oyó el grito de doña Isabel y se volvió. A la luz del incendio, que dominaba á la de la luna, vió una mujer de rodillas, y junto al postigo, pugnando por abrirle, otras tres mujeres; Yaye corrió desalado hácia ellas, llegó á doña Isabel, la apartó las manos con que se cubria el rostro, la miró frente á frente y arrojó un grito de insensata alegría; doña Isabel miró tambien á Yaye, palideció de una manera mortal, lanzó un gemido, y no pudiendo resistir á tantas emociones, cayó por tierra desmayada.

Yaye, antes que en socorrer á doña Isabel, pensó en arrancarla de aquel lugar de peligro: fué á la puerta, que pugnaban en vano por abrir las criadas, apartó á estas, desenganchó un pistolete de su cinto, buscó la cerradura, é hizo fuego sobre ella: la cerradura saltó rota en mil pedazos, Yaye abrió el postigo, y las tres criadas escaparon al momento, como pájaros á quienes se abre la puerta de la jaula.

Despues, Yaye fue á donde estaba doña Isabel desmayada, la contempló un momento con éxtasis, la cargó en sus brazos, y salió por el postigo y se dió á correr por las empinadas calles, hácia la cercana muralla del obispo don Gonzalo.

--La traicion de don Diego de Válor, exclamó con un acento indescribible, ha hecho inútil el levantamiento de los moriscos; pero esa traicion ha puesto á Isabel en mis manos: Isabel es mia.

Y el jóven, á quien hacia insensato el amor, se alegraba casi de la desdicha de su pueblo, puesto que le habia procurado la posesion de doña Isabel.

Porque Yaye estaba resuelto á romper de una manera terrible para la pobre niña, los vínculos extraños que le separaban de ella.

Por otra parte, Yaye se decia:

--Si hoy por culpa de un traidor no hemos vencido, mañana venceremos. Y su conciencia se apoyaba en su esperanza.

Entre tanto, Yaye seguia corriendo las calles arriba, sin sentir el peso de la carga de doña Isabel, que era demasiado buena moza para que no pesase mucho. Las calles estaban desiertas por aquella parte y muy pronto el jóven llegó á un lugar aportillado de la muralla, y salió al campo, ó por mejor decir, al monte.

Sin embargo, no se detuvo hasta que se encontró muy lejos de la muralla, sobre una senda que orlaba la falda del cerro de santa Elena, y que conducia á su cumbre.

A poca distancia habia un aprisco abandonado, y hácia él se dirigió Yaye con su preciosa carga. Junto al aprisco brotaba una fuente rodeada de álamos, sobre un terreno cubierto de cesped, y allí fue donde se detuvo Yaye, depositando blandamente á doña Isabel sobre el cesped.

El terror, y la sorpresa de haber encontrado en aquella situacion á Yaye, habian afectado de tal manera á la desdichada jóven, que su desmayo continuaba.

Yaye la miraba extasiado: el semblante de doña Isabel por el doble efecto de la palidez y de la luz de la luna, alcanzaba á una blancura sobrenatural: sus negras trenzas estaban desordenadas de una manera hechicera: sus ojos velados por la sombra de sus espesas pestañas, su boca entreabierta por un gemido, tenian esa bellísima expresion del dolor que tanto sublima las formas puras, y su cuello y su seno estaban casi descubiertos, por efecto de la manera violenta con que habia sido conducida hasta allí por Yaye.

El jóven hasta entonces solo habia adivinado los secretos tesoros de hermosura de la jóven; esos tesoros que oculta el pudor tras la celosa y falaz plegadura de las ropas: Yaye que en un tiempo habia dicho palabras de consuelo y de amor á la joven, creyendo ceder solo á la caridad, que despues de haberla dejado abandonada á su suerte por fanatismo ó por ambicion, habia comprendido que la amaba por el intenso dolor que le causó la ruptura del lazo simpático, íntimo y misterioso que le unia á ella, al verla abandonada en su poder, sola en medio del silencio de la noche, experimentó un sentimiento hácia doña Isabel que nunca habia experimentado por su causa: un sentimiento de deseo ardiente, voraz, impuro, en que la materia, sobreponiéndose al espíritu, mandaba, como mandan los tiranos, sobreponiéndose á la justicia, al deber, á la generosidad. Una magia inconcebible se desprendia de doña Isabel y embriagaba mas y mas á Yaye, acreciendo en su cerebro la fiebre, en sus sentidos el deseo. Hubo un momento en que toda su vida se concretó en aquella mujer purísima y mas que pura hermosa, que tenia entre sus brazos; en que olvidó su pasado, su presente, su porvenir; en que su alma recogida en un solo punto, ansió unirse, confundirse, anegarse en el alma de doña Isabel. Lentamente el semblante del jóven, como atraido por una fascinacion poderosa, se acercó al semblante de ella: su brazo estrechó con mas fuerza su cintura y llegó por fin un momento, en que aquellos dos semblantes se acercaron, en que aquellos dos pechos se estrecharon, en que la boca de Yaye, imprimió un solo y ardiente beso en la boca de la jóven; beso abrasador, interminable, por el que se exhaló todo el alma de Yaye, y que hizo volver en sí de repente, por un misterio que nosotros ni aun pretendemos investigar, á doña Isabel.

Encontróse entre les brazos de Yaye, medio desnuda, flotantes los cabellos, estrechada de una manera delirante entre los brazos de un hombre, ¡ay! demasiado adorado; sintió unos labios convulsivos y ardientes posados en sus labios, y se creyó entregada á un sueño; la razon de Isabel estaba perturbada: habia sufrido sucesivamente emociones demasiado fuertes para que pudiese darse una explicacion exacta de la situacion en que se encontraba; no supo si estaba soñando ó si estaba despierta.

Yaye, segun la expresion de un escritor contemporáneo, se la arrebató vírgen á su marido, é Isabel fue enteramente de Yaye, sin saber si estaba despierta ó soñando.

Pero aquella felicidad era demasiado dolorosa, demasiado punzante, para que pudiese ser soñada: doña Isabel, que dominada por una fascinacion extraña, habia concedido á el único hombre que habia sabido inspirarla amor, delirantes caricias, volvió realmente en sí; aquella reaccion fue terrible; primero, apartó lentamente á Yaye, le miró, le reconoció, comprendió toda la verdad y se alzó rugiente, excitada por su dignidad y por su virtud.

Yaye, sorprendido, trémulo, porque comprendió que estaba colocado en esa indigna posicion del fuerte que abusa del débil, pronunció en vano algunas palabras de disculpa. Doña Isabel le interrumpió, y le dijo con acento severo; pero profundo, y lleno de amargura y de desprecio:

--Habeis sido tres veces infame conmigo: primero, fingiéndome un amor que no sentiais; despues, cuando ya mi alma era enteramente vuestra, abandonándome, sentenciándome á un sacrificio que jamás podreis apreciar bien: despues, cometiendo la última de las infamias.

Yaye quiso contestar; pero Isabel le hizo guardar silencio con un ademan supremo de desprecio. Luego tomó lentamente el camino de los muros, se perdió á lo lejos y entró en la ciudad sola, en aquella misma ciudad de donde Yaye la habia sacado pretendiendo salvarla, para perderla.

¿Por qué no la habia seguido Yaye?

Porque la amaba, porque la habia ofendido, porque comprendia con cuánta razon le despreciaba doña Isabel; porque aquel desprecio le habia anonadado, cubriéndole de confusion y de vergüenza, y habia quedado inerte, sin fuerzas, en el mismo lugar donde se habia desplomado sobre él el desprecio de su víctima.

Cuando ya habia pasado largo tiempo desde que habia desaparecido la jóven, Yaye logró sobreponerse á su fascinacion: se pasó la mano por su frente calenturienta, y exclamó:

--¡Ah! ¡he perdido toda esperanza! ¡he sido infame con ella, y ella, la conozco bien: jamás me perdonará!

Y dos lágrimas solas, representando el despecho del jóven, brotaron de sus ojos.

¿Eran aquellas lágrimas hijas del amor y de la dignidad, ó del egoismo de Yaye?

No lo sabemos.

Porque acerca de un hombre tal que llamaba caridad al amor, amor al deseo y dignidad al amor propio, no es fácil aventurar suposiciones, sin exponerse á incurrir en un error.

Lo que nosotros creemos es que Yaye, educado para ser déspota, lo era.

* * * * *

Tomó á paso lento el mismo camino que antes habia tomado la desolada Isabel, y entró en el Albaicin. La casa de don Diego de Válor, estaba aun ardiendo; pero los vecinos se ocupaban en apagar el incendio. Los moriscos habian desaparecido: por mejor decir, se habian ocultado, y las gentes de guerra del capitan general, los caballeros y vecinos honrados de la ciudad, con las armas en la mano, y tras ellos el corregidor y los alguaciles, con el presidente de la Chancillería y los alcaldes de casa y córte ocupaban el Albaicin.

Sin embargo, de esta ocupacion, Yaye pudo llegar sin ser visto por callejas excusadas á la casa de Abd-el-Gewar, á aquella misma casa donde habia vivido tanto tiempo, que lindaba con la de don Fernando de Válor y donde habia conocido á doña Isabel.

Abd-el-Gewar, que esperaba con ansiedad al jóven, le recibió sollozando de placer entre sus brazos, y sin detenerse un punto, le hizo montar á caballo y montando en otro, salió con él de la casa. Aquella era una medida prudente: no se sabia si habian sido presos algunos de los moriscos que conocian á Yaye y á Abd-el-Gewar, y hubiera sido harto imprudente no probar un medio de salvacion, antes de resignarse á caer entre las manos de la justicia del rey.

Cuando abrieron la puerta del huerto, se les presentó un hombre.

--Deteneos, les dijo.

Yaye echó mano á un pistolete.

--Nada receleis, dijo aquel hombre notando la acción de Yaye: soy don Fernando de Válor.

--¿Y qué quereis? dijo con aspereza Yaye.

--Mi hermano don Diego ha sido preso; su casa incendiada y acometida esta noche; su esposa ha desaparecido, y mi hermana doña Isabel, acaba de presentárseme aterrada, trémula, entregada á la mayor desesperacion: he sentido desde mi casa en el huerto vuestros caballos, cuando preparaba el mio, y puesto que vos, señor, sois emir de los monfíes, os ruego que me permitais partir con mi hermana en vuestra compañía, y trasladarnos á las Alpujarras, donde cuento conque me amparareis.

--Cabalgad, don Fernando, dijo Abd-el-Gewar; pero cabalgad al momento; no tenemos un solo instante que perder.

Yaye habia quedado en un profundo silencio.

Poco despues Abd-el-Gewar y Yaye salian de la ciudad, por el portillo de la cerca de don Gonzalo, por donde antes habia sacado Yaye á doña Isabel desmayada.

Detrás iba otro ginete que llevaba sobre su arzon delantero una mujer que lloraba de una manera desconsolada.

CAPITULO XXV.

Cómo encontró Yaye á su padre.

Caminaron harto de prisa nuestros personajes, mientras estuvieron dentro de la jurisdiccion de la ciudad; pero cuando empezaron á penetrar en la montaña, dieron vado á su temor y mas descanso á sus caballos.

Amanecia en aquel punto.

Atravesaban ásperos desfiladeros, y profundos valles, solitarios; pero rientes y magníficos bajo la diáfana luz de la alborada. Cuando Abd-el-Gewar se encontró ya dentro de las Alpujarras, detuvo su caballo sobre la ladera de un monte que á la sazon trepaban, y lanzó tres vezes un grito agudo semejante á una seña.

A aquel grito, aparecieron en los picos de algunas rocas algunos bultos indecisos, que descendian con rapidez al lugar donde se encontraban los viajeros, y que al acercarse dejaron conocer que eran monfíes.

--¡El santo faquí! exclamó uno de los que llegaron primero.

--Y el poderoso emir nuestro señor, añadió el anciano señalando á Yaye.

--¡Que Dios proteja al emir! dijeron los monfíes, inclinándose profundamente.

--¿Tú eres walí? dijo Yaye dirigiendo la palabra á uno de los monfíes, que por su trage mas rico y esmerado, parecia capitan de los otros.

--Sí, poderoso señor, contestó inclinándose de nuevo y mas profundamente el preguntado.

--¿Cuántos hombres acaudillas?

--Cincuenta valientes muslimes, señor.

--Pues bien, dijo Yaye, señalando como con miedo y apartando de ellos la vista, á don Diego, que habia detenido á algunos pasos su caballo, y á doña Isabel, que ocultaba su rostro contra el pecho de su hermano. Aquel que ves allí es don Fernando de Válor: aquella dama su hermana. Quedaos con ellos; acompañadles y llevadles á donde quieran ser conducidos en seguridad.

--Queremos entrar esta noche secretamente en Andarax, donde tenemos parientes que nos ampararan, dijo don Fernando que habia escuchado el encargo de Yaye.

--Resguardareis, pues, y conducireis á don Fernando y á su hermana, á Andarax, con seguridad: ¿lo entiendes, walí?

--Si señor.

--Ahora, cuatro de vosotros adelante hácia mi alcázar, dijo Yaye.

Cuatro monfíes se echaron las ballestas al hombro, y empezaron á trepar á gran paso por la ladera.

--Adios, exclamó Yaye, saludando de una manera indeterminada á don Fernando y á doña Isabel.

--Que él os proteja, señor, dijo el jóven.

Doña Isabel guardó un obstinado silencio; pero don Fernando la sintió extremecerse.

Yaye y Abd-el-Gewar picaron á sus caballos, y desaparecieron muy pronto por un recodo de la montaña.

Al mediar el dia llegaron al pinar en cuyo centro se encontraba la cueva por donde se entraba al alcázar subterráneo.

Pero con gran asombro de Abd-el-Gewar, encontró delante del pinar un ejército acampado: los monfíes, extendidas sus atalayas por las lomas inmediatas rodeaban el bosque.

Los dos viajeros se vieron obligados á darse á reconocer de punto en punto, hasta que llegaron á una magnífica tienda, alzada en medio del bosque, en el centro de un claro.

Habia impresionado á Yaye y al anciano, el aspecto de profunda reserva y de sombría tristeza que se notaba en el semblante de todos, singularmente en el de los capitanes; no era aquel el aspecto ni de un ejército que hubiese sido vencido, ni que esperase al enemigo.

--¿Qué significa esto? dijo Abd-el-Gewar á uno de los walíes.

--¡Dios lo quiere, santo faquí! contestó gravemente el moro.

--¡Que Dios lo quiere! ¿y esa tienda alzada en medio de ese bosque?

--Los médicos han dicho, que el poderoso Yuzuf, á quien Dios salve, necesita aire puro que no encontraria en el subterráneo.

--¡Pues qué!... exclamó con ansiedad Yaye.

El walí no conocia personalmente al jóven, que aunque emir por la abdicacion de su padre, no habia tenido tiempo de darse á conocer de todos los monfíes. Por lo mismo, el walí, que no sabia con quien hablaba, contestó:

--Nuestro valiente y magnánimo emir, Yuzuf, está á las puertas de la muerte, á consecuencia de una herida que recibió anoche en la cabeza en el desfiladero de Dar-al-Huet.

Yaye no acabó de escuchar al walí, exhaló un grito salvaje, se arrojó del caballo y se precipitó en la tienda.

Yuzuf estaba postrado en el fondo de ella, en un lecho, y rodeado de médicos. Estos abundaban entre los monfíes, porque los moros, lo mismo que los árabes, eran muy dados al estudio de la medicina y de las ciencias naturales.

Yaye se precipitó al lecho y asió las manos de su padre, al que miró de una manera anhelante.

Yuzuf, á pesar del estado en que se encontraba, le reconoció y sonrió lánguidamente.

--¡Ah! ¡la misericordia de Dios es infinita! exclamó alzando los ojos al cielo; el Altísimo no ha querido que yo muera sin verte, hijo mio; sin hacerte conocer mi última voluntad.

Yaye quiso contestar y no pudo; la voz se habia anudado en su garganta.

--¡Ah! ¡eres tú, tambien, mi buen amigo, mi hermano! añadió Yuzuf viendo á Abd-el-Gewar, que habia penetrado tambien en la tienda, y, transido de dolor y de sorpresa, estaba de pié á algunos pasos del lecho: bien venido seas á recibir mi última despedida, santo faquí. Pero en estos momentos, tú, Abd-el-Gewar, y vosotros, mis buenos doctores, dejadme solo con mi hijo. Que nadie nos interrumpa.

Todos salieron, excepto Yaye, que estaba arrodillado junto al lecho y lloraba sobre las manos de su padre.

--¡El Altísimo es el dador de la vida y de la muerte, Yaye! dijo con acento solemne y tranquilo Yuzuf. ¡El da la victoria y él la quita! ¡suyos somos, y como dueño dispone de nosotros! No llores, Yaye: las lágrimas que el guerrero vierte por su padre, le honran; pero es necesario secar el llanto, para pensar en la venganza.

--Os vengaré, padre mio; exclamó Yaye alzando fieramente la cabeza, y mostrando sus ojos secos como si en un instante hubiese evaporado sus lágrimas el fuego de un volcan. Os vengaré, primero del infame don Fernando de Válor, despues de los cristianos.

--Escúchame con atencion, dijo Yuzuf, porque me quedan pocos momentos de vida. No es don Diego de Córdoba y de Válor el que nos ha hecho traicion.

--¿Quién es, pues?

--Un infame castellano á quien yo habia amparado; un capitan de infantería española, llamado Alvaro de Sedeño.

--¡Ah! exclamó Yaye.

--Escucha, ademas: en poder de ese hombre hay cautivas dos mujeres.

Yaye lanzó toda su vida á sus oidos.

--Esas dos mujeres son la esposa y la hija de un hombre, que, como yo, lucha contra los españoles: ese hombre, rey como yo, de un pueblo valiente, es nuestro aliado natural: ademas, á ese hombre debemos mucho, y tú podrás deberle mas: es riquísimo; tiene tesoros inmensos.

Yaye escuchaba con suma atencion á su padre.

--Ademas, Yaye, continuó Yuzuf; tu proyectado enlace con doña Isabel de Válor, es ya imposible, porque doña Isabel está casada.

--Pero dícese que ha muerto Miguel Lopez.

--No, Miguel Lopez vive: vive en un lugar donde te conducirá cualquiera de nuestros walíes, solo conque le digas que quieres ir á la morada del cazador de la montaña.

--¿Y quién es ese cazador?

--Ese cazador es Calpuc, el rey del desierto de Méjico.

--¡Ah! ¿y ese es el padre de Estrella?

--¿Conoces tú á la hija de Calpuc?

--Si, padre mio, y la tengo amparada en mi poder.

--¡Y esa mujer!...

--Es noble y pura.

--¿Hermosa?....

--Como un ángel.

--Sea tu esposa, Yaye.

--¿Mi esposa?... ¿Y doña Isabel?...

--¡Doña Isabel! ¡Una mujer casada!...

Ya delante de dos lechos de muerte habia escuchado Yaye las palabras: sé esposo de Estrella.

Yaye quedó profundamente pensativo.

--Los oprimidos deben unirse á los oprimidos, continuó Yuzuf: ademas, la amistad de Calpuc será preciosa para tí. Cuando yo muera, que será muy pronto, busca primero á Calpuc, dile que ponga en libertad á Miguel Lopez; entrega despues su hija á ese hombre; no te pregunto cómo te has apoderado de esa mujer, ni dónde has estado oculto durante quince dias. Te he vuelto á ver y esto me basta: creo ademas en tu honor y en tu virtud. Recuerda bien: véngame y véngate de ese capitan infame, procura la amistad de Calpuc, y el amor de su hija, y en cuanto á lo demás, lo que como padre debo aconsejar al emir de un pueblo que lucha, y que lucha con tan justa causa como el nuestro, escrito está en estos pergaminos: ellos guardan mi voluntad. Espero que la cumplas. Es lo que conviene á nuestra patria, que tiene derecho á exigirnos toda clase de sacrificios. Grava bien en tu memoria las últimas palabras que voy á decirte: un rey debe sacrificarlo todo por su pueblo: su corazon, su felicidad doméstica, su vida, y si es preciso Yaye... hasta su honor.

Yuzuf entregó el rollo de pergaminos á Yaye que se habia arrodillado para escuchar las últimas palabras de su padre: este tendió las manos sobre él y le bendijo.

* * * * *

* * * * *

Aquella noche Yuzuf, el valiente, el magnifico, el vencedor, como le llamaban los monfíes, murió, y Yaye fue proclamado de nuevo emir de las Alpujarras.

CAPITULO XXVI.

Procedimientos judiciales.

El dia siguiente al de la malograda tentativa de los moriscos, no se hablaba en Granada de otra cosa que del peligro en que habia estado la ciudad; decíanse los nombres de los que habian sido presos, de los que probablemente serian ahorcados y de las precauciones que habia tomado el capitan general para que no volviese á reproducirse el peligro en que, durante algunas horas, habia estado Granada.

Decíase, ademas, que la justicia se habia apoderado del cadáver de un capitan de infantería española, que habia sido encontrado muerto á estocadas en su propia casa y de la persona viva del que le habia matado. Añadian que don Diego de Córdoba y de Válor, andaba envuelto en aquella causa, que su hermano don Fernando, su esposa doña Elvira, y su hermana doña Isabel habian desaparecido, y por último, que de la casa de don Diego de Válor no habian quedado en la calle del Agua mas que escombros denegridos.

Hablábase tambien con suma variedad de accidentes y en detalle, de cómo el duque de la Jarilla, poderoso señor que hacia muchos años estaba retirado de la córte, en la pequeña ciudad de Guadix, habia encontrado muerta á su hija, á quien habia perdido, encuentro que habia tenido lugar en ocasion de acudir el duque con sus escuderos al llamamiento que habia hecho el capitan general á los caballeros é hidalgos del reino contra los moriscos, y todas estas noticias se comentaban, se alteraban, y tenian en espectativa de los sucesos que podrian sobrevenir, á los curiosos y desocupados.

Pero nadie hablaba una sola palabra acerca de que el emir de los monfíes, con algunos de sus vasallos, se hubiese encontrado en Granada á la cabeza del alzamiento, y por otra parte, los moriscos que habian sido presos en las avenidas de la parte baja de la ciudad, eran gente vulgar, que solo conocian aisladamente á sus capitanes, y estos habian huido, poniéndose en salvo en las breñas de las Alpujarras, y haciéndose por necesidad monfíes. Nada resultaba, pues, en el proceso abierto por la Chancillería, bajo la presidencia del capitan general, ni contra Yaye, ni contra el Homaidi, ni contra ninguno de los xeques y capitanes que habian provocado y puéstose al frente de la rebelion.

El último mono se ahoga, dice un adagio vulgar, y esto cabalmente aconteció entonces: los instrumentos, los que nada sabian, los que por no saber nada habian quedado abandonados á si mismos y presos, pagaron la culpa de los otros, siendo ahorcados los unos, y sentenciados á galeras los otros. Vertido aquel chorro de sangre sobre la efervescencia revolucionaria de los moriscos, el capitan general y la Chancillería, opinaron que no era prudente extremar el rigor, y aunque habia muchos moriscos notoriamente sospechosos y contra los cuales podian haberse fulminado terribles procesos, se echó tierra al negocio, como se habia echado sobre los cadáveres de los ajusticiados, y no se volvió á hablar mas de ello.

Quedaba, sin embargo, un preso de consideracion, una cabeza ilustre, casi régia, sobre la que estaba levantada la espada de la justicia. Esta cabeza era la de don Diego de Córdoba y de Válor, contra el que obraba la terrible carta que habia presentado al capitan general Alvaro de Sedeño.

Pero don Diego gastó tan á tiempo y en tanta cantidad su dinero, sirviéndole de agente su buen amigo el marqués de la Guardia; era tan benévolo y compasivo el capitan general, que la carta presentada por el capitan Sedeño, pasó sin dificultad por falsa, y como no habia contra él otra prueba, como, por otra parte, el capitan Sedeño habia aparecido monfí y traidor por los papeles que se encontraron en su casa, túvose aquella carta por apócrifa, por un nuevo delito de Alvaro de Sedeño, sobreseyóse en la causa; pero con la condicion de que don Diego se confesase públicamente vasallo del emperador, fiel, leal y dispuesto á verter toda su sangre en su servicio, asi como ardiente cristiano, católico, apostólico romano. Del mismo modo se levantó mano respecto á su hermano don Fernando, á quien, mediante la misma confesion, se permitió volver á vivir libremente en Granada.

Se nos olvidaba decir que habia contribuido en gran manera á esculpar á don Diego, la circunstancia de haber incendiado y saqueado su casa los moriscos la misma noche del alzamiento, circunstancia en que insistieron con gran ahinco los letrados defensores.

Don Diego, pues, hubiera sido puesto inmediatamente en libertad, á no ser porque, durante el tiempo de su prision, habia caido sobre él una acusacion terrible: la de asesinato contra su cuñado Miguel Lopez.

Esta acusacion habia provenido de Calpuc, ó mejor dicho, la conciencia de Calpuc habia sido la causa ocasional de aquella acusacion.

En el momento en que Calpuc se vió preso y encerrado, imposibilitado por lo tanto de ir á cuidar, como se habia propuesto, de Miguel Lopez, contando con su libertad, pensó en que, á pesar del dolor en que le habia sumergido la muerte de su esposa y la pérdida de su hija, él, que no habia cometido durante su vida ninguna infamia, no debia cometerla en el momento en que de una manera tan dura le oprimia la mano de la desgracia; pensó tambien que necesitaba toda la proteccion de Dios, primero para alcanzar su libertad, despues para encontrar á su hija, y que, para que Dios le protegiese, debia obrar como bueno: asi, pues, pidió con insistencia que le tomaran declaracion para hacer una revelacion importante, y creyendo el capitan general y la Chancillería que esta revelacion seria referente á la rebeldia de los moriscos, se apresuraron á enviar un alcalde de casa y córte, acompañado de un escribano, al calabozo de Calpuc.

Este declaró que estaba en su poder Miguel Lopez, refirió las circunstancias por medio de las cuales el morisco habia dado en sus manos, cuando le salvó de los monfíes, y dió tales y tales señales del lugar en donde Miguel Lopez se encontraba, que parecia no podian equivocarse los que fuesen enviados en su busca; á pesar de esto, los emisarios enviados por la justicia, ó mal enterados ó torpes, no dieron con el subterráneo; volvieron; en atencion á lo grave del asunto, decretó la Chancillería, que el mismo Calpuc, bien asegurado y escoltado, fuese en demanda de Miguel Lopez, y al fin, y despues de tres dias desde la primera declaracion de Calpuc, y de cinco desde que se habia separado el megicano de Miguel Lopez, la justicia pudo penetrar en el subterráneo.

Entonces se vió una cosa horrible: junto á la puerta de hierro, entrando, en lo mas alto de la escalera, se encontró á Miguel Lopez muerto de hambre, mordiéndose un brazo, con el que sin duda el desventurado habia querido alimentarse, y reconocido el cadáver, se encontraron sobre su pecho seis heridas profundas que empezaban á cicatrizarse.

Reconocido el subterráneo, se encontró un lecho revuelto, y sobre una mesa, junto á una lámpara apagada y exhausta, un papel escrito con letra gorda y ruda en que se leia:

«He cometido grandes crímenes, y la mano de Dios me castiga: muero aquí en este calabozo mal herido, y de hambre: hace tres dias que el hombre que me salvó de los monfíes, que me trajo aquí y que me curó, salvándome del rigor de mis heridas, no ha vuelto. Debe haber sucedido alguna desgracia á ese hombre cuando no ha venido á cuidar de mí. Si no vuelve pronto conozco que no tardaré en morir y quiero dejar á la suerte mi venganza. El hombre que me ha traido aquí y que me ha cuidado, es inocente de mi muerte, y debo confesar, porque mi conciencia me lo manda, que él me salvó del puñal de los monfíes. Mi asesino es don Diego de Córdoba y de Válor á quien mi muerte importaba. Que á nadie mas que á don Diego se haga cargo de mi muerte, si por un milagro de Dios, cae este papel en manos de la justicia. Pido asimismo perdon á doña Isabel de Córdoba y de Válor por el mal que he podido causarla, obligando á su hermano don Diego á que la casase conmigo, y como enmienda de mi delito la dejo por heredera de todos mis bienes. Rogad á Dios por mí para que me perdone. En las entrañas de la tierra, no sé qué dia ni qué hora.--Miguel Lopez.»

Siguió la justicia en el reconocimiento de aquel lugar y encontró en el arcon negro, libros de devocion, y un papel autorizado por los religiosos dominicos fray Luis de Saavedra y Diego de Rojas, cuyo contenido era la abjuracion de la idolatría y su conversion al cristianismo de Calpuc, rey del desierto mejicano. Halláronse ademas algunas ricas ropas, y en un rincon del arca, como un centenar de doblones de oro.

Recogió todo esto la justicia, incluso el cadáver de Miguel Lopez, se volvió con el vivo y con el muerto á Granada, encerró de nuevo al primero, enterró al segundo, despues de haber hecho constar su identidad por medio de sus parientes y conocidos, y guardó, para unirlos al proceso de Calpuc, los dos papeles hallados en el subterráneo.

Aquellos dos papeles favorecian en sumo grado á Calpuc; pero la justicia es muy suspicaz y no dándose por satisfecha con ellos de la inocencia del mejicano, hasta que la autenticidad de aquellos papeles fuese comprobada, le hizo cargo de la muerte de Miguel Lopez.

Calpuc apeló á otra prueba: á la carta que Miguel Lopez le habia entregado para su esposa doña Isabel, en que se acusaba de aquel asesinato á don Diego, y á la sortija que en aquella carta mandaba Miguel Lopez á doña Isabel entregase á Calpuc.

Pero doña Isabel estaba ausente y no se sabia donde paraba: enviaronse requisitorias á las Alpujarras y al fin doña Isabel fue encontrada en Mecina de Bombaron por los sabuesos de la justicia, y hecho registro repentino en su casa, se la encontró, entre algunas cartas de amores de un tal Juan de Andrade, la carta de Miguel Lopez, citada por Calpuc.

Compulsada aquella carta con documentos indubitables, escritos y firmados por Miguel Lopez, los peritos nombrados declararon por unanimidad, que aquella carta era de puño y letra del difunto y por lo tanto legítima.

La acusacion, pues, del asesinato de Miguel Lopez recayó sobre don Diego de Córdoba y de Válor, en el momento en que iba á ser puesto en libertad, absuelto de la otra causa de traicion contra Dios y contra el rey.

Preguntados los lacayos que acompañaron á don Diego en su viaje con Miguel Lopez á las Alpujarras, declararon que nada sabian; pero puesto á la prueba del tormento uno de ellos, declaró que habia llevado una carta á un ventero de las Alpujarras cerca de Orgiva, que por indicios habia sospechado que se tramaba algo contra Miguel Lopez, y que solo don Diego era á su parecer el que habia andado en aquel asunto.

Reconocida, por declaracion de Calpuc, la rambla de los Gamos, se encontraron los siete monfíes ahorcados de la encina, muertos y medio deborados por las aves carnívoras, y pendiente del cuello de cada uno de ellos un pergamino con la sentencia del emir de los monfíes escrito en árabe, como asesinos de Miguel Lopez, y una bolsa con veinte y cinco doblones de oro. Los monfíes, temiendo la justicia del emir, habian respetado aquellas bolsas; pero la justicia castellana las recogió como cuerpos de delito, y apesar del estado en que se encontraban los monfíes, los descolgó de la encina y los llevó á la plaza de Orgiva para ver si alguno los reconocia: en uno de ellos, cuyo rostro estaba mas conservado que el de los otros, algunos de los vecinos del pueblo reconocieron al ventero del camino de Granada, que cabalmente habia desaparecido algunos dias antes.

Esto parecia bastante para esculpar de todo punto á Calpuc; pero la justicia le hizo cargo de haber detenido al herido en su poder.

Calpuc contestó que el estado del herido le habia obligado á no llevarle á ninguna poblacion, por estar todas mas distante que su asilo, y de no haber dado parte á la justicia por no haber podido separarse de él.

Mediaron algunos cientos de doblones ofrecidos discretamente á la justicia, y se absolvió á Calpuc de la acusacion del asesinato de Miguel Lopez, recayendo todo el peso de este en don Diego de Válor.

Pero como este permaneciese negativo, y por ser hidalgo no pudiese sujetársele al tormento, la Chancillería encontró que, si bien no habia pruebas bastantes para ahorcarle, habia las bastantes para sentenciarle á galeras.

Don Diego fue, pues, degradado, privado de su oficio de regidor perpetuo de la ciudad de Granada, confiscados sus bienes, y condenado por diez años á las galeras de su magestad.

«Pero, añadia la sentencia: en atencion á que el padre y el abuelo del don Diego, sirvieron buena y fielmente los años pasados á los señores reyes católicos y á la señora reina doña Juana, manda la sala, que si doña Elvira de Céspedes, esposa del dicho don Diego, diere á luz un hijo dentro de los nueve meses posteriores á esta sentencia, no recaiga sobre el dicho hijo la infamia de su padre, que herede sus bienes, y si fuese varon, el oficio de regidor perpetuo de la ciudad de Granada, de que estaba en posesion el don Diego.»

Esta sentencia estaba fechada en el mes de setiembre del 1546.

El dia 15 de marzo de 1547, doña Elvira de Céspedes, dió á luz un hijo, que se llamó don Fernando de Válor, y heredó los bienes y el regimiento de su padre con arreglo á la anterior sentencia.

Don Diego de Válor no quiso publicar su deshonra y dejó que heredase su nombre y sus bienes un hijo que no era suyo.

Porque es de advertir que, segun la fecha del nacimiento de don Fernando, debió ser concebido por su madre, durante la ausencia de don Diego y su permanencia en el alcázar del emir de los monfíes.

Cuando Yaye-ebn-Al-Hhamar supo, por una amenazadora carta de doña Elvira, este nacimiento, se estremeció, porque no podia dudar, ni aun por asomo, de que don Fernando de Válor era hijo suyo.

Quince dias después, Yaye recibió otra carta: era de doña Isabel de Válor: antes de leerla le llenó de alegría y despues de leerla de espanto.

Aquella carta tenia sobre sí muchas lágrimas.

«Señor Juan de Andrade, decia: perdonadme si os nombro con el apellido con que os dísteis á conocer de mí: perdonadme tambien si os escribo, porque... á mas de que la crueldad con que me tratásteis la noche que me salvásteis del incendio de la casa de mi hermano para perderme, me obligaria siempre á guardar con vos un silencio provocado por vos mismo, sé que os habeis casado. Dios os haga feliz con vuestra compañera. Pero un sagrado deber me obliga á escribiros. Vuestro delito ha dado resultados funestos. Acabo de dar á luz un hijo... un hijo á quien han bautizado con el nombre de Diego Lopez, con el nombre de un hombre que no es su padre... ¿lo comprendeis bien? porque ese desdichado es vuestro hijo... un dolor y un placer que Dios me envia á un tiempo... porque no pudiéndoos amar, os amaré en él. Pero al mismo tiempo me ha dado Dios con él el remordimiento... de un adulterio, que he cometido al dejar que vuestro hijo herede el nombre y la hacienda de quien no es su padre. Yo he debido decir á voces para que todos me oyeran: ese hijo no es hijo de quien creeis; os engañais... es hijo de otro: Miguel Lopez solo ha tocado mi mano derecha para desposarse conmigo... pero no he tenido valor de decir al mundo: he renegado de mi virtud, he sido adúltera, porque el mundo juzga por las apariencias, he manchado la casta memoria de mi buena madre... no, no he tenido valor para envilecerme delante del mundo, y sobre todo, para envilecer á nuestro hijo, que es inocente. Yo tambien lo soy; bien lo sabeis. Yo soy tan pura ahora como antes de conoceros. Pero nadie me creeria si lo dijese. Vos solo podeis creerme, y me creeis, porque no podeis dudar de mí. Sin embargo, yo no os escribiria, si al dar el primer beso á mi hijo no me hubiese asaltado un terror supersticioso... me ha parecido ver en su frente pura una mancha de sangre; he creido adivinar que esa sangre era vuestra; que un dia vuestro hijo levantaria su mano armada de muerte sobre vos... ¡Oh! me he estremecido; mi corazon se ha helado y en el primer momento ni aun he tenido fuerzas para rogar á Dios. ¡Oh! ¡si un dia vos, emir de los monfíes, os vierais frente á frente con un hijo de los Válor, con un hombre que puede creerse con derecho á la corona de Granada! Quemad, quemad esta carta, señor, despues de que la hayais leido. Comprended los motivos que tengo para advertiros de que Diego Lopez Aben-Aboo es vuestro hijo... por lo demás, yo no os maldigo... yo os amo... os amo con toda mi alma... pero, entendedlo bien... jamás seré vuestra... jamás; aunque enviudárais, aunque desfalleciéseis de amor y de deseo á mis piés, nunca consentiria en ser vuestra. Dios y nuestro deber nos separan. Vos sois casado; yo he muerto ya para todo, para todo, menos para nuestro hijo. Vos sois poderoso, señor; protegedle, protegedle y evitad con cuantas fuerzas podais, los nuevos crímenes que pudieran resultar del crímen que cometísteis contra mi.--Mesina de Bombaron á 31 de marzo de 1547.--Doña Isabel de Córdoba y de Válor.

Yaye sintió que su corazon se rompia al leer esta carta: conoció que su amor, su alma entera pertenecian á Isabel; al saber que doña Elvira de Céspedes habia dado á luz un hijo, se habia irritado, habia acusado de injusto al cielo, habia blasfemado. Pero al saber que doña Isabel era madre, su corazon se quemó de una manera horriblemente dolorosa en un nuevo amor, en un amor que llenaba su ser, pero que le llenaba torturándole: en un amor que era al mismo tiempo para él un remordimiento agudo y cortante como la hoja de una espada. Comprendió cuánto decia para él la acusadora carta de doña Isabel, en la frase de aquella carta en que doña Isabel juraba que aunque muriera de amor á sus piés no seria suya, comprendió que doña Isabel estaba segura de su amor, que creia en él como creia en Dios, que sabia que ella era su paraiso perdido, que estaba escrito que un dia Yaye romperia por todo é iria á mostrarla el volcan de aquel amor. Y esta certeza de ser amado, de ser comprendido, era para Yaye un abismo lleno del fuego del infierno colocado entre él y doña Isabel.

Y entonces volvió con desesperacion la vista á su pasado de un año: vió en aquel pasado la felicidad que habia arrojado de sí con desprecio; recordó con el alma llena de amargas lágrimas, aquella noche que tan duramente rechazó por fanatismo, por ambicion el amor de Isabel: miró á su presente y vió junto á sí una víctima: doña Estrella de Cárdenas, duquesa de la Jarilla, su esposa, que le amaba con toda su alma, y con quien se habia casado sin amarla, por ambicion.

Yaye cerró los ojos á tanta desgracia, hizo un violento esfuerzo sobre sí mismo, lanzó una carcajada de loco y exclamó:

--La felicidad ha muerto para mí; pero me queda la embriaguez de la grandeza; lucharé, venceré, conquistaré un imperio, y ahogaré mis dolores, en el mar de mi gloria.

Luego con los ojos escandencidos y el corazon inerte, guardó la carta de doña Isabel, junto á la que le habia escrito doña Elvira de Céspedes, manifestándole que don Fernando de Válor era su hijo.

Acaso Yaye hubiera hecho bien en quemar aquellas dos cartas como se lo encargaban doña Isabel y doña Elvira.

CAPITULO XXVII

De cómo fué el casamiento de Yaye.

Hemos dicho al final del capitulo anterior que Yaye se habia casado con doña Estrella de Cárdenas, duquesa de la Jarilla.

Para demostrar la causa de la nueva situacion en que se encontraban estos dos importantes personajes de nuestra historia, nos vemos obligados, muy á pesar nuestro, á meternos de nuevo en el árido terreno de las investigaciones judiciales.

De buena gana saldriamos del paso diciendo que mediante pruebas bastantes, don Juan de Cárdenas, duque de la Jarilla, habia reconocido por su nieta á Estrella... pero no nos atrevemos á ello, temerosos de que algun lector nos acuse de haberle defraudado de las minuciosidades del reconocimiento. Abordamos, pues, el fárrago á que nos condena en esta ocasion nuestro oficio y empezamos.

Estaba en su casa don Gabriel Coloma, marqués de la Guardia, acabando de dejarse enhevillar su coselete por su escudero, el mismo dia en que entró en Granada el duque de la Jarilla, y se preparaba á montar á caballo para ponerse á las órdenes del capitan general como buen vasallo de su magestad, cuando entró por las puertas de la cámara un hombre lloroso, pálido, asustado, en quien reconoció al escudero de uno de sus mejores amigos.

--¿Qué os sucede, señor Gabriel Saez? le dijo el marqués.

--¿Qué me ha de suceder, triste de mí, contestó el preguntado, sino que mi amo está entre la vida y la muerte?

--¡Diablo! exclamó el marqués, poniéndose serio, ¿que el duque está en peligro de muerte? ¿y donde?

--Aquí, en el Albaicin, en una casa junto á San Gregorio el Alto.

--Pues perdonen el capitan general y su magestad, y suceda lo que quiera, dijo el marqués deshevillándose por si mismo el coselete y arrojándole; vamos á ver á vuestro amo. ¿Habeis venido á caballo, señor Gabriel Saez?

--Si señor.

--Pues adelante.

Y sin decir mas palabra, salió, seguido de Saez, bajó al patio, montó en un caballo que le tenian preparado, montó en su mula Saez, y saliendo de la casa, llegaron en muy poco espacio á la en que, después de su accidente, habia sido recogido el duque de la Jarilla, y delante de su lecho.

Habia vuelto en sí el duque; pero se encontraba en un estado deplorable, y hasta tal punto, que los médicos habian prohibido que se le hablase, ni se le excitase.

Pero no sabian los médicos que tenian que luchar con un carácter de hierro, hasta que, para no excitarle mas, se vieron obligados á permitir que el enfermo hiciese lo que quisiese.

Por resultado de esto, Saez fué á llamar al marqués de la Guardia, y este se encontró delante de su viejo amigo.

--¡He encontrado á mi hija! exclamó con precipitacion el duque, en cuanto vió al marqués y antes de que este pudiese hablar una palabra.

--¡A vuestra hija! ¿á la que os robaron hace tantos años los indios mejicanos?

--¡Sí, sí! ¡la he encontrado! exclamó creciendo en su anhelo el duque.

--¡Pues me alegro, vive Dios! ¡me alegro! exclamó el marqués.

--¡Pero la he encontrado muerta! ¡muerta!

Y el anciano rompió á llorar.

El marqués se mordió la lengua.

--¡Ira de Dios! dijo, ¡y yo que me habia alegrado!

--¡Muerta! repitió con desesperacion el duque. ¿Comprendeis, lo que es para un padre encontrarse muerta una hija á quien he llorado por espacio de veinte y dos años: ¡muerta y miserable!

--¿Pero cómo ha sido eso señor? exclamó el marqués que estaba atortolado é incómodo por aquel duelo que se le habia venido encima, á él, que era el hombre mas alegre del mundo y que mas aborrecia los llantos y los gemidos.

--Cuéntaselo tú, Gabriel, dijo el duque, tú que no eres su padre y recordarás mejor.

El escudero contó al marqués circunstanciadamente su encuentro imprevisto con el cadáver de doña Inés, la conversacion con el alguacil Picote, y el accidente de su señor.

--Con que resulta, dijo el marqués, que teneis una nieta, don Juan.

--Sí; sí señor; que tengo una nieta, y que esa nieta se ha perdido.

--¿Pero no está preso el hombre que mató al capitan Sedeño?

--Si, si por cierto.

--Pues bien, dijo el marqués, por el hilo se saca el ovillo, y ya que la muerte de vuestra hija no tiene remedio, procurad vivir para vuestra nieta.

--Es necesario que mi nieta parezca, dijo el duque.

--Si, es preciso, repitió maquinalmente el marqués.

--Y os he llamado para que la busqueis, don Gabriel.

--¿Para que yo busque á vuestra nieta?

--Si por cierto. ¿No veis que yo estoy sujeto en este lecho de maldicion?

El marqués de la Guardia meditó que tenia un pretexto para escapar de aquella situacion que le fastidiaba y se apresuró á decir:

--Habeis hecho bien en acordaros de mí, don Juan, y en el momento voy á hacer las primeras diligencias. ¿No decís que ese alguacil con quien hablásteis, vive en la Caldereria y que se llama Picote?

--Si señor, contestó Saez.

--Pues bien, voy al momento á ver al alguacil. Reposad vos entre tanto y sed dócil á lo que os ordenen los médicos. El alguacil Picote... en la Caldereria... adios, don Juan, hasta la vista.

Y escapó, montó á caballo y se alejó á buen paso, burlando á Saez que queria darle algunas instrucciones.

--¡Ira de Dios! exclamó el marqués: ¡pues échese vuesamerced á buscar niñas perdidas! ¡encárguese de un negocio en que habrá pleito y ruido! porque los parientes del duque no se han de dejar arrancar la herencia! ¡Bah! que se componga allá como pueda mi viejo amigo: por hoy tengo pretexto con la jarana que se prepara; despues... despues... don Juan se muere dentro de veinticuatro horas, sino le queman antes los moriscos, y asunto concluido.

De repente, un pensamiento como suyo vino á hacer variar de resolucion al marqués.

--¡Diablo! dijo: ¿y si la niña perdida fuera una buena moza?

Este pensamiento bastó para que el marqués hiciese variar de direccion á su caballo y se pusiese en demanda de la Calderería y del alguacil Picote.

Llegó, y como todo el mundo conocia en la vecindad al tal ministro, el marqués se encontró en un zaquizami, delante de una robusta moza como de veinte y seis años, á quien por todo saludo tomó la cara. Esto demostraba que la esposa de Picote estaba sola, y que era mujer de buen empaque.

A las pocas palabras el marqués se entabló en la casa y obtuvo una doble cita; una para el marido y otra para la mujer.

[imagen: El marqués de la Guardia.]

Al salir el marqués se atusó el vigote, montó á caballo y se alejó murmurando.

--Pues señor, los principios de mi aventura no son malos: yo no conocia á la mujer de ese alguacil, y es una moza completa la mujer del tal Picote.

En seguida el marqués fué á presentarse al capitan general.

* * * * *

Al dia siguiente Granada estaba tranquila, y el marqués pudo dar algunas esperanzas á su amigo y seguir en sus investigaciones.

Entre tanto la justicia, á instancias del duque de la Jarilla, habia careado á Calpuc con el cadáver de su esposa; se habian comprobado el rizo negro y el pedazo de sábana; el mejicano habia declarado que aquel cadáver era el de su esposa; que tenia una hija llamada doña Estrella; que era cristiano, como eran cristianas su esposa y su hija; refirió, en fin, su historia entera: presentó como comprobantes su partida de desposorio, y la partida de bautismo de su hija, y citó el acto de su retractacion de la idolatría, que se habia encontrado en el subterráneo de las Alpujarras, autorizados los tres documentos por las venerables firmas de los dos religiosos dominicos, fray Luis de Saavedra y fray Diego de Rojas: declaró asimismo que al venir á Europa y á España, habia dado libertad á los dos religiosos: que uno estaba en la casa de su órden de Salamanca, y el otro en la de Avila.

Llamaron á los dos religiosos, que por fortuna vivian, y estos decidieron la cuestion declararon unánimemente, que Calpuc era rey del desierto mejícano, que en sus mismos dominios habia profesado, aunque secretamente, la religion católica; que se habia casado con la dama cuyo retrato despues de muerta se les presentaba; que siempre habian oido decir á aquella dama, que era hija del adelantado de la frontera del desierto, duque de la Jarilla; que tenian los esposos una hija llamada doña Estrella, muy semejante á su madre, y por último, que el capitan de infanteria Alvaro de Sedeño, cuyo retrato, aunque de su cadáver, reconocian, las habia arrebatado á Calpuc diez años antes.

Hemos hablado de los retratos de los dos cadáveres: estos se habian mandado hacer por la Chancilleria, por no encontrarse medio para conservar los cadáveres durante una tan larga probanza. Aquellos dos retratos, pues, eran dos testimonios pintados, legalizados en forma.

Los herederos del duque habian interpuesto su accion pretendiendo probar que aquel cadáver no era el de doña Inés de Cárdenas; pero tales fueron las pruebas y los doblones del duque y de Calpuc, que la verdad resplandeció á despecho de los herederos que temian, no por doña Inés, que no podia heredar, sino por aquella hija de doña Inés, que podia parecer de un momento á otro.

[imagen: gentilmente hacia Estrella.]

En cuanto á Calpuc, libre de la acusacion del asesinato de Miguel Lopez, no resultando contra él ninguna prueba de traicion al rey, y teniendo en su abono su conversion y sus desgracias, la Chancilleria opinó que la muerte que habia dado al capitan Sedeño, merecia en gran parte disculpa, y, mediando el indulto del emperador por ciertos extremos que necesitaba indulto, fué puesto en libertad, como asimismo el platero Franz, contra el cual no resultaba mas cargo que haber acogido á Calpuc.

Además de esto, el duque de la Jarilla se habia restablecido un tanto, aunque envejeciendo diez años, y todo iba bien, menos el asunto de que se habia encargado el marqués de la Guardia: esto es, el encuentro de Estrella.

En vano el alguacil Picote, de cuya casa con lo mejor que contenia, esto es, su mujer, se habia apoderado el marqués, revolvió, y fué y vino por sí mismo y por medio de sus compañeros. Eran pasados dos meses desde la muerte de doña Inés, y su hija Estrella no parecia.

La jóven, que habia venido á ser la cuarta estrella de la casa en que vivia, y la mas hermosa (nosotros tenemos los retratos de las otras tres estrellas en nuestra carpeta), doña Estrella decimos, vivia triste y creyéndose abandonada por Yaye, aunque asistida como una reina por Harum.

Desde la noche en que Yaye se habia separado de ella, no le habia vuelto á ver ni recibido noticias suyas. Esto consistia en que Yaye, por razon de la muerte de su padre, habia entrado de lleno en la posesion de su alta dignidad de emir, y en que necesitaba, no solo darse á conocer como valiente á sus monfíes, sino tambien vengar en los cristianos de las Alpujarras la muerte de Yuzuf.

Durante aquellos dos meses, incendió, saqueó y ensangrentó algunas villas con gran contento y aplauso de los monfíes, que vieron que Yuzuf habia sido dignamente reemplazado por su hijo, y en todo este tiempo Yaye no se cuidó de otra cosa, ni envió noticias suyas á Harum, ni se las pidió de Estrella.

Esta, por orgullo, no preguntaba por Yaye: Harum, que miraba con un profundo respeto á la jóven, como á todo lo que provenia del emir, tampoco la hablaba sino cuando ella le dirigia la palabra, obedeciendola, de una manera ciega.

Durante algunos dias, la enamorada jóven lo esperó todo de Yaye; pero pasó una semana y otra y un mes, y Yaye no parecia. Entonces Estrella se decidió á obrar por si misma; á provocar un conocimiento extraño, por medio del cual pudiese ponerse en contacto con su abuelo el duque de la Jarilla.

Mandó á Harum que la procurase ropas de calle, un libro de devociones y un manto. Harum le procuró todas estas cosas. Cuando Estrella las tuvo, le dijo que queria ir todos los dias á misa á la parroquia mas próxima.

Harum, aunque con repugnancia, acompañó desde entonces á misa todos los dias por la mañana á Estrella, llevándola á la iglesia de San Gregorio el Alto.

Durante ocho dias, Estrella que habia contado con su juventud y su hermosura para procurarse un noble conocimiento que la sirviese para dar con su abuelo, notó que á la iglesia de San Gregorio, la mas alta y lejana del Albaicin, solo concurrian pobres gentes y toscos trabajadores, que se asombraban de ver todos los dias á una dama tan hermosa, en aquella iglesia donde no acostumbraban á ir damas.

Estrella pidió á Harum que la llevase á una iglesia mas concurrida. Harum, por mas que le disgustase este afan de dejarse ver, en una dama por la cual podia interesarse su señor, aunque solo le habia mandado que la obedeciera como si fuera su hermana, la llevó á la colegiata del Salvador; pero aunque en aquellos tiempos era la tal iglesia muy concurrida, iba á ella la jóven demasiado temprano para encontrar en ella gente noble. Entonces preguntó á Harum á que hora concurria á la iglesia la gente principal. Harum la contestó un tanto contrariado, que á la misa de hora.

--Pues, bien, dijo Estrella; quiero ir á la misa de hora.

--Para ello será necesario que vayais mejor prendida, en litera, y con noble servidumbre, observó Harum.

--Pues bien; comprad lo que fuere menester.

Harum procuró á Estrella nobles y ricos trages y una litera de córte y la hizo acompañar por sus monfíes disfrazados de pajes, que la llevaban el cogin y la silla: no bastando para estos gastos el dinero que le habia dejado Yaye, Harum se vió obligado á empeñar sus mejores prendas. Pero Estrella fue vista y admirada el domingo inmediato por la gente mas noble de Granada.

Sin embargo, durante tres dias de fiesta, aunque la miraron con codicia muchos hidalgos jóvenes y viejos, y aunque Estrella, que ansiaba tener un instrumento de quien valerse, no fuese muy esquiva de semblante, ninguno, al verla tan bien acompañada y por un hombre tan cegijunto como Harum, se atrevió á seguirla ni á ponerse en conquista. Pero la fama de la hermosa desconocida cundió entre lo que podia llamarse entonces buena sociedad, por boca de damas y galanes, y llegó á oidos del marqués de la Guardia.

Don Gabriel jamás dejaba de acudir allí donde se presentaba un nuevo sol entre los soles conocidos, y tanto oyó ponderar la belleza y el boato de la incógnita, que al primer dia de fiesta, se aliñó, se tiñó las canas, se puso sus mejores prendas, y antes de la misa de hora fué á plantarse junto á la pila del agua bendita en la iglesia del Salvador.

Ya estaba cansado el marqués de ofrecer agua á todas las damas conocidas suyas, jóvenes y viejas, que iban entrando sucesivamente, cuando se presentó Estrella.

Al ver el marqués á una jóven tan hermosa, tan bien prendida, tan noblemente acompañada, y á quien no conocia, dijo para sí:

--Esta debe ser la famosa incógnita.

Y sumergiendo dos dedos de su mano diestra en la pila, adelantó gentilmente hácia Estrella, la saludó con una sonrisa tal y tan noble como quien á ellas estaba acostumbrado, y la ofreció el agua bendita. Estrella la tomó con suma gracia y pasó sonriendo levemente al marqués, y desplomando sobre sus ojos una mirada, que á poco mas hace un destrozo en el corazon de don Gabriel.

--Decididamente, dijo este, cuando se hubo repuesto: es la mujer mas hermosa que he visto en toda mi vida.

El marqués no oyó misa, ni vió otra cosa que á Estrella que se habia arrodillado junto al presbiterio. La jóven, como sabemos, tenia interés en hacerse con un instrumento, y tales fueron sus frecuentes y al parecer impresionadas miradas al marqués, que este acabó de volverse loco.

Cuando salieron, don Gabriel siguió á Estrella á pesar de Harum, que de tiempo en tiempo le miraba fosco, como un mastin que olfatea al lobo.

Don Gabriel supo donde vivia Estrella, pero supo tambien que su casa no tenia resquicio ni respiradero.

Rondó, fué y vino durante tres dias; pero siempre vió la casa cerrada y muda. El cuarto dia era de fiesta. Don Gabriel fué á la misa de hora provisto de un billete en que declaraba su amor á Estrella, y la suplicaba que, si la era posible, fuese al dia siguiente á las ocho á misa á la misma iglesia, para darle la sentencia de vida ó muerte.

Cuando Estrella entró, don Gabriel, al ofrecerla el agua bendita, la deslizó en la mano el billete. Estrella le tomó recatadamente; pero no se sonrió, ni miró al marqués durante la misa, manteniéndose grave y seria. El marqués se desesperó creyendo que habia errado el golpe por precipitacion y se abstuvo de seguirla cuando salió.

Sin embargo, al dia siguiente, entre temor y esperanza, fué antes de las ocho á la iglesia del Salvador.

Poco después entró Estrella, seguida, como siempre, de los dos pajes y del receloso Harum. El marqués adelantó hácia ella trémulo y pálido, y al tomar Estrella el agua bendita, dejó en su mano un pequeño billete.

Jamás pareció mas larga una misa á don Gabriel; concluyóse al fin; doña Estrella pasó junto á él, le saludó y desapareció. El marqués abrió con ansia en el mismo vestíbulo del templo el billete y vió que contenia lo siguiente:

«Señor marqués de la Guardia: os contestaré al billete que me entregásteis ayer, cuando tenga algo que agradeceros, y para que eso pueda suceder, voy á presentaros la ocasion de servirme. Necesito que don Juan de Cárdenas, duque de la Jarilla, mi abuelo...

Al llegar á esta frase don Gabriel, lanzó un grito de alegría, arrugó el billete y le besó frenético; luego le desarrugó lentamente con placer, con el alma inundada de delicia y prosiguió la lectura.

»... Necesito que don Juan de Cárdenas, mi abuelo, sepa que tiene una nieta, que esta nieta está sola en el mundo, que tiene medios para probarle su parentesco y que necesita su noble y paternal amparo. Buscad al duque, mi abuelo, y decidle dónde vivo. Cuando el duque me haya reconocido, entonces, señor marqués, veré lo que debo contestar á vuestra peticion, y se aclarará para vos el misterio de este encargo que os hago, contando con que, como noble, me servireis.--Doña Estrella de Cárdenas.»

El primer impulso de don Gabriel fue correr á casa del duque y mostrarle el billete; pero meditó que el duque sabia que era casado, y su paso se hizo mas lento, reprimido por su meditacion.

--Pues bien, dijo el marqués, no hay necesidad de mostrarle el billete; le diré que he encontrado á su nieta, y si me pregunta el cómo, inventaré una mentira cualquiera. Vamos á casa del duque. Es necesario que doña Estrella me esté agradecida, y ademas, tenia picado mi amor propio por no haber podido dar con ella. ¡Ya se ve! ¿ Quién habia de figurarse?... Decididamente soy un hombre de suerte.

* * * * *

Al mediar aquel mismo dia, Harum se encontró sériamente sorprendido, al ver que llamaba á la puerta de su casa la justicia.

Eran un alcalde de casa y córte, un escribano y cuatro alguaciles, á los cuales acompañaban el duque de la Jarilla y el marqués de la Guardia, con algunos criados armados.

--¿Cómo os llamáis? dijo severamente el alcalde á Harum.

--Pedro de Xeniz, contestó Harum con entereza.

--¿Quién vive en vuestra casa?

--Una dama que se llama doña Estrella y...

--Basta, dijo el alcalde; en nombre del rey llevadnos á la presencia de esa señora.

Harum, cediendo á las circunstancias, introdujo al alcalde, al escribano, al duque de la Jarilla y al marqués de la Guardia, en una sala del piso bajo á donde estaba Estrella.

Al verla el duque, la reconoció: tan parecida era á su hija cuando tenia la misma edad, con la sola diferencia de que era morena y de que su semblante revelaba de una manera inequívoca el tipo indígena mejicano.

El duque se arrojó entre los brazos de Estrella.

--¡Sí! ¡sí! exclamó, cubriéndola de besos y lágrimas; ¡tú eres, si, la hija de mi pobre Inés, la hija de mi alma! ¡tú semblante lo está diciendo á voces! ¡sus mismos ojos, su misma frente, su misma pureza, y luego... el color de tu padre!... ¡Ah, Dios mio! ¡Dios mio!

Y el viejo, no pudiendo resistir mas á su emocion, cayó desfallecido entre los brazos de Estrella, que se vió precisada á sostenerle.

La jóven lloraba; todos estaban conmovidos: solo Harum se mostraba hosco y receloso.

El duque habia perdido el conocimiento.

--Es necesario concluir, dijo el marqués; vuestro abuelo, señora, no ha podido resistir á tanta felicidad. Concluid, señor alcalde, mientras yo voy á buscar dos literas.

El alcalde se dirigió á Estrella.

--¿Reconoceis por vuestro abuelo al señor duque de la Jarilla? dijo.

--Soy nieta del duque de la Jarilla, contestó Estrella, sin dejar de atender con una tierna solicitud al anciano.

--¿Sois casada? repuso el alcalde.

--No, señor; soy enteramente libre.

--¿Estais, pues, dispuesta á trasladaros á la casa de vuestro abuelo?

--Sí señor.

--¿Habeis estado por vuestra voluntad en esta casa?

--Sí señor; y solo tengo motivos de agradecimiento para con el honrado Pedro el Xeniz, y para con su señor. Ellos fueron los que me salvaron del infame Alvaro de Sedeño; ellos los que procuraron á mi madre una muerte tranquila.

--¿Conque vos no sois el dueño de esta casa? añadió el alcalde dirigiéndose á Harum.

--No señor.

--¿Quién es vuestro amo?

--El señor Juan de Andrade.

--¿Y dónde está?

--Ausente.

--Puesto que contra vos no hay ninguna queja, os encargo que aviseis á vuestro señor de lo que acontece y de que su presencia será muy necesaria en Granada para ciertas probanzas.

--Muy bien, señor.

--¿Habeis concluido ya, señor alcalde? dijo don Gabriel entrando en la estancia.

--De todo punto.

--¿De modo que podremos trasladar al señor duque y á doña Estrella á su casa?

--Sí señor.

--Esperad un momento, dijo Estrella.

Y se apartó á un lado con Harum, á quien habló en voz baja lo siguiente:

--Decid á vuestro señor, que me perdone por el paso que he dado sin su conocimiento; vos sabeis que durante un mes no he salido de esta casa; pero me importaba encontrar á mi familia. Decidle que me encontrará siempre en casa de mi abuelo; que no me moveré de Granada hasta que le vea y... añadidle, dijo Estrella cubierta de rubor y con los ojos arrasados en lágrimas, que no puedo vivir sin él.

--¡Ah, señora! ¡que Dios os haga feliz! contestó Harum.

* * * * *

Apenas habian salido de la casa Estrella, su abuelo, á quien la alegría habia puesto en un estado lamentable, el marqués de la Guardia, que iba formando castillos en el aire, y el alcalde y el escribano, que ajustaban in mente la suma de las costas de la diligencia que acababan de practicar, cuando Harum, irritado, hosco y mohino, sacó un caballo de las cuadras, montó en él y se fué á buscar al emir de los monfíes de las Alpujarras.

* * * * *

Estrella fue reconocida por su abuelo y por su padre: los dos religiosos dominicos declararon que era la misma doña Estrella que diez años antes habia sido arrebatada del desierto por el capitan Alonso de Sedeño; reconociéronse como buenas pruebas el retrato y el manuscrito que doña Inés habia dado á su hija antes de morir, y á despecho de los parientes del duque, doña Estrella fue declarada su nieta, y su heredera legítima.

* * * * *

El duque, que habia podido resistir al dolor de la pérdida de su hija, no pudo resistir á la alegría del encuentro de su nieta, y murió perdonando á Calpuc, y llamándole su hijo.

Doña Estrella le heredó y se encontró jóven, hermosa, libre, duquesa de la Jarilla, grande de España y riquísima por sus rentas y por el dinero que habia acumulado su abuelo durante su retiro.

* * * * *

Pasó un mes desde la muerte del duque y ninguna noticia tenia Estrella de Yaye.

El marqués de la Guardia entre tanto importunaba á la jóven con sus amores.

--Ya os he dicho, le contestaba, la duquesa, que antes de conoceros amaba á otro: ya os he dado todo lo que podia daros: mi agradecimiento.

El marqués, sin embargo, cada dia mas tenaz, insistia.

Estrella le demostraba su agradecimiento sufriendo sus importunidades.

El amor del marqués llegó á hacerse lúgubre: se creyó engañado y pensó en vengarse.

Estrella, triste por la ausencia de Yaye, enflaquecia y se ponia pálida.

Calpuc veia con inquietud el estado de su hija.

* * * * *

Al fin un dia y cuando el marqués, por la millonésima vez, hablaba á Estrella de su amor desesperado, un lacayo anunció á la puerta de la cámara al señor Juan de Andrade.

Estrella se puso pálida, tembló y lanzó un grito ahogado.

El marqués comprendió que habia aparecido el rival dichoso y se levantó irritado y letal, al mismo tiempo que Yaye entraba en la cámara.

La vista de la enérgica belleza y de la juventud de Yaye, irritaron al marqués que salió desesperado.

Al ver á Yaye, Estrella se levantó y corrió desalada á arrojarse en sus brazos.

No le dijo una sola palabra; pero reclinó la cabeza en su hombro y lloró de placer.

Yaye la llevó al sillon de donde se habia levantado.

--Mi buen Harum, dijo Yaye, me ha dicho que necesitabais verme: yo tambien necesitaba veros, y he venido.

--Sí, despues de cuatro horribles meses que han pasado desde que nos vimos por la última vez.

--Cuatro meses que he necesitado para darme á conocer dignamente á los míos y para vengar á mi padre.

--¿Vuestro padre ha muerto? dijo apareciendo Calpuc en una puerta de la cámara.

--¡Es mi padre! dijo Estrella.

--¡El rey del desierto! exclamó Yaye.

--Y vos el emir de los monfíes, dijo Calpuc.

Entrambos se estrecharon las manos.

--Mucho he debido á vuestro padre, dijo Calpuc; sin su proteccion hubiera muerto á manos de la justicia en Andarax. Pero lo que debo al padre lo pagaré al hijo.

--¿Me dareis lo que os pida?

--¡Sí!

--Meditad bien lo que prometeis.

--Aunque me pidieseis mi hija os la daria.

--Pues vuestra hija os pido.

--Tenedla por vuestra.

--¡Ah! exclamó Estrella, y se arrojó en los brazos de su padre.

El casamiento, bien á despecho del marqués de la Guardia, se hizo de allí á pocos dias.

¿Amaba Yaye á Estrella?

No: cuando mas estaba enamorado. Yaye era uno de esos hombres todo corazon, que solo aman una vez, y su amor pertenecia á doña Isabel de Córdoba y de Válor.

¿Y siendo esto asi, siendo doña Isabel viuda, porque no se habia casado con ella Yaye?

Su carácter, su orgullo, su ambicion desmedida y los pergaminos que al morir le habia dado su padre explicaran este misterio.

Veamos aquellos pergaminos.

«Ultima voluntad del emir Yuzuf Al-Hhamar.--A su hijo el emir Yaye-ebn-Al-Hhamar.

»Soy viejo y presiento la muerte que se acerca.

»Estoy preparado: que se cumpla la voluntad del Altísimo.

»Nada tendria que decirte, hijo mio, si acontecimientos imprevistos no hubieran echado por tierra mis proyectos.

»Isabel de Córdoba y de Válor se ha casado con un hombre oscuro. La muerte de su esposo la ha hecho libre. Pero el emir de los monfíes no puede casarse con una viuda[9], y mucho menos con la viuda de Miguel Lopez, de Sayd-Aboo, el infame y el renegado.

»Isabel era una doncella de sangre real, ennoblecida por los cristianos: Isabel era la esposa que te convenia.

»Pero el Altísimo en sus inescrutables decretos no ha permitido que sea tu esposa Isabel.

»Existe, sin embargo, al alcance de tu mano, una doncella de sangre real: sus ascendientes tuvieron un poderoso imperio al otro lado de los mares; el padre de esa doncella, el rey del desierto mejicano, vive entre nosotros: cualquiera de nuestros monfíes te llevará á él, solo con que le digas: necesito ver al cazador de la montaña.

»El te contará su historia. Salva á la madre y cásate con la hija.

»Este casamiento te producirá grandes riquezas, porque el rey del desierto es poderoso, y una noble posicion entre los cristianos, porque Estrella, la mujer con quien debes casarte, vendrá á ser un dia grande de España, por el derecho de su madre.

»Yo te he hecho educar de manera que puedas pasar por cristiano entre los cristianos: si logras hacerte amar por Estrella, puedes vivir en la córte del rey de España como uno de sus grandes.

»Es necesario tender por todas partes asechanzas al leon. Rodéale, espíale, gasta tus tesoros y los del rey del desierto, en suscitarle enemigos y dificultades... sacrifícalo todo por tu patria: tu corazon, tu honra como hombre, y si es necesario la honra de tu esposa y de tu hija.

»Un rey no se pertenece; es todo de su pueblo. Sacrifícate por tu pueblo, Yaye.

»Cásate con la hija del rey del desierto: sé una doble persona: el brazo vengador del Islam en la montaña; el enemigo encubierto, en la córte del tirano...»

El manuscrito seguia esplanándose en la explicacion de estas consideraciones: era un extenso memorandum, que Yuzuf legaba á su hijo; el plan detallado de una doble guerra al rey de España.

Yaye se casó con Estrella bajo el influjo de su ambicion.

Pero era tan hermosa la jóven, tan pura, estaba tan enamorada de Yaye, que contagió con su amor, cuanto podia contagiarle, al jóven emir.

Yaye hubiera acabado, al fin, por ser feliz hasta cierto punto con ella como marido, sino hubieran venido dos incidentes fatales á turbar su paz doméstica.

El primero fue la carta de doña Isabel de Válor que le noticiaba el nacimiento de su hijo.

El amor que Yaye sentia por doña Isabel y que solo estaba, por decirlo así, sobresanado, brotó con nuevo ímpetu, de una manera incostrastable, y á pesar del memorandum de su padre, se arrepintió de haber cedido á su ambicion, de haberla sacrificado su felicidad, de haberse casado, en fin, con Estrella, en vez de haber obligado con su amor á doña Isabel á que fuese su esposa. Estrella, la infeliz Estrella, obstáculo sensible de su union con doña Isabel, se le hizo odiosa.

Yaye, disimuló, sin embargo, y creyó que su disimulo bastaba para encubrir el desvio que experimentaba hácia su esposa: pero el alma de la mujer que ama, es muy delicada, sus ojos muy perspicaces. Estrella comprendió que no era amada, y lloró en silencio.

El otro incidente que acabó de destrozar el corazon de Yaye, provino del marqués de la Guardia.

Irritado este cada vez mas en sus tenaces amores por Estrella, llegó á ese punto fatal en que un enamorado en nada repara, en que todo lo arrostra por alcanzar la posesion de la mujer amada.

Irritaba mas su rabia el que la duquesa se hallaba en cinta en un período muy avanzado.

Entonces, desesperado ya, pensó en una venganza infernal.

El marqués, habiendo apurado todos los medios, apeló á la corrupcion de la servidumbre íntima de Estrella.

Pero no apeló al medio vulgar del dinero. Pensó en vengarse de Estrella de una manera indirecta, como si dijéramos, por tabla. Enamoró á una de sus doncellas.

Esta conquista no le fue difícil. La doncella cedió á las consumadas artes de seducción del marqués, que aun era buen mozo, y todas las noches el marqués entró en casa de la duquesa por un balcón inmediato á sus habitaciones, que daba al dormitorio de la doncella seducida.

Don Gabriel no queria que su venganza fuese pública. Solo ansiaba herir el corazón de Yaye á quien aborrecia porque era amado de Estrella.

El marqués, pues, envió un infame anónimo á Yaye, en que se le avisaba que todas las noches oscuras á las doce, entraba un hombre por los balcones en su casa y le recibia su esposa.

Yaye observó á Estrella; notó en ella un desvío que no era otra cosa que el resultado de un amor lastimado por el desvío de Yaye. Este, preparado por el anónimo, sospechó de Estrella, interpretando mal su tristeza y su abstraccion. Tras la sospecha vino el deseo imprudente de aclarar la verdad, y se puso en acecho bajo los balcones de Estrella, la primera noche oscura que sobrevino. Poco despues de las doce apareció un hombre embozado en la calleja donde estaba oculto Yaye, hizo una seña, se abrió silenciosamente uno de los balcones del departamento que habitaba Estrella, apareció en él una sombra blanca de mujer y una escala cayó á la calle.

Yaye no tuvo ni valor, ni espera; no meditó que podian engañarle las apariencias, y en el momento en que el marqués de la Guardia aseguraba la escala para subir, le acometió espada en mano, y le hirió.

El marqués vaciló y cayó; barbotó algunas palabras, y soltó una carcajada horrible, por cuya entonacion é inseguridad se podia comprender que estaba borracho: la mujer del balcon huyó y cerró.

El marqués yacía en tierra, muerto.

Yaye se arrojó sobre él, le descubrió el rostro y á la media luz de la noche le reconoció.

--¡Ah! ¡es el marqués de la Guardia! dijo.

Entonces recordó que el marqués era el que habia descubierto el paradero de Estrella.

--¡Se amarian! exclamó. ¡El es casado!

Esta circunstancia agravó mas las sospechas de Yaye.

--Ella, sin duda, quiso tener un hombre que encubriese los resultados probables de su infamia...

Yaye se cubrió el rostro con las manos.

Luego envainó frenético su espada, se dirigió á un postigo inmediato, abrió con una llave de que iba provisto, y entró en su casa.

El cadáver del marqués quedó abandonado en la calleja.

Cuando Yaye entró en el dormitorio de su esposa, la encontró dormida, aunque inquieta. Al abrir las cortinas del lecho, la oyó murmurar un nombre en sueños.

Esperó escuchando con suma atencion á que volviera á hablar la duquesa.

--¡Yaye! ¡yo te amo! exclamó al fin esta.

Yaye creyó volverse loco. ¿Conque no era su esposa la que habia arrojado la escala al marqués?

Entonces meditó á qué habitacion caia el balcon que se habia abierto, se retiró recatadamente, salió á un corredor y llamó á una puerta de servicio.

Abrióle una doncella pálida y consternada.

Aquella mujer estaba vestida de blanco.

--¡Ah! ¡perdón! ¡perdón, señor! exclamó: ¡yo le amaba!

--¡Ah! ¿conque eras tú? exclamó Yaye: y la volvió las espaldas.

Al dia siguiente la doncella fue despedida; pero á pesar de lo que habia visto, Yaye no pudo despedir las sospechas de su alma.

Jamás las manifestó á Estrella, pero excitado su aborrecimiento á la pobre joven, lo demostró sin rebozo.

Ausentábase y pasaba semanas enteras en las Alpujarras.

Estrella no podia ser mas infeliz.

Pero Dios tuvo compasion de ella.

Murió, al dar á luz una niña, entre los brazos de Yaye, que al verla morir creyó en ella, lloró, y sintió sobre su alma un nuevo remordimiento.

* * * * *

Aquellos remordimientos estaban representados por don Fernando de Válor, por Diego Lopez y por su hija doña Esperanza.

Aquellos tres inocentes representaban los dolores de tres mujeres á quienes habian sacrificado de distinto modo los amores de Yaye.

SEGUNDA PARTE.

EL MARQUESITO Y LA DUQUESITA.

CAPITULO PRIMERO.

Tres notabilidades de la córte del rey don Felipe.

Eran estas notabilidades dos mujeres y un hombre.

La una mujer se llamaba doña Esperanza de Cárdenas, duquesa de la Jarilla.

La otra, la princesa Angiolina Visconti, esposa del príncipe Maffei Lorenzini.

El hombre se llamaba don Juan Coloma, marqués de la Guardia.

Estos tres personajes tenian tres nombres por los cuales se les nombraba por excelencia.

Conociese á doña Esperanza de Cárdenas, bajo el nombre de la hermosa duquesita.

A la princesa Angiolina, bajo el de la casada-virgen.

A don Juan de la Guardia, bajo el de el marquesito.

La hermosa duquesita, tenia veinte años.

La casada-virgen veinte y seis.

El marquesito veinte y uno.

Necesitamos dar á conocer á estas tres personas, y, por mas que pese á nuestra galantería, el órden de los sucesos que vamos refiriendo nos obliga á empezar por el marquesito.

El marqués de la Guardia habia quedado huérfano cuando solo contaba un año. Su padre don Gabriel Coloma, habia sido encontrado muerto á estocadas en una calleja del Albaicin, y por resultado de su muerte, murió afligida y triste siete meses despues su madre doña Clara de Arévalo.

El marquesito huérfano, pues, fue entregado á la tutela de un tio materno, hidalgo disoluto, que no cuidó gran cosa de la severidad en la educacion de su sobrino: sin embargo, le amaba, y era imposible no amar á aquel arrapiezo tan hermoso, tan inteligente, tan diabólico, tan cariñoso, tan vivo: su tio don César de Arévalo, al ver las favorables disposiciones de su sobrino, habia jurado hacer de él un don Juan Tenorio y en ningunas manos habia podido caer el pobre huérfano, que mejores fuesen, para hacer de él uno de esos terribles calaveras del siglo XVI, que, considerados bajo cierta faz, son una de las ilustraciones de nuestro siglo de oro, por lo valientes y audaces; muchos de los cuales, despues de una juventud borrascosa, habian contribuido con su espada, ya en los viejos Estados de Europa, ya en las vírgenes praderas del Nuevo Mundo, á sostener el carácter preponderante y conquistador de las Españas.

El cariño de don César hácia su sobrino, cariño indiscreto y exagerado, habia hecho al jóven marqués voluntarioso y exigente; este mismo cariño habia contribuído á que, en punto al saber, la educacion del jóven fuese mezquina y descuidada: en efecto; ¿para qué necesita un marqués la ciencia? Los pobres la adquieren como un medio de hacerse ricos, pero el que ha nacido opulento no necesita de la ciencia para nada. Limitóse, pues, su tio á que aprendiese á leer por el catecismo, y á escribir medianamente: en cuanto á contar abstúvose prudentemente de esta enseñanza su tio, porque preveia que tarde ó temprano se veria obligado á rendir cuentas de su hacienda á su sobrino.

A los ocho años ya sabia nuestro marquesito leer de corrido en letras gordas de molde y de mano, y escribir con un carácter demasiado correcto y claro para un título de Castilla, cartas de amores á las vecinas, que estaban locas con la precocidad del pequeño don Juan, y se le disputaban y le convidaban con frecuencia á sus fiestas, en las cuales era el marquesito un aliciente, por su espíritu despierto y sus oportunidades prematuras.

Habia la desgracia de que don César de Arévalo, obedeciendo á sus instintos, vivia en una muy mala vecindad: las damas moradoras de las casas circunvecinas, eran todas de vida alegre, de fácil trato, de espíritu galante y aventurero. Don César las trataba á todas, y con todas gastaba bizarramente la hacienda de su sobrino. El pequeño don Juan, desde sus primeros años, se habia visto acariciado por hermosas manos, besado por bocas fresquísimas, de labios purpúreos, y aliento perfumado: mirado, en razon de su extremada hermosura, por ojos ardientes, poco pudorosos y mucho provocadores; el demonio de la tentacion, bajo todas sus formas, habia mecido en la cuna á aquel niño abandonado al vício, y su espíritu se habia formado en una atmósfera envenenada, pero brillante, ardiente, en medio de la cual flotaban mujeres como hadas, saturadas de perfumes, engalanadas con brocados y sedas, y prendidas con plumas y diamantes.

Asi es, que don Juan no conoció la inocencia, y á los doce años amaba con la intensidad y la impureza de un hombre de treinta; á los trece años, era peligroso para las mujeres; á los catorce, desarrollado, hermosísimo, valiente, audaz, consumado en el manejo de las armas, galan entre los galanes, el hombre niño, como se le habia llamado desde pequeño, habia ascendido en la consideracion y en el lugar que ocupaba entre sus antiguas maestras: aquellas mujeres le habian convertido en su amante, le habian dado una fama que don Juan habia sabido sostener á las mil maravillas, y desde los trece á los catorce años, habia tenido cien queridas: una por dia. Don Juan era un prodigio.

Su juventud, su hermosura, su audacia, le habian hecho el favorito de las damas galantes: por consecuencia, se había hecho enemigos numerosos entre los hombres galanteadores. Al principio hubo algunos zelosos que se permitieron tratarle como niño. Don Juan se encargó de hacer que le tuviesen por hombre, matando en duelo al primero que se le vino á las barbas y su tio se vió obligado á gastar sumas enormes para sacarle de la cárcel y templar el rigor de las pragmáticas.

Como se ve, tan de prisa le habia educado su tio, que habia adelantado para él la edad de las pasiones, y los graves acontecimientos de la vida.

Don Juan, que no habia tenido infancia, porque la infancia es la inocencia, ni adolescencia, porque la adolescencia es la timidez, habia llenado cumplidamente los deseos de su tio, siendo á los quince años un completo don Juan Tenorio.

Jugaba con el mayor desprendimiento y nobleza enormes sumas, sin afligirse por las pérdidas, ni regocijarse por las ganancias: montaba á caballo como el mejor picador; con espada y daga no habia maestro que le metiese un tajo, ni galan que mas bizarras galas gastase, ni mas querido de las damas fuese, en la noble córte del rey de las Españas.

Juntos á gastar tio y sobrino, muy pronto fueron á dar, empeñadas, en manos de prestamistas, las cuantiosas rentas del marquesado de la Guardia, que habian ya quedado bastante empeñadas por el difunto marqués; llegó al fin un momento, en que el tio se vió obligado, por la primera vez, á negar una respetable suma á su sobrino.

Era tambien esta la primera contrariedad que experimentaba el jóven don Juan y se irritó; pero de una manera tal, que el tio se arrepintió, aunque tarde, de haber dado tal educacion á su sobrino. Arreglóse, pues, como pudo, buscó al marquesito la suma en cuestion, y se decidió á apartarle de su lado, cuanto antes le fuese posible.

Pero esto era sumamente difícil; le habia acostumbrado á vivir por fuero propio, y se habia convertido en tirano de su tio.

Don Juan llegó á cumplir veinte años, y se hizo incontrastable.

En aquellas circunstancias habia sido presentada doña Esperanza de Cárdenas en la córte, y admitida al servicio de la reina doña Isabel de Valois ó de la Paz. Doña Esperanza tenia un título ilustre, como que habia heredado de su madre, doña Estrella, el ducado de la Jarilla, y á mas una maravillosa y característica hermosura.

La hermosa duquesita, como rompieron á llamarla espontáneamente á su aparicion, eclipsó desde el momento á las mas hermosas y á las mas ricas; es verdad que la habia precedido un prólogo, por decirlo así, ostentoso: seis meses antes de la llegada á la córte del duque viudo de la Jarilla y de su hija, uno de los genoveses mas ricos de Madrid, se presentó al dueño de una manzana entera de casas en Puerta de Moros, y le hizo la proposicion de que, fuese cualquiera el valor que impusiera á su propiedad, se le satisfaria en el acto, y tanto mas, cuanto mas pronto se hiciese el negocio. Concluyóse este con brevedad, porque quien bien paga, obtiene, generalmente, lo que quiere; otorgóse escritura de venta á favor de la duquesa de la Jarilla, y ocho dias despues, solo habia un monton de escombros en el lugar ocupado antes por un hacinamiento de feas y viejas casuchas: abriéronse profundos cimientos, y de dia en dia se vió levantarse, con una rapidez inusitada, un magnífico palacio á la flamenca, con ciertos resabios árabes, en ventanas, galerías y balcones.

Una obra de tal volúmen, que con tal ostentacion y coste se hacia, y en la que trabajaban centenares de albañiles, llamó naturalmente la atencion; preguntose el nombre de quién hacia aquella fábrica, y sabido el nombre, se deseó conocer á la persona que tanto y tan bien gastaba: despues los primeros pintores, tallistas y tapiceros de Madrid, se encargaron de la pintura, decorado, adorno y mueblaje de la casa, y estos fueron otras tantas lenguas de la fama para ponderar el excesivo coste de pinturas, tapices, alfombras y muebles: sintiéronse mortificados los mas ricos y los mas nobles por tanta esplendidez, y el mismo Felipe II frunció las cejas cuando supo que habia en sus dominios, y vasallo suyo, un grande que tan exorbitantes gastos sufria: repitióse el nombre de la duquesa y del duque viudo de la Jarilla: súpose por los mas viejos de la grandeza, que aquel era un título antiguo y de buenas rentas, pero no tales como se necesitaban para tal lujo de casa: súpose que hacia mas de cuarenta años que los poseedores de aquel título habian estado apartados de la córte y como oscurecidos: y, como algo debia deducirse, se dedujo que aquel retiro habia servido para desempeñar las rentas, para ahorrar, en una palabra, y que con aquellos ahorros se pensaba, sin duda, preparar una ostentosa vuelta á la córte: suposicion natural, que tranquilizó, hasta cierto punto, las hablillas de todos, porque todos preveian que aquel lujo solo era una llamarada que no se podria sostener en lo sucesivo; una especie de fanfarronada; un gasto loco, en fin.

Pero cuando, concluido el palacio, se vió la numerosa servidumbre que vino á ser su alma; servidumbre jóven, galana y cubierta con ricas libreas; cuando se contaron los caballos que entraban y salian de las cuadras, montados cada cual por un palafrenero; animales magníficos, la mayor parte árabes y andaluces, y cuyo número no bajaba de doscientos; las diferentes carrozas de córte, calle y campo; las literas, los demás accesorios, en fin, de una casa de rey, todos volvieron á sentir el agudo aguijon de la envidia y no faltó quien dijo:

--Sangre de indios es esa grandeza: ¿no sabeis que uno de los duques de la Jarilla estuvo muchos años de adelantado en Méjico?

Fuese como fuese, el resultado era, que para hacer lo que el duque viudo de la Jarilla habia hecho en la córte, á nombre de su hija la duquesa, era necesario poseer las riquezas de un rey.

Pero la admiracion subió de punto cuando Esperanza fue presentada por su padre en la córte y admitida como dama al servido de la reina; ninguna grande llevaba antes que ella una riquísima tela traida á costa y coste del extranjero: ninguna poseía tanta, ni tan rica, ni tan variada pedrería; ninguna se presentaba diariamente con ricos estrenos y con alhajas y galas no vistas. La hermosa duquesita superaba á todas las damas de la córte en hermosura y en riqueza, inclusa la reina, no sin que esto llamase profundamente la atencion del receloso Felipe II.

¿Habia una familia desgraciada? allí estaba Esperanza: y el consuelo que Esperanza llevaba á aquella familia, no era una limosna mas ó menos cuantiosa, sino una fortuna estable, asegurada, relativa á las necesidades del socorrido. ¿Mostraban los genoveses ó los judíos, riquísimos brocados, costosos encajes, magníficos aderezos? allí se estaban hasta que un dia pasaban Esperanza ó su padre y los compraban sin reparar en el precio. ¿Pasaban comediantes por la córte? El aposento mas cercano al tablado, mas visible, mejor situado, era obtenido por el duque, aunque tuviese que pujar su mayordomo de soberbia á soberbia con el mayordomo del mas encopetado grande: luego, por la tarde, cuando el público iba á la comedia, auto ó farsa, se reparaba que el mejor repostero entre todos los del corral, el de mejor brocado, era el que cubria el antepecho del aposento del duque de la Jarilla: que los tapices del interior de aquel aposento, y los sillones y las pieles, si era invierno, eran los mas ricos; por último, que la dama mas hermosa, mejor ataviada y mejor prendida, con mas sencillez y gusto que ninguna, y con mas riqueza, á pesar de su sencillez, era la duquesa de la Jarilla. El bobo, el rústico, el simple, como se llamaba entonces á los graciosos, tenia sus motivos para endilgar á la duquesita alguna redondilla ó copla aduladora, ya en la loa, ya en el discurso de la representacion. Siempre que el gracioso hacia esto, el duque le arrojaba una repleta bolsa de oro, y el patio aplaudia. Cuando la adulacion venia de una comedianta, Esperanza se sonreía benévolamente, se arrancaba una rica joya de su prendido y la arrojaba al tablado con la mayor naturalidad y gracia. Entonces los aplausos del patio se hacian frenéticos y frenética y casi rabiosa la envidia de las otras damas. Los pintores de mérito podian contar de seguro con la buena venta de sus cuadros en casa del duque, y hablaban de un precio fabuloso pagado á Pantoja, el buen pintor de Felipe II, por un cuadro de familia mandado hacer por el duque. En las fundaciones de conventos, hospitales, iglesias y obras pías, que eran muchas por aquel tiempo, contribuia con la mayor parte del dinero la duquesa de la Jarilla, aunque sin dar su nombre á ninguna de estas fundaciones religiosas. Por último, el duque mantenia á su costa una compañía de infantería española en Flandes, y llevaba por lo tanto el nombre de capitan.

Por otra parte, eran tan rígidas las prácticas religiosas del duque viudo y de la duquesita; tenian por directores de sus conciencias varones tan doctos, tan graves y tan justificados, que la Inquisicion, á quien mandó el rey bajo cuerda, hacer informacion acerca del duque, cumplió su encargo declarando que: despues de prolijas y bastantes informaciones secretas, resultaba que: tanto el duque viudo de la Jarilla, como su hija la duquesa, eran buenos y celosos cristianos; que los monasterios, las obras pías y los pobres, les debian mucha caridad y que nada encontraba porque pudiera recelarse ni aun remotisime de la religion, lealtad y virtud de tan ilustre y poderosa familia.

Encogióse de hombros Felipe II al leer el informe del Santo Oficio, y dejó rodar la bola, y la envidia de las damas seguia viva; pero no roedora, porque Esperanza, siempre altiva y desdeñosa con los hombres, circunspecta y mesurada en sus acciones y palabras, no dió el mas ligero pretexto á la envidia que volaba á su alrededor, para que la mordiese.

Por un contraste singular con la educacion que habia recibido el marqués de la Guardia, la hermosa duquesita, segun el dicho de su padre, habia sido educada en un convento; pero, por otra singularidad tambien notable, sin que pudiera atribuirse á los vicios de la educacion, la duquesita, á pesar de su poca edad, que apenas llegaba á los veinte años, era una mujer completamente formada, con un cuello, un seno y unas manos admirables; morena, pálida, y en cuyos ojos graves y ardientes, brillaban una pasion, una exuberancia de vida y una predisposicion al amor y al amor violento, que la hacian parecer doblemente hermosa. Notábanse en ella, un aprecio de sí misma, una gravedad y una altivez impropias de sus pocos años, y una especie de experiencia, de trato de mundo, de conocimiento de las gentes, cuya causa, teniéndose en cuenta la educacion monástica indicada por su padre, no podia comprenderse. Aquello era un fenómeno.

No faltó al reparar esto, quien reparase la semejanza que existia, tanto en el desarrollo físico como en el moral, entre la duquesita y el marquesito de la Guardia, no faltando tampoco quien, creyendo en la predestinacion, en lo de las dos medias naranjas, hablando vulgarmente, rompiese con poca circunspeccion por medio, y llamase á la duquesita la mujer del marquesito y al marqués de la Guardia el hombre de la duquesita.

Y hay frases, que se dicen solamente por decir una oportunidad, y acaban por ser fatales. Muy pronto, acogido el dicho, dejó de llamarse á la jóven la hermosa duquesita, y se la confirmó con el sobrenombre de la mujer del marquesito.

Entre tanto los dos jóvenes, de quienes tanto se ocupaba la gente libertina de ambos sexos de la córte, no se conocian: la mujer del marquesito, no habia dejado de ser guardada por las dueñas de su casa, sino para serlo por las dueñas de palacio, y no salia, por lo tanto del círculo de hierro establecido por la rígida etiqueta de la casa de Austria. Por su parte el hombre de la Duquesita, siguiendo los consejos de esa segunda naturaleza que se llama educacion, no salia de los garitos y de las mancebías. Por lo tanto habia una sociedad entera entre los dos jóvenes predestinados.

A pesar de vivir en círculos tan opuestos, la murmuracion, que á todas partes alcanza y en todas partes se mete, no tardó en hacer llegar á los oidos de entrambos jóvenes que la opinion pública los habia casado. Natural era que la mujer que tanto oia ponderar las bizarrías, la gentileza y la hermosura de su marido de fama, desease conocerle, y que el marquesito, de suyo predispuesto á todo lo que era escéntrico y romancesco, ansiase conocer á aquella nobia, que sin pretenderlo le habian adjudicado, y que tenia el triple aliciente de una extremada hermosura, de una extremada juventud, y de una extremada nobleza, y no hablamos de lo cuantioso de sus rentas, porque, calificando estas como aliciente respecto á don Juan, inferiríamos una grave ofensa á su memoria. Don Juan despreciaba el dinero, y tanto le despreciaba que apenas le habia á las manos le separaba de sí con el mayor desprecio del mundo. Sin embargo, ya hemos visto que el dinero se habia vengado de su desprecio haciéndose desear por aquel gastador incurable, y obligándole á tener serias contestaciones con su tio.

Cuando el marquesito deseó conocer á la duquesita, corrian los primeros dias de enero de 1567.

Desde el momento en que los jóvenes tuvieron noticia el uno del otro, se desearon; pero de una manera ardiente. Puede decirse que desde el punto en que el nombre del uno sonó en los oidos del otro, empezaron á amarse. Al principio cada uno de ellos se fingió en el otro su bello ideal, y ese amor vago, ese amor que se refiere á un ser que no se conoce, ese amor que de ninguna manera puede ponerse en contacto con el ser amado, llegó á ser un amor violento respecto á personas dotadas de organizaciones tales como las de los dos jóvenes: ella era voluntariosa, él voluntarioso é impaciente: entrambos luchaban con su soberbia íntima: no querian vencerse ni aun ante sí mismos, y no procuraron, por lo tanto, acercarse el uno al otro. Ella se habia dicho:

--Si él conoce mi nombre y desea conocerme, que me busque.

El se habia dicho á su vez:

--Yo no he de buscarla.

Y esto se lo habian dicho entrambos con ese lenguaje misterioso é instintivo del alma, que no formula en palabras sus deseos, que es un sentimiento íntimo, un deseo germinado por una idea puesta en contacto con el espíritu: una de esas simpatías misteriosas que no han podido definirse y que se revelan al simple sonido de un nombre; que es el resultado de un amor instintivo, de un amor que, ó desaparece, dejando una impresion dolorosa en el alma, si al conocer realmente al ser que nos le ha inspirado de una manera abstracta, no corresponde á la idea que de él habiamos concebido, ó crece y se desborda si por acaso la excede.

Colocados en esta situación moral entrambos jóvenes, solo faltaba que una casualidad los reuniese.

Pero las casualidades suelen dejarse esperar mucho tiempo, y como el tiempo es el mejor remedio que conocemos para curar ciertas afecciones, acaso nuestros jóvenes hubieran dejado de pensar el uno en el otro; pero eran dos cometas lucientes que habian aparecido en el firmamento estrellado de la córte, y se hablaba continuamente de ellos: la duquesita oia referir cada dia una nueva aventura de su hombre; el marquesito escuchaba con mucha frecuencia el percance desgraciado de algun amador veterano que habia pretendido enriquecer su corona de flores marchitas, con la posesion de la duquesita.

No podian, pues, olvidarse.

Sin embargo, la caprichosa casualidad habia hecho pasar tres meses desde que ambos jóvenes se habian conocido de fama pública hasta el jueves santo de 1567.

En aquella época ella era la desesperacion de los cortesanos.

El la expiacion de las cortesanas.

La novedad eterna de la córte ella.

El el escándalo perpétuo.

* * * * *

En aquellos tiempos el espíritu religioso del pueblo español estaba por cima de todo: era, por decirlo asi, un elemento componente de la sociedad de entonces: desde el rey al verdugo, altos y bajos, chicos y grandes, buenos y malos, todos creian en Dios, y todos lo adoraban, dentro de los dominios de la católica España, exceptuando solo un rincon de ella donde, entre breñas, no se rendia al Crucificado mas que un culto de miedo, bajo la presencia inmediata de la Inquisicion, de los obispos, de los párrocos y de las justicias. Este giron, riquísimo sin embargo, se llamaba las Alpujarras.

Por lo tanto, nunca podia admirarse mas el recogimiento y la fe de los españoles, que el jueves y el viernes santo, en las calles, y particularmente en los templos, que se llenaban de una multitud devota y severa.

A las dos de la tarde de aquel jueves santo, que debia formar época en la vida de la duquesita y del marquesito, salió este á la calle, severa aunque ricamente vestido de negro, y se dedicó á recorrer los monumentos.

Un secreto instinto le decia que aquella tarde debia conocer á su mujer, y por lo mismo no iba su pensamiento preparado con toda la devocion conveniente á tan sagrado dia.

Una idea le preocupaba sobre todo: la córte, segun costumbre, debia visitar los santuarios: en la córte en la servidumbre de los reyes, debia ir la hermosa Duquesita. Pero ponerse en acecho de la córte ¿no era buscarla? El marquesito se habia jurado á sí mismo no robar su privilegio á la casualidad, y tomó una resolucion que debemos llamar heróica: lo dejó á la suerte: para que la suerte fuese el principal agente, se prescribió un número determinado de iglesias y un itinerario rigorosamente lógico; don Juan, vivia en el monte de Leganitos: por consecuencia la primera iglesia que debia visitar era la de Santo Domingo el Real: despues las de Santa María, San Pedro, San Andrés, San Francisco, San Miguel, y por último, la del Hospital del Buen Suceso.

El marquesito se veia obligado á recorrer esta extensa periferia, porque en el año de 1567, en que acontecia lo que vamos refiriendo, no habia en Madrid ni aun la mitad de las parroquias, conventos y ermitas que se fundaron despues sucesivamente hasta los tiempos de Fernando VI: ningun itinerario habia encontrado mas cómodo que el que habia elegido, y hé aquí lo lógico de su eleccion; porque siempre elegimos, cuando no tenemos otro interés, lo que nos ofrece mas comodidad y brevedad.

Para no alterar en nada lo natural de los sucesos, el marqués se propuso invertir en cada iglesia el tiempo necesario para las acostumbradas oraciones en aquellos dias, y además no mirar deliberadamente á ninguna mujer.

Asi es, que, cuando llegó al Buen-Suceso, su última estacion, era ya muy cerca del oscurecer, y la córte, segun costumbre, debia haber regresado ya al alcázar.

No dejó de fastidiar al marquesito esta circunstancia: la casualidad le volvia decididamente las espaldas; pero de repente, una voz que retumbó en la iglesia, le conmovió de piés á cabeza, haciendo vibrar un eco desconocido hasta entonces en su corazon: el de la esperanza satisfecha: aquella voz habia dicho:

--¡Sus magestades, el rey y la reina!

Allí estaba la córte: en ella debia venir su desconocida mujer.

Adelantaron, entre tanto los suizos, abriendo calle entre la multitud de fieles; siguieron los altos empleados de palacio, y al fin, el rey y la reina se arrodillaron sobre las almohadas; detrás de ellos se habia arrodillado la córte.

Don Juan no pudo contenerse en las condiciones que se habia impuesto, y rompió la de no mirar deliberadamente á ninguna mujer; sus ojos anhelantes se habian fijado en la pleyada deslumbradora que constituian las damas de la reina; pero la casualidad quiso que no la robase el marqués ninguna parte de su imperio, y don Juan, aunque vió muchas cabezas hechiceras, muchos ojos y muchos rostros deslumbrantes, no vió ninguna dama, que por su juventud, ni por su hermosura especial, pudiese convenir con la idea que él se habia formado de su mujer.

Entonces experimentó otro sentimiento desconocido tambien para él:

La decepcion de la esperanza.

De repente, y cuando el jóven exhalaba su primer suspiro de despecho, un resplandor fugaz iluminó la iglesia, y se escuchó un grito general de terror; seguidamente un resplandor mas fijo brilló en el templo, y la gente se agolpó aterrada á las salidas; la gran cortina morada del tabernáculo se habia incendiado: el fuego se habia comunicado á la armazon del monumento, y una inmensa y ancha llama se elevaba hasta tocar la bóbeda, contra la cual se torcia como una serpiente de fuego.

En aquella situacion suprema, don Juan, que ante todo era caballero y leal, se lanzó hácia el sitio donde estaba la reina, como se lanzaron otros muchos; pero embarazado por la multitud, contra cuya corriente iba, antes de llegar al lugar que habia ocupado la córte, sintió que unas manos temblorosas se asian á él, y oyó una voz sonora, grave, llena de ansiedad, que exclamaba:

--¡Salvadme, caballero! ¡salvadme!

Aquella voz, por su timbre particular, por un no sé qué misterioso, se apoderó del alma del jóven, la halagó, como halaga una suave esencia al olfato; le acarició, como acaricia nuestra frente calenturienta la brisa, y le obligó á mirar á la mujer que la producia.

Apenas habia podido ver su rostro don Juan, cuando la asió por la cintura, la levantó en peso, con la misma facilidad que hubiera levantado un copo de seda, y reteniéndola con el brazo izquierdo, y empujando brutalmente con el derecho á los que tenia delante, y saltando sobre ellos, salió por una puerta lateral, atravesó el patio y se encontró, fuera ya, en la carrera de San Gerónimo, que atravesó rápidamente, perdiéndose por una de las calles inmediatas.

La noche habia cerrado, pero era muy clara: acababa de salir la luna y alumbraba el centro de la calle.

Don Juan siguió con su carga, sin hablar una palabra, hasta una plazuela irregular y enteramente desierta.

Entonces se detuvo y dejó que la dama se afirmase en el suelo; pero retuvo sus manos entre las suyas.

Don Juan, por una rapidísima, por una verdadera inspiracion, habia arrojado en la iglesia, al asir á la dama, su toquilla de terciopelo, á pesar de que tenia un herrete de diamantes de sumo valor, y con la cabeza descubierta y su ancha y blanca frente iluminada por la luna, estaba hermosísimo.

La mujer que tenia delante de sí y toda trémula, era muy jóven; apenas representaba diez y seis años; habia perdido su velo y tenia la cabeza descubierta, y sus negrísimos y voluminosos cabellos, peinados en trenzas, salpicadas de perlas y esmeraldas, despedian reflejos azulados á la luz de la luna; su semblante enteramente en la sombra, brillaba, por decirlo así, por la lucida mirada de sus ojos, intensamente fijos en el marquesito, con una expresion de asombro, de fascinacion, de suprema alegría, que el autor no se atreve á calificar; pero que enloquecia al jóven y le hacia probar delicias para él desconocidas; á pesar de que la luz de la luna emblanquece y de igual modo su reflejo, se comprendia que aquella jóven era morena: por lo demás, llevaba una riquísima y gruesa gargantilla de perlas, arracadas de gruesos diamantes, un vestido de córte, de damasco brocado, y brazalete y ceñidor de perlas; solo la faltaba el velo que habia perdido en el tumulto.

El silencio de entrambos jóvenes despues de su parada y de su mútua é intensa contemplacion solo duró un momento.

El primero que le rompió fue el marquesito con una exclamacion apasionadísima que parecia salir del fondo de su alma:

--¡Vos sois mi mujer! dijo.

Mudó de color la jóven, dejó de mirar de aquella manera irreflexiva al marqués, y contestó con gravedad:

--No comprendo lo que quereis decir, caballero.

--¡Yo soy el marqués de la Guardia! ¡Vos sois la duquesa de la Jarilla! contestó con acento opaco don Juan.

--¡Ah! exclamó involuntariamente la jóven.

Y aquel ¡ah! por su intencion, por su asombro, por su espontaneidad, y si se quiere, por cierto fondo imperceptible de alegría, era equivalente á la frase de:

--¡Vos sois mi hombre!

Don Juan era demasiado audaz y estaba demasiado enamorado, para que pudiera contenerse, y abandonando por un momento las manos de la jóven, la asió con entrambas palmas las mejillas, y la besó hambriento en la boca.

La jóven dió un grito que era al mismo tiempo un gemido de dolor, una protesta de pudor y una demostracion de dignidad, y seguidamente, y con paso apresurado, se dirigió á una de las tres salidas de la plazuela.

--¿A dónde vais, señora, sola y á tal hora? exclamó el marqués alcanzándola y cortándola el paso.

--¡Haceos á un lado! exclamó con altivez la jóven. Voy á buscar por esas calles un caballero que sepa conducir dignamente á palacio una dama de la reina.

--¿Segun eso, dijo sin alterarse el marqués, no me teneis por caballero?

La jóven tornó á mirar con un desden mas altivo al marqués, y dijo severamente:

--¡Haceos atrás!

--¿Que me haga atrás cuando os encuentro milagrosamente despues de un siglo que ando enamorado de vos en busca vuestra?

--Haceos atrás, repitió con un tanto menos de empeño la hermosa dama.

--Escuchadme, doña Esperanza, dijo amorosamente el jóven, asiéndola de nuevo las manos que ella pugnó ligeramente por desasir de las del marqués; ¿no creeis que Dios no ha hecho que nos encontremos de este modo extraño, sino para que no nos volvamos á separar? ¿No os dice vuestro corazon como á mí el mio, que hemos nacido para amarnos, que no podemos ser felices sino el uno por el otro, que de todo lo que el mundo encierra, nada mas que nuestro amor es lo que para nosotros existe? ¿No me habeis visto nunca antes de conocerme, como yo os he visto antes de veros?

Doña Esperanza, que asi sabia don Juan que se llamaba la duquesa de la Jarilla, perdió su expresion severa bajo el influjo de las palabras del marqués, y juntando sus hermosas manos y fijando en el jóven una mirada suplicante exclamó:

--¡Por piedad, caballero! ¡ved que cada momento que pasa es un siglo para mi honra! aun es tiempo: el tumulto ha sido horroroso y nadie tendrá nada que decir si me llevais ahora mismo á la córte, que no debe estar lejos.

--Si, si, doña Esperanza; pero meditad al mismo tiempo que yo, por socorreros, he perdido mi toquilla en ese tumulto; que vos estais en trage de córte; que habeis perdido tambien vuestro velo y que, de seguro, con esta clarísima luna, llamaremos la atencion de las gentes al atravesar á Madrid en busca de la córte que, sin duda está ya en el alcázar.

--¡Oh, Dios mio! exclamó la duquesita, conociendo el peso de las razones de don Juan.

--Pero hay un medio, dijo este.

--¿Cuál?

--Entrar en cualquiera de esas casas vecinas.

--¡Oh! ¡eso jamás!

--Entrar para esperar únicamente que venga una litera.

La duquesa levantó sus magníficos ojos, y los fijó radiantes, límpidos, en el semblante del jóven, que nunca se habia visto mirado de aquel modo por ninguna otra mujer: comprendió por aquella mirada que la duquesita era su destino, mas que su destino: su señora, la pasion de toda su vida; su alma se anegó en el abismo de aquella mirada, y de sus ojos partió otra mirada por la que se exhaló toda su alma.

Aquellos dos seres se habian confundido en uno.

Dios los habia criado el uno para el otro, y la casualidad los habia reunido.

--¿Quereis que entremos en una casa que no conozco, don Juan? dijo la jóven.

--¡Cómo! ¿Sabeis mi nombre?

--¿No sabeis vos el mio?

--¡Me amais!

--Confio en vuestro honor. Entremos en esta casa don Juan, mientras buscan una litera.

El marqués no la contestó.

La asió de la mano, se fué á un casuco situado en un rincon lóbrego de la plazuela, y llamó.

Abrieron poco despues aquella puerta.

Mediaron algunas palabras en voz baja, entre el marqués y la persona que habia abierto; sonaron algunas monedas, y al fin doña Esperanza y el marqués desaparecieron por el oscuro fondo.

La puerta volvió á cerrarse en silencio.

CAPITULO II.

¡La hermosa duquesita se ha perdido!

El incendio del monumento del Buen Suceso, en 1567, causó una sensacion profunda en lo que podemos llamar mundo elegante de la córte.

Y no era por cierto porque á sus magestades les hubiese acontecido ninguna desgracia, ni porque se hubiera destruido el templo, que, gracias á Dios, y al celo y actividad de los vecinos, solo habia quedado ligeramente ahumado en la bóveda, y algo mas profundamente chamuscado en el tabernáculo; ni porque hubiese habido muertes ni fracturas: todo se habia reducido á un buen susto, á algunas contusiones, y á otras tantas caidas: lo que habia hecho célebre al tal incendio, habia sido que á causa de él, la magnífica duquesa de la Jarilla, la poseedora de diez dehesas, veinte montes, y cien lugares, se habia perdido.

Al salir la córte de la iglesia, hallaron las dueñas que de su hermoso rebaño se habian descarriado cinco magníficas ovejas: cuatro de ellas, que se habian revuelto entre la multitud, se presentaron de nuevo en sus puestos, servidas por otros tantos caballeros, apenas el tumulto se hubo desvanecido; pero la mas hermosa, la duquesita, la mujer del marquesito de la Guardia, no parecia.

El rey mandó que la mitad de los gentiles-hombres que le acompañaban, algunas dueñas, y todos los alguaciles que hubiese á mano, se pusieran en busca de la perdida duquesa, y la córte se volvió como si nada hubiera acontecido á palacio: solamente la reina hablaba cuidadosa con el rey; pero el rey contestaba que nada está perdido, que todo se encuentra cuando se sabe buscar bien, y sobre todo que aquello era acaso una permision de Dios, para que doña Esperanza de Cárdenas, que era un tanto presumida y voluntariosa, doblegase su soberbia, y encontrase su salvacion entrando á servir á Dios en el cláustro.

Y cuando el rey decia esto, miraba de una manera singular; pero disimulada y profunda, á su hijo el príncipe don Carlos de Austria, mozo de veinte y dos años, que marchaba á su lado, cabizbajo y profundamente pensativo y al parecer contrariado.

--Porque, añadia el rey sin dejar de observar á su hijo, el que se pierde es porque quiere, y dama que de tal modo se ha perdido, bien pudiera perder á alguien, y no es bien tener en nuestro alcázar dama que entre tan poca confusion se pierde, que en tan poca agua se ahoga.

Asi es que el rey, en cuanto llegó al alcázar, tuvo muy buen cuidado de hacer decir por un gentil-hombre al duque viudo de la Jarilla, que su hija se habia perdido, y que se dispensase, si parecia, de enviarla á palacio.

El duque recibió por el rey aquella noticia; pero los gentiles-hombres, la servidumbre de palacio, y los alguaciles, se encargaron de que la supiese todo el mundo.

Las dueñas, convenientemente acompañadas, anduvieron dando vueltas, y preguntando durante dos horas, transcurridas las cuales se retiraron á palacio: los alguaciles rondaron hasta la media noche, y dieron parte de no haberse descubierto el menor indicio de su excelencia la señora duquesa de la Jarilla, y en cuanto al padre de esta, el duque viudo, estuvo dando vueltas por Madrid con todos sus criados, que venteaban como sabuesos, y que, sin embargo, nada lograron sacar en limpio en toda la noche.

Cuando irritado Yaye, como un leon hambriento, se volvía á su palacio, encontró delante de su puerta una mujer de mediana edad, de buena apariencia, y á todas luces de la clase artesana, que llamaba á grandes golpes, sin que nadie la contestase: esto consistia en que todos los criados, desde el mayordomo hasta el último marmiton, habian salido en busca de la duquesita, y la casa habia quedado abandonada solamente á las mujeres de la servidumbre.

Yaye, que no habia desfogado bastante su cólera con los criados, á pesar de que habia llegado al lamentable extremo de aporrear á cuatro lacayos, embistió muy de mal talante con aquella mujer.

--¡Con mil legiones! ¿qué quereis vos á las puertas de mi casa? exclamó mirando á la mujer con ojos centelleantes.

--¿Es vuecelencia el señor duque viudo de la Jarilla? preguntó toda trémula aquella mujer.

--Sí, y bien... ¿qué quereis?

--La señora hija de vuecelencia...

--¡Mi hija! ¿qué sabeis vos de mi hija?

--La señora duquesa, está en mi casa.

--¡Que mi hija está en vuestra casa!

--Y me ha dado esta carta para vuecelencia.

Yaye tomó con una mano que temblaba de cólera, una carta que le dió aquella mujer con otra mano que temblaba de miedo, rompió la nema y devoró, que no leyó, el contenido del escrito.

--¡Harum! exclamó roncamente Yaye, acercándose á uno de sus servidores despues de haber leido la carta, y guardádola en su escarcela: pronto una litera, y conmigo.

La litera estuvo dispuesta al momento.

--Y vos mujer, añadió Yaye, guiad á vuestra casa.

La mujer echó á andar.

--¿Cuándo fué mi hija á vuestra casa? la preguntó el emir.

--La señora no fué, dijo la mujer.

--¿Cómo que no fué?

--La llevó mi marido que la encontró desmayada en la plazuela.

--¡Ah! ¡la encontró desmayada! ¿y cuándo?

--Despues de oscurecer.

--¿Y por qué no me avisásteis al momento?

--¡Ah, señor! nosotros no sabiamos que la señora fuese hija de vuecelencia.

--¿Cómo que no lo sabiais? ¿pues no os lo ha dicho mi hija?

--La señora duquesa ha estado desmayada hasta el amanecer.

--¡Desmayada! ¡Desmayada! ¿habeis llamado á algun médico?

--No, no señor: temimos, como vimos que era una dama principal... que la conocieran... y se enteráran de que habia estado perdida... y luego... en fin, como nada sabiamos, no nos atrevimos á nada.

--¿Y se atrevió vuestro marido á llevarla á su casa?

--¿Y cómo habia de dejar en la calle, sola, abandonada, á una señora tan jóven, tan hermosa, y con tan ricas alhajas, expuesta á los libertinos y á los ladrones? no, no señor: mi marido hizo muy bien: sábenlo Dios y la justicia; y si le castigasen por ello, harian muy mal.

--Pero... ¿por qué no avisásteis á palacio? ¿No sabeis que en estos días solo visten de ceremonia las damas de la reina?

--Nosotros no entendemos de eso, señor, y como nada sabíamos dijimos: cuando vuelva en sí, nos dirá quién es, y lo que debemos hacer. Hay que confesar que el marquesito de la Guardia, autor de esta tragi-comedia, habia previsto todos los golpes y preparado todas las paradas: lo que demuestra, que cuando aquella mujer habia aprendido tan bien este juego, era una bribona consumada.

Al fin llegaron á la casa.

Al ver su pobre aspecto, se le heló la sangre al duque; pero dominó su cólera, á fin de que esta no le impidiese hacer con fruto la mas ligera observacion, y dejando á sus criados, con la litera, en la calle, entro en la casa cuya puerta habia abierto la mujer.

CAPITULO III.

De cómo un niño puede ser el dedo de Dios.

Cuando entró en una húmeda y oscura sala baja el emir, una forma blanca y gentil adelantó, y se arrojó sollozando en sus brazos.

Era la duquesita.

Yaye la estrechó dulcemente contra su pecho, afectando solamente el cuidado natural de un padre en aquellas circunstancias, y la dijo besándola en la frente.

--¡Oh, qué noche! ¡qué noche tan horrible, hija mia!

Despues la separó un tanto de sí, y la miró fijamente: la duquesita estaba muy pálida; pero en sus ojos brillaba aun la expresion de su tranquila pureza.

--Yo no sé dónde he estado, padre mio; dijo la jóven... apenas recuerdo... estas buenas gentes me han dicho que anoche...

--Te encontraron desmayada.

--Asi es, señor, dijo el marido.

--Despues he recordado no sé que cosa horrorosa, dijo doña Esperanza: un incendio... gentes que gritaban y se atropellaban... ¡Oh, Dios mio! luego... yo corria... de repente sentí un vértigo... unas angustias horribles... despues nada... no recuerdo mas, sino que al abrir los ojos, me he encontrado aquí, tendida en un lecho, con las mismas ropas que me habia puesto para acompañar á sus magestades.

Mientras doña Esperanza hablaba, Yaye ponia el mayor cuidado en observar cuanto tenia alrededor: los dos esposos, como dominados por la presencia de tan nobles personas en su casa, estaban en la mas humilde actitud y guardando el mas respetuoso silencio á la puerta del aposento, de la que no habian pasado: un chiquillo como de cinco años, estaba junto á una mesa mirando alternatívamente á un cajon entreabierto y á sus padres: en un momento en que estos estaban abstraidos, mirando á Yaye y á su hija, el muchacho abrió silenciosamente el cajon, y sacó de él una moneda: Yaye se levantó rápidamente, asió la mano del niño, y sacando de ella un dorado doblon de á ocho, le mostró al marido.

--Vuestro hijo os roba, amigo mio, le dijo, y debeis castigarle: hoy os roba á vos; mañana robará á otro. Y abrió mas el cajon para echar en él la moneda. Dentro habia como hasta una docena de doblones.

--Buenos ahorros teneis, dijo el duque señalando con un dedo inflexible aquel oro.

El marido se puso sumamente pálido y balbuceó algunas palabras; la mujer, aunque un tanto alterada, contestó sobre la palabra de Yaye:

--¡Ah, señor! los pobres no podemos ahorrar tanto dinero; lo debemos á la caridad de la señora.

--Has hecho bien, hija mía, dijo Yaye: debemos premiar cumplidamente á los que de tal modo nos sirven, y yo me encargo de acabar de recompensar á estas buenas gentes: tomad, añadió dándoles una bolsa de seda llena de oro; que os quede un buen recuerdo de que ha pasado una noche en vuestra casa la duquesa de la Jarilla.

Y asiendo de la mano á su hija salió con ella.

La pobre jóven leyó en los ojos de su padre cuanto aquel guardaba en su alma; pero ni se inmutó ni tembló, aunque habia visto algo horrible.

Esto consistía en que por uno de esos impulsos incomprensibles de la mujer, habia aceptado su destino al entrar con don Juan en aquella casa.

Entre tanto la mujer que habia permanecido en la puerta de la calle hasta que doña Esperanza entró en la litera y Yaye se alejó con ella y su servidumbre, dijo volviéndose á su marido.

--¡Pedro, tenemos oro; pero es necesario que nos vayamos á gozarle muy lejos! Ese duque me parece un hombre terrible y... todo lo ha adivinado... estoy segura de ello.

--Tú tienes la culpa, Francisca, contestó el marido con acento profundo... yo no quería... pero tú te empeñaste... tú tienes la culpa... ese oro maldito caerá sobre nuestra cabeza y sobre la de nuestro hijo.

* * * * *

Apenas habia entrado Yaye en su casa y dejado á Doña Esperanza en su aposento, cuando su ayuda de cámara le entregó una carta cuidadosamente cerrada.

Aquella carta contenia estas solas palabras:

«Señor: el príncipe ha pasado la noche fuera del alcázar; como siempre le ha acompañado el comediante Cisneros. Merced á los buenos servicios del mayordomo del príncipe Garci-Alvarez Osorio, el rey no sabe nada. Pero yo vigilo y lo sé todo. Señor: vuestro humilde esclavo, Aliathar.

--¡El príncipe de Asturias ha pasado la noche fuera del alcázar! exclamó con un acento incomprensible Yaye, y se quedó profundamente pensativo, con los ojos fijos en aquella carta, apoyados los codos en la mesa y el rostro en sus puños crispados.

Gran rato despues de haber permanecido en esta posicion agitó una campanilla de plata, y dijo á un camarero que se presentó á la puerta.

--Que vayan al momento casa del comediante Cisneros, y que le digan que sin pérdida de tiempo deseo verle.

CAPITULO IV.

La fuerza de la mujer.

Yaye no permaneció mucho tiempo solo.

Abrióse silenciosamente una puerta de servicio y sin ruido, apagado el de sus pasos por lo muelle de la alfombra, adelantó, completamente vestida de negro, doña Esperanza, que no se detuvo hasta sentarse en un sillon junto á su padre.

Este no la habia visto, abstraido en lo profundo de sus pensamientos, ni reparó en ella hasta que la duquesita, despues de haberle mirado intensamente durante algunos segundos, le dijo:

--Padre: la fatalidad nos persigue.

Volvió el duque la cabeza, miró fijamente á su hija con una mirada extremadamente lúcida y la dijo con acento opaco:

--¡Te has vestido de luto, Amina! ¡has hecho bien!

[imagen: Don Juan siguió con su carga sin hablar una palabra.]

--Vengo preparada á todo, padre, contestó Amina, á quien seguiremos dando este nombre.

--¿Con que es verdad?

--Yo no sé mentir.

--Y quién ha sido... exclamó con voz temblorosa Yaye, y se detuvo.

--Escúchame padre, y mata despues á tu hija: pero sabe antes; que si ha olvidado un momento lo que te debia, lo que á sí misma se debia, la ha arrastrado la fatalidad.

--¡Estaba escrito! exclamó con doloroso sarcasmo Yaye.

--Lo que Dios quiera que se cumpla se cumplirá padre. ¿Qué somos sobre la tierra? una hoja seca que arrastra delante de sí el viento del destino.

Yaye se estremeció.

--Permiteme, padre, que te relate una leyenda que hace muchos años nos contó, en una hermosa noche de verano, la esclava que el dey de Argel habia destinado para que nos entretuviese á sus hijas y á mí, con hermosos cuentos.

Yaye miró con asombro á su hija.

La jóven continuó sosteniendo con su diáfana mirada, la mirada sombría de su padre.

--Hé aquí la leyenda que nos refirió la esclava, dijo al fin:

[imagen: La duquesita.]

«Hay en el centro de la Arabia un jardin maravilloso, en que todo es eterno, jóven é inmarchito. Este jardin, creado por Dios para recreo de sus escogidos, es el jardin de Hiram. Muchos le han visto en diferentes épocas; pero nadie sabe en qué lugar del desierto está situado. Algunas mañanas, antes de que aparezca el sol en el horizonte, las caravanas que atraviesan los ardientes arenales, suelen ver á lo lejos, tras una diáfana niebla de color de rosa, una ciudad, cuyos minaretes de oro brillan de una manera deslumbrante; aquella ciudad está rodeada de bosques verdes como la esmeralda, cuyo suave murmurio al agitarlos el viento, se escucha á lo lejos tenue y perdido; pero melodioso como la música mas regalada. Los primeros de nuestros abuelos que vieron aquel prodigio, creyeron que el jardin fuese alguna ciudad desconocida, habitada por gentes ricas y poderosas, y dirigieron á ella sus pasos; pero siempre que esto hacian, la ciudad caminaba delante de ellos como una nube, y siempre desaparecia, cuando los primeros rayos del ardiente sol reberberaban en los arenales. Despues se supo que el jardin solo se dejaba ver, para patentizar á los hombres las delicias del paraiso, donde despues de su muerte deben vivir los justos en un dia sin fin, y desde que esto se supo, cuando el jardin de Hiram aparecia alguna vez á los errantes árabes, no pretendian llegar á él, sino que se prosternaban y adoraban la grandeza de Dios, despues de lo cual, seguian su ruta sin dejar de mirar la hermosura de aquella obra del Altísimo, hasta que con los primeros rayos del sol desaparecia.--Cuando Dios queria que un justo, antes de acabar su peregrinacion sobre la tierra, gozase las delicias del paraiso, le inspiraba el deseo ó la necesidad de ir á una ciudad distante, cuyo camino fuese por el desierto. Cuando el varon á quien Dios habia escogido para que viese el jardin de Hiram, cansado, abrasados los pies y sediento, se apresuraba por llegar á un cercano oasis, apenas entraba en él, Dios le inspiraba un sueño profundo, del cual despertaba instantáneamente al eco de una música superior en armonía á cuantas pueden oir los hombres. El justo se encontraba en un jardin deleitoso: su suelo, cubierto de un finísimo césped, salpicado de florecillas de vivísimos colores, era superior en belleza á la mas preciada alfombra de la India: aquellas florecillas, de suavísima fragancia, formaban con sus matices peregrinas labores, y aquí, y allá, y en todas partes, se veian escritos con flores el nombre de Dios y sus alabanzas, y los eternos versos del libro de la santa ley: el cielo era diáfano y transparente y en medio de él, inundándole de resplandores que no ofendian á la vista, brillaba un sol, cien veces mas grande, puro y resplandeciente, que el sol del desierto: las hojas de los árboles, y de los arbustos, y de las flores, eran de esmeraldas, de topacios, de rubíes, de carbunclos y de cuantas preciosidades Dios en su grandeza crió: los arroyos y los lagos parecian de líquidos diamantes, y entre la sombra y la fragante frescura de los bosquecillos, habia magníficos alcázares, de los cuales había sido el único artífice la palabra de Dios. ¿Cómo se podría contar la belleza de lo que solo podía ver con los ojos de su alma un justo? ¿ni cómo compararla con el lodo y la escoria de la tierra? El que entraba allí solo salia para contar á los hombres tanta maravilla y morir, para ser trasladado, en premio de sus virtudes al paraiso, imponderablemente mas bello que el jardin de Hiram.--Pero la maravilla de las maravillas del jardin, no lo eran ni sus prados aromáticos y blandos á la planta, como un mullido lecho; ni sus espesuras fragantes; ni su cielo, ni su sol, que brillaba inmóvil en un eterno dia; ni sus alcázares ni sus flores, sino la hada de juventud inmarchita y siempre pura, puesta por Dios en aquel edem como su flor mas preciada. Muy pocos habían logrado ver su hermosura, y estos habian desfallecido ante ella. Era mas blanca que los primeros albores de la mañana; sus cabellos, negros como el manto de la noche, la cubrian casi enteramente de suavísimos y perfumados rizos; sus ojos resplandecian á través de sus negrísimas pupilas; su semblante daba á quien le veia la paz de los cielos, y su resplandeciente túnica dejaba ver bajo su tela sutilísima, la belleza mas perfecta que habia creado la voluntad de Dios. El alma de quien la miraba se anegaba de delicias sin fin; el perfume de su aliento dilataba la vida y la hacia mas fácil. El hombre mas impuro se hubiera tornado casto como un arcángel del sétimo cielo por sola una mirada de sus ojos y santo por un solo beso de su boca.--La hada vivia feliz y venturosa con su eternidad sin deseos, en aquel edem de delicias: para ella no existia el tiempo; flotaba alegre en los aires sobre nubecillas de color de rosa, y sus cantos de alabanza á Dios, solían ir á confortar al cansado peregrino del desierto, próximo á sucumbir á la fatiga. Otras veces flotaba sobre las aguas de los lagos tan diáfana y tan fresca como ellos, y se anegaba en su fondo, y fuego se elevaba como un vapor y discurria por los bosques y por las praderas, corriendo tras las mariposas.--Pero un dia, el eterno enemigo del cielo y de los hombres, Satanás, el envidioso y el soberbio, sintió envidia por la felicidad de la hada, y se propuso hacerla tan infeliz como las mujeres de la tierra.--Dios quiso en sus misteriosos juicios, que el espíritu maldito pudiese llegar hasta la hada, encubierto bajo una hermosa apariencia. Satanás habia sabido ocultar su sonrisa impura, apagar el fuego terrible de su mirada, y embellecerse con una hermosura tal como la que habia perdido, ó mas bien lo consintió Dios.--La inocente salió á su encuentro y le sonrió: entonces Satanás la estrechó en sus brazos, la besó en la frente, y desapareció.--La hada arrojó un grito agudísimo de dolor, y desde entonces ni flotó en los aires, ni en la superficie de los lagos, ni corrió tras las mariposas: en su frente habian quedado impresos, como una marca negra los hermosísimos labios de Satanás, y su corazon ardía en deseos impuros: continuamente recordaba aquel hermosísimo mancebo, y un amor impuro la devoraba, y le buscaba anhelante por todas partes, le llamaba, gemia por él, y en su delirio se habia olvidado de invocar el nombre de Dios, que la hubiera vuelto por esto solo á su pureza y á su eternidad.--El jardin de Hiram habia desaparecido para ella; la hada estaba desterrada y sujeta á las miserias de la vida mortal.--Su planta se fatigaba y se veía reducida á calmar la sed en las bramadoras aguas de los torrentes, su hambre con los silvestres frutos que con gran pena y trabajo obtenia de los copudos y ásperos árboles, y el aguacero, y el trueno y los relámpagos de la tormenta, la obligaban á buscar asilo en las horrorosas grietas de las rocas. Ya las mariposas y las aves no venian, como antes, con delicia, á revolar en torno de su cabeza y á ponerse en sus manos; huian de ella, y durante la noche, la aterraban los rugidos del leon y del tigre, y los bramidos de las bestias hambrientas.--Un dia, en fin, Dios permitió que un rayo de su divina luz inundase el espíritu de la hada, y este le reconoció y le invocó.--El Altísimo tuvo compasion de ella; pero quiso que antes de que volviese á ser lo que desde el principio habia sido, quedasen su hermosura y su impureza sobre la tierra; pero variando de forma, para perpetuar con un ejemplo lo que la hada hubiera sido, si Dios no la hubiese perdonado.--La bondad de Dios habia vuelto la paz y la inocencia á la hada; pero aun no habia vuelto á su perdido jardin de Hiram. Sufria aun las penalidades de la vida, y estaba triste y pensativa sentada sobre las breñas al borde de un precipicio, por cuyo fondo se despeñaba un espumoso torrente.--De improviso una mariposa de alas diáfanas y matizadas, vino á revolar á su alrededor; vióla la hada, y como en otros dias, quiso acariciar al hermoso insecto, tenerle entro sus manos, sin lastimarle, como otras veces; pero la mariposa huyó y fué á posarse en un espino; la hada se levantó, se acercó recatadamente, tendió la mano, y cuando esperaba tener asida á la mariposa, se sintió punzada decorosamente por las agudas puas. La mariposa habia desaparecido, y una sola gota de sangre de la hada habia caido sobre el espino. Luego, el cuerpo de la hada se fue haciendo diáfano, mas diáfano, hasta que se deshizo en el aire, como una niebla que se desvanece.--El jardin de Hiram se habia abierto de nuevo para ella, y en el espino, en el mismo lugar donde habia caido la gota de sangre de la hada, habia aparecido una rosa purpúrea, cuya fragancia embalsamaba el ambiente. ¡Cuán hermosa era aquella flor! ¡cuán pura! pero llegó un viandante, la vió, la codició, arrancó despiadadamente del tronco el gentil tallo en que se balanceaba, y aspiró ansioso su fragancia y la besó. La pobre flor perdió su fragancia, su color y su frescura, y el viajero, no encontrándola ya hermosa, la arrojó marchita al torrente, que primero la enlodó y la despedazó despues. ¡Pobre flor! cada primavera brota del tronco un pudico capullo, y siempre llega un viajero y le corta de su tallo, antes de que haya abierto enteramente su corola, goza un momento su naciente perfume, y como el viajero anterior, cuando le ve marchito, le arroja al torrente. ¡Ay y cuan pocas rosas se salvan del abandono y del olvido! ¡ay cuan pocas dejan de enlodarse en la corriente bramadora!»

Détuvose un momento Amina, cuyos ojos estaban arrasados de lágrimas, y luego añadió con acento meláncolico y triste:

--Cuando la esclava llegaba á este punto de su leyenda, añadia siempre: «la rosa es la mujer, hijas mías; el espino la representacion de sus dolores; el despiadado viandante, los deseos impuros del hombre; el torrente de cieno, el mundo. Pero la mujer, como la hada, tiene un Dios que la proteje, y la virtud y la pureza son para ella el eterno jardin de Hiram.»

Détuvose la jóven, posó en su padre tras un velo de lágrimas una mirada desesperada y guardó silencio.

Yaye habia comprendido perfectamente la amargura que contenia, especialmente en aquellas circunstancias, la fábula oriental que habia oido su hija de boca de la esclava destinada á entretener con hermosos cuentos á las hijas del dey de Argel. Pero le interesaba sobre manera conocer la aplicacion que hacia Amina de aquel cuento, y dijo fria y severamente:

--¿Y á qué propósito me has relatado esa leyenda?

--Para que juzgues, padre, de la influencia que ese cuento y otros semejantes, han podido tener en el porvenir de tu hija.

Yaye inclinó la cabeza y quedó en la actitud del que escucha, y no quiere perder ni una sílaba.

--Desde el momento en que la esclava nos relató el cuento que acabas de oir, padre, mis compañeras de infancia, casi mis hermanas, las hijas del dey, no me llamaron como antes Amina, como me llamas tú, cuando nadie nos escucha. Me llamaron Saruhl-Hiram: ¡Flor de Hiram! esto ya era fatal: era como decirme: tú eres esa rosa puesta por la fatalidad al lado de la via pública, al borde del torrente. Tú eres esa naciente flor expuesta á las codiciosas miradas del viandante. Un dia, tú, pobre flor, marchita y deshojada, serás arrojada al torrente.

Yaye se estremeció: veia en aquellas palabras una acusacion de su hija: se anonadó, inclinó aun mas la cabeza, y oprimiéndose el pecho con la mano, como, si hubiera querido impedir que su corazon saltase, murmuró de una manera opaca é ininteligible:

--¡Oh, padre! ¡padre! ¡y cuán terrible herencia me has dejado!

Amina continuó, con la vista siempre dilatada y fija en Yaye:

--Prescindiendo de la fatalidad que parecia determinar, el que sin motivo justificado me llamasen las hijas del dey, Flor de Hiram, ¿no crees, padre, que es un modo singular de apartar á las mujeres de la impureza, el presentarlas los ejemplos de la virtud envueltos con las incitantes descripciones del placer? Los cuentos de la esclava eran muy morales en el fondo, pero en su lenguaje... ¡Oh! siempre el vicio hermoso, halagando á la mujer, enloqueciéndola, extraviándola: siempre el deleite ardiente, las formas desnudas, el corazon que late anamorado, los ojos que desfallecen de placer. ¿Qué vale presentar despues las horrorosas consecuencias del vicio y de la impureza, si se ha dado el veneno en copa de oro; si se ha hecho aspirar á la vírgen llena de vida y de esperanzas, cuanto bello y tentador rodea y acecha la vida en la mujer? ¿Qué vale que se os diga: apartaos de ese camino, si se os ha presentado ese camino lleno de encantos, y solo al fin, se os presenta un precipicio del que apartais con repugnancia los ojos, que solo quieren mirar lo bello, lo ardiente, lo deslumbrador? ¿Cómo querer formar á la esposa honesta, si se mancha la castidad de la vírgen, desgarrando sin piedad, á ciegas, giron á giron, su velo de pureza?

--¡Amina! exclamó Yaye, no pudiendo sufrir ya mas el peso de las justas, aunque indirectas reconvenciones de su hija.

--Los musulmanes, educan sus mujeres para el placer, continuó la inflexible jóven; tienen un harem donde las encierran: horribles esclavos que las guardan: una vírgen, que no hubiese perdido la virginidad del alma, que no conociese profundamente la ciencia del bien y del mal, seria para ellos ni mas ni menos que una hermosa estátua inanimada: es necesario que la esposa ó la esclava, compongan ó canten, hermosos y ardientes romances de deleite; que dancen como una bayadera; que hayan perdido enteramente el pudor. Se las educa para el placer... y ¡horrible sarcasmo! se las pide luego virtud, y si desprovístas de su pureza, invencible arma de la mujer; enloquecidas por el deseo, marchando por una senda tapizada de flores, caen en un precipicio que no han visto, hasta que han tocado su fondo, ¡oh! entonces no hay castigo bastante para la esposa adúltera ó la virgen perdida: el hoyo de arena, ó el saco de cuero y las ondas del mar.

La voz de Amina era solemne y parecia doblegar como un horrible peso material la cabeza de su padre.

Amina, continuó.

--Criada bajo el ardiente sol del Africa, á los doce años, tú lo sabes, padre, era ya una mujer formada: cuando por el Rhamadan (la cuaresma), ibas á visitarme durante algunos dias á la Casbá del dey, me sentabas sobre tus rodillas y me llamabas tu pequeña mujercita.

Yaye lanzó un rugido sordo, porque el recuerdo que evocaba su hija le desgarraba el alma; irguió la cabeza y mirando frente á frente á Amina, la dijo:

--Muchas veces, y en mas de un recio combate, una lanza enemiga ha desgarrado mi pecho; jamás esa lanza me ha causado tanto dolor como cada una de tus palabras: pero continúa, continúa, porque quiero que llegues al fin; quiero saber cuanto se encierra en el corazon y en la cabeza de mi hija.

--Padre, compréndeme y no creas un reproche ni una acusacion mis palabras; pero tu hija necesita justificarse, porque... perdóname si te desgarro el corazon, padre: tu hija está deshonrada.

Yaye no hizo un solo movimiento, no pronunció una sola palabra; pero un estremecimiento poderoso, un temblor semejante al de una montaña agitada por un volcan, estremeció su cuerpo de los piés á la cabeza.

--A los doce años, pues, era ya una mujer en toda la extension de la palabra, y se habia procurado enseñarme tanto, que mi espíritu estaba enteramente formado. En los pocos dias que cada año pasabas á mi lado, procurabas informarte por tí mismo, si se me habia dado la enseñanza que tú habias querido se me diese. Recuerdo que cuando me hablabas en castellano, al ver la pureza con que yo te contestaba, decias:

--Es maravilloso: un español te creeria andaluza; hija de ese pais bendito, donde todo es hermoso; el cielo, la tierra y la mujer.

Yo no sabia entonces nuestra historia y me maravillaba de que se me hubiera hecho aprender un habla que nadie usaba en torno mio, sino los cautivos españoles, los pobres viejos, con los cuales, durante algunos años, se me hacia hablar muchas horas seguidas al dia. No comprendia tampoco para qué se me habia instruido en la religion cristiana, cuando se me repetia que aquella religion era una impostura, que no habia mas Dios que Dios el Altísimo y Unico, y su profeta Mahomet. ¡Oh! esto era tambien fatal: la una religion me prescribia la caridad, la humildad, la pureza: me decia que una mujer, una santa vírgen, era la madre del Redentor del mundo; me daba una parte en el paraiso como al hombre, me hacia su igual, su compañera por el matrimonio; me daba derecho al amor exclusivo de un esposo, amor al que debia ser fiel, vínculo que no consiente una tercera persona, dulce alianza que constituia en uno á dos seres durante la vida: el islamismo me decia: la mujer es una esclava, una cosa que ningun derecho tiene: la mujer debe ser solo de su esposo ó de su señor; pero no debe tener zelos si su esposo y su señor son de otra ó de otras muchas: tu corazon no debe latir, tu cabeza no debe pensar; eres para tu esposo ó para tu señor menos que su arco, su lanza ó su caballo.

Entre tan opuestas doctrinas, mi razon fluctuaba; no creia en ninguna de ellas; pero me decidí por la que me daba mas derechos: esto era natural: sabia que existia una religion bajo la cual era igual al hombre, en la cual tendria familia, esposo, hijos, hijos mios que nadie me arrebataria, y me decidí por el cristianismo. Despues... pérdoname, padre, porque sé que aborreces á los cristianos: perdóname... pero ¿quieres saber lo que guardan mi corazon y mi cabeza, y quieres saber lo de un dia solemne, en un dia en que la Iglesia conmemora la pasion de Jesucristo; en un dia en que he elegido esposo?... Yo soy cristiana, cristiana con todo mi corazon, porque Dios ha hablado á mi entendimiento é iluminándole con un rayo de su divina luz, ha salvado mi alma.

Otro extremecimiento comovió á Yaye, que como si se hubiese resignado á todo, continuó callando.

--Pero la fe, por poderosa que sea, no ha podido arrancar de mi la influencia de la educacion que se me habia dado: yo no conocia el placer, pero conocia el amor: le conocia porque me lo habian dado á conocer de una manera tentadora, en una y otra leyenda, en uno y otro romance. Tú mismo has dicho muchas veces despues de haberme oido cantar, despues de haberme visto ejecutar una de esas lúbricas danzas musulmanas:

--¡Oh! ¡hermosa, hermosa como el amor! ¡irresistible! ¡tú serás la tentacion que ayudará á mi espada!

Yo no comprendia entonces estas palabras; despues cuando conocí nuestro pasado y nuestro destino, comprendí que todo lo sacrificabas por tu patria: ¡hasta el corazon y la honra de tu hija!

--¡Oh, padre! ¡padre! murmuró de nuevo Yaye.

--Si; acaso sea verdad que soy irresistible. Un príncipe real, exclamó con amargura Amina, un pobre loco, arde por mí en deseos impuros, y por mí es capaz de atentar á los de su padre. Ese mismo padre, el taciturno y grave Felipe II, no ha podido ser siempre tan prudente, que yo no haya visto en él alguna vez una chispa de deseo en una mirada; los grandes mas grandes de la córte, se arrastran á mis piés, olvidada la soberbia que les inspiran sus blasones y sus riquezas. Llámaseme por excelencia, y con gran envidia de las damas de la córte, la hermosa duquesita, y acaso, acaso, soy irresistible. Pero el adquirir ese poder tentador me ha costado la paz de mi alma. Tú no sabes, padre, de qué modo han llenado mi pensamiento despierta, y mi sueños dormida, todas esas ardientes imágenes de los cuentos de hadas y de amores; tú no sabes, padre, de qué manera lenta, pero segura, se ha ido formando en mi alma, un amor intenso, ardiente, roedor, que me hace necesario un ser á quien unir mi alma, á quien enamorar con todo el amor que mi alma encierra; á quien enloquecer con mi hermosura desnuda, incitante, palpitante, con toda la tentadora fuerza de mis ojos; tú no sabes de qué manera se ha ido formando dentro de mí un ser imposible, por lo hermoso, por lo grande, por lo enamorado; un conjunto de perfecciones; un amante divino, á quien yo veo solo con cerrar los ojos: tú no sabes cuánto le acaricia mi alma, cuanto le ama, cuanto desea verle ante sí, como una realidad que se toca, no como un sueño que huye. Tú no sabes cuán hermoso es el satanás que ha besado mi frente, dejando impresos en ella sus hermosos labios, empalideciendo mi semblante, y arrojándome del perdido jardin de Hiram de mi pureza. Tú no sabes cuán desesperado, cuán ansioso, cuán muerto á la esperanza está el corazon de tu Esperanza.

Este terrible juego de palabras, hizo levantar la cabeza á Yaye y fijar una mirada infinitamente ansiosa en su hija.

En efecto, el semblante de Amina, revelaba una desesperacion tan profunda, que Yaye se sintió completamente aniquilado.

--¡Pero ese hombre..! ¡ese hombre..! ¡ese esposo á quien has elegido! exclamó el duque con un acento supremo por lo desesperado: ¿no le amas?

--No lo sé aun.

--¿Has sido suya en un momento de delirio?

--Si.

--¡Oh! exclamó Yaye.

Y aquella exclamacion era al mismo tiempo una blasfemia y un rugido de amenaza.

--Desde que fui presentada en la córte, poco despues, continuó Amina, oí hablar de un hombre con quien los ociosos habian tenido á bien casarme de una manera singular: supe que, por un capricho, habian dejado de llamarme la hermosa duquesita para llamarme la mujer del marquesito.

--Pero ¿quién era este marquesito?

Un jóven de mi misma edad ó poco mas, de quien se decian maravillas; las damas hablaban de él con deseo, y los hombres con envidia; sin saber como, di en pensar en el marquesito, y al fin, atribuyéndole todas las prendas que yo soñaba en el hombre de mi amor, amé sin conocerle al marqués, pero con delirio, como únicamente puedo amar yo.

Guardaba, sin embargo, mi secreto, le deboraba, esperaba una ocasion de verle en la córte; pero el marquesito jamás concurria á ella. Al fin, ayer, cuando incendiado el tabernáculo del templo, huia despavorida, sentí que unos brazos me levantaban del suelo, que un hombre me llevaba consigo hasta un lugar solitario donde me dejó en tierra. Brillaba la luna. Ante mí habia un jóven, la cabeza descubierta, y tan hermoso como no habia visto ninguno. Sentí que mi corazon se rompia, que me arrastraba hácia aquel hombre, y cuando en un accidente de la conversacion brevísima que se cruzó entre nosotros, supe que aquel hombre...

--Era él... observó roncamente Yaye.

--Si, el marquesito: ardiente, enamorado, audaz: quise defenderme en vano: mi razon habia sido dominada por mi eterno sueño, por ese sueño fatal de amores: lo olvidé todo: para mí no existia nadie en el mundo mas que él: me dejé conducir á donde quiso, y cai en el abismo que se me habia preparado, envenenando mi alma.

Detúvose Amina, y Yaye no tuvo valor para pronunciar una sola palabra.

--Ahora que ya lo sabes todo, padre, dijo Amina, levantándose y arrodillándose á sus pies, mátame; mátame, porque te he deshonrado; mátame, porque yo no puedo vivir; porque he probado el amor, y no es el amor que yo habia soñado: porque al perder mi pureza he conocido que era pura; porque no puedo volver á mi hermoso sueño que era mi edem, porque... porque si tú no me matas, me mataran el dolor... y la vergüenza.

Y Amina de rodillas con las manos juntas y los ojos levantados al cielo é inundados de lágrimas, era el mas bello trasunto del ángel de la desolacion.

--¡El nombre! ¡el nombre de ese hombre! exclamó Yaye levantándose con impetu.

--¡Ese hombre se llama el marqués de la Guardia! respondió Amina.

Al oir esta revelacion el duque, cayó de nuevo desplomado sobre el sillon.

--¡El marqués de la Guardia! ¡El marqués de la Guardia! ¡Fatalidad! ¡Horrible fatalidad!

Luego, como saliendo de un horrible sueño, exclamó:

--Yo no puedo matar á ese hombre: tú no puedes ser su esposa.

--¿Y quién te pide su muerte? exclamó palideciendo Amina.

--¡Le amas!

--¡Oh! ¡no lo sé! ¡no lo sé! ¡aun no le conozco bien! ¡pero si él me amase, si él me amase como yo le amaria!... y luego... ¿Tiene la culpa de haber encontrado en su camino una virtud tan frágil que se ha roto al primer choque!... ¡matarle! ¿y por qué? ¡yo soy la que debo morir!

--Si yo no fuese lo que soy, serias su esposa, Amina: si se negaba á ser tu esposo, seria asunto de hacerle pagar con la vida la felicidad de haberte poseido, y de encerrarte donde nadie pudiera ver tu deshonra. Pero ese casamiento es de todo punto imposible por varias razones. Sobre todas está la de que tú debes ser esposa del príncipe don Carlos.

--¡El príncipe don Carlos! exclamó con terror Amina; con un terror que no habia demostrado, durante su audaz revelacion á su padre, ni cuando le pedia que la matase.

--Si, dijo Yaye: la fatalidad quiere que tú seas reyna.

--Pero, padre mio: ¿olvidais que para ello es necesario hacer de el príncipe un parricida? ¿á tal malvado quereis unirme?

--Mira, Amina: allí, y el duque extendió su brazo rígido y fatal hácia el Oriente: allí hay un pueblo entero esclavo, despedazado por el vencedor: allí se ahorca, se azota, se arranca de entre los brazos de su familia, á ancianos cubiertos de canas, á hombres en la fuerza de su vigor: allí los hijos no tienen madre, ni las madres, hijos: allí se destila gota á gota por la mano del verdugo la sangre de tu pueblo: al otro lado de los mares, tras la inmensidad del océano, un pueblo que tambien es tuyo, sufre la misma suerte horrible, imposible. La sangre de esos dos pueblos te alienta: la corona de esos dos pueblos ceñirá un dia tu cabeza: el opresor de esos dos pueblos, el tirano que se alimenta con sangre humana, es demasiado poderoso para que pueda vencérsele por la fuerza: Satanás le ayuda: es necesario acercarse á él como la serpiente, acechar su sueño, y morderle antes de que despierte, en el corazon: tú y yo nos sacrificaremos por esos dos pueblos oprimidos; para salvarlos romperemos nuestro corazon, y cubriremos, si es preciso, de vergüenza nuestra frente: ¿qué importan los medios con tal de que nos lleven al fin apetecido?

--¡Pero si aun asi no logramos salvar á esos desgraciados! ¡si nos perdemos inútilmente!...

--Habremos luchado con todas nuestras fuerzas.

--¡Esposa del príncipe don Carlos!... murmuró mortalmente pálida Amina.

--Ni una palabra mas: la conversacion que hemos sostenido, es demasiado dolorosa para que queramos prolongarla. ¡Dios lo ha querido, y es necesario resignarse á su voluntad! vete: déjame solo; quítate esas lúgubres ropas, y que nadie vea en tu frente ni la mas leve nube de tristeza; preséntala altiva y serena al mundo, como yo le presento la mia... y, sin embargo, guardo en mi corazon un infierno. Guárdalo tú tambien, y sobre todo... olvida... olvida al marqués.

Y despues de esto, llegó á su hija, la besó en la frente, la asió de una mano, y la condujo hasta una de las puertas de la cámara.

Amina desapareció tras el tapiz.

Yaye permaneció algun tiempo inmóvil, como una estátua, con la mirada fija, abstraida; luego se pasó la mano por la frente como si hubiera querido arrancar de ella una pesadilla, y su impenetrable semblante, adoptó de nuevo una expresion glacial, fria, reflexiva que parecia ser su expresion característica; fué á la mesa, abrió un cajon con llave, sacó cuidadosamente unos papeles y se puso á hojearlos.

Poco despues se levantó, puso los papeles en un armario, cuya llave guardó cuidadosamente en un bolsillo, y se fué á la puerta.

--No ha venido aun el señor Cisneros, dijo con acento breve.

--Ah, señor duque, dijo otra voz á la puerta opuesta de la antecámara; aquí me teneis, y no muy á tiempo por cierto, porque creo que os impacientais.

--Si, me impaciento, Cisneros, dijo el duque dejando pasar á su cámara á este segundo personaje y cerrando tras él la puerta.

--Perdonad, dijo Cisneros; pero me he acostado anoche muy tarde, y aunque ya han dado las diez de la mañana, hoy es para mí muy temprano.

--Sentaos.

El duque señaló un sillon á Cisneros y se sentó en otro junto á una chimenea, cuyo fuego se puso á arreglar de la manera mas natural.

Tenemos delante dos personajes, la fisonomía de uno de los cuales se habia modificado, mientras la del otro nos es enteramente desconocida.

Yaye era por aquel tiempo un hombre jóven aun, de poco mas de cuarenta años, y de mediana estatura; era aun, sin embargo, gallardo sobremanera, y de todos sus movimientos, de todas sus actitudes rebosaban nobleza y distincion; esa especie de distincion que solo poseen los que desde la cuna han vivido en la opulencia, mandando y siendo obedecidos. A mas de su juventud y su gallardía, conservaba su poderosa hermosura, su tez blanca, densamente pálida, y tersa y límpida, tanto en su semblante como en sus manos, que revelaban por su forma que ningun rudo trabajo las habia ocupado jamás: sus cabellos negrísimos, rígidamente cortados segun la moda de la nobleza española, eran tan espesos que contrastaban de una manera decidida con la mate y diáfana blancura de su frente: sus cejas y su barba, convenientemente recortada, eran tan negras y tan tupidas como el cabello, y sus negros ojos habian adquirido un no sé qué de dominador, de fijo, de valiente, de incontrastable: aquellos ojos eran un abismo en cuyo fondo solo se leía nobleza y talento, y á veces, cuando nadie le veía, desesperacion y remordimiento. Su boca, aun sin hablar, mandaba, por su configuracion particular, y su nariz, un tanto aguileña, acababa de armonizar las líneas rígidas, bellas y magestuosas de su semblante.

Yaye debia imponer consideracion, respeto ó miedo á la persona con quien hablase, con arreglo á la situacion ó al carácter de esta persona.

Lo que indudablemente inspiraba al comediante Cisneros era miedo, lo que se comprendia por mas que este quisiese disimularlo.

Pertenecia Cisneros á otro tipo enteramente distinto: era buen mozo, bien proporcionado, de buen talante; pero habia en su belleza un decidido sabor picaresco, audacia baja en su mirada y mucho de rufianesco en sus maneras: todo esto encubierto y como velado por un baño de córte, y por su trage rico, término medio entre las ropas usadas por la nobleza y los hombres ricos de la clase media. Llevaba espada de gabilanes ancha y larga, un tanto mas de lo que consentian las pragmáticas; limosnera y jubon bordados, pero con una profusion y una riqueza de mal gusto; un arete en la oreja izquierda y las manos cuajadas de cintillos: la hipocresía ó el fanatismo estaban representadas en él, por un rosario de cuentas gordas y relucientes, sujeto en su cinto al lado de la espada, y por lo demás, unas calzas de grana, unas botas rizadas de gamuza, sin espuelas, y una capa larga, de paño fino de Segovia, completaban su trage.

Desde el momento en que Cisneros se encontró sentado frente á frente con Yaye, fijó en él una mirada ambigua, que tanto tenia de audaz como de recelosa. Yaye parecia no reparar absolutamente en Cisneros y seguia arreglando sus tizones.

--Hace un buen frio, dijo.

--El invierno se alarga mas de lo justo, contestó Cisneros.

--Y no deben ser las noches muy á propósito para pasarlas al sereno corriendo aventuras.

--¡Ah, señor duque! estas noches son mucho mas á propósito para pasadas al lado de una chimenea entre dos cosas que se parecen mucho en la figura y en los efectos.

--¿Y cuáles son esas dos cosas que se parecen tanto?

--Una botella y una mujer.

--¡Ah! ¿y habeis pasado de tal suerte la noche el príncipe y vos?

--¿El príncipe y yo?

--¡Qué! ¿no le habeis acompañado?

--No señor; pero me ha tenido de ronda toda la noche observando á otras rondas que han andado de acá para allá, buscando como sabuesos, y sin poder dar con lo que buscaban.

--¿Y qué buscaba el príncipe?

--Buscaba á vuestra hija, contestó con una audacia infinita Cisneros.

--Solo se busca lo que se ha perdido, contestó friamente el duque, y mi hija no ha estado perdida un solo momento.

--Sin embargo no volvió con la córte al alcázar, y se dice ó se decia anoche de público, que habia desaparecido entre el desórden causado en el Buen-Suceso, por el incendio del monumento.

--Es cierto; pero mi hija aterrada, apenas se vió por un milagro en la calle, tomó el camino del monasterio de las Vallecas, que como sabeis, está cerca del Buen-Suceso, en la calle de Alcalá, donde recientemente ha profesado una parienta nuestra por parte de mi difunta esposa. Doña Esperanza ha pasado la noche en el convento. Avisáronme algo tarde de ello, cuando ya sabia yo que mi hija habia desaparecido, y cuando me habia puesto en su busca, razon por la cual, no he podido saber su paradero hasta que al amanecer he vuelto á mi casa.

--Pues si vos no me hubiérais afirmado en mi creencia de que el convento de las Vallecas está en la calle de Alcalá, dijo Cisneros doblando su audacia, al saber de vuestra boca que mi señora doña Esperanza ha pasado la noche en un convento, hubiera creido que el tal convento era un casuco en la plazuela de Peranton, que está, por cierto, mas cerca que las Vallecas del Buen-Suceso.

--¿Quién os ha dado tales noticias? dijo Yaye posando una mirada profunda y amenazadora en Cisneros.

--Me lo han dicho mis ojos.

--¿Vuestros ojos?

--Si, por cierto.

--¿De modo que vos visteis salir á mi hija de la iglesia?

--No por cierto, aunque en la iglesia estaba.

--¿Habrá habido en esto alguna infamia?

--No, no, señor: el marqués de la Guardia guardará probablemente un profundo secreto acerca de esta aventura. No es doña Esperanza una dama cuyos secretos se tiran asi por la ventana: es demasiado hermosa, vale mucho, para que no inspire un amor respetuoso y discreto.

--¿Es decir, repuso Yaye con la misma serenidad, y el acento tan seguro como pudiera haberlo usado al tratarse de una dama enteramente extraña á él, es decir, que hay quien sabe que el marqués de la Guardia ha pasado la noche bajo el mismo techo que mi hija?

--Lo sé yo, y lo saben indudablemente los dueños de aquella casa: pero estos deben ignorar el nombre de vuestra hija, aunque conocen demasiado al marqués, á quien han prestado diferentes veces servicios semejantes al que le prestaron anoche.

--Seguid, maese Cisneros, seguid, dijo Yaye con su inalterable calma, á fin de que sepamos lo que debemos hacer: pero tened mucha cuenta con no engañarme.

Unicamente tras esta palabra brilló una mirada amenazadora en los ojos de Yaye; mirada tal y tan poderosa que hizo temblar á Cisneros.

--Me interesa tanto serviros, dijo con un marcado servilismo el comediante, que me guardaré bien de engañaros. Si vos no me hubiéseis llamado, yo mismo hubiera venido á veros, porque sé muy bien que el asunto que nos ocupa es grave. Voy por lo mismo á contaros todo lo que sucedió, y vereis como ha podido la casualidad ponerme en la verdadera situacion de este negocio.

Anoche estaba yo en el Buen-Suceso, cuando aconteció aquel endiablado incendio: naturalmente, y creyendo de mas gravedad el acontecimiento, pensé en ponerme en salvo; pero al huir perdí mi gorra. Habeis de saber, señor duque, que la gorra que perdí era de mucho valor y que la tenia en gran estima por haberla bordado una dama amiga mia. Echéme, pues, á pesar del peligro, á buscar la gorra, y á poco que tenté por el suelo, encontré esta que veis.

Y Cisneros mostró al duque una de terciopelo negro de Utrech, prendida al lado izquierdo con un joyel de diamantes.

--¿No sabeis de quién es esta gorra? continuó Cisneros.

El duque se encogió de hombros.

--Pues esta gorra es ni mas ni menos que del marqués de la Guardia; la conozco demasiado porque este joyel de diamantes se ha perdido y se ha ganado hace algunas noches por cien veces seguidas á los dados y habia quedado definitivamente en poder del marqués.

--Pero si el marqués es jugador, dijo con una expresion de repugnancia y de hastío Yaye, puede haber perdido este joyel, y haber pasado á manos de otro.

--No, no, señor; estos dias el marqués está en ganancias, y aprecia mucho esta joya porque era de su madre. Tanto la aprecia, que solo en uno de esos momentos en que un jugador es capaz de echar á un dado su honra, la echó sobre el tapete.

Alegréme, pues, de que habiendo perdido el marqués su joyel, hubiese venido á dar en mis manos, porque era lo mismo que si no le hubiese perdido, y me encaminé á cierta mancebía, seguro de encontrarle, porque el marqués estaba citado con un príncipe aleman, para darle el desquite de una gruesa suma que le habia ganado la noche anterior.

A pesar de que el marqués es todo un caballero y nunca falta á empeños de juego, de amor ó de honra, dieron las ánimas, hora de la cita, y el marqués no pareció: dieron las nueve, tampoco: temióse, conociendo su puntualidad, que le hubiese sucedido alguna desgracia, y muchos de sus amigos fuimos á buscarle á los lugares á que sabiamos que él podia concurrir.

En aquellos momentos otro de nuestros amigos nos trajo del alcázar la noticia de que se habia perdido en el Buen-Suceso vuestra hija. Como otros dos concurrentes, pronunciasen á propósito ¡la mujer del marquesito! nombre que, como sabeis, se da tambien á vuestra hija...

--Fatalidad, murmuró Yaye.

--... estas dos frases me hicieron formar una idea atrevida; pero posible: yo habia encontrado la gorra del marqués en la iglesia del Buen-Suceso. Doña Esperanza habia desaparecido de la iglesia. ¿No podia ser muy bien que hubiese tropezado vuestra hija con el marqués, y que en un momento de desmayo, de terror, la hubiese arrastrado consigo? Habia ademas en abono de mi pensamiento, el que solo por una dama tal como mi señora doña Esperanza, hubiera faltado el marqués á dar un desquite de juego.

Sin decir á nadie nada, y calculando á qué lugar mas cercano á la iglesia del Buen-Suceso, podia haber conducido el marqués á una dama, me acordé de cierta casa de la plazuela de Peranton. En efecto, fuí á ella, llamé, me ví obligado á alborotar para que me abriesen, señal clara de que la casa estaba ocupada dignamente, y cuando pregunté por el marqués, me le negaron de tal manera, que no tuve duda de que estaba en la casa.

Como la noche estaba fria y húmeda, y era además Jueves Santo, me retiré á mi posada y estaba haciendo mi colacion, cuando hé aquí que recibo un recado de Garci Alvarez Osorio, en que, de órden del príncipe me mandaba ir al alcázar por el Campo del Moro. Fuí y encontré al príncipe furioso por la pérdida de vuestra hija. Doña Esperanza ha acabado de volver loco á su alteza, señor duque, y haremos del príncipe lo que queramos.

--Continuad, continuad, dijo secamente Yaye.

--Ya conoceis el carácter voluntarioso é impaciente del príncipe: despues de haber recorrido conmigo todos los lugares donde, de una manera insensata y villana, creia podian tenerse noticias de doña Esperanza, apeló á la justicia y á la Inquisicion: pagó á peso de oro alguaciles y familiares, y puede decirse, señor duque, que no ha habido posada, ni casa pública, ni lugares de sospecha, que no hayan sido registrados. Esto ha producido la prision de mucha gente menuda que se ha encontrado mal entretenida...

--¡Y en tales lugares buscaba el príncipe á mi hija!

--Los zelos son villanos, señor duque. Pero, á pesar de ellos, tan bien oculta y en tan buenas manos estaba doña Esperanza, que ni alguaciles ni familiares pudieron dar con ella.

Poco antes del amanecer, transido de frio y trémulo de zelos y de corage, se volvió su alteza al alcázar, y viéndome libre, me propuse llegar hasta el fin de mis investigaciones, solo en servicio vuestro, señor duque. Me fuí á la plazuela Peranton, me hice abrir la puerta de una taberna, á pesar de que aun no habia amanecido, y mediante un ducado, conseguí que me dejaran ponerme en acecho en una ventana baja, desde la cual se veia perfectamente la puerta de la casa, donde estaba seguro que se hallaba el marqués de la Guardia.

Poco antes del amanecer se abrió aquella puerta y salió un hombre embozado, en cuyo talante reconocí al marqués, á la dudosa luz del alba.

Amaneció, volvió á abrirse aquella puerta, salió la dueña de la casa y poco despues volvió. La acompañábais vos, y tras vos venia una litera conducida por dos ganapanes. Entonces no tuve duda de que doña Esperanza era la dama que habia pasado la noche en aquella casa.

Calló concluida su exposicion Cisneros, y durante algunos segundos Yaye se puso á arreglar de nuevo los tizones, en una posicion en la cual Cisneros no podia ver su rostro.

Levantóse al fin el duque: estaba perfectamente tranquilo. Miró de una manera glacial á Cisneros y le dijo:

--El trage que vistes; el oro que gastas; las ganancias que te dan tus funciones en el corral de la Pacheca; el silencio de la justicia acerca de tus truanerías y de tus delitos, todo me lo debes, Cisneros: sin mí estarias representando con una mala comparsa por los villorrios de Castilla, y aunque tienes habilidad é ingenio para tu oficio, nunca llegarias á capa de raja.

--En cambio, señor duque, yo soy el demonio que habeis puesto al lado del príncipe. Por mí, una desmedida ambicion se ha apoderado de su alma, y anda en tratos con los Hugonotes de Francia y los herejes de los Paises-Bajos. Me pagais bien: pero me pagais mi cabeza, señor duque; porque sirviéndoos soy traidor al rey, y ya sabeis lo que hace el rey con los traidores cuando los descubre.

--Bien, basta. Es necesario que nadie sepa donde ha estado mi hija esta noche. El marqués de la Guardia, callará. En cuanto á los dueños de esa infame casa, callarán tambien. Si se divulga en la córte este secreto, tú solo habrás sido la causa, me habrás hecho traicion, y en cuanto á los traidores soy yo un rey mas terrible que don Felipe.

Levantóse tras esto Yaye, abrió el armario donde antes habia dejado en un secreto unos papeles, y sacó un pesado saco que entregó á Cisneros.

--Mi hija ha pasado la noche en el convento de las Vallecas. ¿Lo entiendes?

--Si señor, dijo Cisneros levantándose y poniéndose el pesado talego bajo el brazo.

--Vete, dijo Yaye.

--Guárdeos Dios, señor, dijo el comediante inclinándose profundamente, y salió.

Apenas habia salido, se abrió una puerta, y se le presentó un hombre membrudo, atlético, de fisonomía noble y simpática, un tanto pálido, de ojos negros y mirada profunda é inteligente.

Aquel hombre demostraba contar cuarenta y cinco años de edad, y llevaba preseas, armas y coleto de soldado.

--Dios te guarde, Harum, le dijo el emir á quien seguiremos dando su verdadero nombre originario: te he mandado llamar para un grave empeño.

--Mandad á vuestro esclavo, magnífico señor.

--Hace mas de veinte años que me sirves con una lealtad y un valor á toda prueba.

--Es mi obligacion: ademas de eso me habeis recompensado magníficamente, señor: cuando empecé á serviros era walí, y me hicísteis vuestro secretario; ahora soy vuestro wazír.

--Por lo mismo el servicio que voy á pedirte es mas humilde, mas degradante, que el oficio que tienes delante de todo el mundo, siendo alferez de los tercios viejos de Flandes.

--Y te traigo muy buenas nuevas, señor.

--Dejémoslas para mas adelante. ¿Cuándo has llegado?

--Hace una hora; quise veros al momento; pero me dijeron que estabais con la poderosa sultana Amina.

--Para guardar el honor de la sultana, es necesario que busques cuatro de nuestros monfíes, los mas astutos, los mas feroces, los mas callados, con los cuales cumpliras el decreto que voy á darte.

El emir escribió algunas lineas en caracteres árabes, y entregó despues el papel donde las habia escrito, á Harum, que dijo despues de leerle:

--Vuestras órdenes se cumplirán, poderoso señor.

--Cuenta con equivocaros: las señas son claras.

--Si, si, señor; plazuela de Peranton, rinconada: una claraboya redonda sobre la puerta, y una reja de madera á la izquierda.

--No sé cómo recompensarte el sacrificio que me haces encargándote de este servicio. Pero no me fio de nadie... de nadie... y á veces ni aun de mí mismo.

--Vos ordenais, señor, y lo que ordenais debe ser justo. Vos sois el señor, yo el vasallo: vos la cabeza, yo la mano. Ignoro el delito de esas gentes. Pero vos las condenais y basta.

--Si, justicia, justicia severa... véte Harum. Mas tarde me hallarás dispuesto á escuchar las nuevas que me traes.

--Pero esas nuevas, señor...

--Por importantes que sean, necesito quedarme solo: arrojar la dolorosa máscara de que me he cubierto y que me sofoca. Yo te llamaré, Harum.

El leal monfí se inclinó profundamente y salió.

* * * * *

Lo que pasó en la noche de aquel mismo dia en la casa de la rinconada de la plazuela de Peranton, donde habia pasado la noche anterior la hija del emir de los monfíes; con el marqués de la Guardia, fue horrible.

Despues de las doce los vecinos despertaron asustados por unos agudos gritos de mujer que pedia socorro: cuando los mas ligeros salieron á las ventanas, los gritos habian cesado; pero vieron cinco hombres que, saliendo de la casa, se alejaron y se perdieron en la oscuridad.

Poco despues vino la justicia llamada por los vecinos y encontró la puerta de la casa violentada: los esposos que la noche antes habian acogido á la hermosa Amina y al marquesito, estaban cosidos á puñaladas sobre un lago de sangre.

Un niño como de unos cinco años, jugaba arrastrándose por el suelo y manchándose de sangre, á la luz de una lámpara, con algunas monedas de oro: la justicia recogió los muertos, el niño y las monedas, se guardó estas últimas, entregó el niño á una moza de vida alegre llamada la Sastra, que le pidió para adoptarle, y envió los cadáveres al cementerio.

Nada mas se supo acerca de este lúgubre asunto: ni por mas que la justicia se ocupó dos dias en averiguar quiénes fuesen los asesinos, pudo dar con ellos.

CAPITULO V.

De cómo el marquesito dió una prueba de que estaba perdidamente enamorado de Amina, pensando en casarse con ella.

Cuando el marqués tuvo noticias de aquel doble asesinato, se le heló la sangre, á impulsos de un terror mortal. Aquel tremendo duque que de una manera tan sangrienta habia sellado los labios de las dos personas que habian encubierto su deshonra (porque para el marqués era indudable que, á pesar de sus precauciones, el duque lo sabia todo), seria capaz de tomar, respecto á su hija, una resolucion terrible.

Don Juan, al aterrarse por Amina, ni aun habia pensado que él podia verse en peligro. Amina, solo Amina, era el cuidado que comprimia su alma: porque aquel terrible burlador que en tantos dolores mujeriles se habia gozado, sentia al fin el amor; pero ese amor violento, exclusivo, que nos obliga á anteponer una mujer á todo otro amor, á todo otro interés, aun á nosotros mismos: ¿qué mas podremos decir cuando digamos que don Juan habia prometido solemnemente á Amina ser su esposo, y que al prometerlo habia pensado cumplir rígidamente su promesa?

Cuando su tio le oyó decir que iba á pedir por esposa su hija al duque, palideció y sintió un terror mucho mayor que el que habia sentido su sobrino al saber la muerte de los encubridores de sus amores con Amina: una vez casado el marquesito, estaba, segun las leyes del reino, emancipado de su tutela: esto importaba muy poco á don César de Arevalo, pero importábale muchísimo primero verse obligado á rendir cuentas de unos bienes que habia explotado sin precaucion alguna, y despues cesar en el manejo de aquellas rentas, que aunque casi agotadas, aun podian dar buenos rendimientos.

Don César acusó de loco á su sobrino: púsole ante los ojos desde el primero hasta el último de los inconvenientes del matrimonio: recordóle los muchos maridos que él mismo habia modificado, y, á propósito, la hipocresía, el talento y la astucia satánica de las mujeres para engañar á sus maridos, respecto á lo cual apelaba á la experiencia propia del marquesito: apuró toda la infame lógica de los libertinos; apeló á las armas del ridículo; al egoismo, á todos los elementos enemigos del matrimonio. Su sobrino le dejó hablar, y cuando el tio, creyendo que habia causado en el marquesito un magnífico efecto su perorata, hubo concluido, el jóven pronunció con un aplomo que daba á conocer lo irrevocable de su resolucion:

--Me caso.

--Pues yo os digo que no os casareis.

--Me casaré.

--Yo no os daré mi consentimiento.

--Me le dará el rey.

--El duque no os dará su hija.

--Se la robaré.

--No teneis poder para ello.

--Lo veremos.

--Lo veremos.

Y tio y sobrino se separaron altamente disgustados el uno del otro.

Y es el caso que aquella frase de su tio: «el duque no os dará su hija» habia impresionado sobremanera al jóven, causándole una triple herida en su amor, en su vanidad, en su voluntad. Cabalmente las mismas palabras le habia dicho Amina, cuando en un arrebato de pasion la habia dicho el jóven estrechándola en sus brazos:

--Te juro por lo mas sagrado ser tu esposo.

--Mi padre no os dará mi mano, habia respondido Amina suspirando.

--¿Y porqué? la habia preguntado anhelante el marqués.

La hermosa duquesita solo habia contestado con otro suspiro.

Don Juan habia jurado que la duquesita seria su esposa á pesar de los cielos y de la tierra.

Irritado, pues, por la coincidencia de la observacion de su tio con la de Amina, tomó una resolucion heróica.

Fuese en derechura á la casa del duque, y se hizo anunciar.

Inmediatamente fue introducido.

Al ver á Yaye experimentó por primera vez ese sentimiento de respeto hácia todo lo que concebimos superior á nosotros. Ya hemos dicho que Yaye, á pesar de sus cuarenta y mas años, de sus desgracias, de su lucha, se conservaba vigorosamente jóven, como en los dias en que enamoraba por caridad á doña Isabel de Válor. El marquesito concibió perfectamente que el duque de la Jarilla, á quien no conocia, fuese padre de Amina, y que á no ser su hija, pudiera haber sido muy bien su esposa, sin que el mundo hubiera encontrado nada de repugnante en aquel enlace: Yaye en fin, representaba una de esas juventudes vigorosas que á despecho de los años se estacionan; una de esas juventudes que han perdido la expresion irreflexiva y confiada del adolescente, adquiriendo el grave aspecto de experiencia del hombre. El marqués de la Guardia se sintió, pues, dominado, y perdió mucho del valor audaz de que iba provisto.

--¿Tengo la honra, dijo inclinándose cortesmente, de hablar al señor duque de la Jarilla?

--Efectivamente, caballero, dijo Yaye indicándole con la mas perfecta cortesanía un asiento.

--Perdonad lo indiscreto de mi pregunta, dijo el marqués sentándose; nunca os he visto; solo conocia vuestro nombre.

--¡Qué quereis! aunque vivo en la córte ando muy retirado de ella: solo he venido á Madrid por mi hija; no por buscarla un buen marido, como hacen muchos, porque será difícil, muy difícil que mi hija se case; sino porque no se fastidie en un rincon de nuestras montañas.

--¿Decís que es muy difícil que vuestra hija, la hermosísima duquesa de la Jarilla se case? dijo don Juan con cierto acento de proteccion, creyendo que lo que establecia para el duque la dificultad de que su hija se casase, era la circunstancia de haber estado una noche perdida en la córte, circunstancia que sabia todo el mundo: ¿y podria preguntaros, sin parecer indiscreto, por qué es muy difícil que se case doña Esperanza?

--Sí por cierto; y como me habeis hecho la pregunta, voy á contestaros; entre mis caprichos tengo el de que mi hija sea reina.

--¡Reina! exclamó atónito el marqués.

--Si por cierto, mi hija no se casará sino con un rey.

El marquesito miró fijamente al duque, y de tal modo, que Yaye le dijo, como contestando á aquella mirada:

--Ni me chanceo ni estoy loco: mi hija si se casa, se casará con un rey.

--¿Estais enteramente decidido á ese empeño?

--De todo punto.

--¿Y contais con que vuestra hija?...

--En mi familia, caballero, las mujeres, ni oyen, ni ven, ni entienden: obedecen cuando la voz de su padre las manda: por consecuencia, mi hija piensa como yo, enteramente como yo.

--Permitidme que lo dude.

--Dudad cuanto querais.

--Permitidme que os recuerde que soy el marqués de la Guardia.

--Sí, sí, ya sé que sois voluntarioso y valiente, y que amais á mi hija.

--¡Cómo! ¿os ha dicho ella?...

--Sé que venís á pedírmela por esposa.

--Y cuando lo hago, es creyéndome autorizado....

--¡Por su amor!

--Hace tres noches me lo juraba entre mis brazos, dijo el audaz jóven, sin medir las consecuencias de su dicho.

--Bien podrá ser, caballero, dijo Yaye sin alterarse en lo mas mínimo: bien podrá ser: y es mas; cuando mi hija os dijo que os amaba, no mentia, y porque os amaba habeis sido su amante, su amante de una noche: porque os amaba con toda su alma: hay cosas que son fatales: Dios lo quiso.--Pero lo que yo os puedo asegurar, es que mi hija no quiere ser vuestra esposa.

--¡Señor duque!

--No os irriteis, caballero: ya veis que os hablo mesuradamente, á pesar de que soy un padre engañado, injuriado: á pesar de que habeis envenenado el corazon de mi hija. No os irriteis, y adios. Obrad como mejor os parezca; decid por todas partes que habeis obtenido la suprema felicidad de la posesion de mi hija.

--¡Señor duque!

--Haced lo que querais: decid lo que querais. De la misma manera que os he recibido hoy, os recibiré mañana: siempre con indulgencia; siempre como si fuerais mi hijo. ¿Y sabeis, añadió el duque levantándose lentamente y dando un paso hácia el marqués, sabeis por qué no os hago pedazos, como pudiera romper una copa de vidrio?

El marqués fijó una mirada intensa, altanera, en la profunda mirada de Yaye, que continuó.

--No os mato, como maté á los dos miserables que os ayudaron en vuestra infamia.... porque.... Dios no quiere..... porque..... porque, en fin, mi hija os ama de tal modo, que vuestra muerte la mataria y..... yo, por muy criminal que haya sido, no quiero matar á mi hija.

--¿Conque ni la razon del honor, ni la de la sangre, ni ese amor que ella me profesa y que no es mayor que el que yo siento por ella, os hacen desistir de vuestro extraño propósito?

--Por muy extraño que ese propósito os parezca, me afirmo en el.

--¿Y sacrificareis á vuestra ambicion vuestra hija?

--Mi hija piensa como yo. Quiere ser reina.

--¿Y me ama?

--Vais á juzgar por vos mismo. ¡Ola!

Al llamamiento del duque, se abrió una mampara y apareció un criado.

--Decid á la señora duquesa que la espero, dijo Yaye.

Algunos momentos despues, se oyeron en una habitacion inmediata, pasos de mujer, acompañados del crugir de un trage de seda; se levantó el pestillo de una puerta, y al fin, Amina se presentó en la cámara de recibo de su padre.

Al ver al marqués se puso letalmente pálida, retrocedió un paso, ahogó un grito, y se llevó involuntariamente la mano sobre el corazon, como si hubiese recibido en él un golpe de muerte: despues quedó inmóvil, fijando en el marquesito una mirada intensa, fascinada, insensata.

Yaye se acercó á ella, la asió de una mano, y llevándola junto al marqués, la dijo:

--El señor marqués de la Guardia, nos hace la honra de solicitar tu mano, hija mia. Antes de contestar quiero que sepas cual es mi voluntad: esta se reduce, á que se cumpla la tuya. Poco importa que yo acoja de buen ó mal grado los deseos del señor marqués: yo te juro, por la memoria de tu madre, que si quieres ser esposa de don Juan, lo serás. Ahora puedes responder al señor marqués.

--Don Juan, dijo Amina que se habia sobrepuesto á su alteracion, y cuya palidez mate era la única señal que conservaba de la emocion que habia causado en ella la inesperada vista del marqués: yo os agradezco con toda mi alma, el que os hayais acordado de mí para hacerme vuestra esposa; jamás olvidaré que habeis venido á ofrecerme lo que indudablemente me haría muy felíz; vuestro nombre y vuestra fé; pero yo no puedo aceptar.

--¡Que no podeis! ¡es decir que!....

--No quiero: contestó con firmeza Amina, completando la frase de don Juan.

--Ya lo oís, señor marqués; habeis obligado á mi hija á que para evitar todo género de interpretaciones, os diga claramente y sin rodeos, que no quiere ser vuestra esposa.

Dicho esto, Yaye llevó á su hija á la puerta por donde habia entrado, la besó en la frente, y despues que hubo salido, se volvió al lado del marqués que estaba mudo de asombro y de cólera.

--Ahora, señor don Juan, dijo el emir sentándose de nuevo, permaneced cuanto tiempo querais en mi casa; pero os suplico que no me hableis mas del asunto que os ha traido á ella. Seria un empeño inútil. Solo os diré algunas palabras: el paso que acabais de dar, me reconcilia con vos: fullero de amor, habeis contraido una mala deuda; pero despues habeis reflexionado, y habeis venido lealmente á pagar con lo que únicamente podiais pagar una deuda de tal género, con vuestro nombre: yo os lo agradezco: yo os perdono.... á pesar de que me habeis causado una herida que siempre brotará sangre.

--Hay otro modo de pagar esas deudas, señor, dijo el marqués conmovido.

--¿Cuál? contestó con amargura Yaye.

Don Juan desnudó su daga y la entregó por el pomo al duque que la tomó con indiferencia; luego el marqués dobló una rodilla, y dijo con voz resuelta:

--Tomad mi sangre, señor.

--¿Para qué quiero yo vuestra sangre, niño? respondió con voz opaca el emir; vos habeis sido una fatalidad que se ha puesto sobre mi camino: á vos mismo os ha traido á ese camino la fatalidad: respetémosla entrambos: quedaos vos con vuestro amor y vuestro remordimiento: dejadme con mi dolor y con mi rabia: tomad vuestra daga: yo no necesito para nada vuestra sangre: idos ó quedaos; pero no hablemos mas de esto.

Y levantó al marqués y le puso por sí mismo la daga en la vaina.

Don Juan lloraba por la primera vez de su vida: lloraba silenciosamente, como pudiera haber llorado una mujer desesperada.

--¡Oh! á pesar de vuestra fama de libertino, teneis corazon, dijo conmovido Yaye.

Hubo un momento de solemne silencio.

Yaye tomó entrambas manos al jóven.

--¡Con que tanto amais á Esperanza! le dijo.

--¡Ah señor! exclamó el jóven: ella es la esperanza de mi vida, acaso la salvacion de mi alma.

--Pues, bien, pensad en vuestra Esperanza, dijo el emir.

Iluminóse con una intensa expresion de alegría el semblante del jóven marqués.

--¡Ah señor! exclamó: ¿renunciareis al fin, de llevar á cabo vuestro extraño empeño?

--No, no por cierto: mi hija, vuestra Esperanza se casará con un rey: esto no quiere decir otra cosa, sino que será necesario haceros rey.

Causó tal impresion aquella nueva extravagancia en el ánimo del marqués, que miró fijamente al duque, temiendo habérselas con un loco; pero en los ojos de aquel, brillaba la mas fria razon.

Don Juan temió volverse loco si permanecia un momento mas en aquella casa, y salió delirante, frenético, sin despedirse del duque.

Este se quedó murmurando:

--¡Fatalidad! ¡la mano que mató al padre, no debe matar al hijo!

CAPITULO VI.

Del medio que eligió el marquesito de la Guardia para irritar el amor de Amina.

Ciertamente era necesario un obstáculo de gran monta para detener en su carrera al voluntarioso don Juan.

Acostumbrado á que todo se rendiese á sus deseos, era un torrente cuyo curso se hacia cada vez mas rápido, y sus aguas mas turbias: al fin habia encontrado una roca en su camino; la habia enlodado, la habia manchado, la habia hecho temblar; pero la roca era demasiado fuerte para que la corriente la arrastrase y saltase por cima de ella, dejándola enterrada en el fango; aquella roca era el amor de Amina contrapuesto al torrente de las pasiones del marqués.

Hasta entonces solo habia encontrado cortesanas que le provocaban y le sonreian, abriéndole sus brazos, ó virtudes fáciles que cedian en el momento en que se veian combatidas por la exigente voluntad del jóven. Esto en cuanto á las mujeres. En cuanto á los hombres, como el marqués era demasiado terrible, diestro y valiente para que le temiesen los mas esforzados, nuestro jóven campaba entre ellos por su respeto, puesto que el que no le rodeaba para explotarle, le evitaba para no verse comprometido en un lance desastroso.

Don Juan Coloma, favorecido por las mujeres, respetado por los hombres, considerado en todas partes por su rango, por su fortuna y por su belleza, no podia haber sido hecho esclavo, sino por la hermosa duquesita, por aquella otra singularidad femenina, por aquel hermosísimo misterio viviente, contra cuyo desden se estrellaban los empeños de los mas libertinos, y contra cuya pureza se mellaba el diente de acero de la murmuracion femenil.

El marqués, que como hemos dicho, antes de conocer á Amina, se habia sentido arrastrado hácia ella por un impulso instintivo; que al verla se habia enamorado en un solo momento, como jamás se habia enamorado de otra mujer; que al poseerla habia comprendido que aquella niña magnífica en el cuerpo y el alma, era una parte de su ser, que no podia vivir sin ella, que la luz de sus ojos eran su luz, y el aliento perfumado de su boca su vida; se vió sujeto cuando mas libre se creia, y de tal modo, que como hemos visto, habia dado el paso, en él extraño y casi milagroso de pensar en el matrimonio.

Don Juan se habia transformado de repente, de señor en siervo, de burlador en burlado, de opresor en oprimido; se habia modificado dejando de ser lo que era, para convertirse en un ser enteramente distinto: este milagro lo habia hecho el amor, que es la pasion que conocemos con mas dominio sobre el corazon humano, y Amina habia sido el instrumento de que el amor se habia valido.

Es necesario tambien tener en cuenta que no se necesitaba menos para dominar al soberbio don Juan.

Amina reunia cuantas cualidades puede reunir una hija de Eva para ser codiciada: juventud, riqueza, ilustre cuna, elevacion de ideas y un no sé qué dominador que se exhalaba de su mirada irresistible, de la enérgica y vigorosa hermosura de sus formas, de su continente, de sus maneras, de su palabra, de su acento. Era, en fin, un conjunto irresistible de cualidades tentadoras, ante las cuales hubiera caido, no don Juan, que cuando mas, era soberbio, sino el santo mas santo, con toda la terrible fortaleza de la humildad, que es la primera de las fuerzas que conocemos.

Don Juan se sintió humillado; pero al ser humillado se sintió engrandecido; porque no era una afrenta lo que le humillaba; no el desprecio público; no las desesperadoras consecuencias de la pobreza: lo que le humillaba dominándole, porque para él todo dominio era humillante, era el amor, esa noble y ardiente pasion, que á todo se sobrepone y que dominándolo todo, todo lo engrandece. Amina se habia apoderado del alma del marqués, le habia hecho gozar por un momento de un cielo para despeñarle despues á la tierra y decirle:--No pasarás de ahí.

Y don Juan, queriendo desplegar las poderosas alas para alzarse á aquel cielo, conoció que sus alas se habian quemado; que era un ángel rebelde, caido entre el lodo, y solo aspiró lo nauseabundo, lo fétido de aquel lodo, cuando quiso levantarse á otra region mas pura, y no pudo; cuando lleno de amor y de esperanza, regenerado, despierto del sueño de impureza que habia dormido desde su infancia, oyó una voz terrible, la de la mujer amada, que le decia con ese acento que demuestra una resolucion irrevocable:--No quiero ser vuestra esposa.

¿Acaso Amina rechazaba por dignidad al hombre que habia abusado de la ocasion, de la situacion, de uno de esos momentos decisivos, en que la fatalidad coloca á la mujer mas pura? Pero don Juan sabia que de la misma manera instintiva, por decirlo asi, que el amaba á la hermosa duquesita, era amado de ella. ¿Acaso aquel padre que parecia tan terrible, tan valiente, que todo lo sufria, que todo lo confesaba, que se burlaba de una manera inconcebible de la opinion pública, tendria por objeto irritar la pasion en su alma en provecho de su hija? Pero él se habia presentado decidido, resuelto á ser esposo de la duquesita y se le habia rechazado. ¿Seria que efectivamente padre é hija estuviesen locos ó fuesen tan soberbios, que aspirasen á un trono? ¿Y qué trono podia ser este? ¿El de España? ¿El que ocupaba el tremendo, el frío, el calculador Felipe II?

Esto era un absurdo, un sueño insensato, y sin embargo, pensó en ello el marqués de la Guardia, á pesar de lo monstruoso del pensamiento.

¿Acaso se contaria con el príncipe de Asturias?

Don Carlos de Austria tenia en aquella sazon veinte y dos años. Contábanse de este príncipe en los círculos íntimos de la córte, vicios repugnantes, acciones indignas de un caballero, severos castigos impuestos al príncipe por el rey. Sin embargo, estos castigos en nada habian influido respecto á las viciosas inclinaciones del príncipe. Las damas de la reina se veian á cada paso obligadas á quejarse de las tenaces solicitudes de don Carlos, y aun de atrevimientos de mayor monta. Las gentes de su servidumbre, maltratadas y aterradas, desaparecian del cuarto del príncipe, huyendo de su ferocidad. Su ayo, sus gentiles-hombres, sus caballerizos, á trueque de no irritarle, encubrian sus nocturnas salidas de palacio, y el rey se veia obligado á cerrar los ojos y los oidos á muchas cosas, para no verse en la dura necesidad de castigarlas; para no dar el escándalo de reducir á una prision rigorosa al heredero inmediato de la corona.

Solo habia un hombre que gozaba por entero de la amistad y de la confianza del príncipe: este hombre era el famoso comediante Cisneros.

Pero si Yaye, conociendo el carácter voluntarioso del príncipe, y contando con la maravillosa hermosura de su hija, habia pensado en ponerla por este medio en el trono de las Españas, era necesario deducir como consecuencias de este pensamiento, sucesos horribles.

En primer lugar, suponer que un soberano de la casa de Austria consintiese en el casamiento de su hijo con una grande de España, y cuando este soberano se llamaba Felipe II, hubiera sido contar con un imposible, con un milagro. Si él se casaba secretamente... esto era tambien imposible, porque los ojos y los oidos de Felipe II, segun don Juan creia, alcanzaban á todas partes; pero contando con la maldad de que tantas pruebas habia dado don Carlos de Austria, no era descabellado suponer que el príncipe se rebelase contra su padre, procurase destronarle, y al sentarse en el trono, impusiese á la altiva nacion española una reina sacada de entre la nobleza, y sin otros títulos á la corona que el capricho del príncipe.

Estos proyectos podian muy bien caber en la cabeza enferma de don Carlos (que, segun opiniones muy autorizadas, era víctima de una feroz monomanía), ¿pero cómo suponer, sin injuria para el duque de la Jarilla y para su hija, que se prestasen á tales proyectos? Siendo asi, el duque era un traidor, un infame, y doña Esperanza una miserable prostituta; porque la mujer, que sobreponiendo su ambicion á su amor, se casa con un rey porque quiere ser reina, es una prostituta que vende su cuerpo y su alma por un trono.

Don Juan cerró con disgusto, con horror, los ojos de su alma á estas suposiciones, y sin embargo, aquellas sospechas crueles, le perseguian, le torturaban, magullaban, por decirlo asi, su orgullo; le hacian probar unos zelos crueles, y con ellos la terrible pasion que siempre los acompañan: la venganza.

Don Juan necesitó salir á todo trance de aquella terrible duda, y para salir de ella, poner de claro en claro cuanto habia de misterioso en el duque viudo y en la duquesa de la Jarilla.

Por la primera vez pensó don Juan en presentarse en el alto círculo de la córte: hasta entonces le habian separado de ella sus libres costumbres. Don Juan aborrecia la sujecion aunque solo fuese en la forma. Nada le placia mas que ese género de reuniones, donde se puede estar con el sombrero puesto, y entre tendido y sentado, con la palabra suelta, en entera libertad de hacer y de decir; las casas de juego, las mancebías, las tabernas, los nidos de las damas galantes, habian sido hasta entonces sus lugares favoritos. Amina le hizo ver que habia un mundo aparte, en el cual se respiraba mas fácilmente; en que lo bello era realmente bello; en que, si habia vicio, estaba rígidamente oculto por apariencias de virtud. Don Juan comprendió que se puede ser malo pareciendo bueno, y viceversa. En una palabra: repetimos lo que ya hemos dicho: el amor de Amina, comparado con los amores que hasta entonces habia probado, le habia hecho sentir el olor del lodo de que hasta entonces habia estado circuido. Asi es que una repulsion natural le separó de su antigua sociedad y le hizo acercarse sin repugnancia á aquel otro círculo decoroso de que hasta entonces habia estado alejado.

No hay que decir que fue acogido con un completo éxito, porque esto se comprende, teniendo en cuenta los antecedentes del marqués. En la córte tambien, aunque bajo la máscara de una refinada hipocresía y con formas convenientes, encontró don Juan, hechiceras cortesanas, ojos que, aprovechando el descuido de otros ojos, le miraban chispeantes y ricos de promesas; opulentas y nobilísimas herederas que le sonreian diciéndole harto claro que era un marido codiciable: las altas cortesanas distinguieron á don Juan del mismo modo que las cortesanas aventureras. Toda la diferencia estaba en las formas.

Don Juan notó que tambien en la córte habia cieno; pero cubierto de césped y flores: es cierto que el que confiado aventuraba la planta sobre aquel florido césped, se hundia hasta el cuello; pero se guardaba bien de decirlo, por razones de conveniencia social: cada cual explotaba en su provecho los filones riquísimos que se ocultaban bajo aquel cesped. Pero don Juan fue prudente.

En vez de revolcarse á diestro y siniestro por aquel lodo, se echó á buscar entre él una víctima que le ayudase, sin saberlo, en sus proyectos: una amante beneficiosa, en una palabra: cuando se ha llegado á la intimidad con una alta dama, se saben cosas que no solo no se hubieran creido posibles, sino que ni probables, respecto á ciertas gentes. Ademas, don Juan, siguiendo esta línea de conducta, tenia dos objetos: frecuentaba las primeras casas de la córte, veia en ellas á Amina, la hablaba, gozaba, viendo representada la influencia de su amor en la densa palidez que cubria el semblante de la hermosa duquesita, y sobre todo, aumentaba su amor y le mantenia vivo con el punzante aguijon de los zelos. El corazon de la mujer que ama nunca se engaña, y Amina sabia distinguir entre cien mujeres á la favorita del marqués.

Este habia tenido tacto: para dar zelos á Amina habia elegido una mujer notabilísima por su hermosura, por su juventud, por su clase y por sus singularidades.

Esta mujer era veneciana, y se llamaba la princesa Angiolina Vizconti. Una de las tres singularidades de la córte de Felipe II en aquellos dias, como dijimos al principiar esta segunda parte.

No le fué tan fácil á don Juan, como habia creido, la conquista de la princesa, por mas que esta hubiera distinguido al marquesito desde sus primeras vistas. Frecuentó su trato don Juan, la galanteó de una manera delicada y ella se dejó galantear hasta cierto punto; pero cuando don Juan se lanzó al fin á una declaracion decisiva, la princesa le contestó con la dignidad mas dulce y graciosa del mundo:

--No puedo aspirar á la felicidad de ser vuestra, caballero, porque soy casada.

Don Juan, respecto á las mujeres de cierta clase, no tenia absolutamente experiencia; creyó que en la princesa italiana habia encontrado una virtud á prueba de bomba, como diriamos en nuestros dias, y obstinado, por lo mismo que habia encontrado resistencia, se empeñó en el sitio de la durísima belleza, y para sostenerle con mas probabilidades de éxito pidió informes á sus amigos.

Esto equivalia á reconocer las obras avanzadas de la plaza.

--Os habeis metido en una empresa diabólica, amigo mio, le dijo el marqués del Vasto, á quien don Juan abrió su pecho. Nada conseguireis de la princesa.

--¿Y por qué razon, amigo don Alonso? repuso el marqués.

--Por la sencilla razon de que en cuatro años que lleva en la córte, ninguno de los muchos apasionados de esa dama, ha podido jactarse de poseerla.

--¡Ah! ¡ah!

--Ya veis: es la mas hermosa de las damas que tenemos presentes. (Se encontraban los interlocutores en un ángulo de un salon de la casa del duque del Infantado).

--Os engañais, don Alonso, hay otra mas hermosa que ella.

--Ya se sabe, ya se sabe, que la hermosa duquesita es la primera en la córte, antes que la reina en hermosura y discrecion, y despues de la reina en riqueza; pero prescindiendo de ese portento, Angiolina es un prodigio; ved qué cabellos, qué frente, qué ojos... qué todo. Pues bien: lo que mas hace codiciable á esa mujer, no es su hermosura, sino la situacion especial en que se encuentra: ya sabreis que es la llamada la casada-vírgen.

--¡Bah! siempre he tenido eso por una exageracion ó por una burla.

--Pues no es ni burla ni exageracion.

--¿Sabeis algo acerca de esa singularidad?

--¡Bah! lo sabe todo el mundo.

--Perdonad; yo formo parte del mundo, y no lo sé.

--Pues vais á saberlo, para que todo el mundo lo sepa.

--Os escucho.

--Angiolina Vizconti, como lo demuestra su apellido, es veneciana.

--Pues no pasan por muy virtuosas las hijas de la serenísima república.

--La princesa se ha criado en Roma.

--No son tampoco vestales todas las romanas.

--Sea como quiera, Angiolina quedó huérfana á los diez y seis años. Su padre, Paolo Vizconti, fue encontrado en una de las calles de Roma, cosido á puñaladas. Sola y sin amparo Angiolina, salió de Roma, pasó á Toscana, y entró en un convento en Lierna. Conocióla por un accidente en el cláustro, el príncipe romano Maffei Lorencini; comprendió que Angiolina no tenia vocacion al cláustro, en el que solo habia entrado por necesidad, y se propuso hacer con ella una obra de misericordia. La habló, la pidió su mano, y aunque el príncipe no era ni jóven ni hermoso, Angiolina prefirió el mundo al lado de un esposo poco agradable, al cláustro junto á monjas menos agradables que el príncipe. Aceptó y se casó con él. Entonces Maffei, en vez de entrar con ella en la cámara nupcial, la dijo:

[imagen: La princesa Angiolina Vizconti.]

--Entrásteis por necesidad en el cláustro, y no quiero que por necesidad os sacrifiqueis á un hombre que no puede agradaros. En vez de ser vuestro marido seré vuestro padre. Sois libre, pues; libre para todo menos para manchar mi nombre, lo que estoy seguro que ni aun siquiera os pasará por el pensamiento. Soy viejo, no tengo parientes: os he nombrado mi heredera: vos sois jóven, y dentro de poco sereis viuda, libre, y princesa.

--El señor Maffei Lorencini fue un héroe, dijo don Juan.

--No ha sido menos heroina la princesa. A pesar de que su esposo pasa la vida viajando, hasta tal punto que nadie le conoce; á pesar de que, por lo mismo, Angiolina está enteramente libre, ha guardado de tal modo la honra del príncipe, que ha causado la desesperacion de cuantos han tenido la desgracia de enamorarse de ella. Cuéntase (el marqués del Vasto bajó la voz), que su magestad ha deseado tambien á la princesa, y que ha salido tan mal parado como todos los demás.

--¿Estais seguro de que esa mujer no es bastante discreta para recatar á un amante?

--¡Bah! es una mujer fria, altiva, orgullosa; está enamorada de sí misma. Solo se la ha conocido una pasion.

--¿Cuál?

--La de la envidia, y esta no se la conoció hasta que se presentó en la córte la hermosa duquesita.

--¡Ah! exclamó profundamente don Juan.

--Ya se ve: la pobre princesa era el sol de la córte, la reina de la hermosura, hasta que se presentó ese nuevo sol, esa doña Esperanza, que la ha eclipsado.

--Os doy un millon de gracias por las noticias que me habeis dado de la princesa, dijo don Juan, impaciente por poner en práctica un pensamiento brillante que habia concebido.

--Pues dadme dos millones de gracias por el consejo que voy á daros, añadió el marqués del Vasto. Si no quereis sentenciaros á un sufrimiento inútil, no volvais á pensar en la princesa.

Estrechó don Juan la mano de su noble amigo, y aprovechando la ocasion de haberse desocupado una silla colocada por acaso entre Amina y la princesa, fué á sentarse en ella.

[imagen: El marquesito]

El pensamiento que habia concebido el marqués, era el siguiente: siendo cierto que la princesa envidiaba á la duquesita, debia aborrecerla. Si don Juan lograba que doña Esperanza se mostrase enamorada de él hasta el punto de que lo notase la princesa, era asunto concluido: no solo era suya la princesa, sino que tendria sumo cuidado en procurar hacer conocer á la duquesita que la habia robado el corazon del hombre de su amor.

Don Juan no pensaba mal. Uno de los mejores medios para conquistar á la mujer mas dificil, es servirse de sus pasiones.

CAPITULO VII.

La una por la otra.

Habíase sentado el marquesito entre las dos rivales, en una disposicion de espíritu muy favorable para conseguir su intento. Habíase colocado entre dos polos opuestos, cada uno de los cuales tenia sobre él una atraccion poderosa. Si bien estaba seriamente enamorado y mas que seriamente empeñado por Amina, la princesa le impresionaba fuertemente, y su hermosura aunque, de todo punto distinta de la de la jóven sultana, excitaba sus deseos.

Procuraremos describir la hermosura de la princesa, para que nuestros lectores puedan juzgar si estaba don Juan impresionado con razon por ella.

Era alta, esbelta, de formas redondas, de seno turgente y de cuello mórvido, cuya blancura era transparente; su cabeza, de una forma magestuosa, parecia fatigada por el peso de una cabellera negra densa y brillante; tenia la frente despejada y serena, las cejas anchas, dulcemente arqueadas y negrísimas; negros los ojos, rasgados, resplandecientes, sombreados por largas y espesas pestañas, que no sabemos si servian para amortiguar el brillo de su mirada ó para aumentar su fuego con el contraste de su sombra; era densamente pálida, lo que aumentaba su blancura, y, como en muestra de que aquella palidez no era enfermiza, sus labios tenian un color rojo vivísimo, puro, fresco, como el de los granos de una granada: las formas de su cabeza, de su semblante, de su cuello, de sus hombros, de su seno, de sus brazos, de sus manos y de su talle, mostraban el puro y rígido contorno, la magestuosa armonía, la extremada belleza de la estatuaria griega, de los buenos tiempos en que los griegos robaron á la naturaleza sus mas bellas y puras formas para animar con ellas el mármol.

Era, en fin, la princesa Angiolina, una de esas bellezas reinas, que no se ven sin admiracion, que no se recuerdan sin deseo.

Tenia ademas, y como si la naturaleza hubiera querido dulcificar ese no sé qué de severo, de casi duro, de las formas enérgicamente correctas, el atractivo meridional de las venecianas, su sonrisa sensual é incitante, y la mirada lánguida, velada, dulcísima. Esto, se entiende, en los momentos en que Angiolina parecia feliz y tranquila, que cuando, por efecto de su envidia y de su rivalidad hácia Amina, rivalidad hasta entonces puramente de posicion, sufria y luchaba, el semblante de la princesa tenia toda la siniestra, sombría y terrible expresion del angel caido.

Y no sabemos cuando estaba mas hermosa: si cuando sonreia tranquila, ó cuando sus ojos mostraban la funesta expresion del odio y de la envidia.

Ello era verdad que Angiolina era una de esas mujeres de alma terrible, de las cuales un hombre prudente se aparta para no morir de deseos siendo desdeñado, ó devorado por un amor frenético, exigente y zeloso, siendo amado.

Sobre todo esto, ya lo hemos dicho, era tan vigorosa, tan fresca, tan pura, la juventud de la princesa, que, contando ya veinte, y seis años, á penas representaba veinte.

Cuando se presentó por primera vez en la córte de las Españas con su viejo marido el príncipe Lorencini Maffei, causó una sensacion profunda.

Y eso que en aquellos tiempos, en que la preponderancia española no tenia rival en Europa, la córte de las Españas era muy concurrida de gente noble y rica de todas las partes del mundo, y eran muy comunes en ella las mujeres hermosas; encontrábanse á cada paso, en las iglesias, en los paseos, en los saraos, ya flamencas de carne delicada y ojos azules; ya italianas de mejillas morenas y aterciopeladas, pelinegras y ojinegras; ya inglesas blancas, como la espuma del mar, y con cabellos de oro; ya indias doradas, con su hermosura semisalvaje por lo extremadamente enérgica; ya francesas galantes y espirituales etc. Esto por lo relativo al extranjero, que en cuanto á lo relativo al interior, al género de casa, la córte era una admirable y variada exposicion de fidalgas vascongadas, montañesas, asturianas y gallegas, con su candor y su nítida blancura; de andaluzas y estremeñas con su mirada volcánica; de valencianas y murcianas con sus tentadores encantos y sus felices disposiciones para las intrigas amorosas; de aragonesas y catalanas con su hermosura altiva y tirante, por decirlo asi, y su acento enérgico y duro; de toledanas (de ellas nos libre Dios) con su gracejo y travesura, y por último de las hijas de Madrid, con su profunda experiencia en galanteos, y sus artes y sus aliños que suplen á la hermosura. El aficionado, pues, tenia una coleccion completa donde elegir, puesto que, ademas de las blancas, las trigueñas, las morenas y las doradas, no faltaban algunas incitantes hijas del Africa, negras como el ébano y hermosas, con arreglo á su tipo, que servian de doncellas esclavas, en la mayor parte de las casas de la nobleza.

Difícil era, por lo tanto, que una mujer por hermosa que fuese, brillase, se destacase, se hiciese notable entre una pleyada tal de bellezas. Sin embargo, á su aparicion en la córte, Angiolina alcanzó un éxito ruidoso; hubo por ella apuestas, desafios y empeños, y se hicieron codiciables una mirada suya, una sonrisa ó una inclinacion de cabeza algo expresivas.

Si Angiolina hubiese cedido al amor de alguno de sus innumerables galanteadores, indudablemente se hubiera vulgarizado, dejando de ser un empeño; pero su firmeza, lo extraordinario de su situacion como casada-vírgen, y las exageraciones que con relacion á ella se citaban, la sostuvieron sin rival en el trono de la hermosura, hasta la aparicion de Amina en la córte, que fue una singularidad de mas monta.

Llevábala ventaja Amina, en juventud, en hermosura, en riqueza y en singularidad de historia, puesto que todo el mundo sabia que era hija de una mejicana y de un hidalgo oscuro (que por tal se tenia á Yaye); conociase en razon de los pleitos que una poderosa familia habia sostenido contra Estrella, la historia de esta, y era tan romancesca, tan singular aquella historia, que no podia menos de dar un gran prestigio á Amina.

Por otra parte Yaye habia entrado en la córte, asombrándola con su inmenso fausto: Amina eclipsaba en riqueza de trages y joyas á las mas altivas grandes de España y se ponderaban los tesoros de la duquesita. Angiolina se presentaba, es verdad, siempre que la ocasion lo requeria, con un nuevo y rico trage; pero siempre las perlas y la pedrería eran las mismas; no habia podido comprarse un palacio, ni aun amueblar como hubiera convenido á su rango su enorme casaron alquilado, y en cuanto á lo demás, no habia logrado aventajar, ni aun igualar, á muchas de las riquísimas y faustosas señoras de la córte.

Esto y su rivalidad con Amina, eran los únicos sinsabores que amargaban el corazon de la princesa: por lo demás, tenia un excelente marido, ó mejor dicho, esposo, que comunmente se encontraba viajando, que venia á hacerla una brevísima visita de año en año, y que la dejaba enteramente entregada á sí misma y dueña de sus acciones, libertad de que, segun fama pública, no habia abusado en lo mas leve la princesa.

Tal era la mujer de que habia pensado valerse el marqués de la Guardia para excitar los zelos de Amina: la mujer de quien, hasta cierto punto, podia decirse que estaba enamorado, acaso solo porque habia resistido á sus deseos.

La casualidad, que tantas veces hace que se encuentren reunidos, y mano á mano, dos enemigos irreconciliables, habia hecho que Amina y la princesa se encontrasen demasiado próximas aquella noche en la casa del duque del Infantado, y la casualidad hizo tambien que se encontrase vacío el único sillon que las separaba, en el que se sentó don Juan.

Cuando un hombre que vale tanto como el marqués valia, se encuentra colocado entre dos mujeres con las cuales tiene antecedentes, y mucho mas cuando estas dos mujeres son rivales, se establece una situacion especial que generalmente es fecunda en consecuencias.

Amina, que antes de llegar el marqués, se habia mostrado indiferente y altiva con la princesa, al saludar don Juan á esta, se puso pálida; al sentarse el jóven se la comprimió el corazon, y sus ojos se fijaron con ansiedad en el semblante de Angiolina, que contestaba sonriendo al saludo del marqués.

Este y la princesa notaron la turbacion y el anhelo de Amina, y entrambos, cada cual por lo que le convenia, se propusieron forzar la situacion. Don Juan tomó familiarmente, como un hombre que está autorizado para ello, el abanico de plumas de la princesa, y á propósito de su mérito y de su riqueza, sostuvo con ella una conversacion llena de galanteos, de intenciones, de dobles sentidos. El rostro de Amina se nubló; su altivez rugió poderosamente dentro de su alma, y las oleadas de aquella tempestad salieron á su rostro, tanto mas determinadas cuanto la jóven luchaba por ocultarlas: don Juan dejó que Angiolina gozase de su triunfo, que lo saborease, esperando una ocasion propicia para amargar aquel triunfo, para empeñar, en una palabra, á la princesa: aquella ocasion no tardó en presentarse: algunos músicos, con guitarras y arpas, que acababan de entrar, rompieron tocando uno de los bailes de la época.

Entonces el marqués se volvió á Amina, y mirándola de una manera tal que parecia decir: «á vos, sola á vos amo,» la invito á bailar.

Amina entregó su mano á don Juan, se levantó en un movimiento nervioso, y clavó una humillante mirada de triunfo en la princesa, que la contestó con otra mirada de amenaza.

Amina y el marqués se lanzaron en el baile: la princesa se negó á todos los que llegaron á invitarla; cada vez que Amina pasaba, reclinada entre los brazos del marqués, envuelta en el torbellino de la danza, lanzaba una mirada rápida, fugitiva como un relámpago, pero llena de insultos, á la princesa: cada una de estas miradas ennegrecian mas, por decirlo asi, el alma de Angiolina y hacia asomar á su semblante las oscilaciones de una lucha interna y poderosa; al fin el semblante de la princesa tomó una expresion glacial, profunda: la expresion de una resolucion decidida; y cuando, terminada la danza, el marqués volvió con Amina y se sentó de nuevo junto á la princesa, esta se apresuró á decirle:

--Cuento con vuestra cortesanía, don Juan.

--Quien os ha ofrecido su corazon, señora, contestó el marqués, está siempre dispuesto á serviros.

--Pues bien, repuso Angiolina; me siento mal; hace calor; estas luces me sofocan; este ruido me aturde; necesito salir de aquí; respirar el aire libre; mis criados aun no habrán venido; es temprano. ¿Quereis acompañarme, señor marqués?

Don Juan se levantó, saludó á Amina, y dió el brazo á la princesa.

Amina sintió que el corazon se la rompia al recibir la mirada indescribible con que Angiolina se despidió de ella: comprendió cual era la resolucion de la princesa, y tuvo impulsos de levantarse y disputarla la posesion de don Juan: pero existe una ley tiránica que encadena á la mujer que tiene dignidad: la ley de su dignidad, y Amina permaneció aniquilada en su asiento, mientras el marqués y la princesa salian juntos, causando con su salida uno de esos sordos escándalos, que se hacen por un momento dueños exclusivos de la sociedad en donde pasan; que se comenten de mil maneras, y sostienen durante ocho dias la conversacion de todos.

--¿Quereis que pida una litera? dijo el marqués cuando estuvieron en el zaguan.

--No, contestó Angiolina con un acento poderosamente incitante: por nada del mundo trocaria el placer de apoyarme en vuestro brazo.

El alma de don Juan se sonrió, cediendo á un impulso de vanidad: habia conseguido su objeto: Angiolina era su instrumento, y un instrumento muy bello por cierto: sin embargo, temió perderlo todo por precipitacion y se mantuvo en los límites de la mas profunda reserva.

--Ved, dijo, que aun son las noches frias; que estais muy sofocada.

--Por lo mismo necesito respirar libremente, y luego... la noche esta hermosísima... no recuerdo otra noche mas hermosa.

--¿Qué camino quereis que elijamos para que vayais á vuestra casa?

--¿Para que vayais? Contestó la princesa subrayando con su intencion particular estas palabras. ¡Qué! ¿en el caso de querer yo ir á mi casa, no venís vos tambien?

--¡Qué no vais á vuestra casa, señora! ¿pues á dónde quereis que os acompañe?

--No quiero que me lleveis; quiero llevaros yo. ¿No quereis que os sirva de guia?

--Indudablemente que guiándome vos, no puedo ir mas que al cielo.

--¿Quién sabe?

--Pero os suplico que mediteis, que nuestra salida del sarao se ha notado; que vuestra dignidad requiere mi pronta vuelta que ademas, he notado que alguien nos sigue.

--¿Y qué me importa? ¿Qué os importa á vos?... Sigamos: mirad que noche tan hermosa; mirad que luna: vaguemos por las calles al aire libre... y que nos sigan en buen hora.

--Creo señora que estais enferma; vuestra voz tiembla de un modo singular; os estremeceis toda.

--Si, si, estoy enferma: por lo mismo sigamos, aspiremos el fresco viento de la noche.

Y la princesa tiraba de don Juan, que se hacia el reacio exprofeso.

Empezaron á rodear calles y en silencio: ella creia haber dicho bastante; él se habia propuesto que ella lo dijese todo.

Con el andar y con el fresco de la noche volvieron la calma y la razon á Angiolina.

--Qué pensareis de mi don Juan, le dijo.

--¿Qué quereís que piense? dijo don Juan.

--¿Que qué quiero que penseis? pero eso no es una respuesta: no se trata de lo que yo quiero, sino de lo que pensais vos.

--Pienso que he tenido la fortuna de que volvais la vista á mi, cuando habeis necesitado de alguno que os acompañe.

--¿Y pensais que yo hubiera pedido á cualquier otro que me acompañase?

--Creo que respecto á vos me encuentro en el mismo caso que cualquiera de vuestros conocidos.

--Pues os habeis engañado.

--¿Ocupo yo en vuestro corazón un lugar distinto que los demás?

--¡Oh! ¡si!

Y aquel ¡oh! ¡si! de la princesa equivalia á decir: yo os amo.

Don Juan se hizo el torpe.

--Pues no tengo motivos para creer... dijo.

--¿Os habeis propuesto, don Juan, que yo lo diga todo? observó con suma impaciencia la princesa.

--¡Pero si vos, señora, me habeis dicho ya cuanto teniais que decirme!

--¿Y qué os he dicho?

--Que no podeis amarme.

--Pues... ya que me obligais á ello... será preciso decíroslo. Cuando contesté á vuestra demanda de amor que no podia amaros, me engañé.

--¡Ah señora!

--Cuando os ví, vuestra primera mirada me causó extrañeza. Casi me ofendió.

--¡Ah! me comprendisteis mal.

--No don Juan; acostumbrado, sin duda, á tratar con ciertas mujeres, sois demasiado audaz. Sin embargo de que me ofendió vuestra confianza en vos mismo, no pude menos de recordaros... luego deseé volver á veros: os ví y sentí algo misterioso por vos: como no he amado nunca, no comprendí que os amaba: cuando me pedisteis amor os contesté poniéndoos delante mis deberes, y os los puse de buena fe: pero esta noche he conocido que os amo con toda mi alma... porque he tenido zelos.

--¡Zelos! ¡zelos vos y por mí! exclamó don Juan afectando la mas perfecta admiracion.

--Si; zelos de una mujer á quien, no sé por qué, aborrezco: de una mujer que os ama... que está loca por vos... de la duquesa de la Jarilla.

--¡Ah! ¡zelos infundados!

--¡Vos no la amais! exclamó con ansia la princesa.

--Os juro que á nadie amo mas que á vos; que he galanteado á muchas mujeres; pero que vos sois la primera á quien amo.

--¡Oh! ¡que feliz seré si llego á creer en lo que me decis!

--¿No os he dado bastantes pruebas?

--Si, creo que me amais, porque necesito creerlo; porque yo no creia amaros y al conocer que os amaba otra mujer se me ha desgarrado el corazón: entonces me decidi á ser vuestra, á ser vuestra para siempre.

--Creo señora, que no meditais bien lo que decis: que estais irritada.

--Si, he meditado lo que digo: he medido con una sola mirada mi destino respecto á vos, y esa mirada me ha dicho: serás suya, serás su esclava, pero solamente suya.

--¿Y vuestro esposo?

--Solamente vuestra.

--¿Pero no considerais?

--Nada considero. Si muero por vos moriré contenta.

--¿Pero el mundo?...

--¿Y qué me importa el mundo? ¿qué me importa que ese mundo diga señalandome con el dedo: esa, la altiva, la orgullosa, la invencible, es al fin la querida del marqués de la Guardia: ha caido como todas? el nombre de querida vuestra será mi orgullo.

--Pero puede evitarse que el mundo sepa...

--¡Evitar yo que el mundo sepa que os amo! ¡que soy vuestra querida! no; yo no soy hipócrita, ni encuentro condiciones para el amor: ó amar ó no amar: ó todo ó nada. Esta noche vais á venir á mi casa y vais á entrar en ella por la puerta principal, dándome el brazo, delante de mis criados, como si fuerais mi esposo: nada de misterios: suceda lo que quiera: si mi esposo me mata... bien: si me arroja de sí... me iré con vos; si vos me abandonais... me meteré en un convento á llorar y orar por vos. Estoy decidida y nadie me hará volver atrás.

¿Sentia la princesa lo que decia con toda su exageracion, con todo su ardor, ó era que comprendia que todo aquello era necesario para vencer á la hermosa duquesita?

Entrambas cosas: Angiolina era una mujer exagerada: habia contraido un empeño por el marqués y aborrecia á Amina.

Por su parte don Juan no pudo menos de exclamar en el fondo de su alma al ver la posicion en que se habia colocado la princesa.

--¡Mi adorada Esperanza es mía!

Despues don Juan y la princesa siguieron hablando como dos amantes locos, hasta que llegaron á la casa de la princesa á cuya puerta principal llamó el marqués.

Abrió el portero: el zaguan estaba debilmente alumbrado y Angiolina pidió luces.

Luego la precedieron, alumbrándola con antorchas, dos pajes que se asombraban de que su señora llegase á aquellas horas á pié, y acompañada de un caballero jóven y buen mozo, que continuaba dándola el brazo hasta dentro de su casa y que penetraba con ella en sus habitaciones particulares.

Angiolina despidió desde allí á los pajes, é introdujo á don Juan en una preciosa cámara donde la esperaban dos doncellas que se asombraron al ver al marqués.

--La cena, dijo la princesa quitándose el manto.

La cena fue servida, y cuando se hubo terminado la princesa despidió sus doncellas hasta el otro dia.

* * * * *

Para completar este capítulo réstanos decir lo que pasó sotto voce en el palacio del duque del Infantado.

Algunos caballeros jóvenes, que habian extrañado la temprana salida de la princesa acompañada de don Juan, se propusieron averiguar hasta donde pudiesen el resultado de aquella aventura, y uno de ellos fue comisionado para seguir á la pareja.

El seguidor volvió una hora despues con la estupenda noticia de que la princesa y el marqués, distraidos en una animada conversacion, habian vagado á la ventura por las calles, y de que, por último, la princesa habia entrado en su casa por la puerta principal, arrastrando consigo al marqués de la Guardia: esta noticia corrió de oido en oido hasta que llegó á los de Amina.

La pobre joven no necesitaba esta noticia confirmadora de sus zelos; en la mirada que la habia fulminado Angiolina al salir del sarao, habia comprendido que la robaba su amante.

Pero por fuertes que sean nuestras convicciones, siempre es un golpe terrible su funesta confirmacion. Amina se sintió verdaderamente enferma, y, como siempre sus criados la esperaban, se trasladó á su casa.

Al dia siguiente el leal Harum se presentó al emir.

--La noble sultana Amina le dijo, me ha mandado que averigue la historia de una princesa italiana llamada Angiolina Visconti.

Quedóse por un momento Yaye pensativo.

--Pues bien, dijo al fin: vete á Roma y procura poner de claro en claro la historia de Pedro Visconti, coronel que fue de lo suizos del papa. Sigue el hilo, gasta oro, ejercita tu ingenio y trae las noticias que de esa mujer encuentres, á la sultana.

* * * * *

Por una coincidencia singular, cuando el marqués de la Guardia se despidió, bien entrado el dia, de la princesa, esta salió de su retrete, atravesó algunas habitaciones y en una de ellas se detuvo y dió dos palmadas.

Al punto, y como lanzado por una máquina, apareció entre el tapiz de una puerta un hombre.

Aquel hombre era jóven; como de treinta y cuatro á treinta y cinco años, y hermoso, con la hermosura meridional del tipo romano: sus ojos tenian algo de lo sesgado y duro de la mirada del bandido de la campiña de Roma: llevaba calada sobre los negros y rizados cabellos una gorra de paño, revuelta una capa parda al cuerpo, entre cuyos pliegues asomaba la enorme empuñadura de una espada de gabilanes; por cima de aquella capa se veian su hombro y su brazo derecho, ancho el uno y robusto el otro, vestidos por la manga de un jubon de terciopelo verde tomado de oro; el otro hombro y el otro brazo estaban envueltos por la capa, y bajo el corto extremo de esta, se veian dos piernas perfectamente contornadas, ceñidas por unas calzas de grana y dos piés de excelente forma, calzados por zapatos de ante.

La princesa, anticipando su palabra á la de este hombre, que por su parte permaneció impasible, le dijo con acento familiar:

--Sígueme, Bempo.

Bempo la siguió por una sucesion de habitaciones apartadas y desamuebladas, y entró con ella en un retrete donde habia algunos cofres.

Abrió uno la princesa, buscó en él, sacó un estuche y del estuche un brazalete de perlas y diamantes y le entregó á Bempo.

--¿Para qué es esto? dijo aquel singular personaje.

--Para que lo vendas, contestó la princesa.

--¿Y qué he de hacer con el dinero?

--Ir á Granada: necesito que busques allí noticias de la duquesa de la Jarilla, de su padre, de su madre, de sus abuelos: que averigues dia por dia la historia de su familia: esto no te será difícil, por que ha existido un pleito ruidoso acerca de la posesion del ducado de la Jarilla, y se han hecho muchas pruebas é informaciones. Nada te importe gastar: el valor de esta joya es considerable: lo que quiero son noticias acerca de la duquesa y pronto.

--¿Y cuando he de partir?

--Mañana.

Al dia siguiente salieron Harum el monfí para Roma: Bempo para Granada.

CAPITULO VIII.

Zelos italianos.

Habian pasado cuatro meses desde el jueves santo y dos desde que el marquesito era amante público de la princesa. Angiolina habia demostrado al marqués que sus protestas de amor no habian sido vanas: no recataba de nadie el amor que le tenia, demostrándoselo delante de las gentes, con la expresion, con la mirada, por cuantos medios puede demostrarlo una mujer.

Amina lo veia, sufria, callaba, ocultaba bajo la mas profunda reserva sus dolores, pero por mucho que fuese su dominio sobre su corazon, habia momentos en que el despecho la vendia; gentes hubo que, recogiendo estos descuidos, mejor dicho: estos momentos de desesperacion, se encargasen de decir á todo el mundo que la hermosa duquesita estaba enamorada del marqués.

--Hé ahí un mancebo afortunado, decia alguno; las dos mujeres mas hermosas de la córte le aman; la una es su querida y la otra desea serlo.

Y seguia la murmuracion y el odio entre las dos rivales.

Harum habia vuelto de Roma trayendo consigo la historia de Angiolina.

Bempo habia vuelto tambien de Granada trayendo un mamotreto.

Al leer la princesa los papeles que le entregó el italiano se extremeció de placer: pero aquel placer era el de la venganza.

Porque la princesa tenia zelos: hacia mucho tiempo que el marqués no era ya para ella el amante frenético... hacia mucho tiempo que faltaba dias enteros de su lado: Angiolina le habia hecho seguir y sabia que todas las noches, al mediar, iba el marqués á rondar los balcones del palacio de la duquesa.

Angiolina, pues, que habia devorado su rabia, cuando tuvo en sus manos un instrumento vengador, se apresuró á aprovecharle.

Esperó á que don Juan se la presentase á la hora de costumbre, esto es, al oscurecer.

Entró don Juan confiado y alegre. Angiolina le asió de una mano.

--Ven, le dijo, necesito hablarte donde nadie pueda escucharnos.

El marqués siguió á la princesa algo interesado por este exordio.

La princesa le llevó á un retrete apartado.

Cuando estuvieron en él, Angiolina cerró las puertas de las habitaciones contiguas y despues las del retrete.

--¿A qué tanto misterio, Angiolina? la dijo el marqués: ¿no has cifrado tu orgullo en que todo el mundo sepa que eres mi amante?

--Si, contestó pálida de zelos la princesa; pero no quiero que nadie sepa que he sido vilmente engañada.

--¡Que yo te he engañado!

--¡Si! ¡no me amas!

--¡Que no te amo! exclamó afectando la mayor sorpresa el marqués, ¿pues por quién estoy loco?

--Voy á decírtelo: por esa mujer á quien llaman en la córte, no sé por qué, la hermosa duquesita.

--¡Bah! y ¿puedes tú tener zelos de doña Esperanza? ¿tu la mujer mas hermosa del mundo?

--Zelos, si, zelos terribles, porque se vengaran. ¡Herirme en el corazon, abandonarme, y todo por una especie de aventurera!

--La pasion te ciega: quieres mal, no sé por qué, á la duquesa de la Jarilla, y la prueba está en que la niegas lo que nadie la ha negado: lo ilustre de su cuna.

--Si, ciertamente: es hija de una esclava y de un bandido.

--¡Ah! ¡perdona, Angiolina! ¡nada de eso sabia yo!

--Puedo contarte su historia: su madre doña Estrella de Cárdenas era conocida en Granada con el nombre de la hermosa indiana, y gozaba allí de la fama que, por extravagancia, ha obtenido en la córte su hija: doña Estrella era morena, con ese horrible color moreno dorado de las Indias, que las hace semejantes á una naranja con forma humana.

--¡Ah! ¿crees que la duquesita es hija de una india?

--No es que lo creo, tengo la prueba de ello.

--Pues te escucho, vida mia, porque esa historia debe ser curiosa.

--Te la contaré, y con tanta mas exactitud, como que poseo la relacion escrita y la he aprendido de memoria.

--¿Y quién ha escrito esa relacion?

--La justicia de Granada, por las dos vias que pueden hacer escribir á la justicia: la civil y la criminal: porque has de saber que el abuelo de doña Esperanza, rey ó cacique de los indios rebeldes de Méjico, ha estado encausado por crímenes, y que si el rey le ha indultado ha sido á beneficio de las muchas perlas y el mucho oro que se han distribuido entre algunas de las gentes del consejo de su magestad: como que dicen que ese indio tiene tesoros inmensos: que la justicia haya tenido que ver civilmente con esa familia, consiste en el pleito que sostuvo por la herencia del duque de la Jarilla, un sobrino de este con la princesa mejicana. Hay en el proceso declaraciones importantes del capitan general del reino de Granada don Luis Hurtado de Mendoza; del duque de la Jarilla bisabuelo materno, segun pretenden, de la doña Esperanza; unos papeles que se encontraron en la casa de un capitan de infanteria española, llamado Alvaro de Sedeño, y por último, una relacion escrita de doña Inés de Cárdenas, abuela de doña Esperanza, y esposa del cacique indio.

--Has excitado vivamente mi curiosidad, adorada mia, dijo don Juan y espero con impaciencia esa historia.

La princesa palideció letalmente, porque comprendia el verdadero interés de don Juan en conocer la historia de Amina; sin embargo, se dominó, se reclinó indolentemente en el estrado, echó la cabeza atrás, dejando enteramente descubierta su hermosa garganta y empezó de esta manera:

--Hace treinta y cinco años, en 1522, dos despues del descubrimiento y conquista de Méjico por el gran Hernan Cortés, fue enviado á aquellas remotas regiones para servir al rey bajo la autoridad del virrey de Méjico, uno de los caballeros mas principales de Castilla.

Era este don Juan de Cárdenas, duque de la Jarilla, recientemente viudo de doña Maria de Avendaño, cuya muerte le habia dejado inconsolable. De este matrimonio solo habia nacido una niña: doña Inés de Cárdenas, que en la ocasion en que su padre fue nombrado para aquel empleo contaba solo catorce años.

Amábala de tal modo el duque, que no tuvo valor para separarse de ella. Ciertamente que era un amor muy extraño el de aquel padre, que llevaba aquella hija única, aquella flor delicada, á aquellas regiones remotas, donde ardia una guerra encarnizada, y para llegar á las cuales era necesario arrostrar los peligros de mares aun no bien conocidos, y tan bravos, que imponian espanto á los mas valientes pilotos.

--¿Y sin embargo, dijo don Juan, el duque no desistió de su empeño? Los hombres de aquellos tiempos eran atroces.

--El duque, continuó la princesa con acento acerado, hizo aquel viaje por amor á su hija.

--¡Extraño amor el de ese padre!

--Lo comprenderás cuando sepas, que el duque de la Jarilla, de que nos ocupamos, habia corrido, como tú, una juventud borrascosa; que en todo género de excesos habia gastado su salud y sus rentas, y que cuando murió su esposa, no le quedaba mas que el título. Como las Indias son el tesoro donde iban y donde van á reponerse los españoles arruinados, el duque solicitó el oficio de adelantado sobre las fronteras de los rebeldes, y el rey se lo concedió.

--¡Ah! empiezo á comprender: el duque quiso volver á ser rico por amor á su hija; y por amor tambien no tuvo valor para separarse de ella.

--Cabalmente; pero habia en esto mucho de fatal. El libro santo dice que los hijos pagaran los pecados de los padres hasta la tercera y cuarta generacion.

--El libro santo es al fin un santo libro, y dice muy santas cosas, aunque harto duras, tales como las de que paguen justos por pecadores. Pero continúa, Angiolina, continúa; te confieso que me va interesando mucho tu cuento.

--Mi historia, don Juan, mi historia.

--Sea en buen hora; pero continúa.

--Despues de una larga navegacion, el duque llegó sin accidente á Méjico, y en seguida se trasladó á su adelantamiento. Hizo bravamente la guerra á los indios, y en solos dos años logró ver reunidas unas riquezas diez veces mayores que las que habia perdido. Enviada parte de aquellas riquezas á España á un mayordomo leal, las rentas del ducado de la Jarilla, fueron desempeñadas, pagadas las lanzas y medias annatas atrasadas, para lo cual bastó, como he dicho, que el duque enviase solamente una pequeña parte de las presas hechas á los indios. Todo parecia indicar al duque que se volviese, pero la codicia le cegó, y determinó seguir ejerciendo aquel su buen oficio de adelantado algunos años mas.

--Me parece, dijo don Juan, que vamos llegando al capítulo de las pérdidas.

--Efectivamente, segun la relacion sacada de los autos á que me refiero, á los dos años, tres meses y diez dias de haberse embarcado el duque para Nueva España, perdió su hija; el amor que le habia impulsado á aquella arriesgada empresa; todo lo que le quedaba en el mundo.

--Lo que demuestra que los hijos pagan los pecados de los padres.

--Doña Inés pagó los del suyo de una manera cruel. Figúrate don Juan, que durante la noche de... no recuerdo exactamente la fecha, pero esto no hace al caso... los indios acometieron el fuerte que ocupaba el adelantado, le entraron, hicieron una matanza horrible y se llevaron consigo á doña Inés.

--Preveo las consecuencias, dijo el marqués: el rey de aquellos bárbaros se casó con la hermosa castellana.

--¿Quién cuenta la historia, don Juan, dijo con impaciencia la princesa, tú ó yo?

--Perdóname, pero...

--¡Querias darme una muestra de tu penetracion! renuncia por ahora á ello, y del mismo modo á saber si el cacique se enamoró de doña Inés ó doña Inés del cacique. Hemos concluido la primera parte de mi historia.

--Pues no puede ser mas sencilla.

--De una bellota nace una encina, don Juan, y ya verás como los sucesos se complican. Voy á referirte la segunda parte que es mucho mas sencilla, como que se reduce á muy pocas palabras: el duque de la Jarilla buscó en vano á su hija, y en vano durante diez años envió al desierto indios de paz, ofreciendo un crecidísimo rescate por ella. Por último, habiendo enfermado y casi enloquecido el duque, los médicos le declararon formalmente que si no volvia á su país natal moriria sin remedio antes de seis meses.

--¿Y se volvió?

--Se volvió pensando recuperar su salud, solamente para volver á buscar de nuevo á su hija: el duque se estableció primero en la córte, y despues se vió obligado, por consejo de los médicos, á ir á buscar, no su salud, porque la habia perdido para no volverla á recobrar, sino su vida, bajo el templado cielo de Andalucía.

El duque se retiró á uno de sus Estados cerca de Guadix.

Hemos concluido la segunda parte de nuestra historia.

--Pues te confieso, adorada Angiolina, y no te ofendas por ello, que tu historia á fuerza de poco interesante, me va causando sueño.

--Espera, espera; este no es un libro de caballerías donde se suceden una sobre otra las aventuras; es una historia real y efectiva. Entremos en la tercera parte.

Era el año de 1546, veinte y cuatro años despues del dia en que el duque salió de España para Méjico y veinte y uno desde el en que le fue robada su hija por los indios.

El duque la habia buscado inútilmente durante diez años en los mismos lugares donde le habia sido robada, y debia encontrarla despues de su venida á España en Granada, pero la encontró muerta.

--¡Muerta! exclamó con asombro don Juan.

--¿Ves como mi historia se va haciendo interesante?

--¿Pero cómo fue ese encuentro? ¿Quién habia llevado allí á la hija perdida?

--Voy á entrar en pormenores: una noche, en el mismo ano de 1546, al pasar una ronda por delante de una casa del Albaicin en Granada, encontró su puerta franca, penetró en la casa y la encontró desamparada, pero en una de sus cámaras encontró el cadáver de una mujer, muerta, al parecer naturalmente, y el de un capitan de infantería española, manco y cojo, atravesado de parte á parte por una espada que aun permanecia en la herida. Preguntóse á los vecinos el nombre del dueño de aquella casa y ninguno le conocia. Entonces la justicia mandó que los cadáveres fuesen expuestos en la puerta de la parroquia.

--¡Ah, ah! esto es ya distinto, me agradan los misterios.

--Antes de pasar adelante te haré reparar en una circunstancia: al recojer el cadáver de la mujer se notó que le faltaba enteramente un rizo de cabellos de la izquierda de la cabeza. Reparóse tambien que en una de las sábanas faltaba un pequeño pedazo cuadrado de lienzo, cortado al parecer con puñal, navaja ó daga.

--¿Y sirvió esta observacion para algo?

--Ya verás. Aquel rizo de cabellos envuelto en aquel pedazo de sábana, fue hallado sobre el pecho de un hombre á quien se habia preso la mañana siguiente á la noche en que acontecieron aquellos sucesos, juntamente con un aleman en cuya casa vivia.

El preso á quien se encontraron el rizo y el pedazo de lienzo, era el cacique mejicano.

--¡Ah! ¿el preso en cuestion era el cacique?

--Un indio feroz; un hombre cubierto de crímenes; el abuelo de tu duquesita.

--¿Y por qué crímenes le habian preso?

--Por el de traicion al rey.

--¡Traicion al rey!

--Si; se le acusaba de andar en tratos con los moriscos de Granada, y de darles el dinero que habian menester para un levantamiento: asi lo habia declarado el capitan Sedeño, la misma noche que fue asesinado, á don Luis Hurtado de Mendoza. En una palabra: el tal cacique era un criminal que conspiraba contra el rey, y en una ocasion terrible, cuando estaban convenidos en levantarse los moriscos de la ciudad de Granada en union con los monfíes de las Alpujarras: este tal, este cacique, el abuelo de doña Esperanza, era muy amigo del emir de los monfíes.

--¿Y me querrás decir Angiolina, qué son monfíes?

--¿Qué sé yo? una especie de moros sueltos, no reducidos, salteadores, gente feroz, que viven de lo que roban, de lo que saquean, de lo que incendian. ¡Dignos amigos del abuelo de tu amada!

--¿Sabes que me va interesando demasiado tu historia?

--Pues aun queda mas, mucho mas; dejando por ahora á un lado al cacique, has de saber que el capitan general no teniendo en Granada bastante gente de guerra, no ya para castigar, sino que ni aun para evitar el levantamiento de los moriscos, envió con urgencia partes á las villas y ciudades cercanas para que le acudiesen con gentes, y uno de los caballeros que acudió con sus criados al llamamiento del capitan general, fue el antiguo duque de la Jarilla, don Juan de Cárdenas, que al entrar el dia siguiente en Granada, vió, por acaso, dos cadáveres expuestos en la puerta de una iglesia, y en uno de ellos reconoció á su hija... á su hija doña Inés, que le habia sido robada veinte y dos años antes en Méjico. ¿Crees tú que el duque que era viejo y que estaba loco, no pudo equivocarse? ¿crees que fuese efectivamente aquel cadáver el de doña Inés de Cárdenas?

--Bien podia ser. Y sobre todo cuando la justicia despues de repetidas, y sin duda, minuciosas indagaciones y probanzas, lo dijo, no debió engañarse.

--La justicia es ciega, don Juan, sobre todo cuando se le pone sobre los ojos una venda de oro. ¡La justicia! ¿Sabes el primer testigo que se tuvo de la certeza del dicho del duque...? un viejo escudero tan achacoso y tan loco como su amo que afirmaba que la difunta era su señora doña Inés de Cárdenas.

--No conozco el proceso.

--Pues bien, voy á dártelo, porque ya me cansa esta historia, y en él verás lo que dejo de decirte.

La princesa se levantó, salió dejando profundamente pensativo al marqués, que á duras penas habia sostenido su serenidad, y volvió, trayendo un enorme volúmen de papeles.

--Aquí tienes el proceso que me he procurado, deseando saber si la mujer que amas es digna de tu amor:... en él encontrarás que la duquesa de la Jarilla es una mujer de origen dudoso, y que, dado caso que proceda del duque de la Jarilla, siempre será la nieta de un indio y la hija de un hidalguillo oscuro, de un sopista de Salamanca.

--¿Quién piensa en que yo ame mas que á la luz de mis ojos? dijo don Juan disimulando su ansiedad y atrayendo hácia sí á la princesa, y dándola un beso en la boca: tu historia me ha entretenido y nada mas: es muy interesante.

--¡Aparta, aparta traidor! dijo la italiana rechazando las caricias del marqués: ¿por qué esforzarte tanto en disimular el interés que te inspira la historia de la duquesita?

--¡Ah, no! dijo indolentemente el marqués: cosas hay en el mundo que al principio no nos interesan y que despues deciden de nuestra vida.

--¿Y será para tí una de esas cosas la historia que se encierra en este proceso? dijo la recelosa veneciana, posando en don Juan una mirada candente.

--Tus zelos, divino amor mio, dijo don Juan asiendo por sorpresa el talle de la princesa y estrechándole amorosamente, acabaran por volverme loco, porque ellos me demuestran cuanto me amas.

--¡Ah, don Juan! tú eres mi primer amor, el primer amor que se ha cruzado á mi paso en los veinte y seis años de mi vida; por tí he olvidado mi decoro, me he manchado delante del mundo, he aborrecido á una mujer á quien acaso, no mediando, tú habria amado; para darte á conocer en parte á esa mujer he hecho sacar testimonio de ese proceso por el escribano de cámara de la chancillería de Granada Alfon de Villasante: ahí estan los derechos jurados al pié de cada testimonio, que valen una buena suma de maravedises.

--Permíteme Angiolina que te diga que esto no pasa de ser una extravagancia de tu amor.

--¡Una extravagancia!

--Te pido de nuevo perdon por la palabra, pero no encuentro otra mas exacta: ademas, si yo amara á doña Esperanza, lo que no es posible amándote como te amo, ¿no comprendes que todas estas singularidades, lo misterioso de su orígen, lo real de su alcurnia, porque al fin su abuelo es ó ha sido rey..... siquiera de idólatras; las desgracias de su familia, aumentarian mi amor en vez de extinguirle?

Don Juan habia comprendido que la princesa tenia algo mas que revelarle que lo contenido en el proceso respecto á Esperanza; no queria preguntarla, y para saber todo lo que supiese Angiolina respecto á la duquesa de la Jarilla, irritaba sus zelos.

La princesa palideció densamente; miró de una mas manera sombría á don Juan y exclamó trémula de cólera:

--Bien sabia yo que la amabas: los ojos de una mujer, que ama como yo te amo, no se engañan: pues bien: contaré á todo el mundo esa historia que habia comprado para tí solo, y veremos si te atreves á amar á una mujer á quien todo el mundo señale con el dedo: todo el mundo no tiene los mismos motivos que los oidores de la chancillería de Granada, para creer á ciegas cosas tan extraordinarias.

--Por tu bien te aconsejo, dijo don Juan que iba perdiendo la paciencia, que no propales esa historia, mi querida Angiolina: aborreces, aunque sin motivo, á doña Esperanza, y no querrás ser la causa de que se haga adorable, en el momento en que todo el mundo sepa su historia. ¡Bah! no sé qué motivos tienes para desconfiar de mi amor.

--Don Juan, dijo gravemente la princesa, ya que no basta lo que sabes para que te apartes de esa mujer, voy á revelarte un secreto terrible: tu padre murió á hierro.

--¿Qué quieres decir, Angiolina?

--Tu padre el marqués de la Guardia apareció una mañana muerto á estocadas en una oscura calleja del Albaicin.

--Es verdad.

--¿Sabes quien le mató?

--No pudo averiguarse quien fue el asesino.

--Pues yo te lo voy á decir: el asesino de tu padre es don Juan de Andrade, padre de la hermosa duquesita de la Jarilla.

--¡Eso es imposible! gritó, perdiendo los estribos el marqués; mientes; ¡mientes de una manera infame!

--¡Ah! exclamó Angiolina, poniéndose la mano sobre el corazon, como si hubiese recibido en él una puñalada: tu amor por esa mujer se revela al fin en una frase descortés, lanzada al rostro de una dama; pero me has dicho que miento y es necesario que te presente la prueba de que te he dicho la verdad, por mas terrible que haya sido.

Y la princesa salió de nuevo precipitadamente y volvió con otro papel en la mano, que entregó á don Juan.

--¡Lee! ¡lee y cree! le dijo; ese es el testimonio de una declaracion dada en el tormento por uno de los bandidos del padre de tu amada.

El marqués leyó aquella declaracion, y no pudo acabar: se nublaron sus ojos, vaciló, dejó caer el papel de las manos y se vió obligado á sentarse en el estrado.

--¡Oh! dijo la implacable princesa, recogiendo el testimonio y guardándolo; horribles crímenes, y homicidios hechos por ese hombre; la certeza de que es rey de los monfíes, por declaracion de un monfí; los deshonrosos zelos de ese hombre hácia su esposa, todo está aquí, escrito, testimoniado, vivo, acusador, y me basta solo quererlo para que todo el mundo sepa que la mujer que amas es hija de una ramera y de un bandido. ¡Oh! ¡las venecianas, don Juan, cuando amamos sabemos amar! ¡cuando hieren nuestro amor sabemos vengarnos! ¡Oh! ¡estoy plenamente convencida de que me has tomado por tu juguete, porque te he parecido bastante hermosa, ó por vanidad ó... no sé por qué.[..]! ó, tal vez, y si esto fuese cierto seria horroroso, por dar zelos conmigo, con una mujer digna á una mujer que ha estado perdida una noche en Madrid, sin que nadie sepa donde ha estado. Me has tratado indignamente: me has creido, sin duda, una de esas infames mujeres entre las cuales has perdido el corazon y el pudor... pues bien, me vengaré don Juan, me vengaré: pero de una manera horrible: ¡te juro por la salvacion del alma de mi madre que me vengaré!

Y la princesa irritada, altiva, mas hermosa que nunca, pero con una hermosura que causaba miedo, salió dando un portazo y dejando solo á don Juan.

El testimonio que guardaba la historia de la familia materna de Amina, quedó abandonado sobre los almohadones, donde poco antes descansaba la enamorada princesa.

Don Juan permaneció algun tiempo inmóvil, luego tomó silenciosamente el testimonio y salió, primero del retrete y luego de la casa.

CAPITULO IX.

De la no menos extraña aventura que sucedió al marquesito mientras rondaba á la hermosa duquesita.

Don Juan se encaminó á su casa y se encerró en su cámara dando órden de que por nada ni para nada le importunasen. Sentóse junto á una mesa y se puso á hojear el testimonio.

Pero tenía la imaginacion llena y turbada con las noticias que le habia dado la terrible princesa: zumbaban aun en su oido aquellas funestas palabras:

--El emir de los monfíes de las Alpujarras es el asesino de tu padre.

Don Juan no pudo leer una sola línea: una niebla de color impuro flotaba entre sus ojos y aquellos papeles: una perturbacion extraña envolvia su espíritu. Por mas que creyera que las noticias de Angiolina eran exageradas y acaso mentiras aceptadas por sus zelos, habia en aquellas noticias verdades comprobadas de las cuales no podia dudar. Por ejemplo: si Esperanza no era decididamente una mujer de la raza indígena mejicana, tenia mucho de aquel moreno rojo é incitante que habia tenido ocasion de admirar el marquesito en algunas mujeres venidas de allende los mares, como esclavas ó esposas de los españoles de la conquista del Nuevo Mundo: el carácter del duque tenia mucho de escéntrico, de poderoso, de extraordinario: don Juan recordó el extraño capricho del duque de que su hija fuese reina, y todos estos misterios, la revelacion de que el duque era el matador de su padre, fermentando en su loca imaginacion, aumentaron de una manera prodigiosa y á despecho suyo su amor por Amina: esto parecerá extraño á alguno que creerá que don Juan debia mirar con aversion á la hija del matador de su padre: pero debe recordarse que el marquesito extrañaba sobremanera el contesto de aquel versículo de las sagradas escrituras que dice:

Yo soy el señor tu Dios fuerte, celoso, que visito la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generacion de aquellos que me aborrecen.

Don Juan no alcanzaba la profunda filosofía de que estan nutridos los libros santos, y rechazaba aquel precepto que, segun él, hacia responsables á los hijos de las faltas de los padres.

Don Juan no comprendia siquiera la palabra fatalidad, con la cual únicamente se explica aquella terrible é inapelable sentencia: Don Juan no comprendia que las causas producen efectos, y que las consecuencias de los crímenes de los padres alcanzan necesariamente á los hijos.

Ademas que para tener estas ideas en los tiempos de don Juan era necesario ser un hombre muy avanzado, porque tales ideas no eran de aquellos tiempos, y casi casi no lo son aun de los nuestros.

Sea como quiera, en Don Juan no habia que buscar otra cosa que corazon, y aun este estaba harto viciado por la educacion que habia debido á su tio: no habia conocido á su padre y no le amaba: si le habia irritado el saber el nombre de su matador, habia sido mas porque aquel hombre era el padre de su amada. Si hubiera sido otro, don Juan se hubiera ido á buscarle y le hubiera dicho:

--Vos matásteis á mi padre y yo voy á mataros aqui mismo, como quiera que os encontreis: si quier sea en pecado mortal.

Lo hubiera hecho, como lo hubiera dicho, y despues no se hubiera vuelto á acordar de ninguno de los dos difuntos.

Pero á despecho de don Juan, una voz interna le decia que debia hacer justicia en el matador de su padre: pero como para hacer justicia en causa propia es necesario estar justificado á los ojos de aquel á quien debemos castigar, don Juan, siempre que pensaba en esto, tropezaba en su conciencia. Recordaba aquel padre deshonrado, que con tanta calma, con tanto valor, con tanta grandeza habia recibido al seductor de su hija: entonces creia comprender por qué razon el duque ó el emir de los monfíes, aquel personaje extraordinario, en una palabra, no habia lavado con su sangre el deshonor de Amina: don Juan creia escuchar en los labios del duque estas ó semejantes palabras:

--Maté al padre por calumniador ó seductor de mi esposa: no quiero matar al hijo por corruptor de mi hija.

Cuando pensaba esto don Juan casi comprendia la terrible sentencia de Dios, y sentia sobre su frente un peso enorme, que casi le obligaba á doblegar su soberbia cabeza ante el duque. Aquel hombre habia tenido su vida en sus manos y no la habia tomado. El duque habia matado al marqués, sin duda justamente: el hijo del marqués habia herido de una manera infame el corazon del duque. Casi estaban en paz. Don Juan, pues, no pudo aborrecer al matador de su padre y en cuanto á Amina...

Amina habia aumentado en valor á los ojos del marquesito de una manera prodigiosa: su empeño por ella se habia centuplicado. Era necesario á todo trance que fuese suya, enteramente suya, dijese la irritada sombra del difunto marqués lo que quisiese: dijera el mundo lo que mas le agradase: era necesario conceder, á pesar de lo mucho que se habia hablado acerca de la pérdida de la duquesita, que esta tenia un prestigio legitimamente adquirido, ya por la grandeza que naturalmente rebosaba de ella, ya por su extremada hermosura, ya en fin por las riquezas de su padre: ademas tanto se habia hecho respetar Amina de la maledicencia, que á pesar de haber sabido toda la córte que habia estado perdida toda una noche, se creyó lo del convento de las Ballecas, y nadie sospechó siquiera que su pureza se hubiese empañado: todo el mundo creyó lo que quiso creer excepto lo deshonroso, porque ni el duque, ni su hija, ni sus criados, habian dado á nadie explicaciones, y por otra parte, muertos los cómplices de don Juan, é interesado este por la honra de la mujer que amaba, nada cierto se habia sabido, porque el que hubiese podido servir de testigo fehaciente, el comediante Cisneros, estaba demasiado interesado en guardar el secreto, y, por otra parte, tenia tal fama de mancillador de honras, que nadie le hubiera creido bajo su palabra.

Sobre todo esto, Amina se habia presentado al dia siguiente de su pérdida en los parajes mas públicos con la frente alta y radiante de pureza y de inocencia, y habia conseguido lo que se consigue siempre cuando se mira frente á frente al mundo con la expresion de la dignidad y del orgullo.

La funesta aventura de la noche del jueves santo de 1567, solo era conocida de Yaye, de Amina, del marqués de la Guardia y del comediante Cisneros.

El secreto, pues, estaba perfectamente asegurado.

Llena la imaginacion de delirios, enamorado, fuera de sí, don Juan salió de su casa y se encaminó á Puerta de Moros, cerca de la cual tenia su palacio Yaye.

¿A qué iba allí el marquesito? A pasearse por la calle, á mirar las ventanas de su amada, á ocultar en la sombra y el silencio el dolor de sus amores. ¿Acaso en nuestra juventud no hemos hecho cada cual lo mismo alguna vez? ¿Una ventana tras la cual se ve una luz, cuando aquella luz ilumina la habitacion de la mujer que amamos, no ha tenido alguna vez para nosotros encantos indefinibles? ¿No hemos esperado ver una sombra tras los cristales, esbelta, hechicera, embellecida por nuestro pensamiento y si la hemos visto, no nos hemos considerado felices?

A eso pues iba don Juan á la estrecha calleja á donde daban algunos balcones de los aposentos de Amina: á estar mas cerca de ella; á espiar su sombra en los cristales de los miradores.

Eran mas de las doce de la noche y esta muy oscura: ventiscaba y de tiempo en tiempo el cerrado celaje arrojaba una ligera lluvia.

Cuando llegó don Juan frente á frente de un postigo de la casa de Yaye y debajo de un balcon cubierto con celosías, se ocultó tras uno de los postes de un soportal de un casuco inmediato y se puso á atalayar el balcon, á través del cual se veia el reflejo de una luz.

Habian pasado cuatro meses desde el jueves santo y era una calorosa noche de julio: hacia algun tiempo que Amina, so pretexto de enfermedad, no asistia á las reuniones de costumbre, y decimos bajo pretexto de enfermedad, porque todas las noches al mediar, cuando el marquesito estaba ya en la calleja, aparecia una sombra esbelta en el balcon, tras las celosías, y permanecia allí una hora, mirando á la otra sombra opaca que habia en la calle. Despues la hechicera sombra se retiraba del balcon, se cerraba este, y el marquesito abandonaba su poste y se alejaba suspirando.

Esto demostraba que Amina no estaba enferma, porque tratándose de la casa del duque de la Jarilla, la sombra que hacia permanecer una hora en la oscura calleja al marquesito, no podia ser otra que Esperanza.

Haria tres dias que don Juan no habia asistido á aquella cita tácita, á aquella muda y misteriosa entrevista, en que los amantes se hablaban con el alma, y en que se lo prometian todo, se lo juraban todo.

Por lo mismo, y á pesar de la máquina de pensamientos que se revolvian en su cabeza, quiso saber si se le esperaba; si se contaba con que su ausencia seria corta, y se ansiaba su vuelta: tras las celosías del balcon brillaba la luz; pero Amina no estaba allí: don Juan para no ser visto se ocultó detrás del poste, desde el cual hacia su acostumbrada atalaya, y esperó.

Pasó un cuarto de hora, media hora, que marcó lentamente la campana de un relój dentro de la habitacion de la duquesita: al fin el marqués oyó unas pisadas que conocia demasiado, en aquella habitacion; luégo apareció una sombra tras las celosías, y se apoyó en la balaustrada del balcon.

Don Juan permaneció oculto.

Poco despues la sombra se retiró con un movimiento de despecho, y se entró en la habitacion: trascurrido un corto espacio, don Juan oyó el preludio de una guitarra, y al fin la voz de Amina que cantaba.

¿Pero qué cantaba?

La armonía era lánguida, sentida, llena de expresion; un verdadero canto de amores; pero de amores tristes; un gemido del alma. ¿Pero en qué dialecto? era extranjero. Don Juan no comprendia una sola palabra, no podia comprenderla; pero por la entonacion, por lo sentido del acento de la jóven, se comprendia bien á qué género pertenecia su canto.

¿Pero á qué aquel dialecto extranjero?

Otro nuevo misterio se desplegaba ante el alma de don Juan, ó por mejor decir, aquel misterio parecia comprobar las revelaciones de Angiolina. ¿Seria acaso una balada indiana, inspirada por la soledad y la ausencia en una de las brabías y gigantescas selvas del desierto mejicano?

Pero no, no podia ser. ¿Cómo un pueblo idólatra, y salvaje, segun creia don Juan, podia haber llegado á expresar en sus cantos tan dulce sentimiento, tan lánguida, tan triste, tan suspirante armonía?

Aquel canto no era el canto rudo y monótono de un pueblo primitivo, sino el de un pueblo civilizado que habia comprendido en todas sus entonaciones el lenguaje del corazon y sabia hablar sin palabras por medio de la música, ese lenguaje maravilloso comprensible para todos los pueblos, cualquiera sea su dialecto, y que debe ser el lenguaje de los ángeles. Don Juan comprendió en aquel canto, que para él no tenia palabras, la espansion del alma de una mujer enamorada, que se encuentra lejos del ser que ama y que solo alienta una dudosa esperanza de poseerle. Las notas de aquel canto caian una á una en el corazon de don Juan, y aumentaban su amor, sobreponiéndole á todo otro pensamiento; y decimos que aumentaba, su amor, porque el amor, como todos los sentimientos espansivos, puede crecer comprimiéndose hasta hacer estallar el corazon que le contiene.

Amina cantó algunas estrofas; despues cesó, y el marqués oyó el sonoro gemido de la guitarra, al caer abandonada con descuido por la mano que la habia sostenido.

La duquesita volvió á aparecer en el balcon.

Don Juan iba á dejarse ver, cuando sintió pasos de dos hombres en la calle y se detuvo, y se ocultó mas, para dejar pasar á los importunos. Pero, con gran sorpresa suya, los dos hombres se detuvieron junto al postigo de la casa del duque, hablaron un momento, y despues uno de ellos se acercó al postigo, sonó una llave en la cerradura, abrióse el postigo, y uno de los dos hombres entró. Aquel hombre no era el duque, ni tenia su altivo continente, ni su gallardía. El otro hombre se habia quedado fuera, y se habia sentado, sin duda para esperar cómodamente, en el dintel del postigo.

Amina continuaba inmóvil en el mirador.

En el primer momento el marquesito sintió en sus oidos un zumbido sordo, terrible; luego la sangre se agolpó á su corazon, un movimiento salvage de rabia, de zelos, de indignacion, como podia haberlo experimentado un marido engañado, le agitó de piés á cabeza; sintió al fin un horrible vértigo, el vértigo de la venganza, y, saliendo de repente de su acechadero, desnudó la espada, y se fue con ella de punta hácia el hombre que se habia sentado en la grada del postigo, y á quien no dejó, como suele decirse, en el sitio, porque la cólera, haciendo errar el golpe al marqués, salvó á aquel hombre por un momento.

La espada de don Juan habia dado en la madera del postigo y se habia clavado en ella fuertemente.

El bulto se habia puesto de pié y habia desenvainado su espada.

El marqués con un violento esfuerzo desclavó la suya, y se fue para aquel hombre, que le esperó con una serenidad que demostraba bien claro que se trataba de un valiente.

Era la noche muy oscura, y no podian verse las caras, y mucho menos los aceros.

Ni uno ni otro pronunciaban una sola palabra.

El marqués acometia, y el incógnito se mantenia firme.

Pero muy pronto se vió obligado á retroceder ante el furioso ataque del marqués; muy pronto aquella retirada fue violenta, el marqués le hizo cejar á todo lo largo de la calle, y al fin, fatigado el otro, aflojó en la defensa, y el marqués le alcanzó con una terrible estocada.

Al sacar don Juan la espada de la herida, aquel hombre cayó redondo en tierra, sin pronunciar una sola palabra.

--¡Ah! exclamó don Juan: ¡ahora me queda el otro, y despues el duque, y luego su hija!

Como ven nuestros lectores, el marqués, en su zelosa rabia, queria exterminar á medio mundo.

Cuando llegó al postigo, se volvió á él con visible intencion de llamar. Amina estaba aun en el balcon, y antes de que el marqués tocase al llamador, se abrieron con extruendo las celosías, y la dulce y grave voz de la jóven dijo con ansiedad:

--Esperad, don Juan; yo os lo suplico.

El marqués se detuvo; permaneció inmóvil y como anonadado algunos segundos, y luego exclamó con un acento en que se exhalaba una alegría infinita:

--¡Ah!; eres tú!

Aquel ¡eres tú! contenia en sus seis letras un mundo de sensaciones y de pensamientos para cuya explanacion se necesitaria un volúmen.

--Si, si, yo soy; dijo con ansiedad Amina: ¿habeis muerto á ese hombre?

--No lo sé.

--¿Estais herido?

--No.

--Pero pueden encontrar á ese hombre muerto ó herido: vos, os conozco, no os retirareis: yo os esperaba para hablaros si veníais: os hubiera hablado por una reja, pero ahora es imposible: podian encontraros... ¡Dios mio!

--¿Y qué podria sucederme peor que lo que me sucede? exclamó con desesperacion el marqués.

--Yo no quiero que os acontezca ninguna desgracia. Por lo mismo, seguid adelante junto á la pared hasta que encontreis una reja: trepad por ella; encima hay un balcon: voy á abrir ese balcon.

--¡Oh Dios mio! exclamó el marqués dominado por un intenso sentimiento de felicidad.

Poco despues trepaba por una reja, salvaba la balaustrada del balcon, pisaba una alfombra, y una hermosa mano asia la suya.

--¡Oh, Esperanza de mi alma! exclamó el marqués.

--Ven conmigo, ven; dijo con voz opaca Amina: este momento es supremo.

Y diciendo esto conducia al marqués asido de una mano á través de habitaciones oscuras.

Amina se detuvo en una de ellas, y dijo con acento grave:

--Júrame, don Juan, que serás prudente: te voy á llevar á un lugar donde mi padre cree que de nadie puede ser escuchado mas que de su hija.

--¿Y para qué? dijo el marqués que lo habia olvidado todo: escuche yo tu voz, vea yo tus ojos, y nada me importa el mundo entero.

--Has visto entrar en mi casa un hombre, dijo Amina.

--¡Ah! exclamó don Juan, como quien despierta de un hermoso sueño.

--Pues bien, es menester que sepas por qué ha entrado y á qué ha entrado ese hombre aquí: sígueme: no hables una palabra mas; recata tus pisadas: silencio y prudencia.

Don Juan se dejó conducir por la duquesita, que le hizo atravesar algunas otras habitaciones oscuras, y al fin le introdujo en una en que penetraba un débil resplandor á través de unas puertas vidrieras, cubiertas con unas tupidas cortinas de cambray bordado.

El marqués levantó imperceptiblemente una de las cortinas: en la otra vidriera observaba Amina: los dos jóvenes estaban asidos de las manos.

En la habitacion inmediata habia dos hombres.

CAPITULO X.

Lo que oyeron la duquesita y el marquesito.

Uno de aquellos hombres era jóven, como de veinte y dos años.

Aquel hombre era el príncipe de Asturias don Carlos de Austria.

Estaba sentado y cubierto.

El otro hombre estaba de pié y descubierto.

Era Yaye.

El príncipe, á pesar de sus pocos años, era uno de esos seres repugnantes que se han gastado practicando constantemente el vicio; su palidez enfermiza, sus ojos de un color impuro, la especie de vejez prematura que sobre aquel semblante lívido aparecia, y la fosforescente insensatez de su mirada, demostraban que su organizacion habia sufrido mucho á causa de excesos. En los gruesos labios que habia heredado de su padre, se adivinaba que el temblor de la cólera era su expresion habitual: tenia los ojos azules, el cabello y las cejas rubias, y estaba flaco, muy flaco.

--En verdad, en verdad, decia el príncipe, en el momento en que el marqués y Amina podian escucharle, no pensaba que tú, un oscuro aventurero, ennoblecido por un casamiento afortunado, y tolerado por el bueno de mi padre en la córte, cuando hay mas de una lengua maligna que habla mal de tí, te atrevieses á representar una farsa tan grosera conmigo. ¡Ya se vé! Sabes que estoy enamorado de tu hija y te prevales... pues bien, concluyamos pronto: las condiciones, las condiciones, duque. Ya que no ha salido á recibirme tu hija, segun esperaba, te confieso que me molesta estar á estas horas en conversacion contigo. ¡Por mi patron Satanás que esta es una treta que no te perdonaré nunca, duque!

--Ignora vuestra alteza con quién habla, dijo reposadamente Yaye, del mismo modo que ignoraba que nada sucede en mi casa sin que yo lo sepa.

El marqués estrechó fuertemente la mano de la duquesita, que no contestó á la presion, porque era una especie de burla hecha á su padre.

--En verdad, duque, repuso el príncipe con un acento en que habia una ligera indicacion de cólera, que tratándose de una persona tan misteriosa como tú, tan oscura, es difícil saber á qué atenerse; sin embargo, tu aspecto es altivo y noble, y me agrada; algunas veces, ahora, por ejemplo, tienes la misma expresion, sin quitar ni poner, que mi padre cuando me sermonea porque he asustado á una dama de la reina. Tu mirada á veces es la de un rey. ¿Serás acaso rey de alguna ínsula desconocida?

Habia un tan profundo desprecio en las palabras del príncipe, que otro que no hubiera sido Yaye, se hubiera alterado.

Apoyóse ligeramente en un ángulo de la mesa junto á la cual estaba de pié y contestó:

--Sea yo rey ó mendigo, hidalgo ó villano, caballero ó bandido, es lo cierto que vuestra alteza está en mi casa y de mala manera llegado. Yo sabia, sin embargo, que ibais á venir, y sino hubiera querido que vinieseis no hubierais poseido la llave que os ha dado uno de mis criados, no por vuestro oro, que le he hecho repartir á vuestro nombre entre algunos pobres, sino porque yo le he mandado que os la dé. Necesitaba hablar con vos, y ciertamente que lo que aquí puedo deciros, no os lo hubiera dicho por nada del mundo en la córte. ¿En qué estado de relaciones os encontrais con los rebeldes de Flandes?

El príncipe se levantó de un salto al escuchar estas palabras, y el marqués de la Guardia sintió que la mano de Amina temblaba entre la suya.

--¿Que en qué estado estoy de relaciones con los rebeldes? exclamó acreciendo en lividez el príncipe. ¿Y te atreves á hacerme esa pregunta, traidor?

--Espere un momento vuestra alteza, dijo Yaye, y comprenderá, en vista de una prueba indudable, que tengo razones poderosas para hacerle esta pregunta.

El duque fue á una especie de secreter de ébano incrustado de plata y nacar, y de uno de sus secretos sacó una cartera de seda bordada de lentejuelas de oro, desenvolvió lentamente la ancha cinta de raso que la rodeaba, sacó de ella algunos papeles, y de entre ellos uno que retuvo en sus manos.

El príncipe le miraba atónito con la vaguedad de los insensatos:

--Hace dos meses dijo Yaye, entró en Madrid secretamente, y se hospedó en uno de los mesones menos concurridos de la villa, un jóven caballero francés. Aquel caballero se llamaba Laurent de Perceval, y era hugonote.

El duque se detuvo y miró profundamente al príncipe, que procuró en vano sostener su mirada, y se puso lívido como un cadáver.

Hubo un momento de silencio: durante él, don Juan dijo rápidamente al oido de Amina:

--Yo no puedo permanecer aquí: se trata de secretos terribles.

--¡Mi honor te manda permanecer! exclamó profundamente Amina.

--¡Oh, quiera Dios que tu amor no me pierda! murmuró el marqués.

--Una noche, continuó Yaye, rompiendo su momentaneo silencio, un cierto Cisneros, un comediante miserable que os acompaña, y que habia ido al tal meson varias veces, y todas ellas preguntando por el Laurent, supo al fin que aquel caballero habia llegado y le habló: una hora despues el hugonote Perceval, el príncipe heredero del cristianísimo rey de las Españas, y el comediante Cisneros, conspiraban abiertamente contra Dios y contra el rey, en el oscuro aposento de un meson, harto agenos de que eran escuchados.

En efecto, todos los aposentos inmediatos estaban vacíos y cerrados.

Yaye pronunciaba una á una y solemnemente sus palabras.

--Pero sobre aquel aposento, continuó Yaye, habia un desvan á teja vana, y en él vivia desde dos dias antes de la llegada á Madrid del caballero francés, un pobre y anciano mendigo. Este mendigo habia levantado una baldosa, y habia abierto en las tablas un agujero, desde el cual podia mirar y escuchar cuanto pasase ó se dijese en el aposento inferior. La noche, pues, que vuestra alteza estaba encerrado en aquel aposento con el francés y el comediante, el mendigo observaba cuanto en aquel aposento acontecia. El príncipe, con mas ambicion que paciencia, deseaba la corona de su padre.

El príncipe tenia la vista fija en el suelo y temblaba como un reo ante su juez.

La voz de Yaye era solemne.

--¿Y qué mucho? añadió con voz vibrante y terrible. Estamos en una época de crímenes. A donde quiera que se vuelvan ahora los ojos encuentran sangre; rostros amoratados por el dogal ó lividos por el tósigo. Acá y allá, cerca y lejos, solo encontrais opresores y esclavos; volved la vista al Occidente, atravesad con ella los mares, mirad á la América: allí, brutales aventureros, bandidos codiciosos, oprimen á millones de hombres á quienes han robado la patria y los altares, á quienes han arrojado de su hogar: los infelices indios se han visto obligados á huir á los desiertos, donde se defienden con el valor de la desesperacion de las infamias del feroz conquistador. Ved sus doncellas violadas y vendidas como esclavas, sus viejos degollados, los niños arrebatados á sus padres, y entregados á los frailes: ved sus guerreros domeñados, reducidos á la servidumbre, bautizados á la fuerza: si penetrárais en esos desiertos peñascosos, cubiertos de selvas interminables, surcados por torrentes y abiertos por volcanes; si aportárais al fuego del consejo de una de esas tribus errantes y escuchárais el cántico de guerra con que se preparan al combate, les oiriais maldecir á los rostros pálidos que llegaron en las grandes canoas: aquellos rostros pálidos son los españoles: si los viérais en el combate, admirarías la desesperacion con que prefieren la muerte á la esclavitud; veríais las praderas cubiertas de cadáveres destrozados por el hierro y por los cascos de los caballos, y despues del triunfo de los españoles, os horrorizaria mirar cómo estos tratan á los vencidos; con cuanta innoble avaricia aquellos miserables aventureros, se arrojan sobre el oro y sobre las perlas que produce con una fecundidad maravillosa, la vírgen América. Allí el testimonio del gran crímen de las Españas, se levanta por todas partes; aquel es el tesoro donde á trueque de sangre y de infamias van á enriquecerse miserables bandidos bajo las banderas de un rey católico. Si no os satisfacen los crímenes de Occidente, si quereis apurar mas horrores, volved la vista al Oriente, al reino de Granada: allí tambien hay un pueblo vencido: allí tambien se esclavizan las doncellas, se roban los hijos á sus padres, se bautiza á la fuerza, se degüella y se quema á los hombres, y se arrasan pueblos enteros. Allí tambien resuena la terrible voz del sacerdote español: allí tambien los gemidos se mezclan al crugir de las cadenas. Una garra del leon de España ataraza al Occidente, mientras la otra despedaza al Oriente. Si quereis ser testigo de mas crímenes, volved la vista á Flandes; allí tambien, so pretexto de religion, flotan los pendones de España, y sus tercios se ensangrientan sobre los campos que respetan los mares, y el saqueo y el incendio visitan una tras otra populosas y ricas ciudades; y aun en el mismo corazon de la España, si quereis presenciar horrores, bajad á los calabozos del Santo Oficio, penetrad en las mazmorras de los castillos reales; en las unas se empareda y se descuartiza, en los otros se estrangula y se degüella; por todas partes el terror imponiendo la ley del fuerte; por todas partes, por el mar y por la tierra, los innumerables galeones y las mil banderas de los tercios del rey. Castilla quiso un dia sacudir el yugo, y cayó vencida con sus comunidades: el rey ahogó con sangre la voz de la libertad: el sacerdote sofocó con fuego los fueros de la conciencia. Si; España es grande, poderosa, terrible; en todas partes domina; pero en todas partes domina por el crímen. ¿Qué mucho, repito que, cuando tantas infamias se levantan ante los ojos, un hijo ansíe ser rey aun á costa de la vida de su padre? ¿Acaso don Felipe el II no era rey de Nápoles y de Inglaterra á los diez y seis años? Es cierto que el emperador Carlos V se retiró por su voluntad á una celda de San Gerónimo de Juste: pero ¿San Lorenzo del Escorial no es tambien un magnífico monasterio? ¿Acaso una tumba es otra cosa que una celda donde se duerme por toda una eternidad?

[imagen: Tomad: leed.]

El príncipe continuaba en silencio y cada vez mas turbado y trémulo, dominado por la mirada y por la palabra cada vez mas penetrante y solemne de Yaye.

Este por cansancio ó por desprecio hácia el príncipe se sentó: don Carlos continuó de pié.

--Laurent de Perceval, continuó el duque cambiando su entonacion declamatoria por otra sencillamente narrativa, era un enviado de Guillermo de Nassau, príncipe de Orange: este le enviaba á vos, para ofreceros la corona de los Paises Bajos, bajo el titulo de conde de Flandes: esto no era otra cosa que excitaros á la rebeldía contra vuestro padre; pretender arrancarle uno de los mas ricos florones de su corona: se os pedian cartas que se pudiesen mostrar á los luteranos, y vos, vos, príncipe rebelde á vuestro padre, escribísteis esta carta que tengo entre mis manos. Tomad, leed.

El príncipe tomó con una mano trémula aquella carta y la reconoció á primera vista: estaba enteramente escrita de su mano, firmada por él, y en ella aceptaba la propuesta del príncipe de Orange, y se declaraba protector de la Reforma en los Estados de Flandes. Aquella carta era la cabeza del príncipe si por un acaso iba á dar en las manos de su padre.

--Ya podeis conocer, dijo el duque, que quien es poseedor de esa carta es muy amigo vuestro cuando no ha usado de ella presentándola al rey.

--¿Cómo ha venido á vuestro poder esta carta? dijo el príncipe reteniéndola.

--Recordad que os he dicho que mientras vos hablábais en cierto meson excusado con Laurent de Perceval y el comediante Cisneros, habia otra persona, que sin que vos lo supiéseis, lo presenciaba todo, á través de un agujero abierto en el techo. Aquella persona, que tenia todas las apariencias de un mendigo viejo y enfermo, era en la realidad jóven, robusto, lleno de vida. En una palabra, aquella persona era yo.

--¡Vos!

--Si, yo.

--¿Y quién os habia dicho que el caballero Laurent de Perceval debia venir á Madrid enviado por el príncipe de Orange?

[imagen:--¡Ah, Bempo! ¡Bempo! ¡yo te amo!]

--Vos no sabeis quién soy, si bandido ó caballero, rey ó esclavo: yo tengo medios de saber todo cuanto me interesa saber. Por otra parte, como solo he venido á Madrid contando con vos, era natural que me interesase por vos. Sabedor del dia en que Laurent de Perceval debia ponerse en marcha para llevar vuestra imprudente carta á Guillermo de Nassau, le esperé en el camino.

--¡Y le matásteis!

--No le maté. Iba perfectamente disfrazado con las preseas de alférez de vuestra guardia, en términos que Perceval no me reconoceria si me viera de nuevo ante sí. Dejéle pasar oculto en una venta, alcancéle luego, y me presenté á él como vuestro enviado. Díjele que habiais meditado mejor; que no creíais prudente todavía un alzamiento general en los Paises-Bajos á vuestro nombre, y le dí tales señas de las conferencias que el mismo Perceval habia tenido con vos, que sin dificultad me entregó esa carta, y en cambio se encargó de un mensaje verbal para el príncipe de Orange y de un libramiento de treinta mil florines á la órden del Laurent, dado por un genovés de Madrid contra otro de Bruselas, para que Orange pudiese sostener la guerra contra España por algun tiempo; ved aquí el recibo del libramiento, que Perceval me hizo en una venta del camino.

Yaye sacó otro nuevo papel de la cartera y le entregó al príncipe.

--Ahora, dijo el duque, podeis quemar esa carta y ese recibo. Tales pruebas deben destruirse cuando ya han servido de la mejor manera que podian servir.

El príncipe se apresuró á quemar á la luz de una bujía aquellos terribles papeles.

--Y ahora bien, ¿qué quereis de mí? dijo cuando los hubo destruido.

--Quiero en primer lugar que nada hagais sin consultarlo conmigo.

--¿Y qué creeis que debo hacer?

--Reinar.

--¿A todo trance?

--A todo trance.

--Sin embargo, no ha mucho me hablábais con indignacion del crímen.

--Por lo mismo que el crímen nos rodea por todas partes, debemos valernos de él en nuestro provecho antes de que otros le empleen en nuestro daño.

--¿Creeis, pues, que debo aceptar el vasallage de los flamencos?

--Si, si por cierto; pero no ahora. Aun no es tiempo: una tentativa en estos momentos fracasaria: la infanta Margarita de Parma, gobernadora de Flandes, es una mujer que con su gobierno blando y benéfico tiene contenida la insurreccion: es necesario que á este poder tolerable, sustituya un poder duro, despótico, insufrible; es necesario que sea gobernador de los Paises Bajos el duque de Alba; dejad que pruebe fortuna el príncipe de Orange; que despues, si la rebelion crece, tiempo tendremos de obrar. Yo he hecho en vuestro nombre cuanto se debe hacer por ahora: enviar dinero á los descontentos: del mismo modo alentaremos á los hugonotes de Francia: cuando hay oro todo es fácil.

--¡Y vos!...

--Ya os he dicho que acaso soy un rey; acaso un bandido. Tal vez sea las dos cosas á la vez. Ahora que ya me conoceis como vuestro partidario, que ya sabeis que podeis recurrir á mí por oro y consejos, idos príncipe, y no olvideis jamás cómo os ha recibido un hombre en cuya casa habeis entrado con intencion de deshonrarle.

--No, no saldré de aquí sin que me hagais una promesa.

--¿Cuál?

--Amo á vuestra hija.

--¿Y la amais mirando en ella á vuestra esposa?

--Si, aunque para ser su esposo hubiese de sacrificar mi vida.

--¡Sed rey!

--¡Cómo!

--¡Sed rey! repitió fatídicamente el duque.

--Pero... mi padre es jóven... balbuceó el príncipe.

--¡Sed rey ó renunciad al amor de mi hija!

--¡Pues bien, lo seré y pronto!

--No os apresureis, no cometais una imprudencia; esperad.

--Esperaré: pero...

--Os prometo mi hija: ahora salid.

Yaye tomó una bujía de sobre la mesa y acompañó al príncipe: la habitacion quedó abandonada: detrás de las vidrieras habia quedado mudo, aterrado, el marqués de la Guardia: Amina fijaba en él una mirada lúcida.

--¡Oh, Dios mio! ¡Dios mio! exclamó el marqués: ¡qué horror! ¡Tú, Esperanza, prometida á ese príncipe infame á cambio de un parricidio!

--El crímen se combate con el crímen, don Juan, dijo Amina: ahora bien, ¿tendrás valor para sacrificarte á mi amor como yo me sacrifico á sagrados deberes?

--¡Oh, Esperanza! ¡considera que soy español, noble y caballero!

--El hombre que haya de ser mi esposo lo ha de sacrificar todo por mí.

Llevó al jóven á una puerta; le dejó encerrado tras ella, volvió, abrió la vidriera y entró en la cámara de su padre. Poco despues entró este, y la besó en la frente.

--El dia en que nuestros enemigos se hagan pedazos se acerca, dijo este. Ese dia se enjugaran tus lágrimas, hija de mi alma. Entre tanto es necesario que cumplamos el juramento que yo hice á mi padre moribundo. ¡Todo por la patria! ¡todo! ¡hasta la virtud!...

Despues, estos dos extraordinarios seres se separaron; Amina fue á la puerta tras la cual habia dejado á don Juan, y atravesando las mismas habitaciones oscuras que habian recorrido hasta allí, le llevó á su aposento, cerró el mirador y se sentó á su lado.

CAPITULO XI.

Lo que puede el amor de una mujer.

La habitacion de Amina estaba amueblada con una riqueza suma: sus cuadros, sus tapicerías, sus alfombras, sus divanes eran lo mas bello, lo mas rico, lo mas raro que producian en aquellos tiempos las artes y la industria. Sobre una mesa maravillosa, lucian dos candelabros de plata cincelados, y el estrado en que se habian sentado los dos amantes, era de brocado de tres altos.

Don Juan, profundamente abstraido, no veia nada de todo esto, habia llegado hasta allí maquinalmente; tenia abandonada una mano en otra mano de Amina, y aquella mano temblaba y estaba fria como la de un cadáver.

Amina le contemplaba con una fijeza intensa; estaba palida, y en sus negros ojos brillaba una expresion de altivez indomable: parecia que queria escudriñar y analizar con su mirada lo que pasaba en el alma del marqués, que estaba aterrado, anonadado, como insensible, á causa de los terribles secretos que sucesivamente habia descubierto.

Su afan por ver claro en la vida interior de Amina, habia sido demasiado satisfecho: don Juan se arrepentia de haber deseado salir de su ignorancia.

Como por efecto de un poder magnético, la intensa mirada de la jóven atrajo al fin la mirada de don Juan, y entrambos se contemplaron durante un segundo, con una de esas miradas que no pueden describirse, y que jamás se olvidan por quien ha sido objeto de ellas.

--Si, si, te amo, Esperanza; te amo á pesar de todo, dijo el marqués comprendiendo la expresion de la mirada de Amina; te amo tanto, que á pesar de que yo debia revelar al rey cuanto he visto y oido, guardaré acerca de ello un profundo secreto.

--¿Y qué sabeis? dijo Amina con un acento tal y tan dominador, que fascinó á don Juan; verdadero acento de reina que sin despreciar impone, y sin exigir manda; ¿sabeis acaso quién es la mujer que la fatalidad ha puesto en vuestras manos?

Don Juan lo sabia por la revelacion de Angiolina; pero se guardó muy bien de demostrarlo: limitóse, pues, á contestar:

--Seas lo que quieras, conozco que mi vida y mi alma son tuyas, Esperanza.

--Llegará un dia en que comprendas, don Juan, dijo Amina, cuya frente se habia serenado, descendiendo, por decirlo así, de su terrible magestad; llegará un dia en que comprendas cuánto te ama la mujer á quien con tus locuras has hecho desgraciada.

--¡Mis locuras!

--Si por cierto, ¿qué son sino locuras tus amores con esa aventurera italiana, con esa princesa Angiolina? ¿Tu empeño en causarme zelos con ella? ¿qué ha sido sino una locura suponer que yo podria empenarme de tus amores por arrebatarte á esa mujer?

Habia tal dignidad, y una dignidad tan tranquila en Amina al pronunciar estas palabras, que el marqués se desconcertó, y no pudiendo negar sus amores con la princesa por demasiado públicos, contestó:

--Yo me veia desdeñado por tí.

--Desdeñado no: alejado si.

--Sea como quieras; pero si nada te importa que yo ame á otra ¿por qué eres desgraciada?

--Porque te creia mas grande, mas noble de lo que eres en realidad.

--He pretendido olvidar, dijo por decir algo el jóven.

--¡Olvidar! ¡olvidarme!¡y para olvidarme...! ¡á mí! ¿has recurrido al amor de esa mujer? lo repito: me he engañado: yo pensé que valias mas, infinitamente mas que lo que vales.

Don Juan conoció que habia incurrido en una necedad, y para remediarla incurrió en otra, como sucede generalmente á todo el que quiere salir de una posicion falsa sin confesarse vencido.

--Rechazaste mi mano con un pretexto que no he podido comprender, dijo.

--Un hombre que ama á una mujer y no puede obtenerla, la obtiene ó muere; pero no intenta ultrajarla, contestó con dignidad Amina.

--¿No me he puesto á tu paso? contestó apelando á la dulzura el marqués.

--Conservando tu vanidad; pretendiendo que me humillase; enamorando á otras á mis ojos.

--¿No he venido todas las noches á esa calleja?

--¡Esperando sin duda, dijo con sarcasmo Amina, que yo, arrastrada por mi amor, te llamase!

--¡Oh, y cuán cruel eres, Esperanza!

--Y al fin te he llamado; y al fin estás en mi aposento, solo conmigo, en medio de la noche.

--¡Oh! ¡Esperanza!

--Pero ya sabes para qué y por qué te he llamado: ahora don Juan es necesario que nos separemos.

--¡Con que es decir que me has llamado para que sepa que el príncipe va á ser tu esposo!

--Si mi padre lo exige, lo será.

--¡Es decir que no me amas!

--Nunca debimos unirnos, don Juan.

--¿Que nunca nos debimos unir?

--No, para evitar el dolor y la vergüenza de separarnos.

--¡De separarnos...! ¡es decir que tu ambicion..!

--Yo me sacrifico á mi nacimiento, á mi destino.

--¡Oh! ¡si! dijo con doloroso sarcasmo el marqués; me he olvidado de que eres... y se detuvo.

--Si, soy reina, contestó con una fria dignidad Amina.

--¡Reina tú! exclamó con creciente asombro el marqués.

--Si, no importa de qué reino; pero mi reino existe, y mis vasallos, cuando me presento entre ellos, doblan ante mí la rodilla.

Don Juan quiso contestar y no pudo: la admiracion, el estupor, el miedo, y aun podemos decirlo, un miedo supersticioso, habian cohartado sus facultades de apreciacion; recordó entonces cuanto le habia revelado la princesa, y comprendió que aquella mujer no le habia engañado: vió delante de si á la reina de aquellos famosos monfíes de las Alpujarras, solo conocidos por sus terribles hechos: trasladóse su pensamiento á las, para él desconocidas, regiones del Nuevo Mundo, y parecióle ver á Esperanza, en medio de las tribus indias, que la rendian homenaje; entonces hablaron de una manera clarísima para él, el encendido color moreno de Amina, aquel color tan bello, tan límpido, tan incitante; parecióle ver destellar de sus negros ojos una chispa de magestad salvaje, y que aquella frente magnífica, aquella mirada incontrastable, le decian:

--Soy nieta de los reyes de Granada, reina de los monfíes de las Alpujarras; soy nieta de los emperadores de Méjico, reina de los rebeldes del desierto.

Esta era la única solucion que, contando con los antecedentes que tenia, encontraba el marqués á tales misterios.

--En vano te obstinarás, don Juan, dijo Amina, comprendiendo la perplejidad del jóven, por descifrar el misterio de mis palabras. Solo sabrás la verdad si un dia la desgracia cesa de afligirnos. Para eso será necesario que se cambie la faz de los reinos de Europa, y que se viertan torrentes de sangre. Entre tanto respeta el secreto que no debo revelarte.

--¿Pero nada puedo esperar?

--Puedes esperarlo todo si consientes en sacrificarlo todo por mí.

--¡Oh! ¡y qué sacrificio no haria yo por tu amor!

--Hubo un momento, dijo tristemente Amina, en que yo olvidé por tí mi condicion, mi honor y los proyectos de mi padre. Cuando vine en mal hora á la córte del rey de España, para desempeñar al lado de la reina un servicio que me humillaba, y que yo sufria porque tal era la voluntad de mi padre, tenia el corazon libre, no amaba; pero sentia una ardiente necesidad de amar: llegó un dia en que oí hablar de tí; se ponderaban, tu hermosura, tu juventud, tu valor, tu generosidad: supe que los ociosos de la córte habian unido nuestros destinos de una manera extraña: á tí te llamaban mi hombre, á mi, tu mujer. Era necesario que yo te viese, para que pudiera contestarme á esta pregunta que me habia hecho con cólera al escuchar aquellas extrañas palabras.--¿Qué puede haber de comun entre ese marqués tan ponderado y yo? Pero cuando te ví al fin, cuando ví tu semblante al reflejo de la luna despues del incendio de la iglesia del Buen Suceso, que me habia aterrado; cuando sentí llegar tu mirada hasta el fondo de mi alma, inflamándola, llenando su vacío con un fuego divino, abriendo para mí una nueva vida; la vida del amor.... ¡Oh! entonces comprendí lo que el mundo habia encontrado de comun entre nosotros; entonces comprendí que tú eras mi hombre; mas todavía: mi esperanza, mi felicidad, mi Dios.

Al decir estas palabras, el semblante de Amina fue perdiendo gradualmente la fria rigidez que hasta entonces habia afectado por orgullo; brotó á él la pasion; acreció su palidez, sus ojos lanzaron un fulgor divino, sus hermosos y rojos labios se mostraron trémulos y entreabiertos, y como iluminado por el reflejo del semblante de Amina, el del marqués resplandecia tambien.

Hay situaciones en que no se habla, porque el lenguaje humano no tiene palabras para expresar lo que en tales momentos el alma siente; situaciones en que los ojos que lucen con una fuerza superior á la que puede suponerse en la vida; en que la sangre que afluye al corazon; los latidos de este que se oyen; un no sé qué de sobrenatural, de fantástico, de divino, que emana de esa semejanza de Dios que se llama criatura, hablan por sí mismos con un lenguaje mas elocuente, mas sublime que el lenguaje material; y cuando el alma se exhala, como que se escapa por todo nuestro ser, cuando ese ser es una mujer tan hermosa como Amina, tan pura (y decimos tan pura porque la pureza reside en el alma y no pueden mancharla las miserias de la vida), aquella mujer es el ángel de redencion y de perdon, ó el demonio de perdicion con que Dios glorifica ó condena á un hombre sobre la tierra.

Don Juan se extremecia bajo la mirada de Amina, bajo su aliento, ante su hermosura; don Juan sentia el horrible tormento del placer que hiere porque no tenemos sentidos bastantes para absorverle: don Juan se sentia levantado á una altura inmensa sobre la tierra, flotando en un espacio aéreo, ardiente, impulsado por un torbellino de fuego.

--¿Con que me amas? ¿me amas? exclamó con delirio.

--¿Si no te amara viviria? exclamó Amina. ¿Si no te amara te hubiera introducido bajo el techo de mi padre para que vieses por tus ojos y no dudases de mi? ¿si no te amara me importaria algo que dudases ó no?

--Y bien; si me amas, ¿por qué no ser mi esposa?

--Júrame que jamás levantarás el acero contra mi padre, y te prometo, te juro, que si no soy tu esposa, no lo seré de otro.

--¡Oh! si, si, dijo don Juan trasportado; te lo juro por la gloria de mi madre, y por mi honor.

--Por el descanso de tu buena madre si; dijo Amina levantándose con enerjía; ¡por tu honor no!

--¿Por mi honor no? exclamó levantándose asombrado el marqués.

--¿A qué llamais los castellanos honor? exclamó con desprecio Amina; á servir ciegamente y como viles esclavos á un rey tirano; á un rey á quien el Altísimo sostiene en un trono para castigar los pecados de un pueblo: cuando ese rey fija la mirada codiciosa en una region feliz, rica y próspera y la ambiciona; cuando ese rey os dice: tomad mi estandarte y empapadlo en sangre humana, porque es necesario que yo añada á mi blason real los blasones de aquel otro pueblo, id, conquistadle, destrozadle, esclavizadle, yo lo quiero; es necesario que yo sea rico, grande y fuerte, á costa de la pobreza, la abyeccion, y la debilidad de pueblos enteros; id, que os lo mando yo..... cuando el rey os dice: id á llevar el luto, la servidumbre y la deshonra á otros paises, vosotros llamais honor á la obediencia que os pone las armas en la mano y os lleva, como bandidos en cuadrilla, á apoderaros por fuerza de lo que no es vuestro; á robar lo que Dios quiere que sea respetado. ¡Oh, no! ese honor es la infamia; el verdadero honor es el que defiende la patria, el que ampara al pobre y al desvalido, el que acomete á los tiranos y los vence ó sucumbe: los castellanos no comprendeis ni el honor ni la gloria; llamais honor al crímen y gloria á la infamia. No; yo acepto tu juramento por el descanso de tu madre, por mi amor, por tu alma, pero por lo que tú crees honor, no: ese honor te haria mi enemigo; ese honor te obligaria á delatar á mi padre, á entregarle al verdugo; ese honor te obligaria mañana á degollarme ó á contribuir á que fuese vendida como esclava: ese honor te separa de mí.

--¿Luego eres enemiga de los castellanos?

--Si, enemiga á muerte.

--¿Y por qué entonces cuando nos encontramos, no me dijiste: sigue tu camino, y no procures unirte á mi porque un abismo nos separa?

--¡Oh! ¡los hombres son cobardes, muy cobardes! exclamó con acento frio y acerado Amina; ¡el valor es de la mujer, exclusivamente de la mujer! ¡nosotras lo sacrificamos todo por ellos, patria, religion, virtud, felicidad! ¡nos perdemos en cuerpo y alma por ellos! ¡ellos no saben sacrificarnos nada! ¡Ya se vé! ¡la mujer ha nacido para ser esclava! ¿por qué te amaba antes de conocerte? ¿por qué, si en aquellos momentos me hubieras pedido la vida te la hubiera dado sonriendo? ¡Oh, vosotros no amais! ¡vosotros..! ¡ni aun siquiera comprendeis de cuánto es capaz una mujer enamorada!

--Pues bien; si eso es verdad; si alientas en tu alma esa fuerza sublime del amor, sígueme.

--¡Abandonando á mi padre! ¡No! ¡jamás!

--¿Con que en el momento de la prueba retrocedes? ¿Con que no has pronunciado mas que palabras vanas?..

--Escrito está en los libros de luz, dijo gravemente Amina, que por el hombre abandone la mujer á su padre y á su madre; pero no está escrito en ninguna parte que la mujer asesine al hombre á quien ama.

--¿Es decir que si me siguieses abandonando á tu padre?..

--Allí, á donde quiera que nos ocultásemos, iria la venganza de mi padre: venganza terrible, implacable, fria: ¡oh, qué horror! cuanto he podido sacrificarte, te lo he sacrificado, sin dudar, sin retroceder; todo lo que en adelante pueda sacrificarte, te lo sacrificaré... pero no me pidas tu propio sacrificio, ¡eso jamás!

--¿De modo que será forzoso que nos separemos?

Amina fijó en el marqués, con una ansiedad indescribible, sus hermosos ojos, que á pesar de sus esfuerzos por mostrarse serena, se llenaron de lágrimas.

--Separémonos mas bien, dijo: olvídame si puedes; en cuanto á mí... yo nunca te olvidaré.

--¿Y para esto me has llamado?

--Yo te esperaba y te esperaba para hablarte; pero sin el desgraciado encuentro que has tenido junto al postigo de mi casa, sino hubieras visto entrar por él un hombre, te hubiera hablado por la reja para decirte:--«Me has ofendido de una manera cruel, y sin embargo te amo: durante algun tiempo no nos veremos, pero espera: yo te amaré siempre: cuenta conmigo.»--Dios lo quiso de otro modo: el príncipe don Carlos habia entrado en mi casa, y era necesario que supieses lo que hacia en ella; por esta razon has conocido graves secretos.

--¡De modo que, obedeciendo á ese honor castellano que tan extraviado y absurdo te parece; debia yo como español y caballero, revelar al rey cuánto he visto y cuánto he oido..!

Irguió la cabeza Amina y dijo friamente:

--Hazlo, don Juan, hazlo, y me habrás devuelto la felicidad.

--¡Ah! ¡serias feliz!

--Si, porque si cometieras tal infamia, no serias ya el hombre que mi amor habia soñado; dejaria de amarte, y... dejando de amarte, seria muy feliz, mucho.

--¡Muy feliz! exclamó con extrañeza el marqués.

--Si, muy feliz: nada me importaria no verte, no saber de tí... y... mas que eso: entonces me vengaria de un infame que me habia tomado por juguete.

Amina apenas podia hablar: la voz se ahogaba en su garganta.

--¿Y nada temes por tí, nada por tu padre? exclamó asombrado y fuera de si el marqués que sufria horriblemente.

--El rey de España, dijo con altivez Amina, nada puede contra nosotros; aunque nos sepultase en el mas lóbrego calabozo de la Inquisicion, nuestras cadenas se romperian como si fueran de vidrio: las puertas, los muros, se abririan para darnos libertad. De otro modo, sino estuviésemos á salvo, ¿crees que por mucho que me interese el que no puedas dudar de mi amor y de mi honra, hubiera yo vendido la cabeza de mi padre?

--Sea cualquier el poder de tu padre, Esperanza, no seré yo quien le ponga á prueba, revelando al rey lo que esta noche he visto y oido en tu casa.

--Pero repara que de ese modo eres traidor á tu amo el rey de España, dijo con sarcasmo Amina.

--Entre el rey y mi amor, dijo el marqués con voz firme, mi amor es lo primero.

--¡Oh! ¡espéralo todo de mí! exclamó con una alegría infinita Amina.

--¡Que lo espere todo de tí!

--¡Oh! si, si, has salido victorioso de una terrible prueba: tu amor es grande, valiente, inmenso como el mio. Tú me sacrificas lo que crees, lo que llamas tu honor. Yo te sacrificaré mi vida, mi corona... pero es necesario esperar.

Al oir la palabra corona, el marqués hizo un movimiento de extrañeza.

--Si, mi corona, dijo Amina; no creas que estoy loca; mi corona, ya sea la de un pueblo poderoso y vencedor; ya la de una raza vencida, perseguida, errante, es siempre una corona. Si un dia me dices estoy dispuesto á abrazar, aunque solo sea en apariencia, la religion de los tuyos, á defender tu pueblo, á ser tu esposo, entonces se aclararan para tí tantos misterios. Ahora, don Juan, escucha: la fatalidad nos obliga á separarnos, y en algun tiempo no nos veremos. Pero siempre tendrás á tu lado, sin que lo conozcas, sin que lo veas, como lo tienes ahora, siguiéndote á todas partes, quien vele por tí, quien te proteja, quien ponga oro en tu bolsa, si es necesario, sin que tú veas la mano que lo pone. Ademas, podrá suceder que un dia tu lealtad, el resto de lealtad que conservas aun al rey de las Españas, te lance á la guerra: entonces, don Juan, si esa guerra es contra hombres de otra religion, toma: lleva este amuleto sobre las armas, pero de modo que se vea y nada temas: el hierro enemigo no te tocará.

Amina se quitó del cuello una rica cadena de oro de la cual pendia una placa esmaltada guarnecida de diamantes, en cuyo centro habia algunos caracteres azules enteramente extraños para el marqués, y le puso la cadena al cuello.

--¡Oh! la llevaré siempre sobre mi corazon, exclamó don Juan besando apasionadamente aquella joya, que aun conservaba el calor del seno de Amina.

--Sobre el corazon en paz; sobre la coraza en guerra. Ahora es preciso que nos separemos, don Juan.

--¡Separarnos!

--Si; es necesario de todo punto.

--¿Y cuándo nos volveremos á ver?

--¡Oh! ¿quién sabe? dijo tristemente Amina: tal vez pronto, tal vez nunca.

Y asiendo de la mano al marqués le condujo á una habitacion oscura, abrió un balcon y miró á fuera.

--¡Nadie hay en la calle! dijo Amina: nada se oye...

--¡Oh! ¡Esperanza! ¡Esperanza! dijo el marqués: ¡yo no puedo separarme de tí!

Oyéronse entonces en el interior algunas puertas que se abrian.

--¡Mi padre! exclamó Amina: ¡vete!

Don Juan la estrechó rápidamente entre sus brazos, Amina se escapó de ellos, y empujándole hácia el balcon, le dijo:

--Vete... ¡y no me olvides!

--¡Adios, vida de mi vida! dijo el marqués: ¡jamás te olvidaré!

Y echándose fuera de la balaustrada del balcon, se descolgó por una reja á la calle.

Cuando estuvo en ella, Amina se asomó al balcon, y dijo conteniendo mal sus sollozos:

--Toma, don Juan, y lee, y cuando hayas leido, comprenderás cuánto estás obligado á amarme.

Dicho esto, arrojó una carta á la calle, desapareció de la balaustrada, y se oyó el ruido de las maderas del balcon que se cerraban.

--¡Oh, Dios mio! exclamó don Juan recogiendo la carta: ¡esto es para volverse loco!

Y ansioso por conocer el contenido de aquella carta, se encaminó á buen paso á una esquina situada al otro extremo de la calle, donde un farolillo, puesto por la devocion de los vecinos, alumbraba el tétrico nicho de un Ecce-Homo.

Para llegar allí, tenia que pasar necesariamente por el sitio donde habia caido muerto ó herido, el hombre que habia quedado aguardando al príncipe de Asturias, en el postigo de la casa de Amina.

El marqués no miró á aquel sitio, ni se acordó siquiera de que allí acaso habia muerto á un hombre.

Cuando llegó delante del nicho del Ecce-Homo, abrió la carta, de la cual se desprendia un leve y delicado perfume, y leyó estas breves, pero terribles palabras:

«Don Juan de mi alma: hay cosas que el pudor impide á una mujer revelarlas ni aun á su mismo esposo; pero es preciso que sepas que alienta en mis entrañas un hijo de nuestro amor.--Tu Esperanza.»

Don Juan lanzó un grito insensato de amor, de alegría, de dolor; arrugó en un movimiento frenético aquella carta entre sus manos, la oprimió contra su boca y luego... luego cayó de rodillas ante el Cristo, fijó en él sus ojos, llenos de fe, de esperanza, y aun podremos decir de caridad, y exclamó:

--¡Señor! ¡Divino Señor! ¡Vela por ella y por mi hijo!

En aquel momento el marqués se sintió asido...

Pero antes de relatar lo que sucedió á don Juan, es necesario que retrocedamos un tanto y volvamos á la casa de la princesa Angiolina Visconti.

CAPITULO XII.

Lo que hizo la princesa arrastrada por sus zelos.

El autor recuerda haber dicho anteriormente, que Angiolina Visconti se habia separado de la manera mas ruda y tormentosa del marquesito de la Guardia, dejándole solo en el lindo retrete donde le habia recibido.

La princesa atravesó rápidamente algunas habitaciones, y en una de ellas se detuvo y se puso á contemplarse en un magnifico espejo de Venecia.

¿Con qué objeto era esta contemplacion de sí misma?

La princesa estaba resuelta á vengarse, y por lo mismo concentraba sus fuerzas y contaba sus recursos.

Entre estos era uno poderosísimo su hermosura.

Por esto Angiolina se miraba al espejo. Se preguntaba qué motivo habia tenido el marqués para abandonarla á ella, la altiva hermosura que tan codiciada era por los hombres de mas valer de la córte: el espejo la dijo que era tan hermosa como la duquesa de la Jarilla, y sin embargo, la fiebre que su hermosura habia producido en la loca imaginacion del marqués de la Guardia habia pasado; la princesa comprendió que el marqués habia usado de ella como de un instrumento; vió, sin que pudiera quedarla ni aun el leve consuelo de la duda, que la hermosa duquesita poseia todo entero el corazon de don Juan, á quien ella amaba con toda su alma: su aborrecimiento hácia Amina creció, y pensó en vengarse de ella usando de los terribles papeles que Bempo la habia traido de Granada.

Angiolina era una fatalidad mas que la suerte arrojaba delante de Yaye ebn-Al-Hhamar, del poderoso emir de los monfíes, ó del duque viudo de la Jarilla, si nuestros lectores han olvidado que tenia estos dos nombres.

Amina, la nieta de cien reyes, ofrecida por su padre en aras de su patria, tenia ante si un enemigo terrible, una mujer hermosa, altiva, enamorada y zelosa de ella. Por aquella mujer, el marqués de la Guardia habia llegado á ser para Amina una doble fatalidad.

Pensando en su venganza Angiolina se miraba profundamente al espejo.

Ya hemos dicho lo que sabemos acerca de la figura y de los atractivos de la princesa; réstanos decir, que el traje que en aquella situacion vestia, realzaba sus atractivos.

Un justillo de brocado de oro sobre azul de cielo muy bajo, indicaba su escasa y flexible cintura, su seno y sus hombros, cerrándose en el cuello por una gola rizada de encaje de Flandes. Las mangas ceñidas, acuchilladas y tomadas de perlas, dejaban ver el magnífico contorno de sus brazos y terminaban en dos puñitos del mismo encaje, bajo los cuales medio se ocultaban unos ricos brazaletes de oro cincelado y diamantes: la falda ancha, larga, terminada por detrás en cola, flotante y vaporosa, era de damasco brocado de oro en blanco. Las faldetas que unian al justillo con la falda, estaban guarnecidas de perlas, y rodeaba su cintura un cordon de oro; ese cordon estaba sujeto en el talle por un broche de esmeraldas y anudado y trenzado caprichosamente á lo largo de la falda, con perlas y esmeraldas en los entrelazos, terminando en dos gruesas borlas de perlas; en los cabellos, recogidos atrás en trenzas, mostraba tambien algunas ricas joyas, colocadas con un esquisito gusto; últimamente, llevaba arracadas de pedrería, y en las bellisimas y blancas manos una multitud de cintillos de valor segun la moda de aquellos tiempos.

La pobre princesa se habia puesto, por parecer bella á don Juan, todo lo que la quedaba de su guarda-joyas.

Pero como es lo mas dificil del mundo, que una mujer parezca hermosa á un hombre hastiado de ella, la pobre princesa, aunque estaba, no solamente hermosa, sino hermosísima, radiante, adorable, no logró causar efecto en don Juan.

Angiolina, por lo tanto, consultaba con su espejo, con ese severo confidente de la mujer, que de una manera tan despiadada la arroja á la cara los estragos que hacen en su hermosura los años, las enfermedades y los pesares; que nada la oculta, ni la primera cana, ni la primera arruga, ni la palidez del cansancio; confidente á quien la mujer sonrie cuando la presenta tesoros de hermosura; ante el cual se irrita cuando aquella hermosura empieza á empalidecer, á marchitarse: la princesa, repetimos, preguntaba á su espejo la razon que podia haber tenido el marqués para mostrarse con ella tan cruel, tan terrible, tan desenamorado: el espejo la contestó que era hermosa, con todo el esplendor de su hermosura; que sus ojos eran brillantes, sus miradas irresistibles, irresistibles sus encantos: la presentó su vigorosa juventud, con toda su exuberancia de vida, pero al mismo tiempo la presentó la lividez de la cólera que alteraba aquellos encantos; la expresion amenazadora y letal de su mirada, que daba á sus ojos toda la apariencia de los ojos sangrientos de la leona irritada: comprendió que la cólera era un enemigo terrible de la hermosura, que la verdadera fuerza de la mujer está en su aparente debilidad: comprendió que habia hecho muy mal en dejarse arrebatar por sus pasiones escitadas, y que acaso don Juan habia retrocedido irritado y desencantado ante su mirada amenazadora, cuando tal vez hubiera caido á sus piés, si en vez de amenazarle hubiera recurrido á las lágrimas.

Angiolina quiso saber si podia dominar la cólera, la irritacion, el despecho que agitaban su alma; si podia ocultar aquel volcan rugiente y amenazador bajo un aspecto tranquilo y riente: entonces tuvo lugar una transformacion en el brillante fondo del espejo; desapareció el ángel rebelde, y quedó el ángel del sufrimiento, con su belleza espiritualizada por el dolor, por un dolor intenso, paciente, resignado. Angiolina lanzó un grito de alegría: nunca se habia contemplado tan hermosa como bajo aquel antifaz de resignacion, de sufrimiento íntimo. Ensayó una y otra vez, irritando sus pasiones con el candente recuerdo del desprecio de don Juan, si podia dominarlas, concentrarlas en el fondo de su alma, velarlas con una mirada dulce, triste, anhelante: una y otra vez el resultado sobrepujó á sus esperanzas; una y otra vez se contempló sucesivamente mas hermosa.

--¡Ah! exclamó: he ahí: he ahí mi fuerza: he sido una insensata en dejarme arrebatar por la cólera: la amenaza ha irritado á don Juan: mi sumision y mis lágrimas le hubieran hecho caer de nuevo enloquecido entre mis brazos... probaré, probaré el rendimiento sin renunciar á mi venganza, y si el rendimiento no basta para volverme el corazon de don Juan... ¡ah! entonces es necesario tambien ocultar en el fondo de mi alma mi desesperacion: mostrarme tranquila; provocar el amor de los que pueden servirme para llevar á cabo mi venganza; no dejar sospechar á nadie lo que pasa en mi alma, para que ninguno pueda despreciarme, ni creerme despreciada: tal vez don Juan no resista al pensamiento de que ninguna herida ha hecho en mí su abandono; los hombres son mas vanidosos que las mujeres: tal vez el deseo de hacerme sufrir, de verme llorar y retorcerme á sus piés desesperada, le vuelvan á mí, lo arrojen á mis piés, me hagan su señora: ¡oh! ¡sí! ¡sí! y puesto que la mentira es el arma de la mujer, mintamos... mintamos hasta el punto, de que todos me crean venturosa; no debemos derramar ni aun á solas nuestras lágrimas... las lágrimas dejan horribles huellas en el semblante de una mujer, cuando estas lágrimas son de fuego, como las que yo verteria sino dominase mi llanto, si no le encerrase en mi corazon: que hierva encerrado en él, que se convierta en un tósigo mortal para el marqués y para esa mujer por quien me abandona; una mujer que llora, solo puede conmover al hombre que la ama; cuando el hombre amado ama á otra, la mujer ofendida no debe llorar, no debe dejar ver al mundo su desolacion, para que el mundo no pueda decir: ¡pobre mujer abandonada! para que el mundo no pueda despreciarla.

Y después de este razonamiento, la paz mas profunda se fijó en el semblante de Angiolina, volvió á sus ojos su brillo deslumbrador, á su mirada la dulzura, á su boca la expresion riente que tanto la embellecia: nadie, al verla, hubiera sospechado que aquella mujer, que parecía tan feliz, guardaba dentro de su alma un infierno; que era, por decirlo asi, un horrible abismo cubierto de flores.

Solo un hombre existia que debia necesariamente conocer aquel abismo; ver el cieno infecto á través de la tersa superficie de aquel lago engañador; aquel hombre era Bempo.

En el momento en que Angiolina se separó del marqués, mandó al italiano que siguiese al jóven, que averiguase donde paraba, y que volviese á avisarla.

Bempo volvió una hora despues.

--Excelencia, dijo, en ese acento dulce y cadencioso de los romanos; he cumplido vuestras órdenes.

--¿Has seguido al marqués?

--Sí, excelencia.

--¿Dónde ha ido?

--A colocarse en acecho bajo un soportal, frente al postigo de la casa de la duquesa de la Jarilla.

--¿Qué ha hecho despues?

--Dos hombres han llegado á aquel postigo; el uno ha entrado, valiéndose de una llave; el otro ha quedado esperando; el marqués le ha acometido, aquel hombre se ha puesto en defensa, y al fin, ha caido bajo la espada del marqués.

--¡Muerto!

--No.

--¿Has reconocido, pues, á ese hombre?

--Si.

--Has sido imprudente, Bempo; ya sabes que no quiero que te expongas.

--Es tarde: la calleja apartada y solitaria; no habia peligro.

--¿Y dices que ese hombre no ha muerto?

--No; pero puede morir.

--¿Le has conocido?

--Es la noche muy oscura.

--¿Qué hizo despues el marqués?

--Se dirigió furioso al postigo de la casa de la duquesa; pero antes de llegar á él, la misma duquesa apareció en uno de los balcones y le habló.

--Y... ¿qué hablaron?

--Estaba demasiado lejos para poder oir su conversacion, que por otra parte, duró muy poco; el marqués trepó por una reja y entró por un balcon en la casa de la duquesa.

--¡Ah!... ¡entró!... ¡por un balcon!

--Si, y yo, creyendo que no saldria tan pronto, he venido á avisaros, excelencia.

--Has hecho bien, Bempo, dijo tranquilamente Angiolina: es necesario que vuelvas:

Aquella especie de lazzaroni puerta.

--Espera, añadió la princesa: es necesario que vuelvas; pero no vuelvas solo.

--¿Y qué he de hacer?

--Lleva contigo cuatro de tus amigos, de tus buenos amigos; ¿me entiendes?

Bempo hizo con la cabeza un movimiento afirmativo.

--Ven con ellos por el postigo del huerto, continuó Angiolina; yo misma te abriré: despues, te lo encargo ahora porque no quiero hablarte delante de esos hombres; tomarás una de mis sillas de mano, é irás con ella y con tus cuatro amigos á la calle donde ha quedado ese hombre herido, y sino ha muerto le metereis en la silla, y le traerás á casa, entrando en ella por el mismo postigo que yo abriré: luego volverás con tus cuatro camaradas á la misma calle; te ocultarás donde puedas ver sin ser visto el postigo de la casa de la duquesa, y harás que uno de los tuyos siga, cuando salga, al hombre que entró por el postigo, y que averigue su paradero. Tú, con los restantes, te apoderarás del marqués cuando salga de esa casa: te apoderarás de él, ¿lo entiendes?

--¿Muerto ó vivo?

--Vivo: debes evitar una lucha: cuatro hombres bien pueden sorprender y sujetar en una calleja oscura á otro hombre que va por ella descuidado. Para conducirle aquí, te prevendrás de otra silla de manos, y le meterás en ella con los ojos vendados.

--¿Es decir que he de traer aquí al marqués como al otro?

--Si.

--¿Por el mismo sitio?

--Si, por el postigo del huerto. Nada mas tengo que encargarte, Bempo.

Bempo no se movió.

--¿A qué esperas? dijo con impaciencia Angiolina.

--No tengo dinero, excelencia, contestó gravemente Bempo.

--¡Ah! ¡no tienes dinero!

--Los cuatro hombres que han de acompañarme, no me seguiran sino se les paga á peso de oro. Los valientes de España no me conocen tanto como los lazzaroni de Roma. Además, entonces un solo paseo nocturno por la campiña, me bastaba para no verme en el caso de pediros nada: pero ahora es distinto.

--Toma: dijo Angiolina, quitándose un joyel de diamantes de su prendido.

--¡Buena prenda! dijo Bempo: ahora todo es posible.

Y girando sobre sus talones, desapareció por una puerta inmediata.

Sigámosle.

Atravesó algunas habitaciones y algunos corredores oscuros, bajó una escalera, cruzó un patio, pasó de él á un huerto, y abrió una puerta oculta bajo un emparrado: tras aquella puerta habia dos habitaciones reducidas, y en la interior, que era un dormitorio, se veia una imágen de la Vírgen, delante de la cual ardia una lámpara.

Bempo abrió un arca que estaba en el mismo dormitorio, sacó de uno de sus ángulos algunas monedas de oro, que guardó en una bolsa de seda, envolvió el joyel en un paño, y le ocultó en otro ángulo del arca: despues salió, cerró la puerta del aposento, atravesó el huerto, y llegando á un postigo, descorrió sus cerrojos y salió á una calle estrecha: poco despues una sombra informe de mujer, llegó á aquel postigo que solo habia quedado encajado; corrió de nuevo sus cerrojos, y quedó esperando junto al quicio.

Aquella mujer estaba envuelta en un manto.

Bempo se encaminó á buen paso á la Cava Baja de San Miguel, y llamó á la puerta de una casa de mezquina apariencia.

Contestó desde adentro una voz breve, enérgica, y al parecer de hombre de brios; mediaron algunas breves contestaciones entre el de adentro y el de afuera, y la puerta se abrió.

Apareció tras ella un hombre fornido, de buena estatura, de semblante extremadamente sesgado, verdadero semblante de bandido español: aquel hombre por lo exíguo de sus vestidos, y por el efecto que causaba en sus ojos el resplandor de la luz con que se alumbraba, demostraba claro que acababa de dejar el sueño y el lecho.

--¿Qué se os ofrece á estas horas, amigo?, dijo á Bempo.

--Déjame entrar, camarada, contestó el italiano; tenemos que hablar de cosas que no son para oidos de nadie.

--Entrad, pues.

Adelantó Bempo, cerró el otro la puerta, y atravesando el zaguan introdujo á su visitante en una habitacion baja.

--Aquí nadie puede oirnos, dijo el de la casa dejando sobre una mesa la luz con que se alumbraba y sentándose en una arca.

Sentóse Bempo en un banquillo de pino y dijo:

--Los valientes se conocen, Pablo.

--Bien, ¿y qué? contestó el otro.

--Cuando los valientes se conocen y estan seguros unos de otros se sirven en lo que han menester.

--Bien, ¿y qué? repitió flemáticamente Pablo.

--Yo necesito que me ayudeis tú y otro tres de tus camaradas.

--¿En qué y cómo?

--Hay que recoger á un herido y apresar á un hidalgo.

--¡Ah! ¿y quién necesita eso?

--La persona que me envía.

--¿Y quién es esa persona?

--No hay necesidad de conocer su nombre si se conoce su oro.

--Señor Bempo, dijo Pablo levantándose: mereciais un chirlo en la cara por vuestra desvergüenza.

--¡Bah! dejémonos de brabatas, dijo Bempo sin moverse de su asiento, lo que obligó al llamado Pablo á sentarse de nuevo; el hombre lleva en la cara su oficio; y aunque yo solo os he conocido en la Tela y en los tiros de espada, sabeis que nos hemos comprendido y nos hemos estrechado las manos, porque, como quien dice, somos de la misma madera. Vosotros pasais por buenos soldados de á caballo del rey, en la corneta del señor capitan don Luis Moncada, y yo paso por criado del príncipe Lorenzini Maffei: pero cualquiera que no sea lerdo, á poco que nos mire puede decir: he ahí unos buenos bandidos. ¡Bah! yo no os he pedido hasta ahora ningun favor, pero contaba y cuento con vosotros, como vosotros podeis contar conmigo, sobre todo, cuando los servicios se pagan bien, tan bien como el que os pido.

Y Bempo sacó algunos doblones de á ocho y los extendió sobre la mesa.

Pablo miró con mas cólera que codicia el dinero; pero instantáneamente aquella chispa de irritacion se apagó en sus ojos, reemplazándola una expresion profundamente pensadora, y despues de un momento de silencio, dijo:

--Tú eres mayordomo, ó lacayo, ó qué sé yo, de una princesa italiana.

--Es verdad, dijo Bempo.

--De la señora Angiolina Visconti.

--Es verdad.

--¿Y es esa dama... quien nos paga?

--Vamos, no quiero ocultártelo, ella es: pero guárdame el secreto.

--¡Ah! tratándose de esa dama es distinto. Dicen que es querida del marqués de la Guardia.

--Mucho sabes.

--Oimos hablar mucho de galanteos y aventuras á nuestros cabos y alféreces cuando damos la guardia al rey.

--Sea como quiera: aquí de lo que se trata es de recoger un herido, y de esperar á que salga de cierta casa donde ha entrado el marqués de la Guardia y apoderarnos de él.

--Dicen que el marqués es muy valiente.

--Pero la noche es oscura: se le deja pasar y se le acomete y se le sujeta por la espalda.

Quedó de nuevo profundamente pensativo Pablo.

--Asunto concluido dijo: ¿esta es la señal?

--Ese oro es la paga.

--Poca paga es, pero no importa; voy á despertar á tres de los amigos y al momento estamos listos.

--Ya sabia yo que nos entenderiamos.

--¡Los valientes se conocen! dijo Pablo con acento indefinible, guardándose el dinero.

Poco despues cinco hombres embozados salian de aquella casa, atravesaban algunas calles, y llegaban al postigo del huerto de la casa de la princesa, que se abrió inmediatamente despues de haber llamado á él recatadamente Bempo.

Los otros cuatro hombres no vieron quien habia abierto y entraron siguiendo á Bempo que les llevó entre unos árboles, donde habia una silla de manos.

Dos de los embozados se terciaron las capas, cargaron con la silla, y salieron precedidos de Bempo y de los otros dos: el postigo volvió á cerrarse y sus cerrojos se corrieron en silencio.

Un relój dió á lo lejos la una de la noche.

Esta continuaba densamente oscura.

Solo de tiempo en tiempo se escuchaba el reñir de dos perros que disputaban un hueso: solo de largo en largo trecho se veia un embozado pegado á una reja ocupado en lo que desde tiempo inmemorial se llama en España pelar la pava: pero no encontraron una sola ronda.

Era una noche á propósito para el crímen.

Cuando llegaron á la calleja á donde correspondia la parte posterior de la casa del duque de la Jarilla, Bempo se encaminó en derechura al sitio donde habia visto caer al herido.

Aun estaba allí; el trastorno, el desvanecimiento que le habia causado la herida habia pasado, se quejaba, pero débilmente, á causa sin duda de la pérdida de la sangre; pugnaba en vano por levantarse, y cuando sintió junto á sí á Bempo y á sus cuatro acompañantes, exclamó con voz casi imperceptible:

--Quien quiera que seais, socorredme, y despues de pagaros yo, Dios os lo pagará.

--Si, si, dijo Bempo; á socorreros venimos, señor hidalgo: ea, camaradas, ayudadme y pongámosle en la silla.

Dos de aquellos hombres ayudaron á Bempo y levantaron del suelo al herido, que con el dolor causado por aquel movimiento se desmayó.

Una vez colocado en la silla, Bempo se dirigió á uno de los que le acompañaban.

--Ven conmigo, Pablo, le dijo, y que nos siga uno de tus camaradas.

El italiano llevó á los dos hombres frente al postigo de la casa del duque, y les dijo ocultándolos en el soportal donde poco antes se habia ocultado el marqués.

--Observad desde aquí ese postigo; si sale por él un hombre, seguidle uno de vosotros recatadamente, y sin perderle de vista, hasta ver en donde para. Luego el que le siga irá á esperar junto al postigo del huerto por donde hemos sacado la silla de manos.

--¿Y si ese hombre se apercibe de que lo siguen?

--Que no pueda apercibirse. Mientras el uno le sigue, el otro debe permanecer aquí, y observar lo que pase en esa casa (y señaló la del duque). Ahora adios; voy á despachar el asunto del herido con vuestros compañeros.

Dicho esto, Bempo fue á reunirse con los que habian quedado guardando la silla, y cuando llegó á ellos les dijo:

--En marcha.

Cargaron aquellos dos hombres con la silla, y precedidos por Bempo, y dando una buena idea de sus fuerzas en la velocidad con que conducian al herido, llegaron en poco tiempo al postigo de la casa de la princesa, que se abrió al primer llamamiento de Bempo, y silla y hombres se perdieron tras el postigo que volvió á cerrarse.

Media hora despues, Bempo y los dos hombres llevando de nuevo consigo la silla de manos salieron por el postigo y se encaminaron al soportal donde habian quedado los otros dos hombres en acecho de la casa de Yaye.

Bempo llamó á Pablo.

--Ha ido en seguimiento de un hombre que ha salido por ese postigo, dijo lacónicamente una voz contenida desde lo oscuro.

--¿Hace mucho tiempo que ese hombre ha salido? preguntó Bempo.

--A poco de haberos vosotros alejado.

--¿Y no ha acontecido ninguna otra novedad en esa casa?

--Ninguna, á excepcion de que, cuando nos pusimos en acecho todos los balcones estaban oscuros, y desde poco despues de haber salido el hombre á quien ha acompañado Pablo, ha aparecido la luz que se ve reflejar tras las celosías de ese mirador.

En efecto, se veia el reflejo de una luz tras los miradores de Amina.

--Pues bien; atencion y silencio, dijo Bempo.

Dieron sucesivamente las dos, las tres y las tres y media en los relojes de la villa, sin que se notase movimiento alguno en la casa de Yaye: al fin, poco despues de las tres y media, se abrió uno de los balcones que habian permanecido oscuros, se oyeron en él las voces contenidas de dos personas, y luego un hombre se descolgó del balcon por una reja á la calle: apareció en el balcon una sombra blanca, habló algunas palabras con el hombre que habia bajado, dejó caer un papel á la calle, y retirándose del balcon le cerró: el hombre recogió el papel, fue al nicho del Ecce-Homo de la esquina, y á su luz leyó el papel y cayó de rodillas ante el Cristo.

En aquel momento Bempo y los tres embozados que habian seguido recatadamente al marqués de la Guardia, que él era, se arrojaron sobre él.

* * * * *

* * * * *

CAPITULO XIII.

De cómo la princesa y Cisneros, fueron la dama y el galan de una escena de comedia.

En una habitacion extensa, entapizada con cueros de Flandes, por cima de los cuales se mostraba á trechos la humedad de las paredes, y en un lecho en un apartado ángulo, habia un hombre con el pecho descubierto y fuertemente vendado.

Aquel hombre era el comediante Cisneros.

Sobre el vendaje se veian algunas gotas de sangre, y junto al lecho apoyada en él y mirando con sumo interés al herido, que habia vuelto enteramente en su conocimiento, estaba una mujer hermosa y deslumbrantemente vestida.

Aquella mujer era Angiolina Visconti.

Una bujía de cera perfumada, puesta en un candelero de plata, sobre una mesa de mármol, iluminaba este grupo.

El semblante de Angiolina dulce y misericordioso, era el semblante de un ángel.

Cisneros la miraba con asombro, con agradecimiento, con toda la alegría que le permitía tener su estado. De tiempo en tiempo sin embargo lanzaba un profundo gemido.

--Os sentís muy mal, amigo mio, ¿no es verdad? dijo en una de estas ocasiones la princesa.

--¡Ah, señora! dijo Cisneros: infinitamente peor me sentiria sino os tuviese á mi lado, os veo, y me parece un sueño: ¡vos, vos junto á mi! ¡acaso en vuestra casa! ¡bendita sea la espada que me ha herido!

--No digais eso, señor Cisneros; no digais eso, contesto dulcemente Angiolina; sacadme mas bien de la ansiedad en que me teneis: ¿Cómo os sentís?

--Mi herida es muy incómoda, señora; pero juraria que no es peligrosa: no respiro por ella, lo que me demuestra que no ha atravesado la cavidad; sufro porque sin duda el hierro me ha tocado alguna costilla, á lo que atribuyo el haberme desvanecido: estoy débil, pero debo de haber perdido poca sangre: esto será cosa de quince dias: quince dias en que vos estareis á mi lado, ¿no es verdad?

--¿Y cómo podeis dudar eso, señor Cisneros? ¿á qué os habia yo de haber recogido en mi silla de manos y traido á mi casa sino me interesase por vos, é interesándome por vos, cómo puedo abandonaros ni un momento?

--¡Ah! ¡me habeis encontrado! ¡habeis sido vos!

--Si, amigo mio; despues de la desgracia que os ha acontecido, ha sido para mí una felicidad el encontraros.

--¡Ah! indudablemente Dios no me ha abandonado. ¿Cómo creer que tan tarde la princesa Angiolina Visconti?...

--¡Cómo! ¿me conoceis?

--Los comediantes, señora, conocemos desde la escena á todas esas nobles personas que protejen nuestro bajo oficio dándonos oro á cambio de una habilidad escasa... yo os he visto muchas veces en el corral de la Pacheca[10] en un aposento inmediato al que generalmente ocupa la señora duquesa de la Jarilla.

Angiolina tenia mucho interés en escuchar á Cisneros, al que pensaba utilizar, y aquel interés creció en el momento en que Cisneros nombró á la mujer que ella aborrecia. Por lo mismo que tenia un gran interés creyó prudente ocultarle é interrumpiendo á Cisneros le dijo con la mayor naturalidad:

--Os suplico, amigo mio que calleis: hablais demasiado y esto, en el estado en que os encontrais, os puede ser dañoso: si mi presencia ha de haceros hablar será cosa de apartarme de vos para que reposeis.

--¡Ah! ¡no! ¡no os vayais! vuestra presencia, señora, vuestra bondad, la generosa compasion que brota de vuestras miradas, son el mejor bálsamo que se podria aplicar á mi herida, que por otra parte, os lo afirmo, es mas grande que grave: el hablar no me molesta, no me fatiga; por el contrario me distrae y me alivia: desde que os he visto, desde que he escuchado vuestra voz me siento reanimado; permaneced, pues, junto á mí, y no me priveis de la felicidad de ver el cielo en vuestro semblante.

--Ya que decís que nada os daña el hablar, de lo que me alegro en el alma, porque eso me prueba que vuestra herida no es grave, permitirme, señor Cisneros, que me ria.

--¿Que os ríais? ¿y de qué?

--De vuestro genio peregrino. Estais herido y débil, y sin embargo me requebrais, y Dios me perdone, sino me estais enamorando.

--¿Y de eso os reis? ¡Ah! ¡lo comprendo! os causa risa, una risa de desprecio el que un humilde comediante...

Cubrió una dulce seriedad el semblante de la princesa.

--Yo no os desprecio, dijo: hombres de vuestro ingenio mas que para despreciados, son para admirados: paréceme, sí, que os creeis en uno de esos pasos de amor de las comedias que tan bien representais... y eso me hace reir.

--¡Ah, señora! la palabra de amor que nace del agradecimiento no debe interpretarse de ese modo, y... luego... un cómico, por despreciado que sea, al fin es un hombre: un hombre que tiene corazon: y cuando ese hombre ha adorado largo tiempo en silencio á una alta persona, y de repente, despues de un lance en que ha sido herido y vencido, encuentra junto á sí á aquella mujer, á quien en otra ocasion no se hubiera atrevido á mirar frente á frente; cuando la imaginacion está perturbada, ¿qué mucho que ese hombre, bajo cuanto querais, cuanto querais infeliz, diga al ángel que tiene junto á sí: ¡Ah! ¡bendito sea Dios que ha hecho que deba la vida á la mujer á quien amo!

Angiolina miró gravemente, pero sin severidad ni desden á Cisneros, y le inundó con una mirada lucida, intensa, poderosa, que á pesar del estado en que se encontraba y que, como él mismo habia dicho, era mas doloroso que grave, hizo estremecer al comediante.

--¿Sabeis, señor Cisneros, que lo que me sucede es demasiado extraño? dijo despues de un momento de silencio la princesa.

--¡Extraño, señora! ¿y por qué?

--Figuraos que estoy pasando de sorpresa en sorpresa, desde hace dos horas: salgo de casa de una amiga mia, donde acostumbro á pasar algunas veladas y de repente, los criados que conducen mi silla se paran: pregunto la causa y me contestan que han tropezado con un hombre herido.

--Muy trastornado estaba yo, cuando solo ví cuatro embozados que se acercaron á socorrerme; dijo Cisneros.

--¡Ah! yo habia dejado la silla para que os condujeran á vuestra casa ó á donde indicárais y habia seguido á pié mi camino, acompañada de uno de mis criados: yo esperaba que los que habia dejado para que os socorriesen, me traerian la noticia de haberos dejado amparado: pero á poco de haber yo llegado á mi casa se me presentó uno de ellos y me dijo:

--El herido se ha desvanecido, ha perdido el habla y no sabemos á donde conducirle: en el hospital no nos abrirán á estas horas.

¡Llevaros al hospital! yo no quise enviar á ciegas á tal punto á un hombre que podia ser muy principal.

--Os engañásteis, pues, señora, dijo Cisneros.

--Y qué ¿no sois vos un hombre principal? ¿Creeis que el noble mas noble, vale para las almas que saben sentir, lo que valeis vos que arrancais dulces lágrimas ó alegre risa de los ojos ó de los labios de vuestros espectadores? ¿que vos, que sabeis ser rey y mendigo, caballero y villano, cortés y rústico, jóven y viejo? ¿que tomais todas las formas, que expresais todos los sentimientos, que obligais á un público entero á que arroje laureles á vuestros piés? ¿quereis ser mas principal? ¿cambiariais vuestro ingenio por un título de nobleza?

--Si, dijo Cisneros: aun á condicion de volverme estúpido.

--No blasfemeis de la providencia de Dios. ¿Por qué deseais ser pequeño, cuando habeis nacido grande?

--Si os parezco noble, y grande, y digno de ser amado, no me cambio por el rey mas poderoso de la tierra.

--Dejaos de locuras, y seguidme escuchando: os decia, pues, que por vos he pasado esta noche de sorpresa en sorpresa: sorpresa cuando os encontré herido; sorpresa cuando os vi sobre ese lecho y os reconocí; sorpresa cuando me habeis descubierto de una manera que puede llamarse solemne, que me conociais antes de ahora, que me habeis amado en silencio... ¡Ah, señor Cisneros! y todas estas sorpresas han sido dolorosas para mí.

--¡Dolorosas!

--Si: doloroso el veros herido; doloroso el saber que me amais porque...

--¿Por qué?

--Porque yo no puedo recompensar vuestro amor.

--¡Ah! ¡no me creeis digno!

--No es eso, señor Cisneros, no es eso: es que soy casada.

--¡Ah! murmuró el comediante.

--Por lo mismo no debeis hablarme de amor.

--Perdonad....

--Si, os perdono: pero á condicion de que no volvais á decirme amores.

A pesar de esta severidad de palabra la princesa no habia retirado una de sus manos que Cisneros habia asido y que estrechaba dulcemente.

--Pero no me abandoneis; exclamó con ansiedad.

--Pues es preciso que os abandone por un momento, amigo mio, dijo la princesa; han llamado á la puerta de la habitacion: oíd, vuelven á llamar.

--Id, id, pues, señora, dijo Cisneros, llevando dulcemente la mano de la princesa á sus labios y besándola.

Angiolina solo castigó aquel atrevimiento retirando bruscamente su mano de la de Cisneros, y separándose del lecho sin pronunciar una palabra.

Cisneros vió que la princesa atravesó rápidamente la cámara y salió por una puerta del fondo.

--¡Ah! pensó Cisneros, dejando caer sobre la almohada la cabeza que habia levantado para seguir con la vista á la princesa; padezco horriblemente: mi cabeza se desvanece: siento irritada la herida: esa mujer me ha obligado á hablar: no, no ha sido ella la que me ha encontrado en la calle: los hombres que fueron á buscarme, iban sin duda enviados de intento: ¡yo no pude conocer al hombre que me hirió! los pasos en que ando con el príncipe don Cárlos son peligrosos: ¿quién sabe lo que significa el encontrarme en casa de la princesa? Esta puede ser una buena aventura, si mi herida no es peligrosa: es verdad que hace mucho tiempo que esa mujer me enamora; pero ella amaba.... estaba loca por el marqués de la Guardia.... y hace un momento que, á pesar de sus palabras decorosas, parecia enamorada de mí... ¡ah! mis pensamientos se embrollan. Es necesario que me tranquilice.... ¡Ah! ¡ah! no pensemos en nada.... esperemos.

Cisneros procuró detener su pensamiento, pero esto era imposible. La fuerza con que su pensamiento se agitaba influyó al fin de una manera poderosa en su físico y se desvaneció de nuevo.

CAPITULO XIV.

De cómo la princesa descubrió que era mas fácil su venganza que lo que habia creido.

--¿Y bien, qué has hecho? dijo Angiolina á Bempo, al que encontró en el huerto.

--He hecho cuanto he podido excelencia: el herido está en vuestro poder.

--Pero... ¿y lo demás? lo demás.... nada... ¡te me vienes con las manos vacias!

--No he podido hacer mas excelencia: el hombre á quien mandé que siguiera á la persona que saliese por el postigo de la casa del duque de la Jarilla, la siguió, pero la ha perdido en la oscuridad.

--¿Y el marqués?

--No hemos podido apoderarnos de él.

--¿Qué no habeis podido apoderaros de él cuatro hombres? ¡ah! ¡es verdad! ¡el marqués es muy valiente!

--Decid mas bien, excelencia, que le han ayudado Dios ó el diablo: ya sabeis que Bempo es valiente. Lo sabeis demasiado, Angiolina.--Y al pronunciar estas palabras que establecian cierta familiaridad entre el criado y la señora, los ojos del romano, desplomaron, por decirlo asi, una mirada tal sobre los ojos de la princesa, que aquellos ojos vacilaron por un momento en una mirada vaga, dominada.--Ya sabeis que Bempo es valiente: pues bien: el marqués, se desasió de nuestros brazos en el momento en que le creiamos sujeto; tiró de la espada y nos llevó á estocadas por delante, hasta que ganó un lugar ancho, y escapó.

--¿De modo que será necesario que en adelante desconfíe de tu valor?

--Creo que os he servido demasiado bien, excelencia, para que podais desconfiar de Bempo. Ademas creo que esta noche os he hecho un servicio, que no os hubiérais atrevido á esperar.

--Si, no esperaba ciertamente que fueras tan cobarde.

--Os he hablado de un servicio, excelencia.

--¿Te queda algo que decirme?

--Si, por cierto; y algo que daros: algo que os llenará de placer.

--Estás abusando del predominio que crees tener sobre mí, porque posees un secreto mio, Bempo, y me impacientas, y mas pareces mi señor, que mi criado.

--Bien sabeis, Angiolina, que ese secreto no ha salido de mi pecho, y en cuanto á lo de impacientarse, no sé cuál de los dos se impacienta mas. Pero concluyamos. Cuando acometimos el marqués, en el momento en que este, con una vigorosa sacudida, se libertó de nuestras manos, dejó caer al suelo un papel que le habia dado cierta dama: yo tuve tiempo de recoger el papel, mientras el marqués se defendia, ó, mejor dicho, obligaba á defenderse á mis tres camaradas: ese papel está aquí.

Y Bempo entregó á Angiolina un papel arrugado.

--¿Y qué esto? dijo la princesa.

--Leedlo, excelencia, leedlo y comprendereis cuanto vale el papel que os entrego. Vale mas que el marqués para vos: mucho mas, porque ese papel es vuestra venganza.

--¡Mi venganza!

--Sí, porque ese papel es la deshonra pública de la duquesa de la Jarilla: deshonra confesada por ella misma: una revelacion terrible escrita de su mano.

Angiolina abandonó el huerto, palpitante de ansiedad y entró en una habitacion donde habia luz, se acercó á ella y leyó ávidamente el papel.

Bempo la habia seguido, y al escuchar el grito de suprema alegría de la princesa exclamó con acento profundo.

--Satanás ha querido, que Bempo te sirva mejor de lo que esperabas.

--¡Ah, Bempo, Bempo! ¡yo te amo! exclamó Angiolina arrojándose en los brazos del lazzaroni arrastrada por el horrible agradecimiento de su venganza satisfecha.

Bempo la separó de sí asida por los hombros y la dijo con acento indefinible, posando en ella una indefinible mirada.

--Os engañais, señora; vos no amais á Bempo: Bempo no se llama marqués de la Guardia.

Y volviendo la espalda á la princesa salió lentamente de la habitacion.

--¡Ah! dijo Angiolina viéndole alejarse: ¡tienes zelos! ¡zelos como yo! ¡pues bien, sírveme para mi venganza, aunque despues te vengues de mí!

Luego atravesó un corredor, entró en la cámara donde estaba Cisneros, que parecia aletargado, y se sentó en silencio junto al lecho.

CAPITULO XV.

De cómo se conjuraba todo contra el emir de los monfíes.

Al dia siguiente, muy temprano, ó por mejor decir, al salir el sol de aquel mismo dia, se notaba un gran tráfago en la casa del duque viudo de la Jarilla.

Algunos criados se ocupaban en cargar cofres á la zaga de un enorme coche de camino, y algunos lacayos armados á la gineta sacaban de las caballerizas fuertes caballos: las lanzas de estos hombres se veian en un ángulo del patio, y del arzon posterior de cada caballo, pendia un largo arcabuz.

Todo parecia indicar que se preparaba un viaje.

La casa estaba en movimiento de arriba á abajo, á pesar de que aun no eran las cinco de la mañana, lo que nada tenia de nuevo, puesto que en la casa de Yaye, todos inclusa Amina, tenian la costumbre de levantarse muy temprano.

Pero ninguna mañana como aquella, habia llamado la jóven á sus doncellas para que la peinasen y ataviasen á tales horas. Amina estaba sentada delante de un magnífico tocador, pálida y profundamente pensativa, y dos doncellas se ocupaban en trenzar sus largos cabellos, mientras otras preparaban un hermoso traje de camino.

Ni una palabra se habló durante el atavio de Amina entre esta y sus doncellas: al fin, cuando el tocador hubo concluido, la jóven dijo á una de sus sirvientas:

--Doña María; traed todos mis vestidos de córte y de casa.

La doncella á quien Amina se habia dirigido, salió.

--Doña Ana, añadió Amina, dirigiéndose á otra doncella; traed un cofrecito que encontrareis en mi retrete.

Salió la otra doncella.

Poco despues, casi todos los sillones del aposento, estaban cubiertos por magníficos trages, y sobre la mesa del tocador se veia abierto un cofrecillo lleno de joyas.

Amina se volvió á sus doncellas, y las dijo:

--Amigas mias, vamos á separarnos, sabe Dios por cuánto tiempo.

--Pero, señora, dijo una doncella, donde quiera que vuecelencia vaya, necesitará de nuestros servicios.

--Mi viaje es largo, y la vuelta dudosa; dijo tristemente la jóven: en los lugares á donde voy, tengo ya preparada mi servidumbre.

Guardó un momento silencio Amina, y luego continuó:

--Estoy satisfecha de vosotras; me habeis servido bien, y quiero dejaros un recuerdo mio.

--¡Ah, señora! demasiado profundo nos los deja vuecelencia, con sus bondades, dijo conmovida doña María.

--Ahorremos las lágrimas, dijo Amina, procurando ocultar bajo una sonrisa su conmocion, y aprovechemos el tiempo. Aunque nobles, sois pobres; y siendo yo rica, no quiero, cuando voy á separarme de vosotras, acaso para siempre, que quedeis sujetas á otra servidumbre, no tan blanda quizá, como la que me habeis prestado. Mis ropas y las joyas que uso diariamente, son vuestras. Aceptadlas, mas bien como el recuerdo de una amiga, que como el don de una señora.

Y Amina, en medio del asombro de las doncellas, repartió entre ellas sus trages y las joyas que contenia el cofrecillo.

Cuando estuvo concluido el reparto, Amina abrió el cajon de su tocador, y sacó de él cuatro pesadas bolsas de oro.

--Tomad, las dijo, dando á cada una una bolsa: este es vuestro dote.

--¡Ah, señora! ¡cuánta bondad!--

--¡Cómo podremos olvidaros!--

--¡Qué noble y qué grande sois! exclamaron las doncellas.

--Basta ya: tomad doña María: bajo esta llave, en un cofre que ha quedado en mi retrete, encontrareis una cantidad en oro, que repartireis á las criadas, y adios: mi confesor, á quien he mandado llamar, me espera.

--¿Y no volveremos á ver á vuecelencia?

--Acaso no nos veamos en la tierra, pero podremos vernos en el cielo.

Y Amina abrazó y besó en la boca á cada una de aquellas hermosas jóvenes, que mas que sus sirvientas habian sido sus compañeras, y se separó de ellas. Quedáronse las cuatro llorando, y Amina salió, conteniendo sus lágrimas; atravesó algunas habitaciones, y entró en una cámara donde la esperaba un anciano religioso de Atocha.

--Frai Miguel, dijo la jóven adelantando hácia el sillon donde el anciano estaba sentado, y arrodillándose á sus piés: adsolvedme de un pecado que no os he confesado hasta hoy por pudor, y bendecidme por la última vez.

--¡Bendecirte por la última vez hija mia! exclamó el anciano, pálido y turbado: ¡absolverte de una falta que no me has confesado por pudor! ¿qué falta es esa, Esperanza?

Un padre no hubiera mostrado mas severidad ni mas interés, que el anciano religioso en aquella pregunta.

--¡Soy madre! dijo entre sollozos y ocultando su rostro entre sus manos Amina.

El buen sacerdote alzó los ojos y las manos al cielo, y sus labios trémulos murmuraron una oracion, brotaron lágrimas á sus ojos, y luego poniendo sus dos manos temblorosas sobre la cabeza de Amina, la dijo con voz cobarde, por decirlo asi:

--¿Sabe tu padre esa falta, hija mia?

--La sabe y me envia lejos; muy lejos de la córte para ocultar mi deshonra.

--¿Y tu padre te ha perdonado?

--Mi padre, como yo, se conforma humildemente con la voluntad de Dios.

--Y... ¿no tiene reparacion esa falta?

--Ni mi padre ni yo lo sabemos, padre mio.

--Que te perdone Dios, pobre Esperanza, como tu padre y yo te perdonamos, exclamó el religioso profundamente: yo, ministro del Altísimo, te adsuelvo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y os bendigo á tí y á tu hijo.

Despues de haber hecho descender su perdon y la bendicion de Dios sobre la cabeza de la jóven, el anciano religioso se cubrió el rostro con las manos.

--¡Oh, que desgracia! exclamó: ¡que desgracia, Dios mio! ¡una casa tan ilustre, una criatura tan caritativa, tan noble, tan religiosa mancillada, por el mundo! ¡Oh! ¡que Dios tenga misericordia para el causador de tantos males! ¡Que Dios le perdone, porque bien ha menester de su perdon!

--¿Oh! ¡sí, padre! ¡rogad, rogad á Dios por él! ¡pedid á Dios que no olvide jamás á la pobre mujer que tanto le ama!

--Pero ese hombre... ¿por qué no es ese hombre tu esposo?

--Os suplico padre que no hablemos mas de esto: voy á marchar y tengo que haceros antes un sagrado encargo.

[imagen: D. Carlos de Austria.]

--¡Un sagrado encargo!

--Sí; pienso hacer una donacion á la santa casa de religiosos de Nuestra Señora de Atocha.

--La casa de Atocha es rica, á Dios gracias, hija mia; destina mas bien esa donacion á los pobres.

--Es que no he olvidado á los pobres, dijo Amina: tomad padre, tomad esta carta; por ella mi padre os entregará tres mil doblones: los mil son para la santa casa de Atocha: los dos mil restantes para que los distribuyais entre necesitados.

El anciano tomó aquella carta conmovido, y exclamó:

--¡Ah! ¡eres buena cristiana y virtuosa, hija mia, Dios te protejerá!

--¡Ay padre! ¡harto mas que otros que son muy desgraciados, necesito yo de la proteccion de Dios!

* * * * *

Entre tanto y en otro aposento de la misma casa, pasaba una escena enteramente distinta de las sencillas que acabamos de consignar.

Aquel aposento era la misma cámara donde la noche antes habia recibido el emir de los monfíes al príncipe don Carlos.

Yaye se paseaba meditabundo y mostrando en lo contraido de su semblante, una terrible irritacion interna.

Con él, sentado en un sillon, habia otro personaje á quien hemos perdido de vista desde la primera parte de nuestro libro.

Aquel hombre era el rey del desierto, Calpuc.

La vejez se mostraba ya en sus canas y en las arrugas de su semblante, pero se conservaba en la apariencia fuerte y robusto.

Acababa de llegar de las Alpujarras, llamado por Yaye el dia anterior, y en el momento en que le presentamos á nuestros lectores, estaba silencioso y pensativo.

--Todo me sale mal, dijo Yaye, parándose de repente: parece que Satanás anda metido en mis asuntos: este viaje de Amina me contraría, y sin embargo es necesario: dentro de poco la deshonra la saldrá á la cara.

--Has querido luchar con la astucia, al mismo tiempo que con las armas, dijo Calpuc, y ante tu fuerza de voluntad se han puesto los inconvenientes de la vida. La fatalidad nos persigue, Yaye.

--Mi hija tiene un corazon de mujer.

[imagen: Repartió entre ellas sus joyas.]

--Tuya es la culpa: ¿por qué la has puesto al paso del mundo tan hermosa y tan incitante? Todo lo has sacrificado á tu ambicion, Yaye: sacrificaste primero á la pobre doña Isabel de Válor; luego á mi hija, á mi pobre Estrella; despues á la hija de mi hija, á mi pobre Esperanza.

--Si; todo eso y mas he sacrificado: pero lo he sacrificado á mi patria.

--Tienes el grave defecto de dar á tus pasiones el pretesto de grandes pensamientos. ¿Qué has conseguido con presentarte en la córte de Castilla encubierto con el título que debiste á tu casamiento con mi hija?

--He conocido que España es un gigante enfermo, un gigante que se hará pedazos, que no tiene fuerzas para resistir á todos los enemigos que le acometen á un tiempo. He logrado rebelar al príncipe contra el rey.

--Lo que no pasa de ser un horrible crímen.

--Tratándose de mis enemigos en nada reparo: todos los medios de destruirlos son buenos para mí: además, encubierto entre los cristianos, he logrado introducir mi gente y mi oro entre ellos: mis monfíes están en todas partes: en la servidumbre de palacio; bajo las banderas del rey, en España, en Flandes, en Italia, en Francia, en Africa, en América; los hugonotes tienen cuanto oro y cuantos avisos han menester; los flamencos empiezan á corresponder á mis esperanzas, excitados por mis emisarios y por mi oro, hasta el punto de que Felipe II, creyendo poco fuerte la autoridad de su hermana la infanta doña Margarita de Parma, envie á los Paises Bajos al duque de Alba: el mando feroz de este capitan brutal, acabará la obra que yo he empezado; la guerra crece en Méjico, y los moriscos de Granada estan ya en el caso de jugarlo todo á un envite: la insurreccion general contra España amenaza, y los enemigos del opresor universal crecen: es verdad que he perdido la paz del corazon; que he enlodado á mi hija: pero, Calpuc, el dia de la venganza se acerca: Felipe II está herido de muerte.

--Nunca hemos pensado del mismo modo; si hubieras seguido mis consejos, no hubiéramos sido mas afortunados de lo que lo somos respecto al tirano que nos oprime; pero al menos tendríamos la conciencia tranquila: no hubiéramos cometido crímenes, Yaye; no hubiéramos sacrificado á las dos prendas de nuestra alma.

--Si, siempre hemos pensado de distinto modo; por lo mismo lo mejor es que no hablemos mas de tales asuntos. Lo que haya de suceder será. Vamos á lo que importa. Todas nuestras joyas, todo nuestro oro, gran parte de nuestro tesoro, en fin, ha sido encerrado en cofres, y va á partir con Amina. Para defenderla á ella y á esas riquezas, te acompañarán treinta de mis mas bravos monfíes con nombre y traje castellanos; el wali que mande á esa gente y que te acompañará bajo el aspecto de mayordomo, es el Partal: ya conoces su valor de leon y sus fuerzas de toro. Es ademas muy leal. Vais, pues, perfectamente asegurados mi hija y tú. Cuando llegues á Granada, aunque allí no tenemos palacio, tengo ya preparada una hermosa casa que pertenece á Aben-Aboo...

--¡Aben-Aboo... ¡pobre jóven! exclamó Calpuc.

--No hablemos ni una palabra de eso, exclamó con irritacion Yaye; Dios lo quiso... ó Satanás. La pobre Isabel ha quedado reducida á muy poco; jamás he logrado que acepte nada de mi mano, y su hijo que ha perdido la mayor parte de los bienes de... su padre Miguel Lopez, se ve hoy obligado á alquilar á los nobles que van á Granada su casa junto á San Miguel: yo he tomado esa casa. En ella puedes vivir con Amina todo el tiempo que pueda encubrirse su estado: despues, cuando sea necesario, la llevarás á mi alcázar de las Alpujarras, del que no saldrá hasta que pueda salir, si es que Dios quiere sacarla salva de esa dura prueba. Yo permaneceré en la córte todo el tiempo que sea posible, y no iré allá sino para desplegar mi bandera y embestir decididamente con el cristiano. He hecho cuanto he podido hacer. Dios hará lo demás. Ahora silencio, siento que Amina se acerca.

En efecto, poco despues se abrió una puerta, y Amina entró en la cámara de su padre.

Venia profundamente tranquila.

--Estoy dispuesta, padre mio, dijo.

--Si, abreviemos cuanto sea posible lo doloroso de esta separacion, dijo Yaye besándola en la frente: tu abuelo está dispuesto á acompañarte y todo está preparado.

--¡Ah, padre mio! exclamó Amina cayendo de rodillas; ¡perdonadme y bendecidme de nuevo, por si no nos volvemos á ver!

--¿Quién piensa en no volvernos á ver? exclamó Yaye levantando á su hija: ¿ni por qué he de negarte yo mi perdón ni mi amor, cuando lo que es, ha sido porque Dios ha querido que sea? Yo te amo y procuraré hacerte feliz, Amina; pero es preciso que luchemos aun. Es preciso que nos separemos.

Amina se arrojó sollozando en los brazos de su padre. Calpuc miraba con un dolor profundo aquella escena.

--Vamos, tranquilízate, dijo Yaye: adivino lo que no te atreves á decirme. Yo velaré por don Juan, yo le amaré como á un hijo, á pesar de que me ha hecho mucho daño. Ahora enjuga tus lágrimas, tranquilízate y vamos.

Amina hizo un violento esfuerzo sobre sí misma, y logró aparecer mas tranquila: entonces Yaye fué á una de las puertas de la cámara.

--¡Ola, Partal! dijo:

Presentóse un hombre como de treinta años, vestido de camino á la usanza de los hidalgos castellanos.

--Baja y haz montar á la gente, le dijo Yaye. No olvides lo que te he encargado.

--No lo olvidaré, magnifico señor.

--Vé, nosotros te seguimos.

Cuando Calpuc, Yaye y Amina, bajaron al patio, encontraron montados á los lacayos y la servidumbre, silenciosa y triste agolpada á la puerta: se habia hecho amar la jóven de tal modo por todos, que su partida causaba un sentimiento general.

Sus doncellas, que la habian esperado en las escaleras, la siguieron hasta la carroza: el anciano religioso fray Miguel, estaba esperándola humildemente á la puerta. Un círculo de curiosos, aunque era muy temprano, se agolpaba en la calle para presenciar aquella faustosa marcha.

Repitiéronse los abrazos, las lágrimas de las doncellas y las demostraciones de afecto de la servidumbre; Amina entró en la carroza con Calpuc: poco despues el pesado carruage se puso en marcha escoltado por los lacayos.

El duque se apartó con un movimiento brusco de la puerta, y se perdió en el interior de su palacio; las doncellas saludaron con sus pañuelos á Amina, que asomaba la cabeza por la portezuela, y antes de que aquella cabeza se ocultase, el anciano fray Miguel la envió su última bendicion, y se alejó todo lloroso y en paso tardo hácia su convento de Atocha.

CAPITULO XVI.

Continuan las contrariedades del emir.

Al entrar en su cámara parecióle á Yaye que habia quedado solo en el mundo; con su hija se alejaban por una parte su amor, por otra los proyectos que mas habia acariciado: Yaye habia arrojado á Amina al paso del mundo como un hermoso instrumento tentador: habia logrado irritar la locura de que hacia tiempo era víctima el príncipe don Carlos, y valiéndose de su ambicion y de su empeño por Amina, habia logrado lanzarle de lleno en la senda de la rebeldía.

Yaye esperaba con razon, que huyendo el príncipe á Flandes, poniéndose al frente de los flamencos revelados, creándole un partido aun dentro de la misma España, porque nunca faltan ambiciosos que ayuden á los príncipes rebeldes; habia esperado, decimos, que Felipe II, demasiado ocupado en reprimir rebeldías, no pudiese acudir con fuerzas bastantes al reino de Granada, donde, en el momento preciso, debia levantarse por los moriscos el estandarte de su emancipacion. Contaba con sus monfíes, fuertes, acostumbrados al peligro y á la fatiga, y bastante numerosos para poder apoderarse en un dia de la desatendida Granada: una vez dueños de la ciudad, levantado el trono de la Alhambra, desplegado el pendon de Islam sobre las torres de la alcazaba, degollados ó cautivos los cristianos, enteramente reconquistadas las Alpujarras y la Vega, era de esperar que el ambicioso Selim II, sultan del imperio de Oriente, y sus tributarios el rey de Argel, y los reyes de Fez y de Marruecos, se apresurarian á enviar á las costas de las Alpujarras sus galeotas piratas henchidas de taifas de turcos, y de los indomables hijos de las razas bereberes. Habia momentos en que Yaye soñaba que, rey de Granada, avanzaba al frente de un innumerable y feroz ejército, sobre las ciudades de Andalucía, que todo cedia á aquella inundacion de hombres, que salvaba los desfiladeros que separan á Andalucía de Castilla, y que arrojándose sobre esta como una tromba, se llevaba por delante villas y ciudades, hasta ir á poner el estandarte del Profeta en una sola campaña, sobre las torres de la catedral de Toledo.

Y como el que es ambicioso nunca lo es á medias; como el hombre de accion confia mas de lo que debiera en sus propios recursos y en su fuerza de voluntad, Yaye, creyéndose un héroe, como Tarie-ebn-Ziak, ó como Abd-el-Rajman-ebn-Moavia, ó como Almanzor, tendia su soberbia vista á la inmensidad del porvenir, y no creía descabellado, el que, como en tiempos antiguos, volviese á ser España bajo su espada el poderoso califato de Occidente; que tal vez llegaria á conquistar la Europa, y llevar sus banderas vencedoras á Constantinopla, tornándose de este modo en conquistador de los que le hubiesen ayudado, y despues revolver sobre el Africa, sujetarla bajo su mano, y hacer del mediterráneo un lago de su imperio.

La ambicion es una embriaguez, y nada tiene de extraño que el que se embriaga sueñe delirios: y hasta cierto punto no eran delirios los de Yaye: un poco de fortuna para ayudar á su genio, y sus sueños podian realizarse: el pueblo árabe se desarrolló y dominó en una considerable extension del globo bajo el espíritu de la conquista; el Koram la prescribe: Dios, segun los musulmanes, les habia dado la espada para llevar adelante el conocimiento de Dios Altísimo, y Unico sobre todas las tierras de los infieles; el pueblo árabe fue indomable, fuerte, mientras se le condujo al combate, y solo empezó á desmembrarse, á corromperse, á decaer, cuando, halagado por el templado clima de España, trocó sus tiendas de piel de camello en suntuosos alcázares; cuando, en una palabra, se estableció: Yaye lo sabia demasiado: se lo habia enseñado la historia de las generaciones de ocho siglos y Yaye se decia: yo no pararé, yo no reposaré mientras haya tierras que conquistar bajo el sol: si el valiente pueblo árabe ha desaparecido, queda en pié el pueblo moro, resplandece el imperio turco y el Dios Altísimo y Unico se adora en la tercera parte del mundo; el Koram da el supremo poder al vencedor; pues bien, yo venceré porque quiero vencer.

Pero Yaye no habia contado con los acontecimientos, ni se habia conocido á sí propio: una tras otra contrariedad vinieron á demostrarle lo colosal de la empresa que habia embestido; vió que tras largos afanes, sus monfíes estaban en el mismo estado y con la misma fuerza que á la muerte de su padre; que aquella niña, de quien habia pensado hacer uno de los mas poderosos instrumentos de sus proyectos, se habia roto, por decirlo asi, al ponerse en contacto con el mundo, vulgarizándose, como todas las mujeres, por el amor; que si bien habia logrado empeñar por medio de ella al príncipe de Asturias en un camino de perdicion, aquel príncipe era loco, débil, voluntarioso, la persona menos á propósito para poder apoyar en ella de una manera firme una empresa de importancia; comprendió, en fin, que habia cometido crímenes estériles; se sintió humillado delante de sí mismo, con la conciencia manchada, con el porvenir incierto, y por esto cuando entró en su cámara, le pareció que se encontraba solo en el mundo, abandonado del cielo y de la tierra, mientras Satanás le sonreia y le mostraba con un dedo horrible la espantosa página donde estaban consignados sus desaciertos, muchos de los cuales eran horribles crímenes.

Yaye se hallaba en un estado de exaltacion espantoso: sus ojos, escandencidos, dejaban ver una expresion feroz: ardia en ellos la fiebre y la rabia de la impotencia. Las figuras de los tapices flamencos que adornaban la cámara, parecian agitarse, revolverse, cambiar de forma: parecíale que de en medio de un infernal torbellino, salian dos damas, hermosas aun, pero pálidas y con los ojos enrogecidos por un llanto continuo: la una resignada y paciente, la otra iracunda y vengativa; cada una de ellas llevaba de la mano un hermoso mancebo y se le mostraba: Yaye, horrorizado, cerraba los ojos por no verlos, y sin embargo, á través de sus párpados cerrados los veia: cada uno de aquellos mancebos tenia impreso en la frente el estigma de fuego de una ambicion insensata; alrededor de la cabeza de cada uno de aquellos mancebos, habia una señal lívida, inflamada, como la que pudiera haber dejado en ellas el círculo candente de una corona: alrededor del cuello amoratado de aquellos mancebos, habia un dogal: en sus manos un puñal rojo y humeante. Tras aquellos mancebos conducidos por sus madres, marchaba una turba furiosa: mujeres, hombres, niños, ancianos, todos agitaban las cadenas de que iban cargados, todos miraban á Yaye, y todos le decian:

--¡Tu ambicion nos ha hecho esclavos! ¡por tu ambicion nos vemos hambrientos, desnudos, desesperados, sin padres, sin hijos, sin esposos, lanzados del pueblo que nos vió nacer, vendidos como bestias, robados, degradados!¡has querido ser rey y nos has impulsado pensando en tu ambicion, solo en tu ambicion, á una empresa en que necesariamente debiamos ser vencidos! ¡maldito, maldito, maldito seas!

Yaye veia todo esto en el fondo de su conciencia: un sentido íntimo, ese sentido misterioso, esa prodigiosa intuicion que tenemos en el fondo de nuestro espíritu y que nunca nos engaña, le decia con el severo y horrible acento de la verdad que marchaba hácia un lago de sangre; por eso los objetos, en los cuales se fijaba su vista, tomaban formas, cuerpo, color, vida fantástica; su conciencia le traia su pasado y le presagiaba su porvenir; porvenir horrible, henchido de desgracias y de horrores, entre los cuales debia desvanecerse la última esperanza de los restos vencidos del pueblo moro español.

Yaye queria en vano arrojar de sí el remordimiento y el presentimiento, que le acometian implacables: en vano queria atribuir aquellos pensamientos, aquellas visiones á la perturbacion de su espíritu, causada por el dolor de haber visto á su hija alejarse de él, por necesidad, para encubrir su deshonra, con la frente baja y manchada, con el corazon ardiente y desgarrado. Cuanto mas pugnaba Yaye, por arrojar de sí aquella terrible pesadilla que le combatia despierto, mas y mas se condensaba aquella pesadilla y le acometia y le estrechaba. Hubo un momento en que, de en medio de aquel horrible caos de fantasmas acusadoras, salió una mujer envuelta en un sudario, desmelenada, lívida, anhelante: aquella mujer, á pesar de su horrible estado y de su palidez cadavérica, era muy hermosa; aquella mujer, ó por mejor decir, su recuerdo, hizo lanzar un grito de espanto á Yaye, porque aquella mujer era su esposa, Estrella, la hija de Calpuc.

--¿Y qué has hecho, qué has hecho de mi hija, gritaba aquel fantasma acusador? ¡Tu desamor me secó las fuentes de la vida, y tu ambicion ha muerto á mi hija, matándola el alma! ¡Yaye-ebn-Al-Hhamar! ¿qué has hecho de mi Esperanza?

--¡Afuera, afuera, horribles visiones! exclamó Yaye clavándose las uñas en la frente como si hubiera querido arrancarse de ella aquel infierno, ¡afuera! Yo he heredado la venganza de tres generaciones!, yo he bebido mezclada con lágrimas, la sangre de mi padre: yo escucho continuamente, despierto y dormido, en la soledad y en medio del mundo los gemidos de dolor, y siento correr como un rio, las lágrimas de millares de esclavos que todo lo esperan de mí. ¿Qué importa que vosotros hayais caido? ¿que tú, Estrella, hayas sucumbido, esposa abandonada, madre sin hija? ¿qué importa que Amina haya bebido toda la hiel que cabe en su corazon? yo marcho hácia adelante, poderoso y terrible como el huracan, y como el huracan no me detengo ante nada. ¡Mi ambicion! ¡me acusais de ambicioso! ¡y sin embargo, mi ambicion es vuestro poder, vuestra libertad y vuestra gloria, porque yo nada puedo ser sin vosotros!

Y mucha fuerza de voluntad tenia indudablemente Yaye dentro de su alma, porque logró dominar el vértigo, sus ojos perdieron su sangriento color y su expresion de tigre, dominóse, hizo callar la voz de su conciencia y los latidos de su corazon, y su semblante volvió á mostrarse impasible y frio como el de una estátua.

Solo habian quedado en su frente como huellas de la tormenta las señales amoratadas que habian impreso en ella sus dedos.

Sentóse en un sillon, respiró profundamente, como quien descansa de una larga jornada, y su pensamiento, frio ya y calculador, volvió á su eterno objeto; á su lucha contra el rey de España, y contra sus reinos: lucha encerrada hasta entonces en el pensamiento de Yaye, pero que debia algun dia pasar inmensa y aterradora, al terreno de los hechos, al campo de batalla.

Pero parecia que la fatalidad perseguia á Yaye: la fatalidad preñada de sangre y crímenes que le perseguia, y que se le presentó de repente cuando menos lo esperaba, en la persona de Harum-el-Geniz, del valiente wali, su leal secretario; el que durante veinte años le habia servido con una fidelidad á toda prueba; el que poseia todos sus secretos, el que adivinaba todos sus dolores.

Abrió silenciosamente la puerta de la cámara, y adelantó hácia el emir, sacándole de su distraccion con el ruido de sus espuelas de alferez castellano.

Miróle profundamente Yaye, y en la expresion grave y triste de Harum, comprendió que le traia un asunto importante.

--¿Qué me quieres? le dijo: no recuerdo haberte llamado.

--Hay momentos en que el siervo debe llegar hasta el señor, y decirle aunque descanse entre los brazos de la querida de su alma: levántate y despierta, toma tus armas y prepárate al combate.

Yaye se levantó como si le hubiera despedido del sillon un resorte.

--¡Al combate! ¿aquí ó allá? ¿en la córte del rey de las Españas ó entre las breñas de las Alpujarras?

--No, no, poderoso señor; no son las armas que brillan entre la polvareda del combate las que debes tomar, sino las armas que matan en silencio y de una manera segura: las armas de la venganza. No vas á luchar contra un rey poderoso, ni contra un ejército valiente, sino contra una cortesana y un bandido.

--¡Angiolina! ¡Laurenti! exclamó el emir. ¿Y de qué modo? ¿cómo me provocan esos dos miserables?..

--Anoche, ya tarde, un hombre que ha conocido á Farrix, á Abdelhamar, y á otros de los nuestros, que viven encubiertos en Madrid con nombre y trage de soldados de la compañia de ginetes de don Luis Moncada, se presentó á ellos en su casa de la Cava Baja, y pidió á Farrix que, con algunos de sus camaradas y por algun oro que les ofrecia, le acompañasen para una aventura. El oro dado por ese hombre está aquí:

Y Harum arrojó sobre la mesa del emir algunos doblones de á ocho.

--¡Y bien! ¿tenemos algo que ver en esa aventura?

--¡Oh! exclamó Harum con acento de amenaza.

--Acaba de una vez Harum, exclamó impaciente el emir.

--El desconocido, continuó Harum, llevó á Farrix y á otros tres á una casa en la cual entraron por el postigo de un huerto.

--¿Y qué casa era aquella?

--Farrix me ha llevado hasta el postigo, y he reconocido por él, que la casa donde entraron, era la de la princesa Angiolina Visconti.

--¡Ah! exclamó profundamente el emir ¿Y qué iban á hacer allí?

--De la casa sacaron una silla de manos y fueron con ella á la calleja á donde da el postigo de tu palacio, poderoso señor. De uno de los extremos de aquella calle recogieron un hombre herido, le metieron en la silla de manos y le condujeron á casa de la princesa, en la que entraron por el mismo postigo.

--¿Y qué tenemos que ver nosotros con eso?

--Es que hay mas, magnífico señor: mientras el desconocido con dos de los nuestros conducian al herido á casa de la princesa, otros dos, Farrix y Abdelamar, quedaron en un soportal frente al postigo de tu palacio, ocultos en la sombra y con encargo de observar cuanto sucediese. Poco despues volvió el desconocido con los otros dos monfíes, y se ocultó bajo el mismo soportal. Segun me habia dicho Farrix, habia luz en tu casa en un mirador, y aquel mirador, era, á no dudarlo, del aposento de la sultana Amina.

--Nada tiene de extraño que la sultana velase, preparando su partida.

--Es que hay mas que eso: antes del amanecer salió un hombre por el postigo, y despues se abrió uno de los balcones de los aposentos de la sultana, y por él se descolgó otro hombre á la calle.

Irradiaron una mirada incalificable por lo feroz, los ojos de Yaye.

--Farrix y sus compañeros mienten, exclamó.

--Si han mentido, mancillando el honor de la sultana, dijo Harum cuya mirada no se alteró, deben morir.

--¡Que mueran! ¿lo entiendes? que mueran y que mueran al momento, exclamó con voz cavernosa el emir. Pero... sigue, sigue relatando la impostura de esos miserables.

--Farrix asegura que cuando aquel hombre estuvo en la calle, una mujer vestida de blanco habló algunas palabras amorosas con el que habia descendido, y le arrojó un papel.

--¡Oh, miserables! y si era verdad ese dicho, ¿por qué no aseguraron á aquel hombre? ¿por qué no se apoderaron de aquel papel?

--Cabalmente, segun dice Farrix, esta era la intencion del que los habia conducido hasta allí, pero añade tambien, que aquel hombre era tan valiente y tan diestro que se les escapó.

--¿Y no aconteció mas?

--No señor. Los cuatro monfíes se despidieron del hombre que los habia buscado, y que les encargó el secreto, y Farrix vino á avisarme.

--Paréceme que tú has creido esa impostura, Harum, dijo el emir fijando en su confidente una mirada intensa.

--Hace tanto tiempo señor que te persigue la desgracia....

--Pero la desgracia ha respetado hasta ahora mi honra, Harum. No adivino la causa; pero deben haber comprado á esos miserables para que me hieran en lo mas profundo de mi alma... en mi hija... acaso la princesa..... pues bien.... es necesario que esos cuatro hombres no hablen.

--No hablarán, señor.

--Pero es necesario evitar escándalos. Envíalos á las Alpujarras, y avisa para que cuando lleguen...

--Muy bien, señor.

Quedó profundamente pensativo Yaye durante algunos segundos.

--Creo que la princesa Angiolina se vale para todos sus asuntos, de una especie de bandido romano.

--Si señor.

--Cuando te envié á Roma hace dos meses para que averiguases quién era esa princesa, me trajiste una relacion escrita.

--Esa relacion debe estar en tu poder, señor.

--Bien: bien: es necesario que hagas venir al momento á ese hombre que sirve á la princesa. ¿Cómo se llama?

--Andrea Bempo.

--Pues bien, procura que ese hombre venga al instante.

--Muy bien, señor.

--Vete. Y al momento, al momento, esos cuatro monfíes a las Alpujarras y un correo á caballo que les preceda.

Harum se inclinó y salió.

El emir permaneció algún tiempo como anonadado. Despues hizo un poderoso esfuerzo para salir de su atonía, se levantó en fin de la mesa, y escribió lo siguiente con mano firme:

«Señor marqués de la Guardia: os suplico que hoy mismo vengais á verme: espero que atendereis mi suplica, y no me hareis dudar, negándoos, del afecto que creo inspiraros.--El duque de la Jarilla.»

Yaye cerró esta carta y la entregó á un lacayo para que la llevase á su destino.

Dos horas despues la carta le fue devuelta cerrada, tal como la habia enviado, dentro de otra de don César de Arévalo que contenia estas solas palabras:

«Señor duque: el loco de mi sobrino no parece en ninguna parte desde ayer, y como vuestra carta para él puede ser importante, os la devuelvo temiendo que se extravíe. Vuestro mas afecto criado.--Don César de Arévalo.»

El duque arrugó en un momento de cólera aquella carta.

Luego envió cuatro ó seis de sus lacayos á que buscasen por todo Madrid al marquesito.

A las diez del dia el duque oyó pronunciar con asombro á la puerta de su cámara á uno de sus sirvientes el nombre del señor príncipe Lorenzini Maffei que venia á visitarle.

Yaye mandó que le introdujesen en su salon de recibo.

CAPITULO XVII.

Quien era el príncipe Lorenzini Maffei.

Antes de entrar en la cámara donde le esperaba su visitante, Yaye le observó detenidamente tras las vidrieras de una puerta.

Vió un hombre como de cincuenta años, un tanto encorvado, mas bien como por el exceso de una vida estragada, que por los años, que no eran excesivos: tenia el pelo entrecano, y un tanto largo y rizado según la moda de los nobles italianos: llevaba por autoridad una cadena de oro al cuello, y al costado una ligera espada de córte.

Este hombre se paseaba meditabundo á lo largo de la camara, con las manos juntas á su espalda y sosteniendo en ellas una gorra de terciopelo.

Durante algunos minutos Yaye le contempló con una mirada intensa, lúcida, dibujóse en sus labios una sonrisa de desprecio, y luego componiendo su semblante y adoptando la expresion mas impenetrable, abrió la vidriera y entró en la cámara.

Volvióse al saludo el príncipe, saludó profundamente á Yaye, y le dijo con un perfecto acento italiano, aunque en buen español:

--Os suplico, señor duque, me perdoneis si me he tomado la libertad de venir á vuestra casa, cuando ningun antecedente media entre nosotros: apenas si nos conocemos de nombre.

Yaye señaló un sillon al príncipe, que se sentó, acercó otro en el que se sentó á su vez, y prestó al príncipe una de esas atenciones que interrogan.

El príncipe no se alteró en lo mas mínimo por el silencio del duque, que era hasta cierto punto grosero, y añadió:

--Esta mañana uno de vuestros criados ha dejado en la casa de mi esposa, es decir: en mi casa, un recado vuestro para cierto Andrea Bempo. Como en mi casa no se conoce á tal sugeto; como su nombre es italiano y poco ilustre por cierto; como, ademas, al volver de Italia he encontrado en mi casa ciertas singularidades....

--¿Singularidades habeis encontrado en vuestra casa, señor príncipe? dijo acentuando fuertemente sus palabras Yaye.

--¡Oh! ¡si! llegué á Madrid anoche muy tarde, y como no me gusta incomodar á nadie ni aun en mi misma casa, me quedé en una de las posadas; pero apenas amaneció, me trasladé á mi casa... solo... me gustan las sorpresas... porque amo entrañablemente á mi esposa... que como sabreis sin duda....

--Es una de las damas mas hermosas, mas nobles y mas discretas que viven en la còrte de España.

--¡Oh, gracias! comprendereis, pues, que yo ame á mi esposa.

--¡Oh! lo comprendo demasiado, dijo Yaye con acento frio. Como que yo tambien, por mas que no se lo haya dicho, la amo... ¡oh! perdonad, pero vuestra esposa, príncipe, es muy peligrosa.

--¡Ah! ¡si! dijo con una perfecta impertinencia Lorenzini; mi esposa tiene por destino el estar siempre rodeada de adoradores... lo que me llena de orgullo, os lo aseguro; ¿pero qué deciamos?

--Deciais que os agrada sorprender á la vuelta de vuestros viajes á vuestra esposa.

--¡Ah, si! por lo tanto siempre cuido de proveerme, á hurto, como si se tratara de un ladron, de una llave de cierto postigo. Segun mi costumbre, tomé el camino de mi casa, entré en ella furtivamente; adelanté por una y otra habitacion de un piso bajo, y en una de ellas ¿qué creeis que encontré?

--Una singularidad de esas á que se exponen los maridos que gustan de sorprender á sus mujeres.

--En efecto, encontré una singularidad de bulto: un hombre herido en un lecho, según supe despues, y á mi esposa, bellamente ataviada, sentada junto á la cabecera de aquel lecho, y durmiendo sobre la almohada.

--¡Ah, ah!

--¿Y qué creereis que hice yo?

--Indudablemente os fuisteis de puntillas para no ser sentido.

--De ningun modo, desperté á mi esposa.

--Y vuestra esposa...

--Se arrojó en mis brazos como de costumbre, delirante de alegría y me colmó de caricias. Mi esposa me ama con toda su alma, pero es demasiado caritativa, y esta era la causa de la singularidad, que al principio no comprendí, pero que despues me fue explicada de la manera mas natural. Mi esposa habia encontrado á aquel hombre, al célebre comediante Andrés Cisneros, en una palabra, herido gravemente en una calle á que da vuestra casa, y le habia recogido. Esto es todo. Como despues se ha buscado en mi casa á ese Andrea Bempo, á quien no conozco; como el señor Andrés Cisneros ha sido herido cerca de vuestra casa; como estos dos sucesos podian tener relacion entre sí, me presento á vos, para serviros á fuer de hidalgo en lo que hubiereis menester.

Yaye cruzó una pierna sobre la otra, se echó atrás sobre el respaldo del sillon, y apoyando en sus brazos los codos y cruzando las manos dijo al príncipe con una sonrisa fria:

--Vuestra esposa os engaña.

Habia en Yaye una decidida intencion de provocar al príncipe.

--¡Bah! dijo este. Estoy seguro, enteramente seguro de que no.

--Os ha engañado al casarse con vos.

--¡Bah! os afirmo que el engañado sois vos.

--Os entregó una mano deshonrada por la desgracia y por la miseria, es verdad, pero al fin deshonrada.

--¡Bah! no conoceis la historia de Angiolina... de Angiolina á la que yo saqué de un convento para hacerla mi esposa.

--Pues ved ahí; Angiolina Visconti se jacta con sus amantes, ó por mejor decir, con su único amante, de que si bien sois su esposo, no habeis sido nunca su marido.

--¡Ah! eso lo digo yo por todas partes; yo he preferido la ansiedad del deseo que no se satisface, al hastío del deseo satisfecho... y luego... ser esposo de una mujer jóven, de brillante hermosura y vírgen...

--¡Vírgen! exclamó profundamente Yaye.

--Yo gozo con lo extraordinario. Mi vida toda es una cadena de sucesos extraordinarios.

--Demasiado extraordinarios, príncipe.

--Es que vos no sabeis mi historia.

--Acaso, acaso. Acaso tambien sepa la de la princesa.

--La historia de mi esposa es muy sencilla. Una vida de diez y seis años en un convento. Despues diez años de matrimonio puro, sencillo, casto, de un matrimonio, como de seguro no ha habido, ni hay, ni habrá dos en el mundo.

--Sin embargo, hablais de las caricias de vuestra... mujer.

--Caricias de hermano y hermana. Un abrazo, un beso en la frente, hé aquí todo.

--Con que ¿segun eso, no conoceis la historia de vuestra esposa?

--Sé la verdadera, pero ignoro la que puedan atribuirla.

--Pues os voy á contar esa historia, verdadera ó falsa, y despues os contaré... la vuestra dia por dia, hora por hora.

--Os escucho, y si la historia es ingeniosa, os agradeceré el cuento... pero os pediré tambien que me reveleis el nombre de quien la ha inventado.

--Os lo diré antes, porque no me gustan las historias en cuya primera hoja no va el nombre del autor. Muchas veces por el nombre del autor se juzga de la historia, y si este nombre es bueno poco importa que la historia sea mala. El autor de las dos que voy á referiros, es el mejor autor de historias que conozco, porque su autor es Dios.

--¡Ah, Dios!

--Dios, ó lo que es lo mismo, la fatalidad.

--Pues empezad y juzguemos del ingenio de Dios.

--Permitidme: todas las historias tienen un prólogo.

--¡Ah! y esta...

--Lo tiene tambien. Este prólogo se refiere á la causa de que hayan venido á mis manos esas dos historias; la causa, ya os la he indicado: es el amor, el deseo, el empeño que me inspira vuestra esposa, ó por mejor decir, que me inspiraba cuando yo tenia dudas acerca de su procedencia.

--¿Dudas? todo el mundo sabe que es mi esposa.

--Pero nadie conocia al tal esposo. Creo que yo soy el primero que tiene la dicha de conoceros.

El príncipe se inclinó.

--Por lo mismo, dudando de si seria soltera, casada ó viuda, envié hace dos meses á Roma un sugeto muy á propósito para desenterrar historias, y provisto de oro suficiente para ello. Ese sugeto me ha traido las dos historias que vienen á ser una misma. He concluido mi prólogo y empiezo...

--Os escucho.

--¡Ah! dijo el duque, me olvidaba del título: llámase, pues, la que voy á referiros, «Historia de una venganza infame.»

Despues de estas palabras Yaye cerró los ojos como para concentrar y ordenar sus recuerdos, y el príncipe se colocó en la actitud de la mas perfecta atencion.

Yaye empezó, al fin, de esta manera:

--Nuestra historia principia en la cabeza del orbe católico, en Roma, en el verano de 1537, es decir, hace diez años.

Por aquel tiempo habia en Roma dos personas notables.

La una era un famoso bandido de la campiña á quien nadie conocia mas que por su terrible nombre: aquel nombre era Laurenti.

La otra era una dama veneciana de diez y seis años á quien conocia todo el mundo, mas que por el alto empleo que su padre desempeñaba en la córte pontificia, por su peregrina, por su maravillosa hermosura.

Esta dama se llamaba Angiolina Visconti.

Su padre, Paolo Visconti, miembro de la poderosa familia de este título, se habia visto obligado á huir de la justicia de la república de Venecia, á causa de haberse visto envuelto en cierta conspiracion de nobles contra el Estado.

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