Los monfíes de las Alpujarras: novela original (part 3 of 5)
Paolo Visconti habia logrado ponerse á salvo con una hija única, con Angiolina, de los esbirros de la serenísima república, pero no logró poner del mismo modo á salvo sus bienes que fueron confiscados.
Aportó á Roma, pobre pero provisto del interés que inspira todo hombre que ha luchado por la libertad de su patria, que ha sido vencido, y que vuelve las espaldas á sus hogares para no volver mas á ellos.
Aumentaba este interés la belleza y la inocencia de Angiolina, pobre desterrada en la adolescencia, que se veia envuelta en las desgracias de su padre.
Acogiósele bien por la nobleza romana, y especialmente por el papa, y con tanta mayor deferencia por este, como que Visconti era perseguido por una república con la cual no se encontraba en la mejor armonía la silla pontificia. A fin, pues, de que Paolo Visconti pudiera vivir en Roma, sino de una manera opulenta, conveniente á su clase, le concedió el papa un alto oficio militar bajo sus banderas.
Nombróle, pues, coronel de su guardia suiza.
Entre otras ventajas, que á mas de su pingüe sueldo y de su representacion, gozaba el coronel de los suizos, eran no pequeñas, el vivir en un pequeño y bello palacio del papa junto al Coliseo y el uso de carroza y servidumbre, pagados por el tesoro pontificio.
Asi, pues, Paolo Visconti podia sostener á su hija en la posicion de una ilustre dama.
Visconti, que se habia casado muy jóven y muy jóven habia enviudado, era por los años de 1537 un hermoso caballero de treinta y cuatro años, galante como veneciano, altivo por su alcurnia y espléndido, cuanto se lo permitía su sueldo.
Los dados y los naipes habian sido con él sumamente propicios, y habia ganado enormes sumas, indemnizándose casi por este medio, de lo que le habia quitado su amor por las libertades patrias.
Asi es, que se contaba mas de una escandalosa aventura de amores, en que el coronel Paolo Vizconti habia sido el galan afortunado, y no habia marido, padre ó hermano que no le temiesen, si tenian hijas, esposas ó hermanas bellas; sin embargo, Vizconti logró salir sano y salvo de una y otra aventura arriesgada, á lo que contribuyó no poco su fama de valiente y de diestro en armas. Esto, acreciendo su soberbia, le impulsó á nuevas y cada dia mas arriesgadas empresas amatorias, hasta que, cansada la suerte de protegerle, le metió en una que debia decidir, no solo de su suerte, sino tambien de la de su hija.
Cerca del palacio que habitaba Visconti, entre este, y el Coliseo, en una linda casita de un solo piso, vivia una jóven llamada Fioreta, al solo cuidado de una anciana. Servíalas una vieja criada, y nunca se habia visto entrar en aquella casa un hombre, ni acompañarlas jamás nadie en sus breves salidas desde su casa á una iglesia próxima. Sin embargo, Fioreta, que vestia como una dama de la alta nobleza romana, era tan hermosa, tan cándida y tan jóven, que muchos nobles solicitaron sus favores, sin faltar algun miembro del sacro colegio que no hubiera vacilado en comprometer su alma, si le hubiesen mirado con amor los negros ojos de Fioreta.
Pero esta se mostraba inaccesible á los seguimientos, á las rondaduras y las músicas de sus numerosos adoradores, y habia logrado adquirir una fama de insensible, de inespugnable, que el mundo galanteador la impuso el nombre de la mujer fuerte.
Llegó esto á oidos de Visconti, del hombre irresistible, del corruptor, por decirlo asi, de Roma, y deseó conocer á la tan ponderada y rigorosa hermosura. Eran vecinos, y esto no le fue difícil. Púsose al paso de Fioreta, engalanado con su ostentoso uniforme de coronel de los suizos; la vió, se enamoró perdidamente, la siguió á la iglesia; se puso continuamente á su paso, y no tardó en conocer, que la para todos desdeñosa hermosura, era para él camino llano y abierto. Fioreta se habia enamorado de Visconti, con un amor tan puro, tan intenso, tan sublime, como era sensual y miserablemente ardoroso el de Vizconti.
Por mas que quiera guardarse á una mujer, no se guarda si ella no quiere guardarse: la iglesia á que la jóven concurria era oscura: cambiáronse billetes entre los amantes, y por ellos supo Visconti que era amado como jamás lo habia sido, y que en la existencia de Fioreta habia un misterio que realzaba el valor que ya por su hermosura tenia sobradamente la jóven. Este misterio consistia en que Fioreta no tenia padres conocidos, y ademas, en que una mano invisible y que debia ser inmensamente rica y poderosa la protegía, atendia á su subsistencia de una manera expléndida, y la procuraba cuantos goces honestos puede desear una jóven honrada. Se la habia dado una educacion de princesa; se ponderaban las preciosidades que encerraba dentro de sí la pequeña casa en que vivia; sus trajes eran riquísimos y nobles, y en las grandes solemnidades públicas, se la veia cubierta de diamantes y brocados, en una magnífica carroza dorada, tirada por cuatro caballos admirables, carroza que aparecia por sí misma, sin saberse de donde venia, y que desaparecia sin que Fioreta ni su aya supiesen á donde iba. En cuanto al cochero y los lacayos eran mudos, siempre que las dos mujeres trataron de indagar por ellos quien era aquella persona misteriosa, que de una manera tal, cuidaba de la suerte de Fioreta.
Todo esto lo supo Visconti, como he dicho, por las cartas de la jóven, y el misterio de su nacimiento, la opulencia que la rodeaba, y el desenlace problemático que podia tener aquel misterio, irritaron su curiosidad, sus deseos, y aun su ambicion. Porque no sabiendo quien era Fioreta, ¿no podia suponerse todo? ¿Y quién sino un altísimo personaje podia sostener tan ruinosos gastos?
Visconti, pues, se empeñó y quiso á todo trance, llegar á la resolucion de aquel problema. Compelió en una y otra enamorada carta á Fioreta, á que le concediese una cita, y esta al fin, se vió obligada á escribirle la lacónica carta siguiente:
«Contentaos con amarme, sin esperanza de obtenerme. Básteos saber, que yo os amo hasta el punto de no pertenecer á otro hombre, sino puedo algun dia ser vuestra. Yo no faltaré jamás á mi decoro, y me está prohibido de una manera misteriosa y terrible disponer de mi mano.--Fioreta.»
Esta carta fue un nuevo combustible arrojado al empeño de Visconti, que juró perecer ú obtener aquella dificilísima y misteriosa hermosura.
Poco tiempo despues de recibida esta carta de Fioreta, notó Visconti, que cuando seguia á la jóven á la iglesia, un hombre siempre embozado, á pesar de que era el tiempo de los calores, les seguia á alguna distancia, entraba en la iglesia, se ponia en acecho, y no desaparecia hasta que las mujeres habian regresado á su casa.
Empezaba Visconti á impacientarse con aquel espionaje descarado y tenaz, cuando un dia encontró sobre la mesa de su aposento y sin que nadie supiese por donde habia entrado, una carta concebida en estos términos.
«Sé que seguís obstinadamente á Fioreta, y que Fioreta os ama. Si la amais, será vuestra, pero para ello será necesario que deis á su hermano una muestra indudable de vuestro amor. Para conocer las condiciones bajo las cuales podreis ser su esposo, id esta noche, solo, á la vía Apia. Allí encontrareis al hermano de Fioreta.»
Inutil es decir, que Visconti no faltó á la cita.
Apenas habia entrado en la vía Apia, cuando se le presentó el misterioso embozado que se habia constituido en su espía.
El camino estaba desierto, y la luna blanqueaba las ruinas de los sepulcros romanos. El embozado hizo una seña á Visconti de que le siguiese, y este le siguió hasta un bosque cercano en el que se internaron. Allí, en lo mas oscuro del bosque, se detuvo el embozado, y, sin descubrirse, dijo á Visconti con la voz dura é imperiosa del que está acostumbrado á mandar despóticamente y ser servilmente obedecido:
--Veamos si valeis lo bastante para que yo os dé mi hermana.
--Yo me llamo Paolo Visconti, dijo con orgullo el coronel de suizos del papa.
--Sé quien sois y me convenís, como hombre valiente y arrojado: porque me convenís, os daré mi hermana, si la mereceis, y lo que vale infinitamente menos que ella, tesoros inmensos. Veamos si la amais.
--Indicadme vuestras condiciones.
--Vos me habeis dicho vuestro nombre, justo es que yo os diga el mio: me llamo Giussepo Laurenti.
Visconti dió un paso atrás asombrado: el misterio de la procedencia de Fioreta se desenlazaba de una manera inesperada. Quien protegia á la jóven, quien tenia sobre ella derechos indudables, era Laurenti, el terrible bandido; el hombre á quien la justicia del papa no habia podido castigar; el gefe de los invisibles que tenia cubierta de espanto la campiña de Roma. Esto, por otra parte, explicaba las inmensas sumas que se invertian para poner á Fioreta á mas altura que la mas rica é ilustre dama romana.
Hubo un momento de silencio.
--Paréceme que os falta valor, caballero Visconti, dijo sombriamente Laurenti.
--No, no me falta valor, pero explicadme, aclaradme: vos sois hermano de Fioreta, pero, ¿quién es vuestro padre?
--Ved que cuanto mas os revele, mas grave será el peso del secreto que habeis de guardar, so pena de vuestra vida.
--No importa. Hablad.
--Mi padre se llamaba Andrea Alberti.
Dió otro paso atrás Visconti. Laurenti habia pronunciado el nombre de otro terrible gefe de bandidos.
--No os asombre esto, dijo Laurenti; hace mas de dos siglos que mi familia viene reinando de generacion en generacion sobre la campiña de Roma. El padre educa al hijo, y el hijo hereda al padre; nada mas natural.
--¡Pero la madre de Fioreta!...
--Aumentemos la suma del secreto si os place. La madre de Fioreta era una dama romana.
--Su nombre.
--Lo ignoro yo mismo. Mi padre al encargarme de la suerte de Fioreta, me dijo solamente: su madre era una mujer casada; una hermosa é ilustre dama. Yo la juré guardar como un depósito sagrado su honor, y muero con su secreto. Pero á mas de guardar su honor, la juré proteger á nuestra hija y hacerla feliz. Fioreta puede elegir libremente el claustro ó el matrimonio, pero si eligiese este último estado, no será su esposo sino quien sea bastante valiente y arrojado para partir con nosotros los peligros. Ahora, bien, caballero Visconti, ¿amais bastante á Fioreta para abandonar por ella vuestro baston de mando, vuestra hermosa banda de coronel, y cambiar vuestro nombre de caballero en un nombre de bandido?
--¿Es esa vuestra resolucion irrevocable?
--Es la voluntad de mi padre, á la que no faltaré en una sola palabra.
--Pues os juro que Fioreta será mia á pesar vuestro.
--Peor para los dos si eso sucede, dijo lacónicamente Laurenti.
--Adios, pues, rey de la campiña de Roma.
--Adios, señor coronel de los suizos del papa: pero escuchad antes una palabra: me conoceis y todos los dias me estrechais la mano y me pedis por la salud en la córte de su Santidad. Adonde jugais, concurro; en donde bebeis, bebo; lo que hableis resonará en mis oidos, porque soy uno de vuestros mayores amigos. He observado, que hasta ahora no habeis hablado ni una sola palabra con nadie acerca de vuestras pretensiones hácia Fioreta, y que no habeis mostrado ni una sola carta suya. Seguid siendo prudente. Os lo aconsejo, en ello os va la vida. Adios.
--Esperad.
--¿Qué quereis?
--Me habeis dicho que os conozco.
--Es cierto.
--¿Que sois uno de mis mayores amigos?
--Por tal me teneis.
--¿Que concurris á donde concurro?
--Es verdad.
--Sin embargo, yo no conozco vuestra voz.
--Mi voz se desfigura al pasar por el hueco de mi antifaz de hierro.
--Aclaradme.....
--Ni una palabra mas; adios.
--Esperad.
--Adios.
--¡Por san Paolo mi patron, que yo os haré esperar y daros á conocer! dijo Visconti desnudando su espada y acometiendo rápidamente á Laurenti.
Este se hizo atrás de un salto, y lanzó un fuerte silbido.
Instantáneamente, aparecieron saliendo de detrás de cada árbol una multitud de hombres cubiertos con antifaces y armados de arcabuces.
Aquellos hombres rodearon al coronel de los suizos del papa.
--Guiad á ese caballero hasta la salida del bosque, dijo Laurenti á sus bandidos, perdiéndose en la espesura. Hasta mañana, caballero Visconti.
Vióse este obligado á ceder, y rodeado de los bandidos, llegó hasta la salida del bosque, y desde allí ganó la vía Apia y entró en Roma.
En vano durante muchos dias buscó Visconti entre sus numerosos amigos, uno que le presentase ni el mas ligero indicio del terrible bandido romano. Creyó al fin, que aquello habia sido una amenaza y una burla, y dejó de desconfiar de los que le rodeaban.
En cuanto á Fioreta, su amor, ó por mejor decir, su empeño, se aumentó en proporcion á las dificultades. Habian cambiado una y otra carta, pero en ninguna de las suyas habia indicado Visconti á Fioreta lo que sabia acerca de su orígen.
Si las dificultades irritan al hombre, puede decirse que irritan infinitamente mas á la mujer. El amor de Fioreta se exaltó, y concedió á Visconti lo que siempre se habia negado á concederle: esto es, hablar con él en las altas horas de la noche por las ventanas de su casa. Visconti, despues de su primera entrevista de este género con Fioreta, esperó que se revelase de cualquier modo, sino la venganza, la cólera del terrible Laurenti: pero pasaron muchas entrevistas del mismo género, y ni recibió una sola carta, ni el mas leve aviso.
Visconti empezó á burlarse para sus adentros del Rey de la campiña, y le despreció del todo cuando, enteramente rendida Fioreta, le concedió lo último que podia concederle: su posesion completa. Todas las noches, una escala llevaba á los brazos de Fioreta al afortunado Visconti, y el terrible bandido, el hermano protector, permanecia mudo.
Sin embargo, un dia, encontró Visconti sobre la mesa, y sin que nadie la hubiera llevado, otra carta que contenia las frases siguientes:
«Todo lo sé. Gozad en secreto de vuestra felicidad, y haced feliz á mi hermana, pero, ¡ay de vos si por un accidente natural, ó por una villanía vuestra, se hace pública su deshonra! ¡ay de vos, y ay de ella! Laurenti.»
Visconti era un hombre que no temia al cielo ni al infierno, y esta amenaza lo irritó: acontecia ademas, que, como su amor hácia Fioreta no habia sido mas que deseo y empeño, satisfecho el deseo, hastiado de la pobre jóven, necesitó satisfacer su vanidad de libertino, publicando su victoria sobre aquella mujer que habia resistido las pretenciones de los hombres mas peligrosos. Esta vanidad infame fue desarrollándose en él, y al fin, un dia, en una casa de juego, con ocasion de ponderar un nuevo enamorado los desdenes de Fioreta, dijo:
--¿Qué apuesta quereis hacer conmigo, señores, acerca de esa mujer?
--¿Pretendeis acaso haceros amar de ella? dijo un jóven caballero muy amigo de Visconti, llamado Marco Antonelli.
--No, no pretendo hacerme amar de ella, dijo Visconti, porque es mi querida.
--¡Vuestra querida! exclamaron asombrados los circunstantes.
--¡Vuestra querida! exclamó soltando la carcajada Marco Antonelli.
--Os reis de un modo muy impertinente amigo mio, dijo Visconti picado por la hilaridad de Antonelli.
--¿Pues no quereis que me ria? Mientras no nos presenteis pruebas de vuestro dicho me reiré.
--Es que pudiera suceder......
--No debe suceder nada dijo, sin afectarse en lo mas mínimo Antonelli; si esa mujer es vuestra querida, no merece ser la causa de un rompimiento entre dos amigos, y si no lo es, mereceis en castigo de vuestra mentira que nos riamos de vos.
--Y si presento la prueba.
--Me comprometo á perder quinientos escudos romanos, dijo Antonelli.
--Y yo otros tantos.
--Y yo.
--Y yo.
--Y yo, exclamaron todos los que estaban presentes.
Visconti, salió y volvió poco tiempo despues con las cartas de Fioreta que arrojó sobre la mesa, entre los dados y las botellas.
Examináronse aquellas cartas; ellas probaban que Fioreta amaba á Visconti; pero en ninguna de ellas habia una sola prueba de que fuese su querida.
--Y bien, dijo Antonelli sin perder su jovialidad: aun no habeis ganado un solo escudo: estas cartas prueban que sois mas afortunado que otros: y digo prueban, porque no quiero haceros el agravio de creer que estas cartas sean falsas; pero de ser amado á poseer á la mujer que nos ama, hay una diferencia incalculable. Asi, pues, la apuesta queda en pié hasta que nos probeis que es vuestra querida Fioreta.
--Una palabra señores. Ahora está la luna en creciente y las noches son muy claras: ¿sabeis alguno de vosotros donde vive Fioreta?
--Todos lo sabemos.
--Sabeis á donde caen las ventanas de sus habitaciones.
--Todos la hemos visto alguna vez en ellas.
--Pues bien: si esta noche á las doce, al hacer yo una señal veis que se abre una ventana de las habitaciones de Fioreta; si la veis á ella misma salir á aquella ventana, y arrojarme una escala; si despues me veis trepar por ella, recibirme Fioreta en sus brazos, retirarse la escala y cerrarse silenciosamente la ventana ¿creereis.....?
--Creeremos que Fioreta es vuestra querida, y os envidiaremos Visconti; pero habreis ganado la apuesta.
--Si, si, habreis ganado la apuesta dijeron todos.
En efecto aquella noche se hizo la prueba: los amigos de Visconti ocultos en la sombra, le vieron entrar en las habitaciones de Fioreta. Al dia siguiente todo el mundo supo en Roma que Fioreta era la querida de Paolo Visconti.
Sin embargo el terrible bandido de la campiña permaneció mudo: pasaron dias y dias hasta uno en que tuvo lugar un acontecimiento que heló la insolente risa de la infamia, en los labios del seductor de Fioreta.
El suceso á que me refiero pasó de la manera siguiente:
Era una hermosa tarde de mayo. Angiolina Visconti habia expresado á su padre el deseo de dar un paseo por la campiña; Visconti hizo preparar una carroza, se disculpo con su hija por no acompañarla, y Angiolina salió de Roma, acompañándola solo en el exterior el cochero y dos lacayos.
Caminaban lentamente por la via Apia: Angiolina, cuya alma aspiraba ya ese amor vírgen que es el sueño de la adolescencia de las mujeres, Angiolina inocente y pura, miraba con delicia el hermoso cielo de Italia, perdiéndose tras los horizontes azules, y la árida campiña por medio de la cual arrastra su turbia corriente el Tiber.
Descendia el sol al Occidente; el dia iba perdiéndose en ese poético tinte del crepúsculo vespertino tan bello y tan diáfano en la primavera de los paises meridionales, y una dulce melancolía inundaba el alma de la jóven, cuando la carroza se detuvo de repente y uno de los criados asomó á la portezuela.
--Si adelantamos mas excelencia, dijo el lacayo, se nos echará la noche encima antes de que lleguemos á la ciudad, y no es prudente......
--Seguid, seguid, dijo la jóven, que de lo que menos se acordaba entonces era del terrible Laurenti ni de los bandidos.
La carroza siguió adelante: muy pronto, traspuesto enteramente el sol, empezó la noche á invadir el opuesto horizonte. Angiolina entonces sintió un vago temor y mandó al cochero que se volviera.
Volviéronse en efecto. Roma se veia á lo lejos perdida tras la vaporosa neblina, y quedaba mucho camino que andar para llegar á la ciudad.
El cochero azotó á los caballos que partieron al galope: á pesar de esto era ya de noche y quedaba mucho espacio para llegar á los arrabales.
De improviso el coche se detuvo, y antes de que Angiolina pudiera preguntar la razon, se abrió la portezuela y entro un hombre, vestido enteramente como los aldeanos de la campiña, y cubierto el rostro con un cumplido antifaz: aquel hombre llevaba á la cintura un puñal y un par de pistolas.
Angiolina solo tuvo tiempo para oir que aquel hombre decia:
--¡Al bosque!
Y se desmayó.
Cuando volvió en sí se encontró en un lecho en un aposento densamente oscuro. Un hombre la estrechaba entre sus brazos. Aquel hombre prevaliéndose de su desmayo la habia deshonrado.
Angiolina notó con terror, con el terror del pudor, que estaba medio desnuda.
Gritó, quiso resistirse, arrancarse de los brazos de aquel hombre, pero aquel hombre la retuvo entre ellos y la dijo con un acento terrible:
--Vuestro padre ha deshonrado á mi hermana, y yo empiezo á vengarme deshonrándole en su hija.
Roma entera supo, por los criados á quien Laurenti habia dejado en libertad, que Angiolina Visconti, la noble hija del señor coronel de los suizos del papa, habia sido robada por los bandidos de la campiña.
Visconti sintió en medio del corazon la venganza de Laurenti; salió á la campiña, le llamó á voces en el mismo lugar donde habia hablado con él algunos meses antes; pero nadie respondió á las voces del desolado padre, que al fin era padre Visconti. Pidió licencia al papa para revolver con sus suizos la campiña y no logró ver un solo bandido. A los quince dias, perdida casi la esperanza, se fué á buscar su último consuelo junto á Fioreta y la dijo.
--Es necesario que nos casemos: tu hermano sin duda nos escucha: pues bien yo acepto todas sus proposiciones: si; yo acepto todas tus proposiciones Laurenti, seré bandido, verdugo, si quieres, pero vuélveme mi Angiolina.
--Vuélveme tú la honra de mi hermana, dijo una robusta voz á tiempo que se abrió una puerta y apareció un hombre.
Fioreta dió un grito agudísimo y se desmayó.
Visconti dió un paso atrás helado de espanto.
El hombre que tenia delante pidiéndole la honra de su hermana era uno de sus mayores amigos.
--¡Marco Antonelli! exclamó.
--No, Laurenti el bandido, Laurenti, que se venga, destrozándote el corazon, deshonrando á tu hija, como tu se lo has destrozado, desonrrando á su hermana: ahora defiéndete, infame, defiéndete por que entre nosotros se ha colocado tu infamia y no puede haber mas que odio y sangre entre los dos.
Al dia siguiente se encontró junto al Coliseo el cadaver de Paolo Visconti atravesado á estocadas, y sobre él un cartel en que se leia en letras enormes:
«Laurenti, hermano de la hermosa Fioreta ha hecho este cadáver.»
La casa en que habia vivido Fioreta estaba completamente abandonada.
¿Y sabeis vos príncipe, dijo Yaye, mirando profundamente á Lorenzini Maffei lo que se hizo de la pobre Fioreta?
--¡Qué! ¿no lo sabeis? dijo con la mas ingénua curiosidad el príncipe; pues ved ahí que falta á vuestra historia una noticia esencialísima.
--Lo que fue de Fioreta no lo sabe nadie, porque Laurenti á nadie se lo dijo.
--¿Y como, como, dijo el príncipe con una curiosidad creciente; como fue á parar Angiolina al convento donde yo la conocí en Nápoles?
--Se ignora tambien, porque á nadie lo ha dicho tampoco Laurenti. Pero lo que se sabe de seguro, es, que al fin, por una traicion de uno de los bandidos de Laurenti, fue descubierta su guarida, exterminada su cuadrilla de malhechores y el....
--¿Y el?...
--Hay quien cree que acaso quedó entre los cadáveres de los bandidos que murieron defendiéndose, porque no se le oyó nombrar mas en las inmediaciones de Roma.
--Pues habeis burlado mis esperanzas, duque, en cuanto á la historia del bandido. Debia ser curiosa.
--Pues voy á contárosla en dos palabras: el bandido está ciegamente enamorado de Angiolina que no le conoce: el bandido sigue á Angiolina por todas partes bajo el nombre de Andrea Bempo: Andrea Bempo no es otro, pues, que Laurenti, nombre fecundo en disfraces, y que sabe variar de rostro como de vestido y de edad como de lenguaje: que unas veces se llama Bempo, otras don Diego de Zayas, y pasa por caballero español, como en Roma bajo el nombre de caballero romano pasaba por Marco Antonelli: Laurenti, en fin, esposo enamorado de Angiolina, esposo despreciado por Angiolina, que se llama el príncipe Lonrenzini Maffei.
Mudáronse instantáneamente al oir estas palabras, la mirada, la actitud y la expresion del príncipe; irguióse, centellearon sus ojos, temblaron de cólera sus lábios y se puso de pié buscando un objeto entre su justillo de terciopelo.
El duque no se movió de su sillon.
El príncipe, ó Laurenti, ó Bempo, aquel singular personaje, en fin, sea que le dominara la imperturbabilidad de Yaye sea que fuese demasiado valiente para cometer un asesinato, sea por otra causa cualquiera, retiró la mano de su jubon entreabierto, y se sentó de nuevo.
--¿Con que lo sabes todo? exclamó con acento convulso por la cólera: con que sabes, que esa mujer á quien elegí en mal hora para instrumento de mi venganza, me esclaviza, se burla de mí, me trata como un perro cuando me cree Bempo, y me deshonra creyéndome el príncipe Lorenzini Maffei! ¡Oh! no importa: yo sé tambien que tú, bandido como yo, emir de los Monfíes de las Alpujarras estás herido en el corazon, deshonrado en tu hija, como yo estoy herido en el corazon, deshonrado en mi esposa, por un mismo hombre, por el marqués de la Guardia. ¡Oh! secreto por secreto monfí; y puesto que necesitamos vengarnos....
--¿Y que culpa tiene el marqués de la Guardia, dijo imperturbable el duque de que le haya amado mi hija, de que le haya amado Angiolina?
--El marqués no la ama, exclamó con sarcasmo Laurenti; el marqués la ha tomado por instrumento para dar zelos á tu hija.... y lo ha conseguido....
--Escucha Laurenti, dijo Yaye levantándose y asiendo á Bempo de un brazo con la fuerza de un gigante. Estás en mi poder.
--¿En tu poder yo? exclamó el bandido pretendiendo en vano desasirse.
--A donde quiera que vayas, donde quiera que te ocultes allí te encontrará mi mano. No lo pruebes, por que serias vencido en la prueba. En cualquier terreno que elijas te haré pedazos si te niegas á servirme.
--Yo no he servido á nadie mas que á esa mujer...
--A quien no debiste deshonrar, á quien no has debido servir.
--Tú has prostituido tu hija al príncipe don Cárlos: tú te has visto obligado á apartarla de la córte, para que la córte no sepa tu deshonra.
--¡Laurenti! exclamó el duque echando á su vez mano á su daga.
--¡Laurenti es siempre el indomable rey de la campiña de Roma! contestó sin inmutarse el bandido: Laurenti desprecia el furor del emir, como antes el emir de los monfíes ha despreciado el furor de Laurenti.
Yaye dejó la daga, soltó á Laurenti y se sentó de nuevo en el sillon.
--Quiero que me digas, como has sabido mi nombre, exclamó despues de unos instantes de silencio, recobrando enteramente su calma.
--En Granada hay muchas personas que saben la interesante historia de la hija y de la nieta del duque de la Jarilla: como en Roma hay otras que saben la historia de Paolo Visconti: ademas como hubo un bandido que vendió en Roma á Laurenti, hubo tambien en Granada un monfí que vendió al emir de las Alpujarras... Habian pagado á peso de oro, ó por mejor decir el alcalde de casa y córte que habia tomado la declaracion del monfí traidor, prefirió vender aquella declaracion enriqueciéndose, á servir al rey denunciando al falso cristiano, al falso duque: pero el juez se quedó con copia de la declaracion por si alguna vez necesitaba algun dinero, y se la vendió á Laurenti el bandido, que sabe andar sin perderse por un laberinto y llegar al fin, solo con que coja el cabo de un hilo: esa declaracion existe.... y acaso acaso esté á estas horas en poder del rey.
Yaye se puso letalmente pálido, sus ojos inyectados de sangre rodaron en sus órbitas y desnudó su daga: pero en aquel momento un resplandor vivísimo le cegó y luego... luego no sintió nada...
Cuando volvió en sí, se encontró en un lecho: sintió una pesadez inexplicable en la cabeza, se llevó las manos á ella y encontró un vendaje: revolvió los ojos en torno suyo y se encontró en un calabozo; movióse y sintió que sus piés estaban sujetos por un par de grillos. Vió junto á sí un hombre de aspecto rudo y quiso preguntarle: pero se sintió débil, y las palabras se ahogaron en su garganta.
Aquel hombre pareció comprender el deseo de Yaye y le dijo como si este le hubiese hecho una pregunta:
--Habeis sido herido en vuestra casa de un pistoletazo en la cabeza por el príncipe Lorenzini Maffei, segun han declarado vuestros criados; el príncipe ha desaparecido: estais preso en el Santo Oficio por hereje, sacrílego y traidor al rey y si no moris de la herida, morireis quemado en auto público del Santo Oficio de la general Inquisicion.
Yaye á falta de voz, dió á aquel hombre con una expresiva mirada las gracias por su noticia, y luego, encerrándose en su pensamiento, exclamó en el fondo de su alma:
--¡Satanás se ha conjurado contra mí!
CAPITULO XVIII.
Complicaciones.
Algunos dias despues de los acontecimientos que dejamos relatados estaba Madrid profundamente conmovido en sus dos círculos cortesanos, el alto y el bajo; algunas noticias extraordinarias habian ido circulando de boca en boca, agravándose mas, á medida que se sucedian.
Primeramente, la hermosa duquesita habia desaparecido de la córte sin despedirse de nadie, y sin que nadie supiese á donde habia ido.
En segundo lugar el hidalgo don César de Arévalo, tutor del marquesito de la Guardia, andaba desolado por calles y plazas, tabernas y garitos, mancebías y palacios, en busca de su sobrino que tambien se habia perdido. Ayudábale en su árdua empresa Peralvillo, lacayo favorito y confidente del marqués, mozo despierto y de puños, á quien no hemos tenido ocasion de citar hasta ahora, y señalado con un profundo chirlo en la cara, pero no por eso feo, ni desgraciado, respecto á ciertas princesas de vida airada. Ni el tio ni el lacayo habian podido ponerse sobre el rastro del marquesito.
Ademas de esto y de que los acontecimientos que vamos á relatar, fueron los que mas impresion causaron en la córte, el mismo dia de la salida de Amina de Madrid, á la hora de la audiencia, apareció fijado en la mampara de la antecámara pública de palacio, un papel en forma de carta, escrito, al parecer, por una mujer, con señales de haber estado arrugado, y vestigios de lágrimas en que se leian estas palabras:
«Don Juan de mi alma: hay cosas que el pudor impide á una mujer revelarlas ni aun á su mismo esposo, pero es preciso que sepas que alienta en mis entrañas un hijo de nuestro amor. Tu Esperanza.»
Por debajo estaba, pegado asimismo, otro papel escrito tambien al parecer por otra mujer, en que se leia en letras gordas:
«La esperanza de este don Juan, es la hermosa duquesita de la Jarilla, y el alma de esta Esperanza es el marquesito de la Guardia.»
El escándalo era soberano y debia retumbar de una manera imponderable: antes de que un ugier arrancase estos dos papeles y los entregase al gentil hombre de cámara de servicio, ya se habian sacado cien copias por los curiosos, y ya aquellos curiosos se habian esparcido por Madrid, llevando consigo el escándalo.
Pero no era esto solo.
Aquellos dos carteles fueron entregados al rey que despachaba á la sazon con el cardenal Espinosa.
Felipe II leyó letra por letra los dos escritos, meditó algun tanto sobre ellos, y luego dijo posando una mirada glacial en el cardenal secretario:
--Que se averigue á todo trance quién ha puesto estos carteles en palacio, y averiguado y probado que sea, que le ahorquen secretamente sin distincion de clase ni persona.
El cardenal dió las órdenes oportunas, y á poco volvió trayendo un pliego en las manos.
--¿Qué es eso? preguntó el rey.
--Se ha encontrado este pliego en una de las habitaciones bajas del alcázar, donde han debido arrojarle por una reja, con sobre á vuestra magestad.
Tomó el rey el pliego.
Sobre su nema se leia en letra exactamente igual á la que habia esclarecido de una manera tan infame la carta de Amina al marqués:
«Al católico y justiciero rey de las Españas.»
El pliego era voluminoso.
Contenia las pruebas que contra Yaye poseia la princesa Angiolina: la historia del casamiento del emir con Estrella, la muerte del anterior marqués de la Guardia, la declaracion del monfí traidor, y ademas la para el rey terrible revelacion de que su hijo el príncipe don Cárlos le hacia traicion conspirando contra su persona.
«Y tenga en cuenta vuestra magestad, concluia la carta, que el hombre de quien se trata, es poderoso, rico, mas rico que vuestra magestad, y que si vuestra magestad tiene en su córte un ejército, en la córte, tiene tambien ese hombre un ejército de monfíes disfrazados.»
Solo por el cuidado con que don Felipe leyó aquel proceso, que tal lo parecia el contenido del pliego, pudo traslucir Espinosa que se trataba de un asunto de gran importancia: el rostro del rey habia permanecido impasible. Despues que los hubo leido y releido, dobló de nuevo aquellos papeles, los puso bajo su libro de devociones, y dijo al cardenal:
--Que me llamen con urgencia al marqués de los Velez.
Despues se puso á hojear algunos memoriales, y cuando volvió el cardenal le dijo:
--Sigamos en el despacho de Indias.
Rey y secretario siguieron en el despacho.
Como á las once del dia un gentil hombre anunció á don Luis Fajardo, marqués de los Velez, que fue introducido.
El rey despidió al cardenal y se quedó solo con el marqués, á quien ni miró ni dijo una sola palabra.
El rey escribia.
--Tomad y cumplid inmediatamente esta órden, adelantado, dijo el rey entregando al marqués de los Velez el papel en que habia escrito.
Don Luis hincó una rodilla para tomar el papel, alzóse despues, saludó profundamente al rey y salió.
Al llegar á la antecámara, el marqués de los Velez se detuvo, y ocultando la órden en el hueco de su gorra, la leyó; decia asi:
«El rey.--A nuestro muy leal vasallo don Luis Fajardo, marqués de los Velez, adelantado en el reino de Murcia.--Haceos acompañar de nuestra órden de un alcalde de casa y córte y de un secretario. Tomad, asimismo de nuestra órden, treinta alabarderos y un alférez de nuestra guardia suiza; id con esta gente á la casa de don Juan de Andrade, duque viudo de la Jarilla, grande de España, y prendedle muerto ó vivo. Mandad al alcalde en nuestro real nombre, que haga inventario de los papeles del duque, y de cuanto hubiere en su casa, que la desocupe, que selle los armarios, cajones y puertas, y que ponga un cartel en la puerta en que se conmine con pena de la vida al que pretendiere penetrar en dicha casa. Preso que sea el duque, le conducireis á la cárcel del Santo Oficio, que tiene en nuestra córte la Inquisicion del arzobispado de Toledo, y mandareis, so pena de la vida, que nadie hasta nuestra órden comunique con el preso. Del cumplimiento de esta me respondeis como vasallo.--De nuestro alcázar de Madrid á los cinco dias del mes de julio de 1567.--Yo el rey.
El marqués de los Velez palideció primero, arqueó las cejas, y despues se encogió de hombros, y sobre la marcha empezó á cumplimentar la órden del rey.
A las doce en punto, llegaba acompañado de un alcalde de casa y córte, de un secretario, de algunos alguaciles y de un alférez y cincuenta alabarderos suizos á la casa de Yaye. Cercóla á la redonda, tomó las salidas y se hizo anunciar á Yaye de órden del rey.
Pero encontró la casa en la mayor consternacion: los criados iban de acá para allá, y no sabian que hacerse; al fin vino á sacarse en claro, que aquella mañana habia entrado á visitar al duque un caballero que decia llamarse el príncipe Lorenzini Maffei, que despues de largo tiempo que el duque y el príncipe estaban encerrados, se habia oido un tiro en la cámara del duque; que el príncipe habia desaparecido en el primer momento de sorpresa, y que acababan de encontrar al duque en su cámara, sin conocimiento y con la cabeza atravesada de un tiro.
El marqués se hizo conducir hasta Yaye de órden del rey; en vista del deplorable estado del emir, se llamaron doctores, y estos declararon que tal como se encontraba el herido era expuestísimo para su vida, el que se le trasladase á ninguna parte. El marqués de los Velez fue con estas noticias al rey, pero el rey mandó que se curase en su casa al duque, y que despues, fuese cual fuese su estado, se le condujese de la mejor manera posible á la cárcel del Santo Oficio. Asimismo mandó que se prendiese al príncipe Lorenzini Maffei.
Hízose á Yaye la primera cura, sin que volviese en sí, despues de lo cual fue puesto en una silla de manos y llevado á la prision.
En seguida el marqués de los Velez, se presentó en la casa del príncipe Lorenzini; salióle al encuentro Angiolina que se mostró profundamente admirada de que un caballero tan galante como don Luis Fajardo fuese á visitarla al frente de la justicia, y acompañado de un tan respetable resguardo de alabarderos reales.
--El rey lo manda, hermosa señora, dijo con galantería el marqués, y me veo en la dolorosa pero imprescindible necesidad de prender á vuestro esposo.
--Pues os desafío á que le prendais, dijo riendo Angiolina: aunque trajerais con vos, señor don Luis, todos los ejércitos de su magestad, seria imposible prenderle.
--¡Imposible porque le guardais vos! dijo sosteniendo su galanteria el marqués.
--Yo soy muy débil guarda contra el rey, dijo Angiolina, pero la imposibilidad de que prendais á mi esposo consiste..... en que no está en España.
--¡Oh! ¿no está en España el señor príncipe?
--No, no por cierto; está en Venecia, donde procura porque la república me devuelva los bienes que en otro tiempo confiscó á mi padre.
--¡Ah! ¿con que el señor príncipe está en Venecia?
--Ni mas ni menos, y en prueba de ello, ved, ved una carta que acabo de recibir de él.
--¡Ah! basta vuestro dicho, señora, dijo el marqués rechazando noblemente una carta que Angiolina habia tomado de encima de una mesa. Ademas, no conozco la letra ni aun la persona de vuestro esposo.
[imagen: Bempo.]
--Se le conoce muy poco ó nada, señor marqués; mi esposo es un hombre extraordinario. Yo apenas le conozco; hace seis años que nos casamos y despues de la ceremonia solo permaneció un dia á mi lado; despues me envió á España; sucesivamente ha venido á visitarme dos veces al año, y eso por un solo dia; emplea el tiempo en viajar y en escribirme con suma frecuencia cartas amorosas; eso lo sabe todo el mundo en Madrid; se sabe tanto, que me llaman de pública voz la casada doncella..... y ¿qué ha hecho, ó qué dicen ha hecho el príncipe para que el rey quiera prenderle?
--Se le acusa de haber dado muerte al duque viudo de la Jarilla.
--¡De haber dado muerte al duque de la Jarilla! exclamó palideciendo profundamente Angiolina, y dejando su acento y su aspecto ligero y galante; pero eso es imposible, don Luis; imposible de todo punto; puedo probar que mi esposo está ahora mismo en Venecia, á no ser que haya venido corriendo postas como esta carta. Deben haberse equivocado; alguien debe haber tomado el nombre de mi esposo para cometer ese asesinato.
--¿Es el príncipe un caballero como de cincuenta años?
--Sí.
--¿Un tanto encorbado?
--Sí.
--¿Con los cabellos entrecanos, largos y rizados?
--Exactamente, exclamó con asombro Angiolina.
--¿Usa anteojos verdes?
--Sí, si señor, porque tiene débil la vista.
--¿Ademas la nariz un tanto gruesa y encarnada?
--No hay duda, esas son las señales de mi esposo.
--Señales que ha dado uno de los criados del duque al alcalde de casa y córte que me acompañaba, y que escritas traigo conmigo. Mirad, princesa, mirad.
El marqués sacó de su limosnera un papel doblado que desplegó y entregó á Angiolina.
--Si, si, dijo esta cada vez mas turbada, con sus señas; pero os juro, don Luis, por mi honor, que no he visto al príncipe, que no le esperaba, y por lo tanto que no está en mi casa.
--Os creo señora, os creo, dijo el marqués guardando de nuevo el papel que le devolvió Angiolina: vuestras palabras rebosan ingenuidad, pero me veo en el doloroso compromiso...
[imagen: Felipe II.]
--¡De prenderme...! exclamó trémula y conmovida la princesa.
--¡Oh! ¿quien piensa en eso? dijo el marqués: ¿quien podrá haceros cargo de un delito que no habeis cometido? solo he querido decir al hablar de compromiso, que no puedo escusarme de registrar vuestra casa, para asegurarme y asegurar al rey con testimonio de escribano que no se encuentra en ella el príncipe.
--¡Ah! eso es distinto: podeis registrar cuanto gusteis, don Luis, pero antes de que registreis tengo que haceros una advertencia.
--Advertidme cuanto gusteis.
--En estos momentos hay en mi casa un hombre herido.
--¡Un hombre herido...!
--Si por cierto: el comediante Andrés Cisneros, á quien encontré muy tarde abandonado en la calle cuando volvia de casa de una amiga: pero ya he dado parte de ello al alcalde del barrio, el herido ha declarado, y sino ha sido trasladado ya á su casa, es porque el estado de su herida no lo permite.
--¡Ah! en ese caso nada temais, señora; por el contrario, esta bella accion añadirá nuevo brillo á vuestra ardiente caridad, que tanto conoce la córte. Ahora bien, como hace ya algun tiempo que estamos solos, y espera fuera la justicia, permitidme que para evitar enterpretaciones...
--Si, si, don Luis, registrad cuanto gusteis, voy á mandar que os abran mis criados todas las puertas.
Procedióse al registro, revolvióse la casa de alto á abajo desde los desvanes hasta los sótanos; abriéronse los muebles huecos, se tentaron las paredes y el príncipe no pareció: no podia haberse escapado porque el marqués de los Velez habia mandado cercar la casa antes de entrar en ella. Solo se encontró á Cisneros herido; pero Angiolina lo habia previsto todo, habia dado parte á la justicia, Cisneros, que habia declarado de una manera que apartaba toda responsabilidad de la jóven, prestó nueva declaracion ante el alcalde de casa y córte que acompañaba al marqués de los Velez, y cuando se le pidió el nombre de quien le habia herido, respondió que no le conocia, lo que era verdad, porque no habia tenido ni tiempo, ni luz la noche antes, para reconocer al marqués de la Guardia en su adversario.
Don Luis Fajardo salió con la justicia: apenas se vió sola Angiolina, tocó un silvato; entonces, como una aparicion, se la presentó el bandido Laurenti, bajo la figura de Andrea Bempo, y con el mismo trage que la noche anterior.
--Has puesto la carta de la duquesita en la antecámara de la audiencia, le preguntó.
--Si, contestó Laurenti; en la misma mampara.
--¿Has puesto el pliego que te dí en lugar á propósito para que pueda llegar á las manos del rey?
--Si.
--Gracias Bempo, gracias, dijo Angiolina estrechando entre sus blancas manos una membruda mano de Laurenti.
El bandido se extremeció como si hubiese recibido un choque galvánico y retiró su mano de las de Angiolina.
--Sucede una cosa muy singular, dijo esta, y es necesario averiguar lo que en ello hay de cierto. La justicia acaba de salir de casa.
--Lo sé.
--¿Y sabes por qué ha venido á casa la justicia?
--Buscando á tu esposo.
--¿Sabes de qué le acusan?
--Si: de haber herido ó matado al duque viudo de la Jarilla, al emir de los monfíes.
--¿Pero es eso cierto?
--¿Quién sabe? El príncipe Lorenzini es un hombre extraño. Siempre he desconfiado en él. ¿Y luego quién es ese hombre?
--Lleva un ilustre nombre italiano.
--¿Pero sabeis quién es ese hombre?
--Acuérdate, Bempo, de que tu fuiste quien me aconsejaste...
--Si te aconsejé que te casarás con el príncipe, te lo aconsejé porque debia aconsejartelo; cuando te libre de mi capitan el infame Laurenti, el hombre que en medio de un misterio tenebroso te esclavizaba, te hacia sufrir su odiosa brutalidad, pudimos sostenernos durante algun tiempo con el dinero que logré sacar de las canteras que nos servian de asilo. Despues la caberna fue descubierta: me ví privado de los recursos que me proporcionaban algunos compañeros que conspiraban conmigo contra el capitan, y sobrevino la miseria, una miseria horrible: yo no sabia ningun oficio, no sabia mas que robar, y esto, encontrándome solo era dificil: nos vimos obligados á buscar un medio de vivir; entonces tú, con ese corazon fuerte que Dios te ha dado me dijiste: yo soy hermosa, se tocar el laud y cantar; viviremos como vivian los trovadores en otros tiempos: yo ganaré nuestro pan, tú me acompañaras y me defenderas. Asi recorrimos la Italia. Un dia en Nápoles, un autor de cómicos españoles te vió, y te dijo si querias formar parte de su compañía; aquello era mas cómodo y mas decente que andar por calles y plazas como mendígos sufriendo soeces injurias. Fuiste cómica, yo fuí cómico: antes de mucho teniamos fama, nos aplaudian, ganábamos dinero abundante. Otro dia en Pésaro, te vió el príncipe representar en una farsa y se enamoró de tí. Aquel hombre no te buscó como se busca á una mujer perdida: aquel hombre te dijo redondamente que si querias ser su esposa. Yo te amaba lo bastante para anteponer tu felicidad á la mia, te amaba, aunque no tenia esperanzas de ser correspondido, aunque me tratabas como un esclavo, porque conocias mi amor y abusabas de él.
--¡Ah! no, no, Bempo: es verdad que Dios no ha querido que yo te ame, que he abusado acaso de tí... pero...
--Dejemos eso, la interrumpió Laurenti; dejemos eso, porque me mortifica y no quiero pensar en ello. El príncipe, antes de casarse contigo, quiso que estuvieses algun tiempo en un convento de Nápoles, para cubrir las apariencias. A los dos meses eras su esposa, y te enviaba á España, para evitar que alguien te conociera en Italia, por donde habias andado vagando como cantora y como cómica. Yo te seguí como sigue la sombra al cuerpo, y en seis años que llevas de casada, he visto muy pocas veces al príncipe.
--¡Oh! ¡nunca he podido comprender á ese hombre! exclamó Angiolina.
--¿Y estás segura de que ese hombre tan misterioso, no sea el bandido Laurenti?
--¡El bandido Laurenti! exclamó estremeciéndose Angiolina; yo no le conozco, nunca le he visto: si sé que fue él el bandido que me robó, que me deshonró, que me obligaba á satisfacer sus deseos en medio de una eterna oscuridad, es porque tú me lo has dicho: en el aposento subterráneo en que yo estaba, no entraba otra persona que el capitan Laurenti. A mí, á pesar de la oscuridad, me parecia jóven y hermoso... muy diferente del príncipe...
--¿Y no has tenido nunca un recuerdo de amor para Laurenti? dijo él mismo con voz insegura, que Angiolina atribuyó á zelos.
--¡Yo! ¡amar yo al miserable que me robó, que me deshonró, que mató mi porvenir, que asesinó á mi padre! ¡Amarle yo! si le conociese... si le conociese, le sonreiria, sí, le colmaria de caricias, seria una vez mas suya, y... le mataria cuando estuviese dormido entre mis brazos.
--¡Ah! exclamó Laurenti...
--Y si supiera que el príncipe era él... si lo supiera, si el príncipe volviera á verme... ¡Oh! le daría ese amor que tanto desea... para matarle, Bempo, para matarle, para vengar mi deshonra, para vengar á mi padre.
--¡Ah! exclamó de nuevo y mas profundamente Laurenti.
--Pero tú, que conoces al príncipe, tú que has sido bandido de Laurenti, descubre si el príncipe es Laurenti.
--Nadie, ni el mas valiente, ni el mas allegado de sus bandidos, ha visto nunca el rostro del capitan Laurenti, eternamente cubierto con una máscara de hierro.
--¿De modo que nada sabemos?
--Nada.
En aquel momento un criado entró con una carta para la princesa.
Esta notó que la letra del sobre era del príncipe.
--¿Quién ha traido esta carta? dijo preocupada por aquel inesperado accidente.
--Un hombre encubierto, que no se ha detenido, señora; contestó el criado.
--Vete.
El criado salió.
Angiolina rompió la nema de la carta, y la leyó rápidamente.
--¡Ah! exclamó con un acento emanado del fondo de su alma; ¡abandonada! ¡abandonada otra vez á mí misma!
--¡Abandonada! ¿y de quién? exclamó Laurenti.
--¡De quién! ¡del príncipe! toma y lee.
Laurenti tomó la carta que conocia demasiado, y la leyó en voz alta.
Aquella carta decia:
«Mi adorada Angiolina: me veo en la triste necesidad de deciros, que á contar desde el dia de hoy, no puedo serviros de nada. Estoy arruinado. He muerto ademas á un hombre poderoso, al duque de la Jarilla, y me veo obligado á huir, á ocultarme, porque ese hombre tiene parientes poderosos. Volved, pues, reina mia, á vuestro oficio de cómica, y buscad otro príncipe que se case con vos...
--¡Ah! ¡yo no he leido eso! exclamó Angiolina.
--Pues aun queda mucho de la carta, que por lo visto no has leido.
--¡Ah! sigue Bempo, sigue.
Laurenti siguió.
»Buscad otro príncipe que se case con vos, lo que podeis hacer sin escrúpulo de conciencia, porque no estais casada, ni yo soy príncipe. Por lo demás, aunque vos os habeis jactado de que yo no habia obtenido la felicidad de poseeros, estais en un error. Os he poseido tanto, como que me llamo Laurenti...
--¡Ah! exclamó Angiolina.
--¡Ya lo sospechaba yo! exclamó con la mayor formalidad Laurenti.
--¡Oh! ¡sigue Bempo, sigue! exclamó irritada Angiolina.
»Como ya no tengo mis buenos bandidos, como se me han acabado las riquezas que pude salvar de mi antigua guarida, no solo no puedo daros, sino que, mientras vos cuidabais al hermoso comediante Cisneros, os he tomado los diamantes y las perlas que os habia regalado, valiéndome para ello de la llave de vuestro postigo, que siempre me acompaña. Sin embargo, os quedan las alhajas con que estabais prendida, mientras yo hacia mi último robo, con las cuales podeis vivir algunos meses.--Vuestro enamorado.--Giussepo Laurenti.»
Angiolina miró pálida y convulsa á Laurenti.
--¡Y qué hacer! ¡qué hacer Dios mio! exclamó llorando.
--Aun queda un recurso, dijo Laurenti, si sigues mis consejos.
--Por ellos me casé con ese infame.
--Ya te he dicho que yo no conocia al capitan, me ha engañado como á tí. Los consejos que te daré ahora son mas juiciosos.
--Te escucho.
--Yo te amo Angiolina, te amo con toda mi alma. En España no me conoce nadie, y seré capaz por tí de ser un hombre honrado.
--Y bien, dijo con impaciencia Angiolina.
--Sé mi esposa.
--¡Tu esposa!.... ¿y qué hemos de hacer pobres, sin apoyo..? tú no sirves para nada mas que para bandido... esto sería expuesto... yo no sé mas que representar y cantar... tú tenias zelos cuando era cómica. ¿Si no adoptamos ninguno de esos dos partidos, cómo podremos vivir?
--Te quedan bastantes alhajas de valor, y ricos trajes. Los muebles de tu casa ascienden á una buena suma...
--Pero viene un dia y otro dia, y el dinero se acaba.
--Sí... cuando el dinero no se emplea... pero podriamos vender esas alhajas, esas ropas, esos muebles; comprar unas tierras en un rincon de Asturias ó de Galicia, y vivir felices.
--¡Déjame que me vengue, y soy tuya! dijo Angiolina, levantando hácia Laurenti sus ojos cubiertos de lágrimas.
--¡Qué te vengues! ¿y de quién?
--De la duquesita de la Jarilla.
--¡Ah! ¡tú amas al marqués de la Guardia!
--Pues bien, sí, dijo Angiolina levantando la frente radiante de amor: no quiero engañarte Bempo; le amo, le amo con toda mi alma, le he entregado mi corazon vírgen, y mi cuerpo... ¡vírgen! ¡vírgen tambien! ¿Qué importa? la violencia y la fatalidad no mancillan; yo he salido pura de las manos de Laurenti, como habia caido en ellas; yo he dado á don Juan toda mi alma, todo mi amor, toda mi felicidad... y don Juan no me ama, don Juan ama á esa sultana, como que es mas noble, mas hermosa, mas rica, mas jóven, mas feliz que yo, ¡necesito completar mi venganza contra esa mujer, y despues morir! No quiero engañarte Bempo, te debo mucho; te lastima mi trato acaso duro, esa es la corteza Bempo, debajo está el corazon; yo no puedo ser tu amante, seré tu hermana: si esto no te satisface, si te he hecho desgraciado sin quererlo, déjame que me vengue, y mátame despues.
Laurenti miró de una manera profunda, severa, terrible, desesperada, á Angiolina: sus ojos se tiñeron de sangre, y puso mano á su puñal: Angiolina se creyó sentenciada, dió un grito y cayó de rodillas: Laurenti la contemplo un momento en silencio; en su semblante se pintó una lucha horrible, y luego la volvió la espalda y salió de la estancia.
Angiolina se dobló sobre sus rodillas, se cubrió el rostro con las manos, y rompió á llorar de una manera desolada.
CAPITULO XIX.
De cómo se vieron obligados á salir de la córte algunos de nuestros personajes.
Algunos dias despues, el rey supo que Yaye ebn-Al-Hhamar, el terrible emir de los monfíes, preso en los calabozos del Santo Oficio, estaba bueno, y que antes de mucho podria empezarse el proceso contra él.
El príncipe don Cárlos supo tambien, que Cisneros estaba á punto de curar de su estocada.
Angiolina Visconti, no pudo tener duda de que estaba abandonada y sola en el mundo, sin mas caudal que su hermosura, su talento de cómica, su habilidad de bailarina, y mas desgraciada que jamás lo habia sido, puesto que estaba, como nunca lo habia estado, enamorada y zelosa.
El hidalgo don César de Arévalo, supo al fin de su sobrino por una carta de este, que le escribía desde las Alpujarras; pero la alegría del buen tío se aguó, como suele decirse, porque en aquella carta, su sobrino, le pedía dinero y Peralbillo.
El tio envió al lacayo con una bolsa demasiado ligera, y esta carta demasiado pesada.
«Amado sobrino don Juan: de lo que me pedis, os envío lo que puedo enviaros; vuestro lacayo y cincuenta doblones que es todo lo que he podido reunir: y no me pidais mas en mucho tiempo, porque en este último año nos hemos dado tal maña los dos para gastar vuestras rentas, que estan empeñadas hasta el cuello, sin que haya fuerzas humanas que puedan sacarlas de poder de los prestamistas. Si vuestros bienes no fueran vinculados, podriamos vender alguna hacienda y salir de apuros. Pero como esto no puede ser, y es menester vivir, yo me marcho á Flándes con una provision de capitan que he podido sacar al príncipe Ruy Gomez. Para que veais que no me he olvidado de vos, dentro de poco recibireis una provision de capitan para vos, de una de las compañías de arcabuceros del reino y costa de Granada. Si Dios quiere que entremos á saco algun burgo flamenco, os acudiré con lo que hubiere. Es cuanto tiene que deciros vuestro tio, que tiene ya puesto el pié en el estribo para ir á buscar á sus soldados.--Don César de Arévalo.»
En efecto, don César marchó dejando desesperadas á una porcion de doncellas que vivian de sus buenas obras.
En cuanto á Angiolina, habia recibido tambien una carta harto pesada, y mas que pesada, terrible. Esta carta era de Laurenti.
«Adorada Angiolina: El príncipe Lorenzini Maffei, Andrea Bempo y Giussepo Laurenti, son una misma persona: debes haberlo adivinado despues de la última y acalorada entrevista que tuvimos. Como hace diez años que andamos juntos, me ha parecido descortés salir de la córte de las Españas, de donde me alejo por muchas razones, sin despedirme de tí. Ademas, mi conciencia me manda que cuando busques tus últimas joyas y tu último dinero y no lo encuentres, no culpes á tus criados, porque esas joyas y ese dinero me los llevo yo para la costa del viaje que será largo. No te desconsueles por eso. Aun te quedan esperanzas. He sabido por boca de don César de Arévalo, que es muy amigo mio, que el marqués de la Guardia, tu adorado, el único hombre que ha sabido conmover tu corazon, está en la villa de Cádiar, en las Alpujarras. Aunque no tienes dinero puedes valerte, engañándole, del señor Andrés Cisneros, que, segun creo, se verá muy pronto obligado á dejar la córte.--Tuyo, siempre tuyo.--Giussepo Laurenti.»
Es indecible la desesperacion de Angiolina, porque aquella carta no mentia; sus joyas y su dinero habian desaparecido. Solo la quedaban sus ricos trages y sus muebles; pero para vender los primeros, necesitaba renunciar á presentarse en la córte; para vender los segundos, cerrar la casa; nada de esto podia ser: Angiolina, pues, se vió obligada á adoptar un partido decisivo.
Anunció, pues, que su esposo el príncipe Lorenzini, la llamaba á su lado á Italia, noticia que causó gran sensacion en la córte, porque mataba las esperanzas tenaces de muchos enamorados, y curaba el rabioso despecho de muchas damas envidiosas de Angiolina, y esta puso en almoneda, sus muebles, sus tapices, sus literas, su carroza y sus caballos.
Una vez hecha aquella almoneda, y convertido en oro aquel mobiliario, era preciso salir de la córte: ¿pero cómo? ¿adónde ir? ¿qué hacer?
Despues de pensar mucho y en vano, de haber adoptado cien veces, y rechazado otras tantas, la idea de encerrarse en un convento, tropezó al fin en su imaginacion, como un recurso extremo, con el comediante Cisneros. Aquel hombre estaba locamente enamorado de ella, y seria capaz de todo por ella; pero Angiolina temia que no se prestase tan fácilmente á dejar la córte; Angiolina, que habia pensado usar de Cisneros, como de un instrumento de venganza, se vió obligada á asirse á él como á un áncora de salvacion.
En ocho dias que habian trascurrido desde que fue herido Cisneros, Angiolina le habia rodeado de cuidados, de esos cuidados afectuosos que con tan exquisita dulzura sabe prodigar la mujer á los seres que sufren; habia velado junto á su lecho, habia sostenido con él largos debates amorosos; habia sido indulgente con las no siempre respetuosas manos del comediante; le habia empeñado, en fin, en un deseo voraz, en uno de esos deseos que el mas experimentado confunde con el amor. Unas veces habia alentado sus esperanzas, otras las habia contenido, y se habia guardado muy bien de explorar á Cisneros, en cuanto á las rebeldías del príncipe, de quien le creia, y no sin causa confidente, para no alarmarle y hacerle sospechar acaso, que solo le queria para instrumento.
Cisneros, pues, era una masa preparada á todo entre las manos de Angiolina.
Decidida al fin esta, á apoyarse por último recurso en el comediante, bajó á la habitacion donde este se encontraba, sencilla, pero voluptuosamente vestida de blanco, y vaporosa y leve como una nubecilla de la mañana. Cisneros, cansado del lecho, se habia atrevido á levantarse y á probar sus fuerzas: el éxito excedió á su deseo, se encontró vigoroso, ágil, como si nada le hubiese acontecido; solo sentia un ligero picor en la herida.
Cuando Angiolina fué á entrar en la estancia, encontró á Cisneros á la puerta.
Iluminóse el semblante de Cisneros con una alegría infinita, sensual, ardiente, al ver junto á sí y tan hermosa á Angiolina.
Y aquella mujer que estaba desesperada, abandonada á sí misma, herida en el corazon y en el orgullo, excitadas cuantas pasiones violentas encierra el alma de la mujer, sonrió á Cisneros, con la alegría, con amor, con un amor ardiente y casi sensual.
Angiolina estaba segura, y podia estarlo, de que de todos sus secretos solo conocia uno Cisneros: el amor ó el galanteo que habia tenido con el marqués de la Guardia, y este, hemos dicho mal cuando le hemos calificado de secreto, no lo era, lo sabia todo el mundo, porque Angiolina habia necesitado hacer gala de aquellos amores para dar zelos á Anima.
Angiolina era, pues, para el comediante una gran señora, una princesa, una de las hermosuras mas codiciadas, y tenida por inconquistable antes de que hubiera dado el escándalo de sus amores con el marquesito de la Guardia.
Aun la circunstancia de haber sido el marqués el único que habia triunfado de la severidad de Angiolina, mantenia el prestigio de esta, porque ya se sabia por todo el mundo que el marquesito tenia tantos elementos de seduccion, que era irresistible.
Cuando una mujer domina á un hombre, puede decirse, sin temor de equivocacion, que hará de aquel hombre lo que quiera.
Angiolina dominaba al comediante por muchos conceptos, lo sabia y se aprovechaba de su influencia.
--¡Oh! ¡qué grata sorpresa, amigo mio! exclamó; os encuentro enteramente distinto de como estabais ayer. De lo vivo á lo pintado.
Y tendió su hermosa mano á Cisneros, que la besó de una manera demasiado ardiente, sin que por esto diese muestras Angiolina de incomodarse.
--Tan bueno me encuentro, señora, dijo Cisneros, que me parece lo de la estocada un sueño, pero un sueño delicioso, porque he tenido un ángel á mi lado.
--¿En que comedia habeis aprendido eso de ángeles y de sueños, Cisneros?
--¡Ah!¡señora! ¿será posible que desconfieis todavía de mi amor?
--Las mujeres deben ser muy desconfiadas, muy cautas, antes de dar un paso que puede decidir de su suerte.
--¡Ah! ¡señora! ¡señora! ¡habeis meditado lo que habeis dicho! exclamó Cisneros, pálido de emocion, absorviendo en su alma la sonrisa envenenada con que Angiolina habia acompañado sus palabras, ó por mejor decir con que las habia ilustrado.
--¡Oh! sí: he meditado mucho antes de decirlas, y conozco su valor.
Angiolina desasió indolentemente su mano de entre las de Cisneros, y fué á sentarse en un estrado que habia en la cámara: el comediante fue ansioso á sentarse junto á ella, y de tal modo se sentó, que Angiolina se vió obligada á retirarse, obedeciendo á las prescripciones del decoro, que nunca olvida una mujer que vale algo, y mucho menos cuando se trata de un hombre de quien se quiere sacar partido, que tiene ingenio, y, como se dice, mundo.
--¡Habeis meditado vuestras palabras! dijo con intencion Cisneros.
--Si; ya os he dicho que sí.
--¿Las habeis pronunciado con intencion de ser comprendida?
--Nunca pregunteis, Cisneros, á una mujer acerca de sus intenciones; contentaos con adivinarlas.
--¿Me permitireis que os diga lo que yo he entendido en esas palabras divinas?
--Puesto que os parecen divinas habreis comprendido algo que os halague.
--¡Algo que me halague! ¡una vida de felicidad suprema! ¡todo un cielo, señora! exclamó con entusiasmo Cisneros.
--Pues si habeis comprendido que yo os guardo un cielo, dijo Angiolina con una expresion y una sonrisa terriblemente seductoras, haceos digno de ese cielo.
--¡Oh! es que nadie, nadie sobre la tierra es digno de poseeros, señora.
--Teneis atrevida la lengua como las manos, Cisneros, dijo severamente Angiolina.
--¡Ah! señora es que me habeis vuelto loco.
--En ese caso será necesario que os alejeis de mí, dijo riendo la jóven: no quiero á mi lado un hombre que pueda disculparse de todo á pretexto de locura. Ademas, añadió con mas severidad, si habeis podido permanecer en mi casa sin escándalo mientras los médicos han afirmado que trasladándoos peligraba vuestra vida, ahora es distinto: afortunadamente os encontrais curado y fuerte.....
--¡Ah! no, no señora, dijo suspirando Cisneros: me encuentro mas enfermo y mas débil que nunca: enfermo del corazon, que es todo vuestro; débil de la cabeza, que llenais con sueños y con visiones insensatas. No, no señora; no saldré de vuestra casa...
--Si, si, saldreis por el momento, Cisneros, pero después volvereis á entrar.
--¿Cuando?
--¡Oid y oidme con las manos cruzadas y de rodillas!
Habia tal intensidad, tal calor, una expresion tan dulce, tan apasionada en los ojos de Angiolina, que Cisneros cayó de rodillas.
--¡Yo os amo! exclamó la jóven inclinando su rostro sobre el de Cisneros casi hasta tocarle.
Angiolina se retiró un tanto y miró al comediante: aquella mirada le convenció de que aquel hombre era suyo.
Cisneros estaba pálido, temblaba, asomaban á sus ojos las lágrimas, y su hermosura, porque Cisneros era un hombre hermoso, se habia transfigurado; se encontraba sujeto, esclavo por aquella mujer.
--¡Oh! pensó Angiolina, ¡será el de este hombre amor, ó deseo, uno de esos deseos frenéticos que he inspirado á tantos!
Luego le alzó, le sentó á su lado y le dijo.
--Os amo como nunca he amado: creí amar una sola vez, me sentí deslumbrada, pero el hombre á quien creí amar no merecia mi amor; fue un error, pero error en el que solo perdí momentaneamente algo de mi orgullo: despues... despues me curé enteramente: ese hombre era el marqués de la Guardia.
--¡Ah, señora!
--Ya os dije que me engañé... y ahora os digo que estoy segura de no engañarme respecto á vos. Me amais y os amo. Os amo porque sois grande, porque teneis un alma sublime, porque antes de hablarme á solas, habeis hablado á mi alma delante de todo el mundo, la habeis hecho estremecerse, comprimirse, espaciarse, alegrarse, entristecerse: yo he corrido ansiosa á admiraros, siempre que os habeis dejado admirar del vulgo, y despues, cuando os he tratado de cerca, he visto que sois sublime, grande como comediante, porque como hombre sois grande y sublime. Os amo, Cisneros, con toda mi alma, hasta el punto de despreciarlo todo por vos.
Cisneros estaba trastornado, doblegado, bajo el peso de tanta felicidad, sufriendo no un dolor, sino un placer: hubo un momento en que, avaro de mas placer, quiso llevar su felicidad basta el último punto, pero Angiolina le adivinó y le dijo:
--Respetad en mí las costumbres de una mujer honrada: seré vuestra, os lo juro, pero no lo seré sino completamente.
--¿Que quereis decir?
--Quiero decir que no seré vuestra sino fuera de la casa de mi esposo; fuera de la córte, cuando ya no hayamos de separarnos jamás.
--¡Cómo! ¿y abandonais por mí...?
--Lo abandono todo.
--Pero si os venis conmigo...
--Dirán lo que quieran, pero no haré ese doble y vergonzoso papel que hacen tantas mujeres sonriendo á un tiempo á dos hombres, partiendo con dos lo que solo debe ser de uno: seré adúltera..... en buen hora..... seré adúltera porque os he conocido tarde: pero no mentiré.., una mujer puede deshonrarse, pero en la deshonra, como en todo, hay dignidad ó bajeza: yo no seré jamás baja ni cobarde: yo no engañaré nunca á dos hombres á un tiempo.
--Pero meditad...
--¿Es que no quereis partir vuestra vida con la mia? ¿vuestro peligro con el mio?
--¡Oh! si, si... pero yo no puedo daros lo que dejais... una posicion envidiable...
--¿Quien os pide mas que amor?
--¡Oh, Dios mio!
--Oid: ahora vais á salir de esta casa: no volvais á ella: pero estad todas las noches en la vuestra despues de media noche. Cuando menos lo espereis yo iré á llamar á vuestra puerta vestida de viaje... yo iré á arrojarme en vuestros brazos y á partir despues.
--¡Ah, señora! aseguradme que no sueño, que estoy despierto: que sois vos la que eso me decis...
--Si, si, soy vuestra, enteramente vuestra... pero fuera de la córte, donde nadie nos conozca. Adios.
Angiolina se levantó, atravesó ligera y gentil la cámara y antes de atravesar la puerta volvió el rostro á Cisneros y le sonrió.
--¡Ah! ¡ah! exclamó Cisneros: es hermosa, hermosísima, divina: pero se ha vuelto loca... ¡dejar la altura en que se encuentra colocada..! ¡obligarme á mí, á Cisneros, á dejar la córte! ¡oh! ¡esto es imposible! ¡imposible! pues bien: procuraremos que esta mujer sea racionalmente nuestra querida ó de lo contrario abandonemos la empresa: bien sé que la posesion de esa mujer aumentará mi renombre.... ¡pero el príncipe don Carlos! ¡mis proyectos! ¡proyectos que un dia deben hacerme grande..! ¡bah! ¡bah! es necesario que nos dominemos y que pueda mas la cabeza que el corazon.
* * * * *
Cisneros salió aquel mismo dia de la casa de Angiolina, donde, por decirlo asi, habia estado incomunicado: cuando supo lo que pasaba en la córte se aterró: el príncipe don Carlos estaba confinado en su cuarto en el alcázar, bajo pretexto de enfermedad: acerca de la hermosa duquesita se decian cosas horribles, y no se la llamaba entre las cortesanas mas que la sultana enamorada.
El emir de los monfíes estaba herido y preso en el Santo Oficio; la princesa Angiolina no se presentaba en la córte, y su esposo estaba procesado en rebeldía por asesinato intentado contra el duque viudo de la Jarilla.
Pero el prestigio de la princesa se mantenia en pié; á nadie se le habia ocurrido que ella hubiese sido ni remotamente la causa de la herida del duque moro, como se le llamaba, ni se creia tampoco que el príncipe, á quien nadie conocia, hubiese realmente cometido aquel crímen.
Cisneros se encontró perplejo sin saber que partido tomar, y de su inaccion, de su perplejidad, sacó en claro que estaba realmente enamorado de Angiolina.
En cuanto á lo que debia hacer, el cardenal arzobispo de Toledo, se tomó la molestia de prescribirselo. El licenciado Pelegrin, secretario privado de su señoría[11] habia intimado de órden de su señor á Cisneros que en el término de tercero dia saliese de la diócesis de Toledo (en la cual estaba como ahora comprendido Madrid) porque con su mala conducta, irreverencia y trato peligroso con el príncipe de Asturias, estaba dando escándalo á todos los hombres de lealtad y religion.
Hubo de resignarse Cisneros á esto y aun lo atribuyó á una intriga de la princesa, lo que, como le alhagaba se consoló en parte. Pero queria disculparse al menos con su señoría el cardenal arzobispo de Toledo y escribió á su secretario la carta siguiente;
«Señor licenciado Pelegrin: he recibido primero con gusto, y he leido despues con sumo dolor de mi alma, la órden que vuesamerced me ha enviado con un papel en que su señoría el cardenal arzobispo de Toledo me manda que en término de tercero dia salga de su diócesis. Siéntolo por muchas razones, y la principal de ellas, porque haciéndose público este mandamiento, pueden creer las gentes, no solo que soy mal cristiano, lo que es ya mucho, sino que soy mal hombre. Dícese en la órden que yo traigo á su alteza en vicios y malas costumbres y bien sabe Dios, señor, que si yo sirvo al príncipe es como criado; que le sirvo lealmente y que estoy á los reparos de todo. Buena muestra es de ello la estocada que recibí y que me ha tenido muy al cabo, causada, no por imprudencias mias, sino por la tenacidad de su alteza en servir á cierta dama de quien se habla mucho estos dias en la córte. Por mi parte, aunque me ha dejado muy débil esta herida, que ha sido tal como recibida de mano airada, saldré antes de tres dias á buscar mejores venturas por esos mundos, obedeciendo como esclavo lo que me ordena su señoría el arzobispo.--Dios guarde á vuesamerced, señor licenciado. De esta su casa á los veinte dias del mes de julio de 1567.--Andrés Cisneros.»
Al dia siguiente recibió Cisneros esta otra carta.
«Mi buen amigo: haced vuestra maleta y venid á buscarme: por razones que podeis adivinar no he querido ir á vuestra casa. Os espera en la venta de los Angeles con un coche de camino, quien tanto os ama que todo por vos lo deja.--Angiolina.»
El señor Andrés Cisneros, pues, metió en su maleta sus joyas y sus dineros; en sus cofres sus ropas de comediante, las cargó en un carro y salió de Madrid con su amor y sus aventuras, no sin cuidarse de decir antes á sus conocidos, para que lo divulgasen, que se iba acompañado por la princesa Angiolina.
Cisneros, que indudablemente se hubiera hecho interesante entre las damas durante ocho dias, solo por haber sido desterrado por el arzobispo de Toledo, lo estuvo siendo durante quince por la circunstancia de haberse llevado consigo á la hermosísima princesa Angiolina Visconti.
CAPITULO XX.
De cómo el rey don Felipe y la Inquisicion se convencieron de que no podian todo lo que querian.
Menudeaban las cartas. Poco despues de haber salido de la córte Cisneros, y de haber desaparecido de ella Angiolina, recibió el cardenal inquisidor general don Fernando Valdés, la siguiente irreverentísima epístola;
«Verdugo con sotana: te aviso de que se me va acabando la tinta con que te he escrito varias veces, advirtiéndote de que te abstengas de atormentar al emir de los monfíes, mi señor, que si se encuentra en tu poder es porque aun no puede movérsele por el estado de su peligrosa herida. Vuelvo, pues, á advertirtelo, y que, como la tinta se me acaba, la renovaré con tu sangre, que como alimentada de sangre humana, es de la mejor calidad posible.
»Y no desprecies este mi último aviso como los anteriores, porque sino te haces mas humano, tomaré tu sangre, aunque te rodees de familiares, y te escondas en las entrañas de la tierra.--Un moro tan moro como Mahoma, vasallo del poderoso emir de los monfíes, que vive en Madrid, que te ve todos los dias y todos los dias habla contigo; que se llama entre los cristianos como quiere, y entre los moros, sus hermanos, Harum-el-Geniz.
Entróle cierto miedo al bueno de don Fernando Valdés, con la lectura de esta carta, que se habia encontrado sobre su mesa, sin que nadie la hubiese llevado á no ser un duende ó un espíritu. Y tenia razon para intimidarse el inquisidor general, porque asi, de la misma manera invisible, habia recibido otras misivas amenazadoras, en las cuales se le habia hecho ver que habia quien conocia lo que pasaba dentro de la cárcel del Santo Oficio, como si fuera lo mas público, á pesar de que se creia muy reservado. Supuso, y no sin razon el cardenal, que quien tenia poder natural ó sobrenatural para sorprender los tenebrosos secretos de la Inquisicion, lo tendria tambien para cumplir lo que amenazaba. Aguijado, pues, por el miedo, llamó á un tremendo inquisidor llamado Molina de Medrano, calificador de la Suprema y fiscal de la general Inquisicion, y por no permitirle sus achaques ir en persona á ver al rey, encargó á Medrano que llevase aquella insolente carta á su majestad, y que le dijese, que estando ya el preso en estado de prestar declaracion, podia pedirsele la indagatoria para abreviar de este modo, y salir de una vez con un ejemplar castigo del cuidado de aquel preso, que segun muchas y repetidas pruebas era peligroso.
Partió el licenciado Medrano con la carta y el mensaje, orgulloso y contento porque se le presentaba una ocasión de hablar al severo Felipe II, dificilísimo de ver para ciertas gentes en razon de la rígida etiqueta de la casa de Austria; llegó á las antecámaras y se hizo anunciar para un asunto que atañia á la religion y á nombre del inquisidor general, merced á lo cual fue introducido, no sin que tuviese que esperar dos horas largas en la antecámara de audiencias.
Oyó sin pestañear el rey su mensaje, leyó y releyó detenidamente la carta de Harum el-Geniz, meditó sobre ella un gran rato y luego dijo:
--Decid al cardenal que vé por todas partes visiones de moros: que no sea tan asustadizo: que en nuestra córte estamos seguros de tales duendes, y que en todo caso, obligacion suya es morir, si necesario fuese, por nuestra santa religion; que no se atormente al preso, porque atormentándole se dilatará mas su cura y la posibilidad de sujetarle, como Dios manda, sano y bueno, á la prueba del tormento: y puesto que el cardenal cree que ese moro puede prestar declaracion indagatoria, decidle que me envie una órden en forma, para que una persona encubierta pueda entrar en el calabozo del preso y permanecer á solas con el. Por lo demás, advertid al cardenal, que no ponga mano en esto, porque todo lo que respecta á ese hombre es asunto mio. Que se componga allá como pueda en averiguar quien le envia estas amenazas, que bastantes familiares y alguaciles tiene, y que no volvamos á hablar de esto. Id, pues, en paz, Medrano, y cuidad de que se me envie al momento esa órden.
Y volviendo el rey las espaldas al licenciado, le dejó hecho una estátua.
--O el inquisidor general no sabe lo que se pesca, dijo Molina de Medrano para su manteo, mientras salía de la cámara, ó el rey no sabe el terreno que pisa. ¡Hum! con reyes como este la Inquisicion no sirve mas que para gitanos, brujas y buhoneros. ¡Es mucho, mucho rey don Felipe!
Cuando salió del alcázar Molina de Medrano era ya de noche, merced á las dos horas que le habia hecho esperar el rey; entonces alrededor del alcázar y en la parte que ahora se llama Plazuela de Oriente, existia un enmarañado laberinto de callejuelas, por las cuales era aventurado meterse de noche, á pesar de su proximidad al alcázar.
Distraido Molina de Medrano, se aventuró por ellas, y no lo reparó hasta que ya estaba en el centro del laberinto.
--¡Hum! dijo; malos sitios son estos, muy malos, y especialmente para quien tiene enemigos.
Y apresuró el paso.
De improviso y sin que antes hubiera sentido pisadas ni otra señal que le revelase la aproximacion de persona alguna, sintió una mano que se apoyaba pesadamente en su hombro derecho, y al volver la vista hácia aquel lado, vió ante sí un bulto envuelto en una capa, á pesar del calor de la estacion, cubierto con un ancho sombrero, y mostrándole á dos dedos de los ojos otro objeto terrible, esto es, el cañon de un pistolete.
--¡Socorro! gritó instintivamente el inquisidor.
--¡Eh! ¡silencio! exclamó una voz amenazadora, ó si quieres que hagamos ruido, hagámosle en buen hora: pero te juro que ese ruido pasará muy pronto.
--No llevo dinero conmigo, dijo todo trémulo Molina de Medrano.
--¡Por Mahoma! ¿y quién te pide dinero, clérigo? exclamó el embozado.
Aquel por Mahoma, fue un rayo de luz, ó por mejor decir, un relámpago que iluminó el turbado pensamiento de Medrano. Aquel hombre era mucho mas temible que un ladron vulgar, porque aquel hombre era, sin duda, un monfí.
--¿Qué me quereis? dijo Medrano haciendo un esfuerzo para hablar.
--Muy poca cosa, amigo mio, contestó el embozado; quiero que me sigas.
--¡Qué os siga! ¿y á dónde?
--Cerca de aquí.
--¿Pero qué quereis hacer de mi?
--Lo que tú haces con todos, todos los dias y á todas horas: interrogarte, y si no contestas sujetarte al tormento.
--Ved que lo que pretendeis hacer os pudiera pesar.
--Lo que te interesa sobre todo es salvar tu vida obedeciéndome: no siempre has de mandar tú: con que agarrate á mi brazo y sígueme.
Y esto diciendo, asió el brazo derecho de Molina de Medrano, le sujetó bajo su brazo izquierdo y tiró del inquisidor, que opuso resistencia.
--Escucha, clérigo, le dijo el incógnito, si resistes, por la santa Kaaba que te envio á cenar con el diablo, que hace mucho tiempo que debe de tener la mesa puesta esperándote. ¡Adelante y silencio!
Molina de Medrano se dejó arrastrar, temblando como un raton entre las garras de un gato.
Su apresador le hizo rodear dos ó tres callejas lóbregas, y en una de ellas se detuvo y lanzó un largo silbido.
Instantáneamente, de detrás de una esquina salieron otros cuatro hombres que adelantaron y rodearon al inquisidor, que perdió toda esperanza.
--Será preciso que consientas en que te vende los ojos, dijo el que hasta allí le habia conducido.
--Ved lo que haceis, repitió Medrano, queriendo valerse como de un arma poderosa del terror que imponia á todo el mundo la Inquisicion, de que era uno de los mas terribles ministros.
--Tambien ahorcan al verdugo, amigo Molina, dijo uno de los recien llegados, con la diferencia de que nosotros, si es necesario ahorcarte, te ahorcaremos con mas humanidad que como vosotros lo haceis: te dejaremos elegir la cuerda y la altura. Vamos, estate quieto y concluyamos, que se va haciendo tarde.
Y diciendo esto, sacó un pañuelo, le preparó en forma de venda, y cubrió con él los ojos del inquisidor, que cediendo á las circunstancias: no opuso la menor resistencia.
Poco despues Medrano sintió que le metian en una litera, y luego que aquella litera se ponia en marcha.
Fuese por desorientarle, fuese porque efectivamente recorriesen una gran extension, la litera, y junto á ella los embozados, cuyas pisadas sentia el prisionero, anduvieron durante una hora. Al cabo de ella sintió que una puerta se abria, pararon la litera y los hombres y se abrió la portezuela.
--Sal, dijo la voz del hombre que le habia apresado.
El inquisidor salió.
Una mano asió una de las suyas y tiró de él, conduciéndole en la extension de algunos pasos en línea recta.
Luego la misma voz le dijo.
--Aquí hay una escalera.
Molina de Medrano bajó y tuvo cuidado de contar los escalones.
Cuando hubieron llegado al ciento cincuenta su guia le dijo:
--Ya no hay escalera.
El inquisidor siguió siempre asido y llevado, y contó doscientos pasos por un pasadizo tortuoso y humedo, á cuyo fin se abrió una puerta y se tornó á cerrar.
Entonces el hombre que le conducia le quitó de los ojos el pañuelo.
Molina de Medrano á la luz de una vela de sebo que ardia sobre una mesa, vió un aposento reducido, humedo, y por únicos muebles una silla, la mesa que hemos indicado, y sobre ella un tintero, papel blanco y una bugía.
Ante él habia un hombre: aquel hombre era alto, fornido, vestia coleto de ante, greguescos pardos, calzas rojas y zapatos de ante con lazo: llevaba en su talabarte una espada de voluminosa empuñadura, una daga con enorme guardamano, y un par de pistoletes ó pedreñales de extraordinaria longitud; tenia cubierta la cabeza con un sombrero ancho de alas caidas, el rostro con un antifaz de cuero, y los hombros con una ancha capa parda.
--¿Que tal te parece esto? dijo aquel hombre sentándose en la única silla que habia, y señalando con un ademan al inquisidor el aposento en que se encontraban; no es muy hermoso que digamos, pero no son mucho mejores vuestros calabozos de la Inquisicion. Aquí á lo menos no hay cadenas, ni ruedas, ni hornillos, pero te advierto que no te fies mucho de esto, porque ya, sin esos trevejos, encontraré medio de darte tormento si te niegas á hablar. Veamos, añadió el incógnito poniéndose en posicion de escribir; apunto mi primera pregunta. ¿Ha recibido el inquisidor general don Fernando Valdés, una carta firmada por un moro?
Molina de Medrano que se habia decidido por sacar su pellejo lo mejor librado posible, contestó con un sí categórico.
--¿Has estado esta tarde en casa del inquisidor general?
--Si.
--¿El inquisidor general te ha enviado á ver al rey?
--Sí.
--¿Has esperado en la antecámara de audiencias dos horas largas?
--¡Lo sabeis todo!
--No importa. Contesta.
--Si.
--¿Qué mensaje has llevado al rey?
Molina de Medrano declaró al pié de la letra cuanto habia hecho desde que salió de casa del inquisidor general, y cuanto le habia mandado y dicho el rey.
--Bien; perfectamente; dijo aquel hombre: eres dócil y mereces que te tratemos bien. Firma esta declaracion.
--Pero... balbuceó el inquisidor.
--Espero que no me obligarás á tratarte con dureza.
Era tan amenazador el acento del enmascarado, que Molina de Medrano ocupó el asiento que aquel habia dejado vacío, y firmó.
--Ahora toma otro papel.
--¡Otro papel! ¿Y para qué?
--Escribe con letra clara y puño firme lo que voy á decirte.
--Espero que no tratareis de perderme.
--No; pero trato de asegurarte. Escribe.
Y dictó al inquisidor lo siguiente:
«Mi buen amigo Harum-el-Geniz: agradecido á las dádivas que os debo...
--¡Pero esto me deshonra! exclamó el inquisidor.
--Escribe ó te mato, murmuró sordamente el encubierto, y continuó:
»... á las dádivas que os debo, no puedo menos de avisaros que he ido á ver al rey esta tarde de órden del inquisidor general, que ha recibido vuestra carta. El rey me ha mandado pedir al inquisidor general, una órden para que se permita entrar un encubierto en la cárcel del Santo Oficio esta noche. Como esto tiene, sin duda, relacion con el emir, os lo comunico para que esteis avisado y tomeis las medidas que creais oportunas. Os advierto que el inquisidor general tiene mucho miedo, y que podreis hacer de él cuanto querais. De lo que haya de nuevo os avisaré, como debo. Guárdeos Dios. De esta vuestra casa á veintidos dias del mes de julio de 1567.--El licenciado Molina de Medrano.
El inquisidor escribió sudando y de la mejor manera que pudo esta carta, que su tiránico apresador leyó detenidamente.
--Ciérrala á tu modo, le dijo despues de leerla, y pon en el sobrescrito: á Sidy Harum-el-Geniz, walí del poderoso emir de los monfíes.
El sacrificio estaba consumado: Molina de Medrano estaba cogido: por mas que declarase la violencia de que habia sido víctima; por mas que se preparase, estaba seguro de que, si aquella carta iba á dar en manos del inquisidor general, era hombre perdido.
Ademas de esto, y acaso porque fuese verdad, acaso por aterrarle, el encubierto le dijo:
--Vamos ven: voy á ponerte en libertad para que vayas á casa del inquisidor general; pero cuenta con lo que hablas en ella, porque hay allí ojos y oidos que ven y oyen, cuanto nosotros queremos ver y oir.
Volvióle á vendar los ojos, le sacó fuera del subterráneo y de la casa, de la misma manera que le habia llevado á ella, y luego, despues de haber dado vueltas y revueltas, se abrió la portezuela y una mano le condujo á alguna distancia. Poco despues sintió que el que le habia conducido se alejaba, y se quitó el pañuelo de los ojos: encontróse en una calle lóbrega y delante de la luz de una imágen: á aquella luz el inquisidor vió el pañuelo con que le habian vendado y se estremeció: aquel pañuelo estaba manchado de sangre.
Dominóse lo mejor que pudo, se orientó y vió que estaba muy cerca de la casa del inquisidor general, á la que se dirigió entrando en ella mas muerto que vivo.
Una hora despues salió.
Al poco tiempo conoció que un hombre embozado le seguia: apresuró el paso, pero el embozado le apresuró tambien: desgraciadamente marchaban por una calle solitaria, y no habia una sola puerta abierta ni pasaba una sola persona.
Entróle á Medrano un miedo mortal, y se dió á un trotecillo picado que tenia todas las señales de fuga.
--¡Diablo, dijo el que le seguia, y como huis de los amigos, señor licenciado!
El inquisidor se estremeció: habia reconocido la voz del que anteriormente le habia apresado, pero estaba cerca la desembocadura de la calle, y probó á ganar la esquina.
--Me vais á obligar á que os demuestre que una pelota de pistola corre mas que vos, amigo mio, dijo roncamente el tenaz perseguidor.
A aquella insinuacion, Molina de Medrano se detuvo y quedó inmóvil, como si se hubiera convertido en una estátua.
El embozado, á quien llevaba mucha delantera, llegó á él.
--¿Adónde vais? le dijo.
--Al alcázar.
--¿Llevais, pues, la órden pedida por el rey?
--Creo que si.
--Venid á este soportal.
El inquisidor obedeció y siguió al embozado á un soportal oscuro.
Allí fue registrado escrupulosamente: no llevaba consigo mas que un pliego cerrado, cuya oblea estaba todavia fresca.
--Esperadme aquí, le dijo aquel hombre.
--¿Pero os llevais la órden?
--Yo volveré á traerósla...
--Pero...
--Esperad.
Molina de Medrano se resignó y esperó un cuarto de hora escondido en el soportal, y temblando, á que volviese el terrible incógnito.
Cuando este volvió le entregó el pliego.
--Veo con satisfaccion que no me habeis engañado, le dijo: es efectivamente la órden consabida. Id y llevádsela al rey. Cuidad de no tomar una necia precaucion, ó de procurar prenderme; porque no lo conseguiriais, y la prueba os costaria muy cara. Id en paz; llevad al rey esa órden, y no tengais miedo por el camino, porque yo os acompaño.
Molina de Medrano salió todo trémulo y desconcertado, y tomó la direccion del alcázar: por mas que aguzó el oido y volvió cautelosamente algunas veces la cabeza durante el tránsito, no pudo notar tras sí ninguna persona.
Una hora despues salió del alcázar, y escarmentado ya, varió de direccion y tomó hácia la iglesia de Santa María.
Pero al pasar bajo el arco, que entonces existia en aquel lugar, se despegó de la pared un bulto, que fue para el inquisidor una aparicion lúgubre.
--Seguidme, dijo aquel hombre.
No era la misma voz, pero el aspecto del nuevo encubierto era enteramente igual al del anterior.
Molina de Medrano obedeció y siguió á su nuevo tirano hácia la calle de Segovia, murmurando:
--¡Dios mio! ¡ese condenado moro, tiene monfíes en todas partes!
* * * * *
* * * * *
Entre tanto en la casa del inquisidor general, acontecia una escena que no debemos pasar en silencio.
Apenas habia salido de ella Molina de Medrano, un familiar anunció á don Fernando Valdés, que el señor don Luis de Robles deseaba hablarle.
--¡Oh! ¡me viene como llovido del cielo! murmuró el cardenal, despues de haber mandado que le introdujeran.
Entró á poco un jóven como de veinticuatro años, al parecer caballero, y gentilmente vestido.
--Guarde Dios á vuesamerced, señor familiar, dijo dulcificando su acento, generalmente áspero, Valdés; ¡y que me place de veros! ¡venid, venid á sentaros á mi lado! estos malditos humores me tienen postrado en este sillon; y luego los sinsabores que debo á mi oficio de inquisidor general me irritan la gota. Venid, venid acá, valiente caballero. Pareceme que cada dia estais mas contento de la predileccion con que os miro, y de las honras que os hace el Santo Oficio.
--¡Ah, señor cardenal! dijo el jóven llevando un sillon junto á la poltrona del prelado, y sentandose con noble soltura; indudablemente que todo lo debo á vuestra señoría, no á mis pobres merecimientos.
--No tal, no tal; vos sois uno de los miembros mas útiles del Santo Oficio, y á vuestra fe cristiana, y á vuestro celo por la honra de Dios y nuestro católico monarca, su imágen sobre la tierra, debemos muchas noticias acerca de ese asunto de los monfíes, de ese asunto que se va haciendo terrible.
--Débese á la casualidad, señor cardenal; ya os dije que he estado cautivo en Argel dos años, lo que me ha servido para aprender la lengua de los moros, y por doble desgracia, al saltar en tierra de Almuñecar, y en mi primer jornada por las Alpujarras, fuí apresado de nuevo por los monfíes y obligada mi familia á pagar un crecido rescate. Estas desgracias, sin embargo, han sido una felicidad para mi, puesto que me proporcionan ciertos medios para entenderme con esa gente... la conozco sobre todo.
--¿Y creeis que haya en Madrid algunos de ellos?
--¡Si lo creo! no tengo duda. El emir es hombre que nunca entra en un lugar sin dejar cubierta la salida.
--Pero no habeis podido descubrir.....
--Esto es difícil: por su costumbre de tratar con los cristianos, esos moros hablan perfectamente nuestra lengua, pueden disfrazarse y proveerse de papeles falsos que prueben un nombre y un parentesco cualquiera; venir á la córte y entrar al servicio del mismo rey, sin ser conocidos.
--Pero y bien...
--Trabajo por ponerme en el caso de dar con el nido, ó mejor dicho, con los nidos que deben tener en la córte esos traidores. A propósito, valiéndome de mi cualidad de familiar del Santo Oficio, y de la autorizacion que tengo para entrar en los calabozos de todos los presos sin excepcion, he bajado hoy al del emir de los monfíes.
--¿Y se encuentra en estado de sufrir la prueba del tormento?
--¡Oh! ¡no señor! está fuera de peligro pero muy débil: nada se conseguiria.
--¡Ah! ¡ah! á ese hombre le protege lo mismo que le ha puesto en nuestro poder: pero no importa: dicen que puede prestar declaracion.
--Su razon está despejada y fuerte, de lo que he podido juzgar en dos horas que he estado hablando con él.
--¿Y de qué le habeis hablado?
--Le he propuesto lisa y llanamente, para inspirarle confianza, que si me dá una gran cantidad de dinero, le procuraré su fuga.
--Y... ¿qué os ha respondido?
--¡Oh! es un hombre terrible: me ha dicho con la serenidad mas completa:--Agradezco vuestros servicios, pero yo no estoy preso, caballero.
--¡Cómo! pues ya diremos si está preso ó no á ese jactancioso. ¡Hum!
Y Valdés contuvo una tos profunda que habia causado en él la irritacion.
--Me ha hablado ademas de sus proyectos, como si se encontrase ni mas ni menos, entre sus bandidos de las Alpujarras.
--¡Sus proyectos...! ¡sus proyectos! ¿y qué proyectos son esos?
--Hacer la guerra al rey.
--¡Hum! hanme dicho que los moros como los andaluces, son muy fanfarrones.
--Eso dice quien no los conoce, dijo con cierto acento particular el jóven.
--¿Y vos creeis conocerlos?
--¡Bah! como os conozco á vos, señor cardenal.
--¡Ah! ¡me conoceis...!
--Si por cierto: sé, por ejemplo, que el emir Yaye-ebn Al-Hhamar, se escapará de las prisiones del Santo Oficio, como sé que tú, Fernando Valdés, tienes miedo de tenerlo preso.
Para comprender esta variacion de tono del familiar, debemos advertir, que poco antes de pronunciar estas palabras, habia resonado en la calle un silbido particular.
--¿Qué significa esto? exclamó dominado por la sorpresa y por la cólera Valdés.
--Esto significa, que tienes delante un monfí en cuerpo y en alma; un moro disfrazado de cristiano.
--¡A mí! ¡pages! ¡familiares! exclamó pálido de espanto el inquisidor general, apoyando fuertemente sus manos en los brazos del sillon, y procurando, aunque inútilmente, levantarse.
--No grites ni te esfuerces, viejo, dijo sin variar de tono el jóven, en cuyo acento se notaba únicamente un profundo desprecio: en tu casa, desde ahora hasta que esté libre el emir, no hay mas que monfíes; tus pages y tus familiares están encerrados y no acudirán á tu voz. En cambio, observa. ¡Ola! exclamó el jóven con acento de autoridad.
Inmediatamente apareció en la cámara un hombre de las peores trazas posibles, verdadero truan de plaza, que adelantó con desenfado.
--¿Ha llegado la hora de aplastar la cabeza á este viejo víbora, Suleiman? dijo aquel hombre dirigiendo la palabra al jóven, y una mirada de odio salvaje al cardenal.
--No, Jafar, pero será muy posible que haya necesidad de apretarle los pulgares, lo que debes evitar, cardenal, porque estás achacosillo y delicado, añadió volviéndose á Valdés que estaba mudo de sorpresa, de miedo y de cólera; te ruego que te tranquilices, á fin de que puedas escribir con seguridad y de manera que nadie dude de tu escrito, una órden para el alcaide de la cárcel del Santo Oficio en Madrid, á fin de que me entregue la persona del duque de la Jarilla, para trasladarle á la cárcel del Santo Oficio en Toledo. Lo que te pedimos no es gran cosa. ¿Qué te importa que quemen ó no quemen al emir?
--¡Oh! sí le importa Suleiman; porque si el emir muriese entre las garras de estos clérigos, seria cosa de llevarse algun tiempo agujereando sotanas á puñaladas, dijo ferozmente Jafar.
--Moriré como mueren los mártires, dijo Valdés, desmintiendo con lo trémulo de su voz lo valiente de sus palabras.
--No perdamos el tiempo en sandeces, dijo Suleiman: esta es una lucha en que has sido vencido, con las mismas armas que has querido usar contra el emir; tú has querido conocer, descubrir á los monfíes por medio de un traidor: un monfí te ha ganado por la mano, engañándote, fingiéndose cristiano y verdugo é infame como tú: acepta, pues, tu suerte, y no la hagas peor de lo que es: no nos obligues á cometer una violencia que siempre es repugnante cuando se trata de hombres que solo saben matar hombres fuertes, armados, frente á frente y con peligro.
El mismo exceso del terror operó una reaccion en el cardenal, que tentó un medio de salvacion.
--Estais jugando vuestra vida, dijo, en una empresa descabellada: un acaso puede revelar vuestra existencia en mi casa, y sois perdidos.
--¡Oh! ¡oh! ¡y cuán amoroso nos trata! dijo el monfí que habia entrado y que permanecia como un espectro amenazador, de pié delante del cardenal y con su membruda mano puesta sobre su daga.
--Os trato con la caridad de un cristiano, como debe trataros un príncipe de la Iglesia; quiero que no perdais vuestro cuerpo y vuestra alma.
--Estás procurando ganar tiempo, cardenal, dijo Suleiman, y te advierto que esto es de todo punto inutil: cualquiera que venga á tu casa encontrará en la puerta familiares, que son monfíes como yo; familiares que dirán á todo el que llegue que estás enfermo y no puedes recibir á nadie. En todo caso el que entre, no saldrá, te lo aseguramos, y si yo te pido esa órden, es solo para causar menos escándalo. ¿Qué, no tengo yo una órden tuya que me autoriza para entrar con mis alguaciles en la cárcel del Santo Oficio?
Valdés tentó un nuevo medio de salvacion.
--Puedo haceros ricos, dijo: puedo cubriros de oro; fijad el límite á vuestra ambicion, y lo que me pidais será vuestro.
--Si algo tomamos tuyo, mal clérigo, será la sangre, exclamó Jafar, sacando con un movimiento enérgico su daga de la vaina y dando un paso hácia el prelado.
Este lanzó un grito horrible.
--¡Eh, silencio! dijo Suleiman: ¡ó la órden ó tu vida, cardenal!
Diciendo esto Suleiman tomó un libro en folio que habia sobre una mesa, buscó un pedazo de papel, le puso sobre el libro, tomó una pluma del tintero, y puso aquel libro con aquel papel sobre las rodillas del prelado y en su mano la pluma. En tanto Jafar alumbraba con una bugía, y en la otra mano tenia desnuda su daga.
El inquisidor general comprendió, que habia llegado el momento de elegir entre el martirio ó hacer al rey y al Santo Oficio traicion y se decidió por la traicion.
Tomó la pluma y ya enteramente entregado se puso en la actitud del que espera que le dicten para escribir.
Suleiman estaba perfectamente enterado de la forma, por decirlo asi, chancilleresca, usada por la Inquisicion en estos casos, puesto que dictó sin detenerse lo siguiente:
«Nos don Fernando Valdés (seguian todos los cargos dignidades y títulos del cardenal.)
»Por la presente mandamos á el alcaide de las prisiones del Santo Oficio de la Inquisicion de Toledo en Madrid, entregue al familiar don Luis de Robles y á los ministros que le acompañen, el cuerpo de don Juan de Andrade, preso en la dicha cárcel del Santo Oficio de Toledo en Madrid, sin ponerle oposicion, ni obstáculo alguno, bajo pena de excomunion mayor, perdimiento de oficio, y demás á que hubiere lugar. Dado en Madrid á 22 de Junio de 1567.--Don Fernando Valdés.»
--Falta el sello, dijo Suleiman.
--¡Oh! ¡oh! exclamó el cardenal; ¡que falta el sello! pero el sello no le tengo yo; le tiene el consejo de la Suprema.
--Pero tú tienes un sello superior, y yo sé donde está ese sello.
Suleiman fué á una mesa; forzó con su daga uno de los cajones, le abrió, sacó de él una barra de lacre verde y un sello de hierro, derritió algun lacre sobre el papel, estampó sobre el lacre el sello, y luego, volviéndose triunfante al cardenal exclamó:
--Deseabas conocer á los monfíes, cardenal, y los has conocido: pero has tenido mas suerte que otros que solo les han visto el rostro para morir.
Tras estas palabras salió, dejando encargado á Jafar de la guarda del cardenal.
Dos horas después se oyeron tres silbidos en la calle: entonces Jafar, que se habia sentado frente al cardenal, se levantó, ató fuertemente al inquisidor con una cuerda que sacó de su bolsillo, y sin consideracion á su edad ni al estado de su salud, le puso una mordaza.
--Es necesario procurar que no grites, le dijo, y des la alarma antes de que nos hayamos puesto en cobro. En pasando una hora te desafiamos y lo mismo á tus sabuesos para que nos encuentres. Me voy con el sentimiento de no dejarte mudo para siempre; pero quien puede mas que yo no lo quiere. Pídele á Dios no ver otra vez delante de tí, á los monfíes de las Alpujarras.
Y el impío hizo una mamola al prelado, dió una zapateta, se le rió en las barbas y salió.
Don Fernando Valdés, se quedó rugiendo tan fuerte como se lo permitia la mordaza.
CAPITULO XXI.
De lo que pasó en un calabozo de la Inquisicion de Madrid.
Dos horas antes de acontecer lo que en el capítulo anterior dejamos referido, se detuvo delante de la puerta de la cárcel que tenia en Madrid la Inquisicion del arzobispado de Toledo, una litera conducida por dos hombres y escoltada por otros cuatro y salió de ella un hombre embozado.
Precedióle uno de los que escoltaban la litera, que llegando á la guardia, hizo llamar al alcaide y cuando este estuvo presente, el embozado que de la litera habia salido, mostró en silencio un papel al alcaide, el cual, á penas hubo leido el papel, dijo á quien se lo habia dado:
--Sígame vuesamerced.
--Despues de haber abierto dos fuertes rastrillos, de haber recorrido callejones y patios y de haber bajado escaleras, el alcaide abrió la puerta de un calabozo, situado en un sótano, é introdujo en el al embozado.
--Cuando quisiereis salir, le dijo señalándole una cuerda que pendia dentro del calabozo de la pared, tirad de esta cuerda.
Y dejó dentro al embozado, cerró la puerta y se sintieron sus pasos que se alejaban.
El embozado miró en torno suyo, y se encontró en un espacio cuadrado, estrecho, de bóveda baja, sin mas muebles que un lecho, una mesa y una silla. En la mesa habia una luz, algunas redomas, hilas y vendajes; y en el lecho un hombre que estaba vuelto el rostro á la pared y que no se movió, á pesar de la presencia del embozado en el calabozo.
Mirábale profundamente el recien llegado entre su embozo y el ala de su sombrero, pero pasó algún espacio sin que dijese una sola palabra.
Al fin dijo con acento breve y duro:
--¡Duque de la Jarilla!
--Hé aquí que te esperaba, y no me he engañado, dijo Yaye sin volverse.
--Creo, Dios me perdone, que os permitís tutearme, dijo con una cólera mal contenida el embozado.
--¿Y bien no somos iguales? dijo Yaye.
--¡Iguales!
--Si por cierto: los dos somos reyes.
--¿Por quien me tomais?
--Te tomo por quien eres: por mi enemigo el rey de España.
--¡Oh! ¡esto es ya demasiado! exclamó el encubierto á quien irritaba lo sereno del acento de Yaye. ¿Os atreveis á llamaros enemigo del rey?
--Vaya si me atrevo: y me he atrevido á mucho mas y sabe Dios hasta que punto me atreveré en lo sucesivo.
--¡Es decir que creeis veros libre!
--Tanto como lo creo. Cuando menos lo esperes, don Felipe, la Inquisicion irá á decirte que ha encontrado mi calabozo vacío.
--Solo un medio teneis de veros libre, duque.
--¡Ah! ¿y vienes tú, señor rey, á proponerme ese medio?
--Sí, vengo, yo, don Felipe, á quien llaman el prudente, á verte en tu calabozo (y el rey, que él era, se descubrió); vengo á hablar contigo aquí, donde nadie puede oirnos: vengo á ver hasta donde llega tu audacia, y sobre todo á escuchar yo solo tu confesion.
--Entre vosotros siempre se confiesa al que va á morir.
--¿Y crees tú que si yo quisiera vivirias mucho tiempo?
--Prueba á matarme.
--Otros que se creian fuertes y poderosos.....
--Han muerto á una sola palabra tuya, ya lo sé..... pero tú no me matarás, don Felipe.
--¿Y en que te fundas para tener esa seguridad?
--En que no puedes matarme.
--¿Te proteje el diablo? dijo con un acerado acento de sarcasmo el rey.
--Tal vez: tal vez me proteja Satanás: por lo pronto las señales de mi odio están ya en tu familia:
--¡En mi familia!
--El príncipe don Carlos tu hijo, tu heredero, te hace traicion.
--¡La prueba!
--No tardará el mismo príncipe en dártela.
Estremecióse profundamente el rey.
--¿Y has sido, tú, tú monfí, quien has impulsado á la rebeldía á mi hijo?
--Ha sido primero Satanás, que le ha dado perversas inclinaciones, y luego yo, que soy tu enemigo, que necesito vencerte, y vengar con tu desgracia, con una horrible desgracia, las infamias, las crueldades que has cometido contra los mios.
--Tu audacia, solo es comparable á tus delitos, dijo el rey.
--¡Mis delitos! ¡y hablas tú de delitos, verdugo coronado!
Nunca, el rey don Felipe se habia oido tratar de tal modo: nunca, él, tan celoso de su autoridad, tan déspota como todos los déspotas de la historia juntos, habia necesitado de tanta fuerza de voluntad para dominarse: sin embargo, como Yaye poseia terribles secretos, muchos de los cuales atañian al príncipe su hijo, no queria que nadie pudiese oir las revelaciones del emir de los monfíes, y estaba resuelto á todo para arrancarle la confesion que anhelaba; por otra parte, tales eran sus intenciones con respecto á Yaye, que solo veia en el un cadáver.
--Te estoy probando mi magnanimidad y mi grandeza, le dijo, cuando tolero tu osadia: estás herido y preso, y es necesario que se conozca cuanta diferencia hay entre un príncipe cristiano y un capitan de bandidos.
--¿Y por qué vienes tú solo, rey, encubierto, de una manera vergonzosa, á visitar al capitan de malhechores? ¿No hay verdugos en tus reinos, ó es que me crees tu igual y quieres que este asunto se quede entre los dos?
Don Felipe estaba mudo de asombro. Yaye que hasta entonces habia permanecido echado, con el rostro vuelto á la pared, se levantó, se sentó sobre el lecho y dijo contemplando frente á frente al rey:
--Tu soberbia, le dijo, no te deja comprender la razon que tengo para ser tu enemigo. Sin embargo, debia bastarte para conocerla, saber que yo soy rey de los moros de las Alpujarras.
--De los bandidos, querras decir.
--En buen hora; pero entonces tú tambien eres un rey de bandidos.
--¡Yo!
--Si, tú, nieto de la reina Isabel, hijo del emperador don Carlos, es decir descendiente de una raza maldita que se ha alimentado con sangre humana y con lágrimas de desesperacion.
--Me habian dicho que los monfíes erais una gente braba y desalmada, pero no me habian dicho que erais maldicientes: ¡hasta donde llegará tu audacia, moro!
--Escúchame con calma y no me interrumpas, rey. Cuando un hombre es enemigo de otro, y sobre ser su enemigo es caballero y leal, debe procurar que se conozcan los motivos de su enemistad.--No es la causa de mi odio hácia tí ni hácia los tuyos, el que en tiempos de los Reyes Católicos, tus bisabuelos, fuese conquistado por ellos el reino de Granada. El Dios de las batallas, el Dios fuerte, el Dios Altísimo y Unico, da la victoria ó la quita; hace esclavo al señor y señor al siervo. ¡Dios lo quiso! mi pueblo hubiera obedecido las leyes del vencedor, si el vencedor hubiera cumplido religiosamente las capitulaciones pactadas con el vencido: pero esto no sucedió: esas capitulaciones han sido rotas: tus capitanes generales han azotado y maltratado á los moriscos; tus frailes los han bautizado á la fuerza; tus jueces y tus golillas los han robado; tus vasallos les han prodigado toda clase de insultos, hasta el punto de manchar la honra de sus mujeres y de sus hijos; la Inquisicion los ha quemado y la Chancillería los ha ahorcado; un anatema de servidumbre, de muerte y de infamia ha caido sobre ellos, y al probar la insurreccion una y otra vez, no han sido rebeldes, sino que han usado del derecho que da Dios á los oprimidos de levantarse contra la mano infame que los despedaza. Esto solo bastaria para que yo, descendiente de ese pueblo, rey de los valientes que no han sabido doblegarse al yugo, fuese tu enemigo: la patria me manda defenderla contra tí, probar todos los medios de libertarla de tu tiranía; y como si esto no bastase, voy á decirte las razones que tengo como hombre para ser tu enemigo. Escucha: mi madre murió á manos de la Inquisicion.
--¡Hereje, acaso!
--No, murió porque era hermosa, bajo el peso de la venganza de un fraíle.
--La Inquisicion no se engaña.
--Es verdad, porque asesina á sabiendas. Pero déjame continuar: la mano de un soldado español mató á mi padre, que espiró entre mis brazos, pidiéndome venganza. Yo he empezado á vengarle.
--¡Que le has vengado!
--Si: he vengado á mis padres, matando á cuantos frailes, golillas y soldados he habido á las manos: he vengado ademas en tí, á mi pueblo.
--¿En mí?
--Si, en tí. ¿Quien ha impulsado á la rebeldía á tu hijo?
--¡Oh! exclamó, con acento rugiente, don Felipe.
--Es verdad que para ello he roto el corazon de mi hija, pero te he herido en tu soberbia, porque tú no tienes corazon, don Felipe. Te he herido en tu esencia de rey, porque don Carlos es tu hijo único, y tú le matarás, rey, tú le matarás.
--¡Que yo mataré á mi hijo!
--Si, tú le matarás, porque antes que padre eres rey, y tendrás miedo de tu hijo.
--Yo romperé con tu vida esa horrible red de desgracias: ¡por san Lorenzo, mi patron, te lo juro!..... No te conocia bien y habia venido á hacerte merced... pero ahora... ahora que sé que de tí no puedo esperar mas que crímenes, ¡morirás, moro, morirás!
--No faltará en todo caso quien gobierne á mis monfíes, que con mi muerte tendrán una infamia mas de que pedirte cuenta, rey.
--Has hablado de traiciones de mi hijo, preguntó con un creciente anhelo don Felipe.
--A tu hijo le pesa tu vida, rey.
--Mi desventurado hijo está loco.
--Sus locuras ó mas bien tu miedo te obligarán á matarle.
--¡Matarle! ¿crees tú que para hacer justicia en los traidores me sea necesario matar á mi hijo?
--¡Le matarás!
--¡El nombre! ¡el nombre de los que alientan las rebeldías de don Carlos!
--Esos nombres se reducen á uno solo: ese nombre es el mio.
--¡Tú! ¡pero como has podido tú..!
--¡Como! primero prevaliéndome del amor extremado, insensato que tu hijo siente por mi hija, la hermosa duquesa de la Jarilla: despues derramando oro á manos llenas entre los flamencos, y manteniendo entre ellos consejeros que los decidan á negarte la obediencia y á aclamar por su señor á tu hijo.
--¡Oh! ¡infame! ¡infame alevosía!
[imagen: ¡Morirás! ¡morirás como no ha muerto ningun hombre!]
--Y ten mucho cuidado con el príncipe tu hijo, rey, no sea que la Inquisicion averigue que anda en tratos con los luteranos y te le queme vivo.
El color generalmente pálido del rey se habia tornado lívido y sus ojos centelleaban.
--Ya ves si me vengo de tí; un solo hijo que tenias te lo he muerto en cuerpo y en alma; porque tu le matarás por traidor y Dios le condenará por hereje.
--¡Morirás, morirás, como no ha muerto ningun hombre! exclamó don Felipe, tirando de la cuerda que le habia indicado el alcaide, y haciendo sonar una campana; morirás lentamente, dia por dia, hora por hora, minuto por minuto; padecerás como padecen los condenados en el infierno, y llegará un dia en que aterrado, domado, cobarde, me reveles los nombres de los traidores.
--¿Y crees tener poder para todo eso, don Felipe?
--¡Que! ¡y creerás tú que puedes librarte de mi justicia, bandido!
--Ya lo veremos.
--Pues bien, si, lo veremos: tu único juez y tu único verdugo seré yo: nuestros únicos testigos los muros de la Inquisicion. Adios, pues, rey de las Alpujarras. Que vengan á sacarte de entre mis manos tus monfíes.
--Ve en paz rey don Felipe, ve en paz, si puedes: has querido conocerme y te he hablado franca y lealmente... Pero silencio, oigo pasos que se acercan, hasta mas ver, don Felipe.
En efecto, se habian escuchado pasos cercanos y poco despues resonaron los candados y los cerrojos del calabozo, que se abrian.
Yaye se volvió de nuevo á la pared. El rey se encubrió enteramente.
La puerta se abrió y apareció el alcaide.
--Guiad á fuera, le dijo el rey.
Salieron y la puerta se cerró.
Poco despues Yaye los sintió alejarse.
CAPITULO XXII.
Que sirve de epílogo á esta segunda parte.
No habia pasado media hora cuando Yaye, que habia quedado profundamente pensativo y preocupado por su anterior escena con el rey, sintió pasos que se detuvieron junto á su calabozo, y luego el ruido en los cerrojos y de los candados.
[imagen: La Dama blanca.]
La puerta se abrió.
Entró en el calabozo el alcaide acompañado de dos familiares.
--Levantáos y vestíos, don Juan, le dijo con acento duro el alcaide.
Estremecióse Yaye porque creyó que habia llegado la hora del tormento.
--¡Se habrá adelantado por fatalidad el rey á los mios! dijo para sí; y luego añadió alto; ¿y para qué he de levantarme y vestirme?
--Si no quereis levantaros, contestó el alcaide, se os levantará; sino quereis vestiros, se os conducirá desnudo.
Yaye comprendió que herido y débil, se encontraba enteramente á merced de aquellos sicarios, y se levantó y se vistió lentamente.
Cuando estuvo vestido, el alcaide mandó á los dos familiares que le sostuviesen en razon de su debilidad, y sacándole del calabozo, le condujo hasta un patio donde le esperaba una litera.
--¿Es ese el duque de la Jarilla? dijo una voz que estremeció de alegría á Yaye.
--Si, por cierto, señor don Luis de Robles, este es ese condenado preso, que tanto nos han encargado que guardemos. Alégrome que me quiten de encima esta guarda, y lo cedo de muy buena gana al alcaide de la cárcel de Toledo. Dadme, si gustais, el recibo de su excelencia, señor familiar.
--Tomad, pues, y que Dios os guarde señor Roquelillo; vamos, ganapanes, cargad con la litera y en marcha, que se hace tarde.
Yaye se sintió conducido, y poco despues oyó abrirse y cerrarse sucesivamente tres rastrillos.
Luego solo oyó el paso acompasado de algunos hombres que le acompañaban.
Mientras estuvieron en Madrid no hablaron una sola palabra, pero apenas hubieron salido por la puerta de los Pozos, cuando toda aquella gente se metió, llevando consigo la litera, por las tierras á campo atraviesa, y cuando se hubieron internado en ellas se pararon y un hombre abrió la portezuela de la litera:
--¿Vais bien, señor, preguntó?
--¡Ah! ¿eres tú Harum? dijo Yaye.
--Si, si señor, y espero vuestras órdenes.
--¿Has enviado á alguien á mi casa á que recoja mis papeles?
--Si señor, y ya no debe tardar.
--¿Lo tienes preparado todo?
--Si señor, y desafío á los familiares y alguaciles de la Inquisicion á quienes tan á poca costa hemos burlado, á que nos encuentren.
--Pues adelante, Harum, adelante.
La litera se puso de nuevo en marcha, y tomando una senda, aquellas gentes condujeron al emir á buen paso á una casa de campo en las inmediaciones de Fuencarral.
* * * * *
Poco despues Harum entró en un aposento donde, en un magnífico lecho, reposaba Yaye.
--Señor, dijo: Malek ha penetrado en vuestro palacio de Madrid sin ser sentido de nadie: ha ido á la cámara que indicásteis á Suleiman, y ha encontrado descerrajada la papelera.
--¡Descerrajada!
--Si por cierto, y roto el sello que habia puesto sobre ella la justicia.
--Pero veo que traes en tus manos la cartera que yo habia pedido.
--Si señor.
--Dáme acá y acerca una bugia.
Harum dió á Yaye una cartera que tenia en la mano y acercó una luz.
Yaye abrió la cartera y buscó en ella con ansia.
--¿Tienes confianza en Malek? dijo Yaye que estaba pálido.
--Si, si señor, ademas Malek no sabe leer.
--Aquí faltan dos papeles importantísimos; Harum, dos papeles que yo debí haber quemado; dos cartas terribles.
--Ya os he dicho, señor, que Malek encontró rotos la cerradura y el sello de la papelera, como asimismo los de las puertas de la cámara.
--¡Cúmplase la voluntad de Dios! dijo Yaye pálido de espanto.
Las dos cartas que faltaban, eran la de doña Elvira de Céspedes y la de doña Isabel de Válor, en que le avisaba la una del nacimiento de Diego Lopez; la otra del de don Fernando de Válor.
El emir hubiera dado diez años de su vida por recobrar aquellas cartas.
Su pérdida encerraba para él una amenaza oscura, y en vano queria adivinar quién fuese el que se habia atrevido á entrar en una casa sellada por la justicia, en busca de aquellos papeles.
* * * * *
En aquel mismo punto, el rey recibia una carta escrita con mano trémula por el inquisidor general don Fernando Valdés.
Ni un solo músculo de su semblante se contrajo, aunque en aquella carta el inquisidor general le avisaba de la violencia que se habia hecho con él, y de haberse escapado el emir de los monfíes de la cárcel del Santo Oficio.
El rey tomó una pluma y escribió por bajo estas lacónicas palabras:
«Vuestra cobardía no tiene ya remedio; procurad, pues, que nadie sepa que la Inquisicion y el rey han sido burlados. ¡Que se cumpla la voluntad de Dios!»
Durante algunos dias los familiares y los alguaciles del Santo Oficio, revolvieron hasta las piedras en Madrid y en sus alrededores.
A pesar de esto el emir no pareció ni mas ni menos que una gota de agua que cae en el mar.
TERCERA PARTE.
LA REBELION.
CAPITULO PRIMERO.
El castillo y la atalaya.
No á mucha distancia una de otra en ese laberinto montañoso que se llama las Alpujarras, hay dos cumbres que se atalayan, y que descubren otras muchas y son descubiertas por ellas, incluyendo la cima de Sierra Nevada, y su gigantesco anfiteatro de montañas.
Una de estas dos cumbres que hemos citado domina al pueblo de Válor, la otra al de Cádiar.
En ambas cumbres se conservan vestigios de cimientos: llaman los de Válor á los unos castillo, los de Cádiar á los otros atalaya.
Hoy los lagartos asoman entre las grietas de las ruinas, y las culebras se deslizan entre los escombros cubiertos de musgo, y los habitantes conservan acerca del castillo y de la atalaya la memoria de dos nombres que son dos historias sangrientas. Las ruinas del castillo guardan el nombre de Muley Aben-Humeya: las de la atalaya el de Muley Aben-Aboo.
No hay alpujarreño que no sepa contaros, si se lo preguntais, cómo murieron cada uno de los hombres que llevaban aquellos nombres; no hay uno solo que no os diga que sus antiguas viviendas han sido arruinadas, porque sus dueños estaban malditos de Dios.
Las que hoy son ruinas, eran en 1568 dos edificios característicos.
Empezemos por el castillo.
Ocupando la ancha planicie de la cumbre se levantaban cuatro torreones cuadrados, unidos entre sí por cuatro muros robustos y almenados: ni un agimez, ni una galería, ni mas que algunas estrechas saeteras, se veian en aquel recinto exterior, pero en el centro del extenso cuadrado comprendido dentro de aquellas torres y muros, se veia un bellísimo alcazar moruno, con torrecillas caladas, galerías, miradores, cúpulas y pizarras, resplandeciente con sus vivos colores; era aquel alcázar, dentro de aquel fuerte y rojizo recinto murado, lo que podia ser una hermosa dama, cuya magnífica y engalanada cabeza se levantase sobre una armadura de guerra: fuera, robustez, almenas enhiestas, profunda caba, hondo rastrillo, puerta chata y maciza de herradura, matacanes y ladroneras: dentro, todos los bellos caprichos de la arquitectura oriental; galerías cinceladas con esbeltas columnas de alabastro; agimeces con dobles arcos festonados, y entre estos arcos y trás estas columnas, cristales rica y maravillosamente matizados, como los de nuestras viejas catedrales góticas; era aquel un alcázar fuerte, de los tiempos medios de la dominacion de los árabes en España; una especie de casa de placer de algun rey moro, que al mismo tiempo servia de alcazaba á la villa: una de esas magníficas huellas que dejó trás sí el paso de ese maravilloso pueblo árabe.
La atalaya que coronaba la cumbre del monte sobre Cádiar, era un edificio severo, escueto, que se destacaba vigorosamente sobre el horizonte, y que descubria con sus cuatro ojos negros, abiertos en su muro circular de piedra, ennegrecida por el tiempo, un número considerable de pueblos y montañas, y el mar por la parte de Levante. Dábala entrada una pequeña puerta de herradura, y por la parte oriental, sobre una cortadura del monte, se veia una ventana estucada, dividida por una columnilla blanca, y guarnecida por vidrios de colores; este era el único detalle delicado y bello que se notaba en aquel macizo torreon negruzco; detalle que á tiro de arcabuz dejaba conocer que era una adicion reciente, una herida abierta en el muro antiguo, una especie de respiradero practicado en el centro de la torre para hacer habitable y un tanto cómoda aquella atalaya de guerra.
Dulcificaba un tanto su aspecto brabío, una pequeña huerta y una blanca casita adherida á la atalaya por la parte del Sur. La cumbre se habia allanado y cercado con un tapial, y una noria, á que daba vueltas un enorme buey, mantenia la frescura y la frondosidad de un emparrado, colocado como un toldo delante de la fachada de la casa, y que corria hasta la puerta de la atalaya, y á las legumbres y á los árboles frutales que ensanchaban sus frondas odoríferas, bajo el templado cielo del Mediodía.
Un perro, una legion de gallinas y algunos patos, que nadaban en un estanque donde se recogian las aguas de la noria, daban ruido y vida, una vida especial á aquel pequeño recinto, dulcificando lo severo y sombrío del aspecto de la atalaya.
Entre esta y el castillo de Válor existia no sé que de extraño y hostil. La atalaya, hasta en la pequeña perforacion que se habia practicado en ella abriendo en su muro un agimez, era severa y sencilla; pero altiva y enérgica, por decirlo asi, como un viejo y veterano centinela avanzado al enemigo: el castillo, cuyas defensas estaban deterioradas, y desatendidas, parecía envilecido por aquel alcázar tan delicado y tan bello que á nada podia compararse tanto como á una cortesana corrompida y coronada de flores, que se sentase sobre un viejo y abollado arnés de guerra: la atalaya parecia representar la ancianidad brabia aun é indomable, y el castillo el valor degradado, el atleta rendido á los pies de la hermosura.
Entre el castillo y la atalaya filosóficamente considerados existía un abismo.
Pasando de los edificios á sus habitantes respectivos, hallaremos entre ellos diferencias esenciales.
Eran dos mujeres viudas, cada una de las cuales tenia un hijo.
La una, la moradora de la atalaya se llamaba doña Isabel de Córdoba y de Válor. La otra la habitante del castillo doña Elvira de Céspedes.
Veinte y dos años habian pasado por estas dos mujeres desde la fecha en que las presentamos á nuestros lectores al principio de nuestro relato.
Doña Isabel contaba, pues, cuarenta y dos años; doña Elvira cuarenta y cinco.
Por un privilegio de la naturaleza estas dos mujeres se habian conservado hermosas, en la edad en que generalmente ha empalidecido la hermosura de la mujer, han brotado en su cabeza las canas, y se han impreso en su rostro las arrugas.
Doña Isabel y doña Elvira no tenian ni canas ni arrugas.
Comprendiase, sí, á primera vista, que no eran jóvenes; pero nadie se hubiera atrevido á decir que eran viejas.
Encontrábanse en ese desarrollo de vida y de hermosura, que viene á ser como el estío en la vida de la mujer, en que lo que la falta de frescura la sobra de fuerza, de vigor.
Eran todavía dos mujeres peligrosas.
Cuando salia doña Isabel de su casita adherida á la atalaya, ó cuando salia doña Elvira del castillo para bajar á las poblaciones, siempre habia ricos y jóvenes moriscos que las aquejasen con pretensiones.
Llamábanlas, por último, en la comarca las hermosas viudas.
Sin embargo desde la muerte de Miguel Lopez, ó poco despues, doña Isabel se habia retirado á las Alpujarras, á la villa de Cádiar donde habia dado á luz un hijo, y se habia mostrado sorda á todas las pretensiones, vistiendo severamente sus tocas de viuda, y dedicándose por completo al cuidado de su hijo á quien amaba de una manera extremada; doña Elvira, antes de la muerte de don Diego de Córdoba, su esposo, se habia retirado á la villa de Válor donde habia dado á luz á don Fernando de Válor, y del mismo modo despues de la muerte de don Diego se negó de todo punto á contraer un nuevo enlace, concentrando, como doña Isabel, todo su amor en su hijo.
A pesar de que vivian á poca distancia, ninguna de las dos cuñadas se visitaron, ni se vieron una sola vez, desde la noche en que, veinte y dos años antes, habia sido incendiada por los moriscos la casa de don Diego de Córdoba y de Válor.
Pero si doña Isabel y doña Elvira no se veian, no acontecia lo propio respecto á sus hijos Diego Lopez y don Fernando de Válor.
Cuando fueron mozos, estos se encontraron cazando en la montaña, ó en Granada, á donde solian ir con frecuencia, ó en donde era mas peligroso: en las reuniones de los moriscos, á las que se les llevaba para nutrir en sus almas el odio contra los cristianos.
Las ambiciones de los parientes de entrambos jóvenes, habian hecho nacer entre ellos rivalidad y aun odio; odio y rivalidad que disimulaban, pero que no por ello eran menos fatales: los parientes de Miguel Lopez no cesaban un punto de decir á Diego su hijo, que su madre doña Isabel, era descendiente del Profeta; que si bien era verdad que don Fernando de Válor su primo, era el primogénito de la familia, sus vicios, su afeminacion, y la estrecha amistad que como veinticuatro de Granada y capitan del rey de España sostenia con los cristianos, le hacian peligroso, cuando él, pobre, aislado en las Alpujarras, contando sus únicos amigos entre los moriscos, fuerte, robusto y severo en sus costumbres, era mas á propósito para ponerse al frente de ellos: los allegados de don Fernando de Válor excitaban de la misma manera la ambicion de este, recordándole siempre su alto orígen y avivando su odio á los cristianos con traerle continuamente á la memoria, el desastrado fin de su padre. Contribuia no poco á ello, su tio don Fernando, á quien se conocía entre los moriscos con el nombre de Aben-Jahuar-el-Zaquer. Encargado este de su tutela, habia pretendido, aunque en vano, pasar de tutor á padrastro por su casamiento con su cuñada doña Elvira; pero esta se habia negado constantemente; don Fernando sin embargo no habia cedido; enamorado y empeñado cada vez mas por la peligrosa hermosura de doña Elvira, habia procurado hacerse de un arma contra la misma doña Elvira de su hijo don Fernando: enervó su alma, se apoderó de él, le corrompió, y para sujetarle mas á su influencia le casó con Inés de Rojas, hija de Miguel de Rojas, morisco influyente, tan ambicioso como Aben-Jahuar, y dispuesto á ayudarle en sus proyectos que eran tenebrosos.
Reducíanse estos, á poner como condicion á doña Elvira, el engrandecimiento de su hijo, á trueque de su mano, ó su anulacion completa ante los moriscos si persistia en su negativa. Fácil era de comprender que, amando como amaba doña Elvira á Aben-Humeya, su hijo, no vacilaria, por repugnante que le fuese, en entregar su mano á Aben-Jahuar, su cuñado, á trueque de que Aben-Humeya fuese proclamado rey por los moriscos de Granada, cuando llegase el caso inminente de una insurreccion decisiva. Miguel Rojas, por su parte, morisco influyentísimo, como ya hemos dicho, no podia menos de desear que el marido de su hija, llegase á ser rey, y ayudaba con todas sus fuerzas á Aben-Jahuar: este se habia cubierto de la mas profunda reserva, y nadie mas que doña Elvira, porque los ojos de una madre lo adivinan todo, habia adivinado, que Aben-Jahuar, satisfecho su empeño amoroso casándose con ella, no pararia hasta ver satisfecha su ambicion: doña Elvira habia comprendido que su cuñado elevaria á su hijo, que le sostendria hasta cierto punto en el poder, y que le derribaría despues para hacer con su cadáver un escalon del trono de Granada.
Doña Elvira aborrecia, pues á su cuñado; pero encubria su odio, porque Aben-Jahuar estaba apoderado de su hijo, y le tenia como en rehenes.
Abandonado Aben-Humeya á su tio, habia contraido viciosas inclinaciones: era jugador y camorrista como su padre; falto de fe en sus empeños como su padre, y como él infatuado con su orígen: añadíase á esto el odio que doña Elvira le habia hecho concebir contra su tia doña Isabel de Válor, y su primo Aben-Aboo; su corazon era un depósito de amargas pasiones: su pensamiento enloquecia con sueños insensatos: desconfiaba de todo el mundo, y sin embargo á todo el mundo se entregaba: débil, irresoluto, voluntarioso, era á todas luces inferior á su primo Aben-Aboo, á su rival, á su antagonista.
Era este un mancebo de veinte y dos años, á quien la reflexion hacia parecer de mas edad; hermoso; pero con una hermosura enérgica; moreno, con ese color dorado y característico de los oriundos de Africa; pálido, con enormes y elocuentes ojos negros, nariz aguileña, boca de sutiles labios, que indicaban astucia y firmeza, y miembros musculosos y fuertes; pero constituyendo un conjunto esbelto, en que se adivinaban un vigor sumo y una agilidad extraordinaria.
Aben-Humeya, era otro tipo enteramente distinto: su semblante blanco, pálido, de cútis fino y denso, y sus grandes ojos negros de mirada sensual y lánguida recordaban la antigua y casi extinguida raza árabe: aunque á veces brillaba una chispa de valor indómito en sus miradas, aunque habia altivez en la actitud de su cabeza, y algo de magestad en su frente, sin embargo, en la tersa morbidez de sus manos, que hubiera envidiado una dama, en la indolencia de sus movimientos, en esa especie de cansancio habitual que constituye la afeminacion en el hombre, se comprendia que estaba enteramente entregado á la molicie, á los placeres, á la vanidad: sin embargo, como un indicio, como un signo de raza, en medio de esta degradacion, se notaban algunos destellos de valor sereno é infinito, de actividad, de magestad: algo de regio, de grande, de indomable, que debia revelarse y dominar á la degradacion en situaciones dadas, haciendo de aquel hombre otro enteramente desemejante de sí mismo, aunque por un momento.
Aben-Aboo, aventajaba á Aben-Humeya en hermosura, en energía, en virilidad; pero Aben-Humeya aventajaba á Aben-Aboo en fueros y privilegios.
Aben-Humeya era señor de Válor, regidor perpetuo, ó veinticuatro del ayuntamiento de Granada, capitan de infantería, y se llamaba don Fernando.
Aben-Aboo, solo era hidalgo por su madre, vivia oscurecido, y se llamaba lisa y llanamente Diego.
Aben-Humeya era rico y brillaba entre la nobleza castellana.
Aben-Aboo, ó por mejor decir doña Isabel, su madre, lo habia vendido todo á excepcion de la atalaya y la huerta en que vivian en Cádiar, y una enorme casa situada en el Albaicin de Granada, perteneciente al dote de doña Isabel, que esta habia cedido á su hijo, y que estaba continuamente alquilada.
En vano Yaye-ebn-Al-Hhamar, habia pretendido de doña Isabel que aceptase, al menos, cuanto fuese necesario para sostener dignamente los gastos de Aben-Aboo. Doña Isabel se habia mostrado inexorable.
Aben-Humeya tenia en Inés de Rojas una esposa jóven, pura y enamorada, que le habia dado un hijo; en su tio un espíritu que hablaba siempre á su vanidad y á sus pasiones; en su suegro un instrumento servil, que se plegaba á todos sus caprichos, y numerosos amigos parásitos que le adulaban y le ensoberbecian.
Aben-Aboo, solo tenia á su madre, pura y santa mártir, que le predicaba constantemente la virtud y el honor, y unos que, por parte de Miguel Lopez, se creian parientes del jóven, y que este tenia por tales (hasta tal punto habia quedado envuelto en el misterio el orígen de Aben-Aboo) gentes zafias, brabías, que no pudiendo ser nada por sí mismas, lo esperaban todo del derecho que parecia asistir en un caso dado á la corona de Granada, á Aben-Aboo, como descendiente de los Aben-Humeyas por parte de su madre. Pero estas gentes aunque ricas, eran oscuras y no podian dar prestigio alguno á Aben Aboo.
Habia ademas otras disparidades notabilísimas entre ambos jóvenes.
Aben-Humeya, tenia en torno suyo una numerosa y espléndida servidumbre; sus caballerizas estaban llenas de caballos de raza pura; tenia un palacio en Granada y otro en Cádiar, y en estos palacios magníficas cámaras, y en estas cámaras, costosos y bellísimos muebles, cuadros, estátuas, alfombras; cuanto constituia, en fin, la ostentacion de un gran señor de aquellos tiempos.
Aben-Aboo, solo tenia á su servicio un esclavo africano, negro como la noche, fuerte como un cedro, valiente como un leon, y fiel á su dueño como un perro: en su cuadra no habia mas que dos caballos, valientes animales de raza, y tan buenos como los mejores de don Fernando: vivia encerrado en aquella vieja atalaya en cuyo centro habia habilitado un reducido y desnudo aposento, al que, mirando al distante mar, que aparecia á lo lejos entre las rompientes de las montañas, daba luz la ventana ornamentada de que hemos hablado. En aquel aposento no habia mas muebles que un lecho modesto, una ancha mesa de roble con recado de escribir, y algunos legajos de papeles; un armario donde se encerraban algunas ropas sencillas, y un medio arnés de hierro, suspendido de una escarpia: los objetos de mas lujo que allí se veían, eran las vidrieras de colores de la ventana, y una chimenea de mármol blanco del gusto del renacimiento; una pequeña puerta que daba paso á una escalera de caracol, servia de entrada á este aposento que era circular, y tenia cierto aspecto severo y triste, á causa de un pilar de ladrillo agramilado, que sostenia en el centro la bóbeda de agallones al estilo árabe.
Sin embargo, á pesar de las diferencias que existian, segun hemos demostrado, entre ambos jóvenes, estaban puestos en contacto de una manera peligrosa, bajo dos distintos aspectos; el de la ambicion, y el del amor, siendo de advertir, que estas dos pasiones estaban alimentadas por ellos sobre dos fantasmas.
Su ambicion miraba á la corona de Granada.
¿Y donde estaba aquella corona?
En la acalorada imaginacion de los moriscos.
Su amor, en un ser misterioso, cuyo nombre y cuyo semblante no conocian; en una especie de fantasma.
¿Y qué fantasma era esta?
Fantasma ó mujer, el ser á quien amaban Aben-Aboo y Aben-Humeya, era... ¡la Dama blanca de la montaña!
Cuanto de bello y de poético sueña la imaginacion meridional del pueblo andaluz, se atribuia á aquella dama misteriosa: ¿era un fantasma, una hada, un génio de la montaña, ó un ser viviente real y efectivo? Nadie podia asegurarlo; pero era preciso contestar algo: aquella dama que, durante el verano anterior, habia aparecido con suma frecuencia en los desfiladeros de la montaña, por las mañanas antes de salir el sol, y durante las noches de luna; aquella dama misteriosa, siempre encubierta, siempre engalanada con regias vestiduras, conducida en un palanquin, ó cabalgando en una blanca hacanea, resguardada siempre por soldados moros, blancos como ella, y encubiertos con las viseras de sus cascos, no podia ser otra que la sultana Zoraya[12], que consecuente á su nombre y á su amor, se levantaba de su tumba antes de la salida del sol, ó á la luz de la luna, para mirar la altísima y siempre nevada cumbre de Muley-Hacem, donde creia ver la sombra de su esposo.
Esto, que no pasaba de ser una conseja, era creido como un artículo de fe, no solo por los moriscos, sino tambien por los cristianos viejos. Estos la maldecian porque era la sombra de una perra infiel y renegada, á cuya influencia se debian sin duda las calamidades que afligian á la comarca: los moriscos sentian hácia la dama fantástica, un horror invencible, porque, al fin, ¿la sultana Zoraya no habia sido cristiana? ¿No se habia llamado doña Isabel de Solís? ¿Enamorando al rey Hacem, no habia motivado los zelos y la venganza de la sultana Aixa la Horra[13], las disidencias entre los infantes sus hijos y el rey Boabdil, hijo de Muley-Hacem y de Aixa, y las guerras civiles de Granada y por ellas la pérdida del reino?
Segun los moriscos, la sultana Zoraya, castigada sin duda por Allah, vagaba insepulta expiando sus pecados: ella era el espíritu maldito de las Alpujarras; ella tenia sobre sí, no solo la execracion de los habitantes cristianos, sino tambien la de los moriscos.
¿Pero acertaba en sus deducciones el vulgo? ¿Habia algo de cierto en aquella conseja?
No hay tradicion que no tenga algun fundamento: la Dama blanca existia; pero lejos de ser un fantasma, era lo que mas adelante, en el discurso de nuestro relato, verá, el que lo leyere.
Para Aben-Humeya y Aben-Aboo, la Dama blanca era mas que una mujer; entrambos, habian acechado su paso escondidos entre las breñas; entrambos la habian visto, y aunque siempre encubierta, era tal la magia, el encanto que se desprendia de ella, que entrambos se habian enamorado.
Aben-Aboo y Aben-Humeya, estaban separados por las dos pasiones que mas imperio ejercen sobre el corazon humano: el amor y la ambicion.
Sin embargo, siempre que los dos jóvenes se encontraban, se saludaban sonriendo; siempre antes de separarse, se estrechaban con fuerza las manos; pero siempre que Aben-Humeya se asomaba á los miradores de su castillo de Válor, lanzaba una mirada llena de odio á la atalaya de Cádiar; siempre que Aben-Aboo sacaba la cabeza por la ventana de su nido, arrojaba una mirada letal al castillo de Válor.
Entrambos tenian respectivamente, el uno para el otro, la palabra de amistad en los labios, y el odio en el corazon.
Para aumentar este odio, la suerte parecia vacilar entre los dos.
Los moriscos de las Alpujarras despreciaban á Aben-Humeya, y los monfíes, aquellos horribles bandidos invisibles, habian dejado mas de una vez el cadáver de un perro á la puerta de su castillo, lo que era una afrenta horrible entre los moros, y al mismo tiempo una amenaza: por el contrario, los xeques de la vega de Granada y del Albaicin, seducidos por Aben-Jahuar-el-Zaquer, tio paterno de Aben-Humeya se habian declarado ardientemente sus partidarios, y pensaban en él para hacerle rey de Granada.
Habia ademas, otra persona parienta de entrambos jóvenes, á la que nunca habian visto; pero cuyo parentesco conocian, y cuya influencia sentian, y á quien aborrecian por la misma razon que se aborrecian entre sí: por ambicion: aquel hombre era demasiado poderoso para que no les fuese temible: era el que mas derechos tenia á la corona de Granada; porque aquel hombre, en una palabra, era Yaye-ebn-Al-Hhamar, emir de los monfíes.
Nuestros lectores, por lo que acabamos de consignar, comprenderan, que la vida del emir habia llegado á su situacion mas dramática; nuestros lectores conocen los amores de Yaye con doña Elvira de Céspedes, esposa de don Diego de Córdoba y de Válor, y con doña Isabel, hermana de este: saben tambien, que por una horrible fatalidad, aquellos amores habian dado por fruto dos niños, cuyo verdadero orígen, habia sido cubierto respectivamente por decoro de familia: nadie sabia aquel secreto, mas que las dos mujeres y Yaye, siendo de presumir, que lo supiese tambien la persona que se habia apoderado de las cartas de doña Elvira y de doña Isabel, en que ellas mismas habian descubierto aquel secreto. Por mas que habia hecho Yaye, no habia podido averiguar quién habia sido el ladron de aquellas cartas, lo que le tenia en una ansiedad increible.
Fuera de esta persona ignorada, nadie habia que pudiera revelar aquel secreto. A nadie constaba si Miguel Lopez, antes de partirse á las Alpujarras, habia poseido á su esposa. Nadie sabia la terrible escena que habia acontecido entre don Diego de Válor y doña Elvira, á la vuelta de aquel de las Alpujarras, y antes de que fuese preso por el capitan general. Miguel Lopez no habia podido revelar nada, porque habia muerto de hambre en el subterráneo; don Diego de Válor, que esperaba para vengarse verse en libertad, acusado con pruebas fehacientes del asesinato de su cuñado, habia muerto en la prision; su hermano don Fernando, al tiempo de la muerte de don Diego, se encontraba en Africa á donde habia ido á buscar auxilio en nombre de los moriscos de Granada, en la córte del dey de Argel, y nada pudo revelarle el preso antes de morir. El secreto, guardado de una parte por la tumba, y de otra por intereses de familia, no podia ser descubierto, sino por la mano misteriosa que habia robado sus únicas; pero terribles pruebas.
Hermanos Aben-Humeya y Aben-Aboo, solo se creian primos, y se aborrecian de muerte, y este aborrecimiento; cuya causa conocia Yaye, le aterraba.
Porque Yaye no podia dudar de que los dos jóvenes eran sus hijos, y esto para él era una fatalidad mas: sino hubieran sido hermanos de Amina, el emir que conocia las rivalidades de entrambos, las hubiera atajado, uniendo á Aben-Humeya con su hija, cumpliendo de este modo el antiguo contrato de las dos familias, y satisfaciendo ó sosteniendo con mano fuerte la ambición de Aben-Aboo.
Llovian las contrariedades sobre el emir. Del mismo modo que Aben-Humeya se habia hecho partido entre los moriscos de Granada y de la Vega, Aben-Aboo, por las influencias de los parientes de Miguel Lopez, su falso padre, se lo habia hecho entre los de las Alpujarras.
Ademas, por su valor, por su fanatismo musulman, que en vano habia querido dominar su madre; por sus atrevidas excursiones á la montaña; por algunas muertes dadas, aunque secretamente, á algunos castellanos, habia llamado la atencion de los monfíes que le apreciaban sobre manera, del mismo modo, que, como dejamos dicho, insultaban á Aben-Humeya.
Sabíalo esto Yaye, y veia venir las disidencias y las luchas intestinas entre los moriscos. Queria remediarlo y no podia. Todos los caminos se le cerraban. Amina, Aben-Aboo y Aben-Humeya, eran sus hijos.
Yaye habia empezado á ser hombre, cometiendo grandes desaciertos. Habia escuchado á su ambicion y á su fanatismo, mas que á su corazon; habia, en una palabra, cometido crímenes: el crímen no puede producir mas que crímen, y Yaye, ya casi en el otoño de su vida, veia levantarse contra él su pasado de una manera aterradora: dos mujeres, hermosas aun y llenas de vida, sedienta la una, doña Elvira, de venganza, lo que no se ocultaba á Yaye; resignada la otra, dona Isabel, pero infeliz, víctima de la ambicion y de los crímenes de su familia, mártir inocente que devoraba su dolor y sus lágrimas, ocultándolas á todo el mundo. Ademas de estas dos mujeres, era otro cruel remordimiento para Yaye, su hija, su infeliz Amina, deshonrada á sus ojos, enamorada de una manera insensata del marqués de la Guardia; una niña, una infeliz criatura dada á luz por Amina, oculta, bastarda, con un porvenir oscuro; sus dos hijos Aben-Humeya y Aben-Aboo, empeñados en una lucha sorda, pero por lo mismo mas terrible. Calpuc, el rey del desierto, viniendo de tiempo en tiempo de América, trayéndole tesoros, representante á un tiempo de la desventura de Estrella y de la desventura de Amina, y luego ¡oh! luego otro remordimiento mas terrible, mas aterrador... El príncipe don Cárlos de Austria, el insensato, á quien él habia lanzado á la rebeldía contra su padre, el infeliz loco habia sido procesado por el terrible Felipe II, y habia muerto en el alcázar de Madrid[14].
Dios, el rey y los médicos de cámara, Oliva y Vallés, el divino (como se le llama aun) sabian si el príncipe habia muerto por enfermedad, por excesos, ó por un veneno: la historia nada sabe, nada ha podido decir, sino que el príncipe murió preso y procesado por su padre, y este horroroso suceso, este parricidio, acaso, pesaba sobre el alma de Yaye, la torturaba, la estremecia, porque, aunque Felipe II fuese su enemigo natural, el verdugo de su pueblo, lo horrible, lo monstruosamente criminal, este sobre todos los odios, flota sobre todos los intereses.
De modo que Yaye, que habia tenido la vanidad de la virtud, y la ambicion de un héroe, se encontró cuando empezaba á descender el sol de su vida, con el alma ennegrecida y humillado por el remordimiento, y con la desesperadora certeza de no haber hecho nada por su patria.
Tales eran la situacion de Yaye, de doña Isabel de Válor, de doña Elvira de Céspedes y de sus hijos, en la fecha en que se encuentra nuestro relato.
CAPITULO II.
El peregrino y el ermitaño.
Un dia de invierno del año de 1568, domingo por cierto á 19 de diciembre, despertó Granada, la que llaman los poetas paraiso oriental, jardin de amores, alcázar de perlas, castillo fuerte y contentamiento de la vida; despertó, decimos, tan envuelta en nieblas, que no parecia sino dueña mogigata y pudibunda, ú honesta desposada, que sale á la calle la mañana siguiente de sus bodas, y se cubre con su rebocillo en el breve tránsito de la casa nupcial á la iglesia. Lo cierto del caso es, y nos dejamos de peligrosas figuras, que tal y tan espesa era la niebla, que apenas se lograban ver los objetos á diez pasos de distancia; que algo mas allá los árboles parecian fantasmas y que, por último, algun espacio mas allá nada absolutamente se veia mas que el fondo perdido, vago y flotante de las extremidades de las nubes que tocaban á la tierra y la inundaban con una lluvia menuda, espesa y fria como la nieve.
Corria, otro si, un vientecillo tan sutil y helado que los traginantes y demás gente de camino que iban por el de las Alpujarras á Granada, tenian gran cuidado de llevar calados los chapeos hasta los ojos y subidas las mantas, capas ó capotes hasta las narices, requisito sin el cual se exponian á convertirse en carámbanos, á beneficio de un aire colado y á pesar del cual se les helaba el aliento á la salida de las narices, escarchándose sobre los mostachos de quien los tenia: era, en fin, una de esas homicidas mañanas de invierno contra las cuales no hay mejor defensa que el lecho y una habitacion herméticamente cerrada y convenientemente caldeada.
Si fuera preciso que nuestros lectores nos acompañasen en cuerpo y alma, en una mañana tal y con tal frio, al lugar en que es necesario que nos apostemos para esperar á ciertas personas, estamos seguros que del infinito número de lectores que han de tomar en sus manos este libro, solo quedaria alguno de esos calaveras á quienes nada pone espanto, y que estan siempre dispuestos á correr una aventura, siquiera sea en el infierno, ó algun desesperado cansado de la vida, y á quien fuese indiferente morir de pulmonia, de pasmo ó á mano airada. Pero, afortunadamente, tanto nuestros lectores como nosotros, no tenemos necesidad de otra cosa que de trasladar nuestra atencion, entidad moral é incorpórea, agena por lo tanto al frio ó al calor atmosférico, á la ermita de san Sebastian, antigua mezquita de moros, convertida despues de la conquista de Granada por el celo religioso de nuestros abuelos en santuario y hoy (vicisitudes de la suerte) por el espíritu mercantil y codicioso de nuestra época, en taberna.
Sin embargo, y decimos esto de paso; sin embargo de que el humo del aceite del figon y de los cigarros de los borrachos, ha ennegrecido el interior de aquel pequeño edificio cuadrado, á pesar de que un innoble hacecillo de sarmientos se mueve al impulso de las auras del Genil sobre el venerable arco árabe de la antigua mezquita, como en muestra de que allí puede embriagarse todo el que quiera por algunos maravedises, aquel edificio, envilecido por los hombres, conserva los gloriosos recuerdos de haber acampado junto á él los ejércitos de Castilla y de Aragon, el mismo dia en que se entregó Granada á los Reyes Católicos, que, rodeados de su córte, de sus prelados y de sus mas grandes capitanes, vieron desde aquel punto ondear sobre la distante torre de la Alcazaba de la Alhambra los tres pendones de Castilla, de la fe y de las órdenes militares: una lápida antigua, incrustada en el lado oriental de la ermita que conserva en una sencilla inscripcion estos gloriosos recuerdos históricos, forma un enérgico contraste, es casi una protesta, contra el hacecillo de sarmientos y las impuras bacanales de rameras y gente perdida, cuotidianos concurrentes del garito, y una voz muda, pero severa, que acusa ante el buen patricio, ante el hombre de corazon y ante el extranjero, la incuria de los que no han sabido defender del envilecimiento, aquel depósito de tan nobles tradiciones, aquel santuario donde se ha elevado entre el humo del incienso del altar, el homenaje de adoracion y alabanza del hombre á su Criador.
Pero dejando el tono declamatorio que sin saber cómo, nos ha inspirado el recuerdo de la mezquita-templo-taberna, situémonos junto á ella y veamos si llegan las personas á quienes esperamos.
Inútil es decir que en aquellos tiempos la ermita de san Sebastian era una verdadera ermita, con su fraile-lego-sacristan, su esquilon colgado entre dos postes sobre la puerta, su rejilla de hierro abierta en ella, y su lámpara siempre encendida delante del altar, que se veia á través de la rejilla.
Acababa de amanecer, ó por mejor decir, de esclarecerse la luz del dia, harto empañada por la niebla, cuando de entre esta y ya cerca de la ermita, se destacó un bulto, primero informe, y perfectamente perceptible poco despues; componian el bulto un hombre y un asno; vestia el primero, que venia cabalgando en el segundo, un hábito de peregrino; esto es: sombrero de anchas alas, fatigadas por enormes conchas, muceta igualmente conchuda, túnica de buriel y bordon con la consabida calabacilla pendiente de su extremo superior; era el segundo un sesudo y robusto jumento de las Alpujarras, enjaezado con jáquima y albarda á la morisca; esto es: enriquecidas ambas con flecos de estambre y seda de colores á que llaman alhamares de la tierra, y adornada la cabeza con un penacho voluminoso, cuya tiesura contrastaba de una manera original con lo abatido y lacio de las enormes orejas del jumento, abatidas por el frio y por la lluvia.
En vez de seguir adelante por el enlodado y difícil camino que siguiendo por la márgen izquierda del Genil, sobre que está situada la ermita, conduce al cercano puente y á la ciudad, el peregrino tocó suavemente con la extremidad de su bordon el lado derecho de la cabeza del asno, y este se dirigió en derechura á la puerta de la habitacion del ermitaño, adherida por la parte del rio á la ermita.
Es de advertir que el peregrino no se habia descubierto ni santiguado al pasar junto á la cruz de piedra situada delante de la ermita, irreverencia notabilísima en aquellos tiempos, y que hacia sumamente sospechoso á quien tal desacato se permitia: ello es verdad que nadie podia haberlo visto, porque en la pequeña área en que podian ser perceptibles los objetos á causa de la niebla, no habia otra persona que el irreverente, ni otro testigo que el asno, y aun este, por su posicion natural, no podia notar la falta, y caso de que la hubiera notado, ya sabemos hasta donde llegan el silencio y la discrecion de un borrico.
Apeóse el peregrino cuando el animal hubo de detenerse, no pudiendo pasar adelante á causa de la interposicion del muro de la ermita, y acercándose aquel á la puerta de la habitacion del ermitaño, dió en ella y consecutivamente tres fuertes golpes con el herrado cuento de su bordon.
Contestó inmediatamente tras de la puerta una voz nasal y característica, verdadera entonacion frailuna y untuosa, á cuyo sonido contestó el peregrino en dialecto extranjero gutural y acentuado:
--¡Al-jandul-illah![15]
--¡Le ille-Allah![16] contestó inmediatamente con entonación devota y enérgica una voz robusta y varonil, al mismo tiempo que se abría la puerta y dejaba ver un ermitaño robusto de cuerpo, de barba bermeja, cútis cobrizo y ojos negros y centelleantes, envuelto en un hábito ceniciento de franciscano descalzo.
Miráronse frente á frente ermitaño y peregrino y el primero dijo al segundo:
--Yo esperaba á un hombre que pronunciara á mi puerta el nombre de Dios.
--Yo soy ese hombre, contestó el peregrino.
--¿Ha llegado el dia hermano? dijo el ermitaño.
--Se acerca la hora, contestó el peregrino.
--Muéstrame una señal para que pueda creerte.
--Déjame entrar en tu casa, dijo el peregrino, viendo que el ermitaño cubria recelosamente la estrecha entrada.
Apartóse el ermitaño, y el peregrino tirando del ronzal del asno, le introdujo en un reducido patio en cuyo centro existia aun la pequeña fuente de ablucion de la mezquita, y al fondo bajo un parral en esqueleto, una preciosa puerta árabe minuciosamente labrada y orlada de inscripciones cúficas, con leyendas del Koram.
El ermitaño cerró inmediatamente la puerta exterior: entonces el peregrino se quitó el sombrero, levantó una de sus conchas, y arrancó de ella un pequeño pergamino cuidadosamente enrollado, que habia estado adherido con cera á la parte interna de la concha, le desenrolló y le mostró al ermitaño.
Este leyó lentamente el contexto del pergamino, que consistia en algunas líneas de pequeños y hermosos caracteres africanos, escritos con tinta roja.
--¿Cómo te llamas? dijo el ermitaño mirando profundamente al peregrino.
--Abul-Hhassan, contestó aquel.
--¿Por dónde se camina hacia la luz hermano? replicó el ermitaño.
--Por las tinieblas, contestó el peregrino.
--Bien venido seas, hermano, dijo el ermitaño tomando la mano derecha del peregrino y llevándola á la frente, muestra de aprecio y de amistad entre los moros, recibida por ellos de los árabes.
--Que el Altísimo y Unico te pague tu buena acogida hermano, contestó el peregrino.
--Entra y conforta tus miembros, Abul-Hhassan, dijo el ermitaño; por acá tenemos el invierno crudo, y vienes sin duda de tierra donde el sol es siempre ardiente.
--Vengo de Argel.
--¿Y qué noticias traes?
--Malas, muy malas; dijo el peregrino sentándose en un taburete junto á un hogar en que habia fuego.
--¿Malas noticias dices que traes?
--El dey Aluch-Alí, desconfia de nosotros.
--¡Que desconfia de nosotros! y bien: tiene razón: hasta tal punto sufren los moriscos las tiranías y las afrentas con que los afligen los castellanos, que debe creerlos cobardes, y lo son, si, por la santa Kaaba. ¿Por qué no imitan á los monfíes de la montaña?
--Pero el dia de la venganza y del exterminio se acerca, exclamó con energía Abul-Hhassan.
--¿Y qué haran los moriscos solos, rodeados por todas partes de soldados, de alguaciles y de inquisidores?
El peregrino sonrió con desden.
--El pueblo de Dios, dijo con solemnidad, vive entre los infieles; parece sumiso y resignado; pero se agita en silencio, y está en todas partes; en las casas de los magnates cristianos, sufriendo sus insolencias y comiendo el pan de la servidumbre con la frente baja, la mirada tranquila, la sonrisa en los labios; en los conventos, vistiendo el sayal del fraile cristiano; bajo las banderas del rey impío, vistiendo el coselete del soldado; nuestras hijas sonrien al castellano y le enamoran, mostrándole el rostro descubierto y dominándole con su hermosura; en nuestras casas entran descuidados, y en sus templos penetramos nosotros encubiertos; tú mismo pasas por santo entre ellos, eres sacristan de esta santa mezquita profanada, y ninguno desconfia de tí; yo, cuando paso por los caminos del infiel, con mi bordon de peregrino, les pido caridad en nombre de su dios, y con la máscara de mendigo penitente, paso entre ellos, que me respetan y llenan mi bolsa con sus limosnas. ¿Quieres mas? Llegará un dia en que el vencido, humillado hoy, envilecido, doblegado ante su señor, se levante con el puñal en una mano y la tea en la otra, cuando menos lo esperen los cristianos; cuando esten mas confiados por nuestra humildad y nuestro sufrimiento, y ese dia ha llegado ya.
--Pero envuelto en nieblas: me parece muy pronto Abul-Hhassan.
--Dentro de pocas horas esas nieblas se habran deshecho ante la luz del sol; nos espera un hermoso dia, hermano.
--¿Y por qué si tienen los moriscos tantas esperanzas los abandona el dey de Argel?
--Su guerra con los venecianos, á que le lleva su fidelidad hacia el supremo emir de los creyentes, Selim II, á quien Dios prospere, le tiene sin naves y sin dinero; hoy no nos podria dar ni una sola fusta, ni un solo soldado, ni una sola dobla. Esperémoslo todo del sultan, del sublime Selim. Entre tanto nos ayuda el emir de los monfíes de las Alpujarras.
--Ya, ya lo he visto por el pergamino que me has entregado.
--Si unidos á los monfíes de la montaña logramos apoderarnos de Granada y poner en armas la tierra desde Almería á Gibraltar; si vencidas, como es de esperar, las armadas de Venecia, puede el sultan enviarnos sus galeones, y sus taifas, que haran innumerables las taifas berberíes, España volverá á ser nuestra como lo fue en tiempos de Muza y de Tarik, y ¡ay entonces de la infame Europa! la palabra de Dios llevada adelante por las espadas del Islam, llenará la tierra desde el Oriente á las mas altas regiones del Occidente, mas allá de los grandes mares, y desde el Mediodia al Septentrion; hasta los eternos hielos.
--Cúmplase la voluntad de Allah.
--Y se cumplirá, asi está escrito: ¿no crees tú en lo que revelan esas palabras de luz que se llaman estrellas?
--La carta que me has dado dice que eres sabio y astrólogo: solo Dios sabe lo oculto, y él lo revela á sus escogidos. ¡Cúmplase la voluntad de Dios!
Hubo un momento de silencio.
--¿Quién te ha dicho que me busques? preguntó al cabo el ermitaño que no confiaba mucho en Abul-Hhassam.
--El emir de los monfíes.
--¿Y dónde has visto al emir?
--En las Alpujarras.
--¿Cuánto tiempo hace?
--Dos dias.
--Y nada mas te ha dicho el magnífico emir al enviarte á mí.
--Si me ha dicho: busca al Julaní que vive encubierto en la mezquita de Al-Morabethin[17] y á quien los cristianos llaman el hermano Pablo; desde la mezquita hasta la casa de su hermano el Hardon en el Albaicin hay una larga mina, cuya entrada por la mezquita sabe él solo: no es prudente que tú, hombre de Dios, andes á la luz del dia por Granada, ni te aposentes en las posadas públicas; en la ciudad hay gente que te conoce y que sabe que andas oculto desde el levantamiento de las Guajaras. Toma este escrito: mediante él, el Julaní te abrirá la puerta de la mina, y por bajo de Granada, llegarás á casa del Hardon. Esto me dijo el emir al darme el escrito que te he entregado.
--Tú eres el faqui, dijo aun con recelo, pero mas tranquilo el Julaní, que hace algunos años dijiste que las estrellas te habian revelado el nombre del escogido por Dios para ser rey de Granada.
--Sí es verdad, yo soy Abul-Hhassam el faqui.
--¿Y quién debe ser rey de Granada? dijo con sarcasmo el Julaní.
--Hubo un tiempo en que yo creí leer de una manera clara su nombre en el eterno libro del firmamento.
--¿Y era ese nombre el de Aben-Aboo, el hijo de doña Isabel de Córdoba y de Válor?
--Si, ese era el nombre que creí leer; pero despues las estrellas me han dicho: «espera solo un momento antes de que el pueblo de Granada se levante armado contra sus opresores y podrás saber ese nombre.»
--¿De modo que?...
--Esta noche á las doce, sabré quién ha de ser rey de Granada.
--Que Dios te ilumine para bien de su pueblo santo faqui, dijo el Julaní con acento de amenaza. Entre tanto, y como tu permanencia aquí no es prudente, ven.
El Julaní se levantó y llevó al faqui á un ángulo de la estancia donde estaba la humilde tarima de penitente, que le servia como complemento de su apariencia cenobítica; la apartó y debajo de ella quedó descubierta una trampa cerrada con un candado: sacó el Julaní una llave de la manga de su hábito, levantó la compuerta y quedó descubierta una trampa.
Abul-Hhassam fue á descender por ella.
--Espera, dijo el Julaní; es necesario que todo lo que ha venido contigo desaparezca.
Y salió al patio, asió el ronzal del jumento, tiró de él, le introdujo en la habitacion y le hizo descender por la trampa: siguióle Abul-Hhassam, y poco despues marchaban por un pasadizo llano, á cuyos costados habia algunas puertas, iluminado por una lámpara pendiente del techo.
--¡Daruh! exclamó el Julaní cuando estuvieron en el pasadizo.
Poco despues por una de las puertas laterales apareció un hombre jóven, robusto y de aspecto feroz, vestido exactamente como los monfíes de la montaña.
Este hombre examinó atentamente á Abul-Hhassam, y volviéndose al Julaní le dijo.
--¿Qué me quieres walí?
--Lleva este asno á la caballeriza, ponle pienso como á nuestros caballos y vuelve.
Daruh tomó el ronzal del asno, y desapareció con él por una puerta inmediata.
--¡Tus caballos! ¡tus caballerizas! exclamó con asombro el faquí.
--Si por cierto: estamos preparados: en un solo momento los monfíes de las Alpujarras saldran de debajo de la tierra armados y cabalgando como en tiempos de Boabdil.
--A quien Dios maldiga.
--Si; maldígale Dios: fue un traidor.
Apareció entonces Daruh.
--Guia á este hombre de Dios, le dijo el Julaní señalando al faquí, á casa del Hardon en el Albaicin.
--¡Qué! ¿de esta entrada corren muchas minas al interior?
--Tantas Abul-Hhassam, que si Daruh no te acompañase te perderias en su laberinto. Pero á Dios: no puedo faltar mucho tiempo de la mezquita: que Dios te guie y te ilumine, faquí.
--Que la proteccion del Dios Altísimo y Unico esté sobre tí, hermano.
Habia un ligero acento de amenaza en las palabras con que se habian despedido el wali y el faquí.
Daruh encendió una lámpara, y echó por la mina adelante precediendo al faquí.
El Julaní permaneció un momento inmóvil y pensativo.
--El emir lo quiere, dijo al fin; pero hace algun tiempo no eran esas sus intenciones: ¿le habrá engañado ese astrólogo embustero? ¿Quién sabe? Que Dios ilumine al magnífico emir.
Despues de estas palabras el Julaní subió, cerró la trampa, puso sobre ella la tarima, y tomando de sobre una mesa en que habia un crucifijo y una calavera, un cepillo de cobre, salió á la ermita, abrió su puerta y se puso en ella exclamando de tiempo en tiempo con voz compungida, y haciendo sonar algunas monedas que contenia el cepillo:
--¡Hermanos caritativos! ¡ayudad con vuestras limosnas al culto de esta santa ermita!
CAPITULO III.
La recua, el carro y el ginete.
El sol habia salido, y haciendo honor á los pronósticos de Abul-Hhassam, la niebla se habia disipado, contribuyendo á ello, un fuerte viento del Norte que habia arrojado las nubes hácia Sierra-Nevada, en cuya cima se agrupaban, como sirviéndola de turbante.
El golpe de vista que se gozaba desde la ermita de san Sebastian era bellisimo: una ciudad maravillosa, Granada, iluminada por los primeros rayos del sol de la mañana, aparecia, extendiéndose su anfiteatro desde el puente de Genil hasta la encumbrada Alhambra que recortaba sobre el purísimo y radiante azul del cielo, sus torres y sus muros almenados, y sobre estos y entre aquellos, los verdes cipreces de los adarves de la torre de la Vela de la Alcazaba, el bello palacio del emperador Carlos V, y la iglesia de santa María. Has cerca las torres Bermejas, con sus robustas defensas; el cerro de los Mártires, cubierto de cármenes, y estos cármenes cubiertos de verdura, á pesar de la estación, merced al verdor eterno de los laureles, los naranjos, los cipreces y los nopales. Mas abajo los muros, siguiendo las inflexiones de las colinas; la Puerta del Sol, las torres de la ribera de los Molinos, la puerta de Bib-Lachar, el Cuarto Real, la puerta, la del Rastro, de Bib-Ataubin, la Real, de Bib-Arrambla, hasta perderse á lo lejos entre las calles de la ciudad nueva; y dentro de los muros, cubriendo las colinas, casas blancas como tórtolas en su nido, entre las que brotaban cipreces y laureles, y los campanarios de las parroquias y de los conventos, y de las capillas; y todos aquellos capiteles relumbrando, todas aquellas casas frescas y galanas, todo aquel verdor desmintiendo al invierno y aquellos castillos pesando sobre las cumbres; todo visto á través del dorado vapor producido por la luz matinal del sol naciente, y á la derecha la Sierra-Nevada con su turbante de nubes, su blanco manto y su anfiteatro de montañas; á la izquierda la extendida vega y las distantes y azules cordilleras; cerca el murmurante y claro Genil; en torno la tierra empapada por la lluvia exhalando un tenue vapor bajo los rayos del sol; todo aquello, repetimos, era una magnífica poesía, escrita la mitad por la mano de Dios, la otra mitad por la mano del hombre.
El camino de las Alpujarras, ó como ahora se dice, de Armilla, se hacia mas concurrido á medida que avanzaba el dia; hermosas y robustas aldeanas, la mayor parte moriscas, montadas á las ancas de sus pollinos, por temor de manchar con el lodo, sus encarnados zagalejos, llevando en los serones hortalizas ó en los capachos gallinas y corderos, pasaban alegres entonando el lánguido fandango, é interrumpiéndole de tiempo en tiempo para animar su cabalgadura; oíase sin interrupción el zumbido de los cencerros de las recuas, que conducían á la ciudad los variados frutos de las ricas Alpujarras, y de tiempo en tiempo pasaba tambien algun hidalgo, ginete en su cuártago con el arcabuz en el arzon y la espada al cinto; toda esta gente, las aldeanas que saltaban de una manera hechicera de las ancas de sus asnos; los arrieros que se separaban de su recua; el hidalgo que dejaba momentáneamente el camino, se dirigian á la ermita, se descubrian, se santiguaban, y dejaban caer media blanca, ó moneda de mayor valía, en el cepillo del ermitaño.
Unos decian al dar la limosna:
--¡Dios le guarde santo ermitaño!
Otros:
--Dios nos ayude hermano.
A los primeros contestaba el Julaní:
--Dios se lo pagará en el cielo.
A los segundos.
--Dios tendrá misericordia de nosotros.
Los primeros eran cristianos viejos: esto es, vencedores.
Los segundos eran moriscos: esto es, vencidos.
Hacia ya mas de una hora que el fingido ermitaño pedia para el culto de la ermita, y agitaba el cepillo que era enorme, y que sucesivamente iba produciendo su sonido mas ronco, y haciéndose mas pesado, cuando se oyó un cencerro mucho mas sonoro que los que habian pasado hasta entonces, acompañado del sonido de muchas campanillas, y desembocó por el camino una recua de poderosos burros que venian al trote, excitados por sus arrieros.
Pero lo que tenia de extraño esta recua, ademas de la riqueza y de la variedad de los penachos y los caireles con que venian engalanados los jumentos, era que para cada uno de ellos venia un hombre, y que estos hombres eran jóvenes, robustos, bien encarados y gallardos; vestian ni mas ni menos, como los traginantes de las Alpujarras; quien los hubiera contado, hubiera visto que llegaban á veinte y dos, y que tras ellos, ginete en un macho, sobre una vistosa enjalma, venia un hombre de mas edad y respeto, y al parecer como capataz ó mayoral de aquella gente; en cada asno detrás de la carga, que era abultada, aunque no de un peso excesivo, á juzgar por lo desembarazado y fácil del trote de los jumentos, se veia un largo arcabuz, y en cuanto al que hacia cabeza de aquellos hombres, llevaba sujetos al cinto dos pedreñales y una daga, en el talabarte una espada y á mas de esto dos arcabuces pendientes á los costados de la parte posterior de la enjalma.
Estos veinte y dos jumentos, sonoros con su cencerro y sus cascabeles, pasaron como una exhalacion por delante de la ermita, no sin que el Julaní los mirase de una manera profunda, no á los burros, sino á cada uno de los hombres que llevaban á las ancas, ni sin que todos estos hombres mirasen con profunda atención al Julaní. En cuanto al capataz de aquella gente, se desvió del camino, enderezó su mulo á la ermita, se descubrió respetuosamente al pasar por delante de la cruz; pero con un tanto de tiesura y como quien lo hace de mala gana, y parando junto al falso ermitaño, que acortó el trecho, saliendo al encuentro del que llegaba, cepillo en ristre, el ginete se inclinó y echó en el cepillo un doblon de á ocho.
Aquella enorme limosna, que trocada en cobre hubiera llenado veinte cepillos, era sin duda una seña, puesto que el Julaní dijo palideciendo y mirando fijamente al ginete, que era un hombre como de cuarenta y seis años.
--¿Con que ha llegado la hora?
--Si, contestó el otro.
--Tú eres el walí, Harum-el-Geniz, exclamó el Julaní mirando fijamente al otro.
--Si, si por cierto, y vengo bien disfrazado cuando solo me has reconocido por la voz.
--Buena barba y buenas cejas traes. ¿Y esos valientes que han pasado con la recua son de los nuestros?
--Si, son de la taha de Cádiar. Pero vamos á lo que importa. Tras mí viene un carro de mulas resguardado por cuatro de nuestros mejores hermanos; dentro de poco estará aquí y entrará una persona que viene en el carro á orar en la ermita: deja ya de pedir y espera dentro; ya suenan las campanillas de las mulas del carro, y mi buena recua va lejos. Adios.
Y apretando las espuelas al mulo, partió al galope al mismo tiempo que el Julaní se metia en la ermita.
Poco despues apareció en el camino un carro que adelantó á buen paso; tiraban de él cuatro mulas, al cabezon de una de las cuales iba asido un zagal jóven y ágil: en la delantera iba un mayoral fornido, y la entrada del carro iba cubierta por una doble cortina de cuero.
Detrás y á poca distancia armados con lanzas á la gineta, venian cuatro lacayos de buen aspecto, y lo bien costeado y lujoso del carro, el valor de las mulas y de los caballos de la servidumbre, y las libreas de estos, todo demostraba que quien de tal modo hacia su viaje, era una persona principal.
El carro se dirigió á la ermita y cuando estuvo cerca de ella paró, uno de los lacayos echó pié á tierra, tomó de la zaga una escalerilla de madera, la apoyó contra la delantera, y el mayoral abrió las cortinas que cerraban la entrada: entonces salió una persona con trage negro de caballero, y apoyándose ligeramente en el hombro del lacayo, que á pesar del frio tenia el sombrero en la mano, saltó al suelo casi sin tocar los travesaños de la escalerilla, pasó junto á la cruz, se quitó devotamente la gorra y entrando en la ermita se arrodilló delante del altar.
La estatura de esta persona era mediana para hombre y aventajada para mujer, y decimos para mujer, por que por la redondez de sus formas, por lo mórvido de su cuello, que se veia en parte entre una rica gorguera de Cambray y un cumplido antifaz de terciopelo que cubria su semblante; por lo brillante y sedoso de sus largos rizos, muy reparables entonces, puesto que los nobles llevaban los cabellos exageradamente cortos; por la altura de su pecho, por la pequeñez de sus manos, por mil indicios, en fin, de delicadeza y de hermosura femenil, se comprendia que aquella persona era una mujer disfrazada de hombre.
Sus ropas eran ricas, y como hemos dicho, enteramente negras, y de terciopelo; únicamente su capotillo era de riquísimo paño de Segovia, forrado de armiños; llevaba espada y daga; pero no pequeñas como pudieran suponerse pendientes de la cintura de una mujer, sino tales como pudiera haberlas usado un capitan de los tercios de Italia, aunque de gran riqueza y primor en sus empuñaduras; últimamente, sus botas de gamuza adobada estaban armadas de espuelas de oro y (cosa extraña) pendiente de un cordon de seda negro, llevaba sobre el pecho una plaquita de oro, en que estaba esmaltada la cruz de Santo Domingo, distintivo usado por los familiares del Santo Oficio de la Inquisicion.
El antifaz que esta persona llevaba, sin duda para no ser conocida, no era de reparar en aquellos tiempos, en que tanto los caballeros de algun estado, como las damas, usaban el antifaz cuando iban de camino con el objeto de resguardar el rostro de los agravios de la intemperie.
La incógnita estuvo algun tiempo arrodillada ante el altar y luego se levantó, miró en torno suyo, vió al Julaní que estaba relegado á un ángulo junto á un confesonario, se dirigió á él, sacó de su limosnera un pliego cerrado, se lo dió y sin decir una sola palabra salió de la ermita, y entró en el carro que seguidamente tomó á buen paso el camino del puente de Genil.
El Julaní se volvió de espaldas á la puerta y rompió la nema del pliego en la que se leia únicamente estas palabras: «Obediencia y sigilo.»
Dentro algunas líneas en caracteres africanos muy bien escritos decian: «El Señor Altísimo y Unico prospere tus bienes y te de paz y salud. Sabrás, Julaní, como esta noche á las doce, llamaran á tu puerta todos los xeques de las tahas de las Alpujarras y de la Vega; cada uno de ellos te mostrará una sortija de oro que tendrá escrito en la parte exterior el nombre de Dios. A todo el que te presente una sortija tal le introducirás por la mina, haciendo que uno de los monfíes que te acompañan le guie á casa del Hardon junto á San Miguel. A todo el que pretenda entrar sin mostrarte la sortija convenida, préndele y si resistiere mátale.--El emir.»
Guardó cuidadosamente el Julaní en su seno esta carta, fué á la puerta de la ermita, permaneció en ella con el cepillo en la mano y tan profundamente pensativo, que aconteció que mas de un viandante se acercase á él, echase una moneda en el cepillo y pronunciase la fórmula de costumbre, sin que el le contestara.
Los cristianos al verle tan abstraido decian:
--Es un santo.
Los moriscos:
--¿Qué sucederá que tan pensativo se muestra el Julaní?
Pero hubo de volver en sí de su profunda meditacion al sentirse sacudido de una manera vigorosa.
Miró y vió ante sí á un jóven como de veinte y dos á veinte y cuatro años, de altivo continente, rostro moreno y ojos negros y penetrantes: vestia á la usanza de los hidalgos castellanos, usaba el pelo corto como ellos, llevaba espada, daga y pedreñales y además, como arma defensiva una coraza blanca y limpia y tenia del diestro un magnífico caballo de raza árabe.
--Te he llamado dos veces y no me has contestado, dijo el jóven, ¿en qué diablos piensas, Julaní?
--¡Ah! es Aben-Aboo, dijo aquel conociéndole.
--Si, yo soy; ¿pero qué sucede?
--¡Suceder! ¿quién sabe? pero me parece que llega la hora.
--Lo mismo me parece á mí.
--¿Estás seguro de tus parciales, Aben-Aboo? dijo gravemente el Julaní.
--Como lo estoy de la hoja de mi espada, contestó el jóven.
--Entra dentro, Aben-Aboo, dijo el Julaní, que no es prudente, hablar largo tiempo donde alguien pueda vernos juntos.
Y diciendo esto cerró la puerta de la ermita, fué á la que daba paso desde el exterior á su habitacion, la abrió, miró con recelo al camino, y viendo que en él no habia nadie, empujó al interior del patio á Aben-Aboo que le habia seguido, tiró de su caballo, y cuando estuvo dentro cerró el postigo. Un momento despues Aben-Aboo y el Julaní estaban sentados frente á frente junto al hogar.
--¡Oh! cómo nos engañamos los mas prudentes, dijo el Julaní: te muestras muy seguro de tus parciales, y sin embargo ni aun puedes sospechar donde se encuentra ahora Abul-Hhassam. Es, ó era segun creo uno de tus mayores amigos.
--Es sabio y santo, dijo Aben-Aboo: el espíritu de Dios ilumina sus pensamientos y las estrellas hablan para él con tanta claridad como el libro de Dios para los creyentes. Abul-Hhassam está en Argel donde yo le he enviado á pedir ayuda al dey Aluch-Alí.
--Sin duda que la costa del viaje habrá concluido con las últimas doblas de la hacienda que te dejó tu padre.
--En verdad, en verdad que ando muy pobre, Julaní.
--Ya lo sospechaba yo. Tu hermosa casa de la calle de San Miguel está alquilada; ya no eres el rico hidalgo que viajaba acompañado de lacayos, ahora viajas solo como un cualquiera.
--¡Qué quieres, Julaní! ¡decretos son de Dios! pero espero recojer con usura el dinero que he sembrado.
--Creo que te engañas, dijo el Julaní. Pero creo tambien que creerás en mi amistad.
--No tengo motivos para dudar de ella. ¡Hemos recorrido tantas veces juntos la montaña! ¡juntos hemos dado muerte á tantos castellanos!
--Y yo que te he visto valiente y noble, yo que sé que como Aben-Humeya tienes derecho al trono de Granada; yo que comprendo que habria un medio para que nuestro invencible emir, pensase en tí para hacerte su heredero, yo que te amo, siento un dolor profundo al decirte que es necesario que renuncieis á la corona de Granada.
Púsose en pié de un salto Aben-Aboo.
--¡Qué renuncie á ser el caudillo de mi pueblo en la guerra que va á emprenderse contra el cristiano! ¡Que otro los lleve al combate! exclamó con voz reconcentrada y el rostro lívido de cólera. ¿Piensas acaso que yo ambiciono una corona? ¡Miseria humana! Honra y nada mas es lo que quiero. Libertar á mi patria lo que ambiciono. ¿Y quién tiene mas derecho que yo para empuñar la bandera del Islam? ¿Quién mas que yo ha trabajado, ha velado, ha sufrido, por libertar á mi patria? ¿No he expuesto mi vida? ¿No he gastado mis riquezas?
--Hé ahí el mal, todo el mal. Por desgracia hay entre nosotros un hombre á quien la plebe cree santo, inspirado por Dios, profeta: no será rey de Granada, sino aquel cuyo nombre salga de la boca de ese hombre. Ese hombre es el faquí Abul-Hhassam.
--Pero Abul-Hhassam...
--Abul-Hhassam sabe que has gastado tu último doblon.
--Mis parientes han hecho pasar por su mano mis riquezas para ayudar la predicacion con la caridad, para proveernos en Africa de armas y de bajeles.
--Tus riquezas han servido para aumentar las de ese embustero.
--Abul-Hhassam es un santo.
--Ha sabido parecerlo, y tanto que os ha engañado á tus parientes y á tí.
--La prueba, una sola prueba.
--Vuelvo á repetirte una pregunta que ya te he hecho: ¿dónde crees que está en estos momentos tu santo faquí?
--Ya te he contestado que en Argel.
--Hace una hora que Abul-Hhassam ha estado aquí, y ha entrado por la mina en Granada.
--Pero eso es imposible, imposible de todo punto. Ayer tarde se me mandó de órden del emir, que estuviese hoy en Granada, y yo me he apresurado á cumplir su mandato. Pero no sabia que me esperaban tan malas nuevas.
--Pues aun hay mas. En Granada se dice entre los moriscos, que Aben-Humeya será su rey, y que para evitar toda disension, casará con la hija del emir.
--¡Con la hija del emir! ¡con la sultana Amina! pero Aben-Humeya está casado con Inés de Rojas.
--La repudiará.
--¿Y su hijo?
--Le abandonará como á su madre.
--Pero esto es un tejido de infamias.
--¿Y crees tú que se pare mucho Aben-Humeya en cometerlas, si son necesarias para alcanzar el reino? Es necesario que renuncies por ahora á la corona. El emir es poderoso. Nosotros los monfíes lo podemos todo. Cuando Yaye-ebn-Al-Hhamar, proteje á Aben-Humeya, es necesario obedecer y callar. Y luego, aunque Aben-Humeya sea elegido rey, nada debe importarte; él tendrá que vencer las primeras y mas duras dificultades, y luego tú...
--¿Y qué me importa que Aben-Humeya sea elegido rey, en comparacion de la pérdida de Amina?
--¿Cómo! ¿conoces á la sultana?
--No.
--¿Y estás enamorado de ella?
--Como nos enamoramos de un misterio, tras el cual creemos encontrar un tesoro. ¿Sabes tú lo que es en las Alpujarras la sultana Amina?
--Si, sé que es un Dios.
--Todos ansían conocerla y ninguno la conoce.
--Te engañas. Hay un hombre que la conoce y que nunca se separa de ella.
--¿Y qué hombre es ese?
--Ese hombre es Harum-el-Geniz.
Despejóse la frente de Aben-Aboo de la sombría nube que la habia cubierto.
--Algunas alboradas de verano, dijo suspirando, al volver la ladera de una montaña, suelen verse en el borde del opuesto barranco, brillantes armas, tocas y almaizares; algunos ginetes armados como nuestros abuelos antes de la conquista, pasan deslumbrantes y magníficos, y entre ellos, en un palanquin cubierto con un dosel de púrpura, va una dama con vestiduras régias, cubierta con un velo: la cabalgata pasa, y con ella el palanquin y la dama, y se pierden en las cercanas quebraduras: muchos han visto este prodigio y siempre antes de la salida del sol: los naturales creen que aquellos ginetes y aquella dama son sombras de nuestros abuelos. Ninguno se atreve á seguirles por temor que aquellas sombras condenadas pierdan su alma. Pero yo un dia me lancé tras ellos al escape de mi caballo.
--¿Y qué sucedió?
--Uno de aquellos ginetes, magníficamente armado, que mostraba en su adarga el blason real de los reyes de Granada, volvió hácia mí á rienda floja, con la lanza baja, y me encontró de tal manera, que me arrojó en tierra, valiéndome para no ser herido, el buen temple de mi coselete, que es el mismo que llevo puesto: entonces aquel hombre, que llevaba calada la visera, me puso la lanza al rostro, y me dijo:
--Júrame si quieres vivir, que no volverás á seguirnos.
--Te lo juro, le contesté. Pero una sola palabra. ¿No es verdad que esa dama no es la sombra de la sultana Zoraya?
El jinete lanzó una carcajada.
--Esa dama, dije con harta imprudencia, es la sultana Amina, hija del poderoso Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar.
--Si tú no te llamases Aben-Aboo, contestó con acento irritado el caballero, el nombre que acabas de pronunciar te costaria la vida. Pero cuenta contigo Aben-Aboo; cuenta con lo que haces, con lo que dices y con lo que piensas, porque los monfíes estan en todas partes, hasta en el pensamiento de sus enemigos.
Dicho esto, revolvió su caballo, y fué á incorporarse con la dama, que desde su palanquin habia presenciado impasible mi aventura, y desaparecieron en la vuelta de la montaña. Yo me levanté, monté como pude, y volví á Cádiar. Desde entonces amo á esa mujer. Yo habia visto su apostura magestuosa, sus largas trenzas negras pendientes bajo la toquilla que la encubría: sus brazos desnudos, su talle esbelto, la incitante y lánguida actitud con que iba reclinada en el palanquin que conducian cuatro esclavos negros. Muchas veces he salido de noche de Cádiar, y á pié y solo, he ido á ocultarme en las quebraduras cercana al barranco por donde la ví pasar la vez primera y algunas otras veces, antes de la salida del sol, la he vuelto á ver, ya reclinada en el palanquin, ya á caballo, ya á pié, siempre gentil, siempre magestuosa, pero siempre encubierta. Esa mujer arroja de sí, no sé qué de voluptuoso, de bello, de magnifico, que arrebata, que enamora, que obliga por su mismo misterio á que no pueda olvidársela. Y luego esa mujer que gasta vestiduras tan deslumbrantes como las de una sultana, á quien obedecen hombres feroces, que tiene, sin duda, en alguna sima debajo de la tierra, alcázares maravillosos y tesoros inmensos, es un misterio impenetrable. Llámanla unos la hechicera, otros el espíritu del Islam, que en forma de mujer vaga por las montañas, de donde espera renazca la gloria del pueblo moro; otros la Dama blanca. Yo sé que es la sultana Amina, no sé por qué, pero lo juraria. Esa mujer, y no mi pobreza como habias pensado, es la que me obliga á retirarme de Granada, porque á donde ella esté va mi alma y yo no puedo vivir sin verla alguna vez, oculto entre las breñas.
--¿Y no conoces tú al emir? dijo profundamente el Julaní.
--Nunca le he visto; pero obedezco sus órdenes, acato su valor y le reconozco como nuestro señor.
--¿Y te obstinas en el amor de su hija?
--Es mi ambicion, es mi luz. La busco y se me huye como un misterio, como una sombra: algunas veces he creido tenerla al lado, y luego... era una pobre labriega, hermosa, sí, como son hermosas todas las hijas de las Alpujarras, pero ruda y zafia. Algunas veces he creido escuchar entre las quebraduras, una voz dulcísima que me gritaba: «¡Aben-Aboo!» y era el viento en cuyos zumbidos creia escuchar mi locura acentos humanos; era un sueño; era mi amor que cree verla en todas partes.
En aquel momento rechinó violentamente la tarima, se alzó crugiendo, impulsada por la compuerta de la mina, y apareció un hombre enteramente envuelto, á la usanza mora, en un blanco almaizar.
Al verle Aben-Aboo y el Julaní, se hicieron atrás, y el primero echó mano á la empuñadura de su espada.
--Antes imprudente y ahora loco, dijo aquel hombre cuyas palabras estaban llenas de autoridad: los monfíes estan en todas partes y á nadie temen. ¿Te has olvidado ya de la negra aventura que te aconteció, por seguir á la Dama blanca de la montaña?
--He olvidado la aventura, pero no la memoria de que fuiste generoso conmigo.
[imagen: Don Fernando de Válor.]
--¡Yo!
Te he reconocido en la voz. Tú fuiste el caballero que me derribó.
--Has quedado pobre por la patria, noble Aben-Aboo, dijo aquel hombre con voz solemne, has sacrificado tu amor á tus promesas. Sírvate esto para disculpar tu imprudencia. Amas ó crees amar á esa dama, olvídala. Te crees llamado á ser rey de Granada: los monfíes te daran rey.
--¿Y con qué derecho? exclamó con orgullo Aben-Aboo.
--Con el derecho de la fuerza, con el derecho de la justicia. ¿Qué habeis hecho vosotros y vuestros padres, desde el dia de la conquista? doblegaros cobardemente ante el cristiano, aprender su habla, vestir sus trages, acudir á sus templos, y murmurar en voz baja y estremecidos de espanto, en lo retirado de vuestras casas, delante de vuestras hijas profanadas y envilecidas por el vencedor: y ¿qué hemos hecho nosotros los monfíes de la montaña? no hemos cambiado con el castellano mas que hierro y sangre, odio por odio, exterminio por exterminio: hemos huido de las poblaciones impuras, y hemos hecho nuestros templos las montañas, nuestros alcázares, las grutas de los barrancos: y admírate: somos ricos, poderosos, terribles: la Chancilería se aterra á nuestro nombre, el capitan general nos teme; cuando un monfí da en manos de la Inquisicion, se apresura á entregárnoslo; por nosotros la ley alcoránica vive en las Alpujarras y el Almanzora; y por nosotros, alentais la esperanza de ser libres algun dia, vosotros, los infames habitantes de las poblaciones.
--¡Infame! ¡eso no! llama infame á quien lo sea, no á Aben-Aboo, no al enemigo irreconciliable de los cristianos.
--Eres bueno y leal, jóven: pero es necesario que no seas imprudente. Antepon tu patria á tu ambicion: y espera. Entre tanto, toma.
--¿Qué me dais aquí? dijo con orgullo Aben-Aboo: ¡un bolsillo! ¿Soy acaso un mendigo?
--El emir de los monfíes es tu pariente.
--Es verdad.
--El emir puede darte oro sin humillarte.
--Sí.
--Te ha mandado venir hoy á Granada.
--Es verdad.
--¡Y vienes sin dinero!
El jóven se sonrojó y calló.
--Guarda ese oro, jóven, guárdalo. Yo te lo entrego de órden del emir.
Aben-Aboo guardó el pesado bolsillo.
--Ahora vete: el emir te ha llamado á Granada. Cuando estés en ella, el emir te buscará.
Y señaló con un ademan de imperio la puerta á Aben-Aboo.
Este, dominado, salió, tiró de su caballo, montó en él, y se dirigió á la ciudad.
--Para unos hombres la palabra que manda, dijo el incógnito, para otros el amor, para otros la ambicion, para todos el oro. ¡Miseria humana! Cierra tu puerta Julaní, y sígueme.
El monfí cerró, y precedido del encubierto desapareció por la mina.
CAPITULO IV.
El corral del Carbon.
Aben-Aboo habia tomado el camino del puente de Genil, harto pensativo y preocupado; su porvenir era un laberinto en que se embrollaba su pensamiento cuando queria aventurarse en él: no sabia si esperar ó desesperar: tenia el alma poseida por dos terribles pasiones: la ambicion y el amor: de un lado una corona, del otro una mujer: entrambas misteriosas, pero magníficas, y entrambas difíciles y rodeadas por todas partes de peligros.
Usaban los monfíes de él como de instrumento: ¿le querian por gefe ó por soldado? ¿Quiénes eran aquellos hombres? Bandidos los llamaba el vulgo, pero Aben-Aboo no habia sabido explicarse lo que eran. Robaban, incendiaban y degollaban sin compasion, pero jamás un buen creyente habia sido acometido por mas que hubiese atravesado solo los desfiladeros de la montaña, ni las haciendas de los buenos moriscos habian sido taladas: los cuadrilleros de la Santa Hermandad jamás habia logrado encontrarlos, ni nadie sabia sus guaridas: la dama encubierta era á todas luces su reina, y se hacia rodear de un aparato tal, en sus solitarios paseos por los pintorescos valles y quebradas de las Alpujarras, que era necesario concebir en ella algo de regio, algo de grande, algo de magnífico.
Por otra parte, aquel hombre que acompañaba á la Dama blanca, hasta entonces inaccesible para él, le daba oro en nombre del emir, y le hacia escuchar una voz amiga. ¿Qué significaba esto? le amaba aquella mujer, ó le temia y pretendia seducirle, engañarle y hacerle esperar por amor á Aben-Humeya. De todos modos, Aben-Aboo, deducia, que cuando asi se le trataba, debia temérsele ó apreciársele, y esto ya era mucho: esto significaba que se reconocia su poder.
La esperanza, ese dulce consuelo que Dios ha dado al hombre, empezó á refrescar el hasta entonces árido y seco corazon de Aben-Aboo, y como la esperanza nunca llena el corazon del hombre sin traer consigo alguna parte de alegría, á medida que se abrigaba en el corazon del morisco, iba dulcificando la torva expresion de su semblante, iluminándole con un aspecto de paz y de resignacion que hasta entonces no habia expresado. Al fin, parte por esta causa, y parte por la necesidad que como morisco tenia de mostrarse satisfecho y tranquilo ante los cristianos para no hacerse sospechoso, á medida que despues de haber pasado el puente de Genil, se acercaba á la puerta del Rastro, su semblante se serenaba mas, hasta que, llegando á la puerta, se mostró ya perfectamente tranquilo.
Entonces sus pensamientos cambiaron de rumbo; volvia á Granada despues de una ausencia de algunos meses, y podia decirse, que aunque tenia casa, era como si no la tuviese: reducidos sus bienes por una y otra venta, consumidos del todo en expediciones á Africa y á las Alpujarras, sobre todo como sabemos, en pagar la codicia ó la ciencia de Abul-Hhassan, solo le habia quedado en el Albaicin, dentro del recinto de la Alcazaba Kadima, y cerca de la iglesia de san Miguel, la casa, con honores de palacio, y palacio verdaderamente en aquellos tiempos, que constituia el resto de la dote de su madre, y la atalaya de las Alpujarras con su pequeño huerto. Pero hasta su última dobla habia desaparecido.
Un dia, pues, antes de que llegase el caso de contraer deudas, vendió sus caballos y sus esclavos, quedose solo con dos hermosos caballos árabes de montar, y un esclavo negro, se trasladó con su pequeño capital y su escasa servidumbre á su antiguo señorío de las Alpujarras, y puso su casa ó palacio del Albaicin con todos sus muebles y alhajas en arrendamiento.
Lo populoso, salubre, y en aquellos tiempos aristocrático, del barrio de san Miguel, hizo que su casa estuviese poco tiempo sin inquilinos: presentóse un dia el mayordomo de un caballero de Castilla al administrador de Aben-Aboo en Granada, y por el precio de diez ducados al mes tomó la casa para su señor y su familia.
Aquel caballero continuaba viviéndola, y hé ahí por qué hemos dicho que Ahen-Aboo tenia casa en Granada y no la tenia.
Pero sus circunstancias habian variado: habia aceptado como pariente cercano del emir, aceptando con él, una esperanza, un bolson de oro bastante á satisfacer por algunos meses sus necesidades, y se decidió á usar de su despotismo de propietario, y á arrojar de su cómoda vivienda para ocuparla él mismo, á sus inquilinos.
Pero para llegar á este fin, era preciso pasar por algunos trámites: á saber: buscar al administrador, encargarle del mensaje, esperar la respuesta, y acaso, acaso, andar de justicia.
Pero es el caso, que Aben-Aboo no conocia á su administrador: era de tan poca cuantía la renta que tenia que pasar por sus manos, que el morisco habia desdeñado tratar directamente con él, y habia encargado de ello á su fiel esclavo Agar.
Recordando Aben-Aboo, vino á sacar en claro, ateniéndose á las noticias que le habia dado el esclavo, que venia cada tres meses á Granada á cobrar la renta, que su administrador era un rapista de los famosos de Granada, no porque rasurase bien, sino por su habilidad en puntear la vihuela, que vivia en el corral del Carbon, y que se llamaba maese Pertiñez.
Armado con estas noticias, y recordando que en el mismo corral del Carbon habia una excelente hospedería donde poder esperar el resultado de su intento de desalojo de sus inquilinos, el morisco tomó á buen paso por las callejas que ahora se llaman de san Matías, y tropezando y deslizándose por sus estrechuras, llegó al fin delante de la bellísima portada árabe del corral del Carbon, en tiempo de los moros almarestan ú hospital de los mas famosos de Granada.
Entróse de rondon y á caballo por el arco flanqueado por los tenduchos ó nidos de dos adobadores de pieles de gato, echó pié á tierra en el destartalado corral, y miró en torno suyo.
En un ángulo estaban levantando un tablado y poniendo una cortina, señal clara de que habia llegado á la ciudad alguna compañía de farsantes, y que para aquella tarde se preparaba algun auto, loa ó farsa. Esto tenia en movimiento á todos los habitantes del corral; y las vecinas, andaban en retruécanos y agudezas de casa de vecindad, y los chiquillos miraban embobados á un hombre, que con trage de botarga, dirigia la construccion de aquel teatro informe, muestra de la infancia del arte, compuesto de una docena de malas tablas, de algunos tapices viejos, de una cortina descolorida, y abierta enteramente á la intemperie.
Como era natural, este objeto el mas notable de los que contenia el corral, fijó por un momento la atencion del morisco, que seguidamente se puso á buscar por los ámbitos del corral, los vestigios de la tienda de su administrador rapista.
Vió al fin, una vieja y abollada vacía que se balanceaba colgada del dintel de una puerta tenebrosa, pero lo que mas que nada le indicó que habia dado con su dependiente, fue un alegre y zarandeado ruido, que no armonia, de guitarras y castañuelas, que salia como una tempestad por la negra puerta donde la vacía se balanceaba.
Enderezó para ella sus pasos el morisco, llevando su caballo del diestro, y en breve se detuvo en el dintel de la tienda.
A la presencia de uno que creyeron parroquiano, por interés al dueño de la casa, callaron castañuelas y guitarras, para que se pudiese oir lo que se hablase, y el morisco pudo decir sin temor de no ser oido, en un acento entre llano y altivo, verdadero acento de gran señor que quiere tratar bien á sus inferiores:
--Dios guarde á la buena gente.
--¡Ah! ¡voto á mil legiones de demonios! dijo una alegre voz de jóven desde un negro ángulo: bien venido sea el señor Diego Lopez; ¿y á qué hora? parece que os han llamado con campanilla, mi buen amigo: haced un lugar en el barreño, princesas, é id llenando los vasos: ¡cuernos de Lucifer! ¿pues si es mi mayor amigo?
Y adelantó guitarra en mano y con los brazos abiertos, un bulto, que al llegar mas hácia la puerta, pudo verse lo que era: á saber: un capitan de infantería, jóven y buen mozo, con su abigarrado uniforme, su castoreño, su espada de gabilanes, y unos atrocísimos mostachos retorcidos de una longitud espantosa.
--¡Ah! marqués de mis pecados! exclamó Aben-Aboo, aceptando el terreno que le presentaban y abrazando cordialmente al capitan: vos en este tabernáculo... siempre el mismo, pardiez.
--Mi casa no es tabernáculo, dijo un hombre diminuto, que necesitó para ver al rostro de Aben-Aboo, levantar la cabeza, del mismo modo que un hombre de buena estatura puesto al pié de una torre, se vé obligado á levantarla para ver su parte superior: sabed señor Diego Lopez, que esta es una casa honrada donde concurre gente noble.
--Ya, ya veo que entre vuestros conocimientos teneis nada menos que al marqués de la Guardia.
--¡Chits! exclamó el capitan, ya lo habeis dicho dos veces y me habeis perdido: nadie extraña que un capitan ande con la bolsa un tanto ligera... los pagadores de los tercios nunca tienen dinero... pero un marqués... no lo creais, señores, el señor Diego Lopez, mi amigo, se chancea... yo no soy ni mas ni menos que un buen soldado del rey, que gasta lo que tiene, cuando lo tiene... eso si; ¡ea! siga la zambra, y vos sentaos y mirad en qué buena compañía nos encontramos.
Dispensad un momento, don Juan, dijo Aben-Aboo; necesito antes que todo, hablar con maese Pertiñez. ¿No es esta la tienda de maese Pertiñez?
--Ya se ve que si, y no me espanta que hayais preferido mis navajas, caballero; son unas excelentes navajas cuando yo las uso... nos conocemos hace ya mucho tiempo; el que se rasura una vez en mi casa, de seguro viene ciento.
Y el hombrecillo suavizaba una enorme navaja en un pedazo de cuero negro y lustroso.
--¡Ah! ¿sois vos maese Pertiñez? Pues mirad, nunca lo hubiera creído... me pareceis hombre de bien.
--¡Cómo, caballero de gente honrada vengo, y apellido uso, que mas noble, ni en la córte... los Pertiñez...
--Son indudablemente unas gentes honradas, pero nada importa eso: dejad vuestra navaja que por ahora no pienso ser desollado, y ved donde podemos hablar unas palabras á solas.
Y Aben-Aboo, que no habia pasado dos palmos dentro de la tienda, ató las bridas de su caballo á la celosía, que segun costumbre en esta clase de establecimientos, heredada sin duda de los árabes, servía de cancela, y siguió á maese Pertiñez que le indicaba una pequeña puerta.
--Ya sé para lo que me habeis llamado aparte, caballero, dijo con gran misterio Pertiñez cuando estuvieron dentro de un reducido cuartucho... vaya si lo sé... pero os advierto, que la empresa en que os meteis es difícil.
Aben-Aboo, que tenia mas de un motivo para dar importancia á palabras menos graves que aquellas, se alarmó, pero encubriendo su cuidado, dijo de la manera mas natural del mundo:
--¿De qué empresa quereis hablar, amigo mio?
--¡Bah! todos los señores de Granada estan alborotados, desde que vino ese prodigio; todos, hasta el mismo don Fernando de Válor, hombre que jamás ha puesto los piés en mi casa, y que ha estado hablando conmigo dos horas largas sobre el mismo asunto.
--Pero, ¿de qué prodigio y de qué asunto hablais, mentecato? dijo Aben-Aboo, que era por naturaleza impaciente, y que al oir el nombre de don Fernando de Válor acabó de impacientarse.
--¡Ah! yo creia que veniais por la reina mora.
--¿Por la reina mora? ¿Qué reina es esa?
Miró con asombro el barbero á Aben-Aboo, y luego dijo:
--¿De donde venis caballero?
--Quiero contestaros aunque vuestra pregunta sea importuna. Vengo de las Alpujarras.
--¡Ah! acabáramos: ya no me extraña que vos no conozcais á la reina mora. Y decidme, ¿no era de eso de lo que veniais á hablarme? me alegro, porque asi me ahorrais el trabajo de desesperanzaros.
--Acabemos de una vez, dijo Aben-Aboo ya enteramente perdida la paciencia y alarmado por el misterioso sentido de las palabras de maese Pertiñez. Sepamos claro qué empresa es esa tan difícil, y de qué reina mora se trata.
--Pues señor, la reina mora no es ni mas ni menos, que una famosa comedianta, llamada Angélica, que hace á las mil maravillas de reina mora en una farsa de moros y cristianos, que se ha hecho ya tres veces en otros tres dias de fiesta: y como la tal Angélica gasta unas plumas y una saya de relumbron, que no hay mas que pedir, y tiene una voz de ruiseñor, y llora que da lástima (porque la farsa es muy lastimosa), y es la mas garrida manceba que yo he visto en todos los dias de mi vida, que es mucho encarecer, porque en Granada hay mozas como serafines, han dado las gentes en llamar á la Angélica la reina mora, y los caballeros que gustan de galanteos, y aun los que nunca han andado en ellos, en la empresa de rendir su desvio, que os juro que es empresa mayor y mas difícil que ninguna de las que llevaron á cabo los Doce Pares de Francia.
--Acabarais de una vez, maese, con vuestras impertinencias que me han hecho perder mas tiempo del que quisiera. Vamos á lo que me interesa. Vos cobrais cada tres meses treinta ducados de una casa que poseo en san Miguel.
--¡Qué poseeis! ¡luego vos sois, el señor Diego Lopez!
--Ya habeis oido que asi me nombraba el capitan don Juan.
--Perdonad señor, pero hay en este mundo tantos Lopez y tantos Diegos...
--Bien, quiero perdonaros, pero á condicion de que me habeis de hacer un encargo que me interesa, por el aire.
--Mandad, señor.
--Ireis á mi casa.
--Iré.
--Direis á las gentes que la habitan, que se muden al momento.
Rascóse una oreja, como en muestra de que encontraba sumas dificultades en el negocio, el rapista, y murmuró algunos monosílabos.
--¡Qué! ¿creeis, que no puedo yo cuando guste disponer de mi casa? Creo que esa fue una de las condiciones del arriendo: ademas, que segun me ha dicho Agar mi esclavo, la tal gente no ha traido un solo mueble, sino que se sirven de los mios. De modo, que es lo mas fácil del mundo, que carguen con sus maletas y se vayan á donde mejor les convenga: no he de pasarlo yo mal, alojado en una hospedería, teniendo casa en Granada.
--Y una casa tal como la vuestra; pero es el caso, que la casa está arrendada á personas muy principales: y ya veis que el caso es díficilillo... Cuando se trata de gente noble y rica... tomariánlo á desprecio, me despedirian de mala manera, y vos podriais tener un lance.
--Me importa poco.
--Pero cuando las cosas pueden hacerse yendo por el buen camino, es dislate echar por el malo... si consintierais en darle un plazo siquiera de ocho dias...
--Ni tres.
--Yo os procuraría hospedaje tal, que no os pesase (y el rapista se sonreia maliciosamente), tabique por medio de la Angélica, de la reina mora.
--De alguna mozuela descarada que me ponderais, esperando que os pague bien las diligencias.
--Me injurias, caballero; los Pertiñez...
--Van á concluir á mis manos si sois vos el último de la familia.
--Nada menos que eso, señor, nada menos: pero os ruego que mireis bien lo que me pedis, aunque no sea mas que por el apuro en que me poneis: si supiérais quiénes son vuestros inquilinos...
--Me estan dando ganas de probar por mi mismo lo que haya de terrible en esa gente.
--Y que me place señor Diego Lopez, id vos, y ved... contadme despues si yo tenia razon para negarme, es decir, para poner dificultades... en fin, id vos y contadme.
--¿Tendremos aquí otro misterio como el de la reina mora?
--Sentaos, señor Diego Lopez; sentaos y escuchadme, que por media hora mas ó menos no se descompone ningun negocio.
Sentóse Aben-Aboo, un tanto interesado á su pesar por los misterios del rapista, y este, tomando otra silla, se encaramó en ella, puso sus piés en el primer travesaño, sus codos en sus rodillas y su barba entre sus manos y en esta actitud en que á nada se parecia tanto como á un mono, dijo:
--Hace un año vuestro honrado negro Agar, que venia á mí casa á tomar leccion de vihuela á que era muy aficionado, y para cuyo instrumento...
--Maese, si empezais asi, yéndoos del camino de vuestra relacion por las orillas, y á cada paso, no acabaremos nunca.
--Pues si señor, bien; dejando á un lado, á la orilla, como vos decis, la vihuela, vuestro esclavo Agar, á quien conocí...
--Mi esclavo Agar, exclamó con cólera Aben-Aboo, merecia quinientos azotes por haber pensado en vos para encargaros ningun asunto mio. Lo que yo quiero saber es qué clase de gente vive en mi casa, por qué razon es tan temible como decís y concluyamos.
--Concluyamos: son cinco hombres y dos mujeres: el uno y la una amos: los otros criados: el señor, el amo, es un hombre de cuarenta y mas años, muy rico, muy noble, pero muy altivo: la señora, el ama, es una doncella muy hermosa, segun dicen, y segun dicen tambien muy caritativa y dulce, y tratable y muy cristiana, eso si: dicen que es un ángel. La otra mujer, la criada, es una dueña como de cincuenta años, rezadora y gruñona, con la cara enjabelgada de soliman y las tocas tales y tan almidonadas, que mas que tocas parecen yelmo de encaje en lo tiesas: de los otros cuatro hombres, el mayordomo, el rodrigon, el cocinero y el paje, no hay que hablar: son cuatro demonios á los cuales nunca se les ve la risa. El señor se llama don Alonso de Fuenzalida, la señora doña Inés; la dueña doña Mónica, el mayordomo Rodriguez, el cocinero Cuchillada, el paje Ballestilla y el lacayo Judas.
--¡Pardiez! ¡pues tienen nombres de encargo los criados de mis inquilinos!
--Esto es todo lo que sé de esa familia... por lo demás pagan bien, cuidan de la casa, y tanto que en ella no entra persona viviente y son buenos cristianos.
--¿Con que nadie entra en la casa?
--Nadie; y eso que muchos señores que han visto alguna vez, aunque siempre encubierta á la señora, andan que se desviven por ella, y muchos se la han pedido á su padre... ¡pero ca! yo creo que doña Inés se destina á monja.
--¿Tan recatada anda?
--Como que se pasan meses enteros sin que se la vea ni por una rendija de los miradores: cuando sale á misa, y eso muy de mañana, va cubierta de los piés á la cabeza con un manto, á través del cual el mas lince solo puede verla un ojo, pero un ojo como un sol... eso si... por lo hermoso del ojo, y luego por su andar noble y grave y por su talle y por su apostura, y por una mano que suele asomar bajo el manto, y por la punta de un pié que suele verse bajo la saya, se adivina... que es adivinar, se tiene certeza, de que es hermosa, muy hermosa, hermosísima, y... vamos señor Diego Lopez... vos sois noble, rico, valiente, gallardo y vuestra inquilina es hermosa, honrada, noble y rica... sois mozo... y ella soltera... y ¡qué diablos! si no os empeñárais en echarlos de la casa, y os presentárais como dueño, acaso, acaso...
--¿Y dónde habeis tenido vos ocasion de ver, aunque encubierta, á doña Inés? dijo Aben-Aboo.
--En mi casa tres veces.
--En vuestra casa... ¡Ah! ¡ya! la habeis visto tres veces, y tres veces han representado en el corral los comediantes...
--Eso es. Cuando llegó la compañia de cómicos á Granada, como aquí es donde se han hecho siempre las farsas y los entremeses y los bailes, el autor de la compañia, el buen Godinez, me llamó aparte y me dijo: maese Pertiñez, me han dicho que vos sois el vecino mas honrado del corral; que haceis en él cabeza y que los otros vecinos van por donde vos querais que vayan: ahora bien, segun costumbre, para hacer aquí farsas y otros autos, es necesario pagar tantos reales á la hermandad de las Animas, otros tantos á la Ciudad, cuyo es el corral, y otros á los vecinos por el ruido.--Asi es, le contesté, porque asi era la verdad.--Ahora bien á mas de eso hay que alquilar tablado y tapices y músicos.--Con los músicos corro yo, le contesté.--Corred vos con todo, me dijo; haced que los vecinos nos alquilen las ventanas en un precio arreglado para que nosotros podamos revenderlas al público con alguna ganancia; quedaos con las vuestras que yo os aseguro las podreis alquilar á buen precio, porque la compañía es muy buena y hará ruido, y vos ganareis, y yo ganaré y todos ganaremos.
--¿Sabeis maese que para contestar á una pregunta, hablais mas palabras que las que tiene un misal?
--¿Que quereis? yo no sé dar razon de las cosas sino empezando por su principio, y asi se entera bien el que pregunta y queda satisfecho el que contesta. Como decia, tira de aquí y afloja de allá, ajustamos el negocio el autor de los cómicos y yo; por mis conocimientos, que son muchos, y todos por mi navaja, logré que el hermano mayor de las Animas se contentase con tres reales por cada funcion, que la Ciudad perdonase su parte, y que los vecinos por el ruido y el alquiler de las ventanas no pidiesen mas de veinte reales. En cuanto el trato estuvo hecho, el autor colgó un lienzo con pinturas extrañas y vistosas en la puerta del corral, y el bobo de la compañia, tocando el tambor, se puso á gritar y anunciar al público la primera funcion. Como hacia mucho tiempo que no habian venido á Granada comediantes, se dieron de ojo á pedir aposentos y sitio para las sillas, y aunque el corral hubiera sido como Bibarrambla, tantas sillas vinieron que no quedó lugar para la gente de á pié.--Yo, que al principio vi la bulla, me dije: tengo tres ventanas que vender, las mejores, porque yo he tenido mucha cuenta con que el tablado se haga cerca de mi ventana: si las vendo al principio ganaré mucho menos, pero no si me quedo para lo último cuando ya todo esté vendido: y dicho y hecho; me salió mejor la cuenta de lo que yo esperaba.
--Debeis descender de judios, maese Pertiñez...
--Vos podeis decirme todo lo que querais, señor Diego Lopez, seguro de que no me he de ofender. Pero vamos al asunto: ya era por la mañana del domingo en que habia de hacerse la funcion y como á las siete, he aquí que se encaja de rondon en mi casa Ballestilla, el paje de doña Inés, y me dice que su señora quiere ver la funcion y que cuenta conmigo para que le procure un aposento.--Yo le digo que no hay, que seria necesario pagar mucho para lograr que alguno lo cediese por codicia.--Y no hay cuidado por el dinero, me dice el paje poniéndome un bolsillo en la mano.--Dígole que vuelva pasada media hora á saber la razon y cuando vuelve le llevo á mi primera ventana desde la que puede tocarse casi con la mano al tablado:--Todo esto está muy bien: pero mi señora quiere un balcon.--Aquí no hay balcones.--Ya veo que todas son ventanas, pero habiendo dinero, madera y carpinteros todo puede hacerse.--Consiento y Ballestilla parte como un venablo, y á poco vuelve con carpinteros y madera, y en un santiamen hacen el mirador que habeis visto desnudo á un lado de mi casa: luego le vistió de tapices y he aquí un aposento tan bueno como el del rey. El mirador se hizo en una hora. Entonces yo me dije para mí: hijo de cristiano soy, gusto tengo como el que mas, vendamos la ventana segunda, y hagamos en la tercera otro mirador, y no faltarán muchos de mis parroquianos entre ellos el capitan don Juan Coloma, que me paguen bien y sobradamente por ocupar un puesto en mi aposento: manos á la obra: á la una estaba ya todo concluido y empezó á entrar la gente. Ved ahí como he podido ver tres veces y en mi casa á doña Inés de Fuensalida... ¡y qué talante el de doña Inés...! os aconsejo señor Diego Lopez que antes de dar ningun paso acerca de vuestra casa, os espereis á conocerla.
--Me urge maese, me urge, y no estoy de humor de amoríos ni de galanteos... no me pesa por otra parte que me hayais dado algunas noticias de esa familia; bueno es saber con quien se trata; asi pues ireis y direis á ese caballero...
Interrumpió en aquel momento á Aben-Aboo el rechinar de la puerta de la habitacion en que se encontraban y abriéndose aquella entró un hombre como de veinte y cuatro años con librea de paje de casa noble, y al ver á Aben-Aboo, se quitó respetuosamente su gorra.
--¡Ah! ¡mil perdones! dijo, yo creia que estábais solo, maese Pertiñez.
--¡Ah! es el buen Ballestilla, dijo el barbero; que me place. Se no os venís como llovido del cielo; he aquí al señor Diego Lopez, el dueño del palacio que habitan vuestros amos: y que en este momento...
Ballestilla interrumpió providencialmente al barbero cuando este iba á decir, por quitarse el muerto, la pretension de Aben-Aboo de que sus inquilinos dejasen la casa.
--¿Vuesa merced es el señor Diego Lopez? dijo acreciendo en cortesanía Ballestilla: pues me alegro, si ciertamente.
--¿De qué os alegrais mozo? contestó con secatura Aben-Aboo.
--Me alegro porque el encontraros aquí me escusa de buscaros.
--¿De buscarme? ¿y quién os manda buscarme?
--Mi señor don Alonso de Fuensalida.
--¿Y para qué me quiere vuestro señor?
--Esta carta que me ha dado para vos os lo dirá, señor, contestó Ballestilla sacando del bolsillo de sus gregüescos una carta.
Tomóla Aben-Aboo, rompió el sello blasonado de la nema, en la cual se leia: «Al señor Diego Lopez de un su amigo», desdobló el pliego y leyó lo siguiente:
«Amigo mio: permitidme que os trate con esta confianza, aunque no os conozco, y que sabiendo que acabais de llegar hoy á Granada, me apresuro á ofreceros en vuestra casa, en la cual con vuestra licencia vivo, el aposento que os tengo preparado. Cómo sé que habeis venido, y las sencillas razones que me aconsejan pediros vivais en nuestra compañia, las sabreis si, como espero, consentís en honrarme acompañándome hoy á la mesa. Dios os guarde. De Granada á 19 de diciembre de 1568.--vuestro amigo don Alonso de Fuensalida.»
Quedóse absorto con aquella novedad imprevista Aben-Aboo. Indudablemente aquel era un dia para él de singularidades. Prudente por naturaleza y conocedor por experiencia de que nada que tenga visos de singular debe desatenderse por quién como él se encontraba en una de las situaciones mas delicadas en que puede encontrarse un hombre, plegó lentamente la carta, y dijo á Ballestilla.--Decid á vuestro noble amo, mozo, que he recibido su carta, que he apreciado en lo que valen sus palabras, que no le contesto por escrito por no deteneros, y detener con vos la expresion de mi agradecimiento y que tendré el placer de comer con él en su compañía segun me dice lo desea.
--Tendré la honra de decirlo asi á mis señores, señor hidalgo. Mis señores se sientan á la mesa á las doce.
--No faltaré.
--Permitidme que diga dos palabras á maese Pertiñez.
--Decidle cuantas gusteis.
Ballestilla sacó de su bolsillo una bolsa de seda y la entregó al barbero.
--A las dos, ya sabeis, le dijo, tened dispuesto el aposento, poned una silla mas: es decir tres sillas.
--No haré falta, señor Ballestilla.
--Y adios señor hidalgo, añadió el paje inclinándose profundamente ante Aben-Aboo; adios maese Pertiñez.
Y se dirigió á la puerta volviéndose antes de salir para saludar otra vez á Aben-Aboo.
--¿Y deciais, exclamó el morisco cuando quedó solo con el barbero, que los servidores de ese don Alonso de Fuensalida eran zafios y montaraces?
--Es la primera vez que veo al señor Ballestilla cortés y comedido. Pero á propósito de lo que estábamos hablando antes de que llegase, ¿qué os decia yo..? es bueno esperar para ver... os convidan á comer... ¡bah! de seguro que de este convite salen muchas cosas.
--Por lo pronto sale una que me contraría en extremo.
--Sepamos: ya podeis haber conocido que yo sé hacer milagros.
--Pues ved si lograis hacer uno que necesito, aunque me parece difícil.
--Veamos.
--Decís que ese caballero es muy rico.
--Si por cierto.
--¿Viste con esplendidez?
--Terciopelos y brocados, y una cruz de Santiago de diamantes y rubíes lleva con mucha frecuencia, que vale un tesoro.
--Pues ved ahí que yo no puedo presentarme en casa de hombre tan principal y á primeras vistas con mi vestido de camino, ni con este coleto usado que llevo bajo el coselete: necesito gorra, jubon greguescos, calzas, zapatos, todo rico y bueno: hasta espada y daga: diablo.... diablo.... necesito vestidos riquísimos, y nada traigo conmigo mas que dinero y camisas limpias.
--Pues me parece que el milagro lo tenemos hecho y á poca costa.
--¡Cómo! ¿habrá un sastre que haga en dos horas esas prendas? ¿habrá un armero en Granada que tenga daga y espada como las que yo necesito?
--Estoy mirando que sois de la misma estatura y de las mismas carnes que un amigo vuestro que no está lejos y que por mas señas está ahora mismo alborotando por ciento.
--¡Cómo! ¿el capitan don Juan Coloma?
--Ciertamente. El os puede proveer de cuanto necesitais y asi como asi le haceis un favor.
--Don Juan es un loco, que jamás posee un escudo y fuera maravilla que tuviera prendas como las que necesito.
--Don Juan es un hombre de suerte: es cierto que gasta como el fuego; pero cuando ha gastado su último real he aquí que sin saber como, se le vienen mil á las manos. Ademas es jugador y le sucede como á todos los jugadores: arca llena y arca vacía; cuando tiene una buena entrada provee sus armarios, y se presenta relumbrante como el marqués de Mondéjar en los dias de córte, ó como don Fernando de Válor en cabildo; llega un apuro y los brocados y los cintillos y hasta el caballo, vuelan: de la hostería de la Cruz se viene á vivir á la hospedería del Carbon y hace su gasto diario con dos reales que yo le presto. Nunca ha llegado á deberme treinta; siempre antes de los quince dias me paga, y se vuelve á la hostería de la Cruz; ya sabeis en la plaza nueva, frente al palacio de la Chancillería.
--¿Y ahora os debe?.
--Veintiocho reales.
--Lo que demuestra que antes de apelar á vos habrá vendido todas sus prendas.
--No por que de esta vez está enamorado. Asistiendo en mi aposento, en el aposento que como os he dicho, he reservado para mis amigos y para mí; vió á doña Inés, la hermosa hija de Alonso, y se enamoró perdidamente de ella. Tenia algunos doblones y los gastó en brocados, tres ó cuatro vestidos completos, tres ó cuatro juegos de espada y daga. Ya se ve, queria estar galan por que las galas para las mujeres son las dos partes, y el hombre la una. Con que, vamos, vamos al asunto que es ya tarde, tengo que hacer poner los tapices en los aposentos, y no hay tiempo que perder. Oid: ya se marchan los cómicos para irse preparando para la funcion. Procuraremos que don Juan no se nos marche con ellos.
Y abriendo la puerta salió y asió por el coleto al capitan, que se iba en pos de una turba de músicos y farsantes, que salian de la tienda con las vihuelas debajo del brazo.
--¡Eh, señor don Juan! perdona, le dijo, pero vuestro amigo el señor Diego Lopez os necesita.
--Yo creí que no acababais nunca, y estaba resignado á verle en mejor ocasion, porque creo que el señor Diego Lopez será de los nuestros esta tarde.
--No lo sé; aunque creo que le tendremos vecino: pero venid.
El capitan entró y Aben-Aboo le salió al encuentro.
--Necesito pediros un favor, señor marqués, le dijo.
--Cuantos querais amigo mio. ¡Diablo! á fe á fe que no esperaba yo nunca tener la fortuna de favoreceros: ¿se trata de algun desafio? ¿de algun empeño de honra? pues adelante á pesar de las pragmáticas del rey y del capitan general de la córte y reino de Granada.
--No, no se trata de eso.... tened la bondad de dejarnos solos maese Pertiñez.
--¡Que vanidosos son estos señores! dijo el barbero saliendo: y al fin y al cabo en mas de una ocasion tienen que acudir á mí.
--Se me atraviesa un compromiso infernal, don Juan, dijo el morisco cuando se encontraron solos: yo me habia venido de mi retiro de Cádiar á la ligera, sin pensar en que tuviera que necesitar nada, y he aquí que me hallo en gran apuro.
Púsose encarnado hasta lo blanco de los ojos, el marqués.
--¡Diablo! ¡diablo! si fuera de noche y tuviéramos una hora de espera y un solo escudo, yo tengo una suerte insolente al juego: solo que no juego sino cuando me es de todo punto necesario dinero: el juego es un robo, si, pardiez.... y.... vamos.... no podiais haber llegado á peor ocasion; no tengo un maravedí, me podeis creer á fe de caballero, y lo que mas me pesa es que podais creer que me niego cuando.... pues.... ¡Satanás me asista..!. he aquí un compromiso mayor que el vuestro.
--¡Con que no teneis dinero!
--Esas cómicas se han bebido y se han comido mi último real de á ocho.
--¡Oh! pues ved ahí que no es dinero lo que me hace falta.
Respiró recio como si le hubieran quitado una montaña de encima al marqués.
--¿Pues si no necesitais ni espada ni dinero, que quereis de mi?
--Quiero que en el momento me vendais uno de vuestros mejores vestidos, una daga y una espada de córte.
--¡Acabáramos! me habeis dado un mal rato: esto es distinto: voy á buscar á mi lacayo Peralvillo, y al punto teneis aquí lo que querais.
--Esperad un momento; vos teneis lo que yo necesito y yo tengo lo que vos necesitais;
--¿Que quereis decir? exclamó el marqués poniéndose de nuevo encarnado como una guinda.
--Quiero decir que hace mucho tiempo que nos conocemos, para poder tener entera confianza el uno respecto al otro. Ademas que recuerdo que nos conocimos por haberme vos salvado la vida en una riña. ¿Os he ofrecido yo oro por la vida que me disteis?
--¡Bah! no hablemos de eso. Ahora bien: tomad de mi lo que habeis menester; mejor dicho: tomad lo vuestro por que vuestro es todo lo mio, y adios.
--Ya sabeis que yo soy firme en sostener lo que digo.
--Si á fe.
--Pues os afirmo que si no aceptais el precio de esas prendas que necesito no uso de ellas.
--Esto es ponerme entre la espada y la pared, amigo Lopez.
--Esto os lo digo para que sepais, que me interesa en gran manera tener antes de poco esos vestidos y esas armas; que no cediéndomelos por su valor, no los tomo, y que obligándome á no tomarlos, me poneis en un caso apuradísimo.
--Con vos no hay medio. Sea. Quedad con Dios. Ya hablaremos de eso.
--No, ha de ser ahora. Estoy seguro, de que una vez esas prendas en mi poder, huiriais de mí para no tomar su importe, con mas cuidado que de un acreedor judío.
--Lo que molesta debe terminarse pronto. Os conozco y veo que con vos no hay escape. Me debeis treinta doblones, que os juro recibir otro dia.
--No me gusta deber. Hé aquí los treinta doblones.
Y Aben-Aboo sacó de la bolsa que habia recibido á nombre del poderoso emir de los monfíes de las Alpujarras, una cantidad en oro equivalente á la suma que habia marcado, el marqués.
--No os perdonaré nunca este sonrojo, dijo este guardando con embarazo y sin mirarla, la suma que Aben-Aboo habia puesto en su mano. Es la mayor prueba de amistad que podia daros. Adios pues; ¿en donde os busca mi lacayo?
--Aquí mismo en la hospedería.
--Pues adios.
--Adios, señor marqués: hasta la tarde.
--El marqués salió apresuradamente y Aben-Aboo salió tambien de la tienda murmurando:
--¡Que noble y que franco! ¡Lástima que sea cristiano!
CAPITULO V.
De lo que vió y oyó Diego Lopez en el poco tiempo que estuvo en la hospedería del Carbon.
Entre tanto maese Pertiñez, contento con haber salido del atolladero en que le habia puesto la pretension de Aben-Aboo, habia conducido á este á la hostería y recomendándole para que le diesen uno de los mejores aposentos.
Subiase á la hostería por una escalerilla situada en uno de los ángulos del corral, escalera que tenia y aun tiene ciertos resabios moriscos, y al desembocar de aquella escalera, se entraba por una puerta ennegrecida, que al abrirse hacia sonar una campana en un corredor largo y tortuoso, iluminado por unas altas lucanas desprovistas de vidrios, por las cuales entraban el viento la lluvia ó el polvo segun era la estacion ó el estado atmosférico. De la misma manera que sobre la puerta de entrada estaba escrito con letras bárbaras: «Hostería del Carbon», habia sobre las de los aposentos situados á derecha é izquierda enormes números que seguian una correlacion casi infinita. Antes de llegar á otra puerta donde se leia la palabra «cocina» y despues de muchas vueltas y revueltas, habia contado Aben-Aboo, ó por mejor decir leido hasta el número cincuenta y nueve. La numeracion seguia, pero maese Pertiñez se entró de rondon en la cocina.
Rey de aquel departamento, en medio de una atmósfera cálida y grasienta, habia un hombre alto flaco, vestido de una manera ordinaria, y constituyendo la mitad de su traje un enorme gorro blanco, y un mandilon del mismo color que le cogia de alto á abajo por delante, y que no estaba tan limpio como hubiera sido de desear: aquel hombre cuando entraron Aben-Aboo y el barbero empuñaba una cacerola, y hacia andar de prisa, en una actividad increible, á cuatro marmitones que se ocupaban de faenas culinarias, en derredor de un inmenso fogon, enteramente cubierto de tarteras, ollas y sartenes. Hervian los unos, chirriaban las otras, desprendiase del todo un olor indefinible, y una niebla de humo velaba aquel conjunto, capaz por sí mismo de dar hastío á un hambriento.
Al ver entrar á maese Pertiñez en su habitacion principal, en su sala de honor, por decirlo asi, con un jóven del aspecto de Aben-Aboo, el hombre de la cacerola entregó la que tenia en la mano á un marmiton, y adelantó hácia los recien llegados luciendo en sus labios la noble sonrisa del cocinero y del hostalero á quien se presenta un huésped, y
--¿En que puedo servir á vuesamerced? dijo prescindiendo enteramente del barbero, á quien trataba como cosa de la casa.
--Este caballero, dijo Pertiñez, necesita vivir en vuestra casa, únicamente hasta las doce del dia.
Secóse, por decirlo asi, la sonrisa en el semblante del hostalero: eran ya las diez.
--Lo que no importa, añadió Pertiñez, porque el conocimiento con un hidalgo tal como el señor Diego Lopez, es siempre un conocimiento que vale mucho.
Volvió á la boca del hostalero la mitad de la sonrisa que habia desaparecido de ella, y se inclinó de nuevo.
--Siento mucho, muchísimo, que....
Aben-Aboo le interrumpió impaciente.
--En fin, dijo: ¿no teneis un aposento donde meterme? Poco os importe el tiempo; figuraos que he vivido en el un mes, que he comido todo lo que teneis en la despensa, y poned la cuenta.
--No no lo digo por tanto, contestó apresuradamente el hostalero, si vuesamerced me hubiera dejado concluir, hubiera oido que lo que siento mucho muchísimo, es no poder dar á vuesamerced aposento tal como el que merece: con la multitud de hidalgos que han venido á las pascuas que se acercan, y la compañía de comediantes del señor Godinez....
--Bien, bien; pero tendreis un aposento cualquiera.
--Si señor, el número sesenta y siete. ¡Diablo! ¡diablo! un aposento oscuro, donde es necesario tener luz encendida á todas horas si se ha de ver algo.
--No importa; llevadme á ese aposento y concluyamos.
Era tan concluyente el mandato, que el hostalero, tomó dos bugías de sobre un anden donde habia otras muchas, encendió la una, y tomando una única llave de una larga espetera, llave que estaba colocada bajo un número sesenta y nueve, salió precediendo á Aben-Aboo y á Pertiñez.
A penas se habian aventurado en el corredor cuando se oyeron pisadas de mujer, fuertes, como de buena moza, acompañadas del crugir de una falda de seda.
--Alto, dijo con un acento malicioso é insinuante maese Pertiñez; alto, señor Diego Lopez; el corredor es estrecho y será bien que nos hagamos á un lado para que pueda pasar su magestad la reina mora.
--¡Ah! ¡sois vos! maese rapista, dijo una mujer que llegó á punto y cuyo semblante al reflejar en el la luz del hostalero, deslumbró á Aben-Aboo por lo extraordinariamente hermoso; Dios os guarde, amigo mio; y á vosotros tambien, señores; y decidme, que tengo curiosidad de saberlo: ¿os han mandado poner ya las celosias en el aposento aquel que está cerca del tablado...? hablo de aquel aposento que tiene unos reposteros de terciopelo franjado tan ricos.
--¡Ah! ¡ah! allí sin duda debe ocultarse algun enamorado de vos, que no quiere acaso que le vean palidecer ante vuestra hermosura, y sufrir y palidecer.
--O alguna enamorada: me han dicho que en aquel aposento, han entrado una mujer y un caballero.
--¡Ah! ¡ah! os han dicho...
--Y como soy curiosa, quiero que me digan mucho mas, señor Pertiñez; por lo mismo os espero en mi aposento. Número 13. Con que hasta luego. Adios señor hidalgo, añadió dirigiéndose á Aben-Aboo, á quien durante su corto diálogo habia mirado con una extraña insistencia. Adios, maese Briviesca, añadió dirigiéndose al hostalero.
Y se alejó ligera y gentil, casi corriendo, entonando con una voz de ruiseñor una copla de entremés.
--La mejor ave de mi casa, exclamó Briviesca, pero dura de desplumar como un grajo.
--¡Oh! la cómica mas hermosa que ha desplumado hidalgos exclamó el barbero.
--¡Ah! ciertamente que es una mujer hermosísima, dijo con un acento particular Aben-Aboo: ¿Y la llaman la reina mora?
--Ya, ya vereis esta tarde como la aplauden, repuso el barbero.
--Hemos llegado al número sesenta y nueve, dijo Briviesca dando vuelta á la llave de una puerta.
Entraron en una especie de zaquizami, en uno de cuyos ángulos habia un fementido lecho: completaban aquel mueblaje de posada una mesa mugrienta, dos sillas distintas en forma, aunque iguales en lo viejas y media luna de espejo en un marco negro...
--Esto es indigno... lo conozco, dijo Briviesca.
--Esto es muy bueno, dijo Aben-Aboo: haced que suban mi maleta y que me traigan agua para labarme. Vos, maese Pertiñez, venid despues á afeitarme. Por ahora dejadme solo.
--Y decís bien; aunque me hubiérais necesitado en el momento, os hubiera suplicado me dejaseis libre para ir á ver que me quiere la reina mora.
--¿Quiere algo mas vuesamerced? dijo Briviesca.
--No, únicamente mi maleta que está en mi caballo á la puerta de maese Pertiñez, y una taza de caldo de gallina.
--¿Y vino?
--No bebo vino, ¡ah! maese Pertiñez: haced que cuiden á mi caballo.
--Muy bien; descuidad por vuestro caballo.
--¡Ah! si viene preguntando á vuestra casa por mí el criado del capitan...
--Por supuesto, le enviaré. Que Dios os guarde.
--Yd con Dios.
A penas se quedó solo murmuró Aben-Aboo, obedeciendo al encendido recuerdo que le habia dejado la comedianta:
--¡Por la piedra negra de la santa Kaaba, que todos los dias de mi vida no he visto una mujer tan hermosa! ¡La reina mora! es singular.
Pero dejando á Aben-Aboo entregado á tales pensamientos, que nada tenian de extraños en quien como él solo contaba veintidos años, edad en la que el pensamiento, por graves que sean sus cuidados, pasa con facilidad de uno á otro, sigamos aunque nos salgamos del epígrafe de este capítulo, á maese Pertiñez que adelantaba con tanta prisa como era su curiosidad, hácia el aposento número trece donde decia vivir la reina mora.
Tenia ademas en esto un grave interés el rapista: un interés puramente pecuniario; el interés que tiene por hacer un buen negocio un corredor de amores.
Era el caso que don Fernando de Válor, ó Aben-Humeya, como mejor queramos, en el momento en que en la primera representacion de la compañía de cómicos se habia presentado en la escena Angélica, se habia enamorado de ella. Al concluir la primera jornada, don Fernando, segun costumbre admitida en aquel tiempo, habia ido á la puerta del apartado donde se vestian las cómicas, solicitando entrar para saludar á la dama. Pero Godinez, que era al parecer un hombre como de treinta á cuarenta años, cegijunto, enérgico, y un si es no es altivo, le dió con la puerta en las narices diciéndole: que en su compañía no estaban en uso aquellas costumbres y que las damas tenian casas donde ser visitadas.
Don Fernando, pues, se volvió, echando ternos inútiles, y hubo de contentarse con arrojar á Angélica el joyel de diamantes de su gorra, en el momento en que el entusiasmo público enviaba una salva de aplausos á la comedianta.
Al dia siguiente, se presentó en la hospedería, preguntó por el número de la habitacion de la dama y sabido este llegó á la puerta y llamó. Abrióle una doncella, que contestó á la cortés demanda de don Fernando, con que su señora estaba enferma y no podia recibir á nadie.
Don Fernando, que iba preparado á todo evento, entregó á la doncella un billete perfumado de que iba provisto y se retiró.
El billete que habia dejado Aben-Humeya contenia las palabras siguientes:
«Hermosa señora: soy el caballero que tuvo el placer de ofreceros ayer tarde su homenaje de la manera que pudo, arrojando á vuestros piés el joyel que llevaba sobre su cabeza. Hoy ha venido á poner á vuestros piés su corazon, que espera levanteis hasta unirle con el vuestro. Si hoy, por un acaso, no puedo veros, os suplico me digais, contestándome, á que hora podré veros mañana.--Quien os adora por hermosa y discreta: don Fernando de Válor.»
Al volver don Fernando á su casa despues de otros quehaceres, encontró sobre su mesa, una preciosa caja de oro cincelada, con guarnicion de piedras preciosas, y junto á ella un billete. Llamó á su lacayo y este le dijo que aquellas dos cosas las habia traído una doncella.
El billete contenia estas brebes palabras:
«Señor don Fernando de Válor: ignoro si la joya que os devuelvo es la misma que ayer me arrojasteis á la escena rindiéndome un homenage: como no he encontrado papel á mano para envolverla, os la envio dentro de una caja, que encontré tambien á mis piés, no sé de quien, y que recogí, porque las cómicas nos vemos obligadas á hacer delante del público, lo que como mujeres nunca hariamos. Si habeis creido que con ese joyel pagabais la entrada en mi aposento particular, como por algunos maravedises habeis comprado el derecho de juzgar de mi escaso ingenio, os habeis engañado. Mi aposento no se abre con oro. Mi corazon necesita de mas noble llave para abrirse. Perdonad si os he ofendido, obrando no como una dama de comedias, sino como quien soy.--Vuestra servidora.--Angélica, la comedianta.»
Hombre de mundo á pesar de su juventud don Fernando, creyó que la comedianta adoptaba aquella posicion digna y á todas luces mas noble, para hacerse mas preciosa, y se obstinó, apuró cuantos medios se conocen para obtener una cita de una mujer, y ya desesperado, se dirigió á maese Pertiñez, que tenia una tremenda fama de corredor experimentado. Ofrecióle oro á montones si le ayudaba á rendir aquella fortaleza, pero en vano, aunque obraba con toda la fuerza y á toda la altura de su codicia excitada, pretendió hablar á solas con Angélica: como maese Pertiñez era una especie de omnipotencia en al corral del Carbon y en la adjunta hostería tuvo mil veces ocasion de estar al lado de Angélica; pero esta jamás se encontraba sola: jamás habia podido el rapista decirla una sola palabra del asunto. Se concibe, pues, con cuanta ansia iria á la cita que de una manera tan inesperada habia recibido de la comedianta.
Llamó, latiendole el corazon de esperanza, esperanza que se refería á los doblones que debia recibir, si el negocio se llevaba á cabo, de don Fernando de Válor, y al punto que llamó se abrió la puerta. Era Angélica en persona.
--Entrad, entrad, maese, le dijo, tengo que preguntaros muchas cosas.
Pertiñez, restregándose las manos de alegría, atravesó, siguiendo á la comedianta, dos habitaciones y entró en una inundada por un hermoso sol de medio dia y tan ricamente alhajada como hubiera podido estarlo la de la dama mas principal.
Pertiñez abrió tanto ojo: aquellos muebles á todas luces no pertenecian á maese Bribiesca, que era miserable y raquítico con sus huéspedes.
--¡Ah! ¡ah! exclamó el rapista: ¿sabeis, señora, que debe de llevaros un sentido por todo esto ese ladron de Bribiesca?
--¡Ah! dijo Angélica, no os he llamado para eso: sentaos.
Y le señaló un magnífico sillon.
--Pero ved, señora, que voy á dejar inservible este hermoso terciopelo de Utrech.
--¿Y que os importa? dijo con impaciencia la comedianta.
--¡Ah! ¡ah! los barberos nos estamos restregando continuamente con toda clase de vichos grasientos: ¡qué vida la nuestra!
--¿Me vais á contestar en verdad á lo que os pregunte maese? le dijo Angélica sin escuchar sus últimas palabras.
--Os contestaré á todo lo que querais y á mas de lo que querais, hermosa señora, contestó el rapista.
--Decidme, continuó Angélica, inclinándose hácia Pertiñez, sobre uno de los brazos de su sillon, y con el acento ardiente y ansioso: ¿por qué está cubierto con celosías el primer aposento del lado derecho de la escena?
--¡Ah! eso es lo que no podré deciros: por un capricho: lo que sé es que quien ha tomado ese aposento tiene licencia de la Inquisicion y de la Chancillería para tenerle cerrado.
--Bien: ¿pero me podreis decir quienes son las personas que ocupan ese aposento?
--Las personas son un hombre y una mujer.
--¡Ah! ya sabia yo que habia por medio una mujer; no me habia engañado.
--Y, permitidme, señora, dijo sonriendo sutilmente el hombrecillo, si me entremeto en lo que no debo: ¿qué razones teneis para pensar que haya una mujer tras de las celosias?
--Tengo tres razones poderosas, tres razones de mucho valor que hablan por mí. Vais á ver.
Angélica se levantó, fué á una especie de secreter de ébano, marfil, concha y plata, le abrió y sacó de él un cofrecillo, con el cual fué á sentarse en el sillon: cuando abrió aquel cofrecillo, se deslumbró el barbero, y sus ojos casi se saltaron de codicia: tal le habian deslumbrado las joyas que en el cofrecillo se encerraban.
--Escuchad, dijo Angélica y como si nada la interesasen aquellas joyas; vos habeis visto la comedia que hacemos.
--¿Pues no he de haberla visto? contestó maquinalmente el rapista que no quitaba ojo de la pedreria.
--¿Recordais el momento en que Xarifa, la reina mora, jura vengar la muerte de su padre el rey Mirtilo?
--¡Oh! ¡vaya! como que se hunde el corral aplaudiendo; como que dais miedo, señora; tan al vivo lo haceis.
--Pues bien, me arrojaron confitura, llenaron la escena de gorras y toquillas, y en medio de todo esto ¿qué diriais que cayo á mis piés?
--¡Oh! ¿quién sabe, señora?
--Pues bien, cayó este collar. Y la comedianta asió por un extremo su magnífico collar de gruesas perlas con broche de brillantes y le levantó ante los ojos admirados del barbero.
--¿Y estais segura de que esas perlas y esos diamantes son finos?
--¡Que si estoy segura! este es un collar de reina; este collar vale un tesoro.
--¿Y no sabeis quien pueda haber sido...?
--Mientras devolvia al patio, segun costumbre, gorras y toquillas, miré ansiosamente á todas partes: deseaba conocer á la mujer que se habia desprendido por mi de tanta riqueza: yo habia recibido aquel collar como hubiera recibido una bofetada: con cólera: este collar era para mí un insulto... la mujer que me lo enviaba, solo habia tenido por objeto humillarme... vos no conoceis á las mujeres, añadió Angélica comprendiendo la estúpida expresion de asombro que se pintaba en los ojos estraordinariamente abiertos del maese: si; quien me arrojaba este collar, quien me decia sin palabras: «toma y deja de ofrecer tu hermosura y tu ingenio á la soez admiracion del vulgo,» era sin disputa una mujer enemiga mia, que me dispensaba una proteccion humillante; sin embargo no vi ninguna dama, aunque las habia hermosas y bien prendidas, que pudiese hacerme sospechar que era la dueña de esta joya: las mujeres lo conocemos esto con una sola mirada: pero habia un aposento cerrado con celosías... tras aquellas celosias debia estar mi enemiga: si, mi enemiga, y en efecto en aquel aposento habia una mujer.
--Si sabiais que la habia ¿á qué me habeis preguntado?
--Os diré; mientras estuve dentro, antes de que se acabase la funcion, encargué á un comediante que procurase informarse de qué personas habia en el aposento misterioso: cumplió su encargo y me dijo que habia visto salir un caballero de estado y una dama, pero enteramente cubierta con un manto. Despues para asegurarme mas me dijo que no estaba seguro de si la dama encubierta habia salido ó no del aposento cerrado, porque habia mucha gente y se habia confundido: pero me aseguró que de todas las damas que habia visto solo aquella llevaba manto.
--¡Desesperarse porque sin duda la admiracion de una gran señora os ha ofrecido un hermoso regalo...!
--¿Qué entendeis vos de esto? dijo con impaciencia Angélica. Dejadme seguir porque os cuento únicamente esto para que me ayudeis en mis sospechas para que las aclareis, si es preciso: me vi obligada á esperar otra funcion: en efecto el domingo siguiente, cuando el público me aplaudia con frenesí, yo, que tenia fijos los ojos en el aposento de las celosías vi abrirse una de estas, asomar una blanquísima mano de dama y arrojar á mis piés este brazalete.
Y Angélica mostró á maese Pertiñez, cuyo estupor crecia, una segunda y riquísima joya.
--Ya no podia tener duda, continuó la comedianta, de que en aquel aposento estaba la dama que se atrevia á insultarme. Tenia preparado como en la funcion anterior quien la siguiese, y aquella tarde fue seguida. Al volver el comediante encargado de seguirla, me dijo que del aposento de las celosías, acompañada de un caballero de mas de cuarenta años habia salido una dama cubierta con un manto de terciopelo. Que habia entrado en una litera y que rodeada de muchos criados, habia ido á una casa grande y principal en el Albaicin, junto á la parroquia de San Miguel. Encarguéle que se informase de quien era aquella dama, y solo pudo decirme que se llamaba doña Inés de Fuensalida, que salia muy poco, y siempre cuidadosamente encubierta, y por último que iba todos los dias al amanecer á la primera misa á San Miguel. Irritada de que mi emisario no supiese darme mas claras noticias, ansiosa de conocer por mi misma á aquella mujer, me levanté al dia siguiente antes de que fuese de dia, y me fuí á la iglesia de San Miguel á esperar á esa dama tan misteriosa: al fin al segundo toque de la misa de alba, entró una dama tapada, y aunque su andar y sus maneras no me eran desconocidas, no pude verla el rostro: he procurado corromper á sus criados y los he encontrado incorruptibles: por último, en la tercera función recibí un nuevo ultrage, viendo á mis piés estas arracadas que valen tanto como cualquiera de las dos joyas.
--¿Y nada habeis podido averiguar mas claro?
--No. He sabido, si, que vos sois el que cobra los alquileres de la casa en que esas gentes viven; que esa casa es de un morisco...
--Si, si por cierto, del señor Diego Lopez á quien conoceis.
--¡Qué yo conozco al señor Diego Lopez! dijo palideciendo Angélica.
--Si por cierto, es el hidalgo á quien encontrásteis conmigo en el comedor, y á quien habéis saludado hace un momento.
--¡Ah! ¡ese jóven moreno, pálido, de ojos negros, es Aben-Aboo! exclamó profundamente pensativa Angélica.
--Si, si señora; asi le llaman los moriscos, del mismo modo que llaman á don Fernando de Válor Aben-Humeya.
--¡Aben Aboo! ¡Aben-Humeya! repitió Angélica.
--Y si supiérais, dijo envistiendo de frente el rapista, cuán loco, cuán enamorado por vos está don Fernando de Válor.
--¡Qué está enamorado de mí!
--Cómo que me ha ofrecido no sé cuantas riquezas, si consigo de vos que le permitais hablaros una sola vez.
--¡Ah! murmuró Angélica; y reponiéndose, añadió: hablemos de la dama: vos cobrais los alquileres de la casa donde vive.
--Es verdad; pero jamás paso de un aposento del piso bajo, donde me recibe y me paga el mayordomo.
--Vos habeis revendido ese aposento cerrado á esa familia.
--Es verdad.
--Debeis, pues, haber visto á esa dama.
--Si, pero cubierta con el manto.
--¡Oh! ¿y no habéis tenido curiosidad?
--Si por cierto: pero cerraban por dentro con llave la puerta del aposento.
--De modo que no la conoceis.
--Ni mas ni menos que vos.
Golpeó impaciente Angélica el pavimento con su pequeño pié.
--Pues yo necesito ver frente á frente á esa mujer, dijo.
--Lo creo, murmuró el rapista, no encontrando otra cosa mejor que contestar á la comedianta.
--Y es que vos me vais á procurar que la conozca.
--¿Y cómo?
--Buscando una llave que sirva para abrir la puerta del aposento.
--¿Estais en vos?
--Sé que os pido un gran servicio, pero os lo pagaré.
--¡Cómo!
--Dándoos una carta de cita para don Fernando de Válor.
Alegróse en lo íntimo de sus entrañas el barbero, pero se mantuvo firme.
--Me pedís una cosa muy arriesgada para mí, señora. Yo puedo proveeros, á cambio siempre de esa cita con don Fernando, de un medio mejor y menos expuesto; porque al fin, si os doy la llave y entrais, y esa dama no es la que creeis...
--¿Y qué medio es ese?
--El señor Diego Lopez Aben-Aboo, dijo con acento de misterio el barbero, está convidado á comer con ella, y va á vivir en su propia casa.
--Esa mujer será capaz de comer con antifaz, y de hablar á oscuras con Aben-Aboo. La llave, la llave, maese Pertiñez, y por la llave del aposento de esa mujer, os doy una cita al mio para don Fernando de Válor.
--¡Dádmela!
--Cuando me hayais entregado la llave.
--Pues dentro de una hora.
--Pues hasta dentro de una hora.
Pertiñez salió contando ya en su imaginacion los brillantes doblones, que esperaba recibir de Aben-Humeya á cambio de la cita de Angélica, y esta se quedó murmurando:
--¡Aben-Humeya! ¡Aben-Aboo! ¡el uno me solicita loco de amores, y el otro ha palidecido al verme por la primera vez! Creo que al fin encuentro el principio de mi camino.
CAPITULO VI.
En que continúa un asunto suspendido en el anterior.
Aben-Aboo se paseaba impaciente en el chirivitil, donde le habia establecido maese Bribiesca: habíanle llevado el agua, el caldo y la maleta; se habia lavado y mudado de ropa blanca, pero ni maese Pertiñez se habia presentado á rasurarle, ni el lacayo del marqués de la Guardia, el aun para nosotros desconocido Peralvillo le habia traido el trage anhelado.
Aben-Aboo impresionable, como todos los hombres de la raza de que era hijo, tenia en la cabeza un hervidero de impresiones tentadoras; un volcan en una palabra; pensaba á un tiempo en Aben-Humeya, que le arrancaba la corona con que habia soñado; en la Dama blanca de la montaña, en la inquilina de la casa de San Miguel, y por último, flotante como una nube blanca y transparente sobre un celaje ennegrecido, la magnífica mujer, la cómica, que habia visto un momento al reflejo de la luz de maese Bribiesca en el oscuro corredor de la hosteria.
Eran estas bastantes impresiones para que el jóven estuviese profundamente preocupado, pasando de la una á la otra en un continuo torbellino, uniéndolas á veces como si fueran partes de un solo cuerpo, como si hubiese entre aquellas mujeres una relación extraña.
Demasiadamente excitado su cerebro, empezó á embrollarse su pensamiento y el oscuro chirivitil en que se encontraba á dar vueltas en torno suyo. Se sentó para dominar aquella especie de vértigo, en una de las sillas que estaban arrimadas á la pared, y permaneció inmóvil procurando dominar sus pensamientos.
De repente oyó ruido en el aposento inmediato como de abrir una puerta; luego la voz de dos personas que hablaban con interés.
De seguro que Aben-Aboo no hubiera reparado en aquello mas que en cualquier otro incidente vulgar y de poca monta, si la conversacion de aquellos dos hombres no le hubiera llamado vivamente la atencion por algunas palabras para él demasiado interesantes.
--Os digo, os repito, decia una voz que acentuaba perfectamente el castellano, que don Fernando acabará por perderse.
--¡Bah! dijo otra voz que tenia, aunque levísima cierto acento extranjero; y ¿qué os importa á vos Cisneros, que Aben-Humeya se pierda ó se gane?
--¡Oh! mas de lo que os parece, señor Godinez, os he traido á este aposento apartado porque aquí nadie puede oirnos ¿sabeis lo que ha hecho don Fernando de Válor?
--Alguna cosa como suya, dijo Godinez.
--Una atrocidad: ya sabeis que es regidor perpétuo de la Ciudad.
--¿Y quién no lo sabe?
--Pero no sabeis que este oficio se le habia quitado á su padre por delitos, y que despues de su muerte en una prision, el rey le ha dado á su hijo por gracia y con arreglo á una sentencia de la sala de Granada. Afortunadamente la venticuatria no habia sido declarada vacante, y don Fernando se vió horro de pleitos, pero no de envidias, porque ya algunos caballeros principales habian contado con que se proveria en ellos el tal oficio. Don Fernando, pues, al empuñar su vara de regidor perpetuo, se encontró con que aquella vara era para el un haz de enemigos. Se le ha mirado mal, porque todo el mundo mira mal al que es objeto de envidias, y además de esto porque don Fernando ha tratado á todo el mundo con tanta altanería, que á todos los tiene ofendidos, y nada hay que extrañar en lo que le sucede.
--¿Pero qué le sucede?
--Esta mañana habia cabildo: segun costumbre inmemorial en Castilla, todos los regidores al entrar en cabildo dejan todas las armas que llevan á sus escuderos ó criados; pues bien, á pesar de esta costumbre reconocida y acatada por todos, hasta por el mismo capitan general, don Fernando de Válor entró en cabildo con la daga en la cintura.
--¡Un olvido!
--Ó una intencion imprudente. Lo cierto del caso es que habiendo notado esto que creyó descuido en don Fernando, el regidor don Luis Dávila, advirtióle con mesura que no era bien enterase armado donde nadie tenia armas. Replicó descortesmente don Fernando, alegando privilegio; don Luis Dávila irritado por su descortesia, le echó mano á la daga para quitársela, y á esta accion, tambien imprudente, sucedió un tumulto espantoso; en vano el corregidor quiso calmarlo: don Fernando amenazaba al cielo y á la tierra, y yendo el escándalo en aumento, el corregidor llamó traidor á grandes voces á don Fernando y le mandó llevar preso. Mas este, que sin duda estaba preparado, rompió daga en mano por medio de los que se acercaban á prenderle, dejóse herido un portero, ganó la puerta de la sala, la antecámara y las escaleras, montó á caballo y escapó, sin que hasta ahora se sepa donde para. Se ha armado una gresca infernal. Se tienen sospechas de que los moriscos piensan rebelarse, y se cree que todo lo que ha pasado en las casas consistoriales, no sea otra cosa que un lance provocado por don Fernando para tener un pretexto para ponerse á la cabeza de la rebelion. Los tercios se han encastillado; no se ven por esas calles mas que caballeros armados de lanza y coselete que corren á presentarse al capitan general, y este, el presidente de la Chancillería, el corregidor y el alcalde mayor estan en consejo. ¿Y creeis que esto no me importe nada?
--Nada debe importaros Cisneros, nada absolutamente, puesto que vos no sois ni morisco ni soldado. Si la cosa se enreda, con volvernos á Sevilla de donde hemos venido, punto redondo.
--¡Volvernos á Sevilla! ¿sabeis señor Godinez que estamos arruinados?
--¿Y quién os manda ceder hasta tal punto á los caprichos de esa mujer? Hemos ganado un rio de oro, en un año que andamos representando por Andalucía, y esa mujer ha sido el embudo por donde ese oro ha desaparecido.
--Vos no conoceis á esa mujer, maese Godinez.
--Sé que es muy difícil encontrar una dama tal como ella: sé que sin ella no ganariamos ni la décima parte de lo que ganamos; pero en cambio no tendriamos que gastar tanto. Es nuestro tirano: con sus humos de gran señora, no hay medio de que se avenga á lo que otras damas se avienen; los trages han de ser de lo mejor, de lo mas fino: sedas, pieles, brocados, joyas: su habitacion ha de ser una habitacion de princesa, su mesa una mesa de arzobispo. Si hay polvo ó humedad en las calles, litera; si la duele un tanto la cabeza no hay medio de hacerla representar, aunque la entrada esté hecha. Decís bien, no sé quien es, porque esa mujer es un misterio, pero sé que todo lo que por ella se gane se gastará con ella, y que en vez de ahorrar nos empeñaremos.
--Pues ved ahí por lo que me contraria, me desconcierta, el lance de don Fernando de Válor; porque á no dudarlo, esta tarde no habrá funcion, habia muy buena entrada, con la cual esperaba salir de apuros, y será necesario devolverle el dinero; ¡si al menos esto pasase! pero tiene trazas de haber empezado para no concluir tan pronto.
--Os aconsejo que os separeis de esa mujer, Cisneros. A mi, como autor, me importa muy poco porsaco mi parte; pero vos os vais quedando cada dia mas pobre.
--¡Oh! ¡separarme de ella! ¡imposible! ¡imposible de todo punto; Godinez! la amo con toda mi alma.
--Pues ved ahí, yo no comprendo que un hombre ame sin ser amado, y sobre todo cuando se le dan continuamente zelos. Y os digo esto porque se dice, no sé con qué fundamento, que nada conseguis ni habeis conseguido de ella.
--¡Es verdad! ¡es verdad! hubo un tiempo en que creí que esa mujer me amaba: pero me engañé. Aun espero el primer favor.
--Dicen ademas que ella tiene un amante á quien adora, y que el tal amante se jacta de que nadie mas que el ha poseido á esa hermosura, tras la cual andan tantos desesperados.
--¡Ah! ¡el marqués de la Guardia se jacta...! tiene razon... porque ella le adora!
--¿Y lo sufrís?
--Sufro mas de lo que creeis; por ejemplo: yo que tengo mi aposento cerca del de Angélica, siento todas las noches por delante de mi puerta los pasos de un hombre, que se detiene delante de la puerta de Angélica abre y entra; despues sale por la mañana, muchas veces sin recatarse de nadie.
--No comprendo vuestro amor.
--Es porque yo amo de veras y soy esclavo.
--Pues teneis fama de no haber sido asi en otro tiempo.
--¿Qué quereis? Aquellos tiempos pasaron. Un príncipe poderoso era mi esclavo. Tenia en mis manos mas de lo que pensaba. Pero un dia una mujer terrible se puso entre el príncipe y yo...
--La hija del emir de los monfíes...
--¡Cómo! ¡exclamó Cisneros asustado! ¿quién os ha dicho eso?
--¡Bah! yo sé quién sois, quién es Angélica, quién es la hija del emir. Vos no sabeis quien soy yo... no os lo digo, porque necesito imponeros respeto para salvaros.
--¡Para salvarme!
--No quiero que seais la víctima de esa mujer.
--¡Y sabeis quién es esa mujer!
--Vaya si lo sé. Como sé quién os hirió la noche que la conocisteis.
--¡Que sabeis...!
--Si por cierto: fue vuestro amigo el marqués de la Guardia.
--¡Que rondaba la casa de la hija del emir...!
--Y vió entrar al príncipe y tuvo zelos.
--¡Ah! pero cuando tanto sabeis, quién sois....
--¿Que quién soy yo...? hace mucho tiempo que nadie me conoce mas que yo mismo. Oid; unas veces soy jóven: otras viejo: suelo llamarme príncipe, ó caballero, ó rufian, ó comediante: unas veces tengo un nombre, otras otro: Angélica me conoce demasiado bajo otra forma: ¿pero preguntadle si conoce á Salvador Godinez? ¿si sabe quién es? De seguro que no piensa que yo soy una moneda falsa. Yo sé cambiar de semblante, de cento de edad, aun de estatura: sé adaptarme á todas las condiciones. Ya me habeis visto representar....
--Y lo haceis á las mil maravillas. He tenido zelos de vos.
--No tanto, no tanto. Vos siempre sereis el famosísimo Cisneros, la delicia de las damas de la córte, que lloran vuestra ausencia, y la admiracion de los hombres de ingenio. Yo soy infinitamente mas cómico que vos, pero no en el tablado y entre las cortinas, sino en el mundo, entre las gentes. Tan cómico soy que Angélica, vuestra adorada Angélica, que sabe que existe un hombre que la ama y la aborrece á un tiempo; que sabe que ese hombre cambia de aspecto y de nombre, pero no de corazon ni de propósito; que por lo tanto debia desconfiar de todo desconocido que se la acercase, no desconfia de mí, y me cree simplemente Salvador Godinez, comediante y autor de la compañía del señor Andres Cisneros.
--¡Qué, amais á Angélica! exclamó Cisneros que solo esto habia oido de las últimas palabras de Godinez.
--¡Que si la amo! ¡sino la amara viviria!
--¡La amais! yo creo que esa mujer ha nacido para enamorar á todo el mundo.
--Os engañais. A esa mujer la sucede lo que á otras muchas. Las aman todos, menos el hombre que las posee.
--Es decir que el marqués de la Guardia....
--No la ama, porque ama á otra.
--¡A otra!
--Si, á una mujer á quien yo amaria tambien, si mi amor hácia ella no fuese insensato; un martirio á que me condenaria inútilmente. El marqués de la Guardia ama á la hija del emir de los monfíes, y porque la ama finge amor á Angélica.
--Nos os comprendo.
--La hija del emir se ha perdido para el marqués. Pero el marqués sabe que si una mujer se pierde para su amante, no se pierde jamás para la mujer que la aborrece, que la sigue, que la persigue ansiando venganza, cuando esta mujer tiene medios para obrar tan poderosos como son los que tiene Angélica.
--Con que la hija del emir y Angélica....
--Son enemigas, enemigas á muerte por la sola razon de que aman á un mismo hombre.
--Lo que no comprendo bien, es por qué me haceis estas revelaciones, dijo con intencion Cisneros.
--Porque ha llegado ya el momento de obrar. Angélica sabe que tiene cerca á su rival, tiene medios para envolverle en una horrible venganza y obrará. Es mas: yo la ayudaré á que obre. Por lo mismo para ayudarla, me veré obligado á estar separado de ella largas temporadas: yo puedo trasformarme: pasar por monfí entre los monfíes, por soldado entre los soldados del rey, como paso por comediante entre los comediantes; pero no puedo duplicarme, no puedo hacer dos mi persona, y quiero saber todo lo que dice, todo lo que hace, si es posible, todo lo que piensa Angélica. Para ello necesito un hombre esperimentado, sagaz, que sepa como yo encubrir bajo su semblante tranquilo sus pasiones, dominar los sucesos y no dejarse dominar de ellos; ese hombre sois vos Cisneros: pero para que lo seais, es necesario que os domineis: es necesario que comprendais que una mujer que nos desprecia, que ama á otro, sin recatarse de ello, que nos toma como instrumento, no debe inspirarnos amor sino venganza. Es necesario que comprendais tambien que habeis sido muy ambicioso y muy imprudente: que habeis cometido graves delitos cuyas pruebas tengo yo....
--¡Que yo he cometido delitos!
--Si, y ya que me habeis traido á un lugar donde nadie puede escucharnos, voy á hablaros con lisura. Vos, nacido de la pleve, lanzado por casualidad á la vida de comediante, para lo que poseeis grandes talentos, os visteis aplaudido, enriquecido, acariciado por las damas, casi recibido en la córte: entrabais en ella por el postigo es verdad, pero aquel postigo os llevaba á donde no llevaba á otros la puerta principal. Hace algunos años trabásteis conocimiento con el príncipe don Carlos, como lo traban generalmente con los grandes señores los hombres que han logrado hacerse famosos en cualquier oficio: á título de proteccion del gran señor, hácia el gran comediante. El príncipe no tenia la cabeza enteramente sana y habia nacido ademas muy mal inclinado: era ambicioso, incorregible, déspota, amigo de escesos y enemigo de toda sujecion: la dependencia en que vivia como hijo y como vasallo de uno de los hombres mas terriblemente celosos de su autoridad, le irritaba. Vos comprendísteis todo esto, como lo habian comprendido otros, ú otro, y pensasteis como aquel otro, aprovechar las perversas cualidades del príncipe para engrandeceros. Aquel otro, que era tambien un gran señor, casi un rey, el emir, en una palabra, conoció que debia aprovecharse de vos y se aprovechó. El vínculo que unia á un tiempo al príncipe, al emir y á vos era el amor de una mujer: el amor voraz, voluntarioso, impaciente, que el príncipe sentia hácia la hermosa duquesita. ¿Quereis que invierta mas tiempo probándoos de qué manera poseo pruebas de vuestra doble traicion contra el rey, incitando á la rebeldia al príncipe, irritando sus deseos por doña Esperanza, y sirviendo al mismo tiempo al emir de los monfíes? Vos habeis escrito cartas imprudentes, cartas cada una de las cuales vale vuestra cabeza, y esas cartas Cisneros estan en mi poder.
--¡Es decir que me imponeis condiciones!
--Me constituyo en vuestro señor, representando al diablo á quien os habeis vendido por ambicion.
--¿Y no temeis que esté desesperado?
--No porque aun sois ambicioso.
--¿Y qué me podeis vos dar?
--Puedo daros, si os resistis á servirme, una muerte horrible. Porque ¿qué creereis que haria con vos Felipe II cuando supiese, que vos, envenenando al corazon de su hijo, impulsándole á la traicion, le habeis obligado á matar al príncipe?
Cisneros calló.
--Por el contrario si me servís bien, os enriqueceré; es mas: os pondré en ocasion de ser. ¿Quereis ser walí de un rey moro..? pues bien: podrá suceder que lo seais. ¿Quereis conquistar la gracia del rey de España y su privanza? Servidme: si solo quereis ser rico, sedlo desde ahora.
--¡Cómo! ¿vos podeis enriquecerme, hacer levantar el destierro que me separa de la córte, fuera de la cual no vivo?
--Lo puedo.
--Y sin embargo, ¿teneis paciencia para vivir con un miserable salario..?
--¡Imbecil! ese es el antifaz, el medio. Decidme Cisneros: ¿habeis creido de buena fe que hemos ganado todo el oro que se ha gastado en pagar la compañía, y en sostener los caprichos de Angélica?
--El público ha pagado muy caro....
--Por muy caro que hubiera pagado el público, las entradas no hubieran bastado para pagar la compañia, que es muy numerosa y muy buena, porque vos no quereis trabajar con malos cómicos. Quien ha pagado he sido yo: como soy quien vendo las entradas; como nadie tiene que enterarse de ello, he hecho al revés de otros que roban: he aumentado... he aumentado diez veces mas: aposento habia por el que solo han pagado un escudo, y yo he dicho que han pagado un doblon, y asi todo. Con que, nada os importe que los moriscos se revelen ó no: mejor para nosotros... nada importa que no podamos representar mas en Granada; mejor; nos desembarazaremos de todos esos comediantes, que al fin son ojos que ven, oidos que escuchan y bocas que mienten, y nos estorban. Por lo demás, y ya que os prestais á servirme, tened muy en cuenta el no ser débil con Angélica, revelándola una sola palabra de lo que hemos hablado; continuad, como siempre; tratadme delante de los demás con la soberbia que siempre me habeis tratado, y basta por ahora. Son ya cerca de las doce, y voy á ponerme á despachar las entradas.
--¿Pero creeis que despues, de lo que ha sucedido esta mañana pueda haber funcion?
[imagen: Encuentro de Angélica y Aben-Aboo.]
--¡Bah! todo ello no pasará de ruido: ya vereis como se nos llena al corral, y sobre todo que nosotros no podemos suspender la funcion sin órden del corregidor.
Tras estas palabras, Aben-Aboo que habia unido su oreja derecha á la pared para oir mejor, sintió que los del aposento inmediato se dirigian á la puerta, la abrian, salian y cerraban de nuevo.
Luego los pasos de los dos se perdieron á lo largo del corredor.
--¿Con que ese señor Godinez, no es Godinez? dijo Aben-Aboo, ¿ni esa comedianta es lo que parece, ni el señor Cisneros por lo visto se contenta con ganar su dinero representando? ¡Aben-Humeya, toma un pretesto para la rebelion! ¡Amina ama al marqués de la Guardia! ¡la comedianta tambien! ¡estas dos mujeres se conocen y son enemigas! ¡El señor Godinez alienta proyectos! ¡Oh! ¡por el Dios Altísimo, que mi buena suerte me ha traido á esta hostería. Creo que al fin de este laberinto está mi suerte buena ó mala! la tumba ó el trono! Pues bien: es necesario que yo me procure un hilo que me guie para llegar al fin de ese laberinto. Cada uno de esos comediantes es un cabo. Pues bien yo reuniré á los tres. Yo procuraré no perderlos. ¡Y el marqués de la Guardia! ¡mi buen amigo! ¡oh! ¡oh! ¡Ahora mas que antes me impacienta la tardanza del criado del marqués! y bien mirado ¿para qué necesito yo sus vestidos? ¿No vengo de viaje? No se por qué tengo impaciencia de conocer á esa doña Inés de Fuensalida; me parece que este es otro cabo que me presenta mi fortuna.
Habíase ya decidido Aben-Aboo por presentarse de cualquier modo en la casa de sus inquilinos, cuando se oyeron pasos en el corredor que se detuvieron junto á su puerta y una mano llamó á ella.
Era el lacayo del marqués que traia un emboltorio bajo el brazo izquierdo y una espada y una daga de córte en la mano derecha.
CAPITULO VII.
De como hasta el fin del capítulo no pudo sacar nada en claro Aben-Aboo acerca de sus inquilinos.
A punto que daban las doce, llegaba Aben-Aboo, bizarramente vestido con un trage de brocado escarlata, calzas de grana y zapatos acuchillados, á la puerta de la casa de don Alonso de Fuensalida, ó, por mejor decir, de su casa.
Al atravesar la ciudad habia observado profundamente el aspecto de ella y nada habia encontrado de extraño: era muy posible que los tercios estuviesen renuidos, instalados en consejo el cabildo y la Chancillería y que se hubieran tomado algunas precauciones; pero las gentes iban tranquilamente por la calle como de costumbre, salian de oir misa de las iglesias multitud de damas ataviadas como la que va á misa tarda para ser vista, y muchos soldados alféreces y capitanes, andaban, á su paso, y á sus negocios, como si absolutamente no amenazara ningun peligro.
[imagen: Acercáos, don Fernando, acercáos, dijo con una voz sonora, grave y afectuosa...]
El acontecimiento, pues, de aquella mañana en las casas consistoriales habia quedado completamente aislado.
Aben-Aboo, se entró por el zaguan, y pidió á uno de los lacayos que vagaban por él, le anunciase á su señor.
Inmediatamente aquel hombre le introdujo, precediéndole para guiarle por unas anchas escaleras de mármol, alfombradas en el centro y unos corredores, alfombrados tambien, á una antecámara y una cámara donde le salió al encuentro un caballero como de cuarenta y seis años, enteramente vestido de negro, de fisonomía enérgica, y hermosa.
--El señor Diego Lopez, á quien esperaba vuecencia; dijo el lacayo á penas vió á su señor, retirándose en seguida.
--Bien venido seais, caballero, le dijo el señor excelentísimo á Aben-Aboo, y tanto mas, cuando mi hija y yo empezábamos á estar cuidadosos por vos.
--¡Oh! permitidme que me enorgullezca de haber sido el objeto del cuidado de esa hermosa señora.
--Nada tiene esto de extraño caballero, cuando mi hija doña Inés os debe muchas atenciones.
--¡Atenciones!
--Sí por cierto: cuando tuvísteis la complacencia de cedernos vuestra casa...
--Decid la necesidad, señor don Alonso: si yo no hubiera venido á la pobreza en que me hallo...
--No hablemos de esto, sois pobre por que sois honrado, y la honra es el primer caudal de un hidalgo. Dejadme ahora probaros como os debe atenciones mi hija. Cuando supísteis que venia á vivir á vuestra casa una dama, vos, que del ajuste de arriendo habiais exceptuado cuatro habitaciones, que eran para vos un santuario, las que habia vivido vuestra madre, habitaciones que debian permanecer cerradas, os apresurásteis á ofrecerlas á mi hija para su uso. Doña Inés aceptó con placer vuestro ofrecimiento, ha vivido en esas habitaciones y ha aspirado el perfume de santidad, de sufrimiento, de dulzura que en ellas ha dejado vuestra madre. Doña Inés vive en la misma habitacion en que vivió vuestra madre, Aben-Aboo.
--¡Ah! ¡sabeis mi nombre!
--Porque lo sabemos; porque sabemos que sois primo hermano de Aben-Humeya, que ha cometido hoy, arrastrado por su mocedad y por su imprudencia uno de los mayores desaciertos que pudiera haber cometido, estábamos con cuidado por vos.
--¿Con que sabeis?
--¿Y quién no sabe los pensamientos de los moriscos? Sábelos el capitan general, el presidente, el corregidor... y como vos sois tambien morisco...
--Pero vasallo leal del rey nuestro señor, aunque no me haya honrado tanto como á mi primo hermano don Fernando de Válor, dijo cubriéndose de la mayor reserva Aben-Aboo, por que no sabia el terreno que pisaba.
--¿Y cómo andais Aben-Humeya y vos?
--Nos tratamos como buenos parientes, pero nos vemos poco: él vive generalmente en Válor con su madre doña Elvira, y yo vivo con mi madre en Cádiar, cuidando de unas tierrecillas que nos han quedado.
--¿Y cómo se encuentra vuestra buena madre? Yo la conocí antes de que os diese á luz y era una doncella hermosísima, dulce, sufrida; un ángel en una palabra. Baste deciros que estuve enamorado de ella, y que bien hubiera podido ser que nos hubiésemos casado. A veces una casualidad dispone del porvenir de dos personas: pero no hablemos mas de esto, porque no debe hablarse de las cosas pasadas. Y puesto que ya os tenemos aquí, vamos á tranquilizar á mi hija.
--Una palabra, don Alonso, una sola palabra: desde que recibí vuestra cortés invitacion para venir á vuestra casa, bajo pretexto de que era mia, estoy luchando con la duda de quién habia podido deciros que yo estaba en Granada, cuando me he venido solo, á la ligera y á mata caballo desde mi atalayuela de Cádiar, sin avisar á nadie.
--No lo extrañeis: me ha avisado maese Pertiñez.
Aben-Aboo recordó que el rapista no se habia separado de él ni habia hablado con nadie; aceptó con las muestras de la mayor credulidad la respuesta de don Alonso, pero en su pensamiento se estereotipó por decirlo así esta frase recelosa:
--¿Quién será este hombre? ¿quién será su hija?
Don Alonso le hizo atravesar algunas habitaciones demasiado conocidas para él, y cuyo rico mueblaje encontró en el mismo estado en que se encontraba cuando vivia en aquella casa con su madre, y al fin se acercó con el corazon palpitante á una puerta cubierta de arabescos. Aquella puerta era la de las habitaciones de su madre.
Despues de pasar aquella puerta y una antecámara, don Alonso abrió una mampara de cuero de Marruecos recamado, é hizo seña al jóven para que pasase. Aben-Aboo, al abrirse aquella mampara habia arrojado un grito, involuntario. Delante de él se habia presentado una doble aparicion. Una dama hermosísima, vestida completamente de blanco, con una rozagante túnica de brocado, resplandeciendo toda, con sus joyas, con su mirada, con su hermosura, con sus ropas, y por cima de la cabeza de aquella aparicion casi divina, otra mujer no menos hermosa, vestida de blanco, pura, coronada de flores, é impresa sobre su semblante de niña, la melancólica expresion de un sufrimiento resignado, que la hacia aparecer mas hermosa: entre aquellas dos mujeres, real la una, pintada la otra, que se tocaban y se confundian á la vista de Aben-Aboo, por un accidente de posicion, habia algo de comun, algo de semejante, algo de eso que puede llamarse aire de familia, y que bien podia ser ese misterioso punto de contacto que existe entre dos mujeres hermosas que pertenecen casi á un mismo tipo. Para completar mas esta analogía, en el semblante de la una dama, de la dama que respiraba á dos pasos de Aben-Aboo, habia la misma expresion de sufrimiento dulce y resignado, que en el semblante de la dama pintada en un magnífico cuadro suspendido de la pared al fondo de la cámara. Aben-Aboo no sabia quién era la dama viva, pero sabia si, que la dama pintada era una reproduccion exacta de su madre doña Isabel de Válor cuando solo tenia diez y siete años.
La inesperada vista de su madre á quien amaba con delirio, puesta de contraposicion con doña Inés, le habia arrancado del corazon un grito de angustia, por decirlo asi, porque al mismo tiempo creia haber encontrado en la jóven y hermosa dama que le contemplaba con una profunda paz, mucho de semejante en el trage y en la actitud, con la misteriosa Dama blanca de la montaña.
Pero Aben-Aboo tardó poco en reponerse, saludó cortésmente á doña Inés, se disculpó de su conmocion con la inesperada vista de su madre á quien dijo haber dejado harto triste en las Alpujarras, y se sentó á la mesa que ya estaba servida y á la que asistieron inmediatamente cuatro lacayos á cuya librea no podia pedirse nada en cuanto á gusto y riqueza.
¡Y cosa extraña! el semblante y las maneras de aquellos lacayos; la precision con que servian; un no sé qué de característico impreso en ellos, que Aben-Aboo, no comprendia bien, le impresionaban tanto, como don Alonso, como su hija, como el recuerdo ardiente en todo cuanto habia pasado por él aquel dia fecundo en aventuras.
Pero Aben-Aboo era sagaz, astuto y prudente y sostuvo á pesar de sus observaciones, con la mayor lisura y naturalidad, la conversacion de generalidades que se sostuvo durante la comida.
Nada vió Aben-Aboo que indicase en doña Inés el deseo de agradarle; le trataba con esa fácil manera á que está acostumbrado todo el que ha tenido trato de gentes; hacia los honores de la mesa de una manera perfecta, y, sin embargo, lo perfumaba todo para Aben-Aboo, que acabó por sentirse impresionado, y, por necesitar de toda su fuerza de voluntad para no perder su aspecto tranquilo. Concluyóse la comida cuando eran las dos, y don Alonso pidió las sillas.
--Esperamos, dijo, que nos acompañareis: no siempre se encuentra en Granada una compañía tal de comediantes como los que ha traido el señor Andrés Cisneros.
Aprovechó la ocasion Aben-Aboo para empezar á utilizar las observaciones que le habia procurado la casualidad en la hostería del Carbon y dijo con suma naturalidad:
--En efecto, mi amigo el señor marqués de la Guardia, á quien he encontrado de una manera imprevista casa de maese Pertiñez, me ha hecho grandes elogios de esos comediantes, especialmente de una Angélica, que dice es un prodigio; yo le habia creido de buena fe, pero despues he dudado acerca de la habilidad de esa mujer.
--¿Y por qué? dijo sonriendo doña Inés; habeis hecho mal: la Angélica es toda una comedianta que se hace aplaudir con entusiasmo.
--Créolo, señora, despues de que vos me lo afirmais.
--¿Y por qué no creerlo por el dicho de vuestro amigo?
--Porque mi amigo que es un loco, señora, un hombre de aventuras, está ciegamente enamorado de la Angélica.
--Y hace bien, porque es muy hermosa, caballero: en fin, vos la vereis y la juzgareis.
--¡Ah! mi opinion, señora, seria muy falsa: criado, como quien dice, en las Alpujarras, entre cerros, siempre aguijando lebreles, y corriendo tras los corzos, soy casi un rústico.
--Pero un rústico, ya que vos lo quereis, que tiene un gusto exquisito, dijo riendo la jóven; perdonad si me tomo con vos alguna confianza: estoy viendo todos los dias á vuestra madre, he acabado por amarla, y esto es bastante título para que trate á su hijo como á un conocido antiguo, casi como á un pariente; os digo esto para que no extrañeis lo que voy á deciros á cerca de vuestro buen gusto.
--Que vos me suponeis.
--Del que llevais sobre vos una prueba indudable.
--¿Sobre mí?
--Si, en el brocado de vuestro trage; es precioso... y rico... las mujeres reparamos mucho en esto, y siempre procuramos informarnos de en donde se venden tan ricas, tan hermosas telas. ¿Donde habeis comprado ese brocado?
--En Granada hoy mismo.
--¡Hoy!
--Elogiando mi buen gusto habeis elogiado el del marqués de la Guardia.
--¡Ah! ¡dispensad! yo creia que vos...
--Nada tiene esto de extraño. Habia venido á la ligera y no queria presentarme con el lodo del camino. Afortunadamente encontré á mano al marqués que se prestó á venderme un traje, y él mismo ha elegido este entre los suyos.
--Pues debeis estar muy agradecido á vuestro amigo. Por mi parte quiero que le pregunteis donde ha obtenido tan hermosa tela. Yo creo que solo en Venecia podrá encontrarse hoy y á un precio exorbitante. Reparad, reparad, padre mio, lo fino, lo bello de este brocado; es de tres altos y está bordado de aljofar. Con que ¿preguntareis al marqués?...
--¡Oh! de seguro señora.
--Las literas esperan á vuecencias, dijo un lacayo á la puerta.
La hermosa dama llamó á una de sus doncellas, la pidió un manto, y esta le trajo uno de terciopelo en que se envolvió completamente.
Despues, asiéndose con la mayor lisura al brazo derecho de Aben-Aboo.
--Vamos, señor Diego Lopez, dijo: estoy impaciente porque viendo á la Angélica, comprendais que el marqués de la Guardia vuestro amigo, tiene tanto gusto para sus amores como para sus brocados.
Aben-Aboo, seguido de don Alonso, condujo á la jóven hasta el patio donde esperaban dos literas: en la una entraron el padre y la hija, y en la otra Aben-Aboo.
Esta circunstancia favoreció al jóven. Se encontraba solo, y por decirlo asi encerrado, y para aumentar mas aquella especie de aislamiento, corrió las cortinillas de los cristales, y se entregó á la meditacion de lo que habia observado durante la comida.
Por muchas razones habia sospechado que quien le habia dado un bolsillo de oro en la ermita de San Sebastian, y el que le habia convidado á su casa eran una misma persona: en aquel caso don Alonso debia ser el emir de los monfíes y su hija Amina, aquella misteriosa hermosura que nadie conocia: tenia además razones para sospechar que la mujer rival de Angélica fuese la hija del emir, y otras razones no tan claras para creer que doña Inés, Amina, y la Dama blanca de la montaña eran una misma persona.
Pero todas sus suposiciones se estrellaban contra el aspecto y las palabras tranquilas con que doña Inés habia oido y contestado las palabras intencionadas que habia permitido á sus recelos Aben-Aboo: ni al oir el nombre de Angélica ni el del marqués de la Guardia se habia conmovido la jóven, ni un solo músculo de su semblante se habia contraido, al saber que el marqués de la Guardia estaba enamorado de la comedianta.
Extrañábale, ademas sobre manera, que una dama de la calidad y del estado que mostraba doña Inés, se hubiese entrometido, por mas que hubiera querido justificarlo, en la calidad del brocado que vestia y en su procedencia. Y en verdad que esto era de extrañar, tratándose de un hombre á quien doña Inés veia, ó por lo menos hablaba, por la primera vez. Todos estos pensamientos eran bastantes para revolver el seso á otro menos cabiloso que Aben-Aboo, y como si esto no bastase, punzábale el corazon un sentimiento agudo, amargado por un sin número de dudas y de temores: este sentimiento era un amor naciente, puro, dominador y tirano, aun en su principio, que habia aspirado Aben-Aboo en la hermosura de doña Inés y de la atmósfera de misterios que la rodeaba.
Antes de que el jóven hubiese encontrado la mas leve solucion á sus pensamientos, paró la litera. Entonces, se encontró á la puerta del corral del Carbon, á la que afluia una multitud inmensa. La funcion debia haberse empezado, ó estaba á punto de empezarse, porque ya el bobo y su tambor habian desaparecido. Sudando y codeando por hacerse visible entre la multitud, aparecia maese Pertiñez vestido de dia de fiesta y con su capa nueva de paño fino. Dos lacayos de don Alonso abrian plaza, y al cabo, Aben-Aboo, siguiendo al padre y á la hija, se encontró primero en unas escaleras, despues en un corredor, luego delante de una puerta, que abrió con llave un lacayo, y al fin dentro de un pequeño espacio cuadrado, cubierto de tapices en las paredes y en el techo, y de alfombra en el suelo y cerrado por delante por una celosía. Ademas en el centro, y por razon de lo frio de la habitacion, habia una copa de plata con fuego.
Tres sillones estaban colocados delante de la celosía: sentóse en el de la derecha doña Inés, en el del centro Aben-Aboo, y don Alonso, despues de haber cerrado la puerta del aposento con la llave que le entregó un lacayo, se sentó en el sillon de la izquierda.
Solo entonces y cuando estuvo segura de que de nadie podia ser vista mas que de Aben-Aboo y de su padre, se despojó doña Inés de su velo, dejando descubiertos ante Aben-Aboo, tesoros de hermosura en los redondos hombros, y en el seno cuasi cubierto por un exagerado descote.
Aben-Aboo estaba en malas condiciones para consagrarse á la observacion de lo que pasaba, de lo que se veia mas allá de doña Inés; pero nosotros que no estamos enamorados ni dominados por las pasiones que Aben-Aboo, podemos salirnos de aquella especie de cajon en que estaban encerrados los tres personajes, y dedicarnos á la contemplacion del aspecto que presentaba el corral.
Tres de sus lados mostraban sus ventanas y corredores henchidos de damas, aderezadas, pintadas, ó afeitadas, como se decia entonces, luciendo su desnudez á pesar del frio; entre las damas cubiertas de plumas y de relumbrones, caballeros jóvenes, maduros y viejos, no menos enjalbegados y aliñados muchos de ellos, mas que las mujeres: en un aposento grande, al frente, se veia el tribunal del Santo Oficio de la Inquisicion; en otro al lado, el capitan general y sus tenientes y oficiales; mas allá el aposento de la Chancillería, y luego el de la ciudad: todos estos aposentos tenian en sus balaustradas, asi como los ocupados por las damas y caballeros particulares, ricas colgaduras de seda ó de terciopelo, del color y con las armas que correspondian á cada corporacion ó familia, lo que, siendo muchos los colores y harto diferentes los blasones y las empresas, formaba un peregrino contraste: solo habia una colgadura ó repostero que no tenia armas ni empresa; pero en cambio era tan rico, tan recargado de oro y adornos, que valia él solo por todos los del corral: este repostero era el del aposento del llamado don Alonso de Fuensalida.
Descendiendo al patio, allí era tambien grande la variedad de colores, cintas y preseas: ocupaban las sillas hombres, en general, y algunas damas galantes en la delantera junto á los músicos: á medida que las sillas estaban mas lejos de la escena, era menor el lujo de los que las ocupaban, y al fin, allá en último término, estrujándose, apretándose, pisándose, apostrofándose, produciendo un ruido infernal, estaba la gente de á pié, compuesta de hidalgos pobres y de gente valdía.
El cuarto lado del corral, estaba enteramente ocupado por el escenario y por los tapices que encubrian los cuartos provisionales donde se vestian los actores: el escenario, propiamente dicho, formado por dos pabellones de damasco rojo y un tapiz de Flandes, sobre un tablado de una vara de altura, estaba inclinado notablemente hácia la derecha, y de tal modo, que el aposento mas cercano á él, era el de la celosía.
Esto tenia sus razones sin duda, pero los que ocupaban los aposentos y la sillas de la izquierda, se quejaban con razon, porque desde sus puestos no podia verse bien lo que pasaba en el escenario.
El cielo estaba radiante y despejado, y como ya eran las dos largas de la tarde, el sol iluminaba únicamente la parte alta de la pared oriental del patio.
Apenas habia entrado en su aposento don Alonso de Fuensalida, con su hija y su huésped, cuando, como si solo hubieran esperado su llegada, rompieron las guitarras de la música, acompañadas de trompetas y tambores, que se habian llevado porque la comedia era de moros y cristianos, y habia, por lo tanto, que tocar al arma. Todos estos instrumentos juntos, mal tañidos y peor concertados, formaban un estrépito infernal, que solo podia ser tolerable por la costumbre, y sobre todo, por lo corto de su duracion. Concluida aquella especie de obertura salvaje, se corrió la cortina, quedando descubierto un espacio cuadrado, formado por tapices, y salió el bobo, vestido de pastor, con zurron, cayado y pellica.
Nuestros lectores nos permitiran que les demos una idea de lo que era una representacion teatral en aquellos tiempos, en que el arte escénico estaba en su infancia: ya hemos descrito la manera como se adornaban los corrales en que estas representaciones se hacian: réstanos decír, en cuanto á la parte material, que no habia decorado, sino muy raras veces, representando generalmente los cómicos entre cortinas ó tapices, tras los cuales aparecian ó desaparecian por una abertura, según que lo requeria la marcha del asunto: representaban de memoria y sin apuntador, y su declamacion era un tanto cantada, armónica, particularmente en las obras en verso. En cuanto al órden de los espectáculos, vamos á presentar, como muestra, el de la funcion que iba á representarse aquella tarde en Granada por la compañía del famoso Cisneros.
Primeramente el introito, con una loa de Torres Naharro, autor dramático, que floreció á principios del siglo XVI. Despues la comedia en cuatro jornadas, y en verso, de un autor desconocido, titulada: «Reina Moraima». En tercer lugar, un coro y baile, titulados «El amor». En cuarto, el «Paso del convidado», de Timoneda; autor valenciano, que floreció por aquellos tiempos: y últimamente, el «Paso del ciego», de Lope de Rueda, que de batidor de oro, se habia convertido en insigne autor y comediante.
En la imposibilidad de ofrecer á nuestros lectores toda esta funcion, diálogo por diálogo y punto por punto, vamos á trascribirles la loa ó introito que declamó el bobo (asi se llamaba entonces á los graciosos), no solo para que juzguen del gusto dramático de entonces, sino para que observen con cuánta libertad hablaban entonces al público los autores y los comediantes.
Hé aquí la loa que el bobo declamó con gran desemboltura y maestría á vuelta de botargadas, que se recibian muy bien en aquella época.
«Dios mantenga y remantenga mia fé á cuantos aquí estais, y tanto pracer os venga como creo que deseais.
* * * * *
Pues pobretos, que quereis vivir sugetos al mundo y á su cebico, en mi tierra los discretos al contento llaman rico. Por probar ora os quiero preguntar: quien duerme mas satisfecho, yo de noche en un pajar ó el Papa en su rico lecho? Yo diria quel no duerme, todavia con mil cuidados y enojos; yo recuerdo á medio dia y aun no puedo abrir los ojos. Mas veran: que dais al Papa un faisan y no come del dos granos; yo tras los ajos y el pan me quiero engollir las manos. Todo cabe, mas aunque el papa me alabe sus vinos de gran natio, menos cuesta y mejor sabe el agua del dulce rio. (aplausos generales.) Yo, villano, vivo mas tiempo y mas sano, y alegre todos mis dias, y vivo como cristiano con aquestas manos mias. Vos, señores, vivís en muchos dolores y sois ricos de mas penas, y comeis de los sudores de pobres manos agenas. (aplausos de la gente de á pié.) Y infinitos, que teneis los apetitos tan buenos como palabras, no comiérades cabritos si yo no criase cabras. Concrusion: pues os demando perdon me lo debeis conceder, y pues que fué mi intencion venir á daros prazer; y será: que una comedia verná Reina Moraima llamada. Sabed que no faltará de graciosa ó desgraciada.
A continuacion, el bobo charló en verso el argumento de la comedia, y, concluido, retiróse dentro, llevando consigo una salva de aplausos.
Despues de esto é inmediatamente debia salir la reina mora, y decir al público, que su padre habia sido asesinado, su esposo asesinado, sus hijos asesinados, y que iba por el mundo en busca de un caballero que la vengase del hombre que habia asesinado á su padre, á su esposo y á sus hijos.
Sin embargo, Angélica que debia representar la reina mora, no parecia; el público empezaba á impacientarse, y á murmurar, y á silbar al fin, y armar un verdadero alboroto.
Veamos en qué consistia la tardanza de Angélica.
Apenas habia entrado en su aposento don Alonso de Fuensalida, cuando maese Pertiñez, se deslizó por una escalera de mano, que mas allá, apoyada en la balaustrada, daba al escenario, y pasando entre moros y cristianos, llegó á un espacio cerrado por tapices, levantó uno y se encontró frente á frente con Angélica.
Estaba la comedianta deslumbrante de hermosura; tenia en la cabeza sobre las pesadas trenzas de sus cabellos, un adorno de plumas y diamantes, un riquísimo collar sobre el casi desnudo seno, y una magnífica y ancha túnica de brocado blanco de tres altos: tenia en la mano su papel plegado, en el que no estudiaba; por el contrario, le rompia lentamente y con cólera en pequeños pedazos. Sobre una mesa inmediata habia un objeto de poco volúmen envuelto en un pañuelo de encaje.
Cuando entró Pertiñez, Angélica se levantó sobrexcitada.
--¡Gracias á Dios que habeis venido! le dijo. ¿Traeis la llave del aposento de las celosías?
--Es que... me habiais prometido otra llave, que ya no sirve, porque don Fernando de Válor...
--Sí, si: ya sé que don Fernando ha hecho una de las suyas y anda huyendo; pero no importa, dad mi llave al señor Diego Lopez.
--Pero el señor Diego Lopez, no me pagará...
--Acabárais de una vez; os pagaré yo. Tomad mi llave, añadió sacando una de su limosnera, y esta carta para el señor Diego Lopez. Dadme la llave del aposento de la dama encubierta.
--Pero...
--¡Ah! me habia olvidado de que era necesario pagaros: tomad.
Y se quitó su magnífico collar, que no le hacia falta, porque su cuello desnudo era mas hermoso.
--Pero... repitió Pertiñez.
--¡Oh y que cansado! tomad y dadme.
Pertiñez sacó de sus gregüescos una llave que entregó á Angélica, y esta le dió el collar.
--Oid: haced de modo que el señor Diego Lopez reciba mi carta y mi llave esta misma noche. Adios.
Y rápida como el pensamiento, salió de entre sus tapices, atravesó el interior del escenario, trepó por la escalera de mano, y se encontró en el corredor de los aposentos del público, que estaba desierto á causa de haberse empezado la funcion. Los lacayos de don Alonso que habian quedado á la puerta del aposento de su señor, creyendo que no harian falta, se habian escurrido para pillar algo de la funcion entre la gente de á pié, y Angélica pudo llegar sin que nadie se lo impidiese á aquella puerta, y metió en la cerradura la llave, abrió con mano trémula y se precipitó dentro.
Al ruido, doña Inés volvió la cabeza, al mismo tiempo que su padre y Aben-Aboo. Angélica habia puesto sus manos sobre los dos hombros desnudos de doña Inés, y la miraba frente á frente.
--¡Oh! ¡no me habia engañado! exclamó, ¡eras tú!... ¡tú!... ¡siempre tú!
--¿Qué quereis señora? dijo con asombro don Alonso.
Palideció aun mas que lo estaba Angélica, temblaron sus labios, y sin duda iba á pronunciar alguna palabra inconveniente, porque se la vió hacer un esfuerzo sobre sí misma. Habia visto junto á sí á Aben-Aboo, que la miraba admirado.
--¡Perdonad! dijo, me he engañado señora: perdonad, señor caballero, pero las cómicas tenemos corazon: yo creia que una mujer á quien aborrezco de muerte, de quien he jurado vengarme, y de quien me vengaré, me habia arrojado para humillarme desde este aposento estas tres joyas (y Angélica desemvolvió el pañuelo de encaje); perdonad otra vez: si yo hubiera encontrado aquí á esa mujer la hubiera arrojado estas joyas á la cara; pero... me he equivocado... sin embargo, os suplico que volvais á admitir estas joyas, que para nada me hacen falta, y que podrán aliviar la suerte de muchos desgraciados.
--Guardadlas, Angélica, guardadlas como un recuerdo mio, dijo dulcemente doña Inés. Yo cuido ya bastante de los desgraciados que conozco. Por lo demás, siento mucho que hayais podido creerme enemiga vuestra...
--¡Oh! ¡no! he dicho simplemente, señora, que creia que quien tras tantos misterios, tras estas celosías, me arrojaba á la escena estas joyas, era una mujer á quien aborrezco, y que tiene muchos motivos para aborrecerme. Una mujer á quien yo conocí cuando era una gran señora, como vos lo sois y como yo misma espero volver á ser. Perdonadme, pues, mis primeras palabras, hijas de mi equivocacion, y adios, porque veo que la loa ha concluido y hago falta en la escena.
--No, no recibiré esas joyas: son una muestra de mi entusiasmo hácia vos. Reparo que os falta collar, dijo doña Inés, tomando el de perlas que estaba entre el pañuelo; teneis un hermoso cuello, y os estará á las mil maravillas. Permitidme, añadió levantándose: quiero ponérosle yo misma.
Y como nadie la viese por haberse vuelto, mas que Angélica, la lanzó una mirada de amenaza, de odio, de desprecio y de mando á un tiempo.
Angélica inclinó su hermosa cabeza hácia doña Inés, que, al ponerla el collar, la dijo al oido con un acento casi imperceptible, pero que la comedianta escuchó perfectamente.
--Me le has robado, me has robado mi honra, y me debes tu vida.
--Odio por odio, y odio á muerte, exclamó Angélica en el mismo acento.
Y luego, alzando Angélica la cabeza:
--¡Oh! ¡cuanto tengo que agradeceros, señora! exclamó: ¡cuán buena sois!
--¡Ah! nada me agradezcais, guardad esas joyas en amor mio, y contad siempre... siempre... con que seré la misma para vos.
--Adios señora, y perdonad otra vez mi error; adios, caballeros: ya he faltado á mi obligacion y el público se alborota.
Y salió como un relámpago, dejando abierta la puerta.
Don Alonso se levantó á cerrarla. Aben-Aboo entre tanto, decia á doña Inés que se mostraba tranquila:
--¡Esa mujer está loca!
--Y es lástima, dijo doña Inés, porque es muy hermosa y tiene mucho ingenio.
No se volvió á hablar una palabra mas, ni Aben-Aboo, aunque estaba gravemente alarmado por aquella nueva singularidad que parecia iluminar el caos de sus dudas, notó una sola mirada de inteligencia entre el padre y la hija.
Entre tanto seguia el tumulto del patio, cuando hé aquí, que cesa como por encanto, y le sucede una tempestad de aplausos y de víctores: tan hermosa y tan bien prendida habia aparecido Angélica, y con tal donaire habia avanzado hácia el proscenio.
Pero cuando el entusiasmo público, no tuvo límites, fue cuando, despues de haber hecho la reina mora la exposicion de sus amores y de sus desgracias, exclamó con un arranque sobrenatural en una transicion magnífica:
Montes, árboles, fieras, venid, y aprendereis de mil maneras, como, pidiendo fuerzas á los cielos, una amante infeliz venga sus duelos.
Tras esto, siguió la representacion y siguieron los aplausos á Angélica y á Cisneros, que hacia admirablemente el papel de traidor enamorado.
Angélica fue tambien aplaudida con frenesí en la cancion y en el baile, y, por último, al oscurecer, terminado el espectáculo con gran contentamiento de todos, empezó á salir la gente.
Al salir por los corredores de los aposentos, y como Aben-Aboo, habia quedado un tanto rezagado de don Alonso y de su hija, sintió que le tiraban con impaciencia de las faldetas del jubon.
Volvióse y encontró bajo su vista la exigua figura de maese Pertiñez.
¿Qué me quereis? le dijo.
Escuchad una palabra al oído y mostrad una mano. La reina mora, la de la comedia, me ha dado para vos esta carta y esta llave: la llave por si no os lo dice en la carta, es la del corredor de su aposento: el número 13. Teneis mucha suerte, señor, mucha suerte: todas os aman.
Y el hombrecillo se escurrió, dejando en las manos de Aben-Aboo la carta y la llave.
CAPITULO VIII.
El panderete de las brujas.
A la misma hora en que el público salia de ver la comedia del corral del Carbon, esto es: al oscurecer, se abrió silenciosamente un postigo en una de las tapias de los huertos del cerro de San Miguel por la parte de la Torre del Aceituno, y salio un hombre embozado hasta los ojos: cerraron de nuevo el postigo y el bulto embozado siguió adelante por el desierto callejon que existia entonces entre las tapias de los huertos y la muralla del obispo don Gonzalo, por un portillo de la cual salió al campo y sin ser notado por los guardas adelantó á buen paso hácia la próxima falda del cerro de Santa Elena.
Tenia un no sé qué de melancólico y fantástico el paisaje á la fria luz del crepúsculo: el pendiente terreno por donde avanzaba el embozado hácia un barranco cercano, era árido seco pedregoso cubierto, acá y allá por tomillos y retamas raquíticas: mirando al frente hacia el Nordeste solo se veia la oscura masa del monte de Santa Elena y la desembocadura de un barranco que cortaba su falda por la parte del Este; pero si se miraba á la derecha el alma podia aspirar un suave consuelo con la vista de Sierra Nevada en cuyo altísimo picacho del Veleta, reflejaba aun el postrer rayo del sol tiñéndole de color de rosa; mas abajo se veia el magnífico anfiteatro de montañas, tendidas á los piés del blanco gigante, y al fin, mas cerca, la roja cordillera de la Silla del Moro, el verde y florido Generalífe, con su viejo y altísimo Ciprés de la Sultana: mas abajo los cármenes del Darro, luego las arboledas de avellanos, en fin, el profundo cauce del rio y las colinas que venian á ser por aquella parte la falda del monte de Santa Elena. A la derecha el horizonte se alejaba, la luz parecía mas diáfana, se perdian en la lontananza las colinas de viñedos, y al fin confundidas en la neblina del crepúsculo, apenas se percibian las distantes cimas de la cordillera de los Dientes de la Vieja.
Reinaba un profundo silencio y en medio de él solo se escuchaba el largo silbido del viento del invierno, que se quebraba entre los barrancos.
El embozado, sin cuidarse mucho ni de la soledad ni del frio, siguió resueltamente un paso apresurado, pero con la cabeza inclinada sobre el pecho en ademan pensativo.
Llegó al barranco y antes de entrar en él se volvió de una manera brusca y como al impulso de un sacudimiento nervioso. La luna que durante la marcha del embozado, habia aparecido sobre la nevada cima del Veleta, inundando con una dulce luz el espacio, hubiera dejado ver á quien cerca de aquel hombre hubiera estado, la terrible expresion de sus grandes ojos negros, fijos en Granada y en la Vega, que desde la altura en que aquel hombre se encontraba, se veian por completo y casi á vista de pájaro.
--Hoy huyo de tí, Granada, dijo aquel hombre extendiendo su brazo derecho hácia la ciudad como en ademan de aplazamiento; hoy me oculto como un malhechor. Pero ¡ay de tus cristianos! ¡ay de tus verdugos, cuando venga á llamar á tus puertas con las trompas de guerra de mis soldados! ¡ay de tí entonces, marqués de Mondéjar! ¡ay de tí, presidente Deza!
Dichas estas palabras que habia pronunciado descuidadamente en voz alta se volvió y al volverse encontró junto á sí un hombre que tenia un caballo del diestro y que estaba tambien embozado.
--¿Quien vá? exclamó el primero haciéndose un paso atrás y empuñando su espada.
--¿Quien ha de ser, contestó el otro con acento un tanto seco, sino quien te está esperando yerto de frio hace una hora?
--¡Ah! ¿eres tu Diego Alguacil? exclamó el primer embozado: de poco desesperas, en empresa nos metemos en que tenemos que esperar mucho, sufrir mucho.
--Entonces bien; pero ahora es distinto: ahora cada instante vale una perla: un descuido puede costarte la pérdida de tus esperanzas.
--¡Cómo! exclamó con cuidado el otro: ¿pues qué sucede?
--Aben-Aboo está en Granada.
--¡En Granada Aben-Aboo! ¿y qué quiere aquí mi amado primo? ¿pretende acaso, suscitarme dificultades?
--Todo está preparado para esta noche: se ha guardado un gran secreto pero la venida inesperada de Aben-Aboo, cuando estaba descuidado en las Alpujarras, demuestra que entre nosotros hay traidores.
--¡Traidores! exclamó con sarcasmo el primer embozado: ¡es verdad! hace mucho tiempo que viven entre nosotros: allí ha vivido el primer traidor de nuestro pueblo... y señalaba la distante Alhambra; allí en medio de un vergonzoso silencio, firmó las capitulaciones que entregaban á Granada á sus verdugos los cristianos. Pero el Altísimo fue justo, y el traidor, el miserable, el cobarde Boabdil, fué á morir allá, al otro lado del mar, defendiendo una corona agena, él, que no supo defender la suya.
--No es hora de largas pláticas, dije el otro: monta á caballo y marcha al Panderete de las brujas.
--Te confieso que voy con repugnancia á ese lugar maldito.
--Te espera en él la Dama blanca.
--¡Oh! ¡la Dama blanca de la montaña! es verdad. Adios.
--No te olvides, de que á las doce debes estar en la taberna de San Miguel.
--No lo olvidaré. Adios.
Y el segundo embozado se rebozó y se alejó y se perdió en el descenso del monte hácia la cerca de don Gonzalo.
El otro montó á caballo, le arrimó las espuelas y á buen paso, ya al trote ya al galope, adelantó por un sendero, estrecho pero llano, que en direccion al Norte orlaba la falda del monte de Santa Elena.
Muy pronto llegó al camino de Guadix y al mismo sitio donde ahora se levanta una venta ó parador; atravesó el camino, descendió por un sendero mas estrecho, bajó á un barranco, le recorrió, trepó á una loma y subiendo asi y bajando los repechos de algunas colinas, llegó al fin á un terreno practicable y llano, que se perdía en medio de viñedos.
Despues de haber recorrido por él una distancia como de tres tiros de arcabuz, detuvo su caballo al pié de una colina árida y cónica, que parecia un lunar, una escrescencia maldita en medio de la vigorosa vegetacion que le rodeaba. Aunque de poca altura la colina, el sendero que conducia hasta la cima era escarpado, y no se veia en todo la colina ni una mata, ni un arbusto, ni aun una retama.
--¡El Panderete de las brujas! dijo el ginete con cierto terror supersticioso.
Y aquel hombre, que de una manera tan hostil habia hablado de los cristianos, se santiguó de la manera mas cristiana del mundo, despues de lo cual hechó pié á tierra, y adelantó hácia la colina llevando el caballo del diestro.
Pero á penas habia andado algunos pasos, como si hubiera salido de la tierra, se levantó de detrás de una peña una sombra blanca; aquella sombra, que parecia un hombre, ó aquel hombre que parecia una sombra, llevaba la misma armadura y demás ropas, que usaban los ginetes moros del tiempo de la conquista de Granada.
--Poderoso, señor, dijo aquel hombre dirigiéndose al incógnito, no te cuides de tu caballo: yo te le guardaré.
Sintió el embozado vergüenza de demostrar miedo, y aunque el lance se le hacia extraño y desagradable, entregó su caballo á aquel bulto blanco y sin decirle una palabra siguió adelante.
Apenas se habia aventurado por el escarpado sendero que conducia á la cumbre, se levantó de un costado otra sombra blanca, y sin decirle una palabra, siguió delante de él á gran paso. Las pisadas de aquel hombre crugian como si hubiera ido armado de punta en blanco.
Una vez allí, el incógnito, por la misma razon que antes, esto es por disimular el miedo, continuó hácia la subida de la colina, pero no sin llevar la mano derecha á la empuñadura de su espada, ni sin invocar fervorosamente el nombre de Dios.
A poca distancia apareció una tercera sombra que siguió á la segunda en silencio.
--¡Será hoy sábado! pensó con terror el embozado: pero instantáneamente desechó este terrible pensamiento: era domingo, dia en que las brujas no podian tener conventículo.
A medida que adelantaba en el ascenso se iban levantando de entre las peñas y quebraduras que flanqueaban el sendero, nuevas sombras: cuando llegaron á la cumbre el encubierto habia contado veinticuatro.
La figura de la cumbre justificaba el nombre de la colina: era enteramente redonda y perfectamente plana, como la superficie de un pandero; en cuanto á su calificacion de Panderete de las brujas la justificaba el ser pública voz y fama que en aquel lugar se reunian todos los sábados á celebrar sus conventículos las brujas residentes en diez leguas á la redonda.
En medio de la cumbre habia un casuco arruinado y desvencijado, en donde segun fama, los demonios levantaban su trono á Lucifer, siempre que se celebraba una de aquellas negras, misteriosas y reprobadas festividades, en cuyo trono se sentaba el espiritu de las tinieblas, disfrazado bajo la forma de un macho cabrío.
El Santo Oficio de la Inquisicion, como era natural y forzoso (y perdónennos nuestros lectores si por un momento les detenemos en la prosecucion de la aventura en que se hallaba tan misteriosamente empeñado el incógnito). El Santo Oficio decimos, no habia podido escuchar con indiferencia rumores tan alarmantes á la pureza de la religion y de las costumbres de los dominios de la cristianísima España, y se habia trasladado, representado por un exorciente, un maestro en teología, un familiar y algunos soldados, en el lugar sobre que recaia una tan grave acusacion pública. Desde el momento la esterilidad de aquella colina en medio de unos campos tan fértiles, lo escabroso de la subida, y, sobre todo, lo ennegrecido, aportillado, feo y verdaderamente infernal, en cuanto al aspecto de aquel casucho medio arruinado, hicieron concebir á los delegados del Santo Oficio, grata esperanza de descubrir un filon de brujos y brujas con las cuales hacer un magnífico auto de fe en que la justicia de Dios resplandeciese, tostándolos á fuego lento: pero fuese que las brujas estuviesen avisadas, ó que les diese en las narices el olor á tizon del Santo Oficio, ó que el vulgo se hubiese engañado, como es mas verosimil, hallaron que la casa estaba abandonada, y desmoronándose lentamente, sin visos de haber tenido habitantes hacia muchos años. No satisfechos aun, esperaron á un sábado y á la hora de las doce en punto, con la intencion, como quien dice, de sorprender al infierno, república terrible contra la que, á pesar de su formidable poder, no tenia medio alguno la Inquisicion y aunque llevaron dobles exorcizadores, y calificadores, y aspersadores, nada hallaron en sábado que lo mismo que habian visto de los demás dias de la semana: la luna clara y diáfana alumbraba en paz el Panderete de las brujas y ni estas parecieron, ni se vió una sola hoguera, ni la mas ligera señal de ceniza, ni aun siquiera el mas leve olor á azufre ni á demonio: sin embargo de esto recelando la Inquisicion que las brujas hubiesen conocido de antemano su ida y se hubiesen abstenido de concurrir por no ser cogidas in fraganti, repitieron sus visitas diferentes sábados: pero siempre encontraron el mismo resultado: soledad y silencio, y algun paredon menos, arruinado por las lluvias ó por los vientos.
Limitóse, pues, la Inquisicion, á garantir el lugar calumniado de todo acto contrario á la religion, bendiciéndole y gastando en él una caldereta de agua bendita, y celosa de que en su jurisdiccion no hubiese lugar manchado con fama tan nefanda, condenó con terribles censuras, excomuniones y castigos á todo el que se atreviese á llamar de allí en adelante á aquella colina el Panderete de las brujas. A pesar de esto, el vulgo siguió en su tema, creyó únicamente que el diablo se habia burlado de la Inquisicion, y siguió, aunque recatadamente y en voz baja, dando su nombre maldito á la colina, nombre que se ha conservado por tradicion hasta nuestros dias; puesto que aquel lugar se llama hoy y se llamará mañana, y probablemente pasado mañana tambien, el Panderete de las brujas.
Conocido el lugar de la escena, sus antecedentes y la razon de su nombre, volvamos al embozado.
Sostenido por el orgullo mas que por el valor adelantó hácia la casa arruinada á cuya puerta desguarnecida se agrupaban los veinte y tres fantasmas que le habian precedido hasta allí; se detuvo á alguna distancia de ellos y dijo con voz serena:
--Ignoro quiénes sois y vuestras intenciones; pero aquí me llama un empeño, y no veo á la persona que busco. Está acaso en esas ruinas.
--Pasad, poderoso señor, dijo uno de aquellos hombres haciendo al mismo tiempo señal á sus compañeros que abrieron una estrecha calle.
El embozado pasó y se encontró en un espacio lóbregamente oscuro.
No sabiendo á dónde encaminarse se detuvo.
--Seguid, seguid adelante, señor, dijo uno de los hombres que estaban á la puerta, y cuando hayais andado diez pasos volved á vuestra diestra mano.
El incógnito siguió forzando su valor artificial por decirlo asi; á los diez pasos se volvió á la derecha y vió al fin de una galeria, el resplandor de la luna que iluminaba de lleno un patio cubierto de escombros, en medio de los cuales se levantaba una sombra blanca de mujer, de pié é inmovil; mas allá todo era sombra y aquella forma gentil, se destacaba sobre ella, con el mismo prestigio fantástico que si hubiera tenido tras sí la eternidad.
El embozado adelantó con el corazon violentamente agitado; la Dama de la montaña, porque sin duda era ella, se le presentaba de la manera mas extraña del mundo.
El incógnito adelantó hácia la sombra y se detuvo al entrar en el patio.
--Acercaos, don Fernando, acercaos, dijo con una voz sonora, grave y afectuosa la mujer vestida de blanco; estais haciendo esperar á una dama.
--Perdonad, dijo don Fernando, adelantando mas y descubriéndose con suma galantería, accion que dejó ver á la luz de la luna que su frente era noble y altiva: perdonad; pero la situacion en que me encuentro...
--Cubríos, don Fernando, y sentaos: necesitamos hablar durante un largo espacio y no es justo ni quiero, que sufrais al descubierto el frio de la noche ni que os fatigueis.
Y señaló á don Fernando el brocal de un pozo cegado, sentándose al mismo tiempo en el.
Don Fernando fue perdiendo poco á poco su terror; y es que es muy difícil sentir terror junto á una buena moza. Lo era la encubierta (y decimos la encubierta porque tenia sobre el rostro un antifaz de seda blanco) de una manera exagerada. El celoso antifaz no impedia que se viesen su boca, su barba y su cuello; cada una de estas partes era perfecta, y de una morbidez incitante: anchos y redondos sus hombros, alto y puro en las formas su seno, sobre el que descansaba uno como amuleto, pendiente de un collar que, sin duda por un contraste caprichoso, era negro como el ébano; esbelto y gentil su talle, del cual descendia en ancha plegadura, la flotante y vaporosa falda de brocado blanco, larga hasta tocar sobradamente el suelo: sus manos eran manos de dama, y la parte de sus brazos que se veia entre una nube de encages de Flandes habian logrado fijar las miradas de don Fernando á pesar de lo extraño de la aventura.
Se nos olvidaba decir que á través de las dos averturas del antifaz, brillaban dos ojos negros y de enorme tamaño, fijos de una manera tenaz y profunda en don Fernando, y que, escapados sin duda de entre la toquilla y el antifaz, se veian algunos rizos sedosos, pesados brillantes y negrisimos.
De aquella mujer se exhalaban á mas que su natural perfume, los que estaban de moda en aquel tiempo entre las damas, lo que sino podia tomarse como indicio de su alto linaje, bastaba á demostrar que aquella mujer estaba muy sobre el vulgo, y que nada tenia de alma del otro mundo.
A esto podria contestársenos que nadie mejor que el diablo, cuya mas grata ocupacion es tentar á los mortales, podia tomar las formas de una mujer tentadora, por hermosa, por rica y por galana. Pero nosotros creemos que á ellas para ser diablos las basta ser mujeres y que de todo es capaz el Arcángel rebelde menos de convertirse por un solo momento en mujer.
--Sé, y por ello os disculpo, don Fernando, dijo la Dama blanca cuando se hubieron sentado, qué cosas os han sucedido hoy, despues de concertada nuestra vista, que os obligan á recataros y á huir de la luz del dia.
--Sabeis...
--Si, sé por ejemplo, que esta mañana por descuido ó por intencion os entrásteis en el cabildo con la daga en la cintura.
--¿Y quién os lo ha dicho señora?
--¡Bah! ¿acaso no lo sabe todo el mundo en Granada? Nadie ha extrañado el suceso: se os conoce, por altivo y valiente, y se comprende bien que cuando otro regidor os advirtió de vuestro olvido le contestáseis de una manera violenta.
--Se me acusaba de una falta que no habia cometido.
--Es costumbre, segun dicen, que los veinticuatros, antes de entrar en cabildo, dejen á la puerta sus armas.
--Yo tengo privilegios...
--Que alegásteis con demasiada dureza.
--Eso podrá decir el corregidor que se atrevió á llamarme desleal y á mandar que me llevasen preso.
--El corregidor, vasallo fidelísimo de su magestad el rey de España é Indias, tiene motivos para llamaros traidor. El presidente Deza ha podido decir, por ejemplo, que andais en conspiraciones, que alentais á los moriscos para que se rebelen...
--¿Y quién ha dicho eso al presidente...? su nombre señora si lo sabeis... el nombre del traidor.
--Se lo he dicho yo...
--¿Vos...?
--Yo precisamente no, pero sí un escrito mio, en que le recordaba vuestras continuas denuncias á las Alpujarras...
--En ellas está mi señorio de Válor.
--Sin embargo le hice reparar en lo mucho que favorecíais á los moriscos: que de contínuo recibiais visitas recatadas de Bartolomé de Barredo, de Diego Alguacil, de los principales promovedores de motines que tiene Granada...
--¡Ah! ¡Diego Alguacil os lo ha revelado todo!
--Para contestaros será necesario que me contesteis á la pregunta que voy á haceros. ¿Sabeis quién soy?
--Diego Alguacil me ha dado cita para esta noche á este sitio á nombre de la Dama blanca de la montaña.
--¿Y sabeis quién es la Dama blanca de la montaña?
--¿Lo sabe alguien señora? dijo con anhelo don Fernando. ¿Sabe alguien acaso si la aparicion divina que hace algunos meses y con mucha frecuencia, recorre las montañas de Cádiar, ya bajo la blanda luz del alba, ya bajo los plateados rayos de la luna, es un espíritu ó una realidad, la sombra de la sultana Zoraya como creen muchos, ó Amina, la hermosísima hija de mi noble tio el emir de los monfíes de las Alpujarras, Yaye-ebn-Al-Hhamar? ¿Conoce alguien al emir?
Su brazo se siente, pero su rostro no se ve. ¿Conoce alguien á mi prima Amina?
Dicen que es hermosa como un lucero y pura como el sol.
--¿Y quién os ha dicho eso?
--Algunas veces he ido á la montaña á ponerme al paso de la Dama blanca á vuestro paso señora; siempre me ha detenido un monfí: «no paseis adelante» me ha dicho y cuando le he preguntado quién era esa Dama blanca me ha dicho: «Esa dama es la niebla.»
La Dama blanca se echó á reir.
--¿Os reís? exclamó picado don Fernando.
--Me rio porque los monfíes son ingeniosos. En efecto la niebla por la mañana y por la noche, vista de lejos orlando las cumbres de las montañas puede tomar formas muy caprichosas: puede parecer ya una dama ya un monstruo. ¿No creeis que el vulgo es muy propenso á dar forma y nombre á lo que al acercarnos á ello desaparece?
--Pero el vulgo, respecto á vos no se ha engañado, porque os tengo delante de mí, con vuestra divina apostura, y vuestras vestiduras de sultana.
--Podía haberse engañado el vulgo.
--¡Ah y cuanto me ha hecho sufrir esa blanca aparicion!... porque yo preguntaba siempre que un monfí me detenia: «¿es por acaso esa dama la hija de vuestro emir?» y el monfí me contestaba: «bien pudiera serlo, porque la sultana Amina, segun dicen los que la conocen, es hermosa como una huri.» Y siempre que el monfí decia esto, suspiraba, porque teneis el privilegio de ser amada antes de ser conocida.
--Segun eso, ¿creeis que yo sea la sultana Amina?
--Lo creo, señora, lo creo, porque me lo está diciendo á voces el corazon.
--Pues bien, no os engañais, yo soy vuestra prima Amina, la hija del emir Yaye-ebn-Al-Hhamar, la sultana de los monfíes de las Alpujarras.
--¿Y para qué me habeis llamado? exclamó alentando apenas don Fernando.
--Mi padre, que tiene muchos motivos para ser severo con vos, no ha querido hablaros, y me envia á vos como intermediaria.
--¡Ah!
--Sí, es preciso que sepamos si podeis ser proclamado rey de Granada.
--Los moriscos me elegiran esta misma noche por su rey, dijo con un acento impaciente y un tanto duro don Fernando: hay una profecía...
--Sí, sí, sabemos la superchería de que se ha valido vuestro tio Aben-Jahuar el Zaquer, comprando á cierto faquí embustero, que pasa por santo entre los moriscos de Granada, á fin de haceros triunfar de las pretensiones que tiene á la corona de Granada nuestro primo Aben-Aboo, lo sabemos todo: mi padre está enojado con vos por vuestra conducta licenciosa, pero os ama, del mismo modo que ama á Aben-Aboo; al fin y al cabo entrambos sois sus parientes. Mi padre, pues, ha dejado correr los sucesos, pero como la rebelion de los moriscos de Granada no puede hacerse sin la ayuda de los monfíes de las Alpujarras, como sin esa rebelion ninguna esperanza tendriais de ser rey, como mi padre el emir no tiene mas descendiente que yo... una mujer...
--¿Ha pensado tal vez en ceñirme una doble corona dándome la del amor al hacerme vuestro esposo?
--Eso no puede ser, primo, contestó dulcemente Amina.
--¡Ah! no me amais.
--Ni puedo amaros.
--¿Que no podeis amarme....?
--No, porque soy casada.
--¡Casada! exclamó con asombro don Fernando. ¡Casada! ¿y con quien?
--¿Qué os importa eso? ¿No sois vos tambien casado?
--Pero casado con una cristiana á quien puedo repudiar.
--¡Repudiar á la pobre Isabel, á la madre de vuestro hijo!
--Los reyes prima.....
--¡Aun no sois rey y ya quereis cometer los crímenes de los reyes!
--¡Ah! vos que os habeis casado sin duda con algun poderoso príncipe musulman, vos que en todo habeis sido afortunada...
--¡Ah! que he sido afortunada en todo. Pedid á Dios, primo, que vuestro corazon no vierta el llanto de sangre que ya ha vertido el mio; pedid á Dios que os haga mas venturoso de lo que yo he sido. ¡Casada con un príncipe musulman! Si tal fuere mi esposo, ¿seriais vos rey de Granada?
--Y si nuestro casamiento es imposible, dijo con una cólera mal encubierta don Fernando, ¿para qué me habeis llamado, señora?
--Si nuestro casamiento es imposible, no es imposible el de nuestros hijos.
Don Fernando marchaba de sorpresa en sorpresa.
--¡El de nuestros hijos! exclamó.
--Si, de la misma manera que vos teneis un hijo, yo tengo una hija.
--Explicaos, explicaos mejor, señora.
--Voy á explicarme. Pero primero quiero haceros algunas preguntas. ¿Sabeis de quien desciendo?
--Dícese que descendeis de Boabdil.
--¡Oh! no ha querido Dios que yo descienda de traidores. Si en vez de ocupar el trono de Granada Boabdil, cuando la acometieron los reyes de Castilla y Aragon, le hubiera ocupado mi padre, Granada no seria esclava de los cristianos, sino la poderosa reina de Occidente, altiva con su poder y su hermosura.
--¿Quienes han sido, pues, vuestros abuelos? dijo con cierto sarcasmo don Fernando.
--Mi sangre viene de las sangres mas ilustres del mundo. Oid. Cuando Granada era todavía una ciudad musulmana, el rey Abul-Hacem, el viejo, prendió en la frontera á una doncella. Aquella doncella era hija bastarda del condestable de Castilla, el poderoso, el invencible don Alvaro de Luna. Despues de la desastrada muerte de aquel magnate, su hija bastarda, habida en una judia, doña Judid de Sotomayor, en fin, fue cautivada por los ginetes del rey Muley-Hacem, y conducida á una torre de la Alhambra. Aquella torre se llamó desde entonces la torre de la cautiva. Vió el rey á la castellana, se enamoró de ella, y fuese por amor ó por violencia, doña Judid fue suya. Un año despues, la cautiva murió dando á luz un niño. Aquel niño fue años adelante, el caudillo mas valiente de Granada, porque aquel niño, que tenia en sus venas la valiente sangre de dos héroes, se llamó el emir Muza-ebn-Abil-Guzan, hermano bastardo del rey Boabdil. ¿Y sabeis don Fernando lo que se hizo del emir Muza, despues de la conquista de Granada?
--Los historiadores moros, dicen, que no queriendo ser testigo de la deshonra y de la destruccion de su patria, desapareció antes de la rendicion de Granada, y añaden que no se volvió á saber de él.
--Es verdad, Muza desapareció, pero seguido de sus valientes ginetes y de sus esclavos, se ocultó en las montañas de las Alpujarras desconocido para todo el mundo, y fue el primer emir de los monfíes. Sabeis ya mi ascendencia paterna, oid mi ascendencia materna: mi madre era hija del rey del desierto de Méjico, descendiente de los ascendientes del emperador Motezuma.
--¡Ah! no puede negarse que vuestra descendencia es ilustre; pero, ¿por qué no vanagloriaros tambien de que vuestro abuelo era hermano de mi abuelo? ¿por qué no decir con orgullo que teneis sangre de los Abderramanes?
--Sabéislo vos que sois mi pariente, y con vos estoy hablando. Ahora bien, el derecho de mi padre al trono de Granada, es incontestable.
--¿Y por qué no le reclama? dijo con altivez don Fernando.
--Mi padre quiere robustecer con la alianza al pueblo moro de Granada, en vez de debilitarle con la desunion. Mi padre renuncia en vos todos sus derechos, pero con algunas condiciones.
--¿Y esas condiciones?
--Estan escritas en este pergamino, firmadas y selladas por mi padre.
--Pero es imposible leer: la luz de la luna no basta.
--Tendremos cuanto hayamos menester: seguidme.
Amina se levantó, y se encaminó con paso seguro por el oscurísimo espacio que poco antes tenia á sus espaldas: don Fernando la siguió: poco despues, Amina empujó una puerta, y se encontraron en un aposento ennegrecido y ruinoso. En el centro de él, habia una mesa con tapete, sobre la que se veian dos bujias, y un tintero de plata: á uno y otro lado de la mesa habia un sillon. Sentóse en uno de ellos Amina y en el otro don Fernando.
--Véamos esas condiciones, dijo este.
--Esperad un momento: quiero cortaros toda evasiva, demostrándoos que sois casado con Isabel de Rojas, y que teneis de ella un hijo que se llama Ben-Yaschem.
--Hablad: quiero probar si vuestro padre está bien informado.
--Mi padre sabe todo lo que le conviene saber, primo. Vais, pues, á juzgar: vuestro padre, mucho tiempo antes de que vos nacíeseis, fue preso por el capitan general de Granada; esto hace mas de veintidos años. Durante la prision de vuestro padre, os dió á luz vuestra madre doña Elvira de Céspedes: acusado vuestro padre de la muerte de su cuñado Miguel Lopez, esposo de vuestra tia doña Isabel de Válor, y padre de nuestro primo Aben-Aboo, murió en la prision á que habia sido condenado de por vida.
--Mi padre fue víctima de una traicion oscura, exclamó con calor don Fernando; y ¡ay del traidor si alguna vez llego á descubrirle! ¡ay de su sangre!
--En efecto, hay mucho de misterioso en algunos sucesos de nuestra familia, misterios que mi padre no ha podido descubrir á pesar de su poder. La verdad del caso es, que vuestra madre os amaba demasiado para daros una buena crianza, y que vuestro tio don Fernando de Válor, que ahora lleva el nombre de Aben-Jahuar, os pervirtió desde vuestros primeros años. A los catorce, perdonad lo que voy á deciros primo, á los catorce años erais ya un pequeño libertino. Por entonces conocísteis en el Albaicin una doncella que tenia vuestra misma edad, os enamoráisteis de ella, y ella se enamoró de vos. Pero el padre de Isabel de Rojas, que ella era, tenia demasiado interés en haceros su yerno, y guardó tanto á su hija, que vos á trueque de poseerla, os casásteis con ella, por ante la iglesia católica, sin que lo supieran, ni vuestra madre ni vuestro tio, porque aquel casamiento fue secreto. Si el padre de Isabel hubiera vivido, aquel matrimonio no hubiera tardado en ser público: pero el padre de Isabel murió antes de que su hija diese á luz el fruto de sus amores, y quedó sola Isabel: vos la abandonásteis don Fernando, abandonásteis á vuestro hijo...
--Y quien os ha dicho, prima...
--En vano buscais una disculpa, la conciencia os acusa: por lo demás, y á pesar de que Isabel haya callado y sufrido, porque cree que no habeis abandonado á su hijo...
--Cada vez os comprendo menos.
--Ya se vé: mi padre ha acudido secretamente á las necesidades de esa desgraciada, á la que nada absolutamente falta, mas que el amor de su esposo: mi padre ha hecho de modo que Isabel cree que atendeis á su subsistencia y á la de vuestro hijo, y vuestra pobre esposa se cree desgraciada, y sufre, pero os cree caballero y os respeta.
--¡Ah! exclamó don Fernando.
--Por lo demás, las pruebas de vuestro casamiento con Isabel de Rojas y las de la legitimidad de vuestro hijo Ben-Yaschem, existen. Mi padre ha contado con ello, y teniendo vos un hijo y yo una hija, ha creido que todas las diferencias que podrian mediar entre nosotros por causa del derecho á la corona de Granada, pueden salvarse por estas capitulaciones. Leedlas, primo, y firmadlas ó rechazadlas, pero contestadme definitivamente, para que mi padre pueda obrar en consecuencia.
Don Fernando desenrolló el largo pergamino que Amina le entregaba, y vió que estaba escrito primorosamente en árabe: su contenido era el siguiente:
«En el nombre de Dios Altísimo y misericordioso, dador de la vida y de la muerte, estas son las capitulaciones de alianza entre el emir de los monfíes de las Alpujarras, el fuerte y vencedor, y el elegido de Dios Muley Aben-Humeya, rey de Granada.
Primeramente: el emir de los monfíes, Yaye-ebn-Al-Hhamar, renuncia á todos los derechos que pueda tener y tenga á la corona de Granada, en su sobrino Muley Aben-Humeya.
Segundo. Muley Aben-Humeya, se obliga por su parte, á casar su hijo único Ben-Yaschem, con Kinza, hija de la sultana Amina, hija única del emir Yaye-ebn-Al-Hhamar.
Tercero. En el caso de que por la voluntad de Dios, muriesen Aben-Humeya ó Yaye-ebn-Al-Hhamar, el que sobreviva, mandará en los dominios del otro, durante la menor edad de sus hijos Ben-Yaschem y Kinza.
Cuarto. Si alguno de estos dos muriese antes de poder contraer matrimonio, se consideran rotas y de ningun valor estas capitulaciones.
Quinto. Si el matrimonio de Ben-Yaschem y Kinza se efectuase, y tuviesen hijos, el primer hijo varon, heredará las coronas reunidas de Granada y de las Alpujarras; si no tuviesen hijo varon, estas dos coronas reunidas, pasarán al hijo segundo varon de Aben-Humeya si lo tuviere, ó en igual caso al segundo hijo varon de la sultana Amina.
Sexto. No habiendo por ninguna de las dos partes hijo varon, las coronas reunidas de Granada y de las Alpujarras, pasarán á Sidi-Aben-Aboo, primo hermano de Aben-Humeya, y sobrino de Yaye-ebn-Al-Hhamar, ó al hijo varon de Aben-Aboo, si este hubiese muerto.
Sétimo. En el caso de haber descendencia masculina por cualquier concepto de Muley Aben-Humeya, ó de Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, Sidi-Aben-Aboo, será considerado como infante de la casa real de Granada, y se le señalará señorío bastante para que pueda vivir con arreglo á su estado.
Ultimamente. En virtud de las presentes capitulaciones, el emir de los monfíes de las Alpujarras, se obliga á ayudar con sus gentes de guerra y con sus tesoros, á Muley Aben-Humeya para reconquistar de los cristianos el reino de Granada.
Seguian la fórmula religiosa y cancilleresca, por decirlo asi, que usaban en tales documentos los moros, la fecha, el nombre de los testigos y el sello y la firma del emir.
Despues de leer don Fernando detenidamente este pergamino, miró con ansiedad á Amina.
--Sultana, la dijo: todo esto seria inútil si tu consintieses en ser mi esposa.
--Eso es imposible, dijo con impaciencia y desagrado Amina.
--¡Imposible! ¡los reyes pueden romper los vínculos del matrimonio!...
--No lo haré jamás.
--Y... ¿por qué?
--Porque amo lo bastante á mi esposo para renunciar por él una corona, y temo á Dios lo bastante para robar á una mujer y á un niño, su esposo y su padre.
--Y si yo no quisiese firmar esas capitulaciones.
--No seriais rey de Granada.
--¡Oh! ¡lo veríamos!
--Una sola palabra de mi padre, y el faquí Abul-Hasam, á quien dentro de poco consultaran los xeques del Albaicin y de la Vega, pronunciaria el nombre de mi padre en vez del vuestro.
Entróle un terror pánico á Aben-Humeya, que tenia tal idea del poder del emir de los monfíes, que todo lo temió.
--Firmaré, dijo tomando una pluma.
--Esperad, dijo Amina: es necesario que firmeis solemnemente en presencia de los wacires y de los katibs de mi padre.
Amina dió tres fuertes golpes sobre la mesa, é instantáneamente se abrió la puerta y aparecieron uno tras otro, las veintitres sombras blancas que habian precedido hasta allí á Aben-Humeya.
--Acércate, mi buen Harum, dijo Amina, y vé como firma Muley Aben-Humeya las capitulaciones que voy á leerte: escuchad tambien vosotros ancianos walies nobles secretarios de mi padre, sabios de su consejo.
Amina leyó con voz sonora las capitulaciones.
Entonces adelantó una de aquellas sombras, y dijo con autoridad á don Fernando.
--¿Te obligas á todo lo que has oido?
--Me obligo.
--¿Juras por el Dios Altísimo y Unico, guardar y cumplir estas capitulaciones?
--Lo juro.
--Pon al pié de ellas tu nombre de rey, y junto á tu nombre este sello de oro, que es el antiguo sello de los reyes de Granada.
Y el que asi hablaba, sacó un magnífico sello de entre sus ropas y le puso sobre la mesa.
Don Fernando de Válor firmó, y cuando hubo firmado, el mismo moro encubierto, sacó de una manga de su almaizar, otros tres pergaminos enrollados.
--¿Qué es eso? dijo cuidadoso don Fernando.
--Tres copias iguales de estas capitulaciones, señor, contestó el moro.
--¿Y para qué tanta copia?
--Una para vos, otra para el emir de los monfíes; otra para Sidi-Aben-Aboo.
--¡Ah! es verdad, que tambien se le incluye en las capitulaciones.
--Firmad si quereis estas otras.
Don Fernando firmó con despecho.
Entonces el mismo moro derritió cera encarnada sobre los tres pergaminos, junto al nombre de don Fernando de Válor, estampó sobre la cera en los tres el sello real de Granada, y luego firmaron como wacires, secretarios y testigos, los tres pergaminos, los veintitres moros que estaban presentes, despues de lo cual, el moro que hasta entonces habia hablado, entregó el sello real y uno de los pergaminos á don Fernando, y guardó los otros dos.
--Id á ser rey, primo mio, dijo entonces Amina; los xeques del Albaicin y los de la Vega, estaran á las doce de la noche, en la casa del Hardon, junto á san Miguel.
--¿Y vos...?
--Yo... yo parto esta misma noche para las Alpujarras.
--¿Y no me dejareis ver vuestro rostro? exclamó desesperado don Fernando, sin reparar que le escuchaban todos aquellos hombres.
--¡Oh! no, eso jamás. Adios primo, adios. Que él os ayude en la empresa en que os vais á empeñar.
Y Amina desapareció por la puerta, dejando á don Fernando, mudo, asombrado, como presa de un sueño.
Los veintitres fantasmas desfilaron tambien, y el jóven se encontró solo: entonces se precipitó á la salida, atravesó el oscuro espacio de la casa arruinada, y salió á la cumbre del Panderete de las brujas.
Nada vió. Se precipitó por el sendero, y á nadie encontró; solo su caballo atado á una vid al lado del camino.
Volvió á trepar á la cumbre, entró en la casa esperando encontrar á alguien, y llegó á tientas al mismo aposento donde se habian firmado aquellas capitulaciones. Estaba densamente oscura. Palpó: la mesa, los libros, todo habia desaparecido. Dudando aun, buscó mas, y oyó una voz que le dijo:
--No busques, señor, porque nada encontrarás. En la calle de San Miguel te esperan, casa del Hardon.
Don Fernando lanzó un rugido de rabia, salió de nuevo de las ruinas, bajó del Panderete de las brujas, desató su caballo, montó en él, y partió como una flecha en direccion á Granada.
--¡Ella! ¡ella! ¡hermosa, rica! ¡hija del emir! ¡mi prima la sultana Amina, mi esperanza! ¡y casada! ¡casada! ¿y con quién? con algun reyezuelo de Africa. ¡Oh! ¡oh! si no tuviera en mi poder este pergamino y este sello, creeria que todo lo que me ha acontecido era un sueño.
CAPITULO IX.
De cómo por el amor se olvida la amistad.
Cuando llegaron don Alonso de Fuensalida, su hija doña Inés y Aben-Aboo á su casa, que bien podia llamarse casa de todos, cuando estuvieron en la cámara de recibo, doña Inés se inclinó graciosamente hácia Aben-Aboo y le dijo:
--Os suplico, señor Diego Lopez, que me perdoneis si os dejo solo con mi padre, necesito variar de ropas... y rezar mis devociones de costumbre. Adios.
Y sonriendo al jóven de un modo que le hizo palidecer de emocion, salió.
A su vez Aben-Aboo se inclinó tambien cortesmente ante don Alonso:
--Os suplico me perdoneis, si os dejo por un momento.
--¿Teneis alguna aventura, señor Diego Lopez? dijo don Alonso con un acento de interés y de autoridad que maravilló á Aben-Aboo.
--¡Aventura! no ciertamente; pero... quisiera ver á mi amigo.
--¿A vuestro amigo...?
--Creo haberos dicho que era mi amigo el marqués de la Guardia.
--¿Estais citado con él?
--No, pero le buscaré.
--No andeis mucho por Granada esta noche; creedme á mí que soy vuestro amigo: podreis tener malos encuentros.
--¡Oh! por eso descuidad: voy siempre bien acompañado con mi espada.
--Sé que sois valiente. Sin embargo, los encuentros que podeis tener, son de aquellos en que nada vale una espada.
--No os comprendo.
--¿No sois morisco?
--Si por cierto.
--Pues bien, de seguro que los moriscos seran vigilados esta noche por la justicia.
--¡Ah! ¿y quién os ha dicho?
--Es de suponer que suceda asi, despues de lo que ha pasado esta mañana en el Ayuntamiento con don Fernando de Válor.
--Don Fernando es un imprudente.
--Paréceme que amais poco á vuestro primo.
--Mi primo es enemigo mio.
--¡Ah! esas enemistades no deben existir entre parentescos tan cercanos.
--Vos no conoceis á don Fernando; él me provoca.
--Perdonad, señor Diego Lopez; pero necesito hablaros mucho y despacio, no os detengo ahora: id á ver á vuestro amigo... pero os lo ruego, os lo suplico, no entreis esta noche en casa de ningun morisco; no nos obligueis á hacer un esfuerzo para salvaros. ¿Cuándo volvereis de ver á vuestro amigo?
--¿Quién sabe? porque el tal marqués es un loco de atar, y estando á su lado, no hay medio de ser mas cuerdo que él. Pero no quiero pasar esta noche fuera de la casa.
--Bien; á cualquier hora que vengais os estará esperando un criado que os llevará á mi aposento.
--¿Tan importante es lo que teneis que decirme...?
--¡Oh! ¡mucho! con que id con Dios, y sed prudente.
Aben-Aboo salió lleno de confusiones; no sabia qué pensar de aquella familia con quien habia trabado conocimiento de una manera tan singular, y si se quiere tan misteriosa; por otra parte, doña Inés habia causado en él una sensación profundísima: su hermosura le habia hecho concebir deseos ardientes; la habia aspirado, la habia visto de cerca, habia estado en contacto con ella durante muchas horas, y su alma se habia saturado del tentador perfume que emanaba de la jóven: por otra parte habia sido testigo de muchas singularidades, y todas aquellas singularidades venian á anudarse en un solo punto: en la comedianta Angélica.
[imagen: Sintió que una mano, formidable por su fuerza, detenia la suya.]
Segun la conversacion que habia oido en la hostería entre Andrés Cisneros y el misterioso Godinez, Angélica estaba zelosa de una mujer á quien amaba el marqués de la Guardia; aquella mujer á quien aborrecia Angélica era hija del emir de los monfíes: era Amina: Angélica habia entrado aquella tarde de una manera inesperada en el aposento de doña Inés, y la habia insultado, porque Aben-Aboo á pesar de las protestas que de haberse equivocado habia hecho la cómica, habia notado que aquellas dos mujeres se aborrecian: sin duda doña Inés no era otra que la hermosísima hija del emir, la sultana Amina, la Dama blanca de la montaña; su primo, Aben-Aboo pues, estaba loco enamorado, zeloso aun tiempo, é iba en busca del marqués de la Guardia, ansioso de esclarecer cuanto le fuera posible sus dudas, y de arrancarle insidiosamente algunas palabras con las que esperaba esclarecer sus sospechas.
Atravesaba, pues, Aben-Aboo muy de prisa el corredor medio oscuro de que hemos hablado, cuando se abrió silenciosamente una puerta, y sintió un ceceo: detúvose, y el ceceo se repitió; entonces Aben-Aboo se dirigió á donde sonaba, y á través de una puerta oscura una mano de mujer le dió un papel y cerró.
Estremecióse de placer Aben-Aboo; aquella carta no podia ser de otra que de doña Inés, de doña Inés que le habia sonreido durante la comedia; de doña Inés que se habia apoyado fuertemente en su brazo. Y si era de doña Inés aquella carta, doña Inés no era Amina, se habia verdaderamente equivocado Angélica, sus disculpas no eran fingidas; él se habia engañado tambien creyendo encontrar una intencion en el acento de aquellas dos mujeres; no, no podia ser Amina doña Inés, porque le citaba, porque una mujer no cita á un hombre jóven mas que para asuntos amorosos, y Amina no le hubiera citado porque amaba al marqués de la Guardia.
Aben-Aboo se precipitó por las escaleras, ansioso de salir de aquella casa, é ir á otro lugar donde pudiese leer el papel que acababa de recibir: al bajar por las escaleras se acordó de que en la misma calle de San Miguel, lindando con su casa, estaba la taberna del Hardon.
Atravesó el zaguan, salió, tomó la calle á la izquierda, y se metió por una puerta inmediata. Muy pronto se encontró en una sala baja, en la cual habia dos grandes rejas y un postigo que daban á un patio. Al fondo, sentado tras un mostrador y entre toneles, habia un hombre de fisonomía ruda, y enérgica, aunque franca: algunos bebedores charlaban y bebian sentados en derredor de las mesas.
[imagen: Aben-Aboo.]
Aben-Aboo se dirigió resueltamente al mostrador: al verle el que estaba al despacho, se puso de pié y clavó en el jóven una profunda mirada.
--¿En qué puedo servir á vuesamerced, caballero? dijo llevándose respetuosamente la mano á la gorra.
--¿Teneis un aposento en que pueda estar solo? dijo Aben-Aboo.
--¡Oh! si señor, y bien abrigado; seguidme si gustais.
Y tomando de un anden una palmatoria con una bugia hizo luz, y saliendo de detrás del mostrador, atravesó la taberna, y seguido de Aben-Aboo, abrió una puerta, y entrambos subieron por una estrecha escalera, y se encontraron en una reducida habitacion en que habia una mesa, algunas sillas y un barreño con fuego.
El tabernero puso la luz sobre la mesa, y dijo encarándose á Aben-Aboo.
--¿Necesitais algo mas?
--Si, necesito que me contesteis á una pregunta. ¿No sois el tabernero que estaba aquí hace seis meses?
--Ya veis que no, respondió con un severo laconismo el preguntado.
--¿Y qué se ha hecho del otro?
--Toméle la taberna, se fué é ignoro su paradero.
--¿Pero esta taberna no es la del Hardon?
Miró con doble profundidad el tabernero á Aben-Aboo.
--El Hardon, ó Pero Alonso, que es como le llamamos, tiene parte conmigo en la taberna, como la tenia con el otro tabernero. Ademas, la casa es suya y vive en ella.
--¿Cómo os llamais?
--Roque Garcia, para serviros.
--¿Sois morisco como el Hardon?
--Algo de morisco tengo.
--Entonces debeis conocerme; yo me llamo entre los moriscos Aben-Aboo.
--Pues no os conozco.
Mortificó un tanto esta respuesta al jóven que continuó.
--¿Pero conoceis al marqués de la Guardia?
--Tampoco conozco á ese caballero.
--Es un jóven como de veinte y tres años, muy galan, muy valiente, muy bebedor y gran jugador de dados.
--Solo conozco de esas señas á un capitan de infantería, que se llama don Juan Coloma.
Acordóse entonces Aben-Aboo, de que don Juan ocultaba su título á causa de su pobreza.
--Y bien dijo: tambien don Juan Coloma es mi amigo. ¿Y viene con mucha frecuencia á vuestra casa ese caballero?
--¡Oh! si señor, y ahora mas que nunca.
--¿Y por qué mas ahora que antes?
--Porque anda enamorado en la vecindad.
--¡Ola! ¿y de quién está enamorado?
--De una dama que vive en la casa grande inmediata.
--¿Y conoceis á esa dama?
Fijó otra nueva y profunda mirada Roque en el semblante de Aben-Aboo.
--Sábese, dijo, que el padre de esa dama es un caballero noble y rico, pero en cuanto á su hija nadie puede jactarse de haberla visto el rostro.
--De modo, que solo el capitan Coloma nos puede decir...
--Creo que tampoco la conoce don Juan: pero helo ahí: en nombrando al ruin de Roma... me parece que le oigo gritar llamándome.
En efecto, se oian en el piso bajo desaforadas voces.
--Pues id, id, amigo, dijo Aben-Aboo, y decid al buen capitan que aquí hay un conocido suyo que le espera.
El tabernero desapareció por las escaleras.
Aprovechando aquel momento, Aben-Aboo leyó el papel que le habian dado en el oscuro corredor de su casa: el contenido era muy corto:
«Si sois discreto, guardad un profundo secreto acerca de la cita que os doy, y ningun pensamiento atrevido aventureis por ella; id á las ánimas, por el postigo de vuestra casa; yo os abriré. Doña Inés.»
Tras este billete y como no tenia tiempo que perder, sacó de la escarcela el que le habia dado con una llave Pertiñez de parte de la comedianta Angélica, y que no habia podido leer hasta entonces: decia así:
«Si sois tan cortés como bizarro, venid esta noche á las doce á la hosteria del carbon: cuando llegueis á lo alto de las escaleras abrid con la llave que os entregará maese Pertiñez la puerta, y adelantad por el corredor: mi aposento es el número 13. Yo os estaré esperando. Angélica.»
Aben-Aboo no tuvo tiempo de meditar en el contenido de estos dos billetes, porque el marqués de la Guardia se le echó encima.
Traia en las manos una guitarra, al costado una espada descomunal, y pendiente de la pretina un broquel cincelado.
--¡Ah! gracias á Dios que os hallo, exclamó; no sabia donde podria hallaros, y hubiera dado por hablaros esta noche... mi alma, porque no tengo otra cosa que daros.
--¿Y para qué me buscabais con tanto interés, don Juan?
--¡Qué diablos! necesito explicarme con vos.
--¿Explicaros conmigo?
--Si por cierto, me habeis dado zelos.
--¿Zelos yo?
--Habeis acompañado esta tarde á una mujer á quien amo, á quien adoro, por la que estoy loco.
--¿La que vive en mi casa?
--¿Cómo en vuestra casa?
--Habeis de saber que la casa grande de al lado es mia, y que la tengo alquilada á don Alonso de Fuensalida.
--¡Ah! perdonad; pero decidme: vos habreis visto el rostro á esa dama.
--Sin duda.
--¿Y es hermosa?
--Permitidme que extrañe, marqués, que me hagais una pregunta tal acerca de una mujer de quien os confesais enamorado.
--¡Ah! no lo extrañeis: sino es la que yo creo esa dama encubierta, no la he visto en mi vida.
--¡Ah! ¿creeis que sea una dama de la que habeis estado enamorado?
--No he amado á otra que á ella.
--Sin embargo, dicen que sois amante favorecido de una hermosísima mujer.
--¡Ah! de la princesa.
--No, no os hablo de princesas; sino de una comedianta.
--¡Ah! sí, de la comedianta Angélica: tanto da.
--Es verdad las comediantas lo son todo, princesas reinas... pero en fin ello es que pasais por su amante.
--Yo amo á esa por la otra. Estoy seguro de que donde quiera esté esa comedianta, estará la dama á quien amo. No sé por qué tengo esa seguridad, pero creo que el odio que se profesan las atrae, las junta.
--Os confieso que no os comprendo.
--Y yo os confieso que lo que pienso es incomprensible: no hay ninguna razon que lo justifique; se apoya en un instinto, en un impulso del corazon, que me grita: donde está la una está la otra.
--Pero ¿qué razones teneis para creer que doña Inés sea la mujer á quien amais?
--Os diré: hace algunos meses, yo, que habia dejado la córte siguiendo á la mujer que amo, mujer que me arrebataba su padre me vine á Granada: en Granada su padre fue mas astuto que yo y perdí su rastro de todo punto.
--¡Ah!
--Estaba ya desesperado, cuando una mañana, hace seis meses, al entrar á oir misa en la iglesia de san Miguel, ví salir una dama enteramente envuelta en un manto de seda. No vi ni su rostro ni su mano, ni su pié, y sin embargo me pareció reconocerla, me pareció que era ella... mi alma, á la que ando buscando desesperado: ella por su parte, al verme de improviso ante sí, hizo un movimiento marcado, un movimiento que me hizo creer que aquella dama me conocia, mas aun, que al verme habia sentido una vivísima alegría: la seguí, y ví que se entró en esa casa de al lado, en la vuestra, señor Diego Lopez. Empecé á rondar pero inútilmente. Jamás se abrió un balcon ni una reja; pregunté á la servidumbre, pero la encontré muda, incorruptible. Vine todas las mañanas á la iglesia de san Miguel, y siempre la ví á la misma hora, pero envuelta cuidadosamente en el manto, acompañada de una dueña tan encubierta como ella y de un viejo escudero. Indagué cuanto pude, y solo saqué en claro, que su padre era un rico indiano llamado don Alonso de Fuensalida, que guardaba mucho á su hija y que nadie la habia visto el rostro. Añadian aun que dentro de su casa tenia un antifaz puesto.
--Y decidme: ¿habeis visto á esa dama todos los dias en misa?
--No, todos los dias no, con frecuencia faltaba seguidos quince dias.
--Tambien, dijo para sí Aben-Aboo, faltaba con frecuencia quince dias seguidos la Dama blanca á sus paseos por la montaña.
--Acontecióme por aquellos dias un suceso singular. Estando yo en mi posada, entró mi lacayo una mañana, y me entregó una caja que habian dejado para mi. Abrí la caja y encontré... ¿qué diréis que encontré?
--¿Quién sabe?
--Pues encontré tres cortes de brocado de los cuales es uno el que teneis puesto, algunas ricas joyas de hombre y quinientos doblones de oro.
--¿Decís que encontrásteis dentro de la caja el córte del justillo que llevo puesto?
--Si por cierto, y á no ser vos tan mi amigo, no os hubiera dado por nada del mundo ese justillo.
Esta confidencia del marquesito, fue un rayo de luz que empezó á esclarecer las dudas de Aben-Aboo: entonces comprendió por qué doña Inés le habia hecho preguntas, basta cierto punto extrañas é inconvenientes, acerca de la procedencia del brocado que vestia.
--Ahora os agradezco doblemente vuestro sacrificio, dijo Aben-Aboo, pero continuad.
--Para obligarme á admitir aquel regalo venia dentro de la caja un billete que contenia las siguientes palabras:
«Podeis aceptar sin reparo lo que os envio, porque teneis mi alma.»
--Era, pues, el regalo, de una dama enamorada de vos.
--¿Y quién podía ser esa dama mas que la mujer á quien adoro? ¿Cómo pudo conmoverme la vista de dona Inés encubierta sino era el amor que busco?
Don Juan inclinó la cabeza sobre el pecho como para ocultar su conmocion.
--Pero vos habeis visto á esa doña Inés, exclamó de repente el marqués levantando la cabeza y fijando una mirada entumecida en Aben-Aboo; vos me direis si es hermosa ó fea, porque si es fea, no es ella, y me interesa saberlo, porque mirad: hoy que se cumplen quince dias desde que no he visto á mi encubierta, he recibido esta brevísima carta.
Y el marqués sacó de su escarcela un papel que entregó á Aben-Aboo.
Este al abrirle palideció: estaba escrito, al parecer, por la misma mano que el billete de doña Inés que le habian entregado poco antes. Aquella carta decia:
«La constancia con que me habeis seguido me obliga; estad esta noche en la taberna próxima y me conocereis.--Quien bien os ama.
--Yo no puedo aseguraros, dijo el marqués, si esta carta esta escrita por la misma mano que escribió la que acompañaba el regalo que me hizo una dama hace seis meses antes por que aquella carta de puro guardarla se me extravió. Lo que sé deciros es que estoy loco; que la cabeza se me arde; que vine esta tarde á saludarla, frenético de alegría, aunque solo pudiese enviarla mi saludo á través de las paredes, cuando os ví salir con ella y con su padre, á quien creí reconocer, á quien creí haber hablado alguna vez: soy muy mal fisonomista, y nada tiene de extraño que si en efecto le he hablado alguna vez no recuerde su semblante: la verdad del caso es que por una parte tuve zelos de vos, y por otra me alegré porque me dije: el señor Diego Lopez es mi amigo, sabe que puede contar con mi bolsa, y con mi espada y me hablará con franqueza. ¿Amais á esa mujer?
--Hoy es el primer dia que la he visto.
--¡Ah! no importa; si es ella, con sola una vez que la hallais visto os habreis enamorado de ella para no olvidarla jamás.
--Eso piensan todos los que aman como vos, de los que conocen á su amante.
--¿No la amais, pues?
--No marqués, no, porque amo á otra; á una mujer que es vuestra querida: á la comedianta Angélica.
--¡Oh! amadla cuanto querais: yo mismo os llevaré de noche, tarde, á la puerta de su aposento. Llamaré y en vez de entrar yo entrareis vos. Pero decidme: ¿esa doña Inés es hermosa?
--No puede ser la que vos sospechais, marqués, es imposible, dijo Aben-Aboo, empezando á tender un lazo traidor al confiado don Juan, lo que demuestra que no hay amistad que no pueda romper una mujer.
--¡Ah! no sabeis si es, eso posible, dijo el marqués; contestadme: ¿es hermosa?
--Hermosísima: tan hermosa como la comedianta, mas hermosa, porque hay en doña Inés mas juventud y mas pureza.
--¡Es jóven! exclamó el marqués que alentaba apenas.
--Como de veintiun años.
--¡Ah! ¡Dios mio! ¿Morena?
--Moreno límpido, encendido, ardiente, y para concluir de una vez ojos negros y grandes, cuello incomparable, alto y puro el seno, los labios muy rojos, y la sonrisa de ángel, pero triste y apasionada.
--¡Oh! ¡es ella! añadió levantándose fuera de si el marqués: la esposa de mi alma, mi Esperanza.
--¿Estais loco? dijo Aben-Aboo, dominando sus zelos y su rabia.
--Si, si, perdonadme, amigo mio, dijo el marqués sentándose y apoyando la frente calenturienta entre sus manos; estaba hablando como si hubiera hablado con ella.
--No lo digo por eso, sino porque os equivocais: porque esa dama que vos llamais Esperanza y que yo llamo doña Inés, no puede ser vuestra esposa ni vuestra amante, porque... en fin, no puede ser.
--No, no me engaño: es ella; ni me he engañado nunca; me lo dijo el corazon desde el momento en que la vi.
--Os digo que no puede ser, insistió Aben-Aboo: para probároslo necesito revelaros un secreto.
--¿Y creeis que yo no soy bastante caballero para guardarlo?
Aben-Aboo esperaba esta respuesta, y se apresuró á contestar:
--Para que no creais que dudo, de vuestra, hidalguia, voy á deciros el verdadero nombre de esa dama. Olvidadle despues é id á buscar con mas fruto vuestra perdida Esperanza, á quien tanto amais. Esa dama tan encubierta es una mora.
--¡Y bien! dijo el marqués con fijeza.
--Esa mora es sultana.
--Y esa sultana, insistió el marqués, es mi esposa ante Dios y mi conciencia.
--Pero... ¿sabeis la que decís...? tartamudeó Aben-Aboo.
--Esa dama á quien yo llamo Esperanza, es hija del emir de los monfíes de las Alpujarras; ya veis que no me habeis revelado secreto alguno.
Aben-Aboo al escuchar estas palabras hizo crugir la silla en que se sentaba: todas sus dudas habian quedado esclarecidas por la revelacion del marqués; habia sentido revolverse en su alma pasiones terribles, salvajes; los zelos, la envidia, el odio; pero ninguna de estas furiosas oleadas de su alma salió á su semblante.
Entonces un pensamiento siniestro cruzó por su alma: sintió ansia mortal contra el marqués, pensó en embriagarle y en asesinarle cuando lo hubiese conseguido, y desplegando la funesta astucia, y la intencion mortífera de que mas tarde se sirvió en la rebelion de las Alpujarras, revistió su semblante de la mas engañadora alegría, y tendiendo la mano al marqués exclamó:
--¡Oh! ¡pues me alegro, me alegro con toda mi alma, don Juan! porque amando vos á la sultana Amina, como la amais, ¡sois de los nuestros!
--Soy enteramente de ella. Ya sé que sois morisco, señor Diego Lopez, dijo con altivez el marqués, y que sois de los mas ilustres. Pues bien: si mañana me dice Esperanza... ó Amina, como querais; «¡Defiende mi corona!» seria traidor á Dios, traidor al rey, perderia mi alma, pero empuñaria el estandarte de la rebelion por los moriscos, y os llevaria al combate.
--¡Que nos llevariais al combate! exclamó Aben-Aboo, cuya alma acabó de ennegrecerse; sois digno del amor de la sultana; sois digno de la corona que ese amor puede ceñir á vuestra cabeza: ¡oh, don Juan! permitid tambien que dé rienda á la locura de mi alegría y que os abrace: ¿con que al fin todos somos unos? ¿todos hermanos?
Y Aben-Aboo se arrojó en los brazos del marqués que le estrechó en ellos con efusion, porque se sentia feliz y el que es feliz, no odia, no sospecha, no desciende á las miserias del mundo.
--Pero Esperanza no me sujetará á tal prueba, dijo el marqués sentándose de nuevo; Esperanza sabe que soy capaz de sacrificarlo todo por ella, pero no me pedirá el sacrificio. Y sin embargo, y ahora recuerdo cuando ví á su padre: un dia que fuí á pedírsela, en Madrid el año pasado, me dijo estas palabras que no he podido olvidar: «Mi hija solo se casará con un rey; pero no importa: si es preciso os haremos rey.»
El alma de Aben-Aboo se decidió al crimen; sin embargo dijo con un acento natural y amigable:
--¡Oh! pues, si el emir se propone haceros rey lo sereis.
--¡Dios me libre de ambicionar tal cosa!
--Pero decidme don Juan, ¿si habeis hablado una vez al emir cómo no le habeis reconocido al verle en Granada?
--Ya os dije que solo tenia de ese caballero un recuerdo muy confuso, como que hace muy cerca de dos años que le hablé y eso solo una vez y en una ocasion en que estaba muy turbado.
--Lo comprendo, dijo Aben-Aboo: y recayendo en su traidor pensamiento de embriagar al marqués para matarle sin ruido añadió: pero lo que no comprendo bien, es que vos, que sois tan bebedor...
--¡Ah! es verdad: es necesario que brindemos juntos por mi felicidad.
--No: bebed vos solo: ya sabeis que soy morisco: sabed ademas que solo soy cristiano en el nombre, y que el Koran me veda el vino y las bebidas espirituosas.
--Sea como vos querais; pero en cuanto á mí necesito templar bebiendo y cantando mi alegría. ¡Ola, Roque! ¡Roque de Satanás! mis dos botellas, añadió levantándose y asomando la cabeza á la puerta de la escalera.
Apareció á poco Roque, con dos botellas y un vaso; estaba pálido de una manera notable, y miró de un modo singular al marqués.
Después salió.
El marqués se entregó á una alegría que podremos llamar lúgubre, en la que habia mucho de locura, mucho de sufrimiento; habia encontrado, al fin, á Esperanza, á la que habia buscado largo tiempo en vano, y un presentimiento oscuro, de que no se apercibia, daba á su contento el aspecto lúgubre y aterrador de que hemos hablado. Bebia á grandes tragos, y con una frecuencia tal, como si hubiera querido ahogar en vino lo que de una manera incomprensible, comprimia su alma.
Pero cantaba, rasgueaba la guitarra, bebia y abrumaba á preguntas sobre Amina á Aben-Aboo, que le contemplaba con ansiedad, esperando ver los primeros síntomas de la embriaguez.
Ya habia despachado el marqués una botella, y ni el mas ligero asomo de embriaguez habia aparecido en su semblante.
Destapó la segunda, llenó el vaso y le apuró de un trago.
--¿A qué sabe este vino? dijo: ese Roque se descuida: este vino sabe á húmedo.
--¡Bah! os habreis engañado tal vez, dijo Aben-Aboo.
--¿Qué es engañarme? dijo el marqués, llenando de nuevo el vaso y apurándole hasta la mitad. Este vino está echado á perder. ¡Eh! ¡Roque! ¡Roque!
Pero Roque no podia oirle, porque la voz del marqués se habia hecho ronca; ademas se iba poniendo densamente pálido; Aben-Aboo sin saber qué pensar de aquello, miraba al marqués con asombro.
--¡Oh! ¿qué es esto? añadió don Juan, llevándose las manos á la frente: la casa se me anda alrededor. ¡Ah! ¿qué... es... esto?
Y como al impulso de una sospecha terrible, se levantó, dió un grito, y cayó de nuevo, pálido como un cadáver sobre la silla.
--¡Oh! ¿le habrán envenenado...? exclamó con terror y con alegria al mismo tiempo Aben-Aboo. Tal vez le mate el amor de Amina. Le han citado á esta taberna... acaso el emir se deshace de una manera tan buena como cualquiera otra, de un amante de su hija, de un amante peligroso...
Y siguió contemplando al marqués que pugnaba en vano por hablar y por levantarse. Sus ojos se cargaban; su semblante palidecia mas y mas, y al fin, su cabeza cayó inerte sobre la mesa.
--¡Oh! esto está concluido, dijo con una feroz alegria Aben-Aboo: el amor de Amina le ha costado la vida.
Aben-Aboo, se levantó, se acercó á él, tomó la luz, levantó la cabeza del jóven y la examinó atentamente: entonces notó con rabia, que el marqués no estaba muerto, sino dormido: respiraba con facilidad, y la palidez habia desaparecido. Aben-Aboo puso la mano sobre el pecho de don Juan, y notó que su corazon latia naturalmente.
--¡Oh! no era un veneno, exclamó; sin duda se le ha adormecido con la intencion de conducirle misteriosamente, sin que pueda darse cuenta del lugar, á los brazos de Amina.
Y la sombría mirada de Aben-Aboo, y la letal palidez que cubrió instantáneamente su semblante, demostraron que luchaba con un horrible pensamiento.
--Y bien, dijo; estoy solo con él; le tengo en mis manos; no puede haber lucha ni gritos; aquí hay un misterio que no comprendo, y en el cual está envuelta Amina; y luego... este hombre es peligroso; el emir ama demasiado á su hija; el marqués ha dicho, si, lo recuerdo bien, que cuando le pidió la mano de Amina, le dijo que era necesario que fuese rey... que podria ser rey. ¡Oh! ¡y el marqués es valiente! ¡el emir poderoso! Dios me entrega este hombre para que impida con su muerte una traicion que nos perderia.
Aben-Aboo salió; fué á la puerta de la escalera, escuchó, miró al oscuro fondo de una manera insensata, y luego, despues de un momento de vacilacion, en que pasaron por su rostro las mas horribles expresiones, se arrancó la daga de la cintura, y se arrojó sobre el marqués.
Pero cuando creia asegurado el golpe, cuando iba á descargarle sobre el corazon de don Juan, sintió que una mano, formidable por su fuerza, detenia la suya y le arrancaba la daga.
Volvióse rugiente de cólera, y vió ante sí á Roque.
--Los que quieren ser reyes, dijo profundamente, no deben ser asesinos.
--¡Ah, traidor! exclamó Aben-Aboo: tú sirves al emir de los monfíes.
--Y bien, ¿qué? contestó el tabernero, con una calma glacial.
--Tú sabias, que esa dama encubierta por quien te pregunté, era la sultana Amina.
--Y bien, ¿qué? repitió con doble calma Roque.
--Tú no eres lo que pareces.
--¡Yo soy monfí! exclamó Roque con acento feroz.
--¡Ah! ¡tú eres monfí! ¡esclavo de un hombre que nos tiende lazos traidores, que mantiene amistades con los cristianos, y nos suscita peligros!
--No sé quien haya podido revelarte que don Alonso de Fonseca y su hija doña Inés, son el poderoso Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, y la noble sultana Amina; pero no importa, Aben-Aboo: la suerte está echada: muy pronto la sangre del combate correrá en la montaña, y acaso en la ciudad: importa poco que hayas descubierto el secreto: y oye... guárdate: porque si te atreves á levantarte contra el emir, eres hombre muerto.
--¿Me retas?
--Te aconsejo.
--¿Y si yo te castigase y diese muerte al castellano que puede ser la causa de nuestra ruina? exclamó Aben-Aboo, echando mano á su espada.
--Aunque yo solo basto para reducirte á la razon; una sola voz mia, haria caer sobre tí mil puñales.
--¡Ah! los monfíes ¡siempre astutos y traidores! exclamó Aben-Aboo, trasportado de rabia; ¡los monfíes en todas partes!
--Vete; y olvida lo que aquí ha pasado, dijo con altívez Roque; es lo mejor que puedes hacer. Pronto empezaran á venir los moriscos que elegiran por rey de Granada á tu primo Aben-Humeya, y debes evitar que te encuentren aquí.
--¡Si; adios! exclamó trémulo de cólera Aben-Aboo: ¡pero hay del emir! ¡hay de Aben-Humeya! ¡hay de tí!
--¡Y hay de tu cabeza! contestó con desprecio el monfí.
Aben-Aboo, salió rugiendo; bajó como una avalancha las escaleras, y salió á la calle, rebozóse, y se puso en un soportal, en acecho de su casa y de la taberna.
Entre tanto el monfí habia quedado profundamente pensativo en medio de la habitacion.
--No sé, dijo, por qué el emir anda con tantas contemplaciones con esos dos mozos, permite que Aben-Humeya sea rey, y me ata las manos respecto á Aben-Aboo. El emir se arrepentirá, porque esto acabará mal... muy mal... los dos son miserables y traidores: Dios quiera que no sucedan grandes desgracias: por ahora obedezcamos las órdenes de la sultana, y avisémosla de lo que aquí ha pasado.
Y asiendo del marqués, le cargó sobre sus hombros, con la misma facilidad que si hubiera sido un niño, tomó la bugía que estaba sobre la mesa, se encaminó á una puerta situada al fondo de la habitacion por la parte que lindaba con la casa habitada por el emir, y desapareció por aquella puerta con su carga.
CAPITULO X.
En que se trata de lo que pasó entre la sultana Amina y Aben-Aboo.
El joven permaneció algun tiempo observando la casa y la taberna contigua.
La calle estaba desierta y envuelta en un profundo silencio. La luna brillaba sobre ella. Al dar las diez en la iglesia del Salvador, hora en que se cerraban las tabernas, la gente que habia en la del Hardon salió, y se cerró la puerta. La calle quedó ya completamente silenciosa.
Aben-Aboo esperó algun tiempo, pero nadie apareció, á pesar de que segun las noticias del morisco, los xeques del Albaicin debian empezar á acudir á las diez. Entonces recordó Aben-Aboo que á la casa del Hardon podia entrarse por diferentes minas, algunas de las cuales conducian fuera de la ciudad.
--¡Oh! exclamó: los que han de elegir rey á don Fernando entraran por las minas, y de la misma manera habran sacado por las minas al marqués: aunque me estuviese aquí toda la noche nada descubriria... y luego... luego quién sabe por qué se ha dado ese brebaje al marqués. Acaso he supuesto lo que no existe: acaso mis zelos... tenia razon ese hombre... no se puede ver á Amina una vez sin amarla... el amor que me ha inspirado ha crecido con los zelos que el marqués me ha hecho sentir... y acaso me engañe... porque si ella amara al marqués ¿á qué haberse estado recatando de él durante dos años? pero sin embargo, la carta que le citaba esta noche á la taberna... pero á mi me ha citado tambien y de una manera mas directa, por el postigo... yo puedo saber si la sultana, esa sultana que ha estado á mi lado sonriéndome horas enteras, es la Dama blanca... y luego puede ser muy bien que me ame: que me conozca hace mucho tiempo... yo me he puesto á su paso en la montaña... tal vez solo ha tenido con el marqués una aventura galante... y sobre todo yo debo apurar hasta donde pueda este misterio... yo debo acudir á la cita de doña Inés.
Y saliendo del soportal rodeó su propia casa como quien bien la conocia, y se dirigió sin vacilar al postigo.
Detúvose un momento en él á fin de dominarse, y cuando lo hubo conseguido, cuando juzgó que en su semblante no quedaba el menor vestigio de la reciente tormenta, llamó recatadamente al postigo.
Inmediatamente aquel postigo se abrió, y Aben-Aboo lanzó un grito de sorpresa al ver ante si entre las sombras una mujer enteramente vestida de blanco y con un antifaz del mismo color sobre el rostro.
--¡La Dama de la montaña! exclamó.
--Seguidme, dijo la joven.
Aben-Aboo la siguió con el corazon palpitante: atravesó el huerto tras ella, y tras ella atravesó un corredor oscuro, subió unas escaleras, y se encontró en un precioso retrete alumbrado por dos bugías de cera que habia sobre una mesa. Sobre aquella mesa ademas habia un pergamino enrollado y una daga que Aben-Aboo reconoció con terror: era la suya, la que le habia arrebatado en la taberna el monfí.
La jóven cerró la puerta, se quitó el antifaz y apareció el semblante pálido y severo de Amina.
--¿Qué habeis pensado de esta cita? dijo Amina con acento grave.
--¿Me preguntais lo que he pensado ó lo que pienso? dijo con audacia Aben-Aboo.
--Os pregunto lo que habeis pensado, no lo que penseis ahora.
--He pensado delirios, prima.
--¡Delirios!
--Si; he pensado que Dios se compadecia de mí y me daba con vos la felicidad.
--¿Y qué motivos habeis tenido para pensar que yo?...
--Hace mucho tiempo que sin conoceros os amo.
--¡Extraño amor!
--Os he visto en la montaña...
--Creo que ya os costó un lance desagradable vuestra obstinacion en seguirme.
--Con que confesais...
--Lo confieso todo... todo lo que querais que confiese... que soy la Dama blanca de la montaña, la sultana Amina, la amante del marqués de la Guardia...
Amina pronunció estas palabras con una indiferencia despreciativa.
--¡Oh! exclamó con rabia Aben-Aboo, ¿sabeis que os amo, que os he buscado con una tenacidad incansable, y os atreveis á decirme que amais á otro?
--Sino vinierais de donde venís, sino hubierais querido hacer lo que no habeis podido, yo os hubiera dicho: soy vuestra prima Amina, la que habeis seguido á la montaña con peligro de vuestra vida; en el tiempo que hoy hemos estado juntos he comprendido que me amais: yo no puedo pagar vuestro amor, porque no me pertenezco, porque mi corazon y mi vida son de otro á quíen conocí antes que á vos; pero ahora despues de lo que he hecho, despues de lo que habeis dicho, me limito á deciros: tomad vuestra daga, infante Aben-Aboo, y dedicadla á mas noble uso que á asesinar hombres dormidos.
--¿Sabeis señora que ese hombre se jactaba de una manera insolente de que le amabais?
--Puede jactarse de ello: ademas creia hablar con un amigo.
--¿Habeis olvidado señora que ese hombre desprecia vuestros dones vendiéndolos?
--Creia hacer un servicio á un amigo.
--¿Es decir que creeis bueno y noble todo lo que proviene del marqués de la Guardia?...
--Es mí esposo, y debo respetarle... es mas, creo que solo peca de imprudente, de enamorado.
--¿Que es vuestro esposo, exclamó asombrado Aben-Aboo?
--Tomad ese pergamino y comprended por qué os llamo infante, por qué llamo mi esposo al marqués de la Guardia.
Y entregó á Aben Aboo el pergamino enrollado que estaba sobre la mesa, y que no era otra cosa que una copia de las capitulaciones concertadas entre el emir de los Monfíes y Aben-Humeya.
--¡Teneis una hija! exclamó ferozmente Aben-Aboo despues de haber leido el pergamino; ¡Aben-Humeya tiene un hijo!...
--¡Oh! nunca hubiera creido, dijo con profundo desden Amina, que la ambicion hiciese á los hombres tan miserables. Pero ved lo que haceis, Aben-Aboo, ved lo que haceis, porque os advierto que vuestra primera traicion será la señal de vuestro castigo.
--¿Para qué me habeis llamado aquí, señora?
--Mi padre os conoce, Aben-Aboo, y lo ha temido todo de vos, en los momentos en que los moriscos de Granada elijen por su señor á Aben-Humeya: procuró distraeros, os llamó á su casa con un pretexto, os retuvo á nuestro lado, y yo procuré haceros olvidar vuestra ambicion por el amor. Creyéndoos enamorado os cité para apartaros acaso de vuestra ruina, no para alentar un amor que era imposible. Pero vos habeis obrado de tal modo, que me obligais á ser con vos todo lo severa que puede ser una persona que aborrece el crímen.
--Pues os anuncio que vos sereis la causa de muchos crímenes.
--¡Yo!
--Si, vos. Primero he codiciado la corona de Granada, y me la habeis robado; despues os he codiciado á vos y os he perdido.
--¿Y qué derecho teneis á esa corona, qué derecho á mi amor?
--Mi voluntad.
--Vuestra voluntad os llevará á vuestra ruina. Haced lo que mejor os plazca, sed en buen hora mi enemigo. Ni os temo ni os desprecio. Procuraré burlar la venganza que sin duda meditais contra mi padre y contra mí. Pero os aconsejo una cosa. Recatad mucho vuestra venganza, y sobre todo no hableis con mi padre como habeis hablado conmigo. Mi padre nada sabe. Yo debia avisarle para que se precaviese de vos, pero sobre ser vos casi impotente, espero que cuando salgais del estado de delirio en que os encontrais, reflexionareis, comprendereis que en vez de odio nos debeis agradecimiento, y sereis nuestro buen pariente. Si ese momento llega, yo os tenderé mi mano, os perdonaré el mal que habeis querido hacerme, y seré vuestra hermana. Ahora salid, porque todo lo que teniamos que hablar lo hemos hablado ya.
--Adios señora, adios, dijo Aben-Aboo, con acento sombrio, adios, y no os olvideis de mi.
--A pesar de vuestras amenazas, os aconsejo que nada intenteis esta noche contra Aben-Humeya, por mas que tengais algunos parciales, ni dejeis de ver á mi padre. No deis un paso hácia adelante, sino estais seguro de que no habeis de arrepentiros, porque os lo repito, creo que mas que criminal sois loco.
La triste dulzura con que Amina pronunció estas palabras alentó á Aben-Aboo que volvió desde la puerta y se arrojó á los piés de Amina.
--¡Oh! tened compasion de mí, le dijo: teneis razon, yo no he pensado en el crímen hasta que he visto defraudadas todas mis esperanzas... pero amadme, señora, amadme, porque yo antes de ver vuestro semblante os amaba, me habia fingido en vos la hermosura de un arcángel, y al veros he visto que habia soñado poco, que sois mas hermosa, mas noble que lo que soñó mi deseo: amadme, y sea en buen hora Aben-Humeya rey de Granada: si vos sois mia, seré mas feliz que mandando sobre todos los imperios del mundo.
--¡Yo os amo! dijo Amina con una dulcísima voz de consuelo.
--¡Oh! ¡que me amais! ¿luego vuestro amor al marqués de la Guardia es mentira?
--Y es mentira tambien mi hija Kinza.
--¡Ah!
--¿Y habeis podido creer que habria sido madre sino por el amor de un hombre que hubiera llenado enteramente mi alma?
--¡Oh! y entonces... entonces... ¿cómo me amais?
--Levantad y oid: yo os amo porque una voz íntima de mi corazon me dice que os ame; pero os amo de una manera tranquila; como creo que se debe amar á los hermanos; el solo pensamiento de otro amor hácia vos, me horroriza, me repugna... ese amor no puede ser entre nosotros: mi corazon le rechazaria, aunque no amase á otro hombre.
--Pues adios, señora... adios, dijo Aben-Aboo levantándose con el semblante teñido de una palidez letal... ya que no puede haber entre nosotros amor, habrá odio... no podeis amarme... yo os juro que me aborrecereis.
Y Aben-Aboo que conocia las entradas y salidas de la casa como quien era su dueño, salió frenético, dejando sola y aterrada á Amina, que comprendia bien lo temible que era Aben-Aboo.
Por algun tiempo, este vagó á la ventura por calles y callejas; sin direccion fija, calenturiento, entregado á pensamientos, ó por mejor decir, á intenciones de venganza á cual mas horribles: la venganza, ese monstruo del corazon humano, no habia tomado para él formas, pero se revolvia fermentando y rugiendo en su alma.
Asi anduvo una hora: al cabo de ella, el frio que era intenso, contrapesó el ardor febril de su sangre, volvió á su pensamiento la reflexion y se rehizo. Entonces no renunció á su venganza, sino que se resignó á esperar que esta se le presentase en todo su esplendor, justificada, traida por los acontecimientos; comprendió que debia ser prudente, que cuanto mas encubriese su odio mas seguro seria su efecto, y á paso lento tomó el camino de la calle de San Miguel; cuando llegó á ella notó que estaba tan silenciosa y desierta como cuando la habia abandonado, y que no se veia el reflejo de una sola luz ni se escuchaba el mas leve rumor en la casa del Hardon.
--Habrán venido por las minas y estaran en los subterráneos, dijo suspirando, y se encaminó á la puerta principal de su casa.
Abrióle un criado que le indicó que su señor le esperaba y le condujo á su habitacion.
Yaye estaba sentado junto á una mesa, tenia quitada la venda y se le veia en el lado izquierdo de su frente una profunda cicatriz redonda.
Aben-Aboo, ya enteramente dominado adelantó y dobló una rodilla ante el emir besando una de sus manos.
--¿Qué haces, hijo mio, le dijo conmovido Yaye?
--Os rindo el homenaje que os hubiera rendido desde el primer momento, señor, si hubiera sabido quien erais.
Yaye le atrajó á sí y le besó conmovido en la frente: Aben-Aboo notó que una lágrima del emir habia caido sobre sus mejillas.
Esto que hubiese conmovido á otro, irritó á Aben-Aboo.
--¿Has visto á tu prima? le dijo Yaye haciéndole sentar á su lado.
--Si señor.
--He preferido que ella sea quien te revele lo que no te he querido revelar hasta este momento: queria retenerte junto á mí para que no hicieses una locura, pero no quise imponerte el respeto que en este momento te domina. Pero era necesario, cuando te se da un infantazgo, que tu tio y tu señor hablase contigo. Ya sé que has pensado en un puesto mas alto, pero en todos los puestos, hijo mio, encuentra un noble lugar el que es valiente, caballero, y, sobre todo, ama á su patria. Ha llegado el momento de la lucha, lucha que ya no puede dilatarse por mas tiempo. Aben-Humeya cumplirá con su deber como rey de Granada y tú como infante le ayudarás: yo os ayudaré á entrambos. No quiero ocultártelo; la lucha es terrible, arriesgada, y si sobreviene la mas leve division entre nosotros somos perdidos, y sentenciamos á nuestros pobres hermanos, ya harto oprimidos, á la esclavitud, á la muerte, á la deshonra, que es la peor de las muertes. Si hay en tí ambicion, espera y no desesperes, hijo mio. Si el cristiano nos vence, nuestra corona será la corona del martirio; si le vencemos, si, como en otro tiempo nuestros abuelos, logramos avanzar sobre las tierras del cristiano, ayudados del poder del Sultan de Constantinopla nuestro amigo, entonces Aben-Aboo, sobraran coronas en los reinos que reconquistemos.
--Solo os pido una gracia, señor, dijo hipócritamente el jóven.
--¿Cual?
--No separarme de vos, pelear á vuestro lado, llevar en el combate vuestra bandera.
--En lugar estarás, que satisfaga tu valor y tu orgullo, hijo mio. Ahora escúchame, es necesario que partas al momento á las Alpujarras.
--Eso mismo pensaba deciros, señor.
--Yo partiré mañana. Toma: esta carta mia te abrirá paso entre los monfíes que te ayudaran si necesario fuese. Tu madre vive en Cádiar, añadió conmovido el emir.
--Si señor.
--Tu madre estará inquieta.
--Mi madre me ama en extremo, señor.
--Pues bien: dí á tu madre que nada tema, que el emir de los monfíes te protege. Esto la tranquilizará.
--Muy bien, señor.
--Toma, añadió Yaye, abriendo un cajon de una mesa y sacando una repleta bolsa de oro: sé infante de Granada.
--¡Ah! ¡cuántas bondades, señor!
--Adios, vete: sobre todo prudencia y sigilo: que nada puedan sospechar los cristianos hasta el dia del alzamiento.
--Adios, señor, adios, dijo Aben-Aboo que deseaba verse libre de la influencia que ejercia sobre él el emir.
--¿Y no te despides de mi hija? dijo el emir señalando á Amina que habia aparecido en una puerta.
--¡Ah, señora, adios! dijo Aben-Aboo dirigiéndose á ella.
--Sed feliz..... y seguid mis consejos, le dijo Amina.
--¡Ah! no los olvidaré, señora.
Aben Aboo salió, y poco despues se sintió abrir la puerta exterior y las pisadas de un caballo en la calle que se alejaron hasta perderse en el silencio.
--¡Ah! exclamó Amina en un acento que no pudo oir su padre: quiera Dios que con ese hombre no nos preceda á las Alpujarras la desgracia.
Amina sentia oprimido su corazon por un presentimiento funesto.
CAPITULO XI.
Alianza de sangre y lodo.
A punto que Aben-Aboo entraba á caballo en el corral del Carbon, daban las doce en el reló de la capilla real.
Era la hora de la cita con Angélica.
El corral estaba desierto, silencioso é iluminado de lleno por la luna. Aun estaba alzado el tablado donde se habia hecho la representacion, pero despojado de los tapices y de las cortinas: como si dijéramos: en esqueleto.
Aben-Aboo, pensó primero en llamar á maese Pertiñez para que le sirviera de guia hasta el aposento de la comedianta. Pero prefirió no recurrir á él, sino en un caso extremo, ató su caballo á un poste del corral, y se aventuró por las estrechas escaleras que guiaban á la hospederia.
Llegó á lo alto de las escaleras y palpó: encontró al fin una puerta que abrió con la llave que le habia entregado maese Pertiñez de parte de Angélica.
Pero se encontró con una dificultad; el pasillo estaba oscuro, y apenas penetraba en él un débil reflejo de los rayos de la luna á través de las claravoyas del techo.
Aben-Aboo recordó que el aposento de Angélica estaba á la derecha, y en la parte media del pasillo, cabalmente por aquella parte y en el mismo costado daba un rayo de la luna.
Aben-Aboo adelantó con la esperanza de que tal vez aquel blanco rayo de tibia luz le dejaria percibir algun número por el cual guiarse; se quitó las espuelas para no hacer ruido, y adelantó recatadamente, hasta el lugar iluminado por la luna.
Aquel lugar de la pared estaba sobre una puerta; Aben-Aboo sintió una extraña conmocion al notar que en medio del espacio iluminado por la luna se destacaba un negro y enorme el número 13.
¿Era aquello una casualidad ó que Dios ó el infierno le ayudaban?
Otro estremecimiento distinto agitó á Aben-Aboo al llamar á la puerta; al fin era jóven y por mas que un jóven esté poseido de las mas violentas pasiones, siempre siente un no sé qué poderoso que le domina cuando en medio del misterio se acerca á una buena moza que le espera.
Porque Angélica debia esperarle.
Aben-Aboo notó que la puerta cedia bajo su mano sin ruido, lo que demostraba que la puerta estaba preparada para esta clase de lances: el jóven adelantó y se encontró en un espacio alfombrado, con gran asombro suyo, porque no esperaba encontrar tal lujo en tal hostería.
Por una puerta al frente se percibia un tenue resplandor: Aben-Aboo adelantó guiado por él, atravesó otro aposento oscuro y se encontró al fin en la misma habitacion en que Angélica habia recibido aquella mañana á maese Pertiñez.
En un estrado de damasco, reclinada en sus almohadones, y dormida, reflejando en su hermoso semblante, en su cuello y en su seno casi descubierto, como por descuido, la luz de una bugía colocada en una pequeña mesa junto á ella, estaba Angélica.
¿Dormia ó fingia dormir? esta pregunta se hizo Aben-Aboo, pero comprendió que aquella mujer que le esperaba á aquella hora, despierta ó dormida, no debia de haberle citado para hablarle del gran turco.
Aben-Aboo no se atrevió á despertarla en el momento: tan hermosa estaba dormida; por intencion ó pereza, no se habia quitado el traje que habia usado para la comedia, mas que el adorno de plumas: conservaba el magnífico collar de perlas, regalo humillante de Amina, y sin duda, para respirar mejor, se habia abierto el justillo; Aben-Aboo, pudo pues, anegar sus miradas en aquel cuello divino, y en aquel seno de mármol; luego como si una atraccion poderosa le hubiese dominado, acercó lentamente su semblante á aquel seno y le besó.
En esto, entraba al mismo tiempo el deseo y el cálculo, necesitaba mostrarse enamorado y audaz con aquella mujer, en quien habia visto un enemigo mortal de Amina, y cuya alianza podia convenirle.
Al sentir el ardiente beso del jóven, Angélica despertó y exaló un ligero grito de terror, que si fue fingido, lo fue admirablemente. Luego, al reconocer al jóven se tranquilizó, se sonrió de una manera tentadora, y tendió la mano á Aben-Aboo, cubriéndose con la otra el seno con los encajes.
--¿Por qué estais de rodillas? dijo infiltrando una mirada traidora por lo amante, en los ojos entumecidos de Aben-Aboo.
--Estaba adorando vuestra hermosura.
--¡Ah! ¿y vos cuando adorais besais?
--¡Ah, señora! perdonad; pero la culpa es de vuestra divina belleza.
--¡Quién os ha enseñado á enamorar de ese modo?
--Vos.
--En poco tiempo hago yo maestros de amor.
--Vos le enseñais con una sola mirada.
--De modo que vos.....
--Yo os adoro.
--No lo creo.
--¿Por qué?
--Porque adorais á otra.
--¡Ah!
--Como yo adoro á otro.
--¡Oh!
--Pero vos necesitais vengaros.
--Si.
--Y yo tambien.
--Yo de la altivez de una mujer.
--Yo del desamor de un hombre.
--Somos, pues, amigos.
--Amigos de odio.
--¿Y no mas que amigos? dijo Aben-Aboo rodeando la cintura de Angélica.
--Ya veis que os dejo hacer...
--¿Quereis sin duda serviros de mí?
--Como vos de mí.
--¡Ah! yo me serviria de vos para ser feliz.
--Vos podeis hacerme feliz haciéndome vuestra.
--¿Hablais de veras?
--¿Pues nó?
--Oid, señora: á pesar de que creo, que cuando me habeis llamado, me conoceis y comprendeis que puedo serviros de mucho, á pesar de que estoy seguro de que ni me amais ni podeis amarme, vos podeis estar segura tambien, de que á pesar de que amo á otra mujer, á pesar de que lucho con mi suerte, podeis ser mi tentacion, la mano que me impulse... y á mas de eso, la fuente donde beba el amor de que estoy sediento.
--¿De veras? ¿Hablais de veras?
--Entre una mujer como vos y un hombre como yo, no puede haber mentira. Yo os comprendo como vos me habeis comprendido.
--¿Y qué habeis comprendido en mí?
--Que sois capaz de todo por vengaros de una mujer.
--¡Ah! sí, como vos arrostrareis la perdicion de vuestra alma por vengaros de un hombre.
--Yo os doy la mujer á quien amo.
--Y yo el hombre á quien adoro.
--A falta de ese hombre.
--Acepto vuestro amor.
--A falta de esa mujer, yo os doy mi alma.
--Oid, dijo Angélica levantándose de entre los brazos de Aben-Aboo, y separándole de sí en un movimiento de suprema dignidad: no creais que la mujer que habeis visto representando sobre un tablado, ofreciendo su talento y su hermosura al vulgo, es una de esas cómicas perdidas, que abren sus brazos al primero que se las presenta con las manos llenas de oro. Bajo la comedianta está la mujer con todo su pudor, con toda su dignidad: tras mi presente de cómica, hay un pasado noble y altivo, aunque lleno de amargura y de pasiones terriblemente combatidas. Lo he perdido todo, todo, menos la honra y el corazon. Y os digo que no he perdido la honra, porque solo he pertenecido á un hombre á quien he considerado como mi esposo; os digo que no he perdido el corazon, porque no puedo sufrir que ese hombre me engañe y me mienta amores cuando me desprecia. El amor que sentia hácia el marqués, se ha convertido en odio, en lo único que puede convertirse el amor, como un dia se convertirá en odio el amor que os inspira esa duquesita de la Jarilla, esa sultana mora, esa doña Esperanza ó Amina...
--Se ha convertido ya.
--Os habeis arrastrado á sus pies y os ha despreciado...
--Si.
--¡Oh! pues debeis vengaros.
--Me vengaré, no sé cómo, pero me vengaré.
--¡Oh! ¡cuanto me amareis si yo os proporciono una venganza doble, una venganza horrible!
--Siento, señora, que me dominais, que acabareis por enloquecerme por ser el arcángel de fuego de mi vida.
--¡Oh! seguid, seguid: irritad vuestro odio: ¡qué hermoso estas pensando en vuestra venganza!
En efecto, Aben-Aboo estaba hermoso, pero con una hermosura como la que solo puede suponerse en Satanás.
--Somos, pues, el uno del otro. Nos pertenecemos, dijo Aben-Aboo.
--Si; somos desde ahora el uno del otro para vengarnos: despues, cuando nos hayamos vengado; cuando yo pueda considerarme viuda, ahogaremos nuestros remordimientos, el uno en los brazos del otro.
--¡Remordimientos!
--Sí; ¿qué culpa tienen Amina y don Juan, de que el cielo los haya reunido para amarse como se aman los ángeles? Nosotros deberiamos respetar ese amor, noble y grande, purificado por el infortunio, y sin embargo, ese amor nos roe el alma, y necesitamos exterminarle para que no nos despedace: cometeremos un crímen: lo sé: marcho á él de frente, sé que me espera el remordimiento, pero me vengaré, ó por mejor decir, destruiré lo que no puedo ver, lo que no puedo suponer sin sentir una rabiosa sed de sangre.
No parece sino que mi alma es una continuacion de vuestra alma, porque lo mismo pensamos los dos, señora.
--Nuestro comun odio hácia esos dos, que sin nosotros serian tan felices, establece ya entre nosotros una especie de amor extraño...
--Que tal vez mañana...
--¿Quien sabe?
--Os juro no perdonar nada por vengaros.
--Yo os lo juro tambien.
--Os seré fiel como la espada á la mano.
--Y yo á vos como el veneno á la muerte.
--Somos, pues, el uno del otro.
--Como hermanos de venganza ahora.
--¡Y cuando se satisfaga esa venganza!
--Creo que para entonces os amaré..... os amaré como yo amo, con toda mi alma.
--Para eso es preciso que no nos separemos.
He despedido esta noche á mi doncella para estar en libertad de obrar.
--¿Qué quereis decir?
--Que voy á seguiros ahora mismo.
--¿Y el señor Cisneros?
--¡Ah! ¡Cisneros! ¡pobre loco!
--¿Y el señor Salvador Godinez?
--¡Callad! dijo Angélica palideciendo: callad: cabalmente por temor á ese hombre seria capaz de huir con Satanás.
--El cree que no le conoceis.
--¿Le conoceis vos?
--No, pero creo...
--Es mi verdugo, el autor de mis desgracias, el que me ha obligado á arrojarme á las tablas: cree que no le conozco. ¡Ah! á una mujer como á mi no se la engaña mas que una vez.
--Pero, ¿quién es ese hombre? ¿por qué os causa tanto terror?
--Si me probais que no desconfiais de mí, yo no desconfiaré de vos. ¿Como os llamais?
--Me llamo el infante Sidi-Aben-Aboo.
--¡Ah! ¡no mentís cuando decis que sois mio! ¿Sois moro?
--Si.
--¿Vais á revelaros contra el rey?
--Si.
--¿Ansiais beber la sangre de Aben-Humeya?
--Si.
--¡Oh! he buscado el crímen, y el infierno no podia habérmele presentado mas completo, mas terrible. ¿Matareis á Aben-Humeya, vuestro pariente?
--Aunque fuese mi hermano.
--¡Y si yo os dijese el nombre del asesino de vuestro padre!
--El nombre del asesino de mi padre...
--Vuestro padre murió de hambre despues de haber sido herido por los monfíes en una cueva de las Alpujarras.
--¡Ah! y acaso el emir de los monfíes...
--Es el asesino de vuestro padre..... y no solo de vuestro padre, sino de don Diego de Válor, padre de Aben-Humeya.
--¡Y aun no hace una hora, que el hipócrita, que el miserable me abrazaba y me llamaba su hijo, y regaba con sus lágrimas mi semblante!
Angélica se estremeció; su crímen era horrible; pero necesitaba despedazar el corazon de Amina, y siguió marchando de frente al crímen.
--¡La prueba! ¡la prueba de lo que acabais de revelarme, señora!
--Si, os la daré clara y terminante: pero si hemos de llevar á cabo nuestra alianza, es necesario que no nos separemos: para no separarnos, es necesario que huyamos, para huir es necesario aprovechar los momentos. ¿No os he dicho que me he quedado sola para estar dispuesta á todo?
--¡Huir! ¡huir conmigo, esta misma noche!
--¿Os falta dinero?
--Tengo unos cien doblones.
--Y yo tengo joyas que valen un tesoro: joyas que he preparado para la fuga.
--¿Pero habeis meditado que estamos en diciembre, que tenemos que pasar por la falda de la Sierra?...
--¿Y quien teme al frio llevando un volcan en el corazon?
--Luego... un viaje de algunas leguas á caballo...
--Pero vuestro caballo es fuerte...
--¡Oh! ¡sí!
--¿Para llevarnos, y á mas mis joyas y mi dinero?
--Si, indudablemente, si no es mas que lo que hay en ese cofrecillo.
--¡Oh! pues entonces, esperad.
Angélica, tomó la luz, dejando á oscuras á Aben-Aboo, y desapareció tras una puerta de cristales.
No es la oscuridad lo mejor para inspirar buenos pensamientos; parece que hay mas bien allí donde hay mas luz. Durante el breve espacio que Angélica tardó en volver, Aben-Aboo acabó de convertirse en un demonio, sintió hácia Angélica un amor satánico, enteramente distinto del amor que le habia inspirado Amina: ardió su sangre al recuerdo de su hermosura; se inflamó su alma en un fuego sombrío al medir la profundidad de aquella alma infame de mujer. En una palabra, Aben-Aboo se vendió enteramente al diablo.
Angélica volvió enteramente vestida de negro, y envuelta en un largo manto, tomó el cofrecillo de sus joyas, puso en él las que tenia puestas cuando llegó Aben-Aboo, cerró el cofrecillo y le entregó al jóven que le puso debajo del brazo. Luego se asió al otro brazo de Aben-Aboo, y apagó la luz.
--Me habeis dicho vuestro nombre y vuestros intentos, dijo Angélica en medio de las tinieblas, con un acento tal, que erizó los cabellos del supersticioso Aben-Aboo. Voy á deciros el mio y mis intenciones. Pertenezco á la familia mas ilustre de Venecia, y en la córte de las Españas todos conocen mi nombre. Permitidme que os diga antes mis intenciones. Quiero gozar con vos, un placer del infierno, quiero quemaros y quemarme en ese amor; quiero morir en medio de un torbellino de fuego levantado sobre mi venganza satisfecha. Os he llamado, y habeis respondido á mi llamamiento. Sois mio, enteramente mio en cuerpo y en alma, como en cuerpo y en alma soy toda vuestra.
Y tras estas palabras, resonó, entre las tinieblas, un doble beso, ardiente, terrible, por el que parecian haberse exhalado dos almas condenadas.
--Ahora, dijo la comedianta, sabed mi nombre: me llamo la princesa Angiolina Visconti.
CAPITULO XII.
De cómo fue la proclamacion de Aben-Humeya.
A la misma hora en que Aben-Aboo, desesperado se encaminaba al corral del Carbon, en busca de Angiolina, dentro de una habitacion de una casa situada en lo mas alto del Albaicin, se paseaba impaciente Aben-Humeya.
Los adornos y los muebles de aquella habitacion, demostraban que la casa pertenecia á un moro rico.
Aben-Humeya, estaba completamente vestido á la castellana, con un trage de terciopelo negro.
En la casa no se oia el mas leve ruido.
El jóven mostraba en su semblante, esa profunda preocupacion que se apodera de todo el que está á punto de cambiar de posicion y de destino de una manera grave y trascendental.
Podia decirse, que las dos pasiones que de una manera mas marcada se dejaban ver en aquella preocupacion, eran la ansiedad y el miedo.
El jóven habia oido distintamente dar las doce en el reloj de la colegiata del Salvador, y su ansiedad y su miedo parecieron doblarse.
Aun duraba la vibracion de la última campanada, cuando resonó una llave en una cerradura, se abrió una puerta, y apareció un moro completamente vestido de blanco, cubierto el rostro con el extremo de su toca, y con una linterna encendida en la mano.
Aquella noche era para don Fernando de Válor, ó Aben-Humeya, una noche de fantasmas blancos.
--Sígueme, le dijo el moro.
Aben-Humeya tiró de una manera resuelta tras el encubierto, que atravesó algunas habitaciones y en el fondo de un corredor, abrió una puerta, pasó por ella, y empezó á descender por unas estrechas escaleras.
Aben-Humeya le siguió.
Ya á bastante profundidad, el moro abrió otra pequeña puerta chapeada de hierro mohoso, y tiró adelante, siempre seguido por Aben-Humeya.
Marchaban por una estrecha mina abovedada, revestida por una argamasa gris, dura y reluciente.
Despues de haber recorrido una distancia como de mil pasos, el moro se detuvo delante de otra puerta, igualmente forrada de hierro, la abrió y empezó á subir por otras escaleras.
Abrió al fin otra puerta, hizo atravesar á Aben-Humeya algunas habitaciones, y al fin le dijo al entrar en un aposento circular ricamente ornamentado y alhajado:
--Espera aquí.
Y cerró con llave la puerta.
El jóven notó que sobre algunos almohadones, que constituian los asientos de la estancia, habia ropas y armas moriscas.
El sobresalto y la ansiedad, seguian siendo la expresion de su semblante.
No pasó mucho tiempo antes de que resonase una llave en la cerradura de otra de las puertas de la estancia, que se abrió y dió paso á un hombre grave, hermoso, noble, que llevaba vestiduras de califa, y corona de oro en la cabeza.
Tal era la magestad del recien entrado, que la turbacion de Aben-Humeya creció.
--En este momento, dijo á Aben-Humeya, se reunen en casa del Hardon, los xeques del Albaicin y de la Vega, y los wazires, alimes y walíes de las Alpujarras. ¿Estás dispuesto, Aben-Humeya?
--¿Quién eres tú que te me presentas con las insignias de rey de los creyentes, la espada de la conquista al costado, y la corona del imperio en la cabeza? preguntó con recelo el jóven.
--Soy el emir de los monfíes de las Alpujarras, el primo hermano de tu padre, tu tio, contestó Yaye-ebn-Al-Hhamar, que él era.
--¡Ah, señor! exclamó Aben-Humeya, dominado por el magestuoso aspecto de Yaye, por su palabra, y por la conmocion misteriosa que se notaba en su voz: ¡ah señor! ¿con que vos sois ese noble y poderoso pariente que tanto ansiaba conocer?
Y Aben-Humeya, se arrojó á los piés de Yaye, y asió sus manos, sobre las cuales, como sobre las de Aben-Aboo, anteriormente rodó una lágrima del emir.
--Ha llegado la hora, dijo Yaye: nuestros hermanos no pueden resistir ya el odioso yugo del conquistador y le rompen. El levantamiento necesita un rey, y todos esos fieles creyentes que se congregan en casa del Hardon, te aclamaran, hijo mio; pondran á tu costado la espada de la conquista, y sobre tu cabeza la corona del imperio.
--¿Y vos, señor? exclamó hipócritamente Aben-Humeya.
--Cuando Granada obedecia las leyes del cristiano, cuando el emperador don Carlos, antes, y despues su hijo don Felipe, se llamaban reyes de Granada, yo sustentaba sobre mi cabeza, la corona de un pueblo de valientes, que vivían y viven sueltos y libres en la montaña: esos valientes son la esperanza del pueblo moro de Granada: sin los monfíes nada podria hacerse: suya es la fuerza: yo he podido bien decir á los moriscos de Granada, de Almería y del Almanzora: «héme aquí, descendiente de reyes, que he sostenido con honra en las Alpujarras, durante veinte años, siempre desnuda y roja en sangre infiel, la espada de Islam; reconocedme y juradme vuestro señor y venid armados bajo mis banderas.» Los moriscos me hubieran aclamado su emir supremo, y todas las pretensiones de los que se hubieran creido con derecho á la corona de Granada, hubieran quedado imposibilitadas de logro. Pero vives tú: el Altísimo me ha negado hijos...
--Pero te ha dado una hija que es un arcángel del sétimo cielo, señor.
--Ya sé, ya sé, que bien quisieras ser esposo de la sultana Amina. Pero ese casamiento es imposible. Has hablado con ella esta noche, has firmado unas capitulaciones que ya habia yo firmado, por las que se determina de qué manera serás rey de Granada, y el órden de sucesion de la corona; por lo que mi hija te ha dicho, por el contexto de esas capitulaciones, sabes que la sultana Amina es casada como tú lo eres: que como tú tienes un hijo, la sultana tiene una hija, que si Dios no lo impide seran esposos.
--Y no era mejor, mas conveniente que la sultana Amina, rompiese su matrimonio, que yo rompiese el mio...
--Tu casamiento con mi hija es imposible, exclamó profundamente conmovido Yaye, y daria parte de mi salvacion, porque ni aun en ello hubieses pensado: seria provocar la justicia de Dios: no, no: y luego yo no quiero ser cruel, no quiero romper el corazon de mi hija que adora á su esposo; no quiero romper el corazon de la pobre Isabel de Rojas que te ama con toda su alma. No, Aben-Humeya, hijo mio; cuanto he podido hacer por tí, por tu engrandecimiento lo he hecho; serás rey de Granada; cuanto pueda hacer por la gloria de tu nombre lo haré, y serás rey vencedor. Luego, despues del triunfo, si el Altísimo en sus bondades se digna concedérnoslo, cuando tu hijo y mi nieta, sean el uno del otro; cuando haya asegurado sobre tu cabeza y la de tus descendientes la corona del reino, yo que soy harto desdichado, y estoy harto cansado de la vida, pasaré á Africa, y te dejaré dueño absoluto de tu herencia. Entre tanto mi espada y mis consejos te son necesarios, y seré tu padre y tu señor, mientras convenga que asi sea. No hablemos mas de esto; vístete esas ropas, cíñete esas armas y vamos; es necesario que los que te esperan no se impacienten.
Aben-Humeya empezó á despojarse en silencio de su traje castellano, sustituyéndole con el musulman.
Hubo un momento de silencio.
--¿Y estais seguro, señor, dijo de repente don Fernando como si hubieran nacido sus palabras de un recelo, que no habrá quien quiera disputarme la corona?
--Peor para el que á ello se atreva, dijo con una autoridad llena de confianza Yaye.
--Sin contar con el brabío Farax-aben-Farax, que como descendiente de Abencerrages, se dice merecedor de la corona, mi primo Aben-Aboo puede alegar que como yo, que desciende del Profeta, y de los califas omniades.
--Farax-aben-Farax, es el valiente de los valientes de Granada, y contentaremos su ambicion, y daremos entretenimiento á su valor, haciéndole la segunda persona despues del rey; Farax será alguacil mayor del reino[18]. Aben-Aboo es nuestro pariente, y como tal, infante de Granada. Mi autoridad nos responde de su lealtad. Nada temas, pues, y puesto que ya has cambiado de ropas, sígueme.
Yaye, y Aben-Humeya salieron, y precedidos por el moro blanco que los esperaba fuera, y alumbrados por su linterna, atravesaron algunas habitaciones, llegaron á otra mina y al fin de ella Yaye despidió al moro, y asiendo una mano al jóven le condujo á oscuras á una habitacion en la que entraba una escasísima luz, por los claros de la celosía de una ventana árabe que parecía corresponder al interior de una habitacion iluminada.
Yaye condujo á Aben-Humeya á la celosía.
--Espera aquí le dijo: mira y escucha.
Aben-Humeya apoyó su trémula mano en la columnilla de la ventana y miró á la habitacion que se veia desde ella.
Era extensa y magnífica; al fondo, bajo un arco labrado y dorado, se veia un dosel real, con el escudo de las armas de los reyes de Granada; bajo el dosel sobre dos gradas cubiertas con una magnífica alfombra, un divan; á cada uno de los ángulos de las gradas sobre la alfombra del pavimento general almohadones, destinados á los katibs ó secretarios: alrededor de la estancia corría una galería de arcos, entre los cuales pendían ricos tapices; á lo largo de estos arcos corría un divan, y mas hácia el centro, paralelos á los divanes de los costados otros dos: entre estos dos divanes, en el centro de la cámara, habia cuatro almohadones superpuestos de riquísimo brocado, y sobre estos almohadones vestiduras régias y una bandeja de oro, con una corona, y una espada desnuda.
Una lámpara de seda pendiente del techo iluminaba la cámara.
Cuando Aben-Humeya se puso á observar tras la celosía, la cámara estaba llena de moros, viejos y venerables los unos, hombres maduros los otros, muy pocos jóvenes; hablaban con calor en corrillos y se notaba que estaban impacientes; al fin poco despues de haberse puesto junto á la celosía Aben-Humeya, se levantó el tapiz de uno de los arcos situados junto al dosel y una voz sonora dijo:
--¡El poderoso emir de los monfíes, Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar!
Inmediatamente, un profundo silencio sucedió á la agitación anterior, los moros se colocaron en órden junto á los asientos, los secretarios ocuparon su lugar á los piés del dosel, y Yaye entró precedido y seguido, de guardias wazires y walíes y ocupó el dosel: todos estaban de pié é inclinados.
A la derecha del dosel junto á los guardias se veian dos hombres que ya conocemos: eran don Fernando de Válor el Zaquer, tio de Aben-Humeya, y el faquí Abul-Hassam.
Un poco mas allá fijando en los anteriores una mirada profunda y recelosa se veia otro hombre como de cuarenta años, de semblante enérgico y brabío. Aquel hombre era Farax-aben-Farax.
Yaye estaba de pié sobre el trono. Todos los asistentes como hemos dicho estaban de pié é inclinados.
Reinaba un silencio profundo, en medio del cual se escuchó reposada magestuosa y grave la voz de Yaye.
--Buenos muslimes, dijo, creyentes del reino de Granada, héme entre vosotros, en el momento necesario. Me habeis llamado y acudo á vuestro llamamiento. Sentaos y escuchadme.
Todos se sentaron; Yaye se sentó pero en una actitud valiente inclinado hácia el concurso á quien dominaba desde su alto asiento.
--Veo reunidos aquí, dijo paseando sus miradas por la sala, lo mas notable del reino: el anciano y sabio Abul Ben-Eden, xeque del Albaicin, el prudente Aben-Coraixí, la familia entera de los Homaiditas, el fiel Hardon, los buenos y leales xeques de la Vega, y permitidme que lo diga, el cedro del Islam, el leon de la ley, la espada de exterminio, el valiente entre los valientes, Farax-aben-Farax el último que queda de la generosa tribu de los Ben-Serajis[19], entre vosotros hay hombres que han nacido conmigo, y de los cuales conoceis muy pocos: el valiente Harum el Geniz, mi wazir, el Partal y alguno otro: los demás son mis walíes, mis brabos walíes, los que acaudillan mis monfíes, y tienen siempre teñidas en sangre fresca sus espadas. Veo ademas prestándonos su ayuda el noble Aben-Jahuar-el-Zaquer, y asiste entre nosotros para iluminarnos con su ciencia el sabio faquí Abul-Hassam.
Detúvose un punto Yaye y luego continuó.
--El lugar que ocupo sobre vosotros, nada significa sino que el emir de los monfíes, que ha nacido sobre un trono, ocupa el trono que ha sustentado con su espada: pero este no es el trono del reino, sino el trono de las Alpujarras. El que vosotros elijais por rey, ocupará un asiento en este trono á mi derecha, será mi hermano, y como nos habremos sentado en un mismo divan, combatiremos juntos por la libertad de la patria, y por el restablecimiento de la ley. Esto tenia que deciros y ya os lo he dicho, me habeis llamado y he venido; necesitais para levantaros mi ejército, y ya está aparejado y pronto para la pelea. Ahora, vosotros, xeques y caballeros, tratad de lo que os pareciere conveniente para la salud de la patria y para la eleccion del rey que ha de gobernaros.
Guardó silencio Yaye, y seguidamente se levantó el xeque mas anciano del Albaicin, y apoyado en un baston dijo con la voz mas segura y robusta que lo que se podia esperar de sus años.
--El momento de probar si somos dignos de vivir como hombres, ó de gemir y llorar nuestra ignominia como esclavos, ha llegado, poderoso emir, nobles hermanos. Los capítulos que hace tanto tiempo estamos evitando que se cumplan, van á ser al fin llevados á cabo, ¿qué digo que van á ser llevados? ¿Acaso los alguaciles y las guardas que nos hace pagar el presidente Deza no se atreven á entrar en nuestras casas? ¿no obligan á nuestras mujeres á que lleven el rostro descubierto? ¿no nos vedan nuestros baños? ¿no nos obligan á tener las puertas abiertas el dia de viernes y los domingos? ¿Ya cuando nace entre nosotros un desventurado, podemos celebrar la fiesta de las buenas hadas, ni ya nuestras doncellas pueden regozijarse con las leilas y las zambras? Vienen casa por casa, regístranlas, nos cuentan como cabezas de ganado y nos empadronan. Llevan nuestros pequeñuelos á las iglesias y los bautizan: oblígannos á ir á misa, cada dia, y despues de hacernos adorar figuras: despues de predicarnos abominaciones, sacan un papel y allí nombran desde el mas pequeño hasta el mas grande y al que falta le buscan y le prenden. ¿Pero á qué he de repetiros lo que todos sabeis y no es necesario recordaros, ni aun para excitar vuestra cólera que harto sublevada está contra tantas infamias? Ya ha pasado el tiempo de las lamentaciones y llegado es el de la venganza. Y puesto que el valiente emir de los monfíes nos ayuda, abreviemos de pláticas y elijamos rey que nos gobierne.
Sentóse Abul-Ben-Eden, y aprovechando su silencio Aben-Jahuar el Zaquer, tio de Aben-Humeya, dijo con voz robusta adelantando hácia el centro.
[imagen: Farax-aben-Farax.]
--Sí, llegada es la hora de la venganza, pero aun no es ocioso representar nuestras miserias á algunos que creen que aun pueden esperarse treguas de nuestros verdugos, y ¿por qué no hemos de justificar la causa que nos impulsa á levantarnos armados con toda nuestra indignacion? ¿por qué no hemos de recordar la opresion en que estamos, sujetos á letrados y legos y no menos esclavos que si lo fuésemos? ¿Las mujeres, los hijos, las haciendas y nuestras propias personas al arbitrio de nuestros enemigos, sin esperanza en muchos siglos de vernos fuera de tal servidumbre, sufriendo tiranías y tributos, y privados del asilo en los lugares de señorío y en las iglesias, haciéndonos con esto de peor condicion que los castellanos, pero obligados bajo pena de dinero á ir á rezar á las iglesias? Los clérigos se enriquecen á costa nuestra, no tenemos acogida ni en Dios ni en los hombres, los cristianos nos desprecian llamándonos moros, y los moros nos niegan su ayuda creyéndonos cristianos: mándasenos que no hablemos nuestra lengua cuando no sabemos la castellana, y no sabemos en qué lengua nos hemos de expresar, ni cómo pedir las cosas; como sino se pudiese ser cristiano hablando en arábigo, y moro hablando la lengua castellana. Llevan á nuestros hijos á sus congregaciones y á sus escuelas, y les enseñan artes prohibidas por nuestra ley: á cada momento nos amenazan con arrebatarlos del pecho de sus madres y de la enseñanza de sus padres, y llevarlos á extrañas tierras, donde olviden nuestras costumbres y aprendan á ser enemigos de los padres que los engendraron y de las madres que los parieron. Nos mandan dejar nuestro trage y vestir el castellano, como si trajéramos la ley en el vestido y no en el corazon; nuestras haciendas no bastan (tan pobres nos han dejado ya) para comprar los nuevos trages para nosotros y nuestras familias: de las ropas que tenemos no nos podemos valer, porque nadie compra lo que no ha de vestir: para llevado es prohibido; para vendido inútil. Si mendigamos, nadie nos socorre como á pobres, porque somos pelados como ricos. Nuestros pasados quedaron tan pobres en las guerras contra Castilla, que, cuando casó su hija el famoso Alí-Athar, alcaide de Loja, pariente de algunos de los que aquí nos hallamos, se vió en la necesidad de buscar prestados vestidos para la boda. Nos privan del servicio de los esclavos negros y no nos permiten los blancos. Los habiamos comprado criado y mantenido, y nos vemos sujetos á otra nueva pérdida. ¿Quién nos servirá? ¿qué haremos, cuando á nuestras hijas y á nuestras mujeres que van con los rostros cubiertos á servirnos y á proveer de lo necesario sus casas se las manda descubrir los rostros? Son vistas y codiciadas y requeridas, y la deshonra penetra entre nosotros, y no se sabe cuál es la que da ocasion á la avilantez de los codiciosos. Nos obligan á tener las casas abiertas, para que pueda entrar á todas horas el ladron, el impuro, el adúltero. Nos quitan la alegría de nuestras fiestas y nos prohiben los baños, que son la salud y la limpieza de nuestras mujeres: las veremos en nuestras casas, tristes, sucias, enfermas, donde tenian la limpieza por contentamiento y por vestido[20]. ¿Y queréis que no recordemos tales injurias? ¿quereis que no digamos á cuanto somos obligados por nuestra patria y por nosotros mismos?
[imagen: Reunion de los moriscos para elegir rey.]
--Lo que queremos, dijo Farax-aben-Farax con arranque, no es que se nos diga, lo que todos sabemos, lo que todos sentimos, por que lo tenemos delante de los ojos. Lo que queremos son menos palabras y mas obras: veinte años y mas llevamos de hablar, y de gemir, y de rescatar con oro nuestra servidumbre: ¿será que ahora tambien ha de quedarse todo en palabras?
--¡Acuérdate Farax! dijo con voz grave Yaye: ¡acuérdate! hace veinte y dos años, subieron al Albaicin, el capitan general con sus banderas, la Chancilleria con sus oidores, el ayuntamiento con sus veinticuatros, la Inquisicion con sus frailes: la ciudad estaba llena de soldados y de piezas de artillería; un pregonero nos leyó su edicto, cuyos capítulos nos llenaron y nos llenan de indignacion: hasta entonces, aunque aquel edicto era ya antiguo, no se habia cumplido. Tú y yo, y muchos de los que aquí estan, y muchos que han pasado ya de esta vida, oimos en silencio, transportados de cólera aquel pregon infame: entonces... ¡acuérdate! yo, apenas habian salido de la Plaza Larga, los tiranos, llamé al pueblo á la insurreccion: entonces ¡acuérdate, Farax! entonces, dijiste tú: ¡no tenemos armas! entonces un noble anciano, el padre de los moriscos del reino, el noble Abd-el-Gewar, que ya no existe, dijo: ¡Tenemos oro! los jóvenes tenian miedo; los viejos apelaban al dinero, para entretener con la codicia de los cristianos el cumplimiento del edicto. Yo comprendia demasiado aunque jóven, que no haciamos mas que dar largas á la tiranía, que el oro acabaria por concluirse y que seria tarde cuando apelaramos al hierro. Mis temores de entonces se han cumplido: nuestros hermanos, nuestras mujeres, nuestros hijos, han sufrido veinte y dos años de martirio inútil, durante los cuales el vencedor ha aprendido la manera de aterrarnos y el modo de combatirnos. Solo yo, solo los valientes que han vivido conmigo en la montaña, no podemos acusarnos de haber contribuido á las desgracias de la patria con nuestro apocamiento, con nuestra cobardia.
--¡Nos llamas cobardes! exclamó cerrando los puños y lívido de cólera Farax-aben-Fraax.
--En una sola ocasion, continuó Yaye, sin dar muestras de haber notado el furor de Farax, pretendisteis alzaros: yo era el capitan del alzamiento: mi padre venia en socorro de Granada por los desfiladeros de la sierra; vendidos por una traicion miserable los monfíes, mi padre murió peleando por vosotros, y vosotros al saber que quedábais solos, temblásteis de espanto y corrísteis, arrojando las armas, á esconderos en vuestras casas.
Levantóse un murmullo de disgusto.
--Por mas que os pese, digo la verdad, continuó con energía Yaye levantándose del divan; y testifican esa verdad los veintidos años de ignominia que han pasado para vosotros. Yo lo he sacrificado todo por la patria; yo he herido en el corazon al rey de España, y para herirle me he herido á mí mismo: yo os he incitado contínuamente al levantamiento, y vosotros habeis contestado siempre á mis excitadores: ¡tenemos oro! ¡os habeis arrastrado humildes ante el Presidente, ante el Capitan general! ¡os habeis llamado fieles vasallos del rey de España, habeis confesado la religion de los cristianos, habeis poblado sus iglesias, y no habeis preferido á tanta humillacion, á tanta deshonra, el ir á vivir entre las breñas donde viven mis monfíes, cambiando con el cristiano, como ellos, hierro por hierro, sangre por sangre!
Callaban todos dominados por la voz tonante de Yaye.
--Al fin me habeis llamado, continuó este despues de un momento de silencio: al fin habeis recurrido al último extremo: á la guerra, cuando ya no teneis oro, cuando los ministros del rey de España os despedazan despues de haberos chupado: no teneis oro, ni armas...
--Pero tenemos sangre, emir, contestó levantándose con una energía superior á sus años el viejo Abul-ben-Eden.
--Me habeis llamado y he venido, continuó Yaye; no teneis oro ni armas: pero acaba de decirlo el noble Abul-ben-Eden: teneis sangre. Yo tengo tesoros y soldados: tesoros inagotables, soldados fuertes como robles y bravos como leones. He sacrificado mucho por la patria, mi corazon está desgarrado, muerta mi esperanza, pero me queda aun mas que sacrificaros y os lo sacrificaré. Yo bien pudiera deciros: soy vuestro rey: sé que me elegiriais sin dudar, pero no quiero que se crea mi ayuda interesada: os prevengo que sera inutil que me elijais por que no habrá poder humano que me haga aceptar: muchos de vosotros me conoceis y sabeis que mi voluntad es firme como una roca. Elegid, pues, á otro. Pero antes, y como sé que hay algunos que aspiran á la corona de un reino que aun existe, que es necesario conquistar, quiero deciros el estado en que se encuentra España en estos momentos, las fuerzas con que contamos y lo funesta que seria para la patria una division entre nosotros. España esta amenazada por todas partes: recela de Inglaterra, es enemiga de Francia, combate en Flandes y en Italia. El rey no tiene ni dineros, ni galeras: sus ejércitos no bastan para sus cuidados; la gente es valdia y floja por mal pagada, las galeras estan mal armadas, y los capitanes y cabos del ejército disgustados: Europa entera se conmueve bajo una terrible lucha religiosa, en que combaten los católicos con los sectarios de Lutero: por otra parte crece el poder del gran Selim II, que nos ayudará con todas sus fuerzas, y los corsarios de Africa llenaran el mar delante de nuestras costas: si nos unimos, si marchamos todos como hermanos contra los ejércitos del rey de España, las Alpujarras seran para nosotros, lo que fueron en otro tiempo las montañas de Asturias para los cristianos: si unidos desplegamos todas nuestras fuerzas, si obedecemos á una sola voz, si caemos sobre Granada y la entramos (que no es difícil), al ver nuestros pendones clavados en el alcazar de la Alhambra, al contemplarnos honrados por el triunfo, nuestros hermanos de Africa y de Constantinopla se prestaran á ayudarnos, y formidables ejércitos inundaran la España, é innumerables galeras cubriran los mares: pero si les damos la muestra con nuestras divisiones de una guerra oscura, sin triunfos, llevada de breña en breña, y de valle en valle, nos abandonaran á nosotros mismos, que no podremos resistir á los ejércitos de España: sino hemos de luchar como debemos, mas vale que nada hagamos: si hemos de ser esclavos, seámoslo sin irritar con la resistencia á nuestros enemigos. Es cuanto tenia que deciros. Elegid rey.
--En otros tiempos, dijo Aben-Jahuar el Zaquer, cuando era necesaria una eleccion, nuestros abuelos consultaban á los sabios, á los alimes de Dios, y el Altísimo por medio de ellos, expresaba su voluntad: ¿por qué no hemos de hacer ahora lo mismo?
--¿Y quién es el sabio, que nos ha de decir la sentencia de las estrellas, dijo con sarcasmo Farax-aben-Farax?
--Entre nosotros hay un hombre de Dios, dijo uno de los parciales de Aben-Jahuar.
--¿Y quién es ese hombre? dijo Farax.
--El sabio Abul-Hassam, el faquí.
Al escuchar este nombre, que era muy respetado por el fanatismo de los moriscos, se escuchó un murmullo de respeto.
Farax conoció que estaba vencido y calló.
Abul-Hassam comprendió que estaba ayudado por la situacion y adelantó grave y mesurado, cruzados los brazos, ocultas las manos en las anchas mangas de su caftan, y con la cabeza inclinada.
--Yo veo tres gigantes, á quienes siguen otros mas pequeños: dijo despues de algunos segundos de silencio: el primero es el rey de España: el segundo, representa á las gentes de iglesia; el tercero á las gentes de justicia; los restantes á las gentes de guerra, rapaces y aventureras. Estos demonios, castigaran al mundo con sus crueldades y tiranías, hasta que el Altísimo permita que se levante en frente de ellos, armado de armas resplandecientes, un rey poderoso, que seguirá la ley del enviado Profeta de Dios: y este rey será el que está contenido en esta profecia escrita en metros por el sabio Tauca el Hamema, cuyo nombre significa pecho de la paloma, comparando su hermosura y elegancia, con la hermosura de los colores del pecho de esta ave.
Y Abul-Hassam, sacó un largo pergamino que desenrolló, en el cual leyó lo siguiente:
«En el nombre de Dios piadoso y misericordioso.
»Las alabanzas sean á Dios solo, que no hay otro sino él.
»Oid lo que dijo el Altísimo á su escogido:
»Cuando viéres las mujeres correr tras los hombres, sin empacho ni vergüenza,
»Y creciere el logro y lo mal ganado en los hombres,
»Y tomaren por ley la injuria y los homicidios,
»Y se multiplicase la inobediencia de hijos á padres;
»Cuando vieres abatido al buen creyente, y ser los sabios perseguidos hasta servir á los malos;
»Cuando viéres poblados todos los encuentros de tu casa de lo ilícito y mal ganado,
»Y desamparares á tu hermano y obedecieres á tu amigo;
»Cuando viéres la madre caduca ganar con sus hijas entre los hombres,
»Y salir el hijo de la obediencia de su padre y obedecer á su mujer en todo negocio;
»Cuando viéres las pinturas prohibidas en los templos,
»Y las mujeres entregadas á todo linage de licencias,
»Y los hombres de religion vivir en ricos y suntuosos edificios,
»Y los temerosos de Dios solos como huérfanos,
»Y los malos con las cabezas mas altas y duras que las aplomadas tierras;
»Cuando viéres las colas preceder á las cabezas, y el amigo muy allegado negar al amigo, y no osarse fiar el hombre de aquel con quien se junta;
»Cuando viéres empobrecer la gente liberal, y enriquecer y subir los avarientos,
»Y las manos liberales hacerse duras y crecer el número de los mendigantes;
»Cuando viéres la ley desamparada y sus secuaces tan pocos como lunares blancos en cabellos prietos,
»Y los hombres hechos lobos, cubiertos con vestiduras de hombres,
»Y que el que fuese lobo, comerá con los lobos, y que el que no fuere lobo será comido por los lobos;
»Y cuando viéres crecer las discordias entre hermanos, y ser las lluvias sobre la tierra pocas;
»En este tiempo será el fin del imperio puesto entre los dos mares.
»Y gentes soberbias y duras, correran como el fuego sobre aquel imperio,
»Y no dejaran campo que no talen, ni aldea que no abrasen, ni ciudad que no derroquen;
»Y los que con sus pecados habran dado causa á la cólera del Altísimo,
»Desamparados por él, pararan en servidumbre, y en envilecimiento y en angustia.
»Cadenas oprimiran sus cuellos, y veránse despojados de cuanto tuvieren,
»Y vilipendiados en sus mujeres, y abandonados de sus hijas y azotados en el rostro de sus padres.
»Quitarles habran sus templos, y mudaránles las leyes, y enmudeceran sus lenguas que no podran pronunciar el habla de sus padres.
»Resistiran y seran vencidos; se quejaran y seran apretados.
»Sus hijos seran llevados lejos de ellos y criados en otros dioses;
»Sus dias seran de sombra, y sus noches de quebranto.
»Y durará esta miseria muchos años.
»Y mandará Dios salir en el Poniente un rey tirano, que lo atajará y lo sujetará todo;
»Y su vista no tendrá señal de vista humana, y maltratará y juzgará con toda maldad á las gentes,
»Y entre sus manos pereceran los moros del Poniente con todos sus bienes.
»Y el Andalucía quedará huérfana negra y oscura, hasta que aparezca un rey en quien no habrá falta.
»Rey hijo de rey será, y vendrá á Granada, la cándida y la clara, donde le diran:
»Vos sois nuestro rey y nuestro gobernador forzoso.
»El cual subirá con sus ejércitos y estandartes á los alcázares de la Alhambra, y allí estará algunos dias encubierto:
»Y desde allí conquistará muchas y muy grandes fortalezas, climas y provincias,
»Y vereis pujante el cetro y la corona de los moros.
»Poseerá este rey á Sevilla, y tomará noventa ciudades á los herejes;
»Y todas las ciudades del Poniente seran dichosas bajo la corona de este rey.
»Siete años durará esta guerra victoriosa;
»Y el rey de los creyentes alcanzará al cabo de este tiempo al rey de los infieles,
»Y le combatirá y le matará.
»Y sobre la frente de este rey maldito se leerá: tiranizó y pecó.
»Y el valiente rey que cumplirá todas estas maravillas, pasará sus primeros años encubierto bajo un humilde nombre.
»Y será bautizado y hereje de su ley;
»Y para que podais conocerle mejor, este mozo será descendiente de la santa familia del Profeta;
»Y sus abuelos habran sido califas de Damasco y de Córdoba:
»Y el astro esplendoroso de los Omeyas lucirá sobre su frente y le dará victoria.
»Y en el tiempo en que este mancebo sea reconocido y encumbrado, los árboles llevaran abundantes frutos,
»Y los agostos del pan seran mas ricos en los montes frios y en las costas;
»Y las abejas llenaran sus colmenas de miel en este año bendito;
»Y la entrada de este año será en sábado;
»Y el ángel Miguel y el ángel Gabriel bajaran sobre el Andalucia con la espada de la justicia de Dios.
»Glorifiquemos y alabemos al Señor Altísimo y Unico.
»El levanta y abate los imperios: él da la vida y da la muerte; él es la luz y él la sombra.
»Glorifiquémosle y confesémosle: no hay otro Dios sino Dios.
»Roguemos á su escogido Mahoma y por el amor que Dios le tiene, el enviará sobre los tiranos su castigo en todo extremo y su rigor.»
Calló Abul-Hassam y extendiendo el pergamino y mostrándolo á los circunstantes que guardaban el mas profundo silencio, dijo:
--Esta es la profecía de Tauca-el-Hamema, el sábio y el justo: vedlo: aquí está escrito lo que os he leido.
--¿No dice esa profecía, exclamó Yaye, que el rey que ha de libertarnos, rey hijo de rey, será descendiente de la santa familia del Profeta, nieto de los califas de Damasco y de Córdoba, y que vivirá entre nosotros encubierto y hereje de su ley?
--Si, dijo Abul-Hassam; eso dice la profecía.
--¿Y no veis cumplido claramente su pronóstico, sabios y caballeros, en Aben-Humeya, que ha llevado entre los cristianos el nombre de don Fernando de Válor?
--¡Si! ¡si, si! dijeron todos los parciales de Aben-Jahuar-el-Zaquer:
--¿Cuanto oro te han dado por ese jofor[21] embustero? dijo Farax-Aben-Farax adelantando lleno de cólera hácia el faquí.
--La palabra de Dios ha resonado entre nosotros, dijo con acento solemne Abul-ben-Eden, levantándose: ¿quién es el imprudente que se atreve á blasfemar de la palabra de Dios?
--¿Y qué crédito puede mereceros un artificio que cualquiera puede haber inventado?
--¡Esta es la profecía de Tauca-el-Hamema! exclamó con acento indignado el faquí: ¡hay del impío que blasfema de los profetas de Dios!
--El reino es libre para elegir su rey, Farax-aben-Farax, exclamó el emir bajando de su trono: y mientras yo lleve espada al costado, nadie se atreverá impunemente á contrariar la voluntad del reino. ¿Hay alguno que se atreva á imponernos aquí su voluntad?
Todos callaron.
Yaye revolvió en torno suyo una mirada amenazadora, que acabó por fijarse en Farax. Este se hizo atrás murmurando sordamente como un mastin á quien su amo arrebata de los dientes una presa, y le amenaza con un palo.
Yaye volvió al diván.
--Puesto que ya habeis oido esa profecía; puesto que estais decididos á elegir rey, consultad entre vosotros; escribid cada uno en un papel el nombre del elegido, y entregad ese papel doblado á los secretarios.
Todos se levantaron y se dividieron en grupos; Yaye hizo á Farax señal de que se acercase.
El tremendo morisco se acercó hosco y sombrío, y Yaye estuvo hablando con él largo tiempo en voz baja.
--No es la ambicion la que me mueve, dijo al fin Farax, sino el amor de la patria; pero puesto que quieres que Aben-Humeya sea rey de Granada, sealo en buen hora: Dios quiera que no te arrepientas tarde, emir.
Y tomando un papel, escribió en él el nombre de Aben-Humeya, le dobló y le entregó á un secretario.
Despues, cada uno de los moriscos y de los monfíes, fue entregando su voto, y cuando se contaron, se vió que todos habian votado; cuando se abrieron los papeles se encontró escrito en todos el nombre de Aben-Humeya.
Poco despues, buscado el jóven por su tio Aben-Jahuar-el-Zaquer, fue traido á la cámara, revestido de las vestiduras reales, y proclamado rey con las mismas ceremonias que vimos al principio de este libro proclamar á Yaye emir de los monfíes en el alcázar subterráneo de las Alpujarras.
El primer acto de soberanía de Aben-Humeya, fue nombrar alguacil mayor del reino á Farax-aben-Farax, y capitan general de sus ejércitos, á su tio paterno Aben-Jahuar-el-Zaquer.
Aquella misma noche, Aben-Humeya partió acompañado de sus parciales á las Alpujarras.
Aquella misma noche tambien, partieron á la montaña, Yaye, Amina y los monfíes.
CAPITULO XIII.
Cómo estaba gobernada la villa de Cádiar.
La villa de Cádiar está situada entre lo mas montañoso de las Alpujarras, sobre una vertiente.
Esto no impide que los terrenos, colinas y montañas que rodean á esta villa sean muy fértiles, siendo ademas recomendable esta poblacion, por la pureza y salubridad de sus aires y de sus aguas.
Hoy la tal villa es un poblacho feo, de reducido vecindario, albergado en algunas casas ennegrecidas, agrupadas alrededor de una iglesia situada en lo mas alto y deteriorada y fea.
Cádiar ha perdido mucho de su antigua importancia; por mejor decir: lo ha perdido todo.
Pero en el año de 1568 era otra cosa.
Solo habian pasado entonces setenta y seis años desde la conquista de Granada, y aquella terrible catástrofe para los moros, que los habia sujetado al fin bajo el yugo de los cristianos, sus enemigos, en toda la extension de España, habia determinado el apogeo, la riqueza, no solo de Cádiar, sino tambien el de las demás villas y lugares de las Alpujarras.
Esto se explica facilmente: del mismo modo que el vencido Muley-Abd'-Allah-al-Ssagir-el-Zogoibi[22], mas vulgarmente conocido por Boabdil, al trasladarse á Andarax, despues de haber entregado la Alhambra y los castillos de Granada á los reyes don Fernando y doña Isabel, llevó consigo á aquel destierro, donde estuvo dos años, gran parte de su córte y de sus caballeros: otros muchos nobilísimos y ricos musulmanes, con sus familias, esclavos y tesoros, se habian trasladado de Granada, á esta, ó á la otra villa de las Alpujarras, pretendiendo de este modo robarse en parte á la vista de los aborrecidos vencedores, y esta gente acostumbrada á la riqueza y á la molicie de sus alcázares, y á la frescura y frondosidad de los jardines que habian dejado en la ciudad perdida, embellecieron para hacer mas cómoda su residencia en ellas, y aumentaron la poblacion y la riqueza de las villas á que se habian acogido.
Cádiar habia sido una de las villas mas favorecidas por esta especie de inmigracion; muchas familias poderosas se avecindaron en ella, y con una rapidez maravillosa, fueron desapareciendo las casas pobres y antiguas, para dar lugar á otras mas bellas y mejor proporcionadas; construyéronse algibes; convirtiéronse en amenos cármenes las laderas de la montaña, estableciéronse en sus plazas mercaderes, creció el tráfico y el dinero, y al cabo, la antes casi insignificante villa, se convirtió en una poblacion importante, rica, populosa y considerada, llegando á tal punto, que el capitan general de la costa y reino de Granada, en vista de la aglomeracion en aquel lugar, de tanta gente recien conquistada y mal sujeta al yugo, creyó oportuno establecer en la villa un presidio de soldados, y uno de esos rígidos é inflexibles corregidores que son capaces de ahorcar hasta á su sombra.
A mas de esto, habia en Cádiar parte de una compañía de arcabuceros, cuyo resto estaba dividido entre las villas de Válor y Yátor.
El capitan de esta gente de guerra, que pertenecia á los presidios del reino y córte de Granada, era nuestro antiguo conocido el marqués de la Guardia, á quien, como recordaran nuestros lectores, habia procurado su tio, don César de Arévalo, este oficio de capitan, para que se mantuviese con su sueldo, no siempre pagado con exactitud, á falta de las pingües rentas de su marquesado que sabemos estaban empeñadas.
Un capitan de infantería de aquellos tiempos, era mucho mas considerado que en los nuestros, y para llegar á este empleo, era necesario haber servido mucho y bien, ser ya viejo, ó gastarse sendos doblones para levantar á su costa una compañía. Fuera de estos dos casos, solo podia ser capitan un jóven, por su título y su nobleza: como si dijéramos: en premio á los servicios de sus antepasados.
En este caso se encontraba el marqués de la Guardia, que era demasiado jóven para capitan, no mediando favor ó méritos heredados, y demasiado arruinado para poder gastar un solo doblon.
En cambio era valiente hasta la temeridad, y se hacia respetar y obedecer ciegamente de sus soldados, en las pocas ocasiones en que se encontraba entre ellos.
Y decimos las pocas ocasiones, porque tal estaba la disciplina militar en aquellos tiempos, que la gente de sueldo ensanchaba cuanto podia y aun mas de lo que podia el círculo de su licencia: singularmente los capitanes iban de acá para allá y residian donde mejor les parecia, dejando encargado el mando á su teniente.
El marqués de la Guardia, que, como sabemos, buscaba desalado á su Esperanza sin lograr encontrarla, residia la mayor parte del tiempo en Granada, yendo muy pocas veces á su presidio, y aun asi morando alternativamente en Cádiar, en Válor ó en Yátor.
En Cádiar estaba la bandera de la compañía, y con ella un teniente soldadote y aventurero, que quedaba encargado del mando en ausencia del marqués.
Este teniente, pues, venía á ser en Cádiar, la segunda potencia despues del corregidor.
Ademas de estas autoridades que llamaremos temporales, habia otra autoridad que llamaremos espiritual: el beneficiado de la iglesia parroquial de la villa.
Este eclesiástico era un varon duro, irascible y terriblemente fanático; su fanatismo era para aquel pueblo de moriscos mal convertidos, tan fatal como las arbitrariedades del corregidor, y las licencias del teniente del marqués de la Guardia.
El corregidor se llamaba el licenciado Lope Gutierrez, vivia de los derechos que le daba su vara, no siempre recta é inflexible, y en cuanto á calidad, tan tenebrosa era su procedencia, que solo se sabia de él, y esto por el dicho de algunas lenguas murmuradoras, que habia sido escolar sopista en Salamanca.
El teniente se llama Cristóval de Belorado, era hidalgo y valiente, pero hombre licencioso y cruel, que abusaba contra los pobres moriscos de la fuerza que únicamente se le habia dado para sostener la justicia.
El beneficiado se llamaba Juan de Ribera; trataba severísimamente á sus feligreses, y á pesar de su rigidez y de sus pretensiones de santo, no les daba el mejor ejemplo, teniendo en su casa á una mocetona de veinticinco años, desenfadada y hermosa, que se llamaba Mariblanca, morisca convertida, que despues de algunas negras aventuras, habia ido á servir á su casa al eclesiástico.
De modo que, la villa estaba encerrada dentro de un triángulo terrible: el rey, la religion, y la justicia, tenian por representantes en ella, tres corazones de pedernal.
Las moriscas que escapaban de la soldadesca, iban á dar en los alguaciles, entrando por último á la parte el sacristan maese Barbillo, especie de bribon con sotana, que sabia ser lo suficientemente hipócrita para que el señor beneficiado le creyese un casi santo, y diese el mayor asenso á las acusaciones de impiedad que fulminaba el sacristan contra todos aquellos que no reconocian su influencia.
El teniente, dejaba á título de rebeldes á aquellos que tenian la desgracia de querer emanciparse de sus tropelias; el corregidor, multaba, encerraba, atormentaba y ponia á la vergüenza, siempre con pretexto de una infraccion de las pragmáticas, á aquel contra quien, por cualquier fútil motivo, habia contraido ojeriza; por último, el licenciado Ribera, por las sugestiones del sacristan unas veces, por su exagerada severidad religiosa otras, afligia á aquella pobre raza vencida.
El teniente los apaleaba; el corregidor los multaba y los prendía; el beneficiado, á pretexto de irreligion, solia quitarles sus hijos menores de diez años, para enviarlos á los hospicios del rey, donde debian aprender á ser buenos cristianos.
Lo que decimos, pues, de Cádiar, podriamos decir de cualquiera de las demás poblaciones de las Alpujarras; no tenian seguridad personal, ni hacienda ni familia, propiamente dicho: eran esclavos.
¿Y por qué no huian de aquella region maldita?
Porque en cualquiera de los lugares comprendidos en los dominios del cristianísimo rey don Felipe el II, hubieran sido tratados de la misma manera.
Podían haber pasado á Africa, pero sucedia con frecuencia, que despues de haber vendido sus propiedades, y embarcádose con su dinero y alhajas, eran robados por los patrones de los barcos, y, lo que era peor, arrojados al mar para que no pudiesen querellarse del robo.
Asi, pues, preferian vivir miserablemente labrando la tierra donde habian nacido, y practicar las industrias en que eran tan sobresalientes, entre las demasías de los cristianos.
Con tantas causas, con tan repetidos vejámenes, estaban dominados por un profundo disgusto y predispuestos á la insurreccion por cien fatales elementos.
CAPITULO XIV.
El licenciado Juan de Ribera.
Era el jueves 24 de diciembre de aquel año, tres dias despues de la proclamacion de Aben-Humeya.
Era muy de mañana: despues de haber celebrado la misa de alba, y mientras maese Barbillo le desnudaba de los ornamentos, el licenciado Ribera, dijo al sacristan lego:
--Ireis inmediatamente casa del señor corregidor, que con sus alguaciles y gente de justicia esté esta misma mañana á la hora de las once en la iglesia.
--Se lo diré, contestó con voz gangosa y humilde Barbillo.
--Ireis despues á la posada del señor marqués de la Guardia...
--El señor marqués hace dias que anda fuera de la villa, observó el sacristan.
--Pues á falta del marqués, ireis á la posada de su teniente el señor Cristóval de Belorado, y le direis que con su bandera y sus hombres vestidos de gala, venga asimismo á las once.
--Se lo diré, repitió con la misma mansedumbre Barbillo.
--Ireis luego al convento de los frailes de San Francisco, y direis al guardian, que de órden del Santo Oficio de la Inquisicion, venga con su comunidad y estandarte; despues avisareis á los clérigos de la iglesia; hareis que se vistan los monaguillos, sacareis la cruz y los ciriales de plata, la capa pluvial de brocado de tres altos, y el alba de encajes de Flandes.
--¡Ah! ¡viene la Santa Inquisicion á la villa! dijo con acento de queja maese Barbillo: y vea vuesamerced, señor licenciado: yo no sabia nada.
--Ni yo mismo lo sabia hace una hora: como que aun era de noche cuando llamaron á la puerta; asomóse á la ventana Mariblanca, y un alguacil del Santo Oficio que se habia adelantado, la dió para mí cerrada y sellada, esta órden del Santo Oficio.
Y el beneficiado sacó de su bolsillo un papel grueso y basto, doblado en forma de pliego, sobre el cual se veia en cera verde, la cruz de Santo Domingo, sello de la Inquisicion.
El sacristan acabó de doblar pausadamente una riquísima alba, la guardó, tomó el papel que el beneficiado le entregaba, y sacando una caja de cuero, y de ella unas enormes antiparras, leyó, tarda, pesada y malamente el escrito, á pesar de que su letra era gorda y perfectamente legible.
--¡Ah! dijo devolviendo el pliego al beneficiado: ¡el señor inquisidor de la Suprema, Molina de Medrano, viene á la visita! no esperaba yo tan pronto al Santo Oficio.
--¿Qué quereis buen Barbillo? la depravacion de las costumbres cunde entre esos desdichados moriscos: no hay medio de apartarles de sus zambras, de sus impuras fiestas de bodas, de sus baños y de sus torpes placeres: será necesario que su magestad se deje de contemplaciones, y haga cumplir á todo derecho, y con una severidad, que nunca será sobrada, la pragmática de su nobilísimo y piadoso padre el gran emperador don Carlos. ¡Fuera! ¡fuera esas fiestas malditas! ¡fuera esas costumbres reprobadas! ¡fuera el misterio con que cierran sus puertas para que no veamos sus impurezas! ¡que el rigor los haga cristianos, ya que no bastan las persuasiones y el consejo humilde! ¡el hierro y el fuego! De otro modo, el dia menos pensado, el dia en que menos la esperemos, tendremos que lamentar una desdicha. ¡El hierro y el fuego para los rebeldes y los descreidos!
Y la voz del tremendo sacerdote tronaba: y el funesto fuego del fanatismo lucia en sus ojos en una chispa sombría.
--¡Ah! ¡ah! dijo untuosamente el sacristan: pues yo creia que el Santo Oficio apresuraba su visita por otro motivo.
--¿Y qué motivo puede ser ese? preguntó con severidad el licenciado; ¿motivo que yo no conozco, cuando me lo anuncias con tanto misterio?
--¡Hum! dijo flemáticamente el sacristan: ese motivo es un hombre.
--¿Un hombre que vive en el pueblo?
--Hé ahí lo que yo encuentro de malo: que no vive en el pueblo ni se sabe donde, ni quién es, ni á que viene.
--¿De quién quereis hablar, maese? dijo el beneficiado, fijando sus ojos grises con una fijeza extraordinaria en el sacristan.
--Hablo de un hombre que, por su talante, parece un gran caballero, que viene de noche al pueblo en un caballo que da envidia el verlo, se mete en el meson Alto, y cuando ya es la queda, sale sin saberse á donde va.
--Debiais haberme avisado.
--Vuésamerced se hubiera quedado con el deseo de saber á donde iba, ó qué venia á hacer porque...
--¿Por qué?
--Porque yo le seguí una noche, y al ir á entrar en la plaza, se volvió aquel hombre y me dijo con una voz que me puso espanto:--«Vuélvete sino quieres que te envie á cenar con el diablo.»
--¡Ah! ¡eso os dijo! ¿y por qué no me dísteis cuenta para que yo se la hubiera dado al corregidor?
--Bien hecho hubiera estado, pero perdóneme vuesamerced; es el tal hombre tan grave de suyo, parece tan principal, que yo quise saber antes si tenia agarradero, no fuese que vuesamerced, que en nada repara, cuando de estas cosas se trata, se pusiese en contingencia de un peligro. ¿Qué sabe nadie lo que es un hombre á quien no se conoce?
--Adelante, adelante, maese Barbillo.
--A la noche siguiente me puse en acecho tras una esquina del meson Alto, acompañado del organista y del barbero, que, como sabe vuesa merced han sido soldados, y de los buenos de los tercios viejos: cada uno llevaba una espada y una ballesta; para que no nos sintiera, porque el asunto no era prenderle, sino saber á donde iba, y sacar por el hilo el ovillo, nos habiamos calzado abarcas. Dió la queda; rechinó la puerta del meson y salió nuestro hombre embozado en una capa negra. Dios me perdone, si miento al decir, que al pasar por delante del cristo de la Caba honda, ni se descubrió, ni aun se persignó.
--¡Hum! dijo el beneficiado, acabándose de arreglar los manteos y encasquetándose el bonete.
--Dejámosle pasar un trecho adelante, y nos pusimos en su demanda á larga distancia, por temor de ser vistos, aunque la noche era oscura, y recatando nuestros pasos para no ser oidos. Pero ¡bah! ese hombre debe de ser el diablo.
--Suelto anda el enemigo entre estas gentes condenadas: pero seguid, maese, seguid.
--Digo que debe de ser el diablo, porque nos sintió, nos vió, se vino para nosotros, y... mire vuesamerced, exclamó en acento entre dramático y dolorido el sacristán, levantándose la manga de su balaudran y mostrando al beneficiado un cardenal lívido y enorme.
--¡Os maltrató!
--Sin hablar una palabra; y lo que es mas: al organista le rompió la cabeza, y al barbero un brazo.
--¿Y quién os manda, mentecatos, poneros en seguimiento de quien no conoceis? dijo una voz sonora á la puerta de la sacristía.
Estremecióse todo al escuchar aquella voz maese Barbillo, y el beneficiado, con gran asombro del sacristan, salió solícitamente al encuentro del desconocido y le estrechó las manos con un ardor completamente en contradiccion con la frialdad que, segun su aspecto, parecia la base de su carácter.
--¡Ah, señor don Alonso! exclamó, ¡vos al fin en mi iglesia!
--Perdonad, pero necesitamos quedarnos solos, dijo con gravedad aquel caballero, que no era otro que el emir de los monfíes.
Antes de que el beneficiado mandara salir al sacristan, este se apresuró á escurrirse: saludó profundamente á Yaye, le lanzó una recelosa mirada de lobo escarmentado y salió murmurando:
--Bien pensaba yo, cuando pensaba que un hombre á quien no se conoce, puede ser muchas cosas. Pero yo sabré quien es ese hombre.
Esto significaba que no conociendo el sacristan á Yaye, nadie lo conocia en Cádiar.
Entre tanto el beneficiado se deshacia en cumplidos con su visitante.
Desde el momento en que Yaye, al entrar en la sacristía, fijó su mirada en el licenciado, produjo en él el singular milagro de borrar de su semblante la austeridad, y de matar en sus ojos la sombría y dominadora mirada del sacerdote ascético y fanático: parecia que donde estaba Yaye, solo podia haber un semblante grave; solo una mirada inflexible; su semblante y su mirada.
--Vengo á veros para dos negocios importantísimos, señor licenciado, le dijo.
--Si quereis, contestó el beneficiado, subiremos á mi casa y nos encerraremos.
--No, no por cierto; retirémonos á aquel rincon de la sacristía y allí estaremos bien.
Y Yaye se dirigió á un escaño situado al fondo de la sacristía, adonde le siguió el eclesiástico.
Sentáronse al par, y Yaye dijo, mirando con ansiedad al beneficiado.
--¿La habéis visto?
--Si señor, la he visto: la he hablado, he procurado convencerla: la he dicho cuán desesperado estais.....
--¿Y qué os ha contestado?
--Como siempre, no: pero ayer añadió: decidle que, hace veintidos años, le dije en una carta que debe recordar, cuál era mi resolucion invariable: decidle, que como pensaba entonces pienso ahora, y que es inútil, de todo punto inútil, su obstinacion.
--Hágase la voluntad de Dios, dijo Yaye.
--Siempre habeis sido muy cristiano y muy paciente, dijo el beneficiado, y Dios os premiará.
--Necesario me es que Dios tenga compasion de mí; pero pasando al otro asunto de que necesito hablaros, habeis de saber, que hemos hecho una adquisicion importantísima para el pueblo de Dios.
--¡Acaso este terrible rey de los monfíes..!
--No tanto, no tanto, señor Juan Ribera: pero sin embargo, debemos dar muchas gracias á Dios por la adquisicion que hemos hecho.
--Ciertamente don Alonso, que vos sois uno de los campeones, casi me atrevería á decir, uno de los apóstoles mas ardientes de la iglesia de Jesucristo: todavía me acuerdo de que lo que no pudieron hacer mis pláticas, y todos mis esfuerzos, y todas mis amenazas, y el rigor que estrené con los habitantes de las alquerías de la jurisdiccion de la villa, á fin de que fuesen buenos cristianos, lo conseguísteis vos en breve espacio: casi estaba ya resuelto á quitarles sus hijos para que no se pervírtiesen con su ejemplo, cuando vos me digísteis: id á las alquerías: entrad en ellas una por una, y abrid para esos infelices el reino de Dios por la puerta del bautismo. ¡Oh don Alonso! yo os amaba por vuestra piedad, por vuestra caridad, por el celo con que habeis favorecido esta iglesia, que está encomendada á mi indignidad, y que sin vos seria pobre, muy pobre: cuando veo esos hermosos cuadros que adornan nuestra iglesia; cuando tomo en mis manos esos sagrados vasos de oro purísimo; cuando me visto esas albas y esos ornamentos tan maravillosos por su valor y por su mérito; sobre todo, cuando me dais para que las distribuya entre los pobres esas cuantiosas limosnas, oro por vos al Altísimo y os bendigo.
--¡Orad señor licenciado, orad!, contestó solemnemente Yaye, en un acento indeterminado que tenia mucho de terrible: orad, porque soy muy pecador y aun estoy en el camino del pecado.
--¡Oh! si vos no os salvais ¿quién se salva? No bastaba vuestra ardiente fe, vuestra inagotable caridad; era necesario que como salvais á los pobres de la miseria del cuerpo, los salvareis de la miseria del alma. Cuando vi arrodillarse á mis piés pidiendo la regeneracion del bautismo, una y otra familia, que antes habian rechazado el agua de vida que yo les ofrecia, entonces, don Alonso, sentí por vos mas que amor; sentí veneracion, y desde entonces no oro por vos, porque no se ora por los santos...
--No hay mas santo que Dios, el Altísimo y Unico... y trino, dijo Yaye pronunciando con un acento estremadamente duro su última palabra.
--Si, ciertamente, dijo el beneficiado; los santos lo son en Dios y vos sois uno de sus elegidos.
--Decíamos, continuó Yaye, á quien visiblemente contrariaba la mística adulacion del beneficiado; decíamos que hemos hecho una gran adquisicion para el rebaño del Señor.
--Vos la habeis hecho.
--Yo empiezo y vos concluís. Vamos, pues, sin mas rodeos al asunto: el Ferih de los Berchules está en mi casa gravemente herido y desea bautizarse.
--¡Cómo! ¿ese terrible monfí, que no pasa semana que no ponga de noche en la puerta de la iglesia, un impío cartel en que nos amenaza de muerte si seguimos en la conversion? ¿ese terrible bandido que tiene aterrada á la comarca?
--Ese hombre, continuó reposadamente Yaye, me salió al camino ayer cuando volvia con mi hija de Granada á mi heredad de Yátor: empezamos á subir la cuesta, cuando hé aquí que siento pasar zumbando junto á mi cabeza una jara, y oigo el chasquido de una ballesta entre una maleza inmediata. Eché pié á tierra, me fuí hácia el asesino, me encomendé á Dios, y Dios me amparó: poco despues, el Ferih de los Berchules estaba en mi alquería: no le maté porque yo jamás vierto mas sangre que la precisa para defender mi vida. El Ferih quiso matarme, segun me dijo despues, á causa de haber motivado yo la conversion de la gente de las alquerías: y mirad lo portentoso de los milagros de Dios: ese hombre que habia deseado mi muerte por aquella causa, se convirtió á Dios despues de dos horas de conversacion conmigo. Dios; siempre Dios; manso y arrepentido queda allá como un cordero, esperando con ansia, antes de morir, la vida del bautismo.
--¿Pero ese pecador está tan en peligro de muerte, que sea necesario, inevitable ir al momento? exclamó con una inquietud que no era fingida el beneficiado.
--Ese hombre estará en mi casa hasta mañana.
--¡Vivirá... hasta mañana!
--Eso es; mañana habrá salido de mi casa para no volver.
--Pues bien, vuestra heredad está cerca: iremos esta tarde: bien tendremos lugar maese Barbillo y yo de ir despues que la Inquisicion haya hecho su visita y volver aun de dia.
--¡Cómo! ¿esperais al Santo Oficio?
--Hoy al medio dia, entrará solemnemente en el pueblo, y despues de que haya cumplido su santa comision, pasará á Yátor.
--¿Y qué inquisidor viene encargado de la visita?
--El señor Molina de Medrano.
--¡Molina de Medrano! dijo Yaye como quien no conoce un nombre en una corporacion que le es muy conocida.
--Si, si señor, dijo el beneficiado, comprendiendo la duda de Yaye: es un santo varon muy severo y muy descontentadizo en religion: un ministro de la Suprema, que el rey nuestro señor ha enviado de su córte para que le informe del grado de conversion en que se encuentran los cristianos nuevos de las Alpujarras.
--¡Molina de Medrano! exclamó Yaye levantando decididamente la cabeza y dejando ver en sus ojos una mirada semejante á un relámpago: será necesario que yo conozca á ese señor Molina de Medrano: ¿decís que es muy severo?
--Es una de las lumbreras de la Orden de Predicadores, segun dicen: yo tampoco le conozco.
--Pues bien, tendremos á un tiempo el gusto de conocerle. Entre tanto y en albricias de la conversion del Ferih, tomad, señor beneficiado; repartid este poco de oro entre los pobres de vuestra feligresía.
Y puso entre las manos del bachiller un repletísimo bolsillo.
--¡Cómo! ¿os vais? dijo el beneficiado viendo que Yaye se levantaba.
--Si, adios; esta tarde os espero en mi heredad, temprano.
--Iré, señor don Alonso, iré.
--Adios, pues, y hasta la tarde: quedaos: no me hagais la honra de acompañarme: un sacerdote es mas que un simple hidalgo: quedaos, señor licenciado, y hasta la tarde. Adios.
--El os premie y os bendiga, señor, dijo el eclesiástico, lanzándole su bendicion cuando salia por la puerta de la sacristía: luego añadió, metiéndose el oro que aun tenia en la mano en el bolsillo: no me queda duda ninguna; don Alonso es un santo.
--¿Y le habeis dejado ir, cuando acaba de entrar en el pueblo una compañía de arcabuceros? exclamó el sacristan entrando en aquel momento.
--¿De quién hablais maese Barbillo? dijo con acento acre el beneficiado, que al desaparecer Yaye habia recobrado su dureza y su severidad habituales.
--¿De quién he de hablar, pecador de mí, sino de ese hombre que ha estado hablando con vos? respondió temblando todavía el sacristan.
--¡Cómo! ¿de don Alonso hablábais?
--Es que ese don Alonso, es quien anoche estropeó al organista y al barbero, y á mí mismo, aunque mucho menos que á los otros, por la misericordia de Dios.
--Vamos claros, dijo el beneficiado mirando fijamente al sacristan: ¿no me habeis dicho que el hombre á quien pretendisteis seguir anoche, pasó irreverentemente por delante del cristo de la Caba honda?
--Si señor, y lo afirmo y lo juraria á siete cruces.
--¡Y os condenariais, desdichado! exclamó con una irritacion terrible el eclesiástico, os condenariais si os atreviéseis á jurar que ese caballero habia pasado por delante de la imágen de Nuestro Divino Redentor sin descubrirse ni santiguarse.
Barbillo se quedó mirando de una manera atónita al bachiller.
--¡Arrepentíos! ¡arrepentíos, y haced penitencia por haber calumniado á tan cristiano caballero! mas valiera que el tiempo que habeis empleado en alentar tan ruines pensamientos, le hubiérais invertido avisando á la gente que os dije.
Cuando el sacristan volvió de su asombro y notó que se encontraba solo en la sacristia, cambió rudamente de aspecto, dejó su posicion encorvada, se irguió, brilló en sus ojos una expresion salvaje, y exclamó:
--¡Cien rayos y cien truenos! ese clérigo mentecato lo cree todo: ¡decirme que ese hombre es cristiano! Cuando doña Elvira me ha prometido un tesoro si logro apoderarme de él, algo hay mas de lo que el licenciado Ribera cree: yo he seguido á ese hombre y le he visto perderse en la montaña; le he visto además hablar con los monfíes entre las breñas de la rambla de Yátor, y esto mas de una vez: hace tres dias que ha venido de Granada y no ha venido solo: le acompañaba una hermosa dama; que me confunda Dios, si anoche cuando nos apaleó no le oimos soltar un juramento en árabe.... yo no aborrecia á ese hombre..... pero desde anoche que nos zurró de lo lindo, le tengo ojeriza. Afortunadamente tenemos á las puertas del pueblo á la Inquisicion.
Dicho esto, tomó una capa parda y un enorme sombrero de un rincon de la sacristia, y salió: desde el momento en que estuvo en la calle, su estatura herguida y corpulenta se encorvó; su rostro antes feroz, adoptó de nuevo su expresion humilde, miserable é hipócrita, y empezó á saludar á todos los que encontraba por la calle, con una expresion servicial que tenia mucho de estúpida.
De repente, una mano se apoyó vigorosamente en su hombro.
Volvióse Barbillo, y vió ante sí á un hombre como de cuarenta y cinco años.
Aquel hombre era don Fernando de Válor, hermano de don Diego, tio de Aben-Humeya, á quien nombraremos en adelante con su nombre árabe: esto es, con el de Aben-Jahuar-el-Zaquer.
CAPITULO XV.
Lo que iba á hacer á Cádiar Aben-Jahuar-el-Zaquer.
Volvióse maravillado el sacristan.
--Yo no os conozco caballero, dijo á Aben-Jahuar.
--Nada importa, con tal que te conozca yo.
--A mí me conoce todo el mundo en Cádiar, dijo con su sonrisa untuosa Barbillo.
--Pues mira, creo que no te conoce nadie.
--¿Y vos decís que me conoceis?
--Si por cierto: hace mucho, muchísimo tiempo, que te conocí en otra parte.
--¿En dónde, señor?
--En Granada.
--¿En Granada?
--Si por cierto: en la cárcel.
--¡Bah! vuesamerced se equivoca, yo no he estado nunca en la cárcel.
--Yo me llamo don Fernando de Válor.
--¡Ah! ¡ah! ¡vuesamerced se llama don Fernando de Válor!
--¡Vas recordando....!
--No, no recuerdo muy bien:
--Mi familia ha sido muy perseguida, Barbillo, y despues de la muerte de mi hermano don Diego, he sido preso varias veces: hace diez años, lo fuí á pretexto de no sé qué conspiracion de moriscos, en que yo no habia tenido parte: pero los señores alcaldes de casa y córte, se mostraban tan severos conmigo que lo temí todo: entonces pensé en escaparme: entonces nos conocimos: tú tambien tenias miedo de ser ahorcado y querias huir: nos concertamos y tú empezaste á abrir un agujero en mi calabozo.
--Repito á vuesamerced que se equivoca.
--No perdamos el tiempo. Yo pude al fin probar mi inocencia, y fuí puesto en libertad: tú quedaste preso.
--Os juro que...
--Déjame continuar. Yo me habia olvidado enteramente de tí: pero hace algun tiempo, la casualidad y el empeño de una mujer, ha vuelto á unirnos.
--Pero si os digo...
--Hace cuatro meses, que la conducta de mi cuñada doña Elvira de Céspedes me tiene cuidadoso: recibia en su casa de Válor y á horas desusadas, hoy á este, mañana al otro hombre desconocido. Doña Elvira no podia tener amores con ellos, porque eran de tu estofa: pero por medio de ellos podia tratar de amores con otro: hace algunos dias, aceché á uno de estos mensajeros, le salí al camino y supe que te traia una carta; yo no quise tocar á aquella carta, pero quise saber quién eras tú: me dijeron que eras sacristan de la iglesia de Cádiar, y vine, te ví, y te reconocí: entonces y antes de hablar contigo, quise saber si descubria en tu vida algo que pudiese obligarte á servirme. Fuí á Granada, pregunté, y averigüé que hace cinco años habias sido condenado á galeras por diez; luego, eres un gallote escapado, Barbillo, y si te niegas á servirme, te delato, te pierdo, porque á los galeotes huidos se les ahorca cuando se les coge.
Echóse á temblar Barbillo.
--Pero nada te acontecerá si me sirves bien, añadió Aben-Jahuar.
--Vamos, está visto que nada se os puede negar y os serviré en cuanto querais, don Fernando, dijo el galeote escapado.
--Y yo te pagaré. Pero los tiempos no estan para estar muy despacio en la calle, y es necesario que busquemos un lugar donde nadie nos vea.
--¿En qué posada vivís? porque vos sois forastero en Cádiar.
--Vivo en el meson del Cojo.
--Pues en mejor parte no pudierais vivir, porque el Cojo es un grande amigo mio, y á propósito para cualquier cosa. Yo iré por allá esta noche.
--¡Esta noche! sabe Dios lo que sucederá esta noche.
--Sucederá que como es noche de Navidad, todos la celebraran y nadie se acordará de nosotros.
--Juro á Dios que han de acordarse muchos de la noche de Navidad de 1568.
--¿Pues qué va á suceder?
--Yo me entiendo y Dios me entiende. Es preciso que al momento, y rodeando por otro lado, vayas al meson del Cojo.
--Iré, en cuanto avise al corregidor y á los soldados y los frailes de San Francisco.
--¡Avisarles! ¿y de qué?
--¡De que viene la Inquisicion al pueblo!
--¡Ah! viene la Inquisicion, murmuró Aben-Jahuar: pues, no podia venir á mejor hora. Vé, vé, y avisa, y al momento vé á buscarme. Te espero.
--Iré.
Separáronse los dos antiguos conocidos, y Aben-Jahuar, bajando por unas pendientes y torcidas callejuelas, llegó á la entrada del pueblo á un meson miserable.
--Ahí está esperándoos hace una hora, el señor Diego Lopez, nuestro vecino, dijo un viejecillo cojo.
--¡Ah! mi sobrino Aben-Aboo, exclamó de una manera ininteligible Aben-Jahuar. Ya era tiempo.
Y entró, subió unas escaleras, atravesó unos corredores, y entró en un aposento.
Sentado junto á un brasero con fuego, habia un jóven.
Era Aben-Aboo.
Tan distraido estaba, que no reparó en que otra persona habia entrado en el aposento: miraba á través de una ventana abierta y desguarnecida de vidrieras, á unas breñas cercanas que estaban enteramente cubiertas de nieve, y entre cuyas quebraduras se veian otras cumbres.
Ibale á hablar su tio, cuando Aben-Aboo se levantó, se fué á la ventana, y miró con grande interés hácia fuera en direccion á una cumbre que se veía entre un rompimiento de las breñas.
--¿Qué será lo que llame de tal modo la atencion de mi sobrino? dijo para sí Aben-Jahuar; y permaneció inmóvil.
--Ellos, son: murmuraba á su vez Aben-Aboo: si; los dos hombres que hace dos dias rondan mi atalaya. Desde aquí no se les distingue bien; pero los reconozco por la capa parda del uno, y la gris del otro: el de la capa parda, es sin disputa aquel comerciante que representó con Angiolina en la comedia «Reina Moraima», Andrés Cisneros: no me cabe duda; en cuanto al otro creo haberle visto tambien, pero no sé quien es: ¿qué busca el señor Cisneros en mi casa? ¿Tendrá á caso algun derecho sobre la princesa? pues en mal hora os habeis venido á las Alpujarras, galanes.
Y Aben-Aboo, trás estas palabras se separó de la ventana.
Al volverse vió á su tio.
--¡Ah! gracias á Dios, dijo: hace una hora que os espero.
--He tenido que atender á asuntos importantes, sobrino; contestó Aben-Jahuar: creo que tú tambien tienes entre manos asuntos de interés.
--Si por cierto, tio, contestó Aben-Aboo, me ocupo en pensar de qué manera puedo ser mas útil á mi patria.
Movió en un movimiento de incredulidad la cabeza Aben-Jahuar.
--¡Qué! dijo ofendido el jóven, ¿creeis que no haré yo tanto como el que mas por romper el yugo de los cristianos?
--No digo eso, sino que en estos momentos, en todo pensabas menos que en nuestra empresa.
--¿Teneis la pretension de adivinar, tio? dijo con cierta secatura Aben-Aboo.
--No, pero pretendo tener tan buenos ojos como tú.
--No os comprendo.
--Estoy viendo desde aquí, dijo Aben-Jahuar extendiendo el brazo hácia la cumbre á donde antes habia mirado Aben-Aboo, dos hombres que llamaban hace poco tiempo tu atencion: el uno tiene una capa parda, y el otro una capa gris. Entrambos miran con la misma atencion con que tú los mirabas, á la atalaya donde vives, y desde la cual no pueden ser vistos.
--¡Ah! ¿habeis reparado eso?
--Como lo has reparado tú.
--¿Y qué interés creeis que puedan tener aquellos dos hombres en mirar á mi casa? dijo con negligencia el jóven.
--Veo con disgusto, sobrino, que me tratas con doblez, dijo Aben-Jahuar.
--No, no por cierto; decid mas bien que vos sois receloso.
--Me ha hecho receloso la experiencia: ademas de eso, de algun tiempo á esta parte, no te reconozco: eras mas confiado, mas sincero: has contraido con tu familia una reserva...
--No hago mas que pagarla en la misma moneda.
--Mi sobrino Aben-Humeya te ama.
--Ciertamente, como ama el carnicero á la oveja.
--En mala disposicion de ánimo empezamos la guerra.
--Esforcémonos todos: mi primo es rey, Aben-Farax alguacil mayor, vos capitan general, yo infante: nuestro poderoso pariente el emir de los monfíes nos ayuda...
--Y todos nos aborrecemos.
--¡Que nos aborrecemos!
--Esta es la verdad; Satanás se ha metido en medio de nosotros.
--Yo por mi parte...
--Tú estas tan empeñado como cada ano de nosotros.
--¡Empeñado! ¿y en qué?
--Has pensado en ser rey de Granada.
--Creo que tenia derecho para pensar así; pero desde el momento en que el reino ha elegido á mi noble primo Aben-Humeya, le he recibido por rey y le he prestado homenaje: y si á eso vamos vos tambien...
--¿Qué quieres suponer? exclamó con cuidado Aben-Jahuar.
--¿No pretendeis casaros con vuestra cuñada, con mi tia, doña Elvira?
--¡Oh! si... la amo, la amo hace muchos años.
--Bien puede ser porque doña Elvira es muy hermosa... ¿pero no podria tambien suceder que pretendiérais apartarla de su hijo, sin suscitar á este dificultades, envolverle en un lazo y alzaros con el reino...?
--Te repito que no te conozco, Aben-Aboo.
--Si, es cierto, vos creiais que yo era un mancebo inexperto, confiado, sobre quien su madre tenia una potestad absoluta...
--Tu madre no es ambiciosa, tu madre no quiere la guerra: tu madre tiembla de que esa guerra se empieze.
--Harto lo sé.
--¿Y sabes por qué tu madre tiembla la guerra?
--Es cristiana de corazon.
--Tu madre ama...
--Es natural que ame á su hijo.
--A mas que á tí ama á otra persona.
--Mi madre no se ha quitado aun sus lutos de viuda, que lleva hace veintidos años.
--Mas de veintidos años hace que tu madre amaba con toda su alma á otro hombre que no era tu padre.
--Teneis fama de maldiciente, tio.
--Yo no digo que mi hermana, la pobre Isabel haya faltado á su virtud; la conozco mejor que tú: mi hermana ha sido una mártir de su familia, y aunque ha amado, aunque ama á un hombre que debió ser su esposo, ni le ha alentado con una sola esperanza, ni aun ha consentido en verle, desde el dia en que se casó con tu padre. Pero ama á ese hombre, le adora, y se estremece por él tanto como por tí... Teme la guerra, la evitaria á costa de su sangre.
--¿Y qué hombre es ese á quien decís que mi madre ama, y con quien debió casarse?
--Ese hombre es nuestro pariente el poderoso emir de los monfíes.
--¡Ah! exclamó Aben-Aboo, comprendiendo entonces el amor con que le habia tratado Yaye.
--¿Y estás seguro sobrino, de que esos dos hombres que observan con tal interés y tan de lejos tu casa, no sean monfíes enviados por el emir, en un dia en que han de tener lugar graves acontecimientos?
--Os afirmo que esos hombres no son monfíes.
--Pues entonces, no es tu madre el objeto de esos hombres.
--¿Y cuál creeis que pueda ser?
--Bien pudiera ser una dama que has traido imprudentemente de Granada.
--¿Quién os da tantas noticias, tio?
--Nada pasa en las Alpujarras que yo no lo sepa: por ejemplo hace tres dias que llegó á Yátor otra dama que tambien te interesa mucho.
--¿Una dama que me interesa...?
--Si por cierto: la sultana Amina.
Palideció profundamente Aben-Aboo.
--¿Y decis, que la sultana Amina está en Yátor...?
--Si, si por cierto y repito que Satanás en forma de tres mujeres se ha metido entre nosotros.
--Explicaos.
--Tú amas á la hija del emir.
--Es verdad, contestó Aben-Aboo bajando los ojos.
--Aben-Humeya la ama tambien.
Destelló un relámpago de zelos salvajes en los ojos de Aben-Aboo.
--¿Y qué pretende mi primo?
--Pretende un imposible. Hacer su esposa á Amina.
--Pero eso no puede ser, mi prima es casada.
--¿Pero con quién? ¿con quién? dijo Aben-Jahuar con cierto temor ¿quién es el afortunado esposo de esa mujer?
--Se os sale la ambicion por los ojos, tio: no creeis que la sultana Amina pueda estar casada con menos que con un emir de Africa y temeis que ese emir se ponga entre Aben-Humeya y vos. Descuidad... descuidad de todo punto.
--¿Pero sabes tú quién es el marido de la sultana?
Sonrió con el desden de la superioridad, Aben-Aboo.
--Mi prima no está casada, dijo, sino simplemente deshonrada.
--¡Mira lo que dices! exclamó Aben-Jahuar mirando en torno suyo con recelo: en todas partes hay monfíes y esos tabiques...
--Descuidad, tio: por lo mismo que sé que podemos estar espiados hablo muy bajo.
--¿Pero qué pruebas tienes...?
--¿No habeis leido un contrato solemne, celebrado entre Aben-Humeya y el emir de los monfíes?
--Si.
--¿No hay en él una cláusula por la que se acuerda el casamiento del hijo de Aben-Humeya con una hija de la sultana?
--Si.
--Pues bien, esa hija es hija del amor: esa hija ha sido concebida en Madrid, sin duda alguna, á contar por el tiempo en que la dió á luz la sultana en las Alpujarras: esa niña es hija del capitan del presidio de Cádiar, el marqués de la Guardia, á quien adora Amina; que es su amante.
--¿La sultana amante del marqués de la Guardia? ¿y por qué no su esposa?
--Hace cinco dias, en la fecha en que se firmaron las capitulaciones entre Yaye y el emir, estuve hablando con el marqués de la Guardia en el Albaicin, en la taberna del Hardon. El marqués buscaba á su amante, á Amina, y estaba muy lejos de saber que era su esposa... esto no impide que lo sea ya... y con haber atrasado la fecha...
--Resulta, pues, que Amina se ha enamorado de un caballero castellano: peor para el emir.
--Si peor para el emir y para su hija, exclamó con acento reconcentrado Aben-Aboo. Pero seguid, tio, seguid: sepamos cuáles son las otras mujeres que Satanás ha metido en nuestros asuntos.
--La sultana Amina bastaria; porque tanto tú como Aben-Humeya estais empeñados por ella: pero existen ademas tu tia doña Elvira y tu madre.
--¡Ah!
--Si, ambas aman al emir y son enemigas á muerte: yo amo á mi cuñada y soy enemigo del emir; los odios se cruzan entre nosotros: hay ademas otra mujer por quien estais á un tiempo empeñados Aben-Humeya y tú: esa comedianta que has traido de Granada.
--Os confieso tio, que esa mujer me espanta, que no la comprendo, y que á pesar de estar enamorado de la sultana, esa mujer me enloquece.
--Eso consiste en que la sultana habla á tu ambicion, y la comedianta á tu deseo. Pero es necesario que encubras tus amores hácia la sultana: es necesario que separes de tí á la comedianta.
--¿Y á qué propósito?
--Para evitar el odio de Aben-Humeya.
--¿Y qué me importa? Bien sabeis que desde antiguo, por mas que lo hayamos disimulado, somos enemigos.
--Pero esa enemistad es fatal en estos momentos.
--Yo no quiero una patria en que he de ser esclavo.
--Es que esa patria, si luchamos todos á una, podrá ser tan grande que haya lugar en ella para todas las ambiciones.
--Yo no puedo contar con la buena fe de Aben-Humeya.
--Si Aben-Humeya te se muestra hostil, es porque desconfia de tí; ayúdale, inspírale confianza y Aben-Humeya se unirá á tí como á un hermano.
--Ya habeis dicho, que entre nosotros se han colocado dos mujeres.
--Si sigues mis consejos, solo habrá una, y esa es tal que no merece que dos buenos creyentes sean enemigos por ella.
--¿Y cuál de esas dos mujeres ha de ser la que ha de dejar de excitar nuestra rivalidad?
--La sultana Amina.
--¡Ah! exclamó Aben-Aboo, cuyo rostro se cubrió con la expresion de la mas profunda reserva; ¿y de qué modo podremos hacer para que la sultana Amina deje de ser un objeto de rivalidad entre Aben-Humeya y yo?
Sonrió sutilmente Aben-Jahuar.
--Ni tú ni Aben-Humeya amais á la sultana, dijo: quereis sin embargo casaros con ella, porque comprendeis que el que sea su esposo, tendrá en su favor al poderoso emir de los monfíes.
--Puede ser que piense así mi noble primo.
--No piensas tú de otra manera.
--Y bien, dado caso que yo piense así, ¿de qué modo hemos de obrar para que la sultana deje de ser un medio de elevacion?
Sonrió de nuevo sutilmente pero de una manera mas sesgada Aben-Jahuar.
--Supongamos que muere el emir...
--¡Ah!
--Esto es muy fácil que suceda... acometemos una empresa peligrosa... ademas el emir va todas las noches...
--¿A dónde?
--A ver á tu madre.
--¡A ver á mi madre!
--¿No te he dicho que se aman?
--¡Eso es mentira!
--Observa tu casa en las altas horas de la noche.
--Sois un demonio, dijo Aben-Aboo; quereis envenenarme el corazon.
--Tengo experiencia y te aconsejo bien.
Guardó por un momento silencio Aben-Aboo, y luego dijo.
--No hablemos mas de esto y vamos á lo que importa. Vos como capitan general de los moriscos me habeis mandado llamar y he venido.
--Ha llegado el momento de probar tu valor.
--¿Es decir, que ha llegado la hora?
--Si; Farax-aben-Farax, con seis mil hombres, marchará esta noche sobre Granada, sublevará el Albaicin, acometerá la Alhambra, en la cual hay poco resguardo, y para lo que llevan escalas, y es muy posible... los cristianos se entregarán descuidados á sus fiestas de la Noche-Buena; acudiran á los templos á la misa del Gallo, y cuando pretendan salir de ella, se encontraran con la muerte. Pero es necesario obrar al mismo tiempo en las Alpujarras: los cristianos, sea por casualidad ó por recelo, se mueven en nuestras montañas; la parte de compañía del marqués de la Guardia, que estaba en Cádiar, ha marchado á Yátor, pero en cambio, acaba de entrar esta mañana en la villa y de alojarse en las casas, la compañía de arcabuceros del capitan Diego de Herrera.
--¡Cómo! ¿ese miserable que ha cometido en las Alpujarras tantas infamias, vuelve entre nosotros?
--Vuelve para morir. Ademas de esto, la Inquisicion nos visita hoy.
--¡La Inquisicion!
--Esto nos favorece: como nuestros hermanos estan poco instruidos en lo que atañe á la religion cristiana, el inquisidor Molina de Medrano, que viene encargado de la visita, se estremará con ellos: á pretexto de que son poco celosos, de que ignoran los preceptos de la religion cristiana, les amenazará, pretenderá arrebatarles sus hijos...
--Es necesario arrancar el corazon á ese clérigo, exclamó Aben-Aboo.
--¡Los monfíes! exclamó con un acento feroz Aben-Jahuar; los monfíes haran eso. El Ferih el tremendo Abd-el-Melik el Ferih, te espera esta tarde á la caida del sol en las quebraduras de la rambla de los Ciegos.
--¡Ah! ¡me espera!
--Sí; tú á mas de ser infante de Granada, eres el morisco de mas influencia en Cádiar.
--¿Y me obedecerá el Ferih?
--Ciegamente.
--¿Sabe esto el emir?
--Ha dado órdenes al Ferih para que te espere.
--¿Y qué he de hacer, tio?
--¿Qué han hecho con nosotros los cristianos?
--Nos han aterrado á fuerza de crueldades.
--Pues bien, los cristianos te han dicho lo que debes hacer.
--¡Oh! ¡oh! ¿debo hacer con los cristianos lo que los cristianos han hecho con nosotros....? ¡bien! lo haré.
--No olvides lo que hemos hablado.
--¡Oh! es muy dificil olvidarlo: mi madre y mi tia aman al emir: el emir ama á mi madre; el marqués de la Guardia está casado con la sultana Amina y tiene de ella una hija... ¿Sabeis donde está la hija de la sultana? exclamó de repente Aben-Aboo.
--Puede ser que lo sepa.
--¿Y por qué no he de saberlo yo?
--Te he dicho que puede ser que lo sepa, lo que quiere decir que no lo sé.
--¿Y teneis medios para saberlo?
--Los buscaré...
--Y entonces...
--Lo sabrás.
--¡Ah tio, tio! conozco que sois un demonio, y sin embargo me parece que me voy á condenar con vos.
--O á salvarte.
--El olor de la sangre y de la carniceria me da ya en las narices.
--Procura que ese olor no te desvanezca: si oyes mis consejos, y eres valiente y leal, hijo, grande suerte te espera. Pero por el momento muéstrate con Aben-Humeya como un hermano; con Aben-Farax como con un amigo.
Aben-Aboo; estrechó la mano de Aben-Jahuar.
--Ahora es necesario que te vayas, dijo este á Aben-Aboo: Espero á una persona que no quisiera te viese conmigo.
--Pues entonces adios, tio.
--No te olvides de ir esta tarde á puestas del sol, á las quebraduras de la rambla de los Ciegos: yo iré tambien. Adios.
Aben-Aboo, salió, y poco despues, su tio le sintió bajar por las escaleras.
--Hé ahí un sobrino de buena raza, dijo Aben-Jahuar cuando se hubo quedado solo. Es valiente y cruel, y sobre todo ambicioso: en mejores manos no podría haberse puesto lo de Cádiar. Esta noche se verá claro en las calles aunque no haga luna.
Y se puso á pasear meditabundo á lo largo de la habitacion.
Como se vé, el amor hácia su cuñada doña Elvira, y su anhelo por poner las cosas á punto de que él fuese la única cabeza de la rebelion de los moriscos, hacian meditar á don Fernando de Válor ó Aben-Jahuar, horribles crímenes: para llegar á su objeto era preciso que se ensangrentase en su misma familia, que matara á sus sobrinos; que desgarrase el corazon de su hermana, y que hiciese caer en un lazo traidor y horrible á Yaye, su pariente tambien, pariente generoso que le habia dado continuamente oro y proteccion, y á cuya influencia debia el no haber muerto en galeras, ó á lo menos en un encierro como murió su hermano. Pero Aben-Jahuar queria poseer el amor de doña Elvira y la corona de Granada, y nada le detenia en su terrible paso hácia aquellos objetos: ni aun la sangre de los suyos.
Oyéronse pasos en el corredor, se acercaron, se entreabrió la puerta, y una voz clerical, dijo:
--Deo gratias.
--A Dios sean dadas, contestó don Fernando.
Poco despues, maese Barbillo, el galeote escapado, el sacristan de la iglesia parroquial de Cádiar, estaba de pié y caperuza en mano, delante de Aben-Jahuar.
CAPITULO XVI.
De qué manera servia á quien le pagaba, Maese Barbillo.
Miróle este por un momento fijamente.
--¿Has concluido ya tus negocios? le preguntó.
--Por el momento si; pero no puedo estar mucho tiempo con vuesamerced, porque tengo que colgar la iglesia, y sacar los sillones para la Inquisicion, y qué sé yo cuántas cosas.
--Bien, siéntate.
--Estoy así bien, señor.
--Siéntate.
Barbillo se sentó.
--¿Has dicho á alma viviente lo que has hablado conmigo?
--¡Cómo, señor! ¿desconfia vuesamerced de mí?
--Desconfio de todo hombre que anda en tratos con mujeres.
--¿Y yo?
--Tú, á la socapa, tienes por novia á la morisca mejor moza de la villa.
--¿Quién ha dicho á vuesamerced tanto? exclamó con cuidado Barbillo.
--Me alegro que nada me niegues: yo sé que el ama del beneficiado Juan de Ribera, la buena Mariblanca, arde por ti, y que teneis tratado casaros.
--Algo hay de eso: pero mientras viva el beneficiado.....
--¿Quién sabe lo que el beneficiado vivirá? pero volviendo al asunto: quien tiene por novia una mujer de tan buenos ojos, y tan ladina como Mariblanca, está expuesto á ser imprudente.
--¡Quiá! ¡no señor! ya sabe vuesamerced que yo soy mucho pez, y que todas las Mariblancas y Marinegras del mundo, no me haran hacer lo que no me convenga: es verdad que la Mariblanca es una muchacha que no la hay mas garrída en la córte del rey: es verdad que he andado y ando y andaré trás ella, y que lo que mucho cuesta se aprecia mucho: pero no hay miedo que yo la diga mas de lo que la debo decir.
--Yo sé que mi cuñada doña Elvira, viene algunas veces encubierta á Cádiar, y que aunque no vea á su cuñada doña Isabel, siempre ve á Mariblanca.
--Es verdad, pero eso consiste...
--¿En qué?
--En que Mariblanca y yo, servimos á doña Elvira.
--En sus amores...
--Cierto que sí.
--¿Pero tú sabes con quién tiene sus amores?
--Ayer no lo sabia, pero hoy lo sé.
--Y... ¿quién es?
--Un caballero muy principal.
--¿Como de cuarenta y cinco años?
--Si señor.
--¿Muy blanco, muy hermoso, con el pelo negro?
--Eso es.
--¿Y sabes cómo se llama ese caballero?
--Lo que sé, es que es muy amigo del beneficiado Juan de Ribera.
--¿Y cómo le conocias de antes?
--De una manera muy sencilla: á causa de doña Elvira. Antes de conocerme á mí, doña Elvira habia conocido á Mariblanca.
--¿Y cómo conoció mi cuñada á tu novia?
--El padre de Mariblanca es morisco.
--Ya lo sé.
--Un morisco feroz.
--Es mas que morisco: es moro: es monfí: se llama Abd-el-Melik el Ferih.
--Un moro muy principal... pues bien: habeis de saber que Mariblanca se enamoró de un capitan del presidio de Andarax. De esto, hace diez años: Mariblanca tenia entonces quince: el capitan la sedujo... la deshonró... y la robó de la casa de su padre... todo esto me lo ha contado Mariblanca.
--Sigue, sigue.
[imagen: El comediante Cisneros.]
--Como decia, el capitan la sacó de su casa, jurándola que seria su esposa, y la escondió, y gozó de ella cuanto quiso, y cuando se fastidió de ella, empezó á distraerse y á requebrar á otras... entonces Mariblanca le dijo, que la cumpliese su palabra, á lo que el capitan la contestó, que no podia casarse con ella porque era mora. Entonces Mariblanca se fué á buscar al beneficiado.
--¿A Juan de Ribera?
--Al mismo. Le dijo en confesion lo que la acontecia, y le pidió que la bautizase. El beneficiado la bautizó, y ella, con la partida de bautismo en la mano, volvió á Diego de Herrera y le dijo:
--Yo he dejado por tí la casa de mi padre, que si me encuentra me matará: yo te seguí, oyendo tus promesas de que te casarias conmigo: tú me has dicho que no podias casarte con una mora: ya soy cristiana: cúmpleme tu promesa.
El capitan volvió la espalda á la muchacha, que se iba quedando á trás, y que al ver este desprecio de su amante, cegó de cólera y de venganza, y echando mano á un pequeño puñal que llevaba consigo, le hirió á traicion. El capitan cayó: Mariblanca creyendo que le habia muerto, huyó, y se refugió en la iglesia, donde tomó asilo. Entonces el beneficiado, Juan de Ribera, la llevó á su casa, y antes de tomar ninguna resolucion, fué á la casa del capitan: le encontró en el lecho herido, pero no peligrosamente, y supo que el capitan no queriendo acabar de perder á una mujer á quien ya habia hecho bastante daño, habia dicho que le habian herido los monfíes. Condolióse, pues, de la muchacha el beneficiado, ó enamorado de ella, segun dicen malas lenguas, aunque Mariblanca lo niega, y la recibió por su ama, á pesar de que entonces la muchacha solo tenia diez y siete años.
Pasó mucho tiempo: Abd-el-Melik el Ferih que desque su hija huyó de su casa habia desaparecido de Cádiar sin que nadie le hubiese vuelto á ver, permaneció fuera, hasta que una noche, hace dos años, cuando Mariblanca volvia de la fuente, se encontró de repente con un monfí. Era su padre.
--¡Ah! ¡ah! ¡un encuentro endiablado! ¿Y cómo es que hasta hace dos años no se habia presentado el padre á la hija?
--El Ferih habia estado en Africa.
--¿En Africa durante ocho años?
--Sea como quiera, el Ferih no se presentó á su hija sino despues de ocho años que su hija habia huido; pero cuando la vió ante sí...
--No la maté puesto que vive; pero sin duda procuró matarla.
--Nada de eso: la miró por un momento fijamente mientras la pobre temblaba, y luego como si nunca la hubiese visto la dijo:--Sígueme muchacha.
[imagen: Sentados en dos taburetes de pino.... comian y bebian.]
--¿Y le siguió Mariblanca?
--¿Qué habia de hacer? estaban solos y el Ferih la miraba con los ojos mas feroces del mundo. El padre delante y la hija detrás, salieron de la villa, siguieron un sendero adelante y no se detuvieron hasta pasar la valla del cercado de una huerta. Una vez dentro el Ferih se detuvo, y señalando á su hija una casa, tras una de cuyas ventanas se veia una luz, la dijo:--Vé allí; empuja la puerta, sube unas escaleras, y cuando entrares en una habitacion, cuya puerta encontrarás tambien abierta, dirás á una dama que verás allí: el monfí me envia.--La muchacha siguió adelante hácia la casa, empujó la puerta, subió las escaleras, abrió otra puerta y se encontró en una pequeña habitacion donde habia una dama muy hermosa.
--¿Quién eres? la dijo la dama.
--El monfí me envia; contestó con voz medrosa Mariblanca.
--¿Has conocido á ese monfí? replicó la señora.
--¡Es mi padre! exclamó toda trémula Mariblanca.
--¿Y sabes por qué tu padre no ha lavado con tu sangre la deshonra que has echado sobre él?
--No lo sé, señora; dijo Mariblanca.
--Tu padre me debe la vida, repuso la dama, y en agradecimiento me ha prometido no tocar á uno solo de tus cabellos.
--¡Ah! ¡Dios se lo pague á vuesamerced, señora! exclamó Mariblanca cayendo de rodillas.
La dama se inclinó sobre ella, y sin levantarla del suelo la dijo:
--Te he salvado la vida para que me sirvas.
--¡Ah! ¡serviré á vuesamerced de rodillas! exclamó juntando las manos Mariblanca, que no podia echar de si el terror que la habia causado la súbita presencia de su padre.
--No; quiero que me sirvas de pié y con gran discrecion, levántate.
--¿Y en qué he de servir á vuesamerced?
--Conoces tú á doña Isabel de Córdoba y de Válor.
--¡Ah! ¡si señora! contestó Mariblanca; la conozco mucho, porque va con frecuencia encubierta, á hablar con mi señor el beneficiado.
--¿Que va á hablar con tu señor?
--Si señora: muchas veces mi señor está en la iglesia, y doña Isabel le espera; es un ángel: me habla con cariño porque soy morisca convertida...
--¿Es decir, repuso la dama, que con poco que hicieras podrias entrar y salir libremente en casa de doña Isabel?
--Si señora.
--Pues bien; es necesario que entres en su casa cuantas mas veces puedas, que observes, que veas... ademas de eso tú debes de tener un amante...
Mariblanca se turbó, tartamudeó, y al fin confesó que era mi novia.
--¡Ah! dijo la dama: un sacristan... ciertamente el amante digno del ama de un beneficiado; así todo se queda en casa: pues bien, es necesario que de noche tu amante ronde por fuera de la casa de doña Isabel, y vea quién entra y quién sale, ó quién ronda ó no.
Mariblanca prometió á la dama servirla á su placer, y salió mas muerta que viva, temiendo encontrar de nuevo á su padre; pero su padre habia desaparecido: vínose á casa del beneficiado, y mientras este dormia aquella noche su primer sueño, me contó todo lo que la habia acontecido. De esta manera fue como Mariblanca conoció á vuestra cuñada doña Elvira de Céspedes, y me ha contado tantas veces y tan al pormenor su aventura, que la sé de memoria sin que en ella falte ni un ápice.
--Me has dicho en esa relacion que doña Elvira habia salvado la vida al Ferih.
--Asi lo dijo doña Elvira á Mariblanca.
--Esto lo sabré yo por la misma parte interesada; dijo para sí Aben-Jahuar, y luego añadió alto:
--¿Y qué vísteis Mariblanca y tú?
--Mariblanca, que empezó á frecuentar, á pretexto de conocimiento y de cariño á doña Isabel, vió que estaba siempre muy triste, que hasta dentro de su casa llevaba sus lutos de viuda, aunque ha mas de veintidos años que, segun cuentan, y estando de recien casada con él, murió su marido: que ama mucho á su hijo Diego Lopez, y que es muy caritativa y muy cristiana.
--¿Y no vió nunca Mariblanca en la casa ningun hombre?
--Si señor, los parientes del difunto marido de doña Isabel.
--¿Y nadie mas?
--Nadie mas.
--¿Y tú qué vistes en tus rondaduras?
--Os diré, señor: yo he visto mucho y no he visto nada.
--Explícate.
--He visto, por ejemplo, algunas temporadas en este último año un bulto con trazas de caballero, y de caballero principal, que rondaba las bardas de la huerta donde vive doña Isabel.
--¿Rondarlas nada mas?
--Algunas veces hablaba con el esclavo de Diego Lopez, que para hablarle se ponia caballero en la tapia, y esto muy tarde.
--¿Y no pudiste entender lo que hablaban?
--Sí, sí señor; una noche por encargo de doña Elvira, que deseaba mucho saber lo que el caballero hablaba con el esclavo, me arriesgué á todo, y aprovechando la oscuridad, que era tal que no se veian los dedos de las manos, me tendí cosido contra la tierra y la barda cerca del lugar por donde solian hablar el caballero y el esclavo del señor Diego Lopez; poco despues de estar allí oí ruido entre las matas, y sentí acercarse á un hombre que se detuvo y silbó como una culebra: al silbido sentí que por dentro se acercaba una persona que trepaba á la barda, y al fin oí la voz de Alí, á quien conozco mucho, que decia:
--¿Sois vos señor?
--Sí, yo soy, contestó el de fuera: ¿qué tienes que decirme?
--He puesto la carta de vuestra señoría, sobre la mesa del aposento de mi señora; me he puesto en acecho; cuando mi señora ha entrado y visto la carta se ha puesto pálida, la ha tomado y la ha leído temblando; despues la ha ocultado, como ha hecho siempre con las otras, entre sus ropas; ya entrado el dia, me ha encontrado en el huerto, me ha mirado fijamente, como siempre que he dejado alguna carta, pero no me ha dicho nada; á Genoveva, su doncella, la ha tratado con impaciencia, y como la pobre muchacha no sospecha nada, se ha entristecido; yo por mi parte me he hecho el torpe, como si nada supiese, y ha pasado.
--¿Y nada mas? dijo el caballero.
--Sí, si señor, contestó Alí: he robado un ramo de flores del búcaro de la señora, y una de las marañas de cabello de su peinado. Ahí va todo junto: los cabellos en las flores.
--Paréceme que hubiera querido mucho mejor el incógnito, dijo Aben-Jahuar, las flores en los cabellos.
--Eso tambien creo yo, dijo Barbillo, porque el tal señor está perdidamente enamorado de doña Isabel.
--¿Y lo sabe eso doña Elvira?
--¡Pues no ha de saberlo! como que yo la escribí relatándola, sin faltar letra la conversacion que habia oido entre el hidalgo y Alí.
--¿Y no ha entrado nunca ese enamorado, casa de mi hermana?
--Nunca. Sabríalo yo, y hace algunas noches estaba tan desesperado como antaño.
--Continúa.
--Pues señor, doña Elvira quiso á todo trance saber con certeza quién era el desesperado amante de doña Isabel, y... ayer vino á Cádiar.
--Ya lo sé.
--Se ocultó en la casa que tiene de costumbre, en la Caba Alta.
--Lo sé tambien: casa de la viuda de un mudéjar.
--Eso es: con la viuda mandó llamar á Mariblanca.
--Lo sé tambien: es decir que Mariblanca fué á ver á doña Elvira, pero no sé lo que hablaron.
--Doña Elvira queria á todo trance, que yo con algunos amigos me apoderase del encubierto; anoche mismo Mariblanca me lo dijo, y como pagaba bien doña Elvira, busqué al organista y al barbero, que son dos mozos de pelo en pecho, y bien armados, esperamos á nuestro hombre por el camino por donde suele entrar en la villa; el hombre vino, pero nos aporreó: á pesar de la noche le conocí: esta mañana le ví en la sacristía.
--¿Con qué es decir que el beneficiado, anda en tratos con ese hombre?
--¿Y como si anda? y jura y perjura que es el mejor cristiano que conoce.
--Pues no tiene mucho conocimiento el beneficiado.
--¡Cómo! ¡qué! exclamó abispado, como suele decirse, Barbillo.
--Dios me entiende y yo me entiendo, y basta con que Dios y yo nos entendamos: vamos á otra cosa. Mariblanca seguirá frecuentando la casa de mi hermana.
--Ahora mas que nunca, y de tal manera la finge cariño y amistad Mariblanca, que doña Isabel ha llegado á amarla y á no poder pasar sin ella: de tal modo que la tarde que Mariblanca falta á su visita, la envia á buscar doña Isabel.
--¿Y qué sabe Mariblanca de cierta dama, que hace diez dias ha traido mi sobrino Diego Lopez á su casa?
--¡Ah! esa es otra historia. Diego Lopez ni aun se ha tomado el trabajo de disculparse con su madre.
--¡Ola! ¡Ola! ¿con qué de tal modo falta mi sobrino al respeto á mi hermana?
--Hace algun tiempo que el señor Diego Lopez está desconocido, antes era alegre y decidor; iba á todas partes, galanteaba á las mozas, y hacia finezas á Mariblanca, hasta el punto que casi, casi, llegué á tener zelos: jugaba á la pelota, tiraba la barra y era el que mejor parte llevaba en la palestrilla[23]. ¡Pero ahora! ni tiene un requiebro para las mozas, ni una palabra para sus conocidos; anda triste y mohino, pensativo y cabizbajo, y algunos pastores le han visto acechando por el sitio por donde suele pasar la Dama Blanca de la montaña.
--¡Bah! ¡bah! ¡la Dama Blanca! dijo con acento de burla Aben-Jahuar.
--Burlaos cuanto querais, pero no por eso será menos cierto que anda por nuestras montañas ese duende maldito, que hace mal de ojo á los ganados, y mucho será que no se lo haya hecho al señor Diego Lopez.
--Bien, bien; pero sigue, que nuestra conversacion se va haciendo demasiado larga y tengo que hacer.
--¿Pues y yo que estoy haciendo falta ya en la iglesia? ¡Ya se ve! ¡quiere vuesamerced saber tanto!
--Quiero saber lo que sabe Mariblanca acerca de esa dama, que ha ido á vivir desde hace tres días á la casa de mi hermana.
--Esa dama es muy hermosa.
--Lo sé.
--Y muy principal.
--Lo sé tambien.
--Y gasta unos vestidos como no se han visto en las Alpujarras.
--Vamos al asunto maese Barbillo.
--Pues el asunto es, que el señor Diego Lopez se presentó en su casa el lunes en la noche, trayendo á esa dama á la grupa de su caballo, y que dijo á su madre, segun vuestra señora hermana ha dicho á Mariblanca, que era necesario que la tuviese en su compañía. La dama, que se llama, quisiera no equivocarme, doña Angélica, dijo á vuestra hermana que era viuda de no sé qué príncipe, que se encontraba sola en el mundo, que el señor Diego Lopez la habia enamorado, y que preferia vivir al arrimo de doña Isabel, á que nadie viese que siendo moza y sola la galanteaba un hidalgo jóven. Doña Isabel por amor á su hijo, y viéndose tambien sola, ha dicho en el pueblo que la doña Angélica es una parienta suya, que ha venido á vivir una temporada en las Alpujarras. ¡Pobre madre!
Callóse Barbillo, porque no tenia mas que decir.
--Toma maese, le dijo Aben-Jahuar sacando un escudo de oro de su bolsillo y dándolo al sacristan, has cantado de plano y te estoy agradecido. Ahora cuídate de no decir á alma viviente, ni aun á Mariblanca, que has hablado conmigo, y adios.
--¿Y no me encargais nada, señor?
--Será muy posible que no necesite de ti, contestó Aben-Jahuar con voz cavernosa.
--Pues lo siento mucho, don Fernando, porque teneis una manera tal de tratar á las gentes, que dan ganas de serviros de rodillas.
--Si te necesito otra vez te buscaré.
Y como al decir esto Aben-Jahuar habia demostrado con el acento y con el gesto que deseaba quedarse solo, Barbillo, despues de haberle saludado servilmente, salió.
--No gozarás ese dinero, sino lo gastas de aquí á la noche, dijo el capitan general de los moriscos: sé cuanto necesitaba saber: ahora empecemos á obrar.
Y yendo á la puerta gritó:
--Ola mesonero: mi caballo y la cuenta.
Un momento despues salia del meson y de Cádiar á un mismo tiempo.
CAPITULO XVII.
El capitan Diego de Herrera.
Los pobres moriscos de la villa estaban consternados.
En primer lugar desde el dia anterior se sabia una noticia en extremo alarmante.
El hecho á que aquella noticia se referia, era el siguiente:
Acostumbraban los escribanos y los alguaciles de la audiencia de Ujijar de Albacete, villa de las Alpujarras, ir á pasar las vacaciones de Pascuas en Granada, donde los mas de ellos tenian sus familias, y al hacer el camino, como los moriscos estaban acobardados y ellos lo sabian bien, porque eran los que los acobardaban, llevábanse á su paso, gallinas, pollos, miel, fruta y dinero, todo arrancado con amenazas, ó mejor dicho: robado.
Cinco de estos escribanos y alguaciles, entre los que iban dos ferocísimos, Juan Duarte, y Pedro de Medina, salieron de Ujijar el martes veinte y dos de diciembre llevando por guia á un morisco, é hicieron por los lugares por donde pasaron desórdenes y tropelías, con el mismo descuido que si las Alpujarras hubieran estado en perfecta tranquilidad, y no agitadas y preparándose para un alzamiento; á las noticias de estos desórdenes, salió á ellos con algunos monfíes nuestro antiguo conocido Harum-el-Geniz, y encontrándolos en una senda cerca de la villa de Poqueira les cortaron el camino y los pasaron á cuchillo, no pudiendo escapar mas que el escribano Pedro de Medina y el guia morisco, que fueron á ampararse á la villa de Orgiva. Del mismo modo los monfíes mataron y quitaron los caballos á cinco escuderos que habian salido de Motril.
Temian, pues, los moriscos, que, como en otras ocasiones, pagasen justos por pecadores, es decir, que el corregidor de Ujijar enviase al término donde aquellos fracasos habian acontecido y aun mucho mas lejos; algunas escuadras de soldados, y no pudiendo haber á los monfíes, ó no atreviéndose á ellos, extremasen sus crueldades y sus licencias con los que ninguna parte habian tenido en el caso.
Lo que en segundo lugar los tenia como suele decirse con la mosca sobre la oreja, era que se sabia de cierto que la Inquisicion iba á Cádiar á hacer su visita, y lo que en su lugar los aterraba era la llegada á la villa del capitan Diego de Herrera, y su cuñado Juan Hurtado Docampo, hombres crueles, que con cincuenta soldados y una carga de arcabuces, habian venido de Granada, causando á su paso por los pueblos agravios, cometiendo desafueros, y tratando á los naturales como cosas viles de las cuales dispone á su antojo su dueño.
Aquella mañana antes de que entrasen los dos hidalgos cuñados con su gente, sabíase en la villa, y encontrábanse en la plaza los moriscos divididos en corros, hablando animadamente: pero notábase que cambiaban, aunque con gran disimulo, de conversacion cuando pasaba junto á ellos algun alguacil del corregidor, ú otro de los castellanos de los que vivían en el pueblo con fueros y soberbia de autoridad, ya fuese por su oficio, ya por su amistad con los oficiales del rey.
Un observador hubiera notado que los moriscos trataban algo y algo terrible.
Como á las nueve de la mañana oyéronse en la parte baja de la villa pífanos y tambores, y cambió como por ensalmo la expresion de los semblantes de los moriscos, de tal modo que nadie los hubiera creido sino los mas contentos y felices hombres del mundo: poco despues entraron en la plaza con la bandera tendida los cincuenta arcabuceros, llevando delante dos pífanos y dos tambores, tras ellos Diego de Herrera y su cuñado Juan Hurtado Docampo, ginetes en dos rocines, con las espadas desnudas, y con mas fueros, autoridad é hinchazon que podia haber traido el mismo rey.
--¡Eh! ¡tú, Tomás el Ansarí! dijo el capitan Herrera á un anciano que estaba entre los moriscos y á quien conocia por haber estado antes de presidio en la villa: mis muchachos vienen cansados, necesitan buen almuerzo, buena cama, y buenas mozas: conque mira de qué modo se les aposenta, que no tengan que enojarse con vosotros.
El Ansarí, que era el xeque de la talla de Cádiar, noble anciano descendiente de la esclarecida familia de los Abencerrages, se acercó al capitan con la gorra en la mano, y le dijo con la sonrisa en los labios:
--Bien venido sea vuesamerced entre nosotros: por mi parte, mi casa y cuanto en ella tengo está para serviros y á ese honrado hidalgo que os acompaña: juro á Dios que no os ha de faltar nada y en cuanto á la tropa, yo haré de modo que á cada soldado se le aposente como si fuera un rey.
--Bien harás en eso Ansarí, porque tanto como un rey vale un soldado español, y tal andais vosotros que os importa estar bien con la gente de guerra; que nadie sabe lo que acontecerá, y ocasion podria llegar, en que sea mas útil la amistad de un soldado que la del mismo Preste-Juan de las Indias.
--Si esa ocasion llega, ya procuraremos que los buenos soldados del rey no puedan quejarse de nosotros.
Tras estas palabras Tomás el Ansarí se llevó consigo hácia su casa al capitan Herrera y á su cuñado, y los arcabuceros fueron alojados en las mejores casas del pueblo.
Al atravesar la plaza el capitan Herrera, detuvo de repente su caballo.
--¡Juro á Dios que no la hubiera conocido! exclamo mirando á una moza que pasaba á la sazon y que se detuvo á su voz y clavó una penetrante mirada en el capitan; ha crecido y está hecha una reina: será preciso volver á travar conocimiento con esta muchacha.
Aquella muchacha era Mariblanca, que despues de haber mirado por un momento el capitan, siguió su camino haciendo un mohin de desprecio.
--¿Conoces á esa prenda? dijo el capitan al Ansarí, siguiendo adelante.
--Es Mariblanca, contestó lacónicamente el xeque.
--Cuando yo se la quité á su padre para hacerla mia, repuso con desvergüenza el capitan, se llamaba Alida.
--Entonces era mora.
--Es verdad: recuerdo que por casarse conmigo se bautizó.
--Y entonces la pusieron María: despues como es blanca como la nieve, han dado en llamarla Mariblanca.
--¿Y se ha casado?...
--Es ama del licenciado Juan de Ribera, beneficiado de la iglesia de la villa.
--¡Ah! ¡ah! ¡querida de un clérigo!... bien... pues mira aposenta á mi cuñado en tu casa, que yo voy á aposentarme en la del beneficiado.
--Como guste vuesamerced, dijo el Ansarí.
Diego de Herrera, como quien conocia el pueblo, se fué derecho á la casa del beneficiado.
Cuando llegó á ella no habia nadie mas que el niño de coro que servia á Mariblanca, porque en cuanto al clérigo solo se dejaba servir por la jóven.
Era demasiado persona un capitan de infantería española en aquellos tiempos y en tales circunstancias, para que un vecino, y mucho menos un niño, se opusiese á su voluntad. El capitan metió por sí mismo el caballo en la cuadra donde el beneficiado tenia su mula; entróse como por su casa en las habitaciones interiores, y en la mejor se echó sobre un ancho mueble, especie de sofá que el beneficiado, hombre cómodo si los habia, tenia para su regalo, y clavó sus espuelas en el damasco de los almohadones, sin importársele de ello un ardite.
--¿Dónde está tu amo? dijo el capitan al niño de coro que le habia seguido absorto.
--Está en la iglesia, señor, contestó aturdido el muchacho.
--¿Y no hay quien me dé de almorzar?
--No, no señor, contestó mas aturdido el muchacho: la señora Mariblanca está fuera.
--¿Quién está ahí? dijo una voz sonora y fresca á la puerta del aposento.
El muchacho por toda respuesta señaló al capitan que estaba echado sobre el sofá una pierna sobre la otra, y desceñido el talabarte.
--¡Ah! dijo Mariblanca, de la manera mas natural y aun con alegría, con la alegría de quien ve al cabo de mucho tiempo de ausencia á una persona á quien ama: ¡bien venido sea el señor capitan!
El muchacho se habia ido: Mariblanca y Diego de Herrera estaban solos.
Reconozcamos á estas dos personas.
Era ella una mujer como de veinte y cuatro á veinte y cinco años, pero con el brillo de una juventud extremada, alta de frente, ancha de hombros, un tanto largo el cuello, prominente el pecho, delgado el talle, y gallardamente pronunciadas las caderas; era muy blanca, hasta el último punto que puede ser blanca una mujer; levemente sonrosada en las mejillas y los labios húmedos y muy rojos: tenia los cabellos muy negros y muy abundantes: las cejas y las pestañas negrísimas y espesas; los ojos garzos; torneados el cuello, los brazos y las piernas, y muy pequeños y muy gruesecitos los piés y las manos: era una de esas moriscas cuyo tipo se conserva aun en las Alpujarras, que enamoran á una piedra, que derriten con su mirada el hielo, y que desesperarian á un pintor.
Vestia al uso del pais, y su corto zagalejo dejaba ver las deliciosas extremidades en que se sustentaba: se nos olvidaba decir que era alta y robusta, y que en sus ojos, en su boca y en la actitud de su cabeza, habia algo de duro, altivo y fiero, que en vez de perjudicarla aumentaba su hermosura, porque asociaba á ella la idea de la fuerza, del valor y de la dignidad.
Diego de Herrera era un hombre de cuarenta años; alto, robusto, membrudo, con picaresco semblante de soldado, curtido por el sol, por el aire, y por el polvo y el humo de las batallas; procacidad en los ojos, cinismo en la expresion de la boca, audacia en sus maneras, y rudeza y sabor soldadesco en todo su conjunto; todo como cubierto, velado y dulcificado por cierto espíritu de nobleza de raza, que hacia comprender que se trataba de un noble, aventurero y soldadote eso sí, pero de pur sang.
--¿Sabías tú que yo vivia en esta casa, Diego? dijo Mariblanca, posando en el capitan una mirada entumecida, no sabemos si por el odio, pero que podia haberlo sido del mismo modo por el amor.
--¿Pues si tú no vivieras en esta casa vida mia, á qué habia yo de haber venido á ella?
--Pues has tardado en venir, contestó Mariblanca.
--¿Qué quieres? En primer lugar el soldado es del rey en cuerpo y alma, y es necesario ir á donde nos manda su magestad, sin que nos duelan prendas del alma: ademas que la última vez que nos vimos me trataste de un modo que no demostraba que tuvieses muchas ganas de volverme á ver.
--Te dí de puñaladas.
--Pero no me mataste, como me estas matando con tus ojos.
Y el capitan se sentó en el sofá, y echó á un lado el talabarte con la daga y la espada.
Mariblanca se habia acercado, y habia apoyado una mano en el hombro del capitan.
--¿Es verdad que mis ojos te matan? le dijo.
--¡Ah, diablo! me parece que respiro con dificultad, Alida, repuso el capitan rodeando con sus dos manos su cintura.
--A veces el tiempo que pasa hace milagros, dijo con un leve sarcasmo la jóven.
--Sí, si por cierto; el tiempo que pasa, cuando pasa como ha pasado por tí, hace el milagro de convertir á una niña bonita en una moza como tú ¡cien rayos! ¿sabes que seria capaz por tí de matar á todos los clérigos del mundo?
--¿Y por qué?
--¿No eres ama de un beneficiado?
--¡Y bien!
--Ama y manceba...
--Son dos cosas distintas...
--¿De veras?
--Te lo juro.
--Si se pudiera creer eso...
--La que dió de puñaladas al amante que la engañaba, no es mujer de tener mas que un amante.
--¡Oh! ¡oh! si yo llego á creer eso...
Y el capitan trajo hácia sí con tal fuerza á Mariblanca, que aunque esta era fuerte, no pudo evitar que la diese un sonoro beso en el cuello.
Mariblanca, sin embargo, saltó atrás y quedó libre.
--Estas son locuras, dijo.
--¡Cómo! exclamó el capitan: ¿no quieres ser mi mujer?
--No digo eso: sino que venir á esta casa, y despues enamorarme en ella, son locura sobre locura.
--¿Pues qué he de hacer?
--Ven á verme esta noche.
--¿Esta noche?
--Sí.
--¿A hablarte por la reja? no me acomoda.
--Toma: dijo Mariblanca yendo á una espetera y tomando una llave.
--¿Y para qué esto?
--Para que entres esta noche en el huerto por el postigo.
--Hace mucho frio para estar al sereno.
--Al huerto da la ventana de mi aposento.
--¡Ah! eso es distinto. Pero es el caso, que yo no daré con ese postigo.
--Pues es muy fácil; mira (y Mariblanca señaló al huerto que se veía por una puerta del fondo): ¿ves aquella higuera?
--Sí.
--Sus ramas salen fuera de la tapia.
--Sí.
--Junto á esa higuera, está el postigo.
El capitan tomó la llave y la guardó en el bolsillo de sus gregüescos.
--¿Y á qué hora he de venir, luz de mis ojos?
Quedóse un instante meditando Mariblanca.
--Esta noche es noche de Navidad, dijo al fin.
--Es verdad, repuso el capitan.
--A las doce dirá la misa del Gallo el señor Juan de Ribera.
--Y entre tanto tú te quedarás sola en la casa.
--Sí, porque pretextaré que estoy enferma para no ir á misa.
--Bien, muy bien: con que es decir, que esta noche á las doce.
El capitan se levantó, y se dirigió á Mariblanca con notoria intencion de abrazarla.
--Quieto, quieto, señor mio, dijo la jóven: aunque estamos solos puede entrar gente de un momento á otro. Vete. Hasta la noche.
--Sea como tú quieras, Mariblanca: adios.
El capitan se fué á la cuadra, sacó su caballo, montó en él, y fué á hospedarse casa del Ansarí murmurando por el camino:
--Está hecha una prenda de rey: y me ama: me ama aun: las mujeres no olvidan nunca á su primer amante: vive Dios que esta Noche Buena, vá á ser la mejor noche que haya pasado en toda mi vida.
CAPITULO XVIII.
El palacio encantado.
Aun no eran las once de la mañana, cuando salia de Cádiar una larga procesion, en medio de los moriscos que la miraban con un mudismo de mal agüero.
Componian esta procesion, unos cuarenta frailes entre donados y de misa, franciscanos descalzos, con sus hábitos cenicientos, sus anchas sandalias y sus estrechos cerquillos, llevando su pendon y su cruz: trás estos, iba la clerecía de la iglesia parroquial, con sus albas y sus bonetes, llevando delante estandarte y ciriales, y detrás el señor beneficiado, cubierto con una riquísima capa de coro, llevando á la derecha un diácono, y á la izquierda un subdiácono; seguia el corregidor con el escribano, y la turba alguacilesca, despues los vecinos mas ricos del pueblo, entre los que se contaba Tomás el Ansarí, y por último, el capitan Diego de Herrera, y su cuñado Juan Hurtado Docampo, vestidos de gala, llevando trás sí, al compás de la marcha de pífanos y tambores, los cincuenta arcabuceros que habian traido á la villa, no menos engalanados y empenachados.
Toda esta gente salia á recibir al señor Molina de Medrano, inquisidor de la Suprema del Santo Oficio de la general Inquisicion, que con un secretario, algunos alguaciles y un resguardo de cuadrilleros de la Santa Hermandad, esperaba aquella procesion en la venta de la Mala-noche, á un cuarto de legua de Cádiar, para entrar con ella en la villa, con la pompa, decoro y aparato que correspondian al Santo Oficio.
Llegaron á la venta los que recibian, se incorporaron á ellos los recibidos, y tomaron el camino de Cádiar, aumentándose el ruido de los pífanos y tambores de la infantería, con los clarines de los cuadrilleros y los sordos timbales del Santo Oficio.
Apenas el insigne maese Barbillo, que armado de sobrepelliz y sotana, atalayaba desde la torre de la iglesia el camino, vió que los que iban, se habian reunido á los que venian, cuando, satisfaciendo la impaciencia de los monaguillos, les mandó echar las campanas á vuelo.
Aquel alegre toque, penetró como una amenaza terrible en las casas de los moriscos del pueblo: los hombres miraron con temor á sus mujeres como si las viesen por la última vez, y estas abrazaron llorando á sus pequeñuelos.
¡La Inquisicion se acercaba!
Sin embargo, esta consternacion, este dolor eran un delito, y debian quedar ocultos en el fondo del hogar: fuera era necesario, no solo mostrar el semblante alegre, sino tambien salir engalanados al encuentro de la Inquisicion.
Esta, con las gentes que la acompañaban, entró al fin en el pueblo; pero apenas habia entrado, cuando de una breña cercana se levantó un hombre.
Aquel hombre era el emir de los monfíes.
Llevaba Yaye el mismo trage castellano, con que aquella mañana habia hablado á Juan de Ribera, con el nombre de don Alonso de Fuensalida.
Junto á él, oculto en las quebraduras, estaba su caballo.
Silbó Yaye, y un momento despues saltaron por las rocas del barranco dos hombres.
Era el uno su wazir, Harum-el-Geniz, el otro, brabío, terrible, casi salvaje, era el tremendo Ferih de los Berchules.
--Al momento, Harum, al momento, dijo Yaye: vé y ordena á Farax-aben-Farax, que con los seis mil hombres que le he entregado, marche sobre Granada: que procure llegar á ella á la media noche; que levante el Albaicin con unos pocos, mientras con los restantes enviste la Alhambra. Que ponga, en fin, en ejecucion cuanto le tengo ordenado. Vé.
Harum partió.
Yaye se volvió al Ferih, y le señaló á Cádiar que se levantaba delante de ellos sobre su vericueto.
--¿Oyes? le dijo.
--¡Los infieles estan alegres! contestó el Ferih.
--Allí vive tu hija, la hija que te ha deshonrado; allí está el que deshonró á tu hija: es necesario que te vengues, Melik.
--Hace mucho tiempo que estoy esperando mi venganza.
--¡Allí tambien está doña Elvira de Céspedes!
--¡Ah, señor! el amor que os tiene esa dama, os puede ser funesto: ¿porqué en estos momentos supremos no satisfaceis ese amor? ¿ignorais que Aben-Jahuar-el-Zaquer, es un traidor?
--No importa: una cabeza mas que cortar.
--Es que Aben-Humeya y Aben-Aboo, son sus sobrinos.
Estremecióse Yaye al escuchar el nombre de sus hijos, y repitió sin embargo.
--No importa: escúchame bien: en Cádiar tenemos ahora mismo un inquisidor infame, un beneficiado hipócrita y cruel, un capitan de infantería aventurero y asesino; una compañía de arcabuceros, un convento de frailes; un corregidor, y una bandada de alguaciles: cerca á la redonda á Cádiar: que no pueda salir ninguno de esas gentes; que cada breña, cada piedra, cada mata, oculte á un monfí.
--Cercaré la villa, señor, y no saldrá ni una mosca de ella.
--Pero cércala bien: con gente sobrada, y de modo que nadie pueda verla.
--Asi lo haré, señor.
--Solo dejarás pasar por el camino de Yátor, al beneficiado Juan de Ribera, y al sacristan Barbillo.
--¿No sabeis, señor, que ese Barbillo es el amante con que ahora se entretiene mi infame hija?
--El beneficiado y el sacristan volverán á Cádiar: cuenta Ferih con que les acontezca algo en el camino.
--¿Y si fuese con ellos alguna otra persona?
--La dejarás tambien pasar.
--Muy bien, señor.
--Vete y espérame en la rambla Roja.
El Ferih desapareció entre las breñas.
El emir desató su caballo de un espino, y siguió una rambla abajo.
Las campanas de la iglesia de Cádiar seguian repicando.
Yaye se perdió entre las quebraduras.
Entonces, de una breña que estaba próxima al lugar donde habian hablado Yaye, Harum y el Ferih, salieron dos hombres.
El uno tenia una capa gris, y el otro una capa negra.
Eran los mismos que habia estado mirando Aben-Aboo desde la ventana del meson del Cojo.
Eran el comediante Andrés Cisneros, y Laurenti ó Bempo ó Godinez, como quieran nuestros lectores.
--¿Habeis oido? dijo Laurenti á Cisneros.
--Si por cierto, dijo el comediante todo trémulo, y me parece que estamos en muy mal lugar.
--Yo os creia mas valiente.
--¿Podeis pedirme mas valor? Por esa mujer he hecho lo que no hubiera hecho por ninguna. Desde que me dijisteis que no la perdiese de vista, desde el domingo por la mañana, la he observado: en acecho estaba cuando entró en su aposento Aben-Aboo, y me dieron tentaciones de entrar y de matarle allí mismo.
--Hubiérais hecho muy mal.
--Los zelos son malos consejeros.
--Vos no debeis tener zelos de esa mujer.
--¿No los teneis vos?
--¡Yo! lo que la tengo es odio. Ademas, no hay que tener zelos. Ella no ama mas que á un hombre, y ese hombre no la ama.
--¿Y á pesar de eso, huye con otro hombre?
--Por vengarse.
--¿Y por vengarse, ha hecho lo que yo la he visto hacer?
--¿Y qué la habeis visto hacer vos?
--He dicho mal, no lo he visto: lo he sentido.
--¿Pero qué habeis sentido?
--Ya os he dicho, que cuando salieron del corral del Carbon los seguí; que cuando salieron de la ciudad los seguí tambien, pagando á los guardas de la puerta del Rastro, para que me dejasen salir como á ellos; que los seguí por el camino, á pesar de que el caballo de ese maldito morisco, andaba mas deprisa de lo que yo hubiese querido; que cuando ellos han entrado en una venta del camino, me he esperado fuera, sin comer, descansando solo el tiempo que han tardado en salir: pues bien, durante esa larga jornada, he sentido en medio del silencio de la noche...
--¡Algun beso!...
--Besos ardientes: besos de enamorados.
--Y bien, ¿no os ha besado tambien Angiolina?
--Si.
--¿No se ha mostrado tan amorosa con vos delante de las gentes, como os han dicho se han mostrado con Aben-Aboo las mozas de las ventas á quienes habeis preguntado, cediendo á vuestros ridículos zelos?
--Si, si; es verdad que hasta que apareció en Granada el marqués de la Guardia, todos me han creido amante de esa mujer.
--Sin embargo nada habeis obtenido de ella.
--Es verdad.
--Y os ha mantenido continuamente en una falaz esperanza.
--Es verdad.
--Pues de la misma manera, aunque todo el mundo la crea enamorada de Aben-Aboo, aunque Aben-Aboo, que si no la ama ya, la amará con toda su alma, se crea amado por ella, os lo afirmo, os lo afirmo yo que la conozco desde hace diez años: Angiolina, que solo ama al marqués, será fiel á sus amores, se vengará del marqués, le matará si es posible: matará si puede á la sultana Amina, á cuantos encuentre ante sus zelos y su rabia: pero guardará puro su amor á ese hombre: vos no conoceis á Angiolina, añadió suspirando Laurenti: no, no la conoceis: si ella me hubiera amado, que bien pudiera haber sido si yo.... pero en fin, no hablemos de esto: hay dolores que hierven en mi corazon, silenciosos, terribles; que se agitan dentro de él, que luchan, que solo conoce esa mujer... no hablemos mas de este asunto: pero vos necesitais vengaros...
--Si... con toda mi alma.
--Yo tambien.
--Pues á vengarnos hemos venido á las Alpujarras, á vengarnos del marqués de la Guardia.
--Nuestra venganza es injusta, dijo moviendo tristemente la cabeza Cisneros.
--¡Oh! yo odio á ese hombre: yo la aborrezco á ella: á él porque ella le ama, á ella porque le ama á él. Pero andad mas de prisa, Cisneros; ¿no habeis oido al emir mandar á sus monfíes que cerquen á Cádiar á la redonda?
--Y es muy posible que si los monfíes nos encuentran y nos prenden, y nos presentan al emir, no podamos dar cima á nuestros proyectos.
--Si me seguís á buen andar yo os juro que no daran con nosotros.
--La primer contra que tenemos es que no conocemos el terreno.
--Vos no; yo si, y os sirvo de guia.
--¿Que conoceis vos las Alpujarras?
--Conozco la parte que necesito conocer.
--Yo creia que nunca habiais venido á ellas.
--Yo presentía que los sucesos me habian de traer á ellas alguna vez, siguiendo á Angiolina, y procuré que me fuesen familiares.
--No sé cuando habeis podido...
--Yo necesito muy poco tiempo para conocer un terreno: como que he sido bandido...
--¡Ah! exclamó Cisneros, mirando con un asombro temeroso á Laurenti, que á cada momento crecia en proporciones fatídicas ante sus ojos.
--Si; he sido bandido, y famoso y terrible: me han perseguido y jamás han podido dar conmigo: basta con que yo vea la estructura de un país para que comprenda sin equivocarme las ventajas que puedo sacar de él. Y sino juzgad, juzgad por vos mismo: ¿no me habeis encontrado junto á vos en las Alpujarras cuando menos lo esperabais?
--¿Y cómo habia de esperarlo? Yo creia que os quedábais en Granada al frente de la compañía.
--¡Que se la lleve el diablo! vos os vinísteis siguiendo á una mujer; yo me vine siguiendo á un hombre.
--¡Al marqués de la Guardia! ¿estará acaso en las Alpujarras?
--En las Alpujarras se encuentra, aunque es muy posible que no lo sepa.
--¿Y dónde está?
--¿Para qué quereis saberlo? Dejaos guiar de mí, no me pregunteis mas de lo que yo quiera deciros, y sobre todo andad mas de prisa. Porque conozco el terreno os aguijo; hasta que salgamos de esta humbria estamos en peligro.
--Es que resbalo sobre el hielo.
--Si no os sentís con fuerzas para la empresa en que os habeis metido volveos.
--No, no; os seguiré... os seguiré á donde querais.
--Pues bien, seguidme, y por ahora callad; entramos en un terreno nevado, y la nieve ahogará el ruido de nuestros pasos.
--Pero el que pueda oirnos nos puede ver.
--Son dos cosas distintas: pueden oirnos sin vernos: callemos, pues, ya que no podemos hacernos invisibles.
Cisneros siguió en silencio á Laurenti, que á gran paso, por entre pinares lóbregos y estrechos y ásperas quebraduras, alejándose constantemente hácia el Este, anduvo sin parar durante tres horas.
Cisneros le seguia con gran fatiga; al fin en un barranco granítico de altísimas cortaduras que á nada se parecia mas que á una profunda grieta abierta en las rocas, se sentó sobre una piedra exclamando:
--Señor Godinez, yo no puedo mas: si la jornada es mas larga seguid vos solo; en cuanto á mí suceda lo que quiera, y aunque me esponga á ser cogido por los monfíes aquí me quedo.
--Descansad cuanto querais, contestó Laurenti, porque no pasaremos de aquí: este es un escondrijo tan bueno, como que no hay un solo natural de las Alpujarras que se atreva á pasar junto á él, ni en cuatro tiros de arcabuz á la redonda: mirad bien: este es un agujero; ni hay en él arena, ni yerba, ni musgo, la roca pelada, negra y calcárea, únicamente: ni aun las águilas se atreven á anidar en ella: ¿veis ese pico, esa roca informe que se levanta allá abajo, sola y escueta, y cuya parte superior remeda groseramente una cabeza humana desgreñada?
--Si que la veo.
--Pues bien, los naturales pretenden que esa roca ha sentido alguna vez, que ha sido una mujer hermosa...
--Consejas de los montañeses.
--Yo os contaré esa conseja en otra ocasion: ahora solo os diré el nombre de esa roca.
--¿La bruja maldita, acaso?
--No, la princesa encantada. Pues bien, esa princesa nos va á servir de abrigo y refugio, y al lado de un buen fuego y despues de un excelente almuerzo, podremos hablar largamente de nuestros asuntos, puesto que tenemos de plazo hasta la noche.
--¿Y dónde encontraremos ese fuego y ese almuerzo?
--En las faldas de la princesa; conque, levantaos y vamos, que estando parados se hace mas sensible el frio de este aire maldito que zumba entre las cortaduras.
Laurenti se dirigió á la princesa encantada: siguióle Cisneros, dieron la vuelta á la enorme roca, y el comediante vió, que sobre algunas escabrosidades que remedaban bastante bien el repliegue de la falda de una estátua sobre su pedestal, habia una estrecha y negra grieta por la cual apenas cabia un hombre.
Laurenti y Cisneros subieron á ella, recorrieron un pasadizo estrecho y tortuoso, y se encontraron en un espacio densamente lóbrego.
--¿Y qué diablos vamos á hacer aquí á oscuras?
--Esperad, esperad un momento: este es mi palacio en el cual no falta nada.
--¡Ah! ¡teneis el don de hacer milagros!
--Bien podeis decirlo: solo hace tres dias que he descubierto este escondrijo y ya está habitable.
--¿Y como lo descubristeis? No hay senda hasta él, y siendo un lugar de maldicion para los naturales...
--Es verdad: está en el centro de una sierra, lejos de las veredas y de los pueblos; por lo mismo, yo que buscaba un lugar escondido y poco frecuentado, he dado con él.
Y entre tanto Cisneros, arrancaba chispas de un pedernal.
--¿Y como supísteis su nombre y su historia?
--¡Eh! ¡y que curioso sois amigo mio! observó Laurenti, haciendo luz en la yesca encendida con una pajuela de azufre.
--¡Diablo! exclamó Cisneros, al ver á la luz de la lámpara que habia encendido con la pajuela, Laurenti, el gran espacio en que se encontraban: nunca hubiera creido que fuese tan grande el vientre de la princesa encantada.
--Donde han dominado mucho tiempo los árabes y los moros, dijo Cisneros, se encuentran cosas muy singulares, especialmente en las montañas: los tales musulmanes son minadores como topos: ademas como andaban siempre en continuas guerras civiles, y en rebeldías contra sus emires ó reyes, necesitaban la mina para escapar en las ciudades, y en las montañas para esconderse, los antros y las grutas: venid, venid conmigo y vereis.
Y se encaminó con Cisneros á un oscuro ángulo de la caverna, y se metió por otro pasadizo.
--¡Ah! con que es decir, preguntó Cisneros, que solo hemos visto como quien dice, la antecámara.
--Menos aun, amigo mio; hemos pasado el zaguan, y estamos en las escaleras: ¿no notais que descendemos?
--Si por cierto.
--¿No reparais que por esta rampa cabe una cabalgadura?
--Si.
--Dentro de poco llegaremos á las galerías, solo que las galerías son mas estrechas que las escaleras.
--¿Qué bulto es aquel que hay allí? dijo deteniéndose Cisneros: parece un hombre echado sobre sus manos.
--Paréceme que teneis miedo, Cisneros.
--¡Yo!
--Si, y que el miedo os enturbia los ojos: lo que os parece un hombre acurrucado, no es otra cosa que un asno de las Alpujarras, que come tranquilamente su pienso.
--¿Y qué hace ese asno aquí?
--Vos supondreis, que yo no habia de reducirme á vivir en una casa completamente desamueblada siendo rico, es decir, habiendo traido conmigo oro y alhajas.
--¡Ya..!
--Habeis de saber, que cuando buscando yo un lugar apartado y seguro de tropiezos, me encontré en los alrededores de este sitio, oí una voz que me decia: á gritos:
--¡Eh! ¡amigo! ¡buen amigo! ¡deteneos! ¡no deis un paso mas! Levanté la vista al lugar de donde salia la voz y vi un pastor que en una vereda aguijaba sus cabras.
Supuse que habia cerca de mí algun peligro, y me detuve.
--Si quereis salir al camino venid para acá, me dijo el pastor.
Encaminéme á él.
Cuando llegué le pregunté, que por qué me habia detenido.
--¿Sois forastero? me dijo.
--Forastero soy, le respondí.
--Ya se conoce, repuso: si vos hubiérais estado en las Alpujarras algun tiempo, hubiérais oido hablar de la princesa encantada.
--¿Y qué princesa encantada es esa?
--Dios os libre de conocerla, me dijo, porque moririais si no os acontecia una desgracia peor.
Y entonces me relató la historia del encantamento de la princesa, que es tal, que darian de buena gana tres ducados por saberla Torres Navarro ó Lope de Rueda. Se puede hacer con ella una comedia que daria muchas ganancias. Ya os la referiré en otra ocasion.
Seguí con el pastor algun tiempo. Durante este espacio, el pastor me dijo que en el lugar donde estaba encantada la princesa habia un palacio encantado tambien, solo que en vez de estar la princesa encantada en el palacio, el palacio estaba encantado en la princesa.
--He ahi una singularidad que no he visto en ningun libro de caballerías, por mas que los tales libros están llenos de disparates.
--Eso consiste en que el vulgo tiene el privilegio de inventar los mas disparatados disparates: sin embargo, dentro del palacio encantado estamos: hemos pasado el zaguan, hemos bajado las escaleras, pasado junto á las caballerizas y nos revolvemos por los corredores.
--Pues si este ha sido palacio, tal le ha puesto el encanto que no le conociera el alarife que le construyó.
--¡Eh! hasta el fin no podemos juzgar. Aun no hemos llegado al fin. Dejadme que acabe de relataros mi conversacion con el pastor.
--¿Y decís, le pregunté, que nadie se atreve á pasar ni á tres tiros de arcabuz á la redonda junto á la sima de la princesa encantada?