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Los miserables - Tomo 2 (de 2) (part 3 of 4)

Part 3 of 4 · Hugo, Victor · Public domain text

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Contents (4)

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Los miserables - Tomo 2 (de 2) (part 3 of 4)

--Tú tienes derecho á vivir, pues sólo cuentas diez y siete años. Sería morir demasiado pronto.

Esas grandes barricadas revolucionarias eran centros de heroísmo. Lo inverosímil parecía allí sencillo, y aquellos hombres no se admiraban unos de otros.

--Despachemos,--repitió Courfeyrac.

Desde los grupos gritaron á Mario:

--Designad vos el que deba quedarse.

--Sí,--dijeron los cinco;--elegid y os obedeceremos.

Mario no se creía ya capaz de emociones, y sin embargo, á la idea de elegir un hombre para la muerte, toda su sangre refluyó hacia el corazón. Se hubiera puesto pálido, si le hubiese sido posible aún palidecer.

Dirigióse á los cinco, que le aguardaban con la sonrisa en los labios, cada uno de los cuales, brillando en sus ojos esa gran llama que se ve en el fondo de la historia sobre las Termópilas, le gritaba:

--¡Yo! ¡yo! ¡yo!

Y Mario los contó como un estúpido. No había remedio; ¡eran cinco! Luego fijó la vista en los cuatro uniformes.

En aquel instante el quinto uniforme cayó, como llovido del cielo, sobre los otros cuatro. El quinto hombre se había salvado.

Mario alzó los ojos y reconoció al señor Fauchelvent.

Juan Valjean acababa de entrar en la barricada.

Sea en virtud de indicaciones recibidas, sea por instinto, sea por casualidad, llegaba por la callejuela de Mondetour. Gracias á su uniforme de guardia nacional, nadie le había puesto el menor obstáculo.

El centinela, colocado por los insurrectos en la calle de Mondetour, no creyó dar la señal de alarma tratándose de un guardia nacional solo. Dejó que se internara en la calle, diciéndose: «será probablemente un refuerzo, y cuando no, un prisionero».

El momento era demasiado grave para que el centinela pudiera distraerse de su deber y dejar su puesto de observación.

Al entrar Valjean en el reducto, nadie le echó de ver, estando todos los ojos fijos en los cinco individuos elegidos y en los cuatro uniformes.

Juan Valjean lo había visto y oído todo; y despojándose silenciosamente de su uniforme, lo arrojó, como dejamos dicho, en el montón de los cuatro.

La emoción fué indescriptible.

--¿Quién es ese hombre?--preguntó Bossuet.

--Un hombre que salva á los demás,--contestó Combeferre.

Mario añadió con voz grave:

--Le conozco.

Esta afirmación satisfacía á todos.

Enjolrás se volvió á Juan Valjean, diciéndole:

--Bienvenido, ciudadano.

Y añadió:

--Ya sabéis que aquí se va á morir.

Juan Valjean, sin decir una palabra, ayudó al insurrecto, á quien acababa de salvar, á vestir su uniforme.

V =¡El horizonte que se descubre desde lo alto de la barricada!=

La situación de todos en aquella hora fatal y en aquel lugar inexorable, tenía por resultado extremo la suprema melancolía de Enjolrás.

Enjolrás abarcaba dentro de sí la plenitud de la revolución, y no obstante, era tan incompleto como pueda serlo lo absoluto. Tenía demasiado de Saint Just, y no lo bastante de Anacarsis Clootz.

Su espíritu, sin embargo, en la sociedad de los amigos del A B C, había acabado por someterse á la influencia magnética de las ideas de Combeferre. Hacía algún tiempo que, saliendo poco á poco del estrecho molde del dogma, cedía al empuje del progreso, llegando á aceptar, como evolución definitiva y magnífica, la trasformación de la gran república francesa en la inmensa república humana.

En cuanto á los medios inmediatos, dada una situación violenta, queríalos también violentos; en esta parte no había variado, y permanecía fiel á la escuela épica y formidable, que se resume en este número: Noventa y tres.

Enjolrás estaba de pie sobre la gradería de adoquines, con un codo apoyado en el cañón de su carabina.

Meditaba, y de vez en cuando se estremecía, como si sintiese pasar un hálito misterioso... En los lugares que visita la muerte, suelen notarse esos efectos de las antiguas trípodes.

De sus pupilas, que reflejaban la mirada interior, salían como llamas comprimidas.

De repente levantó la cabeza; sus cabellos rubios como el oro cayeron hacia atrás, como los del ángel sobre el sombrío carro de estrellas, semejantes á la melena de un león erizada en forma de resplandeciente aureola. Entonces Enjolrás habló así:

--Ciudadanos, imaginaos el porvenir. ¡Las calles de las ciudades inundadas de luz, ramas verdes en los umbrales, las naciones hermanas, los hombres justos, los viejos bendiciendo á los niños, el pasado amando lo presente, los pensadores en libertad completa, los creyentes iguales entre sí, por religión el cielo, Dios, sacerdote directo, la conciencia humana convertida en altar, extinguido el odio; el taller y la escuela fraternizando, por penalidad y por recompensa la notoriedad; para todos el trabajo, para todos el derecho, la paz para todos, sin más derramamientos de sangre, sin más guerras, y las madres dichosas!

«El primer paso es sojuzgar la materia; el segundo realizar el ideal.

«Reflexionad en lo que ha hecho ya el progreso hasta nuestros días.

«En otros tiempos las primeras razas humanas veían aterrorizadas pasar ante sus ojos la hidra que soplaba sobre las aguas, el dragón que vomitaba fuego, el grifo que era el monstruo del aire, y que volaba con alas de águila y garras de tigre; espantosas fieras que resultaban superiores al hombre.

«Sin embargo, el hombre ha tendido sus redes, las sagradas redes de la inteligencia, y ha acabado por coger en ellas á los monstruos.

«Hemos domado á la hidra, y ahora se le llama buque de vapor; hemos domado al dragón, y ahora se le llama locomotora; estamos á punto de domar el grifo, le tenemos ya cogido, y se llama ya globo.

«El día en que esta obra de Prometeo termine, unciendo el hombre definitivamente al carro de su voluntad, la triple Quimera antigua, la hidra, el dragón y el grifo, ese día será dueño del agua, del fuego y del aire, y vendrá á ser para el resto de la creación animada, lo que para él eran en otro tiempo los antiguos dioses.

«¡Valor, y adelante! ¿Adónde vamos, ciudadanos? Á la ciencia convertida en gobierno, á la fuerza de las cosas erigida en única fuerza pública, á la ley natural con su sanción y su penalidad en sí misma y promulgada por la evidencia, á una alborada de verdad que corresponda al albor del día.

«Caminamos á la unión de los pueblos; caminamos á la unidad del hombre.

«No más ficciones, no más parásitos. Lo real gobernado por lo verdadero; éste es el fin.

«La civilización celebrará sus asambleas en las alturas de Europa, y luego en el centro de los continentes, en un gran Parlamento de la inteligencia.

«Hase visto ya algo parecido á esto. Los anfictiones tenían dos juntas al año; una en Delfos, mansión de los dioses, y otra en las Termópilas, mansión de los héroes.

«Europa tendrá sus anfictiones, y el globo los tendrá también á su vez.

«Francia lleva dentro de su seno ese porvenir sublime. En ella está la gestación del siglo XIX. Lo que bosquejó Grecia, merece ser terminado por Francia.

«Oye, tú, Feuilly, valiente obrero, hombre del pueblo, hombre de los pueblos. Yo te venero. Sí, tú ves con claridad las futuras edades; sí, tienes razón.

«Carecías de padre y madre, Feuilly, y has adoptado por madre la humanidad y por padre el derecho. Vas á morir aquí; esto es, á triunfar.

«¡Ciudadanos! Suceda hoy lo que quiera, venzamos ó seamos vencidos, vamos á producir una revolución. Así como los incendios iluminan toda una ciudad, las revoluciones iluminan todo el género humano.

«¿Y qué revolución produciremos? Acabo de decirlo: la revolución de lo Verdadero.

«Bajo el punto de vista político, no hay más que un principio: la soberanía del hombre sobre sí mismo. Esta soberanía del yo sobre el yo se llama Libertad.

«Desde el punto en que dos ó más de estas soberanías se asocian, comienza el Estado. Pero en esta asociación no hay abdicación ninguna.

«Cada soberanía cede cierta parte de sí misma para formar el derecho común; parte que es igual para todos. Y esta identidad de concesiones hechas por los individuos en beneficio de la humanidad se llama Fraternidad.

«El punto de intersección de todas estas soberanías que se agregan, es lo que recibe el nombre de Sociedad. Siendo esta intersección una unión, el punto en que se verifica es un nudo. De ahí lo que se llama vínculo social.

«Algunos dicen contrato social, y viene á ser lo mismo, por cuanto la palabra contrato se forma etimológicamente con la idea de vínculo.

«Entendámonos acerca de la igualdad; puesto que si la libertad es la cima, la igualdad es la base.

«La igualdad, ciudadanos, no significa toda la vegetación á nivel; una sociedad de matas grandes y de robles pequeños; un vecindario de envidiosos mordiéndose entre sí; civilmente, la igualdad significa el camino abierto á todas las aptitudes; políticamente, los votos de todos teniendo un mismo peso; religiosamente, todas las conciencias poseyendo igual derecho.

«La igualdad tiene un órgano, y este órgano es la instrucción gratuita y obligatoria. El derecho al alfabeto: por ahí es por donde se debe empezar.

«La escuela primaria impuesta á todos; la escuela secundaria ofrecida á todos: tal es la ley.

«De la escuela idéntica sale la sociedad igual.

«¡Sí, enseñanza! ¡Luz! ¡Luz! De la luz emana todo, y todo vuelve á ella.

«Ciudadanos, el siglo XIX es grande; pero el siglo XX será dichoso.

«Entonces no habrá nada que se parezca á la antigua historia; no habrá que temer, como hoy, una conquista, una invasión, una usurpación, una rivalidad de naciones á mano armada, una interrupción de civilización por el casamiento de algún rey; no habrá que temer un nacimiento de las tiranías hereditarias, un reparto de pueblos acordado en congresos, desmembraciones por hundimientos de dinastías, combates de religiones al encontrarse frente á frente, como los machos cabríos, en la sombra, sobre el puente de lo infinito; no habrá que temer el hambre, la explotación, la prostitución por la miseria, la miseria por falta de trabajo, y el cadalso y la cuchilla, y las batallas y todos esos latrocinios del acaso en la obscura selva de los acontecimientos.

«Casi pudiera decir, que no habrá ya acontecimientos, porque en la marcha natural del progreso no hay sacudidas ni accidentes.

«Todos serán felices.

«El género humano cumplirá su ley, como el globo terrestre cumple la suya; la armonía entre el alma y el astro se restablecerá; el alma gravitará en torno de la verdad, como el astro en torno de la luz.

«Amigos, la hora en que estamos y en que os hablo es una hora sombría: pero tales son las terribles condiciones de la conquista del porvenir.

«Una revolución es un peaje.

«¡Oh! El género humano será libertado, sacado de su postración, consolado. Lo afirmamos desde esta barricada.

«¿De dónde ha de salir el grito de amor, sino del altar del sacrificio?

«¡Oh, hermanos míos! Aquí está el lazo de unión entre los que piensan y los que sufren; esta barricada no está hecha ni de adoquines, ni de maderos, ni de hierro viejo; está hecha de dos hacinamientos, uno de ideas, otro de dolores.

«La miseria se encuentra en ella con lo ideal.

«En ella, el día abrazado á la noche, le dice: Voy á morir contigo, y tú conmigo vas á renacer.

«Del estrecho abrazo de todas las aflicciones brota la fe. Los padecimientos traen aquí su agonía, y las ideas su inmortalidad.

«Esta agonía y esta inmortalidad van á mezclarse y á componer nuestra muerte.

«Hermanos, el que muere aquí, muere en la irradiación del porvenir, y nosotros bajamos á una tumba completamente iluminada por la aurora».

Enjolrás se detuvo; era ello más bien una interrupción que el fin de su discurso.

Sus labios seguían moviéndose en silencio, como si continuase hablando consigo mismo; y sus compañeros, atentos y ansiosos de recoger aquellas palabras, no apartaban la vista de él.

No hubo aplausos, pero se cuchicheó durante un buen rato.

La palabra es un soplo; los estremecimientos de la inteligencia se parecen al estremecimiento de las hojas.

VI =Mario rudo y Javert lacónico=

Digamos lo que pasaba en la imaginación de Mario.

Recuérdese el estado de su alma.

Como hemos vuelto á indicar, para él ahora todo se había reducido á una visión. Sus ideas eran confusas.

Mario, repitámoslo, se hallaba bajo las sombras de las grandes alas de lo tenebroso, abiertas sobre los agonizantes. Sentía que había penetrado en él el sepulcro, y parecíale que estaba al otro lado de la barrera, no viendo ya las caras de los vivos sino por los ojos de un muerto.

¿Cómo y por qué se encontraba allí el señor Fauchelvent? ¿Qué iba á hacer á la barricada? Mario no trató de averiguar nada de esto; pues siendo propio de nuestra desesperación extenderse á cuanto nos rodea, encontraba lógico que todos fuesen á morir en aquel sitio.

Pensó, sin embargo, en Cosette, con indecible angustia.

Por lo demás, el señor Fauchelvent no le habló, ni le miró siquiera, y hasta pareció no haber oído cuando Mario, levantando la voz, dijo: «Le conozco».

Esta actitud del señor Fauchelvent aliviaba á Mario de un gran peso, y aun diríamos que le agradaba, si tratándose de tales impresiones, pudiera emplearse semejante palabra.

Habíase sentido siempre incapaz de hablar á aquel hombre enigmático, que era para él á la vez equívoco é imponente.

Además, hacía mucho tiempo que no le había visto, lo cual, unido al carácter tímido y reservado de Mario, aumentaba más aún la imposibilidad.

Los cinco hombres designados salieron de la barricada por la callejuela de Mondetour; parecían verdaderos guardias nacionales.

Uno de ellos se fué llorando. Antes de partir, dieron un abrazo á los que se quedaban.

Cuando aquellos cinco hombres, devueltos á la vida, se marcharon, Enjolrás pensó en el sentenciado á muerte, y entró en la sala baja.

Javert, atado al poste, meditaba.

--¿Necesitas algo?--le preguntó Enjolrás.

Javert contestó:

--¿Cuándo me mataréis?

--Aguarda. En este momento necesitamos todos nuestros cartuchos.

--Entonces, dadme de beber,--dijo Javert.

Enjolrás le presentó él mismo un vaso de agua, y como Javert estaba atado, le ayudó á beber.

--¿Quieres algo más?--preguntó de nuevo Enjolrás.

--Estoy mal en este poste,--respondió Javert.--Habéis tenido alma para dejarme pasar así la noche. Atadme como queráis, pero bien podíais echarme sobre una mesa como al otro.

Y con un movimiento de cabeza indicaba el cadáver del señor Mabeuf.

Recordará el lector que en el fondo de la sala había una mesa grande, donde se habían fundido balas y hecho cartuchos; empleada, pues, toda la pólvora, y hechos todos los cartuchos, aquella mesa quedaba libre.

Por orden de Enjolrás, cuatro insurrectos desataron á Javert del poste, mientras un quinto hombre apoyaba en su pecho una bayoneta.

Dejáronle las manos atadas detrás, sujetáronle los pies con una cuerda delgada, pero fuerte, de modo que pudiera dar pasos de quince pulgadas, como se hace con los que van á subir al patíbulo, y se le condujo hasta la mesa del fondo, tendiéndole allí, y atándole perfectamente por la mitad del cuerpo.

Para mayor seguridad, y por medio de una cuerda fijada al cuello, se añadió el sistema de ligaduras, que le ponían en la imposibilidad de evadirse, esa especie de lazo, llamado en las cárceles gamarra, que partiendo de la nuca se bifurca en el estómago, y llega á las manos después de haber pasado por entre las piernas.

Mientras sujetaban á Javert, un hombre, en el umbral de la puerta, le estaba contemplando con atención singular.

La sombra que producía aquel hombre hizo volver la cabeza á Javert. Alzó los ojos y reconoció á Juan Valjean. Sin el menor estremecimiento volvió á bajarlos de nuevo con cierta altivez, limitándose á decir:

--¡No tiene nada de particular!

VII =La situación se agrava=

El día adelantaba rápidamente, pero las ventanas y las puertas permanecían cerradas. Era la aurora, no el despertar.

El extremo de la calle Chanvrerie, opuesto á la barricada, había sido evacuado por las tropas, como hemos dicho; parecía pues estar libre, dando paso al transeúnte con una tranquilidad siniestra.

La calle de San Dionisio estaba muda como el paseo de las esfinges en Tebas. Ni un solo ser viviente se veía en las encrucijadas que blanqueaba un reflejo de sol.

Nada hay tan lúgubre como esa claridad de las calles desiertas.

Aunque no se veía á nadie, en cambio se oía.

Notábase á cierta distancia un movimiento misterioso.

Era evidente que el instante crítico iba á llegar.

Como la víspera por la noche, los centinelas se replegaron, pero esta vez no quedó ninguno.

La barricada estaba más fuerte que en el primer ataque, y desde la partida de los cinco se la había elevado más aún.

Enjolrás, avisado por el vigía á quien tocó observar la parte del Mercado, temeroso de ser sorprendido por ella, adoptó una resolución grave. Mandó hacer una barricada en la pequeña bocacalle de la de Mondetour, que había permanecido libre hasta entonces.

Para eso fué preciso arrancar algunas hiladas más de adoquines.

De este modo la barricada, tapiando tres calles, la de la Chanvrerie por delante, la del Cisne y la Petite Truanderie á la izquierda, y la de Mondetour á la derecha, era en verdad casi inexpugnable, si bien constituía igualmente un encierro fatal.

Tenía tres frentes, pero no le quedaba salida.

--Fortaleza y ratonera al mismo tiempo,--dijo riéndose Courfeyrac.

Enjolrás mandó hacinar junto á la puerta del bodegón unos treinta adoquines, «arrancados de más»,--decía Bossuet.

El silencio era ya tan profundo por el lado de dónde debía venir el ataque, que Enjolrás hizo que cada cual ocupase de nuevo su respectivo puesto.

Distribuyóse á todos una ración de aguardiente. Nada hay más curioso que una barricada preparándose á recibir el asalto.

Cada cual elige su sitio como en el teatro. Se recuestan, apoyan los codos, se respaldan, y hasta algunos forman sillones con los adoquines.

Si la esquina de una pared incomoda, todos se apartan; si sobresale un ángulo protector, á él se acogen todos.

Los zurdos hacen buena obra, pues ocupan los sitios que molestan á los otros.

Muchos se disponen á combatir sentados, queriendo estar cómodos así para matar como para morir.

En la funesta guerra de junio de 1848, un insurrecto que tenía una puntería terrible y que hacía fuego desde una azotea, había dispuesto que le llevasen un sillón á la Voltaire: en él murió de un casco de metralla.

En cuanto el jefe manda el zafarrancho de combate, todos los movimientos desordenados cesan; no más empellones, no más corrillos, no más apartes; todo lo que bulle en los ánimos converge y se cambia en ansiedad, esperando la embestida.

Antes del peligro una barricada es el caos; en el peligro es la disciplina. Del peligro nace el orden.

Desde que Enjolrás tomó su carabina de dos cañones, y se situó en una especie de almena que se había reservado, todos callaron.

Oyóse un ruido de golpes secos resonar confusamente en toda la extensión de la barricada. Era que se montaban los fusiles.

Por lo demás, reinaba allí más grandeza de ánimo, más confianza que nunca; el exceso del sacrificio fortalece. No tenían ya esperanza, pero les quedaba la desesperación; la desesperación, última arma, que á veces conquista la victoria: Virgilio lo ha dicho.

Los recursos supremos emanan de las resoluciones extremas.

Embarcarse en la muerte, suele ser á veces el medio de evitar el naufragio, y la tapa del ataúd se convierte en estos casos en tabla de salvación.

Como la víspera por la noche, la atención de todos se dirigía, y casi pudiera decirse que se apoyaba, en el extremo de la calle, claro y visible á la sazón.

No aguardaron mucho tiempo.

El movimiento empezó á oírse claramente por el lado de San Leu, aunque no se parecía al del primer ataque.

El crujido de cadenas, el alarmante sacudimiento de una masa, la trepidación del bronce al saltar sobre el empedrado, especie de ruido solemne, anunciaron que se acercaba alguna siniestra armazón de hierro.

Estremeciéronse las entrañas de aquellas vetustas y tranquilas calles, abiertas y construidas para la fecunda circulación de los intereses y de las ideas, y no para que rodasen por ellas con monstruoso estrépito los carros de guerra.

La fijeza de las pupilas de todos los combatientes clavada en el extremo de la calle, tomó una expresión feroz.

Apareció una pieza de artillería.

Los artilleros, la venían empujando colocada ya sobre las muñoneras y desenganchada del avantrén. Dos de ellos sostenían el afuste, cuatro empujaban las ruedas, y otros seguían con el arcón.

Veíase humear la mecha encendida.

--¡Fuego!--gritó Enjolrás.

Toda la barricada hizo fuego, y la detonación fué espantosa; una tempestad de humo envolvió y obscureció la pieza de artillería y los hombres.

Después de unos instantes se disipó la nube, y el cañón y los hombres reaparecieron.

Los artilleros acababan de colocarla enfrente de la barricada, con lentitud, en toda regla, sin precipitación de ningún género.

No había ni uno herido.

Enseguida el jefe, apoyándose en la culata para elevar el tiro, se puso á apuntar el cañón con la gravedad de un astrónomo que asesta el anteojo.

--¡Bravo por los artilleros!--gritó Bossuet.

Y toda la barricada aplaudió.

Un momento después, la pieza, perfectamente situada en medio de la calle, como si dijéramos, á caballo sobre el arroyo, estaba ya en batería.

Era una boca formidable que se abría ante la barricada.

--¡Magnífico!--exclamó Courfeyrach.--Aquí está la brutalidad. Después del cachete el puñetazo. El ejército extiende su garra hacia nosotros. La barricada va á sentirse sacudir seriamente. Los fusiles tantean, el cañón atrapa.

--Es una pieza de á ocho, de nuevo modelo y de bronce,--añadió Combeferre.--Esa clase de piezas, por poco que se exceda de la proporción de diez partes de estaño por ciento de cobre, están expuestas á reventar. El exceso de estaño las hace demasiado blandas, y sucede entonces que se forman escarabajos en el oído. Para obviar ese peligro y poder forzar la carga, tal vez convendría volver al procedimiento del siglo XIV, y reforzar exteriormente la pieza con un sistema de anillos de acero sin soldadura, desde la culata á los muñones. Entretanto, se remedia ese defecto como mejor se puede; se consigue descubrir dónde están los escarabajos en el oído de un cañón, haciendo uso de la sonda; pero es preferible emplear la estrella móvil de Gribeauval.

--Sí,--respondió Courfeyrac,--eso aumenta la potencia balística, pero disminuye la precisión del tiro. En el tiro, á corta distancia, la trayectoria no tiene toda la tensión debida, y exagerándose la parábola, el camino del proyectil no es bastante rectilíneo para poder herir los objetos intermedios, lo cual es, sin embargo, una necesidad del combate, cuya importancia crece con la aproximación del enemigo y la precipitación de los disparos. Esta falta de tensión de la curva del proyectil en los cañones rayados del siglo XVI, consistía en lo escaso de la carga; y las cargas pequeñas en las piezas de guerra, son una exigencia de las necesidades balísticas, tales, por ejemplo, como la conservación de los afustes.

«En suma, el cañón, ese déspota, no puede todo lo que quiere; la fuerza es una gran debilidad. Una bala de cañón no anda más que seiscientas leguas por hora; la luz recorre sesenta mil en un segundo. Tal es la superioridad de Jesucristo sobre Napoleón.

--Carguen otra vez,--dijo Enjolrás.

¿De qué manera iba á recibir el revestimiento de la barricada el embate de la artillería? ¿Abrirían brecha en ella las balas? Ésta era la cuestión.

Mientras los insurrectos cargaban de nuevo sus fusiles, los artilleros hacían lo propio con el cañón.

La ansiedad era profunda en el reducto.

Partió el tiro, y sonó la detonación.

--¡Presente!--gritó una voz alegre.

Y al mismo tiempo que la bala dió contra la barricada, vióse á Gavroche precipitarse dentro.

Llegaba por el lado de la calle del Cisne, y había andado listo en saltar la barricada accesoria que estaba enfrente del laberinto de la Petite Truanderie.

Gavroche hizo en la barricada más efecto que la bala.

La bala se había perdido en los escombros, logrando á lo sumo romper una rueda del ómnibus, y destrozar la carreta vieja de Anceau.

Los de la barricada, al ver esto, se echaron á reir.

--Proseguid,--gritó Bossuet dirigiéndose á los artilleros.

VIII =La artillería se va poniendo seria=

Todos rodearon á Gavroche.

Pero Mario, sin darle tiempo de decir nada, se lo llevó aparte, y le preguntó estremecido:

--¿Qué vienes á hacer aquí?

--¡Toma!--respondió el chico.--¿Y vos?

Y mirando fijamente á Mario con un descaro épico, sus dos ojos se agrandaban por efecto de la arrogante lucidez que despedían las órbitas.

Mario prosiguió con acento severo.

--¿Quién te ha dicho que volvieras? Supongo que habrás entregado mi carta.

No dejaba de escocerle algo á Gavroche lo relativo á aquella carta; pues en la prisa de volver á la barricada, mejor que entregarla, lo que hizo fué deshacerse de ella.

No podía dejar de decir en sus adentros, que la había confiado con sobrada ligereza á aquel desconocido, cuyo rostro no logró distinguir siquiera, á pesar de tener descubierta la cabeza.

En una palabra, reprendíase interiormente, y temía los cargos que Mario pudiera dirigirle.

Para salir de apuros, eligió el medio más sencillo, el de mentir abominablemente.

--Ciudadano, entregué la carta al portero. La señora dormía, y se la darán en cuanto despierte.

Mario, al enviar aquella carta, se había propuesto dos cosas: despedirse de Cosette y salvar á Gavroche. Tuvo que contentarse con la mitad de lo que quería.

El envío de su carta y la presencia del señor Fauchelvent en la barricada ofrecían cierta correlación, que no dejó de presentarse á su espíritu, y dijo á Gavroche, mostrándole aquel hombre:

--¿Le conoces?

--No,--contestó Gavroche.

En efecto, como acabamos de recordar, el chico no había visto á Juan Valjean sino de noche.

Las turbias y enfermizas conjeturas que habían confusamente aparecido en el espíritu de Mario, se disiparon.

¿Conocía él por ventura las opiniones del señor Fauchelvent?

¿No podía ser republicano; y de ahí naturalmente su presencia en el sitio del combate?

Gavroche estaba ya al otro extremo de la barricada, gritando:

--¡Mi fusil!

Courfeyrac mandó que se le entregasen.

Gavroche advirtió á los «camaradas», como él los llamaba, que el bloqueo de la barricada era cosa hecha; que á él le había costado mucho trabajo llegar. Un batallón de línea, cuyos pabellones estaban en la Petite Truanderie, tenía tomadas las salidas de la calle del Cisne, y por el lado opuesto, la guardia municipal se había apostado en la calle de Predicadores. Enfrente estaba el grueso del ejército.

Dadas estas explicaciones, añadió Gavroche:

--Os autorizo para que los zurréis de lo lindo.

Entretanto Enjolrás, desde su almena, espiaba con oído atento.

Los sitiadores, poco satisfechos sin duda de su cañonazo, no le habían repetido.

Una compañía de infantería de línea ocupó el extremo de la calle detrás de la pieza. Los soldados desempedraban el suelo, y construían allí con los adoquines una pared baja, especie de parapeto, que apenas excedía de diez y ocho pulgadas de altura y daba frente á la barricada.

En el ángulo izquierdo de este parapeto veíase la cabeza de un batallón de las afueras, formado en masa en la calle de San Dionisio.

Enjolrás, desde su atalaya, creyó percibir este ruido particular que se hace al sacar del arcón las cajas de metralla, y pudo el jefe cambiar la puntería é inclinar ligeramente la boca del cañón á la izquierda. Después, los artilleros se pusieron á cargar la pieza.

El mismo jefe cogió el bota fuego y lo acercó al oído.

--¡Bajad la cabeza!--gritó Enjolrás.--¡Arrimarse á la pared! ¡Todos de rodillas á lo largo de la barricada!

Los insurrectos, esparcidos delante del figón y que habían dejado su puesto de combate á la llegada de Gavroche, corrieron en pelotón á la barricada; pero aún no se había ejecutado la orden de Enjolrás, cuando se oyó el tiro, con ese ronquido terrible de las descargas de metralla. Era, en efecto, un metrallazo.

La carga, dirigida á la cortadura del reducto, había rebotado contra la pared, y de este espantoso rebote resultaron dos muertos y tres heridos.

Continuando así, la barricada no habría podido sostenerse por más tiempo. Penetraba en ella la metralla.

Hubo un rumor de consternación.

--Impidamos al menos el segundo metrallazo,--dijo Enjolrás.

Y, bajando la carabina, apuntó al jefe que, inclinado en aquel momento sobre la culata del cañón, rectificaba y fijaba definitivamente la puntería.

El jefe era un guapo sargento de artillería, joven, rubio, de rostro apacible, con ese aire inteligente propio del arma predestinada y tremenda que, á fuerza de perfeccionarse en el horror, ha de acabar por matar la guerra.

Combeferre, de pie junto á Enjolrás, contemplaba á aquel joven.

--¡Qué lástima!--dijo.--¡Qué horribles son estas matanzas! Por fin, cuando ya no haya reyes, no habrá guerras. Enjolrás; tú apuntas á ese sargento, pero no le miras. Figúrate que es un buen mozo; es intrépido, no cabe duda; se le ve calcular. Son muy instruidos esos jóvenes artilleros. Tiene padre, madre, familia; probablemente ama. Representa á lo sumo veinticinco años. Podría ser hermano tuyo.

--Lo es,--dijo Enjolrás.

--Sí,--prosiguió Combeferre,--y también mío. No le matemos, pues.

--Déjame. Lo que es preciso, es preciso.

Y una lágrima rodó lentamente por la mejilla de mármol de Enjolrás.

Al mismo tiempo oprimió el gatillo de su carabina y salió el tiro.

El artillero giró dos veces sobre sí mismo abriendo los brazos y levantando la cabeza como para aspirar el aire; luego cayó de costado sobre la pieza, sin volver á moverse.

Brotábale de la espalda un arroyo de sangre. La bala le había atravesado el pecho de parte á parte.

Estaba muerto.

Fué preciso retirarle, y reemplazarle.

Habíanse ganado efectivamente algunos minutos.

IX =Empleo de aquel talento de cazador furtivo y de aquella puntería infalible, que influyó en la condena de 1796=

Los pareceres eran diversos en la barricada.

La pieza de artillería iba á funcionar de nuevo, y con aquella metralla todo habría concluido en un cuarto de hora. Era de absoluta necesidad atenuar la fuerza de los tiros.

Enjolrás pronunció esta orden.

--Es preciso poner allí un colchón.

--No hay ninguno,--respondió Combeferre.--Los ocupan los heridos.

Juan Valjean, sentado aparte en un guarda-cantón junto á la esquina del figón, con el fusil entre las piernas, no había tomado parte hasta entonces en nada de lo que pasaba.

Parecía no oir á los combatientes exclamar, aludiéndole:--«Un fusil inútil».

Al dar Enjolrás la orden, Juan Valjean se levantó:

Recordará el lector, que cuando llegó el tropel de gente á la calle de la Chanvrerie, una vieja, por miedo á las balas, había puesto un colchón delante de su ventana.

Esta ventana pertenecía á una buhardilla, y estaba sobre el techo de una casa de seis pisos, algo separada de la barricada.

El colchón, colocado de través y apoyado por debajo en dos varas de tender ropa, estaba sostenido por arriba con dos cuerdas, que desde lejos parecían dos hilos, atadas á clavos fijos en el dintel de la buhardilla.

Veíanse destacarse claramente aquellas cuerdas como dos cabellos.

--¿Puede alguien prestarme una carabina de dos cañones?--dijo Juan Valjean.

Enjolrás, que acababa de cargar de nuevo la suya, se la entregó.

Juan Valjean apuntó á la buhardilla, y tiró.

Una de las cuerdas quedó rota, y el colchón no pendía más que de un hilo. Juan Valjean disparó el segundo tiro, y la segunda cuerda dió contra los vidrios de la buhardilla.

El colchón resbaló por entre las dos varas y cayó á la calle.

La barricada aplaudió.

Todos gritaron:

--¡Ya tenemos colchón!

--Sí,--dijo Combeferre;--pero ¿quién irá por él?

El colchón había caído, en efecto, fuera de la barricada, entre los sitiados y sitiadores; y como la muerte del sargento de artillería había exasperado á la tropa, los soldados, hacía unos instantes, se habían tendido boca abajo detrás de la línea de adoquines levantada por ellos; y para suplir el forzoso silencio de la pieza, enmudecida hasta reorganizar su servicio, habían roto el fuego contra la barricada.

Los insurrectos no respondían á aquellas descargas de fusilería para ahorrar municiones.

La fusilería se estrellaba contra la barricada, pero llenaba de balas la calle, dándole un aspecto terrible.

Juan Valjean salió por el boquete, penetró en la calle, atravesó aquel huracán de balas, fué en busca del colchón, cargó con él á cuestas, y volvió á la barricada.

Él mismo colocó el colchón en el boquete, fijándolo contra la pared de modo que no lo viesen los artilleros.

Hecho esto, aguardóse la descarga de metralla.

No se hizo esperar. El cañón vomitó rugiendo su paquete de metralla, pero no hubo rebote. Las postas abortaron contra el colchón.

Habíase logrado el efecto previsto, y la barricada se había salvado.

--Ciudadano,--dijo Enjolrás á Juan Valjean,--la República os da las gracias.

Bossuet, admirado y riéndose,--exclamó:

--¡Es inmoral que un colchón tenga tanta virtud! ¡Es el triunfo de lo flexible sobre lo fulminante! Pero de todos modos, ¡bendito sea el colchón, que anula el cañón!

X =Aurora=

En aquel momento se despertaba Cosette.

Su cuarto era estrecho, aseado, discreto, con una gran ventana á Oriente, que daba al patio interior de la casa.

Cosette no sabía nada de lo que pasaba en París.

No estaba á la víspera, y se había retirado ya á su cuarto, cuando la tía Santos dijo: «Parece que hay jarana».

Durmió pocas horas, pero bien. Tuvo dulces sueños, contribuyendo algo quizá á ello la extremada blancura de su cama.

Habíasele aparecido Mario inundado de claridad; y como al despertar daba el sol de lleno en sus ojos, se le figuró que continuaba soñando.

Su primer pensamiento, cuando salió de aquel ensueño, fué de alegría. Cosette se sintió tranquila.

Experimentaba, como Juan Valjean algunas horas antes, esa reacción del alma que no admite bajo concepto alguno la desgracia, y se puso con todas sus fuerzas á esperar, sin saber el por qué.

De improviso le asaltó una angustia indecible. ¡Hacía tres días que no había visto á Mario!

Pero reflexionó que debía haber recibido su carta, que sabía donde estaba, y que hallándose dotado de tanto talento, encontraría medio de llegar hasta ella... Y muy pronto, sin duda, quizá aquella misma mañana.

Era día claro, mas por la disposición horizontal de los rayos de luz creyó que amanecía. Había que levantarse, no obstante, para recibir á Mario.

Sentía que le era imposible vivir sin Mario, y parecíale ello razón suficiente para que viniese.

No había nada que objetar; el argumento era concluyente.

Pues ¡no llevaba ya tres días de padecer! ¡Tres días sin ver á Mario! ¡Atrocidad del cielo!

Dios había querido probarla; pero la prueba había terminado, y Mario iba á volver portador de buenas nuevas.

Tal es la juventud; se enjuga pronto los ojos; y considerando inútil el dolor, no lo acepta.

La juventud es la sonrisa del porvenir ante un desconocido, que es el porvenir mismo.

Nada para ella más natural que ser dichosa; parece que su respiración está hecha de esperanza.

Por lo demás, Cosette no acertaba á recordar lo que Mario le había dicho á propósito de aquella ausencia, que sólo debía durar un día, ni cómo se la había explicado.

Todo el mundo sabe la facilidad con que una moneda que cae en el suelo corre á ocultarse y mortifica al que la busca. Hay pensamientos que divierten de igual modo á costa nuestra, escondiéndose en un rincón del cerebro.

En vano corremos tras ellos; la memoria no consigue apoderarse del fugitivo.

Cosette no dejaba de sentir cierto despecho al notar que el recuerdo le era rebelde, pues juzgaba criminal en ella el olvido de las palabras que Mario había pronunciado.

En cuanto dejó el lecho, se apresuró á cumplir con las dos atenciones del alma y del cuerpo: la oración y el tocador.

Puédese en rigor introducir al lector en una alcoba nupcial, pero no en el dormitorio de una virgen.

Apenas se atrevería á ello el verso, y no debe intentarlo la prosa.

Es el interior de una flor cerrada aún; es una blancura en la sombra; es la celdilla íntima de un lirio cerrado, que no debe mirar el hombre mientras no le haya mirado el sol.

La mujer, todavía capullo, es sagrada.

Ese lecho inocente que se descubre, esa adorable semidesnudez que tiene miedo de sí misma, ese blanco pie que se refugia en una chinela, esa garganta que se vela delante de un espejo, como si el espejo tuviera ojos, esa camisa que se apresura á subir y ocultar los hombros al menor ruido de un mueble que cruje, ó de un carruaje que pasa, esas cintas atadas, esos corchetes abrochados, esos cordones atacados, esos estremecimientos, esos temblores de frío y de pudor, ese azoramiento exquisito de todos los movimientos, esa inquietud casi alada donde nada hay que temer, esas fases sucesivas del vestido, tan bellas como las nubes de la aurora, todas esas cosas no conviene referirlas, y es ya demasiado indicarlas.

La mirada del hombre debe mostrarse aún más religiosa ante la virgen que sale del lecho, que ante la estrella que aparece en el horizonte. La posibilidad de alcanzar debe convertirse en acrecentamiento de respeto.

El aterciopelado del melocotón, el polvillo de la ciruela, el radiante cristal de la nieve, el ala de la mariposa polvoreada de plumas, son objetos groseros, si se comparan con esta castidad que ni aun sabe que es casta.

La joven es un fulgor de sueño, sin ser todavía una estatua.

Ocúltase su alcoba en la parte sombría del ideal.

El indiscreto tacto de la mirada ofende brutalmente su vaga penumbra. Contemplar, en semejante caso, es profanar.

No mostraremos, pues, nada de ese suave rebullir de Cosette al levantarse.

Un cuento oriental dice, que Dios había hecho blanca la rosa; pero que habiéndola mirado Adán en el momento de entreabrirse, tuvo vergüenza, y se coloreó. Nosotros somos de los que se quedan suspensos delante de las vírgenes y de las flores, por creerlas dignas de veneración.

Cosette se vistió muy pronto y se peinó, lo cual era sencillísimo en aquel tiempo, pues entonces las mujeres no se ahuecaban los bucles y el rodete con almohadillas, ni embutidos de tul ó de cerda.

Después abrió la ventana y miró alrededor, esperando descubrir algún trozo de calle, un ángulo de casa ó de empedrado, y ver en él á Mario. Pero no se veía nada de lo que pasaba fuera, por estar el patio interior rodeado de altas paredes, y sin más vista que á unos jardines.

Cosette declaró que aquellos jardines eran horribles, y por la primera vez de su vida le parecieron feas las flores.

Mucho más le habría gustado ver el menor pedazo de calle, y así tomó el partido de dirigir los ojos al cielo, como si creyese que Mario podía también venir de allí.

De repente empezó á llorar, y no era efecto de la movilidad de su aire, sino consecuencia de las esperanzas frustradas por el abatimiento: tal era su situación.

Sintió confusamente algo horrible, una de esas visiones que lleva el aire dentro de sí, y dijo en su interior, que no estaba segura de nada; que perderse de vista, era de todos modos perderse; y la idea de que Mario pudiera venir hacia ella del cielo, se le representó, no ya con colores agradables, sino lúgubres.

Después, así con semejantes nubecillas, recobró la calma y la esperanza, brillando nuevamente en su rostro esa sonrisa inconsciente, pero que espera en Dios.

Todos dormían aún en la casa. Reinaba un silencio de provincia, y no se había abierto ningún postigo.

La portería estaba cerrada. La tía Santos no se había levantado, y Cosette supuso naturalmente que le sucedería lo propio á su padre.

Preciso era todo lo que había sufrido, y lo que entonces sufría para acusar duramente á su padre, por haberla así sacado de su jardín y su pabellón queridos, para llevarla á aquel cuarto estrecho y escondido; pero contaba con Mario, pues el eclipse de aquella luz amorosa era de todo punto imposible.

Percibía de vez en cuando, á cierta distancia, como sacudimientos sordos, y decía:

--¡Es raro que se abran y cierren las puertas-cocheras tan temprano!

Eran los disparos de cañón contra la barricada.

Había, á algunos pies más abajo de la ventana de Cosette en la antigua cornisa negruzca de la pared, un nido de vencejos. Este nido resaltaba un poco, de suerte que se podía, desde arriba, ver el interior de aquel pequeño paraíso.

La madre cubría á la sazón con sus alas, en forma de abanico, á sus hijuelos, y el padre revoloteaba, iba y volvía, trayendo en el pico comida y besos.

El naciente día doraba aquella casa feliz: la gran ley de la naturaleza «Multiplicaos», se veía allí risueña y augusta, y aquel dulce misterio se derramaba en la gloria de la mañana.

Cosette con los cabellos al sol y el alma en las quimeras, iluminada interiormente por el amor y fuera por la aurora, se inclinó maquinalmente al parecer, y casi sin atreverse á confesar que pensaba al mismo tiempo en Mario, se puso á contemplar aquellas aves, aquella familia, aquel macho y aquella hembra, aquella madre y aquellos pequeñuelos, con la profunda turbación que un nido produce en una virgen.

XI =Un tiro que no deja de ser certero ni mata á nadie=

El fuego de los agresores continuaba. La fusilería y la metralla alternaban, sin producir, á la verdad, gran daño.

Solamente padecía bastante la parte alta de la fachada de Corinto; poco á poco iba perdiendo su forma la ventana del primer piso como las buhardillas del tejado, acribilladas á balazos, y cascos de metralla. Los combatientes apostados allí tuvieron que retirarse.

Por lo demás, ésta es la táctica que se observa generalmente en el ataque de barricadas; se tira por mucho tiempo, á fin de agotar las municiones de los insurrectos, si éstos cometen la falta de contestar.

Cuando se conoce, por la disminución del fuego, que no tienen ya balas ni pólvora, se da el asalto.

Enjolrás no había caído en el lazo, y la barricada no contestaba.

Á cada descarga, Gavroche ahuecaba el carrillo con la lengua, signo despreciativo en alto grado.

--Bueno,--decía;--romped la tela; tenemos mucha necesidad de hilas.

Courfeyrac interpelaba á la metralla por el poco efecto que producían sus cascos, y le decía al cañón:

--¡Te vuelves difuso, amigo mío!

En la batalla hay también sus intrigas como en los bailes de máscaras.

Por eso, probablemente, el silencio del reducto empezaba á inquietar á los sitiadores, y el temor de algún incidente imprevisto excitó en ellos el deseo de ver claro al través de aquel montón de adoquines, y de saber lo que pasaba detrás de aquella pared impasible, que recibía los tiros sin dignarse contestar.

De pronto divisaron los insurrectos un casco que brillaba con el sol sobre un tejado próximo.

Era un bombero que, apoyado en una chimenea, parecía estar allí de centinela, dominando con su vista toda la barricada.

--Es un vigilante incómodo,--dijo Enjolrás.

Juan Valjean había devuelto la carabina á Enjolrás, pero tenía su fusil.

Sin decir palabra, apuntó al bombero, y un segundo después el casco, herido por la bala, cayó con estrépito á la calle.

El bombero, asustado, se alejó más que de prisa.

Reemplazóle en su sitio otro observador. Era un oficial.

Juan Valjean, que había vuelto á cargar su fusil, apuntó al recién venido, y el casco del oficial fué á reunirse con el del soldado.

El oficial no insistió más, desapareciendo con igual presteza que el soldado.

Esta vez comprendieron la advertencia, y nadie sustituyó á aquellos dos, renunciando todos á espiar la barricada.

--¿Por qué no habéis matado á esos hombres?--preguntó Bossuet á Juan Valjean.

Éste no respondió.

XII =El desorden partidario del orden=

Bossuet murmuró por lo bajo á Combeferre:

--No ha contestado á mi pregunta.

--Es un hombre que hace el bien á tiros,--dijo Combeferre.

Los que conservan algún recuerdo de aquella época, ya lejana, saben que la guardia nacional de las afueras peleó con bizarría contra las insurrecciones.

Mostróse particularmente encarnizada é intrépida en las jornadas de junio de 1832.

Los buenos figoneros de Pantin, de Vertus ó de la Cunette, cuyos establecimientos dejaba el motín sin parroquia, se volvían leones ante el espectáculo de sus salas de baile desiertas, sacrificándose en aras del orden representado por el figón.

En aquel tiempo, vulgar y heroico á la vez, ante las ideas que tenían sus caballeros, tenían los intereses sus paladines.

El prosaísmo del móvil no le quitaba nada al valor del movimiento.

Los banqueros, viendo disminuirse sus montones de escudos, entonaban la Marsellesa.

Vertíase líricamente la sangre en favor del mostrador, defendiendo con entusiasmo lacedemoniano la tienda, ese inmenso diminutivo de la patria.

En el fondo, justo es decirlo, era allí todo muy formal. Los elementos sociales entraban en lucha, esperando el día de entrar en equilibrio.

Otro de los signos de aquel tiempo, era la anarquía mezclada con el gubernamentalismo (nombre bárbaro del partido correcto).

Defendíase el orden con indisciplina.

El tambor tocaba á llamada de repente, por orden y antojo de tal ó cual coronel de la guardia nacional; éste ó el otro capitán iba al fuego por inspiración propia; éste ó aquel guardia peleaba de imaginación «y por su propia cuenta».

En los minutos críticos, en las «jornadas» se seguía menos el consejo de los jefes que el de los instintos.

Había en el ejército del orden, verdaderos guerrilleros, los unos de espada, como Fannicot, los otros de pluma, como Enrique Fonfrede.

La civilización, desgraciadamente representada en aquella época más bien por un agregado de intereses que por un grupo de principios, estaba, ó se creía, en peligro, y lanzaba el grito de alarma. Todos, constituyéndose en centro, la defendían, le prestaban auxilio y protección, y el primero que llegaba se imponía la obligación de salvar la sociedad.

Á veces, el celo llegaba hasta el exterminio. Un piquete de guardia nacional se constituía, por autoridad privada, en consejo de guerra, y juzgaba y ejecutaba en cinco minutos á los insurrectos que caían prisioneros.

Una improvisación de esa clase juzgó y condenó á Juan Provaire. Ferocísima ley de Lynch, que ningún partido tiene derecho de echar en cara á los demás, pues así se aplica por la república en América, como por la monarquía en Europa.

Complicábase esa ley de Lynch con las equivocaciones que resultaban.

Cierto día de motín, un joven poeta, llamado Pablo Amado Garnier, fué perseguido en la Plaza Real por un soldado con la bayoneta calada, y no pudo evitar la muerte, sino refugiándose en la puerta-cochera del número 6. Oíase gritar: «¡Á ése, que es sansimoniano!» y querían matarle.

Ahora bien; la causa de todo aquello era que llevaba bajo el brazo un tomo de las Memorias del duque de San Simón; un guardia nacional había leído en el dorso del libro San Simón y bastó para que gritase: «¡Matarle!».

El 6 de junio de 1832, una compañía de guardias nacionales de las afueras, que mandaba el capitán Fannicot antes citado, se hizo diezmar por gusto ó por capricho en la calle de la Chanvrerie. El hecho, aunque raro, consta de la sumaria formada á consecuencia de la insurrección de 1832.

El capitán Fannicot, ciudadano impaciente y osado, especie de bandolero del orden, de esos que acabamos de caracterizar, gubernamentalista fanático é indómito, no pudo resistir al incentivo de hacer fuego antes de tiempo y á la ambición de tomar la barricada por sí sólo únicamente, es decir, con su compañía.

Exasperado por la aparición sucesiva de la bandera roja y del vestido viejo, que él tomó por la bandera negra, censuraba á todos los generales y jefes de cuerpo, los cuales celebraban consejo, y eran de opinión que no había llegado aún el momento del asalto decisivo, y dejaban, según la expresión célebre de uno de ellos, que «la insurrección se fuese asando con su misma grasa».

Á él, por su parte, le parecía que la barricada estaba madura; y como lo que está maduro debe caer, probó.

Mandaba hombres tan resueltos como él, «furiosos», según el dicho de un testigo.

Su compañía, la misma que había fusilado al poeta Juan Provaire, era la primera del batallón situado en el ángulo de la calle.

Cuando menos se esperaba, el capitán lanzó su gente contra la barricada.

Este movimiento, ejecutado con mejor deseo que estrategia, costó caro á la compañía Fannicot. Antes que llegase á los dos tercios de la calle, una descarga general de la barricada la recibió, y cuatro de los más audaces que corrían á la cabeza, fueron muertos á boca de jarro al pie del reducto.

Entonces, aquel pelotón de guardias nacionales, valientes, pero sin la tenacidad militar, hubo de replegarse, después de alguna vacilación, dejando tras de sí quince cadáveres.

Aquel instante de vacilación dió á los insurrectos tiempo para volver á cargar las armas, y otra descarga muy mortífera alcanzó á la compañía antes de que pudiera doblar la esquina de la calle, que era su abrigo.

Hubo un momento en que se encontró entre dos fuegos, porque el cañón, no habiéndose dado orden en contra, seguía con sus disparos.

El intrépido é imprudente Fannicot fué una de las víctimas de la metralla. Matóle el cañón, esto es, el orden.

Aquel ataque, más furioso que formal, irritó á Enjolrás.

--¡Imbéciles!--dijo.--Envían su gente á morir, y nos hacen gastar las municiones inútilmente.

Enjolrás hablaba como verdadero general de motín.

La insurrección y la represión no luchan nunca con armas iguales. La insurrección, fácilmente agotable, no tiene sino un número limitado de tiros y de combatientes; imposible es reemplazar una cartuchera que se vacía ó un hombre que sucumbe.

La represión, como cuenta con el ejército, no se cuida de los hombres; y como tiene el parque de Vincennes, poco le importa desperdiciar la pólvora ni las balas. Dispone de tantos regimientos como defensores hay en la barricada, y de tantos arsenales como cartucheras poseen los insurrectos.

Son, pues, luchas de uno contra ciento, que terminan siempre por destruir la barricada, á menos que la revolución, surgiendo bruscamente, no vaya y arroje en la balanza su flamígera espada de arcángel.

Cuando eso sucede, el levantamiento se hace general, los empedrados entran en efervescencia, pululan los reductos populares, París se estremece soberanamente, despréndese el quid divinum, hay en el aire un 10 de agosto, hay un 29 de julio, aparece una prodigiosa luz, las abiertas bocas de la fuerza retroceden; y el ejército, ese león, ve ante sí, de pie y tranquilo, á ese profeta: la Francia.

XIII =Luces que pasan=

En el caos de sentimientos y de pasiones que defienden una barricada, se encuentra de todo: valor, juventud, pundonor, entusiasmo, idealismo, convicción, encarnizamiento de jugador, y más que nada, intermitencias de esperanza.

Una de esas intermitencias, uno de esos vagos estremecimientos de esperanza, atravesó súbitamente, cuando menos se creía, la barricada de la Chanvrerie.

--Oíd,--exclamó de repente Enjolrás desde su atalaya;--paréceme que París se despierta.

Es sabido que en la mañana del 6 de junio tuvo la insurrección por una ó dos horas, cierta recrudescencia.

La obstinación de la campana de San Merry reanimó algunas ilusiones.

En las calles de Poirier y de Gravilliers se empezaron á levantar barricadas.

Delante de la puerta de San Martín, un joven, armado con una carabina, atacó sólo á un escuadrón de caballería. Al descubierto, en medio del boulevard, puso una rodilla en tierra, apuntó, tiró, mató al que mandaba el escuadrón, y se volvió diciendo: «Otro más que ya no nos hará daño».

Fué acuchillado.

En la calle de San Dionisio, una mujer colocada detrás de una celosía corrida, hacía fuego contra la guardia municipal; á cada tiro se veían temblar las hojas de la celosía.

Un chico de catorce años, que llevaba los bolsillos llenos de cartuchos, fué preso en la calle de la Cossonnerie.

Varios cuerpos de guardia fueron atacados.

Á la entrada de la calle Martín Poirée, un fuego de fusilería muy vivo y de todo punto inesperado, recibió á un regimiento de coraceros, á cuya cabeza marchaba el general Cavaignac de Barague.

En la calle Planche Mibray, arrojaron de lo alto de los tejados sobre la tropa cascos de loza vieja y utensilios de cocina: mala señal; así que al darse parte de este hecho al mariscal Soult, al veterano de Napoleón, se puso pensativo, acordándose de la frase de Suchet en Zaragoza: «Estamos perdidos, cuando las viejas nos vierten el vaso de noche en la cabeza».

Aquellos síntomas generales que se manifestaban en el instante de creerse localizado el motín, aquella fiebre iracunda que volvía á sobreponerse, aquellas pavesas que volaban acá y allá por encima de aquellas masas profundas de combustible llamadas los arrabales de París, todo aquel conjunto alarmó á los jefes militares, que se dieron prisa á apagar aquellos principios de incendio.

Aplazóse para después que esas chispas se extinguieran el ataque de las barricadas Chanvrerie y San Merry, á fin de tener que habérselas con ellas solas, y de acabarlo todo de una vez.

Lanzáronse columnas á las calles donde había fermentación, barriendo las grandes, sondando las pequeñas, á derecha é izquierda, ya con precaución y lentamente, ya á paso de carga.

La tropa derribaba las puertas de las casas donde se había hecho fuego, y al mismo tiempo piquetes de caballería dispersaban al trote ó á la carrera los grupos de los boulevares.

No se verificó, pues, aquella represión sin ruido, sin el estrépito tumultuoso propio de los choques entre el ejército y el pueblo.

Y eso era lo que percibía Enjolrás en los intervalos de la fusilería y la metralla.

Había visto además pasar por la esquina de la calle, heridos en parihuelas, y dijo á Courfeyrac:

--Esos heridos no son de aquí.

La esperanza duró poco; aquella claridad no tardó en eclipsarse. En menos de media hora lo que había en el aire se desvaneció; fué á modo de un relámpago sin rayo, y los insurrectos sintieron volver á caer sobre ellos esa especie de losa de plomo que la indiferencia del pueblo arroja sobre los que se obstinan en resistir después de abandonados.

Había abortado el movimiento general que pareció bosquejarse vagamente; y así, la atención del ministro de la Guerra y la estrategia de los generales podían concentrarse ya en las tres ó cuatro barricadas que se sostenían aún. El sol subía en el horizonte.

Un insurrecto interpeló á Enjolrás:

--Tenemos hambre. Pero ¿es verdad que vamos á morir aquí sin comer?

Enjolrás, siempre apoyado en su almena, y sin apartar los ojos del extremo de la calle, hizo con la cabeza una señal afirmativa.

XIV =Donde se leerá el nombre de la querida de Enjolrás=

Courfeyrac, sentado en un adoquín junto á Enjolrás, continuaba insultando al cañón, y cada vez que pasaba, con su monstruoso ruido, esa sombría nube de proyectiles llamada metralla, lanzábale una bocanada de ironía.

--Echa los bofes, infeliz animal; me das lástima; te desgañitas en vano. Eso no es trueno; es tos.

Y todo el mundo reía á su alrededor.

Courfeyrac y Bossuet, cuyo valeroso buen humor se aumentaba con el peligro, sustituían, como la señora Scarron, el chiste al alimento; y puesto que faltaba el vino, escanciaban á todos alegría.

--Admiro á Enjolrás,--decía Bossuet.--Su impasible temeridad me maravilla. Vive solo, y quizá esto le tenga un poco triste. Enjolrás se queja de su grandeza, que le ata á la viudez. Todos nosotros, más ó menos, tenemos queridas que nos vuelven locos; es decir, valientes. Cuando se está enamorado como un tigre, no es un gran mérito pelear como un león. Así nos vengamos de las malas pasadas que nos juegan las buenas mozas. Roldán se hace matar por hacer rabiar á Angélica. Todos nuestros actos heroicos provienen de nuestras mujeres. Un hombre sin mujer es una pistola sin gatillo: la mujer es la que hace disparar al hombre. Pues bien; Enjolrás no tiene mujer, no está enamorado, y sin embargo, halla medio de ser intrépido. Es una gran cosa eso de poder ser frío como la nieve y atrevido como el fuego.

Enjolrás no parecía escuchar; pero cualquiera que hubiese estado junto á él, le hubiera oído pronunciar á media voz esta palabra: Patria.

No había cesado aún de reirse Bossuet, cuando Courfeyrac gritó:

--¡Noticia!

Y con la voz de un pregonero en el acto de anunciar, añadió:

--Me llamo Pieza de á Ocho.

En efecto, un nuevo personaje acababa de salir á la escena. Era otro cañón.

Los artilleros, maniobrando con rapidez, colocaron en batería la segunda pieza al lado de la primera.

Con esto empezaba ya á bosquejarse el desenlace.

Algunos instantes después, las dos piezas, perfectamente servidas, tiraban de frente contra el reducto, y las descargas cerradas del batallón de línea y del de las afueras sostenían á la artillería.

Oíanse también cañonazos á cierta distancia; y era que al mismo tiempo que estas dos piezas se encarnizaban en la barricada de la calle de la Chanvrerie, otras dos bocas de fuego, una en la calle de San Dionisio, y otra en la de Aubry le Boucher, acribillaban el reducto de San Merry.

Los cuatro cañones se repercutían lúgubremente.

Los sombríos perros de la guerra se respondían mutuamente con sus ladridos.

De las dos piezas asestadas á la sazón contra la barricada de la calle de la Chanvrerie, tiraba la una con metralla y con bala rasa la otra.

Esta última tenía la puntería algo más alta, y el tiro estaba calculado de manera que la bala hiriese la extremidad de la arista superior de la barricada, la desmochase, é hiciese saltar los pedazos menudos de adoquines sobre los insurrectos como nueva metralla.

Esta dirección del tiro tenía por objeto alejar á los combatientes de la cima del reducto, obligándolos á apiñarse en lo interior; es decir, que esto anunciaba el asalto.

Una vez ahuyentados los combatientes de lo alto de la barricada por las balas, y de las ventanas del figón por la metralla, las columnas de ataque podrían adelantar por la calle, sin que les apuntaran, y quizá, hasta sin ser vistas, escalar atropelladamente el reducto, como la noche anterior, y ¿quién sabe? si tomarlo por sorpresa.

--Es absolutamente preciso disminuir el daño que nos hacen esas piezas,--dijo Enjolrás, y gritó:--¡Fuego contra los artilleros!

Todos estaban preparados. La barricada, que por tanto tiempo se había mantenido silenciosa, hizo fuego desesperadamente, sucediéndose siete ú ocho descargas con una especie de rabia mezclada de alegría.

La calle se llenó de un humo espesísimo, y al cabo de algunos minutos por entre aquella bruma rayada de llamaradas, se pudo distinguir confusamente á las dos terceras partes de los artilleros tendidos bajo las ruedas de los cañones.

Los que habían quedado en pie continuaban en el servicio de las piezas con severa tranquilidad; pero el fuego se había amortiguado.

--Vamos bien,--dijo Bossuet á Enjolrás.--¡Victoria!

Enjolrás, meneando la cabeza, contestó:

--Con un cuarto de hora más que dure esta victoria no quedarán ya más de diez cartuchos en la barricada.

Parece que Gavroche oyó la frase.

XV =Gavroche fuera=

De repente, Courfeyrac vió un bulto á la parte de afuera de la barricada blanco de las balas.

Gavroche había tomado del figón una cesta de las que sirven para poner botellas, y saliendo por la cortadura, se ocupaba tranquilamente en vaciar en su cesta las cartucheras llenas de los guardias nacionales muertos en el declive del reducto.

--¿Qué haces ahí?--gritóle Courfeyrac.

Gavroche levantó la nariz.

--Estoy llenando el cesto, ciudadano.

--¿No ves la metralla?

Gavroche respondió:

--Ya lo veo, llueve; ¿y qué más?

Gritóle de nuevo Courfeyrac:

--¡Vuelve adentro!

--Enseguida,--contestó Gavroche.

Y de un salto penetró en la calle.

Recordemos que la compañía de Fannicot, al retirarse, había dejado en pos de sí un rastro de cadáveres.

Como unos veinte de éstos yacían acá y allá á lo largo de la calle, sobre el empedrado; eran veinte cartucheras para Gavroche, y una provisión de cartuchos para la barricada.

El humo formaba en la calle como una niebla.

Cualquiera que haya visto una nube en una garganta de montañas entre dos alturas perpendiculares, puede figurarse aquel humo encerrado y como condensado por dos sombrías líneas de altas casas. Subía lentamente y se renovaba sin cesar, resultando de ahí una obscuridad gradual, que empañaba la luz del sol en medio del día.

Los combatientes se distinguían apenas de un extremo á otro de la calle, no obstante la cortedad de la distancia.

Aquella obscuridad, probablemente prevista y calculada por los jefes que debían dirigir el asalto de la barricada, fué útil á Gavroche.

Bajo los pliegues de aquel velo de humo, y gracias á su pequeñez, pudo avanzar por la calle, sin que le viesen, y desocupar las siete ú ocho primeras cartucheras sin gran peligro.

Arrastrábase boca abajo, andaba á gatas, cogía la cesta con los dientes, se torcía, se deslizaba, ondulaba, culebreaba de un cadáver á otro, y vaciaba las cartucheras como un mono abriendo las nueces.

Desde la barricada, á pesar de estar aún bastante cerca, no se atrevían á gritarle que volviese por miedo de llamar la atención hacia él.

En el bolsillo del cadáver de uno encontró un frasco de pólvora.

--Para la sed,--dijo guardándoselo.

Á fuerza de seguir avanzando, llegó adonde la niebla de la fusilería se volvía transparente, tanto, que los tiradores de la tropa de línea, apostados detrás de su parapeto de adoquines, y los del batallón de las afueras, en el ángulo de la calle, notaron que se movía algo entre el humo.

En el instante en que Gavroche vaciaba la cartuchera de un sargento que yacía junto á un guarda-cantón, una bala dió en el cadáver.

--¡Diablo!...--dijo Gavroche.--Me matan mis muertos.

Otra bala arrancó chispas del empedrado junto á él. La tercera volcó el cesto.

Gavroche miró, y vió que el fuego procedía de los guardias nacionales de las afueras.

Púsose en pie con los cabellos esparcidos al viento, los brazos en jarra, los ojos fijos en los guardias nacionales, y cantó:

Si son feos en Nanterre, Es por culpa de Voltaire, Si tontos en Palaiseau, Es por culpa de Rousseau.

Luego recogió la cesta, volviendo á meter en ella, sin perder uno, los cartuchos que habían rodado por el suelo, y sin miedo á los tiros dirigióse á desocupar otra cartuchera.

Otra cuarta bala no logró acertarle tampoco. Gavroche cantó:

Voltaire es el culpado Si no soy abogado; Si soy un pajarillo, Rousseau es quien lo ha querido.

La quinta bala no produjo otro efecto que el de inspirarle la tercera copla:

Es mi genio alegrillo Porque Voltaire lo quiso; Si soy un pobre yo, La culpa es de Rousseau.

Así continuó por algún tiempo.

El espectáculo era á la vez que espantoso, entretenido.

Gavroche, blanco de las balas, se mofaba de los fusiles. Parecía divertirse en ello.

Era el gorrión picoteando á los cazadores.

Á cada descarga respondía con una copla.

Apuntábanle sin cesar, jamás le acertaban.

Los guardias nacionales y los soldados se reían al apuntarle.

Echábase en el suelo, volvía á levantarse, se ocultaba en el ángulo de una puerta; saltaba, luego desaparecía; tornaba á aparecer, huía; presentábase de nuevo, respondiendo á la metralla con gestos harto libres, y entre tanto pillaba los cartuchos, vaciaba las cartucheras, y llenaba su cesto.

Los insurrectos, casi sin respirar, le seguían con mirada ansiosa.

La barricada temblaba mientras él cantaba sin pensar en la muerte.

No era un niño, ni un hombre; era una hada en forma de pilluelo, como si dijéramos el enano invulnerable de la lucha burlándose de los gigantes.

Las balas corrían tras él, pero él era más listo que las balas.

Jugaba con la muerte á una especie de horroroso escondite, y cada vez que el espectro asomaba su descarada faz, el pilluelo le daba un bufido.

Sin embargo, una bala, mejor dirigida ó más traidora que las otras, acabó por alcanzar á aquel muchacho, fuego fatuo.

Viósele vacilar y luego caer.

Toda la barricada lanzó un grito.

Pero había algo de Anteo en aquel pigmeo; para el pilluelo tocar el empedrado, es como para el gigante tocar la tierra.

Gavroche no había caído sino para volver á levantarse. Al incorporarse una prolongada franja de sangre le cruzaba la cara.

Levantó ambos brazos al aire, miró hacia el punto de donde había salido el tiro, y se puso á cantar:

Heme por fin caído Por culpa de Voltaire; De narices en tierra Por culpa de...

No pudo acabar. Otra bala del mismo tirador le cortó la frase. Esta vez cayó de bruces contra el suelo, y no volvió á moverse.

Aquella pequeña grande alma había volado.

XVI =De cómo un hermano puede trocarse en padre=

Había á aquella misma sazón en el jardín del Luxemburgo--pues la mirada del drama debe alcanzar á todas partes,--dos niños que andaban cogidos de la mano. Podría contar el uno siete años, y el otro cinco.

Mojados por la lluvia, habían elegido los paseos donde daba el sol. El mayor acompañaba al más pequeño; ambos iban cubiertos de andrajos y pálidos.

El más pequeño decía:

--Tengo mucha hambre.

El mayor, ya con ciertas ínfulas de protector, llevaba al otro de la mano izquierda, y en la derecha tenía una varita.

Hallábanse solos en el jardín, pues la policía había mandado cerrar las verjas con motivo de la insurrección, y el jardín estaba desierto. Las tropas que habían vivaqueado ahí por la noche, habían marchado al combate.

¿Cómo estaban allí aquellas criaturas?

¿Se habían evadido quizá de algún cuerpo de guardia entreabierto? ¿Acaso en las cercanías, en la puerta del Infierno, en la explanada del Observatorio, ó en la encrucijada próxima que domina el frontón, donde se lee: Invenerunt parvulum pannis involutum, había alguna barraca de saltimbanquis de la que pudieran haber escapado?

¿Quizá la víspera por la tarde, burlando la vigilancia de los inspectores del jardín, al tiempo de cerrar la verja, se habían quedado y pasado la noche en alguno de los kioscos donde se leen periódicos?

El hecho es que vagaban por allí á su sabor, y que parecían libres.

Vagar y parecer libres es estar perdido; y en efecto, lo estaban aquellos pobres niños.

Eran los mismos cuya suerte había tenido inquieto á Gavroche, y que el lector recordará. Hijos antes de Thénardier, alquilados por la Magnon, atribuidos á Guillenormand, y á la sazón hojas caídas de todas aquellas ramas sin raíces, y rodando por tierra á impulsos del viento.

Sus vestiditos, limpios en tiempo de la Magnon, y que le servían de prospecto para con el señor Guillenormand estaban hechos jirones.

Aquellos dos seres pertenecían ya á la estadística de los «Niños abandonados», que la policía comprueba, recoge, extravía y vuelve á encontrar en medio del arroyo en París.

Sólo en un día de tanta confusión se comprende que aquellos miserables rapazuelos estuviesen en el jardín del Luxemburgo. Si los inspectores los hubiesen visto, habrían arrojado de allí semejantes andrajos.

Los chicos pobres no entran en los jardines públicos; sin embargo debería pensarse que, como niños que son, tienen derecho á las flores.

Encontrábanse, pues, allí, gracias á haberse mandado cerrar la verja. Estaban de contrabando. Habíanse escurrido en el jardín y se quedaron dentro.

Los inspectores no deben dejar de vigilar, aunque se cierre la verja; se supone que continúan funcionando, pero la vigilancia es menor y hasta escasa.

Los inspectores aquel día, participando de la ansiedad pública, y más ocupados en lo exterior que en lo interior, no se ocupaban del jardín, y así no vieron á los dos delincuentes.

Había llovido la víspera y también un poco por la mañana; pero en junio los chaparrones es como si no cayeran. Apenas se conoce una hora después de la tormenta que tan hermoso y sonrosado día ha vertido lágrimas. El suelo se seca tan pronto como las mejillas de un niño.

En ese instante del solsticio, la luz del mediodía es, digámoslo así, punzante. Se apodera de todo. Se duplica y se superpone á la tierra con una especie de succión. Diríase que el sol tiene sed.

Un chaparrón es un vaso de agua. La lluvia es absorbida al momento.

Por la mañana todo son arroyos que corren; por la tarde, polvo que se levanta.

Nada hay tan admirable como el verdor que lava la lluvia y que enjuga el sol; es la frescura caliente.

Los jardines y las praderas, con el agua en sus raíces y el sol en sus flores, se convierten en cazoletas de incienso, y exhalan á un tiempo todos sus perfumes.

Todo sonríe, canta y se ofrece. Se siente uno suavemente embriagado.

La primavera es un paraíso provisional, y el sol ayuda al hombre á tener paciencia mientras viene el paraíso definitivo.

Hay seres que no piden más; vivientes que, teniendo el azul del cielo, dicen: ¡me basta! Pensadores absortos ante el prodigio, sacando de la idolatría de la naturaleza la indiferencia hacia el bien y el mal; contempladores del Cosmos, radiosamente distraídos del hombre, que no comprenden que exista quien fije la atención en el hambre de unos, en la sed de otros, en la desnudez del pobre durante el invierno, en la curvatura linfática de una pequeña espina dorsal, en el jergón, en la buhardilla, en el calabozo, en los harapos de infelices muchachas tiritando de frío, cuando se puede soñar bajo la sombra de los árboles; espíritus serenos y terribles despiadadamente satisfechos.

¡Cosa rara! El infinito les basta.

Ignoran esa grande necesidad del hombre, lo finito, que cabe en un abrazo.

No se acuerdan de lo finito que admite el progreso, el trabajo sublime.

Huye de su mente lo indefinido, que nace de la combinación humana y divina, de lo infinito y de lo finito.

Con tal de ponerse frente á frente de la inmensidad, se sonríen.

Para ellos no hay alegría, sino éxtasis.

Abismarse: tal es su vida.

En su concepto, la historia de la humanidad no es más que un plano fraccionario donde no se halla el Todo. El verdadero Todo existe fuera.

¿Para qué ocuparse el hombre, de los pormenores de esa pequeña fracción?

Decís que el hombre padece; es muy posible; pero mirad en cambio cómo se eleva Aldebaran.

Decís que á la madre se le ha agotado la leche, que el recién nacido se está muriendo; así será, no lo sabemos; pero en cambio, contemplad ese admirable rosetón que forma la albura del abeto examinada con el microscopio. ¡Comparad á esto el encaje más rico!

Esos pensadores se olvidan de amar. Es tanto lo que influye en ellos el zodíaco, que les impide ver al niño que llora. Dios les eclipsa el alma.

Es una familia de inteligencias pequeñas y grandes á la vez.

Horacio pertenecía á ese número, y Goethe, y puede que también Lafontaine; magníficos egoístas del infinito; espectadores tranquilos de dolor, que no ven á Nerón si hace buen tiempo, á quienes el sol oculta la hoguera, que mirarían guillotinar buscando en el suplicio un efecto de luz; que no oyen ni el grito, ni el sollozo, ni el estertor, ni el somatén; para quienes todo está bien, puesto que hay un mes de mayo; que se declaran satisfechos mientras buscan sobre su cabeza nubes de púrpura y oro, y que están decididos á ser felices mientras los astros brillen y canten las aves.

Son cuerpos radiantes que demiten tinieblas, sin sospechar que son dignos de lástima; y lo son en realidad.

Quien no llora, no ve.

Es preciso admirarlos y compadecerlos, como se compadecería y admiraría á un ser que fuese á la vez noche y día, que no tuviese ojos bajo las cejas, y en mitad de cuya frente brillase un astro.

Según algunos, la indiferencia de esos pensadores es una filosofía superior. En buen hora; pero es una superioridad enfermiza.

Se puede ser inmortal y cojo; testigo Vulcano.

Se puede ser más que hombre y menos que hombre.

Lo incompleto-inmenso está en la naturaleza. ¿Quién sabe si el sol no es tal vez ciego?

Mas entonces, ¿de quién fiarse? Solem quis dicere falsum audeat? ¿Cómo han de engañarse ciertos genios, ciertos Altísimos humanos, ciertos hombres astro?

¿Cómo lo que está á tan gran altura, en la cima, en la cúspide, en el zenit; lo que envía á la tierra tanta luz, ha de ver poco, ha de ver mal, ó no ha de ver?

¿No es esto para desesperar? No.

Pues ¿qué hay sobre el sol? Dios.

El 6 de junio de 1832, á las once de la mañana, el Luxemburgo, solitario y despoblado, estaba encantador.

Los arriates y los parterres se cambiaban, en medio de la luz, perfumes y resplandores. Las ramas, locas con la claridad del medio día, parecían querer abrazarse.

Había en los sicómoros una batahola de currucas; los gorriones celebraban su triunfo; otros pajarillos trepaban por los castaños, picoteando en los agujeros de la corteza.

La platabanda aceptaba la legítima supremacía de los lirios. El más augusto de los perfumes es el que sale de la blancura.

Respirábase el olor aromático de los claveles. Las viejas cornejas de María de Médicis sentían el amor sobre los gigantescos árboles.

El sol doraba, teñía de púrpura y encendía los tulipanes, que no son otra cosa que las variedades de la llama trocadas en flores.

En torno de los bancales de tulipanes revoloteaban las abejas, chispas de aquellas flamígeras flores.

Todo era goce y alegría, hasta la próxima lluvia; esta reincidencia, de que debían aprovecharse los lirios y las madreselvas, no tenía nada de alarmante; las golondrinas hacían la graciosa amenaza de volar bajo.

El que estaba allí respiraba felicidad; la vida olía bien; toda aquella naturaleza exhalaba candor, socorro, asistencia, paternidad, caricia, aurora.

Los pensamientos que caían del cielo eran dulces como la manita de un niño que besamos.

Las estatuas, bajo los árboles, desnudas y blancas, llevaban ropajes de sombra trepados de luz; eran diosas con harapos de sol; de todas colgaban rayos.

Alrededor del gran estanque, la tierra estaba ya seca y aún caliente.

Se movía bastante viento para levantar acá y allá pequeños remolinos de polvo; y algunas hojas amarillas, restos del último otoño, se perseguían alegremente como niños juguetones.

La abundancia de la claridad tenía un no sé qué de tranquilizadora.

La vida, la savia, el calor, los efluvios se desbordaban; sentíase bajo la creación lo enorme del manantial; en todos aquellos soplos impregnados de amor, en aquel vaivén de reverberaciones y de reflejos, en aquella prodigiosa expendición de rayos, en aquel derramamiento indefinido de oro fluido, se sentía la prodigalidad de lo inagotable; y detrás de tanto esplendor, como detrás de una cortina de llamas, se entreveía á Dios, el millonario de estrellas.

Gracias á la arena, no había una mancha de lodo; gracias á la lluvia, no había un solo grano de polvo.

Los ramilletes acababan de lavarse; todo el terciopelo, todo el raso, todos los barnices, todo el oro que sale de la tierra en forma de flores, se ofrecían á la vista con espléndida pureza.

Toda aquella magnificencia respiraba aseo.

El gran silencio de la dichosa naturaleza llenaba el jardín. Silencio celeste, compatible con mil músicas, arrullos de los nidos, zumbidos de los enjambres, latidos del viento.

Toda la armonía de la estación se completaba en un agradable conjunto. Las entradas y salidas de la primavera se verificaban con el mayor orden y regularidad; concluían las lilas y empezaban los jazmines; algunas flores se retrasaban, y por otra parte se adelantaban algunos insectos; la vanguardia de las mariposas encarnadas de junio fraternizaba con la retaguardia de las blancas mariposas de mayo.

Los plátanos mudaban la piel. La brisa formaba ondulaciones en los magníficos grupos de castaños.

El espectáculo era espléndido.

Un veterano del próximo cuartel que miraba á través de la verja, decía:

--Es la primavera armada de todas armas, y vestida de gala.

Toda la naturaleza se desayunaba; la creación se había sentado á la mesa, pues había dado la hora. El gran mantel azul estaba tendido bajo el cielo, y el gran mantel verde sobre la tierra.

El sol alumbraba á toda luz.

Dios servía el banquete universal. Cada ser tenía su alimento ó su ración.

La paloma zorita encontraba cañamones, el pinzón mijo, el jilguero anahálida, el petirojo gusanos, la abeja flores, la mosca infusorios, el verderón moscas.

Comíanse también de vez en cuando los unos á los otros, que tal es el misterio del mal mezclado con el bien; pero ni un solo animal tenía el estómago vacío.

Los dos niños abandonados habían llegado junto al estanque; y como si les asustase toda aquella luz, procuraban esconderse; instinto del pobre y del débil hasta delante de la magnificencia impersonal; y se pusieron detrás de la barraca de los cisnes.

Por intervalos, cuando soplaba viento, se oían confusamente gritos, un ruido, especie de estertor tumultuoso, que era el fuego de los fusiles; y golpes sordos, que eran los cañonazos.

Notábase humo sobre los tejados por el lado del Mercado, y sonaba á lo lejos una campana, que parecía llamar.

Los niños no daban indicios de notar ninguno de aquellos ruidos.

El más pequeño repetía de cuando en cuando á media voz:

--Tengo hambre.

Casi á la par que los dos chiquitines, arrimábase otra pareja al estanque.

Era un buen señor de unos cincuenta años, que llevaba de la mano á otro buen muchacho de seis; sin duda un padre en compañía de su hijo.

El niño de seis años tenía un bollo grandísimo.

En aquella época, en ciertas casas vecinas de la calle Madame y del Infierno, tenían sus inquilinos derecho á una llave para entrar en el Luxemburgo cuando estaban cerradas las verjas; tolerancia que después se ha suprimido. Aquel padre y aquel hijo salían indudablemente de una de dichas casas.

Los dos pobrecillos vieron venir aquel caballero y se ocultaron aún más.

Era el tal un burgués, tal vez el mismo á quien Mario un día, en medio de su amorosa fiebre, había oído, junto al propio estanque, aconsejar á su hijo «que evitase los excesos».

Tenía el aire afable y altivo, y su boca, no cerrándose nunca, sonreía siempre. Esa sonrisa mecánica, producida por exceso de mandíbula y escasez de piel, pone de manifiesto, no el alma, sino los dientes.

El niño, con su bollo mordido, sin seguir comiéndolo parecía estar algo ceñudo.

Llevaba el uniforme de guardia nacional, seguramente á causa del motín, y el padre iba vestido de paisano, por prudencia.

Detuviéronse el padre y el hijo junto al estanque, donde se holgaban los cisnes.

Aquel señor parecía profesar una admiración especial á estos animales. Asemejábase á ellos en el modo de andar.

Á la sazón los cisnes nadaban; éste es su principal talento; y estaban magníficos.

Si los dos pobrecillos se hubiesen puesto á escuchar y tenido edad para comprender, habrían podido recoger las palabras de un hombre grave. El padre le decía al hijo:

--El sabio se contenta con poco. Toma ejemplo en mí. No me gusta el fausto. No se me ve nunca con vestidos galoneados de oro y piedras preciosas. Dejo ese falso brillo para las almas mal organizadas.

En aquel instante los gritos profundos que venían del lado del Mercado estallaron con redoble de campanas y otros rumores.

--¿Qué es eso?--preguntó el niño.

El padre respondió:

--Son saturnales.

De repente vió á los dos niños harapientos que continuaban inmóviles detrás de la casita verde de los cisnes.

--Ése es el principio,--dijo.

Y añadió tras un breve silencio:

--La anarquía entra en este jardín.

Entretanto, el hijo volvió á morder el bollo, escupió el bocado, y se puso á llorar bruscamente.

--¿Por qué lloras?--preguntó el padre.

--No tengo gana,--contestó el muchacho.

El padre sonrió con mayor expresión.

--No se necesita tener gana para comer un bollo.

--Me repugna el bollo. Está duro.

--¿No quieres más?

--No.

El padre le mostró los cisnes.

--Arrójalo á esos palmípedos.

El niño vaciló. Aunque no se quiera el bollo, no es ello una razón para regalarlo.

El padre prosiguió:

--Sé humano. Es preciso tener lástima de los animales.

Y tomando el bollo de mano del muchacho, lo tiró al estanque.

El bollo cayó bastante cerca de la orilla.

Los cisnes estaban lejos, en medio del estanque, y ocupados con alguna otra presa; así fué que no vieron al señor ni su bollo.

El buen señor, conociendo que este último corría peligro de perderse, y pesaroso de un naufragio inútil, comenzó á ejecutar movimientos telegráficos, con lo que consiguió llamar la atención de los cisnes.

Divisaron éstos algo que sobrenadaba, viraron de bordo, como barcos que son, y se dirigieron hacia el bollo lentamente, con esa beatucha majestad que sienta tan bien á los animales blancos.

--Los cisnes comprenden las señales,--dijo el burgués, muy satisfecho de su propio ingenio.

En aquel momento el tumulto lejano de la ciudad creció de súbito. Esta vez tenía algo de siniestro. Hay ciertas bocanadas de aire que hablan con mayor claridad que otras.

La que soplaba á la sazón llevó hasta allí claramente redobles de tambor, gritos, descargas cerradas y las lúgubres respuestas de la campana y del cañón. Coincidió esto con una nube negra que de improviso ocultó al sol.

Todavía los cisnes no habían llegado al bollo.

--Volvámonos,--dijo el padre;--atacan las Tullerías.

Cogió otra vez la mano de su hijo, y prosiguió:

--De las Tullerías al Luxemburgo no hay más distancia que la que separa la dignidad de rey de la dignidad de par. No es mucho. Van á llover balas.

Miró la nube.

--Y quizá también va á descargar la lluvia. El cielo se mezcla en todo esto. La rama segunda está condenada. Volvámonos aprisa.

--Quisiera ver á los cisnes comerse el bollo,--dijo el niño.

El padre respondió:

--Sería una imprudencia.

Y se llevó á su hijo.

El niño, sintiendo dejar los cisnes, volvió la cabeza hacia el estanque hasta que un grupo de árboles se lo ocultó.

Entretanto; y al mismo tiempo que los cisnes, los dos chicos vagabundos se habían por su parte acercado hacia donde estaba el bollo.

Flotaba éste sobre el agua. Mientras el más pequeño no apartaba los ojos del bollo, dirigía el mayor la vista al caballero que se marchaba.

El padre y el hijo entraron en el laberinto de paseos, que conduce á la escalera grande del grupo de árboles por el lado de la calle Madame.

En cuanto se perdieron de vista, el mayor se tendió inmediatamente boca abajo en el borde circular del estanque, y aferrándose á él con la mano izquierda, inclinado sobre el agua, casi expuesto á caer, extendió con la mano derecha su varita hacia el bollo.

Los cisnes, viendo el enemigo, se dieron prisa; y al apresurarse, produjeron un efecto de pecho favorable al niño pescador. El agua refluyó delante de ellos, y una de esas suaves ondulaciones concéntricas empujó tranquilamente el bollo hacia la varita del chico.

Al mismo tiempo que llegaban los cisnes tocó la varita al bollo; el muchacho dió un golpe vivo, lo atrajo hacia sí, asustó á los cisnes, lo cogió, y se levantó.

El bollo estaba mojado, pero los niños tenían hambre y sed.

El mayor lo dividió en dos partes, una grande y otra pequeña; tomó la pequeña para sí, dió la grande á su hermanito, y le dijo:

--Carga con este taco tu fusil.

XVII =Mortuus pater, filium moriturum expectat=

Mario se había lanzado fuera de la barricada, seguido de Combeferre; pero ya era tarde.

Gavroche estaba muerto.

Combeferre se encargó del cesto con los cartuchos, y Mario del chico.

¡Ay! Iba pensando que lo que el padre de Gavroche había hecho por su padre, él lo hacía por el hijo; sólo que Thénardier había cargado con su padre aún vivo, y él llevaba muerto al pobre niño.

Cuando Mario entró en el reducto con Gavroche en brazos, tenía, como el pilluelo, el rostro inundado de sangre.

En el instante de bajarse para coger á Gavroche, una bala le había pasado rozando el cráneo sin que él lo advirtiese.

Courfeyrac se quitó la corbata y vendó la frente de Mario.

Púsose á Gavroche en la misma mesa que á Mabeuf, y sobre ambos cuerpos se tendió el pañuelo negro, suficiente á cubrir el anciano y el niño.

Combeferre distribuyó los cartuchos del cesto que había traído.

Esto proporcionaba á cada hombre quince tiros más.

Juan Valjean seguía en el propio sitio, sin moverse. Cuando Combeferre le presentó sus quince cartuchos, sacudió la cabeza.

--¡Qué excéntrico tan raro!--dijo en voz baja Combeferre á Enjolrás.--Halla medio de no batirse en esta barricada.

--Lo que no le impide defenderla,--contestó Enjolrás.

--El heroísmo tiene sus hombres originales,--repuso Combeferre.

Y Courfeyrac, que había oído, añadió:

--Es un género distinto del de Mabeuf.

Es curioso notar, que el fuego que se hacía contra la barricada apenas turbaba los ánimos en el interior.

Los que no han atravesado jamás el torbellino que constituye esta clase de guerras, no pueden imaginar los singulares momentos de tranquilidad que se mezclan á sus convulsiones. Se va y viene, se habla, se dicen chistes, se pasa el tiempo.

Una persona á quien conocemos oyó decir á un combatiente, en medio de la metralla:

--Estamos aquí como en un almuerzo de amigos.

El reducto de la calle de la Chanvrerie, lo repetimos, parecía muy tranquilo en el interior. Todas las peripecias y todas las fases habían sido ó iban á ser agotadas.

La posición, de crítica que era, habíase convertido en amenazadora, é iba probablemente á volverse desesperada.

Á medida que la situación se obscurecía, la luz heroica teñía más y más de púrpura la barricada.

Enjolrás la dominaba gravemente con la actitud de un joven espartano, consagrando su espada desnuda al sombrío genio de Epidotas.

Combeferre, con el mandil atado á la cintura, curaba á los heridos.

Bossuet y Feuilly hacían cartuchos con la pólvora del frasco que Gavroche encontró en el morral del cabo; y Bossuet le decía á Feuilly:

--Vamos pronto á tomar la diligencia para otro planeta.

Courfeyrac, sentado en los adoquines que se había reservado junto á Enjolrás, disponía y arreglaba todo un arsenal, su bastón de estoque, su fusil, dos pistolas de arzón y un aro de puño, todo con el cuidado de una joven que pone en orden sus avíos de tocador.

Juan Valjean, mudo, miraba la pared que tenía enfrente.

Un obrero se sujetaba á la cabeza con una cuerda un gran sombrero de paja de la tía Hucheloup, por miedo á los rayos del sol, decía.

Los jóvenes de la Cogurda de Aix departían alegremente unos con otros, como si tuviesen prisa de hablar en su dialecto por última vez.

Joly, que había descolgado el espejo de la tía Hucheloup, estaba examinando en él su lengua.

Varios combatientes, habiendo encontrado mendrugos de pan, casi mohosos, en un cajón, se los estaban comiendo ávidamente.

Mario estaba inquieto, pensando en lo que su padre iba á decirle.

XVIII =El buitre convertido en presa=

Insistamos en un hecho psicológico natural en las barricadas. No debe omitirse nada de lo que caracteriza esta guerra sorprendente de las calles.

Sea cual fuere la extraña tranquilidad interior de que acabamos de hablar, la barricada, para los que están dentro, continúa siendo como una visión.

Hay algo de apocalíptico en la guerra civil; todas las brumas de lo desconocido se mezclan á sus terribles resplandores; las revoluciones son esfinges, y todo el que ha estado en una barricada cree haber tenido un sueño.

Lo que se siente en tales sitios, como ya hemos indicado á propósito de Mario, y veremos luego las consecuencias, es más, y es menos que la vida. Ya fuera de la barricada, no se sabe lo que en la barricada se ha presenciado.

Ha estado uno terrible, y lo ignora. Ha estado uno circuido de ideas que combatían, que tenían rostros humanos, y la cabeza del patriarca se ha iluminado con la luz del porvenir.

Había allí cadáveres tendidos, y fantasmas en pie. Las horas eran colosales, y parecían horas eternas.

Se ha vivido en la muerte. Se han visto pasar sombras.

¿Qué era aquello? Había allí manos ensangrentadas; un ruido espantoso, y al mismo tiempo un horrible silencio; bocas abiertas que gritaban, y otras bocas abiertas que no decían nada; se estaba en medio del humo, de la noche quizás.

Créese haber tocado el siniestro borde de las profundidades desconocidas, y se mira uno á las uñas, donde aparecen unas como manchas encarnadas. Hase olvidado todo.

Volvamos á la calle de la Chanvrerie.

De repente, entre dos descargas, se oyó el toque lejano de la hora que sonaba.

--Son las doce,--dijo Combeferre.

Aún no habían acabado de dar las doce campanadas, cuando Enjolrás, poniéndose de pie, dijo con voz tonante desde lo alto de la barricada:

--Súbanse adoquines á la casa, y colóquense en el reborde de la ventana y de la buhardilla. La mitad de la gente á los fusiles, y la otra mitad á las piedras. No hay un minuto que perder.

Una partida de zapadores bomberos, con el hacha al hombro, acababa de aparecer, en orden de batalla, al extremo de la calle.

Aquella tenía que ser la cabeza de una columna. ¿Y de cuál? De la de ataque indudablemente.

Los zapadores-bomberos, encargados de demoler la barricada, deben preceder siempre á los soldados que han de escalarla.

No cabía duda de que llegaba ya el instante, denominado por Clermont Tonnerre, en 1822, «el collerazo».

La orden de Enjolrás fué ejecutada con la correcta exactitud propia de los buques y de las barricadas, los dos únicos sitios de combate de los cuales es imposible la evasión.

En menos de un minuto, las dos terceras partes de los adoquines, que Enjolrás había hecho amontonar en la puerta de Corinto, fueron subidos al primer piso y al desván; y antes de que transcurriese otro minuto, aquellos adoquines, colocados artísticamente uno sobre otro, tapiaban hasta la mitad de su altura la ventana del uno y los tragaluces del otro.

Feuilly, principal constructor, tuvo cuidado de dejar algunos claros para los cañones de los fusiles.

Aquella especie de parapeto en las ventanas pudo formarse con tanta mayor facilidad, cuanto que la metralla había cesado.

Las dos piezas tiraban ahora con bala al centro del reducto, á fin de abrir un agujero, y, si era posible una brecha para el asalto.

Cuando los adoquines destinados á la defensa estuvieron en su sitio, Enjolrás mandó llevar al primer piso las botellas que había colocado debajo de la mesa donde estaba Mabeuf.

--¿Quién, entonces, beberá esto?--preguntó Bossuet.

--Ellos,--contestó Enjolrás.

Se tapió enseguida la ventana del piso bajo, y se aprontaron los travesaños de hierro que servían para cerrar de noche por dentro la puerta del bodegón.

La fortaleza estaba completa. La barricada era el baluarte y era la taberna el torrejón.

Con los adoquines que quedaron se cerró la cortadura.

Como los defensores de una barricada se ven siempre obligados á economizar las municiones, y los sitiadores lo saben, estos combinan su plan con una especie de regodeo irritante, exponiéndose antes de tiempo al fuego, más aún en apariencia que en realidad, y permitiéndose todas las comodidades.

Los preparativos de ataque se hacen siempre con cierta lentitud metódica; después viene el rayo.

Esta lentitud permitió á Enjolrás revisarlo y perfeccionarlo todo. Conocía que, ya que semejantes hombres iban á morir, su muerte debía ser una obra maestra.

Dijo á Mario:

--Somos los dos jefes. Voy adentro á dar algunas órdenes; quédate fuera tú, y observa.

Apostóse Mario de vigía en la cúspide de la barricada.

Enjolrás mandó clavar la puerta de la cocina, que, como recordará el lector servía de hospital.

--Que no alcancen las salpicaduras á los heridos,--dijo.

Dió las últimas instrucciones en la sala baja con voz breve, pero profundamente tranquila; Feuilly escuchaba y respondía en nombre de todos:

--Que haya hachas dispuestas en el primer piso para cortar la escalera. ¿Las hay?

--Sí,--dijo Feuilly.

--¿Cuántas?

--Dos hachas y un machete.

--Está bien. Somos veintisiete hombres aptos para el combate. ¿Cuántos fusiles hay?

--Treinta y cuatro.

--Sobran ocho. Que estén á la mano esos ocho fusiles, cargados como los demás. En el cinto los sables y las pistolas. Veinte hombres en la barricada. Seis, emboscados en la buhardilla y en la ventana del primer piso para hacer fuego contra los sitiadores por las troneras de los adoquines. Que no quede aquí ni un solo trabajador inútil. Luego, cuando el tambor toque á atacar, que los veinte de abajo se precipiten á la barricada. Los que primero lleguen se colocarán mejor.

Dadas estas órdenes, se volvió á Javert, y le dijo:

--No me olvido de ti.

Y poniendo sobre la mesa una pistola, añadió:

--El último que salga de aquí levantará la tapa de los sesos á ese espía.

--¿Aquí mismo?--preguntó una voz.

--No; no mezclemos ese cadáver con los nuestros. Se puede atravesar la pequeña barricada de la callejuela de Mondetour. Sólo tiene cuatro pies de alta. El hombre está bien amarrado. Se le conducirá y ejecutará allí. En aquel momento había uno de los presentes más impasible que Enjolrás; era Javert.

Presentóse Juan Valjean.

Estaba confundido en el grupo de los insurrectos.

Salió y dijo á Enjolrás:

--¿Sois vos el jefe?

--Sí.

--Me habéis dado las gracias hace poco.

--En nombre de la República. La barricada tiene dos salvadores; Mario Pontmercy y vos.

--¿Creéis que merezco recompensa?

--Sin duda.

--Pues bien; pido una.

--¿Cuál?

--La de permitirme levantar la tapa de los sesos á ese hombre.

Javert alzó la cabeza, vió á Juan Valjean, hizo un movimiento imperceptible, y dijo:

--Es muy justo.

Enjolrás había vuelto á cargar de nuevo la carabina, y miró alrededor.

--¿No hay quién reclame?

Y dirigiéndose á Juan Valjean, le dijo:

--Tomad el polizonte.

Juan Valjean tomó, en efecto, posesión de Javert, sentándose al extremo de la mesa.

Cogió la pistola, un débil ruido seco anunció que acababa de montarla.

Casi al mismo instante se oyó el toque de una corneta.

--¡Alerta!--gritó Mario desde lo alto de la barricada.

Javert se puso á reir con aquella risa sorda que le era propia, y mirando fijamente á los insurrectos, les dijo:

--No gozáis de mucha más salud que yo.

--¡Todo el mundo afuera!--gritó Enjolrás.

Los insurrectos se lanzaron en tropel, y al salir recibieron en la espalda (permítasenos la frase) estas palabras de Javert:

--¡Hasta luego!

XIX =Venganza de Juan Valjean=

En cuanto Juan Valjean se quedó sólo con Javert, desató la cuerda que sujetaba al prisionero por la mitad del cuerpo, y cuyo nudo estaba debajo de la mesa. Enseguida le hizo seña de que se levantase.

Javert obedeció, con aquella indefinible sonrisa en que se condensa la supremacía de la autoridad encadenada.

Juan Valjean tomó á Javert de la gamarra, como se tomaría á una acémila del diestro y conduciéndole en pos de sí, salió del figón con lentitud, porque Javert, trabado de piernas, no podía dar sino pasos muy cortos.

Juan Valjean llevaba en la mano la pistola.

Atravesaron de este modo el trapecio interior de la barricada.

Los insurrectos, atentos todos al inevitable ataque, estaban de espaldas.

Solamente Mario, ladeado en la extremidad izquierda del parapeto, los vió pasar. Aquel grupo del paciente y el verdugo se iluminó con la luz sepulcral que había en su alma.

Juan Valjean, no sin algún trabajo, hizo escalar á Javert, atado y todo, sin soltarle un instante, la pequeña trinchera de la callejuela de Mondetour.

Cuando hubieron pasado este parapeto, se encontraron solos en la calle.

Nadie los veía.

El ángulo que formaban las casas los ocultaba á los ojos de los insurrectos.

Á pocos pasos de allí formaban un terrible montón los cadáveres retirados de la barricada.

En aquel hacinamiento de muertos se distinguía un rostro lívido, una cabellera suelta, una mano agujereada, y un seno de mujer medio desnudo: era Eponina.

Javert se fijó, de soslayo, en aquel cuerpo, y dijo á media voz, profundamente tranquilo:

--Paréceme que conozco á esa muchacha.

Después se volvió hacia Juan Valjean.

Juan Valjean se puso la pistola bajo el brazo, y fijó en Javert una mirada que no necesitaba palabras para decir:

--Javert, soy yo.

Javert respondió:

--Desquítate.

Valjean sacó una navaja del bolsillo, y la abrió.

--¡Un flamenco!--exclamó Javert.--Tienes razón. Esto te cuadra más.

Juan Valjean cortó la gamarra que Javert tenía al cuello, luego cortó las cuerdas de las muñecas, y por último, bajándose, hizo lo mismo con la cuerda de los pies. Después, poniéndose otra vez derecho, díjole con fría serenidad:

--Estáis libre.

Javert no era hombre que se asombrase fácilmente. Sin embargo, á pesar de ser tan dueño de sí mismo, no pudo evitar cierta emoción. Se quedó admirado é inmóvil.

Juan Valjean prosiguió:

--No creo que salgáis de aquí. No obstante, si por casualidad salieseis, vivo con el nombre de Fauchelevent en la calle del Hombre Armado, número 7.

Javert sintió una especie de fruncimiento de tigre, que le hizo entreabrir un lado de la boca, y murmuró entre dientes:

--Guárdate.

--Idos,--dijo Juan Valjean.

--Javert repuso:

--¿Has dicho Fauchelevent, calle del Hombre Armado?

--Número 7.

Javert repitió á media voz:

--Número 7.

Abrochóse su levitón, tomó cierta actitud militar, dió media vuelta, cruzó los brazos, apoyando la barba en una de las manos, y echó á andar tomando la dirección de los Mercados. Juan Valjean le seguía con la vista.

Después de dar algunos pasos, Javert se volvió y dijo á Juan Valjean:

--Me habéis fastidiado. Prefiero que me matéis.

Javert, sin advertirlo, no tuteaba ya á Juan Valjean.

--Idos,--repitió Juan Valjean.

Javert se fué alejando poco á poco. Un momento después doblaba la esquina de la calle de Predicadores.

Cuando Javert hubo desaparecido, Juan Valjean descargó su pistola al aire.

Después, entrando de nuevo en la barricada, dijo:

--Ya está.

Entretanto he aquí lo que había pasado.

Mario, más ocupado en lo de afuera que en lo de adentro, no se había fijado hasta entonces en el espía amarrado en el fondo obscuro de la sala baja.

Cuando le vió á la luz del día, atravesando la barricada camino de la muerte, le conoció.

Un recuerdo súbito penetró en su alma. Acordóse del inspector de la calle de Pontoise y de las dos pistolas que le había entregado, las que le sirvieron en aquella misma barricada; y no sólo se acordó de la fisonomía, sino también del nombre.

Sin embargo, era un recuerdo nebuloso y confuso, como todas sus ideas.

No fué una afirmación, sino una pregunta que se hizo á sí mismo.

--¿No es ese el inspector de policía que me dijo llamarse Javert?

Quizá era tiempo todavía de intervenir en favor de aquel hombre; pero, ante todo, había que cerciorarse de si era en realidad Javert.

Mario interpeló á Enjolrás, que acababa de colocarse al otro extremo de la barricada:

--¡Enjolrás!

--¿Qué?

--¿Cómo se llama ese hombre?

--¿Quién?

--El agente de policía. ¿Sabes su nombre?

--Sin duda; él mismo nos lo ha dicho.

--¿Cómo se llama?

--Javert.

Mario se levantó.

En aquel instante se oyó el pistoletazo.

Juan Valjean volvió á aparecer, diciendo:--«Ya está».

Un frío interior atravesó el corazón de Mario.

XX =Los muertos tienen razón y los vivos no se equivocan=

La agonía de la barricada iba á empezar.

Todo contribuía á aumentar la trágica majestad de aquel momento supremo; mil misteriosos fracasos en el aire, el soplo de las masas armadas puestas en movimiento en calles que no se veían, el galope intermitente de los caballos, el pesado rodar de las piezas de artillería en marcha, las descargas cerradas y los cañonazos cruzándose en el laberinto de París, el humo dorado de la batalla subiéndose á los tejados, gritos lejanos, vagos, terribles, relámpagos amenazadores en todas partes, la campana de San Merry, que parecía entonces sollozar, la dulzura de la estación, el esplendor del cielo lleno de sol y de nubes, la belleza del día y el espantoso silencio de las casas.

Porque, desde la víspera, era el silencio ciertamente terrible; las dos hileras de casas de la calle de la Chanvrerie se habían convertido en murallas, murallas espantosas, con las puertas cerradas, y cerradas también ventanas y postigos.

En aquellos tiempos, tan diferentes de los actuales, cuando había llegado la hora en que el pueblo quería derrocar una situación demasiado larga, ó acabar con una carta otorgada, ó con un país legal; cuando la cólera universal se difundía en la atmósfera; cuando la ciudad consentía en la sublevación de sus adoquines; cuando la insurrección hacía sonreír á la burguesía cuchicheándole al oído el santo y seña, entonces el habitante, penetrado, digámoslo así, de motín, auxiliaba al combatiente, y la casa fraternizaba con la fortaleza improvisada que se apoyaba en ella.

Cuando la situación no había aún madurado; cuando la insurrección no era consentida decididamente; cuando la masa rechazaba el movimiento, ¡ay de los combatientes! la ciudad se convertía en desierto alrededor de los sublevados, las almas se helaban, los asilos se cerraban, y la calle se cambiaba en desfiladero para ayudar al ejército á tomar la barricada.

No se hace andar á un pueblo por sorpresa más aprisa de lo que él quiere. ¡Desgraciado del que quiera violentarle!

Un pueblo no se deja manejar. Entonces abandona la insurrección á sus propias fuerzas, y mira á los insurrectos como apestados, y la casa es una escarpadura, la puerta un rechazo, la fachada un muro. Muro que ve, oye y se hace el sordo. Pudiera entreabrirse y salvarle.

Pero no. Aquel muro es un juez. Mira y condena.

¡Qué sombrío aspecto el de las casas cerradas! Parecen muertas y viven. La vida, que se encuentra allí como en suspenso, persevera.

Nadie ha salido de allí hace veinticuatro horas; pero tampoco falta nadie.

En el interior de aquella roca se va, se viene, se acuesta la gente y se levanta; se vive en familia, se bebe, se come, y se tiene miedo; ¡cosa terrible! El miedo disculpa aquella terrible inhospitalidad, y el susto que con él se mezcla es una circunstancia atenuante.

Algunas veces se han visto ejemplos de ello; el miedo se convierte en pasión; el susto puede cambiarse en furia, como la prudencia en cólera. De ahí aquella frase tan profunda: ¡Esos rabiosos de moderados!

Hay resplandores de espanto supremo, de donde sale como un humo lúgubre, la cólera.

¿Qué quieren estas gentes?...

No están nunca contentos. Comprometen á los hombres pacíficos...

¡Como si no tuviésemos ya revoluciones de sobra!...

¿Qué han venido á hacer aquí?...

Que busquen medio de salvarse: y si no lo encuentran, tanto peor para ellos; suya es la culpa...

Les está bien...

Nada de eso nos atañe...

Pues, ¿y nuestra pobre calle? ¡Cómo nos la han acribillado á balazos!...

Son un hato de perdidos...

Sobre todo, que no se les abra la puerta...

Y la casa entonces toma el aspecto de una tumba.

El insurrecto agoniza delante de aquella puerta; ve llegar la metralla y los sables desnudos; si grita, sabe que le oyen, pero sabe también que no han de ir á abrirle.

Hay allí paredes que podrían protegerle; hay hombres que podrían salvarle; y tienen aquellas paredes oídos de carne, y los hombres aquellos entrañas de piedra.

¿Á quién acusar?

Á nadie y á todo el mundo.

Á los tiempos incompletos en que vivimos.

Así es que la utopía se transforma siempre de su cuenta y riesgo en insurrección, pasando de protesta filosófica á protesta armada; de Minerva á Palas.

La utopía, que se impacienta y se vuelve motín, sabe lo que la espera; lo común es que se anticipe demasiado.

Entonces se resigna y acepta estoicamente, en lugar del triunfo, la catástrofe.

Sirve sin quejarse, y hasta disculpa á los que reniegan de ella; su magnanimidad es consentir en el abandono.

Es indomable contra el obstáculo, é indulgente con la ingratitud.

¿Pero es, en efecto, ingratitud?

Sí, bajo el punto de vista humano.

No, bajo el punto de vista individual.

El progreso es el modo de ser del hombre.

La vida general de la especie humana se llama Progreso; el paso colectivo de la especie humana se llama igualmente Progreso.

El progreso camina; hace el gran viaje humano y terrenal hacia lo celestial y lo divino; tiene sus paradas, durante las cuales reúne el rebaño cuando se queda atrás; tiene sus estaciones en que medita, ante alguna tierra de Canaán espléndida, descubriendo de improviso su horizonte; tiene sus noches en que duerme; y una de las más dolorosas ansiedades del pensador es ver sombras en el alma humana, y tocar, en medio de las tinieblas, sin poder despertarle, al progreso dormido.

Dios está muerto tal vez, decía un día al que escribe estas líneas, Gerardo de Nerval, confundiendo el progreso con Dios, y tomando la interrupción del movimiento por la muerte del Ser.

El que desespera se equivoca.

El progreso se despierta infaliblemente: y en suma, pudiera decirse que marcha, dormido y todo, por lo que crece. Cuando se le ve nuevamente de pie, se le encuentra más alto.

Estar siempre apacible no depende del progreso, ni más ni menos que del río. No elevéis ninguna barrera; no arrojéis ninguna roca, que el obstáculo hace espumar al agua y hervir la humanidad.

De ahí los disturbios; pero después de los disturbios se conoce el camino andado.

Hasta que el orden, que no es otra cosa que la paz universal, se haya establecido; hasta que reinen la armonía y unión, el progreso tendrá por etapa las revoluciones.

¿Qué es el progreso entonces? Acabamos de decirlo: la vida permanente de los pueblos.

Ahora bien; algunas veces sucede que la vida momentánea de los individuos resiste á la vida eterna del género humano.

Confesémoslo sin amargura; el individuo tiene su interés distinto, y puede, sin prevaricación, estipular en favor de ese interés y defenderlo. Tiene el presente, posee su parte excusable de egoísmo; la vida momentánea tiene su derecho, y no está obligada á sacrificarse eternamente por el porvenir.

La generación, á la que toca actualmente dar la vuelta al mundo, no se halla constituida en el deber de abreviar su viaje por otras generaciones que, bien considerado todo, son iguales á ella, y cuyo turno llegará más tarde.

Yo existo, murmura ese alguien que se llama Todo. Soy joven y estoy enamorado; soy viejo y quiero descansar; soy padre de familia, trabajo, prospero, emprendo buenos negocios, poseo casas de alquiler; tengo créditos del Estado, soy feliz; tengo mujer é hijos, amo todo esto, deseo vivir, dejadme tranquilo.

De ahí, en ciertas horas, esa profunda frialdad hacia la magnánima vanguardia del género humano.

La utopía, por otra parte, convengamos en ello, sale de su irradiación apelando á las armas.

Siendo la verdad de mañana, toma prestada su regla de conducta á la batalla y la mentira de ayer. Siendo el porvenir, se agita como el pasado. Siendo la idea pura, se convierte en vía de hecho.

Complica su heroísmo con una violencia, de que debe responder en justicia; violencia de lance y de expediente, contraria á los principios, y por la que es fatalmente castigada.

La utopía-insurrección combate con el antiguo código militar en la mano; fusila á los espías, ejecuta á los traidores, suprime seres vivientes, y los arroja en las tinieblas desconocidas.

Se sirve de la muerte: ¡cosa grave!

Parece que la utopía ha perdido la fe en la irradiación, que es su fuerza irresistible é incorruptible.

Descarga la espada; y como no hay espada simple, pues todas tienen dos filos, quien hiere con el uno se hiere con el otro.

Hecha esta salvedad, y hecha severamente, nos es imposible dejar de admirar, triunfen ó no, á los gloriosos combatientes del porvenir, á los confesores de la utopía.

Aun cuando aborte su acción, son venerables; y quizá es su majestad mayor siendo vencidos.

La victoria, en el sentido del progreso, merece el aplauso de los pueblos; pero una derrota heroica merece su tierna simpatía.

La una es magnífica, la otra sublime.

Nosotros, que preferimos el martirio al triunfo, creemos á Juan Brown más grande que Washington, y á Pisacana más grande que Garibaldi.

Es necesario que alguien esté por los vencidos.

El mundo es injusto con esos grandes ensayadores del porvenir, cuando abortan.

Acúsase á los revolucionarios de sembrar el espanto.

Toda barricada parece un atentado.

Se acriminan sus teorías, se recela de su objeto, se teme su segunda intención, se denuncia su conciencia.

Se les echa en cara que elevan, construyen y acumulan contra el hecho social reinante un montón de miserias, dolores, iniquidades, agravios y desesperaciones, y que arrancan de las hondonadas pedruscos de tinieblas para parapetarse y combatir.

Se les grita: «¡Desempedráis el infierno!». Á lo que podrían ellos contestar: «Por esto es que nuestra barricada está hecha de buenas intenciones».

Lo mejor, sin duda, es la solución pacífica.

En suma, convengamos en que cuando se ven las huellas se piensa en el oso, y es esa una buena voluntad de que la sociedad preocupa.

Pero de la sociedad depende salvarse así misma; y nosotros apelamos á su natural buena voluntad.

Ningún remedio violento es necesario.

Estudiar buenamente el mal, hacerle constar y luego curarle. Esto es á lo que la invitamos.

Quien quiera que sean, aún caídos, sobre todo caídos, son augustos los hombres, que, en todos los puntos del universo, fija la vista en Francia, luchan por la grande obra con la inflexible lógica del ideal.

Dan su vida pura y simplemente por el progreso; cumplen la voluntad de la Providencia verificando un acto religioso. Al llegar la hora señalada con tanto desinterés como un actor á quien le toca entrar en escena, obedeciendo al director divino, bajan á la tumba.

Y esa lucha sin esperanza y esa desaparición estoica, la aceptan para conducir á sus espléndidas y supremas consecuencias universales el majestuoso movimiento humano, irresistiblemente comenzado el 14 de julio de 1789; semejantes soldados son sacerdotes.

La Revolución francesa es un gesto de Dios.

Por lo demás... y conviene añadir esta distinción á las ya indicadas en otro capítulo, existen las insurrecciones aceptadas que se llaman revoluciones, y las insurrecciones rechazadas que se llaman motines.

Una insurrección que estalla, es una idea que expone su examen ante el pueblo.

Si el pueblo deja caer la bola negra, la idea es un fruto seco, la insurrección es un acaloramiento.

Armarse en guerra á cada intimación, y siempre que la utopía lo desea, no es propio de los pueblos. Las naciones no tienen á todas horas el temperamento de los héroes y de los mártires.

Son positivas. Á priori, la insurrección les repugna, primero, porque frecuentemente su resultado es una catástrofe; y en segundo lugar, porque siempre su punto de partida es una abstracción.

Porqué, y esto es lo hermoso, los que se sacrifican lo hacen siempre por el ideal, por el ideal sólo.

Una insurrección es un entusiasmo. El entusiasmo puede montar en cólera, de ahí el acudir á las armas.

Pero toda insurrección que apunta á un gobierno ó á un régimen, no se dirige solamente á ese gobierno ó á ese régimen; apunta más alto.

Así, por ejemplo, insistamos en ello; lo que combatían los jefes de la insurrección de 1832, y en particular los jóvenes entusiastas de la calle de la Chanvrerie, no era precisamente á Luis Felipe.

La mayor parte, cuando hablaban con toda franqueza, hacían justicia á las cualidades de aquel rey, mediador entre la monarquía y la revolución. Ninguno le odiaba.

Pero atacaban la rama segunda del derecho divino en Luis Felipe, como habían atacado la rama primogénita en Carlos X; y lo que querían derrocar, derrocando el trono en Francia, era, ya lo hemos dicho anteriormente, la usurpación del hombre por el hombre, y del privilegio sobre el derecho en todo el universo.

París sin rey, da por repercusión el mundo sin déspotas.

Así era como ellos raciocinaban.

Su objeto, lejano sin duda, vago quizá, y retrocediendo ante el esfuerzo era, no obstante, grande.

Y así es en efecto. Sacrifícase uno por esos fantasmas que, para los sacrificados, son ilusiones casi siempre; pero ilusiones á las que, en conclusión, se mezcla toda la certidumbre humana.

El insurrecto poetiza y dora la insurrección. Lánzase en esos trágicos acontecimientos embriagándose en lo que va á hacer. ¿Quién sabe? Tal vez triunfe...

Son el menor número; tienen contra sí todo un ejército; pero defienden el derecho, la ley natural, la soberanía del individuo sobre sí mismo, que no es posible abdicar; la justicia, la verdad; y si llega el caso, mueren como los trescientos espartanos.

No se piensa en don Quijote, sino en Leónidas.

Y siguen adelante; y una vez comprometidos, ya no retroceden.

Se lanzan de cabeza, teniendo por esperanza una victoria inaudita, la revolución consumada, el progreso libre, el engrandecimiento del género humano, la emancipación universal y, en último caso, las Termópilas.

Frecuentemente, esos torneos guerreros en favor del progreso salen frustrados; ya hemos dicho el por qué.

La multitud se muestra reacia al impulso de los paladines. Las masas pesadas, las muchedumbres, frágiles por su peso mismo, temen las aventuras, y hay siempre algo de aventura en lo ideal.

Por otra parte, no debe olvidarse que entran también en juego los intereses, poco amigos de lo ideal y de lo sentimental. Muchas veces el estómago paraliza el corazón.

La grandeza y la belleza de Francia consiste en que cría menos vientre que otros pueblos, se ajusta más fácilmente el cordón á la cintura.

Es la primera en vestirse y la última que se acuesta.

Marcha adelante siempre. Le gusta descubrir.

Esto prueba su espíritu de artista.

Lo ideal no es sino el punto culminante de la lógica, como no es la belleza otra cosa que la cima de la verdad.

Los pueblos artistas son también los pueblos consecuentes. Amar la belleza es ver la luz.

Por esto la antorcha de Europa, es decir, de la civilización, fué llevada al principio por Grecia, que la traspasó á Italia, y ésta, hizo lo propio con Francia.

¡Divinos pueblos, exploradores! Vitæ lampada tradunt.

¡Cosa admirable! La poesía de un pueblo es el elemento del pueblo. La cantidad de civilización se mide por la cantidad de imaginación.

Solamente los pueblos civilizadores deben considerar varoniles. Corinto, sí; Sibaris, no.

El que se afemenina se envilece. No hay necesidad absoluta de ser dilettante, ni virtuose, pero es indispensable ser artista.

En materia de civilización, no ha de buscarse el refinamiento, sino lo sublime. Así es como se da al género humano el modelo de lo ideal.

El ideal moderno tiene su tipo en el arte, y sus medios en la ciencia. Con la ciencia se realizará esa visión augusta de los poetas: la belleza social. Se reconstruirá el Edén con el A + B.

Al punto á que ha llegado la civilización, lo exacto es un elemento necesario de lo espléndido, y el órgano científico no sólo sirve, sino que completa el sentimiento artístico. La fantasía debe calcular.

El arte, que es el que conquista, debe tener por punto de apoyo la ciencia, que es la que marcha. La solidez de la montura es importantísima.

El espíritu moderno es el genio de Grecia con el genio de la India por vehículo: Alejandro montando el elefante.

Las razas petrificadas en el dogma, ó desmoralizadas por el lucro, son impropias para dirigir la civilización.

La genuflexión ante el ídolo ó ante el escudo, atrofia el músculo que anda y la voluntad que va.

La absorción hierática ó comercial aminora la irradiación de un pueblo, rebaja su horizonte rebajando su nivel, y le quita esa inteligencia humana y divina á la vez, del fin universal, que constituye las naciones misioneras.

Babilonia no tiene ideal, ni Cartago lo tiene. Atenas y Roma tienen y conservan todavía al través de la espesa noche de los siglos, aureolas de civilización.

Francia es un pueblo de las cualidades de Grecia é Italia.

Es ateniense por lo bello, y romana por lo grande.

Es más inclinado á la abnegación y al sacrificio que los otros pueblos.

Solamente que esta propensión la toma y deja. Esto es un gran peligro para los que corren cuando ella no quiere sino andar, ó para los que andan cuando ella desea estarse quieta.

Francia tiene sus recaídas de materialismo, y en ciertos instantes, las ideas que obstruyen ese cerebro sublime, no muestran ya nada que recuerde la grandeza francesa, y son de las dimensiones de un Missouri, ó de una Carolina del Sur.

¿Qué remedio? El gigante representa el papel del enano. La inmensa Francia tiene sus tonterías de pequeñez. Eso es todo.

Á esto no hay nada que objetar. Los pueblos, como los astros, tienen el derecho de eclipsarse.

No importa, con tal que la luz vuelva y el eclipse no degenere en noche.

Alba y resurrección son sinónimos.

La reaparición de la luz es idéntica á la perseverancia del yo.

Hagamos constar estos hechos con calma. La muerte es en la barricada, ó la tumba en el destierro, son contratiempos aceptables para el sacrificio.

El verdadero nombre del sacrificio es desinterés.

Que los abandonados se dejen abandonar, que los desterrados se dejen desterrar, y limitémonos á suplicar á los grandes pueblos que no retrocedan demasiado lejos, cuando retroceden.

No se debe, so pretexto de volver á la razón, avanzar demasiado en el descenso.

La materia existe, el minuto existe, los intereses existen, el estómago existe; pero es preciso que no sea el estómago el único sabio.

La vida momentánea tiene su derecho; concedido; pero la vida permanente tiene también el suyo. ¡Ay! el haber subido no guarda de caer.

Vese esto en la historia más frecuentemente que se quisiera. Una nación es ilustre; toma el gusto á lo ideal, y luego muerde el polvo y le sabe bien.

Si se le pregunta cómo es que abandona á Sócrates por Falstaff, responde: «Porque me gustan los hombres de Estado».

Una palabra antes de volver á la lucha.

Una batalla como la que estamos refiriendo, no es otra cosa que una convulsión hacia lo ideal.

El progreso con trabas es enfermizo, y padece esta especie de epilepsias trágicas.

Hemos debido tropezar con esa enfermedad del progreso, la guerra civil. Es una de las fases fatales, acto y entreacto á la vez de este drama, cuyo eje es un condenado social, y cuyo verdadero título es: El Progreso.

¡El Progreso!

Este grito, que lanzamos con frecuencia, encierra todo nuestro pensamiento; y en el punto del drama á que hemos llegado, teniendo que experimentar alguna prueba más aún la idea que abraza, quizá nos sea permitido, si no descorrer el velo, al menos dejar transparentar claramente la luz.

El libro que el lector tiene á la vista, es de un extremo á otro, en su conjunto como en sus detalles, sean cuales fueren las intermitencias, las excepciones ó las flaquezas, el camino que va del mal al bien, de lo injusto á lo justo, de lo falso á lo verdadero, de la noche al día, del apetito á la conciencia, de la descomposición á la vida, de la brutalidad al deber, del infierno al cielo, de la nada á Dios.

Punto de partida, la materia; punto de llegada el alma.

La hidra al principio, el ángel al final.

XXI =Los héroes=

De súbito el tambor llamó á la carga.

El ataque fué el huracán. Á la víspera, en medio de la obscuridad, los sitiadores se habían aproximado á la barricada silenciosamente como serpientes.

Á la sazón, en pleno día, en aquella calle abierta, la sorpresa era de todo punto imposible; además, la viva fuerza se había desenmascarado, el cañón había empezado á rugir, y el ejército se precipitó sobre el reducto.

Entonces la furia era habilidad.

Una poderosa columna de infantería de línea, cortada á intervalos regulares por guardia nacional y guardia municipal de á pie, y apoyada en masas profundas, que se las oía sin verlas, desembocó en la calle á paso de carga, tocando tambores y clarines, con las bayonetas caladas y los zapadores á la cabeza, é imperturbable ante los proyectiles, cayó sobre la barricada con la fuerza de una viga de bronce sobre un muro.

El muro resistió.

Los insurrectos hicieron fuego impetuosamente, y el reducto escalado ostentó una cabellera de relámpagos.

El asalto fué tan furibundo, que por un momento se vió la barricada llena de sitiadores; pero sacudió los soldados, como sacude el león los perros, y no se cubrió de combatientes sino como de espuma el arrecife, para reaparecer luego escarpada, negra y formidable.

La columna, obligada á replegarse, permaneció compacta en la calle, al descubierto, pero terrible, y contestando al reducto con un horroroso tiroteo de fusilería.

Cualquiera que haya visto fuegos artificiales, recordará el haz de cohetes voladores que se denomina ramillete.

Represéntese pues el lector ese ramillete, no vertical sino horizontal, con una bala, una posta ó un casco de metralla en la punta de cada espiga de fuego, y lanzando la muerte al desgranar sus espigas de rayos.

La barricada estaba debajo.

Por ambas partes había igual denuedo.

El valor era casi bárbaro, complicándose con una especie de ferocidad heroica, que comenzaba por el sacrificio de sí mismo.

Era la época en que un guardia nacional se batía como un zuavo.

La tropa quería terminar; la insurrección anhelaba la lucha.

La aceptación de la agonía en plena juventud y en salud plena, trueca la intrepidez en frenesí.

Cada uno tenía allí el engrandecimiento de la hora suprema. La calle se cubrió de cadáveres.

La barricada tenía en uno de los extremos á Enjolrás, y en el otro á Mario.

Enjolrás, que traía toda la barricada dentro de la cabeza, se reservaba y se ponía al abrigo de las balas; tres soldados cayeron uno tras otro al pie de su almena sin haberle visto siquiera.

Mario combatía al descubierto. Presentábase blanco de los fusiles enemigos, pues más de la mitad de su cuerpo sobresalía por cima del reducto.

No hay mayor pródigo que el avaro entregándose al despilfarro, ni hay hombre más terrible en la pelea que el pensador.

Mario aparecía formidable y meditabundo. Estaba en la batalla como en un sueño. Hubiera podido decirse que era un fantasma disparando tiros.

Agotábanse los cartuchos, pero no los sarcasmos. Dentro de aquel torbellino del sepulcro en que se encontraban, se reían.

Courfeyrac iba con la cabeza descubierta, sin absolutamente nada que la protegiera.

--¿Qué has hecho del sombrero?--le preguntó Bossuet.

Courfeyrac respondió:

--Han acabado por llevársemelo á cañonazos.

Ó bien decían otras cosas más elevadas.

--¡Cómo comprender,--exclamaba amargamente Feuilly,--á esos hombres (y citaba los nombres, de hombres conocidos y hasta célebres, algunos del antiguo ejército) que habían ofrecido unírsenos, jurando ayudarnos; que se habían comprometido por su honor; que son nuestros generales, y que nos abandonan!

Y Combeferre se limitaba á contestar con grave sonrisa:

--Hay personas que observan las reglas del honor como se observan las estrellas, de lejos.

El interior de la barricada estaba lleno de cartuchos rotos, que parecía haber nevado.

Los sitiadores tenían la ventaja del número; los insurrectos la de la posición. De lo alto de una pared hacían fuego á boca de jarro contra los soldados, quienes tropezaban con los muertos y heridos, enredándose en la pendiente.

Aquella barricada, construida como estaba, y admirablemente apoyada, era en verdad una posición en la que un puñado de hombres podía resistir á una legión.

No obstante, la columna de ataque, reforzada continuamente, y engrosando bajo la lluvia de balas, se acercaba inexorablemente; y ya el ejército, poco á poco, paso á paso, pero con seguridad, estrechaba la barricada, como el husillo á la prensa.

Sucedíanse los asaltos. El horror aumentaba.

Entonces estalló entre aquel montón de adoquines, en aquella calle de la Chanvrerie, una lucha digna de las murallas de Troya.

Aquellos hombres extenuados, harapientos, cansados, que no habían comido hacía veinticuatro horas, que tampoco habían dormido, que sólo contaban con algunos tiros más, que se tentaban los bolsillos vacíos de cartuchos, heridos casi todos, vendada la cabeza ó el brazo con lienzos húmedos y ennegrecidos, de cuyos trajes agujereados brotaba sangre, armados apenas de malos fusiles y de sables viejos mellados, se convirtieron en titanes. Diez veces seguidas fué cercado, asaltado y escalado el reducto, pero nunca tomado.

Para tener idea de aquella lucha, convendría figurarse el fuego aplicado á un montón de espíritus terribles, y contemplar el incendio.

No era aquello un combate, sino el interior de un horno; las bocas respiraban llamas, los rostros tenían algo de extraordinario. La forma humana parecía imposible; los combatientes resplandecían, y era monstruoso ver ir y venir por entre el humo rojizo aquellas salamandras de la lucha.

Renunciamos á pintar las escenas sucesivas y simultáneas de aquella grandiosa matanza. Sólo la epopeya tiene derecho á llenar doce mil versos con una batalla.

Podía llamarse el infierno del bracmanismo, el más formidable de los diez y siete abismos á que el Veda da el nombre de Selva de las espadas.

Se luchaba cuerpo á cuerpo, palmo á palmo, á pistoletazos, á sablazos, á puñadas, de lejos, de cerca, de arriba, de abajo; de todas partes, de los tejados de la casa, de las ventanas del figón, de los tragaluces de la cueva adonde se habían retirado algunos. Era la pelea de uno contra sesenta.

La fachada de Corinto, á medio demoler, estaba horrorosa.

La ventana, acribillada de metralla, había perdido vidrios y marcos, y no era más que un agujero informe precipitadamente tapado con adoquines.

Bossuet fué muerto, Feuilly lo fué también, como lo fueron igualmente Joly y Combeferre.

Combeferre, atravesado el pecho por tres bayonetazos en el momento en que estaba levantando un soldado herido, no tuvo más tiempo que el de mirar al cielo, y espirar.

Mario, combatiendo siempre, estaba acribillado de heridas, particularmente en la cabeza, tanto, que el rostro desaparecía bajo la sangre, de manera que hubiera podido decirse que lo llevaba cubierto con un pañuelo rojo.

Enjolrás era el único que se mantenía ileso.

Cuando no tenía arma, extendía la mano á derecha é izquierda y un insurrecto le ponía en ella otra cualquiera. De cuatro espadas no le quedaba ya sino un trozo; una más que Francisco I en Mariñano.

Homero dice: «Diómedes degüella á Axilo, hijo de Teutránide, que habitaba en la feliz Arisba; Eurialo, hijo de Mecisteo, extermina á Dresos y Ofeltios, á Esepo y á Pedaso, el que la nayade Abarbarea concibió del irreprensible Bucolionte; Ulises derriba á Pídites de Percosa; Antíloco á Ablero; Polípetes á Astialo; Polidamas á Otos de Cilene, y Teucro á Aretaonte. Megantios muere atravesado por la pica de Euripiles. Agamenón, rey de los héroes, derriba á Elatos, nacido en la escarpada ciudad que baña el sonoro río Satnois».

En nuestros antiguos poemas de heroicidades, Esplandían ataca con un hacha de fuego al gigante marqués de Swantibore, el cual se defiende apedreando al caballero con las torres que va arrancando.

Nuestros antiguos frescos murales nos muestran los dos duques de Bretaña y de Borbón, armados y pertrechados con sus escudos y arreos de guerra á caballo, embistiéndose uno á otro, empuñando el hacha de arma, enmascarados de hierro, calzados de hierro y enguantados de hierro, el uno caparazonado de armiño y el otro gualdrapado de azul; el de Bretaña con su león entre ambos cuernos de la corona, y el de Borbón cubierto con un casco cuya visera es una monstruosa flor de lis.

Pero, para aparecer soberbio, no se necesita llevar, como Ivón, el morrión ducal, ni empuñar, como Esplandían, una llama viva, ni haber traído de Epiro, como Files, padre de Polidamas, una buena armadura, regalo de Eufeto, rey de los hombres; basta dar la vida por una convicción ó por lealtad.

Ese simple soldado, aldeano ayer de la Beauce ó del Limosin, que ronda, con el machete al lado, en torno de las niñeras del Luxemburgo. Y ese estudiante pálido, inclinado sobre un estuche de anatomía ó sobre un libro, rubio adolescente, que se afeita con tijeras; coged á uno y otro, inspiradles el soplo del deber; ponedlos frente á frente en la encrucijada de Boucherat, ó en el callejón sin salida de Planche-Mibray, haciendo que luche por su bandera el uno, y que pelee el otro por su ideal; y que se imaginen los dos que luchan por la patria; y el choque resultará colosal, tanto, que la sombra que proyectarán en el gran campo épico de las luchas humanas nuestro soldadito y nuestro pisaverde, igualará á la sombra de Megarionte, rey de la Licia, llena de tigres, cerrando cuerpo á cuerpo contra el inmenso Ayax, rival de los dioses.

XXII =Palmo á palmo=

Cuando no quedaron ya más jefes vivos que Enjolrás y Mario en los dos extremos de la barricada, el centro, que habían sostenido largo tiempo Courfeyrac, Joly, Bossuet, Feuilly y Combeferre, cedió. El cañón, sin abrir brecha alguna practicable, había rebajado largamente la parte media del reducto. El borde superior había desaparecido, desmoronándose á fuerza de balazos; y los escombros que caían, ya interior, ya exteriormente, acabaron de formar, amontonándose á ambos lados, dos taludes, uno dentro y otro fuera.

El talud exterior ofrecía á los sitiadores un plano inclinado.

Intentóse un asalto decisivo, y esta vez salió bien. La masa erizada de bayonetas, marchando al paso gimnástico, llegó con irresistible empuje; y el espeso frente de batalla de la columna de ataque apareció entre el humo en lo alto de la escarpa. No hubo, esta vez, remedio alguno.

El grupo de insurrectos que defendía el centro retrocedió atropelladamente.

Entonces se despertó en algunos el sombrío amor á la vida. Viéndose blanco de aquella selva de fusiles, muchos de ellos no querían ya morir. Fué aquel uno de estos instantes en que el instinto de la conservación lanza alaridos, y en que el animal reaparece en el hombre.

Estaban acorralados contra la casa de seis pisos que servía de fondo al reducto. Dicha casa podía ser para ellos la salvación. Hallábase atrancada y como tapiada de arriba abajo.

Antes que la tropa de línea estuviese en el interior del reducto, hubiera podido abrirse y cerrarse una puerta; para esto bastaba el espacio de un relámpago; y la puerta de la casa entreabierta de súbito y vuelta á cerrar inmediatamente, era la vida para aquellos desesperados; detrás de la casa había calles; facilidad de fuga, el espacio.

Empezaron á pegar culatazos con los fusiles y á dar con el pie contra la puerta, llamando, gritando, suplicando, juntando las manos.

Nadie abrió. Desde el ventanillo del tercer piso los estaba mirando la cabeza del muerto.

Pero Enjolrás, Mario y siete ú ocho más que les seguían, acudieron á protegerles.

Enjolrás había gritado á los soldados: «¡Deteneos!», y como un oficial no obedeciese la intimación, Enjolrás mató al oficial.

Encontrábase á la sazón en el pequeño espacio interior del reducto, apoyado contra la casa de Corinto, con la espada en una mano y la carabina en la otra, teniendo abierta la puerta del figón, é impidiendo traspasarla á los sitiadores. Desde allí gritó á los desesperados:

--No hay más que una puerta abierta. Ésta.

Y cubriéndolos con su cuerpo, y haciendo él solo cara á un batallón, les dió tiempo para que pasasen por detrás.

Todos se precipitaron dentro.

Enjolrás, haciendo con su carabina, de la que se servía como si fuera un palo, lo que los peritos en ello llaman molinete, paraba cuantos bayonetazos se le dirigían, y entró el último.

Hubo un instante horrible, al querer penetrar los soldados y querer los insurrectos cerrar la puerta.

Cerróse ésta por fin con tal violencia, que al encajar en el quicio, dejó ver cortados y pegados al dintel los cinco dedos de un soldado que se había asido á ella.

Mario quedó afuera; un tiro acababa de romperle la clavícula. Sintióse desvanecer y cayó.

En aquel momento, ya cerrados los ojos, experimentó la conmoción de una mano vigorosa que le cogía; su desmayo le permitió apenas este pensamiento mezclado con el supremo recuerdo de Cosette:

--Soy prisionero y me fusilarán.

Enjolrás, no viendo á Mario entre los que se refugiaban en el figón, tuvo la misma idea. Pero habían llegado al punto en que no le quedaba á cada cual más tiempo que el de pensar en su propia suerte.

Enjolrás sujetó la barra de la puerta, echó el cerrojo, dió dos vueltas á la llave, hizo lo propio con el candado, mientras que, por la parte de afuera, atacaban furiosamente los soldados con las culatas de los fusiles y los zapadores con sus hachas.

Empezaba el sitio de la taberna.

Los soldados, fuerza es decirlo, estaban encendidos en cólera.

La muerte del sargento de artillería los había irritado; y lo que era aún más terrible, en las pocas horas anteriores al ataque había circulado entre ellos la noticia de que los insurrectos mutilaban á los prisioneros, y que se veía en el figón el cadáver de un soldado sin cabeza.

Estos rumores terribles acompañan de ordinario á las guerras civiles; uno de ellos causó más adelante la catástrofe de la calle Transnonain.

Cuando estuvo la puerta atrancada, Enjolrás dijo á los demás:

--Vendámonos caros.

Luego se acercó á la mesa donde estaban tendidos los cuerpos de Mabeuf y Gavroche.

Veíanse bajo el paño negro dos formas estiradas y rígidas, grande la una y pequeña la otra, ambas caras se dibujaban vagamente bajo los fríos pliegues de la mortaja. Una mano saliendo del sudario, colgaba hacia el suelo. Era la del anciano.

Enjolrás se inclinó y besó aquella mano venerable, como había el día antes besado la frente.

Fueron los dos únicos besos que dió en su vida.

Abreviemos: la barricada había luchado como una puerta de Tebas; la taberna luchó como una casa de Zaragoza.

Tales resistencias son feroces.

Nada de cuartel. Nada de capitulación posible. Se quiere morir para poder matar.

Cuando Suchet dice:

--Capitulad...

Responde Palafox:

--Después de la guerra de cañón, la de cuchillo.

Nada faltó á la toma por asalto de la taberna de Hucheloup; ni los adoquines lloviendo desde la ventana y el tejado sobre los sitiadores, exasperando á los soldados con aplastamientos horribles, ni los disparos desde la cueva y la buhardilla, ni el furor del ataque, ni la rabia de la defensa, ni en fin, cuando cedió la puerta, la frenética demencia del exterminio.

Los sitiadores, al resbalar dentro del bodegón, con los pies enredados en las tablas de la puerta hecha astillas, no hallaron un sólo combatiente.

La escalera de caracol, cortada á hachazos, yacía en medio de la sala baja; algunos heridos acababan de espirar; los que vivían aún estaban en el piso principal; y allí, por el agujero del techo que había servido de encaje á la escalera comenzó un espantoso fuego.

Eran los últimos cartuchos.

Una vez quemados, sin pólvora ya, ni balas, aquellos formidables agonizantes, tomaron cada cual en la mano dos de las botellas reservadas por Enjolrás, de que antes hemos hablado, é hicieron frente al escalamiento con aquellas mazas horriblemente frágiles. Eran botellas de agua fuerte.

Narramos estos hechos lúgubres del encarnizamiento tal cual son. El sitiado ¡ay! se sirve de todo.

El fuego griego no ha deshonrado á Arquímedes, ni la pez derretida á Bayardo. La guerra es todo espanto, y no hay en ella nada que elegir.

La fusilería de los sitiadores, á pesar de la dificultad de tener que dirigirse de abajo arriba, era mortífera.

El borde del agujero del techo se vió luego rodeado de cabezas de muertos, de las que corría sangre en hilos rojos y humeantes.

El estrépito era indecible; un humo concentrado y ardiente derramaba casi la noche sobre aquel combate.

Carecemos de palabras para expresar el horror cuando se llega á semejante extremo.

No había hombres en aquella lucha, entonces infernal.

No eran ya gigantes contra colosos. Parecíase todo aquello más á las descripciones de Milton y Alighieri que á Homero.

Los demonios atacan, y resistían los espectros.

Era la monstruosidad del heroísmo.

XXIII =Orestes en ayunas y Pilades borracho=

En fin, subiéndose unos sobre otros, ayudándose con el armazón de la escalera, trepando por las paredes, asiéndose del techo, acuchillando en el borde mismo de la trampa á los últimos que se resistían, unos veinte de los sitiadores, entre soldados, guardias nacionales y guardias municipales, desfigurados la mayor parte por heridas recibidas en el rostro al verificar aquella terrible ascensión, cegados por la sangre, furiosos y salvajes, precipitáronse en la sala del piso principal.

No quedaba allí más que un sólo hombre de pie, Enjolrás.

Sin cartuchos, sin espada; no tenía en la mano más que el cañón de su carabina, cuya culata había roto contra la cabeza de los que entraban.

Se había situado de manera, que el billar le separaba de sus enemigos, retrocediendo hasta el ángulo de la sala; y allí con la mirada altiva, erguida la cabeza y ostentando aquel pedazo de arma en la mano, inspiraba aún el temor suficiente á que nadie se le acercase.

Oyóse un grito:

--Es el jefe. Él es quien mató al artillero. Ya que se ha colocado aquí, está perfectamente. Que se quede. Fusilémosle aquí mismo.

--Fusiladme,--dijo Enjolrás.

Y arrojando el trozo de carabina, y cruzando los brazos, presentó el pecho. La audacia del que debe morir, conmueve siempre á los hombres.

En cuanto cruzó los brazos Enjolrás desafiando á la muerte, cesó en la sala el ruido atronador, convirtiéndose de repente aquel caos en una especie de solemnidad sepulcral.

Parecía que la amenazadora majestad de Enjolrás, desarmado é inmóvil, pesaba sobre el tumulto, y que, con la sola autoridad de su tranquila mirada, aquel joven, el único que no había sido herido, soberbio, ensangrentado, bello é indiferente como si fuera invulnerable, obligase á aquella siniestra turba á matarle respetuosamente.

Su belleza, realzada en aquel momento por la altivez, aparecía radiante; y como si no pudiera alcanzarle el cansancio, como no le habían alcanzado las balas durante aquellas horribles veinticuatro horas que acababan de transcurrir, aparecía fresco y sonrosado.

Quién sabe si se referiría á Enjolrás el testigo que dijo después ante el consejo de guerra:

--Había un insurrecto á quien oí llamar Apolo.

Uno de los guardias nacionales que le apuntaba, bajó el cañón del fusil, diciendo:

--Paréceme que voy á fusilar una flor.

Doce hombres se formaron en pelotón en el ángulo opuesto á Enjolrás, montando sus fusiles en silencio.

Después gritó un sargento:

--¡Apunten!

Intervino un oficial.

--Esperad,--dijo.

Y dirigiéndose á Enjolrás:

--¿Queréis que se os vendan los ojos?

--No.

--¿Sois vos, en efecto, quien mató al sargento de artillería?

--Sí.

Hacía poco que se había despertado Grantaire.

Grantaire, como recordará el lector, dormía desde la víspera en la sala alta del figón, sentado en una silla y recostada la parte superior del cuerpo sobre una mesa.

Realizaba, en toda su energía, la antigua metáfora: borracho muerto.

El horrible filtro alcohólico de ajenjo le había aletargado. La mesa que tenía delante era pequeña, y no sirviendo pues para la barricada, se la dejaron.

Seguía en la misma postura, doblado el cuerpo y apoyada la cabeza en el brazo, cercado de vasos, copas y botellas.

Dormía con el sueño profundo del oso atontado, ó de la sanguijuela harta.

Ni el fuego de los fusiles, ni el del cañón, ni la metralla que penetraba por la ventana en la sala donde estaba, ni la prodigiosa baraúnda del asalto le despertaron. Sólo, de vez en cuando, respondía al cañón con un ronquido.

Parecía estar esperando á que una bala le ahorrase el trabajo de abrir los ojos nuevamente.

En torno de él yacían algunos cadáveres, y á primera vista, no se le distinguía de los que dormían el profundo sueño de la muerte.

El ruido no despierta á un borracho, pero sí le desvela á veces el silencio.

Es una observación que se ha hecho más de una vez.

La caída de todos alrededor de Grantaire, aumentaba su letargo como un arrullo; pero la especie de alto que hizo el tumulto delante de Enjolrás, fué una sacudida para aquel pesado sueño.

Es el efecto de un carruaje á galope que se detenga inesperadamente.

Los que duermen dentro del coche, despiertan entonces.

Grantaire levantó la cabeza sobresaltado, extendió los brazos, se frotó los ojos, miró, bostezó y comprendió.

La embriaguez que termina se parece á una cortina que se descorre.

Vese en conjunto y de una sola vez cuanto se ocultaba detrás.

Todo acude de repente á la memoria, y el borracho, que no sabe nada de lo que ha pasado durante veinticuatro horas, no ha acabado aún de abrir los párpados cuando ya está enterado de todo.

Las ideas le vuelven con súbita lucidez; la opacidad de la embriaguez, especie de vapor que obscurecía el cerebro, se disipa y da lugar á la clara y despejada percepción de la realidad.

Retirado como estaba Grantaire en un rincón, y al abrigo de la mesa de billar, los soldados, que no apartaban la vista de Enjolrás, no habían reparado en él; y ya el sargento se preparaba á repetir la orden ¡apunten! cuando oyó de improviso gritar con voz robusta:

--¡Viva la república! Aquí estoy yo.

Grantaire se había levantado.

El inmenso resplandor del combate á que él no había asistido, apareció en la brillante mirada del borracho transfigurado.

Repitiendo ¡viva la república! atravesó la sala con paso firme, y fué á colocarse delante de los fusiles, en pie, junto á Enjolrás.

--Matad á dos de un golpe,--dijo.

Y volviéndose á Enjolrás, añadió con tierno acento:

--¿Me lo permites?

Enjolrás le estrechó la mano sonriendo.

No había acabado aún de sonreír cuando sonó la detonación.

Enjolrás, atravesado por ocho tiros, quedó arrimado contra la pared, como si las balas le hubiesen clavado allí. No hizo más que inclinar la cabeza.

Grantaire cayó á sus pies como herido de un rayo.

Poco después, los soldados desalojaban á los últimos insurrectos que se habían refugiado en lo alto de la casa.

Tirábase dentro del desván desde las vigas cruzadas. Se peleaba por entre la misma armazón del tejado.

Arrojábanse cuerpos por las ventanas, algunos de ellos vivos todavía. Dos cazadores que intentaban levantar el ómnibus hecho pedazos, fueron víctimas de dos tiros de carabina disparados de la buhardilla. Un hombre de blusa, á quien precipitaron desde aquella altura, atravesado el vientre de un bayonetazo, se revolcaba en el suelo agonizando. Un soldado y un insurrecto se deslizaron juntos por la pendiente del tejado, sin querer soltarse, cayendo asidos en feroz abrazo. En la cueva se luchaba igualmente. Gritos, tiros, espantosos extertores y silencio luego.

Se había tomado la barricada.

Los soldados empezaron entonces el registro de las casas vecinas y la persecución de los fugitivos.

XXIV =Prisionero=

Mario era prisionero en efecto; prisionero de Juan Valjean.

La mano que le había asido por detrás en el momento de caer, y cuya presión había sentido al desmayarse, era la de Juan Valjean.

Juan Valjean no había tomado otra parte en el combate que la de exponer la vida. Sin él, en aquella fase suprema de la agonía, nadie hubiera pensado en los heridos. Gracias á él, presente como una providencia en todas partes durante la matanza, los que caían eran levantados, llevados á la sala baja, y curados.

En los intervalos, reparaba la barricada.

Pero nada que pudiera parecer un golpe, un ataque, ni siquiera un rasgo personal, salió de sus manos. Callaba y socorría.

Por lo demás, apenas tenía algunas rozaduras. Las balas le habían respetado. Si el suicidio entró por algo en el plan que se propuso al encaminarse á aquella tumba, el éxito no le había favorecido. Pero dudamos de que hubiese pensado en el acto irreligioso del suicidio.

Juan Valjean, en medio de la densa niebla del combate, no aparentaba ver á Mario, siendo así que no le perdía de vista un solo instante.

Cuando un balazo derribó á Mario, Juan Valjean saltó con la agilidad del tigre, se abalanzó sobre él como sobre una presa, y se lo llevó.

El torbellino del ataque estaba en aquel instante tan violentamente concentrado sobre Enjolrás y la puerta del bodegón, que nadie vió á Juan Valjean, llevando en sus brazos á Mario desmayado, atravesar el desempedrado pavimento de la barricada, y desaparecer detrás del ángulo de la casa de Corinto.

El lector recordará ese ángulo, que formaba una especie de cabo en la calle, y protegía de las balas, de la metralla, y hasta de las miradas, algunos pies cuadrados de terreno.

Hay á veces, en los incendios, una habitación que no arde, y en los mares más alborotados, detrás de un promontorio, ó al final de una serie de escollos, un rincón tranquilo.

En aquella especie de repliegue del trapecio interior de la barricada había agonizado Eponina.

Allí se detuvo Juan Valjean, dejó á Mario en el suelo, se apoyó en la pared, y miró en derredor.

La situación era espantosa.

Por de momento, y quizá durante de dos ó tres minutos, aquel lienzo de pared era un abrigo; pero ¿cómo salir y librarse de la matanza?

Recordaba la angustia que había experimentado ocho años antes, en la calle de Polonceau, y de qué manera había conseguido salir del apuro; pero si entonces era difícil, era imposible á la sazón.

Tenía delante aquella casa sorda é implacable de seis pisos, que no parecía habitada más que por el hombre muerto del ventanillo; á la derecha estaba la barricada bastante baja que cerraba la Petite Truanderie; y aunque no ofrecía gran dificultad salvar este obstáculo, distinguíase por encima del parapeto una hilera de puntas de bayoneta. Era la tropa de línea acechando al otro lado de la barricada.

No cabía duda de que atravesar el parapeto equivalía á ir á buscar una descarga cerrada, y que toda cabeza que se atreviera á aparecer en lo alto de la pared de adoquines, serviría de blanco á una descarga de sesenta tiros. Á la izquierda tenía el campo de batalla. Detrás del ángulo de la pared estaba la muerte.

¿Qué hacer?

Sólo un pájaro hubiera podido salir de allí.

Y era preciso decidirse enseguida, hallar un recurso, tomar una resolución. Á dos pasos de aquel sitio se peleaba, y por fortuna se encarnizaban todos contra un punto único, contra la puerta del figón; pero si se le ocurría á un soldado, á uno solo, dar la vuelta á la casa, ó atacarla por el flanco, todo habría concluido.

Juan Valjean miró la casa de enfrente, luego la barricada de la derecha, y por último el suelo, con la violencia del apuro supremo, extraviado, y como si hubiese querido abrir con los ojos un agujero.

Á fuerza de mirar, bosquejóse y llegó á adquirir forma ante él una cosa vagamente perceptible en aquella agonía, como si la vista tuviera poder para hacer brotar el objeto deseado. Vió á los pocos pasos, y al pie del pequeño parapeto, con tanto rigor custodiado y vigilado exteriormente, bajo un hundimiento de adoquines, que ocultaba en parte, una reja de hierro colocada de plano y al nivel del piso. Aquella reja, compuesta de barrotes trasversales, tenía unos dos pies cuadrados. El marco de adoquines que la sostenía había sido arrancado, y estaba como desencajada. Al través de los barrotes se entreveía una abertura obscura, parecida al cañón de una chimenea ó al brocal de una cisterna. Abalanzóse Juan Valjean.

Su antigua experiencia de las evasiones le iluminó el cerebro como un rayo de luz.

Apartar los adoquines, levantar la reja, cargarse á Mario á cuestas, inerte como un cuerpo muerto, bajar con esta carga, sirviéndose de los codos y de las rodillas, á aquella especie de pozo, afortunadamente poco profundo; volver á dejar caer la pesada trampa de hierro, que los adoquines derrumbándose cubrieron de nuevo; asentar el pie en una superficie embaldosada á tres metros del suelo, todo esto fué ejecutado como lo que se hace en el delirio, con la fuerza de un gigante y la rapidez del águila: apenas necesitó unos cuantos minutos.

Encontróse Juan Valjean, con Mario siempre desmayado, en una especie de corredor largo y subterráneo.

Entre la más profunda paz y el silencio más absoluto de la noche.

La impresión que había experimentado otra vez al caer de la calle al convento renació en él, con la diferencia de que á la sazón no llevaba consigo á Cosette sino á Mario.

Apenas oía sobre de su cabeza cierto vago murmullo; era el formidable tumulto de la taberna.

LIBRO SEGUNDO EL INTESTINO DE LEVIATÁN

I =La tierra empobrecida por el mar=

París arroja al agua anualmente veinticinco millones de francos. Y sea esto dicho sin metáfora. ¿Cómo y de qué manera? Día y noche. ¿Con qué fin? Con ninguno. ¿Con qué idea? Sin pensar en ello. ¿Para qué? Para nada. ¿Por medio de qué órgano? De su intestino. ¿Y cuál es su intestino? Su cloaca.

Veinticinco millones; tal es el más moderado de los guarismos aproximativos que arrojan cálculos de la ciencia especial.

La ciencia, después de haber andado á tientas durante mucho tiempo, sabe hoy que el más fecundo y eficaz de los abonos es el humano. Los chinos, digámoslo para vergüenza nuestra, lo sabían antes que nosotros.

Ningún labrador chino, y es Eckeberg quien lo dice, vuelve de la ciudad sin llevar en los dos extremos de su bambú dos cubos llenos de lo que nosotros llamamos inmundicias. Gracias al abono humano, la tierra está en China tan joven como en tiempos de Abraham.

El trigo chino da hasta ciento veinte granos por uno.

No hay guano comparable á los residuos de una capital.

Una gran ciudad es el mejor de los estercoleros.

Emplear la ciudad en abonar el campo, sería asegurar un éxito infalible.

Si nuestro oro es estiércol, en cambio nuestro estiércol es oro.

¿Qué se hace de ese oro estiércol? Se le arroja al abismo.

Envíanse á fuerza de gastos convoyes de buques para recoger en el polo austral el excremento de los petrelius y de los pingüinos, y se arroja al mar el incalculable elemento de opulencia que se tiene á mano.

Todo el abono del hombre y del animal que el mundo pierde, devuelto á la tierra en vez de echarlo al mar, bastaría para alimentar al mundo.

Esos montones de inmundicias en las esquinas y guarda cantones, esos carros de inmundicias que se zangolotean por la noche en las calles, esos horribles toneles de muladar, esos fétidos arroyos de fango subterráneo que el empedrado oculta, ¿sabéis lo que es?

Es la pradera florida, la yerba verde, el serpol, el tomillo, la salvia; es la caza, el ganado, el mugido de satisfacción de los bueyes por la tarde; es heno oloroso, trigo dorado, pan en vuestra mesa, sangre caliente en vuestras venas; es salud, alegría, vida.

Así lo quiere esa misteriosa creación, que es la trasformación en la tierra y la transfiguración en el cielo.

Devolved todo eso al gran crisol, y saldrá de él vuestra abundancia.

La nutrición de los campos produce el alimento de los hombres.

Sois dueños de perder esa riqueza y de creerme además ridículo.

Será la obra superior de vuestra ignorancia.

La estadística ha calculado que Francia solamente vierte todos los años en el Atlántico, por la boca de sus ríos, quinientos millones de francos.

Con estos quinientos millones, notadlo bien, se cubriría la cuarta parte de los gastos del presupuesto; y sin embargo, es tal la habilidad del hombre, que prefiere desprenderse de ellos echándolos al agua.

La misma substancia del pueblo se la lleva aquí gota á gota, y allí á oleadas, el miserable vomitar de nuestras alcantarillas en los ríos, y el gigantesco desagüe de nuestros ríos en el océano.

Cada hipo de nuestras cloacas nos cuesta mil francos. Lo cual da dos resultados exactísimos: la tierra empobrecida y el agua apestada.

El hombre saliendo del surco y la enfermedad saliendo del río.

Es sabido hoy, á no dudarlo, que el Támesis envenena á Londres.

En cuanto á París, ha sido preciso en estos últimos tiempos hacer que la mayor parte de las cloacas desemboquen río abajo por el último puente.

Un doble aparato tubular, provisto de válvulas y esclusas de escape, aspirante y repelente, un sistema de drenaje elemental, sencillo como el pulmón del hombre, y que funciona ya en varios pueblos de Inglaterra, bastaría para traer á nuestras ciudades el agua pura de los campos, y llevar á nuestros campos el agua rica de las ciudades, y con ese facilísimo vaivén, sencillo á todos usos, aprovecharíamos los quinientos millones que se tiran. Pero se piensa en otras cosas.

El procedimiento actual hace daño, queriendo hacer bien.

La intención es buena, el resultado triste.

Créese purificar la ciudad, y se apesta á los habitantes.

Una alcantarilla es un error.

Cuando en todas partes el drenaje, con su doble función restituyendo lo que toma, haya reemplazado la alcantarilla, simple lavado empobrecedor, entonces, combinándose esto con los datos de una nueva economía social, el producto de la tierra será décuplo, y el problema de la miseria se atenuará considerablemente.

Añádase la supresión de los parasitismos, y quedará completamente resuelto el problema.

Entretanto, la riqueza pública se va al río, y sigue la merma.

La merma, sí; tal es la palabra. La Europa se arruina por consunción.

Hemos dicho lo que pierde Francia. Ahora bien; conteniendo París la vigésima quinta parte de la población francesa total, y siendo el guano de París el más rico de todos, no se llega todavía al guarismo verdadero evaluando en veinticinco millones de francos la parte que corresponde á la capital en los quinientos que Francia desecha anualmente.

Esos veinticinco millones, empleados en socorros y comodidades, doblarían el esplendor de París. La ciudad los consume en cloacas.

Así puede decirse que la gran prodigalidad de París, sus maravillosos festejos, sus locuras de Beaujon, sus orgías, su oro derramado á manos llenas, su fausto, su lujo, su magnificencia, son sus cloacas.

De esta suerte es como, en la ceguedad de una mal entendida economía política, se anega y deja arrastrar por la corriente, perdiéndose en los abismos el bienestar de todos. Convendría que hubiese redes como las de Saint Cloud para la riqueza pública.

Económicamente, el hecho puede resumirse así: París, canasta agujereada, barril sin fondo.

París, esa ciudad modelo, patrón de las capitales bien construidas, y de la que cada pueblo procura tener una copia, metrópoli de lo ideal, augusta patria de la iniciativa, del impulso y del ensayo, centro y mansión de las inteligencias, ciudad nación, colmena del porvenir, admirable mezcla de Babilonia y de Corinto, haría, bajo el punto de vista que acabamos de indicar, encogerse de hombros al último aldeano del Fo Kian.

Imitad á París, y os arruinaréis.

Por lo demás, particularmente en ese despilfarro inmemorial é insensato, el mismo París no hace más que imitar.

Esas sorprendentes inepcias no son nuevas; la necedad en el presente caso viene de muy lejos.

Los antiguos obraban como los modernos.

«Las cloacas de Roma, dice Liebig, han absorbido todo el bienestar del labrador romano». Cuando la campiña de Roma fué arruinada por el albañal de la ciudad, Roma agotó los recursos de Italia en su cloaca; ejecutando lo propio con Sicilia, Cerdeña y África.

El albañal de Roma se ha tragado al mundo.

Aquella cloaca ofrecía sus tragaderas á la ciudad y al universo: Urbi et orbi.

Ciudad eterna, albañal insondable.

En estas como en otras cosas, Roma da el ejemplo. Ejemplo que sigue París con toda la tontería propia de las ciudades ingeniosas.

Para las necesidades de la operación de que hemos hablado, París tiene debajo de sí otro París: un París de alcantarillas, con sus calles, encrucijadas, plazas, callejuelas sin salida; con sus arterias y circulación, que es fango, faltando únicamente la forma humana.

Porque no debe adularse á nadie, ni siquiera á un gran pueblo.

Donde hay de todo, se encuentra la ignominia junto á la sublimidad; y si París contiene á Atenas, la ciudad de las luces; á Tiro, la ciudad del poder; á Esparta, la ciudad de las virtudes; á Nínive, la ciudad prodigiosa, contiene igualmente á Lutecia, la ciudad del cieno.

Por otra parte, ahí está impreso también el sello de su poder, y la titánica sentina de París realiza, en medio de sus movimientos, ese ideal extraño realizado en la humanidad por algunos hombres, tales como Maquiavelo, Bacon y Mirabeau: la grandiosidad de lo abyecto.

El suelo subterráneo de París, si la vista pudiera penetrar su superficie, presentaría el aspecto de una madrépora colosal.

La esponja no tiene más boquetes y pasillos que el pedazo de tierra, de seis leguas de circuito, donde descansa la antigua gran ciudad.

Sin hablar de las catacumbas, que son una cueva aparte; sin hablar del inexplicable cruzamiento de las cañerías del gas; sin contar el vasto sistema de tubos que distribuyen el agua á las fuentes públicas, las cloacas forman por sí solas, en ambas orillas del Sena, una prodigiosa red tenebrosa; laberinto cuyo hilo es su misma pendiente.

Allí aparece, entre la húmeda niebla, el ratón, que parece el producto del parto de París.

II =Historia antigua del alcantarillado=

Imaginémonos á París levantado como una tapadera; la red subterránea de las alcantarillas, mirada á vista de pájaro, dibujará en las dos orillas una especie de tallo grueso, injerto en el río. En la orilla derecha, la cloaca de circunvalación será como el tronco de ese tallo, los conductos secundarios serán las ramas y los callejones sin salida las ramitas extremas.

Esta figura es sumaria y no del todo exacta; pues el ángulo recto, que es el ángulo general de este género de ramificaciones subterráneas, es rarísimo en la vegetación.

Podremos formarnos una idea más aproximada de ese extraño plano geométrico, figurándonos ver en el suelo, sobre un fondo de tinieblas, algún caprichoso alfabeto oriental, embrollado como un acertijo, cuyas letras disformes estuviesen unidas unas á otras, en una mezcolanza aparente y como á la ventura, ya por sus ángulos, ya por sus extremos.

Las sentinas y cloacas representaban un gran papel en la Edad media, en el Bajo Imperio y en el antiguo Oriente. La peste nacía en ellos, y los déspotas morían allí. Las multitudes miraban, casi con temor religioso, aquellos lechos de podredumbre, cunas monstruosas de la muerte. El foso de los Gusanos de Benarés no era menos vertiginoso que el Foso de los Leones de Babilonia.

Teglatfalasar, según los libros rabínicos, juraba por la sentina de Nínive.

De la cloaca de Münster hacía salir Juan de Leiden su falsa luna, y del pozo cloaca de Kekhscheb, su menecmo oriental, Mokanna, el profeta encubierto del Korasan, hacía salir su falso sol.

La historia de los hombres se refleja en la historia de las cloacas. Las gemonias eran las crónicas de Roma. La de París ha sido una antigüedad formidable, tan pronto asilo, como sepulcro.

El crimen, la inteligencia, la protesta social, la libertad de conciencia, el pensamiento, el robo, todo lo que las leyes humanas persiguen ó han perseguido, se ha escondido en ese subterráneo: los apaleadores del siglo XIV, los capeadores del XV, los hugonotes del XVI, los iluminados de Morin en el XVI, los fuelleros del XVIII.

Hace cien años salía de allí la puñalada nocturna, y allí se deslizaba el ratero para salvarse del peligro. El bosque tenía la caverna y París la alcantarilla.

El truán, ese pícaro galo, aceptaba la alcantarilla como sucursal del Patio de los Milagros, y por la noche, ruin y feroz, entraba en el vomitorio de Maubuée como en una alcoba.

Era natural que los que tenían por lugar de faena cotidiana el callejón sin salida de Vide Gousset (limpia bolsillos) ó la calle de Coupe Gorge (corta cabezas), tuviesen por domicilio nocturno el puentecillo de Camino Verde ó la huronera de Hurepoix. De ahí surge un enjambre de recuerdos.

Fantasmas de todas clases frecuentan esos largos corredores solitarios; en todas partes la podredumbre y el miasma, acá y allá un respiradero, donde Villon, de adentro, habla con Rabelais, de afuera.

La cloaca del antiguo París es el punto de reunión de todos los aniquilamientos y de todos los ensayos. La economía política ve en él un detritus, y la filosofía social un residuo.

La cloaca es la conciencia de la población. Todo converge en ella y se confronta.

Existen en ese lugar lívido, tinieblas, pero no secretos. Cada cosa tiene allí su verdadera forma, ó al menos su forma definitiva.

El montón de inmundicias puede alegar en su favor que no es mentiroso. La ingenuidad se ha refugiado allí.

En él se encuentra la máscara de Basilio; pero enseñando el cartón y los alambres, lo de dentro como lo de fuera, realzado todo por el cieno de la honra. La nariz postiza de Scapin se encuentra allí cercana.

Todas las trampas de la civilización, cuando ya no sirven, caen en ese foso de verdad, á donde va á parar el inmenso desagüe social. Se sumergen en él, pero se ponen de manifiesto al mismo tiempo. Esa mezcla es una confesión. Allí no hay ya falsas apariencias; no hay afeite ni disfraz posibles; la basura arroja su camisa; desnudez absoluta, disipación de ilusiones; nada parece más que lo que es, con la siniestra manifestación de lo que acaba.

Realidad y desaparición.

Allí un pedazo de botella confiesa los excesos de la embriaguez; el asa de una cesta cuenta la domesticidad; el corazón de manzana que ha tenido opiniones literarias, vuelve á ser corazón de manzana; la efigie del ochavo se cubre francamente de verdín; el salivazo de Caifás se encuentra con el vómito de Falstaff; el reluciente luis de oro que sale del garito choca con el clavo mohoso del que cuelga el cabo de cuerda del suicidio; un feto lívido rueda por allí envuelto con las lentejuelas que bailaron en la Ópera el último martes de Carnaval; una toga que ha juzgado á los hombres, se revuelca junto á un harapo que fué basquiña de una cortesana.

Aquello pasa de fraternidad, es un tuteamiento inmenso. Todo lo que antes se acicalaba, anda embrutecido. Se ha arrancado el último velo. La cloaca viene á ser un cínico. Todo lo dice.

Esta sinceridad de la inmundicia nos agrada porque alivia al alma.

Cuando se ha vivido teniendo que soportar en la tierra el espectáculo de esa grande importancia que se atribuyen la razón de Estado, el juramento, la ciencia política, la justicia humana, la probidad profesional, las austeridades de situación, las togas incorruptibles, no deja de ser un consuelo el entrar en una cloaca y verlo entre el fango que le corresponde.

Es, al mismo tiempo, una enseñanza.

Ya lo hemos dicho; la historia pasa por la cloaca.

Las matanzas como la de San Bartolomé, van filtrando gota á gota entre los adoquines. Los grandes asesinatos públicos, las matanzas políticas y religiosas atraviesan ese subterráneo de la civilización, y arrojan sus cadáveres en él. Para el pensador, todos los asesinos históricos están allí, en la horrible penumbra, de rodillas, con un pedazo de sudario por delantal, lavando lúgubremente con la esponja las manchas de sus crímenes.

Luis XI está allí en compañía de Tristán, Francisco I con Duprat, Carlos IX con su madre, Richelieu con Luis XIII; allí está Louvois, allí está Letellier, allí Hebert y Maillard, escarbando las piedras por si consiguen que desaparezca la huella de sus hechos.

Bajo las bóvedas se oye la escoba de esos espectros. Respírase en ellas la enorme fetidez de las catástrofes sociales. Vense en sus ángulos reflejos rojizos. Corre allí el agua terrible, donde se han lavado las sangrientas manos.

El observador social debe penetrar en estos sombríos parajes, puesto que forman parte de su laboratorio. La filosofía es el microscopio del pensamiento.

Todo quiere huir de ella, pero no se le escapa nada. Inútil es tergiversar. ¿Qué lado de sí mismo es el que se manifiesta cuando se tergiversa? El de la vergüenza. La filosofía persigue con su proba mirada al mal, y no le permite que se desvanezca en la nada. En el eclipse de las cosas que desaparecen, en el apocamiento de las cosas que se extinguen, lo reconoce todo. Adivina la púrpura por el andrajo, y la mujer por el harapo. Con la cloaca reedifica la ciudad, y con el cieno rehace las costumbres.

Por los tiestos deduce el ánfora ó el cántaro.

Conoce por la marca de la uña en el pergamino la diferencia entre la judería de la Judengasse y la judería del Ghetto. En lo que resta encuentra lo que ha sido; el bien, el mal, lo falso, lo verdadero, la mancha de sangre del palacio, el borrón de tinta en la caverna, la gota de sebo del lupanar, las pruebas sufridas, las tentaciones conseguidas, las orgías vomitadas, el pliegue de los caracteres al doblegarse, la huella de la prostitución en las almas que la grosería ha hecho posibles, y en la túnica de los faquines de Roma la marca de los codazos de Mesalina.

III =Bruneseau=

El alcantarillado de París, en la Edad Media, era legendario. En el siglo XVI, Enrique II intentó un reconocimiento que fracasó. No hace cien años, según testimonio de Mercier, la cloaca quedó abandonada á sí misma, llegando á suceder lo que suceder debía buenamente.

El antiguo París estaba entregado á las disputas, á las indecisiones y á los ensayos. Fué durante mucho tiempo bastante torpe. Después vino el 89 á mostrar cómo adquieren ingenio las ciudades. Pero antiguamente, la capital tenía poquísima cabeza; no sabía realizar sus asuntos ni moral ni materialmente, y lo mismo ignoraba cómo había de barrer las inmundicias, que cómo debía de extirpar los abusos. Todo era obstáculo; todo dudas. Por ejemplo, la alcantarilla era refractaria á todo itinerario. No se orientaba uno mejor en el muladar que se entendía en la ciudad; por encima lo ininteligible, por debajo lo intrincado, confusión de lenguas arriba y abajo, confusión en los subterráneos; Babel sobre Dédalo.

Á veces se le ocurría á la cloaca de París desbordarse, como si aquel desconocido Nilo montase de repente en cólera. Había la infamia de las inundaciones de cloacas.

Muchas veces aquel estómago de la civilización digería mal; la cloaca refluía al paladar de la ciudad, y París tenía el resabor de su fango.

Estas semejanzas de la alcantarilla con el remordimiento eran buenas, en cuanto eran otros tantos avisos; pero se recibían mal, pues la ciudad se indignaba de que su cieno manifestara tanta audacia, y no se avenía con aquella aparición de la basura. Era pues arrojarla lo mejor.

La inundación de 1802 es uno de los actuales recuerdos de los parisienses octogenarios.

El fango se derramó por la plaza de las Victorias, donde se halla la estatua de Luis XIV; entró en la calle de San Honorato por las dos bocas de los Campos Elíseos, en la calle de San Florentino por la cloaca del mismo nombre, en la calle de Pierre-à-Paisson por el de la Sonnerie, en la calle de Popincourt por el del Chemin Vert, en la calle de la Roquette por el de la calle de Lappe; cubrió las losas de la calle de los Campos Elíseos hasta la altura de treinta y cinco centímetros, y al mediodía, funcionando por el vomitorio del Sena en sentido inverso, penetró en la calle de Mazarino, en la de Echaudé y en la de Marais, donde se detuvo á una distancia de ciento nueve metros, precisamente á pocos pasos de la casa que había habitado Racine, respetando, del siglo XVII, al poeta mejor que al rey.

Llegó al máximo de profundidad en la calle de San Pedro, donde se elevó tres pies por sobre las baldosas de la esclusa, y al máximo de extensión en la calle de San Sabino, donde se ostentó en una longitud de doscientos treinta y ocho metros.

Á principios del siglo actual, la alcantarilla de París era todavía un lugar misterioso. El cieno no puede gozar nunca de buena reputación; pero aquí la mala faena llegaba hasta el terror. París sabía confusamente que tenía debajo de sí un terrible subterráneo.

Hablábase de él como de aquel charco monstruoso de Tebas, donde pululaban escoloprendas de quince pies de largo, el cual hubiera podido servir de baño á Behemoth.

Las grandes botas de los poceros no se aventuraban nunca más allá de ciertos puntos conocidos. Estaba aún muy reciente el tiempo que los carros de inmundicia (de lo alto de las cuales Sainte Foix fraternizaba con el marqués de Crequi), se vaciaban sencillamente en la alcantarilla.

En cuanto á la limpieza, confiábase este cuidado á los chaparrones, que antes amontonaban que barrían.

Roma, al menos, concedía alguna poesía á su cloaca, dándole el nombre de Gemonias; pero París insultaba á la suya, llamándola el agujero fétido.

La ciencia y la superstición marchaban de acuerdo respecto al horror. El agujero fétido no repugnaba menos á la higiene que á la leyenda.

El monje regañón había aparecido bajo la bóveda hedionda de la alcantarilla de Mouffetard; los cadáveres de los Marmousets habían sido arrojados en la cloaca de la Barillerie; Fagon atribuyó la terrible fiebre maligna de 1685 á la gran hendidura de la alcantarilla del Marais, que permaneció descubierta hasta 1833 en la calle de San Luis, casi á la muestra del Galante Mensajero. La boca de la alcantarilla de la calle de la Mortellerie era célebre por las pestes que de allí salían; con su reja de hierro, cuyas puntas se asemejaban á una hilera de dientes; venía á ser aquella fatal calle unas fauces de dragón lanzando el infierno sobre los hombres.

La imaginación popular daba realce al sombrío desagüe parisiense con cierta horrible mezcla de infinito.

La cloaca carecía de fondo. Era como el abismo del Ática. La idea de explorar aquellas regiones pestíferas no se le ocurría á la policía.

Atreverse con lo desconocido, echar la sonda entre aquellas tinieblas, ó marchar en descubrimiento de aquel sumidero, ¿quién había de ser el atrevido?

Era espantoso. Presentóse, sin embargo, alguien. La cloaca tuvo pues su Cristóbal Colón.

Un día de 1805, en una de esas raras apariciones que el emperador hacía en París, el ministro de lo Interior, un Decrés ó un Cretet cualquiera, asistió á la audiencia matinal del señor.

Oíase en Carrousel el ruido de los sables de todos aquellos soldados extraordinarios de la gran república y del grande imperio; agolpábanse los héroes á la puerta de Napoleón; hombres del Rin, del Escalda, del Adige y del Nilo; compañeros de Joubert, de Desaix, de Marceau, de Hoche y de Kléber; areóstatas de Fleurus; granaderos de Maguncia, pontoneros de Génova, húsares á quienes habían mirado las pirámides, artilleros á quienes habían salpicado las balas de Junot, coraceros de los que tomaron por asalto la escuadra fondeada en el Zuyderzée; unos habían seguido á Bonaparte por sobre el puente de Lodi, otros habían acompañado á Murat en la trinchera de Mantua, otros se habían adelantado á Lannes en el barranco de Montebello.

Todo el ejército de entonces se hallaba allí en el patio de las Tullerías, representado por compañías ó pelotones, y custodiando á Napoleón en su reposo.

Era la época brillante en que el grande ejército tenía tras sí á Marengo, y delante á Austerlitz.

--Señor, dijo el ministro de lo Interior á Napoleón, he visto ayer al hombre más intrépido del imperio.

--¿Quién es ese hombre?--preguntó bruscamente el emperador.--¿Qué es lo que ha hecho?

--Quiere hacer una cosa, señor.

--¿Cuál?

--Registrar las alcantarillas de París.

Ese hombre existía y se llamaba Bruneseau.

IV =Detalles ignorados=

Verificóse el registro. Fué una gran campaña; una batalla nocturna contra la peste y la asfixia. Fué al propio tiempo un viaje de descubrimientos. Uno de los sobrevivientes de aquella exploración, obrero inteligente, muy joven entonces, refería aún, hace algunos años, los curiosos detalles que Bruneseau creyó deber omitir en su informe al prefecto de policía, como indignos del estilo administrativo.

Los procedimientos desinfectantes eran todavía en aquella época harto rudimentarios.

Apenas Bruneseau hubo salvado las primeras articulaciones de la red subterránea, cuando ocho de los veinte trabajadores se negaron á seguir adelante.

La operación era complicada; el registro importaba la limpieza; era preciso, pues, á un mismo tiempo ir midiendo y limpiando. Señalar las entradas de agua, contar las rejas y las bocas, señalar los empalmes, indicar las corrientes en los puntos de partida, reconocer las circunscripciones respectivas de varios depósitos, sondar los pequeños albañales injertos en su cloaca principal, medir la altura de cada pasillo y el ancho así del arranque de las bóvedas, como á flor de rasante; determinar, en fin, el orden de nivelación, en la recta de cada entrada de agua, ya en el piso de la alcantarilla, ya en el de la calle. Adelantábase difícilmente, y más de una vez las escalas de descenso se sumergieron dentro tres pies de fango. Las linternas agonizaban entre los miasmas. De cuando en cuando había que retirar algún pocero desmayado.

Tropezábase en varios puntos con un precipicio; y era que el suelo se había hundido y que el embaldosado se había venido abajo transformándose el albañal en pozo sin fondo. No se hallaba el punto firme, y hubo hombres desaparecidos bruscamente costando mucho trabajo volverles á sacar. Por disposición de Fourcroy, se iban encendiendo de trecho en trecho en los lugares suficientemente saneados, grandes cubos llenos de estopa empapada en resina. La pared, de vez en cuando, estaba cubierta de excrecencias disformes que podríamos llamar tumores, pues hasta las piedras parecían enfermas en aquel centro irrespirable.

Bruneseau procedió en su exploración de arriba abajo. En el punto divisorio de las dos cañerías del Grand Hurleur, consiguió leer en una piedra saliente esta fecha: 1550.

Era el límite donde se había detenido Filiberto Délorme, encargado por Enrique II de visitar la sentina de París. Aquella piedra era el sello del siglo XVI en la alcantarilla.

Bruneseau descubrió la mano del siglo XVII en el conducto del Ponceau y en la calle Vieille du Temple, cuyas bóvedas se habían construido entre 1600 y 1650; y la mano del siglo XVIII en la sección al Oeste del canal colector, encajonado y abovedado en 1740. Más reciente la obra de 1740, estaba más agrietada y decrépita que la de la cloaca de circunvalación, que databa de 1412, época en que el arroyo de agua viva de Menilmontant fué elevado á la dignidad de gran alcantarilla de París, ascenso análogo al de un aldeano cualquiera que fuese nombrado primer ayuda de cámara del rey; algo parecido á Gros Jean convertido en Level. Creyóse reconocer acá y allá, particularmente bajo el Palacio de Justicia, alvéolos de antiguos calabozos practicados en la misma alcantarilla. Horribles in pace. De uno de aquellos alvéolos colgaba una argolla de hierro.

Se tapiaron todos. Entre las cosas que se hallaron, las había rarísimas; por ejemplo, el esqueleto de un orangután que desapareció del jardín botánico en 1800, desaparición probablemente relacionada con la famosa é incontestable aparición del diablo en la calle de los Bernardinos, en el último año del siglo XVIII. El pobre diablo acabó por ahogarse en la alcantarilla.

Debajo del largo corredor cimbrado que conduce al Arche-Marión, dejó admirados á los inteligentes una cesta de trapero, muy bien conservada. En todas partes el cieno que los poceros habían ido á remover con tal intrepidez, abundaba en objetos preciosos, en alhajas de oro y plata, en pedrería y moneda.

Un gigante que hubiese hecho pasar por un tamiz aquella cloaca, habría acumulado las riquezas de los siglos.

En el punto de partida de los dos empalmes de la calle del Temple y de la calle de Sanite Avoye, se recogió una medalla singular hugonota de bronce, que tenía en una cara un cerdo con birrete de cardenal, y en la otra un lobo con la tiara en la cabeza.

El hallazgo más sorprendente fué á la entrada de la Gran Cloaca.

Habíase cerrado aquella entrada en otros tiempos con una reja, de la que sólo quedaban los goznes.

De uno de los goznes pendía una especie de harapo informe y sucio que sin duda, detenido allí al caer, flotaba en la sombra, y acababa de desmenuzarse. Bruneseau acercó la linterna y lo examinó. Era de batista finísima, y se distinguía en una de las puntas, menos consumida que lo demás, una corona heráldica, con estas siete letras bordadas encima: LAVBESP. La corona era una corona de marqués, y las siete letras significaban Laubespine.

Reconocióse que se tenía á la vista un pedazo de la mortaja de Marat.

Cuando joven, había corrido Marat sus aventuras amorosas, sobre todo cuando formaba parte de la casa del Conde de Artois como veterinario. De aquellos amores con una dama principal, históricamente comprobados, le había quedado aquella sábana. Residuo ó recuerdo.

Á su muerte, como era la única tela fina que había en su casa, se le amortajó con ella. Unas viejas envolvieron para la tumba al trágico Amigo del pueblo en aquel lienzo, testigo un día, de voluptuosidades. Bruneseau siguió adelante. Dejóse el harapo donde estaba, sin acabarlo de destruir siquiera.

¿Fué desprecio ó respeto?

Marat merecía ambas cosas.

Además, el destino estaba bien impreso en él, para que se vacilara en tocarlo. Por otra parte, deben dejarse las cosas del sepulcro en el sitio que eligen.

En suma, era una extraña reliquia. Una marquesa había dormido en ella; Marat la había consumido, y pasando por el Panteón, había ido á servir de pasto á las ratas de la cloaca.

Aquel andrajo de alcoba, cuyos pliegues hubiera dibujado alegremente Watteau en otro tiempo, había terminado por ser digno de la mirada del Dante.

La visita total del pudridero subterráneo de París, duró siete años, desde 1805 á 1812.

De paso, Bruneseau designaba, dirigía y llevaba á cabo trabajos considerables; en 1808 bajaba el enlosado del Ponceau, y creando en todas partes nuevas líneas, adelantaba la alcantarilla en 1809, por debajo de la calle de San Dionisio hasta la fuente de los Inocentes; en 1810, por debajo de la calle de Froidmanteau y de la Salpetrière; en 1811 por debajo de las calles Neuve des Petits Pères, Mail, Echarpe, de la plaza Real; y en 1812, por debajo de la calle de la Paz y Chaussée d'Antin. Al mismo tiempo hacía desinfectar y sanear toda la red.

Desde el segundo año, unióse á Bruneseau su yerno Nargaud.

Así fué como á principios de este siglo la sociedad vieja limpió su fondo interior, engalanando su albañal. Siempre fué ello un limpión.

Tortuoso, agrietado, desempedrado, cuarteado, lleno de baches, atravesado por recodos extraños, subiendo y bajando sin lógica, fétido, salvaje, feroz, sumido en la obscuridad, con cicatrices en sus baldosas y cuchilladas en sus muros, espantoso; tal era, visto retrospectivamente, el antiguo alcantarillado de París.

Ramificaciones en todos sentidos, cruzamientos de zanjas, empalmes, patas de ganso, estrellas, como en las zapas, recodos, callejones sin salida, bóvedas salitradas, sumideros infectos, rezumos herpéticos en los techos, tinieblas; nada igualaba al horror de aquella antigua cripta exutoria, aparato digestivo de Babilonia, antro, foso, abismo trepado de calles, topera titánica donde el espíritu cree ver vagar, á través de la sombra, entre inmundicias que fueron esplendores, el enorme topo ciego de lo pasado.

Esto, lo repetimos, era el alcantarillado de otros tiempos.

V =Progreso actual=

Hoy día el alcantarillado es regular, limpio, frío, directo y suficiente. Realiza casi el ideal de lo que se entiende en Inglaterra por la palabra «respetable». No se aparta de las reglas, tiene el color parduzco, está tirado á cordel, é íbamos á decir que... de veinticinco alfileres.

Parécese á un proveedor convertido en consejero de Estado.

Se ve casi claro. El fango se porta decentemente.

Á primera vista se le podría confundir con uno de aquellos corredores subterráneos tan comunes en lo antiguo y tan útiles para las fugas de monarcas y príncipes, en aquellos buenos tiempos «en que el pueblo amaba á sus reyes».

El albañal actual es un hermoso albañal; reina en él el estilo puro; el clásico alejandrino rectilíneo que, expulsado de la poesía, parece haberse refugiado en la arquitectura; se diría que quiere mezclarse en todas las piedras de esa larga bóveda tenebrosa y blanquizca; cada desagüe es una arcada; la construcción de la calle de Rívoli forma escuela hasta para una cloaca.

Por lo demás, en ninguna parte está más en su lugar la línea geométrica que en la vía estercolaria de una gran ciudad. Allí todo debe subordinarse al camino más corto.

La alcantarilla ha tomado hoy cierto aspecto oficial. La misma policía en sus informes, cuando tiene que hablar de ella, no le falta al respeto. Las palabras que la caracterizan en el lenguaje administrativo son dignas y elevadas. Lo que antes se llamaba tripa, se llama hoy galería; lo que antes llevaba el nombre de agujero, hoy lleva el de atabe. Si llegaba el caso no conocería el mismo Villon su antigua morada.

Esa red de cuevas sigue teniendo, por supuesto, su inmemorial población de roedores, más bullidora que nunca; de vez en cuando una rata vieja asoma la cabeza por la ventana de la alcantarilla, y examina á los parisienses; pero aún esa polilla se domestica, encontrándose satisfecha de su palacio subterráneo. No le queda nada á la cloaca de su primitiva ferocidad. La lluvia, que ensuciaba el albañal del pasado, lava el del presente.

Sin embargo, no hay que fiar en él demasiado. Los miasmas lo habitan todavía. Es más bien hipócrita que irreprochable.

Por más que se empeñe la prefectura de policía y la junta de Sanidad, á pesar de todos los procedimientos empleados, exhala siempre cierto olorcillo vago y sospechoso como Tartuffe después de la confesión.

Convengamos, no obstante, en que, como la limpieza es un homenaje que el albañal tributa á la civilización, y como, bajo este punto de vista, la conciencia de Tartuffe es un progreso sobre el establo de Augias, ello es cierto que el alcantarillado de París ha mejorado.

Es más que progreso; es una trasmutación.

Entre la antigua cloaca y el alcantarillado actual, media una revolución. ¿Quién hizo esa revolución?

El hombre á quien tiene olvidado todo el mundo, y que hemos nombrado ya, Bruneseau.

VI =Progreso futuro=

La abertura del alcantarillado de París no ha sido una obra insignificante. Los últimos diez siglos han estado trabajando sin poder terminarla, como tampoco han podido acabar á París. La cloaca sigue como por repercusión el desarrollo de París. Es, en la tierra, una especie de pólipo tenebroso de mil arterias, que crece debajo, al par que crece encima la gran ciudad. Siempre que la ciudad abre una nueva vía, el albañal alarga el brazo.

La vieja monarquía no había construido sino veintitrés mil trescientos metros de alcantarilla; á ese término había llegado París el 1.º de enero de 1806.

Partiendo de esa época, de la que volveremos á ocuparnos luego, la obra ha sido conveniente y enérgicamente reformada y continuada. Napoleón construyó (los guarismos son siempre curiosos) cuatro mil ochocientos cuatro metros; Luis XVIII, cinco mil setecientos nueve; Carlos X, diez mil ochocientos treinta y seis; Luis Felipe, ochenta y nueve mil veinte; la república de 1848, veintitrés mil trescientos ochenta y uno; el régimen actual, setenta mil quinientos; total, hasta la fecha, doscientos veintiséis mil seiscientos diez metros; sesenta leguas de alcantarillado. Entrañas enormes de París; ramificación obscura y siempre activa; construcción ignorada é inmensa.

Como se ve, pues, el laberinto subterráneo de París, es hoy más que décuplo de lo que era al empezar el siglo. No es fácil figurarse la perseverancia y los esfuerzos que han sido necesarios para conducir esa cloaca al punto de perfección relativa en que hoy se encuentra.

Con gran dificultad había el antiguo prebostazgo monárquico, y en los diez últimos años del siglo XVIII el corregimiento revolucionario, conseguido abrir las cinco únicas, aunque no insignificantes, leguas de albañal que existían antes de 1806. Toda clase de obstáculos embarazaban esa operación; los unos, propios de la naturaleza del terreno, los otros, inherentes á las preocupaciones mismas de la laboriosa población de París.

Encuéntrase París edificado sobre un terreno extraordinariamente rebelde á la piqueta, á la sonda, á toda operación humana. Nada más difícil que perforar y penetrar esa formación geológica á la cual se superpone la maravillosa formación histórica llamada París. En cuanto la mano de obra, bajo una forma cualquiera, se empeña y aventura con esa capa de aluviones; parece que crean las resistencias subterráneas.

Son todo ello arcillas líquidas, manantiales vivos, rocas duras, légamos blandos y profundos que la ciencia especial llama mostazas. El pico adelanta difícilmente en las capas calcáreas, que alternan con hilos de greda muy sutiles y sedimentos esquistosos á manera de hojas incrustadas de conchas de ostras, contemporáneas de los océanos preadamitas.

Á veces, un arroyo hace reventar de improviso la bóveda principiada, é inunda á los trabajadores, ó alguna irrupción de marga se abre paso lanzándose con la furia de una catarata, y rompe como frágil vidrio las más fuertes vigas de sostenimiento.

Recientemente, en la Villette, cuando fué preciso, sin interrumpir la corriente ni variar el cauce, hacer pasar la cloaca colectora por debajo del canal de San Martín, se abrió una grieta en el fondo del canal, cayendo de repente el agua en la excavación subterránea, sin que bastasen las bombas á detener la inundación.

Hubo que apelar á un buzo, el cual, con no poco trabajo logró tapar al fin la grieta que estaba en la embocadura del gran estanque.

Por otro lado, junto al Sena, y también bastante lejos del río, como por ejemplo en Belleville, en la Gran Vía, como en el pasaje Lunière, existen arenas sin fondo, donde un hombre puede hundirse y desaparecer á ojos vistos.

Agréguese á todo esto la asfixia por los miasmas y al quedar enterrado por hundimientos y desprendimientos repentinos. Agréguese igualmente el tifus, de que los trabajadores se impregnan lentamente.

En nuestros días, después de haber abierto la galería de Clichy, con banqueta para recibir una cañería matriz de agua del Ourcq, trabajo ejecutado en zanja, á diez metros de profundidad; después de haber, á pesar de los derrumbamientos, y con ayuda de las excavaciones frecuentemente pútridas, y de los acodalamientos, abovedado el arroyo de la Bièvre desde el boulevard del Hospital hasta el Sena; después de haber, con el fin de librar á París de las aguas torrenciales de Montmartre, y dar salida á ese lago fluvial de nueve hectáreas que se corrompía junto á la puerta de los Mártires; después de haber, decimos, construido la línea de alcantarillado desde la puerta blanca al camino de Aubervilliers, en cuatro meses, trabajando día y noche, á la profundidad de once metros; después de haber, cosa no vista hasta entonces, hecho subterráneamente un albañal en la calle de Barre du Bec, sin zanja á seis metros debajo del suelo, murió el constructor Monnot.

Después de haber abovedado tres mil metros de alcantarilla en todos los puntos de la ciudad, desde la calle Traversière Saint Antoine á la calle de de Lourcine; después de haber, por medio del empalme de la Arbalète, evitado las inundaciones pluviales en la encrucijada Censier-Mouffetard; después de haber construido la alcantarilla de San Jorge sobre cimientos de rocas y hormigón en arenas movedizas; después de haber dirigido el temible descenso de empalme del ramal de Nuestra Señora de Nazareth, el ingeniero Duleau murió también.

Y sin embargo, no existen boletines para esos actos de valor mucho más útiles que la brutal carnicería de los campos de batalla.

Las alcantarillas de París, en 1832, distaban mucho de ser lo que son hoy día. Bruneseau había dado el impulso; pero se necesitaba el cólera para determinar la vasta construcción que después se ha llevado á efecto.

Sorprende oir decir, por ejemplo, que, en 1821, parte de la cloaca de circunvalación llamada el Gran Canal, como en Venecia, se corrompía aún al aire libre, en la calle de Gourdes.

En 1823, fué cuando la ciudad de París encontró en sus bolsillos los doscientos sesenta y seis mil ochenta francos y seis sueldos necesarios para cubrir semejante inmundicia. Los tres pozos absorbentes del Combat, de la Cunette y de Saint Mandé, con sus desagües, aparatos, desatranques y ramales depuratorios, no datan de antes de 1836.

La vialidad intestinal de París ha sido hecha de nuevo, y como ya lo hemos dicho, se ha más que decuplicado en un cuarto de siglo.

Hace treinta años, durante la época de la insurrección del 5 y 6 de junio, existía aún, en muchos parajes, el alcantarillado antiguo. Gran número de calles abovedadas hoy día, eran entonces zanjas abiertas.

Veíase frecuentemente en el punto adonde iban á parar las vertientes de una calle ó de una encrucijada, grandes rejas cuadradas y provistas de gruesos barrotes, cuyo hierro lucía bruñido por los pasos de la multitud, peligrosas y resbaladizas para las caballerías de los carruajes.

El lenguaje oficial de puentes y caminos daba á esas pendientes y á esas rejas el nombre expresivo de quebraderos.

En 1832, en una infinidad de calles, como las de la Estrella, San Luis, el Temple, Vieja del Temple, Nuestra Señora de Nazareth, Folie Mericourt, muelle de las Flores, calle del Petit Musc, Normandía, Pont aux-Biches, Marais, San Martín, Nuestra Señora de las Victorias, Faubourg-Monmartre, Grange Batelière, en los Campos Elíseos, calle Jacob y Tournon, la antigua cloaca gótica mostraba aún solamente sus golas.

No eran éstas sino enormes aberturas de piedra, rodeadas á veces de guarda ruedas descaradamente monumentales.

París, en 1806, no tenía casi mayor número de alcantarillas que el comprobado en mayo de 1663; cinco mil trescientas veintiocho toesas. Después de Bruneseau, en 1.º de enero de 1832, tenía cuarenta mil tres cientos metros.

De 1806 á 1831 se habían construido anualmente por término medio setecientos cincuenta metros.

En los años posteriores ha correspondido á cada año de ocho á diez mil metros de galería, todo de mampostería, revestido de cal hidráulica sobre base de hormigón. Á doscientos francos el metro, las sesenta leguas de alcantarilla del París actual representan cuarenta y ocho millones.

Además del progreso económico que al principio hemos indicado, asócianse graves problemas de higiene pública á esta inmensa cuestión: el alcantarillado de París.

París está entre dos capas: una de agua y otra de aire. La capa de agua, extendida á una profundidad bastante grande, pero que ha sido ya sondada por dos perforos, proviene de las vetas de asperón verde, situadas entre la creta y el calcáreo jurásico.

Todas esas vetas pueden representarse por un disco cuyo radio mida veinticinco leguas; en él se rezuman multitud de ríos y arroyuelos; de manera que en un vaso de agua del pozo de Grenelle se bebe el Sena, el Marne, el Yonna, el Oise, el Aisne, el Cher, el Vienne y el Loira.

La capa de agua es saludable; viene primero del cielo y luego de la tierra.

La capa de aire es malsana; viene del albañal. Todos los miasmas de la cloaca se mezclan á la respiración de la ciudad; de ahí el mal aliento.

El aire respirado junto á un estercolero, está probado: es, científicamente, más puro que el aire que se respira en París.

En un tiempo dado, con la ayuda del progreso, perfeccionándose después los mecanismos y difundiéndose la claridad científica, se empleará la capa de agua en purificar la capa de aire; es decir, en lavar las alcantarillas.

Sabido es lo que entendemos por lavar las alcantarillas, esto es, restituir el fango á la tierra, el estiércol al suelo y el abono á los campos. Resultará de este solo hecho puesto en práctica, para toda la comunidad social, disminución de miseria y aumento de salud.

Hoy por hoy, la irradiación de las enfermedades de París se extiende á cincuenta leguas en derredor del Louvre, tomado este edificio como centro de ese círculo pestilencial.

Pudiera decirse que, desde hace diez siglos, es la cloaca la enfermedad de París. El albañal es el vicio que la ciudad tiene en la sangre. El instinto popular no se ha engañado nunca. El oficio de pocero era en otro tiempo casi tan peligroso y repugnante al pueblo, como el de matarife carnicero, por tanto tiempo reputado horrible y cedido al verdugo.

Necesitábase pagarlo muy bien para que un albañil se decidiese á bajar aquellas minas fétidas; el pocero vacilaba siempre al colocar su escalera; y era proverbial el dicho: bajar á la alcantarilla es bajar á la fosa. Distintas leyendas de todas clases, como hemos dicho, llenaban de espanto aquel tragadero colosal; temible sentina que á la huella de las revoluciones del globo, como de las revoluciones del hombre, une los vestigios de todos los cataclismos, desde las conchas del diluvio hasta el harapo de Marat.

LIBRO TERCERO CIENO Y ALMA

I =La cloaca y sus sorpresas=

Era en el alcantarillado de París donde se encontraba Juan Valjean.

Otra de las semejanzas de París con el mar. El buzo puede desaparecer en él como en el océano.

La transición era inaudita. En el centro mismo de la ciudad, Juan Valjean había salido de ella, y en un abrir y cerrar de ojos, el tiempo preciso de levantar una tapa y volverla á dejar caer, había pasado de la luz á las tinieblas, del medio día á la media noche, del estrépito al silencio, del torbellino de los truenos al estancamiento de la tumba; y por una peripecia más prodigiosa aún que la de la calle de Polonceau, del extremo del peligro á la seguridad más absoluta.

Caída violenta en una cueva; desaparición en los calabozos perdidos de París. Dejar aquella calle, donde en todas partes se veía la muerte, por una especie de sepulcro, donde debía encontrar la vida, fué un instante extraordinario.

Permaneció algunos segundos como aturdido, escuchando estupefacto.

Habíase abierto de improviso ante sus pies la trampa de salvación, cogiéndole, digámoslo así, á traición la bondad celeste. ¡Adorables emboscadas de la Providencia!

Solamente que el herido no se movía, y Juan Valjean ignoraba si lo que llevaba consigo en aquella fosa, era un vivo ó un muerto.

Su primera sensación fué la de que estaba ciego. Repentinamente no vió nada más. Parecióle también que en un minuto se había vuelto sordo. Nada oía.

El frenético huracán de matanza que se desencadenaba á algunos pasos de allí no llegaba hasta él; ya lo hemos dicho, gracias al espesor de la tierra que le separaba de la escena, si no apagado y confuso como un rumor en una profundidad.

Conoció únicamente que pisaba sobre terreno sólido; ¿pero era esto suficiente?

Extendió un brazo, luego otro, tocando ambas paredes, de donde infirió que el pasillo era estrecho. Resbaló, y dedujo que la baldosa estaba mojada.

Adelantó un pie con precaución, temiendo encontrar algún agujero, algún sumidero, algún precipicio, cerciorándose de que el embaldosado se prolongaba. Una bocanada de aire fétido le indicó cuál era el lugar en que se hallaba.

Pasados algunos instantes no estaba ya ciego. Un poco de luz descendía del respiradero por donde había entrado, y ya su mirada se había acostumbrado á aquella cueva. Empezó á distinguir algo.

El pasillo donde se había soterrado (ninguna otra palabra expresa mejor la situación), estaba cerrado con pared á su espalda. Era uno de aquellos callejones sin salida que el lenguaje especial llama empalmes.

Tenía delante de sí otra pared, pared de tinieblas. La claridad del respiradero concluía á diez ó doce pasos del punto en que se encontraba Juan Valjean, y apenas reflejaba una blancura pálida á algunos metros de la húmeda pared de la alcantarilla.

Más allá eran las tinieblas compactas; parecía horrible penetrar en ellas, y la entrada tenía visos de inmersión. Sin embargo, podía penetrar en aquella pared de bruma, y hasta era necesario darse prisa á ello.

Juan Valjean calculó que aquella reja que él había visto debajo de los adoquines, era posible que la viesen los soldados. Todo pendía de la casualidad, pues nada podía evitar que los soldados bajasen también al pozo y lo registrasen.

No había momento que perder.

Recogió á Mario del suelo, se lo echó á cuestas y emprendió la marcha, penetrando resueltamente por aquella obscuridad.

La verdad es que estaban menos á salvo de lo que Juan Valjean creía. Aguardábanles peligros de otro género, y no tal vez menores.

Después del torbellino fulgurante de la lucha, la caverna de los miasmas y de las emboscadas; después del caos, la cloaca. Juan Valjean había caído de uno en otro círculo del infierno.

Cuando hubo andado cincuenta pasos, le fué preciso detenerse. Se le ofreció una duda. El pasillo iba á parar á otro ramal con el que tropezaba trasversalmente. Allí se le presentaban dos caminos. ¿Cuál debía elegir? ¿El de la derecha ó el de la izquierda? ¿Cómo orientarse en aquel obscuro laberinto?

Este laberinto, como ya lo hemos hecho notar, tenía un hilo, la pendiente; siguiéndola se iba al río.

Juan Valjean lo comprendió, desde luego.

Pensó que estaba probablemente en la alcantarilla del Mercado; que si tomaba á la izquierda y seguía la pendiente, llegaría antes de un cuarto de hora á alguna boca junto al Sena, entre el puente del Change y el puente Nuevo; es decir, que aparecería en medio del día en el punto más concurrido de París; quizá también iría á parar á algún recodo de encrucijada.

Estupor de los transeúntes al ver surgir del suelo bajo sus pies á dos hombres ensangrentados; llegada inmediata de los gendarmes; alarma del cuerpo de guardia más próximo, y prisión segura antes de haber sacado el cuerpo.

Era preferible internarse en el laberinto, fiarse de la obscuridad, y encomendarse á la Providencia para la salida.

Subió la pendiente, y tomó á la derecha.

Cuando hubo doblado el ángulo de la galería, la lejana claridad del respiradero desapareció, la cortina de tinieblas volvió á caer ante sus ojos, y volvió á quedar ciego de nuevo. Continuó, sin embargo, avanzando, tan rápidamente como le fué posible.

Los dos brazos de Mario rodeaban el cuello de Juan Valjean, y sus pies colgaban por detrás; Juan Valjean sostenía los brazos con una mano, y con la otra iba tentando la pared.

La mejilla de Mario tocaba, y se pegaba á la suya con la sangre. Sentía correr por encima de él y penetrar sus vestidos una corriente tibia que procedía de Mario. Sin embargo, la sensación de calor húmedo en la oreja próxima á la boca del herido, indicaba que éste respiraba, y de consiguiente que vivía.

El pasillo por donde caminaba Juan Valjean era menos estrecho que el primero. Era el andar bastante penoso. La lluvia del día anterior no se había desaguado aún, y formaba un pequeño torrente en el centro de la cuneta, de suerte que era preciso arrimarse á la pared para no meter los pies en el agua.

Así iba andando Juan Valjean por entre las tinieblas. Parecíase á los seres nocturnos que marchan á tientas en lo invisible, perdidos subterráneamente entre las venas de la sombra.

No obstante, poco á poco, fuese que otros respiraderos lejanos enviasen alguna luz flotante á aquella opaca bruma, fuese que sus ojos se acostumbrasen á la obscuridad, comenzó otra vez á entrever confusamente, ya la pared á que iba arrimado, ya la bóveda por debajo de la cual caminaba.

La pupila se dilata en las tinieblas, y acaba por percibir claridad, del mismo modo que el alma se dilata con la desgracia, y acaba por encontrar á Dios.

Era difícil dirigir el rumbo.

El trazado de las alcantarillas refleja, digámoslo así, el de las calles superpuestas.

Había en el París de aquella época mil doscientas calles. Imagínese debajo de él esa selva de tenebrosas ramas que se denomina alcantarillado.

El total de las alcantarillas existente á la sazón, y colocadas punta con punta, hubiera medido una longitud de once leguas. Hemos dicho antes que la red actual, gracias á la actividad especial de los últimos treinta años, no cuenta menos de sesenta leguas.

Juan Valjean principió por engañarse. Creyó estar debajo de la calle de San Dionisio, y no era así desgraciadamente.

Hay debajo de esa calle una alcantarilla vieja de piedra, que pertenece á los tiempos de Luis XIII, y va en derechura á la cloaca colectora, llamada Gran Cloaca, con un solo codo á la derecha, á la altura del antiguo Patio de los Milagros, y un solo ramal, la alcantarilla de San Martín, cuyos brazos se cortan en forma de cruz. Pero el ramal de la Petite Truanderie, cuya entrada estaba próxima al figón de Corinto, no ha comunicado nunca con el subterráneo de la calle de San Dionisio; va á parar á la alcantarilla Montmartre, que era donde se había internado Juan Valjean.

Abundaban allí las probabilidades de extraviarse. La alcantarilla Montmartre es una de las intrincadas de la antigua red.

Afortunadamente Juan Valjean había dejado detrás de sí la alcantarilla del Mercado, cuyo plano geométrico figura una multitud de masteleros de juanete entretejidos; pero tenía delante de sí más de un tropiezo embarazoso, y más de una esquina de calle (porque son calles, en efecto) que aparecían en la obscuridad como interrogantes.

Primero; á su izquierda, la vasta alcantarilla Platrière, especie de enredijo chino, que conduce y embrolla su caos de T y de Z por debajo de la casa de correos y de la rotonda de alhóndiga hasta el Sena, donde termina en Y.

Segundo; á su derecha, el corredor en línea curva de la calle del Cuadrante, con sus tres dientes, que son otros tantos callejones sin salida.

Tercero; á su izquierda, el empalme de Mail, complicado, casi desde la entrada, por una especie de horquilla, yendo á parar de zigzags á la gran cripta exutoria del Louvre, abierta y ramificada en todos sentidos.

Por último, á su derecha, el pasillo sin salida de la calle de Jeuneurs, sin contar otros pequeños rincones aquí y acullá antes de llegar á la alcantarilla de circunvalación; era la única capaz de conducirle á alguna salida bastante lejana para poder suponerla segura.

Si Juan Valjean hubiese tenido alguna noción de todo lo que acabamos de indicar, habría advertido pronto, con sólo tocar la pared, que no estaba en la galería subterránea de la calle de San Dionisio. En lugar de la piedra sillar vieja, en lugar de la arquitectura antigua, altiva y regia hasta en el albañal, con fondo y asiento de granito, y mezcla de cal grasa que costaba á razón de ochocientos francos la toesa, hubiera sentido al tacto la baratura contemporánea, el recurso económico, la piedra asperón revestida de cal hidráulica sobre capa de hormigón, que cuesta á doscientos francos el metro, la mampostería plebeya denominada de pequeño material; pero no sabía nada de todo esto para poder regirse.

Seguía adelante, con ansiedad, pero con calma, sin ver ni saber nada, á la ventura, es decir, en manos de la Providencia.

Gradualmente, digámoslo también, cierto horror se apoderaba de él. La sombra que envolvía su espíritu. Caminaba en medio de un enigma. Aquel acueducto de la cloaca es formidable; crúzanse sus galerías vertiginosamente. Es muy lúgubre verse sumido en aquel París de tinieblas.

Juan Valjean estaba obligado á encontrar y casi á inventar su camino sin verle.

En aquel lugar desconocido, podía ser, cada paso que daba, el último de su vida.

¿Cómo salir de allí? ¿Hallaría por dónde? Y en ese caso, ¿llegaría á tiempo? Aquella colosal esponja subterránea con alvéolos de piedra, ¿se dejaría penetrar y horadar? ¿Tropezaría con algún nudo inesperado de obscuridad? ¿Iría á parar á lo enmarañado é insuperable? ¿Morirían allí, Mario de hemorragia, y él de hambre? ¿Acabarían de extraviarse ambos, quedando reducidos á esqueletos en un rincón de aquella noche?

Lo ignoraba. Á ninguna de esas preguntas que él se hacía, sabía qué contestar.

El intestino de París es un precipicio. Estaba, como el profeta, en el vientre de un monstruo.

De repente se sintió sorprendido. Cuando menos lo esperaba, y sin haber cesado de caminar en línea recta, notó que ya no subía; el agua del arroyo le daba en los talones y no en la punta de los pies. La alcantarilla bajaba entonces. ¿Por qué? ¿Iba, pues, á llegar inesperadamente al Sena?

El peligro era grande; pero podía ser mayor el que resultaría retrocediendo. Siguió pues adelante.

No se dirigía al Sena. La albardilla que forma el suelo de París en la ribera derecha, vacía una de sus vertientes en el Sena, y otra en la Gran Cloaca. La cima de esta albardilla, que determina la división de las aguas, traza una línea muy caprichosa.

El punto culminante, sitio en que se dividen los desagües, está en la alcantarilla de Sainte-Avoye, más allá de la calle de Michel le Comte; en la alcantarilla del Louvre, cerca de los boulevares, y en la alcantarilla Montmartre, junto á los Mercados. Á ese punto culminante había llegado Juan Valjean. Dirigíase á la cloaca de circunvalación; y estaba pues en buen camino, pero ignorándolo.

Cada vez que encontraba un ramal, buscaba á tientas los ángulos, y si la abertura que se ofrecía ante él era menos ancha que el corredor donde estaba, seguía sin hacer caso juzgando, con razón, que toda senda más estrecha le llevaría á un callejón sin salida, lo que equivaldría á alejarle del objeto principal, que era salir de la alcantarilla. Así logró evitar el cuádruple lazo que le tendían en la obscuridad los cuatro laberintos mencionados.

Poco después supo que se separaba del París petrificado por el motín, donde las barricadas, habían suprimido la circulación, y que iba por debajo del París vivo y normal. De pronto sintió sobre su cabeza como el ruido del trueno, lejano, pero continuado. Era el rodar de los carruajes.

Según sus cálculos, hacía media hora poco más ó menos que caminaba, y no había pensado aún en descansar, contentándose con cambiar la mano que sostenía á Mario. La obscuridad era más profunda que nunca; pero esta obscuridad le tranquilizaba.

De pronto vió su sombra delante de sí. Destacábase sobre un rojo claro, que teñía vagamente el pavimento á sus pies y la bóveda sobre su cabeza, y que resbalaba á derecha é izquierda, por las dos viscosas paredes del corredor. Volvióse, estupefacto.

Detrás de él, en la parte del pasillo que acababa de dejar á una distancia que le pareció inmensa, resplandecía rayando la tenebrosa espesura, una especie de astro horrible que parecía mirarle.

Era la sombría estrella de la policía, que aparecía en el albañal.

Detrás de aquella estrella se movían confusamente ocho ó diez formas negras, derechas, perceptibles y espantosas.

II =Explicación=

Durante el 6 de junio dispúsose una batida en las alcantarillas. Temíase que los vencidos se refugiasen en ellas; el prefecto Gisquet se encargó de registrar el París oculto, mientras el general Bugeaud barría el París público; doble operación que exigía una doble estrategia de la fuerza pública, representada arriba por el ejército y abajo por la policía.

Tres grupos de agentes y de poceros exploraron la vialidad subterránea de París; la primera por la orilla derecha; la segunda por la izquierda, y la tercera por el centro, ó sea la Cité. Los agentes iban armados de carabinas, rompe cabezas, espadas y puñales.

Lo que en aquel momento reflejaba la luz sobre Juan Valjean era la linterna de la ronda de la orilla derecha.

Aquella ronda acababa de visitar la galería curva y los tres callejones sin salida que están debajo de la calle del Cuadrante. Mientras la ronda registraba estos callejones, Juan Valjean había tropezado con la entrada de la galería, y viendo que era más estrecha que el pasillo principal, no penetró en ella, y siguió adelante.

Los agentes de policía, al dejar la galería del Cuadrante, habían creído oir ruido de pisadas en la dirección de la cloaca de circunvalación. Eran, en efecto, las pisadas de Juan Valjean.

El sargento que mandaba la ronda levantó la linterna, y la ronda se puso á mirar, en medio de la bruma, hacia el lado de donde venía el ruido.

Fué éste para Juan Valjean un minuto inexplicable.

Afortunadamente, aunque él veía bien la linterna, ésta le veía mal á él. La linterna era la luz y él era la sombra. Hallábase muy lejos y confundido en el fondo obscuro del subterráneo. Arrimóse á la pared y se detuvo.

Por lo demás, Juan Valjean no tenía cabal idea de lo que se movía detrás de él. El insomnio, la falta de alimento y las emociones, le habían hecho también visionario.

Veía un resplandor, y junto á aquel resplandor, larvas. ¿Qué significaba aquello? No lo comprendía.

Paróse Juan Valjean, y cesó el ruido.

Los de la ronda escuchaban y no oían; miraban y no veían. Consultaron entre ellos.

Había á la sazón en aquel punto de la alcantarilla de Montmartre una especie de encrucijada, llamada de servicio, que se suprimió después á causa de la laguna interior que formaban allí las aguas pluviales en las grandes tormentas. La ronda pudo agruparse en el lugar de aquella encrucijada. Juan Valjean vió aquel corro de larvas cuyas cabezas de sabueso se juntaban pareciendo cuchichear.

El resultado de la conferencia celebrada por los perros guardianes, fué que se habían engañado, que no había habido ruido, que no había allí nadie, que era inútil internarse en la cloaca de circunvalación, que sería perder el tiempo; pero que convendría darse prisa en ir hacia San Merry, pues si había algo que hacer y algún bonigote que rastrear, era por aquella parte.

De vez en cuando los partidos echan suelas nuevas á sus antiguas injurias. En 1832 la palabra bonigote era el punto de enlace entre la palabra jacobino y ya olvidada, y la palabra demagogo, casi inusitada á la sazón, y que tan excelente servicio ha prestado después.

El jefe dió la orden de torcer á la izquierda, dirigiéndose á la vertiente del Sena. Si les hubiese ocurrido dividirse en dos grupos y marchar en dirección opuesta, Juan Valjean habría caído en sus manos. Esto estuvo en un hilo.

Es posible que las instrucciones de la prefectura, previendo el caso de un combate, y suponiendo á los insurrectos en gran número, prohibiesen á la ronda el fraccionarse.

Los sabuesos volvieron á ponerse, pues, en marcha, dejando tras de ellos á Juan Valjean. De todo aquel movimiento, Valjean no percibió nada, salvo el eclipse de la linterna, que dió la vuelta repentinamente.

Antes de continuar la marcha, el jefe de la ronda, para descargo sin duda de la conciencia de policía, descargó su carabina en dirección al sitio que ocupaba Juan Valjean. La detonación rodó de eco en eco bajo la cripta, como el borborismo de aquel intestino titánico.

Un pedazo de yeso que cayó en el arroyo fué á agitar el agua á pocos pasos de Juan Valjean, advirtiéndole de que la bala había dado en la bóveda sobre su cabeza.

Pisadas lentas y á compás resonaron un buen espacio sobre las baldosas, desvaneciéndose á medida que se aumentaba la distancia; después aquel grupo de formas negras se perdió en la sombra; una luz osciló bosquejando en la bóveda un arco rojizo que decreció, desapareciendo enseguida. Volvió á ser el silencio profundo, la obscuridad, completa; la ceguedad y la sordera volvieron á posesionarse de las tinieblas, y Juan Valjean, no osando aún moverse, permaneció bastante tiempo apoyado contra la pared, atento al oído y dilatada la pupila, mirando disiparse aquella patrulla de fantasmas.

III =El hombre filado=

Es preciso hacer á la policía de aquel tiempo la justicia de que, aún en las circunstancias públicas más graves, cumplía imperturbablemente su deber de inspección y vigilancia. Un motín no era á sus ojos un pretexto para soltar la rienda á los malhechores, y descuidar la sociedad por la razón de que el gobierno estaba en peligro. El servicio ordinario se desempeñaba correctamente á través del servicio extraordinario, y sin resentirse en lo más mínimo.

En medio de un incalculable suceso político comenzado, y bajo la presión de una revolución posible, sin dejarse distraer por la insurrección ni por la barricada, el agente seguía imperturbable la pista al ladrón.

Algo parecido á esto ocurrió en la tarde del 6 de junio á orillas del Sena, en el ribazo de la derecha, un poco más allá del puente de los Inválidos.

Hoy ya no hay allí ribazo. El aspecto de aquellos lugares ha cambiado por completo.

En el ribazo, dos hombres, separados uno de otro por cierta distancia, parecían observarse, evitándose mutuamente. Á medida que el que iba delante procuraba alejarse, ponía el que iba detrás empeño en acercársele.

Era como una partida de ajedrez que se jugase de lejos y en silencio.

Ni uno ni otro parecían llevar prisa; los dos caminaban despacio como si cada cual temiese, por apresuramiento, hacer que su compañero avivase el paso.

Hubiérase dicho ser un apetito andando tras una presa, sin aparentar intención deliberada. La presa era socarrona, y estaba en guardia.

Observábanse las proporciones debidas entre la garduña hostigada y el perro hostigador. El que trataba de escapar tenía mala traza y una figura raquítica, y el que quería echarle mano, era de elevada estatura y rudo aspecto, dando á entender que su choque había de ser contundente.

El primero, sintiéndose más débil, evitaba al segundo; pero hacíalo de manera harto furiosa; los que hubieran podido examinarlo de cerca habrían visto en sus ojos la sombría hostilidad de la fuga y toda la amenaza que cabe en el miedo.

El ribazo era solitario; no pasaba un alma, ni siquiera se veía al barquero ó al descargador de leña en las barcazas amarradas acá y allá.

No podían distinguirse bien aquellos dos hombres sino desde el muelle de enfrente, y así vistos, el que iba delante hubiera aparecido como un ser erizado, andrajoso, torcido é inquieto, y tiritando bajo una blusa harapienta; y el otro, como un personaje clásico y oficial, con la levita de la autoridad abrochada hasta la barba.

El lector reconocerá quizás á estos dos hombres viéndoles más cerca.

¿Qué objeto se proponía el último?

Probablemente suministrar al primero ropa de más abrigo.

Cuando un hombre vestido por el Estado persigue á otro hombre harapiento, es con el objeto de convertirle también en hombre vestido por el Estado. La cuestión estriba tan sólo en el color. El traje azul se considera glorioso; el encarnado denigrante.

Hay una púrpura que procede de abajo.

Era probablemente algún disgusto, y algo de esta púrpura lo que el primero deseaba evitar.

Si el otro le permitía ir delante y no se apoderaba de él aún, era, según las apariencias, con la esperanza de ver cómo se dirigía á alguna cita significativa, ó á algún grupo que fuese buena presa.

Esta operación delicada se llama «acechamiento».

Lo que hace probable esta conjetura, es que el hombre de la levita abrochada, divisando desde el ribazo un coche de alquiler que iba vacío hizo alguna indicación al cochero.

Éste la comprendió; y conociendo evidentemente con quién se las había, cambió de dirección, y empezó á seguir poco á poco desde lo alto del muelle á aquellos dos hombres.

De esto no se enteró el personaje de mala traza y harapiento que iba delante.

El coche pasaba junto á los árboles de los Campos Elíseos, y por encima del parapeto se veía pasar el busto del cochero con la fusta en la mano.

En una de las instrucciones secretas de la policía á los agentes, se lee este artículo: «Tener siempre dispuestos un carruaje de plaza por si fuese necesario».

Maniobrando cada cual por su parte con estrategia irreprochable, acercábanse aquellos dos individuos á una rampa del muelle que descendía hasta el ribazo, la que permitía entonces á los cocheros que venían de Passy llevar á beber al río á sus caballos. Dicha rampa se ha suprimido después, por exigirlo así la simetría. Los caballos se mueren de sed, pero la vista goza.

Era verosímil que el hombre de blusa subiese por la rampa, á fin de intentar la evasión por los Campos Elíseos, sitio lleno de árboles; pero en cambio muy frecuentado por agentes de policía, y en el cual podía el otro encontrar fácilmente quien le ayudara.

Este punto del muelle dista muy poco de la casa traída de Moret á París en 1824 por el coronel Brack, y denominada casa de Francisco I. Allí cerca había un cuerpo de guardia.

Con gran sorpresa de su observador, el hombre filado no tomó por la rampa del abrevadero, sino que continuó avanzando por el ribazo á lo largo del muelle.

Evidentemente su posición iba resultando crítica.

¿Qué iba á hacer, salvo no arrojarse al Sena?

Ya no había forma de volver á subir al muelle; ni rampa, ni escalera; y estaban ya próximos al sitio marcado por el ángulo del río hacia el puente de Jena, donde el ribazo, cada vez más estrecho, acababa en una débil lengua perdiéndose en el agua.

Allí iba inevitablemente á encontrarse bloqueado entre el muro perpendicular á la derecha, el río á la izquierda y enfrente, y la autoridad á la espalda.

Es cierto que el término del ribazo estaba oculto á la vista por un montón de escombros de seis á siete pies de altura, producto de no se sabe qué demolición. Pero ¿esperaba aquel hombre poderse esconder con provecho en un sitio donde no había para descubrirle, más que dar la vuelta? El recurso hubiera sido pueril. Él no soñaba de seguro en ello; la inocencia de los ladrones no llega á tal extremo.

Aquel montón de ruinas formaba al borde del agua una especie de eminencia que se extendía como un promontorio hasta la pared del muelle.

El hombre perseguido llegó á la pequeña colina y la dobló, dejando entonces de ser visto por el otro.

Este último aprovechó el momento en que ni veía ni le veían, y dejando disimulos aparte, se puso á caminar con rapidez. En breves instantes llegó junto á los escombros, dió la vuelta al montón, y quedóse estupefacto.

El hombre á quien perseguía no estaba allí.

Eclipse total del hombre de la blusa.

El ribazo apenas tenía, desde el montón de escombros, unos treinta pasos más; sumergíase allí en el agua que batía la pared del muelle.

El fugitivo no hubiera podido arrojarse al Sena, ni escalar el muelle sin que le viese su perseguidor. ¿Qué se había hecho, pues?

El hombre del levitón abrochado caminó hasta la punta del ribazo, y permaneció allí un instante pensativo, con los puños convulsos, y registrándolo todo con los ojos.

De improviso se dió un golpe en la frente, pues acababa de percibir, en el sitio donde terminaba la tierra y empezaba el agua, una reja de hierro ancha y baja, arqueada, provista de una enorme cerradura y de tres sólidos goznes. Aquella reja, especie de puerta en la parte inferior del muelle, daba al río lo mismo que al ribazo. Por debajo pasaba un arroyo negruzco que iba á desaguar en el Sena.

Al otro lado de los pesados y mohosos barrotes se distinguía una especie de corredor abovedado y obscuro. El hombre se cruzó de brazos y miró la reja con el aire de quien se echa algo en cara.

Como no bastaba mirar trató de empujarla; sacudió fuertemente la reja, pero ésta resistió el empuje.

Era probable que acabasen de abrirla, aunque no se hubiese oído ruido alguno; cosa rara, tratándose de una reja tan pesada; de todos modos no había duda de que la habían vuelto á cerrar. Esto indicaba que aquél para quien había girado sobre los goznes tenía, no una ganzúa, sino una llave.

Pronto asaltó esta evidencia al espíritu del hombre que se esforzaba en violentar la reja, pues prorumpió indignado en el siguiente epifonema:

--¡Esto sí que es grave! ¡Una llave del gobierno!

Luego, calmándose de súbito, expresó todo un mundo interior de ideas con esta bocanada de monosílabos, pronunciados casi irónicamente:

--¡Ta... ta... ta... ta!

Dicho esto, esperando, no se sabe si ver salir al de la blusa, ó entrar otros, se puso en acecho detrás del montón de ruinas, con la rabia paciente de un perro de muestra.

Por su parte, el carruaje de plaza, que seguía todas sus evoluciones, se paró junto al parapeto.

El cochero, previendo que no sería cosa de uno ni dos minutos, ató el húmedo saco de avena al hocico de sus caballos, ese saco tan conocido de los parisienses á quienes los gobiernos, sea dicho entre paréntesis, suelen ponérselo algunas veces.

Los escasos transeúntes del puente de Jena volvían la cabeza antes de alejarse, fijándose un instante en aquellos dos detalles inmóviles del paisaje: hombre en el ribazo, y el coche en el muelle.

IV =También lleva su cruz=

Juan Valjean emprendió de nuevo su marcha, y ya no se detuvo más.

Era una marcha que se hacía más dificultosa á cada paso. El nivel de aquellas bóvedas varía; la elevación media es de unos cinco pies y seis pulgadas, habiendo sido calculada para la estatura de un hombre. Juan Valjean se veía pues obligado á doblarse, por temor de que Mario diese contra la bóveda. Á cada instante tenía que bajarse, volviendo á enderezarse luego, é iba sin cesar tentando la pared.

La humedad de las piedras y la viscosidad del piso eran malos puntos de apoyo, así para la mano, como para el pie.

Tropezaba en el fiemo de la ciudad.

Los intermitentes reflejos de los respiraderos no aparecían sino á larguísimos intervalos, y tan débiles, que el sol en su mayor fuerza semejaba la claridad de la luna.

Lo demás era niebla, miasma, obscuridad, negrura.

Juan Valjean tenía hambre y sed; sed sobre todo; pero como en el mar, había allí mucha agua de la que no se podía beber. Su fuerza, prodigiosa, como ya sabemos, y muy poco debilitada por la edad, gracias á una vida casta y sobria, empezaba, sin embargo, á abandonarle. Sobreveníale la fatiga, y á medida que perdía vigor aumentábase el peso de la carga. Mario, muerto quizá, pesaba como pesan los cuerpos inertes.

Juan Valjean le sostenía de manera que el pecho no se le oprimiese del todo ó que la respiración pudiese pasar lo mejor posible. Sentía deslizársele las ratas rápidamente por entre las piernas. Una se asustó hasta el extremo de querer morderle.

De cuando en cuando llegaban hasta él ráfagas de aire fresco procedentes de las bocas de la alcantarilla, que le reanimaban.

Podrían ser como las tres de la tarde cuando entró en la cloaca de circunvalación.

Al principio le sorprendió aquel ensanchamiento repentino. Encontróse de súbito en una galería, cuyas paredes no alcanzaba tocar con los brazos abiertos, y bajo una bóveda mucho más alta que él.

La Gran Cloaca tiene efectivamente ocho pies de ancho por siete de alto.

En el punto en que la alcantarilla Montmartre se une con la Gran Cloaca, otras dos galerías subterráneas, la de la calle de Provence y la del Abattoir, forman una encrucijada. Entre estas cuatro vías, cualquiera menos sagaz hubiera vacilado. Juan Valjean eligió la más ancha; es decir, la alcantarilla de circunvalación.

Pero renovábase la duda entre subir ó bajar. Calculó que la situación era apurada, y que necesitaba á todo trance llegar al Sena, ó lo que era lo mismo, bajar. Torció, pues, á la izquierda.

Acertó pues atinadamente; porque hubiera sido un error imaginar que la alcantarilla de circunvalación tuviese dos salidas, una hacia Bercy y otra hacia Passy. Como lo indica su nombre, es la que circuye subterráneamente á París del lado de la orilla derecha.

La Gran Cloaca, que no es sino el antiguo arroyo Menilmontant, va á parar, subiendo á un callejón sin salida, esto es, al primitivo punto de partida, á su origen, al pie del cerrillo Menilmontant.

No se comunica directamente con el ramal que recoge las aguas de París en el barrio de Popincourt, y que desemboca en el Sena por la alcantarilla Amelot, por encima de la antigua isla de Louviers.

Este ramal, que completa el albañal colector, se halla separado de él, bajo la misma calle de Menilmontant, por un paredón que indica el punto en que se dividen las aguas río abajo y río arriba.

Si Juan Valjean hubiese optado por subir, habría llegado, después de mil esfuerzos, aniquilado de fatiga, espirando en las tinieblas, á una pared; y habría estado perdido sin remedio.

En rigor, retrocediendo un poco, internándose en el pasillo de Filles-du Calvaire, á condición de no titubear en la pata de ganso subterránea de la encrucijada Boucherat; tomando por el corredor de San Luis, después á la izquierda, por el ramal de San Gil, y torciendo luego á la derecha, procurando evitar la galería de San Sebastián, hubiera podido llegar á la alcantarilla Amelot, y desde allí, no extraviándose en la especie de F que hay debajo de la Bastilla, salir al Sena junto al Arsenal. Pero para esto era indispensable conocer á fondo, en todas sus ramificaciones y aberturas, la enorme madrépora de las alcantarillas. Debemos, no obstante, repetirlo, él ignoraba la disposición de aquel horrible alcantarillado por donde caminaba; y si se le hubiese preguntado dónde se hallaba, habría respondido: en la noche.

Su instinto le servía perfectamente. Bajar era realmente la única salvación posible.

Dejó á la derecha los dos pasillos que se ramifican en figura de grifo bajo la calle Laffitte y la de San Jorge, y el largo corredor bifurcado de la Chaussée d'Antin.

No mucho más allá de un afluente, que era, al parecer, el ramal de la Magdalena, se detuvo. Estaba muy cansado. Un respiradero bastante ancho, probablemente el de la calle de Anjou, daba una luz casi viva. Juan Valjean, con la suavidad de movimientos que pondría un hermano tratándose de un hermano herido, dejó á Mario sobre el andén de la alcantarilla. El rostro ensangrentado de Mario apareció á la blanca luz del respiradero como en el fondo de una tumba.

Tenía los ojos cerrados, los cabellos pegados á las sienes como pinceles secos empapados de rojo, las manos caídas y muertas, los miembros fríos, la sangre coagulada al borde de los labios.

Se había formado un gran cuajarón de sangre pegado al lazo de la corbata; la camisa penetraba en las heridas, y el paño del traje rozaba por las aberturas en la carne viva.

Juan Valjean, separando con la punta de los dedos la ropa, le puso la mano en el pecho, y vió que aún latía el corazón.

Rasgó la camisa, vendó las heridas lo mejor que pudo y restañó la sangre que corría; luego, inclinándose sobre Mario, que continuaba sin conocimiento y casi sin respiración, le miró con cierto inexplicable odio.

Al desabrochar el vestido de Mario encontró en su bolsillo dos cosas; el pan que estaba allí olvidado desde la víspera, y su cartera. Comió el pan, y abrió la cartera. En la primera página vió las cuatro líneas escritas por Mario. Decían, como ya sabemos:

«Me llamo Mario Pontmercy. Que lleven mi cadáver á casa de mi abuelo, señor Guillenormand, calle de las hijas del Calvario, número 6, en el Marais».

Juan Valjean leyó á la luz del respiradero estas cuatro líneas, y permaneció un momento absorto en sí mismo, repitiendo á media voz: calle de las Hijas del Calvario, número 6, señor Guillenormand, y volvió á colocar la cartera en el bolsillo de Mario.

Había comido, y se sentía reanimado.

Cargóse otra vez á cuestas el cuerpo de Mario, apoyó cuidadosamente la cabeza en su hombro derecho, y continuó descendiendo por la alcantarilla.

La Gran Cloaca encaminada al lecho inferior del valle de Menilmontant, tiene cerca de dos leguas de largo y está embaldosada en la mayor parte del trayecto.

La luz de la denominación de las calles de París con que mostramos al lector el recorrido subterráneo de Juan Valjean, éste no la tenía. Ni sabía la zona de la ciudad que atravesaba ni la distancia que había andado. Solamente por la mayor palidez de los rayos de luz que de cuando en cuando encontraba, iba entendiendo que el sol se retiraba del empedrado y que el día no tardaría en declinar; y luego que siendo el ruido de los carruajes cada vez menos perceptible, llegando á cesar casi, dedujo que no estaba ya debajo del París central, y que se iba acercando á algún lugar solitario próximo á los boulevares exteriores ó á los últimos muelles.

Donde hay menos casas y menos calles, tiene la cloaca menos respiraderos. La obscuridad crecía pues alrededor de Juan Valjean; sin embargo no dejó de seguir adelante tanteando en la sombra.

Esta sombra trocóse inesperadamente en terrible.

V =La arena, como la mujer, tiene cierta finura pérfida=

Sintió luego que penetraba en el agua, y que tenía debajo de los pies, no baldosas, sino cieno.

Acontece á veces, en ciertas costas de Bretaña ó de Escocia, que un hombre, viajero ó pescador, caminando con la marea baja por el arenal, á cierta distancia de la orilla advierte de improviso que desde hace rato anda difícilmente.

La playa resulta bajo sus pies como resinosa; péganse á ella las suelas del calzado; no parece aquello arena, sino liga. La arena no presenta señales de humedad, y sin embargo, cada paso, en cuanto se ha levantado el pie, deja un hueco que se llena de agua. No obstante, la vista no ha notado cambio alguno. La inmensa playa aparece tranquila; el arenal conserva el mismo aspecto; nada distingue el suelo sólido del suelo no sólido; la alegre nubecilla de pulgones de mar continúa saltando tumultuosamente sobre los pies del caminante. El hombre sigue su marcha siempre hacia delante pisando con fuerza y logrando acercarse á la costa. No está inquieto. ¿Por qué ha de estarlo? Sólo siente como si la pesadez de sus pies se aumentare á cada uno de sus pasos.

De repente se hunde; se hunde dos ó tres pulgadas.

Es de seguro que no va por el buen camino. Se detiene para orientarse.

Mira á sus pies; los pies han desaparecido bajo la arena; los saca y procura retroceder. Vuelve atrás, y se hunde más aún. La arena le llega á los tobillos. Con un esfuerzo se arranca de allí y se dirige á la izquierda; la arena le llega á media pierna. Con otro esfuerzo se dirige á la derecha; la arena le alcanza las corvas.

Entonces conoce con indecible terror que se encuentra en un arenal movedizo, centro espantoso donde no puede caminar el hombre ni andar el pez. Si lleva alguna carga la arroja, como el buque cuando le acosa la tormenta. Pero ya no es tiempo; la arena le cubre las rodillas.

Llama, agita el sombrero ó el pañuelo; la arena sube y sube más.

Si está la playa desierta, si la tierra se halla demasiado distante, si el banco de arena con su mala fama aleja á los transeúntes, si no hay héroes en los alrededores, no tiene remedio, queda condenado al hundimiento.

Vese condenado vivo á ese espantoso enterramiento, largo, infalible, implacable, imposible de retardar ni de apresurar, que dura algunas horas, que no acaba; que le coge de pie, libre, en completa salud, y tira de él hacia abajo; que á cada esfuerzo que hace, á cada grito que lanza, le atrae un poco más; que parece castigar su resistencia aumentando la presión; que le introduce lentamente en la tierra, dejándole tiempo bastante para ir viendo el horizonte, los árboles, la verde campiña, el humo de las aldeas en la llanura, las velas de los buques en el mar, los pájaros que vuelan y que cantan el sol y el cielo.

Este deslizamiento es el sepulcro convertido en marea, que va subiendo desde el fondo de la tierra hacia un ser vivo. Cada minuto es un enterramiento inexorable.

El desventurado trata de sentarse, de echarse, de arrastrarse, y estos variados movimientos contribuyen á enterrarle más y más.

Se incorpora y se hunde; se siente engullir. Grita, implora, retuerce los brazos ansiosamente, se desespera...

La arena le llega al vientre; poco después al pecho, y luego no es ya más que un busto.

Levanta las manos, lanza gemidos de terror, clava las uñas en el suelo como para asirse de aquella ceniza, se apoya en los codos, queriendo librarse de aquel estuche resbaladizo, llora y suspira frenéticamente; la arena continúa subiendo.

La arena le llega hasta los hombros, le alcanza al pescuezo; ya no se ve más que una cabeza. La boca grita, la arena la llena: viene el silencio.

Aún miran los ojos, la arena los ciega; llegó la noche.

Después la frente va decreciendo; una mota de cabello se estremece sobre la arena; sale una mano, escarba la superficie del suelo, se agita y desaparece. Siniestro desvanecimiento de un hombre.

Á veces el jinete se hunde con el caballo, ó el carretero con su vehículo, todo zozobra bajo la arena.

Es el naufragio fuera de las aguas; es la tierra ahogando al hombre.

La tierra penetrada por el océano se convierte en trampa. Ofrécese á la vista como una llanura, y se abre como la ola. El abismo tiene estas traiciones.

Esa fúnebre aventura, siempre posible en tal ó cual playa del mar, éralo también, hace treinta años, en las alcantarillas de París.

Antes de los importantes trabajos comenzados en 1833, el desagüe subterráneo de París estaba expuesto á hundimientos repentinos.

Infiltrábase el agua en ciertos terrenos subyacentes particularmente deleznables; el fondo, fuese ya embaldosado, como en las alcantarillas antiguas, ó de cal hidráulica sobre hormigón como en las galerías modernas, careciendo de punto de apoyo, cedía; y en un piso de esta clase ceder es rajarse, es hundirse.

El solado desaparecía en cierta extensión. La grieta que se abría boca de un abismo de cieno, tenía en el lenguaje técnico el nombre de hundidero.

¿Qué viene á ser un hundidero? Es la arena movediza de las orillas del mar, que se encuentra de repente debajo de la tierra; es el arenal del monte de San Miguel en una alcantarilla.

El suelo humedecido está como en fusión; todas sus moléculas se hallan suspendidas en un medio blando, que ni es tierra ni es agua. La profundidad suele ser muy grande, y nada hay más terrible que semejante encuentro. Si el agua domina, la muerte es rápida, á causa de la inmersión; si domina la tierra, la muerte es lenta, verificándose por hundimiento.

Figurémonos el horror de semejante muerte.

Si es espantoso desaparecer en la arena del mar, ¿qué ha de ser la desaparición en la cloaca?

En lugar del aire libre, de la luz del día, del brillante horizonte, del ruido de esas nubes que esparcen la vida, de esos barcos que se ven de lejos, de la esperanza bajo todas las formas; de los transeúntes probables, del socorro posible hasta el postrer minuto; en lugar de todo eso, la sordera, la ceguedad, una bóveda negra, un interior de fosa abierta, la muerte en el fango bajo una tapadera, la asfixia lenta por las emanaciones de la podredumbre, una caja de piedra donde esta asfixia abre su garra en el cieno y nos coge por la garganta; la fetidez mezclada al estertor; el légano en vez de la arena; el hidrógeno sulfurado en vez del huracán; la basura en vez del océano.

¡Y el tormento de llamar, de rechinar los dientes, de retorcerse, de agitarse, de agonizar teniendo esa enorme ciudad, que nada sabe, sobre nuestra cabeza!

¡No cabe explicación posible del horror de semejante muerte!

La muerte encuentra á veces la compensación de sus atrocidades en cierta indignidad terrible. Se puede ser grande en la hoguera y en el naufragio; es posible una actitud sublime, así en medio de las llamas, como entre las olas. Cabe transfiguración en el abismarse. Aquí no. Aquí la muerte es sucia. Humillante espirar. Las supremas visiones flotantes son abyectas. El lodo es sinónimo de vergüenza. Es raquítico, infame y feo.

Morir en un tonel de malvasía, como Clarence, pase; pero morir en la fosa del pocero, como Escoubleau es horrible.

Debatirse en el cieno es asqueroso. Al par que se agoniza, se chapotea.

Hay tinieblas bastantes para que sea aquello el infierno, y fango de sobra para que no sea más que un lodazal; de suerte que aquel moribundo no sabe si va á convertirse en espectro ó en sapo. Siempre es el sepulcro siniestro, pero en este caso resulta disforme.

La profundidad de los hundideros variaba, como también su longitud y densidad, en razón de la mejor ó peor calidad del terreno. Ora tenía tres ó cuatro pies de profundidad, ora ocho ó diez, ora no se encontraba el fondo. Unas veces el fango era casi sólido, otras casi líquido.

En el hundidero de Lunière, un hombre hubiera tardado un día en desaparecer, mientras que hubiera sido absorbido en cinco minutos en el lodazal de Phelippeaux.

El fango sostiene más ó menos, según es más ó menos denso.

Un niño se salva donde un hombre se pierde.

La primera ley de salvación es despojarse de toda clase de carga. El pocero que sentía ceder el suelo bajo sus pies, arrojaba el saco con las herramientas del oficio, ó la banasta ó el cubo.

Los hundideros provenían de diferentes causas: congelamiento del suelo; algún derrumbamiento á una profundidad fuera del alcance del hombre; los violentos chaparrones del verano; la lluvia incesante del invierno; las lloviznas menudas y continuadas.

Á veces el peso de las casas vecinas en un terreno margoso ó arenoso hacía inclinar las bóvedas de las galerías subterráneas; ó sucedía que el embaldosado estallaba y se abría bajo aquel empuje terrible. De este modo, el asiento del Panteón destruyó, hace un siglo, parte de las cuevas de la montaña de Santa Genoveva.

Cuando se hundía una alcantarilla bajo la presión de las casas, el desorden, en ciertas ocasiones, se manifestaba arriba, en la calle, por una especie de grietas, como dientes de sierra, entre los adoquines, que formaban una línea serpentina en toda la longitud de bóveda hundida, y entonces, como el daño era visible, podía aplicársele pronto remedio. Acontecía también con frecuencia que el destrozo interior no se revelaba por ninguna grieta exterior. En ese caso, ¡pobres poceros! Entrando sin precaución en la alcantarilla hundida, estaban expuestos á abismarse. Los antiguos registros hacen mención de varios poceros sepultados por esta causa, y hasta citan los nombres de las víctimas; entre otros, el de uno que se perdió en el hundimiento debajo del ramal de la calle Careme-Prénant, llamado Blas Pontrain, hermano de Nicolás Pontrain, el último sepulturero del cementerio conocido por el Osario de los Inocentes, en 1785, época en que este cementerio desapareció.

Algo parecido le sucedió al joven y elegante vizconde de Escoubleau, de quien ya hemos hablado, que fué uno de los héroes del sitio de Lérida, donde se dió el asalto con medias de seda y una vanguardia de músicos tocando violines. Escoubleau, sorprendido una noche en casa de su prima, la duquesa de Sourdis, pereció ahogado por un hundimiento del albañal de Beautreillis, donde se había refugiado huyendo del duque.

La señora duquesa, cuando le dieron cuenta de esta muerte, pidió su frasco, y se olvidó de llorar á fuerza de respirar sales.

En casos semejantes, no hay amor que queme; la cloaca lo apaga.

Hero se niega á lavar el cadáver de Leandro. Tisbe se tapa las narices delante de Píramo, exclamando: ¡Puf!

VI =El hundidero=

Juan Valjean se encontró ante un hundidero.

Esta especie de hundimientos eran entonces muy frecuentes en el subsuelo de los Campos Elíseos, que se sometía con dificultad á los trabajos hidráulicos, y conservaba poco las construcciones subterráneas, por su excesiva fluidez. Esta fluidez deja atrás la inconsistencia misma de las pérfidas arenas del barrio de San Jorge, que han necesitado un afirmado de hormigón, y de las capas gredosas infectadas de gas del barrio de los Mártires, tan líquidas, que no ha podido practicarse el paso por debajo de la galería de los Mártires, sino por medio de un tubo de hierro colado.

Cuando en 1836 se demolió en el arrabal de San Honorato, para volverla á construir, la antigua alcantarilla de piedra, donde ahora encontramos á Juan Valjean, la arena movediza que constituye el subsuelo de los Campos Elíseos hasta el Sena, fué un obstáculo tal, que hizo durar la obra cerca de seis meses, con gran escándalo de los ribereños, sobre todo de los ribereños de palacios y carrozas.

Los trabajos, sobre ser difíciles, fueron peligrosos, si bien es verdad que hubo cuatro meses y medio de lluvia y tres crecidas del Sena.

El hundidero que encontró Juan Valjean provenía del chaparrón de la víspera.

El empedrado, mal sostenido por la arena subyacente, había flaqueado, produciendo un estancamiento de agua.

Siguióse la filtración y luego el derrumbamiento.

El solado desunido se había sumergido en el cieno. ¿Hasta qué extensión? se ignoraba.

En aquel punto la obscuridad era más espesa que en las demás partes. Era un agujero de lodo en una caverna de noche.

Juan Valjean sintió que el embaldosado desaparecía bajo sus pies, y penetró en el fango. Agua en la superficie, légamo en el fondo.

Era preciso pasar, pues que retroceder era imposible.

Mario estaba expirante, y Juan Valjean extenuado ya y sin aliento.

Por otra parte, ¿adónde había de ir?

Juan Valjean siguió adelante; creyendo sobre todo que era el hundidero poco profundo.

Pero á medida que avanzaba, sus pies se iban hundiendo. Pronto el cieno le llegó á media pierna, y el agua sobre las rodillas. Caminaba, no obstante, sosteniendo con los brazos levantados á Mario, lo más que podía, sobre el agua.

El cieno le pasaba ya de las corvas y el agua de la cintura. Imposible volver atrás. Hundíase á cada paso más, y aquel fango, bastante denso para el peso de un hombre, no podía sostener el de dos. Trabajo les hubiera costado á Mario y á Juan Valjean salir de allí andando separados.

Juan Valjean continuó avanzando con aquel moribundo, que quizá era ya un muerto.

El agua le llegaba á los sobacos. Conocía que iba á zozobrar, y apenas podía moverse en la profundidad de cieno en que se hallaba. La densidad, que era el sostén, era al propio tiempo el obstáculo.

Tenía levantado siempre á Mario sobre el agua, y con esfuerzos inauditos seguía adelante; pero no sin sumergirse más, hasta no quedarle visibles sino la cabeza y los brazos levantando á Mario.

En las antiguas pinturas del diluvio se ve á una madre haciendo otro tanto con su hijo.

Hundióse aún más, y para poder respirar, volvía la cara hacia atrás.

Quien le hubiese visto en aquella obscuridad, habría creído ver una máscara flotante en la sombra.

Divisaba vagamente por encima de él la cabeza colgante y el rostro lívido de Mario. Hizo un esfuerzo desesperado y adelantó un pie. El pie tropezó en una cosa sólida; era un punto de apoyo. Ya era tiempo.

Afirmóse é irguióse con cierta furia en aquel punto de apoyo, lo cual le produjo el efecto del primer peldaño de una escalera para subir nuevamente á la vida.

Aquel punto de apoyo que halló en el fango en el momento supremo, era el principio de la otra vertiente del solado, que había cedido sin romperse, encorvándose debajo del agua como una tabla de una sola pieza.

Los embaldosados bien construidos son abovedados y presentan esta clase de resistencia. Aquel fragmento del solado, en parte sumergido, pero sólido, era una verdadera rampa; y una vez alcanzada, se estaba á salvo.

Juan Valjean subió por aquel plano inclinado, y pronto estuvo al otro lado del hundidero.

Al salir del agua tropezó en una piedra, y cayó de rodillas. Parecióle muy justo, y permaneció allí algún tiempo, con el alma abismada hablando á Dios.

Levantóse tiritando, helado, infecto, doblándose bajo el peso del moribundo que llevaba, chorreando cieno, y con el alma inundada por una luz extraña.

VII =Á veces se encalla donde se cree desembarcar=

Emprendió su camino otra vez aún.

Por lo demás, si bien no dejó la vida en el hundidero, parecía haber dejado las fuerzas. Habíale aniquilado aquel supremo esfuerzo; y era tal su fatiga, que á cada tres ó cuatro pasos tenía que recobrar aliento y apoyarse en la pared.

Tuvo una vez necesidad de sentarse en el andén para cambiar de posición á Mario, y creyó no volver á levantarse.

Pero si el vigor había muerto en él, no así la energía, y se levantó.

Caminó desesperadamente, casi de prisa; anduvo de este modo unos cien pasos, sin alzar la cabeza, sin respirar apenas, cuando, de súbito, tropezó en la pared.

Había llegado á uno de los ángulos de la alcantarilla con la cabeza baja, y de ahí el choque. Abrió los ojos, y en la extremidad del subterráneo, delante de él, lejos, muy lejos, percibió la luz. No era esta vez la claridad terrible, sino una claridad purísima. Era la luz del día.

Juan Valjean veía la salida.

El alma de un condenado que en medio de las llamas divisase de repente la salida del infierno, experimentaría lo que experimentó Juan Valjean. Volaría desatinadamente con sus quemadas alas hacia la radiante puerta.

Juan Valjean no sintió ya fatiga, no sintió ya el peso de Mario; recobró sus piernas de acero, y se puso á correr mejor que á caminar. Á medida que se aproximaba distinguía mejor la salida.

Era un arco abovedado, más bajo que la bóveda, la cual por grados iba decreciendo, y menos ancho que la galería, que iba estrechándose al par que la bóveda bajaba. El túnel terminaba en forma de embudo; término vicioso, imitado de los calabozos de las cárceles, lógico en un penal, ilógico en una cloaca, y por esto tal vez se ha corregido.

Juan Valjean llegó á la salida.

Allí se detuvo.

Era, en efecto, una salida, pero no se podía salir.

Estaba cerrado el arco con una fuerte reja, y la reja que, al parecer, giraba muy pocas veces sobre sus oxidados goznes, estaba sujetada al dintel de piedra por una gruesa cerradura, rojiza de orín, que parecía un enorme ladrillo. Veíase el ojo de la llave, y el macizo pestillo profundamente encajado en la chapa de hierro. La cerradura era de doble vuelta, de la forma de las de las Bastillas, tan en uso en el París antiguo.

Al otro lado de la raja, el aire libre, el río, el día, el ribazo muy estrecho, pero suficiente para marcharse; los muelles lejanos, París, ese gran abismo donde es tan fácil esconderse; el vasto horizonte, la libertad. Á la derecha, río abajo, se distinguía el puente de Jena, y á la izquierda, río arriba, el puente de los Inválidos. El sitio hubiera sido á propósito para esperar la noche y evadirse. Era uno de los puntos más solitarios de París; el ribazo que da frente al Gros Caillou.

Las moscas entraban y salían al través de los barrotes de la verja.

Serían como las ocho y media de la tarde. El día iba desapareciendo.

Juan Valjean colocó á Mario junto á la pared, en la parte seca del embaldosado; después se dirigió á la reja, y cogió con sus dos manos crispadas los barrotes.

El sacudimiento fué frenético, la conmoción nula. La reja no se movió. Juan Valjean fué probando los barrotes uno después de otro, por ver si podía arrancar el menos sólido, y convertirle en palanca para levantar la puerta ó para romper la cerradura. Ninguno cedió.

Los dientes del tigre dentro de sus alvéolos no tienen mayor solidez. Ni palanca, ni fuerza alguna para aquel obstáculo invencible. No había medio de abrir la puerta.

¿Debía, pues acabar todo allí? ¿Qué hacer? ¿Qué partido tomar?

Para retroceder, y desandar el horrible camino recorrido, no se sentía con fuerzas suficientes. Por otra parte, ¿cómo atravesar de nuevo aquel lodazal de donde había salido por milagro? Y después del lodazal, ¿no estaba allí la ronda de policía de la cual no era fácil escaparse dos veces?

¿Dónde ir, pues? ¿Qué dirección tomar?

Seguir la pendiente, no era alcanzar el fin. Aunque se encontrase otra salida, ¿no había de estar también cerrada con reja ó tapón?

Todas las salidas se hallaban indudablemente cerradas como aquélla. La casualidad había hecho desencajar la reja por donde había entrado; pero era evidente que todas las demás bocas de la alcantarilla estarían cerradas.

Sólo había logrado evadirse, para caer en un gran calabozo.

Todo había acabado. Cuanto había hecho Juan Valjean resultaba inútil.

La fatiga produciendo el aborto.

Estaban ambos cogidos en las sombrías é inmensas redes de la muerte, y Juan Valjean sentía correr por sus negros hilos, estremeciéndose en las tinieblas, á la espantosa araña.

Volvióse de espaldas á la reja, se dejó caer en el suelo junto á Mario, que continuaba inmóvil, y hundió la cabeza entre ambas rodillas. No había salida. Era la última gota del cáliz de la angustia.

¿En qué pensaba durante aquel profundo abatimiento?

Ni en él, ni en Mario. Pensaba en Cosette.

VIII =El jirón de la levita=

En medio de aquel anonadamiento, sintió una mano en el hombro y una voz que hablando por lo bajo decía:

--Parte para dos.

¿Quién podía ser entre aquellas sombras?

Nada se parece tanto al sueño como la desesperación, y Juan Valjean creyó estar soñando. No había oído pasos. ¿Era aquello posible? Levantó los ojos.

Había un hombre delante de él.

Este hombre vestía blusa é iba descalzo; llevaba los zapatos en la mano izquierda; sin duda se los había quitado para llegar hasta Juan Valjean sin ser oído.

Juan Valjean no vaciló un momento. Á pesar de cogerle tan de improviso, conoció al hombre. Era Thénardier.

Aunque despertando, digámoslo así, sobresaltado, Juan Valjean, acostumbrado á vivir alerta y práctico en los golpes imprevistos que conviene parar pronto, recobró enseguida toda su presencia de ánimo. Además, la situación no podía empeorar, pues hay desastres que no pueden acrecentarse, y ni el mismo Thénardier era capaz de ennegrecer aquella tenebrosa noche.

Hubo un momento de tregua.

Thénardier, levantando la mano derecha á la altura de la frente en forma de pantalla, frunció las cejas y achicó los ojos, lo cual acompañado de una contracción de labios, caracterizaba la atención sagaz de un hombre que quiere reconocer á otro. No lo consiguió sin embargo.

Como antes hemos dicho, Juan Valjean se volvía de espaldas á la luz, y estaba además tan desfigurado é iba tan lleno de fango y de sangre, que ni aún en medio de la luz del día le hubiera reconocido nadie.

Al contrario, Thénardier, que, alumbrado el rostro por la luz de la reja, lívida, es verdad, pero clara en su lividez, saltó, como dice la enérgica metáfora vulgar, desde luego á los ojos de Juan Valjean. Esta desigualdad de situación bastaba para dar alguna ventaja á Juan Valjean en el misterioso duelo que iba á empeñarse. El encuentro se realizaba entre Juan Valjean disfrazado y Thénardier sin máscara.

Juan Valjean advirtió inmediatamente que Thénardier no le conocía.

Se consideraron un momento en la penumbra, y como si trataran de medirse. Thénardier fué el primero en romper el silencio.

--¿Cómo te las vas á componer para salir?

Juan Valjean no respondió.

Thénardier continuó:

--Es imposible forzar la puerta, y es preciso, sin embargo, que salgas de aquí.

--Ciertamente,--dijo Juan Valjean.

--Pues bien; parte para entrambos.

--¿Qué quieres decir?

Tú has matado á ese hombre; bien. Pero yo tengo la llave.

Thénardier indicaba con el dedo á Mario, y prosiguió:

--No te conozco, pero quiero ayudarte. Debes ser un camarada.

Juan Valjean empezó á comprender. Thénardier le tomaba por un asesino.

Thénardier repuso:

--Oye, buen amigo, no habrás matado á ese hombre sin mirar lo que llevaba en los bolsillos. Dame la mitad, y te abro la puerta, proporcionándote cómo deshacerte del muerto.

Dejando asomar entonces una enorme llave por debajo de su blusa hecha jirones, añadió:

--¿Quieres ver cómo se porta la llave del campo? Pues míralo.

Juan Valjean «se quedó tonto», según el dicho de Corneille, hasta el punto de dudar de la realidad de lo que veía.

Era la Providencia con formas horribles; era el ángel bueno que surgía de la tierra en la persona de Thénardier.

Thénardier metió la mano en un gran bolsillo que llevaba oculto bajo la blusa, sacó una cuerda y la alargó á Juan Valjean, diciéndole:

--Toma, te doy además la cuerda que te hace falta.

--¿Y para qué esta cuerda?

--Necesitas también una piedra; pero afuera la hallarás. Junto á la reja las hay de sobra en un montón.

--¿Y para qué la piedra?

--Imbécil, puesto que vas á arrojar el cadáver al río, si no le atas una piedra al cuello, va á flotar sobre el agua.

Juan Valjean tomó maquinalmente la cuerda. No hay quién no tenga de estas aceptaciones maquinales.

Thénardier hizo castañetear sus dedos, como si le hubiese asaltado de repente una idea.

--Pero, camarada, ¿cómo has podido salir del lodazal? Yo no me he atrevido con él. ¡Puf! ¡Y cómo hueles!

Después de una pausa añadió:

--Te estoy haciendo preguntas, y haces tú muy bien en no contestarme. Es un ensayo para cuando comparezcas ante el juez, que es por cierto un cuarto de hora bien poco gracioso. Además de que, quien calla no dice nada. ¡Bah! Porque no vea tu cara ni conozca tu nombre, no te figures que ignoro lo que eres y lo que quieres. Lo sé. Le has estropeado un lado á ese mozo, y ahora desearías ocultarle en algún sitio. Te hace falta el río, que es el gran escóndelo todo. Voy á sacarte del apuro. Me gusta ayudar á la gente lista.

Al mismo tiempo de aprobar el silencio de Juan Valjean, trataba visiblemente de hacer que hablase. Empujóle en el hombro, para poder examinarle de perfil; y sin salir del tono bajo en que se mantenía en su voz, díjole:

--Ahora que me acuerdo; eres un tonto. ¿Por qué no arrojaste á ese hombre en el lodazal?

Juan Valjean guardó silencio.

Thénardier, alzando hasta la nuez de la garganta el harapo que le servía de corbata, gesto que completa el aire de importancia de un hombre de peso, continuó:

--Bien puede ser que obrases cuerdamente, porque mañana los trabajadores, al venir á tapar el hueco, habrían tropezado con el cadáver, y de hilo en hilo, hebra por hebra, quizá se hubiera llegado hasta ti. Alguien ha entrado en la alcantarilla... ¿Quién? ¿Por dónde ha salido?... ¿Le han visto salir?...

La policía es muy ingeniosa. La alcantarilla es traidora y denuncia. Semejante hallazgo es una rareza, y llama la atención; pocas gentes se valen de la cloaca para sus negocios, mientras que el río es de todos. El río es la verdadera sepultura. Al cabo de un mes se pesca al hombre en las redes de Saint Cloud. ¡Y bien! ¿Qué importa? Un cuerpo muerto medio deshecho. ¡Vaya en gracia! ¿Quién le mató? París. Ni siquiera se da parte á la justicia. Has hecho muy bien.

Cuanto mayor era la locuacidad de Thénardier, más mudo se iba quedando Juan Valjean.

Thénardier le sacudió de nuevo sobre el hombro.

--Terminemos nuestro asunto. Partamos. Has visto mi llave; muéstrame tu dinero.

Thénardier aparecía huraño, fosco, mirado siniestramente algo amenazador; pero el tono era pacífico.

Notábase una cosa extraña. Los modales de Thénardier no tenían nada de sencillos. Estaba como violento. Aunque sin afectar misterio, hablaba bajo, y de vez en cuando ponía el dedo en la boca murmurando: ¡chist!

No era fácil adivinar la causa.

Allí no había nadie más que ellos dos solos, y Juan Valjean supuso que habían otros bandidos ocultos en algún rincón no lejano, y que Thénardier no tenía intención de partir con ellos.

--Acabemos,--repitió Thénardier.--¿Cuánto tenía ese mozo en la faltriquera?

Juan Valjean metió la mano en la suya.

Recuérdese que su costumbre era llevar siempre dinero consigo. Así se lo exigía la vida de azares imprevistos á que se veía condenado.

Esta vez, sin embargo, le cogió casi completamente desprevenido. Al ponerse la noche anterior el uniforme de guardia nacional, se había olvidado, abrumado como estaba de pensamientos lúgubres, de llevar la cartera. Sólo tenía algunas monedas en el bolsillo del chaleco. Volvióle del revés, empapado como estaba de fango, y vació en el solado de la banqueta un luis de oro, dos monedas de cinco francos y diez ó doce sueldos.

Thénardier alargó el labio inferior, y torció el cuello en ademán significativo.

--Le has matado por bien poco,--dijo.

Y se puso á tentar con toda familiaridad los bolsillos de Juan Valjean y los bolsillos de Mario.

Atento Juan Valjean principalmente á que no le diese la luz en el rostro se dejó registrar.

Al propio tiempo de andar Thénardier en el bolsillo de Mario, con la destreza de un escamoteador, halló medio de arrancar, sin que Juan Valjean lo notase, un jirón, y ocultarle debajo de su blusa, calculando, sin duda, que podría servirle algún día para conocer al hombre asesinado y al asesino.

En cuanto á dinero, no encontró nada más que los treinta francos.

--Es verdad,--dijo,--uno con otro no tienen más que eso.

Y olvidando su palabra de parte para dos, lo tomó todo.

Vaciló algo al llegar á los sueldos; pero después de reflexionar, los confió también, murmurando:

--¡No importa! Sería despacharles muy barato.

Enseguida sacó otra vez la llave.

--Ahora, amigo mío, es menester que te vayas. Aquí es como en la feria, se paga á la salida. Ya has pagado; sal.

Y se echó á reir.

Al proporcionar así á un desconocido el auxilio de aquella llave, y al abrir á otro que él aquella reja, ¿le guiaba la intención pura y desinteresada de salvar á un asesino? Seános permitido dudarlo.

Thénardier ayudó á Juan Valjean á cargar de nuevo con Mario, y luego se dirigió de puntillas á la reja, haciendo señas á Valjean que le siguiese. Miró hacia fuera, púsose el dedo en la boca, y permaneció algunos segundos como observando.

Satisfecha al parecer su curiosidad, metió la llave en la cerradura. El pestillo se deslizó y la puerta giró entre sus goznes sin producir chirrido ni otro ruido alguno. La operación se hizo muy lentamente.

Era evidente que la reja y los goznes, untados con aceite, se abrían más á menudo de lo que podía suponerse. Era ésta una suavidad siniestra, en la que se adivinaban idas y venidas furtivas, entradas y salidas silenciosas de hombres nocturnos, y los pasos de lobo del crimen.

La alcantarilla estaba indudablemente en relaciones de complicidad con alguna banda misteriosa. Aquella reja taciturna era una encubridora.

Thénardier entreabrió la puerta lo suficiente para que saliese Juan Valjean, volvió á cerrar, dió dos vueltas á la llave en la cerradura, y se sumergió otra vez en la obscuridad, sin hacer más ruido que un soplo.

Parecía andar con las patas aterciopeladas del tigre.

Poco después, aquella providencia de tan mala traza, había desaparecido en lo invisible.

Juan Valjean se encontraba fuera.

IX =Mario produce el efecto de un cadáver á alguien que lo entiende=

Dejó deslizar á Mario por el ribazo.

¡Estaban fuera!

Los miasmas, la obscuridad y el horror quedaban detrás de ellos; inundábalos á la sazón el aire libre, puro, lleno de vida, impregnado de alegría y respirable. Rodeábales el silencio; pero era el apacible silencio del sol oculto de bajo el azulado horizonte. El crepúsculo iba desapareciendo, porque venía á toda prisa la noche libertadora y amiga de cuantos necesitan de un manto de sombra para salir de sus angustias.

El cielo se ofrecía por todas partes como un consuelo inmenso.

El río llegaba hasta los pies de Juan Valjean como el blanco susurro de un beso. Oíase el diálogo aéreo de los nidos que se daban las buenas noches en los olmos de los Campos Elíseos. Algunas estrellas, salpicando débilmente el pálido azul del zenit, y visibles sólo á la meditación, formaban aquí y allá en la inmensidad breves é imperceptibles resplandores. La noche desplegaba sobre la cabeza de Juan Valjean todas las dulzuras del infinito.

Era la hora indecisa y delicada, que no dice nunca sí ni no. Había ya bastante obscuridad para poder eclipsarse á cierta distancia, y bastante luz aún para conocer de cerca.

Por espacio de algunos segundos se sintió Juan Valjean vencido irresistiblemente por aquel conjunto de serenidad augusta y halagüeña. Existen indudablemente minutos de olvido en que el sufrimiento cesa de oprimir al miserable; en que todo se abisma en la idea; en que la paz, cual si fuese la noche, envuelve al pensador, y bajo el crepúsculo que irradia, y á imitación del cielo que se ilumina, el alma se llena de estrellas.

Juan Valjean no pudo dejar de contemplar la sombra inmensa y vaga, que por encima de él se extendía; y pensativo, tomaba entre el majestuoso silencio del eterno cielo un tinte de éxtasis y de oración. Después, vivamente, como si el sentimiento del deber le asaltase, se inclinó hacia Mario, y cogiendo agua en el hueco de la mano, le roció suavemente el rostro con algunas gotas. Los párpados de Mario no se movieron; sin embargo, su boca entreabierta respiraba.

Juan Valjean iba á introducir de nuevo la mano en el río, cuando de improviso sintió esa especie de embarazo que se siente al tener detrás de nosotros alguien á quien no vemos.

En otra parte hemos indicado ya esa impresión conocida por todo el mundo.

Se volvió.

Como hacía poco, había también, en efecto, alguien detrás de él.

Era un hombre de elevada estatura, y como envuelto en un levitón largo, y cruzado de brazos, llevando en la mano derecha un rompecabezas del que se veía el puño de plomo. Estaba de pie, á poca distancia del grupo que formaban Juan Valjean y Mario.

[Ilustración: --Inspector Javert--dijo Juan Valjean--, os pertenezco]

Con el auxilio de las sombras venía á ser una especie de aparición. Un hombre sencillo se hubiera asustado á causa del crepúsculo, y un hombre reflexivo á causa de su rompecabezas.

Juan Valjean reconoció á Javert.

El lector habrá adivinado, sin duda, que el perseguidor de Thénardier no era otro que Javert.

Javert, después de su inesperada salida de la barricada, se dirigió á la prefectura de policía, dió cuenta verbalmente de todo al prefecto en persona, y continuó luego su servicio, que implicaba, según aquella nota que se le encontró, cierta inspección del ribazo de la orilla derecha en los Campos Elíseos, la cual hacía tiempo que llamaba la atención de la policía.

Allí había aparecido Thénardier y le había seguido. Ya se sabe lo demás.

Compréndese también que aquella reja tan obsequiosamente abierta á Juan Valjean, era una habilidad de Thénardier. Thénardier sentía siempre allí á Javert; el hombre espiado tiene un olfato que no le engaña. Era preciso arrojar algo que roer á aquel sabueso.

Un asesino, ¡qué buen hallazgo! No convenía desperdiciar tanta fortuna.

Thénardier, haciendo salir en su lugar á Juan Valjean, proporcionaba una presa á la policía, que así desistiría de perseguirle, y le olvidaría ante un asunto de mayor urgencia; recompensaba á Javert de su espera, lo que lisonjea siempre á un espía; ganaba treinta francos, y se prometía entre tanto un fácil escape para él, mediante aquella diversión.

Juan Valjean había pasado de un escollo á otro.

Aquellos dos encuentros seguidos, cayendo de Thénardier á Javert, eran en verdad duros.

Javert no conoció á Juan Valjean, quien como hemos dicho, no se parecía á sí mismo.

Sin separar los brazos, aseguró mejor el rompecabezas en su puño con movimiento imperceptible, y dijo con acento seco y tranquilo:

--¿Quién sois?

--Yo.

--¿Quién es... yo?

--Juan Valjean.

Javert se puso el rompecabezas entre los dientes, dobló las corvas, inclinó el cuerpo, apretó sobre los hombros de Juan Valjean sus dos robustas manos que se encajaron allí como dos tornillos, examinóle, y le reconoció.

Casi se tocaban sus rostros.

La mirada de Javert era terrible.

Juan Valjean permanecía inerte bajo la presión de Javert, como un león que tolerase la garra de un lince.

--Inspector Javert,--le dijo,--os pertenezco. Además desde esta mañana me juzgo vuestro prisionero. No os he dado las señas de mi casa para tratar luego de evadirme. Apoderaos de mi persona. Sólo os pido una cosa.

Javert parecía no oir; tenía clavadas sus pupilas en Juan Valjean.

Su barba fruncida empujaba los labios hacia la nariz, prueba de meditación feroz. Por último, soltó á Juan Valjean, irguióse de repente, cogió de nuevo su rompecabezas, y como en sueños, murmuró más bien que pronunció esta pregunta:

--¿Qué hacéis ahí? ¿Quién es ese hombre?

Continuaba sin tutear á Juan Valjean.

Juan Valjean contestó, y el sonido de su voz pareció despertar á Javert.

--De él quería precisamente hablaros. Disponed de mí como os plazca; pero antes ayudadme á llevarle á su casa. No os pido otra cosa.

El rostro de Javert se contrajo, como le sucedía siempre que alguien parecía creerle capaz de alguna concesión. Sin embargo, no dijo que no.

Inclinóse de nuevo, sacó del bolsillo un pañuelo, que humedeció en el agua, y limpió la frente ensangrentada de Mario.

--Este hombre estaba en la barricada,--dijo á media voz y como hablando consigo mismo.--Es el que designaban con el nombre de Mario.

Conocíase en esto al espía por excelencia, que lo había observado, oído, entendido y recogido todo, creyendo morir; que espiaba hasta en la agonía, y que, con el pie en la primera grada del sepulcro, había tomado notas.

Cogió la mano da Mario y buscó el pulso.

--Es un herido,--dijo Juan Valjean.

--Es un muerto,--contestó Javert.

Juan Valjean respondió.

--Todavía no.

--¿Le habéis traído entonces aquí desde la barricada?--observó Javert.

Necesitábase que su preocupación fuese mucha para no insistir en aquella salvación sospechosa al través de la cloaca, ni advertir siquiera el silencio de Juan Valjean después de su pregunta.

Juan Valjean, por su parte, parecía no tener más que un solo pensamiento, y prosiguió:

--Vive en el Marais, calle de las Hijas del Calvario, en casa de su abuelo... No recuerdo el nombre.

Juan Valjean registró en la levita de Mario, sacó la cartera, la abrió en la página donde Mario había escrito con lápiz, y se la mostró á Javert.

Había aún en el espacio, bastante claridad flotante para que se pudiera leer; además de que los ojos de Javert poseían la fosforescencia felina de las aves nocturnas.

Y descifrando las pocas líneas escritas por Mario, dijo entre dientes: «Guillenormand, calle de las Hijas del Calvario, número 6».

Y luego gritó: ¡Cochero!

Recuérdese el carruaje de plaza que estaba esperando por si acaso.

Javert se guardó la cartera de Mario.

Un momento después, el carruaje, bajando por la rampa del abrevadero, estaba en el ribazo.

Mario fué colocado en el asiento del interior, y Javert y Juan Valjean ocuparon el delantero.

Cerrada ya la portezuela, alejóse el coche rápidamente, subiendo por los muelles en dirección á la Bastilla.

Dejaron los muelles y entraron en las calles. El cochero, silueta negra desde el pescante, arreaba á sus escuálidos caballos. Silencio glacial dentro del carruaje. Mario, inmóvil, con el torso del cuerpo apoyado en uno de los ángulos, la cabeza caída sobre el pecho, los brazos colgando y las piernas tiesas, parecía no aguardar otra cosa que el ataúd.

Hubiérase dicho que Juan Valjean estaba hecho de sombra y Javert de piedra; y en aquel tenebroso carruaje, cuya parte interior, cada vez que pasaba por delante de un farol, se teñía de cierta luz pálida como un relámpago intermitente, la casualidad había reunido, y como colocado frente á frente y como confrontándolas, las tres inmovilidades trágicas: el cadáver, el espectro y la estatua.

X =La vuelta del hijo pródigo de su vida=

Á cada vaivén del carruaje una gota de sangre caía de entre los cabellos de Mario.

Era ya cerrada la noche cuando llegaron al número 6 de la calle de las Hijas del Calvario.

Javert fué el primero que bajó, y después de cerciorarse de que aquella era la casa que buscaba, levantó el pesado aldabón de hierro de la puerta cochera, que figuraba, según la antigua moda, un macho cabrío y un sátiro frente á frente, y dió un gran golpe.

Entreabrióse apenas la puerta, y Javert la empujó.

El portero apareció á medias, bostezando, entre dormido y despierto, con una vela en la mano.

Todos dormían en la casa.

En el Marais se acuestan las gentes muy temprano, sobre todo los días de motín. Este bueno y antiguo barrio, amilanado por la revolución, se refugia en el sueño, así como los niños, cuando oyen que viene el coco, se cubren la cabeza con el cobertor de la cama.

Entretanto Juan Valjean y el cochero sacaron á Mario del carruaje, sosteniéndolo el primero por los sobacos y el segundo por las corvas.

Al verificar esta operación, Juan Valjean introdujo la mano bajo los destrozados vestidos de Mario, tentó el pecho, y se convenció de que el corazón latía aún, y hasta que latía menos débilmente, como si el movimiento del coche, hubiera determinado en él cierta renovación de vida.

Javert interpeló al portero con ese tono natural del que manda ante el portero de un faccioso.

--¿Vive aquí alguien que se llama Guillenormand?

--Aquí vive. ¿Qué se os ofrece?

--Le traemos su nieto.

--¡Su nieto!--exclamó atónito el portero.

--Muerto.

Juan Valjean, que venía detrás de Javert, harapiento y sucio, y á quien el portero miraba con cierto horror, le indicó que no, con la cabeza.

El portero no pareció comprender las palabras de Javert, ni la seña de Juan Valjean.

Javert continuó:

--Fué á la barricada, y ahí le tenéis.

--¡Á la barricada!--exclamó el portero.

--Se ha hecho matar. Id á buscar á su abuelo.

El portero no se movía.

--¡Vais ó no!--repuso Javert.

Y añadió:

--Mañana habrá aquí entierro.

Para Javert los incidentes naturales del servicio público estaban clasificados por categorías, lo cual es el comienzo de la previsión y de la vigilancia; y cada eventualidad tenía su compartimiento; los hechos posibles llegado el caso, en cantidades variables, clasificando así los sucesos de la calle en ruido, motín, carnaval, entierro.

El portero se limitó á despertar á Vasco; Vasco despertó á Nicolasita; Nicolasita despertó á la señorita Guillenormand, la tía de Mario.

En cuanto al abuelo, dejósele dormir, calculando que sabría harto pronto aquella desgracia.

Subieron á Mario al primer piso, sin que nadie se enterase de ello en el resto de la casa, y se le acomodó en un antiguo canapé de la antecámara del señor Guillenormand.

Mientras iba Vasco á por un médico, y Nicolasa abría los armarios de la ropa blanca, Juan Valjean le tocaba en el hombro.

Comprendió, y bajó la escalera seguido del inspector de policía.

El portero los vió partir como los había visto llegar, entre cierta somnolencia de espanto.

Entraron de nuevo en el carruaje, y el cochero ocupó su asiento.

--Inspector Javert, dijo Juan Valjean, concededme aún otra cosa.

--¿Cuál?--preguntó duramente Javert.

--Dejadme que entre un momento en mi casa. Después haced de mí lo que queráis.

Javert permaneció silencioso algunos instantes, con la barba hundida en el alto cuello de su levitón; luego bajando el vidrio delantero, dijo:

--Cochero, calle del Hombre-Armado, número 7.

XI =Sacudimiento de lo absoluto=

No volvieron á despegar los labios en todo el trayecto.

¿Qué es lo que quería Juan Valjean? Acabar lo que había principiado, advertir á Cosette, decirle dónde estaba Mario, darle quizá alguna otra indicación útil, tomar, si podía, ciertas disposiciones supremas. En cuanto á él, en cuanto á lo que le concernía personalmente, era asunto concluido; habíale cogido Javert, y no se resistía. Cualquier otro, en semejante situación, hubiera pensado tal vez vagamente en la cuerda de Thénardier y en los barrotes del primer calabozo donde entrase; pero desde lo que le sucedió con el obispo, había en Juan Valjean, tratándose de un atentado, aún siendo contra sí mismo, insistamos en repetirlo, una profunda vacilación religiosa.

El suicidio, esa misteriosa vía de hecho en lo desconocido, que puede contener hasta cierto punto la muerte del alma, resultaba imposible en Juan Valjean.

Á la entrada de la calle del Hombre Armado, el coche se detuvo; era demasiado estrecha para que pudieran entrar en ella los carruajes. Javert y Juan Valjean se apearon.

El cochero observó humildemente al «señor inspector» que el terciopelo de Utrecht de su carruaje estaba manchado de sangre del hombre asesinado, y de barro del asesino. Esto era lo que había comprendido. Añadiendo que se le debía indemnizar.

Y sacando al mismo tiempo su libreta, suplicó al señor inspector tuviese la bondad de escribirle en ella «un breve testimonio que le asegurase...».

Javert rechazó la libreta que le alargaba el cochero y le dijo:

--¿Cuánto te debo, incluso el tiempo de la parada y la carrera?

--Hay que contar siete horas y cuarto, respondió el cochero; el terciopelo estaba nuevo. Ochenta francos señor inspector.

Javert sacó del bolsillo cuatro luises de oro, y despidió el carruaje.

Juan Valjean supuso que la intención de Javert era conducirle á pie al cuerpo de guardia de Blanes-Manteaux, ó al de los Archivos, que estaban allí cerca.

Penetraron en la calle, que como de costumbre, estaba desierta. Javert seguía á Juan Valjean.

Llegaron al número 7. Juan Valjean llamó á la puerta y ésta se abrió.

--Está bien,--dijo Javert;--subid.

Y añadió con extraña expresión, y como si le costase esfuerzo hablar así:

--¡Aquí os aguardo!

Juan Valjean miró á Javert. Aquella manera de obrar desdecía de la costumbre del inspector de policía; pero resuelto como se mostraba Juan Valjean á entregarse y acabar de una vez, no debía sorprenderle mucho que Javert tuviese en aquel caso cierta altiva confianza, la confianza del gato que concede al ratón una libertad de la longitud de su garra. Empujó la puerta, entró en la casa, diciendo al portero que estaba acostado, y que desde su cama había tirado del cordón de la puerta:

--Soy yo.

Y subió la escalera.

Al llegar al primer piso se paró un momento.

Todas las vías dolorosas tienen sus estaciones.

La ventana del descansillo, que era de guillotina, estaba abierta. Como en muchas casas antiguas, la escalera tenía vistas á la calle. El farol público, colocado precisamente enfrente de la casa, daba alguna claridad á los escalones, lo que equivalía á un ahorro de alumbrado.

Juan Valjean, sea para respirar, sea maquinalmente, sacó la cabeza por la ventana, inclinóse y pudo ver toda la calle, que es corta y que resultaba alumbrada por el farol de un extremo á otro. Juan Valjean tuvo un aturdimiento de estupor; ya no había nadie.

Javert se había ido.

XII =El abuelo=

Vasco y el portero habían transportado á la sala á Mario, que seguía tendido é inmóvil, en el canapé donde se le había dejado al llegar.

El médico, á quien habían ido á llamar, estaba allí.

La señorita Guillenormand se había levantado yendo y viniendo, asustada, juntando las manos, é incapaz de hacer otra cosa que exclamar:

--¡Es posible, Dios mío!

Añadiendo de cuando en cuando: ¡Todo va á llenársenos de sangre!

Pasado el primer horror, iluminó su espíritu cierta filosofía de la situación, que se revelaba en esta exclamación: ¡Esto había de acabar así!...

Pero no completó el pensamiento con la frase: ¡Ya lo había dicho yo! tan usada en casos semejantes.

Por orden del facultativo, se había habilitado un catre de tijera junto al canapé.

El médico examinó á Mario, y después de cerciorarse de que continuaban los latidos del pulso, de que el joven no tenía en el pecho ninguna herida profunda, y de que la sangre de los labios provenía de las fosas nasales, le hizo tender en el catre, sin almohada, con la cabeza á nivel del cuerpo, y aún algo más baja, desnudo todo el busto, á fin de facilitar la respiración.

La señorita Guillenormand viendo que iban á desnudar á Mario, se retiró; yéndose á rezar el rosario en su cuarto.

El cuerpo no había recibido ninguna lesión interior; una bala, amortiguada al dar sobre la cartera, se había desviado, y corriéndose por la costillas, había abierto una grieta de horrible aspecto, pero sin profundidad, y por consiguiente sin peligro.

El prolongado paseo subterráneo había acabado de dislocar la clavícula rota, y esto presentaba serias complicaciones.

Tenía los brazos acuchillados, pero ningún tajo desfiguraba su rostro.

Sin embargo, la cabeza estaba cubierta de heridas.

¿Debían ser peligrosas aquellas heridas? ¿Deteníanse en la superficie? ¿Llegaban al cráneo? No se podía decir aún. Era un síntoma grave que hubiesen producido el desmayo, y no siempre se despierta de los desmayos de esta clase. La hemorragia, además, había debilitado al herido.

De la cintura abajo habíale protegido la barricada.

Vasco y Nicolasita se ocupaban en rasgar trapos y preparar vendas. Nicolasa las cosía, y Vasco las arrollaba. Faltaban hilas, pero el médico había restañado provisionalmente la sangre de las heridas con bolitas de algodón en rama.

Sobre una mesa, al lado de la cama, había tres bujías encendidas, con el estuche de cirugía abierto.

El médico lavó el rostro y los cabellos de Mario con agua fría. En un instante quedó teñido de rojo un cubo lleno.

El portero alumbraba.

El médico parecía meditar tristemente.

De cuando en cuando hacía signos negativos con la cabeza, como respondiendo á alguna pregunta interior. Acostumbran á ser de mal agüero para el enfermo estos misteriosos diálogos del médico consigo mismo.

En el momento en que el médico limpiaba el rostro y tocaba apenas con el dedo los párpados siempre cerrados de Mario, abrióse la puerta del fondo, apareciendo en el umbral una figura alta y pálida.

Era el abuelo.

El motín hacía dos días que traía muy inquieto, indignado y preocupado al señor Guillenormand. No había podido dormir durante la noche anterior, y durante el día había estado calenturiento. Se había acostado al anochecer, recomendando que se echasen todos los cerrojos en la casa, y abrumado de fatiga estaba dormitando.

Los ancianos tienen el sueño ligero; el cuarto del señor Guillenormand estaba contiguo á la sala; así fué que á pesar de todas las precauciones que se tomaron, el ruido le despertó.

Sorprendido de ver luz á través de las rendijas de la puerta, saltó de la cama dirigiéndose á tientas á la sala.

Estaba en el umbral, con la mano apoyada á la puerta á media abrir, la cabeza temblorosa y un poco inclinada hacia adelante, el cuerpo envuelto en una bata de noche, blanca, estirada y sin pliegues como un sudario: atónito. Parecía un fantasma mirando en una tumba.

Vió el catre y sobre el colchón aquel joven ensangrentado blanco como la cera, con los ojos cerrados, la boca abierta, los labios descoloridos, desnudo hasta la cintura, lleno de heridas rojas é inmóvil, vivamente alumbrado.

El abuelo sintió de los pies á la cabeza todo el estremecimiento de que son capaces unos miembros casi osificados: sus ojos, cuya córnea estaba casi amarilla por causa de su avanzada edad, se velaron con una especie de reflejo vidrioso, toda su cara tomó en un instante los ángulos terrosos de una calavera; sus brazos cayeron colgando como si se les hubiera roto el resorte que los sustentaba, y su estupor se adivinaba por la separación de los dedos de sus trémulas manos; sus rodillas formaron un ángulo hacia adelante, dejando entrever por la abertura de la bata sus pobres piernas desnudas y erizadas de blanco vello; mientras exclamó balbuceando:

--¡Mario!

--Señor,--dijo Vasco,--acaban de traer al señorito. Ha estado en la barricada, y...

--¡Está muerto!--gritó el anciano con voz terrible.--¡Ah, tunante!

Entonces una especie de transfiguración sepulcral irguió como un muchacho á aquel centenario.

--Señor mío,--dijo,--vos sois el médico; empezad por decirme francamente. Está muerto, ¿verdad?

El médico, en el colmo de la ansiedad, guardó silencio.

El señor Gruillenormand retorció sus manos, prorrumpiendo en una espantosa carcajada.

--¡Está muerto! ¡Está muerto!. ¡Se ha hecho matar en las barricadas... por odio á mí! ¡Ha sido en contra mía que ha hecho esto! ¡Ah! ¡Bebedor de sangre! ¡Es así como vuelves á casa! ¡Mísero de mí! ¡Ay! ¡Está muerto!

Y dirigiéndose á la ventana, la abrió de par en par como si se ahogase; y de pie, ante las sombras de la noche, se puso á hablar con ellas:

--¡Traspasado, acuchillado, degollado, exterminado, desmenuzado, hecho pedazos! ¡Sabía que yo le esperaba, que había hecho arreglar su cuarto, y colgar á la cabecera de mi cama su retrato de cuando era niño! ¡Sabía que no tenía más que volver, y que no he cesado de llamarle en tantos años; y que todas las noches me sentaba al hogar con las manos en las rodillas, no sabiendo qué hacer, y que por él me había vuelto loco!

«¡Tú sabías esto; tú sabías perfectamente que con sólo entrar y decir: «Soy yo», ibas á ser el amo de casa, y yo te hubiera obedecido, y hubieras dispuesto á tu sabor del bobalicón de tu abuelo! Lo sabías, y has dicho: «¡No; es un realista, y no iré!». ¡Y te has ido á las barricadas, y te has hecho matar por perversidad! ¡Por vengarte de lo que te dije á propósito del señor duque de Berry! ¡Es una conducta infame! ¡Y luego acostaos y dormid tranquilos! Para encontrármelo muerto. ¡Vaya un despertar!».

El médico, que empezaba á alarmarse por los dos, dejó un momento á Mario, y yendo á la ventana, cogió al Señor Guillenormand del brazo. Volvióse el abuelo, le miró con ojos que parecían agrandarse y brotar sangre, y díjole con calma:

--Señor mío, os lo agradezco mucho, pero estoy tranquilo; soy un hombre que ha visto la muerte de Luis XVI, y sabe sobrellevar las desgracias. Lo terrible para mí es pensar que vuestros periódicos tienen la culpa de todo. Tendréis escritorzuelos, habladores, abogados, oradores, tribunos; discusiones, progresos, luces, derechos del hombre, libertad de imprenta, y todo cuanto queráis, pero os traerán así á casa los hijos. ¡Ah, Mario! ¡Esto es abominable! ¡Asesinado! ¡Muerto antes que yo! ¡Y en una barricada! ¡Ah, pícaro!

«Doctor. Creo que vivís en este barrio. Sí, os conozco perfectamente. Desde mi ventana os veo pasar en vuestro cabriolé. Debo decíroslo. Haríais mal en creer que estoy irritado. No es posible irritarse contra un muerto. Sería una barbaridad. Es un niño á quien he criado. Yo era ya viejo, cuando él era todavía chiquitín. Jugaba en las Tullerías con una pala pequeñita y un carrito, y para que los inspectores no gruñesen, iba yo tapando con mi bastón los agujeros que él hacía con su pala en la arena. Un día gritó: «¡Abajo Luis XVIII» y se fué. No es mía la culpa.

«Era sonrosado y rubio. Su madre ha muerto. ¿No habéis reparado que todos los niños son rubios? ¿En qué consiste eso? Es hijo de uno de esos pícaros del Loire; pero los hijos son inocentes de los crímenes de sus padres.

«Recuerdo que cuando era así de pequeño... ¡Cuánto le costaba pronunciar la d! En la dulzura del acento se le hubiera creído un pájaro. Un día, delante del Hércules Farnesio, se formó un corro por admirarle; ¡tan hermoso era! Su cabeza se parecía á las que se ven en los cuadros de ángeles. Yo ahuecaba la voz y le metía miedo con el bastón; pero él sabía muy bien qué era ello.

«Por la mañana, cuando entraba en mi cuarto, yo refunfuñaba, pero su presencia me hacía el efecto del sol. No hay defensa contra estos mocosos. En cuanto le cogen á uno, ya no le vuelven á soltar. La verdad es que no había nada tan cariñoso y cándido como ese niño.

«¡Vénganme á mí ahora hablando de los Lafayette, de los Benjamín Constant y de los Estirasuelas de Corcelles, que me lo asesinan! Esto no puede quedar así».

Acercóse á Mario, que seguía lívido é inmóvil, y á cuyo lado había vuelto otra vez el médico, y empezó de nuevo á retorcer los brazos.

Los blancos labios del anciano se agitaban como maquinalmente, y de ellos salían como soplos estertóreos, palabras casi ininteligibles que se oían apenas:

--¡Ah desalmado! ¡Ah clubista! ¡Ah malvado! ¡Ah setembrista!

Reproches en voz baja de un agonizante á un cadáver.

Poco á poco y siendo como es indispensable que estallen las erupciones interiores, el encadenamiento de las palabras se restableció; pero parecía faltarle ya al abuelo la fuerza necesaria al pronunciarlas; su voz estaba tan sorda y apagada como si viniese del otro lado de un abismo.

--¡Me es ello igual, puesto que también voy á morir! ¡Y cuando pienso que no hay en París una mujer que no se hubiera alegrado de labrar la felicidad de ese miserable! ¡Un salvaje que en vez de divertirse y de disfrutar de la vida, ha ido á combatir, y se ha dejado ametrallar como un tonto! ¿Y por quién? ¿Por qué? ¡Por la república! ¡En vez de ir á bailar á la Chaumière, como deben hacer los jóvenes! ¡De qué le ha servido tener veinte años! ¡La república, lindo perifollo de necedades!

«¡Pobres madres, dad, dad buenos mozos al mundo! En fin, está muerto. Habrá dos entierros en la casa.

«¡Te has dejado adornar de ese modo por los bellos ojos del general Lamarque! ¿Qué favores te había dispensado ese general Lamarque? ¡Un matachín! ¡Un charlatán! ¡Dejarse matar por un difunto! ¡Hay para volverse loco! ¿Puede esto explicarse? ¡Y sin volver la vista, sin mirar si en el mundo quedaba alguno detrás de él! ¡Ay! ¡Ahora los pobres viejos habrán de morirse solos! ¡Revienta ahí en ese rincón, búho!

«Pues bien; á la verdad, más vale así, ya me lo esperaba; esto me va á matar sin remedio. Soy demasiado viejo; tengo cien años, tengo mil años; hace mucho tiempo que tengo el derecho de morir. Con este golpe se acabó todo. Todo concluyó: ¡qué felicidad! ¿Á qué viene hacerle ahora respirar ese amoníaco y todas estas drogas? ¡Trabajo inútil, torpe de médico! Idos, está muerto, bien muerto. Lo digo yo, que entiendo de eso; yo, que también estoy muerto. No ha hecho nunca él las cosas á medias. ¡Sí; los tiempos que corremos son infames, infames, y he aquí lo que pienso de vosotros todos, de vuestras ideas, sistemas, maestros, oráculos y doctores, como de vuestros escritorzuelos, de vuestros míseros filósofos y de todas las revoluciones que espantan desde hace sesenta años á esas nubes de cuervos de las Tullerías!

«¡Y ya que has sido implacable haciéndote matar como lo has hecho, tampoco tendré yo siquiera el pesar de tu muerte! ¿Lo entiendes, asesino?».

En aquel momento abrió Mario lentamente los párpados, y su mirada, velada aún por el asombro letárgico, se fijó en el señor Guillenormand.

--¡Mario!--exclamó el anciano.--¡Mario! ¡Hijo mío! ¡Hijo de mi alma! ¡Hijo amado! ¡Abres los ojos, me miras, estás vivo! ¡Gracias, hijo mío, gracias!

Y cayó desmayado.

LIBRO CUARTO

I =Javert desviado=

Javert se había alejado á paso lento de la calle del Hombre Armado.

Caminaba con la cabeza baja por primera vez en su vida, y también por primera vez en su vida con las manos cruzadas atrás.

Hasta aquel día Javert no había tomado de las dos actitudes de Napoleón, otra que la que denota resolución, los brazos cruzados sobre el pecho; la que expresa incertidumbre, esto es, la de las manos detrás, le era desconocida. Habíase verificado en él un gran cambio; toda su personalidad, lenta y sombría aparecía impresa de ansiedad.

Internóse por calles silenciosas.

Sin embargo, seguía una dirección.

Tomó por el camino más corto hacia el Sena, llegó al muelle de los Olmos, le costeó, dejó tras de sí la Grève, y se detuvo á cierta distancia del cuerpo de guardia de Châtelet, en el ángulo del puente de Nuestra Señora. El Sena, entre el puente de Nuestra Señora y el Pont au Change por un lado, y los muelles de la Megisserie y de las Flores por el otro, forma una especie de lago cuadrado atravesado por una corriente.

Este punto del Sena, desagrada mucho á los marineros.

Nada tan peligroso como aquella corriente, irritada en aquella época por las estacas del molino del puente, hoy demolido.

Los dos puentes, tan próximos uno á otro, aumentan el peligro, y el agua se precipita de una manera formidable debajo de los arcos. Rueda allí formando ondas horribles; acumúlase, amontónase, forcejea contra los pilares como queriendo arrancarlos con gruesas cuerdas líquidas.

Los hombres que allí caen no reaparecen más; allí los más diestros nadadores se ahogan.

Javert apoyó los dos codos en el parapeto, la barba en ambas manos, y mientras sus uñas se crispaban maquinalmente en sus pobladas patillas, púsose á meditar.

En el fondo de su alma acababa de pasar una novedad, una revolución, una catástrofe, y debía examinarse.

Javert sufría horriblemente.

Hacía algunas horas que había cesado de ser sencillo. Estaba turbado; aquel cerebro, tan límpido en su ceguera, había perdido su trasparencia; una nube empañaba aquel cristal. Javert sentía en su conciencia dividirse el deber, y no podía disimulárselo.

Cuando encontró tan inesperadamente á Juan Valjean en el ribazo del Sena, sintió en su interior algo del lobo que se apodera de nuevo de su presa, y del perro que vuelve á hallar á su amo.

Veía entre sí dos sendas, igualmente rectas; pero eran dos, y esto le aterraba, que en toda su vida no había conocido jamás sino una sola línea derecha. Y para colmo de angustias, aquellas dos sendas eran opuestas. La una de aquellas dos rectas excluía la otra.

¿Cuál sería la verdadera?

Su situación era inexplicable.

Deber la vida á un malhechor; aceptar y reembolsar esta deuda; ser, á pesar de sí mismo, nivelado á un perseguido por la justicia, y pagarle un servicio con otro servicio; dejar que le dijese: «Vete», y decirle á su vez: «Se libre»; sacrificar á causas personales el deber, esta obligación general, y sentir en aquellas causas personales algo de general también, y tal vez superior; traicionar á la sociedad por ser fiel á su conciencia y realizarse semejantes absurdos, acumulándose sobre su persona, le aterraba en verdad.

Una cosa le había admirado, y era que Juan Valjean le hubiese perdonado; y otra cosa le petrificaba y era, que él, Javert, hubiese perdonado á Juan Valjean.

¿Dónde estaba él entonces? Buscábase, y no acertaba á dar consigo.

¿Qué había de hacer? Entregar á Juan Valjean, era mal hecho; pero mal hecho también era dejarle libre.

En el primer caso, el representante de la autoridad caía más bajo que el presidiario; en el segundo, el presidiario se sobreponía á la ley y la pisoteaba. En ambos casos, era el deshonor para Javert.

En cualquier partido que tomara había caída.

El destino tiene extremados precipicios sobre lo imposible, más allá, de los cuales la vida no es más que un abismo.

Javert se encontraba en el borde de uno de estos precipicios.

Angustiábale tener que pensar. La misma violencia de todas aquellas emociones contradictorias le obligaba á ello. ¡Pensar! Cosa inusitada para él y singularmente dolorosa.

Hay siempre en el pensamiento cierta cantidad de rebelión interior, y le irritaba sentirla en sí.

El pensar sobre cualquier asunto ajeno al estrecho círculo de sus funciones, hubiera sido para él, en todos casos, siempre inútil y fatigoso; pero tratándose de lo de aquel día que acababa de transcurrir, resultaba un tormento. Sin embargo, había que examinar la conciencia después de tales sacudimientos, y darse cuenta de sí mismo y á sí mismo.

Estremecíale lo que acababa de hacer, él, Javert, decidiendo contra todos los reglamentos de policía, contra toda la organización social y judicial, contra el código entero, poner en libertad á un hombre, porque así le había convenido, sustituyendo sus negocios particulares á los negocios públicos. ¿No era esto incalificable?

Cada vez que fijaba su mente en aquella acción sin nombre, temblaba de pies á cabeza.

¿Qué resolución debería tomar?

Un solo recurso le quedaba; volver enseguida á la calle del Hombre-Armado, y apoderarse de Juan Valjean. Era evidente que no debía hacer otra cosa. Y no podía.

Algo le cerraba el camino por aquel lado.

¿Algo? ¿qué? ¿Hay algo en el mundo después de los tribunales, de las sentencias ejecutorias, de la policía y de la autoridad? Javert estaba trastornado. ¡Sagrado un presidiario! ¡Un presidiario no debía ser preso por la justicia! ¡Y esto por culpa de Javert!

¿No era horrible que Javert y Juan Valjean, el hombre nacido para castigar, y el hombre nacido para sufrir, ambos á dos dependientes de la ley, hubiesen llegado al extremo de sobreponerse á ella?

¿Cómo? ¡Habían de ocurrir semejantes atrocidades y sin que nadie fuera castigado! ¡Juan Valjean, más fuerte que todo el orden social, se vería libre, y Javert continuaría comiendo el pan del gobierno!

Poco á poco aquella meditación tomaba un aspecto terrible.

Hubiera podido dirigir también á su conciencia algún cargo con motivo del insurrecto conducido á la calle de las Hijas del Calvario, pero no pensaba en él. La falta menor se perdía en la mayor.

Además, tratábase de un hombre evidentemente muerto, y con la muerte termina la persecución legal.

Juan Valjean: ése era el peso que abrumaba su espíritu.

Juan Valjean le desconcertaba. Los axiomas que habían sido los puntos de apoyo de toda su vida, caían por tierra ante aquel hombre. La generosidad de Valjean para con él le tenía agobiado.

Recordaba hechos que en otro tiempo había calificado de mentira y locuras, y que á la sazón le parecían realidades.

El señor Magdalena reaparecía detrás de Juan Valjean, superponiéndose ambas figuras sin formar más que una, que era venerable. Javert sentía penetrar en su alma algo horrible; la admiración hacia un presidiario. Pero ¿es concebible el respeto á un presidiario? Esta obra le horrorizaba, y sin embargo no podía sustraerse á ella.

Por esfuerzos que hiciera se veía obligado á confesar en su fuero interno la sublimidad de aquel miserable. Esto era odioso.

Un malhechor benéfico, un presidiario compasivo, dulce, clemente; recompensando el mal con el bien; dando contra el odio el perdón; prefiriendo la piedad á la venganza; conformándose con perderse á sí mismo antes que perder á su enemigo; salvando al que le había maltratado, arrodillado en lo más elevado de la virtud, más cerca del ángel que del hombre; era un monstruo cuya existencia tenía que confesar Javert.

Aquello no podía seguir así.

Es verdad que él no se había rendido de buen grado á aquel monstruo, á aquel ángel infame, á aquel héroe horrible, que le causaba tanta indignación como asombro. Veinte veces había sentido tentaciones de arrojarse sobre Juan Valjean, cogerle y devorarle, esto es, prenderle.

¿Había, en efecto, nada más sencillo?

Gritar delante del primer cuerpo de guardia; «¡un presidiario escapado!»; llamar á los gendarmes y decirles: «¡Ahí tenéis este hombre!»; marcharse enseguida, dejar allí á aquel condenado, ignorar lo que siguiese, y no volverse á ocupar más de ello. Ese hombre debía ser para siempre el prisionero de la ley; la ley debía hacer de él lo que quisiera. ¿Hay algo más justo?

Javert había pensado todo esto, había querido ponerlo en ejecución, prender á aquel hombre, y entonces, como ahora, habíale sido imposible; cada vez que la mano del inspector de policía se levantaba convulsivamente sobre Juan Valjean por cogerle del cuello, aquella mano, como si tirase de ella una fuerza enorme, había vuelto á caer, y en el fondo de su pensamiento oía una voz, una voz extraña que le gritaba: «Está bien. Entrega á tu salvador; haz traer enseguida la jofaina de Poncio Pilatos, y lávate las garras».

Después se examinaba á sí mismo, y junto á Juan Valjean ennoblecido, contemplaba degradado á Javert.

¡Un presidiario era su bienhechor!

Pero, ¿por qué le había permitido á aquel hombre perdonarle la vida?

En aquella barricada tenía el derecho de morir, y hubiera debido hacer uso de este derecho. Hubiera debido llamar á los otros insurrectos en auxilio suyo contra Juan Valjean, hacer que por fuerza le fusilasen; esto era preferible.

Su angustia suprema era la desaparición de la certidumbre. Se sentía desencajado. El código no era ya más que algo descompuesto en su mano. Acometíanle escrúpulos de una especie desconocida.

Efectuábase en él una revelación de sentimientos enteramente distinta de la afirmación legal, su regulador único hasta entonces. Continuar en su honradez antigua no era ya bastante.

Un orden completo de hechos inesperados surgía y le subyugaba. Era aquello para su alma un mundo nuevo: el beneficio aceptado y devuelto, el sacrificio, la misericordia, la indulgencia, las violencias hechas por la piedad á la austeridad, la acepción de personas, nada de sentencias definitivas, nada de condenas, la posibilidad de una lágrima en los ojos de la ley, una justicia ignorada según Dios, dirigida en sentido contrario según los hombres.

Creía estar viendo en las tinieblas la imponente aparición de un sol moral desconocido, que le producía á la vez horror y deslumbramiento. Búho obligado á las miradas del águila.

Decíase á sí mismo que había excepciones, que la autoridad podía desconcertarse, que la regla podía resultar incompleta ante un hecho, que no cabía todo en el texto del código, que lo imprevisto se hacía obedecer, que la virtud de un penado podía tender un lazo á la virtud de un funcionario, que lo monstruoso podía ser divino, que el destino tenía emboscadas como aquélla y calculaba en su desesperación que, ni él mismo, estaba al abrigo de una sorpresa.

Veíase obligado á reconocer que existía la bondad. Aquel presidiario había sido bueno; y él mismo, ¡oh rareza! iba siendo bueno también. Es decir, se estaba depravando.

Se creía cobarde, y se horrorizaba de sí mismo.

El ideal para Javert no era ser humano, grande ó sublime, sino ser irreprensible. Entonces él estaba pues faltando.

¿Cómo había podido llegar á tanto? ¿Cómo había pasado todo aquello? No hubiera sabido contestarse á sí mismo.

Oprimía su cabeza con ambas manos; pero por más que hacía, no acertaba á explicárselo.

Había tenido siempre, á no dudarlo, la intención de poner á Juan Valjean en poder de la ley, de que era cautivo, y de la cual él, Javert, era esclavo.

Ni por un momento mientras le tuvo en sus manos, le había ocurrido la idea de dejarle ir. Había abierto la mano en cierto modo, á pesar de su voluntad, y se le había escapado. Toda clase de interrogantes estaban titilando ante sus ojos. Dirigíase preguntas, dábase respuestas, y aquellas respuestas le aterraban. Preguntábase: ¿qué ha hecho ese presidiario, ese desesperado, á quien he perseguido sin cesar, que me ha tenido bajo sus pies, que podía y debía vengarse, tanto por rencor como por seguridad propia, dejándome la vida, perdonándome? ¿Ha cumplido su deber? No. Algo más. Y yo dejándole á mi vez libre, ¿qué he hecho? ¿Mi deber? No. Algo más.

¿Existe algo entonces superior al deber?

Al llegar aquí se asustaba; desafinábase su balanza; uno de los platillos caía en el abismo, el otro se elevaba á los cielos, y Javert se espantaba tanto por el que subía como por el que bajaba.

Sin ser, ni aun en último grado, lo que se llamaba volteriano ó filósofo, ó incrédulo y respetuoso, al contrario, instintivamente con la Iglesia establecida considerábala tan sólo como un fragmento augusto del edificio social; para él no había más dogma que el orden, y esto le bastaba. Desde que tuvo edad de hombre y empezó á desempeñar su cargo, cifró en la policía casi toda religión. Empleamos aquí las palabras sin la menor ironía y en su acepción más seria--siendo espía como se es sacerdote. Tenía un superior, llamado Gisquet; apenas había pensado hasta entonces en la existencia de otro superior llamado Dios.

Ese nuevo jefe, Dios, lo sentía dentro de sí inesperadamente, y esto le mortificaba.

Aquella presencia inesperada le desorientaba; no sabía qué hacer de aquel superior; él, que no ignoraba que el subordinado está obligado á doblar siempre la cabeza, no debiendo ni desobedecer, ni censurar, ni discutir, y que respecto á un superior que asombra demasiado, el inferior no tiene otro remedio que presentar la dimisión.

Pero ¿cómo hacerlo para presentar la dimisión á Dios?

Fuese como fuere, y esta idea reaparecía siempre, el hecho predominante para él era que acababa de cometer una infracción espantosa. Había cerrado los ojos ante un criminal reincidente; había dado libertad á un presidiario; había robado á las leyes un hombre que le pertenecía. Nada menos que eso había hecho, y no se daba cuenta de sí mismo. No estaba seguro de su persona. Ni siquiera concebía las razones de su modo de obrar, lo cual le producía vértigo.

Hasta entonces, había vivido con la fe ciega que engendra la probidad tenebrosa. Abandonándole aquella fe, le faltaba esta probidad. Todo cuando había creído se desvanecía. Las verdades que él no quería oir, le asediaban inexorablemente.

Era preciso ser otro hombre para lo sucesivo.

Sufría los extraños dolores de una conciencia á la que se le hubiese hecho bruscamente la operación de la catarata. Veía lo que le repugnaba ver. Sentíase vacío, inútil, dislocado de su pasada vida, destituido, disuelto. Había muerto en él la autoridad. No tenía ya pues el corazón de ser.

¡Terrible situación! Estar conmovido.

¡Ser de granito y dudar! ¡Ser la estatua del Castigo fundida por completo en el molde de la ley, y hallar de repente que bajo el pecho de bronce hay algo de absurdo y de rebelde que se parece al corazón! ¡Pagar un bien con otro bien, aunque hasta allí se hubiese creído que aquel bien era el mal! ¡Ser el perro de guardia y lamer! ¡Ser hielo y derretirse! Ser la tenaza y trocarse en mano! ¡Sentir de súbito que los dedos se abren para soltar la presa! ¡Espantosa acción!

¡El hombre proyectil sin saber ya el camino y retrocediendo!

¡Verse obligado á confesarse á sí mismo que la infalibilidad no es infalible, que puede haber error en el dogma, que no está dicho todo porque el código haya hablado, que la sociedad no es perfecta, que la autoridad está complicada con la vacilación, que son posibles las conmociones en lo inmutable, que los jueces son hombres, que la ley puede engañarse, que los tribunales pueden equivocarse! ¡Ver una reja en el inmenso cristal azul del firmamento!

Lo que molestaba á Javert era el Fampoux de una conciencia recta, el descarrilamiento del alma, el aplastamiento de una probidad lanzada irresistiblemente en línea recta que se estrella contra Dios.

¡Es cierto que no deja de ser extraño que el fogonero del orden, que el maquinista de la autoridad, montado sobre el ciego caballo férreo de la rígida vía, pudiese verse desmontado por un rayo de luz; que lo inconmutable, que lo directo, lo correcto, lo geométrico, lo pasivo, lo perfecto pudiera doblegarse; que hubiera para la locomotora una vía flexible!

¿Comprendía Javert á Dios, siempre interior en el hombre, conciencia verdaderamente refractaria á la falsa conciencia; prohibición para la chispa de apagarse; orden para el rayo de acordarse del sol; inducción para el alma de reconocer la verdad absoluta puesta en confrontación con el absoluto ficticio; la humanidad imperdible; el corazón humano inadmisible; este fenómeno espléndido, el más bello quizá de nuestros prodigios interiores, Javert lo comprendía? ¿Lo penetraba? ¿Se daba cuenta de él?

No, evidentemente.

Pero bajo la presión de ese incomprensible sin contestación, sentía entreabrírsele el cráneo.

No era menor el individuo transfigurado, que la víctima de aquel prodigio; y sucumbía exasperado.

En todo ello no veía más que una inmensa dificultad de ser. Parecíale que en adelante su respiración sería un tormento continuado.

Javert no había visto nunca de lo desconocido sino lo inferior.

Hasta entonces, cuanto había habido por encima de él había sido para su mirada una superficie lisa, igual, límpida; nada ignorado, ni nuevo; nada que no fuese definido, coordinado, encadenado, preciso, exacto, circunscrito, limitado, firme, todo previsto; la autoridad era una cosa llana; ningún tropiezo en ella, ningún vértigo en su presencia. Javert no había sentido nunca nada desconocido sobre su cabeza. Lo irregular, lo inesperado, la abertura desordenada en el caos, el desliz posible en un precipicio; todo ello era propio de las regiones inferiores, de los rebeldes, de los malos, de los miserables. Á la sazón Javert retrocedía bruscamente espantado de aquella aparición inaudita: un abismo en lo alto.

¡Cómo, pues! ¡Aquel desarreglo de arriba abajo, cómo estaba todo desconcertado en absoluto!

¿De qué fiar entonces? ¡Todo aquello de que se está convencido puede hundirse!

¡Cómo! ¡Y era un miserable magnánimo quien podía encontrar la parte vulnerable de la coraza de la sociedad! ¡Y un honrado servidor de la ley podía verse cogido entre dos crímenes, el crimen de dejar escapar á un hombre, y el crimen de prenderle! ¡No era, pues, cierto todo en la consigna dada por el Estado al funcionario! ¡Podía haber callejones sin salida en el deber!

¡Cómo pues! ¡Todo eso era realmente efectivo! ¿Era cierto que un antiguo criminal, doblegado bajo el peso de las condenas, pudiera enderezarse y acabar por tener razón? ¿Era esto creíble?

¿Existían casos, pues, en que la ley debía retirarse ante el crimen transfigurado, balbuceando disculpas?

--¡Sí, era ello verdad! ¡Javert lo veía, y Javert lo tocaba! Y no sólo no podía negarlo, sino que tomaba en ello parte. Eran las realidades como era abominable que los hechos positivos pudiesen llegar á semejante deformidad. Á cumplir los hechos con su deber, se hubieran limitado á ser las pruebas de la ley; los hechos, es Dios quien los envía. ¿Iría pues entonces la anarquía á descender de lo alto?

Así... y en el acrecentamiento de la angustia, y en la ilusión óptica de la consternación, borrábase todo lo que hubiese podido restringir y corregir su impresión, resumiéndose ya en lo sucesivo á sus ojos la sociedad, el género humano, y el universo entero en un simple y terrible contorno; así la penalidad, la cosa juzgada, la fuerza debida á la legislación, las sentencias de los tribunales soberanos, la magistratura, el gobierno, la prevención y la represión, la sabiduría oficial, la infalibilidad legal, el principio de autoridad, todos los dogmas sobre que reposa la seguridad política y civil, la soberanía, la justicia, la lógica que emana del código, el absoluto social, la verdad pública, todo eso se convertía en escombros, desbarajuste y caos; y aún él, Javert, el vigilante del orden, la incorruptibilidad al servicio de la policía, el perro providencial de la sociedad, quedaba vencido y anonadado... y sobre toda aquella ruina un hombre en pie, con el gorro verde en la cabeza y la aureola en la frente.

He aquí el trastorno que había alcanzado; he aquí la visión espantosa que embargaba su alma.

¿Era aquello soportable? No.

¡Estado violento, sí lo hubo! Sólo había dos maneras de salir de él. Era la una, irse resueltamente á Juan Valjean y devolver al calabozo el hombre del presidio, la otra...

Javert dejó el parapeto, é irguiendo esta vez la cabeza, dirigióse con paso firme al cuerpo de guardia indicado por un farol en una de las esquinas de la plaza del Châtelet.

Al llegar, distinguió dentro, al través de los cristales, á un gendarme, y entró. Con la sola manera de empujar la puerta de un cuerpo de guardia, los hombres de policía se conocen entre sí. Javert dijo su nombre, mostró su tarjeta al gendarme, y se sentó junto á la mesa, sobre la cual ardía una vela. Había en la mesa una pluma, un tintero de plomo y papel para los casos de sumaria eventual y escribir los partes de las rondas nocturnas.

Aquella mesa, con su correspondiente silla de paja, además es una institución; existe en todos los puestos de policía, invariablemente adornada con un platillo de boj lleno de serrín, y una caja de cartón con obleas encarnadas. Es el primer escalón del sitio oficial. Allí empieza la literatura del Estado.

Javert tomó la pluma y un pliego de papel, y se puso á escribir. He aquí lo que escribió:

ALGUNAS OBSERVACIONES EN BIEN DEL SERVICIO

«En primer lugar: suplico al señor prefecto que pase la vista por estas líneas.

«Segundo: los detenidos que vienen del interrogatorio se quitan los zapatos y permanecen descalzos sobre el embaldosado mientras se les registra. Muchos tosen cuando se los vuelve al encierro. Esto ocasiona gastos de enfermería.

«Tercero: la acechamiento es una cosa buena, pero con agentes de relevo de distancia en distancia, pues convendría que, en casos importantes, dos agentes al menos no se perdiesen de vista, en razón á que, si por cualquier causa un agente afloja en el servicio, el otro le vigile y haga sus veces.

«Cuarto: no se comprende por qué motivo el reglamento especial de cárcel de las Magdalenas prohíbe al preso que tenga una silla, aún pagándola.

«Quinto: en la cantina de las Magdalenas no hay más que dos barrotes, y esto permite á la cantinera dejarse tocar la mano por los detenidos.

«Sexto: los detenidos, llamados ladrones, que llaman á los otros al locutorio, exigen dos sueldos de cada preso por gritar su nombre distintamente. Esto es un robo.

«Séptimo: por el hilo ordinario se retienen diez sueldos al preso en el taller de los tejedores; lo cual es un abuso del contratista, pues no por eso el lienzo vale menos.

«Octavo: no está muy bien que los que van á visitar la fuerza, tengan que atravesar por el patio de los monicacos para ir al locutorio de Santa María Egipcíaca.

«Noveno: es cierto que diariamente se oye á los gendarmes referir en el patio de la prefectura los interrogatorios hechos por los jueces á los detenidos. En un gendarme, que debiera ser sagrado, repetir lo que ha oído en el gabinete de instrucción es una falta grave.

«Décimo: la señora Henry es una buena mujer; su cantina está muy aseada; pero es muy malo que esté al cuidado de una mujer el ventanillo del calabozo de incomunicados. Esto no es digno de la Conserjería de una gran civilización».

Javert trazó las anteriores líneas con mano firme y estilo correcto, no omitiendo una sola coma, y haciendo crujir el papel bajo su pluma. Al pie de la última línea firmó:

JAVERT, inspector de primera clase.

«En el cuerpo de guardia de la plaza del Châtelet, 7 junio de 1832, á eso de la una de la madrugada».

Secó la tinta fresca sobre el papel, doblólo en forma de carta, le puso una oblea, y escribió encima: Nota para la Administración. Dejóle sobre la mesa, y salió del cuerpo de guardia. La vidriera enrejada se cerró tras él.

Cruzó de nuevo diagonalmente la plaza del Châtelet, llegó al muelle, y fué á situarse con una exactitud automática en el punto mismo que había abandonado hacía un cuarto de hora; los codos, como antes, sobre el parapeto, en actitud idéntica.

Parecía no haberse movido.

Reinaba completa obscuridad. Era el momento sepulcral que sigue á la media noche. Espesas nubes cubrían las estrellas. El cielo tenía un aspecto siniestro.

No se veía una sola luz en las casas de la Cité; no pasaba un alma; cuanto alcanzaba la vista entre las sombras de calles y muelles estaba desierto; Nuestra Señora y las torres del palacio de Justicia parecían siluetas de la noche. Un farol alumbraba el pretil del muelle. Los perfiles sombríos de los puentes iban desapareciendo uno tras otro en las tinieblas. El río había engrosado con las lluvias.

El lugar en que se había apoyado Javert estaba, como se recordará, situado sobre la corriente rápida del Sena, perpendicular á la formidable espiral de remolinos que se desata y vuelve á anudar como un tornillo sin fin.

Javert inclinó la cabeza y miró.

Todo estaba negro. Nada se distinguía. Oíase el ruido de las oleadas pero no se veía el río. De cuando en cuando aparecía en aquella profundidad vertiginosa una luz que serpenteaba vagamente. Es virtud que tiene el agua de coger la luz, no se sabe dónde, en medio de la noche más completa, y convertirla en culebra.

La claridad no tardaba en disiparse, y todo volvía á quedar confuso y negro. La inmensidad parecía estar allí abierta.

Abajo, no era aquello agua, sino abismo.

La pared del muelle, abrupta, confusa, mezclada de vapor y ocultándose enseguida, producía el efecto de una muralla: lo infinito. No se veía nada, pero se sentía la frialdad hostil del agua, y el olor insípido de la piedra mojada. Subía de aquel abismo un hálito salvaje. La crecida del río, que se adivinaba mejor que se veía, el trágico susurrar de la corriente, la lóbrega grandiosidad de los arcos del puente, la caída imaginable en aquel vacío tenebroso, toda aquella sombra estaba impregnada de horror.

Javert permaneció inmóvil algunos minutos, mirando aquel abismo de tinieblas. Contemplaba lo invisible con una fijeza parecida á la atención.

Zumbaba el agua.

De pronto se quitó el sombrero, dejándolo sobre el reborde del parapeto.

Luego después una figura alta y negra, que desde lejos cualquier viandante trasnochador hubiera podido tomar por un fantasma, apareció enhiesta sobre el parapeto, se inclinó hacia el Sena, volvió á erguirse de nuevo y cayó inmediatamente en las tinieblas. Oyóse un chapoteo sordo, pero sólo la sombra estuvo en el secreto de las convulsiones de aquella forma obscura, desaparecida bajo el agua.

LIBRO QUINTO ABUELO Y NIETO

I =Donde se ve de nuevo el árbol de la plancha de cinc=

Algún tiempo después de los acontecimientos que venimos narrando, el tío Boulatruelle tuvo una viva emoción.

El tío Boulatruelle, aquel peón caminero de Montfermeil que hemos ya entrevisto en las partes tenebrosas de este libro.

Boulatruelle, como se recordará tal vez, era hombre que se ocupaba en cosas turbias y distintas. Desmenuzaba las piedras y desvalijaba á los viajeros en la carretera...

Pontonero y ladrón, soñaba sin cesar con tesoros escondidos en el bosque de Montfermeil. Esperaba en que el día menos pensado encontraría dinero enterrado al pie de algún árbol, y mientras esperaba, buscábalo en el bolsillo de los transeúntes.

Por de pronto, sin embargo, era prudente. Acababa de librarse de una buena, pues, como ya dijimos, le cogieron en el desván de Jondrette con los demás bandidos. Utilidad de un vicio: su borrachera le había salvado. No se pudo averiguar si estaba allí en clase de robado ó de ladrón; de donde resultó la providencia de sobreseimiento fundado en su notorio estado de embriaguez en aquella terrible noche, y se le devolvió su libertad.

Volvió pues á tomar la clave del bosque y á ocupar el camino de Gagny y Lagny, bajo la vigilancia judicial, á seguir engravando por cuenta del Estado, cabizbajo, meditabundo, disgustado del robo que estuvo á pique de perderle, y cada vez con mayor cariño al vino, que acababa de ser su salvador.

En cuanto á la viva emoción que experimentó al poco tiempo de haber vuelto bajo el techo de césped de su choza de peón caminero, hela aquí:

Una madrugada, cuando Boulatruelle se dirigía, como de costumbre, á su trabajo, y quizá al sitio desde donde acechaba, divisó entre las ramas á un hombre que estaba de espaldas hacia él, pero cuya traza, y por lo que pudo colegir desde lejos y á la luz del crepúsculo, no le era del todo desconocida.

Boulatruelle, aunque borracho, tenía clara y excelente memoria, arma defensiva indispensable á todo el que se pone en lucha con el orden legal.

--¿Dónde diablos he visto yo algo parecido á ese hombre?--preguntóse á sí mismo.

Pero la única respuesta que se le ocurrió fué, que se parecía á alguien, cuya figura medio confusa guardaba en su memoria.

Por lo demás, Boulatruelle, prescindiendo de la identidad que no le fué posible fijar, hizo comparaciones y echó cálculos. Aquel hombre no era del país, y acababa de llegar á pie indudablemente; pues ningún carruaje público pasaba á tales horas por Montfermeil. Había andado toda la noche. ¿De dónde venía? La distancia no debía ser muy grande, pues no llevaba lío ni morral.

De París, sin duda.

¿Por qué estaba en aquel bosque y á tales horas? ¿Á qué había ido allí? Boulatruelle pensó en el tesoro. Á fuerza de atormentar su memoria, recordó vagamente haber tenido ya, algunos años antes, otro encuentro parecido con un hombre que se le figuró podría muy bien ser aquel mismo.

Mientras meditaba, había bajado la cabeza, como cediendo á la presión del pensamiento; lo cual, aunque natural, fué poco hábil. Cuando volvió á levantarla ya no vió nada.

El hombre había desaparecido en el bosque entre las vaguedades del crepúsculo.

--¡Diantre!--dijo Boulatruelle;--yo he de dar con él. Yo descubriré la parroquia de ese parroquiano. Yo sabré á qué viene aquí ese paseante de Patrón Minette. Nadie tiene secretos en mi bosque que yo no averigüe.

Tomó su pico que era muy puntiagudo.

--He aquí,--murmuraba,--con qué desentrañar la tierra y á ese hombre.

Y como quien ata un cabo á otro cabo, arreglando el paso lo mejor que pudo al itinerario del desconocido, se puso en marcha á través de la enramada.

Cuando hubo dado un centenar de pasos, ayudóle el día, que empezaba á clarear. Pisadas impresas acá y allá en la arena, yerbas aplastadas, matorrales tronchados, retoños doblados entre el ramaje y que volvían á enderezarse con la graciosa lentitud de una linda muchacha que levanta sus brazos desperezándose, le indicaron una especie de pista. Siguióla, pero la perdió luego. Entretanto se pasaba el tiempo. Internóse en el bosque, y llegó á una especie de eminencia.

Un cazador madrugador que cruzaba á lo lejos de un lado á otro, silbando el aire de Guillery, le inspiró la idea de encaramarse en un árbol. Aunque viejo, era ágil. Había allí una corpulenta haya, digna de Títiro y de Boulatruelle. Subióse á ella lo más alto que pudo.

La idea era buena. Al explorar aquel sitio por el lado en que es el bosque más intrincado y agreste, Boulatruelle vió de repente al hombre.

Apenas le distinguió, cuando volvió á perderle de vista.

El hombre entró, ó mejor, se deslizó en un claro bastante lejano, oculto por grandes árboles, pero que Boulatruelle conocía muy bien por haber notado allí, cerca de un elevado montón de piedras de asperón un castaño enfermo, vendado con una plancha de zinc clavada sobre la corteza. Aquel claro es el que llamaban en otro tiempo el soto de Blarú. El montón de piedras, destinado no se sabe á qué, estaba allí hacía treinta años, y allí continúa sin duda todavía. No hay longevidad como la de un montón de piedras, á no ser la de una empalizada de tablas, sobre todo si es provisional. ¡Qué mayor razón para durar!

Boulatruelle, con la rapidez que da la alegría, se dejó caer en vez de bajar del árbol. Había encontrado la guarida, y ya sólo se trataba de apoderarse de la fiera. El famoso tesoro de sus sueños estaba allí sin duda.

No era muy fácil llegar al soto. Por los senderos trillados, llenos de revueltas incómodas, se necesitaba algo más de un cuarto de hora. En línea recta, por la espesura, allí sumamente compacta, espinosa y agreste, había que emplear una media hora larga.

Boulatruelle cometió la torpeza de no comprenderlo. Creyó en la línea recta; ilusión de óptica respetable, pero que pierde á muchos hombres. La espesura, erizada y todo, le pareció el mejor camino.

--Tomemos por la calle de Rívoli de los lobos,--se dijo.

Boulatruelle, acostumbrado á caminar siempre de través, cometió entonces la falta de ir derecho.

Internóse resueltamente entre las malezas.

Tuvo que habérselas con acebos, ortigas, espinos, agavanzos, cardos y zarzas muy irascibles, y salió lleno de arañazos.

Al pie del barranco encontró una charca que le fué preciso atravesar.

Llegó por fin, después de cuarenta minutos, al soto de Blarú, sudando, mojado, jadeante, arañado y feroz.

No había nadie.

Boulatruelle corrió al montón de piedras. El montón estaba en su sitio; nadie se lo había llevado.

En cuanto al hombre, ni la sombra. Habíase desvanecido en la selva.

Se había evadido, ¿por dónde? ¿hacia qué lado? ¿en qué espesura? No había medio de adivinarlo.

Lo más doloroso era que detrás del montón de piedras, al pie del árbol de la plancha de cinc, se notaba la tierra recientemente removida, y había un azadón olvidado ó abandonado, y un pequeño hoyo.

Este hoyo estaba vacío.

--¡Ladrón!--gritó Boulatruelle, enseñándole los puños al horizonte.

II =Deja Mario la guerra civil y se apresta para la guerra doméstica=

Mario estuvo largo tiempo entre la muerte y la vida. Durante algunas semanas tuvo fiebre acompañada de delirios y síntomas cerebrales de bastante gravedad, causados más bien por la conmoción de las heridas de la cabeza, que por las heridas mismas.

Repetía el nombre de Cosette durante noches enteras en medio de la locuacidad lúgubre de la fiebre, y con la sombría obstinación del agonizante. La extensión de ciertas lesiones era un peligro serio, pues la supuración de las llagas podía fácilmente reabsorberse, y matar por consiguiente al enfermo bajo ciertas influencias atmosféricas, á cada cambio de tiempo, al menor huracán, el médico se inquietaba sobremanera.

--Sobre todo que el herido no experimente la menor emoción,--decía á cada paso.

Las curas eran complicadas y difíciles, pues en aquella época no se conocía todavía el modo de fijar los aparatos y vendajes por medio del esparadrapo.

Nicolasita gastó en hilas una sábana «del tamaño de un cielo-raso», decía ella. No sin poco trabajo se pudo conseguir atajar la gangrena con lociones de cloro y el nitrato de plata.

Mientras duró el peligro, el señor Guillenormand, desatinado y sin moverse de la cabecera del lecho de su nieto estuvo, como Mario, entre la vida y la muerte.

Diariamente y muchas veces de mañana y tarde, un caballero de pelo blanco y muy bien puesto, (tales eran las señas que daba el portero), iba á preguntar por el enfermo, y dejaba para las curas un gran paquete de hilas.

Por último, el 7 de septiembre, á los cuatro meses, día por día, contados desde la fatal noche en que le habían traído moribundo á casa de su abuelo, declaró el médico que respondía del enfermo. Empezaba la convalecencia.

No obstante, tuvo Mario que permanecer aún más de dos meses tendido en un sillón á causa de los accidentes producidos por la fractura de la clavícula. Queda siempre, como quedó entonces, una llaga última que no quiere cerrarse, y que eterniza la cura y los vendajes con grande aburrimiento del paciente.

En cambio, aquella larga enfermedad, y la no menos larga convalecencia, le libraron de las pesquisas judiciales.

No hay cólera en Francia, aún siendo pública, que á los seis meses no se extinga. En el estado actual de la sociedad, todos tienen su parte de culpa en los motines, y por lo mismo todos sienten la necesidad de cerrar los ojos. El oficio de acusador resulta entonces más odioso que nunca.

Añadamos también que el incalificable edicto de Gisquet, mandando á los médicos que denunciasen á los heridos, indignó de tal modo á la opinión pública y no sólo al público, sino al mismo rey en primer lugar, que los heridos se encontraron cubiertos y protegidos por aquella indignación.

Excepción hecha de los que habían sido cogidos en el sitio del combate, los consejos de guerra no se atrevieron á molestar á nadie. Dejóse, pues, tranquilo á Mario.

El señor Guillenormand atravesó primero todas las angustias para experimentar luego todos los éxtasis. Costó mucho impedirle que pasase las noches enteras junto al herido. Hizo que le llevaran su colosal sillón al lado de la cama de Mario, y exigió que su hija emplease el mejor lienzo de la casa en hacer compresas y vendas. La señorita Guillenormand, obrando como persona prudente y mayor, halló medio de economizar la batista, dejando al propio tiempo al abuelo en la creencia de que le obedecía. El señor Guillenormand no permitía que le explicasen que se sacan mejores hilas del lienzo grueso que de la batista, y del usado que del nuevo. Asistía á todas las curas que el pudor vedaba presenciar á la señorita soltera.

Cuando se cortaban con las tijeras las carnes muertas, él exclamaba: ¡ay! ¡ay! Nada tan conmovedor como verle alargar al herido, con su trémula mano senil, una tisana. Abrumaba al médico á preguntas, sin advertir que siempre le repetía las mismas.

El día en que le anunció el doctor que Mario estaba fuera de peligro, el buen hombre se volvió medio loco. Dió tres luises de propina al portero.

Por la noche, al entrar en su cuarto, bailó una gavota castañeteando con los dedos índice y pulgar, y cantando esta canción:

Juana nació bretona, Que es nido de pastoras; Yo adoro su jubón; Bribón.

En ella amor se anida. Pues clava con su vista De su aljaba los frutos, Astutos.

Yo la canto, y yo quiero Más que á Diana, ¡salero! Sus dos melocotones, Bretones.

Arrodillóse luego sobre una silla, y Vasco, que le observaba por la rendija de la puerta, tuvo por cierto que estaba rezando.

Hasta entonces no había creído mucho en Dios.

Á cada nueva fase de mejoría que iba notando, aumentaba el abuelo sus extravagancias. Hacía un sinfín de acciones maquinales, llenas de alegría; subía y bajaba las escaleras sin saber por qué. Una vecina, no mal parecida por cierto, se quedó asombrada al recibir una mañana un gran ramo de flores. Era el señor Guillenormand quien se lo enviaba, y fué ello causa de una escena de celos con el marido. El señor Guillenormand intentaba coger y sentar á Nicolasita sobre sus rodillas.

Llamaba á Mario el señor barón, y gritaba á veces: ¡Viva la república!

Á cada instante preguntaba al médico:

--¿Verdad que ya no hay peligro?

Miraba á Mario con ojos de abuela. Mirábale comer como alelado. No se cuidaba ni se atendía para nada á sí mismo. Mario era el dueño de la casa; en el colmo de su alegría había abdicado, resultando ser el nieto de su nieto.

En medio de aquella alegría era el más venerable de los niños. Por temor de fatigar ó de importunar al convaleciente, se colocaba detrás de él para prodigarle sus sonrisas. Estaba contento, gozoso, fuera de sí; había rejuvenecido. Sus cabellos blancos realzaban con suave majestad el alegre resplandor que brotaba de su rostro.

Cuando la gracia se mezcla con las arrugas, es adorable; hay siempre cierta aurora en las expansiones de la vejez.

En cuanto á Mario, mientras se dejaba curar y velar, no tenía más que una idea fija: Cosette.

Desde que se calmó la fiebre y el delirio, no volvió á pronunciar este nombre; parecía que no pensaba ya en él, y precisamente estaba silencioso porque tenía allí su alma.

No sabía lo que había sido de Cosette; todos los sucesos de la calle de la Chanvrerie vagaban como una nube en su memoria; sombras casi imperceptibles flotaban en su espíritu, Eponina, Gravroche, Mabeuf, los Thénardier, todos sus amigos envueltos lúgubremente en el humo de la barricada; la extraña aparición del señor Fauchelvent en aquella sangrienta aventura le causaba el efecto de un enigma en una tempestad; no comprendía nada de su propia vida; no sabía cómo ni por quién había sido salvado, y nadie en su derredor lo sabía tampoco.

Lo único que pudieron decirle fué, que le habían traído de noche en un carruaje de alquiler á la calle de las Hijas del Calvario. Pasado, presente, porvenir, todo no era en él más que las nebulosidades de una idea vaga; pero en medio de aquella bruma había un punto inmóvil, una línea clara y precisa, una cosa de granito, una resolución, una voluntad: encontrar á Cosette. Para él la idea de la vida no era distinta de la idea de Cosette; había decretado en el fondo de su corazón que no aceptaría lo uno sin lo otro; y estaba inquebrantablemente decidido á exigir de quien quiera que quisiese, obligarle á continuar viviendo, fuese su abuelo, la suerte ó el infierno, la restitución de su perdido Edén.

Mas no se hacía ilusiones respecto de los obstáculos.

Debemos apuntar aquí un detalle: no se dejaba ganar ni enternecer por todas las solicitudes y ternezas de su abuelo. Tampoco estaba, por otra parte, en el secreto de todas ellas, y luego en sus divagaciones de convaleciente, calenturientas todavía quizá, desconfiaba de aquellas dulzuras como de una cosa extraña y nueva, cuyo objeto fuese sojuzgarle. Manteníase frío. El abuelo le prodigaba inútilmente sus áridas sonrisas de anciano.

Decíase Mario para sí que, no hablando y dejándose llevar, todo iría buenamente; pero que, tratándose de Cosette, encontraría quizá otro semblante, y aparecería entonces desenmascarada la verdadera expresión del abuelo.

Y el choque tendría que ser violento; recrudescencia de las cuestiones de familia, comparación de posiciones, todos los sarcasmos y todas las objeciones á la vez; Fauchelvent, Cortaelviento, la fortuna, la pobreza, la miseria, la piedra al cuello, el porvenir. Resistencia violenta y, conclusión: Negativa.

Mario se prevenía de antemano.

Y después, á medida que iba recobrando vida, reaparecían sus antiguos agravios, abríanse de nuevo las envejecidas llagas de su memoria, pensaba en el pasado, el coronel Pontmercy se interponía entre él y el abuelo, imaginando así que ninguna bondad positiva podía esperar de quien había sido tan injusto y tan duro para con su padre. Y con la salud renacía en él cierta aspereza contra su abuelo. El buen viejo la resistía dulcemente.

El señor Guillenormand observaba también, aunque nada decía, que Mario, desde su vuelta á casa y de haber recobrado el conocimiento, no le había dicho una sola vez padre mío. No le decía tampoco señor, es cierto, pero hallaba medio de no decir lo uno ni lo otro, con el giro que daba á las frases.

Se aproximaba evidentemente una crisis.

Como sucede casi siempre en tales casos, Mario, á fin de probar sus fuerzas, intentó una escaramuza antes de empeñar la batalla. Esto se llama tantear el terreno.

Cierta mañana en que el señor Guillenormand, á propósito de un periódico que le vino á mano, habló ligeramente de la Convención, y lanzó un epifonema realista contra Dantón, Saint Just y Robespierre.

--Los hombres del '93 eran gigantes,--dijo Mario con severidad. El viejo se calló, y no volvió á chistar en todo el día.

Mario, que tenía presente siempre el espíritu inflexible del abuelo de sus primeros años, vió en aquel silencio, una profunda concentración de cólera; auguró una lucha encarnizada, y aumentó en lo más recóndito de su pensamiento los preparativos de combate.

Resolvió que en caso negativo, se arrancaría los aparatos, dislocaría de nuevo su clavícula, descubriría las heridas que aún estaban abiertas, y rechazaría todo alimento. Las heridas eran sus municiones. Obtener á Cosette ó morir.

Esperaba el momento favorable con la paciencia muda de los enfermos. Este momento vino.

III =Mario ataca=

Un día el señor Guillenormand, mientras que su hija ponía en orden los frascos y las tazas sobre el mármol de la cómoda, inclinándose sobre Mario, le dijo con la mayor ternura:

--¿Sabes, hijo mío, que yo en tu lugar preferiría ahora la carne al pescado? Un lenguado frito es muy bueno al principio de la convalecencia; pero después, al irse á levantar el enfermo, no hay como una buena chuleta.

Mario, que había recobrado ya casi todo su vigor, hizo un esfuerzo, se incorporó en el lecho, apoyó las manos en la ropa de la cama, miró á su abuelo de frente, y con aire y acento terrible, dijo:

--Esto me pone en el caso de deciros una cosa.

--¿Cuál?

--Que quiero casarme.

--Lo había previsto,--dijo el abuelo soltando una carcajada.

--¿Cómo previsto?

--Sí, previsto. Tendrás tu novia.

Mario, estupefacto y abrumado de admiración, temblaba con todos sus miembros.

El señor Guillenormand continuó:

--Sí, la tendrás; tendrás á tu linda y tierna niña. Todos los días viene bajo la forma de un respetable anciano á preguntar por ti. Desde que estás herido, se pasa el tiempo llorando y haciendo hilas. Me he informado. Vive en la calle del Hombre Armado, número 7. ¡Ah! ¡Ya estamos en ello! La quieres ¿no es eso? pues bien; la tendrás. Esto te admira. Habías formado tu pequeño complot, y te habías dicho: Voy á decírselo así, crudamente á mi abuelo, á esa momia de la Regencia y del Directorio, á ese antiguo pisaverde, á ese Dorante convertido en Geronte. También ha tenido él sus ligerezas, y sus amoríos, y sus modistillas, y sus Cosettes. También él ha tenido sus arrullos y tendido sus alas y picoteado el pan de sus abriles; preciso será que se acuerde. Vamos á verlo. Batalla. ¡Ah! ¡Así coges al saltón de los cuernos! Vaya en gracia. Te ofrezco una chuleta y me respondes que quieres casarte. ¡Ésta sí que es transformación! Habrás contado con que habría pelotera. No sabiendo que era yo un viejo cobarde.

«¿Qué dices á ello? Te contraría. No esperabas encontrar al abuelo más tonto que tú, y te hallas con que resulta inútil el discurso que ibas á endilgarme. ¿No es verdad, señor abogado, que hay para desesperarse? Pues bien; desesperarse y barajar. Hago pues lo que quieres, y todo es culpa tuya, imbécil. Óyeme.

«Me he informado, pues yo también soy un tanto cazurro, y sé que es hermosa y muy prudente; lo del lancero no resultó verdad; ha hecho un montón de hilas; es un estuche; te adora; y si te hubieras muerto, habríamos sido tres; su ataúd habría acompañado al mío.

«Se me ocurrió la idea desde que te vi mejor de colocártela á la cabecera sin más ni más; pero solamente en las novelas se introduce así de rondón á las muchachas lindas en las alcobas de los simpáticos heridos que les interesan. Esto ya no se hace. ¿Qué hubiera dicho tu tía?

«Casi siempre estabas medio desnudo, señorito. Pregúntale á Nicolasita, que no se ha separado de ti un momento, si era posible que una mujer se acercase á tu cama. Y luego, ¿qué hubiera dicho el médico? Una joven bonita no es el mejor remedio contra la fiebre.

«Por fin ¿á qué hablar más de ello? Es negocio concluido; es cosa hecha; ya está dicho; tómala. Ésta es mi ferocidad. He visto que ya no me querías, y he dicho para mí: ¿Qué haría yo para que me quisiera ese tunante? Tengo á mano su Cosette y voy á dársela; preciso será que me ame un poco ó me diga por qué.

«¡Ah! ¡Pensabas que el viejo iba á gritar como un energúmeno, á levantar su bastón contra esa aurora! Nada de eso. Venga Cosette, y venga el amor enhorabuena. No deseo otra cosa. Señorito, tomaos la molestia de casaros. ¡Y sé feliz, hijo de mi alma!».

Dicho esto el anciano, rompió á llorar.

Cogió la cabeza de Mario, la estrechó contra su corazón, y el viejo y el joven lloraron juntos.

El llanto es una de las manifestaciones de suprema dicha.

--¡Padre mío!--exclamó Mario.

--¡Ah! ¡Conque me amas!--dijo el anciano.

Hubo un momento inefable. Ambos se ahogaban y no podían hablar.

Por fin, tartamudeó el abuelo:

--¡Vamos! Ya desembuchó; ya me ha llamado padre.

Mario desprendió su cabeza de los brazos del anciano y dijo suavemente:

--Pero, padre mío, ahora que estoy mejor, me parece que podría verla.

--También lo tenía previsto. La verás mañana.

--¡Padre mío!

--¿Qué?

--¿Por qué no hoy?

--Pues bien, hoy. ¡Vaya por hoy! Me has llamado tres veces «padre mío», y bien vale ello que la veas. Voy á ocuparme. Te la traerán. Lo tenía previsto, créeme. Esto ha sido ya puesto en verso. Es el desenlace de la elegía del Joven enfermo de Andrés Chenier, á quien degollaron los malva... los gigantes del '93.

Creyó el señor Guillenormand notar un ligero fruncimiento de cejas en Mario, quien, á decir verdad, ya no le escuchaba, transportado como estaba en amoroso éxtasis, y pensando mucho más en Cosette que en 1793.

El abuelo, temblando de haber citado tan fuera de propósito á Andrés Chenier, repuso precipitadamente:

--Degollaron, no es la palabra. El hecho es que los grandes genios revolucionarios, que no eran malvados, esto es incontestable, que eran héroes, ¡pardiez! conocían que Andrés Chenier les molestaba un poco, y le hicieron guilloti... Es decir, que aquellos grandes hombres, el 7 de Termidor, por el bien público, suplicaron á Andrés Chenier que tuviese la bondad de ir...

El señor Guillenormand, enredado en su propia frase, no pudo continuar. No acertando pues á concluir ni á retractar la frase, aprovechó un momento en que su hija arreglaba la almohada de Mario, y trastornado con tan vivas emociones, salió fuera del cuarto tan aprisa como se lo permitieron sus años, cerró tras de sí la puerta, encendido el rostro, sofocado, echando espumarajos, desencajados los ojos, y hallándose de manos á boca con el buen Vasco, que estaba limpiando las botas en la antecámara, le cogió del cuello, y le gritó furioso á la cara:

--¡Por todos los diablos del infierno! ¡Sí, sí, aquellos bandidos le asesinaron!

--¿Á quién, señor?

--¡Á Andrés Chenier!

--Sí, señor,--dijo Vasco asustado.

IV =La señorita Guillenormand acaba por no parecerle mal que el señor Fauchelvent hubiese entrado con algo bajo el brazo=

Cosette y Mario volvieron á verse.

Renunciamos á describir la entrevista. Hay cosas de las que no se debe intentar la pintura; el sol es una de ellas.

Toda la familia, incluso Vasco y Nicolasita, estaba reunida en el cuarto de Mario cuando entró Cosette.

Apareció en el umbral; hubiérase dicho que la circundaba una aureola.

Precisamente en aquel instante iba á sonarse el anciano, y se quedó parado, cogida la nariz en el pañuelo, y mirando por encima á Cosette.

--¡Adorable!--exclamó.

Después se sonó estrepitosamente.

Cosette estaba embriagada de gozo, embelesada, asustada, en el cielo. Estaba todo lo asombrada que se puede estar en la dicha. Balbuceaba, ya pálida, ya encendida, queriendo echarse en brazos de Mario, y sin atreverse. Avergonzábase de amar delante de tanta gente. No se tiene jamás compasión á los amantes dichosos; se está junto á ellos cuando más desearían verse solos. ¡Qué necesidad tenían de la gente!

Con Cosette había entrado un hombre de cabellos blancos, grave, y risueño á la vez, si bien resultaba aquella sonrisa vaga y dolorosa. Era el señor Fauchelvent; esto es, Juan Valjean.

Vestido muy decentemente, como había dicho el portero, luciendo un traje negro y nuevo, y con corbata blanca.

El portero estaba muy lejos de reconocer en aquel anciano burgués, en aquel notario probable, al horrible conductor de cadáveres que apareció á sus ojos la noche del 7 de junio, harapiento, enlodado, asqueroso, enmascarado de sangre y cieno, sosteniendo en brazos á Mario sin sentidos; y sin embargo, su olfato de portero estaba excitado. Cuando el señor Fauchelvent llegó con Cosette, no pudo menos de decir por lo bajo á su mujer:

--No sé por qué, pero cada día se me antoja que he visto otra vez esta cara.

El señor Fauchelvent, en el cuarto de Mario, permaneció como aparte y junto á la puerta.

Llevaba bajo el brazo un paquete, muy parecido á un tomo en octavo, envuelto en papel. Esta cubierta de papel era verduzca, y parecía mohosa.

--¿Llevará siempre ese buen señor libros bajo el brazo?--preguntó por lo bajo á Nicolasita la señorita Guillenormand, poco amiga de libros.

--¡Y qué!--respondió en el mismo tono el señor Guillenormand, que la había oído.--Será algún sabio. Además, ¿qué tiene eso de particular? ¿Es culpa suya? El señor Boulard, á quien conocí, no salía nunca sin su libraco contra el pecho. Y saludando, dijo en alta voz:

--Señor Tranchelvent...

El abuelo Guillenormand no lo hizo adrede, pues la poca atención á los nombres propios era en él un rasgo aristocrático.

--Señor Tranchelvent, tengo el honor de pediros para mi nieto, el señor barón Mario de Pontmercy, la mano de esta señorita.

«El señor Tranchelvent» se inclinó.

--Negocio concluido,--exclamó el abuelo.

Y volviéndose á Mario y Cosette, con ambos brazos extendidos en actitud de bendecirlos, gritó:

--Permiso para adoraros.

No dieron ellos lugar á que se repitiese la autorización. Y empezó el gorjeo.

Hablábanse en voz baja, Mario recostado en su ancho sillón, Cosette de pie junto á él.

--¡Dios mío!--murmuraba Cosette.--¡Os vuelvo á ver! ¡Eres tú! ¡Sois vos! ¡Haber ido á batirse de aquel modo! ¿Y por qué? Es horrible. Durante cuatro meses no he vivido. ¡Oh! ¡Qué maldad haber tomado parte en esta lucha! ¿Qué os había hecho yo? Os perdono; pero no volváis á ello jamás. Ahora mismo, cuando han ido á decirnos que viniéramos, volví á creer que me moría; pero era de gozo. ¡Estaba tan triste! No me detuve en vestirme, y así, debo pareceros horrible. ¿Qué dirán vuestros parientes si reparan en mi pañoleta toda arrugada? ¡Pero habla! Dejas que hable yo sola. Seguimos viviendo en la calle del Hombre Armado.

«¡Parece que la herida del hombro era terrible! Me han asegurado que cabía el puño dentro. Además, parece que os han cortado la carne con tijeras. Esto es horroroso. He llorado hasta agotarse el raudal de mis ojos.

«¡Es bien extraño que se pueda sufrir tanto!

«¡Qué aspecto tan bondadoso tiene vuestro abuelo! No os molestéis ni os apoyéis en el codo, vais á haceros daño. ¡Oh! ¡Qué feliz soy! ¡Acabóse, pues, la desgracia!

«Soy una tonta. Quería deciros cosas que ya no recuerdo. ¿Me amáis como antes?

«Vivimos en la calle del Hombre Armado. Allí no hay jardín.

«He estado haciendo hilas todo este tiempo. ¡Aquí tenéis; señor mío; la culpa es vuestra, se me ha encallecido el dedo!».

--¡Ángel mío!--exclamó Mario.

Ángel es la sola palabra de la lengua que no se gasta nunca. Ninguna otra podría resistir al obstinado empleo que hacen de ella los enamorados.

Después, como había gente delante, cesaron de hablar, contentándose con estrecharse suavemente la mano.

El señor Guillenormand se volvió á los que estaban en el cuarto, y les gritó:

--Vamos, señores, hablar alto, hacer ruido, formar aparte. ¡Qué diablo! Bullicio, bullicio, que estos muchachos puedan charlar á su gusto.

Y acercándose á Mario y Cosette les dijo por lo bajo:

--Tuteaos. No os hagáis violencia.

La señorita Guillenormand asistía con estupor á esa irrupción de claridad en su interior de vieja solterona; pero este estupor no tenía nada de agresivo; no era por ningún concepto la mirada escandalizada y envidiosa de una lechuza á dos tortolillas; era buenamente el ojo atónito de una pobre inocente de cincuenta y siete años; era la vida sin vida contemplando este triunfo del amor.

--Ya te lo tenía yo dicho,--exclamaba su padre,--no podía dejar de suceder esto.

Permaneció un instante silencioso, y añadió luego:

--Contempla la dicha de los demás.

Volviéndose enseguida hacia Cosette, exclamó:

--¡Bellísima, encantadora! Es una magnífica pintura de Greuze. ¿Y vas tú solo á poseer semejante tesoro, polizonte? ¡Ah, pícaro! De buena te libras conmigo. Si tuviera yo quince años menos, nos disputaríamos su mano á estocadas.

«¡Vaya! estoy enamorado de vos, damisela. Es muy sencillo, pues... ¡Está en su derecho! ¡Ah qué lindas, qué alegres bodas vamos á tener! Nuestra parroquia es San Dionisio del Santísimo Sacramento; pero obtendré una dispensa para que os caséis en San Pablo, que es mejor iglesia. La construyeron los jesuitas. Es más graciosa. Está mirando á la fuente del cardenal de Birague. La obra maestra de la arquitectura de los jesuitas está en Namur; se llama Saint Loup. Será preciso ir á verla después de casados. Vale la pena de hacer el viaje.

«Señorita, soy completamente de vuestro modo de pensar; quiero que se casen las muchachas, pues para eso han nacido. No me gustan las santas Catalinas vírgenes. Quedarse solteras es meritorio, pero frío. La Biblia dice: Multiplicaos. Para salvar al pueblo se necesita á Juana de Arco, la doncella; mas para que no se acabe la especie, se necesitan madres. Casaos, pues, hermosas. ¿De qué sirve permanecer solteras? Yo sé bien que hay para ellas una capilla aparte en la iglesia, y que se acogen á la hermandad de la Virgen; pero, caramba, un lindo marido, mozo de provecho, y al cabo de un año un monín rollizo y rubio, que mame como un ganapán y que tenga buenas roscas de carne en los muslos y que coja á manos llenas el pecho de la madre con sus deditos sonrosados, riendo como la aurora, vale esto mucho más, á mi ver, que llevar á vísperas un cirio, y cantar: Turris eburnea».

El abuelo hizo una pirueta sobre sus talones de noventa años, y prosiguió en su charla, como resorte en movimiento:

¿Con que, por fin, dejándote de vaguedades falsas Resulta verdadero, Alcipo, que te casas?

--Á propósito.

--¿Qué, padre mío?

--¿No tenías un amigo íntimo?

--Sí, Courfeyrac.

--¿Qué se ha hecho de él?

--Ha muerto.

--Más vale así.

Sentóse junto á ellos, hizo sentar también á Cosette, y cogió sus cuatro manos entre las suyas arrugadas por la edad, diciendo:

--Delicadilla es la niña. ¡Es una obra maestra esta Cossette! Es tan linda muchacha como gran señora. Lástima que se quede en baronesa, pues su nacimiento es de marquesa. ¡Y qué pestañas tiene!

«Hijos míos, fijad bien en vuestras cabezuelas que estáis ahora en lo cierto. Amaos como bobos. El amor es la barbaridad de los hombres y el espíritu de Dios. Adoraos. Sólo que,--y dijo esto poniéndose triste de repente.--¡Qué lástima! Ahora pienso en ello. Más de la mitad de mi renta es vitalicia. Mientras yo viva, todo irá bien; pero después de mi muerte, de aquí á veinte años, ¡ah, pobrecillos! no tendréis un cuarto. Esas bonitas y blancas manos, señora baronesa, dispensarán al diablo el favor de tirarle de la cola».

Oyóse aquí una voz grave y tranquila, que dijo:

--La señorita Eufrasia Fauchelvent tiene seiscientos mil francos.

Era la voz de Juan Valjean.

No había desplegado aún los labios; nadie parecía cuidarse siquiera de que estuviese allí, y él permanecía de pie é inmóvil detrás de aquellos seres felices.

--¿Quién es la señorita Eufrasia en cuestión?--preguntó el abuelo, asustado.

--Yo,--respondió Cosette.

--¡Seiscientos mil francos!--repuso el señor Guillenormand.

--Menos catorce ó quince mil á corta diferencia,--dijo Juan Valjean.

Y dejó sobre la mesa el paquete que el señor Guillenormand había tomado por un libro.

Juan Valjean abrió por sí mismo el paquete; era un legajo de billetes de banca. Hojeáronlos y contáronlos. Había quinientos billetes de mil francos, y ciento sesenta y ocho de quinientos. Total: quinientos ochenta y cuatro mil francos.

--¡He aquí un buen libro!--dijo el señor Guillenormand.

--¡Quinientos ochenta y cuatro mil francos!--murmuró la tía.

--Esto allana muchas cosas, ¿no es verdad señorita Guillenormand mayor?--dijo el abuelo.--¡Ese diablo de Mario ha ido á desenterrar en la región de los sueños una griseta millonaria! ¡Fiad luego en los amoríos de muchachos! Los estudiantes encuentran estudiantes de seiscientos mil francos. Mejor trabaja Cherubin que Rotschild.

--¡Quinientos ochenta y cuatro mil francos!--repetía á media voz el señor Guillenormand. ¡Quinientos ochenta y cuatro mil! Vale tanto como decir seiscientos mil. ¡Vaya!

En cuanto á Mario y Cosette, se estaban mirando el uno al otro durante este tiempo, sin fijarse apenas en aquel detalle.

V =Depositad antes el dinero en un bosque cualquiera que en casa de un notario=

Se habrá comprendido, sin alargar explicaciones, que Juan Valjean, después del lance judicial de Champmathieu, había podido, gracias á su primera evasión de algunos días, ir á París, y retirar á tiempo de casa de Laffite la suma ganada por él con el nombre de señor Magdalena, en Montreuil sur Mer; y que temeroso de que le cogiesen, lo cual no tardó en suceder, había ocultado aquella suma, enterrándola en el bosque de Montfermeil en el sitio llamado el soto de Blarú.

La cantidad, consistente en seiscientos treinta mil francos, toda en billetes de Banco, abultaba poco y cabía en una caja; sólo que, para preservar esta caja de la humedad, la había puesto dentro de un cofrecito de roble, lleno de virutas de castaño. En el mismo cofrecillo guardaba otro tesoro, los candeleros del obispo. Se recordará que los llevó consigo al evadirse de Montreuil sur Mer.

El hombre á quien Boulatruelle vió una noche por primera vez, era Juan Valjean. Luego, cada vez que Juan Valjean necesitaba dinero, iba á buscarle al soto de Blarú. De ahí las ausencias de que hemos hablado. Tenía escondido un azadón entre los matorrales, en un lugar sólo de él conocido.

Cuando vió á Mario convaleciente, presintiendo que se acercaba la hora en que aquel dinero podría ser útil, fué á buscarlo; y él fué también á quien Boulatruelle vió en el bosque, pero esta vez por la mañana y no por la noche. Boulatruelle heredó el azadón.

La suma verdadera ascendía á quinientos ochenta y cuatro mil quinientos francos. Juan Valjean guardó los quinientos para él.

«Luego veremos»,--dijo para sí.

La diferencia entre esa cantidad y los seiscientos treinta mil francos retirados de casa de Laffite, representaban el gasto de diez años, de 1823 á 1833. Los cinco que permaneció en el convento no habían costado más que cinco mil francos.

Juan Valjean colocó los dos candeleros de plata sobre la chimenea, donde brillaron con grande admiración de la tía Santos.

Por lo demás, Juan Valjean sabía que estaba ya libre de Javert. Oyó referir, y lo vió confirmado en el Monitor, el caso de un inspector de policía, llamado Javert, á quien se encontró ahogado debajo de la bancada de las lavanderas, entre el Pont au Change y el Puente Nuevo; y que un escrito que había dejado aquel hombre, por otra parte irreprensible y muy estimado de sus jefes, hacía creer que sólo un acceso de enajenación mental había podido producir el suicidio.

--En efecto,--pensó Juan Valjean,--puesto que me dejó libre teniéndome cogido, loco debía de estar.

VI =Los dos viejos, cada uno á su modo, hacen cuanto pueden para que Cosette sea feliz=

Dispúsose todo para la boda. Consultado el médico, declaró que podía verificarse en febrero. Se estaba en diciembre. Algunas semanas de perfecta é inefable dicha pasaron como un sueño.

No era el abuelo el menos venturoso. Pasábase extasiado cuartos de hora enteros contemplando á Cosette.

--¡Qué admirable niña!--exclamaba.--¡Qué aire tan dulce y bondadoso el suyo! No hay que decir prenda de mi corazón; es la muchacha más encantadora que he visto en mi vida. Día vendrá en que sus virtudes olerán á violeta. Es una verdadera monada; no se puede dejar de vivir noblemente acompañado de semejante criatura; Mario, hijo mío, eres barón, eres rico; no ejerzas de abogado; te lo suplico.

Cosette y Mario habían pasado bruscamente del sepulcro al paraíso. La transición había sido tan inesperada, que sólo el deslumbramiento les impidió perder el sentido.

--¿Comprendes algo de todo esto?--preguntábale Mario á Cosette.

--No,--respondía Cosette:--pero me parece que el buen Dios nos mira.

Juan Valjean lo hizo todo, lo allanó todo, lo concilió y facilitó todo, para apresurar la dicha de Cosette, tan solícito y alegre en apariencia como Cosette misma.

El haber sido alcalde le sirvió para resolver muy bien un problema delicado, cuyo secreto le pertenecía exclusivamente: el estado civil de Cosette. Decir secamente su origen, ¿quién sabe? tal vez hubiese podido impedir el casamiento. Separó de Cosette toda dificultad, arreglándole una familia de individuos ya difuntos, lo cual era el mejor medio de evitar reclamaciones. Cosette era el último vástago de una rama extinguida. Cosette no era hija suya, sino de otro Fauchelevent, hermano suyo. Los dos hermanos habían sido jardineros en el convento del Petit Picpus.

Se preguntó al convento; y allí dieron los más excelentes é irreprochables informes. Aquellas buenas mujeres, poco á propósito y sin inclinación á sondear las cuestiones de paternidad ni encontrar en ello la menor malicia, nunca supieron de cierto de cuál de los dos Fauchelevent era hija Cosette. Dijeron lo que se quiso, y lo dijeron con celo.

Extendióse una acta oficial; y Cosette llegó á ser ante la ley la señorita Eufrasia Fauchelvent, declarada huérfana de padre y madre. Juan Valjean se arregló de manera que se le designase con el nombre de Fauchelvent, como tutor de Cosette, con el señor Guillenormand en calidad de subrogado suyo.

En cuanto á los quinientos ochenta y cuatro mil francos, resultaron ser un legado hecho á Cosette por una persona ya difunta, que deseaba permanecer ignorada.

El legado primitivo había sido de quinientos noventa y cuatro mil francos; pero se habían gastado diez mil en la educación de la señorita Eufrasia, la mitad de los cuales los había cobrado el propio convento. Aquella manda depositada en manos de un tercero, debía entregarse á Cosette al llegar á su mayor edad, ó cuando se casase. Como se ve, todo esto era muy aceptable, mucho más tratándose de una suma que pasaba de medio millón.

Existían naturalmente acá y acullá algunas singularidades; pero nadie las vió; uno de los interesados tenía los ojos vendados por el amor, y los demás por los seiscientos mil francos.

Cosette supo que no era hija de aquel anciano á quien había llamado padre tanto tiempo. Era sólo un pariente, y el otro Fauchelvent su verdadero padre. En otra cualquiera ocasión esto la habría molestado; pero en aquel momento inefable en que se hallaba, resultó apenas una sombra, una ligera nube que el exceso de la alegría disipó bien pronto. Tenía á Mario.

Con la aparición del mancebo, desaparecía el anciano; así es la vida.

Y luego, Cosette estaba acostumbrada hacía muchos años á ver enigmas en torno suyo; todos los que han tenido una infancia misteriosa, se hallan siempre dispuestos á renunciar á ciertos sentimientos.

Continuó, sin embargo, llamándole «padre» á Juan Valjean.

Cosette, angelical en todo, estaba entusiasmada por el señor Guillenormand. Es verdad que él la colmaba de madrigales y regalos.

Mientras Juan Valjean procuraba á Cosette una situación normal en la sociedad, y una posesión de estado inatacable, el señor Guillenormand cuidaba de la canastilla de boda. Nada le divertía tanto como manifestarse espléndido. Regaló á Cosette un vestido de guipur de Binche que venía directamente de su abuela.

«Aquellas modas renacen hoy, decía, y las jóvenes de mi vejez se visten como las viejas de mi infancia».

Vaciaba sus respetables y panzudas cómodas de laca de Coromandel, que en muchos años no habían sido abiertas. Confesemos á estos vejestorios, decía; veamos lo que tienen en la tripa. Abría con estrépito los cajones igualmente panzudos, llenos de trajes y adornos de todas sus mujeres, de todas sus queridas y de todas sus abuelas. Pequines, damascos, rasos, moarés estampados, vestidos de gro de canutillo abrillantado, pañuelos de la India bordados de un oro que puede lavarse, delfinas sin revés en piezas, blondas de Génova y de Alençon, aderezos de joyería antigua, cestillos de marfil labrado con dibujos de batallas microscópicas, baratijas, cintas: todo se lo regalaba á Cosette.

Cosette, maravillada, perdida de amor por Mario, y abrumada de reconocimiento hacia el viejo Guillenormand, soñaba con una felicidad sin límites, envuelta en rasos y terciopelos. Su canastilla de boda le parecía estar sostenida por los serafines. Su alma se elevaba á lo azul en alas de encaje de Malinas.

La embriaguez de los enamorados, ya lo hemos dicho, no podía compararse sino al éxtasis del abuelo. Había como una fanfarria continuada en la calle de las Hijas del Calvario.

Cada mañana, nueva ofrenda de antiguallas por parte del abuelo á Cosette. Todos los falbalás imaginables se expansionaban espléndidamente á su alrededor.

Un día Mario, que aprovechaba gustoso la ocasión de decir algo grave en medio de su felicidad, dijo á propósito de un incidente cualquiera:

--Los hombres de la Revolución son tan grandes, que tienen ya el prestigio de los siglos, como Catón y Foción, y cada uno de ellos parece una memoria antigua.

--¡Moaré antiguo!--exclamó el viejo.--Gracias, Mario. Ésta es precisamente la idea que yo andaba buscando.

Y al día siguiente vino un traje magnífico de moaré antiguo, color de té, á engrosar la canastilla de Cosette.

El abuelo sacaba de aquellas antiguallas mucha sabiduría.

--El amor es una gran cosa, pero necesita de estos accesorios. La felicidad necesita de lo inútil; por sí sola, no es más que lo necesario, y conviene sazonarla mucho con lo superfluo. Un palacio y su corazón. Su corazón y el Louvre. Su corazón y las fuentes de Versalles. Tenga yo mi pastora, pero hagámosla duquesa. Tráiganme á Filis coronada de florecillas, pero añadámosle cien mil libras de renta. Ábrase una bucólica, y piérdase de vista bajo una columnata de mármol. Consiento en la bucólica y también en la magia de mármoles y oro. La felicidad á secas se parece al pan seco, que llena el estómago, pero no es comer. Quiero lo superfluo, lo inútil, lo extravagante, lo excesivo, lo que de nada sirve.

«Acuérdome de haber visto en la catedral de Estrasburgo un reloj, tan alto como una casa de tres pisos, que señalaba la hora, que tenía la bondad de señalar la hora; pero cuyo aspecto no indicaba que tal fuese su misión; y el cual, después de haber sonado las doce del día ó de la noche, medio día, la hora del sol, media noche, la hora del amor, ú otra hora cualquiera, daba la luna y las estrellas, la tierra y el mar, las aves y los peces, Febo y Febé, y una caterva de cosas que salían de un nicho, y los doce apóstoles, y el emperador Carlos V, y Eponina, y Sabino, y con esto y además un montón de muñequillos dorados tocando la trompeta; sin contar, por supuesto otras mil alegres campanillas que repetían sus sones á cada instante sin saberse por qué. Y al lado de todo esto, ¿qué vale la simple muestra de un reloj que sólo marca las horas? Opino, pues, como el gran reloj de Estrasburgo, y le prefiero al cucú de la Selva Negra».

El señor Guillenormand desbarraba especialmente al tratarse de la boda, y todo el ajuar del siglo XVIII hallaba cabida en sus ditirambos. Siguió perorando:

--Vosotros ignoráis el arte de las fiestas. En estos tiempos no se sabe pasar un día alegre. El siglo XIX es un siglo blanducho; fáltale el vigor del exceso. Ignora lo que es rico; ignora lo que es noble. En todo es mondo y lirondo. La clase media es insípida, incolora, inodora é informe. Sus mujeres no tienen otro sueño al establecerse, como ellas dicen, que un lindo gabinete recién alhajado con muebles de palo santo y cortinajes de calicot. ¡Paso! ¡Paso! Que el señor Hormiguita se casa con la señorita Ahorrillos. Suntuosidad y esplendor. Han pegado un luis de oro á un cirio bendito.

«Tal es la época actual. ¡Ay! Dejadme que huya á la otra parte de los Sarmatas.

«¡Ah! desde 1787 predije que estaba perdido todo el día que vi al duque de Rohan, príncipe de León, duque de Chabot, duque de Montbazon, marqués de Soubise, vizconde de Thouars, y par de Francia, ir á Longchamps en calesín.

El resultado no podía ser otro. En este siglo se hacen negocios, se juega á la Bolsa, se gana dinero, y se es miserable. Se acicala y barniza la superficie; cada cual procura prenderse bien los alfileres, lavarse, jabonarse, restregarse, afeitarse, peinarse, charolarse, alisarse, frotarse, cepillarse, limpiarse exteriormente, aparecer irreprochable, liso como un guijarro, brillante, aseado, y al propio tiempo, ¡por el alma de mi dama! en el fondo de la conciencia no hay más que fiemo y cloacas capaces de hacer retroceder á una vaquera que se suene con los dedos. Concédoles á estos tiempos este mote: «Limpieza sucia». Mario, no te enojes por ello; permíteme hablar. Yo no digo mal del pueblo, ya lo ves; al contrario, se me llena la boca con tu pueblo; pero no tomes á mal que vapulee un poco á la clase media. ¡Oh! pertenezco á ella, y «quien bien quiere bien castiga».

«Y dígote, lo repito, hoy se casa la gente, pero no sabe casarse. Sí, es verdad; sí, echo de menos la gentileza de las costumbres antiguas. Todo lo echo de menos; aquella elegancia, aquella caballerosidad, aquellos modales corteses y alegres, aquel gracioso lujo que cada cual lucía, la música formando parte de la boda, sinfonía arriba, tamboril abajo, las danzas, los rostros acoplados en la mesa, los madrigales alambicados, las canciones, los fuegos artificiales, las risas francas, el diablo y su comitiva, los grandes lazos de cintas. Echo de menos la liga de la novia; esta liga que es prima hermana del ceñidor de Venus. ¿Sobre qué gira la guerra de Troya? ¡Pardiez! sobre la liga de Elena. ¿Por qué combaten? ¿Por qué el divino Diómedes rompe en la cabeza de Merioneo el gran casco de bronce de diez puntas? ¿Por qué Aquiles y Héctor se alancean? Porque Elena ha dejado que París le ate la liga.

«Con la liga de Cosette haría Homero la Ilíada. Introduciría en su poema un viejo bobalicón como yo, y le llamaría Néstor.

«Amigos míos, en otro tiempo, en el dulce tiempo de mis mocedades, los casamientos se celebraban sabiamente; primero un buen contrato de boda, y luego una comilona suculenta. En cuanto salía Cuyaceo entraba Camacho, porque, ¡diantre! el estómago es un bicho agradable que pide lo que le es debido, y quiere tener también su boda. Se cenaba de lo lindo; se tenía al lado una buena moza sin tocas ni griñones más que para velar moderadamente su garganta. ¡Oh! ¡Y qué bocas tan risueñas; y cómo reinaba el gozo en aquellos tiempos! La juventud era un ramillete; todo joven remataba con una rama de lilas ó un ramo de rosas; el guerrero se trocaba en pastor; y si por casualidad era capitán de dragones, encontraba la manera de llamarse Florián. Se procuraba aparecer bello; abundaban los bordados y brillaban los colorines. El burgués lucía como una flor; el marqués brillaba como un diamante. No se gastaban trabillas; no se usaban botas. Se iba rozagante y lustroso, satinado y adamascado, aéreo, gracioso, remilgado; lo cual no impedía llevar espada al lado. También tiene el colibrí su pico y sus uñas.

«Era el tiempo de las Indias galantes. Delicadeza y magnificencia: tales eran las dos mitades de aquel siglo. Y ¡vive Dios! que nos divertíamos en grande.

«Hoy día se es más serio. El burgués es avaro, la burguesa gazmoña. ¡Desdichado siglo es el vuestro! Seríais capaces de expulsar á las Gracias por demasiado descotadas... ¡Ay! Se oculta la hermosura como si fuera fealdad. Desde la revolución, á todo se le pone pantalones, hasta á las bailarinas; una bailadora debe ser grave, vuestros rigodones son doctrinarios. Hay que aparecer majestuosos. No es bien visto quien no lleva la barba metida dentro de la corbata. El ideal de un mozalbete de veinte años que se casa, consiste en parecerse al señor Royer-Collard. ¿Y sabéis lo que se consigue con esa majestad rara? Empequeñecerse.

«Tened previsto que la alegría no es solamente alegre, sino grande. Pero, al menos, sed enamorados alegrillos; ¡qué diablo! ¡Casaos, cuando os caséis, con la fiebre, y el atolondramiento, y el bullicio, y la batahola de la felicidad! En la iglesia la gravedad, pase. Pero después de la misa, ¡caramba! sería menester hacer revolotear un sueño fantástico en derredor de la novia.

«El casamiento debe ser quimérico y real; debe pasear en ceremonial desde la catedral de Reims hasta la pagoda de Chanteloup. Me horrorizan las bodas prosaicas. ¡Por vida de!, ese día al menos, subíos al Olimpo; sed dioses. ¡Ah! pudiendo ser silfos, juegos y risas y argiráspidas, no sois más que mezquinos galopos. Amigos míos, todo recién casado debe ser un príncipe Aldobrandini. Aprovechad ese minuto, único en la vida, para volar al empíreo con los cisnes y las águilas, aunque hayáis de caer otra vez al día siguiente en el prosaísmo de las ranas. No andarse en economías con el himeneo; no le escatiméis sus esplendores; no regateéis el día de su brillo. La boda no es el igual de casa. ¡Oh! Si yo obrase á gusto mío, ¡cuán galano lo dispondría! ¡cómo se oirían trinar los violines entre los árboles!

«He aquí mi programa; mi programa azul celeste en campo de plata. Mezclaría en la fiesta las divinidades campestres; convocaría las dríadas y las nereidas. La boda de Anfititre, una nube de rosa, ninfas con graciosos peinados y enteramente desnudas, un académico dedicando coplas á la diosa, y una carroza tirada por monstruos marinos.

¡Tritón trotando al frente, tirando de su concha sonidos placenteros que á cualquiera alborozan!

«Éste, éste es un magnífico programa de fiesta; de lo contrario, confieso que no lo entiendo, ¡torpe de mí!».

Mientras que, el abuelo, en medio de su lírica efusión, se escuchaba á sí mismo, Cosette y Mario experimentaban la dulce embriaguez de contemplarse libremente.

La señorita Guillenormand contemplaba todo aquello con su imperturbable placidez. Durante cinco ó seis meses no había cesado de recibir emoción tras emoción: Mario de vuelta, Mario cubierto de sangre, Mario traído de una barricada, Mario muerto y luego vivo, Mario reconciliado, Mario casándose con una pobre, Mario casándose con una millonaria. Los seiscientos mil francos habían sido su última sorpresa; y ya con ello recobró la indiferencia propia de los tiempos de su primera comunión.

Así, continuó yendo regularmente á los oficios, pasaba y repasaba las cuentas de su rosario, leía su eucólogo, murmuraba en un rincón de la casa sus Ave Marías, mientras cuchicheaban en otro, I love you (yo te amo), y veía vagamente á Mario y á Cosette como dos sombras. Cuando la sombra era ella.

Existe cierto estado de ascetismo inerte, en que el alma neutralizada por el entorpecimiento, extraña á lo que pudiera llamarse el trabajo de vivir, no percibe, si se exceptúan los temblores de tierra y las catástrofes, ninguna de las impresiones humanas, ni las que son agradables, ni las que son penosas.

--Esa devoción,--decía el señor Guillenormand á su hija,--se parece mucho al romadizo de cabeza. No huelas nada de la vida. Pues si no sientes el mal olor, tampoco el bueno.

Por lo demás, los seiscientos mil francos habían fijado las indecisiones de la vieja solterona. Su padre estaba tan acostumbrado á prescindir de ella, que no la consultó sobre el casamiento de Mario. Había cedido al primer ímpetu, como hacía siempre, no teniendo de déspota convertido en esclavo, más que un solo pensamiento: satisfacer á Mario. De la tía, no se había acordado, ni que existiera, ni que pudiera tener opinión propia. Esto, por complaciente y poco voluntariosa que ella fuese, la había lastimado.

Algo ofendida en su fuero interno, pero exteriormente impasible, había dicho para sí: «Mi padre resuelve la cuestión del casamiento sin mí; yo resolveré la cuestión de la herencia sin él».

En efecto; la señorita Guillenormand era rica, y su padre no lo era. No comunicó, pues, á nadie sus decisiones sobre el particular.

Es probable que si el casamiento hubiera sido pobre, pobre lo hubiese dejado. «¡Tanto peor para mi señor sobrino! Se casa con una pobre; pues que pida limosna». Pero los dos millones de Cosette cayeron en gracia á la tía, y variaron su modo de pensar respecto de aquel par de enamorados. Seiscientos mil francos son una suma que merece consideraciones, y era evidente que la señorita Guillenormand no podía dejar de testar en favor de aquellos jóvenes, por lo mismo que no necesitaban de su herencia.

Se dispuso que el matrimonio habitase en casa del abuelo. El señor Guillenormand quiso absolutamente cederles sus habitaciones, por ser las mejores de la casa.

--Esto me rejuvenecerá,--decía.--Es un antiguo proyecto que yo me tenía. Siempre tuve la idea de tener los novios en mi cuarto.

Amuebló este cuarto con gran número de antiguos y graciosos cachivaches, lo hizo tapizar con una tela extraordinaria que conservaba en pieza, y la creía de Utrech, fondo arrasado, con capullos de oro y flores de terciopelo de las llamadas orejas de oso. «De esta tela, decía, son los cortinajes de la cama de la duquesa de Anville, en Roche Guyon».

Colocó sobre la chimenea una estatuita de Sajonia, ostentando un manguito sobre el seno desnudo. La biblioteca del señor Guillenormand se transformó en despacho de abogado con destino á Mario, puesto que, con arreglo á lo que previenen los estatutos del colegio de abogados, necesitaba tener gabinete.

VII =Efectos del sueño mezclados á la felicidad=

Los enamorados se veían diariamente. Cosette iba á ver á Mario acompañada del señor Fauchelvent.--Esto es al revés de lo ordinario,--decía el señor Guillenormand,--que la futura venga á domicilio á hacer que se la haga la corte.--Pero la convalecencia del enfermo había hecho adoptar esa costumbre, y los sillones de la calle de las Hijas del Calvario, mejores para los diálogos amorosos que las sillas de paja de la calle del Hombre Armado, habían contribuido á arraigarla.

Mario y el señor Fauchelvent se veían, pero no se hablaban. Parecía plan convenido.

Todas las jóvenes necesitan un rodrigón. Cosette no hubiera podido ir sin el señor Fauchelvent. Para Mario, era el señor Fauchelvent la condición de Cosette, y él la aceptaba. Al discutir sobre política, aunque vagamente y sin determinar nada, bajo el punto de vista de la mejora general en la suerte de todos, llegaban á decirse algo más que sí y no. Una vez, con motivo de la enseñanza, que Mario quería que fuese gratuita y obligatoria, multiplicada bajo todas las formas, prodigada á todos como el aire y el sol, en una palabra, respirable al pueblo entero, fueron del mismo parecer, y casi entraron en conversación.

Mario echó de ver entonces que el señor Fauchelvent hablaba bien, y hasta con cierta elevación de lenguaje. Faltábale, sin embargo, algo que no sabía determinar. Tenía algo de menos que los hombres de mundo, y algo de más por otra parte.

Mario, interiormente y en el fondo de su pensamiento, rodeaba con todo género de cuestiones mudas á aquel señor Fauchelvent, que era para él sencillamente benévolo y frío. Había momentos en que se le ocurrían dudas sobre sus propios recuerdos. Existía en su memoria un agujero, un punto negro, un abismo abierto por cuatro meses de agonía, y en el que se habían perdido muchas cosas.

Preguntábase si estaba bien seguro de haber visto al señor Fauchelvent, á un hombre tan grave y sereno, en la barricada.

Por otra parte, no era éste el único estupor que las apariciones y desapariciones del pasado habían dejado en su espíritu; ni debe creerse que estuviese libre de aquellas obsesiones de la memoria que nos obligan, aun siendo dichosos, aun hallándonos satisfechos, á mirar melancólicamente hacia atrás. La cabeza, que no se vuelve hacia los horizontes ya desvanecidos, no encierra pensamiento ni amor.

Á veces Mario oprimía su cara entre ambas manos, y el vago y tumultuoso pasado atravesaba por el crepúsculo que tenía en su cerebro. Veía nuevamente caer á Mabeuf, oía cantar á Gavroche bajo la metralla, sentía en sus labios el frío de la frente de Eponina; las sombras de todos sus amigos, Enjolrás, Courfeyrac, Juan Provaire, Combeferre, Bossuet y Grantaire, se presentaban á sus ojos disipándose enseguida. Todos aquellos seres queridos, dolorosos, valientes, alegres ó trágicos, ¿eran sueños ó habían en realidad existido?

Lo había arrastrado todo el motín en su humareda.

Las grandes fiebres producen grandes sueños. Interrogábase, palpábase, sentía el vértigo de todas aquellas realidades desvanecidas.

¿Dónde estaban, pues? ¿Era cierto que todos habían muerto?

Una caída en las tinieblas se lo había llevado todo, excepto á él. Parecíale aquélla una desaparición como detrás de una cortina de teatro. Hay telones en la vida que bajan también.

Al acto siguiente viene Dios.

Y aun él mismo, ¿era él propio por ventura? Él, pobre, era rico; él, abandonado, tenía una familia; él, desesperado, se iba á casar con Cosette.

Le parecía haber cruzado al través de una tumba, entrando en ella negro y saliendo blanco; y que en aquella tumba se habían quedado los demás. En determinados instantes, aquellos seres del pasado, volviendo y presentándosele, formaban corro en torno suyo, y le asombraban, pero se serenaba luego pensando en Cosette: necesitaba esta gran felicidad para desvanecer aquella catástrofe.

El señor Fauchelvent casi tenía también su lugar entre aquellos desvanecibles seres. Costábale trabajo á Mario creer que el Fauchelvent de la barricada fuese el mismo Fauchelvent de carne y hueso, tan gravemente sentado junto á Cosette. El primero era probablemente una de esas pesadillas que iban y venían en sus horas de delirio.

Por lo demás, siendo ambos caracteres inaccesibles, no había posibilidad que se cruzaran preguntas entre Mario y el señor Fauchelvent. Ni que se le ocurriese tal idea. En otra parte hemos indicado ya este característico detalle.

Dos hombres poseedores de un secreto, y que por una especie de convenio tácito no hablan de él, es menos raro de lo que parece.

Solamente una vez Mario intentó la prueba. Sacó á plaza en la conversación la calle de la Chanvrerie, y volviéndose al señor Fauchelvent, le dijo:

--¡Vos conocéis dicha calle perfectamente!

--¿Qué calle?

--La de la Chanvrerie.

--No recuerdo nada acerca del nombre de esa calle,--contestó el señor Fauchelvent con el tono más natural del mundo.

La respuesta, que se refería al nombre de la calle, y no á la calle misma, le pareció á Mario más concluyente de lo que lo era en realidad.

--Decididamente,--pensó él,--he soñado. He tenido una alucinación. Alguien que se le parecería. Este señor Fauchelvent no estaba allí.

VIII =Dos hombres imposibles de encontrar=

El encantamiento, por grande que fuese, no borró en nada otras preocupaciones del espíritu de Mario.

Mientras se iba disponiendo la boda y llegaba la época fijada, se dedicó á hacer difíciles y escrupulosas indagaciones retrospectivas.

Tenía contraídas deudas de gratitud por varios lados, así por parte de su padre, como por sí mismo.

Existía Thénardier, y existía el desconocido que le había llevado á él, Mario, á casa de su abuelo Guillenormand.

Mario quería encontrar á esos dos hombres, pues no se explicaba cómo podría casarse y ser feliz olvidándolos, temiendo que aquellas deudas de reconocimiento no pagadas, enturbiaran la luz de su existencia, tan esplendente á la sazón.

Érale imposible dejar tras de sí semejantes partidas en descubierto; y quería, antes de penetrar alegremente en el porvenir, saldar completamente el pasado.

El que Thénardier fuese un malvado, no borraba el hecho de haber salvado al coronel Pontmercy. Thénardier podía ser un bandido para todo el mundo, excepto para Mario.

Y Mario, ignorando la verdadera escena del campo de Waterloo, no conocía aquella particularidad de que su padre se hallase con respecto á Thénardier en la situación extraña de deberle la vida sin deberle por eso agradecimiento.

Ninguno de los diversos agentes que empleó Mario, consiguió descubrir la pista de Thénardier. Por este lado parecía haberse borrado todo por completo. La esposa Thénardier había muerto en la cárcel mientras se estaba sumariando el proceso.

Sólo Thénardier y su hija Azelma eran los únicos que habían quedado de aquel grupo lamentable; pero sumergidos nuevamente en la sombra.

El abismo del desconocimiento social había vuelto á cerrarse silenciosamente sobre aquellos seres, sin que se viese siquiera á la superficie aquel estremecimiento, aquel temblor, aquellos apagados círculos concéntricos que anuncian que algo ha caído al fondo, y que puede echarse la sonda.

Muerta la Thénardier, sobreseído en la parte de Boulatruelle, desaparecido Claquesous y fugados de la cárcel los principales acusados, el proceso de la emboscada del caserón de Cuervo, había casi abortado. El caso resultaba, pues, bastante obscuro. El tribunal había tenido que contentarse con los dos subalternos Panchaud (a) Primaveral y Demi Liard (a) Millonario, que fueron sentenciados contradictoriamente á diez años de presidio. Á sus cómplices evadidos y contumaces se los había condenado á cadena perpetua.

Thénardier, jefe y promovedor, había sido sentenciado también, pero á muerte, en rebeldía; y esta sentencia era lo único que quedaba de Thénardier, arrojando sobre aquel nombre sepultado su resplandor siniestro como una vela junto á un ataúd.

Por lo demás, sumido Thénardier en las últimas profundidades por el temor de que le volvieran á prender con motivo del referido fallo, aumentaba la tenebrosa nube que ya le envolvía.

En cuanto al otro, en cuanto al hombre ignorado que había salvado á Mario, las pesquisas dieron por el pronto algún resultado; pero no dieron luego mayor luz.

Consiguióse encontrar el coche de alquiler que había transportado á Mario á la calle de las Hijas del Calvario en la noche del 6 de junio.

Declaró el cochero que el 6 de junio, obedeciendo las órdenes de un agente de policía, se había «estacionado» desde las tres de la tarde hasta el anochecer en el muelle de los Campos Elíseos, junto al desagüe de la Gran Cloaca. Que á eso de las nueve de la noche se había abierto la reja de la alcantarilla que da sobre el ribazo del río; que había salido un hombre llevando á cuestas á otro hombre, que parecía muerto; que el agente que estaba en observación en dicho punto, había puesto preso al vivo y recogido al muerto; que, por orden del agente, él, cochero, había admitido á toda aquella gente en su coche; que primero habían ido á la calle de las Hijas del Calvario; que allí habían depositado al hombre muerto; que el hombre muerto era el señor Mario, y que él, el cochero, le conocía muy bien, aunque esta vez estuviese vivo; que enseguida habían vuelto á subir á su coche, y él había arreado los caballos; que á pocos pasos de la puerta de los Archivos le habían gritado que parara; que allí, en la calle, le habían pagado y despedido, y el agente se había llevado al otro individuo; que él no sabía nada más, y que la noche era muy obscura.

Mario, ya lo hemos dicho, de nada se acordaba; únicamente, conservaba cierta idea vaga de que le había cogido por detrás una mano vigorosa en el momento de caer de espaldas en la barricada; después, todo se había desvanecido.

No habiendo recobrado el conocimiento sino después en casa de su abuelo Guillenormand.

Perdíase en conjeturas.

No podía dudar de su propia identidad. ¿Cómo conciliar entonces que, habiendo caído en la calle de la Chanvrerie, le hubiese recogido un agente de policía en el ribazo del Sena, junto al puente de los Inválidos?

Alguien le había llevado desde el barrio de los mercados hasta los Campos Elíseos. ¿Y cómo? Por la alcantarilla. ¡Servicio inaudito!

¡Alguien! Pero, ¿quién?

Éste era el hombre que buscaba Mario.

Pero de este hombre, que era su salvador, nada, ni una huella, ni el menor indicio.

Aunque obligado Mario, por otra parte, á guardar gran reserva, extendió sus investigaciones hasta la prefectura de policía. Y allí tampoco arrojaron mayor luz los informes que dieron.

La prefectura sabía menos que el cochero del carruaje de alquiler. Allí no se tenía noticia de ningún arresto verificado el 6 de junio en la reja de la Gran Cloaca; no se había recibido parte ninguno de agente alguno referente al hecho que en la prefectura, se consideraba como una fábula.

Atribuíase la invención de aquella fábula al cochero. Para alcanzar una propina, son los cocheros capaces de todo, hasta de tener imaginación.

El hecho, sin embargo, era cierto, y Mario no podía dudar de él, á menos de dudar de su propia personalidad, como hemos dicho.

Todo resultaba inexplicable en tan extraño enigma.

¡Aquel hombre! Aquel hombre misterioso que el cochero había visto salir de la reja del Gran Albañal llevando á cuestas á Mario desmayado y que el agente de policía en observación había arrestado en flagrante delito de salvar á un insurrecto, ¿qué se había hecho? Y el mismo agente, ¿qué se había hecho también?

¿Por qué había guardado silencio aquel agente? ¿Había logrado evadirse aquel individuo? ¿había sobornado al agente?

¿Por qué, pues, ese hombre no daba señal ninguna de vida á Mario, que se lo debía todo? Su desinterés no era menos prodigioso que su abnegación. ¿Por qué el tal hombre no reaparecía? Quién sabe si era superior á la recompensa; pero nadie lo es al agradecimiento.

¿Había muerto? ¿Qué hombre era aquél? ¿Qué figura la suya? Nadie podía decirlo.

El cochero respondía: La noche era muy negra. Vasco y Nicolasita, aturdidos, no habían reparado sino en el señorito, todo lleno de sangre.

El portero, cuya luz había alumbrado la trágica llegada de Mario, era el único que se había fijado en el hombre en cuestión, y las señas que daba eran éstas:

--«Era un hombre horrible».

Con la esperanza de sacar partido para sus investigaciones, Mario hizo guardar el traje ensangrentado que llevaba puesto cuando le condujeron á casa de su abuelo.

Al examinar la levita, notóse que estaba desgarrada de una manera extraña en uno de los faldones. Faltábale un jirón.

Hablando Mario una noche delante de Cosette y Juan Valjean de aquella singular aventura, de los informes sin cuento que había tomado y de la inutilidad de sus esfuerzos, impacientóle el rostro frío de Fauchelvent, y exclamó con una viveza que casi tenía la vibración de la cólera:

--Sí, ese hombre, quien quiera que sea, fué sublime. ¿Sabéis, señor mío, lo que hizo? Intervino como el arcángel. ¡Fuéle preciso arrojarse en medio del combate, arrebatarme, abrir la alcantarilla, arrastrarme por ella, llevarme! ¡Fuéle preciso andar más de legua y media por horrorosas galerías subterráneas, encorvado, doblado, en las tinieblas, en la cloaca; más de legua y media, señor mío, con un cadáver á cuestas! ¿Y con qué objeto? Con el único objeto de salvar aquel cadáver. Y aquel cadáver era yo. Sin duda dijo él para sí: «¡Quizá hay todavía un soplo de vida; voy á arriesgar mi existencia por ese miserable resquicio!». ¡Y arriesgó su existencia, no una, sino veinte veces! Cada paso era un peligro; y la prueba está en que al salir de la alcantarilla, le prendieron.

«¿Sabéis, señor mío, que aquel hombre hizo todo esto? Sin la esperanza de recompensa alguna. ¿Qué era yo? Un insurrecto. ¿Qué era yo? Un vencido.

«¡Oh! Si los seiscientos mil francos de Cosette fueran míos...».

--Vuestros son,--interrumpió Juan Valjean.

--Pues bien,--respondió Mario;--yo los daría por encontrar á ese hombre.

Juan Valjean guardó silencio.

LIBRO SEXTO NOCHE CLARA

I =El 16 de febrero de 1833=

La noche del 16 al 17 de febrero de 1833, fué una noche bendita. Estuvo sobre sus sombras el cielo abierto. Fué la noche de bodas de Mario y Cosette.

El día había sido delicioso.

No había sido la fiesta transparente imaginada por el abuelo; esto es, una magia con grupos de querubines y de cupidos sobre la cabeza de los novios, un casamiento digno do figurar en la decoración de un techo; pero había sido un día apacible y risueño.

La moda de los casamientos no era en 1833 lo que es hoy. Aún no había tomado Francia de Inglaterra esa exquisita delicadeza de llevarse á la mujer, de huir al salir de la iglesia, de ocultarse avergonzados con su dicha, y de combinar las maneras del banquero quebrado con las delicias del cantar de los cantares.

No se había comprendido todavía cuánta castidad y decencia hay en traquetear el paraíso en silla de posta, en entremezclar su misterio con los chasquidos del látigo, en tomar para lecho nupcial un catre de posada, y en dejar tras de sí, en la vulgar alcoba, á tanto por noche, el más sagrado de los recuerdos de la vida, confundido con la plática del mayoral de diligencias y la moza de la posada.

En la segunda mitad del siglo XIX en que estamos, no bastan ya el alcalde con su banda, el sacerdote con su casulla, la ley y Dios; se necesita para complemento el postillón de Longjumeau con chaqueta azul de vueltas encarnadas y botones de cascabel, chapa al brazo, calzón de cuero verde, galones falsos, sombrero charolado, pelo abultado y empolvado de blanco, látigo enorme, botas de montar, y sus correspondientes imprecaciones á los caballos normandos de cola anudada.

Francia, es verdad, no lleva aún la elegancia hasta arrojar, como la nobleza inglesa, sobre la silla de posta de los novios una granizada de chinelas rotas y zapatos viejos, en memoria de Churchill, luego Marlborough ó Malbruck, quién se vió atacado el día de su boda por las iras de una tía suya, ataque al que debió su fortuna.

Las chinelas y zapatos no forman todavía parte de nuestras fiestas nupciales; pero paciencia; á medida que se extienda el buen gusto, ya se llegará á ello.

En 1833, como quien dice hace cien años, no se verificaba aún el casamiento al trote.

Creíase aún en aquella época, ¡cosa rara! que el casamiento es una fiesta íntima y social; que un banquete patriarcal no perjudica á una solemnidad doméstica; que la alegría, aun siendo excesiva, con tal de no traspasar los límites del decoro, no daña á la felicidad y que, por último, es bueno y aún venerable contemplar la fusión de dos destinos, de la cual ha de salir una familia, comenzando en la casa, y que el interior doméstico tenga en adelante por testigo á la cámara nupcial.

Teníase, pues, el impudor de casarse en casa.

La boda de Mario y Cosette, siguiendo esa moda, hoy ya caducada, se efectuó en casa del señor Guillenormand.

Á pesar de lo natural y trillado del negocio matrimonial, las amonestaciones, el arreglo de papeles, la alcaldía y la iglesia, ofrecen siempre alguna complicación. No pudo estar todo listo antes del 16 de febrero.

Ahora bien; por el puro placer de ser exactos diremos, que el 16 de febrero era martes de Carnaval, lo cual dió lugar á vacilaciones y escrúpulos, particularmente por parte de la señorita Guillenormand.

--¡Martes de Carnaval!--exclamó el abuelo.--Tanto mejor. Hay un refrán que dice:

Boda de martes lardero Produce siempre hijos buenos

«¡Celébrese pues, y sea el 16, si es que tú, Mario, no quieres que se aplace».

--No por cierto,--respondió el enamorado.

--Casémonos,--exclamó el abuelo.

El casamiento se celebró el 16, á pesar de la alegría pública. Estaba lloviendo; pero en el cielo siempre queda un rinconcito azul al servicio de la felicidad, que los amantes ven, aún cuando el resto de la creación quede bajo paraguas.

Juan Valjean había entregado el día anterior á Mario, en presencia del señor Guillenormand, los quinientos ochenta y cuatro mil francos.

Verificándose el casamiento bajo el régimen de la comunidad de bienes, el contrato de boda fué muy sencillo.

La tía Santos no era en adelante necesaria á Juan Valjean, por cuya razón Cosette se quedó con ella, elevándola al grado de doncella suya.

En cuanto á Juan Valjean, había en la casa del señor Guillenormand un bonito cuarto, expresamente amueblado para él, y Cosette le dijo con tan irresistible acento: «Padre, yo os lo ruego», que le había hecho casi prometer que iría á habitarlo.

Algunos días antes del fijado para el casamiento, ocurrió á Juan Valjean un accidente. Habíase lastimado el dedo pulgar de la mano derecha, y sin ser cosa grave, como no consintió que nadie se ocupara de ello, ni le curase, ni viese su mal, ni aun Cosette siquiera, tuvo que envolverse la mano con un lienzo, y llevar el brazo suspendido de un pañuelo.

Fuéle, pues, imposible firmar; pero lo hizo en su lugar el señor Guillenormand, como tutor sustituto de Cosette.

No conduciremos al lector ni á la alcaldía ni á la iglesia. No se sigue hasta allí á dos enamorados, y la costumbre es volver la espalda al drama desde que se le ve el ramo en el ojal al novio. Nos limitaremos, pues, á tomar nota de un incidente que, sin advertirlo la comitiva, acaeció en el tránsito de la calle de las Hijas del Calvario á la iglesia de San Pablo.

Estábase reparando á la sazón el empedrado de la extremidad norte de la calle de San Luis, la que se hallaba interceptada á partir de la calle del Parque Real; así fué que los coches de la boda no pudieron ir directamente hasta San Pablo.

Hubo que cambiar de itinerario; era lo más sencillo torcer por el boulevard.

Uno de los convidados hizo la observación de que, siendo martes de Carnaval, habría allí grande acumulación de carruajes.

--¿Por qué?--preguntó el señor Guillenormand.

--Por las máscaras.

--Perfectamente,--dijo el abuelo.--Vamos por ese lado. Estos chicos se casan; van á entrar en lo serio de la vida, y bueno es que se preparen viendo algo de máscaras.

Siguióse el camino del boulevard. En la primera de las berlinas de boda iban Cosette y la señorita Guillenormand, con el señor Guillenormand y Juan Valjean. En la segunda iba Mario, separado todavía de la novia, según costumbre. La comitiva nupcial, al salir de la calle de las Hijas del Calvario, tuvo que entrar en fila en la larga procesión de carruajes que formaban la cadena sin fin de la Magdalena á la Bastilla, y de la Bastilla á la Magdalena.

Las máscaras abundaban en el boulevard, y á pesar de que llovía por intervalos, no se amilanaban los payasos, arlequines y pierrots. Gracias al buen humor del invierno de 1833, París se había disfrazado de Venecia. Hoy no se ven ya martes de Carnaval por el estilo. Como todo lo existente no es sino un carnaval continuado, no hay ya carnavales.

Las alamedas rebozaban de gente y las ventanas de curiosos. Veíanse cubiertas de espectadores las azoteas que coronan los peristilos de los teatros. Además de las máscaras, se veía el desfile, tan propio del martes de carnaval como de Longchamp, de vehículos de todas clases, berlinas, carrozas, calesas, cabriolés, marchando en orden, rigurosamente pegados unos en otros por los reglamentos de policía, y como encajados en los carriles de un camino de hierro. Los que ocupan tales vehículos son á la vez actores y espectadores. Algunos municipales cuidaban de mantener en la parte baja de los boulevares las dos interminables filas paralelas, que se movían en sentido contrario, y vigilaban para que nada perturbase la doble corriente de aquellos dos arroyos de carruajes, subiendo y bajando, uno hacia la Chaussée d'Antin, otro hacia el arrabal de San Antonio.

Los carruajes blasonados de los pares de Francia y embajadores, caminaban por el centro de la calzada, yendo y viniendo libremente. Igual privilegio disfrutaban ciertas comparsas magníficas, en particular la del Buey Gordo.

En medio de aquella alegría parisiense, Inglaterra hacía chasquear su látigo; la silla de posta de lord Seymour, hostigada por cierto sobrenombre populachero, pasaba metiendo mucho ruido.

En la doble fila, á lo largo de la cual galopaban los municipales de á caballo como perros mastines, había muchas modestas berlinas de familia, atestadas de tías y abuelas, mostrando á las portezuelas graciosos grupos de niños disfrazados, pierrots de siete años y pierrotillas de seis, encantadoras criaturas que sentían ya cómo formaban oficialmente parte de la alegría pública, penetrados de la dignidad de su arlequinada con la gravedad de verdaderos funcionarios.

De cuando en cuando sobrevenía un obstáculo en la procesión de los vehículos, deteniéndose una ú otra de las dos filas laterales, hasta que desaparecía el tropiezo. Un solo carruaje atrancado bastaba á paralizar toda la línea. Luego se ponían otra vez en marcha.

Los coches de la boda estaban en la fila que iba hacia la Bastilla, por la parte derecha del boulevard. Á la altura de la calle de Pont aux Choux hubo una parada. Casi al mismo tiempo, en la parte opuesta, la otra fila en dirección á la Magdalena se detuvo también. Había allí entonces en aquella fila un carruaje lleno de máscaras.

Estos carruajes, ó mejor dicho, estas carretadas de máscaras, son harto conocidas de los parisienses. Si llegasen á faltar en un martes de Carnaval, ó en el día de Piñata, se despertaría la malicia, y diríase: Algo hay escondido. Probablemente va á cambiar el ministerio.

Atascamiento de Casandras, de Arlequines, de Colombinas, cabeceando á los vaivenes del carro por encima de la gente de á pie, todos igualmente grotescos, desde el turco hasta el salvaje. Hércules sosteniendo marquesas y verduleras que obligarían á Rabelais á taparse los oídos, como las Bacantes hacían bajar los ojos á Aristófanes; pelucas de hilaza, trajes de punto imitando carne de color de rosa sucio, sombreros con cintajos y verduras, anteojos, tricornios de Janot, encasquetados en cabezas sin seso, gritos á la gente de á pie, brazos en jarras, posturas atrevidas, hombros desnudos, rostros embadurnados, impudeces deslenguadas; es decir, un caos de desvergüenzas paseado por un cochero cubierto de flores manoseadas; ésta es la institución del Carnaval.

Grecia necesitaba la carreta de Tespis y Francia necesita el carruaje de alquiler de Vadé.

Todo puede parodiarse, incluso la parodia. La saturnal, esa gesticulación de la belleza antigua, va aumentándose progresivamente hasta llegar al martes de Carnaval; y la bacante, en otro tiempo coronada de pámpanos, inundada de sol, mostrando un seno de mármol en una semidesnudez divina, hoy día, apoltronada bajo los harapos húmedos del Norte, ha acabado por convertirse en repugnante mojiganga.

La tradición de los carros de máscaras se remonta á los tiempos más antiguos de la monarquía. En las cuentas de Luis XI se asignan al baylío del palacio «veinte sueldos torneses para tres coches enmascarados callejeros». En nuestros días, esas comparsas bulliciosas de criaturas se dejan conducir en alguna antigua calesa, sobre cuyo imperial se agrupan, cuando no abruman con su tumultuoso hacinamiento, algún landó oficial descubierto. Veinte ocupan un carruaje para seis. Encarámanse en el pescante, en las bigoteras, en los resortes de la cubierta, en la lanza; hasta llegan á horcajar en los faroles. Están de pie, sentados, con las piernas cruzadas ó colgando. Las mujeres ocupan las rodillas de los hombres. Desde lejos, se ven por encima del innumerable hormiguero de cabezas, estas pirámides de furiosos; formadas sobre carrozas, montañas de alegría en medio de aquella barahúnda.

Collé, Panard y Piron han salido de ellas enriquecidos de germanía, y ellos son los que escupen desde su cúspide sobre el pueblo todo el catecismo de la desvergüenza.

Aquel carruaje desmesurado, al parecer, por su cargamento, tiene cierto aire de conquista. Bullicio adelante, batahola detrás. En él se vocifera, se grita, se aúlla, se salta, se patalea en el colmo de la dicha; ruge la alegría, resplandece el sarcasmo, se esparce la jovialidad como una púrpura; dos rocines tiran de esta apoteosis de la farsa: es el carro triunfal de la Risa.

Risa harto cínica para ser franca; risa, en efecto sospechosa. Esta risa tiene una misión; la de probar á los parisienses la verdad del carnaval.

Tales carruajes impúdicos, en los que se adivina cierto cúmulo de tinieblas, hacen meditar al filósofo. Hay algo allí del gobierno. Tócase con el dedo cierta afinidad misteriosa entre los hombres públicos y las mujeres públicas.

Como de tantas torpezas amontonadas resulte un total de alegría; como escalonando la ignominia sobre el oprobio, se engolosine al pueblo; como el espionaje, sirviendo de cariátida á la prostitución, divierta á la chusma; como la muchedumbre se recree viendo pasar sobre las cuatro ruedas de un carruaje á ese monstruoso montón viviente, de oropel andrajoso, mitad basura y mitad resplandor, el cual canta y ladra, á la vez que palmotee al contemplar esa gloria formada de todas las vergüenzas; y pensar que no hay fiesta para las multitudes si la policía no saca á pasear por media de ellas mismas, ésas, á modo de hidras de la alegría con veinte cabezas.

Es ello muy triste. Pero ¿qué remedio? Esos carros de fango, adornados de cintas y flores, son insultados y amnistiados por la risa pública. La risa de todos es cómplice de la degradación universal. Ciertas fiestas malsanas desagregan al pueblo y le convierten en populacho; y el populacho, como los tiranos, necesita bufones. El rey tiene á Roquelaure, y el pueblo á Payaso.

París es la gran ciudad loca, siempre que deja de ser la gran ciudad sublime. El carnaval forma parte en él de la política. París, confesémoslo, se deja divertir de buen grado, aunque sea con la infamia. No pide á sus señores, cuando los tiene, sino una cosa: que le den el cieno pintarrajado. Roma tenía igual humor. Amaba á Nerón; Nerón era un histrión titánico.

La casualidad hizo, como dijimos antes, que uno de esos disformes grupos de mujeres y hombres enmascarados, acoplado en una ancha calesa, se detuviese á la izquierda del boulevard, mientras la comitiva nupcial se paraba á la derecha. De una á otra parte del boulevard, el carruaje de las máscaras alcanzó á ver frente á frente al de la novia.

--¡Toma!--dijo una máscara,--es una boda.

--Una boda fingida,--observó otro.--Nosotros somos la verdadera.

Y demasiado lejos para poder interpelar á los novios, temerosos por otra parte de llamar sobre sí la atención de los municipales, las dos máscaras dirigieron la vista á otra parte.

Toda la carretada de mascarones tuvo á poco que habérselas con la multitud, que empezó á chiflarla, manera de acariciar de la muchedumbre; y los dos máscaras que acababan de hablar, entablaron junto con sus compañeros una lucha de denuestos contra el gentío, en la que se agotaron todos los proyectiles del repertorio de plazuela para responder á las enormes bocanadas del pueblo; entablándose entre las máscaras y la chusma un terrible tiroteo de metáforas.

Entretanto, otras dos máscaras del mismo carruaje, un español de narices descomunales, semblante de viejo arrugado y enormes bigotes negros, y una rabanera flaca y muy joven, con careta de terciopelo, habíanse fijado en los novios, y durante aquella granizada de insultos, tuvieron su diálogo en voz baja.

Este diálogo era sofocado por el tumulto.

Como la lluvia había mojado al carruaje, y además el viento de febrero nada tiene de apacible, la rabanera descotada que hablaba con el español, al par que iba riéndose, tiritaba y tosía.

He aquí el diálogo:

--Dime.

--¿Qué, daron[8]?

--¿Ves aquel viejo?

--¿Qué viejo?

--Aquél que va en el primer roulotte[9] de la boda, á este nuestro lado.

--¿El que lleva el brazo recogido en un pañuelo negro?

--Sí.

--¿Y qué?

--Estoy seguro de conocerle.

--¡Ah!

--Que me cercenen el colabro, y que no en mi vioc vousaille, tonorge mi mezig, si no colombo yo aquel pantino[10].

--¡Hoy sí que París tiene parisienses!

--¿Puedes agacharte y ver la novia?

--No.

--¿Y al novio?

--En ese carruaje no va ningún novio.

--¡Pues no!

--Al menos que sea el otro viejo.

--Procura ver á la novia; agáchate más.

--No puedo.

--Lo mismo da. Estoy seguro de conocer á ese viejo que se duele de la pata.

--¿Y qué más tienes conociéndole?

--¡Quién sabe! ¡Á veces...

--Para nada me cuido yo de viejos.

--¡Le conozco!

--Conócele cuanto quieras.

--¿Cómo diablos asiste á la boda?

--También asistimos nosotros.

--¿De dónde vienen?

--¿Yo qué sé?

--Oye.

-¿Qué?

--Debieras hacer una cosa.

--¿Cuál?

--Bajar de nuestro carruaje y filar[11] la boda.

--¿Para qué?

--Para saber adónde van y de quién se trata. Despacha; date prisa en bajar, fée[12] mía, tú que eres joven.

Pero yo no puedo dejar el carruaje.

--¿Por qué?

--Estoy alquilada.

--¡Por vida de!...

--Cobro mi jornal de rabanera de la prefectura.

--Es verdad.

--Si dejo el coche, el primer inspector que me vea me detendrá. Ya lo sabes.

--Sí, lo sé.

--Hoy estoy alquilada á Pharos[13].

--Sin embargo, este viejo me amuela.

--¡Sí! ¿Te amuelan los viejos? Y esto que no eres una muchacha.

--Está en el primer carruaje.

--¿Y qué?

--En la roulotte de la novia.

--¿Y luego?

--Luego ha de ser el padre.

--¿Y eso qué me importa?

--Te digo que es el padre.

--Oye.

--¿Qué?

--Yo no puedo salir sino enmascarado. Aquí estoy de escondidas, nadie sabe quién soy. Pero mañana ya no habrá máscaras; es miércoles de ceniza; y corro el riesgo de caer[14]. Es preciso que me vuelva á mi escondite. Pero tú eres libre.

--No mucho.

--Más que yo, siempre.

--Bien. ¿Y luego qué?

--Que procures saber dónde va la boda.

--¿Adónde va?

--Sí.

--Yo lo sé.

--¿Adónde va, pues?

--Al Cuadrante Azul.

--Entonces no es por este lado.

--¡Pues bien! á la Rapée.

--Ó á otra parte.

--Como que es libre. Las bodas son libres.

--No basta. Te digo que es preciso procures averiguar qué boda es ésa, qué papel juega en ella este viejo, y dónde viven los novios.

--¡Pues no es ello cosa de cada día! Es un milagro eso de encontrar ocho días después á una boda que ha circulado por París el martes de Carnaval. ¡Un alfiler en un pajar! ¿Es esto posible?

--No importa; sin embargo, hay que intentarlo. ¿Entiendes, Azelma?

Las dos filas continuaron de nuevo por ambos lados del boulevard su movimiento en sentido inverso, y el carruaje de los mascarones perdió de vista el coche de la novia.

II =Juan Valjean continúa con el brazo en cabestrillo=

¿Á quién le es dado realizar sus sueños? Debe haber para ellos sin duda elecciones en el cielo; nosotros, sin saberlo, somos los candidatos, y los ángeles votan. Cosette y Mario fueron elegidos.

Cosette en la alcaldía y en la iglesia estuvo radiante y encantadora. La tía Santos, ayudada de Nicolasita, la había aderezado.

Sobre una falda de tafetán blanco llevaba puesta la de guipur de Binche, realzando su belleza un velo de punto de Inglaterra, un collar de perlas finas, una corona de azahares; todo esto era blanco, y entre esta blancura Cosette irradiaba. Era la delicadeza del candor dilatándose y transfigurándose á la luz. Podía decirse que era una virgen dispuesta á convertirse en diosa.

Los hermosos cabellos de Mario estaban lustrosos y perfumados; entreveíanse acá y allá bajo el espesor de los rizos, algunas líneas pálidas; eran las cicatrices de la barricada.

El abuelo, soberbio, con la cabeza erguida, magnífico, amalgamando más que nunca en su traje y en sus maneras toda la elegancia del tiempo de Barras, conducía á Cosette. Reemplazaba á Juan Valjean, quien por llevar el brazo en cabestrillo, no podía dar la mano á la novia.

Venía luego Juan Valjean, vestido de negro y sonriendo.

--Señor Fauchelvent,--decía el abuelo,--éste es un gran día. Voto por el fin de las aflicciones y pesadumbres. En lo sucesivo, no debe haber tristeza en parte alguna. ¡Pardiez! decreto que reine la alegría. El mal no tiene derecho de existir. Es una vergüenza á la verdad para el azul del cielo que haya hombres desgraciados. El mal no proviene del hombre que, en el fondo, es bueno. Todas las miserias humanas radican en el infierno, dicho por otro nombre las Tullerías del diablo. ¡Vaya! ¡También me permito soltar hoy frases demagógicas! Lo que es yo, no tengo ya opiniones políticas; que todos los hombres sean ricos, es decir, felices; con esto me contento.

Cuando al terminar las ceremonias, después de haber pronunciado delante del alcalde y del sacerdote todos los sí necesarios, después de haber firmado en los registros de la municipalidad y de la sacristía, después de haber cambiado los respectivos anillos, después de haber estado de rodillas codo con codo bajo el yugo de moaré blanco, entre nubes de incienso, llegaron asidos de la mano, admirados y envidiados de todos, Mario de negro, y Cosette de blanco, precedidos del pertiguero con charreteras de coronel, sonando con su alabarda en las baldosas, en medio de dos hileras de maravillados concurrentes; llegaron, decimos, al pórtico de la iglesia, abiertas las puertas de par en par, dispuestos á subir al coche, ya todo terminado; Cosette no alcanzaba todavía á creerlo. Fijábase en Mario, en el gentío y en el cielo; parecía como temerosa de despertar. Su atónito é inquieto semblante resultaba aún más embelesador.

Para la vuelta, entraron juntos en el mismo carruaje, sentándose Mario al lado de Cosette, y enfrente el señor Guillenormand y Juan Valjean. La señorita Guillenormand retiróse á ocupar el segundo carruaje. «Hijos míos,--les decía el abuelo,--heteos hechos ya el señor barón y la señora baronesa, con treinta mil libras de renta». Cosette, arrimándose cuanto pudo á Mario, acarició su oído con este cuchicheo angelical: «¡Es verdad pues! ¡Me llamo Mario; soy tu señora!».

Aquellos dos seres irradiaban. Hallábanse en el momento supremo irrevocable, en el deslumbrante punto de intersección de toda la juventud y de toda la alegría. Realizábanse los versos de Juan Provaire. No sumaban cuarenta años entre los dos.

Representaban la sublimidad del matrimonio; aquellas dos criaturas eran dos lirios.

No se miraban uno á otro; se contemplaban. Cosette entreveía á Mario en una gloria, y Mario entreveía á Cosette en un altar. Y sobre aquel altar y en aquella gloria, mezclándose ambas apoteosis, en el fondo, y sin saber cómo, detrás de una nube para Cosette y en un fulgor para Mario, estaba lo ideal, lo verdadero, el cumplimiento del ósculo y del sueño, el tálamo nupcial.

Todos los tormentos pasados se trocaban para ellos en embriaguez. Parecíales que los pesares, los insomnios, las lágrimas, las angustias, los terrores y la desesperación, transformados en caricias y rayos de luz, hacían aún más deliciosa la hora de delicias que se aproximaba, y que las tristezas se habían vuelto tan serviciales, que servían el tocado á la alegría.

¡La desdicha servía de aureola á su felicidad! ¡La prolongada agonía de su amor remataba en una ascensión!

El encanto mismo inundaba aquellas dos almas, nuncio de voluptuosidad en Mario y de pudor en Cosette. Decíanse por lo bajo: «Iremos á ver juntos nuestro jardín de la calle Plumet». Los pliegues del traje de Cosette caían sobre Mario.

Semejante día es una mezcla inefable de divagaciones y certidumbres. Al lado de la posesión se forman suposiciones. Se tiene todavía delante de sí bastante tiempo para adivinar.

¡Encierra este día la inefable emoción de que al medio día se piense en la media noche! Las delicias de aquellos dos corazones rebosaban sobre la multitud, comunicando alegría á los transeúntes.

En la calle de San Antonio, delante de San Pablo, se paraba la gente para ver á través de los cristales del coche, temblar los azahares sobre la cabeza de Cosette. Entraron luego en la calle de las Hijas del Calvario.

Mario, sin separarse de Cosette, subió con aire de triunfo y radiante la misma escalera por donde le habían subido moribundo. Los pobres, agolpados delante de la puerta y repartiéndose las limosnas, los bendecían. En todas partes había flores. La casa no estaba menos perfumada que la iglesia; después del incienso, las rosas. Creían oir voces en el infinito; tenían á Dios en el corazón; el destino se les presentaba como una techumbre de estrellas; sobre su cabeza divisaban la luz del sol naciente. De repente sonó el reloj.

Mario se fijó en el gracioso brazo desnudo y algo rosado de Cosette que se entreveía vagamente al través de los encajes del vestido; Cosette, advirtiendo la mirada de Mario, ruborizóse hasta el blanco de los ojos.

Habían sido convidados muchos antiguos amigos de la familia Guillenormand, y todos se apresuraban en derredor de Cosette, llamándola á porfía señora baronesa.

El oficial Teódulo Guillenormand, ya capitán, había venido de Chartres, donde se hallaba de guarnición, para asistir á la boda de su primo Pontmercy. Cosette no le conoció.

Y él por su parte, acostumbrado á parecer lindo á todas las mujeres, no se acordaba más de Cosette que de otra cualquiera.

--¡Qué bien hice en no creer aquel cuento del oficial de lanceros!--decía para sí Guillenormand.

Cosette no había demostrado nunca más cariño á Juan Valjean, estando así al nivel del viejo Guillenormand; mientras éste expresaba su alegría por medio de aforismos y máximas, ella exhalaba el amor y la bondad como un perfume. La dicha quiere dichoso á todo el mundo.

Para hablar á Juan Valjean, hallaba inflexiones de voz del tiempo de su niñez, y le acariciaba con su sonrisa.

Habíase dispuesto el banquete en el comedor.

Un alumbrado esplendente como el sol, es el sazonamiento indispensable de las grandes alegrías. Los dichosos no aceptan la bruma ni la obscuridad; no consienten en estar entre sombras. Noche, sí; tinieblas, no. Á falta de sol es menester crear uno.

El comedor estaba hecho un ascua de alegría. Colgaba en el centro, por encima de la mesa blanca y resplandeciente, una araña de Venecia de almendras chatas y con toda clase de matices de color; azules, violados, rojos y verdes, destacándose en medio de las bujías. Alrededor de la araña, candelabros; en la pared, cornucopias con grupos de tres y cinco velas. Espejos, cristalería, vajilla, porcelana, loza, servicio, orfebrería, plata, todos los ramos, con tal profusión, que donde no había una luz había una flor.

En la antecámara, una flauta, dos violines y un violoncello, ejecutaban á la sordina cuartetos de Haydn.

Juan Valjean se había sentado en una silla del salón detrás de la puerta, cuya hoja casi le ocultaba. Algunos momentos antes de sentarse á la mesa, Cosette, como por una corazonada, fué á hacerle una gran reverencia, extendiendo con ambas manos la falda de su vestido de novia, y preguntóle con picaresca mirada:

--¿Estáis contento, padre?

--Sí,--dijo Juan Valjean,--estoy contento.

--Bien; reíos entonces.

Juan Valjean sonrió.

Poco después anunciaba Vasco que estaba servida la sopa.

Los convidados, precedidos del señor Guillenormand, quien daba el brazo á Cosette, entraron en el comedor, y se fueron colocando, según el orden establecido, alrededor de la mesa.

Figuraban en ella dos grandes sillones colocados á derecha é izquierda de la novia, el primero para Guillenormand y el segundo para Juan Valjean. Sentóse Guillenormand, pero el otro sillón quedó vacío.

Buscóse con la vista al señor Fauchelvent.

No estaba allí.

Guillenormand preguntó á Vasco:

--¿Sabes dónde está el señor Fauchelvent?

--Señor,--respondió Vasco,--precisamente acaba de salir, encargándome de deciros, que molestado un poco por su mano enferma, lo cual le impedía sentarse á la mesa con el señor barón y la señora baronesa, rogaba se le dispensase, que vendría mañana á primera hora.

Aquel sillón vacío enfrió un poco la efusión del banquete nupcial: pero ausente Fauchelvent, allí estaba Guillenormand, y el abuelo brillaba por dos. Dijo que Fauchelvent hacía bien en acostarse temprano, si la mano le molestaba, y que aquello no era sino «pupa». Esta declaración bastó. Por otra parte, ¿qué es un punto obscuro en medio de una inundación de alegría? Cosette y Mario se encontraban en uno de esos momentos egoístas y bienaventurados en que todas las facultades se encuentran en la percepción de la felicidad. Y luego, al señor Guillenormand se le ocurrió una buena idea: «¡Pardiez! Ya que está vacío ese sillón pasa tú, Mario. Tu tía, aunque tenga derechos sobre ti, te lo permitirá. Ese sillón es para ti. Es de ley y de gracia. Fortunato junto á Fortunata».

Aplauso general de toda la mesa.

Mario ocupó junto á Cosette el sitio destinado á Juan Valjean; y las cosas se arreglaron de manera que Cosette, triste al principio por ausencia de Juan Valjean, acabó por ponerse contenta. Desde el momento que era Mario quien le reemplazaba, Cosette no hubiera echado de menos á Dios mismo.

Y puso ella su lindo pie, calzado de raso blanco, sobre el pie de Mario.

Ocupado ya el sillón, no se echó ya de menos al señor Fauchelvent; y cinco minutos después, la risa y el júbilo reinaban de un extremo á otro de la mesa con toda la animación del olvido.

Á los postres, el señor Guillenormand, de pie con una copa de vino champaña en la mano, á medio llenar para que el temblor de sus noventa y dos años no la hiciera desbordar, brindó por los novios.

--No os librareis por cierto de dos sermones,--exclamó.--Por la mañana habéis tenido el del cura; vais á tener esta noche el del abuelo. Atended, pues: voy á daros un consejo: Adoraos. Yo no amontono giros y circunloquios, voy derecho al blanco: ¡Sed felices! No hay en la creación otros sabios que los tortolitos. Los filósofos dicen: «Moderad vuestra alegría». Pero yo digo: «Dad rienda suelta á la alegría. Sed apasionados como diablos; sed incansables». Los filósofos desbarran. Yo quisiera hacerles tragar de nuevo toda su filosofía.

«¿Pueden sobrar por ventura nunca en la vida los perfumes, los capullos de rosa entreabiertos, los ruiseñores cantando, las hojas verdes ni las auroras? ¿Puede estar nunca de más el amor? ¿Puede ser jamás excesivo el amor mutuo? ¡Cuidado, Estela, que eres demasiado linda! ¡Alerta, Nemoroso, que eres demasiado bello! ¡Disparates! ¿Es nunca demasiado embelesarse, demasiado halagarse, excesivo quererse? ¿Pueden ser nunca jamás desmedidas las dichas ni la vida?

«Moderar la alegría. ¡Mucho que sí! ¡Abajo los filósofos! La sabiduría es el júbilo. Regocijaos; regocijémonos todos. ¿Somos dichosos porque somos buenos, ó somos buenos porque somos dichosos? ¿El famoso diamante Sancy (cienseis) se llama así por haber pertenecido á Harley de Sancy, ó porque pesa ciento seis quilates? No lo sé; abundan en la vida estos problemas; pero lo que importa es poseer el Sancy y la felicidad. Seamos dichosos, sin escudriñar.

«Obedezcamos ciegamente al sol. ¿Qué es el sol? Es el amor; y quien dice amor, dice mujer. ¡Ay! ¡ay! he aquí una potencia absoluta, la mujer. Preguntadle á ese demagogo de Mario si no es esclavo de esa tiranuela de Cosette. ¡Y de buena gana, cobardón! ¡La mujer! No hay ningún Robespierre que la resista. La mujer reina. Ya no soy realista de otra realeza. ¿Qué es Adán? El reino de Eva. Para Eva no hay 89.

«Hubo el cetro real coronado de una flor de lis, el cetro imperial coronado de un globo, el cetro de Carlo-Magno que era de hierro, el cetro de Luis el Grande que era de oro; torciólos la Revolución entre su pulgar y su índice como pajuelas; todo acabó, todo se quebró y rodó por el suelo: ya no hay cetros; pero ¡sublevaos contra ese pañolito bordado que huele á pachulí! Me gustaría verlo. Probad. ¿Por qué es tan sólido? Porque es un trapo.

«¡Ah! ¡Sois el siglo XIX! ¿Y qué? Nosotros éramos del siglo XVIII, ¡tan bárbaros como vosotros! No creáis haber cambiado mucho el universo, porque vuestro galanteador se llame el cólera morbo, y vuestro verdugo se llame la cachucha; en el fondo siempre habrá que amar á las mujeres. Os desafío á que salgáis de aquí. Esos diablillos son nuestros ángeles. Sí; el amor, la mujer y el beso; éste es el círculo de que os desafío á salir. Por mi parte, de buena gana volvería á entrar en él. ¿Quién de vosotros ha visto elevarse en el infinito, apaciguándolo todo á sus pies, contemplando las ondas como una mujer, á la estrella Venus, á la gran coqueta del abismo, la Celimena del océano? ¡El océano! ¡Terrible Alcestes! Pues bien; en vano se alborota; aparece Venus, y hace que sonría. La fiera salvaje se somete. Así somos todos. Cólera, tempestad, rayos, espuma, todo sube hasta el techo. Entra una mujer en escena, es una estrella que se eleva; ¡á tierra todo el mundo! Mario se batía hace seis meses, y hoy se casa. Perfectamente. Sí, Mario, sí; Cosette; tenéis razón. Sed osados el uno para el otro; haceos el amor, haced que estallemos de rabia los que no podemos imitaros; idolatraos. Tomad en vuestros picos todas las briznas de felicidad que hay en la tierra, y arreglaos un nido para toda la vida. ¡Pardiez! ¡que amar y ser amado, no es ningún milagro cuando se es joven! No os figuréis haberlo inventado vosotros. También yo he soñado, también yo he divagado, también yo he suspirado, también yo he tenido límpida el alma.

«El amor es un niño de seis mil años. El amor tiene derecho á una gran barba blanca. Matusalén es un niño al lado de Cupido. Hace sesenta siglos que el hombre y la mujer salen, amándose, de todos sus apuros. El diablo, como maligno, se ha puesto á aborrecer al hombre; y el hombre, que es más maligno aún, se ha puesto á amar á la mujer; de lo cual ha resultado ser mayor el bien que ha conseguido, que el mal que le ha hecho el diablo. Esta fineza fué encontrada ya en el Paraíso terrenal. La invención, amigos míos, es vieja, y sin embargo conserva toda su novedad. Aprovechaos. Sed Dafne y Cloé, mientras llega el tiempo de que seáis Filemón y Baucis. Portaos de manera que, cuando estéis juntos, nada os falte, y que Cosette sea el sol para Mario, y Mario el universo para Cosette. Cosette, que la sonrisa de tu marido sea el buen tiempo; Mario, que las lágrimas de tu mujer sean la lluvia, y que no llueva jamás en vuestro hogar. Habéis robado á la lotería el buen número, el amor en el sacramento; tenéis el premio gordo, guardadlo bajo llave, no lo derrochéis; adoraos, y no os cuidéis de lo demás.

«Creedme. El sano juicio os habla por mi boca, y el sano juicio no puede mentir. Sed religiosamente el uno para el otro. Cada cual tiene su manera de adorar á Dios. ¡Diantre! ¡El mejor modo de adorar á Dios, es amar á la mujer! ¡Yo te amo! Tal es mi catecismo. Todo el que ama, quien quiera que sea, es ortodoxo.

«El juramento de Enrique IV coloca la santidad entre la francachela y la embriaguez. ¡Por la pechuga de San Gris! Mi religión no tiene nada que ver con tal juramento. Se olvida la mujer, y esto me asombra tratándose con un jurador como Enrique IV. Amigos míos, ¡viva la mujer! Soy viejo, según se dice, pero es admirable como me siento dispuesto á ser joven. Quisiera ir á oir las zampoñas de los bosques. Me embelesa ver á los muchachos que aciertan á ser lindos y dichosos. Me casaría de buena gana si encontrase con quien; es imposible imaginar que Dios nos haya criado para otra cosa: idolatrar, arrullar, galantear, ser palomo, ser gallo, picotear á los enamorados desde la mañana hasta la noche, mirarse en su mujercita, erguirse, triunfar, hinchar la papada: he aquí el objeto de la vida. Así pensábamos nosotros en hacerlo cuando éramos jóvenes. ¡Ah, virtud pintada! ¡y qué preciosas mujeres había entonces! ¡Qué caras! ¡Qué pimpollos! Allí sí que era yo devastador.

«Amaos, pues. Para no amarse, yo no sé de qué serviría la primavera; por mi parte, rogaría á Dios que encerrase las maravillas que nos pone de manifiesto, que nos privase de ellas, que volviese á su caja las flores, las aves y las mujeres guapas.

«Hijos míos, recibid la bendición de este buen viejo».

La noche se pasó rápida, gozosa y alegremente. El soberano buen humor del abuelo dió tono á la fiesta, y todos trataron de corresponder á aquella cordialidad casi centenaria. Se bailó un poco, se rió mucho; fué una boda inocente. Hubieran podido convidar á ella al viejo bonachón. Y en verdad que estaba allí representado en la persona del señor Guillenormand.

Hubo bullicio y luego silencio.

Desaparecieron los novios.

Poco después de las doce, la casa del señor Guillenormand se trocó en templo.

Aquí nos detenemos. En el umbral de las noches de boda hay un ángel en pie, sonriendo, con el dedo sobre los labios.

El alma se anega en la contemplación ante ese santuario, donde se celebra el amor.

Debe haber resplandores sobre tales moradas. El goce que encierran debe escaparse á través de las piedras de los muros, convertido en claridad, é irradiar vagamente en las tinieblas. Es imposible que esta fiesta sagrada y fatal no eleve un rayo celeste al infinito. El amor es el crisol sublime donde se verifica la fusión del hombre y de la mujer; el ser uno, el ser triple, el ser final, la trinidad humana sale de él. Ese nacimiento de dos almas en una ha de ser forzosamente una emoción para la sombra. El amante es sacerdote; la virgen enajenada se asombra. Y algo de ese gozo llega hasta Dios. Donde hay realmente matrimonio, es decir, amor, entra el idealismo.

Un lecho nupcial es un fulgor de aurora en las tinieblas. Si fuese dado á la pupila de carne percibir las visiones terribles y agradables de la vida superior, es probable que veríamos las formas de la noche, los desconocidos alados, los caminantes azules de lo invisible, inclinarse, en multitud de cabezas sombrías, alrededor de la casa luminosa satisfechos, benditos, mostrándose unos á otros, á la virgen esposa dulcemente asombrada, y ostentando el reflejo de la felicidad humana en sus rostros divinos. Si en tan suprema hora, deslumbrados los esposos por el deleite, y creyéndose solos, escuchasen, oirían en su cuarto un aleteo confuso. La dicha perfecta implica la solidaridad de los ángeles. La obscura y reducida alcoba tiene todo el cielo por techo.

Cuando dos bocas, consagradas por el amor, se aproximan para crear, es imposible que sobre aquel beso inefable no se realice un estremecimiento en el misterio inmenso de las estrellas.

Estas felicidades son las verdaderas. No existe el goce fuera de estos goces. El amor es el único éxtasis. Todo lo demás llora.

Amar ó haber amado, esto basta. No pidáis nada luego. No se puede encontrar otra perla en los piélagos tenebrosos de la vida. Amar es el cumplimiento del más alto deber.

III =La inseparable=

¿Qué había sido de Juan Valjean?

Inmediatamente después de haberse reído, cediendo á la graciosa intimación de Cosette, aprovechó Juan Valjean un instante en que nadie le miraba, y salió á la antecámara. Era la misma sala en la que, ocho meses antes, había entrado cubierto de cieno, de sangre y de polvo, trayéndole el nieto al abuelo. El antiguo revestimiento de madera estaba adornado con guirnaldas de hojas y flores; los músicos estaban sentados en el mismo canapé en que había dejado á Mario.

Vasco, vestido de negro, con calzón corto, medias y guantes blancos, estaba colocando coronas de rosas alrededor de los platos que iban á servirse. Juan Valjean le mostró su brazo en cabestrillo, y se marchó después de encargarle explicase el motivo de su ausencia.

Las ventanas del comedor daban á la calle. Juan Valjean permaneció de pie algunos minutos, inmóvil entre la obscuridad, bajo aquellas ventanas radiantes. Estaba escuchando. El confuso ruido del banquete llegaba hasta él. Oía la voz alta y magistral del abuelo, los violines, el retintín de los platos y los vasos, las carcajadas y, en medio de todo aquel alegre rumor, distinguía la dulce y regocijada voz de Cosette.

Dejó la calle de las Hijas del Calvario, y se volvió á la calle del Hombre Armado.

Tomó para volverse las calles de San Luis, Culture Sainte Cathérine y Blancs Manteaux, y aunque era el curso más largo, era el mismo que tenía la costumbre de seguir hacía tres meses, evitando así el tropel de transeúntes y los barros de la calle Vieille du Temple, cuando desde la calle del Hombre Armado iba todos los días con Cosette á la calle de las Hijas del Calvario.

Este camino que había recorrido con Cosette excluía para él todo otro itinerario.

Juan Valjean entró en su casa. Encendió su vela y subió.

La habitación estaba vacía. Ni siquiera había en ella la tía Santos. Las pisadas de Juan Valjean producían en los cuartos mayor ruido que ordinariamente. Todos los armarios estaban abiertos. Penetró en el cuarto de Cosette.

No había sábanas en la cama. La almohada de cutí, sin funda y sin guarniciones, estaba colocada sobre los cobertores doblados al pie de los colchones, cuya tela se veía, y donde ya nadie había de acostarse. Los pequeños objetos femeninos pertenecientes á Cosette habían desaparecido, quedando únicamente los muebles grandes y las cuatro paredes. La cama de la tía Santos estaba igualmente desaparejada. Una sola cama hecha, parecía esperar á alguien: era la de Juan Valjean.

Juan Valjean miró las paredes; cerró algunas puertas de los armarios, pasando del uno al otro cuarto.

Luego entró en el suyo, dejando la vela sobre una mesa.

Había sacado el brazo del cabestrillo, y se servía de la mano derecha como si nada tuviese en ella.

Acercóse á su cama; y sus ojos, fuese por casualidad, fuese de intento, se fijaron en la inseparable, que había dado celos á Cosette; en la maleta de que no se separaba jamás. El 4 de junio, al llegar á la calle del Hombre Armado, la había colocado en un velador junto á su cabecera. Dirigióse al velador con cierta excitación, sacó una llavecita del bolsillo y abrió la maleta.

Fué sacando de ella poco á poco los vestidos con que diez años antes había dejado Cosette á Montfermeil; primero el vestido negro, después el pañolito negro, enseguida los zapatos fuertes de niña que casi habrían podido servir todavía á Cosette, tan breve era su pie; el jubón de bombasí tupido, el refajo de punto, el delantal con bolsillos y las medias de lana. Estas últimas, donde se veía señalada aún la forma de una pierna infantil, eran poco más largas que la mano de Juan Valjean. Todo aquello era negro, y era él quien había llevado á Montfermeil aquellos vestidos para Cosette.

Á medida que los sacaba de la maleta, los iba dejando sobre la cama. Pensaba y recordaba. Era en invierno, en un mes de diciembre harto frío, ella tiritaba medio desnuda, apenas cubierta de harapos, con sus pobres y amoratados piececitos metidos en unos malos zuecos. Él, Juan Valjean, le había hecho dejar aquellos andrajos y ponerse aquel traje de luto. La madre debió regocijarse en su tumba al ver á su hija enlutada por ella, y sobre todo, al verla vestida y abrigada. Recordaba aquel bosque de Montfermeil, que había atravesado en compañía de Cosette: recordaba la crudeza del tiempo que hacía, los árboles sin hojas, las ramas sin pájaros, el cielo sin sol. Así y todo, aquello había sido un embeleso. Ordenó cuidadosamente las ropitas sobre la cama, el pañuelo junto á la saya, las medias cerca de los zapatos, y el jubón junto al zagalejo, contemplándolas una tras otra, y diciendo para sí: «Así era ella; llevaba su gran muñeca en brazos, había guardado su luis de oro en el bolsillo de este delantal, se reía, é íbamos los dos asidos de la mano; no contaba en el mundo más que conmigo...».

Aquí, su venerable cabeza blanca cayó sobre el lecho; su corazón, constantemente estoico, estalló abismando, por así decirlo, su faz en los vestidos de Cosette, y si alguien hubiese pasado á la sazón por la escalera, habría podido oir perfectamente su horroroso llanto.

IV =Immortale jecur=

La antigua y formidable lucha, de la que hemos visto ya diferentes fases, vuelve á empezar.

Jacob no luchó con el ángel más que una noche. ¡Ay! ¡Cuántas veces hemos visto á Juan Valjean luchando en medio de las tinieblas, cuerpo á cuerpo con su conciencia, y luchando perdidamente contra ella!

¡Lucha inaudita! ¡En ciertos momentos el pie se desliza; en otros se hunde el suelo!

¡Cuántas veces aquella conciencia, precipitándose furiosa hacia el bien, le había estrechado y abrumado! ¡Cuántas veces la verdad le había puesto la inexorable rodilla sobre el pecho! ¡Cuántas veces, derribado á fuerza de luz, le había pedido perdón! ¡Cuántas veces esa luz implacable, encendida en él y sobre él por el obispo, le había deslumbrado violentamente cuando más deseaba cegar!

¡Cuántas veces, en lo más crudo de la pelea, se había vuelto á enderezar, asido de la roca, apoyado en el sofisma, arrastrado entre el polvo, tan pronto derribando á los pies su propia conciencia, tan pronto derribado por ella! Cuántas veces, después de un equívoco, después de un razonamiento traidor y especioso del egoísmo, había oído á su conciencia irritada gritarle al oído: «¡Zancadilla! ¡Miserable!». ¡Cuántas veces su pensamiento refractario había agonizado convulsivamente bajo la evidencia del deber!

Resistencia á Dios. Sudores fúnebres. ¡Cuántas heridas secretas, que solamente él sentía manar!

¡Cuántos desgarros en su lamentable existencia! ¡Cuántas veces se había levantado nuevamente ensangrentado, quebrantado, lacio, iluminado, desesperado el corazón y serena el alma! ¡Sintiéndose vencedor siendo vencido! Y después de haberle dislocado, atenaceado y deshecho su propia conciencia, de pie, formidable, luminosa, tranquila, le decía: «Ya puedes ir en paz».

Pero ¡Ay! ¡Qué paz tan lúgubre al salir de tan sombría lucha!

No obstante, aquella noche, comprendía Juan Valjean que empeñaba su postrer combate.

Una sola cuestión se le presentaba dolorosa.

Las predestinaciones no son siempre directas; no se desarrollan en línea recta ante el predestinado; tienen sus callejones sin salida, sus laberintos, sus travesías obscuras y sus encrucijadas alarmantes en su multitud de vías. Juan Valjean había hecho alto en lo más peligroso de todas aquellas encrucijadas.

Había llegado al supremo empalme del bien y del mal. Tenía esta tenebrosa intersección á la vista. Como le había sucedido en otras peripecias dolorosas, dos caminos se abrían delante de él: uno tentador, otro horroroso. ¿Cuál de ambos elegir?

El que aterraba, le era aconsejado por el misterioso dedo indicador que todos percibimos cuando fijamos la vista en la sombra.

Juan Valjean tenía que escoger una vez más entre el puerto terrible y la sonriente emboscada.

¿Es, pues, verdad que el alma puede curar y no la suerte? ¡Terrible cosa, un destino irremediable!

He aquí la cuestión que se presentaba:

¿De qué manera iba á portarse Juan Valjean con relación á la felicidad de Cosette y Mario? Él era quien había querido, quien había hecho aquella felicidad, por más que le destrozase las entrañas; y á la sazón, contemplándola, podía sentir la especie de satisfacción que sentiría un armero al reconocer la marca de su fábrica en un cuchillo, al arrancarlo humeante de su pecho herido.

Cosette tenía á Mario, Mario poseía á Cosette. Todo lo tenían, incluso la riqueza, y esto era obra suya.

Pero una vez formada, una vez existente aquella dicha, ¿qué le correspondía hacer á Juan Valjean? ¿Imponerse á ella y tratarla como si le perteneciera?

Sin duda, Cosette era ya de otro; pero ¿retendría Juan Valjean de Cosette todo lo que podía retener de ella? ¿Continuaría siendo la especie de padre, entrevisto, pero respetado, que había venido siendo hasta entonces? ¿Se introduciría tranquilamente en casa de Cosette? ¿Uniría, sin decir una palabra, su pasado á aquel porvenir? ¿Presentaríase, como asistido de su derecho, é iría á sentarse, envuelto en sombras, sobre aquel hogar luminoso? ¿Cogería, sonriendo, la mano de aquellos inocentes entre sus manos trágicas? ¿Posaría sus pies en la apacible chimenea del salón de Guillenormand, aquellos pies que arrastraban tras sí la infamante sombra de la ley? ¿Participaría él de la suerte reservada á Cosette y á Mario? ¿Aumentaría la obscuridad sobre su propia frente y las nubes sobre la de ellos? ¿Colocaría en tercer lugar, entre aquellas dos felicidades su propia catástrofe? ¿Persistiría en su silencio? En una palabra; ¿sería él, junto á aquellos dos seres dichosos, el siniestro nudo del destino?

Es preciso estar acostumbrado á los golpes de la fatalidad para atreverse á alzar los ojos cuando aparecen ciertas cuestiones en toda su horrible desnudez. El bien ó el mal se hallan detrás de este severo interrogante.--¿Qué vas á hacer?--pregunta la esfinge.

Juan Valjean poseía el hábito de la prueba, y miró fijamente á la esfinge.

Examinó el despiadado problema bajo todas sus fases.

Cosette, aquella existencia alegre, era la tabla de salvación de aquel náufrago. ¿Qué hacer? ¿Asirse á ella fuertemente ó abandonarla?

Si se asía, escapaba al desastre, tornaba á ver el sol, dejaba escurrir el agua amarga de sus vestidos y sus cabellos; se había salvado: vivía.

¿Iba á soltar su presa?

Entonces, el abismo.

Aconsejábase así dolorosamente con su pensamiento, ó mejor dicho, combatía furioso, dentro de sí mismo, tan pronto contra su voluntad, como contra su convicción.

Fué una dicha para Juan Valjean el haber podido llorar. Esto quizá le iluminó. Al principio, sin embargo, tomó la tempestad un aspecto horrible, desencadenándose con más violencia que la que le impulsó en otra época hacia Arrás. El pasado reaparecía ante él; comparaba y lloraba. Una vez abierta la esclusa de las lágrimas, retorcióse aquel desesperado.

Sentíase detenido.

¡Ay! En el pugilato decisivo entre el egoísmo y el deber, cuando se retrocede paso á paso ante el ideal inconmutable, extraviado, encariñado, exasperado, teniendo que ceder, disputando el terreno, esperando una huida posible, buscando una salida; ¡qué brusca y siniestra resistencia la del pie de una muralla detrás de nuestro pie!

¡Sentir que la sombra sagrada es un obstáculo!

¡Lo invisible inexorable, qué obsesión!

La conciencia no desiste jamás. Toma tu partido, Bruto; toma tu partido, Catón. No tiene fondo, Dios. Se arroja á ese pozo el trabajo de toda la vida; se arroja la fortuna, la riqueza, los triunfos, la libertad ó la patria; se arroja el bienestar, el reposo, la alegría. ¡Es poco, es poco aún! ¡Vaciad el vaso! ¡Inclinad la urna! ¡Es poco también! Es preciso arrojar también el corazón.

En alguna parte de la espesa bruma de los antiguos infiernos ha de haber un tonel parecido á ese pozo.

¿No es perdonable á la verdad rehuirlo? ¿Puede lo inagotable reclamar su derecho? Las cadenas sin fin ¿no son acaso incompatibles con la fuerza humana? ¿Quién vituperaría á Sísifo y á Juan Valjean porque gritasen: ¡basta!?

La obediencia de la materia está limitada por el roce: y ¿no ha de haber un límite á la obediencia del alma? Si el movimiento continuo es imposible, ¿por qué ha de exigirse la continua abnegación?

El primer paso no es nada; el último es el difícil.

¿Qué era el proceso Champmathieu al lado del casamiento de Cosette y sus consecuencias? ¿Qué valía lo de volver á presidio, comparado con volver á la nada?

¡Cuán sombrío es el primer escalón del descenso! ¡Cuán negro es el segundo!

¿Y cómo no volver entonces la cabeza?

El martirio es una sublimación; sublimación corrosiva. Es una tortura que santifica. Puede consentirse en él la primera hora, estar sentado en el trono de hierro candente, tener ceñida la corona de hierro candente, aceptar el globo de hierro candente, empuñar el cetro de hierro candente; pero falta todavía vestir el manto de llamas; ¿y no llega un momento en que la carne miserable se rebela, y entonces abdica el suplicio?

Por último, Juan Valjean entró en la calma del abatimiento.

Pesó, meditó y calculó las alternativas de la misteriosa balanza de luz y sombra.

Imponer su presidio á aquellas dos hermosas criaturas, ó consumar él mismo su irremediable sumersión.

De una parte el sacrificio de Cosette, de la otra el suyo propio.

¿Qué solución adoptó?

¿Qué determinación? ¿Cuál fué en su interior su contestación definitiva al incorruptivo interrogatorio de la fatalidad? ¿Qué puerta se decidió á abrir? ¿Qué parte de su vida resolvió cerrar y condenar? Entre todas aquellas quebradas insondables que le rodeaban, ¿cuál elegía? ¿Qué extremo aceptó? ¿Á cuál de aquellos abismos se inclinó?

Su vertiginosa divagación duró toda la noche.

Continuó allí hasta asomar el día, en la misma actitud, doblado sobre aquel lecho, prosternado bajo la enormidad del destino; ¡ay! aplastado quizá, con los puños crispados, los brazos extendidos en ángulo recto, como un crucifijo desclavado y arrojado de cara al suelo. Doce horas de una larga noche de invierno, helado, sin levantar la cabeza ni pronunciar una palabra, inmóvil como un cadáver, mientras que su pensamiento rodaba por el suelo y subía á las nubes; como la hidra unas veces, como el águila otras.

Al verle alguien en aquella actitud sin movimiento, le habría creído muerto; pero estremecíase de pronto convulsivamente, y su boca, pegada á los vestidos de Cosette, los besaba. Entonces se le veía revivir.

Pero ¿quién podía verlo, puesto que Juan Valjean estaba solo y no había allí nadie?

Quien está en las tinieblas.

NOTAS:

[8] Daron, padre.

[9] Roulotte, carruaje.

[10] Que me corten el cuello y que no pueda yo decir en mi vida tú ni vou, si no conozco yo al tal parisién.

[11] Filar, seguir.

[12] Fée, hija.

[13] Pharos, al gobierno.

[14] Caer, ser preso.

LIBRO SÉPTIMO LA ÚLTIMA GOTA DEL CÁLIZ

I =El séptimo círculo y el octavo cielo=

Los días siguientes á los de boda son solitarios. Se respeta el recogimiento de la felicidad, y un poco también el sueño retardado. La barahúnda de las visitas y las felicitaciones no vuelve hasta más tarde. El 17 de febrero, poco después del medio día, estaba Vasco, con su paño y plumero bajo el brazo, ocupado en «arreglar la antecámara», cuando oyó un ligero golpe en la puerta.

No había tirado de la campanilla, lo cual es una discreción propia de semejante día. Abrió Vasco, y vió al señor Fauchelvent.

Introdújole en el salón, revuelto todo aún de arriba á bajo, ofrecía éste todo el aspecto del campo de batalla de las alegrías de la víspera.

¡Diantre!--observó Vasco.--Nos hemos despertado tarde caballero.

--¿Está levantado el señor?--preguntó Juan Valjean.

--¿Cómo seguís del brazo?--preguntó Vasco á su vez.

--Mejor. ¿Se ha levantado el amo?

--¿Cuál? ¿El antiguo ó el nuevo?

--El señor de Pontmercy.

--¿El señor barón?--prorrumpió Vasco como empinándose.

Los títulos sirven principalmente para los criados. Parece que les toca algo, les alcanza lo que un filósofo llamaría las salpicaduras del título, y esto les lisonjea. Mario, digámoslo de paso, republicano militante, habiéndolo probado, era barón á pesar suyo. Habíase verificado en la familia una pequeña revolución acerca de este título; Guillenormand era entonces quien abogaba por él, y Mario quien le desechaba; pero el coronel Pontmercy había escrito: Mi hijo llevará mi título, y Mario obedecía. Y luego Cosette, en quien empezaba á despuntar la mujer, estaba satisfecha de ser baronesa.

--¿El señor barón?--repitió Vasco.--Voy á ver. Le diré que está aquí el señor Fauchelvent.

--No. No le digáis que soy yo. Decidle que hay quien desea hablarle en particular, mas sin decir el nombre.

--¡Ah!--exclamó Vasco.

--Quiero darle una sorpresa.

--¡Ah!--repuso el criado, dirigiéndose á sí mismo el segundo ¡ah! como explicación del primero. Y salió. Juan Valjean se quedó solo.

Acabamos de decir que el salón estaba en desorden. Parecía que, aplicando el oído, hubiera podido oirse aún el vago rumor de la boda. Veíanse por el suelo flores de todas clases, desprendidas de las guirnaldas y de los peinados. Las bujías, apuradas hasta el cabo, añadían á los cristales de las arañas estalactitas de cera. Ningún mueble estaba en su lugar. En los rincones, tres ó cuatro sillas, aproximadas unas á otras y formando círculo, parecían como continuar una plática comenzada. El conjunto era risueño. Los restos de una fiesta encierran siempre cierta gracia. El gozo había reinado allí. En aquellas sillas desarregladas, en medio de aquellas flores ya marchitas, bajo aquellas luces apagadas, se había pensado en la dicha. El sol sucedía á los candelabros y sus rayos penetraban alegremente en la sala.

Transcurrieron algunos minutos. Juan Valjean seguía inmóvil en el sitio donde le había dejado Vasco. Estaba muy pálido. Veíanse sus ojos tan hundidos bajo las órbitas á causa del insomnio, que casi desaparecían. Las arrugas de su levita negra patentizaban que había pasado la noche sin quitársela, teniendo llenos los codos de esa pelusa blanca que deja en el paño roce del lienzo. Juan Valjean miraba á sus pies la ventana dibujada en el pavimento por el sol.

Al ruido que hizo la puerta, levantó los ojos.

Entró Mario con la cabeza erguida, la boca risueña, el rostro como inundado de luz, la frente dilatada, la mirada triunfante. Tampoco había dormido.

--¡Sois vos, padre!--exclamó viendo á Juan Valjean.--¡Y ese imbécil de Vasco, con su aire misterioso! Pero venís muy temprano. No son más que las doce y media, Cosette está durmiendo.

La palabra padre, dicha á Fauchelvent por Mario, significaba: felicidad suprema. Ya hemos indicado que siempre había existido entre ambos tibieza y embarazo, hielo que romper ó derretir. Mario se hallaba en ese punto de embriaguez en que las escabrosidades se aplanan, en que el hielo se disuelve, siendo Fauchelvent para él, como para Cosette, el padre.

Y continuó: la palabra se desbordaba en él con esa superabundancia propio de los divinos paroxismos de la alegría.

--¡Cuán satisfecho estoy de veros! ¡si supierais cuánto os echamos ayer de menos! Buenos días, padre. ¿Cómo va esa mano? Mejor ya, ¿verdad?

Y satisfecho de la buena contestación que se daba á sí mismo, prosiguió:

--Ambos hemos hablado mucho de vos. ¡Cosette os quiere tanto! Supongo que no vais á olvidar que tenéis aquí vuestro cuarto. Basta ya de la calle del Hombre Armado. No queremos que penséis en ella más. ¿Cómo pudisteis ir á habitar una calle como aquélla, malsana, ruinosa y fea, cerrada por un lado, fría, y en la que apenas se puede entrar? Vendréis á instalaros aquí, desde hoy mismo, ó Cosette se enfadará. Está dispuesta á llevarnos á todos á su gusto. Os lo prevengo. Ya habéis visto vuestro cuarto, está junto al nuestro y da á los jardines. Se ha arreglado algo que le faltaba á la cerradura, la cama está pronta; no falta sino que entréis en ella. Cosette ha mandado colocar junto á la cama una butaca antigua, forrada de terciopelo de Utrech, á la que ha dicho: Tiéndele los brazos. Cada primavera anida un ruiseñor en el grupo de acacias que hay delante de las ventanas. Allí estará dentro de dos meses. Tendréis vuestro nido á la derecha, y el nuestro á la izquierda. Por la noche cantará el ruiseñor, y de día os hablará Cosette. El cuarto tiene sol de Mediodía. Cosette arreglará en él vuestros libros, el viaje del capitán Cook, el otro de Vancouver y demás objetos vuestros.

«Creo que hay una maletita que apreciáis en mucho, á la cual he destinado un rinconcito de honor. Habéis conquistado á mi abuelo; parece que congeniáis. Viviremos todos juntos. ¿Sabéis jugar al whist? Colmaréis los deseos de mi abuelo, si lo jugáis. Vos mismo acompañaréis á paseo á Cosette los días en que tenga yo vista, la llevaréis del brazo como en otro tiempo, ya sabéis, en el Luxemburgo. Estamos absolutamente decididos á ser felices, y vos participaréis de nuestra felicidad. ¿Lo entendéis, padre? Por supuesto, hoy almorzaréis con nosotros.

--Señor--dijo Juan Valjean,--tengo que deciros una cosa. Soy un antiguo presidiario.

El límite de los sonidos agudos perceptibles puede traspasar perfectamente el alcance del espíritu como de la materia. Estas palabras: Soy un antiguo presidiario, al salir de los labios de Fauchelvent y al entrar en el oído de Mario, iban más allá de lo posible. Mario no entendió. Parecióle que acababan de decirle algo, pero no supo qué. Quedóse con la boca abierta.

Entonces advirtió que el hombre que le hablaba estaba espantoso. En su feliz enajenamiento no había notado hasta aquel instante aquella terrible palidez.

Juan Valjean desató el pañuelo negro que sostenía su brazo, quitóse el envoltorio de la mano, descubrió el dedo pulgar, y mostrándosele á Mario:

--No tengo nada en la mano,--dijo.

Mario contempló el dedo.

--Ni he tenido jamás nada,--repuso Juan Valjean.

No se veía, en efecto, señal ni herida alguna.

Juan Valjean prosiguió:

--Convenía que no asistiese yo al casamiento, y me he alejado cuanto he podido. He supuesto esta herida para evitar una falsedad, para no introducir nulidad alguna en los contratos matrimoniales, para no tener que firmar.

Mario tartamudeó:

--¿Y qué quiere decir todo esto?

--Quiere esto decir,--respondió Juan Valjean,--que he estado en presidio.

--¡Me estáis volviendo loco!--exclamó Mario aterrado.

--Señor de Pontmercy,--dijo Juan Valjean,--he estado diez y nueve años en presidio por robo. Luego me condenaron á cadena perpetua, también por robo, como reincidente, y á la hora presente soy un simple escapado de presidio.

Mario hubiera querido retroceder ante la realidad, rechazar el hecho y resistir á la evidencia; pero era preciso ceder á ella. Empezó á comprender, y como sucede siempre en casos semejantes, traspasó el límite de la comprensión. Tembló por la repugnancia que sintió interiormente; estremecióse con la idea que atravesó su espíritu. Entrevió para sí, en el porvenir, un destino disforme.

--¡Decidlo, decidlo todo, todo!--exclamó.--¡Sois padre de Cosette!

Y retrocedió dos pasos con un indecible movimiento de terror.

Juan Valjean levantó la frente en actitud tan majestuosa, que pareció crecer hasta el techo.

--Es necesario que me creáis, señor; aunque el juramento de los presidiarios no sea admitido en juicio.

Permaneció silencioso un momento, y luego, con cierta autoridad soberana y sepulcral, añadió, articulando lentamente y apoyando las sílabas una á una:

--...Debéis creerme. Padre de Cosette, ¡yo! delante de Dios, no. Señor de Pontmercy: Yo soy un aldeano de Faverolles. Ganábame la vida podando árboles. No me llamo Fauchelvent; me llamo Juan Valjean. Ningún parentesco me une á Cosette. Tranquilizaos.

Mario balbuceó:

--¿Y quién me prueba?...

--Yo. Puesto que yo lo digo.

Mario miró á aquel hombre. Estaba lúgubre y sereno. La mentira no podía salir de semejante calma. Lo glacial es sincero. La verdad se sentía en aquella frialdad de tumba.

--Os creo,--dijo Mario.

Juan Valjean inclinó la cabeza como quien acepta el testimonio, y continuó:

--¿Qué soy yo para Cosette? Un pasajero. Hace diez años que ignoraba su existencia. La quiero mucho, es cierto. Cuando uno, ya viejo, ha visto crecer á esos pequeñuelos, es natural quererlos. Los viejos se creen abuelos de todos los niños. Paréceme que podéis suponer que hay en mí algo parecido á un corazón. Era huérfana. No tenía padre ni madre. Necesitaba de mí. Por eso me he consagrado á amarla. Los niños son tan débiles, que el primero que llega, aún siendo un hombre como yo, puede servirles de protector. He cumplido ese deber con respecto de Cosette. No creo que tan poca cosa merezca llamarse una buena acción; pero si lo es, tomad nota de que la he hecho yo. Registradla como una circunstancia atenuante.

«Hoy Cosette se separa de mí; nuestros dos caminos se alejan, y en lo sucesivo ya no puedo hacer nada por ella. Cosette es la señora de Pontmercy. Su providencia ha cambiado. Y Cosette gana en el cambio. Perfectamente. En cuanto á los seiscientos mil francos, no me habléis de ellos, pero me anticipo á vuestra pregunta. Se trata de un depósito. ¿Cómo se hallaba en mis manos ese depósito? Poco importa. Lo devuelvo y no se me puede exigir más. Completo la restitución diciéndoos mi verdadero nombre. Esto es interés mío. Me conviene que sepáis quién yo soy».--Y Juan Valjean fijó la vista en Mario.

Lo que Mario experimentaba era tumultuoso é incoherente. Ciertas ráfagas del destino producen oleajes parecidos en nuestra alma.

Todos tenemos momentos de turbación en que las ideas se dispersan, y decimos lo primero que se nos ocurre, que no es siempre lo más oportuno. Hay revelaciones súbitas que no se pueden resistir, y que embriagan como un vino funesto.

Mario estaba admirado con la situación nueva que se le presentaba, hasta el punto de hablar á aquel hombre casi reprochándole amargamente su confesión.

--Pero, en fin,--exclamó,--¿por qué me decís todo eso? ¿Qué es lo que os obliga á ello? Podíais haberos guardado el secreto. Nadie os denuncia, persigue ni hostiga. ¿Qué razón os mueve á hacer así, sin más ni más, semejante revelación? Acabad. ¿Qué más hay? ¿Con qué fin hacéis semejante confesión? ¿Á qué objeto?

--¿Á qué objeto?--respondió Juan Valjean con una voz tan baja y tan sorda, que se hubiera dicho hablaba consigo mismo, mas bien que con Mario.--¿Qué objeto mueve en realidad al presidiario para venir á deciros: soy un presidiario? En verdad que es ello cosa rara. Es por honradez. Sabéis lo que hay de malo en ello, es un hilo que tengo en el corazón, y me tiene sujeto. Esos hilos nunca resultan más sólidos que cuando uno es viejo. Toda la vida se deshace en torno de ellos y lo resisten. Si hubiera podido arrancar ese hilo, romperle, desatar el nudo ó cortarle, irme lejos, muy lejos, estaba salvado; bastábame partir. Hay diligencias en la calle de Bouloy. Sed muy felices, podía haber dicho, y marcharme. He probado de romper ese hilo, he tirado, y ha resistido, y no se ha roto. Me arrancaba con él el corazón. Entonces dije: no es posible que viva en otra parte. Debo quedarme. Pero tenéis razón, soy un imbécil; ¿por qué no quedarme buenamente? Me ofrecéis un cuarto en vuestra casa; la señora de Pontmercy me quiere mucho; ha dicho á ese sillón: «¡Tiéndele los brazos!». Vuestro abuelo desea mi compañía, congeniamos, habitaremos todos en la misma casa, comeremos juntos, daré el brazo á Cosette... á la señora de Pontmercy, perdonad la costumbre; tendremos un techo, una mesa, un hogar para todos, la misma chimenea en invierno, el mismo paseo en verano. ¡Magnífica perspectiva! ¡Qué feliz existencia! Viviremos en familia. ¡En familia!

Al pronunciar esta palabra Juan Valjean se anubló su semblante, cruzó los brazos, fijó la vista en el suelo como si quisiese abrir á sus pies un abismo, y exclamó con voz que parecía el estallido de una tempestad:

--¡En familia! No; yo no tengo familia. La vuestra no es mía, yo no pertenezco á la familia de los hombres. En las casas en que reina la intimidad, estoy de más. Hay familias, es verdad, pero no para mí. Yo soy el infeliz; vivo fuera. No sé si he de dudar de haber tenido padres. El día en que he casado esa niña, todo ha concluido; la he visto dichosa; la he visto unida al hombre á quien ama, y junto á ellos un buen anciano; una pareja de ángeles, rodeados de todas las alegrías; en esta casa, he dicho: Tú no debes entrar.

«Era fácil mentir, no cabe duda, engañaros á todos, seguir llamándome el señor Fauchelvent. Mientras ha sido en bien de ella, he podido mentir; pero ahora, en abono mío, no debo hacerlo. Bastaba con callarme, y todo marchaba como hasta aquí. Me preguntáis: ¿qué es lo que me obliga á hablar? Una cosa singular; mi conciencia. Y sin embargo, ¡era tan fácil callarme! He pasado la noche esforzándome en persuadirme de ello. Vos me interrogáis como un profesor, y por cierto que lo que acabo de deciros da este derecho. Pues bien, sí; he pasado toda la noche buscando razones; se me han ocurrido algunas excelentes, he hecho cuanto ha estado de mi parte, creedlo.

«Pero hay dos cosas en que no he acertado; ni á romper el hilo que me tiene sujeto por el corazón, amarrado y fijo aquí, ni á hacer callar á alguien que me habla bajo cuando estoy solo. Por esto he venido esta mañana á confesároslo todo ó casi todo. Hay lo inútil, que sólo á mí me concierne, y esto me lo guardo para mí. Lo esencial ya lo sabéis. Así, pues, he tomado mi misterio; y os lo he traído, y he rasgado mi secreto ante vuestros ojos. No era resolución ésta muy fácil de adoptar; así que, como os digo, toda la noche he estado luchando conmigo mismo. ¡Ah! Vos creéis que yo no me he dicho que no era esto como el proceso Cbampmathieu; y que con callar mi nombre no infería daño á nadie, y el nombre de Fauchelvent me lo había dado el mismo Fauchelvent agradecido por un servicio que le había prestado, así es que yo podía muy bien conservarle, y ser muy feliz en ese cuarto que me ofrecéis, que sin molestar á nadie, podría estar en mi rinconcito, y que mientras vos tendríais á Cosette, tendría yo la satisfacción de estar bajo del mismo techo.

«Así hubiera tenido cada cual su felicidad proporcionada. Con seguir siendo Fauchelvent todo se arreglaba; sí, todo, excepto mi alma. Al rededor mío, alegría; en el fondo de mi alma obscuridad. No basta ser dichoso, es preciso estar satisfecho. Así habría yo seguido siendo Fauchelvent, y ocultando mi verdadero rostro en presencia de vuestras expansiones, yo habría encerrado un enigma, y en medio de vuestro claro día habría yo tenido mis tinieblas, y sin preveniros siquiera, habría introducido buenamente el presidio en vuestro hogar, me habría sentado á vuestra mesa con la idea de que, á saber quién yo era, me arrojaríais de ella, y me habría dejado servir por unos criados que, de saberlo, habrían exclamado: ¡Qué horror! ¡Yo había de irme á codear con quien tiene derecho á rechazarme; yo había de haber escamoteado vuestros apretones de mano! ¡Había de haberse dividido el respeto en esta casa entre cabellos blancos venerables y cabellos blancos infamados! ¡En vuestras horas más íntimas, cuando todos los corazones se hubiesen creído abiertos hasta el fondo unos para otros, cuando hubiésemos estado los cuatro juntos, vuestro abuelo, vosotros dos y yo, habría habido ahí un desconocido! ¡Y compartiendo vuestra existencia, mi único cuidado debiera ser el de no levantar jamás la tapa de mi terrible pozo! ¡Yo, un muerto, me impondría á vosotros que sois la vida! Equivaldría á condenaros conmigo. ¡Vos, Cosette y yo seríamos tres cabezas con el gorro verde! ¿No os estremece esto?

«No siendo en verdad sino el más infeliz de los hombres, habría llegado á ser el más monstruoso. ¡Cometer todos los días el mismo crimen! ¡Mentir todos los días! ¡Tener todos los días sobre mi cara el mismo velo de noche! ¡Comunicaros todos los días, uno tras otro continuamente esta parte de la afrenta mía, á vosotros mis queridísimos, mis inocentes hijos! ¿Callarse es muy sencillo? ¿Nada cuesta guardar silencio? No, no es sencillo. Hay silencios que mienten. ¡Y mi mentira, y mi fraude, y mi indignidad, y mi cobardía, y mi traición, y mi crimen, yo los habría bebido gota á gota, yo los habría escupido y vueltos á beber, yo habría concluido á media noche para volver á empezar á medio día, y mis buenos días habrían mentido, y mis buenas noches habrían mentido, y de esa suerte habría yo dormido, y de esa suerte habría comido mi pan, y habría mirado á Cosette á la cara, y habría respondido á su sonrisa de ángel con la sonrisa del condenado, y habría sido un hipócrita abominable!

«Y todo, ¿para qué? Para ser feliz. ¡Para ser feliz yo! ¿Tengo derecho acaso para ello? Yo estoy fuera de la vida, señor mío».

Juan Valjean se detuvo. Mario seguía escuchando. Semejantes encadenamientos de ideas y de angustias no pueden interrumpirse. Juan Valjean bajó de nuevo la voz, pero el sonido de la voz no era ya sordo, era siniestro.

--¿Me preguntáis por qué hablo? cuando nadie me denuncia, me persigue, ni hostiga. ¡Sí! ¡Estoy denunciado, hostigado, perseguido! ¡Sí! ¿Por quién? Por mí. Yo mismo me cierro el paso, y me arrastro, y me empujo, y me paro, y me ejecuto; y cuando uno se tiene preso á sí mismo, bien preso está».

Y asiéndose de su propia levita fuertemente, y tirándola hacia Mario:

--¿Veis este paño?--dijo.--¿No os parece que tiene cogido el cuello de esta levita sin temor de que se le escape? ¡Pues bien! Existe otro puño que agarra más fuertemente: la conciencia. Para ser feliz, señor mío, se necesita no comprender nunca el deber, porque en cuanto se le comprende es implacable. Diríase que castiga por comprenderle, pero no; antes bien recompensa, pues nos coloca en un infierno, donde sentimos á Dios junto á nosotros. Y en cuanto se nos desgarran las entrañas, está uno en paz consigo mismo.

Y con dolorido y triste acento añadió:

--Señor de Pontmercy, esto está fuera del sentido común; yo soy un hombre honrado; degradándome á vuestros ojos es como me elevo á los míos. Otra vez me ha sucedido ya; pero aquello fué menos doloroso; no fué, puede decirse, nada. Sí, un hombre honrado. No lo sería, cuando por mi culpa hubieseis continuado estimándome; ahora que me despreciáis, sí, lo soy. Tengo la fatalidad de que, no pudiendo jamás poseer sino una consideración robada, esa consideración me humilla y agobia interiormente; necesitando el desprecio ajeno para el respeto propio, entonces me elevo. Soy un presidiario que obedece á su conciencia. Ya sé yo que es ello muy singular. Pero, ¿qué remedio? Es así. He contraído compromisos conmigo mismo, y los estoy cumpliendo. Hay encuentros que nos ligan; hay casualidades que nos arrastran por el camino del deber. ¡Ah, señor de Pontmercy, me han sucedido tales cosas en la vida!

Juan Valjean hizo aún otra pausa, tragando la saliva con esfuerzo, como si sus palabras tuviesen un sabor amargo, y luego prosiguió:

--Cuando siente uno tal horror de sí mismo, no tiene derecho para hacer á los demás, sin saberlo, partícipes de su horror, para comunicarles su peste; no tiene derecho para hundirles en su precipicio sin que ellos se aperciban; no tiene derecho para cubrirlos con la chaqueta roja del presidio, para entorpecer solapadamente con su miseria la felicidad del prójimo. Es odioso acercarse á los que están sanos, y tocarlos en la sombra con su úlcera invisible. En vano Fauchelvent me prestó su nombre; no tengo el menor derecho para llevarle; él pudo dármelo, yo no puedo admitirlo. Un nombre es otro yo... Ya veis, señor mío, que he pensado un poco, y he leído otro poco, aunque no sea más que un aldeano; y ya veis igualmente que sé explicarme como debo, y darme cuenta de las cosas, según la educación que yo mismo me he procurado. Pues bien; sustraer un nombre y cubrirse con él no es de hombre honrado. Tan ladrón es el que toma letras del alfabeto, como el que roba un bolsillo ó un reloj. ¡Ser una firma falsa de carne y hueso, ser una llave falsa viviente, y entrar en casa de los hombres de bien destrozando la cerradura; no poder mirar nunca cara á cara, ser siempre infame interiormente! ¡No, no! y mil veces no. Vale más sufrir, manar sangre, llorar, arrancarse la piel de la carne con las propias uñas, pasar las noches en convulsiones de agonía, torturándose el pecho y el alma. Por eso he venido á contaros lo que acabáis de oir. Así, sin más ni más, como habéis dicho.

Respiró dolorosamente, y lanzó todavía esta última frase:

--En otro tiempo, para vivir, robé un pan; hoy no quiero vivir robando un nombre.

--¡Para vivir!--interrumpió Mario.--¿Acaso necesitáis de este nombre para vivir?

--¡Ah! Yo me entiendo,--respondió Juan Valjean, alzando y bajando la cabeza lentamente muchas veces seguidas.

Hubo unos momentos de silencio. Los dos callaban, sumergido cada cual en un abismo de pensamientos. Mario se había sentado junto á una mesa, y apoyaba el ángulo de la boca en uno de sus dedos doblado.

Juan Valjean iba y venía. Detúvose delante de un espejo, y se quedó inmóvil. Luego, como respondiendo á un razonamiento interior, dijo, mirando aquel espejo, donde él no se veía:

--¡Es lo cierto que ahora me siento aliviado!

Púsose nuevamente á pasear, dirigiéndose al otro extremo de la sala. En el instante de volverse, notó que Mario le miraba andar. Entonces le dijo con un acento indescriptible:

--Arrastro un poco la pierna. Ya comprenderéis ahora por qué.

Volvióse por completo, y continuó:

--Y á pesar de todo, señor mío, figuraos que nada he dicho, que sigo siendo Fauchelvent, que vivo en esta casa, que soy de la familia, que tengo mi cuarto, que salgo á almorzar en vuestra compañía por la mañana en zapatillas y bata, que por la noche vamos los tres al teatro, que acompaño á la señora de Pontmercy á pasear á las Tullerías y á la plaza Real; en una palabra, que estamos juntos y me creo vuestro igual. El día menos pensado, estoy yo aquí, estáis vosotros hablando conmigo, riendo, y de repente ois una voz que grita este nombre: ¡Juan Valjean! Y he aquí que la mano espantosa de la policía sale de la sombra y me arranca bruscamente la careta.

Callóse de nuevo; Mario se había levantado estremecido.

Juan Valjean añadió:

--¿Qué decís á eso?

El silencio de Mario era la respuesta.

Juan Valjean continuó:

--Ya veis que he tenido razón en no callarme. Sí, sed dichoso, vivid en el cielo, sed el ángel de otro ángel, habitad el sol y contentaos con eso, y sin cuidaros de qué manera un pobre condenado se desgarra el pecho para cumplir con su deber. Tenéis en vuestra presencia, señor mío, un hombre bien miserable.

Mario cruzó lentamente la sala, y cuando estuvo cerca de Juan Valjean, le tendió la mano; pero, como la de éste no se alargase á tomarla, hubo de aproximarse él.

--Mi abuelo tiene amigos,--le dijo;--yo haré que obtenga un indulto.

--Es inútil,--respondió Juan Valjean.--Me creen muerto, y esto basta. Los muertos no están sujetos á la vigilancia de la policía. Se les deja pudrir tranquilamente. La muerte es lo mismo que el indulto.

Y retirando su mano, que retenía Mario, añadió con cierta dignidad inexorable:

--Por lo demás, no he de cumplir sino con mi deber: he aquí el único amigo á quien recurriré. No necesito otro indulto que el de mi conciencia.

En este momento entreabrióse suavemente la puerta al otro extremo de la sala, y apareció la cabeza de Cosette en la abertura. Sólo se distinguía su cándido semblante; estaba admirablemente despeinada, y tenía los párpados hinchados aún de haber dormido. Hizo el movimiento de un pájaro que saca la cabeza fuera del nido; miró primero á su marido, luego á Juan Valjean, y les gritó riendo, con esa sonrisa que sólo se ve en el fondo de una rosa:

--Apostaría á que estáis hablando de política. ¡Qué barbaridad! ¡En vez de estar conmigo!

Juan Valjean se estremeció.

--¡Cosette!--balbuceó Mario.

Y se detuvo. Hubiera podido créerseles culpables á uno y otro.

Cosette, con aspecto radiante, seguía mirándolos. Brotaban de sus ojos como destellos del paraíso.

--Os he cogido infraganti,--dijo Cosette.--Acabo de oir á través de la puerta á mi padre Fauchelvent que decía: «La conciencia... Cumplimiento de mi deber...». ¡Esto es política! Y yo no quiero que se hable de política en este día. No es del caso.

--Te engañas, Cosette,--respondió Mario.--Hablábamos de negocios. Buscábamos el medio mejor de colocar tus seiscientos mil francos.

--No es esto todo,--interrumpió Cosette.--Y sino, ahora vengo yo. ¿Me queréis aquí?

Y traspasando resueltamente la puerta, entró en el salón. Llevaba puesto un gran peinador blanco, de mil pliegues, de holgadas mangas, que partiendo del cuello le caía hasta los pies. En los dorados cielos de las antiguas pinturas góticas hay ángeles graciosísimos vestidos como ella.

Contemplóse de pies á cabeza en un espejo de cuerpo entero, y prorrumpió con una expresión de éxtasis inefable:

--Había un rey y una reina. ¡Oh! ¡Qué contenta estoy!

Dicho esto, hizo un gran saludo á Mario y á Juan Valjean.

--Ya lo veis,--continuó,--vengo á colocarme á vuestro lado en un sillón; dentro de media hora almorzaremos y hablaréis cuanto queráis; ya sé yo que los hombres tienen que hablar, seré muy discreta.

Mario la tomó del brazo, y la dijo amorosamente:

--Estamos hablando de negocios.

--Á propósito,--respondió ella,--he abierto mi ventana, y acaba de llegar al jardín una bandada de pierrots (gorriones). Pájaros, no máscaras. Que, si hoy es miércoles de ceniza para nosotros no lo es para ellos.

--Te repito que estamos hablando de negocios; anda, hija mía, déjanos un instante. Hablamos de números y te aburrirías.

--¡Qué corbata más bonita te has puesto, Mario! Estáis muy coquetón, señor mío. No, no me aburriré.

--Te aseguro que sí.

--Que no. Puesto que sois vosotros. No os comprenderé, pero escucharé. Cuando se oye á quien bien se quiere, no se necesita comprender lo que dicen. Estar juntos, es todo lo que quiero, aquí me quedo ¡Vaya!

--¡Cosette mía! Imposible.

--¡Imposible!

--Sí.

--Está bien,--repuso Cosette.--¡Os habría dicho tantas cosas! Que el abuelito duerme todavía; que la tiita ha ido á misa; que la chimenea del cuarto de papá Fauchelvent rebota el humo; que Nicolasita ha llamado al fumista; que la tía Santos y Nicolasa han reñido ya; que Nicolasa se ríe de cómo tartamudea la tía Santos. Pues bien; no sabréis nada de todo esto. ¿Con que, imposible? También yo gritaré: ¡Imposible! ¿Quién perderá en el juego? Ea, amiguito mío, Mario mío, deja que me quede.

--Te juro que necesitamos estar solos.

--¿Soy yo alguien por ventura?

Juan Valjean no decía una palabra. Cosette se volvió hacia él.

--Lo primerito que quiero, padre, es que me abracéis. ¿Cómo os calláis así, en vez de poneros de mi parte? ¡Vaya un papá singular! ¡No veis cuán desgraciada soy en mi nuevo estado! Mi marido me pega. Ea, un abrazo y un beso, prontito.

Juan Valjean se acercó.

Cosette se volvió hacia Mario.

--¿Veis? os hago una mueca.

Enseguida presentó su frente á Juan Valjean.

Juan Valjean dió un paso hacia ella.

Cosette retrocedió, exclamando:

--¡Qué pálido estáis, padre! ¿Os duele mucho el brazo?

--Ya está curado,--dijo Juan Valjean.

--¿Habéis dormido mal?

--No.

--¿Estáis triste?

--No.

--¡Vaya! Un abrazo. Y si os sentís bien, si dormís bien y estáis contento, no os reñiré.

Y de nuevo le presentó su frente.

Juan Valjean besó aquella frente, donde brillaba un reflejo del cielo.

--Sonreid.

Juan Valjean obedeció. Su sonrisa fué la de un espectro.

--Ahora defendedme de mi marido.

--¡Cosette!--exclamó Mario.

--Enfadaos, padre. Decidle que debo quedarme: que delante de mí se puede hablar de todo. ¡Con que, se me cree tan tonta! ¡Es ello tan gran cosa! ¡Negocios, colocar dinero en un banco! ¡Vaya un misterio! Los hombres dan importancia á cualquier tontería. Quiero quedarme aquí. Esta mañana estoy muy bien; Mario, mírame.

Y con un encogimiento de hombros adorable y cierto aire de despique, fijó los ojos en Mario.

Prodújose como un relámpago entre aquellos dos seres. Poco importaba que no estuviesen solos.

--¡Te amo!--dijo Mario.

--¡Te adoro!--dijo Cosette.

Y cayeron irresistiblemente uno en brazos de otro.

--Ahora,--repuso Cosette arreglando un pliegue de su ancho peinador con cierto ligero ademán de triunfo, ahora me quedo.

--Esto no,--replicó Mario en tono suplicante.--Tenemos que terminar cierto asunto.

--¿Aún no?

Mario dió á su voz una inflexión grave.

--Te aseguro, Cosette, que es imposible.

--¡Ah! ¡Hacéis gala de vuestra voz de hombre! ¡Está muy bien! Ya me voy. Padre, no me habéis apoyado. Señor marido, señor papá, sois un par de tiranos. Se lo voy á contar al abuelito. Si creéis que he de volver á deciros tonterías, os equivocáis. Tengo mi orgullito también. Ahora la mía. Ya veréis cómo sois vosotros los que os vais á fastidiar sin mí. Voyme cargada con toda la razón.

Y se fué.

Dos segundos después la puerta se abrió de nuevo; su fresca y sonrosada mejilla asomó por entre las dos hojas, y Cosette gritó:

--Estoy furiosa.

Volvióse á cerrar la puerta, y renacieron las tinieblas.

Fué aquello como un rayo de sol descarriado, atravesando sin imaginarlo las sombras de la noche.

Mario se cercioró de que la puerta estaba bien cerrada.

--¡Pobre Cosette!--murmuró.--Cuando sepa...

Á estas palabras, Juan Valjean tembló de pies á cabeza, fijando en Mario sus ojos extraviados.

--¡Cosette! ¡Ay! Sí, se lo vais á decir todo; justo. No había yo pensado en ello. Se tienen fuerzas para una cosa, y faltan para otra. Os lo ruego, señor mío. Os conjuro por lo más sagrado; dadme vuestra palabra de no decirle nada. ¿No basta que vos lo sepáis? Nadie me ha obligado á delatarme, lo he hecho de buen grado; me delataría á todos, al universo entero, ¿qué me importa? ¡Pero á ella! Ella no sabe lo que es esto y se espantaría. ¡Cómo! ¡un presidiario! Sería menester explicárselo y decirle: «¡Es un hombre que ha estado en presidio!». Un día vió ella pasar la cuerda... ¡Oh, Dios mío!

Y enseguida se dejó caer en un sillón, ocultando el rostro entre ambas manos.

No se le oía; pero, por el movimiento de sus hombros se conocía que lloraba. Llanto silencioso, llanto terrible.

Existe en el sollozo algo de sofocación. Dióle una pequeña convulsión, se inclinó hacia atrás contra el respaldo como para respirar, dejando caer sus brazos, y pudiendo ver Mario su rostro bañado en llanto, le oyó decir tan bajo, que su voz parecía salir de un abismo sin fondo:

--¡Oh! ¡Quisiera morir!

--Serenaos,--dijo Mario;--guardaré vuestro secreto para mí solo.

Y menos enternecido quizá de lo que debiera, pero obligado hacía una hora á familiarizarse con aquella revelación horrible, viendo gradualmente el presidiario superponerse ante sus ojos á Fauchelvent, cautivado poco á poco por aquella realidad lúgubre, y conducido por la pendiente natural de la situación á medir la distancia que acababa de interponerse entre aquel hombre y él, añadió Mario:

--Me es imposible dejar de deciros algo sobre el depósito que tan fiel y honradamente me habéis entregado. Es un acto de probidad. Justo es que se os dé la recompensa. Fijad vos mismo la cantidad, y os será contada. No temáis en hacerla subir mucho.

--Gracias, señor mío,--respondió Juan Valjean con dulzura.

Permaneció pensativo un momento, pasando maquinalmente la yema del dedo índice por la uña del pulgar: luego levantando la voz:

--Todo ha concluido,--dijo,--ó poco menos. Una sola cosa me queda.

--¿Cuál?

Juan Valjean experimentó como una suprema vacilación, y sin voz, casi sin aliento, balbuceó:

--Ahora que ya lo sabéis todo, ¿creéis, señor mío, vos que sois el dueño, que no debo yo ver más á Cosette?

--Sería lo más acertado,--respondió fríamente Mario.

--No volveré á verla,--murmuró Juan Valjean.

Y se dirigió hacia la puerta.

Puso la mano en el picaporte, cedió el pestillo, entreabrióse la puerta lo bastante para pasar. Juan Valjean se quedó un segundo inmóvil, luego cerró de nuevo y se volvió hacia Mario.

No estaba ya pálido, sino lívido. No tenía ya lágrimas en los ojos, sino una especie de luz trágica. Su voz había adquirido una calma extraña.

--Si me lo permitís, señor, vendré á verla. Os aseguro que lo deseo muchísimo. Sin eso, sin la necesidad de ver á Cosette, no os habría hecho esta confesión. Hubiera partido sencillamente... Pero queriendo permanecer en el punto en que habita Cosette, y continuar viéndola, he debido honradamente decirlo todo, seguid vos la ilación de mi razonamiento que es fácil de comprender, ¿no es cierto? Hace ya nueve años largos que la tengo á mi lado; nuestra primera habitación fué aquella casucha del boulevard; luego el convento, enseguida junto al Luxemburgo. Allí la visteis por primera vez. Recordaréis aquel sombrero de felpa azul. Después nos trasladamos al barrio de los Inválidos, donde había una reja y un jardín á la calle Plumet. Desde mi habitación en un patio interior la oía tocar el piano. Tal ha sido mi vida. El uno sin el otro, jamás. Nueve años y algunos meses ha durado esto. Era yo para ella un padre, y se creía mi hija. No sé si me explico bastante bien, señor de Pontmercy: pero os aseguro que me sería difícil marcharme ahora y no volverla á ver, no hablarle más, quedarme sin nada en este mundo. Si no ha de pareceros mal, vendría yo de vez en cuando á ver á Cosette. No lo haría con gran frecuencia; no permanecería mucho tiempo. Podríais mandar que me recibiera en la salita del cuarto bajo. Yo entraría por la puerta trasera, la de los criados; pero esto causaría extrañeza quizá. Valdrá más, creo, entrar por donde entra todo el mundo. ¡Ay, sí, señor mío! Deseo mucho ver alguna que otra vez á Cosette, tan pocas cuantas queráis. Poneos en mi lugar; no tengo más que ella en la tierra. Y luego, hay que ser cautos; si yo no volviese ya más, esto produciría mal efecto, parecería muy raro. Así, lo que puedo hacer es venir al anochecer.

--Vendréis todas las tardes,--dijo Mario,--y Cosette os aguardará.

--¡Cuán bueno sois, señor!--exclamó Juan Valjean.

Mario le saludó; la felicidad acompañó hasta la puerta á la desesperación, y aquellos dos hombres se separaron.

II =Obscuridades que puede contener una revelación=

Mario estaba trastornado.

La especie de antipatía que había sentido siempre hacia el hombre junto al cual veía á Cosette, estaba ya explicada. Había en aquel personaje cierto no sé qué enigmático de que su instinto le advertía.

Era aquel enigma la más repugnante de las vergüenzas: el presidio. El señor Fauchelvent era el presidiario Juan Valjean.

Hallar bruscamente semejante secreto en medio de su dicha, equivalía á descubrir un escorpión en un nido de tórtolas.

¿La dicha de Mario y de Cosette iba á estar condenada á semejante testigo? ¿Era ello un hecho consumado? ¿Formaba parte de su casamiento la aceptación de aquel hombre? ¿No había remedio?

¿Se había unido Mario al mismo tiempo con aquel escapado de presidio?

Aunque se ciña una doble corona de luz y de alegría, por más que se saboreen los instantes más dichosos de la existencia en amor correspondido; sacudimientos de esta especie harían estremecer forzosamente al mismo arcángel en su éxtasis, y al mismo semidiós en su gloria.

Como sucede siempre con los cambios repentinos y bruscos como aquél, preguntábase Mario si no tendría algo que echarse en cara. ¿Le había faltado la adivinación? ¿Le había faltado la prudencia? ¿Se había aturdido involuntariamente? Tal vez un poco. ¿Se había metido, sin bastante precaución para explorar los alrededores, en aquella aventura amorosa, cuyo término había sido su casamiento con Cosette? Reconocía,--y así es como por una serie de confesiones sucesivas de nosotros mismos sobre nuestra propia conciencia, la vida nos va corrigiendo poco á poco--reconocía, decimos, el lado quimérico y visionario de su naturaleza, especie de nube interior propia de muchas organizaciones, y que en los paroxismos de la pasión y del dolor se dilata por el cambio de temperatura del alma, é invade al hombre entero hasta el punto de convertirle en una conciencia inundada de bruma. Hemos indicado ya más de una vez ese elemento característico de la individualidad de Mario.

Recordaba que en la embriaguez de su amor, durante las seis ó siete semanas de éxtasis que había pasado en la calle Plumet, ni siquiera habló á Cosette del drama del caserón del Cuervo, donde la víctima se aferró tan extrañamente en el silencio durante la lucha, y en la evasión después. ¿Por qué no le había ocurrido hablar de ello á Cosette tratándose de una cosa tan reciente y horrorosa? ¿Cómo se concibe que no le hubiese nombrado siquiera á los Thénardier, sobre todo el día que se encontró con Eponina? Casi sentía dificultad para explicarse á la sazón su silencio de entonces. Dábase cuenta de él, sin embargo, recordando su aturdimiento, su embriaguez por Cosette, el amor absorbiéndolo todo, aquel arrobamiento de ambos en lo ideal, y quizá también con la cantidad imperceptible de razón mezclada en aquel estado violento y embelesador del alma, un vago y sordo instinto de ocultar y abolir en su memoria aquella horrible aventura, cuyo contacto temía, en la que no quería representar papel alguno, á la que se sustraía, no pudiendo ser narrador ni testigo sin ser acusador.

Por otra parte, aquellas pocas semanas habían pasado como un relámpago, sin conceder espacio más que al amor.

En fin, pesado, considerado y examinado todo, resultaba que aún en el caso de haber referido á Cosette la emboscada del caserón del Cuervo, de haberle hablado de los Thénardier, cualesquiera que hubiesen sido las consecuencias, aún en el caso de haber descubierto que Juan Valjean era un presidiario, ¿habría por esto cambiado él, Mario? ¿Habría por esto cambiado ella, Cosette? ¿Habría él retrocedido? ¿La habría adorado menos? ¿Habría dejado de casarse? No.

¿Habría, pues, cambiado en algo cuanto había hecho? No. Nada, pues, tenía que lamentar, nada que reprocharse. Todo estaba bien. Existe un Dios para esos beodos que se llaman enamorados. Mario ciego, había seguido el camino que hubiese elegido con la vista clara. El amor le había vendado los ojos. ¿Para llevarle adónde? Al paraíso.

Pero aquel paraíso debía estar rodeado en lo sucesivo de una cerca infernal.

La antigua repulsión de Mario por aquel hombre, por aquel Fauchelvent convertido en Juan Valjean, estaba á la sazón llena de horror.

En este horror, digámoslo también, había cierta compasión y aún cierta sorpresa.

Aquel ladrón, reincidente y todo, había restituido un depósito. ¿Y qué depósito? Seiscientos mil francos. Y siendo el poseedor único del secreto, pudo muy bien habérselo guardado ó no entregarlo todo.

Por otra parte, había revelado espontáneamente su propia situación. Y á esto no le obligaba nadie. Si se sabía quién había sido, por él era.

Había en aquella confesión otra cosa sobre la aceptación de la humillación, la del peligro. Para un condenado, la máscara no es máscara, es un abrigo. Un hombre falso es la seguridad, y él había renunciado á un falso nombre. Podía, siendo presidiario, ocultarse para siempre en el seno de una familia honrada; y había resistido á la tentación. ¿Por qué? Por escrúpulo de conciencia. Él mismo lo había explicado con el irresistible acento de la sinceridad.

En suma, quien quiera que fuese aquel Juan Valjean, era incontestablemente una conciencia que despertaba. Había en él cierta misteriosa rehabilitación comenzada, y según todas las apariencias, hacía mucho tiempo que este escrúpulo dominaba á aquel hombre. Tales accesos de lo justo y de lo bueno no son propios, á la verdad, de naturalezas vulgares. El despertar de la conciencia indica grandeza de alma.

Juan Valjean era sincero. Esta sinceridad visible, palpable, irrefragable, evidente hasta por el dolor que le causaba, hacía inútiles las averiguaciones, y daba autoridad á todo cuanto decía aquel hombre.

Había en esto, para Mario, una inversión extraña de situaciones. ¿Qué se desprendía del señor Fauchelvent? La desconfianza. ¿Qué surgía de Juan Valjean? La confianza.

En el misterioso balance que Mario pensativo formaba de aquel Juan Valjean, comprobaba el activo y el pasivo, queriendo llegar á un resultado; pero todo ello aparecía como en una borrasca.

Esforzándose Mario en deducir una idea clara de aquel hombre, y persiguiéndole, por decirlo así, en el fondo de su pensamiento, le perdía y no le volvía á encontrar sino en una bruma fatal.

El depósito restituido honradamente, la probidad en la confesión, eran una acción buena; esto producía como un claro que se abría en una nube, mas la nube se ennegrecía nuevamente.

Por turbios que fuesen los recuerdos de Mario, alguna sombra le alcanzaba todavía.

¿Qué venía á ser en definitiva aquella aventura del desván de Jondrette? ¿Por qué á la llegada de la policía, aquel hombre, en lugar de querellarse, había huido?

Mario encontraba entonces la respuesta: porque aquel hombre era un reo sentenciado y prófugo.

Otro enigma: ¿Por qué había ido aquel hombre á la barricada?

Porque al presente Mario veía aparecer distintamente aquel recuerdo á impulso de sus emociones, como la tinta simpática al fuego. Aquel hombre estaba en la barricada; mas no combatía. ¿Qué había ido á hacer allí?

Ante semejante pregunta surgía un espectro, y daba esta respuesta: Javert.

Mario recordaba perfectamente en aquella hora la fúnebre visión de Juan Valjean arrastrando fuera de la barricada á Javert atado, y oía aún detrás del ángulo de la callejuela Mondetour el horrible pistoletazo. Existía verosímilmente, algún odio entre el espía y el presidiario. El uno molestaba al otro; y Juan Valjean había ido á la barricada por vengarse. Llegó tarde. Probablemente sabía que Javert había caído prisionero. La venganza corsa ha penetrado en ciertas inferioridades, y allí es ley, tan sencilla, que no asusta á las almas medio convertidas al bien; y los tales corazones opinan que un criminal, en vía de arrepentimiento, puede tener escrúpulo de robar y no de vengarse. Juan Valjean había matado á Javert; esto parecía evidente.

Última pregunta, á la cual no encontraba respuesta, sin embargo de sentirla como una tenaza: ¿Por qué la existencia de Juan Valjean había corrido tanto tiempo unida á la de Cosette?

¿Qué significaba la obra sombría de la Providencia al poner aquella niña en contacto con semejante hombre? ¿Se forjan en el cielo cadenas para dos, y Dios se complace en aceptar el ángel junto al demonio? ¿Puede habitar un mismo cuarto en el misterioso presidio de las miserias, la inocencia y el crimen? En este desfile de condenados que se llama el destino humano, ¿pueden pasar tocándose dos frentes, la una cándida y la otra formidable; la una bañada por completo de los divinos matices del alba, y la otra pálida para siempre con el fulgor del eterno relámpago? ¿Quién había podido determinar aquel enlace inexplicable? ¿Por qué clase de prodigio se había establecido semejante comunidad de vida entre la niña celestial y el viejo presidiario?

¿Quién había podido atar el cordero al lobo, y cosa más incomprensible aún, el lobo al cordero?... Porque el lobo amaba al cordero; porque el ser feroz adoraba al ser débil; porque, durante nueve años, el ángel había tenido por punto de apoyo al monstruo. La infancia y la adolescencia de Cosette, su nacimiento á la luz, su virginal desarrollo hacia la vida y la libertad, habían encontrado abrigo en aquella solicitud disforme.

Aquí las cuestiones se deshojaban, por así decirlo, en innumerables enigmas; los abismos se abrían en el fondo de los abismos, y Mario no podía inclinarse hacia Juan Valjean sin vértigo. ¿Quién era, pues, aquel hombre precipicio?

Los antiguos símbolos genesíacos son eternos; en la sociedad humana, tal cual hoy existe, y hasta el día que la cambie una claridad mayor, habrá siempre dos hombres; superior el uno, inferior el otro: el que se dirige al bien es Abel, y Caín el que se hunde en el mal. ¿Quién era entonces aquel Caín tierno? ¿Quién era aquel bandido, absorto religiosamente en la adoración de una virgen, velando por ella, educándola, custodiándola, dignificándola y envolviéndola á ella él, impuro, de pureza?

¿Qué significaba aquella sentina venerando aquella inocencia, hasta el punto de no dejar en ella mancha alguna? ¿Qué significaba aquel Juan Valjean dirigiendo la educación de Cosette? ¿Qué venía á ser aquella figura tenebrosa dedicándose exclusivamente á preservar de toda sombra y de toda nube la aparición de un astro?

Éste era el secreto de Juan Valjean, como era también el secreto de Dios. Ante ese doble secreto, Mario retrocedía. En cierta manera, el uno le tranquilizaba respecto del otro. Dios, en esa ventura, se patentizaba tanto como Juan Valjean. Dios tiene sus instrumentos, y se sirve del que más le acomoda, porque no es responsable ante los hombres. ¿Sabemos nosotros como obra Dios?

Juan Valjean había trabajado en Cosette, contribuyendo un poco á formar su alma; esto era incontestable. ¿Y qué? El obrero podía ser horrible, pero la obra resultaba admirable. Dios produce sus milagros como mejor le parece. Había construido aquella embelesadora Cosette, empleando en ello á Juan Valjean. Le plugo escoger á tan extraño colaborador. ¿Qué cuentas le podemos pedir? ¿Es la primera vez que el fiemo ayuda á la primavera á hacer la rosa?

Mario se respondía á sí mismo, y calificaba de buenas sus respuestas. No había osado insistir con Juan Valjean sobre los puntos que acabamos de indicar, y esto sin confesarse á sí mismo que no se atrevía. Adoraba á Cosette; la poseía; Cosette era espléndidamente pura. Esto le bastaba. ¿Para qué otra aclaración? Lo tenía todo. ¿Qué podía desear? ¿Acaso todo no es bastante? Los negocios personales de Juan Valjean no le incumbían.

Al inclinarse á la sombra fatal de aquel hombre tomaba acta de aquella declaración solemne del miserable: «No soy nada de Cosette. Hace diez años que ignoraba que ella existiese».

Juan Valjean era un pasajero, como él mismo había dicho. Pasaba, pues, y quien quiera que fuese, su misión había concluido.

Mario le sucedía en cumplir las funciones de providencia al lado de Cosette. Cosette había encontrado en las regiones etéreas á su igual, á su amante, á su esposo, á su celestial compañero. Al remontarse Cosette á las alturas, alada y transfigurada, dejaba tras de sí en la tierra su crisálida vacía y repugnante: Juan Valjean.

En cualquier círculo de ideas que girase Mario, siempre se reproducía cierto horror á Juan Valjean. Horror sagrado quizás, porque, como hemos indicado, presentía un quid divinum en aquel hombre. Sin embargo, por más atenuaciones que buscase, le era preciso siempre acabar por aquello de, es un presidiario; es decir, el ser que, en la escala social, carece hasta de sitio, por hallarse más abajo del último escalón. Después del último de los hombres, viene el presidiario. El presidiario no es, por así decirlo, hermano de los demás vivientes. La ley le ha destituido de toda la cantidad de humanidad que puede quitar á un hombre.

Mario en las cuestiones penales admitía, aunque demócrata, el sistema inexorable, y tenía acerca de los que la ley toca, todas las ideas de la ley. No había aceptado aún, preciso es decirlo, todos los progresos. No era todavía capaz de distinguir entre lo escrito por el hombre y lo escrito por Dios; entre la ley y el derecho. No había examinado y pesado el derecho que se arroga el hombre de disponer de lo irrevocable y de lo irreparable. No se rebelaba contra la palabra vindicta.

Parecíale muy natural que ciertas infracciones de la ley escrita fuesen seguidas de penas eternas, y aceptaba de esas ideas, salvo avanzar más tarde infaliblemente, pues su índole era buena y compuesta en el fondo de progreso latente.

En medio, pues, de esas ideas, aparecíale Juan Valjean disforme y repulsivo. Era el réprobo, era el presidiario. Esta palabra era para él como el eco de la trompeta del juicio final; y después de haber contemplado un buen espacio de tiempo á Juan Valjean, su último gesto fué volver la cabeza, exclamando interiormente: Vade retro.

Mario, debemos reconocerlo, é insistir en ello, aún interrogando á Juan Valjean hasta el punto de que éste le dijera: Me estáis confesando, no le había dirigido, sin embargo, dos ó tres preguntas decisivas.

No porque no se le hubiesen ocurrido, sino por miedo. ¿El desván de Jondrette? ¿La barricada? ¿Javert?

¿Quién sabe adónde habrían llegado las revelaciones? Juan Valjean no parecía hombre capaz de retroceder. ¿Y quién sabe si Mario, después de empujarle, no hubiera querido retenerle?

¿No nos ha sucedido á todos, que en circunstancias supremas, nos hayamos permitido hacer una pregunta, taparnos luego los oídos para no oir la respuesta? Esos temores los sienten muy particularmente los enamorados. No es prudente interrogar á un cuerpo descubierto todas las situaciones siniestras; especialmente cuando al lado indisoluble de nuestra propia vida se encuentra fatalmente unido á ellas. De las explicaciones desesperadas de Juan Valjean podía brotar alguna luz siniestra. ¿Y quién sabe si esa horrible claridad no se extendiera hasta Cosette, esparciendo una especie de fulgor infernal sobre la frente de aquel ángel? Las chispas de un relámpago son también rayo. La fatalidad participa de esas solidaridades, en que la huella del crimen se graba en la inocencia misma por la sombría ley de los reflejos colorantes. Las imágenes más puras pueden conservar eternamente la reverberación de una vecindad horrible. Con razón ó sin ella, Mario había tenido miedo. Sabía ya demasiado, prefiriendo antes aturdirse que despejarse.

Desatinado llevaba entre sus brazos á Cosette, cerrando los ojos por no ver á Juan Valjean.

Este hombre era la noche, noche positiva y terrible. ¿Cómo atreverse á inquirir el fondo? Es espantoso interrogar á la sombra. ¿Quién sabe lo que va á responder? El alba podría quedar obscurecida para siempre.

En semejante estado de ánimo, era para Mario una perplejidad dolorosa pensar que aquel hombre tuviera el roce más insignificante con Cosette.

Aquellas formidables preguntas, ante las cuales había retrocedido, y de las que hubiera podido surgir una decisión implacable y definitiva, se las echaba en cara por no haberlas hecho.

Creíase harto bueno, harto generoso, ¿y por qué no decirlo? harto débil; debilidad que le había arrastrado á una concesión imprudente. Se había dejado conmover, lo cual era un error, puesto que debía pura y simplemente haber rechazado á Juan Valjean.

Juan Valjean era el fuego que habría debido alejar, desembarazando su casa de aquel hombre.

Indignábase contra sí; indignábase contra el brusco torbellino de emociones que le había aturdido, cegado y arrastrado. Estaba descontento de sí mismo.

¿Qué hacer entonces? Las visitas de Juan Valjean le repugnaban profundamente. ¿Á qué objeto aquel hombre en su casa? ¿Qué hacer? Esta reflexión le aturdía, no queriendo profundizar, no queriendo ahondar, no queriendo sondarse á sí mismo. Había prometido; se había dejado llevar hasta prometer; Juan Valjean contaba con su promesa; y hay que cumplir la palabra, aunque sea á un presidiario, y sobre todo á un presidiario á quien se da. Sin embargo, su principal deber era para Cosette.

En suma, sentíase poseído de una repulsión que le dominaba todo, que le sublevaba.

Mario resolvía este confuso encadenamiento de ideas en su cerebro, pasando de una á otra, y excitado por todas. De ahí una turbación profunda.

No le fué fácil ocultar aquella turbación á Cossette; pero el amor es un talento, y Mario lo tuvo.

Por lo demás, dirigió, sin objeto aparente, algunas preguntas á Cosette, cándida como es blanca una paloma, y sin recelar nada; hablóle de su infancia y de su juventud, y convencióse más y más de que todo lo que puede tener un hombre de paternal y respetable, lo había aquel presidiario derramado sobre Cosette.

Todo lo que Mario había entrevisto y supuesto era una realidad. Aquella siniestra ortiga había amado y protegido á aquel lirio.

LIBRO OCTAVO DECRECIMIENTO CREPUSCULAR

I =El cuarto bajo=

Al día siguiente, al anochecer, Juan Valjean llamó á la puerta cochera de la casa del señor Gillenormand. Vasco fué quien le recibió. Vasco estaba en el patio como á propósito y obedeciendo una orden. Á veces basta con decir á un criado: «Estad atento para cuando venga Fulano».

Vasco, sin aguardar á que Juan Valjean se adelantase hacia él, le dirigió la palabra:

--El señor barón me ha encargado os pregunte si deseáis subir, ó esperar aquí.

--Quedarme aquí,--respondió Juan Valjean.

Vasco, respetuoso como siempre, abrió la puerta de la sala baja, y dijo:--Voy á avisar á la señora.

La pieza en que entró Juan Valjean era un cuarto bajo, abovedado y húmedo, que servía á veces de bodega, con salida á la calle, enladrillado de baldosas encarnadas y mal alumbrado por una ventana enrejada.

No era este cuarto de los que dan mucho que hacer á los zorros, el plumero y la escoba. El polvo yacía allí tranquilo. La persecución de las arañas no estaba, en verdad, organizada. Una hermosa tela, anchamente desplegada, muy negra, adornada de moscas muertas, giraba al rededor de uno de los vidrios de la ventana. La sala, pequeña y baja de techo, estaba amueblada con una porción de botellas vacías, amontonadas en un rincón. La pared, enjalbegada de ocre amarillo, se iba desarrevocando á grandes trozos. Había en el fondo una chimenea con repisa estrecha de madera, pintada de negro. En esta chimenea había fuego; lo cual daba á entender que se había contado con la respuesta de Juan Valjean: «Quedarme aquí».

Á ambos lados de la chimenea había un sillón, y entre estos, se extendía haciendo de alfombra, una antigua esterita de pie de cama, mostrando más urdimbre que trama.

Tenía la habitación por alumbrado la llama de la chimenea y el crepúsculo de la ventana.

Juan Valjean estaba fatigado. Hacía algunos días que no comía ni descansaba. Dejóse caer en uno de los sillones.

Vasco volvió, puso sobre la chimenea una bujía encendida y se retiró, sin que Juan Valjean, con la cabeza inclinada y la barba sobre el pecho, advirtiera la presencia de Vasco ni la bujía.

De repente se levantó como sobresaltado. Cosette estaba detrás de él.

No la había visto entrar; pero había sentido que entraba.

Volvió la cabeza y contemplóla. Estaba adorablemente bella; pero lo que él contemplaba con su profunda mirada no era la belleza, era el alma.

--Padre,--exclamó Cosette,--ya yo me sabía vuestras singularidades, pero jamás me hubiera figurado que llegasen á tanto. ¡Vaya una ocurrencia! Me ha dicho Mario que sois vos quien se empeña en que le reciba aquí.

--Sí, yo soy.

--Ya me esperaba no obstante esta respuesta. Está bien. Os prevengo que voy á armar un escándalo. Empecemos por el principio. Padre, abrazadme.

Y le presentó la mejilla.

Juan Valjean permaneció inmóvil.

--No os movéis. Está visto; actitud de culpable. Pero no importa, os perdono. Jesucristo ha dicho: «Presentad la otra mejilla». Aquí la tenéis.

Juan Valjean no se movió tampoco; parecía tener los pies clavados en el suelo.

--Esto se pone serio,--dijo Cosette.--¿Qué os he hecho yo? Me creo ofendida, y me debéis una satisfacción. Comeréis con nosotros.

--He comido ya.

--No es verdad. Haré que el señor Guillenormand os reprenda. Los abuelos son los encargados de regañar á los padres. Vamos, subid conmigo á la sala enseguida.

--Imposible.

Aquí perdió Cosette un poco de terreno. Cesó de mandar y pasó á las preguntas.

--Pero ¿por qué? ¡Y habéis escogido para visitarme el cuarto peor de la casa! Esto es horrible.

--Tú sabes...

Juan Valjean rectificó:

--Ya lo sabéis, señora, soy algo raro, tengo mis manías.

Cosette chocó sus pequeñas manos una contra otra.

--¡Señora!... ¡sabéis!... ¡Otra novedad! ¿Qué significa esto?

Juan Valjean le dirigió aquella sonrisa dolorosa á que de vez en cuando recurría.

--Habéis querido ser señora, y ya lo sois.

--Pero no para vos, padre.

--No me llaméis padre.

--¿Cómo?

--Llamadme señor Juan, Juan, si queréis.

--¿No sois ya mi padre? ¿No soy ya Cosette? ¿Vos sois el señor Juan? ¿Qué significa todo esto? ¿Qué revolución es ésta? ¿Qué ha pasado? Miradme á la cara. ¡Y no aceptáis el vivir con nosotros! ¡Y no queréis el cuarto que se os tenía destinado! ¿Qué os he hecho yo? ¿Qué os he hecho? ¡Ha de haber aquí algo que!...

--Nada.

--Pues, ¿y entonces?

--Todo sigue lo mismo.

--¿Por qué cambiáis de nombre?

--También habéis vos cambiado el vuestro.

Sonrióse entonces como antes, y añadió:

--Puesto que sois la señora de Pontmercy, muy bien puedo ser yo el señor Juan.

--Nada comprendo. Todo esto raya en lo bárbaro. Pediré permiso á mi marido para que seáis el señor Juan, y espero que no ha de consentirlo. Me causáis pesadumbre. En hora buena que se tengan manías, mas no hasta el punto de dar pena á su hijita Cosette. Malo es esto; y vos no tenéis derecho para las cosas malas, vos que sois tan bueno.

Juan Valjean no respondió.

Tomóle ella vivamente ambas manos, y con un movimiento irresistible, levantándolas al nivel de su rostro, las estrechó contra su cuello junto á la barba, lo cual es un gesto de profundo cariño.

--¡Oh!--le dijo.--¡Sed bueno!

Y prosiguió:

--Ved á lo que yo llamo ser bueno, ser amable: venid á vivir en nuestra compañía; aquí hay pájaros como en la calle Plumet; dejad ese tabuco de la calle del Hombre Armado; no me hagáis adivinar charadas, sed como los demás hombres; almorzad y comed con nosotros; sed, como os tengo dicho, mi padre.

Él apartó las manos.

--No necesitáis ya de padre; tenéis ya marido.

Cosette se incomodó.

--¡Que no necesito padre! Esto está fuera del sentido común. ¡En verdad que no sé qué he de deciros!

--Si la tía Santos estuviese aquí,--repuso Juan Valjean, como quien busca testigos para asirse hasta de un cabello,--sería la primera en convenir que siempre he obrado á mi modo. Nada hay en todo ello de particular. Siempre me ha gustado mi obscuro rinconcito.

--Pero aquí hace frío, aquí apenas se ve. Es abominable esa de quererse llamar señor Juan. Y yo me opongo á que me tratéis de vos.

--Al venir,--respondió Juan Valjean,--he visto en la calle de San Luis un gracioso mueble, en casa de un ebanista. Si yo fuese mujer y bonita, no dejaría de comprarlo. Es un tocador magnífico, de estos que llamáis de palo de rosa, tiene incrustaciones y una luna muy grande. Tiene sus cajoncitos. Es bellísimo.

--¡Oh! ¡Qué hombre tan raro!--replicó Cosette.

Y con exquisito donaire, apretando los dientes y separando los labios, sopló contra Juan Valjean. Era una Gracia copiando á una gata.

--Estoy furiosa,--prosiguió.--Desde ayer me estáis haciendo todos rabiar; estoy muy incomodada. No comprendo una palabra. Ni vos me defendéis contra Mario, ni Mario me ampara contra vos; estoy sola. Arreglo un cuarto bonitamente; á Dios mismo habría puesto en él si hubiese podido. Y me dejáis desairada con mi cuarto. Encargo á Nicolasita una buena comida, y veo despreciado mi convite. Mi padre Fauchelvent quiere que le llame señor Juan, y que le reciba en una cueva vieja y húmeda, en cuyas paredes nacen barbas y donde, por cristales, hay botellas vacías, y por cortinas telarañas. Sois un hombre muy raro, convengo en ello; tenéis este carácter; pero ¿no se ha de conceder alguna tregua á los que se casan? ¿Por qué volver tan pronto á vuestras rarezas? ¿Vais, pues, á vivir muy contento en vuestra abominable calle del Hombre Armado? ¿Y cuánto me he desesperado yo en ella? ¿Estáis resentido contra mí? Me estáis apenando en alto grado. ¡Id, pues!

Y formalizándose de repente, clavó la vista en Juan Valjean, añadiendo:

--Esto es demostrar que no queréis que sea yo feliz.

La ingenuidad, sin saberlo, penetra á veces en lo más hondo. Estas palabras, sencillas para Cosette, eran profundas para Juan Valjean. Cosette quería solo arañar, y destrozaba.

Juan Valjean palideció.

Permaneció un instante sin responder; luego con acento indescriptible y hablando consigo mismo, murmuró:

--Su felicidad era el único fin de mi vida. Dios puede hoy echarme de este mundo. Cosette, eres dichosa, y mi misión ha terminado.

--¡Ah! ¡Me habéis tuteado!--exclamó Cosette.

Y saltó á su cuello.

Juan Valjean, desvanecido, la estrechó contra su pecho, pareciéndole casi que la recobraba.

--¡Gracias, padre!--le dijo Cosette.

Semejante arrebato iba á volverse doloroso para Juan Valjean.

Desprendióse dulcemente de los brazos de Cosette, y tomó su sombrero.

--¿Qué es eso?--preguntó Cosette.

Juan Valjean respondió:

--Me retiro, señora; os están aguardando.

Y desde el umbral de la puerta añadió:

--Os he tuteado. Decid á vuestro esposo que no me volverá á suceder. Perdonadme.

Y Juan Valjean se fué, dejando á Cosette estupefacta con tan enigmática despedida.

II =Otro paso atrás=

Al día siguiente á la misma hora volvió Juan Valjean.

Cosette no le hizo ya preguntas, ni se mostró admirada, ni dijo que sentía frío, ni habló más de la sala; evitó también llamarle padre, ni señor Juan; dejando que la tratase de vos y que la llamase señora solamente.

Había en su semblante menos alegría. Casi estaba triste y lo habría estado, si le hubiese sido posible.

Probablemente había tenido con Mario una de esas conversaciones en que el hombre amado dice lo que quiere, y sin explicar nada satisface á la mujer amada. La curiosidad de los enamorados no acostumbra á salirse de los límites de su amor.

La sala baja estaba un poco más decente. Vasco había suprimido las botellas y Nicolasita las arañas.

Todos los días que se iban sucediendo conducían allí á la misma hora á Juan Valjean; no tuvo éste valor para tomar las palabras de Mario de otro modo que á la letra. Mario, por su parte, para no tener que asistir, se ingenió de manera que siempre se encontraba ausente á las horas en que iba Juan Valjean. Las personas de la casa se acostumbraron á aquel nuevo capricho del señor Fauchelvent. La tía Santos contribuyó á ello, repitiendo que el señor había sido siempre así. El abuelo decretó que era «muy original». Y esto basta. Además, á los noventa años no son posibles ya nuevas relaciones; todo es juxtaposición; un recién venido es una molestia. No hay sitio para él, todos los hábitos están adquiridos.

El señor Guillenormand se alegró de verse desembarazado de «aquel señor», de aquel Fauchelvent ó Tranchalvent, y añadió: «Esos tipos extravagantes son muy comunes. Hacen toda clase de rarezas, y sin el menor motivo. El marqués de Canaples era peor aún, pues compró un palacio para vivir en las buhardillas. Son apariencias fantásticas que dan á ciertas gentes».

Nadie entrevió la siniestra realidad. ¿Ni quién había de ir á adivinar tal cosa? Hay pantanos de éstos en la India; el agua ofrece un aspecto extraordinario, inexplicable, que se estremece sin impulsarla el viento, que se agita cuando debiera estar en calma. Se ven los borbotones sin causa en la superficie, no se distingue la hidra que se arrastra en el fondo.

Muchos hombres tienen también un monstruo secreto, un mal que alimentan, un dragón que los roe, una desesperación que anida en su obscuridad. Individuo hay que se parece á los demás individuos, va y viene, y nadie sabe que lleva en su seno un terrible dolor parásito que le está devorando con sus mil dientes, el cual vive dentro del miserable, á quien mata. Nadie sabe que aquel hombre es un abismo. Está estancado, pero profundo. De vez en cuando se nota cierta conmoción incomprensible en la superficie. Fórmase una onda misteriosa, que se desvanece y vuelve luego á aparecer. Una burbuja de aire sube y revienta. Aquella cosa, insignificante al parecer, es terrible. Es la respiración del animal desconocido.

Ciertas costumbres extrañas: al llegar á la hora en que los demás se marchan, el ocultarse cuando los otros se dejan ver, el cubrirse en todas ocasiones con la capa que podría llamarse de color de pared, buscar el paseo solitario, preferir la calle desierta, no mezclarse en las conversaciones, evitar las multitudes y las fiestas, aparentar que se está bien y vivir pobremente, tener, aunque rico, la llave de la casa en el bolsillo y la vela en la portería, entrar por la puerta excusada, subir por la escalera secreta; todas estas singularidades insignificantes, es decir, ondas, burbujas, círculos fugitivos en la superficie, provienen muchas veces de un fondo formidable.

Se pasaron así muchas semanas. Poco á poco entró Cosette en una vida nueva: las relaciones que crea el matrimonio, las visitas, los cuidados de la casa, las diversiones, estos grandes deberes. Las diversiones no eran costosas; reducíanse á una sola: estar con Mario. La principal ocupación de Cosette era salir con él y no separarse de su lado. Ambos sentían un placer cada vez mayor en pasearse asidos del brazo, á la luz del sol, en plena calle, á la vista de todo el mundo, los dos solos.

Cosette experimentó una contrariedad. La tía Santos no pudo llevarse bien con Nicolasita; el choque de dos solteronas es imposible, y se marchó. El abuelo seguía contento y satisfecho; Mario defendía alguno que otro pleito y la tía Guillenormand vivía agradablemente en la nueva familia una vida lateral que parecía bastarle. Juan Valjean hacía todos los días su visita.

Desaparecido el tuteo, el vos, el señora, el señor Juan, todo esto le hacían parecer otro á los ojos de Cosette. El cuidado que él mismo había puesto en desapegarla de él, iba produciendo su resultado. Ella estaba cada vez más alegre, pero menos tierna. Sin embargo, Cosette seguía siendo siempre la misma queriéndole mucho, y él lo sabía.

Un día le dijo ella de súbito: Érais mi padre, y habéis dejado de serlo; fuísteis mi tío, y no lo sois tampoco: érais el señor Fauchelvent, y ahora sois el señor Juan. ¿Quién sois pues realmente? Nada de esto me agrada. Si no supiera cuán bueno sois, os tendría miedo.

Él continuaba viviendo en la calle del Hombre Armado, no pudiendo resolverse á dejar el barrio en que habitaba Cosette.

Al principio no permanecía al lado de Cosette sino unos cuantos minutos, y luego se iba.

Poco á poco se fué acostumbrando á prolongar sus visitas, como si aprovechase la autorización de los días que crecían también. Llegaba más pronto y se despedía, más tarde.

Un día se le escapó á Cosette llamarle «padre». Un relámpago de alegría iluminó el ya continuamente sombrío rostro de Juan Valjean. Pero advirtió que debía llamarle Juan.

--¡Ah! es verdad,--dijo ella riéndose,--señor Juan.

--Esto es,--dijo él, volviendo la cabeza para que ella no le viese enjugarse los ojos.

III =Recuerdan el jardín de la calle Plumet=

Esta fué la última vez. Después de aquel resplandor, vino la completa extinción.

Nada de familiaridad, nada de buenos días acompañados de un beso, nada de repetir esta palabra tan profundamente dulce: «¡Padre mío!». Por su propia súplica y complicidad, veíase sucesivamente despojado de todas sus dichas, y su mayor miseria consistía en que, después de haber perdido á Cosette por completo en un solo día, le era preciso perderla entonces nuevamente en detalle.

La vista acaba por acostumbrarse á la luz de una cueva. En suma, tener diariamente una aparición de Cosette le era suficiente. Toda su existencia se concentraba en aquella hora. Sentábase á su lado, la contemplaba silenciosamente, ó le hablaba de los años de su infancia, del convento y de sus amiguitas de entonces.

Una tarde, era uno de los primeros días de abril, caliente ya, aunque fresco todavía, en el momento de la alegría del sol, los jardines que circuían las ventanas de Mario y de Cosette sentían la emoción del despertar, el espino apuntaba su flor, una joyería, el alelí, extendía sus diamantes por sus vetustos muros, las campánulas rosas sonreían en las hendiduras de las piedras, las velloritas y francesillas empezaban á asomar graciosamente entre la yerba, debutaban las mariposas blancas del año, mientras el viento, ese trovador de las bodas eternas, ensayaba en los árboles el preludio de la gran sinfonía auroral que los antiguos poetas llamaban la nueva estación. Mario dijo á Cosette: «Hemos dicho que iríamos á hacer una visita á nuestro jardín de la calle Plumet. Vamos, pues. No seamos ingratos». Y extendieron hacia allí su vuelo como dos golondrinas en busca de la primavera. Aquel jardín de la calle Plumet les hacía el efecto del alba. Ellos habían ya dejado tras sí una parte de la vida que podríamos llamar la primavera del amor.

La casa de la calle Plumet pertenecía aún á Cosette, por no haber terminado el tiempo del arriendo. Fueron, pues, á aquel jardín y á aquella casa. Allí los recuerdos del pasado les hicieron olvidar el presente.

Al anochecer, á la hora de costumbre, Juan Valjean fué á la calle de las Hijas del Calvario.

--La señora ha salido con el señor, y aún no ha vuelto,--le dijo Vasco.

Sentóse sin decir una palabra, y esperó una hora. Cosette no volvió. Bajó él la cabeza y se marchó.

Estuvo Cosette tan embriagada, con aquel paseo á «su jardín», y tan gozosa de haber «vivido todo un día en el pasado», que la tarde siguiente no habló de otra cosa. Ni siquiera se le ocurrió que no había visto á Juan Valjean.

--¿Cómo fuisteis?--le preguntó Valjean.

--Á pie.

--¿Y cómo habéis vuelto?

--En un coche de alquiler.

Juan Valjean observaba hacía algún tiempo la estrechez en que vivían los esposos, y esto le mortificaba. La economía de Mario era severa y Juan Valjean tomaba esta palabra en su sentido absoluto. Aventuró, pues, una pregunta:

--¿Cómo no tenéis coche propio? Una bonita berlina no os costaría más de quinientos francos mensuales. Sois ricos.

--No sé,--respondió Cosette.

--Lo mismo que con la tía Santos,--continuó Juan Valjean.--Se ha ido, y no la habéis reemplazado. ¿Por qué?

--Basta con Nicolasita.

--Pero os hará falta una doncella. Particularmente no tenéis quien os sirva.

--¿No tengo á Mario?

--Deberíais tener casa propia, criados, carruaje, palco en el teatro. Nada de esto estaría de más. ¿Por qué no aprovechar el ser ricos? La riqueza completa la dicha. Cosette nada respondió.

Juan Valjean no abreviaba sus visitas, lejos de eso. Cuando es el corazón el que se desliza, no hay medio de pararse en la pendiente.

Cuando quería prolongar su visita y hacer olvidar la hora, escogía por plática el elogio de Mario; le encontraba bello, noble, valeroso, discreto, elocuente, bueno. Cosette encarecía, y Juan Valjean volvía á empezar sin que se agotase el asunto. Mario: esta palabra era inagotable; había volúmenes enteros en estas cinco letras. Así lograba Juan Valjean permanecer largo tiempo.

¡Le era tan dulce ver á Cosette y olvidarlo todo á su lado! Única medicina de sus males. Más de una vez ocurrió que Vasco tuvo que repetir este recado: «El señor Guillenormand me manda recordar á la señora baronesa que la mesa está servida».

Cuando esto sucedía, Juan Valjean entraba en su casa muy pensativo.

¿Había, pues, algo de verdad en aquella comparación de la crisálida que se le había ocurrido á Mario? ¿Era, en efecto, Juan Valjean una crisálida persistente y obstinada en visitar á su mariposa?

Un día se quedó aún más tiempo de lo acostumbrado. Al día siguiente notó que no habían encendido la chimenea.

--¡Calle!--pensó.--No hay lumbre.

Y se dió á sí mismo esta explicación: «Es muy natural. Estamos en abril, y han cesado los fríos».

--¡Dios mío! ¡Qué frío se siente aquí!--exclamó Cosette entrando.

--¡Quiá, no!--dijo Juan Valjean.

--¿Sois vos entonces quien le ha dicho á Vasco que no encienda lumbre?

--Sí. Casi estamos ya en el mes de mayo.

--¡Pero si se enciende fuego hasta junio! Y en esta cueva se necesita encenderlo todo el año.

--Me ha parecido que era inútil.

--¡Otra de las vuestras!--respondió Cosette.

Al día siguiente no faltaba la lumbre; pero los dos sillones estaban colocados en el extremo opuesto de la sala, junto á la puerta. ¿Qué significa esto? pensó Juan Valjean.

Tomó los sillones, y los puso en el sitio de costumbre, junto á la chimenea.

Esto le reanimó, é hizo prolongar la conversación más de lo acostumbrado. Cuando se levantó para irse, le dijo Cosette:

--Mi marido me dijo ayer una cosa muy graciosa por cierto.

--¿Qué es ello?

--Díjome: «Cosette, tenemos treinta mil libras de renta; veinte y siete tuyas, y tres de la pensión de mi abuelo». Yo le respondí: «Hacen treinta». Y él replicó: «¿Tendrías el valor necesario para vivir sólo con las tres mil?». Yo contesté: «Sí, y aún con nada estando contigo». Luego le pregunté: «¿Por qué me dices eso?». Y él respondió: «Nada, por saberlo».

Juan Valjean no supo qué decir. Cosette aguardaba probablemente alguna explicación suya; pero él la escuchó con esquivo silencio. Volvióse á su calle del Hombre-Armado, yendo tan profundamente absorbido, que equivocó la puerta, y en lugar de entrar en su casa entró en la casa vecina. Hasta después de haber subido dos pisos no advirtió su error, y volvió á bajar.

Su espíritu se enajenaba en conjeturas. Era evidente que Mario tenía alguna duda acerca del origen de los seiscientos mil francos, y que temía alguna procedencia impura; ¿quién sabe? Tal vez había descubierto que aquel dinero venía de él, de Juan Valjean, y vacilaba ante una fortuna sospechosa, y le repugnaba aceptarla, prefiriendo quedar pobres, él y Cosette, á ser ricos con dinero mal adquirido.

Además Juan Valjean comenzaba vagamente á comprender que le despedían.

Al día siguiente sintió al entrar en la sala baja como un sacudimiento. Los sillones habían desaparecido. Ni siquiera había una silla.

--¿Qué es esto?--exclamó Cosette al entrar.--¡No hay sillones! ¿Dónde están los sillones?

--Se los han llevado,--respondió Juan Valjean.

--¡Esto es ya demasiado!

Juan Valjean balbuceó:

--Soy yo quien ha dicho á Vasco que se los llevase.

--¿Por qué?

--Porque no voy á estar más que unos minutos.

--No es ello una razón para estar de pie.

--He creído que Vasco necesitaba los sillones para el salón.

--¿Para qué?

--Tendréis á no dudarlo visitas esta noche.

--Á nadie esperamos.

Juan Valjean no pudo decir una palabra más.

Cosette se encogió de hombros.

--¡Hacer que se lleven los sillones! El otro día mandasteis que no encendieran lumbre. ¡Sois un hombre muy singular!

--Adiós,--murmuró Juan Valjean.

No dijo: «Adiós, Cosette»; pero no tuvo fuerzas para decir: «Adiós, señora».

Salió abrumado por completo.

Había comprendido por fin.

Al día siguiente no fué. Cosette no lo notó hasta al anochecer.

--¡Vaya!--exclamó.--No ha venido hoy el señor Juan.

Sintió como un peso ligero en el corazón, pero apenas lo notó, pues se distrajo con un beso de Mario.

Al día siguiente tampoco fué á verla Juan Valjean.

Cosette apenas se fijó en ello; pasó bien la velada, durmió perfectamente toda la noche, como tenía de costumbre, y solo al levantarse pensó en ello. ¡Era tan dichosa!

Envió á Nicolasita á casa del señor Juan para saber si estaba enfermo, y por qué no había ido la víspera. Nicolasita llevó esta respuesta: «Que el señor Juan no estaba enfermo, sino muy ocupado. Que iría luego. Lo más pronto posible. Por lo demás que iba á hacer un corto viaje, de los que, como sabía la señora, tenía de costumbre de cuando en cuando. Que no debía incomodarse ni pasar el menor cuidado por él.

Nicolasita, al entrar en casa del señor Juan, le había repetido las mismas palabras de su ama: «Que la señora la enviaba á saber por qué el señor Juan no había ido á la víspera».--Hace des días que no he ido,--dijo dulcemente Juan Valjean.

Pero la observación se deslizó en Nicolasita, que nada de ella dijo á Cosette.

IV =Atracción y extinción=

Durante los primeros meses de la primavera y primeros del verano de 1833, los escasos transeúntes del Marais, los tenderos y los ociosos parados en las puertas, reparaban en un anciano decentemente vestido de negro, que todos los días, á la misma hora, antes de anochecer, salía de la calle del Hombre Armado, por el lado de la Sainte Croix de la Bretonnerie, cruzaba la de Blancs Manteaux, llegaba á la de Culture Sainte Cathérine, y una vez en la de l'Echarpe, torcía á la izquierda y entraba en la de San Luis.

Allí caminaba á paso lento, estirado el cuello, sin ver ni oir nada, fija siempre la vista en un punto invariable, que parecía ser para él una estrella y que no era otra cosa que el ángulo de la calle de las Hijas del Calvario.

Cuanto más se acercaba á aquella esquina, más brillaban sus ojos; una especie de alegría iluminaba sus pupilas como una aurora interior.

Tenía cierto aire de fascinación y de ternura, sus labios se movían como si hablasen á una persona sin verla, sonreía vagamente, y avanzaba tan poquito á poco como podía. Hubiérase dicho que, aunque deseaba llegar, lo temía.

Cuando ya no quedaban sino algunas casas entre él y la calle que así parecía atraerle, acortaba el paso hasta el punto de parecer inmóvil. La vacilación de la cabeza y la dirección fija de la pupila recordaban la aguja que busca el polo.

Pero por más que se empeñara en retardar la llegada, había de llegar forzosamente; tocaba á la calle de las Hijas del Calvario; se detenía entonces, temblaba, asomaba la cabeza con una especie de timidez sombría más allá de la esquina de la última casa, y miraba en la calle; y en aquella su trágica mirada había algo parecido al deslumbramiento de lo imposible y á la reverberación de un paraíso cerrado.

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