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Los miserables - Tomo 2 (de 2) (part 1 of 4)

Part 1 of 4 · Hugo, Victor · Public domain text

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Contents (4)

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Los miserables - Tomo 2 (de 2)

NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

En la versión de texto sin formatear el texto en cursiva está encerrado entre guiones bajos (cursiva), el texto en negritas está marcado =así=, el texto en Versalitas está marcado en MAYÚSCULAS y un superíndice (texto en tamaño más pequeño por encima de la línea de escritura) está indicado por el símbolo ^, de modo que, por ejemplo, ^e representa al superíndice e.

El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido en general el de respetar las reglas vigentes de la Real Academia Española cuando la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.

En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está en mayúsculas.

El Índice y la lista de ilustraciones han sido reubicados al principio de la obra.

Se han corregido errores evidentes de puntuación y otros errores tipográficos y de ortografía.

La portada incluida en este libro electrónico fue modificada por el transcriptor y se concede al dominio público.

El transcriptor quiere expresar su agradecimiento a quienes, con sus opiniones en el foro del proyecto, ayudaron a resolver algunos puntos importantes.

Algunas aclaraciones que conviene mencionar:

1) El traductor ha traducido "sous" (vigésima parte de un franco) del francés a "sueldo", lo cual es correcto, ya que "sueldo", además de "salario", en español se refiere a moneda, de distinto valor según los tiempos y países, igual a la vigésima parte de la libra respectiva.

2) En el original, el autor haciendo referencia a la actitud de Javert, uno de los principales personajes de la obra escribe:

Lo que ocurría en Javert era el Fampoux de una conciencia recta, el descarrilamiento de un alma, el aplastamiento de una probidad lanzada irresistiblemente en línea recta y destrozándose contra Dios.

El esmero de un revisor del texto del presente proyecto, permitió establecer que Fampoux se refiere a un accidente ferroviario que ocurrió en 1846, debido a un descarrilamiento en una localidad con ese nombre.

3) En el siglo XIX, fecha en que se tradujo la presente obra, era una costumbre muy habitual la utilización de los pronombres enclíticos. Los pronombres enclíticos son los pronombres personales que aparecen pospuestos cuando se adjuntan al verbo. En el español actual se adjuntan sólo a los infinitivos, a los gerundios y a los imperativos afirmativos. Durante la transcripción de esta obra se respetó la utilización de los pronombres enclíticos independientemente del modo verbal, salvo en el caso del pretérito indefinido, modo indicativo, del verbo "ir" (fue). Se prefirió cambiar "fuese" en este modo verbal por "se fue" porque "fuese" también es la forma de los verbos "ir" y "ser" en pretérito, modo subjuntivo, y se consideró que esa circunstancia, producto de una costumbre no fundada en el uso correcto de la lengua, podría llegar a generar alguna confusión en la interpretación correcta del texto.

* * * * *

LOS MISERABLES

LOS MISERABLES

POR

VÍCTOR HUGO

Edición adornada con láminas al cromo y grabados intercalados en el texto

VERSIÓN ESPAÑOLA DE J. A. R.

TOMO II

BARCELONA Casa Editorial «MAUCCI» 296, CONSEJO DE CIENTO, 296 1897

Establecimiento Tipográfico de Timoteo Susany.--Valldoncella, 20, Barcelona.

[Illustración]

ÍNDICE DE LO QUE CONTIENE ESTE SEGUNDO TOMO

=LIBRO SÉPTIMO.=--PATRON-MINETTE

Pág.

I La mina y los mineros 5

II La hondonada 7

III Babet, Gueulemer, Claquesous y Montparnasse 8

IV Composición de la cuadrilla 10

=LIBRO OCTAVO.=--EL MAL POBRE

I Buscando Mario una joven con sombrero, encuentra un hombre con gorra 13

II Hallazgo 14

III Cuatro personajes 16

IV Una rosa en la miseria 19

V El ojo de la providencia 25

VI El hombre embrutecido, en su madriguera 27

VII Estrategia y táctica 31

VIII El rayo de luz en la caverna 34

IX Jondrette casi llora 35

X Tarifa de los carruajes de alquiler: dos francos por hora 39

XI Ofertas de servicio de la miseria al dolor 41

XII Solus cum solo, in loco remoto, non cogitabuntur orare pater noster 48

XIII Donde un agente de policía proporciona dos cachorrillos á un abogado 50

XIV Jondrette hace sus compras 53

XV Donde volverá á encontrarse la canción sobre música inglesa de moda en 1832 55

XVI Empleo de la moneda de cinco francos de Mario 58

XVII Las dos sillas de Mario frente á frente 61

XVIII Preocuparse de los fondos oscuros 63

XIX La emboscada 68

XX Se debería empezar siempre por prender á las víctimas 86

XXI El chiquillo que lloraba en la segunda parte 89

CUARTA PARTE

EL IDILIO DE LA CALLE DE PLUMET Y LA EPOPEYA DE LA CALLE DE SAN DIONISIO

=LIBRO PRIMERO.=--ALGUNAS PÁGINAS DE HISTORIA

I Bien cortado 91

II Mal cosido 96

III Luis Felipe 98

IV Grietas en la base 104

V Hechos de los que sale la historia y que la historia ignora 111

VI Enjolrás y sus tenientes 121

=LIBRO SEGUNDO.=--EPONINE

I El campo de la Alondra 125

II Formación embrionaria de los crímenes en la incubación de las cárceles 130

III La aparición del señor Mabeuf 134

IV Aparición de Mario 137

=LIBRO TERCERO.=--LA CASA DE LA CALLE DE PLUMET

I La casa del secreto 141

II Juan Valjean guardia nacional 145

III Foliis ac Frondibus 147

IV Cambio de reja 150

V La rosa descubre que es una máquina de guerra 155

VI Comienza la batalla 158

VII Á tristeza, tristeza y media 161

VIII La cadena 166

=LIBRO CUARTO.=--SOCORROS DE ABAJO QUE PUEDEN SER SOCORROS DE ARRIBA

I Herida exterior, curación interna 174

II La tía Plutarco se apura mucho para dar la explicación de un fenómeno 176

=LIBRO QUINTO.=--CUYO FIN NO SE PARECE AL PRINCIPIO

I La soledad y el cuartel en combinación 183

II Miedos de Cosette 185

III Enriquecido con comentarios de la tía Santos 188

IV Un corazón bajo una piedra 190

V Cosette después de la carta 193

VI Los viejos están hechos para ser oportunos 196

=LIBRO SEXTO.=--EL NIÑO GAVROCHE

I Endiabladuras del viento 198

II Donde el pequeño Gavroche saca partida de Napoleón el Grande 202

III Peripecias de la evasión 221

=LIBRO SÉPTIMO.=--LA GERMANÍA

I Origen 233

II Raíces 239

III Germanía que llora y germanía que ríe 247

IV Los dos deberes: velar y esperar 251

=LIBRO OCTAVO.=--ENCANTOS Y DESOLACIONES

I Plena luz 255

II El aturdimiento de la felicidad completa 260

III Principio de sombra 262

IV Cab: rueda en inglés y ladra en germanía 265

V Cosas de la noche 271

VI Mario retrocede hasta la realidad, llegando á dar las señas de su casa á Cosette 271

=LIBRO NOVENO.=--¿Á DÓNDE VAN?

I Juan Valjean 287

II Mario 289

III El señor Mabeuf 291

=LIBRO DÉCIMO.=--EL 5 DE JUNIO DE 1832

I El exterior de la cuestión 295

II El fondo de la cuestión 298

III Un entierro: ocasión de renacer 303

IV El hervor de otros tiempos 308

V Originalidad de París 313

=LIBRO DECIMOPRIMERO.=--EL ÁTOMO FRATERNIZANDO CON EL HURACÁN

I Algunas notas aclaratorias acerca de los orígenes de la poesía de Gavroche, é influencia de un académico en dicha poesía 316

II Gavroche en marcha 318

III Justa indignación de un peluquero 321

IV El niño se admira del anciano 322

V El anciano 324

VI Reclutas 325

=LIBRO DECIMOSEGUNDO.=--CORINTO

I Historia de Corinto desde su fundación 327

II Alegrías previas 331

III La noche empieza á dominar sobre Grantaire 340

IV Prueba de consuelo hacia la viuda Haucheloup 342

V Los preparativos 346

VI Esperando 347

VII El hombre reclutado en la calle de Billettes 350

VIII Varias preguntas á propósito de un tal Cabuc, que quizá no se llamaba Cabuc 353

=LIBRO DECIMOTERCERO.=--MARIO ENTRA EN LA SOMBRA

I Desde la calle Plumet al barrio de San Dionisio 357

II París á vista de búho 359

III El último extremo 361

=LIBRO DECIMOCUARTO.=--GRANDEZAS DE LA DESESPERACIÓN

I La bandera: primer acto 367

II La bandera: acto segundo 369

III Más le hubiera valido á Gavroche tomar la carabina de Enjolrás 371

IV El barril de pólvora 372

V Fin de los versos de Juan Provaire 375

VI La agonía de la muerte después de la agonía de la vida 376

VII Gavroche, profundo calculador de distancias 380

=LIBRO DECIMOQUINTO.=--LA CALLE DEL HOMBRE ARMADO

I Carta canta 383

II El pilluelo enemigo de las luces 390

III Durante el sueño de Cosette y Santos 394

IV El exceso de celo de Gavroche 395

QUINTA PARTE

JUAN VALJEAN

=LIBRO PRIMERO.=--LA GUERRA ENTRE CUATRO PAREDES

I La Caribdis del arrabal de San Antonio, y la Scila del arrabal del Temple 400

II Qué se ha de hacer en el abismo sino hablar 407

III Luz y sombra 410

IV Cinco de menos y uno más 412

V ¡El horizonte que se descubre desde lo alto de la barricada! 417

VI Mario rudo y Javert lacónico 421

VII La situación se agrava 423

VIII La artillería se va poniendo seria 426

IX Empleo de aquel talento de cazador furtivo y de aquella puntería infalible, que influyó en la condena de 1796 429

X Aurora 430

XI Un tiro que no deja de ser certero ni mata á nadie 433

XII El desorden partidario del orden 434

XIII Luces que pasan 437

XIV Donde se leerá el nombre de la querida de Enjolrás 439

XV Gavroche fuera 441

XVI De cómo un hermano puede trocarse en padre 448

XVII Mortuus pater, filium expectat 451

XVIII El buitre convertido en presa 452

XIX Venganza de Juan Valjean 456

XX Los muertos tienen razón y los vivos no se equivocan 458

XXI Los héroes 466

XXII Palmo á palmo 470

XXIII Orestes en ayunas y Pilades borracho 473

XXIV Prisionero 476

=LIBRO SEGUNDO.=--EL INTESTINO DE LEVIATÁN

I La tierra empobrecida por el mar 478

II Historia antigua del alcantarillado 482

III Bruneseau 484

IV Detalles ignorados 487

V Progreso actual 490

VI Progreso futuro 491

=LIBRO TERCERO.=--CIENO Y ALMA

I La cloaca y sus sorpresas 495

II Explicación 500

III El hombre filado 502

IV También lleva su cruz 506

V La arena como la mujer, tiene cierta finura pérfida 509

VI El hundidero 513

VII Á veces se encalla donde se cree desembarcar 514

VIII El jirón de la levita 516

IX Mario produce el efecto de un cadáver á alguien que lo entiende 521

X La vuelta del hijo pródigo de su vida 524

XI Sacudimiento de lo absoluto 526

XII El abuelo 527

LIBRO CUARTO

I Javert desviado 532

=LIBRO QUINTO.=--ABUELO Y NIETO

I Donde se ve de nuevo el árbol de la plancha de cinc 542

II Deja Mario la guerra civil y se apresta para la guerra doméstica 545

III Mario ataca 549

IV La señorita Guillenormand acaba por no parecerle mal que el señor Fauchelvent hubiese entrado con algo bajo el brazo 552

V Depositad antes el dinero en un bosque cualquiera que en casa de un notario 556

VI Los dos viejos, cada uno á su modo, hacen cuanto pueden para que Cosette sea feliz 557

VII Efectos del sueño mezclados á la felicidad 564

VIII Dos hombres imposibles de encontrar 568

=LIBRO SEXTO.=--NOCHE CLARA

I El 16 de febrero de 1833 569

II Juan Valjean continúa con el brazo en cabestrillo 577

III La inseparable 584

IV Immortale jecur 586

=LIBRO SÉPTIMO.=--LA ÚLTIMA GOTA DEL CÁLIZ

I El séptimo círculo y el octavo cielo 590

II Obscuridades que puede contener una revelación 605

=LIBRO OCTAVO.=--DECRECIMIENTO CREPUSCULAR

I El cuarto bajo 611

II Otro paso atrás 615

III Recuerdan el jardín de la calle Plumet 617

IV Atracción y extinción 621

=LIBRO NOVENO.=--SUPREMA SOMBRA, SUPREMA AURORA

I Piedad para los desgraciados, é indulgencia para los dichosos 622

II Últimas palpitaciones de la lámpara sin aceite 624

III Encuentra pesada una pluma quien pudo levantar la carreta de Fauchelvent 625

IV Botella de tinta que sólo blanquea 628

V Noche tras de la cual se encuentra el día 643

VI La yerba guarda y la lluvia borra 653

PLANTILLA Para la colocación de las láminas del tomo 2.º

Traigo una carta para vos señor Mario 20

Era un sobre de papel blanco 190

Inspector Javert,--dijo Juan Valjean 523

Cosette y Mario, ahogados por el llanto 651

LIBRO SÉPTIMO PATRON-MINETTE

I =Las minas y los mineros=

Las sociedades humanas tienen todas lo que en los teatros se llama el foso. El suelo social está por lo tanto minado por todas partes, ya en favor del bien, ya en favor del mal. Estas obras se superponen. Hay las minas superiores y las minas inferiores. Hay un alto y un bajo en ese obscuro subsuelo que se abre á veces bajo la civilización, y que nuestra indiferencia y dejadez huellan á cada paso. La Enciclopedia del siglo último era una mina casi á cielo abierto.

Las tinieblas, esas sombrías incubadoras del cristianismo primitivo, sólo esperaban una ocasión para explotar en tiempo de los Césares, y para inundar de luz al género humano. Porque en las tinieblas sagradas hay luz latente. Los volcanes están llenos de una sombra capaz de arrojar llamas. Toda lava comienza por ser noche. Las catacumbas, donde se dijo la primera misa, no eran sólo la cueva de Roma, sino que eran á la vez el subterráneo del mundo.

Hay bajo el edificio social, la complicada maravilla de los sótanos de todo edificio grande, excavaciones de todas clases. Hay la mina religiosa, la mina filosófica, la mina política, la mina económica y la mina revolucionaria. Unos cavan con las ideas, otros con las cifras, otros con la cólera. Se llaman y se responden desde una catacumba á otra. Las utopías caminan por bajo tierra en las galerías, y se ramifican en todos sentidos. Encuéntranse á veces y fraternizan. Juan Jacobo presta su piqueta á Diógenes, quien á su vez le presta su linterna. Algunas veces luchan. Calvino anda á la greña con Socino. Pero nada detiene ni interrumpe la tensión de todas esas energías hacia su fin, ni la vasta actividad simultánea que va y viene, sube, baja, y vuelve á subir en aquellas obscuridades, y que transforma lentamente lo superior desde abajo, y lo exterior desde dentro; inmenso hormiguero desconocido. La sociedad apenas sospecha esta excavación, que le deja la superficie y le cambia las entrañas. Tantos pisos subterráneos suponen otros tantos trabajos diferentes, otras tantas extracciones diversas. ¿Qué sale de todas esas profundas simas? El porvenir.

Cuanto más se ahonda, más misteriosos resultan los trabajadores. El trabajo es bueno hasta el grado que el filósofo social sabe conocer. Más allá de este grado es dudoso y mixto; más abajo llega á ser terrible. Á cierta profundidad, las excavaciones no son ya penetrables al espíritu de civilización; el límite respirable del hombre está traspasado, y es posible pues, que sea aquello un principio de monstruos.

La escala descendente es extraña; cada uno de sus escalones corresponde á un piso en que la filosofía puede racionalmente asentar todavía el pie, y donde se encuentra alguno de esos obreros, á veces divinos, otras deformes. Más abajo de Juan Huss, se encuentra á Lutero; más abajo de Lutero, está Descartes; después de Descartes, está Voltaire; después de Voltaire, está Condorcet; después de Condorcet, se encuentra Robespierre; más abajo de Robespierre, Marat; más abajo de Marat, está Babeuf. Y así va siguiendo. Más abajo todavía, en los límites que separan lo indistinto de lo invisible, se divisan confusamente otros hombres sombríos, que acaso no existen todavía. Los de ayer son espectros; los de mañana larvas. La vista del espíritu los distingue vagamente. El trabajo embrionario del porvenir es una de las visiones del filósofo.

¡Un mundo en el limbo, en el estado de feto! ¡Qué bosquejo más raro!

Saint Simón, Owen, Fourier, se hallan allí también en cavidades laterales.

Realmente, aunque cierto encadenamiento divino, invisible, une entre sí, y sin ellos mismos saberlo, á todos esos mineros subterráneos que casi siempre se creen aislados, y no lo están, sus trabajos son muy diversos, y la luz de los unos contrasta con las llamaradas de los otros. Los unos son paradisíacos, los otros trágicos. Sin embargo, sea el que quiera el contraste, todos estos trabajadores, desde el más brillante al más obscuro, desde el más sabio al más loco, tienen una semejanza, y es: el desprendimiento. Marat se olvida á sí mismo como Jesús. Prescinden de sí propios, abandonan su individualidad, no piensan en ellos; ven otra cosa antes que á sí mismos. Tienen una mirada, y esa mirada busca lo absoluto. El primero tiene todo el cielo en los ojos; el último, por enigmático que sea, tiene también en sus pupilas la pálida claridad del infinito. Venerad, haga lo que haga, á quienquiera que tiene por signo la pupila estrella.

La pupila sombra es el otro signo.

En ella empieza el mal. Ante quien no tenga mirada, meditad y estremeceos. El orden social tiene también sus mineros negros.

Hay un punto donde el ahondar es enterrarse, y donde se apaga la luz. Por debajo de todas esas minas que acabamos de indicar, más abajo de todas esas galerías, más abajo de todo ese inmenso sistema venoso subterráneo del progreso y de la utopía, mucho más tierra adentro, más bajo que Marat, más bajo que Babeuf, más bajo, muchísimo más bajo, y sin relación ninguna con los pisos superiores, está la última cavidad. Lugar formidable. Es lo que hemos designado con el nombre de foso de teatro. Es la fosa de las tinieblas. Es la cueva de los ciegos. Inferi.

Ésta comunica con los abismos.

II =La hondonada=

Allí el desinterés desaparece. El demonio se bosqueja vagamente; cada cual para sí. El yo sin ojos aúlla, busca, tantea y corroe. El Ugolino social se halla en ese abismo.

Las sombras esquivas que vagan por esa mina, medio brutos y medio fantasmas, no se ocupan en el progreso universal; ignoran la idea y la palabra; no se cuidan más que de la voracidad individual. Casi son inconscientes, y hay en su interior una especie de descomposición aterradora. Tienen dos madres, madrastra una y otra: la ignorancia y la miseria. Tienen un guía, la necesidad; y para todas las formas de la satisfacción, el apetito. Son brutalmente voraces, es decir, feroces; no á la manera del tirano, sino á la del tigre. Del sufrimiento pasan esas larvas al crimen; filiación fatal, engendro vertiginoso, lógica de la sombra. Lo que se arrastra en el foso social, no es ya la reclamación ahogada de lo absoluto; es la protesta de la materia. El hombre se convierte en dragón. Tener hambre y sed es el punto de partida; ser Satanás, el punto de llegada. De esa cueva sale Lacenaire.

Acabamos de ver ha poco, en el libro cuarto, uno de los compartimientos de la mina superior, de la gran cavidad política, revolucionaria y filosófica. Allí, como hemos dicho también, todo es noble, puro, digno y honrado. Allí ciertamente puede uno engañarse, y se engaña; pero el error es venerable, porque lleva en sí el heroísmo. El conjunto del trabajo que allí se realiza, tiene un nombre: el Progreso.

Ha llegado el momento de entrever otras profundidades: las profundidades repugnantes.

Existe bajo la sociedad, insistimos en ello, y existirá hasta el día en que sea destruida la ignorancia, la gran caverna del mal.

Esta cueva es la última de todas y la enemiga de todas. Es el odio sin excepciones. Esta cueva no conoce filósofo ninguno; su cuchillo jamás ha cortado una pluma. Su negro no tiene relación ninguna con el negro sublime de la tinta. Nunca los dedos de la noche, que se crispan bajo aquel techo asfixiante, han hojeado un libro ni desplegado un periódico. Babeuf es un explotador para Cartouche; Marat es un aristócrata para Schinderhannes. Esta cueva tiene por fin el hundimiento general.

General, inclusas las cavidades superiores, á las cuales execra. No mina solamente, en su horrible hormiguero, el orden social actual; mina también la filosofía, mina la ciencia, mina el derecho, mina el pensamiento humano, la civilización, la revolución y el progreso. Se llama simplemente robo, prostitución, homicidio y asesinato. Es tinieblas, y quiere el caos. Su bóveda estriba en la ignorancia.

Todas las demás minas, las de arriba, no tienen otro objeto: suprimir á ésta. Á eso tienden por todos sus órganos á la vez, así por el mejoramiento de lo real como por la contemplación de lo absoluto, la filosofía y el progreso. Destruid la cueva Ignorancia, y habréis destruido el topo Crimen.

Condensemos en pocas palabras una parte de lo que acabamos de escribir.

El único peligro social es la sombra.

Humanidad, es identidad. Todos los hombres son del mismo barro. No existe diferencia alguna, al menos aquí bajo, en la predestinación. La misma sombra antes, la misma carne ahora, el mismo polvo después. Pero la ignorancia, mezclada con la pasta humana, la ennegrece.

Esta miserable negrura penetra en el interior del hombre, y se convierte allí en el mal.

III =Babet, Gueulemer, Claquesous y Montparnasse=

Un cuarteto de bandidos, Claquesous, Gueulemer, Babet y Montparnasse, gobernaron desde 1830 á 1835 el foso de París.

Gueulemer era un Hércules sin clasificar. Tenía por antro la alcantarilla del Arche Marión. Tenía seis pies de estatura, pecho de mármol, piernas de acero, respiración de caverna, torso de coloso, y cráneo de pájaro.

Creíase ver en él al Hércules Farnesio vestido con pantalón de cutí y chaqueta de veludillo. Formado de esta manera escultural, Gueulemer hubiera podido domar monstruos; sin embargo, le pareció mejor y más corto ser uno de ellos. Frente baja, sienes anchas, menos de cuarenta años y ya la pata de gallo, el pelo áspero y corto, las mejillas de cepillo y barba de jabalí: tal era el hombre. Sus músculos solicitaban el trabajo; su estupidez lo rechazaba. Era una gran fuerza perezosa. Era asesino por negligencia. Se le suponía criollo. Probablemente había estado algo en contacto con el mariscal Brune, pues que en 1815 había sido mozo de cuerda en Avignon. Después de esto, se hizo bandido.

La diafanidad de Babet contrastaba con las carnes de Gueulemer.

Babet era flaco y sabio. Era transparente, pero impenetrable. Veíase la luz al través de sus huesos, pero no en su pupila. Decía ser químico. Había sido bufón en casa de Bobêche, y payaso en casa de Bobino. Había sido cómico en San Mihiel. Era hombre intencionado, muy hablador, que subrayaba las sonrisas, y entrecomaba los gestos. Su industria consistía en vender al aire libre bustos de yeso y retratos del jefe del Estado. Además era sacamuelas. Había exhibido fenómenos en las ferias, y poseído una barraca con trompeta, y un cartel que decía:

«Babet, artista sacamuelas, miembro de varias academias; hace experimentos físicos en metales y metaloides, saca los dientes y extirpa los raigones desahuciados por sus colegas. Precio: una muela, un franco cincuenta sueldos; dos muelas, dos francos; tres muelas, dos francos cincuenta. Aprovechar la ocasión». (Este «aprovechar la ocasión» significaba: Haceos arrancar todas las muelas posibles). Había sido casado y tenido mujer é hijos; pero no sabía que había sido de la primera ni de los últimos. Los había perdido como se pierde un pañuelo. Rarísima excepción en el obscuro mundo á que pertenecía: Babet leía los periódicos. Un día, al tiempo en que vivía con él su familia en su barraca ambulante, leyó en el Mensajero, que una mujer había dado á luz un niño suficientemente viable, el cual tenía hocico de ternera, y exclamó: ¡Qué fortuna! ¡No será mi mujer la que tenga el ingenio de darme un hijo por el estilo!

Después lo abandonó todo para «hacer algo en París». Dicho suyo.

¿Quién era Claquesous? Era la noche. Esperaba para presentarse á que el cielo se cubriera de negro. Por la noche salía de un agujero, adonde volvía á entrar antes que fuese de día. ¿Dónde estaba su agujero? Nadie lo sabía.

Siempre en la más completa obscuridad; nunca hablaba á sus cómplices sino vuelto de espaldas.

¿Se llamaba Claquesous? No. Él solía decir: «Yo me llamo Nadie».

En cuanto aparecía una luz, se ponía una careta. Era ventrílocuo. Babet decía: Claquesous es un nocturno á dos voces. Claquesous era un ser vago, errante, terrible. No había seguridad de que tuviese nombre, pues que Claquesous era apodo; no era seguro que tuviese voz, pues su vientre hablaba por lo regular más que su boca; no era seguro que tuviese rostro, pues nadie había visto más que su máscara. Desaparecía como un fantasma, y aparecía como de bajo tierra.

Montparnasse era un ser lúgubre; era casi un niño. Tenía menos de veinte años, linda cara, labios parecidos á las cerezas, hermoso cabello negro, y la claridad de la primavera en los ojos; tenía todos los vicios, y aspiraba á todos los crímenes. La digestión de lo malo le daba apetito para devorar lo peor. Era el pilluelo convertido en ladrón, y el ladrón convertido en bandido. Era lindo, afeminado, gracioso, robusto, blando, feroz. Llevaba el ala del sombrero levantada hacia la izquierda para dejar bien al descubierto el mechón de pelo rizado, conforme á la moda de 1829. Vivía de robar violentamente. Su levita tenía el mejor corte, pero estaba siempre raída: Era Montparnasse una especie de figurín entregado á la miseria, y cometiendo homicidios. La causa de todos los atentados de este adolescente era el deseo de ir bien vestido. La primera griseta que le había dicho: «Eres guapo», había derramado la mancha de las tinieblas en su corazón, haciendo un Caín de aquel Abel. Viéndose lindo quiso ser elegante. Ahora bien; la primera elegancia es la ociosidad; y la ociosidad del pobre es el crimen. Pocos ladrones eran tan temidos como Montparnasse. Á los diez y ocho años había ya dejado tras sí algunos cadáveres. Más de un transeúnte con los brazos extendidos, yacía á la sombra de este miserable, hundida la cara en un charco de sangre.

Rizado, perfumado, ajustado el talle, con caderas de mujer y busto de oficial prusiano, objeto de murmullo de admiración de las muchachas del boulevard, sabiamente anudada la corbata, con una cachiporra en el bolsillo y una flor en el ojal; tal era este petimetre del sepulcro.

IV =Composición de la cuadrilla=

Estos cuatro bandidos formaban por sí solos una especie de Proteo, que serpenteando entre la policía, y procurando librarse de las miradas indiscretas del jefe Vidocq, «bajo las diversas apariencias del árbol, llama ó fuente», prestándose unos á otros sus nombres y sus guaridas, ocultándose en su propia sombra, siendo cajas de secreto y asilos unos de otros; deshaciéndose de sus personalidades como se quita uno la nariz postiza en un baile de máscaras; simplificándose á veces hasta el punto de no ser más que uno; multiplicándose otras hasta el extremo de que el mismo Coco Lacour los tomaba por una turba.

Estos cuatro hombres no eran cuatro hombres; eran una especie de ladrón misterioso de cuatro cabezas, trabajando mucho sobre París; componían el pólipo monstruoso del mal, habitando la cripta de la sociedad.

Gracias á sus ramificaciones y á la red subyacente de sus relaciones, Babet, Gueulemer, Claquesous y Montparnasse, tenían la empresa general de las acechanzas del departamento del Sena. Los inventores de ideas en este género, los hombres de imaginación tenebrosa se dirigían á ellos para la ejecución. Se daba á estos cuatro bribones el argumento, y ellos se encargaban de la representación. Trabajaban en el mismo escenario. Siempre se hallaban en situación de proporcionar un personal adecuado y conveniente para todos los atentados que necesitasen ayuda, y fuesen suficientemente lucrativos. Cuando un crimen tenía necesidad de brazos se subarrendaban cómplices. Tenían una compañía de actores de tinieblas á disposición de todas las tragedias de caverna.

Reuníanse generalmente al caer la noche, hora de su despertar, en los alrededores de la Salpetrière, y allí conferenciaban. Tenían ante sí doce horas negras y las distribuían.

Patrón Minette, tal era el nombre que en la circulación subterránea se daba á la asociación de aquellos cuatro hombres. En el antiguo lenguaje popular fantástico, que va borrándose diariamente, Patrón Minette, en francés, significa la madrugada, lo mismo que entre perro y lobo significa el anochecer. Este apelativo, Patrón Minette, procedía probablemente de la hora en que concluían su trabajo, pues que el alba es la hora en que se desvanecen los fantasmas y se separan los bandidos. Bajo esa razón social, pues, eran conocidos aquellos cuatro hombres. Cuando el presidente del tribunal de los jurados visitó á Lacenaire en la cárcel, le habló de una fechoría que éste negaba: ¿Quién ha hecho esto? le preguntó; Lacenaire dió esta respuesta enigmática para el magistrado, pero clara para la policía: Tal vez haya sido Patrón-Minette.

Á veces se adivina toda una obra dramática con sólo la enunciación de los personajes; lo mismo casi se puede apreciar una banda por la lista de los bandidos. Véase, puesto que esos nombres sobrenadan en las memorias especiales, á qué apelativos respondían los principales afiliados de Patrón Minette.

Panchaud (a) Primaveral, (a) Bigornia.

Brujón, (había toda una dinastía de Brujones de la cual no renunciamos á decir algo).

Boulatruelle, el caminero que ya conocemos.

Laveuve (La viuda).

Finisterre.

Homero-Hogu, negro.

Mardisior (Malanoche).

Dépêche (Estafeta).

Fauntleroy (a) la Ramilletera.

Glorieux, presidiario cumplido.

Barrecarrosse (Tentecoches) (a) Dupont (señor Delpuente).

La explanada del Sur.

Poussagrive (Lanzatordos).

Carmagnolet (Carmañoleto).

Kruideniers (a) Bizarro.

Mangedentelle (Tragaencaje).

Les-pieds-en-l'air (Volatinero).

Demi liand (Medio ochavo) (a) Millonario.

Etc., etc.

Omitimos otros, y no de los peores. Estos nombres tienen rostros. No expresan solamente seres, sino especies. Cada uno de estos nombres corresponde á una variedad de esos deformes hongos de las capas inferiores de la civilización.

Aquellos seres, poco pródigos de sus caras, no eran de ésos que se ven pasar por la calle.

De día, cansados de las noches terribles que pasaban, se iban á dormir, ya á los hornos de yeso, ya á las canteras abandonadas de Montmartre ó de Montrouge, y á veces á las alcantarillas. Se enterraban.

¿Qué ha sido de esos hombres? Existen siempre; siempre han existido. Horacio habla de ellos: Ambubaiarum collegia, pharmacopolæ, mendici, mimæ; y mientras sea la sociedad lo que es, serán ellos lo que son. Bajo el obscuro techo de su cueva renacen continuamente de las filtraciones sociales. Reaparecen como espectros, siempre idénticos; solamente que no llevan los mismos nombres, ni se cubren con las mismas pieles.

Extirpados los individuos, subsiste la tribu.

Tienen siempre las mismas facultades. Del truhán al vago, la raza se mantiene pura. Adivinan el dinero en los bolsillos, y huelen los relojes en los chalecos. El oro y la plata tienen para ellos olor. Hay burgueses sencillos de quienes puede decirse que están predestinados á ser robados. Estos hombres siguen pacientemente á esos burgueses. Al paso de un extranjero ó de un provinciano se estremecen como arañas.

Estos hombres, cuando hacia la media noche en algún boulevard desierto se les descubre ó se los ve, son espantosos. No parecen hombres, sino formas hechas de bruma viviente. Diríase que generalmente constituyen cuerpo con las tinieblas, que no se distinguen de éstas, que no tienen más alma que la sombra, y que sólo momentáneamente, y para vivir por espacio de algunos minutos con una vida monstruosa, se han desprendido de la noche.

¿Qué es menester para desvanecer esas larvas? Luz, luz á torrentes.

No hay murciélago que resista el alba.

Iluminad la sociedad en su parte baja.

LIBRO OCTAVO EL MAL POBRE

I =Buscando Mario una joven con sombrero, encuentra un hombre con gorra=

Pasóse el verano y después el otoño, y llegó el invierno. Ni el señor Leblanc ni la joven habían vuelto á poner los pies en el Luxemburgo. Mario no tenía más que un pensamiento, volver á ver aquel dulce y adorable rostro; buscábale sin cesar; buscábale en todas partes, pero no lo encontraba nunca. No era ya Mario el soñador entusiasta, el hombre resuelto, ardiente y firme, el audaz provocador del destino, el cerebro amontonaba porvenir sobre porvenir, con la imaginación llena de planes, de proyectos, de vanidades, de ideas y de voluntades: era un perro perdido. Cayó en una negra tristeza; todo había concluido. El trabajo le repugnaba, el paseo le cansaba, la soledad le aburría; la vasta naturaleza, tan llena para él en otro tiempo de formas, de irradiaciones, de voces, de consejos, de perspectivas, de horizontes y de enseñanzas, se presentaba ahora vacía ante sus ojos. Se le figuraba que todo había desaparecido.

Continuaba pensando, porque no podía hacer otra cosa; pero ya no se complacía en sus pensamientos; y á todo lo que estos le proponían en voz baja, respondía él en la sombra: ¿Con qué objeto?

Hacíase á sí mismo frecuentes reproches. ¿Por qué la he seguido? ¡Yo era tan feliz con solo verla! Me miraba; ¿y no era esto ya una dicha inmensa? Parecía que me amaba. ¿No era esto todo? ¿Y qué es lo que he querido tener? No hay nada después de eso. He cometido un absurdo. Ahí está mi error etc., etc. Courfeyrac, á quien nada confiaba, porque así era su carácter, pero que adivinaba algo en todo, por ser éste también su carácter, había empezado felicitándole por su amor, pero asombrándose por otra parte. Viendo después á Mario sumergido en aquella melancolía, había concluido por decirle:--Veo que has sido simplemente un animal. Anda, vente al baile de la Chaumière.

Una vez, confiando en un hermoso sol de septiembre, Mario se había dejado llevar al baile de Sceaux por Courfeyrac, Bossuet y Grantaire, creyendo, ¡qué ilusión! que tal vez la encontraría allí. Como era de esperar, no encontró á quien buscaba. Y sin embargo, aquí se encuentran todas las mujeres perdidas, murmuraba Grantaire para sí. Mario dejó á sus amigos en el baile, y se volvió á pie, solo, postrado, febril, con los ojos turbados y tristes, fijos en la noche, aturdido por el ruido y el polvo levantado por los alegres carruajes llenos de bulliciosos cantantes que volvían de la fiesta, y pasaban á su lado, mientras él, desalentado, aspiraba para refrescar la cabeza, el acre olor de los nogales del camino.

Dedicóse entonces á vivir más y más solitario, abatido, entregado solo á su angustia interior, dando vueltas en torno de su dolor como el lobo en la trampa, buscando en todas partes el ser ausente, embrutecido de amor.

Otra vez tuvo un encuentro que le produjo un efecto singular. Se había tropezado en las callejuelas próximas al boulevard de los Inválidos, con un hombre vestido como un obrero que llevaba encasquetada una gorra de gran visera, dejando salir algunos mechones de cabellos blanquísimos. Mario fué sorprendido por la belleza de aquellos cabellos blancos, y examinó á aquel hombre que andaba á paso lento, y como absorto en alguna meditación dolorosa; y ¡cosa extraña! creyó reconocer en él al señor Leblanc; eran sus mismos cabellos, su mismo perfil, en toda la parte que dejaba la gorra al descubierto; y el mismo aspecto, solamente más triste. Pero, ¿por qué aquel traje de obrero? ¿Qué quería aquello decir? ¿Qué significaba semejante disfraz? Mario se quedó absorto. Cuando volvió en sí, su primer movimiento fué seguir á aquel hombre; ¿quién sabe si había dado con el rastro de lo que buscaba? En todo caso, era preciso ver al hombre más de cerca y aclarar aquel enigma. Pero esta idea se le ocurrió ya demasiado tarde; el hombre había desaparecido.

Sin duda se había metido por alguna de las calles laterales, y no pudo alcanzarle. Este encuentro le preocupó algunos días, hasta que se desvaneció.

Después de todo, se decía, no pasará de ser una semejanza.

II =Hallazgo=

Mario no había dejado de vivir en la casucha de Cuervo, donde no hacía caso de nadie.

En aquella época no había ya en dicha casa otros vecinos que él y aquellos Jondrette por quienes había pagado una vez el alquiler, sin haber nunca hablado al padre, á la madre ni á las hijas. Los demás inquilinos se habían mudado, habían muerto ó habían sido echados por malos pagadores.

Un día de aquel invierno había aparecido el sol poco después del medio día; pero era el dos de febrero, es decir, el día de la Candelaria, en que el traicionero sol, precursor de un frío de seis semanas, inspiró á Mateo Laensberg estos dos versos, que se han hecho justamente clásicos:

Que brille el sol ó que llueva, se vuelve el oso á la cueva.

Mario acababa de salir de la suya; caía la noche. Era la hora de ir á comer, porque había tenido necesidad de volver á comer como antes. ¡Oh debilidad de las pasiones ideales!

Acababa de pasar el umbral de su puerta, que estaba barriendo la tía Bougón, mientras murmuraba este memorable monólogo:

--¿Qué es lo que está ahora barato? Todo está caro. No hay nada barato sino las penas. ¡Esto sí que se da de balde! ¡penas del mundo!

Mario subía lentamente por el boulevard hacia la barrera en dirección á la calle de Santiago. Iba pensativo y cabizbajo.

De repente recibió un empujón entre la bruma; volvióse, y vió dos muchachas andrajosas, alta y delgada la una, y la otra algo más baja, que pasaban rápidamente desalentadas, asustadas y en ademán de huir. Iban en dirección contraria; no le habían visto, y le habían topado al pasar. Mario distinguió entre el crepúsculo sus figuras lívidas, sus cabezas despeinadas, sus cabellos esparcidos, sus horribles gorras, sus sayas andrajosas y sus pies descalzos. La mayor decía en voz baja:

--Los corchetes han venido; por poco me pinzan.

La otra respondió:

--Yo los vi; pero les he chasqueado, chasqueado, chasqueado.

Mario comprendió, al través de esta conversación siniestra, que los gendarmes ó los agentes de policía habían tratado de prender á estas dos muchachas, y ellas se habían escapado.

Metiéronse por entre los árboles del boulevard, á espaldas de él, dibujando por algún tiempo entre la obscuridad una sombra blanquecina que se iba desvaneciendo.

Mario se detuvo un momento.

Iba ya á continuar su camino, cuando vió en el suelo á sus pies un paquetito; se bajó y lo cogió. Era una especie de envoltorio, y parecía contener papeles.

--¡Bueno,--dijo;--se les habrá caído á esas infelices!

Volvió atrás, llamó, pero no las encontró. Creyó que estarían ya lejos; se metió el paquete en el bolsillo y se fué á comer.

Siguiendo su camino, vió en un lado de la calle Mouffetard un ataúd de niño, cubierto con un paño negro, colocado sobre tres sillas y alumbrado por una vela. Las dos muchachas que había visto en el crepúsculo reaparecieron en su imaginación.

--¡Pobres madres!--pensó.--Hay todavía una cosa más triste que ver morir á los hijos, y es verlos entregados á mala vida.

Después, estas sombras que distraían su tristeza, abandonaron su pensamiento y cayó en sus habituales meditaciones. Volvió á pensar en aquellos seis meses de amor y de felicidad que había pasado al aire libre y en plena luz, bajo los hermosos árboles del Luxemburgo.

--¡Qué sombría se ha hecho mi existencia!--decía.--Las muchachas se me aparecen siempre. Pero antes eran ángeles, y ahora son abismos.

III =Cuatro personajes=

Por la noche, cuando se desnudaba para acostarse, encontró en el bolsillo de la levita el paquete que había recogido en el boulevard. Ya no se acordaba. Creyó que sería útil abrirle, ya porque tal vez el paquete podía contener las señas del domicilio de aquellas muchachas, si en realidad les pertenecía; ó en otro caso, los indicios necesarios para restituirselo á la persona que lo había perdido.

Abrió el paquete.

No estaba pegado, y contenía cuatro cartas igualmente abiertas.

Todas tenían dirección.

Las cuatro despedían un olor de tabaco que apestaba.

La primera iba dirigida:

Á la señora marquesa de Grucheray, plaza frontera á la Cámara de Diputados. núm...

Mario se dijo que encontraría probablemente en ella las indicaciones que buscaba, y que además, no estando cerrada la carta, parecíale que podía ser leída sin inconveniente.

Estaba concebida en estos términos:

«Señora marquesa:

«La virtud de la clemencia y de la piedad es la que une más estrechamente la sociedad. Abrid paso á vuestros sentimientos cristianos, y dirigid una mirada de compasión á este desgraciado español, víctima de la lealtad y fidelidad á la causa sagrada de la legitimidad, que ha sellado con su sangre; la cual ha consagrado su fortuna, todo por defender esta causa, y hoy se encuentra en la mayor pobreza. No duda que vuestra honorable persona le concederá un socorro para conservar una existencia extremadamente penosa para un militar de educación y de honor, cubierto de heridas; cuenta de antemano con la humanidad que os anima, y con el interés que la señora marquesa tiene por una nación tan desdichada. Su súplica no será vana, y su agradecimiento conservará vuestro encantador recuerdo.

«Tengo el honor de ofrecer mis sentimientos respetuosos, y ser, señora,

«DON ÁLVAREZ, capitán español de caballería, realista refugiado en Francia, de camino para su patria, y carece de recursos para proseguir su viaje».

No se incluía dirección alguna al pie de la firma.

Mario esperó encontrar las señas en la segunda carta, cuyo sobre decía:

Á la señora condesa de Montvernet, calle Cassette, núm. 9.

He aquí lo que en ella leyó Mario:

«Señora condesa:

«Os escribe, señora, una desgraciada madre de familia con seis hijos, el menor de los cuales sólo tiene ocho meses. Yo, enferma desde mi último parto, abandonada de por mi marido desde hace cinco meses, no teniendo ningún recurso en el mundo, en la más horrorosa indigencia.

«Esperando en la señora condesa, tiene el honor de ser, señora, con profundo respeto,

F. DE BALIZARD».

Mario pasó á la tercera carta, que era, como las precedentes, una petición. Decía así:

«Señor Pabourgeot, elector, comerciante en gorras al por mayor, calle San Dionisio, esquina á la de los Hierros:

«Me tomo la libertad de dirigiros esta carta para rogaros me concedáis el favor precioso de vuestras simpatías, y de interesaros por un literato que ha presentado un drama al Teatro Francés.

«El argumento es histórico, y la acción pasa en Auvernia, en tiempo del Imperio; creo que el estilo es natural, lacónico y puede tener algún mérito. Contiene algunos versos cantables en cuatro escenas distintas. Lo cómico, lo serio y lo imprevisto se mezclan en él con la variedad de los caracteres, y con un tinte de romanticismo esparcido ligeramente en toda la intriga, que marcha misteriosamente, caminando de peripecia en peripecia á un estrepitoso desenlace lleno de efectos.

«Mi fin principal es satisfacer el deseo que anima progresivamente al hombre de nuestro siglo, es decir, á la moda; esa caprichosa y extraña veleta que cambia casi á cada viento nuevo.

«Á pesar de estas cualidades, tengo mis temores de que la envidia y el egoísmo de los autores privilegiados consiga mi exclusión del teatro, porque no ignoro las amarguras que se hacen beber á los autores noveles.

«Señor Pabourgeot, vuestra justa reputación, como protector ilustrado de los que se dedican á las letras, me anima á mandaros mi hija, que os expondrá nuestra situación indigente, sin pan, sin lumbre, en esta estación de invierno. Deciros que os ruego admitáis la dedicatoria que deseo haceros de mi drama y de todos los que haga, es probaros cuánto ambiciono la honra de colocarme bajo vuestra égida, y engalanar mis escritos con vuestro nombre. Si os dignáis honrarme con la más modesta ofrenda, me ocuparé pronto en hacer una loa en verso para pagaros mi tributo de reconocimiento. Esta loa, que trataré de hacer tan perfecta como me sea posible, os la enviaré antes de insertarse al principio del drama y de recitarse en la escena.

«Al señor y señora de Pabourgeot, mis homenajes más respetuosos,

«GENFLOT, literato.

«P. S. Aunque no sean más que cuarenta sueldos.

«Perdonad que os envíe mi hija, y que no me presente yo mismo; pero tristes razones de tocador no me permiten ¡ay de mí! salir de casa...».

Mario abrió por fin la cuarta carta. El sobre era éste: Al señor bienhechor de la iglesia de Santiago de Haut-Pas. Contenía las siguientes líneas:

«Hombre bienhechor:

«Si os dignáis acompañar á mi hija, veréis una calamidad miserable, y os enseñaré mis certificados.

«Á la vista de estos documentos, vuestra alma generosa se conmoverá con un sentimiento de sensible benevolencia, porque los verdaderos filósofos experimentan siempre vivas emociones.

«Convenid, hombre compasivo, en que es preciso experimentar la necesidad más cruel, y que es dolorosísimo para alcanzar algún consuelo atestiguarlo con la autoridad, como si uno no fuese libre para padecer ó para morir de inanición, esperando que sea socorrida nuestra miseria. El destino es harto fatal para unos, y demasiado pródigo para otros.

«Espero vuestra visita ó vuestro socorro, si os dignáis darle, y os ruego que recibáis los sentimientos respetuosos con que se honra de ser, hombre verdaderamente magnánimo, vuestro muy humilde y muy obediente servidor,

«P. FABANTOU, artista dramático».

Después de haber leído estas cuatro cartas, no se encontró Mario mucho más enterado que antes. En primer lugar, ningún firmante ponía su dirección.

Y luego, parecían provenir de cuatro individuos diferentes: el capitán Álvarez, la mujer de Balizard, el poeta Genflot, y el artista dramático Fabantou; pero tenían la particularidad de estar escritas por la misma mano.

¿Qué se podía deducir de ello sino que procedían todas de la misma persona?

Por otra parte, y esto hacía más verosímil esta sospecha, las cuatro tenían el mismo papel grueso y amarillento, las cuatro olían igualmente á tabaco; y aun cuando se había tratado evidentemente de variar el estilo, las mismas faltas de ortografía se repetían con tranquilidad profunda, y el literato Genflot no las cometía menores que el capitán español.

Esforzarse en adivinar este pequeño misterio, era trabajo inútil. Si no hubiese sido un hallazgo, habría parecido una burla, y Mario estaba demasiado triste para recibir bien una broma de la casualidad y para prestarse al juego que parecía quería entablar con él el empedrado de la calle. Creía que estaba jugando á la gallina ciega entre las cuatro cartas que se burlaban de él.

Nada indicaba, por otro lado, que estas cartas perteneciesen á las muchachas que Mario se había encontrado en el boulevard. Además, eran evidentemente papelotes sin valor alguno.

Mario las volvió á meter otra vez en su cubierta, las tiró á un rincón, y se acostó.

Á eso de las siete de la mañana del día siguiente, cuando acababa de levantarse y desayunarse é iba á ponerse á trabajar, oyó llamar suavemente á la puerta.

Como nada tenía, nunca quitaba la llave de la cerradura, sino muy raras veces, cuando estaba ocupado en algún trabajo que corría prisa. Aun cuando salía, se dejaba la llave siempre en la puerta.--Mirad que os robarán,--le decía la tía Bougón.--¿Qué?--preguntaba Mario.

Sin embargo, es lo cierto que le robaron un día un par de botas viejas, con gran satisfacción de la previsora tía Bougón.

Oyóse un segundo golpe tan suave como el primero.

--Adelante,--dijo Mario.

Abrióse la puerta.

--¿Qué se os ofrece, señora Bougón?--dijo Mario sin levantar los ojos de los libros y manuscritos que tenía encima de la mesa.

Una voz, que no era la de la tía Bougón, respondió:

--Perdonad, caballero...

Era una voz sorda, cascada, ahogada, áspera; una voz de viejo enronquecida por el aguardiente.

Mario volvió inmediatamente la cabeza, y vió á una joven.

IV =Una rosa en la miseria=

Una muchacha estaba en pie en el hueco que dejaba la puerta entreabierta. La claraboya del desván por donde entraba la luz venía precisamente enfrente de la puerta, é iluminaba aquel rostro con un resplandor vago. Era una criatura pálida, miserable y descarnada; no llevaba más que una mala camisa y una peor saya sobre su temblorosa y helada desnudez. Llevaba por cinturón un bramante; otro le servía para sujetar el pelo; los hombros puntiagudos, saliéndose de la camisa; una palidez rubia y linfática, clavículas terrosas, manos amoratadas, boca entreabierta y desfigurada, con algunos dientes de menos; ojos mates, atrevidos y bajos, las formas abortadas de una joven, y la mirada de una vieja corrompida; cincuenta años mezclados con quince; uno de esos seres que son á la vez débiles y horribles, y que estremecen á quien no hacen llorar.

Mario se había levantado, y contemplaba con cierto estupor á aquel ser, casi semejante á las formas de la visión que atraviesa la fantasía en los sueños.

Lo que era sobre todo doloroso, es que aquella muchacha no había venido al mundo para ser fea. En su primera infancia debió haber sido bonita. La gracia de la edad luchaba todavía contra la horrible y prematura vejez de la disolución y de la pobreza. Un resto de hermosura moría en aquel rostro de diez y seis años, como ese pálido sol que se apaga entre tenebrosas nubes durante el alba de un día de invierno.

Aquella cara no era del todo desconocida á Mario. Creía recordar haberla visto en alguna parte.

--¿Qué queréis, joven?--le preguntó.

La muchacha contestó con su voz de presidiario borracho:

--Traigo una carta para vos, señor Mario.

Llamaba á Mario por su nombre; él no podía dudar que era á él á quien se dirigía; pero ¿quién era aquella muchacha? ¿Cómo sabía su nombre?

Sin aguardar que le dijese que pasara adelante, se entró ella en la habitación. Entró resueltamente, mirando con cierta especie de seguridad, que oprimía el corazón, todo el cuarto y la deshecha cama. Iba descalza. Grandes jirones en su vestido dejaban ver sus prolongadas piernas y flacas rodillas.

Estaba tiritando.

Tenía efectivamente en la mano una carta, que presentó á Mario.

[Ilustración: --Traigo una carta para vos, señor Mario,--contestó la joven con voz de presidiario borracho]

Mario, al abrir esta carta, observó que la oblea grande y enorme estaba húmeda todavía. El mensaje no podía venir, por lo tanto, de muy lejos. Leyó:

«Mi amable y joven vecino:

«He sabido vuestras bondades para conmigo, que pagaste mi alquiler hace seis meses. Yo os bendigo, joven.

«Mi hija mayor os dirá que estamos sin un pedazo de pan, hace dos días, cuatro personas y mi esposa enferma.

«Si mi corazón no me engaña, creo deber esperar de la generosidad del vuestro que se humanizará á la vista de este espectáculo, y que le dominará el deseo de serme propicio, dignándoos prodigarme algún ligero socorro.

[Ilustración: --Traigo una carta para vos, señor Mario,--contestó la joven con voz de presidiario borracho]

«Soy con la distinguida consideración que se debe á los bienhechores de la humanidad,

«JONDRETTE.

«P. D. Mi hija esperará vuestras órdenes, querido señor Mario».

Esta carta, en medio de la aventura nocturna que ocupaba la imaginación de Mario desde la noche anterior, era como una luz en una cueva. Todo quedó bruscamente aclarado.

Aquella carta venía de donde habían salido las otras cuatro. Era la misma letra, el mismo estilo, la misma ortografía, el mismo papel y el mismo olor á tabaco.

Había cinco misivas, cinco historias, cinco nombres, cinco firmas, y un solo firmante. El capitán español don Álvarez, la desgraciada señora de Balizard, el poeta dramático Genflot, el viejo cómico Fabantou, se llamaban todos cuatro Jondrette, si es que el mismo Jondrette se llamase Jondrette en realidad.

Hacía ya mucho tiempo que Mario vivía en la casucha; pero como ya hemos dicho, eran poquísimas y muy raras las ocasiones que había tenido de ver, ó más bien de entrever á su ínfima vecindad. Tenía la imaginación en otra parte, y donde está la imaginación está la mirada. Más de una vez había debido cruzarse con los Jondrette en el corredor ó en la escalera, pero no eran para él más que sombras; tan poco había reparado en ellos, que la víspera por la noche había tropezado en el boulevard, sin conocerlas, con las hijas de Jondrette, pues evidentemente eran ellas; y por cierto que, con gran trabajo, la que acababa de entrar en su cuarto había despertado en él, á través del disgusto y de la piedad, un vago recuerdo de haberla visto en otra parte.

Á la sazón lo estaba viendo claramente todo. Comprendía que su vecino Jondrette tenía por industria, en su miseria, explotar la caridad de las personas benéficas cuyas direcciones se proporcionaba; y que escribía bajo nombres supuestos á personas á quienes juzgaba ricas y caritativas, cartas que sus hijas llevaban de su cuenta y riesgo; porque aquel padre había llegado al extremo de aventurar á sus hijas; jugaba una partida con el destino, y sus hijas eran la apuesta. Mario comprendía que probablemente, á juzgar por su fuga de la víspera, por su precipitación, por su terror y por la jerga de sus palabras, aquellas desgraciadas desempeñaban además ciertos trabajos sombríos, y que de todo ello habían resultado en medio de la sociedad humana, tal como está montada, dos miserables seres, que no eran niñas doncellas, ni mujeres, sino esta especie de monstruos impuros é inocentes producidos por la miseria.

Tristes criaturas sin nombre, sin edad, sin sexo, para quienes no es ya posible el bien ni el mal; y que al salir de la infancia no poseen ya nada en este mundo, ni libertad, ni virtud, ni responsabilidad; almas abiertas ayer, marchitas hoy; semejantes á esas flores caídas en medio de la calle, manchadas por toda clase de lodo, mientras esperan la llegada de una rueda que las aplaste.

Sin embargo, mientras Mario fijaba en ella una mirada de asombro doloroso, la muchacha iba y venía por el cuarto con cierta audacia de espectro. Andaba y se movía sin cuidarse para nada de su desnudez. Á veces su camisa rota y desgarrada se le caía casi hasta la cintura. Movía las sillas, desarreglaba los objetos de tocador colocados sobre la cómoda, tocaba los vestidos de Mario, y andaba buscando lo que había por los rincones.

--¡Calla!--exclamó.--¡Tenéis un espejo!

Y como si estuviese sola tarareaba coplas de vaudeville, estribillos ligeros y picarescos, que su voz gutural y ronca volvía lúgubres.

Bajo aquel desenfado asomaba á veces cierto encogimiento, cierta inquietud y humillación. El descaro es una vergüenza.

Nada más triste que verla ir de un lado para otro, ó por mejor decir, revolotear por el cuarto con los movimientos de un pájaro que se asusta de la luz ó que tiene una ala rota. Comprendíase que con otras condiciones de educación y de fortuna, el aire alegre y libre de aquella muchacha habría podido resultar más dulce y simpática. Nunca entre los animales la criatura nacida para ser paloma se trueca en garduña. Esto no se ve más que entre los hombres.

Mario meditaba, y la dejaba hacer.

Acercóse á la mesa.

--¡Ah!--exclamó.--¡Libros!

Y un rayo de luz cruzó sus vidriosos ojos.

Volvió á hablar, y en su acento manifestó el placer de poder envanecerse de algo, placer al cual no hay criatura que sea insensible:

--Yo también sé leer.

Y cogiendo vivamente el libro que estaba abierto sobre la mesa, leyó con bastante soltura:

«...El general Bauduin recibió la orden de apoderarse, con los cinco batallones de su brigada, del castillo de Hougomont, situado en medio de la llanura de Waterloo...».

Aquí se interrumpió diciendo:

--¡Ah! Waterloo. Yo sé algo de eso. Se trata de una batalla de otros tiempos. Mi padre estuvo en ella. Mi padre ha servido en el ejército. ¡Ah! Nosotros en casa somos muy bonapartistas. Fué contra los ingleses. ¡Waterloo!

Dejó el libro, cogió una pluma, y exclamó:

--¡Y también sé escribir!

Mojó la pluma en el tintero, y se volvió hacia Mario:

--¿Queréis verlo?--¡Yaya!--Voy á escribir una palabra para que veáis.

Y antes de que Mario hubiera tenido tiempo de contestar, escribió sobre un pedazo de papel blanco que había sobre la mesa: Los corchetes están ahí.

Luego, arrojando la pluma, añadió:

--No hay faltas de ortografía, podéis verlo. Mi hermana y yo hemos recibido educación. No siempre hemos sido lo que somos. No estábamos criadas para...

Aquí se paró; fijó su apagada pupila en Mario, y soltó la carcajada, diciendo con cierta entonación que contenía todas las angustias ahogadas por todos los cinismos:

--¡Bah!

Y se puso á cantar esta letra de un aire alegre:

Tengo gana, padre, Y no hay pan ni sopa; Tengo frío, madre, Y no tengo ropa. ¡Tirita Lolita! ¡Solloza La moza!

Apenas hubo acabado la canción, exclamó:

--¿Vais alguna vez al teatro, señor Mario? Yo sí, voy. Tengo un hermanito que es amigo de los artistas, y algunas veces me da billetes. Pero no me gustan los bancos de galería. Se está allí incómodo, no se está bien. Hay á veces mucha gente, y otras veces hay gente que huele mal.

Luego contempló á Mario un momento, y tomando un aire particular dijo:

--¿Sabéis, señor Mario, que sois un guapo mozo?

Y al mismo tiempo se les ocurrió á ambos la misma idea, que hizo que ella sonriera y él se ruborizase.

Acercósele ella, y le puso una mano sobre el hombro, diciendo:

--Vos no habéis reparado en mí; pero yo os conozco, señor Mario. Os suelo encontrar en la escalera, y os veo entrar algunas veces en casa de un tal Mabeuf, que vive hacia el barrio de Austerlitz, cuando paseo por allí. ¡Qué bien os sienta el pelo rizado!

Su voz procuraba ser dulce, pero no conseguía ser más que voz de bajo. Una parte de sus palabras se perdía en el trayecto de la laringe á los labios, como sobre un teclado donde faltan notas.

Mario se había retirado suavemente.

--Señorita,--dijo con su fría gravedad,--tengo un paquete que creo os pertenece. Permitidme que os lo devuelva.

Y le alargó el sobre que contenía las cuatro cartas.

Palmoteó ella de contenta, exclamando:

--¡Lo habíamos buscado por todas partes!

Después cogió vivamente el paquete, y lo desenvolvió, diciendo:

--¡Dios de Dios! ¡Pues apenas hemos buscado mi hermana y yo! ¿Sois vos quien os lo habéis encontrado? ¿En el boulevard, verdad? Se nos cayó cuando íbamos corriendo. La tonta de mi hermana es la que cometió tal torpeza. Al volver á casa nos hallamos sin él. Como no queríamos que nos pegasen, porque esto es inútil, dijimos que habíamos llevado las cartas, y que nos habían dicho:--¡No hay de qué!--¡Pobres cartas, aquí están! ¿Y en qué habéis conocido que eran mías? ¡Ah! Sí, en la letra. ¿Luego erais vos con quien tropezamos al pasar ayer noche? ¡No se veía nada, nada! Yo le pregunté á mi hermana: «¿Es algún caballero?», y ella me respondió:--«Sí, creo que es un señor».

Mientras hablaba había desplegado la súplica dirigida al señor benéfico de la iglesia de «Santiago de Haut-Pas».

--¡Calla!--dijo.--Ésta es para ese viejo que va á misa. Y ésta es la hora. Voy á llevársela. Tal vez nos dará algo con que desayunarnos.

Después se echó á reir, añadiendo:

--¿Sabéis de qué nos servirá el almuerzo de hoy, si es que almorzamos? Nos servirá para almuerzo de anteayer, para la comida de anteayer, para el almuerzo de ayer y para la comida de ayer. Y todo esto de una vez, hoy por la mañana. ¡Pardiez! Si no estáis contentos, reventad, perros.

Esto hizo recordar á Mario lo que aquella desgraciada había ido á buscar á su casa.

Registró su chaleco, y no encontró nada.

La joven continuaba, y parecía hablar como si ignorase que Mario estuviese allí.

--Á veces salgo por la noche. Otras no vuelvo á casa. Antes de vivir aquí, el otro invierno, vivíamos bajo los arcos de los puentes. Nos estrechábamos unos contra otros para no helarnos. Mi hermanita lloraba. ¡Qué triste es el agua! Cuando pensaba en ahogarme, decía. «No, está muy fría». Salgo sola cuando quiero, y duermo á veces en los fosos. Por la noche, cuando voy por el boulevard, veo los árboles como horcas, veo las casas negras y abultadas como las torres de Notredame, me figuro que las paredes blancas son el río, y me digo: «¡Toma, ahí está el agua!». Las estrellas me parecen candilejas de iluminación; diríase que arrojan humo, y que el viento las apaga. Me siento aturdida, como si tuviera junto al oído caballos resoplando; aunque sea de noche, me parece oir organillos y telares, y que sé yo qué más. Creo que me tiran piedras, huyo sin saberlo; todo da vueltas, todo, todo. Cuando se está en ayunas, ¡qué cosas tan raras!

Y miraba á Mario con aire espantado.

Á fuerza de buscar y rebuscar en sus bolsillos, había acabado Mario por reunir cinco francos y diez y seis sueldos. Era todo cuanto en el mundo tenía. «Mi comida de hoy, pensó, hela aquí. Mañana Dios dirá». Y guardándose los diez y seis sueldos, dió los cinco francos á la muchacha.

Ésta tomó la moneda.

--¡Bueno!--exclamó.--¡Ya salió el sol!

Y como si el sol hubiera tenido la propiedad de fundir en su cerebro torrentes de jerga, prosiguió:

--¡Cinco francos! ¡brillante! ¡Un monarca! Sois un chabó de punta. Béseos los calcos. ¡Viva el rumbo! ¡Ríndoos mi palpitante! ¡Dos días de bureo! Llenaremos la coba; jamaremos de lo lindo con manró de lo blanco y peñascaró. ¡Viva el jaleo!

Recogió su camisa sobre sus hombros, hizo un profundo saludo á Mario, después una seña familiar con la mano, y se dirigió á la puerta diciendo:

--Buenos días, caballero. Lo mismo da. Voy á buscar á mi viejo.

Viendo, al pasar, sobre la cómoda una corteza de pan seco casi enmohecida con el polvo, lanzóse sobre ella y la mordió, murmurando:

--¡Caramba, si está duro! casi me va á romper los dientes.

Y se fué enseguida.

V =El ojo de la Providencia=

Mario hacía cinco años que vivía en la pobreza, en la desnudez, en la indigencia; pero entonces advirtió que no había conocido aún la verdadera miseria. La verdadera miseria era la que acababa de ver. Era aquella larva que acababa de pasar ante sus ojos. Y en efecto, quien no ha visto más que la miseria del hombre, no ha visto nada. Es menester ver la miseria de la mujer. Y quien no ha visto más que la miseria de la mujer, no ha visto tampoco nada. Es menester ver la miseria de los niños.

Cuando el hombre ha llegado al último extremo, llega también á los últimos recursos. ¡Desgraciados de los seres sin defensa que le rodean! El trabajo, el salario, el pan, el fuego, el valor, la buena voluntad, todo le falta á la vez. La luz del día parece apagarse en el exterior, y la luz moral se apaga en el interior; en esta sombra, el hombre encuentra la debilidad de la mujer y la debilidad del niño, y las doblega ambas violentamente á la ignominia.

Entonces todos los horrores son posibles. La desesperación está cercada de frágiles barreras que lindan con el vicio ó con el crimen.

La salud, la juventud, el honor, las santas y esquivas delicadezas de la carne, nueva todavía; el corazón, la virginidad, el pudor, esa epidermis del alma, son siniestramente manoseados por ese tacto incierto que busca recursos, y que encuentra el oprobio y se acomoda. Padres, madres, hijos, hermanos, hermanas, hijas, se adhieren y se agregan, casi como una formación mineral, en esa brumosa promiscuidad de sexos, de parentescos, de edades, de infamias y de inocencias. Se agrupan, pegados los unos á los otros, en una especie de cavidad maldita. Allí se contemplan tristemente. ¡Oh, desgraciados! ¡Qué pálidos están! ¡Qué frío tienen! ¡Parece que se encuentran en un planeta mucho más lejano, que el nuestro, del sol!

Aquella muchacha fué para Mario una especie de mensajera de las tinieblas.

Le reveló todo un lado espantoso de la noche.

Mario se reprochó casi por los sueños de delirio y pasión que le habían impedido hasta aquel día dirigir una mirada á sus vecinos. Haberles pagado su alquiler había sido un impulso maquinal; todo el mundo podía sentir aquel impulso de pura lástima sin conciencia del bien; pero Mario debía haber hecho algo más. ¡Cómo! Le separaba solamente un tabique de aquellos seres abandonados, que vivían á tientas en medio de la noche, fuera del resto de los vivientes; codeábase con ellos; era en cierto modo el último eslabón del género humano que ellos tocaban; los había oído vivir, ó más bien suspirar al lado suyo, ¡y no había fijado su atención en ellos! Todos los días, á cada instante, al través de la pared los oía andar, ir, venir, hablar, ¡sin parar mientes! Cuando en sus palabras había gemidos ¡que tampoco escuchaba! Su pensamiento estaba en otra parte, soñando, ocupado en visiones imposibles, en amores al aire, en locuras; y sin embargo, criaturas humanas, sus hermanos en Jesucristo, sus hermanos del pueblo agonizaban á su lado, ¡agonizaban inútilmente! Él tenía parte en su desgracia y la agravaba. Porque si hubiesen tenido otro vecino, un vecino menos entregado á quimeras y más atento, un hombre cualquiera pero caritativo, evidentemente su indigencia hubiera sido notada, sus señales de angustia hubieran sido vistas, y haría ya largo tiempo tal vez que estarían recogidos y salvados.

Parecían, sin duda, muy depravados, muy corrompidos, muy envilecidos, hasta muy odiosos; ¡pero son tan raros los que han caído y no se han degradado! Por otra parte, hay un punto en que los infortunios y las infamias se confunden y mezclan en una sola palabra, palabra fatal: los miserables; ¿de quién es la culpa? Y luego, ¿no es cuando la caída es más profunda, que la caridad debe ser mayor?

Haciéndose estas reflexiones, que eran lecciones de moral, porque había momentos en que Mario, como todos los corazones verdaderamente honrados, se erigía en su propio mentor y se reprendía más de lo que merecía, contemplaba la pared que le separaba de los Jondrette, y hubiera querido hacer pasar al través de aquel tabique su mirada compasiva, para con ella reanimar á aquellos desgraciados.

La pared estaba formada por una pequeña capa de yeso, sostenida por listones y traviesas, que, como acabamos de decir, dejaba distinguir perfectamente el ruido de las palabras y de las voces. Era preciso ser el soñador Mario para no haberlo notado todavía. No había pegado papel ninguno en la pared, ni por el lado de los Jondrette, ni por el de Mario; manifestábase completamente al descubierto la grosera construcción.

Mario, sin saber casi lo que se hacía, examinaba la pared; algunas veces la meditación examina, observa y escudriña como lo haría el pensamiento. De pronto se levantó; acababa de notar hacia lo alto, frente al techo, un agujero triangular, resultado de tres listones que dejaban un hueco entre sí. Faltaba la masa que debía llenar aquel hueco, y subiéndose sobre la cómoda, podía ver por aquel agujero el interior del desván de los Jondrette. La conmiseración tiene y debe tener su curiosidad. Aquel agujero formaba una especie de trampilla. No está prohibido mirar á traición al infortunio para socorrerle.

--Veamos, pues, lo que son esas gentes,--pensó Mario,--y lo que hacen.

Encaramóse en la cómoda, aproximó la vista á la abertura, y miró.

VI =El hombre embrutecido, en su madriguera=

Las ciudades, como los bosques, tienen sus antros, donde se recoge todo lo que ellos encierran de más malo y temible. Solamente que en las ciudades lo que se oculta de tal manera es feroz, inmundo y pequeño, es decir, feo; y en las selvas, lo que se oculta es feroz, salvaje y grande, es decir, bello. Madrigueras por madrigueras, son preferibles las de las fieras á las de los hombres. Las cavernas valen más que los desvanes.

Lo que Mario veía era un desván.

Mario era pobre, y su cuarto carecía de todo; pero así como su pobreza era noble, era limpia su buhardilla.

El tugurio en que se hundía su mirada en aquel momento era abyecto, sucio, fétido, infecto, tenebroso y sórdido. Por todo mueblaje, una silla de paja, una mesa coja, algunos cacharros viejos, y en dos rincones dos miserables é indescriptibles lechos. Por toda luz, una ventanilla de un pie en cuadro con cuatro vidrios, adornada de telas de araña. Por este agujero entraba la luz suficiente para hacer que una cara de hombre pareciese la de un fantasma. Las paredes tenían un aspecto roñoso, y estaban cubiertas de costurones y cicatrices, como un rostro desfigurado por alguna enfermedad horrible. Destilaba á través de ellas cierta humedad legañosa, y se veían dibujos obscenos, groseramente trazados con carbón.

El cuarto que Mario ocupaba estaba embaldosado de ladrillos ya destrozados; pero aquél no estaba ni embaldosado, ni enyesado: se andaba por cima de la primera trabazón de fábrica, ennegrecida por el roce de los pies. Sobre este suelo desigual, donde el polvo parecía como incrustado, y que sólo tenía una virginidad, la de la escoba, se agrupaban caprichosamente constelaciones de calcetines viejos, de zapatillas y andrajos repugnantes. Por lo demás, aquel cuarto tenía una chimenea; así es que su alquiler subía á cuarenta francos anuales. De todo había en aquella chimenea: una estufilla, una marmita, tablas rotas, trapos colgados en clavos, la jaula de un pájaro, ceniza y hasta un poco de lumbre.

Dos miserables tizones humeaban tristemente.

Una cosa aumentaba el horror de aquel desván, y era el ser grande.

Tenía salidas, rincones, cavidades obscuras, camaranchones, bahías y promontorios.

Allí se veían horribles rincones insondables, donde parecía que debían encastillarse las arañas gordas como puños, correderas largas como el pie, y quién sabe si tal vez algunos seres humanos monstruosos.

Una de las tarimas que servían de lecho estaba cerca de la puerta, y la otra junto á la ventana. Ambas camas tocaban por uno de sus extremos á la chimenea, viniendo frente á Mario. En un ángulo, próximo á la abertura por donde miraba Mario, colgaba de la pared, en un cuadro de madera negra, una estampa iluminada con un gran letrero abajo, que decía: EL SUEÑO. Representaba una mujer dormida y un niño dormido, éste en el regazo de la madre; un águila en una nube con una corona en el pico, y la mujer apartando la corona de la cabeza del niño, por supuesto, sin despertarse; en el fondo, Napoleón en una gloria, apoyándose en una columna de azul obscuro, con un capitel amarillo, adornado con esta inscripción:

MARENGO AUSTERLITZ JENA WAGRAMM ELOT

Por debajo de este cuadro había colocado en el suelo, apoyando en plano inclinado contra la pared, una especie de tablero de madera más largo que ancho. Tenía esto el aire de un cuadro vuelto del revés, de un bastidor probablemente pintarrajeado por el lado opuesto lado, de algún marco descolgado de la pared y olvidado allí, esperando que lo volvieran á colgar.

Cerca de la mesa, sobre la cual distinguía Mario pluma, tinta y papel, estaba sentado un hombre de sesenta años aproximadamente, pequeño, flaco, lívido, huraño, de aire sagaz, cruel é inquieto; un bribón redomado.

Si Lavater hubiera examinado aquel rostro, habría hallado en él al buitre mezclado con el fiscal, al ave de rapiña y el curial agregándose mutuamente su propia fealdad, y completándose el uno con el otro, el hombre de curia haciendo innoble al ave de rapiña, el ave de rapiña haciendo horrible al curial.

Aquel hombre tenía una larga barba gris. Estaba vestido con una camisa de mujer, que dejaba ver su pecho velludo y sus brazos desnudos, erizados de pelos grises. Bajo la camisa se veía un pantalón lleno de barro hasta las corvas y unas botas agujereadas, por las cuales asomaban los dedos de los pies.

Tenía una pipa en la boca, y fumaba. En aquella vivienda ya no había pan, pero había tabaco todavía.

Escribía, probablemente alguna carta como las que Mario había leído.

En un ángulo de la mesa se divisaba un tomo viejo, rojizo, descabalado, y cuyo tamaño, que era el antiguo dozavo de los gabinetes de lectura, revelaba ser una novela. En la cubierta campeaba este título, impreso en grandes letras: DIOS, EL REY, EL HONOR Y LAS DAMAS, POR DUCRAY DUMINIL. 1814.

Mientras iba escribiendo, el hombre hablaba en voz alta, y Mario le oyó estas palabras:

--¡Decir que ni en la muerte hay igualdad! ¡Véase si no el cementerio del Padre Lachaise! Los grandes, los que son ricos, están en lo alto, en la alameda de las acacias, que está empedrada. Se puede llegar allí en carruaje. Á los pequeños, á la gente pobre, ¡vamos! todos los infelices, los ponen abajo, donde hay barro hasta las rodillas, en las charcas, en la humedad. ¡Los meten allí para que se descompongan más presto! No se puede ir á verlos sin hundirse en la tierra...

Detúvose aquí, pegó un puñetazo sobre la mesa, y añadió rechinando los dientes:

--¡Oh! ¡Me comería el mundo!

Una mujer gruesa, que lo mismo podía tener cuarenta años que ciento, estaba acurrucada cerca de la chimenea sobre sus talones desnudos.

Tampoco ella tenía más traje que una camisa y un refajo de punto, remendado con pedazos de paño viejo. Un delantal de tela muy grosera ocultaba la mitad del refajo. Aunque aquella mujer estaba doblada y recogida en sí misma, se conocía que era de elevada estatura. Parecía una especie de gigante al lado de su marido. Tenía ásperos cabellos rubios entre rojos y canos, que removía de cuando en cuando con sus enormes y relucientes manos de aplastadas uñas.

Á su lado estaba, en el suelo, abierto por completo, un tomo del tamaño del otro, y probablemente de la misma novela.

En una de las camas, Mario entreveía una especie de chica larguirucha, sentada, casi desnuda, con los pies colgando, pareciendo por su aire, que ni escuchaba, ni veía, ni vivía.

Era, sin duda, la hermana menor de la que había estado en su cuarto. Parecía tener de once á doce años. Pero, examinándola con atención, se veía que tenía muy bien catorce. Era la muchacha que la víspera por la noche iba diciendo en la alameda: «Les he chasqueado, chasqueado, chasqueado».

Pertenecía á esa especie enfermiza que permanece atrasada largo tiempo, y crece luego casi de repente. La indigencia es la que produce estas tristes plantas humanas. Semejantes criaturas no tienen infancia ni adolescencia. Á los quince años aparentan doce; á los diez y seis, veinte. Hoy niña, mañana mujer. Diríase que traspasan de un brinco la vida para concluir más pronto.

En aquel momento, aquel ser tenía el aire de niña.

Nada revelaba en aquella habitación la presencia de ningún trabajo; ni bastidor, ni rueca, ni instrumento de labor. En un rincón había algunos objetos de hierro de aspecto dudoso. Era aquello la triste y sombría pereza que sigue á la desesperación, y precede á la agonía.

Mario contempló por algún tiempo aquel interior fúnebre, más espantoso que el interior de una tumba, porque allí se sentía remover el alma humana, y palpitar la vida.

El desván, la cueva ó la fosa, donde ciertos indigentes se arrastran en lo más bajo del edificio social, no llega á ser del todo sepulcro, es su antesala; pero como esos ricos que adornan con sus mayores magnificencias la entrada de sus palacios, parece que la muerte que está al lado ostenta sus más grandes miserias en ese vestíbulo.

El hombre se había callado, la mujer no hablaba, la muchacha parecía que ni respiraba.

Oíase el roce de la pluma sobre el papel.

El hombre masculló sin dejar de escribir:

--¡Canalla, canalla; todo es canalla!

Este variante al epifonema de Salomón, arrancó un suspiro á la mujer, que le dijo:

--Cálmate, amiguito, cálmate. No te pongas malo, querido. Eres demasiado bueno escribiendo á todas esas gentes, esposo mío.

Con la miseria los cuerpos se contraen y estrechan mutuamente, como con el frío; pero los corazones se alejan. Aquella mujer, según todas las apariencias, había amado á aquel hombre con toda la cantidad de amor que hubiere en ella; pero probablemente, con las reconvenciones cotidianas y recíprocas de una espantosa miseria que pesaba sobre todo el grupo, aquel cariño se había extinguido. No había ya en ella para su marido más que las cenizas de una afección. Sin embargo, los apelativos cariñosos, como sucede frecuentemente, habían sobrevivido.

Le llamaba querido, amiguito, esposo mío, etc., con la boca, pero el corazón permanecía mudo.

El hombre se había puesto á escribir nuevamente.

VII =Estrategia y táctica=

Mario con el corazón oprimido, iba á bajarse de la especie de observatorio que se había improvisado, cuando cierto ruido llamó su atención obligándole á permanecer en su puesto.

La puerta del desván acababa de abrirse bruscamente. La hija mayor apareció en el umbral.

Llevaba gruesos zapatos de hombre, manchados de barro, que la había salpicado hasta sus amoratados tobillos, é iba cubierta con una vieja manta hecha jirones, que Mario no le había visto una hora antes; pero que habría probablemente dejado á la puerta para inspirarle más lástima, recogiéndola luego al salir. Entró, cerró la puerta tras sí, se detuvo para tomar aliento, porque iba muy fatigada, y luego gritó con expresión de alegre triunfo:

--¡Viene!

El padre volvió los ojos, la madre la cabeza, y la hermanita no se movió.

--¿Quién?--preguntó el padre.

--El señor.

--¿El filántropo?

--Sí.

--¿De la iglesia de Santiago?

--Sí.

--¿El viejo?

--Sí.

--¿Y va á venir?

--Viene siguiéndome.

--¿Estás segura?

--Segurísima.

--¿Con que de veras viene?

--En un coche de alquiler.

--¡En coche! ¿Es Rotschild?

El padre se levantó.

--¿Pero estás segura? Si viene en coche, ¿cómo es que has llegado antes que él? ¿Le has dado al menos bien las señas? ¿Le has dicho bien claro: la última puerta al fondo del corredor, á la derecha? ¡Con tal que no se equivoque! ¿Le has encontrado entonces en la iglesia? ¿Ha leído mi carta? ¿Qué es lo que te ha dicho?

--¡Ta, ta, ta!--dijo la muchacha.--¡Y cómo corres, buen hombre! Oye: entré en la iglesia; estaba en el sitio de costumbre; le hice una reverencia; le di tu carta; la leyó, y me dijo: «¿Dónde vivís, hija mía?». Y le contesté: «Yo os acompañaré, caballero». Y me dijo: «No, dadme las señas; mi hija tiene que hacer algunas compras; tomaré un carruaje, y llegaré á vuestra casa al mismo tiempo que vos». Le di, pues, las señas. Cuando le dije la casa, pareció sorprenderse y vaciló un instante; pero luego añadió: «Es igual, iré». Concluida la misa, le vi salir de la iglesia con su hija y subir los dos en un coche. Le especifiqué bien, la última puerta, al extremo del corredor, á la derecha.

--¿Y quién te asegura que vendrá?

--Que acabo de ver el coche, que llegaba ya por la calle del Petit-Banquier. Por eso he venido corriendo.

--¿Cómo sabes que es el mismo coche?

--Porque había mirado el número. ¡Vaya!

--¿Qué número era?

--440.

--Bien; eres una chica de talento.

La muchacha miró alternativamente á su padre, y señalando su sucio y grosero calzado, añadió:

--Una chica de talento, es posible; pero digo que no me volveré á poner estos zapatos, que no los quiero; primero por la salud, y luego por la limpieza. No hay nada más feo ni más incómodo que unas suelas que gruñan haciendo gri, gri, gri, todo el camino. Prefiero ir descalza.

--Tienes razón,--contestó el padre en tono bastante dulce que contrastaba con la rudeza de la joven;--pero entonces no te dejarían entrar en las iglesias; es preciso que los pobres tengan zapatos. No se puede ir con los pies desnudos á la casa de Dios,--añadió amargamente.

Luego, volviendo al objeto que le preocupaba, repuso:

--Pero, ¿estás segura, segura de que viene?

--Viene pisándome los talones,--replicó ella.

El hombre se enderezó, apareciendo su rostro como iluminado.

--Mujer,--gritó,--ya lo oyes. Ahí tienes al filántropo. Apaga la lumbre.

La madre, estupefacta, no se movió.

El padre, con la agilidad de un saltimbanquis, agarró un puchero desportillado que había sobre la chimenea, y arrojó el agua sobre los tizones.

Luego, dirigiéndose á su hija mayor, añadió:

--¡Tú! Rompe las pajas de la silla.

Su hija no comprendió.

Cogió él la silla, y de un talonazo le quitó, ó mejor dicho, hundió el asiento.

Pasó su pierna por el agujero que acababa de abrir. Al retirarle, preguntó á la muchacha:

--¿Hace frío?

--Muchísimo. Está nevando.

Volvióse el padre hacia la hija menor, que estaba echada sobre un harapiento jergón, cerca de la ventana, gritándole con voz tonante:

--¡Pronto! ¡Fuera de la cama, haragana! ¡Nunca servirás para nada! ¡Rompe un vidrio!

La criatura saltó de la cama espantada y tiritando.

--¡Rompe un vidrio!--repitió.

La chica se quedó sin saber lo que le pasaba.

--¿No me oyes?--repuso el padre.--Te digo que rompas un vidrio.

La chica, con una especie de obediencia pavorosa, se alzó de puntillas, y pegó un puñetazo en uno de los vidrios, el cual se rompió cayendo con estrépito.

--¡Bien!--dijo el padre.

Estaba grave y brusco. Su mirada recorría rápidamente todos los rincones del desván.

Hubiérase dicho que era un general haciendo los últimos preparativos en el momento que va á empezar la batalla.

La madre, que aún no había dicho una palabra, se levantó, y preguntó con voz lenta, sorda, cuyas palabras parecían salir como cuajadas:

--Querido, ¿que es lo que vas á hacer?

--Échate en la cama,--respondió el marido.

La entonación no admitía réplica. La madre obedeció y se dejó caer pesadamente sobre uno de los jergones.

Mientras tanto, oíanse sollozos en un rincón.

--¿Qué es eso?--preguntó el padre.

La hija menor, sin salir de la sombra en que se había guarecido enseñó su puño ensangrentado. Al romper el vidrio se había herido, habiendo ido á colocarse junto á la cama de su madre, lloraba allí en silencio.

Tocóle ahora el turno á la madre de levantarse y gritar.

--¡Ya lo ves! ¡Las brutalidades que tú haces! Al romper el vidrio se ha cortado la mano.

--¡Tanto mejor!--dijo el marido.--Lo había previsto.

--¿Cómo tanto mejor?--replicó la mujer.

--¡Calma!--replicó el padre.--Suprimo la libertad de imprenta.

Y desgarrando la camisa de mujer que llevaba puesta, arrancó de ella una tira de tela, con la cual envolvió apresuradamente el puño ensangrentado de la chiquilla.

Hecho lo cual, fijó su mirada satisfecha en su desgarrada camisa.

--¡Y la camisa igualmente!--dijo.--Todo tiene el carácter que corresponde.

El viento helado silbaba al pasar por el vidrio roto entrando en el cuarto. La bruma exterior penetraba en él, y se dilataba como algodón en rama, vagamente desmenuzado por dedos invisibles. Al través del vidrio roto se veía caer la nieve. El frío prometido la víspera por el sol de la Candelaria había llegado, en efecto. El padre paseó una mirada á su alrededor para asegurarse de que nada había olvidado.

Cogió una paleta vieja, y echó con ella ceniza sobre los tizones mojados hasta ocultarlos completamente.

Luego, enderezándose y arrimándose á la chimenea:

--Ahora,--dijo,--ya podemos recibir al filántropo.

VIII =El rayo de luz en la caverna=

La hija mayor se acercó, y puso su mano sobre la de su padre.

--Toca que fría estoy,--le dijo.

--¡Bah!--respondió el padre.--Más lo estoy yo.

La madre gritó impetuosamente:

--¡Tú lo tienes siempre todo mejor que los otros! ¡Hasta lo malo!

--¡Échate!--dijo el hombre.

La mujer, viendo la especie de mirada que se le dirigía, se calló.

Hubo en el desván un momento de silencio. La hija mayor arrancaba con aire indiferente el barro de los extremos de su manta; la pequeña continuaba sollozando; la madre le había cogido la cabeza entre las manos y la cubría de besos, diciéndole por lo bajo:

--¡Tesoro mío! No llores, te lo pido yo; eso no será nada. Mira que se va á enfadar tu padre.

--No,--gritó el padre;--al contrario, llora, llora; esto va muy bien.

Después, volviéndose á la mayor, añadió:

--¡Ya, pero ese hombre no llega! ¡Si no viniese! ¡hubiera apagado la lumbre, desfondado mi silla, desgarrado mi camisa y roto el vidrio para nada.

--¡Y herido á la niña!--murmuró la madre.

--¿Sabéis,--repuso el padre,--que hace un frío de perros en este desván del diablo? ¡Si ese hombre no viniera! ¡Oh, cómo se hace esperar! Él dirá: «Me esperarán: ¡allí están para eso!». ¡Oh, cuánto les aborrezco! ¡Con qué júbilo, con qué alegría, con qué entusiasmo, con qué satisfacción ahogaría á todos esos ricos! ¡Esos ricos, esos supuestos hombres caritativos, que se hacen los benditos, que van á misa, que andan con la clerigalla; sermoncico aquí, sermoncico allá; los beatos que vienen á humillarnos y á traernos «ropa», como ellos dicen, trapos que no valen cuatro sueldos, y pan! ¡No es eso lo que yo quiero, atajo de canallas, sino dinero! ¡Ah, dinero, nunca! Porque dicen que iríamos á beberlo, y que somos unos borrachos y unos holgazanes. ¿Y ellos? ¿Qué es lo que son y lo que fueron en su tiempo? ¡Ladrones! Si no, no se hubieran enriquecido. ¡Oh! ¡Debiera cogerse á la sociedad entre las cuatro puntas de una manta, y arrojarlo todo al aire! Todo se rompería, es posible; pero al menos nadie tendría nada, y eso habríamos ganado. Pero, ¿qué es lo que hace el mastín de tu benéfico señor? ¿Vendrá? ¡Tal vez el animal habrá olvidado las señas! Apostemos á que ese bestia de viejo...

En este instante dieron un ligero golpe á la puerta; el hombre se precipitó hacia ella y la abrió exclamando con profundos saludos y sonrisas de adoración:

--Entrad, señor; dignaos entrar, mi respetable bienhechor, así como vuestra encantadora hija.

Un hombre de edad avanzada y una joven, aparecieron en la puerta del desván.

Mario no había dejado su puesto. Lo que sintió en aquel momento no está al alcance de ninguna lengua humana.

Era ella.

Quienquiera que haya amado, sabe cuántas irradiaciones esplendorosas contienen las pocas letras de esta palabra: Ella.

Ella era efectivamente. Mario apenas la distinguía á través del luminoso vapor que se había esparcido súbitamente por sus ojos. Era aquel dulce ser ausente, aquel astro que para él había lucido durante seis meses: era aquella pupila, aquella frente, aquella boca, aquel hermoso rostro desvanecido, que al marcharse le había dejado sumido en las tinieblas. La visión se había eclipsado y reaparecía.

¡Reaparecía entre aquella obscuridad, en aquel desván, en aquella deforme madriguera, en aquel horror!

Mario se estremecía perdidamente. ¡Cómo! ¡Era ella! Las palpitaciones de su corazón le turbaban la vista. Sentíase próximo á deshacerse en llanto. ¡Cómo! ¡La volvía á ver, después de haberla buscado tanto tiempo! Parecíale que había perdido su alma, y que acababa de encontrarla.

Seguía siendo la misma, pero algo más pálida; formaba el marco de su delicado rostro un sombrero de terciopelo violeta, y ocultaba su talle una manteleta de raso negro. Bajo su larga falda se entreveía su pequeño pie, aprisionado en una botita de seda.

Iba, como siempre, acompañada del señor Leblanc.

Dió algunos pasos hacia dentro de la habitación, dejando un gran paquete sobre la mesa.

La Jondrette mayor se había retirado detrás de la puerta, mirando con ojos tristes aquel sombrero de terciopelo, aquel abrigo de seda y aquel gracioso semblante irradiando felicidad.

IX =Jondrette casi llora=

Hasta tal punto estaba obscuro aquel chiribitil, que las personas que venían de fuera sentían al entrar lo mismo que si penetrasen en una bodega. Los dos recién llegados avanzaron con cierta vacilación, distinguiendo apenas formas vagas en torno suyo, en tanto que eran perfectamente vistos y examinados por los habitantes del desván, acostumbrados á aquel crepúsculo.

El señor Leblanc se aproximó con su mirada bondadosa y triste, y dijo á Jondrette padre:

--Señor, en ese paquete encontrareis algunas prendas nuevas, medias y cobertores de lana.

--Nuestro angelical bienhechor nos abruma,--dijo Jondrette inclinándose hasta el suelo.

Luego, acercándose al oído de su hija mayor, mientras que los dos visitantes examinaban aquel lamentable interior, añadió por lo bajo y rápidamente:

--¡Ves! ¿Lo que te decía? Trapos, pero no dinero. ¡Todos son lo mismo. Á propósito, ¿cómo estaba firmada la carta para este torpe?

--Fabantou,--respondió la hija.

--¡El artista dramático, bueno!

Á tiempo se había acordado Jondrette, porque en aquel instante el señor Leblanc se volvía hacia él, y le decía con ese aire de quien busca un nombre:

--Veo que sois muy digno de lástima, señor...

--Fabantou,--respondió vivamente Jondrette.

--Señor Fabantou, sí, eso es. Ya recuerdo.

--Artista dramático, señor, que ha obtenido algunos triunfos.

Aquí Jondrette creyó evidentemente llegado el momento de apoderarse del «filántropo», y exclamó con ese sonido de voz que participa á la vez de la charla del titiritero en las ferias, y de la humildad del mendigo en las carreteras. ¡Discípulo de Talma! ¡Señor, he sido discípulo de Talma! La fortuna me ha sonreído en otros tiempos. ¡Ah! Ahora le ha llegado su turno á la desgracia. ¡Ya lo veis, mi bienhechor, ni pan, ni fuego! Mis pobres hijas no tienen un ascua á que arrimarse. ¡Mi única silla sin asiento! ¡Un vidrio roto! ¡Y con el tiempo que hace! ¡Mi esposa en la cama enferma!

--¡Pobre mujer!--dijo el señor Leblanc.

--¡Mi hija herida!--añadió Jondrette.

La muchacha, distraída con la llegada de los dos visitantes, estaba contemplando á «la señorita», y había dejado de llorar.

--¡Llora, chilla!--le dijo por lo bajo Jondrette.

Y al mismo tiempo la pellizcó en la mano herida. Todo esto con una verdadera ligereza de escamoteador.

La chica puso el grito en el cielo.

La adorable joven, que Mario llamaba en su corazón «su Úrsula», se le acercó vivamente.

--¡Pobre muchacha!--exclamó.

--Ya lo veis, hermosa señorita,--prosiguió Jondrette;--su puño está ensangrentado. Es un accidente que le ha ocurrido trabajando en una máquina para ganar seis sueldos al día. Quizá habrá necesidad de cortarle el brazo.

--¿De veras?--dijo alarmado el buen anciano.

La chica, tomando estas palabras por lo serio, comenzó á llorar con mayor fuerza.

--¡Ay, sí, mi bienhechor!--respondió el padre.

Hacía algunos instantes que Jondrette contemplaba «al filántropo» de un modo extraño. Mientras continuaba hablando, parecía escudriñar con atención, como si tratase de buscar algo en sus recuerdos. De pronto, aprovechando el momento en que los recién venidos preguntaban con interés á la niña sobre la herida de la mano, pasó cerca de su mujer, que estaba en la cama con aire abatido y estúpido, diciéndola vivamente por lo bajo:

--¡Fíjate en ese hombre!

Luego, volviéndose hacia el señor Leblanc, prosiguió en sus lamentaciones:

--¡Ya lo veis, señor; tengo por todo vestido una camisa de mujer! ¡Y desgarrada! ¡En el rigor del invierno! No puedo salir de casa, pues carezco de ropa. Si la tuviera, por mala que fuese, iría á ver á la célebre actriz Mars, que me conoce, y me quiere mucho. ¿No vive aún en la calle de la Tourdes Dames? ¿No lo sabéis, señor? Hemos trabajado juntos en provincias. He compartido sus laureles. ¡Celimene vendría á mi socorro, caballero! ¡Elmira daría limosna á Besilario! ¡Pero, nada! ¡Y ni un céntimo en casa! Mi mujer enferma, mi hija peligrosamente herida, y ¡ni un céntimo! Mi mujer padece espasmos, efecto de la edad, complicados con una afección del sistema nervioso. ¡Necesita ciertos cuidados, así también como mi hija! Pero, ¡el médico y la botica! ¿Cómo pagar? ¡Ni un ochavo siquiera! ¡Ante un céntimo me arrodillaría, señor! ¡Á qué se ven reducidas las artes! ¿Y sabéis, hermosa señorita, y vos, mi generoso protector, vos que respiráis la virtud y la bondad, y que perfumáis esa iglesia donde mi pobre hija, al ir á rezar, os ve siempre todos los días...? pues yo educo religiosamente á mis hijas: sabed que yo no he querido que se dedicasen al teatro. ¡Ah, las picaruelas! Que las vea yo torcerse... ¡No gasto bromas yo! ¡Las sermoneo mucho sobre el honor, sobre la moral, sobre la virtud! ¡Ya podéis preguntarles! Es menester que anden derechas. Tienen padre. No son de esas desgraciadas que comienzan por no tener familia y acaban por casarse con el público; que al principio son la señorita Nadie, y después se convierten en la señora de Todo el mundo. ¡Mala peste! ¡Nada de eso en la familia Fabantou! Yo trato de educarlas virtuosamente, y que sean honradas y buenas y que crean en Dios, ¡vive Cristo! Y bien, señor, mi digno señor, ¿sabéis lo que va á pasar mañana? Mañana es el 4 de febrero, el día fatal, el último plazo que me ha concedido el casero; si esta noche no le pago, mañana mi hija mayor, yo, mi esposa con su calentura, mi hija menor con su herida, los cuatro seremos arrojados de aquí y echados á la calle, al boulevard, sin abrigo, bajo la lluvia, sobre la nieve. Así sucederá, señor. ¡Debo cuatro trimestres, un año! Es decir, sesenta francos.

Jondrette mentía. Cuatro trimestres no hubieran hecho más que cuarenta francos, y no podía deber cuatro, pues no hacía seis meses que Mario había pagado dos.

El señor Leblanc sacó cinco francos del bolsillo, y los echó sobre la mesa.

Jondrette tuvo tiempo de murmurar al oído de su hija mayor:

--¡Avaro! ¿Qué querrá que haga yo con sus cinco francos? ¡Con eso no me paga siquiera la silla y el vidrio! ¡Puede uno hacer gastos!

Entretanto el señor Leblanc se había quitado un gran gabán obscuro que llevaba sobre su levita azul, y le había echado sobre el respaldo de la silla.

--Señor Fabantou,--dijo,--no traigo aquí más que esos cinco francos; pero voy á llevar á mi hija á casa, y volveré esta noche. ¿No es esta noche que debéis pagar?

La cara de Jondrette se iluminó con una extraña expresión, y contestó vivamente:

--Sí, mi respetable señor. Á las ocho debo estar en casa del propietario.

--Vendré á las seis, y os traeré los sesenta francos.

--¡Oh, mi bienhechor!--exclamó Jondrette casi delirante.

Y añadió por lo bajo:--¡Mírale bien, mujer!

El señor Leblanc había cogido el brazo de su linda hija, y se volvió hacia la puerta.

--Hasta la noche, amigos míos,--dijo.

--¿Á las seis?--preguntó Jondrette.

--Á las seis en punto.

En aquel momento la hija mayor se fijó en el sobretoto que estaba sobre la silla.

--Señor,--dijo,--olvidáis vuestro gabán.

Al oir esto Jondrette, lanzó á su hija una mirada furibunda, acompañada de un encogimiento de hombros formidable.

El señor Leblanc se volvió, y contestó sonriendo:

--No lo olvido, lo dejo.

--¡Oh, mi protector,--dijo Jondrette,--mi augusto bienhechor! Me deshago en llanto. Permitid que os acompañe hasta vuestro carruaje.

--Si salís,--dijo el señor Leblanc,--poneos ese abrigo. En realidad hace mucho frío.

Jondrette no se lo hizo repetir segunda vez. Embutióse precipitadamente en el gabán.

Y loa tres salieron del desván, Jondrette precediendo á los dos visitantes.

X =Tarifa de los carruajes de alquiler: dos francos por hora=

Mario no había perdido nada de toda aquella escena, y sin embargo, nada había visto en realidad. Sus ojos habían estado constantemente fijos en la joven; su corazón se había, por así decirlo, apoderado de ella, envolviéndola toda por completo, desde que puso los pies en el desván. Durante todo el tiempo que ella estuvo allí, Mario había vivido esa vida del éxtasis, que suspende las percepciones materiales y precipita toda el alma sobre un solo punto. Contemplaba, no á aquella joven, sino aquella luz que llevaba una manteleta de raso y un sombrero de terciopelo. Si la estrella Sirio hubiera entrado en el desván no le habría deslumbrado más.

Mientras la joven abría el paquete, desplegaba las prendas y las mantas, interrogando á la madre enferma con bondad y á la muchacha herida con enternecimiento, Mario espiaba todos sus movimientos y procuraba oir sus palabras. Conocía sus ojos, su frente, su belleza, su talle, su andar; lo que no conocía era su voz. Había creído oir algunas de sus palabras cierto día en el Luxemburgo; pero no estaba absolutamente cierto de ello. Hubiera dado diez años de su vida por oirla, por poder llevar en su alma un poco de aquella música. Pero todo se perdía en las declamaciones lastimeras y en las jeremiadas de Jondrette; lo cual irritaba verdaderamente á Mario, aún en medio de su éxtasis. No apartaba de ella los ojos. No podía imaginarse que fuera realmente aquella criatura divina la que veía en medio de seres tan inmundos en aquel monstruoso tugurio. Parecíale ver un colibrí entre sapos.

Cuando salió la joven, él ya no tuvo más que un pensamiento: seguir sus huellas, no dejarla hasta saber dónde vivía; no volverla á perder, después de haberla hallado tan milagrosamente. Saltó de la cómoda y cogió su sombrero. Al poner la mano en el picaporte, cuando iba ya á salir, detúvole una reflexión. El corredor era largo, la escalera estrecha y empinada, Jondrette muy hablador, el señor Leblanc no habría aún subido en su coche; y si volviéndose en el corredor, en la escalera ó en el portal, le veía en aquella casa, evidentemente se alarmaría y hallaría medio de escapar de nuevo, y otra vez se habría acabado todo. ¿Qué hacer? ¿Esperar un poco? Pero mientras esperaba, el carruaje podría marchar. Mario estaba perplejo. Por fin se arriesgó, y salió de su cuarto. No había ya nadie en el corredor. Corrió á la escalera; tampoco en la escalera había nadie. Bajó á escape, y llegó al boulevard, á tiempo de ver un coche de alquiler dar la vuelta á la esquina de la calle del Petit-Banquier, y entrar en París.

Mario se precipitó en aquella dirección. Al llegar al ángulo del boulevard, volvió á ver el coche, que bajaba rápidamente por la calle Mouffetard. El carruaje estaba ya muy lejos, y no había medio de alcanzarle. ¿Qué hacer? ¿Correr detrás de él? Imposible. Además, desde el carruaje podrían observar que un individuo corría á todo escape para alcanzarle, y el padre le conocería. En aquel momento, ¡casualidad inaudita y maravillosa! vió Mario un cabriolé de alquiler que pasaba vacío por el boulevard. No había sino un partido que tomar; subir en el cabriolé y seguir al coche. Esto era seguro indudablemente.

Mario hizo seña al cochero de que parara, y le gritó:

--¡Por horas!

Mario iba sin corbata, y llevaba puesto el traje viejo de trabajar, al cual le faltaban algunos botones, y su camisa estaba rasgada á lo largo de uno de los pliegues de la pechera.

El cochero se detuvo, guiñó el ojo, y extendió hacia Mario su mano izquierda, frotando suavemente el índice con el pulgar.

--¿Qué?--preguntó Mario.

--Paga anticipada,--respondió el cochero.

Mario se acordó que no llevaba consigo más que diez y seis sueldos.

--¿Cuánto?--preguntó.

--Cuarenta sueldos.

--Á la vuelta pagaré.

El cochero por toda contestación silbó algunas notas de la canción de la Palisse y aplicó un latigazo al caballo.

Mario vió alejarse al cabriolé, con aire consternado. Por veinte y cuatro sueldos que le faltaban, perdía su alegría, su felicidad, su amor, y ¡volvía á caer en las tinieblas! Había visto y quedaba nuevamente ciego. Pensó amargamente, y preciso es decirlo, con profundo pesar, en los cinco francos que aquella misma mañana había dado á aquella miserable muchacha.

Si hubiera tenido sus cinco francos, estaba salvado; renacía, salía del limbo y de las sombras; salía del aislamiento, del esplín, de la viudez; reanudaba el negro hilo de su destino á aquel hermoso hilo de oro que ante sus ojos acababa de flotar y romperse otra vez. Entró de nuevo desesperado en la casucha.

Habría podido pensar que el señor Leblanc había prometido volver por la noche; y que sólo de él dependía arreglárselas mejor entonces para seguirle; pero en su contemplación apenas se había enterado de nada.

En el momento de subir la escalera, divisó al otro lado del boulevard junto á la desierta pared de la calle de la Barrera de los Gobelinos, á Jondrette envuelto en el sobretodo del «filántropo», el cual estaba hablando con uno de esos hombres de figura poco tranquilizadora, á quienes se ha convenido en llamar vagos de las afueras; gentes de aspecto dudoso, de monólogos sospechosos, que tienen aire de malos pensamientos, y que duermen comúnmente, de día, lo que hace suponer que trabajan de noche.

Aquellos dos hombres, hablando inmóviles bajo la nieve que caía á grandes copos, formaban un grupo, que á un agente de policía le habría de seguro llamado la atención, pero que Mario apenas lo notó.

Sin embargo, por dolorosa que fuese su preocupación, no pudo menos de decirse que aquel vago de las afueras con quien hablaba Jondrette se parecía á un tal Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero, que Courfeyrac le había enseñado una vez, y que pasaba en el barrio por un paseante nocturno asaz peligroso. Ya hemos visto en el libro precedente el nombre de este hombre. El tal Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero, figuró posteriormente en muchas causas criminales, y llegó á ser un célebre bribón. Entonces no era todavía más que un bribón famoso; y hoy día existe en estado de tradición entre los bandidos y ladrones. Á fines del último reinado formaba escuela. Y por la tarde, al anochecer, á la hora en que se forman grupos y se habla en voz baja, se hacía mención de él en la Fuerza, en el Foso de los leones. En dicha cárcel, precisamente en el sitio por donde pasaba bajo el camino de ronda la alcantarilla, que sirvió para la inaudita fuga á mitad del día de treinta presos en 1843, se podía leer, encima de los ladrillos de la atarjea, su nombre, PANCHAUD, audazmente grabado por él en la pared en una de sus tentativas de evasión.

En 1832 la policía le vigilaba; pero aún no había debutado seriamente.

XI =Ofertas de servicio de la miseria al dolor=

Mario subió la escalera de la buhardilla á paso lento; cuando iba á entrar en su celda, vió detrás de él á la hija mayor de Jondrette, que le seguía. Aquella muchacha resultaba odiosa á sus ojos; ella era quien tenía sus cinco francos, y era ya demasiado tarde para reclamárselos; el cabriolé no estaba ya allí, y el coche del señor Leblanc pasaba ya muy lejos. Además, no se los iba á devolver. En cuanto á preguntarle por la casa de los que hacía poco habían estado allí, era inútil, pues evidentemente no lo sabía, toda vez que la carta firmada Fabantou iba dirigida al señor bienhechor de la iglesia de Santiago de Haut-Pas.

Mario entró en su cuarto, y empujó la puerta tras de sí.

No acababa de cerrarse, y volviéndose vió una mano que mantenía la puerta entreabierta.

--¿Qué hay?--preguntó.--¿Quién está ahí?

Era la hija de Jondrette.

--¿Sois vos?--repuso Mario con dureza.--¡Otra vez!--¿Qué me queréis?

Ella parecía pensativa y no le miraba. No tenía la misma seguridad de aquella mañana. No había entrado, y se mantenía en la sombra del corredor, donde Mario la veía por entre la puerta entreabierta.

--¿Contestáis, ó no?--prorrumpió Mario.--¿Qué es lo que me queréis?

Levantó ella su vista apagada, en la que parecía encenderse vagamente cierta claridad, y le dijo:

--Señor Mario, parece que estáis triste. ¿Qué es lo que os pasa?

--¡Á mí!--dijo Mario.

--Sí, á vos.

--Nada.

--¡Sí!

--No.

--Yo os digo que sí.

--¡Dejadme en paz!

Mario empujó nuevamente la puerta, pero ella continuó reteniéndola.

--Mirad,--dijo ella,--eso no está bien. Aun cuando no seáis rico, habéis sido bueno para conmigo esta mañana; sedlo ahora también. Ya que me habéis dado para comer, decidme lo que os pasa. Que tenéis alguna pena, eso es bien claro. Yo no quisiera veros apesadumbrado. ¿Qué hay que hacer para aliviárosla? ¿Puedo yo servir de algo? Disponed de mí. No os pregunto vuestros secretos; no necesito que me los digáis; pero, en fin, puedo seros útil. Bien puedo ayudaros, pues ayudo á mi padre. Cuando es menester llevar cartas, ir á las casas, preguntar de puerta en puerta, encontrar una dirección, seguir á alguno, yo sirvo para eso. Pues bien; confiadme lo que tenéis; yo iré á hablar á las personas; algunas veces con que alguien hable á las personas, basta para que se sepan las cosas y todo se arregla. Servíos de mí.

Una idea cruzó por la imaginación de Mario. ¿Quién desdeña una rama cualquiera cuando se siente caer?

Acercóse á la muchacha.

--Oye... le dijo.

Ella le interrumpió con un transporte de alegría en los ojos.

--¡Sí, sí, tuteadme! Prefiero eso.

--Pues bien,--repuso él;--¿tú has traído aquí á ese caballero anciano con su hija?

--Sí.

--¿Sabes dónde viven?

--No.

--Averígualo.

La mirada de la niña Jondrette, de triste se había vuelto alegre, y de alegre se tornó sombría.

--¿Es eso lo que queréis?--preguntó ella.

--Sí.

--¿Los conocéis acaso?

--No.

--Es decir,--replicó ella con viveza,--no la conocéis, pero queréis conocerla.

Aquellos los convertidos en la, tenían cierto no sé qué significativo y amargo.

--En fin; ¿puedes averiguarlo?--dijo Mario.

--Tendréis la dirección de la hermosa señorita.

Había en las palabras «hermosa señorita» un tonillo que molestó á Mario, el cual replicó:

--¡En fin, no importa! La dirección del padre y de la hija. La dirección, ¿comprendes?

La muchacha le miró fijamente.

--¿Qué es lo que me vais á dar por ello?

--Todo lo que quieras.

--¿Todo lo que yo quiera?

--Sí.

--Tendréis la dirección.

Bajó la cabeza; y luego, con un movimiento resuelto, tiró de la puerta, que se cerró.

Mario volvió á quedar solo.

Dejóse caer sobre una silla, la cabeza y los codos apoyados en la cama, abismado en pensamientos que no podía retener, y como poseído de un vértigo. Todo lo que había pasado aquella mañana, la aparición del ángel, su desaparición, lo que aquella muchacha acababa de decirle, un rayo de esperanza brillando en su inmensa desesperación, todo esto llenaba confusamente su cerebro.

De pronto le sacaron violentamente de sus meditaciones.

Oyó la voz alta y dura de Jondrette pronunciando estas palabras, que para él tenían el más extraño interés:

--Te digo que estoy seguro de ello, y que le he conocido.

¿De quién hablaba Jondrette? ¿Á quién había conocido? ¿Al señor Leblanc, al padre de «su Úrsula»? ¿Acaso Jondrette le conocía? ¿Iba Mario á tener de aquel modo brusco é inesperado todas las noticias, sin las cuales su vida era obscura aún para él mismo? ¿Iba á saber, por fin, á quién amaba? ¿Quién era aquella joven, y quién su padre? ¿Estaba á punto de iluminarse la espesa sombra que les cubría? ¿Iba á romperse el velo? ¡Oh cielos!

Saltó, mejor que subió sobre la cómoda, y volvió á su puesto arrimado al agujero del tabique.

Volvió, pues, á observar el interior de la pocilga de Jondrette.

XII =Empleo de la moneda de cinco francos del señor Leblanc=

Nada había cambiado en el aspecto de la familia, como no fuese la mujer y las hijas, que habían sacado del paquete y se habían puesto medias y camisetas de lana. Dos mantas nuevas estaban tendidas sobre ambas camas.

Jondrette acababa evidentemente de entrar. Estaba agitado todavía como una especie de sobrealiento producido por el cansancio. Sus hijas estaban sentadas en el suelo cerca de la chimenea, la mayor curándole la mano á la menor. Su mujer estaba como acurrucada en la cama inmediata á la chimenea, como asombrada.

Jondrette paseaba de una á otra parte del desván, á largos pasos, y sus ojos miraban de una manera extraordinaria.

La mujer, que parecía tímida y como herida de estupor ante su marido, se atrevió á preguntarle:

--Pero ¿de veras? ¿Estás seguro?

--¡Seguro! ¡Hace ya ocho años! ¡Pero le conozco! ¡Oh, sí, le conozco! ¡Le conocí enseguida! ¡Cómo! ¿No te ha saltado á la vista?

--No.

--Y sin embargo, te dije que fijaras la atención. Pero es su estatura, su cara, apenas más viejo; hay gentes que no envejecen nunca; no sé cómo lo hacen; es su mismo eco de voz. Mejor vestido; es la única diferencia. ¡Ah, viejo misterioso del diablo, ya te tengo!

Se paró, y dijo á sus hijas:

--¡Vosotras, idos de aquí!... Es raro que no te haya saltado á la vista.

Las muchachas se levantaron para obedecer.

La madre balbuceó:

--¿Con su mano mala?

--El aire le será bueno,--dijo Jondrette.--Idos.

Evidentemente aquel hombre era de ésos á quien no se replica. Las dos muchachas salieron.

En el momento que iban á atravesar el umbral de la puerta, el padre detuvo á la mayor por el brazo, y dijo con un acento particular:

--Estaréis aquí las dos á las cinco en punto; las dos. Os necesito.

Mario redobló su atención.

Jondrette, solo ya con su mujer, se puso á pasear nuevamente por el cuarto, dando dos ó tres vueltas en silencio. Después ocupó algunos minutos en hacer entrar y salir por la cintura del pantalón el faldón de la camisa de mujer que llevaba puesta.

De pronto volvióse hacia su mujer, se cruzó de brazos, y exclamó:

--¿Quieres que te diga una cosa? La señorita...

--¿Y bien, qué?--repitió la mujer.--¿La señorita?...

Mario no podía dudar; era de ella de quien se hablaba. Escuchaba con ardiente ansiedad. Toda su vida estaba en sus oídos.

Pero Jondrette se había inclinado y hablado por lo bajo á su mujer.

Luego se levantó, y terminó levantando la voz:

--¡Es ella!

--¿Ésa?--dijo la mujer.

--Ésa,--contestó el marido.

No hay palabra que pueda expresar lo que quería decir aquel ésa de la madre. Estaban unidos á un tiempo la sorpresa, la rabia, el odio y la cólera, mezclándose y combinándose en monstruosa entonación.

Habían bastado algunas palabras, el nombre sin duda que su marido le había dicho al oído, para que aquella mujer gorda y adormecida despertase de súbito, y de repugnante se volviera espantosa.

--¡Imposible!--exclamó.--Cuando pienso que mis hijas van descalzas, y que no tienen un mal vestido que ponerse. ¡Cómo se entiende! ¡Una manteleta de raso, sombrero de terciopelo, borceguíes y todo! ¡Más de doscientos francos en trapos! ¡Cualquiera creería que es una señora! ¡No, te engañas! En primer lugar, la otra era horrible, y ésta no es fea; ¡de veras, no es fea! ¡No puede ser ella!

--Te digo que es ella. Ya verás.

Á aquella afirmación tan absoluta, alzó la mujer su ancho, rojo y rubio semblante, y miró al techo con una expresión deforme. En aquel momento le pareció á Mario más terrible aún que su marido. Era una marrana con la mirada de un tigre.

--¡Cómo!--replicó enseguida.--Esa horrible linda señorita que miraba á mis hijas con aire de lástima, ¿sería aquella miserable holgazana? ¡Oh! ¡Quisiera reventarla á zapatazos!

Saltó de la cama, y permaneció un instante en pie, despeinada, con las ventanas de la nariz dilatadas, entreabierta la boca, crispados los puños y echados hacia atrás. Luego se volvió á dejar caer sobre el lecho.

El hombre iba y venía sin fijar la atención en su hembra.

Después de unos instantes de silencio, se aproximó y detuvo delante de ella con los brazos cruzados, como lo había hecho poco antes.

--¿Y quieres que te diga otra cosa?

--¿Qué?--preguntó ella.

Jondrette respondió en voz baja y breve:

--Que tengo hecha mi fortuna.

La mujer le miró con esa mirada que quiere decir: «¡Si estará loco el que habla!».

Él continuó:

--¡Truenos y rayos! Hace ya mucho tiempo, me parece, que soy feligrés de la parroquia «muérete de hambre si tienes fuego, muérete de frío si tienes pan». ¡Ya he sufrido bastante miseria; mi carga y la de los demás! ¡Ya esto no me divierte; ya basta de comedias y de equívocos, vive Dios! ¡No más farsas, Padre Eterno! ¡Quiero que mi hambre coma y que mi sed beba! ¡Tragar, dormir, y no hacer nada! ¡Quiero que llegue mi vez antes de reventar! ¡Vaya! ¡Quiero ser un poco millonario!

Dió la vuelta al cuarto y añadió:

--Como los demás.

--¿Qué quieres decir?--preguntó la mujer.

Sacudió él la cabeza, guiñó los ojos, y levantó la voz como un charlatán de plazuela que va á hacer una demostración:

--¿Lo que quiero decir? ¡Oye!

--¡Chist!--murmuró la mujer.--¡No tan alto, si son asuntos que no conviene que los oigan!

--¡Bah! ¿Quién nos ha de oir? ¿El vecino? Acabo de verle salir hace poco; y además es un gran simplón, que ni oye ni entiende; y luego, como te digo, le he visto salir.

Sin embargo, por una especie de instinto, Jondrette bajó la voz, pero no lo bastante para evitar que sus palabras llegasen á oídos de Mario. Una circunstancia favorable, y que había permitido á Mario no perder nada de esta conversación, es que la nieve que había caído, amortiguaba el ruido de los carruajes en el boulevard.

Mario oyó lo siguiente:

--Escúchame. El creso está cogido, ó como si lo estuviera; es cosa hecha; todo está arreglado. He visto algunos amigos. Él vendrá á las seis. Traerá sesenta francos. ¡Canalla! ¡Has visto cómo le he embaucado con los sesenta francos, con el casero, con el 4 de febrero, que no hace siquiera un trimestre! ¡Qué torpe! Vendrá, pues, á las seis. Á esa hora el vecino se habrá ido á comer; la tía Bougón estará fregando en la ciudad; no habrá nadie en toda esta casa. El vecino no vuelve nunca hasta las once; las chicas estarán de escucha; tú nos ayudarás. Él se ejecutará sin remedio.

--¿Y si no se ejecuta?--preguntó la mujer.

Jondrette hizo un gesto siniestro, y dijo:

--Nosotros le ejecutaremos.

Y se echó á reir.

Era la primera vez que Mario le veía reir. Aquella risa era fría y dulce, y hacía estremecer.

Jondrette abrió un armario que estaba cerca de la chimenea, y sacó de él una gorra vieja, que se puso después de haberla limpiado con la manga.

--Entretanto,--dijo,--voy á salir. Tengo aún que ver á algunos, de los buenos. Ya verás cómo esto marcha. Estaré fuera el menor tiempo posible. Es un buen golpe el que vamos á dar. Guarda la casa.

Y con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, permaneció un momento pensativo; luego exclamó:

--¿Sabes que ha sido una suerte el que no me haya conocido? Si me hubiera reconocido, no volvería. ¡Se nos escapaba! Mi barba es la que nos ha salvado. ¡Mi perilla romántica! ¡Mi linda perilla romántica!

Y se echó á reir otra vez.

Después se acercó á la ventana. Continuaba cayendo nieve, rayando de blanco el plomizo fondo del cielo.

--¡Qué tiempo tan perro!--exclamó.

Y abrochándose luego el gabán:

--Tiene el pelo muy largo, añadió... Es igual; ha hecho endiabladamente bien en dejármelo el tunante del viejo. Sin esto no habría podido salir yo, y todo se lo hubiera llevado la trampa. ¡Qué casualidades tan raras!

Y encasquetándose la gorra hasta los ojos, salió.

Apenas había tenido tiempo de dar algunos pasos fuera, cuando la puerta se volvió á abrir, y su perfil fiero é inteligente reapareció por la abertura.

--Se me olvidaba,--dijo.--Ten preparado un brasero encendido.

Y arrojó sobre el delantal de su mujer la moneda de cinco francos que le había dejado el «filántropo».

--¿Un brasero de carbón?--preguntó la mujer.

--Sí.

--¿Cuánto carbón?

--Una arroba.

--Costará treinta sueldos. Con el resto traeré que comer.

--¡Diablo! no.

--¿Por qué?

--No vayas á gastar el total de los cien sueldos.

--¿Por qué?

--Porque por mi parte tendré que comprar algo.

--¿Qué?

--Algo.

--¿Cuánto necesitarás?

--¿Dónde hay por aquí un quinquillero?

--En la calle Mouffetard.

--¡Ah! Sí, en la esquina de la calle; recuerdo la tienda.

--Pero dime ¿cuánto te hace falta para lo que has de comprar?

--Cincuenta sueldos; tres francos.

--Quedará bien poco para la comida.

--Hoy no se trata de comer, hay algo más importante que hacer.

--Basta, hijo mío.

Con este cariño de su mujer, Jondrette cerró la puerta, y esta vez Mario oyó alejarse sus pasos por el corredor del casucho y bajar rápidamente la escalera.

La una daba en aquel instante en San Medardo.

XII =Solus cum solo, in loco remoto, non cogitabuntur orare pater noster=

Por soñador que fuese Mario, ya hemos dicho que era una naturaleza firme y enérgica. Los hábitos de recogimiento solitario, desarrollando en él la simpatía y la compasión, habían disminuido tal vez la facultad de irritarse; pero habían dejado intacta la facultad de indignarse. Tenía la benevolencia de un bracmán y la severidad de un juez; se apiadaba de un sapo, pero aplastaba las víboras. Ahora bien; su mirada había penetrado en un agujero de víboras; era aquél un nido de monstruos que tenía á la vista.

--¡Es preciso aplastar á esos miserables!--dijo.

Ninguno de los enigmas que esperaba ver disiparse se había aclarado: al contrario, casi todos se habían obscurecido aún más tal vez. Nada más sabía sobre la hermosa joven del Luxemburgo, ni sobre el hombre á quien llamaba el señor Leblanc, sino que Jondrette los conocía. Al través de las tenebrosas palabras que había oído, sólo entreveía una cosa clara, y era que se preparaba una emboscada obscura, pero terrible; que los dos corrían un peligro, la joven probablemente, y el padre de seguro; que era menester salvarlos; que era preciso burlar las espantosas combinaciones de los Jondrette y romper la tela de aquellas arañas.

Observó un momento á la mujer de Jondrette. Había sacado de un rincón un hornillo viejo de palastro y andaba revolviendo en una espuerta de hierro viejo.

Bajóse de la cómoda lo más suavemente que pudo, procurando no hacer el menor ruido.

Entre su miedo por lo que se preparaba, y el horror que los Jondrette le habían causado, sentía una especie de alegría con la idea de que le sería dado prestar un gran servicio á la que amaba.

¿Pero qué hacer? ¿Advertir á las personas amenazadas? ¿Dónde encontrarlas? No sabía su domicilio. Habían reaparecido un instante á sus ojos, y vuéltose á hundir después en las inmensas profundidades de París. ¿Esperar al señor Leblanc á la puerta por la noche, á las seis, en el momento en que llegase, y prevenirle del lazo?

Pero Jondrette y su gente le verían espiar; el sitio estaba desierto: serían más fuertes que él; no les faltarían medios de cogerle ó de alejarle, y aquél á quien Mario pretendía salvar quedaría perdido. Acababa de dar la una; la emboscada no debía verificarse hasta las seis. Mario tenía cinco horas de que disponer.

No había que hacer más que una cosa.

Púsose su frac presentable, atóse un pañuelo al cuello, cogió el sombrero y salió, sin hacer más ruido que si hubiese caminado sobre musgo con los pies descalzos.

Entretanto la mujer de Jondrette continuaba revolviendo en su hierro viejo.

Ya fuera de la casa, siguió hasta la calle del Petit-Banquier.

Al estar como á la mitad de esta calle, junto á una tapia muy baja, que se podía saltar en ciertos puntos, la cual daba á un terreno erial, caminaba lentamente y pensativo; la nieve amortiguaba el ruido de sus pasos. De repente oyó voces que hablaban muy cerca de él. Volvió la cabeza; la calle estaba desierta; no se veía á nadie siendo la hora más clara del día, y sin embargo, se oían distintamente dos voces.

Ocurriósele mirar por encima de la pared que iba siguiendo.

Había allí en efecto, dos hombres arrimados á la tapia, sentados en la nieve, y hablando por lo bajo.

Aquellas dos figuras le eran desconocidas; el uno era un hombre barbudo con blusa, y el otro un hombre cabelludo y harapiento.

El barbudo llevaba un gorro griego, el otro la cabeza descubierta y nieve en los cabellos.

Alargando la cabeza por encima de ellos, Mario podía oir.

El cabelludo empujaba al otro con el codo, diciéndole:

--Con Patrón-Minette la cosa no puede fallar.

--¿Lo crees así?--dijo el barbudo.

Y el cabelludo replicó:

--Siempre dará para cada uno un lote de quinientos bultos, y lo peor que pueda suceder: ¡cinco años, seis, diez á lo más!

El otro contestó con cierta vacilación, y tiritando bajo su gorro griego:

--Eso es cosa segura, y no hay que andar pensando en tales cosas.

--Te digo que el negocio no puede fallar,--repuso el cabelludo;--se cogerá todo el alijo por completo.

Luego se pusieron á hablar de un melodrama que habían visto la víspera en el teatro de la Gaité.

Mario prosiguió su camino.

Parecíale que las palabras obscuras de aquellos hombres, tan extrañamente ocultos detrás de la pared y acurrucados sobre la nieve, no dejaban tal vez de tener alguna relación con los abominables proyectos de Jondrette. Éste debía ser el negocio.

Dirigióse hacia el arrabal de San Marcelo, y preguntó en la primera tienda qué encontró, dónde podía encontrar un comisario de policía.

Indicáronle el número 14 de la calle Pontoise.

Mario se dirigió allá.

Al pasar por delante de una panadería, compró un panecillo de dos sueldos y se lo comió, previendo que no comería más aquel día.

Mientras iba andando, hizo justicia á la Providencia. Pensó que si no hubiese dado por la mañana aquellos cinco francos á la hija de Jondrette, hubiera seguido el coche del señor Leblanc, y por consiguiente lo habría ignorado todo; nada se habría opuesto á la celada de los Jondrette, y el señor Leblanc estaba perdido, é indudablemente su hija con él.

XIV =Donde un agente de policía proporciona dos cachorrillos á un abogado=

Al llegar al número 14 de la calle de Pontoise, subió al piso principal, y preguntó por el comisario de policía.

--El señor comisario de policía no está,--contestó uno de los ordenanzas de oficina;--pero hay un inspector que le sustituye. ¿Queréis hablarle? ¿Es cosa urgente?

--Sí,--dijo Mario.

El ordenanza le introdujo en el despacho del comisario. Un hombre de elevada estatura estaba allí en pie, detrás de un enrejado, apoyado en una estufa, levantándose con ambas manos los faldones de un gran carric de tres esclavinas.

Su cara era cuadrada, la boca pequeña y firme, espesas patillas entrecanas muy cerdosas, y una mirada capaz de distinguir hasta el fondo de los bolsillos. Hubiérase podido decir de su mirada, no que penetraba, sino que registraba.

Aquel hombre tenía el aire no menos feroz y temible que Jondrette; muchas veces causa tanto miedo el encuentro de un perro de presa como el de un lobo.

--¿Qué se ofrece?--dijo á Mario, sin añadir caballero.

--Ver al señor comisario de policía.

--Está ausente; yo le sustituyo.

--Es para un asunto muy reservado.

--Entonces, hablad.

--Y muy urgente.

--Entonces, hablad pronto.

Aquel hombre, sereno y brusco, era á la vez temible y tranquilizador; inspiraba miedo y confianza. Mario le refirió la aventura: que una persona, á quien no conocía más que de vista, debía ser atraída por la noche á una emboscada. Que habitando en el cuarto inmediato á la madriguera, él, Mario Pontmercy, abogado, había oído todo el complot á través de la pared. Que el malvado que había ideado el plan era un hombre llamado Jondrette. Que tendría cómplices, probablemente entre los vagos de las afueras, y entre otros un tal Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero. Que las hijas de Jondrette estarían en acecho. Que no había medio alguno de prevenir á la persona amenazada, toda vez que ni aun se sabía su nombre. Y por último, que todo esto debía verificarse á las seis de la tarde, en el punto más desierto de la alameda del Hospital en la casa número 50-52.

Al oir este número el inspector levantó la cabeza, y dijo fríamente:

--¿Es pues en el cuarto del extremo del corredor?

--Precisamente,--dijo Mario, y añadió:--¿Por ventura conocéis la casa?

El inspector permaneció un momento silencioso; luego contestó calentándose el tacón de la bota en la puertecilla de la estufa:

--Puede.

Y continuó entre dientes, hablando, más que con Mario, con su corbata:

--Algo de Patrón-Minette debe haber en ello.

Este nombre llamó la atención de Mario.

--¡Patrón-Minette!--dijo.--Efectivamente, he oído pronunciar este nombre.

Y refirió al inspector el diálogo del hombre cabelludo con el hombre barbudo, sobre la nieve, detrás de la tapia baja de la calle del Petit-Banquier.

El inspector murmuró:

--El cabelludo debe ser Brujón, y el barbudo debe ser Medio Ochavo, alias Dos Millones.

Y habiendo bajado nuevamente los ojos, meditaba.

--En cuanto al tío Fulano, ya casi le veo ¡Vaya en gracia! ¡Pues no he ido á quemarme el carric! ¡Siempre llenan demasiado de fuego estas malditas estufas!... Número 50-52, antigua casa de Cuervo.

Luego fijó la vista en Mario.

--¿No habéis visto más que á ese barbudo y á ese cabelludo?

--Y á Panchaud.

--¿Y no habéis visto también rondar por allí á cierto petimetrillo endiablado?

--No.

--¿Ni á un mocetón macizo, que se parece al elefante del Jardín Botánico?

--No.

--¿Ni á un mala facha, que tiene todo el aire de un antiguo cola roja?

--Tampoco.

--En cuanto al cuarto, nadie le ve, ni sus mismos ayudantes, dependientes ó empleados. No es, pues, extraño que no le hayáis visto.

--No. Pero ¿qué vienen á ser todos esos individuos?--preguntó vivamente Mario.

El inspector respondió:

--Además que tampoco es ésa su hora.

Volvió á guardar silencio; luego continuó:

--50-52. Conozco esa casucha. Imposible que nos ocultemos en su interior sin que lo noten los artistas, y entonces saldrían del paso con dejar para otro día la función. ¡Son tan modestos, que les incomoda el público!

--¡Nada de eso! ¡Nada de eso! Quiero oirles cantar y hacerlos bailar.

Terminado este monólogo, se volvió hacia Mario, y le preguntó, mirándole fijamente:

--¿Tendríais miedo?

--¿De qué?--dijo el joven.

--De esos hombres.

--Ni más ni menos que de vos,--replicó rudamente Mario, que comenzó á notar que el polizonte no le había llamado aún caballero.

El inspector miró á Mario con mayor fijeza todavía, y replicó con cierta solemnidad sentenciosa:

--Habláis como un hombre valiente y como un hombre honrado. El valor no teme al crimen, ni la honradez teme á la autoridad.

Mario le interrumpió:

--¡Bueno! Pero ¿qué pensáis hacer?

El inspector se limitó á contestarle:

--Los inquilinos de esa casa tendrán su llavín para entrar en ella por la noche. ¿Vos debéis tener uno?

--Sí,--dijo Mario.

--¿Le lleváis ahí?

--Sí.

--Dádmelo,--dijo el inspector.

Mario sacó su llavín del bolsillo, se lo dió al inspector, y añadió:

--Si queréis creerme, haríais bien en ir acompañado.

El inspector dirigió á Mario la misma mirada que hubiera dirigido Voltaire á un académico de provincia, que le hubiese dado un consonante. Sumergió con un solo movimiento sus dos manos, que eran enormes, en los dos inmensos bolsillos de su carric, y sacando de ellos dos pistolas pequeñas de acero de las llamadas cachorrillos, se las presentó á Mario, diciéndole vivamente y con tono breve:

--Tomad esto. Volveos á vuestra casa, y ocultaos en vuestro cuarto de modo que crean que habéis salido. Están cargados, cada uno con dos balas. Observaréis por el agujero que hay en la pared, como me habéis dicho. Esa gente irá. Dejadla obrar un tanto; y cuando juzguéis la cosa á punto, y que es tiempo de pararla, soltad un pistoletazo; no muy pronto. Lo demás corre de mi cuenta. Un tiro al aire, al techo, no importa adónde. Sobre todo, que no sea demasiado pronto. Aguardad á que haya dado principio la ejecución; vos sois abogado, y sabéis lo que esto quiere decir.

Mario tomó las pistolas y las metió en el bolsillo interior de su frac.

--Esto abulta mucho y se ve,--dijo el inspector.--Mejor es que os las guardéis en los bolsillos del pantalón.

Mario ocultó las pistolas en los bolsillos del pantalón.

--Ahora,--prosiguió el inspector,--no hay que perder un minuto. ¿Qué hora es? Las dos y media ¿No habéis dicho á las siete?

--Á las seis,--dijo Mario.

--Tengo tiempo,--respondió el inspector;--pero sólo el tiempo preciso. No olvidéis nada de cuanto os he dicho. ¡Pun! ¡Un pistoletazo!

--Descuidad,--respondió Mario.

Y al poner Mario la mano en el pestillo de la puerta para salir, el inspector le gritó:

--Á propósito; si de aquí á entonces tuviereis necesidad de mí, venid ó mandadme recado. Preguntad por el inspector Javert.

XV =Jondrette hace sus compras=

Algunos momentos después, á eso de las tres, Courfeyrac pasaba por casualidad por la calle de Mouffetard en compañía de Bossuet.

La nieve redoblaba llenando el espacio. Bossuet estaba diciéndole á Courfeyrac:

--Al ver caer tantos copos de nieve, diríase que en el cielo hay peste de mariposas blancas.--De pronto Bossuet divisó á Mario, que subía la calle hacia el portillo con un aire particular.

--Mira,--dijo Bossuet,--ahí va Mario.

--Ya le he visto,--dijo Courfeyrac.

--No le hablemos.

--¿Por qué?

--Anda preocupado.

--¿Por qué?

--¿No le ves la cara?

--¿Qué cara?

--La de cualquiera que va siguiendo á alguien.

--Es verdad,--dijo Bossuet.

--Mira qué ojos,--observó Courfeyrac.

--¿Pero á quién diablos andará siguiendo?

--¡Á algún pimpollo hermoso y florido! Está enamorado.

--Pero,--reparó Bossuet,--es que por aquí no veo ni pimpollos, ni flores, ni nada que sepa á mimos en toda la calle. No se ve una mujer.

Courfeyrac miró y exclamó:

--Sigue á un hombre.

Un hombre, en efecto, cubierto con una gorra, y cuya barba gris se distinguía, aun cuando no se le veía más que la espalda, caminaba á unos veinte pasos delante de Mario.

Aquel hombre vestía un sobretodo nuevo, demasiado holgado para él y con un asqueroso pantalón destrozado y ennegrecido por el barro.

Bossuet soltó la carcajada.

--¿Qué especie de hombre es ése?

--¿Ése?--replicó Courfeyrac.--Será algún poeta. Los poetas suelen llevar generalmente pantalones de vendedor de pieles de conejo, y gabán de par de Francia.

--Veamos á dónde va Mario,--dijo Bossuet;--veamos dónde va ese hombre. Sigámoslos, ¿eh?

--Bossuet,--exclamó Courfeyrac.--Águila de Meaux, sois un bruto prodigioso. ¡Seguir á un hombre que sigue á otro hombre!

Y retrocedieron.

Mario, en efecto, había visto pasar á Jondrette por la calle Mouffetard, y le espiaba.

Jondrette caminaba delante de él sin sospechar que se le vigilase.

Dejó la calle de Mouffetard, y Mario le vió entrar en una de las más horribles covachas de la calle Gracieuse, donde estuvo como un cuarto de hora, y luego volvió á la calle Mouffetard, parándose en casa de un quinquillero que había en aquella época en la esquina de la calle de Pièrre-Lombard, y algunos minutos después le vió Mario salir de la tienda, llevando en la mano un gran escoplo, con mango de madera blanca, que ocultó bajo el gabán. Á la altura de la calle del Petit-Gentilly volvió á la izquierda, dirigiéndose rápidamente á la calle del Petit-Banquier. El día iba cayendo; la nieve, que había cesado por unos momentos, volvía á comenzar. Mario se ocultó detrás de la esquina misma de la calle del Petit Banquier, que estaba como siempre desierta, y no siguió á Jondrette. Hizo bien, porque en cuanto llegó á la tapia baja, donde Mario había oído al hombre cabelludo y al hombre barbudo, Jondrette se volvió, se aseguró de que nadie le seguía ni le veía; luego saltó la tapia y desapareció.

El terreno baldío que cercaba aquella tapia comunicaba con el corral de un antiguo alquilador de carruajes, de bastante mala fama, que había quebrado, y que tenía aún bajo los cobertizos algunas berlinas viejas.

Mario creyó que sería prudente aprovechar la ausencia de Jondrette para entrar en la casa; además, la hora se venía encima. Todas las tardes la tía Bougón, al marchar para ir á fregar la vajilla en algunas casas, acostumbraba á echar la llave á la puerta principal de la casucha, la cual al anochecer quedaba irremisiblemente cerrada. Mario había dado su llavín al inspector de policía; era, pues, importante que se apresurase.

La noche había llegado, y casi cerrado por completo; no había ya en el horizonte ni en la inmensidad más que un punto iluminado por el sol: era la luna. Ésta se levantaba rojiza por detrás de la cúpula baja de la Salpetrière.

Mario llegó á grandes pasos al número 50-52. La puerta estaba todavía abierta á su llegada. Subió la escalera de puntillas, y se deslizó á lo largo de la pared del corredor hasta su cuarto. Recuérdese que aquel corredor tenía á ambos lados varios tabucos, que por el momento estaban todos vacíos y por alquilar. La tía Bougón dejaba por lo regular sus puertas abiertas. Al pasar por delante de una de aquellas puertas, Mario creyó divisar en una de las celdas deshabitadas cuatro cabezas de hombre inmóviles, blanqueadas vagamente por un rayo de luz crepuscular que penetraba por una claraboya. Mario no trató de ver, no queriendo ser visto, y apresuró su cauteloso paso. Consiguió entrar en su cuarto sin ser visto y sin ruido. Había llegado á tiempo. Á los pocos momentos oyóse á la tía Bougón que se iba, y la puerta de la casa que se cerraba.

XVI =Donde volverá á encontrarse la canción sobre música inglesa de moda en 1832=

Mario se sentó sobre la cama. Podían ser las cinco y media; media hora solamente le separaba de lo que iba á suceder. Sentía latir sus arterias tan claramente como se oye el movimiento de un reloj en la obscuridad. Pensaba en la doble marcha que se efectuaba en aquel momento en las tinieblas: el crimen avanzando de un lado, la justicia viniendo del otro. No tenía miedo; pero no podía pensar sin cierto sobresalto en lo que iba á pasar.

Como todo aquél á quien repentinamente asalta una aventura sorprendente, todo lo de aquel día le causaba el efecto de un sueño, y para no creerse juguete de una pesadilla, necesitaba sentir en sus bolsillos el frío de los dos cachorrillos de acero.

Ya no nevaba; la luna, cada vez más clara, se desprendía de las nubes, y su luz, mezclada con el reflejo blanquecino de la nieve que había caído, daba á la habitación un aspecto crepuscular.

En el tugurio de los Jondrette había luz. Mario veía brillar el agujero del tabique, con una claridad rojiza que le parecía sangrienta.

Era evidente que aquella claridad no podía ser producida por una vela. Además, en casa de los Jondrette no se notaba el menor movimiento. Nadie se movía, nadie hablaba, no se oía una mosca; el silencio era glacial y profundo, y sin aquella luz se hubiera podido creer que se estaba al lado de un sepulcro.

Mario se quitó suavemente las botas y las metió debajo de su cama.

Transcurrieron algunos minutos. Mario oyó la puerta de la calle girar sobre sus goznes; unas pisadas pesadas y rápidas subieron la escalera y recorrieron el corredor; levantóse ruidosamente el pestillo de la puerta; era Jondrette que entraba.

Oyéronse enseguida muchas voces. Toda la familia estaba en el desván. Solamente que en ausencia del dueño se callaban todos, como se callan los lobeznos en ausencia del lobo.

--Soy yo,--dijo él.

--Buenas noches, papaíto,--chillaron las hijas.

--¿Y bien?--dijo la madre.

--Todo va perfectamente,--respondió Jondrette;--pero tengo un frío de perros en los pies. ¡Bueno! Eso es, te has vestido. Será preciso que puedas inspirar confianza.

--Estoy preparada para salir.

--¿No se te olvidará nada de lo que te he dicho? ¿Lo harás todo bien?

--Descuida.

--Es que...--dijo Jondrette. Y no acabó la frase.

Mario le oyó dejar algo pesado sobre la mesa; probablemente el escoplo que había comprado.

--¡Ah!--exclamó Jondrette.--¿Se ha comido aquí?

--Sí,--respondió la madre,--he traído tres grandes patatas y sal. He aprovechado el fuego, ya que le había, para asarlas.

--Bueno,--replicó Jondrette.--Mañana os llevaré á comer conmigo. Habrá pato y sus accesorios. Comeréis á lo Carlos X. ¡Todo va bien!

Después añadió, bajando la voz:

--La ratonera está abierta. Los gatos están ahí.

Bajó todavía más la voz, y dijo:

--Pon esto en el fuego.

Mario oyó el ruido del carbón removido con una tenaza ú otro instrumento de hierro, y Jondrette continuó:

--¿Has dado sebo á los goznes de la puerta para que no metan ruido?

--Sí,--respondió la madre.

--¿Qué hora es?

--Las seis van á dar, porque la media hace ya rato que dió en San Medardo.

--¡Diablo!--exclamó Jondrette.--Es menester que las chicas vayan á ponerse en acecho.--Venid aquí vosotras y escuchad.

Hubo un cuchicheo.

Volvió á levantar Jondrette la voz:

--¿Ha marchado la tía Bougón?

--Sí,--dijo la madre.

--¿Estás segura de que no hay nadie en el cuarto del vecino?

--No ha vuelto en todo el día, y ya sabes que ésta es su hora de comer.

--¿Estás segura?

--Segurísima.

--Es igual,--replicó Jondrette;--pero no estará de más entrar en el cuarto y ver si está.--Y volvióse á su hija mayor:

--Chica,--dijo,--coge la luz y míralo.

Mario se dejó caer sobre sus manos y sus rodillas escurriéndose silenciosamente debajo de su cama.

Apenas se había escondido, cuando divisó la luz á través de las junturas de la puerta.

--Papá,--gritó una voz,--ha salido.

Mario conoció la voz de la hija mayor.

--¿Has entrado?--preguntó el padre.

--No,--respondió la hija;--pero cuando la llave está en la puerta es señal de que ha salido.

El padre gritó:

--Entra, no obstante.

La puerta se abrió, y Mario vió entrar á la muchacha con una vela en la mano. Estaba como por la mañana, solamente algo más espantosa por efecto de aquella luz.

Marchó directamente hacia la cama. Mario pasó un inexplicable momento de ansiedad; pero cerca de la cama había un espejo colgado en la pared, y allí era adonde se dirigía ella. Empinóse sobre las puntas de los pies, y se miró en él.

Oyóse un ruido como de remover hierro viejo en la habitación inmediata.

Ella se alisó el pelo con la palma de la mano, y dirigió al espejo varias sonrisas, cantando entretanto por lo bajo con voz ronca y sepulcral:

Duraron mis amores, entera una semana, Pero ¡ay! ¡que de la dicha son los instantes breves! ¡Que adorarse ocho días es no adorarse nada! ¡Y el tiempo de quererse debiera durar siempre! ¡Debiera durar siempre! ¡debiera durar siempre!

Entretanto Mario estaba temblando. Parecíale imposible que ella no oyese su respiración.

La muchacha se dirigió á la ventana y miró al exterior, hablando en voz alta, con aquel aire medio alocado que le era propio:

--¡Qué feo es París cuando se pone camisa blanca!--dijo.

Volvióse otra vez á mirarse al espejó haciendo nuevas muecas, y contemplándose sucesivamente de frente, de espalda y por todos lados.

--¡Y bien!--gritó el padre.--¿Qué es lo que haces?

--Estoy mirando debajo de la cama y de los muebles,--respondió, y continuó alisándose el pelo;--no hay nadie.

--¡Ea!--aulló el-padre.--Pronto aquí, y no perdamos tiempo.

--¡Voy, voy!--contestó ella.--¡No hay tiempo para nada en esta casucha!

Poniéndose á tararear:

Si me abandonas para irte á la gloria, Mi triste corazón te seguirá.

Lanzó una mirada postrera al espejo, y salió, cerrando tras sí la puerta.

Poco después Mario oyó el ruido de los pies descalzos de las chicas en el corredor, y la voz de Jondrette que les gritaba:

--¡Mucho cuidado! La una del lado del portillo, la otra á la esquina de la calle del Petit-Banquier. No perdáis de vista un minuto la puerta de la casa; y en notando la menor cosa, inmediatamente aquí. ¡En un brinco! Tenéis ya llave para entrar.

La hija mayor murmuró:

--¡Estar de centinela con los pies descalzos sobre la nieve!

--Mañana tendréis botas de seda color de escarabajo,--dijo el padre.

Bajaron las muchachas la escalera, y algunos segundos después el golpe de la puerta principal, que se cerraba, anunció que estaban fuera.

No quedaban ya en la casa más que Mario y los Jondrette, y probablemente también los misteriosos seres entrevistos por el joven á la luz del crepúsculo, detrás de la puerta del cuarto deshabitado.

XVII =Empleo de la moneda de cinco francos de Mario=

Mario creyó que había llegado el instante de volver á ocupar su puesto en su observatorio. En un abrir y cerrar de ojos, y con la ligereza de sus pocos años, se encontró de nuevo junto al agujero del tabique divisorio.

Observó y miró.

El interior de la habitación de los Jondrette ofrecía un aspecto singular, y Mario se explicó la extraña claridad que en ella había observado. En un candelero de cobre ardía una vela de sebo; pero no era ésta la que alumbraba realmente el cuarto. Todo el desván aparecía iluminado por la reverberación de un gran hornillo de palastro colocado en la chimenea, y lleno de carbón encendido. Era el brasero que la mujer de Jondrette había preparado por la mañana. El carbón estaba hecho ascua, y el hornillo enrojecido; una llama azulada vagaba oscilante sobre el fuego, y ayudaba á distinguir la forma del escoplo comprado por Jondrette en la calle de Pierre Lombard, el cual se enrojecía metido entre las ascuas. En un rincón cerca de la puerta, y como para un uso ya previsto, se veían dos montones, que parecían ser uno de objetos de herraje y otro de cuerdas. Todo esto, para el que no hubiese sabido lo que se preparaba, hubiera hecho vacilar la imaginación entre una idea siniestra y otra muy sencilla. El desván, así iluminado, parecía antes una fragua que una boca del infierno; pero Jondrette, con aquella claridad, tenía más aires de demonio que de herrero.

El calor del brasero era tal, que la vela colocada sobre la mesa se deshacía por el lado del fuego, consumiéndose como cortada á bisel. Una antigua linterna de latón, digna de Diógenes convertido en Cartouche, estaba sobre la chimenea.

El hornillo, colocado en el mismo hogar al lado de los tizones casi apagados, enviaba su vapor hacia el conducto de la chimenea, y no despedía mal olor.

La luna, entrando por los cuatro cristales de la ventana, arrojaba su luz blanquecina en el purpúreo y flamante desván; y á la poética imaginación de Mario, soñador aún en el momento de la acción, parecíale como un pensamiento celeste, mezclado con los deformes desvaríos terrenales.

Una corriente de aire que entraba por el vidrio roto, contribuía á disipar el olor del carbón y á disminuir el calor.

La cueva Jondrette estaba, si se recuerda cuanto hemos dicho sobre la casucha de Cuervo, admirablemente situada, para servir de teatro á un hecho violento y sombrío, y de envoltorio á un crimen. Era el cuarto más retirado de la casa más aislada del boulevard más desierto de París. Si las sorpresas criminales no hubiesen existido, allí se hubieran podido inventar.

Todo el espesor de una casa y una multitud de cuartos deshabitados, separaban aquel antro del boulevard, y la única ventana que tenía daba á solares desiertos, cerrados con tapias ó empalizadas.

Jondrette había encendido su pipa; estaba sentado sobre la silla rota y fumando. Su mujer le hablaba por lo bajo.

Si Mario hubiera sido Courfeyrac, es decir, uno de los hombres que se ríen en todos los casos de la vida, habría soltado la carcajada cuando su mirada topó con la mujer de Jondrette. Llevaba un sombrero negro con plumas, bastante parecido á los sombreros de los heraldos cuando la consagración de Carlos X; un inmenso pañuelo tartán cubriendo su refajo de punto, y los zapatos de hombre que su hija había desdeñado por la mañana. Este tocado es el que había arrancado á Jondrette aquella exclamación:

--¡Bueno! ¡Te has vestido! ¡Has hecho bien! Es preciso que puedas inspirar confianza.

Jondrette no se había quitado el sobretodo nuevo y holgadísimo para él, que le había dado el señor Leblanc, y su traje seguía ofreciendo el contraste de la levita y pantalón, que constituía á los ojos de Courfeyrac el ideal del poeta.

De pronto Jondrette alzó la voz:

--¡Á propósito: ahora se me viene á la imaginación! Con el tiempo que hace vendrá en coche. Enciende la linterna, cógela y baja. Quédate detrás de la puerta. En el momento en que oigas parar el carruaje, abrirás enseguida y le alumbrarás por la escalera y el corredor; y mientras él entra aquí, tú bajarás á todo escape, pagarás al cochero y despedirás el carruaje.

--¿Y el dinero?--preguntó la mujer.

Jondrette rebuscó en los bolsillos del pantalón, y le entregó una moneda de cinco francos.

--¿Qué es esto?--exclamó la mujer.

Jondrette respondió con dignidad:

--Es el monarca que dió el vecino esta mañana.

Y añadió:

--¿Sabes que aquí hacen falta dos sillas?

--¿Para qué?

--Para sentarse.

Mario sintió recorrer por su cuerpo un estremecimiento glacial al oir á la mujer dar esta sencilla respuesta:

--¡Pardiez! Voy á buscar las del vecino.

Y con un rápido movimiento abrió la puerta del desván y salió al corredor.

Mario no tenía materialmente tiempo para bajar de la cómoda, ir hasta la cama, y acurrucarse.

--Toma la luz,--gritó Jondrette.

--No,--dijo ella,--me estorbaría, tengo que cargar con las dos sillas. La luna alumbra lo bastante.

Mario oyó la pesada mano de aquella mujer buscar á tientas en la obscuridad la llave de su cuarto. Abrióse la puerta. Mario se quedó clavado en su puesto sobrecogido de sorpresa y estupor.

La mujer entró.

La ventanilla abuhardillada dejaba pasar un rayo de luna entre dos grandes manchas de sombra. Una de aquellas manchas cubría enteramente la pared, á la cual estaba pegado Mario, de modo que desaparecía en la obscuridad.

La mujer Jondrette levantó los ojos sin ver á Mario, cogió las dos sillas únicas que éste poseía, y se marchó, dejando que la puerta se cerrase ruidosamente detrás de ella.

Y entró de nuevo en su madriguera.

--Aquí están las dos sillas.

--Y aquí la linterna,--dijo el marido.--Baja enseguida.

Obedeció ella inmediatamente, y Jondrette quedó solo.

Colocó las dos sillas á los dos lados de la mesa, dió una vuelta al escoplo en el brasero, puso delante de la chimenea un biombo viejo que ocultaba el hornillo; luego fué al rincón donde estaba el montón de cuerdas, y se bajó como para examinar alguna cosa. Mario conoció entonces que lo que había tomado por un montón informe, era una escala de cuerda muy bien hecha, con travesaños de madera y dos garfios para colgarla.

Aquella escala y algunos gruesos utensilios, verdaderas mazas de hierro que estaban entre un montón de herraje detrás de la puerta, no se hallaban por la mañana en el domicilio de los Jondrette, y evidentemente habían sido llevados allí aquella tarde durante la ausencia de Mario.

--Son herramientas de cerrajero,--pensó Mario.

Si hubiera sido un poco más entendido en aquel oficio, habría reconocido en lo que tomaba por herramientas de cerrajero, ciertos instrumentos buenos para forzar una cerradura ó desquiciar una puerta, y otros á propósito para hendir ó cortar: las dos clases de instrumentos siniestros que los ladrones llaman ganzúas y ruiseñores.

La chimenea y la mesa, con las dos sillas, se hallaban precisamente enfrente de Mario. Estando oculto el brasero por el biombo, sólo iluminaba el cuarto la luz de la vela; el menor objeto colocado sobre la mesa ó sobre la chimenea, producía una gran sombra. La de un jarro de agua destortillado ocultaba la mitad de una pared. Había en aquel cuarto cierta calma terrible y amenazadora. Sentíase como la espera de algo horroroso.

Jondrette había dejado apagar su pipa, grave signo de meditación, y había vuelto á sentarse. La luz hacía resaltar los ángulos fieros y delgados de su fisonomía; grandes fruncimientos de cejas y bruscos movimientos de su mano derecha, parecían indicar como que contestaba á los últimos consejos de un sombrío monólogo interior.

En una de esas obscuras réplicas que se daba á sí mismo, tiró vivamente hacia sí del cajón de la mesa, cogió de él un ancho cuchillo de cocina que allí estaba guardado, y probó el filo sobre su uña. Hecho lo cual, volvió á dejar el cuchillo en el cajón y cerró.

Mario, por su parte, sacó el cachorrillo que tenía en el bolsillo derecho, y lo montó.

La pistola produjo al montarla un pequeño ruido claro y seco.

Jondrette se estremeció y casi se levantó de la silla.

--¿Quién anda ahí?--gritó.

Mario contuvo su respiración; Jondrette escuchó un momento, y luego se echó á reir, diciendo:

--¡Qué torpe! Es el tabique que cruje.

Mario conservó el cachorrillo en la mano.

XVIII =Las dos sillas de Mario frente á frente=

De pronto, la lejana y melancólica vibración de una campana, conmovió los cristales. Daban las seis en San Medardo.

Jondrette marcó cada campanada con un movimiento de cabeza. Al oir la sexta, despabiló la vela con los dedos.

Después se puso á andar por el cuarto, escuchó en el corredor, paseó y escuchó nuevamente.

--¡Con tal que venga!--murmuró. Y se volvió á sentar.

Apenas se había sentado nuevamente, se abrió la puerta.

Habíala abierto su mujer, y quedándose en el corredor hizo una horrible mueca de amabilidad, iluminada de abajo arriba por uno de los agujeros de la linterna sorda.

--Pasad, señor,--dijo.

--Adelante, mi bienhechor,--repitió Jondrette, levantándose precipitadamente.

Apareció el señor Leblanc.

Tenía tal aire de serenidad que le hacía singularmente venerable.

Puso sobre la mesa cuatro luises de oro.

--Señor Fabantou,--dijo,--aquí tenéis para el alquiler y para vuestras primeras necesidades. Luego ya veremos.

--Dios os lo pague, mi generoso bienhechor,--dijo Jondrette.

Y acercándose rápidamente á su mujer añadió:

--¡Despide el coche!

La mujer se marchó en tanto que el marido prodigaba sus saludos y ofrecía una silla al señor Leblanc. Poco después volvió á parecer, y le dijo al oído:

--Ya está.

La nieve que había caído todo el día era tan espesa que no se había oído la llegada del carruaje, ni se le oyó marchar.

Entretanto, habíase sentado el señor Leblanc.

Jondrette tomó posesión de la otra silla enfrente del bienhechor.

Ahora, para formarse una idea de la escena que se prepara, debe imaginarse el lector una noche helada, las soledades de la Salpetrière cubiertas de nieve, y blancas á la luz de la luna como inmensos sudarios, la claridad de lamparilla de los reverberos acá y acullá, alumbrando los trágicos boulevares y las largas filas de negros olmos; ni un transeúnte quizá en un cuarto de legua á la redonda. La casucha de Cuervo en su más alto punto de silencio, de horror y de obscuridad; y en medio de aquella soledad, en medio de aquella sombra, el vasto desván de Jondrette, iluminado por una vela de sebo; y en aquella madriguera dos hombres sentados junto á una mesa. El señor Leblanc, tranquilo; Jondrette, risueño y espantoso; su mujer, la madre loba, en un rincón, y detrás del tabique, Mario, invisible, en pie, no perdiendo una palabra, ni un movimiento; la mirada en acecho, la pistola en la mano.

Mario, por su parte, sentía una horrorosa emoción, pero ningún temor. Apretaba la culata de la pistola, y se sentía tranquilo.

--Detendré la acción á ese miserable cuando quiera,--pensaba.

Comprendía, por otra parte, que la policía andaba por allí, emboscada en alguna parte, esperando la seña convenida y pronta á extender el brazo.

Esperaba, además, que de aquel violento encuentro entre Jondrette y el señor Leblanc, brotaría alguna luz que aclarase todo lo que él tenía interés en conocer.

XIX =Preocuparse de los fondos oscuros=

Apenas sentado el señor Leblanc, volvió la vista hacia los lechos que estaban vacíos.

--¿Cómo está la pobre niña herida?--preguntó.

--Mal,--respondió Jondrette con una sonrisa desconsolada y agradecida;--muy mal, mi digno señor. Su hermana mayor la ha acompañado al hospital de la Bourbe para que la curen. Pronto la veréis, pues van á volver enseguida.

--La señora Fabantou me parece algo mejorada,--replicó el señor Leblanc, fijando la vista en el extraño arreo de la mujer, que de pie, entre él y la puerta, como si guardase ya la salida, le miraba en actitud amenazadora y casi de combate.

--Está muriéndose, señor,--dijo Jondrette;--pero ¡qué queréis, señor! ¡Tiene tantos bríos! ¡Qué mujer! Esto no es mujer, es un toro.

La mujer, halagada por el cumplimiento, exclamó con un arrumaco de monstruo acariciado:

--¡Ah, Jondrette! ¡Tú siempre has sido bueno para mí!

--¡Jondrette!--exclamó Leblanc.--¡Yo creía que os llamabais Fabantou!

--Fabantou, alias Jondrette,--replicó vivamente el marido.--Es un apodo de artista.

Y dirigiendo á su mujer un encogimiento de hombros que el señor Leblanc no vió, prosiguió en tono enfático y cariñoso:

--¡Ah! Siempre hemos hecho buenas migas mi mujer y yo. ¿Qué nos quedaría, si no nos quedase el cariño? ¡Somos tan desgraciados, mi respetable señor! ¡Hay brazos, pero no trabajo! ¡Hay voluntad, pero falta obra! ¡No sé cómo el Gobierno arregla esto; pero, ¡palabra de honor, caballero! yo no soy jacobino ni realista, yo no le quiero mal; pero, si yo fuera ministro, juro por lo más sagrado que esto habría de marchar de otra manera. Por ejemplo, yo he querido poner á mis hijas á hacer cajas de cartón. Me diréis: «¡Cómo! ¿Un oficio?» ¡Sí, señor! ¡Un simple oficio, un medio de ganar el pan de cada día! ¡Qué caída, mi bienhechor! ¡Qué degradación, cuando uno ha sido lo que yo! ¡Ay! ¡Nada nos queda del tiempo de nuestra prosperidad! Nada más que una cosa, un cuadro que aprecio en mucho, pero del cual me desharía, sin embargo, porque es preciso vivir. Sí, señor, ¡es preciso vivir!

Mientras Jondrette hablaba con una especie de desorden aparente, que en nada debilitaba la expresión reflexiva y sagaz de su fisonomía, Mario alzó los ojos y vió en el fondo del cuarto un bulto, que hasta entonces no había visto. Acababa de entrar un hombre; pero tan calladamente, que no se habían oído sonar los goznes de la puerta. Aquel hombre vestía una almilla de punto morado, vieja, usada, manchada, con jirones en todos los pliegues; un ancho pantalón de pana, babuchas en los pies, sin camisa, el cuello desnudo, los brazos desnudos y pintarrajeados, y la cara tiznada de negro. Se había sentado en silencio y con los brazos cruzados, sobre la cama más próxima; y como estaba detrás de la mujer de Jondrette, sólo se le distinguía confusamente.

Esa especie de instinto magnético que advierte á la mirada, hizo que el señor Leblanc se volviese casi al mismo tiempo que Mario, no pudiendo evitar un movimiento de sorpresa, que no se le escapó á Jondrette.

--¡Ah, ya; comprendo!--exclamó Jondrette abrochándose con cierto aire de complacencia.--¿Miráis vuestro sobretodo? ¡Oh! ¡Me sienta muy bien! ¡Perfectamente!

--¿Quién es ese hombre?--preguntó el señor Leblanc.

--¿Ése?--dijo Jondrette,--es un vecino. No hagáis caso.

El tal vecino tenía un aspecto singular. Sin embargo, en el arrabal de San Marcelo abundaban las fábricas de productos químicos; y muchos de sus obreros podían tener la cara negra. Todo en la persona del señor Leblanc respiraba una confianza cándida é intrépida.

Y repuso:

--Perdonad: ¿qué me estabais diciendo, señor Fabantou?

--Os decía, mi venerable protector,--contestó Jondrette, apoyando los codos sobre la mesa, y fijando en Leblanc tiernas miradas, bastante parecidas á las de la serpiente boa,--os decía que tenía un cuadro de venta.

Oyóse en la puerta un ligero ruido. Acababa de entrar otro hombre, que fué á sentarse también en la cama detrás de la mujer de Jondrette.

Tenía como el primero los brazos desnudos y la cara ennegrecida con tinta ú ollín.

Aun cuando aquel hombre, más bien que entrado, se había deslizado en el cuarto, no pudo impedir que le viese el señor Leblanc.

--No tengáis cuidado,--dijo Jondrette;--son gentes de la casa.--Decía, pues, que me quedaba un cuadro precioso... Ahí está, señor; vedlo.

Levantóse, se dirigió á la pared contra la cual estaba arrimado el bastidor de que hemos hablado, y le volvió, manteniéndole apoyado en la pared misma. Era, en efecto, algo que se parecía á un cuadro, iluminado un poco por la luz de la vela. Mario no podía distinguir nada, porque Jondrette se había colocado entre el cuadro y él; solamente divisaba un embadurnamiento grosero con una especie de personaje principal, iluminado con esa crudeza chillona de los lienzos de ferias y de las pinturas de biombo.

--¿Qué es eso?--preguntó el señor Leblanc.

Jondrette exclamó:

--¡Una obra maestra! ¡Un cuadro de gran mérito, mi bienhechor! Lo estimo tanto como á mis hijos. ¡Despierta en mí recuerdos! Pero ya os lo he dicho, y no me desdigo de ello; soy tan desgraciado que me desharía de él.

Fuese casualidad, fuese que hubiera en él un principio de inquietud, al examinar el cuadro el señor Leblanc, volvió la vista hasta el fondo de la estancia.

Había ya allí cuatro hombres, tres sentados en la cama y uno en pie cerca de la puerta; los cuatro con los brazos desnudos, inmóviles, y el rostro tiznado de negro. Uno de ellos, que estaba sentado en la cama, se apoyaba en la pared y tenía los ojos cerrados; hubiérase dicho que dormía.

Era viejo; sus cabellos blancos sobre su cara negra eran horribles; los otros dos parecían jóvenes; el uno era barbudo, y cabelludo el otro. Ninguno tenía zapatos; los que no llevaban babuchas tenían los pies desnudos.

Jondrette observó que la mirada del señor Leblanc se fijaba en aquellos hombres.

--Son amigos,--dijo,--son de la vecindad. Están tiznados, porque trabajan en carbón, son fumistas. No os ocupéis de ellos, mi bienhechor, compradme mi cuadro. Tened lástima de mi miseria. No os lo venderé caro. Á vuestro entender, ¿cuánto vale?

--Pero,--dijo el señor Leblanc, mirando á Jondrette entre ambos ojos, y como hombre que se pone en guardia:--eso no pasa de ser una muestra de taberna, y valdrá solamente unos tres francos.

Jondrette replicó con amabilidad:

--¿Tenéis ahí vuestra cartera? Me contentaré con mil escudos.

El señor Leblanc se puso en pie, apoyó la espalda en la pared, y paseó rápidamente su mirada por el cuarto.

Tenía á Jondrette á su izquierda, del lado de la ventana, y la mujer y los cuatro hombres á su derecha, por el lado de la puerta. Los cuatro hombres no pestañeaban, y ni aún parecían verle.

Jondrette había comenzado de nuevo su arenga con acento tan plañidero, miradas tan vagas y entonación tan lastimera, que el señor Leblanc podía imaginarse que la miseria había vuelto loco á aquel hombre.

--Si no me compráis mi cuadro, mi querido bienhechor,--decía Jondrette,--no tengo recurso ninguno, ni me queda otro medio que tirarme al río. ¡Cuando pienso que he querido que mis hijas aprendan á hacer cajas de cartón, entrefinas, de aguinaldo! Pues bien: hace falta una mesa con una tableta en el fondo para que no se caigan los tarros al suelo; es preciso una hornilla hecha expresamente para el caso, un cacillo con tres divisiones para los diferentes grados de fuerza que debe tener la cola, según que se emplea para madera, papel ó tela; una cuchilla para cortar el cartón, un molde para dar forma á las piezas, un martillo para clavar los aceros, pinceles, demonios, ¡qué sé yo! ¡Y todo esto para ganar cuatro sueldos al día y trabajar catorce horas! ¡Y cada caja pasa trece veces por la mano de la obrera! ¡Y mojar el papel! ¡Y no manchar nada! ¡Y tener la cola caliente! ¡Los diablos! Digo... ¡Y ocho cuartos por día! ¡Cómo queréis que se viva!

Hablando así, Jondrette no miraba al señor Leblanc que le observaba. La mirada del señor Leblanc estaba fija en Jondrette, y la de Jondrette en la puerta.

La atención anhelante de Mario iba de uno á otro. El señor Leblanc parecía preguntarse: ¿es un idiota? Jondrette repitió dos ó tres veces con toda clase de inflexiones variadas de género llorón y suplicante: ¡No tengo más remedio que tirarme al río! ¡El otro día bajé ya tres escalones para hacerlo, por el lado del puente de Austerlitz!

De pronto su apagada pupila se iluminó con un horrible fulgor; aquel hombrecillo se enderezó y apareció espantoso; dió un paso hacia el señor Leblanc, y le gritó con voz tonante:

--¡No se trata de nada de esto! ¿Me conocéis?

XX =La emboscada=

La puerta del desván acababa de abrirse bruscamente, y dejaba ver tres hombres con blusas de tela azul, cubiertas las caras con máscaras de papel negro. El primero era flaco, y llevaba un largo garrote herrado; el segundo, que era una especie de coloso, llevaba cogido por el medio del mango y el mazo hacia abajo un mallete de los destinados á matar bueyes. El tercero, fornido de hombros, menos flaco que el primero y menos macizo que el segundo, empuñaba una enorme llave, robada quizá de la puerta de alguna cárcel.

Parece que Jondrette esperaba la llegada de aquellos hombres.

Empeñóse un diálogo rápido entre él y el hombre del garrote: el flaco.

--¿Está todo pronto?--preguntó Jondrette.

--Sí,--contestó el flaco.

--¿Dónde está Montparnasse?

--El primer galán se ha parado á hablar con tu hija.

--¿Con cuál?

--Con la mayor.

--¿Hay abajo un carruaje?

--Sí.

--¿Está enganchada la carraca?

--Enganchada está.

--¿Con dos buenos caballos?

--Excelentes.

--¿Espera donde he dicho que esperase?

--Sí.

--Bien,--dijo Jondrette.

El señor Leblanc estaba muy pálido. Miraba todo lo de aquella madriguera en torno suyo, como hombre que comprende donde ha caído, y su cabeza alternativamente dirigida hacia todas las cabezas de los que le rodeaban, se movía sobre su cuello con lentitud cautelosa y asombrada, pero sin que hubiese en su ademán nada que se pareciese al miedo. Habíase formado con la mesa un improvisado atrincheramiento; y aquel hombre que momentos antes sólo tenía el aspecto de un buen anciano, se había convertido súbitamente en una especie de atleta, y apoyaba su puño robusto sobre el respaldo de la silla con un gesto temible y sorprendente.

Aquel anciano, tan firme y tan valiente ante semejante peligro, parecía ser de esas naturalezas que son valerosas, de igual manera que son buenas, fácil y sencillamente. El padre de la mujer á quien amamos no es nunca un extraño para nosotros. Mario se sintió orgulloso de aquel desconocido.

Tres de los hombres de quienes Jondrette había dicho ser fumistas, habían cogido de entre el montón de hierro, el uno unas grandes tijeras, el otro la barra de una romana, y el tercero un martillo, y se habían colocado delante de la puerta sin decir una palabra. El viejo se había quedado sobre la cama, y solamente había abierto los ojos. La mujer de Jondrette se había sentado junto á él.

Mario pensó que antes de pocos segundos sería llegado el momento de intervenir, y levantó su mano derecha hacia el techo en dirección del corredor, pronto á soltar el pistoletazo.

Luego que Jondrette terminó su coloquio con el hombre del garrote, volvióse de nuevo hacia el señor Leblanc, y repitió su pregunta, acompañándola con esa risa apagada, contenida y terrible, que le era peculiar--¿Con que no me reconocéis?

El señor Leblanc le miró á la cara, y respondió:

--No.

Entonces Jondrette se llegó hasta la mesa. Inclinóse por encima de la vela, cruzó los brazos, aproximando su mandíbula angulosa y feroz al rostro sereno del señor Leblanc, y avanzando cuanto podía, sin que este se retirase, y en aquella postura de fiera montaraz que va á morder le gritó:

--Yo no me llamo Fabantou, ni me llamo Jondrette; ¡me llamo Thénardier! ¡Soy el posadero de Montfermeil! ¿Lo ois bien? ¡Thénardier!... ¡Vaya! ¿Me conocéis ahora?

Un imperceptible rubor pasó por la frente del señor Leblanc, que contestó sin que la voz le temblase y sin levantarla con su ordinaria placidez:

--Tampoco.

Mario no oyó esta respuesta. Quien le hubiese visto en aquel instante en la obscuridad, le habría hallado atontado, estúpido, como herido de un rayo. En el momento en que Jondrette había dicho llamarse Thénardier, Mario se había extremecido, teniendo que apoyarse en la pared, como si hubiese sentido el frío de una espada que le atravesase el corazón. Luego su brazo derecho, pronto ya á dar la señal, se había bajado lentamente; y en el momento en que Jondrette había repetido: «¿Lo ois bien? ¡Thénardier!» los desfallecidos dedos de Mario habían estado á punto de dejar caer la pistola. Jondrette, al descubrir quien era, no había conmovido al señor Leblanc, pero había trastornado á Mario. Aquel nombre de Thénardier, que el señor Leblanc parecía no conocer, Mario le conocía. Recuérdese lo que este nombre era para él.

Ese nombre le llevaba sobre su corazón, escrito en el testamento de su padre; le llevaba en el fondo de su pensamiento, en el fondo de su memoria, en esta sagrada recomendación. «Un tal Thénardier me ha salvado la vida. Si mi hijo le encuentra hará por él todo lo que pueda». Recuérdese que este nombre era uno de los cultos de su alma; iba mezclado con el nombre de su padre. ¿Cómo? ¡Era aquel el Thénardier, el posadero de Montfermeil, á quien había buscado en vano durante largo tiempo! ¡Le hallaba al fin! ¡Pero cómo! El salvador de su padre era un bandido; aquel hombre por el que Mario hubiera querido sacrificarse, era un monstruo. Aquel libertador del coronel Pontmercy estaba á punto de cometer un atentado, cuya forma no veía aún Mario distintamente, pero que se parecía á un asesinato. ¡Y el asesinato de quién! ¡Gran Dios! ¡Qué fatalidad! ¡Qué amargo sarcasmo de la suerte! Su padre le mandaba desde el fondo de su ataúd que hiciera todo el bien posible á Thénardier; hacía cuatro años que Mario no tenía otra idea que pagar esta deuda de su padre, y en el instante en que iba á hacer que la Justicia cogiera á un criminal en el acto de cometer un crimen, el destino le gritaba: ¡Es Thénardier! Iba, en fin, á pagar la vida de su padre salvada entre una granizada de metralla en el campo heroico de Waterloo, ¡y pagarla con el cadalso! Habíase prometido, si llegaba á encontrar á Thénardier, no acercarse á él sino echándose á sus pies, y le hallaba en efecto; pero para entregarlo al verdugo.

Su padre le había dicho:--¡Socorre á Thénardier!--Y él contestaba á esta voz adorada y santa aniquilándole. ¡Dar por espectáculo á su padre en su tumba al hombre que le había librado de la muerte con peligro de su vida, ejecutado en la plaza de Santiago por culpa de su hijo, de aquel Mario á cuya protección le había encomendado! ¡Qué irrisión! ¡Haber llevado tan largo tiempo en su pecho la última voluntad de su padre, escrita de su mano, para hacer horriblemente todo lo contrario! Pero, por otra parte, ¡asistir á aquella emboscada premeditada y no impedirla! ¡Cómo! ¿Condenar á la víctima y salvar al asesino? ¿Por ventura debía Mario conservar la menor gratitud á semejante miserable?

Todas las ideas que Mario tenía hacía cuatro años se hallaban como trastornadas por aquel golpe inesperado. Temblaba. Todo dependía de él; tenía en su mano, sin que ellos lo supiesen, la suerte de aquellos seres que se agitaban allí bajo sus ojos.

Si disparaba el cachorrillo, el señor Leblanc se había salvado, y Thénardier estaba perdido. Si no tiraba, Leblanc era sacrificado, y ¿quién sabe? Thénardier se salvaba. Precipitar al uno, ó dejar caer al otro; remordimiento por ambos lados.

¿Qué hacer? ¿Qué escoger?

¡Faltar á los más imperiosos recuerdos, á tantos y tantos compromisos como consigo mismo había contraído, al más santo deber, al texto más venerado! ¡Faltar al testamento de su padre ó dejar que se consumase un crimen! Parecíale por un lado oir á su «Úrsula» suplicarle en nombre de su padre, y por otro al coronel que le recomendaba á Thénardier. Estaba loco; doblábansele las rodillas; no tenía tiempo para deliberar, porque la escena que tenía ante los ojos se precipitaba furiosa hacia el desenlace. Era como un torbellino, del cual se había creído dueño y le arrastraba consigo. Estuvo á punto de desmayarse.

Entre tanto Thénardier, á quien ya no nombraremos de otro modo, se paseaba á lo largo y ancho por delante de la mesa en medio de una especie de extravío y de triunfo frenético.

Cogió el candelero y le colocó sobre la chimenea, dando con él un golpe tan violento, que le faltó poco para apagarse la vela, y salpicando de sebo la pared.

Luego se volvió hacia el señor Leblanc, y en ademán espantoso vomitó, mejor que pronunció, estas palabras:

--¡Chamuscado! ¡Ahumado! ¡Guisado! ¡Mechado!

Y volvió á pasear nuevamente en el más alto grado de paroxismo.

--¡Ah!--gritaba.--¡Al fin os encuentro, señor filántropo, señor millonario raído! ¡Señor regalador de muñecas! ¡Viejo bragazas! ¡Ah! ¡No me conocéis! ¡No sois vos quien fué á Montfermeil, á mi posada, hace ocho años, la noche de Navidad de 1823! ¡No sois vos quien se llevó de mi casa la hija de Fantina! ¡La Alondra! ¡No sois vos quien llevaba un carric amarillo, no! ¡Y un paquete de trapos en la mano, como el de esta mañana!

¡No es verdad, mujer! ¡Parece que es su manía, llevar á las casas paquetes de medias de lana! ¡Viejo caritativo! ¡Ya, ya! ¿Sois gorrero, señor millonario? ¡Regaláis á los pobres los géneros de vuestra tienda, santo varón! ¡Qué farsante! ¿Con que no me conocéis? Pues bien; yo sí os conozco, os reconocí enseguida, en cuanto metisteis aquí el hocico. Al fin va á verse que no es todo rosas el ir así á casa de las gentes, con pretexto de que son posadas, vistiendo miserablemente, con el aire de un pobre á quien se le puede dar una limosna, para engañar á las personas, hacerse el generoso, quitarles su modo de ganarse la vida, y amenazar en el bosque; y que no es una indemnización, cuando esas personas están arruinadas, el ir á llevarles un gabán desproporcionado y dos malas mantas de hospital, ¡viejo miserable, ladrón de criaturas!

Detúvose un momento pareciendo hablar consigo mismo. Hubiérase dicho que su furor caía como el Ródano en algún agujero. Luego, como si acabase en alta voz cosas que había comenzado á decirse interiormente, dió un puñetazo en la mesa, y exclamó:

--¡Con su aire bonachón!

Y apostrofando al señor Leblanc, continuó:

--¡Pardiez! ¡Bien os burlasteis de mí entonces! ¡Sois causa de todas mis desgracias! ¡Por mil quinientos francos adquirió una muchacha que yo tenía, y que seguramente procedía de gente rica, la cual me había producido ya bastante dinero, y en que tenía yo que sacar para ir pasando toda mi vida! ¡Una chica que me hubiera indemnizado de todo lo que perdí en aquel abominable bodegón, donde se corrían grandes francachelas, y donde me comí como un imbécil toda mi santa fortunilla! ¡Oh! ¡Quisiera que todo el vino bebido en mi casa se volviese veneno para los que lo bebieron! ¡En fin, no importa! Decidme: ¡Os debí parecer muy grotesco cuando os llevasteis mi Alondra! ¡En el bosque teníais vuestro palo! Érais el más fuerte; ahora lo soy yo. Hoy tengo yo los triunfos. ¡Estáis cogido, amiguito! ¡Oh! Pero es cosa de risa; ¡y es para reir de veras! ¡Cómo habéis caído en el garlito!

Le dije que era actor, que me llamaba Fabantou, que había trabajado con la célebre señorita Mars y con la Muche; que mi casero quería ser pagado mañana 4 de febrero, sin ver que es el 8 de enero y no el 4 de febrero cuando vence el plazo. ¡Estúpido babieca! ¡Y me trae cuatro malos luises! ¡Canalla! ¡Ni aún ha tenido valor para llegar á los cien francos! ¡Y cómo creía en todas mis simplezas! ¡Era divertido! Yo me decía: ¡Anda, majadero! ¡Ya te cogí! ¡Esta mañana te lamía las manos, pero te arrancaré el corazón esta noche!

Thénardier se calló. Estaba sin aliento. Su estrecho y reducido pecho resollaba como el fuelle de una fragua. Su mirada estaba llena de esa ignoble satisfacción de una criatura débil, cruel y cobarde, que consigue al fin derribar al que ha temido, é insultar al que ha halagado; alegría de un enano que pusiera su talón sobre la cabeza de Goliat; alegría de un chacal que comienza á destrozar un toro enfermo, suficientemente acabado para no defenderse ya, y bastante vivo todavía para poder sufrir.

El señor Leblanc no le interrumpió; pero le dijo cuando hubo acabado:

--No sé lo que queréis decir. Os equivocáis. Soy un hombre pobre, y estoy muy lejos de ser millonario. No os conozco; me tomáis sin duda por otro.

--¡Ah!--rugió Thénardier.--¡Me gusta el zarandeo! Os empeñáis en seguir la broma. ¡Ah! ¡Os escurrís, buen viejo! ¿Con que no os acordáis? ¿Con que no sabéis quién soy?

--Perdonad,--respondió el señor Leblanc con un acento de política, que era en semejante momento algo extraño y poderoso;--estoy viendo que sois un bandido.

¡Quién no ha observado que los seres odiosos tienen su susceptibilidad y que los monstruos son quisquillosos! Á la palabra bandido, la mujer de Thérnadier se levantó de la cama, y el marido cogió una silla como si fuera á romperla entre sus manos.--¡No te muevas!--gritó á su mujer. Y volviéndose al señor Leblanc, añadió:

--¡Bandido! Sí, ya sé que nos llaman así los señores ricos. ¡Calle! ¡Es verdad, he quebrado, me oculto, no tengo pan, no tengo un céntimo, soy un bandido! ¡Tres días hace que no como, soy un bandido! ¡Ah! Vosotros os calentáis los pies; vosotros tenéis zapatillas de Sakoski; usáis gabanes entretelados como unos arzobispos; vivís en piso principal, en casa con portero; coméis trufas, y espárragos á cuarenta francos el manojo en el mes de enero, y guisantes, y os atracáis; y cuando queréis saber si hace frío, miráis en el periódico los grados que marca el termómetro del ingeniero Chevalier. Nosotros, nosotros sí que somos los termómetros. No necesitamos ir á la esquina de la Torre del Reloj para ver á cuántos grados está el frío, sino que sentimos coagularse la sangre en nuestras venas, y llegarnos el hielo al corazón, y decimos: «¡No hay Dios!». ¡Y vosotros venís á nuestras cavernas á llamarnos bandidos! ¡Pero ya os comeremos! ¡Os devoraremos, entes miserables! ¡Ah! Señor millonario, sabed que yo he sido un hombre con establecimiento propio; que he pagado contribución, que he sido elector. ¡Soy ciudadano; y vos, vos acaso no lo seáis!

Aquí Thénardier dió un paso hacia los hombres que estaban junto á la puerta, y añadió con cierto extremecimiento:

--¡Cuando pienso que se atreve á venir á hablarme como á un remendón!

Luego, dirigiéndose al señor Leblanc con recrudescencia de frenesí, añadió:

--¡Y sabed también, señor filántropo, que yo no soy un hombre obscuro, no! Yo no soy un hombre cuyo nombre se ignora, que va á robar criaturas á las casas. ¡Yo soy un antiguo soldado francés, que debería estar condecorado! ¡Yo estuve en Waterloo, y salvé en la batalla á un general llamado el conde de no sé qué. Me dijo su nombre, pero su maldita voz era tan débil que no le entendí. Oí sólo Mercy. Más hubiera querido tener su nombre que su agradecimiento. Así habría podido encontrarle luego. Este cuadro que estáis viendo, y que pintó David en Bruqueselles, ¿sabéis qué es lo que representa? Pues me representa á mí. David quiso inmortalizar este hecho de armas. Yo llevo al general sobre mis hombros y atravieso por en medio de la metralla. ¡Tal es la historia! ¡Nunca hizo por mí nada el tal general; no valía mucho más que los otros! ¡Y con todo yo le salvé la vida á riesgo de la mía; y llevo llenos los bolsillos de certificados! ¡Soy soldado de Waterloo, mil rayos de los demonios! Y ahora que he tenido la bondad de deciros esto, concluyamos: ¡me hace falta dinero, mucho dinero, una suma enorme, con mil truenos y centellas!

Mario había cobrado algún imperio sobre sus angustias y escuchaba. La última posibilidad de duda acababa de desvanecerse. Aquél era efectivamente el Thénardier del testamento. Mario se extremeció al oir la reconvención de ingratitud dirigida á su padre, y que él estaba á punto de justificar tan fatalmente. Redoblóse su perplejidad.

Por lo demás, había en todas las expresiones de Thénardier, en el acento, en el gesto, en la mirada que hacía brotar llamas de cada palabra, había en aquella explosión de una naturaleza perversa al descubierto, en aquella mezcla de fanfarronada y de abyección, de orgullo y de pequeñez, de rabia y de tontería; en aquel caos de agravios positivos y de sentimientos falsos; en aquel impudor de un malvado saboreando la voluptuosidad de la violencia; en aquella desvergonzada desnudez de una alma repugnante; en aquella conflagración de todos los sufrimientos combinados con todos los odios, había algo que era horrible como el mal, y doloroso como la verdad.

El cuadro de David, la obra maestra de pintura cuya adquisición había propuesto al señor Leblanc, no era como el lector habrá adivinado, sino la muestra de su figón, pintada, ya se recordará, por él mismo, único resto que había salvado de su naufragio de Montfermeil.

Como Thénardier había cesado de interceptar el rayo visual de Mario, éste podía ya mirar aquella cosa, y en aquellos brochazos distinguió realmente una batalla, un fondo de humo, y un hombre que llevaba á cuestas otro. Era el grupo de Thénardier y de Pontmercy, el sargento salvador y el coronel salvado. Mario estaba como ebrio; aquel cuadro le hacía, en cierto modo, el efecto de su padre vivo; no era ya la muestra del figón de Montfermeil, era una resurrección, era una tumba que se entreabría, un fantasma que se levantaba. Mario sentía latir su corazón en sus sienes, tenía el cañón de Waterloo en los oídos; su padre ensangrentado, vagamente pintado en aquel lienzo siniestro, le aterraba; parecíale que aquella figura informe le miraba de hito en hito.

Cuando Thénardier cobró otra vez aliento, fijó sobre el señor Leblanc sus sangrientas pupilas, y le dijo con voz baja y breve:

--¿Qué tienes que decir antes que te ensarten?

El señor Leblanc no contestó.

En medio de aquel silencio, una voz ronca lanzó desde el corredor este lúgubre sarcasmo:

--Si hace falta partir leña, aquí estoy yo.

Era el hombre del mazo, que se chuleaba.

Al mismo tiempo apareció en la puerta una enorme cara, erizada y terrosa, sonriendo espantosamente, y enseñando, no dientes, sino garfios.

Era la cara del hombre del mazo.

--¿Por qué te has quitado la careta?--le gritó Thénardier enfurecido.

--Para reir,--replicó el hombre.

Hacía algunos instantes que el señor Leblanc parecía seguir y espiar todos los movimientos de Thénardier, el cual, cegado y deslumbrado por su propia rabia, iba y venía por el cuarto con la confianza de tener la puerta guardada, de estar armado contra un hombre indefenso, y de ser nueve contra uno, aún suponiendo que la mujer no se contase más que por un hombre.

En su apóstrofe al del mazo, volvía la espalda al señor Leblanc. Éste aprovechó el momento, rechazó la silla con el pie, la mesa con la mano; y dando un salto, con prodigiosa agilidad, antes que Thénardier hubiera tenido tiempo de volverse, estaba en la ventana. Abrirla, escalarla y montarse el antepecho, fué obra de un segundo. Ya tenía fuera la mitad del cuerpo, cuando seis robustos puños le cogieron y le volvieron á meter enérgicamente adentro. Eran los tres «fumistas» que se habían lanzado sobre él. Al mismo tiempo la Thénardier le había asido por los cabellos.

Al pataleo que se armó acudieron los otros bandidos del corredor. El viejo que estaba en la cama y parecía borracho, se levantó también, y llegó vacilante con un martillo de picapedrero en la mano.

Uno de los «fumistas», cuyo rostro tiznado iluminaba la vela, y en quien Mario, á pesar de su tizne, había reconocido á Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero, levantaba sobre la cabeza del señor Leblanc una especie de maza formada por dos bolas de plomo en los dos extremos de una varilla de hierro.

Mario no pudo resistir á este espectáculo, y ¡Padre mío, pensó: perdonadme!

Y su dedo asió el gatillo de la pistola.

Iba ya á salir el tiro, cuando la voz de Thénardier gritó:

--¡No le hagáis daño!

Aquella tentativa desesperada de la víctima en vez de exasperar á Thénardier, le había calmado.

Existían en él dos hombres: el hombre feroz y el hombre diestro. Hasta aquel instante, en el desbordamiento del triunfo, ante la presa abatida é inmóvil, el hombre feroz había dominado. Cuando la víctima intentó luchar y se movió, el hombre diestro volvió á reaparecer tomando su ascendiente natural.

--¡No le hagáis daño!--repitió;--y sin sospecharlo siquiera, en primer lugar detuvo la pistola de Mario, pronta á disparar, y luego paralizó la acción del joven, para el cual desapareció la urgencia, no viendo inconveniente ante esta nueva fase en esperar aún.

¿Quién sabe si no había de surgir algún incidente que le libertase de la horrible alternativa de dejar perecer al padre de Úrsula, ó de perder al salvador del coronel?

Habíase empeñado una lucha hercúlea. De un puñetazo en la espalda, el señor Leblanc había echado á rodar al viejo en medio del cuarto; de un revés de cada mano había tirado á dos de los que le atacaban, y tenía sujetos á otros dos bajo las rodillas; los miserables se ahogaban bajo aquella presión, como bajo una mole de granito, pero los otros cuatro habían cogido al temible anciano por los dos brazos y la nuca, y le tenían doblegado sobre los dos «fumistas», que yacían en el suelo.

Así, dueño de unos y dominado por los otros; aplastando á los de abajo y ahogado por los de arriba, oponiéndose en vano á todos los esfuerzos de los que se agrupaban sobre él, desaparecía el señor Leblanc bajo el grupo horrible de bandidos, como un jabalí bajo la aulladora traílla de mastines y sabuesos.

Consiguieron echarle sobre la cama más próxima á la ventana, y detener allí sus esfuerzos. La Thénardier no le había soltado de los cabellos.

--Tú,--díjole el marido,--no te mezcles en eso. Te vas á desgarrar el pañuelo.

Ella obedeció como la loba obedece al lobo con un gruñido.

--Vosotros,--añadió Thénardier,--registradle.

El señor Leblanc parecía haber renunciado á toda resistencia.

Le registraron. No tenía más que una bolsa de cuero que contenía seis francos, y su pañuelo.

Thénardier se guardó el pañuelo en el bolsillo.

--¡Cómo! ¿No lleva cartera?--preguntó.

--Ni reloj,--respondió uno de los «fumistas».

--Es igual,--murmuró con voz de ventrílocuo el hombre enmascarado que llevaba la gran llave;--es un viejo duro.

Thénardier fué al rincón de la puerta; allí cogió un manojo de cuerdas, y se las arrojó, diciéndoles:

--Atadle al banquillo.

Y viendo al viejo que había permanecido tendido en medio del cuarto del puñetazo que le había asestado el señor Leblanc, y notando que no se movía, preguntó:

--¿Está muerto acaso Boulatruelle?

--No,--respondió el Colmenero,--está borracho.

--Barredle á un rincón,--dijo Thénardier.

Dos de los «fumistas» empujaron al borracho con el pie hasta el montón de hierro viejo.

--Babet, ¿por qué has traído tanta gente?--dijo Thénardier por lo bajo al hombre del garrote.--Era inútil.

--¡Qué quieres!--replicó el del garrote.--Todos han querido ser de la partida; el tiempo es malo, y apenas se hacen negocios.

El lecho sobre el que el señor Leblanc había sido derribado, era una especie de cama de hospital, sostenida por un par de banquillos de madera y toscamente labrados.

El señor Leblanc les dejó hacer.

Los bandidos le ataron sólidamente, derecho, y con los pies sujetos al banquillo más separado de la ventana y más próximo á la chimenea.

Cuando quedó apretado el último nudo, Thénardier cogió una silla y fué á sentarse casi enfrente de Leblanc.

Thénardier se había trasformado; en breves instantes su fisonomía había pasado de la violencia desenfrenada á la dulzura tranquila y astuta.

Mario apenas podía conocer en aquella sonrisa política de oficinista la boca casi bestial que momentos antes espumeaba. Contemplaba estupefacto aquella metamorfosis fantástica y alarmante, y sentía lo que sentiría un hombre cualquiera que viese á un tigre cambiarse en procurador.

--Caballero...--dijo Thénardier.

Y apartando con el gesto á los ladrones, que aún tenían puestas las manos sobre el señor Leblanc, añadió:

--Apartaos un poco, y dejadme hablar con este caballero.

Todos se retiraron hacia la puerta.

Thénardier prosiguió.

--Caballero, habéis hecho mal en querer saltar por la ventana, porque hubierais podido romperos una pierna. Ahora, con vuestro permiso, vamos á hablar tranquilamente. Ante todo debo comunicaros una observación que he hecho, y es que todavía no habéis lanzado el menor grito.

Thénardier tenía razón; este detalle era positivo, aún cuando en su turbación Mario no lo había notado.

El señor Leblanc apenas había pronunciado algunas palabras sin alzar la voz, y hasta en su lucha junto á la ventana con los seis bandidos, había guardado el más profundo y singular silencio.

Thénardier prosiguió:

--¡Vive Dios! que aún cuando hubierais gritado: ¡ladrones! no me habría parecido inconveniente. Se grita á veces: ¡al asesino! y esto no lo habría yo tomado á mal. Es muy natural que se meta un poco de ruido cuando uno se encuentra con personas que no le inspiran suficiente confianza. Aunque lo hubierais hecho, no por eso os habríamos incomodado; ni aún siquiera os habríamos puesto una mordaza. Y voy á deciros porqué. Este cuarto es muy sordo. No tiene más que esta cualidad, pero la tiene. Es una cueva. Aunque reventase aquí una bomba, el ruido que se sentiría en el cuerpo de guardia más próximo no pasaría de ser lo que el ronquido de un borracho. Aquí el cañón haría ¡bun! y el trueno ¡puf! Es un alojamiento cómodo. Pero, en fin, no habéis gritado, tanto mejor; os felicito en verdad, y voy á deciros lo que pienso de ello. Cuando se grita, mi buen señor, ¿quién acude? La policía. ¿Y después de la policía? La justicia. Pues bien; vos no habéis gritado; luego no os interesa más que á nosotros el que acudan la justicia y la policía. Ya hace tiempo que me lo sospechaba. Vos tenéis algún interés en ocultar alguna cosa. Por nuestra parte, tenemos el mismo interés: Así pues podemos entendernos.

Hablando así, parecía que Thénardier, fija su pupila en el señor Leblanc, trataba de hundir sus puntas agudas que salían de sus ojos hasta la conciencia de su prisionero. Por lo demás, su lenguaje, sazonado con cierta insolencia suave y socarrona, era reservado y casi escogido; y en aquel miserable, que poco antes era un bandido, se revelaba entonces «el hombre que ha estudiado para clérigo».

El silencio guardado por el prisionero, aquella precaución que llegaba hasta el olvido de cuidar de su vida, aquella resistencia opuesta al primer movimiento de la naturaleza, que es gritar; todo unido, es preciso decirlo, desde que había sido observado y realizado, importunaba á Mario y le asombraba dolorosamente.

La fundada observación de Thénardier obscurecía aún más para Mario las misteriosas sombras bajo las cuales se ocultaba aquella figura grave y extraña, á la que Courfeyrac había puesto el apodo del señor Leblanc.

Pero, fuese quien fuere, atado, rodeado de verdugos, medio sumido, por así decirlo, en una zanja que se abría debajo de él más y más á cada instante, ya ante el furor, ya ante la dulzura de Thénardier, aquel hombre permanecía impasible, y Mario no podía menos de admirar en semejante momento aquel rostro soberbiamente melancólico.

Era evidentemente una alma inaccesible al miedo, é ignorante de lo que fuese la desesperación. Era uno de esos hombres que dominan las situaciones apuradas. Por extrema que fuese la crisis, por inevitable que fuese la catástrofe, no había allí nada de la agonía del ahogado que abre debajo del agua ojos horribles.

Thénardier se levantó sin afectación, fué á la chimenea, separó el biombo, que arrimó contra la cama inmediata, dejando al descubierto la hornilla llena de ardientes ascuas, en la que el prisionero podía ver perfectamente el escoplo, enrojecido hasta el blanco y moteado de brillantes estrellitas bermejas.

Luego Thénardier volvió á sentarse inmediato al señor Leblanc.

--Continúo,--dijo,--Podemos entendernos; arreglemos esto amigablemente. Hice mal en incomodarme hace poco; no sé dónde tenía la cabeza; he ido demasiado lejos, y he dicho mil barbaridades. Por ejemplo, porque sois millonario, os he dicho que exigía dinero, mucho dinero, enorme cantidad de dinero. Esto no sería razonable; tenéis la suerte de ser rico, pero tendréis también vuestras obligaciones; ¡quién no tiene las suyas! No quiero arruinaros; al fin y al cabo, yo no soy un desollador. No soy de ésos que porque tienen la ventaja de la posición se aprovechan de ella para ridiculizarse. Oíd, pues; yo cedo algo, y hago un sacrificio por mi parte. Necesito solamente doscientos mil francos.

El señor Leblanc no dijo una palabra.

Thénardier prosiguió:

--Ya veis que dejo de aguar bastante mi vino. No conozco el estado de vuestra hacienda; pero sé que no tenéis mucho apego al dinero; y un hombre benéfico como vos, bien puede dar doscientos mil francos á un padre de familia que no es feliz.

Vos sois ciertamente razonable, y ya calcularéis que no me habré tomado el trabajo de hoy, y organizado la cosa de esta noche, que es un trabajo muy acabado, según confesión de estos señores, para ir á pediros solamente con que echar un trago de lo tinto de á doce y comer ternera en casa de Desnoyers. Doscientos mil francos es lo que esto vale.

«Una vez desembolsada por vos esta bagatela, yo os respondo que todo queda concluido, y no tenéis ya que temer nada absolutamente. Me diréis: «¡Pero yo no tengo aquí doscientos mil francos!». ¡Oh! No soy exagerado; no exijo eso. Sólo os pido una cosa. Tened la bondad de escribir lo que voy á dictaros».

Aquí Thénardier suspendió su arenga, y luego añadió, acentuando mucho sus palabras, y dirigiendo una sonrisa hacia el lado del hornillo:

--Os advierto que no admitiré la escusa de no saber escribir.

Un inquisidor general hubiera podido envidiar aquella sonrisa.

Thénardier empujó la mesa inmediata al señor Leblanc, y sacó tintero, pluma y papel del cajón, que dejó entreabierto, y en el cual brillaba la ancha hoja del cuchillo.

Puso el pliego de papel delante del señor Leblanc.

--Escribid,--dijo.

El prisionero habló por fin:

--¿Cómo queréis que escriba si estoy atado?

--Es cierto; ¡perdonad!--prorrumpió Thénardier.--Tenéis muchísima razón.

Y volviéndose hacia el Colmenero, le dijo:

--Desatadle el brazo derecho al señor.

Panchaud, alias Primaveral, alias Colmenero, ejecutó la orden de Thénardier.

Cuando estuvo libre la mano derecha del prisionero, Thénardier mojó la pluma en el tintero, y se la presentó.

--Tened muy presente,--dijo,--que estáis en nuestro poder, á nuestra discreción; que ningún poder humano puede sacaros de aquí, y que nos afligiría verdaderamente el vernos obligados á recurrir á extremos desagradables. No sé ni vuestro nombre, ni las señas de vuestra casa; pero os prevengo que seguiréis atado aquí hasta que vuelva la persona encargada de llevar la carta que vais á escribir. Ahora tened la bondad de poner.

--¿Qué?--preguntó el prisionero.

--Lo siguiente:

El señor Leblanc cogió la pluma.

Thénardier comenzó á dictar:

--«Hija mía...».

El prisionero se estremeció, y levantó los ojos hasta Thénardier.

--Escribid: «Mi querida hija»,--dijo Thénardier.

El señor Leblanc obedeció.

Thénardier continuó:

--«Ven al momento...».

Aquí se detuvo á preguntar:

--La tuteáis, ¿verdad?

--¿Á quién?--preguntó Leblanc.

--¡Pardiez!--exclamó Thénardier,--á la chica, á la Alondra.

El señor Leblanc respondió sin la menor emoción aparente:

--No sé lo que queréis decir.

--De todos modos, continuad,--dijo Thénardier; y se puso á dictar nuevamente:

--«Ven enseguida. Necesito absolutamente de ti. La persona que te entregará esta carta lleva el encargo de acompañarte donde yo estoy. Te aguardo. Ven confiada».

El señor Leblanc lo había escrito todo.

Thénardier añadió:

--¡Ah! Borrad el ven confiada; esto podría hacer suponer que la cosa no es natural, y que la desconfianza es posible.

El señor Leblanc borró las dos palabras.

--Ahora,--prosiguió Thénardier,--firmad. ¿Cómo os llamáis?

El prisionero dejó la pluma, y preguntó:

--¿Para quién es esta carta?

--¡Bah! Ya lo sabéis,--respondió Thénardier;--para la chica, acabo de decíroslo.

Era evidente que Thénardier evitaba nombrar á la joven de que se trataba.

Decía «la Alondra», «la chica», pero no pronunciaba el nombre. Precaución de hombre hábil, guardando su secreto entre sus cómplices. Decir el nombre, hubiera sido entregarles todo el negocio, y enseñarles más de lo que tenían necesidad de saber.

Continuó:

--Firmad. ¿Cuál es vuestro nombre?

--Urbano Fabre,--dijo el prisionero.

Thénardier, con el movimiento propio de un gato, se metió la mano en el bolsillo y sacó el pañuelo cogido al señor Leblanc. Buscó la marca y se aproximó á la luz.

--U. F. Eso es. Urbano Fabre. Pues bien; firmad U. F.

El prisionero firmó.

--Como se necesitan las dos manos para cerrar la carta,--dádmela,--la cerraré yo.

Hecho esto, Thénardier añadió:

--Poned el sobre, Señorita Fabre, en vuestra casa. Sé que no vivís muy lejos de aquí, por los alrededores de Santiago de Haut-Pas, pues que allí vais á misa todos los días; pero no sé la calle. Veo que comprendéis vuestra situación. Como no habéis mentido al decir vuestro nombre, tampoco mentiréis para vuestra dirección. Ponedla vos mismo.

El prisionero permaneció un momento pensativo; luego cogió la pluma y escribió:

--Señorita Fabre, casa Urbano Fabre, calle Saint Dominique d'Enfer, número 17.

Thénardier tomó la carta con una especie de convulsión febril.

--¡Mujer!--gritó.

Acercóse la Thénardier.

--Aquí tienes esta carta. Ya sabes lo que hay que hacer. Abajo encontrarás un coche. Marcha inmediatamente, y vuelve ídem.

Y dirigiéndose al hombre del mazo, le dijo:

--Tú que te has quitado el tapa-bocas, acompaña á la ciudadana. Subirás en la trasera del coche. ¿Sabes dónde has dejado la carraca?

--Sí,--contestó el hombre.

Y dejando su mazo en un rincón, siguió á la mujer de Thénardier.

Cuando ya se iban, Thénardier sacó la cabeza por la puerta entreabierta, y gritó en el corredor:

--¡Cuidado con perder la carta! Mira que van en ella doscientos mil francos.

La voz ronca de la mujer respondió:

--Descuida. La he guardado en el pecho.

No había transcurrido un minuto, cuando se oyó el chasquear de un látigo, que fué disminuyendo y se apagó rápidamente.

--¡Bien!--murmuró Thénardier.--Van á buen paso. Como sigan corriendo de este modo, la ciudadana estará aquí de vuelta, dentro de tres cuartos de hora.

Acercó una silla á la chimenea, y se sentó cruzando los brazos, acercando sus botas enlodadas al hornillo.

--Tengo frío en los pies,--dijo.

Ya no quedaban en el desván con Thénardier y el prisionero, más que cinco bandidos.

Aquellos hombres, á través de las caretas ó de la untura negra que les cubría el rostro, parecían, según el miedo de quién los mirase, carboneros, negros ó demonios; tenían el aire embotado y triste, por el que se conocía que ejecutaban un crimen como un trabajo cualquiera, tranquilamente, sin cólera y sin lástima, con cierta especie de aburrimiento. Hallábanse en un rincón amontonados como bestias. Thénardier se calentaba los pies y se callaba.

El prisionero había vuelto á caer en su taciturnidad. Una sombría calma había sucedido al feroz estrépito que llenaba el desván momentos antes.

La vela, que había producido un largo pábilo, iluminaba apenas el inmenso tugurio; el fuego había palidecido, y todas aquellas cabezas monstruosas proyectaban sombras deformes en las paredes y en el techo.

No se oía otro ruido que la tranquila respiración del viejo borracho que dormía.

Mario esperaba con ansiedad siempre creciente. El enigma era más impenetrable que nunca. ¿Quién era aquella «chica» á quien Thénardier había llamado la Alondra? ¿Era su «Úrsula?». El prisionero no había parecido conmovido al oir esta palabra, la Alondra, y había contestado lo más naturalmente del mundo: «No sé lo que queréis decir». Por otra parte, las dos letras U. F. estaban explicadas: era Urbano Fabre, y Úrsula no se llamaba ya Úrsula. Esto era lo que Mario veía más claro.

Una especie de fascinación horrible le retenía clavado en su sitio, desde donde observaba y dominaba toda la escena. Estaba allí, casi imposibilitado de reflexionar y de moverse, como aniquilado por ver de cerca cosas tan altamente abominables.

Aguardaba un incidente cualquiera; no importaba cuál, no pudiendo reunir sus ideas, y no sabiendo qué partido tomar.

--De cualquier modo,--decía, si la Alondra es ella, la veré, porque la mujer de Thénardier va á traerla aquí. Entonces todo acabará; daré mi vida y mi sangre, si es menester, pero la libertaré. Nada me detendrá.

Después de pasar así una media hora, Thénardier parecía absorto en una tenebrosa meditación; el prisionero no se movía.

Sin embargo, Mario creía oir por intervalos, y desde hacía algunos instantes, un ligero ruido sordo hacia el lado del prisionero.

De pronto Thénardier apostrofó á este último:

--Señor Fabre, atended lo que voy á deciros desde luego.

Estas pocas palabras parecían ser el principio de una declaración. Mario prestó oído.

Thénardier continuó:

--Mi mujer va á volver; no os impacientéis. Creo que la Alondra es verdaderamente vuestra hija, y encuentro muy natural que la guardéis vos. Pero oíd: con vuestra carta ha ido mi mujer á buscarla. La había dicho yo que se vistiese, como habéis visto, para que vuestra hija consienta en seguirla sin dificultad. Las dos subirán al carruaje, y mi camarada en la trasera. Hay en cierta parte, fuera de puertas, una «carraca» enganchada en dos buenos caballos. Llevará allí á vuestra hija; se apeará del coche, mi camarada subirá con ella en la «carraca», y mi mujer volverá aquí á decirnos: «Ya está hecho». En cuanto á vuestra hija, no se le hará ningún daño; la «carraca» la llevará á un sitio donde estará tranquila; y en cuanto me hayáis dado esos miserables doscientos mil francos, os será devuelta. Si hacéis que me prendan, mi camarada dará el martillazo á la Alondra, y listos.

El prisionero no articuló una palabra. Después de una pausa, Thénardier prosiguió:

--Esto como veis, es sencillísimo. No habrá nada malo, si vos no queréis que lo haya. Os cuento simplemente la cosa; es decir, os la anticipo para que la sepáis.

Se detuvo; el prisionero no rompió el silencio, y Thénardier continuó:

--Cuando mi esposa haya vuelto y me haya dicho «la Alondra está en camino», os soltaremos, y seréis dueño de ir á dormir si gustáis á vuestra casa. Ya veis que no tenemos malas intenciones.

Espantosas imágenes cruzáronse por la mente de Mario. ¡Cómo! Aquella joven á quien robaban, ¿no iba á ser llevada allí? ¿Uno de aquellos monstruos iba á arrebatarla en la sombra? ¿Dónde?... ¿Y si era ella? ¡Y claro está que lo era! Mario sentía apagarse los latidos de su corazón.

¿Qué hacer? ¿Disparar el tiro? ¿Poner en manos de la justicia á todos aquellos miserables?

Pero no por eso el hombre horrible del mazo dejaría de estar fuera de todo alcance con la joven, y Mario pensaba en estas palabras de Thénardier, cuya sangrienta significación entreveía: Si hacéis que me prendan, mi camarada dará el martillazo á la Alondra.

Ahora ya no le detenía solamente el testamento del coronel, sino también su mismo amor, el peligro de la que amaba.

Esta espantosa situación, que duraba ya más de una hora, cambiaba de aspecto á cada instante.

Mario tuvo la fuerza de pasar revista sucesivamente á las más dolorosas conjeturas, buscando, y no hallando, una esperanza.

El tumulto de sus pensamientos contrastaba con el fúnebre silencio de la madriguera.

En medio de aquel silencio se oyó el ruido de la puerta de la calle, que se abría, y luego volvía á cerrarse.

El prisionero hizo un movimiento en sus ligaduras.

--Aquí está la ciudadana,--dijo Thénardier.

Apenas acaba de hablar, cuando, en efecto, se precipitó su mujer en el cuarto, amoratada, desalentada, jadeante, echando chispas por los ojos, y exclamando después de pegar con sus dos manazas sobre sus dos muslos:

--¡Dirección falsa!

El bandido que había ido con ella asomó detrás, y se dirigió á coger su mazo.

--¿Dirección falsa?--repitió Thénardier.

La mujer repuso:

--¡Nadie! En la calle de Saint Dominique, número 17, no vive ningún Urbano Fabre. Nadie da razón de él.

Detúvose sofocada, y luego continuó:

--Mira, Thénardier; ese viejo te la ha pegado; tú eres demasiado bueno. Ya ves; yo que tú le hubiera abierto en canal para empezar; y si se hubiera hecho rogar, le habría asado vivo. Entonces le hubiera sido preciso hablar, y decir dónde está su hija y dónde tiene el gato. Así es cómo hubiera yo manejado el negocio. Bien dicen que los hombres son más bestias que las mujeres. ¡Nada; no había nadie en el número 17! Es una puerta cochera grandísima. ¡En la calle de Saint-Dominique no hay ningún señor Fabre! ¡Y á escape, y propina al cochero, y todo! He hablado al portero y á la portera, que es una buena mujer, y no le conocen.

Mario respiró.

Ella, Úrsula ó la Alondra, aquella á quien no sabía cómo llamar, estaba á salvo.

En tanto que la mujer, exasperada, vociferaba, Thénardier se había sentado sobre la mesa; permaneció algunos instantes sin pronunciar palabra, moviendo su pierna derecha, que colgaba, y contemplando el hornillo con aire de salvaje meditación.

Por fin, le dijo el prisionero con inflexión lenta y singularmente feroz:

--¡Dirección falsa! ¿Qué es, entonces, lo que te has figurado?

--¡Ganar tiempo!--gritó el prisionero con acento expansivo.

Y en el mismo momento sacudió sus ligaduras; estaban rotas. El prisionero sólo quedaba atado á la cama por una pierna.

Antes de que los siete hombres hubiesen tenido tiempo de comprender la situación y de lanzarse sobre él, Leblanc se inclinó hacia la chimenea, extendió la mano hacia el hornillo, y luego se enderezó. Thénardier, su mujer y los bandidos, rechazados por el asombro al fondo del desván, le miraban estupefactos cómo levantaba por encima de su cabeza el escoplo hecho ascua, del que se desprendía una claridad siniestra, casi libre y en formidable actitud.

La sumaria á que más adelante dió lugar la aventura de la casucha de Cuervo, hizo constar, que en uno de los reconocimientos de la policía se halló en el desván un céntimo cortado y trabajado de un modo particular. Aquella moneda era una de esas maravillas de industria que la paciencia del presidio engendra en las tinieblas y para las tinieblas; maravillas que no son otra cosa sino instrumentos de evasión. Estos productos deformes y delicados, de un arte prodigioso, son en la bisutería lo que las metáforas de la germanía son en la poesía. Hay Benvenutos Cellini en los presidios, como hay Villons en el idioma. El infeliz que aspira á la libertad encuentra medios á veces sin instrumentos, con un cortaplumas, un cuchillo viejo, para serrar un céntimo en dos hojas delgadas, de ahuecar éstas sin tocar el grabado monetario, practicando una muesca ó rosca sobre el corte de la moneda, de modo que las dos hojas se puedan adherir de nuevo. Así se juntan ó separan á voluntad, formando una caja. En esa caja se guarda fácilmente un muelle de reloj, y este muelle, bien manejado, corta los grillos y las barras de hierro. Se cree que el infeliz presidiario no tiene más que un céntimo, cuando posee con ello su libertad. Una moneda de esta clase fué la que halló la policía en sus pesquisas ulteriores, abierta y en dos mitades, debajo de la cama, cerca de la ventana. Se descubrió igualmente una sierrecilla de acero pavonado, que podía ocultarse muy bien en dicha moneda.

Es probable que en el momento que los bandidos registraron al prisionero, llevase consigo esta moneda, la que conseguiría esconder entre los dedos, y que teniendo enseguida la mano libre, la abrió y se sirvió de la sierra para cortar las cuerdas que le ataban, lo cual explicaría el ligero ruido y los movimientos imperceptibles que Mario había observado.

No habiendo podido bajarse por temor de ser descubierto, no había cortado las ligaduras de su pierna izquierda.

Los bandidos habían vuelto de su primera sorpresa.

--No tengas cuidado,--dijo el Colmenero á Thénardier.--Está todavía sujeto por una pierna, y no se irá. Yo te respondo de ello, pues he sido yo quien le he atado la pata.

Sin embargo, el prisionero levantó la voz:

--¡Sois unos miserables: pero mi vida no vale la pena de defenderla tanto! En cuanto á imaginaros que me haréis hablar, que me haréis escribir lo que yo no quiera escribir, que me haréis decir lo que yo no quiera decir...

Y levantando la manga del brazo izquierdo, añadió:

--Mirad.

Al mismo tiempo alargó el brazo, y puso sobre la carne desnuda el escoplo enrojecido que tenía en la mano derecha, cogido por el mango de madera.

Oyóse el chirrido de la carne quemada, esparciéndose por el desván el olor propio de las cámaras de tortura.

Mario vaciló sobrecogido de horror; los bandidos mismos se estremecieron; el rostro del enigmático anciano apenas se contrajo; y en tanto que el hierro enrojecido penetraba en la humeante herida, impasible él y casi augusto, fijaba en Thénardier su tranquila mirada sin odio, en la que se desvanecía el dolor bajo una majestad serena.

En las naturalezas grandes y elevadas, la rebelión de la carne y los sentidos en lucha con el dolor físico, obligan á salir al alma y la hacen aparecer en la frente, como las rebeliones de la soldadesca obligan á aparecer al capitán.

--¡Miserables!--dijo.--No tengáis más miedo de mí que el que yo tengo de vosotros.

Y arrancando el hierro de la herida, lo arrojó por la ventana, que había quedado abierta; el horrible instrumento abrasado desapareció girando en la obscuridad, cayendo á lo lejos, y yendo á apagarse en la nieve.

El prisionero añadió:

--Haced de mí lo que queráis.

Estaba ya desarmado.

--¡Sujetadle!--gritó Thénardier.

Dos bandidos le echaron mano á los hombros, y el enmascarado, con voz de ventrílocuo, se colocó en frente de él pronto á hundirle el cráneo de un llavazo al menor movimiento.

Al mismo tiempo oyó Mario por lo bajo, al pie del tabique, pero de tal modo que no podía ver á los que hablaban, este coloquio sostenido en voz baja:

--No hay más que una cosa que hacer.

--Abrirle en canal.

--Eso.

Eran el marido y la mujer, celebrando consejo.

Thénardier marchó lentamente hacia la mesa, abrió el cajón y cogió el cuchillo.

Mario estaba dando tormento á la culata de la pistola. ¡Perplejidad inaudita! Hacía una hora que se elevaban dos voces en su conciencia; la una le decía que respetase el testamento de su padre, la otra le gritaba que socorriese al prisionero. Aquellas dos voces continuaban sin interrupción su lucha, poniéndole á él en la agonía. Había esperado vagamente hasta aquel momento el hallar un medio de conciliar los dos deberes; pero nada posible había surgido.

Entretanto, el peligro apremiaba; había ya traspasado el último límite de la espera; á pocos pasos del prisionero, Thénardier cavilaba con el cuchillo en la mano.

Mario, alocado, paseaba sus miradas en torno suyo, último y maquinal recurso de la desesperación.

De repente se estremeció.

Á sus pies, sobre la cómoda, un clarísimo rayo de la luna iluminaba como para mostrarle una hoja de papel. En aquella hoja leyó esta línea escrita en grandes caracteres aquella misma mañana por la hija mayor de Thénardier:

--Los corchetes están ahí.

Una idea, una luz cruzó por la imaginación de Mario; era el medio que buscaba, la solución de aquel horrible problema que le torturaba: librar al asesino y salvar á la víctima.

Se arrodilló sobre la cómoda, alargó el brazo, cogió el papel, arrancó suavemente un yesón del tabique, lo envolvió en el papel, y arrojó el todo por el agujero en medio del desván.

Ya era tiempo.

Thénardier había vencido sus últimos escrúpulos ó sus últimos temores, y se dirigía hacia el prisionero.

--¡Algo han tirado!--gritó su mujer.

--¿Qué es?--preguntó él.

La mujer se había abalanzado y recogido el yeso envuelto en el papel, entregándoselo á su marido.

--¿Por dónde ha venido esto?--preguntó Thénardier.

--¡Pardiez!--prorrumpió ella.--¿Por dónde quieres que haya entrado? Por la ventana.

--Yo lo he visto pasar,--dijo el Colmenero.

Thénardier desenvolvió rápidamente el papel, y se acercó á la luz.

--Es la letra de Eponina. ¡Diablo!

Hizo una seña á su mujer, que se acercó vivamente, y le enseñó lo escrito en el papel, añadiendo luego con voz sorda:

--¡Pronto! ¡La escala! Dejemos el tocino en la ratonera, y cedamos el campo.

--¿Sin degollar al hombre?--objetó la Thénardier.

--No hay tiempo.

--¿Por dónde?--preguntó el Colmenero.

--Por la ventana,--respondió Thénardier.--Puesto que Eponina ha tirado la piedra por la ventana, es señal de que la casa no está cercada por este lado.

El enmascarado de voz de ventrílocuo dejó en el suelo su llave, levantó los dos brazos, y abrió y cerró tres veces rápidamente las manos, sin decir una palabra.

Fué como la voz de zafarrancho en una tripulación. Los bandidos que tenían asido al prisionero le soltaron; en un abrir y cerrar de ojos fué desarrollada la escala por fuera de la ventana, y sujetada sólidamente al marco con los dos ganchos de hierro.

El prisionero no fijaba la atención en lo que pasaba en torno suyo. Parecía soñar ó rezar.

Una vez fijada la escala, Thénardier gritó:

--¡Ven, mujer!

Y se precipitó hacia la ventana.

Pero cuando iba á echar la pierna por ella, el Colmenero le cogió bruscamente del cuello.

--¡Todavía no, viejo farsante! ¡Después de nosotros!

--¡Después de nosotros!--aullaron los bandidos.

--Sois unos chiquillos,--dijo Thénardier;--estamos perdiendo el tiempo. Los podencos nos están ya pisando los talones.

--Pues bien,--dijo uno de los bandidos,--echemos á la suerte quién pasará el primero.

Thénardier exclamó:

--¡Estáis locos! ¡Estáis borrachos! ¡Vaya un atajo de mandrias! ¡Perder así el tiempo! Echar á la suerte, ¿no es verdad? ¿Echaremos chinas? ¿Echaremos pajas? ¡Escribiremos nuestros nombres, los pondremos en una gorra!...

--¿Queréis mi sombrero?--gritó una voz desde el umbral de la puerta.

Todos se volvieron: Era Javert.

Tenía el sombrero en la mano, y se lo ofrecía sonriendo.

XXI =Se debería empezar siempre por prender á las víctimas=

Javert, al caer de la noche, había apostado su gente, y él mismo se había emboscado detrás de los árboles de la calle de la Barrera de los Gobelinos, que daba frente al casucho Cuervo por el otro lado del boulevard. Había empezado por abrir «su bolsillo», metiendo en él á las dos muchachas encargadas de vigilar las inmediaciones de la madriguera. Pero sólo había «enjaulado» á Azelma. Eponina no estaba en su puesto; había desaparecido, y no había podido cogerla.

Luego Javert se había puesto en acecho, atento el oído á la señal convenida. Las idas y venidas del coche le habían llamado la atención. Por fin, había acabado por perder la paciencia, y seguro de que allí había un nido, seguro de estar de suerte, habiendo conocido á muchos de los bandidos que habían entrado, acabó por decidirse á subir sin esperar el pistoletazo.

Recuérdese que tenía el llavín de Mario.

Había llegado á punto.

Los bandidos asustados se arrojaron sobre las armas, que habían abandonado en el momento de evadirse. En menos de un segundo, aquellos siete hombres espantosos se agruparon en actitud de defensa, uno con su machete, otro con su llave, otro con la barra de hierro, los otros con tenazas, pinzas y martillos. Thénardier cogió su cuchillo; la mujer cogió un enorme adoquín que estaba en el ángulo de la ventana, y que servía á sus hijas de taburete.

Javert volvió á ponerse el sombrero, dió dos pasos por el cuarto con los brazos cruzados, el bastón debajo del brazo y el espadín en la vaina.

--¡Alto ahí!--dijo.--No saldréis por la ventana, sino por la puerta. Es menos peligroso. Sois siete, nosotros somos quince. No nos agarremos como ganapanes. Seamos formales.

El Colmenero sacó una pistola que llevaba oculta bajo la blusa, y la puso en la mano de Thénardier, diciéndole al oído:

Es Javert. Yo no me atrevo á disparar contra ese hombre. ¿Te atreves tú?

--¡Pardiez!--respondió Thénardier.

--Pues bien; tírale.

Thénardier tomó la pistola y apuntó á Javert.

Javert que se hallaba á tres pasos de él le miró fijamente, y se contentó con decirle:

--¡No tires! El tiro te va á fallar.

Thénardier apretó el gatillo; el tiro falló en efecto.

--¡Cuando yo te lo decía!--prorrumpió Javert.

El Colmenero arrojó su rompecabezas á los pies de Javert, diciéndole:

--¡Eres el rey de los diablos! Me entrego.

--¿Y vosotros?--preguntó Javert á los otros bandidos.

--Nosotros también.

Javert repitió con calma.

--Bien, bueno; ya decía yo que seríais formales.

--Sólo pido una cosa,--añadió el Colmenero,--y es que no se me niegue el tabaco mientras esté guardado.

--Concedido,--dijo Javert.

Y volviéndose y llamando detrás de él, dijo:

--¡Entrad ya!

Una escuadra de municipales sable en mano, y de agentes armados de bastones y garrotes, se precipitó en la habitación y ató á los bandidos á la voz de Javert.

Aquella multitud de hombres, apenas iluminados por una vela, llenaba de sombra la madriguera.

--¡Esposas á todos!--gritó Javert.

--¡Acercaos un poco!--rugió una voz, que no era voz de hombre, pero de la que nadie hubiera podido decir: «es voz de mujer».

La Thénardier se había atrincherado en uno de los ángulos de la ventana, y ella era quien acababa de lanzar aquel rugido.

Los municipales y agentes retrocedieron.

Se había quitado el pañuelo, pero conservaba puesto su sombrero; su marido, agachado detrás de ella, desaparecía casi bajo el pañuelo caído; además, ella le cubría con su cuerpo, levantando con ambas manos por cima de su cabeza el adoquín, con el balanceo de un gigante que va á lanzar una roca.

--¡Cuidado!--gritó.

Todos se agolparon hacia el corredor, quedando un gran trecho desierto en medio del desván.

La Thénardier dirigió una mirada á los bandidos que se habían dejado maniatar, y murmuró con acento gutural y ronco:

--¡Cobardes!

Javert sonrió, y se adelantó por el espacio vacío que la mujer llenaba con sus feroces miradas.

--¡No te acerques! ¡Vete,--gritó ella,--ó te aplasto!

--¡Qué buen granadero!--prorrumpió Javert.--Vaya, aunque tengas barbas como un hombre, yo tengo uñas como una mujer.

Y continuó avanzando.

La mujer, desmelenada y terrible, abrió las piernas, dobló el cuerpo hacia atrás, y arrojó el adoquín á la cabeza de Javert con furia loca.

Javert se bajó, la piedra pasó por encima de él, dió en la pared de enfrente, haciendo saltar un gran pedazo de yeso, y volvió repercutiendo de un ángulo á otro al través del desván, vacío por fortuna, á morir á los pies de Javert.

En el mismo instante llegaba Javert junto á la pareja Thénardier. Una de sus anchas manos cayó sobre el hombro de la mujer, y la otra sobre la cabeza del marido.

--¡Las manillas!--gritó.

Los polizontes entraron en tropel, y algunos segundos después la orden de Javert estaba cumplida.

La mujer, abatida, miró sus muñecas agarrotadas y las de su marido, y dejándose caer en el suelo, exclamó llorando:

--¡Hijas mías!

--Están ya á la sombra,--dijo Javert.

En tanto, los agentes habían descubierto al borracho dormido detrás de la puerta, y le sacudían á puñadas y empellones.

Despertóse balbuceando:

--¿Acabó ya eso Jondrette?

--Sí,--respondió Javert.

Los seis bandidos amarrados estaban de pie, conservando todavía sus caras de espectros; tres tiznados de negro y tres enmascarados.

--Guardad vuestras caretas,--dijo Javert.

Y pasándoles revista con la mirada de un Federico II en la parada de Postdam, dijo á los tres «fumistas»:

--¡Hola! Colmenero. ¡Hola! Brujón. ¡Hola! Dosmillones.

Luego, volviéndose hacia los tres enmascarados, dijo al hombre del mazo:

--¡Hola, Tragamares!

Y al hombre del garrote:

--¡Hola! Babet.

Y al ventrílocuo:

--Salud, Chascasueldos.

En aquel instante distinguió al prisionero de los bandidos, el cual desde la entrada de los agentes de policía no había pronunciado una palabra, y se mantenía cabizbajo:

--Desatad al señor,--dijo Javert,--y que nadie salga.

Dicho esto, se sentó soberanamente ante la mesa donde habían quedado la vela y el tintero, sacó papel sellado del bolsillo, y comenzó su sumario.

Cuando hubo escrito las primeras líneas, que no eran sino las fórmulas de siempre, levantó la vista:

--Haced que se acerque el caballero á quién estos señores habían atado.

Los agentes miraron en derredor.

--Y bien,--preguntó Javert,--¿dónde está?

El prisionero de los bandidos, el señor Leblanc, el señor Urbano Fabre, el padre de Úrsula ó de la Alondra, había desaparecido.

La puerta estaba guardada, pero la ventana no lo estaba.

En cuanto se vió libre, y en tanto que Javert sumariaba, aprovechóse de la confusión, del tumulto, de la multitud, de la obscuridad, y de un momento en que la atención no estaba fija en él, para arrojarse por la ventana.

Un agente corrió á ella y miró. No se veía nadie afuera.

La escala de cuerda temblaba todavía.

--¡Diablo!--exclamó entre dientes Javert.--Éste debía ser el más listo.

XXII =El chiquillo que lloraba en la segunda parte=

Al día siguiente en que se verificaron estos acontecimientos en la casa del boulevard del Hospital, un muchacho, que parecía venir del lado del puente de Austerlitz, subía por la línea de la derecha en dirección á la barrera de Fontainebleau.

Era ya bien entrada la noche.

Aquel chico estaba pálido y flaco; iba vestido de harapos, con un pantalón de lienzo en el mes de febrero, y cantaba á grito pelado.

En la esquina de la calle de Petit-Banquier una vieja encorvada andaba buscando entre un montón de basura, á la luz del farol. El chico la empujó al pasar, y retrocedió enseguida, exclamando:

--¡Calle! ¡Y yo había tomado esto por un enorme, enormísimo perro!

Pronunció la palabra enormísimo con un ronquido gangoso y burlón, que solo con letras mayúsculas podría expresarse: ¡Un enorme, ENORMÍSIMO perro!

La vieja se enderezó furiosa.

--¡Desvergonzado!--murmuró.--¡Si no hubiera estado agachada, ya sé donde te hubiera dado con el pie!

El chico estaba ya bastante lejos.--¡Kiss! ¡Kiss!--gritó volviendo la cara;--ya veo que no me había engañado.

La vieja, sofocada de indignación, se levantó, y el resplandor del farol dió de lleno en su cara lívida, angulosa y arrugada, con patas de gallo que le bajaban casi hasta los ángulos de la boca. El cuerpo se perdía en la sombra, y sólo se veía la cabeza. Habríase dicho que era la máscara de la Decrepitud recortada por una luz nocturna.

El muchacho la contempló un momento.

--Señora,--dijo,--no es éste el género de belleza que me convendría.

Y prosiguió su camino, cantando:

El rey de loe zuecazos se marchaba á la caza, á la caza de cuervos...

Al acabar el tercer verso se interrumpió.

Había llegado delante del número 50-52, y encontrando la puerta cerrada, había comenzado á descargar sobre ella sendas patadas, patadas resonantes y heroicas, que revelaban más bien los zapatos de hombre que llevaba, que los pies de niño que tenía.

Entretanto, aquella misma vieja con quien había tropezado en la esquina de la calle de Petit Banquier, corría detrás de él, exclamando y prodigando gestos desmesurados.

--¿Qué es eso? ¿Qué es eso? ¡Santo Dios! ¡Echan abajo la puerta! ¡Están echando abajo la casa!

Las patadas continuaban.

La vieja gritaba á más no poder:

--¡Es así como se trata ahora á las casas!

De pronto se detuvo; había reconocido al pilluelo.

--¡Cómo! ¿Eres tú, Satanás?

--¡Calle! Es la vieja,--dijo el muchacho.--Buenos días, Bourgonmucha. Vengo á ver á mis ascendientes.

La vieja respondió con una mueca del orden compuesto, admirable improvisación del odio, sacando partido de la caducidad y de la fealdad, que se perdió desgraciadamente en la obscuridad.

--No hay nadie, carátula.

--¡Bah!--replicó el chico.--¿Entonces dónde está mi padre?

--En la cárcel de la Fuerza.

--¡Calle! ¿Y mi madre?

--En la de San Lázaro.

--¡Bravo! ¿Y mis hermanas?

--En las Magdalenas.

El chico se rascó detrás de la oreja, y mirando á la tía Bougón, le dijo:

--¡Ah!...

Después giró sobre sus talones, y un momento después la vieja, que se había quedado en el umbral de la puerta, oyó que iba entonando con voz clara y tierna, perdiéndose entre los negros olmos que estremecía el cierzo del invierno:

El rey de los zuecazos Se marchaba á la caza, Á la caza de cuervos, Andando sobre zancas; Y por pasar entre ellas Dos sueldos le pagaban.

CUARTA PARTE EL IDILIO DE LA CALLE DE PLUMET Y LA EPOPEYA DE LA CALLE DE SAN DIONISIO

LIBRO PRIMERO ALGUNAS PÁGINAS DE HISTORIA

I =Bien cortado=

Los dos años que siguen inmediatamente á la revolución de julio 1831 y 1832, son uno de los momentos históricos más particulares y más notables. Estos dos años, en medio de los que los preceden y de los que les siguen, aparecen como dos montañas: tienen la grandeza revolucionaria; descúbrense en ellos precipicios. Las masas sociales, los mismos asientos del edificio de la civilización, el grupo sólido de los intereses sobrepuestos y adherentes, los perfiles seculares de la antigua formación francesa, aparecen y desaparecen á cada instante al través de las nubes tempestuosas de los sistemas, de las pasiones y de las teorías. Tales apariciones y desapariciones han sido calificadas de resistencia y movimiento. Á intervalos se ve brillar entre ellas la verdad, luz del alma humana.

Esta época notable está muy circunscrita, y principia á alejarse bastante de nosotros, para que puedan apreciarse desde ahora sus líneas principales.

Vamos á probarlo.

La Restauración había sido una de esas fases intermedias, difíciles de definir, en que se encuentra cansancio, zumbido, murmullos, sueño y tumulto; que no son más que la llegada de una gran nación á una etapa. Estas épocas son singulares, y engañan á los políticos que quieren explotarlas. Al principio, la nación no pide más que el reposo; no tiene más que sed de paz, ni más ambición que ser pequeña. Lo cual es la traducción de permanecer tranquila. Los grandes acontecimientos, las grandes casualidades, las grandes aventuras, los grandes hombres, á Dios gracias, se han visto tanto, que llega á fatigarnos. Hay ocasiones en que se daría á César por Prusias, y á Napoleón por el rey de Ivetot. «¡Qué buen reyezuelo era aquél!». Cuando se ha caminado desde el amanecer, cuando se ha andado una jornada larga y penosa, cuando se ha hecho la primera parada con Mirabeau, la segunda con Robespierre, y la tercera con Napoleón, se encuentra uno derrengado del todo, y cada cual pide su cama.

La fidelidad cansada, el heroísmo envejecido, las ambiciones satisfechas y las fortunas adquiridas, buscan, reclaman, imploran y solicitan, ¿qué? Un lugar de descanso. Y le tienen; toman posesión de la paz, de la tranquilidad, del ocio; y catadlos satisfechos. Entretanto, surgen ciertos hechos, se dan á conocer, y llaman á la puerta cada uno por su lado. Estos hechos salen de la revolución y de las guerras, y existen, viven, tienen el derecho de instalarse en la sociedad, y se instalan; y la mayor parte del tiempo los hechos son aposentadores y furrieles, que no hacen más que preparar la habitación á los principios.

He aquí entonces lo que se presenta á los filósofos políticos.

Al mismo tiempo que los hombres cansados piden el reposo, los hechos consumados piden garantías. Las garantías para los hechos son como el reposo para los hombres.

Es lo que Inglaterra pedía á los Estuardos después del Protectorado; lo que Francia pedía á los Borbones después del Imperio.

Estas garantías son una necesidad de los tiempos, y es preciso concederlas. Los príncipes las «otorgan», pero en realidad las da la fuerza de las cosas; verdad útil y profunda que ignoraron los Estuardos en 1662, y lo que los Borbones no entrevieron tampoco en 1814.

La familia predestinada que volvió á Francia cuando cayó Napoleón, tuvo la inocencia fatal de creer que era ella la que daba, y que lo que había dado lo podía volver á tomar; que la casa de Borbón poseía el derecho divino; que la Francia no poseía nada, y que el derecho político concedido en la Carta de Luis XVIII no era más que una rama del derecho divino, separada por la casa de Borbón, y concedida graciosamente al pueblo, hasta el día en que el rey quisiera recogerla de nuevo.

Sin embargo, la casa de Borbón podía haber conocido por el mismo disgusto que le causaba el otorgarle, que no procedía de ella esta concesión. Presentóse esquiva en el siglo XIX; puso mala cara á las expansiones de la nación; y para servirnos de una palabra trivial, es decir, popular y verdadera, regañó los dientes. El pueblo lo vió.

Creyó que tenía fuerza, porque el Imperio había desaparecido delante de ella como una decoración de teatro, sin conocer que ella había venido de la misma manera. No vió que estaba en las mismas manos que había quitado de allí á Napoleón.

Creyó que estaba arraigada en el pueblo, porque era lo pasado; y se engañaba. Era una parte de lo pasado; pero todo lo pasado era Francia. Las raíces de la sociedad francesa no estaban en los Borbones, sino en la nación; aquellas raíces profundas no constituían el derecho de una familia, sino la historia de un pueblo, y estaban en todas partes, menos debajo del trono.

La casa de Borbón era para la Francia el nudo ilustre y sangriento de su historia; pero no el elemento principal de su destino, ni la base necesaria de su política. Podía pasar perfectamente sin los Borbones, como había ya pasado sin ellos veintidós años. Había habido una solución de continuidad, pero ellos lo dudaban. ¿Y cómo no habían de dudarlo ellos, que se figuraban que Luis XVII reinaba el 9 de termidor, y que Luis XVIII reinaba el día de Marengo? Nunca; desde el origen de la historia, había habido príncipes tan ciegos en presencia de los hechos y de la parte de la autoridad divina que esos hechos contienen y promulgan; nunca esa pretensión humana, que se llama el derecho de los reyes, había negado hasta tal punto el derecho de lo alto.

Error capital que condujo á esta familia á poner mano en las garantías «otorgadas» en 1814, en las concesiones, como ella las calificaba. ¡Triste cosa en verdad! ¡Llamar concesiones suyas á lo que eran nuestras conquistas; llamar usurpaciones á lo que eran nuestros derechos!

La Restauración, cuando le pareció llegada la hora, cuando se creyó victoriosa sobre Bonaparte, y arraigada en el país; es decir, cuando se imaginó fuerte y profunda, tomó bruscamente su partido, y se arriesgó á dar un golpe. Una mañana se levantó encarándose con Francia, y alzando la voz, disputó el título colectivo y el título individual; á la nación la soberanía, y al ciudadano la libertad. Ó en otros términos, negó á la nación lo que la hacía nación, y al ciudadano lo que le hacía ciudadano. Ésta es la esencia de esos actos célebres, que se llaman los Decretos de julio.

La Restauración cayó.

Y cayó con justicia, aunque debamos decir aquí que no fué absolutamente hostil á todas las formas del progreso. Hiciéronse grandes cosas, estando ella al lado.

Bajo la Restauración, la nación se había acostumbrado á discutir en calma, lo cual faltó en tiempo de la República; y á la grandeza en la paz, de lo cual careció durante el Imperio. El espectáculo de la Francia, libre y fuerte, había sido estímulo para los demás pueblos de Europa; la Revolución había tenido la palabra en tiempo de Robespierre, el cañón en tiempo de Bonaparte; pero en tiempo de Luis XVIII y Carlos X le llegó su turno á la palabra de la inteligencia.

Cesó el viento, y resplandeció nuevamente la antorcha; viéndose á la sazón brillar en las serenas alturas la luz del pensamiento. Espectáculo magnífico, útil y agradable.

Vióse trabajar durante quince años en plena paz, en medio de la plaza pública, á esos grandes principios, tan antiguos para el pensador y tan nuevos para el hombre de Estado: la igualdad ante la ley, la libertad de conciencia, la libertad de la palabra, la libertad de la prensa, la accesibilidad de todas las aptitudes á todos los empleos. Esto duró hasta 1830.

Los Borbones fueron un instrumento de civilización que se rompió en manos de la Providencia.

La caída de los Borbones resultó rodeada de grandeza, no por su parte, sino por la de la nación.

Dejaron el trono lleno de gravedad, pero desautorizado, su caída, en medio de la noche, no fué una de esas desapariciones solemnes que dejan una emoción sombría en las páginas de la historia; no fué ello ni la tranquilidad espectral de Carlos I, ni el grito de águila de Napoleón.

Se fueron; esto fué todo.

Depusieron la corona, y no conservaron la aureola. Fueron dignos, pero no augustos; faltaron hasta cierto punto á la majestad de su desgracia.

Carlos X, en el viaje de Cherburgo, haciendo cortar una mesa redonda para cuadrarla, pareció más cuidadoso de la etiqueta en peligro que de la ruinosa monarquía. Esta pequeñez entristeció á los hombres fieles que amaban sus personas, y á los hombres graves que honraban su raza.

El pueblo estuvo admirable; la nación, atacada una mañana á mano armada por una especie de insurrección real, se sintió tan poderosa, que no tuvo ni siquiera cólera; se defendió, y se contuvo; volviendo sencillamente las cosas en su lugar; el gobierno á la ley, y los Borbones al destierro; pero ¡ah! se detuvo.

Tomó al viejo rey Carlos X debajo del dosel que había cobijado á Luis XIV, y le dejó en tierra suavemente; no tocó á las personas reales, sino con tristeza y precaución.

Esto no lo hizo un hombre, no lo hicieron algunos hombres; lo hizo Francia, la Francia entera, la Francia victoriosa y embriagada con su victoria, que parecía recordar, y que practicó á los ojos del mundo entero estas graves palabras de Guillermo Du Vair, después de la jornada de las barricadas:

«Es muy propio de los que se han acostumbrado á desflorar los favores de los grandes, saltando como los pájaros de rama en rama, de una situación aflictiva á otra floreciente, manifestarse insolentes contra su príncipe en la adversidad; pero por mi parte, la suerte de mis reyes será siempre venerable, y principalmente la de los afligidos».

Los Borbones se llevaron el respeto, pero no el sentimiento. Como hemos dicho, su desgracia fué más grande que ellos. Desvaneciéronse en el horizonte.

La revolución de julio tuvo inmediatamente amigos y enemigos en el mundo entero. Los unos se precipitaron hacia ella entusiasmados y alegres, los otros le volvieron la espalda, cada cual según su naturaleza.

Los príncipes de Europa, en el primer momento, como búhos de aquella aurora, cerraron los ojos, heridos y estupefactos, y no los abrieron sino para amenazar: temor que se comprende; cólera que se disculpa.

Aquella extraña revolución apenas había sido un choque; no había hecho al realismo vencido ni siquiera el honor de tratarle como enemigo y verter su sangre.

Á los ojos de los gobiernos despóticos, siempre interesados en que la libertad se calumnie á sí misma, la revolución de julio había cometido la falta de presentarse formidable y ser benévola.

Por lo demás, nada se intentó ni maquinó contra ella. Los más descontentos, los más irritados, los que más se estremecieron, la saludaban.

Sean lo que fueren nuestro egoísmo y nuestros rencores, siempre sale un respeto misterioso de los sucesos, en que se descubre la colaboración de alguien que trabaja más alto que el hombre.

La revolución de julio es el triunfo del derecho derrocando el hecho; un algo lleno de esplendor.

El derecho derrocando el hecho. De ahí el éxito de la revolución de 1830, y de ahí también su benevolencia. El derecho que triunfa no tiene ninguna necesidad de ser violento.

El derecho es lo justo y lo verdadero.

Lo propio del derecho es permanecer constantemente hermoso y puro. El hecho, aún el más necesario en apariencia, aún el mejor aceptado por los contemporáneos, si no existe más que como hecho, si no contiene en sí más que poquísimo ó nada de derecho, está destinado infaliblemente á ser, con el tiempo, deforme, inmundo, y tal vez monstruoso.

Si se quiere conocer de una mirada hasta qué grado de miseria puede llegar el hecho, visto á la distancia de los siglos, mírese á Maquiavelo.

Maquiavelo no es el genio del mal, ni es un demonio, ni un escritor cobarde y miserable; no es más que el hecho; y no es solamente el hecho italiano, es el hecho europeo, el hecho del siglo XVI. Parece horrible, y lo es realmente, comparado con la idea moral del siglo XIX.

Esta lucha del derecho y del hecho, existe desde el origen de las sociedades. Terminar el duelo, amalgamar la idea pura con la realidad humana, introducir pacíficamente el derecho en el hecho, y el hecho en el derecho, he aquí el trabajo de los sabios.

II =Mal cosido=

Pero el trabajo de los sabios es uno, y otro el de los hábiles. La revolución de 1830 se detuvo muy pronto.

En cuanto se calma la tempestad revolucionaria, los hábiles se apoderan del buque.

Los hábiles, en nuestro siglo, se han concedido á sí mismos el calificativo de hombres de Estado; si bien esta palabra «hombre de Estado» ha acabado por tener algo de germanía. No se olvide, que allí donde no hay más que habilidad, hay necesariamente pequeñez.

Decir los «hábiles», equivale á decir: «las medianías».

Del mismo modo que decir: «los hombres de Estado», equivale algunas veces á decir: «los traidores».

Á creer, pues, á los hábiles, las revoluciones, como la de julio, son arterias cortadas, y es preciso hacer pronto la ligadura.

El derecho, proclamado en toda su grandeza, estremece; y una vez afirmado el derecho, es necesario afirmar el Estado. Asegurada la libertad, es preciso pensar en el poder.

En esto, los sabios no se separan aún de los hábiles, pero principian á desconfiar. El poder, sea; pero ante todo, ¿qué es el poder? Y luego, ¡de dónde procede!

Los hábiles aparentan no comprender esta objeción, y prosiguen su maniobra.

Según estos políticos ingeniosos, para cubrir las ficciones utilizables con una máscara de necesidad, lo que primero hace falta á un pueblo, después de una revolución, cuando este pueblo forma parte de un continente monárquico, es proporcionarse una dinastía. De este modo, dicen, puede tener la paz después de su revolución; es decir, el tiempo necesario á curar sus heridas y reparar su casa.

La dinastía oculta el andamiaje, y cubre los hospitales de sangre.

Pero no siempre es fácil encontrar una dinastía.

En rigor, basta el primer hombre de genio, ó el primer hombre de fortuna, para hacer de él un rey. En el primer caso, resulta un Bonaparte; en el segundo, un Itúrbide.

Más para hacer una dinastía no basta una familia cualquiera. Debe haber necesariamente cierta cantidad de antigüedad en una raza; y las arrugas de los siglos no se improvisan.

Colocándonos bajo el punto de vista de los «hombres de Estado», hechas todas las reservas convenientes, preguntamos: después de una revolución, ¿cuáles son las cualidades del rey que de ella sale?...

Puede ser, y es útil que sea revolucionario, es decir, partícipe personal de esta revolución, por haber puesto en ella la mano, ó haberse comprometido ó distinguido en ella, ó haber tocado el hacha ó manejado la espada.

¿Cuáles son las cualidades de una dinastía?...

Debe ser nacional, es decir, revolucionaria á cierta distancia; no por sus actos consumados, sino por las ideas aceptadas; debe componerse de lo pasado, y ser histórica; componerse del porvenir, y ser simpática.

Todo esto explica porqué las primeras revoluciones se contentan con encontrar un hombre, llámese Cromwell ó Napoleón; y porqué las segundas quieren, absolutamente, encontrar una familia, la casa de Brunswick ó la casa de Orléans.

Las familias reales se asemejan á esas higueras de la India, cuyas ramas se encorvan hasta la tierra, echan raíces, y se convierten en nuevos troncos. Cada rama puede ser una dinastía; con la única condición de bajarse hasta el pueblo.

Tal es la teoría de los hábiles.

He aquí, pues, el arte sublime: hacer que un acontecimiento suene algo á catástrofe, para que los que se aprovechen de él tiemblen; sazonar con un poco de miedo un paso de hecho; aumentar la curva de la transición hasta el retardamiento del progreso; endulzar la obra; denunciar y apartar las molestias del entusiasmo; cortar los ángulos y las uñas; acolchar el triunfo, arropar el derecho; envolver al gigante pueblo con mantillas de bayeta y acostarle presto; imponer dieta á ese exceso de salud; tratar á Hércules como convaleciente; diluir el acontecimiento en el expediente; ofrecer á los ánimos sedientos del ideal ese néctar aguado con tisana; tomar sus precauciones contra el éxito demasiado grande: tapar la revolución con una pantalla.

En 1830 se practicó esta teoría, aplicada ya en Inglaterra en 1688.

La de 1830 fué una revolución detenida á media cuesta; progreso á medias; casi derecho. Pero la lógica ignora el casi, absolutamente lo mismo que el sol ignora que haya velas.

¿Y quién detiene la revolución en mitad de la pendiente? La burguesía.

¿Por qué?

Porque la burguesía es el interés satisfecho; ayer era el apetito, hoy es la plenitud, mañana será la saciedad.

El fenómeno de 1814, después de Napoleón, se reprodujo en 1830, después de Carlos X.

Se ha querido equivocadamente hacer de la burguesía una clase. La burguesía es buenamente la parte satisfecha del pueblo. El burgués es el hombre que tiene ahora tiempo para sentarse; y una silla no es una casta.

Mas por querer sentarse demasiado pronto se puede detener la marcha del género humano; y ésta ha sido casi siempre la falta de la burguesía.

No constituye una clase el cometer una falta. El egoísmo no es ninguna de las divisiones del orden social.

Por lo demás, debemos ser justos, aun con el egoísmo; el estado á que aspiraba, después de la conmoción de 1830, esa parte de la nación que se llama burguesía, no era la inercia, que se complica con la indiferencia y la pereza, y que es algo vergonzosa; no era la somnolencia, que supone un olvido momentáneo, accesible á los ensueños: era un alto.

Hacer alto es una frase que tiene un doble sentido singular, y casi contradictorio; tropa en marcha, quiere decir movimiento; alto, quiere decir reposo.

Hacer alto es reparar las fuerzas; es el reposo armado y despierto; es el hecho consumado que pone centinelas y se mantiene en guardia. El alto supone combate ayer, y combate mañana.

Éste es el intermedio de 1830 á 1848.

Lo que aquí llamamos combate puede también llamarse progreso.

Necesitaba, pues, la burguesía, como los hombres de Estado, un hombre que representase esta palabra: ¡Alto! Un Sin embargo, un Por qué, una individualidad compuesta que significase revolución y estabilidad; ó en otros términos, afianzamiento del presente por medio de la compatibilidad evidente del pasado con el porvenir.

Este hombre «se encontró fácilmente». Llamábase Luis Felipe de Orléans.

Los 221 hicieron rey á Luis Felipe; Laffayette se encargó de la consagración, llamando á la nueva monarquía la mejor de las repúblicas. La casa Ayuntamiento de París reemplazó á la catedral de Reims.

Esta sustitución de un medio trono á un trono completo, fué la «obra de 1830».

Cuando los hábiles hubieron concluido, apareció el vicio inmenso de su solución: todo se había hecho fuera del derecho absoluto.

El derecho absoluto gritó: ¡Protesto! Y después, y esto fué lo más formidable, se volvió á la sombra.

III =Luis Felipe=

Las revoluciones tienen el brazo terrible y la mano buena; pegan firme y escogen bien. Aun incompletas, aún bastardeadas y prematuras, aún sofocadas y reducidas al estado de revolución menor de edad; como la revolución de 1830, les queda casi siempre bastante lucidez providencial para no caer mal.

Su eclipse no es nunca abdicación.

Sin embargo, no nos envanezcamos demasiado; las revoluciones se engañan también, y se han visto grandes equivocaciones.

Volvamos á 1830. 1830 en medio de su extravío tuvo acierto. En el establecimiento, que se llamó orden después de la revolución, detenida de súbito, el rey valía más que el realismo. Luis Felipe era un hombre raro.

Hijo de un hombre, á quien la historia juzgará seguramente con circunstancias atenuantes, y tan digno de aprecio, como lo fué su padre de censura, tenía todas las virtudes privadas, y algunas públicas; era cuidadoso de su salud, de sus bienes, de su persona y de sus negocios.

Conocía el valor de un minuto, y no siempre el de un año; sobrio, sereno, pacífico, sufrido; buen hombre y buen príncipe.

Dormía con su mujer, y tenía en su palacio lacayos encargados de enseñar el lecho conyugal á los burgueses; había alhajado su alcoba con un lujo regular, útil después de las antiguas ostentaciones ilegítimas de la rama principal.

Poseía todas las lenguas de Europa, y lo que es más notable, sabía y hablaba el idioma de todos los intereses; admirable representante de la «clase media»; pero siempre superior á ella, y más avanzado que ella.

Tenía el singular talento, sin dejar de apreciar la sangre de su familia, de medirse por su valor intrínseco; y en cuanto á la cuestión de raza, declararse Orléans y no Borbón, primer príncipe de la sangre, mientras no había sido más que alteza serenísima; pero hombre campechano desde el día en que fué majestad.

Difuso en público, conciso en la intimidad; avaro señalado pero no probado; económico en el fondo pero fácilmente pródigo con relación á su fantasía ó su deber; literato, poco sensible á las letras; hidalgo, pero no caballeresco; sencillo, sereno y fuerte; adorado de su familia y de su casa; de conversación seductora; hombre de Estado desengañado; frío interiormente, dominado por el interés inmediato; gobernando siempre lo más preciso; incapaz de rencor ni de agradecimiento; gastando sin compasión los talentos superiores en cosas medianas; hábil en quitar la razón, por medio de las mayorías parlamentarias, á esas unanimidades misteriosas que murmuran sordamente bajo los tronos; expansivo y, á veces, imprudente en su expansión, pero de maravillosa destreza en esta imprudencia; fecundo en expedientes, en fisonomías, en máscaras; dando miedo á la Francia con Europa, y á la Europa con Francia.

Amante seguramente de su país, pero mucho más de su familia.

Apreciando más la dominación que la autoridad, y la autoridad más que la dignidad; disposición que tiene algo de funesta, porque dirigiéndose únicamente al éxito, admite la astucia y no repudia absolutamente la bajeza; pero que tiene también algo de útil, porque preserva á la política de los choques violentos, al Estado de las rupturas, y á la sociedad de las catástrofes.

Minucioso, correcto, vigilante, atento, sagaz, infatigable; contradiciéndose alguna vez y desmintiéndose otras; arrogante contra el Austria en Ancona; tenaz contra Inglaterra en España; bombardeando á Amberes, y pagando á Pritchard; cantando con convicción la Marsellesa; inaccesible al abatimiento, al cansancio, al gusto de lo bello y de lo ideal, á las generosidades temerarias, á la utopía, á la quimera, á la cólera, á la vanidad y al temor.

Poseyendo todas las formas de la intrepidez personal; como general en Valmy, como soldado en Jemmapes; probado ocho veces por el regicidio, y siempre sonriente; valiente como un granadero, animoso como un pensador; inquieto solamente ante las eventualidades de una conmoción europea, é incapaz para las grandes aventuras políticas; siempre dispuesto á arriesgar su vida, pero jamás su obra; disfrazando su voluntad con la influencia, á fin de ser obedecido, antes que como rey como inteligencia; dotado de observación, y no de adivinación; parándose poco en los talentos, pero conocedor de los hombres, es decir, necesitando ver para juzgar; buen sentido, pronto y penetrante; sabiduría práctica, palabra fácil, memoria prodigiosa; haciendo uso constante de esta memoria: su único rasgo de semejanza con César, Alejandro y Napoleón.

Sabiendo los hechos, los pormenores, las fechas, los nombres propios, é ignorando las tendencias, las pasiones, los talentos diversos de la multitud, las aspiraciones interiores, los levantamientos ocultos y oscuros de las almas; en una palabra, todo lo que podría llamarse las corrientes invisibles de las conciencias. Aceptado superficialmente, pero poco acorde con la Francia inferior; saliendo adelante con su habilidad, gobernando demasiado y no reinando bastante, siendo él su propio primer ministro; excelente para hacer de la pequeñez de las realidades un obstáculo á la inmensidad de las ideas; mezclando con una verdadera facultad creadora de civilización, de orden y de organización, cierto extraño espíritu de procedimientos quisquillosos; fundador y procurador de una dinastía; teniendo algo de Carlomagno, y algo de abogado. En suma, grande y original figura: príncipe que supo consolidar el poder, á pesar de las inquietudes de la Francia, adquiriendo fuerza exterior á pesar de los recelos de Europa.

Luis Felipe será calificado como una de las eminencias de su siglo; y sería colocado entre los gobernantes más ilustres de la historia, si hubiese amado un poco la gloria, y hubiese tenido el sentimiento de lo grande, como tenía el sentimiento de lo útil.

Luis Felipe había tenido muy buena figura; y viejo ya, era todavía gracioso; no siempre había sido bien acogido por la Francia, pero lo había sido por la multitud; agradaba porque tenía el don de seducir.

Su majestad no se le adaptaba; era rey, y no llevaba la corona; era anciano, y no tenía el cabello blanco.

Sus modales eran del antiguo régimen, y sus costumbres del moderno; mezcla de noble y de burgués que convenía á 1830.

Luis Felipe era la transición reinante; había conservado la antigua pronunciación y la ortografía antigua, poniéndolas al servicio de las opiniones modernas.

Amaba la Polonia y la Hungría; pero escribía los polacos (polonais), y pronunciaba los húngaros (hongrois).

Vestía el uniforme de la guardia nacional, como Carlos X, y llevaba el cordón de la Legión de Honor, como Napoleón.

Iba poco á la iglesia; nunca de caza; jamás á la ópera. Incorruptible á los sacristanes, á los monteros y las bailarinas; lo cual contribuía algo á su popularidad menestral.

No tenía la menor corte.

Salía con su paraguas bajo el brazo; paraguas que ha formado por mucho tiempo parte de su aureola.

Entendía algo de albañilería, un poco de jardinería y no ignoraba del todo la medicina; sangró á un postillón que se cayó del caballo: porque Luis Felipe no iba nunca sin lanceta, como no iba nunca Enrique III sin su puñal.

Los realistas se reían de este rey ridículo, el primero que ha derramado sangre para curar.

Entre los cargos de la historia contra Luis Felipe, hay algo que descontar. El que acusa al realismo, el que acusa al reinado y el que acusa al rey, tres columnas diversas que dan cada una su total diferente.

El derecho democrático confiscado; el progreso mirado como un interés secundario; las protestas de la calle reprimidas violentamente; la ejecución militar de las insurrecciones; el motín pasado por las armas; la calle Transnonain, los Consejos de guerra, la absorción del país natural por el país ficticiamente legal; el gobierno de cuenta y mitad con trescientos mil privilegiados: representan el hecho del realismo.

La Bélgica rechazada; la Argelia rudamente conquistada como la India por los ingleses, con mayor suma de barbarie que de civilización; la falta de fe con Abd el Kader; Blaye, Deutz comprados, Pritchard pagado: son el hecho del reinado.

Y la política, más de familia que nacional, es el hecho del rey.

Como se ve, deducido el descuento, disminuye el cargo del rey.

Su gran falta fué ésta: Haber sido modesto en nombre de Francia.

¿De dónde provino esta falta?

Vamos á decirlo.

Luis Felipe fué un rey demasiado padre; y esta incubación de una familia que quiere hacerse dinástica, tiene miedo de todo, y no quiere aventurarse mucho; de ahí la timidez excesiva é importuna al pueblo que cuenta un 14 de julio en su tradición civil, y un Austerlitz en su tradición militar.

Por lo demás, si prescindimos de los deberes públicos que exigen el primer lugar, la profunda ternura de Luis Felipe hacia su familia, la familia se la merecía.

Aquel grupo doméstico era admirable; las virtudes se hermanaban con el talento.

Una de las hijas de Luis Felipe, María de Orléans, introducía el nombre de su raza entre los artistas, como Carlos de Orléans lo había inscrito entre los poetas. Habiendo ella hecho de su alma un mármol, al cual había llamado Juana de Arco.

Dos de los hijos de Luis Felipe habían arrancado á Metternich este elogio demagógico: Son jóvenes como se ven pocos, y príncipes como no se ven.

He ahí, sin disimular ni agravar la verdad sobre Luis Felipe.

Ser el príncipe igualdad, encarnar la contradicción de la Restauración y de la Revolución; tener la parte inquieta del revolucionario que se convierte en confiada en el gobernante; fué ésta la fortuna de Luis Felipe en 1830. Jamás hubo una adaptación más completa entre un hombre y un acontecimiento. Penetró el uno en el otro, y resultó la encarnación.

Luis Felipe en 1830 hecho hombre.

Además, tenía una gran circunstancia para el trono, el destierro. Había estado proscrito, errante, pobre; había vivido de su trabajo.

En Suiza, aquel heredero de los dominios más ricos de Francia, había tenido que vender un caballo para comer. En Reichenau había dado lecciones de matemáticas, mientras su hermana Adelaida bordaba y cosía.

Estos recuerdos, unidos á un rey, entusiasmaban á los menestrales.

Había demolido por su mano la última jaula de hierro del monte de San Miguel, construida por Luis XI, y utilizada por Luis XV.

Era compañero de Dumouriez, y amigo de Laffayette.

Había pertenecido al club de los jacobinos.

Mirabeau le había dado golpecitos familiares en el hombro.

Dantón le había dicho: ¡Hola, joven!

Á los veinticuatro años, en 1793, siendo duque de Chartres, había asistido desde el fondo de una obscura tribuna de la Convención al proceso de Luis XVI, tan bien calificado con el nombre de aquel pobre tirano.

La ciega previsión de la Revolución, rompiendo la majestad en el rey, y el rey con la majestad, sin echar de ver siquiera al hombre en la feroz destrucción de la idea; la vasta tempestad de la asamblea tribunal, la cólera pública interrogando. Capeto no sabiendo qué responder, la terrible vacilación estupefacta de aquella cabeza real bajo aquel álito sombrío, la inocencia relativa de todos en aquella catástrofe, así de los que condenaban como de aquel que era condenado. Luis Felipe había visto todo aquello, había contemplado aquellos vértigos; había visto comparecer los siglos á la barra de la Convención; había visto, detrás de Luis XVI, infortunado transeúnte responsable, alzarse en las tinieblas á la formidable acusada, la monarquía; y habíasele quedado en el alma el espanto respetuoso de aquellas inmensas justicias del pueblo, casi tan impersonales como la justicia de Dios.

La huella que en él había dejado la Revolución era prodigiosa. Su recuerdo era como una marea viviente de aquellos grandes años, punto por punto.

Un día, ante un testigo de que nos es imposible dudar, rectificó de memoria toda la letra A de la lista alfabética de la Asamblea constituyente.

Luis Felipe fué un rey en plena luz.

En su reinado, la prensa fué libre, la tribuna libre, la conciencia y la palabra libres. Las leyes de septiembre eran transparentes.

Conociendo como conocía el poder roedor de la luz sobre los privilegios, dejó su trono expuesto á la luz. La historia le tendrá en cuenta esta lealtad.

Luis Felipe, como todos los hombres históricos que han salido ya de la escena, está sujeto al juicio de la conciencia humana; su proceso está aún en primera instancia.

Aún no ha sonado para él la hora en que la historia habla con acento venerable y libre; aún no ha llegado el momento de pronunciar sobre este rey el juicio definitivo; hasta el austero é ilustre historiador Luis Blanc ha modificado hoy su primer veredicto.

Luis Felipe fué el elegido de esos dos oasis que se llaman 221 y 1830; es decir, de un casi parlamento, y de una casi revolución; y en todo caso, desde el punto de vista superior en que debe colocarse la filosofía, no podríamos juzgarle aquí, como se ha podido descubrir en lo que llevamos dicho, sino con ciertas reservas en nombre del principio democrático absoluto.

Á los ojos de lo absoluto, fuera de los dos derechos, el del hombre primero y el del pueblo después, todo es usurpación.

Pero hechas estas reservas, lo que podemos desde ahora decir es que, en resumen y de cualquier manera que se le considere, Luis Felipe, examinado en sí mismo y bajo el punto de vista de la bondad humana, será, sirviéndonos del lenguaje de la historia antigua, uno de los mejores príncipes que se han sentado en el trono.

¿Qué tiene, pues, contra sí? El mismo trono.

Quitad de Luis Felipe el rey, dejando el hombre, y el hombre es bueno; bueno, algunas veces, hasta admirable.

Con frecuencia, en medio de los más graves cuidados después de un día de lucha contra toda la diplomacia del continente, volvía por la noche á su cuarto, y allí, abatido por el cansancio, rendido por el sueño, ¿qué hacía? Tomaba un proceso, y pasaba la noche revisando una causa criminal, creyendo que era algo hacer frente á la Europa, pero que era asunto más importante todavía arrancar un hombre al verdugo.

Disputaba con el ministro de Justicia; defendía palmo á palmo el terreno de la guillotina contra los procuradores generales, esos charlatanes de la ley, como él les llamaba.

Algunas veces, un montón de procesos cubría su mesa; los examinaba todos, porque era angustioso para él abandonar aquellas pobres cabezas condenadas.

Un día decía al mismo testigo que hemos citado hace poco: Esta noche hemos ganado siete.

En los primeros años de su reinado, estuvo como suprimida la pena de muerte; y la elevación del cadalso fué como una violencia hecha al rey.

Habiendo desaparecido la plaza de Grève, en que se ajusticiaba en tiempo de la rama primogénita, se instituyó una Grève ciudadana, bajo el nombre de Barrera de Santiago; los «hombres prácticos» conocieron la necesidad de una guillotina casi legítima; y en esto fué donde obtuvo una de sus victorias Casimiro Perier, que representaba la parte mezquina de la clase media, contra Luis Felipe, que representaba la parte liberal.

Luis Felipe había anotado por su mano á Beccaria; y escribía después del atentado de Fieschi: ¡Qué lástima que yo no haya sido herido! Hubiera podido perdonar.

Otra vez, aludiendo á la resistencia de sus ministros, escribía á propósito de un condenado político, que es una de las más generosas figuras de nuestro tiempo: Su perdón está concedido, no me falta más que obtenerlo.

Luis Felipe era afable como Luis IX, y bueno como Enrique IV.

Ahora bien, para nosotros, en la historia, donde la bondad es una perla rara, el que ha sido bueno, pasa casi antes que el que ha sido grande.

Habiendo sido Luis Felipe juzgado severamente por los unos, y duramente tal vez por los otros, es muy natural que un hombre que es hoy también un fantasma, y que ha conocido á este rey, venga á deponer en su favor ante la historia; esta declaración, cualquiera que sea, es evidente, y sobre todo desinteresada; un epitafio escrito por un muerto es sincero; una sombra puede consolar á otra sombra; la participación de las mismas tinieblas da el derecho de alabanza, y no es de temer que se diga nunca de dos tumbas en el destierro: «Ésta ha adulado á aquélla».

IV =Grietas en la base=

En el momento en que el drama que vamos narrando va á penetrar en el espesor de una de las nubes trágicas que cubren los principios del reinado de Luis Felipe, no es necesario equívoco alguno, y es preciso que este libro dé explicaciones acerca de aquel rey.

Luis Felipe había adquirido la autoridad real sin violencia, sin acción directa por su parte, por un giro revolucionario, evidentemente muy distinto del verdadero fin de la revolución, pero en el cual el duque de Orléans no había tenido ninguna iniciativa personal.

Había nacido príncipe, y se creía elegido rey.

No se dió á sí mismo este poder, no lo tomó; se le ofrecieron, y lo aceptó; convencido, equivocadamente, es cierto, pero convencido de todos modos, de que el ofrecimiento era conforme á derecho, y de que la aceptación era un deber. De ahí nació una posesión de buena fe.

Pues bien: debemos decir en conciencia, que estando Luis Felipe de buena fe en su posesión, y la democracia de buena fe en su ataque, la cantidad de espanto que se desprende de las luchas sociales no recae sobre el rey ni sobre la democracia.

El choque de principios se parece al choque de elementos.

El océano defiende al agua; el huracán defiende al viento; el rey defiende la dignidad real; la democracia defiende al pueblo; la monarquía, que es lo relativo, resiste á lo absoluto, que es el pueblo; la sociedad vierte sangre en este conflicto; pero lo que es hoy sufrimiento será salud mañana y, en todo caso, no debe culparse á los que luchan; uno de los dos partidos se equivoca evidentemente, porque el derecho no está, como el coloso de Rodas, sobre dos riberas á la vez, con un pie en el pueblo y otro en el trono; es indivisible, está todo de una parte; pero los que se engañan, se engañan sinceramente; un ciego no es un culpable, como un vendeano no es un bandido.

No imputemos, pues, más que á la fatalidad de las cosas, estas colisiones terribles.

Cualesquiera que sean estas tempestades, siempre está entre ellas la irresponsabilidad humana.

Acabemos esta explicación.

El gobierno de 1830 tuvo desde el principio una vida difícil. Nació ayer, y tuvo que combatir hoy.

Apenas instalado, sentía ya por todas partes vagos movimientos de tracción el aparato de julio, tan recientemente armado, y tan poco sólido.

La resistencia nació al día siguiente; quizá había nacido ya á la víspera.

Cada mes crecía la hostilidad; y de sorda se trocó en patente.

La revolución de julio, poco aceptada fuera de Francia por los reyes, había sido interpretada en Francia diversamente, como hemos dicho.

Dios manifiesta á los hombres sus voluntades visibles en los acontecimientos, texto obscuro escrito en una lengua misteriosa.

Los hombres le traducen enseguida, y hacen traducciones apresuradas; incorrectas, llenas de faltas, de vacíos y de contrasentidos.

Son escasísimas las inteligencias que comprenden la lengua divina.

Las más sagaces, las más serenas, las más profundas descifran lentamente, y cuando llegan con su texto, todo se ha verificado hace tiempo; hay ya veinte traducciones en la plaza pública.

De cada traducción nace un partido; de cada contrasentido una facción; y cada partido cree tener el único texto verdadero, y cada facción cree poseer la luz.

Frecuentemente el poder mismo es una facción.

Hay en las revoluciones nadadores contra la corriente; son los partidos viejos.

Por aquéllos de éstos que se refieren al derecho hereditario por la gracia de Dios, se cree que habiendo nacido las revoluciones del derecho de insurrección, tienen también el derecho de rebelión. Esto es un error, porque en las revoluciones, el insurrecto no es el pueblo; es el rey. Revolución es precisamente lo contrario de insurrección.

Siendo, toda revolución, el cumplimiento de una función normal, contiene en sí su legitimidad; legitimidad que algunas veces deshonran los falsos revolucionarios; pero que persiste, aún deshonrada; que sobrevive, aún ensangrentada.

Las revoluciones surgen, no de un accidente, sino de la necesidad. Una revolución es la vuelta de lo ficticio á lo real; existe, porque debe existir.

Los antiguos partidos legitimistas no por eso dejaron de atacar la revolución de 1830 con todas las violencias que brotan del falso raciocinio.

Los errores son excelentes proyectiles.

Hiriéronla diestramente por donde era vulnerable; en el vacío de su coraza, en su falta de lógica; atacaban á la revolución en su majestad real, y gritaban: «Si eres Revolución, ¿por qué tienes rey?». Las facciones son ciegos que apuntan en lo cierto.

Los republicanos daban este mismo grito; pero en ellos era lógico.

Lo que era ceguedad para los legitimistas, era lucidez en los demócratas.

La revolución de 1830 había hecho bancarrota para el pueblo, y la democracia indignada se lo echaba en cara.

Entre el ataque del pasado y el ataque del porvenir, rebatíase el establecimiento de julio.

Representaba al momento, luchando por un lado con los siglos monárquicos y por otro con el derecho eterno.

Además, con respecto al exterior, no siendo ya revolución, y trocándose en monarquía, 1830 se veía obligado á seguir el paso de Europa. Debía, pues, conservar la paz, y esto aumentaba la complicación. Una armonía deseada contra el sentido natural, es muchas veces más onerosa que una guerra.

De este sordo conflicto, siempre amordazado, pero gruñendo siempre, nació la paz armada, ese ruinoso expediente de la civilización, recelosa de sí misma.

La monarquía de julio, á pesar de ser monarquía, se encabritaba enganchada entre los arreos de los gabinetes europeos.

Metternich le hubiera echado de buena gana las correas. Impulsada en Francia por el progreso, impulsaba en Europa á las monarquías retrógradas; siendo remolcada, remolcaba.

Entretanto, en el interior, pauperismo, proletariado, salario, educación, penalidad, prostitución, suerte de la mujer, riqueza, miseria, producción, consumo, repartición, cambio, moneda, crédito, derecho del capital, derecho del trabajo, todas estas cuestiones se multiplicaban sobre la superficie de la sociedad; terrible gravamen.

Por fuera de los partidos políticos propiamente dichos, se manifestaba un nuevo movimiento.

Á la fermentación democrática respondía la fermentación filosófica. La parte más culta estaba conmovida como la turba; de otra manera, pero tanto.

Los pensadores meditaban, mientras que el suelo, es decir, el pueblo, atravesado por las corrientes revolucionarias, temblaba á sus pies por no sé qué vagas sacudidas epilépticas.

Estos pensadores, aislados unos, otros reunidos en familias y casi en comunión, removían las cuestiones sociales, pacífica, pero profundamente; mineros impasibles, que abrían tranquilamente sus galerías en las profundidades de un volcán, distraídas apenas por las sordas conmociones y los fuegos lejanos que se entreveían.

Aquella tranquilidad no era por cierto uno de los peores espectáculos de aquella época agitada.

Aquellos hombres dejaban á los partidos políticos la cuestión de los derechos, ocupándose de la cuestión de la felicidad.

El bienestar del hombre: he aquí lo que pretendían extraer de la sociedad.

Llevaban las cuestiones materiales, las cuestiones de agricultura, de industria y de comercio, casi hasta la dignidad de una religión.

En la civilización, tal como se va produciendo, un poco por Dios y un mucho por el hombre, los intereses se combinan, se agregan, se amalgaman hasta formar una verdadera roca dura, según una ley dinámica pacientemente estudiada por los economistas, que son los geólogos de la política.

Aquellos hombres que se ocupaban bajo distintos nombres, pero que puede uno designarlos á todos con el título genérico de socialistas, trataban de horadar esta roca y hacer salir de ella el agua viva de la felicidad humana.

Desde la cuestión del patíbulo, hasta la cuestión de la guerra, sus trabajos lo abrazaban todo. Al derecho del hombre proclamado por la revolución francesa, añadían el derecho de la mujer y el derecho del niño.

Nadie extrañará que, por varias razones, no tratemos aquí á fondo bajo el punto de vista teórico las cuestiones promovidas por el socialismo. Nos limitamos á indicarlas.

Todos los problemas que los socialistas se proponían, prescindiendo de las visiones cosmogónicas, los delirios y el misticismo, pueden reducirse á dos problemas principales.

Primer problema:

Producir la riqueza.

Segundo problema:

Repartirla.

El primer problema importa la cuestión del trabajo.

El segundo, la cuestión del salario.

En el primer problema se trata del empleo de las fuerzas.

En el segundo, de la distribución de los goces.

Del buen empleo de las fuerzas resulta el poder público.

De la buena distribución de los goces resulta la felicidad individual.

Por buena distribución debe entenderse, no la distribución igual, sino la distribución equitativa. La primera igualdad es la equidad.

De estas dos cosas combinadas, poder público en el exterior y felicidad individual en el interior, nace la prosperidad social.

Prosperidad social, esto quiere decir: el hombre dichoso, el ciudadano libre, la nación grande.

Inglaterra resuelve el primero de estos dos problemas. Produce admirablemente la riqueza, pero la distribuye mal; y esta solución, que sólo es completa por un lado, la lleva fatalmente á estos dos extremos; opulencia monstruosa, miseria monstruosa. Todos los goces para algunos; todas las privaciones para los demás: es decir, para el pueblo; el privilegio, la excepción, el monopolio, el feudalismo nacen del trabajo mismo.

Situación falsa y resbaladiza que asienta el poder público sobre la miseria particular, y que arraiga la grandeza del Estado en los padecimientos del individuo.

Grandeza mal compuesta en que se combinan todos los elementos materiales, y en la cual no entra ningún elemento moral.

El comunismo y la ley agraria creen resolver el segundo problema. Pero se engañan.

Su repartición mata la producción; la distribución igual mata la emulación, y por consiguiente el trabajo; es una repartición de carnicero, que mata lo que reparte.

Es, pues, imposible detenerse en estas falsas soluciones: Matar la riqueza, no es repartirla.

Ambos problemas exigen una solución común para estar bien resueltos; las dos soluciones deben estar combinadas de manera que formen una sola.

No resolviendo más que el primer problema, seréis Venecia, ó seréis Inglaterra; tendréis, como Venecia, un poder artificial, ó como Inglaterra, un poder material; tendréis el mal del rico, y moriréis por la vía del hecho, como ha muerto Venecia, ó por la bancarrota, como caerá Inglaterra.

Y el mundo os dejará morir y caer; porque el mundo deja caer y morir todo lo que no es más que egoísmo, todo lo que no representa para el género humano una virtud ó una idea.

Entiéndase bien que con las palabras Venecia é Inglaterra, designamos, no los pueblos, sino las construcciones sociales, la oligarquía sobrepuesta á la nación, y no la nación misma.

Las naciones tienen siempre nuestro respeto y nuestra simpatía. Venecia como pueblo, renacerá; Inglaterra como aristocracia, caerá; pero Inglaterra como nación es inmortal.

Dicho esto, prosigamos.

Resolved los dos problemas: animad al rico y proteged al pobre; suprimid la miseria; poned término á la explotación del débil por el fuerte; poned freno á los inicuos celos del que está en camino contra el que ya ha llegado; ajustad matemática y fraternalmente el salario al trabajo; mezclad la enseñanza gratuita y obligatoria con el desarrollo de la infancia, y haced de la ciencia la base de la virilidad; desarrollad las inteligencias ocupando al mismo tiempo los brazos; sed á la vez un pueblo poderoso y una familia de hombres felices; democratizad la propiedad, no aboliéndola, sino universalizándola, de manera que todo ciudadano, sin excepción, pueda ser propietario, cosa más fácil de lo que se cree; en una palabra, sabed producir la riqueza y sabed repartirla, y tendréis entonces reunidas la grandeza material y la grandeza moral, y entonces seréis dignos de llamaros Francia.

He aquí lo que, fuera y por encima de algunas sectas que se extraviaban, decía el socialismo: eso era lo que buscaba en los hechos, lo que bosquejaba en los espíritus.

¡Esfuerzos admirables! ¡Tentativas sagradas!

Estas doctrinas, estas teorías, estas resistencias, la necesidad inesperada para el hombre de Estado de contar con los filósofos, confusas evidencias vislumbradas, una política nueva que crear, de acuerdo con el mundo antiguo y sin grandes discordancias con el ideal revolucionario, una situación en la cual era preciso emplear á Lafayette en defender á Polignac, la intuición del progreso transparente bajo el motín de las cámaras y la calle, las competencias para equilibrarse en torno suyo, su fe en la revolución, tal vez cierta resignación eventual nacida de la vaga aceptación de un derecho definitivo superior, el deseo de continuar siendo como los de su raza, su espíritu de familia, su sincero respeto al pueblo, su propia honradez, preocupaban á Luis Felipe casi dolorosamente, y por momentos; y por más fuerte y animoso que fuese, le anonadaban bajo la dificultad de ser rey.

Sentía bajo sus pies una desgregación temible, que no era, sin embargo, un puñado de polvo, porque la Francia era más Francia que nunca.

Tenebrosos nubarrones cubrían el horizonte.

Una sombra extraña que iba aproximándose, se extendía poco á poco sobre los hombres, sobre las cosas, sobre las ideas; sombra que procedía de la cólera y de los sistemas.

Todo lo que había sido ahogado precipitadamente, se removía y fermentaba.

Á veces la conciencia del hombre honrado retenía su aliento; tal era el malestar que había en aquel aire, donde los sofismas se mezclaban con las verdades.

Los ánimos temblaban en la ansiedad social, como las hojas cuando se aproxima la tempestad.

La tensión eléctrica era tal, que en ciertos momentos un cualquiera, un desconocido, iluminaba; y después volvía á caer la obscuridad crepuscular.

Á intervalos, profundos y sordos murmullos podían hacer juzgar de la intensidad del rayo que encerraba la nube.

Apenas había transcurrido veinte meses desde la revolución de julio, y ya el año 1832 había empezado con aspecto amenazador.

La miseria del pueblo, los trabajadores sin pan, el último príncipe de Condé que había desaparecido en las tinieblas; Bruselas expulsando á los Nassau, como París á los Borbones; Bélgica ofreciéndose á un príncipe francés y entregada á un príncipe inglés; el odio ruso de Nicolás; detrás de nosotros dos demonios del Mediodía, Fernando en España y Miguel en Portugal; la tierra temblando en Italia. Metternich extendiendo la mano sobre Bolonia, Francia haciendo frente al Austria en Ancona, en el norte cierto ruido siniestro del martillo que remachaba los clavos de Polonia en su ataúd, en toda Europa miradas irritadas que acechaban á Francia; Inglaterra, aliada sospechosa pronta á empujar lo que cayese, y á echarse sobre lo que hubiera ya caído; la cámara de los Pares, apoyándose en Beccaria para negar cuatro cabezas á la ley; las flores de lis borradas del coche del rey, la cruz arrancada de la catedral de Notredame, Lafayette en decadencia, Laffitte arruinado, Benjamín Constant muerto en la indigencia, Casimiro Perier muerto en la decadencia del poder, la enfermedad política y la enfermedad social declarándose á la vez en las dos capitales del reino, la una en la ciudad del pensamiento, y la otra en la ciudad del trabajo; en París la guerra civil, en Lyon la guerra servil; en ambas ciudades el mismo resplandor de un horno; un cráter de púrpura en la frente del pueblo; el Mediodía fanatizado, el Occidente turbado, la duquesa de Berry en la Vendée, los complots, las conspiraciones, los levantamientos y el cólera, añadían al sombrío rumor de las ideas el tumulto de los acontecimientos.

V =Hechos de los que sale la historia y que la historia ignora=

Hacia fines de abril todo se había agravado. La fermentación se había trocado en ebullición.

Desde 1830 había habido aquí y allá, pequeños tumultos parciales, fácilmente reprimidos, pero que retoñaban enseguida; señal de una vasta conflagración subyacente.

Algo terrible se estaba formando.

Entreveíanse bosquejos, aún poco marcados y mal iluminados, de una revolución posible.

La Francia se fijaba en París, y París en el arrabal de San Antonio.

El arrabal de San Antonio, sordamente caldeado, entraba en ebullición.

Las tabernas de la calle de Charonne estaban graves y tempestuosas por más que la unión de estos dos adjetivos parezca singular aplicada á las tabernas.

El gobierno era allí, pura y simplemente, el objeto de la cuestión; discutíase públicamente «la cosa para combatir ó para permanecer tranquilos».

Había trastiendas en que se hacía jurar á los obreros que saldrían á la calle al primer grito de alarma, y «que pelearían sin contar el número de los enemigos».

Una vez admitido el compromiso, un hombre sentado en un rincón de la taberna, «alzaba una voz sonora» y decía: ¡Lo oyes! ¡Lo has jurado!

Algunas veces subíase al primer piso, á un cuarto cerrado, y allí pasaban escenas casi masónicas. Se hacía prestar al iniciado juramentos «para socorrerle como á los padres de familia». Tal era la fórmula.

En las salas bajas se leían folletos «subversivos». Fustigábase al gobierno, dice un informe secreto de aquel tiempo.

Oíanse frases como éstas: «Ignoro los nombres de los jefes. Nosotros no sabremos el día sino con dos horas de anticipación».

Un obrero decía: «Somos trescientos; demos cada uno diez sueldos, y se reunirán ciento cincuenta francos para hacer balas y pólvora».

Decía otro: «No digo seis meses; no digo ni aún dos: antes de quince días nos pondremos al igual del gobierno. Con veinticinco mil hombres ya se le puede hacer frente».

Otro decía: «No me acuesto, porque durante la noche hago cartuchos».

De cuando en cuando algunos hombres, vestidos «de caballero y con buenos trajes», venían dándose «importancia», y con aire de «mando» daban apretones de manos «á los más principales», y se iban. Nunca estaban más de diez minutos.

Se cambiaban en voz baja palabras significativas: «el complot está maduro; la cosa está rebosando».

«Y todos los que estaban allí murmuraban esto mismo», según la frase de uno de los concurrentes.

La exaltación era tal, que un día, en medio de la taberna, exclamó un obrero: ¡No tenemos armas!

Y uno de sus camaradas respondió: «Los soldados las tienen», parodiando así, sin saberlo, la proclama de Bonaparte al ejército de Italia.

«Cuando tenían algo más secreto, añade un informe, no se lo comunicaban». Apenas se comprende lo que podían ocultar después de decir lo que decían.

Las reuniones eran algunas veces periódicas; y á ciertas, de ellas sólo asistían ocho ó diez, siempre los mismos.

En otras entraba el que quería, y la sala se llenaba de tal modo, que tenían que estar de pie.

Unos asistían por entusiasmo y pasión; otros porque «era su camino para ir al trabajo».

Lo mismo que durante la gran revolución, había en estas tabernas mujeres patriotas que abrazaban á los neófitos.

Observábanse con frecuencia otros hechos expresivos.

Un hombre entraba en una taberna, bebía, y salía diciendo: «Tabernero, la Revolución pagará lo que debo».

En una taberna situada enfrente de la calle de Charonne, se elegían agentes revolucionarios. El escrutinio se hacía en las gorras.

Otros obreros se reunían en casa de un maestro de esgrima, que daba asaltos en la calle de Cotte; allí había un trofeo de armas, formado con espadones de madera, estoques, garrotes y floretes.

Un día quitaron los botones á los floretes, y decía un obrero: «Somos veinticinco, pero no cuentan conmigo, porque me miran como una máquina». Esta máquina fué después Quenisset.

Las cosas que se premeditaban tomaban poco á poco una extraña notoriedad. Una mujer, estando barriendo en el portal, le decía á otra: «Hace mucho tiempo que trabajan sin descanso en hacer cartuchos».

Se leían en medio de la calle proclamas dirigidas á los guardias nacionales de los departamentos. Una de estas proclamas estaba firmada por «Burtot, comerciante en vinos».

Un día, á la puerta de un licorista del mercado Lenoir, un hombre barba corrida y acento italiano, se subió á un guarda cantón, y leyó en alta voz un escrito singular, que parecía emanar de un poder oculto.

Los grupos que se habían formado á su alrededor le aplaudían, y los pasajes que impresionaron más á la multitud fueron recogidos y anotados.

«...Nuestras doctrinas son perseguidas; nuestras proclamas se hacen pedazos; nuestros fijadores de carteles son acechados y encarcelados».

«La baja que acaba de verificarse en los algodones ha traído hacia nosotros á muchos partidarios del justo medio».

«...El porvenir de los pueblos se elabora en nuestras obscuras filas».

«...He aquí la cuestión clara: acción ó reacción; revolución ó contra-revolución. Porque en nuestra época no se cree ya en la inercia ni en la inmovilidad. Por el pueblo ó contra el pueblo; ésta es la cuestión, y no hay otra.

«...El día en que no os convengamos ya, rechazadnos; pero hasta entonces, ayudadnos á marchar».

Todo esto en pleno día.

Otros hechos, más atrevidos aún, eran sospechosos al pueblo á causa de su misma audacia.

El 4 de abril de 1832, un transeúnte subía en el guarda cantón situado en la esquina de la calle de Santa Margarita y gritaba: «¡Soy babuvista!». Pero bajo la máscara de Babeuf, el pueblo adivinaba á Gisquet.

Entre otras cosas, decía aquel transeúnte:

--«¡Abajo la propiedad! La oposición de la izquierda es infame y traidora. Cuando quiere tener razón predica la revolución; es demócrata para que no se la ataque, y realista para no combatir. Los republicanos son animales de pluma; desconfiad de los republicanos, ciudadanos trabajadores».

--¡Silencio, ciudadano polizonte!--gritó un obrero.

Y este grito puso fin al discurso.

Sucedían algunos incidentes misteriosos.

Al anochecer un obrero se encontraba junto al canal con «un individuo bien vestido», que le decía:

--¿Adónde vas, ciudadano?

--Señor,--respondió el obrero,--no tengo el honor de conoceros.

--Yo te conozco mucho.

Y el hombre añadía:

--No temas. Soy el agente del comité. Se sospecha que no eres muy fiel: sabes que si descubres algo se te vigila.

Y después daba al obrero un apretón de mano y se iba diciendo:

--Pronto nos volveremos á ver.

Los escuchas de la policía recogían, no sólo en las tabernas, sino en la calle, diálogos singulares:

--Haz que te reciban pronto,--decía un tejedor á un ebanista.

--¿Por qué?

--Habrá fuego que hacer.

Dos transeúntes cubiertos de harapos cambiaban estas respuestas notables, llenas de aparente jacquería[1]:

--¿Quién nos gobierna?

--El señor Felipe.

--No, la burguesía.

Se equivocará el que creyese que usamos la palabra jacquería en mal sentido. Los jacques eran los pobres.

Otras veces oíase al pasar un hombre que le decía á otro:

--Tenemos un buen plan de ataque.

De una conversación íntima entre cuatro hombres acurrucados en una zanja de la rotonda de la barrera del Trono, no pudo sacarse en claro más que eso:

--Se hará lo posible para que él no se pasee ya más por París.

--¿Quién era este él? Obscuridad amenazadora.

«Los principales jefes», como se decía en el arrabal, se mantenían al paño; y se creía que se reunían, para ponerse de acuerdo, en una taberna junto al ángulo de San Eustaquio.

Uno llamado Aug--jefe de la sociedad de socorros á los sastres, en la calle Mondetour, pasaba por intermediario central entre los jefes y el arrabal de San Antonio. Sin embargo, hubo siempre mucha obscuridad acerca de las personas de estos jefes, y no hay ningún hecho cierto que pueda debilitar la altivez singular de la siguiente respuesta dada posteriormente por un acusado ante el tribunal de los Pares.

--¿Quién ha sido vuestro jefe?

--No conocía á ninguno ni reconocí á nadie.

Mas todo esto no pasaba todavía de ser sino palabras transparentes, pero vagas; y algunas veces frases al aire, rumores, noticias. Otros indicios iban sobreviniendo.

Un carpintero, que estaba en la calle de Ruelly clavando las tablas de una empalizada alrededor de un terreno en que se alzaba una casa en construcción, encontró en dicho terreno un fragmento de carta rota, en el que aún se podían leer estas líneas:

«...Es preciso que el comité tome medidas para impedir el reclutamiento en las secciones para las diversas sociedades...».

Y en una postdata:

«Hemos sabido que había fusiles en la calle del Faubourg Poissonnière, núm. 5 (bis), en número de unos cinco ó seis mil, en casa de un armero. La sección carece de armamento».

Lo que hizo que el carpintero se asustase y enseñase la carta á sus vecinos, fué que á pocos pasos recogió otro papel rasgado también, y más significativo aún, cuya configuración reproducimos, á causa del interés histórico de estos raros documentos:

++===+===+===+===+==========================================++ ||Q|C|D|E| || || | | | |_Aprended esta lista de memoria; después || || | | | |rompedla. Los individuos admitidos || || | | | |harán otro tanto luego que les hayáis || || | | | |trasmitido órdenes._ || || | | | | Salud y fraternidad, || || | | | | L. || || | | | | || || | | | |u og a^1 fe || ++===+===+===+===+==========================================++

Los que estuvieron en el secreto de este hallazgo no pudieron comprender hasta mucho después la significación de estas cuatro mayúsculas: quinturiones, centuriones, decuriones, exploradores; y el sentido de estas letras u og a^1 fe, que era una fecha, que quería decir el 15 de abril de 1832.

En la columna de cada mayúscula estaban inscritos nombres seguidos de indicaciones muy características.

Por ejemplo: Q. Bannerel. 8 fusiles. 83 cartuchos. Hombre seguro.

C. Boubière. 1 pistola. 40 cartuchos.

D. Rollet. 1 florete. 1 pistola. 1 libra de pólvora.

E. Tessier. 1 sable. 1 canana. Exacto.

Terreur. 8 fusiles. Valiente, etc.

Por último, el carpintero halló también en el mismo recinto de la empalizada un tercer papel, en el cual estaba escrita con lápiz, pero muy claramente, esta especie de lista enigmática:

Unidad. Blanchard: Arbre Sec. 6.

Barra. Soize. Sala del Conde.

Kosciusko. ¿Aubry le Boucher?

J. J. R.

Cayo Graco.

Derecho de revisión. Dufond. Four.

Caída de los Girondinos. Derbac. Maubuée.

Washington. Pinzón. 1 pistola. 86 cart.

Marsellesa.

Souver. del pueblo. Miguel. Quincampoix. Sable.

Hoche.

Marceau. Platón. Arbre-Sec.

Varsovia. Tilly, vendedor del Popular.

El honrado paisano en cuyas manos fué á parar esta lista, supo al fin su significación. Parece que era la nomenclatura completa de las secciones del cuarto distrito de la sociedad de los Derechos del Hombre, con los nombres y habitaciones de los jefes de sección.

Hoy, que todos estos hechos han quedado en la sombra, ya no pertenecen más que á la historia, y pueden publicarse.

Es preciso añadir que la fundación de la sociedad de los Derechos del Hombre parece haber sido posterior á la fecha en que fué encontrado este papel. Quizá no fué más que un esbozo.

Mientras tanto, tras los propósitos y las palabras, tras los indicios escritos, comenzaban á despuntar hechos materiales.

En la calle Popincourt, en casa de un prendero, se cogieron en el cajón de una cómoda siete pliegos de papel gris, todos doblados del mismo modo, á lo largo, en cuatro partes; estos pliegos contenían veintiséis cuadrados del mismo papel gris, en forma de cartucho, y una tarjeta, en la cual se leía:

Salitre, 12 onzas Azufre, 2 onzas Carbón, 2 onzas y media Agua, 2 onzas

El proceso verbal de embargo hacía constar que el cajón despedía un fuerte olor á pólvora.

Un albañil, al volver á su casa después del trabajo, se dejó olvidado un paquetito en un banco cerca del puente de Austerlitz. Este paquete fué llevado al cuerpo de guardia: le abrieron, y encontraron dos diálogos impresos, firmados por Lahautière, una canción titulada: Obreros, asociaos, y una caja de hoja de lata llena de cartuchos.

Un obrero, bebiendo en compañía de un camarada, le hacía tentar su cuerpo para que viese cuánto calor tenía; el otro tentaba una pistola bajo la blusa.

En una zanja en el camino de ronda, entre el cementerio del Padre Lachaise y la barrera del Trono, en el paraje más desierto, jugando unos chicos, descubrieron bajo un montón de virutas y mondaduras un saco que contenía un molde de hacer balas, otro de madera para hacer cartuchos, una cazuela con granos de pólvora de caza, y una marmita pequeña de hierro, cuyo interior ofrecía señales evidentes de plomo fundido.

Los agentes de policía entraron de repente á las cinco de la mañana en casa de un tal Pardón, que perteneció después á la sección de la Barricada-Merry, y murió luego en la insurrección de abril en 1834, encontrándole de pie junto á su cama, con cartuchos en la mano, que estaba haciendo todavía.

Á la hora en que descansan los obreros, se había visto encontrarse dos hombres entre el portillo Picpus y el de Charentón, en un caminito de ronda entre dos tapias, cerca de una taberna que tiene un juego de bolos delante de la puerta.

Uno de ellos sacó de bajo la blusa una pistola y se la dió al otro.

Pero en el momento de dársela, notó que la trastroca de su pecho había humedecido algo la pólvora. La cebó, añadiendo pólvora á la que tenía en la cazoleta.

Después se separaron.

Un tal Gallais, muerto después en la calle Beaubourg en los sucesos de abril, se envanecía de tener en su casa setecientos cartuchos y veinticuatro piedras de fusil.

El Gobierno recibió un día aviso de que se acababan de distribuir armas en el arrabal y doscientos mil cartuchos.

La semana siguiente se repartieron treinta mil cartuchos; y es de notar que la policía no pudo coger ninguno.

Una carta interceptada decía: «No está lejos el día en que en el término de cuatro horas se pongan sobre las armas ochenta mil patriotas».

Esta fermentación era pública, y casi puede decirse que tranquila.

La insurrección inminente preparaba la tempestad con calma frente del Gobierno.

Ninguna singularidad faltaba á esta crisis, subterránea todavía, pero ya perceptible.

Los burgueses hablaban pacíficamente á los obreros de lo que se preparaba, y les decían: «¿Cómo va el motín?». Del mismo modo que podrían haber dicho: «¿Cómo está vuestra mujer?».

Un almacenista de muebles de la calle Moreau preguntaba:

--Y ¿cuándo atacáis?

Otro tendero decía:

--Se atacará muy pronto, ya lo sé. Hace un mes érais quince mil; ahora sois veinticinco mil.

Éste ofrecía su fusil, y un vecino suyo ofrecía un cachorrillo, que quería vender en siete francos.

Por lo demás, la fiebre revolucionaria adelantaba. Ningún punto de París ni de Francia estaba ya libre de ella.

La arteria latía en todas partes. Lo mismo que esas membranas que nacen en ciertas inflamaciones y se forman en el cuerpo humano, la red de las sociedades secretas empezaba á extenderse sobre el país.

De la asociación de los Amigos del Pueblo, pública y secreta á la vez, nacía la sociedad de los Derechos del Hombre, que fechaba así una orden del día: «Pluvioso, año 40 de la era republicana», y la cual debía sobrevivir aún después de las sentencias de los tribunales de jurados ordenando su disolución, y que no vacilaba en dar á sus secciones nombres tan significativos como éstos:

--Picas.

Somatén.

Cañón de alarma.

Gorro frigio.

21 de enero.

Mendigos.

Truhanes.

Adelante.

Robespierre.

Nivel.

Esto marcha.

La sociedad de los Derechos del Hombre engendraba la sociedad de Acción. Eran éstos los impacientes que se separaban y corrían adelante.

Otras sociedades trataban de reclutarse en las grandes sociedades-madres. Los seccionarios se quejaban de verse atraídos. De ahí nació «la sociedad gálica» y «el comité organizador de las municipalidades». De ahí las asociaciones para «la libertad de imprenta», para «la libertad individual», para «la instrucción del pueblo contra los impuestos indirectos»; además la sociedad de los Obreros Igualadores, que se dividía en tres fracciones: los niveladores, los comunistas y los reformistas.

Luego había el Ejército de las Bastillas, especie de cohorte organizada militarmente, que tenía para cada cuatro hombres un cabo, para cada diez un sargento, para cada veinte un subteniente, para cada cuarenta un teniente, y en la cual no había más de cinco que se conociesen; creación en que la precaución estaba combinada con la audacia, y la cual parece llevaba el sello de Venecia.

Del comité central, que era la cabeza, nacían esos dos brazos, la sociedad de Acción y el Ejército de las Bastillas.

Una asociación legitimista, los Caballeros de la Fidelidad, se movía en medio de estas afiliaciones republicanas; pero había sido denunciada y repudiada.

Las sociedades parisienses tenían ramificaciones en las principales ciudades: Lyon, Nantes, Lila y Marsella, tenían su sociedad de los Derechos del Hombre, la Carbonaria, y los Hombres libres, Aix tenía una sociedad revolucionaria, que se llamaba la Cougourde. Ya hemos escrito otra vez esta palabra.

En París, el arrabal de San Marcelo no estaba menos conmovido que el de San Antonio, y las escuelas no menos entusiasmadas que los arrabales.

Un café de la calle de San Jacinto y el fumadero de los Siete Billares, calle de Mathurins Saint Jacques, servían de punto de reunión á los estudiantes.

La sociedad de los amigos del A B C, afiliada á los mutualistas de Angers y á la Cougourde de Aix, se reunía, como ya se ha visto, en el café Musain. Estos mismos jóvenes se reunían también en una hostería cerca de la calle Mondetour, llamada Corinto.

Estas reuniones eran secretas; otras eran tan públicas como podían serlo; y puede juzgarse de su atrevimiento por el siguiente trozo de un interrogatorio en uno de los procesos ulteriores:

--¿Dónde se celebró esa reunión?

--En la calle de la Paz.

--¿En casa de quién?

--En la calle.

--¿Qué secciones asistieron?

--Una sola.

--¿Cuál?

--La sección Manuel.

--¿Quién era el jefe?

--Yo.

--Sois muy joven para haber tomado sólo la grave resolución de atacar al Gobierno. ¿De dónde recibíais instrucciones?

--Del comité central.

El ejército estaba minado al mismo tiempo que el paisanaje, como lo probaron después los movimientos de Beford, de Luneville y de Epinal. Se contaba con el quincuagésimo-segundo regimiento, y con el quinto, el octavo, el trigésimo tercero y con el vigésimo ligero.

En Borgoña y en las ciudades del mediodía se plantaba el árbol de la Libertad; es decir, un mástil con un gorro encarnado.

Tal era la situación.

Entonces el arrabal de San Antonio, más que ningún otro grupo de población, como hemos dicho ya al principio, aparecía temible y caracterizaba la situación. Allí era donde se sentía el dolor de costado.

Aquel antiguo arrabal, poblado como un hormiguero, laborioso, animado y colérico como una colmena, se estremecía esperando y deseando la conmoción. Todo se agitaba en él, sin que por esto se interrumpiese el trabajo.

Nada podría dar idea de aquella fisonomía viva y sombría. En aquel arrabal hay dolorosos infortunios bajo el techo de una buhardilla, y hay también inteligencias ardientes y raras. En materia de infortunio é inteligencia, es precisamente más peligroso el que los extremos se toquen.

El arrabal de San Antonio tenía además otras causas conmovedoras; porque allí se siente la reacción de las crisis comerciales, de las quiebras, de la carestía, de la falta de trabajo, inherentes á los grandes estremecimientos políticos.

En tiempo de revolución, la miseria es á la vez causa y efecto. El golpe que la hiere, rebota.

Aquella población, llena de altiva virtud, capaz del mayor grado de calórico latente, siempre dispuesta á tomar las armas, pronta en las explosiones, irritada, profunda, minada; parecía que sólo aguardaba la caída de una chispa.

Siempre que flotan en el horizonte algunos resplandores impulsados por el viento de los sucesos, no puede uno desviar el pensamiento del arrabal de San Antonio, y en la temible fatalidad que ha colocado á las puertas de París aquel polvorín de padecimientos y de ideas.

Las tabernas del arrabal San Antonio, mencionadas más de una vez en el bosquejo que acaba de leerse, tienen celebridad histórica. En tiempo de turbulencias embriaga en ellas, menos que el vino, la palabra. Una especie de espíritu profético, un efluvio de porvenir, circula allí, llenando los corazones y engrandeciendo las almas.

Las tabernas del arrabal San Antonio se parecen á aquéllas otras del monte Aventino, edificadas sobre el antro de la Sibila y en comunicación con los profundos soplos sagrados; tabernas cuyas mesas son casi trípodes, y donde se bebía lo que Emilio llamaba el vino sibilino.

El arrabal de San Antonio es un depósito de pueblo.

La conmoción revolucionaria hace allí grietas, por donde se filtra la soberanía popular.

Esta soberanía puede hacer daño; engañarse como otra cualquiera; pero aún engañada, sigue siendo grande. Puede decirse de ella como del cíclope ciego: Ingens.

En 1793, según era la idea que flotaba buena ó mala, según era la luz del fanatismo ó del entusiasmo, partían del arrabal de San Antonio, ora legiones salvajes, ora falanges heroicas.

Salvajes. Expliquemos esta palabra. Aquellos hombres de erizado cabello que en los días genesíacos del caos revolucionario se lanzaban haraposos, feroces, blandiendo la cachiporra, levantada la pica en alto, aullando contra el viejo París trastornado, ¿qué querían?

Querían el fin de la opresión, el fin de la tiranía, el fin del sable; querían el trabajo para el hombre, la instrucción para el niño, la dulzura social para la mujer; la libertad, la igualdad, la fraternidad; el pan para todos, la idea para todos, la conversión del mundo en Edén: el progreso.

Y esa cosa santa, buena y dulce, el progreso, la reclamaban terriblemente, medio desnudos, con la mano en la maza y el rugido en la boca. Eran los salvajes, sí, pero los salvajes de la civilización.

Proclamaban furiosos el derecho; querían obligar al género humano á entrar en el paraíso, aunque fuese por medio del terror y del espanto.

Parecían bárbaros, y eran salvadores; reclamaban la luz con la máscara de la noche.

Enfrente de estos hombres feroces y espantosos, convenimos en ello, pero feroces para el bien, hay otros hombres, risueños, bordados, dorados, engalonados, con medias de seda, plumas blancas, guantes amarillos, botas de charol, que apoyando los codos en una mesa cubierta de terciopelo al lado de una chimenea de mármol, insisten templadamente en la conservación y permanencia de lo pasado, de la Edad media, del derecho divino, del fanatismo, de la ignorancia, de la esclavitud, de la pena de muerte, de la guerra, glorificando, á media voz y con finura, el sable, la hoguera y el cadalso. Por nuestra parte, si nos viéramos obligados á elegir entre los bárbaros de la civilización y los civilizados de la barbarie, escogeríamos á los bárbaros.

Pero á Dios gracias no nos hallamos en esta alternativa; no es necesaria ninguna caída brusca ni hacia adelante ni hacia atrás.

Ni despotismo, ni terrorismo. Queremos el progreso por una pendiente suave.

Dios provee á él. La suavización de las pendientes constituye la política divina.

VI =Enjolrás y sus tenientes=

Poco más ó menos hacia dicha época, Enjolrás, previendo la posibilidad de los sucesos, hizo una especie de recuento misterioso.

Todos estaban en conciliábulo en el café Musain. Enjolrás, mezclando con sus palabras algunas metáforas medio enigmáticas, pero significativas, decía así:

--«Conviene saber dónde estamos y con quién se puede contar. Si se quieren combatientes, es preciso hacerlos. Tener con qué herir, no puede estorbar.

«Los que caminan tienen más peligro de recibir una cornada cuando hay bueyes al paso, que cuando no los hay. Contemos, pues, el rebaño. ¿Cuántos somos?

«No se trata de dejar esto para mañana. Las revoluciones deben ir siempre deprisa, porque el progreso no tiene tiempo que perder. Desconfiemos de lo inesperado, y no nos dejemos coger desprevenidos. Se trata de planchar las costuras que hemos hecho, y ver si están firmes; y este negocio debe quedar apurado hasta el fondo hoy mismo.

«Courfeyrac, tú verás á los politécnicos; hoy miércoles es día de salida. Feuilly, tú verás á los de la Glacière. Combeferre me ha prometido ir á Picpus; allí hay un hormiguero excelente. Bahorel visitará la Estrapada.

«Prouvaire, los masones se entibian; tú nos traerás noticias de la logia de la calle Grenelle Saint Honoré. Joly irá á la clínica de Dupuytren, y tomará el pulso á la Escuela de Medicina. Bossuet dará una vuelta por la Audiencia y hablará con los pasantes de abogado. Yo me encargo de la Cougourde».

--Vedlo, todo arreglado,--dijo Courfeyrac.

--No.

--¿Qué falta pues?

--Una cosa importantísima.

--¿Qué es ello?--preguntó Combeferre.

--El portillo de Maine,--respondió Enjolrás.

Quedóse Enjolrás un momento como absorto en sus reflexiones, y añadió:

--En el portillo de Maine hay marmolistas, pintores, los prácticos de los talleres de escultura. Es una familia entusiasta, pero sujeta al enfriamiento, y no sé lo que tienen hace algún tiempo; piensan en otra cosa, y se entibian; pasan el tiempo en jugar al dominó. Sería urgente ir á hablarles un poco y firme. Se reúnen en casa de Richefeu, donde se los encontrará entre doce y una. Es preciso soplar en aquellas cenizas; yo había pensado para esto con el distraído de Mario, quien en el fondo es bueno; pero ya no viene. Necesito uno para el portillo de Maine, y no le tengo.

--¿Pues y yo?--dijo Grantaire.

--¿Tú?

--Yo.

--¡Tú, adoctrinar republicanos! ¡Tú volver el calor, en nombre de los principios, á los corazones enfriados!

--¿Por qué no?

--¿Acaso puedes tú servir para algo?

--Tengo la vaguedad de la ambición,--dijo Grantaire.

--Tú no crees en nada.

--Creo en ti.

--Grantaire, ¿quieres hacerme un favor?

--Cuantos quieras; hasta limpiarte las botas.

--Pues bien; no te mezcles en nuestros asuntos. Bebe tu ajenjo.

--Eres un ingrato, Enjolrás.

--¡Serías tú hombre para ir al portillo de Maine! ¡Serías capaz!

--Soy capaz de bajar por la calle de Grés, atravesar la plaza de San Miguel, torcer por la calle de Monsieur le Prince, tomar la calle Vaugirard, pasar los Carmelitas, volver á la calle de Assas, llegar á la calle de Cherche Midi, dejar atrás el Consejo de Guerra, medir la calle de las Viejas Tullerías, pasar de una zancada el boulevard, seguir la calzada de Maine, salir del portillo y entrar en casa de Richefeu. Soy capaz de todo esto; mis zapatos son capaces de lo mismo.

--¿Conoces algo á nuestros camaradas de Richefeu?

--No mucho. Nos tuteamos únicamente.

--¿Y qué vas á decir?

--Les hablaré de Robespierre, pardiez; de Dantón; de los principios.

--¡Tú!

--¡Yo! Veo que no me hacéis justicia; cuando me comprometo, soy terrible. He leído á Proudhomme, conozco el Contrato social, sé de memoria la Constitución del año dos. «La Libertad del ciudadano concluye allí donde empieza la Libertad de otro ciudadano». ¿Me tienes acaso por un bruto? Tengo un antiguo asignado en mi gabeta. Los Derechos del Hombre, la soberanía del pueblo, ¡caramba! Soy además un poco hebertista; y puedo estar hablando seis horas de reloj, con reloj en mano, de cosas soberbias.

--Sé formal,--dijo Enjolrás.

--Soy terrible,--respondió Grantaire.

Enjolrás pensó algunos segundos, é hizo el gesto del hombre que ha tomado una resolución.

--Grantaire,--dijo gravemente,--consiento en ponerte á prueba. Irás al portillo de Maine á hablar con los artistas.

Grantaire vivía en una casa de huéspedes cerca del café Musain. Salió y volvió á los cinco minutos; había ido á ponerse un chaleco á la Robespierre.

--Rojo,--dijo al entrar,--mirando fijamente á Enjolrás.

Y después, con enérgico ademán, cruzó sobre el pecho las dos solapas escarlata del chaleco.

Y aproximándose á Enjolrás, le dijo al oído:

--Queda tranquilo.

Se puso el sombrero resueltamente, y salió.

Un cuarto de hora después, la sala interior del café Musain estaba desierta. Todos los amigos del A B C se habían ido, cada uno por su lado, á cumplir su misión. Enjolrás, que se había reservado la Cougourda, partió el último.

Los de la Cougourde de Aix, que estaban en París, se reunían entonces en el llano de Issy, en una de aquellas canteras abandonadas, tan abundantes por aquel extremo de París.

Enjolrás, caminando hacia aquel lugar de la cita, iba pasando revista á la situación.

La gravedad de los sucesos era visible. Cuando los hechos, precursores de una especie de enfermedad social latente, se mueven con torpeza, la menor complicación los detiene y enreda, fenómeno de donde salen los hundimientos y los renacimientos.

Enjolrás descubría un levantamiento luminoso bajo los tenebrosos velos del porvenir. ¿Y quién sabe? Se aproximaba el instante tal vez.

¡El pueblo reasumiendo el derecho! ¡Qué hermoso espectáculo! La Revolución volviendo á tomar majestuosamente posesión de la Francia, y diciendo al mundo: «Se continuará».

Enjolrás estaba contento. EL horno ardía.

En aquel mismo instante tenía un reguero de pólvora de amigos extendido por París. Componía en su imaginación, con la elocuencia penetrante y filosófica de Combeferre, el entusiasmo cosmopolita de Feuilly, la verbosidad de Courfeyrac, la risa de Bahorel, la melancolía de Juan Prouvaire, la ciencia de Joly y los sarcasmos de Bossuet, una especie de chisporroteo eléctrico que comunicaba á la vez el fuego en todas partes.

Todos á la obra. De seguro el resultado correspondería al esfuerzo. Aquello marchaba.

Pero aquello mismo le hizo pensar en Grantaire.

--¡Calla!--se dijo.--El portillo de Maine está casi en mi camino. ¡Si yo llegase hasta casa de Richefeu! Veamos lo que hace Grantaire, y dónde está.

Daba la una en el campanario de Vaugirard cuando Enjolrás llegó al fumadero de Richefeu. Empujó la puerta, entró, cruzó los brazos, dejando cerrarse la hoja que le dió en la espalda, y miró en la sala, llena de hombres, de mesas y de humo.

De en medio de aquella bruma salía una voz vivamente cortada por otra voz. Era Grantaire disputando con su adversario.

Grantaire estaba sentado enfrente de otro, al lado de una mesa de mármol jaspeado sembrada de granos de salvado y llena de fichas de dominó, y golpeaba el tablero con el puño.

He aquí lo que oyó Enjolrás:

--Seis doble.

--Cuatro.

--¡Diablo! No tengo.

--Estás muerto, con dos.

--Seis.

--Tres.

--Un as.

--Me toca á mí.

--Cuatro puntos.

--Difícilmente.

--Ahora tú.

--He cometido una falta enorme.

--Vas bien.

--Quince.

--Siete más.

--Con estos son veintidós. (Pensando). ¡Veintidós!

--¿No esperabas el doble seis? Ya lo creo. Si le hubiese puesto al principio habría cambiado todo el juego; y perdía la partida.

--Dos otra vez.

--As.

--¡As! Pues bien, cinco.

--No tengo.

--¿No tienes, eh? Buena te espera.

--Allá veremos.

--¿Has puesto tú, creo?

--Sí.

--Blanca.

--¡Tienes suerte! ¡Mucha suerte! (Larga meditación). Un dos.

--Un as.

--Ni cinco, ni as. Esta es la tuya.

--Dominó.

--Nombre de perro.

NOTAS:

[1] Jacquería procede de la frase Jacques-Bonhomme, aplicada en la Edad Media por la aristocracia á las clases trabajadoras.

LIBRO SEGUNDO EPONINE

I =El campo de la Alondra=

Mario había asistido al inesperado desenlace de la emboscada que había dado á conocer á Javert; pero apenas hubo Javert abandonado la casa, llevándose sus presos en tres coches de alquiler, Mario salió también. No eran más que las nueve de la noche, y se dirigió á casa de Courfeyrac.

Courfeyrac no era ya el imperturbable habitante del barrio latino; se había mudado á la calle de la Vidriería «por razones políticas»; aquel barrio era uno de los que servían entonces de asiento á la Revolución.

Mario dijo á Courfeyrac:

--Vengo á dormir á tu casa.

Courfeyrac sacó uno de los dos colchones de su cama, le extendió en el suelo y dijo:

--Ahí tienes dónde.

Al día siguiente, á las siete de la mañana, Mario volvió á la casucha, pagó el alquiler y lo que debía á la tía Bougón, hizo cargar en un carretón de mano sus libros, su cama, su mesa, su cómoda y sus dos sillas, y se fué sin dejar las señas de su nueva habitación; de modo que, cuando Javert volvió por la mañana para preguntar á Mario sobre los sucesos de la víspera, no encontró más que á la tía Bougón, que le respondió:

--¡Se ha mudado!

La tía Bougón quedó convencida de que Mario era cómplice en parte de los ladrones presos por la noche.

--¿Quién lo hubiera creído?--decía á las porteras del barrio.--¡Un joven que tenía el aire de una señorita!

Mario había tenido dos razones para mudarse tan deprisa.

Primera, por el horror que sentía hacia aquella casa en que había visto de tan cerca, y en todo su desarrollo, lo más repugnante y feroz: una fealdad social más horrible aún que el rico malvado; el malvado pobre.

Segunda, porque no quería figurar en el proceso que se seguiría probablemente, y verse obligado á declarar contra Thénardier.

Javert creyó que el joven, cuyo nombre había olvidado, había tenido miedo y había huido, ó no vuelto quizá aún á su casa en el momento de la emboscada. Hizo, sin embargo, algunos esfuerzos para encontrarle, mas no le dieron resultado.

Pasóse un mes, y luego otro.

Mario seguía en casa de Courfeyrac. Había sabido por un pasante de abogado, visitante habitual de las antesalas de la Audiencia, que Thénardier estaba incomunicado, y mandaba cada lunes, al alcaide de la cárcel de la Fuerza, cinco francos para su mujer.

Mario, no teniendo ya dinero, pedía los cinco francos á Courfeyrac; era la primera vez en su vida que pedía prestado.

Aquellos cinco francos periódicos eran un doble enigma para Courfeyrac que los daba, y para Thénardier que los recibía.

--¿Á quién se los mandará?--pensaba Courfeyrac.

--¿De dónde pueden venirme?--se preguntaba Thénardier.

Mario estaba desconsolado. Todo había vuelto á desaparecer por escotillón.

No veía nada delante de sí; su vida estaba sumergida en aquel misterio, donde vagaba á tientas.

Había visto muy de cerca, durante un momento, en aquella obscuridad, á la joven á quien amaba, al viejo que parecía su padre, á aquellos seres desconocidos que eran su único interés y su única esperanza en este mundo; y en el momento en que había creído poder asirlos, se los había arrebatado un soplo desvaneciéndolos como sombras.

Ni un rayo de certidumbre y de verdad había resultado de aquel choque horrendo. No había coyuntura posible.

No sabía ni aún el nombre que creyó antes saber. Seguramente no era el de Úrsula, y el de la Alondra era un apodo.

¿Y qué pensar del viejo? ¿Se ocultaba, en efecto, de la policía?

El obrero de cabellos blancos que Mario había encontrado en las cercanías de los Inválidos, se le venía á la memoria. Antes le había confundido su aparición hasta dudar de ella; pero ahora era probable que este obrero y el señor Leblanc fuesen la misma persona. ¿Se disfrazaba, pues?

Aquel hombre tenía su parte heroica y su parte dudosa. ¿Por qué no había gritado en su auxilio? ¿Por qué había huido? ¿Era el padre de la joven? ¿Era realmente el hombre que Thénardier había creído conocer? ¿Podía haberse equivocado Thénardier?

Estas preguntas eran otros tantos problemas sin resolución. Pero nada de esto amenguaba los encantos angelicales de la joven del Luxemburgo.

¡Punzadora desgracia! Mario sentía apasionado su corazón, y anublados sus ojos. Se veía impulsado y atraído, y no podía moverse; todo se había desvanecido, excepto el amor, y aún del amor mismo había perdido los instintos y las iluminaciones súbitas.

Ordinariamente, esa llama que nos quema nos alumbra también un poco, dándonos cierta claridad útil exteriormente.

Estos sordos consejos de la pasión, Mario no los escuchaba ya; nunca se decía: ¿Si yo fuese allí? ¿Si probase á hacer esto?

Aquella joven, á quien no podía ya llamar Úrsula, estaba evidentemente en alguna parte; pero nada indicaba á Mario por qué lado debía buscarla.

Toda su vida se resumía á la sazón en dos palabras; una incertidumbre absoluta en una bruma impenetrable.

Aspiraba siempre á volver á verla; pero ya no lo esperaba.

Para colmo de desgracia volvía á visitarle la miseria; sentía ya cerca de sí, por detrás, un soplo glacial.

Durante estos tormentos, y desde hacía algún tiempo, había abandonado su trabajo; y nada es más peligroso que la interrupción del trabajo; es una costumbre que se pierde. Costumbre fácil de perder y difícil de adquirir nuevamente.

Cierta cantidad de meditación fantástica es buena, como á narcótico y en discreta dosis; adormece alguna vez las fiebres dolorosas de la inteligencia que trabaja, y produciendo en el espíritu un vapor suave y fresco, que corrije los contornos demasiado ásperos del pensamiento puro, llena aquí y allá vacíos é intervalos, une las masas y difunde los ángulos de las ideas.

Pero mucha cantidad de esos ensueños fantásticos sumerge y ahoga.

¡Desgraciado el obrero de espíritu que se deja caer por entero desde el pensamiento á semejante ensueño! Cree que volverá á subir fácilmente, y se dice que al fin y al cabo es lo mismo pensar que soñar. ¡Error!

El pensamiento es el trabajo de la inteligencia; la meditación fantástica es la voluptuosidad. Reemplazar aquel por ésta, es confundir un veneno con un alimento.

Recuérdese que Mario había empezado por ahí. Había sobrevivido la pasión y acabado de precipitarle en las quimeras sin objeto y sin fondo.

No salía de casa sino para soñar. Costumbre perezosa, abismo tenebroso y malsano.

Á medida que el trabajo disminuía, las necesidades crecían. Esto es una ley.

El hombre en el estado de meditación, es naturalmente pródigo y muelle: el espíritu espaciado no puede tener una vida concreta. Hay en este modo de vivir una mezcla de bien y de mal, porque si la molicie es funesta, la generosidad es sana y buena. Pero el hombre pobre, generoso y noble que no trabaja, está perdido; se le agotan los recursos, y surgen las necesidades.

Pendiente fatal, en que los más honrados y firmes son arrastrados como los más débiles y viciosos, y que llega á uno de estos dos abismos el suicidio ó el crimen.

Á fuerza de salir para ir á meditar, llega un día en que se sale para tirarse al agua.

El exceso de meditación crea los Escousse y los Lebrás.

Mario bajaba esta pendiente á paso lento, fijos los ojos en aquella á quien ya no veía.

Lo que acabamos de decir parece extraño, y es sin embargo verdadero.

El recuerdo de un ser ausente se ilumina en las tinieblas del corazón, y cuanto más completamente va desapareciendo, más brilla: el alma desesperada y obscura ve esta luz en su horizonte como una estrella nocturna interior.

Todo el pensamiento de Mario era ella, no pensaba en otra cosa; conocía confusamente que su traje viejo se quedaba inservible, que su traje nuevo se hacía viejo, que sus camisas se gastaban, que se rozaba su sombrero, que se descosían sus botas; es decir, que se agotaba su vida; y decía: «¡Si pudiese verla solamente antes de morir!».

Sólo una idea grata le quedaba: que ella le había amado, que su mirada se lo había dicho, que ella no sabía su nombre; pera conocía su alma, y tal vez en el lugar en que estaba, por más que pudiese ser misterioso, le amaba todavía.

¿Quién sabe si ella pensaba en él, como él en ella?

Á veces, en esas horas inexplicables que tiene todo corazón que ama, no encontrando más que razones dolorosas, y sintiendo, sin embargo, un temblor desconocido de alegría, decíase: «Estos son sus pensamientos que vienen á mí». Y después añadía: «Mis pensamientos llegarán á ella tal vez del mismo modo».

Esta ilusión que Mario deshacía enseguida, conseguía sin embargo infundir en su alma rayos de luz, que se asemejaban alguna vez á la esperanza.

De cuando en cuando, sobre todo á esa hora de la noche que más entristece á los pensadores fantásticos, estampaba sobre un cuaderno, en que no había sino esto, lo más puro, lo más impersonal, lo más ideal de los sueños, con que el amor llenaba su cerebro; á esto llamaba él «escribirle».

Pero no debe creerse que su razón estaba desordenada. Al contrario, había perdido la facultad de trabajar y de moverse con firmeza hacia un fin determinado; pero tenía más que nunca perspicacia y rectitud.

Mario seguía viendo con luz clara y real, aunque singular, lo que pasaba á su vista, incluso los hechos ó los hombres más indiferentes; en todo adivinaba la verdad con una especie de abatimiento noble y desinteresadamente cándido. Su juicio, casi desprendido de la esperanza, se mantenía elevado y dominaba.

En esta situación de ánimo, nada se le escapaba, nada le engañaba, y descubría á cada instante el fondo de la vida, de la humanidad y del destino.

¡Dichoso, aun en medio del dolor, aquel á quien Dios ha dado un alma digna del amor y del infortunio! El que no ha visto las cosas de este mundo y el corazón de los hombres á esta doble luz, no ha visto nada verdadero ni sabe nada.

El alma que ama y padece, se encuentra en un estado sublime.

Por lo demás, sucedíanse los días, y nada nuevo se presentaba; parecíale solamente que el espacio sombrío que debía atravesar se iba limitando á cada momento, y creía entrever ya distintamente el borde del principio sin fondo.

--¡Qué!--se decía.--¿No volveré á verla?

Cuando se sube la calle de Santiago y se deja á un lado la barrera, siguiendo luego un poco á la izquierda el antiguo boulevard interior, se llega á la calle de la Salud, después á la de Glacière, y poco antes de llegar al arroyo de los Gobelinos, se encuentra una explanada, que es en toda la ronda larga y monótona de las tapias de París, el único sitio donde el pintor Ruysdael se atrevería á sentarse.

No se sabe ciertamente cómo definir la gracia que de él se desprende; un prado verde atravesado de cuerdas tendidas, en que secan al aire algunos pingajos; una quinta edificada en tiempo de Luis XIII, con su gran empizarrado interpolado de buhardillas; empalizadas rotas, un poco de agua que corre entre algunos álamos; mujeres, risas y voces; en el horizonte el Panteón, el árbol de los Sordo Mudos, el Val de Grâce, negro, achaparrado, fantástico, divertido, magnífico, y en el fondo el severo remate cuadrado de las torres de Nuestra Señora.

Como aquel sitio no vale la pena de ser visto, nadie le visita. Apenas le atraviesa cada cuarto de hora una carreta ó un traginero.

Llegó un día que los paseos solitarios de Mario le llevaron á este terreno cerca de aquel arroyuelo. En tal día hubo una rareza en el boulevard, un transeúnte.

Mario, gratamente sorprendido por el encanto casi salvaje del sitio, preguntó al transeúnte:

--¿Cómo se llama este sitio?

El transeúnte respondió:

--El campo de la Alondra.

Y añadió:

--Aquí fué donde Ulbach mató á la pastora de Ivry.

Pero después de la palabra Alondra, Mario no había oído nada más.

En el estado de ensueño hay congelaciones súbitas que produce una sola palabra. Todo el pensamiento se condensa bruscamente alrededor de una idea, y no es ya capaz de ninguna otra percepción.

La Alondra era el nombre que en las profundidades de la melancolía de Mario había reemplazado á Úrsula.

--¡Toma!--dijo en el estupor irracional propio de esos apartes misteriosos.--Este es su campo. Aquí sabré dónde vive.

Aquello era absurdo, pero irresistible.

Y desde entonces fué todos los días al campo de la Alondra.

II =Formación embrionaria de los crímenes en la incubación de las cárceles=

El triunfo de Javert en la casucha de Cuervo había parecido completo, pero no lo había sido.

En primer lugar, y ésta era su principal inquietud, Javert no había encontrado al preso.

El asesinado que se evade es más sospechoso que el asesino; y es probable que este personaje, tan preciosa captura para los bandidos, no hubiera sido peor presa para la autoridad.

Además, Montparnasse se había escapado de Javert; era preciso esperar otra ocasión para echar la garra á aquel «lechuguino endiablado».

En efecto; había encontrado Montparnasse á Eponina, que estaba acechando bajo los árboles de la alameda, se había ido con ella, prefiriendo ser Nemorino con la hija, á ser Schinderhanes con el padre.

Y lo había acertado, porque estaba libre.

En cuanto á Eponina, Javert la había hecho «trincar», lo que era un mediano consuelo, enviándola á hacer compañía á Azelma en las Magdalenas.

En fin, en el trayecto de la casucha de Cuervo á la cárcel de la Fuerza, uno de los principales presos, Claquesous, se había perdido.

Nadie sabía cómo había sucedido esto; los agentes y los polizontes «no comprendían nada».

Se había convertido en humo, se había deslizado por entre las cuerdas, se había escapado por las rendijas del carruaje, que estaba roto, y había huido.

No sabían qué decir, sino que, al llegar á la cárcel, Claquesous había desaparecido.

Había en ello algo de magia ó de policía.

¿Se había derretido Claquesous en las tinieblas, como un copo de nieve en el agua?

¿Había habido connivencia con los agentes?

¿Pertenecía este hombre al doble enigma del desorden y del orden público?

¿Era concéntrico en sus evoluciones á la infracción y á la represión?

¿Tenía esta esfinge las manos en el crimen y los pies en la autoridad?

Javert no aceptaba estas combinaciones, y se hubiera enfurecido ante tales compromisos; pero en su ronda había otros inspectores más iniciados quizá que él, á pesar de ser subordinados suyos, en secretos de la prefectura, y Claquesous era tan malvado, que podía ser un buen agente de policía.

Estar en relaciones tan íntimas de escamoteo con la noche, es cosa excelente para el bandolerismo y admirable para la policía. Hay, en efecto, bribones de esa especie de dos filos.

Pero fuese lo que fuere, lo cierto es que Claquesous extraviado no fué vuelto á encontrar.

Javert pareció más irritado que asombrado.

En cuanto á Mario, «ese pazguato de abogado que había tenido miedo probablemente», y cuyo nombre había olvidado Javert, era poco importante. Por otra parte, á un abogado se le halla siempre. Pero, ¿era siquiera abogado?

Había empezado la sumaria.

El juez que la instruía había creído conveniente no poner incomunicado á uno de los hombres de la banda de Patrón Minette, esperando que cantase. Este hombre era Brujón, el cabelludo de la calle del Petit-Banquier. Se le había dejado suelto en el patio de Carlomagno, sin que se apartasen de él un momento los ojos de los vigilantes.

Este nombre de Brujón es uno de los recuerdos de la cárcel de la Fuerza.

En el patio repugnante, llamado por el vulgo el Edificio Nuevo, por la Administración el patio de San Bernardo, y por los ladrones la cueva de los Leones, sobre aquella tapia cubierta de escamas y de lepra, que subía por la izquierda hasta la altura de los tejados, cerca de una puerta vieja de hierro, enmohecida ya, que conducía á la antigua capilla del palacio ducal de la Fuerza, convertida en dormitorio de bandidos, se veía aún hace doce años una especie de castillo, groseramente dibujado en la piedra con la punta de un clavo, y debajo esta firma:

BRUJÓN, 1811

El Brujón de 1811 era el padre del Brujón de 1832.

Este último, á quien apenas hemos podido entrever en la emboscada de la casucha de Cuervo, era un zagalón muy astuto y muy listo, de aspecto encogido y lastimero.

Á causa de aquel aspecto entrecortado le había escogido el juez, creyéndole más útil en el patio de Carlomagno, que incomunicado en el calabozo.

Los ladrones no interrumpen el ejercicio de su profesión, aunque estén en manos de la justicia.

No se incomodan por tan poca cosa, y estar preso por un crimen no impide comenzar otro crimen; son como los artistas que tienen un cuadro en la exposición, y no por esto dejan de trabajar, en alguna obra nueva en su taller.

Brujón aparentaba haberse quedado estupefacto con la prisión.

Se le veía muchas veces horas enteras en el patio de Carlomagno, de pie, cerca del tragaluz del cantinero, contemplando como un idiota la sórdida lista de los precios de la cantina, que empezaba:

Ajos, 62 sueldos. Y concluía: Cigarros cinco sueldos. Ó se pasaba el tiempo tiritando, rechinando los dientes, diciendo que tenía calentura, y preguntando si estaba vacante alguna de las veintiocho camas de la sala de los calenturientos.

De pronto, hacia la segunda quincena de febrero de 1832, se supo que Brujón el atontado había mandado hacer á los mozos de la cárcel, no bajo su nombre, sino bajo el nombre de tres de sus camaradas, tres comisiones distintas, las cuales le habían costado en total cincuenta sueldos, gasto exorbitante, que llamó la atención del inspector de la cárcel.

Hiciéronse averiguaciones y consultando la tarifa de encargos clavada en la pared de la sala de los detenidos, se llegó á saber que los cincuenta sueldos se descomponían así: tres encargos; uno al Panteón, diez sueldos; otro, á Val de Grâce, quince sueldos; y otro á la barrera de Grenelle, veinticinco sueldos. Este último era el precio más alto de la tarifa.

Ahora bien: precisamente en el Panteón, en Val de Grâce, y de la barrera de Grenelle estaban los domicilios de los tres rateros más temibles de la ronda: Kruideniers, llamado Bizarro, Glorieux, presidiario cumplido, y Barre Carrosse, sobre quienes se dirigió por este incidente la mirada de la policía.

Creyóse adivinar que estos hombres estaban afiliados á la banda de Patrón-Minette, de la cual habían sido puestos á la sombra los dos jefes Babet y Gueulemer.

Supúsose que los recados de Brujón, enviados, no á una casa, sino á personas que esperaban en la calle, debían ser avisos para algún crimen tramado.

Había además otros indicios; echóse la garra á los tres vagos y se creyó haber desvanecido la maquinación de Brujón, cualquiera que fuese.

Como una semana después de tomar esas medidas, una noche, un vigilante de ronda que recorría el dormitorio inferior del Edificio Nuevo, al tiempo de echar en el buzón de contraseñas su contraseña, es decir, la pieza de metal con su número, que sirve para indicar que el inspector cumple el servicio exactamente, de modo que cada hora cae en los buzones de las puertas de los dormitorios una contraseña; un inspector, decimos, vió por la rejilla del dormitorio á Brujón sentado, escribiendo algo en la cama á la luz de la lámpara.

El inspector entró; encerróse á Brujón durante un mes en un calabozo, pero no se le pudo coger lo que había escrito.

La policía no supo más.

Lo cierto es que al día siguiente, tiraron un postillón desde el patio de Carlomagno al Foso de los Leones, por encima del edificio de cinco pisos que separaba los dos patios.

Los presos llaman postillón á una bolita de pan artísticamente amasada, que se envía á Irlanda, es decir, por encima de los tejados de la cárcel de un patio á otro. (Etimología: por encima de Inglaterra, de una tierra á otra, á Irlanda).

Al caer, pues, la bolita en el patio, el que la recoge la abre, y encuentra un billete dirigido á algún preso de los de allí. Si en efecto es un preso el que la coge, le da su destino, y si es un carcelero ó uno de los presos secretamente vendidos, que se llaman «borregos» en las cárceles, y «zorros» en los presidios, el billete es llevado á la alcaldía, y luego á la policía.

Esta vez el billete llegó á su destino, aunque en aquel momento el que debía recibirle estaba en el apartado; era nada menos que Babet, uno de los cuatro jefes de Patrón Minette.

El postillón contenía un papel arrollado, en el cual estaban escritas estas dos líneas:

--Babet. Se puede hacer negocio en la calle Plumet. Una verja en un jardín.--Esto era lo que había escrito Brujón durante la noche.

Á pesar de los registradores y registradoras, Babet encontró medio de hacer llegar el billete desde la Fuerza á la Salpetrière á una «buena amiga» que allí tenía, y que estaba encerrada.

Ésta á su vez trasmitió el billete á otra conocida suya, á una tal Magnon, muy vigilada por la policía, pero no presa aún.

Esta Magnon, cuyo nombre ha visto ya el lector, tenía con los Thénardier relaciones que explicaremos más adelante, y podía yendo á ver á Eponina, servir de puente entre la Salpetrière y las Magdalenas.

Pero sucedió precisamente en aquel momento, que faltando pruebas en la sumaria formada contra Thénardier respecto á sus hijas Eponina y Azelma, fueron éstas puestas en libertad.

Cuando Eponina salió, la Magnon, que la esperaba á la puerta de las Magdalenas, le dió el billete de Brujón á Babet, encargándole que alumbrase el negocio.

Eponina fué á la calle Plumet, reconoció la verja y el jardín, observó la casa, espió, acechó, y algunos días después llevó á Magnon, que vivía en la calle Clocheperce, un bizcocho, que Magnon trasmitió á la querida de Babet en la Salpetrière.

Un bizcocho en el tenebroso simbolismo de las prisiones, significa: no hay nada que hacer.

Tan bien salió todo, que menos de una semana después, Babet y Brujón, al encontrarse en el camino de ronda de la Fuerza, yendo uno «á la instrucción» y viniendo el otro de la misma:

--Y bien,--preguntó Brujón,--¿la calle P?

--Bizcocho,--responde Babet.

Así abortó este feto de crimen, engendrado por Brujón en la Fuerza.

Este aborto tuvo, sin embargo, consecuencias completamente extrañas al proyecto de Brujón, que ya se verán.

Muchas veces se cree uno anudar un hilo, y ata otro.

III =La aparición del señor Mabeuf=

Mario no iba á ver á nadie; solamente algunas veces solía encontrar al señor Mabeuf.

Mientras Mario descendía gravemente por estos lúgubres peldaños, que podrían llamarse la escalera de las cuevas y de los lugares sin luz, donde se oye á los dichosos caminar por encima, el señor Mabeuf por su parte descendía también.

La Flora de Cautereiz no se vendía ya absolutamente.

Los experimentos sobre el añil no habían dado resultado ninguno en el pequeño jardín de Austerlitz, que estaba mal situado; allí sólo podía cultivar algunas plantas raras que necesitan humedad y sombra. Pero no por esto se desanimaba.

Había podido lograr un rincón de tierra en el Jardín Botánico, bien situado para hacer «á su costa» los ensayos sobre el añil, para lo cual había llevado las láminas de su Flora al Monte de Piedad.

Había reducido su almuerzo á dos huevos, y dejaba uno de ellos á su vieja criada, á quien no había pagado el salario hacía quince meses. Muchas veces, su almuerzo era su única comida.

Ya no se reía con su natural risa infantil; se había vuelto huraño, y no recibía visitas.

Mario hacía muy bien en no ir á verle.

Algunas veces, á la hora en que el señor Mabeuf iba al Jardín Botánico, se encontraban el viejo y el joven en el boulevard del Hospital; no se hablaban; solamente se saludaban tristemente con la cabeza.

¡Triste cosa por cierto! Hay momentos en que la miseria rompe hasta la amistad. Antes eran dos amigos; ahora eran dos transeúntes.

El librero Royol había muerto.

El señor Mabeuf no conocía más que sus libros, su jardín y su añil: éstas eran las tres formas que había tomado para él la felicidad, el placer y la esperanza; esto le bastaba para vivir, y se decía: «Cuando haya hecho mis bolitas azules seré rico; sacaré mis láminas del Monte de Piedad, volverá á estar de moda mi Flora con el charlatanismo, pondré anuncios en los periódicos, y compraré, ya sé yo dónde, un ejemplar del Arte de navegar, de Pedro Medina, con grabados en madera, edición de 1559».

Entretanto trabajaba todo el día en su sembrado de añil, y por la noche volvía á su casa para regar el jardín y leer sus libros.

El señor Mabeuf contaba entonces muy cerca de los ochenta años.

Una noche tuvo una singular aparición.

Había vuelto á su casa mucho antes de anochecer. La tía Plutarco, cuya salud se quebrantaba, estaba enferma y acostada.

El señor Mabeuf había comido un poco de carne, que quedaba sin roer de un hueso, y un pedazo de pan que había encontrado en la mesa de la cocina, y estaba sentado en un recantón tumbado, que le servía de banco, en el jardín.

Junto á este banco había, según la moda de los antiguos huertos, una especie de cajón alto, hecho de listones y tablas muy estropeadas ya, que era jaula de conejos en la parte inferior y frutero en la superior.

No tenía conejos en la jaula; pero aún conservaba algunas manzanas en el frutero, restos de la provisión del invierno.

Se había puesto á hojear y á leer, con ayuda de los anteojos, dos libros de los que estaba apasionado y que, cosa rara á su edad, le tenían pensativo.

Su natural timidez le hacía á propósito para aceptar ciertas supersticiones.

El primero de estos libros era el famoso tratado del presidente Delancre:

De la inconstancia de los demonios.

El otro, que era un volumen en cuarto de Mutor de la Rubaudière:

Sobre los diablos de Vauvert y los gobelinos de la Bièvre.

Este último librote le interesaba tanto más cuanto que su jardín había sido uno de los sitios antiguamente frecuentados por los gobelinos.

El crepúsculo empezaba á blanquear los objetos más elevados, y á ennegrecer los que están bajos.

Al propio tiempo que leía mirando por encima del libro que tenía en la mano, el señor Mabeuf contemplaba sus plantas, y entre otras, un rododendro magnífico, que era uno de sus encantos.

Los cuatro días últimos de bochorno, de viento y de sol, sin una gota de lluvia, habían hecho encorvar sus tallos, inclinarse los botones y caer las hojas.

Era preciso regar; el rododendro, sobre todo, estaba triste.

Mabeuf era de esos hombres para quienes las plantas tienen alma.

El anciano había trabajado todo el día en su sembrado de añil, y estaba rendido de cansancio; se levantó, sin embargo, dejó los libros en el banco, y se dirigió encorvado y con vacilante paso al pozo; pero cuando cogió la soga no pudo ni aún tirar para desengancharla.

Entonces se volvió dirigiendo una triste mirada al cielo que se iba cubriendo de estrellas.

La noche tenía esa serenidad que disminuye los dolores del hombre bajo una alegría lúgubre, eterna y desconocida, y anunciaba que iba á ser tan árida como el día.

--¡Estrellas por todas partes!--pensaba el anciano.--¡Ni una pequeña nube! ¡Ni una lágrima de agua!

Y dejó caer la cabeza sobre el pecho que había levantado un momento. Luego volvió á levantarla, y miró al cielo, murmurando:

--¡Una lágrima de rocío! ¡Un poco de piedad!

Trató de nuevo de desenganchar la soga del pozo, pero no pudo.

En aquel momento oyó una voz que decía:

--Señor Mabeuf, ¿queréis que os riegue yo el jardín?

Y al mismo tiempo sintió como el ruido de un animal salvaje que corre, viendo salir de entre los matorrales una especie de muchacha demacrada, que se puso delante de él mirándole desenvueltamente. Parecía, más que un ser humano, un aborto del crepúsculo.

Antes que Mabeuf, que se asustaba fácilmente, hubiese vuelto de su asombro, aquel ser, cuyos movimientos tenían en la obscuridad cierto atrevido desenfado, había desenganchado ya la soga, sumergido y sacado el cubo, y llenado la regadera.

El buen hombre veía esta aparición que llevaba los pies desnudos y un zagalejo completamente destrozado; veía, decimos, cómo corría por las calles del jardín derramando la vida á su alrededor. El ruido de la regadera en las hojas encantaba al señor Mabeuf. Le parecía que el rododendro era ya feliz.

Vaciado el primer cubo, la muchacha sacó otro, y después un tercero; así regó todo el jardín.

Andando así por entre los árboles en que aparecía su perfil enteramente negro, agitando sobre sus largos y angulosos brazos su desgarrada pañoleta, tenía cierto aspecto de murciélago.

Cuando hubo acabado, se aproximó á ella el señor Mabeuf con lágrimas en los ojos y le puso la mano en la frente:

--Dios te bendiga,--dijo;--eres un ángel, pues tienes cuidado de las flores.

--No,--respondió ella;--soy el diablo, pero es igual.

El anciano exclamó sin esperar ni oir la respuesta:

--¡Qué lástima que yo sea tan desgraciado y pobre, que no pueda hacer nada por ti!

--Algo podríais hacer,--dijo ella.

--¿Qué?

--Decirme dónde vive el señor Mario.

El viejo no entendió.

--¿Qué Mario?

Y alzó su vidriosa mirada como buscando algo que hubiera desaparecido.

--Un joven que venía aquí hace algún tiempo.

El señor Mabeuf había ya hecho memoria, y contestó:

--¡Ah! sí... Ya sé lo que quieres decir. ¡Espera! Mario... el barón Mario de Pontmercy. ¡Pardiez! Vive... ó por mejor decir, no vive ya... Vaya, no sé.

Y así diciendo, se había encorvado para sujetar una rama del rododendro.

--Espera,--continuó;--ahora me acuerdo. Pasea mucho el boulevard, por la parte de la Glacière, calle Croulebarbe, Campo de la Alondra. Si vas por allí, no será difícil que le encuentres.

Cuando Mabeuf se enderezó ya no había nadie; la muchacha había desaparecido.

Entonces tuvo miedo de veras.

--Por cierto,--dijo,--que si no viese el jardín regado, creería que había sido un espíritu.

Una hora después, al acostarse, volvió á pensar en ello, y al dormirse, en ese momento confuso en que el pensamiento, como el pájaro de la fábula que se convierte en pez para pasar el mar, toma poco á poco la forma del desvanecimiento para atravesar el sueño, decíase á sí mismo confusamente:

--En verdad que esto se parece mucho á lo que Rubaudière cuenta de los gobelinos. ¿Habrá sido uno de ellos?

IV =Aparición de Mario=

Algunos días después de aquella visita de un «espíritu» al señor Mabeuf, llegó la mañana de un lunes del día en que Mario pedía á Courfeyrac cinco francos para Thénardier.

Mario se había guardado la moneda en el bolsillo, y antes de llevársela al carcelero había ido «á pasearse un poco», esperando tener ganas de trabajar á la vuelta. Era lo que hacía siempre.

En cuanto se levantaba sentábase delante de un libro y una hoja de papel para concluir alguna traducción; tenía entonces que hacer la versión al francés de una célebre querella entre alemanes, la controversia de Gans y de Savigny.

Cogía á Gans, cogía después á Savigny; leía cuatro líneas, trataba de escribir una, y no podía; veía una estrella entre sus ojos y el papel, y se levantaba de la silla, diciendo:

--Voy á salir. Esto me encauzará.

Y se iba al campo de la Alondra.

Allí veía aún más la estrella y mucho menos á Savigny y Gans.

Volvía á su casa, trataba de reanudar el trabajo, y no lo conseguía; no podía coger un solo cabo de los hilos rotos de su cerebro. Entonces decía:

--Mañana no salgo, porque así no se puede trabajar.

Y no obstante salía todos los días.

Vivía en el Campo de la Alondra más que en casa de Courfeyrac. Sus señas eran verdaderamente éstas: Alameda de la Salud, séptimo árbol, después de la calle Croulebarbe.

La mañana de que venimos hablando había abandonado el árbol y se había sentado en el parapeto del arroyuelo de los Gobelinos.

Un sol alegre penetraba por entre las brillantes hojas recién abiertas.

Pensaba en «Ella», y su pensamiento, convirtiéndose en reconvención, recaía sobre él; pensaba dolorosamente en la pereza, parálisis del alma, que se apoderaba de él, y en aquella noche, cuyas tinieblas se aumentaban por momentos ante su vista, hasta el punto de que ya no veía ni aún el sol.

Sin embargo, al través de este penoso desprendimiento de ideas diversas que no eran un monólogo; tanto se debilitaba en él la actividad, y tan escasa era su fuerza, que ni aún para desconsolarse le bastaba; al través de esa absorción melancólica le llegaban las sensaciones del exterior.

Oía detrás de sí, debajo de sí, en ambas orillas del arroyo, batir la ropa á las lavanderas de los Gobelinos y encima de su cabeza cantar los pájaros en los olmos.

Por un lado, el ruido de la libertad, del descuido feliz, del placer alado; por otro, el rumor del trabajo. Estos dos ruidos le parecían alegres, lo cual le hacía pensar profundamente, y casi reflexionar.

De repente, en medio del éxtasis que le dominaba, oyó una voz conocida, que decía:

--¡Toma! ¡Ahí está!

Levantó los ojos, y reconoció á aquella infeliz criatura que había ido una mañana á su casa, la mayor de las hijas de Thénardier, Eponina, puesto que ya sabía cómo se llamaba.

Cosa rara; estaba empobrecida y embellecida; dos pasos que parecía imposible que pudiera darlos, y sin embargo, había realizado ese doble progreso hacia la luz y hacia la desgracia.

Llevaba descalzos los pies, é iba vestida de harapos como el día que había entrado tan resueltamente en su cuarto; solamente que sus harapos tenían dos meses más; los agujeros eran mayores, y los andrajos más miserables.

Tenía la misma voz ronca, la misma frente atezada y arrugada por el aire, la misma mirada suelta, extraviada y vacilante.

Además, tenía en la fisonomía ese algo atónito y lastimero, sello particular que añade el sello de la cárcel á la miseria.

Tenía algunos restos de paja y de heno entre los cabellos, no como Ofelia por haberse vuelto loca con el contagio de la locura de Hamlet, sino porque había dormido en algún pajar.

Y á pesar de todo era hermosa. ¡Cómo eres radiante, oh juventud!

Se había parado delante de Mario con cierta alegría en su lívido rostro, y como sonriendo.

Permaneció algunos instantes como si no pudiese hablar.

--¡Por fin os he encontrado!--dijo.--Tenía razón el señor Mabeuf, ¡en este boulevard! ¡Cuánto os he buscado! ¡Si supierais! ¿Lo sabéis? He estado en la cárcel. ¡Quince días! Ya me han soltado viendo que no había nada contra mí. Además, no tenía edad de discernimiento; me faltan dos meses. ¡Oh, cómo os he buscado desde hace seis semanas. ¿Ya no vivís allí?

--No, dijo Mario.

--¡Oh! Ya comprendo. Por aquello. Son muy desagradables esos lances. Os habéis mudado. ¡Calle! ¿Y por qué lleváis ese sombrero tan viejo? Un joven como vos debería llevar un buen traje. ¿No lo sabéis, señor Mario? El señor Mabeuf os llama el barón Mario de no sé cuántos. ¿Verdad que no sois barón? Los varones son viejos, van al Luxemburgo, delante del palacio, donde hay más sol y leen La Cotidiana por un céntimo. Yo estuve una vez á llevar una carta á casa de un barón así. Tenía más de cien años. Decid: ¿dónde vivís ahora?

Mario no respondió.

--¡Ah!--continuó ella.--Lleváis rota la camisa. Será menester que os la cosa.

Y añadió con acento cada vez más sombrío:

--Parece que no os alegra mucho el verme.

Mario callaba; ella guardó silencio por un momento, y después exclamó:

--Y sin embargo, si quisiera os obligaría á estar contento.

--¡Cómo!--preguntó Mario.--¿Qué queréis decir?

--¡Ah! ¡Antes me llamabais de tú!

--Pues bien: ¿qué quieres decir?

Eponina se mordió el labio; parecía dudar como presa de una lucha interior; por fin, pareció decidirse.

--Tanto peor; es igual. Tenéis el aire triste, y quiero que estéis contento. Prometedme solamente que os reiréis. Quiero veros reir y deciros: «¡Bien, así me gusta!». ¡Pobre señor Mario! Ya sabéis que prometisteis darme todo lo que yo quisiera.

--¡Sí, pero habla de una vez!

Ella miró á Mario fijamente á los ojos, y le dijo:

--¡Sé la dirección!

Mario se puso pálido. Toda su sangre refluyó al corazón.

--¿Qué dirección?

--La que me mandasteis averiguar.

Y añadió como haciendo un esfuerzo.

--Las señas... ya sabéis.

--¡Sí!--balbuceó Mario.

--¡De la señorita!

Y al pronunciar esta palabra, suspiró ella profundamente.

Mario saltó del parapeto en que estaba sentado, y le tomó violentamente la mano.

--¡Pues bien! ¡Llévame! ¡Dime! ¡Pídeme todo lo que quieras! ¿Dónde es?

--Venid conmigo,--respondió ella.--No sé bien la calle ni el número; es al otro extremo, pero conozco bien la casa; voy á enseñárosla.

Retiró entonces la mano, y dijo con un tono que habría desgarrado el corazón de un observador, pero que no llamó la atención de Mario, embriagado y conmovido:

--¡Ah! ¡Qué contento estáis ahora!

Una nube cruzó la frente de Mario.

--¡Júrame una cosa!--dijo, cogiendo á Eponina del brazo.

--¡Jurar!--dijo ella.--¿Qué quiere decir eso? ¡Calle! ¿Queréis que jure?

Y se echó á reir.

--¡Tu padre! ¡Prométeme, Eponina; júrame que no dirás á tu padre esas señas!

Eponina se volvió asombrada hacia él.

--¡Eponina! ¿Cómo sabéis que me llamo Eponina?

--¡Prométeme lo que te digo!

Ella parecía no oir.

--¡Es gracioso! ¡Me habéis llamado Eponina!

Mario le cogió los dos brazos á la vez.

--¡Pero respóndeme en nombre del cielo! ¡Atiende á lo que te digo; júrame que no dirás esas señas á tu padre!

--¡Mi padre! ¡Ah, sí, mi padre! No temáis. Está incomunicado. Y además, ¿me ocupo yo para algo de mi padre?

--¡Pero no me lo prometes!--exclamó Mario.

--¡Pero soltadme!--dijo ella, echándose á reir.--¡Cómo me zarandeáis! ¡Sí, sí; os lo prometo! ¡Os lo juro! ¡Qué me importa eso! No diré las señas á mi padre. ¿Os acomoda así?

--Ni á nadie,--prorrumpió Mario.

--Ni á nadie.

--Ahora llévame,--dijo él.

--¿Enseguida?

--Enseguida.

--Venid... ¡Oh, qué contento va!--dijo la muchacha.

Á los pocos pasos se detuvo.

--Me seguís muy de cerca, señor Mario. Dejadme ir adelante, y seguidme como si tal cosa. No hay necesidad de que se vea á un joven como vos junto á una mujer como yo.

No hay lengua que pueda expresar todo lo que encerraba esta palabra, mujer, pronunciada por aquella criatura.

Dió unos diez pasos, y volvió á pararse; Mario la alcanzó.

Dirigióle ella la palabra al soslayo y sin volver la cabeza.

--Á propósito: ¿recordáis que me prometisteis algo?

Mario registró el bolsillo. No poseía en este mundo más que los cinco francos destinados á Thénardier; los sacó, y los puso en la mano de Eponina.

Ella abrió los dedos, dejó caer la moneda al suelo, y mirando fijamente á Mario con aire sombrío:

--No es vuestro dinero lo que quiero,--dijo.

LIBRO TERCERO LA CASA DE LA CALLE DE PLUMET

I =La casa del secreto=

Hacia mediados del último siglo, un presidente togado del Parlamento de París, tenía una querida, y queriendo ocultarlo, porque en aquella época los grandes señores manifestaban sus queridas, y los pequeños las ocultaban, hizo «una casita» en el arrabal de San Germán, en la calle desierta de Blomet, llamada hoy de Plumet, y no lejos del sitio que se llamaba entonces La lucha de animales.

Se componía dicha casa de un pabellón de un solo piso; tenía dos salas en el bajo, y dos cuartos en el principal; una cocina en aquél, y un gabinete de tocador en éste, y debajo del tejado un granero; este todo precedido de un jardín, con una gran verja que daba á la calle.

El jardín tenía cerca de una fanega de tierra, y era lo único que los transeúntes podían ver; pero por detrás del pabellón había un patio pequeño, y en el fondo una habitación baja, compuesta de dos piezas sobre sótano, especie de secreto destinado á cobijar, en caso necesario, un niño y una nodriza.

Dicha habitación comunicaba por la parte de detrás por medio de una puerta secreta, con un largo pasadizo, empedrado, tortuoso, á cielo abierto, entre dos elevadas tapias; cuyo pasadizo, disimulado con arte prodigioso, y como perdido entre las cercas de los jardines y sembrados á lo largo de sus vueltas y recodos, terminaba en otra puerta, también secreta, que se abría á medio cuarto de legua de allí, casi en otro barrio, á la extremidad solitaria de la calle de Babilonia.

El señor presidente entraba por allí; de tal modo, que aún los que le hubiesen espiado y seguido, y observado que iba todos los días misteriosamente á alguna parte, nadie hubiera sospechado que ir á la calle de Babilonia era ir á la calle de Plumet.

Por medio de hábiles compras de terreno, el ingenioso magistrado había podido hacer este trabajo de camino secreto en sus posesiones, y por consiguiente, sin obstáculo.

Después había dividido en pequeños trozos, para jardines y huertas, los terrenos lindantes con el pasadizo, y los propietarios de estos terrenos creían mirar una pared medianera por ambos lados, y no sospechaban ni aun la existencia de aquella vereda, que serpenteaba entre dos tapias en medio de sus platabandas y vergeles.

Sólo los pájaros veían aquella curiosidad, siendo muy probable que las currucas y gorriones del último siglo charlasen mucho á costa del señor presidente.

El pabellón era de piedra, al estilo de Mansard; artesonado y amueblado al gusto de Watteau; grotesco por dentro y pelucón por fuera; circunvalado de un triple seto de flores. Tenía algo de discreto, de elegante y de solemne, como corresponde al capricho amoroso de un magistrado.

La casa y el pasadizo, que han desaparecido ya, existían aún hace cosa de quince años.

En 1793, un calderero compró la casa para derribarla, pero no habiendo podido pagar los plazos, la nación le declaró insolvente. De modo, que la casa fué la que lo derribó á él.

Quedó después deshabitada, y fué desmoronándose poco á poco como todo edificio á que no comunica la vida la presencia del hombre.

Había continuado amueblada con los antiguos muebles, y siempre anunciada en venta ó alquiler, y las diez ó doce personas que pasaban al año por la calle Plumet eran las únicas que veían ese anuncio en un cartel amarillo é ilegible, colgado de la verja del jardín desde 1810.

Á fines de la Restauración estos transeúntes pudieron notar que había desaparecido el cartel, y que estaban abiertos los postigos del primer piso. En efecto, la casa estaba ocupada; las ventanas tenían «cortinillas», señal de que había una mujer.

En el mes de octubre de 1829 se había presentado un hombre de cierta edad, y había alquilado la casa tal como estaba, incluyendo, por supuesto, la habitación de atrás y el pasadizo que terminaba en la calle de Babilonia.

Había hecho restaurar las aberturas secretas de las dos puertas del dicho pasadizo.

La casa, como acabamos de decir, tenía casi los mismos muebles antiguos que en tiempo del presidente; el nuevo inquilino había mandado hacer algunas reparaciones, poniendo aquí y allí lo que faltaba, adoquines en el patio, baldosas en los suelos, peldaños en la escalera, planchas en los entablados y cristales en las ventanas y, últimamente, se había instalado allí con una jovencita y una criada vieja, sin el menor ruido, más bien como quien se escurre, que como quien entra dentro de su casa.

Los vecinos no chismeaban, por la sencilla razón de que no los había.

Este inquilino silencioso era Juan Valjean, y la joven Cosette.

La criada era una solterona llamada Santos, á quien Juan Valjean había sacado del hospital y de la miseria; era vieja, provinciana y tartamuda; tres cualidades que habían determinado á Juan Valjean á tomarla consigo.

Había alquilado la casa con el nombre del señor Fauchelevent, rentista.

En cuanto llevamos ya referido, el lector habrá tardado menos que Thénardier en reconocer á Juan Valjean.

¿Por qué había abandonado Juan Valjean el convento del Pequeño-Picpus? ¿Qué había pasado?

Nada extraordinario.

El lector recordará que Juan Valjean era feliz en el convento, tan feliz, que su conciencia acabó por alarmarse.

Veía á Cosette diariamente; sentía nacer y desarrollarse en él poco á poco el sentimiento paternal; cubría con su alma aquella niña, y se decía que era suya, que nadie podía quitársela, y que así sería siempre; que Cossette se haría monja, viéndose dulcemente solicitada todos los días, de modo que el convento sería siempre el universo para él y para ella; que él envejecería allí, y ella crecería, y envejecería, y moriría; y por último, ¡consoladora esperanza! que no sería posible ninguna separación.

Pero al propio tiempo que pensaba esto, vino á caer en nuevas perplejidades.

Preguntóse á sí mismo si toda aquella felicidad se componía sólo de su felicidad, ó también de la de otra persona; es decir, de la felicidad de aquella niña de quien se apoderaba, y á la que confiscaba él, viejo ya, las alegrías de la juventud.

¿No era esto un robo?

Decíase que aquella niña tenía derecho á conocer el mundo antes de renunciar á él; que privarla de antemano, y en cierto modo sin consultarla, de todos los goces, bajo el pretexto de salvarla en todas las pruebas, aprovecharse de su ignorancia y aislamiento para hacer germinar en ella una vocación artificial, sería desnaturalizar una criatura humana, y engañar á Dios.

¿Y quién sabe si Cosette reflexionando algún día sobre todo esto, y viéndose monja á su pesar, no llegaría hasta odiarle? Última idea casi egoísta y menos noble que las otras, pero que le era insoportable.

Resolvióse, pues, á abandonar el convento.

Se decidió; conoció, aunque con pesar, que no era necesario, y no tenía objeciones que hacerse.

Cinco años de encierro y de desaparición entre aquellas cuatro paredes habían destruido ó dispersado necesariamente los elementos de temor; podía volver tranquilamente á vivir entre los hombres; había envejecido y estaba muy cambiado. ¿Quién había de conocerle ya?

Y aun en el peor caso, sólo corría peligro por sí mismo, y no tenía derecho para condenar á Cosette al claustro, por la razón de que él había sido condenado á presidio.

Por otra parte, ¿qué es el peligro ante el deber? En fin, nada le impedía ser prudente, y tomar sus precauciones.

En cuanto á la educación de Cosette, estaba casi terminada y completa.

Juan Valjean, después de decidirse, sólo esperó una ocasión; y no tardó ésta en presentarse: el tío Fauchelvent murió.

Juan Valjean pidió audiencia á la reverenda priora, y le dijo que, habiendo recibido á la muerte de su hermano una modesta herencia que le permitía vivir sin trabajar, pensaba dejar el servicio del convento y llevarse á su nieta; pero como no era justo que Cosette, no pronunciando los votos, hubiese sido educada gratis, suplicaba humildemente á la reverenda priora le permitiese ofrecer á la comunidad una suma de cinco mil francos como indemnización de los cinco años que allí había pasado Cosette. Así salió Juan Valjean del convento de la Adoración Perpetua.

Al abandonar aquella casa, llevó en sus brazos, sin querer entregarle á ningún mozo, el baulito cuya llave tenía siempre consigo.

Aquel baulito traía inquieta á Cosette por el olor embalsamado que despedía.

Debemos consignar que el baulito no se separó nunca de él; siempre le tenía en su cuarto. Era lo primero, y alguna vez lo único que trasladó en sus mudanzas.

Cosette se reía, y llamaba al baulito el inseparable, diciendo: «Me da celos».

Juan Valjean, por su parte, no salió al aire libre sin experimentar una profunda ansiedad.

Descubrió la casa de la calle de Plumet, y se quedó con ella; además estaba en posesión del nombre del último Fauchelvent.

Al propio tiempo alquiló otras dos casas en París, con objeto de llamar menos la atención que viviendo siempre en el mismo barrio; de poder ausentarse á la menor inquietud que sintiese, y de no encontrarse desprevenido, como la noche en que se escapó tan milagrosamente de Javert.

Estas otras dos casas eran dos edificios feos y de pobre aspecto, en dos barrios muy separados uno de otro; uno en la calle del Oeste, y otro en la del Hombre-Armado.

Iba de cuando en cuando, ya á la calle del Hombre Armado, ya á la del Oeste, á pasar un mes ó seis semanas con Cosette sin llevarse á la tía Santos.

Le servían los porteros, y pasaba por un rentista de las cercanías que tenía un apeadero en la ciudad.

Aquella gran virtud necesitaba tres domicilios en París para escapar de la policía.

II =Juan Valjean guardia nacional=

Por lo demás, y francamente hablando, Juan Valjean vivía en la calle de Plumet, donde había arreglado su existencia del modo siguiente:

Cosette con la criada ocupaba el pabellón, tenía la alcoba principal de entrepaños pintados, el gabinete de molduras doradas, el salón del presidente adornado de tapicería y grandes sillones, y el jardín.

Había mandado colocar en el cuarto de Cosette una cama, con colgadura de damasco antiguo de tres colores, y una hermosa alfombra de Persia, antigua también, comprada en la calle de Figuier Saint-Paul, en casa de la tía Gaucher; y para corregir la severidad de estas magníficas antiguallas de prendería, había combinado con ellas todos los muebles graciosos y elegantes de las jóvenes, el estante, el armarito con libros dorados, el pupitre, la cartera con papel secante, el costurero incrustado de nácar, el neceser sobredorado, y el tocador con servicio de porcelana del Japón.

Grandes cortinajes de damasco de fondo rojo de tres colores, iguales á los de la cama, colgaban sobre las ventanas del primer piso; en el bajo había colgaduras de tapicería.

Durante el invierno estaba la casita de Cosette caldeada de arriba abajo.

Él ocupaba la especie de portería que había en el fondo del patio, con un colchón sobre una cama de tijera, una mesa de madera blanca, dos sillas de paja, un jarro de loza, algunos libros en una tabla, y su predilecta valija en un rincón. Allí nunca había lumbre.

Comía con Cosette, y se ponía pan moreno para él en la mesa.

El día que entró la tía Santos la dijo:

--La señorita es el ama en esta casa.

--¿Y vos, señor?--había replicado la tía Santos estupefacta.

--Yo soy mucho más que el amo, soy su padre.

Cosette en el convento había aprendido la ciencia doméstica, y llevaba la cuenta del gasto que era muy modesto.

Todos los días Juan Valjean sacaba á Cosette á pasear dándole el brazo.

La conducía al Luxemburgo, á la alameda más solitaria, y los domingos á misa, siempre á Santiago de Haut-Pas, porque estaba muy lejos.

Como aquél era un barrio pobrísimo, daba muchas limosnas, y los menesterosos le rodeaban en la iglesia, lo que le había valido el título que Thénardier le había dado al dirigírsele por escrito: Al señor bienhechor de la iglesia de Santiago de Haut-Pas.

Iba gustoso en compañía de Cosette á visitar á los pobres y á los enfermos.

En la casa de la calle de Plumet no entraba ningún extraño; la tía Santos llevaba las provisiones, y Juan Valjean traía por sí mismo el agua de una fuente cercana del boulevard.

Guardaban la leña y el vino en un espacio medio subterráneo, tapizado de conchas, que estaba cerca de la puerta de la calle de Babilonia, y que había servido en otro tiempo de gruta al señor presidente; porque en tiempo de las Locuras y de las Casitas no había amor sin gruta.

En la puerta excusada de la calle de Babilonia había una de esas cajas buzones que sirven para recoger cartas y periódicos; pero como los tres habitantes del pabellón de la calle de Plumet no recibían ni periódicos ni cartas, utilizaban esta caja, mediadora en otro tiempo de amorcillos y confidente de un golilla almibarado, para los avisos del cobrador de contribuciones, y las papeletas de guardia; porque el señor Fauchelvent, rentista, era guardia nacional; no había podido escapar á las apretadas mallas del censo de 1831.

El empadronamiento municipal había llegado en aquella época hasta el convento del Petit Picpus, especie de concha impenetrable y santa, de donde Juan Valjean había salido venerable á los ojos del alcalde del distrito, y por consiguiente digno de montar la guardia.

Juan Valjean se ponía el uniforme y entraba de guardia tres ó cuatro veces al año, y lo hacía con gusto, porque el uniforme era para él un verdadero disfraz que le mezclaba con todo el mundo, dejándole sin embargo solitario.

Juan Valjean acababa de cumplir los sesenta años, edad de la exención legal, pero no aparentaba más de cincuenta; y por otra parte no tenía deseo alguno de librarse de su sargento mayor y andar en discusiones con el conde de Lobau. No tenía estado civil; ocultaba su nombre, ocultaba su edad, ocultaba su identidad, lo ocultaba todo; y, como hemos dicho, era un guardia nacional de buena fe.

Toda su ambición consistía en asemejarse á cualquiera que pagase sus contribuciones.

El ideal de este hombre era, en lo interior, ser ángel, y en el exterior, contribuyente.

Hagamos notar aquí alguna cosa: cuando Juan Valjean salía con Cosette, se vestía como hemos dicho, y parecía un militar retirado.

Cuando salía solo, que era comúnmente por la noche, iba siempre vistiendo blusa y pantalón de obrero y una gorra que le ocultaba el rostro.

¿Era esto precaución ó humildad?

Ambas cosas á la vez.

Cosette estaba acostumbrada ya al aspecto enigmático de su destino, y apenas notaba las rarezas de su querido padre.

En cuanto á la tía Santos, veneraba á Juan Valjean y le parecía bien todo lo que hacía.

Un día el carnicero, que había visto á Juan Valjean, le dijo: «¡Vaya un hombre particular!» Y ella respondió: «Es un santo».

Ni Juan Valjean, ni Cosette, ni la tía Santos entraban ó salían más que por la puerta de la calle de Babilonia; de modo que á no verlos por la verja del jardín, era difícil adivinar que vivían en la calle de Plumet.

Esta verja estaba siempre cerrada, y Juan Valjean había dejado inculto el jardín para que no llamase la atención.

Pero en esto tal vez se engañaba.

III =Foliis ac Frondibus=

Aquel jardín, completamente abandonado hacía más de medio siglo, había llegado á ser extraordinario y hermoso.

Los transeúntes de hace cuarenta años se paraban á contemplarle, sin sospechar los secretos que se escondían detrás de sus verdes y frescas espesuras.

Más de un individuo reflexivo dejó penetrar varias veces en aquella época sus ojos y su pensamiento indiscreto al través de los hierros de aquella antigua verja en forma de cadena torcida, movediza, sostenida por dos pilares verdosos y enmohecidos, y coronada caprichosamente por un frontón de indescifrables arabescos.

Había en un rincón un banco de piedra y una ó dos estatuas cubiertas de musgo; algunos encañados, deshechos por el tiempo, se pudrían contra la pared; no había calles ni céspedes, sólo abundaba la grama.

Había desaparecido la jardinería, habiendo reaparecido la naturaleza.

Abundaba la mala yerba, admirable fortuna para un pobre rincón de tierra.

Los alelíes nacían faustosos y espléndidos.

Nada contrariaba en aquel jardín el esfuerzo sagrado de las cosas hacia la vida; nada impedía su venerable desarrollo.

Los árboles se habían inclinado hasta las zarzas, y las zarzas habían subido hasta los árboles; la planta había trepado, la rama se había encorvado; lo que se arrastra por el suelo buscaba lo que se extiende por el aire, lo que flota en el viento se había inclinado hacia lo que vive entre el musgo; troncos y ramas, hojas y fibras, tallos y zarzas, sarmientos y espinas se habían mezclado, atravesado, enlazado, confundido; la vegetación, en un estrecho y profundo abrazo, había celebrado y realizado, á la vista del Creador satisfecho, en aquel espacio de trescientos pies cuadrados, el santo misterio de su fraternidad, símbolo de la fraternidad humana.

Aquello no era ya un jardín; era una maleza colosal; es decir, una cosa impenetrable como un bosque, poblada como una ciudad, temblorosa como un nido, sombría como una catedral, olorosa como un ramillete, solitaria como una tumba, y viviente como la muchedumbre.

En la primavera, aquel enorme matorral, libre dentro de sus cuatro tapias y de su verja, entraba, como todo, en el sordo trabajo de la germinación universal; temblaba al salir el sol casi como un ser animado que aspira los efluvios del amor cósmico y que siente la savia de abril subir y bullir en sus venas; y sacudiendo al viento su prodigiosa cabellera de verdura sembrada en la tierra húmeda, en las rotas estatuas, en la desvencijada escalinata del pabellón, y hasta en el empedrado de la calle desierta, las flores en estrellas, el rocío en perlas, la fecundidad, la belleza, la vida, la alegría, los perfumes.

Al mediodía refugiábanse allí mil blancas mariposas, y era un espectáculo sublime ver revolotear en copos, y á la sombra, aquella viviente nieve del estío.

Allí, entre las alegres tinieblas de verdor, una multitud de voces inocentes hablaban dulcemente al alma, y lo que dejaba de decir el gorjeo de los pájaros, lo completaba el zumbido de los insectos.

Por la noche, un vapor de meditación se desprendía del jardín, envolviéndolo en un manto de bruma; una tristeza celestial y tranquila le cobijaba; el perfume embriagador de las madreselvas y jazmines salía de todas partes como un veneno exquisito y sutil; oíanse los últimos cantos de los petirrojos y de las nevatillas, durmiéndose bajo las ramas; manifestábase la intimidad sagrada del pájaro y el árbol. De día las alas prestan alegría á las hojas; por la noche las hojas dan protección á las alas.

En el invierno, la maleza estaba negra, mojada, erizada, temblorosa, y dejaba ver parte de la casa al través de su seco ramaje.

En vez de flores en las ramas, y en lugar de rocío en las flores, distinguíanse los largos hilos de plata de los caracoles sobre el frío y espeso tapiz de las amarillentas hojas; pero siempre, bajo cualquier aspecto, en cualquier estación, en primavera, en invierno, en verano y en otoño, aquel pequeño cercado respiraba melancolía, contemplación, soledad, libertad, ausencia del hombre, presencia de Dios. La antigua verja cerrada parecía decir: «Este jardín es mío».

En vano el empedrado de París se extendía á su alrededor; en vano se veían á dos pasos los palacios clásicos y espléndidos de la calle de Varennes, cerca de la iglesia de los Inválidos, y no lejos de la Cámara de los Diputados; en vano las carrozas de la calle de Borgoña y Santo Domingo rodaban fastuosamente por las cercanías; en vano los ómnibus amarillos, negros, blancos y rojos se cruzaban en el crucero próximo; todo esto no impedía que en la calle de Plumet existiera el desierto.

La muerte de los primitivos propietarios, el trascurso de una revolución, el hundimiento de las antiguas fortunas, la ausencia, el olvido, cuarenta años de abandono y de vacío al rededor, habían bastado para reproducir en aquel lugar privilegiado los helechos, los gordolobos, la cicuta, las aquileas, las yerbas altas, las grandes plantas rastreras de anchas hojas y de verde pálido, los lagartos, los escarabajos, los insectos bulliciosos y veloces, para hacer salir de las profundidades de la tierra y reaparecer entre aquellas cuatro paredes, cierta grandeza hosca y salvaje; y para que la naturaleza, que desconcierta los mezquinos trabajos del hombre, y que donde se manifiesta, se manifiesta por completo, lo mismo en la hormiga que en el águila, se desarrollase en un mezquino jardinillo parisiense con tanta rudeza y majestad como en un bosque virgen del Nuevo Mundo.

En efecto; nada hay pequeño, bien lo saben todos aquéllos en quienes la naturaleza penetra profundamente.

Aunque la filosofía no puede de un modo absoluto, ni circunscribir la causa, ni limitar el efecto, el pensador cae en un éxtasis sin fondo cuando contempla los diferentes modos de descomposición de las fuerzas que convergen todas hacia la unidad.

Todo trabaja para todo.

El álgebra se aplica á las nubes; la irradiación del astro aprovecha á la rosa, y ningún pensador se atreverá á decir que el perfume del espino es inútil á las constelaciones.

¿Quién puede calcular el trayecto de una molécula?

¿Sabemos acaso si no se crean nuevos mundos por medio de la caída de granos de arena?

¿Quién conoce el movimiento de flujo y reflujo recíproco de lo infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño, el eco tonante de las causas en los precipicios del ser y las avalanchas de la creación?

El arado es un insectillo importante; lo pequeño es grande, lo grande es pequeño; todo está en equilibrio en la necesidad; aterradora visión para el espíritu.

Hay entre los seres y las cosas relaciones de prodigio; en este inagotable conjunto, desde el sol hasta al pulgón, ninguna cosa desprecia á la otra; cada una de ellas tiene necesidad de las demás.

La luz no lleva á la región azul los perfumes terrestres sin saber lo que hace, y la noche reparte convenientemente la esencia estelar á las dormidas flores.

Todas las aves voladoras llevan atado á la pata el hilo de lo infinito.

La germinación se sirve igualmente del estallido de un meteoro, como del picotazo de la golondrina, para romper el huevo; conduciendo á la par el nacimiento del último gusano y el advenimiento de Sócrates.

Donde acaba el telescopio empieza el microscopio. ¿Cuál de los dos tiene mayor alcance? Escoged.

Un poco de moho es una pléyade de flores; una nebulosa es un hormiguero de estrellas.

Es igual, y más inaudita todavía, la promiscuidad de las cosas de la inteligencia con los hechos de la sustancia.

Los elementos y los principios se mezclan, se combinan, se unen, se multiplican unos para otros, hasta el punto de hacer terminar el mundo material y el mundo moral en la misma luz.

El fenómeno está perpetuamente replegado en sí mismo.

En las grandes trasformaciones cósmicas, la vida universal va y viene en cantidades desconocidas, arrastrándolo todo en el invisible misterio de los efluvios, empleándolo todo, no perdiendo ni el delirio de un sueño, sembrando un germen animal aquí, desmenuzando un astro allá, oscilando y serpenteando, haciendo de la luz una fuerza y de la imaginación un elemento, diseminado é indivisible; disolviéndolo todo, excepto ese punto geométrico que se llama el yo; refiriéndolo todo al átomo-alma; desarrollándolo todo en Dios; acumulando y agregando, desde la más alta hasta la más inferior, todas las actividades en las negruras de un mecanismo vertiginoso; relacionando el vuelo de un insecto con el movimiento de la tierra; subordinando, ¿quién sabe? aunque no sea más que por la identidad de la ley, la evolución del cometa en el firmamento al vértigo del infusorio en la gota de agua.

Máquina hecha de espíritu. Engranaje enorme, cuyo primer motor es el mosquito, y es el zodíaco su última rueda.

IV =Cambio de reja=

Parecía que aquel jardín, creado en otros tiempos para ocultar los misterios libidinosos, se había trasformado, trocándose en abrigo natural de misterios castos.

Ya no había mecedoras, cenadores cubiertos, ni grutas; había una magnífica sombra que caía como un velo por todas partes.

Pafos se había convertido en Edén.

Cierto remordimiento había purificado aquel retiro; era un ramillete que ofrecía sus flores al alma.

Aquel jardín de coquetería, tan comprometedor en otro tiempo, había entrado en la virginidad y en el pudor.

Un magistrado ayudado por un jardinero, un buen hombre que creía ser la continuación de Lamoignon, y otro buen hombre que creía ser la continuación de Lenôtre, le habían contorneado, tallado, encuadrado, compuesto y aderezado para la galantería; la naturaleza se lo había apropiado después; le había llenado de sombra y arreglado para el amor.

Había también en aquella soledad un corazón dispuesto.

El amor no tenía que hacer más que manifestarse; tenía allí un templo compuesto de verdor, de yerba, de musgo, de suspiros, de avecillas, de suaves tinieblas, de ramas agitadas, y un alma llena de dulzura, de fe, de candor, de esperanza, de aspiración y de ilusiones.

Cosette había salido del convento niña casi; llegaba apenas á los catorce años, y estaba «en la edad crítica».

Ya sabemos que exceptuando los ojos, parecía más bien fea que hermosa; no tenía, sin embargo, ninguna facción desgraciada; pero era delgada, sosa, tímida y atrevida á la vez; en fin, una niña grande.

Su educación estaba terminada; es decir, le habían enseñado religión y sobre todo, devoción; «historia»; es decir, lo que se llama así en los conventos; geografía, gramática, los participios, los reyes de Francia, algo de música, delinear una nariz, etc.; pero por lo demás lo ignoraba todo; esto es un encanto, pero al mismo tiempo un peligro.

No debe dejarse el alma de una joven tan completamente á obscuras, porque más adelante se producen en ella imágenes demasiado bruscas y demasiado vivas, como en una cámara obscura. Debe iluminársela suave y discretamente, mejor con el reflejo de la realidad, que con su luz directa y penetrante. Media luz suave, útil y graciosamente austera, que disipe los temores pueriles y evite las caídas.

No hay más que el instinto materno, intuición admirable en que entran los recuerdos de la virgen y la experiencia de la mujer, que sepa cómo y de qué manera debe ser esta semiluz.

Nada puede suplir ese instinto.

Para educar el alma de una joven, todas las monjas del mundo no valen una madre.

Cosette no había tenido madre; había tenido muchas madres, en plural.

En cuanto á Juan Valjean, poseía toda la ternura, todos los cuidados posibles; pero no era nada más que un viejo que nada sabía.

Ahora bien; en esta obra de la educación, en este grave asunto de la preparación de una niña para la vida, ¡cuánto saber se necesita para luchar contra esa gran ignorancia que se llama inocencia!

Nada prepara á una joven para las pasiones como el convento; el convento encamina el pensamiento á lo desconocido.

El corazón replegado en sí mismo se socava no pudiendo dilatarse, y se profundiza no hallando expansión.

De ahí provienen las suposiciones, las conjeturas, los bosquejos novelescos, el deseo de aventuras, los castillos en el aire, los edificios enteros creados en la obscuridad interior del espíritu: sombrías y secretas moradas, donde las pasiones encuentran pronto donde alojarse luego que, abiertas las rejas, se les permite entrar.

El convento es una compresión que, para triunfar del corazón humano, necesitaba durar toda la vida.

Cosette, al salir del convento, no podía hallar nada más grato ni más peligroso que la casa de la calle de Plumet, la cual era la continuación de la soledad con el principio de la libertad; un jardín cerrado, pero una naturaleza vigorosa, rica, voluptuosa, llena de perfumes; los mismos sueños que en el convento, pero viendo á los jóvenes; una reja, pero una reja que daba á la calle.

Sin embargo, repetimos, cuando entró en esta casa no era más que una niña. Juan Valjean le entregó aquel jardín inculto.

--Haz ahí lo que quieras,--la dijo.

Esto entretenía á Cosette, que ponía en movimiento todas las flores y todas las piedras, buscando «animalejos»; jugaba mientras llegaba el tiempo de meditar; amaba aquel jardín por los insectos que encontraba bajo sus pies, entre la yerba, en tanto que llegaba el tiempo de amarle por las estrellas que pudiera ver por entre las ramas sobre su cabeza.

Además, amaba á su padre, es decir, á Juan Valjean, con toda su alma, con una sencilla pasión filial, que hacía del buen viejo un compañero siempre deseado y siempre querido.

El lector recordará que el señor Magdalena leía mucho; Juan Valjean continuaba haciendo lo mismo; había llegado á hablar bien; tenía la secreta riqueza y la elocuencia de una inteligencia humilde y verdadera que se ha cultivado expontáneamente.

No le había quedado más aspereza que la justamente precisa para sazonar su bondad; era un ingenio rudo y un corazón suave.

En las alamedas del Luxemburgo, en sus paseos, en sus conversaciones con Cosette, hacía largas explicaciones de todo, tomadas, ya de lo que había leído, ya de lo que había sufrido.

Cuando Cosette le escuchaba, sus miradas erraban vagamente.

Este hombre sencillo tenía el pensamiento todo entero de Cosette, del mismo modo que aquel jardín inculto bastaba á su vista.

Cuando había perseguido á las mariposas, se acercaba á él sofocada y le decía:

--¡Ah, cuánto he corrido!

Y él la besaba en la frente.

Cosette adoraba al buen hombre, y siempre iba detrás de él; donde estaba Juan Valjean, allí estaba su felicidad.

Como Juan Valjean no habitaba ni en el pabellón ni en el jardín, Cosette se encontraba más á gusto en el patio empedrado que en el recinto lleno de flores; y en el cuartito amueblado con sillas de paja, mejor que en el gran salón cubierto de alfombras y de sillones tapizados.

Juan Valjean le decía algunas veces sonriendo, ante la dicha de verse importunado:

--¡Pero vete á tu cuarto! ¡Déjame solo un rato!

Cosette entonces le reñía, dirigiéndole una de esas reprensiones tan tiernas y llenas de gracia, cuando las dirige una hija á su padre:

--Padre, tengo mucho frío en vuestro cuarto. ¿Por qué no ponéis aquí una alfombra y una estufa?

--Hija mía, ¡hay tantos que valen más que yo, y que no tienen siquiera techo que les cobije!

--Entonces, ¿por qué tengo yo lumbre en mi cuarto y todo lo que me hace falta?

--Porque tú eres mujer y niña.

---¡Bah! ¿Pues qué, los hombres deben sufrir el frío y pasarlo mal?

--Ciertos hombres.

--Pues bueno; vendré aquí con tanta frecuencia, que os veréis obligado á encender lumbre.

También solía decirle:

--Padre, ¿por qué coméis pan tan malo como ése?

--Porque sí, hija mía.

--Pues bien, si vos lo coméis también lo comeré yo.

Y entonces, para que Cosette no comiese pan negro, Juan Valjean comía pan blanco.

Cosette sólo recordaba confusamente su infancia.

Rezaba mañana y noche para su madre, á quien no había conocido.

Los Thénardier habían quedado en su memoria como dos figuras repugnantes que se le hubiesen aparecido en sueños; recordaba que había ido «un día por la noche» á buscar agua á un bosque; creía que muy lejos de París; le parecía que había empezado á vivir en un abismo, y que Juan Valjean la había sacado de él.

Al pensar en su infancia, sentía lo mismo que si recordase un tiempo en que no hubiera habido á su alrededor más que cienpiés, arañas y serpientes; y cuando meditaba sobre todas estas cosas por la noche, antes de dormirse, como no tenía seguridad de ser hija de Juan Valjean, pensaba que el alma de su madre se había trasladado al cuerpo de aquel hombre, y había ido á vivir á su lado.

Cuando él se sentaba, ella apoyaba su cabeza en sus blancos cabellos, y dejaba caer silenciosamente una lágrima, diciéndose: «¡Tal vez este hombre es mi madre!».

Cosette, por más que esto parezca extraño, en su profunda ignorancia de niña educada en un convento y siendo, por otra parte, la maternidad una cosa completamente ininteligible para la virginidad, había concluido por figurarse que había tenido la menor cantidad de madre posible.

No sabía ni aún el nombre de esta madre; siempre que preguntaba sobre el particular, Juan Valjean guardaba silencio; y si repetía su pregunta, respondía con una sonrisa. Una vez insistió, y la sonrisa concluyó por una lágrima.

Este silencio de Juan Valjean cubría con un velo opaco á Fantina.

¿Era esto prudencia? ¿Era respeto? ¿Era temor de entregar este nombre á otra memoria que no fuese la suya?

Mientras Cosette había sido niña, Juan Valjean había hablado con gusto de su madre; cuando llegó á ser joven, le fué imposible hablarle de ella.

Creyó que no debía atreverse á tanto.

¿Hacía esto por Cosette ó lo hacía por Fantina?

Experimentaba una especie de terror religioso ante la idea de hacer penetrar aquella sombra en el pensamiento de Cosette, y de introducir entre el destino de ambos la tercera persona de la difunta. Cuanto más sagrada era para él esta sombra, más temible le parecía; pensaba en Fantina, y se sentía subyugado por el silencio.

Veía vagamente en las tinieblas algo que se parecía á un dedo sobre una boca.

Todo aquel pudor que había tenido Fantina, y que durante su vida había salido de ella violentamente, ¿había vuelto después de su muerte á posarse sobre ella, á velar indignado por la paz de aquel cadáver, y á guardar fieramente su tumba?

¿Juan Valjean experimentaba, sin saberlo, la presión de ese pudor?

Nosotros, que creemos en la muerte, no pertenecemos al número de los que rechazarían esta explicación misteriosa.

De ahí la imposibilidad de pronunciar, aún para Cosette, este nombre: Fantina.

Un día le dijo Cosette:

--Padre, esta noche he visto á mi madre en sueños; tenía dos grandes alas. Mi madre debe haber sido, en vida, casi una santa.

--Por el martirio,--respondió Juan Valjean.

Juan Valjean, por otra parte, era dichoso.

Cuando Cosette salía con él, se apoyaba en su brazo, orgullosa y feliz en toda la plenitud del corazón.

Juan Valjean, á todas estas demostraciones de una ternura tan exclusiva y tan satisfecha hacia él, sentía su pensamiento anegarse en delicia.

El pobre hombre se estremecía inundado de alegría angelical; creía que aquello duraría toda la vida, y se decía que verdaderamente no había padecido bastante para merecer tan brillante porvenir, y dando gracias á Dios en las profundidades de su alma, por haber permitido que fuese amado de tal modo, por aquel ser inocente, un miserable.

V =La rosa descubre que es una máquina de guerra=

Un día Cosette se miró al espejo por casualidad, y se dijo: ¡Toma! pareciéndole que era bonita; lo cual la turbó singularmente.

Hasta entonces no había pensado en su figura.

Se veía en el espejo, pero no se miraba.

Y además, había oído decir muchas veces que era fea.

Á lo cual sólo Juan Valjean decía con amabilidad: ¡No! ¡No!

Sea como fuese, lo cierto es que Cosette se había creído siempre fea, y había crecido en esta creencia con la fácil resignación de la infancia.

Pero he aquí que de un golpe, su espejo le decía como Juan Valjean: ¡No! ¡No!

En toda la noche no pudo dormir.

--¡Si yo fuese bonita!--pensaba.--¡Cómo me gustaría ser bonita!

Y se acordaba de aquellas de sus compañeras cuya hermosura causaba efecto en el convento, y se decía: «¡Cómo! ¡Seré yo como fulanita!».

Al día siguiente se miró también al espejo; pero no por casualidad, y dudó.

--¿Dónde tenía yo la cabeza?--se dijo.--¡No; soy fea!

Había dormido mal; tenía los ojos encendidos, y estaba pálida.

El día anterior no había tenido gran alegría al creer en su belleza, pero entonces experimentó gran tristeza al no creer ya en ella.

No se miró más, y por espacio de más de quince días trató de peinarse y vestirse vuelta de espaldas al espejo.

Por la noche, después de comer, solía bordar en el salón ó hacer alguna laborcilla de convento, y Juan Valjean leía á su lado.

Una vez alzó los ojos de su labor, y quedó sorprendida al observar la manera inquieta con que su padre la miraba.

Otra vez, yendo por la calle, le pareció oir á uno, á quien no pudo ver, que decía detrás de ella:

--¡Linda muchacha, pero mal vestida!

--¡Bah!--pensó ella.--No lo dice por mí. Yo soy fea, y voy bien vestida.

Llevaba entonces su sombrero de felpilla y su vestido de merino.

Un día, por fin, estando en el jardín, oyó á la tía Santos que decía:

--Señor, ¿no habéis observado qué guapa se va poniendo la señorita?

Cosette no oyó la respuesta de su padre, pero las palabras de la tía Santos la produjeron una conmoción, un desasosiego indefinible.

Dejó el jardín, subió á su cuarto, corrió al espejo, al que hacía tres meses que no se miraba, y lanzó un grito.

Acababa de deslumbrarse á sí misma.

Era linda y graciosa; no podía menos de ser del parecer de la tía Santos y del espejo.

Su talle se había formado, su cutis había emblanquecido, sus cabellos se habían vuelto lustrosos; un fulgor desconocido se había encendido en sus ojos azules.

Adquirió completa conciencia de su belleza, en sólo un minuto, como cuando penetra de lleno la luz del día. Los demás lo notaban, la tía Santos lo decía, á ella se había referido evidentemente el transeúnte; ya no podía dudarlo.

Bajó al jardín creyéndose reina, oyó cantar á los pájaros; era verano, miró al cielo dorado, al sol en los árboles, á las flores en las matas, conmovida, loca, entre una embriaguez inefable.

Juan Valjean, por su parte, experimentaba una profunda é indefinible opresión de corazón.

Era que, en efecto, desde hacía algún tiempo, contemplaba con terror aquella hermosura, que se presentaba cada día más brillante en la simpática fisonomía de Cosette; aurora de alegría para todos, y lúgubre para él.

Cosette había sido bella mucho antes de descubrirlo.

Pero, desde el primer día, aquella luz inesperada que se elevaba lentamente, y envolvía por grados toda la persona de la joven, hirió la sombría pupila de Juan Valjean.

Conoció que aquello era un cambio en una vida feliz, tan feliz, que no se atrevía á alterarla en nada, por temor de perder algo en ella.

Aquel hombre, que había pasado por todas las miserias, que aún estaba manando sangre por las heridas que le había inferido el destino, que había sido casi malvado, y que había llegado á ser casi santo; que después de haber arrastrado la cadena del presidiario, arrastraba á la sazón la cadena invisible, pero pesada, de la infamia indefinida; aquel hombre á quien la ley no había perdonado aún, y que podía ser preso á cada instante, y sacado de la obscuridad de su virtud á la luz del oprobio público; aquel hombre lo aceptaba todo, lo disculpaba todo, lo perdonaba todo, lo bendecía todo, tenía benevolencia para todo, y no pedía á la Providencia, á los hombres, á las leyes, á la sociedad, á la naturaleza, al mundo, más que una cosa, ¡que Cosette le amase!

¡Que Cosette siguiese amándole! ¡Que Dios no impidiese llegar á él y permanecer en él al corazón de aquella niña! Si Cosette le amaba, ya se sentía curado, tranquilo, recompensado; era feliz. No deseaba nada más.

Si le hubieran preguntado: «¿Quieres estar mejor?» habría respondido: «No».

Si Dios le hubiera dicho: «¿Quieres el cielo?» habría respondido: «Saldría perdiendo».

Todo lo que pudiera modificar aquella situación, aunque no fuese más que en la superficie, le hacía temblar como el principio de otra cosa desconocida.

Nunca había sabido lo que era la hermosura de una mujer; pero por instinto comprendía que era una cosa terrible.

Juan Valjean miraba asustado aquella belleza que se desarrollaba cada día más triunfante y soberbia á su lado, á su vista, sobre la frente pura y temible de la joven, desde el fondo de su fealdad, de su vejez, de su miseria, de su reprobación, de su abatimiento.

Y se decía: ¡Qué hermosa es! ¿Qué va á ser de mí?

En esto estaba la diferencia entre su ternura y la ternura de una madre; lo que él veía con angustia, lo habría visto una madre con placer.

No tardaron mucho en manifestarse los primeros síntomas.

Desde el día siguiente á aquél en que Cosette se había dicho: «¡Decididamente, soy hermosa!» se esmeró en su tocado.

Recordó lo que había dicho el transeúnte: «Bonita, pero mal vestida»; soplo de oráculo que había pasado á su lado, y se había desvanecido después de haber dejado en su corazón uno de los dos gérmenes que llenan más tarde la vida de la mujer: la coquetería.

El otro germen es el amor.

Con la fe en su hermosura se desarrolló en ella el alma de la mujer.

Odió al merino y se avergonzó de la felpilla.

Su padre no la había negado nunca nada.

Enseguida aprendió la ciencia del sombrero, del vestido, de la manteleta, del calzado, de los manguitos, de la tela de viso, del color que mejor sienta; esa ciencia que hace de la mujer parisiense una cosa tan seductora, tan profunda y peligrosa.

La frase mujer espiritual ha sido inventada para designar á la parisiense.

En menos de un mes, la doncellita Cosette, en aquella soledad de la calle de Babilonia, fué una mujer, no sólo de las más bonitas, lo que es algo, sino de las «mejor puestas» de París, lo que es mucho más todavía.

Hubiese querido encontrar á «su transeúnte» para ver lo que diría y «¡darle una lección!».

El hecho es que estaba verdaderamente encantadora, y que distinguía con una mirada asombrosa un sombrero de Gérard de un sombrero de Herbaut.

Juan Valjean contemplaba estos estragos con ansiedad.

Él, que comprendía que nunca podría sino arrastrarse, andar por la tierra todo lo más, veía que Cosette iba adquiriendo alas.

Por otra parte, con sólo ver el traje de Cosette, una mujer hubiera conocido desde luego que no tenía madre.

Hay ciertas exigencias del decoro, ciertas conveniencias especiales que Cosette no observaba. Una madre, por ejemplo, le habría dicho, que una joven soltera no se viste de damasco.

El primer día que Cosette salió con su vestido y su manteleta de damasco negro, y su sombrero de crespón blanco, se cogió del brazo de Juan Valjean, alegre, radiante, sonrosada, orgullosa, esplendente.

--Padre,--le dijo,--¿qué os parezco?

Juan Valjean respondió con acento amargo, semejante al de un envidioso:

--¡Encantadora!

Fueron á paseo, como siempre, y al volver preguntó á Cosette:

--¿No piensas volver á ponerte tu vestido y sombrero, ya sabes?

Pasaba esto en el cuarto de Cosette.

La joven se volvió hacia la percha del guarda ropa donde estaba colgado su uniforme de colegiala, y exclamó:

--¡Ese disfraz! Padre, ¿qué queréis que haga de él? ¡Ah! Nunca volveré á ponerme esos guiñapos horribles. Con ese adefesio en la cabeza parezco la señora Sincholla.

Juan Valjean suspiró profundamente.

Desde aquel instante observó que Cosette, que antes deseaba siempre quedarse en casa, diciendo: «Padre, me encuentro aquí mejor con usted», quería entonces salir continuamente.

En efecto, ¿de qué sirve tener la cara linda y un traje rico, si no se han de enseñar?

Observó también que Cosette no tenía ya tanta afición al patio interior; ahora le gustaba más estar en el jardín y pasear por delante de la verja.

Juan Valjean, esquivo, no ponía los pies en el jardín; se quedaba en su patio de detrás como el perro.

Cosette, al saber que era hermosa perdió la gracia de ignorarlo, gracia exquisita, porque la belleza realzada por la sencillez es inefable, y no hay nada más digno de adoración que una inocencia deslumbradora que lleva en la mano, sin saberlo, la llave de un paraíso.

Pero lo que perdió en gracia ingenua, se lo ganó en encanto reflexivo y serio.

Toda su persona, penetrada por las alegrías de la juventud, de la inocencia y de la belleza, respiraba una melancolía espléndida.

En esta época fué cuando Mario, después de pasados seis meses, la volvió á ver en el Luxemburgo.

VI =Comienza la batalla=

Estaba Cosette en su sombra, como Mario en la suya, siendo materia dispuesta para el incendio.

El destino, con su paciencia misteriosa y fatal, acercaba lentamente estos dos seres, uno á otro, ambos desfallecidos y cargados de la tempestuosa electricidad de la pasión; estas dos almas que llevaban el amor como dos nubes llevan el rayo, y que debían encontrarse y mezclarse en una mirada como las nubes en un relámpago.

Se ha abusado tanto de las miradas en las novelas amorosas, que se ha acabado por desacreditarlas: apenas se atreve hoy un novelista á decir que dos seres se han amado porque se han mirado; y sin embargo, así es como se ama, y únicamente así.

Lo restante no es más que lo restante, y viene después.

Nada hay más real que esas grandes sacudidas que dos almas se producen mutuamente al cambiar una chispa.

Á cierta hora en que Cosette dirigió, sin saberlo, aquella mirada que turbó á Mario, éste no sospechó que dirigió otra mirada, la que turbó también á Cosette.

Hacíale el mismo mal é igual bien.

Pasóse algún tiempo en que le veía y le examinaba, como ven y examinan las jóvenes, mirando á otra parte.

Mario encontraba aún fea á Cosette, cuando Cosette encontraba ya bello á Mario.

Pero como él no se fijaba en ella, el joven aquél le era bien indiferente.

Sin embargo, no podía ella dejar de decirse, que tenía hermoso pelo, buenos ojos y blanquísimos dientes, un timbre de voz seductor cuando le oía hablar con sus compañeros; que vestía mal, si se quiere, pero con gracia especial, que no le parecía tonto; que toda su persona era noble, dulce, sencilla, altiva, y que, por fin, si tenía aspecto de pobre, tenía buen aspecto.

El día en que sus ojos se encontraron y se dijeron por fin, bruscamente, aquellas primeras cosas obscuras é inefables que balbucea una mirada, Cosette no las comprendió al instante.

Entró pensativa en la casa de la calle del Oeste, en que Juan Valjean, según costumbre, había ido á pasar seis semanas.

Al día siguiente, al despertar pensó en aquel joven desconocido, por tanto tiempo indiferente y glacial, que parecía entonces poner su atención en ella, y no creyó remotamente que ésta le fuese agradable.

Tenía más bien algo de cólera contra aquel bello joven desdeñoso.

Movióse en su interior un principio de guerra.

Creyó que iba en fin, á vengarse, y experimentó por esto una alegría enteramente infantil.

Creyéndose hermosa, conocía naturalmente, aunque de un modo vago, que tenía un arma.

Las mujeres juegan con su belleza como los niños con un cuchillo; y á veces se hieren.

Recuérdense las vacilaciones de Mario, sus excitaciones, sus temores. Se quedaba en su banco, y no se aproximaba, lo cual disgustaba á Cosette.

Un día dijo ésta á Juan Valjean:

--Padre, paseemos un poco por este lado.

Viendo que Mario no se le dirigía, dirigiósele ella.

En semejante caso, toda mujer se parece á Mahoma.

Y además, esto es lo raro, el primer síntoma del verdadero amor en un joven es la timidez, y en una muchacha la osadía.

Esto asombra, y sin embargo nada tan sencillo y natural.

Son los sexos que tratan de aproximarse, tomando cada uno las cualidades del otro.

Aquel día la mirada de Cosette volvió loco á Mario, y la mirada de Mario puso temblorosa á Cosette.

Mario se fué contento, Cosette inquieta.

Desde aquel día se adoraron.

Lo primero que Cosette experimentó fué una tristeza confusa y profunda; le parecía que desde aquel día al siguiente su alma se había vuelto negra; ella misma no la conocía.

La blancura del alma de las jóvenes, que se compone de frialdad y alegría, se parece á la nieve; se deshace al amor, que es su sol.

Cosette no sabía lo que era el amor. Jamás había oído pronunciar esta palabra en el sentido terrenal.

En los libros de música profana que entraban en el convento se reemplazaba la palabra amor con tambor ó pandour (panduro), lo cual daba motivo á enigmas que ejercitaban la imaginación de las grandes, como: ¡Ah, qué agradable es el tambor! ó bien: ¡la piedad no es más que panduro!

Pero Cosette había salido aún muy joven para haber pensado mucho en el «tambor».

No sabía, pues, qué nombre dar á lo que sentía.

¡Pero no se está menos enfermo por ignorar el nombre de la enfermedad!

Amaba con tanta más pasión cuanto que amaba con ignorancia; no sabía si aquello era bueno ó malo, útil ó peligroso, necesario ó mortal, eterno ó pasajero, permitido ó prohibido: amaba.

Se habría asombrado mucho si la hubieran dicho: «¿Dormís? ¡Pues eso está prohibido! ¿Coméis? ¡Pues eso está muy mal hecho! ¿Tenéis opresión y latidos de corazón? ¡Pues eso no se hace! ¿Os ruborizáis, palidecéis cuando un ser vestido de negro aparece al extremo de cierta alameda? ¡Pues eso es abominable!

De seguro no lo hubiese comprendido, y habría respondido: «¿Cómo he de tener culpa en una cosa en que no puedo nada, y ni nada sé?».

Sucedió que la especie de amor que sentía era precisamente el que más convenía al estado de su alma.

Era aquella una especie de adoración á distancia, una contemplación muda, la deificación de un desconocido; era la aparición de la adolescencia, el sueño de las noches, convertido en novela, sin dejar de ser sueño, el fantasma deseado, realizado en fin y hecho carne, pero sin nombre aún, sin culpa, sin mancha, ni exigencia, ni defecto; en una palabra, el amante lejano y envuelto en lo ideal, una quimera con forma.

Otro cualquier encuentro más palpable y más próximo hubiera asustado en aquella época á Cosette medio sumergida aún en la espesa bruma del convento.

Tenía todos los temores del niño, y todos los miedos de la religiosa confundidos.

El espíritu del convento, de que se había penetrado por espacio de cinco años, se evaporaba lentamente todavía en todo su ser, y hacía que todo temblase en derredor suyo; en semejante situación, lo que necesitaba no era un amante, no era ni aún un ser enamorado, sino una visión.

Púsose á adorar á Mario como una cosa encantadora, luminosa é imposible.

Como la extremada sencillez linda con la extremada coquetería, dirigíale sonrisas francas.

Cada día esperaba con impaciencia la hora de paseo: encontraba á Mario, sentía una felicidad indecible, y creía expresar sinceramente todo su pensamiento diciendo á Juan Valjean:

--¡Qué jardín más delicioso es el Luxemburgo!

Mario y Cosette estaban en la obscuridad el uno para el otro.

No se hablaban, no se saludaban, no se conocían; se veían; y como los astros en el cielo, separados de millones de leguas, vivían de mirarse.

Así era como iba Cosette haciéndose mujer poquito á poco, y desarrollándose bella y enamorada, con la conciencia de su belleza y la ignorancia de su amor.

Coqueta, en alto grado, por inocencia.

VII =Á tristeza, tristeza y media=

Todas las situaciones tienen sus instintos.

La anciana y eterna madre naturaleza advertía sordamente á Juan Valjean la presencia de Mario; Juan Valjean temblaba allá en lo más obscuro de su pensamiento. Juan Valjean no veía nada, no sabía nada, y contemplaba, sin embargo, con obstinada atención, las tinieblas en que estaba como si sintiese por un lado algo que se erigiese, y por otro algo que se derrumbara.

Mario, avisado también, y lo que es la profunda ley de Dios, por la misma madre naturaleza, hacía todo lo que podía por ocultarse «del padre».

Pero acontecía á veces que le veía Juan Valjean.

La conducta de Mario no era del todo natural.

Tenía accesos de prudencia miope, y de simple temeridad. No se le acercaba tanto como antes; se sentaba lejos, y permanecía en éxtasis; llevaba un libro, y hacía como que leía: ¿por qué hacía tal cosa?

Antes iba con su levita vieja, y ahora llevaba todos los días la levita nueva; no podía asegurarse que no se rizase el pelo; tenía ojos picarescos, y calzaba guantes.

En una palabra, Juan Valjean detestaba cordialmente á aquel joven.

Cosette no dejaba adivinar nada.

Sin saber en realidad lo que pasaba por ella, tenía el sentimiento de que debía ocultárselo á su padre.

Había entre el gusto del tocador que había adquirido Cosette y la costumbre de usar levita nueva de aquel desconocido, un paralelismo importuno para Juan Valjean.

Era casualidad, tal vez, sin duda, seguramente, pero una casualidad peligrosa.

Jamás abría la boca para hablar á Cosette de aquel desconocido.

Un día, sin embargo, no pudo contenerse, y con la vaga desesperación que introduce de súbito la sonda en su desgracia, la dijo:

--¡Qué aire tan pedantesco tiene este joven!

Cosette un año antes, es decir, cuando era una niña indiferente, hubiera respondido:

--No, es un joven simpático.

Diez años después, con el amor de Mario en el corazón habría respondido:

--¡Sí, es un pedante insoportable! ¡Tenéis razón!

Pero en aquel momento de su vida y en el estado de su corazón, se limitó á contestar con suprema calma:

--¿Este joven?

Como si le mirase por primera vez en su vida.

--¡Qué torpe soy!--pensó Juan Valjean.--Cosette no se había fijado aún en él, y yo soy quien se la enseño.

¡Oh inocencia de los viejos! ¡Oh penetración de las criaturas!

Es también ley de esos frescos años de padecimientos y cuidados, de esas violentas luchas del primer amor contra los primeros obstáculos, que la joven no se deje coger en ningún lazo, y el joven caiga en todos.

Juan Valjean había empezado contra Mario una guerra sorda, que éste, con la sublime estupidez de su pasión y de su edad, no adivinó.

Juan Valjean le tendió una porción de emboscadas; cambió de horas, cambió de banco, olvidó su pañuelo, fué sólo al Luxemburgo.

Mario cayó de lleno en todos esos lazos; y á todos estos interrogantes plantados en su camino por Juan Valjean, respondió ingenuamente:

--Sí.

Entre tanto, Cosette continuaba encerrada en su aparente indiferencia y en su imperturbable tranquilidad; tanto, que Juan Valjean sacó esta conclusión: «Ese necio está enamorado locamente de Cosette; pero Cosette ni siquiera sabe que existe».

Pero no por ello era menor la agitación dolorosa de su corazón.

De un momento á otro podía sonar la hora en que Cosette empezase á amar.

¿No empieza todo por la indiferencia?

Sólo una vez cometió Cosette una falta, y le asustó.

Al levantarse del banco para marcharse después de haber estado allí tres horas, Cosette le dijo:

--¿Ya?

Juan Valjean no había interrumpido sus paseos al Luxemburgo, porque no quería hacer nada singular, y porque temía sobre todo, que Cosette notase algo; pero en aquellas horas, tan gratas para los enamorados, mientras que Cosette enviaba su sonrisa á Mario, embriagado de placer, quien permanecía completamente abstraído de todo, y no veía nada en el mundo más que aquel rostro adorado, Juan Valjean le miraba con ojos chispeantes y terribles; y él, que había acabado por no creerse capaz de un sentimiento malévolo, tenía momentos, cuando Mario estaba allí, en que creía volverse salvaje y feroz, sintiendo que se abrían y levantaban contra aquél joven las antiguas profundidades de su alma que habían alimentado en otro tiempo tanta cólera.

Le parecía que se volvían á formar en su corazón cráteres desconocidos.

¿Cómo estaba allí aquel hombre? ¿Qué iba á hacer allí? ¿Iba á dar vueltas, á escudriñar, á examinar, á probar? ¿Iba á preguntar algo? ¿Iba á dar vuelta al rededor de su felicidad para arrebatársela?

Juan Valjean añadía:

--Sí; eso es. ¿Qué viene á buscar? ¿Una aventura? ¿Qué quiere? ¡Un amorío!

¡Pues, y yo! ¡Por qué habré sido antes el hombre más miserable, y después el más desgraciado!

¿Por qué habré pasado sesenta años viviendo de rodillas; habré padecido todo lo que se puede padecer; habré envejecido sin haber sido joven; habré vivido sin familia, sin padres, sin amigos, sin mujer, sin hijos; habré dejado sangre en todas las piedras, en todos los espinos, en todos los rincones, en todas las paredes; habré sido bueno, aunque hayan sido malos conmigo, y afable aunque hayan sido duros; me habré hecho bueno, á pesar de todo; me habré arrepentido del mal que he hecho, y habré perdonado el que me han causado; y en el momento en que recibo mi recompensa, en el momento que toco al fin, en el momento que tengo lo que quiero, que es bueno, que lo he pagado y me lo he ganado, desaparecerá todo, se me irá de las manos?

¡Perderé á Cosette, y perderé mi vida, mi alegría, mi alma, porque á un necio le haya complacido venir á vagabundear por el Luxemburgo! Entonces sus ojos despedían una claridad lúgubre y extraordinaria.

No era ya un hombre que miraba á otro: era un enemigo que miraba á otro; un perro de presa que miraba á un ladrón.

El lector ya sabe lo demás; Mario continuó siendo insensato.

Un día siguió á Cosette á la calle del Oeste; otro día habló al portero, y el portero habló á Juan Valjean, diciéndole:

--Señor, ¿que querrá un joven curioso que ha preguntado por vos?

Al día siguiente Juan Valjean dirigió á Mario aquella mirada, que acabó por notar.

Ocho días después Juan Valjean se mudó, prometiéndose no volver á poner los pies, ni en el Luxemburgo, ni en la calle del Oeste, y se volvió á la calle de Plumet.

Cosette no se quejó, no dijo nada, no trató de saber el porqué; estaba ya en el período en que se teme ser descubierto y vendido.

Juan Valjean no tenía experiencia alguna de estas miserias, únicas miserias agradables, y únicas también que desconocía, lo cual fué causa de que no comprendiese la grave significación del silencio de Cosette.

Solamente observó que estaba triste, y él se puso sombrío.

Por una y otra parte dominaba la inexperiencia.

Un día hizo una prueba y preguntó á Cosette.

--¿Quieres venir al Luxemburgo?

Un rayo iluminó el pálido rostro de Cosette.

--Sí,--contestó ella.

Fueron; habían pasado tres meses; Mario no iba ya; Mario no estaba allí. Al día siguiente, Juan Valjean volvió á decir á Cosette:

--¿Quieres venir al Luxemburgo?

Y ella respondió triste y sencillamente:

--No.

Juan Valjean se sintió herido por esta tristeza, y lastimado por esta dulzura.

¿Qué pasaba en aquella alma tan joven todavía, y ya tan impenetrable? ¿Qué trasformación se estaba verificando en ella? ¿Qué pasaba en el alma de Cosette?

Algunas noches, en vez de acostarse, Juan Valjean permanecía sentado cerca de su lecho, con la cabeza entre las manos y se pasaba la noche entera preguntándose: «¿Qué hay en la imaginación de Cosette?» y pensando en las cosas en que ella pudiera pensar.

¡Oh! En aquellos momentos, ¡qué miradas tan dolorosas dirigía hacia el claustro, á aquella altura casta, á aquel jardín del convento, lleno de flores ignoradas y vírgenes encerradas, en que todos los perfumes y toda las almas subían directamente al cielo!

¡Cómo adoraba aquel Edén cerrado para siempre, de que había salido voluntariamente y descendido con tan poca previsión!

¡Cómo se lamentaba de su abnegación y de su demencia en haber vuelto Cosette al mundo, pobre héroe del sacrificio, cogido y derribado por su mismo desinterés!

--¡Cómo!--exclamaba:--«¿qué he hecho yo?».

Por lo demás, Cosette ignoraba todo esto.

Juan Valjean no tenía para ella peor humor ni más dureza; siempre el mismo semblante bueno y apacible; sus modales eran más tiernos y más paternales que nunca; si algo hubiera podido hacer que se adivinase su falta de alegría, habría sido su mayor apacibilidad.

Cosette por su parte languidecía.

En la ausencia de Mario padecía como había gozado en su presencia, singularmente, sin explicárselo.

Cuando Juan Valjean dejó de acompañarla á dar sus habituales paseos, un instinto de mujer murmuró confusamente en el fondo de su corazón, que no debía manifestar afición al Luxemburgo, y que si este paseo le parecía indiferente, su padre la llevaría á él.

Pero se pasaron días, y semanas y meses.

Juan Valjean había aceptado tácitamente el consentimiento tácito de Cosette.

Ésta lo sintió, pero era ya tarde.

El día que volvió al Luxemburgo, Mario había desaparecido; ¿qué hacer entonces? ¿Volvería á encontrarle?

Sintió oprimírsele el corazón, sin que nada bastase á dilatárselo, y cuya opresión aumentaba diariamente.

No supo ya si estaba en invierno ó en verano, si hacía sol ó llovía, si los pájaros cantaban, si era la estación de las dalias ó de las margaritas, si el Luxemburgo era más bonito que las Tullerías, si la ropa que traía la lavandera estaba bien ó mal lavada, si la tía Santos había hecho buena ó mala «compra».

Quedó oprimida, absorta, atenta sólo á una idea, con la mirada vaga y fija, como cuando se mira en la noche el sitio negro y profundo en que se ha desvanecido una aparición.

Pero tampoco dejó traslucir nada á Juan Valjean, más que su palidez: continuó manifestando un semblante apacible.

Aquella palidez era más que suficiente para alarmar á Juan Valjean.

Algunas veces le preguntaba:

--¿Qué tienes?

Y ella respondía:

--No tengo nada.

Y después de un rato de silencio, como ella le viese también triste, le decía:

--Y vos, padre mío, ¿tenéis algo?

--¿Yo? Nada.--contestaba él.

Aquellos dos seres, que se habían amado tan exclusivamente y con tan tierno amor, y que habían vivido tanto tiempo el uno para el otro, sufrían á la sazón el uno al par del otro, y á causa del otro; sin decírselo, sin querer, y sonriendo.

VIII =La cadena=

El más desgraciado de los dos era Juan Valjean. La juventud, aún en medio de sus pesares, tiene siempre luz propia.

En ciertos casos, Juan Valjean padecía tanto, que llegaba á ser pueril, pues es propio del dolor hacer aparecer en el hombre el lado de niño.

Presentía de un modo inevitable que Cosette se le escapaba de las manos; hubiera querido luchar, retenerla, entusiasmarla con alguna cosa exterior y brillante.

Estas ideas pueriles, ya lo hemos dicho, y seniles al mismo tiempo, le dieron por su misma puerilidad una noción bastante justa de la influencia de los adornos de pasamanería sobre la imaginación de las jóvenes.

Sucedióle una vez, que vió pasar por la calle un general á caballo, vestido de gala, el conde Coutard, comandante general de París, y envidió á aquel hombre cubierto de dorados; pensó en la felicidad que causaría el ponerse aquel traje, y en que seguramente, si Cosette le viese así, se deslumbraría; que cuando le diese el brazo y pasase por delante de la verja de las Tullerías le presentarían las armas, y que esto bastaría á Cosette, y le quitaría la idea de mirar á los jóvenes.

Un acontecimiento inesperado vino á mezclarse con estas tristes ideas.

En medio de la vida aislada que llevaban, y desde que habían ido á vivir á la calle de Plumet, solían algunas veces ir á ver la salida del sol; placer conveniente á los que entran en la vida, y á los que salen de ella.

Pasearse muy de mañana para el que ama la soledad, equivale á pasearse de noche, con la alegría de la naturaleza: las calles están desiertas, y los pájaros cantan.

Cosette, que era un pájaro, se despertaba muy temprano.

Estas excursiones matinales se preparaban durante la víspera; él proponía, y ella aceptaba.

Arreglábase todo como un complot; salían antes de amanecer, y todas estas cosas eran otros tantos placeres para Cosette.

Estas inocentes extravagancias agradan á la juventud.

El flaco de Juan Valjean era, como hemos dicho, visitar los lugares poco frecuentados, los rincones solitarios, los lugares de olvido.

Existían entonces en las cercanías, lindando casi con los muros de París, algunos campos pobres, casi confundidos con la ciudad, donde brotaba en el verano un trigo raquítico, y que en otoño, después de hecha la recolección, no tenían aspecto de campos segados, sino de terrenos pelados.

Juan Valjean los frecuentaba con predilección, y Cosette no lo llevaba á mal; porque esto significaba la soledad para él y la libertad para ella.

Allí se convertía en niña, podía correr y jugar; se quitaba el sombrero, le ponía sobre las rodillas de Juan Valjean, y hacía ramilletes; miraba las mariposas sobre las flores pero no las cogía. La mansedumbre y la ternura nacen con el amor, y la joven, que alimenta un ideal tembloroso y frágil, tiene lástima de las alas de la mariposa.

Tejía guirnaldas de amapolas, se las ponía en la cabeza, y atravesadas y penetradas por el sol, purpúreas hasta la radiación, formaban sobre aquel fresco semblante rosado una corona de ascuas.

Aun después de haberse enseñoreado la tristeza de sus almas, habían conservado la costumbre de los paseos matinales.

Una mañana, pues, de octubre, atraídos por la perfecta serenidad del otoño de 1831, habían salido, y estaban al amanecer junto al portillo de Maine.

No era aún la aurora, era el alba; momento encantador y sombrío.

Algunas constelaciones esparcidas por el azul pálido y profundo, la tierra completamente negra, el cielo blanco del todo, las yerbecillas trémulas; en todas partes el misterioso sobrecogimiento del crepúsculo.

Una alondra, que parecía mezclarse con las estrellas, cantaba á una altura prodigiosa, y hubiérase dicho que aquel himno de la pequeñez al infinito calmaba á la inmensidad.

Al Oriente el Val de Grâce detallaba en el horizonte iluminado con una claridad de acero su masa obscura; Venus deslumbrante subía por detrás de esta cúpula, y parecía un alma que sale de un edificio tenebroso.

Todo era paz y silencio; en la calzada no había un alma; á lo lejos se veían confusamente algunos obreros que iban á su trabajo.

Juan Valjean se había sentado en una estrecha calle de árboles, y sobre unos maderos colocados á la puerta de una carpintería.

Tenía el rostro vuelto hacia el camino, y la espalda al Oriente; olvidábase del sol que iba á salir; estaba sumergido en una de esas absorciones profundas en que se concentra el alma entera, que lo aprisionan todo incluso la mirada, y equivalen á cuatro paredes.

Hay meditaciones que podrían llamarse verticales; y cuando se ha llegado á su fondo se necesita tiempo para subir á la superficie.

Juan Valjean había descendido á lo más profundo de uno de esos ensueños.

Pensaba en Cosette, en su felicidad posible, si no se interponía nada entre ella y él, en aquella luz con que ella iluminaba su vida, y era la respiración de su alma.

Era casi feliz en aquella meditación.

Cosette, de pie á su lado, abarcaba con la vista el firmamento, y miraba cómo iban tiñéndose las nubes de color de rosa.

De repente exclamó:

--Padre, parece que viene algo por allí.

Juan Valjean alzó los ojos.

Cosette tenía razón.

La calzada que conduce al antiguo portillo de Maine es una prolongación de la calle de Sêvres, y está cortada en ángulo recto por el boulevard interior.

En el mismo ángulo de la calzada y el boulevard, en el lugar en que bifurcan las dos vías, oíase un ruido difícil de explicar á aquella hora, distinguiéndose una especie de grupo vago.

Alguna cosa informe salía del boulevard y entraba en la calzada.

Aquel grupo iba creciendo, y parecía moverse con orden; y sin embargo, era una cosa horrible y asombrosa; parecía un carruaje, pero no se podía distinguir la carga.

Había caballos, ruedas, gritos y chasquidos de látigo.

Poco á poco fueron marcándose los perfiles, aunque sumergidos aún en las tinieblas.

Era un carro, en efecto, que acababa de dar la vuelta á la esquina del boulevard y que se dirigía al portillo, cerca del cual estaba Juan Valjean.

Otro carro del mismo aspecto seguía al primero, después un tercero, luego un cuarto, y así desembocaron sucesivamente hasta siete, de tal modo que las cabezas de los caballos tocaban siempre la trasera del carro que les precedía.

En estas carretas se agitaban algunas sombras; veíanse algunas chispas entre el crepúsculo como si brillasen en él sables desnudos; oíase un sonido férreo como si se removieran cadenas; á medida que aquello avanzaba, crecían las voces; era, en fin, una cosa formidable como las que salen de la caverna de los sueños.

Á medida que se aproximaba, iba aquello tomando forma, y se bosquejó detrás de los árboles con la vaguedad de una aparición; blanqueó toda aquella masa; la luz del día, que se elevaba poco á poco, derramaba una claridad pálida sobre aquel hormiguero sepulcral y vivo á un mismo tiempo; las cabezas de las sombras se convirtieron en rostros cadavéricos.

He aquí lo que era:

Siete carretas marchaban en fila por el camino: las seis primeras tenían una estructura singular: parecían carromatos de toneleros; eran una especie de escaleras de mano montadas sobre dos ruedas, y formando angarilla en su extremidad anterior; cada carromato, ó por mejor decir, cada escalera, iba tirada por cuatro caballos, uno tras otro.

Sobre estas escaleras trasportábanse extraños racimos de hombres.

Por razón de la escasa luz de la hora no se les veía, se les adivinaba.

Iban veinticuatro en cada carreta; doce á cada lado, recostados unos en otros, de cara á los transeúntes, y las piernas al aire; así caminaban aquellos hombres.

Llevaban á la espalda algo que sonaba: era una cadena; algo al cuello que brillaba: era una argolla.

Cada uno tenía su argolla, pero la cadena era de todos; de modo, que aquellos veinticuatro hombres, cuando tenían que bajar del carro y andar, estaban encadenados por una especie de unidad inexorable, y serpenteaban por el suelo, con la cadena por vértebra, ni más ni menos que un milpiés.

Delante y detrás de cada carreta iban de pie dos hombres armados de fusiles, teniendo bajo su pie uno de los extremos de la cadena.

Las argollas eran cuadradas.

La séptima carreta era un gran furgón con barandilla de estacas, pero sin toldo; tenía cuatro ruedas y sin caballos, y llevaba un ruidoso montón de calderos de hierro, de marmitas de metal, de estufas y de cadenas; mezclados con esto iban algunos hombres atados y echados á lo largo; parecían enfermos.

Este furgón descubierto estaba guarnecido de cañizos ó zarzos viejos que parecían haber servido para los suplicios antiguos.

Las carretas ocupaban el centro del camino.

Á uno y otro lado marchaban, en doble fila, guardias de infame aspecto con tricornios chatos como los soldados del Directorio, sucios, rotos, sórdidos, embutidos en uniformes de Inválidos, y pantalones de sepulturero, grises y azules por mitad, casi destrozados, con charreteras encarnadas, correas amarillas, machetes, fusiles y varas: especies de soldados postizos.

Estos esbirros parecían un compuesto de la abyección del mendigo y de la autoridad del verdugo.

El que aparecía como jefe, llevaba en la mano un látigo de postillón.

Todos estos detalles, sombreados por el crepúsculo, se dibujaban cada vez mejor á medida que el día clareaba.

Á la cabeza, y detrás del convoy, iban gendarmes á caballo, graves y con los sables desenvainados.

Era tan largo este tren, que en el momento que la primera carreta llegaba al portillo, apenas desembocaba la última en el boulevard.

Una multitud, salida de no se sabe dónde, y formada en un instante, como sucede en París, se oprimía y miraba desde ambos lados de la calzada.

Oíase en las callejuelas próximas gritos de personas que se llamaban, y el ruido de los zuecos de los hortelanos que corrían para ver el espectáculo.

Los hombres amontonados en las carretas se dejaban traquetear en silencio.

Estaban lívidos por el frío de la madrugada.

Todos llevaban pantalones de lienzo, y los pies desnudos metidos en zuecos.

El resto del traje pertenecía á la fantasía de la miseria.

Sus arreos eran horriblemente heterogéneos; porque no hay nada más fúnebre que el arlequín de los andrajos.

Sombreros desfondados, casquetes de hule, horribles gorros de lana, chaquetas negras destrozadas por los codos; los había llevando sombreros de mujer, y algunos cubrían su cabeza con canastos viejos; veíanse pechos velludos, y al través de las roturas de los vestidos se distinguían pinturas en la carne, templos del Amor, corazones con llamas y Cupidos.

Descubríanse también herpes y manchas de otras enfermedades.

Dos ó tres tenían una cuerda de esparto atada á las traviesas del carro, y, suspendido por bajo de ellos, como un estribo en que apoyaban los pies.

Uno de ellos traía en la mano, y lo llevaba á la boca, algo que tenía todas las apariencias de un pedrusco negro; era un pedazo de pan que iba comiendo.

No había allí más que ojos secos, apagados ó brillantes de siniestro fulgor.

La escolta juraba y maldecía, los encadenados no chistaban; de cuando en cuando oíase el ruido de un varazo sobre unas espaldas ó una cabeza; algunos de aquellos hombres bostezaban; los harapos eran terribles; colgaban los pies, los hombres oscilaban, las cabezas se chocaban, los hierros crujían, las pupilas radiaban ferozmente, los puños se crispaban ó se abrían inertes como la mano de un muerto; detrás del convoy una multitud de chicos reía á carcajadas.

Aquella fila de carretas, fuese lo que fuere, era lúgubre.

Tal vez el día siguiente, tal vez dentro de una hora, podía caer un aguacero, seguido de otro, y después otro, calando aquellos vestidos destrozados; y aquellos hombres, una vez mojados, no se secarían, y una vez helados, no se calentarían; sus pantalones de lienzo se pegarían á sus huesos con el agua, el agua llenaría sus zuecos, los latigazos no podrían impedir el castañeteo de los dientes, la cadena seguiría unciéndolos por el cuello, sus pies seguirían en el aire; era imposible no temblar viendo á aquellas criaturas humanas uncidas en tal forma, y pasivas bajo las frías nubes de otoño, entregadas á la lluvia, al viento, á todas las furias del aire, como los árboles y las piedras.

Los varazos no respetaban á los enfermos, que yacían atados y sin movimiento en la séptima carreta, y que parecían haber sido echados allí como sacos llenos de miseria.

De repente salió el sol, brilló el inmenso rayo del Oriente. Hubiérase dicho que prendía fuego en aquellas cabezas feroces.

Desatáronse las lenguas, estalló un incendio de burlas, de juramentos y de canciones.

La luz horizontal, extendiéndose á lo ancho, cortó en dos partes toda la fila, iluminando las cabezas y las espaldas, y dejando los pies y las ruedas en la obscuridad.

Los pensamientos aparecieron en los rostros; aquel instante fué espantoso; demonios visibles arrancada la máscara, almas espantosas desnudas por completo.

Aquella cohorte iluminada aparecía tenebrosa.

Algunos, alegres, tenían en la boca cañones de pluma, con los que soplando arrojaban todos los insectos de la miseria sobre la multitud, dando la preferencia á las mujeres.

La aurora marcaba con la obscuridad de las sombras aquellos tristes perfiles; no había entre todos aquellos hombres uno solo que no fuese asqueroso á causa de su miseria; y era un conjunto tan monstruoso, que pudiera decirse que cambiaba la claridad del sol en la luz del relámpago.

La carreta que abría la marcha había entonado y salmodiaba á voz en grito con espantosa jovialidad un pot-pourri de Desaugiers, famoso á la sazón, titulado la Vestal; los árboles temblaban lúgubremente, en las alamedas, algunos vecinos escuchaban con semblante de idiota beatitud las bufonadas cantadas por aquellos espectros.

En aquel convoy iban mezclados todos los desastres como en un caos; allí se veía el ángulo facial de todos los animales, de los viejos y de los adolescentes; cráneos calvos, barbas grises, monstruosidades cínicas, resignaciones esquivas, risas salvajes, actitudes insensatas, viejos con casquetes, especie de cabezas de jóvenes con rizos en las sienes, rostros de muchachas, y por lo mismo horribles, flacos, rostros de esqueleto, á los cuales no faltaba más que la muerte.

En la primera carreta iba un negro, que quizá habría sido esclavo, el cual podía comparar ambas cadenas.

El espantoso nivel de la bajeza, la deshonra, había pasado por aquellas frentes; en aquel grado de abatimiento, todos sufrían las últimas trasformaciones en las últimas profundidades; la ignorancia, cambiada en imbecilidad, era lo mismo que la inteligencia trocada en desesperación.

Entre aquellos hombres no había elección posible; todos se presentaban á la vista como lo más escogido del cieno.

Era evidente que el ordenador de aquella procesión inmunda, quien quiera que fuese, no los había clasificado.

Aquellos seres habían sido atados y apareados confusamente en el desorden alfabético probablemente, y cargados al acaso en las carretas.

Sin embargo, los horrores agrupados concluyen por producir un resultado, toda suma de desgraciados da un total; de cada cadena salía un alma común, y cada carreta tenía su fisonomía.

Al lado de la que cantaba había otra que aullaba; una tercera mendigaba; había una que rechinaba los dientes; otra que amenazaba á los mirones; otra que blasfemaba de Dios; la postrera callaba como la tumba.

Dante hubiera creído ver los siete círculos del infierno en marcha.

Marcha siniestra de los condenados hacia los suplicios, no en el formidable y fulgurante carro del Apocalipsis, sino lo que es más sombrío, en la carreta de las gemonías.

Uno de los guardias, que llevaba un gancho al extremo de la vara, removía de cuando en cuando aquel montón de basura humana.

Una vieja que había entre la muchedumbre se los enseñaba con el dedo á un chicuelo de cinco años, y le decía: ¡Aprende, tunante!

Como fuesen aumentando los cantos y las blasfemias, el que parecía capitán de la escolta hizo sonar el látigo, y á esta señal, una serie de espantosos varazos, que parecía una granizada, cayó sobre las siete carretas; muchos dieron un rugido y arrojaron espumarajos de rabia. Esto redobló la algazara de los pilluelos, que habían acudido como nubes de moscas sobre aquellas llagas.

La mirada de Juan Valjean se había vuelto aterradora.

Sus ojos no eran sino ese vidrio, que reemplaza la mirada en algunos desgraciados, la cual parece no tener conciencia de la realidad, y en que brilla la reverberación del espanto y de la catástrofe.

No veía un espectáculo; sufría una alucinación.

Quiso levantarse, huir, escapar, pero no pudo mover los pies.

Muchas veces las cosas que vemos nos atan y retienen.

Permaneció clavado, petrificado, estúpido, preguntándose al través de una confusa angustia inexplicable, lo que significaba aquella persecución sepulcral, y de dónde salía aquel pandemonium que le perseguía.

De pronto se llevó la mano á la frente, movimiento propio de cuando recordamos algo súbitamente; se acordó de que aquél era, en efecto, el itinerario, que aquella vuelta se daba siempre para evitar el encuentro posible de las personas reales en el camino de Fontainebleau, y que hacía treinta y cinco años había pasado él mismo por aquel portillo.

Cosette no estaba menos asustada, aunque lo estuviera de distinto modo.

No comprendía nada: le faltaba el aliento; no le parecía posible lo que veía, y por fin exclamó:

--¡Padre! ¿Qué es eso que llevan esas carretas?

Juan Valjean respondió:

--Presidiarios.

--¿Y adónde van?

--Á los penales.

En aquel momento sonaron multiplicados los varazos de cien manos; mezcláronse con ellos los sablazos de plano. Parecía aquello una furia de látigos y varas; los presidiarios se encorvaron; de este suplicio resultó una obediencia repugnante, y todos se callaron, despidiendo miradas de lobos encadenados. Cosette temblaba de pies á cabeza.

--Padre,--dijo,--¿son hombres esos?

--Á veces,--respondió el desgraciado Juan Valjean.

Era, en efecto, la cadena que salía antes de amanecer de Bicetre; tomaba el camino de Mans para evitar el de Fontainebleau, adonde estaba el rey.

Este rodeo hacía durar el espantoso viaje tres ó cuatro días más; pero para ahorrar á las personas reales la vista del suplicio, bien podía éste prolongarse.

Juan Valjean volvió á su casa anonadado.

Semejantes encuentros son choques, y el recuerdo que dejan parece un desquiciamiento.

Por eso Juan Valjean, al volver con Cosette á la calle de Babilonia, no notó que ésta le hizo otras preguntas sobre lo que acababan de ver; tal vez iba demasiado absorto en su abatimiento para oir sus palabras y para contestarlas.

Solamente por la noche, cuando Cosette se separó de él para irse á acostar, le oyó decir á media voz, y como hablando consigo mismo:

--¡Creo que si encontrase en mi camino á uno de esos hombres, moriría con solo verle de cerca, Dios mío!

Afortunadamente la casualidad hizo que el día que siguió á aquella mañana tan trágica, y con motivo de una solemnidad oficial, hubiese fiestas en París, revista en el campo de Marte, justas en el Sena, funciones en los Campos Elíseos, fuegos artificiales en la Estrella, é iluminaciones en todas partes.

Juan Valjean, violentando su costumbre, llevó á Cosette á estas funciones, á fin de distraerla del recuerdo de la víspera, y de borrar con el alegre tumulto de París aquella cosa abominable que había pasado por ante sus ojos aterrados.

La revista con que se solemnizaba la fiesta hacía muy natural la circulación de uniformes; Juan Valjean se puso el de guardia nacional, con el vago sentimiento interior de un hombre que se esconde.

Por lo demás, pareció que había conseguido el objeto que se proponía en el paseo.

Cosette, que miraba como una obligación el agradar á su padre, y para la cual era nuevo cualquier espectáculo, aceptó la distracción con sencilla gracia, fácil y ligera de la adolescencia, y no hizo ni un gesto desdeñoso ante esa gamella de alegría, que se llama una fiesta pública; de modo que Juan Valjean pudo creer que había conseguido borrar todo rastro de la repugnante visión.

Algunos días después, una mañana que hacía un sol hermosísimo, estaban ambos en la escalinata del jardín, otra infracción de las reglas que parecía haberse impuesto Juan Valjean y de la costumbre que Cosette había adquirido de permanecer en su cuarto: estaba la joven con peinador, de pie, con ese traje negligente de la mañana que envuelve adorablemente á las jóvenes, y que parece una nube sobre un astro; con la cabeza al sol, sonrosada por haber dormido bien, observada con ternura por su padre conmovido, mientras deshojaba una margarita.

Cosette ignoraba la seductora leyenda: «te amo un poco, apasionadamente», etc. ¿Quién se la había de haber enseñado? Daba vueltas á aquella flor, instintiva é inocentemente sin sospechar, que, deshojar una margarita es deshojar un corazón.

Si hubiese una cuarta Gracia llamada la Melancolía sonriéndose, Cosette se habría parecido á esta Gracia.

Juan Valjean estaba fascinado contemplando aquellos deditos en la flor, olvidándolo todo en la radiación que despedía la joven.

Un petirrojo piaba entre las ramas allí cerca; nubes blancas cruzaban el cielo tan regocijadamente, que parecían acabar de ser puestas en libertad.

Cosette seguía deshojando su flor atentamente; pero en aquel momento seductor volvió de repente la cabeza con la delicada lentitud del cisne, y dijo á Juan Valjean:

--Padre, ¿qué viene á ser eso del presidio?

LIBRO CUARTO SOCORROS DE ABAJO QUE PUEDEN SER SOCORROS DE ARRIBA

I =Herida exterior, curación interna=

La vida de ambos volvíase sombría gradualmente.

No les quedaba ya sino una distracción que en otro tiempo había sido su felicidad, era ésta: llevar pan á los que tenían hambre, vestido á los que tenían frío.

En estas visitas á los pobres, en que Cosette acompañaba á su padre con frecuencia, encontraba algunos restos de su antigua expansión; y á veces, cuando el día se había aprovechado, cuando habían socorrido muchas miserias, y reanimado y vuelto el calor á muchos pequeñuelos, Cosette estaba un poco alegre por la noche.

En esa época fué cuando hicieron la visita al chiribitil de Jondrette.

Al día siguiente á aquella visita, presentóse Juan Valjean en el pabellón, tranquilo como siempre; pero con una grande herida en el brazo izquierdo, muy inflamada, muy virulenta, que parecía una quemadura, y que explicó de cualquier manera.

Aquella herida le tuvo más de un mes con calentura y sin salir de casa; no quiso ver á ningún médico, y cuando Cosette le instaba, le decía: «Llama al médico de los perros».

Cosette le curaba por mañana y tarde con un cuidado tan celestial y manifestándose tan satisfecha de serle útil, que Juan Valjean sentía renacer toda su antigua alegría, y desvanecerse sus temores y sus ansiedades, y contemplaba á Cosette diciendo: «¡Oh, bendita herida! ¡Oh, bendito mal!».

Cosette viendo enfermo á su padre, había abandonado el pabellón, y había vuelto á tomar afición á la casita y al antepatio.

Pasaba casi todo el día al lado de Juan Valjean, y le leía los libros que quería, casi siempre descripciones de viajes.

Juan Valjean renacía; su felicidad revivía con rayos inefables; el Luxemburgo, el rondador desconocido, la frialdad de Cosette: todas aquellas nubes de su alma se disipaban.

Y acababa por decirse: «No pasaban de ser todo ilusiones mías; soy un viejo loco».

Su felicidad era tal, que el horrible encuentro de los Thénardier, acaecido en el desván de Jondrette tan inesperadamente, había pasado por él como un soplo que se desliza.

Había conseguido escapar; su pista estaba perdida; ¿qué le importaba lo demás?

Sólo pensaba en ello para compadecer á aquellos miserables.

--Están ya presos, y por lo tanto imposibilitados de hacer daño,--se decía él;--pero ¡qué lástima de familia! ¡qué desgracia!

En cuanto á la repugnante visión del portillo de Maine, Cosette no había vuelto á hablar de ella.

En el convento, sor Santa Matilde había enseñado de música á Cosette. Cosette tenía la voz de una avecilla con alma, y algunas noches, en el humilde cuarto del herido, cantaba tristes canciones que complacían á Juan Valjean.

Llegaba la primavera; el jardín estaba tan admirable en esta estación, que Juan Valjean dijo á Cosette:

--No bajas nunca; quiero que pasees por él.

--Como queráis, padre,--contestó Cosette.

Y por obedecer á su padre, volvió á pasear por el jardín, casi siempre sola, porque, como hemos dicho, Juan Valjean, que probablemente temía ser visto por la verja, no paseaba casi nunca.

La herida había sido una diversión.

Cuando Cosette vió que su padre padecía menos, y que se iba curando y parecía feliz, sintió un contento que apenas echó de ver, tan dulce y naturalmente se presentaba.

Era el mes de marzo, crecían los días, desaparecía el invierno, que se lleva siempre consigo alguna parte de nuestras tristezas; vino después abril, esa aurora del estío, fresca como toda aurora, alegre como la infancia, llorosa alguna vez como un niño recién nacido.

La naturaleza en este mes tiene resplandores llenos de encanto, que pasan del cielo, de las nubes, de los árboles, de las praderas y de las flores al corazón del hombre.

Cosette era muy joven aún para que esta alegría de abril, semejante á ella, no la penetrase.

La obscuridad fué desapareciendo de su espíritu insensiblemente y sin sospecharlo.

En la primavera hay alguna luz en las almas tristes, así como á medio día hay claridad en los sótanos. Cosette misma no estaba ya tan triste.

Por la mañana, hacia las diez, después de almorzar, cuando había conseguido llevar á su padre un cuarto de hora al jardín, y pasear al sol por delante de la escalinata, sosteniéndole el brazo enfermo, no se apercibía de que se reía fácilmente y que era dichosa.

Juan Valjean satisfecho, la veía reponerse sonrosada y fresca.

--¡Oh, bendita herida!--repetía por lo bajo.

Estaba agradecido á los Thénardier.

Al estar curado de su herida, había vuelto á sus paseos solitarios y crepusculares.

Sería un error creer que se puede pasear de este modo, solo, por las regiones deshabitadas de París, sin toparse con alguna aventura.

II =La tía Plutarco no se apura mucho para dar la explicación de un fenómeno=

Una noche, el niño Gavroche no había comido; recordó que tampoco había cenado el día anterior; lo cual se le hacía muy pesado.

Tomó, pues, la resolución de hacer la prueba de cenar.

Se fué á rondar más allá de la Salpetrière, por lugares desiertos, donde se encuentran las gangas; donde no hay nadie, suele encontrarse algo. Y así pasando, llegó hasta unas casuchas que le parecieron ser el pueblecillo de Austerlitz.

En una de esas anteriores excursiones había visto allí un antiguo jardín, frecuentado por un anciano y una anciana, y en el cual había un manzano regular.

Al lado del manzano había una especie de frutera mal cerrada, de donde se podía hacer saltar alguna manzana.

Una manzana es una cena; una manzana es la vida.

La que perdió á Adán podía salvar á Gavroche.

El jardín daba á una callejuela solitaria sin empedrar y orillada de malezas, esperando las edificaciones, y separado por un seto.

Gavroche se dirigió hacia el jardín; encontró la callejuela, reconoció el manzano, identificó la frutera, y examinó el seto; un seto no es más que un salto.

Iba declinando el día; la callejuela estaba desierta: la hora era magnífica.

Gavroche iba á saltar; mas se detuvo de repente.

Se oía hablar en el jardín, y Gavroche se puso á mirar por entre los cañizos del seto.

Á dos pasos de él, al pie del seto al otro lado, precisamente en el punto en que hubiera caído al dar el salto que proyectaba, había una piedra tendida, que servía de banco; en este banco estaba el viejo del jardín, y delante, de pie, la vieja.

La vieja murmuraba; Gavroche, que era poco discreto, escuchó:

--¡Señor Mabeuf!--decía la vieja.

--¡Mabeuf!...--pensó Gavroche.--Me choca ese nombre.

El viejo, interpelado, no se movía. La vieja repitió:

--¡Señor Mabeuf!

El viejo, sin levantar la vista, respondió:

--¿Qué hay, tía Plutarco?

--¡Tía Plutarco!--pensó Gavroche.--Otro nombre chocante.

La tía Plutarco volvió á hablar, y el viejo tuvo que aceptar la conversación.

--El casero no está contento.

--¿Por qué?

--Se le deben tres plazos.

--Dentro de tres meses se le deberán cuatro.

--Dice que os mandará á dormir á otra parte.

--Iré.

--La hortelana quiere que se le pague; ya no fia leña. ¿Con qué vais á calentaros este invierno? No tendremos lumbre.

--Basta el sol.

--El carnicero nos niega ya el crédito, y no quiere dar más carne.

--Está bien. Digiero mal la carne; es muy pesada.

--¿Y qué comeremos?

--Pan.

--El panadero quiere que se le dé algo á cuenta; y dice, que si no hay dinero, no hay pan.

--Bueno.

--¿Y qué comeremos?

--Nos quedan las manzanas del manzano.

--Pero, señor, no se puede vivir así, sin dinero.

--¡Y si no tengo!

La anciana se fué, y el anciano se quedó solo, meditando.

Gavroche meditaba por otro lado.

Era ya casi de noche.

El primer resultado de la meditación de Gavroche fué, que en vez de escalar el seto, se acurrucó debajo del matorral.

Las ramas se separaban un poco en la parte baja de la maleza.

--¡Calla!--exclamó interiormente.--¡Una alcoba!

Y se agachó.

Estaba casi recostado en el banco del señor Mabeuf; oía casi respirar al octogenario.

Y entonces, para comer, trató de dormir.

Sueño de gato, sueño de un solo ojo.

Gavroche dormitaba espiando.

La blancura del cielo crepuscular blanqueaba la tierra, y la calleja formaba una línea pálida entre dos filas de arbustos oscuros.

De repente, sobre esta línea blanquecina, aparecieron dos sombras.

Una iba delante, y la otra á algunos pasos detrás.

--¡Dos personas!--murmuró Gavroche.

La primera sombra parecía ser un viejo encorvado y pensativo, vestido más que sencillamente, que andaba lentamente á causa de la edad, y que salía á pasear á la luz de las estrellas.

La segunda era recta, firme, pequeña.

Regulaba su paso al de la primera; pero en la lentitud voluntaria de la marcha se descubría la esbeltez y la agilidad.

Aquella sombra tenía cierto no sé qué de esquiva é inquieta, con todo el contorno de lo que entonces se llamaba un elegante; el sombrero era de buena forma, la levita negra, bien hecha, probablemente de buen paño, y ajustada al talle.

Levantaba la cabeza con cierta gracia robusta, y por debajo del sombrero se entreveía en el crepúsculo el pálido esbozo de un adolescente.

Este esbozo llevaba una rosa en la boca.

Esta segunda sombra era muy conocida de Gavroche; era Montparnasse.

En cuanto á la otra, no hubiera podido decir sino que era un pobre viejo. Gavroche se puso al momento en observación sin desamparar su sitio.

Uno de los dos tenía evidentemente proyectos sobre el otro; y Gavroche estaba muy bien situado para ver el resultado.

La alcoba se había trocado muy á su gusto en escondrijo.

Montparnasse de caza, á semejante hora y en aquel sitio, era muy peligroso.

Gavroche sentía que su corazón de pilluelo se conmovía de lástima hacia el buen viejo.

Pero ¿qué hacer? ¿Intervenir? ¿Había de socorrer una debilidad á otra?

Sería únicamente dar motivo para que se riese Montparnasse.

Gavroche no dejaba de conocer, que para aquel temible bandido de diez y ocho años, el viejo primero, y el niño después, se reducía á dos bocados.

Mientras que Gavroche deliberaba, tuvo lugar el ataque, brusco y repugnante.

Ataque del tigre contra el onagro, de la araña contra la mosca.

Montparnasse de improviso tiró la rosa, saltó sobre el viejo, le agarró del cuello, le acogotó, y se encabritó sobre él.

Gavroche apenas pudo ahogar un grito.

Un momento después, uno de aquellos hombres estaba debajo del otro, rendido, jadeante, forcejeando, con una rodilla de mármol sobre el pecho.

Sólo que no había ocurrido lo que Gavroche esperaba.

El que estaba en tierra era Montparnasse; el que estaba encima era el pobre viejo.

Todo esto sucedía á pocos pasos de Gavroche.

El viejo había recibido el choque, y le había rebotado tan terriblemente, que en un abrir y cerrar de ojos el agresor y la víctima habían cambiado de papel.

--¡Vaya un inválido valiente!--pensó Gavroche.

Y no pudo estarse de batir palmas; pero fué un aplauso perdido, porque no llegó hasta los combatientes, que estaban absortos y aturdidos, uno por otro, y mezclando sus alientos en la lucha.

Vino el silencio.

Montparnasse dejó de forcejear, y Gavroche se dijo:--«¡Estará muerto!».

El viejo no había pronunciado una palabra, ni lanzado un grito. Enderezóse, y Gavroche oyó como decía á Montparnasse:

--Levántate.

Montparnasse se levantó, pero el viejo no le había aún soltado. Montparnasse tenía la actitud humillada y furiosa en un lobo que hubiese sido dominado por un cordero.

Gavroche miraba y escuchaba, haciendo esfuerzos para duplicar ojos y oídos.

Se divertía extraordinariamente.

Fué recompensado en su ansiedad de espectador, pudiendo coger al vuelo este diálogo; que tomaba en la obscuridad cierto acento trágico.

El pobre viejo preguntaba, y Montparnasse respondía:

--¿Qué edad tienes?

--Diez y nueve años.

--Eres fuerte y de buena figura. ¿Por qué no trabajas?

--Porque me aburre.

--¿Qué eres?

--Haragán.

--Habla formalmente. ¿Puedo hacer algo por ti? ¿Qué quieres ser?

--Ladrón.

Hubo un momento de silencio. El viejo parecía estar profundamente pensativo; seguía inmóvil sin soltar á Montparnasse.

De cuando en cuando, el joven bandido, vigoroso y ágil, sentía sobresaltos de fiera cogida en una trampa.

Daba una sacudida, intentaba la zancadilla, retorcía sus miembros, trataba de escaparse.

El viejo aparentaba no notarlo, teníale cogidos ambos brazos con una sola mano, con la indiferencia soberana de una fuerza absoluta.

La meditación del viejo duró un buen espacio; después, mirando fijamente á Montparnasse, levantó suavemente la voz, y le dirigió, entre aquella obscuridad en que se encontraban, una especie de alocución solemne, de que Gavroche no perdió ni una sílaba:

--Hijo mío, tú entras por pereza en la más laboriosa de las existencias. ¡Ah! ¡Tú te declaras haragán! Pues prepárate á trabajar.

«¿Has visto una máquina terrible llamada el laminador? Es preciso tener mucho cuidado, porque es una cosa tan poco ruidosa como feroz; si te coge el faldón de la levita, se lleva todo el cuerpo.

«Esta máquina es la ociosidad.

«Detente, mientras estás á tiempo, y sálvate.

«De otra manera todo se acabó; dentro de poco estarás entre las ruedas; y una vez cogido, no esperes ya nada.

«¡Ea, á trabajar, perezoso; ya no hay descanso! La mano de hierro del trabajo implacable te ha cogido.

«Ganar tu vida, tener una tarea, cumplir un deber; ¿no quieres esto? ¿Te desagrada ser como los demás? Pues bien; serás distinto. El trabajo es la ley; el que la rechaza disgustado, le tiene por suplicio. No quieres ser obrero, serás esclavo.

«El trabajo sólo te deja por un lado para cogerte por otro; no quieres ser su amigo, serás su negro; rechazas el honrado cansancio de los hombres, sufrirás el sudor de los condenados.

«Donde los demás canten, tú gruñirás.

«Verás de lejos trabajar á los demás hombres, y te parecerá que descansan.

«El labrador, el segador, el marinero, el herrero, se te aparecerán en la luz como los bienaventurados de un paraíso.

«¡Qué irradiación la del yunque!

«Guiar una carreta, atar las mieses, ¡qué felicidad!

«El buque en libertad entregado á los vientos, ¡qué delicia!

«¡Y tú, perezoso, cava, arrastra, rueda, anda! ¡Tira de tu cabestro, animal de carga, en el tiro del infierno!

«¡Ah! ¿No hacer nada es tu único objeto? Pues bien; no pasarás una semana, ni un día, ni una hora sin humillación.

«No podrás hacer nada sino con angustia; tus músculos crujirán á cada instante; lo que para los demás sea blanda pluma, será dura roca para ti.

«Las cosas más sencillas estarán para ti llenas de dificultades; la vida en tu derredor se convertirá en monstruosa.

«Ir, venir y respirar serán para ti otros tantos trabajos terribles. Tu pulmón te hará el efecto de un peso de cien libras.

«Venir acá antes de ir allá será un problema de difícil resolución.

«Todo el que quiere salir de su casa, no tiene que hacer otra cosa que empujar la puerta, y ya está fuera.

«Tú, si quisieres salir, tendrás que perforar una pared.

«Para salir á la calle, no tiene cualquiera que hacer más que bajar la escalera; pero tú romperás las sábanas, harás con sus tiras una cuerda, pasarás por la ventana, te suspenderás colgado de este hilo sobre un abismo, de noche, en medio de la tempestad, en medio de la lluvia, en medio del huracán; y si la cuerda no alcanza, sólo encontrarás un medio de bajar: tirarte.

«Tirarte á ciegas, en el precipicio, de una altura cualquiera, abajo, á lo desconocido; ó bien te subirás por un cañón de chimenea, con peligro de quemarte; ó te deslizarás por un conducto de letrina, con peligro de asfixiarte.

«Y no te hablo de los agujeros que hay que ocultar, de las piedras que hay que quitar y poner veinte veces al día, ni de los yesones que hay que esconder debajo del jergón.

«Se presenta una cerradura; cualquiera lleva en el bolsillo una llave hecha por un cerrajero. Tú, si quieres pasar adelante, estás condenado á hacer una obra maestra espantosa; cogerás una moneda de cobre, la cortarás en dos placas, y ¿con qué herramientas?

«Tendrás que inventarlas; eso te corresponde.

«Después ahondarás lo interior de estas placas, cuidando de no tocar á la superficie; abrirás alrededor la muesca de un tornillo, de modo que se ajusten exactamente una á otra, como una caja á su tapa, y que atornilladas no se sospeche nada.

«Para los vigilantes, porque estarás vigilado, esto será sólo una moneda de cobre; para ti será una caja. ¿Y qué meterás en esa caja? Un pedacito de acero; un muelle de reloj, al que habrás hecho dientes, y será una sierra.

«Con esta sierra, de la longitud de un alfiler, y oculta en una moneda de cobre, deberás cortar el pestillo de la cerradura, la barra del cerrojo, el asa del candado, el hierro de la ventana y el grillete de la pierna; y hecha esta obra prodigiosa, realizados estos milagros de arte, de industria, de habilidad y de paciencia, si se llega á saber que eres tú el autor, ¿cuál será tu recompensa? El calabozo.

«Éste es tu porvenir.

«La pereza, el placer, ¡qué precipicios! No hacer nada, es tomar un terrible partido. No lo olvides.

«¡Vivir ocioso de la sustancia social! ¡Ser inútil; es decir, ser perjudicial! Esto conduce directamente al fondo de la miseria.

«¡Infeliz del que quiere ser parásito! Será la escoria, el gusano del cuerpo social.

«¡Ah! ¡No te gusta trabajar! No tienes más que un pensamiento: beber bien, comer bien, dormir bien.

«Pues beberás agua, comerás pan negro, dormirás en una tarima con una cadena enroscada á tus miembros, cuyo frío sentirás por la noche en las carnes.

«Romperás esta cadena, y huirás.

«Bien; pero te arrastrarás entre las matas, y comerás yerbas como los animales de la selva.

«Y volverás á ser preso; y entonces pasarás los años en un profundo foso, en lo bajo de una muralla, buscando á tientas el jarro para beber, embotando en tus dientes un horrible pedazo de pan negro, que no querrían ni los perros; comiendo habas que los gusanos han roído antes que tú.

«Serás una cucaracha en una cueva.

«¡Ah! ¡Ten piedad de ti mismo, pobre niño, que mamabas aún no hace veinte años, y que tendrás madre todavía! Yo te conjuro, escúchame.

«Quieres gastar paño fino, zapatos lustrosos, pelo rizado, perfumar tu cabeza, agradar á las jóvenes, ser elegante; pues bien, te cortarán el pelo al rapé, te pondrán una chaqueta roja y unos zuecos.

«Quieres llevar sortijas en los dedos, y llevarás una argolla al cuello; y si miras á una mujer, te darán un palo.

«¡Entrarás allí á los veinte años, y saldrás á los cincuenta!

«Entrarás joven, sonrosado, fresco, con ojos brillantes, dientes blancos y hermosos cabellos, y saldrás cascado, encorvado, lleno de arrugas, sin dientes, horrible, y con el pelo blanco.

«¡Ah, pobre criatura! ¡Y cómo te equivocas, infeliz! ¡La holgazanería te aconseja mal; el trabajo más rudo es el robar.

«Créeme, no emprendas la penosa profesión de perezoso; no es nada cómodo ser bribón.

«Es más cómodo ser hombre honrado.

«Anda ahora, y piensa en lo que te he dicho.

«Pero, ¿qué es lo que me querías? ¿Mi bolsa? Aquí la tienes.

Y el viejo, soltando á Montparnasse, le puso en la mano su bolsillo, que Montparnasse tuvo un instante en la mano tomándole á peso; después de lo cual, con la misma precaución maquinal que si le hubiesen robado á él, le dejó caer suavemente en la faltriquera del faldón de su levita.

Dicho y hecho todo esto, el buen viejo volvió la espalda, y continuó paseando.

--¡Estúpido!--murmuró Montparnasse.

¿Quién era aquel viejo? El lector lo habrá sin duda adivinado.

Montparnasse, estupefacto y sin acertar á moverse, miró cómo desaparecía en el crepúsculo; pero esta contemplación le fué fatal.

Mientras el viejo se alejaba, aproximábasele Gavroche.

Gavroche, con una mirada de reojo se había asegurado de que el señor Mabeuf, dormido tal vez, seguía en el banco, y saliendo luego el pilluelo de la maleza, se arrastró en la sombra por detrás de Montparnasse, que continuaba inmóvil.

Así llegó hasta él sin ser visto ni oído; metió la mano en la faltriquera de atrás de la levita de negro paño fino, cogió el bolsillo, retiró la mano, y volviéndose á rastras, hizo una evolución de culebra en la obscuridad.

Montparnasse, que no tenía motivo alguno para estar prevenido, y que meditaba, quién sabe si por primera vez en su vida, nada advirtió.

Gavroche, en cuanto llegó adonde estaba el señor Mabeuf, tiró el bolsillo por encima del seto, y huyó á todo correr.

La bolsa cayó á los pies del señor Mabeuf.

El ruido le despertó.

Inclinóse, y recogió la bolsa. Abrióla sin darse cuenta de ello.

La bolsa tenía dos divisiones: en la una había algunos cuartos; en la otra seis napoleones de oro.

El señor Mabeuf, muy asustado, llevó aquello á su ama.

--Ha caído del cielo,--dijo á la tía Plutarco.

LIBRO QUINTO CUYO FIN NO SE PARECE AL PRINCIPIO

I =La soledad y el cuartel en combinación=

El dolor de Cosette, tan punzante aún y tan vivo cuatro ó cinco meses antes, había entrado en convalescencia, sin ella advertirlo.

La naturaleza, la primavera, la juventud, el amor hacia su padre, la alegría de los pájaros y de las flores, infiltraban poco á poco, día por día, gota á gota, en aquella alma tan virgen y tan joven, una cosa muy parecida al olvido.

¿Se apagaba completamente el fuego, ó se iban formando solamente capas de ceniza? El hecho es, que no sentía ya apenas nada doloroso ni abrasador.

Un día pensó de repente en Mario.

--¡Calle!--dijo.--Ya no pienso en él.

Durante la misma semana se fijó, al pasar por delante de la verja del jardín, en un lindo oficial de lanceros, con talle de avispa, brillante uniforme, mejillas de niña, sable debajo el brazo, bigotes encerados y chascás charolado. Además: pelo rubio, ojos azules, cara redonda, vana, insolente y linda: todo lo contrario de Mario.

Llevaba su cigarro en la boca.

Cosette pensó que aquel oficial pertenecía al regimiento acuartelado en la calle de Babilonia.

Al día siguiente le vió pasar otra vez, y notó la hora.

Desde aquel momento le vió pasar casi todos los días.

Los camaradas del oficial notaron que había en aquel jardín «mal cuidado» y detrás de aquella verja barroca, una linda muchacha, que estaba allí, casi siempre, cuando pasaba el bizarro teniente, el cual no es desconocido del lector, pues se llamaba Teódulo Guillenormand.

--¡Hola!--decíanle.--Hay ahí una muchacha que se fija en ti; obsérvalo.

--¡Para esto tengo el tiempo...--respondía el lancero,--si tuviera que fijarme en todas las muchachas que me miran!

Esto sucedía precisamente en los momentos en que Mario, descendiendo hasta la agonía, decíase:

--¡Si pudiese solamente volver á verla antes de morir!

Si se hubiera realizado su deseo; si hubiera visto en aquel instante á Cosette mirando á un lancero, no habría podido pronunciar una palabra; habría muerto de dolor.

¿Y de quién habría sido la culpa? De nadie.

Mario tenía uno de esos temperamentos que se sumergen en la tristeza y viven en ella.

Cosette, por el contrario, se sumergía, pero volvía á salir.

Cosette, además, atravesaba el momento peligroso, fase fatal del ensueño femenil, abandonado á sí mismo, en que el corazón de una joven aislada se asemeja á los sarmientos de la vid que así se enraman por casualidad al chapitel de una columna de mármol, como al poste de una taberna.

Momento rápido y decisivo, crítico para toda huérfana, ya sea pobre ó rica, porque la riqueza no impide una mala acción, realizándose casamientos desiguales, porque la verdadera desigualdad es la de las almas; de igual manera que más de un joven ignorado, sin nombre, sin familia y sin fortuna, es un chapitel de mármol que sostiene un templo de elevados sentimientos y de grandes ideas, existen hombres de mundo, satisfechos y opulentos que calzan botas brillantes, y hablan charolado, que si se les mira, no al exterior, sino al interior, es decir, á lo que está reservado á la mujer, no son más que un poste estúpido, obscuramente manejado por las pasiones violentas, inmundas y vinosas; es decir, el poste de una taberna.

¿Qué había en el alma de Cosette?

Una pasión calmada ó adormecida: amor en estado flotante; algo que era límpido, brillante; turbio á cierta profundidad, sombrío más abajo.

La figura del lindo oficial se reflejaba en la superficie.

¿Había algún recuerdo en el fondo? ¿Muy en el fondo?

Tal vez; pero Cosette no lo sabía.

En esto sobrevino un incidente singular.

II =Miedos de Cosette=

Durante la primera quincena de abril hizo Juan Valjean un viaje.

Esto sucedía, como sabe el lector, algunas veces muy de tarde en tarde; y estaba ausente uno ó dos días á lo más.

¿Dónde iba? Nadie lo sabía, ni la misma Cosette.

Sólo una vez, en uno de sus viajes, le había acompañado ésta en coche hasta la esquina de un callejón sin salida, en cuya esquina había leído: Callejón de la Planchette.

Allí se había apeado, y el coche había regresado con Cosette á la calle de Babilonia.

Generalmente Juan Valjean hacía estos viajes cuando faltaba dinero en casa.

Juan Valjean estaba, pues, ausente; al marcharse había dicho: «Volveré dentro de tres días».

Por la noche, Cosette estaba sola en la sala.

Para matar el fastidio había abierto el piano y empezado á cantar, acompañándose ella misma, el coro de Euryanthe: ¡Cazadores perdidos en los bosques! que es quizá lo más bello que existe en música.

Cuando hubo acabado se quedó pensativa.

De repente creyó oir que andaban por el jardín.

No podía ser su padre, porque estaba ausente; ni la tía Santos, porque se había acostado.

Eran las diez de la noche.

Se dirigió á la ventana de la sala que estaba cerrada, y aplicó el oído.

Le pareció que oía el paso de un hombre que andaba suavemente.

Subió con rapidez al primer piso, á su cuarto, abrió un ventanillo que había en el postigo, y miró al jardín.

La luna estaba en su cuarto lleno alumbrando como el día.

No había nadie.

Abrió la ventana.

El jardín estaba absolutamente silencioso; y lo que se veía en la calle, desierto como siempre.

Cosette pensó haberse engañado; había creído oir aquel ruido, y todo era un alucinamiento producido por el sombrío y prodigioso coro de Weber, que abre ante el espíritu abismos insondables, que aparecen trémulos á la vista como un bosque vertiginoso en que se oye el crujido de las ramas muertas bajo el paso inquieto de los cazadores, casi envueltos en el crepúsculo.

Y no pensó más en ello.

Además, Cosette no era de naturaleza asustadiza.

Había en sus venas algo de la sangre de gitana y aventurera de desnudos pies.

Recuérdese que era mejor alondra que paloma, y tenía su fondo de valor y de energía.

Al día siguiente, más temprano, á la caída de la noche, se estaba paseando por el jardín, y en medio de los confusos pensamientos en que estaba sumergida, creyó oir claramente un ruido semejante al de la víspera, como de alguna persona que anduviera en la obscuridad bajo los árboles, y no muy lejos de ella; pero ella se decía que nada se asemeja tanto á los pasos sobre la yerba como el roce de dos ramas que se separan por sí mismas, y no hizo caso; además, no veía nada.

Salió de la «maleza»; tenía que atravesar un espacio alfombrado de menuda yerba para llegar á la gradería del pabellón.

La luna, que acababa de aparecer á sus espaldas, proyectó su sombra delante de ella, sobre aquella alfombra, en cuanto salió de la espesura.

Cosette se paró aterrorizada.

Al lado de su sombra, la luna proyectaba claramente sobre el césped otra sombra singularmente espantosa y terrible; una sombra que llevaba sombrero redondo.

Parecía la de un hombre que estuviese de pie junto á la espesura y á pocos pasos detrás de Cosette.

Permaneció un minuto sin poder hablar, ni gritar, ni moverse, ni volver la cabeza.

Pero al fin, reuniendo todo su valor, se volvió resueltamente.

No había nadie.

Miró al suelo; la sombra había desaparecido.

Entró nuevamente en la espesura, registró valerosamente todos los rincones, llegó hasta la verja, y no encontró á nadie.

Quedóse verdaderamente helada. ¿Había sido también aquello una alucinación? ¡Cómo! ¡Dos días seguidos! Una alucinación, pase; ¿pero dos?

Lo que la inquietaba sobre todo, era el que la sombra no fuera seguramente un fantasma, porque los fantasmas no llevan sombrero redondo.

Al día siguiente volvió Juan Valjean.

Cosette le refirió lo que había creído ver y oir.

Esperaba que su padre la tranquilizaría y que encogiéndose de hombros, le diría: «Eres una loquilla».

Juan Valjean se puso pensativo.

--Puede no ser nada,--dijo.

Separóse con algún pretexto, y se fué al jardín. Cosette observó que examinaba la verja con mucha atención.

Por la noche se despertó; esta vez estaba segura de oir pasos cerca de la escalinata, por bajo de su ventana, y la abrió.

En efecto, en el jardín vió á un hombre con un garrote en la mano.

Iba ya á gritar, cuando la luna iluminó el rostro del hombre. Era su padre.

Volvió, pues, á acostarse, pensando:

--¡Está inquieto, en realidad!

Juan Valjean pasó aquella noche y las dos siguientes en el jardín, y Cosette le observó por el ventanillo.

La tercera noche la luna estaba en su cuarto menguante, y salía más tarde. Sería como la una; Cosette oyó una carcajada, y la voz de su padre, que la llamaba:

--¡Cosette!

Saltó de la cama, se puso una bata, y abrió la ventana.

Su padre estaba en el jardín en el césped.

--Te despierto para tranquilizarte,--la dijo.--Mira; aquí tienes la sombra del sombrero redondo.

Y le enseñó sobre el césped una sombra que se proyectaba á la luz de la luna, y que parecía, en efecto, la de un hombre con sombrero redondo.

Era la silueta producida por el recortado de un tubo de chimenea de hierro con chapitel, que se elevaba por encima de un tejado vecino.

Cosette se echó á reir también; se borraron todas sus lúgubres suposiciones, y á la mañana siguiente, cuando almorzaba con su padre, se chanceó sobre el siniestro jardín visitado por las sombras de los tubos de chimenea.

Juan Valjean se tranquilizó completamente, y Cosette no se paró á examinar si el cañón de chimenea estaba en la misma dirección que la sombra que había visto ó había creído ver, y si la luna estaba en el mismo punto del cielo.

No se interrogó acerca de la singularidad de un cañón de chimenea, que teme ser sorprendido en flagrante delito, y se retira cuando ven su sombra; porque la sombra había desaparecido cuando Cosette se volvió, y Cosette creía estar segura de ello.

La joven se tranquilizó por completo.

La demostración le pareció evidente, y creyó que era un efecto de imaginación, lo mismo que los pasos de alguno que anduviese por el jardín por la tarde ó la noche.

Sin embargo, algunos días después ocurrió un nuevo incidente.

III =Enriquecido con comentarios de la tía Santos=

En el jardín y cerca de la verja que daba á la calle, había un banco de piedra, guardado por una cerca de carpintos, de las miradas de los curiosos, pero hasta el cual podía llegar el brazo de un transeúnte á través de la verja y del follaje.

Una tarde del propio mes de abril, había salido Juan Valjean; y Cosette después de haberse puesto el sol, se había sentado en dicho banco.

El viento penetraba por entre los árboles; Cosette meditaba; una tristeza, sin objeto, iba apoderándose poco á poco de ella; esa tristeza invencible que produce la tarde, y que proviene tal vez del misterio de la tumba entreabierta á esa hora.

Fantina estaba quizá en aquella sombra.

Cosette se levantó, dió lentamente una vuelta por el jardín, andando sobre la hierba inundada de rocío, y diciéndose á través de la especie de sonambulismo melancólico en que estaba sumergida:

--Debe una calzar chanclos ciertamente para andar por el jardín á estas horas; es fácil constiparse.

Después volvió de nuevo al banco.

En el momento en que iba á sentarse, observó en el sitio que había ocupado una gran piedra, que no estaba antes.

Cosette miró pensativa aquella piedra, preguntándose qué significaba.

Pero de repente, la idea de que aquella piedra no se había ido sola al banco, de que alguno la había puesto allí, de que un brazo había pasado á través de la verja; esta idea, decimos, se le presentó, y le dió miedo; un miedo verdadero esta vez, porque la piedra estaba allí, y no era posible dudar; no la tocó; huyó sin atreverse á mirar detrás de sí; se refugió en la casa; cerró enseguida los postigos con barras y la puerta-vidriera de la escalinata con cerrojos, y preguntó á la tía Santos:

--¿Ha vuelto mi padre?

--Todavía no, señorita.

(Ya hemos dicho de una vez para siempre que la tía Santos era tartamuda. Permítasenos no ortografiar sus palabras como tal; nos repugna la notación musical de una enfermedad).

Juan Valjean, como hombre pensativo y paseante nocturno, solía retirarse bastante tarde por la noche.

--Santos,--dijo Cosette,--¿tenéis cuidado de cerrar bien por la noche las ventanas, las que dan al jardín, al menos con barras, y de poner bien los pasadores de hierro en los anillos?

--¡Oh! podéis estar tranquila, señorita.

La tía Santos no dejaba de hacerlo, y Cosette lo sabía bien; pero no pudo menos de añadir:

--¡Qué desierto está esto!

--Es verdad,--dijo la tía Santos.--La asesinarían á una sin tener tiempo para decir ¡uf! con eso de no dormir el señor en casa. Pero no temáis nada, señorita: cierro las ventanas como si fuese una fortaleza. ¡Ah, mujeres solas! ¡Esto hace temblar! Figuraos que entran hombres en el cuarto por la noche, y le dicen á una: «¡Cállate!» y empiezan á cortarle la cabeza. No es tanto la muerte, porque al fin se muere una, y sabe demasiado que se ha de morir; pero es una cosa horrible sentir que os pone esa gente la mano encima. ¡Y luego sus puñales! ¡Oh, qué mal deben cortar, Dios mío!

--¡Callad!,--dijo Cosette,--cerradlo todo bien.

Atemorizada del melodrama improvisado por la tía Santos, y quizá también por el recuerdo de las apariciones de la otra semana, no se atrevió á decirle: «Id á ver la piedra que han puesto en el banco», de miedo de volver á abrir la puerta del jardín, y de que entrasen los «hombres».

Hizo cerrar por todas partes las puertas y ventanas, hizo que la tía Santos registrase la casa desde la cueva al granero: se encerró en su cuarto, echó los cerrojos, miró debajo de los muebles y debajo de la cama; se acostó y durmió mal.

Toda la noche estuvo viendo la piedra, grande como una montaña, y llena de cavernas.

Cuando salió el sol,--es propio del sol naciente hacernos reir de todos nuestros terrores nocturnos, y la risa que produce es siempre proporcionada al miedo que se ha tenido,--al salir el sol, decimos, se despertó Cosette, pensó horrorizada en su sueño, y se dijo: «¿Qué he estado soñando? ¡Lo mismo es esto que los pasos que me parecía haber oído la otra semana de noche en el jardín! ¡Lo mismo que la sombra del cañón de chimenea! ¿Voy á volverme ahora cobarde?».

El sol que entraba por las rendijas de los postigos, y coloreaba de púrpura las cortinas de damasco, la tranquilizó de tal manera, que todo se borró en su imaginación, incluso la piedra.

--No había piedra ninguna en el banco, como no había ningún hombre con sombrero redondo en el jardín. He soñado lo de la piedra como lo demás.

Vistióse; bajó al jardín; corrió al banco y sintió un sudor frío.

La piedra estaba allí.

Pero aquello no duró más que un momento; el miedo de noche es curiosidad de día.

--¡Bah!--dijo:--veamos lo que es.

Y levantó la piedra, que era bastante grande.

Debajo había algo que parecía una carta.

Era un sobre de papel blanco; Cossette lo cogió, y vió que no tenía ni dirección escrita por un lado, ni oblea por el otro; pero aunque estaba abierto no estaba vacío.

Entreveíanse papeles dentro.

Cosette lo examinó; ya no tenía miedo, ni curiosidad, sino un principio de impaciencia.

Sacó del sobre lo que contenía, que era un cuadernillo de papel, de hojas numeradas, en cada una de las cuales tenía algunas líneas que parecieron á Cosette de bonita y elegante letra.

Cosette buscó un nombre, pero no lo había; buscó una firma, tampoco la había.

¿Á quién iba dirigido aquello?

Á ella probablemente, puesto que una mano había depositado aquel paquete en su banco.

¿De quién venía aquello?

Una fascinación irresistible se apoderó de ella; trató de separar los ojos de aquellos papeles que temblaban en su mano; miró al cielo, á la calle, á las acacias llenas de luz, á las palomas que volaban sobre un tejado próximo, y después su vista cayó rápidamente sobre el manuscrito, y se dijo que debía leer lo que contenía.

He aquí que leyó:

IV =Un corazón bajo una piedra=

La reducción del universo á un solo ser, la dilatación hasta Dios de un solo ser, he aquí el amor.

* * * * *

El amor es la salutación de los ángeles á los astros.

* * * * *

¡Qué triste está el alma cuando está triste por el amor!

* * * * *

¡Qué vacío como el de la ausencia del ser que por sí solo llena el mundo! ¡Oh! ¡Cómo es verdad que el ser amado se convierte en Dios! Se comprendería que Dios tuviese celos, si el Padre de todo no hubiera hecho evidentemente la creación para el alma, y el alma para el amor.

* * * * *

Basta una sonrisa vislumbrada á lo lejos bajo las alas de un sombrerito de crespón blanco con adornos de lila, para que el alma entre en el palacio de los sueños.

* * * * *

Dios está detrás de todo; pero todo oculta á Dios. Las cosas son negras, las criaturas son opacas. Amar á un ser es hacerle transparente.

[Ilustración: Era un sobre de papel blanco: Cosette lo cogió y observó que no tenía dirección]

Ciertos pensamientos son oraciones. Hay momentos en los cuales sea la que fuere la actitud del cuerpo, el alma está de rodillas.

* * * * *

Los amantes que están separados, engañan la ausencia con mil cosas quiméricas, que tienen, no obstante, su realidad. Aunque estén privadas de verse, y no puedan escribirse, tienen una multitud de medios misteriosos de correspondencia. Se envían el canto de los pájaros, el perfume de las flores, la risa de los niños, la luz del sol, los suspiros del viento, los rayos de las estrellas, toda la creación. ¿Y por qué no? Todas las obras de Dios están hechas para servir al amor. El amor es bastante poderoso para emplear á toda la naturaleza en sus mensajes.

¡Oh primavera, tú eres la carta que le escribo!

* * * * *

El porvenir pertenece más á los corazones que á las almas. El amor es lo único que puede ocupar y llenar la eternidad. El infinito necesita lo inagotable.

* * * * *

El amor es una parte del alma misma, es de la misma naturaleza que ella. Como ella es una chispa divina; como ella es incorruptible, indivisible, imperecedero. Es una partícula de fuego que está en nosotros, que es inmortal é infinita, á la cual nada puede limitar, ni amortiguar. Se la siente arder hasta en la médula de los huesos, y se la ve brillar hasta en el fondo del cielo.

* * * * *

¡Oh amor, adoración, deleite de dos almas que se comprenden, de dos corazones que se cambian, de dos miradas que se penetran! ¿Vendréis á mí, no es verdad, felicidades? ¡Paseos de dos almas en la soledad! ¡Días benditos y radiantes! Á veces he soñado que de vez en cuando las horas se desprendían de las vidas de los ángeles y venían aquí abajo á recorrer los destinos de los hombres.

* * * * *

Dios no puede añadir nada á la dicha de los que se aman más que la duración sin fin. Una eternidad de amor, después de una vida de amor, es un aumento, en efecto; pero acrecentar en su intensidad misma la felicidad inefable que el amor da al alma desde este momento, le es imposible aun á Dios mismo. Dios es la plenitud del cielo; el amor es la plenitud del hombre.

* * * * *

Contempláis una estrella por dos motivos, porque es luminosa y porque es impenetrable; pues á vuestro lado tenéis una radiación más dulce y un misterio mayor, la mujer.

* * * * *

Todos, sin excepción, tenemos nuestros seres respirables. Si estos nos faltan, nos falta el aire y nos ahogamos. Entonces morimos. Morir por falta de amor es horrible. ¡Es la asfixia del alma!

* * * * *

Cuando el amor ha fundido y mezclado dos seres en una unidad angélica y sagrada, estos seres han hallado el secreto de la vida; no son más que los dos términos de un mismo destino; no son más que las dos alas de un mismo espíritu. ¡Amad, pues! ¡Elevaos!

* * * * *

El día en que una mujer que pasa delante de nosotros desprende luz al andar, estamos perdidos; es que la amamos. Ya no podemos hacer sino una cosa; pensar en ella con tal insistencia, que ella se vea obligada á pensar en nosotros.

* * * * *

Lo que el amor empieza, sólo puede ser acabado por Dios.

* * * * *

El amor verdadero se desespera y se encanta por un guante perdido, ó por un pañuelo encontrado, y necesita la eternidad para sus sacrificios y sus esperanzas. Se compone á la vez de lo infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño.

* * * * *

Si sois piedra, sed imán; si planta, sensitiva; si hombre, amor.

* * * * *

Nada basta al amor. Si se tiene la felicidad, se desea el paraíso; si se tiene el paraíso, se desea el cielo.

¡Oh! vosotros los que os amáis, todo esto se halla en el amor. Aprended á encontrarlo. El amor tiene como el cielo la contemplación, y además el deleite.

* * * * *

¿Va ella todavía al Luxemburgo?--No, señor.--¿Es en esta iglesia donde oye misa, verdad?--Ya no viene.--¿Vive todavía en esta casa?--Se ha mudado.--¿Adónde ha ido á vivir?--No lo ha dicho.

¡Qué cosa tan sombría es ignorar las señas de la casa de nuestra alma!

* * * * *

El amor tiene niñerías, las otras pasiones tienen pequeñeces. ¡Vergüenza para las pasiones que empequeñecen al hombre! ¡Honor á la que le hace niño!

* * * * *

Una cosa extraña me sucede. ¿Sabéis cuál? Estoy en la obscuridad. Existe un ser que al irse se me ha llevado el cielo.

* * * * *

¡Oh! Estar echados juntos en la misma tumba con las manos enlazadas, y de cuando en cuando, en medio de las tinieblas, acariciarnos suavemente un dedo; esto satisfaría mi eternidad.

* * * * *

Los que padecéis porque amáis, amad más aún. Morir de amor, es vivir.

* * * * *

Amad. Una transfiguración sombría y estrellada se mezcla con este suplicio. Hay éxtasis en la agonía.

* * * * *

¡Oh, dicha de las aves! Tenéis el canto, porque tenéis nido.

* * * * *

El amor es una respiración celestial del aire del paraíso.

* * * * *

Corazones profundos, espíritus ilustrados, tomad la vida como Dios la ha hecho; la vida es una larga prueba, una preparación ininteligible para el destino desconocido. Este destino, el verdadero, principia para el hombre en el primer escalón interior de la tumba. Entonces se le aparece algo, y comienza á distinguir lo definitivo. ¡Lo definitivo! Pensad en esta palabra. Los vivos ven lo infinito; lo definitivo no se deja ver más que de los muertos. Mientras esperáis, amad y padeced, esperad y contemplad. ¡Desgraciado el que no haya amado más que cuerpos, formas, apariencias! La muerte se lo arrebatará todo. Procurad amar las almas, y volveréis á encontrarlas.

* * * * *

He encontrado en la calle un joven muy pobre que amaba. Su sombrero era viejo, su vestido usado y raído por los codos; el agua le entraba por los zapatos, y los astros penetraban en su alma.

* * * * *

¡Qué cosa tan grande es ser amado! ¡Pero aún es más grande amar! El corazón se hace heroico á fuerza de pasión. No se compone sino de pureza; se apoya solamente en lo más grande y elevado. En él no puede germinar un pensamiento indigno, como no puede germinar una ortiga en un ventisquero. El alma elevada y serena, inaccesible á las pasiones y á las emociones vulgares, que domina las nubes y las sombras de este mundo, las locuras, las mentiras, los odios, las vanidades, las miserias, habita en el azul del cielo, y no siente más que las conmociones profundas y subterráneas del destino, como las cumbres de las montañas sienten los temblores de tierra.

* * * * *

Si no hubiera alguien que amase, se extinguiría el sol.

V =Cosette después de la carta=

Durante esta lectura, Cosette iba poniéndose pensativa poco á poco.

En el instante en que levantó los ojos de la última línea del cuaderno, el lindo oficial pasó triunfante por delante de la verja.

Cosette le encontró repugnante.

Volvió á fijarse en el cuaderno.

Está escrito, pensaba Cosette, con una letra encantadora; de la misma mano, pero con diversa tinta, ya negra, ya blanquecina como cuando se echa la tinta en el tintero, y por consiguiente en distintos días.

Era, pues, aquello, un pensamiento que se había derramado allí, suspiro á suspiro, irregularmente, sin orden, sin elección, sin objeto, al azar.

Cosette no había leído nunca nada semejante.

Aquel manuscrito en que veía más luz que obscuridad, le causaba el mismo efecto que un santuario entreabierto.

Cada una de sus misteriosas líneas resplandecía á sus ojos, inundaba su corazón de una luz extraña.

La educación que había recibido le había hablado siempre del alma y nunca del amor; así como si se hablase del tizón sin hablar de la llama.

Aquel manuscrito de quince páginas le revelaba suave y repentinamente todo el amor, el destino, la vida, la eternidad, el principio y el fin.

Era como una mano que se hubiese abierto y le hubiese arrojado súbitamente un puñado de rayos.

Descubría en aquellas líneas una naturaleza apasionada, ardiente, generosa, honrada; una voluntad sagrada, un inmenso dolor, y una esperanza inmensa; un corazón oprimido, y un éxtasis manifestado.

¿Y qué era aquel manuscrito? Una carta. Una carta sin señas, sin nombre, sin fecha, sin firma, apremiante y desinteresada, enigma compuesto de verdades; mensaje de amor escrito para ser llevado por un ángel, y leído por una virgen; cita dada fuera de la tierra; billete amoroso de un fantasma á una sombra.

Era un ausente tranquilo y oprimido, que parecía dispuesto á refugiarse en la muerte, y que enviaba á la ausente el secreto de su destino, la clave de la vida: el amor.

Aquello había sido escrito con los pies en la tumba y el dedo en el cielo.

Aquellas líneas, que habían caído una á una sobre el papel, podrían llamarse gotas del alma.

Pero ¿de quién podían ser aquellas páginas? ¿Quién las había escrito?

Cosette no dudó ni un instante. Sólo un hombre.

¡Él!

Habíase iluminado su alma; todo había vuelto á aparecer; sentía una alegría indecible y una angustia profunda.

¡Era él! ¡Él, quien escribía! ¡Él, que estaba allí! ¡Él, que había pasado el brazo á través de la verja! Mientras ella le olvidaba, él la había encontrado.

Pero ¿le había olvidado? ¡No! ¡Nunca!

Era una locura creerlo un sólo instante; le había amado y adorado siempre.

El fuego se había cubierto, y había estado oculto algún tiempo; pero ella le veía; no había hecho más que ahondar un poco, y ya brillaba de nuevo y la abrasaba toda entera.

Aquel cuaderno era como una chispa de otra alma caída en la suya.

Sentía renacer el fuego; nuevamente se penetraba de cada palabra del manuscrito:

--¡Ah, sí!--decía.--¡Cómo reconozco todo esto! Es lo que he leído en sus ojos.

Cuando acababa de leer por tercera vez, el teniente Teódulo volvió á pasar delante de la verja haciendo sonar las espuelas, lo que hizo que levantara Cosette los ojos y que le pareciese soso, tonto, necio, vano, fatuo, desagradable, impertinente y feo.

El oficial creyó que debía dirigirle una sonrisa.

Cosette se volvió avergonzada é indignada. De buena gana le hubiera tirado algo á la cabeza.

Marchóse pues, entró en la casa, y se encerró en su cuarto para volver á leer el manuscrito, para aprendérselo de memoria, y para pensar.

Cuando lo hubo leído y releído, lo besó y se lo guardó en el corsé.

Era ya un hecho; Cosette había caído en la profundidad del amor seráfico; acababa de abrirse el abismo Edén.

Cosette pasó todo el día sumida en una especie de aturdimiento.

Apenas pensaba; sus ideas estaban en el estado de un ovillo enredado en su cerebro; no acertaba á conjeturar; esperaba al través de su turbación ¿el qué? algo vago.

No se atrevía á prometerse nada, y nada quería desechar; cruzaban su frente sombras pálidas, y temblaba su cuerpo.

Parecíale á veces que penetraba en lo quimérico, y se decía: «¿Es esto real?». Y tentaba el papel querido bajo su vestido, le oprimía contra su corazón, sentía los dobleces sobre su pecho; y si Juan Valjean la hubiera visto en aquel momento, se habría estremecido ante aquella alegría luminosa y desconocida que brotaba de sus ojos.

--¡Oh, sí!--pensaba ella.--¡Es indudablemente él! ¡Esto es de él para mí!

Y creía que una intervención de los ángeles, que una casualidad celestial lo había puesto á su alcance.

¡Oh transfiguraciones del amor! ¡Oh sueños! Aquella casualidad celestial, aquella intervención de los ángeles, era la bolita de pan lanzada de un ladrón á otro ladrón; del patio de Carlomagno á la cueva de los Leones, por encima de los tejados de la Fuerza.

VI =Los viejos están hechos para ser oportunos=

Llegada la noche salió Juan Valjean, y Cosette se vistió.

Peinóse del modo que le sentaba mejor, y se puso un vestido, cuyo cuerpo había recibido una tijeretada más, y descubría por la escotadura el nacimiento del cuello; era, como dicen las jóvenes, «algo inocente».

No lo era en realidad, ni en grado mínimo, pero era más bonito que otro.

¡Se vistió de aquel modo sin saber por qué!

¿Quería salir? No.

¿Esperaba alguna visita? Tampoco.

Al anochecer bajó al jardín. La tía Santos estaba ocupada en la cocina, que daba al patio de detrás.

Empezó á pasear bajo los árboles, separando las ramas de cuando en cuando con la mano, porque las había muy bajas.

Así llegó al banco. Allí estaba todavía la piedra.

Sentóse, y dejó caer su blanca mano sobre la piedra, como si quisiese acariciarla y manifestarle agradecimiento.

De pronto sintió esa impresión indefinible que experimentamos aún sin ver, cuando está detrás de nosotros alguien de pie.

Volvió la cabeza, y se levantó. Era él.

Tenía la cabeza descubierta; parecía pálido y flaco; apenas se distinguía su traje negro.

El crepúsculo blanqueaba su hermosa frente, y cubría sus ojos de tinieblas.

Tenía algo propio de la muerte y de la noche, bajo un velo de incomparable dulzura.

Su rostro aparecía iluminado por la claridad del día que muere, y por el pensamiento de un alma que se va.

Parecía que no era aún fantasma; pero que no era ya hombre.

Su sombrero estaba caído á algunos pasos entre la yerba.

Cosette, próxima á desfallecer, no dió ni un grito.

Retrocedió lentamente, porque se sentía atraída.

Él no se movió. Cosette sentía la mirada de sus ojos, que no podía distinguir entre el velo inefable y triste que le rodeaba.

Cosette, al retroceder, encontró un árbol y se apoyó en él; sin aquel árbol, hubiera caído al suelo.

Entonces oyó su voz, aquella voz que realmente no había oído nunca, y que apenas sobresalía del susurro de las hojas, y que murmuraba:

--Perdonadme, aquí estoy. Tengo el corazón henchido; no podía vivir como estaba, y he venido. ¿Habéis leído lo que he puesto en ese banco? ¿Me conocéis? No tengáis miedo de mí. ¿Os acordáis de aquel día, hace ya mucho tiempo, en que me mirasteis? Fué en el Luxemburgo, junto al Gladiador. ¿Y del día que pasasteis cerca de mí? El 16 de junio y el 2 de julio, hace cerca de un año. ¡Cuánto tiempo he pasado sin veros!

«He preguntado á la alquiladora de sillas, y me ha dicho que ya no os veía. Vivíais en la calle del Oeste en un tercer piso de una casa nueva; ya veis que lo sé. Yo os seguía. ¿Qué había de hacer? Después desaparecisteis. Creí veros pasar una vez cuando estaba yo leyendo los periódicos bajo los arcos del Odeón, y corrí; pero no, era una joven que llevaba un sombrero como el vuestro.

«Por la noche vengo aquí. No temáis, nadie me ve; vengo á mirar de cerca vuestras ventanas. Ando muy quedo para que no lo oigáis, porque podríais tener miedo. La otra noche estaba detrás vuestro; os volvisteis y huí. Una vez os oí cantar, y fuí dichoso. ¿Os incomoda que os oiga cantar á través de las persianas? Esto no os molesta, ¿verdad?

«Ya lo veis, sois mi ángel; dejadme venir; creo que me voy á morir. ¡Sí supierais! ¡Os adoro! Perdonadme; os hablo, y no sé lo que os digo. Os incomodo tal vez. ¿Es verdad que os incomodo?».

--¡Oh, madre mía!--dijo Cosette.

Y se dobló sobre sí misma como si se muriera.

Él la cogió; ella desfallecía. Tomóla en sus brazos, la apretó estrechamente sin tener conciencia de lo que hacía, y la sostuvo vacilante.

Estaba como si tuviese la cabeza llena de humo; veía pasar relámpagos ante sus ojos; sus ideas se desvanecían; le parecía que realizaba un acto religioso, y que cometía una profanación.

Por lo demás, no experimentaba el menor deseo hacia aquella mujer seductora, cuyas formas sentía sobre su pecho.

Estaba perdido de amor.

Le tomó una mano y se la puso sobre el corazón.

Sintió el papel que tenía allí, y balbuceó:

--¿Me amabais pues?

Cosette respondió en una voz tan baja, que no era sino un suspiro casi imperceptible:

--¡Cállate; ya lo sabes!

Y ocultó su frente ruborizada en el pecho del joven altivo y embriagado.

Cayó él sobre el banco, y ella á su lado.

No tenían ya palabras.

Las estrellas empezaban á brillar.

¿Cómo fué que sus labios se encontraron?

¿Cómo es que el pájaro canta, que la nieve se funde, que la rosa se abre, que mayo extiende su fragancia, que el alba blanquea detrás de las negras arboledas en la cumbre ondulante de las colinas?

Un beso; esto fué todo.

Los dos se estremecieron, y se miraron en la sombra con ojos deslumbradores.

No sentían ni el frío de la noche, ni la frialdad de la piedra, ni la humedad de la tierra, ni la yerba mojada. Se miraban, y tenían el corazón lleno de pensamientos.

Se habían cogido las manos sin saberlo.

Ella no le preguntaba nada; no pensaba ni aún por dónde había entrado, y cómo había penetrado en el jardín.

¡Le parecía ya tan sencillo que estuviese allí!

De cuando en cuando la rodilla de Mario tocaba la rodilla de Cosette, y ambos se estremecían.

Por intervalos, Cosette tartamudeaba alguna palabra vaga.

Su alma temblaba en sus labios como una gota de rocío en una flor.

Poco á poco se hablaron.

La expansión sucedió al silencio, que es la plenitud.

La noche brillaba serena y espléndida sobre sus cabezas.

Aquellos dos seres puros como dos espíritus, se lo dijeron todo; sus sueños, sus felicidades, sus éxtasis, sus quimeras, sus desfallecimientos; cómo se habían adorado de lejos, cómo se habían deseado, y su desesperación cuando habían dejado de verse.

Se confiaron en una intimidad ideal, que nada podía aumentar lo que tenían más oculto y misterioso.

Se contaron con una fe cándida en sus ilusiones todo lo que el amor, la juventud y el resto de la infancia que había en ellos les hacía pensar.

Aquellos dos corazones se derramaron uno en otro, de modo que al cabo de una hora, él poseía el alma de ella y ella el alma de él.

Se compenetraron, se encantaron, se deslumbraron.

Cuando acabaron, cuando se lo hubieron dicho todo, ella reposó su cabeza en el hombro de Mario, y le preguntó:

--¿Cómo os llamáis?

--Me llamo Mario,--dijo él.--¿Y vos?

--Yo me llamo Cosette.

LIBRO SEXTO EL NIÑO GAVROCHE

I =Endiabladuras del viento=

Desde 1823, mientras que el bodegón de Montfermeil se obscurecía y desaparecía poco á poco, no en el abismo de una bancarrota, sino en la cloaca de las pequeñas deudas, los Thénardier habían tenido otros dos hijos, varones ambos. Con estos eran cinco, dos hembras y tres varones; lo cual era mucho.

La Thénardier se había desembarazado de los dos últimos, cuando eran aún pequeñitos, con una felicidad singular.

Hemos dicho desembarazado, y realmente ésta es la palabra, porque en aquella mujer no había más que un fragmento de naturaleza; fenómeno del que hay otros ejemplos.

Como la mariscala de Lamothe Houdancourt, la Thénardier sólo era madre para sus hijas.

Allí terminaba su maternidad.

Su odio al género humano empezaba en sus hijos; por el lado de éstos su maldad estaba, por así decirlo, cortada á pico, y su corazón tenía en este lugar una lúgubre escarpadura.

Como ya hemos visto, detestaba al mayor, y execraba á los otros dos.

¿Por qué? Porque sí.

El más terrible de los motivos, y la más indiscutible de las respuestas: Porque sí.

--No necesito una manada de chicos,--decía la tal madre.

Expliquemos cómo los Thénardier habían llegado á librarse de sus dos últimos hijos, y hasta á sacar provecho de ellos.

Aquella muchacha Magnon, de quien hemos hablado en otro lugar, era la misma que había conseguido sacar una pensión al buen señor Guillenormand para los dos hijos que tenía.

Vivía en el muelle de los Celestinos, en el ángulo de la antigua calle del Almizcle, que ha hecho lo posible por cambiar en buen olor su mala fama.

Muchos recordamos la gran epidemia del garrotillo que devastó hace treinta años los barrios ribereños del Sena en París, y de que la ciencia se aprovechó para experimentar en gran escala la eficacia de las insuflaciones de alumbre, tan útilmente reemplazadas hoy por la tintura externa de yodo.

En aquella epidemia la Magnon perdió en un mismo día sus dos hijos, pequeños aún, uno por la mañana y otro por la tarde.

Esto fué un gran golpe, porque aquellas criaturas eran muy necesarias á su madre; representaban ambas diez y seis duros al mes.

Estos diez y seis duros eran pagados exactamente en nombre del señor Guillenormand, por su procurador Barge, ujier ó alguacil retirado, que vivía en la calle del Rey de Sicilia.

Muertos los niños, la pensión quedaba enterrada.

La Magnon buscó un expediente.

En aquella tenebrosa masonería del mal, de que formaba parte, se guarda el secreto, y se prestan todos mutuo auxilio.

La Magnon necesitaba dos hijos, la Thénardier los tenía, y precisamente del mismo sexo, y de la misma edad.

Buen acomodo para la una, y una buena colocación para la otra.

Los hijos de la Thénardier se convirtieron en hijos de la Magnon.

Ésta se mudó del muelle de los Celestinos á la calle Clocheperce. En París la identidad que liga á un individuo á sí mismo se rompe de una calle á otra.

El estado civil, no advertido por nada, no reclamó, y la sustitución se hizo del modo más fácil del mundo.

Sólo la Thénardier exigió, por el préstamo de sus hijos, dos duros al mes, que la Magnon prometió, y aun pagó.

No hay que decir que el señor Guillenormand continuó pagando.

Cada seis meses iba á ver á los niños, y no notó el cambio.

--Señor,--le decía la Magnon,--¡cómo se os parecen!

El señor Guillenormand se encogía de hombros sonriendo.

Thénardier, que encontraba fáciles todos los disfraces, aprovechó esta ocasión para convertirse en Jondrette.

Sus dos hijas y Gavroche apenas habían tenido tiempo de notar que tenían dos hermanitos.

En cierto grado de miseria se apodera del alma una especie de indiferencia espectral, y se ve á los seres como larvas.

Las personas más allegadas aparecen á veces como vagas formas de la sombra, que apenas se distinguen del fondo nebuloso de la vida, confundiéndose fácilmente en lo invisible.

La noche del día en que había hecho entrega de sus dos hijos á la Magnon, con voluntad expresa de renunciar á ellos para siempre, la Thénardier había tenido, ó aparentado tener, un escrúpulo, y había dicho á su marido:

--¡Pero esto es abandonar á estas criaturas!

Thénardier, magistral y flemático, cauterizó el escrúpulo con esta sentencia:

--¡Juan Jacobo Rousseau hizo todavía más!

La madre pasó entonces del escrúpulo á la inquietud.

--¿Y si la policía nos persiguiese? Dime, amigo, ¿es esto permitido?

Thénardier respondió:

--Todo es permitido. Nadie verá en esto más que una trasparencia. Por otra parte, en muchachos que no tienen un sueldo, á nadie le importa mirar muy de cerca.

La Magnon era una especie de elegante del crimen. Se vestía con esmero.

Compartía su habitación, amueblada de una manera afectada y miserable, con una astuta ladrona inglesa afrancesada.

Esta inglesa, naturalizada parisiense, recomendable por sus buenas relaciones, íntimamente ligada á las medallas de la Biblioteca y á los diamantes de la actriz Mars, fué después célebre en los anales judiciarios. Llamábanla la señorita Miss.

Los dos niños que, por decirlo así, cayeron en suerte á la Magnon, no tuvieron de qué quejarse.

Recomendados por los diez y seis duros, estaban cuidados como todo lo que es explotado; no estaban mal vestidos ni mal alimentados; se les trataba como á unos «señoritos», mejor por su falsa madre que por la verdadera.

La Magnon se hacía la señora, y no hablaba en germanía delante de ellos.

Así pasaron algunos años.

Thénardier auguraba bien.

Un día que la Magnon le entregaba sus diez francos mensuales, le dijo:

--Será preciso que «el padre» les dé educación.

Pero de repente, aquellos dos pobres niños, bastante protegidos hasta allí, aun por su mala suerte, fueron lanzados bruscamente en la vida y obligados á empezar á recorrerla.

Un arresto en masa de malhechores como la de la covacha de Jondrette, que necesariamente había de complicarse con requisitorias y prisiones ulteriores, es un verdadero desastre para esa horrible contra-sociedad oculta, que vive bajo la sociedad pública; una aventura de ese género arrastra tras sí toda clase de derrumbamientos en ese mundo sombrío.

La catástrofe de los Thénardier produjo la catástrofe de la Magnon.

Un día, poco tiempo después que la Magnon hubo dado á Eponina el billete relativo á la calle Plumet, se verificó en la calle Clocheperce una repentina visita de la policía; la Magnon fué presa, lo mismo que la señorita Miss, y toda la vecindad, que era sospechosa, tuvo que pasar por la redada.

Los dos chiquitines estaban jugando en aquel momento en un patio, y no vieron nada de la catástrofe.

Cuando volvieron hallaron la puerta cerrada y la casa vacía.

Un zapatero de un portal de enfrente les llamó, y les dió un papel que su «madre» había dejado para ellos.

En el papel había escritas unas señas: Barge, recaudador de rentas, calle del Rey de Sicilia, número 8.

El hombre del portal les dijo:

--Ya no vivís ahí. Id allá. Está muy cerca. La primera calle á la izquierda. Preguntad el camino con este papel.

Los chicos se fueron, el mayor conduciendo al menor, y llevando el papel que debía guiarlos en la mano. Tenía frío; sus deditos hinchados se cerraban mal, y apenas sostenían el papel.

Al dar la vuelta de la calle Clocheperce, se lo arrancó una ráfaga de viento, y como caía la noche, el chiquillo no pudo encontrarle.

Comenzaron, por lo tanto, á vagar al azar por las calles.

II =Donde el pequeño Gavroche saca partido de Napoleón el Grande=

La primavera en París suele ser interrumpida por brisas ásperas y rudas, que le dejan á uno, no precisamente helado, pero sí aterido de frío; estas brisas, que entristecen los más hermosos días, causan el mismo efecto que aquellos soplos de aire glacial que penetran en un cuarto templado, por las rendijas de las ventanas ó por las puertas mal cerradas.

Parece que la sombría puerta del invierno se ha quedado entreabierta, y deja penetrar el aire.

En la primavera de 1832, época en que apareció la primera gran epidemia de este siglo en Europa, aquellas brisas fueron más acres y punzantes que nunca; era que estaba medio abierta una puerta más fría aún que la del invierno; era la puerta del sepulcro.

Sentíase en las tales brisas el aliento del cólera.

Bajo el punto de vista meteorológico, estos vientos fríos tenían de particular que no excluían una fuerte tensión eléctrica; y estallaron en aquella época frecuentes tempestades acompañadas de relámpagos y truenos.

Una tarde en que estas brisas soplaban rudamente, de modo que parecía haber vuelto el mes de enero, y las gentes se habían vuelto á poner los abrigos, el niño Gavroche, temblando siempre alegremente de frío bajo sus harapos, estaba de pie y como en éxtasis delante de una peluquería de los alrededores del Olmo de San Gervasio.

Llevaba un pañuelo de lana de mujer, sacado de no sabemos dónde, el cual había habilitado de tapa-bocas; parecía que estaba admirando profundamente una figura de cera escotada y adornada con flores de azahar, que daba vueltas en el escaparate, mostrando su sonrisa á los transeúntes entre dos quinqués; pero en realidad observaba la tienda para ver si podía «birlar» del escaparate una pastilla de jabón, que iría á vender enseguida por dos sueldos á un «peluquero» de las afueras.

Muchos días almorzaba con una de aquellas pastillas, y llamaba á este género de trabajo, para el cual tenía cierto talento, «hacer la barba á los barberos».

Contemplando, pues, la novia de cera y flechando á la vez la pastilla, decía entre dientes:

--Martes. No es martes. ¿Es acaso martes? Quizá es martes. Sí, martes es.

Nunca se ha sabido á qué se refería este monólogo.

Si por casualidad se refería á la última vez que había comido, hacía ya tres días, porque era viernes.

El barbero en su tienda, templada por una buena chimenea, afeitaba á un parroquiano, y dirigía de cuando en cuando una mirada de soslayo á aquel enemigo, á aquel pilluelo helado y descarado que tenía las dos manos en los bolsillos, pero el espíritu evidentemente desenvainado.

Mientras que Gavroche examinaba la figura, el escaparate y los jabones de Windsor, dos niños, de estatura desigual, vestidos con esmero y menores que él, uno como de siete años, y otro de cinco, hicieron girar tímidamente el picaporte y entraron en la tienda pidiendo algo, una limosna quizá, con un murmullo lastimero, que parecía más bien un gemido que una súplica.

Hablaban ambos á la vez, y sus palabras eran ininteligibles, porque los sollozos ahogaban la voz del menor, y el frío hacía temblar los dientes del mayor.

El barbero se volvió con rostro airado, y sin abandonar la navaja, empujando al mayor con la mano izquierda, y al pequeño con la rodilla, los echó á la calle y cerró la puerta, diciendo:

--¡Venir á enfriarnos para nada!

Los dos niños volvieron á emprender su marcha llorando.

Á todo esto había sobrevenido una nube, y comenzaba á llover.

Gavrochillo, corrió detrás de ellos, les alcanzó, y les dijo:

--¿Qué os pasa, muchachos?

--No sabemos dónde dormir,--respondió el mayor.

--¿Y es eso todo? ¡Vaya una gran cosa! ¿Y lloras por eso? ¡Tontuelos!

Y tomando, á través de su superioridad algo burlona, cierto acento de tierna autoridad y dulce protección, añadió:

--Monigotes, veníos conmigo.

--Sí, señor,--prorrumpió el mayor.

Y los dos niños le siguieron, como hubieran podido seguir á un arzobispo, dejando de llorar.

Gavroche les hizo subir por la calle de San Antonio en dirección de la Bastilla.

Y al tiempo que se alejaba, dirigió una mirada indignada y retrospectiva á la peluquería.

--No tiene corazón ese bacalao,--murmuró;--es un inglesote.

Una muchacha, que vió marchar á los tres en fila y Gavroche á la cabeza, soltó una ruidosa carcajada.

Esta risa era una falta de respeto al grupo.

--Buenos días, señorita Ómnibus,--díjole Gavroche.

Y un instante después, acordándose del peluquero, añadió:

--He equivocado la bestia; no es un bacalao, sino una serpiente. Peluquero, ya buscaré un herrero y haré que te ponga un cascabel en la cola.

Aquel peluquero, le había vuelto agresivo, y apostrofó, saltando un arroyo, á una portera barbuda y digna de encontrar á Fausto en el Brocken, la cual tenía su escoba en la mano.

--Señora,--le dijo,--¿salís vos con vuestro caballo?

Y al mismo tiempo salpicó de lodo las botas charoladas de un transeúnte.

--¡Bribón!--exclamó el transeúnte furioso.

Gavroche asomó la nariz por sobre el tapa-bocas.

--¿Se queja el señor?

--¡De ti!--dijo el transeúnte.

--Se ha cerrado el despacho,--dijo Gavroche,--y ya no admito reclamaciones.

Entretanto, como seguían subiendo la calle, descubrió bajo una puerta cochera á una mendiga de trece á catorce años, helada, y con un vestido tan corto, que apenas le llegaba á la rodilla.

La chica empezaba á ser ya grandullona para ello.

El crecer suele jugar esas malas pasadas; el vestido se hace corto, precisamente en el momento en que la desnudez se hace indecente.

--¡Pobre chica!--dijo Gavroche. Ni pantalones lleva. Toma esto, al menos.

Y quitándose el pañuelo de lana que le abrigaba el cuello, lo echó sobre los demacrados y amoratados hombros de la pobre, con lo que el tapa-bocas volvió á ser pañuelo.

La chicuela le contempló asombrada, y aceptó el pañuelo sin decir nada.

En cierto grado de infelicidad, el pobre en su estupor no llora ya el mal que siente, ni agradece tampoco el bien que recibe.

Hecho esto:

--¡Birr!--dijo Gavroche, estremeciéndose más que san Martín, quien al menos se quedó con la mitad de su capa.

Después de este ¡birr! redobló con furia el turbión. Malos cielos hay que castigan las buenas acciones.

--¡Ah!--exclamó Gavroche.--¿Qué significa esto? Llueve otra vez. Buen Dios, si esto sigue así, retiro mi abono.

Y siguió su camino.

--Es igual,--dijo después, echando una mirada á la pobre que se arrebujaba en el pañuelo; ahí está ésa, que tiene una magnífica tela de cebolla.

Y mirando á la nube, gritó:

--¡Petardo!

Los dos niños seguían detrás de él.

Al pasar por delante de uno de esos estrechos enrejados de alambre que indican una panadería, porque el pan se pone como el oro entre rejas de hierro, se volvió Gavroche, y dijo:

--¡Ah, monigotes! ¿Se ha comido ya?

--Señor,--respondió el mayor,--no hemos comido nada desde esta mañana.

--¿No tenéis, pues, ni padre ni madre?--repuso majestuosamente Gavroche.

--Si tal, señor; tenemos papá y mamá, pero no sabemos dónde están.

--Á veces vale más eso que saberlo,--dijo Gavroche, que era todo un pensador.

--Ya hace dos horas,--continuó el mayor,--que estamos andando. Hemos buscado algo que comer en los rincones, y no hemos encontrado nada.

--Lo sé,--dijo Gavroche.--Los perros se lo comen todo.

Y continuó después de un momento de silencio:

--¡Ah! Hemos perdido á los autores de nuestros días. No sabemos qué hemos hecho de ellos. Esto no está bien, picarillos. Es muy tonto eso de perderse como personas mayores. ¡Ah! Sin embargo, es preciso aguzar.

Por lo demás, no les hizo ninguna pregunta. ¿Hay nada más sencillo que no tener domicilio?

El mayor de los dos niños, entregado ya casi por completo á la pronta indiferencia de la infancia, exclamó:

--Pero es extraño, sin embargo. Mamá nos había dicho que nos llevaría á comprar romero bendito el domingo de Ramos.

--¡Novatos!--respondió Gavroche.

--Mamá,--añadió el mayor,--es una señora que vive con la señorita Miss.

--Como suena,--replicó Gavroche.

En esto se había parado, y andaba hacía rato tentando y registrando todos los rincones que tenía en sus andrajos.

Por fin, levantó la cabeza con una expresión que quería parecer satisfecha, pero que en realidad era triunfante.

--Calma, monines. Ya tenemos con qué cenar los tres.

Y sacó de uno de sus bolsillos un sueldo.

Y sin dejar á los chicos tiempo para alegrarse, los empujó delante de sí hacia la tienda de un panadero, y puso el sueldo sobre el mostrador, gritando:

--¡Mozo! cinco sueldos de pan.

El panadero, que era el amo en persona, cogió un pan y un cuchillo.

--¡En tres pedazos, mozo!--gritó Gavroche.

Añadiendo con dignidad:

--Somos tres.

Y viendo que el panadero, después de haber examinado á los tres comensales, había tomado un pan moreno, metióse profundamente el dedo en la nariz, con una aspiración tan imperiosa como si tuviese entre los dedos un polvo de tabaco de Federico el Grande, y dirigió al rostro del panadero este apóstrofe indignado:

--¿Kek se kça?

Los lectores que crean ver en esta interpelación de Gavroche una palabra rusa ó polaca, ó uno de esos gritos salvajes que los Yoways y los Botocudos se dirigen de una orilla á otra del río, al través de las soledades, deben saber que no pasa de ser una frase que dicen todos los días ellos (nuestros lectores), y que ocupa el lugar de esta otra: «¿qué es eso?».

El panadero comprendió perfectamente, y respondió:

--¿Qué? Es pan; pan muy bueno de segunda clase.

--Pan negro, habéis querido decir,--replicó Gavroche, tranquilo y fríamente desdeñoso.--¡Pan blanco, mozo! Pan jabonado. Yo convido.

El panadero no pudo dejar de reirse, y cortando el pan blanco, quedóse mirándoles de una manera compasiva, que chocó á Gavroche.

--¡Ah, pastelero!--dijo éste.--¿Qué nos estáis midiendo?

Puestos los tres cabo á cabo, apenas medían seis pies.

Cuando hubo cortado el pan, guardóse el panadero el sueldo, y Gavroche dijo á los dos niños:

--Jamad.

Los chicos le miraron sorprendidos.

Gavroche se echó á reir.

--¡Calla! Es verdad; no entienden todavía. ¡Son tan pequeños!

Y repuso:

--Comed.

Al mismo tiempo dió á cada uno un pedazo de pan.

Y pensando que el mayor, que le parecía más digno de su conversación, merecía alguna distinción especial, y debía perder todo temor para satisfacer su apetito, le dijo, dándole el mayor pedazo:

--Echa ese cartucho en el fusil.

Había un pedazo más pequeño que los otros dos, y se quedó con él.

Los pobres niños estaban hambrientos. Gavroche lo conoció.

Mientras comían el pan con buenos dientes ocupaban la panadería, cuyo dueño, después de haber cobrado, los contemplaba de no muy buena gana.

--Volvamos á la calle,--dijo Gavroche.

Y tomaron la dirección de la Bastilla.

De cuando en cuando, al pasar por delante de las tiendas iluminadas, el más pequeño se detenía para ver la hora en un reloj de plomo, que llevaba colgado del cuello en un cordón.

--Es verdaderamente un tontuelo,--decía Gavroche.

Y después, murmuraba pensativo entre dientes:

--Es igual. Si tuviese yo monigotes, les ataría más corto.

Cuando iban ya acabando el pedazo de pan, llegaban al ángulo de aquella lúgubre calle de los Bailes, en cuyo fondo se descubre el postigo bajo y repulsivo de la cárcel de la Fuerza.

--¡Calla! ¿Eres tú, Gavroche?--preguntó alguien.

--¡Calla! ¿Eres tú, Montparnasse?,--dijo Gavroche.

Era un hombre que acababa de abordar al pilluelo, y el cual no era otro que Montparnasse, disfrazado con anteojos azules, pero no desfigurado para Gavroche.

--¡Diablo!--prosiguió Gavroche.--Lleva un pelaje color de cataplasma de harina de linaza, y anteojos azules como un médico. ¡Tienes apariencia, palabra de viejo!

--Chist,--prorrumpió Montparnasse,--no tan alto.

Y se llevó vivamente á Gavroche lejos de la luz de las tiendas.

Los dos chiquitines seguían maquinalmente cogidos de la mano.

Cuando estuvieron bajo la obscura archivolta de una puerta-cochera, al abrigo de las miradas y de la lluvia, le preguntó Montparnasse:

--¿Sabes adónde voy?

--Á la abadía de Monte á Regret[2],--le contestó Gavroche.

--¡Farsante!

Y Montparnasse añadió:

--Voy á buscar á Babet.

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