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Los miserables - Tomo 2 (de 2) (part 2 of 4)

Part 2 of 4 · Hugo, Victor · Public domain text

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Los miserables - Tomo 2 (de 2) (part 2 of 4)

--¡Ah!--exclamó Gavroche;--ahora se llama Babet.

Montparnasse bajó la voz:

--No ella, sino él.

--¡Ah! ¡Babet!

--¡Sí! ¡Babet!

--Yo le creía á la sombra.

--Salió á la luz,--respondió Montparnasse.

Y contó rápidamente el pilluelo que aquella misma mañana Babet había sido trasladado á la Conserjería; y se había escapado, tomando la izquierda en vez de tomar la derecha en el «corredor de instrucción».

Gavroche admiró esta habilidad.

--¡Vaya un saca muelas!--dijo.

Montparnasse añadió algunos pormenores sobre la evasión de Babet, y concluyó diciendo:

--¡Oh! No es esto todo.

Gavroche, mientras escuchaba había cogido un bastón que Montparnasse llevaba en la mano, y tirando maquinalmente de la parte superior apareció la hoja de un puñal.

--¡Ah!--prorrumpió, rechazando vivamente el puñal,--has traído tu gendarme disfrazado de paisano. Montparnasse guiñó el ojo.

--¡Caramba!--añadió Gavroche.--¿Vas á agarrarte con los corchetes?

--No lo sé,--respondió Montparnasse con aire indiferente.--Siempre es bueno llevar un alfiler por si acaso.

Gavroche insistió:

--¿Qué vas á hacer esta noche?

Montparnasse tomó de nuevo el tono grave, y dijo mascando las sílabas:

--Negocios.

Y cambiando bruscamente de conversación:

--¡Á propósito!

--¿Qué?

--Una aventura que me pasó el otro día. Figúrate que me encuentro á un individuo; me regala un sermón y la bolsa. Meto ésta en la faltriquera, y un minuto después registro en la faltriquera, y ya no había nada.

--Más que el sermón,--añadió Gavroche.

--Pero, y tú,--repuso Montparnasse,--¿adónde vas ahora?

Gavroche le señaló sus dos protegidos, y dijo:

--Voy acostar á estos chicos.

--¿Acostarlos á dónde?

--En mi casa.

--¿Cómo en tu casa?

--En mi propia casa.

--¿Tienes tu casa?

--¡Vaya si la tengo! Estoy domiciliado.

--¿Y dónde?

--En el elefante,--dijo Gavroche.

Montparnasse, aunque de carácter poco asustadizo, no pudo contener una exclamación:

¡En el elefante!

--¿Y qué? ¡Sí, en el elefante!--respondió Gavroche.--¿Kekçaa?

Esta es otra palabra de una lengua que nadie escribe y que todo el mundo habla. Kekçaa significa: ¿Y por qué no?

La profunda observación del pilluelo volvió la calma y el buen sentido á Montparnasse, quien pareció tener ya mejor concepto respecto á la habitación de Gavroche.

--¡En rigor!--dijo.--Sí, el elefante. ¿Y se está bien allí?

--Muy bien,--respondió Gavroche. Allí, en verdad, no hay aires colados como debajo de los puentes.

--¿Y cómo entras?

--Entrando.

--¿Hay entonces algún agujero?--preguntó Montparnasse.

--¡Cáspita! Pero no se debe decir. Entre las patas delanteras. Los soplones no lo han visto aún.

--Y tú trepas. Ya comprendo.

--Un cambio de mano, cric, crac, y está hecho; luego nadie.

Después de un momento de silencio, añadió Gavroche:

--Para estos pequeñuelos buscaré una escalera.

Montparnasse se echó á reir.

--¿Dónde diablos te has encontrado esos mochuelos?

Gavroche respondió con sencillez:

--Son unos monigotes que me ha regalado un peluquero.

Entre tanto, Montparnasse se había quedado pensativo.

--Me has conocido con facilidad,--murmuró.

Sacó del bolsillo dos objetos pequeños, que no eran más que dos cañones de pluma rodeados de algodón, y se introdujo uno en cada ventana de la nariz.

Esto le transformaba la nariz por completo.

--Eso te cambia,--dijo Gavroche.--Así estás menos feo. Deberías ir siempre de ese modo.

Montparnasse era un guapo mozo; pero Gavroche era un burlón.

--Sin que te rías,--dijo Montparnasse,--¿qué tal te parezco?

Había variado el timbre de su voz.

En un momento, Montparnasse se hallaba desconocido.

--¡Oh!... Haznos el «polichinela»,--exclamó Gavroche.

Los niños, que no habían oído nada hasta entonces, y que estaban ocupados en meterse los dedos en la nariz, se aproximaron al oir este nombre y miraron á Montparnasse con un principio de alegría y de admiración.

Desgraciadamente, Montparnasse estaba pensativo.

Puso la mano en el hombro de Gavroche, y le dijo, acentuándolas bien, estas palabras:

--Oye lo que te digo, muchacho; si me encontrase en la plaza con mi dogo, mi daga y mi diga, y vinieses á prodigarme diez buenos sueldos, me dignaría ganarlos, porque no soy el jueves lardero.

Esta frase extraña produjo en el pilluelo un singular efecto.

Volvióse con presteza, miró á su alrededor con sus ojuelos brillantes, y descubrió á algunos pasos un agente de policía que estaba de espaldas.

Gavroche dejó escapar un «¡Ah, entiendo!» que reprimió enseguida, y dijo sacudiendo la mano de Montparnasse:

--Pues bien, buenas noches, me voy á mi elefante con mis monines. Por si acaso alguna noche me necesitas, ven á buscarme allí. Vivo en el entresuelo, no hay portero; preguntarás por el señor Gavroche.

--Está bien,--contestó Montparnasse.

Y se separaron, dirigiéndose Montparnasse hacia la Grève; y Gavroche hacia la Bastilla.

El pequeñuelo de cinco años, arrastrado por su hermano, que era arrastrado á su vez por Gavroche, volvió varias veces la cabeza para ver marcharse á «Polichinela».

La frase enigmática con que Montparnasse había avisado á Gavroche la presencia de un agente de policía, no contenía más secreto que la asonancia dig repetida algunas veces de diverso modo.

Esta sílaba dig, no pronunciada aisladamente, sino mezclada artísticamente con las palabras de una frase, quiere decir: Alerta, que no se puede hablar con libertad.

Había, además, en las palabras de Montparnasse una belleza literaria que no observó Gavroche: la frase mi dogo, mi daga y mi diga, locución de la germanía ó jerigonza del Temple, que significa mi perro, mi puñal y mi mujer, muy usada entre los pillos y granujas del gran siglo en que escribía Molière y dibujaba Callot.

Hace veinte años se veía aún en el ángulo sudeste de la plaza de la Bastilla, cerca del remanso del canal formado en el antiguo foso de la cárcel ciudadela, un extraño monumento que se ha borrado ya de la memoria de los parisienses, y que merecía haber dejado alguna huella, porque era una idea del «miembro del instituto, general en jefe del ejército de Egipto».

Decimos monumento, aunque no era más que un maniquí; pero este maniquí, boceto prodigioso, cadáver grandioso de una idea de Napoleón, á la que dos ó tres vendavales sucesivos habían empujado y llevado cada vez más lejos de nosotros, habíase hecho ya histórico, y había tomado un carácter definitivo, que contrastaba con su aspecto provisional.

Era un elefante de cuarenta pies de alto, construido de madera y mampostería; tenía encima su torre, que parecía una casa, pintada primitivamente de verde por un pintor de brocha gorda, y después de negro por el cielo, la lluvia y el tiempo.

En aquel ángulo deshabitado y descubierto de la plaza, la ancha frente del coloso, su trompa, sus colmillos, su torre, su enorme grupa, sus cuatro pies semejantes á otras tantas columnas, dibujaban por la noche en el cielo estrellado un perfil sorprendente y terrible.

No se sabía lo que significaba; era una especie de símbolo de la fuerza popular; era una cosa sombría, enigmática é inmensa; era un fantasma poderoso y visible, y de pie, al lado del espectro invisible de la Bastilla.

Pocos extranjeros visitaban aquel edificio; ningún transeúnte se fijaba en él.

Caía ya en ruinas; en cada estación, los pedazos de yeso que se desprendían de sus costados, le producían llagas feísimas. «Los ediles», como se dicen en jerigonza elegante, le habían olvidado desde 1814.

Y allí estaba en su rincón, triste, enfermo, ruinoso, rodeado de una empalizada consumida, y manchada á cada instante por cocheros borrachos; muchas grietas le cruzaban el vientre; de la cola le salía un madero, y entre sus piernas crecían altas yerbas; y como el nivel de la plaza se elevaba hacía treinta años alrededor por ese movimiento lento y continuo que levanta insensiblemente el piso de las grandes ciudades, estaba en un hoyo, pareciendo que la tierra se hundía bajo su peso.

Era inmundo, despreciado, repugnante y soberbio: feo á los ojos del habitante, melancólico á los ojos del pensador.

Tenía algo de la basura que se va á barrer y algo de la majestad que se va á decapitar.

Como ya hemos dicho, por la noche cambiaba de aspecto.

La noche es el verdadero centro de todo lo que es sombra.

Desde la caída del crepúsculo, el viejo elefante se transfiguraba; tomaba una figura tranquila y temerosa, en la formidable serenidad de las tinieblas.

Como pertenecía á lo pasado, le convenía la noche; la obscuridad sentaba bien á su grandeza.

Este monumento, rudo, abultado, pesado, áspero, austero, casi deforme, pero seguramente majestuoso, y lleno de cierta gravedad magnífica y salvaje, ha desaparecido para dejar reinar en paz la especie de estufa gigantesca, adornada con su cañón que ha reemplazado á la sombría fortaleza de nueve torres, como reemplaza la clase media al feudalismo.

Es cosa muy sencilla que una chimenea sea el símbolo de una época, cuyo poder está contenido en una marmita.

Esta época pasará, va pasando ya; se principia á comprender que si puede haber fuerza en una caldera, no puede haber poder más que en un cerebro; ó en otros términos, que lo que mueve y arrastra al mundo no son las locomotoras, son las ideas.

Uncid las locomotoras á las ideas; está bien, pero no toméis al caballo por el jinete.

En fin; el hecho es, volviendo á la plaza de la Bastilla, que el arquitecto del elefante había hecho con yeso una cosa grande, y el arquitecto del cañón de chimenea ha conseguido únicamente hacer con bronce una cosa pequeña.

Este cañón de chimenea, que ha sido bautizado con el pomposo nombre de Columna de Julio; este monumento, hijo de una revolución abortada, estaba rodeado todavía en 1832 de una inmensa camisa de madera, que por nuestra parte echamos de menos, y de una vasta empalizada de tablas, que acababa de aislar al elefante.

Hacia este rincón de la plaza, apenas iluminado por el reflejo de un lejano farol, se dirigió el pilluelo con los dos «monigotes».

Permítasenos detenernos aquí un instante, y recordar que estamos entre la simple realidad; que hace veinte años los tribunales correccionales juzgaron por delito de vagancia, y desperfectos de un monumento público, á un muchacho que había sido sorprendido durmiendo en el interior del elefante de la Bastilla.

Consignado este hecho, sigamos refiriendo.

Al llegar cerca del coloso, Gavroche comprendió el efecto que lo infinitamente grande podía producir en lo infinitamente pequeño, y dijo:

--¡Muñecos, no tengáis miedo!

Después entró por el hueco de la empalizada en el recinto que ocupaba el elefante, y ayudó á los niños á pasar la brecha.

Los dos niños, algo asustados, seguían á Gavroche sin decir una palabra, y se entregaban á aquella pequeña providencia harapienta que les había dado pan y les había prometido albergue.

Había en el suelo una escalera de mano, que servía de día á los trabajadores de una obra inmediata.

Gavroche la levantó con singular vigor, y la aplicó contra una de las patas delanteras del elefante.

Hacia el punto en que terminaba la escalera, se distinguía un agujero negro en el vientre del coloso.

Gavroche enseñó la escalera y el agujero á sus huéspedes, y les dijo:

--Subid y entrad.

Los dos chiquillos se miraron aterrorizados.

--¡Tenéis miedo, monigotes!--exclamó Gavroche.

Y añadió:

--Vais á ver.

Agarróse al pie rugoso del elefante, y en un abrir y cerrar de ojos, sin dignarse hacer uso de la escala, llegó á la rendija; entró por ella como una culebra que se desliza por una hendidura, desapareció, y un momento después, los dos niños vieron aparecer vagamente una forma blanquecina y pálida; era su cabeza, que asomaba al borde del tenebroso agujero.

--¡Eh!--gritó.--¡Subid ahora, muñequillos! ¡Ya veréis qué bien se está aquí!

--Sube tú,--añadió, dirigiéndose al mayor;--yo te daré la mano.

Los chicos se dieron con los hombros; el pilluelo les infundía miedo y confianza á un tiempo, y luego llovía muy fuerte.

El mayor se arriesgó, y el pequeño, viendo subir á su hermano, y que se quedaba solo entre las patas de aquel enorme animal, estuvo á punto de llorar; pero no se atrevió.

El grande subía temblando por los peldaños de la escalera; Gavroche mientras tanto le animaba con las exclamaciones de un maestro de armas á sus discípulos, ó de un carretero á las mulas:

--¡No tengas miedo!

--¡Así, así!

--¡Adelante!

--¡Pon ahí el pie!

--¡Daca la mano!

--¡Valiente!

Y cuando estuvo á su alcance le cogió repentina y vigorosamente por el brazo, y le atrajo á sí.

--¡Ya te has colado!--le dijo.

El chiquillo había pasado el agujero.

--Ahora,--dijo Gavroche,--aguardad. Caballero, tenga usted la bondad de sentarse.

Y saliendo por la rendija como había entrado, se deslizó con la agilidad de un tití por la pata del elefante, cayendo de pie sobre la yerba, cogió el pequeñuelo de cinco años por mitad del cuerpo, y le plantó en medio de la escalera.

Después empezó á subir detrás de él, gritándole al mayor:

--Yo le empujo: cógele tú.

En un instante fué subido el chiquillo, empujado, arrastrado, metido por el agujero sin que tuviese tiempo de darse cuenta de nada; Gavroche, que entró detrás de él, pegó una patada á la escalera, que cayó sobre la yerba, dió entonces una palmada y gritó:

--¡Ya estáis aquí! ¡Viva el general Lafayette!

Pasada esta explosión, añadió:

--¡Cominillos, estáis en mi casa!

Gavroche estaba, en efecto, en su casa.

¡Oh utilidad increíble de lo inútil! ¡Caridad de todo lo grande! ¡Bondad de los gigantes!

Aquel monumento desmesurado, que había contenido un pensamiento del emperador, se había convertido en la jaula de un pilluelo.

El muñeco había sido adoptado y abrigado por el coloso.

Los burgueses endomingados que pasaban los días de fiesta por delante del elefante de la Bastilla, decían midiéndole con la vista al nivel de su cabeza con cierto desprecio:

--¿De qué sirve eso?

Pues servía para proteger del frío, de la escarcha, del granizo y de la lluvia, para librar del aire del invierno, para preservar del sueño sobre el lodo que produce la fiebre, y del sueño sobre la nieve que produce la muerte, á un pequeño ser sin padre ni madre, sin pan, sin ropa, sin asilo.

Servía para recoger al inocente que la sociedad rechazaba.

Servía para remediar en algo una falta pública.

Era una cueva abierta para el que encontraba cerradas todas las puertas.

Parecía que el viejo y miserable mastodonte, invadido por los gusanos y por el olvido, cubierto de verrugas, de mataduras y de úlceras, vacilante, carcomido, abandonado, condenado; especie de mendigo colosal que pedía en vano la limosna de una mirada benévola en medio de aquella explanada, había tenido lástima de aquel otro mendigo, del pobre pigmeo que andaba descalzo, sin techo bajo el cual cobijarse, soplándose los dedos, vestido de harapos, alimentándose de desperdicios.

Véase de qué servía el elefante de la Bastilla.

Aquella idea de Napoleón, despreciada por los hombres, había sido acogida por Dios.

Lo que sólo hubiera sido ilustre, se había hecho augusto.

El emperador habría necesitado para realizar lo que meditaba, el pérfido, el bronce, el hierro, el oro, el mármol; á Dios le bastaba aquella vieja trabazón de tablas, vigas y yeso.

El emperador había tenido un pensamiento digno del genio; con aquel elefante titánico, armado, prodigioso, elevando su trompa, llevando su torre, y haciendo salir de todas partes á su alrededor aguas alegres y vivificantes, quería formar la encarnación del pueblo. Dios había hecho una cosa más grande; alojaba allí á un niño.

El agujero por donde Gavroche había entrado era una rendija visible apenas por fuera, porque estaba oculta, como hemos dicho, bajo el vientre del elefante; y era tan estrecha, que sólo gatos y chiquillos pudieran pasar por ella.

--Empecemos,--dijo Gavroche,--por decir al portero que no estamos en casa.

Y penetrando en lo obscuro, con la seguridad del que conoce su casa, tomó una tabla y tapó el agujero.

Gavroche volvió á internarse en la obscuridad.

Los niños oyeron el chirrido del palito azufrado sumergido en la botellita fosfórica.

Las cerillas con fósforo no se conocían aún; el eslabón Fumade representaba en aquella época el progreso.

Una claridad súbita les hizo cerrar las ojos; Gavroche acababa de encender una de esas sogas impregnadas de resina que se llaman hachas de viento.

El hacha, que despedía más humo que luz, hacía confusamente visible lo interior del elefante.

Los dos huéspedes de Gavroche miraron en torno suyo, y experimentaron algo semejante á lo que sentiría quien se viese encerrado en el gran tonel de Heidelberg, ó más bien, lo que debió experimentar Jonás en el vientre de la ballena bíblica.

Se les aparecía un esqueleto gigantesco y los envolvía.

En lo alto, una gruesa viga obscura, de la cual partían de distancia en distancia macizas viguetas cintradas, figuraba la columna vertebral con las costillas; estalactitas de yeso colgaban como vísceras, y de un lado á otro vastas telarañas hacían el efecto de polvorosos diafragmas.

Veíanse aquí y allí, en los rincones, grandes manchas negruzcas, que parecían dotadas de vida, y que se agitaban rápidamente con movimiento brusco y asustadizo.

Los pedazos caídos del dorso del elefante sobre el fondo del vientre habían llenado la concavidad, de modo que se podía caminar sobre ellos como sobre un tablado.

El menor de los niños se arrimó á su hermano, y dijo á media voz:

--¡Qué obscuridad!

Esta frase llamó la atención de Gavroche.

El aspecto petrificado de los dos niños hacía necesaria una explosión:

--¿Qué estáis diciendo?--exclamó.--¡Cómo se entiende! ¿Es cosa de burlas? ¿Nos hacemos los descontentos? ¿Necesitáis acaso las Tullerías? ¿Seréis unos majaderos? Decídmelo. Os prevengo que no pertenezco al batallón de los torpes. ¡Ah ya! Eso es que sois los pinches del mostacero del papa.

Un poco de aspereza, es conveniente á los miedosos; les alienta.

Los niños se arrimaron á Gavroche.

Éste, paternalmente enternecido de su confianza, pasó de «lo grave á lo dulce», y dirigiéndose al más pequeño:

--Bestia,--le dijo, pronunciando la injuria en tono cariñoso;--lo obscuro está en la calle. En la calle llueve, aquí no llueve; en la calle hace frío, aquí no hay un soplo de viento; en la calle hay gente, aquí no hay una alma; en la calle no hay luna siquiera, aquí hay una luz; ¡por vida de!...

Los dos niños empezaron á mirar aquella habitación con menos miedo; pero Gavroche no les dejó tiempo para contemplarla.

--Listos,--dijo.

Y los empujó hacia lo que podríamos llamar el fondo del cuarto.

Allí estaba su cama.

La cama de Gavroche era completa; es decir, tenía un colchón, una manta y una alcoba con cortinas.

El colchón era una estera de paja; la manta un pedazo de tejido de lana gris muy caliente, y casi nuevo.

Veamos ahora lo que era la alcoba.

Tres rodrigones bastante largos, metidos sólidamente entre el cascote del suelo; es decir, del vientre del elefante, dos delante y uno detrás, y unidos por una soga en su vértice, de modo que formaban una pirámide.

Esta pirámide sostenía un enrejado de alambre de latón colocado por cima, y artísticamente aplicado y amarrado con ataduras de alambre de hierro, de modo que nada podía pasar entre él y el suelo.

El enrejado no era más que un pedazo de esas alambreras de que se hacen las pajareras en los corrales.

La cama de Gavroche estaba colocada bajo el enrejado como en una jaula.

El conjunto parecía la tienda de un esquimal.

Ese enrejado es el que hacía las veces de cortina.

Gavroche apartó un poco las piedras que le sujetaban por delante, y se separaron así los dos paños, que caían uno sobre el otro.

--¡Muñecos, á cuatro patas!--dijo Gavroche.

É hizo entrar con precaución á sus huéspedes en la alcoba; entró luego detrás de ellos, arrastrándose; volvió á acercar las piedras, y así quedó herméticamente cerrada la abertura.

Los tres se echaron sobre la estera.

Por pequeños que ellos fueran, ninguno podía estar de pie en la alcoba.

Gavroche seguía teniendo el cabo de vela en la mano.

--Ahora,--les dijo,--sornad. Voy á suprimir el candelero.

--Señor,--preguntó el mayor de los dos hermanos á Gavroche, indicando el enrejado,--¿qué es esto?

--¿Eso?--dijo Gavroche gravemente.--Es para las ratas. ¡Sornad!

Pero se creyó obligado á añadir algunas palabras para instruir á aquellas criaturas, y continuó:

--Estas son cosas del Jardín Botánico. Eso sirve para los animales feroces. Allay un almacén lleno. Nay más que subir una pared, saltar por una ventana, y pasar una puerta, y se obtiene todo lo que se quiere.

Y mientras así hablaba, arropaba con una punta de la manta al más pequeño, el cual dijo pasi sí:

--¡Oh, qué bueno es esto! ¡Qué caliente!

Gavroche dió una mirada de satisfacción á la manta.

--También es esto del Jardín Botánico,--dijo.--Se la he tomado á los monos.

Y enseñando al mayor la estera en que estaba acostado, estera muy espesa y admirablemente trabajada, añadió:

--Esto era de la jirafa.

Después de una pausa, prosiguió:

--Los animales tenían todo esto, y yo se lo he cogido. Por eso no se han enfadado. Les he dicho: «Es para el elefante».

Después de otra pausa, continuó:

--Se salta la tapia, y se la pega uno al gobierno. Velay.

Los dos niños contemplaban con cierto respeto temeroso y estupefacto aquel ser intrépido é ingenioso, vagamundo como ellos, aislado como ellos, miserable como ellos, que tenía algo admirable y poderoso, que les parecía sobrenatural, y cuya fisonomía se componía de todas las muecas de un viejo saltimbanquis, mezclados con la más sencilla y encantadora sonrisa.

--Señor,--dijo tímidamente el mayor,--¿conque no tenéis miedo á los agentes de orden público?

Gavroche se limitó á contestar:

--¡Monigote! No se dice los agentes de orden, se dice los corchetes.

El menor tenía los ojos abiertos, pero escuchaba sin decir nada.

Como estaba al borde de la estera, y el mayor en medio, Gavroche le arropó con la manta, como lo hubiera podido hacer una madre, levantó la estera bajo su cabeza con unos harapos, con objeto de que le sirviese de almohada. Después se volvió hacia el mayor:

--¿Eh? ¡Se está muy bien aquí! ¿Qué tal?

--¡Ah, sí!--respondió el mayor, mirando á Gavroche con la expresión de un ángel salvado.

Los dos pobres chiquitines, que estaban calados, empezaban á calentarse.

--¡Ah!--continuó Gavroche.--¿Por qué llorabais?

Y mostrando al pequeño á su hermano, añadió:

--Un cominillo como ése, no diré que no; pero llorar un grandullón como tú, es de torpes; parece uno un becerro.

--¡Diantre!--dijo el niño,--no teníamos absolutamente dónde cobijarnos.

--¡Caracoles!--respondió Gavroche,--no se dice cobijar, se dice empollar.

--Y además, teníamos miedo de estar solos así por la noche.

--No se dice la noche, se dice la obscura.

--Gracias, señor,--dijo el niño.

--Oye,--añadió Gavroche.--Es preciso no berrear nunca por nada. Yo cuidaré de vosotros. Ya veréis cómo nos divertimos. En verano iremos á los pozos de nieve con Navet, uno de mis camaradas, nos bañaremos en el estanque, correremos desnudos sobre las barcas delante del puente de Austerlitz. Esto hace rabiar á las lavanderas, que gritan y alborotan. ¡Si supierais qué malas son!

«Iremos á ver al hombre esqueleto; todavía vive en los Campos Elíseos; es muy flaco el tal parroquiano.

«Después os llevaré al teatro á ver á Federico Lemaitre. Tengo billetes; conozco á los actores, y aún he representado una vez en una pieza. Éramos todos monigotes como ése, y corríamos bajo una tela que era el mar. Os contrataré en mi teatro.

«Iremos á ver los salvajes. No es verdad que sean tales salvajes; llevan un vestido de punto color de rosa que imita carne, pero que les hace arrugas, y hasta en los codos se notan los zurcidos con hilo blanco.

«Después iremos á la Ópera; entraremos con los alabarderos. Los alabarderos son los que aplauden, y su cuerpo está muy bien organizado; pero yo no iría con ellos por la calle. Figúrate que en la Ópera hay quien paga veinte sueldos; pero éstos son tontos, y se les llama paganos.

«Luego iremos á ver guillotinar, os enseñaré el verdugo. Vive en la calle del Marais; el señor Sansón, tiene una caja buzón para las cartas á la puerta. ¡Ah! Se divierte uno en grande.

En aquel momento cayó una gota de sebo en el dedo de Gavroche, y le recordó las realidades de la vida.

--¡Cáspita!--dijo.--Se acabó el pábilo. ¡Atención! No puedo gastar más de dos sueldos mensuales en luz. Cuando uno se acuesta es para dormir. No tenemos tiempo para leer las novelas de Paul de Kock. Además de que la luz podría pasar por las rajas de la puerta cochera, y los corchetes no tendrían que hacer más que mirar.

--Y luego,--observó tímidamente el mayor, único que se atrevía á hablar con Gavroche y á contestarle,--podría caer una chispa en la paja, y hay que cuidar de no prender fuego á la casa.

--No se dice prender fuego á la casa,--reparó Gavroche;--se dice asar los trapos.

La tempestad arreciaba, oíase á través del redoble del trueno el turbión que azotaba el lomo del coloso.

--Aquí metidos, que llueva,--dijo Gavroche.--Me divierte ver correr el agua de la cuba por las patas de la casa. El invierno es un animal; pierde su género, pierde su trabajo, porque no puede mojarnos, y esto hace que gruña el viejo aguador.

Esta alusión al trueno, cuyas consecuencias aceptaba Gavroche en su calidad de filósofo del siglo XIX, fué seguida de un gran relámpago, tan deslumbrador, que entró por las hendiduras del vientre del elefante.

Casi al mismo tiempo resonó terriblemente el rayo, cual si hubiese caído allí.

Los dos chiquillos dieron un grito, y se levantaron con tal rapidez, que casi separaron el enrejado; pero Gavroche volviendo hacia ellos su rostro atrevido, aprovechó el trueno para lanzar una carcajada.

--Calma, niños. No conmovamos el edificio. Ése es un hermoso trueno; sea enhorabuena. Un relámpago no es un coco. ¡Bravo por el Dios bueno, caramba! Está casi tan bien hecho como en el teatro del Ambigú.

Dicho esto, arregló el enrejado, empujó ligeramente á los dos niños hacia la cabecera de la cama, apretó sus rodillas para que se estiraran bien, y exclamó:

--Puesto que Dios enciende su luz, yo puedo apagar la mía. Niños, es preciso dormir, jóvenes humanos. Es muy malo no dormir; porque os haría desternillar el gañote, ó como dicen en el gran mundo, heder el aliento. ¡Envolveos bien en la vellosa! Voy á apagar. ¿Estáis ya?

--Sí,--murmuró el mayor,--estoy bien. Tengo la cabeza como sobre pluma.

--No se dice la cabeza; se dice el troncho,--díjole Gavroche.

Los dos niños se apretaron uno contra otro.

Gavroche acabó de arreglarlos sobre la estera, les subió la manta hasta las orejas, y después les repitió por tercera vez la exclamación en lengua hierática:

--Sornad.

Y apagó el cabo de vela.

Apenas quedaron á obscuras, un temblor singular empezó á conmover el enrejado que cubría á los tres muchachos.

Era una multitud de rozamientos sordos que producían un sonido metálico. Como si garras ó dientes arañasen la alambrera.

Este ruido iba acompañado de pequeños, pero agudos gritos.

El niño de cinco años, oyendo este cencerreo por encima de su cabeza, helado de espanto, empujó con el codo á su hermano; pero éste «sornaba» ya, como le había mandado Gavroche.

Entonces el pequeñuelo, no pudiendo con el miedo, se atrevió á interpelar á Gavroche; pero en voz muy baja y conteniendo el aliento:

--¡Señor!

--¡Eh!--dijo Gavroche, que acababa de cerrar los párpados.

--¿Qué es eso?

--Ratas,--respondió Gavroche y volvió á descansar la cabeza en la estera.

Las ratas, en efecto, que pululaban á millares en el esqueleto del elefante, y que eran aquellas manchas negras vivas de que hemos hablado, habían permanecido quietas ante la luz mientras ardió la vela, pero en cuanto aquella caverna, que venía á ser su ciudad, había vuelto á la noche, oliendo lo que el narrador Perrault llama «carne fresca», se habían arrojado sobre la alcoba de Gavroche, habían trepado hasta el vértice, y mordían las mallas como si tratasen de agujerear aquella cobertera de nuevo género. El niño, sin embargo, no podía dormir.

--¡Señor!--volvió á decir.

--¡Eh!--dijo Gavroche.

--¿Son las ratas?

--¡Ratones!

Esta explicación tranquilizó un poco al niño.

Había visto algunas veces ratones blancos, y no les tenía miedo.

No obstante, volvió á alzar la voz:

--¡Señor!

--¡Qué!--repuso Gavroche.

--¿Por qué no tenéis gato?

--He tenido uno,--contestó Gavroche;--traje uno, pero se lo comieron.

--Esta segunda explicación desbarató el buen efecto de la primera, y el chiquitín volvió á temblar, de modo que por cuarta vez comenzó el diálogo entre él y Gavroche.

--¡Señor!

--¡Qué!

--¿Quién fué el comido?

--El gato.

--¿Y quién se comió al gato?

--Las ratas.

--¿Los ratones?

--Sí, las ratas.

El niño, consternado de estos ratones que se comían á los gatos, prosiguió:

--¡Señor! ¿Nos comerán á nosotros esos ratones?

--¡Vaya!--prorrumpió Gavroche.

El terror del niño llegaba á su colmo; pero Gavroche añadió:

--¡No tengas miedo! No pueden entrar. Además, estoy yo aquí. Toma, coge mi mano. ¡Cállate y duerme!

Gavroche al mismo tiempo tomó la mano del pequeñín por encima de su hermano.

El niño apretó aquella mano y se tranquilizó.

El ánimo y la fuerza tienen comunicaciones misteriosas.

Volvió el silencio; el ruido de las voces había ahuyentado y asustado á las ratas; y aunque al cabo de un rato volvieron á roer el enrejado, los tres muchachos, sumergidos en el sueño, no oían ya nada.

Pasáronse las horas de la noche.

La sombra cubría la inmensa plaza de la Bastilla; un viento invernal, mezclado con la lluvia, soplaba á fuertes ráfagas; las patrullas registraban las puertas, las calles de árboles, los cercados, los rincones oscuros, buscando á los vagabundos nocturnos, y pasaban por delante del elefante; el monstruo de pie, inmóvil, con los ojos abiertos en las tinieblas para meditar como satisfecho de su buena acción, protegía contra el cielo y los hombres á las tres pobres criaturas dormidas.

Para comprender lo que sigue, es preciso recordar, que en aquella época el cuerpo de guardia de la Bastilla estaba situado al otro extremo de la plaza, y que lo que pasaba cerca del elefante no podía ser visto ni oído del centinela.

Hacia el fin de la hora que precede inmediatamente al alba, salió corriendo un hombre de la calle de San Antonio, cruzó la plaza, dió la vuelta á la gran empalizada de la columna de julio, y se deslizó por la cerca hasta colocarse bajo el vientre del elefante.

Si una luz cualquiera hubiera iluminado á aquel hombre, se habría adivinado que había pasado la noche bajo la lluvia, al verle calado hasta los tuétanos.

Cuando llegó bajo el elefante, lanzó un grito extraño é impropio de toda lengua humana, y que sólo podría reproducir un papagayo.

Repitió dos veces este grito, que sólo podemos representar ortográficamente así:

--¡Kirikikiú!

Al segundo grito, una voz clara, alegre y tierna, respondió desde el vientre del elefante:

--¡Sí!

Casi inmediatamente la tabla que cerraba el agujero se separó, y dió paso á un muchacho, que bajó por la pata del elefante, y fué á caer cerca de aquel hombre.

Era Gavroche. El hombre era Montparnasse.

En cuanto á este grito kirikikiú, era sin duda lo que el chico quería decir con: «Preguntarás por el señor Gavroche».

Al oirle, se había despertado sobresaltado; se había arrastrado fuera de su «alcoba», separando un poco el enrejado, que había vuelto á cerrar cautelosamente; después había abierto la trampa y descendido.

El hombre y el muchacho se reconocieron silenciosamente en la obscuridad.

Montparnasse se limitó á decir:

--Te necesitamos. Ven á echar una mano.

El pilluelo no pidió ninguna explicación.

--Aquí me tienes,--dijo.

Y ambos se dirigieron hacia la calle de San Antonio, de donde había salido Montparnasse, serpenteando rápidamente á través de la larga fila de carretas de los hortelanos que á dicha hora bajan al mercado.

Los hortelanos, acurrucados en sus carros entre las verduras y las legumbres, medio dormidos, envueltos hasta los ojos en sus capotes para guarecerse de la lluvia, ni miraron siquiera á aquellos extraños transeúntes.

III =Peripecias de la evasión=

He aquí lo que había ocurrido aquella misma noche en la cárcel de la Fuerza.

Habíase concertado una evasión entre Babet, Brujón, Tragamares y Thénardier, aunque Thénardier estaba incomunicado.

Babet había dirigido el negocio, como se ha podido ver por las palabras de Montparnasse á Gavroche.

Montparnasse debía ayudarlos desde fuera.

Brujón, como había pasado un mes en el cuarto de corrección, había tenido tiempo, primero para tejer una cuerda y segundo para madurar un plan.

En otros tiempos, estos lugares severos en que la disciplina de la cárcel entrega al criminal á sí mismo, se componía de cuatro paredes de piedra, de un techo de piedra, de un suelo de losas de piedra, de una cama de campaña, de un tragaluz enrejado, y de una puerta forrada de hierro, y que se llamaban calabozos.

Hoy día el calabozo se considera como una cosa demasiado horrible, y se compone de una puerta de hierro, de un tragaluz enrejado, de una cama de campaña, de un suelo de losas de piedra, de un techo de piedra, de cuatro muros de piedra y se llama el cuarto de corrección.

Á eso del medio día se ve en él un poco.

El inconveniente de estos cuartos que, como se ve, no son calabozos, es dejar pensar á los seres á quienes se debería hacer trabajar.

Brujón, pues, había meditado, y había salido del cuarto de corrección con una cuerda.

Como se le consideraba muy peligroso en el patio de Carlomagno, se le trasladó al Edificio Nuevo; y lo primero que encontró allí fué á Tragamares, y lo segundo un clavo; á Tragamares, es decir, el crimen; un clavo, esto es, la libertad.

Brujón, cuyo carácter debemos pintar completamente ahora, era, bajo una apariencia de complexión delicada y una languidez profundamente estudiada, un ganapán pulido, inteligente y ladrón, de mirada agradable y sonrisa atroz.

Su mirada era el resultado de su voluntad, y su sonrisa el resultado de su naturaleza.

Sus primeros estudios en el arte se habían dirigido á los tejados; había introducido grandes progresos en la industria de los ladrones de plomo, que levantan las planchas de las azoteas y arrancan los canalones por el procedimiento llamado entre ellos de tocino gordo.

Lo que en aquel momento hacía más favorable una tentativa de evasión, era que los plomeros estaban reparando y componían parte del empizarrado de la cárcel.

El patio de San Bernardo no estaba enteramente aislado del patio de Carlomagno y del patio de San Luis.

Había por la parte más alta andamios y escalas ó, en otros términos, puentes y escaleras del lado de la libertad.

El Edificio Nuevo, que estaba lo más agrietado y ruinoso que puede imaginarse, era el punto más débil de la cárcel.

Las paredes estaban tan desgastadas por el salitre, hasta el extremo de ser necesario cubrir de un entablado las bóvedas de los dormitorios, porque solían desprenderse de ellos piedras, que caían sobre las camas de los presos.

Á pesar de esta decrepitud, se cometía la falta de encerrar en el Edificio Nuevo á los acusados más peligrosos, de guardar allí las «causas graves», como se dice en el lenguaje carcelario.

El Edificio Nuevo tenía cuatro dormitorios sobrepuestos y una armadura de tejado encima, que se llamaba Buen Aire.

Un ancho caño de chimenea, que probablemente había sido de alguna cocina antigua de los duques de la Fuerza, partía del piso bajo, atravesaba los cuatro pisos, cortaba en dos partes todos los dormitorios, figurando una especie de pilar aplastado, que pasaba al otro lado del techo. Tragamares y Brujón estaban en el mismo dormitorio, y por precaución habían sido encerrados en el piso bajo.

La casualidad hacía que la cabecera de sus camas estuviese apoyada en aquel caño de chimenea.

Thénardier estaba precisamente sobre la cabecera de ellos, en esa armadura ó cubierta llamada Buen Aire.

El transeúnte que se detiene en la calle Culture Sainte Cathérine, más allá del cuartel de los bomberos, delante de la puerta cochera de la casa de baños, descubre un patio lleno de flores y de arbustos en cajones, en cuyo fondo se eleva entre dos alas una pequeña rotonda blanca, adornada con postiguillos verdes, el sueño bucólico de Rousseau.

No hace aún diez años, por cima de esta rotonda alzábase una tapia negra, enorme, horrible, desnuda, á la cual se hallaba unida.

Aquélla era la pared del camino de ronda de la Fuerza.

Ese muro, detrás de esa rotonda, era Milton visto por detrás de Berquin.

Por muy alto que fuera este muro, estaba dominado todavía por un tejado, más negro aún, que se divisaba más allá.

Era el tejado del Edificio Nuevo.

Descubríanse en él cuatro buhardillas con reja, que eran las ventanas de Buen Aire.

Una chimenea salía del tejado; era la misma que atravesaba por los dormitorios.

Buen Aire, aquella cúpula del Edificio Nuevo, era una especie de desván extensísimo abuhardillado, cerrado con triples rejas, y puertas forradas de hierro y tachonadas de clavos enormes.

Cuando se entraba en él por la parte del Norte, quedaban á la izquierda los cuatro tragaluces, á la derecha, haciendo frente, cuatro cuartos cuadrados, bastante grandes, separados por estrechos corredores de mampostería hasta determinada altura, y desde allí al techo por barrotes de hierro.

Thénardier estaba incomunicado en uno de esos cuartos desde la noche del 3 de febrero.

No se ha podido saber por qué medios había adquirido, y tenido oculta, una botella, de aquel vino inventado, dicen, por Desrues, que contiene un narcótico, y que la banda de los adormecedores ha hecho célebre.

Hay en muchas cárceles empleados alevosos, mezcla de carceleros y ladrones, que auxilian en las evasiones, que venden á la policía una domesticidad infiel, y que hacen saltar las portezuelas de los coches que transportan á los presos.

En aquella misma noche, pues, en que Gavrochillo había recogido á los dos niños perdidos, Brujón y Tragamares, que sabían que Babet, escapado por la mañana, les esperaba en la calle con Montparnasse, se levantaron silenciosamente y empezaron á agujerear, con el clavo encontrado por Brujón, el caño de chimenea que estaba tocando á su cama.

Los yesones que se desprendían caían sobre la cama, de modo que no producían el menor ruido.

El turbión y los truenos conmovían las puertas en sus goznes, y producían en la cárcel un estrépito horrible y conveniente.

Algunos presos, que se despertaron, aparentaron volverse á dormir, y dejaron trabajar á Tragamares y á Brujón.

Brujón era diestro y Tragamares vigoroso; así es que antes que llegase el menor ruido al vigilante acostado en la celda enrejada que daba al dormitorio, estaba ya agujereado el caño, escalada la chimenea, forzada la reja que cerraba el orificio superior, y en el tejado los dos temibles bandidos.

La lluvia y el viento redoblaban; el tejado estaba resbaladizo.

--¡Qué obscura más á propósito para una escampavía![3]--dijo Brujón.

Un abismo de seis pies de ancho y ochenta de profundidad los separaba de la pared de ronda.

En el fondo de aquel abismo veían brillar en la obscuridad el fusil de un centinela.

Ataron por un lado, á los restos de los barrotes de la chimenea que acababan de retorcer, la cuerda que Brujón había hilado en su calabozo; echaron el otro cabo por cima del muro de ronda, atravesaron de un salto el abismo, se agarraron al caballete del muro, pasaron las piernas por encima, se deslizaron uno tras otro por la cuerda hasta el cabriol del muro que tocaba con la casa de baños; tiraron hacia sí la cuerda, saltaron al patio de la casa de baños, lo atravesaron, empujaron el postiguillo del portero, á cuyo lado colgaba el cordón; tiraron de éste, con lo que se abrió la puerta cochera, y se encontraron en la calle.

No hacía más de tres cuartos de hora que se habían puesto de pie sobre sus camas en las tinieblas, con el clavo en la mano y el proyecto en la mente.

Algunos momentos después se unieron á Babet y á Montparnasse, que vagaban por los alrededores.

Al tirar de la cuerda, rompióse ésta, quedando un trozo atado á la chimenea en el tejado.

No habían tenido más contratiempo que el de haberse deshollado las manos por completo.

Thénardier estaba prevenido aquella noche, sin que se pudiese saber de qué manera había recibido aviso y no dormía.

Á eso de la una, en medio de la obscuridad de la noche, vió pasar dos sombras por el tejado, por entre la lluvia y el viento, y por delante del tragaluz que daba frente á su calabozo.

Una de aquellas sombras se detuvo en el tragaluz el tiempo suficiente para dirigir una mirada; era Brujón.

Thénardier le conoció, y comprendió lo bastante.

Thénardier, designado como peligroso, y detenido como acusado de una emboscada nocturna á mano armada, estaba vigilado por un centinela de vista, que era relevado cada dos horas, y se paseaba con el fusil cargado por delante de su calabozo.

Buen Aire estaba iluminado por un farol de pared.

El preso tenía unos grillos de cincuenta libras de peso.

Todos los días, á las cuatro de la tarde, un carcelero, escoltado de dos perros de presa, porque esto se hacía aún en aquella época, entraba en su calabozo, ponía cerca de su cama un pan negro de dos libras, un cántaro de agua y una escudilla de un caldo bastante claro, en que nadaban algunas habichuelas; reconocía los grillos, y golpeaba en los barrotes.

Aquel hombre volvía dos veces por la noche con sus perros.

Thénardier había conseguido que le permitieran conservar una clavija de hierro que usaba para colgar el pan en una hendidura de la pared, con objeto, decía él, de «ponerle á salvo de las ratas».

Como estaba vigilado, no se había hallado inconveniente ninguno en dejarle aquella clavija.

Sin embargo, luego se recordó que el carcelero había dicho:

--Más valdría que la clavija fuese de madera.

Á las dos de la noche fueron á relevar al centinela, que era un soldado viejo, y fué reemplazado por un quinto.

Algunos momentos después, el carcelero, acompañado de sus perros, pasó la revista, y se retiró sin haber notado nada, excepto «la mucha mocedad y el aire solano del bisoño».

Dos horas después, á las cuatro, cuando fueron á relevar al quinto, le encontraron dormido y tirado en el suelo como un tronco, junto al calabozo.

En cuanto á Thénardier, ya no estaba allí.

Los grillos yacían rotos por el suelo.

Había un agujero en el techo, y otro más arriba en el tejado.

Faltaba una tabla de la cama, que había desaparecido.

Hallóse en el calabozo una botella medio vacía, que contenía el resto del vino narcotizado con que se había dormido al centinela.

La bayoneta de éste había desaparecido también.

Al descubrirse todo esto, se creyó que Thénardier estaría ya fuera de alcance.

Pero en realidad, si no estaba ya en el Edificio Nuevo, se veía aún en gran peligro.

Thénardier, al llegar al tejado del Edificio Nuevo, había encontrado el resto de la cuerda de Brujón que colgaba de los barrotes de la trampilla superior de la chimenea; pero siendo muy corto aquel cabo roto, no había podido evadirse por encima del camino de ronda, como lo habían hecho Brujón y Tragamares.

Cuando se vuelve de la calle de los Bailes para entrar en la del Rey de Sicilia, se encuentra casi de repente, á la derecha, una sucia hondonada.

Había allí en el siglo último una casa, de que no queda más que la pared del fondo, verdadera tapia maciza que se eleva hasta la altura de un tercer piso por entre los edificios contiguos.

Distínguese esta ruina por dos grandes ventanas cuadradas, que aún existen; la del medio, que está hacia la derecha, está atravesada por una viga carcomida, sujeta por otro madero.

Á través de estas ventanas se distinguía antes una alta y lúgubre pared, que era un trozo de la muralla de camino de ronda de la Fuerza.

El hueco que la casa demolida ha dejado en la calle, está ocupado en su mitad por una empalizada de tablas podridas, sostenidas por cinco guarda cantones de piedra.

En ese cercado se oculta una casilla apoyada contra la pared ruinosa.

La empalizada tiene una puerta, que hace algunos años se cerraba con solo picaporte.

Á la cima de esta pared era donde había conseguido llegar Thénardier á las tres de la madrugada.

¿Cómo había llegado hasta allí? Nunca se supo ni ha podido explicarse.

Los relámpagos debieron auxiliarle y molestarle á un tiempo.

¿Se sirvió de las escalas y andamios de los pizarreros para pasar de un tejado á otro, de un cercado á otro, de una manzana á otra, de los edificios del patio de Carlomagno á los del patio de San Luis, después al muro de la ronda, y luego al solar de la calle del Rey de Sicilia?

En este trayecto había soluciones de continuidad que lo hacían al parecer imposible.

¿Había usado la tabla de la cama como un puente desde el tejado de Buen Aire hasta la tapia del camino de ronda; y arrastrándose por el caballete como una culebra alrededor de la cárcel hasta el solar?

Pero la tapia del camino de ronda de la Fuerza formaba una línea almenada y desigual, subía y bajaba, descendía hacia el cuartel de bomberos, y se elevaba hacia la casa de baños, estaba cortada por varios edificios, y no tenía la misma altura por el palacio Lamoignon que por la calle Pavée; por todas partes presentaba líneas verticales y ángulos rectos; además los centinelas habrían visto en este caso el sombrío perfil del fugitivo; y aún así, el camino recorrido por Thénardier resulta casi inexplicable.

De ambas maneras resultaba imposible la fuga.

Thénardier, iluminado por esa terrible sed de libertad que transforma los precipicios en fosos, las rejas de hierro en cañizos de mimbres, la debilidad en fuerza, el gotoso en gamo, la estupidez en instinto, el instinto en inteligencia, y la inteligencia en genio; Thénardier, decimos, ¿había inventado é improvisado un tercer medio?

Nunca llegó á saberse.

No siempre es posible explicarse las maravillas de una evasión.

El hombre que se escapa, lo repetimos, está inspirado; hay algo de las estrellas y del relámpago en el misterioso fulgor de la huida, el esfuerzo hacia la libertad no es menos sorprendente que el vuelo hacia lo sublime; y se dice de un ladrón escapado: «¿Cómo lo ha hecho para escalar este muro?». Lo mismo que se dice de Corneille: «¿quién le inspiró tal concepto?».

Sea como fuere, Thénardier goteando sudor, empapado por la lluvia, destrozados los vestidos, desolladas las manos, ensangrentados los codos, despedazadas las rodillas, había llegado á lo que los niños llaman el corte de la pared ruinosa; y allí, faltándole las fuerzas, se había echado á lo largo.

La altura vertical de un tercer piso le separaba del empedrado de la calle.

La cuerda que tenía era muy corta.

Allí quedaba esperando, pálido, rendido, perdida toda esperanza, cubierto aún por la obscuridad de la noche, pero pensando en que iba á venir el día, aterrorizado ante la idea de oir dentro de algunos instantes las cuatro en el próximo reloj de San Pablo, hora en que irían á relevar al centinela, le encontrarían dormido y verían el techo agujereado; allí estaba mirando estupefacto una profundidad terrible, á la luz de los faroles, el suelo mojado y negro, aquel suelo deseado y espantoso que era la muerte y era la libertad.

Se preguntaba si sus tres cómplices de evasión habrían salido bien, si le habrían esperado, y si vendrían en su auxilio.

Escuchaba.

Excepto una patrulla, nadie había pasado por la calle desde que estaba allí.

Casi todos los hortelanos de Montreuil, de Charonne, de Vincennes y de Bercy que iban al mercado, bajaban por la calle de San Antonio.

Dieron las cuatro.

Thénardier tembló.

Pocos instantes después, aquel rumor espantadizo y confuso que sigue á una evasión descubierta, estalló en la cárcel.

El ruido de puertas que se abren y se cierran, el chirrido de las rejas sobre sus goznes, el tumulto del cuerpo de guardia, las roncas voces de los carceleros, el choque de las culatas de los fusiles en los patios, llegaban hasta él.

Algunas luces subían y bajaban á las ventanas enrojadas de los dormitorios; una antorcha corría por el piso superior del Edificio-Nuevo; los bomberos del cuartel próximo habían sido llamados.

Sus cascos, iluminados en medio de la lluvia por la antorcha, iban y venían á lo largo de los tejados.

Al mismo tiempo, Thénardier veía del lado de la Bastilla una claridad pálida, que blanqueaba lúgubremente la parte baja del cielo.

Estaba, pues, en lo alto de un muro de diez pulgadas de ancho, sufriendo echado el aguacero, entre dos abismos, uno á la derecha y otro á la izquierda, sin poder moverse, presa del vértigo de una caída posible, y del horror de una prisión segura; su pensamiento, como el badajo de una campana, iba de una á otra de estas ideas.

Muerto, si caigo; preso, si me quedo.

En esta angustia, vió de pronto en la calle, obscura todavía, un hombre que se deslizaba á lo largo de la pared, y que venía del lado de la calle Pavée; vióle detenerse en la hondonada, encima de la cual estaba él como suspendido.

Á aquel hombre se le unió otro que marchaba con la misma precaución, después un tercero, y por último un cuarto individuo.

No bien se hallaron reunidos aquellos hombres, alzó uno de ellos el picaporte de la puerta de la empalizada, y entraron los cuatro en el recinto en que está la casilla.

Hallábanse precisamente debajo de Thénardier.

De seguro se habían juntado allí en aquella hondonada para poder hablar sin ser vistos de los transeúntes ni del centinela que guarda la puerta de la Fuerza á pocos pasos más allá.

Debemos decir igualmente que la lluvia tenía acorralado al centinela dentro de su garita.

No pudiendo Thénardier distinguir sus rostros, prestó oído á sus palabras con la atención desesperada del miserable que se ve perdido.

Thénardier sintió como que pasaba algo por delante de sus ojos parecido á la esperanza, cuando oyó á aquellos hombres hablar en germanía, esto es, en la jerigonza con que se entienden en cárceles y presidios.

El primero decía por lo bajo, pero claramente:

--Chalémonos. ¿Qué querelamos icigó? (Vámonos. ¿Qué hacemos aquí?).

El segundo respondió:

--Brijinda hasta babiñar el casinoben. Y luego los chineles van á nácar, y hay un jundunar que está de rendiqué. Nos loyarán icicaille. (Llueve hasta apagar el infierno. Y luego los esbirros van á pasar, y hay un soldado que está de centinela. Nos cogerán aquí).

Estas dos palabras icigó é icicaille de la germanía francesa, que ambas significan aquí, y que pertenecen, la primera al habla de las afueras de París y la segunda á la del barrio del Temple, fueron rayos de luz para Thénardier.

Por el icigó reconoció á Brujón, que era vago de las afueras, y por el icicaille á Babet, que, entre todos sus oficios, tenía el de prendero en el Temple.

La antigua germanía del gran siglo no se habla ya sino en el Temple, y Babet era el único quizá que la hablase con toda pureza. Sin el icicaille, Thénardier no le habría reconocido de ningún modo, porque había enteramente desnaturalizado su voz.

Mientras tanto, el tercero había intervenido en la conversación:

--Nada apremia todavía, esperemos un poco. ¿Quién nos dice que no necesite de nosotros?

En este lenguaje, que era el ordinario, reconoció Thénardier á Montparnasse, quien ponía su elegancia en comprender todos los géneros de jerigonza y no hablar ninguno.

En cuanto al cuarto, se estaba callado, pero sus anchas espaldas le denunciaban. Thénardier no dudó un momento; era Tragamares.

Brujón replicó casi impetuosamente, pero siempre en voz baja y en germanía:

--¿Qué estás diciendo? El hostelero no ha podido escaparse. ¡Quiá! ¡Si no conoce el oficio! ¡Para hacer tiras de la camisa y giras de las sábanas, y tejer con ellas una cuerda, agujerear las puertas, fabricar documentos falsos y llaves ganzúas, cortar los grillos, suspender la cuerda por fuera, esconderse, disfrazarse, se necesita ser muy ducho! El viejo no habrá podido hacerlo; no sabe trabajar.

Babet añadió, pero siempre en esa pura germanía clásica que hablaban Pulaller y Cartucho, y que es respecto á la jerigonza atrevida, nueva, imaginativa y vigorosa que usaba Brujón, lo que la lengua de Racine es á la lengua de Andrés Chenier:

--Á tu posadero le habrán cogido en el garlito. Se necesita ser largo, y él no pasa de aprendiz. Se habrá dejado engañar por algún soplón, quizá, quizá por algún borrego que habrá hecho de compadre. Oye Montparnasse, ¿oyes esos gritos en la cárcel? ¿Ves cuántas luces? Le cogieron, no te quepa duda. Ya tiene para veinte años de presidio. Yo no tengo miedo, no soy ningún gallina, ya lo sabes; pero no se puede hacer nada en su favor, ó si nos metemos en ello, nos harán bailar. No te enfades, vente con nosotros; vamos á beber una botella de lo rancio en buena compañía.

--No se debe dejar á los amigos en apuro,--murmuró Montparnasse.

--Te digo que está cogido. Á estas horas el posadero no vale un comino. Nada podemos hacer ya. Vámonos. Creo á cada instante estar en manos de los corchetes.

Únicamente Montparnasse se resistía ya débilmente; la verdad es que aquellos cuatro hombres, con esa fidelidad que se guardan los bandidos para no abandonarse jamás unos á otros, habían estado rondando toda la noche alrededor de la Fuerza, á pesar del peligro, con la esperanza de ver salir á Thénardier por lo alto de algún muro.

Pero la noche, por cierto magnífica para ellos, era de lluvia y viento á propósito para que nadie transitase por las calles; así iban teniendo frío, y sus vestidos mojados, su calzado roto, el ruido poco tranquilizador que acababa de estallar en la cárcel, las horas que habían pasado, las patrullas que habían visto, la esperanza que se agotaba y el miedo que volvía, todo esto los impulsaba á retirarse.

Hasta el mismo Montparnasse, que era un poco, tal vez, yerno de Thénardier, cedía también.

Thénardier estaba anhelante sobre la tapia como los náufragos de la Medusa en su balsa, viendo el buque que se les había aparecido desvanecerse en el horizonte.

No se atrevía á llamarlos; un grito que se oyese podía hacérselo perder todo. Se le ocurrió una idea, la última, como un relámpago; sacó el cabo de cuerda de Brujón que se había metido en el bolsillo y que había desatado de la chimenea del Edificio-Nuevo, y lo dejó caer en el recinto de la empalizada.

El cabo fué á parar á los pies de ellos.

--¡Una cuerda!--dijo Babet.

--¡Es la mía!--exclamó Brujón.

--Ahí está el posadero,--dijo Montparnasse.

Alzaron todos los ojos. Thénardier alargó un poco la cabeza.

--¡Pronto!--añadió Montparnasse.--¿Tienes tú el otro cabo de cuerda, Brujón?

--Sí.

--Átalos ambos, le echaremos la cuerda, él la sujetará al muro, y tendrá lo bastante para bajar.

Thénardier se arriesgó á alzar la voz:

--Estoy transido.

--Ya te calentarás.

--No me puedo mover.

--Te dejarás escurrir, y nosotros te recibiremos.

--Tengo las manos hinchadas.

--Ata solamente la cuerda á la pared.

--No podré.

--Será preciso que suba alguno de nosotros,--dijo Montparnasse.

--¡Tres pisos!--prorrumpió Brujón.

Una antigua cañería de barro y yeso, que había servido en otro tiempo de conducto de chimenea á la cocinilla de la casucha, subía á lo largo de la pared casi hasta el sitio donde se distinguía á Thénardier.

Esa cañería, toda agrietada y llena de hendiduras, se ha hundido ya desde entonces; pero todavía se advierten sus vestigios. Era muy estrecha.

--Por ahí se podría subir,--observó Montparnasse.

--¡Por ese caño!--exclamó Babet.--¡Un hombre, jamás! Un chico sería menester.

--Un monicaco, sí,--añadió Brujón.

--¿Y dónde hallar ahora ese muchacho?--dijo Tragamares.

--Esperad,--dijo Montparnasse.--Tengo lo que hace falta.

Abrió suavemente la puerta de la empalizada, se aseguró de que no pasaba nadie por la calle, salió con precaución, volvió á cerrar la puerta tras sí, y partió corriendo en dirección de la Bastilla.

Transcurrieron siete ú ocho minutos, ocho mil siglos para Thénardier; Babet, Brujón y Tragamares, no descosían sus labios; abrióse por fin la puerta, y apareció Montparnasse sofocado conduciendo á Gavroche.

La lluvia continuaba, con lo que la calle seguía completamente desierta.

Gavrochillo entró dentro de la empalizada, y miró aquellas figuras de bandidos con aire tranquilo.

Chorreábale el agua por los cabellos.

Tragamares le dirigió la palabra:

--¿Mochuelo, eres hombre tú?

Gavroche se encogió de hombros y respondió:

--Un chavó como yo sina un manú, y manuces como sangue sinelan chaborós. (Un mozuelo como yo es un hombre, y hombres como vosotros son muchachos.)

--¡Bien cortada tiene la lengua el chabal!--exclamó Babet, siempre en germanía.

--No es de paja mojada el niño de París,--añadió Brujón.

--¿Qué hace falta?--preguntó Gavroche.

Montparnasse respondió:

--Trepar por ese caño.

--Con esta cuerda,--dijo Babet.

--Y atarla luego,--añadió Brujón.

--En lo alto del muro,--repuso Babet.

--Al travesaño de la ventana,--agregó Brujón.

--¿Y después?--dijo Gavroche.

--¡Esto es todo!--respondió Tragamares.

El pilluelo examinó la cuerda, la cañería, la pared, las ventanas, é hizo ese inexplicable y desdeñoso ruido con los labios, que significa:

--¡Vaya una habilidad!

--Allá arriba hay un hombre á quien puedes salvar,--observó Montparnasse.

--¿Quieres?--interrogó Brujón.

--¡Vaya una barbaridad!--respondió el chicuelo, como si la pregunta le pareciese irracional.

Y se quitó los zapatos.

Tragamares cogió á Gavroche de un brazo, le subió sobre el tejado de la casilla, cuyas tablas carcomidas cedían con el peso del muchacho, y le dió la cuerda que Brujón había empalmado durante la ausencia de Montparnasse.

El pilluelo se dirigió á la cañería, en la que era fácil penetrar, gracias á una ancha hendidura que tocaba al tejado.

En el momento en que iba á subir, como viese Thénardier acercarse la salvación y la vida, se inclinó hacia el borde de la pared; entonces la primera claridad del día blanqueó su frente, inundada de sudor, sus pómulos lívidos, su nariz afilada y salvaje, su barba gris erizada, y Gavroche le conoció:

--¡Calla!--exclamó.--¡Es mi padre!...¡Oh! ¡Vaya! ¡No le hace!

Y cogiendo la cuerda con los dientes, comenzó resueltamente el escalamiento.

Llegó á lo alto del muro, horcajó por cima como sobre un caballo, y ató sólidamente la cuerda á la parte superior de la ventana.

Un momento después, Thénardier estaba en la calle.

En cuanto llegó al suelo, en cuanto se vió fuera de peligro, ya no se sintió fatigado, ni transido, ni tembloroso; desvanecióse como el humo todo lo terrible que acababa de pasar por él, despertóse toda aquella extraña y feroz inteligencia, y hallóse en pie y libre, dispuesto á marchar delante de ella.

He aquí cuál fué la primera palabra de aquel hombre:

Y ahora ¿á quién vamos á comer?

Inútil es explicar el sentido de esa palabra horriblemente transparente, que significa á la vez matar, asesinar y despojar.

Comer, sentido verdadero: devorar.

--Entendámonos bien,--dijo Brujón.--Despachemos en tres palabras, y separémonos luego. Había un negocio de buen aspecto en la calle Plumet, calle desierta, casi aislada, con verja podrida cerrando el jardín; mujeres solas.

--¡Y bien! ¿Por qué no?--pregunto Thénardier.

--Tu hija Eponina fué á verlo,--respondió Babet.

--Y contestó con un bizcocho á Magnon,--añadió Tragamares.--Nada hay que hacer por allí pues.

--Sí, sí,--dijo Brujón,--hay que verlo.

Mientras tanto, ninguno de aquellos hombres aparentaba fijarse en Gavroche, quién durante ese coloquio se había sentado en uno de los travesaños bajos de la empalizada; esperó algunos instantes, quizá á ver si su padre se volvía hacia él; se puso luego sus zapatos, y dijo:

--¿Se acabó ya? ¡Eh, los hombres! Ya salisteis del apuro. Me voy, tengo que ir á despertar á mis monigotes.

Y se fué.

Los cinco hombres salieron uno tras otro de la empalizada.

Cuando Gavroche hubo desaparecido por la esquina de la calle de los Bailes, Babet apartó á Thénardier á un lado, y le preguntó:

--¿Has reparado en ese chiquillo?

--¿Qué chiquillo?

--El chico que ha trepado hasta la pared y te ha subido la cuerda.

--No, apenas.

--Pues bien; no sé, pero me parece que es tu hijo.

--¡Bah!--exclamó Thénardier.--¡Puede que sí!

NOTAS:

[2] Al patíbulo.

[3] ¡Qué noche para una evasión!

LIBRO SÉPTIMO LA GERMANÍA

I =Origen=

Pigritia es una palabra terrible.

Engendra un mundo; el piger, léase el robo; y un infierno, la pigraria ó sea el hambre.

Así es que la pereza es madre.

Tiene un hijo, el robo, y una hija, el hambre.

¿Adónde estamos en este momento? En la germanía.

¿Y qué es la germanía? Es á un tiempo nación é idioma; es el robo bajo sus dos especies: pueblo y lengua.

Cuando, hace treinta y cuatro años, el narrador de esta grave y sombría historia, introducía en un libro escrito con el mismo objeto que éste[4] á un ladrón hablando en germanía, produjo esto asombro y clamoreo.

--¡Qué, qué es eso! ¡Germanía! ¡Pero la germanía es atroz! ¡Es la jerigonza de la chusma, del presidio, de la cárcel, de todo lo más abominable de la sociedad! Etc., etc.

Nunca hemos comprendido ese género de objeciones.

Después, dos eminentes novelistas, de los cuales uno es un observador profundo del corazón humano y el otro un amigo intrépido del pueblo; Balzac y Eugenio Sue, hicieron hablar á los bandidos en su lengua natural, como había hecho en 1828 el autor del Último Día de un condenado, y se suscitaron las mismas reclamaciones.

Repitióse como antes: «¿Qué pretenden los escritores con esa jerigonza repugnante? ¡La germanía es odiosa! ¡La germanía hace estremecer!».

¿Quién lo niega? Sin duda alguna.

Cuando se trata de sondar una llaga, un abismo ó una sociedad, ¿ha sido nunca una falta penetrar muy adentro, llegar hasta el fondo?

Siempre habíamos creído que esto era algunas veces un acto de valor, y por lo menos una acción sencilla y útil, digna de la atención simpática que merece el deber aceptado y cumplido.

¿Por qué no se ha de explorar y estudiarlo todo? ¿Por qué detenernos en el camino?

El pararse es efecto de la sonda, y no del que sondea.

En verdad que ir á buscar en el último fondo del orden social, allí donde acaba la tierra y empieza el fango, registrar en esos cenegales, perseguir, coger y arrojar todavía palpitante sobre la superficie, ese idioma abyecto que chorrea cieno así expuesto á la luz, ese vocabulario pustuloso del que cada palabra parece un anillo inmundo de un monstruo de lodo y de tinieblas, no es empresa cómoda ni halagüeña.

Nada tan lúgubre como contemplar así, al desnudo, á la luz del pensamiento, el hormiguero espantoso de la germanía.

Parece, en efecto, como si fuera una especie de animal horrible creado para vivir en la noche, y al que se le arranca de su cloaca. Créese ver una terrible maleza viva y erizada que tiembla, se mueve, se agita, reclamada por la sombra que amenaza y mira.

Tal palabra parece una garra, tal otra un ojo apagado y sangriento: tal frase parece moverse como una tenaza de langosta.

Todo eso vive con esa vitalidad repugnante de las cosas que se han organizado en la desorganización.

Ahora bien; ¿desde cuándo el horror excluye á la ciencia? ¿Desde cuándo la enfermedad rechaza al médico?

¿Qué significaría un naturalista que se negase á estudiar la víbora, el murciélago, el escorpión, la escolopendra, la tarántula, y que las relegase á las tinieblas, diciendo: ¡Qué feos!?

El pensador que no se fijara en la germanía, se asemejaría al cirujano que volviese la cabeza ante una úlcera ó una verruga; sería un filólogo vacilando en examinar un hecho de la lengua; sería un filósofo dudando en escudriñar un hecho de la humanidad. Porque es preciso decirlo á los que lo ignoran: la germanía es á un tiempo mismo un fenómeno literario y una consecuencia social.

¿Qué es la germanía propiamente dicha? Esa jerigonza, ¿qué es?

La germanía es la lengua de la miseria.

Aquí podría interrumpirnos alguno, generalizando el hecho; lo cual algunas veces es una manera de atenuarle. Puede decírsenos que todos los oficios, todas las profesiones, hasta los accidentes todos de la jerarquía social y las formas todas de la inteligencia, tienen su jerigonza:

El comerciante que dice: «Montpellier disponible, Marsella buena calidad».

El agente de Bolsa que dice: «Trasferencia, prima, fin de mes...».

El jugador que dice: «Tercera de triunfo, fallo á espadas...».

El escribano de diligencia en las islas normandas que dice: «El feudatario deteniéndose en su feudo no puede reclamar los frutos de este feudo durante el embargo herencial de los inmuebles del renunciador...».

El autor dramático que dice: «Soltaron el oso...»[5].

El cómico que dice: «Arrebaté».

El filósofo que dice: «Triplicidad fenomenal...».

El cazador que dice: «Está escamada, huye la pista...».

El frenólogo que dice: «Amatividad, combatividad, secretividad...».

El soldado de infantería que dice: «Mi corneta...».

El jinete que dice: «Mi montura...».

El maestro de esgrima que dice: «Tercera, cuarta, á fondo...».

El impresor que dice: «Sacar pliego...».

Todos: impresor, maestro de esgrima, jinete, soldado, frenólogo, cazador, filósofo, cómico, autor dramático, escribano, jugador, agente de Bolsa y comerciante, hablan en germanía.

El pintor que dice: «Mi granuja...».

El notario que dice: «Mi salta arroyos...».

El barbero que dice: «Mi pescadilla...».

El remendón que dice: «Mi ramplón...».

Hablan también en germanía.

En rigor, si se quiere también, hablando en absoluto, todas esas diferentes maneras de decir la derecha y la izquierda: el marinero, babor y estribor; el maquinista de teatro, lado patio y lado jardín; el sacristán, lado de la Epístola y lado del Evangelio, son germanía.

Hay la germanía de las encopetadas, como la hubo de las marisabidillas; el palacio de Rambouillet confinaba algo con el Patio de los Milagros.

Hay también la germanía de las duquesas, como lo prueba la siguiente frase de un billete amoroso escrito por una gran señora, muy linda por cierto, en tiempo de la Restauración: «Encontraréis en esas chismerías una infinidad de razones para que yo me liberte».

Las cifras diplomáticas son germanía; la cancillería pontificia, diciendo 26 por Roma, grkztntgzyal por envío, y abfxustgrnogrkzutu tu XI por duque de Módena, hablan en germanía.

Los médicos de la Edad Media, que, para decir zanahoria, rábano y nabo, decían: Opoponach, perfroschinum, reptitalmus, dracatholicum angelorum, postmegorum, hablan en germanía.

El fabricante de azúcar que dice: «Virgen, terciado, clarificado, terrón, pilón, bastardo, común, tostado, en panes», este honrado industrial habla en germanía.

Cierta escuela crítica que decía hace veinte años: «La mitad de Shakespeare, es un juego de palabras y retruécanos», hablaba en germanía.

El poeta y el artista, que, con sentido profundo, calificaron al noble señor de Montmorency de plebeyo, si no entendía de versos ni de estatuas, hablan en germanía.

El académico clásico que llama á las flores Flora, á las frutas Pomona, al mar Neptuno, al amor los fuegos, á la belleza los atractivos, á un caballo un corcel, á la escarapela blanca ó tricolor la rosa de Belona, al sombrero de tres picos el triángulo de Marte, ese académico clásico habla en germanía.

El álgebra, la medicina y la botánica tienen su germanía.

La lengua que se emplea á bordo, esa lengua admirable del mar, tan completa y pintoresca, que hablaron Juan Bart, Duquesne, Suffren y Duperré, que se mezcla con el silbido del aparejo, con el ruido de la bocina, con el choque de las hachas de abordaje, con el vaivén, con el viento, con la ráfaga y el cañón, es toda una germanía heroica y esplendente, que viene á ser á la jerigonza atroz de la ignominia lo que el león al chacal.

Sin duda alguna todo eso es muy cierto. Pero, dígase lo que se quiera, ese modo de comprender la palabra germanía es una extensión con la que todo el mundo no estará conforme.

Para nuestro concepto, conservamos á esa palabra su antigua aceptación precisa, circunscrita y determinada, y restringimos la germanía á la germanía.

La germanía verdadera, la germanía por excelencia, si es que estas dos palabras pueden acoplarse, la germanía inmemorial que era un reino, no es otra cosa, repetimos, sino la lengua fea, inquieta, cazurra, traidora, ponzoñosa, cruel, torcida, vil, profunda, fatal de la miseria.

Hay en la extremidad de todas las degradaciones y de todos los infortunios, una última miseria que se subleva y que se decide á entrar en lucha contra el conjunto de los hechos afortunados y de los derechos reinantes; lucha horrible, que, ora astuta, ora violenta, á un tiempo malsana y feroz, ataca el orden social á alfilerazos por medio del vicio, y á martillazos por medio del crimen.

Para las necesidades de esa lucha, la miseria ha inventado una lengua de combate, que es la germanía.

Hacer sobrenadar y mantener por cima del olvido, por cima del abismo, aunque no sea más que un fragmento de un lenguaje cualquiera que el hombre ha hablado, y que se perdería; es decir, uno de los elementos buenos ó malos que componen ó complican la civilización, es extender los datos de la observación social, es servir á la misma civilización.

Igual servicio rindió Plauto, con voluntad ó sin ella, haciendo hablar en fenicio á dos soldados cartagineses; igual servicio prestó Molière haciendo hablar el levantino y toda clase de jerga á tantos personajes.

Aquí vuelven á suscitarse las objeciones: el fenicio, ¡magnífico! El levantino, ¡en buen hora! La jerga, ¡pase! Pero ¿la germanía? ¿Á qué fin conservar la germanía? ¿Para qué es bueno «hacer sobrenadar» la germanía?

Á esto sólo respondemos una cosa. Ciertamente, si la lengua que habló una nación ó una provincia es digna de interés, hay algo que es más digno todavía de atención y estudio, la lengua que ha hablado una miseria.

Es la lengua que ha venido hablando en Francia, por ejemplo, desde hace cuatro siglos, no sólo una miseria, sino la miseria, toda la miseria humana posible.

Y luego, volvemos á insistir en ello, estudiar las deformidades y dolencias sociales, y señalarlas para curarlas, no es una tarea en que sea permitida la elección.

El historiador de costumbres y de ideas no tiene la misión menos austera que el historiador de acontecimientos.

Á éste incumbe la superficie de la civilización, las luchas de las coronas, los nacimientos de príncipes, los casamientos de reyes, las batallas, las asambleas, los grandes hombres públicos, las revoluciones á la luz del día, todo lo exterior.

Al otro historiador le pertenece el interior, el fondo, el pueblo que trabaja, que sufre y espera; la mujer abatida, el niño que agoniza, las guerras sordas de hombre á hombre, las ferocidades obscuras, las preocupaciones, las iniquidades convenidas, los rechazos y repercusiones subterráneas de la ley, las evoluciones secretas de las almas, los estremecimientos indistintos de las multitudes; los hambrientos, los descalzos, los rotos, los desheredados, los huérfanos, los desgraciados y los infames, todas las larvas que vagan en la sombra.

Le es preciso descender, con el corazón lleno de caridad y de severidad á un mismo tiempo, como hermano y como juez, hasta esas casamatas impenetrables donde se arrastran confundidos los que se desangran y los que hieren, los que lloran y los que maldicen, los que ayunan y los que devoran, los que sufren el mal y los que lo causan.

¿Tienen por ventura estos historiadores de los corazones y de las almas, deberes menos positivos que los analistas de los hechos exteriores? ¿Puede creerse que Alighieri tenga menos que decir que Maquiavelo?

Lo inferior de la civilización, más profundo quizá y más sombrío, ¿es acaso menos importante que lo superior? ¿Se conoce bien la montaña cuando se desconoce la caverna?

Empero, como de algunas palabras de lo que precede podría inferirse una separación manifiesta entre ambas clases de historiadores, debemos advertir al pasar que semejante separación no existe en nuestro espíritu.

Nadie es buen historiador de la vida patente, visible, ostentosa y pública de los pueblos, si al propio tiempo no es, hasta cierto punto, historiador de su vida profunda y oculta; y nadie es buen historiador de lo interno, si no sabe ser, siempre que fuere preciso, historiador de lo externo.

La historia de las costumbres y de las ideas penetra la historia de los sucesos, y recíprocamente. Son dos órdenes de hechos diferentes que se corresponden, que se encadenan siempre y se engendran mutuamente con frecuencia.

Todos los lineamientos que la Providencia traza en la superficie de una nación, tienen en el fondo sus paralelos sombríos, pero distintos, y todas las convulsiones del fondo producen levantamientos en la superficie.

Estando la verdadera historia mezclada en todo, en todo se mezcla el historiador verdadero.

El hombre no es un círculo con un solo centro, sino que es una eclipse con dos focos. Los hechos son el uno, las ideas el otro.

La germanía no es otra cosa sino un vestuario donde el lenguaje, teniendo que cometer alguna mala acción, se desfigura. Allí se reviste de frases enmascaradas, metáforas de andrajos.

Así es que aparece horrible.

Apenas puede reconocérsela. ¡Y es ella la lengua francesa, la gran lengua humana!

Y ahí está pronta á salir á la escena y á replicar al crimen, y dispuesta para desempeñar todos los papeles del repertorio del mal.

Y ya no anda, sino que cojea, y cojea con las muletas del Patio de los Milagros, muleta que se metamorfosea en maza.

Esa lengua se llama truhanería. Todos los espectros, sus ayudas de cámara, la han acicalado para la farsa: y se arrastra y se empina con la cualidad del reptil.

Ya está dispuesta para representar todos los personajes; el falsario la ha hecho tortuosa, el envenenador le ha dado color de verde-gris, el incendiario la ha tiznado de hollín, y el asesino le presta su tinte rojo.

Cuando se oye ese lenguaje, por el lado de las gentes honradas, á la puerta de la sociedad, se sorprende el diálogo de los que en él hablan por defuera. Distínguense las preguntas y las respuestas; percíbese, sin comprenderle, un murmullo repugnante, que suena casi como el acento humano, pero más semejante al alarido que á la palabra. Tal es la germanía.

Las palabras son deformes y están impregnadas de cierta bestialidad fantástica. Parece que oye uno hablar á las hidras.

Es lo ininteligible en lo tenebroso. Es una jerigonza que rechina y cuchichea, completando el crepúsculo con el enigma.

Resulta obscuro en la desgracia, pero aún más obscuro resulta en el crimen; estas dos obscuridades amalgamadas componen la germanía. Sombría en la atmósfera, sombría en sus actos y sombría en sus voces.

¡Espantoso idioma reptil que va, viene, brinca, se arrastra, babea y se mueve monstruosamente en esa inmensa bruma plomiza, compuesta de lluvia, de noche, de hambre, de vicio, de mentira, de injusticia, de desnudez, de asfixia y de invierno, pleno día de los miserables!

¡Tengamos lástima de los castigados! ¡Ay! Y en verdad, ¿qué somos nosotros mismos? ¿Qué soy yo que os hablo? ¿Qué sois vosotros que me ois? ¿De dónde venimos? ¿Estamos bien seguros de no haber hecho nada antes de nacer?

La tierra no deja de tener su parecido como una cárcel. ¡Quién sabe si es el hombre un sentenciado de la Justicia divina!

Mirad de cerca la vida. Está hecha de manera que por todas partes sentimos el castigo.

¿Sois acaso de los que llaman felices? Pues bien. Estáis tristes todos los días. Todos los días tenéis un gran pesar ó un pequeño cuidado.

Ayer temblabais por una salud que os es querida, hoy teméis por la vuestra; mañana será una inquietud de dinero, pasado mañana la diatriba de un calumniador, al otro la desgracia de un amigo; después los tiempos que corren, luego algún objeto roto ó pérdida, más tarde un placer que la conciencia y la columna vertebral os reprochan; otra vez, la marcha de los negocios públicos. Sin contar las penas del corazón. Y así sucesivamente.

Disípase una nube, fórmase otra. Un día apenas, entre ciento, de plena alegría y completo sol. ¡Y eso que pertenecéis al corto número de los felices!

En cuanto á los demás hombres, pesa sobre ellos la noche eterna.

Los espíritus reflexivos hacen poco uso de esta locución: los dichosos y los desgraciados. En este mundo, vestíbulo evidente de otro mundo, no hay felices.

La verdadera división humana es esta: los luminosos y los tenebrosos.

Disminuir el número de los tenebrosos, aumentar el de los luminosos: he ahí el objeto. He ahí porque gritamos: ¡enseñanza, ciencia! Aprender á leer, es encender el fuego: cada sílaba deletreada es una chispa.

Por lo demás, quien dice luz no dice necesariamente alegría. Se sufre en la luz; el exceso abrasa. La llama es enemiga del ala. Arder sin cesar de volar; ese es el prodigio del genio.

Cuando ya sepáis y cuando améis, sufriréis todavía. El día nace entre lágrimas.

Los luminosos lloran, aunque no sea más que por los tenebrosos.

II =Raíces=

La germanía es la lengua de los tenebrosos.

El pensamiento se conmueve en sus más sombrías profundidades; la filosofía social se ve solicitada hacia sus meditaciones más dolorosas, en presencia de ese dialecto enigmático, á la vez marchitado y rebelde.

Aquí sí que hay castigo visible. En cada sílaba se manifiesta su sello.

Las palabras de la lengua vulgar aparecen en esa jerga como contraídas y arrugadas por el hierro candente del verdugo; algunas parece que humean todavía.

Tales frases hacen el efecto del hombro marcado de un ladrón, puesto bruscamente al desnudo.

La idea se niega casi á dejarse expresar por esos sustantivos vigilados por la justicia.

La metáfora es algunas veces tan descarada, que se conoce que ha estado expuesta á la vergüenza de la argolla.

Por lo demás, á pesar de todo esto y á causa también de todo esto, esa jerigonza extraña tiene de derecho su casilla en la gran estantería imparcial, donde hay sitio para el ochavo oxidado como para la medalla de oro, llamado literatura.

La germanía, quiérase ó no se quiera, tiene su sintaxis y su poesía. Es un idioma.

Sí; por lo deforme de ciertos vocablos, se reconoce que ha andado en la boca de Mandrin, y por lo espléndido de ciertas metonimias se advierte que ha pasado por los labios de Villon.

Este verso tan delicado y tan célebre:

¿Dó están las nieves de antan?

es un verso de germanía. Antan, antaño, ante annum, es una palabra de la germanía de Thunas, que significaba el año pasado, y por extensión, en otro tiempo.

Todavía podía leerse hace treinta y cinco años, cuando salió la gran cadena de presidiarios en 1827, en uno de los calabozos de Bicetre, esta máxima, grabada con un clavo en la pared por un rey de Thunas condenado á presidio: Los dabs d'antan trimaient siempre pour la pièrre du Coësre.

Esto quiere decir: Los reyes de antaño iban siempre á hacerse consagrar.

En la mente de aquel rey del crimen, la consagración era el presidio.

La palabra decarade, que expresa el arranque de un carruaje pesado al galope, se atribuye á Villon, y es digna de él. Es la palabra que echa chispas por las cuatro patas, resume en una onomatopea magistral todo este verso admirable de La Fontaine:

Tiraban de un coche seis fuertes caballos.

Bajo el punto de vista puramente literario, pocos estudios habrá más curiosos y fecundos que el de la germanía. Es todo un idioma dentro del idioma, una especie de excrecencia enfermiza, un injerto malsano que ha producido una vegetación, una parásita que tiene sus raíces en el viejo tronco galo, y cuyo follaje siniestro se arrastra por una gran parte de la lengua. Esto es en cuanto á lo que podría llamarse el primer aspecto, el aspecto vulgar de la germanía.

Pero para aquellos que estudian la lengua como debe estudiarse; es decir, como los geólogos estudian la tierra, la germanía aparece como un verdadero aluvión.

Conforme que se profundiza más ó menos hondamente, se encuentra en la germanía, por bajo del antiguo francés popular, el provenzal, el castellano, el italiano, el levantino, lengua de los puertos del Mediterráneo, el inglés y el alemán, el romance en sus tres variedades; romance francés, romance italiano, romance propiamente tal, el latín; en fin, el vasco, y el celta.

Formación profunda y extraña; edificio subterráneo fabricado en común por todos los miserables.

Cada raza maldita ha depositado su capa; cada sufrimiento ha dejado caer una piedra; cada corazón ha dado un guijarro.

Una multitud de almas perversas, bajas ó irritadas, que han atravesado la vida y han ido á desvanecerse en la eternidad, están allí casi enteras y en cierto modo visibles todavía bajo la forma de una palabra monstruosa.

¿Se quieren voces castellanas? La antigua germanía gótica las tiene en abundancia. Ahí está boffette, que viene de bofetón; vantane, después vanterne, que viene de ventana; gat, que viene de gato; acite, que viene de aceite.

¿Se quieren voces italianas? Ahí está spade, que viene de spada; carvel, que viene de caravella (barco).

¿Se quieren inglesas? Ahí está bischot, obispo, que viene de bishop; raille, espía, que viene de rascal, rascalión, bribón; pilche, estuche, que viene de pilcher, vaina.

¿Se quieren alemanas? Ahí está caleur, mozo, de kellner; hers, señor, de herzog, duque.

¿Se quieren latinas? Ahí está frangir, romper, de frangere; affurer, robar, de fur; cadene, cadena, de catena.

Hay una palabra que reaparece en todas las lenguas del continente con una especie de poderío y autoridad misteriosa; es la palabra magnus. Escocia ha hecho de ella su mac, que designa el jefe de la tribu, Mac Farlane, Mac Callumore; el gran Farlane, el gran Callumore. (Obsérvese, sin embargo, que mac, en celta, significa hijo). La germanía ha sacado el meck, y luego el meg, es decir, Dios.

¿Se quieren voces del vascuence? Ahí está gahisto, el diablo, que viene de gaiztoa, malo; sorgabon, buenas noches, que viene de gabon.

¿Se quieren del celta? Ahí está blavin, pañuelo, que viene de blavet, agua que salta; menesse, mujer (en mal sentido), que viene de meinec, lleno de piedras; barant, arroyo, de baranton, fuente; goffeur, cerrajero, de goff, herrero; la guedouze, la muerte, que viene de guenn du, blanca negra.

¿Se quiere historia, en fin? La germanía llama malteses á los escudos, su recuerdo de la moneda que corría en las galeras de Malta.

Además de los orígenes filológicos que acaban de indicarse, la germanía tiene otras raíces más naturales aún, y que salen, por así decirlo, del espíritu mismo del hombre.

Primeramente, la creación directa de las palabras, que es donde está el misterio de las lenguas.

Pintar con palabras que tienen, sin saber cómo ni por qué, figuras; he ahí el fondo primitivo de todo lenguaje humano, y que podría llamarse el granito de su construcción.

La germanía abunda en palabras de este género; palabras inmediatas, creadas de un golpe, no se sabe dónde ni por quién, sin etimologías, sin analogías, sin derivados; palabras sueltas, bárbaras, alguna vez repugnantes, que tienen una fuerza singular de expresión, y que por ello viven.

El verdugo, taule; la selva, sabri; el miedo, la fuga, taf; el lacayo, larbin; el general, el prefecto, el ministro, phoros; el diablo, rabouin.

Nada tan extraño como esas palabras que enmascaran y evidencian. Algunas, como rabouin, por ejemplo, son al mismo tiempo grotescas y terribles, y producen el efecto de una mueca ciclópea.

En segundo lugar, la metáfora. La cualidad de una lengua que quiere decirlo todo ocultándolo todo, es una abundancia de figuras. La metáfora es un enigma donde se refugia el ladrón que medita un golpe y el preso que combina una evasión.

Ningún idioma es más metafórico que la germanía. Devisser le coco, torcer el cuello; tortiller, comer; être gerbé, ser juzgado; un rat, un ladrón de pan; il lansquine, llueve, antigua figura notable, que en cierto modo lleva su fecha con ella, que asimila las largas líneas oblicuas de la lluvia á las picas espesas é inclinadas de los lansquenetes ó sacanates, y que contiene en una sola palabra la metonimia popular: il pleut des hallebardes (llueven chuzos).

Algunas veces, á medida que la germanía va de la primera época á la segunda, las palabras pasan del estado salvaje y primitivo al sentido metafórico. El diablo deja de ser el rabouin y se convierte en el panadero, el que mete en el horno. Es más ingenioso, pero menos grande. Algo como Racine después de Corneille, como Eurípides después de Esquilo.

Hay ciertas frases de germanía que participan de las dos épocas, y tienen á un tiempo el carácter bárbaro y el carácter metafórico, las cuales parecen fantasmagorías. Les sorgueurs vont sollicer des gails á la lune (los vagos van á robar caballos por la noche); esto pasa ante la mente como un grupo de espectros. No se sabe lo que se ve.

En tercer lugar, los expedientes. La germanía vive de los mismos recursos que le presta el lenguaje. Usa de éste á su antojo, le toma al azar y se limita con frecuencia, cuando urge la necesidad, á desnaturalizarlo sumaria y groseramente.

Á veces con las palabras usuales así deformadas y complicadas con palabras de germanía pura, se componen locuciones pintorescas, en las que se advierte la mezcla de los dos elementos precedentes, la creación directa y la metáfora: «Le dab jaspine, je marronne que la roulotte de Pantin trime dans le sobri»: ladra el perro, es de creer que la diligencia de París pasa por el bosque.

«Le dab est sinve, la dabuge est merloussière, la fée est bative»: el señor es bestia, la señora es astuta, la hija es linda.

Lo más frecuente, á fin de desorientar á los que escuchan, es añadir única é indistintamente á todas las palabras de la lengua una especie de colilla ignoble, una terminación en gue, en lla, en orgue ó en uche. ¿Le_gue_ parace_lla_ buen_orgue_ este_lla_ frito_uche_? Frase que dirigió Cartouche á un llavero á fin de saber si la suma ofrecida para la evasión le convenía.

La terminación en mar es una de las que se han usado más modernamente.

Siendo la germanía el idioma de la corrupción, se corrompe presto.

Además, como trata siempre de esconderse, en cuanto es comprendida se transforma.

Al revés de otra vegetación; en ella todo rayo de luz mata cuanto toca.

Por eso la germanía va descomponiéndose y recomponiéndose sin cesar; trabajo obscuro y rápido que no se detiene jamás.

Así es que recorre más camino en diez años que la lengua en diez siglos.

Así larton (pan), se convierte en lartif; gail (caballo), se convierte en gaye; fertanche (paja), en fertille; momignard (muñeco), en momacque; figues (ropas), en frusques; chique (iglesia), en egrugoir; colabre (cuello), en colas.

El diablo es primeramente gahisto, después rabouin, luego panadero.

El clérigo es el ratichón, después el jabalí.

El puñal es el veintidós, después surin, luego lingre.

Los agentes de policía son los railles, luego los roussins, después rousses, después mercaderes de agujetas, galladores, cascantes.

El verdugo es el taule, después charlot, luego l'atigeur, luego becquillard.

En el siglo XVII, batirse, era darse tabaco; en el XIX, es mascarse el gaznate. Veinte locuciones diferentes han pasado entre esos dos extremos.

Cartouche hablaría en hebreo para Lacenaire.

Todas las palabras de esa jerigonza están en perpetua fuga, como los hombres que las pronuncian.

Sin embargo, de cuando en cuando, y á causa de ese mismo movimiento, la antigua germanía reaparece y vuelve á hacerse nueva. Hay puntos principales en que se mantiene.

El Temple, en París, conservaba la germanía del siglo XVII; Bicetre, cuando era cárcel, conservaba la germanía de Thunas. Allí se oía la terminación en anche de los tunos antiguos: ¿Bebanches tú (bebes tú)? Así creanche (así cree).

Mas no por eso deja de ser una ley el movimiento perpetuo.

Si por un momento llega á fijarse el filósofo en esa lengua para observarla, se ve desvanecerse sin cesar, y cae en dolorosas y útiles meditaciones.

No hay estudio más eficaz y fecundo en enseñanzas. Ni una metáfora; no existe una etimología de germanía que no contenga una lección.

Entre esos hombres, batir es fingir; se bate una enfermedad; la astucia es su fuerza.

Para ellos la idea del hombre no se separa de la idea de la sombra. La noche se dice la sorgue, el hombre l'orgue. El hombre es un derivado de la noche.

Se han acostumbrado á considerar á la sociedad como una atmósfera que les mata, como una fuerza fatal, y hablan de su libertad, como pudieran hablar de su salud. Un hombre preso es un enfermo; un hombre sentenciado, es un muerto.

Lo más terrible para el prisionero, dentro de las cuatro paredes de piedra que le sepultan, es una especie de castidad glacial; así es que llama al calabozo el castus.

En ese fúnebre lugar, siempre aparece la vida exterior bajo su aspecto más risueño.

El encarcelado tiene grillos en los pies; ¿creéis acaso que piensa que los pies son para andar? No, piensa que con ellos se baila.

Así es que cuando llega á romper sus hierros, su primera idea es que ya puede bailar, y llama por lo mismo á la sierra bastringue (sala de baile).

Un nombre es un centro; profunda asimilación.

El bandido tiene dos cabezas, una que razona sus acciones y le guía durante su vida entera, otra que tiene sobre sus hombros el día de su muerte; á la cabeza que le aconseja el crimen la llama la sorbona, y á la que le expía, el troncho.

Cuando ha llegado el hombre á no llevar más que andrajos sobre el cuerpo y vicios en el corazón; cuando se halla al final de esa doble degradación material y moral que caracteriza en sus dos acepciones la palabra andrajoso, está ya preparado para el crimen; por eso la germanía no dice «un andrajoso», sino un aderezado.

¿Qué es el presidio? Un brasero de condenación, un infierno. El presidiario se llama un leño.

En fin, ¿qué nombre dan los malhechores á la prisión? El colegio. Todo un sistema penitenciario puede salir de esta palabra.

¿Se quiere saber dónde han nacido la mayor parte de las canciones de presidio, esos refranes llamados lirlonfa en su vocabulario especial?

Pues atended:

Había en el Châtelet de París un subterráneo muy grande que estaba á ocho pies bajo el nivel del Sena. No tenía ni ventanas ni respiraderos; la única abertura era la puerta; los hombres podían entrar allí, el aire no.

Este subterráneo tenía por techo una bóveda de piedra, y por suelo diez pulgadas de fango.

Había estado embaldosado; pero las baldosas se habían podrido y agrietado con el rezumo de las aguas.

Á ocho pies del suelo atravesaba de parte á parte aquel subterráneo una larga viga maciza, de la cual pendían, de trecho en trecho, cadenas de tres pies de largo, en cuyo extremo había una argolla.

Encerrábase en aquella cueva á los condenados á presidio hasta el día que salían para Tolón.

Los empujaban hasta debajo de aquella viga, donde á cada cual le esperaba su herramienta oscilando en las tinieblas.

Las cadenas, esos brazos pendientes y las argollas, esas manos abiertas, cogían aquellos miserables por el cuello.

Remachábanse los hierros y se les dejaba allí.

La cadena resultaba corta y no podían echarse. Permanecían inmóviles dentro de aquella cueva, en aquella noche, bajo aquella viga, casi colgados, obligados á hacer esfuerzos inauditos para alcanzar el pan ó el cántaro, con la bóveda sobre la cabeza, el cieno á media pierna, corriéndoles el excremento por las corvas, destrozados de fatiga, doblándose por las caderas y rodillas, agarrándose con las manos á la cadena para reposar, no pudiendo dormir sino de pie y despertándose á cada instante por el rozamiento de la argolla. Algunos de ellos ni siquiera llegaban á despertar.

Para comer, subían con el talón á lo largo de la tibia hasta la mano el pan que les arrojaban en el lodo.

¿Cuánto tiempo permanecían así?

Un mes, dos meses, á veces hasta seis; hombre hubo que se pasó allí un año.

Tal era la antesala de los presidios donde se entraba á veces por haber robado una liebre al rey.

En ese sepulcro-infierno ¿qué hacían?

Lo que se puede hacer en un sepulcro, agonizar, y lo que se puede hacer en un infierno, cantar, porque donde no hay esperanza, queda el canto.

En las aguas de Malta, cuando se acercaba una galera, oíanse los cantos antes que el ruido de los remos.

El pobre cazador furtivo Survincent, que había pasado por la prisión subterránea del Châtelet, decía: «Las rimas son las que me han sostenido».

Inutilidad de la poesía. ¿Para qué sirve la rima?

En aquel subterráneo es donde nacieron casi todas las canciones de germanía. Del calabozo del Gran Châtelet de París viene aquel melancólico mote de la galera de Montgomery: Tímaloumisaine, timaloumison.

La mayor parte de estas canciones son lúgubres; algunas son alegres; una hay tierna:

Aquí está el teatro Del niño dardero

Hágase lo que se quiera, nunca se podrá arrancar ese eterno residuo del corazón del hombre, el amor.

En ese mundo de acciones sombrías, cada cual guarda su secreto. El secreto es propiedad de todos.

El secreto, para esos miserables, es la unidad que sirve de base á la unión.

Romper el secreto, es arrancar á cada miembro de esa comunidad feroz algo de sí mismo.

Delatar, en la lengua enérgica de germanía, se dice: «Comer el bocado», como si el delator sacase para sí un poco de la substancia de todos y se alimentase con un bocado de la carne de cada uno.

¿Qué es recibir un bofetón? La metáfora vulgar responde: «Ver treinta y seis candelas».[6]

Aquí interviene la germanía y dice á su vez: «Candela, humo». Con lo que el lenguaje usual ha hecho «humazo», sinónimo de bofetón.

Así, por una especie de penetración de abajo hacia arriba, ayudando la metáfora, esa conductora incalculable, la germanía sube de la caverna á la Academia; y diciendo Pulallier: «Yo enciendo mi humo» (candela), le hace escribir á Voltaire: «Langleviel de la Beaumelle merece cien humazos» (bofetones).

Una investigación en la germanía trae un descubrimiento á cada paso. El estudio profundo de ese extraño idioma conduce al misterioso punto de intersección de la sociedad regular con la sociedad maldita.

El ladrón tiene también su carne de cañón, la materia robable: vosotros, yo, cualquiera que pasa; el «pantre». («Pan», todo el mundo).

La germanía es el verbo convertido en presidiario.

Que pueda el principio pensador del hombre ser empujado hasta nivel tan bajo, pueda ser arrastrado y agarrotado allí por las obscuras tiranías de la fatalidad; que pueda quedar sujeto á lazos desconocidos en ese principio, es desconsolador.

¡Oh pobre pensamiento de los miserables!

¡Ay! ¿No acudirá nadie en socorro del alma humana entre las sombras? ¿Es acaso su destino esperar allí por siempre jamás al espíritu, al libertador, al inmenso jinete de los pegasos y de los hipogrifos, al caballero de color de aurora, que desciende del empíreo entre dos alas, al radiante caballero del porvenir?

¿Tendrá ella que llamar siempre inútilmente en su auxilio la lanza de luz del ideal?

¿No hay ya para esa pobre alma aherrojada más que el sudario de la materia, las ignominias del oprobio?

¿Está condenada á oir llegar espantosamente en el espesor del abismo al Mal, y entrever, cada vez más cerca, bajo las aguas asquerosas, aquella cabeza draconiana, aquellas fauces arrojando baba, aquella ondulación serpenteante de garras, de hinchamientos y de anillos?

¿Habrá de permanecer allí, sin un rayo de luz, sin una esperanza, entregada á esa aproximación formidable del monstruo, sintiéndola vagamente, temblando, despavorida, retorciendo los brazos, encadenada para siempre á la roca de la noche, sombría Andrómeda, pálida y desnuda en las tinieblas?

III =Germanía que llora y germanía que ríe=

Como se ve, la germanía toda entera, lo mismo la germanía de hace cuatrocientos años que la germanía de hoy día, está penetrada de ese sombrío espíritu simbólico que da á todas las palabras, ora un aspecto dolorido, ora un aire amenazador.

Se adivina en ellas la antigua tristeza feroz de aquellos truhanes del Patio de los Milagros que jugaban á las cartas con naipes peculiares suyos, de los cuales se han conservado algunos.

El ocho de bastos, por ejemplo, representaba un gran árbol con ocho hojas enormes de trébol, especie de personificación fantástica de la selva.

Al pie de ese árbol se veía una hoguera en que tres liebres asaban á un cazador puesto en su asador, y detrás, en otra hoguera, una marmita humeante, de la que salía la cabeza de un perro.

Nada tan lúgubre como esas represalias en pintura, en una baraja de naipes, teniendo á la vista las hogueras en que se quemaba á los contrabandistas y las calderas en que se cocía á los monederos falsos.

Las diversas formas que tomaba el pensamiento en el reino de la germanía, hasta la canción, hasta la burla, hasta la amenaza, tenían todas ese carácter impotente y humillado.

Todos los cantares, de los que se han recogido algunas melodías, eran humildes y lastimeros hasta hacer llorar.

El pigre llama el pobre pigre, y siempre es la liebre que se esconde, el ratón que se escapa, el pájaro que huye.

Apenas reclama, se concreta á suspirar; uno de sus gemidos ha llegado hasta nosotros:

Je n'entrave que le dait comment meck, le daron des orgues, peut atigen ses mômes et ses momignards el les locher criblant sans être agité lui-même (No comprendo cómo Dios, padre de los hombres, puede atormentar á sus hijos y á sus pequeñuelos, y oirlos gritar sin atormentarse á sí mismo).

El miserable, siempre que tiene ocasión de pensar, se hace pequeño ante la ley y raquítico ante la sociedad; se está boca abajo, suplica, se vuelve del lado de la piedad; se le ve reconocer su falta.

Hacia mediados del último siglo verificóse un cambio. Los cánticos de las cárceles, los ritornelos de los ladrones tomaron, por así decirlo, un gesto característico y jovial. El plañidero maluré fué reemplazado por larifla.

Encuéntrase en el siglo XVIII, en casi todas las canciones de las cárceles y presidios, como entre las chusmas, una alegría diabólica y enigmática.

Se oye allí este estribillo estridente y saltón que parece iluminado por una luz fosforescente y como arrojado en el bosque por un fuego fatuo, tocando el pífano:

Mirlababi surlababo, Mirliton ribonribette Surlababi mirlababo, Mirliton ribonribo.

Esto se cantaba degollando á un hombre en una cueva ó en un rincón de un bosque.

Síntoma grave. En el siglo XVIII disípase la antigua melancolía de esas clases doloridas.

Sueltan la carcajada; búrlanse del gran meg (Dios) y del gran dab (rey).

Al darles á Luis XV, llaman al rey de Francia «marqués de Pantin». Y están ya casi alegres.

Sale de esos miserables una especie de luz ligera, como si ya nada les pasase en la conciencia.

Esas tribus lamentables de la sombra no tienen ya únicamente la audacia de las acciones, sí que también la audacia negligente del ingenio; indicio de que van perdiendo el sentimiento de su criminalidad, y de que comprenden que hasta entre los pensadores y los reflexivos encuentran cierto apoyo, aunque indefinible todavía.

Indicio de que el robo y el pillaje comienzan á infiltrarse hasta con doctrinas y sofismas, que les hacen perder algo de su fealdad, prestando una gran parte á los sofismas y á las doctrinas.

Indicio, en fin, de que si no surge alguna diversión, está cercana alguna explosión prodigiosa.

Detengámonos un momento.

Señalaremos un hecho.

¿Á quién acusamos aquí? ¿Es al siglo XVIII? ¿Es á su filosofía?

No por cierto.

La obra del siglo XVIII es sana y buena. Los enciclopedistas, con Diderot á la cabeza; los fisiócratas, con Turgot á la cabeza; los filósofos, con Voltaire á la cabeza; los utopistas, con Rousseau á la cabeza, son las cuatro legiones sagradas á las que debe la humanidad su inmenso avance hacia la luz.

Son las cuatro vanguardias del género humano en dirección á los cuatro puntos cardinales del progreso: Diderot hacia todo lo bello, Turgot hacia lo útil, Voltaire hacia lo verdadero, Rousseau hacia lo justo.

Pero al lado, y por bajo de los filósofos había los sofistas, vegetación venenosa mezclada con la frondosidad saludable, cicuta de la selva virgen.

Mientras que el verdugo quemaba en la escalera principal del Palacio de Justicia los grandes libros libertadores del siglo, escritores hoy día olvidados publicaban, con privilegio del rey, cierta clase de escritos extrañamente desorganizadores, ansiosamente leídos por los miserables.

Algunas de esas publicaciones, cosa singular, patrocinadas por un príncipe, se encuentran en la Biblioteca secreta.

Estos hechos, profundos pero ignorados, pasaban desapercibidos en la superficie. Á veces, la obscuridad misma de un hecho es la que constituye su peligro. Es obscuro, porque es subterráneo.

De todos los escritores, el que quizá ahondó más entonces en las masas la galería menos sana, fué Restif de la Bretonne.

Este trabajo, peculiar á toda Europa, hizo más estragos en Alemania que en ninguna otra parte.

En Alemania, durante cierto período, resumido por Schiller en su drama famoso de Los bandidos, el robo y el pillaje se erigían en protesta contra la propiedad y el trabajo; se asimilaban ciertas ideas elementales, espaciosas y falsas, justas en apariencia, absurdas en realidad; se envolvían con esas ideas, desaparecían en cierto modo de ellas, tomaban un nombre abstracto y pasaban al estado de teoría; y de esa manera circulaban en las multitudes laboriosas, pacientes y honradas, sin notarlo siquiera ni los químicos imprudentes que habían preparado la mixtura, ni las masas que la absorbían.

Siempre que se produce un hecho de esta índole, resulta grave.

El sufrimiento engendra la cólera; y mientras las clases prósperas se ciegan ó se adormecen, lo cual es siempre cerrar los ojos, el odio de las clases desgraciadas enciende su tea á la luz de algún ánimo disgustado ó contrahecho que medita en un rincón, y se pone á examinar la sociedad.

El examen del odio, ¡cosa terrible!

De ahí provienen, si la desgracia de los tiempos lo quiere, esas aterradoras conmociones que se llamaban antiguamente jacquerías, junto á las cuales las agitaciones puramente políticas son juegos de niños, porque no son ya la lucha del oprimido contra el opresor, sino la rebelión de la estrechez contra el bienestar. Todo se derrumba entonces.

Las jacquerías son temblores del pueblo.

Ese peligro, inminente quizá en Europa hacia fines del siglo XVIII, fué el que vino á paralizar la Revolución francesa, ese acto inmenso de probidad.

La Revolución francesa, que no es otra cosa que lo ideal armado de la cuchilla, se levanta, y con un solo movimiento brusco cierra la puerta del mal abriendo la del bien.

Deslinda la cuestión, promulga la verdad, expulsa el miasma, sanea el siglo y corona al pueblo.

Puede decirse de ella que ha creado al hombre por segunda vez, dándole una segunda alma: el derecho.

El siglo XIX hereda y se aprovecha de su obra; y hoy día la catástrofe social que indicábamos anteriormente, es simplemente imposible. ¡Ciego es quien la acusa! ¡Necio quien la teme! La Revolución es la vacuna de la jacquería.

Gracias á la Revolución, las condiciones sociales han cambiado. Las enfermedades feudales y monárquicas no están ya en nuestra sangre. No hay ya Edad Media en nuestra constitución.

No estamos ya en los tiempos en que espantosos hormigueos interiores producían irrupciones en que se oía bajo los pies la carrera obscura de un ruido sordo, en que aparecían á la superficie de la civilización indefinibles levantamientos de galerías de topos, en que se agrietaba el suelo, en que se abría el techo de las cavernas, y en que de repente se veía salir de la tierra cabezas monstruosas.

El sentido revolucionario es un sentido moral.

El sentimiento del derecho, desarrollado, desarrolla el sentimiento del deber.

La ley de todos es la libertad, que concluye donde empieza la libertad de otro, según la admirable definición de Robespierre.

Desde 1789, el pueblo todo entero se dilata en el individuo sublimado; no hay pobre que, teniendo su derecho, no tenga su irradiación; el hambriento siente sobre sí la honradez de la Francia; la dignidad de ciudadano es una armadura interior; el que es libre, es escrupuloso; el que vota, reina.

De ahí la incorruptibilidad; de ahí el aborto de las ambiciones funestas; de ahí los ojos heroicamente bajos ante las tentaciones.

El saneamiento revolucionario es tal, que en un día de emancipación, en un 14 de julio, ó en un 10 de agosto, no hay ya populacho. El primer grito de las muchedumbres iluminadas y engrandecidas es: «¡Muera el ladrón!».

El progreso es hombre y es honrado; lo ideal y lo absoluto no sirven ya de tapujo.

¿Por quiénes fueron escoltados en 1848 los furgones que contenían las riquezas de las Tullerías? Por los traperos del barrio de San Antonio.

El andrajo dió la guardia al tesoro. La virtud hizo resplandecer á los harapientos.

Estaba allí, en aquellos furgones, en cajas apenas cerradas, algunas hasta entreabiertas, entre cien estuches deslumbradores, la antigua corona de Francia, toda de diamantes, teniendo por remate el carbunclo real del regente, que valía treinta millones de francos; y guardaban ellos, con los pies descalzos, aquella corona.

Nada, pues, de jacquería. Lo siento por los hábiles, puesto que desaparece en último término ese antiguo coco, y ya en adelante no podrá nadie servirse de él en política.

Se ha roto el gran resorte del espectro rojo. Y todo el mundo lo sabe. El espantajo ya no espanta á nadie.

Los pájaros se permiten familiaridades con el maniquí, los estiércoles le caen encima, los burgueses se ríen á su pie.

IV =Los dos deberes: velar y esperar=

Siendo esto así, se ha disipado en verdad todo peligro social.

No hay ya jacquería; la sociedad puede estar tranquila por este lado; no se le subirá ya la sangre á la cabeza; pero medite como respira.

La apoplejía no es de temer, pero sí la tisis.

La tisis social se llama miseria.

Lo mismo se muere minado que aplastado.

No nos cansaremos de repetirlo: pensar ante todo en la multitud desheredada y dolorida, consolarla, darle aire y luz, amarla, ensanchar magníficamente su horizonte, prodigarle la educación bajo todas sus formas, ofrecerle el ejemplo del trabajo, nunca el de la ociosidad, aminorar el peso de la carga individual aumentando la noción del fin universal, limitar la pobreza sin limitar la riqueza, crear vastos campos de actividad pública y popular, tener, como Briareo, cien manos que tender por todas partes á los débiles y á los oprimidos, emplear el poder colectivo en ese gran deber de abrir talleres á todos los brazos, escuelas á todas las aptitudes y laboratorios á todas las inteligencias, aumentar el salario, disminuir el trabajo, equilibrar el debe y haber, es decir, proporcionar el goce al esfuerzo y la saciedad á la necesidad; en una palabra, hacer despedir al aparato social en provecho de los que padecen y de los que ignoran; más luz y bienestar; tal es, y no lo olviden las almas simpáticas, la primera de las obligaciones fraternales; tal es, y sépanlo los corazones egoístas, la primera de las necesidades políticas.

Y digámoslo también, todo ello no es más que un principio.

La verdadera cuestión es ésta: el trabajo no puede ser una ley sin ser un derecho.

No insistimos más, porque no es éste el lugar de hacerlo.

Si la naturaleza se llama Providencia, la sociedad debe llamarse Previsión.

El acrecentamiento intelectual y moral no es menos indispensable que el mejoramiento material.

El saber es un viático; el pensar es de primera necesidad; la verdad es un alimento como el trigo.

Una inteligencia falta de saber y de reflexión, se debilita.

Si hay algo más doloroso que un cuerpo agonizante por falta de alimento, es un alma que se muere de hambre de luz.

El progreso entero tiende hacia la solución de esos problemas.

Llegará un día en que todo el mundo se asombre.

El género humano, subiendo siempre, conseguirá que las capas más profundas salgan naturalmente de la zona de la desgracia.

La desaparición de la miseria se hará por una simple elevación de nivel.

No es cuerdo dudar de esta solución bendita.

Es verdad que lo pasado tiene mucha vida aún á la hora en que escribimos. Es más, revive.

Este rejuvenecimiento de un cadáver es cosa sorprendente. Anda y se acerca; parece triunfante; ese muerto es un conquistador.

Lleva con su legión las supersticiones; con su espada, el despotismo; con su bandera, la ignorancia: en poco tiempo ha ganado diez batallas; avanza, amenaza, se ríe y está á nuestras puertas.

En cuanto á nosotros, no por eso desesperamos. Vendamos el terreno donde acampa Aníbal.

Nosotros, los que creemos, ¿qué podemos temer?

No hay retroceso de ideas, como no lo hay de ríos.

Pero que reflexionen los que no quieren el porvenir. Diciendo no al progreso, no es el porvenir lo que condenan, sino á sí mismos.

Se crean una enfermedad sombría; se inoculan el mal de lo pasado.

No hay más que una manera de negarse á ser mañana: morir.

Pero nosotros no queremos ninguna muerte: la del cuerpo, lo más tarde posible; la del alma, nunca.

Sí, el enigma dirá su palabra; hablará la esfinge; el problema se resolverá.

Sí, el pueblo bosquejado por el siglo XVIII, será acabado por el siglo XIX.

¡Quien lo dude será un idiota!

La perfección futura, el estado próximo del bienestar universal, es un fenómeno divinamente fatal.

Los hechos humanos están regidos por inmensos impulsos simultáneos que los conducen á todos, y en tiempo dado, al estado lógico; es decir, al equilibrio; ó mejor á la equidad.

Una fuerza terrena y celestial á la vez, surge de la humanidad, y la gobierna; esta fuerza hace milagros; para ella los desenlaces maravillosos no son más difíciles que las peripecias extraordinarias.

Auxiliada por la ciencia, que viene del hombre, y por el éxito que viene de otra parte, se asusta poco de esas contradicciones en la enunciación de los problemas que le parecen imposibles al vulgo.

No es menos hábil para sacar una solución del contraste de las ideas que una enseñanza del contraste de los hechos; y todo se puede esperar de ese misterioso poder del progreso, que el mejor día pone al Oriente frente al Occidente en el fondo de un sepulcro, y hace conversar á los imanes con Bonaparte en lo interior de la gran pirámide.

Entre tanto, no nos paremos, no vacilemos, no nos detengamos en la grandiosa marcha de las inteligencias.

La filosofía social es esencialmente la ciencia y la paz; tiene por objeto y debe tener por resultado el disolver las iras por medio del estudio de los antagonismos. Examina, escudriña, analiza, y después recompone; procede por vía de reducción, separando siempre el odio.

Que una sociedad desaparezca ante el viento que se desencadena sobre los hombres, lo hemos visto más de una vez; la historia está llena de naufragios de imperios y de pueblos: costumbres, leyes, religiones, todo desaparece el día menos pensado ante lo desconocido, ante el huracán que pasa y lo arrastra todo.

Las civilizaciones de la India, de la Caldea, de la Persia, de la Asiria y de Egipto, han desaparecido unas tras otras.

¿Por qué? Lo ignoramos.

¿Cuáles fueron las causas de esos desastres? No lo sabemos.

¿Habrían podido salvarse esas sociedades? ¿Fué suya la culpa? ¿Han alimentado algún vicio fatal que las ha perdido? ¿En qué cantidad entra el suicidio en esas muertes terribles de una nación y de una raza?

Cuestiones son todas ellas sin respuesta.

La sombra cubre las civilizaciones condenadas.

Hacían agua, puesto que se fueron á pique; no hay por lo tanto nada que decir.

Y vemos con singular asombro, en el fondo de ese mar que se llama lo pasado, detrás de esas olas colosales que se llaman siglos, cómo zozobran esos inmensos buques llamados Babilonia, Nínive, Tarsis, Tebas y Roma, bajo el soplo espantoso que sale de todas las bocas de la obscuridad.

Pero estas tinieblas se quedan allí; aquí tenemos luz.

Ignoramos los males de las civilizaciones antiguas, pero conocemos las enfermedades de la nuestra; en todas partes tenemos sobre ella el derecho de la luz; contemplamos sus bellezas y ponemos al descubierto sus deformidades.

Donde tiene un dolor, le sondeamos; y consignado el padecimiento, el estudio de la causa nos lleva al descubrimiento del remedio.

Nuestra civilización, obra de veinte siglos, es á un tiempo un monstruo y un prodigio; y bien vale la pena de que se la salve. Y se la salvará.

Consolarla, es ya mucho; iluminarla, es algo más.

Todos los trabajos de la filosofía social moderna deben converger hacia ese fin.

El pensador moderno tiene un gran deber: auscultar la civilización.

Lo repetimos: esta auscultación es un estímulo; y con esta insistencia en el estímulo queremos concluir estas páginas, entreacto austero de un drama doloroso.

Bajo la mortalidad social se descubre la inmortalidad humana.

Porque el globo tenga acá ó allá esas heridas que se llaman cráteres, y esos herpes llamados solfataras; porque haya un volcán que se abra y arroje su pus, el globo no muere.

Los males del pueblo no matan al hombre.

Y sin embargo, el que estudia la clínica social tiembla á cada instante.

Los más fuertes, como los más sensibles, como los más lógicos, tienen sus horas de desfallecimiento.

¿Llegará el porvenir?

Parece que bien puede hacerse semejante pregunta cuando se advierten tantas sombras terribles.

Sombras colocadas frente á frente de los egoístas y de los miserables.

Del lado de los egoístas, las preocupaciones, las tinieblas de una educación rica, el apetito aumentado por la embriaguez, un aturdimiento de prosperidad que asombra, el temor de padecer, que en algunos llega hasta la aversión hacia los que padecen, una satisfacción implacable: el yo tan hinchado que cierra las puertas del alma.

Del lado de los miserables, la ambición, la envidia, el odio que se produce viendo gozar á los demás, las profundas sacudidas de la fiereza humana hacia el hartazgo, corazones llenos de bruma, la tristeza, la fatalidad, la necesidad, la ignorancia impura y sencilla.

¿Debemos continuar elevando los ojos al cielo?

El punto luminoso que en él se distingue, ¿es de los que se apagan?

Es horroroso ver así lo ideal perdido en las profundidades, pequeño, aislado, imperceptible, brillante, pero rodeado de todas esas grandes amenazas negras, monstruosamente amontonadas en derredor suyo; y sin embargo, no corre más peligro que el que corre una estrella entre las fauces de una nube.

NOTAS:

[4] El Último Día de un condenado.

[5] Silbaron la comedia.

[6] Ver las estrellas.

LIBRO OCTAVO ENCANTOS Y DESOLACIONES

I =Plena luz=

El lector ha comprendido ya que habiendo conocido Eponina, á través de la verja, al inquilino de la calle Plumet, adonde la había enviado Magnon, había empezado por alejar á los bandidos de la calle Plumet, y luego había llevado allí á Mario; quien, después de muchos días de éxtasis ante aquella verja, arrastrado por la fuerza que impulsa al hierro hacia el imán, y al amante hacia las piedras que forman la casa de su amor, había concluido por entrar en el jardín de Cosette, como Romeo en el jardín de Julieta.

Pero le había sido más fácil que á Romeo, porque éste tuvo que escalar una pared, y Mario no tuvo que hacer más que forzar un poco una de las barras de la decrépita verja, que vacilaba en su alvéolo enmohecido, como los dientes en las encías de los viejos.

Mario era delgado, y pasó fácilmente.

Como jamás había nadie en la calle, y Mario sólo entraba de noche en el jardín, no corría peligro de ser visto.

Á partir de aquella hora bendita y santa en que un beso unió dos almas, Mario seguía yendo todas las noches.

Si en aquel momento de su vida Cosette hubiera caído en el amor de un hombre poco escrupuloso y libertino, se habría perdido; porque hay naturalezas generosas que se entregan por completo, y Cosette era una de ellas.

Una de las magnanimidades de la mujer es ceder.

El amor á esa altura en que es absoluto, se complica con una indefinible y celestial ceguedad del pudor.

¡Y cuántos peligros corréis, oh almas nobles!

Muchas veces dais el corazón y nosotros tomamos el cuerpo; y os queda luego el corazón y le miráis en la sombra estremecidas.

El amor no tiene términos medios; ó pierde ó salva.

El destino humano está encerrado en ese dilema; dilema de perdición ó salud que ninguna fatalidad le establece tan inexorablemente como el amor.

«El amor es la vida, cuando no es la muerte; es cuna, pero ataúd también».

El mismo sentimiento dice sí y no, en el corazón humano.

De todas las cosas que Dios creó, el corazón humano es la que despide más luz; ¡oh sí! pero también más sombra.

Dios quiso que el amor que Cosette encontrase fuese uno de esos amores que salvan.

Durante el mes de mayo de 1832, hubo todas las noches en aquel pobre jardín salvaje, bajo el follaje, cada día más embalsamado y más frondoso, dos seres respirando castidad é inocencia, sumergidos en las felicidades celestes, más cercanos á los arcángeles que á los hombres; puros, castos, embriagados, esplendentes, que brillaban el uno para el otro en las tinieblas.

Parecíale á Cosette que Mario tenía una corona, y á Mario que Cosette tenía un nimbo.

Se acercaban, se miraban, se cogían las manos, se apretaban uno contra otro; pero había una distancia que no atravesaban. Y no era que la respetasen, sino que la ignoraban.

Mario tenía una barrera, la pureza de Cosette; Cosette tenía un apoyo, la lealtad de Mario. El primer beso había sido el último.

Mario después no había pasado de tocar con sus labios la mano, ó el vestido, ó un rizo de los cabellos de Cosette.

Cosette era para él un perfume y no una mujer; la respiraba.

Ella no le negaba nada; él nada la pedía. Ella era feliz y él estaba satisfecho.

Vivían en ese feliz estado, que se podría llamar el deslumbramiento de un alma por un alma.

Era aquello el inefable primer abrazo de dos virginidades en lo ideal; dos cisnes encontrándose en las aguas de la pureza.

En aquella hora del amor en que la voluptuosidad se calla absolutamente bajo el poderío del éxtasis, Mario, el puro y seráfico Mario, hubiera sido más bien capaz de subir á casa de una mujer pública que de levantar el vestido de Cosette á la altura del tobillo.

Una vez, á la luz de la luna, Cosette se bajó á coger algo del suelo, se entreabrió su corpiño y dejó ver el nacimiento de su garganta.

Mario apartó los ojos.

¿Qué pasaba entre aquellos dos seres?

Nada; se adoraban.

Por la noche, cuando estaban allí, el jardín parecía un lugar viviente y sagrado.

Todas las flores se abrían en torno suyo y les enviaban perfumes, y ellos abrían sus almas y las derramaban sobre las flores.

La vegetación ardiente y vigorosa temblaba llena de savia y de alegría en torno de aquellos dos inocentes, y ellos se decían palabras de amor que hacían estremecer los árboles.

¿Y qué palabras eran esas?

Soplos, nada más.

Y aquellos soplos bastaban á turbar y conmover toda aquella naturaleza.

Poder mágico que apenas se podía comprender si se leyesen en un libro todas aquellas conversaciones nacidas para ser arrastradas y disipadas como el humo por el viento bajo las hojas.

Quitad á los murmullos de dos amantes aquella melodía que sale del alma, y que los acompaña como una lira, y lo que queda no es más que sombra.

Y decís: «¡Qué! ¡No es más que eso!».

--¡Sí; niñerías, repeticiones, risas por cualquier cosa, tonterías, bobadas, lo más sublime y profundo que existe; las solas cosas que merecen ser dichas y oídas!

El hombre que no ha dicho ni escuchado nunca semejantes tonterías y pequeñeces, es un imbécil ó un perverso.

Sí, porque eso es la inocencia.

Cosette decía á Mario:

--¿Sabes?...

(Con todo eso y al través de esa celeste virginidad, y sin que les hubiera sido posible al uno ni al otro decir el cómo, se tuteaban).

--¿Sabes? Me llamo Eufrasia.

--¿Eufrasia? No, hija, no; tú te llamas Cosette.

--¡Oh! Cosette es un nombre muy feo que me pusieron cuando era niña. Pero mi verdadero nombre es Eufrasia. ¿No te gusta este nombre?

--Sí... Pero Cosette no es feo.

--¿Te gusta más que Eufrasia?

--Pues... Sí.

--Entonces también á mí me gusta más. Es verdad, es muy bonito. ¡Cosette! Llámame Cosette.

Y la sonrisa con que acompañaba estas palabras hacía de este diálogo un idilio digno de un bosque que estuviera en el cielo.

Otras veces le miraba ella fijamente, exclamando:

--Caballero, sois muy lindo, muy guapo; tenéis talento; no sois tonto en modo alguno; sabéis más que yo; pero os desafío á pronunciar esta palabra: ¡Te amo!

Y Mario, en medio de un placer celestial, creía oir una estrofa entonada por una estrella.

O bien ella le daba un golpecito porque tosía, diciéndole:

--No tosáis, caballero. No quiero que nadie tosa en mi casa sin mi permiso. Es muy feo eso de toser é inquietarme. Quiero que estés bueno; porque si estuvieras malo, sería yo muy desgraciada. ¿Qué quieres que le haga?

Y esto era sencillamente una cosa divina.

Una vez Mario la dijo á Cosette:

--Figúrate que hubo un día en que creí que te llamabas Úrsula.

Y esto les dió que reir toda la noche.

Otra vez, en medio de una de aquellas pláticas, exclamó Mario:

--¡Oh! ¡Un día en el Luxemburgo tuve deseos de acabar de estropear á un inválido!

Pero se detuvo, y no fué más allá. Le habría sido preciso hablar á Cosette de la liga, y esto era imposible.

Existía entre ellos una especie de barrera desconocida, la carne, ante la cual retrocedía con cierto espanto sagrado aquel inmenso é inocente amor.

Mario se figuraba que era aquello vivir con Cosette, y que no había un más allá en el mundo; ir todas las noches á la calle Plumet, separar el complaciente hierro de la verja del presidente, sentarse junto á ella en aquel banco, mirar al través de los árboles las titilaciones del comienzo de la noche, poner en contacto el pliegue de la rodilla de su pantalón con la falda de Cosette, acariciarle la uña del dedo pulgar, tutearse, aspirar la misma flor uno en pos del otro, siempre é indefinidamente.

Entre tanto, las nubes pasaban sobre sus cabezas. Cada vez que sopla el viento arrastra más sueños de hombre que nubes del cielo.

Aquel casto amor, casi salvaje, no rechazaba absolutamente la galantería, no.

«Hacer cumplimientos» á quién se ama, es el primer modo de hacer caricias; es una prueba de audacia.

El cumplimiento obsequioso es como un beso al través del velo.

El deleite envuelve en él su germen, ocultándose.

Los requiebros de Mario, saturados de quimeras, eran, por así decirlo, celestiales.

Los pájaros, cuando vuelan por lo alto, al lado de los ángeles, oyen forzosamente palabras como ésas. En ellas se mezclaba, sin embargo, la vida, la humanidad, toda la cantidad de positivo de que Mario era capaz.

Es lo que se dice en la gruta, preludio de lo que ha de decirse en la alcoba; una efusión lírica, la estrofa y el soneto mezclados, las caballerescas hipérboles del arrullo; todos los refinamientos de la adoración colocados en un ramillete y exhalando un suave perfume celestial, un inefable susurro de corazón á corazón.

--¡Oh!--murmuraba Mario:--¡Qué hermosa eres! No me atrevo á mirarte. Por eso te contemplo. Eres una gracia. No sé lo que tengo. El bajo de tu vestido, cuando asomas la punta del pie, me trastorna. ¡Qué resplandor desprendes cuando se entreabre tu pensamiento! Siempre hablas con asombroso juicio. Hay instantes en que me parece que eres un sueño. Habla; yo te escucho, yo te admiro. ¡Oh! ¡Qué raro y que encantador es todo esto! Estoy verdaderamente loco. Sois adorable, señorita. Estudio tus pies con el microscopio, y tu alma con el telescopio.

Y Cosette respondía:

--Te amo un poco más, por el tiempo que ha transcurrido, desde esta mañana.

Preguntas y respuestas iban como podían en este diálogo, cayendo siempre de acuerdo sobre el amor, como los dominguillos de saúco sobre el clavo.

Cosette era la sencillez, la ingenuidad, la trasparencia, la blancura, el candor, la luz.

Podía decirse de ella que era diáfana.

Causaba á todo el que la veía una sensación como el abril y la aurora; aparecía el rocío en sus ojos.

Cosette era la condensación del resplandor boreal en forma de mujer.

Era, por cierto, muy sencillo que Mario, adorándola, la admirase.

Pero la verdad es que aquella colegiala, tierna flor del convento, hablaba con penetración exquisita, y decía á cada momento toda clase de palabras propias y delicadas.

Lo que en otra hubiera sido cháchara, era en ella conversación; no se engañaba en ningún asunto, y sabía siempre apreciar lo justo.

La mujer siente y habla con el tierno instinto del corazón, que es infalible.

Nadie puede decir cosas tiernas y profundas á la vez como una mujer.

Dulzura y profundidad; he ahí la mujer, he ahí el cielo.

En aquella felicidad plena asomaban á cada instante lágrimas en sus ojos.

Un insectillo aplastado, una pluma caída de un nido, una rama de árbol desgajada, los enternecía, y aquellos éxtasis, dulcemente impregnados de melancolía, parecía que sólo pedían una lágrima.

El síntoma más grande del amor es un enternecimiento que llega á veces á lo insoportable.

Y después de esto, porque tales contradicciones son el juego de los relámpagos en amor, se reían de buena gana y con expansiva libertad, y tan familiarmente, que parecían algunas veces un par de niños.

Sin embargo, aún ignorándolo los mismos corazones ebrios de castidad, se encuentran siempre en la inolvidable naturaleza.

Allí está con su objeto sublime y brutal; y cualquiera que sea la inocencia de las almas, se siente, en la conversación íntima más púdica, el adorable y misterioso matiz que separa á dos amantes de dos amigos.

Se idolatraban.

Lo permanente y lo inmutable subsisten siempre.

Los amantes se aman, se sonríen, se ríen, se hacen muecas tan imperceptibles para los demás como expresivas para ellos, con la punta de los labios; entrelazan los dedos de las manos, se tutean, sin que todo ello se oponga para nada á la eternidad.

Dos amantes se ocultan en la noche, en el crepúsculo, en lo invisible, como los pájaros, como las rosas; se fascinan uno á otro en la sombra con sus corazones, que ponen en sus ojos; murmuran, cuchichean, y al mismo tiempo el grandioso movimiento de los astros sigue llenando el infinito.

II =El aturdimiento de la felicidad completa=

Existían vagamente agobiados de felicidad.

No habían notado que el cólera diezmaba á París precisamente en aquel mismo mes.

Se habían hecho todas las confianzas posibles; pero no habían pasado más allá de sus nombres.

Mario había dicho á Cosette que se llamaba Mario Pontmercy, que era abogado, que vivía de escribir para los libreros, que su padre era coronel y había sido un héroe, y que estaba disgustado con su abuelo, que era muy rico.

Le había indicado también que era barón; pero esto no había producido el menor efecto en Cosette.

¿Mario, barón? No lo comprendía; no sabía lo que esta palabra quería decir. Para ella, Mario era Mario.

Cosette, por su parte, le había dicho que se había educado en el convento del Petit Picpus, que su madre había muerto como la de él, que su padre se llamaba Fauchelevent, que era muy bueno, que daba muchas limosnas, que era, á pesar de ello, pobre, y que se privaba de todo, no privándola á ella de nada.

Y ¡cosa rara! en la especie de sinfonía en que vivía Mario, desde que visitaba á Cosette, lo pasado, aún lo más reciente, se había hecho para él tan confuso y lejano, que lo que Cosette le contaba le satisfacía por completo.

No se le ocurrió siquiera hablarle de la aventura nocturna del caserón de los Thénardier, de la quemadura y de la extraña actitud y singular huida de su padre.

Mario había olvidado enseguida todo aquello; no sabía por la noche ni lo que había hecho por la mañana, ni dónde había almorzado, ni quién le había hablado; tenía en el oído una música que le ensordecía para cualquier otro pensamiento; sólo se daba cuenta de su existencia durante las horas en que veía á Cosette. Y entonces, como estaba en el cielo, era natural que olvidase la tierra.

Ambos llevaban con languidez el peso indefinible de los deleites inmateriales.

Que es así como viven esos sonámbulos que se llaman enamorados.

¡Ah! ¿Quién no ha pasado por algo parecido? ¿Por qué llega una hora en que se ha de abandonar ese cielo? ¿Por qué continua luego la vida?

El amor reemplaza casi al pensamiento; es una completa abstracción de todo lo demás.

¡Idle á pedir lógica á la pasión!

No hay encadenamiento lógico absoluto en el corazón humano, como no hay ninguna figura geométrica perfecta en la mecánica celeste.

Para Cosette y Mario no existía nada más que Mario y Cosette.

El universo en su derredor estaba como caído en un abismo.

Vivían en un minuto de oro.

No miraban adelante ni atrás; Mario apenas pensaba en que Cosette tuviese padre. En su cerebro había algo semejante á un deslumbramiento que todo lo borra.

¿De qué hablaban aquellos amantes?

Ya lo hemos dicho: de las flores, de las golondrinas, del sol poniente, de la salida de la luna, de todas las cosas importantes; se lo decían todo; esto es, el todo de los enamorados, que es la nada.

Pero el padre, las realidades, aquel desván, aquellos bandidos, aquella aventura, ¿qué les importaba?

¿Estaban seguros de que había existido aquel sueño?

Eran dos, se adoraban, no había más que esto; todo lo demás no existía.

Es probable que este desvanecimiento del infierno detrás de nosotros es inherente á la llegada al paraíso.

¿Acaso se ha visto á los demonios? ¿Los ha habido? ¿Se ha tenido miedo? ¿Se ha sufrido? Ya no se sabe; todo eso lo cubre una nube de rosa.

Así vivían, pues, aquellos dos seres, á grande altura, con toda la inverosimilitud que hay en la naturaleza; ni en el nadir, ni en el zenit, entre el hombre y el serafín; entre el fango y el éter; en la nube; apenas carne y hueso; alma y éxtasis de pies á cabeza; demasiado sublimes para andar por la tierra, pero con bastante humanidad aún para desaparecer en lo azul, en suspensión, como átomos que esperan el precipitado; en apariencia fuera del destino; ignorando la miseria del ayer y del hoy como del mañana; maravillados, pasmados, flotantes, aligerados por momentos para la desaparición en lo infinito; casi dispuestos á emprender el vuelo eterno.

Dormían despiertos en aquel arrullo. ¡Oh letargo espléndido de la realidad llena de idealismo!

Algunas veces, por más que Cosette fuese tan bella, cerraba Mario los ojos en su presencia. Con los ojos cerrados es como se ve el alma.

Mario y Cosette no se preguntaban adónde aquello podía conducirles.

No alcanzaban á ver un más allá.

Es una extraña pretensión de los hombres la de querer que el amor conduzca á alguna parte.

III =Principio de sombra=

Juan Valjean, por su parte, nada sospechaba.

Cosette, algo menos soñadora que Mario, estaba alegre, y esto le bastaba á Juan Valjean para ser feliz.

Los pensamientos de Cosette, sus tiernas ilusiones, la imagen de Mario que llenaba su alma, no perjudicaban en nada la pureza incomparable de su hermosa frente casta y risueña.

Estaba en la edad en que las vírgenes llevan su amor como los ángeles su azucena.

Estaba, pues, tranquilo Juan Valjean.

Y luego, cuando dos amantes se entienden, todo va perfectamente bien; y un tercero cualquiera que pudiera turbar su amor, queda envuelto en una perfecta obscuridad con sólo algunas precauciones, siempre las mismas para todos los enamorados.

Así es que Cosette nunca hacía objeciones á Juan Valjean. ¿Quería pasear? Sí, papaíto. ¿Quería quedarse? Muy bien. ¿Quería pasar la noche al lado de Cosette? Perfectamente; siempre ella tan contenta.

Como Juan Valjean se retiraba ordinariamente á las diez de la noche, no iba en tales noches Mario al jardín hasta después de la hora indicada, cuando oía desde la calle que Cosette abría la puerta ventana de la escalinata.

No hay que decir que durante el día no parecía Mario por allí.

Juan Valjean no se acordaba ya ni de la existencia de tal hombre.

Sólo una vez, una mañana, le dijo á Cosette:

--¡Calle! ¡Cómo tienes la espalda de yeso!

La noche anterior, Mario, en un momento de transporte, había estrechado á Cosette contra la pared.

La vieja Santos, que se acostaba muy temprano, no pensaba más que en dormir después de concluido su trabajo, y lo ignoraba todo como Juan Valjean.

Mario no ponía nunca los pies en la casa.

Cuando estaba con Cosette, se ocultaba en un ángulo cerca de la escalinata para que no le viesen ni oyesen desde la calle.

Sentábanse allí, contentándose muchas veces con apretarse las manos veinte veces por minuto, mirando las ramas de los árboles.

Durante aquellos instantes, aunque hubiera caído un rayo á treinta pasos de ellos, no lo habrían notado; de tal modo la fantasía del uno se absorbía y sumergía profundamente en la del otro.

¡Purezas límpidas! ¡Horas diáfanas, casi todas iguales!

Esta clase de amor es una colección de hojas de lirio y plumas de paloma.

Todo lo ancho del jardín los separaba de la calle.

Cada vez que Mario entraba y salía, ajustaba cuidadosamente la barra de la verja, de modo que no se advertía el menor desperfecto.

Se iba generalmente á media noche, volviéndose á casa de Courfeyrac. Courfeyrac decía á Bahorel:

--¿Lo creerás? Mario se retira ahora de madrugada.

Bahorel respondía:

¿Qué quieres? No es nuevo ni aun raro el que se encierre un petardo en un seminarista.

Algunas veces Courfeyrac se cruzaba de brazos, y poniéndose serio, le decía á Mario:

--¡Andáis descaminado, joven!

Courfeyrac, hombre práctico, no veía con buenos ojos ese reflejo de un paraíso invisible en Mario; estaba poco acostumbrado á las pasiones inéditas; se impacientaba, y hacía frecuentes reflexiones á Mario para que volviese á lo real.

Una mañana le dirigió esta pregunta:

--Querido, se me antoja que te has instalado en la luna, reino del delirio, provincia de las ilusiones, capital de la pompa de jabón. Vamos, sé bueno y franco: ¿quién es ella?

Pero no había medio de «hacer hablar» á Mario. Antes le hubieran arrancado las uñas que una de las tres sílabas sagradas que componían este nombre inefable: Cosette.

El amor verdadero es luminoso como la aurora, y silencioso como la tumba.

Courfeyrac había notado únicamente en Mario que tenía una taciturnidad radiante.

En aquel alegre mes de mayo, Mario y Cosette conocieron estas inmensas felicidades:

Querellarse tratándose de vos, sólo para tutearse luego más á gusto.

Hablar largamente y con los más minuciosos detalles de personas que no les importaban nada absolutamente; nueva prueba de que en esa ópera seductora que se llama el amor, el libreto es casi nada.

Para Mario, oir á Cosette hablar de telas.

Para Cosette, oir á Mario hablar de política.

Escuchar, juntas las rodillas, el ruido de los coches que pasaban por la calle de Babilonia.

Contemplar el mismo planeta en el cielo, ó el mismo gusano de luz en la hierba.

Callarse ambos á un tiempo; placer mayor aún que conversar.

Etc., etc.

Entretanto, se aproximaban algunas complicaciones.

Una noche que Mario iba por el boulevard de los Inválidos, con la cabeza baja según su costumbre, al volver la esquina de la calle de Plumet, oyó que le decían al lado:

--Buenas noches, señor Mario.

Alzó la cabeza y reconoció á Eponina.

Esto le causó un efecto singular.

Ni una sola vez había vuelto á acordarse de aquella muchacha desde el día en que le había llevado á la calle Plumet; no la había vuelto á ver, y se había borrado por completo de su memoria.

Tenía motivos para estarle agradecido, y le debía su felicidad presente; sin embargo, le disgustó encontrarla.

Es un error creer que la pasión, cuando es pura y feliz, conduce al hombre á un estado de perfección; le conduce simplemente, como hemos dicho, á un estado de olvido.

En tal situación el hombre se olvida de ser malo; pero olvida también el ser bueno.

El agradecimiento, el deber, los recuerdos esenciales é importunos se desvanecen.

En cualquier otro tiempo, Mario habría sido de otro modo distinto para Eponina.

Absorbido por Cosette, ni aún se había explicado claramente que aquella Eponina se llamaba Eponina Thénardier, que llevaba un nombre escrito en el testamento de su padre, el mismo nombre por que se hubiera sacrificado generosamente algunos meses antes.

Presentamos á Mario tal como era; hasta el nombre de su padre desaparecía un poco bajo los esplendores de su amor.

Respondió, pues, con cierto embarazo:

--¡Ah! ¿Sois vos, Eponina?

--¿Por qué me tratáis de vos? ¿Os he hecho algo?

--No,--respondió él.

Es verdad que nada sentía contra ella; todo lo contrario. Pero conocía que no podía hacer otra cosa; llamando de tú á Cosette, debía tratar de vos á Eponina.

Como Mario se callase, díjole ella:

--Decid, pues...

Y se detuvo. Parecía que le faltaban palabras á aquella criatura, en otro tiempo tan poco aprensiva y tan atrevida.

Trató de sonreír y no pudo. Volvió á decir:

--¿Y bien?

Luego se calló nuevamente y bajó los ojos.

--Buenas noches, señor Mario,--dijo luego, de repente; y se fué.

IV =Cab: rueda en inglés y ladra en germanía=

El día siguiente, que era el 3 de junio de 1832, fecha que debemos consignar á causa de los sucesos graves que estaban suspendidos en el horizonte de París en estado de nubes cargadas, Mario, al caer la noche, seguía el mismo camino que la víspera, con los mismos alegres pensamientos en el corazón, cuando vió entre los árboles del boulevard á Eponina, que se dirigía hacia él.

Dos días seguidos de encontrarse era demasiado.

Se volvió rápidamente, salió del boulevard, cambió de camino y se fué á la calle Plumet por la calle de Monsieur.

Eponina le siguió hasta la calle Plumet, lo que no había hecho nunca hasta entonces, pues se había contentado con verle pasar por el boulevard sin tratar de pararle.

Sólo la víspera le había hablado.

Eponina le siguió, pues, sin que él lo supiese; le vió separar el hierro de la verja y penetrar en el jardín.

--¡Calle!--dijo.--¡Entra en la casa!

Se acercó á la verja, tentó los hierros uno después de otro, y dió fácilmente con el que Mario había separado.

Entonces murmuró á media voz, con lúgubre acento:

--¡Nada de eso, Lisette!

Sentóse en el estribo de la verja, y al lado del hierro, como si le estuviese guardando.

Aquel punto era precisamente el extremo de la verja que tocaba á la casa próxima, formándose allí un ángulo obscuro, en el que Eponina se ocultó completamente.

Así permaneció más de una hora sin moverse y sin respirar, entregada á sus imaginaciones.

Hacia las diez de la noche, una de las dos ó tres personas que pasaban por la calle Plumet, un viejo que se había retardado y pasaba muy de prisa por aquel sitio desierto y de malísima fama, costeando el averjado, al llegar al ángulo de la verja con el jardín, oyó una voz sorda y amenazadora, que decía:

--¡Ya no me admiro de que venga todas las noches!

El transeúnte miró en derredor, no vió á nadie, no se atrevió á mirar á aquel rincón obscuro, tuvo miedo y redobló el paso.

Aquel transeúnte hizo bien en marcharse corriendo, porque pocos momentos después, seis hombres, que iban separados y á corta distancia uno de otro á lo largo de la pared, y que habrían podido confundirse con una patrulla de policía, entraron en la calle Plumet.

El primero que llegó á la verja del jardín se detuvo y esperó á los demás; un segundo después estaban reunidos todos.

Aquellos hombres se pusieron á hablar en voz baja y en germanías.

--Aquí es,--dijo uno de ellos.

--¿Hay algún cab (perro) en el jardín?--preguntó otro.

--No lo sé. Pero por si acaso, he traído una morcilla, que le haremos tragar.

--¿Has traído la pasta para romper los vidrios sin hacer ruido?

--Sí.

--La verja es muy vieja,--dijo el quinto, que tenía voz de ventrílocuo.

--Tanto mejor,--dijo el segundo que había hablado.--Así no sonará al forzarla, ni nos costará mucho trabajo entrar.

El sexto, que no había abierto aún la boca, se puso á examinar la verja, como había hecho Eponina una hora antes, empuñando sucesivamente cada una de las barras, y moviéndolas con precaución. Así llegó al hierro que Mario solía separar.

Cuando iba á cogerle, una mano que salió bruscamente de la sombra le agarró el brazo; al mismo tiempo se sintió rechazado por medio del pecho, y oyó una voz que le decía sin gritar:

--Hay un cab (perro).

Y vió á una joven pálida delante de sí.

El hombre sintió esa conmoción que produce siempre lo inesperado.

Quedóse terriblemente atónito; nada hay tan formidable como las fieras inquietas; su aspecto atemorizado es temible. Retrocedió y murmuró:

--¿Quién es esa tunantuela?

--Vuestra hija.

En efecto, era Eponina que hablaba á Thénardier.

Á la aparición de Eponina, los otros cinco, es decir, Claquesous, Gueulemer, Babet, Montparnasse y Brujón, se habían acercado sin ruido, sin precipitación, sin decir una palabra, con la siniestra prontitud propia de estos hombres nocturnos.

Veíanseles algunos útiles repugnantes en la mano. Goulemer tenía una de esas pinzas cortas á las que los vagos llaman tenaza.

--¡Ah! ¿Qué haces ahí? ¿Qué nos quieres? ¿Estás loca?--exclamó Thénardier, gritando todo lo que se puede gritar en voz baja.--¿Quieres acaso impedirnos de trabajar?

Eponina se echó á reir, y saltó á su cuello.

--Estoy aquí, padre mío, porque estoy aquí. ¿No me es permitido sentarme ahora sobre las piedras? Vos sois el que no debe estar aquí. ¿Á qué venís, si esto es un bizcocho? Ya se lo dije á la Magnon. No hay nada que hacer aquí. Pero, abrazadme, padre mío. ¡Cuánto tiempo hace que no os he visto! ¿Estáis ya fuera? ¡Libre!

Thénardier trató de librarse de los brazos de Eponina, y murmuró:

--Está bien. Ya me has abrazado. Sí, estoy fuera. No estoy dentro. Ahora vete.

Pero Eponina no dejaba de acariciarle.

--Papaíto, ¿cómo lo habéis hecho? Mucha habilidad habéis de tener por haber salido de allí. ¡Contádmelo! ¿Y mi madre? ¿Dónde está mi madre? Dadme noticias de mamá.

Thénardier respondió:

--Está buena; no sé; déjame; dígote que te vayas.

--No quiero irme ahora,--dijo Eponina con un melindre de niño enfadado.--¿Me rechazáis después de cuatro meses que no os he visto, y cuando apenas he tenido tiempo de abrazaros?

Y volvió á echar los brazos al cuello de su padre, á pesar de la resistencia de éste.

--¡Ah! ¡Vaya! ¡Qué tonta eres!--dijo Babet.

Despachemos,--dijo Gueulemer,--que pueden pasar los corchetes.

La voz del ventrílocuo midió estos versos.

No es día ni es hora ya De gritar papá ó mamá.

Eponina se volvió hacia los cinco bandidos.

--¡Calle! Brujón. Buenas noches, Babet. Buenas noches, Claquesous. ¿No me conocéis ya Gueulemer? ¿Qué tal va, Montparnasse?

--Sí, se acuerdan de ti,--dijo Thénardier.--Pero buenas noches, y largo. Déjanos tranquilos.

--Ésta es la hora de los lobos y no de las gallinas,--dijo Montparnasse.

--Ya ves que tenemos que hacer aquí,--añadió Babet.

Eponina cogió la mano á Montparnasse.

--¡Ten cuidado!--díjole éste.--Te vas á cortar; tengo la navaja abierta.

--Mi querido Montparnasse,--respondió Eponina dulcemente,--es preciso tener confianza en las personas. Yo soy quizá la hija de mi padre. Babet, Gueulemer, á mí es á quien se encargó el dar luz á este negocio.

Es de notar que Eponina no hablaba en germanía. Desde que conocía á Mario se le había hecho imposible este horrible lenguaje.

Apretó con su pequeña mano, huesosa y débil como la de un esqueleto, los gruesos dedos de Gueulemer, y continuó:

--Ya sabéis que no soy tonta. Por lo general se cree lo que digo. Os he prestado servicios algunas veces. Pues bien; me he informado, y os expondríais inútilmente. De seguro. Os juro que no hay nada que hacer en esta casa.

--No hay más que mujeres solas,--dijo Gueulemer.

--No. Los inquilinos se han mudado.

--Pero las luces parece que no,--prorrumpió Babet.

Y enseñó á Eponina al través de la copa de los árboles una luz que se paseaba por la buhardilla del pabellón.

Era la tía Santos, que había velado para poner la ropa blanca á secar.

Eponina intentó un último recurso:

--Pues bien,--dijo;--esta gente es pobrísima, y viven en una casucha donde no hay un ochavo.

--¡Vete al diablo!--exclamó Thénardier.--Cuando hayamos registrado la casa, y puesto la cueva arriba y el granero abajo, ya te diremos lo que hay dentro, y si son francos, monedas ó sueldos.

Y la empujó para pasar adelante.

--Mi buen amigo Montparnasse,--dijo Eponina,--á vos os lo ruego; vos que sois un buen muchacho; no entréis.

--Ten cuidado; mira que te vas á cortar,--respondió Montparnasse.

Thénardier añadió con su acento decisivo:

--Lárgate, muchacha, y deja á los hombres que hagan su negocio.

Eponina soltó la mano, que había vuelto á coger á Montparnasse, y dijo:

--¿Os empeñáis, pues, en entrar en esta casa?

--Algo hay de eso,--contestó el ventrílocuo con acento burlón.

Entonces ella se recostó en la verja, hizo frente á los seis bandidos armados hasta los dientes, y que parecían en la noche unos demonios, y dijo con voz firme y baja:

--Pues bien; yo no quiero.

Ellos se detuvieron estupefactos.

El ventrílocuo, sin embargo, acabó su risa burlona.

Ella continuó:

--Amigos, oid bien. La cosa cambia de aspecto. Ahora hablo yo. Si entráis en el jardín, si tocáis á esta verja, yo grito, golpeo en las puertas, despierto á la vecindad, y hago que os prendan á los seis, llamando á los agentes de policía.

--Y lo hará como lo dice,--dijo Thénardier en voz baja á Brujón y al ventrílocuo.

Ella meneó la cabeza, y añadió:

--¡Empezando por mi padre!

Thénardier se aproximó á ella.

--No tan cerca, buen hombre,--le dijo Eponina.

Él retrocedió, murmurando entre dientes:

--Pero, ¿qué es lo que tiene esta chica?

Y añadió:

--¡Perra!

Echándose á reir de una manera terrible.

--Seré lo que queráis, pero no entraréis. No soy hija de perro, puesto que soy hija de lobo. Sois seis; ¿y eso qué importa? Sois hombres; pues bien, yo soy mujer. No me dais miedo; marchaos, os digo que no entréis en esta casa; porque no quiero. Si os acercáis, ladro. Ya os lo he dicho; el cab (perro) soy yo, y no me importáis todos juntos un bledo. Seguid vuestro camino adelante, que ya me fastidiáis. Idos donde queráis, pero no vengáis aquí, os lo prohíbo. Vosotros á puñaladas y yo á zapatazos; me es igual. ¡Adelante pues!

Y dió un paso hacia los bandidos; estaba espantosa, y soltó una carcajada.

--¡Caramba! Que no tengo miedo. En verano tendré hambre, en invierno tendré frío. ¡Serán fanfarrones estos brutos de hombres creyéndose que inspiran miedo á una mujer! ¿De qué? ¡Miedo! ¡Ah! Sí. ¡Vaya! ¡Por qué tenéis queridas torpes que se esconden debajo de la cama cuando ahuecáis la voz! ¡Por eso! ¡Yo no tengo miedo de nada!

Y mirando fijamente á Thénardier, añadió:

--¡Ni aún de vos, padre!

Luego prosiguió, paseando sobre los bandidos sus sangrientas pupilas de espectro:

--¡Qué me importa á mí que me recojan mañana del arroyo de la calle Plumet, asesinada á puñaladas por mi padre, ó que me encuentren dentro de un año en las redes de Saint Cloud, ó en la isla de los Cisnes, en medio de tapones de corcho podridos y de perros ahogados!

Le fué preciso detenerse aquí; la había acometido una tos seca; su aliento salía como un estertor de su pecho angosto y débil.

Luego repuso:

--No tengo que hacer más que gritar, y vienen, y pataplum. Sois seis; yo soy todo el mundo.

Thénardier hizo un movimiento cauteloso para acercarse á Eponina.

--¡No os acerquéis!--gritó ella.

Thénardier se detuvo y la dijo con dulzura:

--Pues bien; no, no me acercaré; pero no hables tan alto. Hija, ¿quieres que no trabajemos? Tenemos que ganarnos la vida. ¿No tienes ya cariño á tu padre?

--Me aburrís,--dijo Eponina.

--Pero es preciso que vivamos, que comamos...

--¡Reventad!

Y esto diciendo, se sentó en el estribo de la verja, cantando:

Mi brazo gordito, Mi pierna bien hecha Y el tiempo perdido.

Tenía el codo puesto sobre la rodilla y la barba sobre la mano, meneando el pie con aire de indiferencia.

Su vestido roto dejaba ver sus descarnadas clavículas.

Un farol cercano iluminaba su actitud y su perfil; no podía verse nada más resuelto y sorprendente.

Atónitos los seis ladrones, y sombríos de que los tuviera así en jaque una mujer, se retiraron á la sombra que proyectaba el farol, y allí celebraron una especie de consejo con movimientos de hombro, humillados y furiosos.

Ella entre tanto los miraba con aire pacífico y esquivo.

--Algo le pasa,--dijo Babet.--¿Qué razón? ¿Estará tal vez enamorada del perro? ¡Lástima es que perdamos esto! Dos mujeres, un viejo que vive en el fondo del patio, buenos cortinajes en las ventanas. El viejo debe ser un quirol (judío). ¡El negocio no me parece despreciable!

--Pues bien; entrad vosotros,--dijo Montparnasse.--Yo me quedaré con la muchacha; y si chista...

É hizo relucir á la luz del farol la navaja que llevaba abierta en la manga.

Thénardier no decía palabra, y parecía dispuesto á todo.

Brujón que tenía algo de oráculo, y que, como ya hemos dicho, era el «inventor del golpe», no había hablado aún, y parecía pensativo. Estaba por no retroceder ante ningún obstáculo sabiéndose, como se sabía, que había robado sólo por bravear, uno de los cuartelillos de la policía. Además, hacía versos y canciones, lo que le daba mucha autoridad entre sus compañeros.

Babet le preguntó:

--¿Y tú no dices nada, Brujón?

Brujón permaneció un instante silencioso; después movió la cabeza en diversos sentidos, decidiéndose por fin á levantar la voz:

--Vamos á ver: esta mañana tropecé con dos gorriones picoteándose; esta noche tropiezo con una mujer que riñe. Todo esto es de mal augurio. Vámonos.

Y se fueron.

Al marcharse, Montparnasse murmuró:

--Es igual; pero si hubieran querido, yo le habría dado el golpe de gracia.

Babet respondió:

--Yo no. Siempre guardo respeto á las espaldas de las damas.

Al estar en el extremo de la calle se pararon, y en voz sorda cambiaron entre sí este diálogo enigmático:

--¿Adónde iremos á dormir esta noche?

--Debajo de Pantin (París).

--¿Llevas la llave de la reja, Thénardier?

--¡Diantre!

Eponina, que no apartaba de ellos la vista, les vió tomar el camino por donde habían venido.

Después se levantó, y arrastrándose detrás de ellos arrimada á las paredes y á las casas, fué siguiéndoles hasta el boulevard.

Allí se separaron; y vió á aquellos seis hombres perderse en la obscuridad, como fundiéndose entre las sombras.

V =Cosas de la noche=

Después de marcharse los bandidos, la calle de Plumet volvió á tomar su tranquilo aspecto nocturno.

Lo que acababa de pasar en aquella calle no habría asombrado en un bosque.

El arbolado, los sotos, los brezos, las ramas ásperamente cruzadas, las hierbas crecidas, todo eso existe de una manera sombría; el hormigueo salvaje entrevé allí las súbitas apariciones de lo invisible; lo que está por debajo del hombre distingue á través de la bruma lo que está por encima del mismo; y las cosas ignoradas de nosotros, los vivos, se miran allí cara á cara, en la noche.

La naturaleza erizada y feroz se asusta á la aproximación de ciertas cosas en que ella cree adivinar lo sobrenatural.

Las fuerzas de la sombra se conocen, y tienen entre sí misteriosos equilibrios.

Los dientes y las garras temen lo que es inasible.

La bestialidad sedienta de sangre, los voraces apetitos hambrientos en busca de la presa, los instintos armados de uñas y mandíbulas, que tienen el vientre por principio y por fin, miran y husmean con inquietud el impasible perfil del espectro vagando bajo un sudario, de pie, envuelto en su temblorosa hopalanda, el cual les parece vivir una vida muerta y terrible.

Semejantes brutalidades, que no son sino materia, temen confusamente tener que habérselas con la inmensa obscuridad condensada en un ser desconocido.

Una figura negra, atravesándosele al paso, detiene instantáneamente á una bestia feroz.

Lo que sale del cementerio intimida y desconcierta á lo que surge del antro; lo feroz tiene miedo de lo siniestro; los lobos retroceden ante el encuentro de una boca abierta.

VI =Mario retrocede hasta la realidad, llegando á dar las señas de su casa á Cosette=

Mientras que aquella perra con figura humana daba la guardia en la verja y los seis bandidos retrocedían ante una mujer, Mario permanecía al lado de Cosette.

Nunca había estado el cielo tan estrellado y hermoso, ni los árboles tan temblorosos, ni las plantas tan embalsamadas; nunca los pájaros se habían dormido entre las hojas con más suave arrullo; nunca todas las armonías de la serenidad universal habían correspondido mejor á las melodías interiores del amor; nunca Mario había estado tan conmovido, tan feliz, tan extasiado. Pero había encontrado triste á Cosette.

Cosette había llorado; tenía los ojos encarnados.

Aquélla era la primera nube de su admirable sueño.

Las primeras palabras de Mario fueron:

--¿Qué tienes?

Ella respondió:

--¡Ya verás!

Después sentóse ella en el banco junto á la escalinata; y mientras que él se sentaba á su lado tembloroso, continuó así:

--Mi padre me ha dicho esta mañana que estuviese dispuesta, porque tenía negocios que tal vez nos harían partir.

Mario se estremeció de pies á cabeza.

Al fin de la vida, morir es partir; pero al principio, partir es morir.

Hacía unas seis semanas que Mario, poco á poco, lentamente, por grados, iba tomando cada día posesión de Cosette, posesión enteramente ideal, pero profunda.

Como hemos dicho ya, en el primer amor se toma el alma antes que el cuerpo; después se toma el cuerpo antes que el alma, y aún algunas veces no se llega á tomar del todo el alma.

Los Foblás y los Proudhomme añaden: «porque no la hay»; pero el sarcasmo es, afortunadamente, una blasfemia.

Mario, pues, poseía á Cosette como poseen los espíritus; pero la envolvía con toda su alma, y la poseía con increíble convicción.

Poseía su sonrisa, su aliento, su perfume; las irradiaciones profundas de sus ojos azules, la suavidad de su cutis cuando le tocaba la mano, la encantadora señal que tenía al cuello, todos sus pensamientos.

Habían convenido en no dormirse jamás sin soñar el uno con el otro, y se habían cumplido la palabra.

Poseía, pues, todos los sueños de Cosette.

La miraba sin cesar; movía á veces con su aliento los ligeros y nacientes cabellos que aterciopelaban la nuca de Cosette, y se decía, que no había ni uno solo de aquellos cabellos que no perteneciese á Mario.

Contemplaba y adoraba todo lo que ella se ponía; el lazo de cintas, sus guantes, sus adornos, sus botitas como objetos sagrados de su pertenencia.

Pensaba que era el dueño de aquellos lindos peines de concha que ostentaba en la cabeza; y aún se decía, por un sordo y confuso murmullo de deleite que se dejaba sentir, que no había ni un solo hilo de su vestido, ni un punto de sus medias, ni un pliegue de su corsé que no fuese suyo.

Junto á Cosette se consideraba cerca de su bien, cerca de su felicidad, cerca de su dueña y de su esclava.

Parecía que habían mezclado sus almas de tal modo, que si hubiesen querido volver á tomar cada uno la suya, les habría sido imposible conocerlas.

Habrían tenido que disputar:

--Ésta es la mía.

--No; es la mía.

--Te aseguro que te engañas.

--Ése soy yo.

--Lo que tomas por tuyo es mío.

Mario era un algo que formaba parte de Cosette; Cosette era otro algo que formaba parte de Mario.

Mario conocía que Cosette vivía en él; tener á Cosette, poseerla, no era para él distinto de respirar.

En medio de aquella fe, de aquella embriaguez, de aquella posesión virginal, inaudita y absoluta, de aquella soberanía, cayeron estas palabras: «Vamos á partir». La agreste voz de la realidad le gritó: «¡Cosette no es tuya!».

Mario despertó.

Hacía seis semanas que vivía, como hemos dicho, fuera de la vida; esta palabra, ¡partir! le hizo volver á ella violentamente.

No halló una palabra que responder; Cosette sintió solamente que su mano estaba helada, y le dijo á su vez:

--¿Qué tienes?

Él respondió tan bajo, que apenas lo oyó Cosette.

--No comprendo lo que has dicho.

Y ella añadió:

--Esta mañana, mi padre me ha dicho que tenga prontas todas mis cosas, y esté dispuesta para partir; que prepare mi ropa para encerrarla en una maleta, que se veía obligado á hacer un viaje; que teníamos que partir; que necesitábamos una maleta grande para mí, y otra pequeña para él, y que lo preparase todo en una semana, porque tal vez iríamos á Inglaterra.

--¡Pero eso es monstruoso!--exclamó Mario.

Y ciertamente, en aquel momento, en el ánimo de Mario ningún abuso de poder, ninguna violencia, ninguna abominación del más atroz tirano, ninguna acción de Busiris, de Tiberio ó de Enrique VIII hubiera igualado en ferocidad á ésta: El señor Fauchelevent se lleva á su hija á Inglaterra, porque tiene allí negocios.

Preguntó, pues, con voz débil:

--¿Y cuándo partirás?

--No lo ha dicho.

--¿Y cuándo volverás?

--No lo ha dicho.

Mario se levantó y dijo fríamente:

--Cosette, ¿iréis?

Cosette volvió hacia él sus hermosos ojos preñados de angustia, respondiendo con acento extraviado:

--¿Adónde?

--Á Inglaterra. ¿Iréis?

--¿Por qué me hablas de vos?

--Os pregunto si iréis.

--¿Qué quieres que haga?--dijo ella juntando las manos.

--¿Es decir, que iréis?

--¡Si va mi padre!

--¿Iréis, pues?

Cosette tomó la mano á Mario estrechándola sin responder.

--Está bien,--dijo Mario.--Entonces yo me iré á otra parte.

Cosette sintió, más bien que comprendió, el significado de esta frase de despecho ó de amenaza; palideciendo con la conmoción de modo que su rostro apareció blanco en la obscuridad, y balbuceó:

--¿Qué quieres decir?

Mario la miró; luego alzó lentamente los ojos hacia el cielo, y respondió:

--Nada.

Cuando bajó los párpados, vió que Cosette se sonreía mirándole.

La sonrisa de la mujer amada tiene una claridad que desvanece las tinieblas.

--¡Qué tontos somos! Mario, se me ocurre una idea.

--¿Cuál?

--¡Parte, si partimos los dos! Te diré dónde. Ven á buscarme donde esté.--Mario era entonces un hombre completamente despierto. Había vuelto á la realidad; y dijo á Cosette:

--¡Partir con vosotros! ¿Estás loca? Es preciso dinero para eso, y yo no lo tengo. ¡Ir á Inglaterra! Ahora debo más de diez luises á Courfeyrac, un amigo á quien tú no conoces. Tengo un sombrero viejo que no vale tres francos, una levita sin botones por delante, mi camisa está toda rota, llevo los codos por fuera, mis botas se calan; hace seis semanas que no pienso en nada, y no te lo he dicho. Cosette, soy un miserable.

«Tú no me ves más que por la noche, y me das tu amor; ¡si me vieras de día, me darías una limosna! ¡Ir á Inglaterra! ¡Y no tengo con qué pagar el pasaporte!

Y se recostó contra un árbol que había allí, de pie, con las dos manos sobre la cabeza, con la frente contra la corteza, sin sentir ni la aspereza que le desgarraba la frente, ni la fiebre que agitaba sus sienes, inmóvil, y próximo á caer al suelo como la estatua de la Desesperación.

Así permaneció largo rato. En esos abismos se podría permanecer una eternidad: por fin se volvió, y oyó detrás de sí un ruido sofocado y triste.

Era Cosette que sollozaba.

Lloraba hacía ya más de dos horas al lado de Mario, que estaba soñando.

Mario se acercó, cayó de rodillas prosternándose lentamente, cogió la punta del pie que salía por bajo del vestido, y la besó.

Ella se lo permitió sin dejar su silencio.

Hay momentos en que la mujer acepta como una diosa sombría y resignada la religión del amor.

--No llores,--dijo Mario.

Y ella murmuró:

--¡Qué he de hacer, si voy á marcharme y no puedes venir!

Y él respondió:

--¿Me amas?

Cosette le contestó sollozando esta frase del paraíso, que nunca es tan seductora como al través de las lágrimas:

--¡Te adoro!

Él continuó con una entonación de voz, que no era sino una inexplicable caricia:

--No llores. Di, ¿quieres hacerme el favor de no llorar por mí?

--¿Me amas?--dijo ella.

Mario le tomó la mano.

--Cosette, nunca he dado mi palabra de honor á nadie, porque mi palabra de honor me causa miedo; conozco que al darla está mi padre á mi lado. Pues bien; te doy mi palabra de honor sacratísima que, si te vas, me muero.

Había en el acento con que pronunció estas palabras una melancolía tan solemne y serena, que Cosette tembló. Sintió ese frío que produce al pasar una cosa sombría y verdadera, y sobrecogida por ello cesó de llorar.

--Ahora escucha,--dijo él;--no me esperes mañana.

--¿Por qué?

--Ni me esperes hasta pasado mañana.

--¡Oh! ¿por qué?

--Ya lo verás.

--¡Un día sin verte! Eso es imposible.

--Sacrifiquemos un día para obtener tal vez toda la vida.

Y Mario añadió á media voz, y aparte:

--Es un hombre que no cambia nunca sus costumbres, y no recibe á nadie más que de noche.

--¿De quién hablas?--preguntó Cosette.

--¡Yo! No he dicho nada.

--¿Qué esperas, entonces?

--Espérame hasta pasado mañana.

--¿Lo quieres?

--Sí, Cosette.

Cosette entonces le cogió la cabeza entre sus manos, alzándose sobre la punta de sus pies para igualar su estatura, tratando de ver en sus ojos la esperanza.

Mario continuó:

--Creo que conviene que sepas las señas de mi casa por lo que pueda suceder; vivo en casa de ese amigo, llamado Courfeyrac, calle de la Verrerie, número 16.

Metió la mano en el bolsillo, sacó un cortaplumas, y con la hoja escribió en el yeso de la pared:

Calle de la Verrerie, 16.

Cosette entre tanto había vuelto á contemplar sus ojos.

--Dime lo que piensas, Mario; tienes una idea. Dímela. ¡Oh! ¡Dímela para que pase bien la noche!

--Mi pensamiento es éste: Es imposible que Dios quiera separarnos. Espérame pasado mañana.

--¿Y qué haré yo hasta entonces?--dijo Cosette.--¡Tú estás libre, vas y vienes! ¡Qué felices sois los hombres! ¡Yo me quedo sola! ¡Oh! ¡Qué triste voy á estar! ¿Qué vas á hacer tú mañana por la noche? Dímelo.

--Voy á hacer una tentativa.

--En ese caso, rogaré á Dios y pensaré en ti hasta entonces para que salgas de ella en bien. No te pregunto más porque no quieres. Eres mi dueño. Pasaré la noche de mañana cantando el coro de Euryanto, que tanto te gusta, y que viniste á oir una noche debajo de mi ventana. Pero pasado mañana, ¿vendrás temprano? Te esperaré á la noche á las nueve en punto; te lo prevengo. ¡Dios mío! ¡Qué triste es esto de que los días sean tan largos! ¿Lo has oído? Al dar las nueve estaré en el jardín.

--Y yo también.

Y sin decir nada más, movidos por el mismo pensamiento, arrastrados por esas corrientes eléctricas que ponen á dos almas en comunicación continua, embriagados ambos de deleite hasta en su dolor mismo, cayeron uno en brazos del otro, sin notar que sus labios estaban juntos, mientras que sus ojos, llenos de éxtasis y de lágrimas, contemplaban las estrellas.

Cuando salió Mario, la calle estaba desierta. En aquel momento Eponina seguía á los bandidos hasta el boulevard.

Mientras que Mario meditaba, con la cabeza apoyada en el árbol, se le había ocurrido una idea; una idea ¡ah! que él mismo tenía por insensata é imposible.

Había tomado un partido violento.

VII =Un corazón viejo y un corazón joven colocados de frente=

El señor Guillenormand contaba á la sazón noventa y un años cumplidos. Seguía viviendo con la señorita Guillenormand en la calle de las Hijas del Calvario, número 6, en aquella casa antigua de su propiedad. Era, como recordará el lector, uno de esos viejos rancios que esperan la muerte á pie firme, que cargan con los años sin doblegarse, y que no se encorvan ni aún con los pesares.

Sin embargo, hacía ya algún tiempo que su hija decía: «Mi padre va decayendo».

Ya no abofeteaba á las criadas; ya no golpeaba con el bastón, y con acompañamiento de voces, la puerta de la escalera cuando Vasco tardaba en abrirle.

La revolución de julio apenas le había exasperado durante seis meses. Había visto casi sin inmutarse en el Monitor esta agrupación de palabras: «Humblot Conté, par de Francia».

El hecho es que el viejo estaba abatido. No se doblegaba, no se rendía, porque esto era imposible, así en su naturaleza física como en la moral; pero se sentía desfallecer interiormente.

Hacía cuatro años que esperaba á Mario á pie firme, esta es la frase, con la convicción de que aquel picaruelo extraviado llamaría algún día á su puerta; pero en ciertos momentos tristes llegaba á decirse que por poco que Mario tardase en venir...

Y no era la muerte lo que temía, sino la idea de no ver más á su nieto.

No volver á ver á Mario era una idea que aún no había cuajado en su cerebro; esta idea, que empezaba á manifestarse, le dejaba helado.

La ausencia, como sucede siempre con los sentimientos naturales y verdaderos, sólo había conseguido aumentar su cariño de abuelo hacia el niño ingrato que se había marchado con tanta indiferencia.

En las noches de invierno, cuando el termómetro marca diez grados bajo cero, es cuando más se piensa en el sol.

El señor Guillenormand era, ó se creía por lo menos, incapaz de dar un paso hacia su nieto; «antes reventar», decía.

Él no encontraba en sus hechos culpa ninguna; pero pensaba en Mario con profundo enternecimiento, y con la muda desesperación de un viejo que anda en las tinieblas.

Principiaba á perder los dientes, lo cual aumentaba su tristeza.

El señor Guillenormand, sin confesárselo á sí mismo, porque esta declaración le hubiera enfurecido y avergonzado, no había amado á ninguna querida tanto como á Mario.

Había mandado colocar en su cuarto, junto á la cabecera de la cama, como la primera cosa que quisiera ver al despertar, un antiguo retrato de su otra hija, la que había muerto, la señora de Pontmercy, retrato hecho cuando tenía ella diez y ocho años.

Contemplaba sin cesar este retrato, llegando á decir un día contemplándolo:

--Encuentro que se le parece.

--¿Á mi hermana?--dijo la señorita Guillenormand.--Sí, se parece.

El viejo añadió:

--Y á él también.

Otra vez, estando sentado juntas las rodillas y los ojos casi cerrados, en actitud de abatimiento, su hija se atrevió á decirle:

--Padre, ¿continuáis tan enfadado con él?

Y se detuvo, no atreviéndose á ir más allá.

--¿Con quién?--preguntó él.

--Con ese pobre Mario.

El señor Guillenormand levantó su decaída cabeza, puso su delgado y arrugado puño sobre la mesa, y gritó con el acento más vibrante é irritado:

--¡Pobre Mario, dices! Ese caballerito es un tuno, un miserable bribón, un vanidoso ingrato, sin corazón, sin alma; un orgulloso, un perverso.

Y se volvió para que su hija no viese una lágrima que asomaba en sus ojos.

Tres días después rompió un silencio que duraba cuatro horas para decirle á su hija de repente:

--Tuve el honor de rogar á la señorita Guillenormand que no me hablase nunca de él.

La tía de Mario renunció á toda tentativa, y formó este diagnóstico profundo:

--Mi padre no ha querido nunca á mi hermana después de su calaverada. Es natural que deteste á mi sobrino.

«Después de su calaverada» significaba después de haberse casado con el coronel.

Por lo demás, como puede haberse conocido, la señorita Guillenormand había visto defraudada su tentativa de sustituir con su favorito el oficial de lanceros á Mario.

El sustituto Teódulo no había cuajado; el señor Guillenormand no había aceptado el quid pro quo, porque el vacío del corazón no se acomoda á un alma cualquiera.

Á Teódulo, por su parte, aunque codiciando la herencia, le repugnaba la servidumbre de agradar.

El buen hombre fastidiaba al lancero, y el lancero le chocaba al buen hombre.

El teniente Teódulo era alegre sin duda, pero charlatán; frívolo, y luego vulgar; buen vividor, pero de mala sociedad; tenía también sus queridas, y hablaba mucho de ellas, es verdad; pero hablaba mal. Todas sus cualidades tenían un defecto.

El señor Guillenormand estaba ya harto de oirle hablar de sus aventuras afortunadas que le ocurrían alrededor de su cuartel en la calle de Babilonia. Y luego, el teniente Guillenormand se presentaba alguna que otra vez de uniforme con la escarapela tricolor.

Todo esto le hacía buenamente imposible; y el señor Guillenormand había acabado por decirle á su hija:

--Ya estoy cansado de Teódulo. Me gustan poco los guerreros en tiempo de paz. Recíbele tú, si quieres; no sé si preferir los acuchilladores á los que andan arrastrando el sable. El crujido de las espadas en la batalla es menos rastrero que el ruido que hace la vaina en el suelo. Además, gallardearse como un matasiete y apretarse el talle como una muchacha, gastar corsé debajo de la coraza, es ser doblemente ridículo. El que es hombre verdaderamente, está á igual distancia de la fanfarronada que de la puerilidad. Ni Fierabrás, ni corazón de almíbar. Guárdate tu Teódulo.

Su hija le contestó:

--Sin embargo es vuestro nieto.

Sin embargo, Guillenormand, que era abuelazo hasta la punta de los dedos, dió á entender que no era en modo alguno tío abuelo.

En realidad, como tenía ingenio y comparaba, Teódulo sólo había servido para hacerle sentir más la falta de Mario.

Una noche, la del 4 de junio, lo cual no impedía que el señor Guillenormand tuviera una buena lumbre en la chimenea, había despedido á su hija, que cosía en la pieza inmediata.

Estaba solo en su cuarto de pinturas pastoriles, con los pies sobre los morillos, medio rodeado por un ancho biombo chinesco de nueve hojas, recostado en la mesa, sobre la cual había dos bujías con pantalla verde, sumergido en un sillón de tapicería, con un libro en la mano pero sin leer, y vestido, según su moda, de increíble. Parecía un antiguo retrato de Garat.

Si hubiera salido con aquel traje á la calle, le habrían seguido los muchachos; pero su hija, cuando salía, le echaba encima un gran gabán de obispo, que cubría el frac de solapas y el faldón-cola de bacalao.

En su casa, excepto para levantarse y acostarse, no usaba nunca bata. «Eso le hace á uno parecer viejo», decía.

El señor Guillenormand pensaba en Mario amorosa y amargamente; y como de ordinario, dominaba la amargura. Su dolorosa ternura acababa por convertirse en indignación.

Se hallaba en esa situación en que se trata de tomar un partido y aceptar lo que mortifica.

Estaba ya dispuesto á decirse que no había razón para que Mario volviese; pues si hubiera debido volver lo habría hecho ya, y por consiguiente, era preciso renunciar á verle.

Trataba de familiarizarse con la idea de que todo había concluido, y que moriría sin ver «aquel caballerito».

Pero toda su naturaleza se rebelaba, y su vieja paternidad no podía consentirlo.

--¡Quiá!--decía,--¡no vendrá!...

Tal era su dolorosa muletilla.

Su cabeza calva había caído sobre su pecho, y fijaba vagamente en la ceniza de la chimenea una mirada triste é irritada.

Cuando estaba en lo más profundo de estas cavilaciones, su antiguo criado Vasco entró y preguntó:

--¿Puede el señor recibir al señorito Mario?

El viejo se incorporó pálido y semejando un cadáver que se levanta al impulso de una sacudida galvánica.

Toda su sangre había refluido á su corazón, y balbuceó:

--¿Qué señorito Mario?

--No sé,--respondió Vasco, intimidado y desconcertado por el aspecto de su amo.--Nicolasita es la que acaba de decirme: «ahí está un joven, que dice ser el señorito Mario».

El señor Guillenormand tartamudeó en voz baja:

--Que entre.

Y permaneció en la misma actitud, con la cabeza temblorosa y fija la vista en la puerta. Abrióse ésta, y apareció un joven; era Mario.

Mario se detuvo á la puerta, como esperando que le dijeran que entrase.

Su traje, casi miserable, apenas se notaba en la obscuridad que producía la pantalla. Sólo se distinguía su rostro tranquilo y grave, pero extrañamente triste.

El señor Guillenormand, como sobrecogido de estupor y de alegría, permaneció algunos instantes sin ver más que una claridad, como cuando se está delante de una aparición. Estaba próximo á desfallecer; veía á Mario como á través de un deslumbramiento.

Era él; era efectivamente Mario.

¡Por fin! ¡después de cuatro años!

Apoderóse de él, por así decirlo de repente y al primer golpe de vista. Le encontró hermoso, noble, distinguido, crecido, hecho un hombre, de agradable porte y aire simpático.

Tuvo intenciones de abrir los brazos, de llamarle, de precipitarse. Oprimióse de alegría su corazón; le ahogaban y rebosaban de su pecho palabras afectuosas.

Toda aquella ternura se abrió paso y llegó á sus labios, efecto del contraste que constituía su modo de ser, brotó de ellos la dulzura, y dijo bruscamente:

--¿Á qué venís aquí?

Mario respondió con embarazo:

--Señor...

El señor Guillenormand hubiera querido que Mario se arrojase en sus brazos; así fué que quedó descontento de Mario y de sí mismo.

Conoció que había sido brusco, y que Mario estaba frío; y era para él una insoportable é irritante ansiedad sentirse tan tierno y tan conmovido en lo interior, y ser tan duro exteriormente.

Volvió á su amargura, é interrumpió á Mario con aspereza:

--Entonces, ¿á qué la visita?

Este entonces significaba: Si no vienes á abrazarme, ¿á qué vienes?

Mario miró á su abuelo, á quien su palidez daba el aspecto de un busto de mármol.

--Señor...

El viejo repuso con voz severa:

--¿Venís á pedirme perdón? ¿Habéis reconocido vuestra falta?

Creía con esto poner á Mario en camino para que el «niño» se doblegase.

Mario tembló; le exigía la desobediencia á su padre; bajó los ojos y respondió:

--No, señor.

--Entonces,--exclamó impetuosamente el viejo con un dolor agudo y lleno de cólera,--¿qué me queréis?

Mario juntó las manos, dió un paso, y dijo con voz débil y temblorosa:

--Señor, tened compasión de mí.

Estas palabras conmovieron al señor Guillenormand; un momento antes le hubieran enternecido, pero era ya tarde.

El abuelo se levantó y apoyó las dos manos en el bastón; tenía los labios pálidos, la cabeza vacilante; pero su elevada estatura dominaba á Mario que estaba inclinado.

--¡Compasión de vos, señorito! ¡Un adolescente pidiéndole compasión á un anciano de noventa y un años! Vos entráis en la vida, y yo salgo de ella; vos vais al teatro, á los bailes, al café, al billar; tenéis talento, agradáis á las mujeres, sois un buen mozo, y yo escupo á la lumbre á mitad del verano; vos sois rico de las únicas riquezas positivas que existen, y yo tengo todas las pobrezas de la vejez, la debilidad y el aislamiento. Vos tenéis treinta y dos dientes, un buen estómago, la vista clara, fuerza, apetito, salud, alegría, un bosque de cabellos negros, y yo no tengo siquiera cabellos blancos. He perdido los dientes, y voy perdiendo las piernas y la memoria; hay tres calles cuyos nombres confundo siempre: la calle Charlot, la calle de Chaume y la calle de Saint-Claude; así estoy. Vos tenéis delante un porvenir lleno de resplandor; yo empiezo á no ver gota, tanto voy penetrando en la noche. Vos estáis enamorado, no hay que decirlo; ¡á mí nadie me ama ya en el mundo! ¡Y venís implorando compasión! ¡Cáspita, Molière ha olvidado esta escena! Si es así como os chanceáis en el tribunal, señores abogados, os felicito cordialmente. Sois unos graciosísimos burlones.

Y el octogenario añadió luego con acento airado y grave:

--Vamos á ver, ¿qué es lo que me queréis?

--Señor,--dijo Mario,--sé que mi presencia os enoja; pero vengo solamente á pediros una cosa; después me iré enseguida.

--¡Sois un necio!--dijo el anciano.--¿Quién os dice que os vayáis?

Estas palabras eran la traducción de este tierno pensamiento, que tenía en el corazón: ¡Pero pídeme perdón! ¡Ven á mis brazos!

El señor Guillenormand conocía que Mario iba á abandonarle dentro de algunos instantes, que su mal recibimiento le entibiaba, que su dureza le rechazaba. Decíase todo esto, agrandando su dolor; pero, á medida que éste se cambiaba en cólera, iba aumentándose en dureza también.

Hubiera querido que Mario le comprendiere, y Mario no le comprendía, lo cual le ponía furioso.

Y repuso:

--¡Cómo! ¿Me habéis faltado á mí, á vuestro abuelo; habéis abandonado mi casa para iros que sé yo donde; habéis afligido á vuestra pobre tía; habéis querido, porque eso se adivina, y es más cómodo, llevar la vida de mozo, hacer el currutaco, volver á casa á cualquier hora, divertiros; no habéis dado señales de vida; habéis contraído deudas sin decirme que las pague; habéis roto vidrios y os habéis hecho camorrista; y al cabo de cuatro años venís á mi casa, y no tenéis que decirme más que eso?

Este modo violento de empujar al joven hacia la ternura, no produjo sino el silencio de Mario.

El señor Guillenormand cruzó los brazos, movimiento que era en él particularmente imperioso, y apostrofó á Mario amargamente:

--Concluyamos. ¿Venís á pedirme algo? Decid. ¿Qué queréis? ¿Qué es ello? Hablad.

--Señor,--dijo Mario con la mirada de un hombre que conoce que va á caer en un precipicio,--vengo á pediros vuestro permiso para casarme.

El señor Guillenormand hizo sonar la campanilla y Vasco abrió la puerta.

--Decid á mi hija que venga.

Un segundo después volvióse á abrir la puerta, y la señorita Guillenormand no entró, pero se dejó ver.

Mario estaba de pie, mudo, con los brazos caídos; parecía ser un criminal.

El anciano iba y venía en todas direcciones por el cuarto. Volvióse hacia su hija, y la dijo:

--Nada; es Mario. Dadle los buenos días; el señorito se quiere casar. Ahí tenéis. Podéis ya retiraros.

La voz breve y ronca del anciano anunciaba una gran plenitud de ira.

La tía miró á Mario con aire extraviado, aparentando apenas conocerle; no hizo un gesto, ni pronunció una sílaba, y desapareció ante la voz de su padre, más veloz que una paja ante el huracán.

Entre tanto, el señor Guillenormand se había recostado sobre la chimenea.

--¡Casarse! ¡Á los veintiún años! ¡Lo habéis así arreglado! No necesitáis que pedirme permiso. Una formalidad. Sentaos, caballero. Ha pasado una revolución desde que no he tenido el honor de veros y han vencido los jacobinos. Estaréis muy contento. ¿No sois republicano desde que sois barón? Vosotros lo conciliáis esto fácilmente. La república sirve de salsa á la baronía. ¿Tenéis la condecoración de Julio? ¿Habéis tomado alguna parte en la toma del Louvre? Hay aquí cerca, en la calle de San Antonio, frente á la calle de Nonaindières, una bala rasa incrustada en la pared en el tercer piso de una casa, con esta inscripción: «28 de julio de 1830». Id á verla: produce buen efecto. ¡Ah! ¡Vuestros amigos hacen cosas muy lindas! Y á propósito: ¿No van á hacer ahora una fuente en el sitio del monumento del duque de Berry? ¿Conque, queréis casaros? ¿Con quién? ¿Puedo preguntar, sin ser indiscreto: con quién?

Y se detuvo; pero antes de que Mario tuviese tiempo de responder, añadió con violencia:

--¡Ah! ¿Tendréis ya una posición? ¿Una fortuna hecha? ¿Cuánto ganáis con vuestro oficio de abogado?

--Nada--dijo Mario con cierta firmeza y resolución casi feroz.

--¡Nada! ¿No tenéis para vivir más que las mil doscientas libras que os tengo señaladas?

Mario no respondió.

El señor Guillenormand continuó:

--Entonces, ya comprendo. ¿Es que es rica la joven?

--Como yo.

--¡Qué! ¿No tiene dote?

--No.

--¿Y esperanzas?

--Creo que no.

--¡Enteramente desnuda! ¿Y qué es su padre?

--No lo sé.

--¿Y cómo se llama?

--La señorita Fauchelevent.

--¡Fauche... qué?

--Fauchelevent.

--¡Pst!--prorrumpió el viejo.

--¡Señor!--exclamó Mario.

El señor Guillenormand le interrumpió con el tono de un hombre que se habla á sí mismo.

--Perfectamente; veintiún años, sin posición, mil doscientos francos al año, y la señora baronesa de Pontmercy irá á la plaza á por un cuarto de peregil.

--¡Señor!--dijo Mario con la angustia de la última esperanza que se desvanece.--Yo os lo suplico en nombre del cielo, con las manos juntas, me postro á vuestras plantas. ¡Dadme vuestro permiso para casarme!

El viejo soltó una carcajada estridente y lúgubre, á través de la cual tosía y hablaba:

--¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Os habréis dicho: ¡pardiez! ¡Voy á buscar á ese viejo pelucón, á ese absurdo bodoque! ¡Qué lástima que no tenga yo veinticinco años! ¡Cómo le pasaría una respetuosa papeleta de aviso! ¡Cómo me arreglaría yo sin él! Pero es lo mismo; yo le diré: «Viejo chocho, eres muy feliz en verme; tengo ganas de casarme; quiero casarme con la señorita Fulana, hija del señor Fulano; yo no tengo zapatos, y ella no tiene camisa: pero quiero echar á un lado mi carrera, mi porvenir, mi juventud, mi vida; deseo hacer una excursión por la miseria con una mujer á cuestas: éste es mi capricho: ¡y es preciso que consintáis! Y el viejo fósil consentirá». Anda, hijo mío, como quieras, átate la soga, cásate con tu Pujavientos, con tu Contravientos... ¡Jamás, caballero, jamás!

--Padre mío...

--Nunca.

Mario perdió toda esperanza al oir el acento con que fué pronunciado aquel «nunca».

Atravesó el cuarto lentamente, con la cabeza inclinada, tembloroso, y pareciéndose más al que se muere que al que se va.

El señor Gillenormand le siguió con la vista; y en el momento en que se cerraba la puerta y Mario iba á desaparecer, dió cuatro pasos con esa viveza senil de los viejos impetuosos y coléricos, cogió á Mario por el cuello, volvióle enérgicamente al aposento, arrojóle sobre un sillón, y le dijo:

--¡Cuéntame eso!

Sólo esta frase padre mío, que se le había escapado á Mario, había causado aquella resolución.

Mario le miró asustado. El flexible semblante del señor Guillenormand no expresaba más que una ruda é inefable bondad.

El abuelo se había convertido en padre afectuoso.

--Vamos á ver, habla; cuéntame tus amoríos; charla, dímelo todo. ¡Caramba! ¡Y qué tontos son los muchachos!

--¡Padre mío!--repitió Mario.

El rostro del anciano se iluminó por completo de un indecible resplandor.

--Sí, esto es; ¡llámame padre, y verás!

Había en estas frases algo tan bueno, tan dulce, tan franco, tan paternal, que Mario pasó repentinamente del desaliento á la esperanza, y quedó como aturdido y confuso.

Estaba sentado cerca de la mesa; la luz de las bujías hacía resaltar lo estropeado de su traje, que el señor Guillenormand examinaba con asombro.

--Pues bien, padre mío,--dijo Mario.

--¡Ah!--interrumpió el señor Gillenormand.--¿Cómo es eso? ¿No tienes, en efecto, ni un sueldo? Vas vestido como un ladrón.

Y abriendo un cajón, sacó una bolsa, que puso sobre la mesa.

--Toma, ahí tienes cien luises; cómprate un sombrero.

--Padre mío,--continuó Mario;--mi buen padre, ¡si supieseis! La amo. No podéis figuraros... La primera vez que la vi fué en el Luxemburgo, adonde ella iba á pasear. Al principio no fijé la atención; pero después yo no sé cómo me he ido enamorando. ¡Oh! ¡Qué desgraciado me ha hecho esto! Pero, en fin, ahora la veo todos los días en su casa; su padre no lo sabe. Figuraos que van á partir. Nos vemos en el jardín por la noche. Su padre quiere ir á Inglaterra, y yo me he dicho: voy á ver á mi abuelo y á contárselo. Me volveré loco, me moriré, caeré enfermo, me arrojaré al agua. Es preciso que me case, porque si no, voy á volverme loco. Ésta es la verdad; creo que no he olvidado nada... Vive en un jardín donde hay una verja, en la calle Plumet, cerca de los Inválidos.

El señor Guillenormand se había sentado alegremente al lado de Mario. Al mismo tiempo que le escuchaba y saboreaba el sonido de su voz, saboreaba también un polvo de tabaco.

Al oir «calle Plumet» detuvo la aspiración, y dejó caer el tabaco sobre sus rodillas.

--¡Calle Plumet! ¿Calle Plumet, dices? ¡Veamos! ¿No hay por allí un cuartel? Sí, eso es. Tu primo Teódulo me ha hablado ya; el lancero, el oficial. Un mariquita, amigo mío, un mariquita. ¡Vaya, sí, calle Plumet! La que se llamaba antes calle Blomet. Ahora me acuerdo; he oído hablar de esa verja de la calle Plumet. En un jardín, una Pamela. No tienes mal gusto; dicen que es muy aseadita. Aquí, entre nosotros; yo creo que ese tonto de lancero le ha hecho la corte; no sé hasta dónde habrá llegado; pero, en fin, eso no es nada; además de que no hay que creerle, porque es muy vanidoso al hablar de sus aventuras.

--Mario, me parece muy bien que un joven como tú esté enamorado, porque eso es propio de tu edad, y mejor quiero que seas enamorado que jacobino; mejor quiero verte enamorado de unos zagalejos, ¡caramba! de veinte zagalejos, que del señor Robespierre. En cuanto á mí, en materia de descamisados no me gustan más que las mujeres. Las muchachas bonitas son siempre las muchachas bonitas; ¡qué diablo! y á esto no puede hacerse objeción alguna.

--¡Con que la niña te recibe á escondidas del papá! Eso está muy puesto en el orden. Á mí me han pasado historias de ese género, y más de una. ¿Y sabes tú eso cómo se arregla? No se toma la cosa con demasiado calor; no se precipita uno en lo trágico; no se acaba por un casamiento yendo á parar al registro de la alcaldía. Es preciso ser mozo de provecho; es preciso tener sentido común. Tropezad, mortales, pero no os caséis.

--Cuando llega un caso parecido se anda en busca del abuelo, que es un buen hombre en el fondo, y que tiene siempre algunos paquetes de luises en su antiguo cajón, y se le dice: «abuelo, esto me pasa». Y el abuelo dice: es muy natural. Es preciso que la juventud se divierta, y que la vejez se arrugue. Yo he sido joven, y tú serás viejo. Anda, hijo mío, anda; que ya dirás tú también esto mismo á tus nietos. Aquí tienes doscientas pistolas. «¡Diviértete, caramba!». ¡Nada mejor! Así debe llevarse este negocio. No se casa uno; pero ¿eso qué importa? ¿ya tú me comprendes?».

Mario, petrificado, y sin poder pronunciar una palabra, hizo con la cabeza un movimiento negativo.

El buen viejo se echó á reir, guiñó el ojo, le dió un golpecito en la rodilla, le miró entre ambos ojos con aire misterioso, y le dijo alzando cariñosamente los hombros:

--¡Tonto! ¡Tómala por querida!

Mario palideció. No había comprendido nada de todo lo que acababa de decirle su abuelo. Aquella confusión de calle Blomet, de Pamela, de cuartel y del lancero, había pasado por delante de Mario como una fantasmagoría.

Nada de aquello podía referirse á Cosette, que era una azucena.

El viejo divagaba sin duda; pero todo había concluido en una palabra que Mario había comprendido, y que era una injuria mortal á Cosette. La frase tómala por querida, había penetrado en su corazón como una espada. Se levantó, cogió el sombrero que estaba en el suelo, y se dirigió hacia la puerta con paso firme y seguro.

Allí se volvió, se inclinó profundamente ante su abuelo, levantó después la cabeza, y dijo:

--Hace cinco años insultó usted á mi padre; hoy ha insultado á mi esposa. Yo no le pido á usted nada. Adiós.

El señor Gruillenormand, estupefacto, abrió la boca, extendió los brazos y trató de levantarse; pero antes de que hubiera podido pronunciar una palabra, se había cerrado la puerta y Mario había desaparecido.

El anciano permaneció algunos momentos inmóvil, como si hubiera caído un rayo á sus pies, sin poder hablar ni respirar, como si una mano vigorosa le apretara la garganta.

Por fin se levantó del sillón, corrió hacia la puerta con toda la velocidad con que se puede correr á los noventa y un años, la abrió, y gritó:

--¡Socorro! ¡Socorro!

Acudió su hija, y luego los criados, y les dijo con angustioso aliento:

--¡Corred detrás de él! ¡Cogedle! ¿Qué le he hecho yo? ¡Está loco! ¡Se va! ¡Ay, Dios mío! ¡Ahora ya no volverá!

Se dirigió á la ventana que daba á la calle, la abrió con sus viejas y temblorosas manos, se inclinó sacando medio cuerpo fuera, mientras que Vasco y Nicolasita le sujetaban por detrás, y gritó:

--¡Mario! ¡Mario! ¡Mario! ¡Mario!

Pero Mario ya no podía oirle, porque en aquel instante volvía la esquina de la calle de San Luis.

El octogenario llevó dos ó tres veces las manos á las sienes con expresión de angustia, retrocedió temblando, y se recostó en un sillón, sin pulso, sin voz, sin lágrimas, moviendo la cabeza, y agitando los labios con aire estúpido; sin tener en los ojos y en el corazón más que un algo lúgubre y profundo como la noche.

LIBRO NOVENO ¿Á DÓNDE VAN?

I =Juan Valjean=

Aquel mismo día, á eso de las cuatro de la tarde, Juan Valjean estaba sentado, solo, en uno de los declives más solitarios del Campo de Marte.

Ya fuese por prudencia ó por ese deseo de recogimiento que sigue á los cambios insensibles de costumbres que van penetrando poco á poco en todas las existencias, salía á la sazón muy poco con Cosette.

Vestía su traje de obrero con su pantalón gris; la ancha visera de la gorra le ocultaba el rostro.

Estaba tranquilo, y era feliz respecto de Cosette porque se había desvanecido lo que le había asustado durante algún tiempo; pero hacía una semana ó dos que le perseguía una ansiedad de diversa naturaleza.

Un día, paseándose por el boulevard, había visto á Thénardier, y gracias á su disfraz, éste no le había reconocido; pero desde entonces, Juan Valjean le había vuelto á ver varias veces, y adquirido la certeza de que rondaba su barrio. Esto bastaba para determinarle á tomar una gran resolución.

Estando allí Thénardier, estaban todos los peligros á un tiempo.

Además, París no estaba tranquilo. Las agitaciones políticas ofrecían el inconveniente para todo el que tuviera que ocultar algo de su vida, que la policía andaba inquieta y recelosa, y que buscando la pista de un hombre como Pepin ó Morey, podía muy bien encontrarse con un hombre como Juan Valjean.

Se había decidido á abandonar á París, y hasta la Francia, é ir á Inglaterra.

Había, pues, prevenido á Cosette, porque quería partir antes de ocho días.

Estaba, como decimos, sentado en la cuestecilla del Campo de Marte, dando vueltas en su cerebro á toda clase de pensamientos; Thénardier, la policía, el viaje, y la dificultad de hacerse con un pasaporte.

Todas estas cosas le inquietaban igualmente.

Además, un hecho inexplicable que acababa de sorprenderle, y que le tenía aún impresionado, aumentaba su desasosiego.

Aquel día por la mañana se había levantado temprano, y paseándose por el jardín antes de que Cosette hubiese abierto su ventana, había echado de ver este letrero grabado en la pared, probablemente con un clavo:

16, Calle de la Verrerie.

La obra debía ser reciente, porque los perfiles estaban aún blancos sobre la ennegrecida argamasa, y porque una mata de ortigas que había al pie de la pared estaba cubierta de polvo de yeso.

Aquello había sido escrito probablemente durante la noche.

Pero ¿qué era? ¿Una dirección? ¿Una señal para otros? ¿Un aviso para él? En todo caso, era evidente que había sido violado el jardín, y que había penetrado en él algún desconocido.

Entonces recordó los extraños incidentes que habían alarmado ya á la casa; meditó sobre aquella inscripción y se guardó muy bien de hablar de él á Cosette por miedo de asustarla.

En medio de estos pensamientos se fijó en una sombra que el sol proyectaba, sin duda de alguien que acababa de detenerse en lo alto de la cuestecita detrás de allí donde él estaba sentado.

Iba á volverse, cuando cayó sobre sus rodillas un papel doblado y vuelto á doblar, y como si una mano le hubiera dejado caer sobre su cabeza.

Cogió el papel, lo desdobló, y leyó estas palabras, escritas con lápiz en gruesos caracteres:

Mudaos.

Juan Valjean se levantó vivamente; pero nadie había en lo alto del talus. Buscó por todas partes, y descubrió un ser más grande que un niño y más pequeño que un hombre, vestido con blusa gris y pantalón de pana color de polvo, que saltando el parapeto, desaparecía en el foso del Campo de Marte.

Juan Valjean volvió á entrar inmediatamente en su casa muy pensativo.

II =Mario=

Mario había salido trastornado de casa del señor Guillenormand.

Había entrado en ella con pocas esperanzas, y salía completamente desesperado.

Por lo demás, y cuantos han observado el corazón humano lo comprenderán, el lancero, el oficial, el necio, el primo Teódulo, no había dejado sombra alguna en su espíritu, ni la más pequeña nube.

El poeta dramático podría esperar algunas complicaciones de esta revelación hecha á quema ropa al nieto por el abuelo; pero lo que con esto ganaría el drama lo perdería la verdad.

Mario estaba en esa edad en que no se cree nada malo; después viene la edad en que se cree todo.

Las sospechas no son más que arrugas, y la primera juventud no las tiene.

Lo que anonada á Otelo, se desliza sencillamente en Cándido. ¡Sospechar de Cosette! Antes hubiera Mario cometido mil crímenes.

Púsose á andar por las calles, recurso de todos los que padecen, y no pensó en nada de que pudiera acordarse.

Á las dos de la madrugada entró en casa de Courfeyrac, y se dejó caer, vestido, sobre su colchón.

Había salido ya el sol cuando se durmió, con ese horrible y pesado sueño que deja ir y venir las ideas en el cerebro.

Al despertarse, vió á Courfeyrac, Enjolrás, Feuilly y Combeferre, de pie, con el sombrero puesto, preparados para salir, y muy afanosos.

Courfeyrac le dijo:

--¿Vienes al entierro del general Lamarque?

Parecióle que Courfeyrac hablaba en chino.

Salió de casa poco tiempo después de ellos. Se metió en el bolsillo los dos cachorrillos que Javert le había entregado para la aventura del 3 de febrero, y que se habían quedado en su poder.

Los cachorrillos estaban cargados aún.

Sería difícil decir qué obscuro pensamiento tenía en su cabeza al llevarlos consigo.

Todo el día lo pasó vagando, sin saber por dónde iba; estaba lloviendo á intervalos; pero no lo notaba; compró para comer un bollo de dos sueldos en un despacho de pan, se lo guardó en el bolsillo, y no volvió á acordarse de él.

Parece también que se bañó en el Sena, sin tener conciencia de lo que hacía.

Hay momentos en que se tiene un horno bajo el cráneo, y Mario estaba en uno de estos momentos.

Ya no esperaba nada, ni temía nada; había dado este paso desde la víspera.

Esperaba la noche con impaciencia febril; no tenía sino una sola idea clara: que á las nueve vería á su amada Cosette.

Esta última felicidad era todo su porvenir; después sólo le quedaba la sombra.

Por intervalos, paseando por las calles más desiertas, le parecía oir en París ruidos extraños, y saliendo de su meditación, decía: «¿Es que pelean?».

Al caer la noche, á las nueve en punto, como se lo había prometido á Cosette, estaba en la calle Plumet.

Cuando se acercó á la verja todo lo olvidó.

Hacía cuarenta y ocho horas que no había visto á Cosette; iba á verla, y todas las demás ideas se borraron; no sentía sino profunda alegría.

Esos minutos en que se vive un siglo tienen una cosa soberana y admirable; en el espacio que pasan llenan por completo el corazón.

Mario abrió la verja, y se precipitó en el jardín.

Cosette no estaba en el sitio en que le esperaba siempre.

Atravesó la espesura y llegó al ángulo cerca de la escalinata.

--Me espera allí,--dijo para sí.

Cosette no estaba.

Levantó los ojos y vió que los postigos de la ventana estaban cerrados. Dió la vuelta al jardín, y vió que estaba desierto.

Entonces dió la vuelta á la casa, y perdido de amor, loco, asustado, exasperado de dolor y de inquietud, como un amo que entra en su casa á deshora, llamó fuertemente á la ventana.

Llamó y volvió á llamar, expuesto á ver abrirse la ventana y asomar por ella la sombría cabeza del padre, y oir que le preguntara:

--¿Qué queréis?

Esto era nada comparado con lo que sospechaba.

Cuando hubo golpeado la ventana, gritó y llamó á Cosette.

--¡Cosette!

--¡Cosette!--repitió imperiosamente.

Todo había concluido.

No había nadie en el jardín, nadie en la casa.

Mario fijó sus ojos desesperados en aquella casa lúgubre, tan negra, tan silenciosa y más vacía que una tumba, y se fijó después en el banco de piedra donde había pasado horas tan felices al lado de Cosette.

Entonces se sentó en la escalinata con el corazón lleno de dolor y de resolución, bendijo su amor en el fondo de su pensamiento, y se dijo, que, puesto que Cosette se había marchado, no tenía que hacer ya sino morir.

De repente oyó una voz que parecía salir de la calle, y que gritaba á través de los árboles:

--¡Señor Mario!

--¿Quién es?--dijo.

--Señor Mario, ¿estáis ahí?

--Sí.

--Señor Mario,--añadió la voz,--vuestros amigos os esperan en la barricada de la calle de Chanvrerie.

Esta voz no le era enteramente desconocida.

Se parecía á la voz ronca y áspera de Eponina.

Mario corrió á la verja, separó el hierro móvil, pasó la cabeza, y vió una figura, que le pareció la de un joven, desaparecer corriendo en el crepúsculo.

III =El señor Mabeuf=

La bolsa de Juan Valjean había sido inútil al señor Mabeuf, porque éste, en su venerable austeridad infantil, no había aceptado el regalo de los astros; no había admitido que una estrella podía convertirse en monedas de oro, y no había podido adivinar que lo que caía del cielo viniera de Gavroche.

Había llevado la bolsa al comisario de policía del barrio, como objeto perdido, puesto por el que le había hallado á disposición del que lo reclamase.

La bolsa, en efecto, se perdió.

No hay que decir que nadie la reclamó, sin que sirviese de socorro al señor Mabeuf.

Por lo demás, el señor Mabeuf continuaba viniendo á menos.

Los ensayos sobre el añil no habían dado mejor resultado en el Jardín Botánico que en su jardín de Austerlitz.

El año anterior debía el salario á su ama, y á la sazón debía, como hemos visto el alquiler de la casa.

El Monte de Piedad, después de cumplidos trece meses, había vendido las planchas de su Flora, y algún calderero había hecho de ellas cacerolas.

Perdidas, pues, sus planchas, y no pudiendo completar los ejemplares descabalados de su Flora, que poseía aún, había cedido á bajo precio á un librero chalán, planchas y textos como de saldos.

Nada le quedó de la obra de toda su vida. Empezó á comerse el dinero de aquellos ejemplares.

Cuando vió que este miserable recurso se agotaba, renunció á su jardín abandonando el cultivo.

Antes, mucho tiempo antes había renunciado á los dos huevos y el pedazo de carne que comía de cuando en cuando.

Sólo se alimentaba con pan y patatas; había vendido sus últimos muebles; después todo lo que tenía doble en materia de ropa de cama, vestidos y mantas; después sus herbarios y sus estampas; pero aún conservaba los libros más preciosos, entre los cuales había algunos rarísimos, como: Los cuadritos históricos de la Biblia, edición de 1560; La concordancia de las Biblias, de Pedro de Besse; Las Margaritas de la Margarita, de Juan de la Haye, con dedicatoria á la reina de Navarra; el libro del Cargo y dignidad de Embajador, por el señor de Williers Hotman; un Florilegium rabbinicum, de 1644; un Tibulo, de 1567, con esta espléndida inscripción: Venetiis, in œdibus Manutianis; y en fin, un Diógenes Laercio, impreso en Lyon en 1644, en que se hallaban las famosas variantes del manuscrito 411 del siglo XIII, del Vaticano y las de los dos manuscritos de Venecia 393 y 394, tan fructuosamente consultados por Enrique Estienne, y todos los pasajes en dialecto dórico, que no se encuentran más que en el célebre manuscrito del siglo XII de la biblioteca de Nápoles.

El señor Mabeuf no encendía nunca lumbre en su cuarto, y se acostaba con el día para no encender luz.

Parecía que no tenía vecinos, porque evitaban su encuentro cuando salía; él lo había notado.

La miseria de un niño conmueve á una madre; la miseria de un mozo conmueve á una muchacha; pero la miseria de un viejo no conmueve á nadie, y es de todas las infelicidades la más fría.

Pero el señor Mabeuf no había perdido enteramente su serenidad de niño; sus ojos despedían aún luz cuando se fijaban en sus libros, y se sonreía cuando contemplaba el Diógenes Laercio, que era ejemplar único.

Su armario con cristales era lo único que había conservado además de lo indispensable.

Un día le dijo la tía Plutarco:

--No tengo con que traer comida.

Lo que ella llamaba comida era un pan y cuatro ó cinco patatas.

--Fiado,--dijo el señor Mabeuf.

--Ya sabéis que me lo niegan.

El señor Mabeuf abrió su biblioteca, miró mucho tiempo sus libros, uno después de otro, como un padre obligado á diezmar á sus hijos los miraría antes de elegir; después cogió uno de repente, se le puso debajo del brazo, y salió.

Á las dos horas volvió sin nada debajo del brazo, y poniendo treinta sueldos sobre la mesa, dijo:

--Traed comida.

Desde aquel momento la tía Plutarco vió cubrirse el cándido semblante del señor Mabeuf de un velo sombrío, que no desaparecía nunca.

El día siguiente, el otro, todos los demás, fué preciso hacer otro tanto.

El señor Mabeuf salía con un libro, y volvía con una moneda de plata.

Como los libreros chalanes le veían obligado á vender, le compraban por veinte sueldos los libros porque había dado veinte francos alguna vez á ellos mismos.

Así concluyó toda su biblioteca, tomo á tomo.

En algunos momentos se decía: «Sin embargo, tengo ochenta años», como si tuviese alguna esperanza de llegar antes al fin de sus días que al fin de sus libros.

Su tristeza iba en aumento; pero una vez tuvo una alegría.

Salió con un Roberto Estienne, que vendió en treinta y cinco sueldos en el muelle de Malaquais, y volvió con un Alde que había comprado por cuarenta en la calle de Grés.

--Debo cinco sueldos,--dijo muy alegre á la tía Plutarco.

Aquel día no comieron.

Pertenecía á la Sociedad de Horticultura donde sabían su pobreza.

El presidente de esta Sociedad fué á verle, le prometió hablar de él al ministro de Agricultura y Comercio, y lo cumplió:

--¡Cómo!--exclamó el ministro.--¡Ya lo creo! ¡Un sabio anciano! ¡Un botánico! ¡Un hombre inofensivo! ¡Es preciso hacer algo por él!

Al día siguiente el señor Mabeuf recibió una invitación para comer con el ministro. Enseñó la carta temblando de alegría á la tía Plutarco, diciéndola:

--¡Nos hemos salvado!

El día fijado fué á casa del ministro. Notó que su corbata arrugada, su antiguo frac cuadrado y sus zapatos embetunados, asombraban á los porteros.

Nadie le habló, ni aún el ministro.

Á eso de las diez de la noche, como estuviese todavía esperando una palabra, oyó á la mujer del ministro, hermosa señora, descotada, á quien no había atrevido á acercarse, que preguntaba:

--¿Quién es ese caballero anciano?

Volvióse á su casa, á pie, á media noche, bajo una fuerte lluvia. Había vendido un Elzevir para pagar el coche á la ida.

Tenía la costumbre de leer todas las noches, antes de acostarse, algunas páginas de su Diógenes Laercio; sabía bastante griego para encontrar un placer en las particularidades del texto que poseía; ya no tenía otros goces.

Pasáronse algunas semanas; pero de pronto la tía Plutarco cayó enferma.

Hay una cosa más triste que no tener para comprar pan en la tahona, y es no tener para comprar medicinas en la botica: una noche el médico recetó una poción muy cara.

Además, agravándose la enferma, necesitaba una persona que la cuidara.

El señor Mabeuf abrió la biblioteca, y ya no tenía nada; había vendido hasta el último volumen; no le quedaba más que su Diógenes Laercio.

Se puso el ejemplar único bajo el brazo y salió; era el 4 de junio de 1832.

Fué á la puerta de Santiago, á casa del sucesor de Royol, y volvió con cien francos.

Puso el montoncito de napoleones sobre la mesa de noche de la vieja criada, y se volvió á su cuarto sin decir una sola palabra.

Al día siguiente, en cuanto amaneció, se sentó en el guarda-cantón que había en el jardín, y pudo vérsele por cima del seto toda la mañana inmóvil, con la cabeza inclinada, y la vista vagamente fija en sus marchitos cuadros.

Llovía á intervalos, pero el viejo no lo notaba.

Á mediodía estalló en París un ruido extraordinario; parecía que se oían tiros de fusil y clamores populares.

El señor Mabeuf levantó la cabeza.

Vió pasar un jardinero y le preguntó:

--¿Qué es eso?

El jardinero respondió con su azadón al hombro y con el acento más tranquilo:

--Un motín.

--¡Cómo! ¿Un motín?

--Sí, se están batiendo.

--¿Y porqué se baten?

--¡Diablo!--prorrumpió el jardinero.

--¿Hacia qué lado?--preguntó el señor Mabeuf.

--Por la parte del Arsenal.

El señor Mabeuf volvió á entrar en su casa, buscó maquinalmente un libro para llevárselo debajo del brazo, no le encontró, y dijo:

--¡Ah, es verdad!

Y salió con aire extraviado.

LIBRO DÉCIMO EL 5 DE JUNIO DE 1832

I =El exterior de la cuestión=

¿De qué se compone un motín?

De todo y de nada.

De electricidad que se desarrolla poco á poco, de una llama que se forma de súbito, de una fuerza vaga, de una ráfaga que pasa.

Esta ráfaga encuentra cabezas que hablan, cerebros que piensan, almas que padecen, pasiones que arden, miserias que aúllan, y las arrastra.

¿Adónde?

Al acaso...

Á través del Estado, á través de las leyes, á través de la prosperidad y de la insolencia de los demás.

Las convicciones irritadas, los entusiasmos agriados, las indignaciones conmovidas, los instintos de guerra comprimidos, los ánimos jóvenes exaltados, las ceguedades generosas; la curiosidad, el placer por los cambios de objeto, la sed de lo inesperado, el sentimiento que hace experimentar placer al leer el cartel de un nuevo espectáculo, y al oir en el teatro el silbato del maquinista; los odios vagos, los rencores, las contrariedades, toda vanidad que cree haber fracasado su destino; el malestar, los sueños insensatos, las ambiciones rodeadas de abismos; todo el que espera de un derrumbamiento una salida, y en fin, más abajo, la turba, ese lodo que se convierte en fuego; tales son los elementos del motín.

Cuanto hay de más grande y más ínfimo, los seres que vagan alrededor de todo esperando la ocasión, perdidos, gentes sin profesión, vagabundos de las encrucijadas, los que duermen por la noche en un desierto de casas, sin más techo que las frías nubes del cielo; los que piden cada día su pan al azar y no al trabajo, los desconocidos de la miseria y de la nada, los brazos desnudos, los pies descalzos, pertenecen al motín.

Todo el que tiene en el alma una rebelión secreta contra un hecho cualquiera del Estado, de la vida ó de la suerte, linda con el motín, y desde que se presenta empieza á temblar y á sentirse frecuentemente conmovido por el torbellino.

El motín es una especie de tromba de la atmósfera social, que se forma de repente en ciertas condiciones de temperatura, y que en sus remolinos sube, corre, truena, arranca, corta, rompe, demuele, desarraiga, arrastrando consigo los ánimos grandes y los pequeños, al hombre fuerte y al débil, al tronco del árbol y la arista de la paja.

¡Desgraciado aquel ó quien arrastra lo mismo que aquel con quien choca!

Los estrella uno contra otro.

Comunica á los que coge un poder extraordinario. Lleva al primero que encuentra con la fuerza de los sucesos, y hace de todo proyectiles; convierte un canto en bala, y un mozo de cordel en general.

Si hemos de creer á ciertos oráculos de la política recelosa, bajo el punto de vista del poder, un motín es cosa de desear.

Para ellos es un axioma que el motín afirma á los gobiernos cuando no los derriba; porque pone á prueba el ejército, concentra los ciudadanos, estira los músculos de la policía, y pone de manifiesto las fuerzas de la osadía social.

Es un ejercicio gimnástico, casi higiénico. El poder se siente mejor después de un motín, como el hombre después de una fricción.

El motín, hace treinta años, se consideraba además bajo otros puntos de vista.

Para todo hay su teoría que se llama á sí misma «del sentido común». Felinto contra Alcestes; mediación ofrecida entre lo verdadero y lo falso, explicación, admonición, atenuación un poco altiva, que porque tiene cierta mezcla de culpa y de excusa, se cree la sabiduría, cuando no es más que la pedantería.

De ahí ha salido toda una escuela política, llamada del justo medio.

Entre el agua fría y el agua caliente, hay el partido del agua tibia.

Esa escuela, con sus falsas profundidades enteramente superficiales, que disecan los efectos sin remontarse á las causas, censura desde lo alto de una semi-ciencia las agitaciones de la plaza pública.

Oigamos á la tal escuela:

«Los motines que complicaron la revolución de 1830, quitaron á este gran acontecimiento una parte de su pureza.

«La revolución de julio había sido un majestuoso huracán popular, seguido inmediatamente de la calma; pero los motines volvieron á nublar el cielo; hicieron que degenerase en querella esta revolución, tan notable al principio por su unanimidad.

«En la revolución de julio, como en todo progreso que se realiza por una sacudida, había habido fracturas secretas; el motín las hizo sensibles, y pudo decirse: ¡Ah! ¡Esto está roto!

«Después de la revolución de julio, sólo se sentía la libertad; después de los motines se sintió la catástrofe.

«Cualquier motín cierra las tiendas, hace bajar los fondos, asusta á la Bolsa, suspende el comercio, suspende los negocios, precipita las quiebras; huye el dinero, las fortunas privadas se inquietan, el crédito público se ve perdido y la industria desconcertada; los capitales retroceden, el trabajo es menos retribuido; en todas partes reina el miedo, la reacción repercute en todas las ciudades.

«De ahí nacen precipicios profundos.

«Se ha calculado que el primer día de motín cuesta á Francia veinte millones de francos, el segundo cuarenta, y él tercero sesenta.

«Un motín de tres días cuesta ciento veinte millones; es decir, que no teniendo en cuenta más que este resultado económico, equivale á un desastre, á un naufragio ó una batalla perdida que destruye una escuadra de sesenta navíos de línea.

«Sin duda, históricamente, los motines tuvieron sus bellezas; la guerra de las calles no es menos grandiosa, ni menos patética que la guerra del campo; en la una está el alma de los bosques, y en la otra el corazón de las ciudades; la una tiene á Juan Chuan, y la otra á Juana de Arco.

«Los motines enrojecieron espléndidamente todos los rasgos más originales del carácter parisiense, la generosidad, el desinterés, la alegría tempestuosa, los estudiantes probando que el valor forma parte de la inteligencia, la guardia nacional inquebrantable, los vivacs de los tenderos, las fortalezas de los pilluelos, y el desprecio de la muerte en los transeúntes.

«Las escuelas y los regimientos vinieron á las manos y chocaron unas contra otros.

«Bien considerado todo, entre los combatientes no había más que una diferencia, la de edad; eran de la misma raza, los mismos hombres estoicos que mueren á los veinte años por sus ideas, y á los cuarenta por su familia.

«El ejército, siempre triste en las guerras civiles, oponía la prudencia á la audacia.

«Los motines, al mismo tiempo que manifestaron la intrepidez popular, educaron en el valor al ciudadano.

«Pero, ¿vale todo esto la sangre vertida?

«Y á esa sangre añádase el porvenir obscurecido, el progreso comprometido, la inquietud entre los mejores, los liberales honrados desesperanzados, el absolutismo extranjero viendo con placer estas heridas abiertas por sí misma á la revolución, los vencidos de 1830 triunfando y diciendo: ¡Ya lo habíamos dicho!

«Agréguese á esto, que si París tal vez se engrandece, de seguro se empequeñece la Francia; y añádase por último, pues debe decirse todo, los asesinatos que deshonraban con frecuencia la victoria del orden convertido en ferocidad sobre la libertad enloquecida.

«Suma total, los motines han sido funestos».

Así habla esa casi sabiduría con que la burguesía, esa especie de semipueblo, se queda tan satisfecha.

Por nuestra parte, rechazamos esa palabra tan extensa, y por consiguiente tan cómoda: los motines.

Entre un movimiento popular y otro movimiento popular, hacemos una distinción.

No nos preguntamos si un motín cuesta tanto como una batalla.

Y en primer lugar, ¿por qué una batalla?

Aquí surge la cuestión de la guerra.

¿Acaso es menos un azote la guerra que es el motín una calamidad?

Además, ¿son calamidades todos los motines?

Aun cuando el 14 de julio costase ciento veinte millones de francos, ¿qué tiene eso que ver?

La instalación de Felipe V en España costó á Francia dos mil millones; por el mismo precio preferiríamos el 14 de julio.

Por otra parte, negamos esas cifras que parecen razones, y no son más que palabras.

Dado un motín, examinémoslo en sí mismo.

En todo lo que dice la objeción doctrinaria expuesta más arriba, no es sino cuestión del efecto; nosotros buscamos la causa; precisamos.

II =El fondo de la cuestión=

Existe el motín y existe la insurrección; son dos cóleras diversas, una equivocada, otra con razón.

En los Estados democráticos, únicos fundados en la justicia, sucede á veces que una fracción es usurpadora; entonces todo se levanta y la reivindicación necesaria de su derecho, puede llegar hasta á tomar las armas.

En todas las cuestiones que llegan á la soberanía colectiva, la guerra del todo contra la fracción es insurrección; el ataque de la fracción contra el todo es motín; según estén las Tullerías habitadas por el rey ó por la Convención, son justa ó injustamente atacadas.

El mismo cañón asestado contra la multitud no tiene razón el 10 de agosto, y la tiene el 14 de vendimiario.

Su apariencia es, pues, semejante, al fondo distinto; los suizos defienden lo falso. Bonaparte lo verdadero.

Lo que el sufragio universal ha hecho con su libertad y con su soberanía, no puede ser deshecho por las calles.

Lo mismo sucede en las cosas de pura civilización; el instinto de las masas, ayer previsor, puede estar mañana turbado.

La misma ira es legítima contra Terray y absurda contra Turgot.

La destrucción de máquinas, el pillaje de los almacenes, la ruptura de vías, la demolición de muelles, los extravíos de la multitud, la injusta oposición del pueblo al progreso, Ramus asesinado por los escolares, Rousseau expulsado de Suiza á pedradas, son motines.

Israel contra Moisés, Atenas contra Foción y Roma contra Escipción, son motines.

París contra la Bastilla, es la insurrección.

Los soldados contra Alejandro, los marineros contra Cristóbal Colón, es la rebelión misma, rebelión impía. ¿Y por qué? Porque Alejandro hace por Asia con la espada lo que Cristóbal Colón por América con la brújula; Alejandro como Colón descubre un mundo.

Estos dones de mundos á la civilización son tales acrecentamientos de luz, que toda resistencia es criminal.

Algunas veces el pueblo se miente fidelidad á sí mismo, y la multitud hace traición al pueblo.

¿Hay, por ejemplo, nada más extraño que esa larga y sangrienta protesta de los falsificadores políticos, legítima rebelión crónica, que en el momento decisivo, en el día de la salvación, en la hora del triunfo popular se alza con el trono, se hace vendeana, y de insurrección en contra, se trueca en motín á favor? ¡Sombría obra maestra de la ignorancia!

El falsificador político escapa á las horcas reales, y con un resto de cuerda al cuello, enarbola la escarapela blanca.

¡Mueran las gabelas! supone un ¡viva el rey!

Matadores de la noche de San Bartolomé, degolladores de septiembre, destructores de Aviñón, asesinos de Coligny, asesinos de la señora de Lamballe, asesinos de Brune, Miqueletes, Verdetes, Cadenettes, compañeros de Jehú, caballeros de Brassard; he aquí el motín.

La Vendée es un gran motín católico.

El rumor del derecho en movimiento se reconoce; no sale siempre del temblor de las masas agitada; hay furores locos, como hay campanas rajadas; no suenan los somatenes siempre á bronce.

El estremecimiento de la pasión y de la ignorancia es distinto de la sacudida del progreso.

Levantaos, sí, pero para engrandeceros; mostradme hacia dónde vais; solo hay insurrección marchando adelante.

Cualquier otro levantamiento es malo; todo paso violento hacia atrás, es un motín; el retroceso es una vía de hecho contra el género humano.

La insurrección es el acceso de furor de la verdad; los adoquines que mueve la insurrección despiden la chispa del derecho.

Esos adoquines en otras manos no dejan al motín sino su lodo.

Dantón contra Luis XVI es la insurrección; Hebert contra Dantón es el motín.

De ahí proviene que si la insurrección, en estos casos dados, puede ser, como ha dicho Lafayette, el más santo de los deberes, el motín puede ser el más fatal de los atentados.

Hay también alguna diferencia en la intensidad del calórico; la insurrección suele ser un volcán, el motín es con frecuencia fuego de paja.

La rebelión, como hemos dicho, parte algunas veces del poder. Polignac es un bullanguero; Camilo Desmoulins un gobernante.

Á veces, insurrección es resurrección.

La solución de todo por el sufragio universal es un hecho absolutamente moderno, y toda la historia anterior á este hecho desde hace cuatro mil años, llena de violaciones del derecho y de sufrimientos de los pueblos, cada época de la historia lleva consigo la protesta que le es posible.

Bajo los Césares no hubo insurrecciones, pero hubo un Juvenal.

El facit indignatio reemplaza á los Gracos.

Bajo los Césares hay el desterrado de Siena, é igualmente el autor de los Anales.

Y no hablamos del gran desterrado de Patmos, que también él condena al mundo real con una protesta en nombre del mundo ideal; hace de la visión una sátira enorme, y arroja sobre Roma Nínive, sobre Roma Babilonia, sobre Roma Sodoma, la flamígera reverberación del Apocalipsis.

Juan, sobre su peñasco, es el esfinge sobre su pedestal; puédese no comprenderle; es un judío, y es como si hablara en hebreo; pero el hombre que escribe los Anales es un latino, ó, mejor dicho, un romano.

Reinando los Nerones de una manera sombría, sombríamente deben ser pintados.

El trabajo del buril por sí solo sería pálido; es preciso verter en los blancos una prosa concentrada y mordiente.

Los déspotas entran por algo en la mente de los pensadores. Palabra encadenada es palabra terrible.

El escritor duplica y triplica su estilo, cuando un amo le impone silencio al pueblo.

De este silencio nace cierta plenitud misteriosa que se filtra y se solidifica como bronce en el pensamiento.

La compresión de la historia produce la concisión en el historiador.

La solidez granítica de tal prosa célebre no es más que un apisonamiento hecho por el tirano.

La tiranía obliga al escritor á contracciones de diámetro, que son acrecentamientos de fuerza.

La frase ciceroniana, apenas suficiente para Verres, se embotaría contra Calígula.

Á menor extensión del período, mayor intensidad de golpe.

Tácito piensa con el brazo contraído.

La honradez de un gran corazón, condensada en justicia y en verdad, fulmina como el rayo.

Sea dicho de paso, es de notar que Tácito no esté históricamente sobrepuesto á César; estanle reservados los Tiberios.

César y Tácito son dos fenómenos sucesivos, cuyo encuentro parece misteriosamente evitado por aquel que al sacar los siglos á la escena, arregla las entradas y salidas.

César es grande, Tácito es grande; Dios dirige estas dos grandezas evitando que choquen una contra otra.

El justiciero, hiriendo á César, podía herir demasiado y ser injusto, y Dios no lo quiere.

Las grandes guerras de África y de España, los piratas de Cilicia destruidos, la civilización introducida en la Galicia, en Bretaña, en Germania, toda esta gloria cubre al Rubicón. Hay en esto una especie de delicadeza de la justicia divina, dudando en dejar caer sobre el usurpador ilustre al historiador formidable, haciendo á César gracia de Tácito, y concediendo circunstancias atenuantes al genio.

En verdad que el despotismo es despotismo siempre, aún bajo el déspota de genio. Hay corrupción bajo los tiranos ilustres; pero la peste moral es más repugnante aún bajo los tiranos infames.

En tales reinados, nada vela la vergüenza; y los autores de ejemplos, Tácito, como Juvenal, abofetean más provechosamente en presencia del género humano, á esa ignominia sin réplica.

Roma apesta más en tiempos de Vitelio que en tiempos de Sila.

Bajo Claudio y bajo Domiciano hay una deformidad de bajeza correspondiente á la fealdad del tirano; la villanía de los esclavos es un producto directo del déspota; de esas conciencias corruptas se exhala el miasma del reflejo del amo; los poderes públicos son inmundos, los corazones pequeños, las conciencias romas; las almas repugnantes; así sucede con Caracalla, así con Cómodo, así con Heliogábalo, mientras que del senado romano bajo César, no sale más que el olor del fiemo natural de los nidos de águila.

De ahí, pues, la venida, al parecer tardía, de los Tácitos y Juvenales; el demostrador sólo aparece á la hora de la evidencia.

Pero Juvenal y Tácito, como los Isaías en los tiempos bíblicos, y como Dante en la Edad media, son el hombre; el motín y la insurrección son la multitud, que tan pronto tiene razón, como no la tiene.

En la generalidad de los casos, el motín sale de un hecho material; la insurrección es siempre un fenómeno moral.

El motín es Masaniello; la insurrección es Espartaco.

La insurrección confina con la inteligencia, el motín con el estómago.

Gaster se irrita; pero Gaster, en verdad, no tiene razón siempre.

En las cuestiones de hambre, el motín. Buzançais, por ejemplo, tiene un punto de partida verdadero, patético y justo. Sin embargo, no pasa de motín.

¿Por qué? Porque teniendo razón en el fondo, no la tiene en la forma. Terrible, aún teniendo derecho, violento aunque fuerte, ha herido al acaso; ha marchado como el elefante ciego, rompiéndolo todo; ha dejado detrás de sí cadáveres de ancianos, de mujeres y de niños; ha vertido sin saber por qué la sangre de seres inofensivos é inocentes.

Alimentar al pueblo, es un buen fin; pero destrozarle es un mal medio.

Todas las protestas armadas, aún las más legítimas, aún el 10 de agosto, y el 14 de julio, empiezan por la misma agitación.

Antes que el derecho se desprenda, hay tumulto y espuma.

Al comenzar la insurrección es motín, como es torrente, el río. Ordinariamente llega á desembocar á este océano: revolución.

Algunas veces, sin embargo, nacida en las altas montañas que dominan el horizonte moral, la justicia, la prudencia, la razón, el derecho; formada de la más pura nieve de lo ideal, después de una larga caída de roca en roca, después de haber reflejado el cielo en su transparencia, y haber crecido con cien afluentes en el majestuoso camino del triunfo, la insurrección se pierde de repente en alguna quebrada popular, como el Rhin en un pantano sin fondo.

Todo esto se refiere á lo pasado; el porvenir se presenta de otra manera.

El sufragio universal tiene de admirable, que disuelve el motín en su principio, y dando el voto á la insurrección, le quita las armas.

La desaparición de las guerras, de la guerra de las calles, como de la guerra de las fronteras, es el progreso inevitable.

Sea el Hoy lo que quiera, el Mañana es la paz.

Por lo demás, insurrección, motín, cualquiera que sea su diferencia, estos matices apenas existen para el ciudadano propiamente tal.

Para él, todo es sedición, rebelión pura y simple, rebelión del perro contra el amo; intención de morder que hay que castigar con la cadena y el encierro; ladrido, aullido, hasta el día en que la cabeza del perro, crecida de repente, se esboza vagamente en la sombra con cara de león.

Entonces el burgués grita: ¡Viva el pueblo!

Después de esta explicación, ¿qué viene á ser para la historia el movimiento de junio de 1832? ¿Un motín, ó una insurrección?

Una insurrección.

Podrá sucedernos, al traer á la escena este acontecimiento terrible, que le llamemos alguna vez motín, pero sólo para calificar los hechos de la superficie; haciendo siempre la distinción necesaria entre la forma ó motín, y el fondo ó insurrección.

Este movimiento de 1832 tuvo en su rápida explosión y en su lúgubre extinción, tal magnitud, que aún aquellos que no ven en él más que un motín, hablan de él con respeto. Para éstos es como un residuo de 1830.

Las imaginaciones conmovidas, dicen, no se calman en un día; una revolución no se corta á pico; tiene siempre necesariamente ciertas ondulaciones antes de volver al estado de paz, lo mismo que una montaña antes de extinguirse en la llanura.

No hay Alpes sin Jura, ni Pirineos sin Asturias.

Esta crisis patética de la historia contemporánea, que la memoria de los parisienses llama la época de los motines, es seguramente una hora característica entre las más tempestuosas de este siglo.

Digamos la última frase antes de entrar en la narración.

Los hechos que vamos á referir pertenecen á esa realidad dramática y viva que el historiador desprecia muchas veces por falta de tiempo y de espacio.

En ella, sin embargo, insistimos en decirlo, en ella está la vida, la palpitación, el estremecimiento humano.

Los pormenores, creemos haberlo dicho ya, son, por hablar así, el follaje de los grandes acontecimientos, y se pierden en la lontananza de la historia.

La época llamada de los motines abunda en hechos de este género.

Los procesos judiciales, por otras razones que las de la historia, no lo han revelado todo; quizá tampoco lo han profundizado.

Vamos, pues, nosotros á sacar á luz, entre particularidades conocidas y publicadas, cosas que no se han sabido, hechos sobre los cuales ha pasado el olvido de unos á la muerte de otros.

La mayor parte de los actores de estas escenas gigantescas han desaparecido; al día siguiente se callaban; pero nosotros podemos decir de lo que contamos: «lo hemos visto».

Cambiaremos algunos nombres, pasaremos por alto otros, porque la historia refiere y no denuncia; pero pintaremos cosas verdaderas.

En las condiciones del libro que escribimos, no manifestaremos más que un lado y un episodio, seguramente el menos conocido, las jornadas de los días 5 y 6 de junio de 1832; pero lo haremos de modo que el lector entrevea, bajo el sombrío velo que vamos á levantar, la fisonomía verdadera de aquella espantosa aventura pública.

III =Un entierro: ocasión de renacer=

En la primavera de 1832, aunque hacía tres meses que el cólera tenía helados los espíritus y velada la agitación con cierta lúgubre tranquilidad, París estaba hacía tiempo dispuesto para una conmoción. Como hemos dicho ya, la gran ciudad parece un cañón; cuando está cargado, basta una chispa para que salga el tiro.

En junio de 1832 la chispa fué la muerte del general Lamarque.

Lamarque era un hombre de fama y de acción.

Había tenido sucesivamente, bajo el Imperio y bajo la Restauración, las dos clases de valor necesarias en ambas épocas: el valor de los campos de batalla, y el valor de la tribuna.

Tenía tanta elocuencia como había tenido valor; su palabra parecía una espada.

Como Foy, su antecesor, después de haber mantenido á gran altura el mando militar, mantenía á gran altura la libertad.

Sentábase entre la izquierda y la extrema izquierda, era querido del pueblo, porque aceptaba las probabilidades del porvenir, y querido de la multitud, porque había servido bien al emperador.

Era, con los condes Gerard y Drouet, uno de los mariscales in petto de Napoleón. Los tratados de 1815 le sublevaron como una ofensa personal. Odiaba á Wellington con un odio directo que agradaba á la multitud desde diez y siete años, y sin fijarse apenas en los acontecimientos intermedios, guardaba majestuosamente la tristeza de Waterloo.

En su agonía, en su última hora, había apretado contra su pecho una espada que le habían dedicado los oficiales de los Cien Días.

Napoleón murió pronunciando la palabra ejército; Lamarque pronunciando la palabra patria.

Su muerte, prevista ya, era considerada por el pueblo como una pérdida y por el gobierno como una oportunidad.

Aquella muerte fué un duelo. Como todo lo que es amargo, puede el duelo cambiarse en revuelta. Así fué.

La víspera y la mañana del 5 de junio, día fijado para el entierro del general Lamarque, el arrabal de San Antonio, por el cual debía pasar el cortejo, tomó un aspecto temible.

Aquella tumultuosa red de calles se llenó de rumores.

Armábanse todos como podían.

Los carpinteros llevaban la herramienta de sus talleres «para derribar las puertas».

Uno de ellos se había hecho un puñal de un gancho de zapatero, rompiendo el gancho y aguzando la espiga.

Otro, con la fiebre por «atacar», dormía vestido hacía tres días.

Un aserrador, llamado Lombier, encontró á un compañero, que le preguntó:

--¿Adónde vas?

--¡Pst! No tengo armas.

--Pues, ¿y entonces?

--Me voy á la carpintería á coger un compás.

--¿Para qué?

--No lo sé,--decía Lombier.

Otro llamado Jacqueline, hombre de recursos, se acercaba á cada uno de los obreros que pasaban, y les decía:

--¡Ven!

Les pagaba un cuartillo de vino y añadía:

--¿Tienes trabajo?

--No.

--Pues ve á casa de Filspierre, entre el portillo de Montreuil y el de Charonne, y te darán trabajo.

En casa de Filspierre encontraban armas y cartuchos.

Ciertos jefes conocidos corrían la posta; es decir, iban de una á otra parte para reunir la gente.

En la taberna de Barthélemy, cerca del arco del Trono, en el figón de Capel, en el petit Chapeau, los bebedores se acercaban con aire sombrío, y se les oía decir:

--¿Dónde tienes tu pistola?

--Debajo de la blusa. ¿Y tú?

--Debajo de la camisa.

En la calle Traversière, delante del taller Roland, y en la plaza de la Casa Quemada, frente al taller del instrumentista Bernier, cuchicheaban algunos grupos. Distinguíase entre ellos un tal Mavot, que nunca estaba una semana en un taller, pues los maestros le despedían, «porque les obligaba á disputar con él diariamente».

Mavot fué muerto al día siguiente en la barricada de la calle Menilmontant.

Pretot, que debía morir también en la lucha, seguía á Mavot, y á esta pregunta: «¿qué quieres?» respondía: «la insurrección».

Algunos obreros, reunidos en la esquina de la calle de Bercy, esperaban á un tal Lemarin, agente revolucionario del arrabal de San Marcelo.

Las órdenes de aviso se cambiaban casi públicamente.

El 5 de junio, pues, con un día mezclado de lluvia y sol, el cortejo del general Lamarque atravesó las calles de París con la pompa militar oficial, algo aumentada con las precauciones.

Dos batallones con los tambores enlutados y los fusiles á la funerala, diez mil guardias nacionales con el sable al cinto, las baterías de la artillería y de la guardia nacional, escoltaban el féretro.

El carro fúnebre era conducido por jóvenes. Los oficiales de Inválidos le seguían inmediatamente, llevando ramas de laurel.

Después venía un gentío innumerable, agitado, extraño, los seccionarios de los Amigos del Pueblo, la Escuela de Jurisprudencia, la de Medicina, los proscritos de todas las naciones, banderas españolas, italianas, alemanas, polacas, banderas tricolores horizontales, toda clase de enseñas posibles, niños agitando ramas verdes, picapedreros y carpinteros, que á la sazón se habían declarado en huelga, impresores que se distinguían por sus gorros de papel, marchando de dos en dos, de tres en tres, dando gritos, agitando palos casi todos, sables algunos de ellos, sin orden, y á pesar de esto con un solo pensamiento, ora en tropel, ora en columna.

Algunos pelotones habían elegido sus jefes; un hombre armado con un par de pistolas, perfectamente visible, parecía pasar revista á otros, cuyas filas se abrían para dejarle paso.

En las calles de los boulevares, en las copas de los árboles, en los balcones, en las ventanas, en los tejados, hormigueaban las cabezas, de hombres, mujeres y chiquillos, llenos los ojos de ansiedad.

Pasaba una multitud armada y otra multitud asustada miraba.

El gobierno, por su parte, observaba; observaba con la mano en el puño de la espada.

Podíase ver dispuestos á marchar, llenas las cartucheras, y cargados fusiles y carabinas, en la plaza de Luis XV, cuatro escuadrones de carabineros, montados, con los clarines al frente; en el barrio Latino y en el Jardín Botánico, la guardia municipal, escalonada de calle en calle; en el Mercado de Vinos, un escuadrón de dragones; en la plaza de Grève, una mitad del 12.° de ligeros, y la otra mitad en la Bastilla; el 6.° de dragones en los Celestinos, y la artillería llenando la plaza del Louvre.

El resto de las tropas estaba retenido en los cuarteles, sin contar los regimientos de los alrededores de París.

El poder, inquieto, tenía suspendidos sobre la muchedumbre amenazadora veinticuatro mil soldados dentro de la población, y treinta mil en las afueras. En el acompañamiento circulaban diversos rumores más ó menos absurdos.

Se hablaba de intrigas legitimistas; se hablaba del duque de Reichstadt, á quien Dios señalaba para la muerte en el momento mismo en que la multitud le designaba para el imperio.

Un individuo, cuyo nombre permanece desconocido, anunciaba que, á una hora dada, dos contramaestres ganados abrirían al pueblo las puertas de una fábrica de armas.

En las frentes descubiertas de la mayor parte de los asistentes dominaba un entusiasmo mezclado de abatimiento.

Veíanse igualmente aquí y allá entre aquella multitud, presa de tantas emociones violentas, pero nobles y verdaderos, rostros malhechores, y labios innobles que decían: «¡Robemos!».

Hay ciertas agitaciones que remueven el fondo de los pantanos, y que hacen subir á la superficie del agua nubes de cieno. Fenómeno á que no es extraña la policía «bien montada».

El acompañamiento caminaba con una lentitud febril, desde la casa mortuoria por las calles principales hasta la Bastilla.

Llovía de cuando en cuando; pero la lluvia no incomodaba á aquella muchedumbre.

En el tránsito habían ocurrido varios incidentes: el ataúd paseado alrededor de la columna Vendôme, piedras tiradas contra el duque de Fitz James, que estaba en un balcón con el sombrero puesto, el gallo galo arrancado de una bandera popular y arrastrado por el lodo, un gendarme herido de un sablazo en la Puerta de San Martín, un oficial del 12.° de ligeros diciendo en alta voz: «Yo soy republicano», la escuela politécnica llegando después, según su consigna forzada, con los gritos de «¡Viva la escuela politécnica! ¡Viva la república!», mareaban el curso de la comitiva.

En la Bastilla, las grandes filas de temibles curiosos procedentes del arrabal de San Antonio, se unieron con el acompañamiento, y empezó á levantarse cierta conmoción terrible en medio del gentío.

Oyóse á un hombre que le decía á otro:

--Fíjate bien en aquel de la perilla roja. Pues ése dirá cuándo hemos de hacer fuego.

Parece ser que aquella misma perilla roja se encontró después ejerciendo el mismo cargo en otro motín, el de Quenisset.

El féretro pasó la Bastilla, siguió por el Canal, atravesó el puente pequeño, llegando á la explanada del puente de Austerlitz.

Allí se detuvo.

En aquel momento, el gentío, mirado á vista de pájaro, ofrecía el aspecto de un cometa, cuya cabeza estuviese en la explanada, y cuya cola, desarrollada por el muelle Bourdon, cubriera la Bastilla, y se prolongara por los boulevares hasta la puerta de San Martín.

Trazóse un círculo alrededor del carro fúnebre; la inmensa comitiva guardó silencio. Lafayette habló, y dió el último adiós á Lamarque.

Fué aquel un momento tierno y augusto; todas las cabezas se descubrieron, todos los corazones palpitaron.

De pronto se presentó en medio del grupo un hombre á caballo, vestido de negro, con una bandera roja, y según otros, con una pica coronada por el gorro frigio.

Lafayette volvió la cabeza y Exelmans abandonó el cortejo.

Aquella bandera roja levantó una tempestad y desapareció. Uno de esos horribles clamores parecidos á una marejada conmovió á la multitud desde el boulevard de Bourdon hasta el puente de Austerlitz.

Alzáronse dos gritos prodigiosos: ¡Lamarque al Panteón! ¡Lafayette á la Casa ayuntamiento!

Al oir estas exclamaciones, algunos jóvenes arrastraron el carro fúnebre de Lamarque por el puente de Austerlitz, y á Lafayette en un coche por el muelle de Morland.

En la muchedumbre que rodeaba y aclamaba á Lafayette, se distinguía y era señalado un alemán, llamado Ludwig Snyder, que murió luego centenario, el cual había hecho la guerra de 1776, y peleado en Trenton á las órdenes de Washington, y en Brandywine á las de Lafayette.

Entre tanto, por la orilla izquierda, la caballería municipal se ponía en movimiento, é iba á ocupar el puente; por la orilla derecha los dragones salían de los Celestinos, y se desplegaban á lo largo del muelle Morland.

El grupo que conducía á Lafayette los vió repentinamente en la esquina del muelle, y gritó: «¡Los dragones! ¡Los dragones!».

Estos avanzaban al paso, en silencio, con las pistolas en las pistoleras, los sables envainados, las carabinas en bandolera, con sombrío aire de espera.

Á doscientos pasos del puente pequeño hicieron alto.

El coche en que iba Lafayette llegó hasta ellos; abrieron sus filas, le dejaron pasar, y volvieron á cerrarse interceptando á los que le seguían.

En aquel momento se tocaban los dragones y la multitud; las mujeres huyeron con terror.

¿Qué pasó en aquel minuto fatal? No hay quien pueda decirlo.

Fué el terrible y tenebroso momento del choque de dos nubes.

Unos dicen que hacia la parte del Arsenal se oyó una trompeta tocando ataque; otros que un muchacho dió una puñalada á un dragón.

El hecho es que se oyeron tres tiros, el primero mató al jefe de escuadrón Cholet, el segundo á una vieja sorda que estaba cerrando una ventana en la calle de Contrescarpe, y el tercero quemó la charretera de un oficial.

Una mujer gritó: «¡Se empieza muy pronto!», y de repente se vió al lado opuesto al muelle Morland, un escuadrón de dragones, que se había quedado en el cuartel, desembocar al galope, con el sable desnudo, por la calle de Bassompierre y el boulevard Bourdon, barriendo todo lo que se les ponía delante.

Y entonces ya no hay más que decir; se desencadenó la tempestad, llovieron las piedras, sonaron los fusiles; unos se precipitan por los ribazos pasando el estrecho brazo del Sena, cegado hoy día: los almacenes y cobertizos de la isla Louviers, vasta ciudadela hecha de por sí, se erizó de combatientes; arrancáronse las estacas, disparáronse pistolezos, bosquejóse en fin una barricada.

Los jóvenes rechazados atravesaron el puente de Austerlitz con el féretro á paso de carga, atacando á la guardia municipal; acudieron los carabineros, acuchillaron los dragones, dispersándose la multitud en todas direcciones; un rumor de guerra surgió de los cuatro extremos de París gritando ¡á las armas! Se corre, se tropieza, se huye y se resiste.

La cólera comunica el motín, como el viento la llama.

IV =El hervor de otros tiempos=

Nada tan extraordinario como las primeras agitaciones de un motín.

Todo estalla en todas partes al mismo tiempo.

¿Estaba previsto? Sí.

¿Estaba preparado? No.

¿De dónde sale todo? De las piedras de la calle.

¿De dónde cae? De las nubes.

La insurrección tiene en unas partes el carácter de un complot; en otras el de una improvisación.

El primero que llega se apodera de la corriente de la multitud, y la lleva donde quiere. Principio lleno de espanto, al que se mezcla una alegría formidable.

Empieza por el clamoreo, se cierran las tiendas, desaparecen los escaparates; después se oyen algunos tiros aislados, huye la gente, los culatazos chocan en las puertas cocheras, y las criadas ríen en los patios de las casas, diciendo: ¡Va á haber jarana!

No había transcurrido todavía un cuarto de hora, y he aquí lo que ya pasaba en veinte puntos de París.

En la calle de Santa Cruz-de-la-Bretonerie, una veintena de jóvenes, de barba y cabellos largos, entraban en una taberna, y salían un momento después, llevando una bandera tricolor horizontal, cubierta de un crespón; á la cabeza iban tres hombres armados, con sable el uno, otro con un fusil y el tercero con una pipa.

En la calle de Nonaindières, un burgués bien vestido, panzudo, de voz sonora, calvo, frente elevada, barba negra, y uno de esos bigotes rebeldes que no pueden dominarse, ofrecía públicamente cartuchos á los transeúntes.

En la calle de San Pedro de Montmartre, varios hombres, con los brazos desnudos paseaban una bandera negra, en que se leían estas palabras en letras blancas: República ó muerte.

En la calle de Jeuneurs, en la del Cuadrante, en la de Montorgueil, en la de Mandar, aparecían grupos agitando banderas, en que se leía en letras de oro, la palabra sección y un número. Una de estas banderas era roja y azul, con una imperceptible faja blanca.

En la calle ancha de San Martín se saqueaba una fábrica de armas, y otras tres tiendas de armeros, la primera en la calle Beaubourg, la segunda en la calle Michel-le-Compte, y la otra en la calle del Temple.

En algunos minutos, las mil manos de la muchedumbre se apoderaban de doscientas treinta escopetas, casi todas de dos cañones, de sesenta y cuatro sables y ochenta y tres pistolas.

Á fin de que hubiera más gente armada, cogía uno el fusil y otro la bayoneta.

Enfrente del muelle de la Grève, varios jóvenes armados de mosquetes se instalaban en casas de mujeres para tirar. Uno de ellos llevaba un mosquete de rueda.

Llamaban, entraban y se ponían á hacer cartuchos.

Una de aquellas mujeres dijo después: Yo no sabía lo que eran cartuchos; mi marido me lo dijo.

Un grupo invadía una tienda de curiosidades de la calle de Vieilles-Haudriettes, y allí se armaban de yataganes y armas turcas.

El cadáver de un albañil, muerto de un tiro de fusil, yacía en la calle de la Perla.

Además, en la orilla derecha del río, en la izquierda, en los muelles, en los boulevares, en el barrio Latino, en el cuartel de los Mercados, hombres jadeantes, obreros, estudiantes y seccionarios, leían proclamas y gritaban: «¡Á las armas!». Rompían los faroles, desenganchaban los coches, desempedraban las calles, echaban abajo las puertas de las casas, desarraigaban los árboles, registraban las cuevas, rodaban los toneles, amontonaban las piedras, los adoquines, los muebles, las tablas; en una palabra: hacían barricadas.

Obligaban á los burgueses á ayudarles; entraban en las casas, y hacían entregar á las mujeres el sable y el fusil de sus maridos ausentes, y escribían con blanco España en la puerta: Están entregadas las armas.

Algunos firmaban, «con sus nombres», recibos de fusiles y de sables, y decían: Mandad por ellos mañana á la alcaldía.

Desarmaban en la calle á los centinelas aislados y á los guardias nacionales que se dirigían á su punto de reunión. Arrancábanse las charreteras á los oficiales.

En la calle del Cementerio de San Nicolás, un oficial de la guardia nacional, perseguido por un tropel armado de palos y estoques, se refugió con gran dificultad en una casa, de donde no pudo salir hasta la noche, y aún disfrazado.

En el barrio de Santiago, los estudiantes salían á enjambres de sus posadas, y subían por la calle de San Jacinto al café del Progreso, ó bajaban al café de los Siete Billares, calle de los Maturinos. Ahí, delante de las puertas, algunos jóvenes subidos en guarda cantones distribuían armas. Se saqueó el depósito de maderas de la calle Trasnonain para hacer barricadas.

En un solo punto hacían resistencia los habitantes, en la esquina de las calles de Santa-Avoye y Simón le Franc, donde destruían ellos mismos la barricada.

En un solo punto se replegaban los insurrectos abandonando una barricada principiada, la calle del Temple, después de haber hecho fuego contra un destacamento de la guardia nacional, y huían por la calle de la Corderie.

El destacamento recogió en la barricada una bandera roja, un paquete de cartuchos y trescientas balas de pistola.

Los guardias nacionales desgarraron la bandera, y se llevaron los pedazos en la punta de sus bayonetas.

Todo lo que referimos aquí lenta y sucesivamente se verificaba á un tiempo en todos los puntos de la ciudad, en medio de un tumulto inmenso, como un tropel de relámpagos en un solo trueno.

En menos de una hora salieron de la tierra veintisiete barricadas solamente en el barrio de los Mercados.

En su centro estaba aquella famosa casa; número 50, que fué la fortaleza donde se resistió Jeanne y sus ciento seis compañeros, y que, flanqueada por un lado por la barricada de San Merry, y por el otro por una barricada en la calle Maubuée, dominaba tres calles, la de Arcis, la de San Martín y la de Aubry-le-Boucher, á que daba frente.

Dos barricadas formando escuadra se dirigían una por la calle Montorgueil hasta la Grande Truandería, y otra por la calle Geofroy Lagevin, hasta la calle de Santa-Avoye.

Eso sin contar innumerables barricadas en otros veinte barrios de París, en el Marais, en la montaña de Santa Genoveva, una en la calle de Menilmontant, donde se veía una puerta cochera arrancada de sus goznes; otra cerca del puentecillo del Hotel Dieu, con un ómnibus desenganchado y tumbado á trescientos pasos de la Prefectura de policía.

En la barricada de la calle de Menetriers, un hombre bien vestido distribuía dinero á los trabajadores.

En la de la calle Grenetat se presentó un jinete y entregó al que parecía jefe de la barricada un rollo, que parecía un cartucho de dinero, diciéndole: Tomad, para pagar los gastos, vino, etc.

Un joven rubio sin corbata, iba de una barricada á otra dando el santo y seña.

Otro, sable en mano y una gorra azul de polizonte, colocaba centinelas.

En lo interior, más allá de las barricadas, las tabernas y los portales estaban convertidos en cuerpos de guardia.

Por lo demás, el motín estaba dirigido según la más ingeniosa táctica militar.

Las calles estrechas, desiguales, tortuosas, llenas de ángulos y recodos, habían sido elegidas con acierto; y los alrededores de los Mercados en particular, laberinto de calles más embrollado que un bosque.

La sociedad de los Amigos del Pueblo, se decía que había tomado la dirección de la insurrección en el barrio de Santa Avoye.

Á un hombre que mataron en la calle de Ponceau, y fué registrado, se le encontró un plano de París.

En realidad, la dirección del motín pertenecía á una especie de impetuosidad desconocida que reinaba en la atmósfera.

La insurrección había bruscamente levantado las barricadas con una mano, y se había apoderado con la otra, de casi todos los cuerpos de guardia.

En menos de tres horas, como un reguero de pólvora que se inflama, los insurrectos habían invadido y ocupado en la orilla derecha del Sena, el Arsenal, la alcaldía de la Plaza Real, todo el Marais, la fábrica de armas de Popincourt, la Galiota, el Château d'Eau, todas las calles próximas á los Mercados; en la orilla izquierda, el cuartel de Veteranos, Santa Pelagia, la plaza Maubert, el polvorín de los Dos Molinos, y todas las barreras.

Á las cinco de la tarde eran dueños de la Bastilla, de la Lingerie, de Blancs Monteaux; sus avanzadas llegaban á la plaza de las Victorias, amenazando el Banco, el cuartel de Petits Pères y la casa de Correos.

Los amotinados ocupaban en perfecta posesión la tercera parte de París.

En todas partes se había empeñado gigantescamente la lucha. Con los desarmes, con las visitas domiciliarias, con las tiendas de armeros saqueadas, había resultado que el combate empezado á pedradas continuaba á tiros.

Á eso de las seis de la tarde, el pasaje de Saumón se convirtió en campo de batalla.

Los insurrectos estaban en un extremo, y la tropa en el opuesto; se fusilaban desde una puerta á otra.

Un observador, un curioso, el autor de este libro, que había ido á ver de cerca el volcán, se encontró cogido entre dos fuegos dentro del pasaje, sin tener, para guarecerse de las balas, más que el hueco de las medias columnas que separan las tiendas; y estuvo en esta peligrosa situación casi media hora.

Entre tanto, el tambor tocaba llamada, los guardias nacionales se vestían y armaban apresuradamente, los batallones partían de las alcaldías y los regimientos salían de los cuarteles.

Enfrente del pasaje del Ancora, uno de los tambores recibía una puñalada. En la calle del Cisne era asaltado otro, por un grupo de jóvenes, que le rompían el tambor y le quitaban el sable.

Otro yacía muerto en la calle del Pósito de Saint Lazaire.

En la de Michel-le-Comte caían muertos tres oficiales, uno tras otro.

Muchos guardias municipales, heridos en la calle de los Lombardos, retrocedían.

Delante de la Cour-Batave, un destacamento de guardias nacionales encontraba una bandera roja con esta inscripción: Revolución republicana, número 127.

¿Era aquello efectivamente una revolución?

El motín había hecho del centro de París una especie de ciudadela inextricable, tortuosa y colosal.

Allí estaba el foco, allí estaba evidentemente la cuestión. Lo demás no pasaba de escaramuzas, y la prueba de que todo había de decidirse allí, era que aún no había empezado el combate.

En algunos regimientos, los soldados andaban vacilantes, lo cual aumentaba la obscuridad aterradora de la crisis.

Recordaban la ovación popular que había merecido en julio de 1830 la neutralidad del regimiento 53 de línea.

Dos hombres intrépidos probados en las grandes guerras, el mariscal Lobau y el general Bugeaud mandaban las tropas: Bugeaud á las órdenes de Lobau.

Nutridas patrullas, compuestas de batallones de línea y de compañías enteras de guardias nacionales, precedidas cada una de un comisario de policía con faja, iban reconociendo las calles sublevadas.

Los insurgentes, por su parte, ponían vigías en las esquinas de las encrucijadas, y enviaban audazmente patrullas fuera de las barricadas.

Observábanse por ambas partes.

El gobierno, con un ejército en la mano, vacilaba: acercábase la noche y se empezaba á oir el toque de rebato en Saint-Merry.

El ministro de la Guerra, que era el mariscal Soult, el que había estado en Austerlitz, contemplaba aquello con aire sombrío.

Los antiguos marinos, acostumbrados á las maniobras correctas, sin más recurso ni más guía que la táctica, brújula de las batallas, estaban desorientados en presencia de aquella inmensa espuma que se llama cólera pública.

El viento de las revoluciones no es manejable.

Los guardias nacionales de las cercanías acudían apresuradamente y en desorden. Un batallón del 12.° regimiento ligero venía á paso de carga de San Dionisio; el 14.° de línea llegaba de Courbevoie; las baterías de la Escuela militar se habían emplazado en el Carrousel; los cañones bajaban de Vincennes.

La soledad reinaba en las Tullerías; Luis Felipe estaba completamente sereno.

V =Originalidad de París=

Desde hacía dos años, como hemos dicho, París había visto más de una insurrección.

Exceptuando los barrios sublevados, nada es por lo regular más extrañamente tranquilo que la fisonomía de París durante un motín.

París se acostumbra muy fácilmente á todo, «no es más que un motín», exclama, y como París tiene tantos negocios, no se altera por tan poca cosa.

Solamente estas ciudades colosales pueden dar tales espectáculos; solamente estos inmensos centros de población pueden contener en su recinto, á un tiempo mismo, la guerra civil y cierta peregrina tranquilidad.

Es ya costumbre, cuando empieza la insurrección, cuando se oye el tambor, el toque de llamada ó de generala, que el tendero se limite á decir:

--Parece que en la calle de San Martín hay jaleo.

Ó:

--En el arrabal de San Antonio.

Regularmente añade con indiferencia:

--Por ahí, no sé dónde.

Después, cuando se oye el estrépito desgarrador y lúgubre de la fusilería y de las descargas por pelotones, el tendero dice:

--¡Se va calentando! ¡Calle! ¡Parece que quema!

Un momento después, si el motín se acerca, cierra precipitadamente su tienda, y se pone en seguida el uniforme; es decir, pone en seguridad sus mercancías, y en peligro su persona.

Mientras se fusila en una encrucijada, en un pasaje, en un callejón; se toman, se pierden y se recobran barricadas; corre la sangre, la metralla acribilla las fachadas de las casas, las balas matan á los vecinos en sus alcobas y los cadáveres se amontonan en la calle; á pocas calles de aquélla se oye el chocar de las bolas de billar en los cafés.

Los teatros abren sus puertas y representan comedias alegres, los curiosos hablan y ríen á dos pasos de los puntos en que reina la guerra; los coches hacen sus viajes; los habitantes van á comer de convite; y algunas veces esto sucede en el mismísimo barrio en que se combate.

En 1831 se suspendió un tiroteo para dar paso á una boda.

Cuando la insurrección del 12 de mayo de 1839, en la calle de San Martín, un viejo achacoso, que conducía un carretón con un pedazo de tela tricolor y cargado de botellas de un líquido cualquiera, iba y venía de la barricada á la tropa, y de la tropa á la barricada, ofreciendo imparcialmente refrescos á la anarquía y al gobierno.

Nada tan singular; y ése es, sin embargo, el carácter propio de los motines de París, que no se encuentra en ninguna otra capital; porque para ello son necesarias dos cosas: la grandeza de París y su alegría. Es preciso ser á un tiempo la ciudad de Voltaire y la de Napoleón.

Esta vez, sin embargo, durante la alarma del 5 de junio de 1832, la gran ciudad sintió algo que era quizá más fuerte que ella. Tuvo miedo.

Vióse por todas partes, en los barrios más lejanos y más desinteresados, que las puertas y ventanas estaban cerradas en pleno día.

Los valientes se armaron, los cobardes se escondieron. El transeúnte indiferente ú ocupado desapareció. Muchas calles estaban desiertas como á las cuatro de la madrugada.

Hacíanse correr detalles alarmantes, difundíanse noticias fatales.

Que ellos eran dueños del Banco.

Que sólo en el claustro de San Merry había seiscientos encerrados, parapetados en la iglesia.

Que la tropa de línea no inspiraba confianza.

Que Armando Carrel había ido á ver al mariscal Clausel, y que el mariscal había dicho: «Contad desde luego con un regimiento».

Que Lafayette estaba enfermo; pero que, sin embargo, había dicho: «Soy de los vuestros; os seguiré á todas partes donde haya sitio para una silla».

Que era preciso estar apercibidos, pues á la noche habría gente que saquearía las casas aisladas en los extremos y rincones desiertos de París (en esto se descubría la imaginación de la policía, esa Ana Radcliffe mezclada con el gobierno).

Que se había establecido una batería en la calle Aubry-le-Boucher.

Que Lobau y Bugeaud se ponían de acuerdo, y que á la media noche ó al despuntar el alba lo más tarde, marcharían cuatro columnas á la vez sobre el centro del motín, la primera procedente de la Bastilla, la segunda de la Puerta de San Martín, la tercera de la Grève y la cuarta de los Mercados.

Que quizá las tropas evacuarían París y se retirarían al campo de Marte.

Que no se sabía lo que sucedería; pero, que de seguro, había de ser grave.

Preocupaban mucho las vacilaciones del mariscal Soult.

¿Por qué no atacaba enseguida?

Lo cierto es que estaba profundamente absorbido. El viejo león parecía olfatear en aquella sombra un monstruo desconocido.

Llegó la noche; los teatros no se abrieron; las patrullas circulaban con aire irritado; registrábase á los transeúntes, y prendíase á los sospechosos.

Á las nueve pasaban ya de ochocientos los individuos presos; la prefectura de policía estaba llena, la Conserjería estaba llena, y la Fuerza llena también de presos.

Particularmente en la Conserjería, el largo subterráneo llamado la calle de París estaba cubierto de haces de paja, sobre los cuales yacían en montón los arrestados, á quienes el hombre de Lyon, Lagrange, arengaba con valentía.

Toda aquella paja, removida por todos aquellos hombres, producía el ruido de un aguacero.

En otros lados estaban acostados los presos al aire libre, unos sobre otros en medio de los patios.

Reinaba por todas partes la ansiedad y cierto temblor poco acostumbrado en París.

Los vecinos se atrancaban dentro de las habitaciones; las esposas y las madres se inquietaban; no se oía más que este clamor: ¡Ay, Dios mío! ¡Todavía no ha vuelto! Oíase apenas á lo lejos y muy de tarde en tarde el rodar de algunos carruajes.

Escuchábase desde los portales, los rumores, los gritos, los tumultos, los ruidos sordos é indistintos de cosas de que se decía: «Es la caballería», ó «los trenes que van al galope», los clarines, los tambores, los tiros de fusil, y sobre todo aquel triste clamoreo de la campana de San Merry.

Esperábase el primer cañonazo.

En las esquinas de las calles aparecían y desaparecían hombres que gritaban: «¡Retirarse á casa!».

Y cada cual se apresuraba á echar los cerrojos á las puertas.

Decíase: «¿En qué terminará todo esto?».

De un momento á otro y á medida que caía la noche, parecía iluminarse París más lúgubremente, con el formidable fulgor del motín.

LIBRO UNDÉCIMO EL ÁTOMO FRATERNIZANDO CON EL HURACÁN

I =Algunas notas aclaratorias acerca de los orígenes de la poesía de Gavroche, é influencia de un académico en dicha poesía=

En el instante en que la insurrección surgía del choque del pueblo con la tropa enfrente del Arsenal, prodújose un movimiento de retroceso en la muchedumbre que seguía el féretro, la cual en toda la longitud de la gran calle de los boulevares, pesaba, por así decirlo, sobre la cabeza de la comitiva, verificóse un terrible reflujo.

Conmovióse el tropel, rompiéronse las filas, corrieron todos, partieron á escape, los unos con los gritos del ataque, los otros con la palidez de la fuga.

El gran río que llenaba los boulevares se dividió en un abrir y cerrar de ojos, desbordó á derecha é izquierda, y se extendió en torrentes por doscientas calles á la vez con la impetuosidad de una esclusa suelta.

En aquel momento, un muchacho harapiento que bajaba por la calle de Menilmontant, llevando en la mano una rama de ébano silvestre en flor que acababa de coger en las alturas de Belleville, descubrió en la puerta de una prendería una pistola vieja de arzón.

Arrojó su rama florida al suelo, y gritó á la prendera:

Señora Fulana, os tomo prestada esta máquina.

Y se escapó con la pistola.

Dos minutos después, un grupo de vecinos espantados, que huían por la calle Amelot y la calle Basse, se topó con aquel muchacho, que blandía su pistola é iba cantando:

Nada se ve de noche, De día se ve bien, Por un escrito apócrifo Se espeluzna el burgués; Sombreros puntiagudos Practicad siempre el bien.

Era Gavrochillo que iba á la guerra.

Al llegar al extremo de la calle, notó que la pistola no tenía gatillo.

¿De quién era aquella copla que le servía para marcar el paso, y todas las demás canciones, que, cuando se le ocurría, entonaba con tanta gracia? Lo ignoramos. ¿Quién sabe? Acaso suya.

Por otra parte, Gavroche estaba al corriente de todos los cantos populares en boga, mezclando con ellos sus originales gorgoritos.

Diablillo y galopín, hacía un batiburrillo con las voces de la naturaleza y las de París. Combinaba el repertorio de las aves con el repertorio de los talleres.

Conocía á muchos discípulos de artistas, tribu contigua á la suya.

Parece ser que había sido tres meses aprendiz de impresor.

Cierto día llegó á cumplir un encargo del señor Baour Lormain, uno de los cuarenta miembros de la Academia.

Gavroche era un pilluelo literario.

Por lo demás, no se figuraba ciertamente que en aquella noche lluviosa en que había ofrecido á dos pequeñuelos la hospitalidad de su elefante, era por sus propios hermanos para quienes había hecho el oficio de Providencia.

Á sus hermanos por la tarde, á su padre por la mañana; tal había sido el empleo de aquella noche.

Al dejar la calle de los Bailes, al amanecer, se había vuelto á toda prisa al elefante, había sacado industriosamente de allí á los dos chicuelos, había partido con ellos un desayuno cualquiera que improvisara, y luego se había marchado, confiándolos á esa buena madre, la calle, que sobre poco más ó menos le crió á él.

Al dejarlos, les había dado cita para la noche en el mismo paraje, dirigiéndoles por despedida este discurso:

--«Yo tomo las de Villadiego, ó de otra manera, yo me najo, ó como dicen en la corte, me escurro. Monigotes, si no encontráis á papá ni á mamá, volved aquí por la noche. Os improvisaré una cena y os acostaré».

Los dos pequeñuelos, recogidos por algún vigilante de policía y enviados al depósito de la prefectura, ó robados por algún saltimbanqui, ó simplemente perdidos en el inmenso torbellino de París, no aparecieron.

El bajo fondo del mundo social contemporáneo está lleno de esos vestigios perdidos. Gavroche no había vuelto á verlos.

Habían transcurrido diez ó doce semanas desde la noche aquélla; y habíale sucedido más de una vez rascarse la parte superior de la cabeza y decir:

--¿Dónde diablos estarán mis dos chiquillos?

Á todo esto, había llegado con su pistola en la mano á la calle de Pont aux Choux.

Notó que no había en toda la calle más que una tienda abierta; y, cosa digna de reflexión, una pastelería.

Era, pues, una ocasión providencial de comer un pastelillo de manzana antes de entrar en lo desconocido.

Gavroche se paró, se tentó los costados, registró los bolsillos, los volvió, no encontró nada, ni un sueldo, y empezó á gritar: «¡Socorro!».

Es muy duro eso de carecer del bocado supremo.

Gavroche no por esto se detuvo en su camino.

Dos minutos después estaba en la calle de San Luis.

Al atravesar la del Parque Real sintió la necesidad de desquitarse del imposible pastelillo de manzana, y gozó el inmenso placer de rasgar en pleno día los carteles de los espectáculos.

Un poco más allá, viendo pasar un grupo de individuos bien puestos, que le parecieron propietarios, se encogió de hombros, y escupió esta bocanada de bilis filosófica:

--¡Esos rentistas, qué gordos están! ¡Cómo se regalan con los buenos bocados! ¡Preguntadles qué hacen de su dinero! No lo saben. ¡Se lo comen! ¡Y qué! ¡Todo para el vientre!

II =Gavroche en marcha=

La agitación de una pistola sin gatillo ostentada en la mano en plena calle y á mitad del día, es una función pública tal, que Gavroche sentía crecer su verbosidad á cada paso.

Gritaba, entre algunos trozos de la Marsellesa que iba cantando:

--Todo va bien. Me duele mucho la pata izquierda; me he roto la crisma, pero estoy contento, ciudadanos. Los burgueses no tienen qué hacer sino agarrarse bien; voy á echarles unas coplas subversivas. ¿Qué son los soplones? Gatos. ¡Por vida de Cris! No faltemos al respeto á los gatos. Ya quisiera yo tener uno chiquitín para mi pistola. Vengo de los boulevares, amigos míos, y se va calentando la cosa; ya cuece un poco, ya hierve. Ya es tiempo de espumar el puchero. ¡Adelante, hombres! ¡Que la sangre impura inunde los surcos! Yo doy mi vida por la patria, y ya no volveré á ver á mi querida, no, no, ni, ni, ya concluí, chichí; pero me es igual. ¡Viva la alegría! ¡Luchemos, caramba! Estoy ya cansado de despotismo.

En aquel momento, el caballo de un guardia nacional de lanceros que pasaba á su lado cayó al suelo.

Gavroche puso su pistola en tierra, levantó al jinete y después ayudó á levantar el caballo. Enseguida cogió la pistola, y continuó su camino.

En la calle de Thorigny todo era paz y silencio. Esta apatía, propia del Marais formaba contraste con el inmenso rumor que la rodeaba.

En el escaño de una puerta estaban charlando cuatro comadres.

La Escocia tiene tercetos de hechiceras, pero París tiene cuartetos de comadres, y el «tú serás rey» sería tan lúgubre dicho á Bonaparte en la encrucijada Baudoyer, como á Macbeth en la selva de Armuyr; sería, poco más ó menos, el mismo graznido.

Las comadres de la calle Thorigny sólo se cuidaban de sus asuntos.

Eran tres porteras, y una trapera con cesto y su gancho.

De pie como estaban, parecían las cuatro esquinas de la vejez, que son: la caducidad, la decrepitud, la ruina y la tristeza.

La trapera era humilde. En ese mundo al aire libre, la trapera saluda y la portera protege.

Esto depende de la calidad de la basura, según quieren las porteras que sea aprovechable ó inútil, al antojo de quien la amontona. Hasta en el barrido puede haber bondad.

Esta trapera era un cesto agradecido, y se sonreía, ¡con qué sonrisa! hablando con las tres porteras.

Decían cosas como éstas:

--¡Ah! ¡vuestro gato sigue siendo tan malo!

--¡Dios mío! Ya sabéis que los gatos son naturalmente enemigos de los perros; y los perros son los que se quejan.

--Y las gentes también.

--Sin embargo, las pulgas de los gatos no pasan á las personas.

--Y además, los perros son peligrosos. Me acuerdo de un año en que había tantos, que lo pusieron en los periódicos. Era cuando había en las Tullerías unos borregos grandes que tiraban del cochecito del rey de Roma: ¿Os acordáis del rey de Roma?

--Yo quería más al duque de Burdeos.

--Pues yo he conocido á Luis XVI, y prefiero á Luis XVII.

--¡Lo que está caro es la carne, señá Patagona!

--¡Oh! No me habléis de eso; son un horror los carniceros; un horror espantoso. No venden más que piltrafas.

En esto intervino la trapera, diciendo:

--Señoras, el comercio está paralizado. Los montones de basura están consumidos. No se tira nada; todo se come.

--Otros hay más pobres que vos, tía Vargulema.

--Sí, es verdad,--respondió la trapera con deferencia;--yo tengo una profesión.

Hubo una pausa, y la trapera cediendo á esa necesidad de hablar que reside en la misma naturaleza del hombre, añadió:

--Al volver á mi casa por la mañana desocupo la cesta, hago mi reparación (separación probablemente), y formo montoncitos en mi cuarto. Pongo los trapos en un canastillo, los tronchos en el barreño, las tiras de tela en mi baúl, las de paño en mi cómoda, los papeles viejos en el ángulo de la ventana, lo que se puede comer en una cazuela, los pedazos de vidrio en la chimenea, los zapatos detrás de la puerta, y los huesos debajo de la cama.

Gavroche, que se había parado detrás, estaba escuchando.

--Viejas,--les dijo,--¿qué tenéis que hablar de política?

El pilluelo recibió por respuesta la andanada de un sofión cuádruple.

--¡Vaya otro bribón!

--¿Qué es lo que lleva en la mano? ¡Una pistola!

--¡Miren el andrajoso galopín!

--Éstos no están tranquilos mientras no derriban la autoridad.

Gavroche desdeñándolas, se limitó por toda represalia á hacerles un gesto, levantando la punta de la nariz con el dedo pulgar y abriendo enteramente la mano.

La trapera gritó:

--¡Anda, pillete sin zapatos!

La que respondía al nombre de señá Patagona chocó ambas manos escandalizada.

--Va á haber desgracias; de seguro. El galopín de al lado, que lleva perilla, sale todos los días del brazo con una mozuela de gorro de color de rosa, y hoy le he visto pasar dando el brazo á un fusil. La señá Bacheux dice que la semana pasada hubo una revolución en... en... en... ¡dónde está el becerro!... en Pontoise, y luego, ¡le veis ahí con su pistola, á ese grandísimo tuno! Parece, según dicen, que en los Celestinos está todo lleno de cañones. ¿Qué queréis que haga el gobierno con esos haraganes que no saben qué inventar para revolver el mundo, cuando empezaba á estar un poco tranquilo, después de todas las desgracias que pasaron? ¡Santo Dios, yo que me acuerdo de aquella pobre reina, á quien vi llevar en una carreta! Y todo eso, por supuesto, va á ser causa de que se suba el rapé. ¡Es una infamia! Ten por seguro que iré á verte guillotinar, malvado, tunantón.

--Te se cae algo, mi buena vieja, suénate,--dijo Gavroche.--Suénate ese promontorio.

Y siguió adelante.

Cuando estaba ya en la calle Pavée, vínole á las mientes la trapera, y empezó este monólogo:

--Haces mal en insultar á los revolucionarios, tía Pincha trapos porque esta pistola sirve á tus intereses, sirve para que tengas en el cesto buenas cosas que comer.

De repente oyó un ruido detrás de sí: era la portera Patagona que lo había seguido, y que desde lejos le enseñaba el puño, gritando:

--¡Eres hijo de la Inclusa!

--¡Bah!--dijo Gavroche,--dejadme reir. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

Poco después pasó por delante del hotel Lamoignon, y allí hizo esta llamada:

--¡En marcha para la batalla!

Pero le sobrecogió un acceso de melancolía; miró su pistola con cierto aire de reconvención parecido al enternecimiento, diciendo:

--Yo parto, pero tu tiro no partirá.

Un gatillo puede distraer de otro. Al mismo tiempo acertó á cruzar de una puerta á otra un gato pequeño y flaquísimo, que se le marcaban todas las costillas.

Gavroche tuvo lástima, y le dijo:

--¡Pobre minino, te has zampado todo un barril, que te se ven los aros!

Después se dirigió hacia el Olmo de San Gervasio.

III =Justa indignación de un peluquero=

El digno peluquero que había echado de su tienda á los chiquillos á quienes Gavroche había abierto el vientre paternal del elefante, estaba en aquel momento afeitando á un antiguo soldado legionario que había servido en tiempos del Imperio.

Estaban charlando. El peluquero había hablado naturalmente al veterano del motín, después del general Lamarque, y de Lamarque había pasado á hablar del emperador; de lo cual resultó una conversación de barbero á soldado, que Prudhomme, si hubiera estado presente, habría enriquecido con arabescos, y titulado: Diálogo entre la navaja y el sable.

--Señor mío,--decía el peluquero,--¿cómo montaba el emperador á caballo?

--Mal. No sabía caer; por esto no cayó nunca.

--¿Tenía buenos caballos? ¡Debía tener buenos caballos!

--El día en que me dió la cruz, me fijé en su cabalgadura. Era una yegua corredora, enteramente blanca, con las orejas muy apartadas, la silla profunda, la cabeza delgada, y marcada con una estrella negra, el cuello muy largo, las rodillas fuertemente articuladas, las costillas salientes, el lomo oblicuo, la grupa poderosa. Un poco más de quince palmos de alta.

--¡Hermoso caballo!--dijo el peluquero.

--Era el favorito de su majestad.

El peluquero comprendió que después de estas palabras era conveniente un poco de silencio; se calló y dijo luego:

--El emperador sólo fué herido una vez. ¿No es verdad?

El veterano respondió con el acento tranquilo y soberano del hombre que lo ha visto:

--En el talón, en Ratisbona. Nunca le vi más apuesto que aquel día; estaba radiante como un sueldo nuevo.

--Y vos, señor veterano, ¿habéis sido herido muchas veces?

--¿Yo?--dijo el soldado.--¡Eh, no es cosa! Recibí en Marengo dos sablazos en la nuca; en Austerlitz una bala en el brazo derecho; en Jena otra en la cadera izquierda; en Friedlan un bayonetazo... aquí; en la moscowa siete ú ocho lanzazos, no importa dónde; en Lutzen un tiro de obús, que me rompió un dedo... ¡Ah! Y luego en Waterloo un balazo de cañón en el muslo. Nada más.

--¡Qué hermoso es eso,--exclamó el barbero con acento pindárico,--eso de morir en el campo de batalla! Yo, palabra de honor, antes que morir en mi cama de enfermedad, lentamente y poco á poco entre drogas, cataplasmas, jeringas y medicinas, preferiría recibir en el pecho una bala de cañón.

--¡No tenéis mal gusto!--prorrumpió el soldado.

Apenas acababa de decirlo, cuando resonó en la tienda un horrible estrépito: había sido roto violentamente en forma de estrella un vidrio del escaparate.

El peluquero se puso descolorido.

--¡Ay, Dios mío!--exclamó.--¡Ahí está una!

--¿Una qué?

--Una bala de cañón.

--Hela aquí,--dijo el soldado.

Y recogió una cosa que rodaba por el suelo; era un guijarro.

El peluquero corrió hacia el cristal roto, y vió á Gavroche que huía á escape hacia el mercado de San Juan.

Al pasar por delante de la peluquería, Gavroche, que recordada á los dos chicos, no pudo resistir el deseo de darle los buenos días, y le tiró una piedra á los cristales.

--¡Pero no veis!...--exclamó iracundo el peluquero, que de pálido había pasado á azul.--Éste hace el mal, sólo por hacer mal. ¿Quién le ha hecho nada á este pilluelo?

IV =El niño se admira del anciano=

Entre tanto, Gavroche, en el mercado de San Juan, cuyo cuerpo de guardia había sido desarmado ya, acababa de ser incorporado á un grupo guiado por Enjolrás, Courfeyrac, Combeferre y Feuilly.

Casi todos iban armados. Bahorel y Juan Prouvaire los habían encontrado, y engrosaban el grupo.

Enjolrás llevaba una escopeta de caza de dos cañones; Combeferre un fusil de guardia nacional con el número de la legión, y en la cintura dos pistolas, que se le veían bajo su levita desabrochada; Juan Prouvaire, un antiguo mosquete de caballería, y Bahorel una carabina.

Courfeyrac blandía un estoque desenvainado.

Feuilly, con un sable desnudo en la mano, marchaba delante gritando: «¡Viva Polonia!».

Venían del muelle Morland, sin corbatas, sin sombreros, agitados, mojados por la lluvia y el relámpago en la mirada.

Gavroche se acercó á ellos tranquilamente.

--¿Adónde vamos?--preguntó.

--Ven,--le dijo Courfeyrac.

Detrás de Feuilly iba, ó por mejor decir, saltaba, Bahorel, como un pez en el agua del motín.

Llevaba su chaleco carmesí, y soltaba palabras de ésas que todo lo rompen.

Su chaleco espantó á un transeúnte, que gritó asustado:

--¡He aquí los rojos!

--¡El rojo, los rojos!--replicó Bahorel.--¡Pícaro miedo, ciudadano! Yo por mí no tiemblo ante una amapola; el gorro encarnado no me inspira temor alguno; creedme, ciudadano burgués, dejemos el miedo á lo rojo para los animales cornudos.

Descubrió una esquina en que había un papel de lo más pacífico del mundo, un permiso para comer huevos, un precepto cuaresmal dirigido por el arzobispo de París á sus «ovejas».

Bahorel, exclamó:

--¡Ovejas! Buen modo de llamarles gansos.

Y arrancó el cartel de la esquina.

Con este acto se conquistó á Gavroche; quien desde aquel instante se puso á estudiar á Bahorel.

--Bahorel,--dijo Enjolrás,--haces mal. No deberías haber roto ese cartel, porque nada tenemos que hacer de él y gastas inútilmente tu cólera; guarda tu repuesto, porque no debe hacerse nunca fuego fuera de línea, ni con el alma, ni con el fusil.

--Cada cual sigue sus inclinaciones,--respondió Bahorel;--me choca esa prosa de obispo, y quiero comer huevos sin que me lo permitan. Tú tienes tu genio frío que arde; yo me divierto. Y por otra parte, yo no me gasto, antes bien cobro bríos; si he arrancado este cartel, ¡Hercle! ha sido para hacer boca.

La palabra Hercle chocó á Gavroche, quien buscaba todas las ocasiones de instruirse, y había simpatizado ya con aquel destripa carteles; por lo cual le preguntó:

--¿Qué quiere decir Hercle?

Bahorel respondió:

--Quiere decir: sacro nombre de perro, en latín.

Estando en esto reconoció Bahorel en una ventana á un joven pálido con barba negra que los estaba mirando pasar, probablemente un amigo del A B C, y le gritó:

--¡Pronto, cartuchos! Para bellum.

--¡Bello hombre! Es verdad,--dijo Gavroche, que ya empezaba á comprender el latín.

Acompañábales un cortejo tumultuoso compuesto de estudiantes, artistas, jóvenes afiliados á la Cogurda de Aix, obreros, y hombres de porte, armados de palos y de bayonetas, algunos, como Combeferre, con pistolas sujetas en la pretina de los pantalones.

Un viejo que parecía de mucha edad, iba también en el grupo. No llevaba armas, dábase mucha prisa para no quedarse atrás, é iba al parecer pensativo.

Gavroche se fijó en él:

--¿Qués eso? (¿qué es eso?)--preguntó á Courfeyrac.

--Un viejo.

Era el señor Mabeuf.

V =El anciano=

Digamos lo que había pasado.

Enjolrás y sus amigos estaban en el boulevard Bourdon, cerca del Pósito, en el momento en que los dragones dieron la carga.

Enjolrás, Courfeyrac y Combeferre eran del grupo que había seguido por la calle Bassompierre gritando: «¡Á las barricadas!».

En la calle Lesdiguieres habían encontrado á un anciano, que iba por allí, el cual les llamó la atención porque andaba haciendo eses como si estuviera bebido. Llevaba además el sombrero en la mano, á pesar de que había estado lloviendo toda la mañana, y aún seguía lloviendo bastante fuerte.

Courfeyrac reconoció en él al señor Mabeuf, á quien conocía por haber acompañado muchas veces á Mario á su casa.

Sabiendo las costumbres pacíficas y más que tímidas del antiguo obrero bibliófilo, y extrañando verle en medio de aquel tumulto, á dos pasos de las cargas de caballería, casi en medio del fuego, con la cabeza descubierta, lloviendo, y andando entre las balas, se le había dirigido, y el bullanguero de veinticinco años tuvo con el octogenario este diálogo:

--Señor Mabeuf, volveos á casa.

--¿Por qué?

--Porque va á haber jaleo.

--Bueno.

--Sablazos y tiros, señor Mabeuf.

--Bueno.

--Y cañonazos.

--Bueno. ¿Y adónde vais vosotros?

--Á derribar al gobierno.

--Está bien.

Y continuó andando con ellos sin volver á pronunciar otra palabra.

Su paso se había vuelto firme casi de repente; algunos obreros le habían ofrecido el brazo, y él había rehusado con un movimiento de cabeza. Iba casi en la primera fila de la columna, teniendo á la vez los movimientos de un hombre que anda y las apariencias del que duerme.

--¡Vaya un hombre templado!--murmuraban algunos estudiantes.

Corría entre el grupo el rumor de que era un antiguo convencional, un viejo regicida.

El grupo había tomado por la calle de la Verrerie.

Gavrochillo iba delante cantando su marcha á grito herido, de suerte que venía á ser como el corneta.

Decía así:

Mira ya salió la luna, ¿Cuándo nos vamos al bosque? Dice Carlos á Carlota. Tú tú tú, Por Chatú. Sin más que un Dios, un rey, un cuarto y una bota.

Por beber, van de mañana, Como tomillo y rocío, Dos mirlos de chirigota. Sí sí sí, Por Passy. Sin más que un Dios, un rey, un cuarto y una bota.

Y á aquellos dos lobeznuelos, Embriagados como mirlos, Decía un tigre chacota: Don don don, á Meudon. Con sólo un Dios, un rey, un cuarto y una bota.

Jura el uno y clama el otro, ¿Cuándo nos vamos del bosque? Carlos pregunta á Carlota. Tin tin tin, Por Partin. Con sólo un Dios, un rey, un cuarto y una bota.

Dirigíanse á San Merry.

VI =Reclutas=

El grupo crecía á cada instante.

Hacia la calle de Billettes, un hombre de elevada estatura, entrecano, y en cuyo rostro rudo y atrevido se fijaron Courfeyrac, Enjolrás y Combeferre, pero á quien nadie conocía, se les unió.

Gavroche, distraído con su canción, sus silbidos y sus gritos, en abrir la marcha y golpear en las tiendas con la culata de su pistola sin gatillo, no se fijó en el hombre.

Al pasar por la calle de la Verrerie, y al llegar á la puerta de la casa de Courfeyrac, dijo éste:

--Me alegro, porque me he olvidado la bolsa, y he perdido el sombrero.

Y separándose del grupo, subió los escalones de cuatro en cuatro, cogiendo un sombrero viejo y la bolsa. Tomó igualmente un cofre cuadrado del tamaño de una maleta grande, que estaba oculto entre la ropa sucia.

Al bajar la escalera le gritó la portera:

--¡Señor de Courfeyrac!

--Portera, ¿cómo os llamáis?--contestó Courfeyrac.

La portera se quedó atónita.

--Ya lo sabéis; soy la portera, y me llamo la tía Veuvain.

--Pues bien; si seguís llamándome señor de Courfeyrac, yo os llamaré señora de Veuvain. Ahora, hablad: ¿qué hay? ¿qué ocurre?

--Ahí está uno que quiere hablaros.

--¿Quién es?

--No sé.

--¿Dónde está?

--En mi cuarto.

--¡Ah, diablo!--prorrumpió Courfeyrac.

--¡Pero es que está esperando hace más de una hora vuestra vuelta,--añadió la portera.

Y al mismo tiempo, un muchacho en traje de obrero, pálido, delgado, pequeño, con manchas rojizas en la piel, vistiendo una blusa agujereada y un pantalón de pana remendado, que tenía más bien facha de una mozuela vestida de muchacho que de hombre, salió de la portería y dijo á Courfeyrac con una voz, que no era por cierto de mujer:

--El señor Mario. ¿Queréis hacerme el favor?...

--No está.

--¿Volverá esta noche?

--Lo ignoro.

Y Courfeyrac añadió:

--Lo que es yo no volveré.

El muchacho le miró fijamente, y le preguntó:

--¿Por qué?

--Porque no.

--¿Adónde vais?

--¿Qué te importa?

--¿Queréis que os lleve ese cofre?

--Voy á las barricadas.

--¿Queréis que os acompañe?

--¡Si quieres tú!...--respondió Courfeyrac.--La calle es libre; las piedras son de todos.

Y salió corriendo para reunirse otra vez con sus amigos.

Cuando los hubo alcanzado, dió el cofre para que lo llevase á uno de ellos. Hasta pasado un cuarto de hora no advirtió que el muchacho les había ido siguiendo.

Una agrupación de aquel género no va precisamente adonde quiere. Ya hemos dicho que la lleva el viento.

Pasaron más allá de San Merry, encontrándose, sin saber cómo, en la calle de San Dionisio.

LIBRO DECIMOSEGUNDO CORINTO

I =Historia de Corinto desde su fundación=

Los parisienses que, al entrar hoy en la calle Rambuteau por la parte del Mercado, notan á su derecha, enfrente de la calle Mondetour, una cestería cuya muestra es un canastillo figurando á Napoleón el Grande con esta inscripción:

NAPOLEÓN HECHO TODO DE MIMBRES,

no sospechan quizá las escenas terribles que se verificaron en aquel sitio apenas hace treinta años.

Allí estaba la calle de la Chanvrerie, que en las antiguas lápidas se escribía Chanverrerie, y el célebre figón llamado Corinto.

El lector recordará cuanto hemos dicho sobre la barricada construida en este sitio, y eclipsada después por la de San Merry.

Á aquella famosa barricada de la calle de la Chanvrerie, sumergida hoy en una profunda obscuridad, es á la que vamos á dar un poco de luz, refiriendo los pormenores notables que en ella ocurrieron.

Permítasenos recurrir antes, para mayor claridad de nuestra narración, al medio sencillo que empleamos ya al hablar de Waterloo.

Las personas que quieran representarse de una manera bastante exacta las manzanas de casas que se elevaban en dicha época cerca del ángulo de San Eustaquio, al Nordeste del Mercado de París, donde está hoy la entrada de la calle Rambuteau, no tienen más que figurarse, tocando á la calle de San Dionisio por el vértice y por la base al Mercado, una N, cuyos dos palos verticales fueran las calles de la Grande Truanderie y de la Chanvrerie, y el palo trasversal la calle de la Petite Truanderie.

La antigua calle Mondetour cortaba los tres palos por los ángulos más tortuosos.

El cruzamiento laberíntico de estas cuatro calles era tal, que tomaba, en un espacio de cien toesas cuadradas, entre el Mercado y la calle de San Dionisio por una parte, y la calle del Cisne y la de Predicadores por otra, siete manzanas de casas caprichosamente cortadas, de distintos tamaños, colocadas de través y como al acaso, y separadas apenas, como los sillares en las canteras, por estrechas distancias.

Decimos estrechas, porque no podemos dar idea más exacta de aquellas callejuelas obscuras, apretadas, angulosas, flanqueadas de caserones de ocho pisos.

Estos caserones eran tan decrépitos, que en las calles de la Chanvrerie y de la Petite Truanderie, las fachadas se apuntalaban con vigas, que iban de una casa á otra.

La calle era estrecha y el arroyo ancho, de modo que el transeúnte andaba siempre sobre un suelo mojado, costeando tiendas parecidas á cuevas, grandes guarda cantones rodeados de aros de hierro, montones crecientes de basura, puertas de pasadizos armadas de enormes verjas seculares.

La apertura de la gran calle Rambuteau devastó todo esto.

El nombre Mondetour pinta maravillosamente las sinuosidades de aquellas calles. Un poco más lejos aparecían mejor expresadas aún por la calle Pirouette, que salía á la calle Mondetour.

El transeúnte que pasaba desde la calle de San Dionisio á la de la Chanvrerie, la veía estrecharse poco á poco delante de sí, como si hubiese entrado en un enorme embudo prolongado.

Al final de la calle, que era muy corta, hallaba cerrado el paso del lado del Mercado por una elevada fila de casas, y creía encontrarse cortado el paso en callejón sin salida, á no descubrir á derecha é izquierda dos, al parecer negras zanjas, donde podía escapar. Daban acceso á la calle Mondetour, la cual iba á unirse por un lado con la de Predicadores, y por el otro con la del Cisne y la Petite Truanderie.

En el fondo de aquella especie de callejón, y en el ángulo de la cortadura de la derecha, se veía una casa menos alta que las demás, formando así como un cabo saliente sobre la calle.

En dicha casa, que no tenía sino dos pisos, estaba instalado, hacía tres siglos, un ilustre figón, que producía siempre un ruido alegre en el mismo paraje indicado por el viejo Teófilo en estos versos:

Allí se mece el esqueleto horrible De un pobre enamorado que se ahorcó.

El sitio era bueno, y los figoneros se sucedían de padres á hijos.

En tiempos de Maturin Regnier, aquel figón se llamaba la Maceta de Rosas, y como los jeroglíficos estaban de moda, tenía por muestra un poste pintado de color de rosa[7].

Durante el siglo último, el digno Natoire, uno de los maestros caprichosos desdeñados hoy día por la escuela rígida, habiéndose achispado muchas veces en aquel figón, en la misma mesa en que se había emborrachado Regnier, había pintado, en prueba de agradecimiento, un racimo de uvas de Corinto sobre el poste de color de rosa.

El tabernero, entusiasmado, había cambiado su título, haciendo escribir en letras doradas al pie del racimo estas palabras: Á las uvas de Corinto. De ahí el nombre de Corinto.

Nada más propio de los borrachos que la elipsis. La elipsis es la espiral de la frase. Corinto fué poco á poco destronando la Maceta de Rosas.

El último bodegonero de la dinastía, el tío Hucheloup, ignorando ya la tradición, había hecho pintar la tabla de azul.

Este bodegón se componía de una sala baja donde estaba el mostrador, otra encima con el billar, una escalera de caracol que atravesaba el techo; vino en las mesas, humo en las paredes, y luz artificial al medio día.

En la sala baja había una escalera con su trampa para bajar á la cueva.

En el segundo piso estaban las habitaciones de los Hucheloup; se subía á ellas por una escalera, ó más bien escala, y tenía por toda entrada una puerta de escape en la sala grande del primer piso.

Debajo del tejado había dos grandes desvanes abuhardillados, que eran los nidos de las criadas.

La cocina dividía la planta baja con la sala del mostrador.

El tío Hucheloup había nacido químico tal vez; el hecho es que resultó cocinero; en su figón no sólo se bebía, sino que se daba también de comer.

Hucheloup había inventado una cosa excelente, que no se comía más que en su casa, carpas rellenas que él llamaba carpas cebadas (carpes au gras).

Comíanse á la luz de una vela de sebo, ó de un quinqué del tiempo de Luis XVI, en mesas que tenían, á guisa de mantel, un hule clavado. Iban la gente á comerlas desde muy lejos.

Hucheloup, una mañana, tuvo la inspiración de anunciar á los transeúntes «su especialidad»; mojó un pincel en una olla de pintura negra, y como tenía su ortografía propia, lo mismo que su arte culinario propio también, improvisó sobre la pared esta notable inscripción:

CARPES HOGRAS

Un invierno, la lluvia y los chaparrones tuvieron el capricho de borrar varias letras y la mitad de una A, de modo que quedó el letrero en esta forma:

CARPE HO RAS

De suerte que con el auxilio del tiempo y de la lluvia, aquel humilde anuncio gastronómico se convirtió en un consejo profundo.

Así pues, el tío Hucheloup, que no sabía ni aún su lengua, se había encontrado con que sabía latín, con que había hecho salir de la cocina la filosofía, y con que queriendo simplemente eclipsar al gran cocinero Careme, se había nivelado á Horacio.

Y lo más notable era que también aquello quería decir: «Entrad en mi bodegón».

Nada de todo eso existe hoy. El dédalo Mondetour fué abierto y ensanchado desde 1847, y probablemente no queda ya nada á la hora presente. Las calles de la Chanvrerie y Corinto han desaparecido bajo el empedrado de la calle Rambuteau.

Como hemos dicho, Corinto era uno de los puntos de reunión, ya que no el cuartel general de Courfeyrac y sus amigos.

Grantaire había sido el descubridor de Corinto.

Había entrado allí á causa del carpe ho ras, y había vuelto á causa de las carpes au gras.

Allí se bebía, se comía, se gritaba, se pagaba poco, se pagaba mal, no se pagaba á veces; pero siempre se encontraba buen recibimiento. El tío Hucheloup era un buen hombre.

Hucheloup, buen hombre acabamos de decir, era un figonero con bigotes, variedad divertida.

Tenía siempre la cara de mal humor; parecía querer intimidar á sus parroquianos; refunfuñaba á los que entraban en su casa, y tenía el aspecto más propio para buscar camorra con ellos, que para servirles la sopa. Y sin embargo, mantenemos lo dicho, todos eran bien recibidos.

Esta rareza suya había acreditado su establecimiento, y acudían á él los jóvenes, diciéndose: «Ven, oirás gruñir al tío Hucheloup».

Había sido maestro de armas. Se reía á carcajadas á lo mejor; tenía la voz gruesa; era un diablo bueno. Mostraba cierto fondo cómico con apariencia trágica; no quería más que causar miedo, por el estilo de esas cajas de rapé que tienen la forma de una pistola. La detonación es un estornudo.

Su mujer, la tía Hucheloup, era un ser barbudo y feísimo.

Hacia 1830 murió el tío Hucheloup, y con él desapareció el secreto de las carpas cebadas.

Su viuda, no muy consolable, continuó con la taberna.

Pero la cocina degeneró, llegando á ser malísima; el vino, que antes había sido solamente malo, llegó á ser pésimo.

Courfeyrac y sus amigos siguieron yendo á Corinto á pesar de ello, «por compasión», al decir de Bossuet.

La viuda Hucheloup era una mujerona carrilluda y disforme, con recuerdos campestres, cuya única gracia consistía en la pronunciación. Tenía un modo especial de decir las cosas con que sazonaba sus reminiscencias primaverales y de aldea.

Decía, por ejemplo, que en otro tiempo había sido su gran placer oir «cantar al ruiseñor en la madresierva».

La sala del primer piso, donde estaba «el comedor», era una pieza grande y larga, llena de taburetes, de escabeles, de sillas, de bancos y de mesas, con una mesa coja de billar.

Se subía por la escalera de caracol, que remataba en el ángulo de la sala por un agujero cuadrado, semejante á una escotilla de navío.

Esta sala, iluminada por una sola ventana estrecha, y por un quinqué siempre encendido, parecía una buhardilla.

Todos los muebles de cuatro pies estaban como si sólo tuvieran tres.

Las paredes, blanqueadas con cal, no tenían más adorno que este cuarteto en honor de la señora Hucheloup:

Á diez pasos admira, como á los dos espanta, Una verruga habita su nariz asombrosa; Teme uno á cada instante si sonar se le antoja, Que á parar á la boca el mejor día vaya.

Estos versos estaban escritos con carbón en la pared.

La señora Hucheloup estaba yendo y viniendo por delante de este cuarteto todo el día con la más perfecta tranquilidad.

Dos criadas, llamadas Matelote y Gibelotte, sin que nunca se haya sabido que tuvieran otros nombres, ayudaban á la señora Hucheloup á poner en las mesas los jarros de vino y la variedad de guisotes que se servían á los hambrientos en cazuelas de barro.

Matelote, gruesa, redonda, roja y vocinglera, antigua sultana favorita del difunto Hucheloup, era fea, más fea que cualquier monstruo mitológico, sin embargo, como conviene que la criada sea siempre menos que el ama, era menos fea que la señá Hucheloup.

Gibelotte era alta, delgada, de blancura linfática, con los ojos hundidos, los párpados caídos, siempre como fatigada y rendida, dominada por lo que podría llamarse laxitud crónica; se levantaba la primera y se acostaba la última; servía á todo el mundo, inclusa la otra criada, en silencio y con dulzura; sonriendo bajo el peso del trabajo con cierta vaga sonrisa adormecida.

Antes de entrar en la sala-comedor, se leía sobre la puerta este verso, escrito con yeso por Courfeyrac:

Regálate si puedes, y come si te atreves.

II =Alegrías previas=

Laigle de Meaux, como sabemos, vivía más en casa de Joly que en otra parte.

Tenía un alojamiento, como tiene el pájaro una rama.

Los dos amigos vivían juntos, comían juntos y dormían juntos.

Todo les era común, hasta Musichetta; eran lo que alguno ha llamado á ciertos clérigos que dicen dos misas en un día, bini.

La mañana del 5 de junio se fueron á almorzar á Corinto.

Joly tenía un fuerte resfriado, del cual empezaba á participar Laigle.

La levita de Laigle estaba ya muy usada, pero Joly vestía bien.

Serían como las nueve de la mañana cuando empujaron ellos la puerta de Corinto.

Subieron al primer piso.

Matelote y Gibelotte los recibieron.

--Ostras, queso y jamón,--dijo Laigle.

Y se sentaron á la mesa.

El bodegón estaba vacío; no había en la sala más que ellos dos solos.

Gibelotte, conociendo á Laigle y á Joly, empezó por ponerles delante una botella de vino.

Cuando estaban aún comiendo las primeras ostras, apareció una cabeza en la escotilla de la escalera, y se oyó una voz que decía:

--Pasaba por ahí; he humeado desde la calle un delicioso olor á queso de Brie, y he subido.

Era Grantaire.

Grantaire cogió un taburete y se sentó.

Gibelotte, viéndole, puso dos botellas en la mesa.

De modo que ya eran tres.

--¿Vas á beberte esas dos botellas?--preguntó Laigle á Grantaire.

Y éste respondió:

--Todos son ingeniosos; tú sólo eres ingenuo. Dos botellas no asustan nunca á un hombre.

Los otros habían empezado por comer; Grantaire empezó por beber, y apuró de un sorbo media botella.

--¿Tienes algún agujero en el estómago?--preguntó Laigle.

--Tú le tienes en el codo,--contestó Grantaire.

Y después de haber vaciado su vaso, añadió:

--¡Ah, Laigle de las oraciones fúnebres! Tu levita está vieja.

--Lo creo,--respondió Laigle.--Eso hace que hagamos buenas migas mi levita y yo; ella ha tomado todos mis pliegues, y no me incomoda para nada, puesto que se ha amoldado á mis deformidades, y se presta con facilidad á todos mis movimientos; no la siento sino porque me abriga. Los vestidos viejos son lo mismo que los amigos antiguos.

--Es verdad,--exclamó Joly entrando en la conversación;--un traje viejo es un abrigo viejo.

--Sobre todo,--dijo Grantaire,--para la boca de un hombre resfriado.

--Grantaire,--interrogó Laigle,--¿vienes de los boulevares?

--No.

--Joly y yo acabamos de ver pasar la cabeza del entierro.

--Es un espectáculo maravilloso,--dijo Joly.

--¡Qué tranquila está esta calle!--exclamó Laigle.--¿Quién sospecharía aquí, que París está trastornado? ¡Cómo se conoce que antes todo esto eran conventos? Breul, Sauval y el presbítero Lebeuf traen la lista. Los había en todo alrededor; aquí hormigueaban calzados, descalzos, tonsurados, barbudos, grises, negros, blancos, franciscanos, mínimos, capuchinos, carmelitas, recoletos, agustinos, viejos agustinos... ¡Cómo pululaban!

--No hablemos de frailes,--dijo Grantaire,--eso da ganas de rascarse.

Y luego exclamó:

--¡Bah! Acabo de tragar una ostra mala; ya me acomete la hipocondría. Las ostras están pasadas, y las criadas son feas. Odio á la especie humana. Acabo de pasar por la calle de Richelieu, delante de la gran librería pública; aquel montón de conchas de ostras que se llama una biblioteca me quita la gana de pensar. ¡Cuánto papel! ¡Cuánta tinta! ¡Cuántos garabatos! ¡Todo eso se ha escrito! ¡Qué necio ha sido el que ha dicho que el hombre es un bípedo sin pluma!

«Después he encontrado á una muchacha que me conocía, bella como la primavera, digna de llamarse Floreal, y entusiasmada, alegre, feliz como un ángel, la miserable, porque ayer un espantoso banquero picado de viruelas se ha dignado solicitarla. ¡Ay! La mujer acecha al pagano lo mismo que al galán; las gatas cazan lo mismo á los ratones que á los pájaros.

«Esta doncella no hace aún dos meses era honesta en su buhardilla; ajustaba circulitos de cobre á los ojetes de un corsé, ¿cómo le llaman á eso? Cosía, tenía un catre de tijera, vivía al lado de una maceta de flores, estaba contenta. Ahora está hecha una banquera. La transformación se ha hecho esta noche.

«Por la mañana encontré á esa víctima muy alegre; y lo más horrible es que esa bribonzuela estaba hoy tan linda como ayer. No se traslucía al banquero en su rostro. Las rosas tienen esta propiedad, de más ó de menos, comparadas con las mujeres, y es que las huellas que les causan los insectos son visibles.

«¡Ah! No hay moral en la tierra; y pongo por testigo al mirto, símbolo del amor; al laurel, símbolo de la guerra; al olivo, ese asno, símbolo de la paz; al manzano, que por poco atraganta á Adán con su pepita, y á la higuera, abuela de las faldas.

«En cuanto al derecho, ¿queréis saber lo que es el derecho?

«Los galos codician á Clusio, Roma protege á Clusio, y les pregunta, ¿qué mal os ha hecho Clusio?

«Breno responde: El daño que os ha hecho Alba, el daño que os ha hecho Fidena, el daño que os han hecho los Equos, los Volscos y los Sabinos, que fueron vuestros vecinos, los Clusanos son los nuestros. Entendemos la vecindad como vosotros lo entendéis. Habéis robado á Alba; nosotros tomamos á Clusio.

«Roma dice: Pues no tomaréis á Clusio. Breno tomó á Roma; y después gritó; Væ victis.

«Y he ahí lo que es derecho.

«¡Ah! En este mundo no hay más que aves de rapiña, ¡águilas! ¡águilas! Yo me encojo como gallina asustada».

Y alargó su vaso á Joly, que se lo llenó; bebióselo, y prosiguió, sin detenerse casi por este vaso de vino, en que nadie reparó, ni él mismo siquiera:

--Breno, tomando á Roma, es un águila; el banquero que toma á la modistilla, es un águila. No hay más pudor en el uno que en el otro. No creamos, pues, en nada; no hay más que una realidad: beber.

«Cualquiera que sea vuestra opinión, ya estéis por el gallo flaco como el cantón de Uri, ó por el gallo gordo como el cantón de Glaris, poco importa: bebed.

«Me habláis de los boulevares, del entierro, etc... ¿Y qué? ¡Que va á haber otra revolución!

«Esta pobreza de medios por parte de Dios, me asombra. Es preciso que á cada momento esté dando sebo al carril de los acontecimientos. Esto se atasca, esto no marcha. Ea, pronto, una revolución.

«El buen Dios tiene siempre las manos negras de ese maldito sebo. Yo en su lugar lo haría más sencillamente, no montaría á cada instante mi maquinaria, sino que llevaría al género humano con movimiento uniforme; tejería los hechos malla á malla, sin romper el hilo, y no echaría mano del acaso ni tendría repertorios extraordinarios.

«Lo que vosotros llamáis progreso, es impulsado por dos motores: los hombres y los sucesos. Pero ¡lástima grande! que de cuando en cuando sea necesario lo excepcional. Para los sucesos como para los hombres la tropa ordinaria no basta; es preciso que haya genios entre los hombres y revoluciones entre los sucesos.

«Los grandes accidentes son la ley; el orden de las cosas no puede prescindir de ellos; y al ver las apariciones de los cometas, está uno dispuesto á creer que hasta el cielo tiene necesidad de actores representantes.

«En el momento en que menos se espera, Dios hace aparecer un meteoro en el firmamento; se presenta alguna estrella caprichosa subrayada por una enorme cola. Y esto mata á César; Bruto le da una puñalada y Dios un cometazo.

«Crac; he ahí una aurora boreal, he aquí una revolución, he aquí un grande hombre; 93 en gruesos caracteres, Napoleón acechando el cometa de 1811 sobre el aviso.

«¡Ah! ¡Qué hermoso cartel azul, tachonado de súbitas llamaradas! ¡Bum! ¡Bum! Espectáculo extraordinario. Alzad los ojos, papanatas; todo es descabellado; el astro como el drama.

«Buen Dios, esto es demasiado, y no es bastante. Esos recursos excepcionales tomados en su exención, parecen magnificencia, y son pobreza. Amigos míos, la Providencia necesita también de expedientes.

«¿Qué prueba una revolución? Que Dios alcanza poco. Da un golpe de Estado, porque hay solución de continuidad entre el presente y el porvenir, y porque él, siendo Dios, no ha podido reunir los dos cabos.

«Todo esto me afirma en mis conjeturas acerca de la situación de fortuna de Jehová: y al ver tanto malestar arriba y abajo, tanta mezquindad y miseria; tanta mezquindad y pequeñez en el cielo y en la tierra, desde el pájaro que no tiene un grano de mijo, hasta mí, que no tengo cien mil francos de renta; al ver el destino humano gastado ya, y aún el destino regio que enseña la trama, testigo el príncipe de Condé pendiente de la horca; al ver el invierno que no es más que un rasgón en el zenit por donde sopla el viento; al ver tantos harapos hasta en la púrpura nuevecita de la mañana sobre las colinas; al ver que las gotas de rocío son perlas falsas; al ver la escarcha ser imitación del cristal; al ver la humanidad descosida y los sucesos remendados, y tantas manchas en el sol, y tantos agujeros en la luna; al ver tanta miseria por todas partes, supongo que Dios no es muy rico.

«Advierto que tiene apariencia de riqueza; es verdad; pero se descubre la necesidad.

«Nos da una revolución, como un comerciante, cuya caja está vacía, da un baile.

«No se debe juzgar á los dioses por las apariencias. Bajo el oro del cielo entreveo un universo pobre; la creación está en quiebra; por eso estoy descontento.

«Mirad, hoy es el 5 de junio, y está el día como si fuera de noche. Desde esta mañana estoy esperando que venga el día, y no ha venido, y apuesto á que no vendrá. Esto es una falta de un dependiente mal pagado.

«Sí, todo está mal arreglado; nada se ajusta bien; este viejo mundo está derrengado. Me paso á la oposición.

«Todo marcha al revés; el Universo es una pura contradicción. Sucede lo que con los hijos; los que los desean no los tienen; los que no los desean los tienen.

«Total: tengo mal humor.

«Además, Laigle de Meaux, ese calvo me entristece cuando le miro; me humilla el pensar que soy de la misma edad que esa rodilla.

«Yo critico, pero no insulto. El Universo es lo que es; hablo aquí sin mala intención, por lo que me dicta mi conciencia.

«Padre Eterno, recibid la seguridad de mi distinguida consideración. ¡Ah! Por todos los santos olímpicos, y por todos los dioses del paraíso, yo no nací para parisiense, es decir, para estar dando vueltas siempre como un volante entre dos raquetas, desde el grupo de los ociosos al grupo de los revoltosos.

«Yo nací para ser turco, para estar mirando todo el día á las bailarinas orientales en esos bailes exquisitos del Egipto, lúbricos como los sueños de un hombre casto; ó aldeano de Beocia, ó hidalgo veneciano, rodeado de nobles matronas; ó principillo alemán contribuyendo con medio soldado á la Confederación Germánica, y empleando sus ocios en secar sus calcetas en su seto, es decir, en su frontera.

«¡Para uno de esos destinos he nacido yo!

«Sí, he dicho turco, y no me arrepiento. No comprendo que se hable de los turcos habitualmente mal; Mahoma tiene cosas buenas; ¡respeto al inventor de los serrallos de hurís y de los paraísos de odaliscas! ¡No insultemos al mahometismo, única religión que está adornada de gallinero!

«Apoyándome en lo cual insisto en beber.

«La Tierra es una gran majadería. Parece que van á pelear todos esos imbéciles, á romperse las narices, á matarse en pleno estío, en el mes de junio, cuando podrían ir cogidos del brazo de una tierna joven á respirar en los campos la inmensa taza de té del heno segado.

«En verdad que se cometen muchas necedades, y de nada sirve lo pasado.

«Una antigua linterna rota que acabo de ver en una prendería me ha sugerido una reflexión. Ya es tiempo de iluminar al género humano.

«Sí, y ya estoy triste otra vez. ¡Lo que es comer una ostra, y encontrarse con una revolución! Me vuelvo lúgubre.

«¡Oh! ¡espantoso mundo viejo! ¡Donde todo se anima, todo se desvirtúa, todo se prostituye, todo se mata, y á todo se acostumbra!».

Y Grantaire, después de este acceso de elocuencia, tuvo otro de tos bien merecido.

--Á propósito de revolución,--dijo Joly,--parece que Mario está decididamente enamorado.

--¿Se sabe de quién?--preguntó Laigle.

--No.

--¿No?

--Te digo que no.

--¡Los amores de Mario!--exclamó Grantaire.--Los veo desde aquí. Mario es una niebla, y habrá encontrado un vapor. Es de la raza de los poetas, y quien dice poeta, dice loco. Thymbræus Apollo. Mario y su María, ó su Marieta, ó su Mariquita, ó su Mariana, deben ser unos amantes muy graciosos. Me explico perfectamente lo que ello ha de ser. Éxtasis en que se olvidan los besos. Castos sobre la tierra, pero uniéndose en el infinito. Son almas con sentidos. Duermen juntos entre las estrellas.

Grantaire empezaba su segunda botella, y tal vez su segunda arenga, cuando se presentó un nuevo personaje en la abertura cuadrada de la escalera.

Era un muchacho de menos de diez años, harapiento, muy pequeño, descolorido, de boca grande y ojos vivos, enormemente cabelludo, calado por la lluvia, y alegre.

El muchacho, eligiendo sin vacilar entre los tres, aunque evidentemente no conocía á ninguno, dirigióse á Laigle de Meaux.

--¿Sois vos el señor Bossuet?--le preguntó.

--Ése es mi sobrenombre,--respondió Laigle.--¿Qué me quieres?

--Esto. Uno muy rubio me ha dicho en el boulevard: «¿Conoces á la tía Hucheloup?». Y yo le he dicho: «Sí, en la calle de la Chanvrerie, la viuda del viejo». Y me ha dicho: «Pues ya estás andando; allí encontrarás al señor Bossuet, y le dirás de mi parte A. B. C.». ¿Es una burla que os hace, verdad? Me ha dado diez sueldos.

--Joly, préstame diez sueldos,--dijo Laigle.

Y volviéndose hacia Grantaire:

--Grantaire, préstame diez sueldos.

Lo cual sumó hasta veinte sueldos, que Laigle dió al muchacho.

--Gracias, señor,--dijo éste.

--¿Cómo te llamas?--le preguntó Laigle.

--Navet, el amigo de Gavroche.

--Quédate con nosotros,--dijo Laigle.

--Almuerza con nosotros,--añadió Grantaire.

El muchacho respondió:

--No puedo; soy de la comitiva fúnebre; soy de los que van gritando: ¡Abajo Polignac!

Y estirando el pie cuanto pudo por detrás de sí, que es el más respetuoso de los saludos, se fué.

Cuando hubo desaparecido el muchacho, Grantaire tomó la palabra:

--Ése es el pilluelo puro. Hay muchas variedades en el género. El pilluelo escribano se llama salta arroyos; el pilluelo cocinero se llama marmitón; el pilluelo panadero se llama mitrón; el pilluelo criado se llama groom: el pilluelo marino se llama murgo; el pilluelo soldado se llama gazapón; el pilluelo pintor se llama rapaz; el pilluelo comerciante se llama trotón; el pilluelo cortesano se llama menino; el pilluelo rey se llama delfín; el pilluelo dios se llama Cupido.

Entre tanto, Laigle estaba meditabundo, y dijo á media voz:

--A. B. C., es decir entierro de Lamarque.

--El muy rubio,--dijo Grantaire,--es Enjolrás que te manda avisar.

--¿Iremos?--dijo Bossuet.

--Llueve,--respondió Joly,--y yo he jurado ir al fuego, y no al agua. No quiero resfriarme.

--Yo me quedo aquí,--dijo Grantaire;--prefiero un almuerzo á un entierro.

--Conclusión: nos quedamos,--repuso Laigle.--Pues entonces bebamos. Puede faltarse al entierro sin por eso faltar al motín.

--¡Eh! Al motín no faltaré yo,--exclamó Joly.

Laigle se frotó las manos.

--Se va, pues, á repasar la revolución de 1830. Lo cierto es que molestan al pueblo sus costuras.

--Nada me importa vuestra revolución,--dijo Grantaire.--Yo no execro al gobierno que nos rige; es la corona atemperada por el gorro de algodón; es un cetro acabando en paraguas. Pienso en ella hoy por el tiempo que hace; Luis Felipe podrá utilizar su realismo para dos fines; dirigir el extremo cetro contra el pueblo, y abrir el extremo paraguas contra el cielo.

La sala estaba obscura; grandes nubes habían acabado de suprimir el día. No había nadie en el figón, ni en la calle; todo el mundo se había ido á ver «los sucesos».

--¿Es medio día ó media noche?--preguntó Bossuet.--No veo gota. ¡Gibelotte, una luz!

Grantaire, cariacontecido, seguía bebiendo.

--Enjolrás me desdeña,--murmuró.--Enjolrás ha dicho:--«Joly está malo. Grantaire borracho»; y ha enviado á Navet para que busque á Bossuet. Si hubiera venido á llamarme á mí, le habría seguido. ¡Tanto peor para Enjolrás! No iré á su entierro.

Tomada esta resolución, Bossuet, Joly y Grantaire no se movieron del figón.

Á eso de las dos de la tarde, la mesa á que estaban sentados se veía cubierta de botellas vacías. Ardían sobre ella dos velas, una en una palmatoria de cobre perfectamente verde, y la otra en el cuello de una botella rota.

Grantaire había arrastrado á Joly y á Bossuet al vino, y Bossuet y Joly habían hecho renacer la alegría en Grantaire.

En cuanto á éste, desde las doce había pasado más allá del vino, triste origen de ensueños.

El vino para los borrachos serios sólo alcanza muy mediano aprecio.

En materia de embriaguez, hay la magia blanca y hay la magia negra; el vino no es más que la magia blanca. Grantaire era un atrevido bebedor de sueños.

Las tinieblas de una embriaguez terrible entreabierta ante él, lejos de detenerle le atraían.

Había dejado las botellas y acudido á la ponchera. La ponchera es el abismo. No teniendo á mano ni opio, ni haschís, y queriendo llenarse el cerebro de crepúsculo, había recurrido á esa horrible mezcla de aguardiente, de cerveza fuerte y de ajenjo que produce letargos tan terribles.

De estos tres vapores, cerveza, aguardiente y ajenjo, se hace el plomo del alma. Son tres tinieblas en que se ahoga la mariposa celeste; y en un humo membranoso vagamente condensado en alas de murciélago, se forman tres furias mudas, la pesadilla, la noche y la muerte, revoloteando sobre Psiquis adormecida.

Grantaire no estaba todavía en esa fase lúgubre; lejos de eso. Estaba prodigiosamente alegre, y Bossuet y Joly le hacían la contra.

Todos brindaban chocando los vasos; bebían y volvían á brindar con estrépito.

Grantaire añadía á la pronunciación excéntrica de las palabras y de las ideas la divagación del gesto; apoyaba con dignidad el puño izquierdo sobre la rodilla, doblando en ángulo recto el brazo, con la corbata deshecha, á caballo de un taburete, el vaso lleno en la mano derecha, y dirigía á la criada gruesa Matelote estas palabras solemnes:

--¡Que se abran las puertas del palacio! ¡Que todo el mundo sea de la Academia, y tenga yo el derecho de abrazar á la señora Hucheloup! ¡Bebamos!

Y volviendo hacia la tía Hucheloup, añadía:

--¡Mujer antigua y consagrada por el uso, acércate que yo te contemple!

Joly gritaba ó exclamaba:

--Bartelote y Gibelotte, no deis más vino á Grantaire: se está comiendo locamente el dinero; desde esta mañana ha devorado en prodigalidades sin seso dos francos y ochenta y cinco sueldos.

Grantaire continuaba:

--¿Quién ha desclavado las estrellas sin mi permiso, para ponerlas en la mesa por velas?

Bossuet, aunque muy bebido, había conservado su calma habitual.

Habíase sentado en el quicio de la ventana abierta, y la lluvia le mojaba la espalda mientras contemplaba á sus dos amigos.

De repente oyó detrás de sí un tumulto de pasos precipitados, y gritos de ¡á las armas!

Se volvió, y descubrió en la calle de San Dionisio, al cabo de la calle de la Chanvrerie, á Enjolrás que pasaba con la carabina en la mano á Gavroche con su pistola, á Feuilly con su sable, á Courfeyrac con su espada, á Juan Provaire con su mosquete, á Combeferre con su fusil, á Bahorel con su fusil también, y todo el grupo armado y tumultuoso que le seguía.

La calle de la Chamvrerie apenas tenía el alcance de una carabina. Bossuet improvisó con sus dos manos una bocina, y gritó:

--¡Courfeyrac! ¡Courfeyrac! ¡Eh, eh!

Courfeyrac oyó las voces, vió á Bossuet, dió algunos pasos en la calle de la Chanvrerie, y dijo:

--¿Qué quieres?

Palabras que se cruzaron al mismo tiempo en el aire con estas otras.

--¿Adónde vas?

--Á hacer una barricada,--respondió Courfeyrac.

--¡Pues bien, aquí! Este sitio es á propósito; levántala aquí.

--Es verdad, Águila,--dijo Courfeyrac.

Y á una señal de Courfeyrac, toda la turba se precipitó en la calle de la Chanvrerie.

III =La noche empieza á dominar sobre Grantaire=

El sitio estaba, en efecto, admirablemente indicado; la entrada de la calle ancha, el fondo estrecho y á modo de callejón sin salida; Corinto formando allí una angostura; la calle Mondetour, fácil de atrancar á derecha é izquierda; no siendo posible ningún ataque sino por la calle de San Dionisio, es decir, de frente y al descubierto.

Bossuet, borracho, había tenido el golpe de vista de Aníbal en ayunas.

Á la irrupción del grupo, se había apoderado el espanto de toda la calle; todos los transeúntes se eclipsaron, y en un abrir y cerrar de ojos, por todas partes, á derecha é izquierda, las tiendas, los establecimientos, las puertas, las ventanas, las persianas, las buhardillas, los postigos de todas dimensiones se cerraron, desde el piso bajo hasta el tejado.

Una vieja, llena de miedo, colgó un colchón delante de su ventana en una cuerda que servía para poner á secar la ropa, con objeto de amortiguar el efecto de la fusilería.

El bodegón únicamente permanecía abierto, y esto sólo por razón de que allí se había instalado el grupo.

--¡Ah! ¡Dios mío! ¡Dios mío!--exclamaba suspirando la tía Hucheloup.

Bossuet había bajado á recibir á Courfeyrac.

Joly se había asomado á la ventana y gritaba:

--Courfeyrac, ¿por qué no has tomado un paraguas? Te vas á resfriar.

Entre tanto, en pocos minutos habían sido arrancadas veinte barras de hierro de las rejas de la fachada del figón, y desempedradas diez toesas de la calle.

Gavroche y Bahorel habían cogido al pasar y derribado un carro de un fabricante de cal, llamado Anceau; este carro contenía tres toneles llenos de cal, que fueron colocados bajo montones de adoquines.

Enjolrás había levantado la trampa de la cueva, y todos los barriles vacíos de la tía Hucheloup habían ido á flanquear los de cal.

Feuilly, con sus dedos acostumbrados á iluminar delicados países de abanico, había reforzado los toneles y el carro con dos macizas pilas de pedruscos; pedruscos improvisados como todo lo demás, y cogidos sin saber dónde.

Habíanse arrancado también unos puntales de la fachada de una casa próxima, y cruzado á lo largo sobre los barriles.

Cuando Bossuet y Courfeyrac se volvieron, la mitad de la calle estaba ya cerrada por una muralla más alta que un hombre.

No hay nada como la mano popular para construir todo lo que se construye demoliendo.

Matelote y Gibelotte se habían mezclado con los trabajadores; Gibelotte iba y venía cargada de maderos; su laxitud se empleaba en la barricada, y servía adoquines como hubiera servido vino, adormecida.

Un ómnibus que llevaba dos caballos blancos, pasó por el extremo de la calle.

Bossuet salió por encima de los materiales, corrió, detuvo al cochero, hizo bajar á los viajeros, dió la mano «á las señoras», despidió al conductor, y volvió trayéndose el coche y los caballos de la brida.

--Los ómnibus,--dijo,--no pasan por delante de Corinto. Non licet ómnibus adire Corinthum.

Un instante después los caballos desenganchados se iban al acaso por la calle Mondetour, y el ómnibus volcado completaba la barricada.

La señora Hucheloup, trastornada, se había refugiado en el primer piso.

Tenía los ojos vagos, y miraba sin ver, exclamándose por lo bajo; sus gritos de espanto no se atrevían á salir de su garganta.

--Éste es el fin del mundo,--murmuraba.

Joly, dando un beso en el grueso, rojo y arrugado cuello de la señora Hucheloup, decíale á Grantaire:

--Querido, siempre he considerado el cuello de una mujer como una cosa infinitamente delicada.

Pero Grantaire llegaba ya á las más altas regiones del ditirambo. Matelote había vuelto á subir al primer piso. Grantaire la había cogido por el talle, y daba en la ventana grandes carcajadas.

--¡Matelote es fea!--gritaba.--Matelote es el sueño de la fealdad. Matelote es una quimera. Voy á descubrir el secreto de su nacimiento: Un Pigmalión gótico que hacía mascarones de catedrales, enamoróse un día de uno de ellos, del más horrible; suplicó al Amor que le animase, y resultó Matelote. ¡Miradla, ciudadanos! ¡Tiene los cabellos de amarillo de cromo, como la querida del Ticiano, y es una buena muchacha! Yo os respondo que se peleará bien; en toda muchacha de bien se encierra un héroe.

«En cuanto á la tía Hucheloup, es una vieja valerosa. ¡Mirad qué bigotes tiene! Los ha heredado de su marido. ¡Es un húsar! ¡Bah! ¡Peleará bien como tal! Dos como ella aterrarían la comarca.

«Compañeros, derribaremos el gobierno; tan cierto como que hay quince ácidos intermedios entre el ácido margárico y el ácido fórmico. Por lo demás, á mí lo mismo me da.

«Caballeros, mi padre me ha odiado siempre, porque yo no podía comprender las matemáticas; yo no comprendo más que el amor y la libertad. ¡Soy Grantaire, el bueno!

«Como nunca he tenido dinero, no tengo costumbre de tenerle; lo cual es causa de que nunca me haya hecho falta; pero si hubiera sido rico, no habría habido pobres. ¡Ya hubierais visto! ¡Oh! ¡Si todos los buenos corazones tuviesen grandes bolsillos! ¡Cuánto mejor no iría todo! ¡Figúrome á Jesucristo con la fortuna de un Rostchild! ¡Cuánto bien no haría!

«Matelote, ¡abrázame! Eres voluptuosa y tímida. Tienes unas mejillas que solicitan el beso de una hermana, y labios que reclaman el beso de un amante».

--¡Cállate, tonel!--dijo Courfeyrac.

Grantaire respondió:

--¡Soy capitular y maestro en juegos florales!

Enjolrás, que estaba de pie encima de la barricada, con el fusil en la mano, levantó su rostro bello y austero. Ya sabemos que tenía algo del espartano como del puritano. Hubiera muerto en las Termópilas con Leónidos, y quemado á Drogheda con Cromvell.

--¡Grantaire!--exclamó.--Vete á dormir la mona fuera de aquí. Éste es el lugar de la embriaguez, y no de la borrachera. ¡No deshonres la barricada!

Estas palabras irritadas produjeron en Grantaire un efecto singular, como si le hubiesen arrojado un vaso de agua fría al rostro. Pareció que había vuelto en sí.

Sentóse, apoyó los codos sobre la mesa cerca de la ventana, miró á Enjolrás con indecible dulzura, y le dijo:

--Déjame dormir aquí.

--Vete á dormir á otra parte.

Pero Grantaire, fijando de nuevo en él sus ojos tiernos y turbados, respondió:

--Déjame dormir aquí... hasta que aquí muera.

Enjolrás le miró desdeñosamente, diciendo:

--Grantaire, eres incapaz de creer, de pensar, de querer, de vivir y de morir.

Grantaire replicó con voz grave:

--Ya verás.

Murmuró algunas palabras ininteligibles, dejó caer su cabeza pesadamente sobre la mesa, y por un efecto bastante habitual del segundo período de la embriaguez, á que Enjolrás le había rudamente impulsado, se quedó dormido un instante después.

IV =Prueba de consuelo hacia la viuda Hucheloup=

Bahorel, admirado de la barricada, exclamaba:

--¡He aquí la calle decapitada! ¡Qué buen efecto hace!

Courfeyrac, al par que demolía algo de la taberna, procuraba consolar á la viuda tabernera.

--Tía Hucheloup, ¿no os quejabais el otro día de que os hubiesen llamado á juicio y declarado delincuente, porque Gibelotte había sacudido un cobertor desde la ventana?

--Sí, mi buen amigo Courfeyrac. ¡Ay, Dios mío! ¿Vais á poner también esta mesa en la barricada? Y no sólo por el cobertor, sino también por una maceta que se cayó desde la buhardilla á la calle, el gobierno me ha hecho pagar cien francos de multa. ¿No es ello una picardía?

--Pues bien, tía Hucheloup; nosotros os vengamos.

La tía Hucheloup, no comprendía al parecer, muy bien, todo el beneficio de esa reparación.

Quedaba satisfecha á la manera de aquella mujer árabe, que, habiendo recibido un bofetón de su marido, fué á ver á su padre pidiendo venganza, y diciéndole:

--Padre, debes á mi marido afrenta por afrenta.

El padre preguntó:

--¿En qué mejilla te ha dado el bofetón?

--En la izquierda.

El padre entonces le dió un bofetón en la derecha, y añadió:

--Ya estás satisfecha. Ve y dile á tu marido, que si él ha abofeteado á mi hija, yo he abofeteado á su mujer.

La lluvia había cesado; iban llegando reclutas; los obreros habían llevado bajo las blusas un barril de pólvora, una cesta de botellas de vitriolo, dos ó tres hachas de viento, y un canasto lleno de vasos y de lamparillas, «restos de la fiesta del rey», recientemente celebrada el primero de mayo. Se decía que enviaba aquellas municiones un droguero del arrabal de San Antonio, llamado Pepin.

Rompieron el único farol de la calle de la Chanvrerie, la farola de la calle de San Dionisio, y todas las demás de las calles circunvecinas de Mondetour, del Cisne, de Predicadores, y de la grande y pequeña Truanderie.

Enjolrás, Combeferre y Courfeyrac lo dirigían todo.

Á un tiempo se construían dos barricadas, apoyadas ambas en la misma casa de Corinto, formando escuadra: la mayor cerraba la calle de la Chanvrerie, y la otra la de Mondetour, por el lado de la calle del Cisne; esta última barricada, muy estrecha, estaba construida sólo de toneles y piedras. Había allí unos cincuenta trabajadores; una treintena de ellos con fusiles, porque de pasada habían saqueado la tienda de un armero.

Nada más extraño y abigarrado que aquella tropa.

Uno llevaba levita, un sable de caballería y dos pistolas de arzón; otro iba en mangas de camisa, con sombrero redondo y una bolsa de pólvora colgada al lado; un tercero estaba cubierto de un peto hecho con nueve hojas de papel, y armado con una aguja de enjalmar.

Había uno que gritaba: ¡Exterminemos hasta el postrero, y muramos en la punta de nuestras bayonetas!

El que decía esto no llevaba bayoneta.

Otro mostraba encima de su levita unas correas y una cartuchera de guardia nacional, con la funda adornada con esta inscripción de lana roja: Orden público.

Portafusiles con el número de las legiones, pocos sombreros, ninguna corbata, muchos brazos desnudos, y algunas picas...

Añádase á eso todas las edades, todas las fisonomías, jovenzuelos pálidos, y obreros ennegrecidos.

Todos se apresuraban, y al mismo tiempo que trabajaban, hablaban de los sucesos posibles:

Que se recibirían socorros á las tres de la mañana;

Que se contaba seguramente con un regimiento;

Que París se sublevaría...

Suposiciones terribles, con las cuales se mezclaba una especie de alegría cordial.

Parecían hermanos, y ninguno sabía el nombre de los otros. Los grandes peligros tienen el privilegio de hacer fraternizar á los desconocidos.

En la cocina de Corinto se había encendido lumbre, y se fundían en un molde de balas todas las vasijas, cucharas, tenedores y demás vajilla de estaño del bodegón.

Á pesar de todo se bebía también. Los pistones y municiones andaban revueltos en las mesas con los vasos de vino.

En la sala del billar, Hucheloup, Matelote y Gibelotte, relativamente afectadas por el terror, atontada la una, sofocada la otra y sobresaltada la tercera, desgarraban groseros y viejos paños de mano, y hacían hilas; tres insurrectos las ayudaban, tres mocetones cabelludos, barbudos y bigotudos, que deshilaban la tela con dedos de costurera, y las hacían temblar.

El hombre de elevada estatura que había llamado la atención de Courfeyrac, Combeferre y Enjolrás, en el instante en que se unía al grupo en la esquina de la calle de Billettes, trabajaba en la pequeña barricada y era útil; Gavroche trabajaba en la grande.

En cuanto al joven que había esperado á Courfeyrac en su casa, y le había preguntado por el señor Mario, había desaparecido poco después del momento en que fué detenido el ómnibus.

Gavroche, completamente entusiasmado y radiante, se había encargado de hacer adelantar la obra. Iba, venía, subía, bajaba, volvía á subir; metía ruido, brillaba; parecía que estaba allí para animar á todos.

¿Sentía algún aguijón? Sí, ciertamente; la miseria. ¿Tenía alas? Sí, indudablemente; su alegría.

Gavroche era un torbellino. Se le veía sin cesar; se le oía continuamente; llenaba todo el espacio, encontrándose en todas partes á la vez; era una especie de ubicuidad casi irritante; no había nada que pudiese detenerle; la enorme barricada sentía su acción.

Molestaba á los transeúntes curiosos, excitaba á los perezosos, reanimaba á los fatigados, impacientaba á los pensativos, ponía de buen humor á unos, daba aliento á otros, encolerizaba á algunos y movía á todos; pinchaba á un estudiante, mordía á un obrero; se paraba, volvía enseguida á su faena, volaba por encima del tumulto; saltaba de éstos á aquéllos, murmuraba, zumbaba, y hostigaba á todo aquel tiro; era la mosca del inmenso coche revolucionario.

En sus pequeños brazos estaba el movimiento continuo, y en sus pequeños pulmones el perpetuo clamor.

--¡Bravo! ¡Más adoquines! ¡Más barriles! ¡Más trastos! ¿Dónde los hay? Una pellada de yeso para tapar este agujero. Es muy baja esa barricada; es preciso que suba más. Poned, poned ahí, echadlo todo, arriba con todo. Deshaced la casa. Una barricada es una tetera chinesca. Tomad, ahí tenéis una puerta vidriera.

Esto hizo exclamar á los trabajadores:

--¡Una puerta vidriera! ¿Para qué quieres que sirva una puerta-vidriera, tubérculo?

--Los tubérculos sois vosotros,--respondió Gavroche.--Una puerta-vidriera en una barricada, es cosa excelente; no impide el ataque, pero es un obstáculo más para tomarla. ¿No habéis robado nunca manzanas por encima de una pared cubierta de cascos de botella? Una puerta-vidriera corta los callos de los guardias nacionales cuando quieren subir á la barricada. ¡Pardiez! El vidrio es muy traidor. ¡No tenéis imaginación desenfrenada, amigos míos!

Por lo demás, estaba furioso con su pistola sin gatillo. Iba de uno á otro pidiendo:

--¡Un fusil! ¡Quiero un fusil! ¿Por qué no me dan un fusil?

--¡Un fusil á ti!--dijo Combeferre.

--¡Toma!--replicó Gavroche.--¿Por qué no? ¡Bien tuve uno en 1830 cuando se disputaba con Carlos X!

Enjolrás se encogió de hombros diciendo:

--Cuando los haya para los hombres, se darán á los muchachos.

Gavroche volvió la cabeza con altanería, y le respondió:

--Si te matan antes que á mí, cogeré el tuyo.

--¡Pilluelo!--dijo Enjolrás.

--¡Boquirrubio!--replicó Gavroche.

Un elegante descarriado que pasaba curioseando por el extremo de la calle, vino á distraerles.

Gavroche le gritó:

--¡Veníos con nosotros, joven! Pues qué, ¿no se ha de hacer nada para la vieja patria?

El elegante se escabulló.

V =Los preparativos=

Los periódicos de aquel tiempo, que dijeron que la barricada de la calle de la Chanvrerie, aquella construcción casi inexpugnable, como la llamaban, llegaba á la altura de los primeros pisos, se equivocaron. No pasaba de seis ó siete pies, término medio.

Estaba construida de manera que los combatientes pudiesen, á voluntad, ocultarse detrás, ó dominar el paso, y aún subir á la cima por medio de una cuádruple fila de adoquines sobrepuestos, y colocados á manera de gradas interiormente.

Por fuera, el frente de la barricada, compuesta de pilas de adoquines y de toneles, unidos por medio de vigas y tablas que se encabestraban en las ruedas del carro del calero Anceau y del ómnibus, presentaba el aspecto de un obstáculo erizado é inextricable.

Una cortadura suficiente para que un hombre pudiese pasar por ella, dejaba espacio suficiente entre el extremo de la barricada más apartado del bodegón y las casas, de modo que era posible hacer una salida.

La lanza del ómnibus estaba puesta verticalmente; y á ella, atada con cuerdas, una bandera roja flotando sobre la barricada.

La pequeña barricada Mondetour, oculta detrás de la casa del figón, no se veía. Las dos barricadas reunidas formaban un verdadero reducto.

Enjolrás y Courfeyrac no habían creído conveniente hacer otra en el segundo extremo de la calle Mondetour, que abre paso á la calle de Predicadores para salir al mercado, queriendo sin duda conservar la posibilidad de una comunicación con el exterior, y temiendo poco el ser atacados por la peligrosa y difícil callejuela de los Predicadores.

Con esta salida libre, que constituía lo que Folar en su estilo estratégico hubiera llamado ramal de trinchera, y con la estrecha cortadura de la calle de la Chanvrerie, el interior de la barricada, en que el figón hacía un ángulo saliente, presentaba un cuadrilátero irregular, cerrado por todas partes.

Había unos veinte pasos de intervalo entre el muro de la barricada y las elevadas casas que formaban el fondo de la calle; de modo que se podía decir que la barricada estaba apoyada en aquellas casas, todas habitadas, pero cerradas de arriba á abajo.

Toda esta obra se hizo sin el menor obstáculo en menos de una hora, y sin que aquel puñado de hombres atrevidos viese aparecer una gorra de pelo ni una bayoneta.

Los pocos paisanos que se atrevían á pasar en aquel instante del motín por la calle de San Dionisio, daban una mirada á la calle Chavrerie, veían la barricada, y apretaban el paso.

Terminadas que fueron las dos barricadas, y enarbolada la bandera, se sacó una mesa fuera del bodegón y se subió en ella Courfeyrac.

Enjolrás trajo el cofre cuadrado, que estaba lleno de cartuchos, y Courfeyrac lo abrió.

Cuando aparecieron los cartuchos, temblaron los más valientes y hubo un momento de silencio.

Courfeyrac los distribuyó sonriendo.

Cada uno recibió treinta cartuchos.

Muchos tenían pólvora, y se pusieron á hacer más con las balas que se estaban fundiendo en el bodegón.

En cuanto al barril de pólvora, estaba sobre una mesa aparte cerca de la puerta; y se guardó en reserva.

El toque de llamada que recorría todo París no cesaba, pero había acabado por no ser más que un ruido monótono del que nadie hacía caso; un ruido que se aproximaba, ó se alejaba, con lúgubres ondulaciones.

Cargaron los fusiles y las carabinas todos á la vez, sin precipitación, con gravedad solemne.

Enjolrás colocó tres centinelas fuera de las barricadas; uno en la calle de la Chanvrerie, otro en la calle de Predicadores, y el tercero en la esquina de la Petite-Truanderie.

Construidas las barricadas, designados los puestos, cargados los fusiles, colocados los centinelas, solos en aquellas calles temibles, por donde no pasaba ya nadie, rodeados de aquellas casas mudas, y como muertas, donde no palpitaba el menor movimiento humano, envueltos en las sombras crecientes del crepúsculo que empezaba ya en medio de aquella obscuridad y de aquel silencio en que se sentía avanzar algo que tenía cierto sabor trágico y terrorífico, aislados, armados, resueltos, y tranquilos, esperaron.

VI =Esperando=

Durante aquellas horas de espera, ¿qué hicieron?

Es preciso decirlo, porque ello pertenece á la historia.

Mientras los hombres hacían cartuchos, y las mujeres hilas; mientras una gran cacerola llena de estaño y plomo fundido para la fabricación de balas, humeaba sobre un hornillo ardiente; mientras los centinelas velaban arma al brazo en la barricada; mientras Enjolrás, á quien nada podía distraer, cuidaba de los centinelas, Combeferre, Courfeyrac, Juan Provaire, Feuilly, Bossuet, Joly, Bahorel y algunos otros, se buscaron y se reunieron como en los días más pacíficos de sus conversaciones estudiantiles, y en un rincón de aquella taberna convertido en casamata, á dos pasos del reducto que habían construido, con las carabinas cebadas, cargadas y apoyadas en el respaldo de su silla, aquellos jóvenes, tan próximos á una hora suprema, se pusieron á entonar versos amorosos. ¿Qué versos? Helos aquí:

¿Te acuerdas tú de aquella dulce vida, Cuando tiernos y jóvenes los dos, Sin agitar el pecho otras envidias Que del bien parecer y del amor;

Que sumando tus años á los míos La suma á los cuarenta no alcanzó, Y que en nuestra morada, dulce nido, En primavera, invierno se trocó?

¡Oh, qué tiempos! Manuel sabio y valiente, París santos banquetes celebraba, Foy lanzaba sus rayos, y en tu berta Había un alfiler que me pinchaba.

Todos te contemplaban. Yo abogado Sin pleitos, á comer te convidaba Al Prado, y tú estabas tan hermosa Que por verte sus flores se agitaban.

Yo las oí decir: ¡Cuánta hermosura! ¡Cómo perfuma su cabello el aire! Bajo su manteleta alas esconde. Es su sombrero la corona de ángel.

Vagábamos los dos unidos siempre, Y las gentes pensaban al mirarnos Que el amor en nosotros desposaba El tierno abril con el florido mayo.

Saboreando solos, sin testigos, Aquel fruto dulcísimo vedado, Nunca mi boca formuló un deseo Que por tu corazón fuera negado.

Fué la Sorbona el sitio donde siempre Te adoraba de noche y de mañana, Que es así como un alma tierna aplica Su latín amoroso sobre el mapa.

Cuando en el cuarto aquel de primavera. ¡Oh plazas de Maubert y del Delfín! Alisabas tu media transparente, Un astro vislumbraba en el confín.

Mucho leí á Platón, y ya nada me falta Mejor que Lamennais y que Malebranche. Tú la bondad celeste me mostrabas Con una flor que me quisieras dar.

Te obedecía yo, y estabas tú sumisa. ¡Oh dorado desván! donde desenlazaba Tus cintas, contemplándote en camisa En el espejo en que te retratabas.

¡Y quién nunca podrá echar en olvido De aquellos tiempos la lucida aurora, De cintas y de flores y de rizos En que hablaba el amor su lengua hermosa.

Era nuestro jardín de un tiesto el tulipán; Tú los vidrios cubrías con tu lindo jubón; Y la cuenca de arcilla yo solía tomar Cediéndote la taza de piedra del Japón.

¡Y aquellas grandes penas que solía causarnos El ver tu boa perdido, quemado tu manchón! ¡Y aquel bello retrato del divino Shakespeare Vendido cierto día para una colación!

Era yo mendicante y tú caritativa, Besé de agradecido tu mano tersa y blanca; Dante in folio, ¿te acuerdas? de mesa nos servía Para cenar alegres unas cuantas castañas.

Cuando por vez primera en mi desván alegre Fundí un beso de fuego, de tu labio al calor, Al verte despeinada, ruborosa la frente, Palidecí, creyendo desde luego en Dios.

¿Recuerdas nuestras dichas, sin número, infinitas, Y los pañuelos rotos en mil y mil jirones? ¡Ay, sí! ¡cuántos suspiros que al cielo de las dichas Volaron desde el fondo de nuestros corazones!

La hora, el lugar, la evocación de aquellos recuerdos de la juventud, algunas estrellas que empezaban á brillar en el cielo, el triste reposo de aquellas calles desiertas, la inminencia de la aventura inexorable que se preparaba, daban un encanto patético á estos versos, murmurados á media voz en el crepúsculo por Juan Provaire, que, según hemos dicho ya, era un tiernísimo poeta.

Y todos aquellos jóvenes saboreaban aquel rato de delicia contemplativa como en los felices días en que se reunían sin zozobra en la apartada sala del café Musain.

La preocupación política huía ante la fantasía de la juventud sentimental.

Entre tanto, se había encendido una antorcha en la barricada pequeña, y en la grande una de esas hachas que el martes de carnaval se ven precediendo á los coches cargados de máscaras que van á la Courtille.

Estas luminarias, como hemos dicho, venían del arrabal de San Antonio.

Habían metido la antorcha en una especie de jaula de adoquines cerrada por tres lados para abrigarla del viento, y arreglada de modo que toda la luz diese sobre la bandera.

La calle y la barricada quedaban en la obscuridad, y no se veía más que la bandera roja formidablemente iluminada como una enorme linterna sorda.

Esta luz extendía sobre la escarlata de la bandera un tinte de púrpura terrible.

VII =El hombre reclutado en la calle de Billettes=

La noche había ya caído por completo; nadie se acercaba.

No se oían más que rumores confusos, y por instantes descargas, pero raras, débiles y lejanas.

Este plazo, que se prolongaba, era señal de que el gobierno se tomaba tiempo y reunía sus fuerzas.

Estos cincuenta hombres esperaban á sesenta mil.

Enjolrás se sentía dominado por esa impaciencia que se apodera de las almas fuertes en el umbral de los grandes sucesos.

Fué á buscar á Gavroche que se había puesto á hacer cartuchos en la sala baja, á la dudosa claridad de dos velas colocadas sobre el mostrador, por precaución, á causa de la pólvora esparcida sobre las mesas.

Además, los insurrectos habían tenido buen cuidado de no encender luz en los pisos superiores.

Gavroche en aquel instante estaba muy pensativo, aunque no precisamente por sus cartuchos.

El hombre de la calle de Billettes acababa de entrar en la sala baja, y había ido á sentarse junto á la mesa menos alumbrada.

Habíale tocado un fusil de munición del mejor modelo, que sostenía entre ambas piernas.

Gavroche, hasta entonces distraído por mil cosas «divertidas», no había ni aún reparado en aquel hombre.

Cuando entró le siguió maquinalmente con la vista, admirando su fusil, y después, en cuanto el hombre se sentó, se levantó el pilluelo repentinamente, como impulsado por una idea extraña.

Los que hubieran observado á aquel hombre hasta aquel momento, le habrían visto espiarlo todo en la barricada y en el grupo de los insurrectos con singular atención; pero desde que entró en la sala se sumergió en el recogimiento, y parecía no ver nada de lo que pasaba.

El pilluelo se aproximó á aquel hombre pensativo, y empezó á dar vueltas en derredor suyo sobre la punta de los pies, como se hace cuando no se quiere despertar á alguno.

Al mismo tiempo en su rostro infantil, á la vez tan descarado y tan serio, tan vivo y tan profundo, tan alegre y tan entusiasta, se fueron pintando sucesivamente todos esos gestos de viejo que significan: ¡Ah! ¡Bah!... ¡No es posible!... ¡Tengo telarañas en los ojos!... ¡Deliro!... ¿Será él?... No, no es... ¡Pero sí! ¡Pero no! etc., etc.

Gavroche se balanceaba sobre sus talones, crispaba sus manos en los bolsillos, agitaba el cuello como un pájaro, y empleaba en un gesto de desprecio toda la sagacidad de su labio inferior.

Estaba estupefacto, vacilante, incrédulo, convencido, deslumbrado.

Tenía el semblante de un jefe de eunucos en el mercado de esclavas, descubriendo una Venus entre mil mujeronas, y el gesto de un aficionado reconociendo un cuadro de Rafael entre un montón de mamarrachos.

Obraban en él á un tiempo mismo el instinto que olfatea y la inteligencia que combina.

Era evidente que se acercaba un acontecimiento para Gavroche.

En lo más profundo de este examen se acercó á él Enjolrás.

--Tú eres pequeño,--le dijo,--y nadie te verá. Sal de las barricadas, deslízate á lo largo de las casas, date una mirada por las calles, y ven á decirme lo que hay.

Gavroche se empinó sobre sí mismo.

--¡Los pequeños servimos, pues, para algo! ¡Esto es una felicidad! Allá voy. Pero entre tanto, confiad en los pequeños y desconfiad de los grandes.

Y levantando la cabeza y bajando la voz, añadió señalando al hombre de la calle de Billettes:

--¿Veis aquel grande?

--¿Y qué?

--Es un espía.

--¿Estás seguro?

--Aún no hace quince días que me bajó cogido de la oreja, de la cornisa del Puente Real, adonde estaba yo tomando el fresco.

Enjolrás se separó inquieto del pilluelo, y dijo por lo bajo algunas palabras á un obrero del muelle de vinos que estaba allí.

El obrero salió de la sala, y volvió al momento acompañado de otros tres.

Entonces Enjolrás se acercó al hombre, y le preguntó:

--¿Quién sois?

Á esta brusca interrogación, el hombre se sobresaltó; dirigió á Enjolrás una mirada que penetró hasta el fondo de su cándida pupila, pareciendo adivinar su pensamiento.

Sonrió entonces con la sonrisa más desdeñosa, más enérgica y resuelta del mundo, contestando con altiva gravedad:

--Ya os entiendo... ¡Pues bien, sí!

--¿Sois un espía?

--Soy agente de la autoridad.

--¿Cómo os llamáis?

--Javert.

Enjolrás hizo una señal á los cuatro hombres, y en un abrir y cerrar de ojos, antes de que Javert tuviese tiempo de volverse, le cogieron por el cuello, le derribaron y le registraron.

Se le encontró encima una tarjetita circular pegada entre dos vidrios, la cual tenía grabadas por un lado las armas de Francia y esta leyenda: Inspección y vigilancia, y en la otra esta mención: «JAVERT, inspector de policía; edad, cincuenta y dos años», con la firma del prefecto de policía de entonces, Gisquet.

Llevaba además su reloj y su bolsillo, éste contenía algunas monedas de oro; se le dejó la bolsa y el reloj.

Detrás del reloj, en el fondo del bolsillo, descubrióse por el tacto un papel doblado, que desdobló Enjolrás, leyendo estas cuatro líneas, escritas de mano del prefecto de policía:

«En cuanto el inspector Javert, haya cumplido su misión política, se asegurará, por medio de una vigilancia especial, de si es cierto que algunos malhechores andan vagando por la ribera baja de la derecha del Sena, cerca del Puente de Jena».

Terminado el registro, levantaron á Javert, sujetáronle los brazos por detrás de la espalda, y le ataron en medio de la sala baja al mencionado poste que había dado antiguamente nombre al bodegón.

Gavroche, que había presenciado y aprobado toda la escena con silenciosos movimientos de cabeza, se acercó á Javert y le dijo:

--Es el ratón el que ha cogido al gato.

Todo esto se había ejecutado con tanta rapidez, que todo estaba concluido cuando empezaron á notarlo en el figón.

Alguien había visto al obrero del muelle de vinos hablar misteriosamente con sus tres compañeros, examinar sus pistolas, y esconder bajo la blusa un lío de cuerdas; la curiosidad les obligó á seguirles hasta la puerta del bodegón, pero no entró nadie con ellos.

Refirió á otros lo que había observado, y ya entonces empezó á circular aquel rumor que donde hay mucha gente reunida pone en movimiento, por una futilidad cualquiera, á los más impacientes ó más ávidos de emociones.

Javert no había dado ni un grito; y en cuanto estuvo atado al poste, acudieron Courfeyrac, Bossuet, Joly, Combeferre, y los demás que andaban dispersos por las barricadas.

Javert, recostado en el poste, y tan rodeado de cuerdas que no podía hacer un movimiento, levantaba la cabeza con la serenidad intrépida del hombre que no ha mentido nunca.

--Es un espía,--dijo Enjolrás.

Y volviéndose hacia Javert:

--Seréis fusilado diez minutos antes de que se tome la barricada.

Javert replicó con su acento peculiar más imperioso:

--¿Por qué no enseguida?

Por economía de pólvora.

--Entonces matadme de una cuchillada.

--¡Polizonte,--exclamó el arrogante Enjolrás,--nosotros somos jueces y no asesinos!

Después llamó á Gavroche.

--¡Tú á tu negocio! ¡Haz lo que te he dicho!

--Voy,--contestó Gavroche.

Y deteniéndose en el momento de partir, añadió:

--Á propósito: ¡me daréis su fusil! Yo os dejo el músico; pero quiero el clarinete.

El pilluelo hizo el saludo militar, saltando enseguida alegremente por la cortadura de la gran barricada.

VIII =Varias preguntas á propósito de un tal Cabuc, que quizá no se llamaba Cabuc=

La pintura trágica que hemos emprendido no sería completa, y el lector no vería en ella, en su relieve exacto y verdadero, esos grandes momentos del drama social y del desarrollo revolucionario en que la convulsión se mezcla con la fuerza, si omitiésemos en nuestro bosquejo un incidente lleno de cierto horror épico y feroz que ocurrió casi al tiempo mismo de marcharse Gavroche.

Los grupos, como es sabido, son bolas de nieve, y confunden al rodar un montón de hombres tumultuosos, á los cuales nadie pregunta de dónde vienen.

Entre los transeúntes que se habían unido al grupo dirigido por Enjolrás, Combeferre y Courfeyrac, había uno que llevaba una chaqueta de esportillero, bastante usada de los hombros, que gesticulaba y vociferaba, con cierto aspecto de borracho salvaje.

Aquel hombre, llamado ó apodado Cabuc, y desconocido completamente á los que pretendían conocerle, muy ebrio como hemos dicho, ó aparentando estarlo, se había sentado con algunos otros á una mesa que habían sacado fuera del bodegón.

El tal Cabuc, al mismo tiempo que hacía beber á sus compañeros de conversación, parecía contemplar con aire reflexivo la casa grande del fondo de la barricada, cuyos cinco pisos dominaban toda la calle y daban frente á la de San Dionisio.

De repente exclamó:

--Compañeros, mirad, desde esa casa es desde donde debemos tirar. Puestos en las ventanas, ¡ni el diablo entra en la calle!

--Sí; pero está cerrada la casa,--dijo uno de los bebedores.

--Y no querrán abrir,--dijo otro.

--¡Llamemos!

--No abrirán.

--¡Echemos abajo la puerta!

Cabuc corre á la puerta, que tenía un llamador muy pesado, y llama, pero no abren la puerta. Vuelve á llamar; nadie responde. Da un tercer golpe; el mismo silencio.

--¿Hay alguien por aquí?--gritó Cabuc.

Nadie se movió.

Entonces cogió un fusil y empezó á dar culatazos á la puerta.

Era una puerta antigua de pasadizo, cintrada, baja, estrecha, sólida, de encina maciza, forrada por el interior de una chapa de palastro y de una armadura de hierro; verdadera poterna de fortaleza.

Los culatazos hacían temblar la casa, pero no conmovían la puerta.

Los vecinos debieron, sin embargo, alarmarse, porque al fin se vió iluminarse y abrirse un ventanillo cuadrado del tercer piso, y aparecer en él una luz y la cara bonachona y asustada de un buen hombre de pelo entrecano, que era el portero.

El que daba los culatazos se paró.

--Señores,--dijo el portero,--¿qué se ofrece?

--¡Abre!--dijo Cabuc.

--Señores, no se puede.

--¡Abre, sea como fuere!

--¡Es imposible, señores!

--¡Yo te daré lo imposible!

Cabuc cogió el fusil y apuntó al portero; pero estaba debajo y era de noche; éste no le vió.

--¿Quieres abrir? ¿Sí ó no?

--¡No, señores!

--¿Dices que no?

--Digo que no, buenos...

El portero no pudo acabar, partió el tiro; la bala le entró por debajo de la barba y le salió por la nuca, después de atravesar la vena yugular.

El pobre viejo cayó sin dar un suspiro; la luz se le fué de las manos y se apagó; no viéndose después más que una cabeza inmóvil, recostada en el borde de la ventana, y un poco de humo blanquecino que subía hacia el tejado.

--¡Ahí queda!--dijo Cabuc, dando un culatazo en el suelo.

Apenas había pronunciado esta palabra, sintió una mano que le cogía del cuello con la fuerza de la garra de un águila, y oyó una voz que le decía:

--¡De rodillas!

El asesino se volvió, y vió delante de sí el rostro pálido y sereno de Enjolrás, que tenía una pistola en la mano.

Había acudido al oir la detonación.

Con la mano izquierda había cogido el cuello, la blusa, la camisa y el tirante de Cabuc.

--¡De rodillas!--repitió.

Y con un movimiento soberano, el delicado joven de veinte años dobló como una caña al robusto ganapán, haciéndole caer de rodillas sobre el lodo.

Cabuc trató de resistir; pero parecía sujetado por un puño sobrehumano.

Enjolrás, pálido, con el cuello descubierto, los cabellos esparcidos y el rostro femenil, tenía en aquel momento algo de la famosa Témis de la antigüedad.

Su expresiva nariz, y sus ojos bajos, daban á su implacable perfil griego aquella expresión de cólera y de castidad que el mundo antiguo creía propiedad de la justicia.

Todos los de la barricada habían acudido, y colocándose en círculo á cierta distancia, conociendo que era imposible pronunciar una palabra ante lo que iban á ver.

Cabuc, vencido, no trataba ya de defenderse, y temblaba de pies á cabeza. Enjolrás le soltó, y sacó el reloj.

--¡Recógete en ti mismo!--le dijo.--Reflexiona ú ora. ¡Te queda un minuto!

--¡Perdón!--murmuró el asesino. Después bajó la cabeza, y balbuceó algunos juramentos inarticulados.

Enjolrás no apartó la vista del reloj, dejó pasar el minuto y volvió el reloj al bolsillo.

En seguida cogió por los cabellos á Cabuc, que se revolvía contra sus rodillas aullando, y apoyó en su oreja el cañón de la pistola.

Muchos de aquellos hombres intrépidos que habían entrado tan tranquilamente en una de las más terribles aventuras, volvieron la cabeza.

Oyóse la explosión; el asesino cayó al suelo boca abajo.

Enjolrás se enderezó, paseando en derredor suyo una mirada convencida y severa.

Luego empujó el cadáver con el pie, diciendo:

--Quitad eso de ahí.

Tres hombres levantaron el cuerpo del asesino, que se agitaba en las últimas convulsiones maquinales de la vida espirante, y le arrojaron por encima de la barricada en la callejuela Mondetour.

Enjolrás se había quedado pensativo. No se sabe qué grandiosas tinieblas se esparcieron lentamente sobre su imponente severidad.

De pronto levantó la voz; todos le escucharon en silencio.

--Ciudadanos,--dijo Enjolrás:--lo que este hombre ha hecho es espantoso, lo que yo he hecho es horrible. Le he matado, por haber matado; y he debido hacerlo, porque la insurrección debe tener su disciplina. El asesinato es ahora mayor crimen que en otras circunstancias; estamos bajo los ojos de la revolución, somos los apóstoles de la república; somos las víctimas del deber, y es preciso que nadie pueda calumniar nuestra lucha. Por esto he juzgado y condenado á muerte á ese hombre. En cuanto á mí, obligado á hacer lo que he hecho, pero aborreciéndolo, me he juzgado también, y pronto vais á ver cómo me he condenado.

Los que le escucharon temblaron.

--Nosotros participaremos de tu suerte,--dijo Combeferre.

--¡Gracias!--respondió Enjolrás.--Pero oídme todavía una palabra. Al matar á ese hombre he obedecido á la necesidad; pero la necesidad es un monstruo del viejo mundo, la necesidad se llama Fatalidad. La ley del progreso es que los monstruos desaparezcan ante los ángeles, y que la Fatalidad se desvanezca ante la Fraternidad.

«No es este momento á propósito para pronunciar la palabra amor. No importa; yo la pronuncio y la glorifico. Amor mutuo, el porvenir es tuyo. Muerte, yo me sirvo de ti, pero te aborrezco.

«Ciudadanos, en el porvenir no habrá tinieblas, ni rayos, ni feroz ignorancia, ni pena sangrienta del Talión; como no habrá Satanás, no habrá tampoco necesidad de Arcángel. En el porvenir nadie matará á nadie; la tierra resplandecerá, y el género humano amará. Ciudadanos, llegará ese día en que todo será amor, concordia, armonía, luz, alegría y vida; vendrá, sí; y para que venga, nosotros vamos á morir».

Enjolrás se calló.

Sus labios de virgen se cerraron, y quedó por un buen espacio, de pie en el sitio en que había derramado aquella sangre, con la inmovilidad del mármol. Su mirada fija hacía que se hablase por lo bajo á su alrededor.

Juan Provaire y Combeferre se estrechaban la mano silenciosamente, apoyados uno contra el otro en el ángulo de la barricada, miraban con cierta admiración algo compasiva á aquel joven tan grave, verdugo y sacerdote, transparente como el cristal, y duro como la roca.

Digamos, de paso, que después del combate, cuando los cadáveres fueron llevados al depósito y registrados, se encontró en el de Cabuc una cédula de agente de policía.

El autor de este libro ha tenido en sus manos, en el año 1848, el informe especial dado con este motivo al prefecto de policía de 1832.

Añadamos que, si hemos de creer una tradición de policía extraña, pero probablemente fundada, Cabuc era Claquesous. El hecho es que desde la muerte de Cabuc no volvió á hablarse más de Claquesous.

Aquel miserable no dejó huella alguna de su desaparición; parecía haberse amalgamado con lo invisible. Su vida había sido todo tinieblas; su fin debió ser la noche.

Por el contrario, todos los que componían la banda de malhechores de que él formaba parte, figuraron más ó menos después, y su fin fué conocido bajo las diversas fases que reviste la existencia de bandido.

Todo el grupo de insurrectos se hallaba aún bajo la emoción de aquel proceso trágico, instruido y terminado tan rápidamente, cuando Courfeyrac volvió á ver en la barricada al jovencillo que por la mañana había preguntado en su casa por Mario.

Aquel muchacho, de aspecto atrevido é indiferente, había vuelto por la noche á reunirse con los insurrectos.

NOTAS:

[7] Pot-aux-roses, maceta de rosas, y Poteau rose, poste de color de rosa, tienen en francés la misma pronunciación.

LIBRO DECIMOTERCERO MARIO ENTRA EN LA SOMBRA

I =Desde la calle Plumet al barrio de San Dionisio=

Aquella voz que al través del crepúsculo había llamado á Mario á la barricada de la calle Chanvrerie, le había producido el mismo efecto que la voz del destino.

Quería morir, y se le presentaba la ocasión; llamaba á la puerta de la tumba, y una mano en la sombra le entregaba la llave.

Esas lúgubres brechas que se abren en las tinieblas ante la desesperación, son tentadoras.

Mario separó la verja que le había dejado pasar tantas veces; salió del jardín, y dijo: «¡Vamos!».

Loco de dolor, no sintiendo nada fijo y sólido en su cerebro, incapaz de aceptar nada de la suerte después de aquellos dos meses pasados en la embriaguez de la juventud y del amor, abrumado á la vez por todas las cavilaciones de la desesperación, no tenía más que un deseo: acabar rápidamente con la vida.

Empezó á andar rápidamente; precisamente iba armado de los dos cachorrillos que le dió Javert.

El joven á quien había creído ver, se había perdido en la obscuridad de las calles.

Mario, que había salido de la calle Plumet por el boulevard, atravesó la explanada y el puente de los Inválidos, los Campos Elíseos, la plaza de Luis XV, y llegó á la calle de Rívoli.

Las tiendas estaban abiertas, el gas brillaba bajo los arcos, las mujeres compraban en las tiendas, se servían sorbetes en el café Laiter, y se comían pastelillos en la pastelería inglesa.

Solamente algunas sillas de posta partían al galope del hotel de los Príncipes y del hotel Mauricio.

Mario entró por el pasaje Délorme en la calle de San Honorato.

Las tiendas estaban cerradas, los comerciantes hablaban delante de sus puertas entreabiertas, los transeúntes circulaban, los faroles estaban encendidos; desde el primer piso, todas las ventanas estaban iluminadas como de ordinario.

En la plaza del Palacio Real había caballería.

Mario siguió por la calle de San Honorato.

Á medida que se alejaba del Palacio Real, veía menos ventanas iluminadas; las tiendas estaban completamente cerradas; nadie hablaba en los umbrales; la calle se obscurecía, y al mismo tiempo se engrosaba la multitud, porque los transeúntes formaban ya muchedumbre.

Nadie hablaba al parecer entre la muchedumbre aquélla; y sin embargo, salía de la misma un murmullo sordo y profundo.

Hacia la fuente del Árbol Seco había grupos inmóviles y sombríos, que se destacaban entre los que iban y venían como piedras en medio de una corriente.

Á la entrada de la calle de Prouvaires, la multitud no andaba ya. Era una masa resistente, sólida, compacta, casi impenetrable, de personas amontonadas, que hablaban en voz baja.

Apenas había allí levitas negras ni sombreros redondos; chaquetones, blusas, gorras, cabezas erizadas y terrosas.

Aquella multitud ondulaba confusamente en la bruma nocturna.

Sus cuchicheos tenían el ronco sonido de un estremecimiento.

Aunque ninguno andaba, se oía un continuado pisoteo en el lodo.

Más allá de este espesor de muchedumbre, en la calle de Roule, en la de Prouvaires y en la prolongación de la de San Honorato, no había una sola vidriera en que brillase una luz.

Veíase perder á lo lejos en aquellas calles la hilera solitaria y decreciente de los faroles.

Los faroles de aquel tiempo parecían grandes estrellas rojas colgadas de cuerdas, proyectando en el suelo una sombra que tenía la forma de una enorme araña.

Estas calles no estaban desiertas. Veíanse en ellas fusiles en pabellones, bayonetas que se movían y tropas que vivaqueaban.

Ningún curioso pasaba de aquel límite; allí cesaba la circulación; allí terminaba la multitud, y empezaba el ejército.

Mario iba decidido; con la voluntad del hombre desesperanzado, le habían llamado y debía ir.

Halló medio de atravesar por entre la multitud y las tropas; sorteó las patrullas y evitó los centinelas.

Dió un rodeo, llegó á la calle Bethisy, y se dirigió hacia el Mercado.

Después de haber atravesado la zona de la multitud, había pasado el límite de la tropa; se encontraba envuelto por algo terrible.

Ni un transeúnte, ni un soldado, ni una luz; nada. El silencio, la soledad, la noche, un frío que le sobrecogía. Entrar en una calle, era entrar en una cueva.

Continuó avanzando.

Dió algunos pasos. Alguien pasó corriendo por su lado. ¿Era un hombre? ¿Era una mujer? ¿Eran más de uno? No hubiera podido decirlo. Aquello había pasado, y se había desvanecido.

De rodeo en rodeo, llegó hasta una callejuela que creyó ser la de la Poterie, y hacia el medio de esta calle encontró un obstáculo.

Extendió las manos, y tropezó con una carreta volcada; pisaba al mismo tiempo charcos de agua, baches, adoquines amontonados y esparcidos. Había allí una barricada bosquejada y abandonada.

Saltó por encima de los adoquines y se encontró al otro lado del obstáculo.

Iba siempre junto á los guarda cantones y guiándose por la pared de las casas.

Un poco más allá de la barricada le pareció distinguir alguna cosa blanca; se acercó y vió dos bultos; eran dos caballos blancos; los del ómnibus que desenganchó Bossuet por la mañana, los cuales habían andado errantes todo el día, y concluido por pararse allí con esa pasividad sumisa de los brutos que no comprenden las acciones del hombre, como no comprende éste las de la Providencia.

Mario pasó adelante.

Cuando llegó á una calle que le pareció la del Contrato Social, un tiro que no sabía de dónde venía y atravesaba la obscuridad, al azar, silbó á su lado mismo, y la bala fué á dar por encima de su cabeza á una bacía colgada á la puerta de una barbería.

En 1846 se veía aún en la calle del Contrato Social, en el ángulo de los pilares del Mercado, aquella bacía agujereada.

Aquel tiro de fusil era aún de vida; á partir de aquel instante, ya no encontró nada.

Todo este itinerario parecíase á un descenso por una escalera de gradas sombrías.

Pero no dejó por eso Mario de seguir adelante.

II =París á vista de búho=

Un ser que hubiese podido cernerse sobre París en aquel momento en alas de murciélago ó de mochuelo, hubiera descubierto un lúgubre espectáculo.

Todo el antiguo barrio del Mercado, que viene á ser como una ciudad dentro de otra, atravesado por las calles de San Dionisio y de San Martín, en que se cruzan mil callejuelas, de las cuales habían hecho los insurrectos sus reductos y su plaza de armas, se le habría presentado como un enorme agujero sombrío, abierto en el centro de París.

La mirada se perdía allí en un abismo; y á causa de los faroles rotos y de las ventanas cerradas, allí terminaba toda luz, toda vida, todo rumor, todo movimiento.

La policía invisible del motín velaba en todas partes, y conservaba el orden, es decir, la noche; porque la táctica necesaria de la insurrección es ocultar los pocos en la gran obscuridad, multiplicando los combatientes con las posibilidades de la lobreguez.

Al caer el día, todas las ventanas con luz habían recibido un balazo que la apagaba como también, alguna vez, la vida del vecino.

Así nada se movía; reinaba sólo el temor, la tristeza, el estupor en las casas, y en las calles una especie de horror sagrado.

Ni siquiera se distinguían las largas filas de ventanas y balcones, ni los cañones de las chimeneas, los tejados, á los vagos reflejos que salen siempre del empedrado lleno de agua y lodo.

El que hubiera mirado desde lo alto entre aquel conjunto de sombras, habría descubierto quizá aquí y allá, de trecho en trecho, algunos resplandores que permitían ver líneas quebradas y caprichosas, perfiles de extrañas construcciones, algo parecido á luces que fueran y vinieran por entre ruinas; eran las barricadas.

El resto era un lago de obscuridad, brumoso, pesado, fúnebre, por encima del cual se elevaban las masas inmóviles y lúgubres de la torre de Santiago, de la iglesia de San Merry, y otros dos ó tres edificios, de esos que son gigantes elevados por el hombre, y que la noche trueca en fantasmas.

Alrededor de aquel laberinto desierto y alarmante, en los barrios donde aún no había cesado la circulación, donde aún había algunos faroles, el observador aéreo habría podido distinguir el centelleo metálico de los sables y bayonetas, el sordo rumor de la artillería, y el latido de los batallones silenciosos, que se aumentaban de minuto en minuto; formidable muralla que se estrechaba y cerraba alrededor del motín.

El barrio de la insurrección no era sino una especie de monstruosa caverna; allí todo parecía dormido ó inmóvil, y como acabamos de decir, cada calle no ofrecía más que una espesa sombra.

Sombra feroz, llena de peligros, de choques desconocidos y temibles; sombra en que era terrible penetrar y espantoso permanecer; donde los que entraban temblaban ante los que esperaban, y los que esperaban temblaban ante los que venían; combatientes invisibles ocultos en las esquinas; las bocas del sepulcro ocultas en las espesuras de la noche.

Allí no podía esperarse otra claridad que el relámpago de los fusiles, ni otro encuentro que la aparición brusca y rápida de la muerte.

¿Dónde? ¿Cómo? No se sabía; pero era cierto é inevitable.

Allí, en aquel lugar designado para la lucha, el gobierno y la insurrección, la Guardia Nacional y las sociedades populares, el orden y el motín, iban á buscarse á tientas.

Para unos y para otros la necesidad era la misma.

Salir de allí muertos ó vencedores, ésta era la única salida posible.

Situación tan extremada, obscuridad tan poderosa, que los más tímidos se sentían llenos de resolución, y los más atrevidos de terror.

Por lo demás, había por ambas partes igual furia, igual encarnizamiento, igual decisión.

Para los unos, avanzar era morir, y nadie pensaba en retroceder; para los otros, quedarse era morir, y nadie pensaba en la fuga.

Era preciso que al nacer el día quedase todo terminado, que el triunfo estuviese ya en uno ú otro bando, que la insurrección fuese una revolución ó un chispazo apagado.

El gobierno lo comprendía así, lo mismo que los partidos, lo mismo que el último ciudadano.

De ahí nacía la angustia, que se mezclaba con la impenetrable sombra de aquel barrio, donde todo iba á decidirse; de ahí un exceso de ansiedad alrededor de aquel silencio, de donde iba á salir la catástrofe.

No se oía más que un solo ruido: ruido doloroso como el estertor de la muerte, amenazador como una maldición: el toque á rebato de San Merry.

Nada más glacial que el clamor de aquella campana perdida y desesperada lamentándose en las tinieblas.

Como sucede frecuentemente, la naturaleza parecía haberse puesto de acuerdo con lo que los hombres iban á hacer; nada se oponía á las armonías de aquel conjunto.

Las estrellas habían desaparecido; pesadas nubes cubrían el horizonte con sus melancólicos pliegues.

Un cielo negro cubría aquellas calles muertas, como si se desplegase un inmenso sudario sobre aquella tumba inmensa.

Mientras se preparaba una batalla política en aquel sitio que había presenciado ya tantos acontecimientos revolucionarios; mientras la juventud, las sociedades secretas, las escuelas en nombre de las teorías y la clase media en nombre de los intereses, se aproximaban para chocar, para luchar y derribarse; mientras cada uno se apresuraba y evocaba la hora última y decisiva de la crisis, á lo lejos, fuera de aquel barrio fatal, en lo más profundo de las cavidades insondables del viejo París, del París miserable que desaparece bajo el esplendor del París dichoso y opulento, se oía murmurar sordamente la sombría voz del pueblo.

Voz tremenda y sagrada compuesta del bramido de la fiera y de la palabra de Dios, que aterroriza á los débiles y advierte á los sabios, que viene siempre de abajo como el rugido del león, y de lo alto como la voz del trueno.

III =El último extremo=

Mario había llegado á los Mercados.

Allí todo estaba más tranquilo, más obscuro é inmóvil aun que en las calles próximas.

Parecía que la paz glacial del sepulcro había salido de la tierra extendiéndose bajo el cielo.

Sin embargo, por encima de las casas que cerraban la calle de la Chanvrerie, por el lado de San Eustaquio, se descubría una claridad rojiza.

Era el reflejo de la antorcha que ardía en la barricada de Corinto.

Mario se dirigió hacia aquel resplandor; siguiéndole, llegó al Marché aux Poirées, distinguió la tenebrosa embocadura de la calle de Predicadores, y entró en ella.

El centinela de los insurrectos que vigilaba al otro lado de la calle no le vió.

Conocía que estaba ya cerca de lo que andaba buscando, y andaba de puntillas.

Así llegó al recodo del trozo de la calle Mondetour, que era la única comunicación conservada por Enjolrás con el exterior.

En la esquina de la última casa, á la izquierda, adelantó la cabeza y miró en aquel trozo de calle.

Un poco más allá de la esquina que formaba el callejón con la calle de la Chanvrerie, que producía una larga proyección sombría, donde él mismo se hallaba metido, divisó algún resplandor en los adoquines, que era la entrada del figón; una lamparilla agonizando en una especie de muralla informe, y hombres acurrucados con fusiles entre las rodillas.

Todo eso estaba á diez toesas de él.

Era el interior de la barricada.

Las casas que flanqueaban la callejuela por la derecha le ocultaban el resto del figón, la gran barricada y la bandera.

Mario no tenía que dar sino un paso.

Entonces el desgraciado joven se sentó en un guarda cantón, cruzó los brazos, y se puso á pensar en su padre.

Pensó en aquel heroico coronel Pontmercy, que había sido tan valiente soldado, que había defendido en tiempos de la república las fronteras de Francia, y llegado con el emperador á las fronteras del Asia; que había visto á Génova, Alejandría, Milán, Turín, Madrid, Viena, Dresde, Berlín y Moscú; que había dejado, en todos aquellos campos de gloria de Europa, gotas de la misma sangre que él sentía en sus venas; que había envejecido antes de tiempo en la disciplina y el mando; que había vivido con el cinturón abrochado, con las charreteras cayendo sobre el pecho, con la escarapela ennegrecida por la pólvora, con la frente arrugada por el casco, en las barracas, en el campamento, en el vivac, en los hospitales de campaña, y que después de veinte años, había vuelto de las grandes guerras con una cicatriz en la mejilla, con el semblante risueño, sencillo, tranquilo, admirable, puro como un niño, habiendo hecho todo lo posible en favor de Francia y nada contra ella.

Pensó que ya le había llegado su día, que había sonado su hora, y que después de su padre, él también iba á ser valiente, intrépido, atrevido; iba á correr el peligro de las balas, á ofrecer su pecho á las bayonetas, á derramar su sangre, á buscar al enemigo, á buscar la muerte; que iba á hacer la guerra á su vez, á bajar al campo de batalla, y que este campo de batalla, á que descendía, era la calle, y que la guerra que iba á hacer, era la guerra civil.

Vió la guerra delante de sí como un precipicio en que iba á caer.

Estremecióse entonces.

Se acordó de aquella espada de su padre, vendida por su abuelo á un prendero, y que él había echado de menos con tan dolorosa pesadumbre.

Pensó que había hecho muy bien aquella valiente y casta espada huyendo de sus manos, perdiéndose irritada en las tinieblas; que si había huido de esta manera, era porque tenía inteligencia y preveía el porvenir; porque presentía el motín, la guerra de las calles, las descargas por los respiraderos de las cuevas, los golpes dados y recibidos por la espalda; porque viniendo de Marengo y de Friedland, no quería ir á la calle de la Chanvrerie; porque después de haber hecho lo que había hecho con su padre, no quería servir el hijo para aquello.

Pensó que si aquella espada estuviese allí, que si habiéndola recibido de la cabecera de su difunto padre se hubiera atrevido á empuñarla y á llevarla á aquel combate nocturno, entre franceses, en una encrucijada, de seguro le había de quemar las manos y fulguraría á su vista como la espada del ángel.

Pensó igualmente que era una felicidad no llevarla consigo, y que hubiera desaparecido, porque así era justo; que su abuelo había sido el verdadero guardián de la gloria de su padre, y que era mejor que la espada del coronel hubiera sido subastada en almoneda, vendida á un prendero, tirada entre hierro viejo, que empleada en herir á la patria.

Después se puso á llorar amargamente.

Esto era horrible.

Pero ¿qué hacer? Vivir sin Cosette era imposible; y puesto que se había ausentado, era preciso morir.

¿No le había dado su palabra de honor de que moriría?

Ella había partido sabiéndolo así; luego le agradaba que Mario muriera.

Además, era evidente que ella no le amaba, pues que se había ido de aquella manera, sin avisarle, sin decirle una palabra, sin escribirle una letra, no ignorando, como no ignoraba, su dirección.

¿Para qué, pues, vivir ya?

Y luego, ¡haber ido allí y retroceder! ¡Haberse acercado al peligro y huir! ¡Haber ido á ver la barricada y alejarse! Alejarse temblando y diciendo: «¡He hecho lo bastante: he visto, y es suficiente. Esto es la guerra civil, me voy!».

¡Abandonar á sus amigos que le esperaban, que quizá le necesitaban, que eran un puñado contra un ejército! ¡Faltar á todo á la vez, al amor, á la amistad, á su palabra! ¡Dar á su cobardía el pretexto del patriotismo!

¡Oh! Esto era imposible; y si el fantasma de su padre estuviese allí en la sombra y le viese retroceder, le cruzaría con la espada de plano, gritándole: «¡Adelante, cobarde!».

Dominado por el vaivén de estos pensamientos, bajó la cabeza.

De pronto la levantó. Acababa de verificarse en su espíritu una especie de rectificación espléndida.

Hay una dilatación del pensamiento propia de la aproximación de la tumba; el estar cerca de la muerte hace que se vea la verdad.

La visión de la lucha, en la cual se sentía próximo á entrar, se le presentaba, no ya horrible, sino soberbia.

La guerra de la calle se transfigura súbitamente por efecto de cierto trabajo interior del alma ante los ojos de su pensamiento.

Todos los tumultuosos interrogantes del desvarío se le aparecieron otra vez en conjunto, pero sin turbarle y sin que dejara de responder á ninguno.

Veamos:

¿Por qué se indignaría su padre? ¿Acaso no hay circunstancias en que la insurrección se eleva hasta la dignidad del deber? ¿Qué había, pues, de pequeño para el hijo del coronel Pontmercy en el combate que iba á empeñarse?

No era, en verdad, Montmirail, ni Champaubert; era otra cosa. No se trataba de un territorio sagrado, sino de una idea santa.

La patria se queja, en buen hora; pero la humanidad aplaude.

Pero ¿es verdad que la patria se queja?

Cierto que la Francia vierte sangre, pero la humanidad sonríe, y ante la sonrisa de la libertad, Francia olvida su herida.

Además, viendo las cosas desde punto más elevado, ¿quién vendría hablando de guerra civil?

¡La guerra civil! ¿Qué quiere decir esto? ¿Acaso hay guerras extranjeras? ¿Acaso toda guerra entre hombres deja de ser una guerra fratricida?

La guerra no se califica por su objeto.

No hay ni guerra extranjera, ni guerra civil, no hay más que guerra justa ó guerra injusta.

Hasta el día en que se concluya el gran concordato humano, la guerra, al menos la que representa el esfuerzo del porvenir que se apresura contra el pasado que se atrasa, puede ser necesaria. ¿Qué hay que censurar, pues, en esa guerra?

La guerra no es una vergüenza; la espada no se convierte en puñal sino cuando asesina al derecho, al progreso, á la razón, á la civilización, á la verdad. Entonces guerra civil ó guerra extranjera es inicua, y se llama crimen.

Fuera de esta cosa santa, la justicia, ¿con qué derecho una forma cualquiera de guerra puede condenar á otra?

¿Con qué derecho la espada de Washington renegará de la pica de Camilo Desmoulins?

Leónidas contra el extranjero, Timoleón contra el tirano, ¿cuál de estos dos es más grande? El uno es defensor, el otro libertador.

Si hemos de censurar, sin pensar en el fin, toda alarma en lo interior de las ciudades, debemos infamar á Bruto, á Marcelo, á Arnoldo, de Blankenheim, á Coligny.

¡Guerra de emboscadas! ¡Guerra en las calles! ¿Por qué no? Ésa era la guerra de Ambiorix, de Arteveldo, de Marnix, de Pelayo. Pero Ambiorix luchaba contra Roma, Arteveldo contra Francia, Marnix contra España, Pelayo contra los moros; todos contra el extranjero.

Pues bien; la monarquía es extranjera, la opresión es extranjera, el derecho divino es extranjero.

El despotismo viola la frontera moral, como la invasión viola la frontera geográfica.

Expulsar al tirano ó expulsar al inglés, es en ambos casos recuperar el propio territorio.

Llega una hora en que no basta protestar; después de la filosofía es menester la acción; la viva fuerza concluye lo que la idea bosqueja. Prometeo encadenado empieza, Aristogitón concluye; la Enciclopedia ilumina las almas, y el 10 de agosto las electriza.

Después de Esquilo, viene Trasibulo; después de Diderot, Dantón.

Las multitudes tienen cierta tendencia á admitir amo. Su masa supone apatía; una multitud se totaliza fácilmente en obediencia.

Es preciso remover, empujar, alentar bruscamente á los hombres con el beneficio mismo de su libertad, deslumbrar sus ojos con lo verdadero, arrojarles la luz á grandes puñados.

Es preciso que se vean algo deslumbrados por su propia salvación; este deslumbramiento les despierta.

De ahí procede la necesidad de los somatenes y de las guerras.

Es preciso que aparezcan grandes combatientes, que iluminen á las naciones con su audacia y sacudan á esta triste humanidad, á la que cubren de sombra el derecho divino, la gloria de los Césares, la fuerza, el fanatismo, el poder irresponsable y las majestades absolutas, cohorte estúpidamente ocupada en contemplar en su esplendor crepuscular, los triunfos sombríos de la noche.

¡Abajo el tirano!

¡Pero qué! ¿De quién habíais? ¿Llamáis tirano á Luis Felipe? No; ni tampoco á Luis XVI.

Ambos son lo que la historia suele llamar buenos reyes: pero los principios no se dividen; la lógica de lo verdadero es rectilínea; la verdad no tiene complacencias. No debe haber, pues, concesión; toda compasión hacia el hombre debe reprimirse.

Hay derecho divino en Luis XVI; lo hay por lo de Borbón en Luis Felipe; ambos representan, dentro cierto espacio, la confiscación del derecho; y para derribar la usurpación universal, es preciso, es indispensable combatirlos, y Francia, como siempre, es la que empieza. Cuando el amo cae en Francia, cae en todas partes.

En suma, restablecer la verdad social, volver su trono á la libertad, volver el pueblo al pueblo, volver al hombre la soberanía, volver á colocar la púrpura en la cabeza de la Francia, restaurar en su plenitud la razón y la equidad, suprimir todo germen de antagonismo restituyendo á cada cual lo propio, aniquilar el obstáculo que la regia corona presenta á la inmensa concordia universal; poner al género humano al nivel del derecho, ¿puede haber causa más justa, y por consiguiente guerra más grande? Tales guerras consolidan la paz.

Una enorme fortaleza de preocupaciones, de privilegios, de supersticiones, de mentiras, de exacciones, de abusos, de violencias, de iniquidades, de tinieblas, permanece todavía de pie sobre el mundo con sus torres de odio.

Hay que echarla abajo. Hay que derrumbar esa masa monstruosa.

Vencer en Austerlitz es grande; pero tomar la Bastilla es inmenso.

No hay nadie que no haya advertido en sí mismo, que el alma (y ésa es la maravilla de su unidad llena de ubicuidad) tiene la rara aptitud de reflexionar casi fríamente en los extremos más violentos, y sucede, á veces, que la pasión desolada y la profunda desesperación, aun en la agonía de sus más sombríos monólogos, tratan de ciertos asuntos y aun discuten tesis.

La lógica se mezcla con la convulsión, y el hilo del silogismo flota, sin romperse, en la lúgubre tempestad del pensamiento.

Éste era el estado de ánimo de Mario.

Al mismo tiempo que así pensaba, decaído, pero resuelto, vacilando no obstante y, en fin, temblando ante lo que iba á hacer, su mirada vagaba por lo interior de la barricada.

Los insurrectos estaban hablando á media voz, sin moverse; se sentía ese, casi silencio, que distingue la última fase de la espera.

Sobre de ellos, en una ventana de un tercer piso, Mario distinguía una especie de espectador ó testigo, que le parecía singularmente atento. Era el portero muerto por Cabuc.

Desde abajo, á la reverberación de la antorcha clavada en el suelo, se descubría vagamente aquella cabeza.

Nada más singular, entre aquella claridad sombría é incierta, que aquella faz lívida, inmóvil, atónita, con los cabellos erizados, los ojos abiertos y fijos, la boca entreabierta é inclinada hacia la calle en actitud de curiosidad.

Hubiérase dicho que aquel muerto contemplaba á los que iban á morir.

Un prolongado reguero de sangre, salida de aquella cabeza, venía recorriendo en hilos rojizos desde la ventana á la altura del primer piso, donde se había detenido.

LIBRO DECIMOCUARTO GRANDEZAS DE LA DESESPERACIÓN

I =La bandera: primer acto=

Nadie venía aún; las diez habían dado en San Merry.

Enjolrás y Combeferre habían ido á sentarse, empuñando la carabina, junto á la cortadura de la gran barricada; no hablaban, escuchaban tratando de oir hasta el ruido de los pasos más sordos y lejanos.

De repente, en medio de aquella calma lúgubre, se oyó una voz clara, joven, alegre, que parecía venir de la calle de San Dionisio, y que empezó á cantar, con la cadencia de la antigua cantinela popular. Á la luz de la luna, esta poesía que terminaba con un grito parecido al canto del gallo:

Mi nariz de lágrimas, Amigo Bugead; Préstame gendarmes Para hablarles yo. Capote azulado, Gallina al chacó. ¡Ahí tienes el colmo! ¡Co--coricó!

Ellos se apretaron la mano.

--Es Gavroche,--dijo Enjolrás.

--Nos avisa,--dijo Combeferre.

Una carrera precipitada turbó el silencio de la calle desierta; Gavroche saltó con más agilidad que un clown por encima del ómnibus, y cayó en medio de la barricada, sofocado y gritando:

--¡Mi fusil! ¡Ahí están!

Un estremecimiento eléctrico recorrió toda la barricada, y se oyó el movimiento de las manos buscando los fusiles.

--¿Quieres mi carabina?--dijo Enjolrás al pilluelo.

--Quiero el fusil grande,--respondió Gavroche.

Y tomó el fusil de Javert.

Casi al mismo tiempo que entró Gavroche se habían retirado dos centinelas, el de la esquina de la calle y el vigía de la Petite-Truanderie; el de la esquina de la calle de Predicadores había permanecido en su puesto, lo que indicaba que por el lado de los puentes y del Mercado no venía nadie.

La calle de la Chanvrerie, en que apenas se distinguían algunos adoquines al reflejo de la luz que se proyectaba sobre la bandera, ofrecía á los insurrectos el aspecto de un gran pórtico vagamente abierto en una humareda.

Cada cual se había colocado en su puesto de combate.

Cuarenta y tres insurrectos, entre los cuales se contaban Enjolrás, Combeferre, Courfeyrac, Bossuet, Joly, Bahorel y Gavroche, se habían arrodillado en la gran barricada, con las cabezas á flor de la línea del parapeto, los cañones de los fusiles y de las carabinas enfilados por entre los adoquines como por troneras, atentos, mudos, y dispuestos á hacer fuego.

Otros seis, mandados por Feuilly, se habían instalado, con el fusil á la cara, en las ventanas de los dos pisos de Corinto.

Pasáronse así algunos instantes; después se oyó claramente por el lado de San Leu un ruido de pasos regular, lento, numeroso.

Aquel ruido, débil al principio, más fuerte luego, luego más sordo y sonoro, se aproximaba pesadamente sin hacer un alto, sin interrupción, con una continuidad tranquila y horrorosa.

No se oía más que eso.

Era al mismo tiempo el silencio y el ruido de la estatua del Comendador; pero aquellas pisadas de piedra tenían algo de enorme y de múltiple, que despertaba la idea de una muchedumbre al mismo tiempo que la idea de un espectro.

Parecía oirse los pasos de la terrible estatua Legión.

Los pasos se aproximaron, se aproximaron más, y se detuvieron.

Al extremo de la calle se oía como el aliento de muchos hombres.

No se veía nada, sin embargo; se distinguía únicamente en el fondo, entre aquella espesa obscuridad, una multitud de hilos metálicos, finos como agujas, y casi imperceptibles, que se agitaban, semejantes á esas indescriptibles redes fosfóricas que se perciben en el momento de dormirse, bajo los párpados cerrados, en las primeras tinieblas del sueño. Eran las bayonetas y los cañones de los fusiles, confusamente iluminados por la reverberación lejana de la antorcha.

Hubo todavía una pausa, como si se esperase algo por ambos lados.

De repente, desde el fondo de aquella sombra, una voz tanto más siniestra cuanto que no se veía á nadie, y parecía hablar con la misma obscuridad, gritó:

--¿Quién vive?

Al mismo tiempo oyóse el choque de los fusiles que caían sobre las manos.

Enjolrás respondió con acento vibrante y altanero.

--¡Revolución francesa!

--¡Fuego!--dijo la voz.

Un relámpago iluminó todas las fachadas de la calle como si la puerta de un horno se hubiese abierto y cerrado rápidamente.

Una terrible detonación estalló sobre la barricada.

Cayó al suelo la bandera roja.

La descarga había sido tan violenta y tan compacta que cortó el asta, es decir, la punta de la lanza del ómnibus.

Las balas que habían rebotado en las fachadas de las casas penetraron en la barricada, é hirieron á muchos hombres.

La impresión de esta primera descarga fué glacial. El ataque era violento y de tal naturaleza, que pareció grave á los más atrevidos. Era evidente que tenían que habérselas con un regimiento entero.

--Compañeros,--gritó Courfeyrac,--no gastemos pólvora en balde. Esperemos á que entren en la calle para contestarles.

--En primer lugar,--dijo Enjolrás,--icemos de nuevo la bandera.

Y la levantó de nuevo, pues había caído precisamente á sus pies.

Oíase por fuera el chocar de las baquetas en los fusiles; la tropa cargaba las armas otra vez.

Enjolrás añadió:

--¿Quién tiene corazón aquí? ¿Quién se atreve á clavar la bandera sobre la barricada? Ninguno respondió.

Subir á la barricada en el momento en que estaban apuntando de nuevo, era morir, y el más valiente duda en condenarse á muerte. Enjolrás mismo sintiendo cierto temblor, repitió:

--¿No hay quién se atreva?

II =La bandera: acto segundo=

Desde que los insurrectos habían llegado á Corinto y comenzado á levantar las barricadas, nadie se había acordado del señor Mabeuf quien, sin embargo, no se había separado del grupo.

Había entrado en el piso debajo de la taberna, y se había sentado detrás del mostrador.

Allí se había anonadado en sí mismo, por decirlo así; parecía que no veía ni pensaba.

Courfeyrac y otros se le habían acercado advirtiéndole del peligro, y aconsejándole que se retirara, sin que pareciera haberlos oído.

Cuando no le hablaban, se movían sus labios como si contestase á alguien, pero en cuanto se le hablaba, permanecían inmóviles sus ojos, y se apagaban.

Algunas horas antes de que fuese atacada la barricada había tomado una postura que no había abandonado; con ambas manos apoyadas sobre las rodillas y la cabeza inclinada hacia adelante, parecía contemplar un abismo.

Nada había podido sacarle de aquella actitud; no parecía que su pensamiento estuviese en la barricada.

Cuando ocupó cada uno su puesto de combate, no quedaron en la sala baja más que Javert atado al poste, un insurrecto con el sable desnudo custodiándole, y el señor Mabeuf.

En el momento de ataque, de la detonación, le conmovió una sacudida física, y como si despertase se levantó bruscamente, atravesó la sala y apareció en la puerta del figón en el instante en que Enjolrás repetía por segunda vez su pregunta:

--¿No hay quién se atreva?

La presencia del anciano causó una especie de conmoción en todos los grupos; y se oyeron estos gritos:

--¡Es el volante! ¡El convencional! ¡El representante del pueblo!

Es probable que él no lo oyera.

Dirigióse hacia Enjolrás mientras los insurrectos se apartaban á su paso con religioso temor; cogió la bandera de manos de Enjolrás que retrocedió petrificado, y sin que nadie se atreviese á detenerle ni á auxiliarle, aquel anciano de ochenta años, con la cabeza temblorosa y el pie firme, empezó á subir lentamente la gradería interior de adoquines que formaba la barricada.

Era aquello tan sombrío y grande, que todos gritaron á su alrededor: «¡Abajo los sombreros!».

Á cada escalón que subía, sus cabellos blancos, sus faz decrépita, su espaciosa frente calva y arrugada, sus ojos hundidos, su boca asombrada y abierta, sustentando la bandera roja en su diestra, saliendo de súbito de la sombra, agrandándose á la claridad sangrienta de la antorcha, parecía como que fuese surgiendo de la tierra el espectro del 93 con la bandera del terror en la mano.

Cuando estuvo en lo alto del último escalón, cuando aquel fantasma tembloroso y terrible, de pie, sobre aquel montón de escombros, en presencia de mil doscientos fusiles invisibles, se levantó enfrente de la muerte, como si fuese más fuerte que ella, toda la barricada tomó en las tinieblas, cierto aspecto sobrenatural y grandioso.

Hízose aquel silencio que se produce únicamente en derredor de los prodigios.

En medio del silencio semejante, el anciano agitó la bandera roja y gritó:

--¡Viva la revolución! ¡Viva la república! ¡Fraternidad! ¡Igualdad! ¡Y muerte!

Oyóse desde la barricada un cuchicheo bajo y breve, semejante al de un cura apresurado que murmura una oración.

Era probablemente el comisario de policía que hacía las intimaciones legales desde la otra parte de la calle.

Después, la misma voz vibrante que había dicho ¿quién vive? gritó:

--¡Retiraos!

El Señor Mabeuf, pálido, con los ojos extraviados, y las pupilas iluminadas con lúgubres fulgores, levantó la bandera sobre su cabeza, y repitió:

--¡Viva la república!

--¡Fuego!--dijo la voz.

Una segunda descarga parecida á un metrallazo fué á dar contra la barricada.

El anciano se dobló sobre sus rodillas, luego se levantó, escapósele la bandera de las manos, y cayó hacia atrás inerte sobre el suelo, á todo lo largo, con los brazos en cruz.

La sangre corrió á chorros de todo su cuerpo. Su arrugado rostro, pálido y triste, parecía mirar al cielo.

Una de esas emociones superiores al hombre, que le hacen olvidarse aún de su propia defensa, sobrecogió á los insurrectos, y se acercaron al cadáver con horrible espanto.

--¡Qué grandes hombres estos regicidas!--dijo Enjolrás.

Courfeyrac se inclinó al oído de Enjolrás.

--Esto únicamente para ti, sin querer disminuir tu entusiasmo; pero este hombre no ha sido nunca regicida. Le conocía; se llamaba Mabeuf, y no sé qué tendría hoy, pero es un pobre infeliz; mira su cabeza.

--Cabeza de topo y corazón de Bruto,--respondió Enjolrás.

Después levantando la voz, exclamó:

--Ciudadanos, éste es el ejemplo que los viejos dan á los jóvenes. Vacilábamos, y él se ha presentado; retrocedíamos; y él ha avanzado. ¡He aquí cómo los que tiemblan de viejos enseñan á los que tiemblan de miedo! Este anciano es augusto á los ojos de la patria, ha tenido una larga vida y una gran muerte. Retiremos ahora el cadáver, y que cada uno de nosotros defienda á este anciano muerto como defendería á su padre vivo; ¡que su presencia haga inaccesible nuestra barricada!

Un murmullo de enérgica y sombría adhesión sucedió á estas palabras.

Encorvose Enjolrás, levantó la cabeza del anciano besándola con solemnidad en la frente; después, separándole los brazos y manejándole con tierna solicitud, como si temiera hacerle daño, le quitó la levita, enseñó sus ensangrentados agujeros, y dijo:

--He aquí ahora nuestra bandera.

III =Más le hubiera valido á Gavroche tomar la carabina de Enjolrás=

Cubriose el cuerpo del señor Mabeuf con un viejo pañuelo negro de la viuda Hucheloup; seis hombres hicieron con sus fusiles una camilla de campaña, colocaron en ella el cadáver, y la llevaron, descubierta la cabeza, con solemne lentitud, á la mesa grande de la sala baja.

Aquellos hombres comprometidos en la sagrada y grave empresa que estaban realizando, no se acordaban de su peligrosa situación.

Cuando el cadáver pasó junto á Javert, que continuaba impasible, Enjolrás dijo al espía:

--¡Y tú enseguida!

Entre tanto, Gavrochillo, único que no había abandonado su puesto, quedándose en observación, creyó ver algunos hombres que se acercaban como lobos á la barricada. De repente exclamó:

--¡Desconfiad!

Courfeyrac, Enjolrás, Juan Prouvaire, Combeferre, Joly, Bahorel y Bossuet, todos salieron en tumulto de la taberna.

Era ya casi tarde.

Veíase un gran espesor de bayonetas serpenteando sobre la barricada.

Guardias municipales, de buena talla, penetraban, unos saltando el ómnibus, otros por la cortadura, empujando al pilluelo, que retrocedía, pero sin huir.

El momento era crítico. Era el primer minuto terrible de la inundación cuando el río se eleva al nivel de sus barreras, y el agua empieza á filtrarse por las hendiduras de los diques.

Un momento más, y la barricada estaba perdida sin remedio.

Bahorel se lanzó sobre el primer guardia, y le mató de un tiro con su carabina, á quema-ropa; el segundo mató á Bahorel de un bayonetazo.

Otro había derribado á Courfeyrac, que gritaba: ¡Á mí!

El más alto de todos, una especie de coloso, se dirigía contra Gavroche con la bayoneta calada.

El pilluelo cogió con sus pequeñas manos el enorme fusil de Javert, apuntó resueltamente al gigante, y dejó caer el gatillo; pero el tiro no salió.

El guardia soltó una carcajada y levantó la bayoneta sobre el muchacho.

Pero antes que hubiera podido tocarle, el fusil se escapó de manos del soldado, cayendo éste de espaldas herido de un balazo en la frente.

Una segunda bala daba en mitad del pecho del otro guardia que había acometido á Courfeyrac.

Era Mario que acababa de aparecer en la barricada.

IV =El barril de pólvora=

Mario, siempre escondido en el recodo de la calle Mondetour, había asistido á la primera fase del combate, irresoluto y tembloroso.

Sin embargo, no había podido resistir mucho tiempo á tan misterioso y soberano vértigo, que podríamos llamar la atracción del abismo.

Ante la inminencia del peligro, ante la muerte del señor Mabeuf, fúnebre enigma para él, ante Bahorel muerto, ante Courfeyrac gritando: ¡Á mí! ante aquel muchacho amenazado, ante sus amigos, á quienes debía socorrer ó vengar, se desvaneció toda vacilación, y se lanzó á la pelea con sus dos pistolas en la mano.

Del primer tiro había salvado á Gavroche, y del segundo á Courfeyrac.

Á los tiros y á los gritos de los guardias heridos, la columna había subido al parapeto, en cuya cumbre se veía sobresalir hasta medio cuerpo y en tumulto á guardias municipales, soldados de línea y guardias nacionales de las cercanías, empuñando el fusil.

Cubrían ya más de dos tercios de la barricada, pero no saltaban dentro, como si dudasen, temiendo caer en algún lazo.

Miraban á la obscura barricada, como si mirasen á una cueva de leones; la luz de la antorcha no iluminaba más que las bayonetas, las gorras de pelo, y lo alto de los rostros inquietos é irritados.

Mario no tenía ya armas, había tirado sus pistolas descargadas; pero había visto el barril de pólvora en la sala baja junto á la puerta.

Al volverse de lado mirando hacia aquel sitio, le apuntó un soldado; pero en el mismo punto una mano agarró el cañón del fusil, tapándole la boca. Quien así se había cogido al fusil era el obrero jovencillo del pantalón de pana.

Salió el tiro, le atravesó la mano, y quién sabe si el cuerpo también, porque cayó al suelo, sin que la bala tocase á Mario.

Todo esto pasó en medio del humo, y fué más bien vislumbrado que visto.

Mario, que entraba al propio tiempo en la sala baja, apenas lo notó.

Sin embargo, había visto confusamente aquel fusil que le apuntaba, y aquella mano que le tapara, y había oído el tiro; pero en tales momentos, todo lo que se ve resulta vacilante y precipitado, y nada le detiene á uno; todo es sombra, y nos sentimos impulsados hacia otra sombra mayor.

Los insurrectos sorprendidos, pero no asustados, se habían reorganizado.

Enjolrás había gritado: «¡Esperarse! ¡No tirar al acaso!». En efecto, en la confusión del primer momento podían herirse unos á otros.

La mayor parte habían subido á la ventana del primer piso y á las buhardillas, desde donde dominaban á la tropa.

Los más arriesgados, con Enjolrás, Courfeyrac, Juan Provaire y Combeferre, se apoyaban valerosamente en las casas del fondo, á descubierto, dando la cara á las filas de soldados y de guardias que coronaban la barricada.

Todo esto se hizo sin precipitación, con esa gravedad extraña y amenazadora que precede al combate.

Por ambas partes se apuntaban á quema-ropa; estaban tan cerca, que podían hablarse al alcance de la voz.

Cuando llegó el momento en que va á saltar la chispa, un oficial con gola y grandes charreteras, extendió la espada, y dijo:

--¡Abajo las armas!

--¡Fuego!--gritó Enjolrás.

Las dos detonaciones partieron á un mismo tiempo, y todo desapareció entre una nube de humo.

Humo acre y sofocante, entre el cual se arrastraban dando gemidos débiles y sordos, los heridos y los moribundos.

Cuando se disipó el humo, se vió por ambos lados á los combatientes, disminuidos, pero en su mismo sitio, cargando las armas en silencio.

De repente oyóse una voz tunante que gritaba:

--¡Retirarse, ó hago volar la barricada!

Todos se volvieron hacia el punto de donde partía aquella voz.

Mario había entrado en la sala baja, y había cogido el barril de pólvora; después se había aprovechado del humo y de la especie de obscura niebla que llenaba el espacio cerrado para deslizarse á lo largo de la barricada hasta el nicho de adoquines donde estaba la luz.

Coger ésta, poner en su lugar el barril de pólvora, empujar la pila de adoquines sobre el barril, cuya tapa se había abierto inmediatamente con una especie de obediencia terrible, todo esto lo había hecho Mario en el tiempo meramente indispensable de bajarse y levantarse.

En aquel momento, todos, guardias nacionales, municipales, oficiales y soldados, apiñados en el extremo de la calle, le miraban con estupor, con el pie sobre los adoquines, la antorcha en la mano, su altivo rostro iluminado por aquella resolución fatal, inclinando la llama del hachón hacia aquel promontorio terrible donde se veía el barril de pólvora roto y se le oía á él este grito aterrador:

--¡Retirarse, ó hago volar la barricada!

Mario en aquella barricada, después del octogenario, era la representación de la juventud revolucionaria después de la aparición de la revolución vieja.

--¡Volar la barricada!--exclamó un sargento.--¡Tú volarás también!

Mario respondió:

--¡Y yo también!

Y acercó la mecha al barril de pólvora.

Pero ya no había nadie en el parapeto.

Los agresores, dejando sus heridos y sus muertos, se retiraban atropelladamente hacia el extremo de la calle, perdiéndose de nuevo en la obscuridad.

Fué aquello un «sálvese el que pueda».

La barricada quedó libre.

V =Fin de los versos de Juan Provaire=

Todos rodearon á Mario, Courfeyrac se abalanzó á su cuello.

--¿Tú aquí?

--¡Qué fortuna!--dijo Combeferre.

--¡Has llegado á tiempo!--prorrumpió Bossuet.

--¡Si no es por ti, muerto estaba!--repuso Courfeyrac.

--¡Sin vos, me zampan!--añadió Gavroche.

Mario preguntó:

--¿Quién es el jefe?

--Tú,--le contestó Enjolrás.

Mario había tenido todo el día un volcán en el cerebro; entonces sentía un torbellino, que le producía el efecto de estar en él y sacarle fuera de él, arrebatándole. Parecíale que estaba ya á una distancia inmensa de la vida.

Aquellos dos meses luminosos de amor y de alegría yendo á parar bruscamente en aquel horrible precipicio, Cosette perdida para él, la barricada, Mabeuf haciéndose matar por la república, él convertido en jefe de los insurrectos, todas estas cosas le parecían una monstruosa pesadilla.

Tenía que hacer un esfuerzo de voluntad para convencerse de la realidad de cuanto le rodeaba.

Mario había vivido harto poco todavía para saber que nada hay tan inminente como lo imposible, y que lo que hay que prever siempre es lo imprevisto.

Asistía á su propio drama como á una escena que no se explica.

Entre aquella bruma en que estaba sumergido su pensamiento, no conoció á Javert que, atado al poste, no había hecho ni un movimiento de cabeza durante el ataque de la barricada, y que veía agitarse la rebelión en su derredor con la resignación de un mártir y la majestad de un juez. Mario ni siquiera le vió.

Entre tanto los agresores no avanzaban; se les oía andar y hormiguear al extremo de la calle, pero no se aventuraban, fuese que estuviesen esperando órdenes, ó que quisiesen recibir refuerzos antes de atacar aquel reducto inaccesible.

Los insurrectos habían puesto centinelas; algunos, que eran estudiantes de medicina, curaban los heridos.

Habíanse sacado todas las mesas fuera del bodegón, excepto dos, destinadas á las hilas y á los cartuchos, y otra, en que estaba tendido el señor Mabeuf; las habían agregado á la barricada, reemplazándolas en la sala baja con los colchones de la cama de la tía Hucheloup y de las criadas; en estos colchones se habían colocado los heridos.

En cuanto á las tres pobres mujeres que vivían en Corinto, no se sabía qué había sido de ellas; por último se las encontró escondidas en la bodega como aletargadas.

Una emoción dolorosa vino á entristecer la alegría del recobrado parapeto.

Pasóse lista, y faltaba uno de los insurrectos; uno de los más queridos, uno de los más valientes: Juan Provaire.

Le buscaron entre los heridos, no estaba; entre los muertos, no estaba; sin duda había caído prisionero.

Combeferre dijo á Enjolrás:

--Nos han cogido al amigo; pero su agente es nuestro. ¿Tienes empeño en la muerte de ese soplón?

--Sí,--respondió Enjolrás,--pero menos que por la vida de Juan Provaire.

Esto pasaba en la sala baja cerca del poste al cual estaba atado Javert.

--Pues bien,--dijo Combeferre,--voy á atar mi pañuelo á mi bastón, á presentarme como parlamentario, y á ofrecerles el canje de su hombre por el nuestro.

--Atiende,--dijo Enjolrás,--poniendo su mano sobre el brazo de Combeferre.

Oíase al extremo de la calle un crujido de armas significativo.

Después se oyó una voz vigorosa que gritó:

¡Viva la Francia! ¡Viva el porvenir!

Conocieron la voz de Juan Provaire.

Pasó un relámpago y sonó una detonación.

Volvió á suceder el silencio.

--¡Le han matado!--exclamó Combeferre.

Enjolrás miró á Javert, y le dijo:

--¡Los tuyos acaban de fusilarte!

VI =La agonía de la muerte después de la agonía de la vida=

Una particularidad de este género de guerra es que el ataque de las barricadas se verifica casi siempre de frente, y por lo general los asaltantes se abstienen de buscar las revueltas á las posiciones, ya porque teman las emboscadas, ya porque teman meterse en calles tortuosas.

Toda la atención de los insurrectos se dirigía, pues, á la gran barricada, que era evidentemente el punto más amenazado, y donde debía empezar infaliblemente la lucha.

Mario, sin embargo, pensó en la barricada pequeña, y fué á ella; la encontró desierta, guardada sólo por la lamparilla temblando entre las piedras.

La calle Mondetour y las encrucijadas de la Petite Truanderie y del Cisne estaban profundamente tranquilas.

Cuando Mario se retiraba, después de hacer su visita de inspección, oyó que le llamaban débilmente:

--¡Señor Mario!

Estremecióse, porqué reconoció la misma voz que le había llamado dos horas antes por la verja de la calle Plumet.

Solamente que aquella voz parecía entonces sólo un soplo.

Miró en derredor suyo y no vió á nadie.

Mario creyó que se había engañado, que aquella voz podía ser una ilusión añadida por su espíritu á las realidades extraordinarias que pasaban ante sus ojos, y dió un paso para salir del profundo recodo en que estaba la barricada.

--¡Señor Mario!--repitió la voz.

Esta vez no podía dudar; la había oído claramente; miró y nada vió.

--Aquí; á vuestros pies,--dijo la voz.

Entonces se inclinó y vió en la sombra un bulto que se arrastraba hacia él; era el que hablaba.

La lamparilla le permitió distinguir una blusa, un pantalón de pana roto, unos pies descalzos, y algo parecido á un mar de sangre. Mario entrevió un rostro pálido que procuraba alzarse hacia él, y que le dijo:

--¿Me conocéis?

--No.

--Eponina.

Mario se bajó rápidamente. Era, en efecto, aquella infeliz muchacha vestida de hombre.

--¿Cómo estáis aquí? ¿qué hacéis?

--¡Me muero!--dijo ella.

Hay palabras é incidentes que vigorizan al hombre decaído. Mario exclamó sobresaltado:

--¡Estáis herida! Esperad, voy á llevaros á la sala. Allí os curarán. ¿Es cosa grave? ¿Cómo he de cogeros para no haceros daño? ¿Sufrís mucho? ¡Socorro! ¡Socorro! Pero, Dios mío, ¿qué habéis venido á hacer aquí?

Y trató de pasar el brazo por debajo de Eponina para levantarla.

Al levantarla encontró su mano.

Ella dió un grito débil.

--¿Os he hecho daño?--preguntó Mario.

--Un poco.

--Pero no he hecho más que tocaros la mano.

Eponina acercó la mano á los ojos de Mario, y éste vió en medio de ella un agujero negro.

--¿Qué tienes en esta mano?--la preguntó.

--Está atravesada.

--¿Atravesada?

--Sí.

--¿De qué?

--De una bala.

--¿Cómo?

--¿No habéis visto un fusil que os estaba apuntando?

--Sí, y una mano que le tapó.

--Era la mía.

Mario se estremeció.

--¡Qué locura! ¡Pobre niña! Pero, en fin, más vale que sea así, pues eso no será nada; voy á llevaros á una cama, y os la vendarán; no se muere nadie por tener una mano atravesada.

Ella murmuró:

--La bala atravesó la mano; pero salió por la espalda. Es inútil moverme de aquí. Os diré cómo podéis curarme mejor que un cirujano. Sentaos á mi lado en esta piedra.

Mario obedeció; ella puso la cabeza sobre sus rodillas, y dijo sin mirarle:

--¡Oh, qué placer! ¡Qué bien estoy! ¡Así! ¡Ya no padezco!

Permaneció un instante en silencio; después volvió el rostro haciendo un esfuerzo, y miró á Mario:

--¿Sabéis, señor Mario, que me disgustaba que entraseis en aquel jardín? era una tontería, pues precisamente era yo quien os había enseñado la casa, y luego, al fin, bien había de conocer que un joven como vos...

Aquí se detuvo; y saltando por las sombrías transiciones que estaban sin duda en su alma, añadió con sonrisa angustiosa:

--Yo debía pareceros fea, ¿verdad?

Y continuó:

--¡Ya veis, estáis perdido! Ahora nadie va á salir de la barricada. Yo soy quien os ha traído aquí, y vais á morir. ¡Ah! Así lo creo. Y sin embargo cuando vi que os apuntaban puse mi mano en la boca del fusil. ¡Cosa rara! Pero es que quería yo morir antes que vos. Cuando recibí el balazo, me arrastré hasta aquí; no me han visto, y no me han recogido. Yo os esperaba á vos, y me decía: ¿Y no vendrá?

«¡Oh! ¡Si supierais! Me mordía la blusa; ¡sufría tanto! Pero ahora estoy bien.

«¿Recordáis aquel día que entré en vuestro cuarto y me miré en vuestro espejo, y el día que volví á encontraros en el boulevard dónde estaban trabajando unas mujeres? ¡Cómo cantaban los pájaros! No hace mucho tiempo. Me disteis cien sueldos y os contesté: No quiero vuestro dinero. ¿Recogisteis la moneda? Vos no sois rico, y no me acordé de deciros que la cogieseis. Hacía un sol hermoso; no se sentía frío. ¿Os acordáis, señor Mario? ¡Oh! ¡Qué feliz soy! ¡Todo el mundo va á morir!

Eponina tenía un aspecto insensato, grave, extraviado. Por entre la blusa desgarrada se veía su garganta desnuda. Al mismo tiempo que hablaba, apoyaba la mano herida sobre el pecho, donde tenía otro agujero, del cual salían á intervalos borbotones de sangre como el chorro de vino de un tonel destapado.

Mario contemplaba aquella infortunada criatura con profundo dolor.

--¡Oh!--repuso ella de súbito.--¡Me repite otra vez! ¡Me ahogo!

Cogió la blusa y la mordió; sus piernas se estiraban sobre el pavimento.

En aquel instante la voz de pollo del pequeño Gavroche resonó en la barricada. El muchacho se había subido sobre una mesa para cargar el fusil, y cantaba alegremente esta canción, tan popular en aquella época:

En viendo á Lafayette Los gendarmes decían: ¡Salvémonos! ¡salvémonos! ¡salvémonos!

Eponina se incorporó, y escuchó; después dijo en voz baja:

--¡Es él!

Y volviéndose hacia Mario:

--Ahí está mi hermano. No hay necesidad de que me vea; me regañaría.

--¿Vuestro hermano?--preguntó Mario, que estaba pensando allá dentro de su dolorido y amargo corazón en los deberes que su padre le había legado con respecto á los Thénardier.--¿Quién es vuestro hermano?

--Este chiquillo.

--¿El que canta?

--Sí.

Mario hizo un movimiento.

--¡Oh! ¡No os vayáis!--dijo ella.--¡Ahora ya no será esto muy largo!

Estaba casi sentada; pero su voz era débil, interrumpida ya por el estertor.

Acercaba cuanto podía su rostro al rostro de Mario, y añadió con cierta extraña expresión:

--Escuchad, no quiero en verdad haceros una broma; tengo en el bolsillo una carta para vos desde ayer. Me habían encargado que la echara al correo, y me la he guardado, no queriendo que la recibierais. Pero tal vez me guardaríais rencor cuando dentro de poco nos volvamos á ver. Los que se mueren vuelven á verse ¿verdad? Tomad vuestra carta.

Cogió convulsivamente la mano de Mario con la suya herida, aunque parecía no sentir dolor, y llevóla al bolsillo de la blusa.

Mario tocó realmente un papel.

--Tomadla,--dijo ella.

Mario sacó la carta.

Entonces Eponina hizo un movimiento de satisfacción y alegría.

--Ahora, por mi trabajo, prometedme...

Y se detuvo.

--¿Qué?--preguntó Mario.

--¡Prometédmelo!

--Os lo prometo.

--Prometedme darme un beso en la frente cuando haya muerto. Yo lo sentiré.

Dejó caer su cabeza sobre las rodillas de Mario, y sus párpados se cerraron.

Él creyó que aquella pobre alma había ya partido.

Eponina continuaba inmóvil; pero de repente, en el momento en que Mario la creía dormida para siempre, abrió lentamente los ojos, apareciendo en ellos la sombría profundidad de la muerte, y le dijo con un acento, cuya dulzura parecía venir ya de otro mundo.

--Mirad, señor Mario, creo que estaba un poco enamorada de vos.

Trató todavía de sonreír, y espiró.

VII =Gavroche, profundo calculador de distancias=

Mario cumplió su promesa, dando un beso en aquella frente lívida, en la que perleaba un sudor glacial.

Aquel beso no era una infidelidad á Cosette; era un adiós reflexivo y dulce á un alma desgraciada.

Mario no había podido tocar sin estremecerse la carta que Eponina le había dado; comprendió desde luego que encerraba algo grave, y estaba impaciente por leerla.

Así es el corazón del hombre; no había apenas cerrado los ojos la desventurada muchacha, cuando Mario no pensaba ya sino en desdoblar aquel papel. Separó suavemente á Eponina, dejándola en el suelo, y se fué.

Algo interior le decía que no podía leer la carta delante de aquel cadáver.

Acercóse á una vela de la sala baja.

Era un billetito doblado y cerrado con ese distinguido esmero de las mujeres. Las señas de letra de mujer eran éstas:

«Al señor Mario Pontmercy, en casa Courfeyrac, calle de la Verrerie, número 16».

Abrió el sobre, y leyó:

«Mi amado bien: ¡ay! mi padre quiere que partamos inmediatamente. Estaremos esta noche en la calle del Hombre Armado, número 7, y dentro de ocho días en Inglaterra.--COSETTE--4 de junio».

Tal era la inocencia de estos amores, que Mario no conocía aún la letra de Cosette.

Lo que había pasado puede decirse en breves palabras.

Eponina lo había hecho todo.

Desde la noche del 3 de junio tuvo dos proyectos: hacer fracasar el golpe que intentaban dar su padre y los bandidos en la casa de la calle Plumet, y separar á Mario de Cosette.

Había cambiado de harapos con el primer granuja que encontró, á quien le pareció muy divertido vestirse de mujer mientras Eponina se vestía de hombre.

Ella era quien había dado á Juan Valjean, en el Campo de Marte, el aviso expresivo de: Mudaos.

Juan Valjean había vuelto á su casa, y dicho á Cosette:

--Nos vamos esta noche á la calle del Hombre Armado con Santos, y la semana que viene estaremos en Londres.

Cosette, aterrada con este golpe imprevisto, había escrito apresuradamente dos líneas á Mario.

Pero ¿cómo hacer para echar la carta al correo? Ella no salía sola, y la tía Santos, extrañando tal encargo, si se le hubiese dado, de seguro habría enseñado la carta al señor Fauchelevent.

En esta ansiedad, Cosette había visto á través de la verja á Eponina, vestida de hombre, que andaba rondando sin cesar alrededor del jardín.

Cosette llamó á «aquel joven obrero» y dándole cinco francos y la carta, le dijo: «Llevad enseguida esta carta á su destino».

Y Eponina se guardó la carta en el bolsillo.

Al día siguiente, 5 de junio, fué á casa de Courfeyrac á preguntar por Mario, no para entregarle la carta, sino «para ver», cosa que comprenderá toda alma celosa y enamorada.

Allí esperó á Mario ó á Courfeyrac, siempre «para ver». Y cuando éste le dijo: «Vamos á las barricadas», se le ocurrió de repente una idea: buscar aquella muerte como habría buscado otra cualquiera, precipitando en ella á Mario.

Siguió pues, á Courfeyrac, se informó del sitio en que levantaban la barricada; y como estaba segura de que Mario acudiría, como todas las noches, á la cita, puesto que no había recibido la carta, fué á la calle Plumet, esperó á Mario, y le dió, en nombre de sus amigos, aquel aviso, pensando llevarle á la barricada.

Contaba con la desesperación de Mario cuando no encontrase á Cosette, y no se engañaba.

Volvió enseguida á la calle de la Chanvrerie, donde ya hemos visto lo que había hecho.

Murió con esa alegría trágica, propia de los corazones celosos que arrastran en su muerte al ser amado, diciendo: «¡Nadie le poseerá!».

Mario cubrió de besos la carta de Cosette.

¡Ella le amaba pues!... Por un momento creyó que ya no debía morir; pero después se dijo: «Se marcha; su padre la lleva á Inglaterra, y mi abuelo me niega el permiso para casarme. En nada ha cambiado la fatalidad».

Comprendió, pues, que le quedaban dos deberes que cumplir: informar á Cosette de su muerte y enviarle un supremo adiós, salvando de la catástrofe inminente que se preparaba á aquel pobre muchacho, hermano de Eponina é hijo de Thénardier.

Llevaba consigo su cartera, la misma en que había escrito tantos pensamientos de amor para Cosette, arrancó una hoja y escribió con lápiz estas líneas:

«Nuestro casamiento era imposible. He hablado á mi abuelo y se opone. Yo no tengo bienes ni tú tampoco. He ido á tu casa y no te he hallado; ya sabes la palabra que te di, y la cumplo. Voy á morir. Te amo. Cuando leas estas líneas, mi alma estará cerca de ti, y te sonreirá».

No teniendo con qué cerrar la carta, dobló sólo el papel, y puso estas señas:

Á la señorita Cosette Fauchelevent, en casa del señor Fauchelevent, calle del Hombre Armado, número 7.

Doblada la carta, permaneció un momento pensativo; volvió á coger su cartera, la abrió y escribió con el mismo lápiz en la primera página estas otras líneas:

«Me llamo Mario Pontmercy. Que lleven mi cadáver á casa de mi abuelo Guillenormand, calle de las Hijas del Calvario, número 6, en el Marais».

Guardó la cartera otra vez en el bolsillo de la levita, y llamó á Gavroche.

El pilluelo acudió á la voz de Mario con semblante alegre y servicial.

--¿Quieres hacer algo por mí?

--Todo lo que queráis,--dijo Gavroche.--¡Dios santo! á no ser por vos me hubieran frito.

--¿Ves esta carta?

--Sí.

--Tómala, sal de la barricada al instante--(Gavroche inquieto empezó á rascarse la oreja), y mañana por la mañana la llevarás adonde dice el sobre, á la señorita Cosette, en casa del señor Fauchelevent, calle del Hombre Armado, número 7.

El heroico muchacho contestó:

--¡Está bien! Pero... durante este tiempo podrán tomar la barricada, y yo no estaré aquí.

--No atacarán la barricada hasta el amanecer, según todas las apariencias, y no será tomada hasta el medio día.

El nuevo respiro que los sitiadores concedían á la barricada se prolongaba en efecto; era una de las intermitencias frecuentes en los combates nocturnos, que van siempre seguidas de doble encarnizamiento.

--¿Y si yo llevase la carta mañana por la mañana?

--Sería tarde. La barricada será probablemente bloqueada; se cerrarán todas las calles, y no podrás salir. Ve enseguida.

Gavroche no encontró nada que replicar; quedó indeciso y rascándose la oreja tristemente. De repente, con uno de esos movimientos de pájaro que le eran propios, cogió la carta, diciendo:

--Está bien.

Y salió corriendo por la calle Mondetour.

Se le había ocurrido una idea, que le había decidido, pero que se había callado, temeroso de que Mario le hiciese alguna objeción.

He aquí la idea:

--Apenas es aún media noche; la calle del Hombre Armado no está lejos; voy á llevar la carta desde luego y estaré de vuelta oportunamente.

LIBRO DECIMOQUINTO LA CALLE DEL HOMBRE ARMADO

I =Carta canta=

¿Qué son las convulsiones de una ciudad al lado de las conmociones del alma? El hombre es una profundidad mayor aún que el pueblo.

Juan Valjean en aquel momento sentía en su interior una revolución violenta.

El abismo se había vuelto á abrir para él y temblaba como París en el umbral de un cambio formidable y obscuro.

Algunas horas habían bastado para que su destino y su conciencia se cubriesen de opacas sombras.

Y podía decirse de él como de París: los dos principios se encuentran frente á frente: el ángel de la luz y el ángel de la noche van á luchar cuerpo á cuerpo al borde del abismo.

¿Cuál de ellos precipitará al otro? ¿Quién vencerá á quién?

La víspera de aquel día, Juan Valjean, acompañado de Cosette y de la tía Santos, se había instalado en la calle del Hombre Armado; allí le esperaba una nueva peripecia.

Cosette no había abandonado la calle Plumet sin cierta resistencia.

La primera vez, desde que vivían juntos, la voluntad de Cosette y la de Juan Valjean se habían presentado distintas; y si no chocado, se habían contradicho al menos. Hubo objeciones por un lado, é inflexibilidad tenaz por otro.

El brusco consejo: Mudaos, lanzado por un desconocido á Juan Valjean, le había alarmado hasta el punto de hacerle absoluto; se creía ya descubierto y perseguido.

Cosette había tenido que ceder.

Ambos habían llegado á la calle del Hombre Armado sin desplegar los labios, sin hablar una palabra, absortos cada uno en su meditación particular; Juan Valjean tan inquieto, que no veía la tristeza de Cosette, y Cosette tan triste, que no veía la inquietud de Juan Valjean.

Juan Valjean había mandado seguirle á la tía Santos, lo cual no había hecho él nunca en sus ausencias anteriores; preveía quizá que no había de volver á la calle Plumet, y no podía, ni dejarla á ella detrás de sí, ni decirle su secreto, aunque la creía fiel y reservada; pues desde la criada á la señora, la traición empieza por la curiosidad.

Pero la tía Santos, como si estuviese predestinada á servir á Juan Valjean, no era curiosa.

Decía en medio de su tartamudez, en su lenguaje de aldeana de Barneville: «Yo soy así; hago lo mío, pues nada tengo que ver con lo demás».

En aquella mudanza de la calle Plumet, que había sido casi una huida, Juan Valjean no había llevado más que la maletita embalsamada bautizada por Cosette con el nombre de inseparable.

Otros bultos habrían exigido mozos, y los mozos son testigos; había mandado ir un coche á la puerta de la calle de Babilonia, y en él se habían trasladado.

Solamente la tía Santos, aunque difícilmente, consiguió permiso para empaquetar alguna ropa blanca, vestidos, y unos pocos objetos de tocador.

Cosette no había llevado más que su pupitre y su cartapacio.

Juan Valjean, para hacer mayor la soledad y la sombra de aquella desaparición, no había querido dejar el pabellón de la calle Plumet hasta la caída de la tarde, lo cual había dado tiempo á Cosette para escribir su esquelita á Mario.

Cuando llegaron á la calle del Hombre Armado, era ya cerrada la noche.

Se habían acostado silenciosamente.

La nueva habitación estaba situada en un patio interior; era un segundo piso, compuesto de dos alcobas, un comedor y una cocina al lado del comedor, con un camarachón, en que había un catre de tijera, que se destinó para la tía Santos.

El comedor era al propio tiempo recibimiento, y separaba las dos alcobas; la habitación tenía todos los muebles necesarios.

La confianza se apodera de nosotros como la inquietud; tal es la naturaleza humana.

Apenas llegó Juan Valjean á la calle del Hombre Armado, disminuyó su ansiedad, y fué disipándose por grados.

Hay sitios de calma que obran como mecánicamente sobre el espíritu.

La calle era obscura, los vecinos pacíficos, y Juan Valjean sintió una especie de contagio de tranquilidad en aquella callejuela del antiguo París, tan estrecha, que estaba cerrada á los coches por una viga trasversal, sostenida por dos estacas; sorda y muda en medio del rumor de la ciudad, con luz crepuscular en medio del día, é incapaz de emociones, por así decirlo, entre sus dos filas de altos edificios seculares, que se callan como viejos que son.

Hay en aquella calle cierto olvido estancado.

Juan Valjean respiró. ¿Cómo habían de poder encontrarle allí?

Su primer cuidado fué poner el inseparable á su lado.

Durmió bien. Dícese que la noche aconseja, y puede añadirse que tranquiliza.

Á la mañana siguiente se despertó casi alegre. Parecióle muy bonito el comedor, que era feo, y estaba amueblado con una antigua mesa redonda, un aparador bajo con un espejo inclinado encima, un sofá apolillado, y algunas sillas, en que estaban los paquetes que había hecho la tía Santos.

En uno de ellos se descubría por la abertura, el uniforme de guardia nacional de Juan Valjean.

En cuanto á Cosette, había mandado á la Santos que le llevara un caldo á su cuarto, y no se la vió hasta por la tarde.

Á eso de las cinco, Santos, que iba y venía muy ocupada en sus quehaceres, puso en la mesa del comedor un ave fiambre, que Cosette, por deferencia á su padre, consintió en mirar.

Hecho esto, Cosette, pretextando una jaqueca persistente, había dado las buenas noches á Juan Valjean, y se había encerrado en su alcoba.

Juan Valjean había comido un alón con apetito; y apoyado de codos sobre la mesa, serenándose poco á poco, iba recobrando su antigua serenidad.

Mientras hacía esta sobria comida, había oído confusamente dos ó tres veces el tartamudeo de la tía Santos, como diciendo:

--Señor, hay revoltina; andan á tiros por estas calles.

Pero absorto en una multitud de combinaciones interiores, no había hecho caso; ó por mejor decir, no lo había oído.

Se levantó y comenzó á pasear de la puerta á la ventana y de la ventana á la puerta, cada vez más tranquilizado.

Con la calma, iba reapareciendo también en su imaginación Cosette, su único pensamiento.

No porque le inquietase aquella jaqueca, crisis nerviosa de poca importancia, desazón de muchacha, nube de momento, que podía durar uno ó dos días, sino que pensaba en el porvenir, y como siempre, pensaba con dulzura; y no veía ningún obstáculo para que la vida feliz recobrase su curso.

Hay horas en que todo parece imposible, como las hay en que todo parece fácil.

Juan Valjean atravesaba una de esas horas buenas, que suelen venir después de las horas tristes, como el día después de la noche, por la sencilla ley de sucesión y del contraste que está en la esencia misma de la naturaleza, y que los hombres superficiales, no sabiendo qué nombre darles, llaman antítesis.

En aquella calle pacífica donde se había refugiado Juan Valjean se desprendía de todo lo que le había turbado durante algún tiempo.

Por lo mismo que había visto muchas tinieblas, empezaba á descubrir un poco la luz.

Haber abandonado la calle Plumet sin complicaciones ni incidentes, era haber ya dado un gran paso.

Tal vez sería conveniente alejarse por algún tiempo, é ir á Londres.

Pues bien, iría; ¿qué más le daba estar en Francia que en Inglaterra, con tal de tener á su lado á Cosette?

Cosette era su patria; bastaba á su felicidad; la idea de que él no fuese suficiente para la felicidad de Cosette, idea que en otro tiempo había sido su pesadilla y su fiebre, ni aun se presentaba entonces á su ánimo.

Estaba, puede decirse, en el amortiguamiento de todos sus pasados dolores, en pleno optimismo.

Teniendo á Cosette á su lado parecíale que era suya; efecto de óptica que todo el mundo ha experimentado.

Arreglaba en sí mismo con toda facilidad el viaje á Inglaterra con Cosette; veía elaborarse su felicidad, no importaba dónde, allá en las perspectivas de su fantasía.

Mientras se paseaba lentamente de un lado á otro, su mirada se fijó en una cosa extraña.

Vió enfrente de sí, en el espejo inclinado sobre el aparador, y leyó claramente estas líneas:

«Mi amado bien: ¡ay! mi padre quiere que partamos inmediatamente. Estaremos esta noche en la calle del Hombre Armado, número 7, y dentro de ocho días en Inglaterra.--COSETTE--4 de junio».

Juan Valjean se detuvo sobresaltado y atónito.

Cosette, al llegar, había puesto el cartapacio sobre el aparador, delante del espejo, y en su dolorosa agonía lo había olvidado, sin notar que lo dejaba abierto precisamente por la hoja de papel secante, sobre la cual había apoyado para secar los renglones escritos por ella, y que había encomendado al muchacho que pasaba por la calle Plumet.

Lo escrito había quedado marcado en el papel secante.

El espejo reflejaba la escritura.

Resultaba lo que se llama en geometría la imagen simétrica, de tal modo, que la escritura al revés sobre el papel se presentaba al derecho en el espejo; así es que Juan Valjean tenía delante de sí la carta escrita durante la víspera por Cosette á Mario.

Era una cosa tan sencilla como terrible.

Juan Valjean se dirigió al espejo, volvió á leer aquellas líneas, pero no lo creyó; le parecía que se le presentaban á la luz del delirio. Era una alucinación, una cosa imposible; aquello no existía.

Poco á poco fué precisándose su percepción, miró el cartapacio de Cosette, y recobró el sentimiento de la realidad.

Tomólo en la mano y dijo:

--De aquí proviene eso.

Examinó convulsivamente los renglones estampados en el papel secante; pero lo escrito al revés formaba tales garabatos confusos, que no dió con el sentido.

Entonces dijo para sí:

--Esto no significa nada; no hay aquí nada escrito.

Y respiró, lleno de aliento todo el pecho, con indecible alivio.

¿Quién no ha tenido esas necias alegrías en momentos horribles?

El alma no se entrega á la desesperación sin haber agotado antes todas las ilusiones.

Tenía el cartapacio en la mano y contemplándolo, en un estado de feliz estupidez, casi dispuesto á reirse de la alucinación de que había sido víctima.

De repente su mirada cayó de nuevo sobre el espejo, y se le presentó otra vez la visión.

Aquellos renglones se dibujaban con una claridad inexorable.

Esta vez no era ya una ilusión. La reincidencia de una visión es una realidad; era aquello palpable: era la escritura reflejada al derecho en el espejo.

Todo lo comprendió.

Juan Valjean vaciló, soltó el cartapacio y se dejó caer en el viejo sillón, al lado del aparador, con la cabeza abatida y las pupilas vidriosas y extraviadas.

Se dijo que aquello era evidente, que la luz del mundo se le había eclipsado para siempre, que Cosette había escrito aquello á alguien, y entonces oyó á su alma, convertida en fiera, lanzar, en medio de las tinieblas, un sordo rugido.

¡Idle pues á quitar al león el perro que tiene en su jaula!

¡Cosa extraña y triste! En aquel momento Mario no había recibido aún la carta de Cosette, y ya la traidora casualidad se la había dado á Juan Valjean.

Hasta aquel día ninguna prueba había sido bastante poderosa á vencer á Juan Valjean.

Se había visto sometido á pruebas horribles; la desgracia había sido pródiga con él; la ferocidad de la suerte, armada con todas las venganzas y con todos los desprecios sociales, le había hecho su víctima encarnizándose en él.

Pero Juan Valjean no había retrocedido ni decaído ante nada; había aceptado por necesidad todos los extremos; había sacrificado su inviolabilidad de hombre reconquistada, entregado su libertad, arriesgado su cabeza; lo había perdido, lo había sufrido todo, y había permanecido desinteresado y estoico, hasta el punto de habérsele podido considerar á veces fuera de sí mismo como un mártir.

Su conciencia, aguerrida en todos los asaltos posibles de la adversidad, parecía inaccesible.

Pero á la sazón, cualquiera que hubiese podido ver su fuero interno, habría augurado que fácilmente aquella conciencia flaqueaba.

Y es que de todas las torturas que había sufrido en aquel prolongado interrogatorio á que le sometía el destino, era ésta la más terrible.

Jamás le habían asido tenazas semejantes. Experimentaba el sacudimiento misterioso de todas las sensibilidades latentes; sentía el atenazamiento de fibras desconocidas.

¡Ay! La prueba suprema, ó mejor dicho, la prueba única, es la pérdida del ser amado.

El pobre anciano Juan Valjean no amaba ciertamente á Cosette sino como un padre; pero ya lo hemos hecho notar anteriormente, en aquella paternidad, la viudez misma de su vida había mezclado todos los amores; amaba á Cosette como hija; amábala como madre, como hermana; y como nunca había tenido ni amante, ni esposa; como la naturaleza es un acreedor que no acepta ninguna excusa, este sentimiento, también el más necesario de todos, se había mezclado vagamente con los demás, sin conocerlo, puro con la pureza de la ceguedad, inconsciente, celestial, angélico, divino; más bien como instinto que como sentimiento; y aún más que como instinto, como un atractivo imperceptible é invisible, pero real.

El amor, propiamente dicho, se hallaba en su gran ternura para Cosette, como el filón de oro en la montaña, tenebroso y virgen.

Recuérdese la pintura que ya hemos bosquejado de ésa su actitud de corazón.

Entre ambos no era posible unión alguna, ni aún la de las almas; y sin embargo, ello es cierto que sus destinos estaban ligados en consorcio.

Exceptuando á Cosette; es decir, una infancia, Juan Valjean no había conocido en toda su larga vida nada de lo que se puede amar.

Las pasiones y los amores que se suceden no habían producido en él esos verdes matices sucesivos, verde tierno sobre verde sombrío, que se notan en las hojas que han pasado al invierno, y en los hombres que han pasado de los cincuenta.

En suma; toda esa fusión interior, como ya hemos insistido en ello varias veces, todo ese conjunto, cuya resultante era una gran virtud, acababa por hacer de Juan Valjean un padre para Cosette, padre extrañamente formado del abuelo, del hijo, del hermano y del marido; padre en que había hasta una madre; padre que amaba y adoraba á Cosette, y que tenía aquella hija como su luz, su morada, su familia, su patria, su paraíso.

Así, cuando vió que todo estaba decididamente concluido, que se le escapaba, que se le deslizaba de las manos, que se perdía, que era como una nube, como agua que se evaporaba; cuando tuvo ante los ojos esta evidencia terrible: «Otro es el objeto de su corazón, otro el deseo de su vida; tiene su amado, y yo no soy más que su padre, yo no existo ya»; cuando no pudo dudar más, cuando se dijo: «¡Se va de mí!» el dolor que experimentó traspasó los límites de lo posible.

¡Haber hecho todo lo que había hecho para ir á parar en aquello! ¡Cómo, pues! ¡Á no ser nada!

Entonces, según acabamos de decir, se estremeció de pies á cabeza, sublevándose consigo mismo. Sintió hasta en la raíz de sus cabellos que se despertaba el egoísmo, y el yo bramó en el abismo de su conciencia.

Hay derrumbamientos interiores. La certidumbre de la desesperación no penetra en el hombre sin separar y romper ciertos elementos profundos, que son alguna vez el hombre mismo.

El dolor, cuando llega á ese punto, es un grito de alarma para todas las fuerzas de la conciencia.

Entonces se verifican las crisis fatales, y pocos salen de ella semejantes á sí mismos y firmes en el deber.

Cuando se desborda el límite del padecimiento, llegan á desconcertarse las virtudes más imperturbables.

Juan Valjean volvió á tomar el cartapacio, y se convenció de nuevo, permaneciendo inclinado y como petrificado sobre aquellas líneas irrecusables, fija la vista, formándose en su interior tal nube, que no parecía sino que se derrumbaba toda su alma.

Examinó aquella revelación, á través del aumento que le prestaba la fantasía, con una tranquilidad aparente y terrible; porque la tranquilidad del hombre es espantosa cuando llega á la frialdad de la estatua.

Midió el gran paso que su destino había dado sin que él lo sospechara; recordó sus temores del verano anterior tan locamente disipados; reconoció el precipicio; seguía siendo el mismo, con la diferencia de que Juan Valjean no estaba ya á la orilla, sino en el fondo.

¡Cosa inaudita y dolorosa! había caído sin notarlo.

Se había apagado toda luz de su vida, mientras él creía estar viendo el sol.

Su instinto no vaciló un momento. Reunió ciertas circunstancias, ciertas fechas, ciertos rubores y palideces de Cosette, y se dijo: «Es él».

La adivinación del hombre desesperado es una especie de arco misterioso que siempre da en el blanco.

Desde su primera conjetura esperaba encontrarse con Mario; no sabía su nombre, pero dió al instante con él. Descubrió claramente, en el fondo de la implacable evocación del recuerdo, al desconocido rondador del Luxemburgo, á aquel miserable buscador de amoríos, á aquel haragán de novela, á aquel imbécil, á aquel cobarde, porque es una cobardía el ir á hacer guiños de ternura á las muchachas que tienen á su lado un padre que las ama.

Luego de haber comprobado que en el fondo de aquella situación existía aquel joven, y que todo venía de ello, Juan Valjean, el hombre regenerado, el hombre que había trabajado tanto por su alma, el hombre que había hecho tantos esfuerzos para convertir toda la vida, toda la miseria y toda la desgracia en amor, miró dentro de sí mismo, y vió un espectro: el Odio.

Los grandes dolores llevan el decaimiento en sí mismos. Descorazonan el ser. El hombre en quien penetran siente desaparecer algo de su interior. En la juventud, su visita es lúgubre; más tarde es siniestra.

¡Ay! Si cuando la sangre está caliente, cuando son negros los cabellos, cuando la cabeza se endereza sobre el cuerpo como la llama sobre la antorcha; cuando la rueda del destino tiene todavía todo su espesor; cuando el corazón, lleno de amor apetecible, tiene aún latidos que pueden ser correspondidos; cuando se tiene delante de sí tiempo de reparar; cuando se ofrecen á la vista todas las mujeres, todas las sonrisas, todo el porvenir y todo el horizonte; si cuando la fuerza de la vida está completa, la desesperación es una cosa terrible, ¿qué será en la vejez cuando los años se precipitan cada vez más pálidos, en la triste hora crepuscular en que comienzan á verse las estrellas de la tumba?

Durante esta meditación, entró la tía Santos.

Juan Valjean se levantó y la preguntó:

--¿En dónde pasa esto? ¿Lo sabéis?

Santos, estupefacta, sólo pudo responderle:

--¿Os gusta?

--¿No me habéis dicho hace un momento que están batiéndose?--repuso él.

--¡Ah! Sí, señor. Hacia San Merry.

Hay movimientos maquinales que proceden, sin que lo sepamos, de nuestros pensamientos más profundos.

Sin duda, á impulsos de un movimiento de este género, y del que apenas tuvo conciencia, se halló Juan Valjean en la calle cinco minutos después.

Estaba con la cabeza descubierta, sentado en el poyo de la puerta de su casa, pareciendo escuchar.

Era ya de noche.

II =El pilluelo enemigo de las luces=

¿Cuánto tiempo pasó así? ¿Cuáles fueron los flujos y reflujos de aquella meditación trágica? ¿Se reanimó ó permaneció abatido? ¿Le encorvó el dolor hasta la ruptura? ¿Pudo levantarse aún, y sentar el pie en su conciencia sobre algo sólido?

Ni él mismo hubiera podido decirlo probablemente.

La calle estaba desierta. Algunos vecinos inquietos que volvían rápidamente á sus casas apenas le vieron.

En los momentos de peligro, cada uno mira sólo para sí.

El farolero vino, como siempre, á encender el farol, que estaba colocado precisamente enfrente de la puerta del número 7, y se fué.

Si alguien hubiese examinado á Juan Valjean en aquella sombra, no le hubiera creído vivo.

Estaba así sentado en el umbral de la puerta, inmóvil como una larva de hielo. En la desesperación siéntese cierta congelación.

Oíase el toque de rebato y varios rumores tempestuosos.

En medio de todas aquellas convulsiones de la campana mezclada con el motín, el reloj de San Pablo dió gravemente las once sin apresurarse, porque el toque de rebato es el hombre y la hora es Dios.

El sonido del reloj no causó el menor efecto en Juan Valjean; no se movió.

Pero poco después oyó una violenta detonación por el lado del Mercado; al poco rato la siguió otra más violenta aún; era probablemente el ataque de la barricada de la calle de Chanvrerie, que, según hemos visto, fué rechazado por Mario.

Al oir estas dos descargas, cuya furia parecía crecer con el estupor de la noche, Juan Valjean tembló; levantóse mirando hacia el sitio de donde venía el ruido, y después cayó sobre el poyo, cruzó los brazos, dejando caer lentamente la cabeza sobre el pecho.

Así prosiguió su tenebroso diálogo consigo mismo.

De repente levantó los ojos; alguien andaba por la calle; oía los pasos muy cerca; miró á la luz del farol, y por el lado de la calle que va á los Archivos descubrió una figura lívida, joven y alegre.

Gavroche acababa de entrar en la calle del Hombre-Armado.

Iba mirando al aire como buscando algo. Veía perfectamente á Juan Valjean, pero sin hacerle el menor caso.

Gavroche, después de haber mirado al aire, miraba al suelo; andaba de puntillas, tocando las puertas y las ventanas del piso bajo. Todas estaban cerradas con barras y cerrojo.

Después de haber reconocido cinco ó seis puertas cerradas de este modo, el pilluelo se encogió de hombros, y entró en materia, consigo mismo, en estos términos:

--¡Pardiez!

Y volvió á mirar al aire.

Juan Valjean, que un momento antes, en la situación de alma en que estaba, no hubiese preguntado ni respondido á nadie, se sintió irresistiblemente impulsado á dirigir la palabra á aquel muchacho:

--Chiquillo,--le dijo,--¿qué es lo que tienes?

--Tengo hambre,--contestó secamente Gavroche; y añadió:--el chiquillo seréis vos.

Juan Valjean metió la mano en el bolsillo, y sacó una moneda de cinco francos.

Pero Gavroche que pertenecía á la familia de las nevatillas, y que pasaba rápidamente de un gesto á otro, acababa de coger una piedra. Acababa de ver el farol.

--¡Calle!--exclamó.--¿Tenéis todavía faroles por aquí? No estáis por cierto en regla, amigos míos. Esto es un desorden. Reparad eso.

Y tiró la piedra al farol, cayendo los vidrios con tanto estrépito, que los vecinos, ocultos detrás de las cortinas de la casa de enfrente, gritaron:

--¡He aquí el Noventa y tres!

El farol osciló con violencia y se apagó. La calle quedó á obscuras desde luego.

--Esto es, calle vieja,--dijo Gavroche,--ponte el gorro de dormir.

Y volviéndose hacia Juan Valjean, le preguntó:

--¿Cómo se llama ese monumento gigantesco que está allí al cabo de la calle? Los Archivos, ¿verdad? Sería preciso aplastarles un poco la cara á esas columnas bestiales, haciendo con ellas una bonita barricada.

Juan Valjean se acercó á Gavroche.

--¡Pobrecillo!--dijo á media voz y hablando consigo mismo.--Tiene hambre.

Y le puso en la mano la pieza de cien sueldos.

Gavroche levantó los ojos asombrado de la magnitud de aquel gran sueldo; le miró en la obscuridad, y quedó deslumbrado de su blancura.

Conocía de oídas las piezas de á cinco francos, y le gustaba su reputación; quedó pues encantado de ver una tan de cerca, y dijo:

--Contemplemos el tigre.

Miróla extasiado por algunos momentos; pero volvióse luego á Juan Valjean, le alargó la moneda y dijo majestuosamente:

--Ciudadano, me gusta más romper los faroles. Recoged vuestra fiera. Á mí no se me corrompe. Eso tiene garras, pero á mí no me cogen.

--¿Tienes madre?--le preguntó Juan Valjean.

Gavroche respondió:

--Tal vez más que vos.

--Pues bien,--dijo Juan Valjean,--guarda ese dinero para tu madre.

Gavroche se sintió conmovido. Además, había notado que el hombre que le hablaba no llevaba sombrero, y esto le inspiraba confianza.

--¿De veras no es esto para que no rompa los faroles?

--Rompe todo lo que quieras.

--Sois todo un hombre,--dijo Gavroche.

Y se guardó la moneda en el bolsillo.

Aumentándose así su confianza, preguntó:

--¿Sois de esta calle?

--Sí, ¿por qué?

--¿Podríais indicarme el número 7?

--¿Para qué buscas el número 7?

El muchacho se detuvo; temió haber dicho demasiado, y se metió enérgicamente los dedos entre el pelo, limitándose á responder:

--¡Ah! Para saberlo.

Una idea súbita atravesó la mente de Juan Valjean. La angustia tiene momentos de lucidez. Así fué que le dijo al muchacho:

--¿Eres tú el que me traes una carta que estoy esperando?

--¡Vos!--exclamó Gavroche.--Vos no sois mujer.

--La carta es para la señorita Cosette, ¿no es eso?

--¿Cosette?--murmuró Gavroche.--Sí, creo que es ese el nombre.

--Pues bien,--añadió Juan Valjean;--yo soy quien tengo que entregarle la carta. Dámela.

--¿En ese caso, debéis saber que vengo de la barricada?

--Sin duda,--dijo Juan Valjean.

Gavroche metió la mano en uno de sus bolsillos, y sacó un papel plegado en cuatro dobleces.

Luego hizo un saludo militar, diciendo:

--Respétese el despacho; viene del gobierno provisional.

--Dámelo,--repitió Juan Valjean.

Gavroche tenía el papel en la mano levantado sobre su cabeza.

--No creáis que es un billete amoroso; es para una mujer, pero es para el pueblo. Nosotros peleamos, pero respetamos al bello sexo. No somos como en el gran mundo, donde hay señores leones que mandan pollitos á los camellos.

--Dame, pues.

--En verdad,--continuó Gavroche,--me parecéis tener todo el aspecto de un buen hombre.

--Dámela pronto.

--¡Tomad!

Y entregó el papel á Juan Valjean.

--Y despachaos, señor Cosa; porque la señorita Cosilla está esperando.

Gavroche se quedó muy satisfecho de aquel juego de palabras.

Juan Valjean repuso:

--¿Hay que llevar la respuesta á San Merry?

--Haríais entonces un pan como unas hostias,--exclamó Gavroche.--Esta carta viene de la barricada de la Chanvrerie, y allá me vuelvo. Buenas noches, ciudadano.

Y diciendo y haciendo se fué, ó mejor dicho, voló como un pájaro escapado hacia el sitio de donde había venido.

Se sumergió en la obscuridad como si abriese en ella un agujero con la rígida rapidez de un proyectil.

La callejuela del Hombre Armado quedó silenciosa y solitaria; en un abrir y cerrar de ojos, aquella extraña criatura, que participaba de la sombra y del sueño, penetró en la bruma por entre aquellas filas de casas negras, perdiéndose como el humo en las tinieblas; y hubiera podido creerse que se había disipado completamente, si algunos minutos después el ruido de un vidrio roto y el estruendo de un farol cayendo al suelo, no hubiese despertado nuevamente á los burgueses indignados.

Era Gavroche que pasaba por la calle del Chaume.

III =Durante el sueño de Cosette y Santos=

Juan Valjean volvió á entrar en la casa con la carta de Mario.

Subió la escalera á tientas, satisfecho de las tinieblas como un búho que lleva ya su presa; abrió y cerró suavemente la puerta, escuchó si se oía algún ruido, se aseguró de que, según todas las apariencias, Cosette y Santos dormían, consumió tres ó cuatro pajuelas fosfóricas, de aquellas antiguas, antes de producir la luz ¡tanto le temblaba la mano! porque había algo de robo en lo que acababa de hacer.

Por fin, encendió la vela, se recostó en la mesa, desdobló el papel, y leyó:

En las emociones violentas, no se lee, se atropella, por así decirlo, el papel; se le oprime como á una víctima; se le estruja; se le clavan las uñas de la cólera ó de la alegría; se corre hacia el fin; se salta al principio; la atención es febril; comprende en conjunto, sobre poco más ó menos, lo esencial; se apodera de un punto, y todo lo demás desaparece.

En la carta de Mario á Cosette, Juan Valjean no vió más que estas palabras:

«...Muero; cuando leas esto, mi alma estará á tu lado».

Al ver ese renglón sintió un deslumbramiento horrible; se quedó un instante como pasmado del cambio de emoción que se verificaba en él; miraba la carta de Mario con una especie de asombro embriagador; tenía ante sus ojos aquel esplendor, la muerte del ser aborrecido.

Dió un terrible grito de alegría interior.

Así pues, todo estaba ya terminado. El desenlace llegaba más presto de lo que él se habría atrevido á esperar.

El ser que oponía un obstáculo á su destino desaparecía, y desaparecía por sí mismo, libremente, de buena voluntad, sin que él hubiera hecho nada para conseguirlo; sin que fuese culpa suya, «aquel hombre» iba á morir; quizá había ya muerto.

Aquí su fiebre comenzó á echar cálculos.

No, no ha muerto todavía. Esta carta ha sido escrita indudablemente para que Cosette la lea mañana por la mañana; después de las dos descargas que he oído entre once y doce no ha habido nada, la barricada no será atacada formalmente hasta el amanecer; pero es igual, desde el momento en que «ese hombre» se ha metido en esa guerra, está perdido; será arrastrado por el engranaje de sus ruedas.

Juan Valjean se sentía desembarazado; iba á encontrarse de nuevo solo con Cosette; cesaba la competencia; empezaba de nuevo el porvenir.

No tenía que hacer más sino guardarse aquella carta en el bolsillo, y Cosette no sabría nunca lo que había sido de «aquel hombre».

«No hay más sino dejar que las cosas se cumplan. Ese hombre no puede escapar. Si no ha muerto ya, es seguro que va á morir. ¡Qué dicha!».

Diciendo todo esto allá en su interior, se puso sombrío.

Bajó y despertó al portero.

Como cosa de una hora después, Juan Valjean salía vestido de guardia nacional y armado.

El portero había encontrado fácilmente en la vecindad con qué completar su equipo.

Llevaba pues un fusil cargado y una cartuchera llena de cartuchos.

Dirigióse hacia los Mercados.

IV =El exceso de celo de Gavroche=

Entretanto, acababa de pasarle una nueva aventura á Gavroche.

Después de haber apedreado al farol de la calle de Chaume, llegó á la de Vieilles-Haudriettes, y no viendo ni «un perro» siquiera, creyó que era buena ocasión de entonar todas las canciones de que era capaz.

Su paso, lejos de acortarse con el canto, se aceleraba.

Y echó á volar á lo largo de las casas dormidas ó aterradas estas coplas incendiarias:

Medita el ave en las sombras, pretendiendo que fué Atala ayer, de un ruso en campaña... Donde van las buenas mozas. Lon la.

Mucho, Perico, alborotas por Mila en noche buena me llamó junto á su reja... Donde van las buenas mozas. Lon la.

Las garbosas picaronas lanzan de sus ojos chispas que acabarán con Orfila. Donde van las buenas mozas. Lon la.

Viva el amor y sus bromas, vivan Inés y Pamela; Lisa ardió dando candela. Donde van las buenas mozas. Lon la.

Dije cuando vi de Concha y Susana la mantilla, entre sus pliegues me líen. Donde van las buenas mozas. Lon la.

Amor, que cubres de rosas á Juana en tu selva amena, mira que así me condenas. Donde van las buenas mozas. Lon la.

Estando á tu espejo, Lola, poniéndote la camisa, el corazón se me iba... Donde van las buenas mozas. Lon la.

Dejando el baile á deshora, mirad á Luz mi lucero, digo á las luces del cielo. Donde van las buenas mozas. Lon la.

Gavroche, al mismo tiempo que cantaba, prodigaba la pantomima.

El gesto es el punto de apoyo del estribillo.

Su semblante, repertorio inagotable de muecas, hacía gestos más convulsivos y fantásticos que las bocas de un lienzo agujereado durante un vendaval.

Desgraciadamente, como estaba solo y era de noche, no era visto ni visible. Existen muchas riquezas perdidas de este jaez. De repente se detuvo, diciendo:

--Interrumpamos la canción.

Acababa de distinguir en el hueco de una puerta cochera lo que se llama en pintura un grupo, es decir, un ser y una cosa; era la cosa un carretón de mano, y el ser un auvernés que dormía en él.

Los brazos del vehículo se apoyaban en el suelo, y la cabeza del auvernés en la tabla del carretón.

Tenía el cuerpo arremolinado en aquel plano inclinado, y los pies tocando al suelo.

Gavroche, con su experiencia de las cosas de este mundo, conoció que estaba borracho.

Era, sin duda, algún mozo de cordel que había bebido demasiado, y dormía demasiado también.

--Ahí se ve,--pensó Gavroche,--para qué sirven las noches de verano. El auvernés se duerme en su carretón; pues yo cojo el carretoncillo para la república y dejo el auvernés á la monarquía.

Habíase iluminado de repente su inteligencia con esta idea:

--Este carretón representaría un buen papel en nuestra barricada.

El auvernés roncaba.

Gavroche separó suavemente el carretón por detrás, y al auvernés por delante, es decir, por los pies, y al cabo de un minuto, el pobre hombre, imperturbable, reposaba de plano sobre el suelo.

El carretoncillo estaba libre.

Gavroche, acostumbrado á hacer frente en todas ocasiones á lo imprevisto, lo llevaba siempre todo consigo; metió la mano en un bolsillo, y sacó un pedazo de papel y una punta de lápiz rojo escamoteado á algún carpintero, y escribió:

«República francesa»: «Recibí tu carretón».

Y firmó: «GAVROCHE».

Hecho esto, puso el papel en el bolsillo del chaleco de pana del auvernés, que seguía roncando; cogió el carretón, y partió hacia el Mercado, empujando el vehículo á gran galope y alborotando en aire triunfal.

Esto era peligroso, porque en la Imprenta Real había un cuerpo de guardia.

Gavroche no pensó en ello.

Aquella guardia la montaban nacionales de las cercanías, que empezaban á despertar, cuyas cabezas iban levantándose sobre las almohadas de las camas de campaña.

Los faroles rotos á pedradas y aquel cantar á gritos, eran cosas demasiado graves en calles tan miedosas como aquéllas, que desean acostarse al ponerse el sol y apagan las luces muy temprano.

Hacía una hora que el pilluelo estaba metiendo en el barrio el mismo alboroto que un moscardón en una botella.

El sargento jefe de la guardia estaba escuchando, y esperaba. Era un hombre prudente.

El estrépito del carretón rodando, llenó la medida de su expectación posible, en vista de lo cual determinó el sargento hacer un reconocimiento, diciendo:

--¡Viene toda una partida! Vayamos despacio.

Era claro que la hidra de la anarquía había salido de su agujero, y se revolvía por el barrio.

El sargento se aventuró á salir fuera del cuerpo de guardia con sordo paso.

De repente Gavroche, empujando su carretón en el instante en que iba á desembocar en la calle de Vieilles Haudriettes, se encontró frente á frente con un uniforme, un chacó, un plumero y un fusil.

Se detuvo por segunda vez, y exclamó:

--¡Calle! ¡Es él! Buenas noches, orden público.

Las admiraciones de Gavroche eran siempre breves, y se pasaban pronto.

--¿Adónde vas, granuja?--gritó el sargento.

--Ciudadano,--dijo Gavroche,--aún no os he llamado señor. ¿Por qué me insultáis?

--¿Adónde vas, renacuajo?

--Señor mío,--respondió Gavroche,--ayer érais tal vez un hombre de talento, pero lo habéis perdido esta mañana.

--Te pregunto ¿que adónde vas, tunante?

Gavroche respondió:

--¡Vaya un modo de hablar! Nadie os concedería los años que tenéis. Deberíais vender vuestros cabellos á cien francos la pieza, y así os ganaríais quinientos francos.

--¿Adónde vas, adónde vas? ¿Adónde vas, bandido?

Gavroche replicó:

--¡Vaya unas palabrotas! La primera vez que os den de mamar, deben limpiaros mejor la boca.

El sargento cruzó la bayoneta.

--¿Me dirás por fin adónde vas, miserable?

--Mi general,--dijo Gavroche,--voy á buscar al comadrón para mi esposa, que está de parto.

--¡Á las armas!--gritó el sargento.

Salvarse con lo mismo que ha sido causa de su perdición, es la sublimidad de los hombres fuertes; Gavroche midió de una ojeada toda la situación; el carretoncillo lo había comprometido; el carretoncillo debía protegerle.

En el momento en que el sargento iba á caer sobre Gavroche, el carretón convertido en proyectil y empujado á toda fuerza, rodaba sobre él con furia, y dándole en medio del vientre lo derribó hacia atrás en el arroyo, al mismo tiempo que se disparaba su fusil en el aire.

Al grito del sargento salieron atropelladamente los que estaban en el cuerpo de guardia; el tiro dió motivo á una descarga general al acaso, después de la cual cargaron los fusiles y empezaron de nuevo el fuego.

Este fuego á la gallina ciega duró un buen cuarto de hora, y mató no pocos cristales.

Entre tanto, Gavroche, que había retrocedido corriendo, se detuvo cinco ó seis calles más allá, y se sentó sofocado en el guarda-cantón de la esquina de la d'Enfants Rouges.

Allí se puso á escuchar.

Después de haber respirado unos instantes, se volvió hacia el sitio donde se oía el fuego graneado, levantó la mano izquierda á la altura de la nariz, y la lanzó tres veces hacia adelante, golpeándose con la derecha en la nuca; gesto soberano en el que la pillería parisiense ha condensado la ironía francesa; y que es evidentemente eficaz, puesto que dura hace ya medio siglo.

Una amarga reflexión turbó aquella alegría.

--Sí,--dijo,--me desternillo, me muero de risa, reviento de gozo; pero pierdo camino, y tengo ahora que dar un rodeo. ¡Mientras llegue á tiempo á la barricada!

Y luego emprendió nuevamente su carrera.

Así corriendo volvió á decir:

--¡Ah! ¿Y dónde estaba yo?

Entonó otra vez su canción, atravesando rápidamente las calles. El canto de Gavroche fué extinguiéndose en las tinieblas.

Pero restan espantosas Bastillas que derribar dentro del orden actual... Donde van las buenas mozas. Lon la.

¿Quién juega á bolos, ó bolas? y el viejo mundo se hundía cuando el gran bolo corría. Donde van las buenas mozas. Lon la.

Vieja plebe bonachona, lanza del Louvre enseguida á la torpe monarquía. Donde van las buenas mozas Lon la.

Las verjas viejas ya rotas, Carlos X se vino abajo al santo suelo rodando. Donde van las buenas mozas. Lon la.

La alarma del cuerpo de guardia no dejó de dar su resultado. El carretón fué conquistado, y el borracho hecho prisionero. El primero fué embargado, y el segundo no dejó de ser perseguido después ante un consejo de guerra como cómplice.

El ministerio público dió pruebas en semejante ocasión de su infatigable celo para la defensa de la sociedad.

La aventura de Gavroche, que se conserva en la tradición del barrio del Temple, es uno de los recuerdos más terribles de los antiguos vecinos del Marais, titulándose en su memoria:

«Ataque nocturno del cuartel de la Imprenta Real».

QUINTA PARTE

JUAN VALJEAN

LIBRO PRIMERO LA GUERRA ENTRE CUATRO PAREDES

I =La Caribdis del arrabal de San Antonio, y la Scila del arrabal del Temple=

Las dos barricadas más memorables que el observador de las enfermedades sociales puede mencionar, no pertenecen al período en que tuvo lugar la acción de este libro. Esas barricadas, símbolo ambas, bajo distintos aspectos, de una terrible situación, surgieron durante la fatal insurrección de junio de 1848, la guerra más grande de las calles que ha visto la historia.

Acontece á veces que, así contra los principios, como contra la libertad, la igualdad y la fraternidad, y aún contra el voto universal, contra el gobierno de todos para todos, desde el fondo de sus descorazonamientos, de sus angustias, de sus desalientos, de su desnudez, de su fiebre, de sus aflicciones, de sus miasmas, de su ignorancia y de sus tinieblas, esa gran desesperada, la canalla protesta, y el populacho da la batalla al pueblo.

Los indigentes atacan el derecho común; la oclocracia se insurrecciona contra el demos.

Son estos días lúgubres, porque existe siempre, en esa misma demencia, cierta parte de derecho; hay algo de suicidio en ese duelo; y estas mismas palabras, que parecen ser otras tantas injurias: indigente, canalla, oclocracia y populacho, prueban ¡ay! antes la culpa de los que reinan, que la de los que sufren; mejor la falta de las clases privilegiadas que la de los desheredados.

Por nuestra parte nunca pronunciamos esas palabras sin dolor y respeto; porque cuando la filosofía sondea los hechos á que corresponden, encuentra en ellos frecuentemente muchas grandezas al lado de las miserias.

Atenas era una oclocracia, los mendigos formaron la Holanda, el populacho salvó muchas veces á Roma, y la canalla seguía á Jesucristo.

No es propio de pensadores dejar de contemplar á veces las magnificencias de abajo.

En esa canalla pensaba sin duda San Jerónimo, en esas pobres gentes, en todos esos vagabundos, en todos esos miserables, de donde salieron los apóstoles y los mártires, cuando dijo esta misteriosa frase: Fex urbis, lex orbis.

Las exasperaciones de la muchedumbre que sufre y mana sangre; sus violencias contrarias á los principios que constituyen su vida; sus atropellos al derecho común, son golpes de Estado populares, y deben ciertamente reprimirse.

El hombre probo se sacrifica á hacerlo, y combate á esa muchedumbre por lo mismo que la ama.

Pero ¡cuán excusable le parece á pesar de combatirla! ¡Cómo la venera á pesar de resistirla!

Es uno de esos momentos raros en que, haciendo lo que debe hacerse, se siente uno algo desconcertado y como disuadido de seguir adelante.

Es preciso insistir; pero la conciencia siente una triste satisfacción, y el cumplimiento del deber se resiente de la angustia del corazón.

Lo acontecido en junio de 1848, apresurémonos á decirlo, fué un hecho aparte y casi imposible de clasificar en la filosofía de la historia.

Todas las palabras que acabamos de escribir están de más, tratándose de este motín extraordinario, donde se vió la santa ansiedad del trabajo reclamando sus derechos.

Fué necesario combatirle, y era un deber hacerlo, porque atacaba á la república; pero en el fondo, ¿qué fué junio de 1848? Una rebelión del pueblo contra sí mismo.

Donde no se pierde de vista el asunto, no hay digresión. Así, permítasenos llamar por un momento la atención del lector hacia las dos barricadas, únicas en su clase, que acabamos de nombrar, y que caracterizaron aquella insurrección.

Cerraba la una la entrada del arrabal de San Antonio; cerraba la otra, el paso al arrabal del Temple.

Aquéllos, ante cuyos ojos se levantaron á la luz del hermoso cielo azul de junio, estas dos terribles obras maestras de la guerra civil, no las olvidarán jamás.

La barricada de San Antonio era monstruosa. Tenía la altura de tres pisos y la anchura de setecientos pies.

Cerraba de uno á otro ángulo la vasta embocadura del arrabal, es decir, tres calles; abarrancada, dentellada, cortada en picachos, con una inmensa hendidura por almena, con sus contrafuertes á guisa de baluartes, con sus rebellines y cabos aquí y allá, fuertemente apoyada en los dos grandes promontorios de casas del arrabal, elevábase como una calzada ciclópea en el fondo de la terrible plaza que ha visto el 14 de julio.

Diez y nueve barricadas se sucedían en la profundidad de las calles, detrás de esa barricada madre.

Sin más que verla, sentíase en todo el arrabal el inmenso sufrimiento de agonía, llegado ya el punto extremo en que la desesperación quiere convertirse á todo trance en catástrofe.

¿De qué estaba hecha aquella barricada? De los destrozos de tres casas de seis pisos, demolidas expresamente para ello, decían unos; del prodigio de todas las iras, decían otros.

Tenía el deplorable aspecto de todas las construcciones del odio: la ruina.

Podía decirse á un mismo tiempo: ¿quién ha edificado esto? ¿quién ha destruido esto?

Era la obra improvisada de la fermentación.

¡Ea! ¡Esa puerta! ¡Esa reja! ¡Aquel alero! ¡Ese dintel! ¡Aquel hornillo roto! ¡Aquellas ollas melladas! ¡Ea! ¡Venga todo! ¡Que venga todo acá; cavad allá! ¡Arrojadlo todo! ¡Echad, desmantelad, derribad, demoledlo todo!

Era la cooperación del adoquín, de la piedra, de la viga, del barrote, del trapo, del cascote, de la silla desfondada, del troncho de col, del pingajo, del harapo y de la maldición.

Era una mezcla de lo grande y de lo pequeño; el abismo parodiado por el barullo; la masa junto al átomo; el lienzo de la pared derribada y la escudilla rota; una fraternización amenazadora de todos los escombros.

Sísifo había arrojado allí su peñasco, y Job su tiesto.

Era una suma terrible. Era el acrópolis de los descamisados.

Carretas volcadas accidentaban el declive; un inmenso carromato aparecía tumbado al través con el eje hacia arriba, semejando una cuchillada en aquel frontispicio tumultuoso; un ómnibus, subido alegremente á fuerza de brazos á la cima de aquel hacinamiento de cosas, como si los arquitectos de aquella salvajada hubiesen querido añadir la burla del pillastre al espanto, ofrecía su lanza sin arreos á los ignorados caballos del aire.

Aquella masa gigantesca, aluvión del motín, figuraba al espíritu el Osa sobre el Polión de todas las revoluciones; el 93 sobre el 89, el 9 de Termidor sobre el 10 de agosto; el 18 de Brumario sobre el 21 de enero; Vendimiario sobre Pradial; 1848 sobre 1830.

La situación valía la pena, y semejante barricada era digna de aparecer en el punto mismo de donde había desaparecido la Bastilla.

Si el océano construyese diques, los construiría de igual manera.

La furia de la ola estaba impresa en aquel obstáculo deforme.

¿Pero qué ola? la muchedumbre.

Creíase ver el tumulto petrificado. Creíase oir zumbar, sobre la barricada, como sobre una colmena, á las enormes abejas tenebrosas del progreso violento.

¿Era aquello un conjunto de malezas? ¿Era una bacanal? ¿Era una fortaleza?

El vértigo parecía haberlo construido con sus alas.

Tenía aquel reducto algo de cloaca, y algo de olímpico aquel montón.

Veíanse, en una mezcolanza llena de desesperación, caballetes de tejados, pedazos de buhardillas con su papel pintado, vidrieras enteras esperando el cañón sobre los escombros, chimeneas arrancadas, armarios y mesas, bancos en imponente confusión, y los mil y mil desechos del mendigo mismo, que contienen á la vez el furor y la nada.

Habríase dicho que era el andrajo de un pueblo, andrajo de madera, de hierro, de bronce y de piedra; y que el arrabal de San Antonio lo había lanzado á su puerta de un escobazo colosal, haciendo de su miseria su barricada.

Pedruscos que parecían tajos, cadenas dislocadas, armazones de vigas en forma de horcas, ruedas horizontales, todo esto, saliendo de entre los escombros, amalgamaba á aquel edificio de la anarquía el sombrío aspecto de los antiguos suplicios sufridos por el pueblo.

La barricada de San Antonio echaba mano de todo; todo cuanto la guerra civil puede arrojar á la cabeza de la sociedad salía de ella.

No era un combate, sino un paroxismo.

Las carabinas que defendían aquel reducto, entre las cuales había algunos trabucos, enviaban cascos de loza, huesecillos, botones, incluso ruedecillas de butacas, proyectiles peligrosos á causa del cobre.

La barricada estaba frenética, atronaba los aires con un clamor indecible; en ciertos instantes, provocando al ejército, se cubría de gente y de tempestad; coronábala una cohorte de flameantes cabezas; hervía dentro un hormiguero; tenía una cresta espinosa de fusiles, sables, palos, hachas, picas y bayonetas; una inmensa bandera roja parecía abofetear el viento á sus mismos impulsos; oíanse las voces de mando, las canciones de ataque, los redobles del tambor, los llantos de las mujeres y las carcajadas tenebrosas de los muertos de hambre.

Era descomunal y viviente, y como del lomo de un animal eléctrico, salía de su superficie un continuado centelleo.

El espíritu de la Revolución envolvía en su nube aquella cima, en donde resonaba la voz del pueblo, semejante á la de Dios mismo.

Desprendíase una majestad extraña de aquella titánica espuerta de escombros.

Era un montón de inmundicia, y era al propio tiempo el Sinaí.

Como hemos dicho antes, atacaba en nombre de la Revolución, ¿á quién? á la Revolución.

Aquella barricada, el acaso, el desorden, el azoramiento, el error, lo desconocido, tenía frente de sí á la Asamblea constituyente, á la soberanía del pueblo, el sufragio universal, la nación y la república; era la Carmañola desafiando á la marsellesa.

Desafío insensato, pero heroico; porque ese antiguo arrabal es un héroe.

El arrabal y su reducto se auxiliaban mutuamente.

El arrabal se apoyaba en el reducto, y el reducto tenía su apoyo en el arrabal.

La inmensa barricada se ostentaba como un arrecife, en el cual se estrellaba la estrategia de los grandes generales de la guerra de África.

Sus cavernas, sus excrecencias, sus verrugas, sus jorobas, gesticulaban, por así decirlo, y se mofaban bajo el humo.

La metralla se perdía en lo deforme; los obuses se sumergían y engolfaban allí; las balas no servían sino para hacer agujeros en los agujeros.

¿Á qué objeto cañonear el caos?

Y los regimientos, acostumbrados á las más espantosas visiones de la guerra, miraban con inquietos ojos aquella especie de reducto, fiera salvaje; jabalí, por lo erizado, y montaña, por lo enorme.

Á un cuarto de legua de allí, de la esquina de la calle del Temple, que desemboca en el boulevard, cerca del Château d'Eau, si se sacaba atrevidamente la cabeza fuera de la punta formada por el pórtico del almacén Dallemagne, se percibía á lo lejos, más allá del canal, en la calle que enfila las rampas de Belleville, en el punto culminante de la subida, un muro extraño que llegaba al segundo piso de las fachadas, especie de guión entre las casas de la derecha y de la izquierda, como si la calle hubiese doblado por sí misma su pared más alta para cerrarse bruscamente.

Esta pared estaba construida de adoquines, y era recta, perpendicular, nivelada con la escuadra, tirada á cordel, alineada con la plomada.

Faltábale, sin duda, la argamasa: pero, como en ciertos muros romanos, esto no alteraba su rígida arquitectura.

Adivinábase la profundidad de todo aquello viendo su elevación.

La cornisa era matemáticamente paralela á la base.

Distinguíanse á trechos sobre la plomiza superficie, troneras casi invisibles, parecidas á hilos negros, y separadas unas de otras por espacios iguales.

La calle, hasta donde alcanzaba la vista, estaba desierta, y todas las puertas y ventanas cerradas.

Surgía en el fondo aquella barrera, que transformaba la calle en callejón sin salida, la pared inmóvil y tranquila, donde no se veía á nadie, ni se oía nada, ni siquiera un grito, ni el más leve ruido, ni un soplo. Como si se tratara de un sepulcro.

El resplandeciente sol de junio inundaba con su luz aquel terrible objeto.

Era la barricada del arrabal del Temple.

Aun los más atrevidos, desde que llegaban á aquel sitio y la veían, no podían dejar de quedar pensativos ante aquella misteriosa aparición.

Era una obra bien proporcionada; las partes ajustaban y encajaban perfectamente; el todo rectilíneo, simétrico y fúnebre.

Había allí ciencia y tinieblas. Conocíase que el jefe de la barricada era un geómetra ó un espectro.

Mirábase aquello y se hablaba en voz baja.

De cuando en cuando, si alguno, soldado, oficial ó representante del pueblo, se aventuraba á atravesar la calzada solitaria, oíase un silbido agudo y débil, y el transeúnte caía herido ó muerto, ó si se libraba, veíase penetrar en algún postigo cerrado, en el hueco entre dos piedras ó en el rebozo de la pared, una bala ó un casco de metralla.

La gente de la barricada había hecho de dos trozos de tubos de bronce de los del gas, tapados en un extremo con estopa y tierra refractaria, dos cañoncitos.

No se gastaba inútilmente la pólvora; casi todos los tiros daban en el blanco.

Había acá y allá algunos cadáveres, y charcos de sangre en el arroyo de la calle.

El autor conserva el recuerdo de una mariposa blanca que volaba de un lado á otro. El estío no abdica jamás.

En los alrededores, el piso de las puertas cocheras estaba cubierto de heridos.

Conocía uno allí que era blanco de algún fusil invisible, y que toda la calle estaba bajo la puntería de las bocas de fuego.

Los soldados de la columna de ataque, agrupados detrás de la especie de joroba que forma, á la entrada del arrabal del Temple, el puente cintrado del canal, observaban, graves y pensativos, aquel lúgubre reducto, aquel objeto inmóvil, impasible, de donde salía la muerte.

Algunos se arrastraban á cuclillas hasta lo alto de la curva del puente, cuidando de que no asomasen sus chacós.

El valiente coronel Monteynard admiraba estremecido aquella barricada.

--¡Qué bien construida está!--decía á un representante.--No hay una piedra que salga más que otra. Parece una porcelana.

En aquel momento una bala le rompió la cruz que llevaba sobre el pecho, y cayó.

--¡Cobardes!--gritaban otros.--Pero ¡si no se presentan! ¡Que se los vea al menos! ¡No se atreven! ¡Se esconden!

La barricada del arrabal del Temple, defendida por ochenta hombres nada más, y atacada por diez mil, resistió tres días.

Al cuarto se hizo como en Zaatcha y Constantina; se agujerearon las casas, se entró en ellas por los techos, y así pudo tomarse la barricada.

Ninguno de aquellos ochenta cobardes pensó en huir: todos fueron muertos, excepto el jefe, Barthélemy, de quien hablaremos luego.

La barricada de San Antonio era el tumulto de los truenos, la del Temple era el silencio.

Entre ambos reductos había la misma diferencia que entre lo formidable y lo siniestro.

Parecía el uno la boca de una fiera; el otro, la de un mascarón.

Admitiendo que la gigantesca y tenebrosa insurrección de junio se compusiera de una cólera y de un enigma, sentíase en la primera barricada al dragón, y detrás de la segunda la esfinge.

Aquellas dos fortalezas habían sido edificadas por dos hombres, llamados Cournet el uno, y Barthélemy el otro.

Cournet había hecho la barricada de San Antonio, y Barthélemy la barricada del Temple.

Cada una de ambas era la imagen de aquél que la había levantado.

Cournet era hombre de elevada estatura, anchas espaldas, rostro colorado, fuerza colosal, corazón atrevido, alma leal, ojo sincero y terrible. Era intrépido, enérgico, irascible, violento; el más cordial de los hombres y el más formidable de los combatientes. La guerra, la lucha y la reyerta eran su elemento y le ponían alegre. Había sido oficial de marina, y en sus gestos y voz se adivinaba que salía del Océano y que procedía de la tempestad: continuaba el huracán en la batalla.

Salvo el genio, había en Cournet algo de Dantón, así como, prescindiendo de la divinidad, había en Dantón algo de Hércules.

Barthélemy, flaco, de pobre apariencia, pálido, taciturno, era una especie de pilluelo trágico, que abofeteado por un municipal, le acechó, le aguardó y le mató, habiendo ido á presidio á los diez y siete años. Salió é hizo aquella barricada.

Algún tiempo después (¡complicación fatal!), estando en Londres proscriptos ambos, Barthélemy mató á Cournet. Fué éste un duelo fúnebre.

Más tarde, cogido en el engranaje de una de esas misteriosas aventuras en que se mezcla la pasión, catástrofe en que la justicia francesa ve circunstancias atenuantes, y la justicia inglesa sólo ve la muerte, Barthélemy fué ahorcado.

La sombría construcción social está hecha de manera que, gracias á la desnudez material y gracias á la obscuridad moral, aquel desgraciado ser que contenía una inteligencia indudablemente social, grande quizá, empezó por el presidio en Francia, y acabó por la horca en Inglaterra.

Barthélemy, cuando llegaba el caso, no enarbolaba más que una bandera: la negra.

II =Qué se ha de hacer en el abismo sino hablar=

Diez y seis años se habían pasado en la subterránea educación del motín, y junio de 1848 era más sabio que junio de 1832.

La barricada de la calle de la Chanvrerie era sólo un esbozo y un embrión, comparada con las dos colosales barricadas que acabamos de delinear; mas para su época, era formidable.

Los insurrectos, bajo la inspección de Enjolrás, pues Mario no veía ya nada, habían aprovechado la noche.

La barricada había sido, no sólo reparada, sino reforzada. Había crecido dos pies más.

Algunas barras de hierro, saliendo de entre las piedras, parecían lanzas en ristre.

Escombros agregados de diferentes clases, traídos de todas partes, complicaban el armazón exterior.

El reducto había sido hábilmente rehecho por dentro como pared y por fuera como maleza.

Habíase recompuesto la gradería de adoquines que permitía subir á él como al muro de una ciudadela.

Se había dado un limpión á la barricada: la parte baja estaba libre de estorbos, la cocina del bodegón convertida en hospital, y la cura de los heridos practicada; se había recogido la pólvora esparcida por el suelo, y en las mesas fundido balas, fabricado cartuchos, aprontado hilas, distribuido las armas caídas, barrido el interior del reducto, quitado los escombros y llevado los cadáveres.

Los muertos habían sido depositados en la callejuela de Mondetour, de la que los insurrectos continuaban siendo dueños.

Por mucho tiempo siguieron las manchas rojas sobre el empedrado.

Entre los muertos había cuatro guardias nacionales de las afueras, cuyos uniformes mandó recoger Enjolrás.

Había aconsejado Enjolrás dos horas de sueño; un consejo suyo era una consigna, y sin embargo, sólo se aprovecharon de él tres ó cuatro.

Feuilly empleó aquellas dos horas en grabar esta inscripción en la pared frontera á la taberna:

¡VIVAN LOS PUEBLOS!

Estas tres palabras, grabadas en la piedra con un clavo, se leían allí en 1848 todavía.

Las tres mujeres habían aprovechado el descanso de la noche para desaparecer definitivamente; con lo cual respiraban más á sus anchas los insurrectos.

Sin duda habían hallado medio de refugiarse en alguna casa vecina.

La mayor parte de los heridos podían y querían combatir aún.

Había en la cocina, que hacía las veces de hospital, sobre una litera formada de colchones y haces de paja, cinco hombres gravemente heridos, entre ellos dos guardias municipales. Á estos últimos se les había atendido en primer lugar.

En la sala baja no quedaron más que Mabeuf, cubierto con el paño negro, y Javert atado al poste.

--Ésta es la sala de los muertos,--dijo Enjolrás.

En lo interior de esta sala, apenas alumbrada por una vela, hacia el fondo, hallándose la mesa mortuoria detrás del poste, como una barra horizontal, resultaba una especie de cruz vaga formada por Javert de pie y Mabeuf tendido.

La lanza del ómnibus, aunque rota por los disparos de la fusilería, estaba aún en disposición de sostener una bandera, y Enjolrás que poseía las cualidades propias de un jefe, ejecutando siempre lo que decía, ató á aquella asta el levitón ensangrentado y hecho jirones del viejo mártir.

No era posible comida ninguna, pues carecían de pan y carne.

Los cincuenta hombres de la barricada, en las diez y seis horas que llevaban de estar allí, habían consumido pronto las mezquinas provisiones del figón.

En un instante dado, toda barricada que resiste se convierte inevitablemente en la balsa de los náufragos de la Medusa.

Fué preciso resignarse á tener hambre.

Eran las primeras horas del 6 de junio, de aquel día espartano, en que Jeanne, en la barricada de San Merry, rodeado de insurrectos que le pedían pan, cuando todos aquellos combatientes decían: ¡Á comer!, respondió:

--¿Para qué? Si son ya las tres, y á las cuatro todos habremos muerto.

Como no había que comer, Enjolrás prohibió que se bebiera.

Privóles del vino, y puso tasa al aguardiente.

Habíanse encontrado en la cueva quince botellas llenas, herméticamente tapadas.

Enjolrás y Combeferre las examinaron.

El último dijo mientras subía:

--Esto pertenece al antiguo almacén del tío Hucheloup, que empezó por tener tienda de comestibles.

--Debe ser verdadero vino,--observó Bossuet.--Es una fortuna que Grantaire duerma; pues de que no, peligrarían esas botellas.

Enjolrás, á pesar de los murmullos, puso su veto á las quince botellas; y para que nadie las tocara y se las considerase como sagradas, las mandó colocar debajo de la mesa donde yacía Mabeuf.

Á eso de las dos de la madrugada se contaron los combatientes; aún quedaban treinta y siete.

El día empezaba á despuntar, y apagaron la antorcha que se había vuelto á colocar en su alvéolo de adoquines.

El interior de la barricada, especie de patio usurpado á la calle, estaba anegado en tinieblas, y se asemejaba, á través del vago horror crepuscular, al puente de un navío desamparado.

Los combatientes, yendo y viniendo, se movían allí como formas negras.

Por encima de aquel aterrador nido de sombra, se bosquejaban lívidamente los pisos de las casas mudas, y en la parte superior se veía blanquear las chimeneas.

El cielo ofrecía aquel su hermoso é indeciso matiz entre blanco y azul.

Los pájaros volaban, cantando alegremente.

La casa alta que formaba el fondo de la barricada, mirando hacia Levante, ostentaba en su techo un reflejo de color de rosa.

En el ventanillo del tercer piso, el aire de la mañana agitaba los blancos cabellos de la cabeza del hombre muerto.

--Me alegro de que hayan apagado la antorcha,--decía Courfeyrac á Feuilly.--Dábame grima verla doblarse á impulso del viento; parecía tener miedo. La luz de las antorchas es como la prudencia de los cobardes; alumbra mal porque tiembla.

El alba despierta los ánimos, como despierta á los pájaros; todos hablaban.

Joly, al ver á un gato andando sobre la canal de un tejado, prorrumpió en este arranque filosófico:

--¿Qué es el gato? Es un correctivo. Después de haber hecho Dios el ratón,--exclamó:--«¡Vaya! He hecho una tontería». É hizo inmediatamente al gato. El gato es la fe de erratas del ratón. El ratón y el gato, son la prueba revisada y corregida de la creación.

Combeferre, rodeado de estudiantes y de obreros, hablaba de los muertos, de Juan Provaire, de Bahorel, de Mabeuf, y hasta de Cabuc y de la tristeza severa de Enjolrás, y decía:

--Armodio y Aristógiton, Bruto, Chereas, Estéfano, Cromwell, Carlota Corday, Sand, todos han sentido, después del golpe, su momento de angustia. Nuestro corazón es tan propenso á estremecerse, y la vida humana es un misterio tan grande, que, aun en el caso de un homicidio cívico, de un homicidio libertador, si los hay, el remordimiento de haber herido á un hombre excede á la alegría de haber servido al género humano.

Y un instante después, como acontece de ordinario en el laberinto de la palabra, por una transición á que dieron lugar los versos de Juan Provaire, Combeferre se puso á comparar entre sí á los traductores de las Geórgicas, á Raux con Cournand, á Cournand con Délille, indicando los pasajes traducidos por Malfilatre, sobre todo los prodigios de la muerte de César.

El nombre de César le condujo naturalmente á hablar de Bruto.

--César,--decía Combeferre,--mereció caer. Cicerón trató con severidad á César, y tenía razón para ello. Aquella severidad suya no es en modo alguno la diatriba. Zoilo insultando á Homero, Mevio insultando á Virgilio, Visé insultando á Molière, Pope insultando á Shakespeare, Frerón insultando á Voltaire, es el cumplimiento de una antigua ley de envidia y de odio; el genio atrae la injuria; los grandes hombres son siempre más ó menos zaheridos.

«Pero Zoilo y Cicerón son dos: Cicerón es el justiciero del pensamiento, como es Bruto el justiciero de la espada.

«Por mi parte, vitupero esta última justicia, la espada; pero la antigüedad la admitía.

«César, violador del Rubicón, confiriendo, como procedentes de él, las dignidades que procedían del pueblo, no levantándose á la entrada del Senado, hacía, como dice Eutropio, cosas de rey y casi de tirano; regia ac pene tyrannica.

«Era un grande hombre; tanto peor, ó tanto mejor; pues así la lección es más alta. Sus veintitrés heridas me afectan menos que la saliva escupida á la frente de Jesucristo. César es acuchillado por senadores; Cristo es abofeteado por lacayos. Á mayor ultraje, mayor sentimiento de Dios.

Bossuet, dominando desde la cima de un montón de adoquines toda aquella charla, gritaba, carabina en mano:

--¡Oh Cydathenaeum! ¡Oh Myrrhinus! ¡Oh Probalintho! ¡Oh Gracias de la Æántide! ¡Oh, quién me diera el pronunciar los versos de Homero como un griego de Laurio ó de Edapteón!».

III =Luz y sombra=

Enjolrás había ido á hacer un reconocimiento, saliendo por la callejuela de Mondetour, y serpenteando á lo largo de las casas.

Los insurrectos, debemos decirlo, estaban llenos de esperanza.

La manera como habían rechazado el ataque de la noche, les inducía casi á despreciar anticipadamente el ataque de la mañana. Aguardábanle sonriendo, y creían en el triunfo tanto como en la causa que sustentaban.

Por otra parte iba á llegarles evidentemente un socorro, y contaban con él.

Arrastrados por esa facilidad de profecía victoriosa, que es una de las fuerzas del francés combatiendo, dividían en tres fases seguras el día próximo á alumbrar: á las seis de la mañana pronunciamiento de un regimiento que estaba ya trabajado; á las doce, insurrección de todo París; á la puesta del sol, la Revolución.

Oíase la campana de San Merry, que no había cesado un solo minuto de tocar á rebato desde la víspera, lo cual probaba que la otra barricada, la grande, la de Jeanne, seguía resistiendo.

Todas estas esperanzas se comunicaban de uno á otro grupo con una especie de cuchicheo alegre é imponente á la vez, que parecía el zumbido belicoso de una colmena.

Enjolrás apareció de nuevo. Volvía de su sombrío paseo de águila en la obscuridad exterior. Escuchó un instante todo aquel regocijo con los brazos cruzados y la mano en la boca.

Después, fresco y sonrosado, en medio de la blancura matinal creciente, díjoles:

--Todo el ejército de París está sobre las armas. La tercera parte de esa tropa pesa sobre la barricada que defendéis, y además la Guardia nacional. He distinguido los chacós del quinto de línea, y los banderines de la legión sexta. Dentro de una hora seremos atacados. En cuanto al pueblo, ha mostrado ayer efervescencia, pero hoy ya no se mueve. No hay nada que esperar; ni un arrabal, ni un regimiento. Estamos abandonados.

Estas palabras cayeron sobre los bulliciosos grupos, produciendo el efecto de la primera gota de la tempestad sobre un enjambre. Todos quedaron mudos y como anonadados.

Hubo un momento de inexplicable silencio, en que se hubiera oído volar á la muerte.

Este momento fué breve.

Una voz, que salió del fondo de los grupos, gritó á Enjolrás:

--Está bien. Elevemos la barricada á veinte pies de altura, y muramos aquí todos. Ciudadanos, hagamos la protesta de los cadáveres. Mostremos que, si el pueblo abandona á los republicanos, los republicanos no abandonamos al pueblo.

Esas palabras expresaban, en medio de la nube penosa de ansiedades individuales, el pensamiento de todos, y así fueron acogidas de uno á otro extremo de la barricada con aclamación entusiasta.

Nunca ha llegado á saberse el nombre del individuo que habló así; alguno quizá de éstos que visten blusa, ignorado, desconocido, olvidado; un héroe del momento, ese grande anónimo que se mezcla siempre en las crisis humanas y en los génesis sociales, y que en un instante dado pronuncia con tono sublime la palabra decisiva, desvaneciéndose en las tinieblas, después de representar por un instante la luz del relámpago, al pueblo y á Dios.

Esa resolución inexorable estaba de tal manera en el ambiente del 6 de junio de 1832, que casi á la misma hora, en la barricada de San Merry, los insurrectos lanzaban este clamor, conservado por la historia y consignado en el proceso que se formó luego:

--Désenos ó no se nos dé auxilio, ¡qué importa! Hagámonos matar desde el primero al último.

Como se ve, las dos barricadas, aunque materialmente aisladas, se comunicaban.

IV =Cinco de menos y uno más=

Después que hubo hablado el desconocido que derrotó «la protesta de los cadáveres», dando la fórmula del sentimiento común, salió de todas las bocas un grito terrible de extraña satisfacción; fúnebre por el sentido y triunfal por el acento.

--¡Viva la muerte! Nadie salga de aquí.

--¿Por qué todos?--dijo Enjolrás.

--¡Todos! ¡Todos!

Enjolrás repuso:

La posición es buena, la barricada es fuerte. Si bastan treinta hombres ¿á qué sacrificar cuarenta?

Ellos replicaron:

--Porque ninguno querrá marcharse.

--Ciudadanos,--exclamó Enjolrás con cierta vibración casi irritada de su acento,--la república no es tan rica en hombres que pueda hacer inútiles dispendios. La vanagloria es un despilfarro. Sí, para algunos, resulta el deber de marcharse, hay que cumplirlo como otro deber cualquiera.

Enjolrás, el hombre principio, tenía sobre sus correligionarios la singular omnipotencia que se desprende de lo absoluto; y sin embargo, por grande que fuera su poderío, empezaron á oírse murmullos.

Enjolrás, jefe hasta la punta de los dedos, viendo que había quien murmuraba, insistió, y repuso con altivez:

--Que los que teman no ser treinta, lo digan desde luego.

Redobláronse los murmullos.

--Además,--observó una voz de entre el grupo,--marcharse es cosa muy fácil de decir. La barricada está cercada por todas partes.

--Menos por la del Mercado,--dijo Enjolrás.--La calle Mondetour está libre, y siguiendo la de Predicadores se puede llegar á la plazuela de los Inocentes.

--Y allí,--añadió otra voz del grupo,--no habrá medio de escapar. Se tropezará con alguna patrulla de tropa de línea ó de las afueras, que al ver á un hombre de blusa y gorra le preguntará: ¿De dónde vienes? ¿De la barricada quizá? Y examinando las manos del fugitivo, y viendo que huelen á pólvora, le fusilarán.

Enjolrás, sin responder, tocó á Combeferre en el hombro, y ambos entraron en la sala baja.

Después de un momento salieron. Enjolrás traía en sus dos manos los cuatro uniformes que había mandado reservar, y Combeferre le seguía con las fornituras y chacós.

--Vistiendo este uniforme,--dijo Enjolrás,--es fácil mezclarse en las filas y huir. Hay aquí para cuatro.

Y arrojó en el suelo desempedrado los cuatro uniformes.

Nadie se movió en aquel estoico auditorio.

Combeferre tomó la palabra:

--Vamos,--dijo,--es preciso tener un poco de lástima. ¿Sabéis de qué se trata? Pues se trata de las pobres mujeres. Vamos á ver. ¿Hay esposas? ¿sí ó no? ¿Hay hijos? ¿sí ó no? ¿Hay ó no hay madres que mecen las cunas con sus pies, y que tienen alrededor de sí un ato de chiquillos? Aquél de entre vosotros que no haya visto jamás el seno de una madre criando que alce el dedo.

«¡Ah! ¿Queréis morir? También yo, yo que os estoy hablando, pero no quiero ver junto á mí espectros de mujeres retorciendo los brazos de desesperación. Morid, si así lo deseáis, pero no ocasionéis la muerte. Los suicidios, como el que va á verificarse aquí, son sublimes; pero el suicidio debe reducirse á los más estrechos límites; y en cuanto se extienda á vuestros parientes toma el nombre de asesinato. Acordaos de las cabecitas rubias; pensad en los cabellos blancos.

«Ahora bien, oídme. Enjolrás, hace un instante, según me ha dicho, ha visto en la esquina de la calle del Cisne una pobre ventana de un quinto piso, con luz, y al través de los vidrios la vacilante sombra de una cabeza de anciana, que tenía trazas de haber pasado la noche aguardando. Quizá sea la madre de alguno de vosotros. Pues bien, ése que se marche, que se dé prisa á ir en busca de su madre, y decirle: «¡Madre, aquí estoy!», y que vaya tranquilo, pues no dejaremos por eso de cumplir nuestro deber.

«Cuando se sostiene á los parientes con el trabajo de los brazos, no hay derecho á sacrificarse, porque equivale á desertar de la familia.

«Pero, ¡y los que tienen hijas, los que tienen hermanas! ¿Habéis pensado en ello bien? Desafiar la muerte, morir; en buen hora. ¿Y mañana? Ahí quedan esas muchachas sin pan... ¡Porvenir terrible! El hombre mendiga; la mujer se vende.

«¡Ah! Esos bellísimos seres tan llenos de gracia y dulzura, que se adornan la cabeza con flores, que llenan la morada de castidades, que cantan, que charlan, que son como un perfume viviente, que prueban la existencia de los ángeles en el cielo con la pureza de las vírgenes en la tierra; esa María, esa Luisita, esa Lola, adorables y honestas criaturas, que son vuestra bendición y vuestro orgullo... ¡Pobrecitas! ¿Van á tener hambre!

«¡Qué! ¿Queréis que os lo diga? Hay un mercado de carne humana; y no serán vuestras sombras, con sus manos trémulas alrededor de ellas, las que las guarden de entrar en él. Pensad en la calle; pensad en las aceras llenas de transeúntes; pensad en las tiendas, por delante de las cuales pasan y vuelven á pasar mujeres descotadas y sumidas en el fango. También esas mujeres han sido puras. Aquéllos de vosotros que tengan hermanas deben pensar en ello.

«La miseria, la prostitución, los agentes municipales, la cárcel de San Lázaro, tales son los abismos que se abren ante esas delicadas y bellas muchachas frágiles maravillas del pudor, del donaire y de la belleza, más frescas que las lilas de mayo. ¡Ah! ¡Morir vosotros! ¡No estar ya á su lado! Perfectamente; habréis querido librar al pueblo de los reyes, entregando vuestras hijas á la policía.

«Amigos, tened, cuando menos, compasión. ¡Se piensa de ordinario tan poco en las mujeres, en las infelices mujeres! Se fía en que no han recibido la educación de los hombres; se les impide leer, pensar, ocuparse en política... Pero ¿se les impedirá que vayan esta tarde al depósito de la Morgue, y reconozcan allí vuestros cadáveres?

«¡Ea! Es preciso que los que tengan familia se hagan el cargo de su deber como buenos, que nos den un apretón de manos y se marchen, dejándonos aquí solos con nuestra faena. Comprendo que se necesita valor para marcharse, que es difícil; pero cuanto mayor es la dificultad, mayor resulta el mérito.

«Dícese: «Tengo un fusil, estoy en la barricada, y me quedo». Estas cosas se dicen fácilmente; pero, amigos míos, hay un mañana, y ese mañana no amanecerá para vosotros, y sí para vuestras familias. Y ¡cuántos sufrimientos!

«¿Sabéis lo que es de un lindo niño, sano, fresco y colorado como una manzana, que picotea, retoza, ríe y exhala dulcísimo frescor al darle un beso, en cuanto se le abandona?

«He visto uno que apenas levantaba tres palmos del suelo. Su padre había muerto, y unas pobres gentes le habían recogido por caridad. Pero es el caso que no tenían pan para sí, y el niño estaba siempre hambriento. Era en invierno. No lloraba.

«Veíasele arrimado á la estufa donde jamás había lumbre, y cuyo tubo, como sabéis, se ajusta con tierra amarilla. El pobre niño arrancaba con sus deditos un poco de esa tierra, y se la comía.

«Tenía la respiración ronca, la cara lívida, las piernas flojas, el vientre abultado. No decía nada. Si le hablaban, no respondía.

«Murió. Le llevaron á morir al hospicio de Necker. Estando yo allí de practicante le vi.

«Ahora, si hay entre vosotros algún padre de los que tienen á dicha ir á pasear el domingo, llevando de su robusta mano la manita de su tierno hijo, vea en aquel niño el suyo.

«¡Pobrecillo! Me parece verle todavía desnudo sobre la mesa de disecciones, con las costillas asomándole bajo la piel, como las fosas bajo la yerba de un cementerio. Se le encontró una cosa parecida á lodo en el estómago, y ceniza en los dientes.

«¡Vamos! Probemos á consultar nuestra conciencia y nuestro corazón. La estadística demuestra que la mortalidad de los niños abandonados es de cincuenta y cinco por ciento. Lo repito; aquí se trata de las esposas, de las madres, de las hijas, de los niños. Nadie habla de nuestras propias personas.

«Harto se sabe lo que valéis todos; harto se sabe que sois todos unos valientes; ¡pardiez! que os alegráis y envanecéis de dar la vida por la santa causa, que os creéis elegidos para morir útil y dignamente, y que todos queréis participar del triunfo. Enhorabuena. Pero no estáis solos en el mundo. Hay otras personas en quienes es preciso pensar, y no debemos ser egoístas».

Todos bajaron la cabeza con aire sombrío.

¡Extrañas contradicciones del corazón humano en sus momentos más sublimes! Combeferre, que hablaba así, no era huérfano. Acordábase de las madres de los otros y olvidaba la suya. Iba á morir; era «egoísta».

Mario, en ayunas, calenturiento, sucesivamente burlado en todas sus esperanzas, embarrancado en el dolor, el más sombrío de todos los náufragos, saturado de emociones violentas, y sintiendo aproximarse el fin, estaba cada vez más sumido en ese visionario estupor que precede siempre á la hora fatal, voluntariamente aceptada.

Un fisiólogo hubiera podido estudiar en él los síntomas crecientes de esa absorción febril, conocida y clasificada por la ciencia, y que es respecto del sufrimiento lo que la voluptuosidad respecto del placer.

También la desesperación tiene sus éxtasis, y éste era el éxtasis de Mario.

Asistía á todo lo que allí pasaba, como si lo contemplase desde afuera.

Conforme hemos dicho antes, las cosas que sucedían á su vista se le figuraban lejanas; aunque distinguía el conjunto, no percibía los pormenores.

Veía á los que iban y venían al través de un inmenso resplandor. Las voces llegaban á él como si saliesen del fondo de un abismo.

Pero, sin embargo, eso le conmovió.

Había en aquella escena algo que penetró hasta él, y le despertó.

Su única idea era la de morir, y no quería distraerse de ella un solo instante; pero comprendió en su sonambulismo fúnebre, que por el mero hecho de perderse, no le estaba vedado salvar á alguien.

Levantó la voz:

--Enjolrás y Combeferre tienen razón,--dijo;--nada de sacrificios inútiles. Opino como ellos, y hay que darse prisa. Lo que Combeferre ha dicho no admite réplica. Entre vosotros se encuentran algunos que tienen familia, madres, hermanas, esposas, hijas. Salgan ésos de las filas.

Nadie se movió.

--¡Salgan de las filas los hombres casados, y los que son el sostén de sus familias!--repitió Mario.

Su autoridad era grande; pues si bien se consideraba á Enjolrás como jefe de la barricada, mirábase á Mario como su salvador.

--Lo mando,--exclamó Enjolrás.

--Os lo ruego,--dijo Mario.

Entonces, conmovidos por el discurso de Combeferre, por la orden de Enjolrás, y por la súplica de Mario, aquellos hombres heroicos empezaron á denunciarse unos á otros.

--Cierto,--decía un joven á un hombre ya formado; tú eres padre de familia. Márchate.

Á ti es á quien te toca irse,--respondía el hombre,--pues mantienes á tus dos hermanas.

Y empeñóse una lucha inaudita, no queriendo ninguno dejarse de poner á la puerta del sepulcro.

--Despachemos,--dijo Combeferre;--dentro de un cuarto de hora ya será tarde.

--Ciudadanos,--prosiguió Enjolrás,--reina aquí la república, y el sufragio universal con ella. Designad vosotros mismos quiénes deben irse.

Obedecieron.

Á los pocos minutos fueron designados cinco por unanimidad, y salieron de las filas.

--¡Son cinco!--exclamó Mario.

No había más que cuatro uniformes.

--Bueno,--dijeron los cinco.--Es preciso que se quede uno.

Y empezó de nuevo la generosa querella, buscando cada cual razones para no marcharse, y para convencer á los otros de que debían hacerlo.

--Tú tienes una mujer que te ama.

--Tú tienes á tu madre anciana.

--Tú no tienes padre ni madre; ¿qué va á ser de tus hermanitos?

--Tú eres padre de cinco hijos.

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