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Los miserables - Tomo 1 (de 2) (part 3 of 3)

Part 3 of 3 · Hugo, Victor · Public domain text

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Los miserables - Tomo 1 (de 2) (part 3 of 3)

Acompañado como iba, era imposible toda idea de resistencia, cualesquiera que fuesen la energía, vigor y desesperación de Juan Valjean.

Javert se adelantó, pues, poco á poco, mirando y registrando al paso todos los rincones de la calle, como los bolsillos de un ladrón.

Cuando llegó al centro de la red no encontró el pájaro.

Calcúlese su exasperación.

Interrogó al centinela de las calles Droit-Mur y Picpus; este polizonte que había permanecido inmóvil en su puesto, no había visto pasar á nadie.

Acontece en montería muchas veces, que un ciervo se escapa, aún teniendo la jauría sobre él, y entonces los cazadores más experimentados no saben qué decir; Duvivier, Ligniville y Desprez se quedan parados. En uno de semejantes casos Artogne exclamó: Esto no es un ciervo, es un brujo.

Javert hubiera de buena gana exclamado lo mismo.

Aquel chasco le produjo un momento de desesperación y de furor.

Es cierto que Napoleón cometió errores en la guerra de Rusia, Alejandro en la de la India, César en la de África, Ciro en la de Escitia, como lo es que los cometió Javert en esta campaña contra Juan Valjean. Erró tal vez en dudar que fuése Juan Valjean; hubiera debido bastarle la primera ojeada. Hizo mal en no echarle sencillamente mano en la casucha. Hizo mal en no prenderle cuando positivamente le reconoció en la calle de Pontoise. Hizo mal en no concertarse con sus auxiliares en la encrucijada Rollin á la luz de la luna. Los consejos son útiles, y es muy útil conocer y pedir los de los sabuesos de muestra; pero el cazador no tomará demasiadas precauciones cuando ojea animales tan astutos como el lobo y el presidiario. Javert, empleando demasiado tiempo y cuidado en apostar los sabuesos, espantó á la fiera, dándole viento de cara, y la ahuyentó. Equivocóse especialmente cuando, habiendo hallado la pista en el puente de Austerlitz, emprendió el juego formidable y pueril de tener á un hombre semejante, sujeto de un hilo.

Imaginóse él que valía mucho más, creyó poder jugar á los ratones con un león, y al mismo tiempo se creyó demasiado débil cuando pidió el refuerzo. Precaución fatal, pérdida de un tiempo precioso. Javert cometió todas esas faltas, á pesar de ser uno de los espías más astutos y prudentes que han existido. Era, propiamente hablando, lo que en montería se llama perro viejo. Pero ¿quién es perfecto?

Los grandes estratégicos tienen sus eclipses.

Las grandes necedades se hacen muchas veces como las cuerdas gruesas, con muchos cabos. Tomad un cable hilo á hilo, tomad separadamente los motivos determinantes, los romperéis muy fácilmente uno tras otro, y diréis: ¡Esto no vale nada! Trenzad y torced luego los mismos hilos, y resultará una resistencia enorme; es Atila, que duda entre Marcio en Oriente y Valentiniano en Occidente; es Aníbal, que descansa en Cápua; es Dantón, que se duerme en Arcis del-Aube.

Sea como fuere, en el mismo instante en que Javert conoció que se le escapaba Juan Valjean, no se aturdió. Estando seguro de que el presidiario escapado no podía hallarse muy lejos, puso vigías, organizó ratoneras y emboscadas, y dando una batida por el barrio, de toda la noche, lo primero que vió fué el desperfecto del farol, y la cuerda rota, indicio precioso, pero que le extravió más, puesto que le hizo dirigir sus investigaciones al callejón Genrot. Había en el callejón algunas tapias bastante bajas que daban á jardines, cuyas cercas terminaban en inmensos terrenos baldíos. Juan Valjean debía haber escapado evidentemente por allí. El hecho era que de haber penetrado un poco más adelante en el callejón, lo hubiera hecho tal vez y se habría perdido, porque Javert registró aquellos jardines y aquellos terrenos, como quien anda buscando una aguja.

Al despuntar el día dejó dos hombres de confianza en observación, volviendo á la prefectura de policía, avergonzado como un polizonte que se hubiera dejado prender por un ladrón.

NOTAS:

[11] El aspecto de las ciudades españolas ha cambiado mucho desde la época en que Víctor Hugo las visitó; el progreso ha penetrado en ellas á pesar de la oposición clerical. (N. del T.)

LIBRO SEXTO EL PEQUEÑO PICPUS

I =Callejuela de Picpus, número 62=

Nada se parecía más, hace medio siglo, á cualquier puerta cochera como la puerta cochera del número 62 de la callejuela de Picpus. Aquella puerta, generalmente entreabierta del modo más halagüeño, dejaba ver dos cosas nada fúnebres: un patio rodeado de tapias cubiertas de vides, y el semblante de un portero ocioso. Por encima de la pared del fondo se descubrían grandes árboles. Cuando un rayo de sol alegraba el patio, cuando un vaso de vino alegraba el portero, era difícil pasar por delante el número 62 de la calle de Picpus sin llevarse una idea risueña. Era, no obstante, lo que se entreveía un lugar sombrío.

El sol se reía; la casa rezaba y lloraba.

Si se conseguía pasar de la portería, lo cual no era fácil, y aun puede decirse casi imposible para casi todos, porque había un ¡Sésamo, ábrete! que era preciso saber; si pasada la portería, se entraba á la derecha en un pequeño vestíbulo, al que daba una escalera oprimida entre dos paredes, y tan estrecha, que no podía pasar por ella más que una sola persona; si no se dejaba uno asustar por el embadurnamiento amarillo con zócalo color de chocolate que cubría aquella escalerilla; si se aventuraba uno á subir, se pasaba un primer descansillo, después otro, y se llegaba al primer piso, á un corredor en que la pintura amarilla y el plinto chocolate continuaban persiguiéndole con pacífico encarnizamiento. Escalera y corredor estaban alumbrados por dos magníficas ventanas. El corredor formaba recodo, que quedaba obscuro. Al doblar este cabo, después de dar algunos pasos, se encontraba una puerta, tanto más misteriosa, cuanto que no estaba cerrada. Empujándola, se encontraba uno en una pequeña habitación de unos seis pies cuadrados, embaldosada, lavada, limpia, fría, cubierta de papel color de marrón, con florecillas verdes, de quince sueldos la pieza. Una luz blanca y mate penetraba por una gran ventana de vidrios pequeños, situada á la izquierda de toda la anchura de la habitación.

Si se miraba, no se veía á nadie. Si se escuchaba, no se oía una pisada, ni un murmullo humano. Las paredes estaban desnudas; el cuarto no estaba amueblado; no había ni una silla.

Mirándolo de nuevo, se descubría en la pared, frente á la puerta, un agujero cuadrangular, como de un pie cuadrado, con una reja de hierro de barras cruzadas, negras, nudosas, fuertes, formando cuadrados; mejor diremos, mallas de menos de pulgada y media de diagonal. Las florecillas verdes del papel amarillo llegaban en orden á las barras de hierro, sin que este contacto fúnebre las asustase, ni las hiciera estremecer. Suponiendo que un ser viviente hubiese sido tan excesivamente delgado que hubiera intentado entrar ó salir por aquel agujero cuadrado, la reja se lo habría impedido. Aquella reja no dejaba pasar el cuerpo; pero dejaba pasar los ojos, es decir, el espíritu. Parecía que hasta en esto se había pensado, porque estaba forrada de una plancha de hoja de lata introducida en la pared un poco más adentro, picada por mil agujeritos más microscópicos que los de una espumadera. Por debajo de esta plancha había una abertura, muy parecida á la de un buzón de correos. Una cinta de hilo atada á un torniquete de campanilla, colgaba á la derecha del agujero enrejado.

Si se tiraba aquella cinta, sonaba la campanilla, y se oía una voz muy cercana que hacía temblar.

--¿Quién va?--preguntaba la voz.

Era una voz de mujer, una voz dulce, tan dulce como lúgubre.

Aquí era también preciso saber una palabra mágica. Si no se sabía, la voz se callaba y la pared volvía á su silencio; como si del otro lado estuviese la aterradora obscuridad del sepulcro.

Si se sabía la palabra, la voz respondía:

--Entrad por la derecha.

Entonces se veía á la derecha una puerta vidriera, coronada de una ventana-vidriera también, y pintada de gris. Levantábase el picaporte, pasábase la puerta, y se experimentaba absolutamente la misma impresión que cuando en un teatro se entra en un palco con celosía, antes de que ésta se haya bajado y se haya encendido la araña. Entrábase, en efecto, en una especie de palco de teatro, iluminado apenas por la luz de la puerta-vidriera, estrecho, amueblado con dos sillas viejas y una estera destrozada, verdadero palco con su barandilla á regular altura, que tenía una tablita de madera negra. Aquel palco estaba enrejado, pero no con una reja dorada como en la Ópera, sino con un monstruoso enverjado de barras de hierro horriblemente entrelazadas, y empotradas en la pared con enormes soldaduras, que parecían puños cerrados.

Pasados los primeros momentos, cuando la vista había empezado á acostumbrarse á la media luz de aquel aposento y trataba de atravesar la verja, no podía pasar más allá de seis pulgadas. Allí se tropezaba con una barrera de postigos negros, asegurados y reforzados por traviesas de madera, pintadas de amarillo obscuro. Aquellos postigos estaban formados por largas hojas y planchas delgadas que se doblaban unas sobre otras; pero juntas entre sí ocultando toda la verja. Siempre estaban cerrados.

Al cabo de algunos instantes oíase una voz que llamaba por detrás de los postigos, diciendo:

--Aquí estoy. ¿Qué me queréis?

Era una voz amada, muchas veces una voz adorada. No se veía á nadie. Apenas se oía el ruido de la respiración.

Parecía que fuése aquello una evocación que hablase al través de la losa de la tumba.

Si el que llegaba poseía ciertas condiciones exigidas, rarísimas por cierto, se abría la estrecha hoja de un postigo, y la evocación se convertía en aparición. Detrás de la reja y detrás del postigo sé veía, tanto como permitía verlo el enrejado, una cabeza, de la cual sólo se descubría la boca y el mentón; lo demás estaba cubierto por un velo negro: Entreveíase una toca negra y una forma apenas perceptible, cubierta por un sudario negro.

Aquella cabeza hablaba; pero no miraba ni sonreía jamás.

La luz que entraba por detrás estaba dispuesta de tal modo, que el visitante veía blanca la aparición y ella veía negro al visitante. Aquella luz era un símbolo.

Los ojos, sin embargo, penetraban ávidamente por aquella abertura hecha en aquel sitio cerrada á todas las miradas. Una vaguedad impenetrable rodeaba aquella figura vestida de luto. Los ojos escudriñaban aquella vaguedad, tratando de separarla de la aparición. Al poco tiempo se conocía que no se veía nadie, porque lo que se veía era la noche, el vacío, las tinieblas, una bruma de invierno mezclada al vapor de la tumba, una especie de paz horrorosa, un silencio en que no se recogía nada, ni aún los suspiros; una sombra en que no se distinguía nada, ni aún los fantasmas.

Lo que se veía era el interior de un claustro.

Era el interior de aquella casa triste y severa que se llamaba el convento de las bernardas de la Adoración perpetua. Aquel palco era el locutorio. La voz que había hablado primero era la voz de la tornera, que estaba siempre sentada inmóvil y silenciosa, al otro lado de la pared, cerca de la abertura cuadrada, defendida por la verja de hierro y por la placa de mil agujeros como por una doble visera.

La obscuridad provenía de que el locutorio tenía una ventana del lado del mundo, y no tenía ninguna del lado del convento. Los ojos profanos no debían ver nada de aquel lugar sagrado.

Pero había de haber algo más allá de aquella sombra; había una luz: había pues una vida en aquella muerte. Aunque aquel convento era el más resguardado de todos, vamos á probar de penetrar en él y de hacer penetrar al lector, diciéndole, sin olvidar la discreción, cosas que los narradores no han visto, y que por consiguiente jamás se han dicho.

II =La obediencia de Martín Verga=

Este convento, que en 1824 existía desde muchos años en la callejuela Picpus, era una comunidad de bernardas de la obediencia de Martín Verga.

Las tales bernardas dependían, pues, no de Claraval, como los bernardos, sino del Císter, como los benedictinos. Ó en otros términos: seguían la regla, no de San Bernardo, sino de San Benito.

Cualquiera que haya ojeado algunos infolios, sabe que Martín Verga fundó en 1425 una congregación de bernardas benedictinas, que tenía por capital de la orden á Salamanca, y por sucursal Alcalá.

Esta congregación había extendido sus raíces en todos los países católicos de Europa.

Estos injertos de una orden en otra, no tienen nada de nuevo en la Iglesia latina. Para no hablar más que de la orden de San Benito, diremos que pertenecían á ella, sin contar la obediencia de Martín Verga, cuatro congregaciones: dos en Italia, la de Montecasino y Santa Justina de Padua; dos en Francia; Cluny y San Mauro, y nueve órdenes, Valombrosa, Gramont, los Celestinos, los Camaldulenses, los Cartujos, los Humillados, los del Olivo, los Silvestrinos y, por último, los Cistercienses, porque Císter mismo, aunque tronco de otras órdenes, no era más que una rama de San Benito. Císter fué fundado por San Roberto, abad de Molesme, en la diócesis de Langres, en 1098. Ahora bien; en 529 fué cuando el diablo, que se había retirado al desierto de Subiaco (era ya viejo; ¿se habría hecho ermitaño?), fué arrojado del antiguo templo de Apolo, donde vivía, por San Benito, que tenía entonces diez y siete años.

Después de la regla de las carmelitas, las cuales iban descalzas con una áspera esterilla de mimbre al cuello y no se sentaban nunca, es la más dura la de las bernardas-benedictinas de Martín Verga. Van vestidas de negro, con una pechera, que, según la prescripción expresa de San Benito, sube hasta la barba. Una túnica de sarga de mangas anchas, un gran velo de lana, la pechera que sube hasta la barba, cortada en forma cuadrangular sobre el pecho y la toca que baja hasta los ojos; he aquí el hábito. Todo es negro, excepto la toca, que es blanca.

Las novicias llevan el mismo hábito todo blanco. Las profesas llevan además un rosario al lado.

Las bernardas-benedictinas de Martín Verga practican la adoración perpetua como las benedictinas llamadas señoras del Santo Sacramento, las cuales al principio de este siglo tenían en París dos casas, una en el Temple y otra en la calle de Santa Genoveva. Por lo demás las bernardas-benedictinas del Pequeño Picpus, de las cuales hablamos, eran una orden completamente distinta de la que seguían las señoras del Sacramento que vivían en la calle nueva de Santa Genoveva y en el temple. Había muchas diferencias en la regla como en el hábito. Las bernardas-benedictinas del Pequeño Picpus llevaban la pechera negra, y las benedictinas del Sacramento de la calle Nueva de Santa Genoveva la llevaban blanca; y además, en el pecho, un Santísimo Sacramento de unas tres pulgadas de alto, de plata sobredorada ó cobre. Las religiosas del Pequeño Picpus no llevaban el Santísimo Sacramento. La Adoración perpetua común al Pequeño Picpus y al convento del Temple, dejaba, sin embargo, que fuesen completamente distintas las dos órdenes.

Había únicamente semejanza en esa práctica entre las señoras del Sacramento y las bernardas de Martín Verga, de igual manera que la había en el estudio y glorificación de todos los misterios relativos á la infancia, á la vida y á la muerte de Jesucristo y de la Virgen entre otras dos órdenes separadas, y aún enemigas á veces: la del oratorio de Italia, establecida en Florencia por Felipe de Neri, y la del oratorio de Francia, fundada en París por Pedro Bérulle. El oratorio de París pretendía la primacía, porque Felipe de Neri, no era más que santo cuando Bérulle era cardenal.

Volvamos á la severa regla española de Martín Verga.

Las bernardas-benedictinas de esta regla comen de viernes todo el año, ayunan toda la cuaresma y otros muchos días especiales, se levantan en el primer sueño, desde la una de la madrugada hasta las tres, para leer el breviario y cantar maitines; se acuestan en sábanas de jerga en todas las estaciones y sobre paja, no toman baños ni encienden nunca lumbre, se azotan todos los viernes, observan la regla del silencio, no se hablan más que en las horas de recreo, que son muy pocas, y llevan camisa de buriel durante seis meses, desde el 14 de septiembre, que es la Exaltación de la Santa Cruz, hasta la Pascua. Estos seis meses son una gracia, la regla dice todo el año; pero la camisa de buriel insoportable en el rigor del verano, ocasionaba fiebres y espasmos nerviosos, y fué preciso limitar su uso. Á pesar de esta modificación el 14 de septiembre, cuando las religiosas se ponen esta camisa, tienen tres ó cuatro días de calentura. Obediencia, pobreza, castidad y estabilidad en el claustro; tales son sus votos altamente agravados por la regla.

La priora es elegida cada tres años por las madres que se llaman madres vocales, porque tienen voz en el capítulo.

Una priora no puede ser reelegida más de dos veces, lo cual fija en nueve años el mando más duradero de una priora.

No ven jamás al sacerdote celebrante, que permanece oculto por una cortina de nueve pies de alto. Durante los sermones, cuando el predicador está en el púlpito, bajan el velo, cubriéndose el rostro. Deben hablar siempre en voz baja, andar mirando al suelo y con la cabeza inclinada.

Sólo un hombre puede entrar en el convento, el arzobispo diocesano.

Hay otro que puede entrar también, que es el jardinero, pero siempre es un viejo; y al objeto de que esté constantemente solo en el jardín, y de que las religiosas puedan evitar su presencia, lleva un cascabel atado en la rodilla.

Están sometidas á la priora con una sumisión absoluta y pasiva: es la sujeción canónica en toda su abnegación. Como la voz de Cristo, ut voci Christi; al gesto, al primer signo, ad nutum, ad primum signum; inmediatamente, con alegría, con perseverancia, con cierta obediencia ciega, prompte, hilariter, perseveranter et cœca quadam obedientia; como la lima en mano del artífice, quasi lima in manibus fabri; no pueden ni leer, ni escribir nada sin permiso especial, legere vel scribere non addiscerit sine expressa superioris licentia.

Turnan todas en lo que llaman ellas la reparación.

La reparación es el ruego por todos los pecados, por todas las faltas, por todos los desórdenes, por todas las violaciones, por todas las iniquidades, por todos los crímenes que se cometen en la tierra. Durante doce horas consecutivas, desde las cuatro de la tarde hasta las cuatro de la mañana, ó desde las cuatro de la mañana hasta las cuatro de la tarde, la hermana que está de reparación permanece de rodillas sobre las piedras ante el Santísimo Sacramento con las manos juntas y una soga al cuello. Cuando el cansancio se le hace insoportable, se prosterna extendida con el rostro en tierra y los brazos en cruz: éste es todo su descanso. En esa actitud ruega por todos los culpables del universo. Esto es grande, casi sublime.

Como este acto se practica ante un poste, sobre el cual arde un cirio, se dice indistintamente estar de reparación ó estar en el poste. Las religiosas prefieren, para mayor humildad, esta última frase que encierra mejor la idea de suplicio ó humillación.

Estar de reparación es un acto en el cual se absorbe toda el alma. La hermana del poste no volvería la cabeza aunque cayera un rayo á sus espaldas.

Además, hay siempre otra monja de rodillas delante del Santísimo Sacramento. Esta estación dura una hora y se relevan como los soldados de centinela. Ésta es la Adoración perpetua.

Las prioras y las madres llevan siempre nombres de una gravedad particular, tomados por lo general, no de los santos y mártires, sino de los momentos de la vida de Jesucristo, como: la madre Natividad, la madre Concepción, la madre Presentación, la madre Pasión. Sin embargo, no están prohibidos los nombres de santos.

Cuando se ven no puede vérseles más que la boca.

Todas tienen los dientes amarillos. Jamás ha entrado en el convento un cepillo para los dientes. Limpiarse los dientes es el extremo de una escala después de la cual viene la perdición del alma.

Ellas no dicen nunca de nada mío, ni mi porque no tienen nada suyo, ni deben tener afecto á nada. Dicen siempre nuestro, como nuestro velo, nuestro rosario; y si hablasen de su camisa, dirían indudablemente nuestra camisa. Algunas veces se aficionan á cualquier objeto insignificante, á un libro de rezo, á una reliquia, á una medalla bendita; pero en cuanto advierten que empiezan á aficionarse á ese objeto, deben darlo inmediatamente. Recuerdan las palabras de santa Teresa, á quien dijo una gran señora al entrar en su orden: «Permítame, madre, que vaya á buscar una santa Biblia que aprecio en mucho». ¡Ah! ¡Apreciáis todavía algo! Entonces no entréis en nuestra casa.

Les está prohibido encerrarse y tener un mi cuarto, una mi celda. Viven en celdas abiertas. Cuando se encuentran, dice una: Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del altar. Y responde la otra: Por siempre jamás. Esta ceremonia se repite cuando una llama á la puerta de otra. Apenas ha tocado la puerta, cuando por dentro se oye una voz dulce, que dice: Por siempre jamás... Como todas las prácticas, se hace ésta maquinalmente con la costumbre, así es que á veces dice una: Por siempre, antes que la otra haya tenido tiempo de decir lo que es algo más largo: Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del altar.

En los conventos de la Visitación, dice la que entra: Ave María, y la que está dentro responde: Gratia plena. Éste es un saludo, que está en efecto «lleno de gracia».

Á cada hora del día da tres golpes supletorios la campana de la iglesia del convento. Á esta señal, priora, madres vocales, profesas, conversas, novicias y postulantes interrumpen lo que dicen ó lo que hacen, ó lo que piensan, y dicen todas á la vez, si son las cinco, por ejemplo: Á las cinco y á todas horas bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del altar. Si son las ocho: Á las ocho y á todas horas, etc.; y así siempre, según la hora que da.

Esta costumbre cuyo objeto es interrumpir el pensamiento y dirigirse á Dios, existe en muchas comunidades; sólo varía en la fórmula. Así, en la del Niño Jesús se dice: Á esta hora y á cualquier otra, el amor de Jesús inflame mi corazón.

Las benedictinas-bernardas de Martín Verga, claustradas hace cincuenta años en el Pequeño Picpus, cantaban los oficios salmodiando gravemente en canto llano puro, y siempre á toda voz mientras duraba el oficio. Al encontrar un asterisco en el misal, hacían una pausa, diciendo por lo bajo: Jesús, María y José. En el oficio de difuntos tomaban un tono tan bajo, que parecía imposible que pudiese descender tanto la voz de mujer; lo cual producía un efecto conmovedor y trágico.

Las del Pequeño Picpus habían mandado abrir una fosa debajo del altar mayor para sepultura de la comunidad. El Gobierno, como decían ellas, no permitía que se depositasen allí los ataúdes. Debían, pues salir del convento cuando morían; lo cual las afligía y consternaba como una infracción.

Pero en cambio habían conseguido ser enterradas á una hora especial, y en un rincón especial del antiguo cementerio de Vaugirard, que ocupaba un terreno que se decía había sido de la comunidad.

Los jueves asistían estas religiosas á la misa mayor, vísperas y demás oficios, como los domingos. Observan escrupulosamente todas las demás fiestas menores desconocidas de los mundanos, que la Iglesia prodigaba antiguamente en Francia y prodiga aún en España é Italia. El tiempo que pasan en la capilla es interminable. Con relación al número y duración de sus rezos, no podemos dar mejor idea que citando estas frases candorosas de una de ellas: Los rezos de las postulantes son horrorosos, los de las novicias lo son más todavía, y los de las profesas aún son peores.

Una vez por semana el capítulo se reúne, presídelo la priora, y asisten á él las madres vocales. Cada hermana se arrodilla á su vez en la piedra, y confiesa en alta voz, á presencia de todas, las faltas y pecados que ha cometido durante la semana. Las madres vocales deliberan públicamente después de cada confesión, é imponen también en alta voz la penitencia.

Sobre la confesión en alta voz, para la cual se reservan todas las faltas un poco graves, tienen para las faltas veniales lo que llaman la culpa. Hacer la culpa es prosternarse durante la misa boca abajo delante de la priora, hasta que ésta, á quien no llaman nunca más que nuestra madre, avisa á la paciente que puede levantarse dando un golpecito en el brazo de su sillón. Se hace la culpa por cosas insignificantes: por romper un vaso, por rasgar un velo, por retardar involuntariamente algunos segundos al ir á misa, por cantar mal una nota en la iglesia, etc.; esto es bastante para hacer la culpa. La culpa es enteramente voluntaria; la culpable (esta palabra está usada aquí etimológicamente) se juzga y castiga á sí misma. Los días de fiesta y domingos, hay cuatro madres cantoras que salmodian los oficios ante un gran facistol de cuatro pupitres. Cierto día, una madre cantora entonó un salmo que empezaba por Ecce, y en vez de Ecce dijo en alta voz estas tres notas: do, si, sol. Por su distracción, hizo una culpa que duró toda la función. Lo que agravó enormemente la culpa fué que el capítulo se había reído.

Cuando llaman al locutorio á una de las monjas, aunque sea la priora, se baja el velo de manera, según ya hemos dicho, que sólo deja ver la boca.

La priora es la única que puede hablar con los extraños; las demás no pueden ver más que á su familia, pocas y raras veces. Si por casualidad quiere alguien ver á una monja á quien ha conocido ó amado en el mundo, tiene que formar casi un expediente. Si es una mujer puede en algunas veces concedérsele la autorización; la monja va al locutorio y habla por entre los postigos, que sólo se abren por una madre ó una hermana. No hay para qué decir que este permiso se niega siempre á los hombres.

Tal es la regla de san Benito, rigorizada por Martín Verga.

Aquellas monjas no estaban alegres, sonrosadas y frescas como lo están frecuentemente las de otras muchas órdenes. Estaban pálidas y graves. Desde 1825 á 1830, tres se volvieron locas.

III =Severidades=

Se ha de ser por lo menos dos años postulante, generalmente cuatro, y otros cuatro novicia. Es muy raro que los votos definitivos puedan pronunciarse antes de los veintitrés ó veinticuatro años. Las bernardas-benedictinas de Martín Verga no admiten bajo ningún concepto viudas en su orden.

Entréganse en sus celdas á muchas maceraciones desconocidas, de las cuales no deben hablar nunca.

El día en que profesa una novicia se la viste con sus más hermosos atavíos, se cubre su cabeza con blancas rosas, se perfuman y rizan sus cabellos, y después se prosterna; extiéndese sobre ella un gran velo negro, y se canta el oficio de difuntos. Entonces las religiosas se dividen en dos filas, y mientras pasa junto á ella una de estas filas, diciendo con lastimero acento: Nuestra hermana ha muerto, responde la otra: Vive en Jesucristo.

En la época en que pasó esta historia, había anexo al convento un colegio de niñas nobles, ricas la mayor parte, entre las cuales se distinguían las señoritas Sainte-Aularie y de Belissen, y una inglesa que llevaba el ilustre nombre católico de Talbot. Estas jóvenes, educadas por las religiosas, entre cuatro paredes, crecían en el horror al mundo y al siglo. Una de ellas nos decía un día: Ver el empedrado de la calle me hacía estremecer de pies á cabeza. Iban vestidas de azul con un gorro blanco, y un Espíritu Santo de plata sobredorada, ó de cobre, en el pecho. En ciertos días de gran festividad, y particularmente en el de santa Marta, se les concedía, como un gran favor y felicidad suprema, vestirse de monjas y cumplir las prácticas de san Benito durante todo el día. Al principio las religiosas les prestaban sus vestidos negros; pero después, pareciendo esto una profanación, fué prohibido por la priora. Sólo se permitió desde entonces hacer este préstamo á las novicias. Es muy notable que estas representaciones, toleradas sin duda y alentadas en el convento por un secreto espíritu de proselitismo, y para dar á las niñas cierto anticipado goce del santo hábito, fuése un placer real y una verdadera diversión para las educandas. Éstas se entretenían simplemente, puesto que se trataba de una cosa nueva, de un cambio. Cándidas razones de la infancia, que no logran hacer comprender á los mundanos el placer de tener un hisopo en las manos, y estarse de pie horas enteras cantando á coro ante un facistol.

Las educandas, excepción hecha de la austeridad, se conformaban con todas las prácticas del convento.

Hubo joven, que habiendo vuelto al mundo, aún muchos años después de casada, no logró dejar la costumbre de decir en alta voz cada vez que llamaban á la puerta: ¡Por siempre jamás! Las educandas, como las monjas, sólo veían á sus familias en el locutorio. ¡Ni sus mismas madres podían abrazarlas! Véase hasta qué punto se llevaba la severidad. Cierto día, fué una de las jóvenes visitada por su madre acompañada de una hermanita de tres años. La pequeña lloraba porque quería abrazar á su hermana. Imposible. Suplicóse que á lo menos se permitiera á la niña pasar la manita por entre los hierros para besársela. También fué negada esta petición, casi con escándalo.

IV =Alegrías=

Aquellas niñas no dejaron por esto de llenar de encantadores recuerdos aquella rígida morada. Había horas en las que resplandecía la infancia en aquella clausura. En cuanto sonaba la de recreo, abríase una puerta, y los pájaros decían: ¡Bueno! ¡Aquí están las niñas! Un torrente de juventud inundaba aquel jardín cortado por una cruz como una mortaja. Fisonomías radiantes, frentes blancas, ojos inocentes llenos de alegre luz, auroras de toda especie se esparcían entre aquellas tinieblas. Después de los salmos, de las campanas, de los toques, de los lamentos y de los oficios, estallaba de repente el ruido que hacían las niñas, ruido más dulce que el de las abejas. Abríase la colmena de la alegría, y cada una llevaba su miel. Jugaban, se llamaban, se agrupaban, corrían; bellísimos y diminutos dientes blancos charlaban en todos los rincones, los velos desde lejos vigilaban las risas, las sombras vigilaban los rayos; pero ¡qué importaba! Brillaban y reían. Aquellas cuatro lúgubres tapias tenían su minuto de alegría y asistían, vagamente iluminadas por el reflejo de tanto placer, á todos esos dulces susurros del enjambre infantil. Venía á ser como una lluvia de rosas en medio de aquel luto. Las niñas loqueaban bajo los ojos de las religiosas; la mirada de la impecabilidad no puede incomodar á la inocencia. Gracias á aquellas niñas, entre tantas horas de austeridad, había una de desahogo. Saltaban las pequeñas, y las grandes bailaban. En aquel claustro el juego andaba mezclado con el cielo. Nada tan tierno y augusto á la vez como aquellas almas inocentes entregadas á la expansión. Homero habría venido á reirse allí con Perrault, y en aquel negro jardín había juventud, salud, ruido, algarabía, aturdimiento, placer y felicidad bastante para desarrugar el ceño de todas las ancianidades, así de la epopeya como del cuento, así del trono como de la cabaña: desde Hécuba hasta la abuela.

En tal casa se han oído, más que en ninguna otra parte quizás, esas ocurrencias infantiles tan graciosas y que hacen reir y meditar á un tiempo. Entre aquellas cuatro fúnebres paredes exclamó cierto día una niña de cinco años: «¡Madre mía! acaba de decirme una de las grandes que ya no tengo que estar aquí más que nueve años y diez meses. ¡Qué alegría!».

Fué allí también donde se oyó este memorable diálogo:

UNA MADRE VOCAL.--¿Por qué lloráis, hija mía?

LA NIÑA (de seis años) sollozando.--He dicho á Alicia que sabía yo la historia de Francia, y ella me ha dicho que no la sabía, ¡y la sé!

ALICIA, la grande (de nueve años).--No, no la sabes.

LA MADRE.--¿Cómo es eso, hija mía?

ALICIA.--Me ha dicho que abriese el libro al azar y que le hiciese una pregunta de lo que trae el libro, y ella me respondería.

¿Y qué?

Que no ha contestado.

--Veamos: ¿qué le habéis preguntado?

--He abierto el libro al azar, como ella decía, y le he hecho la primera pregunta que ha salido.

--¿Y cuál ha sido la pregunta?

--Ésta: ¿qué sucedió después?

También se hizo allí esta observación profunda sobre una cotorra un poco golosa que pertenecía á una señora pensionista:

«--¡Es muy graciosa! ¡Se come la manteca de las tostadas como una persona!».

Fué sobre una de las losas de aquel convento, donde se recogió esta confesión, escrita de antemano para no olvidarla, por una pecadora de siete años:

«--Acúsome, padre, de haber sido avara.

«--Acúsome, padre, de haber sido adúltera.

«--Acúsome, padre, de haber dirigido miradas á los hombres».

En uno de los bancos de césped de aquel jardín, fué improvisado por una boca de rosa de seis años este cuento, escuchado por ojos azules de cuatro y cinco:

«--Éranse que se eran tres pollitos que vivían en un país donde había muchas flores; cogieron las flores y se las metieron en el bolsillo, y después las hojas, y las pusieron en sus juguetes. Y había un lobo en aquella tierra, y muchos bosques; el lobo estaba en el bosque, y se comió los pollitos».

Y este otro poema:

«--Sucedió que dieron un palo.

«Y fué Polichinela quien se lo dió al gato.

«Y no hízole bien sino mal.

«Entonces una señora metió á Polichinela en la cárcel».

Allí también dijo una niña abandonada, recogida por el convento y educada por caridad, esta frase tierna y dolorosa, oyendo hablar á las demás de sus madres, murmurando la pobre en un rincón:

«--Mi madre no estaba allí cuando nací yo».

Había una tornera muy gruesa que andaba siempre atareada por los corredores con su manojo de llaves, y que se llamaba sor Ágata. Las grandes--de más de diez años--la llamaban Ágatocles.

El refectorio era una gran sala rectangular que sólo recibía la luz por un claustro de arquivoltas al nivel del jardín; era obscuro y húmedo y como decían las niñas, «estaba lleno de bichos». Todos los sitios contiguos le suministraban su contingente de insectos.

Cada uno de los cuatro ángulos había recibido, en el lenguaje de las educandas, un nombre particular y expresivo. Había el rincón de las arañas, el rincón de las orugas, el rincón de las cucarachas y el rincón de los grillos.

El rincón de los grillos estaba cerca de la cocina, y era el más apreciado, porque allí hacía menos frío que en los demás. Del refectorio habían pasado los nombres al colegio y servían para distinguir, como en el antiguo colegio de Mazarino, cuatro naciones. Cada educanda pertenecía á una de las cuatro naciones, según el rincón del refectorio en que se sentaba á la hora de comer. Un día el señor arzobispo, haciendo la visita pastoral, vió entrar en la clase, por donde pasaba, una niña muy coloradita de hermosos cabellos rubios, y preguntó á otra educanda, linda y morenita de frescas mejillas, que estaba á su lado:

--¿Quién es ésa?

--Es una araña, monseñor.

--¡Bah! ¿Y esta otra?

--Ésta es un grillo.

--¿Y aquélla?

--Una oruga.

--¡De veras! ¿Y tú?

--Yo soy una cucaracha, monseñor.

Cada casa de este género tiene sus particularidades. Á principios del siglo, Ecouen era uno de esos lugares encantadores y severos en los que se desarrolla, en una sombra casi augusta, la infancia de las niñas. En Ecouen, para tomar puesto en la procesión del Corpus, se hacía distinción entre las vírgenes y las floristas. Había igualmente «palios é incensarios»; las unas llevaban los cordones del palio, y las otras incensaban al Santísimo Sacramento. Las flores correspondían de derecho á las floristas. Cuatro «vírgenes» abrían la marcha. Durante la mañana de este gran día, no era raro oir preguntar en el dormitorio:

--¿Quién es virgen?

Madama Campan cita este dicho de una «pequeña» de siete años, dirigiéndose á una «grande» de diez y seis que iba á la cabeza de la procesión, mientras que ella, la pequeña, se quedaba á la cola:

--¡Ah, tú eres virgen! Y ¡yo no lo soy!

V =Distracciones=

Sobre la puerta del refectorio estaba escrita en grandes letras negras la siguiente oración, llamada el Pater Noster blanco, la cual tenía la virtud de conducir las gentes directamente al cielo.

«Pequeño Padre nuestro blanco, que Dios hizo, que Dios dijo, que Dios puso en el paraíso. Por la noche, al acostarme, tres ángeles me encontré acostados en mi cama, uno á los pies, dos á la cabecera, y en medio á la Virgen Santa, que me dijo me acostase y de nada me cuidase. Dios bueno es mi padre, la Santa Virgen mi madre, los tres apóstoles mis hermanos y las tres vírgenes mis hermanas. La camisa en que Dios nació éste mi cuerpo envolvió; la cruz de santa Margarita en mi pecho tengo escrita. Nuestra Señora la Virgen por los campos va caminando, á su hijo querido llorando, y con el señor san Juan se ha encontrado.--Señor san Juan ¿de dónde venís?--Vengo del AVE SALUS.--¿Habéis visto si está allí Dios?--En el árbol de la Cruz, pendientes tiene los pies, clavadas tiene las manos, lleva sobre la cabeza corona de espinos blancos.

«Quien rezare esta oración tres veces por la mañana y otras tantas por la noche, ganará el cielo á la postre».

En 1827 había desaparecido de la pared esta oración tan característica, bajo una triple capa de pintura. Hoy acaba de borrarse también de la memoria de algunas niñas, jóvenes de entonces, señoras ancianas actualmente.

Un gran crucifijo colgado de la pared completaba la decoración del refectorio, cuya única puerta, como creemos haber dicho, daba al jardín. Dos mesas estrechas, con dos bancos á lo largo de cada una, formaban dos líneas paralelas desde uno á otro extremo del refectorio. Las paredes eran blancas, las mesas negras; colores ambos de luto, variedad única de los conventos. Las comidas eran frugales, y aún el régimen de las niñas muy severo. Un solo plato de carne y legumbres mezcladas, ó de pescado salado, era todo su lujo. Este plato ordinario, reservado solamente á las educandas, era, sin embargo, una excepción. Las niñas comían y callaban bajo la vigilancia de la madre de semana, que de cuando en cuando abría y cerraba ruidosamente un libro de madera siempre que alguna mosca trataba de volar ó zumbar contra la regla. El silencio iba sazonado con algún trozo de la vida de los Santos, leído en alta voz desde un púlpito con atril, colocado al pie del crucifijo. La lectora era una de las educandas de más edad, que estaba de semana. En la mesa había colocados á distancia regular lebrillos barnizados, en donde las educandas lavaban por sí mismas su vaso y su cubierto, y algunas veces arrojaban también los desperdicios de carne dura ó de pescado pasado: esto se castigaba. Los tales lebrillos se llamaban los círculos de agua.

La niña que rompía el silencio «hacía una cruz con la lengua». ¿Dónde? En la tierra. Lamía el suelo. El polvo, este fin de todas las alegrías, se encargaba de castigar á aquellas pobres hojas de rosa, culpadas de murmullo.

Había en el convento un libro, del cual no se había impreso más que un ejemplar único, y que estaba prohibido leer. Éste era la regla de san Benito, arcano que no debía penetrar ningún ojo profano. «Nemo regulas, seu constitutiones nostras, externis communicabit».

Las educandas consiguieron un día coger el libro, y se pusieron á leer naturalmente, interrumpiendo con frecuencia la lectura por el temor de ser sorprendidas, lo cual les hacía cerrar el libro precipitadamente. De todo aquel gran miedo no sacaron más que un placer muy mediano.

Algunas páginas ininteligibles acerca de los pecados de los muchachos. Esto fué lo «más interesante».

Las colegialas jugaban en una alameda de desmedrados árboles frutales. Á pesar de la extremada vigilancia y de la severidad de los castigos, cuando el viento había sacudido los árboles, algunas de ellas recogían furtivamente del suelo una manzana verde, ó un albaricoque macado, ó una pera roída de gusanos. Aquí dejaremos hablar por nosotros una carta que tenemos á la vista, escrita hace veinticinco años por una antigua educanda, hoy marquesa de***, y una de las mujeres más elegantes de París. La copia es textual.

«Se guarda una su pera ó su manzana como puede, y cuando se sube á dejar el velo encima de la cama, y á esperar la hora de cenar, se la esconde debajo de la almohada, y por la noche se la come estando en la cama: y cuando ni aún esto es posible, se come en el excusado». Era ésta una de sus mayores delicias.

Una vez, al pasar la visita el señor arzobispo, una de las educandas, la señorita Bouchard, que tenía algunas relaciones de parentesco con los Montmorency, apostó á que le pediría un día de asueto, atrevimiento enorme, tratándose de una comunidad tan austera. La apuesta fué aceptada; pero ninguna de las que habían apostado creían en que se hiciera la petición.

Llegó el momento, y al pasar el señor arzobispo por delante de las educandas, la señorita Bouchard, con indescriptible admiración de todas sus compañeras, salió de la fila y dijo: «Monseñor, un día de asueto».

La señorita Bouchard era fresca y crecida, y tenía además la carita de rosa más linda del mundo. Monseñor de Quélen se sonrió, y dijo: «¡Cómo, querida hija mía, un día de asueto! Tres días, si gustáis. Os concedo tres días». La priora nada podía hacer, había hablado el señor arzobispo. Qué escándalo para el convento, y qué alegría en el colegio. Júzguese del efecto.

Este claustro tan severo no estaba, sin embargo, tan amurallado que la vida de las pasiones del mundo, el drama y aún la novela no penetrasen en él. Para probarlo nos limitaremos á consignar aquí, y á indicar brevemente un hecho real é incontestable, que por otra parte nada tiene que ver con la historia que vamos refiriendo. Citaremos simplemente el hecho para completar la fisonomía del convento.

Hacia dicha época pues, había en el convento una mujer misteriosa, que sin ser monja, era tratada con gran respeto; se llamaba «señora Albertina». No se sabía de ella sino que estaba loca, y que pasaba por muerta en el mundo. Tenía, según se decía, encerrados en la historia, arreglos de fortuna indispensables á un gran casamiento.

Esta mujer, que apenas contaba treinta años, morena y hermosa, miraba vagamente con sus negros y grandes ojos. ¿Veía? No se sabía de cierto.

Se deslizaba más bien que andaba; no hablaba nunca, y no era cosa segura si respiraba ó no. Tenía las ventanas de la nariz contraídas y lívidas, como después de lanzar el último suspiro; tocar su mano era tocar la nieve. Mostraba cierta gracia especial de espectro. Donde ella entraba se sentía frío. Un día, una de las hermanas al verla pasar, díjole á otra:--Pasa por muerta.--Puede que lo esté,--respondió la segunda.

Hacíanse sobre la señora Albertina mil diversas suposiciones. Era el objeto eterno de la curiosidad de las educandas. Había en la capilla una tribuna, que se llamaba del Ojo de buey. Esta tribuna sólo tenía un ojo redondo por ventana, una claraboya, desde la cual la señora Albertina asistía á los actos del culto. Generalmente estaba siempre sola allí, porque situada la tribuna en el primer piso, podía verse perfectamente al predicador y al celebrante, lo cual estaba prohibido á las religiosas. Un día ocupaba el púlpito un clérigo joven de elevada alcurnia, el señor duque de Rohan, par de Francia, oficial de mosqueteros rojos en 1815, cuando era príncipe de León, muriendo después en 1830 de cardenal-arzobispo de Besanzón.

Era la primera vez que el señor de Rohan predicaba en el convento del Pequeño Picpus. La señora Albertina asistía generalmente á los sermones y á los oficios en la mayor calma y en la más completa inmovilidad. Aquel día, en cuanto vió al duque de Rohan, se medio levantó, y dijo en voz alta, en medio del silencio de la capilla: ¡Calla, Augusto! Toda la comunidad, asombrada, volvió la cabeza; el predicador levantó los ojos; pero la señora Albertina había ya vuelto á su natural inmovilidad. Un soplo del mundo exterior, un rayo de vida pasó instantáneamente por aquella figura marchita y helada; después todo se desvaneció, y la loca volvió á ser nuevamente un cadáver.

Aquellas dos palabras, sin embargo, dieron que hablar á todo lo que podía hablar en el convento.

¡Qué de misterios, qué de revelaciones! en aquel ¡Calla, Augusto! El duque de Rohan se llamaba efectivamente Augusto. Era evidente que la señora Albertina había salido del gran mundo, puesto que conocía al duque de Rohan; que había ella ocupado en el siglo alta posición, porque hablaba familiarmente á tan gran señor, y que tenía con él relaciones de parentesco tal vez, y muy íntimas seguramente, cuando le llamaba por su nombre de pila.

Dos duquesas muy severas, las de Choiseul y de Sérent, visitaban con frecuencia á la Comunidad, en la cual penetraban sin duda en virtud del privilegio Magnates mulieres, dando mucho miedo á las colegialas. Cuando pasaban las dos viejas, todas las educandas temblaban y bajaban los ojos.

El duque de Rohan era, por otra parte, sin saberlo él, objeto de la atención general de aquellas jóvenes. Acababa de ser nombrado, como aspirante al episcopado, vicario general del arzobispado de París, y tenía por costumbre ir á cantar los oficios en las funciones de la capilla del Pequeño Picpus. Ninguna de las jóvenes reclusas podía verle á causa de la cortina de sarga; pero tenía una voz dulce y un tanto aguda, que ya conocían y distinguían todas perfectamente. Había sido mosquetero; se decía que era muy pulcro, que peinaba con gran esmero sus hermosos cabellos castaños, formando bucles alrededor de la frente, que llevaba un ancho cinturón de magnífico moaré, y que su sotana negra estaba cortada elegantísimamente. Así es que llevaba toda la atención de aquellas imaginaciones de diez y seis años.

Ningún ruido exterior penetraba en el interior del convento.

Sin embargo, hubo un año en que se oyó el sonido de una flauta. Fué éste un acontecimiento del que se acuerdan todavía las educandas de aquel tiempo. Era una flauta tocada indudablemente por algún vecino, que siempre repetía el mismo aire, un aire muy antiguo: Zetulbé mía, ven á reinar en mi alma, el cual se oía dos ó tres veces diariamente. Las muchachas se pasaban las horas escuchando, las madres vocales estaban indignadas, las imaginaciones trabajaban, llovían los castigos. Esto duró muchos meses. Las educandas estaban todas más ó menos enamoradas del músico desconocido. Cada cual se creía otra Zetulbé. El sonido venía del lado de la calle Droit-Mur. Todas lo hubieran dado todo, lo hubieran comprometido é intentado todo, por ver, siquiera por un segundo, por entrever, por vislumbrar solamente al «gallardo joven» que tañía tan deliciosamente la flauta, y que sin imaginárselo, conmovía á un mismo tiempo todas aquellas almas. Las hubo que se escaparon por una puerta excusada y subieron al tercer piso de la calle Droit-Mur para tratar de ver por los respiraderos. Imposible. Una de ellas llegó hasta el punto de pasar el brazo por cima de la cabeza al través de los hierros, agitando su pañuelo blanco. Otras dos fueron más osadas aún. Encontraron medio de trepar hasta el tejado, arriesgándose por él, hasta que por fin consiguieron ver al «gallardo joven».

Era un viejo hidalgo emigrado, ciego y arruinado, que se entretenía en su buhardilla, tocando la flauta para consolarse.

VI =El convento pequeño=

Había en el recinto del Pequeño Picpus tres edificios completamente distintos: el convento grande, que habitaban las religiosas; el colegio en que estaban las educandas, y el convento pequeño. Era éste un departamento con jardín, donde vivían en común toda clase de antiguas religiosas de distintas órdenes, restos de los claustros destruidos por la revolución; una abigarrada mezcla de todos los hábitos negros, grises y blancos, de todas las comunidades, y de todas las variedades posibles. Era lo que puede llamarse, si se nos permite semejante combinación de palabras, un convento arlequín.

Desde el Imperio se había permitido á aquellas infelices, dispersas y desterradas, acogerse bajo la protección de las benedictinas-bernardas, donde recibían una corta pensión del Gobierno. Las religiosas del Pequeño Picpus las habían acogido muy bien. Era, pues, aquello una mezcla chocante. Cada una seguía su regla. Algunas veces se permitía á las educandas, como gran concesión, hacerles una visita; y estas jóvenes han conservado, entre otros recuerdos, los de la madre santa Basilia, de la madre santa Escolástica, y de la madre Jacob.

Una de estas refugiadas se hallaba reinstalada como en su casa. Era una religiosa de Santa Aura, y era también la única que sobrevivía de su comunidad. El antiguo convento de monjas de Santa Aura ocupaba, desde principios del siglo XVIII, precisamente la misma casa del Pequeño Picpus, que perteneció después á las benedictinas de Martín Verga. Esta santa monja, demasiado pobre para poder llevar el magnífico hábito de su orden, que era un manto blanco con escapulario escarlata, había vestido piadosamente con él un pequeño maniquí, que enseñaba á todo el mundo con satisfacción, y que legó al convento cuando murió. En 1824 no quedaba de aquella orden más que una religiosa; hoy día no queda más que una muñeca.

Además de estas dignas madres, había algunas viejas del siglo, que habían obtenido permiso de la priora, como la señora Albertina, para retirarse al convento pequeño.

Pertenecían á este número, la señora de Beauford de Hatpoul y la marquesa Dufresne.

Otra había también que era sólo conocida en el convento por el gran ruido que hacía al limpiarse las narices. Las educandas la llamaban la señora Batahola.

Hacia 1820 ó 1821, la señora de Genlis, que publicaba en dicha época un periódico, titulado el Intrépido, pidió para entrar de pensionista en el convento del Pequeño Picpus, por recomendación del señor duque de Orléans. Esto alborotó la colmena; las madres vocales temblaban; la señora de Genlis había escrito novelas, pero declaró que era la primera en condenarlas. Además, había llegado al punto en que la devoción se vuelve insociable. Por fin, con la ayuda de Dios y la del príncipe, entró en el convento, pero se marchó á los seis ú ocho meses, dando por toda razón que el jardín carecía de sombra. Las religiosas se alegraron muchísimo. La señora de Genlis, aunque ya vieja, tocaba aún el arpa bastante bien.

Al marcharse dejó el sello de su estancia en la celda. Era supersticiosa y latinista. Estas dos palabras expresan gráficamente su perfil. Hace algunos años se encontraban aún pegados en lo interior de un armarito de su celda donde guardaba el dinero y las alhajas, estos cinco versos latinos, escritos por su propia mano con tinta roja en papel amarillo, y que, en su opinión, tenían la virtud de espantar á los ladrones:

Imparibus meritis pendent tria corpora ramis; Dismas et Gesmas, media est divina potestas; Alta petit Dismas, infelix, infima, Gesmas, Nos et res nostras conservet summa potestas. Hos versus dicas, ne tu furto tua perdas.

Estos versos, en latín del siglo VI, agitan la cuestión de si los dos ladrones del Calvario se llamaban, como se cree comúnmente, Dimas y Gestas, ó Dismas y Gesmas. Esta diferencia ortográfica, por insignificante que parezca, hubiera podido contrariar las pretensiones que tenía en el siglo pasado el vizconde de Gestas de descender del mal ladrón. Por lo demás, la virtud benéfica atribuida á estos versos es verdadero artículo de fe en la orden de las hospitalarias.

La iglesia de la casa, construida de manera que formaba un corte de separación entre el convento grande y el colegio, era común, sin embargo, al colegio, al convento grande y al pequeño; y en ella se admitía también al público por una especie de entrada de lazareto que conducía á la calle.

Pero todo estaba dispuesto de modo que ninguna de las habitantes del claustro pudiese ver un rostro de afuera. Imagínese el lector una iglesia cuyo coro hubiera sido cogido por la mano de un gigante, y doblado de manera que formase, no ya, como en todas las iglesias, una prolongación detrás del altar, sino una especie de sala ó caverna obscura á la derecha del celebrante; supóngase esta sala cerrada por la cortina de siete pies de altura de que ya hemos hablado; amontónense allí á la sombra de esa cortina, en sitiales de madera, las religiosas del coro á la izquierda, las educandas á la derecha, las conversas y las novicias en el centro, y se tendrá una idea de cómo las religiosas del Pequeño Picpus asistían al culto divino. Esta caverna, que se llamaba el coro, se comunicaba con el claustro por un pasadizo. La iglesia tomaba la luz del jardín. Cuando las religiosas asistían á las funciones en que su regla prevenía el silencio, el público sólo se enteraba de su presencia por el choque de las tablillas de los sitiales, que se levantaban y bajaban ruidosamente.

VII =Algunas siluetas de aquella sombra=

Durante los seis años que median desde 1819 á 1825, había sido priora del Pequeño Picpus la señorita Blemeur, que en religión se llamaba la madre Inocente. Pertenecía á la familia de Margarita de Blemeur, autora de la Vida de los Santos de la orden de san Benito.

Había sido reelegida en su cargo. Era mujer de unos sesenta años, baja, gruesa, «que cantaba como un puchero cascado», dice la carta citada anteriormente. Por lo demás, era excelente mujer; la única alegre del convento, y por esto era estimada de todas.

La madre Inocente se parecía en algo á su ascendiente Margarita, la Dacier de la orden.

Era literata, erudita, sabia, competente, historiadora, curiosa, rellena de latín, repleta de griego y henchida de hebreo, y más benedictino que benedictina.

La vice-priora era una religiosa española muy anciana y casi ciega, la madre Cineres.

Las más de notar, entre las madres vocales, eran la madre santa Honorina, tesorera; la madre santa Gertrudis, primera maestra de novicias; la madre santo Ángel, segunda maestra; la madre Asunción, sacristana; la madre san Agustín, enfermera, la única que era mala en el convento; después la madre, santa Mechtilde (señorita Gauvain) muy joven, con admirable voz; la madre Ángeles (señorita Drouet), que había estado en el convento de las Hijas de Dios y en el convento del Tesoro, entre Gisors y Magny; la madre san José (señorita Cogolludo); la madre santa Adelaida (señorita de Auverney); la madre Misericordia (señorita de Cifuentes, que no pudo resistir tanta austeridad); la madre Compasión (señorita de Miltière, que entró en el convento á los sesenta años, á pesar de no permitirlo la regla, pero muy rica); la madre Providencia (señorita de Laudinière): la madre Presentación (señorita de Sigüenza), que fué priora en 1847; y por fin, la madre santa Celina (hermana del escultor Ceracchi), que se volvió loca; la madre santa Chantal (señorita de Suzón), loca igualmente.

Había además, entre las más bellas, una linda joven de veintitrés años, que procedía de la isla de Borbón, descendiente del caballero Roze, que se llamaba señorita Roze y se hizo llamar madre Asunción.

La madre santa Mechtilde, encargada del canto y del coro, enseñaba muy satisfecha á las educandas. Tomaba de entre ellas diariamente una gama completa, es decir, siete educandas desde diez años á diez y seis inclusive, de voces y estaturas variadas, á quienes hacía cantar de pie, alineadas en fila por edades, desde la menor á la mayor, lo cual ofrecía el caprichoso aspecto de un flautado de jóvenes, especie de flauta viviente del dios Pan, formada de ángeles.

Las hermanas conversas á quienes querían más las educandas eran sor santa Eufrasia, sor santa Margarita, sor santa Marta, ya chocha, y sor san Miguel, cuya larga nariz era objeto de risa.

Todas estas mujeres eran amables para las niñas; sólo eran rígidas para ellas mismas.

No se encendía lumbre más que en el colegio, y el alimento, comparado con el del convento, era escogido. Además, tenían por las educandas mil cuidados; sólo que, cuando una niña pasaba junto á una religiosa y le hablaba, la monja no respondía nunca.

La regla del silencio había producido el efecto singular de que en todo el convento se negaba la palabra á las criaturas humanas cuando se concedía á los objetos inanimados. Á veces hablaba la campana de la iglesia, otras el cascabel del jardinero. Un timbre muy sonoro, que la tornera tenía á su lado y que se oía en toda la casa, indicaba con sus variados toques que venía á ser una especie de telegrafía acústica, todos los actos de la vida material que debían ejecutarse, llamando al locutorio, cuando había necesidad, á tal ó cual habitante de la casa. Cada persona y cada cosa tenía sus toques: la priora uno y uno; la vice-priora uno y dos; seis con cinco llamaban á clase; de modo que las educandas no decían nunca entrar en clase, sino ir á las seis con cinco. Cuatro con cuatro era el toque á que respondía la señora de Genlis, el cual se oía con mucha frecuencia. Es el diablo á cuatro, decían las que tenían poca caridad. Diez con nueve toques anunciaban un gran acontecimiento. Era éste la apertura de la puerta de clausura, enorme plancha de hierro erizada de cerrojos, que no giraba sobre sus goznes sino á presencia del arzobispo.

Éste y el jardinero, como hemos ya dicho, eran los únicos hombres que entraban en el convento. Las educandas veían á otros dos; el uno el capellán que era el presbítero Banés, viejo y feo, á quién podían contemplar desde el coro al través de una reja; y el otro el profesor de dibujo, señor Ansiaux, llamado en la carta de que hemos copiado algunas líneas señor Anciot y calificado de viejo horrible y jorobado.

Como se ve, todos los hombres eran escogidos.

Tal era aquella curiosa morada.

VIII =Post corda lapides=

Después de haber delineado la figura moral del convento, no estará de más indicar en breves palabras la configuración material: el lector tiene ya de ella alguna idea.

El convento del Pequeño Picpus de San Antonio, ocupaba casi completamente el vasto trapecio que formaban las intersecciones de las calles Polonceau, Droit-Mur, la callejuela Pequeño Picpus y el callejón sin salida llamado en los antiguos planos calle Aumarais. Estas cuatro calles rodeaban el trapecio, como un foso. El convento se componía de varios edificios y un jardín. El edificio principal, tomado en conjunto, era un compuesto de construcciones híbridas, que miradas á vista de pájaro dibujaban con bastante exactitud una horca colocada en tierra.

El brazo mayor de esta horca, ocupaba todo el trozo de la calle Droit-Mur, comprendido entre la callejuela Picpus y la calle Polonceau; el brazo pequeño era una fachada alta, cenicienta, severa y enrejada, que daba frente á la callejuela Picpus, cuya extremidad designaba la puerta cochera número 62. Casi en medio de esta fachada, el polvo y la ceniza blanqueaban una puertecita vieja, cintrada, en que las arañas tejían su tela, y que sólo se abría una ó dos horas los domingos, y en las raras ocasiones en que salía del convento el ataúd de alguna religiosa.

Era la entrada pública de la iglesia. El codo de la horca la formaba una sala cuadrada con destino al servicio de la cocina, y á la que las religiosas llamaban la despensa. En el gran brazo estaban las celdas de las madres y de las hermanas, y el noviciado; en el otro brazo las cocinas, el refectorio rodeado del claustro y la iglesia. Entre la puerta número 62 y el ángulo del callejón sin salida Aumarais, estaba el colegio, que no se veía desde fuera. El resto del trapecio formaba el jardín, que estaba mucho más bajo que el nivel de la calle Polonceau, lo que hacía que la cerca rematase mucho más alta por dentro que por fuera. El jardín, ligeramente convexo, tenía en el centro, en una pequeña altura, un hermoso abeto agudo y cónico, del cual arrancaban, como de la punta central de una rodela, cuatro grandes calles, y otras ocho menores, colocadas dos á dos entre las primeras, de tal manera, que si el recinto hubiese sido circular, el plano geométrico de estas calles hubiera parecido una cruz colocada sobre una rueda. Todas las calles iban á terminar en las tapias irregulares del jardín, y por lo tanto, eran desiguales en longitud.

Estaban bordeadas de groselleros. En el fondo, una calle de elevados álamos iba desde las ruinas del antiguo convento, que estaban en el ángulo de la calle Droit-Mur, á la casa del convento pequeño, situado en el ángulo de la callejuela Aumarais. Antes de llegar al convento pequeño se encontraba lo que llamaban el jardinillo. Añádase á este conjunto un patio, muchos ángulos desiguales formados por las habitaciones interiores, paredes de cárcel, y por toda perspectiva y vecindad la negra y extensa línea de tejados que corría al otro lado de la calle Polonceau, y se tendrá una imagen completa de lo que era hace cuarenta y cinco años el convento de bernardinas del Pequeño Picpus. Esta santa casa se había construido precisamente en el sitio que ocupó un famoso juego de pelota, desde el siglo XIV al XVI, al cual llamaban el trinquete de los once mil diablos.

Todas aquellas calles eran de las más antiguas de París. Los nombres de Droit-Mur y Aumarais son antiquísimos; pero las calles que los llevaban eran más antiguas todavía.

La calleja Aumarais se había llamado calleja de Maugout, y la calle Droit-Mur se llamó anteriormente calle de los Rosales Silvestres, porque Dios abrió las flores antes que el hombre tallase las piedras.

IX =Un siglo bajo una toca=

Ya que estamos puestos á dar pormenores de lo que fué en otro tiempo el convento del Pequeño Picpus, y que hemos osado abrir una ventana en este discreto asilo, permítanos el lector todavía otra ligera digresión, ajena al fondo de este libro, pero característica y útil para dar á conocer que aún en el mismo claustro existen tipos originales.

Había en el convento pequeño una mujer centenaria que había ido allí procedente de la abadía de Fontevrault.

Antes de la revolución había pertenecido al mundo.

Hablaba mucho del señor de Miromesnil, guarda-sellos de Luis XIV, y de una tal Duplat, presidenta, á quienes había conocido mucho. Toda su vanidad, todo su placer, consistía en recordar estos nombres á cada paso. Contaba maravillas de la abadía de Fontevrault, que parecía una ciudad, pues tenía sus calles dentro del monasterio.

Hablaba con cierto acento picardo, que provocaba la risa de las educandas. Cada año renovaba solemnemente sus votos, y en el momento de hacer juramento, decía al sacerdote: monseñor san Francisco le prestó en manos de monseñor san Julián; monseñor san Julián le prestó en manos de monseñor san Eusebio; monseñor san Eusebio en manos de monseñor san Procopio, etc., etc.; así yo le presto en vuestras manos padre. Y las educandas reían, no so capa, sino so velo; encantadoras y sofocadas sonrisas que hacían fruncir el ceño á las madres vocales.

Otras veces, la centenaria contaba historias. Decía que «en su juventud los bernardinos no les iban en zaga á los mosqueteros». Era un siglo hablando; pero era el siglo XVIII. Narraba la costumbre de los cuatro vinos en Champagne y Bourgogne, antes de la revolución. Siempre que un gran personaje, un mariscal de Francia, un príncipe, un duque ó un par pasaba por alguna de las ciudades de Bourgogne ó Champagne, el Ayuntamiento le arengaba y presentaba cuatro copas de plata llenas de cuatro vinos diferentes. En la primera copa se leía esta inscripción: «vino del mono»; en la segunda, «vino del león»; en la tercera «vino del carnero»; en la cuarta, «vino del cerdo». Aquellos cuatro letreros expresaban los cuatro grados por que desciende la embriaguez: la primera embriaguez es la que alegra, la segunda la que irrita, la tercera la que atonta y la última en fin la que embrutece.

Guardaba dentro de un armario, bajo llave, un objeto misterioso, que estimaba en mucho. La regla de Fontevrault no se lo prohibía, pero ella no quería enseñar aquel objeto á nadie. Se encerraba en la celda, lo que también permitía su regla, ocultándose siempre que quería contemplarle. Si oía pasos en el corredor, cerraba el armario tan precipitadamente cuanto podían sus trémulas manos. Cuando se le hablaba de aquello, se callaba siempre, siendo como era tan amiga de hablar. Las más curiosas se encontraban chasqueadas por su silencio, y las más tenaces por su obstinación. Era, pues, su objeto, motivo de los comentarios de todas las personas desocupadas ó fastidiadas del convento.

¿Qué podía ser aquel tan precioso, tan guardado, tesoro de la centenaria? ¿Sería algún libro santo? ¿Algún rosario único? ¿Alguna reliquia eficaz y probada? Todas se perdían en conjeturas.

Á la muerte de la pobre anciana corrieron todas al armario, más de prisa tal vez de lo que hubiese convenido, y le abrieron. Encontróse el objeto envuelto en un triple lienzo, como patena bendita.

Era un plato de Faënza, en el cual había pintados unos amorcillos volando en fuga, perseguidos por unos mancebos de botica armados de enormes jeringas. La persecución abundaba en gestos y posturas cómicas. Uno de los graciosos amorcillos aparece ya ensartado; en vano agita sus alas, y trata de volar; el matachín se ríe de sus esfuerzos con risa satánica.

Moraleja: el amor vencido por el cólico.

Aquel plato, por otra parte muy curioso y que tuvo quizá el mérito de sugerir una idea á Molière, existía aún en septiembre de 1845 de venta en una prendería del boulevard Beaumarchais.

Aquella buena vieja no quería recibir ninguna visita de fuera del convento, porque, según decía, «el locutorio era demasiado triste».

X =Origen de la adoración perpetua=

Por lo demás, aquel locutorio casi sepulcral del que hemos procurado dar una idea, es un hecho puramente local, que no tenía semejante severidad en los otros conventos. En el de la calle del Temple, que en verdad era de otra orden, los postiguillos negros estaban reemplazados por cortinas obscuras, y el locutorio mismo era un salón bien entarimado, cuyas ventanas tenían cortinillas de muselina blanca, y cuyas paredes admitían toda clase de cuadros: el retrato de una benedictina con la cara descubierta, floreros pintados, y hasta una cabeza de turco.

En el jardín del convento de la calle del Temple, estaba aquel castaño de Indias que pasaba por el más hermoso y más grande de Francia, y que tenía fama, entre el pueblo bonachón del siglo XVIII, de ser «el padre de todos los castaños del reino».

Hemos dicho ya que el convento del Temple estaba ocupado por las benedictinas de la Adoración perpetua, distintas de las que dependían de Císter. La orden de la Adoración perpetua no es muy antigua; cuenta sólo doscientos años. En 1649 el Santísimo Sacramento fué profanado dos veces, con pocos días de diferencia, en dos iglesias de París: en San Sulpicio y en San Juan de Grève, espantoso y raro sacrilegio que conmovió toda la población. El prior, vicario mayor de San Germán de los Prados, dispuso una procesión solemne de todo su clero, oficiando el nuncio del papa. Pero semejante expiación no pareció suficiente á dos dignas mujeres, la señora Courtin, marquesa de Boucs, y la condesa de Chateauvieux. Aquel ultraje inferido «al augusto Sacramento del altar», aunque pasajero, no se borraba del alma de aquellas dos santas mujeres, que creyeron que no podía ser reparado sino por una «adoración perpetua» en algún convento de monjas. Y ambas á dos, la una en 1652 y otra en 1653, hicieron donación de grandes sumas á la madre Catalina de Bar, llamada del Santísimo Sacramento, religiosa benedictina, para fundar con este fin piadoso, un monasterio de la orden de San Benito. El primer permiso para esta fundación fué concedido á la madre Catalina de Bar por el señor de Metz, abad de San Germán, «á condición de que no pudiera ser recibida ninguna joven que no llevase trescientas libras de renta, que suponen seis mil libras de capital». Después del abad de San Germán, el rey concedió las reales cédulas; y reunidas las licencias abaciales y las reales, fué registrado en 1664 en el Tribunal de Cuentas y en el Parlamento.

Tal es el origen y la consagración legal del establecimiento de las benedictinas de la Adoración perpetua del Santísimo Sacramento en París. Su primer convento se «edificó de nueva planta» en la calle de Casette, con el dinero de las señoras de Boucs y de Chateauvieux.

Esta orden, era pues, como se ve, distinta de las que seguían las benedictinas llamadas del Císter y dependía del abad de San Germán de los Prados; de igual manera que las monjas del Sagrado Corazón dependen del general de los jesuitas, y las hermanas de la Caridad del general de los lazaristas.

Era también totalmente distinta de la de las bernardas del Pequeño-Picpus cuyo interior acabamos de manifestar. En 1657, el papa Alejandro VII autorizó por breve especial á las bernardas del Pequeño-Picpus para practicar la adoración perpetua como las benedictinas del Santísimo Sacramento. Pero las dos órdenes no fueron por eso menos distintas.

XI =Fin del Pequeño-Picpus=

Desde el principio de la restauración, el convento del Pequeño-Picpus iba muy á menos, lo cual era parte de la muerte general de la orden, que iba desapareciendo como todas las demás órdenes religiosas desde el siglo XVII. La contemplación es, lo mismo que la oración, una necesidad humana; pero se transformará como todo lo que ha tocado la revolución, y de enigma del progreso social, se convertirá en favorable.

La casa del Pequeño-Picpus se despoblaba rápidamente. En 1840 el convento pequeño había desaparecido, el colegio también; no había ya viejas ni jóvenes; las unas habían muerto, las otras se habían ido. Volaverunt.

La regla de la Adoración perpetua es de una rigidez tal, que asombra; las vocaciones retroceden, la orden no se renueva. En 1845 entraban aún de acá y de allá algunas, pocas, religiosas conversas, pero ni una de coro. Hace cuarenta años había unas cien religiosas: hace quince no había más que veintiocho. ¿Cuántas quedan hoy? En 1847 la priora era joven, aún no tenía cuarenta años, prueba de que la elección se hacía en un círculo muy reducido. Á medida que disminuye el número, aumenta el trabajo; el servicio de cada una se hace más duro. Veíase desde entonces llegar el momento en que ya no serían sino una docena de espaldas doloridas y encorvadas á soportar la pesada regla de San Benito. La carga es pesadísima, y sigue siempre la misma para pocas como para muchas; el mucho peso aplasta. Por eso mueren.

En el tiempo en que el autor de este libro vivía todavía en París, murieron dos. La una tenía veinticinco años, la otra veintitrés. Ésta pudo decir como Julia Alpinula: Hic jaceo. Vixi annos viginti et tres. Á causa de semejante decadencia, es por lo que el convento ha renunciado á la educación de niñas.

No hemos podido pasar por delante de aquella casa extraordinaria, desconocida, obscura, sin entrar y sin hacer entrar en ella los espíritus que nos acompañan y nos oyen referir, para utilidad de algunos quizá, la historia melancólica de Juan Valjean. Hemos penetrado en aquella comunidad enteramente llena de antiguas prácticas, que parecen tan nuevas á la fecha. Es el jardín cerrado; Hortus conclusus.

Hemos hablado de aquel sitio singular con alguna minuciosidad, pero con respeto, al menos con todo lo que son compatibles respeto y detalle. No nos lo explicamos todo, pero no insultamos nada. Estamos á la misma distancia del himno laudatorio de José de Maistre, que lleva á la coronación del verdugo, que de la ironía de Voltaire, que llega hasta reirse del crucifijo.

Ilogismo de Voltaire, sea dicho de paso; porque Voltaire hubiera defendido á Jesús como defendía á Calás; y para aquellos mismos que niegan las encarnaciones sobrehumanas, ¿qué representa el crucifijo? El asesinato de la sabiduría.

En el siglo XIX, la idea religiosa está pasando por una grave crisis. Se olvidan ciertas cosas, y está bien hecho, con tal que al olvidar aquello se aprenda esto.

Nada de vacío en el corazón humano. Si se hacen ciertas demoliciones, y si es bueno que se hagan, ha de ser á condición de que sigan á ellas las reconstrucciones.

Entre tanto, estudiemos las cosas que dejaron de ser. Es necesario conocerlas, aunque no sea más que para evitarlas. Las falsificaciones del pasado toman falsos nombres, y se llaman á sí mismas porvenir.

Este reaparecido, el pasado, está expuesto á la debilidad de falsificar su pasaporte. Averigüemos el ardid: desconfiemos. Seamos cautos.

Lo pasado tiene su fisonomía, la superstición; y un antifaz, la hipocresía. Denunciemos el rostro y arranquemos la máscara.

En cuanto á los conventos, nos ofrecen una cuestión compleja. La civilización los condena; los protege la libertad.

LIBRO SÉPTIMO PARÉNTESIS

I =El convento: idea abstracta=

Este libro es un drama, cuyo primer personaje es el infinito.

El hombre es el segundo.

Siendo así y habiéndose encontrado un convento en nuestro camino, hemos debido penetrar en él. ¿Por qué?

Porque el convento, que es propio así del Oriente como del Occidente, de la antigüedad como de los tiempos modernos, propio del paganismo, del budismo, del mahometismo, como del cristianismo, es uno de los instrumentos ópticos dirigidos por el hombre al infinito.

No es éste lugar de desenvolver desmedidamente ciertas ideas; sin embargo, aún manteniendo absolutamente nuestras reservas, nuestras restricciones, y hasta nuestras indignaciones, debemos decirlo: siempre que hallamos en el hombre el infinito, bien ó mal comprendido, nos sentimos sobrecogidos de respeto. Hay en la sinagoga, hay en la mezquita, en la pagoda, en el wigwam, la parte repugnante que execramos y la parte sublime que adoramos. ¡Qué contemplación para el espíritu y que infinidad de meditaciones! El reflejo de Dios dando la muralla de la humanidad.

II =El convento: hecho histórico=

Bajo el punto de vista de la historia, de la razón y de la verdad, queda el monaquismo condenado.

Los monasterios, cuando abundan en una nación, son obstáculos de la circulación, establecimientos embarazosos, centros de pereza allí donde son necesarios centros de trabajo. Las comunidades monásticas son á la gran comunidad social, lo que el muérdago es á la encina, lo que la verruga al cuerpo humano. Su prosperidad y crecimiento significan la miseria del país. El régimen monacal, bueno al nacer de las civilizaciones, útil para producir la reducción de la brutalidad por medio de lo espiritual, es perjudicial á la virilidad de los pueblos. Además, cuando se relaja y entra en su período de desarreglo, como continúa dando ejemplo, se vuelve nocivo por las mismas razones que le hacían saludable en su período de pureza.

La clausura ha tenido su tiempo. Los claustros, útiles en la primera educación de la civilización moderna, han sido perjudiciales á su crecimiento y dañosos á su desarrollo. Como institución y como manera de formar el hombre, fueron los monasterios, buenos en el siglo décimo, discutibles en el décimoquinto y son detestables en el décimonono. La lepra monacal ha corroído casi hasta el esqueleto dos admirables naciones: la Italia y la España: luz una y esplendor la otra de Europa, durante algunos siglos; y en la época en que vivimos, esos dos pueblos ilustres no comienzan á curar sino gracias á la vigorosa higiene de 1789.

El convento, el antiguo convento de mujeres particularmente, como aparece todavía á principios del siglo actual así en Italia, como en Austria y España, es una de las más sombrías concreciones de la Edad Media. El claustro, ese claustro citado, es el punto de intersección de los terrores. El claustro católico, propiamente dicho, está completamente lleno de las negras irradiaciones de la muerte.

El convento español, sobre todo, es fúnebre. Allí, en la obscuridad, bajo bóvedas llenas de bruma, bajo cúpulas vagas á fuerza de sombra, se elevan altares babélicos macizos, altos como catedrales; allí, pendientes de cadenas, entre las tinieblas, inmensos crucifijos blancos; allí se ostentan desnudos, sobre el ébano, grandes Cristos de marfil; más que ensangrentados, sanguinolentos, horribles y magníficos, los codos mostrando los huesos, las rótulas mostrando los tegumentos, las llagas mostrando las carnes; coronados de espinas de plata, clavados con clavos de oro, rubíes por gotas de sangre en la frente, y diamantes por lágrimas en los ojos. Los diamantes y rubíes parecen mojados y hacen llorar, abajo en la sombra, á seres velados, que tienen las costillas maceradas por el cilicio y por las disciplinas ferradas, los pechos aplastados por pleitas de esparto, las rodillas desolladas por la oración, mujeres que se creen esposas, espectros que se creen serafines. ¿Piensan esas mujeres? No. ¿Quieren? No. ¿Aman? No. ¿Viven? No.

Sus nervios se han convertido en huesos; sus huesos se han trocado en piedras. Su velo es un tejido tenebroso, y bajo aquel velo, su aliento se parece á no se sabe qué trágica respiración de la muerte. La abadesa, una larva, las santifica y aterra. Allí está lo inmaculado espantoso. Tales son los antiguos monasterios de España; madrigueras de devoción terrible, antros de vírgenes, lugares feroces.

La España católica ha sido más romana que la misma Roma. El convento español ha sido, por excelencia, el convento católico. Sentíase allí el Oriente. El arzobispo, kislar-agá del cielo, tenía bajo cerrojos y espiaba aquel serrallo de almas reservado á Dios. La monja era la odalisca, el sacerdote el eunuco. Las fervientes eran escogidas en sueños, y poseían á Cristo. De noche, el hermoso mancebo, desnudo, descendía de la cruz para el éxtasis de la celda. Altos muros guardaban de toda distracción viviente á la sultana mística que tenía al crucificado por sultán. Una mirada al exterior era una infidelidad. El in pace reemplazaba al saco de cuero. Lo que de los harenes en Oriente se arrojaba al mar, era arrojado á la tierra en los conventos de Occidente. Allí, como aquí, había mujeres que retorcían sus brazos; para las unas la ola, para las otras la fosa; ahogadas aquéllas, enterradas éstas. ¡Monstruoso paralelismo!

Hoy día, los defensores del pasado, no pudiendo negar estas cosas, han tomado el partido de sonreir. Se ha puesto en moda una manera cómoda y extraña de suprimir las revelaciones de la historia, de invalidar los comentarios de la filosofía, y de eludir todos los hechos embarazosos y todas las cuestiones sombrías. Materia para declamar, dicen los hábiles. Declamaciones, repiten los necios. Juan Jacobo, declamador; Diderot, declamador; Voltaire hablando de Calás, Labarre y Sirven, declamadores. No sé quién ha descubierto últimamente que Tácito era un declamador, que Nerón fué una víctima, y decididamente debía compadecerse á «este pobre Holofernes».

Los hechos, sin embargo, son difíciles de desbaratar, porque se obstinan en ser lo que son. El autor de este libro ha visto por sus ojos, á ocho leguas de Bruselas, un recuerdo existente de la Edad Media que está al alcance de todo el mundo, en la abadía de Villers; es éste el agujero de los olvidados en medio del prado, que fué patio del claustro, y á orillas del Thil; cuatro calabozos de piedra, mitad bajo el suelo, mitad bajo el agua. Son lo que llamaban el in pace. Cada uno de aquellos calabozos conserva todavía un trozo de puerta de hierro, una letrina y un tragaluz enrejado, que, por fuera, está á dos pies más alto que el río, y por dentro, á seis pies bajo el piso. Cuatro pies de río pasan exteriormente á lo largo del muro. El suelo está siempre mojado. El habitante del in pace tenía por lecho aquella tierra mojada. En uno de los calabozos se ve un pedazo de argolla sujeta al muro; en otro se encuentra una especie de caja cuadrada hecha con cuatro losas de granito, demasiado corta para tenderse en ella, demasiado baja para incorporarse. Metíase allí dentro un ser humano cubriéndolo con otra piedra. Esto existe. Esto se ve y se toca.

Este in pace, estos calabozos, estos goznes de hierro, estas argollas, este elevado tragaluz al nivel del cual corre el río, esta caja de piedra cerrada con una tapa de granito como una tumba, con la diferencia de que el muerto era un vivo, este suelo que es lodo, este agujero de letrina, estos muros que rezuman, ¡vaya unos declamadores!

III =Con qué condición puede respetarse lo pasado=

El monaquismo, tal cual existía en España y tal como existe en el Tíber, es para la civilización una especie de tisis. Detiene la vida. Despuebla simplemente. Claustración, es como castración. Ha sido el azote de Europa. Agréguese á ello la violencia frecuentemente hecha á la conciencia, las vocaciones forzadas, la feudalidad apoyándose en el claustro, la primogenitura vertiendo en el monaquismo el exceso de los nacidos en la familia, las atrocidades de que hemos hablado, los in pace, las bocas cerradas, los cerebros tapiados, tantas inteligencias infortunadas encerradas en el calabozo de los votos eternos, la toma de hábito, entierro de almas llenas de vida. Añadid los suplicios individuales á las degradaciones nacionales, y quien quiera que seáis, os estremeceréis indudablemente ante la cogulla y el velo, esos dos sudarios de invención humana.

Y todavía, sobre ciertos puntos y en ciertos lugares, á despecho de la filosofía y del progreso, el espíritu claustral persiste en pleno siglo XIX, y una peregrina recrudescencia ascética, asombra hoy al mundo civilizado. La terquedad de las instituciones envejecidas, en perpetuarse, se parece á la obstinación del perfume rancio que reclamase el derecho de aromatizar nuestros cabellos, ó á la pretensión del pescado pasado que quisiere ser comido, ó á la persecución del traje del niño que quisiera seguir vistiendo al hombre, ó á la ternura de los cadáveres que volvieran para abrazar á los vivos.

¡Ingratos! dice el vestido. Yo os he guardado del mal tiempo. ¿Por qué me rechazáis ahora? Vengo de la pleamar, dice el pescado. Yo he sido rosa, dice el perfume. Yo os amé, dice el cadáver. Yo os civilicé, dice el convento.

Á todo ello basta una sola respuesta: Antiguamente.

Pensar en la prolongación indefinida de las cosas muertas y en el gobierno de los hombres por embalsamamiento, restaurar los dogmas deteriorados, dorar de nuevo los tabernáculos, revocar nuevamente los claustros, volver á bendecir los relicarios, rehabilitar las supersticiones, alimentar de nuevo los fanatismos, echar mangos nuevos á los hisopos y á los sables, reconstituir el monaquismo y el militarismo, creer en la salvación de la sociedad por la multiplicación de los parásitos, imponer el pasado al presente, parece, en verdad, cosa extravagante.

Y existen, no obstante, teóricos para semejantes teorías. Los tales teóricos, gente de talento por otra parte, usan un procedimiento muy sencillo: aplican sobre el pasado cierto barniz que llaman orden social, derecho divino, moral, familia, respeto á la ancianidad, autoridad antigua, tradición santa, legitimidad, religión; y van gritando: ¡Mirad, atended! Ahí va eso, gentes honradas. Esta lógica era ya conocida de los antiguos. Los arúspices la practicaban. Frotaban con tiza una becerra negra, y exclamaban: Es blanca. Bon cretatus.

Por nuestra parte, respetamos eso y lo otro, y en todos terrenos perdonamos lo pasado, con tal que consienta en estar muerto. Si quiere vivir todavía, le atacamos, procurando matarle.

Supersticiones, hipocresías, mojigaterías y preocupaciones, todas esas larvas, que, como larvas que son, se agarran tenazmente á la vida: tienen dientes y uñas entre sus nebulosidades y es preciso acorralarlas cuerpo á cuerpo y hacerles la guerra, y hacérsela sin tregua; porque es una de las fatalidades de la humanidad la de estar condenada á combatir fantasmas eternamente.

Es muy difícil coger á la sombra por el cogote y derribarla.

Un convento en Francia, en plena luz del siglo XIX, es un corro de búhos encarándose con el sol. Un claustro, en flagrante delito de ascetismo, en medio de la ciudad de 1789, de 1830 y 1848; Roma floreciendo dentro de París, es un anacronismo. En tiempos normales, para disolver un anacronismo y desvanecerlo, no hay más que apelar al milésimo. Pero no estamos en tiempos normales.

Combatamos.

Combatamos, pero distingamos. Es propio de la verdad no ser nunca excesiva. ¡Qué necesidad tiene de exagerar! Existe lo que es preciso destruir, y lo que buenamente se debe aclarar y examinar. El examen benévolo y grave, ¡cuánta fuerza da! No llevemos, por lo tanto, la llama allí donde alcanza la luz.

Dado pues el siglo XIX, somos contrarios, en tesis general y respecto á todos los pueblos, en Asia como en Europa, en la India como en Turquía, á las claustraciones ascéticas. Quien dice convento dice pantano. Su putridez es evidente, su estancamiento malsano, su fermentación produce calenturas á los pueblos y los marchita, su multiplicación atrae las plagas de Egipto. No podemos pensar sin horror en esos países en que los faquires, los bonzos, los santones, los caloyos, los morabitos, los talapuinos y los derviches pululan y hormiguean como gusanos.

Dicho esto, la cuestión religiosa subsiste. Esta cuestión tiene ciertos lados misteriosos, temibles casi; seanos permitido observarla bien.

IV =El convento bajo el punto de vista de los principios=

Reúnense varios hombres y habitan en común. ¿En virtud de qué derecho? En virtud del derecho de asociación.

Se encierran en su casa. ¿En virtud de qué derecho? En virtud del derecho que tiene todo hombre de abrir ó cerrar su puerta.

No salen. ¿En virtud de qué derecho? En virtud del derecho de ir y venir, que implica el derecho de estarse en su casa.

Y allí, en su casa, ¿qué hacen?

Hablan quedo; bajan los ojos; trabajan. Renuncian al mundo, á las ciudades, á la sensualidad, á los placeres, á las vanidades, al orgullo, á los intereses.

Visten tosca lana ó grosera tela. Ninguno de ellos posee cosa alguna en propiedad. Al entrar allí, el que era rico se hace pobre. Lo da todo á todos. El que era lo que se llama noble, hidalgo y señor, es igual al que era simple campesino. La celda es idéntica para todos. Todos se someten á la misma tonsura, llevan el mismo sayal, comen el mismo pan negro, duermen sobre la misma paja, mueren sobre la misma ceniza. La misma cogulla á la espalda, la misma cuerda á la cintura.

Si la regla manda ir con los pies desnudos, con los pies desnudos andan todos. Entre ellos podrá haber un príncipe; pero este príncipe será una sombra como los demás.

Nada de títulos. Hasta los mismos apellidos desaparecen; sólo son conocidos por el nombre. Todos están encorvados bajo la igualdad del nombre de pila. Han disuelto la familia carnal y constituido en su comunidad una familia espiritual. Sus parientes son todos los hombres. Socorren á la humanidad y cuidan á los enfermos.

Eligen á aquellos á quienes han de obedecer, y al nombrar uno á otro, le llama: hermano.

Aquí se me interrumpirá diciendo: ¡Pero ése es el convento ideal! Basta que sea el convento posible, para que sea el que yo tenga en cuenta.

De esto procede que en el libro anterior haya hablado de un convento en tono respetuoso. Descartándonos de la Edad Media y del Asia, y reservándonos la cuestión histórica y política bajo el punto de vista estrictamente filosófico, fuera de la esfera de la polémica militante, y con la condición de que la vida monástica sea absolutamente voluntaria, y sólo entren en ella los que tengan vocación, miraremos siempre la comunidad claustral con esta atenta gravedad, y hasta con diferencia en ciertos casos. Donde hay comunidad hay asociación; donde hay asociación hay derecho. El monasterio es el producto de la fórmula: Igualdad, Fraternidad.

¡Oh! ¡Cuán grande es la libertad! ¡Qué transfiguración más espléndida! La libertad bastándose á sí misma para convertir en república el monasterio.

Prosigamos.

Pero estos hombres ó estas mujeres que viven encerrados entre cuatro paredes, que se visten de buriel, que son iguales, que se llaman hermanos, ¿hacen todavía algo más?

Sí.

¿Qué?

Contemplan la sombra; se arrodillan y juntan las manos.

¿Y esto, qué significa?

V =La oración=

Ruegan.

¿Á quién?

Á Dios.

Rogar á Dios; ¿qué quiere decir esta palabra?

¿Hay un infinito después de nosotros? ¿Es este infinito uno, inmanente, permanente, necesariamente sustancial, puesto que es infinito, y que, si la materia le faltase, allí estaría su límite; necesariamente inteligente, puesto que es infinito, y que, si la inteligencia le faltase, allí terminaría? Este infinito ¿despierta en nosotros la idea de la esencia, en tanto que no podemos atribuirnos á nosotros mismos más que la idea de la existencia? En otros términos: ¿no es el absoluto respecto del cual somos nosotros lo relativo?

Al mismo tiempo que hay un infinito fuera de nosotros, ¿no hay dentro de nosotros otro infinito? Estos dos infinitos (¡plural espeluznante!) ¿se superponen tal vez el uno al otro? El segundo infinito, ¿no es, por así decirlo, subyacente al primero? ¿No es su espejo, su reflejo, su eco, abismo concéntrico de otro abismo?

¿Ese segundo infinito es inteligente también? ¿Piensa? ¿Ama? ¿Quiere? Si ambos infinitos son inteligentes, cada uno de ellos tiene un principio volente, en cada uno hay un yo, así en el infinito superior como en el infinito inferior. El yo de abajo es el alma; el yo de arriba, Dios.

Poner en contacto por mediación del pensamiento, el infinito de abajo con el infinito de arriba, se llama orar.

No le quitemos nada al espíritu humano; suprimir siempre es malo. Lo necesario es reformar y transformar. Ciertas facultades del hombre se dirigen á lo Desconocido; el pensamiento, la meditación, la oración. Lo desconocido es un océano. ¿Qué viene á ser la conciencia? La brújula de lo Desconocido. Pensamiento, meditación, oración: son éstos, grandes fulgores misteriosos. Respetémoslos. ¿Adónde van esas irradiaciones del alma? Á la sombra; es decir, á la luz.

La grandeza de la democracia consiste en no negar nada, ni renegar de nada de la humanidad. Junto al derecho del hombre, al menos á su lado, está el derecho del alma.

Destruir los fanatismos y venerar lo infinito; ésta es la ley. No debemos limitarnos á caer de rodillas bajo el árbol Creación, y á contemplar su inmenso ramaje lleno de estrellas. Tenemos un deber: trabajar en pro del alma humana; defender el misterio contra el milagro, adorar lo incomprensible, y rechazar lo absurdo; no admitir como inexplicable más de lo necesario; sanear la creencia; separar las supersticiones de la religión; limpiar de gusanos la idea de Dios.

VI =Bondad absoluta de la oración=

En cuanto al modo de orar, todos son buenos, siendo sinceros. Cerrad todo libro y penetrad en lo infinito.

Sabemos que existe una filosofía que niega el infinito; pero también hay una filosofía clasificada patológicamente, que niega el sol. Esta filosofía se llama ceguedad.

Erigir un sentido de que carecemos en origen de verdad, es ciertamente una razón de ciego.

Lo curioso es el tono altivo, de superioridad y de compasión que toma para con la filosofía que ve á Dios, esa filosofía que anda á ciegas. Nos parece oir á un topo exclamando: ¡Me dan lástima con su sol!

Sabemos que hay ilustres y poderosos ateos; pero en el fondo, encaminados á la verdad por su mismo poder, no tienen la seguridad de su ateísmo; para ellos la cuestión viene á ser casi de nombre; y en todo caso, si no creen en Dios, con ser hombres de talento prueban que existe.

Nosotros saludamos en ellos á los filósofos, al par que calificamos inexorablemente su filosofía.

Continuemos.

Lo igualmente admirable es la facilidad con que muchos se pagan de palabras. Una escuela metafísica del Norte, algo cargada de neblina, ha creído que hacía una revolución en el entendimiento humano reemplazando la palabra Fuerza por la palabra Voluntad.

Decir: la planta quiere, en lugar de la planta crece, sería en efecto una frase fecunda, si se añadiese: el Universo quiere. ¿Por qué? Porque de ahí se deduciría que si la planta quiere, es que hay un yo; el Universo quiere, hay pues un Dios.

Por nuestra parte, que en contraposición á semejante escuela no rechazamos nada á priori, creemos que, admitir en la planta una voluntad, como dicha escuela admite, es mucho más difícil que admitir la voluntad en el Universo, que ella niega.

Negar la voluntad del infinito, es decir, Dios, no puede hacerse sino negando el infinito mismo. Ya lo hemos demostrado.

La negación del infinito conduce directamente al nihilismo. Todo se convierte en «concepción del espíritu».

Con el nihilismo no hay discusión posible; porque si el nihilista es lógico, duda de que su interlocutor exista, sin estar seguro de que exista él mismo.

Desde su punto de vista, es posible que no sea él para sí mismo más que «una concepción de su espíritu».

Pero no advierte que todo lo que niega lo admite en junto, con sólo pronunciar la palabra: espíritu.

En suma, no ha abierto todavía ninguna senda al pensamiento, esa filosofía que quiere terminarlo todo con este monosílabo: No.

Al No, no hay más que una respuesta: Sí.

El nihilismo no tiene trascendencia.

No existe la nada. El cero no existe. Todo es algo. La nada es nada.

El hombre vive de la afirmación más que de pan.

Ver y mostrar no es suficiente. La filosofía debe ser una energía; debe tener por esfuerzo y por efecto, mejorar al hombre. Sócrates debe entrar en Adán y producir á Marco Aurelio; ó en otros términos, hacer salir del hombre de la felicidad el hombre de la sabiduría. Transformar el Edén en Liceo. La ciencia debe ser un cordial. ¡Gozar! ¡Qué triste fin! ¡Qué ambición más mezquina! Los brutos gozan. ¡Pensar! he aquí el verdadero triunfo del alma.

Hacer fluir el pensamiento al alcance de la sed de los hombres; darles á todos en elixir la noción de Dios; unir fraternalmente la conciencia y la ciencia, y hacerles justos por medio de este misterioso enlace. Tal es la misión de la filosofía verdadera. La moral es una expansión de verdades. La contemplación lleva á la acción. Lo absoluto debe ser práctico. Es preciso que el ideal sea respirable, potable y comestible para el espíritu humano. Sólo lo ideal tiene derecho á decir: Tomad, ésta es mi carne; bebed, ésta es mi sangre. La sabiduría es una comunión sagrada. Bajo esta sola condición deja de ser un amor estéril de la ciencia para convertirse en el modo único y soberano de la unión humana; y de filosofía se eleva á religión.

La filosofía no debe ser un edificio construido sobre el misterio para mirarle fácilmente, sin más resultado que un objeto de curiosidad.

Nosotros, y dejando para otra ocasión el desarrollo de nuestro pensamiento; nos limitaremos á decir que no comprendemos, ni el hombre como punto de partida, ni el progreso como fin, sin estas dos fuerzas, que son los dos motores: creer y amar.

El progreso es el fin; lo ideal es el tipo.

¿Qué es lo ideal? Dios.

Ideal, absoluto, perfección, infinito; palabras idénticas.

VII =Precauciones indispensables para condenar=

La historia y la filosofía tienen deberes eternos, que son al mismo tiempo simples deberes: combatir á Caifás obispo, á Dracón juez, á Trimalción, legislador, á Tiberio emperador; esto es claro, directo, explícito, y no ofrece el menor inconveniente. Pero el derecho de vivir aparte, aún con sus inconvenientes y sus abusos, debe ser reconocido y respetado. El cenobitismo es un problema humano.

Cuando se habla de los conventos, de esos lugares de error, pero de inocencia; de extravío, pero de buena voluntad; de ignorancia, pero de devoción; de suplicio, pero de martirio, es preciso casi siempre decir sí y no.

Un convento es una contradicción. Su fin es la salvación; su medio, el sacrificio. El convento es el supremo egoísmo dando por resultado la abnegación suprema.

Abdicar para reinar: ésta parece ser la divisa del monaquismo.

En el claustro se sufre para gozar. Se gira una letra de cambio sobre la muerte. Se descuenta en noche terrena la luz celestial. En el claustro se acepta el infierno como herencia anticipada sobre el cielo.

La toma del velo ó de la cogulla es un suicidio que se paga con la eternidad.

No nos parece, pues, que semejante asunto sea cosa de burla. Todo es en ello serio, así el bien como el mal.

El hombre justo frunce el entrecejo, pero no sonríe con maligna sonrisa.

Comprendemos la cólera, no la malignidad.

VIII =Fe, ley=

Algunas palabras todavía.

Censuramos la Iglesia cuando está saturada de intrigas; despreciamos la aspereza espiritual opuesta á la temporal; pero honramos en todas partes al hombre pensativo.

Saludamos al que se arrodilla.

Una fe, es necesaria para el hombre. ¡Desgraciado del que nada cree!

El hombre no está desocupado cuando está absorbido. Existe el trabajo visible y el invisible.

Contemplar, es trabajar; pensar, es producir.

Los brazos cruzados trabajan; las manos juntas hacen. La mirada al cielo es una obra.

Thales estuvo cuatro años inmóvil, y fundó la filosofía.

Para nosotros, ni los cenobitas están ociosos, ni son los solitarios holgazanes.

Pensar en la Sombra es una cosa seria.

Sin invalidar en nada cuanto hemos dicho, creemos que conviene á los vivos un perpetuo recuerdo de la tumba. Sobre este punto el sacerdote y el filósofo están de acuerdo.

Morir habemos, replica á Horacio el fundador de la Trapa.

Mezclar á la vida algo de la muerte, es la ley del sabio; pero es también la ley del asceta. Sobre este punto el asceta y el sabio convergen.

Existe el crecimiento material, y le queremos; pero existe también el engrandecimiento moral, que respetamos.

Los espíritus irreflexivos y ligeros dicen:

--¿Qué objeto tienen esas figuras inmóviles contemplando el misterio? ¿Para qué sirven? ¿Qué hacen?

¡Ay! En presencia de la obscuridad que nos rodea y nos espera, sin saber lo que hará de nosotros la dispersión inmensa, les respondemos:

--No hay tal vez cosa más sublime que la que hacen esas almas. Y añadimos: No hay tal vez en el mundo trabajo más útil.

Es preciso que haya los que oran siempre, por los que nunca oran.

Para nosotros, todo consiste en la cantidad de pensamiento que entra en la oración.

Leibnitz orando, es grande; Voltaire adorando, magnífico. Deo erexit Voltaire.

Estamos por la religión contra las religiones.

Somos de los que creen en la miseria del rezo y en la sublimidad de la oración.

Por lo demás, durante el minuto que cruzamos por el mundo, minuto que afortunadamente no imprimirá su sello al siglo XIX; en esta hora en que tantos hombres tienen la frente baja y el alma poco elevada; entre tantos vivientes que tienen por regla de moral el gozar, y se ocupan de las cosas perecederas y deformes de la materia; aquél que se destierra á sí propio nos parece venerable.

El monasterio es un gran destierro. El sacrificio que da en lo falso no deja de ser un sacrificio. Tomar por deber un error severo, no deja de tener su grandeza.

Considerado en sí mismo é idealmente, y mirándole bajo todos sus aspectos para llegar al examen imparcial de la verdad, el monasterio y, sobre todo el convento de monjas, porque en nuestra sociedad la mujer padece más, y su destierro en el claustro es una especie de protesta; el convento de monjas, decimos, tiene incontestablemente cierta majestad.

La vida del claustro, tan austera y tan monótona, de la que acabamos de bosquejar algunas líneas, no es la vida, porque no es la libertad; no es la tumba, porque no es la plenitud: es el lugar extraño desde donde se descubre, como desde la cima de una alta montaña, á un lado el abismo en que vivimos, y al otro el abismo en que iremos á parar; es la estrecha y tortuosa frontera que separa, dos mundos, iluminado y obscurecido á un tiempo por los dos, y donde se confunden el rayo debilitado de la vida y el rayo ténue de la muerte; es la penumbra de la tumba.

En cuanto á nosotros, que no creemos lo que esas mujeres creen, pero que vivimos como ellas por la fe, no hemos podido pensar nunca, sin cierto terror religioso y tierno, sin cierta piedad llena de envidia, en esas criaturas resignadas, trémulas y confiadas; en esas almas humildes y augustas que se atreven á vivir en el borde mismo del misterio, esperando, entre el mundo que les está cerrado y el cielo que no se les ha abierto, volviéndose hacia la caridad invisible; pero consolándose con la idea de saber dónde está, aspirando al abismo y á lo desconocido, con la mirada fija en la inmóvil obscuridad, arrodilladas, desvanecidas, estupefactas, esperanzadas, y casi elevadas á ciertas horas por el soplo profundo de la eternidad.

LIBRO OCTAVO LOS CEMENTERIOS TOMAN LO QUE SE LES DA

I =Donde se trata de la manera de entrar en un convento=

En esta casa fué donde Juan Valjean había, según dijo Fauchelevent, «caído del cielo».

Había saltado por la pared del jardín que formaba el ángulo de la calle Polonceau. Aquel himno de ángeles que había oído en medio de la noche, era el canto de maitines de las monjas; la sala que había visto en la obscuridad, era la capilla; la fantasma que vió tendida en tierra, era la hermana del poste en el acto del desagravio; la campanilla cuyo extraño ruido le había sorprendido tanto, era el cascabel del jardinero, atado á la pierna del tío Fauchelevent.

Acostada Cosette, Juan Valjean y Fauchelevent habían cenado, como hemos dicho, un pedazo de queso y un vaso de vino al amor de una buena hoguera chispeante; y como la única cama que había, estaba ocupada por Cosette, se habían echado cada uno sobre un haz de paja.

Juan Valjean antes de cerrar los ojos, había dicho: «Es preciso que me quede aquí». Esta frase había estado dando vueltas todo la noche en el cerebro de Fauchelevent.

Á decir verdad, ninguno de los dos durmió.

Juan Valjean, viéndose descubierto y perseguido por Javert, comprendía que tanto Cosette como él, estaban perdidos si entraban de nuevo en las calles de París. Puesto que la nueva ráfaga de viento que le impeliera le había arrojado á aquel claustro, ya no tenía Juan Valjean más que una idea: quedarse allí. Para un desgraciado en su posición, era el convento á la vez que el refugio más peligroso, el más seguro; el más peligroso, porque no pudiendo entrar allí ningún hombre, si era descubierto, lo sería en flagrante delito, y no tendría que esperar para ir á la cárcel; el más seguro, porque si conseguía que le admitiesen y se quedaba, ¿quién había de ir á buscarle allí? Habitar en un lugar imposible, era su salvación.

Fauchelevent, por su parte, se devanaba los sesos, acabando por conocer que nada comprendía.

¿Cómo se encontraba allí el señor Magdalena dadas las tapias del jardín? Las paredes de un claustro no se traspasan.

¿Cómo estaba allí llevando aquella niña? Una pared vertical no se escala llevando en brazos una criatura.

¿Quién era aquella niña? ¿De dónde venían ambos? Desde que Fauchelevent entró en el convento no había oído hablar más de M* sur M* y no sabía nada de lo que allí había pasado. El señor Magdalena tenía ese aspecto que desanima á los curiosos; y además, Fauchelevent se decía á sí mismo: Á un santo no se le interroga. El señor Magdalena había conservado para él todo su prestigio. Solamente por ciertas palabras escapadas á Juan Valjean el jardinero creyó poder deducir que el señor Magdalena había podido quebrar, á causa de las dificultades de la época, y que le perseguían sus acreedores, ó bien que se había comprometido en algún negocio político y debía ocultarse, lo cual no repugnaba á Fauchelevent, quien, como casi todos los campesinos del Norte, tenía un antiguo fondo bonapartista. Ocultándose, pues, el señor Magdalena, había buscado un asilo en el convento, y era natural que quisiese permanecer en él. Pero lo inexplicable, y en lo cual devanaba inútilmente sus sesos Fauchelevent, era en el cómo había entrado allí el señor Magdalena, y entrado además con la niña. Fauchelevent los veía, los tocaba, les hablaba, y no podía creerlo. Lo incomprensible acababa de hacer su entrada en el tabuco de Fauchelevent, que andaba á tientas en medio de mil diversas conjeturas, y no veía claro sino esto: Que el señor Magdalena le había salvado la vida.

Esta única certidumbre le bastaba para decidirse. Díjose para sí: Ha llegado mi turno. Y añadió en conciencia: El señor Magdalena no deliberó tanto cuando se metió debajo de la carreta para sacarme de allí. Y decidió salvar al señor Magdalena.

Esto no obstante se hizo algunas preguntas dándose las correspondientes respuestas: Después de lo que hizo por mí, si fuera un ladrón ¿le salvaría? Sin duda alguna. Si fuera un asesino, ¿le salvaría? Igualmente. Entonces siendo un santo, ¿le salvaré? no hay duda.

Pero hacer que se quede en el convento, ¡ahí está la dificultad!

Ante esta tentativa, casi quimérica, no retrocedió Fauchelevent; aquel pobre campesino picardo, sin más medios que su buena intención y voluntad, y algo de esa proverbial astucia del lugareño, puesta á la sazón al servicio de una intención generosa, propúsose escalar las imposibilidades del claustro y las duras escabrosidades de la regla de San Benito. El tío Fauchelevent era un viejo que había sido egoísta toda su vida, y que al fin de sus últimos días, cojo, enfermo y sin vínculo alguno en el mundo, encontró un placer en el agradecimiento; y viendo que podía hacer una buena acción se arrojó como un hombre que en el momento de la muerte, se encontrase en la mano un vaso de buen vino del que jamás hubiese catado, y se lo bebiese con avidez.

Puede añadirse también, que el aire que respiraba hacía algún tiempo en aquel convento había destruido su personalidad, habiendo acabado por hacerle necesaria una buena acción, cualquiera que fuése.

Tomó, pues, la resolución de consagrarse al señor Magdalena.

Acabamos de calificarle de pobre campesino picardo. La calificación es justa, pero incompleta. En el punto á que hemos llegado de esta historia, es conveniente dar alguna idea fisiológica del tío Fauchelevent. Era aldeano; pero había sido escribiente, lo cual añadía la astucia curialesca á su astucia natural, y cierta penetración á su sencillez. Habiéndole salido mal sus negocios, por diferentes causas, pasó de curial á carretero y bracero.

Sin embargo, á despecho de los juramentos y los latigazos, que necesitan, al parecer, los caballos, había seguido interiormente siendo curial. Tenía cierto talento natural: no decía j'ons ni j'avons; sostenía una conversación, cosa rara en una aldea; y sus paisanos decían de él: habla casi como un señor de sombrero. Fauchelevent pertenecía efectivamente á la clase que el vocabulario impertinente y superficial del último siglo llamaba: «entre burgués y rústico»; y que las metáforas que iban del palacio á la cabaña, calificaban de «medio villano, y medio cortesano; sal y pimienta».

Fauchelevent, aunque muy probado y aún gastado por la suerte, especie de pobre y gastado ánimo, cuya trama se veía claramente, era hombre de primer impulso y muy espontáneo; preciosa cualidad que impide siempre ser malo. Sus defectos y sus vicios, porque los había tenido, eran superficiales; en suma, su fisonomía era de las que simpatizan desde luego con el observador. Su rostro no tenía ninguna de aquellas arrugas siniestras en lo alto de la frente, que indican perversión ó brutalidad.

Al amanecer, después de haber meditado muchísimo, el tío Fauchelevent abrió los ojos y vió al señor Magdalena, que sentado sobre un haz de paja, contemplaba á Cosette dormida. Fauchelevent se incorporó y le dijo:

--Y ahora que estáis aquí, ¿como vais á componeros para salir?

Esta frase resumía la situación, sacando á Juan Valjean de sus meditaciones.

Los dos buenos hombres celebraron consejo.

Tenéis que empezar,--dijo Fauchelevent,--por no poner los pies fuera de este cuarto ni la niña ni vos. Un paso en el jardín nos perdería.

--Naturalmente.

--Señor Magdalena,--continuó Fauchelevent,--habéis llegado en muy buen momento, quiero decir, muy malo; hay una de estas señoras muy enferma. Esto hará que no vengan á mirar mucho por aquí.

Parece que se muere. Están rezando las cuarenta horas. Toda la comunidad está en el aire, ya no piensa más que en eso. La moribunda es una santa; y no es extraño, porque aquí somos santos todos. La diferencia entre ellas y yo sólo está en que ellas dicen: nuestra celda, y yo digo: mi choza. Ahora van á rezar la oración de los agonizantes, y luego la de los muertos. Por hoy podemos estar aquí tranquilos; pero no respondo de mañana.

--Sin embargo,--dijo Juan Valjean,--esta choza está en un recodo de la pared; está además oculta por unas ruinas y por los árboles, y no se la ve desde el convento.

--Y yo añado que las religiosas no se acercan nunca por aquí.

--¿Entonces?--dijo Juan Valjean.

Este «entonces» acentuado por un interrogante, significaba: Me parece que podemos permanecer aquí escondidos. Á esto respondió Fauchelevent:

--Pero están las niñas.

--¿Qué niñas?--interrogó Juan Valjean.

Cuando Fauchelevent abría la boca para explicar lo que acababa de decir, se oyó una campanada.

--La religiosa ha muerto,--dijo.--Éste es el toque.

É hizo una seña á Juan Valjean para que escuchara.

Sonó otra campanada.

--Es el toque, señor Magdalena. La campana seguirá tocando de minuto en minuto, durante veinticuatro horas, hasta la salida del cuerpo de la iglesia. Ya veis, las niñas juegan. En las horas de recreo basta que una pelota ruede un poco más para que llegue hasta aquí, á pesar de las prohibiciones, y vengan á buscar y recorrer todo esto. Son unos diablillos esos querubines.

--¿Quiénes?--preguntó Juan Valjean.

Las niñas. Os descubrirían enseguida, y gritarían: ¡un hombre! Por hoy no hay cuidado, porque no hay recreo. El día se va á ir en rezos. ¿Oís la campana? Como os he dicho, dará un golpe cada minuto. Es el toque.

Ya entiendo, tío Fauchelevent; hay colegialas.

Juan Valjean pensó para sí:

--¡Sería la educación de Cosette finalmente encontrada!

Fauchelevent exclamó:

--¡Pardiez! ¡Si hay colegialas! ¡Y que no chillarían al veros! ¡Y que no huirían! Porque aquí ser hombre es estar apestado. Ya veis que á mí me hacen llevar una campanilla en la pata como una fiera.

Juan Valjean continuaba meditando cada vez más profundamente. «Este convento podrá ser nuestra salvación», murmuró. Luego levantó la voz diciendo:

--Sí, lo difícil es quedarse.

--No, dijo Fauchelevent;--lo difícil es salir.

Juan Valjean sintió que le afluía la sangre al corazón.

--¡Salir!

--Sí, señor Magdalena; para volver á entrar es preciso salir.

Y después de haber dejado pasar una campanada de duelo, continuó:

--Así no podéis continuar aquí. ¿De dónde venís? para mí habéis caído del cielo, porque os conozco; pero para las religiosas es menester haber entrado por la puerta.

Oyóse en este momento un toque bastante complicado de otra campana.

--¡Ah!--dijo Fauchelevent.--Llaman á las madres vocales al capítulo. Siempre que muere alguna celebran capítulo. Ha muerto al amanecer; es la hora en que se suele morir.

Pero ¿no podríais salir por donde habéis entrado? Veamos, yo no lo digo por preguntar: ¿por dónde habéis entrado?

Juan Valjean se puso pálido. La sola idea de volver á bajar aquella temible calle le hacía temblar. Salir de una selva de tigres, y estando ya fuera, pensad en el efecto que os haría el consejo de un amigo que os invitara á entrar otra vez. Juan Valjean se figuraba ver á toda la policía recorriendo el barrio, á los agentes en observación, centinelas por todas partes, horribles garras extendidas hacia su cuello, y al mismo Javert quizá en el centro de la encrucijada.

--¡Imposible!--dijo.--Tío Fauchelevent, suponed que he caído del cielo.

--Si yo lo creo, por mí lo creo,--respondió Fauchelevent.--No tenéis necesidad de decírmelo. Dios os habrá cogido con la mano para veros de cerca, y después os habrá soltado. Sólo que sin duda quería llevaros á un convento de hombres, y se ha equivocado.

¿Otro toque? ¡Ah! es para decir al portero que vaya á avisar á la municipalidad, para que ordene al médico de los muertos á que venga á ver el cadáver. Todo esto es la ceremonia de cuando se muere; pero á estas señoras no les gusta mucho esa visita. Un médico no cree en nada. Viene, levanta el velo, y algunas veces otra cosa también. ¡Qué prisa han tenido esta vez para avisar al médico! ¿Qué será ello?

Vuestra niña duerme. ¿Cómo se llama?

--Cosette.

--¿Es hija vuestra? Ó lo que es igual ¿sois su abuelo?

--Sí.

--Á ella le será fácil salir de aquí. Hay una puerta excusada que da al patio. Llamo, el portero abre, yo llevo mi cesto al hombro, la niña va dentro, y salgo. El tío Fauchelevent sale con su cesto; esto es muy sencillo.

Diréis á la niña que esté quietecita debajo de la tapa. Después la deposito el tiempo necesario en casa de una vieja frutera, amiga mía, sorda, que vive en la calle de Chemin Vert, donde tiene una camita. Le gritaré al oído, que es una sobrina mía que la tenga allí hasta mañana; y luego la niña entrará con vos, pues yo os facilitaré la entrada. Será preciso. Pero vos, ¿cómo vais á salir?

Juan Valjean meneó la cabeza.

--Todo consiste en que nadie me vea, tío Fauchelevent. Buscad un medio de que salga como Cosette, en un cesto y bajo una tapa.

Fauchelevent se rascó la punta de la oreja con el dedo medio de la mano izquierda, señal evidente de grave apuro.

Oyóse un tercer toque.

--El médico de los muertos se va,--dijo Fauchelevent.--Habrá mirado y dicho: Bien; está muerta. Cuando el médico ha visado el pasaporte para el paraíso, la administración de pompas fúnebres envía un ataúd. Si se trata de una madre, la amortajan las madres; si de una hermana, la amortajan las hermanas. Después clavo yo la caja. Esto forma parte de mis obligaciones de jardinería. Por lo visto, un jardinero tiene algo de sepulturero. Se deposita el cadáver en una sala baja de la iglesia, que da á la calle, y en la que no puede entrar ningún hombre más que el médico de los muertos, pues no cuento como hombres á los sepultureros ni á mí. En dicha sala es donde clavo yo la caja. Los sepultureros vienen por ella, y ¡arrea, cochero! Así es cómo se va á los cielos. Traen una caja donde no hay nada, y se la llevan con algo dentro. Y he ahí lo que es un entierro. De profundis.

Un rayo de sol horizontal iluminaba el rostro de Cosette dormida, que abría vagamente los labios. Parecía un ángel bebiendo la luz. Juan Valjean se puso á contemplarla. No escuchaba ya á Fauchelevent.

El no ser escuchado no es razón para callarse. El buen jardinero continuó pacíficamente su charla:

--Se abre la fosa en el cementerio de Vaugirard, que según dicen, va á ser suprimido. Es un cementerio antiguo que está fuera de las ordenanzas, que no tiene uniforme y va á tomar el retiro. Es lástima, porque es muy cómodo. Tengo allí un amigo, el tío Mestienne, el sepulturero. Estas monjas tienen el privilegio de ser enterradas al caer de la noche. Existe un decreto de la prefectura dado expresamente para ellas.

¡Qué de acontecimientos desde ayer! Ha muerto la madre Crucifixión, y el señor Magdalena ha...

--Sido enterrado,--dijo Juan Valjean, sonriendo tristemente.

Fauchelevent hizo rebotar la palabra.

--¡Diablo! Si estuviérais aquí en realidad, sería ello un verdadero entierro.

Oyóse un cuarto toque. Fauchelevent descolgó precipitadamente del clavo la rodillera con el cascabel, y se la puso en la pierna.

--Esta vez el toque es para mí. Me llama la madre priora. Bueno, me he pinchado con la punta de la hebilla. Señor Magdalena, no os mováis de aquí, esperadme. Algo de nuevo ocurre. Si tenéis necesidad, ahí encontraréis vino, pan y queso.

Y salió del cuchitril diciendo:--¡Allá voy, allá voy!

Juan Valjean le vió atravesar el jardín tan deprisa cuanto lo permitía su pierna torcida, mirando de pasada su melonar.

Antes de diez minutos el tío Fauchelevent, cuya campanilla dispersaba á su paso las religiosas, llamaba suavemente á una puerta, y una voz dulce respondía: Por siempre jamás. Por siempre jamás, es decir: Adelante.

Aquella puerta era la del locutorio reservado al jardinero para las necesidades del servicio, el cual estaba contiguo á la sala capitular. La priora, sentada en la única silla del locutorio, esperaba á Fauchelevent.

II =Fauchelevent ante la dificultad=

El aire agitado y grave es peculiar en ocasiones críticas á ciertos caracteres y ciertas profesiones, y especialmente á los curas y frailes. En el momento en que entró Fauchelevent, estaba impreso este doble signo de la preocupación en la fisonomía de la priora, que era aquella buena é ilustrada señorita de Bleumeur, madre Inocente, generalmente alegre.

El jardinero hizo un saludo tímido, y se paró en el umbral de la celda. La priora, que estaba pasando las cuentas de su rosario, levantó los ojos y le dijo:

--¡Ah! ¿Sois vos, tío Fauvent?

Tal era la abreviación adoptada en el convento.

Fauchelevent repitió el saludo.

--Tío Fauvent, os he mandado llamar.

--Aquí me tenéis, reverenda madre.

--Tengo que hablaros.

--Y yo por mi parte,--dijo Fauchelevent con un valor que le asustaba interiormente,--tengo también algo que decir á la reverendísima madre.

La priora le miró.

--¡Ah! ¿Tenéis que comunicarme algo?

--Una súplica.

--Está bien, hablad.

El buen Fauchelevent, ex-escribiente, pertenecía á la categoría de los aldeanos que tienen mucho aplomo. Cierta hábil ignorancia es una gran fuerza; no se desconfía de ella, y engaña. En los dos años largos que Fauchelevent llevaba en el convento, se había granjeado el afecto de la comunidad. Siempre solitario y siempre dedicado á su jardín, no tenía realmente otro que hacer que ser curioso. Á la distancia que estaba de todas aquellas mujeres, que iban y venían cubiertas con su velo, no veía delante de sí más que una agitación de sombras. Á fuerza de atención y penetración había llegado á reponer la carne en todas aquellas fantasmas, así es que aquellas muertas vivían para él. Era como un sordo cuya vista se alarga, ó como un ciego cuyo oído se aguza. Se había dedicado á estudiar y explicarse la significación de los diversos toques de campana, y lo había conseguido, de modo que aquel claustro enigmático y taciturno no tenía misterios para él, aquella esfinge le decía al oído todos sus secretos. Fauchelevent, sabiéndolo todo, lo ocultaba todo. Éste era su arte. Todo el convento le creía estúpido; gran mérito en religión. Las madres vocales le hacían caso. Era un mudo curioso. Y así inspiraba confianza.

Luego lo hacía todo con mucha regularidad, y no salía nunca más que para sus necesidades naturales de hortelano y jardinero. Esta discreción de salidas se le tenía muy en cuenta.

No por eso había dejado de hacer hablar á dos hombres: en el convento al portero, por cuyo medio sabía las particularidades del locutorio; y en el cementerio al enterrador, con lo cual sabía las particularidades de la sepultura; de manera, que tenía respecto de las religiosas una doble luz, así sobre la vida como sobre la muerte. Pero de nada abusaba.

La congregación le apreciaba.

Viejo, cojo, casi ciego, probablemente algo sordo, ¡qué de cualidades! Difícilmente se le hubiera podido reemplazar.

El buen hombre, con la seguridad del que se ve apreciado, entabló, frente á frente con la reverenda priora, una arenga de aldeano bastante difusa y muy profunda. Habló largamente de su edad, de sus enfermedades, del peso de los años, contándolos dobles, de las exigencias crecientes del trabajo, de la extensión del jardín, de las noches que pasaba, como la última, por ejemplo, en que había tenido que cubrir con estera los melones resguardándolos de los efectos de la luna, acabando por decir: que tenía un hermano (la priora hizo un movimiento), un hermano no joven (segundo movimiento de la priora, pero movimiento de tranquilidad), que si se le permitía podría su hermano vivir con él y ayudarle; que era un excelente jardinero; que la comunidad podría utilizar sus buenos servicios, mejores que los suyos; que de no ser admitido su hermano, él, que era el mayor, sintiéndose cascado é inútil para el trabajo, se vería bien á pesar suyo, obligado á marcharse; y que su hermano tenía una niña, que llevaría consigo y se educaría en Dios en la casa, y podría, ¿quién sabe? llegar á monja.

Cuando hubo terminado, la priora interrumpió el recorrido de las cuentas de su rosario entre los dedos, y le dijo:

--¿Podríais procuraros de aquí á la noche una barra fuerte de hierro?

--¿Para hacer?

--Una palanca.

--Sí, reverenda madre,--respondió Fauchelevent.

La priora, sin decir una palabra más se levantó y entró en el cuarto inmediato, que era la sala capitular, donde estaban reunidas, probablemente, las madres vocales.

Fauchelevent, quedó solo.

III =La madre Inocente=

Trascurrió próximamente un cuarto de hora. La priora entró de nuevo sentándose otra vez en la silla.

Los dos interlocutores parecían preocupados. Trascribiremos lo mejor que podamos el diálogo que se empeñó:

--¿Tío Fauvent?

--¿Madre reverenda?

--¿Conocéis bien la capilla?

--Tengo en ella un pequeño rincón para oir misa y asistir á los oficios.

--¿Habéis entrado en el coro alguna vez?

--Dos ó tres.

--Es preciso levantar una piedra.

--¿Pesada?

--La losa del suelo que está junto al altar.

--¿La piedra que cierra la bóveda?

--Sí.

--Es obra para la que se necesitan dos hombres.

--La madre Ascensión, que es fuerte como un hombre, os ayudará.

--Una mujer no es nunca un hombre.

--No tenemos más que una mujer para ayudaros. Cada uno hace lo que puede. Porque Mabillón dé cuatrocientas diez y siete epístolas de san Bernardo, y Merlonus Horstius no dé más que trescientas sesenta y siete, no he de despreciar á Merlonus Horstius.

--Ni yo tampoco.

--El mérito consiste en trabajar según nuestras fuerzas. Un claustro no es un taller.

--Ni una mujer un hombre. ¡Mi hermano sí que es fuerte!

--Además, tendréis una palanca.

--Ésta es la única llave que va bien á semejantes puertas.

--La piedra tiene una argolla.

--Pasaré por ella la palanca.

--La piedra está colocada de modo que pueda girar.

--Está bien, reverenda madre; abriré la bóveda.

--Las cuatro madres cantoras os ayudarán.

--¿Y cuando la bóveda esté abierta?

--Será preciso volverla á cerrar.

--¿Es esto todo?

--No.

--Dadme vuestras órdenes, madre reverendísima.

--Fauvent, tenemos confianza en vos.

--Estoy aquí para lo que se ofrezca.

--Y para callar.

--Sí, reverenda madre.

--Cuando esté abierta la bóveda...

--La cerraré de nuevo.

--Pero antes...

--¿Qué, reverenda madre?

--Será preciso bajar algo.

Hubo un momento de silencio. La priora, después de hacer un movimiento con el labio inferior que parecía indicar cierta duda, lo rompió:

--¿Tío Fauvent?

--¿Reverenda madre?

--¿Sabéis que esta mañana ha fallecido una madre?

--No.

--¿No habéis oído la campana.

--En el fondo del jardín no se oye nada.

--¿De veras?

--Apenas distingo yo mi toque.

--Ha muerto al amanecer.

--Además, esta mañana el viento soplaba de la parte contraria.

--Es la madre Crucifixión. ¡Una bienaventurada!

La priora se calló, moviendo un momento los labios como haciendo oración mental, y continuó:

--Hace tres años, que sólo por haber visto rezar á la madre Crucifixión, una jansenista, la señora de Béthune, se hizo ortodoxa.

--¡Ah! Sí; ahora oigo el toque, reverenda madre.

--Las madres la han llevado al departamento de las difuntas que da á la iglesia.

--Ya sé.

--Ningún hombre más que vos puede y debe entrar en dicho departamento; vigilad bien. ¡Tendría que ver que un hombre entrase en el depósito de los muertos!

--¡Con más frecuencia!

--¿Eh?

--¡Con más frecuencia!

--¿Qué es lo que decís?

--Que con más frecuencia.

--¿Con más frecuencia que qué?

--Reverenda madre, no digo con más frecuencia que qué, digo sencillamente con más frecuencia.

--No os comprendo. ¿Por qué decís con más frecuencia?

--Por decir lo que vos, reverenda madre.

--Pero yo no he dicho con más frecuencia.

--No lo habéis dicho; pero lo he dicho yo para decir lo que vos.

En este momento dieron las nueve.

--Á las nueve de la mañana, y á todas horas, alabado y adorado sea el Santísimo Sacramento del altar,--dijo la priora.

--Amén,--contestó Fauchelevent.

La hora sonó muy oportunamente, cortando el «con más frecuencia». Es muy probable que sin esta interrupción la priora y Fauchelevent no hubiesen desenredado nunca aquella madeja.

Fauchelevent se enjugó la frente.

La priora murmuró de nuevo por lo bajo, rezando sin duda, y dijo después levantando la voz:

--Durante su vida hizo la madre Crucifixión muchas conversiones; después de muerta hará milagros.

--¡Los hará!--contestó Fauchelevent afirmándose en su terreno, y esforzándose para no volver á tropezar.

--Tío Fauvent, la comunidad ha sido bendecida en la madre Crucifixión. Sin duda no es dado á todo el mundo morir como el cardenal de Bérulle celebrando la santa misa, y exhalar el alma hacia Dios pronunciando estas palabras: Hanc igitur oblationem. Pero sin alcanzar tanta dicha, la madre Crucifixión ha tenido una buena muerte. Ha conservado el conocimiento hasta el postrer instante. Nos hablaba á nosotras, y luego hablaba á los ángeles. Nos ha hecho sus últimos encargos. Si tuviérais un poco más de fe, y hubiérais podido estar en su celda, os habríais curado la pierna con sólo tocarla. Sonreía de continuo. Sentíase que iba á resucitar en Dios. Adivinábase en su muerte el paraíso.

Fauchelevent creyendo que terminaba una oración, dijo:

--Amén.

--Tío Fauvent, es preciso cumplir las disposiciones de los muertos.

La priora recorrió algunas cuentas de su rosario. Fauchelevent continuó callado.

Ella prosiguió:

--He consultado sobre este punto á varios eclesiásticos trabajadores en la viña del Señor, que se ocupan en los ejercicios de la vida clerical recogiendo admirables frutos.

--Reverenda madre, desde aquí se oyen los toques mucho mejor que desde el jardín.

--Y luego, que más que una difunta, es una santa.

--Como vos, madre reverenda.

--Dormía en su ataúd desde hace veinte años, por concesión expresa de nuestro santo padre Pío VII.

--El que coronó al emp... Buonaparte.

Para un hombre hábil como Fauchelevent, semejante recuerdo era una torpeza. Afortunadamente la priora, entregada á sus meditaciones, no le entendió.

--¿Tío Fauvent?

--¿Reverenda madre?

--San Diódoro, arzobispo de Capadocia, quiso que en su sepultura se escribiese sólo esta palabra: Acarus, que significa gusano de tierra, y así se hizo. ¿No es verdad?

--Sí, reverenda madre.

--El bienaventurado Mezzocane, abad de Aquila, quiso ser inhumado bajo la horca, y se hizo así.

--Es verdad.

--San Terencio, obispo de Porto, en la desembocadura del Tíber, pidió que se grabase en la losa de su sepulcro el signo que se ponía en la losa de los parricidas, con el deseo de que los transeuntes escupiesen sobre su tumba. Y así se hizo también. Que es preciso obedecer á los muertos.

--Así sea.

--El cuerpo de Bernardo Guidonis nacido en Francia cerca de Roche Abeille, fué, según había dispuesto, y á pesar del Rey de Castilla, conducido á la iglesia de los dominicos de Limoges, por más que Bernardo Guidonis hubiese sido obispo de Tuy en España. ¿Puede decirse lo contrario?

--No, reverenda madre.

--El hecho está atestiguado por Plantavit de la Fosse.

Volvieron á correr en silencio las cuentas del rosario.

La priora continuó:

--Tío Fauvent, la madre Crucifixión será enterrada en el ataúd en que ha dormido por espacio de veinte años.

--Es justo.

--Es una continuación del sueño.

--¿Tendré, pues, que clavarla en ese ataúd?

--Sí.

--¿Y prescindiremos de la caja de las pompas fúnebres?

--Naturalmente.

--Estoy á las órdenes de la reverendísima comunidad.

--Las cuatro madres cantoras os ayudarán

--¿Á clavar la caja? No hay necesidad.

--No; á bajarla.

--¿Adónde?

--Á la bóveda.

--¿Qué bóveda?

--Debajo del altar.

Fauchelevent dió un brinco.

--¿En la bóveda debajo del altar?

--Debajo del altar.

--Pero...

--Llevaréis una barra de hierro.

--Sí; pero...

--¡Levantaréis la piedra introduciendo la barra en el anillo!

--Pero...

--Debemos obedecer á los muertos. El deseo supremo de la madre Crucifixión ha sido ser enterrada en la bóveda debajo del altar de la capilla, no descansar en tierra profana; continuar muerta en el mismo sitio en que ha rezado viva. Así nos lo ha pedido, es decir, mandado.

--Pero eso está prohibido.

--Prohibido por los hombres; mandado por Dios.

--¿Y si llega á saberse?

--Confiamos en vos.

--¡Oh! Yo soy una piedra de estas paredes.

--Se ha reunido el capítulo. Las madres vocales á quienes acabo de consultar, y que están aún deliberando, han decidido que la madre Crucifixión sea, según su orden, enterrada en su ataúd, debajo del altar. ¡Figuraos, tío Fauvent, si se llegasen á hacerse aquí milagros! ¡Qué gloria en Dios para la comunidad! Los milagros salen de las tumbas.

--Pero, reverenda madre, si el inspector de la comisión de salubridad...

--San Benito II, en materia de sepulturas, resistió á Constantino Pogonates.

--No obstante, el comisario de policía...

--Chonodemaro, uno de los siete reyes alemanes que entraron en las Galias, bajo el imperio de Constancio, reconoce expresamente el derecho de los religiosos á ser enterrados en religión, es decir, debajo del altar.

--Pero el inspector de la prefectura...

--El mundo no significa nada ante la cruz. Martín, undécimo general de los cartujos, dió esta divisa á su orden: Stat crux dum volvitur orbis.

--Amén,--dijo Fauchelevent, que seguía imperturbablemente su costumbre de salir del paso siempre que oía hablar en latín.

Un auditorio cualquiera le basta á quien se ha estado callado mucho tiempo. El día en que el retórico Gymnastoras salió de la cárcel, llevando el cuerpo lleno de dilemas y silogismos reprimidos, se paró ante el primer árbol que encontró, arengándole y haciendo grandes esfuerzos para convencerle. La priora, habitualmente sujeta al dique del silencio, tenía demasiado lleno el depósito, y se levantó, exclamando con una locuacidad propia de una compuerta que se levanta:

--Tengo á mi derecha á Benito y á mi izquierda á Bernardo. ¿Quién es Bernardo? El primer abad de Claraval. Fontaines, en Borgoña es el país bendito por haberle visto nacer. Su padre se llamaba Tecelino y su madre Aletha. Principió en Císter para llegar á Claraval; fué ordenado de presbítero por el obispo de Chalón del Saona Guillermo de Champeaux; tuvo setecientos novicios, y fundó ciento sesenta monasterios; él fué quien derribó á Abelardo en el concilio de Sens en 1140, como á Pedro de Bruys y Enrique su discípulo, y á otra secta de extraviados, que se llamaban los apostólicos; confundió á Arnoldo de Brescia; anonadó al monje Raoul, el matador de judíos; dominó en 1148 el concilio de Reims; hizo condenar á Gilberto de la Porée, obispo de Poitiers, y á Éon de l'Etoile; intervino en las diligencias de los príncipes; iluminó al rey Luis el Joven; aconsejó al papa Eugenio III; arregló el Temple; predicó la Cruzada; hizo doscientos cincuenta milagros durante su vida, y hasta treinta y nueve en sólo un día.

¿Quién es Benito? Es el patriarca de Montecasino, es el segundo fundador de la Santidad Claustral, el Basilio de Occidente. Su orden ha producido cuarenta papas, doscientos cardenales, cincuenta patriarcas, mil seiscientos arzobispos, cuatro mil seiscientos obispos, cuatro emperadores, doce emperatrices, cuarenta y seis reyes, cuarenta y una reinas, tres mil seiscientos santos canonizados, y subsiste aún, después de mil cuatrocientos años.

¡De un lado San Bernardo, de otro el encargado de la salubridad! ¡De un lado San Benito, de otro el inspector de vialidad! El Estado, la vialidad, las pompas fúnebres, los reglamentos, la administración, ¿qué tenemos nosotras que ver con eso? Cualquiera se indignaría al ver cómo se nos trata. ¡Ni aun tendremos el derecho de dar nuestras cenizas á Jesucristo! La salubridad es una invención revolucionaria. Dios subordinado al comisario de policía: ése es el siglo. ¡Silencio, Fauvent!

Fauchelevent, bajo semejante ducha, no estaba, en verdad, muy á su gusto. La priora continuó:

--El derecho del monasterio á la sepultura no es dudoso para nadie. No pueden negarlo más que los fanáticos y los ilusos. Vivimos en unos tiempos de confusión terrible. Se ignora lo que se debe saber, y se sabe lo que se debe ignorar. Dominan la ignorancia y la impiedad. Hay gentes en esta época que no hacen distinción entre el grandísimo San Bernardo y el Bernardo llamado de los Pobres Católicos, un buen eclesiástico que vivía en el siglo XIII. Otros blasfeman hasta el punto de comparar el cadalso de Luis XVI con la cruz de Jesucristo. Luis XVI no era más que un rey. ¡Tengamos, pues, en cuenta á Dios!

No hay ya nada justo ni injusto. Se sabe el nombre de Voltaire, y se ignora el de César de Bus. Y sin embargo, César de Bus es un bienaventurado, y Voltaire un infeliz. El último arzobispo, el cardenal de Périgord, ni aun sabía que Carlos de Gondren sucedió á Bérulle, y Francisco Bourgoin, á Gondren, y Juan Francisco Senault á Bourgoin, y el padre Santa Marta á Juan Francisco Senault. Se sabe el nombre del padre Cotón, no porque fuése uno de los tres que contribuyeron á la fundación del Oratorio, sino porque dió motivo para uno de sus juramentos exclamatorios al rey hugonote Enrique VI.

Lo que hace á san Francisco de Sales simpático á las gentes del mundo, es que hacía fullerías en el juego.

¡Y luego se ataca á la religión! ¿Por qué? Porque ha habido malos sacerdotes; porque Sagitario, Obispo de Gap, era hermano de Salone, obispo de Embrun, y que ambos siguieron á Mommol. ¿Y eso qué importa? ¿Impide por ventura que Martín de Tours sea un santo, y de que diera la mitad de su capa á un pobre? Se persigue á los santos; se cierran los ojos á la verdad; se acostumbra el hombre á las tinieblas. Los animales más feroces son los ciegos. Nadie se acuerda del infierno para nada. ¡Ah pueblo pervertido! En nombre del rey significa hoy lo mismo que en nombre de la revolución. No se sabe lo que se debe á los vivos ni á los muertos. Está prohibido morir santamente. El sepulcro es un negocio civil. Esto es horroroso. San León II escribió expresamente dos cartas, la una á Pedro Notaire y la otra al rey de los visigodos, para combatir y rechazar en las cuestiones que se relacionan con los muertos, la autoridad del exarca, y la supremacía del emperador Gauthier, obispo de Châlons, se las tuvo tiesas en esta materia á Otón, duque de Borgoña. La antigua magistratura estaba en esto conforme. En otros tiempos teníamos nosotras voz en el capítulo, aun en las cosas del siglo. El abad de Císter, general de la orden, era consejero nato del parlamento de Borgoña. Podíamos hacer de nuestros muertos lo que queríamos. Pues qué, el mismo cuerpo de san Benito, ¿no está en Francia en la abadía de Fleury, llamada de San Benito del Loira, aunque murió en Italia en Montecasino, el sábado 21 de marzo del año 543? Todo esto es incontestable. Aborrezco á los intrusos; odio á los herejes, pero odiaría más aún á quién me sostuviese lo contrario. No hay más que leer á Arnaldo Wion, á Gabriel Bucelin, á Tritemo, á Maurólico y á Lucas de Achery.

La priora tomó aliento, volviéndose luego á Fauchelevent:

--Tío Fauvent, ¿está dicho?

--Está dicho, reverenda madre.

--¿Se puede contar con vos?

--Obedeceré.

--Está bien.

--Estoy completamente consagrado al convento.

--Quedamos entendidos. Cerrareis el ataúd; las hermanas le llevarán á la capilla y se rezará el oficio de difuntos. Después se volverán al claustro. Á las once y media vendréis con la barra de hierro, y todo se hará con el mayor sigilo. No habrá en la capilla nadie más que las cuatro madres cantoras, la madre Ascensión y vos.

--Y la hermana que esté en el poste.

--No se volverá.

--Pero oirá.

--No escuchará. Además, lo que el claustro sabe lo ignora el mundo.

Hubo todavía otra pausa: la priora continuó:

--Dejaréis vuestro cascabel. Es inútil que la hermana que esté en el poste advierta que estáis allí.

--¿Reverenda madre?

--¿Qué, tío Fauvent?

--¿Ha venido ya el médico de los muertos?

--Vendrá hoy á las cuatro. Ha sonado ya el toque que manda llamarle. ¿Pero vos no oís ningún toque?

--No me fijo más que en el mío.

--Muy bien hecho, tío Fauvent.

--Reverenda madre, se necesita una palanca lo menos de seis pies.

--¿De dónde la sacaréis?

--Donde no faltan rejas no pueden faltar barras de hierro. Tengo un montón de hierro viejo allá en el fondo del jardín.

--Tres cuartos de hora antes de la media noche; no lo olvidéis.

--¿Reverenda madre?

--¿Qué?

--Si otra vez tuviérais que hacer obras como ésta, mi hermano sí que es fuerte. ¡Un verdadero turco!

--Despacharéis lo antes posible.

--No por ganas podré ir más aprisa. Estoy tan delicado; no me vendría mal un buen auxiliar. Cojeo.

--El ser cojo no es una desgracia, es tal vez una bendición. El emperador Enrique II, que combatió al antipapa Gregorio y restableció á Benito VIII, tiene dos sobrenombres: el Santo y el Cojo.

--Es muy bueno eso de tener dos sobretodos,--murmuró Fauchelevent,--que en realidad tenía el oído un poco duro.

--Tío Fauvent, estoy pensando en que debemos tomarnos una hora entera. Y no será demasiado. Estaréis junto al altar mayor con la barra de hierro á las once. El oficio empezará á las doce, y es menester que todo esté concluido un cuarto de hora antes.

--Todo lo haré para probar mi celo por la comunidad. Está dicho. Clavaré el ataúd. Á las once en punto estaré en la capilla. Estarán ya allí las madres cantoras y la madre Ascensión. Dos hombres valdrían mucho más. En fin, ¡no importa! Llevaré mi palanca. Abriremos la bóveda, bajaremos el ataúd, volveremos á cerrar. Y punto concluido; no va á quedar el menor rastro. El Gobierno nada sospechará. Reverenda madre, ¿todo quedará así arreglado como queréis?

--No.

--¿Hay más que hacer?

--Sobre la caja vacía...

Esto produjo un momento de silencio. Fauchelevent meditaba. La priora meditaba igualmente.

--Tío Fauvent. ¿Qué haremos del ataúd?

--Le enterraremos.

--¿Vacío?

Nuevo silencio. Fauchelevent hizo con la mano izquierda esa especie de gesto que parece dar por terminada una cuestión enojosa.

--Reverenda madre, soy yo quien he de clavar la caja en el depósito de la iglesia; nadie puede entrar allí más que yo; yo cubriré el ataúd con el paño mortuorio.

--Sí, pero los mozos al llevarle al carro, y al bajarle á la fosa, conocerán fácilmente que no tiene nada dentro.

--¡Ah, di...!--exclamó Fauchelevent.

La priora empezó á santiguarse, y miró fijamente al jardinero. El ablo se le quedó atascado en la garganta.

Apresuróse á inventar una salida para hacer olvidar el juramento.

--Reverenda madre, llenaré de tierra la caja y hará el mismo efecto que si llevara dentro un cuerpo.

--Tenéis razón. La tierra es lo mismo que el hombre. ¿De modo que llenaréis así el vacío del ataúd?

--Queda á mi cargo.

El semblante de la priora, hasta entonces turbado y sombrío, se serenó. Hizo al jardinero la señal del superior que despide al inferior. Fauchelevent se dirigió á la puerta. Cuando ya iba á salir, la priora levantó dulcemente la voz.

--Tío Fauvent, estoy satisfecha de vos. Mañana, después del entierro, acompañad á vuestro hermano, decidle que lleve también la niña.

IV =Donde parece que Juan Valjean había leído á Agustín Castillejo=

Los pasos de un cojo son como las miradas de un tuerto: no llegan fácilmente adonde se dirigen. Por otra parte, Fauchelevent estaba perplejo. Empleó cerca de un cuarto de hora en llegar á la barraca del jardín. Cosette había despertado; Juan Valjean la había sentado cerca de la lumbre, y cuando entró Fauchelevent le estaba enseñando el cesto del jardinero, pendiente de la pared, y diciéndole:

--Oye bien, hijita. Es preciso que salgamos de esta casa; pero volveremos y estaremos muy bien en ella. Este buen hombre que vive aquí te llevará á cuestas ahí dentro. Tú me esperarás en casa de una señora, adonde iré á buscarte. ¡Si no quieres que te coja otra vez la Thénardier, obedece y no digas otra palabra!

Cosette hizo un movimiento de cabeza con aire grave.

Al ruido de Fauchelevent abriendo la puerta, se volvió Juan Valjean.

--¿Y qué?

--Todo está arreglado, y nada se ha hecho,--contestó Fauchelevent.--Tengo yo permiso para haceros entrar; pero antes es preciso salir. Aquí está el atolladero de la carreta. En cuanto á la niña, es cosa fácil.

--¿La llevaréis?

--¿Se estará callada?

--Yo respondo.

--Pero ¿y vos, señor Magdalena?

Y después de un silencio lleno de ansiedad, exclamó Fauchelevent:

--¡Pero salid por donde habéis entrado!

Juan Valjean, como la primera vez, se limitó á contestar:

--¡Imposible!

Fauchelevent, hablando más bien consigo mismo que con Juan Valjean, murmuró:

--Hay otra cosa que me atormenta. He dicho que la llenaré de tierra, y ahora se me ocurre que, llevando tierra en vez de un cuerpo, no tendrá semejanza verdadera. Se moverá, se correrá, los hombres lo conocerán.

¿Comprendéis, señor Magdalena? y el Gobierno se apercibirá.

Juan Valjean le miró atentamente, creyendo que deliraba.

Fauchelevent continuó:

--¿Cómo di...antres vais á salir? ¡Y es preciso que todo quede hecho mañana! Porque mañana os he de presentar. La priora os espera.

Entonces explicó á Juan Valjean que esto era en recompensa de un servicio que él, Fauchelevent, prestaba á la comunidad. Que en sus atribuciones entraba algo de sepulturero; que clavaba el ataúd y ayudaba al enterrador del cementerio. Que la religiosa que había muerto aquella mañana había pedido ser enterrada en el ataúd que le servía de cama, y sepultada en la bóveda debajo del altar de la capilla. Que esto estaba prohibido por los reglamentos de policía; pero que la religiosa era una de esas muertas á quienes nada se puede negar. Que la priora y las madres vocales creían que debían cumplir lo mandado por la difunta. Y que tanto peor para el Gobierno. Que, él, Fauchelevent, clavaría el ataúd en la celda, levantaría la losa de la capilla y bajaría el cadáver á la bóveda. Y que para recompensárselo, la priora admitiría á su hermano de jardinero y á su sobrina de educanda. Que su hermano sería el señor Magdalena y su sobrina Cosette. Que la priora le había dicho que llevase á su hermano el día siguiente por la tarde después del entierro simulado en el cementerio. Pero no podía traer de afuera al señor Magdalena, si el señor Magdalena no estaba afuera antes. Ésta es la primera dificultad. Después había otra: el ataúd vacío.

--¿Qué es eso del ataúd vacío?--preguntó Juan Valjean.

Fauchelevent respondió:

--El ataúd de la administración.

--¿Qué ataúd? ¿Y qué administración?

--Cuando una religiosa muere, viene el médico de la municipalidad y dice: Ha muerto una monja. El Gobierno envía el ataúd, y al día siguiente envía un carro fúnebre y sepultureros, que cargan el ataúd y se lo llevan al cementerio. Vendrán los sepultureros, levantarán la caja, y no habrá nada dentro.

--Pues meted cualquier cosa.

--¿Un muerto? No le tengo.

--No.

--¿Pues qué?

--Un vivo.

--¿Qué vivo?

--Yo,--dijo Juan Valjean.

Fauchelevent, que estaba sentado, se levantó como si hubiese estallado un petardo debajo de su silla.

--¿Vos?

--¿Y por qué no?

Juan Valjean dejó escapar una de esas sonrisas parecidas á un relámpago en un cielo de invierno.

--Sabéis, Fauchelevent, que habéis dicho: la madre Crucifixión ha muerto, y que yo añadí: y el señor Magdalena está enterrado. Pues ahí tenéis.

--¡Ah! os reís; no habláis formalmente.

--Hablo formalmente. ¿No es preciso salir de aquí?

--Sin duda.

--¿No os dije que buscarais también para mí un cesto y una tapa?

--¿Y qué?

--Que el cesto será de pino, y la tapa un paño negro.

--No; un paño blanco. Á las religiosas las entierran vestidas de blanco.

--Vaya por el paño blanco.

--Vos no sois un hombre como los demás, señor Magdalena.

Al oir Fauchelevent semejantes ocurrencias, que no eran otra cosa que las salvajes y temerarias invenciones del presidio, surgiendo de las cosas apacibles que le rodeaban, y mezclándose, con lo que él llamaba «la marcha regular del convento», sentía un estupor comparable al de un transeunte que viera á una gaviota metiendo el pico para pescar en el arroyo de la estrecha calle de San Dionisio.

Juan Valjean prosiguió:

--Se trata de salir de aquí sin ser visto; pues no deja de ser éste un medio. Pero antes instruidme. ¿Qué pasos se han de dar? ¿Dónde está ese ataúd?

--¿El vacío?

--Sí.

--Abajo, en la llamada sala de los muertos. Sobre dos caballetes y debajo del paño mortuorio.

--¿Cuál es la longitud de la caja?

--Seis pies.

--¿Y dónde está la sala de los muertos?

--Es una pieza del piso bajo que tiene una ventana con reja al jardín, la cual se cierra por fuera con un postigo, y dos puertas, una que da al convento, y otra á la iglesia.

--¿Á qué iglesia?

--Á la iglesia de la calle, la iglesia pública.

--¿Tenéis las llaves de ambas puertas?

--No. Tengo la de la puerta que da al convento, y el portero tiene la de la puerta que da á la iglesia.

--¿Y cuándo abre esa puerta el portero?

--Solamente para dar entrada á los sepultureros cuando vienen á buscar el ataúd. Cuando el ataúd sale, vuelve á cerrarse la puerta.

--¿Quién clava el ataúd?

--Yo.

--¿Quién pone el paño encima?

--Yo.

--¿Vos solo?

--Ningún otro hombre, excepto el médico de la policía, puede entrar en la sala de los muertos. Así está escrito en la pared.

--¿Y podríais esta noche, cuando todos duerman en el convento, ocultarme en dicha sala?

--No; pero puedo ocultaros en un cuartito obscuro que da á la propia sala de los muertos, donde guardo mis útiles de enterrar, y cuya llave tengo en mi poder.

--¿Á qué hora vendrá el carro mañana por el ataúd?

--Á eso de las tres de la tarde. El entierro se verificará en el Cementerio de Vaugirard poco antes de anochecer. No está muy cerca.

--Bien; estaré escondido en el cuartito de vuestras herramientas toda la noche y toda la mañana. ¿Y para comer? Porque tendré hambre.

--Yo os llevaré que comer.

--Podréis ir á encerrarme en el ataúd á las dos.

Fauchelevent retrocedió, haciendo chasquear los dedos.

--¡Pero es imposible!

--¡Bah! ¿Coger un martillo y clavar unos clavos en una tabla?

Lo que le parecía altamente difícil á Fauchelevent, era sencillísimo para Juan Valjean, quien había atravesado peores dificultades. El que ha estado en presidio sabe el arte de encogerse según el diámetro de las evasiones. El preso está sujeto á la fuga como el enfermo á la crisis que le salva ó le pierde. Una evasión es una curación. ¿Y qué es lo que no se acepta para curar? Dejarse encerrar y conducir en un cajón como un bulto, vivir largo tiempo en una caja, encontrar aire donde no le hay, economizar la respiración horas enteras, saber asfixiarse sin morir, todo ello era uno de los sombríos talentos de Juan Valjean.

Por lo demás, un ataúd dentro del cual va un ser viviente, si es estratagema de presidiario, lo es también de emperador. Si hemos de dar crédito al monje Agustín Castillejo, este fué el medio de que se valió Carlos V, al querer después de su adjudicación, ver por última vez á la Blomberg, para hacerla entrar y salir en el monasterio de Yuste.

Fauchelevent, algo tranquilizado, preguntó:

--Pero ¿cómo lo haréis para respirar?

--Respirando.

--¡Dentro de aquella caja! Solamente de pensar en ello me ahogo.

--Tendréis una barrena, está claro; haced unos agujeritos en rededor de la boca, y clavad luego sin apretar la tapa.

--¡Bueno! ¿Y si se os ocurre toser ó estornudar?

--El que se evade no tose ni estornuda jamás.

Y Juan Valjean añadió:

--Tío Fauchelevent, es preciso decidirse: ó ser aquí descubierto, ó salir en el carro de los muertos.

Todo el mundo conocerá la afición de los gatos á pararse y juguetear entre las hojas de una puerta entreabierta. ¿Quién no le ha dicho á un gato: pero entra de una vez? Hay hombres que cuando tienen un incidente abierto ante sus ojos, tienen también inclinación á permanecer indecisos entre dos resoluciones, á riesgo de hacerse aplastar por el destino cerrando bruscamente la aventura. Los más prudentes, por más gatos que sean, y porque gatos son precisamente, corren alguna vez mayor peligro que los audaces. Fauchelevent era naturalmente indeciso. Sin embargo, la sangre fría de Juan Valjean le dominó á pesar suyo, y murmuró:

--La verdad es que no hay otro medio.

Juan Valjean replicó:

--Lo único que me preocupa es lo que sucede en el cementerio.

--Pues eso es lo que á mí no me apura,--exclamó Fauchelevent.--Si tenéis seguridad de salir de la caja, yo la tengo de sacaros de la fosa. El enterrador es un borrachín amigo mío, el tío Mestienne, un viejo de cepa secular. El enterrador mete los muertos en la fosa, y yo meto al enterrador en mi bolsillo. Voy á deciros lo que sucederá. Llegaremos un poco antes de anochecer; tres cuartos de hora antes del cierre de la verja del cementerio. El carro llegará hasta la fosa, y yo le seguiré, porque éste es mi deber. Llevaré un martillo, escoplo y tenazas en el bolsillo. Se detendrá el carro; los mozos atarán una cuerda al ataúd, y os bajarán al hoyo. El capellán recitará las oraciones, hará la señal de la cruz, echará agua bendita y se retirará. Entonces quedaré yo sólo con el tío Mestienne, que es mi amigo, como os he dicho. Y sucederá una de dos: ó que esté borracho, ó que no lo esté. Si no está borracho, le diré: vente á echar un trago, mientras está abierto aún el Buen Membrillo. Me lo llevo y le emborracho: no cuesta mucho emborrachar al tío Mestienne, porque siempre está resbaladizo. Le dejo bajo la mesa, le cojo su tarjeta para volver á entrar en el cementerio, y entro de nuevo solo. Entonces ya no tenéis que habéroslas sino conmigo. Si no está borracho, le digo: anda, yo haré tu trabajo. Se va, y os saco del agujero.

Juan Valjean le tendió la mano, y Fauchelevent se precipitó á tomársela con toda la tierna efusión de que puede ser susceptible un campesino.

--Está convenido, tío Fauchelevent. Todo saldrá bien.

--Con tal que nada se descomponga,--pensó Fauchelevent.--¡Sería terrible!

V =No basta ser borracho para ser inmortal=

Al día siguiente, cuando declinaba el sol, los escasos transeuntes de la calle ancha del Maine se quitaban el sombrero al paso de un carro fúnebre de antiguo modelo, adornado de calaveras, tibias y lágrimas. Este carro conducía un ataúd cubierto por un paño blanco, sobre el que se destacaba una cruz negra, semejante á un gran cadáver con los brazos colgando. Un coche enlutado, en el que iban un cura con sobrepelliz y un monaguillo con sotana roja, seguía al carro; á derecha é izquierda de él marchaban dos sepultureros de uniforme gris con adornos negros. Detrás iba un viejo cojeando y en traje de artesano. El cortejo se dirigía al cementerio de Vaugirard.

Del bolsillo del hombre se veían salir al mango de un martillo, la hoja de un escoplo y las puntas de unas tenazas.

El cementerio de Vaugirard era una excepción entre los cementerios de París. Tenía, por así decirlo, sus costumbres particulares, lo mismo que tenía su puerta cochera y su puerta pequeña, llamadas en el barrio por los viejos, siempre apegados á los dichos antiguos, la puerta de los caballeros y la puerta plebeya. Las bernardas-benedictinas del Pequeño-Picpus habían obtenido, según ya hemos dicho, el privilegio de ser enterradas en sitio aparte y por la tarde, en un terreno que había pertenecido á su comunidad. Los sepultureros estaban también sujetos á una disciplina particular, por lo que debían prestar ese servicio en el cementerio por la tarde en verano, y de noche en invierno. Las puertas de los cementerios de París se cerraban en aquella época al ponerse el sol; y siendo ésta una medida municipal, estaba sometido á ella el cementerio de Vaugirard lo mismo que todos los demás. La puerta de caballeros y la puerta de peatones eran dos verjas contiguas, situadas á los lados de un pabellón construido por el arquitecto Perronet, y habitado por el portero del cementerio. Estas verjas giraban por lo tanto inexorablemente sobre sus goznes en el momento en que el sol desaparecía por detrás de la cúpula de los Inválidos.

Si algún sepulturero al cerrarse las verjas se había quedado dentro, no tenía otro medio para salir, que presentar su nombramiento de enterrador, expedido por la administración de pompas fúnebres. En un postigo de la casa del guarda había una especie de buzón como los de correos. El sepulturero echaba en él su tarjeta; el guarda la oía caer, tiraba de una cuerda, y se abría la puerta de peatones. Si el sepulturero no llevaba su tarjeta, decía su nombre, y el guarda, que solía haberse acostado y dormido, se levantaba, le examinaba, y abría la puerta con la llave. El sepulturero salía, pero pagaba quince francos de multa.

Aquel cementerio, que con sus privilegios especiales rompía la simetría administrativa, fué suprimido poco después de 1830. El cementerio de Mont-Parnasse, llamado del Este, le sucedió, y heredó la famosa taberna medianera con el cementerio de Vaugirard, que tenía una muestra con un membrillo pintado, y formaba ángulo por un lado hacia las mesas de los bebedores, y por otro hacia las sepulturas, con esta inscripción: Al Buen Membrillo.

El cementerio de Vaugirard era lo que podía llamarse un cementerio en decadencia. Había caído en desuso. Le invadía la yerba, y le abandonaban las flores; los burgueses gustaban poco de que les enterrasen en Vaugirard; olía á pobre. El cementerio del Padre Lachaise ¡ya era otra cosa! Ser enterrado en él, era como tener muebles de caoba. En esto se conocía la elegancia. El cementerio de Vaugirard era un cercado venerable, plantado como los antiguos jardines franceses, con calles rectas, bojes, tuyas, acebos, sepulcros á la sombra de algunos tejos, y la yerba muy crecida. La noche era allí imponente. Presentaba líneas verdaderamente lúgubres.

Aún no se había puesto el sol, cuando el carro fúnebre del paño blanco con la cruz negra entró en la alameda del cementerio de Vaugirard. El cojo que le seguía era Fauchelevent.

El entierro de la madre Crucifixión en la bóveda debajo del altar, la salida de Cosette, la entrada de Juan Valjean en la sala de los muertos, todo se había llevado á cabo sin el menor obstáculo; nada había salido mal.

Digamos, como de pasada, que la inhumación de la madre Crucifixión debajo del altar es para nosotros una falta perfectamente venial. Es una de esas culpas que se parecen á un deber. Las religiosas lo habían hecho, no solamente sin turbación, sino con aplauso de su propia conciencia. En el claustro, lo que se llama «el gobierno» no es más que una intrusión en la autoridad, intrusión siempre discutible. Lo importante es la regla; en cuanto al Código, ya se verá. Hombres, haced cuantas leyes queráis; pero guardadlas para vosotros. El tributo que se paga al César, no es nunca más que el resto del tributo que se paga á Dios. Un príncipe no significa nada ante un principio.

Fauchelevent andaba renqueando muy satisfecho detrás del carro.

Sus dos conspiraciones juntas, una con las religiosas y otra con el señor Magdalena; una en pro del convento y contra el convento la otra, habían sido afortunadas por igual. La serenidad de Juan Valjean era una de esas tranquilidades potentes que se comunican.

Fauchelevent no dudaba del éxito. Lo que faltaba hacer ya no tenía la menor importancia. En dos años había emborrachado ya diez veces al sepulturero, al excelente tío Mestienne, que era un hombre tan bueno como mofletudo. Hacía de él lo que se le antojaba. Le encasquetaba el gorro á medida de su gusto; y la cabeza de Mestienne se ajuntaba perfectamente á la de Fauchelevent. Su confianza era, por lo tanto, completa.

Cuando el cortejo fúnebre entró en el camino que conducía directamente al cementerio, Fauchelevent, lleno de satisfacción, miró al carro, y dijo á media voz frotándose sus grandes manos:

--¡Vaya una farsa!

Paróse súbitamente el carro: había llegado á la verja. Como era preciso enseñar la licencia para el entierro, el encargado de las pompas fúnebres se adelantó y habló un momento con el portero. Durante este coloquio, que produjo una detención de dos ó tres minutos, apareció un desconocido y fué á colocarse detrás del carro, al lado de Fauchelevent: parecía un trabajador; llevaba una blusa con grandes bolsillos, y un azadón al brazo.

Fauchelevent miró á ese desconocido.

--¿Quién sois?--le preguntó.

El hombre le respondió:

--El sepulturero.

Si á Fauchelevent le hubiese cogido de lleno una bala de cañón, no hubiera hecho un movimiento más expresivo.

--¡El sepulturero!

--Sí.

--¡Vos!

--Yo.

--El sepulturero es el tío Mestienne.

--Ha sido.

--¿Cómo... ha sido!

--Porque ha muerto.

Fauchelevent lo había previsto todo, menos que pudiera morirse un enterrador.

Y sin embargo es cierto; también se mueren los enterradores: á fuerza de cavar fosas ajenas, van abriendo la propia.

Fauchelevent se quedó con la boca abierta. Apenas tuvo aliento para tartamudear:

--¡Pero esto no es posible!

--Pues lo es.

--Pero,--repitió todavía débilmente,--el enterrador es el tío Mestienne.

--Después de Napoleón vino Luis XVIII; después de Mestienne vino Gribier. Compadre, yo me llamo Gribier.

Fauchelevent palideció por completo y empezó á examinar á Gribier.

Era éste un hombre alto, flaco, lívido, enteramente fúnebre. Parecía un médico desacreditado convertido en enterrador.

Fauchelevent se echó á reir.

--¡Ah! ¡Qué cosas suceden en este pícaro mundo! ¡Murió el tío Mestienne! ¡Pues viva el tío Lenoir! ¿Sabéis quién es el tío Lenoir? Es la bota del tinto de á doce; es la bota de Surenne; ¡caramba! el verdadero Surenne de París. ¡Ah! ¡Murió el pobre Mestienne! Lo siento; era un buen bebedor; pero vos también lo sois. ¿No es verdad, camarada? Iremos juntos á probar unas copas, enseguida.

El hombre respondió:

--He estudiado; he estudiado hasta el cuarto año, y no bebo nunca.

El carro fúnebre se había vuelto á poner en marcha, y seguía por la calle principal del cementerio.

Fauchelevent había acortado el paso; cojeaba más de ansiedad que de necesidad.

El enterrador iba delante.

Fauchelevent examinó de nuevo al inesperado compañero Gribier.

Era uno de esos hombres que, siendo jóvenes, parecen viejos, y que, siendo flacos, son muy fuertes.

--¡Camarada!--gritó Fauchelevent.

El hombre se volvió.

--Soy el sepulturero del convento.

--Mi colega,--dijo el hombre.

Fauchelevent, sin letras, pero muy agudo, conoció que tenía que habérselas con un hombre temible, con un buen hablista. Entonces murmuró:

--¿Conque murió el tío Mestienne?

El hombre contestó:

--Completamente. Dios consultó su cuaderno de vencimientos y como le hubiese llegado el turno al tío Mestienne, tuvo el tío Mestienne que morir.

Fauchelevent repitió maquinalmente:

--Conque Dios...

--Dios,---dijo el enterrador con autoridad.--Dios, que es para los filósofos el Padre eterno, y para los jacobinos el Ser Supremo.

--¿Y no nos entenderemos?--balbuceó Fauchelevent.

--Desde luego. Vos sois provinciano y yo parisién.

--No puede haber inteligencia hasta no haber bebido en compañía. El que vacía su vaso vacía su corazón. Veníos á beber conmigo. Á esto nadie se niega entre gentes de buena voluntad.

--Primero es el deber.

--Estoy perdido,--pensó para sí Fauchelevent.

Sólo faltaban ya algunas pasos para llegar á la senda que conducía al apartado de las monjas.

El sepulturero añadió:

--Camarada, tengo que dar pan á siete bocas, y como es menester que coman, no puedo yo beber.

Y prosiguiendo con la satisfacción del hombre serio que formula una máxima:

--Su hambre es enemiga de mi sed,--dijo.

El carro dió la vuelta á un grupo de cipreses, dejó la calle principal, atravesó otra más estrecha, entró en el terreno inculto y luego en la maleza. Esto indicaba la proximidad inmediata de la sepultura. Fauchelevent acortó aún más el paso pero no podía acortar el del carro. Afortunadamente la tierra, removida y mojada por las lluvias de invierno, se pegaba á las ruedas y entorpecía la marcha.

Fauchelevent se aproximó al enterrador.

--¡Hay un vinillo tan bueno de Argenteuil!--murmuró á su oído.

--Rústico,--respondió el hombre,--yo no debía ser enterrador. Mi padre era portero en el Pritaneo. Me dedicaba á la literatura; pero llovieron sobre él muchas desgracias; tuvo pérdidas en la Bolsa, y yo he tenido que renunciar á ser autor. Sin embargo, todavía soy escritor público.

--¿Luego no sois enterrador?--prorrumpió Fauchelevent, agarrándose á esta rama, demasiado débil en verdad.

--Lo uno no impide lo otro.

Fauchelevent no entendió esta frase.

--Vamos á beber,--dijo.

Aquí es indispensable una observación.

Fauchelevent, por más inquieto que estuviese, convidaba á beber; pero no se había fijado en un punto: ¿Quién había de pagar? Casi siempre convidaba él, pero pagaba el tío Mestienne. Su convite de entonces era evidentemente un resultado de la nueva situación creada por el nuevo enterrador, le era necesario el convite; pero el viejo jardinero dejaba en la sombra, no sin intención, el proverbial cuarto de hora de san Martín. Fauchelevent, á pesar de su emoción, no se acordaba de pagar.

El enterrador contestó con una sonrisa de superioridad:

--Es indispensable comer. He aceptado el cargo de sucesor del tío Mestienne. Cuando uno ha concluido casi sus estudios, es filósofo. Al trabajo de la mano he añadido el del brazo, y tengo mi biombo de memorialista en la calle de Sêvres. ¿Sabéis? El mercado de los paraguas. Todas las cocineras de la Cruz Roja vienen á mí; y yo les compongo sus declaraciones á los novios. Por la mañana escribo cartas amorosas, y por la tarde abro hoyos de muerto. Ésta es la vida, compadre.

El carro avanzaba. Fauchelevent, en el colmo de la inquietud, miraba á todas partes; gruesas gotas de sudor caían de su frente.

--Pero,--continuó el enterrador,--no se puede servir á dos señores; y tengo que elegir entre la pluma y el azadón. El azadón me estropea las manos.

El carro fúnebre se detuvo.

El monaguillo bajó del coche enlutado, luego el cura.

Una de las ruedas delanteras del carro subía un poco sobre un montón de tierra, detrás del cual se veía una fosa abierta.

--¡Vaya una farsa!--repitió consternado Fauchelevent.

VI =Entre cuatro tablas=

¿Quién estaba en el ataúd? ya lo sabíamos, Juan Valjean.

Juan Valjean que se las había arreglado para vivir allí dentro, y apenas podía respirar.

Es ciertamente extraño calcular hasta qué punto nos da seguridad en todo la seguridad de la conciencia. La combinación ideada por Juan Valjean iba adelante, y marchaba perfectamente desde la víspera. Contaba él, como Fauchelevent, con el tío Mestienne, y no le cabía la menor duda acerca del final. No puede darse situación más crítica ni calma más completa.

De las cuatro tablas del ataúd se desprendía cierta horrible paz. La tranquilidad de Juan Valjean tenía mucho del reposo de la muerte.

Desde el fondo del ataúd había podido seguir, y seguía, todas las fases del terrible drama que estaba representando con la muerte.

Poco después de haber clavado Fauchelevent la tapa del ataúd, sintió Juan Valjean que le llevaban y luego que rodaba. Conoció también, por la suavidad del movimiento, que pasaba del empedrado á la arena, es decir, que salía de las calles y entraba en el paseo. Al oir un ruido sordo adivinó que atravesaba el puente de Austerlitz. Por la primera parada comprendió que entraba en el cementerio. Á la segunda se dijo: aquí está la fosa.

Sintió que cogían bruscamente la caja, y oyó un áspero rozamiento en las tablas; conoció que ataban una cuerda al ataúd para bajarle al hoyo.

Después tuvo una especie de vértigo.

Probablemente los sepultureros y el enterrador habían hecho oscilar el ataúd, y había bajado la cabeza antes que los pies. Volvió pronto en su acuerdo, y vió que estaba horizontal é inmóvil. Había llegado al fondo del hoyo. Sintió una especie de frío.

Oyó resonar sobre él una voz glacial y solemne y oyó como pasaban, tan claramente que podían distinguirlas una tras otra, palabras latinas que no comprendía:

--Qui dormiunt in terræ pulvere, evigilabunt; alii in vitam æternam, et alii in opprobrium, ut videant semper.

Una voz infantil contestó:

--De profundis.

La voz grave volvió á oirse diciendo:

--Requiem æternam dona ei Domine.

La voz infantil respondió:

--Et lux perpetua luceat ei.

Sintió sobre la tapa del ataúd algo como el débil choque de algunas gotas de ligera lluvia. Era probablemente el agua bendita.

Entonces calculó: Ya esto se acaba. Tengamos todavía un poco de paciencia. Ahora se irá el cura; Fauchelevent se llevará á beber á Mestienne, y me dejarán. Después vendrá sólo Fauchelevent y yo saldré de aquí. Es cosa de una hora.

La voz grave repitió:

--Requiescat in pace.

Y la voz de niño dijo:

--Amén.

Juan Valjean, siempre atento al oído, sintió como un ruido de pasos que se alejaban.

--Ya se alejan,--pensó.--Estoy ya solo.

Pero de repente oyó sobre su cabeza un ruido que le pareció el del trueno que despide el rayo.

Era una paletada de tierra que caía sobre el ataúd.

Una segunda paletada de tierra sucedió á la primera.

Uno de los agujeros por donde respiraba quedó obstruido.

Cayó otra paletada. Después otra.

Hay cosas más fuertes que el hombre más fuerte. Juan Valjean perdió el conocimiento.

VII =Donde se verá el origen de la frase: no pierdas el billete=

He aquí lo que había pasado sobre el ataúd en que estaba encerrado Juan Valjean.

Cuando el carro se hubo alejado, y el capellán y el monaguillo subieron en el coche y partieron también, Fauchelevent, que no apartaba los ojos del enterrador, le vió inclinarse y coger la pala, que estaba clavada en el montón de tierra.

Entonces Fauchelevent tomó una resolución suprema.

Colocóse entre la fosa y el enterrador, cruzó los brazos, y exclamó:

--¡Yo soy quien paga!

Y el enterrador le miró asombrado, y respondió:

--¿El qué?

Fauchelevent repitió:

--¡Yo pago!

--¿El qué?

--El vino.

--¿Qué vino?

--El de Argenteuil.

--¿Dónde está ese Argenteuil?

--En el Buen Membrillo.

--¡Vete al diablo!--dijo el sepulturero.

Y arrojó una paletada de tierra sobre el ataúd: la caja despidió un sonido ronco.

Fauchelevent se sintió vacilar á punto de caer á la fosa, y gritó con una voz en que tenía algo de la opresión de la agonía:

--Camarada, ¡antes de que cierren el Buen Membrillo!

El enterrador llenó nuevamente su pala.

Fauchelevent continuó:

--¡Yo pago!

Y asió del brazo al sepulturero.

--Oídme, camarada,--le dijo;--soy el sepulturero del convento, y vengo para ayudaros. Esta faena podemos hacerla de noche. Empecemos por beber un trago.

Y así diciendo y aferrándose á su desesperada insistencia, hacíase esta reflexión lúgubre:

--¡Y aún cuando beba! ¿Se emborrachará?

--Provinciano,--dijo el enterrador,--ya que absolutamente lo queréis, consiento. Beberemos, pero después del trabajo; antes, de ningún modo.

Y empujó su pala. Fauchelevent le detuvo.

--¡Argenteuil de á seis!

--¡Ah! ¡ya!--dijo el enterrador.--Sois campanero. Din, don, din don; no sabéis decir otra cosa. Id pues á repicar.

Y arrojó á la fosa la segunda paletada.

Fauchelevent llegó al extremo en que ya no sabe el hombre lo que se dice:

--¿Venís ó no venís á beber?--gritó;--pues que soy yo quien paga.

--En cuanto hayamos enterrado á la chica,--dijo el sepulturero.

Y echó la tercera paletada.

Después, clavando la pala en tierra, añadió:

--Advertid que va á hacer frío esta noche, y la muerta se vendría gritando tras nosotros que la dejamos sin ropa.

En este momento, mientras llenaba la pala, se encorvaba, apareciendo entreabierto el bolsillo de la blusa.

La mirada vaga de Fauchelevent cayó maquinalmente sobre este bolsillo, y se detuvo.

El sol no se había ocultado todavía en el horizonte; había luz bastante para que pudiese distinguirse una cosa blanca en el fondo de aquel bolsillo abierto.

La pupila de Fauchelevent despidió todo el fuego que pueden despedir los ojos de un aldeano picardo. Acababa de ocurrirle una idea.

Sin que el sepulturero, ocupado solamente en llenar la pala, lo advirtiera, Fauchelevent le metió por detrás la mano en el bolsillo, sacando la cosa blanca que estaba en el fondo.

El enterrador arrojó en la fosa la cuarta paletada.

En el instante en que se volvía para coger la quinta, Fauchelevent le miró con cierta profunda calma diciéndole:

--Á propósito, novel sepulturero, ¿tenéis vuestra credencial?

El enterrador se detuvo.

--¿Qué?

--Que va á ponerse el sol.

--¿Y qué? Se pondrá su gorro de dormir.

--Que se va á cerrar la verja del cementerio.

--¿Y qué?

--¿Tenéis la tarjeta?

--¡Ah! ¡Mi tarjeta!--dijo el enterrador.

Y buscó en sus bolsillos.

Después de registrar el primero registró el segundo; luego pasó á los dos del chaleco, uno después de otro.

--No,--dijo;--no tengo la tarjeta. La habré olvidado.

--Tres duros de multa,--dijo Fauchelevent.

El sepulturero se puso verde. El verde es la palidez de los rostros lívidos.

--Ay, Jesús-Dios-mío-la-pata-coja-hasta-la-luna!--exclamó.--¡Quince francos de multa!

--Tres piezas de cien sueldos,--dijo Fauchelevent.

El enterrador dejó caer la pala.

Habíale llegado su turno á Fauchelevent.

--¡Ah novato!--dijo Fauchelevent.--No hay que desesperarse; no es cosa de suicidarse, ni de aprovechar este hoyo. Quince francos son quince francos, y todavía podéis no pagarlos. Vos sois nuevo en esto; yo soy viejo y conozco todos los trastrueques. Voy á daros un consejo de amigo. Sobre todo hay una cosa cierta, y es que el sol se pone, que toca ya en la cúpula de los Inválidos, y que el cementerio va á cerrarse dentro de cinco minutos.

--Es verdad,--dijo el enterrador.

--En cinco minutos no tenéis tiempo para llenar la fosa, que es profunda como un diablo, y llegar á tiempo antes de que cierren la verja.

--Es verdad.

--En ese caso, pagaréis quince francos de multa.

--¡Quince francos!

--Pero os queda tiempo para... ¿Dónde vivís?

--Á dos pasos del portillo, á un cuarto de hora de aquí; en la calle de Vaugirard, número 87.

--Pero no os faltará tiempo, echándoos las zancas á cuestas, para salir inmediatamente.

--Es verdad.

--Una vez fuera de la verja, galopáis hasta vuestra casa, cogéis la tarjeta, volvéis, y el guarda os abre; llevando tarjeta no se paga multa. Así enterraréis vuestro muerto. En el entretanto yo me quedo guardándole para que no se escape.

--Os debo la vida, provinciano.

--Largaos presto,--dijo Fauchelevent.

El sepulturero, conmovido por el agradecimiento, le apretó la mano y partió corriendo.

En cuanto hubo desaparecido en la maleza, Fauchelevent escuchó sus pasos hasta que se perdió el ruido; después se inclinó sobre la fosa, y dijo en voz baja:

--¡Señor Magdalena!

Nadie respondió.

Fauchelevent sintió un temblor. Se dejó caer en la fosa más bien que bajó, echándose sobre el ataúd, y gritó:

--¿Estáis ahí?

Continuó el silencio en el ataúd.

Fauchelevent, sin respirar apenas á fuerza de temblar, sacó el escoplo y el martillo, é hizo saltar la tapa de la caja. El rostro de Juan Valjean apareció á la luz del crepúsculo pálido y cerrados los ojos.

Los cabellos de Fauchelevent se erizaron; levantóse de súbito, y apoyándose de espaldas en la pared de la fosa, para no caer sobre el ataúd. Miraba á Juan Valjean.

Juan Valjean yacía descolorido é inmóvil.

Fauchelevent murmuró en voz baja como suspirando:

--¡Está muerto!

É irguiéndose cuanto pudo, cruzó los brazos tan violentamente, que se golpeó la espalda con ambos puños, y exclamó:

[Ilustración: =--Ya me dormía,--dijo Juan Valjean. Y se incorporó quedándose sentado=]

--¡Éste ha sido mi modo de salvarle!

Entonces el buen hombre empezó á sollozar y á hablar consigo mismo. Es un error creer que el monólogo no existe en la naturaleza. Las grandes emociones hablan en voz alta frecuentemente.

--La culpa es del tío Mestienne. ¿Porqué se había de morir ese imbécil? ¿Qué necesidad tenía de morirse haciendo falta? Él es quien ha ha muerto al señor Magdalena. ¡Señor Magdalena! Está en el ataúd, y en el cementerio. Todo ha terminado. ¡Ah! ¿Es esto tener sentido común? ¡Ay! ¡Dios mío! ¡Está muerto! ¿Y qué voy á hacer yo ahora de la niña? ¿Qué va á decir la frutera?

¿Pero es posible, Dios mío, que un hombre como éste muera así? ¡Cuando recuerdo cómo se metió debajo de mi carreta! ¡Señor Magdalena! ¡Señor Magdalena! ¡Pardiez! Se ha asfixiado; ya se lo dije yo, pero no quiso creerme. ¡Vaya una linda picardía! ¡Ha muerto este buen hombre, el mejor hombre que había entre los buenos de Dios! ¡Y su niña! ¡Ay! ¡No vuelvo yo ahora allá abajo! Me quedo aquí. ¡Haber hecho una cosa como la que hemos hecho! ¡Valía la pena de llegar á viejos para ser locos! Pero ¿cómo se las arregló para entrar en el convento? Por aquí empezó. Hay cosas que no deben hacerse. ¡Señor Magdalena! ¡Señor Magdalena! ¡Tío Magdalena! ¡Magdalena! ¡Señor Alcalde! No me oye. ¡Qué voy á hacer ahora!

Y se arrancaba los cabellos.

Oyóse entonces á lo lejos por entre los árboles, un agudo chirrido. Era la verja del cementerio que se cerraba.

Fauchelevent se inclinó sobre Juan Valjean, retrocediendo bruscamente todo lo que se puede retroceder en una sepultura. Juan Valjean, con los ojos abiertos le estaba mirando.

Ver una muerte es una cosa horrible; pero ver una resurrección no lo es menos. Fauchelevent se quedó petrificado, pálido, confuso, trastornado por el exceso de emociones, é ignorando si tenía que habérselas con un muerto ó con un vivo, mirando como le miraba Juan Valjean.

--Ya me dormía,--dijo Juan Valjean.

Y se incorporó quedándose sentado.

Fauchelevent cayó de rodillas.

--¡Virgen Santa!--exclamó.--¡Me habéis dado un susto!

Después se levantó diciendo:

--¡Gracias, señor Magdalena!

Juan Valjean no estaba más que desvanecido. El aire libre le había vuelto en sí.

La alegría es el reflejo del terror. Fauchelevent tuvo que hacer casi tanto como Juan Valjean para reponerse.

--¡Entonces no habéis muerto! ¡Oh, cuánto ánimo tenéis! Tanto os he llamado, que habéis despertado. Cuando os vi con los ojos cerrados dije: bien, se ha asfixiado. ¡Oh! Me hubiera vuelto loco, pero loco furioso, loco de atar; me hubieran llevado á Bicêtre. ¿Qué había yo de hacer si hubiérais muerto? ¡Y vuestra niña! ¡La frutera no habría comprendido nada! ¡Se deja la niña diciendo, el abuelo ha muerto! ¡Qué historia, santos cielos! ¡Ah! Pero vos vivís. Éste es el verdadero fin de fiesta.

--Siento frío,--dijo Juan Valjean.

Estas palabras recordaron á Fauchelevent la urgencia de la realidad. Aquellos dos hombres, aunque vueltos en sí, tenían, sin saber por qué, turbado el espíritu; sentían algo extraño, que era la impresión natural y siniestra del lugar.

--Salgamos pronto de aquí,--dijo Fauchelevent.

Buscó en su faltriquera y sacó una calabacita de que venía provisto.

--Antes de todo un trago,--dijo.

La calabaza terminó lo que el aire había comenzado. Juan Valjean bebió un sorbo de aguardiente, recobrando la plena posesión de sí mismo.

Salió del ataúd, y ayudó al jardinero á clavar la tapa.

Tres minutos después había salido de la fosa.

Por lo demás, Fauchelevent estaba ya tranquilo. Tomóse pues el tiempo necesario. El cementerio estaba cerrado, y no era de temer la llegada del sepulturero Gribier. El «bisoño» estaría en su casa buscando la tarjeta, sin encontrarla, puesto que la tenía Fauchelevent en el bolsillo. Y sin la tarjeta no podía entrar en el cementerio.

Fauchelevent tomó la pala y Juan Valjean el azadón, y ambos enterraron el ataúd vacío.

Cuando la fosa estuvo llena, dijo Fauchelevent á Juan Valjean:

--Vámonos. Yo llevo la pala, llevad el azadón.

Cerraba ya la noche.

Juan Valjean encontró alguna dificultad para moverse y para andar; en el ataúd había tomado algo de la rigidez de los cadáveres. La anquilosis de la muerte le había cogido entre cuatro tablas; y le fué necesario, por así decirlo, sacudir el hielo del sepulcro.

--Estáis yerto,--dijo Fauchelevent;--lástima que sea yo patizambo; moveríamos un poco los talones.

--¡Bah!--dijo Juan Valjean.--Cuatro pasos me bastan para dar fuerza á las piernas.

Fuéronse por el mismo camino que había seguido el carro fúnebre. Cuando llegaron á la verja, cerrada ya, y al pabellón del portero, Fauchelevent, que llevaba en la mano la tarjeta del enterrador, la echó en la caja, el guarda tiró de la cuerda, se abrió la puerta y salieron los dos.

--¡Qué bien sale todo!--dijo.--¡Habéis tenido una idea magnífica, señor Magdalena!

Atravesaron la barrera Vaugirard con la mayor facilidad del mundo. En las cercanías de un cementerio una pala y un azadón son dos pasaportes. La calle de Vaugirard estaba desierta.

--Señor Magdalena,--dijo Fauchelevent, sin dejar de andar y alzando la vista hacia las casas,--vos que tenéis mejor vista que yo, indicadme el número 87.

--Aquí está precisamente,--dijo Valjean.

--No hay nadie en la calle,--repuso Fauchelevent.--Dadme el azadón, y esperadme dos minutos.

Fauchelevent entró en el número 87. Subió al último piso, guiado por el instinto que lleva siempre al pobre hacia el tejado, y llamó en la obscuridad á la puerta de una buhardilla.

Respondióle una voz.

--Entrad.

Era la voz de Gribier.

Fauchelevent empujó la puerta. El cuarto del sepulturero era, como todas esas infelices viviendas, un desván desamueblado y lleno de trastos. Un cajón--un ataúd quizá--servía de cómoda; una orza de manteca hacía las veces de tinaja; un jergón de paja era la única cama; el suelo servía de silla y de mesa. En un rincón, sobre un harapo, que era un viejo pedazo de alfombra, estaba sentada una mujer flaca, formando un triste grupo con muchas criaturas. Toda aquella pobre vivienda daba indicios de un gran trastorno. Parecía que se había efectuado un temblor de tierra «para uno solo». Las tapas estaban levantadas, los harapos esparcidos, el cántaro roto, la madre había llorado, los hijos habían sido zurrados probablemente; huellas todas de un registro riguroso y obstinado. Conocíase que el sepulturero había buscado inútilmente su credencial, y hecho responsable de la pérdida á todo lo existente en la casa, desde el cántaro hasta su mujer. Gribier parecía desesperado.

Pero Fauchelevent tenía harta prisa de dar fin á la aventura para fijarse en este lado triste de su triunfo.

Entró, pues, y dijo:

--Os traigo vuestra pala y vuestro azadón.

Gribier le miró estupefacto.

--¿Sois vos, provinciano?

--Y mañana encontraréis vuestra tarjeta en la casilla del guarda del cementerio.

Y dejó en el suelo la pala y el azadón.

--¿Qué quiere decir esto?--preguntó Gribier.

--Quiere decir que habéis dejado caer la tarjeta del bolsillo; que la encontré en el suelo después que os marchasteis; que he enterrado al muerto y rellenado la fosa; que he hecho yo vuestra tarea; que el portero os dará vuestra credencial, y que no pagaréis los quince francos. Esto es lo que hay, recluta.

--¡Gracias, provinciano!--exclamó admirado Gribier.--Al primer enterramiento seré yo quien pague de beber.

VIII =Interrogatorio feliz=

Una hora después, ya cerrada la noche, dos hombres y una niña se presentaron en el número 62 de la calle Picpus. El más viejo de aquellos hombres levantó el picaporte y llamó.

Eran Fauchelevent, Juan Valjean y Cosette.

Los dos hombres habían ido á buscar á Cosette, en casa de la frutera de la calle del Chemin Vert, donde á la víspera la había dejado Fauchelevent. Cosette había pasado aquellas veinticuatro horas sin comprender nada, y temblando silenciosamente. Temblaba tanto, que no había llorado. No había comido ni dormido tampoco. La buena frutera le había hecho mil preguntas, sin conseguir otra respuesta que una mirada triste, siempre igual. Cosette no había dejado traslucir nada de lo que había oído y visto en los dos días últimos. Adivinaba que estaba atravesando una crisis, y conocía que era necesario ser «prudente». ¡Quién no ha experimentado el soberano poder de estas tres palabras pronunciadas con cierto tono al oído de una criatura aterrada: ¡No digas nada! El miedo es mudo. Además, ¿qué persona guarda los secretos como un niño?

Sólo después de aquellas veinticuatro horas había vuelto á ver á Juan Valjean y lanzado un grito de alegría; fué tal este grito, que el hombre menos suspicaz hubiera adivinado en aquel grito la salida de un abismo.

Fauchelevent era de la casa, y sabía las palabras de pase. Todas las puertas se abrieron.

Así se había resuelto el doble y difícil problema: de salir y entrar.

El portero, que tenía ya sus instrucciones, abrió la puertecita que ponía en comunicación el patio y el jardín, y que hace veinte años se veía aún desde la calle, en la pared del fondo del patio, enfrente de la puerta cochera.

El portero introdujo á los tres por aquella puerta, y desde allí pasaron al locutorio reservado donde el día anterior había recibido Fauchelevent las órdenes de la priora.

La priora, con su rosario en la mano, los estaba esperando. Á su lado, cubierta con el velo, estaba de pie una madre vocal.

Una discreta vela alumbraba, ó mejor, hacía que alumbraba el locutorio

La priora pasó revista á Juan Valjean. Nada escudriña tanto como unos ojos bajos.

Después le interrogó:

--¿Sois el hermano?

--Sí, reverenda madre,--respondió Fauchelevent.

--¿Cómo os llamáis?

Fauchelevent respondió:

--Último Fauchelevent.

Éste había tenido, en efecto, un hermano, llamado Último, que había muerto.

--¿De dónde sois?

Fauchelevent respondió:

--De Picquigny, cerca de Amiens.

--¿Qué edad tenéis?

--Cincuenta años.

--¿Qué oficio es el vuestro?

Fauchelevent respondió:

--Jardinero.

--¿Sois buen cristiano?

Fauchelevent respondió:

--Todos los somos en nuestra familia.

--¿Es vuestra esta niña?

Fauchelevent respondió:

--Sí, reverenda madre.

--¿Sois su padre?

Fauchelevent respondió:

--Su abuelo.

La madre vocal dijo á la priora á media voz:

--Responde bien.

Juan Valjean no había pronunciado una palabra.

La priora fijóse en Cosette atentamente y dijo á media voz á la madre vocal:

--Será fea.

Las dos madres hablaron algunos minutos en voz baja en el rincón del locutorio, y después volvióse la priora y dijo:

--Tío Fauvent, procuraos otra rodillera con cascabel. Ahora se necesitan dos.

En efecto, al día siguiente se oían dos cascabeles en el jardín, y las religiosas no podían resistirse al deseo de levantar una punta del velo. Viendo así en el fondo del jardín, y bajo de los árboles, á dos hombres que cavaban juntos Fauvent y otro. Raro acontecimiento. Rompióse el silencio, llegando á decirse: es un ayudante del jardinero.

Es un hermano del tío Fauvent, añadían las madres vocales.

Juan Valjean estaba ya instalado formalmente; tenía su rodillera de cuero y su cascabel; era ya oficial su cargo y su nombre de Último Fauchelevent. La principal causa de su admisión había sido esta observación de la priora refiriéndose á Cosette: Será fea.

Pronunciado este pronóstico, la priora se hizo amiga de Cosette, admitiéndola en el colegio como educanda de caridad.

Es todo ello altamente lógico.

Por más que no haya espejos en el convento, las mujeres tienen la conciencia de su fisonomía; y las jóvenes que se creen bonitas no se dejan convencer fácilmente para monjas. La vocación voluntaria está en razón inversa de la belleza, y por esto se espera más de las feas que de las hermosas. De ahí la gran afición á las fealdades.

Toda aquella aventura enalteció al buen viejo Fauchelevent, por haber conseguido un triple triunfo: cerca de Juan Valjean, á quien salvó y dió un asilo; cerca del sepulturero Gribier, que se decía: me ha librado de pagar la multa; cerca del convento, que, gracias á él, conservando el cuerpo de la madre Crucifixión, había podido eludir al César satisfaciendo á Dios. Hubo un ataúd con cadáver en el Pequeño-Picpus, y un ataúd sin cadáver en el cementerio de Vaugirard; el orden público se turbó indudablemente con ello, pero nadie lo advirtió.

En cuanto al convento, su gratitud para con Fauchelevent fué grandísima. Hasta el punto de ser el mejor de los criados y el mejor de los jardineros. En la primera visita del arzobispo, la priora contó lo acaecido á su Ilustrísima, como confesándose y envaneciéndose un poco. El arzobispo, al salir del convento, habló de ello con elogio y en secreto al señor de Latín, confesor del hermano del rey, que fué después arzobispo de Reims y cardenal. La fama de Fauchelevent corrió tierras y tierras hasta llegar á Roma. Hemos visto una carta dirigida por el papa reinante entonces, León XII, á uno de sus parientes de la nunciatura de París, llamado como él Della-Genga, en la cual se lee lo siguiente: «Parece que hay en un convento de París un excelente jardinero, que es un santo varón llamado Fauvent». Pero ninguna noticia de este triunfo llegó á la barraca de Fauchelevent, quien siguió injertando, escardando y cubriendo sus melones, sin tener la menor idea de su excelencia ni de su santidad. No tuvo jamás su gloria otra noticia que la que alcanzó el buey de Durham ó de Surrey, cuyo retrato se publicó en el Illustrated London News con esta inscripción: Buey que ha ganado el premio en la exposición de animales de cuernos.

IX =Clausura=

Cosette en el convento continuó guardando silencio.

Cosette se creía sencillamente hija de Juan Valjean; y como por otra parte nada sabía, nada podía decir, y aún en este caso nada hubiera dicho. Hemos ya indicado que nada enseña el silencio á los niños como la desgracia; y Cosette había padecido tanto, que todo lo temía, hasta su voz y su respiración. ¡Cuántas veces una palabra sola había precipitado sobre ella una tormenta! Apenas había principiado á tranquilizarse desde que estaba con Juan Valjean. Acostumbróse luego á la vida del convento. Solamente echaba de menos á su Catalina, pero no se atrevía á decirlo. No obstante díjole un día á Juan Valjean:

--Padre, si lo hubiera sabido, la habría traído conmigo.

Cosette, al entrar de educanda, tuvo que vestir el uniforme de las colegialas de la casa. Juan Valjean consiguió que le volviesen los vestidos que dejó, es decir, el mismo traje de luto con que la vistió al dejar la taberna Thénardier que no estaba aún muy usado; guardóse Juan Valjean el vestido, las medias de lana y los zapatos, con mucho alcanfor y otros varios aromas, de los que abundan en los conventos, en un baulito que pudo procurarse; colocó el baulito sobre una silla al lado de su cama llevando siempre la llave consigo. Padre,--le preguntó un día Cosette,--¿qué tiene esta caja que huele tan bien?

El tío Fauchelevent, además de la gloria que acabamos de decir, y que él ignoró, fué recompensado por su buena acción. Por de pronto tuvo la satisfacción de su conciencia, y bastante menos trabajo dividiéndole. Y luego que como le gustaba mucho el polvo de tabaco, estando al lado del señor Magdalena tomaba triple cantidad que antes, y saboreándolo mucho más, porque pagaba el señor Magdalena. Las monjas no adoptaron el nombre de Último, y llamaron á Juan Valjean el otro Fauvent.

Si aquellas santas mujeres hubieran tenido algo de la perspicacia de Javert, habrían acabado por fijarse en que, cuando había necesidad de salir fuera para las necesidades del jardín, era siempre Fauchelevent el mayor, el viejo, el delicado, el patizambo, y nunca el otro; pero ya fuése porque los ojos siempre fijos en Dios no saben espiar, ó porque estuviesen ocupadas en espiarse unas á otras, lo cierto es que no llamó aquello su atención. Por lo demás, Juan Valjean hizo perfectamente en estarse quieto y no moverse, porque Javert vigiló el barrio por espacio de mucho más de un mes.

Aquel convento venía á ser para Juan Valjean como una isla rodeada de abismos; aquellas cuatro paredes encerraban el mundo para él. Veía el cielo suficiente para estar tranquilo, y á hacer á Cosette bastante feliz. Empezó, pues, para él una vida agradable.

Habitaba con el tío Fauchelevent la barraca del jardín. Aquella casucha hecha de cascote viejo que existía aún en 1845, y se componía, como hemos dicho, de tres piezas completamente desnudas, con sólo las paredes. La principal había sido cedida quieras que no, al señor [Ilustración] Magdalena, por más que Juan Valjean se opusiese á ello, por el tío Fauchelevent. La pared de este cuarto, además del clavo destinado á colgar la rodillera y el cesto, estaba adornada con un papel moneda realista de 1793, pegado á la pared sobre la chimenea, cuyo exacto facsímile reproducimos[12]:

Este asignado vendeano había sido pegado allí por el jardinero precedente, antiguo chuan que murió en el convento, y á quien reemplazó Fauchelevent.

Juan Valjean trabajaba diariamente en el jardín, y era utilísimo. Había sido, como ya sabemos, podador, y no era extraño á la jardinería.

Recuérdese además que conocía todo género de recetas y de secretos del cultivo, de lo que sacó mucho partido. Casi todos los árboles del jardín eran silvestres; él los injertó y les hizo producir excelentes frutas.

Cosette tenía permiso de pasar todos los días una hora á su lado.

Como las hermanas estaban siempre tristes, y Juan Valjean era tan bondadoso, la niña comparaba y le adoraba. Á la hora prefijada corría á la barraca. Cuando entraba en la pequeña choza la llenaba con su presencia de alegría.

Juan Valjean se explayaba y sentía aumentar su dicha con la de Cosette. La alegría que inspiramos tiene el doble encanto de que lejos de debilitarse como todo reflejo, vuelve á nosotros más radiante. Durante las horas de recreo, miraba desde lejos Juan Valjean cómo Cosette jugaba y reía, distinguiendo su risa de entre las risas de los demás.

Porque entonces Cosette ya reía.

El semblante de Cosette había cambiado en cierto modo, puesto que había desaparecido la parte sombría. El reir es el sol de invierno; disipa las nubes del rostro humano.

Terminadas las horas de recreo, cuando se volvía Cosette al convento, Juan Valjean miraba á las ventanas de la clase; y por la noche se levantaba para mirar las ventanas del dormitorio.

Dios tiene sus senderos. El convento contribuyó, al par de Cosette, á mantener y completar, en Juan Valjean la obra del obispo. Es cierto que la virtud llega por una parte hasta el orgullo, del que está separado solamente por un puentecillo hecho por el diablo. Juan Valjean no estaba quizá lejos de esta parte y de este puente, cuando la Providencia le llevó al pequeño Picpus. Mientras no se había comparado sino con el obispo, se había creído indigno y sido humilde; pero desde que hacía algún tiempo se comparaba con los hombres, principiaba á nacer en él el orgullo. ¿Quién sabe si tal vez, y poco á poco, habría concluido por volver al odio?

El convento le detuvo en aquella pendiente.

Era aquel el segundo lugar de cautiverio que veía. En su juventud, en lo que había sido para él el principio de la vida, y después, recientemente aún, había visto otro lugar horroroso, terrible, cuyos rigores había considerado como la iniquidad de la justicia, y el crimen de la ley. Á la sazón, después del presidio, veía el claustro, y pensando en que había estado en el presidio, y que era espectador del claustro, los comparaba con ansiedad en su imaginación.

Algunas veces, apoyándose en la pala, descendía lentamente por las espirales sin fin de meditación.

Recordaba á sus antiguos compañeros, y cuánta era su miseria, quienes se levantaban al amanecer y trabajaban hasta la noche; que apenas les dejaban dormir; se acostaban en camas de campaña, y sólo se les toleraba un colchón de dos pulgadas de grueso, en salas que no tenían lumbre sino en los meses más crudos del año; vestían una horrible chaqueta roja, y se les permitía usar, por gracia, un pantalón de tela en los grandes calores, y una manta de lana en los fríos excesivos; no bebían vino ni comían carne sino cuando trabajaban de «fatiga». Vivían sin nombre, designados solamente por números, y estaban casi convertidos en cifras, bajos los ojos, baja la voz, el pelo cortado, sumisos á la vara en la vergüenza.

Después su espíritu se volvía hacia los seres que tenía á la vista.

Estos seres vivían igualmente con los cabellos cortados, los ojos bajos, la voz baja, no en la vergüenza, pero sí en medio del escarnio del mundo; no con la espalda acardenalada por el látigo, pero sí azotada por las disciplinas. También éstos habían perdido su nombre entre los hombres; eran conocidos solamente por austeros apelativos. No comían carne nunca ni bebían vino jamás, y frecuentemente estaban en ayunas hasta la noche. Vestían éstos, no una chaqueta roja, sino un sudario negro de lana, pesado en el verano, ligero en el invierno, y no podían quitársele ni añadirle nada; no tenían ni aun el recurso de la tela ó de la lana conforme á las estaciones; y llevaban seis meses del año camisas de burriel, que les producían calentura. Vivían, no en salas caldeadas únicamente los días de riguroso frío, sino en celdas en las que nunca se encendía lumbre; dormían, no en colchones de dos pulgadas de grueso, sino sobre paja. Finalmente, ni aun les era permitido dormir; todas las noches, después de un día de trabajo, era preciso despertar en el abatimiento del primer sueño; y cuando empezaban á dormir y á entrar apenas en calor, debían levantarse y rezar en una capilla helada y sombría, de rodillas sobre la piedra.

En días determinados cada uno de aquellos seres, por riguroso turno, permanecía doce horas seguidas arrodillado sobre el mármol, ó prosternado de cara al suelo y los brazos en cruz.

Los primeros eran hombres; éstos, mujeres.

¿Qué habían hecho aquellos hombres?

Habían robado, violado, saqueado, herido, matado, asesinado. Eran bandidos, falsarios, envenenadores, incendiarios, asesinos, parricidas.

¿Qué habían hecho estas mujeres?

Nada.

Por una parte, el bandolerismo, el fraude, el dolo, la violencia, la lubricidad, el homicidio, todas las manifestaciones del sacrilegio, todas las variedades del atentado; por la otra, una sola cosa: la inocencia.

La inocencia perfecta, casi elevada hasta una misteriosa asunción, unida á la tierra por la virtud, y al cielo por la santidad.

De un lado, confidencias de crímenes que se hacen en voz baja; del otro, la confesión de faltas hechas en alta voz.

¡Y qué crímenes! ¡Y qué faltas!

Por un lado miasmas, por el otro inefable perfume.

Por una parte, peste moral con guardas de vista, cercada por cañones, y devorando lentamente á sus apestados; por la otra un casto abrasamiento de todas las almas en el mismo foco. Allí, las tinieblas; aquí, la sombra; pero una sombra llena de luz, y una luz llena de fulgores.

Dos lugares de esclavitud; pero en el primero era posible la redención; tenía un límite legal siempre esperado, y además la evasión. En el segundo, solamente la perpetuidad; y por toda esperanza, al extremo lejano del porvenir, aquella luz de libertad á que los hombres llaman muerte.

En el primero no se está encadenado más que por cadenas; en el segundo por la fe.

¿Qué salía del primero? Una maldición inmensa, rechinamiento de dientes, el odio y la perversidad desesperado, un grito de rabia contra la sociedad humana, un sarcasmo al cielo.

¿Qué del segundo? Bendiciones y amor.

Y en aquellos dos lugares tan parecidos y tan diversos, estas dos clases de seres realizaban lo mismo: la expiación.

Juan Valjean comprendía perfectamente la expiación de los primeros, la expiación personal, la expiación por sí mismo. Pero no se explicaba la otra, la de aquellas criaturas sin reproche ni mancilla, y se preguntaba temblando: ¿Expiación de qué? ¿Qué expiación?

Y respondíale una voz en el fondo de su conciencia: la más divina de las generosidades humanas: la expiación ajena.

Aquí nos reservamos toda teoría personal; no somos más que narradores; nos colocamos en el mismo punto de vista que Juan Valjean, y traducimos sus impresiones.

Tenía él ante sus ojos el vértice sublime de la abnegación, la cumbre más elevada de la virtud, la inocencia que perdona las faltas de los hombres y las expía en su lugar; la servidumbre practicada, la tortura aceptada, el suplicio reclamado por las almas que no han pecado, para librar de él á las que han delinquido; el amor de la humanidad abismándose en el amor de Dios, pero continuando distinto y suplicante: débiles seres, que unen la miseria de los condenados á la sonrisa de los escogidos.

¡Y entonces recordaba que había osado quejarse!

Frecuentemente, á mitad de la noche, se levantaba para escuchar el canto de gracias de aquellas criaturas inocentes y abrumadas de rigores, y sentía frío en las venas al pensar que los que eran castigados con justicia no elevaban la voz hacia el cielo más que para blasfemar; y que él, miserable, había enseñado sus puños á Dios.

¡Cosa extravagante que le hacía meditar mucho, como una advertencia en voz baja hecha por la misma Providencia! Todos los esfuerzos que había hecho para salir del otro lugar de expiación, el escalamiento, la ruptura de prisiones, el peligro aceptado hasta la muerte, la ascensión difícil y brusca, los había tenido que hacer igualmente para entrar en este segundo lugar. ¿Era éste tal vez el símbolo de su destino?

Aquella casa era también una cárcel; y se parecía lúgubremente á la otra de que había huido; y sin embargo, nunca se le había ocurrido tal semejanza.

Veía allí rejas, cerrojos, barras de hierro. ¿Para qué? Para guardar ángeles.

Aquellas altas murallas que había visto cercando tigres, las estaba viendo cercando corderos.

Era un lugar de expiación y no de castigo; pero sin embargo era más austero, más tétrico y más inexorable que el otro. Aquellas vírgenes vivían más oprimidas que los presidiarios.

Un viento frío y rudo, el viento que había helado su juventud, atravesaba el foso enverjado y embarrotado de los buitres; una brisa más áspera y más dolorosa todavía soplaba en la jaula de las palomas.

¿Por qué?

Cuando pensaba en tales cosas, se abismaba su espíritu ante el misterio de la sublimidad.

En tales meditaciones el orgullo se desvanece.

Daba toda clase de vueltas sobre sí mismo, sintiendo su propia perversidad, y lloró muchas veces. Todo lo que había pasado por él hacía seis meses, le conducía nuevamente á las santas inducciones del obispo; Cosette por el amor, el convento por la humildad.

Algunas veces, á la caída de la tarde, en el crepúsculo, á la hora en que el jardín estaba desierto, se le veía de rodillas en medio del paseo que costeaba la capilla, junto á la ventana por donde había mirado la primera noche, de cara al sitio en que sabía estaba la hermana que hacía el desagravio orando prosternada. Rezaba arrodillado ante aquella religiosa.

Parecía que no osaba arrodillarse directamente delante de Dios.

Todo cuanto le rodeaba, aquel jardín pacífico, aquellas flores embalsamadas, aquellas niñas gritando de alegría, aquellas mujeres graves y sencillas, aquel claustro silencioso, le penetraban lentamente; y poco á poco su alma iba llenándose de silencio como el claustro, de perfume como las flores, de paz como el jardín, de ingenuidad como las monjas, y de alegría como las niñas. Después reflexionaba que precisamente dos casas de Dios le habían sucesivamente acogido en los momentos críticos de su vida; la primera, cuando todas las puertas se le cerraban y le rechazaba la sociedad humana; la segunda, cuando la sociedad humana volvía á perseguirle, y el presidio volvía á solicitarle. Sin la primera, hubiera vuelto á precipitarse en el crimen; sin la segunda, en el suplicio.

Su corazón se deshacía en agradecimiento, y amaba cada día más y más.

Se pasaron así bastantes años; Cosette fué creciendo.

NOTAS:

[12] Ejército Católico y Real.--En nombre del Rey.--Bono negociable de diez libras por objetos suministrados al ejército, reembolsable al hacerse la paz.--Serie 3.--N.º 10390.--Stofflet.

TERCERA PARTE MARIO

LIBRO PRIMERO PARÍS ESTUDIADO EN SU ÁTOMO

I =Parvulus=

París tiene un hijo, y el bosque un pájaro; el pájaro se llama gorrión, el hijo pilluelo.

Asociad estas dos ideas, que contienen, la una todo el fuego, la otra toda la aurora; chocad estas chispas, París y la infancia, y resulta un pequeño ser. Homuncio, como diría Plauto.

Este pequeño ser es siempre alegre. No todos los días come, pero va al teatro, si le place, todas las noches. No lleva camisa sobre sus carnes, ni zapatos en los pies, ni tiene tejado bajo el cual guarecer su cabeza: es como los pájaros del aire, que nada de eso tienen. Cuenta de siete á trece años, vive en bandadas, trisca por el empedrado, se hospeda al aire libre, lleva un pantalón viejo de su padre que le pasa de los talones, un sombrero viejo de cualquier tío, que le entra hasta las orejas y un solo tirante orillado de amarillo; corre, acecha, inquiere, pierde el tiempo, encalzona pipas, jura como un condenado, frecuenta la taberna, conoce á los ladrones, tutea á las mujerzuelas, habla el caló y canta canciones obscenas, sin que tenga su corazón nada de malo. Y es que tiene en su alma una perla, la inocencia; y las perlas no se disuelven en el fango. Mientras el hombre es niño, Dios quiere que sea inocente.

Si se preguntase á la enorme ciudad: ¿Quién es este muchacho? respondería: Es mi pequeñín.

II =Algunas de sus señas particulares=

El chico de París es el enano del gigante.

No exageramos; este querubín del arroyo tiene algunas veces camisa, pero en tal caso no es más que una; tiene alguna vez zapatos, pero generalmente sin suelas; tiene alguna vez casa, á la que profesa cariño, porque en ella encuentra á su madre, pero prefiere la calle, porque en ella encuentra la libertad. Tiene sus juegos propios, su malicia propia, cuyo fondo es el odio á los burgueses. Tiene sus metáforas especiales: al morir, le llama él: comer dientes de león por la raíz; sus ocupaciones son: proporcionar coches de alquiler, bajar el estribo de los carruajes, establecer paso de una acera á otra de la calle en los días de mucha lluvia, á lo cual llama hacer puentes de las artes; pregonar los discursos de la autoridad en favor del pueblo francés; escarbar los intersticios del empedrado; tiene su moneda propia, que se compone de todos los pedazos de cobre que encuentra en la calle. Esta curiosa moneda, que toma el nombre de arambeles, tiene un curso invariable y muy bien arreglado entre aquella pequeña bohemia de chiquillos.

En fin, tiene también su fauna, que estudia cuidadosamente en los rincones: la bestia de Dios, el pulgón cabeza de muerto, la zancuda, el «diablo», insecto negro que amenaza torciendo su cola, armado de dos cuernos. Tiene su monstruo fabuloso con escamas en el vientre, y no es un lagarto, con pústulas en el lomo; y no es un sapo, que habita en los agujeros de los hornos viejos de cal y de los pozos secos; negro, velludo, viscoso, rampante; tan pronto ligero, como pesado, que no grita, pero mira; tan terrible, que nadie le ha visto jamás. Y á este monstruo le llaman «la salamandra». Buscar salamandras entre las piedras es un gran placer. Es otro placer extraordinario levantar el empedrado y ver las cucarachas. Cada región de París es célebre por los descubrimientos interesantes que pueden hacerse. Hay tijeretas en los leñeros de las Ursulinas; en el Panteón, cien-pies; en los fosos del campo de Marte, renacuajos.

En cuanto á los dichos, los tiene el pilluelo tan propios como Talleyrand; no cede á éste en cinismo, pero le gana en honradez. Está dotado de cierta jovialidad imprevista; desconcierta á los tenderos con su loco reir. Su diapasón recorre todos los tonos, desde el drama elevado hasta la farsa.

Pasa un entierro. Entre los que acompañan al muerto se ve un médico: ¡Calla!--grita un pilluelo.--¿Desde cuándo los médicos van en persona á entregar su obra?

Otras veces, en medio de la multitud, un hombre grave, adornado de anteojos y dijes, se vuelve indignado exclamando:

--Bribón, acabas de coger «el talle» á mi mujer.

--¡Yo, señor! Registradme.

III =Es divertido=

Por la noche, gracias á algunos sueldos que siempre encuentra medio de procurarse, el homuncio entra en un teatro. En cuanto atraviesa aquel umbral mágico, se transfigura: el pilluelo se convierte en tití. Los teatros son una especie de navíos volcados, que tienen la cala en lo alto. En esta cala es donde se eleva el tití. El tití es al pilluelo lo que la mariposa á la oruga: es el mismo ser, pero volando y cerniéndose. Basta que él esté allí con su irradiación de dicha, con su poder de entusiasmo y alegría, con su batir de palmas parecido al batir de unas alas para que aquella cala estrecha, fétida, obscura, sórdida, malsana, repugnante y abominable se llame Paraíso.

Dad á un ser lo inútil y quitadle lo necesario, y tendréis al pilluelo.

El pilluelo no carece de cierta intuición literaria. Su tendencia, lo decimos con todo el pesar conveniente, no sería el gusto clásico. Es por naturaleza poco académico. Así por ejemplo, la popularidad de la señorita Mars, entre aquel pequeño público de chinos turbulentos, iba sazonada con sus puntas de ironía. El pilluelo la llamaba señorita Muche.

Este ser alborota, apostrofa, se burla y lucha; va envuelto en trapos como un rorro, y en andrajos como un filósofo; pesca en los albañales, caza en las cloacas, saca alegría de la inmundicia, fustiga las encrucijadas con su locuacidad, husmea y muerde, silva y canta, aclama y se desgañita, entona la Aleluya por Matanturlurette, salmodia todos los ritmos, desde el De profundis hasta las Carnestolendas; encuentra sin buscar, sabe lo que ignora, es espartano hasta el fraude, loco hasta la sabiduría, lírico hasta la obscenidad; se acurrucaría en el Olimpo, se revuelca en el estiércol y sale cubierto de estrellas. El pilluelo de París es Rabelais en pequeño.

No está satisfecho de sus pantalones si no tienen bolsillo de reloj.

Se admira poco, se asusta aún menos, saca coplas á las supersticiones, deshincha las exageraciones, desmiente los misterios, saca la lengua á los aparecidos, despoetiza lo encumbrado, mete la caricatura en las hinchazones épicas. Esto no quiere decir que sea prosaico, lejos de eso; pero reemplaza la visión solemne con la fantasmagoría de la farsa. Si se le presentase Adamastón, le diría el pilluelo: ¡Anda, espantajo!

IV =Puede ser útil=

París empieza en el papamoscas y acaba en el pilluelo; dos seres que no puede tener ninguna otra ciudad: la aceptación pasiva que se satisface mirando, y la iniciativa inagotable: Proudhomme y Fouillon. París únicamente tiene esos tipos en su historia natural.

Toda la monarquía, se encierra en el papamoscas; toda la anarquía en el pilluelo.

Este pálido hijo de los arrabales de París vive y se desarrolla, se anuda y desnuda en el sufrimiento; en presencia de las realidades sociales y de las cosas humanas, como testigo meditabundo. Él mismo se cree indiferente, y no lo es. Observa dispuesto siempre á reir, pero dispuesto igualmente á otras cosas. Quien quiera que se llame Preocupación, Abuso, Ignominia, Opresión, Iniquidad, Despotismo, Injusticia, Fanatismo, Tiranía, guárdese del pilluelo bobalicón.

Este niño crecerá.

¿De qué barro está hecho? Del primer lodo que se ha encontrado. Un puñado de barro, un soplo, y surgió Adán. Basta que pase un Dios; y siempre pasó un Dios por el pilluelo. La fortuna trabaja este pequeño ser. Por «fortuna» entendemos nosotros la ventura. Este pigmeo, amasado con grosera tierra común, ignorante, sin letras, aturdido, vulgar y populachero, ¿será un genio ó un beocio?

Esperad; currit rota, el espíritu de París, ese demonio que crea los hijos del azar y los hombres del destino, al revés del alfarero latino, hace del cántaro un ánfora.

V =Sus fronteras=

El pilluelo ama el poblado y ama también la soledad, tiene mucho de sabio. Urbis amator, como Fusco; ruris amator, como Flaco.

Errar soñando; es decir, vagabundear, es un buen modo de emplear el tiempo para los filósofos, particularmente en esa especie de campiña bastarda, bastante fea pero extraña y compuesta de dos naturalezas, que rodea á ciertas grandes poblaciones y muy particularmente París. Observar los alrededores es observar un anfibio.

Acábanse los árboles y empiezan los tejados; acábase la yerba y empieza el empedrado; termina el surco y empiezan las tiendas; terminan los carriles y empiezan las pasiones; acaba el murmullo divino y empiezan los rumores humanos; y de todo ello junto nace un interés extraordinario.

De ahí los paseos, sin objeto al parecer, del soñador, por esos lugares poco atractivos y continuamente designados por el transeunte con el epíteto de tristes.

El que esto escribe ha sido mucho tiempo rondador de las barreras de París, fuentes para él de profundos recuerdos. Aquel césped cortado, aquellos senderos pedregosos, aquella creta, aquellas margas, aquellos yesos, aquella áspera monotonía de eriales y barbechos, los plantíos de frutas y hortalizas tempranas que se descubren de súbito en el fondo, aquella mezcolanza de salvaje y urbano, aquellos vastos rincones desiertos, donde los tambores de la guarnición establecen su ruidosa escuela y tartamudean en cierto modo el tronar de las batallas, aquéllas de día y madrigueras de noche; el molino destartalado que gira con el viento, las ruedas de extracción de las canteras, los figones en las esquinas de los cementerios, el encanto misterioso de las grandes y sombrías tapias, cortando á cuadros inmensos y vagos, terrenos inundados de sol y llenos de mariposas; todo eso le atraía.

Casi no hay en la tierra quien conozca aquellos sitios singulares, la Glacière, la Cunette, el horroroso muro de Grenelle tigrado de balazos, el Mont Parnasse, la Fosse aux-Loups, los Aubiers en la pradera del Marne, Mont Souris, la Tombe Issoire, la Pièrre-Plate de Chatillón, donde hay una antigua cantera agotada, que sirve únicamente para criar hongos, y cerrada á flor de tierra por una trampa de tablas podridas. La campiña de Roma es una idea, las afueras de París otra; no ver en lo que nos ofrece un horizonte más que campos, casas ó árboles, es quedarse en la superficie; en el aspecto de todas las cosas está el pensamiento de Dios. El lugar en que una llanura se junta á una ciudad, está siempre impregnado de cierta melancolía penetrante. Allí la naturaleza y la humanidad nos hablan á la vez. Las originalidades locales aparecen allí.

Quien haya errado como nosotros por aquellas soledades contiguas á nuestros arrabales á las que pueden llamarse limbos de París, habrá descubierto aquí y allá en el punto más abandonado, en el momento más inesperado, detrás de un débil valladar ó en el ángulo de una lúgubre tapia, muchachos agrupados tumultuosamente, fétidos, llenos de polvo y lodo, haraposos, despeluznados, jugando al chito coronados de florecillas: son los niños escapados de las familias. El boulevard exterior es su centro respirable; los alrededores les pertenecen, y en ellos establecen su escuela silvestre; allí cantan ingenuamente su repertorio de canciones obscenas. Allí están, ó por mejor decir, allí existen lejos de toda mirada, bajo la dulce luz de mayo ó junio, arrodillados alrededor de un agujero abierto en la tierra, jugando á las chinas disputando por un ochavo; irresponsables, escapados, sueltos, felices; y apenas os distinguen, se acuerdan de que tienen una industria, y que les es preciso ganarse la vida, y os ofrecen en venta una media vieja de lana llena de saltones ó un manojo de lilas. El encuentro de estos chiquillos extraños, es una de las gracias halagüeñas, al par que dolorosas de los alrededores de París.

Á veces entre aquel montón de chicos se encuentran algunas chiquillas, sus hermanas tal vez, casi ya mozas, flacas, fibrosas, atezadas por el ambiente, pecadas de rojo, coronadas de espigas y amapolas, alegres, hurañas y descalzas. Vense á veces cogiendo cerezas entre los trigos; de noche se las oye reir. Esos grupos, vivamente iluminados por la luz del mediodía ó adivinados en el crepúsculo, ocupan mucho tiempo al pensador; mezclando estas visiones á sus raciocinios.

París, centro; los alrededores, circunferencia; he aquí para tales muchachos toda la tierra. Jamás se aventuran á ir más allá. No pueden salirse de la atmósfera parisién, como no pueden los peces salir del agua. Para ellos, á dos leguas de las barreras no hay nada más: Ivry, Gentilly, Arcueil, Belleville, Aubervilliers, Menilmontant, Choisy-le Roi, Billancourt, Meudon, Issy, Vanvre, Sèvres, Puteaux, Neuilly, Gennevilliers, Colombes, Romainville, Chatou, Asnières, Bougival, Nanterre, Enghien, Noissy-le Sec, Nogent, Gournay, Drancy, Gonesse; son los puntos donde termina el mundo.

VI =Un poco de historia=

En la época, casi contemporánea, en que se desarrolla la acción de este libro, no había, como en la actualidad, un agente municipal en cada bocacalle (beneficio que no es del caso discutir); los muchachos vagabundos abundaban bastante en París.

Las estadísticas arrojan un promedio de doscientas sesenta criaturas sin domicilio, recogidas entonces anualmente por las rondas de policía en los terrenos abiertos, las casas en construcción, y bajo los arcos de los puentes. Uno de estos nidos, de famosa recordación, produjo las golondrinas del puente de Arcole. Éste es, por otra parte el más desastroso de los síntomas sociales. Todos los crímenes del hombre empiezan en la vagancia del muchacho.

Exceptuemos, sin embargo, á París. Hasta cierto punto relativo, y á pesar del recuerdo que acabamos de evocar, la excepción es justa. Mientras que en cualquier otra gran ciudad un muchacho vagabundo es un hombre perdido; mientras que casi en todas partes el niño entregado á sí mismo está consagrado y abandonado en cierto modo á una especie de inmersión fatal en los vicios públicos, la cual devora en él la conciencia y la honradez; el pilluelo de París, lo repetimos, tan descompuesto y corrompido en la superficie, se halla interiormente casi intacto. Grande y magnífica cualidad que debemos hacer constar aquí, y que brilla entre la espléndida probidad de nuestras revoluciones populares, es la especial incorruptibilidad resultante de la idea, que está en la atmósfera de París como la sal en el agua del océano. Respirar el aire de París, conserva el alma.

Pero lo que decimos, no se opone en manera alguna al dolor que siente el corazón cada vez que nos encontramos con una de esas criaturas, en cuyo derredor parece que se ven flotar los hilos rotos de la familia. En la civilización actual, tan incompleta aún, no es muy anormal esa ruptura de la familia perdiéndose en la sombra, ignorando lo que se han hecho los hijos, y dejando caer los pedazos de sus entrañas en la vía pública. De ahí los destinos obscuros, lo cual se llama, porque tiene su triste locución «ser tirado en medio del arroyo de París».

Sea dicho de paso: este abandono de criaturas no encontraba gran oposición en la antigua monarquía. Algo de Egipto y de Bohemia en las bajas regiones, era conveniente á las altas esferas y facilitaba el negocio de los poderosos. El odio á la enseñanza de los hijos del pueblo era un dogma. ¿De qué sirven «las medias luces?». Tal era la consigna. Que el niño vagabundo, es el corolario de niño ignorante.

Por otra parte, la monarquía tenía á veces necesidad de muchachos, y entonces espumaba las calles.

En tiempos de Luis XIV, sin ir más lejos, el rey quería, con razón, crear una escuadra. La idea era buena; pero veamos el medio. No hay escuadra posible, si al lado del buque de vela, juguete del viento, no va para remolcarle, en caso necesario, el buque que puede ir donde se quiere, ya á fuerza de remos, ya de vapor; las galeras eran entonces en la marina lo que hoy los vapores; faltaban, pues, galeras, y como las galeras no se mueven sin galeotes, hacían falta, por lo tanto, galeotes. Colbert hacía que por medio de los intendentes de provincia y los tribunales, hubiese de repuesto el mayor número posible de galeotes. La magistratura se prestaba á ello con la mayor complacencia. Conservaba cualquiera el sombrero puesto durante el paso de una procesión; actitud de hugonote; á galeras.

Se encontraba un muchacho en la calle; como tuviese quince años, y no supiese dónde acostarse, se le enviaba á galeras. Gran reinado; gran siglo.

En tiempos de Luis XV, los muchachos desaparecían de París; la policía los arrebataba, se ignora para qué misterioso objeto. Cuchicheábase con horror, haciendo monstruosas conjeturas sobre los baños de púrpura del rey.

Barbier habla sencillamente de ello. Llegaba el caso que los exentos encargados de la leva de chicos cogían algunos que tenían padres. Éstos, desesperados, perseguían y recurrían á los exentos. Intervenía entonces el tribunal, y mandaba ahorcar, ¿á quién? ¿Á los exentos? No, á los padres.

VII =El pilluelo tiene un lugar en las clasificaciones de la India=

La gaminería parisién es casi una casta. Pudiera decirse: para serlo no basta quererlo.

La palabra francesa gamín, que traducimos no muy propiamente en la de pilluelo, se imprimió por primera vez, y pasó del lenguaje popular al literario. En 1834 apareció en un opúsculo titulado Claudio Gueux. Fué grande el escándalo, y la palabra pasó.

Los elementos que constituyen la consideración de los pilluelos entre sí son muy variados. Hemos conocido y tratado á uno que era muy respetado y admirado, por haber visto caer un hombre desde lo alto de las torres de Nuestra Señora; otro por haber conseguido penetrar en el patio interior donde estaban interinamente depositadas las estatuas de la cúpula de los Inválidos, y haber «robado» un poco de plomo; otro por haber visto volcar una diligencia; otro porque «conocía» á un soldado que por poco le saca un ojo á un paisano.

Esto explica perfectamente la siguiente exclamación de un pilluelo parisiense, epifonema profundo de que se ríe el vulgo sin comprenderle: Dios de Dios; ¡tendré yo desgracia! ¡Decir que todavía no he visto caerse á nadie de un quinto piso!

También es notable esta otra frase de campesino: «Tío Fulano, vuestra mujer ha muerto de su enfermedad; ¿por qué no me mandásteis llamar al médico? Qué queréis, señor; nosotros los pobres nos morimos solos». Pero si toda la posibilidad del lugareño se encierra en dicha frase, descúbrese indudablemente en la siguiente, la anarquía librepensadora del pilluelo de los arrabales. Un condenado á muerte ya en la carreta, oye á su confesor. El hijo de París lo ve, y exclama: ¡Habla el clerizonte! ¡Qué hipócrita!

Cierta audacia en materia religiosa, realza mucho al pilluelo; ser espíritu fuerte, es lo importante.

Asistir á las ejecuciones es para ellos un deber. Se enseñan unos á otros la guillotina y se ríen. Danle diversos nombres:--Fin de la sopa.--Gruñona.--La tía de lo azul (del cielo).--La última boqueada, etc., etcétera. Para no perder nada del espectáculo, escala las paredes, trepa á los balcones, sube á los árboles, se suspende en las rejas, se abraza á las chimeneas. El pilluelo nace pizarrero, como nace marino. Un tejado no le asusta más que un mástil. No hay fiesta que iguale á la de la Grève (plaza de los ajusticiados). Sansón (el verdugo) y el padre Montes (capellán de la cárcel) son verdaderos nombres populares. Azuzan al paciente para darle valor. Á veces le admiran. Lacenaire, siendo pilluelo, al ver morir con valor al terrible Dautun, dijo esta frase que encierra un porvenir: Le tengo envidia.

En la pillería no se conoce á Voltaire, pero se conoce á Papavoine. Confúndese en la misma leyenda á los «políticos» y á los asesinos. Consérvase por tradición el recuerdo del último vestido de cada uno. Saben que Tollerón llevaba un gorro de chispero; Abril un casquete de nutria; Louvel un sombrero redondo; que el viejo Delaporte era calvo, é iba sin nada en la cabeza; que Castaing era sonrosado y muy guapo; que Bories llevaba una perilla romántica; que Juan Martín conservaba los tirantes y que Lecouffé y su madre iban riñendo.--No os tiréis á la cara el cesto, les gritó un pilluelo. Otro por ver pasar á Debaker, y siendo demasiado pequeñito, vió la farola del muelle y se encaramó en ella. Un gendarme, que estaba allí, frunció el entrecejo.

--Déjeme subir, señor gendarme,--dijo el pilluelo. Y para ablandar á la autoridad, añadió:--No me caeré.

--Y que me importa á mí que te caigas,--respondió el gendarme.

Entre la pillería, se tiene en mucho un accidente memorable. Se llega á la cúspide de la consideración, si sucede que uno se corta profundamente «hasta el hueso».

Los puños no son los peores elementos de respeto; una de las cosas que el pilluelo dice con más satisfacción es: ¡Yo soy más fuerte, vaya! Ser zurdo es cosa envidiable, y muy considerada el ser bizco.

VIII =Donde se leerá una buena frase del último rey=

Durante el verano, se metamorfosea en rana; y por la tarde, cuando cae la noche, delante de los puentes de Austerlitz y de Jena, desde lo alto de las barcas de carbón y de las barracas de las lavanderas, se arroja de cabeza en el Sena, infringiendo admirablemente todas las leyes del pudor y de la policía.

Sin embargo, como los municipales vigilan, resulta de ello una situación muy dramática, que dió lugar una vez á un grito fraternal y memorable; grito que fué célebre en 1830, y es un aviso estratégico de pilluelo á pilluelo; se mide como un verso de Homero con una notación casi tan inexplicable como la melopea eleusiaca de las Panateneas, hallándose reproducida en él la antigua Evohé. Hele aquí:

--«¡Eh, Tití, he, que hay moros en la costa; cuidado no te trinquen: coge la ropa y huye; huye enseguida, escápate por la alcantarilla». Algunas veces, este moscardón, como se califica él á sí mismo, sabe leer, otras sabe escribir, pero siempre sabe pintarrajear. No vacila un punto en adquirir, por medio de una misteriosa enseñanza mutua todas las habilidades que pueden ser útiles á la cosa pública: de 1815 á 1830 imitaba el graznido del pavo; de 1830 á 1848 garabateaba una pera en las paredes. Una tarde de verano, volviendo Luis Felipe de paseo á pie, vió á uno de aquellos chiquitines que sudaba y se empinaba para trazar con un carbón una pera gigantesca en uno de los pilares de la verja de Neuilly; el rey, con aquella bonachonería heredada de Enrique IV, ayudó al pilluelo, acabó de dibujar la pera, y dándole después un luis de oro, le dijo: ahí también hay una pera. Al pilluelo le gusta mucho la bulla, le agrada cierto estado violento. Detesta á «los curas». Cierto día, en la calle de la Universidad, uno de esos bribonzuelos le estaba haciendo un gesto grotesco de manos y nariz á la puerta-cochera del número 69. ¿Por qué haces eso á esa puerta? le preguntó un transeunte. El niño respondió: Porque vive ahí un cura. En efecto; allí vive el nuncio.

No obstante, cualquiera que sea el volterianismo del pilluelo, si se le presenta ocasión de hacerse monaguillo, casi siempre acepta, y entonces ayuda á misa debidamente. Hay dos cosas en que se parece á Tántalo, y que desea siempre sin conseguirlas nunca: derribar al gobierno y que le cosan el pantalón.

El pilluelo, en el estado perfecto, señala á todos los agentes de policía de París, y sabe siempre cuando encuentra á alguno darle su mote, pues los tiene presentes y los conoce á todos al dedillo. Estudia sus costumbres y tiene notas especiales sobre cada uno; lee como un libro abierto en las almas de la policía. Así os podrá decir inmediatamente y sin titubear: «Fulano es un traidor, Zutano es muy malo; éste es grande, aquél ridículo»; (y todas esas palabras, traidor, malo, grande, ridículo, tienen en sus labios una aceptación particular); «éste se figura que el Puente Nuevo es suyo, y prohíbe á la gente pasearse por la cornisa fuera del parapeto; el otro tiene la manía de tirar de las orejas á las gentes, etc., etc».

IX =El antiguo espíritu de los Galos=

Se encuentran también muchachos de éstos en Poquelin, hijo de los mercados; y los hay también en Beaumarchais. La pilluelería es una vanidad, un matiz del espíritu galo. Asociada al buen sentido, le da fuerza, como el alcohol al vino. Á veces es un defecto. Homero se repite, es verdad; también puede decirse que Voltaire hacía travesuras. Camilo Desmoulins era de los arrabales. Championnet, que tan brutalmente desenmascaraba los milagros, había salido de las calles de París; de pequeño había inundado los pórticos de San Juan de Beauvais y de San Esteban del Monte; había tuteado mucho la urna de Santa Genoveva, para después dar órdenes á la redoma de San Genaro.

El pilluelo de París es respetuoso, irónico é insolente. Tiene los dientes feos, porque está mal alimentado, y su estómago sufre; pero buenos ojos, porque es ingenioso. Delante de Jehová saltaría á la pata coja las gradas del paraíso. Es fuerte en jugar el zapato. Todos los crecimientos le son posibles. Juega en el arroyo y se levanta en los motines; su tenacidad persiste ante la metralla; era un mocoso, y es un héroe; como el pequeño Tebano, sacude la piel del león. El tambor Barra era un pilluelo de París; grita: ¡Adelante! como el caballo de la Escritura dice: ¡Va! y en un minuto pasa de rapazuelo á gigante.

Es hijo del fango como del ideal; distancia que media desde Molière á Barra.

En suma, y para compendiarlo todo en una palabra, el pilluelo es un ser que se distrae, porque es desgraciado.

X =Ecce París, ecce homo=

Para resumir todavía más, diremos que el pilluelo de París, hoy, como en otros tiempos el græculus de Roma, es el pueblo niño que lleva en su frente las arrugas del mundo viejo.

El pilluelo es una gracia de la nación al mismo tiempo que una enfermedad; enfermedad que es preciso curar; ¿de qué modo? con la luz.

La luz sanea.

La luz alumbra.

Todas las generosas irradiaciones sociales parten de la ciencia, de las letras, de las artes, de la enseñanza. Haced hombres, haced hombres. Iluminadlos para que os calienten.

Tarde ó temprano, el gran problema de la instrucción universal se establecerá con la irresistible autoridad de la verdad absoluta, y entonces los que gobiernen, bajo la protección de la idea francesa, tendrán que elegir entre los hijos de Francia ó los pilluelos de París; entre las llamas en la luz, ó los fuegos fatuos en las tinieblas.

El pilluelo representa á París, y París representa al mundo.

Porque París es un total: es la cúpula del género humano. Es la prodigiosa ciudad, compendio de todas las costumbres vivas y muertas. Quien ve á París, cree ver lo profundo de toda la historia con su cielo y constelaciones en los intervalos. París tiene un Capitolio, la Casa de la Villa; un Partenón, Nuestra Señora; un monte Aventino, el barrio de San Antonio; un Asinario, la Sorbona; un Panteón, el Panteón; una Vía Sacra, el boulevard de los Italianos; una torre de los Vientos, la opinión; y ha reemplazado las gemonías con el ridículo. Su majo se llama majadero, su transtiverino se llama arrabalero; su hammal se llama matón de plazuela; su lazzarone se llama pillastre; su cockney se llama vago. Todo lo que se halla en cualquiera otra parte se encuentra en París.

La verdulera de Dumarsais puede competir con la vendedora de yerbas de Eurípides; el discóbolo Veyano revive en el bailarín de cuerda Furioso; Terapontigono Miles estaría muy bien del brazo con el granadero Vadeboncœur; Damasipo el buhonero, viviría feliz entre prenderos; Vincennes pondría la mano sobre Sócrates, del mismo modo que Agora encajonaría á Diderot; Grimod de la Reynière ha descubierto la manera de hacer el roastbeef con sebo, como Curtilo inventó el erizo asado. Vemos reaparecer bajo el globo del arco de la Estrella el trapecio de Plauto; el traga-espadas de Pœcilo encontrado por Apuleyo, es el engulle-sables del Puente-Nuevo; el sobrino de Rameau y Curculión el parásito, corren parejas; Ergasilo podría ser presentado en casa de Cambaceres por Aigrefeuille. Los cuatro petimetres de Roma, Alcesimarco, Phedromo, Diabolo y Argyripo bajan de la Courtille en la silla de posta de Labatut; Aulo Gelio no se detenía más tiempo ante Congrio, que Carlos Nodier ante Polichinela; Martón no es tigre, como ni tampoco Pardalisca era dragón. Pantolabio el bufón, recuerda en el café Inglés á Nomentano el vividor; Hermógenes es tenor en los Campos Elíseos, y en derredor suyo pide Trasio el mendigo, vestido de Arandela. El importuno que os detiene en las Tullerías por el botón de la levita, os hace repetir después de dos mil años el apóstrofe del Thesprion: quis properantem me prehendit pallio? El vino de Surenne parodia el vino de Alba; el tinto del viñedo de Desaugiers corre parejas con la gran copa de Balatron.

El cementerio del padre Lachaise exhala con las lluvias nocturnas los mismos resplandores que las Esquilias, y la fosa del pobre comprada por cinco años, equivale al ataúd alquilado del esclavo.

Buscad alguna cosa que París no tenga. La cuba de Trofonio no contiene nada que no se encuentre en la cubeta de Mesmer; Ergafilao resucita en Cagliostro; el bracman Vasafanta se encarna en el conde de San Germán; el cementerio de San Medardo hace tan buenos milagros como la mezquita Uumoumié de Damasco.

París tiene un Esopo, que es Mayeux; y una Canidia, que es la señorita Lenormand. Agítase como Delfos en las fulgurantes realidades de la visión; hace girar las mesas como Dodona los trípodes. Sienta la griseta en el trono, como sentaba Roma á la cortesana; y en suma, si Luis XV es peor que Claudio, la señora Dubarry supera á Mesalina. París combina en un tipo inaudito, que ha existido, y con el cual nos hemos codeado, la desnudez griega, la úlcera hebraica y el equívoco gascón. Mezcla á Diógenes, á Job y á Paillasse; engalana un espectro con números viejos del Constitucional y crea á Chodruc Duclós.

Por más que Plutarco diga: el tirano no envejece, Roma, en tiempo de Sila como de Domiciano, se resignaba mezclando de buen grado agua en su vino. El Tíber fué un Leteo si ha de creerse el elogio un tanto doctrinario que hizo de él Vario Vibisco: Contra Gracchos Tiberim habemus. Bibere Tiberim, id est, seditionem oblivisci. París bebe un millón de litros de agua diarios; pero esto no le impide, cuando llega el caso, de tocar generala y somatén.

Por lo demás, París es un buen chico; realmente, lo acepta todo, y no es escrupuloso en la elección de Venus; su Calipiga es hotentota; con tal de reirse, todo lo absuelve; la fealdad le alegra, la deformidad le entretiene, el vicio le distrae; decid gracias, y seréis gracioso; ni aún la hipocresía, ese cinismo supremo, le incomoda; es tan literario, que no se tapa la nariz ante Basilio, ni se escandaliza más del ruego de Tartufo, que Horacio del «hipo» de Priapo. No falta en París ninguno de los rasgos de la fisonomía universal. El baile de Mabille no es la danza polymnia del Janículo; pero la revendedora de tocados, atrae con sus miradas á la loreta, de igual manera que la encubridora Estafila acechaba á la virgen Planesia. La barrera del Combate no es un coliseo; pero hay allí tanta ferocidad como si lo presenciase el César.

La hospedera siríaca es más graciosa que la tía Saguet; pero si Virgilio frecuentaba la taberna romana, David de Angers, Balzac y Charlet se han sentado en la mesa del figón parisién. París reina; los genios brillan en su recinto; los colarojas prosperan en él. Adonai pasa por él en su carro de doce ruedas de truenos y relámpagos; Sileno hace su entrada montado en su asno; Sileno, léase, Ramponneau.

París es sinónimo de Cosmos; París es Atenas, Roma, Sibaris, Jerusalén, Pantin. Todas las civilizaciones están compendiadas en él, como también todas las barbaries. París sentiría mucho carecer de guillotina.

Un poco de plaza de Grève es bueno. ¿Qué sería toda aquella fiesta eternal sin esta salsa? Nuestras leyes son sabiamente previsoras y, gracias á ellas, la sangrienta cuchilla gotea continuamente sobre este prolongado carnaval.

XI =Reir es reinar=

París no tiene límites. Ninguna otra ciudad ha ejercido esa dominación que se ríe á veces de los que subyuga. ¡Complaceros, oh atenienses! exclamaba Alejandro. París hace algo más que la ley, hace la moda; y hace más que la moda, la rutina.

Puede hacer el tonto si le parece, y alguna vez se permite este lujo; pero en tal caso todo el mundo hace el tonto con él. Pero luego vuelve París en sí, se restrega los ojos y exclama. ¡Soy un estúpido! Y suelta la carcajada á las barbas del género humano. ¡Qué admirable ciudad! ¡Cuán extraño parece que lo grandioso y lo burlesco hagan tan buen consorcio, que toda su majestad no resulte empañada por la parodia, y que la misma boca pueda soplar un día en la trompeta del juicio final y otro en el silbato de un tallo de cebolla! París tiene una jovialidad soberana. Su alegría es el rayo, su farsa lleva un cetro, sus huracanes surgen muchas veces de una mueca. Sus explosiones, sus jornadas, sus obras maestras, sus prodigios, sus epopeyas, llegan al fin del mundo como sus despropósitos. Su risa es la boca de un volcán que salpica toda la tierra; sus bufonadas son chispas. Impone á los pueblos sus caricaturas, como sus ideales; los más encumbrados monumentos de la civilización humana aceptan sus ironías, prestando su eternidad á su truhanería.

Es soberbio: con su prodigioso 14 de julio liberta al mundo y obliga á todas las naciones á repetir el juramento del juego de pelota; su noche del 4 de agosto destruye en tres horas mil años de feudalismo; hace de su lógica el músculo de la voluntad unánime; se multiplica bajo todas las formas de lo sublime; llena con sus resplandores á Washington, á Kosciusko, á Bolívar, á Botzaris, á Riego, á Bem, á Manin, á López, á Juan Browu, á Garibaldi. Está en todas partes donde el porvenir brilla, en Boston en 1779: en la isla de León en 1820; en Pesth en 1848; en Palermo en 1860; murmura la poderosa consigna: libertad, al oído de los abolicionistas americanos agrupados en la barca de Harpers's Ferry, y al oído de los patriotas de Ancona reunidos á la sombra en los Arcos, ante la posada Gozzi, á orillas del mar; crea á Canaris; crea á Quiroga; crea á Pisacane; irradia todo lo grande sobre la tierra, yendo allí donde su soplo los empuja; muere Byron en Missolonghi, y Masset en Barcelona.

Es tribuno bajo los pies de Mirabeau y cráter bajo los de Robespierre; sus libros, su teatro, sus artes, sus ciencias, su literatura, su filosofía, son los manuales del género humano. Tiene á Pascal, á Regnier, á Corneille, á Descartes, á Rousseau, á Voltaire para cada minuto, á Molière para todos los siglos. Hace hablar su lengua á la boca universal, y esta lengua llega á ser el verbo. Construye en todos los espíritus la idea del progreso; los dogmas libertadores que forja son para las generaciones espadas flameantes, y con la inspiración de sus pensadores y poetas se han formado desde 1789 todos los héroes de todos los pueblos. Esto no le impide, sin embargo, hacer chiquilladas. Y este genio enorme que se llama París, transfigurando el mundo con su luz, dibuja con carbón la nariz de Bouginier en la pared del templo de Teseo, y escribe Credeville ladrón en las pirámides.

París enseña de continuo los dientes; cuando no gruñe, ríe.

Tal es París. Las columnas de humo de sus tejados son las ideas del universo. Montón de barro; piedras, si se quiere; pero por cima de todo es un ser moral; es más que grande; es inmenso. ¿Porqué? Porque es audaz.

La audacia es el precio del progreso.

Todas las conquistas sublimes son, en más ó en menos el premio del atrevimiento. Para que la revolución sea, no basta que la presienta Montesquieu, ni que Diderot la predique, que Beaumarchais la anuncie, que Condorcet la calcule, que Arout la prepare, ni que Rousseau la premedite; es preciso que Dantón se atreva.

El grito ¡Audacia! es un Fiat lux.

Es indispensable para el progreso del género humano, que haya sobre las cumbres permanentes altivas lecciones de valor. Las temeridades deslumbran la historia, y son, para el hombre, una gran luz. La aurora es audaz cuando aparece.

Intentar, desafiar, persistir, perseverar, ser fiel á sí mismo, luchar cuerpo á cuerpo con el destino, asombrar á la catástrofe con el poco miedo que nos produce, así afrontando á los poderes injustos, como insultando á la victoria ebria, tener razón y fuerza: he ahí los ejemplos que necesitan los pueblos; he ahí el fuego que les electriza. El mismo formidable relámpago enciende la antorcha de Prometeo que el botafuego de Cambronne.

XII =El latente porvenir del pueblo=

En cuanto al pueblo parisién, aun cuando sea un hombre hecho, es siempre el pilluelo; pintar el muchacho es pintar la ciudad; por esto hemos estudiado el águila en el gorrión libre.

En los arrabales sobre todo, es donde aparece la raza parisién; allí conserva su pureza de sangre; allí está su verdadera fisonomía; allí el pueblo trabaja y sufre, y el sufrimiento y el trabajo son las dos faces del hombre. Allí existen cantidades inmensas de seres desconocidos, en que hormiguean los tipos más extraños, desde el descargador de la Râpée hasta el descuartizador de Montfaucon. Fex urbis, exclama Cicerón; mob, añade Burke indignado; turba, multitud, populacho. Palabras son éstas que se dicen muy pronto. Enhorabuena; pero ¿qué importa? ¿Qué tiene que ver que anden con los pies descalzos? ¿Que no sepan leer? Tanto peor. ¿Se les abandonará por esto? ¿Se hará de su desgracia una maldición? ¿Acaso no puede la luz penetrar en esas masas? Volvamos á nuestra exclamación: ¡Luz! y obstinémonos en ella; ¡luz, luz! ¿Quién sabe si esos seres opacos no se volverán transparentes? Las revoluciones, ¿no son por ventura transfiguraciones?

Andad, filósofos, enseñad, ilustrad, iluminad, pensad alto, hablad alto, corred alegres hacia el vivo sol, fraternizad en las plazas públicas, anunciad la buena nueva, prodigad los alfabetos, proclamad los derechos, cantad la marsellesa, sembrad el entusiasmo, arrancad verdes ramas de la encina. Haced de la idea un torbellino. Esta multitud puede llegar á ser sublime.

Sepamos ser útiles á esa vasta hoguera de principios y virtudes que chisporrotea, estalla y se conmueve á ciertas horas. Esos pies descalzos, esos brazos desnudos, esos andrajos, esa ignorancia, esa abyección, esas tinieblas, pueden emplearse en conquistar lo ideal. Mirad á través del pueblo, y descubriréis la verdad.

La vil arena que oprimís con los pies, la echáis en el horno, y se funde, y cuece, para trocarse en brillante cristal; y gracias á él, Galileo y Newton descubren los astros.

XIII =El niño Gavroche=

Ocho ó nueve años próximamente, después de los acontecimientos que hemos referido en la segunda parte de esta historia, veíase en el boulevard del Temple, y en las regiones del Chateau d'Eau, un chicuelo de once á doce años, que habría realizado perfectamente el ideal del pilluelo que hemos bosquejado más arriba, si con la sonrisa propia de su edad en los labios no hubiera tenido el corazón absolutamente vacío y opaco. Este muchacho aparecía como envuelto en un pantalón de hombre, que no era de su padre, y en una camisa de mujer, que tampoco era de su madre.

Algunas personas caritativas le habían socorrido con harapos, y sin embargo, tenía un padre y una madre; pero su madre no pensaba en él, ni su madre le amaba. Era una de esas criaturas dignas de lástima entre todos los que teniendo padre y madre, resultan huérfanos.

Este muchacho no se encontraba en ninguna parte tan bien como en la calle. El empedrado era menos duro que el corazón de su madre.

Sus padres le habían lanzado al mundo de un puntapié.

Había empezado por sí mismo á volar.

Era un chiquillo amigo de bulla, descolorido, listo, despierto, chancero, de aire vivo y enfermizo. Iba, venía, cantaba, jugaba al chito, escarbaba en los arroyos; robaba un poco, pero como los gatos y los gorriones, alegremente; se reía cuando le llamaban galopín, y se incomodaba cuando le llamaban granuja. No tenía casa, ni pan, ni hogar, ni cariño, pero estaba contento porque era libre.

Cuando estos pobres seres son ya hombres, casi siempre la rueda del orden social los encuentra y los pulveriza, pero mientras son muchachos se escapan, porque son pequeños. El menor hueco los salva.

Sin embargo, por muy abandonado que estuviese este muchacho, alguna que otra vez, cada dos ó tres meses, exclamaba: ¡Calla! ¡Voy á ver á mi madre! Entonces dejaba el boulevard, el Circo, la Puerta de San Martín; bajaba al muelle, atravesaba los puentes, entraba en el arrabal, llegaba á la Salpêtrière, y se paraba ¿dónde? precisamente ante el número duplicado 50-52, que el lector conoce ya, en la casa de Gorbeau.

En aquella época, la casa del número 50-52, generalmente desierta, y adornada siempre con el letrero: «Cuartos desalquilados», estaba, cosa rara, habitada por ciertos individuos, que, como sucede siempre en París, no tenían ningún vínculo ni relación entre unos y otros. Todos pertenecían á esa clase indigente que principia en el último burgués entrampado, prolongándose de miseria en miseria por las últimas capas de la sociedad, hasta esos dos seres en que vienen á parar todas las cosas materiales de la civilización, á saber, el barrendero, que limpia el fango de la vía pública, y el trapero, que recoge los harapos.

La «inquilina principal» del tiempo de Juan Valjean había muerto, habiéndola reemplazado otra por el estilo. No sé qué filósofo ha dicho: Nunca faltarán mujeres viejas.

Esta nueva vieja se llamaba la señora Burgón, sin tener nada notable en su vida, más que una dinastía de tres papagayos que habían reinado sucesivamente en su alma.

Los más miserables entre los habitantes de la casucha, eran una familia de cuatro personas, padre, madre, y dos hijas, ya bastante crecidas, los cuatro se alojaban en un mismo desván, ó sea en una de aquellas celdas de que hemos hablado anteriormente.

Aquella familia no ofrecía al pronto nada de particular, más que su extremada desnudez; el padre al alquilar el cuarto, dijo llamarse Jondrette.

Algún tiempo después de su instalación, semejante por cierto, según una frase memorable de la inquilina principal á la entrada de la nada, el Jondrette había dicho á la vieja, la cual, como su antecesora, era portera al mismo tiempo y barría la escalera: Tía Fulana, si viniese alguien por casualidad á preguntar por un polaco, ó por un italiano, ó tal vez por un español, ése seré yo.

Esta familia, era la familia del alegre pilluelo. Llegaba allí, encontraba los apuros, y lo más triste aún, no veía una sola sonrisa; el frío en el hogar, el frío en los corazones. Cuando entraba le preguntaban:

--¿De dónde vienes?--Y respondía:--De la calle.

Cuando se iba le preguntaban:

--¿Adónde vas?--Y respondía:--Á la calle.

Su madre le decía:

--¿Pues qué vienes á hacer aquí?

Aquel muchacho vivía en la más completa carencia de afectos, como esas yerbas descoloridas que se crían en las cuevas; pero el ser así no le molestaba, ni quería tampoco mal á nadie. No tenía idea cabal de lo que debían ser un padre y una madre.

Por lo demás, su madre amaba á sus hermanas.

Nos hemos olvidado de decir que en el boulevard del Temple le llamaban á este muchacho el pequeño Gavroche. ¿Por qué le llamaban Gavroche?

Probablemente por lo mismo que á su padre le llamaban Jondrette.

Parece ser instinto de ciertas familias miserables el romper los hilos que unen á sus individuos.

El cuarto que los Jondrette ocupaban en la casa del Gorbeau, era el último al extremo del corredor.

La celda contigua la ocupaba un joven pobrísimo, que se llamaba Mario.

Digamos ahora quién era este Mario.

LIBRO SEGUNDO EL NOBLE BURGUÉS

I =Noventa años y treinta y dos dientes=

En las calles de Boucherat, de Normandía y de Saintonge, existen aún algunos vecinos antiguos, que han conservado el recuerdo de un buen señor llamado Gillenormand, de quien hablan todavía con placer. Este buen señor era viejo cuando ellos eran jóvenes. Su perfil, contemplado por los que miran melancólicamente ese vago movimiento de sombras que se llama pasado, no ha desaparecido todavía del laberinto de calles inmediatas al Temple, á las cuales se dieron en tiempo de Luis XIV, los nombres de todas las provincias de Francia, de igual manera que en nuestros días se están dando á las calles del nuevo barrio de Tívoli, los nombres de todas las capitales de Europa; progresión, sea dicho de paso, en que se patentiza el progreso.

El señor Gillenormand, quien vivía aún en 1831, era uno de esos hombres á quienes es curioso ver únicamente porque han vivido mucho, y que son raros, porque fueron antes como todo el mundo, y después no se parecen á nadie. Era un viejo particular, y verdaderamente el tipo de otra edad, el verdadero y completo burgués, un tanto orgulloso, del siglo XVIII, que ostentaba su antigua burguesía con la misma altivez que podía ostentar un marqués su marquesado. Había cumplido noventa años, y andaba derecho, hablaba alto, veía claro, bebía de lo rancio, comía, dormía y roncaba. Conservaba sus treinta y dos dientes. No se ponía anteojos más que para leer. Era aficionado á los amoríos; pero decía que hacía una docena de años había renunciado decididamente á las mujeres. Decía que ya no podía agradar; pero no añadía: Soy muy viejo, sino: Soy muy pobre. Diciendo también: ¡Oh, si no estuviera arruinado!... ¡Ay! ¡ay! ¡ay! No le quedaba, en efecto, más que una renta de unos quince mil francos. Su sueño dorado era heredar una renta de cien mil francos para tener queridas. No pertenecía, pues, como se ve, á esa variedad enclenque de octogenarios que, como Voltaire, han estado moribundos toda su vida; no era una longevidad cascada la suya; este gallardo viejo había estado bueno siempre.

Era superficial, de genio vivo é iracundo. Enfadábase por cualquier cosa, y frecuentemente contra el buen sentido. Cuando alguien le contradecía levantaba el bastón, y pegaba á las gentes como en el gran siglo. Tenía una hija de más de cincuenta años, soltera, á la que golpeaba á su placer cuando se encolerizaba, y á la que hubiera de buena gana dado azotes. La trataba como si tuviera ocho años. Abofeteaba enérgicamente á sus criadas, diciéndoles: ¡Ah, perdidas! Uno de sus juramentos era: ¡Por el pantuflo de la pantuflada! Tenía otras gracias singulares. Se hacía afeitar diariamente por un barbero que había estado loco, y que le odiaba, celoso del señor Gillenormand por culpa de su mujer, linda y coqueta barbera. Gillenormand admiraba su propio discernimiento en todo y por todo, teniéndose por muy sagaz; he aquí uno de sus dichos: «Tengo en verdad cierta penetración; puedo decir, cuando me pica una pulga, de qué mujer viene». Las palabras que más frecuentemente pronunciaba, eran: el hombre sensible y la naturaleza. Pero no daba á esta última palabra la gran acepción que le ha concedido nuestra época; la hacía entrar á su manera en las pequeñas sátiras domésticas.

La naturaleza, decía, para que la civilización tenga un poco de todo, le da hasta el espécimen de una barbarie entretenida. Europa tiene tipos de muestra del Asia y del África, en miniatura. El gato es un tigre de salón, el lagarto es un cocodrilo de bolsillo. Las bailarinas de la Ópera son salvajes de color de rosa. No se comen, por cierto, á los hombres, pero los aniquilan; ó bien, con sus artes mágicas, los convierten en ostras y se los tragan. Los caribes no dejan más que los huesos; ellas no dejan más que la concha. Tales son nuestras costumbres. No devoramos, es verdad, pero roemos; no exterminamos tampoco, pero arañamos.

II =Á tal amo, tal casa=

Vivía en el Marais, calle de las Hijas del Calvario, número 6, en casa propia. Esta casa ha sido ya demolida y reedificada después; su número habrá cambiado también con la revolución de números que sufren las calles de París.

Ocupaba nuestro Gillenormand un antiguo y grande primer piso, situado entre la calle y unos jardines, y adornado hasta el techo de tapices de los Gobelinos y de Beauvais que representaban asuntos pastoriles; los dibujos del techo y de los entrepaños, estaban repetidos en pequeño en los sillones. Tenía la cama cerrada por un gran biombo de nueve hojas de laca, de Coromandel.

Anchos y holgados cortinajes pendían de las ventanas, formando al caer grandes y magníficos pliegues quebrados. El jardín, situado al pie de estas ventanas, comunicaba con la que estaba en el ángulo por medio de una escalera de doce ó quince peldaños, que subía y bajaba alegremente el buen señor. Además de una biblioteca contigua á su cuarto, tenía un gabinetito, del que gustaba mucho; retiro galante, tapizado con una colgadura color de paja flordelisada y tejida de flores, fabricada en las galeras de Luis XIV, por encargo especial del señor de Vivonne hecho á los galeotes, con destino á su querida.

Gillenormand la había heredado de una esquiva hermana de su abuelo materno, que había muerto centenaria. El señor Gillenormand había tenido dos mujeres. Sus modales venían á ser un término medio entre el palaciego, que nunca lo había sido, y el hombre de toga, que hubiera podido ser. Era alegre y cariñoso cuando quería.

En su juventud había sido de aquellos hombres á quienes engaña siempre su mujer, y no engaña nunca la querida, porque son al mismo tiempo que los maridos más bruscos, los amantes más finos que existen. Era entendido en pintura. Tenía en su habitación un magnífico retrato que no sabía de quién era, pintado por Jordaens, hecho á grandes brochazos, con multitud de detalles, amontonados y como cogidos al acaso.

Su traje no era el de Luis XV, ni el de Luis XVI: era el traje de los increíbles del Directorio. Se había creído joven hasta entonces, y había seguido aquellas modas. Su frac era de paño fino con grandes solapas, faldón de cola de bacalao, y grandes botones de acero; calzón corto y zapatos de hebilla. Llevaba siempre las manos metidas en las faltriqueras, diciendo con cierta autoridad: La revolución francesa es una gavilla de salteadores.

III =Lucas-Espíritu=

Á la edad de diez y seis años, una noche, en la Ópera, había tenido el honor de que le dirigiesen sus anteojos á un tiempo, dos bellezas, entonces ya maduras, y célebres, cantadas por Voltaire, la Camargo y la Sallé.

Cogido entre dos fuegos, había hecho una retirada heroica hacia una bailarina de última fila, llamada Nahenry, joven de diez y seis años como él, arisca como un gato, y de la cual estaba enamorado. Conservaba grandes recuerdos, y se admiraba diciendo:

--¡Qué linda estaba la Guimard Guimardin Guimardinette la última vez que la vi en Longchamps, rizada á lo sentimental, con ven á verme de turquesas, vestido de color de recién llegado, y con su manguito de agitación!

Había llevado durante su adolescencia una chupa de Nain Loudrin, de la cual hablaba con entusiasmo y efusión. Estaba yo vestido como un turco de Levante levantino, decía él: La Señora de Boufflers le vió por casualidad cuando tenía veinte años, y le calificó de «loco encantador». Se escandalizaba de todos los nombres que oía sonar en la política y en el poder, hallándoles bajos y vulgares. Leía los periódicos, los papeles de noticias, las gacetas, como los llamaba él, reventando de risa.

--¡Oh!--exclamaba.--¡Qué gentes son éstas! ¡Corbière! ¡Humann! ¡Casimiro Perier! ¿Y esto son ministros? Figúrome leer en un periódico: ¡Gillenormand, ministro! Esto sí que sería comedia. ¡Y vaya! Serían tan tontos que pasaría.--Llamaba alegremente todas las cosas por su verdadero nombre, decente ó indecente, y no se recataba delante de las señoras. Decía groserías, obscenidades y porquerías con cierta tranquilidad é indiferencia, que venían á ser su elegancia. Tal era la sin aprensión de su siglo. Hagamos notar aquí que el tiempo de las perífrasis en verso, ha sido el tiempo del lenguaje crudo en prosa.

Su padrino de bautismo había predicho que sería un hombre de genio, y le había puesto estos dos nombres significativos: Lucas Espíritu.

IV =Aspirante á Centenario=

Había ganado premios durante su niñez en el colegio de Moulins, que era su patria, y sido coronado por mano del duque de Nivernais, á quien llamaba el duque de Nevers. Ni la Convención, ni la muerte de Luis XVI ni Napoleón, ni la vuelta de los Borbones, nada había podido desvanecer el recuerdo de su coronación. El duque de Nevers era para él la gran figura del siglo. ¡Qué gran señor más amable!--decía--¡Qué bien le sentaba el cordón azul! Á los ojos de Gillenormand, Catalina II había reparado el crimen de la repartición de Polonia, comprando en tres mil rublos, el secreto del elixir de oro á Bestuchef.

Esto, sobre todo, le entusiasmaba. El elixir de oro, exclamaba, la tintura amarilla de Bestuchef, las gotas del general Lamotte, valían en el siglo XVIII un luis el frasco de una media onza, el gran remedio para las catástrofes del amor, la panacea contra Venus. Luis XV mandó doscientos frascos al papa. Se le habría exasperado y sacado de quicio, diciéndole que el elixir de oro no es otra cosa que el percloruro de hierro. Gillenormand adoraba á los Borbones, y tenía horror á 1789; repetía sin cesar de qué manera se había salvado durante el Terror, y cómo había necesitado mucha serenidad y mucho ingenio para que no le cortasen la cabeza. Si á cualquier joven se le ocurría delante de él elogiar á la República, se ponía azul, irritándose hasta desmayarse. Algunas veces, aludiendo á sus noventa años de edad, decía: estoy seguro de que no veré dos veces el noventa y tres.

Otras veces indicaba que creía vivir hasta cien años.

V =Vasco y Nicolasita=

Tenía sus teorías particulares. He aquí una de ellas:

«Cuando un hombre ama apasionadamente á las mujeres, y tiene mujer propia, de quien cuida poco, fea, adusta, legítima, llena de derechos, que cita á cada paso el código, y celosa por añadidura, no hay más que un medio para librarse de ella y vivir en paz: poner en sus manos los cordones de la bolsa. Esta abdicación le hace libre.

«La mujer se halla entonces ocupada, lleva hasta la pasión el manejo de todo; se mancha los dedos de cardenillo; toma, á su cargo la educación de los mozos de labranza y la enseñanza de los colonos; convoca á los procuradores, preside á los notarios, arenga á los curiales, visita á los magistrados, sigue los pleitos, repasa las escrituras, dicta los contratos; se cree soberana: vende, compra, arregla, manda, promete y compromete, ata y desata, cede, concede y retrocede, arregla y desarregla, atesora y prodiga, hace disparates; gracia magistral y particular: esto la consuela. Mientras el marido la desdeña, tiene ella la satisfacción de arruinarle».

Esta teoría, Gillenormand se la había aplicado á sí mismo, acabando por su propia historia. Su segunda mujer había administrado sus bienes de tal modo que, el día feliz en que se quedó viudo, sólo tenía lo estrictamente necesario para vivir: colocándolo todo á renta vitalicia, unos quince mil francos anuales, cuyas tres cuartas partes debían extinguirse con él.

No dudó en hacerlo, preocupándose muy poco de dejar herencia alguna. Además, había visto que los patrimonios corrían sus peligros, como por ejemplo, el de trocarse en bienes nacionales; había asistido á las conversiones del tercio consolidado, y creía poco en el gran libro, por lo que decía: todo eso irá á parar á la calle Quincampoix (esto es, al trapero).

La casa de la calle de las Hijas del Calvario en que vivía era suya, como ya hemos dicho. Tenía dos criados, «un macho y una hembra». Cuando entraba en su casa un criado, Gillenormand le rebautizaba. Daba á los hombres el nombre de su provincia: Nimes, Comtaense, Poitevinés, Picardo. Su último lacayo era un hombre gordo, pesado y asmático, de cincuenta y cinco años, incapaz de correr veinte pasos; pero como era natural de Bayona, el señor Gillenormand le llamaba Vasco. En cuanto á las criadas, todas se llamaban Nicolasitas (hasta la Magnón, de que hablaremos más adelante). Un día se presentó á pretender, una arrogante cocinera, de cordón azul, perteneciente á la encopetada raza de los conserjes. ¿Cuánto queréis ganar de salario mensual?--le preguntó el señor Gillenormand.

--Treinta francos.

--¿Cómo os llamáis?

--Olimpia.

--Pues ganareis cincuenta y os llamareis Nicolasita.

VI =Donde se entrevé á la Magnón y sus dos hijos=

En casa de Gillenormand el dolor se traducía en cólera; estaba furioso de estar desesperado. Tomaba todas las preocupaciones, y se permitía todas las licencias. Uno de los puntos salientes de su exterior y origen de su satisfacción íntima era, según acabamos de indicar, el de aparecer verde galanteador y que se le tuviera realmente por tal; á lo que él llamaba «tener regia fama». Pero la fama regia le hacía alguna vez objeto de raras aventuras. Un día llevaron á su casa en una cestilla, lo mismo que las banastas de ostras, un robusto infante recién nacido, chillando como un diablo y muy envuelto en mantillas, que una criada, echada de su casa hacía seis meses, le atribuía.

El señor Gillenormand tenía entonces sus ochenta años cumplidos. Levantóse en torno suyo un clamor general de indignación. ¿Á quién quería hacer creer aquello la pícara criada? ¡Qué atrevimiento! ¡Qué abominable calumnia! Pero el señor Gillenormand no aparentó la menor cólera. Miró al chiquillo con la amable sonrisa de un hombre adulado por la calumnia, y dijo que pudiese oirle todo el mundo:--Bien, ¿y qué? ¿Qué es ello? ¿Qué hay? ¿Qué tiene ello de particular? Vaya una admiración de gentes ignorantes. El señor duque de Anguleme, bastardo de su majestad Carlos IX, se casó á los ochenta y cinco años con una de quince; el señor Virginal, marqués de Alluye, hermano del cardenal de Sourdis, arzobispo de Burdeos, tuvo á los ochenta y tres años de una camarista de la presidenta Jacquin, un hijo, un verdadero hijo del amor, que fué caballero de Malta y consejero de Estado de espada; uno de los grandes hombres de este siglo, el presbítero Tabaraud, es hijo de un hombre de ochenta y siete años. Ya veis como no tiene esto nada de extraordinario. ¿Y la Biblia entonces?

«Con todo, declaro que este señorito no es mío. Pero que se le cuide, puesto que él no tiene la culpa».

Este proceder era muy humanitario, y la muchacha, que se llamaba Magnón, le hizo un segundo envío al año siguiente. También era un niño. Ante este golpe, Gillenormand capituló. Devolvió á la madre los dos chiquillos, comprometiéndose á pagar para su educación ochenta francos al mes, bajo la expresa condición de que la madre no volviera á las andadas, y añadiendo: quiero que su madre los trate bien, y yo iré á verlos de cuando en cuando.

Y así lo hizo.

Tuvo un hermano clérigo que fué rector de la Academia de Poitiers treinta y tres años, y había muerto á los setenta y nueve. Le he perdido joven, decía.

Este hermano, de quien apenas queda memoria, era un avaro pacífico, que por ser clérigo se creía obligado á dar limosna á cuantos pobres se encontraba; pero nunca les daba más que monedas falsas ó de circulación prohibida, encontrando así el medio de ir al infierno por el camino del cielo.

En cuanto al señor Gillenormand mayor, no comerciaba con la limosna, la daba con gusto y noblemente. Era benévolo, brusco, caritativo; y si hubiera sido rico, su inclinación hubiera sido la esplendidez. Quería que todo á su alrededor se hiciera en grande, hasta las picardías. Un día fué robado en una testamentaría por un agente de negocios de una manera grosera y visible, y lanzó esta solemne exclamación:

--¡Oh! ¡Qué torpemente hecho! ¡Me avergüenzan en verdad esas porquerías! Todo ha degenerado en este siglo, hasta los pícaros. ¡Caracoles! No es éste el modo de robar á un hombre como yo. He sido robado como en un bosque, pero de mala manera. ¡Silvæ sint consule dignæ!

Ya hemos dicho que había tenido dos mujeres: la primera le dió una hija, que permaneció soltera, y la segunda otra que murió á los treinta años, y había casado por amor, por azar ó por otra causa, con un soldado de fortuna, que había servido en los ejércitos de la República y del Imperio, que había ganado la cruz en Austerlitz, y recibido el grado de coronel en Waterloo. Es la deshonra de mi familia, decía el viejo burgués.

Tomaba mucho tabaco y tenía una gracia especial en sacudirse la chorrera de encaje con el revés de la mano. Creía poco en Dios.

VII =Regla: no recibir á nadie más que de noche=

Tal era el señor Lucas Espíritu Gillenormand, quien no había aún perdido sus cabellos, más grises que blancos, é iba peinado siempre en forma de orejas de perro. Sin embargo y á pesar de lo cual, era venerable.

Tenía algo del siglo XVIII: frívolo y grande.

En 1814, y durante los primeros años de la Restauración, Gillenormand, que era joven aún, no tenía más que setenta y cuatro años; había vivido en el barrio de San Germán, calle Servandoni, junto á San Sulpicio. No se había retirado al Marais sino al salir del mundo, después de haber ya cumplido los ochenta años.

Al salir del mundo se había encerrado en sus antiguas costumbres. La principal y más invariable era la de tener la puerta absolutamente cerrada durante el día, y no recibir á nadie fuése por lo que fuere, sino de noche. Comía á las cinco, después de lo cual abría su puerta. Era la moda de su siglo, y no quería faltar á ella. El día es canalla, decía, y no merece sino los postigos cerrados. Las personas de arraigo encienden su espíritu cuando el cénit enciende sus estrellas. Y se cerraba para todo el mundo, aunque fuése por el mismo rey.

Antigua elegancia de su tiempo.

VIII =Las dos no hacen pareja=

Las dos hijas del señor Gillenormand de que acabamos de hablar, habían nacido con diez años de intervalo. Durante su juventud se habían parecido muy poco, y tanto por carácter como por fisonomía, habían sido lo menos hermanas que podían ser. La menor era un alma encantadora, amando siempre todo lo que era luz, ocupada siempre en flores, versos y música, remontándose por los espacios de la gloria, entusiasta, etérea, unida desde la infancia en el ideal á una vaga figura heroica. La mayor tenía también su quimera; veía allá en lo azul, un asentista, cualquier acaudalado proveedor, un marido espléndidamente tonto, un millón hecho hombre, ó algún gobernador; las recepciones del gobierno, los ujieres de antecámara con la cadena al cuello, los bailes oficiales, las arengas de los alcaldes; ser la señora gobernadora: esto agitaba de continuo su imaginación. Las dos hermanas se alucinaban, pues, cada una en su sueño respectivo, cuando eran jóvenes. Ambas tenían alas; la una como un ángel, como un ganso la otra.

Pero ninguna ambición se realiza plenamente en este bajo mundo; en nuestra época no se hace terrenal ningún paraíso. La menor casó con el hombre que había soñado, pero murió la pobre.

La mayor no pudo llegar al matrimonio.

En el momento en que hace ésta su entrada en la historia que venimos narrando, era una virtud vieja, una mojigata incombustible, una de las narices más puntiagudas y uno de los talentos más obtusos que pueden verse. Detalle característico: fuera del reducido círculo de su familia, nadie había sabido nunca su nombre de pila. Llamábanla la Señorita Gillenormand mayor.

En materia de recato, la señorita Gillenormand mayor hubiera dado puntos á una miss. Era el pudor pasando de castaño obscuro. Tenía un recuerdo horrible en su vida; un día le había visto un hombre la liga.

La edad no había hecho más que aumentar este pudor intransigente. Su pechera no era jamás demasiado opaca, ni subía demasiado; multiplicaba los corchetes y los alfileres allí donde á nadie podía ocurrírsele el mirar. Es propio de la mojigatería poner tantos más centinelas cuanto menos amenazada está la fortaleza.

Sin embargo, explique quien pueda estos antiguos misterios de la inocencia: se dejaba abrazar sin repugnancia por un oficial de lanceros, sobrino segundo suyo, que se llamaba Teódulo.

Prescindiendo de este favorecido lancero, la etiqueta de Mojigata con que la hemos clasificado, le sentaba perfectamente. La señorita Gillenormand era una especie de alma crepuscular. La mojigatería es una medio virtud y medio vicio.

Añadía á la mojigatería la gazmoñería, que es su forro adecuado. Era de la cofradía de la Virgen, y llevaba en ciertas fiestas un velo blanco, murmuraba oraciones especiales, adoraba «la sangre santa», veneraba el «sagrado corazón», se pasaba las horas en contemplación ante un altar churrigueresco-jesuítico, en una capilla cerrada al común de los fieles, y allí dejaba elevarse al alma entre pequeñas nubes de mármol y al través de grandes rayos de madera dorada.

Tenía una compañera de oración, virgen vieja como ella, llamada señora Vaubois, enteramente boba, á cuyo lado la señora Gillenormand tenía el gusto de ser un águila.

Después del Agnus Dei y del Ave María, la señora Vaubois, perfecta en su género, era el armiño de la estupidez, sin una sola mancha de inteligencia.

Digámoslo también: la Gillenormand había ganado más bien que perdido al envejecer, como sucede siempre con las naturalezas pasivas. No había sido mala nunca, lo que es una bondad relativa; además los años desgastan los ángulos, y había ya adquirido la suavidad de la duración. Estaba siempre triste; su tristeza era obscura, hasta el punto que ni ella misma poseía el secreto. En toda su persona se descubría el estupor de una vida que terminaba sin haber empezado.

Dirigía la casa de su padre. El señor Gillenormand la tenía á su lado del mismo modo que hemos visto que tenía monseñor Bienvenido á su hermana. Estas asociaciones domésticas de un viejo y una solterona no son raras, y presentan el espectáculo, siempre tierno, de dos debilidades que se apoyan mutuamente.

Había además en la casa, entre aquella solterona y aquel viejo, un niño, un muchacho siempre temeroso y mudo, delante del señor Gillenormand, que no hablaba nunca á este niño sino con voz severa, y á veces con el bastón levantado:

--¡Aquí, caballerito!... Perdido, truhán, acercaos... Responded tunante... ¡Que os vea yo la cara, holgazán!... etc., etc. Le idolatraba. Era su nieto.

Ya veremos nuevamente á este joven.

LIBRO TERCERO EL ABUELO Y EL NIETO

I =Una tertulia antigua=

Cuando el señor Gillenormand vivía en la calle Servandoni frecuentaba distintas reuniones muy encopetadas y muy nobles, en las cuales se le admitía, aunque no pasaba de burgués. Como tenía dos clases de talento, primero el que en realidad poseía, y luego el que le prestaban, era hasta solicitado y agasajado. No iba á ninguna parte sino con la condición de dominar. Hay personas que quieren á toda costa tener influencia y que se ocupen de ellos; donde no pueden ser oráculos, son bufones. Gillenormand no era de esta naturaleza; el dominio que ejercía en los salones realistas que frecuentaba, no le costaba nada en propio respeto.

En todas partes era oráculo. Había llegado á tenérselas tiesas con Bonald, y con el mismo Bengy Puy Vallee.

Hacia 1817 pasaba invariablemente dos tardes por semana en una casa de su vecindad, calle de Fárou, en la de la baronesa de T., digna y respetable señora, cuyo marido había sido, en tiempos de Luis XVI, embajador de Francia en Berlín. El barón de T., quien durante su vida fué muy aficionado á los éxtasis y á las visiones magnéticas, había muerto arruinado en la emigración, dejando por toda herencia diez volúmenes manuscritos, encuadernados en tafilete encarnado y con cantos dorados, de memorias muy curiosas sobre Mesmer y su cubeta. La señora de T. no había publicado las memorias por dignidad, y vivía de una corta renta que se había salvado sin saber cómo. Vivía retirada de la corte, sociedad muy mezclada, decía ella, en un aislamiento noble, altivo y pobre. Algunos amigos se reunían dos veces por semana junto á su hogar de viuda, formando una tertulia puramente realista. Tomaban su té, y según les impulsaba el viento á la elegía ó al ditirambo, daban gemidos ó gritos de horror sobre el siglo, sobre la Carta, sobre los bonapartistas, sobre la prostitución del cordón azul en los burgueses, sobre el jacobinismo de Luis XVIII; y se hablaba muy por lo bajo de las esperanzas que dejaba concebir el señor, hermano del rey, más tarde Carlos X.

Acogíanse con transportes de alegría las canciones populacheras, en que á Napoleón se le llamaba Nicolás. Las duquesas más delicadas y las mujeres más encantadoras del mundo, se extasiaban oyendo coplas como ésta, dirigida á los «federados»:

Recoged en los calzones la camisa que se sale, no digan que los patriotas levantan bandera blanca.

Entreteníanse en juegos de palabras, que creían terribles, equívocos inocentes, que suponían venenosos, en cuartetas y aún dísticos, como éste contra el gabinete moderado Desolles, Desuelos, de que formaban parte los ministros Decazes, Decasa, y Deserre, Destufa:

Para afirmar el trono removido en su planta hay que cambiar de suelos, de estufas y de casa.

Arreglaban también la lista de la cámara de los Pares, «cámara abominablemente jacobina», combinando sus nombres de manera que resultaban frases como ésta: Damas Sabran, Gouvion-Saint Cyr. Todo alegremente.

En aquella tertulia parodiábase la revolución. Reinaba cierta manía, para aguzar la misma cólera en sentido inverso. Así que también cantaban su Ça ira:

¡Ya irán, ya irán, ya irán los bonapartistas del farol á colgar!

Las canciones son como la guillotina, cortan indistintamente, hoy esta cabeza, mañana aquélla. Es una de sus variedades.

En el proceso Fualdés, que ocurrió en aquella época, 1816, se tomaba partido por Bastide y Jausion, porque Fualdés era «bonapartista». Calificaban á los liberales de hermanos y amigos, lo cual se tenía por el último extremo de la injuria.

Como ciertos campanarios, la tertulia de la baronesa de T. tenía dos gallos.

El uno era el señor Gillenormand, y el otro el conde de Lamothe Valois, del cual se decía por lo bajo con cierto respeto ¿No lo sabéis? Es el Lamothe del asunto del collar. Los partidos tienen estas amnistías singulares.

Añadamos aquí que en la clase media, ciertas posiciones honrosas pierden importancia manteniendo relaciones demasiado fáciles; es preciso tener cuidado con quien se trata, porque así como hay pérdida de calórico en la proximidad de un cuerpo frío, así también se pierde consideración con el trato de las gentes menospreciadas. La parte encopetada de la sociedad antigua prescindía de esa ley, como de todas las demás. Marigny, hermano de la Pompadour, entraba libremente en casa del príncipe de Soubise. ¿Á pesar de lo que era? No, sino precisamente por lo que era. Du Barry, padrino de la Vaubernier, era muy bien recibido en casa del señor mariscal de Richelieu. Semejante sociedad es el Olimpo. Mercurio y el príncipe de Guémenee están como en su casa. Se admite á los ladrones con tal que sean dioses.

El conde Lamothe, que en 1815 era un viejo de setenta y cinco años, no tenía de notable más que su aspecto reservado y sentencioso, su rostro anguloso y frío, sus maneras perfectamente distinguidas, su traje abotonado hasta la corbata, y sus largas piernas, siempre cruzadas y metidas en un ancho pantalón sin gracia alguna, de color de barro de Sienne cocido. Su cara era del mismo color del pantalón.

Este señor de Lomothe «era muy considerado» en aquella tertulia á causa de su «celebridad» y, cosa extraña por cierto, á causa también de su nombre de Valois.

En cuanto al señor Gillenormand, la consideración de que disfrutaba era absolutamente de buen género. Tenía autoridad.

Á pesar de su ligereza, y sin que se perjudicare en lo más mínimo su jovialidad, tenía un modo de ser imponente, digno, noble y modestamente altivo, que venía aumentando su respetable edad. No se cuenta impunemente un siglo. Los años acaban por rodear la cabeza de una venerable aureola.

Tenía además esos dichos que son el reflejo de la escuela rancia. Así es que cuando el rey de Prusia, después de haber restaurado á Luis XVIII, fué á visitarle bajo el nombre de conde de Ruppin, y fué recibido por el descendiente de Luis XIV casi como marqués de Brandeburgo y con la impertinencia más delicada; Gillenormand lo aprobó. Todos los reyes que no son el rey de Francia, dijo él, no pasan de reyes de provincia. Un día oyó esta pregunta y esta respuesta. ¿Á qué ha sido condenado el redactor del Correo Francés? Á ser suspendido. El sus está de más,[13] observó Gillenormand. Dichos de este género fundan una situación.

En un Te Deum, aniversario de la vuelta de los Borbones, vió pasar al príncipe de Talleyrand, y dijo:

--He ahí á su Excelencia el Mal.

Digamos también, que no siempre esos dichos estaban al alcance de todos, y que muchas veces era tan aguda la malicia ó tan fina la intención, que sólo los muy inteligentes la percibían; pero bastaba que uno de estos hábiles aplaudiera, para que los demás reconociesen la superioridad del viejo hidalgo.

Gillenormand iba generalmente acompañado de su hija, aquella prolongada señorita que á la sazón pasaba de los cuarenta años y representaba cincuenta, y de un hermoso niño de siete años, blanco, sonrosado, fresco, de alegres é inocentes ojos, el cual no entraba jamás en la sala sin oir murmurar á su alrededor estas exclamaciones: ¡Qué guapo es! ¡Qué lástima! ¡Pobre niño! Este niño era el mismo de quien hemos hablado hace poco. Se le llamaba «pobre niño», porque su padre era «un bandido del Loira».

Este bandido del Loira era el yerno del señor Gillenormand, de quien hemos ya hecho mención y á quien calificaba de «deshonra de la familia».

II =Uno de los espectros rojos de aquel tiempo=

Todo el que pasara en aquella época por la pequeña aldea de Vernón, y se parase un momento en aquel hermoso puente monumental, que será sustituido probablemente antes de poco por algún feo puente de alambre, habría podido observar, dirigiendo su vista desde lo alto del parapeto, á un hombre de unos cincuenta años, con gorra de badana, vistiendo pantalón y chaquetón de grosero paño gris, en el cual llevaba cosida una cosa amarilla, que en su tiempo había sido una cinta roja, calzando zuecos, tostado por el sol, la cara casi negra y el pelo casi blanco, con una gran cicatriz que se corría desde la frente á la mejilla, encorvado, doblado, envejecido antes de tiempo, paseando casi diariamente con una azadilla y una podadera en la mano, por uno de aquellos espacios encerrados entre tapias inmediato al puente, que se extienden como una cadena de terrados costeando la orilla izquierda del Sena; lindos cercados llenos de flores, de los que podría decirse si fueran mucho mayores: son jardines; y si fueran algo más pequeños: son ramilletes. Todos aquellos cercados terminan por un lado en el río, y por el otro en una casa. El hombre del chaquetón y los zuecos vivía en 1817 en el más pequeño de dichos cercados, y en la más humilde de aquellas casas. Vivía solo y solitario, silenciosa y pobremente, con una criada que no era ni joven ni vieja, ni bonita ni fea, ni señora ni lugareña.

El cuadrado de tierra que él llamaba su jardín, era famoso en el pueblo por la belleza de las flores que cultivaba; pues las flores eran toda su ocupación.

Á fuerza de trabajo, perseverancia, de cuidado y de cubos de agua, había conseguido crear, después del creador, é inventado ciertas dalias y ciertos tulipanes que parecían haber sido olvidados por la naturaleza. Era ingenioso, y se había anticipado á Soulange Bodin en la formación de pequeños terraplenes de brezo para cultivar los arbustos raros y preciosos de América y de China. En verano, apenas despuntaba el día, ya estaba en su jardín, cavando, cortando, escardando, regando, andando por medio de sus flores con cierto aspecto de bondad, de tristeza y dulzura; muchas veces pensativo é inmóvil pasaba horas enteras escuchando el canto de un pájaro en un árbol, ó el chillar de algún niño en alguna casa, ó bien con los ojos fijos sobre la punta de una hojita de yerba, en alguna gota de rocío convertida por los rayos del sol en brillante carbunclo. Comía frugalmente, y bebía más leche que vino. Un muchacho le hacía ceder, y le regañaba su criada. Era tímido hasta parecer arisco; salía muy poco, y no veía á nadie más que á los pobres que llamaban á su ventana, y al cura párroco, el Señor Mabeuf, un buen anciano.

Sin embargo, si algún convecino ó forastero llamaba á su puerta deseoso de ver sus tulipanes y sus rosas, abríala inmediatamente sonriendo. Éste era el bandido del Loire.

El que hubiera leído por aquel tiempo las memorias militares, las biografías, el Monitor y los boletines del gran ejército, hubiera podido notar el nombre, repetido frecuentemente, de Jorge Pontmercy. Muy joven aún el Jorge Pontmercy, fué soldado en el regimiento de Saintonge. Cuando estalló la revolución, el regimiento de Saintonge fué agregado al ejército del Rin, pues los antiguos regimientos de la monarquía conservaron sus nombres de provincia, aún después de la caída del trono, y no fueron reformados hasta 1794. Pontmercy peleó en Spira, en Worms, en Neustadt, en Turkeim, en Alzey, en Maguncia, siendo uno de los doscientos que formaban la retaguardia de Houchard. Fué también otro de aquellos doce que pelearon contra el ejército del príncipe de Hesse, detrás del antiguo baluarte de Andernach, y no se replegó sobre el grueso del ejército, sino cuando el cañón enemigo abrió la brecha desde el cordón del parapeto hasta la misma escarpa. Estuvo con Kleber en Marchiennes, y en la acción de Monte Palissel, donde sacó el brazo roto de un balazo.

Después pasó á la frontera de Italia, siendo uno de los treinta granaderos que defendieron el desfiladero de Tende con Joubert. Joubert fué nombrado entonces ayudante general, y Pontmercy subteniente. Pontmercy estuvo al lado de Berthier, en medio de la metralla, en aquella jornada de Lodi que hizo decir á Bonaparte: Berthier ha sido artillero, soldado de á caballo y granadero. En Novi vió caer á su antiguo general Joubert, en el momento en que, levantado el sable, gritaba: ¡Adelante! Habiéndose embarcado con su compañía para asuntos del servicio en un barquichuelo que iba de Génova á no se qué puerto de la costa, cayó en una emboscada de siete ú ocho velas inglesas. El capitán del barco quería arrojar los cañones al mar, ocultar los soldados en el entrepuente, y escurrirse en la sombra como un buque mercante; pero Pontmercy hizo brillar los colores nacionales en la driza del mástil del pabellón, y atravesó orgulloso bajo los cañones de las fragatas británicas.

Veinte leguas más adelante, creciendo siempre su audacia, atacó y apresó con su barquichuelo un gran transporte inglés, que llevaba tropas á Sicilia, tan cargado de hombres y caballos, que iba atestado hasta los topes. En 1805 formó parte de la división Malher, que se apoderó de Gunzburgo contra el archiduque Fernando. En Weltingen recibió en sus brazos, en medio de una lluvia de balas, al coronel Maupetit, herido mortalmente al frente del 9.º de dragones, distinguiéndose en Austerlitz en aquella admirable marcha escalonada, verificada bajo el fuego del enemigo. Cuando la caballería de la guardia imperial rusa destruyó un batallón del cuarto regimiento de línea, Pontmercy fué de los que se vengaron, arrollando á aquella tropa. El emperador le concedió la cruz. Pontmercy vió sucesivamente caer prisioneros á Wurmser en Mantua, á Melas en Alejandría, y á Mack en Ulm. Formó parte del octavo cuerpo del gran ejército mandado por Mortier, y que conquistó Hamburgo. Después pasó al regimiento 55 de línea, que llevaba antiguamente el nombre de Flandes. En Eylau estuvo en el cementerio donde el heroico capitán Luis Hugo, tío del autor de este libro, sostuvo solo con su compañía, compuesta de ochenta y tres hombres, durante dos horas, todo el empuje del ejército enemigo. Pontmercy fué uno de los tres que salieron vivos de aquel cementerio. Estuvo también en Friedland; luego en Moscú, después en la Berésina, y en Lutzen, Bautzen, Dresde, Wachau, Leipzick y en los desfiladeros de Gelenhausen; después en Montmirail, Chateau Tierry, Craon, en las orillas del Marne, en las riberas del Aisne y en la terrible posición de Laón. En Arnay le Duc, siendo capitán, acuchilló á diez cosacos, y salvó, no á su general, sino á su cabo. Fué también acuchillado él en este encuentro, y hubo que extraerle veintisiete esquirlas del brazo izquierdo. Ocho días antes de la capitulación de París, acababa de permutar con un compañero, y de entrar en la caballería, pues tenía lo que en el antiguo régimen se llamaba «doble mano», es decir, igual aptitud para manejar como soldado el sable ó el fusil, y como oficial un escuadrón ó un batallón. De esta aptitud, perfeccionada por la educación militar, han nacido ciertos cuerpos especiales, como por ejemplo, los dragones, que son á un mismo tiempo jinetes é infantes. Acompañó á Napoleón á la isla de Elba. En Waterloo era jefe de un escuadrón de coraceros de la brigada Dubois. Él fué quien cogió la bandera del batallón de Luxemburgo, y fué á ponerla á los pies del emperador. Estaba cubierto de sangre, pues había recibido, al apoderarse de la bandera, un sablazo que le cruzó la frente. El emperador, satisfecho, le dijo:

«--Eres coronel, barón y oficial de la Legión de honor».

Pontmercy respondió:

--Señor, os lo agradezco por vida mía.

Una hora después caía en el barranco de Ohain. ¿Y quién era este Jorge Pontmercy? Era aquel mismo bandido del Loire.

Ya hemos visto algo de su historia. Pues bien; después de Waterloo, sacado Pontmercy, como dijimos, del barranco, consiguió unirse al ejército y fué llevado de ambulancia en ambulancia hasta los acantonamientos del Loire.

La Restauración le dejó á media paga, después le mandó de cuartel; es decir, sujeto á vigilancia, á Vernón. El rey Luis XVIII, considerando como no sucedido, nada de lo hecho durante los cien días, no le reconoció ni la gracia de oficial de la Legión de honor, ni su grado de coronel, ni su título de barón; pero él no dejaba de firmarse siempre «el coronel barón de Pontmercy». No tenía mas que una vieja casaca azul, y no salía nunca sin colocar en ella la roseta de oficial de la Legión de honor. El fiscal de su majestad le hizo advertir por un intermediario oficioso que se le perseguiría por uso «ilegal» de esta condecoración; y cuando lo supo Pontmercy respondió con amarga sonrisa: ó yo no entiendo el francés, ó vos no le habláis; la verdad es que no os entiendo. Después salió ocho días seguidos con su roseta; nadie se atrevió á inquietarle. Dos ó tres veces el ministro de la Guerra y el comandante general del departamento le escribieron con este sobre: «al señor comandante Pontmercy».

Devolvióles las cartas sin abrirlas.

En aquella misma época Napoleón hacía lo propio en Santa Elena con las cartas de sir Hudson Lowe, dirigidas al general Bonaparte. Pontmercy había acabado, permítasenos la frase, por tener en la boca la misma saliva que su emperador.

En Roma hubo también prisioneros cartagineses que se negaban á saludar á Flaminio, por tener algo del alma de Aníbal.

Una mañana encontró al fiscal de su majestad en una de las calles de Vernón, y dirigiéndose á él, le dijo:--Señor procurador del rey, ¿me es permitido llevar mi cicatriz?

No tenía más que su mezquina media paga de jefe de escuadrón. Había alquilado en Vernón la casa más pequeña que encontró, y en ella vivía solo, como acabamos de ver. En tiempo del imperio, y entre dos campañas, tuvo tiempo para casarse con la señorita Gillenormand. El viejo burgués, aunque disgustado interiormente, había consentido en ello suspirando y diciendo: «Las familias más principales se ven obligadas igualmente á ello. En 1815 murió la señora Pontmercy, mujer por otra parte admirable, de sentimientos elevados y nada vulgar, digna por todos conceptos de su marido, dejándole un niño. Este niño hubiera sido la felicidad del coronel en su soledad, pero el abuelo había reclamado imperiosamente á su nieto, declarando que si no se lo entregaban le desheredaría.

El padre cedió por interés del niño, y no pudiendo tener á su hijo al lado, dedicó su cariño á las flores.

Había por otra parte, renunciado á todo: no se movía, ni conspiraba. Dividía su pensamiento entre las cosas inocentes que hacía y las grandes cosas que había hecho; pasaba el tiempo esperando un clavel, ó acordándose de Austerlitz.

El señor Gillenormand no tenía relación alguna con su yerno. El coronel era para él «un bandido», y él era para el coronel un «majadero». Gillenormand no hablaba nunca del coronel, sino para hacer alguna alusión satírica á su «baronía». Habían convenido expresamente en que Pontmercy no trataría nunca de ver ni hablar á su hijo, so pena de ser éste expulsado y desheredado. Por los Gillenormand era Pontmercy como un apestado. Querían educar al niño á su manera. El coronel obró mal quizá, al aceptar semejantes condiciones; pero pasó por ellas, creyendo obrar bien, sacrificándose únicamente él.

La herencia del anciano Gillenormand era poca cosa; pero la de la señorita Gillenormand mayor era considerable, porque su madre había sido muy rica; y habiendo ella permanecido soltera, el hijo de su hermana era su heredero natural. El niño, que se llamaba Mario, sabía que tenía un padre, pero nada más. Nadie abría la boca para hablarle de él; pero la gente con quien le hacía tratar su abuelo, por sus cuchicheos, sus medias palabras y sus guiños, había llegado á llamar la atención del muchacho, quien había acabado por comprender algo; y como naturalmente iba tomando por una especie de infiltración y penetración lenta, las ideas y las opiniones que formaban á su alrededor, por así decirlo, una atmósfera respirable, llegó poco á poco á no pensar en su padre, sino avergonzándose con el corazón oprimido.

Mientras iba Mario creciendo así, cada dos ó tres meses se escapaba el coronel é iba furtivamente á París como un perseguido por la justicia que ha roto sus cadenas, y se apostaba en San Sulpicio, á la hora en que la señora Gillenormand llevaba á Mario á misa. Allí temeroso de que la tía volviese la cabeza, oculto detrás de un pilar, inmóvil, sin atreverse á respirar, contemplaba á su hijo. Aquel hombre, lleno de cicatrices, tenía miedo de aquella solterona.

De eso mismo provenían sus relaciones con el párroco de Vernón, el señor Mabeuf.

Este digno cura tenía un hermano capillero en San Sulpicio, que había visto muchas veces á aquel hombre, contemplando á su hijo, y había fijado su atención en la cicatriz que le cruzaba el carrillo, y la gruesa lágrima que tenía en sus ojos. Aquel hombre que, si era de varonil aspecto, lloraba como una mujer, había chocado al capillero; su rostro le había impresionado. Un día que fué á Vernón á ver á su hermano, se encontró en el puente al coronel Pontmercy, y reconoció en él al hombre de San Sulpicio. El hermano habló de él al cura, y ambos, bajo un pretexto cualquiera, hicieron una visita al coronel, visita que trajo tras sí luego otras muchas.

El coronel, muy reservado al principio, concluyó por abrir su corazón. El cura y el capillero llegaron á saber toda la historia, y como Pontmercy sacrificaba su felicidad por el porvenir de su hijo. Esto hizo que el cura le mirase con veneración y ternura, y que el coronel cobrase afecto al cura. Por lo demás, cuando por casualidad son ambos sinceros y buenos, nadie se penetra y amalgama más fácilmente como un viejo cura y un soldado viejo. Los dos en el fondo son una misma cosa; el uno se sacrifica por la patria de abajo, y el otro por la patria de arriba; no hay otra diferencia.

Dos veces al año, el primero de enero y el día de San Jorge, escribía Mario á su padre cartas de atención que le dictaba su tía, y que parecían copiadas de algún formulario; esto era lo único que toleraba el señor Gillenormand; el padre respondía en cartas tiernísimas que el abuelo se guardaba en el bolsillo sin leer.

III =Requiescant=

La tertulia de la baronesa de T. era todo lo que Mario Pontmercy conocía del mundo. Era la única abertura por donde podía mirar á la vida. Aquella abertura era sombría, y le daba más frío que calor, más tinieblas que luz. Aquel niño, que era todo alegría y claridad, al entrar en aquel mundo extraño volvióse al poco tiempo triste, y lo que aún era más impropio de sus años, grave. Rodeado de todas aquellas personas imponentes y singulares, miraba seriamente asombrado en torno suyo. Todo contribuía á aumentar en él este estupor.

Á esta tertulia concurrían algunas viejas nobles venerabilísimas, que se llamaban Mathan, Noé, Lévis, que se pronunciaba Leví, y Cambis, que se pronunciaba Cambyse. Aquellas caras antiguas y sus nombres bíblicos, se mezclaban en la imaginación del niño con el antiguo Testamento que aprendía de memoria, y cuando estaban todas sentadas en círculo, alrededor de un fuego moribundo, iluminadas apenas por una lámpara de pantalla verde, con sus perfiles severos, sus cabellos grises ó blancos, sus luengos vestidos de otros tiempos, en los que no se distinguían más que colores lúgubres, dejando caer á intervalos palabras majestuosas y severas á un tiempo, el niño Mario las contemplaba con ojos azorados, creyendo ver en ellas, no mujeres, sino patriarcas y magas; no seres reales, sino fantasmas.

Á estos fantasmas se agregaban varios clérigos que frecuentaban aquella tertulia, y algunos nobles; el marqués de Sass****, secretario de órdenes de la señora de Berry; el vizconde de Val***, que publicaba bajo el seudónimo de Carlos Antonio odas de una sola rima; el príncipe de Beauf*******, que siendo aún joven tenía los cabellos grises y una mujer bonita y de talento, cuyos trajes de terciopelo escarlata con trencillas de oro, muy escotados, eran el escándalo de aquella casa sombría; el marqués de C***** de E******, que sabía mejor que nadie en Francia «la urbanidad proporcionada»; el conde de Am*****, buen hombre de benévolo semblante, y el caballero de Port de Guy, columna de la biblioteca del Louvre, llamada el gabinete del rey. El señor Port-de-Guy, calvo, y más envejecido que viejo, contaba que en 1793, cuando tenía diez y seis años, había sido condenado á presidio por refractario, y atado á la misma cadena que un octogenario, el obispo de Mirepoix, refractario igualmente, pero como eclesiástico, mientras que él lo era como soldado.

Estaban en Tolón. Su obligación era ir á recoger del cadalso, durante la noche, las cabezas y los cuerpos de los guillotinados de día; llevaban á cuestas aquellos troncos destilando sangre, de modo que sus rojos capotes de presidiario tenían por bajo de la nuca una costra de sangre, seca por la mañana y húmeda por la noche. En la tertulia de la baronesa de T. abundaban las narraciones trágicas, y á fuerza de maldecir á Marat, se aplaudía á Trestaillon. Algunos diputados del género inhallable jugaban al wist; el señor Tribord de Chalard, el señor Lemarchant de Gomicourt, y el célebre chancero de la derecha, Cornet Dincourt. El baile de Ferrete, con su calzón corto y sus demacradas pantorrillas, entraba de paso alguna vez en aquella tertulia, al ir á casa de Talleyrand. Había sido camarada de devaneos del conde de Artois, y al revés de Aristóteles, acurrucado debajo de Campaspe, había hecho andar á la Guimard de cuatro pies, y por consiguiente había demostrado á los siglos cómo puede vengar á un filósofo un baile.

Respecto á los clérigos, eran éstos el abate Halma, el mismo á quien Larose, su colaborador en el Rayo, decía: «¡Bah! ¿Quién no tiene cincuenta años? Algunos boquirubios solamente»; el abate Letourneur, predicador del rey; el abate Frayssinous, que no era todavía ni conde, ni obispo, ni ministro, ni par, y que llevaba una sotana vieja sin botones; y el presbítero Keravenant, cura de San Germán de los Prados; además el nuncio del papa, que era entonces monseñor Macchi, arzobispo de Nisibi, luego cardenal, notable por su larga nariz pensativa; y otro monseñor, que se titulaba abate Palmieri, prelado doméstico, uno de los siete protonotarios participantes de la santa sede, canónigo de la insigne basílica liberiana, abogado de los santos, postulatore di santi, lo cual se refiere á los asuntos de canonización, y significa poco más ó menos, procurador de memoriales de la sección del paraíso; y por último, dos cardenales, el señor de la Luzerne y el señor Cl****** T*******.

El señor cardenal de la Luzerne era escritor, y tuvo algunos años después el honor de firmar al lado de Chateaubriand algunos artículos en el Conservador; el señor de Cl****** T******* era arzobispo de Toul***, y solía ir con frecuencia á París á pasar una temporada en casa de su sobrino el marqués de T*******, que fué ministro de Guerra y Marina. El cardenal arzobispo de Toul***, era un viejecillo alegre, que enseñaba sus medias rojas bajo la sotana arremangada; su especialidad era odiar la enciclopedia, y jugar perdidamente al billar. En aquella época, las gentes que pasaban durante las noches de verano, por la calle M*****, donde estaba entonces el palacio de Cl****** T*******, se paraban á escuchar el choque de las bolas, y la voz chillona del cardenal que gritaba á su conclavista, monseñor Cottret, obispo in partibus de Caryste: «apunta, capellán, otra carambola».

El cardenal arzobispo había sido presentado en casa de M. de T. por su más íntimo amigo el señor de Roquelaure, antiguo obispo de Senlís, y uno de los cuarenta académicos. El señor de Roquelaure era notable por su elevada estatura y por su asiduidad en la Academia. Al través de la puerta vidriera de la sala contigua á la biblioteca, donde la Academia francesa celebraba entonces sus sesiones, los curiosos podían ver todos los jueves al antiguo obispo de Senlís, casi siempre en pie, recién empolvado el pelo, con medias moradas, de espaldas á la puerta, sin duda para dejar ver mejor su alzacuello. Todos estos eclesiásticos, aún cuando eran tan cortesanos como hombres de iglesia, aumentaban la gravedad de la tertulia de la baronesa T. cinco pares de Francia, el marqués de Vib****, el marqués de Tal***, el marqués de Herb*******, el vizconde de Damb*** y el duque de Val******* acentuando el aspecto señorial. Este duque, aún cuando era príncipe de Mon***, es decir, príncipe soberano extranjero, tenía formada tan elevada idea de Francia y de la dignidad de par, que todo lo veía al través de ellas, y solía decir: «Los cardenales son los pares de Francia de Roma; los lores son los pares de Francia de Inglaterra». Por lo demás, como la revolución en este siglo debe entrar en todas partes, aquel salón feudal estaba, según hemos dicho, dominado por un hombre de la clase media. El señor Gillenormand reinaba allí.

Aquélla era la esencia y la quinta esencia de la sociedad parisiense de la bandera blanca; allí se ponía en cuarentena todas las famas, aún cuando fueran realistas, puesto que en toda fama hay algo de anárquico. Chateaubriand entrando allí hubiera producido el efecto del padre Duchesne. Sin embargo, en esta sociedad ortodoxa, entraban por tolerancia, algunos arrepentidos. El conde Beug*** fué admitido á título de corrección.

Las tertulias «nobles» de hoy día, no se parecen á aquéllas en nada. El barrio de San Germán moderno, huele á hereje, y los realistas de ahora son demagogos; digámoslo en elogio suyo.

En casa de la baronesa de T., como la tertulia se componía de lo más superior, dominaba un gusto exquisito y altanero bajo la flor de una urbanidad refinada. Los hábitos y modales llevaban consigo toda clase de refinamientos involuntarios, que pertenecían al antiguo régimen enterrado, pero vivo. Algunas de aquellas maneras, en el lenguaje sobre todo, eran muy caprichosas; los observadores superficiales habrían tomado por provincialismo lo que no era más que antigualla. Llamábase á una dama «la señora generala»; y no era del todo inusitado llamar á otra «señora coronela». La simpática señora de León, en memoria sin duda, de las duquesas de Lougueville y de Chevreuse, prefería ese apelativo á su título de princesa. La marquesa de Créquy se había llamado también «señora coronela». Fué en este «gran mundo» quien inventó el refinamiento de decir siempre en las Tullerías, hablando al rey en intimidad, el rey en tercera persona, y no decir nunca «vuestra majestad», había sido «profanado por el usurpador».

Juzgábanse los hechos y los hombres; burlábanse del siglo, con lo cual quedaban dispensados de comprenderle; auxiliábanse en estas admiraciones y se comunicaban mutuamente la cantidad de luz que cada uno poseía. Matusalén enseñaba á Epiménides; el sordo ponía al corriente al ciego. Declarábase como no pasado el tiempo transcurrido desde Coblenza, y así como Luis XVIII estaba por la gracia de Dios en el vigésimo quinto año de su reinado, los emigrados se encontraban de derecho en el vigésimo quinto año de su adolescencia.

Todo era relativo; nada había vivido demasiado; la palabra era apenas un soplo; el periódico, de conformidad con la tertulia, parecía un papiro. No faltaban jóvenes, pero estaban casi muertos. En la antecámara, las libreas eran anticuadas; aquellos personajes, completamente pasados de moda, tenían criados de su época. Todo parecía que había vivido demasiado tiempo, luchando obstinadamente con el sepulcro.

Conservar, Conservación, Conservador. He aquí poco más ó menos todo su diccionario; oler bien era lo importante. Y en efecto; las opiniones de aquellos grupos venerables estaban amortizadas; sus ideas olían á nardo de embalsamar. Era aquél un mundo amomiado. Los amos estaban embalsamados, los criados rellenos de paja.

Una vieja y digna marquesa, recién llegada de la emigración y arruinada, no tenía más que una sirvienta y seguía diciendo: «Mis criados».

¿Qué hacían en la tertulia de la baronesa de T.? Eran ultras.

Ser ultra no tiene hoy significación, aunque lo que representa no haya desaparecido. Expliquémonos:

Ser ultra, es ir más allá; es hacer la guerra al cetro en nombre del trono, y á la mitra en nombre del altar; es maltratar lo que se arrastra; es arrear al tiro; es denigrar la hoguera por su decadencia en tostar herejes; es reprochar al ídolo su poca idolatría: es insultar por exceso de respeto; es no hallar en el papa bastante papismo, en el rey bastante realeza, y hallar demasiada luz en la noche; es estar descontento del alabastro, de la nieve, del cisne y de la azucena en nombre de la blancura; es ser partidario de las cosas hasta el punto de hacerse su enemigo; es llevar el pro hasta la contra.

El espíritu ultra caracteriza especialmente la primera fase de las Restauraciones.

No hay nada en la historia parecido al cuarto de hora que empieza en 1814 y termina en 1820, al advenimiento de Villèle, el hombre práctico de la derecha.

Estos seis años fueron un momento extraordinario, brillante y opaco al mismo tiempo, risueño y sombrío, iluminado como por la claridad del alba, y cubierto á la vez por las tinieblas de las grandes catástrofes que llenaban aún el horizonte, perdiéndose lentamente en lo pasado. Hubo allí, en aquella luz y en aquella sombra, un pequeño mundo nuevo y viejo, bufón y triste, juvenil y senil, restregándose los ojos, que nada se parece tanto al despertar como la vuelta de una emigración; grupo que miraba á Francia con recelo, y era mirado por Francia con ironía; viejos búhos aristócratas llenando las calles, los que aparecen y los aparecidos, «en lo antiguo» estupefactos de todo, valientes y nobles hidalgos que se sonreían de estar en Francia, y lloraban también sorprendidos de volverla á ver, desesperados por no encontrar ya su monarquía; la nobleza de las cruzadas, despreciando á la nobleza del Imperio, es decir, á la nobleza de la espada; las razas históricas que habían perdido la significación de la historia; los hijos de los compañeros de Carlo Magno, menospreciando á los compañeros de Napoleón. Las espadas, como acabamos de decir, se enviaban recíprocamente el insulto; la espada de Fontenoy era objeto de risa, y estaba cubierta de orín; la espada de Marengo era odiosa, y no se veía en ella más que un sable. El Antiguamente desconociendo el Ayer.

No se tenía el sentimiento de lo grande ni el sentimiento de lo ridículo, y hubo quien llamó Scapin á Bonaparte. Aquel mundo no existe ya; nada queda de él. Cuando por casualidad sacamos de él alguna figura, y tratamos de hacerla revivir en la imaginación, nos parece tan extraña como un mundo antidiluviano; y es que, en efecto, ha sido sumergida también por un diluvio. Ha desaparecido bajo dos revoluciones. ¡Qué olas tan poderosas son las ideas! ¡Cómo cubren rápidamente todo lo que deben destruir y sepultar en cumplimiento de su misión; y que pronto abren terribles profundidades!

Tal era la fisonomía de las tertulias de aquellos tiempos lejanos y cándidos en que Martainville tenía más ingenio que Voltaire.

Aquellas tertulias tenían una literatura y una política propias. Creíase en Fiévée; Agier imponía la ley; comentábase á Colnet, publicista que vendía libros viejos en el muelle Malaquais. Napoleón era reconocido solamente por el ogro de Córcega. Más tarde fué una concesión al espíritu del siglo el introducir en la historia al señor de Bonaparte, teniente general de los ejércitos del rey.

Aquellas tertulias no se conservaron mucho tiempo puras. Desde 1818 empezaron á germinar en ellas algunos doctrinarios, matiz sospechoso que tenía por sistema ser realista, disculpándose de serlo. Los doctrinarios estaban avergonzados donde los ultras triunfaban. Tenían talento, y guardaban silencio; su dogma político estaba convenientemente aderezado de gravedad; debían por lo tanto, triunfar. Hacían, por otra parte, útiles excesos de corbata blanca y frac abotonado. El error ó la desgracia del partido doctrinario ha sido crear una juventud envejecida. Tomaban actitudes de sabios; soñaban en injertar en el principio absoluto y excesivo, un poder templado. Oponían, y á veces con rara inteligencia, al liberalismo demoledor un liberalismo conservador, y se les oía decir:

«Perdón para el realismo: nos ha hecho más de un beneficio. Nos ha traído de nuevo la tradición, el culto, la religión, el respeto; es fiel, valiente, caballeresco, amante y rendido. Viene á mezclar, no sin pesar, las nuevas grandezas de la nación con las grandezas seculares de la monarquía. Tiene la desgracia de no comprender la Revolución, el Imperio, la gloria, la libertad, las nuevas ideas, las nuevas generaciones, el siglo. Pero este defecto que tiene respecto de nosotros, ¿no le tenemos nosotros algunas veces también respecto de él? La Revolución de la que somos herederos, debe tener conocimiento de todo. El contrasentido del liberalismo es atacar al realismo. ¡Qué falta! ¡Qué ceguera!

«La Francia revolucionaria no respeta á la Francia histórica; es decir, á su madre; esto es, á sí misma. Desde el 5 de septiembre se trata á la nobleza de la monarquía como desde el 8 de julio se trataba á la nobleza del Imperio. Ellos han sido injustos para con el águila; nosotros lo somos para con la flor de lis. ¡Se desea, pues, tener siempre algo que proscribir! ¿Desdorar la corona de Luis XIV, raspar el escudo de Enrique IV es útil por ventura? ¡Nos burlamos de Vaublauc, que borraba las NN. del puente del Jena! ¿Y qué hacía? Lo que hacemos nosotros. Bouvines nos pertenece lo mismo que Marengo; y las flores de lis lo mismo que las NN. Éste es nuestro patrimonio. ¿Por qué mermarlo? No debemos renegar de la patria por lo pasado ni por lo presente. ¿Por qué no hemos de admitir toda la historia? ¿Por qué no hemos de amar á toda la Francia?»

De este modo criticaban y protegían los doctrinarios el realismo: descontentos porque le criticaban, furiosos porque le protegían.

Los ultras señalaron la primera época del realismo; la congregación caracterizó la segunda. Á la pasión sucedía la habilidad. Terminemos aquí nuestro bosquejo.

En el curso de esta narración, el autor de este libro ha encontrado en su camino ese punto curioso de la historia contemporánea; y al pasar, ha debido dirigirle una mirada, y trazar alguno de los perfiles singulares de aquella sociedad desconocida hoy. Pero lo hace rápidamente, y sin ninguna idea amarga ó irrisoria. Algunos recuerdos afectuosos y respetuosos, pues que se refieren á su madre, le unen á ese pasado. Por otra parte, debemos consignarlo, aquel pequeño mundo tenía su grandeza. Podemos sonreirnos; pero no despreciarle ni odiarle. Era la Francia de otros tiempos.

Mario Pontmercy hizo, como todos los niños, ciertos estudios. Al salir de las manos de su tío Gillenormand, su abuelo le entregó á un digno profesor de la más pura inocencia clásica, y aquella alma joven que empezaba á abrirse, pasó de una mojigata á un pedante. Mario pasó los años de colegio para entrar luego en la escuela de jurisprudencia. Era realista, fanático y austero. Amaba poco á su abuelo, cuya alegría y cinismo le desagradaban, y era sombrío con respecto á su padre.

Por lo demás, era un mozo entusiasta y frío, noble, generoso, altivo, religioso, exaltado, digno hasta la dureza, puro hasta el salvajismo.

IV =Fin del bandido=

La terminación de los estudios clásicos de Mario coincidió con la despedida de la sociedad del señor Gillenormand. El viejo dió un adiós al barrio de San Germán y á las reuniones de la baronesa de T., yendo á establecerse en el Marais en su casa de la calle de las Hijas del Calvario. Allí tenía por criados, además del portero, á la doncella Nicolasita, que había sucedido á la Magnón, y á aquel vasco finchado y cansino, de que hemos hablado anteriormente.

En 1827 Mario acababa de cumplir diez y siete años. Un día, al volver á su casa, vió á su abuelo con una carta en la mano.

--Mario,--dijo el señor Gillenormand,--mañana saldrás para Vernón.

--¿Para qué?--preguntó Mario.

--Para ver á tu padre.

Mario se estremeció.

En todo había pensado, menos en que podría llegar un día en que tuviese que ver á su padre. No podía ocurrirle nada más inesperado, más sorprendente, y digámoslo también, más desagradable. Era la antipatía obligada á convertirse en simpatía; no era un disgusto, pero sí un trabajo pesado.

Mario, además de sus motivos de antipatía política, estaba convencido de que su padre, el acuchillador, como le llamaba Gillenormand en sus días de mayor afabilidad, no le amaba; esto era evidente, puesto que así le había abandonado y entregado á otras manos. Creyendo que no era amado, no amaba. Nada más natural, se decía á sí mismo.

Se quedó tan estupefacto, que no preguntó nada al señor Gillenormand. El abuelo añadió:

--Parece que está enfermo, y te manda llamar.

Y después de un rato de silencio añadió:

--Saldrás mañana por la mañana. Creo que hay en la plazuela de las Fuentes una diligencia que sale á las seis y llega por la noche. Toma billete. Dice que corre prisa.

Después arrugó la carta y se la metió en el bolsillo. Mario hubiera podido partir aquella misma noche y estar al lado de su padre al día siguiente por la mañana, porque salía entonces de la calle Bouloy una diligencia que iba de noche á Ruán, pasando por Vernón.

Pero ni el señor Gillenormand ni Mario pensaron en informarse.

Al día siguiente al anochecer llegaba Mario á Vernón. Principiaban á encenderse las luces. Preguntó al primer transeunte: «¿La casa del señor Pontmercy?...».

Porque interiormente profesaba las ideas de la Restauración, no reconocía por lo tanto en su padre al barón ni al coronel.

Se le indicó la casa. Llamó; fué á abrir una mujer con una lamparilla en la mano.

--¿El señor Pontmercy?--preguntó Mario.

La mujer permaneció inmóvil.

--¿Está aquí?--preguntó Mario.

La mujer hizo con la cabeza un signo afirmativo.

--¿Puedo hablarle?

La mujer hizo un signo negativo.

--¡Es que soy su hijo!--dijo Mario.--Me espera.

--Ya no os espera,--dijo la mujer.

Mario observó entonces que la mujer lloraba.

Ésta le señaló con el dedo la puerta de una sala baja, donde entró.

En aquella sala, iluminada por una vela de sebo colocada sobre la chimenea, había tres hombres; uno de pie, otro de rodillas y otro en camisa y tendido sobre los ladrillos.

Éste era el coronel.

Los dos primeros eran un médico el uno, y un sacerdote que estaba orando el otro.

El coronel había sido atacado hacía tres días por una fiebre cerebral; al principio de la enfermedad tuvo un presentimiento fatal, y escribió al señor Gillenormand llamando á su hijo.

El mal había ido en aumento; y el día mismo de la llegada de Mario á Vernón, el coronel había tenido un acceso de delirio. Habíase levantado del lecho y á pesar de los esfuerzos de la criada, gritando: ¡Mi hijo no viene! ¡Voy á buscarle! Había salido de su cuarto, cayendo sobre los ladrillos de la antesala. Acababa de espirar.

Habían sido llamados el médico y el cura; pero así el médico como el cura llegaron tarde.

También había llegado tarde el hijo.

Á la luz crepuscular de la vela se distinguía en la mejilla del yaciente y pálido coronel, una gruesa lágrima que había salido de los ojos del muerto. Su mirada se había apagado, pero la lágrima no se había secado aún. Aquella lágrima era la tardanza de su hijo.

Mario contempló á aquel hombre, á quien veía por primera y última vez; aquella fisonomía venerable y varonil, aquellos ojos abiertos que no miraban, aquellos cabellos blancos, aquellos miembros robustos, en los que se veían en distintos puntos líneas obscuras que eran sablazos, y unas como estrellas rosadas, que eran agujeros de balas. Contempló aquella enorme cicatriz que imprimía un sello de heroísmo en aquella frente, marcada por Dios con el sello de la bondad. Pensaba en que aquel hombre era su padre, y en que estaba muerto; y él permaneció frío.

La tristeza que experimentó fué la misma que hubiera sentido ante otro cualquier muerto.

Y sin embargo, en aquella sala se respiraba un profundo dolor. La criada sollozaba en un rincón, el cura rezaba y se le oía sollozar también, el médico se secaba las lágrimas, el cadáver lloraba igualmente.

Aquel médico, aquel cura y aquella mujer miraban á Mario al través de su aflicción sin decir una palabra. Él era allí el extraño.

Mario, escasamente conmovido, avergonzado, y en una situación embarazosa, tenía el sombrero en la mano, y le dejó caer al suelo para hacer creer que el dolor le quitaba la fuerza necesaria para sostenerle.

Al mismo tiempo sentía como un remordimiento, y se avergonzaba de obrar así. Pero ¿era suya la culpa? No amaba á su padre. ¡Y qué!

El coronel no dejaba nada. La venta de sus muebles apenas pagaba el entierro.

La criada encontró un pedazo de papel, que entregó á Mario, en el cual estaba escrito lo siguiente, de mano del coronel:

«Para mi hijo.--El emperador me hizo barón en el campo de batalla de Waterloo. La Restauración me niega este título que he comprado con mi sangre; mi hijo le tomará y le llevará. No hay que decir que será digno de él». Á la vuelta, el coronel había añadido:

«En la misma batalla de Waterloo, un sargento me salvó la vida: se llamaba Thénardier. Creo que últimamente tenía una posada en un pueblo de los alrededores de París, en Chelles ó en Montfermeil. Si mi hijo le encuentra, haga en su favor todo cuanto pueda».

No por veneración á su padre, sino por ese vago respeto á la muerte, que tan imperiosamente vive en el corazón del hombre, Mario tomó el papel y se lo guardó.

Nada quedaba del coronel. El señor Gillenormand mandó vender á un prendero su espada y su uniforme. Los vecinos devastaron el jardín y saquearon las flores más raras; las demás plantas se convirtieron en abrojos y maleza, y murieron.

Mario, sólo permaneció cuarenta y ocho horas en Vernón. Después del entierro volvió á París, y se entregó de nuevo al estudio de las leyes, sin pensar más en su padre, como si jamás hubiera existido.

Á los dos días estaba enterrado el coronel, y á los tres olvidado.

Mario llevaba una gasa en el sombrero. Esto fué todo.

V =Utilidad del ir á misa para hacerse revolucionario=

Mario había conservado las costumbres religiosas de su infancia. Un domingo que fué á oir misa á San Sulpicio, á la misma capilla de la Virgen á que le llevaba su tía cuando era pequeño, estaba distraído y más pensativo que de costumbre; se había colocado detrás de un pilar, arrodillándose, sin advertirlo, sobre una silla de terciopelo de Utrech, en cuyo respaldo estaba escrito este nombre: Mabeuf, capillero.

En cuanto comenzó la misa, se presentó un anciano y dijo á Mario:

--Caballero, éste es mi sitio.

Mario se levantó enseguida, y el viejo se sentó en su silla.

Acabada la misa, Mario permanecía reflexivo á algunos pasos de distancia; el viejo se le acercó otra vez y le dijo:

--Os pido perdón, caballero, por haberos distraído antes y de distraeros todavía un momento; pero tal vez me habréis creído impertinente, y debo daros una explicación.

--Es inútil, caballero,--dijo Mario.

--¡Oh!--contestó el viejo.--No quiero que forméis mal concepto de mí. Este sitio es el mío. Me parece que desde él encuentro la misa mejor. ¿Por qué? Voy á decíroslo. Á este mismo sitio he visto venir por espacio de diez años, cada dos ó tres meses regularmente, á un pobre padre que no tenía otro medio ni otra oportunidad de ver á su hijo, porque se lo impedían cuestiones de familia. Venía á la hora en que sabía que acompañaban á su hijo á misa. El niño no sabía que su padre estaba aquí; ni aún sabía tal vez el inocente que tuviese un padre. El padre se ponía detrás de una columna para que no le viesen; contemplaba á su hijo y lloraba. ¡Cuánto adoraba al niño aquel pobre hombre! Yo lo veía. Ese sitio resulta como santificado para mí, y he tomado la costumbre de oir misa en él. Le prefiero al banco de obra, que tengo derecho á ocupar. Traté un poco al caballero de quien os hablo. Tenía un suegro y una tía rica, y parientes que creo amenazaban desheredar al hijo si veía á su padre. Y él se sacrificaba, porque su hijo fuése algún día rico y feliz. Les separaban opiniones políticas. No desapruebo yo el que se tengan opiniones políticas; pero hay personas que no saben contenerse prudentemente. ¡Dios mío! Porque un hombre haya estado en Waterloo, no es un monstruo; por esto no se debe separar á un padre de su hijo. Era un coronel de Bonaparte, que ha muerto, según creo. Vivía en Vernón, donde tengo un hermano cura; se llamaba algo así como Pontmarle ó Montpercy. Tenía, por cierto, una gran cicatriz de un sablazo.

--Pontmercy,--dijo Mario, palideciendo.

--Precisamente, Pontmercy. ¿Le habéis conocido?

--Caballero,--dijo Mario,--era mi padre.

El anciano obrero juntó las manos y exclamó:

--¡Ah, sois vos su hijo! Sí, esto es, ahora debe ser un hombre ya. Pues bien; podéis decir que habéis tenido un padre que os quiso mucho.

Mario ofreció su brazo al anciano, y le acompañó hasta su casa.

Al día siguiente dijo al señor Gillenormand:

--Hemos arreglado con algunos amigos una partida de caza. ¿Permitís que me ausente por tres días?

--¡Por cuatro!--respondió el abuelo.--Anda, diviértete.

Y guiñando el ojo, dijo en voz baja á su hija:

--¡Algún amorcillo!

VI =Consecuencias de haber encontrado á un capillero=

Á dónde fué Mario, más adelante se verá.

Mario estuvo tres días ausente; después volvió á París, se fué directamente á la biblioteca de la escuela de Jurisprudencia, y pidió la colección del Monitor.

Leyó el Monitor; leyó la historia de la República y del Imperio, el Memorial de Santa Elena, todas las memorias, todos los periódicos, todos los boletines, todas las proclamas, todo lo devoró. La primera vez que encontró el nombre de su padre en los boletines del gran ejército, tuvo calentura toda una semana. Visitó á los generales á cuyas órdenes había servido Jorge Pontmercy, y entre otros al conde H. El capillero Mabeuf, á quien fué á ver también, le contó la vida de Vernón, el retiro del coronel, sus flores, su soledad. Mario llegó á conocer perfectamente á aquel hombre raro, sublime y amable, á aquella especie de león-cordero, que había sido su padre.

Mientras estaba ocupado en este estudio, que consumía todo su tiempo y todos sus pensamientos, casi no veía á los Gillenormand.

Á las horas de comer aparecía; después, si se le buscaba, no estaba en casa. La tía murmuraba. El abuelo Gillenormand se sonreía:

--¡Bah! ¡bah! ¡Es la edad de los amoríos!--Algunas veces añadía el viejo:

--¡Diablo! Creía que era ello un galanteo, pero voy viendo que es una pasión.

Era efectivamente una pasión; Mario iba adorando á su padre.

Al propio tiempo se verificaba un cambio extraordinario en sus ideas. Las fases de este cambio fueron numerosas y sucesivas. Como es ésta la historia de muchos espíritus de nuestra época, creemos útil seguir estas frases paso á paso, é indicarlas todas.

Aquella historia en que había fijado los ojos le azoraba.

El primer efecto fué un deslumbramiento.

La República y el Imperio no habían sido para él hasta entonces más que palabras monstruosas. La República, una guillotina entre crepúsculos; el Imperio, un sable en plena noche. Pero acababa de ver ambas cosas, y donde no esperaba encontrar más que un caos de tinieblas, había visto, con cierta sorpresa inaudita, mezclada de temor y alegría, brillar astros como Mirabeau, Vergniaud, Saint Just, Robespierre, Camille Desmoulins, Dantón, y despuntar un sol: Napoleón. No sabía dónde estaba y retrocedía ciego ante tanta luz. Poco á poco fué pasando el asombro, acostumbróse á aquel esplendor, consideró los actos sin pasión, examinó á los hombres sin terror; la Revolución y el Imperio aparecieron luminosamente en perspectiva ante sus ojos, y vió á cada uno de aquellos dos grupos de sucesos y de hombres reunirse en dos grandes hechos; la República en la soberanía del derecho cívico restituido á las masas; el Imperio en la soberanía de la idea francesa impuesta á Europa; y vió salir de la Revolución la gran figura del pueblo, y del Imperio la gran figura de la Francia. Y declaró en su conciencia que todo aquello había sido bueno.

Lo que pasó desapercibido á su deslumbramiento en esta primera apreciación demasiado sintética, no creemos del caso consignarlo aquí. Lo que pintamos es el estado de un espíritu en marcha; y los progresos no se hacen en una etapa. Dicho esto de una vez para siempre, así por lo precedente como para lo sucesivo, continuemos.

Entonces conoció que hasta aquel momento no había comprendido ni á su patria ni á su padre. No había conocido á la una ni al otro; había tenido una especie de velo voluntario ante los ojos.

Ahora veía claro; y por una parte admiraba y adoraba por otra.

Estaba agobiado de pesares y de remordimientos; pensaba desesperado que no podía decir todo lo que tenía en el alma sino á una tumba. ¡Oh! si su padre hubiera vivido, si le tuviera todavía: si Dios, compadecido y bondadoso, hubiera permitido que viviese aún, ¡cómo habría corrido, cómo se habría precipitado, cómo habría gritado á su padre!: ¡Padre! ¡Mírame! ¡Soy yo! ¡Yo, que tengo tu mismo corazón! ¡Soy tu hijo! ¡Cómo habría abrazado su encanecida frente, inundado sus cabellos de lágrimas, contemplado su cicatriz, estrechado sus manos, adorado sus vestidos, besado sus plantas! ¡Oh! ¡Por qué había muerto su padre tan pronto, antes de tiempo, antes de la justificación, antes del amor de su hijo! Mario tenía un eterno sollozo en su corazón, que exhalaba á cada instante un ¡ay! Al mismo tiempo se hacía más formal, más grave; se afirmaba en su fe y en su modo de pensar. Á cada momento venía un nuevo rayo de luz de la verdad á completar su razón; verificábase en él como un crecimiento interior. Sentía una especie de engrandecimiento natural, producido por dos cosas nuevas para él: su patria y su padre.

Como sucede cuando se posee una clave, todo se abría para él; se explicaba lo que había odiado, y penetraba en lo que había aborrecido. Veía claramente el sentido providencial, divino y humano de las grandes cosas que le habían inducido á detestar, y de los grandes hombres á quienes le habían enseñado á maldecir. Cuando pensaba en sus antiguas ideas, que no eran más que de ayer, y que sin embargo le parecían rancias, se indignaba y sonreía.

De la rehabilitación de su padre había pasado, naturalmente, á la rehabilitación de Napoleón.

Sin embargo, debemos decir, que ésta no se había verificado sin esfuerzo.

Desde la infancia se le había imbuido de las opiniones que el partido de 1814 había formado de Bonaparte. Ahora bien; todas las precauciones de la Restauración, sus intereses y sus instintos tendían á desfigurar á Napoleón. Le execraba más todavía que á Robespierre; se había explotado hábilmente el cansancio de la nación y el odio de las madres. Bonaparte había llegado á ser una especie de monstruo casi fabuloso, y para presentarle á la imaginación del pueblo, que, como hemos indicado hace poco, se parece á la imaginación de los niños, el partido de 1814 hacía aparecer sucesivamente espantosos todos los disfraces, desde lo terrible, sin dejar de ser grandioso, hasta lo terrible que llega á ser grotesco; desde Tiberio al Coco.

Así es, que hablando de Bonaparte, cada uno podía libremente llorar ó reventar de risa, con tal que le odiase. Mario no había tenido nunca acerca de aquel hombre--como le llamaban--otras ideas que ésas, las cuales se habían combinado en su espíritu con la tenacidad propia de su carácter. Había realmente en su interior otro pisaverde testarudo que odiaba á Napoleón.

Pero leyendo la historia, estudiándola en los documentos y en los materiales, se fué rasgando poco á poco el velo que cubría á Napoleón á los ojos de Mario.

Entrevió primero algo inmenso, y sospechó que se había engañado acerca de Bonaparte como en lo demás; cada día veía más claro, y empezó á subir lentamente, paso á paso, primero casi con sentimiento, y después con embriaguez y como atraído por una fascinación irresistible, los escalones sombríos, luego los alumbrados vagamente, y por último los luminosos y espléndidos del entusiasmo.

Una noche estaba solo en su cuartito, junto al tejado. La vela estaba encendida; leía, apoyado de codos en la mesa, al lado de la ventana abierta. Una multitud de pensamientos surgiendo del espacio, iban á mezclarse con sus ideas. ¡Qué espectáculo es la noche!

Óyense ruidos sordos sin saber de dónde vienen; se ve resplandecer como un ascua entre cenizas á Júpiter, que es mil doscientas veces más grande que la tierra; el azul es negro, las estrellas brillan; es imponente.

Leía los boletines del gran ejército, aquellas estrofas homéricas escritas sobre el campo de batalla; veía en ellos por intervalos el nombre de su padre, y siempre el nombre del emperador; aparecía á sus ojos todo el gran imperio, sentía como una marea que se elevase en su interior; en algunos momentos le parecía que pasaba su padre á su lado como un soplo y le hablaba al oído; íbase abstrayendo poco á poco; creía oir los tambores, el cañón, las cornetas, el paso regular de los batallones, el galope sordo y lejano de la caballería; de cuando en cuando sus ojos se elevaban al cielo, y veía brillar en las profundidades sin fondo las constelaciones colosales; bajábalos después al libro, viendo moverse confusamente otras cosas colosales. Tenía el corazón oprimido. Estaba transportado, tembloroso, anhelante. De pronto, sin saber él mismo lo que por él pasaba, ni á qué fuerza secreta obedecía, se levantó, extendiendo ambos brazos fuera de la ventana, miró fijamente á la sombra, al silencio, al tenebroso infinito, á la inmensidad eterna, y gritó: ¡Viva el emperador!

Desde aquel momento todo estaba dicho: el ogro de Córcega,--el usurpador,--el tirano,--el monstruo, que había sido amante de sus hermanas--el histrión, que recibía lecciones de Talma,--el envenenador de Jafa,--el tigre,--Buonaparte,--todo esto se desvaneció abriendo campo en su espíritu á un vago y luciente fulgor, que alumbraba hasta una altura inaccesible el pálido fantasma de mármol de César. El emperador no había sido para su padre sino el querido capitán á quien admiraba, y por quien se sacrificaba el soldado; para Mario fué algo más; fué el constructor predestinado del grupo francés, sucediendo al grupo romano en la dominación del universo; fué el prodigioso arquitecto de un cataclismo, el continuador de Carlo-Magno, de Luis XI, de Enrique VI, de Richelieu, de Luis XVI y del comité de Salvación pública; teniendo sin duda sus defectos, sus faltas, sus crímenes, es decir, siendo hombre: pero augusto en sus faltas, brillante en sus defectos, poderoso en sus crímenes.

Fué el hombre predestinado que obligó á todas las naciones á decir:--la gran nación;--fué más todavía, fué la encarnación de Francia, conquistando la Europa con la espada, y el mundo con la luz que despedía. Mario vió en Bonaparte el espectro deslumbrador que se levantará siempre en la frontera y guardará el porvenir. Déspota, pero dictador; déspota resultante de una república, y simbolizando una revolución: Bonaparte fué para él, el hombre pueblo, así como es Jesús el Hombre-Dios.

Vese, pues, que, al igual de todos los recién convertidos á una religión, su conversión le embriagaba; le precipitaba y llevaba quizá demasiado lejos su adhesión. Su índole era ésta; puesto en una pendiente le era casi imposible detenerse. El fanatismo por el sable le arrebataba; y se complicaba en su espíritu con el entusiasmo por la idea. No conocía que con el genio admiraba juntamente la fuerza, es decir, que instalaba en los dos recintos de su idolatría lo divino y lo brutal. Bajo diversos conceptos, habíase equivocado nuevamente.

Todo lo admitía. Tal es el modo de encontrar el error en el camino por donde se busca la verdad. Tenía cierta buena fe violenta, que todo lo abrazaba en conjunto. Así en la nueva vía en que había entrado, al juzgar los errores del antiguo régimen, lo mismo que al medir la gloria de Napoleón, despreciaba las circunstancias atenuantes.

Sea como fuere, Mario había dado un gran paso. Donde viera antes la caída de la monarquía, veía ahora el porvenir de Francia. Había cambiado de orientación. Lo que había sido el Ocaso era el Levante. Dió una vuelta en redondo.

Verificábanse en él todas estas revoluciones sin que su familia lo sospechase.

Cuando en esta misteriosa tarea hubo perdido del todo su antigua piel de borbónico y de ultra; cuando se despojó del traje de aristócrata, de jacobino y de realista; cuando fué completamente revolucionario, profundamente demócrata y casi republicano, fué á casa de un grabador de la calle de Orfêvres y mandó hacer cien tarjetas con su nombre, en que se leía: «El barón Mario de Pontmercy».

Lo cual era una consecuencia lógica del cambio que se había operado en él; cambio en que todo gravitaba al rededor de su padre.

Solamente que como no conocía á nadie, y no podía dejar las tarjetas en ninguna portería, se las guardó en el bolsillo.

Por otra consecuencia natural, á medida que se aproximaba á su padre, á su memoria, á las cosas por las que el coronel había peleado veinticinco años, se iba alejando de su abuelo. Ya lo hemos dicho, desde muy antiguo no gustaba del carácter del viejo Gillenormand. Entre ambos había ya todas las disonancias que puede haber entre un joven grave y un viejo frívolo. La alegría de Geronte choca y exaspera á la melancolía de Werther. Mientras habían sido comunes en ellos las opiniones políticas y las ideas, Mario se había encontrado como en un puente con el señor Gillenormand; mas cuando ese puente se hundió, los separó el abismo. Además, Mario sentía inexplicables impulsos de rebelión cuando recordaba que el señor Gillenormand, por motivos estúpidos, le había apartado sin piedad del coronel, privando al hijo del padre y al padre del hijo.

Á fuerza de lástima por su padre, había casi llegado á tener aversión á su abuelo.

Pero nada de esto, como hemos dicho, se traslucía exteriormente. Tan sólo se mostraba más frío de día en día, más lacónico en la mesa, y con más frecuencia se ausentaba de la casa. Cuando su tía le reprendía era muy respetuoso, y daba por pretexto sus estudios, el curso, los exámenes, las conferencias, etc.

El abuelo no salía de su infalible diagnóstico:--¡Enamorado! Ya conozco eso.

Mario hacía de cuando en cuando algunas escapatorias.

--Pero ¿adónde va?--preguntaba la tía.

En uno de estos viajes, siempre cortos, fué á Montfermeil para cumplir la indicación que su padre le había hecho, y buscó al antiguo sargento de Waterloo, al posadero Thénardier. Thénardier había quebrado; la posada estaba cerrada, y nadie sabía qué había sido de él. Mario, con motivo de estas investigaciones, estuvo cuatro días fuera de su casa.

--Decididamente,--dijo el abuelo,--se extravía.

Habíase creído adivinar que llevaba bajo la camisa, y sobre el pecho, algo sujeto con una cinta negra que pendía del cuello.

VII =Algún amorcillo=

Hemos hablado de un lancero.

Era un tercer sobrino del señor Gillenormand por parte de padre, el cual llevaba, lejos de la familia y del hogar doméstico, la vida de guarnición. El teniente Teódulo Gillenormand tenía todas las condiciones necesarias para ser lo que se llama un lindo oficial. Tenía «el talle de una señorita», cierto modo de arrastrar el sable, y llevaba el bigote retorcido. Iba raras veces á París, tanto, que Mario no le había visto nunca. Los dos primos sólo se conocían de nombre.

Teódulo era, según creemos haber dicho ya, el favorito de la tía Gillenormand, que le prefería; porque no le veía. No ver á las gentes permite suponerles todas las perfecciones. Una mañana la señorita Gillenormand mayor entró en su cuarto tan conmovida como podía estarlo su placidez. Mario acababa de pedir á su abuelo permiso para hacer un viaje, diciendo que pensaba partir aquella misma noche. ¡Anda! le había respondido el abuelo. Y Gillenormand había añadido aparte, arqueando las cejas hacia lo alto de la frente: ¡Duerme fuera y reincide! La señorita Gillenormand había subido á su cuarto muy cavilosa, dejando escapar en la escalera esta exclamación:--«¡Es ya mucho!». Y esta interrogación:--«¿Pero adónde va?». Entreveía alguna aventura de corazón más ó menos ilícita, alguna mujer en la sombra, una cita, un misterio, y no le hubiera disgustado haberle podido echar el lente. Gustar un misterio es como alcanzar las primicias de un escándalo: y esto no lo detestan las almas más santas. Hay en los secretos receptáculos de la mojigatería, cierta curiosidad por el escándalo.

Veíase, pues, dominada por el vago apetito de saber una historia.

Para distraerse de esta curiosidad, que la agitaba un poco más de lo acostumbrado, había echado mano de sus habilidades, y se había puesto á festonear con algodón, y sobre algodón, uno de esos bordados del Imperio y de la Restauración, en que se ven muchas ruedas de cabriolé. Obra chabacana, obrera ruda. Estaba hacía algunas horas sentada en su silla, cuando se abrió la puerta. La señorita Gillenormand levantó la nariz; el teniente Teódulo estaba en su presencia, haciéndole el saludo de ordenanza. Lanzó ella un grito de alegría. Se puede ser vieja, mojigata, devota y tía; pero no hay mujer que no se alegre el ver entrar en su cuarto un lancero.

--¡Tú aquí, Teódulo!--exclamó.

--De paso, tía.

--¡Pero, abrázame!

--¡Ya está!--dijo Teódulo.

Y la abrazó. La tía Gillenormand fué á su secreter, y lo abrió.

--¿Te quedarás con nosotros una semana al menos?

--Tía mía, parto de nuevo esta misma tarde.

--¡No es posible!

--Matemáticamente.

--Quédate, Teodulito; yo te lo ruego.

--El corazón dice sí; pero la consigna contesta que no. La historia es muy sencilla. Nos mudan de guarnición; estábamos en Melún, y nos llevan á Gaillón. Para ir de la antigua guarnición á la nueva hay que pasar por París, y he dicho: «Voy á ver á mi tía».

--Toma por la molestia.

Y le puso diez luises de oro en la mano.

--Por la satisfacción querréis decir, querida tía.

Teódulo la abrazó por segunda vez, y ella tuvo el gusto de rozar un poco el cuello con los cordones del uniforme.

--¿Haces el viaje á caballo con tu regimiento?--le preguntó ella.

--No, tía. He querido visitaros, y he sacado para ello un permiso especial. El asistente lleva mi caballo, y yo iré en la diligencia. Y á propósito, tengo que preguntaros una cosa.

--¿Cuál?

--¿Está de viaje también mi primo Mario Pontmercy?

--¿Cómo sabes tú eso?--dijo la tía, excitada súbitamente en lo más vivo de su curiosidad.

--Al llegar he ido á tomar mi billete de berlina en la diligencia.

--¿Y qué?

--Que había ya ido un viajero á tomar un asiento del imperial, y he visto su nombre en la hoja de la administración.

--¿Qué nombre?

--Mario Pontmercy.

--¡Ah, pícaro!--exclamó la tía.--Tu primo no es muchacho juicioso como tú. ¡Decir que va á pasar la noche en diligencia!

--Como yo.

--Pero tú es por obligación, y él por desorden.

--¡Caracoles!--prorrumpió Teódulo.

En esto se le ocurrió una idea á la señorita Gillenormand mayor. Si hubiera sido hombre, se habría dado una palmada en la frente. Y dirigiéndose bruscamente á Teódulo le dijo:

--¿Sabes que tu primo no te conoce?

--No. Yo por mi parte le he visto; pero él nunca se ha dignado fijarse en mí.

--¿Y vais á viajar juntos?

--Él en el imperial y yo en la berlina.

--¿Adónde va esa diligencia?

--Á los Andelys.

--¿Y va allí Mario?

--Sí, á no ser que haga lo que yo, y se quede en el trayecto. Yo bajo en Vernón para tomar el coche de Gaillón. Ignoro el itinerario de Mario.

--¡Mario! ¡Qué nombre tan feo! ¡Qué ocurrencia la de ponerle Mario! ¡Pero tú al menos te llamas Teódulo!

--Preferiría llamarme Alfredo,--dijo el oficial.

--Oye, Teódulo.

--Ya oigo, tía.

--Préstame atención.

--Estoy atento...

--¿Estás?

--Estoy.

--Pues bien; Mario hace escapatorias.

--¡Eh! ¡Eh!

--Viaja.

--¡Ah! ¡Ah!

--Duerme fuera de casa.

--¡Oh! ¡Oh!

--Quisiéramos saber la causa.

Teódulo respondió con la calma de un hombre curtido:

--Cuestión de faldas.

Y con esa risita entre cuero y carne que demuestra la certeza, añadió:

--Alguna muchacha.

--Es evidente,--dijo la tía, que creyó oir hablar al señor Gillenormand, y que sintió salir irresistiblemente su convicción de la palabra muchacha acentuada casi de la misma manera por el tío y el sobrino. Y añadió:

--Haznos un favor. Sigue un poco á Mario; esto te será fácil, porque no te conoce; y supuesto que hay muchacha de por medio, haz por conocerla. Nos escribirás la historieta, y se divertirá el abuelo.

Á Teódulo no le gustaba mucho este género de espionaje; pero habíanle conmovido los diez luises, y creía que podrían traer otros detrás de sí. Aceptó, pues, la comisión y dijo:

--Como usted quiera, tía.

Añadiendo para sí:

--Ya estoy convertido en chaperona.

La tía Gillenormand lo abrazó.

--No harías tú nunca esas extravagancias, Teódulo. Tú obedeces á la disciplina, eres esclavo de la consigna, eres hombre escrupuloso y fiel á tus deberes, y no abandonarías á tu familia por ir á ver á una muchachuela.

El lancero hizo una mueca de satisfacción parecida á la del ladrón Cartouche, elogiado por su probidad.

La noche que siguió á este diálogo, Mario subió á la diligencia sin sospechar que se le vigilaba. En cuanto al vigilante, lo primero que hizo fué dormirse. El sueño fué completo y concienzudo. Argos pasó roncando toda la noche.

Al despuntar el día, el mayoral de la diligencia gritó:--¡Vernón! ¡Relevo de Vernón! ¡Los viajeros de Vernón! Y el teniente Teódulo despertó.

--¡Bueno!--murmuró medio dormido aún;--aquí es donde me bajo.

Después empezó á despejársele la memoria poco á poco, y se acordó de su tía, de los diez luises, y de la promesa que había hecho de contar los hechos y los gestos de Mario. Esto le hizo reir.

--Ya no estará tal vez en el coche, pensó para sí abotonándose el levitín. Puede haberse quedado en Poissy y ha podido quedarse también en Triel; si no ha bajado en Meulán, puede haber bajado en Nantes á menos que no se haya apeado en Rolleboise, ó que no haya avanzado hasta Pacy, con la facultad de torcer allí á la izquierda hacia Evreux, ó á la derecha hacia Laroche-Guyón. Ya puede mi tía echarle un galgo. ¿Qué diablos voy á escribirle ahora á la buena vieja?

En este momento un pantalón negro que descendía del imperial apareció en la vidriera de la berlina.

--¿Mario será éste?--dijo el teniente.

En efecto, era Mario.

Al pie del coche, y mezclada con los caballos y los postillones, una muchachuela del lugar ofrecía flores á los viajeros, gritando:

--Flores para las señoras, caballeros.

Mario se acercó á la muchacha, y escogió las flores más hermosas de su cesta.

--Por de pronto,--dijo Teódulo, saltando de la berlina,--ya pica esto mi curiosidad. ¿Á quién diablos va á llevar esas flores? Preciso es que sea muy buena moza para que merezca tan lindo ramo. Quiero conocerla.

Y no tanto por mandato como por curiosidad particular, á semejanza de los perros que cazan por su cuenta, empezó á seguir á Mario.

Éste no fijó la atención en Teódulo. Bajaron de la diligencia algunas mujeres elegantes; Mario no las miró siquiera, parecía que no veía nada á su alrededor.

--¡Está enamorado!--pensó Teódulo.

Mario se dirigió hacia la iglesia.

--¡Perfectamente!--dijo Teódulo.--¡La iglesia! Esto es, Las citas sazonadas con un poco de misa son mejores. Nada tan exquisito como una mirada pasando por encima de Dios.

Mario llegó á la iglesia, pero no entró; dió la vuelta al exterior, y desapareció en el ángulo de uno de los estribos del ábside.

--La cita es fuera,--dijo.--Veremos la muchacha.

Y se adelantó de puntillas hacia el ángulo por donde había dado la vuelta Mario.

Al llegar allí, se quedó estupefacto.

Mario, con la frente entre ambas manos, estaba arrodillado sobre la yerba, junto á una tumba. Había deshojado el ramo. En el extremo de la fosa, en un relleno que indicaba la cabecera, había una cruz de madera negra con este nombre escrito en letras blancas: EL CORONEL BARÓN DE PONTMERCY. Oíase sollozar á Mario.

La chica era una tumba.

VIII =Mármol contra granito=

Allí era donde había ido Mario la primera vez que se ausentó de París. Allí iba cada vez que el señor Gillenormand decía: «Duerme fuera».

El teniente se quedó completamente desconcertado con el inesperado encuentro de un sepulcro; experimentó una sensación desagradable y singular, que le era imposible analizar, compuesta del respeto que inspira una tumba mezclado al respeto debido á un coronel. Retrocedió, pues, dejando á Mario solo en el cementerio, habiendo en su retirada algo de la disciplina. Presentósele la muerte con grandes charreteras, y casi le hizo el saludo militar. No sabiendo qué escribir á la tía, tomó el partido de no decirle nada; y probablemente no hubiera tenido consecuencia alguna el descubrimiento de Teódulo acerca de los amores de Mario, si por una de esas coincidencias misteriosas, tan frecuentes en la casualidad, la escena de Vernón no hubiese tenido, por decirlo así, una especie de resonancia en París.

Mario volvió de Vernón tres días después muy de mañana, llegó á casa de su abuelo, y cansado de las dos noches que había pasado en la diligencia, conociendo la necesidad de reparar su insomnio con una hora de escuela de natación, subió rápidamente á su cuarto, y sin emplear más tiempo que el necesario para quitarse el levitón de viaje y el cordón negro que llevaba al cuello, se fué á tomar el baño.

El señor Gillenormand se levantó temprano, como todos los viejos fuertes; le oyó entrar, y se apresuró á subir lo más pronto que pudo con sus viejas piernas la escalera del cuarto de Mario, al objeto de abrazarle é interrogarle al mismo tiempo para traslucir de dónde venía.

Pero el adolescente había empleado menos tiempo en bajar que el octogenario en subir, y cuando el abuelo Gillenormand entró en la buhardilla, ya Mario había salido.

La cama estaba sin tocar, viéndose sobre ella el levitón y el cordón negro.

--Prefiero esto,--dijo Gillenormand.

Y un momento después entró en la sala en que estaba sentada la señorita Gillenormand bordando sus ruedas de cabriolé.

La entrada fué triunfal.

El señor Gillenormand llevaba en una mano el levitón, y el cordón en la otra.

--¡Victoria!--exclamó.--¡Vamos á penetrar el misterio! ¡Vamos á saber lo fino del fin! Vamos á palpar el libertinismo de nuestro cazurro! ¡Ya tenemos aquí la novela! Tengo el retrato.

En efecto; del cordón pendía una cajita de tafilete negro, muy semejante á un medallón.

El viejo tomó esta caja, y la contempló algunos momentos sin abrirla, con ese aire de voluptuosidad, enajenamiento y cólera de un pobre diablo hambriento al oler una comida espléndidamente que no fuése para él.

--Porque esto, evidentemente es un retrato. Yo no me engaño. Esto se lleva tiernamente sobre el corazón. ¡Qué tontos son! ¡Algún espantoso mascarón, que hará temblar probablemente! ¡Los jóvenes tienen hoy tan mal gusto!...

--Veámosle, padre,--dijo la vieja solterona.

La caja se abrió apretando un resorte, pero no encontraron en ella más que un papel cuidadosamente doblado.

--De ella á él,--dijo Gillenormand echándose á reir.--Ya sé lo que es; ¡un billete amoroso!

--¡Ah, ya! ¡Leámosle!--dijo la tía. Y se puso los anteojos.

Desdoblaron el papel y leyeron esto:

--«Para mi hijo. El emperador me hizo barón en el campo de batalla de Waterloo. La restauración me niega este título que he comprado con mi sangre; mi hijo le tomará y le llevará. No hay que decir que será digno de él».

Lo que el padre y la hija sintieron entonces, no es para dicho. Se quedaron helados como por el soplo de una calavera. No cambiaron ni una palabra.

Solamente Gillenormand dijo en voz baja, y como hablando consigo mismo:

--Es la letra de aquel acuchillador.

La tía examinó el papel, le volvió en todos sentidos, colocándolo de nuevo en la cajita.

En aquel momento cayó al suelo, del bolsillo de la levita, un paquetito oblongo envuelto en un papel azul. La señorita Gillenormand le recogió, y desdobló el papel azul; eran las cien tarjetas de Mario.

Cogió una y se la dió al señor Gillenormand, que leyó. El barón Mario de Pontmercy.

El viejo llamó, y acudió Nicolasita.

Gillenormand cogió el cordón, la caja y la levita, lo tiró al suelo en medio de la sala, y dijo:

--Llévate esos arreos.

Pasó una hora larga de profundo silencio.

El viejo y la solterona se habían sentado de espaldas, uno á otro, pensando cada uno por su parte probablemente lo mismo. Al cabo de la hora, dijo la tía Gillenormand:

--¡Magnífico!

Algunos minutos después apareció Mario.

Estaba de vuelta.

Antes de haber atravesado el umbral del salón, distinguió á su abuelo que tenía en la mano una de sus tarjetas, quien, al verle, exclamó con su aire de superioridad plebeya y satírica, un tanto abrumadora:

--¡Vaya, vaya, vaya! Ahora eres barón. Te doy la enhorabuena. ¿Qué quiere decir esto?

Mario ruborizándose ligeramente, respondió:

--Esto quiere decir que soy hijo de mi padre.

Gillenormand dejó de reirse, y dijo duramente:

--Tu padre soy yo.

--Mi padre,--repuso Mario con los ojos bajos y aire reposado,--era un hombre modesto y heroico, que sirvió gloriosamente á la República y á la Francia; que fué grande en la historia más grande que hayan podido hacer los hombres; que vivió un cuarto de siglo en el campo de batalla; de día, bajo la metralla y las balas, y de noche entre la nieve, en el lodo y bajo la lluvia; que tomó dos banderas; que recibió veinte heridas; que ha muerto en el olvido y en el abandono, y que no cometió en su vida más que una falta: amar demasiado á dos ingratos, á su país y á mí.

Esto era más de lo que el señor Gillenormand podía oir. Á la palabra República se había levantado, ó por mejor decir, se había erguido repentinamente.

Cada una de las palabras que Mario acababa de pronunciar, había hecho en el rostro del viejo realista, el efecto del soplo de un fuelle de fragua sobre un tizón ardiente.

De sombrío había pasado á rojo, de rojo á purpúreo y de purpúreo á resplandeciente.

--¡Mario!--exclamó.--¡Abominable criatura! ¡Yo no sé lo que era tu padre! ¡No quiero saberlo! ¡No sé nada! ¡No lo sé! ¡Pero lo que sé es que entre esas gentes nunca hubo más que miserables; que todos ellos son unos perdidos, asesinos, gorros rojos, ladrones! ¡Digo que todos! ¡y lo repito; todos! ¡Yo no conozco á ninguno! ¡Repito que á ninguno! ¡Lo oyes Mario! Ya lo ves; eres tan barón como mi zapatilla. ¡Fueron todos bandidos, al servicio de Robespierre! ¡Forajidos, al servicio de Bu-o-na-parte! ¡Todos traidores, que vendieron, vendieron, vendieron á su rey legítimo! ¡Todos cobardes, que huyeron ante los prusianos y los ingleses en Waterloo! Esto es lo que sé. Si vuestro padre fué uno de ellos, lo ignoro, lo siento; tanto peor, servidor vuestro.

Á su vez fué Mario el tizón y Gillenormand el fuelle. Mario temblaba de pies á cabeza, no sabía qué hacer, ardía su cabeza. Era el sacerdote que ve arrojar al viento todas sus hostias, el faquir que ve á un pasajero escupir á su ídolo. Era imposible que se hubieran dicho tales cosas delante de él impunemente. ¿Pero qué hacer? Su padre acababa de ser pisoteado y humillado en su presencia; pero ¿por quién? Por su abuelo. ¿Cómo vengar el uno sin ultrajar al otro?

Le era igualmente imposible insultar al abuelo y dejar de vengar á su padre. De un lado una tumba sagrada; de otro unos cabellos blancos.

Estuvo unos instantes aturdido y vacilante, con aquel torbellino dentro de la cabeza; después levantó los ojos, y mirando fijamente á su abuelo, gritó con voz tonante:

--¡Abajo los Borbones! ¡Abajo ese cerdo de Luis XVIII!

Luis XVIII había muerto hacía cuatro años, pero á Mario esto le era indiferente.

El rostro del anciano pasó de escarlata al blanco, á un blanco superior al de sus cabellos. Y volviéndose hacia un busto del duque de Berry que estaba encima de la chimenea, le saludó respetuosamente con cierta majestad singular. Después pasó dos veces lentamente y en silencio desde la chimenea á la ventana, y de la ventana á la chimenea, atravesando toda la sala, y haciendo resonar el pavimento como una estatua de piedra andando. Á la segunda vez se inclinó ante su hija, que asistía á esta escena con el estupor de una oveja, y le dijo sonriéndose, con una sonrisa casi serena:

--Un barón como este caballero y un burgués como yo, no pueden continuar bajo un mismo techo.

Y enderezándose de súbito, pálido, tembloroso, aterrador, la frente ensanchada por la terrible irradiación de la cólera, extendió el brazo hacia Mario gritándole:

--¡Vete!

Mario dejó la casa.

Al día siguiente el señor Gillenormand dijo á su hija:

--Mandad cada seis meses sesenta doblones á ese bebedor de sangre, y nunca más volváis á hablarme de él.

Y como le quedaba todavía una gran cantidad de furor que no sabía en qué emplear, siguió llamando de vos á su hija por espacio de más de tres meses.

Mario, por su parte, había salido indignado.

Una circunstancia, que debemos consignar, agravó aún su exasperación. Existe siempre alguna pequeña fatalidad que complica los dramas domésticos y aumenta los motivos de queja, aunque no aumente los verdaderos agravios. Al llevar precipitadamente por orden del abuelo los «arreos» de Mario á su cuarto, Nicolasita había dejado caer, sin repararlo, y probablemente en la escalera de la buhardilla, que era obscura, el medallón de tafilete negro que contenía el papel escrito por el coronel. Ni el papel ni el medallón pudieron encontrarse; y Mario quedó convencido de que el señor Gillenormand,--desde aquel día no llamó de otra manera á su abuelo,--había arrojado al fuego «el testamento de su padre». Sabía de memoria las pocas líneas escritas por el coronel, y por consiguiente nada se había perdido con aquella fatal desaparición. Pero el papel, la escritura, aquella reliquia sagrada, todo esto formaba su propio corazón. ¿Qué habían hecho de él?

Mario se había ido, sin decir ni saber adónde, con treinta francos en el bolsillo, su reloj, y alguna ropa en un saco de noche. Subió á un coche de alquiler, le tomó por horas y se dirigió á la ventura hacia el barrio latino.

¿Qué iba á ser de Mario?

NOTAS:

[13] pendu, ahorcado.

LIBRO CUARTO LOS AMIGOS DEL A B C

I =Un grupo que le ha faltado poco para llegar á ser histórico=

En aquella época, indiferente en apariencia, corría vagamente cierta calentura revolucionaria. Emanaciones que salían de las profundidades de 1789 y 92 impregnaban el aire. La juventud, permítasenos la frase, estaba de muda. Se transformaba, casi sin saberlo, por el propio movimiento del tiempo. La aguja que recorre el cuadrante marcha igualmente en las almas. Cada uno daba hacia adelante el paso que debía dar. Los realistas se trocaban en liberales: los liberales en demócratas. Era aquello una especie de marea creciente, complicada con mil reflujos; y como es propio del reflujo mezclarlo todo, de ahí resultaban combinaciones de ideas singularísimas; se adoraba á la vez á Napoleón y á la libertad.

Nosotros escribimos historia pura. Tales eran los aspectos de aquel tiempo. Las opiniones tienen sus fases. El realismo volteriano, variedad extravagante, tuvo un contrapeso no menos extraño: el liberalismo bonapartista.

Otros grupos razonadores eran más serios. Ya se sondaba el principio; ya se aferraban en el derecho. Se apasionaban por lo absoluto; se entreveían las realizaciones infinitas; lo absoluto por su misma rigidez impulsa el ánimo hacia lo etéreo, y le hace flotar en los espacios ilimitados. Nada hay como el dogma para producir la meditación; y nada hay como la meditación para engendrar el porvenir. La utopía de hoy es la carne y hueso del mañana.

Las opiniones avanzadas tenían doble fondo. Un principio de misterio amenazaba al «orden establecido», el cual era suspicaz y receloso, signo altamente revolucionario. La intención oculta del poder, tropieza en la zapa con la intención oculta del pueblo. La incubación de las insurrecciones es la réplica á la premeditación de los golpes de Estado.

No había entonces todavía en Francia esas vastas organizaciones subterráneas, como el tugenbund alemán y el carbonarismo italiano; pero acá y acullá se iban ya ramificando algunas minas obscuras. La cougourde se esbozaba en Aix; y había en París, entre otras afiliaciones de este género, la sociedad de los amigos del A B C.

¿Qué era eso de los amigos del A B C? Una sociedad que tenía por objeto, en apariencia, la educación de los niños, y en realidad el mejoramiento de los hombres.

Declarábanse amigos del A B C[14]. El Abaissé, era el pueblo. Se le quería realzar. Retruécano del que haríamos mal en reirnos, porque estos retruécanos son muchas veces cosa grave en política; dígalo el Castratus ad castra, que hizo de Narsés un general de ejército; dígalo el Barbari et Barberini; dígalo también el Fueros y Fuegos como el Tu es Petrus et super hanc Petram, etc., etc.

Los amigos del A B C eran pocos; era una sociedad secreta en embrión; casi podríamos decir una pandilla, si las pandillas pudiesen producir héroes. Reuníanse en París en dos puntos: junto á los Mercados, en una taberna llamada de Corinto, de que hablaremos después, y cerca del Panteón, en un cafetucho de la plaza de San Miguel, llamado el Café Musain, hoy derribado; el primero de estos centros de reunión estaba en el barrio de los jornaleros, y el segundo en el de los estudiantes.

Los conciliábulos habituales de los amigos del A B C se celebraban en una sala interior del café Musain.

Esta sala, bastante separada del café, con el cual se comunicaba por un largo corredor, tenía dos ventanas y una puerta con escalera secreta, que daba á la callejuela de Gres. Allí se fumaba, se bebía, se jugaba y se reía. Se hablaba de todo en alta voz, y de algo en voz baja.

En la pared estaba clavado un antiguo mapa de Francia del tiempo de la República, indicio bastante para avivar el olfato de un agente de policía.

La mayor parte de los amigos del A B C eran estudiantes, en cordial inteligencia con algunos obreros. He aquí los nombres principales que pertenecen, en cierto modo, á la historia: Enjolrás, Combeferre, Juan Prouvaire, Feuilly, Courfeyrac, Bahorel, Lesgle ó Laigle, Joly, Grantaire.

Estos jóvenes componían una especie de familia, á fuerza de amistad. Todos, excepto Laigle, eran del Mediodía.

Este grupo, que fué notable, se ha desvanecido ya en las profundidades invisibles que están detrás de nosotros.

Al punto á que hemos llegado de este drama, no estará tal vez de más hacer penetrar un rayo de luz en aquella reunión de jóvenes, antes de que el lector los vea sumergirse en las sombras de una aventura trágica.

Enjolrás, á quién hemos nombrado el primero por la razón que se verá después, era hijo único y rico; mozo simpático, capaz de ser terrible, y angelicalmente hermoso; era Antinoo furioso. Hubiérase dicho, al ver la pensativa reverberación de su mirada, que había ya atravesado en alguna existencia anterior el apocalipsis revolucionario. Poseía la tradición como un testigo. Sabía todos los pormenores de la gran cosa. Era una naturaleza pontifical y guerrera, extraña en un adolescente; era celebrante y militante; bajo el punto de vista inmediato, soldado de la democracia, y por encima del movimiento contemporáneo, sacerdote de lo ideal. Tenía la pupila profunda, los párpados algo encarnados, el labio inferior grueso y dispuesto á expresar el desdén; la frente espaciosa. Mucha frente en un rostro, es lo mismo que mucho cielo en un horizonte. Como ciertos jóvenes de principios de este siglo y fines del pasado que han adquirido celebridad muy pronto, tenía él una mocedad excesiva, fresca como la de las muchachas, con sus correspondientes horas de palidez. Era ya hombre, y parecía niño todavía. Sus veintidós años aparentaban diez y siete; era grave, y parecía ignorar que hubiese en la tierra un ser llamado mujer. No tenía más que una pasión, el derecho; y un pensamiento, destruir obstáculos. En el monte Aventino hubiera sido un Graco, y en la Convención, Saint Just.

Apenas veía las rosas; desconocía la primavera; no oía cantar á los pájaros; la garganta desnuda de Evadné no le habría conmovido más que á Aristógiton; para él, como para Anmodio, las flores sólo servían para ocultar la espada. Era severo en las alegrías, y ante todo lo que no era la república bajaba castamente los ojos. Era el amante de mármol de la libertad. Su palabra era ásperamente inspirada, y tenía la vibración del himno. Á veces desplegaba sus alas de un modo inesperado. ¡Desgraciado el amorío que se hubiese atrevido á pasar por su lado! Si alguna griseta de la plaza de Cambrai ó de la calle de San Juan de Beauvais, al ver aquella fisonomía que parecía escapada del colegio, aquella figura de paje, aquellas prolongadas cejas rubias, aquellos ojos azules, aquella cabellera tumultuosamente entregada al viento, aquellas mejillas sonrosadas, aquellos labios vírgenes, aquellos dientes perfectos, hubiese sentido apetito por toda aquella aurora y tratado de probar los efectos de su belleza en Enjolrás, una mirada sorprendente y terrible le habría mostrado bruscamente el abismo, y enseñado á no confundir el querubín galanteador de Beaumarchais con el querubín formidable de Ezequiel.

Al lado de Enjolrás, que representaba la lógica de la revolución, Combeferre representaba su filosofía. Entre la lógica y la filosofía de la revolución hay esta diferencia: que la lógica puede ir á parar á la guerra, mientras que la filosofía no puede tener por última consecuencia más que la paz. Combeferre completaba y rectificaba á Enjolrás. Era más bajo y más grueso. Quería que se imbuyesen en los ánimos los principios extensos de ideas generales: revolución, decía, pero también civilización; y en derredor de la montaña abría á pico el vasto horizonte azul. De ahí, que en todas las teorías de Combeferre hubiese algo de accesible y practicable. La revolución era más respirable con él que con Enjolrás. Éste expresaba el derecho divino, y Combeferre el derecho natural. El primero se encadenaba con Robespierre, el segundo confinaba con Condorcet. Combeferre vivía más que Enjolrás la vida de todo el mundo. Si hubiera sido dado á estos dos jóvenes llegar á la historia, el uno hubiera sido el justo, el otro el sabio. Enjolrás era más viril, Combeferre más humano. Homo y Vir; estas palabras los calificaban perfectamente. Combeferre, era tan dulce como severo Enjolrás, por candidez natural. Le gustaba la palabra ciudadano; pero prefería la palabra homme; y de buena gana hubiese dicho Hombre, como los españoles. Todo lo leía, iba á los teatros, seguía los cursos públicos, aprendía de Arago la polarización de la luz, se apasionaba por una lección en que Geoffroy Saint Hilaire había explicado la doble función de la arteria carótida externa, y de la arteria carótida interna; la una que constituye el rostro, y la otra que constituye el cerebro; estaba al corriente de todo lo que era estudio; seguía la ciencia paso á paso; confrontaba á San Simón con Fourier; descifraba los jeroglíficos; partía los guijarros que encontraba y discurría sobre geología; pintaba de memoria una mariposa bombix; señalaba las faltas de lenguaje en el diccionario de la Academia; estudiaba á Puységur y Deleuze; no afirmaba nada, ni siquiera los milagros; no negaba nada, ni aún las apariciones; hojeaba la colección del Monitor; meditaba. Decía que el porvenir está en manos del maestro de escuela, y se preocupaba mucho por las cuestiones de educación.

Quería que la sociedad trabajase sin descanso en la elevación del nivel intelectual y moral, en la monetización de la ciencia, en la circulación de las ideas, en el crecimiento de la inteligencia en la juventud, y temía que la pobreza de los sistemas actuales, la estrechez del punto de vista literario, limitado á dos ó tres siglos llamados clásicos, el dogmatismo tiránico de los pedantes oficiales, las preocupaciones escolásticas y la rutina, acabasen por hacer de nuestros colegios criaderos de ostras artificiales. Era sabio, purista, preciso, politécnico, trabajador, y al mismo tiempo pensativo «hasta la quimera», según decían sus amigos. Creía en todos los sueños: como, caminos de hierro, supresión del dolor en las operaciones quirúrgicas, fijación de la imagen en la cámara obscura, telégrafo eléctrico, dirección de los globos; y por otra parte le espantaban poco las ciudadelas levantadas en todas partes contra el género humano por la superstición, el despotismo y las preocupaciones. Era de los que piensan que la ciencia acabará por enseñorearse de todas las posiciones. Enjolrás era un jefe; Combeferre un guía. Se deseaba pelear con uno y marchar con el otro. Y no porque Combeferre no fuése capaz de pelear ni se negase á luchar cuerpo á cuerpo con el obstáculo y atacarle á viva fuerza y por explosión, sino porque prefería emplear la enseñanza de los axiomas y la promulgación de las leyes positivas, para ir poniendo poco á poco al género humano de acuerdo con sus destinos; y entre dos llamas, prefería la que iluminaba á la que abrasaba. Un incendio puede producir indudablemente una aurora; pero ¿por qué no se ha de esperar la salida del sol? Un volcán alumbra, pero alumbra mucho mejor el alba.

Combeferre prefería tal vez la blancura de lo bello á la brillantez de lo sublime. Una claridad turbada por el humo, un progreso comprado con la violencia, sólo satisfacían á medias su tierno y grave espíritu. La precipitación de un pueblo desde la cumbre al fondo de la verdad, un 93, le asustaba; sin embargo, el estancamiento le repugnaba más, porque veía en él la putrefacción y la muerte; y á todo trance prefería la espuma al miasma, el torrente á la cloaca, la caída del Niágara al lago de Montfaucon. En suma, no quería pararse ni precipitarse.

Mientras que sus bulliciosos amigos, caballerosamente prendados de lo absoluto, adoraban é invocaban las espléndidas aventuras revolucionarias, Combeferre se inclinaba á dejar obrar al progreso, al progreso verdadero, frío tal vez, pero puro; metódico, pero irreprensible; flemático, pero irreprochable. Combeferre se habría arrodillado, habría pedido, plegadas las manos, la llegada del porvenir con todo su candor, y que nada turbase la inmensa y virtuosa evolución de los pueblos. «Es preciso que el bien sea inocente», repetía de continuo. Y en efecto, si la grandeza de la revolución consiste en mirar fijamente al deslumbrador ideal, y volar al través de los rayos, llevando en las garras sangre y fuego, la belleza del progreso consiste en carecer de toda mancha. Entre Washington que representa lo uno, y Dantón que encarna lo otro, hay la misma diferencia que separa al ángel de alas de cisne del ángel con alas de águila.

Juan Prouvaire era un tipo más templado aún que Combeferre. Se llamaba Johan por un capricho pasajero que se mezclaba á ese poderoso y profundo movimiento, de donde ha salido el estudio tan necesario de la edad media. Juan Prouvaire era cariñoso, cultivaba un tiesto de flores, tocaba la flauta, hacía versos, amaba al pueblo, se compadecía de la mujer, lloraba por los niños, confundía en la misma esperanza el porvenir y Dios, y censuraba á la revolución por haber derribado una cabeza real, la de Andrés Chenier. Tenía la voz generalmente delicada, pero á veces viril. Era hombre de letras hasta la erudición, y casi orientalista. Era principalmente bueno, prefiriendo en poesía lo inmenso; lo cual se comprende fácilmente para quien sabe cuanto se hermanan la bondad y la grandeza. Sabía el italiano, el latín, el griego y el hebreo, lo cual le servía para no leer más que cuatro poetas: Dante, Juvenal, Esquilo é Isaías. En francés prefería Corneille á Racine, y á Agrippa d'Aubigné á Corneille. Le gustaba pasear á la ventura por los campos de avena silvestre y campanillas, y se ocupaba casi tanto de las nubes como de los acontecimientos. Su espíritu solía tener dos actitudes, una de parte del hombre, otra de la de Dios; estudiaba ó contemplaba. De día profundizaba las cuestiones sociales: el salario, el capital, el crédito, el matrimonio, la religión, la libertad de pensar, la libertad de amar, la educación, la penalidad, la miseria, la asociación, la propiedad, la producción y la repartición, el enigma de aquí abajo que cubre de sombra el hormiguero humano, y por la noche contemplaba los astros; esos seres enormes. Como Enjolrás, era rico é hijo único. Hablaba despacio, inclinaba la cabeza, bajaba los ojos, sonreía con dificultad, vestía sin aliño, era desmañado, se sonrojaba por nada, era también muy tímido; pero intrépido, por demás.

Feuilly era un oficial abaniquero, huérfano de padre y madre, que ganaba penosamente tres francos diarios, y que no tenía más que un pensamiento: emancipar el mundo. Tenía otra preocupación: instruirse, á lo cual llamaba también emanciparse. Había aprendido por sí sólo á leer y escribir; todo lo que sabía se lo había aprendido él mismo. Tenía el corazón generoso, y quería abrazar la inmensidad. Este huérfano había hecho hijos adoptivos suyos á los pueblos.

Faltándole una madre, había pensado en la patria, y no quería que hubiese en la tierra un hombre sin patria. Alimentaba en sí mismo, con la adivinación profunda del hombre del pueblo, lo que hoy llamamos la idea de las nacionalidades. Había estudiado expresamente la historia, tan sólo para indignarse con conocimiento de causa. En aquel cenáculo juvenil de utopistas, ocupados principalmente de Francia, él representaba el exterior. Su especialidad era la Grecia, la Polonia, la Hungría, la Rumania y la Italia. Pronunciaba sin cesar estos nombres, á propósito y fuera de propósito, con la tenacidad del derecho. La Turquía sobre la Grecia y Tesalia, la Rusia sobre Varsovia, el Austria sobre Venecia; estas violaciones le exasperaban; pero entre todas la gran violencia de 1772 le sublevaba.

La verdad en la indignación, es la elocuencia más soberana, y él era elocuente con esa elocuencia.

Era interminable, siempre que se trataba de la fecha infame de 1772, del noble y valiente pueblo suprimido por la traición, de aquel crimen de tres, de aquella asechanza monstruosa, prototipo y patrón de todas esas horribles supresiones de Estados, que después han venido á caer sobre varias nobles naciones, borrando, por decirlo así, su partida de bautismo. Todos los atentados sociales contemporáneos derivan de la repartición de Polonia. La repartición de Polonia es un teorema, cuyos corolarios son los actuales crímenes políticos. No hay un déspota ni un traidor desde hace un siglo que no haya visado, probado, firmado y rubricado, ne varietur, la repartición de Polonia. Cuando se examina el legajo de las traiciones modernas, ésa aparece la primera. El congreso de Viena consultó este crimen antes de consumar el suyo. 1772 es el grito. 1815 la consecuencia. Tal era el tema constante de Feuilly.

Ese pobre obrero se había hecho el tutor de la justicia, y ella le recompensaba haciéndole grande; porque, en efecto, algo hay de eternidad en el derecho. Varsovia no puede ser tártara, así como Venecia no puede ser tudesca: los reyes perderán el tiempo y el honor en esta empresa. Tarde ó temprano, la patria sumergida reaparece y flota en la superficie. La Grecia vuelve á ser Grecia y la Italia vuelve á ser Italia. La protesta del derecho contra el hecho persiste siempre; el robo de un pueblo no prescribe jamás. Estas grandes estafas no tienen porvenir; que no se borra la marca de una nación como se borra la de un pañuelo.

Courfeyrac tenía un padre que se llamaba el señor de Courfeyrac. Una de las falsas ideas de la clase media de la Restauración, en materia de aristocracia y de nobleza, era creer en la partícula de; y sabido es que la tal partícula no tiene significación alguna. Pero la clase media del tiempo de la Minerva estimaba tanto este pobre de, que se creía obligada á abdicarle. El señor de Chauvelin se hacía llamar Chauvelin; el señor de Caumartin, Caumartin; el señor de Constant de Rebecque, Benjamín Constant; el señor de Lafayette, Lafayette. Courfeyrac no quiso quedarse rezagado, y se llamaba Courfeyrac á secas.

Podríamos detenernos aquí en lo referente á Courfeyrac, limitándonos á decir: Courfeyrac, véase Tholomyés.

Courfeyrac tenía, en efecto, esa verbosidad de joven, que podría llamarse la belleza del diablo del espíritu. Esta gracia se pierde después como la gracia del gatito, y va á parar, cuando tiene dos pies al burgués, y cuando tiene cuatro patas al gato padre.

Las generaciones que atraviesan las escuelas y las promociones sucesivas de la juventud, se trasmiten ese género de numen, pasándosele de mano en mano, quasi cursores, y casi siempre el mismo; de modo que, como acabamos de indicar, cualquiera que hubiese oído á Courfeyrac en 1828, habría creído oir á Tholomyés en 1817; solo que Courfeyrac era un buen muchacho. Bajo las aparentes semejanzas exteriores, la diferencia entre Tholomyés y él era grande. El hombre latente que existía en ellos era en el primero distinto del segundo. En Tholomyés se adivinaba un curial; en Courfeyrac un paladín.

Enjolrás era el jefe, Combeferre el guía, Courfeyrac el centro. Los otros daban más luz, él daba más calor; tenía todas las cualidades de un centro, la redondez y la irradiación.

Bahorel había figurado en el tumulto sangriento de junio de 1822, con motivo del entierro del joven Lallemand.

Bahorel era un individuo de buen humor y de mala compañía, bravo, maniroto, pródigo hasta la generosidad, hablado hasta la elocuencia, atrevido hasta el descaro; la mejor pasta de diablo que pueda encontrarse; llevaba chalecos temerarios, y tenía opiniones de escarlata; era pendenciero en grande, es decir, nada le gustaba tanto como una riña, á no ser un motín; y nada tanto como un motín, á no ser una revolución; estaba siempre dispuesto á romper una vidriera, luego á desempedrar una calle, después á derribar un gobierno, sólo para ver el efecto. Llevaba once años de estudiar leyes, y aún no había llegado al tercero. Olfateaba el derecho, pero no lo aspiraba; tenía por divisa: abogado nunca, y por escudo una mesa de noche, sobre la cual se veía un gorro cuadrado. Siempre que pasaba por delante de la Escuela de Jurisprudencia, lo que sucedía pocas veces, se abotonaba la levita, pues todavía no se había inventado el gabán, y tomaba precauciones higiénicas.

Decía de la fachada de la escuela: ¡qué hermoso viejo! Y del decano señor Delvincourt: ¡qué monumento! Veía en los cursos asunto para canciones, y en los profesores objetos para la caricatura. Gastaba en no hacer nada una gran pensión, una suma casi de tres mil francos al año.

Sus padres eran unos lugareños, á quienes había sabido inculcar el respeto hacia su hijo. Decía de ellos: «Son lugareños y no ciudadanos; por eso tienen entendimiento».

Bahorel, hombre caprichoso, concurría sin fijeza á varios cafés; los demás tenían sus costumbres; él no tenía ninguna. Vagaba al azar. El andar errante es propio de todos los humanos; pero el vagar á la ventura es muy parisiense. En el fondo, sin embargo, era un talento penetrante, y pensador más de lo que parecía.

Servía de lazo entre los amigos del A B C y otros grupos todavía informes, pero que debían acabar de delinearse más adelante.

Había además en aquel cónclave de jóvenes una cabeza calva.

El marqués de Avaray, á quien Luis XVIII hizo duque por haberle ayudado á subir en un coche de alquiler el día en que emigró; contaba que en 1814, á su vuelta á Francia, cuando el rey desembarcó en Calais, le presentó un hombre un memorial. ¿Qué pedís?--dijo el rey.--Señor, una administración de correos. ¿Cómo os llamáis? L'Aigle (el Águila).

El rey frunció el entrecejo, miró la firma del memorial, y vió el nombre escrito así: Lesgle.

Esta ortografía poco bonapartista tranquilizó al rey, y le hizo sonreir.--Señor, continuó el hombre del memorial, tengo entre mis antepasados un perrero, á quien llamaban Lesgueules (Bocaza). De este mote viene mi nombre. De Lesgueules han hecho por contracción Lesgle, y por corrupción L'Aigle. Esto hizo que el rey acabara de sonreirse; y por fin, le dió la administración de correos de Meaux, no sabemos si por inadvertencia ó á propósito.

El individuo calvo del grupo era hijo de este Lesgle ó Legle, y se firmaba Legle de Meaux. Sus camaradas, para abreviar, le llamaban Bossuet; pues sabido es que al gran obispo Bossuet se le apellidaba de esa suerte, L'Aigle (el Águila) de Meaux.

Bossuet era un guapo chico, que tenía desgracia en todo. Su especialidad consistía en que nada le saliese bien; pero él se reía de todo. Á los veinticinco años era calvo. Su padre había conseguido comprar una casa y un campo; pero él por nada había tenido tanta prisa como por perder en una falsa especulación el campo y la casita; y no le había quedado nada. Tenía ciencia y talento, pero sus planes abortaban.

En todo fracasaba, en todo se engañaba; cuanto levantaba se venía abajo aplastándole. Si partía leña se cortaba un dedo; si tenía una querida, le salía enseguida un rival. Á cada paso le sucedía una desgracia; de ahí su jovialidad. Solía decir: «Vivo debajo del tejado cuyas tejas se caen». Se admiraba muy poco, porque para él el accidente era cosa prevista; recibía con serenidad la mala suerte, y se reía de los reveses del destino como quien oye llover. Era pobre, pero su bolsillo de buen humor era inagotable. Llegaba con facilidad á su último céntimo, pero nunca á su última carcajada. Cuando la adversidad entraba en su casa, la saludaba cordialmente como á un amigo antiguo; daba cariñosas palmadas á la catástrofe; tenía franqueza con la fatalidad hasta el punto de llamarla por su nombre familiar: «Buenos días, Mala suerte!» le decía.

Estas persecuciones de la fortuna le habían dado cierta inventiva, abundante en recursos. No tenía dinero; pero encontraba medio de hacer despilfarros cuando le parecía bien. Una noche llegó á devorar cien francos en una cena con una cotorrera, lo cual le inspiró en medio de la orgía esta frase memorable: «Hija de cinco luises, sácame las botas».

Bossuet se encaminaba lentamente hacia la profesión de abogado; estudiaba el derecho como Bahorel. No tenía domicilio, y á veces ni lecho. Vivía, ya en casa de uno, ya en casa de otro; y con más frecuencia con Joly, que estudiaba medicina, y tenía dos años menos que Bossuet.

Joly era el joven enfermo de aprensión. Lo único que había conseguido estudiando medicina, era hacerse más enfermo que médico. Á los veintitrés años se creía valetudinario, y pasaba la vida mirándose la lengua en el espejo. Afirmaba que el hombre se imanta como una aguja, y ponía la cama en su alcoba con la cabecera al Mediodía y los pies al Norte, para que durante la noche no contrariase la circulación de la sangre la gran corriente magnética del globo; y cuando había tempestad, se tomaba el pulso. Por lo demás, era el más alegre de la compañía. Todas estas incoherencias, de mozo, de maníaco, de aprensivo y de buen humor, se avenían perfectamente juntas, y formaban un ser excéntrico y divertido á quien sus camaradas, pródigos de consonantes aladas, llamaban Jolllly. «Puedes volar en cuatro L», le decía Juan Prouvaire.

Joly tenía la costumbre de tocarse las narices con el puño del bastón, lo cual es indicio de espíritu sagaz.

Todos estos jóvenes tan diferentes, y de los cuales no puede hablarse en suma, sino seriamente, tenían una misma religión: el Progreso.

Todos eran hijos directos de la revolución francesa. Los más frívolos, llegaban á ser solemnes cuando se pronunciaba esta fecha: 89. Sus padres, según la carne, eran ó habían sido fuldenses, realistas, doctrinarios; importaba poco. Esta mezcla anterior á ellos, que eran jóvenes, no les concernía para nada; por sus venas corría en toda su pureza la sangre de los principios. Consagrábanse sin intermisión alguna al derecho incorruptible y al deber absoluto.

Afiliados é iniciados, bosquejaban subterráneamente el ideal.

En medio de todos aquellos corazones apasionados, y de todos aquellos espíritus llenos de convicción, había un escéptico. ¿Cómo se encontraba allí? Por juxtaposición. Este escéptico se llamaba Grantaire, y se firmaba habitualmente con este jeroglífico: R.--Era un hombre que se guardaba bien de creer en nada, y uno de los estudiantes que más habían aprendido durante sus cursos en París. Sabía que el mejor café era el del café Cemblin, y el mejor billar el del café Voltaire; que había buenos bizcochos y buenas chicas en el Ermitage del boulevard del Maine, pollos con salsa picante en casa de la tía Saguet, excelentes pasteles de pescado en el portillo de la Cunette, y cierto vinillo blanco en la puerta del Combate. Sabía los buenos sitios para todo; además, conocía algo el baile y el manejo de la chancleta y del zapato, lo mismo que el del palo; y siendo por contera, gran bebedor. Era además desmesuradamente feo.

La pespunteadora de botinas más linda de aquel tiempo, Irma Boissy, indignada de su fealdad, había dicho esta sentencia: Grantaire es imposible; pero la fatuidad de Grantaire no se desconcertaba. Miraba tierna y fijamente á todas las mujeres, como diciéndolas: ¡Si yo quisiera! y trataba de hacer creer á sus compañeros que se veía generalmente solicitado.

Todas estas palabras: derechos del pueblo, derechos del hombre, contrato social, revolución francesa, república, democracia, humanidad, civilización, religión, progreso, carecían, para Grantaire, casi completamente de significación. Se reía de ellas. El escepticismo, esa carie de la inteligencia, no le había dejado ni una idea entera en la cabeza. Vivía con ironía, y su axioma era éste: «No hay más que una certidumbre: mi vaso, lleno». Se burlaba de todos los sacrificios en todos los partidos; lo mismo del hermano que del padre; lo mismo de Robespierre joven, que de Loizerolles: «¡Bastante han adelantado con haber muerto!» exclamaba. Decía del crucifijo: «He ahí una horca que ha triunfado». Trasnochador, jugador, libertino, embriagado con frecuencia, disgustaba á aquellos jóvenes pensadores, cantando sin cesar: Me gustan las muchachas: me gusta el vino, con el tono del «Viva Enrique IV».

No obstante tenía este escéptico un fanatismo; fanatismo que no era ni una idea, ni un dogma, ni un arte, ni una ciencia; era un hombre: Enjolrás. Grantaire admiraba, amaba y veneraba á Enjolrás. ¿Á quién se avenía aquel incrédulo anarquista en aquella falange de espíritus absolutos? Al más absoluto. ¿De qué modo le subyugaba Enjolrás? ¿Por las ideas? No; por el carácter. Fenómeno observado frecuentemente. Un escéptico uniéndose á un creyente, es una cosa tan sencilla como la ley de los colores complementarios. Siempre nos atrae lo que nos falta; nadie ama la luz como el ciego; los enanos adoran al tambor mayor; el sapo tiene siempre los ojos en el cielo; ¿para qué? Para ver volar á los pájaros. Grantaire, en quien se arrastraba la duda, se complacía en ver cernerse la fe en Enjolrás. Tenía necesidad de Enjolrás. Sin explicárselo, y aún sin tratar de averiguarlo, aquella naturaleza casta, sana, firme, recta, dura, cándida, le atraía. Admiraba instintivamente á su contrario.

Sus ideas débiles, flexibles, dislocadas, enfermas, deformes, se adherían á Enjolrás como á una espina dorsal. Su raquitismo moral se apoyaba en aquella firmeza. Grantaire al lado de Enjolrás era alguien. Además, estaba compuesto de dos elementos, en apariencia incompatibles. Era irónico y cordial. Su indiferencia era cariñosa; su mente podía pasarse sin creencias, pero su corazón no podía prescindir de la amistad. Contradicción profunda, porque un efecto es una convicción; pero así era su naturaleza. Hay hombres que parecen nacidos para ser el verso, el anverso y el reverso; que son al mismo tiempo Polux y Patroclo, Niso y Eudamidas, Efestión y Pechmeya. Sólo viven á condición de estar unidos á otro; su nombre es una continuación, y sólo se escribe precedido de la conjunción y; su existencia no les pertenece; es el otro lado de un destino que no es el suyo. Grantaire era uno de estos hombres; era el revés de Enjolrás.

Casi podría decirse que las afinidades principian con las letras del alfabeto. En esa serie, la O y la P son inseparables.

Podéis á vuestro gusto pronunciar O y P, ó sea Orestes y Pilades.

Grantaire, verdadero satélite de Enjolrás, frecuentaba aquel círculo de jóvenes; allí vivía, allí gozaba, y los seguía á todas partes. Su placer consistía en verlos ir y venir como sombras entre los vapores del vino. Le toleraban por su buen humor.

Enjolrás, creyente y sobrio, despreciaba á este escéptico y á este borracho; sólo le concedía un poco de piedad altanera. Grantaire era un Pilades no aceptado. Tratado siempre duramente por Enjolrás, rechazado y alejado bruscamente, volvía sin cesar, y decía de Enjolrás: ¡Qué hermoso mármol!

II =Oración fúnebre de Blondeau por Bossuet=

Una tarde que tenía, como vamos á ver, alguna coincidencia con los sucesos que hemos relatado más arriba, Laigle de Meaux estaba sensualmente recostado en las jambas de la puerta del café Musain. Tenía el aspecto de una cariátide en vacaciones. No llevaba consigo más que sus ensueños, y estaba mirando á la plaza de San Miguel. Estar recostado es una manera de estar echado de pie, que no es impropia de los soñadores. Laigle de Meaux pensaba sin melancolía en un percance que le había sucedido el día anterior en la Escuela de Derecho, y que modificaba sus proyectos personales para el porvenir; proyectos, por otra parte, bastante vagos.

La meditación no se opone á que pase un cabriolé, ni á que el que medita se fije en él. Laigle de Meaux, cuya vista erraba en una especie de difusa vagancia, vió, al través de su sonambulismo, un vehículo de dos ruedas que andaba por la plaza al paso y como indeciso. ¿Á quién pertenecía aquel cabriolé? ¿Por qué iba al paso? Laigle le observó. Iba dentro, al lado del cochero, un joven, y delante del joven un abultado saco de noche. El saco dejaba ver á los transeuntes este nombre escrito con gruesas letras negras en un papel cosido á la tela: MARIO PONTMERCY.

Este nombre hizo cambiar de posición á Laigle. Se enderezó y gritó al joven del cabriolé:

--¡Señor Mario Pontmercy!

El cabriolé interpelado se detuvo.

El joven, que también parecía ir meditando, levantó los ojos.

--¡Eh!--dijo.

--¿Sois el señor Mario Pontmercy?

--Sin duda.

--Os buscaba,--repuso Laigle de Meaux.

--¿Cómo es eso?--preguntó Mario, porque era él, en efecto, quien salía de casa de su abuelo y tenía delante de sí un rostro que no había visto nunca.--No os conozco.

--Tampoco os conozco yo,--dijo Laigle.

Mario creyó haberse topado con un burlón, y al principio de una broma en medio de la calle; y no estaba por cierto de humor para ello en aquel momento. Frunció el entrecejo; pero Laigle de Meaux, imperturbable, prosiguió:

--¿No estabais anteayer en la cátedra?

--Es posible.

--Es cierto.

--¿Sois estudiante?--preguntó Mario.

--Sí, señor, como vos. Anteayer fuí á cátedra por casualidad; ya comprendéis que alguna vez le da á uno esa idea. El profesor estaba pasando lista, y no ignoráis cuán ridículos son todos los profesores en tal momento. Á las tres faltas le borran á uno de la matrícula; sesenta francos perdidos.

Mario empezó á escuchar. Laigle continuó:

--Era Blondeau quien pasaba lista. Ya le conocéis; tiene una nariz muy puntiaguda y muy maliciosa, con la que olfatea á su sabor los que faltan á clase. Principió socarronamente por la letra P. Yo no escuchaba, porque no estaba comprometido en esa letra. La cosa no iba mal; no había raya que poner; el universo entero estaba presente. Blondeau estaba triste, y yo me decía: Blondeau, amor mío, hoy no harás ninguna ejecución. Pero de repente llama á Mario Pontmercy. Nadie responde. Blondeau, lleno de esperanza, repite más fuerte: Mario Pontmercy, y coge la pluma. Señor mío, yo tengo corazón y me dije rápidamente. Ése es un buen muchacho, á quien van á borrar de la lista. Atención. Es un verdadero vividor, y es poco exacto; no es un buen discípulo, posaderas de plomo, estudiante que estudia, barbilampiño pedante, profundo en ciencias, letras, teología y sapiencia; uno de esos talentos rudos, prendido con cuatro alfileres á alfiler por facultad. Es un respetable perezoso que anda vagando, que hace novillos, que cultiva las modistas, que corteja las bellas, y que quizá en este momento esté en casa de mi querida. Salvémosle. ¡Muera Blondeau! En aquel instante, mojaba Blondeau en el tintero su negra pluma de faltas, paseó su mal intencionada pupila por el auditorio, y repitió por tercera vez: ¡Mario Pontmercy! Yo respondí: ¡presente! Y esto hizo que no se os tildara.

--¡Caballero!...--dijo Mario.

--Y que el tildado fuése yo,--añadió Laigle de Meaux.

--No os entiendo,--dijo Mario.

Laigle continuó:

--Nada más sencillo. Yo estaba cerca de la cátedra para responder, y cerca de la puerta para escapar. El profesor me miraba con cierta fijeza. De repente Blondeau, que es indudablemente la maligna nariz de que habla Boileau, salta á la letra L. La L es mi letra, porque soy de Meaux, y me llamo Lesgle.

--¡L'Aigle!--interrumpió Mario.--¡Bonito nombre!

--Caballero, el tal Blondeau llega á este bonito nombre, y grita: ¡Laigle! Yo respondo: ¡Presente! Entonces Blondeau me mira con la benevolencia del tigre, se sonríe, y me dice: Sois vos Pontmercy, no es Laigle (el Águila). Frase que parece no muy cortés para vos, pero era muy lúgubre para mí. Dicho esto, se sirvió borrarme.

Mario exclamó:

--¡Siento muchísimo!...

--Ante todo--dijo Laigle--deseo embalsamar á Blondeau con algunas frases de sentido elogio. Le supongo muerto; para lo cual no había mucho que cambiar en su flacura, en su palidez, en su frialdad, en su rigidez y en su fetidez. Y yo digo: Erudimini qui judicatis terram. Aquí yace Blondeau le Blondeau Nariz, el Blondeau Nasica, el buey de la disciplina, bos disciplinæ, el perro de la consigna, el ángel de la lista: que fué recto, cuadrado, exacto, rígido, honrado y repugnante. Dios le borró como él me borró á mí.

Mario repitió:

--Siento mucho...

--Joven, le dijo Laigle de Meaux, sírvaos esto de lección. Sed más puntual en lo sucesivo.

--Os pido mil perdones....

--No os expongáis á que borren á vuestro prójimo.

--Lo siento en verdad...

Laigle soltó una carcajada.

--Y yo muy satisfecho. Estaba á punto de ser abogado, y esta raya me salva. Renuncio á los triunfos del foro. No defenderé á la viuda, ni atacaré al huérfano. Nada de toga, nada de estrados. Ya he obtenido que me borren; y es á vos á quien os lo debo, señor Pontmercy. Debo haceros solemnemente una visita de reconocimiento. ¿Dónde vivís?

--En este cabriolé,--dijo Mario.

--Señal de opulencia,--respondió Laigle con calma.--Os doy mi parabién. Pagáis un alquiler de nueve mil francos anuales.

En este momento salía Courfeyrac del café.

Mario sonrió tristemente.

--Estoy pagando este alquiler desde hace dos horas, y aspiro á dejarlo luego; pero esto es una historia, y no sé adónde ir.

--Caballero,--dijo Courfeyrac,--veníos á mi casa.

--Tengo la prioridad,--observó Laigle;--pero no tengo casa.

--Cállate, Bossuet,--repuso Courfeyrac.

--Bossuet,--prorrumpió Mario,--creía que os llamabais Laigle (el Águila).

--De Meaux,--respondió Laigle,--y por metáfora, Bossuet.

Courfeyrac subió al cabriolé.

--Cochero,--dijo,--fonda de la Puerta de Santiago.

Y aquella misma tarde se instaló Mario en uno de los cuartos de la fonda de la Puerta de Santiago, contiguo al de Courfeyrac.

III =Admiraciones de Mario=

En pocos días se hizo Mario amigo de Courfeyrac. La juventud es la época de soldaduras fáciles y de las cicatrizaciones rápidas. Mario, junto á Courfeyrac, respiraba libremente, cosa novísima para él. Courfeyrac no le interrogaba; ni siquiera soñaba en ello. Á su edad, la expresión del rostro lo dice todo; y no hay necesidad de la palabra.

Hay jóvenes de los cuales podría decirse que tienen una fisonomía charlatana. Se les mira y conoce desde luego.

Sin embargo, una mañana le dirigió bruscamente esta pregunta:

--Á propósito: ¿tenéis opinión política?

--¡Pues no he de tenerla!--dijo Mario,--casi ofendido de la pregunta.

--¿Qué sois?

--Demócrata bonapartista.

--Matiz gris de ratón, asegurado,--dijo Courfeyrac.

Al día siguiente, Courfeyrac acompañó á Mario al café Musain, murmurando á su oído: Es preciso que os introduzca en la revolución. Condújole á la sala de los amigos del A B C, y le presentó á sus camaradas, diciendo, á media voz, esta sencilla frase que Mario no comprendió: un discípulo.

Mario acababa de caer en un avispero de talentos, pero aunque silencioso y grave, no era el menos alado ni el peor armado.

Mario, hasta entonces grave y aficionado al monólogo y al aparte, por costumbre ó por inclinación, se quedó como amilanado por aquella bandada de jóvenes que le rodeaba. Todas aquellas iniciativas le llamaban y atraían á un tiempo en diversos sentidos. El tumultuoso vaivén de todos aquellos espíritus libres en acción, envolvían sus ideas como un torbellino, tanto, que en medio de su turbación se llevaba tan lejos alguna de ellas, que le costaba trabajo recogerlas. Oía hablar de filosofía, de literatura, de artes, de historia y de religión de una manera inesperada. Vislumbraba extraños aspectos, y como no los colocaba en perspectiva, no estaba seguro de no encontrar el caos. Al dejar las opiniones de su abuelo por las de su padre, había creído adquirir ideas fijas; pero entonces llegó á suponer con inquietud, y sin atreverse á asegurarlo, que no las tenía. El prisma desde el cual lo veía todo empezaba de nuevo á moverse. Ciertas oscilaciones conmovían todo el horizonte de su cerebro. Raro batiburrillo interior que en realidad le mortificaba.

Parecía que para aquellos jóvenes no «había nada sagrado». Mario oía, en primer lugar, un lenguaje singular, que mortificaba su espíritu tímido todavía.

Se le presentaba un cartel de teatro, adornado con un título de tragedia del antiguo repertorio llamado clásico:--¡Abajo la tragedia favorita de los burgueses!--exclamaba Bahorel. Y Mario oía cómo Combeferre replicaba:

--Te equivocas, Bahorel; los burgueses gustan de la tragedia, y debemos en este punto dejarlos tranquilos. La tragedia de peluca tiene su razón de ser, y yo no soy de los que, á nombre de Esquilo, le disputan el derecho á la vida. En la naturaleza hay esbozos, como hay en la creación parodias hechas y derechas; un pico que no es pico, alas que no son alas, aletas que no son aletas, patas que no son patas, y un grito doloroso que mueve á risa: tal es el pato. Pero, supuesto que la volatería existe al lado del ave, no veo la razón por que la tragedia clásica no pueda vivir frente á frente de la tragedia antigua.

Y quiso la casualidad que Mario pasase por la calle de Juan Jacobo Rousseau entre Enjolrás y Courfeyrac.

Courfeyrac le tomó del brazo diciéndole:--Oye bien. Ésta es la calle Plâtrière, llamada hoy de Juan Jacobo Rousseau, por haber vivido en ella una familia muy original, hace unos sesenta años. Esta familia se componía de Juan Jacobo y Teresa. De cuando en cuando nacía aquí alguna criatura, Teresa los daba á luz y Juan Jacobo los iluminaba.

Y Enjolrás respondía á Courfeyrac:

--¡Silencio ante Juan Jacobo! ¡Es hombre á quien admiro! Renegó de sus hijos, es verdad, pero prohijó al pueblo.

Ninguno de aquellos jóvenes pronunciaba esta palabra: el emperador. Juan Prouvaire solamente decía alguna vez: Napoleón; todos los demás decían Bonaparte, y Enjolrás pronunciaba Buonaparte.

Mario se admiraba vagamente. Initium sapientiæ.

IV =La sala interior del café Musain=

Una de las conversaciones entre aquellos jóvenes, conversaciones á las cuales asistía Mario, tomando en ellas parte alguna vez, produjo un verdadero sacudimiento en su espíritu.

Pasaban estas escenas en la sala interior del café Musain. Casi todos los amigos del A B C se encontraban aquella noche reunidos allí. El quinqué era la única luz de la sala. Se hablaba de unas cosas y de otras, pero sin pasión y con ruido. Excepto Enjolrás y Mario que se callaban, cada cual echaba su discursejo. Las conversaciones entre camaradas son muchas veces pacíficamente tumultuosas. Era aquello tanto como una conversación, un juego y una confusión. Lanzábanse unos á otros frases que eran inmediatamente recogidas. Se hablaba en los cuatro extremos.

Ninguna mujer podía ser admitida en aquella sala interior, como no fuése Luisita, la fregona de la vajilla del café, que de cuando en cuando la cruzaba para ir del fregadero al «laboratorio».

Grantaire, completamente ebrio, ensordecía el rincón del que se había apoderado, razonando y anterazonando á toda voz, decía:

--Tengo sed. Mortales, esto es un sueño: estoy soñando que el tonel de Heidelberg sufre un ataque apoplético, y que yo soy una sanguijuela de la docena que van á aplicarle. Quisiera beber. Deseo olvidar la vida. La vida es una invención repugnante de no sé quién. Es una cosa que no vale nada ni nada dura, por dura que sea, y á pesar de ello se cansa uno viviendo. La vida es una decoración muy poco practicable. La felicidad es solamente una ventana antigua pintada sólo por un lado. El Eclesiastés dice: Todo es vanidad, y yo pienso como este buen hombre que, tal vez, no ha existido jamás. El cero, no queriendo ir desnudo, se ha vestido de vanidad. ¡Oh vanidad, que todo lo revistes de palabras grandes! Una cocina es un laboratorio; un bailarín, un profesor; un saltimbanqui, un gimnasta; un boxeador es un pugilista; un boticario, un químico; un peluquero, un artista; un albañil, un arquitecto; un jockey, un sportman; un escarabajo, un pterobranquio. La vanidad tiene derecho y revés; el derecho es tonto, es el negro con sus chucherías; el revés es necio, es el filósofo con sus andrajos. Lloro por el uno y me río del otro. Los que se llaman honores y dignidades, como la dignidad y el honor mismos, son generalmente oropeles. Los reyes juegan con el orgullo humano. Calígula hizo cónsul á un caballo; Carlos II hizo caballero á un filete de vaca. Enorgulleceos pues ahora entre el cónsul Incitatus y el barón Roastbeef. Tampoco el valor intrínseco de las personas es más respetable. Oid el panegírico que hace el vecino del vecino. Lo blanco contra lo blanco es cosa horrible; si la azucena hablare, ¡cómo saldría de su lengua la paloma! Una mojigata, hablando de una devota, es más virulenta que el áspid y que el bungarus azul. Lástima que yo sea un ignorante, porque os haría una porción de citas; pero no sé nada. Siempre he tenido ingenio; por ejemplo, cuando era discípulo de Gros, en vez de embadurnar cuadritos, pasaba el tiempo robando manzanas; rapaz es el masculino de rapiña. Esto en cuanto á mí. En cuanto á vosotros valéis otro tanto. Yo me río de vuestras perfecciones, excelencias y cualidades. Toda cualidad se hunde en un defecto; la economía linda con la avaricia; la generosidad con la prodigalidad; el valor con la fanfarronería; mucha piedad equivale á fanatismo: hay tantos viejos en la virtud como agujeros en el manto de Diógenes. ¿Á quién admiráis, al matador ó al muerto? ¿Á César ó á Bruto? Generalmente al matador. ¡Viva Bruto! puesto que mató. Ésta es la virtud. Virtud, sí, pero también locura. Estos grandes hombres tienen faltas muy especiales. El Bruto que mató á César estaba enamorado de la estatua de un niño. Esta estatua era del escultor griego Estrongilión, que había modelado igualmente aquella figura de amazona llamada Bella Pierna, Eucnemos, que Nerón llevaba consigo en sus viajes. Estrongilión no dejó más que dos estatuas que pusieron de acuerdo á Bruto y á Nerón. Bruto se enamoró de una y Nerón de otra. La Historia no es sino una repetición continuada. Un siglo plagia á otro. La batalla de Marengo es copia de la Pydna; el Tolbiac de Clodoveo y el Austerlitz de Napoleón, se parecen como dos gotas de sangre. Yo doy poca importancia á la victoria. No hay nada tan estúpido como vencer; la verdadera gloria está en convencer. Pero ¡tratad de probarme alguna cosa! Os contentáis con el éxito: ¡qué medianías! Con la conquista, ¡qué miseria! ¡Ah! Vileza y vanidad en todo. Todo obedece al éxito, incluso la gramática: Si volet usus, dice Horacio. Por lo tanto, desprecio al género humano. ¿Descenderé ahora del todo á la parte? ¿Queréis que admire á los pueblos? ¿Qué pueblo queréis? ¿Grecia? Los atenienses; es decir, los parisienses de entonces, mataban á Foción, como si dijéramos Coligny, y adulaban á los tiranos hasta el punto de que Anacéforo dijera de Pisístrato: su orín atrae las abejas. El hombre más notable de Grecia, en el espacio de cincuenta años, fué el gramático Filetas, que era tan diminuto, que tenía que ponerse plomo en los zapatos para que no se lo llevase el viento. En la gran plaza de Corinto había una estatua esculpida por Silarión, y citada por Plinio en su catálogo; representaba á Epístato. ¿Y qué había hecho Epístato? Había inventado la zancadilla. Esto resume la Grecia y la gloria. Pasemos á otros pueblos. ¿Admiraré á Inglaterra? ¿Admiraré á Francia? ¡Á Francia! ¿Y por qué? ¿Porque tiene un París? Acabo de deciros mi opinión con respecto á Atenas. ¿Á Inglaterra? ¿Y por qué? ¿Porque tiene un Londres? Odio á Cartago. Además, Londres, metrópoli del lujo, es capital de la miseria. Solamente en la parroquia de Charing Cross, mueren anualmente cien personas de hambre.

Tal es la Albión. Y para terminar, añado, que he visto bailar á una inglesa con corona de rosas y anteojos azules. Así pues, ¡una higa para Inglaterra! Si no admiro á John Bull, ¿admiraré á su hermano Jonathan? Me hace muy poca gracia este hermano que tiene esclavos. Salvo el Time is money, ¿qué queda de Inglaterra? Salvo el cotton is King, ¿qué queda de América? Alemania es la linfa: Italia la bilis. ¿Nos extasiaremos ante Rusia? Voltaire la admiraba; pero también admiraba la China. Convengo en que Rusia tiene sus bellezas, entre otras, un gran despotismo; pero compadezco á los déspotas: son delicados de salud. Un Alejo decapitado, un Pedro asesinado á puñaladas, un Pablo estrangulado, otro Pablo aplastado á trancazos, varios Juanes, muchos Nicolases y Basilios envenenados; todo lo cual indica que el palacio de los emperadores de Rusia está en flagrantes condiciones de insalubridad. Todos los pueblos civilizados ofrecen á la meditación del pensador un hecho: la guerra. Pero la guerra civilizada agota y generaliza todas las formas del bandolerismo: desde el asalto del ladrón de trabuco, en las gargantas del monte Jaxa, hasta el merodeo de los indios Comanches en Paso Dudoso. ¡Bah! me diréis: Europa vale más que Asia. Convengo en que Asia es una farsa; pero no sé por qué os reís del gran lema; vosotros, pueblos de occidente, que habéis mezclado con vuestras modas y vuestra elegancia, todas las inmundicias complicadas de la majestad, desde la camisa sucia de la reina Isabel, hasta la silla retrete del Delfín. Señores humanos, yo os lo digo: ¡Naranjas! Bruselas es el pueblo que consume más cerveza, Estocolmo más aguardiente, Madrid más chocolate, Amsterdam más ginebra, Londres más vino, Constantinopla más café, y París más ajenjo. Á esto quedan reducidas todas las naciones más útiles: París sobresale. En París, hasta los traperos son sibaritas; Diógenes hubiera preferido ser trapero de la plaza Maubert, á filósofo del Pireo. Ahora debéis saber aún más: las tabernas de los traperos se llaman bibinas; las más célebres son la Cacerola y el Matadero. Pero ¡oh! figones, bodegones, tapones y tabernas; Chiscones, cachimares, bibinas de traperos, caravanserrallos de los califas, yo os pongo por testigos: yo soy voluptuoso; como en casa Richard á cuarenta sueldos el cubierto, y quiero tapices de Persia, y que sean dignos de que ruede por ellos Cleopatra desnuda. ¿Dónde está Cleopatra? ¡Ah! eres tú, Luisita. Buenos días.

Así se deshacía en palabras, abrazando á la fregona de la vajilla, en su rincón de la sala interior del café Musain, nuestro Grantaire, algo más que bebido.

Bossuet extendió la mano hacia él, probando de imponerle silencio, pero Grantaire continuó en su valeroso entusiasmo:

--Águila de Meaux, ¡abajo esas patas! No me hace el menor efecto tu ademán de Hipócrates rechazando los presentes de Artajerjes. Te dispenso de calmarme. Además estoy triste. ¡Qué queréis que os diga! el hombre es malo, es deforme; la mariposa es un ser completo; el hombre fracasó. Dios la erró al hacer este animal. Una multitud es una colección de fealdades. El primer recién llegado es un miserable. Femme rima con infame. Sí, tengo spleen complicado con melancolía, con nostalgia, con hipocondría. Me desespero, rabio, se me abre la boca, me fastidio, me incomodo, me aburro, me vuelvo loco. ¡Qué sabe Dios de dónde está el diablo!

--¡Silencio pues R mayúscula!--dijo Bossuet que estaba discutiendo un punto de derecho con otros, y que se había metido hasta medio cuerpo en una frase de la jerga forense, cuyo fin era el siguiente:

--...En cuanto á mí, que apenas soy legista y á lo más puedo pasar por procurador de afición, sostengo, que conforme á la costumbre de Normandía, el día de san Miguel, y cada año, debería pagarse un equivalente al señor, salvo los demás derechos, por todos y cada uno, tanto propietarios como herederos, por todos los enfiteusis, arrendamientos, alodios, contratos periciales hipotecarios é hipotecables...

--Ecos, ninfas plañideras,--murmuró Grantaire.

Junto á éste, y en una mesa casi silenciosa, un pliego de papel, un tintero y una pluma entre dos vasos, anunciaban que se estaba bosquejando un vaudeville.

Este importante negocio se trataba en voz baja, rozándose las dos cabezas trabajadoras:

--Empecemos por buscar los nombres. Cuando se tienen los nombres se encuentra el asunto.

--Es verdad; dicta: ya escribo,

--¿Señor Dorimón?

--¿Rentista?

--Naturalmente.

--Su hija Celestina.

--...tina. ¿Y luego?

--¿El coronel Sainval?

--Sainval es muy gastado: yo le llamaría Valsain.

Al lado de los aspirantes á vaudevillistas, había otro grupo que aprovechaba también el ruido para hablar bajo; concertaban un duelo. Un viejo de treinta años aconsejando á un joven de diez y ocho, le explicaba con qué especie de adversario tenía que habérselas.

--¡Diablo! No os fiéis. Es un gran espadachín. Juega muy limpio. Conoce el ataque; no pierde golpe; tiene puño, impetuosidad y golpe de vista; presto al quite, y contestación matemática. ¡Vive Dios! y es zurdo.

En el ángulo opuesto á Grantaire, estaban Joly y Bahorel jugando al dominó, y hablando de amores.

--Eres feliz,--decía Joly.--Tienes una querida que siempre se ríe.

--Pues no deja de ser una falta,--respondió Bahorel.--Las queridas hacen mal en reirse. Esto da valor para engañarlas. Verlas alegres quita el remordimiento; al revés de si uno las ve tristes, entonces parece caso de conciencia.

--¡Ingrato! ¡Es tan buena una mujer que se ríe! ¡Y nunca os peleáis!

--Esto depende del trato que tenemos hecho. Al hacer nuestra santa alianza, nos hemos designado los términos de nuestras respectivas fronteras, que no pasamos nunca. La que está situada al cierzo, pertenece á Vaud; y la que está de la parte del viento, á Gex. De aquí la paz.

--La paz es la satisfacción de la digestión.

--Y tú, Jolllly, ¿cómo van tus desavenencias con la damisela?... ¿Sabes á quién aludo?

--Me rechaza con una paciencia verdaderamente cruel.

--Y sin embargo, eres un enamorado tierno y débil.

--¡Ah!

--Yo en tu lugar la plantaba.

--Esto es muy fácil de decir.

--Y de hacer. Se llama Musichetta, ¿no es eso?

--Sí. ¡Ah! pobre Bahorel; es una soberbia chica, muy leída, de pies pequeños, y diminutas manos, apuesta, blanca, torneada, con unos ojos más gitanos. ¡Me tiene loco!

--Pues, amigo mío, no hay más remedio que complacerla, ser elegante, y producir efectos de rótulo. Cómprate en casa Staub un buen pantalón de cuero, de lana. Esto da carácter.

--¿Á qué precio?--gritó Grantaire.

En el tercer rincón se discutía sobre poética. La mitología pagana disputaba con la teología. Se trataba del Olimpo, y lo defendía Juan Prouvaire por romanticismo.

Juan Prouvaire solamente era tímido en los momentos de calma. Una vez excitado, estallaba; cierto sello de satisfacción acentuaba su entusiasmo, siendo á un tiempo lírico y risueño.

--No insultemos á los dioses,--decía.--Los dioses no se han ido tal vez. Júpiter dista mucho de causarme el efecto de un muerto. Los dioses son sueños, decís vosotros. Pues bien, en la misma naturaleza, tal como es hoy, después de la desaparición de aquellos sueños, se hallan de nuevo todos los antiguos mitos del paganismo. Una montaña con las apariencias de ciudadela, como Viquemale, por ejemplo, es todavía, para mí, el peinado de Cibeles; no hay quien me haya probado que Pan no venga por la noche á soplar en los troncos huecos de los sauces, tapando á su vez con los dedos los agujeros; y he creído siempre que para algo está en la cascada de Pissevache.

En el último rincón se hablaba de política. Se maltrataba la Carta otorgada. Combeferre la defendía débilmente, y Courfeyrac la atacaba con dureza y energía. Estaba sobre la mesa un malhadado ejemplar de la famosa Carta Touquet. Courfeyrac la había cogido y la sacudía, mezclando á sus argumentos, el ruidoso temblor del papel.

--En primer lugar, yo no quiero reyes; aunque no sea más que desde el punto de vista económico, no los quiero; un rey es un parásito. No existen reyes gratis. Atended: carestía de los reyes. Al morir Francisco I, la deuda pública en Francia era de treinta mil libras de renta; á la muerte de Luis XIV, ascendía á dos mil seiscientos millones, á veintiocho libras el marco, lo que equivaldría en 1760, según Desmarets, á cuatro mil quinientos millones, llegando hoy á doce mil millones. En segundo lugar, con permiso de Combeferre, una Carta otorgada es un pobre expediente de civilización. Salvar la transición, dulcificar el pase, amortiguar la sacudida, trasladar insensiblemente la nación, de la monarquía á la democracia, por lo práctica de las ficciones constitucionales, son razones muy poco apreciables. ¡No, y mil veces no! ¡No alumbremos nunca al pueblo con la luz falsa. Los principios se debilitan y amortiguan en vuestra bodega constitucional. Nada de bastardías, nada de compromisos, nada de concesiones del rey al pueblo. Todas estas concesiones tienen su artículo 14. Al lado de la mano que da, aparece la garra que arrebata. Rechazo vuestra Carta. Una Carta es una máscara, detrás de la cual se esconde la mentira. Un pueblo que acepta una Carta, abdica. El derecho debe ser siempre el derecho, de lo contrario, deja de ser tal derecho. ¡No! ¡Nada de Carta!

Era en invierno; dos leños chispeaban en la chimenea. Ésta fué la irresistible tentación de Courfeyrac. Estrujó entre sus manos la desdichada Carta-Touquet, y la echó al fuego. El papel produjo llama; Combeferre contempló filosóficamente cómo ardía la obra maestra de Luis XVIII, limitándose á decir:

--La Carta metamorfoseada en llama.

Y los sarcasmos, las ocurrencias, los equívocos, y esta cosa francesa llamaba entrain, como la cosa inglesa llamada humour, el bueno y el mal gusto, las buenas razones y las malas, los locos chispazos del diálogo, creciendo á cada paso, y cruzándose en la sala por mil encontradas direcciones, formaban sobre las cabezas allí reunidas una especie de alegre bombardeo.

V =Dilatación del horizonte=

El choque de los ingenios entre mozos, ofrece la admirable particularidad de que no se puede nunca prever la chispa, ni adivinar el relámpago. ¿Qué va á brotar en un momento dado? Nadie lo sabe. La carcajada parte de la ternura; la gravedad surge de una bufonada. Los impulsos provienen de la primera palabra que se oye. La vena de cada uno es soberana. Un chiste basta para abrir campo á lo inesperado. Estas conversaciones son, pues, entretenimientos mudables en que la perspectiva varía de súbito. La casualidad es el maquinista de tales conversaciones.

Un pensamiento severo que surgió caprichosamente de un juego de palabras, atravesó de pronto aquella escaramuza de frases en que se tiroteaban confusamente Grantaire, Bahorel, Prouvaire, Bossuet, Combeferre y Courfeyrac.

¿De qué modo brota una frase en un diálogo? ¿Cuál es la causa de que quede escrita con letra bastardilla en la imaginación de los que la oyen? Ya lo hemos dicho: nadie lo sabe. En medio del ruido, Bossuet terminó uno de sus apóstrofes, dirigido á Combeferre, con esta fecha:

--18 de junio de 1815: Waterloo.

Al nombre de Waterloo, Mario, apoyado de codos en una mesa, y cerca de un vaso de agua, se quitó el puño de la barba, y empezó á mirar fijamente al auditorio.

--¡Vive Dios!--exclamó Courfeyrac (Pardiez iba estando en desuso en aquellos tiempos),--¡que es extraña la tal cifra 18! y me choca. Es el número fatal de Bonaparte. Poned á Luis delante y á brumario detrás, y tendréis todo el destino del hombre, con la particularidad significativa de que el principio es pisoteado por el fin.

Enjolrás, que hasta entonces había permanecido callado, rompió el silencio, dirigiendo esta frase á Courfeyrac:

--Tú quieres decir el crimen por la expiación.

Esta palabra crimen pasaba los límites de lo que podía tolerar Mario, muy conmovido ya por la brusca evocación de Waterloo.

Levantóse, dirigiéndose lentamente hacia el mapa de Francia que colgaba de la pared, en cuya parte inferior se veía una isla en un cuadrito separado, y poniendo el dedo en aquel cuadrito dijo:

--Córcega, isla pequeña, que ha engrandecido á la Francia.

Fué esto un soplo de aire helado. Todos se interrumpían. Conocíase que iba á empezar algo.

Bahorel, replicando á Bossuet, estaba disponiéndose á tomar una actitud de torso, muy de su agrado; pero renunció á ella para oir.

Enjolrás, cuyos ojos azules en nadie se fijaban, pareciendo contemplar el vacío, respondió sin dirigirse á Mario:

--Francia no ha menester de ninguna Córcega para ser grande. Francia es grande porque es Francia. Quia nominor leo.

Á Mario no se le ocurrió siquiera que pudiese retroceder. Volvióse hacia Enjolrás, dejando oir su voz con una vibración proveniente del extremecimiento de sus entrañas:

--No quiera Dios que yo deprima á la Francia. Pero no es deprimirla asociarla á Napoleón. ¡Vamos á ver! Discutamos: yo soy nuevo entre vosotros, pero os confieso que me asombráis. ¿Dónde estamos? ¿Quiénes somos? ¿Quiénes sois? ¿Quién soy yo? Hablemos del emperador. Os oigo decir Buonaparte acentuando la u como los realistas; y os advierto que mi abuelo la acentúa mejor aún, pues dice ¡Buonaparte! Yo os creía jóvenes. ¿Dónde colocáis el entusiasmo? ¿Qué hacéis de él? ¿Qué admiráis, sino admiráis al emperador? ¿Qué más necesitáis? Si no consideráis grande á éste, ¿qué grandes hombres deseáis?

«Napoleón lo tenía todo. Era un ser completo. Su cerebro era el cubo de las facultades humanas. Hacía códigos como Justiniano; dictaba como César; en su conversación mezclaba el relámpago de Pascal con el rayo de Tácito; hacía la historia y la escribía; sus boletines son Ilíadas; combinaba las cifras de Newton con las metáforas de Mahoma; dejaba detrás de él, en Oriente, palabras grandes como las pirámides; en Tilsit enseñaba la majestad á los emperadores; en la Academia de Ciencias replicaba á Laplace; en el consejo de Estado se hombreaba con Merlín; daba alma á la geometría de los unos y á la argucia de los otros; era legista con los procuradores, y sideral con los astrónomos, como Cromwell, apagando una vela de dos, é iba al Temple á regatear unas borlas de cortina; todo lo veía, todo lo sabía; y esto no le impedía sonreir como el padre más bonachón al lado de la cuna de su hijo. Y de súbito, la Europa asustada escuchaba: Poníanse en marcha los ejércitos; rodaban los parques de artillería; puentes de barcas cubrían los ríos; nubes de caballería galopaban en el huracán; por todas partes gritos, trompetas, temblor de tronos; oscilaban las fronteras de los reinos en el mapa; se oía el ruido de una espada sobrehumana salir de la vaina; veíasele á él elevándose sobre el horizonte con una llama en la mano, y un fulgor en los ojos, desplegando en medio del trueno sus dos alas, es decir, el grande ejército y la guardia veterana. ¡Era el arcángel de la guerra!».

Todos callaban, y Enjolrás bajaba la cabeza. El silencio produce siempre alguna aquiescencia, ó por lo menos una especie de tregua. Mario, casi sin tomar aliento, continuó con un entusiasmo creciente:

--¡Seamos justos, amigos míos! ¡Qué brillante destino el de un pueblo, ser el imperio de semejante emperador, cuando ese pueblo es Francia, y asocia su genio al genio del grande hombre! Aparecer y reinar, marchar y triunfar, tener por etapas todas las capitales, hacer reyes de sus granaderos, decretar caídas de dinastías, transfigurar la Europa á paso de carga; que sientan, cuando amenazáis, que ponéis la mano en el pomo de la espada de Dios; seguir en un solo hombre á Aníbal, á César y á Carlo Magno; ser el pueblo de un hombre que mezcla en todas vuestras auroras la noticia deslumbrante de una victoria, tener por despertador el cañón de los Inválidos; arrojar en abismos de luz palabras prodigiosas que han de brillar siempre: Marengo, Arcole, Austerlitz, Jena, Wagram; hacer á cada instante aparecer en el zénit de los siglos constelaciones de nuevos triunfos, dar el imperio francés por contrapeso al imperio romano; ser la gran nación y producir el gran ejército; hacer volar las legiones por todos los pueblos, así como una montaña envía á todas partes sus águilas; vencer, dominar, fulminar; ser en medio de Europa, una especie de pueblo dorado á fuerza de gloria; tocar al través de la historia un redoble de titanes; conquistar el mundo dos veces, por conquista y deslumbramiento; esto es sublime. ¿Hay algo más grande?

--Ser libre,--dijo Combeferre.

Mario bajó á su vez la cabeza; esta palabra sencilla y fría, atravesó como una hoja de acero su épica efusión, y la sintió desvanecerse dentro de sí. Cuando alzó los ojos, Combeferre ya no estaba allí. Satisfecho indudablemente de su réplica á la apoteosis, acababa de salir, y todos, excepto Enjolrás, le habían seguido.

La sala se quedó vacía. Enjolrás, á solas con Mario, le miraba gravemente. Mario, sin embargo, habiendo ordenado un poco sus ideas, no se daba por vencido. Había en él un resto de entusiasmo que iba á traducirse sin duda, en silogismos desplegados contra Enjolrás, cuando se oyó cantar en la escalera á uno que se retiraba. Era Combeferre, y he aquí lo que cantaba:

Si César me hubiera dado La gloria de las batallas, Obligándome á dejarle El cariño de mi madre, Le hubiera dicho al gran César: Recoge el cetro y el carro, Que yo prefiero mi gusto, Como prefiero á mi madre.

El tierno y severo acento con que cantaba Combeferre, daba á su canción cierta grandeza particular. Mario, pensativo, mirando al techo, repitió casi maquinalmente: ¡Mi madre!...

En este momento sintió sobre el hombro la mano de Enjolrás.

--Ciudadano,--le dijo Enjolrás,--mi madre es la república.

VI =Res augusta=

Aquella velada produjo en Mario una sacudida profunda y una obscuridad triste en su alma. Experimentó lo que tal vez experimenta la tierra en el instante que la abre el hierro para depositar en ella el grano de trigo; sólo siente la herida; la sacudida del germen y el placer del fruto, vienen más tarde.

Mario se quedó sombrío. ¿Acababa apenas de abrazar una fe y debía rechazarla? Díjose resueltamente á sí mismo que no. Declaróse que no quería dudar; pero comenzaba á dudar á pesar suyo. Vivir entre dos religiones, no habiendo dejado todavía la una ni entrado aún en la otra, es insoportable. Y los crepúsculos sólo agradan á las almas de murciélago. Mario tenía abiertas sus pupilas y necesitaba la verdadera luz. La media luz de la duda le hacía daño. Por más deseos que tenía de quedarse donde estaba, y de permanecer firme, se veía obligado irresistiblemente á avanzar, á examinar, á pensar, á ir más adelante, sin cesar ni cejar. ¿Adónde debía esto llevarle? Temía, después de haber dado tantos pasos que le habían aproximado á su padre, dar otros nuevos que le alejasen de él. Aumentábase su malestar con todas las reflexiones que se le ocurrían. Todo se le hacía escarpado á su alrededor. Ya no estaba de acuerdo ni con su abuelo ni con sus amigos; temerario para el uno, retrógrado para los otros, vióse doblemente aislado por el lado de la vejez y por el de la juventud. Dejó de ir al café Musain.

En esta turbación de su conciencia, apenas pensaba en ciertos detalles serios de la existencia; pero las realidades de la vida no se dejan olvidar, y fueron á acometerle bruscamente.

Una mañana, entró en su cuarto el amo de la fonda, y le dijo:

--El señor Courfeyrac ha respondido por vos.

--Sí.

--Pues me hace falta dinero.

--Decid al señor Courfeyrac que me haga el favor de venir; tengo que hablarle,--dijo Mario.

Al entrar Courfeyrac, el patrón los dejó solos.

Mario le refirió lo que no había pensado decirle todavía, esto es, que estaba como solo en el mundo y sin parientes.

--¿Y qué va á ser de vos?--dijo Courfeyrac.

--No lo sé,--respondió Mario.

--¿Qué pensáis hacer?

--No lo sé.

--¿Tenéis dinero?

--Quince francos.

--¿Queréis que os preste?

--Jamás.

--¿Tenéis ropa?

--Ésta.

--¿Y alhajas?

--Un reloj.

--¿De plata?

--De oro. Éste.

--Yo sé de un prendero que os comprará la levita y un pantalón.

--Corriente.

--No os quedará más que un pantalón, un chaleco, un sombrero y un frac.

--Y las botas.

--¡Cómo! ¿No habéis de ir con los pies descalzos? ¡Qué opulencia!

--Tendré bastante.

--Conozco un relojero que os comprará el reloj.

--Bueno.

--No, no es bueno. ¿Qué haréis después?

--Lo que fuere menester. Todo lo que sea honrado al menos.

--¿Sabéis inglés?

--No.

--¿Sabéis alemán?

--No.

--Tanto peor.

--¿Por qué?

--Porque un librero amigo mío está publicando una especie de enciclopedia, para la cual podríais traducir artículos alemanes ó ingleses. Lo paga mal, pero se vive.

--Aprenderé el inglés y el alemán.

--¿Y entretanto?

--Entretanto me comeré mi ropa y mi reloj.

Llamaron al prendero, y le compró la ropa en veinte francos.

Fueron á casa del relojero, y les compró por cuarenta y cinco francos el reloj.

--Esto no va mal,--decía Mario á Courfeyrac al entrar de vuelta ya en la fonda;--con los quince francos que tenía reúno ochenta.

--¿Y la cuenta del patrón?--observó Courfeyrac.

--Es verdad; la olvidaba ya,--dijo Mario.

El patrón presentó su cuenta, y hubo que pagársela enseguida. Ascendía á setenta francos.

--Me quedan diez francos,--dijo Mario.

--¡Diablo!--exclamó Courfeyrac.--Os comeréis cinco francos mientras aprendáis el inglés, y otros cinco mientras aprendáis el alemán. Esto será tragar una lengua muy pronto, ó gastar una moneda de cien sueldos muy lentamente.

En el entretanto, su tía Gillenormand, bastante buena en el fondo en los momentos tristes, había concluido por averiguar la morada de Mario.

Una mañana, cuando Mario volvía de clase, se encontró con una carta de su tía y las sesenta pistolas, es decir, seiscientos francos en oro, en una cajita cerrada.

Mario devolvió los treinta luises á su tía acompañados de una carta muy respetuosa, en la cual le declaraba que tenía medios de existencia suficientes para atender á sus necesidades. En aquel momento le quedaban tres francos.

La tía no dijo nada de aquella devolución al abuelo por miedo de acabarle de exasperar. Además, ¿no había dicho que no le hablasen nunca de aquel bebedor de sangre?

Mario dejó la fonda de la puerta de Santiago, no queriendo contraer deudas.

NOTAS:

[14] A B C suena en francés como Abaissé = rebajado, inferior.

LIBRO QUINTO EXCELENCIA DE LA DESGRACIA

I =Mario indigente=

La vida comenzó á ser difícil para Mario. Comerse la ropa y el reloj no era nada; pero se vió reducido á aquella situación inexplicable, que se llama comerse los codos, cosa horrible, que quiere decir: días sin pan, noches sin sueño y sin luz, hogar sin fuego, semanas sin trabajo, porvenir sin esperanza; la levita rota por las mangas, el sombrero viejo, dando que reir á las muchachas, la puerta que se encuentra cerrada de noche, porque no se paga á la patrona, la insolencia del portero y del hostelero, las risitas burlonas de los vecinos, las humillaciones, la dignidad ultrajada, la ocupación de cualquier clase aceptada, los disgustos, la amargura, el abatimiento. Mario aprendió á tragar todo eso, y á no tener que tragar muchas veces más que eso sólo. En aquel momento de la existencia en que el hombre tiene necesidad de orgullo, porque tiene necesidad de amor, se vió burlado porque andaba mal vestido, y ridículo porque era pobre. Á la edad en que la juventud os inflama el corazón con imperial altivez, bajó más de una vez sus miradas hasta los agujeros de sus botas, y conoció la injusta vergüenza, el punzador bochorno de la miseria. Prueba terrible y admirable de la que los débiles salen infames, y los fuertes sublimes; crisol en que el destino arroja al hombre cuando quiere convertirle en un ser despreciable, ó en un semidiós.

Porque se producen muchas acciones grandes en esas luchas pequeñas. Hay valientes, tercos é ignorados, que se defienden palmo á palmo en la sombra, contra la fatal invasión de las necesidades y de la ignominia. Hay nobles y misteriosos triunfos que no ve ninguna mirada, que ninguna fama recompensa, que ningún clarín saluda. La vida, la desgracia, el aislamiento, el abandono, la pobreza, son campos de batalla que tienen sus héroes, héroes obscuros, pero mas grandes á veces que los héroes ilustres.

Hay naturalezas firmes y raras que han sido así creadas, porque la miseria, que es casi siempre madrastra, es, á veces, madre; la desnudez engendra el vigor del alma y del talento; el desamparo engendra la altivez; el infortunio es una buena leche para los magnánimos.

Hubo una época en la vida de Mario en que él mismo barría su miserable cuarto, en que él mismo iba á comprar un sueldo de queso de Brie á la tienda de la frutera, ó que, esperando para ello la obscuridad del crepúsculo, entraba en la panadería á comprar un panecillo, que llevaba furtivamente á su buhardilla, como si lo hubiese robado. Alguna vez se veía deslizar en la carnicería de la esquina, por entre las bulliciosas cocineras que le codeaban, á un joven desmañado con sus libros bajo el brazo, y cierto aire tímido y furioso, que al entrar se quitaba el sombrero, dejando ver el sudor que corría por su frente; hacía un profundo saludo á la carnicera sorprendida, otro al mancebo de la carnicería; pedía después una chuleta de carnero, la pagaba con seis ó siete sueldos, la envolvía en un papel, la ponía debajo del brazo entre dos libros, y se iba. Aquel joven era Mario. Con aquella chuleta, que asaba él mismo, vivía tres días.

El primer día comía la carne, el segundo se bebía el caldo, y el tercero roía el hueso. Muchas otras veces su tía Gillenormand intentó nuevamente enviarle los sesenta escudos. Mario se los devolvió constantemente, diciendo que nada necesitaba.

Aún llevaba luto por su padre, cuando se verificó en él la revolución que hemos descrito; desde entonces no había abandonado el traje negro; pero el traje negro le abandonó á él. Vino un día en que no tuvo frac; pero aún podía durarle el pantalón. ¿Qué hacer? Courfeyrac, á quién había hecho algunos favores, le dió un frac viejo. Mario hizo que se le volviera del revés por seis reales un portero cualquiera, y se encontró con un frac que tenía todo el aspecto de nuevo. Pero era un frac verde: Mario desde entonces no salió sino después de caer el día, con lo cual hacía que su frac apareciese negro. Queriendo vestir siempre de luto, lo hacía con las tinieblas de la noche.

Á través de todo esto, llegó á tomar el grado y á recibirse de abogado. Creíase que habitaba en el aposento de Courfeyrac, que era decente, y donde, cierto número de obras viejas de jurisprudencia, sostenidas y completadas con tomos de novelas descabaladas, figuraban la biblioteca exigida por los reglamentos.

Hacía que se le dirigiese la correspondencia á casa de Courfeyrac.

Una vez ya abogado, dió Mario parte de ello á su abuelo por medio de una carta fría, pero llena de respeto y sumisión. El señor Gillenormand tomó la carta con cierto temblor, la leyó presuroso, la hizo cuatro pedazos y la arrojó al cesto.

Dos ó tres días después, la señorita Gillenormand oyó á su padre que estaba solo en su cuarto y hablaba en voz alta. Esto le acontecía siempre que se sentía muy agitado. Aplicó el oído; decía el viejo:

--Si no fueras un imbécil, sabrías que no se puede ser á un tiempo abogado y barón.

II =Mario pobre=

Pasa con la miseria como con todo. Llega á hacerse posible; acaba por tomar una forma y se acomoda. Vegeta uno, es decir, se desarrolla de cierta manera mezquina, pero suficiente á la vida. He aquí de que modo arregló Mario Pontmercy su existencia.

Había pasado lo más estrecho; el desfiladero se iba ensanchando delante de él. Á fuerza de trabajo, de ánimo, de perseverancia y voluntad, había conseguido sacar de su trabajo unos setecientos francos anuales. Había aprendido el alemán y el inglés; y gracias á Courfeyrac, que le había puesto en relaciones con su amigo el librero, desempeñaba en la literatura librera, el modesto papel de utilidad. Hacía prospectos, traducía periódicos, anotaba ediciones, compilaba biografías, etc.; producto neto, año bueno con malo, setecientos francos. Con ellos vivía. ¿Cómo? No mal. Vamos á decirlo.

Ocupaba Mario en la casucha de Gorbeau, mediante el precio anual de treinta francos, un tabuco sin chimenea, calificado de gabinete, donde no había, en materia de muebles, sino lo indispensable. Los muebles eran suyos. Daba tres francos al mes á la vieja, principal inquilina, para que le barriese el tabuco y le llevase todas las mañanas un poco de agua caliente, un huevo fresco y un panecillo de un sueldo. Con este pan y este huevo almorzaba. Su almuerzo variaba de dos á cuatro sueldos, según estaban los huevos baratos ó caros. Á las seis de la tarde bajaba por la calle de Santiago á comer en casa de Rousseau, frente al mercader de estampas Basset, esquina á la calle de Mathurins. No comía sopa. Tomaba una ración de carne de á seis sueldos, media ración de legumbres por tres, y un postre por tres más. Y finalmente, por otros tres sueldos le daban pan á discreción. En cuanto á vino, bebía agua. Al pagar en el mostrador donde estaba sentada majestuosamente la señora Rousseau, en aquella época, gorda siempre y todavía fresca, daba un céntimo para el mozo, la señora Rousseau le devolvía una sonrisa, y él se iba. Así era como por dieciséis sueldos tenía comida y sonrisa.

El restaurant Rousseau, en el que se desocupaban tan pocas botellas y tantas tinajas, era un calmante mejor que un restaurante.

Ya no existe. El dueño tenía un apodo chocante; llamábanle Rousseau el acuático. Así es que, almorzando por cuatro sueldos y comiendo por diez y seis, le salía el alimento en veinte sueldos diarios, esto es, en trescientos sesenta y cinco francos al año. Agréguense los treinta de alquiler, y los treinta y seis á la vieja, más algunos gastos menores, resulta que por cuatrocientos cincuenta francos, Mario estaba alimentado, alojado y servido. El vestido le costaba cien francos, la ropa blanca cincuenta, y el lavado y planchado cincuenta más, el total no pasaba de seiscientos cincuenta, así es que todavía le quedaban cincuenta. Era rico. Prestaba, cuando llegaba el caso, diez francos á un amigo; Courfeyrac llegó á tomarle un préstamo de sesenta francos. En cuanto á fuego para calentarse, no teniendo como no tenía chimenea, le había «suprimido».

Mario tenía siempre dos trajes completos; uno viejo, «para todos los días», y otro nuevo para las ocasiones. Ambos eran negros. No tenía más que tres camisas, una puesta, otra en la cómoda y otra en casa de la lavandera. Renovábalas á medida que se usaban, y estando casi siempre rotas, se abotonaba el frac hasta la barba.

Para llegar Mario á esa situación floreciente había necesitado años: años rudos, difíciles de atravesar los unos, de salvar los otros; pero Mario no había flaqueado un solo día. Todo lo había sufrido en materia de pobreza; todo lo había hecho, á excepción de contraer deudas. Dábase testimonio á sí propio de no haber debido nunca un céntimo á nadie. En su concepto, una deuda era el principio de la esclavitud. Llegaba á decir que un acreedor es peor que un amo; porque un amo no posee más que la persona, mientras que el acreedor posee la dignidad, y puede abofetearla.

Antes que pedir prestado prefería no comer. Había ayunado muchos días. Conociendo que todos los extremos se tocan y que, si no se pone cuidado, la baja en la fortuna puede conducir á la bajeza del alma, vigilaba celosamente por su altivez. Tal fórmula ó tal paso que, en otra situación, le hubiese parecido deferencia, considerábala ahora rebajamiento, y alzaba su frente. No arriesgaba nada por no querer retroceder. Veíase en su semblante una especie de rubor severo. Era tímido hasta la aspereza.

En todas sus pruebas se sentía alentado, y algunas veces arrastrado por una fuerza secreta que había en su interior. El alma ayuda al cuerpo, y hay momentos en que le sostiene. Es el único pájaro que puede sostener su jaula.

Al lado del nombre de su padre, otro nombre estaba grabado en el corazón de Mario, el de Thénardier. Mario, con su temperamento entusiasta y grave, rodeaba de una especie de aureola al hombre á quien, á su entender, debía la vida de su padre, aquel intrépido sargento que había salvado la vida al coronel entre las balas y la metralla de Waterloo. Nunca separaba el recuerdo de aquel hombre del recuerdo de su padre, y los asociaba juntos en su veneración. Era una especie de culto de dos grados, el altar mayor para el coronel, y el otro menor para Thénardier. Lo que redoblaba la ternura de su agradecimiento era la idea del infortunio en que suponía caído y abismado á Thénardier. Mario había sabido en Montfermeil la ruina y quiebra del infeliz posadero. Desde entonces había hecho grandes esfuerzos para descubrir sus huellas y procurar llegar á él, en aquel tenebroso abismo de miseria en que había desaparecido.

Mario había recorrido todo el país: había estado en Chelles, en Bondy, en Gournay, en Nogent, en Lagny. Durante tres años se había obstinado sin tregua, gastando en sus exploraciones el poco dinero de sus ahorros. Nadie había podido darle noticias de Thénardier; creíanle ausente, en país extranjero. Sus acreedores le habían buscado también, con menos amor que Mario, pero con tanta obstinación, sin haber conseguido echarle mano. Mario se acusaba, y casi se reprendía, el poco acierto de sus pesquisas.

Era la única deuda que le había dejado el coronel, y cifraba su honra en cancelarla. ¡Cómo! pensaba para sí. Cuando mi padre yacía moribundo en el campo de batalla, Thénardier supo dar con él al través del humo y de la metralla, y llevarle sobre sus espaldas; sin embargo, él nada le debía, y yo, que debo tanto á Thénardier, ¡no he de saber encontrarle en la sombra en que agoniza, y llevarle á mi vez, de la muerte á la vida! ¡Oh, yo le encontraré! Por encontrar á Thénardier, en efecto, Mario habría dado un brazo, y por arrancarle de la miseria, toda su sangre. Ver á Thénardier, hacerle un servicio cualquiera, decirle: «¿No me conocéis? ¡Pues yo sí os conozco! Aquí estoy, disponed de mí»; tal era el más dulce y magnífico de los sueños de Mario.

III =Mario crecido=

En aquella época, Mario tenía veinte años. Hacía tres que había dejado á su abuelo. De una y otra parte habían quedado sumidos en los mismos términos, sin intentar aproximarse ni tratar de verse. Por otro lado, volver á verse, ¿con qué fin? ¿Para chocar? ¿Quién de ambos habría llevado la razón sobre el otro? Mario era el vaso de bronce, pero el abuelo Gillenormand era la olla de hierro.

Debemos decirlo: Mario se había equivocado con respecto al corazón de su abuelo. Habíase figurado que el señor Gillenormand no le había tenido nunca cariño, y que aquel buen hombre, breve, duro y risueño, que juraba, gritaba, echaba pestes y levantaba el bastón, no le profesaba á todo extremo, más que ese afecto leve á un tiempo y severo de los padres gruñones de comedia. Mario se engañaba. Hay padres que no aman á sus hijos; pero no hay abuelo que no adore á su nieto. Como ya hemos dicho, en el fondo, el señor Gillenormand idolatraba á Mario. Idolatrábale á su modo, con acompañamiento de empujones y hasta de cachetes; pero una vez fuera de su vista el chico, sintió un negro vacío en su corazón; exigió que no le hablaran de él, lamentando por lo bajo de ser tan exactamente obedecido. Al principio esperó que volviera aquel buonapartista, aquel jacobino, aquel terrorista, aquel setembrista. Pero pasaron las semanas, pasaron los meses, pasaron los años, y con gran desesperación de Gillenormand, el bebedor de sangre no volvió.--Yo no podía menos de echarle de casa,--se decía el abuelo, y se preguntaba:--Si volviera á pasar lo mismo, ¿volvería yo á obrar del mismo modo?--Su orgullo respondía inmediatamente que sí; pero su blanca cabeza, que movía en silencio, respondía tristemente que no. Tenía sus horas de abatimiento. Faltábale Mario, y los viejos tienen tanta necesidad de cariño como del sol. Para ellos el afecto también es calor. Por más fuerte que fuése su naturaleza, la ausencia de Mario había producido cierto cambio en él. Por nada del mundo hubiera querido dar un paso hacia «aquel picaruelo»; pero sufría. Nunca preguntaba por él, pero nunca pensaba en otra cosa. Vivía cada vez más retirado en el Marais. Era aún, como en otros tiempos, alegre y violento; pero su alegría tenía una dureza convulsiva, como si contuviese dolor y cólera, y sus violencias terminaban siempre con una especie de abatimiento dulce y sombrío. Estas alternativas se repetían á menudo. Decía algunas veces:--¡Oh! ¡Si volviera, qué cachete se llevaría!

En cuanto á la tía, pensaba harto poco para amar mucho; Mario no era para ella más que una especie de contorno negro y vago, y había acabado por cuidarse de él mucho menos que del gato ó del loro, que ella probablemente tuviese. Lo que acrecentaba el sufrimiento interior del señor Gillenormand, era que se lo guardaba íntegro sin dejar adivinar nada. Su pesadumbre era como uno de esos hornillos de nueva invención que queman su mismo humo. Ocurría á veces que llegaba algún oficioso importuno, y hablándole de Mario, le preguntaba: ¿Qué hace, ó qué le ha pasado á vuestro nieto? El viejo respondía suspirando, si estaba triste, ó sacudiéndose las chorreras, si quería parecer alegre: «El señor barón de Pontmercy hace de abogadillo en algún rincón».

Mientras el abuelo se lamentaba, Mario se aplaudía á sí mismo. Como á todos los buenos corazones, la desgracia le había hecho perder la amargura. Sólo pensaba en el señor Gillenormand con dulzura; pero se había propuesto no recibir nada del hombre que había sido malo para su padre. Era aquello como la traducción mitigada de su primera indignación. Por otra parte, se creía dichoso por haber sufrido, y por sufrir aún, porque lo hacía por su padre. La dureza de su vida le satisfacía y le agradaba.

Decíase, con cierta alegría, que aquello era lo menos, que era una expiación; que sin esto habría sido castigado de otro modo y más tarde, por su impía indiferencia hacia su padre, un padre como el suyo; que no habría sido justo que su padre sobrellevase tantos sufrimientos y él ninguno. Por otra parte, ¿qué eran sus trabajos y su desnudez comparados con la vida heroica del coronel? Y en fin, el único medio de acercarse y asemejarse á su padre era ser tan valiente contra la indigencia como el coronel lo había sido contra el enemigo; y esto era sin duda lo que el coronel había querido decir con estas palabras: será digno de ello. Palabras que Mario seguía llevando, no sobre su pecho, porque había desaparecido el escrito del coronel, sino en su corazón.

Además, el día en que su abuelo le había expulsado no era más que un niño; pero á la sazón era ya un hombre, y así lo sentía. La miseria, repetimos, había sido buena para él. La pobreza en la juventud, cuando acierta á salir adelante, tiene un resultado magnífico, cual es el de dirigir toda la voluntad hacia el esfuerzo, y toda el alma hacia la aspiración. La pobreza pone luego de manifiesto la vida material en toda su desnudez, y la hace horrible; de ahí provienen esos inexplicables impulsos hacia la vida ideal. El joven rico tiene cien distracciones, brillantes y groseras: las carreras de caballos, la caza, los perros, el tabaco, el juego, los banquetes y todo lo demás; ocupaciones de las regiones bajas del alma, á costa de las regiones más altas y delicadas. El joven pobre encuentra gran dificultad en ganar su pan; come, y cuando ha comido, no le queda más que el divagar y soñar. Asiste gratis á los espectáculos que da Dios; contempla el cielo, el espacio, los astros, las flores, los niños, la humanidad entre la que sufre, la creación en la que resplandece. Mira tanto á la humanidad, que llega á ver el alma; mira tanto á la creación, que ve á Dios. Medita, y conoce que es grande; medita más, y conoce que es sensible.

Del egoísmo del hombre que sufre, pasa á la compasión del hombre que medita. Un admirable sentimiento brota en él, el olvido de sí mismo y la piedad para todos. Al pensar en los goces sin número que la naturaleza ofrece, da y prodiga á las almas abiertas, y niega á las almas cerradas; llega á compadecer, millonario de la inteligencia, á los millonarios del dinero. De su corazón va borrándose el odio á medida que va penetrando toda la claridad en su espíritu. Por otra parte, ¿es acaso desgraciado? No; la miseria de un joven no es nunca miserable. Cualquier joven, por pobre que sea, con su salud, su fuerza, su andar vivo, sus ojos brillantes, su sangre que circula ardorosa, sus cabellos negros, sus mejillas frescas, sus labios sonrosados, sus dientes blancos, su aliento puro, dará siempre envidia á un viejo, aunque este sea un emperador. Cada día por la mañana se pone á ganar el sustento, y mientras sus manos ganan el pan, su espina dorsal adquiere gallardía, su cerebro ideas; y cuando concluye el trabajo, vuelve á los éxtasis inefables, á la contemplación, á los goces; vive con los pies en la aflicción, en los obstáculos, en el suelo, en los abrojos, y á veces en el lodo, y con la cabeza en la luz. Es firme, sereno, dulce, pacífico, atento, grave; está satisfecho con muy poco, y benévolo; bendice á Dios que le ha dado dos riquezas de las que carecen muchos ricos; el trabajo que le hace libre, y la inteligencia que le hace digno.

Esto era lo que había pasado por Mario quien, para decirlo todo, se había inclinado tal vez demasiado del lado de la contemplación. Desde el día en que había podido ganar su vida casi con seguridad, se había estacionado, encontrando buena la pobreza, y descontando algo del trabajo, para dárselo al pensamiento; es decir, que pasaba días enteros meditando, sumergido y abstraído como un visionario en las mudas voluptuosidades del éxtasis y de la irradiación interior. Había planteado de este modo el problema de la vida: dar el menor tiempo posible al trabajo material, para dar el mayor tiempo posible al trabajo impalpable; ó en otros términos, dedicar algunas horas á la vida real, y el resto al infinito. No advertía, pareciéndole no carecer de nada, que la contemplación así comprendida acaba por ser una de las formas de la pereza; que se había satisfecho con dominar las primeras necesidades de la vida, y que se entregaba al descanso demasiado pronto.

Era evidente que para aquella naturaleza enérgica y vigorosa, ese no podía ser más que un estado transitorio, y que al primer choque con las inevitables complicaciones del destino, Mario despertaría.

En tanto, y aunque fuése ya abogado, y á pesar de lo que pensaba el señor Gillenormand, no defendía pleitos, no hacía ni siquiera el abogadillo. La meditación le había alejado de la abogacía. Tratar con los procuradores, ir á la audiencia, buscar causas; esto le fatigaba. ¿Y para qué había de hacerlo? Ninguna razón veía para cambiar de modo de vivir. Aquel librero mercantil y obscuro le daba ya trabajo seguro, trabajo poco penoso y que, como acabamos de decir, le bastaba.

Uno de los libreros para quienes trabajaba, creo que el señor Magimel, le había ofrecido emplearle en su casa, alojarle bien, darle un trabajo regular y mil quinientos francos al año. ¡Estar bien alojado! ¡Mil quinientos francos! Es verdad; pero ¡renunciar á la libertad! ¡Estar asalariado! ¡Ser una especie de literato hortera! En el pensamiento de Mario, de aceptar, su posición mejoraba y empeoraba al mismo tiempo; ganaba en bienestar y perdía en dignidad; era una desgracia completa y bella, que se cambiaba en una comodidad fea y ridícula; una cosa así como un ciego convertido en tuerto. Y rehusó.

Mario vivía solitario. Á causa de la afición que tenía á permanecer extraño á todo, y también por haberse espantado demasiado, no había entrado decididamente en el grupo presidido por Enjolrás. Habían quedado como buenos amigos; estaban dispuestos á ayudarse mutuamente cuando llegara el caso y de todas las maneras posibles; pero nada más. Mario tenía dos amigos: uno joven, Courfeyrac, y otro viejo el señor Mabeuf. Inclinábase al viejo, porque en primer lugar, le debía la revolución que en su interior se había verificado, y en segundo, por haber conocido y amado á su padre.

Me ha hecho la operación de la catarata, decía.

Y ciertamente, la intervención de aquel obrero había sido decisiva.

Con todo, Mabeuf no había sido en aquella ocasión más que el agente tranquilo é impasible de la Providencia. Había iluminado á Mario por casualidad y sin saberlo, como hace una vela que lleva cualquiera; él había sido la vela, no el cualquiera.

En cuanto á la revolución política interior de Mario, Mabeuf era incapaz de comprenderla, de quererla y dirigirla.

Como más adelante hemos de encontrar á Mabeuf, no estará de más que digamos sobre él algunas palabras.

IV =El señor Mabeuf=

El día en que Mabeuf le decía á Mario: ciertamente, yo apruebo las opiniones políticas, expresaba el verdadero estado de su ánimo. Todas las opiniones políticas le eran indiferentes, aprobándolas todas sin distinción, con tal que le dejasen tranquilo, del mismo modo que los griegos llamaban á las Furias: «las bellas, las buenas, las encantadoras», Bonaparte las Eumenides. La opinión política del señor Mabeuf consistía en amar apasionadamente las plantas, y sobre todo los libros. Tenía, como todo el mundo, su terminación en ista, sin la cual nadie hubiera podido vivir en aquel tiempo; pero no era ni realista, ni bonapartista, ni carlista, ni orleanista, ni anarquista: era bouquiniste[15].

No comprendía que los hombres se ocupasen en odiarse mutuamente por tonterías, como la Carta, la democracia, la legitimidad, la monarquía, la república, etc., cuando hay en este mundo tantas clases de musgo, de yerbas y de arbustos que poder contemplar, y montones de libros en folio, y aun en treintaidosavo que poder hojear. Guardábase mucho de ser inútil; el tener libros no le impedía leer, y el ser botánico no le impedía ser jardinero. Cuando conoció á Pontmercy, nació entre el coronel y él la simpatía de que, lo que el coronel hacía por las flores, lo hacía él por las frutas. Mabeuf había llegado á conseguir peras de semilla, tan sabrosas como las de San Germán; de una de estas combinaciones ha nacido, á lo que parece, el mirabel de octubre, tan célebre hoy día, y no menos aromático que el mirabel de estío. Iba á misa más bien por bondad que por devoción y porque, gustando del semblante de los hombres, pero odiando su ruido, los veía reunidos y silenciosos sólo en la iglesia. Comprendiendo que todos debemos ser algo en el Estado, había escogido la ocupación de capillero. Por lo demás, no había conseguido nunca amar á ninguna mujer, tanto como á una cebolla de tulipán; ni á un hombre tanto como á un elzevir. Había cumplido hacía ya tiempo sesenta años, cuando cierto día le preguntó alguien:

--¿Pero no habéis estado casado nunca?

--Lo he olvidado,--contestó. Cuando le ocurría alguna vez ¿á quién no le ocurre? decir: «¡Oh, si yo fuése rico!» no lo decía nunca echando el lente á una muchacha bonita, como el señor Gillenormand, sino fijándose en algún libro antiguo. Vivía solo, con una ama vieja. Padecía de gota en las manos, y cuando dormía, sus viejos dedos, entorpecidos por el reuma, se enredaban en los pliegues de las sábanas. Había escrito y publicado una Flora de las cercanías de Cauterets con láminas iluminadas; obra bastante apreciada, cuyas planchas poseía, y vendía por sí mismo. Dos ó tres veces al día llamaban á su puerta de la calle Mezières con ese objeto. Así sacaba muy bien unos dos mil francos al año. En esto consistía casi toda su fortuna. Aunque pobre, había tenido ingenio para hacerse, á fuerza de paciencia, de privaciones y de tiempo, con una colección preciosa de ejemplares raros de todos géneros. Nunca salía sin llevar un libro bajo el brazo, y casi siempre volvía con dos. El único adorno de las cuatro habitaciones del piso bajo que, con un pequeño jardín, componían su vivienda, eran unos herbarios en cuadros y grabados de antiguos maestros. La vista de un sable ó de un fusil le helaba la sangre; en su vida se había acercado á un cañón, ni aun al del cuartel de los Inválidos. Tenía un estómago regular, un hermano cura, el cabello enteramente blanco, nada de dientes en la boca ni en el espíritu, temblor general, acento picardo, risa infantil, fácil al miedo, y el aire de un carnero viejo. Después de eso, no tenía otra amistad ni trato con los vivos, que la de un librero viejo de la Puerta de Santiago, llamado Royol. Era su gran ideal la aclimatación del añil en Francia.

Su criada era igualmente una variedad de la inocencia. La buena vieja era virgen. Sultán, su gato, que hubiera podido maullar el miserere de Allegri en la Capilla Sixtina, había llenado su corazón, y llenaba perfectamente la cantidad de pasión que había en ella. Ninguno de sus pensamientos había llegado hasta el hombre; no había podido ir más allá de su gato, y tenía, como éste, bigotes. Su gloria se cifraba en sus papalinas siempre blancas. Empleaba el tiempo los domingos, después de misa, en contar la ropa blanca en su baúl y en extender sobre su cama vestidos en corte, que compraba y no se hacía nunca. Sabía leer. Mabeuf la llamaba la tía Plutarco.

Mabeuf había simpatizado con Mario, porque siendo Mario joven y agradable, templaba su ancianidad sin asustar su timidez. La juventud amable produce en los viejos el efecto del sol sin viento. Cuando Mario estaba saturado de gloria militar, de pólvora de cañón, de marchas y había dado y recibido tantos sablazos, se iba á ver al señor Mabeuf, y éste le hablaba del héroe bajo el punto de vista de las flores.

Hacia 1830, su hermano el cura había muerto; y casi de repente, como cuando llega la noche, todo el horizonte se había obscurecido para el señor Mabeuf. La quiebra de un procurador le hizo perder una suma de diez mil francos, que era todo lo que poseía de la herencia de su hermano y de su patrimonio. La Revolución de Julio produjo una crisis en el comercio de libros. En tiempos revueltos lo primero que deja de venderse es una Flora; y la Flora de las cercanías de Cauterets se quedó sin venta, pasándose semanas enteras sin presentarse un comprador. Alguna vez el señor Mabeuf se estremecía al oir la campanilla. Señor, le decía tristemente la tía Plutarco, es el aguador.

Pronto el señor Mabeuf abandonó la calle Mezières, abdicó las funciones de capillero, renunció á San Sulpicio, vendió una parte, no de sus libros, sino de sus estampas, que apreciaba menos, y fué á instalarse en una casita del boulevard Montparnasse, donde no vivió más que un trimestre, por dos razones, primera, porque el piso bajo y el jardín costaban trescientos francos, y no se atrevía á pagar más de doscientos de alquiler; y segunda, porque la casa estaba próxima al tiro de Fatou, y oía el ruido de los pistoletazos, lo cual le era insoportable.

Llevóse, pues, su Flora, sus planchas, sus herbarios, sus carteras y sus libros, y se estableció junto á la Salpêtrière, en una especie de cabaña del puente de Austerlitz, donde por cincuenta escudos al año tenía tres piezas, un jardín cerrado por un seto, y pozo. Se aprovechó de esta mudanza para vender casi todos sus muebles. El día que entró en esta nueva habitación estuvo muy alegre, y clavó él mismo los clavos para colgar los cuadros y los herbarios, cavó en el jardín el resto del día, y por la noche, viendo que la tía Plutarco aparecía triste y pensativa, le dió un golpecito en el hombro, y la dijo sonriéndose: ¡ya tenemos el añil!

Sólo dos visitantes, el librero de la Puerta de Santiago y Mario, eran admitidos en su choza de Austerlitz, nombre algo guerrero, y que, á decir verdad, no le agradaba mucho.

Por lo demás, como hemos indicado ya, los cerebros absorbidos por una sabia meditación, ó en alguna locura, ó lo que sucede con mayor frecuencia, en ambas cosas á un tiempo, no son sino lentamente sensibles á las realidades de la vida. Su mismo destino se les presenta lejano. Resulta de esas concentraciones una pasividad que si fuése razonada, se parecería á la filosofía. Así es que declinan, descienden, se deslizan y aún se desploman, sin apercibirse de ello. Concluyen, es verdad, por despertar; pero tardíamente. Entretanto, parece que son extraños á la partida entablada entre su felicidad y su desgracia. Son la puesta, y miran la partida con indiferencia.

Así es que al través de la obscuridad, que se formaba á su alrededor, todas sus esperanzas morían una tras otra, y sin embargo, el señor Mabeuf permanecía sereno, con alguna puerilidad, es cierto, pero profundamente. Sus hábitos intelectuales tenían la oscilación de un péndulo. Una vez impelido por una ilusión, seguía andando por mucho tiempo, aun cuando la ilusión hubiese desaparecido. Un reloj no se detiene nunca en el preciso momento de perder la llave.

El señor Mabeuf tenía placeres inocentes. Estos placeres eran poco costosos é inesperados; la menor casualidad se los proporcionaba. Un día, la tía Plutarco estaba leyendo una novela en un rincón del cuarto; leía en voz alta, creyendo que así lo entendía mejor. Leer alto es afirmarse á sí mismo en la lectura. Hay personas que leen muy alto, y que parecen darse palabra de honor de lo que leen.

La tía Plutarco leía, pues, con esa energía, la novela que tenía en las manos. El señor Mabeuf la oía sin escuchar.

Así leyendo, la tía Plutarco llegó á esta frase; tratábase de un oficial de dragones y de una bella.

«...La bella (bouda)[16] se amoscó y el dragón...».

Aquí se interrumpió para limpiar los anteojos.

--Boudda y el dragón,--repitió á media voz el señor Mabeuf.--Sí, es verdad; había un dragón, que desde el fondo de su caverna arrojaba llamas por la boca abrasando el cielo. Ya habían sido incendiadas muchas estrellas por aquel monstruo, que tenía además garras de tigre. Boudda fué á la caverna, y logró convertir al dragón. Es un buen libro ése que estáis leyendo, tía Plutarco. No hay otra leyenda como ésta.

Y el señor Mabeuf se dejó caer en una deliciosa meditación.

V =Pobreza muy próxima á la miseria=

Mario tenía simpatías por aquel anciano cándido que se veía lentamente cogido por la indigencia, y que se iba asustando poco á poco, mas sin entristecerse todavía. Mario encontraba á Courfeyrac y buscaba á Mabeuf, pero raras veces, una ó dos, á lo sumo, cada mes.

El gran placer de Mario consistía en dar largos paseos solo, por los boulevares exteriores, ó por el campo de Marte, ó por las alamedas menos frecuentadas del Luxemburgo. Algunas veces pasaba la mitad del día contemplando un huerto, los cuadros de lechugas, las gallinas entre el estiércol, ó el caballo dando vueltas á una noria. Los transeuntes le miraban con sorpresa, y algunos veían en él algo sospechoso y una fisonomía siniestra, cuando no era más que un joven pobre, meditando sin objeto.

En uno de aquellos paseos había descubierto la casucha de Gorbeau, y habiéndole tentado el aislamiento y la baratura, se instaló en ella. No se le conocía allí más que por el señor Mario.

Algunos de los antiguos generales ó camaradas de su padre le invitaron, cuando le conocieron, á que fuése á visitarlos; y Mario no había rehusado, porque en aquellas visitas tenía otras tantas ocasiones de hablar de su padre. Así es que iba de cuando en cuando á casa del conde Pajol, á casa del general Bellavesne, á casa del general Fririon, en los Inválidos. Allí se tocaba y se bailaba, y en aquellas noches Mario se ponía su frac nuevo; pero no iba nunca á tales reuniones ni á tales bailes, sino los días en que helaba mucho, porque no podía pagar coche, y no quería llegar sino con las botas brillantes como espejos.

Decía algunas veces, pero sin amargura:--Los hombres están constituidos de tal modo, que se puede entrar en una reunión cubierto de lodo por todas partes, excepto en las botas. No se os pregunta para recibiros más que por una cosa irreprochable: ¿por la conciencia? No, por las botas.

Todas las pasiones que no proceden del corazón, se disipan meditando. La fiebre política de Mario se había desvanecido. La revolución de 1830, satisfaciéndole y calmándole, le había ayudado. Era, pues, el mismo hombre, excepto en la cólera. Conservaba las mismas opiniones, pero algo dulcificadas. Propiamente hablando, no tenía ya opiniones, tenía simpatías. ¿Y por cuál partido las sentía? Por el de la humanidad; y entre la humanidad escogía la Francia; entre la nación escogía el pueblo, y entre el pueblo, la mujer. Á ésta se dirigía principalmente su piedad. Prefería una idea á un hecho, un poeta á un héroe, y admiraba más algún libro, como el de Job, que un acontecimiento como el de Marengo. Cuando después de un día de meditación se iba por la noche á los paseos, y al través de las ramas de los árboles descubría el espacio sin fondo, los resplandores sin nombre, el abismo, la sombra, el misterio, le parecía muy pequeño todo lo humano.

Creía haber llegado, y era tal vez cierto, á la verdad de la vida y de la filosofía humana, y había concluido por no mirar casi más que al cielo, única cosa que puede ver la verdad desde el fondo de su pozo.

Esto no le impedía multiplicar los planes, las combinaciones, los castillos en el aire, los proyectos para el porvenir. En aquel estado fantástico, si algún ojo hubiera podido penetrar en el interior de Mario, se habría deslumbrado ante la pureza de aquella alma. En efecto; si fuése dado á nuestros ojos carnales ver en la conciencia de otro, se juzgaría con más acierto á un hombre por lo que sueñe en su imaginación, que por lo que piensa. En el pensamiento hay voluntad; en el sueño no la hay. Este sueño, cuando es espontáneo, toma y conserva, aun en lo gigantesco é ideal, el carácter de nuestro espíritu. Nada sale más directamente ni más sinceramente del fondo de nuestra alma, que esas aspiraciones irreflexivas y desmesuradas hacia los esplendores del destino. En ellas, más que en las ideas modificadas, razonadas y coordinadas, puede hallarse el verdadero carácter de cada hombre. Nuestras quimeras son los objetos que más se nos parecen. Cada cual sueña lo desconocido y lo imposible con relación á su naturaleza.

Hacia mediados del citado año de 1831, la vieja que servía á Mario le contó que iban á poner en la calle á sus vecinos, á la miserable familia Jondrette. Mario, que pasaba casi todo el día fuera de casa, apenas sabía que tuviese vecinos.

--¿Y por qué los despiden?--preguntó.

--Porque no pagan el alquiler. Deben dos plazos.

--¿Y cuánto es?

--Veinte francos,--dijo la vieja.

Mario tenía treinta francos guardados en un cajón.

--Tomad,--dijo á la vieja;--ahí tenéis veinticinco francos. Pagad por esa pobre gente; dadles cinco francos, no digáis que he sido yo.

VI =El sustituto=

La casualidad hizo que el regimiento de que era teniente Teódulo fuése de guarnición á París; lo cual dió ocasión á que se le ocurriese una segunda idea á la tía Gillenormand. Había pensado la primera vez hacer vigilar á Mario por Teódulo, y ahora armó un complot para hacer á Teódulo sucesor de Mario.

Á todo evento, y para el caso de que el abuelo tuviera la vaga necesidad de ver una fisonomía joven en casa, porque los rayos de aurora son algunas veces gratos á las ruinas, era conveniente buscar otro Mario.

Pues sea, dijo ella; esto es como una simple errata de las que veo á veces en los libros; donde dice Mario, léase Teódulo.

Un sobrino segundo es casi un nieto; y á falta de un abogado, se toma un lancero.

Una mañana en que el señor Gillenormand estaba leyendo algo como la Quotidiana, entró su hija, y le dijo con la voz más dulce que supo encontrar, porque se trataba de su favorito:

--Padre mío, Teódulo va á venir esta mañana para saludaros.

--¿Qué Teódulo?

--Vuestro sobrino.

--¡Ah!--dijo el abuelo.

Y siguió leyendo sin pensar más en el sobrino, que no era sino un Teódulo cualquiera. No tardó mucho en tener mal humor, lo que le sucedía casi siempre que leía. El «papel» que leía, realista como era de esperar, anunciaba para el día siguiente, sin amenidad ninguna, uno de los sucesos diarios de escasa importancia del París de entonces, esto es: Que los alumnos de las escuelas de Derecho y de Medicina debían reunirse en la plaza del Panteón al medio día «para deliberar». Se trataba de una de las cuestiones del momento; de la artillería de la Guardia Nacional, y de un conflicto entre el ministro de la Guerra y la «Milicia ciudadana» con motivo de los cañones depositados en la plaza del Louvre. Los estudiantes debían deliberar sobre esto. No se necesitaba más para enfurecer al señor Gillenormand.

Pensó en Mario, que era estudiante, y que probablemente iría como los demás á deliberar, al medio día, en la plaza del Panteón.

Cuando estaba pensando tristemente en esto, entró el teniente Teódulo vestido de paisano, lo que era hábil, siendo discretamente introducido por la señorita Gillenormand. El lancero había hecho este razonamiento: «El viejo druida no lo ha colocado todo á renta vitalicia; y esto bien vale que uno se disfrace de paisano de cuando en cuando».

La señorita Gillenormand dijo en voz alta á su padre:

--Teódulo, vuestro sobrino.

Y en voz baja al teniente:

--Apruébalo todo.

Y se retiró.

El teniente, poco acostumbrado á encuentros tan venerables, balbuceó con cierta timidez:

--Buenos días, tío.--É hizo un saludo mixto, compuesto del bosquejo involuntario y maquinal del saludo militar, terminado por un saludo de paisano.

--¡Ah! ¿Sois vos? Está bien. Sentaos,--dijo el abuelo.

Y dicho esto, se olvidó por completo del lancero.

Teódulo se sentó, y el señor Gillenormand se levantó, poniéndose á pasear de un lado á otro de la sala, con las manos en los bolsillos, hablando alto, y dando tormento con sus viejos é irritados dedos, á los dos relojes de ambos bolsillos relojeros.

--¡Ese puñado de mocosos! ¡Y eso se convoca en la plaza del Panteón! ¡Por vida de los chiquillos! ¡Galopines, que estaban ayer mamando! ¡Si les apretaran la nariz aún saldría leche! ¡Y ésos van á deliberar mañana al medio día! ¿Adónde vamos á parar? ¿Adónde? Es claro que vamos á un abismo; ¡esto nos lleva á los descamisados! ¡La artillería ciudadana! ¡Deliberar sobre la artillería ciudadana! ¡Ir á charlar á las doce acerca de las pedorreras de la Guardia Nacional! ¿Y con quién van á encontrarse allí? ¡Véase adónde conduce el jacobinismo! Apuesto todo lo que se quiera, un millón contra cualquier cosa, á que no habrá allí más que encausados y presidiarios cumplidos. Los republicanos y los presidiarios no son más que una nariz y un pañuelo. Cornet decía: ¿Adónde quieres que vaya, traidor? Y Fouché respondía: Adonde quieras, imbécil. Éstos son los republicanos.

--Es verdad,--dijo Teódulo.

El señor Gillenormand medio volvió la cabeza, vió á Teódulo, y continuó:

--¡Cuando pienso que este tunante ha hecho la picardía de hacerse carbonario! ¿Por qué has abandonado tu casa? Por hacerte republicano. En primer lugar, el pueblo no quiere tu república; no la quiere, porque tiene buen juicio, y sabe bien que siempre ha habido reyes, y que los habrá siempre; sabe bien que el pueblo, después de todo, no es más que el pueblo, y se burla de tu república. ¿Lo oyes, tonto?

¿No es bastante horrible semejante capricho? ¡Enamorarse del padre Duchesne, poner buena cara á la guillotina, cantar romances y tocar la guitarra debajo del balcón del 93! Vamos, merecen que se les escupa por tontos. Todos son lo mismo; ni uno se exceptúa. Basta respirar el aire que corre por la calle para ser insensato; el siglo XIX es un veneno. Cualquier perdido se deja crecer la barba de chivo, se cree un verdadero personaje, y deja plantados á sus ancianos padres. Esto es lo romántico. ¿Y qué significa esto de romántico? Hacedme el favor de decir qué viene á ser esto. Todas las locuras posibles. Hace un año que el ser romántico era ir á ver el Hernani. Ahora pregunto yo: ¿qué es Hernani? ¡Antítesis! ¡Abominaciones que ni siquiera están escritas en francés! Y luego se ponen cañones en la plaza del Louvre. ¡Tales son las barbaridades de estos tiempos!

--Tenéis razón, tío,--dijo Teódulo.

El señor Gillenormand continuó:

--¡Cañones en el patio del museo! ¿Y para qué? Cañón, ¿qué me quieres? ¿Queréis ametrallar el Apolo del Belvedere? ¿Qué tienen que hacer vuestros cartuchos con la Venus de Médicis? ¡Oh! ¡Estos jóvenes de ahora son todos unos ganapanes! ¡Qué gran cosa es su Benjamín Constant! Y los que no son malvados, son necios. Hacen todo lo que pueden para estar feos; visten mal, tienen miedo de las mujeres, se están alrededor de las faldas con un aire de mendicantes capaz de hacer reir á las piedras; en verdad, que se les puede bien llamar pobres vergonzantes del amor. Son deformes, y completan su deformidad con la estupidez; repiten los retruécanos de Tiercelin y de Potier; usan levisacos, chalecos de palafrenero, camisas ordinarias, pantalones de paño burdo, botas de mal becerro, y su lenguaje se parece al plumaje. Podría uno servirse de su jerga para remendar sus zapatos. ¡Y toda esa inepta muchachería tiene opiniones políticas! Debería estar severamente prohibido el tener opiniones políticas. Fabrican sistemas, refunden la sociedad, demuelen la monarquía, echan por los suelos toda la legislación, ponen el granero en el lugar de la cueva, y á mi portero en el lugar del rey; trastornan la Europa de arriba abajo, reedifican el mundo, y se tienen por dichosos viendo maliciosamente las piernas de las lavanderas que suben en sus carros.

¡Ah! ¡Mario! ¡Ah! ¡vagabundo! ¡Ir á vociferar en la plaza pública! ¡Discutir, debatir, tomar medidas! ¡Á esto le llaman medidas, vive Dios! El desorden se empequeñece hasta la estupidez. He visto el caos, y ahora veo los atolladeros. ¡Unos escolares deliberar sobre la Guardia Nacional! Esto no se vería, ni en el país de las Ogibbewas, ni en el de los Cadodaches. Los salvajes que andan en cueros, con el testuz adornado de un volante de jugar á la pelota y una maza en la pata, son menos brutos que estos bachilleres. ¡Monigotes de á cuatro sueldos, haciéndose los entendidos y los graves! ¡Deliberar y racionalizar! Este es el fin del mundo. Es evidentemente el fin de este miserable globo terráqueo; se necesitaba un estrépito final, y la Francia lo proporciona.

«¡Deliberad, pilletes! Todo esto sucederá mientras se vaya á leer periódicos bajo los arcos del Odeón. Esto les cuesta un sueldo, y el sentido común, y la inteligencia, y el corazón, y el alma, y el talento. Salen de allí, y se separan de su familia. Todos los periódicos son una peste; todos, incluso La Bandera blanca, porqué en el fondo Martainville era un jacobino. ¡Ah, justo cielo! Podrás vanagloriarte de haber desesperado á tu abuelo!

--Es evidente,--dijo Teódulo.

Y aprovechando el momento en que el señor Gillenormand tomaba aliento, el lancero añadió magistralmente:

--No debería haber otro periódico que el Monitor, ni otro libro que el Anuario militar.

Gillenormand prosiguió:

--¡Lo mismo que su Sieyés! ¡Un regicida que llegó á senador! Porque siempre acaban así. Se hieren el rostro con su tuteamiento ciudadano para llegar á hacer que se les llame el señor conde. El señor conde, en caracteres como el brazo, de los camorristas de septiembre. ¡El filósofo Sieyés! Me hago la justicia de que no he hecho nunca mas caso de las filosofías de estos filósofos, que de los anteojos del gesticulador de Tívoli. Vi un día á los senadores que pasaban por el muelle Malaquais con mantos de terciopelo morado salpicados de abejas, con sombreros á lo Enrique IV. Estaban horribles; parecían los monos de la corte del tigre. Ciudadanos, os declaro que vuestro progreso es una locura, vuestra humanidad un delirio, vuestra revolución un crimen, vuestra república un monstruo, y que vuestra joven Francia virgen, sale de un lupanar; y os lo sostengo á todos, quien quiera que seáis, aunque fueseis publicistas, aunque fueseis economistas, aunque fueseis legistas, aunque fueseis más conocedores en libertad, igualdad y fraternidad, que la cuchilla de la guillotina. Os lo declaro, señores míos.

--Pardiez,--exclamó el teniente,--todo eso es admirablemente cierto.

El señor Gillenormand, interrumpiendo un gesto que Teódulo había empezado, se volvió, miró fijamente al lancero frunciendo el ceño, y dijo:

--Sois un imbécil.

NOTAS:

[15] Bouquiniste: aficionado á comprar y leer libros viejos.

[16] Bouda, se amoscó ó incomodó; se pronuncia en francés como Bouddha, el dios Buda.

LIBRO SEXTO LA CONJUNCIÓN DE DOS ESTRELLAS

I =El apodo: manera de formar nombres de familia=

Mario, era en aquella época un hermoso joven de mediana estatura, cabellos muy espesos y negros; frente ancha é inteligente; las ventanas de la nariz abiertas y apasionadas; aspecto sincero y tranquilo, y sobre todo, se reflejaba en su rostro ese no sé qué, que denota á un mismo tiempo altivez, reflexión é inocencia. Su perfil, cuyas líneas eran todas contorneadas, sin dejar de ser firmes, tenía esa dulzura germánica que ha penetrado en la fisonomía francesa por Alsacia y Lorena, y aquella absoluta carencia de ángulos, que hacía reconocer tan fácilmente á los sicambros entre los romanos, y que distingue á la raza leonina de la raza equilina. Hallábase en la época de la vida en que la imaginación de los hombres pensadores se compone, casi en iguales proporciones, de profundidad y sencillez. Dada una situación grave, tenía cuanto era menester para ser estúpido; un paso más, y podía ser sublime. Sus maneras eran reservadas, frías, políticas y poco francas. Como su boca era muy graciosa, sus labios lo más encarnado, y sus dientes lo más blanco del mundo, su sonrisa corregía toda la severidad de su fisonomía. Había momentos en que formaban singular contraste aquella frente casta y aquella sonrisa voluptuosa. Tenía pequeños los ojos y grande la mirada.

En el tiempo de su mayor miseria, observaba que las muchachas se volvían á mirarle cuando pasaba, lo cual era causa de que huyese ó se ocultase con la muerte en el alma. Creía que le miraban por su traje raído, y que se reían de él; lo cierto es que le miraban por su gracia, y que no faltaba alguna que soñase en ella.

Aquella mala inteligencia muda, entre él y las lindas transeuntes, le había vuelto esquivo. No eligió ninguna, por la sencilla razón de que huía de todas. Así es que vivía indefinidamente; bestialmente, como decía Courfeyrac.

Courfeyrac solía decir también: No aspires á ser venerable. Se tuteaban (ya se sabe que el tuteamiento es el sello de las amistades jóvenes).

--Querido, un consejo. No leas tanto en los libros, y mira un poco más á las faldas. Siempre hay algo de bueno en ellas; ¡oh Mario! Á fuerza de huir y de sonrojarte, te embrutecerás.

Otras veces Courfeyrac le encontraba, y le decía:--Buenos días, señor abate.

Siempre que Courfeyrac le dirigía alguna frase de este género, Mario estaba ocho días huyendo más que nunca de las mujeres, y procuraba á todo trance no encontrarse con Courfeyrac.

Había, sin embargo, en la inmensa creación, dos mujeres de que Mario no huía, y contra las cuales no tomaba precaución alguna. Verdad es que hubiese sido extremada su admiración, si le hubieran dicho que eran dos mujeres. Una era la vieja barbuda que barría su cuarto, y de la cual decía Courfeyrac: «Al ver que su criada se deja la barba, Mario no se deja la suya». La otra era cierta jovencita, á quien veía frecuentemente, pero sin mirarla nunca.

Hacía ya más de un año que Mario observaba de continuo en una alameda desierta del Luxemburgo, la que costea el parapeto del vivero, á un hombre y á una niña, casi siempre sentados uno al lado del otro en el mismo banco, en el extremo más solitario del paseo, por la parte de la calle del Oeste. Cada vez que esta casualidad, que se entromete en los paseos de las personas meditabundas, llevaba á Mario por aquella calle, y esto sucedía casi todos los días, se encontraba con la pareja. El hombre podría tener unos sesenta años; parecía triste y grave; toda su persona presentaba el aspecto robusto y fatigado de los militares retirados. Si hubiera llevado alguna condecoración, Mario habría dicho: es un antigua oficial. Tenía buen aspecto, pero inabordable; y nunca fijaba su mirada en la mirada de nadie.

Vestía pantalón azul, levitón también azul, y un sombrero de anchas alas, traje que parecía siempre nuevo, corbata negra y camisa de cuáquero, es decir, deslumbrante de blancura, pero de tela gruesa. Al pasar cierto día una griseta junto á él, exclamó: «¡Vaya un viejo aseado!». Tenía el pelo completamente blanco.

La primera vez que la joven que le acompañaba fué á sentarse con él en el banco, que parecía habían adoptado, era una muchacha de trece ó catorce años, flaca, hasta el extremo de ser casi fea, encogida, insignificante, que prometía tener algún día buenos ojos. Sólo que los tenía siempre levantados con una especie de seguridad desapacible. Tenía el ademán aviejado é infantil á la vez, de las colegialas de convento, y vestía un traje mal cortado de merino negro y ordinario. Parecían ser padre é hija.

Mario examinó durante dos ó tres días á aquel viejo, que no era todavía un anciano, y á aquella niña, que no era todavía una joven; y después no fijó más la atención en ellos. Éstos, por su parte, parecía que ni siquiera le veían. Hablaban entre sí con ese aire tranquilo é indiferente. La joven charlaba sin cesar, alegremente; el viejo hablaba poco, pero á cada momento fijaba en ella sus ojos, llenos de inefable ternura paternal.

Mario había contraído maquinalmente la costumbre de pasearse por aquella alameda, en la cual los encontraba invariablemente todos los días.

Véase lo que pasaba.

Mario llegaba ordinariamente por el extremo de la calle opuesta á su banco, la recorría á lo largo y pasaba por delante de la pareja; después volvía y recorría de nuevo el paseo hasta el extremo por donde había entrado, y volvía á empezar. Repetía este recorrido cinco ó seis veces cada día, y el paseo otras cinco ó seis veces por semana, sin que, á pesar de tanto encuentro, aquellas personas y él hubieran llegado á cambiar un saludo. Aquel hombre y aquella niña, aunque parecían evitar las miradas, y quizá porque parecían evitarlas, habían llamado naturalmente la atención de cinco ó seis estudiantes, que de cuando en cuando se paseaban por el vivero; los estudiosos después de sus clases, los otros después de su partida de billar. Courfeyrac, que pertenecía á estos últimos, los observó algún tiempo; pero pareciéndole fea la muchacha, tuvo buen cuidado de alejarse pronto. Había huido como un Parto, lanzándoles en vez de dardo, un apodo. Habiéndole chocado principalmente el traje de la joven y los cabellos del viejo, llamó á la joven la señorita Lanoire (La Negra), y al padre el señor Leblanc, (El blanco) y con tal suerte, que no conociéndolos nadie, é ignorando su verdadero nombre, el apodo ocupó su lugar, haciendo las veces de tal. Los estudiantes decían: «¡Ah! Ya está en su banco el señor Leblanc», y Mario como los demás, halló muy cómodo llamar por lo tanto á aquel desconocido el señor Leblanc.

Seguiremos su ejemplo, y adoptaremos el nombre de Leblanc, para mayor facilidad del relato.

Mario continuó así, viéndolos casi todos los días á la misma hora durante el primer año.

El hombre le agradaba, pero la muchacha le parecía algo desapacible.

II =Lux facta est=

El segundo año, precisamente en el punto de esta historia á que ha llegado el lector, interrumpióse la costumbre de pasear por el Luxemburgo, y sin que el mismo Mario supiera por qué, estuvo cerca de seis meses sin poner los pies en aquel paseo. Por fin, un día volvió allí; era una hermosa mañana de verano, y Mario estaba alegre, como se suele estar cuando hace buen tiempo. Parecíale llevar en su corazón todos los cantos de los pájaros que oía y todo el cielo azul que veía al través de la enramada.

Se fué directamente á «su paseo», y cuando estuvo al extremo de la alameda, divisó siempre en el mismo banco, la conocida pareja. Solamente que cuando se acercó vió que el hombre continuaba siendo el mismo; pero le pareció que la joven era otra. La persona que á la sazón veía era una hermosa y alta niña, con las más encantadoras formas de mujer, en el momento preciso en que se armonizan todavía con las gracias más cándidas de la infancia; momento purísimo y fugaz, que sólo puede traducirse en estas dos palabras: quince años. Tenía admirables cabellos castaños, matizados con reflejos de oro; una frente que parecía hecha de mármol; mejillas como hojas de rosa; un matiz pálido; una blancura que revelaba cierta emoción interior; una boca de forma exquisita, de la cual surgía la sonrisa como una luz y la palabra como una música; una cabeza que Rafael hubiera dado á María, colocada sobre una garganta que Juan Goujon hubiera dado á Venus. Y en fin, para que nada faltase á aquellas facciones encantadoras, la nariz no era bella, era bonita; ni recta ni aguileña, ni italiana, ni griega; era la nariz parisiense; es decir, algo espiritual, fina, irregular y pura, que es, á un tiempo, desesperación de pintores y encanto de poetas.

Cuando Mario pasó junto á ella, no pudo ver sus ojos, que tenía constantemente bajos. Vió solamente sus largas pestañas de color castaño, llenas de sombra y de pudor.

Esto no impedía que la hermosa joven se sonriese escuchando al hombre de cabellos blancos que la hablaba, y nada tan arrebatador como aquella fresca sonrisa con los ojos bajos.

En el primer momento creyó Mario que podía ser otra hija del mismo hombre, hermana sin duda de la primera. Pero cuando la costumbre le llevó por segunda vez cerca del banco y la hubo examinado con atención, conoció que era la misma. En seis meses la niña se había hecho mujer; he aquí todo. Y nada más frecuente que ese fenómeno. Llega un momento en que las niñas, en un abrir y cerrar los ojos, pasan de capullo á rosa. Se las deja niñas á la víspera, y se las encuentra seductoras al día siguiente.

Ésta, no sólo había crecido, sino que se había idealizado. Así como bastan tres días de abril para que ciertos árboles se cubran de flores, seis meses habían bastado para vestirla á ella de belleza. Su abril había llegado.

Se ve algunas veces á personas pobres y mezquinas que parecen despertar, pasando súbitamente de la indigencia al fausto, hacer gastos de todo género, y aparecer de pronto deslumbradoras, pródigas y magníficas. Consiste esto en una fortuna improvisada, en un plazo á cobrar vencido. La joven había cobrado su semestre.

No era ya la colegiala con su sombrero anticuado; su traje de merino, sus zapatos rusos y sus manos amoratadas. El buen gusto se había desarrollado en ella al propio tiempo que su hermosura. Era una señorita simpática, vestida con elegante y rica sencillez, sin afectaciones de ninguna especie.

Llevaba un vestido de damasco negro, una manteleta de la misma tela y una capota de crespón blanco. Sus guantes claros hacía resaltar la forma de su mano, que jugaba con el mango de marfil chinesco de una sombrilla, y su botita de seda, dibujaba su pequeño y bien formado pie. Al pasar junto á ella se absorbía cierta penetrante fragancia de juventud procedente de su tocado.

El hombre, seguía siendo el mismo.

La segunda vez que Mario llegó cerca de ella, la joven levantó los párpados; sus ojos eran de un profundo azul celeste; pero en aquel azul velado no había aún más que la mirada de una niña. Miró á Mario con indiferencia, como hubiera podido mirar á cualquier chiquillo jugando á la sombra de los sicómoros, ó el jarrón de mármol que proyectaba su sombra sobre el banco. Mientras Mario, por su parte, continuaba el paseo, pensando en otras cosas.

Pasó todavía cuatro ó cinco veces junto al banco donde estaba la joven, pero sin volver nunca los ojos para verla.

Los días siguientes volvió, como de ordinario, al Luxemburgo; y como de ordinario halló «al padre y á la hija», pero no se fijó tampoco en ellos. No pensó más en aquella joven cuando la vió hermosa, de lo que había pensado cuando fea. Pasaba, sí, muy arrimado al banco donde ella estaba; porque era ésta su costumbre.

III =Efecto de primavera=

Cierto día, en que el aire era tibio, el Luxemburgo inundado de sombra y de sol, el cielo puro como si los ángeles lo hubiesen lavado por la mañana, los pajarillos cantaban alegremente posados en el ramaje de los castaños; Mario tenía abierta toda su alma á la naturaleza, en nada pensaba; vivía y respiraba. Pasó cerca del banco; la joven alzó los ojos, y sus dos miradas se encontraron.

¿Qué había entonces en la mirada de aquella joven? Mario no hubiera podido decirlo. No había nada, y lo había todo. Fué un relámpago extraño.

Ella bajó los ojos; él prosiguió su camino.

Lo que acababa de ver no era la mirada ingenua y sencilla de una niña; era una sima misteriosa que se había entreabierto y cerrado luego bruscamente.

Llega un día en que miran así todas las jóvenes. ¡Desgraciado del que se encuentra allí!

Aquella mirada primera de un alma que no se conoce todavía á sí misma, es como el alba en el cielo. Es el despertar de un algo radiante y desconocido. Nada puede pintar el encanto peligroso de aquella inesperada luz que ilumina vagamente de súbito, tinieblas adorables, compuesta de toda la inocencia del presente y de toda la pasión del porvenir. Es una especie de ternura indecisa que se revela por casualidad, y que espera. Es un lazo que la inocencia tiende á pesar suyo, y en el cual aprisiona los corazones sin saberlo ni quererlo. Es una virgen que mira como una mujer.

Es muy raro que no produzca una meditación profunda donde quiera que caiga semejante mirada. Toda clase de purezas y toda suerte de candores se encuentran reunidos en aquel rayo celeste y fatal, que tiene, más aún que las miradas mejor elaboradas de las coquetas, el mágico poder de hacer brotar de súbito en el fondo del alma la flor sombría llena de perfumes y venenos, que se llama amor.

Por la tarde, al volver á su desván, fijó Mario la vista en sus vestidos, notó por primera vez que no eran bastante aseados y la inaudita estupidez é inconveniencia de irse á pasear al Luxemburgo con su vestido de «todos los días»; es decir, con un sombrero roto por el ala, con botinas gruesas como de carretero, un pantalón negro emblanquecido por las rodillas, y una levita negra, pálida por los codos.

IV =Principio de una grande enfermedad=

Al día siguiente, á la hora acostumbrada, Mario sacó de su armario su frac nuevo, su pantalón nuevo, su sombrero nuevo y sus botas nuevas. Revistióse de esta panoplia completa, calzóse guantes, lujo prodigioso, y se fué al Luxemburgo.

En el camino se encontró á Courfeyrac, y fingió no verle. Courfeyrac, al volver á su casa, dijo á sus amigos:

--Acabo de encontrarme el sombrero nuevo y el frac nuevo de Mario, y á Mario dentro. Sin duda iba á dar un examen, porque su aire era completamente estúpido.

Llegado Mario al Luxemburgo, dió la vuelta al estanque, miró los cisnes, luego permaneció largo rato contemplando una estatua que tenía la cabeza enteramente negra de moho, y á la cual faltaba una cadera. Cerca del estanque había un caballero como de cuarenta años y abdomen prominente, que llevaba de la mano un niño de cinco años, y le decía: evita los excesos. Mantente, hijo mío, á igual distancia del despotismo y de la anarquía. Mario escuchó á aquel hombre; luego dió todavía otra vuelta al estanque; y por fin se encaminó hacia «su alameda» lentamente, y como á su pesar. Hubiérase dicho que se veía á un tiempo obligado y retenido por impulsos contrarios. Él no se daba cuenta de todo aquello, y creía hacer lo que los otros días.

Al desembocar en la alameda, divisó al otro extremo «en su banco» al señor Leblanc y la joven. Abotonóse el frac de arriba abajo, le estiró por el pecho y espalda para que no hiciese arrugas, examinó con cierta complacencia los reflejos lustrosos de su pantalón, y se dirigió al banco. Había algo de ataque en aquella marcha, y hasta cierto aire de conquista. Digo, pues, que se dirigió al banco, como podría decir: Aníbal marchaba sobre Roma.

Por lo demás, todos sus movimientos eran maquinales, y las ocupaciones habituales de su imaginación y de sus trabajos no habían sufrido interrupción alguna. Pensaba, en aquel momento, que el Manual del bachillerato era un libro estúpido, y que era preciso que le hubiesen compuesto personas extremadamente sandías, para que en él se analicen como obras maestras del espíritu humano, tres tragedias de Racine, y sólo una comedia de Molière. Silbábanle fuertemente los oídos; y al acercarse al banco, volvió á estirar las arrugas de su frac, y sus ojos se fijaron en la joven, pareciéndole que llenaba de una vaga luz azulada toda la extremidad de la alameda.

Á medida que se acercaba, iba acortando el paso. Llegado que hubo á cierta distancia del banco, mucho antes de estar al final de la alameda, se detuvo, y ni él mismo pudo darse cuenta de cómo fué; pero es lo cierto que retrocedió en dirección opuesta á la que llevaba. Ni aún advirtió siquiera que no recorría todo el paseo. La joven apenas pudo verle de lejos, y hacerse cargo del buen efecto que producía con su vestido nuevo. Sin embargo, él caminaba muy tieso para tener buena apariencia, si por casualidad le mirase alguien que estuviese detrás.

Llegó al extremo opuesto, luego volvió; pero esta vez se acercó un poco más al banco. Aproximóse hasta la distancia de tres intervalos de árboles; pero allí sintió cierta imposibilidad de seguir adelante, y vaciló. Creyó ver el rostro de la joven volverse hacia él; sin embargo, hizo un esfuerzo enérgico y violento, dominó su vacilación, y continuó avanzando. Algunos segundos después pasaba por delante del banco, tieso y firme, encarnado hasta las orejas, sin atreverse á mirar ni á la derecha ni á la izquierda, con la mano metida entre los botones del frac, como un hombre de Estado. Al pasar bajo los fuegos de la plaza, sintió latirle fuertemente el corazón. Ella vestía, como la víspera, su lindo traje de damasco y su sombrero de crespón. Mario oyó una voz inefable, que debió ser «su voz». Hablaba tranquilamente. Estaba muy hermosa. Él lo conocía, aunque no procuraba verlo.--No podría ella dejar de estimarme y considerarme, pensaba Mario, si supiese que soy yo el verdadero autor de la disertación sobre el escudero Marcos de Obregón, que Francisco de Neufchâteau ha puesto, como de su cosecha, al frente de su edición del Gil Blas.

Pasó el banco, llegó hasta el extremo de la alameda, que estaba muy próximo, después volvió y cruzó nuevamente por delante de la linda joven. Esta vez estaba muy pálido. Por lo demás, todo cuanto sentía le era desagradable. Alejóse del banco y de la joven, y como, aún vuelto de espaldas, creía que le miraba, esto le hacía tropezar.

No trató de acercarse nuevamente al banco; detúvose á la mitad de la calle, y allí, cosa que nunca hacía, se sentó, dando miradas de reojo á un lado y otro, y pensando en las mas recónditas profundidades de su espíritu, que al fin y á la postre era difícil que la persona cuyo sombrero blanco y vestido negro admiraba, fuése absolutamente insensible á su lustroso pantalón y á su frac nuevo.

Al cabo de un cuarto de hora se levantó como si fuera á comenzar de nuevo su paseo en dirección á aquel banco, que aparecía rodeado de una aureola. Quedóse, sin embargo, plantado é inmóvil.

Por la primera vez desde hacía quince meses, se dijo á sí mismo que aquel señor, que se sentaba allí todos los días con su hija, habría reparado sin duda en él, y que le habría parecido probablemente extraña su asiduidad.

Por la primera vez también conoció que era algo irrespetuoso designar á aquel desconocido, aún en el secreto de su pensamiento, con el apodo de Leblanc.

Permaneció, pues, algunos minutos con la cabeza baja, haciendo dibujos en la arena con una varita que tenía en la mano.

Después se volvió bruscamente al lado opuesto al banco del señor Leblanc y de su hija, marchándose á casa.

Aquel día se olvidó de ir á comer. Á las ocho de la noche se acordó de ello; y siendo ya muy tarde para bajar á la calle de Santiago, ¡bah! exclamó, y comióse un pedazo de pan.

No se acostó sino después de haber cepillado su traje y de haberle doblado cuidadosamente.

V =Caen varios rayos sobre la tía Bougón=

Al día siguiente, la tía Bougón, pues así llamaba Courfeyrac á la portera, inquilina principal y criada de la casucha de Gorbeau (en realidad se llamaba la tía Bourgón, como ya hemos dicho; pero el tarambana de Courfeyrac nada respetaba), la tía Bougón, decimos, observó estupefacta que el señorito Mario salía otra vez con su vestido nuevo.

Volvió al Luxemburgo, pero no pasó del banco que estaba á la mitad de la alameda. Sentóse allí, como la víspera, meditando de lejos y viendo distintamente el sombrero blanco, el traje negro, y sobre todo, la claridad azulada. No se movió de allí, y no volvió á su casa hasta que se cerraron las puertas del Luxemburgo. No viendo retirarse al señor Leblanc y á su hija, dedujo de ello que habían salido del jardín por la verja de la calle del Oeste. Posteriormente, algunas semanas después, cuando lo recordaba, no pudo nunca hacer memoria donde había comido aquella tarde.

Al día siguiente, era el tercero, la tía Bougón quedó deslumbrada nuevamente; Mario salió con su vestido nuevo.--¡Tres días seguidos!-exclamó la portera.

Y trató de seguirle; pero Mario andaba muy deprisa y á grandes pasos; era pues aquello como si un hipopótamo tratase de seguir á un corzo. Perdióle de vista á los dos minutos, volviéndose sofocada, casi asfixiada por su asma, y furiosa.--¡Habráse visto!--exclamaba.--¡Hay valor para ponerse la ropa nueva todos los días y hacer correr así á las gentes!

Mario se había dirigido al Luxemburgo. La joven estaba allí con el señor Leblanc. Mario se acercó lo más que pudo, aparentando leer en un libro, pero permaneció todavía muy lejos; luego volvió á sentarse en su banco, donde pasó cuatro horas mirando saltar en la alameda á los bulliciosos gorriones, que le parecía que se burlaban de él.

Así se pasaron quince días. Mario iba al Luxemburgo, no para pasear, sino para sentarse siempre en el mismo sitio; y sin saber por qué, luego que llegaba allí no se movía. Todas las mañanas se ponía su vestido nuevo para no dejarse ver, y al día siguiente repetía la operación.

Decididamente, era ella una hermosura maravillosa. La única observación que pudiera hacerse, parecida á una crítica, es que la contradicción que existía entre su mirada, que era triste, y su sonrisa, que era alegre, daba á su rostro un aspecto como extraviado, lo cual hacía que en ciertos momentos aquella dulce fisonomía pareciese extraña sin dejar de ser admirable.

VI =Aprisionado=

Uno de los últimos días de la segunda semana, Mario estaba, como de costumbre, sentado en su banco, teniendo en la mano un libro abierto, del cual hacía dos horas que no había vuelto una hoja. De repente se estremeció; al final de la alameda se verificaba un acontecimiento.

El señor Leblanc y su hija acababan de levantarse; la hija había tomado el brazo del padre, y ambos se dirigieron lentamente hacia el medio del paseo, donde estaba Mario. Éste cerró su libro, luego le abrió de nuevo y procuró leer; temblaba; la aureola iba recta hacia él. ¡Ay, Dios mío! pensaba. No me va á dar tiempo para tomar una postura conveniente. En tanto, el hombre de los cabellos blancos y la joven continuaban avanzando. Parecíale que aquello duraba siglos, cuando en realidad sólo habían pasado algunos segundos. ¿Qué vendrán á hacer? se preguntaba. ¡Cómo! ¿Va á venir por aquí? ¿Sus pies van á pisar esta arena, en esta calle, á dos pasos de mí? Estaba completamente trastornado; hubiera querido en aquel instante ser hermoso, y ostentar alguna condecoración. Oía aproximarse el ruido dulce y mesurado de sus pasos. Figurábase que el señor Leblanc le dirigía miradas irritadas. «¿Irá á hablarme este caballero?» pensaba. Bajó la cabeza. Cuando la levantó, estaban enteramente junto á él. La joven pasó, y al pasar le miró. Le miró fijamente con cierta dulzura reflexiva, que hizo estremecer á Mario de la cabeza á los pies. Parecióle que le reconvenía por haber estado tanto tiempo sin acercársele, y que le decía: «Yo soy quien viene». Mario quedó deslumbrado ante aquellas pupilas llenas de rayos y de abismos.

Sentía arder una hoguera en su cerebro. Ella se le había acercado; ¡qué alegría! Y luego, ¡cómo le había mirado! Le pareció más bella que nunca. Bella, con una hermosura á la par femenil y angélica; con una belleza completa que hubiera hecho cantar al Petrarca y arrodillar al Dante. Le parecía estar nadando en pleno cielo azul. Al mismo tiempo estaba horriblemente contrariado, porque tenía empolvadas las botas.

Creía estar seguro de que ella había visto también sus botas.

La siguió con la mirada hasta que hubo desaparecido. Luego se puso á pasear por el Luxemburgo como un loco. Es probable que á ratos se riera solo, y hablase en voz alta. Pasaba tan ensimismado junto á las niñeras, que cada una le creía enamorado de ella.

Salió del Luxemburgo, esperando encontrarla en alguna calle.

Cruzóse con Courfeyrac bajo los arcos del Odeón, y le dijo:--Vente á comer conmigo.--Fuéronse á casa Rousseau y gastaron seis francos. Mario comió como un buitre, y dió seis sueldos de propina al mozo. Á los postres dijo á Courfeyrac:--¿Has leído el diario? ¡Qué buen discurso ha hecho Audry de Puyraveau!

Estaba perdidamente enamorado.

Después de comer dijo á Courfeyrac:--Te convido al teatro.--Y se fueron á la Puerta de San Martín á ver á Federico Lemaitre en el Castillo de San Alberto.

Mario se divirtió muchísimo.

Al mismo tiempo redoblóse en alto grado su esquivez. Al salir del teatro se negó á mirarle la liga á una modistilla que saltaba un arroyuelo, y Courfeyrac diciendo: De buena gana aumentaría mi colección con esta chica. Llegó á horrorizarle.

Courfeyrac le había convidado á almorzar al día siguiente en el café Voltaire. Mario aceptó, y comió aun más que en la víspera. Estuvo á un mismo tiempo reflexivo y alegrísimo. Hubiérase dicho que aprovechaba todas las ocasiones de reir á carcajadas, llegando á abrazar tiernamente á un provinciano cualquiera que le presentaron. Habíase formado en torno de la mesa un círculo de estudiantes; se había hablado de las tonterías pagadas por el Estado, que se arrojan desde la cátedra en la Sorbona; luego la conversación recayó sobre las faltas y vacíos de los diccionarios y prosodias de Quicherat. Mario interrumpió la discusión para exclamar: Sin embargo, es muy agradable tener una condecoración.

--¡Es gracioso!--dijo Courfeyrac por lo bajo á Juan Prouvaire.

--No,--respondió Juan Prouvaire;--al contrario, es serio.

Y era serio en efecto. Mario se hallaba en aquella primera hora violenta y encantadora en que comienzan las grandes pasiones.

Una mirada había causado todo aquello.

Cuando la mina está cargada, cuando el combustible está pronto, nada hay más sencillo. Una mirada es una chispa.

La suerte estaba echada. Mario amaba á una mujer; su destino entraba en lo desconocido.

La mirada de las mujeres se parece á ciertos rodajes, tranquilos en la apariencia, pero formidables. Pasamos á su lado todos los días tranquila é impunemente y sin la menor sospecha. Llega un momento en que hasta nos olvidamos de que aquello está allí. Se va, se viene, se sueña, se habla, se ríe. ¡De pronto nos sentimos cogidos! Todo acabó. La rueda nos detiene; la mirada nos ha hecho prisioneros.

Nos ha cogido, no importa por dónde, ni cómo, por una parte cualquiera de nuestro pensamiento que vagaba sin objeto; por una distracción que hemos sufrido. Estamos perdidos. Recorreremos por completo toda la máquina, se apodera de nosotros un encadenamiento de fuerzas misteriosas, y luchamos en vano. No hay socorro humano posible. Vamos á caer de engranaje en engranaje, de angustia en angustia, de tortura en tortura, nosotros, nuestra imaginación, nuestra fortuna, nuestro porvenir, nuestra alma; y según que nos hallemos en poder de una criatura malvada ó de un corazón noble, no saldremos de la espantosa máquina sino desfigurados por la vergüenza, ó trasfiguradas por la pasión.

VII =Aventuras de la letra U dentro las conjeturas=

El aislamiento, el desapego de todo, la altivez, la independencia, la inclinación á las bellezas naturales, la falta de actividad cotidiana y material, la vida retraída, las luchas secretas de la castidad y el éxtasis benévolo ante la creación entera, habían preparado á Mario para ser poseído de ese espíritu que se llama la pasión. El culto por su padre había llegado poco á poco á ser una religión, y como toda religión, se había retirado al fondo de su alma. Faltaba algo en primer término, y vino el amor.

Pasó un mes largo, durante el cual Mario fué todos los días al Luxemburgo. Al llegar la hora nada bastaba á detenerle. «Está de servicio», decía Courfeyrac. Mario vivía en continuo éxtasis; es verdad que la joven le miraba.

Había acabado por atreverse, y se aproximaba al banco. Sin embargo no pasaba por delante, obedeciendo á la vez al instinto de timidez y al instinto de prudencia propios de los enamorados. Creía conveniente no llamar «la atención del padre». Combinaba sus paradas detrás de los árboles y de los pedestales de las estatuas con un maquiavelismo profundo, para mostrarse todo lo posible á la joven y dejarse ver lo menos que podía del hombre de los cabellos blancos. Á veces permanecía inmóvil más de una hora á la sombra de Leónidas ó de un Espartaco cualquiera, teniendo en la mano un libro, por encima del cual sus ojos, tiernamente levantados, iban á buscar á la hermosa joven, la cual, por su parte, volvía hacia él con vaga sonrisa su perfil encantador. Hablando lo más natural y lo más tranquilamente del mundo con el hombre de los cabellos blancos, lanzaba sobre Mario los misteriosos rayos de una mirada virginal y apasionada. Antiquísima é inmemorial maña que tuvo Eva desde el primer día del mundo, y que toda mujer posee desde el primer día de su vida. Su boca contestaba al uno, y su mirada al otro.

Es preciso creer, sin embargo, que el señor Leblanc había acabado por notar algo porque frecuentemente, al ver á Mario, se levantaba prosiguiendo el paseo.

Había abandonado su sitio acostumbrado, escogiendo al extremo opuesto de la alameda el banco inmediato al Gladiador, como para ver si Mario les seguiría también. Mario no comprendió aquel juego, y cometió esa falta. «El padre» empezó á no ser tan puntual como antes al paseo, y á no llevar consigo todos los días á su hija. Algunas veces iba solo; entonces Mario se marchaba. Otra falta.

Mario no se fijaba en aquellos síntomas. De la fase de la timidez había pasado, progreso natural y fatal, á la fase de la ceguedad. Su amor iba creciendo; soñaba con él todas las noches; y además había tenido una dicha inesperada, que fué como aceite sobre fuego, redoblando las tinieblas en derredor de sus ojos. Una tarde, al anochecer, había hallado en el banco que «el señor Leblanc y su hija» acababan de abandonar un pañuelo; un pañuelo sencillo y sin bordados, pero blanco, fino, y que le pareció que exhalaba inefables perfumes. Apoderóse de él con transporte. Este pañuelo estaba marcado con las letras U. F. Mario no sabía nada de aquella hermosa joven, ni de su familia, ni su nombre, ni su casa; estas dos letras eran la primera noticia que de ella tenía; adorables iniciales sobre las que comenzó inmediatamente á formar conjeturas. U era evidentemente la inicial del nombre. ¡Úrsula! pensó. ¡Qué nombre más hermoso! Besó el pañuelo, le aspiró, le puso sobre su corazón, sobre su carne durante el día, y por la noche bajo sus labios para dormirse.

--¡Siento palpitar en él toda su alma!--exclamaba.

Aquel pañuelo era sencillamente del anciano, que se le había caído del bolsillo.

Los días que siguieron á este hallazgo, Mario se presentó en el Luxemburgo besando el pañuelo y estrechándole contra su corazón. La hermosa joven nada comprendía de aquella pantomima, y así se lo manifestaba por medio de señas imperceptibles.

--¡Oh pudor!--decía Mario.

VIII =Hasta los inválidos pueden ser felices=

Ya que hemos pronunciado la palabra pudor, y ya que nada ocultamos, debemos decir que cierta vez, sin embargo, á través de sus éxtasis, experimentó Mario de parte de «su Úrsula» una ofensa muy seria. Fué uno de esos días en que la joven hacía levantar al señor Leblanc y pasear por la alameda.

Una fresca brisa de mayo agitaba las copas de los plátanos. El padre y la hija, cogidos del brazo, acababan de pasar por delante del banco de Mario, el cual, levantándose enseguida, los siguió con la vista de una manera correspondiente á la apasionada situación de su ánimo.

De pronto una ráfaga de viento, algo más juguetona que las otras, encargada sin duda de los negocios de la primavera, levantó el vuelo desde el vivero, abatióse sobre la alameda, envolviendo á la joven en un encantador estremecimiento digno de las ninfas de Virgilio y de los faunos de Teócrito, atreviéndose á levantar su vestido, aquel vestido más sagrado que la túnica de Isis, casi hasta la altura de la liga, dejando instantáneamente al descubierto, una pierna de forma exquisita. Mario la vió. Aquel espectáculo le exasperó y puso fuera de sí.

La joven bajó rápidamente el vestido con un movimiento de espanto encantador; pero no por eso se indignó menos Mario. Estaba sólo en la alameda, es verdad, pero podía haber habido alguien. ¿Y si hubiera habido alguno? ¿Compréndese algo parecido? Era horrible lo que acababa de hacer la joven. ¡Ay! La pobre nada había hecho; no había más que un culpable, era el viento. Pero Mario, en quien rugía confusamente el Bartolo que hay en Querubín, estaba determinado á disgustarse, y sentía celos hasta de su sombra. Así es cómo se despiertan en el corazón humano, y se imponen, aún sin derecho, los acres y extraños celos de la carne. Por lo demás, y aún prescindiendo de los celos, la vista de aquella graciosa pierna no había tenido para él nada de agradable; la media blanca de la primera mujer que hubiese encontrado le habría causado mayor placer.

Cuando «su Úrsula», después de haber llegado al extremo de la alameda, volvió á pasar acompañada del señor Leblanc por delante del banco donde se había sentado de nuevo Mario, éste le dirigió una mirada irritada y feroz. La joven se encogió de hombros y arqueó ligeramente las cejas, con esa expresión que significa: «¡Qué tendrá!».

Éste fué «su primer disgusto».

Apenas acababa Mario de tener con ella esta escena de miradas, cuando una persona atravesó la alameda. Era un inválido encorvado, arrugado y encanecido, con uniforme del tiempo de Luis XV, que llevaba al pecho la pequeña placa ovalada de paño encarnado, con espadas cruzadas, cruz de San Luis del soldado, é iba adornado además de una manga de uniforme sin brazo dentro, una barba de plata y una pierna de palo. Mario creyó notar que aquel ser tenía el aire extremadamente satisfecho. Hasta le pareció que el tal viejo cínico, al pasar cojeando junto á él, le había dirigido un guiño demasiado familiar y gozoso, como si una casualidad cualquiera hubiera hecho que estuviesen de inteligencia, así tan contento aquel resto de Marte? ¿Qué había pasado entre aquella pierna de palo y la otra? Mario llegó al colmo de los celos. ¡Tal vez estaba ahí! dijo. ¡Y tal vez ha visto! Y le entraron ganas de exterminar al inválido. Andando el tiempo todo se olvida; la cólera de Mario contra «Úrsula» por justa y por legítima que fuése, pasó. Acabó por perdonar; pero tuvo que hacer un grande esfuerzo, y se manifestó irritado durante tres días. Sin embargo, al través de todo aquello, y á causa de todo lo demás, la pasión crecía, llegando á la locura.

IX =Eclipse=

Acabamos de ver cómo Mario había descubierto, ó creído descubrir, que ella se llamaba Úrsula.

Comiendo se abre el apetito. Saber que se llamaba Úrsula había sido mucho, y ya era poco. Mario en tres ó cuatro semanas devoró aquella felicidad; deseó otra, y quiso saber dónde vivía.

Había cometido su primera falta: caer en la emboscada del banco del Gladiador. Había cometido la segunda: no permanecer en el Luxemburgo cuando iba solo el señor Leblanc. Cometió la tercera, que fué inmensa: siguió á Úrsula. Vivía en la calle del Oeste, en el sitio menos frecuentado, en una casa nueva de tres pisos, de modesta apariencia. Desde aquel momento, Mario añadió á su dicha de verla en el Luxemburgo, la de seguirla hasta su casa. Su hambre iba en aumento. Sabía cómo se llamaba, á lo menos de nombre; nombre lindísimo, verdadero nombre de mujer. Sabía también dónde vivía; quiso saber quién era.

Una noche, después de seguir al padre y á la hija hasta su casa, luego que los vió desaparecer tras de la puerta cochera, entróse siguiéndolos y preguntó muy resuelto al portero:

--¿Es el señor del piso principal el que acaba de entrar?

--No,--respondió el portero.--Es el inquilino del tercero.

Había ya dado otro paso; este triunfo, fácilmente conseguido, alentó á Mario.

--¿Interior ó exterior?--preguntó.

--La casa no tiene más que vistas á la calle,--contestó el portero.

--¿Y cuál es la profesión de ese caballero?--repuso Mario.

--Es rentista, caballero; hombre bueno, si los hay, y muy caritativo, que hace mucho bien á los pobres, aún cuando no es rico.

--¿Cómo se llama?--interrogó Mario.

El portero alzó la cabeza, y dijo:

--¿Sois acaso de la policía?

Mario se fué algo amoscado, pero contentísimo. Adelantaba.

--Bueno,--pensó;--sé que se llama Úrsula, que es hija de un rentista, y que vive aquí, en el piso tercero, calle del Oeste.

Al día siguiente, el señor Leblanc y su hija sólo dieron un paseo cortísimo por el Luxemburgo; todavía era muy temprano cuando se retiraron. Mario los siguió á la calle del Oeste como tenía acostumbrado. Al llegar á la puerta cochera, el señor Leblanc hizo pasar primero á su hija, luego se detuvo antes de atravesar el umbral, se volvió, y miró fijamente á Mario. Al otro día ya no fueron al Luxemburgo, y Mario esperó en balde toda la tarde.

Entrada la noche, fué á la calle del Oeste, vió luz en las ventanas del tercer piso, y se estuvo paseando por la calle hasta que se apagó la luz.

Al siguiente día tampoco fueron al Luxemburgo. Mario esperó toda la tarde, y luego fué á ponerse de centinela nocturno bajo las ventanas. Esto le entretenía hasta las diez de la noche. Su comida no tenía ni período ni sustancia fija. La fiebre alimenta al enfermo, y el amor al enamorado. Así se pasaron ocho días. El señor Leblanc y su hija no volvieron á parecer por el Luxemburgo. Mario, formando tristes conjeturas, no se atrevía á espiar la puerta cochera durante el día. Contentábase con ir de noche á contemplar la claridad rojiza de los cristales. Veía de cuando en cuando pasar algunas sombras y le latía el corazón.

Al octavo día, cuando llegó al pie de las ventanas no había luz en ellas. ¡Calla! exclamó. Todavía no han encendido luz, y sin embargo, es ya muy de noche. ¿Habrán salido? Esperó hasta las diez, hasta las doce, hasta la una, pero no se encendió ninguna luz detrás de las vidrieras del tercer piso, ni entró nadie en la casa. Se fué, pues, tristísimo.

Á la mañana siguiente (porque no vivía sino de mañanas sucesivas, ni había, por así decirlo, hoy para él), al día siguiente, no vió á nadie en el Luxemburgo, aunque lo esperaba. Al anochecer se fué á la casa.

No se veía luz en las ventanas; las persianas estaban cerradas; el piso estaba completamente á oscuras.

Mario llamó á la puerta cochera, entró, y dijo al portero:

--¿El señor del piso tercero?

--Ha desocupado,--contestó el portero.

Mario vaciló, y preguntó débilmente:

--¿Desde cuándo?

--Desde ayer.

--¿Adónde ha ido á parar?

--No lo sé.

--¿No ha dejado su nueva dirección?

--No.

Y el portero, levantando la nariz y reconociendo á Mario:

--¡Calle!--dijo.--¡Sois vos! ¿Es decir que decididamente sois de policía?

FIN DEL TOMO PRIMERO

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