Los miserables - Tomo 1 (de 2)
NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
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El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido en general el de respetar las reglas vigentes de la Real Academia Española cuando la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.
En el siglo XIX, fecha en que se tradujo la presente obra, era una costumbre muy habitual la utilización de los pronombres enclíticos. Los pronombres enclíticos son los pronombres personales que aparecen pospuestos cuando se adjuntan al verbo. En el español actual se adjuntan sólo a los infinitivos, a los gerundios y a los imperativos afirmativos. Durante la transcripción de esta obra se respetó la utilización de los pronombres enclíticos independientemente del modo verbal, salvo en el caso del pretérito indefinido, modo indicativo, del verbo "ir" (fue). Se prefirió cambiar "fuese" en este modo verbal por "se fue" porque "fuese" también es la forma de los verbos "ir" y "ser" en pretérito, modo subjuntivo, y se consideró que esa circunstancia, producto de una costumbre no fundada en el uso correcto de la lengua, podría llegar a generar alguna confusión en la interpretación correcta del texto.
Se ha respetado el tilde en las palabras llanas generadas por el uso de pronombres enclíticos ya que cuando la obra fue publicada dicha acentuación era correcta según las reglas de la lengua.
En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está en mayúsculas.
El traductor ha traducido "sous" (vigésima parte de un franco) del francés a "sueldo", lo cual es correcto, ya que "sueldo", además de "salario", en español se refiere a moneda, de distinto valor según los tiempos y países, igual a la vigésima parte de la libra respectiva.
El Índice y la lista de ilustraciones han sido reubicados al principio de la obra.
La lista de las ilustraciones contenidas en la edición impresa de la obra no coincide con las ilustraciones incluidas en las imágenes que fueron utilizadas para generar el texto de la presente versión electrónica. En las ilustraciones incluidas con estas imágenes, en el frontispicio hay un retrato del autor, que no está listado; mientras que lo que figura como cubierta en la página 3 de dicha lista posiblemente sea la cubierta original de la edición impresa.
Se han corregido errores evidentes de puntuación y otros errores tipográficos y de ortografía.
La portada incluida en este libro electrónico fue modificada por el transcriptor y se concede al dominio público.
El transcriptor quiere expresar su agradecimento a quienes, con sus opiniones en el foro del proyecto, ayudaron a aclarar algunos puntos importantes.
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LOS MISERABLES
[Ilustración: =Víctor Hugo=]
[Ilustración: =LOS MISERABLES Por Víctor Hugo=]
LOS MISERABLES
POR VÍCTOR HUGO
_Edición adornada con láminas al cromo y grabados intercalados en el texto_
VERSIÓN ESPAÑOLA DE J. A. R.
TOMO I
BARCELONA Casa Editorial «MAUCCI» 296, CONSEJO DE CIENTO, 296 1897
ÍNDICE DE LO QUE CONTIENE ESTE PRIMER TOMO
PRIMERA PARTE FANTINA
LIBRO PRIMERO.--UN JUSTO
Pág.
I El señor Myriel 5
II El señor Myriel vuélvese monseñor Bienvenido 8
III Á buen obispo, mal obispado 12
IV Obras como palabras 14
V De cómo monseñor Bienvenido hacía durar demasiado tiempo sus sotanas 20
VI Por quien hacía Su Ilustrísima guardar su casa 22
VII Cravatte 27
VIII Filosofía después de beber 30
IX El hermano explicado por la hermana 33
X El obispo en presencia de una luz desconocida 36
XI Una restricción 46
XII Aislamiento de monseñor Bienvenido 49
XIII Sus creencias 52
XIV Lo que él pensaba 55
LIBRO SEGUNDO.--LA CAÍDA
I La tarde de un día de marcha 57
II La prudencia aconseja á la sabiduría 67
III Heroísmo de la obediencia pasiva 71
IV Detalles acerca de las queserías de Pontarlier 75
V Calma 78
VI Juan Valjean 79
VII La desesperación por dentro 83
VIII Ola y sombra 89
IX Nuevos agravios 91
X El hombre desvelado 92
XI Lo que hacía 94
XII El obispo trabaja 97
XIII Gervasillo 100
LIBRO TERCERO.--EN EL AÑO 1817
I El año 1817 107
II Doble cuarteto 112
III Cuatro y cuarto 115
IV Tholomyés está tan alegre, que canta una canción española 118
V En casa de Bombarda 120
VI Capítulo de amor 122
VII Sabiduría de Tholomyés 124
VIII Muerte de un caballo 128
XI Gracioso fin de la alegría 130
LIBRO CUARTO--CONFIAR ES CASI SIEMPRE ABANDONARSE
I Una madre que se encuentra con otra 133
II Primer esbozo de dos figuras sombrías 140
III La alondra 141
LIBRO QUINTO.--DESCENSO
I Historia de un adelanto en la fabricación de abalorios negros 144
II Magdalena 145
III Sumas depositadas en casa Laffitte 148
IV El señor Magdalena de luto 150
V Vagos relámpagos en el horizonte 152
VI Fauchelevent 156
VII Fauchelevent, jardinero en París 158
VIII La señora Victurnien emplea treinta francos en moralidad 159
IX Triunfo de la señora Victurnien 162
X Prosigue el triunfo 164
XI Christus nos liberavit 168
XII La ociosidad del señor Bomatabois 169
XIII Solución de algunas cuestiones de policía municipal 171
LIBRO SEXTO.--JAVERT
I Principio del reposo 178
II De cómo Juan puede llegar á ser champ 181
LIBRO SÉPTIMO.--LA CAUSA CHAMPMATHIEU
I Sor Simplicia 189
II Perspicacia de Maese Scaufflaire 191
III Una tempestad bajo un cráneo 195
IV Formas que toma el sufrimiento durante el sueño 210
V Los rayos de las ruedas 213
VI Sor Simplicia puesta á prueba 222
VII El viajero al llegar toma sus precauciones para volverse 228
VIII Entrada de favor 231
IX Lugar en el cual van formándose las convicciones 234
X El sistema de negativas 239
XI Champmathieu más y más asombrado 245
LIBRO OCTAVO.--RETROCESO
I En qué espejo vió el señor Magdalena sus cabellos 249
II Fantina dichosa 251
III Javert contento 254
IV La autoridad recobra sus derechos 257
V Tumba apropiada 260
SEGUNDA PARTE COSETTE
LIBRO PRIMERO.--WATERLOO
I Lo que se encuentra viniendo de Nivelles 265
II Hougomont 266
III El 18 de junio de 1815 272
IV A 274
V El quid obscurum de las batallas 275
VI Cuatro horas después del medio día 278
VII Napoleón de buen humor 280
VIII El emperador dirige una pregunta al guía Lacoste 285
IX Lo inesperado 287
X La meseta de Mont-Saint Jean 290
XI Mal guía para Napoleón, bueno para Bülow 294
XII La guardia 295
XIII La catástrofe 296
XIV El último cuadro 298
XV Cambronne 299
XVI ¿Quot libras induce? 301
XVII ¿Es preciso encontrar bueno á Waterloo? 305
XVIII Recrudescencia del derecho divino 306
XIX El campo de batalla por la noche 308
LIBRO SEGUNDO.--EL NAVÍO ORIÓN
I El número 24601 se trueca en el 9430 313
II Donde se leerán dos versos que son tal vez del diablo 316
III De por fuerza la cadena del grillete debía haber sufrido alguna operación preparatoria para romperse de un solo martillazo 319
LIBRO TERCERO.--CUMPLIMIENTO DE LA PROMESA HECHA Á LA DIFUNTA
I La cuestión del agua en Montfermeil 326
II Dos retratos completados 329
III Los hombres necesitan vino, los caballos agua 333
IV Entrada en escena de una muñeca 335
V La chiquilla sola 336
VI Donde tal vez se pruebe la inteligencia de Boulatruelle 340
VII Cosette en la sombra junto al desconocido 344
VIII Desagrado en recibir en casa un pobre que tal vez sea un rico 347
IX Thénardier maniobrando 361
X Quien busca lo mejor puede encontrar lo peor 367
XI Reaparece el número 9430 y Cosette lo gana á la lotería 371
LIBRO CUARTO.--LA CASUCHA DE GORBEAU
I Maese Gorbeau 372
II Nido para búho y curruca 377
III Dos desgracias mezcladas producen la felicidad 378
IV Lo que observó la inquilina principal 381
V Una moneda de cinco francos que cae al suelo hace ruido 383
LIBRO QUINTO.--Á CAZA NOCTURNA, JAURÍA MUDA
I Las sinuosidades de la estrategia 386
II Es muy ventajoso que por el puente de Austerlitz pasen carruajes 388
III Véase el plano de París en 1727 390
IV Tentativas de evasión 392
V Lo que sería imposible con el alumbrado por gas 394
VI Principio de un enigma 397
VII Continuación del enigma 399
VIII Auméntase el enigma 400
IX El hambre del cascabel 402
X Donde se explica cómo Javert había espiado inútilmente 405
LIBRO SEXTO.--EL PEQUEÑO-PICPUS
I Callejuela de Picpus, núm. 62 412
II La obediencia de Martín Verga 414
III Severidades 420
IV Alegrías 421
V Distracciones 424
VI El convento pequeño 428
VII Algunas siluetas en aquella sombra 430
VIII Post corda lapides 431
IX Un siglo bajo una toca 433
X Origen de la adoración perpetua 434
XI Fin del pequeño Picpus 436
LIBRO SÉPTIMO.--PARÉNTESIS
I El convento: idea abstracta 437
II El convento: hecho histórico 438
III Con qué condición puede respetarse lo pasado 440
IV El convento bajo el punto de vista de los principios 442
V La oración 443
VI Bondad absoluta de la oración 444
VII Precauciones indispensables para condenar 446
VIII Fe, ley 446
LIBRO OCTAVO.--LOS CEMENTERIOS TOMAN LO QUE SE LES DA
I Donde se trata de la manera de entrar en un convento 448
II Fauchelevent ante la dificultad 454
III La madre Inocente 456
IV Donde parece que Juan Valjean había leído á Agustín Castillejo 464
V No basta ser borracho para ser inmortal 469
VI Entre cuatro tablas 474
VII Donde se verá el origen de la frase: no pierdas el billete 475
VIII Interrogatorio feliz 482
IX Clausura 484
TERCERA PARTE MARIO
LIBRO PRIMERO.--PARÍS ESTUDIADO EN SU ÁTOMO
I Parvulus 490
II Algunas de sus señas particulares 491
III Es divertido 492
IV Puede ser útil 492
V Sus fronteras 493
VI Un poco de historia 495
VII El pilluelo tiene un lugar en las clasificaciones de la lucha 496
VIII Donde se leerá una buena frase del último rey 498
IX El antiguo espíritu de los galos 499
X Ecce París, ecce homo 499
XI Reir es reinar 502
XII El latente porvenir del pueblo 503
XIII El niño Gavroche 504
LIBRO SEGUNDO.--EL NOBLE BURGUÉS
I Noventa años, y treinta y dos dientes 506
II Á tal amo, tal casa 508
III Lucas Espíritu 509
IV Aspirante á centenario 509
V Vasco y Nicolasita 510
VI Donde se entrevé á la Magnón y sus dos hijos 511
VII Regla: no recibir á nadie más que de noche 513
VIII Las dos no hacen pareja 513
LIBRO TERCERO.--EL ABUELO Y EL NIETO
I Una tertulia antigua 515
II Uno de los espectros rojos de aquel tiempo 518
III Requiescant 523
IV Fin del bandido 529
V Utilidad de ir á misa para hacerse revolucionario 532
VI Consecuencias de haber encontrado á un capillero 533
VII Algún amorcillo 538
VIII Mármol contra granito 542
LIBRO CUARTO.--LOS AMIGOS DEL A B C
I Un grupo que le ha faltado poco para llegar á ser histórico 546
II Oración fúnebre de Blondeau por Bossuet 557
III Admiraciones de Mario 559
IV La sala interior del café Musain 561
V Dilatación del horizonte 567
VI Res augusta 570
LIBRO QUINTO.--EXCELENCIA DE LA DESGRACIA
I Mario indigente 572
II Mario pobre 574
III Mario crecido 576
IV El señor Mabeuf 580
V Pobreza muy próxima á la miseria 583
VI El sustituto 585
LIBRO SEXTO.--LA CONJUNCIÓN DE DOS ESTRELLAS
I El apodo; manera de formar nombres de familia 589
II Lux facta est 591
III Efecto de primavera 593
IV Principio de una grande enfermedad 594
V Caen varios rayos sobre la tía Bougón 596
VI Aprisionado 597
VII Aventuras de la letra U dentro de las conjeturas 599
VIII Hasta los inválidos pueden ser felices 600
IX Eclipse 602
PLANTILLA Para la Colocación de las Láminas del Tomo 1.º
Pág. Víctor Hugo frontis.
Portada 3
El obispo bendijo la mesa 74
Thénardier robando á los cadáveres, etc. 312
Ya me dormía--dijo Juan Valjean 479
PREFACIO
Mientras exista, por la fuerza de las leyes y de las costumbres el peligroso vicio social de crear infiernos artificiales en plena civilización, complicando con fatalidad humanas la divinidad del destino; mientras los problemas del siglo: la degradación del hombre en el proletariado, la decadencia de la mujer por el hambre y la atrofia del niño por las tinieblas, no estén resueltos; mientras sea posible en ciertas regiones, la asfixia social; ó de otra manera, y hablando en términos más claros: mientras exista sobre la tierra ignorancia y miseria, pueden no ser inútiles los libros de la naturaleza presente.
Víctor Hugo.
HAUTEVILLE HOUSE, 1862.
[Ilustración]
PRIMERA PARTE FANTINA
LIBRO PRIMERO UN JUSTO
[Ilustración]
I =El señor Myriel=
En 1815 el señor Carlos Francisco Bienvenido Myriel estaba de obispo en D***. Era este un anciano como de setenta y cinco años y ocupaba el obispado de D*** desde 1806.
Por más que semejante detalle no tenga nada que ver con el fondo de lo que nos proponemos relatar, no estará tal vez fuera del caso, aún cuando no tenga otro objeto que el de ser verdaderos en todo, al consignar los rumores y murmuraciones que acerca de su personalidad habían circulado cuando llegó á tomar posesión de su diócesis. Lo que de los hombres se dice, verdadero ó falso, ocupa generalmente en su existencia é influye sobre todo en su porvenir, tanto como lo que hacen. El señor Myriel era hijo de un consejero del parlamento de Aix; nobleza de toga. Se decía que su padre, deseando que heredara su cargo, le había casado siendo aún muy joven, esto es, á los diez y ocho ó veinte años, siguiendo una costumbre muy generalizada entre las familias de los magistrados. Carlos Myriel, sin embargo de su matrimonio, había dado bastante que hablar. Á pesar de su corta estatura, era de presencia gallarda, elegante, graciosa y espiritual; la primera parte de su vida perteneció por completo al mundo y á la galantería.
Sobrevino la Revolución, precipitáronse los acontecimientos, dispersáronse, diezmadas por la persecución general, las familias de la antigua magistratura, y el señor Carlos Myriel, desde las primeras jornadas de la revolución, emigró á Italia. Su esposa, falleció allí, de una enfermedad de pecho de la que venía padeciendo hacía mucho tiempo. No tuvieron hijos. ¿Qué aconteció luego en los destinos del señor Myriel? El derrumbamiento de la antigua sociedad francesa, la caída de su propia familia, los trágicos espectáculos del 93, más horrorosos sin duda para los emigrados que los miraban de lejos con el agrandamiento del miedo ¿engendraron tal vez en su alma ideas de retiro y soledad? Entre alguna de las diversas afecciones ó distracciones que llenaban su vida, ¿se vió herido de súbito por un golpe terrible y misterioso, de esos que muchas veces aplastan el corazón del hombre que las catástrofes públicas no conmovería aún cuando atacasen su existencia ó su fortuna? No podemos decirlo; sólo sabemos que á su vuelta de Italia era sacerdote.
En 1804, el señor Myriel ocupaba el curato de B. (Brignoles). Era ya viejo y vivía completamente retraído.
Durante la época de la coronación, cierto insignificante asunto de su ministerio que no podemos precisar, le llevó á París. Entre otras personas de valimiento á quienes acudió en bien de sus feligreses contábase el cardenal Fesch. Un día en que el emperador había ido á visitar á su tío, el digno cura que esperaba en la antecámara se encontró al paso con Su Majestad; Napoleón, al observar que el buen anciano le miraba con cierta curiosidad, volvióse y dijo bruscamente:
--¿Quién es este buen hombre que me mira?
--Señor,--dijo el señor Myriel;--vos mirando un buen hombre y yo un grande hombre, podemos ambos aprovecharnos de ello.
Aquella misma noche pidió el emperador al cardenal el nombre de aquel cura, y algún tiempo después fué sorprendido el señor Myriel con el nombramiento de obispo de D***.
¿Qué había de verdad, por otra parte entre los cuentos que se inventaban sobre la primera parte de la vida del señor Myriel? Nadie lo sabía. Pocas eran las familias que habían conocido á la del señor Myriel antes de la revolución.
El señor Myriel debía correr la suerte de todo recién llegado á una pequeña población, donde se encuentran muchas bocas que hablan y muy pocas cabezas que piensen. Debía correrla, por más que fuése obispo y por que era obispo. Sin embargo, las murmuraciones con las que iba mezclado su nombre no pasaban de murmuraciones, es decir: murmullos, frases, palabras; menos que palabras, palabrerías, como diríamos en el idioma enérgico del Mediodía.
Sea como fuere, después de nueve años de episcopado y de residencia en D*** todos los cuentos, objeto de las conversaciones del primer momento, en que se ocupan las pequeñas poblaciones y la gente pequeña, habían caído en el olvido más profundo. No había quien se atreviese á hablar de ello ni quien osase recordarlo siquiera.
El señor Myriel había ido á D*** en compañía de una buena señora, la señorita Batistina, hermana suya, la cual contaba diez años menos que él.
No tenían ambos más servidores que una criada de la misma edad que la señorita Batistina, á quien llamaban señora Magloria, la cual, después de haber sido el ama del señor cura, tomó á la sazón el doble título de camarera de la señorita y ama de gobierno de su ilustrísima.
Era la señorita Batistina de corta estatura, delgada, pálida y bondadosa; la encarnación del ideal expresado en la palabra «respetable» puesto que parece necesario en una mujer para ser venerable, el haber sido madre. Jamás había sido bonita; no había sido su existencia otra cosa que una serie no interrumpida de obras piadosas, la cual había acabado por derramar sobre ella cierta especie de blancura diáfana; así es que, al envejecer, había adquirido lo que podríamos llamar hermosura de la bondad. Lo que en su juventud había sido flaquedad convirtióse con los años en transparencia, al través de la cual se adivinaba el ángel. Era mejor que una virgen, un alma. Parecía su persona hecha de sombra; apenas tenía bastante cuerpo para encerrar un sexo; un poco de materia conteniendo una luz; dos grandes ojos fijos siempre en la tierra, esto es, un pretexto para que el alma viviese en ella.
La señora Magloria era una viejecilla blanca, rellena, sonrosada, rechoncha, activa, hacendosa y atareada y sofocada siempre, á causa de su actividad natural al principio, á causa de su asma después.
Á su llegada, dieron posesión al señor Myriel de su palacio episcopal, con los honores decretados por el imperio, según los cuales, se coloca al obispo inmediatamente después de el mariscal. El alcalde y el presidente le hicieron la primera visita, y él, por su parte, hizo su visita primera al general y al prefecto.
Terminada la instalación, esperó la ciudad á apreciar al obispo por sus obras.
II
=El señor Myriel vuélvese Monseñor Bienvenido=
El palacio episcopal de D*** estaba situado junto al hospital.
Era dicho palacio un grandioso y magnífico edificio labrado en piedra á principios del último siglo, por monseñor Enrique Puget doctor en teología de la facultad de París y abad de Simore, el cual fué nombrado obispo de D*** en 1712. Este palacio era una verdadera morada señorial. Todo era espléndido en él, las habitaciones del obispo, los salones, las cámaras interiores, el patio de honor extensísimo con sus galerías de arcos, y según la antigua costumbre florentina, los jardines plantados de magníficos árboles.
En la sala comedor, ancha y soberbia galería situada en el piso bajo con acceso á los jardines, monseñor Enrique Puget dió en 29 de Julio de 1714 un gran banquete de honor á los eminentes señores Carlos Brulart de Genlis, arzobispo y príncipe de Embrun; Antonio de Mesgrigny, capuchino, obispo de Grasse; Felipe de Vendôme, gran prior de Francia y Abad de San Honorato de Lerins; Francisco de Berton de Crillón, obispo y barón de Vence; César de Sabran de Forcalquier, obispo y señor de Glandeve, y Juan Soanen, predicador del rey, capellán del Oratorio, obispo y señor de Senez.
Los retratos de estos siete reverendos personajes adornaban la sala, al par de esta fecha memorable «29 DE JULIO DE 1714» grabada en letras de oro sobre una lápida de mármol blanco.
El hospital era una pequeña casa baja, reducida á un solo piso, con un jardín insignificante.
Á los tres días de su llegada visitó el obispo el hospital. La visita terminó rogando al director que se sirviese hacerle otra á su vez en su palacio.
Dos días después, el director del hospital sostenía con el obispo el siguiente diálogo:
--Señor director del hospital, ¿cuántos enfermos tenéis en este momento?--le preguntó el obispo.
--Veintiséis, monseñor.
--Los mismos que yo había contado.
--Las camas,--repuso el director,--están casi unidas las unas á las otras.
--Esto mismo he notado.
--Las salas, no son más que cuartos, y el aire se renueva difícilmente en ellas.
--Esto me parece.
--Y luego, cuando viene un rayo de sol, es el jardín demasiado pequeño para los convalescientes.
--También lo creo así.
--En tiempos de epidemia, este año hemos tenido el tifus, y hace dos años tuvimos la fiebre miliar, más de cien enfermos reunidos dan mucho que hacer.
--También pensé yo en ello.
--¡Cómo ha de ser, monseñor!--exclamó el director del hospital,--es preciso conformarse.
Esta conversación tenía lugar en la galería comedor, situada junto al jardín.
El obispo permaneció callado unos instantes, después de los cuales dirigiéndose de súbito al director del hospital le dijo:
--Señor mío: ¿cuántas camas creéis que caben buenamente en esta sala?
--¿En la sala comedor de su ilustrísima?--preguntó estupefacto el director.
El obispo recorría la sala con su mirada, pareciendo como que tomase medidas y echase cálculos.
--Aquí caben perfectamente veinte camas,--decía hablando consigo mismo;--luego, levantando la voz:
--Atended, señor director del hospital,--dijo.--Existe aquí un evidente error. Allí estáis reducidos á cinco ó seis departamentos, veintiséis personas. Aquí no somos más que tres y tenemos espacio para sesenta. Hay error, lo repito: vosotros ocupáis mi lugar y yo el vuestro. Devolvedme por lo tanto mi casa y tomad la que os pertenece.
Al día siguiente, estaban los veintiséis enfermos pobres instalados en el palacio del obispo, y el obispo en el hospital.
Monseñor Myriel carecía de bienes, por haber sido arruinada su familia por la Revolución. Su hermana percibía una renta vitalicia de quinientos francos, que satisfacía en el curato sus gastos personales. Monseñor Myriel cobraba del Estado, como obispo, un sueldo de quince mil francos.
El mismo día en que se alojó en el hospital, determinó monseñor Myriel emplear de una vez para siempre aquella suma en la siguiente forma. Transcribimos aquí la nota escrita de su propia mano.
NOTA PARA REGULAR LOS GASTOS DE MI CASA
Para el pequeño seminario Mil quinientas libras. Congregación de la misión Cien libras. Para los lazaristas de Montdidier Cien libras. Seminario de las misiones extranjeras en París Doscientas libras. Congregación del Espíritu Santo Ciento cincuenta libras. Establecimientos religiosos de la Tierra Santa Cien libras. Sociedades de caridad maternal Trescientas libras. Además, para la de Arlés Cincuenta libras. Obra para el mejoramiento de cárceles Cuatrocientas libras. Obra para el alivio y redención de presos Quinientas libras. Para libertar á los padres de familia presos por deudas Mil libras. Suplemento al sueldo de los pobres maestros de escuela de la diócesis Dos mil libras. Pósito de los Altos Alpes Cien libras. Congregación de señoras de D***, de Manosque y de Sisterón, para la enseñanza gratuita de niñas indigentes Mil quinientas libras. Para los pobres Seis mil libras. Mis gastos personales Mil libras.
Total Quince mil libras.
Durante todo el tiempo que ocupó la sede de D*** monseñor Myriel no varió en nada esta disposición. Llamábala, como hemos visto, tener regulados los gastos de su casa.
Este arreglo fué aceptado con sumisión absoluta por la señorita Batistina. Para esta santa criatura, Monseñor de D***, era á un mismo tiempo su hermano y su obispo; su amigo por la naturaleza, y su superior según la Iglesia. Le amaba y veneraba sencillamente. Cuando él hablaba, asentía inclinándose; cuando obraba, se adhería á sus obras. Sólo el ama, la señora Magloria, murmuraba un poco.
El señor obispo, como se habrá comprendido, no se reservaba más que mil libras, las cuales, unidas á la pensión de la señorita Batistina, sumaban mil quinientas anuales. Con estas mil quinientas libras vivían las dos ancianas y el anciano.
Y cuando algún cura de aldea iba á D***, aún encontraba el señor obispo con qué agasajarle, gracias á la severa economía de la señora Magloria; y á la inteligente administración de la señorita Batistina.
Cierto día, á los tres meses de estar en D***, dijo el obispo:
--¡Con todo y con esto me encuentro bastante apurado!
--Ya lo creo,--exclamó la señora Magloria,--como que monseñor no ha reclamado siquiera la renta que le adeuda el departamento por sus gastos de carruaje en la ciudad y de visita en la diócesis, según costumbre de los obispos de otros tiempos.
--¡Es verdad!--dijo el obispo,--tenéis mucha razón, señora Magloria.
Y presentó su reclamación.
Algún tiempo después, el consejo general tomaba en consideración la solicitud del obispo, votó en su favor una suma anual de tres mil francos, bajo el siguiente epígrafe: Asignación al señor obispo, para gastos de carruaje, postas y visitas pastorales.
Esto dió mucho que hablar á la clase media de la localidad, y con tal motivo, un senador del Imperio, antiguo miembro del Consejo de los Quinientos, favorable al del diez y ocho Brumario y agraciado por la ciudad de D*** con una magnífica senaduría, escribió al ministro de Cultos, señor Bigot de Preamenú, una esquela confidencial irritadísima, de la cual tomamos las siguientes líneas auténticas:
«--¿Gastos de carruaje? ¿Á qué objeto en una ciudad de menos de cuatro mil habitantes? ¿Gastos de viaje? ¿Á qué hacer semejantes viajes? ¿Ni como ha de correr la posta en un país montañoso? Aquí no hay carreteras, ni se puede viajar más que á caballo. El mismo puente de Durance en Château-Arnoux, apenas puede sostener las carretas de bueyes. Estos curas son todos iguales, ambiciosos y avaros. Éste cuando vino, hizo la del buen apóstol. Ahora ya hace como los demás, necesita coche y silla de posta. Quiere ya como los antiguos obispos tener lujo. ¡Oh! es mucha clerigalla ésta! Señor conde, las cosas no irán como deben ir hasta que el emperador no nos libre de solideos. ¡Abajo el papa! (Entonces andaban embrollados los negocios con Roma). Yo por mi parte estoy por el César único y solo, etc., etc.».
En cambio la cosa regocijó mucho á la señora Magloria.
--Bueno,--dijo ella á la señorita Batistina,--monseñor ha comenzado por los otros, pero á la postre le ha sido preciso acabar por sí mismo. Tiene ya arregladas todas sus limosnas. He aquí por lo tanto tres mil francos para nosotros. ¡Al fin!
Aquella misma noche, el obispo escribió y entregó á su hermana una nota, concebida en los siguientes términos:
GASTOS DE CARRUAJE Y VISITAS
Para dar caldo de carne á los enfermos del hospital Mil quinientas libras. Para la sociedad de caridad maternal de Aix Doscientas cincuenta libras. Para la sociedad de caridad maternal de Draguignan Doscientas cincuenta libras. Para los niños expósitos Quinientas libras. Para los huérfanos Quinientas libras.
Total Tres mil libras.
Tal fué el presupuesto de monseñor Myriel.
En cuanto á los derechos episcopales, dispensa de amonestaciones, dispensas de parentesco, aspersiones, predicaciones, bendición de iglesias ó capillas, casamientos, etc., el obispo los cobraba á los ricos con igual rigor que presteza tenía para darlo á los pobres.
Al poco tiempo afluyeron las ofrendas en dinero. Los ricos y los pobres llamaban á la puerta de monseñor Myriel; acudían los unos á recoger la limosna que iban los otros á depositar. En menos de un año, llegó á ser el obispo el tesorero de todas las buenas obras, y el cajero de todas las necesidades. Pasaban por sus manos sumas considerables; pero nada logró hacerle cambiar en lo más mínimo su género de vida, ni añadir la menor superfluidad á sus necesidades.
Lejos de eso, como siempre hay abajo más miseria que fraternidad arriba, todo estaba, por así decirlo, repartido antes de recibido; era como el agua en tierra seca; por mucho dinero que le dieran, nunca lo tenía. Entonces se despojaba de lo suyo.
Siendo costumbre que los obispos encabecen con sus nombres de pila sus mandatos y letras pastorales, los pobres del país habían escogido con cierta especie de instinto afectuoso, entre los nombres del obispo, aquel que ofrecía un significado en relación con su modo de ser, así es que no le llamaban más que monseñor Bienvenido. Nosotros haremos otro tanto, y como ellos, le llamaremos así en lo sucesivo. Por lo demás, el que se le designase con este nombre le complacía.
--Me agrada el nombre,--decía, Bienvenido;--suaviza el monseñor.
No pretendemos que el retrato que aquí bosquejamos sea verdadero; nos concretamos á consignar que es parecido.
III
=Á buen obispo, mal obispado=
Aunque el señor obispo había convertido su carruaje en limosnas, no dejaba por ello de hacer sus visitas pastorales. La diócesis de D*** es verdaderamente pesada, hay en ella poquísimas llanuras y muchas montañas; sin caminos casi, como hemos visto, comprende treinta y dos curatos, cuarenta y un vicariatos y doscientos ochenta y cinco agregados. Visitar todo eso era penosísimo, sin embargo, el señor obispo llenaba cumplidamente su misión. Cuando debía visitar un punto cercano iba á pie, en tartana cuando estaba en la llanura y, como Dios le daba á entender, en la montaña. Las dos viejecitas le acompañaban generalmente, pero cuando el camino era demasiado penoso para ellas, iba solo.
Un día llegó á Senez, antigua ciudad episcopal, montado en un asno. Su bolsa, harto escasa á la sazón, no le había permitido tomar otro vehículo. El alcalde del pueblo salió á recibirle mirándole apearse de semejante cabalgadura con ojos escandalizados. Varios vecinos reían en derredor suyo.
--Señor alcalde,--dijo el obispo,--y señores acompañantes, bien se me alcanza lo que os escandaliza; creéis que prueba mucho orgullo en un pobre sacerdote montar una cabalgadura igual á la de Jesucristo. Hágolo por necesidad y no por vanidad, os lo aseguro.
En sus visitas era siempre indulgente y bondadoso: predicaba menos que hablaba. No buscaba nunca raciocinios ni ejemplos remotos. Á los habitantes de una comarca citaba el ejemplo de otra comarca vecina. En los lugares donde eran duros para los menesterosos les decía:
--Ved lo que hacen los de Brianzón. Han dado permiso á los pobres, á las viudas y á los huérfanos, para que vayan á cortar yerba en sus prados tres días antes que á ningún otro; y les reparan las casas gratuitamente cuando están ruinosas. Por eso Dios bendice ese país. En todo un siglo de cien años no ha habido en su comarca un solo asesino.
En los pueblos avaros y perezosos, decía:
--Ved á los de Embrun. Si al tiempo de la cosecha se encuentra un padre de familia con que sus hijos están en el ejército y sus hijas sirviendo en la ciudad, y él se encuentra enfermo é impedido, el cura le recomienda desde el púlpito; y el domingo, después de misa, todas las gentes del lugar, hombres, mujeres y niños, van al campo del pobre infeliz, le hacen su siega, y luego llevan á su granero paja y grano.
Á las familias divididas por cuestión de interés y herencia les decía:
--Mirad á los montañeses de Devolny, país tan salvaje, que no se oye cantar en él un ruiseñor en cincuenta años. Pues bien; cuando muere en una familia el padre, vanse los mozos á probar fortuna, dejando la hacienda á las muchachas para que puedan encontrar marido.
En los lugares donde reinaba la afición á pleitos y se arruinaban los labradores comprando papel sellado, solía decirles:
--Tomad ejemplo de esos buenos campesinos del valle de Queiras. Existen allí unas tres mil almas. ¡Bendito sea Dios! es aquello una pequeña república. Allí no se conoce escribano ni juez. El alcalde lo hace todo. Él arregla el reparto de la contribución; él fija en conciencia á cada cual su cuota, juzga gratis toda diferencia, divide las herencias sin honorarios, da las sentencias sin gastos; y le obedecen, porque es un hombre justo entre hombres sencillos.
En los pueblos donde no encontraba maestro de escuela, citaba también el de Queiras:
--¿Sabéis lo que hacen?--decía:--Como en los lugares de doce á quince chozas no se puede sostener siempre un maestro, los tienen pagados por todo el valle, los cuales recorren las aldeas, pasando ocho días en una, diez en otra, y así enseñando. Los tales maestros acuden á las ferias, donde yo los he visto, y se los conoce por las plumas de escribir que llevan en la cinta del sombrero. Los que únicamente enseñan á leer llevan solamente una pluma, los que enseñan á leer y contar, dos; los que enseñan latín además de la lectura y el cálculo, llevan tres plumas... Estos son los más sabios. ¡Qué vergüenza el ser ignorantes! Haced, haced lo que hacen los de Queiras.
De esta manera hablaba, grave y paternalmente; á falta de ejemplos inventaba parábolas, yendo siempre derecho á su objeto, con pocas frases y muchas imágenes, que esta era la elocuencia de Jesucristo, convencida y persuasiva.
IV =Obras como palabras=
Su conversación era afable y alegre, siempre al alcance de las dos ancianas que pasaban la vida junto á él; cuando reía, su risa era la de un estudiante.
La señora Magloria le trataba siempre de eminencia. Cierto día levantóse de su sillón, y fué á su biblioteca á buscar un libro. Estaba el libro en una de las tablas más altas de la estantería, y como el obispo era de cortísima estatura, no lograba alcanzarle.
--Señora Magloria,--dijo,--arrimad una silla; mi eminencia no alcanza á esa tabla.
Una de sus parientas de cuarto ó quinto grado, la condesa de Lô, desperdiciaba raras veces la ocasión de enumerar en presencia suya lo que ella llamaba «las esperanzas» de sus tres hijos. Tenía la tal, muchos ascendientes viejos ya y próximos á morir, de quienes eran sus hijos herederos naturales. El más joven de los tres debía heredar de una tía abuela más de cien mil libras de renta; el segundo debía suceder á un su tío en el título de duque y el mayor á su abuelo en la dignidad de par.
El obispo oía silencioso tan inocentes como perdonables alardes maternales. Una vez, sin embargo, pareció más pensativo que de costumbre, al repetir la condesa de Lô los pormenores de todas aquellas sucesiones y «esperanzas». Interrumpióse á sí misma la condesa, diciendo con cierta impaciencia:
--¡Dios mío, primo! ¿en qué estáis pensando?
--Pienso,--contestó el obispo,--en una frase bien singular, que me parece de San Agustín: «Poned vuestra esperanza en aquel á quien nadie ha de suceder».
Otra vez, al recibir una carta en que se le anunciaba la muerte de un hidalgo del país, en la que iban enumerados en larga fila, además de las dignidades del difunto, todos los títulos feudales y nobiliarios de su parentela, exclamó:--¡Qué buenas espaldas tiene la muerte! ¡Qué carga más admirable de títulos le hacen llevar alegremente, y cuánto ingenio deben tener los hombres que así llenan la tumba de vanidades!
Tenía oportunas y suaves salidas satíricas, que encerraban casi siempre una lección moral.
Durante una cuaresma, fué á D*** un cura joven, quien predicó en la catedral. Estuvo bastante elocuente; el objeto de su sermón era la caridad. Invitó á los ricos á dar á los pobres para evitar el infierno, que pintó todo lo mas horroroso que supo, y á ganar el cielo, que presentó halagüeño y seductor. Había entre los oyentes un rico mercader retirado, un tanto usurero, llamado Geborad, el cual había ganado dos millones en la fabricación de paños burdos, sargas y bayetas. En su vida, el señor Geborad, había dado limosna á ningún pobre. Desde el día de aquel sermón, notóse que daba todos los domingos una moneda de cinco sueldos á las viejas pobres que mendigaban á las puertas de la catedral. Eran seis, y tenían que partirse entre todas aquella moneda.
Vióle un día el obispo dando su limosna, y dijo á su hermana sonriendo:
--Mira, mira al señor Geborad comprando cinco sueldos de cielo.
Cuando se trataba de caridad, no se acobardaba jamás ante una negativa, siempre encontraba palabras con que contrarrestarla.
Cierto día estaba pidiendo para los pobres en una de las tertulias de la ciudad; encontrábase en ella el marqués de Champtercier, viejo, rico y avaro, el cual había sabido encontrar la manera de ser á un tiempo ultra realista y ultra-volteriano. Es género que ha existido. Llegóse á él el obispo, y cogiéndole del brazo le dijo:
--Señor marqués, es indispensable que deis alguna cosa.
Volvióse el marqués, y respondió secamente:
--Monseñor, tengo ya mis pobres.
--Pues dádmelos,--replicó el obispo.
Un día predicó en la catedral este sermón:
--«Queridísimos hermanos y amigos míos: existe en Francia un millón trescientas veinte mil casas de aldeanos que solo tienen tres aberturas; un millón ochocientas diez y siete mil que solo tienen dos, la puerta y una ventana; y finalmente, trescientas cuarenta y seis mil chozas, que no tienen mas que la puerta. Esto es á consecuencia de una cosa que llaman la contribución de puertas y ventanas. Llenemos de familias pobres, mujeres viejas y criaturas pequeñas, esas casuchas, y pronto tendremos calenturas y otras enfermedades. ¡Dios da el aire á los hombres, y la ley se lo vende! No acuso á la ley, pero bendigo á Dios. En el Isere, en el Var, en ambos Alpes, Altos y Bajos, los campesinos no tienen siquiera carretoncillos, teniendo que transportar el estiércol á cuestas; carecen de velas, y se alumbran con teas resinosas y pedazos de cuerda embreados.
«Lo mismo sucede en toda la parte alta del Delfinado. Amasan pan para seis meses, y lo cuecen con boñiga de vaca seca. En invierno parten á hachazos ese pan, que tienen que poner veinticuatro horas en remojo para poder comerle.
«¡Hermanos míos, sed compasivos! ¡Considerando lo mucho que se padece en rededor nuestro!»
Habiendo nacido en la Provenza, se había familiarizado sin esfuerzo con todos los dialectos del Mediodía. Decía así: ¡Eh bé! moussu, sés sagé? como en el bajo Languedoch.--¿Onté anaras passa? en los bajos Alpes.--Puerte un bouen moutou embe un bouen fromage qrase, en el alto Delfinado. Esto complacía mucho al pueblo y contribuía no poco á ganarle simpatías con todo el mundo. Encontrábase en la cabaña, y aún en medio del monte, como en su casa. Sabía decir las verdades mas sublimes en los idiomas mas vulgares; hablando en todas las lenguas, penetraba fácilmente en todas las almas.
Por lo demás, él era siempre el mismo, así para las gentes del gran mundo como para las del pueblo.
Jamás condenaba á nadie ni nada, sin apreciar debidamente las circunstancias, para lo cual solía decir: veamos el camino por donde ha pasado la falta.
Siendo, como se calificaba á sí mismo sonriendo, un ex pecador, no poseía ninguna de las asperezas del rigorismo, estaba siempre mas elevado, sin preocuparse poco ni mucho del fruncimiento de cejas de los virtuosos intransigentes; su doctrina podía reasumirse en estos términos:
«El hombre lleva sobre sí la carne que es á la vez su carga y su tentación. La lleva y sucumbe á su peso.
«Debe guardarla, contenerla y reprimirla, sin sucumbir hasta el postrer esfuerzo. En este caso puede existir aún falta; pero las faltas de esta naturaleza no pasan de veniales; son una caída, sí, pero una caída sobre las rodillas que pueden convertirse en plegaria.
«Ser santo, es la excepción; ser justo, la regla general. Errad, desfalleced, pecad, pero sed justos.
«Pecar lo menos posible, esta es la ley del hombre. No cometer jamás pecado alguno es sueño de ángeles. Todo lo terrenal está sujeto á pecar. El pecado es la gravitación».
Cuando veía á muchos que gritaban fuerte y se indignaban fácilmente decía sonriendo:--¡Caramba! parece que se trata de un gran crimen cometido por todo el mundo, y que los hipócritas espantados se apresuran á protestar para estar á cubierto.
Era sobre todo indulgente para con las mujeres y los pobres, sobre quienes gravita con todo su peso la sociedad. Decía él: Las faltas de las mujeres, de los niños, de los criados, de los débiles, de los pobres y de los ignorantes, son faltas de los maridos, de los padres, de los maestros, de los fuertes, de los ricos y de los sabios.
Decía además:--Á los que ignoran, enseñadles lo más que podáis: la sociedad es culpable de no dar gratis la instrucción y responsable por lo tanto, de la obscuridad que ella produce. Si un alma envuelta en tinieblas comete pecado, no es ella, aunque peque, la culpable, sino el que produjo las sombras.
Como se ve, tenía su manera especial de juzgar de las cosas. Supongo que la había sacado del Evangelio.
Cierto día oyó hablar en una reunión de un proceso criminal que se estaba instruyendo y que pronto se debía fallar. Tratábase de un infeliz quien por amor á una mujer y un hijo, que de la misma había, y falto de recursos, cometió la torpeza de acuñar moneda falsa. En aquella época se castigaba todavía con la pena de muerte á los monederos falsos. La mujer había sido detenida al poner en circulación la primera moneda fabricada por el hombre. Estaba presa, pero no existían otras pruebas contra ella; ella solamente podía deponer contra su amante y perderle confesando. Negó, siguió la causa sosteniéndose firme en su negativa, hasta que el señor procurador del rey (fiscal) tuvo la idea de suponer una infidelidad del amante, y con fragmentos de cartas, diestramente combinados, logró convencer á la desgraciada presa de que tenía una rival y de que aquel hombre la engañaba. Entonces exasperada por los celos, denunció al amante, confesando y probándolo todo.
Aquel hombre, por lo tanto, estaba perdido. Iba próximamente á ser juzgado con su cómplice, en Aix. Comentábase el hecho, deshaciéndose todo el mundo en alabanzas de la destreza y habilidad del fiscal, por haber sabido hacer entrar los celos en aquel juego, arrancando la verdad á la cólera, para que surgiese de todo ello la justicia de la venganza. El obispo escuchó silencioso cuanto se dijo. Cuando todo el mundo hubo concluido preguntó:
--¿Dónde van á ser juzgados este hombre y esta mujer?
--En el tribunal del jurado.
Y luego repuso:
--¿Y al señor fiscal, dónde se le juzgará?
Tuvo lugar en D*** un triste drama. Un hombre fué condenado á muerte por asesino. Era un desgraciado, no del todo instruido ni ignorante del todo, que había hecho de titiritero en las ferias y de escribiente público. Durante el proceso no se hablaba en la ciudad de otra cosa. La víspera del día en que debía tener lugar la ejecución, se puso enfermo el cura de la cárcel. Faltaba, por lo tanto, un sacerdote para asistir al reo en sus últimos momentos. Fueron á buscar uno, el cual rehusó diciendo: Esto no es de mi incumbencia. Qué tengo yo que hacer ni que ver con ese saltimbanqui; yo también estoy enfermo, y sobre todo, no es este mi deber. Esta respuesta fué trasladada al obispo, quien contestó inmediatamente: Tiene razón el señor cura, no es suyo este deber, sino mío.
Se fué inmediatamente el obispo á la cárcel, bajó al calabozo donde estaba el reo, y llamándole por su nombre, le tendió la mano y le habló. Pasó todo el día junto al condenado, olvidándose del alimento y del sueño, rogando á Dios por el alma de aquel desgraciado y á este por la suya propia. Díjole las mayores verdades, que son las más sencillas, fué padre, hermano y amigo; obispo, para bendecirle únicamente. Supo hacérselo ver todo de una manera tan clara, que llegó á consolarle y tranquilizarle. Aquel hombre iba á morir desesperado; la muerte era un abismo para él. Erguido y estremeciéndose junto al horrible precipicio de la tumba, retrocedía espantado. No era todo lo ignorante que se necesita para ser indiferente en absoluto. La sentencia de que era objeto sacudió profundamente su ser, habiendo roto por diversos puntos la valla que nos separa de lo misterioso, y á la cual llamamos vida. Miraba sin cesar más allá de este mundo por aquellas fatales aberturas, sin ver más que tinieblas. El obispo le hizo ver una luz.
Al día siguiente, cuando fueron á buscar al reo, estaba allí el obispo. Acompañóle y presentóse ante la multitud, con sus vestiduras moradas y su cruz episcopal pendiente del cuello, codeándose con aquel miserable aherrojado. Subió con él á la carreta, subió con él al catafalco. El reo, tan triste y abatido la víspera, aparecía radiante; sentía reconciliada su alma y esperaba en Dios. Abrazóle el obispo, y en el momento en que iba á bajar la cuchilla, le dijo:
--«Aquél á quien el hombre mata, resucita en Dios; aquel á quien rechazan los hermanos, el Padre lo acoge. Ruega, cree, entra en la vida: el Padre está allí».
Cuando descendió del tablado, había en su mirada algo que hizo que el pueblo le abriese respetuoso paso. En verdad, no se sabía que admirar más, si su palidez ó su serenidad. Al penetrar de nuevo en aquella humilde morada, que él llamaba sonriendo su palacio, dijo á su hermana: vengo de oficiar de pontifical.
Como las cosas más sublimes son generalmente las menos comprendidas, no faltaron en la ciudad gentes que dijeron, al comentar la conducta del obispo: Es mucha vanidad. Sin embargo, no pasó ello de cuento de salón; el pueblo, que no entiende de malicia en cosas santas, enternecióse y admiró.
En cuanto al obispo, el haber visto de cerca la guillotina fué para él un golpe del que tardó mucho en reponerse.
Realmente, el patíbulo, cuando se le ve levantado y dispuesto, tiene algo que alucina. Puede sentirse más ó menos indiferencia acerca de la pena de muerte, no decidirse por una opinión categórica, no decir sí ni no, mientras no se haya visto con ojos propios una guillotina; pero si llega uno á tropezarse con ella, la violenta sacudida que se siente, obliga á pronunciarse y tomar partido en pro ó en contra.
Los unos la admiran, como de Maistre; los otros la execran, como Beccaria. La guillotina es la concreción de la ley, y se llama vindicta; no es neutral, ni permite al individuo que lo sea.
Quien la percibe se estremece con el más misterioso estremecimiento. Todas las cuestiones sociales escriben su interrogante al rededor de esa cuchilla. El catafalco es una visión; no es un simple tablado, un instrumento, una máquina inerte hecha de madera, hierro y cuerda; no. Parece una especie de ser que tenga cierta sombría iniciativa; diríase que aquel tablado ve, que aquella máquina oye, que aquel mecanismo comprende, que aquella madera, aquel hierro y aquellas cuerdas tienen voluntad. En medio de los espantosos desvaríos en que se precipita el alma á su presencia, surge el terrible catafalco como tomando parte en lo que hace. El patíbulo es cómplice del verdugo; devora, come carne y bebe sangre. Es una especie de monstruo fabricado por el juez y el carpintero; un espectro que parece vivir cierta vida abominable, alimentada por todas las muertes que ha producido.
Así es que la impresión fué horrible y profunda; al día siguiente de la ejecución y otros muchos después, apareció el obispo como anonadado. La serenidad, tal vez violenta, del momento de horror se había desvanecido, hostigándole de continuo el fantasma de la justicia social. Él, que de ordinario aparecía satisfecho de todas sus santas acciones, parecía como que se reprochase algo. Á veces hablaba consigo mismo, murmurando á media voz monólogos lúgubres. He aquí uno que cierta noche le oyó, y recordó siempre su hermana:
--No creía yo que fuése tan monstruoso. No deja de ser una falta el absorberse en la ley divina, hasta el punto de olvidarse de la humana. La muerte solo pertenece á Dios. ¿Con qué derecho se atreven los hombres á lo desconocido?
Atenuáronse con el tiempo tales impresiones, y tal vez se borraron también. Observóse, no obstante, que en lo sucesivo evitaba el obispo pasar por el lugar de las ejecuciones.
Á cualquiera hora podía llamarse á monseñor Myriel á la cabecera de los enfermos y moribundos. No ignoraba que era éste su principal deber y su trabajo más importante. Las viudas ó huérfanas no tenían necesidad de llamarle jamás; presentábase él mismo oportunamente. Sabía sentarse y callar largas horas al lado del hombre que había perdido á la mujer amada ó al de la madre que había perdido á su hijo.
Y como sabía el momento de callar, sabía también conocer el punto en que debía hablar. ¡Oh verdadero y admirable consolador! No intentaba jamás borrar el dolor con el olvido, al contrario, procuraba engrandecerle y dignificarlo con la esperanza. Él decía: Conviene mucho fijarse en la manera de recordar los muertos. No penséis en lo que se pudre. Elevad vuestra mirada á lo alto; fijaos bien, y allá, en el fondo del cielo, veréis la viviente luz del difunto bien amado.
Sabía él que la creencia es sana; por eso procuraba aconsejar y calmar al hombre desesperado, señalándole con el dedo al hombre resignado, y transformar el dolor que mira á una fosa, mostrándole el dolor que contempla una estrella.
V
=De cómo monseñor Bienvenido hacía durar demasiado tiempo sus sotanas=
La vida privada de monseñor Myriel la llenaban los mismos pensamientos que su vida pública. Quien hubiese podido verla de cerca, hubiera saboreado un espectáculo grave y placentero á la vez, en aquella pobreza voluntaria en que vivía el obispo de D***.
Como todos los ancianos, y como la mayoría de los pensadores, dormía poco. Este corto sueño era profundo. Recogido en sí mismo por la mañana, parecía orar mentalmente durante una hora. Luego decía misa, unas veces en la catedral, otras en su casa. Después de la misa, se desayunaba con pan de centeno, mojado en leche de sus vacas. Luego se ponía á trabajar.
El cargo de obispo da muchísimo que hacer; es preciso que reciba diariamente al secretario del obispado, que es de ordinario un canónigo, y casi también todos los días á sus vicarios particulares. Tienen congregaciones que revisar, privilegios que conceder, toda una librería eclesiástica que examinar, devocionarios, catecismos, rituales, etc.; pastorales que escribir, sermones que autorizar, curas y alcaldes que poner de acuerdo, su correspondencia clerical y su correspondencia administrativa; por un lado el Estado, por otro la Santa Sede; en fin, negocios á millares.
El tiempo que le dejaban libre estos innumerables negocios, sus oficios y breviario, lo dedicaba en primer lugar á los necesitados, á los enfermos y á los afligidos; el tiempo que le dejaban libre los afligidos, los enfermos y los necesitados, lo dedicaba al trabajo. Así se entretenía en escabar en su jardín, como en escribir ó leer. Con una sola palabra designaba estas dos clases de trabajo; llamábalo jardinear. «El espíritu es también jardín», decía él.
Á eso del medio día, cuando el tiempo se presentaba bien, salía á pasear al campo ó la ciudad, entrando frecuentemente en las casas pobres. Veíasele andar solo, entregado á sus meditaciones, bajos los ojos, apoyado en su largo bastón, vistiendo su ropón morado, calzando medias moradas también y gruesos zapatos, y cubierto con su sombrero chato, de cuyos tres canalones pendían bellotas de oro y seda verde.
Daba carácter de fiesta doquier se presentaba. Hubiérase dicho que su paso tenía algo de refrigerante y luminoso. Los niños y los viejos salían al umbral de las puertas para ver al obispo como se sale á ver el sol. Él los bendecía y ellos le bendecían á él. Todo el mundo señalaba la casa del obispo á los menesterosos.
Parábase aquí y allá, hablando á los chiquillos y á las niñas, y sonriendo á las madres. Visitaba á los pobres mientras tenía dinero, y cuando lo había acabado visitaba á los ricos.
Como hacía durar mucho sus sotanas y no quería que esto se notase, jamás salía por la ciudad sin su esclavina morada, lo cual no dejaba, en verano, de ser incómodo.
Al regresar á casa comía. La comida se parecía al almuerzo.
Por la noche á las ocho y media cenaba acompañado de su hermana: la señora Magloria, de pie á su espalda, servía á la mesa. Nada más frugal que esa comida. Si el obispo convidaba algún cura, entonces aprovechaba la ocasión la señora Magloria para servir á monseñor algún pescado bueno de los lagos ó alguna pieza escogida del monte. Todo cura servía de pretexto para mejorar la comida, y el obispo dejaba que así fuése. Salvo estas excepciones, no se componía su cena ordinaria más que de legumbres cocidas en agua y sopas de aceite. Así se decía en la ciudad:--«Cuando el obispo no hace comida de cura, la hace de trapense».
Después de cenar, hablaba como media hora con la señorita Batistina y la señora Magloria; luego iba á su cuarto y se ponía á escribir, ya en cuartillas sueltas ó ya en las márgenes de algún in folio. Era instruido en letras y bastante erudito. Dejó cinco ó seis manuscritos muy curiosos; entre otros, una disertación sobre el versículo del Génesis: Al principio el Espíritu de Dios flotaba sobre las aguas. Confrontóle con tres textos; el versículo árabe que dice: Soplaban los vientos de Dios; el de Flavio Josefo: Un viento de lo alto se precipitó sobre la tierra, y por último, la paráfrasis caldea de Onkelos que dice: un viento que venía de Dios soplaba sobre la faz de las aguas. En otra disertación examina las obras teológicas de Hugo, obispo de Tolemaida, tío bisabuelo del que escribe este libro, y consigna la opinión de que dicho obispo fué el autor de los opúsculos publicados en el siglo último con el pseudónimo de Barleycourt.
Á veces, en medio de una de sus lecturas, fuése el que fuere el libro que tuviese entre las manos, sumergíase de repente en una meditación profunda, de la que no salía sino para escribir algunas líneas en los márgenes del mismo. Las tales líneas, por lo general, nada tienen que ver con el libro que las contiene; así se encuentra una nota escrita por él en el margen de un volumen en cuarto titulado: Correspondencia de lord Germain con los generales Clitón, Cornwallis y los almirantes de la estación de América. Versalles, librería de Peincot, y París, librería de Pissot, Muelle de los Agustinos.
He aquí la nota:
--«¡Oh, vos! ¿quién sois?
«El Eclesiastés os llama Todopoderoso; los Macabeos os dicen Creador; la Epístola á los Efesios, Libertad; Baruch, Inmensidad; los Psalmos, Sabiduría y Verdad; Juan, Luz; los Reyes, señor; el Éxodo, Providencia; el Levítico, Santidad; Esdras, Justicia; la Creación os llama Dios, y el hombre, Padre; pero Salomón, al deciros Misericordia, os da el más bello de todos vuestros nombres».
Á eso de las nueve de la noche se retiraban las mujeres á sus habitaciones del primer piso, dejándole solo, en el piso bajo, hasta el día siguiente.
Aquí creemos necesario dar una idea exacta de la morada del señor obispo de D***.
VI =Por quién hacia Su Ilustrísima guardar su casa=
La casa del señor obispo se componía como hemos dicho, de planta baja y un solo piso; tres piezas en los bajos, tres en el primer piso, y encima un desván. Detrás de la casa había un jardín de una extensión de un cuarto de yugada. Las dos mujeres ocupaban el piso, el obispo los bajos. La primera habitación, y que daba á la calle, servía de comedor, la segunda de dormitorio, y de oratorio la tercera. No podía salirse del oratorio sin pasar por el dormitorio, ni salir de éste sin atravesar el comedor. Al fondo del oratorio había una alcoba cerrada, con una cama para los huéspedes. El obispo solía ofrecer esta cama á los curas de aldea, cuyos asuntos ó necesidades parroquiales les llevaban á D***.
La que había sido farmacia del hospital, pequeño edificio adosado á la casa junto al jardín, servía á la sazón de cocina y bodega.
Había además en el jardín, un establo, que fué cocina del hospicio y en el que el obispo tenía dos vacas. Fuése la que fuere la cantidad de leche que diesen las vacas, mandaba diariamente la mitad al hospital. Debo pagar este diezmo, decía.
La habitación era bastante grande, y por consiguiente difícil de calentar durante el invierno. Como la leña estaba muy cara en D*** imaginó y mandó hacer Su Ilustrísima un compartimiento cerrado con tablas en el mismo establo de las vacas, en el cual se pasaba las veladas durante la época de los fríos. Llamábale á este departamento su salón de invierno.
No había en este salón de invierno, como en el comedor, otros muebles, que, una mesa de madera cuadrada, sin pintar, y cuatro sillas de paja. El comedor estaba adornado además con un aparador antiguo pintado de color de rosa. Otro aparador parecido y convenientemente puesto, con sus manteles blanquísimos, orlados de imitaciones de encaje, servía de adorno y altar del oratorio.
Los ricos devotos y las mujeres piadosas de D*** abrían frecuentes suscripciones para enriquecer con un altar nuevo el oratorio de Su Ilustrísima; cada vez que esto sucedía, tomaba agradecido el dinero destinado al objeto repartiéndolo inmediatamente entre los pobres. «El altar más bello, decía él, es el alma de un pobre elevándose á Dios en oración de gracias».
Tenía en su oratorio dos sillas arrodilladeras de paja, y un sillón, de paja también, en su dormitorio. Cuando por casualidad recibía Su Ilustrísima siete ú ocho personas á la vez, el prefecto, el general, la plana mayor del regimiento de guarnición, ó algunos estudiantes del seminario, veíase obligado á recurrir á las sillas del salón de invierno del establo, al oratorio por las arrodilladeras y al sillón del dormitorio; de esta manera alcanzaba reunir hasta once asientos para los visitantes. Á cada nueva visita tenía que desamueblar una pieza.
Cuando llegaba el caso de que los visitantes fueran doce, salía del paso manteniéndose de pie junto á la chimenea, si era en invierno, ó paseando por el jardín, si en verano.
Había además en la alcoba cerrada otra silla, pero estaba casi despajada y sostenida sólo por tres pies, lo cual quiere decir que no podía utilizarse sin apoyarla contra la pared. La señorita Batistina tenía también en su cuarto una gran poltrona cuya madera había sido dorada en otros tiempos, cubierta de peskin floreado; pero habiendo sido preciso subir la tal poltrona por la ventana, á causa de la estrechez de la caja de la escalera, no había medio de utilizarla en casos apurados.
Las ambiciones de la señorita Batistina se hubieran satisfecho con poder comprar una sillería de terciopelo Utrecht amarillo labrado, con marco de caoba de cuello de cisne, con su canapé. Pero esto hubiera costado, á lo menos, quinientos francos; viendo pues que no había podido reunir con las economías de cinco años, más de cuarenta y dos francos y medio, había acabado por renunciar. ¡Quién llega jamás á su ideal!
Nada más fácil de figurarse lo que era el dormitorio del obispo. Una puerta-vidriera con salida al jardín; enfrente, la cama, una de esas camas de hierro de hospital con cobertor de sarga verde; en un ángulo obscuro, entre la cortina y la pared, los utensilios de tocador, revelando aún los antiguos hábitos elegantes del hombre de mundo; dos puertas, una junto á la chimenea dando acceso al dormitorio, y otra cerca del armario biblioteca para salir al comedor. Este armario, cerrado por grandes vidrieras y lleno de libros en todos sus estantes; la chimenea, de madera pintada imitando mármol, sin fuego casi siempre, y en el hogar un par de morillos de hierro, figurando por guirnaldas florones huecos, con incrustaciones de plata, especie de lujo episcopal; encima de la chimenea un crucifijo de cobre, que había sido plateado también, sobre terciopelo negro raído, encuadrado en un marco de madera desdorado; cerca de la puerta-vidriera, una gran mesa con un tintero, cargado de papeles en confusión y de tomos in folio. Delante de la mesa, el sillón de paja. Delante de la cama, un reclinatorio perteneciente al oratorio.
Dos retratos, en marcos ovalados, colgaban de la pared á uno y otro lado de la cama. Las pequeñas inscripciones, doradas en el fondo perdido del lienzo al lado de las figuras, indicaban que los retratos representaban, uno al abad de Chaliôt, obispo de San Claudio, el otro el abad Tourteau, vicario general de Agda; abad de Grand Champ, de la orden de Citeaux, diócesis de Chartres. Al reemplazar el obispo en aquella sala á los enfermos del hospital, había encontrado aquellos retratos, y allí mismo los había dejado. Eran de eclesiásticos, probablemente de donadores; dos motivos por los cuales él los respetaba. Lo único que sabía de los tales personajes, es que ambos habían sido nombrados por el rey, uno para su obispado y el otro para su beneficio, en un mismo día, el 27 de abril de 1785. Al descolgar los cuadros la señora Magloria para sacudirles el polvo, encontró el obispo esa particularidad escrita con tinta descolorida en un pedacito de papel, enmohecido por el tiempo, pegado con cuatro obleas detrás del retrato del abad de Gran-Champ.
Había en la ventana una antigua cortina de tela gruesa de lana, la cual llegó á tal extremo de vejez, que por no tener que gastar en otra nueva, vióse obligada la señora Magloria á hacerle un gran zurcido precisamente en su punto medio. Este remiendo dibujaba una cruz. El obispo lo hacía notar frecuentemente. ¡Está muy bien! decía.
Todas las piezas de la casa, así las de la planta baja como las del principal, sin excepción, estaban blanqueadas con cal, como lo están generalmente todos los cuarteles y hospitales.
No obstante, en los últimos años, encontró la señora Magloria, como veremos luego, bajo el papel enjalbegado, unas pinturas que adornaban el aposento de la señorita Batistina. Antes de ser hospital, había sido aquella casa parlatorio público; de ahí semejante decorado. Los suelos estaban enladrillados de rojo, se lavaban todas las semanas, con su esterilla de paja junto á todas las camas. Así es que aquella casita, cuidada por dos mujeres, patentizaba de arriba abajo una limpieza encantadora. Único lujo que permitía el obispo, quien solía decir: Esto no les quita nada á los pobres.
Debemos confesar, sin embargo, que le quedaban, de lo que había poseído en otro tiempo, seis cubiertos de plata y un cucharón, que la señora Magloria miraba todos los días regocijada brillar espléndidamente sobre el tupido mantel de hilo blanquísimo. Y como describimos aquí al obispo de D*** tal cual era, debemos añadir que le había ocurrido decir más de una vez:
--Renunciaría difícilmente á comer con cubiertos de plata.
Debemos añadir á esta plata dos grandes candeleros macizos, que procedían de la herencia de una tía abuela. Generalmente estaban colocados sobre la chimenea con sus dos correspondientes velas de cera, pero cuando había algún convidado, la señora Magloria encendía las velas y ponía los candeleros sobre la mesa.
Había en el dormitorio del obispo, y junto á la cabecera de la cama, una pequeña alhacena, en la cual guardaba todas las noches la señora Magloria los seis cubiertos y el cucharón. Debemos decir también que jamás se quitaba la llave.
El huerto, algo afeado por las construcciones de que hemos hablado anteriormente, componíase de cuatro calles en cruz, convergentes á un pozo, y de otra calle que seguía la línea de la tapia blanqueada que le cercaba. Estas calles dejaban entre sí cuatro cuadrados separados por bojes. En tres de los cuales, la señora Magloria cultivaba legumbres, y en el cuarto tenía él miles de flores entre algunos árboles frutales.
Cierto día la señora Magloria le dijo con cierta intencionada dulzura:
--Monseñor, vos que sabéis sacar partido de todo, ved ahí, por cierto, un espacio inútil. ¿No valdría más sacar de él ensaladas que ramos?
--Señora Magloria--respondió el obispo--estáis en un error. Lo bello es tan necesario como lo útil.--Añadiendo después de una pausa:--Tal vez más.
Aquel cuadrado, compuesto de tres ó cuatro franjas de flores, ocupaba casi tanto al obispo como sus libros. Pasábase allí entretenido diariamente una ó dos horas, cortando, escardando ó abriendo su tierra, aquí y allá, para echar sus semillas. No era tan hostil á los insectos como hubiese exigido un jardinero.
Por otra parte, no tenía pretensiones de botánico. Nada sabía de los grupos y del solidismo; no se curaba ni remotamente de decidir entre Tournefort, y el método natural; no era partidario de las utrícolas contra los cotiledones, ni por Jussieu contra Linneo. No estudiaba las plantas; gustaba de las flores. Si respetaba mucho á los sabios, respetaba aún más á los ignorantes; y sin faltar nunca á ambos respetos, regaba sus floridas franjas de verdura todas las noches de verano con una regadera de lata, pintada de verde.
No había en la casa puerta alguna que se cerrase con llave.
La del comedor, de que hemos hablado, daba directamente á la plaza de la catedral, y en tiempos antiguos había ostentado también sus cerrojos y cerraduras como las puertas de una cárcel; pero el obispo había mandado quitar todos aquellos hierros, y así de noche como de día se cerraba únicamente con un picaporte. El primero que llegase, á cualquier hora que fuere, no tenía mas que empujar. Al principio mortificó bastante á las dos mujeres aquella puerta, que nunca se cerraba, pero el obispo les había dicho: «Si queréis, ponedle cerrojos á las de vuestros cuartos». Sin embargo, acabaron ambas por participar de la confianza del obispo, ó de aparentar al menos que participaban. Á pesar de todo, tenía la señora Magloria de cuando en cuando, sus temorcillos.
En cuanto á él, puede apreciarse la explicación de su pensamiento indicado cuando menos en estas dos líneas, escritas de su puño al margen de una Biblia:
«He aquí la diferencia: la puerta del médico no debe estar cerrada jamás; la del sacerdote debe estar siempre abierta».
En otro libro, intitulado Filosofía de la ciencia médica, había escrita esta otra observación:
«¿No soy yo por ventura médico como ellos? Yo también tengo mis enfermos; en primer lugar los suyos, á quienes llaman ellos enfermos, en segundo, los míos, á quienes llamo yo desgraciados».
Había además escrito en otra parte:
«No pidáis jamás su nombre á quien os demanda asilo. Precisamente quien mas necesidad tiene de asilo es quien mas apurado se encuentra para decir su nombre».
Aconteció que un digno cura, no recuerdo si fué el párroco de Couloubroux ó el de Pompierry, instigado sin duda por la señora Magloria, tuvo la ocurrencia de preguntarle un día, si Su Señoría estaba seguro de no cometer hasta cierto punto una imprudencia dejando día y noche su puerta abierta á disposición de quien quisiese entrar, y si no temía que acabase por suceder alguna desgracia en una casa tan mal guardada. El obispo le tocó en el hombro con dulce gravedad diciéndole: Nisi Dominus custodierit domum, in vanum vigilant qui custodiunt meam.
Pasando enseguida á hablar de otra cosa.
Decía también frecuentemente: «Existe el valor del sacerdote, como el del coronel de dragones. Solamente, añadía, que el nuestro debe ser tranquilo».
VII =Cravatte=
Aquí tiene su lugar natural un hecho que no debemos omitir porque es de aquellos que demuestran perfectamente que hombre era el señor obispo de D***.
Después de la destrucción de la partida de Gaspard Bes, que había infestado los desfiladeros de Ollioules, uno de sus tenientes, Cravatte, se refugió en la montaña. Ocultóse por algún tiempo con sus bandidos, resto de la cuadrilla de Gaspard Bes, en el condado de Niza; pasó después al Piamonte, súbitamente reapareció en Francia de nuevo por el lado de Barcelonette. Viósele primero en Jauziers y después en Tuiles. Escondíase en las cavernas de Joug de-l'Aigle, y desde allí descendía hacia las aldeas y los lugares por los barrancos de la Ubaye y de Ubayette.
Llega un día hasta Embrum, penetra por la noche en la catedral, y roba cuanto encuentra en la sacristía. Sus fechorías asolaban el país. Encargóse de su persecución la gendarmería, todo en vano; siempre se escapaba; á veces resistía á la fuerza. Era miserable y audaz á un mismo tiempo.
En medio de todos aquellos horrores, llegó el obispo que estaba haciendo su visita por el Chastelar. El alcalde le salió al encuentro para aconsejarle que retrocediera. Cravatte dominaba la montaña hasta el Arche, y aún mas allá; era peligroso viajar por allí, aunque fuése escoltado. Era exponer inútilmente tres ó cuatro infelices gendarmes.
--Por lo mismo,--dijo el obispo,--pienso ir sin escolta.
--¿Esto piensa Su Ilustrísima?--preguntó el alcalde.
--Y tanto pienso esto, que no quiero absolutamente ningún gendarme y voy á salir dentro de una hora.
--¿Salir?
--Salir.
--¿Solo?
--Solo.
--¡Monseñor! no haréis lo que decís.
--Hay allí, en la montaña,--dijo el obispo,--un lugarejo que no he visitado hace tres años. Son muy amigos míos aquellos pacíficos y honrados pastores. Poseen los pobres una cabra por cada treinta que guardan. Tejen muy bonitos cordones de lana de colores variados, y tocan deliciosos aires pastoriles en flautitas de seis agujeros. Necesitan que de cuando en cuando se les hable de la bondad de Dios. ¿Qué dirían los pobres de un obispo que tuviese miedo? ¿Qué dirían si yo no fuése allí?
--Pero monseñor, ¿y los ladrones?
--¡Calle!--dijo el obispo,--ahora recuerdo. Tenéis mucha razón. Puedo encontrarlos, y precisamente ellos han de tener mucha necesidad de que se les hable de Dios.
--¡Monseñor! ¡tened presente que son unos bandidos! ¡una cuadrilla de lobos!
--Señor alcalde, quién sabe si es por eso que Jesús me ha hecho su pastor. ¿Quién sabe las miras de la Providencia?
--Os van á desvalijar, monseñor.
--Si no tengo nada.
--Os matarán.
--¿Á un pobre sacerdote viejo que pasa murmurando sus oraciones? ¡Bah! ¿Y á qué objeto?
--¡Ah, señor! ¡si llegáis á encontrarlos!
--Les pediré limosna para mis pobres.
--Monseñor, no vayáis. ¡En nombre del cielo! exponéis vuestra vida.
--Señor alcalde,--dijo el obispo,--¿no es decididamente más que eso? Yo no estoy en el mundo para guardar mi vida, y sí para guardar almas.
No hubo más remedio que dejarle hacer.
Y salió, en efecto, inmediatamente, acompañado sólo de un muchacho que se ofreció á servirle de guía. Hablóse mucho en la comarca de su obstinación, causando mucho miedo.
No quiso llevar consigo ni á su hermana ni á la señora Magloria. Atravesó la montaña, cabalgando en su mula, sin encontrar á nadie, llegando sano y salvo á casa de sus buenos amigos, los pastores. Estuvo por allí quince días, predicando, administrando, enseñando y moralizando. Al acercarse el día de su partida, resolvió cantar un Te-Deum, de pontifical. Habló de ello al cura. Pero, ¿cómo hacerlo? careciendo de los ornamentos episcopales. No podía el pobre cura poner á su disposición más que una miserable sacristía de aldea, con algunas casullas de damasco, usadas y guarnecidas de galones falsos y deslucidos.
--¡Bah!--dijo el obispo.--Señor cura, anunciad desde el púlpito nuestro Te Deum. Y todo se andará.
Buscóse en las iglesias de los alrededores. Todas las grandezas de aquellas humildes parroquias reunidas no hubieran sido bastantes á vestir convenientemente un chantre de catedral.
Cuando estaban en lo mejor de sus apuros, trajeron y depositaron en casa del cura, una gran caja con destino al señor obispo, dos jinetes desconocidos, los cuales volvieron á partir inmediatamente. Abrióse la caja, encontrándóse en ella una capa de tejido de oro, una mitra guarnecida de diamantes, una cruz arzobispal, un báculo magnífico; en una palabra, todas las vestiduras pontificales robadas hacía un mes á la catedral de Nuestra Señora de Embrun. Dentro de la caja venía un papel en el cual estaban escritas estas palabras: Cravatte á monseñor Bienvenido.
--¡Cuando decía yo que todo se arreglaría!--exclamó el obispo. Después añadió sonriendo:--Al que se contenta con el sobrepelliz de un cura, le manda Dios una capa de arzobispo.
--Monseñor,--murmuró el cura encogiéndose de hombros y sonriendo también:--¡Dios ó el diablo!
El obispo miró fijamente al cura, reponiendo con autoridad:
--¡Dios!
Cuando volvió de nuevo á Chastelar, en toda la extensión del camino salían á verle por curiosidad. Encontróse en la casa rectoral de Chastelar á la señorita Batistina y á Magloria que le esperaban, y dijo á su hermana:
--¿Qué tal, tenía yo razón? El pobre cura que salió á visitar á los pobres montañeses con las manos vacías, vuelve acá con las manos llenas. Partí, llevando únicamente mi esperanza en Dios, y me traigo el tesoro de una catedral.
Por la noche, antes de acostarse dijo todavía:
--No he temido jamás á los ladrones ni á los asesinos. Estos son los peligros exteriores, es decir, los peligros ligeros. Las preocupaciones, éstas son los ladrones; los vicios, éstos son los asesinos. Los grandes peligros residen en nosotros mismos. ¡Qué importa lo que puede amenazar nuestra cabeza ó nuestro bolsillo! No debemos preocuparnos sino de lo que amenaza á nuestras almas.
Luego, dirigiéndose á su hermana, dijo:
--Hermana mía, el sacerdote jamás debe tomar precauciones contra el prójimo. Lo que hace el prójimo, Dios lo permite. Concretémonos á rogar cuando creamos que nos amaga algún peligro. Roguémosle, no por nosotros, pero sí por nuestros hermanos, á fin de que no cometan falta por causa nuestra.
Por lo demás, los sucesos extraordinarios eran rarísimos en su existencia. Damos cuenta de aquellos que sabemos; pero ordinariamente, se pasaba su vida haciendo todos los días lo mismo y á las mismas horas. Un mes de sus años se parecía á una hora de sus días.
En cuanto á lo que fué «el tesoro» de la catedral de Embrun, nos veríamos apurados si se nos interrogara sobre ello. Contenía objetos muy ricos, tentadores y muy á propósito para emplearlos en provecho de los desgraciados. Robados ya lo estaban, la mitad de la aventura era por lo tanto una realidad; no faltaba sino cambiar la dirección del robo, haciéndole dar un rodeo hacia la parte de los pobres. Nada podemos afirmar, sin embargo, sobre el particular.
Solamente que se encontró entre los papeles del obispo, una nota bastante confusa que se refería, tal vez á este particular, concebida en los siguientes términos: La cuestión está en si esto debe ser devuelto á la catedral ó al hospital.
VIII =Filosofía después de beber=
El senador de quien antes hemos hablado, era un hombre inteligente, que había hecho su carrera con una rectitud incapaz de reconocer como obstáculos esto que llamamos conciencia, fe jurada, justicia y deber; había caminado siempre directamente á su objetivo, sin separarse un punto de la recta de su encumbramiento é intereses. Era un antiguo procurador, enternecido por el éxito, no malo del todo, prestando cuantos servicios insignificantes podía á sus hijos, á sus yernos, á sus demás parientes y aun á sus amigos; había tomado sabiamente de la existencia sólo la parte buena y utilitaria. Todo lo demás le parecía estúpido.
Tenía ingenio y había leído lo suficiente para creerse discípulo de Epicuro, sin ser otra cosa que un simple producto de Pigault-Lebrun. Reíase de buen grado y alegremente de las cosas eternas é infinitas, como de las «ocurrencias del buen obispo». Llegando algunas veces, con cierta condescendiente autoridad, á reirse á las mismas barbas de Monseñor Myriel de lo que este decía.
No recuerdo bien con motivo de qué ceremonia medio oficial, el conde*** (dicho senador) y Monseñor Myriel debieron comer en casa del prefecto. Á los postres, el senador, un poco alegre, pero digno siempre, exclamó:
--¡Voto á san...! ¡señor obispo! Charlemos un poco. Un senador y un obispo se miran raras veces sin guiñar el ojo. Somos dos agoreros. Voy á seros franco. Tengo mi filosofía.
--Tenéis mucha razón,--respondió el obispo.--Cuando uno se ocupa de sus filosofías, uno se acuesta. Y vos, señor senador, os habéis echado en un lecho de púrpura.
El senador envalentonado, repuso:
--Seamos buenos chicos.
--Ó buenos diablos, lo mismo da,--dijo el obispo.
--Os confieso--, replicó el senador,--que el marqués de Argens, Pyrrhon, Hobbes y el señor Naigeon no son unos bolonios. Tengo yo en mi biblioteca á todos mis filósofos encuadernados y dorados por el canto.
--Como vos mismo, señor conde,--interrumpió el obispo.
Prosiguió el senador:
--Odio á Diderot; es un ideólogo, un declamador y un revolucionario: en el fondo cree en Dios, es más santurrón que Voltaire. Voltaire se rió de Needham, y se equivocó: porque las anguilas de Needham prueban la inutilidad de Dios.
Una gota de vinagre en una cucharada de pasta de harina, suple perfectamente al fiat lux. Suponed la gota bastante gruesa, y bastante grande la cucharada, y tenéis el mundo.
El hombre es la anguila. Entonces, ¿á qué el Padre eterno?
Señor obispo, la hipótesis de Jehová me fatiga. No sirve más que para producir gentes débiles que sueñan vaciedades. ¡Abajo ese gran Todo que nos enreda! ¡Viva Zero que me deja tranquilo! De vos á mí, y por decirlo de una vez, ó para confesarme á mi pastor, creed que cuando llega el caso, tengo buen juicio. No estoy loco, ni mucho menos, por vuestro Jesús que predica, á cielo descubierto y en todas partes, el desprecio de las riquezas y el sacrificio. Consejo de avaro ó de pordiosero. Despreciar las riquezas: ¿por qué sacrificarse?: ¿á qué? Jamás he visto que un lobo se inmole á otro lobo de buena gana. No nos salgamos pues de la naturaleza. Nos encontramos en la cúspide; tengamos por lo tanto una filosofía superior. ¿Para qué estar en lo alto, si no hemos de querer ver más allá de la punta de la nariz de los demás? Vivamos alegremente. La vida es el todo.
Que exista para el hombre otro porvenir, en otra cualquier parte, en lo alto, en lo bajo ó donde se quiera, no creo yo de ello una palabra. ¡Ah! se me recomienda la pobreza y el sacrificio, y debo por lo tanto tener cuidado de todo cuanto haga; es preciso también que me rompa la cabeza sobre el bien y el mal, sobre lo justo y lo injusto, sobre el fas y el nefas. ¿Por qué? Porque he de dar cuenta de mis acciones. ¿Cuándo? Después de muerto. ¡Vaya un sueño! Después de muerto bien haya quien me pinche. Haced que coja un puñado de ceniza una mano de sombra. Hablemos en puridad, ya que pertenecemos á los iniciados, y que le hemos levantado á Isis el guardapié: No existe el bien ni el mal; no hay más que vegetación. Busquemos lo real. Penetremos por todas partes. Profundicemos, ¡qué diablos! es preciso orear la verdad, sondear las profundidades de la tierra y cogerla. Entonces seréis fuerte y podréis reir.
Yo soy cuadrado por la base. Señor obispo, la inmortalidad del hombre es como un «oiga usted». ¡Vaya una promesa! fiad en ella y... Vaya un documento sólido el de Adán. Uno es alma, y podrá ser ángel, y podrá tener dos alas azules en los omóplatos. Ayudadme, pues; ¿no fué Tertuliano quien dijo que los bienaventurados irán de un astro á otro? Sea. Seremos las langostas de las estrellas. Luego veremos á Dios. Ta ta ta. ¡Qué tonterías, ni qué paraísos! Dios es un cuento monstruoso.
Yo no he de decir todo esto en el Moniteur, ¡qué diantre! pero puedo murmurarlo entre amigos. Inter pocula. Sacrificar la tierra al paraíso, es dejar la tajada por la sombra. ¡Ser el escarnio del infinito! ser un salvaje. Yo no soy nada. Me llamo el señor conde Nada, senador, ¿era yo antes de mi nacimiento? No. ¿Seré después de mi muerte? No. ¿Qué soy? un poco de polvo agregado por un organismo. ¿Qué he venido á hacer sobre esta tierra? Tengo la elección: sufrir ó disfrutar. ¿A dónde me conducirá el sufrimiento? A la nada; pero habré sufrido. ¿A dónde me conducirá el goce? A la nada; pero habré gozado. Mi elección está hecha. Es preciso comer ó ser comido. Yo como. Más vale ser el diente que la yerba. Esta es mi ciencia. Luego que vaya todo como pueda, el sepulturero está allí, el panteón para nosotros; todo cae en la fosa común. Fin. Finis. Liquidación total. Este es el término donde todo acaba. La muerte ha muerto, creedme. Si hay alguien que tenga algo que decir sobre el particular, desde luego me río de estos sueños. Cuentos de nodrizas. El coco para los niños, Jehová para los hombres. No; nuestro mañana es de la noche. Detrás de la tumba no hay sino nadas iguales. Así hayáis sido un Sardanápalo ó un Vicente de Paul, esto no importa. Ésta es la verdad. Vivid, pues, sobre todo. Servíos de vuestro yo mientras lo poseáis. En verdad os lo digo, señor obispo, tengo yo mi filosofía y mis filósofos. Jamás me he dejado ni me dejaré enredar en estas invenciones. Después de todo, no deja de ser ello de algún provecho para los pobres que andan por acá con los pies desnudos, para los ganapanes, y los miserables. Alimentadles de leyendas, quimeras, alma, inmortalidad, paraíso y estrellas. Ellos comen eso mezclado con pan seco. Quien nada tiene, puede tener el buen Dios, que es bien poca cosa. No me opongo á ello, pero guardo para mí á Noigeón.
El buen Dios, es bueno para el pueblo.
El obispo batió palmas.
--¡Esto es hablar!--exclamó.--¡Qué excelente y maravilloso es este materialismo! No lo tiene quien quiere. ¡Ah! cuando uno lo posee, no hay quien le engañe, ni se deja uno desterrar brutalmente como Catón, ni lapidar como Esteban, ni abrasar vivo como Juana de Arco. Aquellos que han sabido procurarse tan admirable materialismo, tienen la incomparable dicha de sentirse irresponsables, y de pensar que pueden ellos devorarlo todo, sin la menor inquietud; las prebendas, las dignidades, el poder bien ó mal adquirido, las retractaciones lucrativas, las traiciones útiles, las sabrosas capitulaciones de conciencia y que bajarán á la tumba, hecha ya la digestión. ¡Qué cosa tan rica! Y no digo eso por vos, señor senador. No obstante, me es imposible dejar de felicitaros. Vosotros, los grandes señores, tenéis, como habéis dicho, una filosofía particular, hecha por vuestro gusto y á gusto vuestro, exquisita, refinada, accesible solo á los ricos, siempre sabrosa y sazonada á vuestro paladar para todas las necesidades de la vida. Esta filosofía está tomada de las profundidades y desenterrada por buscadores especiales. Mas como sois príncipes buenos, no lleváis á mal que la creencia en un buen Dios sea la filosofía del pueblo, así como, por ejemplo, que el pato guisado con castañas sea el pavo trufado de los pobres.
IX =El hermano explicado por la hermana=
Para dar una idea del interior doméstico del señor obispo de D*** y de la manera como aquellas dos santas mujeres subordinaban sus acciones, sus pensamientos, hasta sus instintos de mujer, miedosas por naturaleza, á las costumbres é intenciones del obispo, sin que él tuviera necesidad de tomarse la pena de hablar para expresarlas, no podemos hacer otra cosa que transcribir una carta de la señorita Batistina á la señora vizcondesa de Boischevron, su amiga de la infancia. Esta carta está en nuestras manos.
D*** 16 diciembre de 18...
«Mi buena señora: no se pasa un día, durante el cual no hablemos de vos. Es ésta ya en nosotros una costumbre, pero existe además otra razón para ello. Figuraos que al quitar el polvo y al lavar las paredes y los techos, la señora Magloria ha hecho grandes descubrimientos; ahora ya nuestros dos aposentos tapizados de papel viejo blanqueado por la cal, no resultarían indignos de pertenecer á un castillo como el vuestro. La señora Magloria ha arrancado todo el papel. Debajo había otras cosas. Mi salón donde no hay muebles, y del que nos servimos para tender la ropa de la colada, mide quince pies de alto por diez y ocho de ancho en cuadro, un techo pintado á la antigua, con dorados y artesonados como vuestra casa. Estaba cubierto por un lienzo desde que fué convertido en hospital. En fin, que han aparecido ensambladuras del tiempo de nuestros abuelos. Pero es en mi cuarto donde hay que ver. La señora Magloria ha descubierto, por bajo de diez papeles por lo menos, pegados unos sobre otros, pinturas, que sin ser del todo buenas, pueden muy bien pasar. Está Telémaco, armado caballero por Minerva, está también en los jardines, cuyo nombre no recuerdo ahora. En fin, allí donde las damas romanas iban solo una noche. ¿Qué he de deciros más? Tengo romanos, tengo romanas (aquí una palabra ininteligible), y toda la comitiva. La señora Magloria ha aclarado todo esto, y este verano piensa reparar algunas pequeñas averías, barnizándolo todo, y mi cuarto será así un verdadero museo. Ha encontrado igualmente en un rincón del granero, dos consolas de madera, bastante antiguas. Pidiéronnos dos escudos de seis libras por volverlas á dorar, pero vale más dárselos á los pobres; además son bastante feas; yo gustaría más de un velador de caoba.
«Yo sigo siendo siempre tan dichosa. Mi hermano es tan bueno. Todo lo que tiene se lo da á los pobres y á los enfermos. Pasamos mucha estrechez. En este país es muy crudo el invierno, y es preciso hacer algo por los que carecen de todo... Nosotros estamos más ó menos alumbrados y abrigados. Ya veis que son estas grandes comodidades.
«Mi hermano tiene sus costumbres particulares. Cuando hablamos de ello, dice que un obispo debe ser así. Figuraos que las puertas de esta casa no se cierran jamás. Entra el que quiere, y se encuentra en seguida con mi hermano. No teme nada, nada, ni siquiera de noche. Esa es su valentía, según él dice.
«No permite que yo tema por él, ni que la señora Magloria tema tampoco. Se expone á toda clase de peligros, y no quiere que aparentemos que nos apercibimos de ello. Es preciso saberle comprender.
«Sale cuando llueve, camina bajo el agua, y viaja en invierno. No le asusta la noche, ni los caminos peligrosos, ni los malos encuentros.
«El año pasado se fué solo á un país de ladrones, sin permitir que le acompañáramos nosotras. Estuvo ausente unos quince días. Á su vuelta, nada le había pasado: se le creía muerto, y gozaba de buena salud. Dijo: «¡Ved cómo me han robado!» y abrió una maleta, llena con todas las alhajas de la catedral de Embrun que le habían entregado los ladrones.
«Esta vez, al volver, no pude menos de regañarle un poco, cuidando, sin embargo, de hablar mientras metía mucho ruido el carruaje, á fin de que nadie pudiera enterarse.
«Al principio me decía yo: no hay peligros que le detengan, es terrible; ahora he acabado por acostumbrarme. Muchas veces hago señas á la señora Magloria para que no le contradiga. Él obra y se aventura como le parece. Me llevo á la señora Magloria y me subo con ella á mi cuarto, ruego por él y me quedo dormida. Estoy tranquila, porque sé muy bien que si le sucediera algún percance, sería ello mi fin. Me iría con el buen Dios en compañía de mi hermano y obispo. La señora Magloria ha tenido más trabajo que yo para acostumbrarse á lo que ella llamaba sus imprudencias. Ahora ya estamos resignadas. Rezamos las dos juntas; las dos tenemos miedo á un tiempo, y á la par nos dormimos. El diablo podría entrar en casa sin el menor obstáculo. Después de todo, ¿por qué hemos de temer? Siempre hay con nosotros en nuestra casa alguien que es más fuerte. Puede el diablo pasar, pero el buen Dios la habita.
«Esto me basta; mi hermano no tiene ya necesidad de decirme nada. Le comprendo sin que me hable, y nos abandonamos á la Providencia.
«Ved cómo hay que tratar á un hombre que tiene su grandeza de espíritu.
«He preguntado á mi hermano acerca de las noticias que me pedís sobre la familia de Faux. Ya sabéis que está él muy al corriente, y que conserva todos sus recuerdos, pues sigue siendo muy buen realista. Esta familia es una de las más antiguas entre las normandas de la generalidad de Caen. Hace quinientos años hubo un Raúl de Faux, un Juan Faux y un Tomás Faux, que eran hidalgos, y uno de ellos señor de Rochefort. El último fué Guido Esteban Alejandro, maestre de campo, y no sé qué más en la caballería ligera de Bretaña. Su hija, María Luisa, casó con Adriano Carlos de Gramont, hijo del duque Luis de Gramont, par de Francia y coronel de guardias francesas, y teniente general de los ejércitos. Se escribe Faux, Fauq y Faoucq.
«Recomendadnos, mi buena señora, á las oraciones de vuestro santo pariente el señor cardenal. En cuanto á vuestra cara Silvania, ha hecho bien aprovechando los cortos instantes que pasa á vuestro lado para escribirme. Está buena, trabaja á gusto vuestro, me quiere siempre; es todo lo que yo deseo; estoy muy contenta con el recuerdo que por vos me ha enviado. Mi salud no es del todo mala, y sin embargo, voy enflaqueciendo diariamente. Adiós, se acaba el papel, y esto me obliga á despedirme. Tantas cosas á todos. «BATISTINA.
«P. S.--Vuestro sobrinillo está precioso. ¿Sabéis que va ya para cinco años? Ayer vió pasar un caballo al que habían puesto rodilleras, y dijo: ¿Qué es lo que tiene el pobre en las rodillas?--¡Es una criatura encantadora! Su hermanito corre ya por la habitación tirando de un palo de escoba como de un carro, y grita: ¡Au!».
Como se ve por esta carta, aquellas dos mujeres sabían acomodarse á la manera de ser del obispo con esa concepción particular de la mujer que comprende al hombre, mejor que el hombre se comprende á sí mismo. El obispo de D*** bajo aquel aspecto sereno y cándido que no desmentía jamás, hacía á veces cosas grandes, atrevidas y magníficas sin que pareciese advertirlo siquiera. Ellas podían asustarse, pero le dejaban hacer. Alguna que otra vez la señora Magloria solía mostrar su oposición antes, pero nunca durante ni después de la acción. Jamás se le distraía con una sola palabra, ni un gesto siquiera, durante una obra comenzada. En muchos casos sin que tuviera necesidad de decirlo, cuando tal vez ni aún conciencia de ello tenía, tanta era su sencillez, presentían ellas vagamente que obraba como obispo; entonces no eran ellas más que dos sombras en aquella casa. Servíanle pasivamente, y si era preciso para obedecer, que desapareciesen, desaparecían.
Sabían, con admirable delicadeza de instinto, que los excesos de solicitud pueden ser á veces un estorbo, por lo cual, aún creyéndole en peligro, pero comprendiendo, no diré su pensamiento, pero sí su naturaleza, hasta el punto de no velar por él. Confiábanle á Dios.
Sin embargo, Batistina decía, como acabamos de leer, que el fin de su hermano sería el suyo. La señora Magloria no lo decía, pero lo sabía.
X =El obispo en presencia de una luz desconocida=
En una época un tanto posterior á la fecha de la carta citada en las páginas precedentes, hizo él cierta cosa, que, si hemos de creer lo que se dijo en toda la ciudad, era más arriesgada aún que su paseo por las montañas de los bandidos.
Existía junto á D*** en el campo, un hombre que vivía solitario. Este hombre, digamos de una vez la gran palabra, era, un antiguo convencional, llamado G.
Hablábase del convencional G. entre la gentezuela de D*** con cierto horror. ¡Un convencional! ¡Quién puede figurárselo! Eso existía en tiempos en que se tuteaban unos á otros y se llamaban ciudadano. Aquel hombre venía á ser casi un monstruo. No había votado la muerte del rey, pero poco le había faltado. Era pues, un casi regicida. Había sido terrible. ¿Por qué á la vuelta de los príncipes legítimos no habían hecho comparecer á ese hombre ante un consejo prebostal? No era preciso cortarle la cabeza, porque era necesario ser clemente; pero al menos se le podía haber condenado á destierro perpetuo. ¡Hacer un escarmiento! Además, era un ateo como todas aquellas gentes de entonces.
Habladurías de gansos sobre el buitre.
¿Era en realidad un buitre el convencional G.? Sí, á juzgar por lo que había de esquivo en su soledad. No habiendo votado la muerte del rey, no estuvo comprendido en los decretos de destierro, y podía permanecer en Francia.
Habitaba á tres cuartos de hora de la ciudad, alejado de toda vivienda y de todo camino; en la perdida quebrada de un valle salvaje. Decíase que tenía allí una especie de campo, un tabuco, una madriguera. Nada de vecinos, nada de transeuntes. Desde que moraba en aquel valle, la senda que á él conducía había desaparecido bajo la yerba. Hablábase de aquel sitio como de la casa del verdugo.
Por lo tanto, tenía el obispo fija su idea en lo que de él se decía, y de tiempo en tiempo miraba al horizonte, hacia el punto donde un grupo de árboles indicaba el valle del viejo convencional, y decía: «¡Allí existe un alma que está sola!».
Y para sus adentros, añadía: «Le debo mi visita».
Debemos confesar, sin embargo, que semejante idea, tan natural al principio, le parecía después de un momento de reflexión, como extraña é imposible, y casi repulsiva, porque en el fondo participaba de la impresión general, y el convencional le inspiraba, sin que él acertase á darse cuenta de ello, esa especie de sentimiento que es como la frontera del odio, y que expresa perfectamente la palabra: despego.
No obstante, ¿debe la sarna de la oveja hacer retroceder al pastor? No. ¡Pero qué oveja!
El buen obispo estaba perplejo. Algunas veces se dirigía hacia aquel punto, pero luego retrocedía.
Cierto día, por fin, corrió por la ciudad la noticia de que una especie de pastorcillo que servía al convencional G. en su madriguera, había ido en busca de un médico; aquel infame viejo se moría, por que la parálisis aumentaba, y no podía pasar de aquella noche. ¡Á Dios gracias! añadían algunos.
El obispo tomó su bastón, púsose su sobretodo á causa de estar su sotana, como hemos dicho, por demás usada, y además, por guardarse del aire de la tarde, que no había de tardar en soplar, y partió.
El sol declinaba y tocaba casi al horizonte cuando llegó el obispo al sitio excomulgado. Reconoció por los latidos de su corazón que se encontraba cerca de la madriguera. Saltó una zanja, pasó un seto, atravesó un puente, entró en un huertecillo descuidado, dió algunos pasos resueltos, y de pronto, en un fondo erial, detrás de altos abrojos, percibió la caverna.
Era una cabaña baja, pobre, pequeña y aseada, cuya fachada cubría un emparrado.
Junto á la puerta, sentado en un viejo sillón de ruedas veíase un hombre de cabellos blancos, que sonreía mirando al sol poniente.
Junto al viejo sentado, estaba de pie un joven, el pastorcillo, sirviendo al anciano una taza de leche.
Mientras le miraba el obispo, el anciano levantó la voz diciendo:--Gracias, no necesito nada más. Y su sonrisa dejó de fijarse en el sol para dirigirse al chico.
Adelantóse el obispo, y al ruido que produjo su andar volvió el viejo sentado la cabeza, y su semblante expresó toda la sorpresa que se pueda sentir después de una larga vida.
--Desde que estoy aquí,--dijo el anciano,--ésta es la vez primera que un hombre entra en mi casa. ¿Quién sois, señor?
El obispo respondió:
--Yo me llamo Bienvenido Myriel.
--¡Bienvenido Myriel! he oído pronunciar ese nombre. ¿Seríais vos acaso aquél á quien el pueblo llama monseñor Bienvenido?
--Yo soy.
El viejo repuso con ligera sonrisa:
--En ese caso, ¿sois vos mi obispo?
--¡Puede!
--Entrad, señor.
El convencional tendió la mano al obispo; pero el obispo no se la tomó, limitándose á decir únicamente:
--Me alegro de ver que me han engañado. No parece en verdad, que estéis enfermo.
--Señor,--respondió el anciano,--voy á curar del todo.
Hizo una pausa, y dijo:
--Voy á morir dentro de tres horas.
Luego repuso:
--Tengo algo de médico, y sé de qué manera llega la última hora... Ayer no tenía fríos más que los pies; hoy ha subido el frío á las rodillas, y estoy sintiendo ahora que alcanza la cintura; cuando llegue al corazón, me pararé. ¿Verdad que es bello el sol? He hecho que me arrastren hasta aquí para lanzar mi última mirada sobre las cosas. Podéis hablarme, la conversación no me fatiga. Habéis hecho muy bien en venir á ver á un hombre que va á morir. Es bueno que en este momento haya testigos. Cada uno tiene sus manías; yo hubiera querido llegar hasta la aurora. Pero sé que me quedan apenas tres horas; será de noche. En fin, ¡qué importa! Acabar es trabajo sencillo. No hay necesidad de día para, ello. Sea, moriré á la hora de las estrellas.
El anciano se volvió hacia el pastor:
--Y tú, vete á acostar. Has velado toda la noche, y estás cansado.
El muchacho entró nuevamente en la cabaña.
El anciano le siguió con la mirada y añadió, como hablando consigo mismo:
--Mientras él dormirá, yo moriré. Ambos sueños pueden ser buenos vecinos.
El obispo no estaba conmovido como parece que debía estarlo. No creía él sentir á Dios en aquella manera de morir; digámoslo todo, porque las pequeñas contradicciones de los corazones grandes deben ser indicadas como las demás; él, que cuando llegaba el caso se reía de buena fe de su eminencia, en aquel momento le chocaba algún tanto no oir que se le llamase monseñor, llegando á estar tentado de replicar: ciudadano. Ocurriósele el capricho de cierta familiaridad, muy común en médicos y eclesiásticos, pero que no era habitual en él. Aquel hombre, después de todo, aquel convencional, aquel representante del pueblo, había sido un poderoso de la tierra; por la primera vez de su vida tal vez, se sintió el obispo inclinado á la severidad.
El convencional, sin embargo, considerábale con modesta cordialidad, en la cual hubiérase podido distinguir tal vez la humildad que acompaña al individuo próximo á convertirse en polvo.
El obispo, por su parte, si bien se abstenía generalmente de toda curiosidad, la cual, según él, era vecina de la ofensa, no podía abstenerse de examinar al convencional con una atención, que, no siendo originada por la simpatía, se la hubiese reprochado sin duda su propia conciencia con relación á otro hombre cualquiera. Un convencional le hacía el efecto de estar algo fuera de la ley, inclusa la ley de la caridad. G., sereno, el busto casi erguido, la voz vibrante, era uno de esos grandes octogenarios que causan la admiración del fisiólogo. La Revolución tuvo muchos de esos hombres dignos de su época. Adivinábase desde luego en aquel anciano al hombre fuerte. Tan próximo como estaba á su fin, conservaba todas las apariencias de la salud. Había en su certera mirada, en su enérgico acento, en el robusto movimiento de sus hombros, un algo, capaz de desconcertar á la muerte. Azrael, el ángel mahometano del sepulcro, hubiera retrocedido creyendo haber equivocado la puerta. G. parecía morirse, porque así lo quería. Gozaba de la libertad, hasta en su misma agonía. Las piernas solamente estaban inmóviles. Las tinieblas le tenían cogido por ellas. Tenía los pies muertos y fríos, y la cabeza, viviente con toda la pujanza de la vida, aparecía erguida y radiante. G. en aquel supremo instante, se asemejaba al rey del cuento oriental, de carne su parte superior, de mármol su base.
Había allí una piedra. El obispo se sentó. El exordio fué ex-abrupto.
--Os felicito,--díjole en tono casi reprensivo.--Vos no habéis votado nunca la muerte del rey.
El convencional no pareció fijarse en la significación amarga que ocultaba la palabra nunca. Pero respondió, después de haber desaparecido de su rostro la menor sombra de sonrisa:
--No me felicitéis demasiado, señor, porque voté el fin del tirano.
Era el acento austero ante el tono severo.
--¿Qué queréis decir?--repuso el obispo.
--Quiero decir que el hombre tiene un tirano, la ignorancia. Yo voté el fin de ese tirano. Ese tirano ha engendrado la dignidad real, que es la autoridad tomada de lo falso, mientras que la ciencia es la autoridad tomada de lo verdadero. El hombre no debe ser gobernado más que por la ciencia.
--Y la conciencia,--añadió el obispo.
--Es igual. La conciencia es la cantidad de ciencia innata que se encierra en nosotros.
Monseñor Bienvenido escuchaba, algo asombrado, este lenguaje enteramente nuevo para él.
El convencional prosiguió:
--Tocante á Luis XVI, dije no. Yo no me creo con derecho para matar á un hombre; pero siento el deber de exterminar el mal. Yo voté el fin del tirano, es decir, el fin de la prostitución de la mujer, el fin de la esclavitud del hombre, el fin de las tinieblas para el niño. Votando la república, voté todo eso. Yo voté la fraternidad, la concordia, la aurora. Ayudé á la caída de las preocupaciones y de los errores. El hundimiento de los errores y de las preocupaciones produce la luz. Nosotros hicimos caer al viejo mundo; y el viejo mundo, vaso de miserias, al derramarse sobre el género humano, se ha convertido en cáliz de alegría.
--De alegría impura,--dijo el obispo.
--Podéis decir alegría turbada; y hoy por hoy, después de ese regreso fatal del pasado que se llama 1814, alegría desvanecida. ¡Ay! La obra resultó incompleta, convengo en ello; nosotros demolimos el antiguo régimen en los hechos, no pudiendo suprimirlo del todo en las ideas. Destruir el abuso no es suficiente, es preciso modificar las costumbres. El molino no existe, pero prosigue el viento.
--Vosotros demolisteis. Demoler puede tal vez ser útil; pero yo no me fío de una demolición mezclada en cólera.
El derecho encierra su cólera, señor obispo, y la cólera del derecho es un elemento de progreso. No importa, diga quien quiera lo contrario, la Revolución francesa es el paso más grande del género humano desde el advenimiento de Cristo. Incompleto puede ser, pero sublime. Ha despejado todas las incógnitas sociales, y ha suavizado los espíritus; ha apaciguado, ha templado é ilustrado, ha hecho infiltrar en la tierra torrentes de civilización, en una palabra: ha sido buena. La Revolución francesa es la consagración de la humanidad.
El obispo no pudo abstenerse de murmurar:
--¿Sí? ¡93!
El convencional se incorporó en su silla con una solemnidad casi lúgubre, y con toda la energía con que pueda contar un moribundo, exclamó:
--¡Ah! ¡Vos también! ¡93! Ya esperaba yo esta palabra. Se ha estado formando una nube durante mil quinientos años. Al fin de quince siglos ha descargado. ¿Pretendéis acusar por ello al rayo?
Sintió el obispo, tal vez sin explicárselo, que había sido herido en algo. Supo contenerse, y respondió:
--El juez habla en nombre de la justicia; el sacerdote habla en nombre de la clemencia, que no es sino otra justicia más alta. El trueno no debe jamás equivocarse.
Y añadió mirando fijamente al convencional:
--¿Luis XVII?
El convencional alargó la mano, y asiendo al obispo del brazo, dijo:
--¡Luis XVII! Veamos. ¿Á quién lloráis en él? ¿Es al niño inocente? Entonces, sí, también lloro con vos. ¿Es al infante real? Os suplico que reflexionéis. Para mí, el hermano de Cartouche, niño inocente, colgado por los sobacos en la plaza de la Grève hasta que sobreviniese la muerte, por el solo crimen de ser hermano de Cartouche, no es menos doloroso que el nieto de Luis XV, niño inocente, martirizado en la torre del Temple por el solo crimen de haber sido nieto de Luis XV.
--Señor,--dijo el obispo,--no gusto de esta mezcla de nombres.
--¿Cartouche? ¿Luis XV? ¿Por cuál de los dos reclamáis?
Hubo un momento de silencio. El obispo se arrepentía casi de haber ido allí, y no obstante, se sentía vaga y extrañamente conmovido.
El convencional repuso:
--¡Ah! señor cura, no os gustan las crudezas de la verdad; Cristo gustaba de ellas. Y sabía tomar una vara y limpiar el templo. Su látigo, de luz refulgente, era un rudo decidor de verdades. Cuando exclamaba: Sinite parvulos... no hacía distinción alguna entre los niños. Él no se inquietaba en preferir el primogénito de Barrabás al primogénito de Herodes. Señor, la inocencia tiene en sí misma su corona. La inocencia ni pierde ni gana siendo alteza. Es igualmente augusta vistiendo andrajos que flordelisada.
--Es verdad,--repitió en voz baja el señor obispo.
--Insisto--continuó el convencional G.--Habéis nombrado á Luis XVII. Entendámonos. ¿Lloramos por todos los inocentes, por todos los mártires, por todos los niños, por los de abajo como por los de arriba? Conformes. Pero ya os lo he dicho; es preciso remontarnos más arriba del 93, esto es, antes de Luis XVII, donde deben comenzar nuestras lágrimas. Yo lloraré con vos por los hijos de los reyes, con tal que vos lloréis conmigo por los hijos del pueblo.
--Por todos lloro,--dijo el obispo.
--¡Igualmente!--exclamó G.--Y si debe inclinarse la balanza, que sea del lado del pueblo. Hace mucho más tiempo que sufre.
Hubo en nuevo silencio siendo el convencional quien lo rompió. Irguióse apoyándose sobre un codo, tomó con el pulgar y el índice un pliegue de su mejilla, como hace maquinalmente el que interroga cuando juzga, é interpeló al obispo con una mirada llena de todas las energías de la agonía. Casi fué una explosión.
--Sí, señor; hace mucho tiempo que el pueblo sufre. Y luego, advertid: No es esto todo, ¿á que venís vos á preguntarme y hablarme de Luis XVII? Yo no os conozco ni sé quién sois. Desde que vine á este país, vivo en este recinto, solo, sin poner jamás los pies afuera, ni ver á nadie, más que á ese muchacho que me asiste. Vuestro nombre, es verdad, ha llegado confusamente hasta mí, y debo decirlo, no mal pronunciado; pero esto nada significa; ¡las gentes hábiles tienen tantas maneras de hacer que les crea el bueno del pueblo!... Á propósito, no he oído el ruido de vuestro carruaje; os lo habréis dejado sin duda detrás del soto, allá abajo en el empalme de la carretera. No os conozco, repito. Me habíais dicho que erais el obispo, pero esto nada me indica sobre vuestra personalidad moral. En suma, vuelvo á mi pregunta: «¿Quién sois?». Sois obispo, es decir, un príncipe de la Iglesia, uno de esos hombres dorados, blasonados, con grandes rentas, y gruesas prebendas; el obispo de D*** quince mil francos fijos, diez mil de eventuales; total, veinticinco mil francos; con buena cocina, buenas libreas, con buena mesa, comiendo pollos de agua en viernes; pavoneándose entre lacayos delante y detrás de su berlina de gala, que tiene palacios, y arrastra coche en nombre de Jesucristo, ¡que andaba descalzo! Sois un prelado; rentas, palacios, caballos, buena mesa; todas las sensualidades de la vida, tendréis todo eso como los demás, y como los demás disfrutáis de ello, está bien; pero esto dice demasiado ó no dice bastante; esto no me prueba nada sobre el valor intrínseco y esencial, de quien viene con la pretensión probable de traerme la sabiduría. ¿Á quién estoy hablando? ¿Quién sois vos?
El obispo inclinó la frente y respondió:
--Vermis sum.
--¡Un gusano de tierra en carroza!--refunfuñó el convencional.
Tocábale el turno al convencional ser altivo y al obispo humilde.
Éste repuso con dulzura:
--Sea, señor mío; pero explicadme, como mi coche, que está ahí á dos pasos detrás de los árboles, como mi buena mesa y los pollos de agua que yo como en viernes, como mis veinticinco mil francos de renta, como mi palacio y mis lacayos, prueban que la piedad no es una virtud, que la clemencia no es un deber, y que el 93 no fué inexorable.
El convencional pasóse la mano por la frente como para despejar una nube.
--Antes de contestaros,--le dijo,--os pido que me perdonéis. Acabo de cometer un error, señor mío. Estáis en mi casa, sois mi huésped y os debo cortesía. Discutís mis ideas, y debo limitarme á combatir vuestros argumentos. Vuestras riquezas y vuestros goces son mis ventajas contra vos en este debate; pero no es de buen gusto servirse de ellas. Os prometo no valerme más de las tales.
--Os doy por ello gracias,--dijo el obispo.
G. replicó:
--Volvamos nuevamente á la explicación que me pedíais. ¿Dónde estábamos? ¿Qué me decíais? ¿Que el 93 fué inexorable?
--Inexorable, sí,--dijo el obispo.--¿Qué opináis de Marat batiendo palmas á la guillotina?
--¿Y qué me decís vos de Bossuet cantando el Te-Deum sobre los acuchillados?
La contestación era dura, pero iba derecha al blanco con la rigidez de una punta de acero. El obispo se estremeció, y no se le ocurrió respuesta alguna; y luego, le desconcertaba la manera de nombrar á Bossuet. Los mejores ingenios tienen sus ídolos, y por esto se sienten vagamente mortificados por sus faltas de respeto á la lógica.
El convencional empezaba á sentir hipo, el asma de la agonía que se mezcla á los últimos alientos, le embargaba la voz; no obstante, aún había en su mirada una perfecta lucidez de alma. Prosiguió:
--Digamos todavía algunas palabras, puedo aún. Separándonos de la revolución que, tomada en conjunto, es una inmensa afirmación humana, 93, ¡ay! es una réplica. Vos la encontráis inexorable; pero ¿y la monarquía, señor cura? Carrier es un bandido; pero ¿qué nombre le dais á Montrevel? Fouquier-Tainville es un vividor; pero ¿qué opinión os merece Lamoignon Baville? Maillard es espantoso; pero ¿Saulx-Tavannes qué os parece? El padre Duchesne es feroz; pero ¿qué epíteto me concedéis para el padre Letellier? Jourdan Corta-Cabezas es un monstruo; pero no tanto como el marqués de Louvois. Señor, señor, compadezco á María Antonieta, archiduquesa y reina; pero compadezco también á aquella pobre mujer hugonote, que, en 1685, bajo el reinado de Luis el Grande, dando de mamar á su hijo, fué amarrada á un poste, desnuda hasta la cintura; y arrancándole del pecho la criatura, colocáronla á cierta distancia; hinchado su seno por la leche y el corazón de angustia, la hambrienta y pálida criatura miraba muriendo aquel seno, lleno de vida, y el verdugo decía á la mujer, madre y nodriza á un tiempo: «¡Abjura!» dándole á escoger entre la muerte de su hijo y la de su conciencia. ¿Qué me diréis de este suplicio de Tántalo aplicado á una madre? Señor, guardad bien esto en la memoria: La Revolución francesa tuvo sus razones. Su cólera será absuelta indudablemente por la posteridad. Su resultado es el mejoramiento del mundo. De sus golpes más terribles, surge una caricia para el género humano. Abrevio, concluyo. Tengo demasiado buen juego. Además, me muero.
Y dejando de mirar al obispo, el convencional terminó su pensamiento con estas sencillas palabras:
--Sí, las brutalidades del progreso se llaman revoluciones. Cuando han terminado, se reconoce esto: que el género humano ha sido tratado con dureza, pero que ha marchado.
El convencional no advertía siquiera que acababa de tomar sucesivamente una después de otra, todas las trincheras interiores del obispo. Éste conservaba una todavía, y del supremo recurso de la resistencia de monseñor Bienvenido, salió esta otra frase reapareciendo casi toda la rudeza del principio:
--El progreso debe creer en Dios. El bien no puede tener servidores impíos. Es un mal conductor del género humano el hombre ateo.
El antiguo representante del pueblo no respondió. Sintióse estremecido; miró al cielo, saltándole una lágrima con aquella mirada. Cuando acabó de llenarse el párpado, la lágrima se deslizó á lo largo de la descolorida mejilla, y dijo balbuceando por lo bajo y como hablando consigo mismo, perdida su mirada en lo profundo:
--¡Oh tú! ¡Oh ideal! ¡Tú sólo existes!
El obispo sintió una especie de conmoción inexplicable.
Después de un silencio, el anciano levantó un dedo señalando al cielo, y dijo:
--El infinito existe. Allí está. Si el infinito no tuviera un yo, sería el yo su límite; no sería infinito; ó en otros términos, no sería. Pero es: luego existe un yo. El yo del infinito que es Dios.
El moribundo había pronunciado estas últimas palabras en voz alta en el estremecimiento del éxtasis, como si viera á alguien. Cuando acabó de hablar se cerraron sus ojos. El esfuerzo le había debilitado por completo. Era evidente que acababa de vivir en un minuto, las pocas horas que podían quedarle. Lo que acababa de decir le había aproximado á la muerte. El supremo instante había llegado.
Comprendiólo el obispo; apremiaba el tiempo, había ido allí como sacerdote; de una extremada frialdad había pasado gradualmente á la emoción extrema; fijó su mirada en aquellos ojos cerrados, tomó aquella mano rugosa y helada, é inclinándose hacia el moribundo, le dijo:
--Ésta es la hora de Dios. ¿No os parece que hubiera sido sensible el habernos encontrado inútilmente?
El convencional abrió los ojos de nuevo; cierta gravedad, en la que había algo de sombrío, inundó su semblante.
--Señor obispo,--dijo con cierta lentitud, que procedía quizá mejor de la dignidad del alma que del desfallecimiento de sus fuerzas,--he pasado mi vida en la meditación, el estudio y la contemplación. Tenía yo sesenta años, cuando mi país me llamó y me ordenó mezclarme en sus asuntos. Yo obedecí. Existían abusos, y los combatí; existían tiranías, y las destruí; existían derechos y principios, y los proclamé y confesé. El territorio estaba invadido, y lo defendí; la Francia se veía amenazada, y le ofrecí mi pecho. No era rico, y soy pobre. Fuí uno de los dueños del Estado, y cuando las cajas del Tesoro estaban atestadas de valores, tantos que fué menester apuntalar las paredes del edificio, próximas á derrumbarse bajo el peso del oro y de la plata, comía yo en la calle del Arbre-sec á veintidós sueldos el cubierto. He socorrido á los oprimidos, he aliviado á los enfermos. He rasgado los manteles del altar, cierto; pero ha sido para vendar las heridas de la patria. He apoyado siempre la marcha adelante del género humano hacia la luz, y he resistido más de una vez al progreso despiadado. Hubo ocasión en que llegué á proteger á mis propios adversarios, á vosotros. Hay en Peteghem, en Flandes, en el mismo lugar donde los reyes merovingios tenían su palacio de verano, un convento de urbanistas, la abadía de Santa Clara de Beaulieu, que yo salvé en 1793. He cumplido con mi deber según mis fuerzas, haciendo el bien que pude. Después he sido arrojado, acosado, vejado, perseguido, calumniado, escarnecido, afrentado, maldecido y proscrito. Después de muchos años y con todos mis cabellos blancos, veo todavía que hay gentes que se creen con derecho á despreciarme; tengo para la pobre é ignorante multitud cara de condenado, y acepto sin odiar yo á nadie, el aislamiento del odio general. Tengo ahora ochenta y seis años; y voy á morir. ¿Qué venís á pedirme?
--Vuestra bendición,--dijo el obispo.
Y se arrodilló.
Cuando el obispo levantó la cabeza, el rostro del convencional se le presentó verdaderamente augusto. Acababa de espirar.
El obispo regresó á su casa profundamente absorbido en inexplicables pensamientos, y se pasó toda la noche en oración.
Al día siguiente, algunos curiosos atrevidos, intentaron hablarle del convencional G.; concretóse á señalar el cielo.
Desde este momento redobló su ternura y fraternidad para con los infelices y desvalidos.
Toda alusión á aquel «desalmado viejo de G.» le sumía en una preocupación singular. Nadie podría asegurar que el paso de aquel espíritu ante el suyo, y el reflejo de aquella gran conciencia sobre la suya, no hubiesen contribuido en su aproximamiento á la perfección.
Aquella «visita pastoral» fué, naturalmente, objeto de murmuración en los mezquinos círculos de la localidad.
--¿Es acaso,--decían ellos,--lugar digno de todo un obispo la cabecera de semejante moribundo? Era evidente que no había de sacar de allí conversión ninguna. Todos esos revolucionarios son relapsos. ¿Á qué ir entonces? ¿Qué podía ver en semejante sitio? No podía ser sino la curiosidad de ver un alma que se la lleva el diablo.
Cierto día, una de esas viudas ricas, perteneciente á la impertinente variedad de las gentes que se creen agudas, le enderezó esta salida:
--Monseñor, no falta quien pregunta cuándo se pondrá Su Ilustrísima gorro encarnado.
--¡Oh! ¡oh! Ése es un gran color,--respondió el obispo.--Puesto que los que le desprecian en un gorro le veneran en un capelo.
XI =Una restricción=
Se arriesgaría mucho á equivocarse quien supusiera por lo dicho que monseñor Bienvenido fuése un «obispo filósofo» ó un «cura patriota». Su encuentro, que podríamos llamar mejor su conjunción con el convencional G., le dejó una especie de asombro que vino á aumentar todavía su benignidad. He aquí todo.
Por más que monseñor Bienvenido no fuera, ni mucho menos, un hombre político, quizá sea éste el lugar de indicar ligeramente cuál fué su actitud en los acontecimientos de entonces, suponiendo que monseñor Bienvenido hubiese pensado alguna vez en tener actitud alguna.
Retrocedamos, pues, algunos años.
Algún tiempo después de la elevación de monseñor Myriel al episcopado, el emperador le había nombrado barón del imperio, al mismo tiempo que á otros muchos obispos. El arresto del Papa tuvo lugar, como sabe todo el mundo, durante la noche del 5 al 6 de julio de 1809, en cuya ocasión fué llamado monseñor Myriel por Napoleón, al sínodo de los obispos de Francia é Italia convocado en París. Este sínodo se celebró en Nuestra Señora, y tuvo la primera sesión el 15 de junio de 1811, bajo la presidencia del cardenal Fesch. Monseñor Myriel fué uno de los noventa y cinco obispos que acudieron; pero asintió solamente á una sesión y á tres ó cuatro conferencias particulares. Obispo de una diócesis montañesa, viviendo tan cerca de la naturaleza, en la rusticidad y la desnudez, parecía como que aportase, en medio de aquellos personajes eminentes, ideas capaces de cambiar el temperamento de la asamblea. Volvióse, por lo tanto luego á D*** donde, habiéndole interrogado acerca de su precipitado regreso, respondió:
--Mi presencia les molestaba. El aire de fuera les entraba conmigo, haciéndoles el efecto de una puerta abierta.
Otra vez contestó:
--¿Qué queréis? Aquellas eminencias eran todos príncipes, y yo no pasaba de ser un pobre obispo plebeyo.
Lo cierto es que les había disgustado. Entre otras cosas extrañas, habíasele escapado decir cierta noche, en casa de uno de sus colegas más calificados:
--¡Los magníficos relojes, los ricos tapices, las brillantes libreas, todo ello debe ser altamente incómodo! ¡Oh! Yo no querría tener toda esa superfluidad, molestándome de continuo los oídos con su murmullo: ¡Hay gentes que padecen hambre! ¡las hay que tienen frío! ¡Hay pobres! ¡hay pobres!
Digamos de pasada, que no sería un odio inteligente el odio contra el lujo, puesto que implicaría el odio contra las artes. Sin embargo, en casa de las gentes de Iglesia, salvo la representación y las ceremonias, el lujo es un error. Parece revelar costumbres poco caritativas. Un cura opulento es un contrasentido. El cura debe hallarse cerca de los pobres. ¿Y puede uno estar tocando sin cesar noche y día todas las necesidades, todos los infortunios y todas las miserias, sin llevar sobre sí algo de esa santa nobleza, como polvo de su trabajo? ¿Puede nadie imaginarse un hombre al lado de un brasero sin sentir calor? ¿Concíbese un obrero que trabaje constantemente en un horno, sin tener un cabello quemado, ni una uña ennegrecida, ni una gota de sudor, ni un grano de ceniza en la cara? La primera prueba de caridad en la casa del cura, en la del obispo sobre todo, es la pobreza.
Esto era sin duda lo que pensaba el señor obispo de D***.
No debe creerse, sin embargo, que participase sobre ciertos puntos delicados, de lo que llamaríamos «ideas del siglo». Enredábase poco en querellas teológicas de momento, y absteníase de las cuestiones de compromiso para la Iglesia ó el Estado; pero si se le hubiese instado mucho, creemos que antes se hubiera inclinado á los ultramontanos que á los galicanos. Como estamos haciendo un retrato y no queremos, por lo tanto, ocultar nada, nos vemos obligados á consignar que miró con frialdad la decadencia de Napoleón. Desde 1813 se adhirió ó aplaudió todas las manifestaciones hostiles, excusándose de ir á ver al emperador á su paso de vuelta de la isla de Elba, y absteniéndose de ordenar en su diócesis las rogativas públicas durante los cien días.
Además de su hermana la señorita Batistina, tenía dos hermanos; general el uno y prefecto el otro, á los que escribía con alguna frecuencia. Tuvo con el primero, durante algún tiempo, cierta tirantez de relaciones, porque estando éste encargado, en Provenza, de una comandancia, á la época del desembarque de Cannes, púsose el general á la cabeza de mil doscientos hombres, persiguiendo al emperador como si hubiese querido dejar que se escapara. Su correspondencia resulta mucho más afectuosa con relación al otro hermano, el antiguo prefecto, bello y digno sujeto, que vivía retirado en París, en la calle de Cassette.
Monseñor Bienvenido tuvo, pues, como muchos, su hora de espíritu de partido, su hora de amargura, su nube. La sombra de las pasiones de momento, obscureció también aquel dulce y grande espíritu ocupado en asuntos eternos. Y en verdad, que semejante hombre hubiera merecido no tener opiniones políticas. Es preciso no interpretar mal nuestro pensamiento, confundiendo lo que se llama vulgarmente «opiniones políticas» con la grande aspiración al progreso, con la sublime fe patriótica, democrática y humana que en nuestros tiempos debe ser el único sentimiento profundo de todas las inteligencias generosas. Sin profundizar cuestiones que no tocan sino indirectamente el asunto de este libro, diremos simplemente así: Hubiera sido mejor que monseñor Bienvenido no hubiese sido realista, y que su vista no se hubiese separado un punto de aquella contemplación serena, de la cual irradian distintamente, sobre todas las ficciones y todos los odios terrenales, sobre todos los vaivenes de los vientos mundanos, las tres luces purísimas de: la Verdad, la Justicia y la Caridad.
Á pesar de convenir en que no era para funciones políticas por lo que había creado Dios á monseñor Bienvenido, hubiéramos comprendido y admirado su protesta en nombre del derecho y de la libertad, su oposición enérgica, su resistencia peligrosa y justa á Napoleón omnipotente. Pero lo que nos place ver frente á frente de los poderosos, nos desagrada con relación á los caídos. Nos gusta el combate mientras dura el peligro; y solamente creemos con derecho á los combatientes de primera hora, de ser los exterminadores en la última. Quien no ha sido constante acusador durante la prosperidad, debe guardar silencio ante la desgracia. El denunciador del éxito es el solo y legítimo juez de la caída. Por nuestra parte, cuando interviene la Providencia y hiere, la dejamos hacer. 1812 empieza á desarmarnos. En 1813 la torpe ruptura del silencio de aquel cuerpo legislativo taciturno, envalentonado por las catástrofes, no era merecedor más que de la indignación, siendo, por lo tanto, aplaudirle un error; en 1814, ante aquellos generales traidores; ante aquel Senado, pasando de uno en otro fango: insultando, después de haber divinizado; ante aquella idolatría, abandonando y escupiendo al ídolo, era indispensable volver la cabeza; en 1815, como los supremos desastres estaban en el aire, como la Francia sentía el estremecimiento de un siniestro próximo, como se podía ya distinguir vagamente Waterloo, abierto ante Napoleón, la dolorosa aclamación del pueblo y el ejército al condenado del destino, nada tenía de risible, y salvando al déspota, un corazón como el del obispo de D*** no podía desconocer cuánto había de augusto y tierno al borde del abismo, en el estrecho abrazo de una gran nación y un grande hombre.
Después de esto, era y fué siempre el obispo, justo en todo; verdadero, equitativo, virtuoso, inteligente, humilde y digno; benéfico y benévolo, lo cual viene á ser otra beneficencia. Era sacerdote, sabio y hombre. Pero, debemos consignarlo, dentro la misma opinión política que acabamos de reprocharle, y que estamos dispuestos á juzgar casi severamente, era él fácil y tolerante, más puede ser, que nosotros mismos. El portero de aquel municipio había sido colocado en su puesto por el Emperador. Era un viejo ex sargento de la antigua guardia, que había hecho la campaña de Austerlitz, más bonapartista que las mismas águilas. Escapábansele á cada paso, á este pobre diablo, exclamaciones poco reflexivas, que la ley de entonces calificaba de dichos sediciosos. Desde que el perfil imperial había desaparecido de la Legión de honor, no se vistió jamás conforme á ordenanza, por no verse, decía, obligado á llevar su cruz. Había arrancado por su mano, con toda veneración la efigie imperial de la cruz que Napoleón le había dado; lo cual había dejado en la condecoración un hueco que no había querido llenar con nada. ¡Antes morir, decía él, que llevar sobre mi corazón los tres sapos! Reíase en voz alta de Luis XVIII. ¡Viejo gotoso con botines de inglés! decía; que se vaya á Prusia con su salsifi: satisfecho de juntar en una misma imprecación las dos cosas que más detestaba, la Prusia y la Inglaterra. En fin, tanto hizo, que acabó por perder el empleo. Al verle sin pan en medio de la calle y rodeado de su mujer é hijos, llamóle el obispo, le riñó dulcemente, y acabó por nombrarle guardián de la catedral.
En nueve años, á fuerza de buenas acciones, de sencillas y suaves maneras, monseñor Bienvenido se había conquistado en toda la ciudad de D***, una especie de veneración tierna y filial. Su misma conducta con Napoleón había sido aceptada, y, como tácitamente perdonada por el pueblo, rebaño bueno y débil que, si bien adoraba á su emperador, amaba igualmente á su obispo.
XII =Aislamiento de monseñor Bienvenido=
Existe, casi siempre, en torno de un obispo, un ejército de curitas, lo mismo que al rededor de un general la correspondiente bandada de subalternos. Son éstos á los que el seráfico San Francisco de Sales llama, no se dónde, «curas boquirrubios». Toda carrera tiene sus aspirantes, cortesanos de los que han llegado á su fin. No hay poder que no tenga su círculo, ni fortuna que no alimente su corte. Los buscadores del porvenir caracoleando en torno del espléndido presente. Toda metrópoli cuenta con su estado mayor. Cualquier obispo algo influyente se ve cercado de continuo por su patrulla de querubines seminaristas, que hacen la ronda y mantienen el orden en el palacio episcopal, montando la guardia junto á las sonrisas de Su Ilustrísima. Caer en gracia del obispo, es tener el pie en el estribo de un subdiaconato. Es preciso recorrer el camino, que el apostolado no ha de despreciar las canonjías.
Así como tiene la grandeza civil, sus grandes caballeros cubiertos, tiene también la Iglesia sus grandes mitras. Éstas las llevan los obispos encopetados, ricos, prebendados, hábiles, admitidos en el gran mundo, que saben orar sin duda, pero que saben igualmente solicitar; poco escrupulosos en hacer que haga antesala á su persona toda una diócesis, punto medio entre la sacristía y la diplomacia, antes clérigos que sacerdotes, prelados antes que obispos. ¡Dichoso el que á ellos llega! Influyentes como son, hacen que lluevan á su alrededor, sobre solicitantes, y favoritos muy especialmente, y sobre toda aquella juventud que sabe agradarles, las buenas parroquias, las prebendas, los arcedianatos, las capellanías, y canonjías, como espera de las dignidades episcopales. Á medida que ellos avanzan, adelantan también sus satélites; son todo un sistema solar en acción. Sus irradiaciones empurpuran su séquito. Su prosperidad se desmigaja al volver de la esquina en muchas pequeñas promociones. Á mayor diócesis para el prelado, mejor canonjía para el favorito. Y luego, allí está Roma. Un obispo que sabe alcanzar un arzobispado; un arzobispo que llegue á cardenal, se os lleva de conclavista; ya estáis en la Rota; ya tenéis pallium, y cataos auditor, camarero y monseñor. Luego, de la grandeza á la eminencia no hay más que un paso, y entre la eminencia y la santidad, no media sino el humo de un escrutinio. Cualquier solideo puede aspirar á la tiara. Es el sacerdote, en nuestros días, el único hombre que puede llegar á rey regularmente; ¡y qué rey! ¡el rey supremo! Así se explica el gran semillero de aspirantes de seminario. ¡Cuántos niños de coro radiantes! ¡Cuántos jóvenes presbíteros, llevando en la cabeza el cántaro de la Lechera! ¡Como la ambición se llama alegremente devoción! ¿quién sabe? de buena fe tal vez, y ella misma se engaña, por gorrona ó beata.
Monseñor Bienvenido, humilde, pobre y singular, no entraba en el número de las grandes mitras. Estaba demostrado claramente por la completa ausencia de jóvenes presbíteros que se notaba á su alrededor. Ya hemos visto que en París «no había cuajado». Ni un porvenir siquiera se acordaba de apoyarse en aquel anciano solitario. Ni una sola ambición en flor esperaba fructificar á su sombra. Sus canónigos y vicarios generales, eran ancianos bonachones como él, como él también un tanto silvestres, y encerrados como él en aquella diócesis sin salida al cardenalato; los cuales se parecían mucho á su obispo, con la sola diferencia de que ellos estaban acabados y él estaba completo. Veíase tan clara la imposibilidad de medrar junto á monseñor Bienvenido, que apenas salidos del seminario, los jóvenes ordenados por él, se hacían recomendar á los arzobispos de Aix ó de Auch, marchándose enseguida. Porque, en fin, lo repetimos, todo el mundo gusta de ascender. Un santo que viva en un exceso de abnegación, es un vecino peligroso; pues que podría comunicaros fácilmente por contagio, la pobreza incurable, la enquilosis de las articulaciones indispensables al medro y, en fin, mayor cantidad de desprendimiento del que quisiérais; y el hombre se aparta naturalmente, de esta virtud leprosa. De ahí el aislamiento de monseñor Bienvenido. Vivimos en una sociedad de sombras. Medrar, he aquí la enseñanza que mana, desplomada gota á gota, de la corrupción.
Digámoslo de pasada, el éxito es horroroso. Su falso parecido, al verdadero mérito, engaña al hombre. Para las muchedumbres, el medro tiene casi el mismo perfil de la supremacía. El éxito, ese falso sinónimo del talento, tiene una víctima, la historia. Solamente lo señalan Juvenal y Tácito. En nuestros días, una filosofía casi oficial, ha entrado de sirvienta en su casa, viste la librea del éxito, y presta servicio en su antesala. Medrar: esta es la teoría. Prosperidad: ahí está la capacidad. Os cae la lotería; he aquí un hombre hábil. Quien triunfa es venerado. ¡Nacer vestido! esto es todo. Tened suerte, el resto ya se viene; sed dichoso, y se os creerá grande. Salvo cinco ó seis excepciones inmensas, que son el esplendor de un siglo, la admiración contemporánea no es mas que miopía. El oropel es oro. Ser un advenedizo cualquiera, nada importa; el que llega primero es siempre el agraciado. El vulgo, es un Narciso viejo que se adora á sí mismo, aplaudiendo las vulgaridades. La enorme facultad, por la cual el hombre es un Moisés, un Esquilo, un Dante, un Miguel Ángel ó un Napoleón, la multitud la concede enseguida, y por aclamación, á quien llega á su objetivo, sea en lo que fuere. Que un escribano se convierta en diputado; que un falso Corneille escriba un Tiridates; que un eunuco entre en posesión de un harem; que un Prudhomme militar, gane por casualidad la batalla decisiva de una época; que un boticario invente las suelas de cartón para el ejército de Sambre et Meuse, y se gane con el cartón vendido por suela, una renta de cuatrocientas mil libras; que un buhonero se case con la usura, y le produzca ella por hijos siete ú ocho millones de francos; que un predicador llegue á obispo por gangosear; que el procurador de una gran casa se haga rico, y se le convierta en ministro de Hacienda... los hombres le llaman á todo eso Genio, de igual manera que llaman Beldad al retrato de Mousquetón, y Majestad á la estampa de Claudio. Confundieron las constelaciones del abismo con las estrellas que imprimen sobre el fango de un pantano las patas de los gansos.
XIII =Sus creencias=
Bajo el punto de vista ortodoxo, no tenemos porqué sondear al señor obispo de D***. Frente á frente de un alma semejante, no sentimos casi más que respeto. La conciencia del justo debe ser creída bajo su palabra. Por otra parte, dadas ciertas naturalezas, admitimos el posible desarrollo de todas las bellezas de la virtud humana, dentro creencias distintas de la nuestra.
¿Qué opinaba él de este dogma ó de aquel misterio? Estos son secretos del fuero interno, no conocidos más que de la tumba, en la que las almas entran desnudas. De lo que estamos ciertos es, de que jamás las dificultades de la fe eran resueltas por él con hipocresía. El diamante no puede corromperse. Creía todo lo que podía. Credo in Patrem, exclamaba frecuentemente. Poniendo además en las buenas obras toda la cantidad de satisfacción bastante á satisfacer la conciencia, que dice por lo bajo: Estás con Dios.
Lo que creemos deber apuntar, es que fuera, por así decirlo, y aún más allá de su fe, poseía el obispo un tesoro de amor. Por lo cual quia multum amavit, sería que le juzgaban vulnerable los «hombres serios», las «personas graves» y las «gentes razonables»; locuciones favoritas de nuestro miserable mundo, en el cual el egoísmo recibe el santo y seña de la pedantería. ¿En qué consistía aquel exceso de amor? En una benevolencia serena, superior á los hombres, como ya hemos indicado antes, que se extendía en casos especiales hasta las cosas. Vivía sin desdén. Era indulgente con todo lo creado por Dios. Todo hombre, incluso el mejor, posee cierta dureza irreflexiva que se la reserva para el animal. El obispo de D*** carecía por completo de semejante dureza, muy común, sin embargo, en los sacerdotes. Sin llegar de mucho hasta el brahmismo, parecía haber meditado estas palabras del Eclesiastés: «¿Sabes á dónde va el alma de los animales?». La fealdad del aspecto, las deformidades del instinto, no le turbaban ni le indignaban jamás, muy al contrario, conmovíanle siempre cuando no le enternecían. Parecía que, pensativo siempre, procuraba buscar, más allá de la vida aparente, la causa, la explicación, la escusa. Parecía estar pidiendo á Dios á cada paso por las conmutaciones. Examinaba su cólera y con el ojo del lingüista que descifra un palimsesto, la cantidad de caos que reside aún en la naturaleza. Semejantes meditaciones arrancábanle á veces palabras extrañas. Una mañana, estando en su jardín, y creyéndose solo, pero seguido de cerca por su hermana, sin que él lo notara, paróse de súbito, mirando fijamente algo del suelo; era una grande araña, negra, velluda, horrible. Su hermana oyó que dijo:
--¡Pobre animal! esto no es culpa suya.
¿Por qué no hemos de consignar estas niñerías, casi divinas de su bondad? Puerilidades, tal vez, pero puerilidades sublimes fueron, como ellas, las de san Francisco de Asís y de Marco Aurelio. Cierto día sufrió una torcedura por no haber querido pisar una hormiga.
De esta manera vivía aquel hombre justo. Algunas veces se quedaba dormido en su jardín, y entonces aparecía verdaderamente venerable.
Monseñor Bienvenido había sido anteriormente, á creer lo que se decía sobre su juventud y su misma virilidad, un hombre apasionado, y tal vez violento. Su mansedumbre universal era menos que un instinto de la naturaleza, el resultado de grandes convicciones filtradas en su corazón al través de la vida, lentamente penetradas en él, pensamiento por pensamiento; porque así un carácter como una roca pueden ser agujereados por la gota de agua. Semejantes huecos son indelebles; tales labores son indestructibles.
En 1815, creemos haberlo dicho ya, contaba nuestro obispo setenta y cinco años, pero sin aparentar más de sesenta. No era alto; aunque algo grueso, procuraba combatir esta tendencia física, dando largos paseos á pie: su paso era firme, y su cuerpo ligeramente encorvado, detalle del que no pretendemos sacar consecuencia alguna. Gregorio XVI, á los ochenta años, andaba tieso y sonriente, lo cual no impedía que fuése un mal obispo. Monseñor Bienvenido tenía lo que se llama vulgarmente «una cabeza hermosa», pero se hacía querer tanto, que era su belleza lo de menos.
Su conversación estaba impregnada de aquella alegría y candidez infantil que constituía su gracia principal, de que ya hemos hablado, por la que se sentía uno como atraído por él, pareciendo que de toda su persona brotaba alegría. Su tez era fresca y sonrosada, todos sus dientes blancos y bien conservados, y que su sonrisa ponía de manifiesto, le daban ese aspecto abierto y simpático que hace exclamar de un hombre: ¡es un buen muchacho! ó de un anciano: ¡Es un buen hombre! Este fué, si no recordamos mal, el efecto que había hecho á Napoleón. La primera impresión para aquel que le veía por primera vez, no era otra, efectivamente, que la de un buen hombre. Pero después de pasar algunas horas junto á él y por poco que se le viera pensativo, íbase el buen hombre transfigurando poco á poco, adquiriendo cierto imponente no sé qué; su frente ancha y serena, augusta por su aureola de cabellos blancos, lo era igualmente por la meditación; la majestad se desprendía de aquella bondad, sin que la bondad dejara de irradiar por ello; producía el contemplarle una emoción especial como la que debiera causar la vista de un ángel sonriente, que desplegara sus alas sin dejar su sonrisa. El respeto, respeto inexplicable, que inspiraba, iba penetrando gradualmente hasta el corazón, y sentíase uno como absorbido por aquella alma fuerte, experimentada é indulgente, en la cual el pensamiento era tan elevado, que no podía manar sino dulzura.
Como se ha visto, la oración, la celebración de los oficios divinos, la limosna, el consuelo á los afligidos, el cultivo de un pedazo de tierra, la fraternidad, la frugalidad, la hospitalidad, el desprendimiento, la confianza, el estudio y el trabajo llenaban uno á uno los días de su vida. Llenaban, ésta es la palabra, puesto que los días del obispo estaban todos llenos hasta los bordes de buenos pensamientos, buenas palabras y buenas acciones. Sin embargo, no era el día completo, si el tiempo lluvioso ó frío le privaba de pasear, luego que las dos buenas mujeres se habían retirado, una ó dos horas de la noche en su jardín antes de acostarse. Parecía ser para él como una especie de rito, el prepararse al sueño por la meditación en presencia de los grandes espectáculos nocturnos. Otras veces, en hora muy avanzada de la noche, si las dos ancianas no se habían dormido, le oían pasear lentamente las calles del jardín. Encontrábase allí solo, consigo mismo, absorbido, apacible, adorando y comparando la serenidad de su corazón á la serenidad del éter; emocionado en medio de las tinieblas por los visibles resplandores de las constelaciones y los resplandores invisibles de Dios, abriendo su alma á las imaginaciones que surgen de lo desconocido. Durante aquellos momentos, ofreciendo su corazón al mismo tiempo que las flores nocturnas ofrecen sus perfumes, ardiendo como una lámpara en medio de la estrellada noche, esparciéndose en éxtasis entre la irradiación universal de la creación, no hubiera podido tal vez él mismo decir de sí lo que pasaba por su espíritu; sintiendo que algo inexplicable que se desprendía y escapaba de él, y algo que descendía y penetraba en su interior. ¡Misteriosa reciprocidad entre los profundos abismos del alma y los abismos inmensos del universo!
Pensaba en la grandeza y la presencia de Dios; en la eternidad futura, misterio incomprensible; en la eternidad pasada, misterio menos explicable todavía; en todos los infinitos que se agrandaban ante sus ojos en todos sentidos; y sin tratar de comprender lo incomprensible, lo admiraba. No estudiaba á Dios; se deslumbraba. Consideraba los magníficos choques de los átomos que dan forma y aspecto á la materia, revelando sus fuerzas comprobándolas, creando las individualidades en la unidad, las porciones en la extensión, lo innumerable en lo infinito, y produciendo la belleza con la luz. Aquellos choques unen y desunen átomos y más átomos sin cesar; de ahí la vida y la muerte.
Sentábase sobre un banco rústico adosado á una parra decrépita, contemplando los astros al través de las mezquinas y raquíticas siluetas de los árboles frutales de su jardín. Aquella cuarta de terreno, miserablemente plantado y lleno de cobertizos y barracas, le era estimado y suficiente.
¿Qué necesitaba más aquel anciano que repartía los ocios de su existencia, bien escasos por cierto, en los trabajos de jardinero durante el día y en las contemplaciones de la noche? Aquel reducido cercado, que tenía por techo los cielos, ¿no era lo bastante para poder adorar á Dios oportunamente en sus obras sublimes? ¿No era efectivamente todo lo más que podía desear? Un jardincito para pasear, y la inmensidad para extasiarse en sus pensamientos. Á sus pies aquello que podía cultivar y recolectar; sobre su cabeza, aquello que brinda á la meditación y al estudio; algunas flores en la tierra, y todas las estrellas del cielo.
XIV =Lo que él pensaba=
La última palabra.
Como este género de detalles pudieran, sobre todo en el momento en que nos encontramos, y para servimos de una expresión de moda actualmente, dar al obispo de D*** cierto carácter «panteísta», y hacer creer, sea en contra, sea en favor suyo, que poseía una de aquellas filosofías personales, propias de nuestro siglo, que germinan á veces en los espíritus solitarios, y se forman y desarrollan hasta el punto de reemplazar las religiones, debemos insistir asegurando que ni una sola de cuantas personas conocieron á monseñor Bienvenido, se creyó jamás autorizada á suponer nada que se pareciese á ello. Lo que brillaba en aquel hombre, era su corazón. Su sabiduría era hija de la luz que éste producía.
Nada de sistemas; mucho de obras. Las consideraciones abstractas encierran vértigos: nada indica que se atreviese su espíritu en los apocalipsis. El apóstol puede ser audaz, pero el obispo debe ser tímido. Él hubiera probablemente sentido escrúpulos de sondear muy á fondo ciertos problemas reservados por algo á los grandes y extremados espíritus. Existe cierto horror sagrado bajo los pórticos del enigma; aquellas aventuras sombrías son precipicios, en los que hay algo que le dice al pasajero de la vida: «no entres». Desgraciado del que penetre.
Los genios, en las profundidades inauditas de la abstracción y de la especulación pura, colocados, por así decirlo, sobre los dogmas, proponen sus ideas á Dios. Su oración se ofrece valientemente á la discusión. Su adoración interroga. Ésta es la religión directa, llena de ansiedades y responsabilidad para quien se atreve á tentar sus escabrosidades.
La meditación humana no tiene límite. Á su riesgo y peligro analiza y escudriña su propio deslumbramiento. Casi podría decirse que por cierta reacción espléndida deslumbra ella la naturaleza; el mundo misterioso que nos circunda devuelve lo que recibe, y es muy probable que los contemplativos sean contemplados. Sea lo que fuere, sobre la tierra hay hombres,--¿son hombres éstos?--que distinguen perfectamente en el fondo de los horizontes de la contemplación las alturas de lo absoluto, y que sienten la terrible visión de la montaña infinita. Monseñor Bienvenido no tenía nada de estos hombres; monseñor Bienvenido no era un genio. Hubiera temido semejantes sublimidades, desde las cuales, algunos muy grandes por cierto, como los mismos Swedenborg y Pascal, se han precipitado en la locura. Es cierto que tan poderosas imaginaciones tienen su utilidad moral, y que por tan intrincadas sendas nos vamos acercando á la perfección ideal. Él tomaba, no obstante, el atajo que abrevia: el Evangelio.
No pretendió jamás hacer que tomara su casulla los pliegues del manto de Elías; no proyectaba un solo rayo del porvenir sobre la tenebrosa marcha de los acontecimientos, ni pretendía jamás condensar esa llama al fulgor de las cosas, pues no tenía nada de profeta ni de mago. Aquella alma humilde amaba: he aquí todo.
Que dilatase sus oraciones hasta una aspiración sobrehumana, esto es probable; pero jamás se ora demasiado como no se ama demasiado jamás; que si llegara á ser una herejía el rogar más allá de los textos, Santa Teresa y San Jerónimo serían herejes.
Él se inclinaba siempre hacia los que gemían ó expiaban. El universo se le antojaba una enfermedad inmensa; sentía en todas partes la calentura, exploraba en todas partes el sufrimiento, y sin querer adivinar el enigma, cuidaba de curar la herida.
El tremendo espectáculo de todo lo creado, desenvolvía en él toda ternura, y no se ocupaba sino en buscar por sí mismo é inspirar á los demás la mejor manera de compadecer y aliviar. Cuanto existe, era para aquel bueno y excepcional presbítero, objeto constante de tristeza que procuraba consolar.
Si existen hombres que trabajan en la extracción del oro, él trabajaba en la extracción de la piedad. La miseria universal era su mina. El dolor general era para él constante pretexto de bondades. Amaos los unos á los otros; él creía esta máxima completa; no necesitaba más, y concretaba á ella sola su doctrina. Cierto día aquel hombre, que se creía «filósofo», aquel senador, ya nombrado, dijo al obispo:
--Ved el espectáculo del mundo; es la guerra de todos contra todos; el más fuerte es el que tiene más alma. Vuestro amaos los unos á los otros, es una barbaridad.
--Bien,--dijo monseñor Bienvenido sin discutir:--si esto es una barbaridad, el alma debe encerrarse en ella como la perla en su concha.
Encerrábase pues, y vivía absolutamente satisfecho, dejando aparte las cuestiones prodigiosas que arrastran ó espantan, las insondables perspectivas de la abstracción, los precipicios de la metafísica; todas las profundidades convergentes hacia Dios para el apóstol, ó hacia la nada para el ateo: el destino, el bien y el mal, la lucha de los seres contra los seres, la conciencia del hombre, el sonambulismo meditabundo del animal, la transformación de la muerte, el resumen de las existencias que contiene la tumba, el injerto incomprensible, de amores sucesivos en el yo persistente, la esencia, la sustancia, el Nihil y el Ens, el alma, la naturaleza, la libertad y la necesidad; problemas difíciles, espesuras siniestras, ante las que se inclinan los gigantescos arcángeles del espíritu humano; formidables abismos que Lucrecio, Mami, san Pablo y Dante contemplaron con aquella fulgurante mirada que parece, al fijarse cara á cara con el infinito, que hace que surjan del mismo las estrellas.
Monseñor Bienvenido, era sencillamente un hombre que averigüaba exteriormente las proposiciones misteriosas sin escrutarlas, sin agitarlas, y sin perturbar su propio espíritu, por sentir en su alma gran respeto á la sombra.
LIBRO SEGUNDO LA CAÍDA
I =La tarde de un día de marcha=
En uno de los primeros días del mes de octubre de 1815, como cosa de una hora antes de ponerse el sol, un hombre que viajaba á pie, entraba en la pequeña ciudad de D***. Los pocos habitantes que se encontraban en aquel momento en las ventanas ó puertas de sus casas, fijábanse en el viajero con cierta inquietud. Difícil hubiera sido dar con un transeunte de aspecto más miserable. Era éste un hombre de mediana estatura, rechoncho y fuerte, en la robustez de su edad. Podía tener como unos cuarenta y seis ó cuarenta y ocho años. Un casquete con visera de cuero barnizado cubría una buena parte de sus facciones tostadas por el sol y el aire, sudando por todos sus poros. Su camisa de gruesa y amarillenta tela, sujetada al cuello por un pasador de plata, dejaba ver su velludo pecho; llevaba la corbata retorcida en cuerda; un pantalón de cutí azul, viejo y usado, blanco en una de las rodillas y roto en la otra; una blusa vieja que había sido gris, hecha jirones, remendada por uno de los codos con un pedazo de paño verde cosido con bramante: llevando á la espalda un morral de soldado, lleno y muy bien cerrado, completamente nuevo; traía en la mano un enorme y nudoso palo, y los pies sin medias, calzados en zapatos claveteados, la cabeza rapada y la barba larga.
El sudor, el calor, el viajar á pie y el polvo del camino prestaban un tinte sórdido y siniestro á aquel aspecto destrozado y roto.
Sus cabellos cortados al rape, estaban erizados en lo que cabía, puesto que empezaban ya á crecer.
Nadie le conocía. No era evidentemente más que un pasajero. ¿De dónde venía? Del Mediodía; de las orillas del mar tal vez, puesto que hacía su entrada en D*** por la misma calle que siete meses antes había presenciado la del emperador Napoleón yendo de Cannes á París. Aquel hombre debía haber andado todo el día. Parecía muy fatigado. Algunas mujeres del antiguo arrabal de la parte baja de la ciudad, le habían visto pararse bajo los árboles del boulevard Gassendi y beber en la fuente situada al extremo del paseo. Había de por fuerza tener mucha sed, porque los niños que le seguían le vieron pararse á beber nuevamente, doscientos pasos más arriba, en la fuente de la plaza-mercado.
Al llegar á la esquina de la calle Poichevert, tomó por la izquierda dirigiéndose á la Alcaldía, donde entró; volviendo á salir después de un cuarto de hora. Un gendarme estaba sentado junto á la puerta, en el mismo banco de piedra en el que el general Drouot subió el 4 de marzo, para leer á la espantada multitud de los habitantes de D***, la proclama del golfo Juan. El hombre llevó la mano á su casquete, saludando humildemente al gendarme.
El gendarme, sin contestar al saludo fijó su atención en él, siguiéndole algún tiempo con los ojos y entrando luego en la casa de la ciudad.
Existía á la sazón en D*** una buena posada llamada de La Cruz de Colbes. El dueño de la tal posada se llamaba Joaquín Labarre, muy considerado en la ciudad por su parentesco con otro Labarre, dueño en Grenoble de la posada de los Tres Delfines, el cual había servido en los batallones de Guías. Cuando el desembarco del Emperador, había dado lugar la tal posada á muchas habladurías. Decíase que el general Bertrand, vestido de carretero, había hecho allí frecuentes viajes durante el mes de enero, y que había distribuido cruces de honor á los soldados, y puñados de napoleones á los paisanos. Lo cierto es, que el Emperador, al entrar en Grenoble, había rehusado instalarse en el palacio de la perfectura, después de haber dado las gracias al alcalde, diciendo: Voy á casa de un bello sujeto á quien ya conozco: instalándose en Los tres Delfines. Aquella gloria del Labarre de Los tres Delfines se reflejaba á veinticinco leguas de distancia en el Labarre de La cruz de Colbes. Y se decía de él en la ciudad: Es primo del de Grenoble.
Dirigióse nuestro hombre hacia dicha posada, que era la mejor de la comarca. Entró en la cocina, la cual abría una de sus puertas á la calle. Todos los hornillos estaban encendidos; en la chimenea ardía alegremente una gran llama. El hostelero, que era al mismo tiempo el jefe de cocina, iba muy atareado del hogar á las cacerolas, ocupado en servir una gran comida á unos carreteros, á quienes se oía reir y hablar á grandes voces en la pieza inmediata. Cualquiera que haya viajado, sabe que nadie come á mejor precio que los carreteros. Una gran marmota acompañada de perdices blancas y de pollos silvestres, volteaban en un largo asador junto á la lumbre; en los hornillos estaban cociéndose dos grandes carpas del lago de Lauzet, y una trucha del de Alloz.
El hostelero, al oir que se abría la puerta y que entraba un nuevo huésped, dijo sin separar los ojos de sus hornillos:
--¿Qué se os ofrece?
--Comer y dormir,--dijo el hombre.
--Nada más fácil,--contestó el hostelero. En aquel momento volvió la cabeza, abarcando de una ojeada todo el conjunto del viajero, y añadió:--En pagándolo...
El hombre sacó un gran bolsón de cuero de la faltriquera de su blusa y contestó:
--Tengo dinero.
--En este caso, estoy á vuestras órdenes,--dijo el hostelero.
El hombre volvió á meter su bolsa en el bolsillo; dejó el morral en tierra junto á la puerta, quedóse con el palo en la mano y fué á sentarse junto al hogar. D*** está en las montañas y las veladas de octubre son ya frías.
Entretanto, yendo y viniendo de una parte á otra iba el posadero observando al nuevo huésped.
--¿Comeremos pronto?--preguntó el hombre.
--Enseguida,--contestó el patrón.
Mientras el recién llegado se estaba calentando vuelto de espaldas al posadero, el digno Joaquín Labarre sacó un lápiz de su faltriquera, luego rasgó un pedazo de un periódico viejo que estaba sobre una mesa junto á la ventana. Escribió en lo blanco del margen una ó dos líneas, doblólo sin cerrarlo, y mandó aquel papel por un muchacho que le servía á la vez de lacayo y marmitón, no sin decirle antes al chico unas palabras al oído. Éste salió corriendo en dirección á la Alcaldía.
EL viajero no vió nada de esto.
Volviendo á preguntar de nuevo:
--¿Comeremos pronto?
--Al momento,--repitió el hostelero.
Volvió el muchacho. Entrególe un papel que el hostelero desdobló precipitadamente como el que espera ansioso una contestación. Pareció leerlo con mucha atención, luego meneó la cabeza, y después de estar como pensativo unos instantes, se dirigió resuelto al viajero, quien parecía estar sumido en un mar de reflexiones no muy serenas.
--Señor mío,--le dijo,--no puedo recibiros.
El hombre se medio incorporó sobre su asiento.
--¡Cómo! ¿teméis que no os pague? ¿queréis que os adelante el gasto? Ya os he dicho que tengo dinero.
--Nada de esto.
--¿Entonces qué?
--Tenéis dinero...
--Sí,--dijo el hombre.
--Y yo,--dijo el hostelero,--no tengo habitación.
--Acomodadme en la cuadra,--repuso el hombre tranquilamente.
--No puedo.
--¿Por qué?
--Porque los caballos la tienen ocupada.
--No importa,--dijo el hombre,--un rincón del granero... sobre un poco de paja. Ya veremos eso luego de haber comido.
--Es que tampoco puedo daros de comer.
Esta declaración, hecha en tono comedido, pero firme, parecióle muy grave al viajero, quien levantándose dijo:
--¡Ah! ¡Bah! me estoy muriendo de hambre. He salido al despuntar el día. He andado doce leguas. Pago. Quiero comer.
--No tengo qué daros,--dijo el hostelero.
El hombre lanzó una carcajada, y señalando la chimenea y los hornillos, exclamó:
--¡Nada! ¿y todo esto?
--Es todo de encargo.
--¿Para quién?
--Para estos señores arrieros.
--¿Cuántos son?
--Doce.
--Aquí hay comida para veinte.
--Lo han encargado y pagado anticipadamente.
El hombre sonrió y dijo sin levantar la voz:--Estoy en la hostería, tengo hambre y me quedo.
El hostelero se le acercó entonces y le dijo al oído, con acento que le hizo estremecer:
--Salid de aquí.
El viajero estaba en aquel momento, encorvado; empujando unas brasas hacia el fuego con la ferrada contera de su bastón, y al volver la cabeza é ir á abrir la boca para replicar, miróle fijamente el hostelero, repitiendo en voz baja:
--Mirad, basta de palabras. ¿Queréis que os diga vuestro nombre? ¿Os llamáis Juan Valjean? ¿Queréis además que os diga lo que sois? En cuanto os he visto entrar ya me he sospechado yo algo parecido; he mandado á la alcaldía, y he aquí lo que se me ha contestado. ¿Sabéis leer?
Y así diciendo, presentaba al viajero el papel desdoblado que acababa de recorrer el trayecto que iba desde la posada á la alcaldía y desde la alcaldía á la posada. El hombre le dirigió una mirada, y el hostelero repuso, después de una pausa:
--Tengo la costumbre de ser cortés con todo el mundo. Idos enhorabuena.
El hombre bajó la cabeza, recogió el morral que había dejado en el suelo y salió.
Tomó por la calle mayor, caminando al azar, rozando las fachadas de las casas como hombre humillado y triste, sin volver la cabeza una sola vez. Si la hubiera vuelto, habría visto al hostelero de la Cruz de Colbes junto al umbral de la puerta, rodeado de todos los viajeros de la posada y de todos los transeuntes de la calle, hablando con viveza y señalándole con el dedo; y en las miradas de desconfianza y horror de aquel grupo, hubiera adivinado que antes de poco sería su llegada el acontecimiento de la ciudad.
Él nada de esto vió. Las personas agobiadas no miran nunca tras de sí. Están demasiado ciertas de que es la mala suerte quien les sigue.
Caminó en esta forma un buen espacio, andando siempre á la ventura y cruzando calles que no conocía, olvidándose de la fatiga, como acontece á las personas tristes. De súbito, se sintió vivamente aguijoneado por el hambre. La noche estaba encima, miró á su alrededor en busca de un asilo cualquiera.
La rica hostería le había cerrado sus puertas, buscaba pues una humilde taberna, cualquier miserable figón.
Precisamente vió brillar una luz al fin de la calle; una rama de pino colgada de una horquilla de hierro se destacaba sobre los blancos celajes del crepúsculo. Allá se dirigió.
Era efectivamente una taberna, la taberna de la calle de Chaffaut.
El viajero se paró un momento, miró por las vidrieras el interior de los bajos de la taberna, alumbrados por una lamparilla puesta sobre la mesa, y por un gran fuego en el hogar. Varios hombres estaban bebiendo. El tabernero se calentaba. La llama estaba haciendo hervir una marmita de hierro colgado de las llares.
Entrábase en la taberna, que tenía al mismo tiempo algo de posada, por dos puertas. La una daba á la calle y la otra á un pequeño patio lleno de basura. El viajero no se atrevió á entrar por la puerta de la calle. Deslizóse por el patio, vaciló todavía un momento; luego, levantó tímidamente el pestillo y empujó la puerta.
--¿Quién va?--preguntó el tabernero.
--Alguien que quisiera cenar y dormir.
--Está bien. Aquí se cena y se duerme.
Entró el hombre. Todos los que estaban bebiendo se volvieron. La lámpara le daba luz por una parte, el fuego por la otra. Todos le examinaron de arriba abajo, mientras se descargó de su morral.
Díjole el tabernero:
--Ahí tenéis fuego. La cena se está cociendo en la marmita. Venid y os calentareis, camarada.
Fué á sentarse el hombre junto el patrón, acercando al hogar sus pies estropeados por la fatiga; un olor agradable salía de la hirviente marmita. Todo lo que podía distinguirse de su fisonomía bajo su encasquetada gorra, tomó una vaga apariencia de bienestar, mezclado al doloroso y punzador aspecto que produce la costumbre del sufrimiento.
Era, por lo tanto, su semblante, firme, enérgico y triste. Aquella fisonomía presentaba un compuesto bastante extraño, pues comenzaba por parecer humilde y acababa por semejar severa. Su mirada brillaba bajo sus cejas, como debajo de malezas la llama.
No obstante, uno de los hombres sentados á la mesa era un pescadero que antes de entrar en la taberna de la calle de Chaffau, había ido á dejar su caballo en la cuadra de la hostería de Labarre. La casualidad había querido que aquella misma mañana se hubiese encontrado con aquel forastero de mala catadura, caminando entre Bras d'Asse y... (he olvidado el nombre: creo que sería Escoublon). Al encontrarle, el hombre que parecía ya muy fatigado, le había pedido que le permitiera subir á la grupa; á lo que el pescadero había contestado redoblando el paso. El pescadero formaba parte, media hora antes, del grupo que rodeaba á Joaquín Labarre, y asimismo había contado su desagradable encuentro de por la mañana á los viajeros de la Cruz de Colbes. Hizo á la sazón, desde su asiento, una seña imperceptible al tabernero. Éste se le acercó. Cambiáronse entre ambos algunas palabras en voz baja. El hombre estaba abismado en sus reflexiones.
El tabernero se acercó de nuevo á la chimenea, puso bruscamente su mano sobre la espalda del hombre, y le dijo:
--Vete de aquí.
El viajero volvió la cabeza y dijo dulcemente:
--¡Ah! ¿Sabéis vos?...
--Sí.
--¿Que me han despedido de otra posada?
--Como se te echa de ésta.
--¿Dónde queréis que vaya?
--Á otra parte.
El hombre tomó su palo y su morral, y se fué.
En cuanto salió, algunos muchachos que habían venido siguiéndole desde La Cruz de Colbes y que parecían esperarle, le tiraron algunas piedras. Volvió el hombre colérico, sobre sus pasos, amenazándoles con el palo; los muchachos se dispersaron como una bandada de gorriones.
Pasó por delante de la cárcel. Á la puerta pendía una cadena de hierro unida á una campana. Llamó.
Abrióse un postigo.
--Señor portero,--dijo quitándose respetuosamente la gorra,--¿queréis hacer el favor de abrirme y dejarme pasar aquí la noche?
Una voz respondió:
--Una cárcel no es una posada; haceos prender y se os abrirá.
El postigo volvió á cerrarse.
Penetró entonces en una callejuela á la que dan muchísimos jardines. Algunos no están cerrados más que por sencillas cercas, lo cual embellece la calle. En medio de aquellos jardines y cercas, vió una casita de un solo piso, cuya ventana estaba iluminada. Miró entonces por entre los cristales como había hecho antes en la taberna. Vió una grande habitación blanqueada con cal, con una cama cuyo cobertor era de indiana rameda, una cuna en un ángulo, algunas sillas de madera y una escopeta de dos cañones colgada de la pared. Una mesa servida ocupaba el centro de la estancia. Un velón de cobre alumbraba el blanco mantel de grosera tela, una jarra de estaño, brillante como de plata, y llena de vino y la humeante sopera de caldo obscuro. Estaban sentados á la mesa, un hombre de unos cuarenta años, de aspecto abierto y jovial, haciendo saltar un chiquillo sobre sus rodillas. Junto á él una mujer muy joven daba de mamar á otra criatura. El padre reía, reía el muchacho y sonreía la madre.
El forastero estuvo un momento contemplando aquel espectáculo tierno y apacible. ¿Qué pasó por él? Él sólo hubiera podido decirlo. Es muy posible que creyese que aquella alegre morada había de ser hospitalaria, y que allí donde veía tanta dicha, encontrara, tal vez, un poco de piedad.
Dió, para llamar, un ligero golpe con la mano en la vidriera.
No fué oído.
Llamó por segunda vez.
Oyó que decía la mujer: creo que han llamado.
--No,--contestó el marido.
Llamó entonces por tercera vez.
Levantóse el marido, tomó el velón y abrió la puerta.
Era un hombre de elevada estatura, mitad campesino y menestral; llevaba un gran delantal de cuero que le subía hasta su hombro izquierdo, debajo del cual guardaba, marcándose perfectamente el bulto, un martillo, un pañuelo encarnado, un frasco de pólvora y varios otros objetos retenidos por la cintura, como dentro de un bolsillo. Volvió, inmutado, la cabeza hacia atrás; su camisa, muy abierta y desabrochada, dejaba ver un cuello de toro, blanco y desnudo. Tenía las cejas muy pobladas y grandes patillas negras; los ojos á flor de frente, y el resto de la cara formando hocico; y sobre todo esto, tenía el aire inexplicable de quien se encuentra en su casa.
--Señor,--dijo el viajero,--perdonad; pero, pagando, ¿podríais darme un plato de sopa, y dejarme un rincón donde pasar la noche en este cobertizo del jardín? Decidme: ¿podéis darme, pagando, lo que os pido?
--¿Quién sois?--preguntó el amo de la casa.
El hombre contestó:
--Vengo de Puy Moyssoon. He andado todo el día; he hecho doce horas de camino. ¿Podéis, como os he dicho, pagando?...
--Yo no rehusaría,--dijo el menestral,--en dar lo que pedís, pagando. Pero, ¿porqué no habéis ido á la posada?
--No hay sitio en ella.
--¡Bah! Es imposible, no siendo hoy, como no es, día de feria, ni de mercado. ¿Habéis estado en casa Labarre?
--Sí.
--¿Y qué?
El viajero turbado contestó:
--No sé, pero no me ha recibido.
--¿Habéis estado en la taberna de... la calle de Chaffaut?
La turbación del viajero iba en aumento; entonces balbuceó:
--Tampoco han querido recibirme.
La fisonomía del menestral tomó toda la expresión de la desconfianza; y fijándose en el recién llegado de los pies á la cabeza, exclamó de súbito como extremecido:
--¿Seríais por ventura el hombre?...
Y después de dirigir otra mirada al forastero, retrocedió tres pasos, dejó el velón sobre la mesa y descolgó su escopeta de la pared.
Mientras el artesano decía: ¿seriáis por ventura el hombre?... habíase levantado la mujer, y tomando en brazos ambas criaturas, se refugiaba precipitadamente detrás de su marido, mirando al forastero horrorizada, desnudo el pecho, espantosos los ojos, murmurando por lo bajo:--Tso-maraude[1].
Todo esto tuvo lugar en menos tiempo del que es necesario para figurárselo. Después de haber examinado por algunos instantes al hombre, como se examina una víbora, el amo de la casa se acercó nuevamente á la puerta y dijo:
--Vete.
--Por favor,--repuso el hombre,--un vaso de agua.
--¡Un tiro!--exclamó el artesano.
Luego cerró violentamente la puerta y el hombre oyó como corría dos grandes cerrojos. Un momento después, cerráronse también las hojas de la ventana, oyéndose además el ruido de una barra de hierro que las afirmaba.
La noche avanzaba. El frío viento de los Alpes soplaba con furia. Á la luz del expirante día, advirtió el forastero dentro de uno de los jardines que bordean la calle una especie de barraca que le pareció hecha de pedazos de césped. Franqueó resueltamente la empalizada y se encontró en el jardín. Llegóse á la barraca; tenía ésta por puerta una estrecha abertura, bastante baja, pareciéndose á esas construcciones que los peones camineros levantan junto á las carreteras. Creyóse en efecto que era aquella la barraca de algún peón; sentía frío y hambre; estaba resignado al hambre, pero á lo menos quería aprovechar aquel abrigo contra el frío.
Semejantes barracas no acostumbran á estar habitadas por la noche. Agachóse cuanto pudo, y arrastrándose sobre el suelo logró deslizarse dentro de la barraca. Estaba caliente y tenía además un buen lecho de paja. Estuvo unos instantes echado sobre aquel lecho sin poder hacer un sólo movimiento, tal era su cansancio. Luego, como el morral entre ambas espaldas le incomodaba y podía por otra parte servirle de almohada, empezó á desatar una de las correas que le sujetaban. En aquel momento creyó oir un gruñido feroz. Levantó los ojos. La cabeza de un enorme perro de presa se dibujó en la sombra de la abertura de la barraca. Era aquella barraca una perrera.
El hombre era igualmente vigoroso y fuerte; armóse con su palo, hizo de su morral broquel, y salió de la perrera como pudo, no sin aumentar los jirones de su harapiento traje.
Salió igualmente del jardín, caminando hacia atrás, obligado para tener el perro á distancia, á recorrer al manejo del palo, que los maestros en semejante esgrima llaman el molinete.
Cuando hubo no sin trabajo, franqueado de nuevo la empalizada y volvió á encontrarse otra vez en la calle; sólo, sin cama, sin techo, sin abrigo, rechazado igualmente de aquel lecho de paja y de aquella miserable barraca, dejose caer, mejor que se sentó, sobre una piedra, y parece que no faltó transeunte que le oyó exclamar:
--¡Soy menos que un perro!
Luego se levantó de nuevo y echó á andar. Salía de la ciudad en la esperanza de encontrar algún árbol ó algún pajar del campo, que le diese abrigo.
Caminó así, por algún tiempo, siempre con la cabeza baja. Cuando se vió lejos de toda morada humana, levantó los ojos mirando á su alrededor. Se encontraba en el campo; levantábase delante de él una de estas colinas bajas, cubiertas de rastrojo, que parecen, después de la siega, cabezas rapadas.
Veía el horizonte completamente negro, no sólo por las sombras de la noche, sí que también á causa de algunas nubes muy bajas que parecían apoyarse en la misma colina, y que se elevaban llenando todo el cielo. No obstante, como iba á salir la luna y flotaba todavía en el zénit un rayo de luz crepuscular, formaban aquellas nubes en lo alto del cielo una especie de bóveda blanquecina que lanzaba sobre la tierra cierto resplandor.
La tierra resultaba, pues, más iluminada que el cielo, lo cual es de un efecto particularmente siniestro, y aquella colina de pobres y mezquinos contornos, se dibujaba vaga y blanquecina sobre el horizonte tenebroso. Todo aquel conjunto resultaba horroroso, pequeño, lúgubre y limitado. Nada se veía en el campo ni en la colina mas que un árbol deforme, que se retorcía como tembloroso á pocos pasos del viajero.
Aquel hombre se encontraba evidentemente muy lejos de poseer aquellos delicados hábitos de inteligencia y de espíritu que nos hacen sensibles á los misteriosos aspectos de las cosas; no obstante, había en aquel cielo y en aquella colina, en aquella llanura y en aquel árbol, algo tan profundamente desconsolador, que después de un instante de inmovilidad y de contemplación, el hombre aquel retrocedió, dejando el camino bruscamente. Hay momentos en que la misma naturaleza nos parece hostil.
Volvió sobre sus pasos. Las puertas de D*** estaban cerradas. D***, que sostuvo largos sitios durante las guerras religiosas, estaba todavía circuida en 1815 de antiguas murallas flanqueadas de torreones cuadrados, que han sido demolidas después. Pasando por una brecha, se encontró de nuevo en la ciudad.
Serían como las ocho de la noche. Como las calles le eran desconocidas, empezó nuevamente su paseo á la ventura.
Dió, andando así, con la prefectura, después con el seminario. Al pasar junto á la catedral, mostró á la iglesia su puño cerrado.
Existe en un ángulo de esta plaza una imprenta. Es en la que fueron impresas, por primera vez, las proclamas del emperador y de la guardia imperial al ejército, traídas de la isla de Elba y redactadas por Napoleón mismo.
Agobiado por el cansancio y sin esperar nada, acostóse sobre el banco de piedra que existía junto á la puerta de la imprenta.
Una anciana que salía en aquel momento de la iglesia, observó á aquel hombre echado en la sombra.
--¿Qué hacéis aquí, buen amigo?--le dijo.
Él contestó rudamente encolerizado:
--Ya lo veis, buena mujer, me acuesto.
La buena mujer, bien digna en efecto de tal nombre, era la señora marquesa de R.
--¿Sobre este banco?--repuso ella.
--He dormido durante diez y nueve años en colchón de madera,--dijo el hombre;--hoy le tengo de piedra.
--¿Habéis sido soldado?
--Sí, buena mujer, soldado.
--¿Por qué no vais á la hostería?
--Porque no tengo dinero.
--¡Ay!--exclamó la señora de R.,--no tengo en mi bolsa mas que cuatro sueldos.
--Dádmelos.
El hombre tomó los cuatro sueldos.
La marquesa de R. continuó:
--Con tan poco dinero no podréis encontrar alojamiento. ¿Lo habéis solicitado? Es imposible que paséis así la noche. Sentís indudablemente frío y hambre. Pudieran haberos alojado por caridad.
--Ya he llamado á todas las puertas.
--¿Y qué?
--De todas me han echado.
La «buena mujer» tocó el brazo del hombre, y señalando hacia la otra parte de la plaza una pequeña casa junto al palacio del obispo.
--¿Habéis,--repuso ella,--llamado á todas las puertas?
--Sí.
--¿Habéis llamado á aquélla?
--No.
--Llamad pues.
II =La prudencia aconseja á la Sabiduría=
Aquella noche, el señor obispo de D***, después de su paseo por la ciudad, se estuvo hasta muy tarde encerrado en su cuarto. Andaba ocupado en un gran trabajo acerca de los Deberes, el cual quedó desgraciadamente sin concluir. Consistía en extractar cuidadosamente todo cuanto los Padres y los Doctores han dicho sobre materia tan grave. Su libro estaba dividido en dos partes: primeramente trataba de los deberes de todos, y en segundo lugar, de los deberes de cada uno, según la clase á la cual pertenezca. Los deberes de todos son los grandes deberes. Éstos son cuatro. San Mateo los designa así: Deberes para con Dios (Math., VI), deberes para nosotros mismos (Math., V, 29, 30), deberes para con el prójimo (Math., VII, 12), deberes para con las criaturas (Math., VI, 20, 25). Para los demás deberes, había el obispo encontrado indicaciones y prescripciones en diversas partes: para los soberanos y los súbditos, en la Epístola á los Romanos; para los magistrados, las esposas, las madres y los jóvenes, en san Pedro; para los maridos, padres, hijos y servidores, en la Epístola á los Efesios; para los fieles, en la Epístola á los Hebreos; para las doncellas, en la Epístola á los Corintios. Estaba haciendo trabajosamente de todas estas prescripciones reunidas, un conjunto armonioso que quería presentar á las almas.
Á las ocho estaba trabajando todavía, escribiendo muy incómodamente en pequeñas cuartillas de papel, con un gran libro abierto sobre las rodillas, cuando la señora Magloria entró, según costumbre, para sacar la plata del armario que había junto á la cama. Un instante después, comprendiendo el obispo que estaba ya servida la mesa y que su hermana le estaría esperando tal vez, cerró su libro, dejó su mesa de escribir y entró en el comedor.
Era el comedor una pieza oblonga con chimenea, con una puerta en la calle, como hemos dicho, y ventana al jardín.
La señora Magloria acababa efectivamente de poner los cubiertos.
Mientras iba poniendo la mesa conversaba con la señorita Batistina.
Sobre la mesa había una lámpara; la mesa estaba junto á la chimenea, en la cual ardía una gran llama.
Puede uno figurarse fácilmente aquellas dos mujeres que habían ambas atravesado los sesenta: la señora Magloria, pequeña regordeta, vivaracha; y la señorita Batistina, dulce, delicada, pálida, un poco más alta que su hermano, con su vestido de seda marrón, color muy de moda en 1806, que ella había comprado á la sazón en París y que le duraba todavía. Por valernos de una locución vulgar, que tiene el mérito de expresar con una sola palabra una idea para la cual no basta á veces una página, la señora Magloria tenía el aire de una mujer y la señorita Batistina el de una señora. La señora Magloria llevaba gorra blanca acanalada; al cuello una crucecita de oro, única joya de mujer en aquella casa; un pañuelito blanquísimo asomaba debajo de un vestido de buriel negro de mangas anchas y cortas; un delantal de tejido de algodón á cuadros encarnados y verdes, sujetado al talle con una cinta verde, con su pitillo prendido á los hombros con alfileres; calzaba zapatos gruesos y medias amarillas, como las mujeres de Marsella.
El vestido de la señorita Batistina, cortado sobre patrones de 1806, tenía el talle corto, falda estrecha, mangas de hombreras con picos y botones. Cubría sus cabellos grises con una peluca de rizos llamada de niño. La señora Magloria tenía el aire inteligente, vivo y bueno; los dos ángulos de su boca desigualmente levantados, y el labio superior, algo más grueso que el inferior, le prestaban cierto carácter testarudo é imperioso. Tanto, que cuando monseñor se callaba, hablaba ella resueltamente, mezclando al respeto la libertad; pero desde que monseñor empezaba á hablar, trocábase aquella libertad en una obediencia pasiva muy parecida á la de la señorita Batistina, sin decir una palabra más. Ésta se limitaba sencillamente á obedecer y complacer. Ni aún de joven, había sido bonita; tenía grandes ojos azules al nivel de la frente y la nariz larga y aplastada, pero el todo de su fisonomía, toda su persona, ya lo hemos dicho al principio, respiraba inefable bondad. Siempre había sido como predestinada á la mansedumbre; pero la fe, la caridad y la esperanza, estas tres virtudes que prestan dulce calor al alma, habían elevado poco á poco aquella mansedumbre hasta la santidad. La naturaleza había hecho de ella una simple oveja; la religión la había elevado á ángel. ¡Pobre y santa mujer! ¡Dulce recuerdo desvanecido!
La señorita Batistina ha contado después tantas veces lo que tuvo lugar aquella noche en casa del obispo, que muchas personas que viven todavía, recuerdan perfectamente los menores detalles.
En el momento en que entró el señor obispo, la señora Magloria estaba hablando con alguna vivacidad. Referíase en su conversación con la señorita de cierto asunto que le era muy conocido, y del cual estaba Su Ilustrísima muy enterado. Tratábase del pestillo de la puerta de entrada.
Parece que al ir por algunas provisiones para la cena, había oído hablar de ciertas cosas, en diferentes sitios. Se trataba de un vagamundo de mala catadura; decíase que este vagamundo sospechoso acababa de llegar, que había de estar en una parte ú otra de la ciudad, y que era muy posible tuviese un mal encuentro, cualquiera de los que aquella noche se viese obligado á retirarse tarde á casa. Que la policía estaba muy mal atendida; por otra parte, gracias á que el señor Prefecto y el señor alcalde eran muy poco amigos, buscando perjudicarse mutuamente con el resultado de los acontecimientos que pudiesen sobrevenir. Y que debían, por lo tanto, las personas prudentes, cuidar por sí mismas de lo que descuidaba la policía, guardándose mucho, y teniendo buen cuidado de echar cerrojos y atrancar y cerrar bien las puertas.
La señora Magloria marcó mucho la última frase; pero el obispo que venía de su cuarto, en el que se sentía mucho el frío, se sentó delante de la chimenea y empezó á calentarse, pensando tal vez en algo muy distinto. No se fijó pues para nada en la frase que la señora Magloria acababa de pronunciar. Ésta volvió á repetirla. Entonces la señorita Batistina, queriendo complacer á la señora Magloria, sin disgustar á su hermano, se aventuró á decir tímidamente:
--Hermano mío, ¿has oído lo que dice la señora Magloria?
--He oído vagamente algo,--respondió el obispo.
Luego, dando media vuelta á la silla, puestas ambas manos sobre sus rodillas, y elevando hacia su antigua servidora la mirada con aire cordial y sencillamente risueño, é iluminado desde abajo por la llama del hogar:
--Veamos. ¿Qué hay? ¿Qué sucede? ¿Nos amenaza algún peligro grave?
Entonces la señora Magloria volvió á repetir la historia exagerándola algún tanto, sin duda. Parece, según dijo, que un gitano, un descamisado, una especie de mendigo peligroso, se encontraba á la sazón en la ciudad. En vano había pretendido alojarse en casa de Juoaquín Labarre, quien no había querido recibirle. Se le había visto después por el boulevard Gassendi, y vagar por varias calles al anochecer. Un hombre de morral y garrote, de horrible catadura.
--¿De veras?--exclamó el obispo.
Esta condescendencia en interrogarla alentó á la señora Magloria pues ello parecía indicarle que el obispo no andaba muy lejos de alarmarse; prosiguió entonces en ademán triunfante:
--Sí, monseñor. Como os lo digo. Esta noche va á pasar alguna desgracia en la ciudad. Todo el mundo lo dice. Además como la policía está tan descuidada (repetición útil). ¡Vivir en un país montañoso como éste, y no tener de noche faroles en las calles! Sale uno. ¿Dónde está la seguridad? Y decía yo, monseñor, y la señorita decía igualmente...
--Yo,--interrumpió la hermana,--yo no digo nada. Lo que haga mi hermano es lo bien hecho.
La señora Magloria prosiguió como si no hubiese oído la protesta:
--Decíamos nosotras, que no es esta casa muy segura; que si lo permite monseñor, iré yo misma á decir á Paulino Musebois, el cerrajero, que venga á poner de nuevo los antiguos cerrojos á la puerta, que están ahí; es obra de un instante; repito que es preciso reponer los cerrojos aunque no sea más que por esta noche; porque, digo yo, que una puerta que puede abrirse desde fuera, con sólo levantar el pestillo, el primer recién llegado, es muy de temer; y con la costumbre que tiene monseñor de decir siempre: entrad, y que luego, como á media noche. ¡Dios mío! no hay necesidad de pedir permiso...
En aquel momento llamaron á la puerta dando un golpe violento.
--Adelante,--dijo el obispo.
III =Heroísmo de la obediencia pasiva=
La puerta se abrió.
Abrióse vivamente, por completo como si alguien la hubiese empujado con resolución y energía.
Entró un hombre.
Á este hombre lo conocemos ya. Era el viajero á quien hemos visto andar en busca de un asilo.
Entró, dió un paso y se quedó parado, dejando tras sí la puerta abierta. Llevaba su morral á la espalda, el garrote en la mano; su expresión era ruda, atrevida, fatigada y violenta la mirada. El fuego de la chimenea le alumbraba. Estaba horrible. Era una siniestra aparición.
La señora Magloria no tuvo siquiera la fuerza necesaria para dar un grito. Estremecióse, quedando inmóvil.
La señorita Batistina volvió la cabeza, vió al hombre que entraba, y se levantó medio espantada: después, volviendo poco á poco la cabeza hacia la chimenea, levantó los ojos mirando á su hermano, tomando entonces su fisonomía el aspecto de profunda calma y severidad.
El obispo fijó en el hombre su mirada tranquila.
Al abrir la boca para preguntar sin duda al recién llegado qué se le ofrecía, éste, apoyando ambas manos sobre su garrote, dirigió una mirada alternativa al anciano y á las dos mujeres, y sin atender á que el obispo hablase, dijo en voz alta y ruda:
--Heme aquí. Me llamo Juan Valjean. Soy un presidiario. He pasado en presidio diez y nueve años. Estoy libre desde hace cuatro días y me dirijo á Pontarlier, donde voy destinado. Cuatro días que camino desde Tolón acá. Hoy he hecho doce leguas á pie. Esta tarde al llegar á la población, he estado en una posada de la cual he sido echado á causa de mi pasaporte amarillo, que había ya presentado á la Alcaldía, como era mi deber. He ido á otra posada. Se me ha dicho: ¡Vete! En una y otra parte me han repetido lo mismo. Nadie quiere recibirme. He ido á la cárcel, el portero no me ha querido abrir. Me he metido en la barraca de un perro, y el perro me ha mordido y me ha echado, como si fuera un hombre. Hubiérase dicho que sabía quién yo era. He salido al campo para dormirme á la luz de las estrellas; no hay estrellas esta noche. Temiendo que iba á llover y que no hubiese un buen Dios que impidiera la lluvia, he vuelto á entrar en la ciudad, para buscar el hueco de una puerta. Allá, en la plaza, íbame á echar sobre una piedra; una buena mujer me ha enseñado esta casa y me ha dicho: Llamad ahí. He llamado. ¿Qué casa es ésta? ¿una posada? Tengo dinero; el de mis alcances. Ciento nueve francos y quince sueldos, que he ganado en presidio con mi trabajo de diez y nueve años. Yo pagaré, no importa, tengo dinero. Estoy rendido, doce leguas á pie, tengo hambre. ¿Queréis que me quede?
--Señora Magloria,--dijo el obispo,--poned en la mesa otro cubierto.
El hombre dió tres pasos, y se acercó á la lámpara que estaba en la mesa.
--Mirad,--repuso,--como si no hubiese comprendido bien, esto no es esto. ¿Me habéis entendido? Soy un presidiario. Un forzado. Vengo de presidio: Y sacando de su bolsillo un gran pliego de papel amarillo, que desdobló--ved, dijo, mi pasaporte. Amarillo, como estáis viendo. Sirve para que se me eche de todas partes. ¿Queréis leer? ¿Yo sé leer también; he aprendido en presidio. Hay allí una escuela para los que quieren. Mirad, ved lo que han escrito en mi pasaporte: «Juan Valjean, presidiario cumplido, natural de...». Esto os es indiferente. «Ha estado diez y nueve años en presidio. Cinco años por robo con fractura. Catorce años por haber intentado evadirse cuatro veces distintas. Es hombre muy peligroso». ¡Ya lo sabéis! Todo el mundo me echa. ¿Queréis vos recibirme? ¿Es esto una posada? ¿Queréis darme cena y cama? ¿Tenéis caballerizas?
--Señora Magloria,--dijo el obispo,--poned sábanas limpias en la cama de la alcoba.
Hemos ya explicado qué clase de obediencia era la de aquellas dos mujeres.
La señora Magloria salió para cumplir lo que se le había mandado.
El obispo se volvió hacia el hombre:
--Amigo mío, sentaos y calentaos. Dentro un momento vamos á cenar, y se os arreglará la cama mientras...
El hombre acabó por comprender. La expresión de su rostro, sombría y dura hasta entonces, impregnóse de estupefacción, de duda, de alegría, de asombro, tartamudeando como un loco:
¿Es verdad que me recibís? ¡no esquiváis á un presidiario! ¡me llamáis amigo! y ¿no me tuteáis? y no me echáis diciendo: ¡Vete, perro! como me dice todo el mundo. Yo creía que no me recibiríais. Por esto os he dicho enseguida quién soy. ¡Oh! ¡qué buena mujer la que me ha dirigido aquí! ¡Voy á cenar! ¡á dormir en cama con sábanas y colchón! ¡como todo el mundo! ¡una cama! ¡hace diez y nueve años que no he descansado en ella! ¿queréis de veras que no me vaya? ¡Oh! ¡qué buenos sois! Por lo demás, ¡tengo dinero! Pagaré bien. Permitidme, señor posadero, ¿cómo os llamáis? Pagaré todo lo que queráis. Sois un gran hombre. ¿Sois posadero, no es verdad?
--Soy,--dijo el obispo,--un cura que vive aquí.
--¡Un cura!--repuso el hombre.--¡Oh! ¡un gran cura! ¿Entonces no me pediréis dinero? ¿El párroco, no es verdad? ¿El párroco de esta gran iglesia? ¡Y es verdad! ¡qué torpe! no me había fijado en vuestro solideo.
Así hablando, había dejado su palo y su morral en un rincón, había vuelto á meterse su pasaporte en el bolsillo, y se había sentado. La señorita Batistina le contemplaba con cierta dulzura. Él prosiguió:
--Sois muy humano, señor cura; vos no despreciáis. ¡Qué bueno es un buen cura! ¿Entonces, no tenéis necesidad de que yo os pague?
--No,--dijo el obispo.--guardaos vuestro dinero. ¿Cuánto tenéis? Creo que me habéis dicho ciento nueve francos?
--Y quince sueldos,--añadió el hombre.
--Ciento nueve francos y quince sueldoos. ¿Y cuánto tiempo habéis empleado para ganar eso?
--Diez y nueve años.
--¡Diez y nueve años!
El obispo suspiró profundamente.
El hombre prosiguió:--Conservo aún todo mi dinero. En cuatro días no he gastado sino veinte y cinco sueldos, que me gané ayudando á descargar unos carros en Grasse. Y ya que sois sacerdote, voy á deciros, que en el presidio teníamos un limosnero. Y luego, un día vi un obispo, un monseñor, como allí le llaman. Era el obispo de la Mayor de Marsella. Es el cura que manda á los curas, ¿entendéis? Dispensad si me equivoco; ¡pero yo entiendo tan poco de eso! ¡Ya os haréis cargo! Aquel obispo dijo su misa en medio del patio, en un altar, llevaba una cosa puntiaguda, de oro, en la cabeza. Al sol del medio día brillaba aquello. Nosotros estábamos colocados en tres filas á los dos lados y al centro, teniendo los cañones con las mechas caladas frente de nosotros. No le veíamos muy bien. Habló, pero como lo hizo desde el fondo, no le entendimos. Ya sabéis lo que es un obispo.
Mientras hablaba el hombre, el obispo se levantó y entornó la puerta que había quedado abierta del todo.
La señora Magloria reapareció. Traía un cubierto que dejó sobre la mesa.
--Señora Magloria,--dijo el obispo,--colocad este cubierto lo más cerca posible del fuego.--Y volviéndose á su huésped:--El aire de la noche es muy crudo en los Alpes. Y vos, señor mío, tendréis necesidad de calentaros.--Cada vez que el obispo decía la palabra señor, con su acento dulcemente grave y familiar, la fisonomía del hombre se iluminaba. Señor á un presidiario, esto es dar un vaso de agua á un náufrago de la Medusa. La ignomia está sedienta de consideraciones.
--He aquí,--dijo el obispo,--una lámpara que no alumbra apenas.
La señora Magloria entendió enseguida, y fué á buscar, sobre la chimenea del cuarto de monseñor, los dos candeleros de plata, que encendió y puso sobre la mesa.
--Señor cura,--dijo el hombre,--sois muy bueno; no me despreciáis. Me recibís en vuestra casa. Encendéis estos cirios para mí. Y eso que no os he ocultado de donde vengo y que yo soy un hombre despreciable.
El obispo, sentado junto á él, golpeó suavemente su mano.--Podíais no haberme dicho quien vos erais. Esta no es mi casa, es la casa de Jesucristo. Aquella puerta no pregunta jamás al que entra por su nombre, pero sí, si tiene alguna pena. Vos sufrís; vos tenéis hambre y sed; sed bienvenido. No me debéis gracias, ni digáis que os recibo en mi casa. Esta casa no es de nadie, sino del que necesita asilo. Yo os digo, caminante; estáis en vuestra casa estando aquí, mejor que yo mismo. Todo lo que hay aquí os pertenece. ¿Qué necesidad tengo de saber vuestro nombre? Y luego que, sin que vos me lo dijeseis, tenéis uno que ya me lo sabía yo.
El hombre abrió los ojos admirado.
--¿De veras? ¿Sabéis cómo me llamo?
--Sí,--respondió el obispo,--os llamáis mi hermano.
--¡Caramba, señor cura!--exclamó el hombre,--tenía mucha hambre al entrar aquí; pero sois tan bueno, que ya no sé ahora lo que tengo. Creo que se me ha pasado.
El obispo le miró de nuevo y dijo:
--¿Habéis sufrido mucho?
--¡Oh! la chaqueta roja, el grillete al pie, una tarima para dormir, el calor, el frío, el trabajo, la chusma, los palos, la doble cadena por cualquier cosa, el calabozo por una palabra, ¡y siempre la cadena aun en la misma cama estando enfermo! ¡Los perros, los perros son mucho más felices! ¡Diez y nueve años! tengo cuarenta y seis. Y además pasaporte amarillo. Ya lo veis.
--Sí;--repuso el obispo,--salís de un lugar de tristezas. Oídme: existe más gloria en el cielo por las lágrimas de un pecador, que por la blanca túnica de cien justos. Si habéis dejado aquel lugar de pena y de dolor, con propósitos de odio y de cólera contra los hombres, sois digno de compasión; si habéis salido de él con intenciones benévolas, de dulzura y de paz, valéis más que cualquiera de nosotros.
Entretanto, la señora Magloria había servido la cena; una sopa hecha de agua, aceite, pan y sal; un poco de tocino, un pedazo de carnero, higos, queso tierno y un gran pan de centeno. Habiéndose añadido á la comida ordinaria del obispo, una botella de vino de Mauves.
La fisonomía del obispo tomó de pronto esa expresión de alegría propia de las naturalezas hospitalarias.--¡Á la mesa!--exclamó con viveza! Como tenía por costumbre siempre que algún forastero cenaba con él, hizo sentar al hombre á su derecha. La señorita Batistina, perfectamente apacible y natural, colocóse á su izquierda.
El obispo bendijo la mesa, y luego sirvió por sí mismo la sopa, conforme su costumbre. El hombre empezó á comer con avidez.
[Ilustración: El obispo bendijo la mesa, y luego sirvió por sí mismo la sopa]
De pronto dijo el obispo:--Me parece que falta algo en la mesa.
La señora Magloria no había puesto en la mesa más que los tres cubiertos absolutamente indispensables. Según costumbre de la casa, siempre que tenía el señor obispo algún convidado, se colocaban sobre el mantel los seis cubiertos de plata; inocente vanidad. Esta chocante apariencia de lujo, venía á ser una especie de gozo infantil, verdaderamente encantador, en aquella morada tranquila y severa, que elevaba la pobreza hasta la dignidad.
La señora Magloria, comprendiendo desde luego la observación, salió sin decir una palabra, y un momento después, los tres cubiertos reclamados por el obispo brillaban ya sobre el mantel, simétricamente colocados delante de cada uno de los tres comensales.
IV =Detalles acerca de las queserías de Pontarlier=
Para dar ahora una idea de lo que pasó en aquella mesa, no sabemos hacer nada mejor que transcribir aquí, un pasaje de cierta carta que la señorita Batistina dirigió á la señora Boischevron, en la cual la conversación del presidiario y el obispo está detallada con minuciosa sencillez:
«...Aquel hombre no hacía el menor caso de las personas. Comía con hambrienta voracidad. No obstante, después de cenar, dijo:
«--Señor cura del Dios bueno, todo esto es todavía demasiado bueno para mí, pero debo deciros, que los carreteros que no han querido dejarme comer con ellos, lo hacen mejor que vos.
«Para entre nosotros, la observación me chocó un poco. Mi hermano le contestó:
«--También se cansan más que yo.
«--No, repuso el hombre, tienen más dinero. Vos sois pobre, se ve desde luego. Vos, tal vez, ni siquiera sois cura. ¿Lo sois? ¡Ah! ¡segurísimo! si Dios fuése justo, seríais á lo menos cura-párroco.
«--Dios es más que justo,--dijo mi hermano.
«Un instante después añadió:
«--Señor Juan Valjean, ¿es á Pontarlier que os dirigís?
«--Con itinerario obligado.
«Creo que fué esto lo que dijo el hombre. Después continuó:
«--Es preciso que esté ya nuevamente en camino mañana al rayar el alba. Es muy cansado el viajar ahora, pues si las noches son frías, son los días calurosos.
«--Es allí donde vais,--repuso mi hermano,--un gran país. Durante la Revolución, y estando mi familia arruinada, me refugié en el Franco-Condado, á la sazón, donde viví algún tiempo con mi trabajo manual. Tenía buena voluntad y encontré luego en qué ocuparme. No había más que escoger, entre las fábricas de papel, las tenerías, destilatorios, almazaras, fábricas de relojes al por mayor, fundiciones de acero y de cobre, veinte herrerías, cuando menos, de las cuales las hay muy importantes en Lods, Châtillon, Audincourt y Beure.
«Creo no haberme equivocado, y que son estos los nombres citados por mi hermano; después de lo cual, se interrumpió á sí mismo para dirigirme la palabra.
«--Querida hermana, ¿no hemos de tener algunos parientes por allá?
«Yo le contesté:
«--Los tenemos, entre otros, el señor de Lucenet, que había sido jefe de puertas en Pontarlier durante el antiguo régimen.
«--Sí, repuso mi hermano, pero durante el 93 no había otros parientes que nuestros brazos. Y yo trabajé. Existe en la comarca de Pontarlier, donde os dirigís vos, señor Valjean, una industria verdaderamente patriarcal y de resultado, hermana mía. Me refiero á las queserías ó fruteras, como allí las llaman.
«Entonces mi hermano, mientras instaba á comer al hombre, le explicó muy detalladamente lo que venían á ser las fruteras de Pontarlier, las cuales se dividen en dos clases:--las grandes granjas, que pertenecen á los ricos, y en las que hay cuarenta ó cincuenta vacas que producen siete ú ocho mil quesos por verano; y las fruteras por asociación, que son de los pobres, es decir, de los aldeanos de la montaña que reúnen sus vacas en común, y parten luego sus productos.--Toman á jornal un quesero, al que llaman grurin; el grurin recibe la leche de los asociados, tres veces al día, y marca las cantidades en una doble tarja; á últimos de abril es cuando empiezan los trabajos de quesería, hasta mediados de junio, que los queseros vuelven con sus vacas á la montaña.
«El hombre se iba reanimando á medida que comía. Mi hermano le hacía beber de aquel excelente vino de Mauves, del que no bebe él porque dice que resulta muy caro. Mi hermano le advertía de todos estos detalles, con aquella sencilla jovialidad que ya conocéís, mezclando á sus palabras aquella graciosa espresión que le es peculiar, y que yo comprendía perfectamente. Tuvo expecial cuidado en pintar el lisonjero modo de ser del grurin como si hubiese querido que aquel hombre comprendiera sin aconsejárselo directa y claramente, que podía encerrar aquello un porvenir para él. Una cosa me chocó. Era aquel hombre lo que os he dicho. Pues bien, mi hermano, ni durante la cena y durante toda la noche, á escepción de algunas palabras sobre Jesús, al darle entrada, dijo una sola frase que pudiera recordarle al hombre aquel lo que había sido, ni que le diera á entender quién era mi hermano. Y, sin embargo, era aquella una ocasión muy apropósito para echarle un sermón, y de apoyarse el obispo en el presidiario para imprimir en él el sello de su paso. Á otro cualquiera le hubiera parecido tal vez, que dado el caso de tener á mano aquel desgraciado, era conveniente alimentar su alma al par del cuerpo y de hacerle alguna observación razonada de moral y de buen consejo, ó bien alguna conmiseración exhortándole á que mejorase su conducta para el porvenir. Mi hermano no le preguntó siquiera de dónde procedía, ni cuál era su historia. Porque en su historia ha de estar su falta; parece que mi hermano tuvo empeño en alejar todo lo que pudiera recordársela. Tanto, que es cierto que mi hermano, hablando de los montañeses de Pontarlier que tienen un trabajo dulce junto al cielo, y añadía, son felices porque son inocentes, se paró de súbito, temiendo que no hubiese en esta frase que se le escapaba, algo que pudiese herir al hombre. Á fuerza de reflexionar, creo haber entendido lo que pasaba en el corazón de mi hermano. Él creía, sin duda, que aquel hombre que se llama Juan Valjean no tenía presente en su espíritu mas que su miseria, que era lo mejor distraerle de ella y hacerle creer, aunque no fuése más que de momento, que era una persona como otra cualquiera, siendo todo en él natural y corriente. ¿No es esto, en efecto, comprender perfectamente la caridad? ¿No hay, señora mía, algo de esencialmente evangélico en la delicadeza que se abstiene del sermón, de las moralejas y de las alusiones, siendo mayor la compasión cuando un hombre siente un gran dolor el no tocar el punto que lo produce? Creo que éste debió ser el pensamiento oculto de mi hermano. En todo caso, lo que yo puedo decir, es que si realmente tuvo semejantes ideas, no las dió á conocer; en mi concepto, estuvo, al parecer, como las demás noches, y de la misma manera, y con la misma naturalidad cenó con Juan Valjean, que lo hubiera hecho con el señor Gedeón, el preboste, ó con el señor cura de la parroquia.
«Al terminar, cuando estábamos comiendo los postres, llamaron á la puerta; era la buena Gerbaud, con su hijo en brazos. Mi hermano besó al niño en la frente, y me pidió quince sueldos que yo tenía allí para dárselos á la tía Gerbaud. El hombre, durante este espacio de tiempo, no se fijaba al parecer ni decía una sola palabra; parecía fatigado. La pobre Gerbaud salió, mi hermano rezó las gracias; y luego volviéndose al hombre, le dijo: Tendréis mucha necesidad de ir á la cama. La señora Magloria levantó la mesa inmediatamente. Comprendiendo ser necesario que nos retirásemos pronto para dejar dormir al viajero, nos subimos al piso las dos juntas. Poco después, mandé á la señora Magloria que bajara y colocara en el lecho del forastero, una piel de corzo de la Selva Negra que tengo en mi cuarto. Las noches son glaciales y esta piel conforta. Lástima que sea ya tan vieja; todo el pelo se le cae. Mi hermano la compró cuando estuvo en Alemania, en Tottlingen, junto á los orígenes del Danubio, al propio tiempo que mi cuchillito con mango de marfil, del que me sirvo en la mesa.
«La señora Magloria volvió á subir inmediatamente, y después de rezar nuestras oraciones en la sala donde tenemos la ropa blanca, nos fuímos cada una á nuestro dormitorio sin decir una palabra».
V =Calma=
Después de haberle dado las buenas noches á su hermana, monseñor Bienvenido tomó de encima la mesa uno de los dos candeleros de plata, y entregando el otro á su huésped, le dijo:
--Señor mío, voy á acompañaros á vuestro cuarto.
El hombre le siguió.
Como se ha podido ver en lo que antes hemos dicho, las habitaciones estaban distribuidas de manera, que para ir al oratorio donde estaba la alcoba, ó para salir, era indispensable atravesar el dormitorio del obispo. En el momento en que atravesaban este cuarto, la señora Magloria estaba guardando la plata en el armario de la cabecera de la cama. Esta era su última operación cada noche antes de acostarse.
El obispo instaló á su huésped en la alcoba. Una cama blanca y limpia le estaba esperando. Dejó el hombre su candelero sobre una mesita.
--Vamos,--dijo el obispo,--que paséis bien la noche. Mañana por la mañana, antes de emprender de nuevo vuestro viaje, tomareis una taza de leche de nuestras vacas; calentita.
--Gracias, señor cura,--dijo el hombre.
Apenas pronunciadas estas palabras de paz, cuando de súbito y sin transición, hizo un extraño movimiento, que hubiera llenado de espanto á las dos buenas mujeres si hubiesen estado presentes. Hoy mismo nos sería difícil dar cuenta de lo que pasó por él en aquel momento. ¿Quería hacer una advertencia ó lanzar una amenaza? ¿Obedecía simplemente á una especie de impulso instintivo y desconocido por él mismo? Volvióse bruscamente hacia el anciano, cruzó los brazos, y, fijando sobre éste una mirada salvaje, exclamó con voz ronca:
--¡Ah! ya, ¡decididamente! me alojáis vos mismo en vuestra casa, junto á vos; ¿cómo es eso?
Interrumpióse á sí mismo un instante, y añadió luego con una sonrisa especial, en la que se encerraba algo monstruoso:
--¿Habéis reflexionado bien? ¿quién os ha dicho que no sea yo un asesino?
El obispo respondió:
--Esto basta con que lo sepa Dios.
Después, gravemente, y moviendo los labios como quien reza ó habla consigo mismo, levantó los dos dedos de su mano derecha y bendijo al hombre, quien no se inclinó siquiera, y, sin mover la cabeza, ni mirar tras sí, entró nuevamente en su cuarto.
Cuando la alcoba estaba ocupada, una gran cortina de sarga, corrida de parte á parte del oratorio, cubría el altar. El obispo se arrodilló, al pasar delante de esta cortina, y oró un momento.
Poco después estaba ya paseando y meditando en su jardín, absorbida el alma y la imaginación en los grandes misterios de la noche, que muestra Dios á los ojos que continúan abiertos.
En cuanto al hombre, se encontraba, en verdad, tan fatigado, que ni siquiera trató de aprovechar las blancas sábanas que le esperaban. Había apagado su vela soplando con la nariz, según acostumbran á hacerlo los presidiarios, dejándose caer sin desnudarse sobre la cama, y quedando enseguida profundamente dormido.
Daba la media noche cuando el obispo volvía del jardín y entraba en su cuarto.
Algunos minutos después, dormía todo el mundo en aquella pequeña y santa casa.
VI =Juan Valjean=
Á eso de la media noche, Juan Valjean despertó.
Juan Valjean era hijo de una pobre familia de campesinos de la Brie. Durante su infancia, nadie cuidó de enseñarle á leer. Cuando empezó á ser hombre se hizo podador en Faverolles. Su madre se llamaba Juana Mathieu; su padre se llamaba Juan Valjean ó Vlajean, apodo probablemente y contracción de voilà Jean.
Juan Valjean tenía el carácter meditabundo sin ser triste, lo cual es muy común en las naturalezas afectuosas. Era, por lo tanto, naturalmente taciturno, y al menos en apariencia, indiferente. Había perdido de muy pequeño á su padre y á su madre. Su madre había muerto de una fiebre láctea mal cuidada. Su padre, podador como él, murió de una caída de un árbol. No le quedó á Juan Valjean más que una hermana mucho mayor que él, viuda y con siete hijos entre varones y hembras. Esta hermana había criado á Juan, pues mientras vivió su marido le tuvo en su casa y le dió de comer. El marido murió. El mayor de los siete hijos tenía ocho años y el más pequeño uno. Juan Valjean iba á cumplir los veinte y cinco. Reemplazó pues al padre, manteniendo á su vez á la hermana que le había criado. Hízose esa sustitución como un simple deber, si bien con cierta caprichosa rudeza por parte de Juan. Su juventud se iba gastando así en un trabajo duro y mal pagado. Nadie le conoció jamás una novia en toda la comarca. Es verdad que tampoco le dejaba su trabajo tiempo para el amor.
Volvía por la noche fatigado de todo el día, y comía su sopa sin decir palabra. Su hermana, Juana, mientras él comía, tomaba frecuentemente de su escudilla, lo mejor de su cena, el pedazo de carne, la lonja de tocino, el cogollo de la col, para dárselo á alguno de sus hijos; él comía siempre inclinado sobre la mesa, con la cabeza casi metida en el plato, cubriéndolo casi con sus largos cabellos esparcidos alrededor de su comida y sus ojos. Parecía que nada veía, y dejaba hacer. Había en Faverolles, no lejos de la casucha de Valjean, á la parte opuesta de la calle, una vaquera llamada María Claudia; los sobrinos de Valjean, generalmente necesitados, iban muchas veces á pedir, en nombre de su madre, una pinta de leche á María Claudia, que bebían luego detrás de una tapia ó en cualquier rincón de la calle, arrancándose mutuamente el jarro; y con tal afán, que los más pequeños la derramaban sobre el delantal y en el arroyo; si la madre hubiese tenido noticia de este abuso, hubiera corregido severamente á los delincuentes. Juan Valjean, brusco y regañón, pagaba á espaldas de la madre, las pintas de leche á María Claudia, y los niños no eran castigados.
Él ganaba, durante la época de la poda, diez y ocho sueldos diarios, después se ocupaba en la siega, en guardar bueyes, de jornalero y aun de peón albañil. Hacía cuanto se le presentaba. Su hermana trabajaba también por su parte, pero, ¿qué había de hacer con siete hijos?
Era aquél un tristísimo grupo que la miseria iba rodeando y estrechando poco á poco.
Vino un invierno crudísimo. Juan no tenía qué hacer. La familia no tuvo por lo tanto, pan. ¡Sin pan! ¡Tal como suena! ¡Y siete criaturas!
Cierto domingo por la noche, Maubert Isabeau, panadero de la plaza de la Iglesia de Faverolles, se estaba disponiendo á acostarse, cuando oyó un golpe violento en la ventana vidriera y enrejada de su tienda. Llegó á tiempo de ver una mano pasando por entre la reja después de haber abierto un boquete en el cristal de un puñetazo. La mano cogió un pan, y desapareció. Isabeau salió inmediatamente; el ladrón huía á todo correr; Isabeau corrió tras él y le alcanzó. El ladrón había tirado el pan, pero tenía aún la mano ensangrentada. Era Juan Valjean.
Esto acaeció en 1795. Juan Valjean fué denunciado por los tribunales de aquel tiempo «por robo con fractura, de noche y en casa habitada». Juan tenía una escopeta de la cual se servía como el primer tirador del mundo, pues solía cazar furtivamente; lo cual le perjudicó. Existe contra los cazadores furtivos cierta legítima prevención. El cazador furtivo, lo mismo que el contrabandista, anda muy cerca del salteador. No obstante, debemos decir de paso, que media un abismo entre esta clase de hombres y el miserable asesino de las ciudades. El cazador furtivo vive en la selva; el contrabandista vive en la montaña ó en el mar. Las ciudades producen hombres feroces y crueles, porque producen hombres corrompidos. Las montañas, el mar y las selvas, producen sencillamente hombres salvajes, pero sin destruir, por lo general, su parte humana.
Juan Valjean fué declarado culpable. Los preceptos del código eran terminantes. Existe en nuestra civilización horas terribles; son éstas los momentos en que la ley penal pronuncia una condena. ¡Fúnebre instante aquél en que la sociedad se aleja y lanza en irreparable abandono un ser pensador!
Juan Valjean fué condenado á cinco años de presidio.
El 22 de abril de 1796, mientras se aclamaba en París la victoria de Montenotte ganada por el general en jefe del ejército de Italia, que el mensaje del Directorio de los Quinientos, del 2 de floreal del año IV, llama Buona Parte, aquel mismo día, repetimos, se remachó en Bicêtre una larga cadena de presidiarios. Juan Valjean formaba parte en esta cadena. Un antiguo portero de la cárcel, que cuenta hoy cerca de noventa años, recuerda todavía perfectamente á aquel desgraciado cuya cadena fué clavada al extremo del cuarto cordón en el ángulo norte del patio. Estaba sentado en el suelo como los demás. Parecía no darse cuenta de nada relativo á su estado, sino que era terrible. Es probable que entendiera al través de las vagas ideas de un hombre ignorante del todo, algo excesivo. Mientras remachaban á grandes martillazos detrás de su cabeza, la bala de su cadena, él lloraba, las lágrimas le ahogaban, impidiéndole hablar, exclamando solamente de cuando en cuando con gran pena y dificultad: Yo era podador en Faverolles. Después, sollozando y levantando su mano derecha, la bajó gradualmente como si tocase sucesivamente siete cabezas desiguales con cuyo gesto parecía querer indicar que todo lo que había hecho, fuése lo que fuere, lo había hecho para vestir y alimentar á siete infelices pequeñuelos.
Fué conducido á Tolón, donde llegó después de un viaje de veinte y siete días, en una carreta, con la cadena al cuello. En Tolón se le vistió la chaqueta roja. Todo lo que existía de su vida, incluso su nombre, fué borrado; ya no fué más Juan Valjean; fué desde entonces el número 24.601. ¿Qué fué de su hermana? ¿Qué fué de sus siete hijos? ¿Quién había de ocuparse de ellos? ¿Qué es del puñado de hojas del árbol aserrado por el tronco?
La historia es siempre la misma. Aquellos pobres seres vivientes, aquellas pobres criaturas de Dios, sin apoyo alguno, sin guía, sin asilo, quedaron entregadas al azar. ¿Quién sabe? tal vez cada cual por su parte se fué precipitando poco á poco en el fondo de la fría bruma que devora los destinos solitarios, negrísimas tinieblas en las que se envuelven y desaparecen sucesivamente, tantas infortunadas cabezas durante la sombría marcha del género humano. Lo cierto es que abandonaron el país. El campanario del que había sido su pueblo les olvidó; el límite de la que había sido su tierra les olvidó también; y después de algunos años de estar en presidio, les olvidó á su vez el mismo Juan Valjean. En aquel corazón y en el lugar en que hubo una llaga, se hizo una cicatriz. Esto fué todo. Apenas durante todo el tiempo que estuvo en Tolón, oyó hablar de su hermana una sola vez. Creo que fué al terminar el cuarto año de su cautiverio. Ignoro de todo punto por qué conducto llegó hasta él algún indicio. Tal vez alguien que les había conocido en su pueblo había visto á su hermana. Ella estaba en París, habitando en una miserable calleja junto á San Sulpicio, la de Gindre. No tenía consigo más que un muchacho, un niño, el último. ¿Dónde habían ido á parar los demás? Tal vez ni aún ella misma lo sabía. Todas las mañanas iba la pobre mujer á una imprenta de la calle de Sabot, número 3, en la cual estaba empleada de plegadora y encuadernadora á la rústica. Debía estar allí todos los días á las seis de la mañana, mucho antes de amanecer, en invierno. En la misma imprenta había una escuela á la cual mandaba ella á su hijo, que tenía á la sazón unos siete años. Solamente que como ella entraba en el taller á las seis, y no se abría la escuela hasta las siete, era preciso que la criatura esperara en el patio la hora que tardaba en abrirse la escuela; ¡en invierno, una hora de noche y al aire libre! No se le permitía al niño entrar en la imprenta porque era un estorbo, decían. Los obreros veían al pasar, todas las mañanas, aquella pobre criatura sentada en el suelo, rendida de sueño, dormida muchas veces entre las sombras y acurrucada en el rincón más sucio. Cuando llovía, una pobre vieja, la portera, se apiadaba del niño y lo recogía en su chiribitil, en donde no había más que una pobre cama, un torno y dos sillas de madera; el pequeñuelo se dormía allí en un rincón, arrimándose cuanto podía, al gato, por sentir menos frío. Á las siete se abría la escuela y el niño entraba.
He aquí lo que le dijeron á Juan Valjean.
Esto le preocupó un día, fué un instante, un relámpago, como una ventana abierta bruscamente ante el destino de aquellos seres que él había amado, volviéndose á cerrar inmediatamente; no volviendo jamás á oir hablar de ellos una palabra. Nada más de ellos supo, jamás los volvió á ver, ni les encontró jamás, ni en el doloroso curso de esta historia llegará á encontrarlos.
Á últimos de este mismo cuarto año llególe á Juan Valjean el turno de evadirse. Sus camaradas le ayudaron, como acostumbra á hacerse en aquel triste lugar. Y se evadió. Vagó dos días libre por el campo; si es ser libre el andar perseguido, volviendo la cabeza á cada instante, y al menor ruido, tener miedo de todo; del tejado que humea, del hombre que pasa, del perro que ladra, del caballo que galopa, de la hora que suena, del día porque todo se ve, de la noche porque no se ve nada, del camino, de la senda, de las sombras, del sueño. Al anochecer del segundo día volvieron á prenderle. Había estado sin comer ni dormir treinta y seis horas. El tribunal marítimo le condenó por este delito á tres años más de presidio; total ocho años. El sexto año volvió á tocarle el turno de evadirse; quiso probarlo, pero no consiguió su objeto. Faltó á la lista. Después del cañonazo de la puesta de sol, le encontraron las rondas escondido bajo la quilla de uno de los buques en construcción; resistióse á los guardias que le prendieron. Evasión y rebelión. Por este hecho, previsto en el código especial, fué castigado con un aumento de cinco años, dos de ellos á doble cadena. Trece años. El décimo año volvió á tocarle el turno, quiso aprovecharlo también. Tampoco salió mejor librado. Tres años más por esta nueva tentativa. Diez y seis años. En fin, creo que fué durante el año décimo tercero, que volvió á probar fortuna nuevamente, y no consiguió sino que volviesen á prenderle á las cuatro horas. Tres años más por estas cuatro horas. Diez y nueve años. En octubre de 1815 fué puesto en libertad; había entrado en presidio en 1796, por haber roto un vidrio y tomado un pan.
Necesitamos hacer aquí un corto paréntesis. Ésta es la segunda vez que en sus estudios acerca de la cuestión penal y sobre la condena legal, el autor de este libro da cuenta del robo de un pan, como punto de partida del desastre de un destino. Claudio Gueux robó un pan; Juan Valjean había robado un pan también; una estadística inglesa prueba que en Londres, cuatro robos, de cada cinco, son causa inmediata del hambre.
Juan Valjean había entrado en presidio temblando y sollozando; salió de allí impasible. Entró desesperado; salió sombrío.
¿Qué es lo que había pasado por su alma?
VII =La desesperación por dentro=
Probemos de explicarnos.
Es preciso que la sociedad se fije en estas cosas, puesto que es ella quien las hace.
Era Valjean, como tenemos dicho, un ignorante, pero no un imbécil. La luz natural estaba encendida en él. La desgracia, que también tiene su luz, aumentó la poca claridad que existía en aquel espíritu. Bajo el palo, bajo la cadena, en el calabozo, en el trabajo; bajo el ardiente sol del presidio, en el lecho de tablas del penado, replegóse en sí mismo y reflexionó.
Él se constituyó en tribunal.
Empezó por juzgarse á sí mismo.
Reconoció que no era un inocente castigado con injusticia. Confesó haber cometido una acción atrevida y vituperable; que no se le hubiera, tal vez, negado aquel pan, si lo hubiese pedido; que siempre hubiera sido mejor esperarlo de la piedad ó del trabajo; que no es siempre un argumento sin réplica el decir: ¿puede uno esperar cuando tiene hambre? Que es además rarísimo el caso de que muera alguien literalmente de hambre; luego que, desgraciada ó afortunadamente, el hombre está hecho de manera que pueda sufrir largo tiempo y mucho, moral y físicamente, sin morir; que le faltó pues la paciencia; que el tenerla hubiera sido más provechoso para aquellas pobres criaturas; que fué un acto de locura en él, desgraciado y miserable ser, el agarrarse violentamente al cuello de la sociedad entera y figurarse que podía salvarse de la miseria en el robo; que es ésta, en todo caso, una mala puerta para salir de la miseria, puesto que se entra por ella en la infamia; en fin, que había faltado.
Luego se preguntó:
¿Si había sido él sólo el que había cometido falta en tan fatal historia? Si ante todo no había sido una cosa grave que hubiese quien como él, trabajador, careciese de trabajo, él, laborioso, careciese de pan. Sí, luego de cometida y confesada la falta, no había sido el castigo feroz y exagerado. Si no era mayor el abuso de la ley en la pena, que el abuso por parte del culpable en la falta. Si no había exceso de peso en uno de los platillos de la balanza, en el de la expiación. Si la enmienda de la pena no era bastante á borrar el delito y no llegaba al extremo de reemplazar la falta del delincuente por la falta de la represión, en hacer del culpable la víctima, y del deudor el acreedor, y de colocar definitivamente el derecho en favor del mismo que lo había violado. Si aquella pena, complicada con agravaciones sucesivas por las tentativas de evasión, no acababa por ser una especie de atentado del más fuerte contra el más débil, un crimen de la sociedad contra el individuo, un crimen que comenzaba de nuevo diariamente, un crimen que duró diez y nueve años.
Él se preguntaba, si la sociedad humana puede tener el derecho de hacer sufrir legalmente á sus miembros, en ciertos casos, su imprevisión irracional, y en otros su imprevisión cruel: y de apoderarse para siempre de un desgraciado, cerrándolo entre un defecto y un exceso; defecto de trabajo, exceso de castigo.
Si no era por cierto exorbitante, que la sociedad tratase así precisamente á aquellos sus miembros peor favorecidos en la repartición de bienes que hace la casualidad, y por consecuencia los más dignos de conmiseración y respeto.
Hechas y resueltas semejantes consideraciones, juzgó á la sociedad y la condenó.
La condenó á su odio.
Hízola responsable de su triste suerte, y se dijo que no desistía de pedirle cuenta más tarde ó más temprano. Se declaró así mismo que no existía equilibrio entre el daño que él había causado y el daño que se le causaba á él; concluyendo finalmente, que su castigo no había sido, en verdad, una injusticia, pero no era indudablemente una iniquidad.
La cólera puede ser loca y absurda; el hombre puede irritarse por equivocación; pero jamás se indigna si no le asiste en una parte ó otra la razón. Juan Valjean estaba verdaderamente indignado.
Y luego, que la sociedad humana no le había hecho sino daño, jamás había visto de ella otra cosa que el semblante ceñudo, de lo que llama ella justicia, y que muestra siempre á los que castiga. Los hombres no le habían tocado sino para martirizarle. Todo contacto entre ellos y él había sido un golpe. Nunca, desde su niñez, después de su madre y de su hermana, nunca, repetimos, había encontrado una voz amiga ni una mirada de benevolencia.
De sufrimiento en sufrimiento, había llegado poco á poco á tener la convicción de que la vida, es una lucha continuada; y de que en esta lucha él era el vencido.
No tenía otra arma que su odio. Resolvió aguzarla en presidio, y llevarla consigo á su salida.
Había en Tolón una escuela para la chusma, sostenida por los hermanos Ignorantinos, en la cual se enseñaba lo más necesario, á aquellos desgraciados que tenían mejor voluntad. Él fué del número de estos hombres de buena voluntad. Comenzó á ir á la escuela á los cuarenta años, y aprendió á leer, escribir y contar. Al sentir fortificarse su inteligencia, sintió fortificarse también su odio. En ciertos casos la instrucción y la luz pueden servir de alimento al mal.
Es triste confesarlo; después de haber juzgado á la sociedad que había hecho su desgracia, juzgó á la Providencia que había hecho la sociedad, condenándola también.
Así, durante aquellos diez y nueve años de tormento y de esclavitud, elevóse aquella alma y se precipitó á un tiempo mismo. Penetró la luz por una parte y las tinieblas por otra.
Juan Valjean no tenía, como hemos visto, una naturaleza malvada. Era todavía bueno cuando entró en presidio. Condenó á la sociedad, y sintió que se volvía malo; condenó á la Providencia sintiendo que se volvía impío.
Aquí es casi imposible no meditar un instante.
¿Puede la naturaleza humana trasformarse por completo? ¿El hombre bueno creado por Dios puede ser maleado por el hombre? ¿Puede ser el alma reformada completamente por el destino, y volverse mala si el destino es malo? ¿El corazón puede deformarse y adquirir defectos y enfermedades incurables, bajo la presión de una desdicha desproporcionada, como la columna vertebral bajo una bóveda muy baja? ¿No hay, por ventura, en el alma humana, no había en la de Juan Valjean particularmente, un primer rayo de luz, un elemento divino, incorruptible en este mundo é inmortal en el otro, que el bien puede desarrollar, atizar, engrandecer y hacer que irradie esplendoroso, y que el mal no pueda jamás, extinguir por completo?
Graves y tenebrosas cuestiones, detrás de las cuales todo fisiologista respondería probablemente no, y sin tartamudear, si hubiese visto en Tolón, durante las horas de reposo que eran para Juan Valjean horas de meditación, sentado y cruzado de brazos sobre la caña de algún cabrestante, el cabo de su cadena metido en el bolsillo para impedir que arrastrara; aquel galeote triste, serio, silencioso y pensativo, paria de las leyes, que contemplaba colérico á los hombres, condenado de la civilización, que miraba severamente al cielo.
Es verdad, y no pretendemos nosotros disimularlo; el fisiologista observador hubiera visto allí una grande é irremediable miseria; hubiérase dolido tal vez del mal causado por la ley, pero no hubiera tampoco cuidado de curarlo; hubiera vuelto quizá el rostro separando la mirada de las cavernas que hubiera entrevisto en aquella alma; y como Dante, de las puertas del infierno, hubiera borrado de aquella existencia esta palabra, escrita por el dedo de Dios en la frente de todos los hombres: ¡Esperanza!
El estado de su alma que hemos intentado analizar, ¿era tan claro y patente para Juan Valjean, como nosotros hemos procurado pintarlo para quien nos leyera? ¿Juan Valjean veía distintamente después de su formación, y había visto también distintamente, á medida que se formaban todos los elementos de que se componía su miseria moral? Aquel hombre rudo é ignorante ¿se había dado cuenta clara de la sucesión de ideas por la cual había ido, grado á grado subiendo y bajando hasta los lúgubres espacios que formaban desde hacía tantos años el horizonte interior de su espíritu? ¿Tenía él conciencia completa de todo lo que había pasado por él, y de cuánto había removido? Esto es lo que nosotros no nos atrevemos á decir; esto es lo que nosotros no podemos creer. Había demasiada ignorancia en Juan Valjean, por que, á pesar de tanta desgracia, no le quedase todavía mucha vaguedad. Momentos había en los que ignoraba por completo lo que por él pasaba. Juan Valjean andaba en tinieblas, sufría en tinieblas, y odiaba en tinieblas; hubiera podido decirse que aborrecía cuanto tenía delante. Vivía comúnmente en esta sombra, á tientas como un ciego y como un visionario. Solamente á intervalos sentíase de súbito procedente de sí mismo y del exterior, sacudido por un rayo de cólera, un acrecentamiento de dolor, un pálido y breve relámpago que iluminaba su alma por completo, haciendo aparecer bruscamente á su alrededor, á los resplandores de una luz espantosa, los horrorosos precipicios y las sombrías perspectivas de su destino.
Pasado el relámpago, caía nuevamente la noche; ¿dónde estaba él? lo ignoraba.
Es propio de las penas de esta naturaleza, en las cuales domina la crueldad, es decir, lo que embrutece, el ir trasformando poco á poco por una especie de transfiguración estúpida, el hombre en un animal salvaje, muchas veces feroz. Las tentativas de evasión de Juan Valjean, sucesivas y obstinadas, serían bastantes á probar este extraño trabajo operado por la ley sobre el alma humana. Juan Valjean hubiera renovado aquellas tentativas, tan inútiles como locas, tantas veces como se le hubiera presentado la ocasión, sin soñar un instante en el resultado, ni en la experiencia de las anteriores. Se escapaba impetuosamente como el lobo que encuentra abierta la jaula. Decíale el instinto: ¡Sálvate! La razón le hubiera dicho: ¡Aguarda! Pero ante una tentación violenta, el raciocinio había desaparecido y no le quedaba más que el instinto. La bestia únicamente obraba. Cuando le prendían de nuevo, las nuevas crueldades con que se le afligía, servían solamente para aumentar su furia.
Un detalle que no debemos omitir, es el de que poseía una fuerza física superior á todos sus compañeros de presidio. En el fatigoso trabajo de arriar un cable, de empujar la palanca de un cabrestante, valía Juan Valjean por cuatro hombres. Levantaba y sostenía pesos enormes sobre sus hombros, reemplazando en muchos casos aquel instrumento llamado vulgarmente cric (gato), conocido antiguamente con el nombre de orgueil (orgullo), de donde tomó el nombre, sea dicho de paso, la calle Montorgueil junto á los mercados de París. Sus compañeros le llamaban de ordinario Juan gato. Una vez que se estaba reparando el balcón de la Casa Consistorial de Tolón, una de las admirables cariátides de Puget, que le sustentan, se desencajó, é iba á caer; Juan Valjean, que se encontraba allí, sostuvo sobre sus hombros la cariátide dando tiempo á que llegasen los obreros para reponerla.
Su agilidad excedía aún á su vigor. Algunos presidiarios, soñadores perpetuos de evasiones, acaban por hacer de la fuerza y la destreza combinadas, una verdadera ciencia. Es la ciencia de la musculatura. Una completa estática misteriosa, practicada diariamente por los penados, envidiosos eternos de las moscas y de los pájaros. Trepar por una vertical y encontrar puntos de apoyo allí donde se veía apenas un ligero desnivel, era para Juan Valjean cosa de juego. Dado el ángulo de un muro, con la tensión de la espalda y de las corvas, con los codos y talones pegados á las asperezas de la piedra, subíase como por magia hasta un tercer piso. Muchas veces subía de este modo hasta los techos del penal.
Hablaba muy poco. No reía jamás. Era indispensable una grande emoción para arrancarle, una ó dos veces al año, aquella lúgubre risa del penado, que viene á ser como el eco de una carcajada infernal.
Al verle parecía preocupado en mirar continuamente algo terrible.
Estaba efectivamente absorto.
Al través de las percepciones enfermizas de una naturaleza incompleta y de una inteligencia agobiada, sentía confusamente que existía algo monstruoso sobre él. En aquella penumbra obscura é incolora donde se encaramaba cada vez que volvía la cabeza y que intentaba elevar su mirada, veía con terror mezclado de rabia, apoyarse, subir y elevarse hasta perderse de vista sobre él, lleno de escabrosidades horribles, una especie de espantoso y sombrío castillo de cosas, de leyes, de precauciones, de hombres y de hechos, cuyos contornos no alcanzaba á ver, cuya mole le aterrorizaba, y que no era sino la prodigiosa pirámide que nosotros llamamos civilización.
Distinguía perfectamente aquí y allá en aquella movediza y deforme unidad, tan pronto junto á él, como lejos ó sobre alturas inaccesibles, algún grupo, algún detalle claramente iluminado; aquí el cabo con su vara; allá el gendarme con su sable; más allá el arzobispo mitrado; en lo más alto y junto á una especie de sol, el emperador coronado y radiante. Pareciéndole que estos esplendores lejanos, en vez de disipar su noche, la tornaban más fúnebre y más negra. Toda aquella movediza mole de leyes, preocupaciones, hechos, hombres y cosas, iba y venía sobre su cabeza conforme al movimiento complicado y misterioso que imprime Dios á la civilización, caminando sobre él y aplastándole con no sé qué apacibilidad cruel, é inexorable indiferencia. Almas caídas en el fondo del infortunio posible; hombres desgraciados, perdidos en lo más bajo de los limbos donde no llega nunca una mirada, en cuyos senos los réprobos de la ley sienten gravitar con todo su peso sobre su cabeza esta sociedad humana, tan formidable por quien se encuentra fuera como implacable con quien está debajo.
En semejante situación, Juan Valjean meditaba: ¿cuál había de ser la naturaleza de sus meditaciones?
Si el grano de mijo, oprimido por la piedra del molino, pudiese pensar, pensaría sin duda como pensaba Juan Valjean.
Todas aquellas realidades llenas de espectros, fantasmagorías llenas de realidades, habían acabado por crear en él una especie de estado interior, casi inexplicable. Á cada momento, en medio de su trabajo en el penal, se quedaba parado, meditando. Su razón, cada día más madura y más turbada que antes, se rebelaba. Todo lo que había pasado por él le parecía absurdo; todo lo que le rodeaba le parecía imposible. Decíase él; ¿es esto un sueño? Y veía al cabo de vara de pie á pocos pasos de él, y el cabo le parecía un fantasma; de pronto aquel fantasma le pegaba un palo. La naturaleza visible apenas existía para él. No sería imposible aseverar que no había para Juan Valjean, sol, ni hermosos días de verano, ni cielo trasparente, ni deliciosas auroras de abril. Ignoro que día de amargura iluminaba su alma. Reasumiendo para terminar, lo que pueda reasumirse y ser traducido en resultados positivos de todo cuanto acabamos de indicar, nos limitaremos á hacer constar que en diez y nueve años, Juan Valjean, el inofensivo podador de Faverolles, el terrible penado de Tolón, había llegado á ser capaz, gracias á la manera que en el presidio se le había tratado, de dos clases de malas acciones: primera, de una acción mala, rápida, irreflexible, llena de aturdimiento, todo instinto, especie de represalia del mal sufrido; y segunda, de una mala acción grave, seria, calculada conscientemente, y basada en las ideas falsas que pueden engendrar semejante desdicha. Sus premeditaciones pasaban por las tres fases sucesivas, que las naturalezas de cierto temple pueden solamente recorrer: razonamiento, voluntad y obstinación. Tenía por móviles la indignación habitual, la amargura del alma, el profundo sentimiento de las iniquidades sufridas, la reacción, igualmente contra los buenos, los inocentes y los justos, si los hay.
El punto de partida como el de llegada de todos sus pensamientos, era el odio á la ley humana; este odio que, si no es detenido en su desarrollo por cualquier incidente providencial, llega dado un tiempo determinado, á trocarse en odio á la sociedad, luego en odio al género humano, después en odio á la creación, traduciéndose en un vago, incesante y brutal deseo de dañar, sea á quien fuere, con tal de que sea el objeto de su saña instintiva un ser viviente.--Como hemos visto, no deja ella de tener su razón de ser, puesto que el pasaporte de Juan Valjean le calificaba de hombre muy peligroso. De año en año, aquella alma se había ido desecando más y más, lentamente, pero fatalmente. Á corazón enjuto, ojo seco. Á su salida de presidio, se habían pasado diez y nueve años desde que vertió la última lágrima.
VIII =Ola y sombra=
¡Hombre al agua! ¡Qué importa! la nave no por esto se para. Sopla el viento, la sombría nave tiene trazada su ruta que es preciso seguir. Y pasa. El hombre desaparece, luego vuelve á aparecer; sumérgese y se remonta á la superficie; grita, pide auxilio, tiende la mano, nadie le oye; la nave, temblando impedida por el huracán, atiende sólo á su maniobra; los marineros ni los pasajeros ven al hombre sumergido; su miserable cabeza no es mas que un punto en la enormidad del vacío. Lanza gritos desesperados desde las profundidades. ¡Qué espectro el de aquella vela que se aleja! Él la mira y la remira frenéticamente. Ella se aleja, se ofusca, se achica. Él estaba allí hace un momento, formaba parte de la dotación; él iba y venía sobre el puente como tantos otros; tenía entre ellos su parte de respiración y de luz; era un viviente. Ahora ¿qué ha pasado por él? Ha resbalado, ha caído, ha terminado. Está en los senos del agua monstruosa. No siente bajo sus pies mas que la huida y el derrumbamiento. Las olas rasgadas y rotas por el viento le envuelven terriblemente; el espantoso vaivén del abismo se lo lleva; todos los andrajos del agua se agitan al rededor de su cabeza, un inmenso populacho de olas escupe sobre él; mil confusas cavernas le medio devoran; cada vez que se hunde, entrevé nuevos precipicios llenos de obscuridad; espantosas y desconocidas vegetaciones le asen y anudan los pies tirando de ellos; él siente abismarse, formar parte de la espuma; las olas se lo arrojan unas á otras; bebe la amargura; el lacio océano se goza en ahogarle; la enormidad juega con su agonía. Parece que toda aquella agua sea odio.
Él lucha por lo tanto.
Intenta defenderse, procura sostenerse, se esfuerza, nada, Él, aquella pobre fuerza agotada en un instante, combate lo inagotable.
¿Dónde está la nave? Allá á lo lejos. Apenas visible entre las pálidas tinieblas del horizonte.
Las ráfagas soplan; todas las espumas le abruman. Levanta los ojos y no ve más que la palidez de las nubes. Asiste agonizando á la inmensa demencia de los mares. Es ajusticiado por aquella locura. Oye ruidos extraños al hombre, que parecen venir de más allá de la tierra y de no se sabe qué espantosas exterioridades.
Encuéntranse pájaros en las nubes; de igual manera que ángeles sobre las miserias humanas; pero ¿qué pueden hacer por él? Esto: volar, cantar y llorar y él estertorea.
Siéntese envuelto á un tiempo por esos dos infinitos, el océano y el cielo; el uno es una tumba y el otro un sudario.
La noche desciende, cuantas horas que nada, sus fuerzas se agotan; la nave, aquel punto lejano en que hay hombres, se ha borrado; y él está solo en el formidable abismo crepuscular; se hunde, se entumece, se retuerce y siente debajo de él los vagos monstruos del infinito y exclama:
--¡No hay ya hombres! ¿Dónde está Dios?
Y exclama nuevamente: ¡uno! ¡uno cualquiera! ¡cualquiera! y sigue exclamándose:
--Nada en el horizonte. Nada en el cielo.
Implora al espacio, á la honda, al alga, al escollo; todo es sordo á sus gritos. Suplica á la tempestad misma; la tempestad imperturbable no obedece más que al infinito.
Á su alrededor, la obscuridad, la bruma, la soledad, el tumulto tempestuoso é incresciente, los pliegues indefinidos de las feroces olas. En sí mismo el horror y el cansancio. Á sus pies el abismo. Ni un punto de apoyo. Imagínase el tenebroso acaso del cadáver entre la ilimitada obscuridad. El frío sin roce le paraliza. Sus manos se crispan y se cierran apretando la nada. Vientos, nubes, torbellinos, resoplidos, estrellas, ¡todo inútil! ¿Qué hacer? Abandonarse desesperado; que ha tomado el partido de morir, y se deja llevar, deja hacer, suelta la presa; y helo rodando para siempre en las lúgubres profundidades de la absorción.
¡Oh marcha implacable de las sociedades humanas! ¡Pérdidas de hombres y de almas en su carrera! Océano en el cual se precipita todo lo que deja caer la ley! ¡Desaparición siniestra de todo socorro! ¡Muerte moral!
El mar es la inexorable noche social en la cual lanza la penalidad sus condenados. El mar es la miseria inmensa.
El alma, abandonada á semejante precipicio, puede convertirse en cadáver. ¿Quién la resucitará?
IX =Nuevos agravios=
Al llegar la hora de la salida del penal, al oir Juan Valjean junto á su oído esta extraña frase. ¡Eres libre! el momento fué para él inverosímil, inaudito; un rayo de luz viva, un rayo de la verdadera luz de los vivientes penetró súbitamente en él. Pero este rayo tardó bien poco en palidecer. Juan Valjean se había desvanecido con la idea de la libertad. Había creído en una vida nueva. Pronto pudo ver lo que venía á ser una libertad á la cual se le da pasaporte amarillo, rodeada naturalmente de amarguras. Había él calculado que sus alcances, durante su permanencia en presidio, habían de sumar unos ciento setenta y un francos. Pero es del caso advertir que se había olvidado de incluir en sus cálculos el reposo forzoso de los domingos y días festivos que, en los diez y nueve años acusaban una disminución de veinte y cuatro francos poco más ó menos. Fuése por lo que fuere, semejantes alcances habían sido reducidos, por diversas retenciones locales, á la suma de ciento nueve francos quince sueldos; que le habían sido entregados á su salida.
No acertando á explicarse esto, se creyó perjudicado, ó mejor dicho, robado.
Al día siguiente de su libertad en Grasse, vió delante de la puerta de un destilatorio de flores de naranjo, algunos hombres que descargaban fardos. Ofrecióles sus servicios. El trabajo convenía y fueron aceptados. Púsose á trabajar. Era inteligente, robusto y diestro; cumplió perfectamente: el dueño pareció quedar satisfecho. Mientras estaba trabajando pasó un gendarme, fijóse en él y le pidió sus papeles. Fuele indispensable mostrar su pasaporte amarillo. Hecho esto, Juan Valjean emprendió nuevamente su tarea. Poco antes, había interrogado á uno de sus compañeros para saber cuánto ganaban diariamente en semejante trabajo, el cual le contestó: treinta sueldos. Llegada la noche y como viniese obligado á proseguir su marcha al día siguiente, por la mañana presentóse al dueño de la fábrica rogándole que le pagara. El fabricante de agua de azahar, no dijo una palabra y le dió quince sueldos. Reclamó él. Pero se le contestó: Demasiado es esto para ti. Insistió. El dueño de la fábrica le dirigió una mirada amenazadora, diciéndole: ¡Cuidado con la cárcel!
Á pesar de lo cual creyó que se le había robado.
La sociedad, el Estado, mermándole sus alcances, le habían robado en grande. Entonces le correspondía su turno al individuo que le robaba, también, en pequeño. Licenciamiento dista mucho de ser redención. Se sale del penal, pero sigue la condena.
Véase lo que le sucedió en Grasse. Ya sabemos de qué manera había sido recibido en D***.
X =El hombre desvelado=
Luego que sonaron las dos de la madrugada en el reloj de la catedral Juan Valjean despertó.
Lo que le despertó fué el tener la cama demasiado buena. Hacía como veinte años que no se había acostado en una cama; y, por más que lo hubiese hecho sin desnudarse, la sensación había sido demasiado nueva para no turbar su sueño.
Había dormido más de cuatro horas. El cansancio se le había pasado. Estaba acostumbrado á no conceder muchas horas al descanso.
Abrió los ojos y miró un momento en la obscuridad alrededor de sí; luego volvió á cerrarlos para dormir de nuevo.
Cuando muchas sensaciones diversas han agitado el día; cuando hay cosas que preocupan el espíritu, se duerme el hombre, pero no puede volver á dormirse después de despertar. El sueño viene mucho más fácilmente que vuelve. En esto se hallaba Juan Valjean. No pudiendo volver á dormirse, se puso á pensar.
Estaba en uno de los momentos en que todas las ideas que llenan el espíritu son vagas. Sentía una especie de obscuro vaivén dentro del cerebro. Sus antiguos recuerdos y sus recuerdos nuevos flotaban en él y se cruzaban confusamente, perdiendo sus formas, agrandándose desmedidamente, y desapareciendo de súbito como dentro el agua agitada de un lodazal. Muchos eran los pensamientos que se le acudían, pero había uno sobre todos que se le presentaba de continuo y que alejaba todos los demás. Este pensamiento, vamos á decirlo enseguida.--Habíase fijado él, especialmente, en los seis cubiertos y cucharón de plata que la señora Magloria había puesto sobre la mesa.
Aquellos seis cubiertos de plata le acosaban.
--Estaban allí.--Casi á la mano.--Cuando había atravesado el cuarto contiguo para entrar en el que se encontraba, la antigua sirvienta los estaba guardando en un pequeño armario junto á la cabecera de la cama.--Se había fijado mucho en aquel armario.--Á la derecha, entrando por el comedor.--Eran macizos.--Y de plata vieja.--Con el cucharón, bien valían al menos doscientos francos.--El doble de lo que él había ganado en diez y nueve años.--Es verdad que él hubiera ganado mucho más si «la Administración no le hubiese robado».
Su espíritu osciló por espacio de más de una hora entre fluctuaciones, en las cuales se mezcló también algo de lucha. Dieron las tres. Abrió nuevamente los ojos, incorporóse bruscamente sobre la cama, alargó la mano buscando el morral que había dejado en un rincón de la alcoba, después dejó caer las piernas y se puso luego de pie á tierra, pero enseguida, y sin darse cuenta del cómo, se encontró sentado otra vez sobre el lecho.
Estuvo un buen rato pensativo en esta actitud, que tenía algo de siniestro para quien le hubiese observado entre aquellas sombras, solo, vestido y despierto mientras todo dormía en la casa. De pronto se deja caer sobre el suelo, descalzóse los zapatos, que dejó cuidadosamente sobre la esterilla, junto al lecho, tomando después nuevamente su actitud meditabunda é inmóvil. En medio de aquella meditación imaginativa, las ideas que venimos indicando removían incesantemente su cerebro, entrando, saliendo y volviendo á entrar, amontonando sobre él una especie de peso; y luego recordaba también, sin saber por qué y con aquella obstinación maquinal del delirante, á un presidiario llamado Brevet, á quien había conocido en el penal, el cual llevaba sujeto el pantalón por un solo tirante de randa de algodón. El dibujo, formando cuadros, de aquel tirante, se le presentaba sin cesar en la imaginación.
Continuaba en semejante situación, y hubiera tal vez seguido indefinidamente en ella hasta hacerse de día, si el reloj no hubiese dado una campanada--el cuarto ó la media.--Pareció que esta campanada le dijese: ¡Anda!
Púsose de pie, vaciló un instante, y escuchó; todo era silencio en la casa; entonces se encaminó directamente, á cortos pasos, hacia la ventana que vislumbraba. La noche no era del todo obscura; había luna llena, ante la cual corrían extensas nubes acosadas por el viento. Esto producía afuera, las naturables alternativas de sombra y luz, de claridad y eclipse, y por dentro una especie de crepúsculo. Semejante crepúsculo, suficiente para servir de guía, intermitente á causa de las nubes, se parecía á la pálida luz que penetra por el respiradero de una cueva, delante del cual van y vienen los transeuntes. Llegado á la ventana Juan Valjean, la examinó. Vió desde luego que no tenía reja, que daba al jardín, y que no estaba cerrada, según costumbre del país, más que por una insignificante clavija. Abriola, pero como penetrara bruscamente en la estancia un aire frío y vivo, volvió á cerrar inmediatamente. Fijó en el jardín una mirada atenta, de examen más que de contemplación. El jardín estaba cercado por una pared blanca, bastante baja y fácil de escalar. Al fondo, y á la otra parte, distinguió las copas de algunos árboles colocados á distancias regulares, lo cual le indicaba que aquella cerca separaba el jardín de una alameda ó de una calle arbolada.
Después de lanzar esta mirada, tomó el ademán de hombre resuelto y se dirigió á su alcoba, tomó su morral, lo abrió y registró, sacando de él un objeto que tiró sobre la cama; metióse los zapatos en los bolsillos, volvió á cerrar el morral, se lo cargó á la espalda, encasquetóse su gorra cubriéndose los ojos con la visera, tomó su garrote á tientas y lo colocó en el ángulo de la ventana; después volvió á la cama y cogió resueltamente el objeto que había dejado allí. Parecía una barra de hierro, corta, aguzada por uno de sus extremos como un venablo.
Hubiera sido difícil distinguir entre aquellas tinieblas á qué empleo podía estar destinado semejante pedazo de hierro. ¿Era tal vez una palanqueta? ¿era una clava?
Á la luz hubiera podido reconocerse que no era otra cosa que una barrena de cantero. Empleábanse entonces algunas veces los penados en extraer piedra de las elevadas colinas que rodean á Tolón; no era pues extraño que tuviese á su disposición útiles de cantero. Las barrenas de cantero son de hierro macizo, terminando en su extremo inferior en punta, por medio de la cual se clavan en la roca.
Tomó la barrena en su mano derecha, y reteniendo el aliento y á paso quedo, dirigióse á la puerta de la estancia próxima, que era, como sabemos, la del obispo.
Llegó á la puerta, y la encontró entornada solamente. El obispo no había cuidado de cerrarla.
XI =Lo que hacía=
Juan Valjean escuchó. No oyó el menor ruido.
Empujó la puerta.
Empujábala con sólo un dedo, ligeramente, con aquella suavidad furtiva é inquieta del gato que desea entrar.
La puerta, cediendo á aquella presión, movióse imperceptiblemente en el silencio, ensanchando un poco la abertura.
Esperó un momento, volviendo luego á empujar la puerta por segunda vez, con mayor fuerza.
Ésta continuó cediendo silenciosamente. La abertura era ya bastante grande para darle paso. Pero había junto á la puerta una mesita que formaba ángulo con la misma, é impedía el paso.
Juan Valjean reconoció la dificultad. Era indispensable que la abertura se ensanchara más.
Resolvióse á ello, y empujó la puerta por tercera vez; con mayor energía que las otras dos. Entonces un gozne mal engrasado, lanzó de repente en la obscuridad un chirrido prolongado y ronco.
Juan Valjean se estremeció. El ruido de aquel gozne resonó en su oído como un eco que tenía algo de formidable y alarmante, como el clarín del juicio final.
En los fantásticos temores del primer momento, llegó casi á figurarse que aquel gozne se iba animando para tomar de súbito una vida terrible, y que ladraba como un perro, para advertir á todo el mundo y despertar á los que dormían.
Detúvose tembloroso y espantado, cayendo de la punta del pie sobre el talón. Sentía latir en sus sienes las arterias como dos martillos de fragua, pareciéndole que su aliento salía de su pecho con el ruido del viento que sale de una caverna. Le parecía imposible que el horrible clamor de aquel gozne irritado, no hubiese removido toda la casa como la sacudida de un terremoto; la puerta, empujada por él, se había alarmado y había llamado; el anciano iba á levantarse, las dos mujeres iban á gritar, serían auxiliados; y antes de un cuarto de hora, la población estaría alarmada, y la gendarmería en pie. En aquel momento se creyó perdido.
Quedóse donde estaba, petrificado como la estatua de sal, no atreviéndose á hacer el menor movimiento. Pasáronse algunos minutos. La puerta estaba completamente abierta. Aventuróse á mirar dentro del cuarto. Nada se había movido. Aplicó el oído. Nada se movía en la casa. El ruido del gozne enmohecido no había despertado á nadie.
El primer peligro había desaparecido, pero conservaba aún dentro de sí mismo, cierto espantoso encogimiento. Sin embargo, no retrocedió. No pensaba más que en acabar pronto. Dió un paso y penetró en el cuarto.
En aquel cuarto reinaba la calma más perfecta. Distinguíanse aquí y allí algunas formas vagas y confusas, que de día, eran varios papeles esparcidos sobre una mesa, infolios abiertos, volúmenes apilados sobre un taburete, un sillón lleno de vestidos y un reclinatorio, pero que á semejante hora no presentaban más que ángulos tenebrosos y espacios blanquecinos. Juan Valjean avanzó sigilosamente evitando tropezar con los muebles. Oía perfectamente en el fondo de la estancia la respiración tranquila y regular del obispo dormido.
Paróse de repente. Estaba junto al lecho. Había llegado antes de lo que creía.
La naturaleza mezcla algunas veces sus efectos y sus espectáculos á nuestras acciones, con una especie de oportunismo sombrío é inteligente, como si quisiera hacer que reflexionásemos. Después de una media hora, de estar el cielo cubierto por una gran nube, y en el preciso momento en que Juan Valjean se paró junto al lecho, rasgóse la nube como hecho á propósito, y un rayo de luna, atravesando la alta ventana, fué á iluminar de súbito las pálidas y apacibles facciones del obispo. El venerable anciano dormía tranquilamente. Estaba casi vestido dentro del lecho, á causa de la crudeza de las noches de invierno en los Bajos-Alpes, con un traje talar de lana obscura, que le cubría también los brazos por completo. Su cabeza descansaba sobre la almohada, en la actitud del abandono natural de reposo; dejando caer fuera del lecho su mano adornada con el anillo pastoral, y con la que practicaba tantas y tan buenas obras y acciones. Estaba su semblante bañado por completo de una vaga expresión y satisfacción, esperanza y beatitud. Aquella expresión era, más que una sonrisa, una aureola. Brillaba en su frente la inexplicable transparencia de una luz oculta. El alma de los justos, durante sus sueños, contempla indudablemente un cielo misterioso.
Un reflejo de este cielo brillaba sobre el obispo.
Era al mismo tiempo una transparencia luminosa, porque aquel cielo estaba dentro de él; era su conciencia.
En el mismo instante en que el rayo de luna fué á sobreponerse, por así decirlo, aquella luz interior, apareció el dormido obispo como en la gloria, pero, endulzados no obstante, sus resplandores, por una media luz inefable. Aquella luna en el cielo, aquella naturaleza adormecida, el jardín sin murmullos, la casa toda en calma, la hora, el momento y el silencio general, reunían no sé qué de solemne é indecible al venerable reposo de aquel hombre, envolviendo con una especie de aureola majestuosa y serena, sus blancos cabellos y sus ojos cerrados; aquel semblante en el cual todo era esperanza, todo confianza; aquella cabeza de anciano en el sueño de un niño.
Había, al parecer, algo de divino en aquel hombre augusto, hasta el punto de ignorarlo.
Juan Valjean permanecía en la sombra, con su barrena de hierro en la mano, de pie, inmóvil, espantado ante aquel anciano venerable y radiante. Jamás había visto nada parecido. Aquella confianza le aterraba. El mundo moral no puede presentar un espectáculo más imponente, que aquél; una conciencia turbada é inquieta, próxima á cometer una mala acción y contemplando el sueño de un justo.
Semejante sueño, en aquella soledad, y teniendo quién tenía á su lado, encerraba algo de sublime, que él sentía vagar en torno suyo imperiosamente.
Nadie hubiera acertado á decir lo que en aquel momento pasaba por él. Para probar de darse cuenta, sería preciso imaginarse lo que pueda existir de más violento junto á lo más suave. En su misma expresión no había nada que leer claramente. Manifestaba una especie de asombro salvaje. Miraba, miraba; y nada más. Pero, ¿qué pensaba? Hubiera sido imposible adivinarlo. Lo único cierto, es que estaba conmovido y trastornado. Pero, ¿de qué provenía aquella emoción?
Su mirada no se separaba del anciano. Lo único que se desprendía claramente de su actitud y de la expresión de su fisonomía, era una extraña indecisión. Hubiérase dicho que vacilaba entre dos abismos; era el uno el de su perdición, y el de su salvación el otro. Ya parecía dispuesto á romper aquel cráneo, ya á besar aquella mano.
Después de unos instantes, su mano izquierda se elevó vacilando hasta la frente, y cogió su gorra, luego volvió á bajar el brazo con igual lentitud, volviendo nuevamente á su contemplación con la gorra en la mano izquierda, el hierro en la derecha y erizados los cabellos de su feroz cabeza.
El obispo continuaba durmiendo en la paz más profunda, bajo aquella espantosa mirada.
Un rayo de luna hacía destacar confusamente sobre la chimenea el crucifijo que parecía abrir los brazos á los dos, para bendecir al uno y perdonar al otro.
De pronto, volvió Juan Valjean á cubrir su cabeza con la gorra, atravesó precipitadamente la distancia de la cama sin mirar al obispo, dirigiéndose al armario que vislumbraba junto á la cabecera; levantó el hierro, como para forzar la cerradura, pero se encontró puesta la llave, abrió; la primera cosa que encontró fué la canastilla de los cubiertos; tomola, atravesó la estancia á grandes pasos, y sin curarse apenas del ruido que pudiera hacer; gana la puerta, entra de nuevo en el oratorio, abre la ventana, coge su palo, salta por el antepecho, guarda los cubiertos en su morral, tira la canastilla, atraviesa el jardín, salta la tapia con la agilidad de un tigre, y huye.
XII =El obispo trabaja=
Al día siguiente, al salir el sol, estaba monseñor Bienvenido paseando por el jardín, cuando la señora Magloria fué corriendo hacia él toda azorada.
--Monseñor, monseñor,--gritaba ella,--¿sabe Su Ilustrísima, dónde está la canastilla de los cubiertos?
--Sí,--dijo el obispo.
--¡Jesús! ¡Dios sea loado!--repuso ella.--Yo no sabía dónde había ido á parar.
El obispo acababa de encontrarse con la canastilla, en uno de los paseos del jardín. Y se la presentó á la señora Magloria.
--Aquí está.
--Es verdad,--dijo ella,--pero vacía. ¿Dónde está la plata?
--¡Ah!--exclamó el obispo,--¿era la plata lo que os preocupaba? Ignoro dónde está.
--¡Gran Dios! ¡ha sido robada! el hombre de ayer noche es quién la ha robado.
En un santiamén, con toda la inteligencia de una vieja lista, la señora Magloria corrió al oratorio, entró en la alcoba y volvió hasta donde estaba el obispo. Éste acababa de bajarse y examinar, suspirando, una mata de cochlearia de Guillons que la canastilla había destrozado al ser arrojada contra la planta. Levantóse á los gritos de la señora Magloria.
--¡Monseñor! ¡el hombre no está! ¡la plata ha sido robada!
Al lanzar esta exclamación, sus ojos se fijaron en uno de los ángulos del jardín, en el que había señales evidentes de escalamiento. El cabriol de la cerca había sido arrancado.
--¡Ved! ¡por allí debe haber salido! ¡Habrá saltado al callejón de Cochefilet! ¡Qué atrocidad! ¡habernos robado los cubiertos!
El obispo guardó silencio unos instantes, y levantando luego los ojos, dijo suavemente, mirando con seriedad á la señora Magloria:
--¿Es verdad que esta plata era nuestra?
La señora Magloria se quedó admirada. Hubo otro instante de silencio; enseguida continuó el obispo:
--Señora Magloria, yo guardaba injustamente, hace algún tiempo, estos cubiertos, porque eran de los pobres. ¿Quién era este hombre? Un pobre, indefectiblemente.
--¡Ay Dios mío!--dijo la señora Magloria.--No es por mí, ni por la señorita Batistina, esto nos es igual. Pero por vos. Monseñor. ¿Con qué vais á comer ahora?
El obispo se fijó en ella con aire de asombro.
--¡Ah, ya! ¿no hay por ventura cubiertos de estaño?
La señora Magloria se encogió de hombros.
--El estaño despide olor.
--Entonces, de hierro.
La señora Magloria hizo un gesto expresivo.
--El hierro sabe peor.
--¡Bien!--dijo el obispo,--cubiertos de palo.
Algunos instantes después, Su Ilustrísima almorzaba en la misma mesa en que se había sentado Juan Valjean la noche anterior. Durante el almuerzo, monseñor Bienvenido hizo notar alegremente á su hermana, que nada decía, y á la señora Magloria, que murmuraba entre dientes, que no eran de absoluta necesidad las cucharas ni los tenedores, ni aún de palo, para mojar un pedazo de pan en una taza de leche.
--¡Vaya una ocurrencia!--exclamaba la señora Magloria para sus adentros yendo y viniendo,--¡recibir un hombre como aquél, y hacerle dormir á su lado, por añadidura! ¡Y gracias á Dios que no ha hecho más que robar! ¡Ay Dios mío! ¡extremece solamente el pensarlo!
Cuando iban los dos hermanos á levantarse de la mesa, llamaron á la puerta.
--Entrad,--dijo el obispo.
Abrióse la puerta; un grupo extraño y violento apareció en el umbral. Tres hombres traían agarrotado á un cuarto. Los tres eran gendarmes: el cuarto, Juan Valjean.
El sargento de gendarmería, que parecía mandar el grupo, estaba junto á la puerta. Entró, adelantándose hasta el obispo, y saludándole militarmente:
--Monseñor...--dijo el sargento.
Á esta palabra, Juan Valjean, que estaba como taciturno y abatido al parecer, levantó la cabeza con aire admirado.
--¡Monseñor!--murmuró.--¿No es éste el cura?
--¡Silencio!--dijo un gendarme.--Es monseñor el obispo.
Entre tanto, monseñor Bienvenido se había adelantado con toda la prisa que le permitían sus años.
--¡Ah! ¡vos aquí!--exclamó mirando á Juan Valjean.--Me alegro de veros.
Pero yo os había dado también los candeleros, que son de plata como lo demás, y de los que podréis sacar muy bien doscientos francos. ¿Por qué no os los habéis llevado con los cubiertos?
Juan Valjean abrió los ojos mirando al venerable prelado con una expresión que ninguna lengua humana pudiera pintar.
--Monseñor,--dijo el jefe de los gendarmes,--¿entonces lo que dice este hombre es la verdad? Le hemos encontrado. Iba como quien huye. Le hemos detenido para ver. Llevaba esta plata...
--Y él os habrá dicho,--interrumpió el obispo sonriendo,--¿que se la había dado un buen viejo, un cura, en casa del que había pasado la noche? ¡Ya comprendo! ¿Y le habéis conducido aquí? ¡Caramba! En fin, ha sido un error.
--Siendo así,--repuso el sargento,--¿le podemos dejar en libertad?
--Naturalmente,--respondió el obispo.
Los gendarmes dejaron á Juan Valjean, quien retrocedió.
--¿Luego es verdad que se me deja?--dijo él con acento inarticulado y como en sueños.
--Sí, se te deja. ¿No lo has entendido?--dijo un gendarme.
--Amigo mío,--repuso el obispo,--antes de iros, aquí están vuestros candeleros. Recogedlos.
Y yendo á la chimenea, tomó los dos candeleros de plata y se los entregó á Juan Valjean. Las dos mujeres contemplaban aquella acción sin decir una sola palabra, sin hacer un gesto, sin dar una mirada que pudiese disgustar al obispo.
Juan Valjean temblaba de pies á cabeza. Tomó los candeleros maquinalmente y en ademán dudoso.
--Ahora,--dijo el obispo, id en paz.--Á propósito,--añadió dirigiéndose á Juan: Cuando volváis, amigo mío, no tenéis necesidad de pasar por el jardín. Podéis siempre y á todas horas entrar y salir por la puerta de la calle. No está cerrada más que por el pestillo, así de noche como de día.
Luego, volviéndose á los gendarmes:
--Señores, os podéis retirar.
Los gendarmes salieron.
Juan Valjean estaba como quien va á desmayarse.
El obispo se le acercó y le dijo en voz baja.
---No olvidéis nunca jamás que me habéis prometido emplear el valor de esta plata para haceros bueno y honrado.
Juan Valjean que no tenía el menor recuerdo de haber prometido nada, seguía admirado. El obispo había acentuado mucho aquellas palabras al pronunciarlas. Entonces repuso solemnemente:
--Juan Valjean, hermano mío, ya no pertenecéis al mal, sino al bien. Es vuestra alma la que yo compro; yo la separo del espíritu del mal para entregársela á Dios.
XIII =Gervasillo=
Juan Valjean salió de la ciudad como escapado. Internóse precipitadamente por los campos, tomando los caminos y sendas que se le presentaban, sin advertir que volvía á cada instante sobre sus pasos. Anduvo errante de este modo toda la mañana, sin comer ni sentir necesidad. Era presa de un sinnúmero de sensaciones nuevas. Sentía una especie de cólera, é ignoraba contra quién. No hubiera podido asegurar si estaba conmovido ó humillado. Sentíase por instantes dominado por una ternura extraña, que procuraba combatir oponiéndole todo el endurecimiento de sus últimos veinte años. Semejante situación le fatigaba. Advertía, no sin inquietud, que se debilitaba á pesar suyo en su interior la calma espantosa que la injusticia de su desgracia le había dado. Preguntábase á sí mismo qué era lo que debía reemplazarla. Á veces hubiera preferido verdaderamente haber sido preso por los gendarmes, y que no hubieran pasado las cosas de aquella manera; pues, de seguro, no se hubiera trastornado tanto. Por más que la estación estuviese ya muy adelantada, había aún entre las enramadas alguna que otra flor tardía, cuyo olor, que iba él aspirando durante su marcha, le traía á la memoria sus recuerdos de la infancia. Tales recuerdos le eran casi insoportables, tanto tiempo hacía que no los había probado.
Mil pensamientos inexplicables de semejante índole le acosaron durante todo el día.
Cuando el sol declinaba ya al poniente, prolongando sobre el suelo la sombra del más insignificante guijarro, sentóse Juan Valjean detrás de un matorral sobre una extensa llanura rojiza, absolutamente desierta. No tenía otro horizonte que los Alpes. Ni siquiera un solo campanario de aldea próxima ni lejana. Juan Valjean podía estar á la sazón como á unas tres leguas de D***. Una senda que atravesaba la llanura, pasaba á pocos pasos del matorral.
En medio de aquel lugar de meditación, que podía contribuir un poco á hacer más espantoso con sus harapos, para cualquiera que le hubiese encontrado, oyó una especie de ruido alegre.
Volvió la cabeza, y vió venir por la senda un niño saboyano como de unos diez años, que venía cantando, con su gaita pendiente de un costado y la caja de su marmota á la espalda.
Uno de esos tiernos y alegres muchachos que van de un país á otro, enseñando las rodillas por los rotos del pantalón.
Sin dejar el canto, interrumpía el chico de cuando en cuando su marcha, jugando con algunas monedas que llevaba en la mano, toda su fortuna probablemente. Entre aquellas monedas había una pieza de cuarenta sueldos[2].
El muchacho se paró junto al matorral sin ver á Juan Valjean, tirando al aire sus monedas, que hasta entonces había venido recibiendo juntas, con bastante destreza, sobre el dorso de la mano.
Pero esta vez la pieza de cuarenta sueldos se le escapó, y se fué rodando entre la hojarasca hasta Juan Valjean.
Juan Valjean le puso el pie encima.
Sin embargo, el muchacho, que había seguido la moneda de reojo, vió perfectamente donde había ido.
Se fué el niño, sin detenerse, derecho al hombre.
Era aquel un lugar del todo solitario. Tanto como pudiera extenderse la mirada, no había una sola persona en la senda ni en la llanura. Sólo se oía el débil piar de una nube de pájaros que cruzaban el cielo á grande altura. El muchacho, vuelto de espaldas al sol que entretejía sus rayos de oro con sus cabellos, y que pintaba de un rojo sangriento las salvajes facciones de Juan Valjean.
--Señor,--dijo el chiquillo saboyano, con aquella confianza de la niñez, mezcla de ignorancia é inocencia,--¡mi pieza!
--¿Cómo te llamas?--le dijo Juan Valjean.
--Gervasillo, señor.
--Vete,--dijo Valjean.
--Señor,--repuso el chico,--devolvedme mi moneda.
Juan Valjean bajó la cabeza sin contestar palabra.
El niño repitió:
--¡Mi moneda, señor!
La mirada de Juan Valjean seguía fija en tierra.
--¡Mi pieza!--gritó el muchacho,--¡mi pieza blanca! ¡mi moneda de plata!
Parecía que Juan Valjean no entendía una palabra. El niño le cogió del cuello de la blusa y sacudióle. Al mismo tiempo se esforzaba cuanto podía para hacer que se separase de donde estaba, el grosero zapato claveteado que cubría su tesoro.
--¡Quiero mi moneda! ¡mi moneda de cuarenta sueldos!
El niño lloraba. Levantó Juan Valjean la cabeza. Permaneció, no obstante, sentado y sin moverse. Sus ojos estaban velados. Contempló al muchacho como asombrado, luego alargó la mano hasta su garrote, gritando con acento terrible:
--¿Quién anda ahí?
--Yo, señor,--respondió el muchacho,--¡Gervasillo! ¡yo! ¡yo! ¡Devolvedme mis cuarenta sueldos si os place!
Después, irritado, pequeño y todo como era y en tono de amenaza:
--Á ver, quitad el pie de ahí; ¡quitadlo os digo!
--¡Ah! eres tú todavía,--dijo levantándose bruscamente Juan Valjean y en tono amenazador, pero sin mover el pie de sobre la moneda, añadiendo:
--¡Quieres irte de aquí!
El muchacho le dirigió una mirada de espanto, y luego comenzó á temblar de pies á cabeza, y después de algunos segundos de estupor, echó á correr con todas sus fuerzas, sin atreverse á volver la cabeza ni lanzar un grito.
No obstante, á no larga distancia la fatiga le obligó á pararse, y Juan Valjean, al través de sus meditaciones, creyó oirle llorar.
Después de unos instantes, el muchacho había desaparecido.
El sol se había puesto.
Las sombras se aumentaban al rededor de Juan Valjean. No había comido en todo el día; es muy probable que tuviera fiebre.
Continuaba todavía en pie sin haber cambiado de actitud, desde que había desaparecido el muchacho. La respiración agitaba su pecho á largos y desiguales intervalos. Su mirada, fijada á unes diez ó doce pasos delante de él, parecía estudiar con profunda atención la forma de un tiesto viejo de barro pintado de azul que estaba entre la yerba. De pronto pareció estremecerse; acababa de sentir la impresión del frío de la noche.
Encasquetóse su gorro hasta cubrir la frente por completo, buscó maquinalmente la manera de abrochar su blusa, dió un paso, y se agachó para tomar su garrote del suelo.
En aquel momento, vió la moneda de cuarenta sueldos que había medio hundido en el suelo con su pie, y que brillaba en medio de las piedras. Esto produjo en él una especie de emoción galvánica.
--¿Qué es esto?--murmuró entre dientes. Retrocedió tres pasos, parándose de repente sin poder separar los ojos del punto en que había sentado la planta hacía un momento, como si aquello que brillaba en medio de la obscuridad hubiese sido un ojo abierto que le mirase fijamente.
Después de unos instantes se precipitó convulsivamente sobre aquella moneda de plata, tomola, levantándose enseguida, y comenzó á mirar á lo lejos, por toda la llanura, dirigiendo á un tiempo sus miradas hacia todos los puntos del horizonte, anhelante y tembloroso como una fiera que busca un asilo.
Nada alcanzó ver. La noche estaba encima, la llanura fría y vaga, algunas grandes brumas violadas acudían entre las luces del crepúsculo.
--¡Ah!--exclamó de pronto, y se alejó rápidamente en determinada dirección por allí donde el muchacho había desaparecido. Después de haber andado unos treinta pasos, paróse nuevamente á mirar, pero nada vió.
Entonces gritó con todas sus fuerzas:
--¡Gervasillo! ¡Gervasillo!
Callóse y escuchó.
No le respondió nadie.
El campo estaba tétrico y desierto. Estaba solo rodeado por la extensión. No tenía Juan en torno suyo más que sombras, entre las que se perdía su mirada, y el silencio en el que se perdía también su voz.
Soplaba un airecillo glacial, que daba á las cosas de su alrededor una especie de vida lúgubre. Los arbustos agitaban sus desmedradas ramas con increíble furia. Hubiérase dicho que amenazaban y perseguían á alguien.
Volvió á emprender su marcha nuevamente; luego empezó á correr; de cuando en cuando se paraba para gritar entre aquellas soledades con una voz que encerraba á la vez la expresión y el tono más formidable y desolado que puede imaginarse. «¡Gervasillo! ¡Gervasillo!».
Es bien seguro que si el muchacho hubiese oído aquellas voces, hubiera guardado de acudir. Pero el muchacho estaba, á no dudarlo, ya muy lejos. Topóse con un cura que venía á caballo. Acercósele y díjole:
--Señor cura, ¿habéis visto pasar un muchacho?
--No,--contestó el clérigo.
--¿Uno que se llama Gervasillo?
--No he visto á nadie.
Entonces sacó dos monedas de cinco francos de su bolsa y se las dió al cura.
--Señor cura, esto para los pobres. Señor cura, es un muchacho de unos diez años, que lleva una marmota, creo, y también una gaita. Iba de paso. Uno de esos saboyanos, ¿entendéis?...
--No, no le he visto.
--¿Gervasillo? ¿No hay algún pueblecillo por aquí? ¿Podéis decírmelo?
--Si es como vos decís, amigo mío, será uno de tantos chiquillos extranjeros que atraviesan el país, y á quienes nadie conoce.
Juan Valjean tomó violentamente otras dos monedas de cinco francos y se las dió también al cura.
--Para vuestros pobres,--dijo.
Después añadió como azorado:
--Señor cura, haced que me prendan. Soy un ladrón.
El cura picó á un tiempo ambas espuelas, y huyó despavorido.
Juan Valjean se puso á correr en la misma dirección que había tomado antes.
Caminó así, á la ventura, un buen espacio, mirando, llamando, y gritando, pero sin encontrar persona alguna. Dos ó tres veces corrió por la llanura hacia algo que le hizo el efecto de una persona tendida ó acurrucada; pero veía luego que no eran sino malezas ó rocas á flor de tierra. Por fin, en un punto en el cual se cruzan tres senderos, se paró. La luna había salido. Dirigió una mirada á lo lejos, llamando por última vez: «¡Gervasillo! ¡Gervasillo! ¡Gervasillo!». Sus gritos se perdieron entre la bruma, sin ni siquiera devolver un eco. Murmuró todavía: «¡Gervasillo!», pero con voz débil y casi inarticulada. Éste fué su último esfuerzo; sus piernas vacilaron bruscamente bajo su peso, como si un poder invisible le anonadara con todo el peso de su siniestra conciencia; cayendo desvanecido sobre una gran piedra, los puños entre sus cabellos, y la cabeza entre ambas rodillas, gritando desolado:
«¡Soy un miserable!».
Abrióse á este grito su corazón y rompió á llorar. Fué ésta la primera vez que lloró después de diez y nueve años.
Cuando Juan Valjean salió de casa del obispo, como hemos visto, estaba muy distante de todo cuanto había pensado hasta entonces. No podía acertar con lo que estaba pasando por él. Resistíase contra la angelical acción y contra las dulces palabras del anciano. «Me habéis prometido ser un hombre digno. Yo compro vuestra alma. Yo se la retiro al espíritu del mal y la entrego al Dios bueno». Esto lo estaba oyendo sin cesar. Pero oponía á esta celestial indulgencia el orgullo, que viene á ser en nosotros la fortaleza del mal. Sentía él clara y distintamente que el perdón de aquel sacerdote, era el mayor y más formidable ataque allí donde estaba aún abroquelado; que su endurecimiento sería infinito si alcanzaba á resistir aquella clemencia; que si cedía le sería forzoso renunciar á aquel odio en el cual las acciones de los demás hombres habían llenado su alma durante tantos años, y en el cual se gozaba; que esta vez era preciso vencer ó ser vencido, y que la lucha, una lucha colosal y definitiva, estaba entablada entre su maldad y la bondad de aquel hombre.
En presencia de todas aquellas luces, caminaba él como un hombre ebrio. Mientras andaba de esta manera, los ojos extraviados, ¿había en él una percepción distinta de la que podría resultar para el de su aventura de D***? ¿tenía él todos aquellos murmullos misteriosos que advierten ó importunan el espíritu en ciertos momentos de la vida? Una voz le decía al oído que acababa de atravesar el momento solemne de su destino; que ya no había otro medio para él; que si no era en lo sucesivo el mejor de los hombres, sería el peor; que era preciso, por decirlo así, que se elevara á la sazón más alto que el obispo, ó descendiese más bajo que el presidiario; que si él quería ser bueno, era preciso que fuése un ángel, y que si quería permanecer malo, era indispensable que fuése un monstruo.
Aquí debemos aún volver á interrogar sobre lo que ya lo hemos hecho otra vez: ¿guardaba, aunque fuése confusamente, alguna sombra de todo esto en su memoria? Ciertamente, la desgracia, ya lo hemos dicho, educa la inteligencia; pero es muy de dudar que Juan Valjean estuviese en estado de comprender todo cuanto dejamos indicado aquí. Si aquellas ideas se le presentaban, él las entreveía mejor que las veía; y servían únicamente para producir en él una turbación inexplicable y casi dolorosa. Al salir de aquel antro negro y deforme que se llama presidio, el obispo le había herido el alma, como una voz demasiado viva le hubiera herido los ojos al salir de las tinieblas. La vida futura, la vida posible que se le presentaba desde luego puro y radiante, le llenaba de pesadumbre y ansiedad. Él no sabía, en verdad, dónde se hallaba. Como un mochuelo que viera bruscamente la luz del sol, el presidiario había sido deslumbrado y cegado por la virtud.
Lo verdaderamente cierto, y sobre lo cual no tenía la menor duda, era que había ya dejado de ser el mismo hombre, que todo había cambiado en él, puesto que no estaba en su mano, hacer que el obispo no le hubiese hablado ni le hubiese conmovido.
En semejante estado de ánimo, había encontrado á Gervasillo, y le había robado aquellos cuarenta sueldos. ¿Por qué? Él no hubiera, de seguro, alcanzado á explicarlo; ¿había sido un postrer esfuerzo y como á supremo esfuerzo de la maldad de pensamientos que había aportado del penal, un resto de impulsión, un resultado de lo que se llama en estática fuerza adquirida? Era esto, y era menos todavía que esto, tal vez. Digámoslo simplemente, no era él quien había robado; no había sido el hombre, había sido la bestia que, por costumbre ó por instinto, había puesto sencillamente el pie sobre la moneda, mientras la inteligencia luchaba entre innumerables observaciones desconocidas y nuevas.
Cuando la inteligencia despertó y comprendió lo brutal de la acción, Juan Valjean retrocedió angustiado y dió un grito de espanto.
Y era que por un extraño fenómeno, solamente posible en una situación como la en que se hallaba, al robar aquel dinero á aquel niño, había hecho una cosa de la que no era ya capaz.
Fuése lo que fuere, aquella postrera mala acción produjo en él un efecto decisivo; atravesó bruscamente el caos que existía en su inteligencia, disipándolo, separó y puso aparte las espesas obscuridades, y de otra la luz, agitó su alma, en el estado en que se hallaba, como agitan ciertos reactivos químicos, una mezcla turbia, precipitando un elemento y clarificando otro.
Desde luego, y antes de reflexionar y examinar, desatentado como el que busca la manera de salvarse, trató de encontrar al muchacho para devolverle su dinero; cuando hubo reconocido que era aquello inútil é imposible, detúvose desesperado. En el momento en que exclamaba: «¡soy un miserable!» acababa de reconocerse tal cual era, estando ya entonces separado de sí mismo, hasta el punto de figurarse no ser más que un fantasma que tenía delante de sí, en carne y hueso, con el garrote en la mano, la blusa andrajosa, el morral lleno de objetos robados á la espalda, el semblante tétrico y resuelto, con su imaginación llena de proyectos abominables, al repugnante presidiario Juan Valjean.
Su excesiva desventura, como hemos dicho, le había hecho un tanto visionario. Fué esto por consiguiente una visión. Llegó á ver verdaderamente á Juan Valjean, con su siniestra catadura delante de sí. Hubo un momento en que quiso preguntar quién era aquel hombre que le horrorizaba.
Su cerebro se hallaba en uno de aquellos momentos violentísimos, y sin embargo, horriblemente tranquilos, en los cuales la ficción imaginativa es tan profunda que absorbe la realidad. En cuyos momentos no ve uno lo que tiene delante y junto á sí, y en los que vemos como fuera de nosotros, las figuras que llenan nuestro espíritu.
Contemplábase, pues, así mismo, por así decirlo, frente á frente, y al mismo tiempo, al través de aquella alucinación, estaba viendo, en ciertas misteriosas profundidades, una especie de luz que llegó á tomar por una antorcha. Mirando luego con mayor atención aquella luz que surgía de su conciencia, reconoció que tenía forma humana, y que aquella antorcha era el obispo.
Su conciencia comparó á su vez aquellos dos hombres, colocados ante ella: el obispo y Juan Valjean. Era indispensable que no fuése otro que el primero para confundir al segundo. Por uno de aquellos efectos singulares propios de semejante clase de éxtasis, á medida que su ilusión se prolongaba, iba el obispo agrandándose y resplandeciendo á sus ojos, y Juan Valjean se achicaba y desvanecía. Llegó un punto en que no era él más que una sombra. Luego desapareció por completo. Quedaba sólo el obispo llenando de clarísimos resplandores los espacios del alma de aquel miserable.
Juan Valjean, lloró mucho, lloró ardientísimas lágrimas, lloró sollozando con mayor debilidad que una mujer, y más miedo que un niño.
Á medida que lloraba, iba produciéndose más y más en su cerebro una extraordinaria claridad, una claridad maravillosa y terrible á la vez. Su vida pasada, su primera falta, su larga expiación, su embrutecimiento exterior, su interior dureza, su misma libertad unida á sus planes de venganza, lo que le había pasado en casa del obispo, la última cosa que había hecho, aquel robo de cuarenta sueldos á un chiquillo, crimen tanto más infame, tanto más monstruoso, cuanto que había sido cometido después de la absolución del obispo; todo lo cual se le presentaba claramente en medio de una luz que hasta entonces jamás había visto.
Estaba viendo su vida, y le parecía horrible: su alma, espantosa. Sin embargo, una dulcísima luz se derramaba sobre aquella vida y sobre aquella alma. Le parecía ver á Satanás á la luz del paraíso.
¿Cuántas horas estuvo así llorando? ¿Qué hizo después dé haber llorado? ¿Adónde fué? nadie lo ha sabido jamás. Parece solamente averiguado que, durante aquella misma noche, el carretero, que hacía en aquella época el servicio de Grenoble y que llegó á D*** á eso de las tres de la madrugada, vió, al atravesar la calle del Obispado, un hombre en actitud de orar, arrodillado sobre el pavimento y en la sombra junto á la puerta de la casa donde vivía monseñor Bienvenido.
NOTAS:
[1] Patuá de los Alpes franceses. Gato de ladrón.
[2] Dos pesetas moneda española.
LIBRO TERCERO EN EL AÑO 1817
I =El año 1817=
Éste fué el año que Luis XVIII, con una especie de aplomo real, que no carecía de vanidad, calificó de vigésimo segundo de su reinado. Fué también el año de la celebridad del señor Bruguiére de Sorsum. Todas las tiendas de los peluqueros, esperando el polvo y la vuelta del ave real, aparecían estucadas de azul y flor delisadas. Era aquélla la época inocente y cándida en que el conde Lynch sentábase todos los domingos como mayordomo, en el banco de la obra de San Germán de los Prados vistiendo el uniforme de par de Francia, con su cordón rojo y su larga nariz, y aquel majestuoso perfil propio de un hombre que ha hecho algo famoso. El algo famoso realizado por el señor Lynch fué el siguiente: haber, siendo alcalde de Burdeos el 12 de marzo de 1814, entregado la ciudad antes de tiempo al señor duque de Angulema. De ahí su dignidad de par. En 1817, la moda embutía los niños de cuatro á seis años en sendas gorras de cordobán con orejeras muy parecidas á las mitras de los esquimales. El ejército francés fué vestido de blanco á la austríaca; los regimientos se llamaron legiones, y en lugar del número correspondiente, tomaron los nombres de los departamentos. Napoleón se encontraba en Santa Elena, y como Inglaterra le negaba el paño verde, hizo que fuesen vueltos del revés sus viejos uniformes.
En 1817, Pellegrini cantaba, la señorita Bigottini bailaba, Potier reinaba, y Odry no existía aún. La señora Saqui sucedía á Forioso. Había aún prusianos en Francia. El señor Delalot era un personaje. La legitimidad acababa de afirmarse cortando la muñeca, y luego la cabeza, á Pleignier, á Carbonneau y á Tollerón.
El príncipe de Talleyrand, gran chambelán, y el cura Luis, designado para ministro de Hacienda, se contemplaban mutuamente riendo como dos augures; ambos habían celebrado, el 14 de julio de 1790, la misa de la federación en el campo de Marte; Talleyrand había oficiado de obispo, Luis le había ayudado como diácono.
En 1817, en las travesías de las alamedas de aquel mismo campo de Marte (Marzo), veíanse grandes cilindros de madera, expuestos á la lluvia, y pudriéndose entre la yerba, pintados de azul, con restos de águilas y de abejas desdorados. Habían sido las columnas que dos años antes habían sustentado el solio del emperador en el campo de Mayo. Estaban esparcidos aquí y allí, y ennegrecidos además por el fuego de los vivacs, de los austríacos acampados junto á Gros Caillou. Dos ó tres de aquellas columnas habían desaparecido en las hogueras de los vivacs, habiendo calentado las grandes manos de los Kaiserlicks.
El campo de Mayo tenía de notable, que había sido celebrado en el mes de junio en el campo de Marzo.
Durante el año 1817 se habían popularizado dos cosas: el Voltaire Touquet, y la tabaquera de la Carta.
La emoción parisién más reciente había sido el crimen de Dautun, quien había tirado la cabeza de su hermano al pilón del mercado de las flores.
Comenzaba á inquietarse el ministro de Marina por no tener noticias de la desgraciada fragata Medusa, que debía cubrir de mengua á Chaumareix y de gloria á Géricault. El coronel Selves había ido á Egipto para trocarse en Soliman Pachá. El palacio de las Termas, de la calle de La Harpe, servía de tienda á un tonelero. Veíase todavía en la plataforma de la torre octógona del palacio de Cluny, la casilla de madera que había servido de observatorio á Messier, astrónomo de la marina de Luis XVI.
La duquesa de Duras leía á tres ó cuatro amigos, en su gabinete tapizado de raso azul celeste, la Ourika inédita. Raspábanse las N. del Louvre. El puente de Austerlitz abdicaba, intitulándose puente del Jardín del Rey, doble enigma que encerraba á la vez el puente de Austerlitz y el jardín de Plantas.
Luis XVIII, preocupado en marcar con la uña en Horacio los héroes que se hacen emperadores, y los zapateros que se hacen delfines, tenía además dos inquietudes constantes, Napoleón y Mathurin Bruneau.
La Academia francesa daba como tema de premio: la dicha procura el estudio. El señor Bellart era elocuente oficialmente. Veíase germinar á su sombra al futuro abogado general de Broë, entre los sarcasmos de Pablo-Luis Courier. Había también un falso Chateaubriand llamado Marchangy, esperando á que saliese un falso Marchangy llamado Arlincourt. Clara de Alba y Malek-Adel eran grandes obras; la señora Cottin había sido declarada primer escritor de la época. El Instituto dejó borrar de su lista al académico Napoleón Bonaparte. Un real decreto erigía Angulema en escuela de marina, porque siendo el duque de Angulema gran almirante, era evidente que la ciudad de Angulema acreditaba de derecho todas las cualidades de puerto de mar, sin lo cual el principio monárquico hubiera podido menoscabarse.
Presentóse en consejo de ministros la proposición de averiguar si debían tolerarse las viñetas que representaban volatines, que adornaban los carteles de Franconi, porque agrupaban los pilluelos y vagabundos de las calles.
El señor Paër, autor de Inés, buen hombre, de cara cuadrada, con una verruga en la mejilla, dirigía los conciertos continuos de la marquesa de Sassenaye, calle de la Ville l'Evèque. Todas las jóvenes cantaban l' Ermite de Saint-Avelle, letra de Edmundo Géraud. El enano amarillo se trasformaba en espejo. El café Lemblin estaba por el emperador, con el café Valois que estaba por los Borbones.
Llegaba el señor duque de Berry de casarse con una princesa de Sicilia, y ya le venía Louvel pisando la sombra. Hacía un año que había muerto madama Staël. Los guardias de corps silbaban á la señorita Mars. Los periódicos grandes se habían trocado en pequeños. El tamaño se había reducido, pero la libertad era grande. El Constitucional era constitucional. La Minerva llamaba á Chateaubriand Chateaubriant. Esta t daba mucho que reir á los artesanos acomodados á costa del gran escritor.
En periódicos vendidos, había periodistas degradados que insultaban á los proscritos de 1815; David carecía de talento, Arnault de ingenio y Carnot de probidad; Soult no había ganado ninguna batalla, es verdad también que Napoleón carecía de genio. Nadie ignora que es muy raro que las cartas dirigidas por el correo á los desterrados lleguen á sus manos; la policía tiene á religioso deber interceptarlas. El hecho no es nuevo; Descartes, desterrado, se lamenta de ello. Luego, habiendo David, en un periódico belga, manifestado su disgusto por no recibir las cartas que se le escribían, hizo ello tanta gracia á los periódicos realistas, que llegaron á bufonear groseramente con semejante pretexto al desterrado.
Decir: los regicidas, ó decir: los votantes: decir: los enemigos, ó decir: los aliados: decir: Napoleón, ó decir: Buonaparte, separaba á dos hombres más que un abismo. Las gentes de buen sentido convenían en que la era de las revoluciones estaba para siempre cerrada por el rey Luis XVIII, apodado de «inmortal autor de la Carta». En el terraplén del puente nuevo, se esculpía la palabra: Redivivus, en el pedestal que esperaba la estatua de Enrique IV. El señor Piet esbozaba, en la calle Thérèse, N.º 4, en conciliábulo para consolidar la monarquía. Los jefes de la derecha decían al encontrarse en coyunturas graves: «Es preciso escribir á Bacot». Los señores Canuel, O'Mahony y de Cheppedelaine, borroneaban, un tanto apoyados por el señor (hermano y heredero del rey), lo que había de ser más tarde «la conspiración de Bòrd de l'eau». El alfiler negro conspiraba por su lado. Delaverderie se inclinaba á Trogoff. El señor Decazes, espíritu hasta cierto punto liberal, dominaba.
Chateaubriand, de pie todas las mañanas junto á su ventana del número 27 de la calle Saint Dominique, en mangas de camisa y zapatillas, sus cabellos grises sujetados por un pañuelo, fijos los ojos en un espejo, y un estuche completo de cirujano dentista, abierto ante sí, limpiábase los dientes, que los tenía por cierto muy hermosos, al propio tiempo que dictaba «La monarquía según la Carta» al señor Pilorge, su secretario.
La crítica, admitida como autoridad, prefería Lafon á Talma. El señor de Feletz firmábase A., Hoffmann Z, y Carlos Nodier suscribía Teresa Aubert. El divorcio había sido abolido. Los liceos se llamaban colegios. Los colegiales, adornando su cuello con una flor de lis, de oro, se daban de cachetes á propósito del rey de Roma. La contra policía de palacio denunciaba á Su Alteza real, La Señora (la hermana del rey), el retrato, expuesto por todas partes, del señor duque de Orléans, el cual estaba mejor de uniforme de coronel general de húsares, que el señor duque de Berry de coronel-general de dragones, gravísimo inconveniente. La ciudad de París hacía dorar nuevamente á su costa la cúpula de los Inválidos. Los hombres serios se preguntaban qué es lo que haría en tal ó cual circunstancia el señor de Trinquelague; el señor Clausel de Mantals divergía en algunos puntos del señor Clausel de Coussergues: el señor de Salaberry no estaba contento.
El cómico Picard, que formaba parte de la Academia en la que no había podido entrar el cómico Molière, hacía representar Los dos Filibertos, en el Odeón, sobre cuyo frontispicio, á pesar de haber sido arrancadas las letras se leía aún claramente: TEATRO DE LA EMPERATRIZ. Se formaban partidos en pro y en contra de Cugnet de Montarlot. Fabvier era faccioso, Bavoux revolucionario. El librero Pelicier publicaba una edición de Voltaire bajo este título: Obras de Voltaire, de la Academia francesa. «Esto llama á los compradores», decía aquel infeliz editor.
Era opinión general que el señor Charles Loyson, iba á ser el genio del siglo; así es que la envidia comenzaba ya á morderle, signo de gloria; escribiéndose sobre ello este verso:
Por más que Loyson vuele, se echan de ver sus patas.
El cardenal Fesch negábase á dimitir. El señor de Pins, arzobispo de Amasie, administraba la diócesis de Lyon. La cuestión del valle de Dappes, comenzábase entre Suiza y Francia por una memoria del capitán Dufour, más tarde general. Saint-Simón, ignorado, meditaba su sublime teoría. Había en la Academia de ciencias un Fourier célebre que la posteridad ha olvidado, y no sé en qué buhardilla un Fourier obscuro de quién se acordará el porvenir. Lord Byron empezaba á despuntar; una nota de cierto poema de Millevoye lo anunciaba á Francia en estos términos: un tal lord Barón.
David de Angers ensayaba dar formas al mármol. El abate Carón hablaba con elogio, en las reuniones íntimas de seminaristas del callejón (sin salida) de Feullantines, de un presbítero desconocido llamado Felicité-Robert, que fué más tarde Lamennais.
Una cosa que humeaba andando fatigosamente por el Sena metiendo el ruido de un perro que nada, iba y venía bajo las ventanas de las Tullerías, del puente Real al puente de Luis XV; era una máquina de poquísima utilidad, por cierto, una especie de juguete, una visión de un inventor fantástico, una utopía; un buque de vapor: Los parisienses veían indiferentes semejante inutilidad.
El señor de Vaublanc, reformador del Instituto por el golpe de Estado, hornada y decreto á la vez, autor distinguido por varios académicos á quienes había hecho tales, no podía llegar á serlo. El arrabal de San Germán y el pabellón Marsan querían para prefecto de policía al señor Delaveau, á causa de su devoción. Dupoytren y Recamier querellábanse y discutían en el anfiteatro de la Escuela de Medicina, amenazándose con los puños con motivo de la divinidad de Jesucristo.
Couvier, puesto un ojo en el Génesis y otro en la naturaleza, se esforzaba para complacer á la santurona reacción, en poner los fósiles de acuerdo con los textos sagrados y en hacer adular á Moisés por los mastodontes. Francisco de Neufchâteau, loable cultivador de la memoria de Permantier, hacía mil esfuerzos para que pomme de terre (patata) se llamase parmentiere, sin conseguirlo. El abate Gregoire, antiguo obispo, antiguo convencional y antiguo senador, llegó á pasar dentro la polémica realista, al estado «di infame Gregoire». Esta locución que acabamos de usar, pasar al estado de, fué denunciada como neulogismo por Royer-Collard.
Podía aún distinguirse por su blancura bajo el tercer arco del puente de Jena, la piedra nueva con la cual dos años antes se había tapado el boquete de la mina practicada por Blücher para volar el puente. La justicia llevaba á la barra un hombre que, al ver entrar al conde de Artois en Nuestra Señora, había dicho en alta voz: ¡Vive Dios! que deploro los tiempos en que veía á Bonaparte y á Talma entrar, dándose el brazo, en Bal Sauvage. Dicho sedicioso. Seis meses de cárcel.
Los traidores se presentaban desembozados: hombres que se habían pasado al enemigo la víspera de una batalla no ocultaban nada de la recompensa, presentándose impúdicamente en pleno día con el mayor cinismo haciendo gala de sus riquezas y sus dignidades; desertores de Ligny y de Quatre Bras, con todo el desenfado de su torpeza pagada, ostentando al desnudo su abnegación monárquica; olvidados de lo escrito en Inglaterra, en las paredes interiores de los retretes públicos: Please adjust your dress before leaving. (Sírvase usted abrocharse antes de salir).
He aquí, en revuelta confusión, lo que sobresalió más ó menos del año 1817, hoy día olvidado.
La historia es negligente con semejantes particularidades, porque no puede hacer otra cosa; la invadiría el infinito. No obstante, estos detalles, llamados equivocadamente pequeñeces, no hay en la humanidad pequeños hechos, como no hay en la vegetación hojas pequeñas. De la fisonomía de los años, se compone la figura de los siglos.
Durante este año de 1817, cuatro jóvenes parisienses hicieron «una linda gracia».
II =Doble cuarteto=
Los tales parisienses eran uno de Toulouse, otro de Limoges, el tercero de Cahors y el cuarto de Montauban; pero eran estudiantes; y quien dice estudiante dice parisino: estudiar en París es nacer en París.
Aquellos jóvenes no tenían significación alguna; todo el mundo les ha visto alguna vez; cuatro muestras del primero con quien nos topemos; ni buenos ni malos, ni sabios ni ignorantes, ni genios ni imbéciles; bellezas del alegre abril que se llama veinte años. Eran cuatro oscares cualesquiera, porque en aquella época los Arturos no existían aún. Quemad para él los perfumes de la Arabia, dice el romance, ¡Oscar viene, Oscar, voy á verle! Salíamos de Ossian; la elegancia era escandinava y caledoniana, el género inglés puro no debía prevalecer hasta más tarde, y el primero de los Arturos Wellington, acababa apenas de ganar la batalla de Waterloo.
Estos Oscares, se llamaban el uno Félix Tholomyés, de Toulouse, el otro Listolier, de Cahors, el tercero Fameuil de Llimoges, y el último Blachevelle, de Montauban. Naturalmente, cada uno tenía su damisela. Blachevelle amaba á Favorita, llamada así por haber estado en Inglaterra; Listolier adoraba á Dalia, la cual había tomado por nombre de guerra el nombre de una flor; Fameuil idolatraba á Zefina, contracción de Josefina, y Tholomyés tenía á Fantina, llamada la Rubia, por sus hermosos cabellos color de sol.
Favorita, Dalia, Zefina y Fantina, eran cuatro graciosas muchachas perfumadas y alegres; modisteaban todavía un poco, porque no habían aún abandonado la aguja del todo, algo distraídas por amorcillos pasajeros, pero conservando en su aspecto, restos de la serenidad del trabajo y en el alma aquella flor de la honestidad que en la mujer sobrevive á la primera caída. Había una de las cuatro á la que llamaban la joven, porque era la menor; y otra á la que llamaban la vieja; la vieja tenía veinte y tres años. Para no ocultar nada, diremos que las tres primeras eran más experimentadas, más indiferentes y más acostumbradas á volar entre el torbellino de la vida, que Fantina, la Rubia, que vagaba todavía entre su primera ilusión.
Dalia, Zefina, y sobre todo Favorita, no hubieran podido asegurar otro tanto. Había ya más de un episodio que consignar en la leyenda de su vida apenas comenzada, y el amante llamado Adolfo en el primer capítulo, resultaba ser Alfonso en el segundo y Gustavo en el tercero. Pobreza y coquetería son dos consejeras fatales; la una regaña, la otra lisonjea; y las hermosas jóvenes del pueblo las llevan siempre en su compañía, hablándoles al oído por lo bajo, una á cada lado. Son almas mal guardadas. De ahí las caídas que dan, y las piedras que se les arrojan. Se las agobia con el explendor de cuanto existe inmaculado é inaccesible. ¡Ay si la joven aristocrática tuviese hambre!
Favorita; habiendo estado en Inglaterra, tenía por admiradoras á Zefina y Dalia. Había tenido oportunamente su buena casa. Su padre, antiguo profesor de matemáticas, brutal y fanfarrón; solterón y vividor ambulante á pesar de su edad. Este profesor, siendo aún joven, vió en cierta época el vestido de una doncella de servicio cogido de la rejilla de una chimenea; y por este accidente se enamoró. De ello resultó Favorita. Ella encontraba de cuando en cuando á su padre que la saludaba. Cierta mañana una mujer, ya entrada en años, de apariencia mística, entró en su casa y le dijo:
--¿No me conocéis, verdad, señorita?
--No.
--Pues soy tu madre.
Luego abrió la vieja la alacena, comió lo que le pareció bien, hizo que le trajeran un colchón que tenía y se quedó instalada en la casa. Aquella madre gruñona y devota jamás le decía una palabra á Favorita, se pasaba las horas sin hablar; almorzaba, comía y cenaba por cuatro, descendiendo luego á la tertulia de la portería, hablando de continuo mal de su hija.
Lo que había atraído á Dalia hacia Listolier, ó hacia otros tal vez, y hacia la ociosidad, fué el tener demasiado bonitas y rosadas las uñas. ¿Cómo había de hacer trabajar aquellas uñas? La que quiera ser virtuosa no puede tenerles piedad á sus manos. En cuanto á Zefina, había conquistado á Fameuil por su graciosa manera viva y cariñosa de decir: «sí, señor».
Los jóvenes eran camaradas, las jóvenes fueron amigas. Semejantes amores van siempre acompañados de tales amistades.
Sabio y filósofo son dos cosas distintas, y la prueba está en que, salvando todas las pequeñeces de detalle, Favorita, Zefina y Dalia, eran unas muchachas filósofas y Fantina una muchacha sabia.
¡Sabia! se dirá, ¿y Tholomyés? Salomón contestaría que el amor forma parte de la sabiduría. Nosotros nos concretamos á decir que el amor de Fantina era un primer amor, un amor único, un amor fiel.
Ella era la única de las cuatro á quien no tuteaba más que un hombre.
Fantina era uno de esos seres que había brotado, por así decirlo, del fondo del pueblo. Salida de las insondables espesuras de la sombra social, llevaba en su frente el sello del anónimo y lo desconocido. Había nacido en M*** sobre M*** ¿de qué padre? ¿Quién sabe? Nadie le conoció jamás padre ni madre. Se llamaba Fantina. ¿Por qué se llamaba así? Nadie le conocía por otro nombre. En la época de su nacimiento existía aún el Directorio. Nada de apellido de familia, como no la tenía; nada de nombre de pila, puesto que no estaba allí la Iglesia. Se llamaba, pues como le plugo al primer transeunte que se la encontró de pequeñita andando descalza por la calle. Recibió aquel nombre, como recibía el agua de las nubes sobre su frente cuando llovía. Llamábanla la pequeña Fantina. Nadie sabía más. Aquella criatura humana había entrado así en la vida. Á los diez años dejó Fantina la ciudad y se puso á servir en las casas de campo de las cercanías. Á los quince se fué á París á «probar fortuna». Fantina era hermosa, y fué pura todo el mayor tiempo que pudo. Era una hermosa rubia de bellísimos dientes. Traía, pues, el oro y las perlas en dote; pero su oro estaba en su cabeza y en su boca las perlas.
Trabajaba para vivir; después, siempre para vivir, porque tiene también el corazón su hambre, amó.
Amó á Tholomyés.
Amorío para él, pasión para ella. Las calles del barrio latino, llenas por el continuado hormigueo de estudiantes y grisetas, vieron los principios de aquel delirio. Fantina, en los dédalos de la colina del Panteón, donde tantas aventuras se enlazan y se rompen, había huido mucho tiempo de Tholomyés, pero encontrándole cada día de nuevo. Existe una manera de huir que se parece mucho al buscar. Pronto se realizó la égloga.
Blachevelle, Listolier y Fameuil, formaban un grupo del que era Tholomyés la cabeza. Él era, pues, el alma.
Tholomyés era el antiguo, el verdadero estudiante; era rico; tenía cuatro mil francos de renta; cuatro mil francos de renta, explendidez escandalosa en la montaña de Santa Genoveva. Tholomyés era un vividor de treinta años, mal conservado, arrugado y mellado; empezaba á tener calvicie, con motivo de lo cual decía de sí mismo alegremente: coronilla á los treinta, rodilla á los cuarenta. Digería ya bastante mal, y le lacrimeaba un ojo. Pero á medida que su juventud se extinguía, iba en aumento su alegría; suplía sus dientes por gestos, sus cabellos con chistes, su salud con ironías, y el ojo llorón con risa continuada. Era un montón de ruinas del que brotaban flores por todas partes. Su juventud, liando el petate antes de tiempo, batíase en retirada, pero en buen orden, reventando de risa y llena de fuego. Le habían rechazado una pieza en el Vaudeville. Á cada paso y á cualquier objeto escribía versos. Por otra parte, dudaba de todo á cierta altura, lo que da mucha fuerza á los ojos de los débiles. Siendo irónico y calvo, era el jefe. Iron es una palabra inglesa que quiere decir hierro. ¿Será de ella que procederá la palabra ironía?
Cierto día Tholomyés llamó á sí á los otros tres, y haciéndose el oráculo, les dijo:
--Hace cerca de un año que Fantina, Dalia, Zefina y Favorita nos están pidiendo que les demos una sorpresa. Se la tenemos prometida solemnemente. Siempre nos están hablando de ello, á mí sobre todo. Así como en Nápoles piden las viejas á san Enero Faccia gialluta, fa o miracolo, «¡cara amarillenta, haz el milagro!» nuestras queridas me dicen sin cesar: «Tholomyés, ¿cuándo darás á luz tu sorpresa?». Al mismo tiempo nos escriben nuestras familias. Acosados por todas partes. Creo que ha llegado el momento. Hablemos.
Al decir esto, bajó Tholomyés la voz, articuló alguna frase tan chocante que se manifestó el efecto entusiasta que había producido en los cuatro, con una carcajada común, al mismo tiempo que exclamaba Blachevelle: ¡Vaya una idea!
Hallándose junto á un café lleno de humo, entraron en él, perdiéndose entre aquella neblina el resto de la conferencia.
El resultado de aquellas tinieblas fué una brillante partida de campo que tuvo lugar el domingo siguiente, á la cual los cuatro estudiantes invitaron á las muchachas.
III =Cuatro y cuatro=
Lo que era una partida de campo entre estudiantes y grisetas hace cuarenta años, es muy difícil figurárselo hoy. París no tiene los mismos alrededores; el aspecto de lo que podría llamarse vida circumparisien, ha cambiado por completo después de medio siglo; en lugar del coche está el vagón, y en el de los lanchones el buque de vapor; decíase entonces Saint Cloud como se dice hoy Fécamp. El París de 1862 es una ciudad que tiene la Francia entera por alrededores.
Las cuatro parejas realizaron cumplidamente todas las locuras campestres posibles en aquellos tiempos. Era al comenzar las vacaciones, en un caluroso y despejado día de verano. Á la víspera, Favorita, la única que sabía escribir, había escrito lo siguiente á Tholomyés, en nombre de las cuatro: «El salir temprano augura un buen día». Sería por ello que se levantaron á las cinco de la mañana. Fueron en coche á Saint-Cloud; contemplaron la gran cascada en seco y exclamaron: ¡Esto ha de ser una gran cosa cuando salta el agua! Almorzaron en la Tête Noire, donde Castaing no había pasado todavía; jugaron una partida á la sortija en las arboledas del grande estanque; subieron á la linterna de Diógenes, jugaron barquillos en la ruleta del puente de Sévres, hicieron ramos con flores cogidas en Puteaux, compraron silbatos en Neuilly; comieron en todas partes pastelillos de manzana, en fin, fueron dichosos por completo.
Las chicas corrían, y chillaban como cotorras escapadas, que era un delirio. Á cada paso repartían cariñosos pescozones á los muchachos con regodeo verdaderamente infantil. ¡Oh matinal embriaguez de la vida! ¡Dichosa edad en la que se agita temblorosa y alegre el ala de las ilusiones!
¡Oh! quien quiera que seáis, ¿no es verdad que recordáis perfectamente haber ido alguna vez triscando en la espesura, separando las ramas, á fin de que pudiese pasar libremente una linda cabeza que sobre un cuerpo gallardo y airoso os venía siguiendo? Os habréis deslizado riendo alegremente por alguna cuestecilla recién mojada por la lluvia, en compañía de una mujer amada, que asiéndose á vuestra mano, os detiene á lo mejor para exclamar: ¡Ay! ¡mis botitas nuevas, cómo se han puesto!
Digamos desde luego; que la alegre contrariedad de un chaparrón no se presentó á completar la alegría de aquella cuadrilla de buen humor, por más que Favorita hubiese dicho al salir con acento maternal y sentencioso: Las babosas andan por los suelos. Lluvia segura, hijos míos.
Las cuatro estaban locamente hermosas. Un buen anciano, poeta clásico, en boga á la sazón, un buen hombre que tenía su correspondiente Leonor, el caballero de Labouïsse, paseante aquel día de los castañares de Saint-Cloud, les vió pasar á eso de las diez de la mañana y exclamó: Hay una demás, pensando en las (tres) Gracias. Favorita, la amiga de Blachevelle, aquélla de los veinte y tres años, la vieja, corría ante todos bajo las grandes ramas verdes, saltando barrancos, traspasando valerosamente los matorrales, presidiendo la alegría general con el entusiasmo de una fauna; Zefina y Dalia, á las cuales la casualidad las había hecho bellas, de modo que aumentaba su hermosura estando juntas, acercábanse una á otra para contemplarse, sin separarse un punto, más que por amistad por instinto de coquetería y apoyándose mutuamente una á otra, tomaban actitudes de gusto inglés. Los primeros keepsakes acababan de aparecer á la sazón, la melancolía empezaba por las mujeres, siendo lo que más tarde, el byromismo de los hombres, así es que los cabellos del sexo débil comenzaban á destrenzarse. Zefina y Dalia peinaban tirabuzones. Listolier y Femeuil, enredados en una discusión acerca de sus profesores, querían hacer entender á Fantina la diferencia que mediaba entre el señor Delvincourt y el señor Blondeau.
Blachevelle parecía haber sido criado á propósito para llevar del brazo los domingos, el chal de colores claros é indefinibles de Favorita.
Venía Tholomyés dominando el grupo. Estaba alegrísimo, pero dejaba entrever su instinto de mando; encerraba cierto espíritu de dictadura en su jovialidad; era la prenda principal de su traje un ancho pantalón de color mahón con travillas de tejido metálico; llevaba en la mano un magnífico roten de doscientos francos, y, como se lo permitía todo, una cosa rara llamada cigarro, en la boca. Y como no había para él nada sagrado fundaba al mismo tiempo.
--Este Tholomyés es admirable,--decían los otros con cierta veneración.--¡Qué pantalones!, y ¡qué energía!
En cuanto á Fantina, era ella la alegría misma. Su espléndida dentadura había evidentemente recibido de Dios una obligación, la de reir.
Llevaba en su mano mejor que en la cabeza, su sombrerillo de paja cosida, con largas cintas blancas; su poblada cabellera rubia, acostumbrada á flotar y destrenzarse fácilmente, obligándola continuamente á recogérsela; parecía hecha de intento para representar la fuga de Galata entre los sauces. Sus labios de rosa charlaban de un modo encantador; los extremos de su boca, voluptuosamente levantados como los de los antiguos mascarones de Erígone, parecían animar á los audaces, pero sus largas pestañas sombreaban discretamente este atractivo de la parte inferior de su rostro como diciendo, ¡cuidado! Todo su tocado tenía un no sé qué de encantador y vaporoso. Llevaba un vestido de bares color de malva, zapatitos acoturnados color de castaña, sujetados con cintas que subían formando X sobre su blanquísima y calada media; y aquella especie de pañoleta de muselina, invención marsellesa, cuyo nombre, canesú, corrupción de la frase quinze août (quince agosto) pronunciada en la Cannebière, significa buen tiempo, color y medio día. Las otras tres, menos escrupulosas, como hemos dicho, iban completamente descotadas, lo cual en verano, bajo sombreros adornados de flores, resulta siempre gracioso y atractivo; pero al lado de ese vestir provocativo, el canesú de la rubia Fantina, con sus transparencias, sus ligeras indiscreciones y sus reticencias, velando y enseñando á la vez, parecía un hallazgo incitativo de la decencia, y en el famoso certamen del amor, presidido por la vizcondesa de Cette, con sus ojos verde-mar, hubiera tal vez concedido el premio de la coquetería á aquel canesú compitiendo en nombre de la castidad. Lo más sencillo resulta muchas veces lo mejor. Es lo lógico.
Deslumbradora presencia, delicado perfil, ojos de azul perfecto, grandes párpados, pies elásticos y diminutos, las muñecas y tobillos admirablemente torneados, la piel blanquísima, dejando ver aquí y allá las ramificaciones azules de las venas, las mejillas aniñadas y frescas, el cuello robusto de las Junos eginéticas, la nuca fuerte y suave, los hombros como modelados por Coustou, teniendo en su centro un voluptuoso hoyuelo, visible al través de la muselina; un goce velado por el delirio; belleza, escultural; tal era Fantina; adivinándose fácilmente bajo aquellos pliegues de muselina y aquellas cintas, una estatua, y en la estatua un alma.
Fantina era bella, sin saberlo apenas. Los raros soñadores, sacerdotes misteriosos de lo bello, que buscan cuidadosamente la perfección en todo, hubieran encontrado tal vez en aquella joven obrera, al través de la gracia y transparencia parisién, la antigua, eufonía sagrada. Aquella hija de las sombras tenía su raza. Era bella bajo ambos aspectos; el estilo y el ritmo. El estilo es la forma de lo ideal; el ritmo es el movimiento.
Hemos dicho que Fantina era la alegría; Fantina era igualmente el pudor.
Para el observador que la hubiese estudiado detenidamente, lo que de ella se desprendía al través de toda la embriaguez propia de la edad, de la estación y de los amoríos, era una invencible expresión de modesto recato. Siempre estaba como asombrada. Aquél su casto asombro era la nube que separa á Psiquis de Venus. Fantina tenía los dedos largos, blancos y finos de la vestal que remueve las cenizas del fuego sagrado con un alfiler de oro. Por más que no hubiese ella rehusado nada, como veremos luego, á Tholomyés, su aspecto, en el reposo, aparecía soberanamente virginal; una especie de dignidad seria, tal vez austera, la embargaba súbitamente en ciertos momentos, y nada tan singular y vago, como ver que la alegría y la ternura se sucedían rápidamente en ella, pasando sin transición aparente, del recogimiento á la expansión. Aquella gravedad súbita, acentuada severamente á veces, tenía mucho del desdén de una diosa. Su frente, su nariz y su barba presentaban un equilibrio de líneas, muy distante del equilibrio de la proporción, del cual resulta la armonía del rostro; en el característico espacio que separa la base de la nariz del labio superior, tenía aquel pliegue imperceptible y gracioso, signo misterioso de la castidad, que rindió amoroso á Barbarroja á los pies de una Diana encontrada en las excavaciones de Iconia.
Si es falta el amor, era Fantina la inocencia sobrenadando en la falta misma.
IV =Tholomyés está tan alegre, que canta una canción española=
Aquel día fué desde el principio al fin una aurora continuada. Toda la naturaleza parecía saludar y reir. Los parterres de Saint-Cloud embalsamaban el ambiente, el airecillo del Sena movía vagamente el follaje; las ramas gesticulando en el viento, las abejas entregadas al saqueo de los jazmines; toda una bohemia de mariposas se precipitaban sobre los trebolados y las avenas; habiendo, en el augusto parque del rey de Francia, una multitud de vagamundos, los pájaros.
Las cuatro alegres parejas, mezcladas ante el sol, en el campo, entre las flores y los árboles, resplandecían.
Y en aquella comunidad de paraíso, hablando, cantando, corriendo, bailando, cazando mariposas, cogiendo campanillas, mojándose los bajos con el rocío matinal de las yerbas crecidas, frescas y locas ellas, recibían sin la menor malicia, donde quiera que fuése, los besos de ellos, excepción hecha de Fantina, encerrada en la vaga resistencia meditabunda y esquiva que le era propia.
--Tú,--le decía Favorita,--tú tienes siempre algo.
Esto son los placeres. El paso de aquellas alegres parejas era un llamamiento profundo á la vida y á la naturaleza, haciendo surgir por do quiera el amor y la luz. Existió en otros tiempos una hada, que hizo expresamente praderas y árboles para los enamorados. De ahí esa eterna costumbre de hacer novillos amorosos, que renace incesantemente, y que durará tanto cuanto existan praderas y estudiantes. De ahí la popularidad de la primavera entre los pensadores. El patricio y el ganapán, el duque y el par y el botarate, la gente de la corte como el populacho, según se decía en otros tiempos, todos están subordinados á esa hada.
Se ríe, se busca; ¡existe en el aire una luz de apoteosis, una transfiguración de amor! Los pasantes de escribano son allí dioses. Y los chillidos, y las cogidas al vuelo, aquellas ocurrencias que parecen melodías, aquellas adoraciones que estallan en la manera de soltar un vocablo, aquellas cerezas arrancadas por una á otra boca, todo irradia y pasa entre celestiales alegrías. Las muchachas hacen un grato despilfarro de sí mismas. Se imaginan que aquello no ha de tener fin. Los filósofos, los poetas, los pintores admiran aquellos éxtasis sin saber qué hacer, tanto se deslumbran. ¡El rapto de Citerea! exclama Watteau; Lancret, el pintor de la plebe, contempla sus artesanos envueltos en lo azul; Diderot tiende los brazos á todos sus amoríos, y de Urfé los mezcla con los druidas.
Después de almorzar, las cuatro parejas fueron á ver, allí donde se conocía á la sazón por Jardín del rey, una planta recién venida de la India, cuyo nombre no recordamos en este instante, y que en aquella época atraía á todo París á Saint-Cloud; un caprichoso y bello arbolito de un tallo, cuyas innumerables ramas, finas como hilos, enmarañadas y sin hojas, aparecían cubiertas por millares de rositas blancas; lo cual hacía que el arbolito se pareciese á una cabellera sembrada de flores. Siempre estaba cercado de admiradores.
Visto el arbusto, exclamó Tholomyés,--¿demos una carrera en burros?--y ajustado precio con un burrero, regresaron por Vanvres é Issy. En Issy tuvieron un incidente. El parque, perteneciente á bienes nacionales, posesión entonces del asentista Bourguin, estaba por casualidad abierto de par en par. Atravesaron la verja, visitaron al maniquí anacoreta en su gruta, gozáronse en los misteriosos efectos del famoso gabinete de los espejos, lasciva trampa digna de un sátiro hecho millonario, ó de Turcaret metamorfoseado en Priapo. Sacudieron fuertemente el gran columpio de mallas sujeto á los dos castaños celebrados por el abate de Bernis. Al par que columpiaba á las lindas muchachas una tras otra, lo que hacía, en medio de la risa general, volar los pliegues de las faldas, en lo cual Greuze hubiera deseado extasiarse, el tolosano Tholomyés, algo español, puesto que Toulouse es prima-hermana de Tolosa, cantó en melancólico acento una antigua canción gallega, inspirada probablemente por alguna linda muchacha lanzada á todo vuelo sobre una cuerda entre dos árboles:
Soy de Badajoz. Amor me llama. Toda mi alma, Es en mis ojos, Porque enseñas Á tuas piernas.
Fantina solamente, se negó á ser columpiada.
--No gusto de semejante género,--murmuró agriamente Favorita.
Al dejar los burros, dieron con una nueva diversión; embarcándose, siguieron por el Sena hasta Passy, desde cuyo punto fueron á pie hasta la barrera de la Estrella. Estaban levantados, según ya sabemos, desde las cinco de la mañana; pero ¡ay! ¿existe por ventura, quien se canse en domingo, decía Favorita; el trabajo del domingo no fatiga. Á eso de las tres, las cuatro parejas, azoradas de dicha, precipitábanse por las montañas rusas, construcción singular que ocupaban entonces las alturas de Beaujon, cuya línea tortuosa se veía serpentear por cima de los árboles de los Campos Elíseos.
De cuando en cuando, Favorita exclamaba:
--¿Y la sorpresa? Espero la sorpresa.
--Paciencia,--respondió Tholomyés.
V =En casa de Bombarda=
Cansados ya de montañas rusas, pensaron en comer, y la radiante octava, á paso no muy ligero, caminó hasta chocar con el bodegón Bombarda, sucursal que había establecido en los Campos Elíseos el famoso fondista Bombarda, cuya muestra brillaba á la sazón en la calle de Rivolí junto al pasaje Delorme.
Una pieza grande pero desmantelada, con alcoba y cama al fondo (á causa de la gran concurrencia dominguera en el figón, les fué preciso contentarse con semejante albergue); dos ventanas desde las cuales se podía contemplar, al través de los olmos, el muelle y la corriente; un magnífico rayo del sol de agosto penetraba por ambas ventanas; dos mesas, hízose sobre una de ellas una montaña de ramilletes y sombreros de hombre y de mujer, y en la otra las cuatro parejas sentadas al rededor de un montón de platos, de bandejas, de vasos y botellas; jarros de cerveza mezcladas con botellas de vino; poco orden sobre la mesa, y no escaso desorden debajo:
Bajo la mesa había Un barullo de pies que estremecía.
dijo Molière.
He aquí el estado, á eso de las cuatro y media de la tarde, de aquella gira empezada á las cinco de la mañana. El sol declinaba y el apetito se extinguía.
Los Campos Elíseos, llenos de sol y de gentío, no eran otra cosa que luz y polvo, los dos componentes de la gloria. Los caballos de Marly, aquellos mármoles relinchadores, caracoleaban entre una nube de oro. Los carruajes iban y venían. Un escuadrón de vistosos guardias de corps, con su clarín al frente, descendía por la avenida de Neuilly; la bandera blanca, vagamente coloreada por el sol poniente, flotaba sobre la cúpula de las Tullerías. La plaza de la Concordia, llamada nuevamente, á la sazón, plaza de Luis XV, rebosaba de alegres paseantes. Llevaban muchos la flor de lis, de plata, pendiente de una cinta blanca moaré que, en 1817, no había todavía desaparecido siquiera de los ojales. Aquí y allí, entre los paseantes formando corro y recogiendo aplausos, veíanse grupos de muchachas, dando á los vientos una canción borbónica, célebre entonces, escrita para atacar los Cien Días, la cual tenía el siguiente estribillo:
Devolvednos nuestro padre de Gante; Devolvednos nuestro padre.
Muchos habitantes de los arrabales vestidos de fiesta, algunos igualmente flordelisados como los vecinos del centro, esparcidos entre el gran cuadro, así como también por el de Marigny, jugaban sortijas y daban vueltas en los caballos de madera; otros bebían; no faltaban tampoco algunos aprendices de imprenta, con sus gorras de papel; oíanse mil carcajadas. Todo aparecía radiante. Era aquél un tiempo de paz innegable y de profunda seguridad realista; era época en la cual en una memoria especial é íntima del prefecto de policía Anglés, dirigida al rey acerca de los arrabales de París, venían escritas al final estas palabras:
«Considerándolo todo bien, señor, no hay nada que temer de tales gentes. Son apáticos é indolentes como gatos. La plebe de provincias es turbulenta, la de París no. Estos son todos hombrecillos. Señor, se necesitarían dos de éstos, uno sobre otro, para hacer uno de vuestros granaderos. No hay, por lo tanto, que temer nada del populacho de la capital. Es muy de notar lo que la talla ha decrecido en esta población en los últimos cincuenta años; el pueblo de los arrabales de París es más desmedrado que antes de la Revolución. No es, pues temible. En suma, es una canalla bastante buena».
Que pudiese un gato convertirse en león, es lo que no creían posible los prefectos de policía; y sin embargo lo es, y es éste el milagro del pueblo de París. Por otra parte, el gato, tan menospreciado por el conde de Anglés, era muy estimado de las antiguas repúblicas; encarnaba á sus ojos la libertad, y como para hacer juego con la Minerva áptera del Pireo, había en medio de la plaza pública de Corinto, el coloso de bronce de un gato. La inocente policía de la restauración juzgaba demasiado «bueno» al pueblo de París. Éste no es, tanto como se creía, «buena canalla». El parisién es al francés, lo que el ateniense al griego; no hay quien duerma mejor que él; no hay quien sea más francamente frívolo y perezoso que él; no hay quien aparente saber mejor que él, olvidar; no obstante, no hay que fiar en ello; es muy propenso á toda clase de negligencia; pero, cuando al fin distingue la gloria, es verdaderamente admirable en su furia. Dadle una pica, y realizará el 10 de agosto; dadle un fusil, y os dará un Austerlitz. Es el punto de apoyo de Napoleón y el recurso de Dantón. ¿Se trata de la patria? se alista; ¿se trata de la libertad? desempiedra. ¡Cuidado! sus cabellos llenos de cólera son épicos; su blusa se despliega en clámide. ¡Mucho cuidado! De la primera calle Grenetant que encuentre, hará horcas caudinas. Si la hora suena, ese hombre de los arrabales se crecerá, ese hombrecillo se elevará; su mirada será terrible, y de su soplo surgirá la tempestad, y de sus pobres y débiles pechos, saldrá bastante aire para trastornar las sinuosidades de los Alpes. Gracias á estos hombrecillos de los arrabales de París, que la revolución mezcló en sus ejércitos, conquistó la Europa. Canta, ésta es su alegría. Adaptad la canción á su naturaleza, y ya veréis. Mientras su canto no tiene más estribillo que la Carmañola, no hace sino derribar á Luis XVI; pero hacedle cantar la Marsellesa, y libertará el mundo.
Escrita esta observación al margen de la memoria de Anglés, volvamos á nuestras cuatro parejas. La comida, como hemos ya dicho, terminaba.
VI =Capítulo de amor=
Proyectos de sobremesa y proyectos de amor; desvanécense unos y otros con la misma facilidad; los proyectos de amor son nubes, los proyectos de sobremesa humo.
Fameuil y Dalia tarareaban; Tholomyés bebía; Zefina reía, y sonreía Fantina. Listolier soplaba en una trompetilla de madera que había comprado en Saint-Cloud. Favorita contemplaba tiernamente á Blachevelle, y le decía:
--Blachevelle, te adoro.
Lo cual dió por resultado la siguiente pregunta de Blachevelle:
--¿Qué es lo que harías, Favorita, si yo dejara de amarte?
--¡Yo!--exclamó Favorita.--¡Ah! no digas tal cosa, ni aun en broma. Si dejaras de amarme, te me echaría encima, te agarraría, te arañaría, te remojaría y te haría prender...
Blachevelle sonrió con la voluptuosa fatuidad de un hombre halagado en su amor propio. Favorita repuso:
--Sí, chillaría, llamaría á la guardia.
--¡Ah! ¿Creías que iba á acobardarme? ¡Bribón!
Blachevelle, extasiado, se revolvió en su silla, y cerró orgullosamente sus ojos.
Dalia, sin dejar de comer, díjole por lo bajo á Favorita entre el murmullo:
--Es decir, ¿que tú idolatras de verdad á tu Blachevelle?
--¿Yo? le detesto,--respondió Favorita en el mismo tono, cogiendo nuevamente su tenedor.--Es avaro. Á quien yo amo, es al pequeñín que vive enfrente de mi casa. Es muy guapo aquel chico; ¿tú le conoces? Se ve desde luego que tiene trazas de actor. Me agradan mucho los actores. Siempre, cuando entra en su casa, le dice su madre:--¡Ah, Dios mío! ya se acabó la tranquilidad. ¡Ay, ay! que va á cantar. Pero, hijo mío, ¿no ves que me estás partiendo la cabeza?--Porque, eso sí, en cuanto llega á casa, en el desván, en la guardilla, donde quiera que pueda encaramarse, cuanto más alto mejor. Allí canta, declama, y qué sé yo, pero tan fuerte, que se le oye desde abajo perfectamente. Se gana ya veinte sueldos diarios en casa de un abogado copiando enredos. Es hijo de un antiguo chantre de Saint-Jacques-du-Haut-Pas. ¡Oh! ¡magnífico! Me quiere tanto, que un día que me vió haciendo masa para un frito, me dijo: Señorita, si hacéis buñuelos con vuestros guantes, me los como. No hay como los artistas para tener salidas de este jaez. ¡Magnífico! ¿verdad? Temo que voy á volverme loca por este pequeñín. No obstante, yo digo á Blachevelle que le adoro. ¡Cómo miento! ¿eh? ¡cómo miento!
Favorita se paró un momento, y prosiguió:
--Dalia, ¿qué quieres? estoy triste. No ha hecho este verano más que llover, el viento me excita, el viento no desencoleriza nunca; Blachevelles no tiene pies ni cabeza; ni siquiera sabe si hay guisantes en el mercado, así es que una no sabe qué comer; tengo spleen, como dicen los ingleses; ¡la manteca está cara! y luego, ya ves, ¡es horroroso! estamos comiendo en un lugar donde hay una cama: esto me hace aborrecer la vida.
VII =Sabiduría de Tholomyés=
Mientras cantaban algunos, hablaban los otros tumultuosamente, todos al mismo tiempo; lo cual no era en conjunto más que ruido. Tholomyés intervino.
--No hablemos todos sin ton ni son, ni demasiado aprisa,--exclamaba.--Meditemos antes si queremos deslumbrar. Basta de improvisaciones, que debilitan brutalmente el espíritu. Cerveza que se derrama, nada solidifica. Señores, no hay que precipitarse. Mezclemos la seriedad á la broma; comamos comedidamente, banqueteemos poquito á poco. Nada de prisas. Ved la primavera; cuando se adelanta está perdida, es decir, helada. El exceso de celo pierde los melocotones y los albaricoques. El exceso de celo, quita la alegría y la gracia de los festines. Nada de celo, señores. Grimod de la Reyniére es del parecer de Talleyrand.
Una sorda rebelión recorrió el grupo.
--¡Tholomyés, déjanos en paz,--dijo Blachevelle.
--¡Abajo el tirano!--exclamó Fameuil.
--¡Bombarda[3], Bombance y Baboche!--gritó Listolier.
--El domingo existe,--repuso Fameuil.
--Somos todos sobrios,--añadió Listolier.
--Tholomyés,--observó Blachevelle,--contempla mi calma (mon calme).
--Eres el marqués de ella,--respondió Tholomyés.
Este vulgar juego de palabras, hizo el efecto de una piedra arrojada á un charco. El marqués de Montcalm era un realista célebre á la sazón. Todas las ranas se quedaron mudas.
--¡Amigos!--exclamó Tholomyés, con el acento de quien recobra su imperio,--tranquilizaos. No era necesario tanto estupor para acoger este equívoco llovido del cielo. Todo lo que así brota de la casualidad no es necesariamente digno de entusiasmo ni respeto. El equívoco es el fiemo del ingenio que vuela. Lo lacio cae, no importa donde; pero el ingenio después de haber soltado una tontería, se eleva y pierde de vista en el espacio. Una mancha blancucha que se aplasta contra una roca, no le impide al cóndor cernerse en el espacio. ¡Lejos de mí insultar el equívoco! Le honro en relación á sus méritos; nada más. Cuanto ha existido de más augusto, más sublime ó más bello en la humanidad, y aún tal vez fuera de ella, ha producido sus juegos de palabras. Jesucristo hizo un equívoco, acerca de San Pedro, Moisés acerca de Isaac; Esquilo acerca de Polinice; Cleopatra acerca de Octavio. Y es de advertir, que el equívoco de Cleopatra precedió á la batalla de Accio y que sin él nadie recordaría la ciudad de Toryne, palabra griega que significa cucharón.
Concedido lo dicho, vuelvo á mi exhortación. Hermanos míos, os lo repito, nada de celo, nada de confusión, nada de excesos; así en agudezas como en bromas, libertades y juegos de palabras. Atended, yo reúno á la prudencia de Anfiarao la calvicie de César. Es indispensable un límite en todo hasta en lo jeroglífico. Est modus in rebus. Siempre es indispensable el límite, aun en las comidas. Gustáis de los pasteles de manzanas, señoras, no abuséis de ellos. Aun tratándose de pasteles, es indispensable el arte y el buen sentido. La glotonería castiga al glotón. Gula punit Gulam. Las indigestiones tienen el encargo divino de moralizar los estómagos. Y tened esto bien presente; cada una de nuestras pasiones, incluso el amor, tiene su estómago que es preciso no rellenar. En todo lo mundanal es preciso escribir á tiempo la palabra finis; es preciso saber contenerse cuando aparece urgente, echar el cerrojo sobre el apetito, aprisionar la fantasía, y ser uno mismo quien la lleve á la cárcel. El sabio es aquél que sabe, en momento oportuno, contenerse á sí mismo. Tened alguna confianza en mí. Porque á menudo yo he estudiado algo el derecho, según rezan mis exámenes, por más que yo sepa la indiferencia que media entre la cuestión incoada y la cuestión pendiente, porque yo haya sostenido, en latín, una tesis sobre la manera con la cual se daba en Roma tormento, en los tiempos en que Munatius Demens fué cuestor de parricidio, porque yo voy á ser doctor, según parece, no se sigue de todo ello la indispensable consecuencia de que sea yo un imbécil. Os recomiendo la moderación en vuestros deseos. Tan cierto como me llamo yo Félix Tholomyés, que estoy en lo justo. ¡Dichosos aquéllos que al sonar la hora de la oportunidad saben tomar el partido heroico de abdicar como Sila ú Orígenes.
Favorita escuchaba con profunda atención.
--¡Félix!--exclamó ella,--¡bonito nombre! Me gusta. Es latino. Quiere decir Próspero.
Tholomyés prosiguió:
--¡Quirites, gentlemen, mes amis, caballeros! ¿Queréis no sentir ningún aguijón, y prescindir del lecho nupcial riéndoos del amor? Nada más sencillo. He aquí la receta: limonadas, mucho ejercicio, trabajar á la fuerza, derrengarse, trajinar piedra, no dormir, velar: tragar en gran cantidad bebidas nitradas, y tisanas nínfeas: saboread emulsiones de adormideras y de agnus castus, sazonad todo esto de una dieta rígida; reventad de hambre: añadid además baños fríos, cinturones de yerbas, la aplicación de una plancha de plomo, las lociones con licor de saturno y reparaos con oxicrato.
--Prefiero una hembra á todo ello,--dijo Listolier.
--¡Las hembras!--repuso Tholomyés,--no son de fiar. ¡Desgraciado del que se entrega al mudable corazón de la hembra! La hembra es pérfida y torcedora. Detesta á la serpiente por celos de su industria. La serpiente es para ella el tendero de enfrente.
--Tholomyés,--gritó Blachevelle,--¡tú estás bebido!
--¡Cáspita!--dijo Tholomyés.
--Entonces, alégrate,--repuso Blachevelle.
--¡Consiento!--respondió Tholomyés.
Y levantóse llenando nuevamente su vaso.
--¡Gloria al vino! ¡Nunc te, Bacche, canam! Con permiso, damiselas, esto es español. Y la prueba, señoras, vedla ahí: Tal pueblo tal tonel. La arroba de Castilla tiene diez y seis litros, el cántaro de Alicante doce, el almud de Canarias veinticinco, el cuartal de las Baleares veintiséis, la bota del zar Pedro, treinta. ¡Viva aquel gran zar; y viva su bota, que era aún más grande! Señoras, un consejo de amigo: equivocad la pareja, si os parece, la esencia de los amores está en el error. El amorcillo no se ha hecho para acurrucarse y embrutecerse como las criadas inglesas que llegan á encallecerse de las rodillas. El amorcillo, repito, no se ha hecho para eso, sino para errar vagamente, entre dulces y ligeros amoríos. Alguien ha dicho: el error es humano, y yo digo: el error es enamorado. Señoras, á todas os adoro. ¡Oh Zefina! ¡oh Josefina cara más que achatada; seríais encantadora á no estar de perfil. Tenéis las trazas de una hermosa fisonomía, sobre la cual, por equivocación, se hubiese sentado alguien. En cuanto á Favorita, ¡oh ninfas y musas! un día Blachevelle, por el arroyo de la calle Guérin-Boiseau, vió una linda muchacha de medias blancas y ajustadas, que dejaba entrever muy buenas piernas. Semejante prólogo le agradó, y Blachevelle amó. Aquélla á quien amó, fué Favorita. ¡Oh, Favorita, la de los labios jónicos! Hubo un pintor griego llamado Euforión, á quien se daba el nombre de pintor de los labios. Solamente aquel griego hubiera sido digno de pintar tu boca. Óyeme: antes que tú, no hubo jamás criatura digna de tal nombre. Tú has sido hecha para recibir, como Venus, la manzana, ó para comértela como Eva. La belleza comienza en ti. He hablado de Eva, pero eres tú quien la creó. Tú mereces el privilegio de invención de la mujer hermosa. ¡Oh! Favorita, dejo de tutearos porque voy á pasar de la poesía á la prosa. Hace poco teníais en vuestra linda boca mi nombre. Esto me ha enternecido; pero sea quien fuere, nadie debe fiarse de su nombre. Puede uno equivocarse. Yo me llamo Félix, y sin embargo soy un infeliz. Las palabras son de los mentirosos. No debemos aceptar jamás sus indicaciones ciegamente. Sería un disparate escribir á Lieja pidiendo tapones, y á Pau pidiendo guantes. Miss Dalia, yo, á ser de vos, me llamaría Rosa. Es preciso que la flor huela bien; y que la mujer sea ingeniosa. De Fantina, nada debo decir; es una soñadora, una visionaria, una delirante, una sensitiva: es un fantasma, en forma de ninfa y con el pudor de beata, extraviada en la senda de las grisetas, pero refugiándose en sus ilusiones; que canta, que reza, que contempla el cielo sin saber lo que mira ni lo que hace, y que con sus ojos fijos en el espacio, vaga errante por un jardín, en el cual cree haber más pájaros que no existen. ¡Oh! ¡Fantina! hazte cargo de lo que voy á decirte: yo, Tholomyés, soy una ilusión; pero ¡ay que la bellísima rubia, hija de las quimeras no me entiende! Por lo demás, todo es en ella frescura, suavidad, juventud, dulcísima luz de la mañana. ¡Oh Fantina! muchacha digna de llamarse Margarita ó Perla, sois una mujer del bellísimo Oriente. Señoras, otro consejo: no os caséis jamás; el casamiento es un injerto, que prende bien ó mal, huid el peligro: Pero ¡ay! ¿á quién se lo estoy contando? Esto son palabras perdidas. Las mujeres son todas incurables tratándose de matrimonio; y todo cuanto podamos decirles, nosotros los sabios, no ha de impedir que las chalequeras, y las pespunteadoras de borceguíes sueñen en maridos llenos de diamantes. En fin, sea; pero, hermosas, recordad bien esto: vosotras coméis demasiado azúcar. Vosotras, no tenéis más que una sola falta, ¡oh mujeres! la de estar siempre con el dulce en la boca. ¡Oh! sexo roedor, tus hermosos y diminutos dientes blancos, adoran el azúcar. Pero, atended: el azúcar es una sal. Toda sal es secante, y es el azúcar la más secante de todas las sales. Absorbe, al través de las venas, los líquidos de la sangre; de ahí la coagulación y luego la solidificación de la sangre; de ahí los tubérculos en el pulmón; de ahí la muerte. He aquí porque la diabetes linda con la tisis. ¡Por lo tanto, no comer mucho dulce, y á vivir! Ahora me dirijo á los hombres: señores, haced muchas conquistas. Robaos los unos á los otros, sin el menor remordimiento, vuestras queridas. Cazad, cruzad. En amor no hay amigos. Do quiera que exista una mujer hermosa están siempre rotas las hostilidades. ¡Nada de cuartel, guerra á todo trance! Toda hermosura femenil es un casus belli; toda mujer bella, un flagrante delito. Todas las invasiones históricas, están señaladas por las faldas. La mujer es el derecho del hombre. Rómulo se llevó las sabinas, Guillermo las sajonas, César las romanas. El hombre que no es amado, se cierne como un buitre sobre las amantes de los demás; y, por mi parte, á todas las infortunadas que andan en la viudez, lanzo la sublime proclama de Bonaparte al ejército de Italia: ¡Soldados, estáis faltos de todo. El enemigo lo tiene».
Tholomyés se paró un momento.
--Respira, Tholomyés,--dijo Blachevelle.
Y al mismo tiempo, Blachevelle, acompañado de Listolier y de Fameuil entonó sobre un aire lastimero, una de estas canciones de taller, compuesta con las primeras palabras que se ocurren, bien ó mal rimadas, vacías de sentido como el movimiento de los árboles y el ruido del viento, que nacen al calor de las pipas y se elevan y desvanecen como el calor mismo.
He aquí la canción con la cual el grupo replicó la arenga de Tholomyés:
Los pavos padres le dieron Dinero á un agente Para hacer, por San Juan, papa Á Clermont Tonerre. Pero Clermont no fué papa Porque no era clérigo; Y el agente regañando Devolvió el dinero.
No fué la canción á propósito para calmar á la improvisación de Tholomyés; apuró pues su vaso, y volviendo á llenarlo comenzó de nuevo:
--¡Abajo la sabiduría! olvidad cuanto os he dicho. No seamos ni poderosos, ni prudentes, ni hombres de pro. Dedico un brindis á la alegría. ¡Sed alegres! Completamos nuestro curso de derecho con la locura y el alimento. Indigestión y Digesto. ¡Que sea Justiniano el varón y Francachela la hembra! ¡Júbilo en los profundos! ¡Rueda creación! El mundo es un gran diamante. Soy feliz. Los pájaros son admirables. ¡Cuánta fiesta en todas partes! El ruiseñor es un Elleviou gratis. ¡Estío, yo te saludo! ¡Oh Luxemburgo! ¡Oh Geórgicas de la calle Madame y de la Alameda del Observatorio! ¡Oh pollos pensativos! ¡Oh todas aquellas lindas muchachas, que mientras cuidan de guardar los niños, se entretienen bosquejándolos! Las pampas de América me complacerían si careciésemos de los arcos del Odeón. Mi alma se eleva y se extasía en los bosques vírgenes, florestas y praderas. ¡Todo es bello! Las moscas zumbando entre los rayos del sol. El sol ha estornudado el colibrí. ¡Abrázame, Fantina!
Y equivocándose, abrazó á Favorita.
VIII =Muerte de un caballo=
--Se come mejor en casa Edón que en casa Bombarda,--dijo Zefina.
--Yo prefiero Bombarda á Edón,--contestó Blachevelle.--Hay más lujo. Es más asiático. Ved los comedores de abajo. Tienen espejos en las paredes.
--Prefiero tenerlos ante mis ojos,--añadió Favorita.
Blachevelle insistió:
--Ved los cuchillos: los mangos de los de casa Bombarda son de plata, y de hueso los de casa Edón. Y la plata es mucho más preciosa que el hueso.
--Si exceptuamos á los que tienen de plata la barba,--observó Tholomyés.
En este instante, tenía puesta la mirada en la cúpula de los inválidos, visible desde las ventanas de casa Bombarda.
Hubo una pausa.
--Tholomyés,--exclamó de repente Fameuil;--Listolier y yo estábamos discutiendo...
--Bueno es el discutir,--respondió Tholomyés, pero mejor es reñir.
--Disputábamos sobre filosofía.
--¿Y era?
--Sobre quién tú prefieres, ¿si á Descartes ó á Espinosa?
--Á Desaugiers,--dijo Tholomyés.
Dada esta sentencia, bebió y continuó.
--Yo consiento en vivir. No ha terminado todo aún en la tierra, puesto que todavía se puede disparatar. Doy pues gracias á los dioses inmortales. Se miente, pero se ríe. Se afirma, pero se duda. Lo inesperado surge del silogismo. Esto es magnífico. Existen todavía aquí abajo seres humanos que saben abrir y cerrar alegremente la caja de sorpresas de la paradoja. Esto, señoras mías, que estáis bebiendo con aire tan tranquilo, es vino de Madera; sabedlo, de la cosecha de Coural das Freiras, que está á trescientas diez y siete toesas sobre el nivel del mar. ¡Cuidado al beber! ¡trescientas diez y siete toesas! y el señor Bombarda, espléndido fondista, os da estas trescientas diez y siete toesas por cuatro francos y cincuenta sueldos.
Fameuil interrumpió nuevamente:
--Tholomyés, tus opiniones hacen ley. ¿Cuál es tu autor favorito?
--Ber...
--¿Quién?
--No, Choux.
Tholomyés prosiguió:
--¡Honor á Bombarda! él igualaría á Munofis de Elefanta si pudiera cogerme una almeja, y á Thygelion de Cheronée si pudiera traerme una hetaira! porque ¡oh señoras! hubo también Bombardas en Grecia y Egipto. Apuleyo es quien nos lo enseña. ¡Ay! siempre lo mismo, nada nuevo jamás. ¡Nada hay inédito del Creador, en la creación! Nil sub sole novum, dijo Salomón: amor omnibus idem, ha dicho Virgilio; y Carabine se embarca con Carabin en la barca de Saint-Cloud, como se embarcaba Aspasia con Pericles en la flota de Samos. La última palabra. ¿Sabéis lo que era Aspasia, señoras? Por más que viviera en tiempo en que las mujeres no tenían alma todavía, era un alma; un alma de tinte rosa y púrpura, más ardiente que el fuego, más fresca que la aurora. Aspasia era una criatura en la cual se encontraban los dos extremos de la mujer; era la prostituta diosa; Sócrates, más Manón Lescaut. Aspasia fué creada para el caso de que le hiciese falta una concubina á Prometeo.
Tholomyés, engolfado, difícilmente se hubiera parado, si un caballo no se hubiese caído en la calle en aquel momento. De un solo golpe, la carreta y el orador quedaron parados. Era una pobre yegua vieja y flaca, digna por más de un concepto del desolladero, que tiraba de una carreta harto pesada. Al llegar delante de la casa de Bombarda, el escuálido animal, extenuadas sus fuerzas, negóse á dar un paso más. El incidente había atraído multitud de curiosos. Apenas el carretero, jurando indignado, había tenido tiempo de pronunciar con la energía acostumbrada la sacramental palabra ¡arre! apoyada en un implacable latigazo, cuando dió la yegua con su cuerpo en el suelo, para no volverse á levantar. Al ruido de los transeuntes agrupados, el alegre auditorio de Tholomyés volvió la cabeza, y Tholomyés aprovechó, para terminar su alocución, la siguiente melancólica estrofa:
Pertenecía á un mundo que da, en coches y carros Destino semejante; Fué rocín, y ha vivido lo que todo caballo, El espacio de un: «arre».
--¡Pobre caballo!--suspiró Fantina.
Y Dalia exclamó:
--¡He aquí á Fantina compadeciéndose de los caballos! ¡Puede darse mayor tontería!
En el mismo instante, Favorita, cruzándose de brazos, echando la cabeza hacia atrás y dirigiendo una mirada resuelta á Tholomyés, exclamó:
--¡Bien! ¿Y la sorpresa?
--Precisamente ha llegado el instante,--respondió Tholomyés.--Señores, la hora de sorprender á estas señoras ha llegado. Señoras, esperaos un momento.
--Esto comienza por un beso,--dijo Blachevelle.
--En la frente,--añadió Tholomyés.
Cada uno depositó gravemente un beso en la frente de su querida; luego, alineados los cuatro y con un dedo en la boca, se dirigieron á la puerta.
Favorita palmoteó aplaudiendo aquella salida.
--Esto es ya divertido,--dijo.
--No tardéis mucho,--murmuró Fantina.--Quedamos esperando.
IX =Gracioso fin de la alegría=
Las muchachas, al quedarse solas, acopláronse dos á dos, y apoyándose en los antepechos de ambas ventanas, sacaban la cabeza y hablaban unas con otras.
Vieron salir á los cuatro jóvenes de casa de Bombarda dándose el brazo; volvieron ellos la cabeza haciendo algunas señas y riéndose, hasta que desaparecieron entre aquella polvorienta multitud dominguera que invade semanalmente los Campos Elíseos.
--¡No tardéis mucho!--gritó Fantina.
--¿Qué es lo que van á traernos?--dijo Zefina.
--Va á ser, de seguro, algo bonito,--dijo á su vez Dalia.
--Yo,--replicó Favorita,--quiero que sea de oro.
Pronto se distrajeron con el movimiento y barullo del gentío que circulaba junto al río y que distinguían por entre el follaje de los grandes árboles, lo cual no dejaba de ser para ellas muy divertido. Era aquella la hora de salida de correos y diligencias. Casi todas las mensajerías del Mediodía y del Oeste pasaban entonces por los Campos Elíseos. La mayor parte seguían por el muelle hasta salir por la barrera de Passi. Á cada instante, algún gran carruaje pintado de negro y amarillo, pesadamente cargado, ruidosamente arrastrado, deforme á fuerza de baúles, maletas, sacos y cajones, lleno de cabezas que desaparecen inmediatamente, tronchando el empedrado y convirtiendo en pedernales los adoquines, abríanse paso entre la multitud, en medio del chisporroteo de una fragua cuyo humo era el polvo y el aliento de una furia. Aquel estrépito parecía alegrar á las jóvenes, mientras Favorita exclamaba:
--¡Vaya un ruido! Cualquiera diría que son montañas de cadenas que el diablo las lleva.
Llegó un momento en que uno de aquellos carruajes, que se distinguía fácilmente por entre la espesura de los olmos, pareció pararse, volviendo luego á partir al galope. Esto le llamó la atención á Fantina.
--Es particular,--dijo.--Yo creía que las diligencias no se paraban jamás.
Favorita se encogió de hombros.
--Es admirable esta Fantina. Vale la pena de fijarse en ella por curiosidad. Se admira de la cosa más sencilla del mundo. Suponte tú que yo soy un viajero, y le digo al mayoral: sigo adelante, subiré cuando paséis por el muelle. Pasa la diligencia, me ve, para y subo. Eso se ve todos los días. Tú no sabes lo que es la vida, querida mía.
Pasóse así un ratito. De pronto Favorita hizo un movimiento como de quien despierta.
--¡Y bien!--exclamó.--¿Y la sorpresa?
--Tiene razón,--repuso Dalia.--¿Y la famosa sorpresa?
--¡Hace ya mucho que se han ido! dijo--Fantina.
Cuando acabó este suspiro, el mozo que había servido la comida entró en la sala.
Traía algo en la mano que parecía una carta.
--¿Qué hay de nuevo?--preguntó Favorita.
El mozo respondió:
--Es un papel que han dejado aquellos señores, para las señoras.
--¿Y por qué no lo habéis traído desde luego?
---Porque aquellos señores,--repuso el chico,--han encargado que dejáramos pasar una hora antes de entregarlo.
Favorita arrancó el papel de las manos del mozo. Era, efectivamente, una carta.
--¡Toma!--dijo ella,--va sin dirección; pero ved lo que tiene escrito en el sobre:
AQUÍ ESTÁ LA SORPRESA
Rompió vivamente el sobre de la carta, abrióla y leyó: (sabía leer).
«¡Amadas nuestras!
«Sabed que nosotros tenemos familia, vosotras no conocéis apenas lo que es esto; se llama familia, en primer lugar, según el código civil, sencillo y honrado, á los padres y madres. Ahora bien, nuestras familias, es decir, nuestros padres llorando, estos ancianos nos reclaman, estos buenos hombres y estas buenas mujeres nos llaman hijos pródigos; esperando nuestra vuelta, nos ofrecen agasajarnos matando sus mejores reses. Debemos obedecerles, siendo virtuosos. Á la hora en la cual leeréis esto, cinco fogosos caballos nos llevarán hacia donde estén nuestros padres y nuestras madres. Levantamos el campo, como dice Bossuet. Partimos, ó mejor, hemos partido. Huimos en brazos de Laffitte, y sobre las alas de Crillard. La diligencia de Toulouse nos saca del abismo; el abismo sois vosotras, ¡oh bellísimas chicas! Nosotros volvemos á entrar en la sociedad, en el deber y en el orden, al trote largo, á razón de tres leguas por hora. Importa á la patria que seamos como todo el mundo perfectos padres de familia, guardias rurales ó consejeros de Estado. Veneradnos. Nosotros nos sacrificamos. Lloradnos aprisa y reemplazadnos inmediatamente. Si esta carta os molesta, rompedla. Adiós.
«Cerca de dos años, os hemos hecho felices. No nos guardéis, por lo tanto, rencor.
«Firmado: BLACHEVELLE, FAMEUIL, LISTOLIER, FÉLIX THOLOMYÉS.
Post scriptum.--La comida está pagada».
Las cuatro jóvenes se quedaron mirando.
Favorita rompió el silencio la primera.
--¡Y qué! De todas maneras no deja de ser una broma.
--Muy graciosa,--dijo Zefina.
--Debe haber sido Blachevelle el autor de la idea,--repuso Favorita.
Esto hace que le ame de nuevo. Tan presto ido, como querido. Ésta es la historia.
--No,--dijo Dalia;--la idea ha sido de Tholomyés. Se conoce desde luego.
--En tal caso,--replicó Favorita,--¡muera Blachevelle y viva Tholomyés!
--¡Viva Tholomyés!--exclamaron Dalia y Zefina.
Y echáronse á reir.
Fantina rió como las otras.
Una hora después cuando se encontró nuevamente en su cuarto, lloró.
Era aquél, como ya hemos dicho, su primer amor; se había entregado á Tholomyés como á un marido, y la pobre muchacha tenía una hija.
NOTAS:
[3] Bombance, comilona. Bambeche, títere.
LIBRO CUARTO CONFIAR ES, CASI SIEMPRE, ABANDONARSE
I =Una madre que se encuentra con otra=
Durante el primer cuarto de este siglo, había en Montfermeil, junto á París, una especie de bodegón que ya no existe. Aquel bodegón era propiedad de una familia llamada Thénardier, compuesta de marido y mujer, y estaba situado en el callejón de Boulanger. Veíase sobre la puerta una tabla mal clavada en la pared. En dicha tabla había pintado algo que parecía un hombre llevando á cuestas otro, el cual ostentaba grandes charreteras de general, doradas, grandes estrellas plateadas, y grandes manchas rojas figurando sangre; el resto del cuadro era humo todo, y representaba, probablemente, una batalla. Al pie se leía la siguiente inscripción: AL SARGENTO DE WATERLOO.
Nada más común que un carro ó una carreta á la puerta de un mesón. Sin embargo, el vehículo, ó mejor dicho el fragmento de vehículo que obstruía la calle, delante el bodegón del Sargento de Waterloo, una tarde de primavera de 1818, hubiera ciertamente llamado por su conjunto la atención de cualquier pintor que hubiese acertado á pasar por allí.
Era la parte delantera de una de esas carretas, de las cuales se sirven en países montañosos, destinadas al transporte de grandes maderos y troncos de árboles. Componíase la tal delantera de un macizo eje de hierro, con el cual encajaba un pesado timón, sostenido por dos ruedas desmesuradas. Todo aquel conjunto era rechoncho, sólido, pesado, deforme. Hubiera podido creerse ser el afuste de un cañón gigante. Los carriles de caminos fangosos habían dado á las ruedas, las llantas, los cubos, el eje y el timón, una capa de orín y barro amarillento y sucio, muy parecido al revoque voluntario con que se embadurnan algunas catedrales. La madera desaparecía bajo el barro, el hierro bajo el orín. Debajo del eje colgaba una gruesa cadena digna de un esforzado Goliat. Aquella cadena recordaba, no ya los maderos que tenía el deber de transportar, pero sí los mastodontes y mamuthes, que hubieran podido arrastrarla; tenía cierto aire de presidio, pero de presidio ciclópeo y sobrehumano, parecía como desligada de algún monstruo. Homero hubiera sujetado con ella á Polifemo, y Shakespeare á Calibau.
¿Por qué aquel juego delantero de carreta ocupaba aquel lugar en la calle? En primer lugar, para obstruirla, luego para acabarse de enmohecer. Hay en el antiguo régimen social un sinnúmero de instituciones que uno se encuentra al paso de igual manera, y que no puede ser sino por razones parecidas, por lo que están donde se encuentran.
El centro de la cadena colgaba bajo el eje y tocando casi al suelo, y sobre la curva que describía, como sobre la cuerda de un columpio, estaban, sentadas y agrupadas aquella tarde, entrelazadas graciosamente, dos niñas, de como unos dos años y medio la primera, y de unos diez y ocho meses la otra, en brazos de la mayor la más pequeña. Un pañuelo previsoramente anudado las guardaba de caerse. Una madre había visto aquella espantosa cadena y se había dicho:--¡Toma! he aquí un juguete para mis niñas.
Las dos criaturas, graciosamente engalanadas y aún con cierto esmero, irradiaban; podía decirse que de aquel hierro viejo brotaban dos rosas; sus ojos eran un triunfo, sus frescas mejillas sonreían. La una era castaña, morena la otra. Sus cándidos rostros eran dos admirables arrobamientos; un espino florido, que había allí cerca, enviaba á los transeuntes sus perfumes que parecían manar de ellas; la de diez y ocho meses enseñaba su desnudo y gracioso vientre con la casta desvergüenza de la niñez. Por encima y alrededor de aquellas dos delicadas cabezas, amasadas en la dicha y templadas á la luz, la fachada del bodegón, negra por el orín, casi terrible, encabestrada por estacas y llena de ángulos sucios y sombríos, parecía ser algo como el pórtico de una caverna. Á los pocos pasos, acurrucada en el umbral del bodegón, la madre, mujer de aspecto poco simpático por otra parte, pero interesante á la sazón, columpiaba á las dos criaturitas por medio de largo bramante, protegiéndolas con la mirada de cualquier accidente, con aquella expresión animosa y celeste á la vez, propia de la maternidad; á cada vaivén, los horribles eslabones lanzaban un estridente chirrido que parecía un grito de cólera; las pequeñuelas se extasiaban; el sol poniente mezclábase en aquella alegría, y nada tan bello como aquel capricho de la casualidad que había hecho de una cadena de titanes un columpio de querubines.
Al compás que mecía las dos criaturitas, entonaba la madre, en voz de falsete, una canción célebre entonces:
Ha de ser, dijo, un guerrero
La canción y el cuidado de sus hijas le privaban de enterarse de lo demás que pasaba en la calle.
No obstante, como alguien se le había acercado al comenzar la primera estrofa de la canción, oyó de repente, á su oído, una voz que le dijo:
--Allí tenéis dos hermosas criaturas.
Á la bella y tierna Imogine...
Respondió la madre continuando la canción; luego volvió la cabeza.
Una mujer estaba junto á ella á pocos pasos. Aquella mujer tenía también una criatura que llevaba en brazos.
Llevaba además, un gran saco de noche que parecía muy pesado.
La criatura de esta mujer era uno de los seres más divinos que puedan verse. Era una niña de dos á tres años. Hubiera podido juntarse á las otras pequeñitas por la coquetería de sus vestidos; veíasele un cuellecito de lienzo fino, cintas en la chambra y encajes valenciennes en la gorrita. Levantados los pliegues de la falda, veíase un muslo blanco, apretado y terso. Estaba admirablemente sonrosada y rebosando de salud y vida. La hermosa criatura excitaba deseos de morder las manzanicas de sus mejillas. No podemos decir nada de sus ojos, sino que habían de ser grandes y que tenían magníficas pestañas. Estaba dormida.
Dormía aquel sueño de profunda confianza, propio de su edad. Los brazos de las madres son todo ternura; las criaturas duermen profundamente en ellos.
En cuanto á la madre, era de aspecto pobre y triste. Vestía un traje mixto, que indicaba á la obrera que tiende nuevamente á campesina. Era joven. ¿Era hermosa? ¡Tal vez! pero con aquel traje no lo parecía. Sus cabellos de los que escapaba un mechón rubio, parecían muy abundantes, pero se ocultaban severamente bajo una gorra de beata, fea, apretada, estrecha y anudada debajo de la barba. La risa muestra siempre los dientes hermosos cuando se tienen, pero ella no se reía. Sus ojos parecían no haberse secado en mucho tiempo. Estaba muy pálida, su aspecto era cansado y enfermizo; miraba á su hija, dormida en sus brazos, con aquel aire propio de las madres que los han nutrido á sus pechos. Un gran pañuelo azul como los que usan para sonarse los inválidos, plegado en forma de pañoleta, cubría rudamente su talle. Tenía las manos ásperas y salpicadas de manchas rojizas, y el índice endurecido y picado de la aguja; llevaba un mantón obscuro de grosera lana, un vestido de percal y zapatos gruesos. Era Fantina.
Sí, era Fantina en realidad, pero se la reconocía difícilmente. No obstante, examinándola detalladamente, encerraba todavía su belleza. Una triste arruga, que parecía un principio de ironía, rizaba ligeramente su mejilla derecha. En cuanto á su tocado, aquel aéreo tocado de muselina y cintas, que parecía hecho por la misma alegría, la locura y la música, lleno de cascabeles y perfumado de lilas, habíase desvanecido como las brilladoras escarchas, que uno cree diamantes á la luz del sol, y que, al fundirse en agua, dejan negra la rama que engalanaran.
Diez meses se habían pasado desde la famosa «linda gracia».
¿Qué es lo que había pasado durante este tiempo? Se adivina.
Después del abandono, el tormento. Fantina había perdido de vista desde luego á Favorita, Zefina y Dalia; el lazo roto por parte de los hombres se había deshecho por la de las mujeres; de seguro se hubieran admirado si quince días después, alguien les hubiese dicho que eran amigas, lo cual no tenía para ellas razón de ser. Fantina se había quedado sola. El padre de su hija había partido; semejantes rompimientos son irrevocables; encontróse ella absolutamente aislada, con la costumbre de trabajar de menos y el amor á los placeres, de más. Impulsada por sus relaciones con Tholomyés á desdeñar el único oficio que sabía, había descuidado los medios de dar salida á su trabajo, y se los encontró luego cerrados.
No había remedio para ella, Fantina sabía leer apenas, sin saber escribir, se la había enseñado solamente cuando niña á poner su firma; hizo escribir, por un escribiente público, una carta á Tholomyés, luego otra y más tarde una tercera. Tholomyés no contestó á ninguna. Cierto día oyó Fantina decir á sus comadres fijándose en su hija:--¡Hay por ventura quien se tome en serio estas criaturas! Una se encoje de hombros y nada más.--Entonces pensó ella en que Tholomyés se habría también encogido de hombros por aquella criatura, y que no iba á tomar en serio la vida de aquel ser inocente; y su corazón se envolvió en sombras, en la parte que se refería al hombre aquel. ¿Qué partido tomar en este caso? Ignoraba á quién dirigirse. Había cometido una falta, pero en el fondo de su naturaleza, como sabemos bien, se guardaba el pudor y la virtud. Sentía vagamente que se encontraba en vísperas de caer en el desfallecimiento y resbalar á lo peor. Era preciso valor; lo tuvo, y se creció en sí misma. Ocurriósele la idea de volver á su ciudad natal, á M*** sur M***. Allí tal vez se encontraría con quien la conociese y la proporcionase trabajo; sí, pero era preciso ocultar su falta. Y ella entreveía confusamente la necesidad indispensable de una separación más dolorosa aún que la primera. Su corazón se desgarraba, pero tomó, no obstante, una resolución. Fantina, como veremos, poseía el valor fiero de la vida. Había ya renunciado valientemente al fasto, y se había vestido de percal, habiendo destinado toda su seda, todos sus perifollos, todas sus cintas y todos sus encajes á su hija, única vanidad que le restaba, ¡bien santa por cierto! Había vendido cuanto tenía, lo cual le produjo unos doscientos francos; y después de satisfechas sus insignificantes deudas vinieron á quedarle aproximadamente ochenta francos.
Á los veinte y dos años, y durante una deliciosa mañana de primavera, dejó París llevándose á su hija sobre la espalda. Cualquiera al verlas pasar se hubiera apiadado de una y otra. Aquella mujer no tenía en el mundo más que aquella criatura, y aquella criatura no tenía en el mundo más que aquella mujer. Fantina había amamantado á su hija, lo cual había fatigado su pecho y tosía un poco.
Como no tendremos nueva ocasión de hablar del señor Félix Tholomyés, concretarémonos á decir, que veinte años después, durante el reinado de Luis Felipe, era un corpulento abogado de provincia, influyente y rico, elector, prudente y jurado severísimo; alegre y campechano siempre.
Á eso del medio día, después de haber, para descansar, caminado á trechos mediante tres ó cuatro sueldos por legua, en los que se llamaban á la sazón los cochecitos de los alrededores de París, encontróse Fantina en Montfermeil, en el callejón de Boulanger.
Como viese al pasar junto al bodegón Thénardier, las dos pequeñitas, tan alegres en su monstruoso columpio quedó, hasta cierto punto, deslumbrada, parándose delante de aquel cuadro de alegría.
Existen encantamientos. Aquellas dos criaturas lo fueron en verdad para aquella madre.
Contemplólas completamente emocionada. La presencia de los ángeles es siempre un anuncio del paraíso. Creyó ver ella sobre aquel figón el misterioso aquí de la Providencia. ¡Aquellas dos pequeñuelas eran evidentemente dichosas! Mirábalas y admirábase ella verdaderamente enternecida, tanto que en el preciso momento de tomar la madre aliento, entre dos versos de la canción, no pudo abstenerse de decir la frase que acabamos de leer:
--Tenéis allí dos hermosas criaturas.
Los seres más feroces se sienten desarmados cuando se acaricia á sus pequeñuelos.
Irguió la madre la cabeza dando las gracias, é invitó á la transeunte á que se sentara en el peldaño de la puerta; ella estaba sentada en el umbral. Entraron en conversación las dos mujeres.
--Me llamo Thénardier,--dijo la madre de las pequeñuelas.--Somos los dueños de esta hostería.
Luego, siguiendo la canción, repuso entre dientes:
Ha de ser, soy caballero Y voy á la Palestina.
Era la señora Thénardier una mujer coloradota, angulosa de carnes apretadas; el tipo de la mujer del soldado llevado al extremo. Y cosa rara, tenía cierto aire melancólico debido á las lecturas novelescas. Era una melindrosa hombruna. Las novelas antiguas, invadiendo las imaginaciones de los bodegoneros, producen semejantes efectos. Era joven aún, pues apenas contaba treinta años. Si aquella mujer, que estaba acurrucada, hubiese estado de pie, su elevada estatura, tal vez su facha de coloso ambulante, un tanto selvático, hubiera quizá asustado á la viajera, turbando su confianza y desvaneciendo por lo tanto lo que debemos referir. Una persona que esté sentada en vez de estar de pie, influye en el destino.
La viajera refirió su historia algo modificada.
Que era obrera; que su marido había muerto; que el trabajo escaseaba en París, en vista de lo cual iba á buscarlo en su país: que había salido de París aquella misma mañana, á pie; que, como llevaba á su hija, sintiéndose fatigada y habiendo encontrado el coche de Villemomble, había subido en él; que de Villemomble había ido á Montfermel á pie; que la niña había andado un poco, pero muy poco; que como era tan tierna, se había fatigado pronto, y le había sido preciso tomarla nuevamente en brazos y que la tontuela se había dormido.
Y al decir esto, dió á su hija un apasionado beso que la despertó. La niña abrió los ojos, dos grandes ojos azules como los de su madre, y miró, ¿qué? Nada, todo, con aquel aire serio y á veces severo de los pequeñuelos, que es tal vez un misterio de su luminosa inocencia ante nuestros crepúsculos de virtud. Diríase que se sienten ángeles y que nos adivinan hombres. Después la niña se echó á reir, y aunque su madre procuraba detenerla, se deslizó al suelo con la indomable energía de un pequeño ser que quiere moverse libremente. Al punto advirtió á las otras dos del columpio, quedándose parada contemplándolas, sacando la lengua y torciendo el gesto en señal de admiración.
La señora Thénardier desató á sus hijas, las hizo bajar del columpio, y dijo:
--Ea: jugad las tres.
Aquellos angelitos se entendieron enseguida, y á vuelta de un minuto, las niñas Thénardier jugaban con la recién llegada á hacer agujeros en el suelo, inmenso placer.
Aquella recién llegada era muy alegre; la bondad de la madre estaba escrita en la alegría de la hija; había tomado un palito que le servía de pala, y cavaba enérgicamente una fosa, buena para una mosca. El mismo trabajo de los enterradores pasa á ser objeto de risa hecho por una criaturita.
Las dos mujeres seguían en su conversación.
--¿Cómo se llama vuestra pequeñita?
--Cosette.
Cosette, era Eufrasia. La niña se llama Eufrasia. Pero de Eufrasia la madre había hecho Cosette, por aquel dulce y gracioso instinto de las madres y del pueblo que cambia Josefa en Pepita y Francisca en Paca. Es éste un género de derivados que enreda y desconcierta por completo la ciencia de los etimologistas. Nosotros conocimos una abuela que había llegado á hacer de Teodora, Gnon (ñon).
--¿Qué edad tiene ahora?
--Va á cumplir tres años.
--Como la mayor de las mías.
Entre tanto las tres pequeñuelas se habían agrupado con cierto aire de profunda ansiedad y beatitud; acababa de realizarse un fenómeno: un gran gusano acababa de salir de la tierra; les daba miedo, y las tenía extasiadas.
Sus frentes radiantes parecían unirse; podía decirse que había tres cabezas en una aureola solamente.
--¡Criaturitas!--exclamó la señora Thénardier.--¡Cómo se juntan enseguida! ¡Vedlas, parecen tres hermanas!
Esta frase fué la chispa que esperaba probablemente la otra madre. Tomó entonces la mano de la Thénardier, mirola fijamente, y le dijo:
--¿Queréis cuidar de mi hija?
La Thénardier hizo uno de estos movimientos de sorpresa que no son un consentimiento ni una negativa.
La madre de Cosette prosiguió:
--Porque, desgraciadamente, no puedo llevarme mi hija á mi país. El trabajo no lo consiente. Con una criatura no se encuentra colocación en ninguna parte. Se encuentra en ello una ridiculez en semejante país. Sin duda me ha hecho Dios pasar á propósito junto á vuestra hostería. Cuando he visto estas niñas tan bonitas, tan aseadas y tan satisfechas, he sentido una conmoción interior. Y he dicho para mí: He aquí el reflejo de una buena madre. ¿No es verdad? Podrán ser tres hermanas. Luego yo no tardaré mucho tiempo en volver. ¿Queréis cuidar de mi hija?
--Será preciso ver,--dijo la Thénardier.
--Os daré seis francos al mes.
En este momento una voz de hombre gritó desde el fondo del figón:
--No puede ser menos de siete francos. Y pagando seis meses adelantados.
--Seis veces siete cuarenta y dos,--dijo la Thénardier.
--Os los daré,--dijo la madre.
--Y quince francos además para los primeros gastos,--añadió la voz de hombre.
--Total cincuenta y siete francos,--dijo la señora Thénardier. Y, al través de estos números, seguía tarareando vagamente:
Ha de ser, dijo un guerrero.
--Los daré,--dijo la madre;--tengo ochenta francos. Aún me quedará para llegar á mi país, si voy á pie. Ya ganaré yo dinero en estando allí y en cuanto haya recogido un poco, volveré por mi amor.
La voz de un hombre repuso:
--¿Tiene la niña ajuar?
--Es mi marido,--dijo la Thénardier.
--Sin duda, ¡pues no faltaba sino que no lo tuviera, mi pobre tesoro! Ya he comprendido que había de ser vuestro marido. ¡Y muy bueno! un ajuar espléndido, todo por docenas; y vestidos de seda como una señora. Ahí lo traigo, en mi saco de noche.
--Debéis dejarlo,--repitió la voz de hombre.
--¡Pues no faltaba más, vaya si lo dejaré!--dijo la madre.--¡No sería poco gracioso que dejase desnuda á mi pobre hija!
La figura del hombre apareció.
--Está bien,--dijo.
El negocio quedó hecho. La madre pasó la noche en el bodegón, dió su dinero, y dejó su criatura; volvió á liar su saco de noche, desembarazado del ajuar, y á la ligera y desorientada, salió á la mañana siguiente, creyendo volver antes de poco. ¡Fácilmente se arreglan separaciones semejantes, que son desesperaciones luego!
Una vecina de la Thénardier encontró á aquella madre cuando se iba, y vínose diciendo:
--Acabo de ver en la calle una mujer llorando que parte el corazón.
Cuando la madre de Cosette hubo salido, díjole el hombre á la mujer.
--Esto va á cubrir la obligación de ciento diez francos que vence mañana. Me faltaban cincuenta francos. ¿Sabes que hubiéramos tenido aquí el escribano para protestar? Armaste ahí una buena ratonera con tus niñas.
--Sin duda,--dijo la mujer.
II =Primer esbozo de dos figuras sombrías=
El ratón cogido era bien insignificante; pero el gato se alegra sin embargo aunque el ratón sea flaco.
¿Qué eran los Thénardier?
Diremos algo en este momento. Más tarde completaremos el croquis.
Pertenecían estos seres á aquella clase bastarda compuesta de gentes groseras que se elevan y de gentes ilustradas en decadencia, que se encuentra entre la llamada clase media y la clase llamada inferior; la que asume algunos de los defectos de la segunda con todos los vicios de la primera, careciendo del generoso aliento del obrero, como del moderado orden del artesano.
Eran de aquellas naturalezas raquíticas que, si alguna llama sombría las caldea por casualidad, se tornan fácilmente monstruosas. Tenía la mujer un fondo salvaje y el hombre todas las apariencias de un perdido. Ambos se encontraban en el punto más elevado de susceptible degradación de la especie del repugnante progreso que recorre la senda del mal. Existen almas cangrejos que retroceden continuamente hacia las tinieblas, retrogradando en la vida más que adelantando, cuya experiencia les sirve únicamente para aumentar su deformidad, empeorando sin cesar é impregnándose más y más de cierta negrura creciente. Aquel hombre y aquella mujer poseían almas de esta naturaleza.
El marido Thénardier, particularmente, era de fisonomía repulsiva. Los fisonomistas no tienen más que mirar al rostro á ciertas gentes para desconfiar de ellas, pues se presentan temibles por ambos extremos. Resultan inquietos en la sombra y amenazadores frente á frente. Encierran en sí algo desconocido. Es imposible de todo punto responder de lo que han hecho ni de lo que harán. La sombra que encierra su mirada es su denuncia. Cualquier palabra que se les oiga ó cualquier gesto que se les advierta, deja adivinar secretos sombríos de su pasado, y sombras misteriosas en su porvenir.
Dicho Thénardier, á darle crédito á él, había sido soldado; sargento, decía; habiendo hecho probablemente la campaña de 1815, en la que se había portado bizarramente al parecer. Más adelante sabremos lo que había sido. La muestra de su bodegón aludía á uno de aquellos hechos de armas. Él mismo la había pintado, porque era de los que saben hacerlo todo; mal.
Era aquélla la época en que la antigua novela clásica que después de haber sido Clélie, no era más que Lodoïska, siempre noble, pero más vulgar á cada paso, descendiendo desde la señorita Scudéri á la señora Bournon Malarme, y de la señora de Lafayette á la señora Barthélemy Hadot, encendiendo el alma amorosa de los porteros de París, sin dejar de chamuscar una parte de la de las cercanías. La Thénardier poseía la inteligencia precisa para leer aquella especie de libros. Se alimentaba de ellos. En ellos anegaba los sesos que tenía; lo cual le había dado así durante sus primeros años, como luego después, una especie de actitud meditabunda con relación á su marido, pícaro de ciertos alcances, rufián literato, con gramática propia, grosero y fino á un tiempo, pero formando su sentimentalismo con las lecturas de Pigault Lebrun, y, por «lo que al sexo se refiere», como decía él en su jerga, ganso del todo sin la menor mezcla. Su esposa tendría como unos doce ó quince años menos que él. Más tarde, cuando los cabellos novelescamente llorones empezaron á blanquear, cuando Mégere sustituyó á Pamela, no fué la Thénardier más que una mujer gruesa y de malos instintos que había saboreado novelas tontas. Pero no se leen impunemente las necedades. Resultó de ello que su hija mayor se llamó Eponina; pero la pequeña ¡pobrecita! estuvo á pique de llamarse Gulnare; debiendo no sé á qué diversión, resultado de una novela de Ducray Duminil, el no llamarse más que Azelma.
Por lo demás, diremos de pasada, no era todo completamente ridículo y superficial durante aquella curiosa época, á la cual aludimos, y que podría llamarse la anarquía de los nombres de bautismo. Junto al elemento novelesco que acabamos de indicar, estaba el síntoma social. Y hoy no tiene nada de particular que el hijo de un boyero se llame Arturo, Alfredo ó Alfonso, y que el vizconde--si hay vizcondes todavía--se llame Tomás, Pedro ó Jaime. La diferencia que establece el nombre «elegante» sobre el plebeyo, y el nombre aldeano sobre el aristócrata, no es sino un remolino de igualdad. La irresistible penetración del soplo nuevo se encuentra en ello como en todo. Bajo esa aparente discordancia, existe una cosa grande y profunda: la Revolución francesa.
III =La alondra=
No es suficiente para medrar ser malo. El figón no daba resultado.
Gracias á los cincuenta y siete francos de la viajera, Thénardier había podido evitar un protesto y honrar su firma. El mes siguiente, necesitaron aún más dinero; la mujer llevó á París y empeñó en el Monte de piedad el ajuar de Cosette por la cantidad de sesenta francos. Desde que fué distribuida esta suma, acostumbráronse los Thénardier á no ver en aquella pobre niña más que una criatura recogida por caridad, tratándola en consecuencia. Como ya no le quedaba nada de su ajuar, la vestían con sayas y camisas de desecho de sus hijas, es decir de harapos. Alimentábanla con las sobras de todo el mundo, algo mejor que al perro y un poco peor que el gato. El perro y el gato eran generalmente sus comensales; Cosette comía con ellos debajo de la mesa en una cazuela de madera igual á la de ellos.
Su madre, que había fijado su residencia, como veremos luego, en M* sur M*, escribía, ó por mejor decir, hacía que le escribiesen todos los meses á fin de tener noticias de su hija. Los Thénardier contestaban invariablemente: Cosette está muy bien.
Pasaron los seis primeros meses, mandó la madre los siete francos para el séptimo mes, continuando exactamente sus remesas mensuales. No había terminado aún el año cuando dijo Thénardier:--¡Vaya un negocio! ¡Qué quiere que hagamos con sus siete francos!--y le escribió exigiéndole doce. La madre, á la cual hacían entender que su hija estaba muy bien y que crecía mucho, sometióse y mandó los doce francos.
Ciertas naturalezas no pueden amar por una parte y odiar por otra. La madre Thénardier amaba apasionadamente á sus dos hijas, lo cual hacía que detestase á la forastera. Es muy triste pensar que el amor de madre puede tener alguna parte mala.
El reducido espacio que Cosette ocupaba en su casa le parecía que se lo robaba á sus hijas, y que aquella pobre criatura disminuía el aire que respiraban aquéllas. La tal mujer, como otras muchas de su especie, tenía una cantidad de caricias y una cantidad de golpes y de injurias que distribuir diariamente. Si no hubiese tenido en su casa á Cosette, es segurísimo que sus hijas, idolatradas y todo, hubieran recibido unas y otros; pero la forastera les hacía el favor de detener los golpes, recibiéndolos ella. Sus hijas no alcanzaban, por lo tanto, más que las caricias.
No podía hacer Cosette un movimiento que no cayese sobre su cabeza una lluvia de castigos violentos é inmerecidos.
Dulcísimo y débil ser, que nada debía comprender del mundo ni de Dios, castigado sin cesar, golpeado, reñido é injuriado, y viendo continuamente junto á ella dos niñas, como ella también, viviendo como en un rayo de aurora.
La Thénardier era mala para Cosette. Eponina y Azelma eran malas también. Las criaturas, á su edad, no son sino ejemplares de la madre. Son de menor tamaño, nada más.
Pasóse un año, luego otro.
Decíase en el lugar:
--Estos Thénardier son muy buena gente. ¡No tienen nada de ricos, y mantienen una pobre criatura que les dejaron abandonada en su casa!
Se creía á Cosette abandonada, ú olvidada cuando menos, de su madre. Entre tanto Thénardier, habiendo sabido, quién sabe cómo, que la criatura era probablemente ilegítima, y que la madre no podía confesarlo, exigíale quince francos al mes diciéndole que «la criatura crecía y comía» amenazando enviársela. «¡Que no me encocore mucho!--exclamaba,--porque le planto allí su monigote entre sus tapadillos. Debe aumentar la asignación». La madre pagó los quince francos.
De año en año fué creciendo la niña y también su miseria.
Mientras Cosette fué muy pequeña, fué el súfrelo-todo de las otras dos niñas; desde que creció algo más, es decir, antes de los cinco años, fué ya la criada de la casa.
Cinco años, se dirá, esto es inverosímil. ¡Ay! es verdad. Los sufrimientos sociales empiezan á todas las edades. ¿No hemos visto, por desgracia, recientemente el proceso de un tal Dumollard, huérfano, hecho bandido con el tiempo, el cual, desde la edad de cinco años, según los documentos oficiales, estando solo en el mundo, «trabajaba para vivir y robaba?».
Obligóse, pues, á Cosette á hacer mandados, á barrer las habitaciones, el patio y la calle, á fregar los platos, y aún á llevar fardos. Los Thénardier se creían tanto más autorizados á obrar así, cuanto que la madre, que continuaba siempre en M* sur M* empezó á no pagar muy bien, dejando algún mes en descubierto.
Si aquella madre hubiese vuelto á Montfermeil al fin de los tres años, no hubiera, de seguro, reconocido á su hija. Cosette, tan hermosa y fresca al entrar en aquella casa, estaba entonces pálida y demacrada. Tenía cierto no sé qué receloso é inquieto. ¡Maula! gritábale á cada paso la Thénardier.
La injusticia la había vuelto esquiva, y la miseria la había puesto fea. No le quedaban más que sus bellos ojos, que daba pena al verlos, porque, grandes como eran, parecían encerrar mayor cantidad de tristeza.
Daba grima de ver en invierno aquella pobre criatura, que no había cumplido todavía seis años, tiritando bajo sus andrajos de percal agujereados, barrer la calle antes de amanecer con una escoba enorme entre sus amoratadas manecitas, y una gruesa lágrima en sus grandes ojos.
En el lugar le llamaban todo el mundo la Alondra. El pueblo, que gusta siempre de imágenes, se complacía en dar este nombre á aquel pequeño ser que no abultaba más que un pájaro; tembloroso, espantado y tiritando, despertado el primero en aquella casa, y aún en el pueblo; cada mañana, siempre en la calle ó en el campo, antes del alba.
Solamente que aquella pobre alondra no cantaba jamás.
LIBRO QUINTO DESCENSO
I =Historia de un adelanto en la fabricación de abalorios negros=
Mientras aquella madre que, al decir de las gentes de Montfermeil, parecía haber abandonado á su hija, ¿qué había sido de ella? ¿dónde estaba? ¿qué hacía?
Después de haber dejado á su pequeña Cosette á los Thénardier, continuó su camino hasta llegar á M* sur M*.
Recordemos que esto pasaba en 1818.
Fantina había dejado su provincia hacía unos diez años. M* sur M* había cambiado de aspecto. En tanto que Fantina descendía lentamente de miseria en miseria, su ciudad natal había prosperado.
Desde hacía unos dos años, había realizado uno de aquellos hechos industriales que son grandes acontecimientos en lugares pequeños.
Es un detalle importante que creemos conveniente consignar, y casi diríamos subrayar.
De tiempo inmemorial, M* sur M*, poseía como industria especial la imitación del azabache inglés y de los abalorios negros de Alemania. Esta industria había vegetado solamente á causa de la carestía de las materias primas que recaía sobre la mano de obra. Cuando Fantina volvió á M* sur M* acababa de realizarse una gran transformación en la manera de producir aquellos «artículos negros». Á fines de 1815, un hombre, un desconocido, fué á establecerse en la ciudad, habiendo ideado sustituir en semejante fabricación, la goma laca á la resina, y para los brazaletes particularmente, los colgantes simplemente ajustados á la chapa, á los colgantes soldados á la misma.
Este pequeño cambio había producido una revolución.
Este pequeño cambio, en efecto, había reducido prodigiosamente el precio de la materia prima, lo cual había permitido, primeramente, elevar el precio de la mano de obra en beneficio del país, en segundo lugar mejoraba la fabricación en provecho del consumidor, y en el tercero podíase vender más barato, triplicando el beneficio en provecho del industrial.
Así es que una idea producía tres resultados.
En menos de tres años el autor del procedimiento se había hecho rico, lo cual no dejaba de ser una gran cosa, pero había enriquecido á los que le rodeaban, lo cual es todavía mucho mejor. Era forastero en el departamento. De su origen, nada se sabía; de sus principios, muy poca cosa.
Decíase que había llegado á la ciudad con muy poco dinero, algunos centenares de francos todo lo más.
Pero de aquel mísero capital, puesto al servicio de una idea ingeniosa fecundada por el método y el cálculo, había sacado una fortuna y la de la comarca.
Á su llegada á M* sur M* no poseía más que el traje, las apariencias y el lenguaje del obrero.
Parece que el mismo día en que hizo como de escondidas su entrada en la pequeña ciudad de M* sur M*, al caer de una tarde de diciembre, el morral á la espalda y el palo de espino en la mano, acababa de declararse un grande incendio en la casa de la ciudad. Aquel hombre se precipitó en las llamas, salvando, con peligro de su vida, dos niños, que resultaron ser luego hijos del capitán de la gendarmería, lo cual hizo que nadie soñara en pedirle su pasaporte. Después de ello se supo su nombre. Llamábase el tío Magdalena.
II =Magdalena=
Era hombre de unos cincuenta años escasos, de aire preocupado y buen sujeto. He aquí todo lo que podía decirse de él.
Gracias á los progresos rápidos de aquella industria que había reanimado tan admirablemente, M* sur M* había llegado á ser un centro de negocios importante. España, que consume mucho azabache negro, encargaba cada año grandes cantidades. M* sur M*, en semejante comercio, competía casi con Londres y Berlín. Los beneficios del tío Magdalena eran tales, que desde el segundo año pudo levantar una gran fábrica, en la cual había dos vastos talleres, uno para hombres y para mujeres otro. Cualquiera que tuviese hambre podía presentarse en la seguridad de encontrar allí trabajo y pan. El tío Magdalena pedía á los hombres buena voluntad, á las mujeres costumbres puras, y á todos probidad. Había dividido los talleres á fin de separar los sexos, y que, así las niñas como las mujeres, pudiesen estar tranquilas. En este punto era inflexible. En esto sólo se manifestaba intolerante. Y estaba tanto más fundada semejante severidad, cuanto, siendo M* sur M* ciudad guarnecida, las ocasiones de corrupción eran frecuentes. Por lo demás, su llegada había sido un beneficio y su presencia era providencial. Antes de la llegada del tío Magdalena todo languidecía en el país; desde ella, todo vivía la saludable vida del trabajo. Un gran movimiento de circulación daba calor y penetraba en todo. La holganza y la miseria eran desconocidas. No había allí bolsillo, por obscuro que fuése, donde no pudiese encontrarse algún dinero, ni casa tan pobre que no encerrase un poco de alegría.
El tío Magdalena empleaba á todo el mundo. No exigía más que una cosa: ser hombre honrado, ser honrada mujer.
Como hemos dicho, en medio de aquella actividad de la cual era causa y sostén, el tío Magdalena hacía su fortuna, pero cosa rarísima en un simple hombre de negocios, no parecía en modo alguno que fuése ello su principal cuidado. Parecía que se preocupaba mucho más de los otros, que de sí mismo. En 1820 se sabía que tenía colocado en su nombre, en casa de Laffitte, un capital de seiscientos treinta mil francos; pero antes de reservarse estos seiscientos treinta mil francos, había empleado más de un millón para la ciudad y para los pobres.
El hospital estaba mal dotado, fundó en él diez camas. M* sur M* está dividida en población alta y baja. La parte baja, que era en la que él vivía, no tenía más que una mala escuela, en una casa medio arruinada; mandó construir dos: una para niñas y otra para niños. Pensionaba de su bolsillo particular dos profesores con una gratificación doble á su mezquino sueldo oficial, y cierto día, en que alguien le preguntó admirado el porqué, dijo él: «Los dos primeros funcionarios del Estado, son la nodriza y el maestro de escuela». Había creado á su costa una sala de asilo, cosa desconocida á la sazón en Francia, y una caja de socorros para los obreros viejos é imposibilitados. Su fábrica era un centro, un nuevo barrio surgido á su alrededor, en el que no faltaban familias indigentes; estableció pues allí una farmacia gratuita.
Al principio, cuando se le vió empezar, decían las buenas almas: «Es un atrevido que quiere hacerse rico». Cuando se le vió enriquecer al país antes que enriquecerse á sí propio, las mismas buenas almas dijeron: «Es un ambicioso». Y esto parecía tanto más probable, cuanto era aquel hombre religioso, practicando sus actos con cierta regularidad, cosa muy bien vista en aquella época. Iba regularmente á oir misa todos los domingos. El diputado local que husmeaba competencias en todas partes, no tardó en preocuparse de aquella religiosidad. El tal diputado, que había sido miembro del cuerpo legislativo del imperio, participaba de las ideas religiosas de un padre del Oratorio; conocido bajo el nombre de Fouché, duque de Otrante, del que había sido hechura y amigo. Á puerta cerrada se reía de Dios bonitamente. Pero cuando vió al rico industrial Magdalena oyendo la misa de las siete de la mañana, entrevió en él un candidato posible y resolvió superarle, tomando desde luego un confesor jesuita, asistiendo á vísperas y á misa mayor. La ambición, en aquellos tiempos, era, en la excepción directa de la palabra, una carrera al campanario. Los pobres aprovecharon de aquel temor, así como Dios mismo, porque el honorable diputado fundó también dos camas en el hospital, y fueron ya doce.
Sin embargo, en 1819, corrió una mañana por la ciudad el rumor de que, á propuesta del señor prefecto y en consideración á los muchos servicios prestados al país, el tío Magdalena iba á ser nombrado por el rey alcalde de la ciudad. Aquéllos que habían tildado de «ambicioso» al forastero, aprovechaban satisfechos aquella ocasión, deseada por todos, exclamando: «¡He aquí lo que decíamos nosotros!». Todo el vecindario se enteró de ello. El rumor era cierto. Algunos días después apareció el nombramiento en el Moniteur. Al día siguiente el tío Magdalena renunció.
Durante aquel mismo año 1819, los productos del nuevo procedimiento inventado por Magdalena figuraron en la exposición de la industria; fundándose en el informe del jurado, nombró el rey al inventor, caballero de la Legión de honor. Nuevos rumores en la población. ¡Ah! ya; ¡era la cruz lo que quería! El tío Magdalena renunció á la cruz.
Decididamente, era aquel hombre un enigma. Las buenas almas quedaron satisfechas diciendo: después de todo, no pasa de ser un aventurero.
Ya lo hemos visto, el país le debía mucho, los pobres se lo debían todo; era tan útil, que era preciso acabar por venerarle, y tan cariñoso, que era indispensable acabar por amarle; sus obreros, en particular, le adoraban, y él admitía semejante adoración con cierta gravedad melancólica. Cuando se le consideró rico, «las personas de sociedad» le saludaron y se le llamaba en la ciudad el señor Magdalena; sus obreros y los chicos siguieron, no obstante, llamándole el tío Magdalena, siendo esto lo único que le hacía sonreir agradablemente. Á medida que iba encumbrándose, las invitaciones llovían sobre él. «La sociedad» le reclamaba. Las tertulias del buen tono que había en la ciudad y, que naturalmente, se hubieran cerrado en los primeros tiempos al artesano, abríanse de par en par al millonario. Á todas le invitaban. Á ninguna asistía.
Tampoco entonces las buenas almas se dieron á partido.--«Es un hombre ignorante y de poca educación. Quién sabe de dónde ha salido. No sabría como conducirse en sociedad. Aún no está probado que sepa leer».
Cuando se le había visto ganar dinero, decíase: es un comerciante. Cuando se le vió repartir sus riquezas, se dijo: es un ambicioso. Cuando se le vió renunciar los honores, dijeron: es un aventurero; y cuando se le vió esquivar el mundo, se le llamó bruto.
En 1820, cinco años después de su llegada á la población, los servicios que había prestado al país eran tan notables y tan unánime la opinión de toda la comarca, que volvió nuevamente el rey á nombrarle alcalde de la ciudad. Renunció todavía, pero el prefecto no admitió la renuncia; todos los notables fueron á rogarle; el pueblo en plena calle le suplicaba; fué tanta la insistencia, que no tuvo más remedio que aceptar. Parece ser que lo que más le inclinó á semejante aceptación, fué el apóstrofe casi irritado de una vieja, mujer del pueblo, la cual exclamó desde el umbral de la puerta con desenfado: Un buen alcalde es útil. ¿Quién retrocede ante el bien que puede hacer?
Ésta fué la tercera fase de su ascensión. El tío Magdalena había llegado á ser el señor Magdalena, el señor Magdalena era el señor alcalde.
III =Sumas depositadas en casa Laffitte=
Sin embargo, el señor Magdalena, continuó tan sencillo como el primer día. Tenía el cabello gris, la mirada seria, el color tostado de un obrero, el aspecto reflexivo del filósofo. Llevaba de ordinario un sombrero de alas anchas, y un gabán largo de paño grueso abotonado hasta la barba. Llenaba sus funciones de alcalde, pero después de ello, vivía solitario. Hablaba muy poco. Excusaba los cumplimientos: saludaba de paso y sin detenerse; sonreía para ahorrarse el hablar, pasando por calles apartadas hasta para excusarse de sonreir. Las mujeres decían de él: «¡Buen oso!». Su mejor entretenimiento era pasear por el campo.
Comía siempre solo, con un libro abierto delante, en el cual leía. Tenía una pequeña pero escogida biblioteca. Gustaba de los libros; los libros son amigos fríos y seguros. Á medida que aumentaba su tiempo con su fortuna, parecía que lo aprovechaba para cultivar su espíritu. Desde que se había establecido en la ciudad, notóse que de año en año su lenguaje iba puliéndose, siendo cada vez más delicado y suave.
Llevaba frecuentemente en sus paseos campestres su escopeta, pero raras veces se servía de ella. Cuando llegaba el caso, por casualidad, su tiro era inefable. Jamás había matado un animal inofensivo. Jamás había tirado á un pajarillo.
Aun cuando no era ya joven, decíase que tenía una fuerza prodigiosa. Ofrecía siempre su golpe de mano á quien pudiera necesitar de ello; levantaba un caballo, sacaba una rueda del atolladero y detenía por los cuernos un toro á la carrera. Llevaba siempre llenos sus bolsillos al salir, y vacíos al volver. Cuando atravesaba alguna aldea, los chiquillos harapientos se le acercaban alegremente, rodeándole como una nube de mosquitos.
Creíase que había, en otros tiempos, vivido en el campo, porque poseía toda clase de secretos útiles que revelaba á los campesinos. De él aprendían á destruir la polilla de los trigos, aspergeando los graneros é inundando las hendiduras del suelo con una disolución de sal común, y á extirpar el gorgojo, suspendiendo por todas partes, en las paredes, en los techos, en los pajares y en las casas, romero en flor. Poseía «recetas» para extirpar de los campos la nigela, la arvejana, la cola de zorro, y tantas cuantas yerbas parásitas se comen el trigo. Salvaba una conejera de los ratones, nada más que con el olor de un marranillo de Berbería que hacía entrar.
Un día vió gran número de campesinos ocupados en arrancar ortigas, fijóse en aquel montón de plantas arrancadas y ya secas diciendo:--Están muertas. Y no obstante sería de gran provecho si se supiesen utilizar. Cuando la ortiga es tierna, su hoja es una legumbre excelente; cuando seca, tiene filamentos y fibras como el cáñamo y el lino. La tela de ortiga valdría lo que la del cáñamo. Machacada la ortiga, es buena para la volatería; molida, es buena para los cornúpetos. La semilla de la ortiga mezclaba con el forraje da brillantez al pelo de los animales; la raíz mezclada con sal produce un hermoso color amarillo. Siendo, finalmente, un excelente heno que puede ser segado dos veces. Y ¿qué necesita la ortiga? Un poco de tierra, ningún cuidado ni cultivo alguno. Solamente que la semilla va cayendo á medida que la planta muere, y es algo difícil su recolección. Esto es todo. Tomándose un poco de trabajo, la ortiga sería de mucha utilidad; se la descuida y es dañina. Entonces se la mata. ¡Cuántos hombres se parecen á la ortiga! Añadiendo después de una pausa: Amigos míos, tened esto muy presente: no hay malas hierbas ni hombres malos. No hay sino malos cultivadores.
Los muchachos le amaban igualmente, porque sabía hacer juguetes muy lindos con paja y cáscaras de coco.
Cuando veía la puerta de una iglesia colgada de negro, entraba; buscaba los entierros, como buscan otros los bautizos. La viudez y la desgracia ajenas le atraían, á causa de su gran benignidad; mezclábase á los amigos en duelo, á las familias enlutadas, á los sacerdotes plañideros al rededor de un féretro. Parecía que daba gustoso por texto á sus pensamientos aquellas salmodias llenas de la vislumbre de otro mundo. Fija su mirada en el cielo, escuchaba con una especie de aspiración hacia los misterios de lo infinito, aquellas tristes voces que cantaban junto al borde del obscuro abismo de la muerte.
Realizaba gran número de buenas acciones, escondiéndose para ello como se esconden otros por las malas. Penetraba ocultamente, de noche, en las casas, y subía furtivamente las escaleras. Más de un pobre diablo se encontraba, á lo mejor, al volver á su guardilla, con que la puerta había sido abierta, tal vez forzada, durante su ausencia. ¡El pobre hombre se creía que había estado allí algún ladrón! Entraba, y lo primero que veía era una moneda de oro olvidada sobre algún mueble. El «ladrón» que había estado allí, había sido el tío Magdalena.
Era afable y triste á la vez. El pueblo decía: «He aquí un rico que no tiene nada de orgulloso. Un hombre feliz que parece no estar contento».
Algunos pretendían que fuése un personaje misterioso, afirmando que no entraba nadie en su cuarto, el cual era una verdadera celda de anacoreta, ¡llena de relojes de arena alados, y adornada de tibias puestas en cruz y de calaveras! Esto se decía mucho, si bien algunas jóvenes elegantes y maliciosas, fueron un día á su casa y le dijeron:--Señor alcalde, enseñadnos vuestro cuarto. Se cuenta por ahí que es una gruta.--Sonrió, y les abrió inmediatamente la puerta de su «gruta», lo cual castigó merecidamente su curiosidad. Era una habitación sencillamente adornada con muebles de caoba bastante feos, como todos los de este género, tapizada con papel de doce sueldos. Nada había allí notable, como no fueran dos candeleros de forma antigua, colocados sobre la chimenea y que tenían todas las trazas de ser de plata, «pues estaban contrastados». Observación llena de espíritu de los pueblos pequeños. Á pesar de la visita, no por eso se dijo menos que nadie penetraba en su cuarto; y que era una especie de caverna de ermitaño, una cueva, un agujero, una tumba.
Susurrábase también, que poseía «sumas inmensas» depositadas en casa Laffitte, con la particularidad de estar siempre á su inmediata disposición; de tal suerte, añadíase, que el señor Magdalena puede llegar el mejor día á casa Laffitte, firmar un recibo y llevarse sus dos ó tres millones, en diez minutos. En realidad, «aquellos dos ó tres millones» se reducían, como hemos dicho, á seiscientos treinta ó cuarenta mil francos.
IV =El señor Magdalena de luto=
Á principios de 1821 los periódicos publicaron la muerte del señor Myriel, obispo de D***, conocido generalmente por «monseñor Bienvenido», fallecido en olor de santidad á la edad de ochenta y dos años.
El obispo de D***, añadiendo aquí un detalle que omitieron los periódicos, hacía cuando murió, algunos años que estaba ciego, y con todo y estar ciego, tenía á su hermana junto á él.
Digámoslo de paso: ser ciego y ser amado, es en efecto, sobre la tierra, donde no hay nada completo, una de las formas más extrañas y exquisitas de la felicidad. Tener continuamente á nuestro lado una mujer, una hija, una hermana, un ser encantador que está junto á nosotros porque necesitamos de él y porque no puede prescindir de nosotros, saber que somos indispensables á quien no es necesario, poder medir incesantemente su afecto por la cantidad de presencia que nos da, y poder decirnos: puesto que me consagra ella todo su tiempo, prueba que poseo todo su corazón; ver el pensamiento á falta de la figura; comprobar la fidelidad de un ser en el total eclipse del mundo; percibir el roce de un vestido como aleteo, sentirle ir y venir, salir, volver á entrar, hablar y cantar, y recordar luego que somos el centro de aquellos pasos, de aquellas palabras y aquellos cantos; patentizar á cada paso su propia atracción; conocerse uno tanto más poderoso cuanto más imposibilitado; llegar á ser en la obscuridad y por la obscuridad el astro en torno del cual gravita aquel ángel, pocas son las felicidades que igualen á ésta. La suprema dicha de la vida es la convicción de que uno es amado; amado por sí mismo; decimos mal, amado á pesar de nosotros mismos; esta convicción la alcanza el ciego. En semejante desgracia, ser servido es ser acariciado. ¿Falta algo entonces? No. Que no pierde la luz quien tiene amor. ¡Y qué amor! ¡Un amor compuesto únicamente de virtud! No hay ceguera donde hay certeza. El alma busca á tientas el alma, y la encuentra. Y aquella alma encontrada y comprobada es una mujer. Os sostiene una mano, es la suya; besa vuestra frente una boca, es su boca; sentís junto á vosotros una respiración, es ella. Todo tenerlo de ella, desde su culto hasta su piedad: no encontrarse jamás abandonado, tener aquella dulce debilidad para socorreros, apoyarse en aquella inquebrantable caña, tocar con nuestras manos la Providencia y poder retenerla en nuestros brazos como un Dios tangible, ¡qué arrobamiento! El corazón, esa obscura flor celestial, ábrese á cierta expansión misteriosa. ¡Nadie cambiaría semejante sombra por toda la luz! El alma ángel está allí, siempre allí; si se aleja, es para volver; se desvanece como el sueño y reaparece como la realidad. Siéntese el calor que se aproxima, allí está. Siéntese un exceso de serenidad, de gozo, de éxtasis, es un rayo de luz en medio de la noche. Y mil cuidados insignificantes. Nadas que resultan enormes en aquel vacío. Los más inefables acentos de la voz femenina empleados en acariciarnos y en suplirnos en el universo desvanecido. Siéntese así el cariño del alma. Nada se ve, pero se siente uno adorado. Es un paraíso en las tinieblas.
Desde este paraíso, pasó al otro, monseñor Bienvenido. La noticia de su muerte fué reproducida por el diario local de M* sur M*. El señor Magdalena apareció al día siguiente vestido de negro con gasa en el sombrero.
Notóse en el pueblo aquel luto, y se comentó. Parecióles una luz acerca del origen del señor Magdalena. Acabóse por creer que tenía algún parentesco con el venerable obispo. Viste luto por el obispo de D***, díjose en las tertulias, lo cual levantó mucho el concepto del señor Magdalena dándole súbita y repentinamente cierta consideración entre la nobleza de M* sur M*. El microscópico arrabal de San Germán de aquella ciudad pensó en levantar la cuarentena impuesta al señor Magdalena, pariente probable de un obispo. El señor Magdalena comprendió el adelantamiento que había obtenido en el aumento de reverencias que le hicieron las señoras mayores, y en las sonrisas más frecuentes que le dirigieron los jóvenes. Una tarde, cierta decana de aquel pequeño gran mundo, curiosa por derecho de ancianidad, se permitió preguntarle:
--Señor alcalde, ¿seríais tal vez primo del difunto señor obispo de D***?
Él contestó:
--No, señora.
--Pero,--repuso la noble viuda,--¿el luto que vestís es por él?
Á lo que respondió el señor Magdalena:--Es que durante mi juventud fuí lacayo de su familia.
Otra circunstancia debemos consignar todavía, y es que cada vez que pasaba por la ciudad algún niño saboyano recorriendo el país en busca de chimeneas que deshollinar, hacíale llamar el señor alcalde, y después de preguntarle su nombre le daba dinero. Los saboyanitos se lo decían unos á otros, así es que pasaban muchos.
V =Vagos relámpagos en el horizonte=
Poco á poco y con el tiempo, todas las oposiciones se desvanecieron. Había habido en el encumbramiento del señor Magdalena, por esa especie de ley que subsiste siempre junto á los que se elevan, sus correspondientes injurias y calumnias, que se trocaron luego en sólo murmuraciones, más tarde en malicias, desvaneciéndose por último completamente; la consideración llegó á ser cumplida, unánime, cordial, y llegó un momento, hacia 1821, en el cual esta frase: el señor alcalde se pronunciaba en M* sur M* casi con el mismo acento que esta otra, el señor obispo era pronunciada en D*** en 1815. Muchos eran los que, de diez leguas á la redonda, iban á consultar á Magdalena. Él terminaba las diferencias, hacía que cesaran los pleitos y reconciliaba á los enemigos. Todo el mundo le quería por juez de su derecho. Parecía encerrar en su espíritu el libro de la ley natural. Era aquello como un contagio de veneración que, en seis ó siete años progresivamente, llegó á extenderse por todo el país.
Sólo un hombre, así en la población como en la comarca, se libró absolutamente de aquel contagio; é hiciese lo que quisiere Magdalena, continuaba rebelde, como si algún instinto secreto é imperturbable le desvelase é inquietase. Parece, efectivamente, que existe en ciertos hombres un verdadero instinto bestial, puro é íntegro como todo instinto, que crea las antipatías y las simpatías, que separa fatalmente una naturaleza de otra naturaleza, que no titubea, que no se turba, ni guarda silencio, ni se desmiente jamás; claro en medio de su obscuridad, infalible, imperioso, refractario á todo consejo de la inteligencia y á todos los disolventes de la razón, y que, de cualquier manera que se presenten los destinos, advierte secretamente al hombre-perro de la presencia del hombre-gato, y al hombre-zorro de la presencia del hombre-león.
Frecuentemente, cuando el señor Magdalena pasaba por una calle, tranquilo, afectuoso, rodeado de las bendiciones de todos, sucedía que un hombre de elevada estatura, vistiendo una levita color de plomo obscuro, armado con un grueso bastón y cubierta la cabeza con un sombrero rebajado, se volvía bruscamente hacia él y le seguía con la mirada hasta que había desaparecido, cruzado de brazos, moviendo lentamente la cabeza y levantando el labio superior impulsado por el inferior hasta la nariz, especie de mueca significativa que podría traducirse por:--Pero ¿qué es lo que es este hombre?--De fijo yo le he visto en alguna parte.--En todo caso no ha de engañarme siempre.
Aquel grave personaje, de gravedad casi amenazadora, era de éstos que, por rápidamente que se les mire, preocupan al observador.
Llamábase Javert y era de la policía.
Desempeñaba en M* sur M* las penosas pero útiles funciones de inspector. No había visto los principios del señor Magdalena. Javert debía el puesto que ocupaba á la protección del señor Chabouillet, secretario del ministro de Estado, conde Anglès, entonces prefecto de policía de París. Cuando Javert llegó á M* sur M*, la fortuna del gran industrial era ya un hecho, y el tío Magdalena era ya el señor Magdalena.
Muchos agentes de policía tienen una fisonomía especial que se complica con cierto aire de bajeza mezclado á cierto aire de autoridad. Javert tenía una de estas fisonomías, pero sin la bajeza.
Estamos convencidos de que si las almas fuesen visibles á los ojos, se vería claramente la rareza de que cada uno de los individuos de la especie humana, corresponde á algunas de las diversas especies de la creación animal; y entonces podría reconocerse fácilmente esta verdad, apenas vislumbrada por el pensador, que, desde la ostra hasta el águila, desde el puerco al tigre, todos los animales están en el hombre, y que cada uno de ellos está en un hombre. Y á veces, igualmente, varios de ellos á un mismo tiempo.
Los animales no son otra cosa que las figuras de nuestras virtudes y de nuestros vicios, errantes ante nuestros ojos; los fantasmas visibles de nuestras almas. Dios nos los muestra para hacer que reflexionemos. Solamente que como los animales no son más que sombras, Dios no les ha hecho educables en toda la extensión de la palabra; ¿para qué? Al contrario, siendo nuestras almas realidades, y teniendo un fin propio, Dios les ha dado la inteligencia, es decir, la posibilidad de la educación. La educación social bien dirigida, puede siempre sacar de un alma, sea cual fuere, toda la utilidad que en ella se encierre.
Sea ello dicho y bien entendido, desde el punto de vista terrestre aparente, y sin prejuzgar la cuestión profunda de la personalidad anterior ó ulterior de los seres que no son el hombre. El yo visible no autoriza en ningún caso al pensador para negar el yo latente.
Hecha esta observación, prosigamos.
Por lo tanto, si se admite de momento con nosotros, que en todo hombre se encierra una de las especies animales de la creación, nos será más fácil decir quién era el inspector Javert.
Los aldeanos de Asturias están convencidos de que en cada camada de loba se encuentra un perro al cual mata la madre, á fin de evitar que en creciendo devore á los pequeños.
Dadle un rostro humano á este perro, hijo de loba, y éste será Javert.
Javert había nacido en una cárcel, de una de esas mujeres que echan la cartas, cuyo marido estaba en presidio. Al ser mayor, vió que se encontraba fuera de la sociedad, desesperanzado de poder entrar jamás en ella. Observó que la sociedad mantiene irremisiblemente separados de ella á dos clases de hombres, los que la atacan y los que la guardan; no podía elegir más que entre estas dos clases; y al mismo tiempo, sentíase poseído de no sé qué fondo de rigidez, de regularidad y de probidad, mezclada con cierto inexplicable odio hacia aquella raza de gitanos de la cual había nacido. Entró en la policía. Hizo carrera. Á los cuarenta años era inspector.
Había estado, durante su juventud, empleado en los presidios del Mediodía.
Antes de seguir adelante, expliquemos la frase, rostro humano, que hemos aplicado hace poco á Javert.
El rostro humano de Javert consistía en una nariz achatada, con dos profundas ventanas, desde las cuales subían por los carrillos dos enormes patillas. Sentíase uno desagradablemente impresionado la primera vez que veía aquellas dos cavernas. Cuando Javert reía, lo cual era tan raro como espantoso, sus delgados labios parecían correrse, dejando ver, no solamente sus dientes, sino también sus encías, y se formaba al rededor de su nariz una arruga abultada y salvaje como si fuera el hocico de un animal carnívoro. Javert serio era un perro de presa; cuando reía, un tigre. Por lo demás, tenía poco cráneo, mucha mandíbula; los cabellos cubrían su frente y le caían sobre las orejas; entre ambos ojos un ceño central permanente como una estrella de cólera, la mirada obscura, la boca contraída y temible, y una expresión de mando feroz.
Este hombre se componía de dos sentimientos tan sencillos como relativamente buenos, pero que él hacía casi malos á fuerza de exagerarlos; el respeto á la autoridad y el odio á la rebeldía; pues á sus ojos el robo, el asesinato, todos los crímenes, no eran otra cosa que otras tantas formas de la rebeldía. Envolvía en una especie de fe ciega y profunda, á todo el que desempeñaba alguna función del Estado, desde el primer ministro al guarda bosque. Cubriendo igualmente de desprecio, aversión y desagrado á todo el que había saltado una vez el dique legal de la maldad. Era absoluto sin admitir excepciones. Por una parte, decía:--El funcionario no puede engañarse; el magistrado jamás se equivoca.--De la otra, decía:--Éstos están irremisiblemente perdidos. Nada de bueno pueden dar.--Era su opinión completamente partidaria de la de esos espíritus extremados, que atribuyen á la ley humana no sé qué facultad para hacer, ó, si se quiere, patentizar demonios, y que ponen una Estigia en la parte baja de la sociedad. Era estoico, serio, austero; pensador triste; humilde y altivo como los fanáticos. Su mirada era una barrena, una barrena fría, y así taladraba. Todo su modo de ser estaba encerrado en estas dos palabras: velar y vigilar. Había introducido la línea recta en lo que hay en el mundo más tortuoso; tenía conciencia de su utilidad, la religión de sus funciones, y era espía como hubiera sido sacerdote. ¡Desdichado del que caía en sus manos! Hubiera detenido á su padre á intentar escaparse de presidio y denunciando á su madre al huir de la cárcel. Y lo hubiera hecho con aquella especie de satisfacción interna que produce la virtud. Además, su vida era toda privación, aislamiento, abnegación, castidad; jamás una sola distracción. Era el mismo deber implacable; la policía comprendida, como los espartanos comprendían á Esparta; una vigilancia despiadada, una honradez bárbara, un espía de mármol. Bruto encarnado en Vidocq.
Todo en la persona de Javert revelaba al hombre que espía y que se esconde. La escuela mística de José Maistre, la cual, en aquella época, salpimentaba con su elevada cosmogonía los llamados periódicos ultras, no hubiera dejado de decir que Javert era un símbolo. No se le veía la frente, que desaparecía bajo su sombrero; no se le veían los ojos, que se perdían bajo sus cejas; no se le veía la barba, que se hundía dentro la corbata; no se veían sus manos, que se quedaban dentro las mangas; no se le veía el bastón, por llevarlo siempre bajo la levita. Pero en llegando la ocasión, veíase de súbito salir de aquellas sombras, como de una emboscada, una frente angulosa y deprimida, una mirada funesta, una barba amenazadora, unas manos enormes y un rebenque monstruoso.
En sus momentos de ocio, bien escasos por cierto, á pesar de odiar los libros, leía; debiéndose á ello que no fuése ignorante del todo. Esto se reconocía fácilmente en cierto énfasis que había en sus palabras.
No tenía ningún vicio, ya lo hemos dicho. Cuando estaba satisfecho de sí mismo, se permitía tomar un polvo de tabaco. Por ahí solamente estaba unido á la humanidad.
Comprendíase fácilmente que Javert fuése el terror de toda aquella, clase de gente que la estadística anual del ministerio de Justicia designa bajo el epígrafe: Gentes de oficio desconocido. Con sólo pronunciar el nombre de Javert se desbandaban; la figura de Javert apareciendo, les petrificaba.
Tal era aquel hombre formidable.
Javert era como un ojo fijo constantemente sobre el señor Magdalena. Ojo lleno de sospechas y conjeturas. El señor Magdalena había acabado por comprenderlo y sin embargo parecía no dar á ello la menor importancia. Jamás le hizo á Javert la menor pregunta; no le buscaba ni le evitaba, soportando, sin fijarse, al parecer, aquella mirada pesada y casi provocadora. Trataba á Javert como á todo el mundo, con sencilla bondad.
Por algunas palabras escapadas á Javert, adivinábase que había buscado secretamente, con la curiosidad propia de la raza, en la cual entran por igual el instinto y la voluntad, todos los vestigios anteriores que Magdalena hubiese podido dejar en alguna parte. Parecía saber, y algunas veces lo dejaba entender, bajo palabras más ó menos veladas, que alguien había tomado ciertos informes en cierto país, sobre cierta familia desaparecida. Una vez llegó á decir hablando consigo mismo:--¡Creo que ya le tengo! Luego estuvo tres días como ensimismado sin decir una palabra. Parecía que el hilo que se creía haber atrapado se le hubiese roto.
Por lo demás, y es éste el correctivo necesario á lo que el sentido de ciertas frases pudieran presentar de demasiado absoluto, no puede haber nada verdaderamente infalible en ninguna criatura humana, y es propio del instinto precisamente el poder ser turbado, despistado, desorientado. Sin esto resultaría superior á la inteligencia, y el bruto resultaría entonces mejor iluminado que el hombre.
Javert estaba evidentemente algo desconcertado, viendo la tranquila serenidad de Magdalena.
Cierto día, no obstante, sus extrañas maneras parecieron causar cierta impresión en Magdalena.
He aquí el motivo.
VI =Fauchelevent=
Pasando una mañana el señor Magdalena por una calle sin empedrar de M* sur M*, oyó un gran barullo y vió un grupo á corta distancia. Acercóse á ver lo que era, y vió que un viejo, llamado el tío Fauchelevent, acababa de caer debajo de su carro, cuyo caballo estaba rendido.
Era Fauchelevent uno de los raros enemigos que tenía aún el señor Magdalena en aquella época. Cuando Magdalena había llegado á la ciudad, Fauchelevent, antiguo tabelión y campesino casi letrado, practicaba cierta clase de negocios que empezaban á irle mal. Fauchelevent había visto aquel simple obrero que iba enriqueciéndose, mientras, que él, maestro, se arruinaba. Esto le había llenado de envidia, haciendo que aprovechara cuantas ocasiones se le presentaran para atacar á Magdalena. Cuando ya arruinado y viejo, sin quedarle más que un carro y un caballo, sin familia y sin hijos por otra parte, se hizo carretero para poder vivir.
El caballo se había roto, al caer, ambas piernas, y no podía moverse. El viejo estaba cogido entre las ruedas. La caída había sido verdaderamente desgraciada, pues todo el peso del carruaje gravitaba sobre su pecho. El carro estaba completa y pesadamente cargado. El pobre Fauchelevent lanzaba gritos lastimeros. Habíase probado de arrancarle de allí, pero inútilmente. Un esfuerzo desordenado, una ayuda mal dada, una sacudida en falso podían aplastarle. Era imposible salvarle de otra manera que no fuése levantar el carro por debajo. Javert, que había aparecido en el momento del accidente, había mandado á buscar un gato.
El señor Magdalena llegó. Apartóse respetuosamente todo el mundo.
--¡Ayudadme!--gritaba el viejo Fauchelevent.--¿No habrá por ahí algún buen hombre para salvar á este pobre viejo?
Magdalena volvióse hacia los allí reunidos:
--¿No hay un gato de albañil?
--Han ido á buscar uno--contestó un hombre.
--¿Cuánto tardará en estar aquí?
--Sí, han ido por el que podía encontrarse más cerca, á Flachot, en casa el herrero; en fin, sea como fuere, siempre tardará un buen cuarto de hora.
--¡Un cuarto de hora!--exclamó Magdalena.
Á la víspera había llovido, y estaba el suelo empapado, así es que el carro se iba hundiendo en el suelo, comprimiendo más y más el pecho del viejo carretero. Era casi seguro que antes de cinco minutos tendría rotas las costillas.
--Es imposible esperar un cuarto de hora,--dijo Magdalena á los artesanos que estaban mirando.
--¡Y no hay otro medio!
--Pero no habrá tiempo; ¿no estáis viendo como va hundiéndose el carro?
--¡Virgen santísima!
--Oid,--repuso Magdalena,--queda todavía debajo del carro espacio bastante para que un hombre pueda penetrar y levantarle luego con la espalda. En medio minuto se arranca del peligro á este pobre hombre. ¿Hay alguien por aquí que tenga fuerza y corazón para ello? ¡Cinco luises de oro que ganar!
Nadie de los del grupo contestó.
--¡Diez luises!--dijo Magdalena.
Los asistentes bajaron los ojos. Uno de ellos murmuró:--Sería preciso ser de hierro. ¡Luego es muy fácil quedar aplastado!
--Á ver,--volvió á decir Magdalena,--¡veinte luises!
El mismo silencio.
--No es la buena voluntad lo que hace falta,--dijo una voz.
El señor Magdalena volvió la cabeza, y reconoció á Javert. No le había notado al llegar.
Javert continuó:
--Se necesita gran fuerza. Sería preciso ser un hombre terrible para levantar un carro como éste con la espalda.
Luego, mirando con fijeza á Magdalena, prosiguió acentuando mucho las palabras que iba pronunciando:
--Señor Magdalena, no he conocido en mi vida más que un solo hombre capaz de hacer lo que proponeis.
Magdalena se estremeció.
Javert continuó con aire indiferente, pero sin apartar los ojos de Magdalena:
--Era un presidiario.
--¡Ah!--exclamó Magdalena.
--De Tolón.
Magdalena palideció.
Entretanto continuaba el carro hundiéndose poco á poco. El infeliz Fauchelevent rugía y aullaba.
--¡Me ahogo! ¡se rompen mis costillas! ¡un gato, una palanca, cualquier cosa! ¡Ah!
Magdalena miraba en torno suyo.
--¿No hay quién se quiera ganar veinte luises y salvar la vida á este pobre viejo?
Ninguno de los asistentes se movió: Javert repuso:
--Yo jamás he conocido otro hombre capaz de reemplazar el gato, que el presidiario.
--¡Ah! ¡ved que me aplasta!--exclamaba el viejo.
Magdalena irguió la cabeza, encontrando la mirada de halcón de Javert siempre fija sobre él, vió también todos los hombres del corro inmóviles, y sonrió tristemente.
Inmediatamente, y sin decir más palabra, doblóse sobre sus rodillas, y antes que la gente agrupada tuviese tiempo de lanzar un grito, estuvo ya debajo del carruaje.
Hubo entonces un momento espantoso de expectación y de silencio.
Vióse á Magdalena casi aplanado sobre el suelo bajo aquel peso, intentar por dos veces inútilmente, apoyar los ante-brazos en las rodillas. Gritábanle:
--¡Tío Magdalena! ¡retiraos!
El viejo Fauchelevent mismo exclamó:
--¡Señor Magdalena, salid de aquí! ¡no tengo más remedio que morir, ya lo veis! ¡dejadme! ¿Queréis haceros aplastar también?
Magdalena no dijo una palabra.
Los del corro alentaban apenas. Las ruedas habían continuado hundiéndose, y era ya casi imposible que Magdalena pudiese salir de debajo del carro.
De pronto se vió como si la enorme masa vacilara, el carro fué levantándose lentamente, las ruedas acababan de salir del carril. Oyóse entonces una voz ahogada que exclamaba: Pronto, dadme ayuda. Era Magdalena que estaba haciendo el último esfuerzo.
Todo el mundo se precipitó. La resolución de uno solo estaba dando fuerza y valor á todos. El carro se vió sostenido por veinte brazos. El viejo Fauchelevent estaba salvado.
Magdalena se levantó. Estaba pálido, aunque bañado en sudor. Sus vestidos estaban desgarrados y cubiertos de barro. Todos lloraban. El viejo besaba sus rodillas y le llamaba su Providencia. Él, manifestaba en su expresión una especie de sufrimiento dichoso y celestial, fijando su tranquila mirada sobre Javert, que seguía mirándole sin pestañear.
VII =Fauchelevent, Jardinero en París=
Fauchelevent se había lesionado la rodilla en la caída. El señor Magdalena le hizo trasladar á la enfermería que tenía establecida para sus obreros en el mismo edificio de la fábrica, la cual estaba servida por dos hermanas de la Caridad. Al día siguiente por la mañana se encontró el pobre viejo un billete de mil francos en su mesa de noche, con estas palabras escritas por el propio Magdalena: Os compro vuestro carro y vuestro caballo. El carro estaba roto, el caballo muerto. Fauchelevent curó, pero la rodilla quedó dislocada. El señor Magdalena, por recomendación de las hermanas de la Caridad y de su cura, hizo colocar al buen viejo, de jardinero en un convento de monjas del cuartel de San Antonio de París.
Algún tiempo después, el señor Magdalena fué nombrado alcalde. La primera vez que Javert vió al señor Magdalena revestido con la banda que le daba el carácter de primera autoridad de la población, sintió una especie de estremecimiento como el que podría sentir un dogo olfateando un lobo bajo los vestidos de su dueño. Desde entonces, evitó el verle cuanto pudo. Cuando las necesidades del servicio lo exigían imperiosamente y no podía hacer otra cosa que hablar directamente con el señor alcalde, cumplía su deber con profundo respeto.
Aquella prosperidad de M* sur M* creada por el tío Magdalena, tenía, sobre los signos visibles que hemos indicado, otro síntoma que, no por dejar de ser visible, era menos significativo. Este síntoma no engaña jamás. Cuando la población sufre, cuando el trabajo falta, cuando el comercio es nulo, el contribuyente resiste los impuestos por penuria, apura y deja pasar los plazos, y el Estado sufre grandes pérdidas en apremios y reembolsos. Cuando el trabajo abunda, cuando el país es dichoso y rico, los impuestos se pagan fácilmente y cuestan poco al Estado. Puede decirse que la miseria y la riqueza pública tienen un termómetro infalible, los gastos de percepción del impuesto. En siete años habían sido reducidos estos gastos de tres cuartas partes en el distrito de M* sur M*, lo cual hacía que frecuentemente citase dicho distrito como modelo entre todos los demás, el señor de Villèle, ministro de Hacienda á la sazón.
Tal era la situación de aquel país cuando regresó Fantina. Nadie se acordaba de ella. Afortunadamente la puerta de la fábrica del señor Magdalena era lo que una cara conocida. En cuanto se presentó, fué admitida en el taller de mujeres. Era el oficio enteramente nuevo para Fantina, y no podía por lo tanto ser diestra en él, por cuya razón sacaba un jornal bastante escaso; sin embargo, era lo suficiente á sus principales necesidades; estaba pues resuelto el problema de ganarse la vida.
VIII =La señora Victurnien emplea treinta francos en moralidad=
Cuando vió Fantina que podía vivir, tuvo un momento de alegría. Vivir honestamente del trabajo propio, ¡qué favor del cielo! El amor al trabajo renació verdaderamente en ella. Compróse un espejo, regocijándose al ver su juventud, sus hermosos cabellos y sus bellísimos dientes; olvidóse de muchas cosas para no pensar sino en Cosette y en las posibilidades del porvenir y fué dichosa. Alquiló un cuartito que amuebló á crédito de su trabajo futuro, resto de sus costumbres desordenadas.
No pudiendo decir que estaba casada, guardóse muy bien, como hemos ya dejado entrever, de hablar de su hija.
En sus principios, según se ha visto, pagaba exactamente á los Thénardier. Como no sabía más que firmar, tuvo necesidad de escribir por la mediación de un escribiente público.
Escribía frecuentemente, lo cual se notó, empezándose á decir por lo bajo en el taller de mujeres, que Fantina «escribía cartas» y que tenía «ciertos aires».
Nadie más á propósito para espiar las acciones de las gentes que aquellas personas con quienes no tienen nada que ver.--¿Por qué este señor no viene nunca antes de anochecer? ¿Por qué el señor tal no cuelga los jueves la llave en su lugar? ¿Por qué anda siempre por callejones? ¿Por qué la señora baja siempre del coche antes de llegar á la casa? ¿Por qué manda á comprar un cuadernillo de papel de cartas, teniendo «llena su papelera»?, etc., etc. Existen seres que, por conocer el objeto de tales enigmas, los cuales les son, por otra parte, perfectamente indiferentes, emplean más dinero, gastan más tiempo, y se dan más trabajo del que sería necesario para diez buenas acciones; y esto gratuitamente, por gusto, sin ser pagada su curiosidad más que por la curiosidad misma. Seguirán días enteros á éste ó aquél, pasarán horas y horas de guardia en las esquinas, de noche, entre los árboles, desafiando lluvias y fríos, sobornarán criados, emborracharán cocheros y lacayos, comprarán doncellas, harán suyos los porteros. ¿Para qué? para nada. Por encarnizamiento de ver, de saber y de penetrar. Pura comezón de murmurar y nada más. Y frecuentemente conocidos semejantes secretos, tales misterios publicados, expuestos á la luz del día los enigmas, producen catástrofes, duelos, descréditos, ruinas de familias, amargando innumerables existencias, por el gran placer de quienes lo han «descubierto todo» sin interés, sólo por instinto. ¡Triste cosa por cierto!
Ciertas personas son malas únicamente por necesidad de hablar. Sus palabras, conversando en la tertulia y charlando en la antecámara, son como las chimeneas que consumen pronto la leña; les hace falta mucho combustible, siendo su combustible el prójimo.
Se observó pues á Fantina.
Á más de ello, no faltaba quien tuviese envidia de sus rubios cabellos y de sus dientes blancos.
Súpose que en el taller, en medio de las otras se volvía frecuentemente para enjugar una lágrima. Era en los momentos en que recordaba á su hija, y también, tal vez, el hombre á quien amó.
Es un trabajo penosísimo el de romper los sombríos nudos del pasado.
Se averiguó también que escribía, al menos dos veces cada mes, siempre con la misma dirección, y franqueando las cartas. Se pudo adquirir un sobre en que se leía: Al señor Thénardier, hostelero, en Montfermeil. Se hizo hablar en la taberna al escribiente, un infeliz viejo que no conseguía llenar su estómago de vino tinto sin desembarazar su pecho de secretos. Para abreviar: súpose que Fantina tenía un hijo, «que debía ser tal vez una hija». Se encontró comadre que hizo el viaje, á Montfermeil; habló con los Thénardier, y dijo á su vuelta: «Con los treinta francos que me ha costado el viaje, lo he sacado todo en limpio. ¡He visto la criatura!».
La comadre, que tal hizo, era una gorgona llamada señora Victurnien, guardiana y portera de la virtud de todo el mundo. La señora Victurnien contaba cincuenta y seis años, y doblaba la máscara de su fealdad con la máscara de la vejez. Voz temblorosa, espíritu caprichoso. Aquella vieja había sido joven, parecía mentira. Durante su juventud, en pleno 93, casóse con un fraile escapado del claustro, con gorro encarnado, pasando de los Bernardinos á los Jacobinos. Era seca, ruda, áspera, espinosa, venenosa casi; acordándose siempre del fraile de quien había enviudado y que le había domado y doblegado. Era una ortiga en la que se notaba desde luego el roce del hábito frailuno. Durante la restauración se hizo beata, pero con tal energía, que los clericales le perdonaron su enlace con el fraile. Tenía una pequeña posesión que había legado ruidosamente á una comunidad religiosa. Estaba pues muy considerada en el obispado de Arras. Esta Victurnien fué quien estuvo en Montfermeil, y volvió diciendo: «Yo he visto la criatura».
Todo esto necesitó su tiempo; Fantina estaba ya, más de un año hacía, en la fábrica, cuando una mañana la encargada del taller le entregó, de parte del señor alcalde, cincuenta francos, diciéndole que quedaba despedida, y que de parte también del propio señor alcalde, se la invitaba á dejar la población.
Éste tuvo lugar, precisamente, en el mismo año que los Thénardier, después de pedirle doce francos en lugar de seis, le estaban exigiendo quince francos en lugar de doce.
Fantina quedó aterrada. No podía dejar el pueblo. Estaba debiendo el alquiler y los muebles. Cincuenta francos no eran suficientes á saldar estas deudas. Balbuceó algunas frases suplicantes. La encargada le significó que debía salir inmediatamente del taller. Fantina no era, por otra parte, más que una obrera mediana. Agobiada de vergüenza más que de desesperación, salió del taller y se fué á su cuarto. ¡Su falta era ya conocida de todo el mundo!
No se juzgaba con fuerzas para decir una palabra. Se le aconsejó que viera al señor alcalde, á lo que no se atrevió. El alcalde le había dado cincuenta francos, porque era bueno y la despedía, porque era justo. Sometióse pues á este mandato.
IX =Triunfo de la señora Victurnien=
La viuda del fraile fué útil para algo.
Por otra parte, el señor Magdalena no sabía un palabra de todo aquello. Tales son las combinaciones de sucesos de que está llena la vida. El señor Magdalena tenía la costumbre de no entrar casi nunca en el taller de mujeres.
Había colocado á la cabeza de dicho taller una vieja solterona que le habían recomendado, y tenía toda su confianza en esta mujer, persona verdaderamente respetable, firme, equitativa é íntegra, poseída del espíritu de caridad, que consiste en dar, pero sin sentir en el mismo grado el alma de la caridad que vive de la comprensión y que perdona. El señor Magdalena descansaba en ella. Los mejores hombres se ven obligados frecuentemente á delegar su autoridad. Así, pues, dentro de sus plenos poderes y en la convicción de que obraba bien, la celadora del taller instruyó el proceso, juzgó, condenó, y ejecutó á Fantina.
En cuanto á los cincuenta francos, ella los había dado sacándolos de una cantidad que el señor Magdalena le había confiado para limosnas y socorros de obreras, de la que no daba cuenta.
Fantina se ofreció á servir de criada, y al efecto fué de puerta en puerta buscando colocación. Nadie aceptó sus servicios. No había podido dejar la población. El prendero á quien ella debía sus muebles, ¡qué muebles! le había dicho: «si os marcháis, os haré prender como ladrona». El propietario, al cual adeudaba el alquiler, díjole: «Sois joven y bonita, por lo tanto no ha de faltaros con qué pagar». Partió los cincuenta francos entre el propietario y el prendero; devolvió á éste las tres cuartas partes de su mobiliario, no quedándose más que con lo indispensable, y se encontró sin trabajo, sin oficio, sin más que su cama, y debiendo todavía cerca de cien francos.
Púsose á coser camisas ordinarias para los soldados de la guarnición, ganando doce sueldos al día. Su hija le costaba diez. Entonces fué cuando empezó á no pagar puntualmente á los Thénardier.
Sin embargo, una pobre vieja, que encendía su luz cuando ella volvía por la noche, le enseñó el arte de vivir en la miseria. Después de vivir con poco, viene el vivir con nada: son ello dos cuartos, obscuro el primero, el segundo negro.
Fantina aprendió la manera de pasar sin fuego todo un invierno, como se prescinde del pajarillo que se os comía un sueldo de alpiste cada dos días, cómo se hace de las sayas cobertor y del cobertor sayas, cómo se ahorra la vela, cenando á la luz de la ventana de enfrente. ¿Quién es capaz de acertar todo lo que ciertos seres débiles, que han envejecido en la indigencia y la honradez, saben sacar de un sueldo? Acaba ello por ser una ciencia. Fantina llegó á poseerla, y con ella recobró cierto valor.
En aquella época, decíale ella á una de sus vecinas: «¡Bah! me digo yo: no durmiendo más que cinco horas, y dedicando todas las demás á la costura, podré ganar casi diariamente para pan. Luego cuando se está triste, se come menos. Así es que con los sufrimientos é inquietudes, un poco de pan por una parte, y los disgustos por otra, todo en junto me irá alimentando».
Dentro esta apurada situación, el tener á su hija junto á ella hubiera sido una singular dicha. Llegó á pensar en hacerla venir. Pero, ¿por qué hacerla participar de su desnudez? Luego ¡estaba adeudando á los Thénardier! ¿cómo saldar su cuenta, y luego, el viaje, cómo pagarlo?
La vieja que le había dado, lo que podríamos llamar lecciones de la vida indigente, era una santa mujer llamada Margarita, devota de buena fe, pobre y caritativa para con los pobres, y aún para con los ricos; sabía escribir lo bastante para firmar Margarita, y creía en Dios que es la existencia.
Existen muchas de estas virtudes en lo bajo; un día estarán en lo alto. Esta vida tiene siempre una mañana.
Al principio, Fantina estaba tan avergonzada, que apenas se atrevía á salir.
Cuando estaba en la calle, adivinaba que las gentes se volvían atrás para señalarla con el dedo; todo el mundo se fijaba en ella y nadie la saludaba; el menosprecio acre y frío de los transeuntes penetraba sus carnes, y aún su alma, como el viento norte.
En las poblaciones pequeñas, parece que una desgraciada se encuentre sin abrigo entre el sarcasmo y la curiosidad general. En París, al menos, nadie les conoce, y semejante obscuridad viene á ser un vestido. ¡Oh! ¡cómo hubiera querido ella volver á París! Era imposible.
Fué indispensable acostumbrarse al desprecio, como se había acostumbrado á la miseria. Poco á poco fué ella tomando su partido. Después de dos ó tres meses, llegó á sacudir sus aprensiones y salir á la calle como si nada hubiera pasado. «Todo me es igual», díjose.
Iba pues, y venía, con la cabeza erguida, sonriendo amargamente y sintiendo que iba perdiendo la vergüenza.
La señora Victurnien la miraba pasar algunas veces desde su ventana, advirtiendo la desdicha de «aquella criatura», gracias á ella «colocada donde debía estar», y se felicitaba. Las gentes malas tienen la dicha negra.
El exceso de trabajo fatigaba á Fantina, y la tosecilla seca que tenía iba en aumento. Algunas veces decía á su vecina Margarita: «Tocad, ved mis manos como arden».
No obstante, por la mañana, cuando peinaba con un peine viejo y roto sus hermosos cabellos, que brillaban como la seda floja, gozaba un instante de feliz coquetería.
X =Prosigue el triunfo=
Había sido despedida del taller á fines del invierno; se pasó el verano, pero volvió el invierno. Días cortos, menos trabajo. El invierno carece de calor, de luz, de medio día; la tarde va unida á la mañana, niebla y crepúsculo, la ventana parece empañada, no se ve claro. El cielo es un tragaluz. El día entero una cueva. El sol tiene el aspecto de un pobre. ¡El horror impera! El invierno trueca en piedras el agua del cielo y el corazón del hombre. Sus acreedores la acosaban.
Fantina ganaba muy poco. Sus deudas habían crecido. Los Thénardier, mal pagados, le escribían cartas á cada instante, cuyo contenido la desolaba al par que sus portes la arruinaban. Cierto día le escribieron que su pequeña Cosette estaba completamente desnuda con el frío que hacía, que tenía necesidad de una saya de lana, y que era preciso que mandase la madre, para ello, diez francos por lo menos. Al recibir la carta se pasó todo el día estrujándola entre sus manos. Por la noche entró en casa de un barbero que vivía en un extremo de la calle, y se quitó el peine que le sujetaba el pelo. Su admirable cabellera rubia se extendió y cayó hasta las caderas.
--¡Bonito cabello!--exclamó el barbero.
--¿Cuánto me daríais por él?--preguntó Fantina.
--Diez francos.
--Cortadlos.
Compró inmediatamente una saya de punto de lana y se la mandó á los Thénardier.
Esta saya puso furiosos á los Thénardier. Era el dinero lo que ellos querían: Dieron pues la saya á su Eponina. La pobre Alondra continuó tiritando.
Fantina pensaba:--«Mi hija no tiene ya frío. La he vestido con mis cabellos».--Púsose entonces una gorrita redonda, ajustada á su cabeza rapada, con la cual estaba aún graciosa.
Operóse entonces una evolución tenebrosa en el corazón de Fantina.
Cuando vió que no podía peinarse, comenzó á sentir odio á todo cuanto la rodeaba. Había, por largo tiempo, participado de la veneración general hacia el tío Magdalena, á pesar de lo cual á fuerza de repetirse que había sido él quien la había despedido, y que era él la causa de su desgracia, llegó á odiarle á él más que á todos. Cuando pasaba junto á la fábrica á las horas que los obreros acostumbran á estar á la puerta, afectaba reir y cantar.
Una obrera ya vieja, que la observó una vez, mientras cantaba y reía de aquella manera, exclamó:--He aquí una chica que acabará mal.
No tardó la chica en tener un amante; el primero que se le acercó, un hombre á quien no amaba, por despecho, con todo el peso del dolor en el corazón. Fué un miserable, una especie de músico mendicante, un ocioso, un perdido; que la maltrataba, y que la dejó como ella le había tomado, con disgusto.
Ella adoraba á su hija.
Cuanto más descendía, más iban creciendo las sombras á su alrededor, brillando más en el fondo de su alma aquel dulce y tierno ángel de su corazón. Ella decía: «Cuando seré rica, tendré á mi Cosette conmigo»; y se reía. La tos no la dejaba, y sentía dolores en la espalda.
Un día recibió de los Thénardier una carta concebida en los siguientes términos: «Cosette está enferma de una fiebre generalizada en la comarca, llamada fiebre miliar. Son precisos medicamentos caros. Esto nos arruina y no podemos continuar pagándolos. Si no nos mandáis desde luego cuarenta francos, antes de ocho días habrá muerto la niña».
Rompió á reir á grandes carcajadas, y dijo, dirigiéndose á su anciana vecina:
--¡Buena es ésa! ¡cuarenta francos! esto es: dos napoleones de oro. ¿Y de dónde quieren que yo los saque? ¡Qué estúpidas son estas gentes!
Sin embargo, dirigióse á la escalera y junto á una ventana volvió á leer la carta.
Luego bajó precipitadamente la escalera, y siguió corriendo, saltando y riendo siempre.
Alguien que la encontró la dijo:--¿Qué es lo que os pasa que estáis tan alegre?
Ella respondió:--Una barbaridad que acaban de escribirme unos campesinos. Me piden cuarenta francos. ¡Lugareños habían de ser!
Como pasase por la plaza, fijóse en un gran grupo de gente que rodeaba un carruaje de forma caprichosa, sobre el imperial del cual peroraba un hombre vestido de encarnado. Era un titiritero, sacamuelas en ejercicio, que ofrecía al público dentaduras completas, opiatas, polvos y elixires.
Fantina se mezcló al grupo, riéndose como las demás con aquella arenga, la cual participaba de germanía para la canalla y de juerga para la gente corriente.--El sacamuelas fijándose en aquella linda joven, que se reía, exclamó de súbito:--¡Hermosos dientes! á vos, á vos que os estáis riendo, lo digo. Si queréis venderme los dos paletos os doy de cada uno un napoleón de oro.
--¿Qué es eso? ¿qué son los paletos?--preguntó Fantina.
--Paletos,--repuso el sacamuelas,--son los dientes centrales de la mandíbula superior.
--¡Qué horror!--exclamó Fantina.
--¡Dos napoleones de oro!--murmuró una vieja sin diente alguno.--¡He aquí una mujer feliz!
Fantina se marchó corriendo y tapándose las orejas para no oir la voz ronca del titiritero que seguía gritando:--¡Pensadlo bien, hermosa! Dos napoleones de oro no son una bicoca. Si el corazón os lo dicta, id á verme esta tarde á la hostería del Tablado de plata; allí me encontraréis.
Fantina entró de nuevo en su cuarto; estaba furiosa, y contó el caso á su buena vecina Margarita.--¿Comprendéis esto? ¿No es verdad que es un hombre despreciable? ¿Cómo se permite que recorran el país semejantes hombres? ¡Arrancarme los dos dientes! ¡Quedaría horrible! ¡El pelo vuelve á crecer, pero los dientes! ¡Ah, hombre monstruoso! ¡Preferiría arrojarme sobre el empedrado desde un quinto piso y aplastarme el cráneo. Ha dicho que estaría esta tarde en el Tablado de plata.
--¿Y cuánto os ha ofrecido?--preguntó Margarita.
--Dos napoleones de oro.
--¡Caramba! ¡cuarenta francos!
--Sí,--dijo Fantina, son cuarenta francos.
Fantina se quedó meditabunda y se puso á trabajar. Pasado como un cuarto de hora, dejó el trabajo para leer de nuevo la carta de los Thénardier en la escalera.
Y al volver á entrar díjole á Margarita, que trabajaba también junto á ella:
--¿Qué es fiebre miliar? ¿lo sabéis?
--Sí,--respondió la anciana,--una enfermedad.
--¿Y son necesarios muchos remedios?
--¡Oh! remedios terribles.
--¿Y se adquiere fácilmente?
--Nos coge á lo mejor.
--¿También á las criaturas?
--Á las criaturas sobre todo.
--¿Y mueren muchos?
--¡Muchísimos!--dijo Margarita.
Fantina volvió á salir á la escalera para leer nuevamente la carta.
Por la tarde bajó y se la vió dirigirse hacia la parte de la calle de París, donde están las posadas.
Al día siguiente, por la mañana, como entrase Margarita en el cuarto de Fantina antes de amanecer, pues trabajaban siempre juntas, y de esta manera no tenían que encender más que una luz para las dos, encontró á Fantina pálida y helada sentada sobre la cama. No se había acostado. Su gorra se le había caído sobre las rodillas. La vela había ardido toda la noche, y estaba casi consumida por completo.
Margarita se paró en el umbral, petrificada por aquel enorme desorden, y exclamó:
--¡Señor, Dios mío! ¡Se ha consumido toda la vela! ¿Qué es lo que sucede?
Luego contempló á Fantina que volvió hacia ella su cabeza rapada.
Fantina durante aquella noche había envejecido diez años.
--¡Jesús!--dijo Margarita;--¿qué os pasa Fantina?
--Nada,--contestó Fantina.--Al contrario. Mi hija no morirá ya de la terrible enfermedad por falta de socorros. ¡Estoy contenta!
Al hablar así, enseñaba á la vieja dos napoleones de oro que brillaban sobre la mesa.
--¡Ah! ¡Jesús, Dios mío!--dijo Margarita.--¿Pero eso es una fortuna? ¿de dónde habéis sacado estos luises de oro?
--Los he ganado,--contestó Fantina.
Al mismo tiempo sonrió tristemente. La vela alumbraba su cara. La sonrisa de Fantina manaba sangre. Una saliva sonrosada señalaba los bordes de sus labios, y veíase en la boca un agujero negro.
Los dos dientes se habían arrancado.
Mandó, pues, los cuarenta francos á Montfermeil.
Por lo demás, la consabida carta no había sido más que una trampa de los Thénardier para coger dinero. Cosette no estaba enferma.
Fantina tiró su espejo por la ventana. Desde mucho tiempo había dejado su cuartito del segundo piso, por un tabuco cerrado con un pestillo en la guardilla; una de estas habitaciones en que el techo forma ángulo con el suelo y en que á cada instante se topa de cabeza. El pobre no puede penetrar en el fondo de su habitación, como en el fondo de su destino, sino doblegándose muchísimo. Fantina no tenía ya cama, le quedaba sólo un pingajo, al que llamaba su cobertor, un mal colchón sobre el suelo y una silla rota. Un pequeño rosal que tenía se le había secado, olvidado en un rincón. En el otro lado había un bote que había sido de manteca, el cual servía para poner el agua que se helaba en invierno y en la cual se iban marcando los diferentes niveles del líquido, por círculos de hielo. Había perdido el pudor, luego perdió también la coquetería. Última señal de decadencia. Salía con gorras sucias á la calle. Fuése por falta de tiempo ó por indiferencia, no repasaba siquiera sus vestidos. Á medida que los talones se rompían iba metiendo las medias en los zapatos. Esto se descubría por algunos pliegues perpendiculares. Remendaba su corpiño viejo y usado, con pedazos de percal que se rompían al menor movimiento. Las gentes á quienes debía, le armaban «escándalos», sin dejarle el menor reposo. Se encontraba con ellas en la calle como en las escaleras. Pasábase las noches pensando y llorando. Tenía los ojos muy brillantes, y sentía un dolor fijo en la espalda debajo del omóplato izquierdo. Tosía mucho. Odiaba profundamente al tío Magdalena y nunca se quejaba. Cosía diez y siete horas diarias; pero un contratista del trabajo de las cárceles, que hacía trabajar con rebaja á las presas, causó de súbito una baja en los precios, con lo cual se limitó aún más el miserable jornal de las obreras libres: á nueve sueldos ¡Diez y siete horas de trabajo y nueve sueldos diarios! Sus acreedores se mostraban entonces implacables como nunca. El prendero que había recobrado casi todos sus muebles, le decía continuamente: ¿Cuándo me pagarás, pícara? ¡Qué más querían de ella, Dios bueno! Encontrábase acorralada, é íbase desarrollando en ella algo de fiera. También entonces Thénardier le escribió que decididamente había esperado ya mucho tiempo con demasiada bondad, y que necesitaba cien francos enseguida, y que si no, pondría á la pequeña Cosette en la calle, á pesar de estar convaleciente de aquella grave enfermedad, con el frío y por los caminos á que fuése de ella lo que fuere, aunque reventase, si así lo quería.
--Cien francos,--pensó Fantina.--¿Pero dónde encontrar trabajo con el cual ganar cien sueldos diarios?
--¡Andando!--exclamó,--vendamos el resto.
Y la desventurada se hizo mujer pública.
XI =Christus nos liberavit=
¿Qué significa la historia de Fantina? La sociedad comprando una esclava.
¿Á quién? Á la miseria.
Al hambre, al frío, al aislamiento, al abandono, á la desnudez. Venta dolorosa. Una alma por un pedazo de pan. La miseria ofrece, la sociedad acepta.
La santa ley de Jesucristo gobierna nuestra civilización, pero no la penetra aún; dícese que la esclavitud ha desaparecido de la civilización europea. Es un error. Existe todavía; pero ya no pesa más que sobre la mujer, y se llama prostitución.
Pesa sobre la mujer, es decir, sobre la gracia, sobre la debilidad, sobre la belleza, sobre la maternidad. ¡No es ello una de las menores ignominias del hombre!
Al punto de este doloroso drama al cual hemos llegado, nada le quedaba á Fantina de lo que en otro tiempo había sido. Se había convertido toda en mármol al lanzarse al lodo. Quién la toca se estremece de frío. Para ella, os sufre é ignora quién sois; es la imagen deshonrada y severa. La vida y el orden social le han dicho su última palabra. Le ha pasado cuanto podía pasarle. Todo lo ha sentido, todo lo ha sobrellevado, todo lo ha sufrido, todo lo ha experimentado, todo lo ha perdido y lo ha llorado todo. Está resignada con aquella resignación que se parece á la indiferencia, como la muerte se parece al sueño. No teme ni evita nada. Nada cree tampoco. ¡Caiga sobre ella toda la nube y pase sobre ella todo el océano! ¡Qué le importa! Es ya una esponja empapada en todas sus amarguras.
Á lo menos así lo cree ella, pero es un error imaginarse que la suerte se puede agotar y que pueda tocarse al fondo de lo que fuere.
¡Ay! ¿qué es lo que son los destinos así empujados de continuo? ¿á dónde van? ¿por qué han de ser así?
El que esto sabe, ve en toda obscuridad.
Es único. Se llama Dios.
XII =La ociosidad del señor Bamatabois=
Existe en todas las pequeñas poblaciones, y la había en M* sur M* particularmente, cierta clase de jóvenes que gastan mil quinientas libras de renta en provincias, como el mismo aire con que sus semejantes consumen en París doscientos mil francos anuales. Pertenecen los tales, á la gran raza neutra; impotentes, parásitos, nulos, que poseen un pedazo de tierra, un poco de tontería y un poco de ingenio, que serían rústicos en un salón y se creen caballeros en una taberna, que dicen: Mis prados, mis bosques, mis colonos; que silban á las actrices en el teatro para probar que son gente de gusto; que disputan con los oficiales de la guarnición para hacer gala de valentones; que cazan, fuman, bailan, beben, huelen á tabaco, juegan al billar, contemplan á los viajeros que vienen en la diligencia, viven en el café, comen en la posada, tienen su perro para roer los huesos debajo de la mesa y una querida que pone los platos encima, que regatean un sueldo, exageran las modas, admiran la tragedia, desprecian las mujeres, usan botas antiguas, copian á Londres al través de París y á París al través de Pont-á-Mousson, envejecen aniñados, no trabajan nunca, no sirven para nada ni hacen gran mal.
Si Félix Tholomyés hubiese permanecido en su provincia sin haber visto nunca París, hubiera sido uno de estos hombres.
Si fuesen más ricos, se diría de ellos: son elegantes. Si fueran más pobres, se diría: son holgazanes. Tales cuales son, se les llama sencillamente, desocupados. Entre los tales desocupados, los hay fastidiosos y fastidiados, visionarios y pillastres más ó menos graciosos.
Durante aquella época, un elegante se componía de un gran cuello, una gran corbata, un reloj con chucherías, tres chalecos sobrepuestos de colores distintos, el azul y el encarnado interiores, un frac de color de aceituna, de talle corto y cola de merluza, con doble hilera de botones de plata, pegados casi los unos á los otros, subiendo hasta los hombros, y un pantalón del mismo color, pero más claro, guarnecido en sus dos costuras de un número indeterminado de bandas, pero siempre impar, variando entre una y once, límite del cual no se pasaba jamás. Añádase á esto unas botitas con pequeñas herraduras en los tacones, un sombrero de copa alta y alas estrechas, cabellos peinados con tupé, un enorme bastón, una conversación realzada por los juegos de palabras de Potier. Y sobre todo, espuelas y bigotes. En aquella época, los bigotes significaban paisano y las espuelas peón.
El elegante provinciano llevaba las espuelas más largas y los bigotes más marcados que el parisién.
Era la época de la lucha entre las repúblicas de la América meridional y el rey de España, de Bolívar contra Morillo. Los sombreros de ala estrecha eran realistas, y se llamaban morillos; los liberales llevan sombreros de alas anchas, llamados bolivares.
Ocho ó diez meses después de lo que hemos narrado en las páginas precedentes, hacia los primeros días de enero de 1823, una tarde que había nevado, uno de estos elegantes, uno de estos desocupados, «de buenas intenciones», pues llevaba morillo, é iba además muy bien embozado en una gran capa de las que completaban en tiempo de frío el traje á la moda, divertíase en perseguir á una infeliz que andaba en traje de baile, descotada y con flores en la cabeza, frente las puertas del café de los oficiales. Nuestro elegante fumaba porque era ello, decididamente, de moda.
Cada vez que aquella pobre mujer pasaba junto á él, lanzábale con una bocanada de humo de su cigarro, algún apóstrofe, que él creía ingenioso y agudo, como: ¡Qué fea eres!--¡Quieres marcharte!--No tienes dientes, etc., etc.--Este personaje se llamaba Bamatabois.--La mujer, triste sombra vestida que iba y venía caminando sobre la nieve, no le contestaba ni miraba siquiera, ni dejaba de recorrer en silencio, por ello, la ruta que se había trazado y que la ponía cada cinco minutos bajo aquellos sarcasmos, como el soldado condenado á palos que se revuelve bajo las baquetas. El poco caso que se le hacía, picó indudablemente al ocioso, quien aprovechando un momento en que la mujer daba la vuelta, fué se tras ella á paso de lobo, y sofocando la risa, se bajó, cogió del suelo un puñado de nieve, y se la arrojó bruscamente entre sus desnudos hombros. La pobre muchacha lanzó un rugido desgarrador, y volviéndose indignada como una pantera, lanzóse contra el hombre, clavándole las uñas en la cara, acompañando la acción de las palabras más duras que puedan oirse en un cuerpo de guardia. Aquellas injurias vomitadas con voz aguardentosa, salían indignas y asquerosas de la boca de una mujer, á la cual le faltaban efectivamente los dos dientes centrales de la mandíbula superior. Era Fantina.
Al escándalo que se produjo, salieron todos los oficiales del café; agrupáronse también los transeuntes, formándose un gran corro, que se divertía azuzando y aplaudiendo alrededor de aquel torbellino, compuesto de dos seres en el que apenas podían reconocerse un hombre y una mujer; el hombre, procurando defenderse, con el sombrero rodando por el suelo; la mujer, pegando sin tino ni concierto con las manos y los pies, descompuesta, espumeante, sin dientes ni cabellos, lívida por la cólera, horrible.
De pronto, un hombre de elevada estatura, adelantándose entre la multitud, asiendo á la mujer por el corpiño de raso cubierto de barro, la dijo:--«Sígueme».
La mujer levantó la cabeza, apagando de súbito su furioso acento. Sus ojos se pusieron vidriosos; de lívida se tornó pálida y temblando con el estremecimiento del terror.
Había reconocido á Javert.
El elegante había aprovechado la ocasión para escapar.
XIII =Solución de algunas cuestiones de policía municipal=
Javert apartó á los concurrentes, rompió el círculo y echó á andar á grandes pasos hacia las oficinas de policía situadas al extremo de la plaza, arrastrando hacia allí á la miserable. Ella se dejó conducir maquinalmente. Ni él ni ella decían una palabra. La nube de espectadores en el paroxismo de la alegría les iba siguiendo con sus pullas. La suprema miseria es siempre ocasión de obscenidades.
Al llegar á las oficinas de policía, que estaban en una sala baja caldeada por una estufa y custodiada por una guardia, con una vidriera con reja que daba á la calle, abrió Javert la puerta, entrando con Fantina, y volvió á cerrar inmediatamente tras sí, con gran descontentamiento de los curiosos, que se empinaban sobre las puntas de los pies, alargando el cuello cuanto podían, ante la obscura vidriera del cuerpo de guardia, procurando ver algo. La curiosidad es una glotonería. Ver es devorar.
Al entrar, se fué Fantina á un rincón, muda é inmóvil, donde se acurrucó como un perro espantado.
El sargento de guardia puso una vela encendida sobre una mesa. Sentóse Javert, sacó de su bolsillo un pliego de papel sellado y se puso á escribir.
Esta clase de mujeres se encuentran completamente abandonadas por nuestras leyes á la discreción de la policía. Ésta hace de ellas lo que quiere; las castiga como parece, confiscando á su antojo estas dos tristes cosas que se llaman su industria y su libertad. Javert estaba impasible; su cara seria y grave no transparentaba la menor emoción. Sin embargo, estaba grave y profundamente preocupado. Era uno de aquellos momentos en que ejercía sin tener quién pudiera contrariarle, pero con todos los escrúpulos de una conciencia severa, su tremendo poder discrecional. En aquel instante estaba penetrado de que su asiento de agente de policía era un tribunal. Y juzgaba. Juzgaba y condenaba. Procuraba llamar así cuantas ideas podía tener dentro de su espíritu á propósito para auxiliarle en la gran obra que ejecutaba. Cuanto más examinaba lo hecho por aquella pobre chica, más indignado se sentía. Era evidente que acababa de presenciar la comisión de un crimen. Acababa de ver allí, en medio de la calle, á la sociedad representada por un elector propietario, insultada y atacada por una criatura fuera de toda ley. Una prostituta atentando contra un contribuyente. Él lo había visto, él, Javert. Y escribía en silencio.
Cuando hubo concluido, firmó, doblé el papel y dijo al sargento de la guardia entregándoselo:--Tomad tres hombres y acompañad esta mujer á la cárcel.--Después, volviéndose á Fantina, añadió:--Vas por seis meses.
La desventurada se estremeció.
--¡Seis meses! ¡seis meses de cárcel!--exclamaba.--¡Seis meses de ganar solamente siete sueldos al día! ¿Qué será de mi pobre Cosette? ¡de mi hija! ¡mi hija! Pero yo debo aún más de cien francos á los Thénardier: señor inspector ¿sabéis vos esto?
Fantina se arrastraba sobre las baldosas mojadas por las botas llenas de barro de aquellos hombres, sin levantarse, caminando de rodillas.
--Señor Javert,--decía,--os pido perdón. Os aseguro que la culpa no era mía. Si hubiérais visto el comienzo de la disputa, os hubiérais persuadido, lo juro por Dios vivo, de que no era mía la culpa. Fué aquel señor, al cual yo no conozco, quien me echó un puñado de nieve en la espalda. ¿Es que hay derecho de echarnos nieve á la espalda cuando seguimos, como seguía yo, tranquilamente por nuestro camino sin causar daño á nadie? Esto me exasperó. Estoy enferma ¡vedlo! y luego hacía mucho rato que me estaba echando pullas. «¡Eres fea! decía, ¡no tienes dientes!». Ya sé yo perfectamente que me faltan dientes. Yo no hacía ni le decía nada; yo pensaba: Es un señor que se divierte. Estuve muy prudente con él, no le dije una palabra. Entonces fué, por esto sin duda, que me arrojó la nieve. Señor Javert, mi buen señor Javert; ¡ah! señor inspector, ¿no hay quién lo haya visto para atestiguar que es verdad lo que os digo? Puede que haya hecho mal enfadándome; pero ya veis, aquella impresión, en el primer momento nadie puede dominarse aunque quiera. Hay momentos supremos. Y luego sentir una cosa tan fría inesperadamente sobre la carne. He faltado tirando el sombrero de aquel señor. Pero, ¿por qué se ha ido? Yo le pediría perdón. ¡Oh, Dios mío! me sería indiferente pedirle perdón. Perdonadme vos por esta vez, señor Javert. Advertid, vos tal vez no lo sepáis; en la cárcel no se ganan más que siete sueldos, esta falta no es del gobierno, pero no se ganan sino siete sueldos; y haceos cargo de que yo debo pagar cien francos, ó de no, me mandarían aquí á mi hija. ¡Oh, Dios mío! me es imposible tenerla conmigo. ¡Es tan humillante lo que yo hago! ¡Oh, mi Cosette! ¡oh, mi angelito de la Virgen! ¡qué sería de ella, pobre criatura! Debo decíroslo, los Thénardier, los posaderos, los campesinos, no se pagan con palabras. Les hace falta dinero. ¡No me encarceléis! Atendedme; tengo una niña á la cual arrojarían en mitad del camino, á la ventura, en pleno invierno; es preciso tener piedad de esta criatura, mi buen señor Javert. Si estuviese ya crecida, podría ganarse el pan, pero no puede el pobre angelito. No, señor, yo en el fondo no soy mala. No es la holgazanería, ni la glotonería lo que me han hecho lo que soy. Yo bebo aguardiente, pero es por miseria. No me gusta, pero me aturde. Cuando yo era más dichosa, no había sino ver mis armarios, para convencerse de que no era una mujer coqueta; que gusta el desorden. Yo tenía ropa blanca, mucha ropa blanca. Compadeceos de mí, señor Javert.
Ella hablaba así, arrodillada, agitada por los sollozos, cegada por las lágrimas, desnuda la garganta, retorciendo las manos, tosiendo seca y frecuentemente, balbuceando tristemente con la voz de la agonía. Los grandes dolores son como un rayo divino y terrible que trasfigura á los miserables. En aquel momento Fantina aparecía nuevamente bella. En ciertos momentos se detenía y besaba tiernamente la levita del inspector. Hubiera podido enternecer un corazón de granito, pero no lograba enternecer un corazón de palo.
--Vaya,--dijo Javert,--ya te he oído. ¿Lo has dicho todo? ¡Márchate ahora á pasar tus seis meses! Al Padre Eterno en persona le sería imposible hacer nada por ti.
Á esta frase solemne: al Padre Eterno en persona le seria imposible hacer nada por ti, comprendió ella que estaba dictada la sentencia. Doblóse anonadada sobre sí misma murmurando:--¡Perdón!
Javert volvió la espalda.
Los soldados la cogieron por el brazo.
Hacía algunos minutos que había penetrado en la sala un hombre, sin que nadie lo hubiese advertido al parecer. Había cerrado la puerta, habiéndose aproximado al escuchar los desesperados ruegos de Fantina.
En el momento en que los soldados ponían sus manos sobre la desgraciada, que no quería levantarse, adelantó un paso saliendo de entre la sombra, y dijo:
--¡Un instante si os place!
Javert levantó los ojos y reconoció al señor Magdalena. Descubrióse y saludó con cierta turbación y disgusto.
--Perdonad, señor alcalde...
Esta frase, señor alcalde, produjo en Fantina un extraño efecto. Levantóse rápidamente como un espectro que surgiese de la tierra, desasiéndose de los soldados que la tenían de los brazos y dirigiéndose al señor Magdalena sin dar tiempo á que la detuviesen, y mirándole fijamente, con aire extraviado, exclamó:
--¡Ah! ¡con que eres tú el señor alcalde!
Luego lanzó una carcajada y le escupió en la cara.
El señor Magdalena se limpió y dijo:
--Inspector Javert, dejad en libertad á esta mujer.
Javert sintió como si se volviera loco. Sintió en aquellos instantes, una sobre otra, y casi mezcladas á la vez, las más violentas emociones que había experimentado en toda su vida. Ver una mujer pública escupiendo en la cara al señor alcalde, era una cosa tan monstruosa que, aun dentro las más extrañas suposiciones, hubiera calificado de sacrilegio su posibilidad. Por otra parte, allá en el fondo de su imaginación, comparaba confusa y terriblemente lo que era aquella mujer y lo que podía ser el señor alcalde, y entonces entreveía horrorizado algo de común en tan prodigioso atentado. Pero al ver al alcalde, al magistrado, limpiarse tranquilamente el rostro y decir: Dejad en libertad á esta mujer, sintió como un desvanecimiento de estupor, faltándole el pensamiento y la palabra á un tiempo; el asombro había traspasado para él los límites de lo posible. Quedóse mudo.
Aquella frase no había hecho tampoco menos efecto en Fantina. Levantó ella su brazo desnudo y se agarró á la llave de la estufa como quien vacila. Sin embargo, miró á su alrededor, y comenzó á hablar en voz baja, como hablando con ella misma:
--¡En libertad! ¡que me dejen marchar! ¡que no vaya á la cárcel por seis meses! ¿Quién ha dicho eso? ¡No es posible que nadie lo haya dicho! ¡He oído mal! ¡No puede haber sido el monstruo del alcalde! ¿Habréis sido vos, señor Javert, el que ha dicho que me dejen libre? ¡Oh! ¡ya veis! yo me explicaré y me dejaréis marchar. Ese monstruo de alcalde, ese mal viejo, es quien tiene la culpa de todo. ¡Figuraos, señor Javert, que me ha despedido por culpa de las habladurías de unas cuantas chismosas que tiene en el taller! ¡No es esto horroroso! ¡Despedir á una pobre joven que cumple honradamente su deber! No había yo ganado lo bastante, y toda mi desgracia ha nacido de ello. Es indispensable una reforma, que los señores de la policía podrían hacer fácilmente, y sería impedir á los contratistas de las cárceles que perjudicaran á los pobres. Yo os lo explicaré.
Vos ganáis, por ejemplo, doce sueldos cosiendo camisas; y se os baja á nueve sueldos, no hay medio entonces de vivir. Es preciso pues, en este caso ir por donde se pueda. Yo tenía á mi pequeña Cosette, me he visto pues obligada á hacerme mujer mala. ¿Comprendéis ahora cómo es este pícaro alcalde quien ha hecho todo el mal? Después, es verdad que yo he pisoteado el sombrero de aquel señor delante del café de los oficiales. Pero él antes me había echado á perder el vestido con la nieve. Nosotras no tenemos más que un vestido de seda para la noche. ¿Veis como no he hecho el mal intencionadamente? ¿Verdad, señor Javert? ¡Hay, por lo tanto, muchas mujeres peores que yo, que son más felices! ¡Oh, señor Javert! sois vos quien ha dicho que se me deje en libertad, ¿no es verdad? Tomad informes, dirigíos á mi casero; le pago bien, dirá que soy honrada. ¡Ah, Dios mío! os pido perdón: he tocado sin querer la llave de la estufa y ha salido el humo.
El señor Magdalena la escuchaba con profunda atención. Mientras Fantina hablaba, se había metido los dedos en el bolsillo del chaleco, había sacado la bolsa y la había abierto; estaba vacía; habíala pues vuelto á guardar. Entonces dijo á Fantina:
--¿Cuánto habéis dicho que debéis?
Fantina, que no miraba más que á Javert, volvióse y dijo:
--¿Te hablo á ti por ventura?
Después, dirigiéndose á los soldados:
--Decid, ¿habéis visto cómo le he escupido á la cara? ¡Ah! viejo y pícaro alcalde, vienes aquí para meterme miedo, pero no lo lograrás. ¡Yo tengo miedo solamente al señor Javert!
Y así diciendo, volvióse al inspector:
--Ya lo veis, señor inspector, es preciso ser justo, y estoy persuadida de que lo sois... El hecho es muy sencillo; un hombre se entretiene echando un puñado de nieve al cuello de una mujer, esto ha hecho que los oficiales se rieran, dispuestos como están siempre á bromear; ¡y nosotras estamos ahí para los que quieran divertirse! Luego venís vos y tenéis, naturalmente, el deber de restablecer el orden; os lleváis á la mujer que ha faltado, pero reflexionáis, y como sois bueno, mandáis que se me deje libre; esto lo hacéis por mi pobre hija, porque seis meses de cárcel me impedirían el dar de comer á mi pobre hija. ¡Solamente me prevenís para que no reincida! ¡Oh no, no reincidiré, señor Javert! Aun cuando hagan conmigo todo lo que se les antoje, no me moveré. Solamente que hoy, entendéis, he gritado porque me han hecho daño; no ha tenido toda la culpa la nieve de aquel señor, sino que, como os he dicho, estoy enferma, toso y siento en el estómago como una bola que me está quemando; el médico dice que debo cuidarme. Dadme la mano, tocad, no temáis.
Fantina no lloraba ya; su acento era cariñoso, y llevaba á su cuello blanco y delicado la grosera y ruda mano de Javert, á quien miraba sonriendo.
De pronto, arregló vivamente el desorden de sus vestidos, haciendo caer los pliegues de la falda que se le habían subido á la altura de la rodilla, y dirigiéndose á la puerta, dijo á media voz á los soldados con un movimiento de cabeza amistoso:
--Muchachos, el señor inspector ha dicho que me deja, y yo me voy.
Puso ella la mano en el pestillo. Un paso más y estaba en la calle.
Javert, hasta este instante permaneció de pie, inmóvil, la vista fija en el suelo, colocado en medio de esta escena como una estatua separada de su asiento que espera ser colocada en otra parte.
El ruido del pestillo le despertó. Levantó la cabeza con cierta expresión de soberana autoridad, expresión tanto más terrible cuanto más baja es la autoridad, feroz en el animal salvaje, atroz en el hombre de nada.
--¡Guardia!--exclamó,--¿no estáis viendo que esta pícara va á marcharse? ¡Quién os ha dicho que la dejéis salir?
--Yo,--dijo Magdalena.
Al oir Fantina la voz de Javert, soltó temblorosa el pestillo, como deja un ladrón el objeto robado. Á la voz del señor Magdalena volvió la cabeza, y desde este momento, sin decir una palabra más, sin atreverse á respirar siquiera, paseó su mirada de Magdalena á Javert, de Javert á Magdalena, según era el uno ó el otro quien hablaba.
Era evidente que debía estar Javert, como vulgarmente se dice, «fuera de juicio» para que se permitiese apostrofar al guardia, como acababa de hacerlo, después de la indicación del alcalde para dejar á Fantina en libertad. ¿Se le había olvidado que estaba en presencia del alcalde? ¿Había acabado por decirse á sí mismo, que era imposible que una «autoridad» hubiese dado semejante orden, y que á no dudarlo, el señor alcalde había dicho, sin querer, una cosa por otra? Ó bien, ¿ante las enormidades que acababa de ver en dos horas, conocía que debía llegar á una resolución suprema, que era necesario que el pequeño se hiciese grande, que el polizonte se transformase en magistrado, que el agente de policía se hiciese hombre de justicia, y que en tan extremada situación, el orden, la ley, la moral, el gobierno y la sociedad entera, estaban personificadas en él, en Javert?
Fuere por lo que fuése, cuando el señor Magdalena hubo dicho aquel yo que acababa de oir, vióse al inspector de policía Javert, volverse hacia el señor alcalde, pálido, frío, azulados los labios, la mirada desesperada, agitado su cuerpo de un temblor imperceptible, y, cosa, inaudita, díjole bajando la vista, pero con acento seguro:
--Señor alcalde, esto es imposible.
--¿Cómo?--preguntó el señor Magdalena.
--Esta perdida ha insultado á un señor.
--Inspector Javert,--repuso el señor Magdalena, con acento tranquilo y conciliador,--escuchad. Sois un hombre honrado, y no tengo ninguna dificultad en daros explicaciones. Oid la verdad. Yo atravesaba la plaza cuando conducíais vos á esta mujer; había aún algunos grupos; me he informado; lo he sabido todo; el señor aquel es quien ha faltado y el que, en buena ley de policía debió ser arrestado.
Javert respondió:
--Esta miserable acaba de insultar al señor alcalde.
--Esto es cosa mía,--dijo Magdalena.--Mi injuria me pertenece, y puedo hacer de ella lo que quiera.
--Perdonad, señor alcalde, la injuria no se os ha hecho á vos sino á la justicia.
--Inspector Javert,--replicó Magdalena,--la principal justicia es la conciencia. He oído á esta mujer, y sé lo que hago.
--Y yo, señor alcalde, yo no sé explicarme lo que estoy viendo.
--Entonces, limitaos á obedecer.
--Obedezco á mi deber, y mi deber me ordena que encierre á esta mujer seis meses en la cárcel.
El señor Magdalena respondió con dulzura:
--Pues oid bien: No estará encerrada ni un día.
Á estas palabras decisivas, atrevióse Javert á mirar fijamente al alcalde y le dijo, pero con acento respetuoso siempre:
--Tengo el sentimiento de oponerme á lo dicho por el señor alcalde; es la primera vez de mi vida, pero séame permitido observar que estoy dentro de los límites de mis atribuciones. Circunscríbome, ya que el señor alcalde así lo quiere, al solo hecho del señor... que yo he presenciado. Fué esta mujer quien se arrojó sobre el señor Bamatabois, elector y propietario de esa hermosa casa de piedra con balcón y tres pisos, que hace esquina á la explanada. ¡En fin, hay cosas en este mundo! Pero sea ello lo que fuere, es éste, señor alcalde, un hecho de policía que ha tenido lugar en la calle, y que, por lo tanto me corresponde; así es que yo retengo á Fantina.
Entonces el señor Magdalena se cruzó de brazos y dijo con acento tan severo que nadie se lo había oído aún en la ciudad:
--El hecho de que habláis es un hecho de policía municipal. Conforme á los artículos nueve, once, quince y sesenta y seis del código de instrucción criminal, yo soy juez. Ordeno por lo tanto que se deje en libertad á esta mujer.
Javert quiso todavía hacer el último esfuerzo.
--Pero, señor alcalde...
--Debo recordaros el artículo 81 de la ley de 13 de diciembre de 1799, sobre detención arbitraria.
--Permitidme, señor alcalde...
--Ni una palabra más.
--No obstante...
--Salid,--dijo el señor Magdalena.
Javert recibió este golpe enhiesto, de frente, en medio del pecho como un soldado ruso. Saludó, inclinándose hasta el suelo, al señor alcalde y salió.
Fantina se separó un poco de la puerta, para dejarle el paso libre, mirándole estupefacta pasar ante ella.
Sin embargo, encontrábase ella anegada en la más extraña emoción. Acababa de verse, hasta cierto punto, disputada por dos opuestos poderes. Había visto luchar ante sus ojos á aquellos dos hombres que tenían en sus manos su libertad, su vida, su alma y su hija; el uno de aquellos hombres, la arrastraba hacia las tinieblas, el otro, hacia la luz. En aquella lucha, entreveía al través del agrandamiento del miedo, á aquellos dos hombres que le parecían dos gigantes; hablando el uno como el espíritu del mal, y hablando el otro como el ángel de su guarda. El ángel acababa de vencer al demonio, y lo que la hacía temblar de pies á cabeza, ¡aquel ángel, su libertador, era precisamente el hombre á quien aborrecía, el alcalde, al cual había creído por mucho tiempo autor de todos sus males, el señor Magdalena! ¡Y en el preciso momento en que ella acababa de insultarle groseramente, él la salvaba! ¿Se había pues equivocado? ¿Debía por lo tanto, cambiar el espíritu que la alentaba?... Lo ignoraba, pero estaba temblando. Escuchaba aturdida, miraba azorada, y á cada palabra que decía el señor Magdalena, sentía desvanecerse y trasformarse en su interior las espantosas tinieblas del odio, y nacer en su corazón un algo inefable y consolador, que venía á ser como un sentimiento de alegría, confianza y cariño.
Cuando hubo salido Javert, el señor Magdalena se le dirigió y hablando con calma y con cierto dolor, como un hombre grave que no quiere llorar:
--Os he escuchado. No sabía yo nada de cuanto habéis dicho, y creo que es verdad. Ignoraba asimismo que hubiéseisida de mis talleres. ¿Por qué no os dirigisteis á mí? En fin: yo pagaré ahora vuestras deudas, haré que venga vuestra hija, ó que vayáis vos misma á buscarla. Viviréis aquí, en París ó donde queráis. Yo me encargo de vuestra hija y de vos. No trabajaréis más si no queréis. Yo os daré todo el dinero que os haga falta. Volveréis por lo tanto á ser honrada, siendo dichosa. Y luego, oídme, yo os lo aseguro desde ahora, si todo ha pasado como habéis dicho, y yo no dudo, no habéis dejado nunca de ser virtuosa y santa delante de Dios, ¡oh, desgraciada mujer!
Era ello mucho más de lo que la pobre Fantina podía soportar. ¡Tener á Cosette! ¡salir de aquella vida de infamia! ¡vivir libre, rica, dichosa y honrada, con su Cosette! ¡viendo como surgían de súbito, en medio de sus miserias todas aquellas realidades celestiales! Miraba como atontada á aquel hombre que le estaba hablando sin poder hacer otra cosa que lanzar algunos suspiros: «¡Oh! ¡oh! ¡oh!». Dobláronse sus piernas, y quedó arrodillada delante del señor Magdalena, y antes que él tuviese tiempo de impedirlo, sintió que ella le tomaba la mano y que la llevaba á sus trémulos labios.
Después, se desmayó.
LIBRO SEXTO JAVERT
I =Principio del reposo=
El señor Magdalena hizo llevar á Fantina á la enfermería de su propia casa. Confiola á las hermanas, que la metieron en cama. Le había sobrevenido una gran calentura. Pasó una parte de la noche delirando y hablando en alta voz. No obstante, acabó por conciliar el sueño.
Al día siguiente, á eso del medio día, despertó. Parecióle oir alguien que respiraba junto á su lecho. Separó la cortina y vió al señor Magdalena como mirando algo por encima de su cabeza. Aquella mirada estaba impregnada de piedad, de angustia y de súplica. Siguió ella la dirección de su mirada, y vió que se dirigía á un crucifijo pendiente de la pared.
El señor Magdalena se había transfigurado á los ojos de Fantina. Le pareció verle envuelto en luz. Estaba absorto sin duda en alguna oración. Contemplóle un buen espacio sin atreverse á interrumpirle. Por último, le dijo tímidamente:
--¿Qué hacéis?
El señor Magdalena estaba allí hacía una hora. Esperaba que Fantina despertase. Tomóle la mano, observóle el pulso, y contestó:
--¿Cómo estáis?
--Bien, he dormido,--dijo ella,--creo que estoy mejor. Esto no será nada.
Y él repuso, como respondiendo á la primera pregunta que ella le había dirigido, como si la acabase de oir entonces:
--Estaba rogando al mártir que está en lo alto.
Añadiendo interiormente:--Por la mártir que está aquí abajo.
El señor Magdalena había pasado la noche y la mañana informándose. Ya lo sabía todo. Conociendo ya con todos sus detalles la historia de Fantina, continuó:
--Habéis sufrido mucho, pobre madre. ¡Ah, no os quejéis, habéis ganado el dote de los elegidos! Así es como los hombres hacen ángeles. La falta no es suya, puesto que no saben hacerlo de otro modo. Mirad, este infierno del que acabáis de salir, es la faz primera del cielo. Es preciso empezar por ahí.
Él suspiró profundamente. Ella al mismo tiempo sonrió, con aquella sonrisa sublime á la que le faltaban dos dientes.
Javert, durante aquella noche misma, había escrito una carta. Púsola, á la mañana siguiente, por sí mismo al correo de M* sur M*. Iba dirigida á París, con este sobrescrito: Al señor Chabouillet, secretario del señor prefecto de policía. Como el sucedido del cuerpo de guardia había recorrido la población, la directora de la estafeta y algunas otras personas que vieron la carta antes de salir y que conocieron la letra de Javert en la dirección, creyeron que iba en ella la dimisión de su cargo.
El señor Magdalena se apresuró á escribir á los Thénardier. Fantina les debía ciento veinte francos. Él les mandó trescientos, diciéndoles que se cobrasen de aquella cantidad y que mandasen enseguida la niña á M* sur M*, donde su madre enferma la reclamaba.
Esto deslumbró á Thénardier.
--¡Diablo!--dijo él á su mujer, no debemos soltar la chiquilla. ¡Cuidado que esta alondra nos va á producir lo que una vaca de leche! ¡Ya sé yo lo que es ello! Algún infeliz que se habrá enamorado de la madre.
Contestó mandando una cuenta de quinientos francos muy bien hecha. En esta cuenta figuraban por más de trescientos francos dos documentos incontestables; una cuenta del médico y otra del boticario, los cuales habían asistido y medicado, durante dos largas enfermedades, á Eponina y Azelma. Cosette, ya lo hemos dicho, no había estado enferma. Todo se redujo á una simple sustitución de nombres. Thénardier escribió al pie de la cuenta:
Recibido á cuenta trescientos francos.
El señor Magdalena mandó inmediatamente trescientos francos más y escribió. «Mandad cuanto antes á Cosette».
--¡Cristo!--exclamó Thénardier,--no hay que soltar la niña.
Entretanto Fantina continuaba, sin restablecerse, en la enfermería.
Las hermanas, por de pronto, no habían recibido ni cuidado á aquella «chica» sino con repugnancia. Quien haya visto los bajos-relieves de Reims, recordará la expresión del labio inferior de las vírgenes prudentes contemplando las vírgenes locas. Aquel antiguo menosprecio de las vestales por las ebubeyas, es uno de los más profundos instintos de la dignidad femenina, las hermanas lo sentían también, con el aumento que agregaba al mismo la religión. Pero, á los pocos días, Fantina las había desarmado. Empleaba solamente palabras tan tiernas y humildes, que la madre que en ellas se manifestaba, enternecía. Un día, las hermanas la oyeron decir al través de la fiebre.
--He sido una pecadora, pero cuando tenga á mi hija junto á mí, querrá ello decir que Dios me ha perdonado. Mientras he sido mala, no he deseado jamás tener á Cosette á mi lado, pues no hubiera podido soportar su triste admiración. Y era sin embargo, por ella por quien yo hacía el mal, lo cual hace sin duda que Dios me perdone. Sentiré las bendiciones del cielo cuando esté aquí Cosette. Yo la contemplaré, encontrando en su inocencia mi consuelo. Ella no sabe nada. Es un ángel, ya veis, hermanas mías. Á su edad no se han perdido las alas todavía.
El señor Magdalena la visitaba dos veces cada día, y ella le preguntaba siempre:
--¿Veré pronto á Cosette?
Y él contestaba:
--Puede que mañana por la mañana. Llegará de un momento á otro; la estoy esperando.
Y el pálido semblante de la madre, irradiaba.
--¡Oh!--exclamaba,--¡qué feliz voy á ser!
Hemos dicho ya que Fantina no se restablecía. Al contrario, su estado parecía agravarse semanalmente. Aquel puñado de nieve aplicada al centro de los dos omóplatos, había determinado una supresión súbita de la traspiración, gracias á lo cual, la enfermedad que venía incubando hacía algunos años, acabó por manifestarse violentamente. Empezábanse entonces á seguir para el estudio y tratamiento de las enfermedades del pecho, las acertadas indicaciones de Laënnec. El médico auscultó á Fantina, y movió tristemente la cabeza.
El señor Magdalena preguntó al médico:
--¿Y bien, doctor, cómo sigue?
--¿No tiene una hija á quien desea ver?--dijo el médico.
--Sí.
--Pues bien, haced que venga luego.
El señor Magdalena se estremeció.
Preguntóle Fantina:
--¿Qué ha dicho el médico?
El señor Magdalena se esforzó en sonreir.
--Ha dicho que hiciera venir pronto á vuestra hija. Que esto os volvería la salud.
--¡Oh!--dijo ella,--¡tiene razón! pero, ¿qué hacen estos Thénardier, que no mandan á mi Cosette? ¡Oh! va á venir. ¡Por fin, veré la felicidad á mi lado!
Thénardier, sin embargo, no soltaba la niña, buscando para ello mil pretextos. Que Cosette estaba delicada para ponerse en camino en invierno. Después, que quedaban algunas pequeñas deudas cuyas cuentas iba reuniendo, etc., etc.
--¡Mandaré á cualquiera á buscar á Cosette!--dijo el señor Magdalena, y si es preciso iré yo mismo.
Entonces escribió, dictadas por Fantina, las siguientes líneas que le hizo firmar.
«Señor Thénardier,
«Entregad á Cosette al portador. Os serán pagados todos los picos. Tengo el honor de saludaros respetuosamente.
«FANTINA».
Estando en eso, sobrevino un incidente grave. En vano pretendemos cortar y pulimentar el misterioso bloque de nuestra existencia; la negra vena del destino reaparece siempre.
II =De cómo Juan puede llegar á ser champ=
Cierta mañana, en que estaba el señor Magdalena en su gabinete ocupado en despachar con tiempo algunos asuntos perentorios de la alcaldía para el caso de que se decidiese á hacer el viaje á Montfermeil, pasáronle aviso de que el inspector de policía, Javert, deseaba hablarle. Al oir pronunciar este nombre, no pudo evitar Magdalena una desagradable impresión. Desde la aventura de la oficina de policía, Javert le había excusado más que nunca, y Magdalena no le había vuelto á ver.
--Hacedle entrar,--dijo.
Javert entró.
Magdalena continuó sentado junto á la chimenea con la pluma en la mano y la mirada fija en un cuaderno que estaba hojeando y anotando, el cual contenía las actas de algunos procesos verbales de distintas contravenciones de policía urbana. Prosiguió, no obstante, en su tarea, sin fijarse en Javert. No podía dejar de preocuparse por la pobre Fantina, y le pareció conveniente mostrarse glacial.
Javert saludó respetuosamente al señor alcalde que estaba de espaldas, y quien, sin volver la cabeza, continuó anotando.
Javert, dió dos ó tres pasos hacia dentro, parándóse luego sin romper el silencio.
Un fisonomista que hubiese estado familiarizado con el modo de ser de Javert, que hubiese estudiado, por algún tiempo, á aquel salvaje puesto al servicio de la civilización, aquel compuesto singular de romano y espartano, de fraile y de cabo de escuadra, aquel espía incapaz de mentir, aquel moscardón virgen; un fisonomista enterado de su secreta y antigua aversión al señor Magdalena, de su disgusto con el alcalde por lo de Fantina, y que hubiese observado á Javert en aquel momento, se hubiera dicho: ¿Qué habrá pasado? Hubiérale sido evidente porque habría conocido aquella conciencia recta, clara, sincera, proba, austera y feroz, que Javert acababa de ser víctima de algún grave é íntimo suceso. Javert no sentía nada en el alma que no se revelase en su semblante. Estaba, como todos los caracteres violentos, sujeto á variaciones bruscas. Jamás había estado su fisonomía tan extrañamente demudada y tan incomprensible. Al entrar, se había inclinado delante del alcalde dirigiéndole una mirada en la que no había rencor, ni odio, ni cólera, ni desconfianza; se había detenido á algunos pasos detrás del sillón, quedándose firme, de pie, en actitud casi militar, con la rudeza sencilla y fría del hombre que desconoce la dulzura y que es de ordinario un seríais pasivo, esperando, sin decir una palabra, sin hacer un gesto, con verdadera humildad y en la más tranquila resignación, á que el señor alcalde se volviese; sereno y grave, con el sombrero en la mano, bajos los ojos, con una expresión que participaba por igual de la del soldado delante de su oficial y de la del reo delante del juez. Todos los sentimientos, como todos los recuerdos que se le pudiesen suponer, habían desaparecido. Nada se veía en su semblante impenetrable y duro como el granito, más que una tristeza melancólica. Todo en su persona respiraba firmeza y humildad, y como cierto abatimiento valeroso.
Por fin, dejó su pluma el señor alcalde, y se medio volvió:
--¡Y bien! ¿qué hay? ¿qué es ello, Javert?
Javert permaneció un instante silencioso aún, como recogiéndose en sí mismo, luego levantó la voz con cierta triste solemnidad, de la que no excluyó la sencillez, diciendo:
--Hay, señor alcalde, que se ha cometido un hecho penable.
--¿Qué hecho?
--Un agente inferior de la autoridad ha faltado al respeto debido á un magistrado, de un modo gravísimo. Yo vengo en cumplimiento de mi deber á daros conocimiento del hecho.
--¿Quién es ese agente?--preguntó el señor Magdalena.
--Yo,--dijo Javert.
--¿Vos?
--Yo.
--¿Y quién es el magistrado ofendido por el agente?
--Vos, señor alcalde.
Magdalena se incorporó en su sillón, Javert prosiguió, con aire severo y los ojos bajos:
--Señor alcalde, vengo á pediros que os sirváis proponer á la autoridad mi destitución.
Magdalena, estupefacto, abrió la boca, Javert le interrumpió.
--Vos diréis tal vez, que yo hubiera podido presentar mi dimisión, pero esto no era bastante. Presentar la dimisión es honroso, pero yo he faltado y debo ser castigado. Es forzoso que se me destituya.
Y, después de una pausa añadió:
--Señor alcalde: estuvisteis el otro día muy severo conmigo, injustamente. Sedlo hoy con justicia.
--¿Y eso á qué?--exclamó Magdalena.--¿Qué galimatías es éste? ¿qué es lo que queréis decir? ¿dónde está este acto culpable cometido por vos contra mí? ¿Qué me habéis hecho? ¿en qué me habéis faltado? ¿Os acusáis para ser reemplazado?...
--Separado,--dijo Javert.
--Separado, sea si es preciso, pero no lo entiendo.
--Ya lo comprenderéis, señor alcalde.
Javert suspiró profundamente y repuso, siempre fría y tristemente:
--Señor alcalde, hace seis semanas, luego de la escena que tuvo lugar por aquella chica, que, estando yo furioso, os denuncié.
--¿Me denunciásteis?
--Á la prefectura de policía de París.
El señor Magdalena, que no se reía mucho más que Javert, sonrió.
--¿Como alcalde que se antepone á la policía?
--Como antiguo presidiario.
El alcalde palideció.
Javert, que no había levantado los ojos, continuó:
--Yo lo creía así. Estuve mucho tiempo con esta idea. Una gran semejanza, las indagaciones que habéis hecho practicar en Faverolles, vuestra fuerza muscular, la aventura del viejo Fauchelevent, vuestra puntería, vuestra pierna un poca coja y, ¿qué sé yo qué más? ¡Barbaridades! en fin, que os tomé por un tal Juan Valjean.
--¿Un tal?... ¿Cómo habéis dicho?
--Juan Valjean. Un presidiario á quien conocí hace veinte años, cuando era yo ayudante de guarda chusma en Tolón. Al salir del penal, ese Juan Valjean, á lo que parece, robó en casa de un obispo, y luego cometió otro robo á mano armada y en un camino público contra un niño saboyano. Ha estado oculto, no sé cómo, unos ocho años, y eso que se le andaba buscando. Yo llegué á figurarme... En fin, ¡que me atreví á ello! La cólera me hizo decidir, y os denuncié á la prefectura.
El señor Magdalena, que había vuelto á hojear el cuaderno, hacía un momento, repuso con acento de perfecta indiferencia.
--¿Y qué se os ha contestado?
--Que estaba loco.
--¿Y bien?
--¡Que bien pueden tener razón!
--¡Bueno es que lo reconozcáis!
--Es preciso, puesto que el verdadero Juan Valjean ha reaparecido.
Cayósele de las manos al señor Magdalena el papel que tenía en ellas, levantó la cabeza, miró fijamente á Javert, y dijo con acento inexplicable:
--¡Ah!
Javert continuó:
--He aquí lo que ha pasado, señor alcalde. Parece que existía en este país, hacia la parte de Ailly-le-Haut-Clocher, una especie de buen hombre á quien llamaban el tío Champmathieu. Era el tal un miserable. Nadie se había fijado en él. Esta clase de gente ignora todo el mundo como viven. Últimamente, durante el otoño, el tío Champmathieu, estuvo preso por un robo de manzanas, cometido en... En fin, el punto es lo de menos; es el caso que hubo robo, escalamiento y algunas ramas de árbol desgajadas. Se detuvo á Champmathieu, teniendo todavía una rama de manzanas en la mano. Metiósele en la cárcel. Hasta aquí no pasaba de ser ello una ligera falta correccional. Mas ahora ved lo que hay en el caso de providencial. Estando la cárcel medio arruinada, el señor juez de instrucción dispuso que fuése trasladado Champmathieu á la cárcel departamental de Arras. En dicha, cárcel, se hallaba á la sazón, un antiguo presidiario llamado Brevet, que estaba preso por yo no sé qué y que hacía de calabocero por su buen comportamiento. Señor alcalde, en cuanto llegó allí Champmathieu, aún antes de entrar, exclamó enseguida Brevet:
--¡Diantre! yo conozco este hombre. Es un Fagot[4].--¡Miradme bien, buen hombre! ¡Vos sois Juan Valjean!
--¡Juan Valjean! ¿qué Juan Valjean?
Champmathieu se hacía el admirado.
No te hagas el desentendido,--dijo Brevet:--eres Juan Valjean y has estado en el penal de Tolón. Hace veinte años. Estábamos juntos.
Champmathieu negaba. ¡Está claro! ¿Comprendéis el porqué? Se profundiza, se indaga. Y así se hizo, hasta que se sacó en limpio lo siguiente: Que Champmathieu, hace unos treinta años, era jornalero podador en la comarca, habiendo trabajado en varios puntos, y particularmente en Faverolles. Aquí se perdió el rastro. Algún tiempo después se le vió nuevamente en Auvernia, luego en París, donde según dijo, fué carretero y tuvo una hija lavandera, y aunque esto no está probado, resulta que por fin se vino por acá. Ahora, pues, antes de ir á presidio por robo comprobado, ¿qué era Juan Valjean? Podador. ¿Dónde? En Faverolles. Otro hecho. El Valjean se llamaba por nombre de pila Juan, y su madre se apellidaba Mathieu.
¿Qué puede haber de más natural que al salir del presidio tomara para ocultarse el apellido de su madre y se hiciese llamar desde entonces Juan Mathieu? Pasa luego á Auvernia, donde el acento del país cambia el Juan (Jean) en chan, y se le llama Chan-Mathieu. Acepta nuestro hombre este cambio y catadlo transformado en Champmathieu. Vais comprendiendo, ¿verdad? Se practica una información en Faverolles. Nada se sabe de la familia de Juan Valjean. Vos no ignoráis que las familias de esta clase de gente se desvanecen con la mayor facilidad. Se las busca á lo mejor, y nada se encuentra. Estas gentes, cuando no son lodo son polvo. Además como el principio de esta historia data de treinta años, no hay nadie en Faverolles que haya conocido á Juan Valjean. Se piden informes á Tolón. Á más de Brevet, no hay más que dos presidiarios que hayan conocido á Juan Valjean. Estos son dos condenados á cadena perpetua, llamados Cochepaille y Chenildieu. Se les saca del penal y se les hace venir. Se les carea con el pretendido Champmathieu. Ninguno de los dos vacila. Para ellos, lo mismo que para Brevet, es este Juan Valjean. La misma edad, cincuenta y cuatro años, la misma estatura, el mismo aire, en fin, el mismo hombre. En este tiempo precisamente mandé yo mi denuncia á la prefectura de París. Allí se me contestó que yo había perdido el tino y que Juan Valjean se encuentra en Arras y en poder de la justicia. ¡Comprended si esto había de asombrarme, á mí, que creía tener aquí al mismo Juan Valjean! Escribí luego al señor Juez de instrucción, quien me mandó llamar, y me presentó á Champmathieu...
--¿Y qué?--interrumpió el señor Magdalena.
Javert contestó con cara imperturbable y triste:
--Señor alcalde, la verdad es la verdad. Y aún que sea á pesar mío, confieso que aquel hombre es Juan Valjean. Yo mismo le reconocí.
El señor Magdalena le preguntó en voz baja:
--¿Estáis seguro?
Javert sonrió de la manera dolorosa con que se acostumbraba á expresar una profunda convicción.
--¡Oh! ¡seguro!
Estuvo unos momentos pensativo, tomando y soltando maquinalmente, con las puntas de los dedos, polvos de serrín de los que había en la salvadera de sobre la mesa, y añadió luego:
--Y ahora, después de haber visto al verdadero Juan Valjean, no acierto á explicarme cómo pude creer otra cosa. Pídoos, por lo tanto, perdón, señor alcalde.
Al dirigir esta frase suplicante y grave, al mismo á quien hacía seis semanas, le había humillado en pleno cuerpo de guardia diciéndole: «¡Salid!». Javert, el hombre altivo, se manifestaba á la sazón lleno de sencilla dignidad.
El señor Magdalena no contestó á la súplica mas que con esta pregunta seca:
--Y, ¿qué dice este hombre?
--Cáspita, señor alcalde, mal negocio es éste para él. Si es Juan Valjean hay reincidencia. Saltar un muro, romper una rama, y tomar unas manzanas, esto, para un muchacho, es una falta correccional; para un hombre sería ya delito, y para un presidiario resulta un crimen. Escalamiento y robo, nada le falta. No es, pues, para el caso de policía correccional, sino competencia del tribunal en lo penal. Y no será ello cosa de una temporada de cárcel, sino presidio de por la vida. Y luego existe también el robo del niño saboyano que también ha de salir. ¡Diantre! Ya le dará que hacer, diréis, ¿no es verdad? Sí, á otro que no fuera Juan Valjean. Pero Juan Valjean es muy listo. También en esto yo le reconozco. Otro sentiría ya el calor; se movería, gritaría, como grita el puchero puesto al fuego; no querría ser de ninguna manera Juan Valjean, etc. Pero él presentándose como si nada comprendiera, dice: «¡Yo soy Champmathieu, yo no puedo decir más!». Parece admirado, ó embrutecido, por decirlo mejor. ¡Oh, el papel está bien estudiado! pero no importa, las pruebas existen. Le han reconocido cuatro personas, y el pícaro viejo será condenado. Ha sido trasladado á la audiencia de Arras. Debo ir allá como testigo. Estoy ya citado para ello.
El señor Magdalena se había vuelto otra vez hacia la mesa, tomando de nuevo su legajo, y lo hojeaba tranquilamente, leyendo y escribiendo á la vez como hombre atareado. Volviéndose después á Javert, dijo:
--Basta, Javert. Al fin y á la postre, nada me importan estos detalles. Estamos perdiendo el tiempo, y hay mucho que hacer y que despachar con urgencia. Javert, debéis ir inmediatamente á casa de la tía Buseaupied, que vende hierbas allá en la esquina de la calle Saint-Saulve. Decidle que presente su queja contra el carretero Pedro Chesnelong. Es éste un hombre brutal, que por poco aplasta á esta mujer y á su hijo. Es forzoso que sea castigado. Vais luego á casa de Carcellay, calle de Montre de Champigny, quien se queja de que una gotera de la casa del lado que vierte en la suya el agua de lluvia, perjudica los cimientos de su propiedad. Después os enteraréis de las faltas de policía denunciadas en la calle de Guiborg, en la casa de la viuda Doris, y en la calle de Garraud Blanc, en casa de la señora Renata le Bossé, é instruiréis proceso verbal. Pero os estoy dando mucho que hacer. ¿No vais á marcharos? ¿No me habéis dicho que debíais pasar á Arras para este negocio dentro ocho ó diez días?
--Mucho antes, señor alcalde.
--¿Qué día entonces?
--Creo haber dicho al señor alcalde que la causa se veía mañana, y que yo salgo en la diligencia de esta noche.
Magdalena hizo un movimiento imperceptible.
--¿Y cuánto ha de durar esta vista?
--Á lo más, un día. La sentencia se pronunciará, á más tardar, mañana por la noche. Pero yo no esperaré el fallo, que no puede faltar; después de prestada mi declaración, volveré.
--Está bien,--dijo Magdalena.
Y entonces despidió á Javert alargando la mano.
Javert no se movió.
--Perdonad, señor alcalde,--dijo.
--¿Hay más?--preguntó Magdalena.
--Señor alcalde, me falta recordaros una cosa.
--¿Cuál?
--Que debo ser destituido.
El señor Magdalena se levantó.
--Javert, sois un hombre honrado y os aprecio. Habéis exagerado vuestra falta. Siendo además ella una ofensa que me concierne á mí únicamente. Javert, sois digno de ascender más que de bajar. Creo que debéis conservar vuestro puesto.
Javert fijó su mirada cándida en el señor Magdalena, en el fondo de la cual parecía vislumbrarse aquella conciencia no bien despejada, pero rígida y pura, diciendo con acento tranquilo:
--Señor alcalde no puedo concederos lo que decís.
--Y yo os repito,--replicó Magdalena,--que es ello de mi incumbencia.
Pero Javert, fijo en su única idea, continuó:
--En cuanto á exagerar, no exagero jamás. Ved cómo razono. He sospechado de vos injustamente. Esto no significa nada. Estamos en nuestro derecho sospechando de quien quiera que sea, aún cuando haya abuso en la sospecha de un superior nuestro. ¡Pero sin pruebas, cediendo á un exceso de cólera, deseando vengarme, os denuncié como presidiario, á vos, á un hombre respetable, á un alcalde, á un magistrado! lo cual no es solamente grave, sino gravísimo. He ofendido en vuestra persona á la autoridad, yo agente de ella! Si cualquiera de mis subordinados hubiese hecho lo que he hecho yo, le hubiera declarado indigno del servicio, y le hubiera destituido. ¡Pues bien! Atended, señor alcalde, una palabra. Yo generalmente he sido severo. Con los demás, he sido justo. He obrado bien. Pero ahora, si no fuése severo conmigo, todo lo que yo he hecho en justicia, resultaría injusto. ¿Debo yo ser distinto de los demás? ¡De ninguna manera! ¡Porque no hubiera sido bueno sino para castigar á los otros, y no á mí! ¡y sería yo, por lo tanto, un miserable y cuantos me llamasen: ¡el bribón de Javert! tendrían razón. Señor alcalde, no deseo de ninguna manera que me tratéis con benevolencia; vuestra benevolencia me ha requemado la sangre cuando ha favorecido á los demás, y no puedo quererla para mí. La bondad que consiste en dar la razón á la mujer pública contra el propietario, al agente de policía contra el alcalde, á cualquier inferior contra el superior, á ésta le llamo yo mala voluntad. Con semejantes bondades se desorganiza la sociedad. ¡Dios mío! Es muy fácil ser bueno; la dificultad está en ser justo. ¡Vedlo sino! Si vos hubiérais sido lo que yo creía, no hubiera yo sido bueno para vos. ¡Ya lo hubiérais visto! Señor alcalde, yo debo tratarme como trataría á cualquier otro. Cuando yo reprendía á los malhechores, cuando castigaba á los perdidos, me decía muchas veces á mí mismo: Si delinques, si caes en falta alguna vez, puedes estar tranquilo! ¡He tropezado, he caído en falta, tanto peor! Estoy por lo tanto perdido, echado, destituido; es lo equitativo. Conforme. Tengo brazos, trabajaré en la tierra; me es igual. Señor alcalde, el buen servicio exige un ejemplo. Pido sencillamente la destitución del inspector Javert.
Todo lo dicho, era pronunciado con acento humilde, valeroso, desesperado y convencido, lo cual daba cierta grandeza particular á aquel extraño y honrado personaje.
--Veremos,--dijo el señor Magdalena. Y le tendió la mano.
Javert retrocedió, y dijo en tono casi salvaje:
--Perdonad, señor alcalde, pero esto no puede ser. Un alcalde no le da la mano á un esbirro.
Y añadió entre dientes:
--Esbirro, sí; desde el momento en que he abusado de la policía, no soy más que un esbirro.
Después saludó profundamente, y se dirigió á la puerta.
Luego volviendo sobre sus pasos y siempre con los ojos bajos:
--Señor alcalde,--dijo:--continuaré en mi puesto hasta que se me reemplace.
Salió Javert, y el señor Magdalena quedó admirado y pensativo, escuchando aquel andar firme y seguro que se perdía sobre el pavimento del corredor.
NOTAS:
[4] Fagot, antiguo presidiario.
LIBRO SÉPTIMO LA CAUSA CHAMPMATHIEU
I =Sor Simplicia=
Los incidentes que vamos á leer no han sido todos conocidos en M* sur M*. Pero lo poco que se ha sabido de ellos dejó en la población tales recuerdos, que quedaría en este libro un gran claro si no los diésemos á conocer en sus menores detalles.
En los tales detalles encontrará el lector dos ó tres circunstancias inverosímiles, que respetamos por consideración á la verdad.
En las primeras horas de la tarde que siguieron á la visita de Javert, el señor Magdalena fué á ver á Fantina, según costumbre.
Antes de llegar hasta Fantina, mandó llamar á sor Simplicia.
Las dos religiosas que tenían á su cargo la enfermería, lazaretistas como todas las hermanas de la caridad, se llamaban sor Perpetua la una, y la otra sor Simplicia.
Sor Perpetua era como si dijéramos el tipo de una aldeana cualquiera; una hermana de la caridad sencillamente tosca, que se había puesto al servicio de Dios como en otro cualquiera. Era religiosa como hubiera sido cocinera. Tipo que no es del todo raro. Las órdenes monásticas aceptan gustosas este grosero barro provinciano, que toma fácilmente la forma de capuchina ó de ursulina. Estas rusticidades se aprovechan para las tareas bastas de la devoción. La transformación de un boyero en carmelita no es difícil; se pasa de lo uno á lo otro sin gran trabajo; el fondo común de ignorancia de la aldea y del claustro, viene á ser una preparación, ya hecha, que introduce á pie enjuto al campesino en el claustro. Agrandad un poco la blusa y ya tenéis el hábito. Sor Perpetua era una robusta religiosa de Marines, cerca Pontoise, que hablaba en patois, psalmodiaba y murmuraba, azucarando las tisanas de conformidad con la devoción ó hipocresía del acogido, brusca con los enfermos, áspera con los moribundos, dándoles casi con el cristo en la cara, martirizando á los agonizantes con plegarias coléricas, atrevida, honrada, robusta y colorada.
Sor Simplicia era blanca como la cera. Junto á sor Perpetua, era el cirio al lado de la vela de sebo. Vicente de Paul ha delineado perfectamente la hermana de la caridad en estas admirables palabras en las que mezcla tanta libertad como esclavitud: «No tendrán, dice, más monasterio que las casas de los enfermos, más celda que un cuarto de alquiler, más capilla que la iglesia parroquial, más claustro que las calles de la población y las salas del hospital, más clausura que la obediencia, más rejas que el temor de Dios ni más velo que la modestia». Este ideal estaba encarnado en sor Simplicia; nadie hubiera podido fijar la edad de sor Simplicia; jamás había sido joven, y parecía que no había de ser vieja nunca. Era una persona--no nos atrevemos á decir una mujer--amable, austera, simpática, delicada, fría, y que no había mentido jamás. Era tal su amabilidad, que parecía frágil, siendo, no obstante, más fuerte que el granito. Tocaba á los desgraciados con sus hermosos, finos é inmaculados dedos. Tenía, por así decirlo, palabra silenciosa; no hablaba más que lo necesario, y era su acento tal, que hubiera á la vez edificado en un confesionario y encantado en un salón. Aquella delicadeza se había amoldado perfectamente al hábito de estameña encontrando en aquel rudo contacto, un continuado alerta del cielo y de Dios. Insistimos en este detalle particular. No había mentido jamás, ni había dicho nunca, por cualquier interés ni por indiferencia, una cosa que no fuera verdad; la verdad santa, éste era el rasgo característico de sor Simplicia, éste era el acento de su virtud. Era casi célebre en la congregación por su imperturbable veracidad.
El padre Sicard, hablando de sor Simplicia en una carta al sordomudo Massieu, dice: Por sinceros y puros que seamos, tenemos todos en nuestro candor, la mancha de alguna mentirilla inocente. Ella estaba limpia de semejante mancha. Mentirilla, mentira inocente, ¿existe por ventura? Mentir, es lo absoluto del mal. Mentir poco, es imposible; el que miente dice toda la mentira; mentir, es el modo de ser mismo del demonio; Satán tiene dos nombres, se llama Satán y se llama Mentira. He aquí lo que ella pensaba. Y como pensaba, así obraba. De ello resultaba aquella blancura de que hemos hablado, blancura que brillaba igualmente en sus ojos que en sus labios. Su sonrisa era blanca, su mirada era blanca también. No había la menor tela de araña, ni un solo grano de polvo, que empañase el cristal de su conciencia. Al tomar el hábito de San Vicente de Paul, había adoptado el nombre de Simplicia, por elección especial. Simplicia de Sicilia, como sabe todo el mundo, es aquella santa que prefirió dejarse arrancar los pechos que responder, habiendo nacido en Siracusa, que había nacido en Segesta, mentira que la hubiera salvado. Semejante modelo se ajustaba perfectamente á esta alma.
Sor Simplicia, al entrar en la orden, tenía dos defectos, de los que se había ido corrigiendo poco á poco; gustaba de manjares delicados, y de recibir cartas. No leía jamás otro libro que uno de oraciones, impreso en grandes caracteres y escrito en latín. No sabía el latín, pero entendía el libro.
La piadosa hermana había tomado afecto á Fantina, adivinando quizás, una virtud latente, dedicándose casi exclusivamente á su cuidado.
El señor Magdalena llamó á parte á sor Simplicia, y le recomendó á Fantina con singular acento, del que se acordó después la hermana.
Después de haber hablado á la hermana, se dirigió á Fantina.
Fantina esperaba diariamente la llegada del señor Magdalena, como se espera un rayo de calor y de alegría, diciendo á las hermanas:
--No vivo sino cuando está aquí el señor alcalde.
Aquel día tenía mucha fiebre. En cuanto vió al señor Magdalena, le preguntó:
--¿Y Cosette?
Él contestó sonriendo:
--Luego.
El señor Magdalena estuvo con ella como de ordinario. Solamente que hizo la visita de una hora, en lugar de media, con gran contentamiento de Fantina. Hizo mil súplicas á todo el mundo para que nada le faltase á la enferma. Pudo notarse que hubo un momento en que su semblante apareció sombrío. Pero esto se explicó al saber que el médico se le había acercado y dicho al oído:--Pierde muchísimo.
Volvió luego á la alcaldía, y el chico de la oficina le vió examinar un mapa, itinerario de Francia, colgado de la pared del gabinete, y luego escribir con lápiz algunos números en un papel.
II =Perspicacia de maese Scaufflaire=
De la alcaldía pasó al extremo de la población, á casa de un flamenco, maese Scaufflaer, afrancesándolo Scaufflaire, quien alquilaba caballos y «cabriolés á voluntad».
Para ir á casa de Scaufflaire, el camino más corto era el de tomar por una calle muy poco frecuentada, en el cual vivía el cura de la parroquia del señor Magdalena. El cura era, al decir de las gentes un hombre digno, respetable y sesudo. Al momento en que el señor Magdalena llegaba frente la casa del cura no había en la calle más que un transeunte, y este transeunte advirtió lo siguiente: El señor alcalde, después de haber pasado la casa, se paró de súbito; permaneció un momento parado; después volviendo sobre sus pasos, deshizo el camino, hasta la puerta de la vicaría, que era una puerta ordinaria, con llamador de hierro. Puso vivamente la mano en el picaporte, y lo levantó; después volvió á pararse nuevamente, quedando como dudoso y pensativo; y después de algunos segundos, en lugar de dejar caer bruscamente el llamador, bajólo suavemente, volviendo á emprender su camino con cierta prisa que no llevaba antes.
El señor Magdalena encontró á maese Scaufflaire, en casa, ocupado en recoser un arnés.
--Maese Scaufflaire,--preguntóle:--¿tenéis un buen caballo?
--Señor alcalde,--dijo el flamenco,--todos mis caballos son buenos. ¿Qué entendéis vos por un buen caballo?
--Entiendo por bueno, un caballo que pueda recorrer veinte leguas en un día.
--¡Diablo!--exclamó el flamenco,--¡veinte leguas!
--Sí.
--¿Arrastrando un cabriolé?
--Sí.
--Y ¿cuánto tiempo podrá descansar después de la jornada?
--Es preciso que pueda, en caso de necesidad, volver al día siguiente.
--¿Recorriendo la misma distancia?
--Sí.
--¡Diablo! ¡diablo! ¿Son veinte leguas?
El señor Magdalena sacó del bolsillo el papel en el que había escrito con lápiz algunos números, el cual manifestó al flamenco. Eran éstos: 5, 6, 8-1/2.
--Veis,--le dijo.--Total diez y nueve y media, que vale tanto como decir: veinte.
--Señor alcalde,--respondió el flamenco,--puedo serviros. Mi caballito blanco, debéis haberlo visto por fuerza pasar alguna vez, una jaca del bajo Boulogne. Lleno de fuego. En vano se le quiso hacer caballo de silla. ¡Á él con ésas! Derribaba á cuantos intentaban acercársele. Creyósele viciado, y cuando no sabían qué hacer de él, lo compré yo. Púsele al cabriolé. ¡Señor mío! ¡esto era lo que él quería! Es dócil como una niña, y corre más que el viento. Pero guárdese nadie de montarle, porque no quiere de ninguna manera ser caballo de silla. Cada cual tiene sus ambiciones. Tirar, sí llevar no; es preciso creer que éste es su lema.
--Pero, ¿hará el trayecto?
--Recorrerá al trote largo las veinte leguas en menos de ocho horas. Pero escuchad antes las condiciones.
--Decid.
--En primer lugar, dejaréis que descanse una hora á mitad del camino; le daréis de comer; cuidado de que alguien vigile mientras coma, evitando que el chico de la posada robe la avena; porque tengo observado, que en las posadas, suele ser la avena bebida con mayor frecuencia por los mozos de cuadra, que comida por los caballos.
--Se vigilará.
--En segundo lugar... ¿Es para el señor alcalde, el cabriolé?
--Sí.
--¿Sabe el señor alcalde guiar?...
--Sí.
--Está bien. ¿El señor alcalde viajará solo y sin equipaje, al objeto de no cargar demasiado el caballo?
--Convenido.
--Pero, señor alcalde, no yendo nadie con vos, tendréis que tomaros el trabajo de vigilar que no se le quite la avena.
--Por supuesto.
--Me abonaréis treinta francos por día, incluso los de descanso. Ni un ochavo menos, corriendo, naturalmente, de cuenta del señor alcalde, la manutención del caballo.
El señor Magdalena sacó de su bolsillo tres monedas de oro de veinte francos, y las dejó sobre la mesa.
--He aquí dos días adelantados.
--En cuarto lugar, por una carrera semejante, un cabriolé sería muy pesado y fatigaría al caballo. Será preciso, por lo tanto, que consienta el señor alcalde, en viajar en un pequeño tílburi que tengo.
--Consiento.
--Es muy ligero, pero está descubierto.
--Me es igual.
--¿Ha calculado el señor alcalde que estamos en invierno?
El señor Magdalena no contestó;--el flamenco repuso:
--¿Que hace mucho frío?
El señor Magdalena guardó silencio.
Maese Scaufflaire continuó:
--¿Que puede llover?
El señor Magdalena levantó la cabeza, y dijo:
--El tílburi y el caballo estarán á la puerta de mi casa mañana á las cuatro y media de la madrugada.
--Entendidos, señor alcalde,--dijo Scaufflaire. Después, rascando con la uña del pulgar una mancha que había en la mesa, repuso con aquel aire indiferente que los flamencos saben mezclar también á su finura:
--¿Sabéis en lo que estoy pensando? en que el señor alcalde no me ha dicho á dónde se dirige... Y... ¿á dónde va el señor alcalde?
No tenía él en la cabeza otra cosa desde el principio de la conversación, pero, sin saber por qué, no se había atrevido á hacer la pregunta.
--¿Tiene vuestro caballo buenas piernas delanteras?--dijo el señor Magdalena.
--Sí, señor alcalde. Le retendréis un poco en las pendientes. ¿Hay muchas en el camino que vais á recorrer?
--No olvidéis que debe estar á la puerta de mi casa á las cuatro y media de la madrugada precisamente,--respondió el señor Magdalena, y salió.
El flamenco se quedó hecho un bestia, según decía él de sí mismo después.
El señor alcalde había salido hacía cinco ó seis minutos, cuando volvió á abrirse la puerta; era el señor alcalde.
Su aire era como antes, impasible y preocupado.
--Maese Scaufflaire,--dijo,--en cuánto estimáis el caballo y el tílburi que vais á alquilarme, llevando el uno al otro.
--Tirando el uno del otro, señor alcalde,--dijo el flamenco soltando una carcajada.
--Sea. ¿Cuánto?
--¿Es que el señor alcalde me los quiere comprar?
--No, pero, os los quiero garantir á todo evento. Á mi vuelta me devolveréis la cantidad. ¿En cuánto estimáis el caballo y el tílburi?
--En quinientos francos, señor alcalde.
--Aquí están.
El señor Magdalena dejó sobre la mesa un billete de banco; luego salió, sin entrar ya de nuevo.
Maese Scaufflaire se arrepentía en alto grado de no haber dicho mil francos. Sin embargo, caballo y tílburi juntos no valían más que cien escudos.
El flamenco llamó á su mujer, y le explicó el caso. ¿Dónde diablos querrá ir el señor alcalde? Ambos tuvieron su consejo.--Irá á París,--dijo la mujer.--No lo creo,--contestó el marido.
El señor Magdalena se había dejado olvidado sobre la chimenea, el papel en el cual había escrito algunos números.
El flamenco tomó el papel, y empezó á calcular.--¡Cinco, seis, ocho y media! éstos serán los relevos de posta... Volvióse luego á su mujer.--He dado en ello,--dijo.--¿Cómo?--De aquí á Hesdin median cinco leguas, seis de Hesdin á Saint-Pol, ocho y media de Saint Pol á Arras. Va á Arras.
Entretanto, el señor Magdalena había vuelto á su casa. Para regresar de casa maese Scaufflaire, había tomado el camino más largo, como si la puerta de la vicaría fuése para él una tentación, que hubiese querido evitar. Había subido á su habitación, y se había encerrado en ella, lo cual no tenía nada de extraño, porque solía recogerse temprano. No obstante, la portera de la fábrica, que era al mismo tiempo la única criada del señor Magdalena, observó que su luz se había apagado á las ocho y media, lo cual participó ella al cajero, cuando entró, añadiendo:
--¿Está tal vez enfermo el señor alcalde? he advertido en su semblante algo de nuevo.
El cajero, habitaba un cuarto, situado precisamente debajo de el del señor Magdalena. Sin fijarse en las palabras de la portera, acostóse enseguida, y se durmió. Á eso de media noche, despertó bruscamente; había oído entre sueños un ruido extraño sobre su cabeza. Púsose á escuchar. Eran pasos que iban y venían, como si alguien se pasease en el cuarto de arriba. Fijó más su atención, y reconoció los pasos del señor Magdalena. Esto llamó su atención; generalmente no se oía en aquel cuarto el menor ruido antes de la hora en que acostumbraba á levantarse el alcalde. Un instante después, creyó oir el cajero algo parecido á un armario que se abre y vuelve á cerrarse. Luego como si arrastraran un mueble, y pasado un momento de silencio, volviéronse á oir los pasos nuevamente. El cajero, se sentó sobre la cama, despertando por completo; observa, mira, y al través de los cristales de la ventana, vió en la pared de enfrente, el reflejo rojizo de una ventana iluminada. Por la dirección de los rayos, no podía ser aquella otra ventana que la del cuarto del señor Magdalena. El reflejo oscilaba como si procediese antes de una llama que dé una luz. La sombra de las vidrieras no se advertía, lo cual indicaba que la ventana estaba abierta de par en par. Dado el frío que hacía, era sorprendente el que estuviese abierta la ventana. El cajero volvió á dormirse de nuevo. Una hora ó dos más tarde, despertó otra vez. Los mismos pasos, lentos y regulares, seguían yendo y viniendo sobre su cabeza.
El reflejo seguía dibujándose en la pared, pero era entonces pálido y tranquilo, como el de una lámpara ó bujía.
La ventana continuaba abierta.
Vamos á ver ahora lo que pasaba en el cuarto del señor Magdalena.
III =Una tempestad bajo un cráneo=
El lector ha, sin duda, adivinado que el señor Magdalena no era otro que Juan Valjean.
Hemos ya examinado otra vez las profundidades de aquella conciencia; ha llegado el momento de examinarlas de nuevo. No lo haremos sin emocionarnos y sin temblar. No existe nada más terrible que esta clase de consideraciones. Los ojos del espíritu no pueden encontrar en ninguna parte, más luz ni más tinieblas, que en las interioridades del hombre; ni pueden fijarse en cosa alguna que sea más formidable, más complicado, más misterioso y más infinito. Existe un espectáculo más grande que el del mar, el del cielo; pero hay otro más grande que el del cielo, es el del interior del alma.
Escribir el poema de la conciencia humana, aunque no sea más que á propósito de un solo hombre, á propósito del más insignificante de los hombres, sería fundir todas las epopeyas en una sola epopeya, superior y definitiva.
La conciencia, es el caos de todas las quimeras, de todas las ambiciones, y de las tentaciones todas; el horno de todos los delirios, el antro de todas las ideas; es el pandemónium del sofisma, el campo de batalla de todas las pasiones. Penetrad á ciertas horas al través del lívido semblante de un ser humano que reflexiona, y mirad detrás, mirad en el interior de aquella alma, en el fondo de aquella obscuridad. Hay allí, bajo el silencio del exterior, combates de gigantes como los de Homero, luchas de hidras y dragones y nubes de fantasmas como en Milton, y espirales ilusorias como en Dante. Nada tan sombrío como el infinito que lleva todo hombre dentro de sí mismo, y al cual somete con desesperación, y á su pesar, las voluntades de su cerebro y las acciones de su vida.
Alighieri encontró un día cierta puerta siniestra ante la cual dudó. He aquí igualmente, otra ante nosotros, á cuyos umbrales dudamos también. Entremos sin embargo.
No tenemos gran cosa que añadir á lo que le pasó á Juan Valjean después de la aventura de Gervasillo. Desde aquel momento, como hemos visto, fué ya otro hombre. Lo que el obispo había querido hacer de él, esto fué. No fué aquello una transformación, sino una transfiguración.
Resolvió desaparecer, vendió la plata del obispo, no guardándose más que los candeleros como recuerdo; deslizándose de población en población, atravesó la Francia, llegó á M* sur M*, tuvo la idea que hemos dicho, realizó lo que hemos consignado, logró hacerse inasible é impenetrable; y establecido desde entonces en M* sur M*, satisfecho por sentir su conciencia entristecida por el pasado y la primera mitad de su existencia desmentida por la última, vivió pacífico, sereno y esperanzado,, no teniendo más que dos pensamientos: ocultar su nombre y santificar su vida, escaparse á los hombres y encontrar á Dios.
Estos dos pensamientos, se encontraban tan estrechamente unidos en su espíritu, que no formaban más que uno solo, siendo ambos por igual imperiosos y absorbentes, dominando sus acciones más insignificantes. Ordinariamente estaban de acuerdo para regular la conducta que debía seguir, ambos le llamaban hacia la obscuridad, haciéndole bueno y sencillo y aconsejándole lo mismo. Algunas veces había divergencia entre ellos. En este caso, veíase al hombre que toda la comarca de M* sur M* llamaba el señor Magdalena, no vacilaba un instante en sacrificar la primera idea á la segunda, ó sea, su obscuridad á su virtud. Así, á despecho de toda reserva y de toda prudencia, había conservado los candeleros del obispo, vestido luto, llamado é interrogado á cuantos saboyanos había visto pasar, tomado informes de su familia en Faverolles, y salvado la vida al viejo Fauchelevent, á pesar de las mortificantes insinuaciones de Javert. Parecíale, como hemos indicado ya, pensar, á semejanza de los sabios, santos y justos, que su primer deber no estaba en complacerse á sí mismo.
No obstante, es preciso decirlo, jamás le había pasado nada parecido á lo presente.
Nunca las dos ideas que imperaban en el hombre desgraciado, de cuyos sufrimientos estamos dando cuenta, habían sostenido una lucha tan seria. Comprendíalo él confusamente, pero á fondo, desde las primeras palabras pronunciadas por Javert, al entrar en su gabinete. En cuanto oyó pronunciar aquel nombre que había sepultado entre las sombras, quedó sobrecogido de estupor y como desvanecido por aquel inesperado y siniestro golpe de su destino, y al través de su admiración sintió el estremecimiento que precede á los grandes sacudimientos; doblóse como se dobla la encina al aproximarse el huracán, como el soldado al aproximarse al asalto. Sintiendo venir sobre su cabeza, sombras llenas de rayos y centellas. Al oir á Javert, lo primero que se le ocurrió fué correr á Arras, denunciarse, sacar de la cárcel á Champmathieu y sustituirle; este pensamiento era doloroso y punzante como una incisión en carne viva, pero pasada la primera impresión, se dijo: ¡Veamos! ¡veamos! Reprimió este primer impulso de su generosidad, y retrocedió ante el heroísmo.
Sin duda hubiera sido mejor que después de las santas palabras del obispo, después de tantos años de arrepentimiento y de abnegación, en medio de una penitencia admirablemente comenzada, aquel hombre, en presencia de tan terrible coyuntura, no hubiera dudado un instante y hubiera continuado andando al mismo paso hacia el precipicio abierto ante sus ojos y en cuyo fondo se encontraba el cielo; esto hubiera sido magnífico, tal vez, pero no fué así. Es preciso dar cuenta exacta de todo cuanto se acumulaba en aquella alma, diciendo lo que era y lo que en ella había. La primera victoria fué de momento para el espíritu de conservación; reunió sus ideas; ahogó sus emociones; pensó en la personalidad de Javert; su gran peligro; retardó toda resolución con la firmeza del espanto, aturdióse ante lo que venía obligado á realizar, recobrando luego su calma de igual manera que volvía al gladiador romano á recoger su escudo.
El resto del día siguió en el mismo estado, éste era un torbellino en el interior, la más perfecta calma exteriormente, no hizo otra cosa que tomar lo que podrían llamarse «medias conservadoras». Todo andaba aún confuso y chocándose en su cerebro; era tal su turbación, que no alcanzaba á ver clara la forma de una sola idea, y ni él mismo hubiera podido decir nada de sí mismo, sino que acababa de recibir un gran golpe.
Acercóse, según tenía ya por costumbre, al lecho del dolor de Fantina, prolongando la visita por instinto de bondad, diciéndose que debía obrar así, recomendándola mucho á las hermanas por si llegaba el caso de que tuviese de ausentarse. Presentía vagamente que tendría que ir tal vez á Arras; y sin estar de mucho decidido á hacer el viaje, decíase que estando, como estaba, al abrigo de toda sospecha, no podía haber inconveniente alguno en que fuése testigo de lo que pasase, y alquiló para ello el tílburi de Scaufflaire, al objeto de estar prevenido para lo que pudiere sobrevenir.
Comió con bastante apetito.
Volvió á su cuarto, y se concentró.
Examinó la situación; y la encontró inaudita, en grado tan superlativo, que en medio de sus delirios, por no sé qué impulsión de inexplicable ansiedad, levantóse de su asiento cerrando la puerta con llave. Y temiendo que aún pudiese entrar alguien, echó la aldaba, á fin de parapetarse lo posible.
Un momento después mató la luz. Le estorbaba.
Parecíale que aún podían verle.
¿Quién?
¡Ay! aquello á lo cual cerraba la puerta, había entrado ya; aquélla que él quería cegar, le estaba ya mirando: su conciencia.
Su conciencia, es decir, Dios.
No obstante, en el primer momento se hizo la ilusión de estar solo y seguro; bien cerrada la puerta, se creyó inaccesible; apagada la luz, juzgábase invisible. Entonces tomó él posesión de sí mismo; apoyó los codos sobre la mesa; dejó caer la cabeza entre sus manos, y empezó á meditar entre tinieblas.
¿Dónde estoy? ¿Es cierto que no estoy delirando? ¿Qué es lo que me han dicho? ¿Es verdad que he visto á Javert y que me ha dicho todo aquello? ¿Quién será ese Champmathieu? ¿Es verdad que se me parece? ¿Es esto posible? ¡Cuando pienso que ayer yo estaba tan tranquilo, bien ajeno de dudar de nada! ¿Qué es lo que hacía yo ayer á estas horas? ¿Qué es lo que se encierra en este incidente? ¿Cómo se desenredará? ¿Qué haré?
He aquí su tormento.
Su cerebro había perdido la fuerza necesaria á retener las ideas; éstas pasaban por él como las olas, á pesar de que procuraba detenerlas sujetando su frente con ambas manos.
De aquel tumulto que trastornaba su razón y su voluntad, y entre el cual buscaba una evidencia y una resolución, nada podía arrancar en definitiva más que angustias.
Su cabeza ardía. Acercóse á la ventana, y abrió sus hojas de par en par. No se veía una estrella en el cielo. Volvió á sentarse junto á la mesa.
Así se pasó la hora primera.
Poco á poco, no obstante, algunas líneas vagas empezaron á fijarse y á tomar cuerpo en su imaginación, y pudo entrever entonces con los rasgos de la realidad, no el conjunto de situación, pero sí algunos detalles. Empezaba á reconocer que por extraordinaria y crítica que fuése su situación, era, por completo, dueño de ella.
Su estupor no hizo, con semejante descubrimiento, más que acrecentarse.
Independientemente del objeto severo y religioso que se propusiera en sus acciones, todo lo que había hecho hasta aquel día, no había sido otra cosa que un hoyo para esconder su nombre. Lo que había temido siempre en sus horas de recogimiento en sí mismo, en sus noches de insomnio, era oir pronunciar su nombre; decíase que en este caso habría terminado todo para él; que el día en que su nombre reapareciese, se desvanecería en torno de sí su nueva vida, y, quién sabe si también con ella su nueva alma. Estremecíase á la sola idea de semejante posibilidad. Y si en tales momentos alguien le hubiese dicho que llegaría la hora en que su nombre resonaría en sus oídos, con la odiosa frase «Juan Valjean», saldría súbitamente de entre las sombras irguiéndose ante él, donde aquella luz formidable creada para disipar el misterio en que se envolvía resplandecería instantáneamente sobre su cabeza, y que aquel nombre no le amenazaría ya; que aquella luz no produciría sino más espesas tinieblas; que aquel velo rasgado aumentaría el misterio; que aquel temblor de tierra consolidaría su edificio, y que aquel prodigioso incidente no tendría otro resultado, si él así lo quería, que el hacer más despejada y más impenetrable su existencia, y que de su confrontación con el fantasma de Juan Valjean, el bueno y digno industrial Magdalena resultaría más honrado, más digno y más considerado que nunca;--si alguien le hubiese dicho esto, hubiera meneado la cabeza compadeciéndole y teniendo sus palabras por insensatas. ¡Pues bien! todo ello acababa de realizarse, toda aquella balumba de imposibles era un hecho, y ¡Dios había permitido que aquellas locuras se convirtiesen en realidades!
Su desvanecimiento continuaba despejándose. Íbase, paso á paso, dando cuenta de su verdadera situación.
Parecíale que acababa de despertar de un sueño extravagante, y que se encontraba deslizándose por una pendiente, en plena noche, de pie, temblando, retrocediendo en vano sobre el peligroso borde de un abismo. Divisaba perfectamente entre las sombras á un desconocido, un extraño á quien el destino tomaba por él y le empujaba al precipicio en su lugar. Era indispensable para cerrarse el precipicio, que alguien cayese en su fondo, él ó el otro.
No había sino dejar al tiempo.
Hízose por completo la luz, y conoció entonces:--Que su puesto estaba vacío en el presidio; que por más que hiciese cuanto quisiera, le seguiría aguardando; que el robo de Gervasillo le llamaba allí; que aquel vacío le estaría esperando y atrayendo hasta que fuése de una manera fatal é inevitable.--Además, decíase él:--Que en tal momento había quién le reemplazaba, que parecía ser un tal Champmathieu la víctima de semejante error, y que mientras le representase en presidio la persona de Champmathieu y siguiese en la sociedad bajo el nombre de señor Magdalena, nada tenía que temer si no impedía que los hombres sellaran sobre la cabeza de Champmathieu la piedra de infamia que, como la losa del sepulcro, cae una sola vez para no levantarse jamás.
Era todo esto tan violento y tan extraordinario, que produjo en él una de estas sacudidas indescriptibles que ningún hombre ha experimentado más de dos ó tres veces en toda su vida, especie de convulsión de la conciencia que remueve cuantas dudas encierra el corazón cuyo conjunto está formado por la ironía, el gozo y la desesperación, y que podría llamarse un estallido de risa interior.
Encendió de nuevo y precipitadamente la bujía.
--¿Y bien?--se preguntó--¿de qué me asusto? ¿Á qué pensar en esto? ¡estoy salvado! ¡todo ha concluido! No veía más que una sola puerta entreabierta, por la cual mi pasado pudiese penetrar en mi vida; esta puerta queda ahora tapiada, ¡para siempre jamás! Este Javert que viene acosándome hace tanto tiempo, ese temible instinto que parecía haberme adivinado, y ¡que me había adivinado en realidad! que me seguía á todas partes, este espantoso perro de caza, siempre de parada sobre mí, está ya derrotado, ocupado en otra parte y completamente despistado! ¡Está satisfecho, y ya me dejará tranquilo, puesto que tiene á su Juan Valjean! ¡Quién sabe también, y ello es lo más probable, si querrá alejarse de esta población! ¡Y todo esto se ha hecho sin mí! ¡No he intervenido para nada! ¡Y luego! ¿qué mal hay en ello? ¡Quiénes así me vieran, creerían que soy víctima de una catástrofe! Y, sobre todo, si resulta algún daño para alguien no es á buen seguro por culpa mía. Es la Providencia quien lo ha hecho todo. ¡Es que quiere que así sea indudablemente! ¿Tengo yo el derecho de estorbar lo que ella ordena? ¿Qué es lo que estoy pidiendo? ¿En qué voy á mezclarme? Esto no es de mi incumbencia. ¿Cómo no estoy contento? ¿Qué es lo que me falta entonces? El fin á que espiro hace tantos años, el sueño de mis noches, el objeto de mis oraciones, mi seguridad, ¡yo la espero! Dios lo quiere. Nada debo hacer contra la voluntad de Dios. ¿Y, por qué lo querrá Dios? Para que yo prosiga en lo comenzado, para que haga bien, para que sea yo un poderoso y vivo ejemplo, para que se diga, en fin, que ha habido su parte de ventura unida á esta penitencia que he sufrido, y en esta virtud á la que he vuelto. En verdad que no alcanzo á explicarme porqué he tenido miedo de entrar en casa de este buen cura y de explicárselo todo como á un confesor, pidiéndole consejo, cuando es evidente que me hubiera dicho lo mismo. ¡Estoy decidido á dejar que sigan las cosas su curso natural! ¡Dejemos que obre Dios!
Hablábase así, allá en las profundidades de su conciencia, inclinado hacia lo que pudiéramos llamar su propio abismo. Levantóse de su asiento y se puso á pasear la estancia. Vamos, dijo, no debo pensar más en ello. ¡Ya tengo hecha mi resolución! Pero no sintió, sin embargo, la menor alegría.
Al contrario.
Pretender que el pensamiento no vuelva á una idea, es como pretender que el mar no vuelva á la playa. Para el marinero se llama esto marea; para el culpable se llama remordimiento. Dios agita las almas como el océano.
Á los pocos instantes, por más que hizo, volvió nuevamente á su sombrío diálogo, del cual venía á ser orador y oyente á la vez, diciendo lo que hubiera querido callar, y oyendo lo que no hubiera querido saber; cediendo á aquel misterioso poder que le decía: «¡Piensa!», como había dicho él mismo, hace dos mil años, á otro condenado: «¡Anda!».
Antes de seguir adelante, y para ser plenamente comprendidos, insistimos en una observación muy necesaria.
Es cierto que se habla uno á sí mismo; no existe ningún ser pensador que no lo haya probado. Puede decirse igualmente que el Verbo nunca es más grande ni magnífico que cuando recorre el interior del hombre, desde el pensamiento á la conciencia, y que vuelve luego de la conciencia al pensamiento. En este sentido, solamente debieran entenderse las palabras empleadas frecuentemente en este capítulo, dijo, exclamó; decíase, hablábase, exclamaba en sí mismo, sin que el silencio exterior se rompiera. Hay grandes tumultos en que todo habla en nosotros menos la boca. Las realidades del alma, no por ser invisibles é impalpables, dejan de ser realidades.
Preguntábase, pues, en dónde estaba. Interrogábase acerca de su «resolución irrevocable». Confesóse á sí mismo que aquello que acababa de ordenar en su espíritu, era monstruoso, que «el dejar correr las cosas á la voluntad de Dios», era simplemente horroroso. Dejar que siguiese adelante aquel error del destino y de los hombres, sin detenerlo, contribuir á él con el silencio, no hacer nada en fin, ¡era hacerlo todo! era el último rebajamiento de la indignidad hipócrita! ¡Era un crimen bajo, cobarde, miserable, abyecto y repugnante!
Por la primera vez, después de ocho años, aquel hombre desventurado acababa de sentir el sabor amargo de un mal pensamiento y de una mala acción.
Y lo arrojó con asco.
Continuó interrogándose.
Y preguntóse severamente qué era lo que había entendido al dar «por conseguido su objeto».
Reconoció que, efectivamente, su vida tenía un objeto. ¿Pero cuál? ¿El de ocultar su nombre? ¿Engañar á la policía? ¿Y era por una cosa tan insignificante, por lo que había hecho cuanto había hecho? ¿No existía acaso otro objeto grande y verdadero? ¿Salvar, no su persona, sino su alma? Ser nuevamente honrado y bueno. ¡Ser un justo! ¿No era esto, por ventura, y esto sólo, lo que él únicamente había querido, lo que el obispo le había recomendado? ¿Cerrar la puerta á su pasado? ¡Pero no la cerraba de aquel modo, gran Dios! ¡no la cerraba! volvía á abrirla, con una acción infame. ¡Volvía á ser ladrón, y el más odioso de los ladrones! ¡robaba á otro su existencia, su vida, su paz, su parte de sol! Se convertía en asesino. ¡Mataba, mataba, moralmente á un miserable; le infería esa muerte espantosa de los vivos, esa muerte á cielo abierto, que se llama presidio!
Por el contrario, entregarse, salvar á aquel hombre víctima de tan funesto error, recobrar su nombre, aparecer otra vez por deber el presidiario Juan Valjean, eso era verdaderamente llevar á cabo su resurrección cerrando para siempre el infierno de que salía. ¡Caer aparentemente en él era en realidad salir de él! Y eso era lo que convenía hacer, y nada habría hecho no haciéndolo así. Toda su vida resultaba inútil, toda su penitencia perdida.
¡Pero qué! ¿Estaba dicho todo? No: sentía que el obispo estaba allí y que estaba tanto más presente cuanto que había muerto, y que le miraba fijamente, y que en lo sucesivo el alcalde Magdalena con todas sus virtudes le sería odioso, y que el presidiario Juan Valjean, sería á sus ojos admirable y puro.
Los hombres verían su máscara, pero el obispo veía su rostro; los hombres podrían ver su vida, pero el obispo veía su conciencia. Era preciso, pues, ir á Arras, libertar al falso Juan Valjean y denunciar al verdadero. ¡Ay! Ése era el mayor de los sacrificios, la más dolorosa de las victorias, el último paso que había que salvar; pero era preciso. ¡Destino cruel! ¡No poder entrar en la santidad á los ojos de Dios sin entrar en la infamia á los ojos de los hombres!
--¡Pues bien!--dijo.--¡Tomemos ese partido, hagamos nuestro deber! ¡Salvemos á ese hombre!
Pronunció estas palabras claramente, sin advertir que hablaba en alta voz.
Tomó sus libros, los comprobó y puso en orden. Arrojó al fuego un legajo de créditos de pequeños comerciantes atrasados.
Escribió una carta y la cerró, en cuyo sobre habría podido leer cualquiera que hubiese estado allí en aquel momento: Á Monsieur Laffite, banquero, calle de Artois. París. Sacó de un secreter una cartera que contenía algunos billetes de banco y el pasaporte de que se había servido aquel año para ir á las elecciones.
Quien le hubiera visto realizar todos aquellos actos en medio de tan grave meditación, no habría sospechado nada de lo que pasaba por él. Solamente á intervalos se movían sus labios; otras veces levantaba pausadamente la cabeza y fijaba su ávida mirada en un punto cualquiera de la pared, como si hubiera allí precisamente alguna cosa que quisiera aclarar ó interrogar.
Concluida la carta al banquero Laffite, metiósela en el bolsillo, lo mismo que la cartera, volviendo á pasear la estancia.
Su divagación no había variado. Continuaba viendo claramente su deber escrito en letras luminosas que resplandecían ante sus ojos y giraban con su mirada: ¡Anda! ¡di tu nombre! ¡denúnciate!
Veía igualmente, y como si se moviesen delante de él con formas sensibles, las dos ideas que hasta entonces habían sido la norma de su vida: ocultar su nombre, santificar su alma. Por primera vez se le aparecían absolutamente distintas, y comprendía la diferencia que las separaba. Reconocía que una de aquellas ideas era necesariamente buena, al paso que la otra podía llegar á ser mala; que aquélla era el sacrificio y ésta era la personalidad; que la una decía: el prójimo, y la otra decía: yo; que la una venía de la luz y procedía la otra de la noche.
Ambas se combatían. Él presenciaba ese combate. Á medida que él reflexionaba, ellas habían crecido á los ojos del espíritu y tenían ya estaturas colosales; parecíale verlas luchar dentro de sí mismo, dentro de ese infinito de que hablábamos antes, en medio de las tinieblas, diosa la una y gigante la otra.
Estaba lleno de espanto, pero le parecía que la buena salía triunfante.
Sentía que tocaba en el otro extremo decisivo de su conciencia y de su destino; que el obispo había marcado la primera fase de su vida nueva, y que aquel Champmathieu le marcaba la segunda. Después de la gran crisis, la gran prueba.
Entretanto, la fiebre, apaciguada por unos instantes, volvía á invadirle poco á poco. Mil pensamientos le asaltaban, pero fortificándole más en su resolución.
Díjose por un momento:--Que tomaba quizá el asunto con demasiado calor; que después de todo, aquel Champmathieu, no era tan interesante, pues al fin y al cabo, había robado.
Y se respondió: Si este hombre, en efecto, ha robado algunas manzanas, tiene un mes de prisión. Está, pues, muy lejos de presidio. Pero ¿quién sabe si en efecto ha robado? ¿Está probado por ventura? El nombre de Juan Valjean le abruma, y parece eximirle de pruebas. ¿Los procuradores del rey no obran habitualmente así? Le creen ladrón, porque saben que ha sido presidiario.
En otro instante se le ocurrió la idea de que cuando se hubiese denunciado á sí mismo, acaso tendrían en cuenta el heroísmo de su acción y su vida honrada durante siete años, y cuanto había hecho en favor del país, y que le harían gracia.
Pero esta suposición se desvaneció muy pronto, y sonrió amargamente al pensar que el robo de los dos francos á Gervasillo le hacía reincidente; que aquel crimen reaparecería de seguro, y que, según los términos precisos de la ley, incurría en la pena de cadena perpetua.
Prescindiendo de toda ilusión, iba alejándose más y más de la tierra, buscando consuelos y fuerzas en otra parte. Díjose que era indispensable cumplir con su deber; que tal vez no sería tan desgraciado después de haberlo cumplido, como lo sería eludiéndolo; que de dejar correr los sucesos, y quedándose en M* sur M*, su consideración, su nombradía, sus buenas obras, la deferencia, la veneración, su caridad, su riqueza, su popularidad y su virtud estarían impregnadas de un crimen, y ¿qué sabor habían de tener aquellas cosas santas unidas á una cosa tan indigna? Mientras que si llevaba á cabo su sacrificio, con el presidio, el potro, la cadena, el gorro verde, el trabajo sin descanso, y la vergüenza sin compasión, se mezclaría siempre una idea celestial.
En fin, díjose que era una necesidad, que su destino así lo exigía, que él no era dueño de desarreglar los arreglos de lo alto; que en todo caso, había que escoger: ó la virtud por fuera y la abominación por dentro, ó la santidad dentro y la infamia fuera.
Al remover tantas ideas lúgubres, no desfallecía su ánimo, pero se fatigaba su cerebro. Y comenzaba á pensar mal de su grado, en otras cosas; cosas indiferentes.
Las arterias de sus sienes latían fuertemente. Continuaba yendo y viniendo arriba y abajo. Dieron luego las doce en el reloj de la parroquia, y después en el del ayuntamiento. Contó las doce campanadas en ambos relojes, y comparó el sonido de las campanas. Recordó con este motivo, que no hacía muchos días había visto en un almacén de hierro viejo, una campana antigua para vender, en la que había grabado este nombre: Antonio Albin de Romainville.
Tuvo frío. Encendió un poco de fuego, sin acordarse de cerrar la ventana.
Sin embargo, volvió á caer en su estupor, y fuele preciso hacer un gran esfuerzo para recordar en qué estaba pensando antes de dar las doce. Recordóle por fin.
--¡Ah! Sí,--exclamó;--había tomado la resolución de denunciarme.
Y súbitamente recordó á Fantina.
--¡Es verdad!--exclamó.--¡Y esa pobre mujer!
Aquí se reveló una nueva crisis.
Fantina, aparecióndosele bruscamente en su delirio, fué lo que un rayo de luz inesperado. Parecióle que todo cambiaba de aspecto en torno suyo, y exclamó:
--¡Ah! ¡Sí! ¡Pero hasta ahora yo no he pensado más que en mí! ¡No he atendido más que á mi conveniencia particular! Si me conviene callar ó denunciarme,--ocultar mi persona ó salvar mi alma,--ser un magistrado despreciable y respetado, ó un presidiario infame y venerable,--es decir yo, nadie más que yo, y siempre yo. ¡Pero, Dios mío, todo ello no es más que egoísmo! Puede ser en diferentes formas, pero es siempre egoísmo. ¡Si yo pensase algo en los demás! La primera santidad es pensar en el prójimo. ¡Veamos, examinemos!
Exceptuado yo, borrado yo, olvidado yo, ¿qué sucederá? Si yo me denuncio, me prenden y sueltan á ese Champmathieu, se me vuelve á presidio, ¿y después? ¿Qué va á pasar aquí? ¡Ah! ¡Aquí hay un país, un pueblo, fábricas, una industria, obreros, hombres, mujeres, ancianos, abuelos, niños y desgraciados! Yo he creado todo esto, yo he hecho vivir todo esto; donde hay una chimenea que arroja humo, yo soy quien he puesto el tizón en la lumbre y la carne en el puchero; yo he creado la comodidad, la circulación, el crédito; antes de yo venir, no había nada; yo he despertado, vivificado, animado, fecundado, estimulado, enriquecido toda la comarca; faltando yo, faltaría el alma. Desapareciendo, todo muere.
¡Y esa mujer que ha sufrido tanto, que tantos merecimientos encierra en su caída, cuya desgracia causé yo sin querer! ¡Y esa criatura que quería yo ir á buscar, y que se lo he prometido á la madre! ¿No le debo yo por ventura algo también á esa mujer, en reparación del mal que le he causado? Si yo desaparezco, ¿qué sucederá? Muerta la madre, quedará la niña á la aventura. He aquí lo que sucederá si me denuncio.
¿Y si no me denuncio?
Veamos lo que puede suceder.
Luego de sentada esta cuestión, detúvose, y después de un momento de vacilación temblorosa, que duró muy poco, respondióse con calma:
--Y bien; este hombre va á presidio, es cierto; pero ¡qué diablos! ha robado. Por más que yo pueda imaginarme que no es ladrón, ¡ello es que ha robado! Me quedo aquí decididamente. En diez años habré ganado diez millones; los distribuyo en el país, no me guardo nada; ¿para qué lo quiero? ¡No es por mí por quien hago lo que hago! La prosperidad de todos va creciendo; las industrias se despiertan y emulan; las manufacturas y las industrias se multiplican; las familias, ¡cien familias, mil familias! son felices; la comarca se puebla; nacen poblaciones donde había granjas; nacen granjas donde no había nada; desaparece la miseria, y con la miseria desaparece el libertinaje, la prostitución, el robo, el asesinato, todos los vicios y todos los crímenes. Esa pobre madre cría á su hija; ¡y he aquí toda una comarca rica y honrada! ¡Oh! ¡sí! Yo estaba loco, yo soñaba en un absurdo al tratar de denunciarme. Es preciso reflexionar y no precipitarse. ¡Pues qué! Por habérseme ocurrido el hacer el grande y el generoso... ¡Sensiblerías melodramáticas al fin y al cabo! Porque yo haya pensado en mí sólo para salvar de un castigo, quizá algo exagerado, pero justo en el fondo, no se á quién, á un ladrón, á un pícaro evidentemente, ¡ha de perecer todo un país! ¡ha de morir esa pobre mujer en el hospital! ¡ha de quedar una criaturita abandonada en medio del camino! ¡Como perros! ¡Ah! ¡Esto es abominable! ¡Sin que la madre haya vuelto á ver á su hija, ni la hija haya casi conocido á su madre! ¡Y todo ello por ese pícaro viejo, ladrón de manzanas, que de seguro hubiera merecido ir á presidio por otra cosa, si no por ésa! ¡Lindos escrúpulos que salvan á un culpable y sacrifican á muchos inocentes, que salvan á un viejo vagabundo, que al fin y al cabo apenas tiene algunos años de vida, y que no será más desgraciado en presidio que en su miseria; escrúpulos que sacrifican á toda una población, madres, mujeres, niños! ¡Aquella pobre Cosette que no tiene más que á mí en el mundo, y que sin duda se halla en este momento tiritando de frío en el tabuco de los Thénardier! ¡He ahí otros nuevos canallas!
¡Y yo faltaría á mi deber en perjuicio de todos esos pobres seres! ¡Y yo iría á denunciarme! ¡Á cometer la más solemne tontería! Veámoslo por la parte peor. Supongamos que al obrar así cometo una mala acción, y que mi conciencia me lo reprocha algún día; aceptar en bien de otro, esos reproches que recaen sobre mí únicamente, esa mala acción que sólo á mi alma compromete, ése sí es sacrificio, ésa sí es virtud.
Levantóse y volvió á pasear. Esta vez le parecía estar satisfecho.