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Los miserables - Tomo 1 (de 2) (part 2 of 3)

Part 2 of 3 · Hugo, Victor · Public domain text

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Contents (3)

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Los miserables - Tomo 1 (de 2) (part 2 of 3)

Así como los diamantes no se encuentran sino en las tinieblas de la tierra, no se encuentran las verdades sino en las profundidades del pensamiento. Parecíale que después de haber descendido á semejantes profundidades, después de haber andado á tientas por largo tiempo en lo más negro de aquellas tinieblas, acababa por fin de encontrar uno de aquellos diamantes, una de aquellas verdades, la cual tenía en su mano y le estaba deslumbrando al contemplarla.

--Sí, pensó él entonces. Esto es lo cierto. He dado con la verdad, tengo la solución. Hay que decidirse, y ya estoy decidido. ¡Dejemos hacer! No vacilemos, no retrocedamos, que tal es el interés de todos, aunque no el mío. Yo soy Magdalena, y Magdalena sigo siendo. ¡Desgraciado del que sea Juan Valjean! Yo no lo soy. No conozco á ese hombre, ni sé quien sea: y si existe al presente algún Juan Valjean, ¡que se arregle! Á mí no me importa. Es un nombre de fatalidad que flota en la noche; si se para y cae sobre alguna cabeza, ¡tanto peor para ella!

Miróse al espejo colocado encima de la chimenea, y dijo:

--¡Ah! Me alegro de haber tomado una resolución. Ya soy otro.

Dió todavía algunos pasos y parándose de repente dijo:

--¡Vamos! No debo vacilar ante ninguna de las consecuencias de la resolución tomada. Aún hay algunos hilos que me atan á ese Juan Valjean. Es preciso romperlos. En ese mismo cuarto hay objetos que me acusarían, testigos mudos; es preciso que desaparezcan.

Metió la mano en la faltriquera, sacó un bolsillo, le abrió, y tomó de él una llavecita.

Introdujo esta llave en una cerradura, cuyo agujero se veía apenas, disimulado entre los dibujos más oscuros del papel qué tapizaba las paredes. Abrióse un escondrijo, una especie de armarito practicado entre el ángulo de la pared y la cubierta de la chimenea. No había en aquel escondrijo más que harapos: una blusa de tela azul, un pantalón viejo, un morral viejo, y un garrote de espino con doble contera en sus extremos.

Los que hubiesen visto á Juan Valjean en la época en que pasó por D***, octubre de 1815, habrían conocido fácilmente todas las piezas de aquel miserable arreo.

Habíalas conservado él, como había conservado los candeleros de plata, para recordar siempre su punto de partida; solamente que ocultaba lo que procedía del presidio, y dejaba á la vista los candeleros que venían del obispo.

Dirigió una mirada furtiva á la puerta; como temeroso de que se abriera á pesar del cerrojo que la guardaba, y luego, con un movimiento rápido y brusco, de una sola brazada, sin dar siquiera una mirada á aquellos objetos por tantos años tan religiosa y peligrosamente guardados, lo cogió todo, andrajos, palo y morral, arrojándolo al fuego.

Volvió á cerrar el escondrijo, y redoblando sus precauciones, inútiles ya, puesto que estaba vacío, ocultó la puerta con un mueble, que colocó delante.

Después de algunos segundos, el aposento y la pared de enfrente se iluminaron con un gran resplandor rojizo y tembloroso. Todo ardía, el garrote chisporroteaba y despedía centellas hasta en medio del cuarto.

Al consumirse el morral con los inmundos harapos que contenía, había quedado al descubierto una cosa que brillaba entre la ceniza. Acercándose á ver, fácilmente se habría distinguido que era una moneda de plata; sin duda la pieza de cuarenta sueldos robada al niño saboyano.

Pero él no miraba al fuego, y continuaba yendo y viniendo al mismo paso.

De repente, fijáronse sus ojos en los dos candeleros de plata, que con el reflejo de la llama brillaban vagamente sobre la chimenea.

--¡Ah!--exclamó.--Todo el Juan Valjean está aquí todavía. Es preciso destruir eso aún.

Y cogió ambos candeleros.

Había aún bastante lumbre para desfigurarlos fácilmente y hacer una especie de lingote sin forma.

Inclinóse un poco sobre el hogar y se calentó un instante; esto le produjo un verdadero consuelo. ¡Ah! ¡Qué calor tan agradable! dijo.

Removió las brasas con uno de los candeleros.

Un minuto más, y estaban ya en el fuego.

En aquel instante le pareció oir una voz que gritaba en su interior: ¡Juan Valjean! ¡Juan Valjean!

Erizáronse sus cabellos, y se quedó como un hombre que escucha algo terrible.

--¡Sí, eso es, acaba! decía la voz. ¡Completa tu obra! ¡Destruye esos candeleros! ¡Aniquila ese recuerdo! ¡Olvida al obispo! ¡Olvídalo todo! Pierde á Champmathieu. ¡Está bien! ¡Alégrate! «¡Conque es cosa convenida; está resuelto! ¡No hay más que decir! ¡ahí queda un hombre, un anciano que no sabe lo que se le quiere, que nada ha hecho, un inocente, tal vez, cuya desgracia es tu nombre, tu nombre que pesa sobre él como un crimen, que va á ser confundido contigo, que va á ser condenado, que va á concluir sus días en la abyección y el horror! ¡está bien! Y tú, hombre honrado. Sigue siendo el señor alcalde, honorable y venerado, enriquece á la población, alimenta á los necesitados, educa á los huérfanos, vive feliz, virtuoso y admirado, y durante todo ese tiempo, mientras tú estés aquí en la alegría y en la luz, habrá otro que lleve tu chaqueta roja, que lleve tu nombre ignominioso y que arrastre tu cadena en presidio. ¡Sí, todo estará así muy bien! ¡Oh! ¡Miserable!

El sudor inundaba su frente. Fijaba sobre los candeleros una mirada huraña. Sin embargo, lo que hablaba en él no había aún terminado. La voz continuó:

--¡Juan Valjean! Habrá en derredor tuyo muchas voces que harán gran ruido, que hablarán muy alto, y que te bendecirán y una sola que nadie oirá, y que te maldecirá en las tinieblas. ¡Pues bien! ¡Oye, infame! ¡Todas aquellas bendiciones caerán antes de llegar al cielo, y únicamente la maldición será la que suba hasta Dios!

Aquella voz, débil al principio, y que se había elevado desde lo más oscuro de su conciencia, había llegado á ser gradualmente ruidosa y formidable, y él la oía entonces perfectamente junto á sí. Parecíale que había salido de él, y que á la sazón le estaba hablando desde fuera.

Creyó entender las últimas palabras tan claramente, que miró dentro del cuarto con cierto terror.

--¿Hay aquí alguien?--preguntó en voz alta y todo azorado.

Después añadió con una risa que parecía la de un idiota:

--¡Qué torpe soy! ¡Si no puede haber nadie!

Alguien había en efecto; pero el que allí estaba no era de los que pueda ver el ojo humano.

Dejó los candeleros sobre la chimenea.

Y volvió á su paseo monótono y lúgubre que, al par que turbaba su sueño, despertaba sobresaltado al hombre dormido en el aposento inferior.

Aquel andar le aliviaba y aturdía al mismo tiempo. Á veces parece que en las ocasiones supremas se mueve uno para pedir consejo á todo lo que pueda encontrarse variando de lugar. Al cabo de algunos instantes no sabía dónde se encontraba.

Retrocedía á un tiempo con igual espanto ante las dos resoluciones que había tomado alternativamente. Las dos ideas que le aconsejaban parecíanle tan funestas la una como la otra.

¡Qué fatalidad! ¡qué encuentro el de aquel Champmathieu confundido con él! ¡Verse precipitado justamente por el medio que parecía haber escogido la Providencia para tranquilizarle!

Hubo un momento en que pensó en el porvenir. ¡Denunciarse, gran Dios! ¡Entregarse! Comparó con inmensa desesperación todo lo que sería menester abandonar, y todo lo que sería menester volver á tomar. Era preciso dar un adiós á aquella existencia tan buena, tan pura, tan radiante, de aquel respeto de todos, de la honra, de la libertad! ¡Ya no iría más á pasear el campo, ya no oiría más el canto de los pájaros en el mes de mayo, ya no daría limosna á los pequeñuelos! ¡Ya no sentiría la dulzura de las miradas de agradecimiento y cariño fijas en él! ¡Dejaría aquella casa edificada por él, aquel pequeño cuarto que habitaba! Todo se le presentaba bello en aquel momento.

¡Ya no leería más en aquellos libros, ya no escribiría más en aquella mesita de madera blanca! Su anciana portera, la única sirviente que tenía, ¡ya no le subiría el café por las mañanas! ¡Gran Dios! En vez de todo eso, el presidio, la argolla, la chaqueta roja, la cadena al pie, la fatiga, el calabozo, el cepo, todos aquellos horrores conocidos! ¡Á su edad, después de haber sido lo que era! ¡Si hubiese sido joven! ¡Pero viejo, y ser tuteado por el primer venido, ser registrado por el guardachusma, ser apaleado por el cabo de vara! ¡Llevar los pies desnudos en zapatos herrados! ¡Tender y someter su pierna mañana y tarde al martillo de la ronda que examina los grilletes. ¡Sufrir la curiosidad de los extraños á quienes se diría: Ése es el famoso Juan Valjean, que ha sido alcalde en M* sur M*! ¡Y por la noche, sudoroso y abrumado por el cansancio, con el gorro verde sobre los ojos subir de dos en dos, bajo el látigo del capataz, la escala del pontón flotante! ¡Oh! ¡Qué miseria! ¿Puede pues el destino ser malo como un ser inteligente y volverse monstruoso como el corazón humano?

Y por más que hacía, volvía siempre á caer en el doloroso dilema que constituía el fondo de su delirio: ¡Permanecer en el paraíso, y convertirse en demonio! ¡Entrar de nuevo en el infierno, y trocarse en ángel!

¡Qué hacer, gran Dios! ¡Qué hacer!

La tormenta de que creía haberse librado con tanto trabajo, volvía á desencadenarse en él. Sus ideas comenzaron otra vez á mezclarse, tomando cierto carácter estúpido y maquinal propio de la desesperación. El nombre de Romainville se le presentaba sin cesar á la imaginación junto con dos versos de una canción que había oído en otro tiempo. Recordaba que Romainville era un bosquecillo junto á París, á donde van los jóvenes enamorados á coger lilas en abril.

Vacilaba exterior como interiormente, caminando con la vacilación del niño que comienza á andar solo.

Había momentos en que, luchando contra su cansancio, esforzábase para alcanzar su inteligencia. Trataba de plantear por última vez y definitivamente, el problema ante el cual había caído en cierto modo rendido de fatiga. ¿Debía denunciarse? ¿debía callar? No conseguía sacar nada en limpio. Los vagos contornos de todas las razones dibujadas por su delirio temblaban y se disipaban unos después de otros como el humo. Sentía únicamente que cualquiera que fuése el partido que tomara, por necesidad, y sin poderlo remediar, encerraba algo que debía morir dentro de él, que entraba en un sepulcro, así fuése por la derecha, como por la izquierda; siempre era indispensable una agonía, la agonía de su felicidad, ó la agonía de su virtud.

¡Ay! Todas aquellas irresoluciones habían vuelto á apoderarse de él. No había adelantado nada desde el principio.

Así venía luchando en medio de la mayor angustia aquella alma desgraciada. Mil ochocientos años antes también, el ser misterioso en quien se resumen todas las santidades y todos los sufrimientos de la humanidad, mientras los olivos se agitaban impulsados por el viento cruel del infinito, rechazó con la mano un buen espacio el espantoso cáliz que se le aparecía derramando sombras y esparciendo tinieblas por entre las profundidades llenas de estrellas.

IV =Formas que toma el sufrimiento durante el sueño=

Las tres de la madrugada acababan de dar, y hacía ya cinco horas que paseaba por su cuarto casi sin interrupción, cuando se dejó caer en una silla.

Y así durmió y soñó.

Aquel sueño, como la mayor parte de los sueños, no se relacionaba con la situación, sino por algo inexplicable, funesto y doloroso, que le produjo grande impresión. Aquella pesadilla le hirió tan vivamente, que la escribió después. Éste es uno de los papeles que dejó escritos de su puño, y que creemos deber transcribir textualmente.

Fuése lo que fuere aquel sueño, quedaría incompleta la historia de aquella noche, si lo omitiésemos. Es la aventura sombría de un alma enferma.

Hele aquí. En el sobre había escrito este renglón: El sueño que tuve aquella noche.

«Estaba en el campo, en un gran campo triste, escueto, sin hierba. No me parecía que fuése ni de día, ni de noche.

«Paseábame con mi hermano, el hermano de mi infancia, en el cual, debo decir, que no pienso nunca, y á quien casi no recuerdo ya.

«Hablábamos y encontrábamos transeuntes; nos referíamos á una vecina que tuvimos en otro tiempo, la cual, cuando se mudó á una habitación que daba á la calle, trabajaba siempre con la ventana abierta. Y sentíamos frío á causa de estar abierta aquella ventana.

«No había árboles en el campo.

«Vimos un hombre pasar junto á nosotros. Era un hombre desnudo, de color de ceniza, montado en un caballo color de tierra. El hombre no tenía cabellos; veíasele el cráneo y las venas sobre el cráneo. Llevaba en la mano una varita flexible como un sarmiento y pesada como el hierro. Pasó el jinete sin decirnos nada.

«Mi hermano me dijo:

«--Tomemos el camino hondo.

«Había efectivamente un camino hondo, donde no se veía un matorral ni una brizna de hierba. Todo era de color de tierra, incluso el cielo. Andados algunos pasos, advertí que no me respondían cuando hablaba. Volví la cabeza, y vi que mi hermano no estaba ya á mi lado.

«Entré en un pueblecillo que encontré al paso. Supuse que era Romainville (¿por qué Romainville?)[5].

«La primera calle por donde entré estaba desierta. Entré luego en otra. Detrás del ángulo que formaban las dos calles, había un hombre de pie, junto á la pared. Díjele á este hombre:--¿Qué país es éste? ¿Dónde estoy? El hombre no respondió.

«Vi la puerta de una casa abierta y entré.

«La primera habitación estaba desierta. Entré en la segunda. Detrás de la puerta de la estancia había un hombre de pie junto á la pared. Pregunté á este hombre:--¿De quién es esta casa? ¿Dónde estoy? El hombre no respondió tampoco.

«La casa tenía un jardín. Salí de la casa y entré en el jardín. El jardín estaba desierto. Detrás del primer árbol vi á un hombre de pie. Díjele á este hombre:--¿Qué jardín es éste? ¿Dónde estoy?

«El hombre tampoco respondió.

«Vagué por la población, advertí que era una ciudad. Todas las calles estaban desiertas, todas las puertas abiertas. No pasaba un ser viviente por sus calles, ni se encontraba en sus moradas, ni paseaba sus jardines. Pero había detrás de cada esquina, detrás de cada puerta, detrás de cada árbol, un hombre en pie que estaba en silencio. Y no se veía nunca más que uno solo. Aquellos hombres me miraban pasar.

«Salí del pueblo y eché á andar por el campo.

«Poco después, volví la cabeza, y vi una multitud que venía siguiéndome. Reconocí á todos los que había visto en el pueblo. Tenían cabezas extrañas. Parecían no andar aprisa, y sin embargo caminaban más que yo. No hacían ruido alguno al andar. En un instante aquella multitud me alcanzó y rodeó. Los rostros de aquellos hombres eran de color de tierra.

«Entonces el primero, á quien yo había visto é interrogado al entrar en el pueblo, me preguntó:--¿Á dónde vais? ¿No sabéis por ventura que hace ya mucho tiempo que estáis muerto?

«Abrí la boca para responder, y advertí que no había ya nadie junto á mí».

Despertóse. Estaba helado.

Un viento, frío como viento de la mañana, hacía girar en sus goznes las hojas de la venta abierta.

El fuego se había extinguido. La bujía tocaba á su fin. La noche era obscura todavía.

Levantóse y asomó á la ventana. No se veían estrellas en el cielo.

Desde la ventana descubríase el patio de la casa y la calle. Un ruido seco y duro, que resonó de pronto sobre el suelo, le hizo bajar los ojos.

Vió debajo de él dos estrellas rojas, cuyos rayos se prolongaban y recogían caprichosamente en la sombra.

Como su pensamiento estaba medio sumergido todavía en la bruma de los sueños, exclamó:

--¡Calle!--y pensó.--¡No las hay en el cielo, pero sí en la tierra!

Disipóse, sin embargo, aquella turbación; un ruido semejante al primero acabó de despertarle; miró, y conoció que aquellas dos estrellas eran los faroles de un coche. Por la claridad que estos faroles despedían, pudo distinguir la forma del carruaje. Era un tílburi con un caballo blanco. El ruido que acababa de oir eran las patadas del caballo sobre el suelo.

--¿Qué carruaje es ése?--se preguntó.--¿Quién puede venir tan de mañana?

En aquel momento llamaron por lo bajo á la puerta de su cuarto.

Tembló de pies á cabeza, y exclamó en voz terrible:

--¿Quién llama?

Alguien dijo:

--Yo, señor alcalde.

Reconoció la voz de la vieja portera.

--¡Y bien! ¿Qué ocurre?

--Señor alcalde, van á dar las cinco.

--¿Y qué me importa?

--Señor alcalde, está ahí el cabriolé.

--¿Qué cabriolé?

--El tílburi.

--¿Qué tílburi?

--¿No ha encargado el señor alcalde un tílburi?

--No,--dijo él.

--El cochero dice que es para el señor alcalde.

--¿Qué cochero?

--El cochero de maese Scaufflaire.

--¿Maese Scaufflaire?

Este nombre le hizo estremecer, como si un relámpago hubiera cruzado ante sus ojos.

--¡Ah! sí,--repuso.--¡Maese Scaufflaire!

Si la vieja le hubiese podido ver en aquel instante, hubiera quedado espantada.

Siguió un prolongado silencio. Examinaba con aire estúpido la llama de la bujía, entreteniéndose en coger la cera hirviente alrededor del pábilo, arrollándola con sus dedos. La vieja esperó. Después, aventurándose á levantar aún la voz:

--Señor alcalde, ¿qué debo contestar?

--Que está bien; que bajo.

V =Los rayos de las ruedas=

El servicio de postas de Arras á M* sur M* se hacía todavía en aquella época en pequeñas malas del tiempo del imperio. Estas malas eran unos cabriolés de dos ruedas, forrados de cuero leonado por dentro, suspendidos por muelles, sin más que dos asientos, uno para el conductor y otro para un viajero. Las ruedas estaban armadas de esos prolongados cubos ofensivos que obligan á los demás carruajes á mantenerse á distancia, y de los que se ven todavía algunos en los caminos de Alemania. La mala de la correspondencia, inmensa caja oblonga, estaba colocada detrás del cabriolé, formando parte de él. Este cajón estaba pintado de negro y el resto del carruaje de amarillo.

Dichos carruajes, á los que en nada se parecen los de hoy en día, presentaban cierto aspecto deforme y jorobado, de manera que cuando se los veía pasar á lo lejos, y como arrastrándose por alguna carretera en el horizonte, podían compararse á esos insectos, que creemos se llaman «termitas», que con un cuerpo muy pequeño arrastran un gran bulto. Caminaban no obstante, con gran velocidad.

La mala, que salía de Arras todas las noches á la una, después de pasar el correo de París, llegaba á M* sur M* poco antes de las cinco de la madrugada.

Aquella noche la mala que bajaba á M* sur M* por la carretera de Hesdin, golpea, al doblar una calle, en el momento en que entraba en la población, un tílburi pequeño tirado por un caballo blanco, que venía en sentido inverso, en el cual sólo iba una persona, un hombre envuelto en su capote. La rueda del tílburi recibió un golpe bastante fuerte. El conductor gritó á aquel hombre que se parara; pero el viajero no le hizo caso, y continuó su camino al trote largo.

--He aquí un hombre endiabladamente apresurado,--dijo el conductor.

El hombre que así corría era el mismo á quien acabamos de ver luchar interiormente entre convulsiones dignas de lástima.

¿Á dónde iba? No hubiera podido decirlo.

¿Por qué se daba tanta prisa? No lo sabía. Caminaba el azar delante de él. ¿Á dónde? Á Arras sin duda; pero quizá iba también á otra parte. Iba conociéndolo por momentos, y se estremecía. Engolfábase en aquella noche como un remolino de tinieblas. Un algo le empujaba, otro algo le atraía.

Lo que por él pasaba nadie hubiera podido decirlo, pero todo el mundo puede comprenderlo. ¿Qué hombre no ha entrada alguna vez en su vida en la obscura caverna de lo desconocido?

Por lo demás, no había él resuelto nada, nada decidido, nada determinado, nada hecho. Ninguno de los actos de su conciencia había sido definitivo. Se hallaba, más que nunca, como en el primer momento.

¿Por qué, pues, iba á Arras?

Repetíase lo que ya se había dicho al tomar el cabriolé de Scaufflaire:--que cualquiera que debiese ser el resultado, no había de haber inconveniente en ver con sus ojos, en juzgar por sí mismo;--que era ello prudente, pues le convenía saber lo que pasare.--Que no podía decidirse, sin haber observado y escudriñado;--que de lejos todos los objetos se nos hacen montañas, y por último, que después de haber visto al tal Champmatieu, quien sería indudablemente algún miserable, su conciencia quedaría probablemente muy tranquila dejándole ir á presidio en lugar suyo;--que en verdad, allí estarían Javert y los antiguos presidiarios, Brevet, Chenildieu y Cochepaille que le habían conocido, pero de seguro ya no le reconocerían. Que Javert estaba ya fuera de toda sospecha.

Que las conjeturas y las suposiciones se fijaban solamente en aquel Champmatieu, y no hay nada más tenaz que las suposiciones y las conjeturas;--y que no había, por lo tanto, peligro alguno.

Que sin duda era aquél un momento tenebroso, pero que saldría de él; que, después de todo era dueño de su destino, por malo que fuése.

Y que, como dueño, podía disponer de él á su antojo.

Aferrábase á este pensamiento.

Pero en el fondo si hemos de ser sinceros, hubiera preferido no ir á Arras.

Y sin embargo, iba.

Así pensando, arreaba al caballo que corría con ese trote regular y sentado que hace dos leguas y media por hora.

Á medida que el cabriolé avanzaba, sentía en su interior algo que retrocedía.

Al rayar el día estaba en campo raso; la población de M* sur M* se hallaba á larga distancia detrás de él. Miró blanquear el horizonte; miró sin ver, cómo pasaban delante de sus ojos todas las frías figuras de una aurora de invierno.

El alba tiene sus espectros como el crepúsculo, mas él no los veía; pero sin saberlo, y como por una especie de penetración casi física, las negras siluetas de árboles y colinas acrecentaban el estado violento de su alma con algo aún más negro y más siniestro.

Cada vez que pasaba por delante de alguna de aquellas casas aisladas que á veces se encuentran junto al camino, se decía:--¡Y aquí hay gentes que duermen!

El trote del caballo, los cascabeles del arnés, las ruedas sobre la carretera, producían un ruido suave y monótono. Esas cosas resultan agradables cuando uno está alegre, y lúgubres cuando triste.

Era muy entrada la mañana cuando llegó á Hesdin. Paróse delante de un mesón, para dejar rehacer el caballo y darle pienso.

El caballo era, como había dicho Scaufflaire, de esa raza pequeña del Bolonesado, de gran cabeza, gran vientre y poco cuello, pero de pecho abierto, ancha grupa, piernas descarnadas y finas, y pie seguro; raza fea, pero robusta y sana. El excelente bruto había andado cinco leguas en dos horas, y no tenía encima una sola gota de sudor.

Él no había bajado del tílburi. El mozo de cuadra, que traía la avena, se bajó de repente y examinó la rueda izquierda.

--¿Vais así muy lejos?--preguntó el hombre.

Él contestó sin salir de sus meditaciones.

--¿Por qué?

--¿Venís de lejos?--repuso el mozo.

--De cinco leguas de aquí.

--¡Ah!

--¿Por qué decís: ah?

El mozo se inclinó de nuevo, permaneció un instante silencioso, fijándose en la rueda, y después se enderezó, diciendo:

--Es que veo una rueda que puede haber hecho cinco leguas, no lo dudo; pero que de seguro no va hacer ahora un cuarto de legua más.

El viajero saltó del tílburi.

--¿Qué estáis diciendo, amigo?

--Estoy diciendo que es un milagro que hayáis hecho cinco leguas sin ir rodando vos y vuestro caballo en cualquier precipicio del camino real. Mirad.

La rueda, en efecto, estaba muy estropeada. El choque de la silla-correo había roto dos de sus rayos y destrozado el cubo, cuya matriz había saltado de su centro.

--Amigo,--dijo al mozo,--¿hay algún carretero por aquí?

--Sin duda, señor.

--Hacedme el favor de ir por él.

--Está aquí á dos pasos... ¡Eh! ¡maese Bourgaillard!

Maese Bourgaillard, el carretero, estaba en el umbral de su puerta. Se acercó á examinar la rueda, é hizo el gesto de un cirujano que cree rota una pierna.

--¿Podéis componer esta rueda inmediatamente?

--Sí señor.

--¿Cuándo podré seguir mi camino?

--Mañana.

--¡Mañana!

--Hay un jornal largo de trabajo. ¿Tenéis mucha prisa?

--Mucho. Es preciso que vuelva á partir dentro de una hora á lo más.

--Imposible, señor.

--Pagaré lo que se quiera.

--Imposible.

--¡Pues bien! Dentro de dos horas.

--Hoy es imposible. Es preciso hacer nuevos los dos rayos y el cubo. No podéis salir antes de mañana.

--El caso es que no puedo esperar á mañana. ¿Si en vez de componer esa rueda se reemplazase con otra?...

--¿Cómo?

--¿No sois carretero?

--¡Sin duda!

--¿Y no tenéis una rueda que venderme? Así podría partir enseguida.

--¿Una rueda suelta?

--Sí.

--No tengo ninguna á propósito para esta clase de cabriolé. Dos ruedas constituyen un par, y dos ruedas no se juntan siempre á la ventura.

--En ese caso, vendedme un par de ruedas.

--Es que no todas las ruedas se ajustan á todos los ejes.

--Probadlo.

--Es por demás. No tengo para vender más que ruedas de carro. Es éste un país tan pobre.

--¿Tenéis un cabriolé para alquilarme?

El maestro carretero, al primer golpe de vista había conocido que era el tílburi carruaje de alquiler. Y se encogió de hombros.

--¡Cuidáis bien de los carruajes que se os alquilan! si tuviera yo alguno no sería quien os lo alquilase.

--Pero ¿me lo venderíais?

--No lo tengo.

--¡Cómo! ¿Ni un carrito ligero? Ya veis que no es difícil contentarme.

--Es éste un pobrísimo país. Tengo ahí,--añadió el carretero,--una carretela antigua que es de un señor de la ciudad que me la dió á guardar, y que se sirve de ella todos los seis y treinta de cada mes. Ya os la alquilaría, pues no me cuesta nada, pero sería preciso evitar que la viera su dueño; y luego que es, como os he dicho, una carretela, y se necesitan dos caballos para tirar de ella.

--Tomaré dos caballos de posta.

--¿Á dónde vais?

--Á Arras.

--¿Y el señor quiere llegar hoy?

--Precisamente.

--¿Con caballos de posta?

--¿Por qué no?

--¿Os es igual llegar esta noche á las cuatro de la madrugada?

--No, ciertamente.

--Es que, vea usted, hay algo que debe decirse, para encontrar caballos de posta... ¿Traéis pasaporte?

--Sí.

--Pues bien, tomando caballos de posta no llegaréis á Arras antes de mañana. Éste es un camino transversal. Los relevos se sirven mal, los caballos están en los campos. Nos encontramos, además, en época de labranza; se necesitan muchas yuntas, y se toman cuantos caballos se encuentran, así los de posta como los otros. Tendréis que esperar, á lo menos, tres ó cuatro horas en cada relevo. Y luego, no podréis andar sino al paso. Hay que subir tantas cuestas.

--Entonces iré á caballo. Desenganchad el cabriolé. ¿Se encontrará una silla en el pueblo?

--Sin duda, pero ¿sufre la silla este caballo?

--Es verdad, vos me recordáis que no la sufre.

--Entonces...

--¿Pero se encontrará fácilmente en la población, un caballo de alquiler?

--¡Un caballo para ir á Arras de una tirada!

--Sí.

--Es preciso un caballo como no se encuentran por aquí. Tendríais que comprarlo, porque no siendo conocido. Pero ¡Ca! ¡ni vendido ni alquilado, por quinientos ni por mil francos lo encontraréis!

--¿Qué hacer, entonces?

--Lo mejor que podéis hacer, y os lo digo á fe de hombre honrado, es que yo recomponga la rueda, y que dejéis el viaje para mañana.

--Mañana sería tarde.

--¡Diantre!

--¿No pasa por aquí el correo de Arras?

--¿Á qué hora?

--Por la noche. Los dos hacen el servicio de noche, así el que sube como el que baja.

--¿Y es indispensable emplear todo un día para componer esta rueda?

--Un día largo; como os he dicho.

--¿Y poniéndose á trabajar dos oficiales?

--¡Aún que se pusieran diez!

--¿Si atáramos los rayos con cuerdas?

--Los rayos sí, pero no el cubo. La llanta está echada á perder.

--¿No hay quien alquile coches en el pueblo?

--No.

--¿Hay otro carretero?

El mozo de cuadra y el maestro carretero contestaron á un tiempo moviendo la cabeza:

--No.

El viajero se alegró inmensamente.

Era que la Providencia le detenía, al parecer, en su camino. Ella había roto la rueda del tílburi. Sin embargo, no queriendo rendirse al primer aviso, acababa de hacer todos los esfuerzos posibles para continuar el viaje; había, leal y escrupulosamente, puesto cuantos medios tenía á su alcance; no había retrocedido ante los elementos, ante la fatiga ni los dispendios; nada tenía que reprocharse. Si no adelantaba más, no era culpa suya. No era suya la falta de su detención; era un hecho providencial.

Respiró. Respiró libremente á todo pulmón por vez primera, después de la visita de Javert. Parecíale que la mano de hierro que le oprimía el corazón hacía veinte horas, acababa de dejarle en libertad.

Y pareciéndole que Dios le protegía á sazón, díjose á sí mismo:

Que habiendo hecho cuanto había podido, no tenía más sino volver tranquilamente sobre sus pasos.

Si su conversación con el carretero hubiese tenido lugar en una de las habitaciones de la posada, si no hubiese habido testigos, si nadie la hubiese oído, todo habría tal vez terminado allí y es muy probable que no hubiéramos narrado ninguno de los acontecimientos que se van á leer; pero la conversación fué tenida en la calle. Todo coloquio en la calle produce inevitablemente un corro. Hay siempre gentes dispuestas á hacer de espectadores. Durante su conversación con el carretero, se habían detenido varios transeuntes alrededor de ellos. Después de haber estado escuchando algunos minutos, un muchacho, en el cual nadie se había fijado, se separó del grupo echando á correr.

En el momento en que el viajero, después de la deliberación interior que hemos indicado, tomaba la resolución de retroceder, volvió el muchacho. Venía acompañado de una vieja.

--Señor,--dijo la vieja,--me ha dicho el chico que queréis alquilar un cabriolé.

Estas simples palabras, pronunciadas por una vieja acompañada de un muchacho, le hicieron trasudar. Creyó ver en las sombras la mano que le había soltado, dispuesta á cogerle de nuevo.

Y díjole á la vieja:

--Sí, buena mujer, necesito alquilar un cabriolé.

Apresurándose á añadir:

--¿Pero no hay ninguno en este pueblo?

--Sí lo hay,--dijo la vieja.

--¿Dónde está?--repuso el carretero.

--En mi casa,--replicó la vieja.

Estaba temblando. La mano fatal le acababa de asir nuevamente.

La vieja tenía, en efecto, bajo un cobertizo, una especie de calesín cubierto de mimbre. El carretero y el mozo de la posada, temiendo que se les escapara el viajero, intervinieron.

--Es un mal carro;--Apoyado sobre el eje;--Es cierto que los asientos están suspendidos por correas;--Lloverá dentro de él como bajo una criba;--Las ruedas tomadas y enmohecidas por la humedad;--No iréis con él mucho más allá de lo que iríais con el tílburi;--¡Es una carreta!--¡Pues no se divertiría poco este señor, embarcándose en él!--etc., etc.

Todo aquello podía ser verdad, pero aquel carro, aquel calesín, aquella carreta, ó lo que fuése, tenía dos ruedas con que poder ir á Arras.

Pagó lo que quisieron, dejó el tílburi para que el carretero se lo tuviese arreglado á su vuelta, hizo enganchar el caballo blanco al calesín, y subiendo en él, emprendió nuevamente la ruta que venía siguiendo desde por la mañana.

En cuanto se puso en movimiento el calesín, confesóse que había sentido cierta alegría al pensar que no iría más allá. Examinó entonces aquella alegría con cierta cólera, y la encontró absurda. ¿Por qué había de alegrarse de retroceder? Puesto que, después de todo, hacía el viaje libremente. Nadie le obligaba á ello.

Y seguramente, nada había de acontecerle que él no quisiera.

Cuando salía ya de Hesdin, oyó una voz que le gritaba: «¡Deteneos! ¡deteneos!». Detuvo efectivamente el calesín, con un movimiento vivo y rápido en el que había aún algo de febril y convulsivo, parecido á la esperanza.

Era el chico de la vieja.

--Señor,--le dijo,--yo soy quien os ha proporcionado el calesín.

--¿Y qué?

--Que nada me habéis dado.

Él, que daba á todo el mundo fácilmente, encontró aquella pretensión exorbitante y odiosa.

--¡Ah! ¿eres tú perillán? díjole, ¡pues no hay de qué!

Y arreando el caballo, partió al trote largo.

Había perdido demasiado tiempo en Hesdin y quería ganarlo. El caballito era valiente y tiraba por dos; pero corría el mes de febrero, había llovido, y estaban los caminos perdidos. Además, aquello no era el tílburi. El calesín era más duro y pesado, y había muchas pendientes que subir.

Necesitó cerca de cuatro horas para ir de Hesdin á Saint-Pol. Cuatro horas para cinco leguas.

En Saint-Pol desenganchó en la primera posada que encontró, é hizo conducir el caballo á la cuadra. Como se lo había prometido á Scaufflaire, se estuvo junto al pesebre mientras comió el caballo. Pensando en mil cosas tristes y confusas.

La posadera entró en la cuadra.

--¿No quiere el señor almorzar?--preguntó.

--¡Y es verdad!--exclamó él;--tengo buen apetito.

Siguió á aquella mujer de figura agradable y airosa, que lo condujo á una sala baja en la que había varias mesas cubiertas de tela encerada en lugar de manteles.

--Despachad pronto,--dijo él;--es preciso que emprenda nuevamente la marcha; llevo mucha prisa.

Una gruesa muchacha flamenca le puso enseguida cubierto. Admiró en la joven la verdadera expresión del bienestar.

--Esto es lo que yo sentía,--pensó;--no haber almorzado.

Sirviósele, cogió el pan, tomó un bocado, volviendo luego á dejarlo sobre la mesa sin volverlo á tocar.

Un carretero estaba comiendo en otra mesa. Díjole nuestro viajero á este hombre:

--¿Por qué es tan amargo este pan?

El carretero, que era alemán, no entendió lo que se le decía.

El viajero se volvió á la cuadra con su caballo.

Una hora después había salido de Saint-Pol dirigiéndose á Tinques, que dista sólo cinco leguas de Arras.

¿Qué hacía él durante el trayecto? ¿En qué pensaba? Al igual, que la mañana, miraba pasar los árboles, los techos de las cabañas, los campos cultivados, y los cambios del paisaje, que variaba á cada curva del camino.

Es ésta una contemplación que satisface el alma muchas veces, disponiéndola á meditar. Ver mil objetos por primera y última vez, ¿puede haber algo más meláncolico y profundo? Viajar, es nacer y morir á cada instante. Tal vez en la región más vaga de su espíritu, hacía comparaciones entre aquellos mudables horizontes y la existencia humana. Todas las cosas de la vida son una huida continuada delante de nosotros.

Todas las cosas en la vida huyen perpetuamente ante nosotros. Después de un deslumbramiento, un eclipse; se mira, se corre, se alargan las manos para asir lo que pasa; cada evento es una curva del camino, y de súbito se encuentra uno viejo. Siéntese como una sacudida, todo es negro; se distingue una puerta obscura. El sombrío caballo de la vida, que nos arrastra, se para. Y vemos á alguno, velado y desconocido, que le desengancha en las tinieblas.

Empezaba á caer el crepúsculo en el momento en que unos muchachos, que salían de la escuela, vieron entrar al viajero en Tinques. Es verdad que se estaba todavía en los días cortos del año. No se detuvo en Tinques. Al salir por el otro extremo de la población, un peón caminero que engravaba la carretera, levantó la cabeza y dijo:

--¡Vaya un caballo fatigado!

El pobre animal, en efecto, no andaba sino al paso.

--¿Vais tal vez á Arras?--añadió el caminero.

--Sí.

--Siguiendo este paso no llegaréis muy temprano.

Detuvo el caballo y preguntó al caminero:

--¿Cuánto falta todavía de aquí á Arras?

--Cerca de siete leguas largas.

--¡Cómo! La guía de postas no marca más que cinco y cuarto.

--¡Ah!--respondió el peón.--¿Entonces no sabéis que se está componiendo el camino? Á un cuarto de legua de aquí le encontraréis cortado. No hay medio de seguir adelante.

--¿De veras?

--Tomad allí por la izquierda, el camino que va á Carency; pasaréis el río, y al llegar á Camblin, tomáis á la derecha; allí cruza el camino de Mont-Saint Eloy, que va á Arras.

--Pero viene la noche y me perderé.

--¿No sois del país?

--No.

--Y además, todo es camino de travesía. Atended, señor,--repuso el caminero:--¿queréis tomar mi consejo? Vuestro caballo va muy cansado, quedaos en Tinques; hay muy buena posada. Dormís en ella, y mañana podréis ir á Arras.

--Es preciso que llegue allí esta noche.

--Eso es otra cosa. En este caso, id de todos modos á la posada y tomad un caballo de refuerzo. El muchacho que le conduzca os servirá de guía.

Siguió el consejo del peón. Volvióse atrás, y media hora después pasó por el mismo sitio á trote largo, con un buen caballo que reforzaba al suyo.

Un mozo de cuadra, que se titulaba postillón, iba sentado en las varas del calesín.

Sin embargo conocía que perdía tiempo.

Había caído ya por completo la noche.

Entraron en la travesía. El camino era malísimo. El carruaje saltaba de un bache á otro. Dijo él al postillón:

--Siempre al trote, y doble propina.

En uno de los vaivenes rompióse el balancín.

--Señor, dijo el postillón, se ha roto el balancín, y no sé cómo enganchar mi caballo. Esta travesía es muy peligrosa de noche; si quisiérais volveros á dormir á Tinques esta noche, mañana muy temprano podríamos estar en Arras.

Él le respondió:

--¿Tienes un cabo de cuerda y un cuchillo?

--Sí, señor.

Cortó él entonces una rama de árbol é hizo un balancín.

Esto fué otra pérdida de veinte minutos; pero volvieron á partir al galope.

La llanura estaba tenebrosa. Una niebla baja, reducida y negra, parecía trepar por las colinas, desprendiéndose como el humo. Distinguíanse puntos blanquecinos entre las nubes. Un fuerte viento, que venía del mar, producía en todas las cavidades del horizonte un ruido semejante al de remover muebles. Todo cuanto entreveía se le presentaba terrorífico. ¡Cuántas cosas tiemblan al impulso de los soplos de la noche!

El frío le penetraba. Nada había comido desde la víspera. Recordaba vagamente su otro viaje nocturno por la gran llanura de las cercanías de D***, hacía ocho años, y le parecía cosa de ayer.

Oyó dar horas en un campanario lejano, y le preguntó al mozo:

--¿Qué hora es ésta?

--Las siete, señor; á las ocho estaremos en Arras. Ya no nos faltan más que tres leguas.

Por primera vez hizo entonces esta reflexión, pareciéndole extraño no se le hubiese ocurrido antes:

Que era quizá inútil tanta molestia como se tomaba; que no sabía siquiera á qué hora se veía la causa, que debería al menos haberse informado de ello; que era una extravagancia el seguir adelante, sin saber si aquello serviría para algo.--Después formó confusamente algunos otros cálculos en su espíritu:--Que ordinariamente las vistas del tribunal penal comenzaban á las nueve de la mañana; que el proceso no debía ser largo; que el debate sobre el robo de las manzanas sería muy corto; que lo más que habría luego sería cuestión de identificar la persona, cuatro ó cinco declaraciones y algunas breves palabras de parte de los abogados; ¡que llegaría tal vez cuando ya estaría todo terminado!

El postillón arreaba sus caballos. Habían pasado el río y dejado detrás á Mont Saint Eloy.

La noche aumentaba más y más su obscuridad.

VI =Sor Simplicia puesta á prueba=

Sin embargo, en aquel momento mismo, Fantina estaba alegre.

Había pasado muy mala noche. Tos horrible, recrudecimiento de fiebre, y delirio. Por la mañana, cuando la visitó el médico la encontró delirando, éste se alarmó y encargó que le avisasen en cuanto regresara el señor Magdalena.

Fantina estuvo triste toda la mañana, habló poco, y se entretuvo en hacer dobleces en las sábanas, repitiendo cálculos en voz baja que parecían como cálculos de distancias. Sus ojos estaban hundidos y fijos. Parecían casi apagados, pero brillaban á intervalos, resplandeciendo como estrellas.

Parece que al acercarse cierta hora sombría, la claridad del cielo inunda á aquéllos á quienes abandona la claridad de la tierra.

Cada vez que sor Simplicia le preguntaba cómo estaba respondía invariablemente:--Bien. Yo quisiera ver al señor Magdalena.

Algunos meses antes, en el momento en que ella acababa de perder el último resto de pudor, de vergüenza y de alegría, era aún la sombra de sí misma; á la sazón no era más que su espectro. El mal físico había completado la obra del mal moral. Aquella criatura de venticinco años tenía la frente arrugada, las mejillas lacias, la nariz afilada, los dientes descarnados, el color plomizo, el cuello huesoso, las clavículas salientes, los miembros demacrados, la piel terrosa, y sus cabellos rubios mezclados con algunos blancos. ¡Ah! ¡Cómo anticipan la vejez las enfermedades!

Al medio día volvió el médico, dió algunas prescripciones, preguntó si había el señor alcalde vuelto á la enfermería, y movió tristemente la cabeza.

El señor Magdalena acostumbraba ir diariamente á las tres á ver á la enferma; y como la exactitud era entonces bondad, era exactísimo.

Á eso de las dos y media, comenzó Fantina á manifestarse agitada. En el espacio de veinte minutos preguntó más de diez veces á la religiosa:

--¿Hermana mía, qué hora es?

Dieron las tres. Á la tercera campanada, Fantina se sentó en la cama, ella que apenas podía moverse dentro el lecho, cruzó convulsivamente sus descarnadas y amarillentas manos, y la hermana oyó salir de su pecho uno de esos suspiros profundos que parecen levantar un gran peso de angustia. Después Fantina se volvió y miró á la puerta.

Nadie entró; la puerta no se abrió.

Permaneció así un cuarto de hora, fijos los ojos en la puerta, inmóvil y como reteniendo el aliento. La hermana no se atrevía á hablarle. El reloj de la iglesia dió las tres y cuarto. Fantina se dejó caer de nuevo en su almohada.

No dijo una palabra, y volvió á hacer dobleces en la sábana.

Pasóse media hora, pasóse una, y nadie apareció; cada vez que el reloj sonaba, incorporábase Fantina y miraba hacia la puerta; después volvía á dejarse caer.

Adivinábase claramente su pensamiento; pero ella no pronunciaba nombre alguno, ni se quejaba, ni acusaba á nadie.

Solamente tosía de una manera lúgubre. Hubiérase dicho que algo obscuro iba descendiendo sobre de ella. Estaba lívida, y tenía los labios azulados, sonriendo á cada instante.

Dieron las cinco. Entonces oyó la hermana cómo decía en voz muy baja y dulce acento:--¡Ya que me iré mañana, hace mal en no venir hoy!

La misma sor Simplicia estaba admirada de la tardanza del señor Magdalena.

En tanto Fantina miraba al cielo de la cama, pareciendo como que quisiera recordar algo.

De repente se puso á cantar con voz débil como un suspiro. La hermana se puso á escuchar.

He aquí lo que cantó Fantina:

Compraremos muchas y muy bellas cosas Viendo de las calles lo más principal Azul es el lirio, rosadas las rosas, Azul es el lirio, que dulce es amar. La Virgen María con manto bordado Ayer vino á verme en mi pobre hogar, Y me dijo:--Mira, bajo el velo traigo El niño que un día viniste á implorar. --Á la ciudad pronto, corriendo, volando, Comprad lienzo, agujas, hilos y dedal.

Compraremos muchas y muy bellas cosas Viendo de las calles lo más principal.

Buena y santa virgen del manto bordado Arreglé una cuna, con cintas, sin par; Y aunque Dios la estrella de más vivos rayos Me diera prefiero lo que tú me das. --¿De todo este lienzo, señora, qué hago? --Al recién nacido hacedle el ajuar.

Azul es el lirio, rosadas las rosas, Azul es el lirio, que dulce es amar.

Lavad este lienzo.--¿En dónde?--En el río. Y haced sin mancharlo, romper, ni arrugar, Una hermosa falda con su cuerpecito, Que con muchas flores la quiero bordar. --¿Qué haremos, señora, faltando aquí el niño? --Haced mi sudario, llevadme á enterrar.

Compraremos muchas y muy bellas cosas Viendo de las calles lo más principal, Azul es el lirio, rosadas las rosas, Azul es el lirio, que dulce es amar.

Esta canción era una antigua romanza de nodriza con que ella acostumbraba, en otro tiempo, dormir á su pequeña Cosette y que no había vuelto á presentarse á su imaginación en los cinco años que se habían pasado sin ver á su hija.

Cantaba esto con voz tan triste y con tan dulce acento, que era bastante á hacer llorar á la misma religiosa. La hermana, acostumbrada á cosas austeras, sintió asomar una lágrima.

El reloj dió las seis. Fantina pareció no oir, como parecía no prestar atención á nada de lo que pasaba junto á ella.

Sor Simplicia envió una criada de la enfermería á preguntar á la portera de la fábrica si había regresado el señor alcalde y si subiría luego. La muchacha volvió á los pocos minutos.

Fantina continuaba inmóvil, y parecía prestar sólo atención á sus ideas.

La criada contó, muy por lo bajo á sor Simplicia, que el señor alcalde había salido por la mañana antes de las seis, á pesar del frío que hacía, en un tílburi tirado por un caballo blanco; que iba solo, sin cochero; que ignoraba el camino que había tomado; que algunos decían haberle visto por la carretera de Arras, y otros aseguraban haberle encontrado en la de París. Que al despedirse había estado tan amable como siempre, y únicamente había dicho á la portera, que no se le esperase aquella noche.

Mientras las dos mujeres, de espaldas á la cama de Fantina, cuchicheaban, la hermana preguntando y conjeturando la criada, Fantina con aquella viveza febril propia de ciertas enfermedades orgánicas, que mezcla los movimientos libres de la salud á la espantosa demacración de la muerte, se había puesto de rodillas sobre la cama, con las manos crispadas, apoyándose sobre la almohada, y asomando la cabeza por entre la abertura de las cortinas; estaba escuchando. De repente exclamó:

--¡Estáis hablando del señor Magdalena! ¿Por qué habláis tan bajo? ¿Qué es lo que hace? ¿Por qué no viene?

Su acento era tan brusco y tan ronca su voz, que las dos mujeres, creyendo oir una voz de hombre, volviéronse asustadas.

--¡Respondedme!--exclamó Fantina.

La criada balbuceó:

--La portera me ha dicho que no podría venir hoy.

--Hija mía,--dijo la hermana,--estad tranquila, y volveos á echar.

Fantina, sin cambiar de actitud, repuso en voz alta, con acento imperioso y desgarrador á un tiempo:

--¿No podrá venir? ¿Y por qué? Vosotras sabéis el motivo, lo estabais cuchicheando entre ambas. Quiero saberlo.

La criada se apresuró á decirle al oído á la hermana:

--Decid que está ocupado en asuntos municipales.

Sor Simplicia se ruborizó ligeramente; lo que la criada le proponía era una mentira y por otra parte, le parecía que de decir la verdad á la enferma podría sin duda acarrearle un golpe terrible, lo cual era harto grave, dado el estado en que se hallaba Fantina. Este rubor duró poco. La religiosa levantó sobre Fantina sus ojos tristes y serenos, y la dijo:

--El señor alcalde se ha ausentado.

Fantina se incorporó y sentóse sobre sus talones. Sus ojos centellearon. Una alegría infinita se trasparentó en aquella fisonomía dolorida.

--¡Se ha ausentado!--exclamó.--¡Ha ido á buscar á Cosette!

Luego elevó sus dos manos hacia el cielo, y todo su rostro se mostró inefable. Sus labios se movían; oraban en voz baja.

Cuando acabó la oración, dijo á la hermana:

--¡Hermana mía!--exclamó,--voy á echarme de nuevo, y á hacer todo lo que me mandéis; ahora mismo he sido mala, he levantado la voz, y os pido perdón; es muy feo hablar alto, ya lo sé, pero mi buena hermana, ya lo veis, ¡estoy tan contenta! Dios es bueno, el señor Magdalena es bueno; figuraos que ha ido á buscar á mi niña, á Cosette á Montfermeil.

Volvióse á acostar, ayudando á la hermana á arreglar la almohada, y besó una crucecita de plata que llevaba al cuello, la cual le había regalado sor Simplicia.

--Hija mía,--dijo la hermana,--procurad ahora descansar, y no habléis.

Fantina cogió entre sus manos húmedas la mano de la hermana; ésta procuraba ocultar la pena que le causaba aquel sudor.

--Ha salido esta mañana para ir á París. En rigor, no tiene necesidad de pasar por París. Montfermeil está un poco á la izquierda viniendo hacia acá. ¿Recordad cómo me decía ayer, cuando yo le hablaba de Cosette: Pronto, pronto? Es una sorpresa que quiere darme. ¿Entendéis? Él me hizo firmar una carta para sacarla de manos de los Thénardier. No tendrán nada que decir, ¿no es verdad? Entregarán á Cosette puesto que se les ha pagado. Las autoridades no permitirían que se guardaran la criatura habiéndoles pagado. Hermana, no me hagáis señas para que deje de hablar. Soy tan extremadamente feliz; ya me siento muy bien, no tengo mal alguno, voy á ver nuevamente á Cosette; creo que tengo hambre. Hace más de cinco años que no la he visto. ¡Vos no podéis figuraros cuánto atraen los hijos! Y luego, ¡estará tan hermosa, ya la veréis! ¡Si supiérais, tiene unos dedos tan lindos y rosados! Ahora tendrá tan bonitas manos. De un año las tenía tan chiquitas. Ahora estará muy crecida. ¡Tiene ya siete años! Es una señorita. Yo la llamo Cosette, pero se llama Eufrasia. Mirad, esta mañana estaba yo mirando el polvo que hay sobre la chimenea, y se me ha ocurrido la idea de que vería pronto á Cosette. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Qué triste es dejar pasar los años sin ver una á sus hijos! ¡deberíamos reflexionar que no es la vida eterna! ¡Ay! ¡Qué bien ha hecho el señor alcalde yendo por ella!... ¿No es verdad que hace mucho frío? ¿ha llevado, al menos, su capote? Mañana estará de vuelta, ¿no es verdad? mañana será día de fiesta. Mañana por la mañana, hermana mía, os acordaréis de hacerme poner mi gorrita guarnecida de encajes. Montfermeil es un pueblo. He recorrido á pie este camino en otros tiempos. Es una gran distancia para mí. Pero las diligencias van muy aprisa. Mañana estará aquí con mi Cosette. ¿Cuánto hay de aquí á Montfermeil?

La hermana, que no tenía la menor idea de las distancias, respondió: --¡Oh! Ya lo creo que podrá estar aquí mañana.

--¡Mañana! ¡Mañana!--dijo Fantina.--¡Veré á Cosette mañana! Veis, buena hermana del Dios bueno, ya no estoy mala. Estoy loca. Y creo que si quisiera, bailaría.

Cualquiera que la hubiera visto un cuarto de hora antes, no se hubiera dado cuenta de lo que veía. Estaba sonrosada, hablaba en voz clara y natural, todo sonreía en ella. Á veces se reía hablando en voz baja. Alegría de madre, es casi alegría de niño.

--Bien, bien,--repuso la religiosa;--toda vez que sois dichosa, obedecedme y no habléis más.

Fantina dejó caer la cabeza sobre la almohada, y dijo á media voz:

--Sí, échate, sé prudente, que vas á ver á tu hija. Tiene razón sor Simplicia. Todos en esta casa tienen razón.

Después, sin moverse, sin menear la cabeza, se puso á mirar á todas partes, abiertos sus grandes ojos, con aire complacido y sin decir una palabra más.

La hermana corrió las cortinas creyendo que se dormiría.

Entre siete y ocho llegó el médico. No oyendo el menor ruido, creyó que Fantina dormía, y entró con cuidado, acercándose de puntillas á la cama.

Llegó, separó las cortinas, y á la luz de la lamparilla, vió los grandes y serenos ojos de Fantina que le contemplaban.

Díjole ella:--Señor, ¿no es verdad que se me permitirá que la acueste á mi lado en una camita?

El médico creyó que deliraba. Ella añadió:

Vedlo, hay justamente el sitio necesario.

El médico llamó aparte á sor Simplicia, que se lo explicó todo; esto es, que el señor Magdalena se había ausentado por uno ó dos días, y que en la duda no habían creído deber desengañar á la enferma, que estaba en la creencia de que el señor alcalde había ido á Montfermeil, pues que estaba en lo posible que lo hubiese adivinado. El médico aprobó. Y al volver á acercarse á la cama, Fantina añadió:

--Ya veréis, cuando despierte por la mañana le daré los buenos días á mi pobre niña, y por la noche, como yo no duermo, la veré dormir. Su tranquila y dulce respiración me hará un gran bien.

--Dadme la mano,--dijo el médico.

Alargóle el brazo, y exclamó sonriendo:

--¡Ah! Es verdad; ¡no lo sabéis! Ya estoy buena. Cosette llega mañana.

El médico se quedó sorprendido. Estaba mejor. La opresión había disminuido. El pulso había recobrado fuerza. Una especie de vida ficticia reanimaba aquel pobre ser desfallecido.

--Señor doctor,--repuso ella.--¿La hermana os habrá dicho que el señor alcalde ha ido á buscar el ratoncillo?

El médico recomendó el silencio, y que se procurase evitar toda emoción penosa. Prescribió una infusión de quina pura, y para el caso de repetirse la calentura por la noche, una poción calmante. Al marcharse dijo á la hermana:

--Esto va mejor. Si tuviéramos la suerte de que en efecto llegase mañana el señor alcalde con la niña, ¿quién sabe? Hay crisis tan asombrosas, se han visto curas producidas por grandes alegrías... y aunque sé que es ésta una enfermedad orgánica, ya muy adelantada; ¡hay tanto de misterioso en todo! Que, entra en lo posible que se salve.

VII =El viajero al llegar toma sus precauciones para volverse=

Eran cerca de las ocho de la noche cuando el calesín que hemos dejado en camino, entraba por la puerta-cochera de la casa de Postas de Arras. El hombre á quien hemos seguido hasta este momento, se apeó, respondió con aire distraído á las atenciones de los criados de la posada, despidió al postillón con su caballo de refuerzo, conduciendo por sí mismo el caballito blanco á la cuadra; después empujó la puerta de una sala de billar que estaba en el piso bajo, y se sentó, apoyando los codos sobre una mesa. Había empleado catorce horas en aquel trayecto que creía recorrer en seis. Hacíase la justicia de creer que no era por culpa suya, aunque en el fondo no le disgustase.

Entró la posadera:

--¿Va á pasar aquí la noche el señor? ¿Va á cenar?

Él hizo un signo de cabeza negativo.

--El mozo de cuadra ha dicho que el caballo del señor está muy cansado.

En esto rompió el silencio:

--¿Es que no podrá el caballo emprender la vuelta mañana temprano?

--¡Oh, señor! Necesita á lo menos dos días de descanso.

Y él preguntó:

--¿No está aquí la administración de postas?

--Sí, señor.

La posadera le acompañó al despacho; manifestó allí su pasaporte y se informó de si había medio de volverse aquella misma noche á M* sur M* con el coche correo. Justamente el único asiento al lado del conductor estaba desocupado; y lo tomó, pagándolo inmediatamente.

--Caballero,--le dijo el encargado,--no faltéis para salir puntualmente á la una.

Hecho esto, salió de la posada y empezó á andar por la ciudad.

No conocía Arras; las calles estaban obscuras; caminaba al azar. Sin embargo, parecía obstinarse en no preguntar á los transeuntes. Atravesó el riachuelo Crinchon, y encontróse en un dédalo de calles estrechas, en que se perdió. Pasaba un artesano con un farol. Después de vacilar bastante, decidióse á preguntar al artesano, no sin haber mirado antes á su alrededor como temeroso de que fuése oído lo que iba á preguntar:

--Señor,--dijo;--¿el palacio de Justicia, si os place?

--No sois de la ciudad, señor,--respondió el hombre, que era un buen anciano.--Seguidme si gustáis. Yo voy también allá, es decir, á la prefectura, que es donde ahora se reúnen provisionalmente los jueces, mientras se están reparando las salas de justicia.

--¿Y es allí,--preguntó,--donde se reúnen también los jurados?

--Sin duda. Lo que es hoy la prefectura, era el palacio episcopal antes de la revolución. El señor Conzié, que era obispo en 1782, hizo construir una gran sala. Y es en esta gran sala donde se juzga.

Siguiendo su camino, le dijo el artesano:

--Si se trata de un proceso, es ya algo tarde. Generalmente las vistas concluyen á las seis.

Sin embargo, al llegar á la plaza mayor, le enseñó el artesano cuatro grandes ventanas iluminadas en la fachada de un vasto y tenebroso edificio.

--Á fe mía que llegáis á tiempo,--añadió;--habéis tenido suerte. ¿Veis esas cuatro ventanas? Ahí está el tribunal de los jurados. Hay luz; luego no han concluido todavía. Será negocio largo, y habrá sido preciso continuar la audiencia de noche. ¿Tenéis interés en la causa? ¿Es tal vez un proceso criminal? ¿sois acaso testigo?

El forastero respondió:

--No vengo por causa alguna, tengo sólo que hablar á un abogado.

--Eso es distinto,--dijo el artesano.--Mirad, señor, la puerta es aquella ahí donde está el centinela. No tenéis más que subir por la escalera principal.

Bastáronle las indicaciones del artesano, y pocos minutos después se hallaba en una sala donde había mucha gente, y mezclados en los grupos varios abogados con toga, cuchicheando acá y allá.

Es siempre una cosa que oprime el corazón, ver esos grupos de hombres vestidos de negro murmurando entre ellos en voz baja á la puerta de las salas de justicia. Es muy raro que de todas aquellas bocas salgan palabras de caridad y lástima. Lo que sí sale con bastante frecuencia son condenas anticipadas. Semejantes grupos se presentan al observador, que pasa y raciocina como otras tantas colmenas sombrías, ó como espíritus zumbadores que fabrican en común toda especie de edificios tenebrosos.

Aquella sala, espaciosa y alumbrada por una sola lámpara, era una antigua galería del palacio episcopal, que servía de antecámara. Una puerta de dos hojas, cerrada en aquel momento, la separaba de la gran sala donde estaba reunido el tribunal de jurados.

La obscuridad era tal, que no temió él dirigirse al primer abogado que encontró.

--Caballero,--le dijo;--¿en qué están?

--Ya han concluido,--respondió el abogado.

--¡Concluido!

Esta palabra fué repetida con un acento tan singular, que el abogado se volvió.

--Perdonad, señor mío: ¿sois acaso algún pariente?

--No. No conozco aquí á nadie. ¿Ha habido condena?

--Sin duda. No podía ser otra cosa.

--¿Presidio?...

--Para toda la vida.

--Y,--repuso él, con voz tan débil que apenas se le oyó:--¿Se ha probado entonces la identidad?

--¡Qué identidad!--replicó el abogado.--No había identidad alguna que probar. El asunto era claro. Esa mujer había matado á su hijo, y se ha probado el infanticidio. Desechado por el jurado el cargo de premeditación, ha sido condenada de por vida.

--¿Pero es una mujer?--dijo él.

--Ciertamente: la joven Limosin. ¿De qué me habláis entonces?

--De nada, pero toda vez que han concluido, ¿por qué está todavía la sala iluminada?

--Para otro proceso, que ha comenzado hace unas dos horas.

--¿Qué otro proceso?

--¡Oh! Es otro proceso muy claro también: un truhán, un reincidente, un presidiario que ha cometido un robo. No sé á punto fijo su nombre; pero tiene cara de verdadero criminal. Sólo por tener la cara que tiene, le mandaba yo á presidio.

--Señor,--preguntó él.--¿No hay medio de entrar en la sala?

--No lo creo; hay mucha gente. Sin embargo, se ha suspendido la audiencia y han salido afuera muchos. Tal vez al volverse á abrir la puerta podáis penetrar. Probadlo.

--¿Por dónde se entra?

--Por esa puerta grande.

El abogado se separó.

En algunos instantes, casi á un mismo tiempo, había experimentado todas las emociones posibles. Las palabras de aquel indiferente le habían, atravesado alternativamente el corazón como agujas de hielo y como hojas de fuego. Cuando supo que aún no había terminado la causa, respiró; pero no hubiera podido decirse si era ello manifestación de alegría ó de dolor.

Acercóse á varios grupos para oir qué decían.

Habiendo gran número de causas pendientes, el presidente del tribunal había señalado, para aquella noche, dos de las más sencillas y breves. Se había comenzado por la de infanticidio, y se estaba ahora en la del presidiario, el reincidente, el «caballo de retorno». Este individuo había robado unas manzanas; pero no parecía el hecho bien probado, pero lo que sí lo estaba era que había sido presidiario en Tolón, y ello era lo que daba mal aspecto á su causa. Había terminado el interrogatorio y la declaración de testigos; pero faltaban todavía la acusación del fiscal y la defensa del abogado, lo cual no terminaría antes de las doce de la noche. El acusado saldría probablemente condenado: el fiscal era de los buenos, y no se le escapaba ninguno de sus reos; era un chico de provecho que hacía versos.

Un ujier estaba de pie junto á la puerta que daba entrada á la sala de los jurados. El viajero preguntó al ujier:

--¿Se abrirá pronto la puerta?

--No se abrirá ya,--dijo el ujier.

--¿Cómo? ¿No se volverá á abrir cuando continue la audiencia? ¿Pues no se ha suspendido?

--Se ha suspendido y ha vuelto á continuar,--respondió el portero;--pero no se abrirá la puerta.

--¿Por qué?

--Porque está llena la sala.

--¡Y qué! ¿No hay sitio alguno?

--No, señor. La puerta está cerrada. Nadie puede entrar ya.

El ujier añadió después de un instante de silencio:--Hay todavía dos ó tres sitiales detrás del señor presidente; pero no son admitidos allí sino los funcionarios públicos.

Y esto diciendo volvió la espalda.

Retiróse el forastero cabizbajo; atravesó la antecámara y bajó la escalera lentamente, como vacilando á cada peldaño. Es probable que tuviese consejo consigo mismo. La lucha violenta que se verificaba en su interior desde la víspera, no había terminado, y á cada momento surgía una nueva peripecia. Al llegar á la meseta de la escalera se arrimó á la baranda y se cruzó de brazos. De pronto desabrochó su levita, sacó su cartera, tomó el lápiz, arrancó una hoja, y escribió rápidamente en ella, á la luz del farol, este renglón: Magdalena alcalde de M* sur M*. Volvió á subir después á grandes pasos la escalera, atravesó la muchedumbre, se dirigió al ujier y le entregó el papel, diciéndole con autoridad:

--Entregad esto al señor presidente.

El ujier tomó el papel, le miró, y obedeció enseguida.

VIII =Entrada de favor=

Sin él imaginárselo, había adquirido el alcalde de M* sur M* cierta celebridad. Hacía siete años que su reputación de virtuoso llenaba todo el bajo Bolonesado, y había acabado por traspasar los límites de aquella pequeña comarca, extendiéndose por dos ó tres departamentos vecinos. Además de los grandes servicios que había prestado á la capital, reformando la industria de los abalorios negros, no había uno solo de los ciento cuarenta y un municipios de aquel territorio, que no le debiese algún beneficio, habiendo contribuido también á favorecer las industrias de otros varios distritos.

Así es como hubo una época en que sostuvo con su crédito y sus fondos la fábrica de tules de Bolonia, la de hilatura mecánica de lino de Frevent, y la manufactura hidráulica de lienzos de Boubers sur Canche. En todas partes se pronunciaba con veneración el nombre del señor Magdalena. Arras y Douai, envidiaban su alcalde á la pequeña y dichosa población de M* sur M*.

El magistrado del tribunal superior de Douai, que presidía á la sazón el de los jurados de Arras, conocía, como todo el mundo, aquel nombre tan profunda y universalmente respetado. Cuando el ujier, abriendo discretamente la puerta que comunicaba de la sala del consejo con la de la audiencia, se inclinó detrás del sillón del presidente y le entregó el papel en que estaba escrito el renglón que acaba de leerse, añadiendo: Este señor desea asistir á la audiencia, el presidente hizo un vivo ademán de atención, y tomando una pluma, escribió algunas palabras en el mismo papel, que devolvió al ujier, diciéndole: «Hacedle entrar».

El desgraciado personaje cuya historia vamos narrando, había permanecido junto á la puerta de la sala en el mismo sitio y en la misma actitud en que el ujier le había dejado, parecióle oir, al través de sus meditaciones, que alguien le decía:--«Señor, ¿queréis hacerme el honor de seguirme?». Era el mismo ujier que poco antes le había vuelto las espaldas, quien le saludaba inclinándose hasta el suelo. El ujier, al propio tiempo, le entregó el papel. Desdoblólo, y como estaba allí cerca la lámpara, pudo leer:

«El presidente del tribunal de los jurados, presenta sus respetos al señor Magdalena».

Estrujó el papel entre sus manos, como si aquellas palabras tuviesen para él un sabor extraordinario y amargo.

Y siguió al ujier.

Algunos minutos después se hallaba solo en una especie de gabinete artesonado, de aspecto severo, alumbrado por dos bujías colocadas sobre una mesa con tapete verde. Aún resonaban en su oído las últimas palabras del ujier, que acababa de dejarle diciendo: «Señor, ésta es la sala del consejo; no tenéis más que dar media vuelta al botón de cobre de esa puerta, y os hallaréis en la misma sala del tribunal detrás del sillón del señor presidente». Estas palabras se mezclaban en su pensamiento á un recuerdo vago de los corredores estrechos y escaleras obscuras que acababa de recorrer.

El ujier le había dejado solo. El momento supremo había llegado. Procuraba recogerse en sí mismo sin poder conseguirlo. Precisamente en el momento en que más necesidad hay de reunir á las realidades de la vida todos los hilos del pensamiento, es cuando éstos se rompen dentro el cerebro. Se encontraba allí mismo donde los jueces deliberan y condenan.

Miraba con tranquilidad estúpida aquella cámara silenciosa y temible, donde tantas existencias habían sido quebrantadas, donde su nombre iba á resonar en breve, y que su destino atravesaba en aquel instante. Miraba á las paredes, luego se miraba á sí mismo, asombrándose que aquéllas fuesen las de aquella cámara, y de que aquel hombre fuése él.

Hacía veinticuatro horas que no había comido, estaba rendido por las sacudidas del calesín; pero no lo sentía, parecíale no sentir nada.

Acercóse á un cuadro negro pendiente de la pared en el que se guardaba bajo el cristal una antigua carta autógrafa de Juan Nicolás Pache, alcalde de París y ministro, y fechada, sin duda por equivocación, el día 9 de junio del año II, y en la cual enviaba Pache, á la municipalidad, la lista de los ministros y diputados arrestados en sus propias casas.

Cualquiera que hubiese podido verle y observarle en aquel momento, habría imaginado sin duda que aquella carta le interesaba mucho, pues no apartaba de ella los ojos, y la leyó por dos ó tres veces. Sin embargo, la leía sin fijarse en ella, y sin propósito alguno. Pensaba en Fantina y en Cosette.

Así pensando, volvióse; y sus ojos se fijaron en el botón de cobre que le separaba de la sala de audiencia. Había casi olvidado aquella puerta. Su mirada, tranquila al principio, se detuvo y quedó como clavada en aquel botón; después apareció azorada é inmóvil, impregnándose poco á poco de espanto. Desprendíanse de entre sus cabellos, gotas de sudor que inundaban sus sienes.

Hubo un momento en que hizo con cierta autoridad, mezclada de rebeldía, ese gesto indescriptible que quiere significar y que dice tan bien: ¡Pardiez! ¿Quién me obliga á ello? Después volvióse vivamente, y vió delante de sí la puerta por donde había entrado, dirigióse á ella, abrióla y salió.

Ya no estaba en aquella cámara; se hallaba fuera: en un corredor largo, estrecho, cortado por escalones y postigos, que formaban toda clase de ángulos, alumbrado aquí y allá por algunos faroles parecidos á lamparillas de enfermo. Era el corredor por donde había entrado. Respiró, escuchó, no percibió el menor ruido ni delante ni detrás de sí, y huyó como si alguien le persiguiese.

Cuando hubo recorrido varios recodos de aquel pasillo, volvió á escuchar de nuevo. Siempre el mismo silencio y las mismas sombras á su alrededor. Estaba sofocado, vacilaba, tuvo que apoyarse en la pared. La piedra estaba fría, el sudor se le había helado en la frente, y se enderezó temblando.

Entonces, solo allí, de pie, en la obscuridad, temblando de frío y de algo más tal vez, meditó.

Había meditado toda la noche, había meditado todo el día; no oía dentro de sí mismo mas que una voz que repetía: ¡Ay!

Así se le pasó un cuarto de hora. Al fin, dobló la cabeza, suspiró con angustia, dejó caer los brazos, y retrocedió sobre sus pasos. Andaba lentamente y como abrumado. Parecía que alguien le hubiese alcanzado en su fuga, y le hiciese volver atrás.

Entró de nuevo en la cámara del consejo, y lo primero que distinguió fué el botón de la puerta. Aquel botón redondo de cobre pulimentado, brillaba para él como una estrella horrible. Mirábale como podría mirar un cordero el ojo de un tigre.

Su vista no podía apartarse de él.

De cuando en cuando daba un paso, y se aproximaba á la puerta.

Si hubiera escuchado, habría oído como una especie de murmullo confuso, el ruido de la vecina sala; pero no escuchaba ni oía.

De pronto, sin saber cómo, encontróse junto á la puerta, cogió convulsivamente el botón; la puerta se abrió.

Estaba en la sala de audiencia.

IX =Lugar en el cual van formándose las convicciones=

Adelantó un paso, cerró maquinalmente la puerta tras sí, y permaneció de pie, contemplando lo que estaba viendo.

Era un vasto recinto iluminado apenas; ya silencioso, ya murmurante, donde se desarrollaba todo el aparato de un proceso criminal, con su mezquina y lúgubre gravedad, entre la multitud.

Á un extremo de la sala, en el cual se encontraba él, estaban algunos jueces con aire distraído, con toga ya usada, mordiéndose las uñas ó cerrando los párpados; al otro extremo había una muchedumbre andrajosa, abogados en toda clase de actitudes, soldados de semblante honrado y duro, entablamentos viejos y manchados, un techo sucio, mesas cubiertas de sarga, más amarilla que verde, puertas ennegrecidas por las manos; en clavos, suspendidos en el artesonado, quinqués de taberna, que daban más humo que claridad; sobre las mesas algunas velas en candeleros de cobre; la obscuridad, la fealdad, la tristeza; y de todo aquello se desprendía una impresión austera y augusta, porque se sentía allí esa gran cosa humana que se llama la ley, y la gran cosa divina llamada justicia.

Nadie, entre aquella multitud, se fijó en él. Todas las miradas convergían hacia un solo punto, hacia un banco de madera inmediato á una puertecilla, á lo largo de la pared, á la izquierda de la presidencia. En aquel banco, alumbrado por algunas velas, había un hombre sentado entre dos gendarmes.

Este hombre, era el hombre.

Él no le buscó, pero le vió. Sus ojos se le fueron, naturalmente allí, como si hubieran sabido de antemano dónde encontrarían aquella figura.

Creyó verse asimismo, envejecido; no absolutamente parecido en cuanto al rostro, pero semejante en actitud y aspecto, con sus cabellos erizados, su pupila fosca é inquieta, con su blusa tal como iba el día en que entró en D*** lleno de odio y ocultando en el alma aquel repugnante tesoro de pensamientos horribles que había ido guardándose por espacio de diez y nueve años, cogidos en los suelos del presidio.

Y díjose á sí mismo estremeciéndose:--¡Dios mío! ¿debo volver á verme así?

El otro parecía tener lo menos sesenta años. Había en su semblante algo de rudo, estúpido y espantado.

Al ruido de la puerta, los que allí estaban se habían estrechado para dejarle sitio, el presidente había vuelto la cabeza, y creyendo que el personaje que acababa de entrar era el alcalde de M* sur M*, le había saludado. El fiscal que había visto al señor Magdalena en M* sur M*, adonde le habían llamado más de una vez las funciones de su ministerio, le reconoció y saludó igualmente. Sin advertirlo apenas, se hallaba bajo el peso de cierta alucinación, y sólo veía:

Los jueces, el escribano, los gendarmes y la multitud de cabezas cruelmente curiosas; había ya visto otra vez lo mismo, en otro tiempo,, hacía veintisiete años. Volvía nuevamente á encontrarse con todas aquellas cosas funestas; que estaban allí, que allí se movían, que existían allí. No era un esfuerzo de su memoria, un reflejo de su pensamiento, no; eran verdaderos gendarmes y verdaderos jueces, verdadera multitud y verdaderos hombres de carne y hueso. El hecho era evidente; veía aparecer de nuevo y revivir en torno de sí, con todo el aspecto formidable de la realidad, los monstruosos espectros del pasado.

Todo aquello estaba palpablemente ante sus ojos. Cerrólos horrorizado, exclamando para lo más profundo de su alma: ¡Jamás!

Y por un azar trágico del destino, que hacía temblar todas sus ideas, volviéndole casi loco, era otro él allí presente: ¡Aquel hombre á quien juzgaban y á quien todos llamaban Juan Valjean!

Tenía delante de los ojos «visión inaudita» una especie de representación del momento más horroroso de su vida, personificada en un fantasma.

Todo era lo mismo, el mismo aparato, la misma hora de la noche, casi las mismas figuras de los jueces, de los soldados y de los espectadores. Solamente que colocado sobre la cabeza del presidente había un crucifijo, cosa de que carecían los tribunales del tiempo de su condena. Cuando se le juzgó, no estaba Dios allí.

Había una silla detrás de él, en la cual se dejó caer aterrado por la idea de que pudieran verle. Una vez sentado, se aprovechó de un gran legajo de papeles que había sobre la mesa de los jueces para ocultar su rostro á los espectadores. Así podía ver él sin ser visto. Poco á poco fué recobrando el sentimiento de la realidad, llegando hasta aquel punto de calma en que es posible oir.

El señor Bamatabois era del número de los jurados.

Buscó á Javert, pero no le vió. El banco de los testigos quedaban fuera de sus miradas por la mesa del escribano. Y luego que, como hemos dicho, la sala estaba poco alumbrada.

En el punto en que entró, el abogado del acusado terminaba su defensa.

La atención del concurso estaba excitada hasta el más alto grado; hacía tres horas que duraba el debate; tres horas, durante las cuales la multitud veía doblegarse poco á poco bajo el peso de una semejanza terrible un hombre, un desconocido, una especie de ser miserable, perfectamente estúpido ó perfectamente hábil. Era el tal hombre un vagabundo á quien se había encontrado en un campo, llevando una rama cargada de manzanas maduras, arrancada de un manzano en un cercado vecino, conocido con el nombre de cercado Pierrón. ¿Quién era aquel hombre? De la investigación que había tenido lugar, de los testigos que acababan de oirse, unánimes todos, de las luces que se desprendían del debate, tomaba apoyo la acusación. Y la acusación decía: «No tenemos aquí solamente un ladrón de fruta, un merodeador; tenemos en nuestras manos un bandido, un relapso, un antiguo presidiario, un criminal de los más peligrosos, un malhechor llamado Juan Valjean, á quien la justicia anda buscando hace ya mucho tiempo, y quien, hace ocho años, al salir del presidio de Tolón, cometió un robo en camino real á mano armada, en la persona de un niño saboyano llamado Gervasillo, crimen previsto en el artículo 383 del Código penal, y por el cual nos reservamos perseguirle ulteriormente, cuando la identidad haya quedado comprobada judicialmente. Acaba de cometer un nuevo robo, lo cual prueba su reincidencia. Condenadle por el hecho nuevo, más tarde será juzgado por el antiguo». Ante esta acusación, ante la unanimidad de los testigos, el acusado parecía, antes que todo, asombrado. Hacía gestos y signos que querían decir no, ó levantaba los ojos y miraba al techo.

Hablaba con trabajo, respondía con embarazo, pero de pies á cabeza era toda su persona una negativa. Estaba como un idiota en presencia de todas aquellas inteligencias ordenadas en batalla á su alrededor, era como un extranjero en medio de aquella sociedad que le asediaba. No obstante, de allí podía resultar para él el porvenir más amenazador, y la verosimilitud de ello iba creciendo por minutos, y toda aquella multitud veía con mayor ansiedad que él mismo, aquella sentencia llena de calamidades que iba precipitándose sobre su cabeza. Dejábase entrever, asimismo, una eventualidad; la de que, además del presidio, era posible la pena de muerte, si llegaba á reconocerse la identidad, y si el asunto de Gervasillo terminaba más tarde con una condena. ¿Qué es lo que era aquel hombre? ¿Qué clase de apatía era la suya? ¿Era imbecilidad ó astucia? ¿Comprendía demasiado, ó no comprendía nada absolutamente? cuestión era ésa que dividía á la multitud, y que parecía igualmente dividir al jurado.

Había en aquel proceso algo que espantaba, y algo engañoso; el drama no era solamente sombrío, sino obscuro.

El defensor había hablado bastante bien en ese lenguaje de provincia que ha constituido por mucho tiempo la elocuencia del foro, y que usaban antes todos los abogados, lo mismo en París que en Romorantin ó Montbrison; pero que hoy día habiéndose hecho clásico, le usan solamente los oradores oficiales del ministerio público, á quienes conviene por su grave sonoridad y aire majestuoso; lenguaje por el cual se le llama al marido esposo, y á la mujer, esposa; á París, el centro de las artes y de la civilización; al rey, el monarca; á monseñor el obispo, un santo pontífice; al fiscal, el elocuente intérprete de la vindicta; á los alegatos, los acentos que se acaban de oir; al siglo de Luis XIV, el gran siglo; un teatro, el templo de Melpómene; la familia reinante, la augusta sangre de nuestros reyes; un concierto, una solemnidad musical; al señor comandante general del departamento, el ilustre guerrero que, etc.; á los alumnos del seminario, esos tiernos levitas; los errores imputados á los periódicos, la impostura que destila su veneno en las columnas de esos órganos, etc., etc.--El abogado, pues, había empezado por hablar del robo de las manzanas--cosa no muy á propósito para ese elevado estilo; pero el mismo Benigno Bossuet se vió obligado á hacer alusión á una gallina en lo mejor de una oración fúnebre, y lo hizo elocuentemente.--El abogado había partido del principio de que el robo de las manzanas no estaba materialmente probado. Su cliente, á quién en su calidad de defensor persistía en llamar Champtmathieu no había sido visto escalando la pared ó arrancando la rama.

Se le había cogido llevando aquella rama (que el abogado se complacía en llamar ramo), pero que él decía haber encontrado y recogido del suelo. ¿Dónde estaba la prueba de lo contrario? Indudablemente había sido aquella rama arrancada y sustraída después del escalamiento, y arrojada enseguida por el ladrón asustado; había habido, sin duda, un ladrón. Pero, ¿dónde estaba la prueba de que ese ladrón fuése Champmathieu? Una sola cosa: su cualidad de antiguo presidiario. El abogado no negaba que esa cualidad dejase de estar desgraciadamente bien comprobada; el acusado había residido en Faverolles; el acusado había sido allí podador; el nombre de Champmathieu podía muy bien tener por origen el de Juan Mathieu, todo esto era verdad: en fin, cuatro testigos reconocían sin vacilar y positivamente á Champmathieu por el presidiario Juan Valjean; á semejantes indicaciones y á tales testimonios, el abogado no podía oponer sino la negativa de su cliente, negativa interesada; pero suponiendo que fuése el presidiario Juan Valjean, ¿probaba esto que fuése el ladrón de las manzanas? Existía, pues, á todo extremo una presunción, no una prueba. Es verdad que el acusado, y el defensor «en su buena fe», no dejaba de convenir en ello, había adoptado «un mal sistema de defensa», obstinándose en negarlo todo, el robo y su cualidad de presidiario. Una confesión sobre este último punto habría valido mucho más seguramente, y le hubiera granjeado tal vez la indulgencia de sus jueces. Así se lo había aconsejado el abogado; pero el acusado se había negado obstinadamente, creyendo sin duda salvarlo todo no declarando nada. Era esto un error; pero, ¿no se había de tener también en cuenta aquella escasez de inteligencia? Aquel hombre era visiblemente estúpido. Su larga permanencia en presidio, y su prolongada miseria fuera de él, le habían embrutecido, etc., etc. Defendíase mal; pero ¿era ésta una razón para condenarle? En cuanto al asunto de Gervasillo, el abogado no tenía necesidad de discutirlo, no entrando para nada en la causa. El abogado concluía suplicando al jurado y al tribunal que si la identidad de Juan Valjean les parecía evidente, le aplicasen las penas de policía que corresponden al trasgresor ordinario de un bando, y no el castigo espantoso que recae sobre el presidiario reincidente.

El fiscal replicó al defensor. Estuvo violento, y florido, como suelen serlo generalmente los fiscales.

Felicitó al defensor por su «lealtad», y se aprovechó hábilmente de esa lealtad, atacando al acusado con todas las concesiones hechas por su abogado. El abogado parecía conceder que el acusado era Juan Valjean. El fiscal tomó de ello acta. Aquel hombre era, pues, Juan Valjean. Éste era un hecho demostrado para la acusación, y sobre el cual no cabía ya debate. Y aquí, por una hábil antonomasia, remontándose al origen y á las causas de la criminalidad, el fiscal tronó contra la inmoralidad de la escuela romántica, en su aurora á la sazón, bajo el nombre de escuela satánica, que le habían dado los críticos de la Quottidienne y del Orifiamme, atribuyó no sin verosimilitud, á la influencia de esa literatura perversa, el delito de Champmathieu, ó, por mejor decir, de Juan Valjean. Agotadas estas consideraciones, pasó á hablar del mismo Juan Valjean.

¿Qué es lo que era Juan Valjean?

Descripción de Juan Valjean: un monstruo vomitado, etc. El modelo de esta clase de descripciones se halla en la relación de Teramenes, la cual, si no sirve de nada á la tragedia, presta, cuando menos diariamente, grandes servicios á la elocuencia forense. El auditorio y los jurados «temblaron». Terminada la descripción, el fiscal prosiguió, con un giro oratorio, á propósito para excitar hasta el más alto punto, al día siguiente, el entusiasmo del periódico de la prefectura. ¡Y es un hombre semejante, etc., etc., vagabundo, mendigo, sin medios de subsistencia, etc., etc., acostumbrado por su vida pasada á las acciones culpables, y poco corregido por su estancia en presidio, como lo prueba el crimen contra Gervasillo, etc., etc., es tal ese hombre que, encontrado en la vía pública en fragante delito de robo, á cortos pasos de un muro escalado, llevando aún en la mano el objeto robado, niega todavía el delito, el robo, el escalamiento, lo niega todo, niega hasta su nombre, niega hasta su identidad. Además de cien otras pruebas, que no hemos de repetir, cuatro testigos le reconocen: Javert, el íntegro inspector de policía Javert, y tres de sus antiguos compañeros de ignominia, los presidiarios Brevet, Chenildieu y Cochepaille. ¿Qué opone él á esa unanimidad fulminante? Su negativa. ¡Qué endurecimiento! Vosotros haréis justicia, señores jurados, etc., etc.».

Mientras hablaba así el fiscal, oíale el acusado con la boca abierta, con una especie de asombro, en el cual había buena parte de admiración.

Estaba evidentemente sorprendido que un hombre pudiese hablar de aquella manera.

De cuando en cuando, en los momentos más «enérgicos» de aquella requisitoria, en esos momentos en que la elocuencia, que no puede detenerse, se desborda en un flujo de epítetos sonrojantes y anega al acusado como un torrente, movía el infeliz lentamente la cabeza de derecha á izquierda y de izquierda á derecha, especie de protesta triste y muda con la que se había contentado desde el principio de la vista. Dos ó tres veces, los espectadores que estaban más cerca de él le oyeron decir á media voz: ¡Véase lo que resulta de no haber preguntado al señor Baloup. El fiscal llamó la atención del jurado sobre aquella actitud atontada, fingida á no dudarlo, y que revelaba, no la imbecilidad, sino la maña, la astucia, la costumbre de engañar á la justicia, y que revelaba con toda claridad «la profunda perversidad» del acusado. Terminó reservándose para ocasión mejor, el asunto de Gervasillo, y pidiendo una sentencia ejemplar.

Ésta era, por de pronto, cadena perpetua.

Levantóse el defensor; empezando por cumplimentar al «ministerio fiscal» por su «admirable palabra»; después replicó como pudo, pero ligeramente; el terreno en que estaba su hundía bajo sus pies.

X =El sistema de negativas=

Llegó el momento de cerrar el debate. El presidente mandó levantar al acusado, y le dirigió la pregunta de costumbre.

--¿Tenéis algo que alegar en vuestra defensa?

El hombre se levantó, dando vueltas entre sus manos á una mala gorra, pareciendo no entender lo que se le decía.

El presidente repitió la pregunta.

Esta vez el hombre entendió, pareció comprender. Hizo un movimiento como de quien despierta, paseó la mirada en torno suyo, se fijó en el público, en los gendarmes, en su abogado, en los jurados, y en el tribunal; puso su enorme puño sobre la baranda colocada delante de su banco, volvió á mirar, y de repente, fijándose por fin en la persona del fiscal, comenzó á hablar.

Aquello fué una especie de erupción. Parecía según se escapaban de su boca, las palabras, incoherentes, impetuosas, atropelladas, confusas, que se apresuraban todas ó la vez para salir á un tiempo mismo. Dijo así:

--Tengo que decir. Que he sido carretero de París y que trabajaba en casa del señor Baloup. Es dura profesión; en el oficio de carretero hay que trabajar siempre al aire libre, en los patios ó debajo de algún cobertizo en casa de los buenos maestros, pero nunca en talleres cerrados, porque, ya veis, se necesita mucho espacio. En invierno se pasa tanto frío, que se golpea uno con los brazos para calentarse, pero los maestros no lo consienten, diciendo que así se pierde el tiempo. Manejar el hierro cuando están heladas las piedras es muy pesado. Pronto se gasta así un hombre. En este oficio llega uno á viejo siendo joven. Á los cuarenta años ya no hay hombre. Yo tenía cincuenta y tres, pero lo pasaba muy mal. Y luego ¡son tan malos los obreros! Cuando un pobre no es bastante joven, le llaman viejo tonto y topo viejo. Yo no ganaba más que treinta sueldos diarios; me pagaban lo menos que podían; los maestros se aprovechaban de mi edad. Además, yo tenía á mi hija, que era lavandera en el río. Ella ganaba por su lado, y aunque poco, reuniéndolo todo vivíamos. Su trabajo era muy pesado también. Todo el día en una banca metida hasta la mitad del cuerpo, con lluvia, con nieve, con un viento que corta la cara; cuando hiela, es preciso lavar también; hay personas que no tienen mucha ropa, y que aguardan á la lavandera para mudarse. Si no se lavara, se perderían los parroquianos. Las tablas de las bancas están mal ajustadas; entra el agua por todas partes. Los vestidos se les mojan por fuera y por dentro; la humedad penetra. Ella lavó también en el lavadero de los Niños Expósitos, donde el agua llega por medio de caños; allí no hay bancas. Se lava junto al caño y se aclara en el estanque. Como está cerrado, se tiene menos frío en el cuerpo. Pero se respira un vaho de agua caliente, que es terrible y que ataca á los ojos hasta dejaros ciego. Mi hija volvía á las siete de la tarde, y se acostaba enseguida; estaba muy fatigada. Su marido la pegaba. Se murió. Fuimos muy desgraciados. Era muy buena muchacha; no iba al baile; era muy amiga del reposo. Me acuerdo de un martes de carnaval que se acostó á las ocho. Y ahí tienen ustedes. Digo la verdad. No tienen más que preguntar. ¡Ay! Sí, preguntar. ¡Qué torpe! París es un torbellino. ¿Quién conoce allí á Champmathieu? Por esto cito al señor Baloup. Preguntad en casa del señor Baloup. Después de eso, no sé qué me queréis.

El hombre se calló, quedándose de pie. Había dicho aquello con voz alta, rápida, áspera, dura y ronca, con cierta ingenuidad airada y salvaje.

Una vez se había interrumpido para saludar á uno de los concurrentes. Aquellas afirmaciones que parecía lanzar á la ventura delante de sí, venían como movimientos de hipo, y á cada una de ellas acompañaba el gesto de un leñador que hiende un tronco. En cuanto terminó, el auditorio se echó á reir. Él miró al público, y no comprendiendo por qué, púsose á reir también.

¡Aquello era siniestro!

El presidente, hombre atento y benévolo, habló á su vez.

Recordó á los «señores jurados» que al señor Baloup antiguo maestro carretero, en cuya casa decía el acusado haber trabajado, se le había citado inútilmente. Estaba en quiebra y «no había podido ser habido». Después, volviéndose hacia el acusado, le aconsejó que oyera bien lo que iba á decirle, y añadió:

--Estáis en una situación en que es preciso reflexionar. Pesan sobre vos las presunciones más graves y que pueden traeros fatales consecuencias. Acusado, en interés vuestro, os interpelo por la última vez; explicaos claramente sobre estos dos hechos: Primeramente, ¿habéis saltado, sí ó no, la tapia del cercado Pierrón, tronchado la rama y robado las manzanas; es decir, cometido el crimen de robo con escalamiento? Segundo, ¿sois el presidiario cumplido Juan Valjean? ¿sí ó no?

El acusado movió la cabeza con aire de inteligencia, como hombre que ha comprendido bien y que sabe lo que va á responder. Abrió la boca; se volvió hacia el presidente, y dijo:

--En primer lugar...

Después miró su gorra, miró al techo y se calló.

--Acusado,--repuso el fiscal con voz severa,--estadme atento. No respondéis á nada de lo que se os pregunta. Vuestra turbación os condena. Es evidente que no os llamáis Champmathieu; que sois el presidiario Juan Valjean, oculto primero bajo el nombre de Juan Mathieu, que era el apellido de su madre; que estuvisteis en Auvernia; que nacisteis en Faverolles, donde fuisteis podador. Es evidente que habéis robado con escalamiento manzanas maduras en el cercado Pierrón. Los señores jurados apreciarán estos hechos.

El acusado había acabado por sentarse; pero se levantó rápidamente en cuanto terminó el fiscal, y exclamó á su vez:

--¡Vos sois muy malo, señor! He aquí lo que yo quería decir; pero no se me ocurría al pronto. Yo no he robado nada. Yo soy un hombre que no come todos los días. Venía de Ailly, iba por el camino después de un turbión que había asolado el campo, tanto, que los pantanos se habían desbordado, y de las arenas apenas salía otra cosa que algunas matas de hierba á orillas de la carretera. Encontré en el suelo una rama tronchada que tenía algunas manzanas, y la cogí sin saber ni pensar que me traería un castigo. Tres meses hace que estoy preso, y que me llevan de aquí para allá, y yo no sé qué decir. Hablan contra mí, y me dicen: ¡Responde! El gendarme, que es un buen muchacho, me da con el codo, y me dice por lo bajo: ¡Responde, hombre! Yo no sé explicarme, no he hecho estudios, soy un pobre hombre. Y es un gran error no querer verlo. Yo no he robado, he cogido del suelo una cosa que encontré en él. Habláis de Juan Valjean, de Juan Mathieu! No conozco á semejantes hombres; serán tal vez aldeanos. Yo he trabajado en casa del señor Baloup, en el boulevard del Hospital. Me llamo Champmathieu.

Sois muy mal intencionados creyendo adivinar dónde nací. Vosotros lo decís, pero yo lo ignoro. No todos tienen casa dónde venir al mundo. Muy cómodo sería si así fuése. Creo que mi padre y mi madre eran gentes que andaban por los caminos, y no sé más. Cuando era muchacho me llamaban el Pequeño, ahora me llaman el Viejo; y ésos son todos mis nombres de bautismo, tomadlo como queráis.

He estado en Auvernia, he estado en Faverolles. ¡Pardiez! ¿Qué tiene esto de particular? ¿No se puede haber estado en Auvernia y en Faverolles sin haber estado en presidio? Os digo que no he robado y que soy el tío Champmathieu. He trabajado en casa del señor Baloup, y he estado domiciliado.

¡Me fastidiáis con vuestras barbaridades! ¿Por qué razón os encarnizáis todos contra mí?

El fiscal había permanecido de pie, y dirigiéndose al presidente, dijo:

--Señor presidente, en vista de las negaciones confusas, pero muy hábiles, del acusado, que querría pasar por idiota; pero que no lo logrará--se lo advertimos--os pedimos y requerimos al tribunal para que se sirva mandar comparezcan de nuevo en este recinto los condenados Brevet, Cochepaille y Chenildieu, y el inspector de policía Javert, para que se les interpele por última vez acerca de la identidad del acusado con la persona del presidiario Juan Valjean.

--Debo advertir al señor fiscal,--dijo el presidente,--que el inspector de policía Javert, llamado por sus funciones á la cabeza de partido de un distrito inmediato, ha salido de esta audiencia, y hasta de la ciudad, después de prestar su declaración. Le hemos autorizado para ello, de conformidad con el mismo señor fiscal y el defensor del acusado.

--Es verdad, señor presidente,--repuso el fiscal.--Pero en ausencia del señor Javert, creo deber recordar á los señores jurados lo que él mismo ha dicho hace pocas horas. Javert es un hombre estimable, que honra, por su rigurosa y estricta probidad, las funciones que ejerce, si bien inferiores, muy importantes. Véase en qué términos ha declarado el señor Javert:

«No tengo necesidad alguna de presunciones morales ni de pruebas materiales que desmientan las negativas del acusado. Le reconozco perfectamente. Ese hombre no se llama Champmathieu, es un antiguo presidiario muy malo y muy temido, llamado Juan Valjean. Se le puso en libertad al terminar su condena con gran temor. Ha sufrido diez y nueve años de trabajos forzados por robo calificado. Probó cinco ó seis veces de escaparse. Además del robo de Gervasillo y del robo de Pierrón, creo que cometió otro robo en casa de su ilustrísima el difunto obispo de D***. Le veía frecuentemente en la época en que era yo auxiliar de guardachusma en el presidio de Tolón. Repito que le reconozco perfectamente».

Esta declaración tan terminante pareció producir una nueva impresión así en el público como en el jurado.

El fiscal terminó insistiendo en que á falta de Javert, los tres testigos, Brevet, Chenildieu, y Cochepaille, fuesen oídos de nuevo é interpelados solemnemente.

El presidente dió la orden á uno de los ujieres, y á poco se abrió la puerta de la sala de testigos. El ujier, acompañado de un gendarme dispuesto á auxiliarle, introdujo al condenado Brevet. El auditorio estaba suspenso, y todos los pechos palpitaban como si todos juntos no tuviesen más que un alma.

El antiguo presidiario Brevet llevaba el traje negro y ceniciento de las prisiones centrales. Era un personaje de unos sesenta años, que tenía cierto aspecto de hombre de negocios, con aire de pícaro, cosas ambas que van juntas algunas veces. En la cárcel, adonde le habían llevado nuevos delitos, había llegado á ser algo como calabocero. Era hombre de quien decían sus jefes: Procura hacerse útil. Los capellanes tenían buen concepto de sus costumbres religiosas. Hay que tener presente que esto pasaba en tiempos de la restauración.

--Brevet,--dijo el presidente,--habéis sufrido una pena infamante y no podéis prestar juramento.

Brevet bajó los ojos.

--Sin embargo,--repuso el presidente,--aún en el hombre degradado por la ley, pueden restar, cuando la misericordia divina lo permite, sentimientos de honor y de equidad. Apelo á estos sentimientos en este momento decisivo. Si, como espero, existe en vos aún, fijaos por una parte en ese hombre á quien una palabra vuestra puede perder, y por otra en la justicia, la cual una palabra vuestra puede esclarecer. El instante es solemne, y es tiempo todavía de retractarse, si creéis haberos equivocado. Acusado, levantaos. Brevet, mirad bien al acusado, reunid vuestros recuerdos, y decidnos por vuestra alma y conciencia, si persistís en reconocer á ese hombre por vuestro antiguo compañero de presidio Juan Valjean.

Brevet miró al acusado, volviéndose después al tribunal.

--Sí, señor presidente. Yo soy quien le reconocí primeramente y persisto en ello. Este hombre es Juan Valjean, que entró en Tolón en 1796 y salió en 1815. Yo salí un año después. Ahora tiene el aire de un bruto, pero puede ser le haya embrutecido la edad; en presidio era muy taciturno. Le reconozco positivamente.

--Podéis sentaros,--dijo el presidente.--Acusado, continuad en pie.

Introdujeron á Chenildieu, condenado á cadena perpetua, como lo indicaban su chaqueta roja y gorro verde. Cumplía su condena en el predio de Tolón, de donde le habían sacado para declarar en esta causa. Era un hombrecillo de unos cincuenta años, vivo, arrugado, feo, pálido, descarado y nervioso, que en todos sus miembros y en toda su persona tenía cierta debilidad enfermiza, y en la mirada una fuerza inmensa. Sus compañeros de presidio le habían puesto por mote Niega-á-Dios[6].

El presidente le dirigió aproximadamente las mismas palabras que á Brevet. En el momento en que le recordó que su infamia le quitaba el derecho de prestar juramento, Chenildieu levantó la cabeza mirando descaradamente al público.

El presidente le indicó que debía reflexionar, y le preguntó, como á Brevet, si persistía en reconocer al acusado.

Chenildieu se puso á reir.

--¡Pues no he de reconocerle! Hemos estado juntos cinco años, atados á la misma cadena. ¿Te desagrada que lo diga, viejo amigo?

--Id á sentaros,--dijo el presidente.

El ujier condujo á Cochepaille, otro condenado á perpetuidad, venido de presidio y vestido de rojo como Chenildieu, era un campesino de Lourdes, un medio-oso de los Pirineos. Había guardado rebaños en la montaña, y de pastor había pasado á bandolero; no era menos salvaje, y parecía más estúpido aún que el acusado. Era uno de esos infelices que la naturaleza empieza en bestias feroces, y la sociedad termina en presidiarios.

El presidente intentó conmoverle con algunas palabras patéticas y graves, y le preguntó, como á los otros dos, si persistía, sin vacilar ni turbarse, en reconocer al hombre que estaba de pie delante de él.

--Es Juan Valjean,--dijo Cochepaille.--El mismo á quien llamaban Juan el Gato, por su fuerza extraordinaria.

Cada una de las afirmaciones de estos tres hombres, evidentemente sinceras y de buena fe, había suscitado en el auditorio murmullos de mal agüero para el acusado, murmullos que crecían y se prolongaban más y más, cada vez que una nueva declaración venía á corroborar la anterior. El acusado los había oído con el semblante admirado, que, según la acusación, era su principal medio de defensa. Á la primera, los gendarmes sentados á su lado, le habían oído murmurar entre dientes: ¡Bien! ¡ya tenemos uno! Á la segunda, dijo un poco más alto y con aire satisfecho: ¡Muy bien! Á la tercera exclamó sin contenerse: ¡Famoso!

El presidente le interpeló:

--Acusado, ¿habéis oído? ¿Qué tenéis que decir?

Él respondió:

--Repito que ¡famoso!

Estalló en el público cierto rumor, que llegó casi al jurado. Era evidente que aquel hombre estaba perdido.

--Ujieres,--dijo el presidente,--imponed silencio. Va á cerrarse el debate.

En aquel momento hubo un gran movimiento hacia la presidencia junto á la cual se oyó una voz que gritaba:

--¡Brevet, Chenildieu, Cochepaille! Mirad hacia acá.

Cuantos la oyeron se quedaron como helados, tan lamentable y terrible era su acento. Volviéronse los ojos hacia el punto de donde había partido. Un hombre, colocado entre los espectadores de preferencia sentados detrás del estrado, acababa de levantarse, había empujado la puertecilla de la baranda que le separaba del tribunal, estaba de pie en medio de la sala. El presidente, el fiscal, el señor Bamatabois, veinte personas, le reconocieron y exclamaron á un tiempo:

--¡El señor Magdalena!

XI =Champmathieu más y más asombrado=

Efectivamente era él. La lámpara del escribano iluminaba su rostro. Tenía el sombrero en la mano, no había el menor desorden en su traje, su levita estaba perfectamente abotonada. Estaba muy pálido y ligeramente tembloroso. Sus cabellos, grises todavía al llegar á Arras, aparecían completamente blancos. Había encanecido en aquella hora de estar allí.

Todas las cabezas se levantaron. La sensación fué indescriptible. Hubo en el auditorio un instante de vacilación. La voz había sido tan penetrante, el hombre que estaba allí parecía tan sereno, que al primer momento nadie se explicaba que era aquello. Preguntábanse quién había gritado. Nadie podía creer que fuera aquel hombre tan tranquilo quien hubiese dado un grito tan horroroso.

Aquella indecisión duró solamente algunos segundos. Aún antes de que el presidente y el fiscal pudieran decir una palabra, antes que los gendarmes y porteros hubiesen podido hacer un gesto, el hombre, que en aquel momento seguían todos llamando señor Magdalena, se había adelantado hacia los testigos Cochepaille, Brevet y Chenildieu.

--¿No me reconocéis?--les dijo.

Los tres continuaron admirados, é indicaron con un movimiento de cabeza que no le reconocían. Cochepaille, intimidado, hizo el saludo militar. El señor Magdalena se volvió hacia los jurados y hacia el tribunal, y dijo con acento tranquilo:

--Señores jurados, mandad poner en libertad al acusado. Señor presidente, mandad que se me prenda. El hombre á quien se busca no es él sino yo. Yo soy Juan Valjean.

Ni una sola boca respiraba. Á la primera conmoción de asombro había sucedido un silencio sepulcral. Sentíase en la sala esa especie de terror religioso que sobrecoge á las multitudes cuando se está verificando algo grandioso.

Sin embargo, el rostro del presidente aparecía cubierto de simpatía y tristeza; había cambiado un signo rápido con el fiscal, y algunas palabras en voz baja con los jueces asesores. Y dirigiéndose al público, preguntó con acento que fué comprendido por todo el mundo:

--¿Hay por aquí algún médico?

El fiscal tomó la palabra:

--Señores jurados, el incidente tan extraño como inesperado que suspende la audiencia, nos inspira, lo mismo que á vosotros, un sentimiento que no es necesario expresar. Todos vosotros conocéis, al menos por su fama, al honorable señor Magdalena alcalde de M* sur M*. Si hay algún médico entre el auditorio, unimos nuestra voz á la del señor presidente para rogarle se sirva asistir al señor Magdalena y acompañarle á su domicilio...

El señor Magdalena no dejó terminar al fiscal, interrumpiéndole con un acento lleno de mansedumbre y autoridad. He aquí las palabras que pronunció, trasladadas literalmente, tal cual fueron escritas inmediatamente después de la audiencia por uno de los testigos de aquella escena, tales cuales permanecen todavía en el oído de los que las oyeron hace cuarenta años.

--Os doy muchas gracias, señor fiscal; pero no estoy loco. Vais á verlo. Estábais próximos á cometer un gran error, dese libertad á ese hombre; cumplo con mi deber diciéndoos que yo soy ese desgraciado criminal. Yo soy el único que ve claro aquí, y digo la verdad. Dios, que está allá arriba, mira lo que yo hago, y esto basta. Podéis prenderme, puesto que me tenéis aquí. Yo, sin embargo, he obrado lo mejor que he podido. Me he ocultado bajo un nombre supuesto: me he enriquecido, he llegado á ser alcalde; he querido mezclarme entre las gentes honradas. Pero, por lo visto, esto no es posible. En esto hay muchas cosas que no puedo decir, pues no he de referir aquí mi historia; algún día se sabrá. Robé al señor obispo, es verdad; robé á Gervasillo, es verdad también. Hay razones para decir, como habéis dicho, que Juan Valjean era un miserable, malvado; pero quizá no sea suya toda la culpa. Atendedme, señores jueces: un hombre tan envilecido como yo no puede quejarse de la Providencia, ni debe dar consejos á la sociedad, pero advertid que la infamia, de la cual había procurado salir, es verdaderamente nociva. El presidio hace al presidiario. Haceos cargo de esto, si queréis. Antes de ir á presidio, era yo un infeliz aldeano, muy poco inteligente, casi un idiota; el presidio me cambió. Era estúpido, me volví perverso; era un leño, me volví tizón. Más tarde, la indulgencia y la bondad me salvaron, de igual manera que la severidad me había perdido. Pero perdonadme, pues no podéis vosotros comprender lo que os estoy diciendo. En mi casa se encontrará, entre las cenizas de la chimenea, la moneda de cuarenta sueldos que robé hace siete años á Gervasillo. No tengo nada que añadir. Prendedme. ¡Válgame Dios! El señor fiscal mueve la cabeza como diciendo: Magdalena se ha vuelto loco. ¡No se me cree! Lo siento á fe. ¡No condenéis al menos á ese hombre! ¡Y qué! ¡Estos no me reconocen! Yo quisiera que estuviese aquí Javert. ¡Él sí que me reconocería!

No hay palabras con que expresar toda la melancolía benévola y sombría del acento con que acompañó esta exclamación.

Volvióse hacia los tres presidiarios, diciendo:

--¡Pues bien! ¡Yo os reconozco á vosotros! ¡Brevet! ¿No os acordáis?...

Interrumpióse, vaciló un momento, y luego dijo:

--¿Te acuerdas de aquellos tirantes de punto, labrados á cuadros, que llevabas en presidio?

Brevet experimentó cierta sacudida de admiración, mirándole asombrado de pies á cabeza.

Él continuó:

--Chenildieu, tú que te llamabas á ti mismo Niega-á-Dios, tienes el hombro derecho quemado profundamente, porque te recostaste un día sobre un brasero encendido para borrar las tres letras T. F. P. que se descubren todavía á pesar de ello. Responde: ¿es cierto?

--Es cierto,--dijo Chenildieu.

Dirigióse entonces á Cochepaille.

--Tú, Cochepaille, tienes cerca de la sangría del brazo izquierdo, una fecha grabada en letras azules con pólvora quemada. Esta fecha es la del día del desembarco del emperador en Cannes, 1.º de marzo de 1815. Levántate la manga.

Cochepaille se arremangó, y todas las miradas se dirigieron para ver aquel brazo desnudo. Uno de los gendarmes acercó un farol; la fecha se leía perfectamente.

El desgraciado volvió la vista hacia el auditorio y hacia los jueces con una sonrisa, que enternece todavía á los que la presenciaron cuando la recuerdan. Era, á un tiempo mismo, la sonrisa del triunfo y de la desesperación.

--Ya veis,--dijo,--como soy realmente Juan Valjean.

No había ya en aquel recinto jueces, ni acusadores, ni gendarmes; no había mas que ojos fijos y corazones emocionados. Nadie se acordaba del papel que estaba obligado á representar; el fiscal se olvidaba de que estaba allí para requerir, el presidente de que estaba allí para dirigir, el abogado que se estaba allí para defender. Y es por cierto digno de notarse, que no se hizo pregunta alguna, ni intervino ninguna autoridad. Es condición de los espectáculos sublimes la de apoderarse de todos los ánimos, y convertir los testigos en espectadores. Nadie alcanzaba quizás á darse cuenta de lo que pasaba por él; nadie se explicaba, de seguro, que estuviese viendo en aquello, una gran luz, y todos, sin embargo se sentían interiormente deslumbrados.

Era evidente que tenían delante á Juan Valjean. Esto resplandecía. La aparición de aquel hombre había bastado para llenar de luz aquella aventura tan obscura pocos momentos antes. Sin que fuése ya necesaria otra explicación, toda aquella multitud, como por una especie de revelación eléctrica, comprendió inmediatamente, y de un solo golpe, aquella simple y admirable historia de un hombre que se entregaba para que otro hombre no fuése condenado en su lugar. Los detalles, las vacilaciones, las pequeñas y naturales dificultades, se perdían en aquel vasto hecho luminoso.

Impresión que pasó rápidamente, pero que de momento fué irresistible.

--No quiero molestar más á la audiencia,--repuso Juan Valjean.--Me voy, puesto que no se me prende. Tengo mucho que hacer. El señor fiscal sabe ya quien yo soy y á donde me dirijo; él hará que me prendan cuando quiera.

Dirigióse á la puerta de salida. No se levantó una sola voz, ni se extendió un brazo para detenerle. Todos se retiraron. Brillaba en él, en aquel instante, ese algo divino que hace que las muchedumbres retrocedan y se inclinen delante de un hombre. Atravesó por entre la multitud á paso lento. No se ha sabido jamás quién le abrió la puerta, pero es cierto que la puerta estaba abierta cuando él llegó; desde allí volvióse y dijo:

--Señor fiscal, estoy á vuestras órdenes.

Después se dirigió al auditorio:

--Tantos cuantos estáis aquí me creéis digno de compasión, ¿no es verdad? ¡Dios mío! Cuando pienso en lo que iba yo á hacer, me creo, en verdad, digno de envidia. Sin embargo, hubiera preferido que no hubiese pasado nada de esto.

Salió, y volvióse á cerrar la puerta, de igual manera que se había abierto; porque aquellos que hacen algo grande, están siempre seguros de hallar alguien que les sirva entre la multitud.

Una hora después, el veredicto del jurado descargaba de toda culpabilidad al llamado Champmathieu; y Champmathieu puesto inmediatamente en libertad, marchábase estupefacto, creyendo locos á todos los hombres, y no explicándose nada de aquella visión.

NOTAS:

[5] Este paréntesis es del propio puño de Juan Valjean.

[6] Chenildieu y Je nie Dieu (Niego á Dios) tiene, en francés, una pronunciación casi igual.

LIBRO OCTAVO RETROCESO

I =En qué espejo vió el señor Magdalena sus cabellos=

El día comenzaba á romper. Fantina había pasado una noche de insomnio y calentura, llena, sin embargo, de imágenes risueñas; quedóse dormida al amanecer. Sor Simplicia, que la había velado, aprovechó este sueño para ir á preparar una nueva poción de quina.

La buena hermana hacía algunos instantes que se hallaba en el laboratorio de la enfermería con sus drogas y redomas, mirándolas muy de cerca, á causa de esa especie de bruma que el crepúsculo esparce sobre los objetos, cuando, volviéndose de repente, dió un ligero grito. El señor Magdalena estaba delante de ella; acababa de entrar silenciosamente.

--¡Sois vos, señor alcalde!--exclamó.

Y él respondió en voz baja:--¿Cómo sigue esa pobre mujer?

--No mal, en este instante. Pero ayer estuvimos todas muy inquietas.

Y le explicó lo que había pasado; cómo Fantina había estado muy mala la víspera, y cómo entonces seguía mejor, porque creía que el señor alcalde había ido á buscar á su hija á Montfermeil. La hermana no se atrevió á interrogar al señor alcalde, pero conoció desde luego que no era de Montfermeil de donde venía.

--Está bien,--dijo él;--habéis hecho bien en no desengañarla.

--Sí,--respondió sor Simplicia; pero ahora cuando os vea sin la niña, señor alcalde, ¿qué vamos á decirle?

Permaneció un momento reflexivo y luego:

--¡Dios nos inspirará!--exclamó.

--Sin embargo, no podremos mentir,--murmuró á media voz la hermana.

Era ya completamente de día al entrar en la enfermería; la claridad daba de lleno en el rostro del señor Magdalena. La casualidad hizo que la hermana alzase los ojos.

--¡Dios mío!--exclamó ella.--¿Qué os ha pasado? ¡Todo el pelo se os ha vuelto blanco!

--¡Blanco!--repitió él.

Sor Simplicia no usaba espejo, y no teniéndole, tuvo que buscar en un estuche de instrumentos, donde había un espejito, de que se servía el médico de la enfermería para comprobar cuando un enfermo estaba muerto, que ya no respiraba.

El señor Magdalena tomó el espejo y mirándose los cabellos, dijo:

--¡Es verdad!

Pronunció esta palabra con indiferencia y como si pensase en otra cosa.

La hermana sintió helársele la sangre por algo desconocido que entreveía en todo aquello.

Él preguntó:

--¿Puedo verla?

--¿Es que el señor alcalde no le recordará á su hija?--dijo la hermana, arriesgándose apenas á hacer la pregunta.

--Sin duda; pero faltan á lo menos dos ó tres días.

--Si no viera al señor alcalde hasta entonces,--repuso tímidamente la hermana,--no sabría que estaba de vuelta, y sería fácil inspirarle paciencia. Cuando llegase la niña, pensaría naturalmente que el señor alcalde había venido con ella. De este modo no habría necesidad de mentirle.

El señor Magdalena pareció reflexionar algunos instantes, y luego dijo con tranquila gravedad:

--No, hermana; es preciso que yo la vea. Ta vez lleve yo prisa.

La hermana no dió muestra de fijarse en estas palabras «tal vez», que daban un sentido obscuro y singular á la frase del señor alcalde, y respondió bajando los ojos, con voz respetuosa:

--En ese caso, está descansando; pero el señor alcalde puede entrar.

Hizo él algunas observaciones acerca de una puerta que cerraba mal, y cuyo ruido podía despertar á la enferma, y entró enseguida á donde estaba Fantina, á cuya cama se acercó entreabriendo las cortinas. Estaba durmiendo. El aliento salía de su pecho con ese ruido lúgubre propio de esa clase de enfermedades, que desconsuela á las pobres madres que velan por la noche á la cabecera de su hijo, desahuciado y dormitando. Pero aquella respiración fatigosa no turbaba apenas una especie de serenidad inefable, difundida por su semblante, y que la transfiguraba en su sueño. Su palidez se había trocado en blancura; sus mejillas estaban encarnadas. Sus largas pestañas rubias, único rasgo de belleza que le restaba de su virginidad y juventud, palpitaban á pesar de estar bajos y cerrados los ojos. Todo su cuerpo parecía como tembloroso por cierto movimiento de alas, dispuestas á entreabrirse y llevársela, cuyo aleteo se sentía sin verlas.

Al mirarla en aquel estado, nadie hubiera podido creer que era una enferma casi desahuciada. Antes parecía que iba á emprender el vuelo que á morirse.

La rama, cuando se acerca una mano para arrancar la flor, tiembla, y parece como que huye y se ofrezca al mismo tiempo. El cuerpo humano tiene algo de semejante temblor, cuando llega el instante en que los dedos misteriosos de la muerte van á coger el alma.

El señor Magdalena permaneció inmóvil algún tiempo al lado de aquel lecho, mirando alternativamente á la enferma y al crucifijo, como cuando dos meses antes, fué á verla por la primera vez en el asilo. Ambos aparecían en la misma actitud; dormida ella y orando él; pero en el trascurso de aquellos dos meses, ella tenía los cabellos grises y él los tenía blancos.

La hermana no había entrado con él. Estábase el señor Magdalena de pie junto á la cama, con el dedo sobre los labios, como si hubiese alguien allí á quien imponer silencio.

Ella abrió los ojos, le vió, y le dijo apaciblemente con dulce sonrisa:

--¿Y Cosette?

II =Fantina dichosa=

No hizo el menor movimiento de sorpresa ni de alegría, puesto que era la alegría misma. Esta sencilla pregunta: ¿y Cosette? fué hecha con una fe tan profunda, con tanta certidumbre, con una ausencia tan completa de inquietud y de duda, que no se le ocurrió á él palabra alguna. Ella continuó:

--Ya yo sabía que estabais aquí, aunque dormía, lo estaba viendo. Y hace ya buen rato que lo veo, puesto que toda la noche os he ido siguiendo con los ojos. Estábais en medio de una gloria rodeado de toda clase de figuras celestes.

Él levantó su mirada hasta el crucifijo.

--Pero,--repuso ella,--decidme luego: ¿dónde está Cosette? ¿Por qué no la habéis sentado sobre mi cama para el momento en que yo despertase?

El señor Magdalena respondió maquinalmente algunas palabras, que no ha podido nunca recordar.

Afortunadamente el médico, á quien se había avisado, llegó á tiempo de auxiliar al señor Magdalena.

--Hija mía,--dijo el médico;--calmaos. Vuestra hija está ahí.

Los ojos de Fantina se iluminaron cubriéndose de claridad todo su semblante. Juntó ambas manos con una expresión que contenía todo cuanto puede haber en la oración á un tiempo mismo, dulce y violento.

--¡Oh!--exclamó.--¡Traédmela!

¡Tierna ilusión de madre! Cosette era aún para ella la criaturita que se lleva en brazos.

--Todavía no,--repuso el médico,--todavía no. Aún tenéis un poco de fiebre. La vista de vuestra hija os agitaría y podría haceros daño. Lo primero es curarse.

Ella le interrumpió impetuosamente:

--Pero, ¡si ya estoy buena! ¡Os digo que estoy buena! ¡Qué torpeza de médico! ¡Yo quiero ver á mi hija!

--¿Veis, veis,--dijo el médico,--cómo os exaltáis? Mientras estéis así, me opondré á que veáis á vuestra hija. No basta que la veáis, es preciso vivir para ella. Cuando seáis razonable, yo mismo os la traeré.

La pobre madre agachó la cabeza:

--Señor doctor, os pido perdón, os lo pido de veras. En otro tiempo no habría hablado como ahora, pero me han sucedido tantas desgracias, que algunas veces no sé lo que me digo. Comprendo que teméis la emoción, y esperaré cuanto queráis; pero os juro que no me hubiera hecho el menor daño ver ahora á mi hija. Si la estoy viendo, mis ojos no dejan de verla desde ayer noche. ¿Entendéis? Si ahora me la trajeran me pondría á hablar con ella tranquilamente. Nada más. ¿No es muy natural que tenga deseos de ver á mi hija, á quien han ido á buscar expresamente á Montfermeil? No estoy enfadada. Sé perfectamente que voy á ser dichosa. Toda la noche he estado viendo cosas blancas y personas que me sonreían. Cuando quiera el señor doctor me traerá él mismo á mi Cosette. Ya no tengo calentura, puesto que estoy curada, conozco bien que ya no tengo nada, pero voy á hacer como si estuviese enferma, y á no moverme para complacer á las hermanas. Cuando vean que estoy muy tranquila, dirán: hay que traerle su hija.

El señor Magdalena se había sentado en una silla que había junto al lecho.

Volvióse Fantina hacia él, haciendo visibles esfuerzos por parecer serena y «muy juiciosa», según su propia frase, durante aquel abatimiento de la enfermedad, parecida á la debilidad de la infancia, á fin de que, viéndola tan calmada, no encontrasen dificultad en llevarle su Cosette. Sin embargo, al mismo tiempo que se contenía, no podía menos de dirigir al señor Magdalena algunas preguntas.

--¿Habéis tenido buen viaje, señor alcalde? ¡Oh! ¡Y qué bueno sois en haber ido á buscarla! Decidme solamente cómo está. ¿Ha resistido bien el viaje? ¡Ay! ¡Ya no va á conocerme! Después de tanto tiempo, se habrá olvidado de mí la pobrecita. Las criaturas no tienen memoria, son como los pájaros. Hoy ven una cosa, mañana otra, y luego no se acuerdan de nada. ¿Tenía al menos ropa limpia? ¿Los Thénardier la tenían aseada? ¿Qué le daban de comer? ¡Oh! ¡Cuánto he sufrido, si supiérais, haciéndome todas esas preguntas en los tiempos de mi miseria! ¡Ahora todo ha pasado! ¡Estoy alegre! ¡Oh! ¡Y cómo querría verla! Señor alcalde, ¿os ha parecido bonita? ¿Verdad que es muy hermosa mi hija? ¿Habréis tenido mucho frío en la diligencia? ¿No me la podrían traer siquiera un momento? ¡Ya se la volverían á llevar enseguida! ¡Decidlo vos! ¡Vos que sois el amo!

Él le tomó la mano, y dijo:

--Cosette es hermosa, y está buena; pronto la veréis; pero calmaos. Habláis con demasiada viveza, y sacáis los brazos fuera de la cama, y esto os hace toser.

En efecto, accesos de tos interrumpían á Fantina casi á cada palabra.

Fantina no murmuró siquiera, temiendo haber comprometido con algunas quejas apasionadas la confianza que quería inspirar, y púsose á hablar de cosas indiferentes:

--¿Es muy bonito Montfermeil, no es verdad? Durante el verano se hacen muchas excursiones de recreo. ¿Hacen negocio los Thénardier? No pasa mucha gente por su casa. Es una especie de figón la tal posada.

El señor Magdalena seguía teniéndola cogida la mano y contemplándola ansioso; era evidente que había ido á decirle cosas, ante las cuales su mente vacilaba. El médico, terminada la visita, se había retirado. Sor Simplicia era la única persona que estaba con ellos.

Entre tanto, en medio de aquel silencio, exclamó Fantina:

--¡Ya la oigo! ¡Dios mío! ¡Ya la oigo!

Extendió la mano imponiendo silencio, retuvo el aliento, y se puso á escuchar como extasiada.

Había una criatura que estaba jugando en el patio, hija de la portera ó de alguna operaria. Fué una de esas casualidades que ocurren siempre, y que parecen formar parte del aparato misterioso de los sucesos lúgubres. La criatura, que era una niñita, iba, venía, corría para entrar en calor, reía y cantaba en alta voz.

¡Ah! ¡En qué no se mezclan los juegos de niños! El canto de aquella criatura era el que oía Fantina.

--¡Oh!--exclamó ella.--¡Es mi Cosette! Conozco su voz.

La chiquilla se alejó tal como había venido; la voz se extinguió. Fantina siguió escuchando por algún tiempo; después se cubrió de sombras su semblante, y el señor Magdalena la oyó que decía por lo bajo:

--¡Qué malo es ese médico, no dejándome ver á mi hija! ¡Mala cara tiene ese hombre!

Sin embargo, reapareció el fondo risueño de sus pensamientos, y continuó hablándose á sí misma, sin levantar la cabeza de la almohada:

--¡Qué felices vamos á ser! Tendremos en primer lugar un jardinito. Me lo ha prometido el señor Magdalena. Mi hija jugará en el jardín. Ya debe saber de seguro, las letras. Yo la haré deletrear. Correrá entre la yerba detrás de las mariposas. Yo la contemplaré. Luego hará su primera comunión. ¡Ah! ¿Cuándo debe hacer su primera comunión?

Púsose á contar con los dedos.

--...Uno, dos, tres, cuatro... Tiene siete años. Dentro de cinco, llevará un velo blanco y medias caladas, parecerá una mujercita. ¡Oh, mi buena hermana, no sabéis lo tonta que yo soy! ¡Pues no estoy ya pensando en la primera comunión de mi hija!

Y se puso á reir.

Él había dejado la mano de Fantina, y oía aquellas palabras como se oye el viento que sopla, con la vista en el suelo y el espíritu sumido en reflexiones profundas. De pronto dejó ella de hablar, y esto le hizo á él levantar maquinalmente la cabeza. Fantina se había puesto horrorosa.

No hablaba ya, no respiraba; se había medio incorporado sobre la cama; su hombro descarnado salía por entre la camisa; su rostro, radiante hacía un momento, estaba descompuesto, parecía fijarse en algo formidable que estaba ante su vista al otro extremo de la sala, agrandados sus ojos por el terror.

--¡Dios mío!--exclamó él.--¿Qué tenéis, Fantina?

Ella no respondió, ni apartó los ojos del objeto que parecía estar viendo; tocóle el brazo con una mano, y con la otra le hizo seña de que mirase detrás de sí.

Volvióse, y vió á Javert.

III =Javert contento=

He aquí lo que había pasado.

Acababan de dar las doce y media, cuando el señor Magdalena salió de la sala de los jurados de Arras. Había llegado de vuelta á la posada precisamente á tiempo de partir con la silla correo en el asiento que recordará el lector que había tomado.

Poco antes de las seis de la mañana había llegado á M* sur M*, y su primer cuidado había sido echar al correo su carta dirigida al señor Laffite, y luego ir á la enfermería á ver á Fantina.

En el entretanto, y apenas había dejado él la sala de audiencia del tribunal de los jurados, cuando vuelto en sí el fiscal de su primera sorpresa, había tomado la palabra para deplorar el acto de locura del honorable alcalde de M* sur M*, y declarar que no por ese incidente peregrino, que se aclararía más tarde, se habían modificado sus convicciones requiriendo por lo tanto, la condena de aquel Champmathieu, evidentemente verdadero Juan Valjean. La persistencia del fiscal estaba visiblemente en contradicción con el sentimiento de todos, así del público, como del tribunal y del jurado. Al defensor le costó poquísimo trabajo refutar aquella arenga y establecer que, á consecuencia de las revelaciones del verdadero Juan Valjean, el asunto había cambiado completamente de aspecto y que el jurado no tenía ya ante sí más que un inocente. El abogado había proferido con ese motivo algunas sentencias declamatorias, desgraciadamente poco nuevas, acerca de los errores judiciales, etc., etc.; el presidente, en su resumen, se unió al defensor, y el jurado en breves momentos declaró libre de culpa á Champmathieu.

Sin embargo, hacía falta un Juan Valjean y el fiscal, no teniendo ya á Champmathieu, tomó á Magdalena.

Inmediatamente después de haber sido puesto en libertad Champmathieu, el fiscal se encerró con el presidente. Ambos conferenciaron acerca «de la necesidad de apoderarse de la persona del señor alcalde de M* sur M*». Esta frase, en la que hay muchos de, es del fiscal, escrita toda de su mano en la minuta de su informe al tribunal superior. Pasada la primera emoción, el presidente hizo pocas objeciones. Creyó que era preciso que la justicia siguiese su curso.

Y luego, para decirlo todo, aunque el presidente fuése hombre de bien y bastante entendido, era al propio tiempo muy realista, casi furibundo, y le había chocado que el alcalde de M* sur M*, hablando del desembarco de Cannes, dijese el emperador y no Buonaparte.

La orden de arresto fué expedida inmediatamente. El fiscal la envió á M* sur M*, por uno de sus hombres, á uña de caballo, encargándosela al inspector de policía Javert.

Ya sabemos que Javert había regresado á M* sur M*, inmediatamente después de haber prestado su declaración.

Javert se estaba levantando en el momento en que el enviado del fiscal le entregó la orden de arresto y mandato de traslación.

El enviado del fiscal era también un agente de policía muy experimentado, quien puso en dos palabras á Javert al corriente de lo sucedido en Arras. La orden de arresto, firmada por el fiscal, estaba concebida en estos términos:

«El inspector Javert reducirá á prisión al señor Magdalena, alcalde de M* sur M*, quien en la audiencia de este día ha sido reconocido por ser el presidiario cumplido Juan Valjean».

Quien no conociera á Javert y le hubiese visto en el momento de penetrar en la antesala de la enfermería, no habría podido adivinar nada de lo que pasaba, y le habría encontrado el aire más natural del mundo. Estaba frío, sereno, grave, con su pelo gris perfectamente alisado sobre las sienes, y acabando de subir la escalera con su lentitud acostumbrada. Pero quien le hubiese conocido á fondo, examinándole atentamente, se hubiera estremecido. La hebilla de su corbatín de cuero, en vez de estar sobre la nuca, estaba junto la oreja izquierda. Esto revelaba una agitación inaudita.

Javert era un carácter completo, no permitiéndose el menor pliegue ni en su deber ni en su traje; metódico con los criminales, rígido con los botones del vestido.

Para haberse dejado fuera de lugar la hebilla de su corbatín, menester era que se verificase en él una de aquellas emociones que podríamos llamar terremotos interiores.

Habíase presentado sencillamente, después de haber pedido un cabo y cuatro soldados en el cuerpo de guardia inmediato, y dejándoles en el patio había preguntado por el cuarto de Fantina, cuya indicación le había dado la portera sin la menor desconfianza, acostumbrada como estaba, á ver gentes armadas preguntando por el señor alcalde.

Al llegar al cuarto de Fantina alzó el picaporte, empujó la puerta con la suavidad de un enfermero ó de un espía, y entró.

Mejor dicho: no entró. Se mantuvo de pie junto á la puerta entreabierta con el sombrero puesto, y la mano izquierda metida bajo la solapa de su levitón que llevaba abrochado hasta la barba. En el pliegue del codo asomaba el puño de plomo de su enorme bastón, el cual desaparecía detrás de él.

Permaneció en esta actitud cerca de un minuto, sin que se notase su presencia. De pronto Fantina alzó los ojos, le vió, é hizo que se volviese el señor Magdalena.

En el momento en que la mirada de Magdalena tropezó con la mirada de Javert, Javert, sin moverse, sin dar un paso, sin adelantarse, apareció espantoso. Ningún sentimiento humano puede manifestarse tan horrible como la alegría.

Fué aquélla la expresión de un demonio que acababa de encontrar á su condenado.

La certidumbre de tener por fin á Juan Valjean, hizo aparecer en su fisonomía todo cuanto se guardaba encerrado en su alma. El fondo removido subió á la superficie. La humillación de haber perdido la pista y haberse equivocado durante algunos minutos con aquel Champmathieu, se borraba bajo el orgullo de haber adivinado tan bien desde el principio, y tenido por tanto tiempo un instinto certero. El contento de Javert estalló en su actitud soberana. La deformidad del triunfo brilló sobre su deprimida frente. Adquirió todo el desarrollo del horror que pueda caber en un semblante satisfecho.

Javert en aquel momento estaba en el cielo. Sin que él mismo supiese darse cuenta exacta de lo que pasaba por él, comprendía, sin embargo, por una intuición confusa de su deber y de su éxito, que él, Javert, personificaba la justicia, la luz y la verdad en su función sublime de aplastar el mal. Tenía detrás de sí y en derredor suyo, á una profundidad infinita, la autoridad, la razón, la cosa juzgada, la conciencia legal, la vindicta pública, todas las estrellas. Él protegía el orden, hacía surgir el rayo de la ley, vengaba á la sociedad, prestaba su fuerza á lo absoluto; erguíase en medio de su gloria. Había en su triunfo un resto de provocación y de lucha; en pie, altanero, radiante, desplegaba á manos llenas en el azulado ambiente, la bestialidad sobrehumana de un arcángel feroz. La sombra terrible de la acción que desempeñaba hacía visible en su crispada mano el vago centelleo de la espada social. Satisfecho é indignado, tenía bajo su planta el crimen, el vicio, la rebeldía, la perdición, el infierno. Irradiaba, exterminaba, sonreíase, y no puede negarse que había cierta grandeza en aquel san Miguel monstruoso.

Javert, espantoso, no tenía nada de innoble.

La probidad, la sinceridad, el candor, la convicción, la idea del deber, son cosas que, equivocándose, pueden trocarse en repugnantes; pero que, repugnantes y todo, permanecen grandes. La majestad propia de la conciencia humana, persiste en el horror. Son virtudes que tienen un vicio, el error. La despiadada alegría honrada de un fanático en plena atrocidad, conserva cierta aureola tristemente venerable. Sin él advertirlo en medio de su contento formidable, era Javert digno de lástima, como todo ignorante que triunfa. No puede darse nada tan doloroso y terrible como aquel semblante, en que se manifestaba lo que podríamos llamar todo lo malo de lo bueno.

IV =La autoridad recobra sus derechos=

Fantina no había vuelto á ver á Javert desde el día en que el alcalde la había librado de sus manos. Su cerebro enfermo no se daba cuenta de nada; pero se imaginó que iba á buscarla. No pudo, pues, soportar la vista de aquel semblante horrible; sintióse morir, ocultó el rostro entre ambas manos, y exclamó angustiada:

--¡Señor Magdalena, salvadme!

Juan Valjean--ya no le llamaremos de otro modo en adelante--se había levantado y dicho á Fantina con acento apacible y sereno:

--Tranquilizaos, no es por vos por quien viene.

Después dirigiéndose á Javert, le dijo:

--Ya sé lo que queréis.

Javert respondió:

--¡Vamos pues!

Hubo en la inflexión con que acompañó estas dos palabras algo, en verdad, frenético y feroz. Javert no dijo: ¡Vamos pues! sino ¡Vampués! No hay ortografía que pueda expresar el acento con que lo pronunció. No fué aquello palabra humana; fué un rugido.

No obró según costumbre, no entró en materia, no presentó la orden de arresto. Para él Juan Valjean era una especie de enemigo misterioso é impalpable, un luchador tenebroso, á quien venía atacando hacía cinco años sin poder derribarle. Aquella prisión no era un principio, sino un fin. Limitóse por ello á exclamar:

--¡Vamos, pues!

Y así diciendo, no adelantó un paso, lanzó solamente sobre Juan Valjean aquella mirada que él arrojaba como un garfio, y con la cual acostumbraba á arrastrar violentamente hacia él á los desgraciados.

Ésta fué la mirada que sintió penetrar Fantina, hasta la médula de sus huesos, dos meses antes.

Al grito de Javert, Fantina había vuelto á abrir los ojos. Pero estando allí el señor alcalde ¿qué había de temer?

Javert se adelantó hasta el medio de la sala y exclamó:

--¡Ea! ¿Vienes?

La infeliz miraba en torno suyo. No había nadie más que la hermana y el alcalde. ¿Á quién se podía dirigir aquel tuteo abyecto de Javert? Á ella solamente; y empezó á temblar.

Entonces vió Fantina una cosa inaudita, de tal modo inaudita, como nunca jamás se le había aparecido otra alguna, ni en los más espantosos delirios de su fiebre.

Vió al repugnante Javert coger por el cuello al señor alcalde, y vió al señor alcalde bajar la cabeza. Parecióle que se hundía el mundo.

Javert, en efecto, había cogido por el cuello á Juan Valjean.

--¡Señor alcalde!--exclamó Fantina.

Javert se echó á reir con aquella expresión espantosa que descubría todos sus dientes.

--¡Ya no hay aquí señor alcalde alguno!

Juan Valjean no probó siquiera de rechazar la mano que le tenía sujeto por el cuello de su levita, y dijo solamente:

--¡Javert!...

Javert le interrumpió:

--Llámame señor inspector.

Señor inspector,--repuso Juan Valjean--quiero deciros una palabra á solas.

--¡Alto y claro! Habla alto,--respondió Javert.--Á mí se me habla siempre en alta voz.

Juan Valjean continuó bajándola:

--Es un favor que os pido...

--Dígote que hables alto.

--Es cosa que únicamente vos debéis oir...

--¿Y á mí qué me importa? ¡No escucho nada!

Juan Valjean se volvió hacia él, y dijo rápidamente muy por lo bajo:

--¡Concederme tres días! ¡Tres días para ir á buscar la criatura de esta pobre mujer! ¡Pagaré lo que sea! Podéis acompañarme si queréis.

--¡Quieres reirte!--exclamó Javert.--¡No te creía yo tan bruto! ¡Me pides tres días para marcharte! ¡Dices que es para ir á buscar la hija de esta chica! ¡Ja, ja! ¡Vaya una gracia!

Fantina se estremeció.

--¡Mi hija!--exclamó.--¡Ir á buscar á mi hija! ¡Luego no está aquí! Hermana mía, respondedme: ¿Dónde está Cosette? ¡Yo quiero á mi hija! ¡Señor Magdalena, señor alcalde!

Javert dió una patada.

--¡Ahora la otra! ¡Á ver si te callas, buena pieza! ¡Bonito país es éste donde los presidiarios son magistrados y las mujeres públicas están cuidadas como condesas! Pero todo ello va á cambiar pronto; ¡ya era tiempo!

Y mirando fijamente á Fantina, añadió, cogiendo otra vez por la corbata, la camisa y el cuello á Juan Valjean:

--Te digo que no hay aquí ningún señor Magdalena, ni señor alcalde alguno. No hay sino un ladrón, un bandido, un presidiario llamado Juan Valjean, que es á quien tengo cogido! ¡Eso es lo que hay!

Fantina se incorporó de súbito, apoyada en sus brazos débiles y descarnadas manos; miró á Juan Valjean, miró á Javert, miró á la hermana, abrió la boca como para hablar, pero salió solamente un ronquido del fondo de su garganta, y chocaron sus dientes; extendió después los brazos con angustia, abrió convulsivamente las manos, y buscando á su alrededor como el que se ahoga, cayóse luego por su propio peso sobre la almohada.

Su cabeza chocó contra la cabecera de la cama, doblándose sobre el pecho; la boca abierta, abiertos los ojos y apagados.

Estaba muerta.

Juan Valjean puso su mano sobre la mano de Javert que le tenía asido, y se la abrió como se abre la mano de un niño, diciéndole:

--¡Habéis matado á esa mujer!

--¡Acabaremos!--exclamó furioso Javert.--Yo no estoy aquí para atender razones. No perdamos el tiempo; la guardia está abajo, vamos enseguida, ó mando que te aten.

Había en un rincón de la sala una cama vieja de hierro en bastante mal estado, que servía para recostarse las hermanas cuando estaban de vela. Dirigióse á ella Juan Valjean, desencajó en un momento la cabecera, ya muy quebrantada, cosa facilísima á un hombre de sus fuerzas, y empuñando la barra principal, lanzó sobre Javert una mirada de alto á bajo. Javert retrocedió hasta la puerta.

Juan Valjean, empuñando su barra, llegóse lentamente hasta el lecho de Fantina y al llegar á él volvióse de frente hacia Javert, diciéndole en voz apenas perceptible:

--No os aconsejo que me estorbéis en este momento.

Es lo cierto que Javert temblaba.

Tuvo intención de ir á llamar á la guardia, pero Juan Valjean podía aprovecharse de aquel minuto para huir. Quedóse pues, cogiendo su bastón por lo más delgado, y reclinándose contra el quicio de la puerta miraba fijamente á Juan Valjean.

Juan Valjean apoyó su codo sobre el pomo de la cabecera y la frente en su mano, contemplando á Fantina inmóvil y tendida, permaneciendo así, absorto, mudo, y sin pensar seguramente en nada de esta vida. No se manifestaba en su rostro ni en su actitud mas que una inexplicable piedad. Después de algunos momentos de semejante meditación, inclinóse hacia Fantina, y le habló en voz baja.

¿Qué le dijo? ¿Qué podía decirle aquel hombre considerado réprobo, á aquella mujer muerta? ¿Qué significaron aquellas palabras? Nadie en la tierra las oyó. ¿Las oyó la difunta? Hay ilusiones conmovedoras que son tal vez realidades sublimes. Lo que está fuera de duda es que sor Simplicia, único testigo de cuanto allí pasó, repitió luego muchas veces que en el momento en que Juan Valjean habló al oído de Fantina, vió asomar claramente una inefable sonrisa en aquellos pálidos labios y en aquellas vagas pupilas, llenas del asombro de la tumba.

Juan Valjean tomó entre sus manos la cabeza de Fantina y la acomodó en la almohada, como hubiera podido hacer una madre con su hija; después le ató el cordón de la camisa y metió sus cabellos en la gorra. Hecho esto, le cerró los ojos.

La cara de Fantina en aquel instante parecía extrañamente iluminada.

La muerte es la entrada en la gran luz.

La mano de Fantina colgaba fuera de la cama. Juan Valjean se arrodilló delante de aquella mano, que levantó suavemente, y la besó.

Después, de pie otra vez, volvióse hacia Javert, diciendo:

--Ahora estoy á vuestras órdenes.

V =Tumba apropiada=

Javert encerró á Juan Valjean en la cárcel de la población.

La prisión del señor Magdalena produjo en M* sur M* una sensación, ó por mejor decir, una conmoción extraordinaria. Sentimos no poder disimular, que á la sola exclamación de: ¡Era un presidiario! casi todo el mundo le abandonó. En menos de dos horas, todo el bien que había hecho fué olvidado, y ya no fué mas que «un presidiario». Justo es advertir que no se conocían aún los pormenores del suceso de Arras. Durante todo el día oyéronse en toda la población conversaciones como esta:

--¿No lo sabéis? Era un presidiario cumplido.

--¿Quién?

--El alcalde.

--¡Bah! ¿El señor Magdalena?

--Sí.

--¿De veras?

--No se llama Magdalena; tiene un nombre horrible: Bejean, Bojean, Boujean.

--¡Ay! ¡Dios mío!

--Está preso.

--¡Preso!

--Sí, en la cárcel de la ciudad hasta que se le traslade.

--¡Que se traslade! ¿Le van á trasladar? ¿Y adónde?

--Van á hacerle comparecer ante los jurados por un robo en despoblado que cometió en otro tiempo.

--¡Ya me lo sospechaba yo! Era un hombre demasiado bueno, demasiado perfecto, demasiado confiado. No quería condecoraciones, daba limosna á todos los pilluelos que encontraba. Siempre creí que debía encerrar todo esto una mala historia. En las «reuniones del buen tono» especialmente, dominó esta idea.

Una vieja señorona, suscriptora de la Bandera blanca, hizo esta reflexión de la cual es casi imposible sondear la profundidad.

--Me alegro. ¡Así aprenderán los bonapartistas!

Así fué como aquel fantasma que se había llamado señor Magdalena, se desvaneció en M* sur M*. Tres ó cuatro personas solamente en toda la población permanecieron fieles á su memoria. La vieja portera que le había servido fué una de ellas.

La noche de aquel mismo día, esta buena anciana, estaba sentada en su cuartito asustada aún y reflexionando tristemente. La fábrica había estado cerrada todo el día, la puerta cochera tenía echado el cerrojo, y la calle estaba desierta. No había en la casa más que las dos hermanas, sor Simplicia y sor Perpetua, que velaban junto al cuerpo de Fantina. Hacia la hora en que el señor Magdalena acostumbraba á entrar, la buena de la portera se levantó maquinalmente, sacó de un cajón la llave del cuarto del señor Magdalena, tomó la palmatoria que le servía por las noches para subir á su cuarto, y colgó la llave en el clavo de donde él la solía alcanzar colocando la palmatoria al lado, como si también le esperase. Luego volvió á sentarse y se puso á reflexionar. La pobre vieja había hecho todo aquello sin darse cuenta de lo que hacía.

Hasta que se pasaron dos horas largas no salió de sus meditaciones, exclamando:

--¡Calle! ¡Dios mío Jesucristo! ¡por qué he puesto yo la llave en el clavo!

En aquel mismo instante se abrió el ventanillo de la portería, pasó una mano, cogió la llave y la palmatoria, y encendió la bujía en la vela que estaba ardiendo.

La portera levantó los ojos y se quedó asombrada, sin poder lanzar un grito que ahogó en la garganta.

Había conocido aquella mano, aquel brazo y aquella manga de levita.

Era realmente el señor Magdalena.

Quedóse algunos segundos sin poder hablar, sobrecogida, como decía después ella misma, contando la aventura.

--¡Dios mío, señor alcalde!--exclamó por fin;--yo os creía...

Paróse. El final de su frase hubiera sido una falta de respeto al principio. Juan Valjean continuaba siendo para ella el señor alcalde.

Éste terminó por sí mismo la frase.

--En la cárcel,--dijo.--Sí, allí estaba; he roto un barrote de una ventana, y me he dejado caer desde un tejado, y aquí me tenés. Subo á mi cuarto; avisad á sor Simplicia. Estará sin duda junto á esa pobre mujer.

La vieja obedeció enseguida.

No le hizo él recomendación ninguna; tan seguro estaba que le guardaría ella mejor que él mismo.

Jamás ha podido saberse como logró penetrar en el patio sin hacer abrir la puerta cochera. Tenía y llevaba siempre consigo una llave maestra que abría una puertecilla lateral, pero debían haberle registrado y quitádole esa llave. Este punto no ha sido esclarecido.

Subió la escalera que conducía á su cuarto. Al llegar arriba dejó la palmatoria en el último tramo, abrió la puerta sin hacer ruido, y fué á cerrar á tientas la ventana y postigos; después volvió á tomar la palmatoria y entró en la habitación.

La precaución era útil, porque debemos recordar que la ventana podía ser vista desde la calle.

Dirigió una mirada á su alrededor, sobre la mesa, sobre la silla, sobre la cama, que no se había deshecho hacía tres días. No quedaba el menor vestigio del desorden de la penúltima noche. La portera había «arreglado el cuarto». Y, al arreglarlo, había recogido de entre la ceniza, y colocado cuidadosamente sobre la mesa las dos conteras del palo y la moneda de cuarenta sueldos ennegrecida por el fuego.

Tomó un pliego de papel, en el cual escribió: «Éstas son las dos conteras de mi bastón y la moneda de dos francos robada á Gervasillo, de que he hablado al tribunal». Puso sobre dicho papel la moneda de plata y las dos conteras, de modo, que fuera lo primero que se viese al entrar á la habitación. Sacó de un armario una camisa vieja, la que desgarró envolviendo con los pedazos los dos candeleros de plata. No se dió prisa alguna ni mostró la menor agitación. Y mientras envolvía los candeleros del obispo, iba mordiendo un pedazo de pan negro. Es probable que fuera este pan el de la cárcel, que se había llevado consigo al evadirse.

Esto fué comprobado por las migajas de pan que se encontraron en el suelo del aposento, cuando más tarde se hizo en el mismo un reconocimiento por la justicia.

Dieron dos golpecitos en la puerta.

--Adelante,--dijo él.

Era sor Simplicia.

Estaba pálida, tenía los ojos enrojecidos, la vela que llevaba vacilaba en su mano. Las violencias del destino tienen la particularidad de que, por perfectos y fríos que seamos, nos sacan del fondo de las entrañas la naturaleza humana, obligándola á mostrarse al exterior. Con las emociones de aquel día, la religiosa se había convertido nuevamente en mujer. Había llorado y temblaba.

Juan Valjean acababa de escribir algunas líneas en un papel, que entregó á la hermana, diciéndola:--Hermana, mandaréis este papel al señor cura.

El papel estaba desdoblado. La hermana fijó en él los ojos.

--Podéis leerlo,--dijo Juan Valjean.

La hermana leyó:

«Ruego al señor cura que cuide sobre todo de lo que dejo aquí. Con ello se servirá pagar las costas de mi proceso y el entierro de la mujer que ha muerto hoy. Lo restante será para los pobres».

La hermana quiso hablar, pero apenas pudo balbucear algunos sonidos inarticulados. Sin embargo, consiguió decir:

--¿No desea el señor alcalde volver á ver por última vez á esa pobre infeliz?

--No,--respondió él,--me persiguen, y si llegaran á prenderme á su lado, esto turbaría su reposo.

No bien había terminado, cuando sonó un gran ruido en la escalera. Oyóse un tumulto de pasos de gente que subía, y la vieja portera que decía en voz alta y penetrante:

--¡Señor mío, os juro por Dios santo, que no ha entrado aquí nadie durante todo el día, ni durante la noche, porque no me he apartado un instante de la portería!

Un hombre respondió:

--Sin embargo, hay luz en este cuarto.

Reconocieron la voz de Javert.

La estancia estaba dispuesta de manera que la puerta, al abrirse, ocultaba el ángulo de la pared á la derecha. Juan Valjean mató la luz de un soplo y se quedó en el ángulo.

Sor Simplicia cayó de rodillas junto á la mesa.

Abrióse la puerta.

Entró Javert.

Oíase el cuchicheo de varios hombres y las protestas de la portera en el corredor.

La religiosa no alzó los ojos, estaba orando.

La vela, recién apagada, estaba sobre la chimenea, dando con el humeante pábilo escasa claridad.

Javert entrevió á la hermana y se quedó parado.

Recuérdese que el verdadero fondo de Javert, su elemento, su centro respirable, era la veneración á toda autoridad. Homogéneo en su modo de ser, no admitía objeciones ni restricciones. Según él, era la autoridad eclesiástica la primera de todas, era religioso, superficial y correcto en este punto, como en todo.

Un cura, á sus ojos, era un espíritu que no se engaña nunca; una religiosa, una criatura que no peca jamás. Eran almas muradas, en este mundo, con sólo una puerta que jamás se abre, sino para dar paso á la verdad.

Al entrever la hermana, su primer movimiento fué retirarse.

Sin embargo, había otro deber que le dominaba é impelía imperiosamente en sentido inverso. Su segundo movimiento fué permanecer allí y arriesgar al menos una pregunta.

Era aquella sor Simplicia, que no había mentido jamás. Javert lo sabía y la veneraba particularmente por esta razón.

--Hermana,--le dijo;--¿estáis aquí sola?

Hubo un momento horrible, durante el cual la pobre portera se sintió desfallecer.

La hermana levantó los ojos, y respondió:

--Sí.

--Así,--repuso Javert,--dispensadme si insisto, es mi deber: ¿no habéis visto esta noche una persona, un hombre que se ha escapado, y á quien vamos buscando, llamado Juan Valjean? ¿No le habéis visto?

La hermana dijo: No.

Mintió, y mintió dos veces seguidas una tras otra, sin vacilar, rápidamente, como quien se presta al sacrificio propio.

--Perdonadme,--dijo Javert, y se retiró saludando profundamente.

¡Oh santa mujer! ¡Años hace que no pertenecéis ya á este mundo; que estáis reunida en el seno de la luz con vuestras hermanas las vírgenes y con vuestros hermanos los ángeles! ¡Que se os tenga en cuenta en el paraíso esta mentira!

La afirmación de la hermana fué para Javert tan decisiva, que ni siquiera advirtió la singularidad de aquella bujía que acababa de ser apagada, y que humeaba aún, sobre la mesa.

Una hora después, un hombre, caminando á través de los árboles y de las brumas, se alejaba rápidamente de M* sur M* en dirección á París.

Este hombre era Juan Valjean.

Hase sabido posteriormente, por el testimonio de dos ó tres arrieros que le encontraron, que llevaba un paquete y que vestía blusa. ¿De dónde había sacado aquella blusa? Se ignora. Sin embargo, hacía pocos días que había fallecido un obrero anciano en la enfermería de la fábrica sin dejar otra cosa que una blusa. Puede que fuése ésta.

Una frase final para Fantina.

Todos tenemos una madre común, la tierra. Fantina fué devuelta á esta madre.

El cura creyó hacer bien, y estuvo en lo justo tal vez, reservando, de lo que Juan Valjean le había dejado, la mayor suma posible con destino á los pobres. Porque, al fin ¿de quiénes se trataba? De un presidiario y de una mujer pública. Por esto simplificó el entierro de Fantina reduciéndolo á lo estrictamente necesario, á lo que se llama la fosa común.

Fantina fué, pues, enterrada en el rincón gratuito del cementerio que, siendo de todos no es de ninguno, y en el cual desaparecen los cuerpos de los pobres. Afortunadamente, sabe Dios dónde encontrar las almas. Enterróse á Fantina en las tinieblas, entre los primeros huesos que se encontraron, sufriendo la promiscuidad de las cenizas.

Fué arrojada á la fosa pública. Su tumba se parece á su lecho.

NOTAS:

[7] Walter Scott, Lamartine, Vaulabelle, Charras, Quinet y Thiers.

SEGUNDA PARTE COSETTE

LIBRO PRIMERO WATERLOO

I

=Lo que se encuentra viniendo de Nivelles=

El año último, (1861), en una hermosa mañana de mayo, un viajero, el mismo que refiere esta historia, venía de Nivelles y se dirigía á La Hulpe. Caminaba á pie. Siguiendo por entre dos hileras de árboles una calzada ancha y empedrada, ondulando sobre unas colinas que van sucediéndose una á otra, elevando ó hundiendo la senda como olas enormes.

Había ya pasado de Lillois y Bois Seigneur Isaac. Distinguía, al oeste, el campanario de pizarra de Braine l'Alleud, que tiene la forma de un vaso boca abajo.

Acababa de dejar tras sí un bosque sobre una altura, y en el ángulo de un camino transversal, al lado de una especie de poste carcomido, en el que se leía esta inscripción: Barrera antigua, número 4, un bodegón en cuya fachada se leía: Á los cuatro vientos. Echabeau, café de particular.

Medio cuarto de legua más allá de este bodegón, llegó al fondo de un pequeño valle, donde corre el agua bajo un arco abierto en el terraplén de la carretera. El ramaje de los escasos, pero verdísimos árboles, que cubren el valle por el lado de la calzada, se extiende por el otro en las praderas, prolongándose con cierta gracia, y como en desorden, hasta Braine l'Alleud.

Había allí á la derecha, á orilla del camino, una posada, una carreta de cuatro ruedas delante de la puerta, una gran haz de estacas, un arado, un montón de ramas secas cerca de un seto vivo, cal que humeaba en una balsa cuadrada, y una escalera apoyada á lo largo de un cobertizo cercado de paredes de paja.

Una muchacha escardaba en un campo, en el cual un gran cartelón amarillo, probablemente anuncio de alguna función de ferias, era continuo juguete del viento. En el ángulo de la posada, junto á una laguna en la que navegaba una flotilla de patos, se encontraba un sendero mal engravado que se perdía entre malezas. El viajero siguió por él.

Al cabo de unos cien pasos, después de haber seguido á lo largo de una pared del siglo XV, que remataba en una aguda albardilla de ladrillos encontrados, hallóse delante de una puerta grande de piedra, cintrada, con imposta rectilínea, del estilo severo de Luis XIV, entre dos medallones planos.

Una fachada severa dominaba esta puerta, y una pared perpendicular á la fachada llegaba casi á tocar la puerta, flanqueándola bruscamente en ángulo recto. En el prado delantero á la puerta había tres rastrillos, á través de los cuales brotaban en confusa y caprichosa mezcla todas las flores que produce mayo. La puerta estaba cerrada; adornaba sus dos hojas decrépitas, un aldabón viejo y enmohecido.

El sol era magnífico; las ramas presentaban ese suave estremecimiento de mayo, que más parece venir de los nidos que del viento. Un hermoso pajarillo, probablemente enamorado, gorjeaba á más y mejor en un árbol frondoso.

El viajero se inclinó y examinó en la piedra de la izquierda, por bajo de la jamba derecha de la puerta, una ancha excavación circular parecida al alvéolo de una esfera. En aquel momento abriéronse las puertas y salió una aldeana.

Reparó en el viajero, y viendo lo que fijaba su atención:

--Hizo esto una bala francesa,--dijo ella.

Y luego añadió:

--Eso que estáis viendo más arriba en la puerta, junto á un clavo, es el boquete de una bala de cañón que no pudo traspasar la madera.

--¿Cómo se llama este lugar?--preguntó el viajero.

--Hougomont,--dijo la aldeana.

El viajero se levantó. Dió algunos pasos y fué á mirar por cima de los setos, viendo en el horizonte al través de los árboles, una especie de montecillo, y sobre este montecillo algo que, de lejos, parecía un león.

Encontrábase en el campo de Waterloo.

II =Hougomont=

Hougomont, fué éste un lugar fúnebre, principio del obstáculo, primera resistencia que encontró en Waterloo, ese gran leñador de Europa, que se llamaba Napoleón; primer nudo bajo el filo del hacha.

Fué un castillo; no es ya más que una granja. Hougomont es para el anticuario Hugomons. Aquella mansión fué erigida por Hugo, señor de Somerel, el mismo que dotó la sexta capellanía de la abadía de Villiers.

El viajero empujó la puerta, rozó al cruzar el pórtico con una carretela antigua, y entró en el patio.

Lo primero que llamó su atención en aquel lugar fué una puerta del siglo XVI, que parece el ojo de un puente, estando caído todo lo demás adjunto al mismo. El aspecto monumental nace frecuentemente de la ruina. Después del arco se abre en un muro otra puerta con clavos del tiempo de Enrique IV, dejando ver los árboles de un huerto. Al lado de esta puerta un hoyo estercolero, picos y palas; algunas carretillas, un pozo antiguo con su brocal de piedra y su torniquete de hierro, un potro que salta, un pavo que hace la rueda, una capilla coronada por un pequeño campanario, un peral en flor tocando en la pared de la capilla, he aquí el patio, cuya conquista fué uno de los sueños de Napoleón. Si él hubiera podido tomar aquel rincón de tierra, le habría dado tal vez el mundo entero. Las gallinas remueven hoy el polvo con sus picos. Óyese un gruñido, es un gran perro que enseña los dientes y que reemplaza á los ingleses.

Los ingleses estuvieron allí admirables. Las cuatro compañías de guardias de Cooke hicieron frente, durante siete horas, al encarnizamiento de todo un ejército.

Hougomont, visto en el mapa, en plano geométrico, comprendiendo cercados y edificaciones, presenta una especie de rectángulo irregular con uno de sus ángulos cortado. En este ángulo es donde se halla la puerta meridional, guardada por aquel muro que la hiere directamente. Hougomont tiene dos puertas: la meridional, que es la del castillo, y la septentrional, que es la de la granja.

Napoleón envió contra Hougomont á su hermano Jerónimo; las divisiones Guilleminot, Foy y Bachelu se estrellaron allí; casi todo el cuerpo de Reille fué también empleado en ello inútilmente; las balas de Kellermann se agotaron contra aquel heroico paredón. Harto fué que la brigada Bauduin forzase por el Norte á Hougomont, y que la brigada Soye le acometiera por el Sur, pero sin tomarle.

Los edificios de la granja limitan el patio por el Sur. Un pedazo de la puerta del Norte, rota por los franceses, pende colgado del muro. Son cuatro tablas clavadas sobre dos travesaños, y en las que se patentizan los destrozos del ataque.

La puerta septentrional, derribada por los franceses, y á la que se ha añadido una pieza para sustituir el trozo colgado del muro, se entreabre al otro extremo del patio; está cortada rectangularmente en una pared de piedra por lo bajo y ladrillo en la parte superior, cerrando el patio por el Norte. Es sencillamente una puerta para carros, como las hay en todas las casas de labranza, compuesta de dos grandes hojas hechas de tablas rústicas. Á la otra parte se extienden los prados. La disputa de esta entrada fué terrible. Durante mucho tiempo se han conservado sobre el montante de la puerta toda clase de huellas de manos ensangrentadas. Allí fué donde mataron á Bauduin.

La borrasca del combate parece que todavía suena en aquel patio; el horror es visible; el trastorno de la terrible lucha se ha quedado allí petrificado; acá la vida, allá la muerte, es todavía ayer. Los muros agonizan, las piedras caen, las brechas gritan; los agujeros son llagas; los árboles inclinados y temblorosos parecen hacer esfuerzos para huir.

Aquel patio en 1815 estaba más edificado que hoy día. Varias construcciones derribadas después, formaban estrellas, ángulos y recodos fortificados.

Allí estuvieron parapetados los ingleses; los franceses penetraron al fin, pero no pudieron sostenerse. Al lado de la capilla, un ala del castillo, únicos vestigios de la residencia de Hougomont, se mantiene en pie, y podríamos decir despanzurrada. El palacio sirvió de torreón; la capilla de fortín, ambos se exterminaron.

Los franceses, fusilados por todas partes, detrás de las paredes, desde lo alto de los graneros al fondo de las cuevas, por todas las ventanas, por todos los respiraderos, por todas las hendiduras de las piedras, acercaron fajinas prendiendo fuego á los muros y á los hombres: la metralla fué contestada por el incendio.

Entrevénse todavía en el ala arruinada, á través de las ventanas guardadas por barrotes de hierro, los aposentos desmantelados de un cuerpo de edificio de ladrillo; los guardias ingleses se emboscaron en esos aposentos; la espiral de la escalera, agrietada desde el piso al techo, aparece como el interior de un caracol destrozado. La escalera tiene dos tramos; los ingleses sitiados en ella, y apiñados en los escalones superiores, habían cortado los inferiores. Estos consistían en anchas losas de piedra azul, amontonados hoy entre las ortigas. Unos diez solamente se mantienen adheridos todavía á la pared, en el primero de los cuales se ve grabada la figura de un tridente. Estos inaccesibles escalones permanecen sólidos en sus alvéolos. El resto parece una mandíbula desdentada. Dos árboles viejos están allí todavía; muerto el uno, herido el otro en el pie, reverdece en abril. Desde 1815 empezó á brotar al través de la escalera.

Gran mortandad hubo también en la capilla. El interior, tranquilo ya, resulta extraño. No ha vuelto á decirse misa en él después de la matanza. Sin embargo, allí está todavía el altar de madera tosca, pegado sobre un fondo de piedra sin pulir. Cuatro paredes blanqueadas de cal, una puerta frontera al altar, dos pequeñas ventanas cintradas, sobre la puerta un gran crucifijo de madera, encima del crucifijo un tragaluz cuadrado tapado con un haz de heno, en un rincón del suelo un bastidor viejo de ventana con todos los vidrios rotos; tal es la capilla.

Junto al altar está clavada una imagen de madera de santa Ana, del siglo XV; la cabeza del niño Jesús se la llevó una bala de cañón. Los franceses, dueños por un momento de la capilla, y desalojados después, la incendiaron. Las llamas llenaron su recinto, convirtiéndolo en horno. Se quemó la puerta, se quemó también el entarimado; el Cristo de madera no se quemó; el fuego llegó á lamer sus pies cuyos muñones permanecen ennegrecidos, deteniéndose luego. Esto fué un milagro al decir de aquellos aldeanos. El niño Jesús decapitado no tuvo la fortuna del Cristo.

Las paredes se encuentran cubiertas de inscripciones. Junto á los pies del Cristo se lee este nombre: Henquinez. Luego estos otros: conde de Río Mayor, marqués y marquesa de Almagro (Habana). Hay nombres franceses con exclamaciones acentuadas por la cólera.

Tuvieron que blanquearse de nuevo las paredes en 1849. Allí se insultaban las naciones mutuamente.

En la puerta de esta capilla fué donde se recogió un cadáver que tenía un hacha en la mano. Era el cadáver del subteniente Legros.

Á la izquierda de la puerta de la capilla se ve un pozo. Hay dos en el patio. Uno se pregunta: ¿por qué no hay aquí cubo ni garrucha? Es que ya no se saca agua.

¿Y por qué no se saca agua?

Porque está lleno de esqueletos.

El último que sacó agua de aquel pozo se llamaba Guillermo Van Kylsom. Era un aldeano que habitaba en Hougomont, de donde era jardinero. El 18 de junio de 1815, su familia tuvo que huir y ocultarse en los bosques.

La selva que rodea á la abadía de Villiers abrigó durante muchos días y muchas noches á todas aquellas desventuradas poblaciones dispersas. Hoy todavía se encuentran vestigios tales como viejos troncos de árboles quemados, que señalan el sitio donde aquellos pobres vivaqueadores tiritaron entre las espesuras de la maleza.

Guillermo Van Kylsom permaneció en Hougomont «para guardar el castillo» agazapándose en un rincón de la cueva. Los ingleses le descubrieron. Sacáronle de su escondite y á sablazos de plano se hicieron servir los combatientes por aquel hombre aterrado. Tenían sed, y Guillermo les dió de beber. De aquel pozo sacó el agua. Muchos bebieron allí su último trago. El pozo del que bebieron tantos muertos, debió morir también.

Después de la acción, diéronse prisa á enterrar los cadáveres. La muerte tiene su manera especial de acosar la victoria, haciendo que la peste siga á la gloria. El tifus es siempre anejo del triunfo. Aquel pozo era profundo. Fué convertido en sepultura. Lanzáronse en él trescientos muertos. Tal vez con demasiada precipitación. ¿Estaban muertos todos? La leyenda dice que no. Parece que la noche que siguió al enterramiento, oyéronse salir del pozo débiles y tristes voces de socorro.

Este pozo está aislado en medio del patio. Tres paredes mitad piedra y mitad ladrillo, replegadas como las hojas de un biombo simulando una torrecilla cuadrada, le cierran por tres lados. El cuarto está descubierto. Por aquí es por donde se sacaba el agua. La pared del fondo tiene una especie de abertura informe, tal vez el agujero de obús. Esta torrecilla tenía un techo del que no quedan más que los maderos. El armazón de sostenimiento del muro de la derecha describe una cruz. Asomándose al fondo, se pierde la vista en la profundidad de un cilindro de ladrillo, en el cual se agrupan las tinieblas. El nacimiento de toda la fábrica de este pozo desaparece entre las ortigas.

Este pozo no tiene por brocal la gran losa azul que sirve de antepecho en todos los de Bélgica. La losa azul se halla sustituida por un travesaño en el cual se apoyan cinco ó seis estacas irregulares de madera nudosa, y anquilosados, que parecen una grande osamenta. No existe cubo, ni cadena, ni polea; pero se conserva aún la pila de piedra que servía de repartidor. El agua de las lluvias se acumula en ella y, de cuando en cuando, se acerca á beber algún pájaro de las vecinas selvas, remontándose inmediatamente.

En esas ruinas existe, habitada todavía, una casa, la casa de labranza, cuya puerta da al patio. Al lado de una linda placa de cerradura gótica, hay en dicha puerta un tirador de hierro, en forma de trébol, colocado oblicuamente. En el momento que el teniente hannoveriano Wilda cogía ese tirador para refugiarse en la granja, un zapador francés le cortó la mano de un hachazo.

La familia que ocupa hoy la casa, tuvo por abuelo al antiguo jardinero Van Kylsom, muerto hace mucho tiempo. Una mujer de cabellera gris nos decía: Yo estaba allí. Tenía tres años. Mi hermana, mayor que yo, tenía miedo y lloraba. Lleváronnos al bosque. Yo iba en brazos de mi madre. Aplicaban de cuando en cuando el oído sobre el suelo para escuchar. Yo imitaba el cañón, y hacía bum, bum.

Una puerta del patio, á la izquierda, como hemos ya dicho, daba al cercado.

Este cercado es terrible.

Se divide en tres secciones, casi podríamos decir en tres actos. La primera es un jardín, la segunda el huerto, la tercera un bosque. Estas tres partes tienen una cerca común; por el lado de la entrada las edificaciones del castillo y de la granja, á la izquierda un seto, á la derecha una tapia de ladrillo, en el fondo otra tapia de piedra. Se entra desde luego en el jardín, que se extiende en pendiente, plantado de groselleros, cubierto de vegetaciones silvestres, cerrado por un malecón monumental de piedra sillería con balustres de doble espesor. Fué un jardín señorial del primer estilo francés que precedió á Le Nôtre; ruinas y abrojos todo, en la actualidad. Las pilastras terminan en globos, que parecen balas de piedra. Cuéntanse todavía cuarenta y tres balustres en pie; los demás yacen tendidos en la yerba. Casi todos están acribillados por balas de fusil. Un balustre destrozado aparece sobre el estrave como una pierna rota.

En este jardín más bajo que el huerto, fué donde penetraron seis tiradores del 1.º de ligeros, y no pudiendo salir, cogidos y acosados como osos en guarida, aceptaron el combate con dos compañías hannoverianas, una de las cuales iba armada de carabinas. Los hannoverianos coronaban los balustres y disparaban sobre los seis franceses desde lo alto. Los tiradores, respondiendo desde abajo, seis contra doscientos, con la mayor intrepidez y sin más abrigo que los groselleros, tardaron en morir un cuarto de hora.

Subiendo algunos escalones, se pasa del jardín al huerto. Allí, en el espacio de pocas toesas cuadradas, murieron mil quinientos hombres en menos de una hora. El muro parece dispuesto á comenzar nuevamente el combate. Allí están todavía las treinta y ocho troneras, abiertas por los ingleses á distintas alturas. Delante de la décima sexta se ven dos sepulturas inglesas de granito.

Sólo existen troneras en el muro del Sur, que fué de donde vino el ataque principal. Ese muro está oculto al exterior por un gran seto vivo; llegaron los franceses creídos de que no había más que el seto, saltaron, y se encontraron con el muro, obstáculo y emboscada, con los guardias ingleses detrás, las treinta y ocho troneras haciendo fuego á la vez, una tempestad de balas y metralla; allí fué aplastada la brigada Soye. Así comenzó Waterloo.

No obstante el huerto fué tomado. No había escalas, pero los franceses treparon con las uñas. Batiéronse cuerpo á cuerpo bajo los árboles. Toda aquella yerba se empapó en sangre. Un batallón de Nassau, setecientos hombres, fué deshecho allí. La parte exterior del muro, contra el cual se asestaron las dos baterías de Kellermann está acribillada por la metralla.

Este cercado es sensible como otro cualquiera al mes de Mayo. Tiene sus botones de oro y sus margaritas blancas; la yerba es alta; pacen allí caballos de labor; cuerdas de crin, en las que se seca la ropa, cruzan los espacios de árbol á árbol, obligando á los transeuntes á bajar la cabeza; los pies caminan por un erial hundiéndose á lo mejor en los agujeros de los topos. Encuéntrase en medio de la yerba un tronco desarraigado, caído y verde aún. El mayor Blachmann se apoyó en él para espirar. Bajo un gran árbol próximo cayó el general alemán Duplat, oriundo de una familia francesa refugiada al revocarse el edicto de Nantes. Contiguo á este árbol se inclina un manzano vetusto, enfermo, vendado con un apósito de paja y arcilla. Casi todos los manzanos caen de vejez. No hay uno que no tenga señales de bala ó de metralla. Los esqueletos de los árboles muertos abundan muchísimo en este cercado. Los cuervos vuelan entre sus ramas. En el fondo hay un bosque lleno de violetas.

Bauduin muerto; Foy herido; el incendio, la matanza, la carnicería; un río de sangre inglesa, de sangre alemana y de sangre francesa, furiosamente mezclada; un pozo lleno de cadáveres; el regimiento de Nassau y el regimiento de Brunswick destruidos; Duplat muerto; Blackmann muerto, la guardia inglesa mutilada; veinte batallones franceses, de los cuarenta del cuerpo de Reille, diezmados; tres mil hombres, en sólo aquellas ruinas de Hougomont, acuchillados, destrozados, degollados, fusilados, quemados; y todo ello para que un aldeano pueda decirle hoy á un pasajero: Señor, dadme tres francos; si gustáis os explicaré lo de Waterloo.

III =El 18 de junio de 1815=

Retrocedamos, que es éste uno de los derechos del narrador, y trasladémonos al año 1815, y con alguna anterioridad á la época en que comienza la acción referida en la primera parte de este libro.

Si no hubiera llovido en la noche del 17 al 18 de junio de 1815, el porvenir de Europa hubiera sido otro. Algunas gotas de agua de más ó de menos hicieron desviar á Napoleón. Para que Waterloo fuése el término de Austerlitz, la Providencia no tuvo necesidad más que de un poco de lluvia; y una nube, atravesando el cielo contra lo natural de la estación, bastó para el derrumbamiento de un mundo.

La batalla de Waterloo, y esto dió tiempo á Blücher para llegar, no pudo comenzar hasta las once y media. ¿Por qué? Porque la tierra estaba mojada. Fué preciso aguardar un poco á que se solidara para que la artillería pudiese maniobrar.

Napoleón era oficial de artillería, y se resentía de ello. El fondo de este admirable capitán era el hombre que, en el parte al Directorio desde Aboukir, decía: Tal bala de las nuestras mató seis hombres. Todos sus planes de batalla están hechos para el proyectil. Hacer converger la artillería sobre un punto dado; tal era su clave de victoria. Trataba la estrategia del general enemigo como una ciudadela, y la batía en brecha. Abrumaba con la metralla el punto débil; ataba y desataba las batallas con el cañón. Era la puntería parte de su genio. Romper los cuadros, pulverizar los regimientos, deshacer las líneas, aplastar y dispersar las masas, todo se encerraba en eso para él; herir, herir, herir sin tregua ni descanso, y encomendada esta tarea á las balas. Método temible, y que, unido á su genio, hizo invencible durante quince años, á aquel sombrío atleta del pugilato de la guerra.

El 18 de junio de 1815 contaba él tanto más con la artillería, cuanto que tenía en su favor el número. Wellington no disponía más que de ciento cincuenta y nueve bocas de fuego; Napoleón tenía doscientas cuarenta.

Supongamos la tierra seca y la artillería pudiendo rodar, y la acción empezando á las seis de la mañana. La batalla se hubiera ganado y terminado á las dos; tres horas antes de la peripecia prusiana.

¿Qué culpa hubo por parte de Napoleón en la pérdida de aquella batalla? ¿Es imputable el naufragio al piloto?

La decadencia física evidente de Napoleón, ¿se complicaba en aquella época con cierto decaimiento interior? Los veinte años de guerra, ¿habían gastado la hoja como la vaina, el alma como el cuerpo? ¿Se manifestaban ya los defectos del veterano en el capitán? En una palabra, aquel genio, como muchos historiadores importantes lo han creído ¿se eclipsaba ya? ¿Agitábase frenéticamente para disimularse á sí mismo su debilidad? ¿Empezaba á oscilar bajo el extravío de un soplo de la aventura? ¿Volvíase, cosa grave en un general, desconocedor del peligro? En la clase de los grandes hombres materiales, que pueden llamarse los gigantes de la acción, ¿existe una edad para la miopía del genio? La vejez no hace mella en los genios de lo ideal; para los Dante y los Miguel Ángel, envejecer es crecer. Pero para los Aníbal y Bonaparte ¿es decrecer, ocaso? ¿Había perdido Napoleón el sentido directo de la victoria? ¿Había llegado á no reconocer ya el escollo, á no adivinar el lazo, ni discernir el borde resbaladizo de los abismos? ¿Faltábale el olfato de las catástrofes? Él, que antes sabía todos los senderos del triunfo, y que desde la altura de su carro refulgente de rayos, los señalaba con su dedo soberano, ¿tenía entonces el siniestro aturdimiento de conducir al principio su tumultuoso tiro de legiones? ¿Se había apoderado de él, á los cuarenta y seis años, una locura suprema? Aquel conductor titánico del destino, ¿no era ya más que un inmenso abismo?

No lo hemos creído nunca.

Su plan de batalla, era, al decir de todo el mundo, una obra maestra. Ir derecho al centro de la línea de los aliados, abrir un claro en el enemigo, cortarle en dos; empujar la parte británica hacia Hal, y la parte prusiana hacia Tongres; hacer de Wellington y de Blücher dos trozos, apoderarse de Mont Saint Jean, tomar á Bruselas, arrojar el alemán al Rin y el inglés al mar. Todo esto para Napoleón entraba en su plan de batalla. Después, ya vería.

Es por demás decir que no pretendemos hacer aquí la historia de Waterloo; una de las escenas generatrices del drama que vamos contando, tiene su punto de partida en esa batalla; pero, repetimos, no es su historia nuestro objeto. Está ya hecha además, y hecha magistralmente bajo un punto de vista por Napoleón, y bajo otro punto de vista por una pléyade de historiadores[7].

Por nuestra parte, dejamos á los historiadores con sus apreciaciones, no somos sino un testigo lejano, un pasajero en la llanura, un investigador inclinado sobre aquella tierra embutida de carne humana, tomando, quizá, las apariencias por realidades. No tenemos derecho alguno para hacer frente, en nombre de la ciencia, á un conjunto de hechos, donde hay sin duda algún espejismo; no tenemos ni la práctica militar ni la competencia estratégica que autorizan un sistema; según nosotros un encadenamiento de azares dominó en Waterloo á entrambos capitanes, y cuando se trata del destino, de este misterioso acusado, le juzgamos como le juzga el pueblo, juez sencillo y leal.

IV =A=

Quien quiera figurarse claramente la batalla de Waterloo, no tiene más que trazar sobre el suelo con el pensamiento una A mayúscula. La pierna izquierda de la A es el camino de Nivelles, la pierna derecha es la carretera de Genappe, el palo trasversal es el camino cubierto de Ohain á Braine-l'Alleud. El vértice de la A es Mont-Saint Jean, allí está Wellington; la punta izquierda inferior es Hougomont, allí está Reille con Jerónimo Bonaparte; la punta derecha inferior es la Belle Allience, allí está Napoleón.

Un poco más abajo del punto en que el palo trasversal de la A encuentra y corta la pierna derecha, está la Haie-Sainte. En el centro de este palo está el punto preciso donde se dijo la frase final de la batalla. Allí es donde se colocó el león; símbolo involuntario del supremo heroísmo de la guardia imperial.

El triángulo comprendido en el vértice de la A, entre los dos palotes y la cuerda, es la meseta del Mont-Saint Jean. La disputa de esa meseta fué toda la batalla.

Las alas de ambos ejércitos se extendían á derecha é izquierda de los dos caminos de Genappe y de Nivelles; Erlón frente á frente de Pictón y Reille frente á frente de Hill.

Detrás de la punta de la A, detrás de la meseta de Mont-Saint Jean, se encuentra la selva de Soignes.

En cuanto á la llanura en sí misma, imagínese un vasto terreno ondulante, dominando cada pliegue al que le sigue, y todas estas ondulaciones subiendo hacia Mont Saint Jean, desde donde van á parar á la selva.

Dos ejércitos enemigos en un campo de batalla son dos atletas que luchan á brazo partido. Cada uno procura hacer caer al otro. Agárranse á todo; un matorral es un punto de apoyo; el ángulo de un muro es un parapeto; por falta de una bicoca en que guardar la espalda, se pierde un regimiento. El declive de una llanura, un accidente del terreno, una senda trasversal á propósito, un bosque, un barranco, pueden detener la planta de ese coloso que se llama un ejército, é impedirle la retirada.

El que sale del campo es derrotado. De ahí la necesidad para el jefe responsable de examinar el menor grupo de árboles y de profundizar el más pequeño relieve.

Ambos generales habían estudiado atentamente la llanura de Mont-Saint Jean, llamada hoy llanura de Waterloo. Desde el año anterior la había examinado Wellington con sagacidad previsora, como para el caso de una gran batalla.

En este terreno, y para aquel duelo, el 18 de junio, tenía Wellington la parte buena y Napoleón la mala. El ejército inglés ocupaba las alturas, el francés la llanura.

Esbozar aquí el aspecto de Napoleón á caballo, con su anteojo en la mano, sobre la altura de Rossomme, al amanecer del 18 de junio de 1815, estaría de más. Antes de pintárselo, todo el mundo le ha visto. Aquel perfil sereno bajo el pequeño sombrero de la escuela de Brienne, aquel uniforme verde, con vueltas blancas ocultando la placa, el capote tapando las charreteras, el cabo del cordón rojo bajo chaleco, el calzón de cuero, el caballo blanco con su gualdrapa de terciopelo púrpura con águilas y NN coronadas en las puntas, sus botas de campana sobre medias de seda, las espuelas de plata, la espada de Marengo, es decir, la figura completa del último César, está presente en todas las imaginaciones, aclamada por unos, mirada por otros severamente.

Aquella figura ha estado mucho tiempo completamente rodeada de luz; esto consistía en cierta obscuridad legendaria que se desprende de la mayor parte de los héroes, y que vela, siempre por más ó menos tiempo la verdad; pero hoy, ya la historia y la luz han aparecido.

La luz de la historia es desapiadada; tiene algo de extraordinario y de divino, que siendo, como es, luz, y precisamente porque lo es, coloca á veces la sombra allí donde se veían los rayos, haciendo del mismo hombre dos fantasmas distintos, cada uno de los cuales ataca al otro, haciéndole justicia, y las tinieblas del déspota luchan con los fulgores del capitán. De ahí la exacta medida del justo medio en la apreciación definitiva de los pueblos: Babilonia violada, rebaja á Alejandro; Roma encadenada, disminuye la grandeza de César; Jerusalén muerta, empequeñece á Tito.

La tiranía sigue al tirano. Es una desgracia para el hombre, dejar en pos de sí la sombra de su forma.

V =El quid obscurum de las batallas=

Todo el mundo conoce la primera fase de aquella batalla confusa al principio, incierta, vacilante, amenazadora para ambos ejércitos, más aún para los ingleses que para los franceses.

Había llovido toda la noche; la tierra estaba removida por el aguacero, habiendo charcos y lagunas aquí y allá, en todos los huecos de la llanura, alcanzando el agua en ciertos puntos, á los ejes de los furgones del tren; las cinchas de los tiros chorreaban fango líquido. Si los trigos y centenos derribados por aquel tropel de carros en marcha, no hubiesen llenado los baches y formado lecho bajo las ruedas, se hubiera hecho imposible todo movimiento, y particularmente en los valles de la parte de Papelotte.

La acción empezó tarde; Napoleón como hemos explicado ya, tenía la costumbre de tener toda la artillería á mano como una pistola, apuntando ya á este punto, ya al otro de la batalla, y había querido esperar á que las baterías enganchadas pudiesen rodar y galopar libremente; era menester para ello que apareciese el sol y secase la tierra. Pero el sol no apareció. Ya no le saludaba como en la jornada de Austerlitz. Cuando sonó el primer cañonazo, el general inglés Colville miró su reloj; señalaba las once y treinta y cinco minutos.

La acción comenzó furiosamente, con mayor furia tal vez de la que hubiese querido el emperador, por el ala izquierda francesa sobre Hougomont. Al mismo tiempo atacó Napoleón el centro, precipitando la brigada Quiot sobre la Haie-Sainte, y Ney dirigió el ala derecha francesa contra el ala izquierda inglesa, que se apoyaba en Papelotte.

El ataque contra Hougomont, tenía algo de simulado: atraer hacia allí á Wellington, haciéndole inclinar á la izquierda, éste era el plan. Y este plan se hubiera realizado si las cuatro compañías de guardias inglesas y los valientes belgas de la división Perponcher no hubiesen guardado sólidamente la posición, pues Wellington, en vez de ir á concentrarse allí, pudo limitarse á enviar, por todo refuerzo, otras cuatro compañías de guardias y un batallón de Brunswick.

El ataque del ala derecha francesa sobre Papelotte, era á fondo: desbaratar la izquierda inglesa, cortar el camino de Bruselas, interceptar el paso á los prusianos que pudieran acudir, forzar á Mont Saint-Jean, rechazar á Wellington hacia Hougomont, de allí hacia Braine l'Alleud de allí sobre Hal; nada más sencillo. Salvo algunos incidentes, este ataque dió buen resultado, puesto que se tomó Papelotte y se lanzó de Haie-Sainte al enemigo.

Un detalle que debe constar. Había en la infantería inglesa, particularmente en la brigada de Kempt, muchos reclutas. Estos soldados bisoños, ante nuestra terrible infantería, fueron valientes; su inexperiencia, salió perfectamente bien del paso; hicieron sobre todo un excelente servicio de guerrilla; el soldado en guerrilla, entregado en parte á sí mismo, se convierte, por decirlo así, en general propio; aquellos reclutas mostraron algo de la inventiva y furia francesas. Aquella infantería novicia tuvo inspiración propia. Esto desagradó á Wellington.

Después de la toma de la Haie Sainte, vaciló la batalla.

Hubo en esta jornada, desde el medio día á las cuatro, un intervalo obscuro; la parte media de esta batalla apenas se distingue, pues participa de la confusión de la riña. Cúbrela el crepúsculo. Adviértense vastas fluctuaciones en aquella bruma, un espejismo vertiginoso, el aparato guerrero de entonces, casi desconocido en nuestros días, las granaderas de llama, los portapliegos flotantes, las correas cruzadas, las cartucheras de granada, los dolmanes de los húsares, las botas encarnadas de mil pliegues, los pesados chacós guarnecidos de cordones, la infantería casi negra de Brunswick mezclada con la infantería escarlata de Inglaterra, los soldados ingleses llevando por charreteras grandes rodetes blancos circulares, la caballería ligera hannoveriana con sus cascos de cuero oblongos con filetes de cobre y cabelleras de crines rojas, los escoceses con las piernas desnudas y sus mantas de cuadros, las grandes polainas blancas de nuestros granaderos; cuadros, no líneas estratégicas, lo conveniente al pincel de Salvator Rosa, no al de Gribeauval.

Siempre se mezcla en las batallas cierta parte de tempestad. Quid obscurum, quid divinum. Cada historiador se inclina un poco á trazar los perfiles que más le agradan entre aquella confusión. Sea cual fuere la combinación de los generales, el choque de las masas armadas tiene incalculables reflejos; en toda acción, los dos planes de ambos jefes penetran uno en otro, y uno á otro se desfiguran. Tal punto del campo de batalla devora más combatientes que tal otro, como los terrenos más ó menos esponjosos que absorben más ó menos pronto el agua que se les arroja. Es pues necesario derramar á veces más soldados de los que se quisiera. Gastos imprevistos. La línea de batalla flota y serpentea como un hilo, los regueros de sangre corren ilógicamente, los frentes de los ejércitos ondulan, los regimientos al entrar ó salir forman cabos ó golfos, todos esos escollos se agitan continuamente unos delante de otros; donde estaba la infantería llega la artillería, donde estaba la artillería acude la caballería; los batallones son humaredas.

Había algo en tal punto, lo buscáis en vano, ha desaparecido; los claros cambian de sitio; los pliegues sombríos avanzan y retroceden; una especie de viento del sepulcro empuja, arrolla, hincha y dispersa aquellas trágicas multitudes. ¿Qué es una lucha? Una oscilación. La inmovilidad de un plano matemático expresa un minuto y no una jornada. Para pintar una batalla, se necesita uno de esos poderosos pintores cuyos pinceles tienen algo del caos: Rembrant vale más que Vandermeulen. Vandermeulen, exacto al mediodía, miente á las tres. La geometría engaña; solamente es veraz el huracán. Esto es lo que da derecho á Folard para contradecir á Polibio. Añadamos que hay siempre cierto instante en que la batalla degenera en combate, se particulariza y se esparce en innumerables hechos de detalle, que, valiéndonos de una frase de Napoleón, «pertenecen antes á la biografía de los regimientos que á la historia del ejército».

El historiador, en este caso, tiene el derecho de resumir. Sólo puede abarcar los principales contornos de la lucha, y no es dado á ningún narrador, por concienzudo que sea, el fijar absolutamente la forma de esa nube horrible que se llama una batalla.

Y esto, que es verdadero tratándose de todos los grandes hechos de armas, es particularmente aplicable á Waterloo.

Sin embargo, después del mediodía, hubo un momento en que pudo apreciarse la batalla con toda exactitud.

VI =Cuatro horas después del mediodía=

Á eso de las cuatro de la tarde, la situación del ejército inglés era grave. El príncipe de Orange mandaba el centro, Hill el ala derecha, Picton á la izquierda. El príncipe de Orange, desatinado y valiente, gritaba á los holando-belgas: ¡Nassau! ¡Brunswich! ¡Jamás retroceder! Hill, debilitado, dirigíase á apoyar su retaguardia en Wellington; Picton había muerto. En el mismo instante en que los ingleses habían arrebatado á los franceses la bandera del 105 de línea, los franceses les habían matado á los ingleses al general Picton de un balazo que le atravesó el cráneo. Para Wellington tenía la batalla dos puntos de apoyo, Hougomont y la Haie Sainte. Hougomont se sostenía aún, pero ardiendo. La Haie Sainte había sido tomada. Del batallón alemán que la defendía, solo cuarenta y dos hombres sobrevivían; todos los oficiales menos cinco habían sido muertos ó prisioneros. Tres mil combatientes se habían asesinado en aquella granja. Un sargento de la guardia inglesa, el primer boxeador de Inglaterra, reputado por sus compañeros como invulnerable, había sido muerto por un tamborcillo francés. Baring había sido desalojado, y Alten acuchillado. Habíanse perdido muchas banderas, entre ellas una de la división Alten, y otra del batallón de Lunebourg, llevada por un príncipe de la familia de Deux Ponts. Los escoceses grises ya no existían; los fuertes dragones de Ponsomby estaban deshechos. Esta valiente caballería había sucumbido bajo el ímpetu de los lanceros de Bro y de los coraceros de Travers; de mil doscientos caballos quedaban seiscientos; de tres tenientes coroneles, dos habían sido derribados. Hamilton herido, Mater muerto. Ponsomby había caído, atravesado de siete lanzadas. Gordon había muerto, Marsh también. Dos divisiones, la quinta y la sexta, estaban destruidas.

Asaltado Hougomont y tomada Haie Sainte, sólo quedaba un nudo, el centro. Este nudo continuaba resistiendo. Wellington le reforzó. Llamó á Hill, que estaba en Merle Braine, y á Chassé, que estaba en Braine-l'Alleud.

El centro del ejército inglés, un tanto cóncavo, densísimo y compacto, estaba fuertemente situado. Ocupaba la meseta de Mont Saint-Jean, teniendo detrás de sí la aldea y delante la pendiente, muy áspera á la sazón. Apoyaba su espalda en la sólida casa de piedra, que en aquella época era dominio señorial de Nivelles, y marca la intersección de los caminos, masa del siglo XVI, tan robusta, que las balas rebotaban en ella sin mellarla. Al rededor de la meseta, los ingleses habían cortado aquí y allí los setos, abriendo troneras en los espinos, poniendo bocas de cañón entre dos troncos cruzados, y aspillerando los zarzales. Su artillería estaba emboscada entre abrojos. Este trabajo púnico, incontestablemente autorizado por la guerra, que admite las estratagemas, estaba tan perfectamente hecho, que Haxo, enviado por el emperador á las nueve de la mañana para reconocer las baterías enemigas, no había visto nada, y había vuelto diciendo á Napoleón que no existía el menor obstáculo, exceptuando las dos barricadas que obstruían los caminos de Nivelles y de Genappe. Era la época en que las mieses están crecidas; en las orillas de la meseta hallábase apostado entre los trigos, un batallón de la brigada Kempt, el 95, armado de carabinas.

Así fuerte y bien apoyado, el centro del ejército anglo-holandés estaba en excelente posición.

El peligro de aquella posición estaba en la selva de Soignes, contigua entonces al campo de batalla, y cortada por las lagunas de Groenendael y de Boitsfort. Un ejército no hubiera podido retroceder allí sin disolverse; los regimientos hubieran sido disgregados inmediatamente. La artillería se hubiera perdido en los pantanos. La retirada, según opinión de muchos inteligentes, aunque rebatida por otros, hubiera sido una dispersión general.

Wellington añadió á este centro una brigada de Chassé, separada del ala derecha, y otra brigada de Vincke, de la izquierda, y á más la división Clinton. Á sus ingleses, á los regimientos de Halkett, á la brigada de Mitchell, á los guardias de Maitland, dió como sostén y refuerzo la infantería de Brunswick, el contingente de Nassau, los hannoverianos de Kielmansegge y los alemanes de Ompteda. Así tuvo á mano veintiséis batallones. El ala derecha, como dice Charras, fué replegada detrás del centro. Una batería enorme estaba cubierta por sacos de tierra en el lugar donde se encuentra hoy lo que se llama «el museo de Waterloo». Wellington tenía además, en un repliegue del terreno, los guardias-dragones de Sommerset, mil cuatrocientos caballos. Era la otra mitad de aquella caballería inglesa, tan justamente célebre. Destruido Ponsomby quedaba Sommerset.

La batería, que concluida, hubiera sido casi un reducto, estaba dispuesta detrás de una tapia de jardín muy baja, cubierta apresuradamente por una capa de sacos de arena y un ancho repecho de tierra. Esta obra estaba por concluir; había faltado tiempo para empalizarla.

Wellington, inquieto, pero impasible, estaba á caballo, y permaneciendo todo el día en la misma actitud un poco adelantado al antiguo molino de Mont Saint Jean, que existe todavía, bajo un olmo que más tarde un inglés, vándalo entusiasta, compró en doscientos francos, y se lo llevó. Wellington, estuvo allí fríamente heroico. Llovían las balas. El ayudante de campo Gordon acababa de caer á su lado. Lord Hilh, señalándole un obús que reventaba, le dijo: Milord, ¿cuáles son vuestras instrucciones y que órdenes nos dejáis, si os dejáis matar? Hacer lo que yo, respondió Wellington. Á Clinton le dijo lacónicamente: Sostenerse aquí hasta el último hombre. La jornada iba visiblemente mal. Wellington gritaba á sus antiguos compañeros de Talavera, Salamanca y Vitoria.

Boys (muchachos), ¿hay quien pueda pensar en huir? ¡Acordaos de la vieja Inglaterra!

Á eso de las cuatro, la línea inglesa hizo un movimiento hacia atrás. De pronto no se vió ya en la cresta de la meseta más que la artillería y los tiradores, el resto había desaparecido; los regimientos, arrojados por los obuses y las balas francesas, replegáronse al fondo que corta hoy todavía el sendero de la granja de Mont Saint Jean, realizóse un movimiento retrógrado; el frente de batalla inglés desapareció, Wellington retrocedió.

--¡Principio de la retirada!--exclamó Napoleón.

VII =Napoleón de buen humor=

El emperador á caballo, aunque enfermo é incomodado, por un sufrimiento local, no había estado nunca de tan buen humor como aquel día. Desde la mañana, sonreíase su impenetrabilidad. El 18 de junio de 1815, aquella alma profunda, cubierta de mármol, irradiaba en la obscuridad. El hombre que había estado sombrío en Austerlitz estuvo alegre en Waterloo. Los más grandes predestinados tienen estas contradicciones. Nuestras alegrías no son más que sombra. La suprema sonrisa pertenece á Dios.

Ridet Cæsar, Pompeius flebit, decían los soldados de la legión Fulminatril. Pompeyo no debía llorar esta vez; pero es lo cierto, que se reía César.

Desde la una de la noche anterior, explorando á caballo, bajo el aire y la lluvia, acompañado de Bertrand, las colinas inmediatas á Rossomme, satisfecho de ver la larga línea de las fogatas inglesas que iluminaban por completo el horizonte de Frischemont á Braine l'Alleud, habíale parecido que el destino emplazado por él á día fijo en el campo de Waterloo, era exacto á la cita; había detenido su caballo y permanecido inmóvil algún tiempo viendo los relámpagos, oyendo los truenos, y se había oído cómo aquel fatalista lanzaba en la sombra esta frase misteriosa: «Estamos de acuerdo». Napoleón se engañaba. No estaban ya de acuerdo.

No se había tomado para dormir un sólo minuto, todos los instantes de aquella noche habían señalado para él alguna alegría. Había recorrido toda la línea de las avanzadas de caballería, parándose aquí y allá á hablar con los centinelas. Á las dos y media, cerca del bosque de Hougomont, había oído el paso de una columna en marcha; creyó por un momento en la retirada de Wellington: Entonces dijo: Es la retaguardia inglesa que se prepara á levantar el campo. Haré prisioneros á los seis mil ingleses que acaban de llegar á Ostende. Estaba expansivo; había vuelto á encontrar aquella inspirada verbosidad del desembarco de 1.° de marzo, cuando mostraba al gran Mariscal el aldeano del golfo Juan, exclamando:--¡Y bien, Bertrand, he aquí ya un refuerzo! La noche del 17 al 18 de junio burlábase de Wellington: ¡Ese inglesillo necesita una lección! dijo el emperador. Hablaba Napoleón, y retumbaba el trueno, mientras la lluvia arreciaba.

Á las tres y media de la madrugada había perdido una de sus ilusiones; los oficiales enviados como exploradores le habían dicho que el enemigo no hacía movimiento alguno. Nada se movía, ni un solo fuego de vivaque se había apagado. El ejército inglés dormía. El silencio era profundo en la tierra; no había más ruido que el del cielo. Á las cuatro, condujeron á su presencia los exploradores un aldeano que había servido de guía á una brigada de caballería inglesa, probablemente la brigada Vivian, que iba á tomar posesión en la aldea de Ohain, á la extrema izquierda. Á las cinco, dos desertores belgas le habían informado que acababan de dejar su regimiento, y que el ejército inglés esperaba la batalla.--¡Tanto mejor!--había exclamado Napoleón.--Prefiero más bien derribarlos que rechazarlos.

Por la mañana, en el ribazo que forma el ángulo del camino de Plancenoit, había echado pie á tierra en medio del lodo, y había mandado que le llevaran de la granja de Rossomme una mesa de cocina y una silla rústica; se había sentado, teniendo un haz de paja por alfombra, y había desdoblado sobre la mesa el mapa del campo de batalla, diciendo á Soult: ¡Lindo tablero!

Á consecuencia de la lluvia de la noche, los convoyes de víveres, atascados en los caminos llenos de baches, no habían podido llegar de mañana; los soldados no habían dormido, estaban calados y en ayunas, lo cual no había impedido á Napoleón decir alegremente á Ney: Tenemos noventa probabilidades de las ciento. Á las ocho sirvieron el almuerzo al emperador. Tenía convidados muchos generales.

Durante el almuerzo se dijo que Wellington estuvo la antevíspera en el baile de la duquesa de Richmond en Bruselas, y Soult, soldado rudo con cara de arzobispo, dijo: El baile es hoy. El emperador había contestado con una chanzoneta á Ney, que había dicho: Wellington no será tan simple que espere á vuestra majestad. Era ésta su costumbre. Gustábale chancearse, dice Fleury de Chaboulón.

El fondo de su carácter era un humor festivo, dice también Gourgaud.

Abundaba en chanzonetas, más originales que ingeniosas, dice Benjamín Constant.

Estas espontaneidades del gigante valen la pena de que insistamos. Él fué quien llamó á sus granaderos los gruñones, pellizcándoles las orejas y tirándoles de los bigotes.

El emperador no cesaba de hacernos jugarretas, decía uno de ellos.

Durante la misteriosa travesía de la isla de Elba á Francia, el 27 de febrero, en alta mar, el bergantín de guerra francés el Zephyr encontró al bergantín Inconstante, donde Napoleón iba escondido, y al pedir al Inconstante noticias de Napoleón, el emperador, que llevaba aún en aquel momento en su sombrero la escarapela blanca y amaranto sembrada de abejas, adoptada por él en la isla de Elba, había tomado riendo la bocina y respondido él mismo: El emperador sigue bien. Quien así se ríe, está familiarizado con los sucesos. Napoleón había tenido muchos accesos de semejante risa durante el almuerzo de Waterloo. Después de almorzar se quedó pensativo un cuarto de hora, y luego dos generales se sentaron en el haz de paja, con la pluma en una mano y un pliego de papel sobre la rodilla: el emperador les dictó la orden de batalla.

Á las nueve, en el instante en que el ejército francés, escalonado y puesto en movimiento en cinco columnas, desplegándose las divisiones en dos líneas, la artillería entre las brigadas, las bandas de música á la cabeza, batiendo marcha, con el redoble de los tambores y el sonido de las trompetas, poderoso, vasto y alegre mar de cascos, sables y bayonetas en el horizonte, el emperador conmovido había exclamado por dos veces: ¡Magnífico, magnífico!

De las nueve á las diez y media, todo el ejército, lo cual parece increíble, había tomado posiciones y se había ordenado en seis líneas, formando, para repetir la frase del emperador, «una figura de seis VV». Algunos instantes después de la formación de la línea de batalla, en medio de aquel profundo silencio, precursor de la tormenta que precede á los combates, viendo desfilar las tres baterías de á doce, destacadas por su orden de los tres cuerpos de Erlón, de Reille y de Lobau, y destinadas á comenzar la acción, atacando á Mont Saint Jean, donde se encuentra la intersección de los caminos de Nivelles y de Genappe. Tocó el emperador en el hombro á Haxo, diciéndole: He aquí veinticuatro buenas mozas, general.

Seguro del éxito, había alentado con una sonrisa, al pasar delante de él, á la compañía de zapadores del primer cuerpo, designada por él mismo para hacerse fuerte en Mont Saint Jean, en cuanto fuése tomada la aldea.

Toda aquella serenidad no fué turbada más que por una palabra de altiva compasión, al ver á su izquierda, en el lugar en que se encuentra hoy una gran tumba, formar en masa con sus soberbios caballos á aquellos admirables escoceses grises, dijo: ¡Es lástima!

Después montó á caballo, dirigiéndose hacia Rossomme, y eligió para observatorio un reducido montecillo de césped á la derecha del camino de Genappe á Bruselas, que fué su segunda parada durante la batalla.

Su tercera parada, la de las siete de la tarde, entre la Belle-Alliance y la Haie-Sainte, es terrible; es un cerrillo bastante elevado que existe todavía, detrás del cual se había agrupado la guardia en un declive de la llanura. Al rededor de este cerro rebotaban las balas sobre el empedrado de la calzada hasta Napoleón. Como en Briene, sentía sobre su cabeza el silbido de las balas y de las granadas. Hanse recogido casi en el mismo punto donde puso los pies su caballo, balas oxidadas, hojas viejas de sable y proyectiles informes y corroídos. Scabra rubigine. Hace algunos años se desenterró un obús de á sesenta, cargado todavía, cuya espoleta se había roto al ras de la bomba. En esta última parada fué donde el emperador le dijo á su guía Lacoste, aldeano hostil, el cual iba atado lleno de miedo á la silla de un húsar, volviéndose á cada descarga de metralla, y procurando esconderse detrás de Napoleón: ¡Imbécil! Esto es vergonzoso. Vas á hacer que te maten por la espalda.

El que estas líneas escribe ha encontrado por sí mismo en la movediza pendiente de aquel cerrillo, ahondando en la arena, los restos del cuello de una bomba, descompuestos por el óxido de cuarenta y seis años, y trozos de hierro viejo que se rompían entre sus dedos como varas de saúco.

Las ondulaciones de las llanuras distintamente inclinadas, donde se verificó el combate entre Napoleón y Wellington, no son ya, como nadie ignora, lo que eran en 18 de junio de 1815. Al tomar de ese campo fúnebre lo que fué necesario para levantar en él un monumento, le quitaron su relieve natural, y la historia desconcertada no puede reconocerlo.

Para glorificarlo se le ha desfigurado.

Wellington, al volver á ver dos años después á Waterloo, exclamóse diciendo: ¡Me han cambiado mi campo de batalla! Allí donde está hoy la gran pirámide de tierra coronada del león, había una cresta que descendía hacia el camino de Nivelles en rampa practicable, pero que del lado de la calzada de Genappe era casi escarpado por completo. La elevación de esta escarpadura puede medirse todavía en la actualidad por la altura de los dos terraplenes de las dos grandes sepulturas que encajonan el camino de Genappe á Bruselas: una, la tumba inglesa, á la izquierda; otra, la tumba alemana, á la derecha. No hay allí tumba francesa. Para Francia, toda aquella llanura es un sepulcro. Gracias á las mil y mil carretadas de tierra, empleadas para el promontorio de ciento cincuenta pies de alto y de casi media milla de circuito, la meseta de Mont Saint-Jean es hoy día accesible por una cuesta suave; el día de la batalla, sobre todo por la parte de la Haie-Sainte, era de acceso áspero y difícil, siendo tan inclinada la vertiente, que los cañones ingleses no veían por bajo de ellos la granja situada en el fondo del valle, centro del combate.

El 18 de junio de 1815, la lluvia había además agrietado profundamente aquella aspereza, el lodo dificultaba la subida; de manera que no bastaba trepar, sino que era preciso hundirse en el barro. Á lo largo de la cresta de la meseta corría una especie de foso imposible de adivinar para un observador lejano.

¿Qué foso era aquél? Digámoslo. Braine l'Alleud es una aldea de Bélgica. Ohain es otra. Estas aldeas, escondidas ambas en las curvas del terreno, están unidas por un camino de cerca de legua y media, que atraviesa una llanura ondulante, entrando y hundiéndose muchas veces como un surco entre las colinas, lo que convierte el camino en barranco en muchos puntos. En 1815, como hoy mismo, ese camino cortaba la cresta de la meseta de Mont Saint Jean entre las dos calzadas de Genappe y de Nivelles; solamente que en la actualidad está al mismo nivel de la llanura, y entonces era una hondonada, pues sus dos repechos laterales han servido para el promontorio monumental.

Este camino era y es todavía una zanja en la mayor parte de su trayecto; zanja de una profundidad á veces de doce pies, y cuyas laderas escarpadas se hundían en algunos sitios, sobre todo en invierno, por la fuerza de los aguaceros. Esto ocasionaba diversos accidentes.

El camino resultaba tan estrecho á la entrada de Braine l'Alleud, que un viajero había sido allí aplastado por un carro, como lo atestigua una cruz de piedra levantada junto al cementerio, donde se lee el nombre del muerto, el señor Bernardo Debrye, mercader de Bruselas, y la fecha del accidente, febrero de 1637.

Dice así la inscripción:

D. M. O.

AQUÍ FUÉ APLASTADO DESGRACIADAMENTE POR UN CARRO EL SEÑOR BERNARDO DEBRYE, MERCADER DE BRUSELAS ÉL (ilegible)

FEBRERO DE 1637

Era tan profundo también, en la meseta de Mont Saint Jean, que un aldeano, Mateo Nicaise, fué igualmente aplastado en 1783 por un hundimiento del repecho, lo que atestiguaba también otra cruz de piedra, cuyos brazos desaparecieron al hacerse el desmonte, pero cuyo pedestal derribado permanece todavía visible en la pendiente del césped, á la izquierda de la calzada, entre la Haie-Sainte y la granja de Mont-Saint-Jean.

En un día de batalla, aquel camino hondo, de cuya existencia nada daba indicio, cortando la cresta de Mont Saint Jean, formando foso en la cima de la escarpadura, barranco oculto entre los cerros, era invisible, es decir, terrible.

VIII =El emperador dirige una pregunta al guía Lacoste=

Es lo cierto que, en la mañana de Waterloo, Napoleón estaba contento.

Y tenía razón; el plan de batalla concebibo por él, según hemos consignado, era efectivamente admirable.

Una vez empeñada la batalla, sus diversas peripecias, la resistencia de Hougomont, la tenacidad de la Haie Sainte, muerto Bauduin, Foy fuera de combate, el muro inesperado donde fué á estrellarse la brigada Soye, el fatal aturdimiento de Guilleminot al carecer de petardos y sacos de pólvora; el atascamiento de las baterías; las quince piezas sin escolta deshechas por Uxbridge en una hondonada; el poco efecto de las bombas al caer en las líneas inglesas, hundiéndose en el suelo empapado de agua por la lluvia levantando solamente volcanes de lodo, de suerte que la metralla se convertía en salpicadura fangosa; la inutilidad del ataque simulado de Piré contra Braine l'Alleud, toda esa caballería, quince escuadrones, casi anulada; el ala derecha inglesa poco inquietada, mal atacada el ala izquierda, el extraño error de Ney agrupado en vez de escalonar; las cuatro divisiones del primer cuerpo, masas compactas de veintisiete filas, y frentes de doscientos hombres, entregados así á la metralla; los horribles claros causados por las balas en esas masas; las columnas de ataque desunidas; la batería de escarpa bruscamente descubierta por su flanco; Bourgeois, Donzelot y Durutte comprometidos; Quiot rechazado; el teniente Vieux, aquel hércules procedente de la escuela politécnica, herido en el momento en que derribaba á hachazos la puerta de la Haie Sainte bajo el fuego lanzado de lo alto por la barricada inglesa que cortaba el ángulo de la carretera de Genappe á Bruselas; la división Marcognet, cogida entre la infantería y la caballería, fusilada á quemarropa entre los trigos por Best y Pack, acuchillada por Ponsomby, y clavada su batería de siete piezas; el príncipe de Sajonia Weymar manteniendo y conservando, contra el conde de Erlón, á Erischemont y Smohain; la bandera del 105 tomada, y tomada también la del 45; aquel húsar negro prusiano detenido por los exploradores de la columna volante de trescientos cazadores recorriendo el terreno entre Wavre y Plancenoit; las noticias poco tranquilizadoras dadas por este prisionero; la tardanza de Grouchy, los mil quinientos hombres muertos en menos de una hora en el cercado de Hougomont, los mil ochocientos caídos en menos tiempo todavía, alrededor de la Haie-Sainte; todos esos incidentes tempestuosos, pasando como nubes de la batalla delante de Napoleón, apenas turbaron su mirada sin haber anublado en modo alguno aquel semblante imperial con la menor incertidumbre. Napoleón estaba acostumbrado á mirar la guerra en general: jamás hizo guarismo por guarismo la adición dolorosa del detalle; los números le importaban poco, mientras le diesen el total de la Victoria. Aún cuando los principios saliesen equivocados, no se alarmaba, porque se creía dueño y poseedor del final; sabía esperar, suponiéndose entonces fuera de la cuestión, trataba al destino de igual á igual. Parecía decir á la suerte: No creo que te atrevas.

Dividido en luz y sombra, Napoleón se sentía protegido en el bien y tolerado en el mal. Tenía, ó creía tener en su favor, una connivencia, casi podría decirse una complicidad con los sucesos, equivalente á la antigua invulnerabilidad.

No obstante, teniendo tras sí Bérésina, Leipzick y Fontainebleau, parece que podía desconfiarse de Waterloo. Un misterioso fruncimiento de cejas resultaba visible en el fondo del cielo.

En el momento en que Wellington retrocedió, estremecióse Napoleón. Vió desguarnecerse de súbito la meseta de Mont Saint Jean y desaparecer el frente del ejército inglés. Era que se rehacía, pero ocultándose. El emperador se medio levantó sobre los estribos. El rayo de la victoria cruzó ante sus ojos.

Wellington acorralado en la selva de Soignes y destruido, era el aniquilamiento definitivo de Inglaterra por Francia; era Crecy, Poitiers, Malplaquet y Ramillies vengados. El hombre de Marengo borraba á Azincourt.

El emperador, meditando entonces aquella terrible peripecia, paseó por última vez su anteojo sobre todos los puntos del campo de batalla. Su guardia descansando sobre las armas detrás de él, le observaba desde abajo con cierta contemplación religiosa.

Meditaba; examinaba las vertientes, observaba las pendientes, escudriñaba el grupo de árboles y el cuadro de centeno como el sendero; parecía cortar uno á uno los matorrales.

Fijóse en las barricadas inglesas de las dos calzadas, dos anchas talas de árboles, la de la calzada de Genappe por cima de la Haie Sainte, armada con dos cañones, únicos de toda la artillería inglesa que apuntasen al fondo del campo de batalla, y la de la calzada de Nivelles donde resplandecían las bayonetas holandesas de la brigada Chassé. Vió junto á aquella barricada la antigua capilla de San Nicolás pintada de blanco, situada en el ángulo de la travesía hacia Braine l'Alleud.

Inclinóse sobre el caballo, y habló á media voz al guía Lacoste. El guía hizo un signo de cabeza negativo, probablemente pérfido.

Levantóse de nuevo el emperador y reflexionó.

Wellington había retrocedido.

Ya no faltaba más que completar aquel retroceso arrollándole de una vez.

Napoleón, volviéndose bruscamente, expidió una estafeta á todo escape á París, anunciando que se había ganado la batalla.

Napoleón era uno de esos genios que producen el trueno.

Acababa de encontrar el rayo.

Dió orden á los coraceros de Milhaud de tomar la meseta de Mont-Saint Jean.

IX =Lo inesperado=

Eran tres mil quinientos. Presentaban un frente de un cuarto de legua. Eran hombres gigantes montados en caballos colosales. Eran veintiséis escuadrones, y tenían detrás, para apoyarles, la división de Lefebvre-Desnouettes, los ciento seis gendarmes escogidos, los cazadores de la guardia, mil ciento noventa y siete hombres, y los lanceros de la guardia, ochocientas ochenta lanzas. Llevaban cascos sin crines y corazas de hierro batido, pistolas de arzón en las fundas y largos espada sables. Por la mañana todo el ejército les había admirado, cuando, á las nueve, tocaban los clarines y entonaban todas las bandas el himno: Velemos por la salud del imperio, habían venido en columna cerrada, con una de sus baterías al flanco y la otra en el centro, desplegándose en dos filas entre la calzada de Genappe y Frischemont, para ocupar su punto de batalla en aquella poderosa segunda línea, tan sabiamente dispuesta por Napoleón, la cual, teniendo á su extrema izquierda los coraceros de Kellermann y á su extrema derecha los coraceros de Milhaud, tenía, por así decirlo, dos alas de hierro.

El ayudante de campo Bernard les llevó la orden del emperador. Ney sacó su espada y se puso á la cabeza. Los escuadrones enormes partieron.

Entonces se vió un espectáculo formidable.

Toda aquella caballería, con los sables desenvainados, banderines y trompetas al viento, formada en columna por divisiones, descendió con un mismo movimiento y como un solo hombre, con la precisión de un ariete de bronce que abre una brecha, la colina de la Belle Alliance, penetrando en la formidable hondonada en donde tantos hombres habían ya caído, desapareció en medio del humo, saliendo después de entre la sombra, reapareciendo al lado del valle, siempre compacta y unida, subiendo al trote largo, al través de una nube de metralla que llovía sobre ella, la espantosa pendiente de fango de la meseta de Mont Saint Jean. Subían gravemente, amenazadores, imperturbables; en los intervalos de la fusilería y de la artillería, oíase aquel pisoteo colosal de caballos. Siendo dos divisiones, eran dos columnas; la división Wathier ocupaba la derecha, la división Derlot la izquierda. Creíase ver de lejos, prolongándose hacia la cresta de la meseta, dos inmensas culebras de acero atravesando la batalla como un prodigio.

Nada parecido se había visto desde la toma del gran reducto de Moskowa por la caballería pesada. Murat faltaba aquí, pero estaba Ney. Parecía que aquella masa se había convertido en un monstruo, con una sola alma. Cada escuadrón ondulaba y se dilataba como el anillo de un pólipo, se les distinguía al través de una vasta humareda, rasgada aquí y allí. Revuelta y confusa mezcla de cascos, crines, sables, brincos borrascosos de las grupas de los caballos entre el estampido del cañón y el sonido de clarines, tumulto disciplinado y terrible; y por cima de todo, el movedizo brillar de las corazas como las escamas sobre la hidra.

Esta narración parece de otros tiempos. Algo parecido á esta visión aparecía sin duda en las antiguas epopeyas órficas describiendo los hombres caballos, los antiguos hipántropos, esos titanes de cara humana y pecho ecuestre que escalaron á galope el Olimpo, horribles, invulnerables, sublimes; dioses y bestias.

Extraña coincidencia numérica, veintiséis batallones iban á recibir á aquellos veintiséis escuadrones. Detrás de la cresta de la meseta, á la sombra de la batería oculta, la infantería inglesa, formada en trece cuadros, dos batallones por cuadro, y en dos líneas, siete en la primera, seis en la segunda, con la culata al hombro, apuntando y atenta á lo que iba á venir, serena, inmóvil, muda: estaba esperando. No veía á los coraceros, ni los coraceros la veían á ella. Oía cómo iba subiendo aquella marea de hombres. Oía cómo crecía el ruido de aquellos tres mil caballos, el pisoteo alternativo y simétrico de sus cascos al trote largo, el roce de las corazas, el choque de los sables, y una especie de resoplido grandioso y feroz. Hubo un momento de silencio espantoso; después, apareció de súbito por encima de la cresta una larga fila de brazos levantados blandiendo sables, y los cascos, y las trompetas, y los banderines; y tres mil cabezas con bigotes grises gritando: ¡Viva el emperador! Toda aquella caballería desembocando en la meseta, pareció el principio de un terremoto.

De repente, cosa trágica, á la izquierda de los ingleses, á nuestra derecha, la cabeza de la columna de los coraceros se encabritó con un clamor horrible. Al llegar al punto culminante de la cresta, desenfrenados, en toda su furia y en su carrera de exterminio, sobre los cuadros y cañones, los coraceros acababan de ver entre ellos y los ingleses un foso, una gran zanja. Era la hondonada del camino de Ohain.

Espantoso momento. El barranco estaba allí, inesperado, abierto á pico bajo los pies de los caballos, á la profundidad de dos toesas entre los repechos de ambos lados. La segunda fila empujó á la primera, y la tercera empujó á la segunda. Los caballos se encabritaban queriendo volver atrás, caían sobre sus grupas, alzaban al aire sus cuatro pies, tirando y derrumbando á los jinetes, agrupándose unos contra otros é imposibilitados de retroceder. Toda la columna no era más que un solo proyectil, la fuerza adquirida para destruir á los ingleses aplastó á los franceses. El barranco inexorable no podía ser vencido sino llenándole; jinetes y caballos rodaron confundidos en él, atropellándose y mezclados unos á otros, no formando más que una sola carne en aquel abismo; y cuando aquel foso estuvo ya lleno de hombres vivos, pasando por encima atravesaron la zanja los demás. Casi una tercera parte de la brigada Dubois se hundió en aquel abismo.

Aquí comenzó la pérdida de la batalla.

Una tradición local, evidentemente exagerada, dice que dos mil caballos y mil quinientos hombres quedaron sepultados en la hondonada de Ohain. En este número van verosímilmente comprendidos todos los demás cadáveres arrojados en el barranco al día siguiente del combate.

Notaremos de paso que aquella brigada Dubois, tan funestamente maltratada, era la misma que una hora antes, en carga aparte, había arrancado su bandera al batallón de Lusebourg.

Napoleón antes de ordenar la carga de los coraceros de Milhaud, había examinado el terreno, pero sin haber alcanzado ver ese camino hondo, que ni siquiera formaba un solo relieve en la superficie de la meseta. Advertido, sin embargo, y llamada su atención por la capillita blanca que marca el ángulo del camino con la calzada de Nivelles, había dirigido, probablemente sobre la eventualidad de un obstáculo, una pregunta al guía Lacoste. El guía había respondido no.

Casi podría decirse que de aquel movimiento de cabeza de un aldeano surgió la catástrofe de Napoleón.

Otras fatalidades debían todavía surgir.

¿Era posible que Napoleón ganase aquella batalla? Nosotros respondemos que no. ¿Por qué? ¿Por causa de Wellington? ¿Por causa de Blücker? No. Por causa de Dios.

Que venciese Bonaparte en Waterloo, no entraba ya en la ley del siglo XIX. Preparábase otra serie de hechos, en la cual no tenía cabida Napoleón. La mala voluntad de los sucesos venía anunciándose de larga fecha.

Había llegado ya la época de la caída de aquel hombre inmenso.

El excesivo peso de aquel hombre en el destino de la humanidad turbaba el equilibrio. Aquel individuo pesaba más él solo que el grupo universal. Esta plétora de toda la vitalidad humana concentrada en una sola cabeza, el mundo subiéndose al cerebro de un hombre, sería mortal para la civilización, á durar mucho. Había llegado el momento en que la incorruptible equidad suprema debía advertirlo. Probablemente se sentían lastimados los principios y los elementos, de los que dependen las gravitaciones regulares en el orden moral como en el orden material. La sangre humeante, el rellenamiento de los cementerios, las madres llorando, son en verdad quejidos temibles. Existen, cuando la tierra sufre excesivamente sobrecargada, gemidos misteriosos que parten de la sombra y oye el abismo.

Napoleón había sido denunciado en el infinito, y estaba decretada su caída.

Molestaba á Dios.

Waterloo no es, por lo tanto, una batalla; es el cambio de frente del universo.

X =La meseta de Mont-Saint-Jean=

Al mismo tiempo que el barranco, descubrióse la batería.

Sesenta cañones y los trece cuadros abrasaron á los coraceros á boca de jarro. El intrépido general Delort hizo el saludo militar á la batería inglesa.

Toda la artillería volante inglesa había entrado al galope dentro de los cuadros. Los coraceros no tuvieron ni un solo minuto para respirar. El desastre del barranco les había diezmado, pero no desalentado. Eran de aquellos hombres que cuanto disminuyen en número lo aumentan en valor.

La columna Wathier había sufrido únicamente el desastre; la columna Delort, á la que Ney había hecho oblicuar á la izquierda, como si presintiese el engaño, había llegado entera.

Los coraceros se lanzaron sobre los cuadros ingleses.

Pegados al cuerpo del caballo, las bridas sueltas, el sable entre los dientes y pistola en mano, tal fué el ataque.

Hay momentos en las batallas en que el ánimo endurece al hombre hasta convertir al soldado en estatua, y en que toda su carne se vuelve granito. Los batallones ingleses, desesperadamente acometidos, no se movieron.

Aquello fué horroroso.

Todos los frentes de los cuadros ingleses fueron atacados á la vez. Un torbellino frenético los envolvía. Aquella fría infantería permaneció impasible. La primera fila, rodilla en tierra, recibió á los coraceros con las bayonetas, la segunda los fusilaba; detrás de la segunda fila, los artilleros cargaban los cañones, abríase el frente del cuadro, dejando pasar una erupción de metralla, y volvía á cerrarse. Los coraceros respondían aplastando. Sus grandes caballos se encabritaban, levantando las piernas sobre las filas enemigas, saltando por encima de las bayonetas y cayendo como gigantes en medio de aquellos cuatro muros vivientes. Las balas abrían claros en los coraceros, los coraceros abrían brechas en los cuadros. Filas enteras de hombres desaparecían deshechas bajo los pies de los caballos. Las bayonetas se hundían en los vientres de aquellos centauros. De ahí la deformidad de heridas como no se hayan visto tal vez nunca.

Mutilados los cuadros por aquella caballería enfurecida, estrechábanse sin descomponerse. Inagotables en metralla, estallaban en medio de sus acometedores. La forma de ese combate era monstruosa. Aquellos cuadros no eran ya batallones, eran cráteres, aquellos coraceros no eran una caballería, sino una tempestad. Cada cuadro era un volcán atacado por una nube; la lava combatiendo al rayo.

El último cuadro de la derecha, el más expuesto de todos por carecer de apoyo, fué casi aniquilado á los primeros choques. Componíase del 75.º regimiento de highlanders. El gaitero, colocado en el centro, mientras se exterminaban á su alrededor, bajando con distracción profunda sus ojos melancólicos, llenos del reflejo de las selvas y los lagos, sentado sobre un tambor y su gaita bajo el brazo, tocaba los aires de sus montañas. Aquellos escoceses morían pensando en Ben Lothian, como los griegos acordándose de Argos. El sable de un coracero, derribando de un golpe la gaita y el brazo que la sostenía, acabó con la música, matando al músico.

Los coraceros relativamente poco numerosos, y aminorados por la catástrofe del barranco, tenían en contra suya á casi todo el ejército inglés; pero se multiplicaban, valiendo cada uno por diez. Así es que algunos batallones hannoverianos iban ya replegándose. Wellington lo vió, y pensó en su caballería. Si Napoleón, en aquel mismo instante hubiese pensado en su infantería, habría ganado la batalla. Este olvido fué su grande y fatal error.

De pronto los coraceros acometedores viéronse acometidos. La caballería inglesa estaba á sus espaldas. Al frente los cuadros, detrás Somerset; Somerset eran los mil cuatrocientos guardias dragones; Somerset tenía á su derecha á Dornberg con la caballería ligera de alemanes, y á su izquierda á Trip con los carabineros belgas; los coraceros, atacados de frente y retaguardia, á derecha é izquierda, por la infantería y la caballería, tenían que hacer cara á todas partes. ¿Qué les importaba? Eran un torbellino. Su bravura rayó en lo inexplicable.

Además, tenían detrás de sí la batería, tronando sin cesar. Y sólo así podían ser, tales hombres, heridos por la espalda. Una de sus corazas, agujereada en el omóplato izquierdo por una bala de cañón, está en la colección del museo de Waterloo.

Para tales franceses, eran indispensables ingleses como aquéllos.

Ya no fué aquello una lucha; fué una sombra, una furia, un arrebato vertiginoso de ánimo y valor, un huracán de espadas centelleantes. En un instante los mil cuatrocientos guardias dragones quedaron reducidos á ochocientos; Fuller, su teniente coronel, cayó muerto. Ney acudió con los lanceros y cazadores de Lefebvre Desnouettes. La meseta de Mont-Saint Jean fué tomada, recobrada, y vuelta á tomar. Los coraceros dejaban la caballería para volverse contra la infantería, ó por mejor decir, toda aquella confusión formidable se acogotaba, sin soltarse uno á otro. Los cuadros permanecieron firmes. Hubo doce asaltos. Ney tuvo cuatro caballos muertos. La mitad de los coraceros quedó en la meseta. Esta horrorosa lucha duró dos horas.

El ejército inglés quedó profundamente quebrantado. Es indudable que si los coraceros no hubiesen sido debilitados en su primer choque por el desastre de la hondonada, habrían acorralado el centro y decidido la victoria. Esta caballería extraordinaria petrificó á Clinton, quien había visto las batallas de Talavera y Badajoz. Wellington, vencido en sus tres cuartas partes, admirábales heroicamente, exclamando á media voz: ¡Sublime![8]

Los coraceros destrozaron siete de los trece cuadros, tomaron ó clavaron sesenta piezas de artillería, y cogieron á los regimientos ingleses seis banderas, que tres coraceros y tres cazadores de la guardia fueron á llevar al emperador delante de la granja de la Belle-Alliance.

La situación de Wellington había empeorado. Aquella batalla singular era como un duelo entre dos heridos encarnizados, que, cada uno por su parte, al par que combate y se resiste, va perdiendo toda la sangre. ¿Cuál de los dos caerá primero?

La lucha de la meseta continuaba.

¿Hasta dónde llegaron los coraceros? Nadie podría decirlo. Lo que sí es cierto, es que al día siguiente de la batalla fueron hallados muertos un coracero y su caballo entre la armadura de la báscula de pesar carruajes en Mont-Saint-Jean, en el punto mismo donde se cruzan y dividen los cuatro caminos de Nivelles, de Genappe, de La Hulpe y de Bruselas. Este jinete había atravesado las líneas inglesas. Uno de los hombres que levantaron su cadáver vive todavía en Mont Saint Jean. Se llama Dehaze. Tenía á la sazón diez y ocho años.

Wellington se sentía desfallecer. La crisis era inminente. Los coraceros no habían conseguido su objeto, puesto que el centro no había sido destruido. Todos ocupaban la meseta, pero nadie la poseía; sin embargo dominaban la mayor parte los ingleses.

Wellington ocupaba la población y la llanura culminante; Ney no tenía mas que la cresta y la pendiente. Unos y otros parecían haber echado raíces en aquel suelo fúnebre.

Pero el decaimiento de los ingleses parecía irremediable. La hemorragia de su ejército era horrible. Kempt, en el ala izquierda, reclamaba refuerzo. No le hay, respondía Wellington; ¡Que se haga matar! Casi en el mismo instante, coincidencia singular que pinta el abatimiento en ambos ejércitos, Ney pedía infantería á Napoleón, y Napoleón exclamaba: ¡Infantería! ¿De dónde quiere que la saque? ¿Quiere que la haga yo?

Sin embargo, el ejército inglés era el más debilitado. Los combates furiosos de aquellos poderosos escuadrones con corazas de hierro y pechos de acero, habían aniquilado su infantería. Algunos hombres, alrededor de una bandera, marcaban el lugar donde hubo un regimiento: batallones había, mandados únicamente por un capitán ó por un teniente; la división Alten, tan maltratada ya en la Haie-Sainte, estaba casi destruida; los intrépidos belgas de la brigada Van Kluze, cubrían con sus cadáveres los centenos á lo largo del camino de Nivelles; casi nada quedaba de aquellos granaderos holandeses que en 1811, mezclados en España á nuestras filas, combatieron á Wellington, y que en 1815, aliados á los ingleses, combatían á Napoleón. La pérdida de sus oficiales era considerable. Lord Uxbridge, que al día siguiente hizo enterrar su pierna, tenía la rodilla destrozada. Si, por parte de los franceses, en las cargas de los coraceros, Delort, l'Héritier, Colbert, Duop, Travers y Blancard quedaron fuera de combate, por la de los ingleses, estaba herido Alten, Barne lo estaba también, Delancey muerto, Van Meeren muerto, Ompteda muerto, y todo el estado mayor de Wellington fué diezmado, llevando Inglaterra la peor parte en aquel equilibrio sangriento. El 2.º regimiento de guardias de infantería había perdido cinco tenientes coroneles, cuatro capitanes y tres alféreces; el primer batallón del 30.º de infantería había perdido veinticuatro oficiales y ciento doce soldados; el 79.º de montañeses tenía veinticuatro oficiales heridos, diez y ocho oficiales muertos, y cuatrocientos cincuenta soldados también muertos.

Loa húsares hannoverianos de Comberland, un regimiento entero, con su coronel Hacke á la cabeza, quien más tarde debía ser juzgado y destituido, habían vuelto grupas ante la lucha refugiándose en el bosque de Soignes, sembrando la dispersión hasta Bruselas. Los carros, los tiros, los bagajes, los furgones llenos de heridos, viendo ganar terreno á los franceses y acercarse á la selva, precipitáronse en ella; los holandeses, acuchillados por la caballería francesa, gritaban: ¡Al arma!

Desde Vert Coucou hasta Groenendael, en una extensión de cerca dos leguas en dirección á Bruselas, hubo, al decir de testigos que viven todavía, una verdadera invasión de fugitivos. El pánico fué tal, que se comunicó al príncipe de Condé en Malinas y al mismo Luis XVIII en Gante. Á excepción de la débil reserva escalonada detrás del hospital de sangre, establecido en la granja de Mont Saint Jean y de las brigadas Vivian y Vandeleur que flanqueaban el ala izquierda, Wellington no tenía ya caballería. Gran número de baterías estaban desmontadas. Estos hechos están confesados por Siborne; y Pringle, exagerando el desastre, llega á decir que el ejército anglo holandés, había quedado reducido á treinta y cuatro mil hombres. El duque de hierro permanecía sereno, pero sus labios estaban blancos. El comisario austríaco Vincent y el comisario español Álava, testigos de la batalla en el estado mayor inglés, creyeron al duque ya perdido. Á las cinco miró Wellington su reloj, y se le oyó murmurar esta frase sombría: ¡Blücker ó la noche!

Esto fué casi en el mismo instante en que una línea lejana de bayonetas, brillaba en las alturas del lado de Frischemont.

Ahí estaba la peripecia de aquel drama gigante.

XI =Mal guía para Napoleón, bueno para Bülow=

Bien conocido es el doloroso error de Napoleón; esperando á Grouchy, apareció Blücker; la muerte en lugar de la vida.

El destino tiene estos reveses; cuando se espera el trono del mundo, se divisa Santa Elena.

Si el pastorcillo que servía de guía á Bülow, teniente de Blücker, le hubiese aconsejado dejar la selva por encima de Frischemont mejor que por encima de Plancenoit, la fisonomía del siglo XIX hubiera sido quizá diferente. Napoleón hubiera ganado la batalla de Waterloo.

Por cualquier otro camino más elevado que el de Plancenoit, el ejército prusiano salía á un barranco infranqueable para la artillería, y Bülow no podía llegar.

Pues bien, con una sola hora de retraso, y es el general prusiano Muffling quien lo dice, Blücker no hubiera encontrado á Wellington de pie: «la batalla estaba perdida».

Era ya tiempo, como se ve, de que Bülow llegase. Había á la verdad, retardado mucho: había pernoctado en Dion-le Mont, de donde había salido al despuntar el alba. Pero los caminos estaban impracticables, y sus divisiones se habían atascado. Los carriles que abrían las ruedas de los cañones en el barro, llegaban hasta los ejes. Además, había sido preciso pasar el Dyle por el estrecho puente de Wavre; la calle que conduce al puente, había sido incendiada por los franceses, las cajas y furgones de artillería no pudiendo pasar por entre dos filas de casas ardiendo, tuvieron que esperar á que se apagara el incendio. Eran ya las doce, cuando la vanguardia de Bülow no había podido llegar todavía á Chapelle-Saint Lambert.

De haber comenzado la acción dos horas más temprano, hubiese terminado á las cuatro, y Blücker hubiera caído sobre la batalla ganada por Napoleón. Tales son esos inmensos azares, proporcionados á un infinito que está muy por encima de nuestros alcances.

Desde el medio día, el emperador el primero, con su anteojo de larga vista, había divisado al extremo del horizonte, algo que le llamó su atención. Y había dicho: Allá, á lo lejos, veo una nube que me parece ser de tropas. Luego, preguntó al duque de Dalmacia:

--Soult, ¿qué es lo que veis hacia Chapelle-Saint-Lambert? El mariscal, aplicando su anteojo, respondió: Cuatro ó cinco mil hombres, señor. Evidentemente Grouchy. Sin embargo, aquello continuaba inmóvil en la bruma. Todos los anteojos del estado mayor habían examinado «la nube» designada por el emperador. Algunos habían dicho: Son columnas que hacen alto. La mayor parte decía: Son árboles. La verdad es que la nube no se movía. El emperador había destacado para reconocer aquel punto obscuro la división de caballería ligera de Domon.

Bülow, en efecto, no se había movido. Su vanguardia era muy débil, y nada podía hacer. Debía esperar al grueso del ejército, y tenía orden de concentrarse antes de entrar en línea; pero á las cinco, viendo Blücker el peligro de Wellington, ordenó á Bülow que atacase, y dijo esta frase notable: «Es preciso dar aire al ejército inglés».

Poco después, las divisiones, Losthin, Hiller, Hacke y Ryssel, se desplegaban ante el cuerpo de Lobau; la caballería del príncipe Guillermo de Prusia salía del bosque de París; Plancenoit estaba ardiendo, y las balas prusianas comenzaban á llover, llegando hasta las líneas de la guardia de reserva detrás de Napoleón.

XII =La guardia=

Cualquiera sabe lo demás: la irrupción de un tercer ejército, la batalla dislocada, ochenta y seis bocas de fuego tronando de repente, Pirch llegado de nuevo con Bülow, la caballería de Zieten mandada por Blücker en persona, los franceses rechazados, Marcognet arrojado de la meseta de Ohain, Durutte desalojado de Papelotte, Donzelot y Quiot retrocediendo, Lobau acuchillado, una nueva batalla precipitándose al caer de la noche sobre los regimientos franceses debilitados, toda la línea inglesa volviendo á tomar la ofensiva y marchando adelante, la gigantesca brecha abierta en el ejército francés, la metralla inglesa y la metralla prusiana auxiliándose, el exterminio, el desastre de frente, el desastre en los flancos, y la guardia entrando en línea bajo aquel espantoso derrumbamiento.

Como ésta presentía que iba á morir, gritó: ¡Viva el emperador! La historia no registra nada tan conmovedor como aquella agonía estallando en aclamaciones.

El cielo había estado cubierto todo el día. De repente, en aquel mismo instante, las ocho de la tarde, rasgáronse las nubes del horizonte dejando pasar, al través de los olmos de la carretera de Nivelles, el grande y siniestro fulgor del sol poniente. Habíasele visto salir en Austerlitz.

Para aquel desenlace, cada batallón de la guardia iba mandado por un general. Friant, Michel, Roguet, Harlet, Mallet y Poret de Morvan, estaban allí. Cuando aparecieron las elevadas gorras de los granaderos de la guardia con la ancha placa del águila, y se vieron éstos, simétricos, alineados y serenos, entre la bruma de aquella pelea, sintió el enemigo respeto hacia Francia; creyó ver entrar veinte victorias en el campo de batalla con alas desplegadas, y, los vencedores, creyéndose vencidos, retrocedieron; pero Wellington gritó: ¡Arriba, guardias, y buena puntería!

El regimiento encarnado de guardias inglesas, tendido detrás de los setos, se levantó; una lluvia de metralla acribilló la bandera tricolor, flotante en medio de nuestras águilas; precipitáronse todos enseguida unos contra otros, y empezó la suprema matanza. La guardia imperial sentía entre las sombras cómo el ejército iba cediendo á su alrededor, y el inmenso estremecimiento de la derrota; oyó el grito de ¡sálvese quien pueda! que había reemplazado al de ¡viva el emperador! y teniendo la fuga detrás y la muerte delante, continuaba avanzando y muriendo. No hubo allí vacilantes ni tímidos. Cada soldado de aquella tropa era tan héroe como el general. Ni uno solo de sus hombres faltó al suicidio.

Ney, desatinado, elevándose á toda la altura del que acepta la muerte, ofrecíase á todos los golpes de aquella tormenta. Allí perdió su quinto caballo. Empapado en sudor, saltando fuego de sus ojos, espumantes los labios, desabrochado el uniforme, una de sus charreteras medio cortada por el sablazo de un jinetes de la guardia inglesa, su placa de la grande águila abollada por una bala, lleno de sangre y de lodo, admirable, con una espada rota en la mano, y exclamando; ¡Venid á ver cómo muere un mariscal de Francia en el campo de batalla! Pero inútilmente; no murió. Aparecía rudo é indignado. Lanzó á Drouet de Erlón esta pregunta: «¿Es que no quieres hacerte matar?». Y seguía gritando en medio de toda aquella artillería que iba destrozando á un puñado de hombres: ¿No hay nada para mí? ¡Oh! ¡Quisiera que todas esas balas inglesas entrasen en mi pecho!

¡Estabas reservado para las balas francesas! ¡desdichado!

XIII =La catástrofe=

La derrota á espaldas de la guardia fué lúgubre.

El ejército se replegó bruscamente y á la vez, por todas partes: de Hougomont, de la Haie Sainte, de Papelotte, de Plancenoit. El grito de: ¡Traición! fué seguido del grito: ¡Sálvese quien pueda!

Un ejército que se desbanda es un deshielo. Todo cede, se rompe, estalla, flota, rueda, cae, choca, se empuja y precipita. ¡Destrucción inaudita!

Ney toma otro caballo, salta encima, y sin sombrero, sin corbata, sin espada, se coloca en medio de la calzada de Bruselas, deteniendo á la vez á ingleses y á franceses. Intenta retener al ejército; llama, insulta, se aferra á la derrota. Pero es rechazado por ella. Los soldados se le escapan, gritando: ¡Viva el mariscal Ney!

Dos regimientos de Durutte van y vienen despavoridos y como agitados entre los sables de los ulanos y el fuego de las brigadas de Kempt, de Best, de Park y de Rylandt. La peor de las luchas es la derrota; los amigos se matan entre sí por huir; los escuadrones y los batallones dispersándose chocando unos contra otros; enorme espuma de la batalla. Lobau en un extremo y Reille en el otro, son arrollados por aquella ola. En vano Napoleón forma muralla con lo que le queda de su guardia; en vano emplea para el último esfuerzo sus escuadrones de servicio. Quiot retrocede ante Vivian, Kellermann ante Vandeleur, Lobau ante Bülow, Morand ante Pirch, Domon y Subervic delante del príncipe Guillermo de Prusia, Guyot, que dirige la carga de los escuadrones del emperador, cae bajo los pies de los dragones ingleses. Napoleón recorre al galope la línea de los fugitivos, les arenga, incita, amenaza y suplica. Todas las bocas que exclamaban por la mañana viva el emperador, permanecen abiertas y en suspenso; apenas hay allí quien le conozca. La caballería prusiana, venida de refresco, se precipita, vuela, acuchilla, corta, hiende, mata, y extermina. Los tiros se arremolinan, los cañones se vuelcan; los soldados del tren desenganchan los arcones y toman los caballos para escapar; los furgones volcados con las ruedas al aire, impiden el tránsito, ocasionando asesinatos; todos se aplastan, se atropellan, caminando sobre muertos y vivos. Los brazos se alzan desesperados. Una multitud vertiginosa llena los caminos, los senderos, los puentes, las llanuras, las colinas, los valles y los bosques obstruidos por la evasión de cuarenta mil hombres. Gritos, desesperación, morrales y fusiles arrojados entre los centenos, paso abierto á estocadas, no hay allí distinciones entre camaradas, oficiales, ni generales; el espanto es indescriptible. Zieten acuchilla á la Francia á su placer. Los leones se han convertido en corzos. Tal fué aquella fuga.

En Genappe se intentó volver la cara, hacer frente, contener. Lobau reunió trescientos hombres, y con ellos levantó una barricada á la entrada de la aldea; pero á la primera descarga de la metralla prusiana, huyeron todos, y Lobau fué hecho prisionero. Todavía se ve hoy impresa aquella descarga de metralla en el antiguo paredón de un edificio de ladrillo, á la derecha del camino, pocos minutos antes de llegar á Genappe. Los prusianos se lanzaron sobre Genappe, furiosos sin duda de ser tan fácilmente vencedores. La persecución fué monstruosa. Blücker ordenó el exterminio. Roguet había ya dado el triste ejemplo de amenazar de muerte á todo granadero francés que le llevara un prisionero prusiano. Blücker sobrepujó á Roguet. El general de la guardia joven, Duhesme, acorralado contra la puerta de una posada en Genappe, entregó su espada á un húsar de la muerte, quien la tomó, matando luego al prisionero. La victoria terminó con el asesinato de los vencidos. Castiguemos, ya que somos la historia; el viejo Blücker se deshonró. Semejante ferocidad fué el colmo del desastre. La derrota desesperada atravesó Genappe, atravesó Quatre Bras, atravesó Gosselies, atravesó Frasnes, atravesó Charleroi, atravesó Thuin, y no paró hasta la frontera. ¡Ay! ¿Y quién era el que huía de esta suerte? El grande ejército.

Este vértigo, este terror, ese derrumbamiento del más alto valor que jamás ha admirado la historia, ¿deja por ventura de tener su causa? No. La sombra de una enorme recta se proyectaba sobre Waterloo. Era la jornada del destino. Una fuerza superior al hombre fué la que trazó la línea de este día.

De ahí la espantosa sumisión de todas las frentes; de ahí todas aquellas almas grandes rindiendo sus espadas. Los que habían vencido á la Europa cayeron aterrados, sin tener ya nada que hacer ni que decir, sintiendo en la sombra la presencia de un algo terrible. Hoc erat in fatis. Aquel día cambió la perspectiva del género humano. Waterloo es el gozne del siglo XIX. La desaparición del grande hombre era necesaria al advenimiento del gran siglo. Alguien, á quien nadie replica, se encargó de ello. Así se explica el pánico de aquellos héroes. En la batalla de Waterloo no hubo sólo una nube, hubo un meteoro. Pasó Dios.

Al caer de la noche en un campo cercano á Genappe, Bernard y Bertrand asieron por el faldón de la levita y detuvieron, á un hombre esquivo, pensativo, siniestro, que arrastrado hasta allí por la corriente de la derrota, acababa de echar pie á tierra, habiendo pasado el brazo por la brida de su caballo y, con ojos extraviados, regresaba solo á Waterloo. Era Napoleón, intentando todavía ir adelante; inmenso sonámbulo de aquel sueño de gloria anonadada.

XIV =El último cuadro=

Algunos cuadros de la guardia, inmóviles entre la corriente de la derrota, como rocas en el agua que pasa, se sostuvieron hasta la noche. Venía la noche, y con ella la muerte; esperaron esa doble obscuridad, é inquebrantables, dejáronse envolver por ambas. Cada regimiento, aislado de los demás, y no teniendo ya lazo alguno que les uniese al ejército, roto por todas partes, moría por su cuenta. Habían tomado posiciones para ejecutar esta última acción, los unos sobre las alturas de Rossomme, los otros en la llanura de Mont-Saint Jean. Allí, abandonados, vencidos y terribles, aquellos cuadros sombríos agonizaban formidablemente. Ulm, Wagram, Jena, Friedland, morían en ellos.

Á la hora del crepúsculo, á eso de las nueve de la noche, en la falda de la meseta de Mont-Saint Jean, quedaba uno todavía. En ese valle funesto, al pie de aquella pendiente, trepada antes por los coraceros, inundada entonces por las masas inglesas, bajo los fuegos convergentes de la artillería enemiga victoriosa, bajo una espantosa densidad de proyectiles, aquel cuadro luchaba aún. Mandábalo un oficial llamado Cambronne. Á cada descarga, el cuadro disminuía y contestaba. Replicaba á la metralla con la fusilería, estrechándose continuamente sus cuatro lados. De lejos, los fugitivos, parándose algunos momentos para tomar aliento, oían en las tinieblas aquel tronar sombrío y decreciente.

Cuando esta legión quedó reducida á un solo puñado de hombres, cuando su bandera no fué más que un jirón, cuando sus fusiles, agotadas las balas, no fueron más que palos, cuando el montón de cadáveres fué mayor que el grupo viviente, hubo entre los vencedores una especie de terror sagrado, en torno de aquellos moribundos sublimes, y la artillería inglesa, recobrando el aliento, enmudeció. Fué una especie de tregua. Aquellos combatientes tenían á su alrededor como un hormigueo de espectros, siluetas de hombres á caballo, el negro perfil de los cañones, el cielo blanco, divisado á través de las ruedas y de las cureñas. La colosal calavera que los héroes entrevén siempre entre el humo, en el fondo de la batalla, se adelantaba mirándolos, hacia ellos. Pudieron oir fácilmente entre la sombra crepuscular cómo se cargaban las piezas; las mechas encendidas, semejantes á ojos de tigre entre la obscuridad de la noche, formaron un círculo alrededor de sus cabezas; todos los bota fuegos de las baterías inglesas se acercaron á los cañones, y entonces, al tener el instante supremo suspendido sobre aquellos hombres, conmovido un general inglés, Colville según unos, Maitland según otros, les gritó: ¡Valientes franceses, rendíos! Cambronne respondió:

--¡Mierda!

XV =Cambronne=

El respeto debido á los lectores no puede llegar al extremo de vedar al historiador la repetición de la palabra, tal vez más adecuada, que ha dicho un francés. Esto prohibiría la consignación de lo sublime en la historia.

Prohibición que infringiríamos nosotros por nuestra cuenta y riesgo.

Conste, pues, que en medio de aquellos gigantes, hubo un titán: Cambronne.

Decir esta palabra y morir enseguida, ¡hay nada más grande! Porque morir es el querer morir, y no fué culpa suya si después de ametrallado sobrevivió.

El hombre que ganó la batalla de Waterloo, no es Napoleón derrotado, no es Wellington replegándose á las cuatro y desesperado á las cinco; no es Blücker, que no llegó á batirse; el hombre que ganó la batalla de Waterloo fué Cambronne.

Fulminar con semejante palabra el trueno que os mata, es vencer.

Dar esta respuesta á la catástrofe, decir esto al destino, conceder esta base al león futuro, arrojar esa réplica á la lluvia de la noche, al muro traidor de Hougomont, á la hondonada de Ohain, al retraso de Grouchy, á la llegada de Blücker; ser la ironía en el sepulcro, saber quedar en pie después de haber caído, ahogar en dos sílabas la coalición europea, ofrecer á los reyes aquellas letrinas ya conocidas de los Césares, hacer de la última de las palabras la primera, mezclando con ella el brillo de la Francia; cerrar insolentemente la jornada de Waterloo con el martes de Carnaval, completar á Leónidas con Rabelais, resumir aquella victoria en una palabra suprema, imposible de pronunciar; perder el terreno y conservar la historia, y después de aquella matanza conquistarse la risa, es verdaderamente inmenso.

Es insultar al rayo, es llegar á la grandeza esquiliana.

La palabra de Cambronne hace el efecto de una fractura. Es la ruptura del pecho por el desdén: es el desbordamiento de la agonía que estalla. ¿Quién fué el vencedor? ¿Wellington? No. Sin Blücker estaba perdido. ¿Fué Blücker? No. Si Wellington no hubiera comenzado, Blücker no hubiera podido concluir. Aquel Cambronne, aquel pasajero de última hora, aquel soldado ignorado, aquel átomo de la guerra, siente que hay allí una mentira en una catástrofe, doblemente punzante, y en el punto en que estalla de rabia, le ofrece esta irrisión: ¡la vida! ¿Cómo no botar?

Están allí todos los reyes de Europa, los generales afortunados, los Júpiter tonantes; tienen cien mil soldados victoriosos, y detrás de los cien mil, un millón; sus cañones, con las mechas encendidas, están prontos, tienen bajo sus plantas la guardia imperial y al gran ejército, acaban de aplastar á Napoleón, y no queda ya más que Cambronne. No queda ya para protestar más que aquel gusano.

Pero él protestará. Entonces busca él una palabra como se busca una espada. La espuma se le viene á los labios, y es aquella espuma la palabra. Ante aquella victoria prodigiosa y medianísima, ante aquella victoria sin victoriosos, aquel desesperado se levanta; sometiendo á la enormidad, hace constar su nada; hace más que escupir en ella; y abrumado bajo el peso del número, la fuerza y la materia, encuentra el alma, una expresión, el excremento. Lo repetimos, decir esto, hacer esto, hallar esto, es ser el vencedor.

El espíritu de los grandes días penetró en este hombre desconocido en aquel instante fatal. Cambronne dió con la palabra de Waterloo como Rouget de l'Isle dió con la Marsellesa, por la intuición de un soplo de lo alto.

Un efluvio del huracán divino se desprende y viene á pasar al través de estos hombres, los cuales se estremecen, entonando el uno el cántico supremo, y lanzando el otro el grito terrible. Aquella palabra de desdén titánico, no la lanzó Cambronne únicamente á Europa en nombre del imperio; hubiera sido poco; dirigiola al pasado en nombre de la Revolución. Siéntese y reconócese en Cambronne el alma antigua de los gigantes. Parece ser Dantón que habla, ó Kleber que ruge.

Á la palabra de Cambronne, la voz inglesa contestó: ¡Fuego! Las baterías fulguraron, retembló la colina, de todas aquellas bocas de bronce salió el postrer vómito de espantosa metralla, levantóse una vasta humareda, vagamente blanqueada por la luna naciente. Cuando se hubo disipado el humo, ya no había nada. Aquel resto formidable acababa de ser aniquilado: la guardia estaba muerta.

Los cuatro muros del reducto viviente yacían destrozados, apenas se percibía aquí y allá algún sacudimiento entre los cadáveres. Así fué cómo las legiones francesas, más grandes que las legiones romanas, expiraron en Mont Saint Jean, sobre el suelo empapado de agua y sangre, entre los trigos sombríos, en el mismo lugar por donde pasa ahora á las cuatro de la madrugada, silbando y fustigando alegremente su caballo, José, el conductor de la valija-correo de Nivelles.

XVI =¿Quot libras in duce?=

La batalla de Waterloo es un enigma. Tan obscuro para los que la ganaron como para quien la perdió. Para Napoleón fué un pánico[9]. Blücker no vió en ella sino fuego; Wellington no entendió nada. Véanse los partes. Los boletines resultan confusos, los comentarios embrollados. Éstos balbucean, aquéllos tartamudean.

Jomini divide la batalla de Waterloo en cuatro tiempos; Muffling la corta en tres peripecias; Charras, aunque en algunos puntos tengamos diversa apreciación, es el único que ha fijado con su certero golpe de vista las principales y características líneas de aquella catástrofe del genio humano en lucha con el azar divino. Todos los demás historiadores se han deslumbrado más ó menos, y en medio de su deslumbramiento andan á tientas. Jornada fulgurante, en efecto, derrumbamiento de la monarquía militar que, con gran estupor de los reyes, arrastró á ella á todos los reinos; caída de la fuerza, derrota de la guerra.

En semejante acontecimiento, impregnado de una necesidad sobrehumana, la parte de los hombres es nula.

Quitarles Waterloo á Wellington y á Blücker, ¿es quitar algo á Inglaterra y á Alemania? No. Ni la ilustre Inglaterra, ni la augusta Alemania, son discutibles en el problema de Waterloo. Gracias al cielo, los pueblos son grandes independientemente de las lúgubres aventuras de la espada.

Ni Alemania, ni Inglaterra, ni Francia, están encerradas en el interior de una vaina. En aquella época en que Waterloo no es más que un choque de espadas; sobre Blücker tiene Alemania á Schiller, y sobre Wellington tiene Inglaterra á Byron. Un vasto nacimiento de ideas es el signo característico de nuestro siglo, y entre esa aurora tienen, así la Inglaterra como Alemania, esplendores magníficos. Ambas son majestuosas, porque piensan. La elevación de nivel que aportan ambas á la civilización, les pertenece intrínsecamente; procede de ellas mismas, y no de un accidente. Todo su engrandecimiento en el siglo XIX no tiene nada de común con Waterloo por su origen. Solamente los pueblos bárbaros tienen crecidas súbitas después de una victoria. Es la vanidad pasajera de los torrentes henchidos por la barrusca. Los pueblos civilizados, sobre todo en los tiempos que atravesamos, no se elevan ni rebajan con la buena ó mala fortuna de un capitán. Su peso específico en el género humano es resultado de algo más que un combate. Su honra, á Dios gracias, su dignidad, su esplendor, y su genio, no son números que los héroes y conquistadores, jugadores al fin, puedan poner á la lotería de las batallas. Frecuentemente batalla perdida, significa progreso conquistado. Á menos gloria mayor libertad. Calla el tambor, y toma la razón la palabra. Es el juego del gana-pierde.

Hablemos, pues, de Waterloo, fríamente por una y otra parte. Demos al azar lo que es del azar, y á Dios lo que es Dios. ¿Qué fué Waterloo? ¿Una victoria? No. Un quinterno.

Quinterno ganado por Europa, y pagada por Francia.

No valía, de mucho, la pena de poner allí un león.

Por lo demás, Waterloo, es el encuentro más extraño que registra la historia. Napoleón y Wellington. No son enemigos, son contrarios. Dios, que se complace en las antítesis, no produjo jamás contraste más sorprendente ni confrontación más extraordinaria.

Por una parte la precisión, la previsión, la geometría, la prudencia, la retirada asegurada, las reservas economizadas, una sangre fría pertinaz, un método imperturbable, la estrategia que aprovecha el terreno, la táctica que equilibra los batallones, la matanza tirada á cordel, la guerra regulada reloj en mano, nada abandonado voluntariamente al azar, el antiguo valor clásico, la corrección absoluta; por la otra, la intuición, la adivinación, el capricho militar, el instinto sobrehumano, el brillante golpe de vista, un no sé qué, que mira como el águila y hiere como el rayo, un arte prodigioso dentro una impetuosidad desdeñosa; todos los misterios de un alma profunda, la asociación con el destino; el río, la llanura, el bosque, la colina, intimados y en cierto modo obligados á obedecer; el déspota llegando hasta tiranizar el campo de batalla; la fe en su estrella mezclada á la ciencia estratégica, engrandeciéndola y turbándola á un tiempo. Wellington era el Barême de la guerra, Napoleón el Miguel Ángel, y esta vez el genio fué vencido por el cálculo.

Por ambas partes se esperaba á alguien. Fué el calculador exacto quien salió en bien. Napoleón esperaba á Grouchy, y no vino, Wellington esperaba á Blücker, y acudió.

Wellington fué la guerra clásica tomando su revancha. Bonaparte, en su aurora, habíala encontrado en Italia, y batido soberbiamente. La vieja lechuza había huido ante el joven buitre. La antigua táctica, no sólo quedó pulverizada sino escandalizada. ¿Qué venía á ser aquel corso de veintiséis años, qué significaba aquel ignorante espléndido que, teniéndolo todo en contra suya, nada en su favor, sin víveres, sin municiones, sin cañones, sin zapatos, casi sin ejército; con un puñado de hombres en frente de masas compactas, se precipitaba sobre la Europa coligada, y ganaba absurdamente victorias imposibles?

¿De dónde salía aquel rayo furibundo que, casi sin tomar aliento y con el mismo juego de combatientes en la mano, pulveriza uno después de otro los cinco ejércitos del emperador de Alemania, derribando á Beaulieu sobre Alvinzi, á Wurmser sobre Beaulieu, á Melas sobre Wurmser, á Mack sobre Melas? ¿Quién era ese advenedizo de la guerra con la atrevida desvergüenza de un astro? La escuela académica militar le excomulgaba huyendo á su presencia. De ahí el implacable rencor del viejo cesarismo contra el nuevo, del sable correcto contra la espada flamígera, y del tablero contra el genio.

El 18 de junio de 1815 encontró este rencor su última palabra, y debajo de Lodi, de Montebello, de Montennote, de Mantua, de Marengo y de Arcole, escribió: Waterloo. Triunfo de las medianías dulce á las mayorías. El destino consintió esta ironía. Napoleón al declinar, se encontró ante Wurmser joven.

Y efectivamente, para tener á Wurmser, basta con blanquear los cabellos á Wellington.

Waterloo es una batalla de primer orden, ganada por un capitán de segundo.

Lo que hay que admirar en esta batalla, es Inglaterra, es la firmeza inglesa, es la resolución inglesa, es la sangre inglesa. Lo que Inglaterra tuvo allí de soberbio no ha de desagradarle, fué ella misma. No fué su capitán, fué su ejército.

Wellington, ingrato hasta la extravagancia, declara en una carta á lord Bathurst que su ejército, el ejército que combatió el 18 de junio de 1815, era un «ejército detestable». ¿Qué pensará de ello esa sombría confusión de esqueletos sepultados en los campos de Waterloo?

La Inglaterra ha sido muy modesta al frente de Wellington. Hacer tan grande á Wellington, es empequeñecerse.

Wellington no pasa de ser un héroe como otro cualquiera. Aquellos escoceses grises, aquellos guardias de á caballo, aquellos regimientos de Maitland y de Mitchell, aquella infantería de Pack y de Kempt, aquella caballería de Ponsomby y de Somerset, aquellos montañeses tocando la gaita bajo la metralla, aquellos batallones de Rylandt, aquellos reclutas enteramente bisoños, que apenas sabían manejar el fusil, haciendo cara á los veteranos de Essling y de Rívoli, esto es lo grande. Wellington fué tenaz, éste es su mérito, y nosotros no se lo hemos de regatear; pero el último de sus infantes y de sus jinetes fué tan fuerte como él. El soldado de hierro bien vale lo que el duque de hierro.

Por nuestra parte, concedemos toda la gloria al soldado inglés, al ejército inglés, al pueblo inglés. Si hubo trofeos son para Inglaterra. La columna de Waterloo sería más justa, si en lugar de la figura de un hombre, elevase á las nubes la estatua de un pueblo.

Pero la gran Inglaterra se irritará de lo que aquí decimos. Ella conserva aún, después de su 1688 y de nuestro 1789, la ilusión feudal, porque cree en la herencia y en la jerarquía. Este pueblo, al cual ninguno aventaja en poderío y gloria, se aprecia á sí mismo como nación, no como pueblo. Y como pueblo, se subordina de buen grado y toma por cabeza un lord. Obrero, se deja despreciar; soldado, deja que le apaleen. Cualquiera sabe que en la batalla de Inkermann un sargento, que según parece, había salvado al ejército, no pudo ser mencionado por lord Raglan, por no permitir la jerarquía militar inglesa citar en un parte á ningún héroe de grado inferior al de oficial.

Lo que admiramos sobre todo, en un encuentro por el estilo del de Waterloo, es la prodigiosa habilidad del azar. Lluvia nocturna, muro de Hougomont, hondonada de Ohain, Grouchy sordo al cañón, el guía de Napoleón que le engaña y el de Bülow que le dirige bien; todo este cataclismo aparece maravillosamente conducido.

En suma, debemos decir, que hubo en Waterloo más matanza que lucha.

Es Waterloo, de todas las batallas en regla, la que presentó la línea de combate más reducida con respecto al número de combatientes; la de Napoleón tenía tres cuartos de legua, y media legua la de Wellington, con setenta y dos mil combatientes por cada parte. De esta aglomeración vino la matanza.

Se ha hecho este cálculo, y establecido la proporción siguiente: pérdida de hombres: en Austerlitz, franceses, catorce por ciento; rusos, treinta por ciento; austríacos, cuarenta y cuatro por ciento.

En Wagram, franceses, trece por ciento; austríacos, catorce.

En la Moskowa, franceses, treinta y siete por ciento; rusos, cuarenta y cuatro.

En Bautzen, franceses, trece por ciento; rusos y prusianos, catorce.

En Waterloo, franceses, cincuenta y seis por ciento; aliados, treinta y uno. Total para Waterloo, cuarenta y uno por ciento. Ciento cuarenta y cuatro mil combatientes; sesenta mil muertos.

Hoy día el campo de Waterloo presenta la calma que pertenece á la tierra, sostén impasible del hombre, y se parece á las demás llanuras.

De noche, sin embargo, despréndese allí una bruma fantástica; y si algún viajero se pasea, si mira, si escucha, si piensa como Virgilio en las funestas llanuras de Filipo, la alucinación de la catástrofe le domina. El horrible 18 de junio revive, la falsa colina monumental desaparece, desvanécese aquel león, y recobra el campo de batalla su realidad; ondulan en la llanura líneas de infantería, galopes furiosos cruzan el horizonte; el espantado soñador ve el brillo de los sables, el resplandor de las bayonetas, el fulgor de las bombas, el entre cruzamiento monstruoso de los truenos; oye, como un estertor en el fondo de una tumba, el vago clamor de la batalla fantasma; aquellas sombras son los granaderos; aquellos fulgores los coraceros; aquel esqueleto es Napoleón; aquel otro Wellington; todo aquello ya no existe; pero choca y combate todavía; y los barrancos se enrojecen, y se estremecen los árboles, y están enfurecidas hasta las nubes: y en medio de las tinieblas, todas aquellas alturas feroces, Mont-Saint Jean, Hougomont, Frichemont, Papelotte y Plancenoit, aparecen confusamente coronadas de torbellinos de espectros que se exterminan.

XVII =¿Es preciso encontrar bueno á Waterloo?=

Existe una escuela liberal muy respetable que no odia en lo más mínimo á Waterloo. Nosotros no pertenecemos á ella. Para nosotros, Waterloo no es más que la fecha asombrada de la libertad. Que tal águila nazca de semejante huevo, eso es seguramente lo inesperado.

Waterloo mirado desde el punto de vista culminante de la cuestión, es intencionalmente una victoria contra-revolucionaria. Es la Europa contra la Francia; es Petersburgo, Berlín y Viena contra París; es el statu quo contra la iniciativa; es el 14 de julio de 1789 atacado al través del 20 de marzo de 1815; es el zafarrancho de las monarquías contra el indomable tumulto francés.

Apagar, por fin, este vasto pueblo en erupción desde hacía veintiséis años; tal era el proyecto. Solidaridad de los Brunswick, de los Nassau, de los Romanoff, de los Hohenzollern, de los Hapsburgo con los Borbones. Waterloo lleva á la grupa el derecho divino. Es verdad también, que habiendo sido el imperio despótico, la realeza, en virtud de la reacción natural de las cosas, debía forzosamente ser liberal, y de ahí que de rechazo naciera de Waterloo, un régimen constitucional, con gran disgusto de los vencedores. Es que la Revolución no puede ser verdaderamente vencida, y que siendo providencial y absolutamente fatal, reaparece siempre; antes de Waterloo, en Bonaparte derribando los tronos caducos, después de Waterloo, en Luis XVIII otorgando y sometiéndose á la Carta. Bonaparte sienta un postillón en el trono de Nápoles, y un sargento en el trono de Suecia, empleando la desigualdad para demostrar la igualdad; Luis XVIII en Saint Ouen rubrica la declaración de los derechos del hombre. ¿Queréis daros cuenta de lo que es la Revolución? Llamadle Progreso. ¿Queréis daros cuenta de lo que es el progreso? Llamadle Mañana. El mañana hace siempre irresistiblemente su tarea, y la hace desde hoy; y siempre llega á su fin, de un modo extraño.

Se sirve de Wellington para hacer de Foy un orador, cuando no era éste más que un soldado. Foy caído en Hougomont, vuelve á levantarse en la tribuna. Así procede el progreso. No hay instrumento malo para tal obrero. Ajusta á su trabajo divino, sin desconcertarse, al hombre que ha atravesado los Alpes, como al buen anciano enfermo y vacilante del padre Eliseo. Sírvese del gotoso como del conquistador; del conquistador fuera, del gotoso dentro.

Waterloo deteniendo con la espada la demolición de los tronos europeos, no ha producido otro efecto que el de hacer continuar la obra revolucionaria por otro lado. Concluyeron los acuchilladores, y empezó el turno de los pensadores. El siglo que Waterloo quería detener le ha pasado por encima y continuado su camino. Aquella siniestra victoria ha sido vencida por la libertad.

En suma, é incontestablemente, lo que triunfaba en Waterloo, lo que sonreía detrás de Wellington, lo que le llevaba todos los bastones de mariscal de Europa, incluso, se ha dicho, el de mariscal de Francia, lo que hacía rodar alegremente los carretones de tierra llenos de huesos para elevar el terreno del león, lo que escribió en son de triunfo sobre aquel pedestal esta fecha, 18 de junio de 1815, lo que alentaba á Blücker acuchillando la derrota, lo que de lo alto de la meseta de Mont Saint-Jean se inclinaba sobre Francia como sobre su presa, era la contrarrevolución. Que fué la contrarrevolución quien murmuró esta infame palabra: Desmembración.

Al llegar á París vió el cráter de cerca, sintió que aquella ceniza abrasaba sus pies, y mudó de consejo, llegando á tartamudear una constitución.

No veamos en Waterloo más de lo que hay en Waterloo. Libertad intencional, ninguna. La contrarrevolución era involuntariamente liberal, lo mismo que, por un fenómeno relativo, era Napoleón involuntariamente revolucionario.

El 18 de junio de 1815, Robespierre á caballo fué desmontado.

XVIII =Recrudescencia del derecho divino=

Concluye la dictadura. Todo un sistema europeo se derrumba.

El imperio se hundió en sombras parecidas á las del mundo romano agonizante. Volvióse á ver el abismo como en los tiempos bárbaros. Sólo que la barbarie de 1815, á la que debemos llamar por su apodo la contrarrevolución, tenía escaso aliento, se fatigó enseguida y se detuvo. El imperio, confesémoslo, fué llorado, y llorado por ojos heroicos. Si la gloria consiste en la espada convertida en cetro, el imperio fué la gloria misma. Había derramado sobre la tierra toda la luz que la tiranía puede dar; luz sombría. Digamos más: luz obscura. Comparada al día verdadero, es la de la noche. Esta desaparición de la noche produjo el efecto de una eclipse.

Luis XVIII regresó á París. Los bailes del 8 de julio borraron los entusiasmos del 20 de marzo. El corso se trocó en antítesis del bearnés. La bandera de la cúpula de las Tullerías fué blanca. Entronizóse el destierro. La mesa de pino de Hartwell colocóse delante del sillón flordelisado de Luis XIV. Hablóse de Bouvines y de Fontenoy como de ayer, habiendo envejecido Austerlitz. El altar y el trono fraternizaron majestuosamente, una de las formas menos disputadas de la salud de la sociedad del siglo XIX establecióse en Francia y en el continente. La Europa tomó la escarapela blanca. Trestaillon se hizo célebre.

La divisa non pluribus impar reapareció entre rayos de piedra, figurando un sol, sobre la fachada del cuartel del muelle de Orsay. Donde había habido una guardia imperial, hubo una casa roja. El arco de carrousel, cargado de victorias ya insoportables, extrañas entre aquellas novedades, algo avergonzado tal vez de Marengo y de Arcola, salió del compromiso con la estatua del duque de Anguleme. El cementerio de la Magdalena, terrible fosa común del 93, cubrióse de mármoles y de jaspes, los huesos de Luis XVI y de María Antonieta están entre aquel polvo. En el foso de Vincennes, un cipo sepulcral saliendo de la tierra, recuerda que el duque de Enghien murió en el mismo mes en que Napoleón fué coronado. El papa Pío VII, que había consagrado esta coronación casi al mismo tiempo de aquella muerte, bendijo tranquilamente la caída como había bendecido la elevación. Hubo en Schoenbrunn la sombra de un niño de cuatro años, al cual fué sedicioso llamar el rey de Roma. Y se hicieron todas esas cosas, y aquellos reyes recobraron sus tronos, y el dueño de Europa fué encerrado en una jaula, y el antiguo régimen volvió á ser el nuevo, y toda la sombra y toda la luz de la tierra cambiaron de lugar, porque en la tarde de un día de verano, un pastor le dijo á un prusiano dentro un bosque: ¡Pasad por aquí y no por allí!

El 1815 fué una especie de abril lúgubre. Las antiguas realidades perjudiciales y venenosas se cubrieron de apariencias nuevas. La mentira se deposó en 1789, el derecho divino se enmascaró con una carta, las ficciones se hicieron constitucionales, las preocupaciones, las supersticiones y las intenciones, embozadas con el artículo 14 en el corazón, se barnizaron de liberalismo. Cambiaron de piel las serpientes.

El hombre había sido engrandecido y rebajado á un tiempo por Napoleón. Lo ideal, bajo el reinado de la materia espléndida, había recibido el extraño nombre de ideología. ¡Grave imprudencia de un grande hombre, ridiculizar el porvenir! Los pueblos sin embargo, esta carne de cañón tan enamorada del ametrallador, le buscaban con la mirada. ¿Dónde está? ¿Qué hace?

--Napoleón ha muerto:--decía un transeunte á un inválido de Marengo y Waterloo.

--¡Él muerto!--exclamaba irónicamente el soldado.--¡Le conocéis bien!

Las imaginaciones, deificaban aquel hombre caído. El fondo de Europa, después de Waterloo, fué tenebroso. Algo grande permaneció vacío largo tiempo por haber desaparecido Napoleón.

Colocáronse los reyes en este vacío. La vieja Europa se aprovechó de ello para reformarse. Hubo una Santa Alianza. ¡Bella Alianza! había ya dicho anticipadamente el campo fatal de Waterloo.

En presencia y al frente de la antigua Europa rehecha, dibujáronse los perfiles de una Francia nueva. El porvenir, zaherido por el emperador, hizo su entrada, llevando sobre la frente esta estrella: Libertad. Los ojos de las generaciones nuevas, volviéronse hacia él y ¡cosa singular! enamoráronse á un tiempo mismo del porvenir, Libertad; y del pasado, Napoleón. La derrota había hecho grande al vencido. Bonaparte caído parecía más alto que Napoleón de pie. Los que habían triunfado se espantaron. Inglaterra le hizo guardar por Hadson Lowe, y Francia le hizo espiar por Montchenu. Aquellos brazos cruzados fueron la inquietud de los tronos. Alejandro le llamaba, mi insomnio. Esta alarma procedía de la cantidad de revolución que se encerraba en él, y esto es lo que explica y escusa el liberalismo bonapartista. Aquel fantasma hacía temblar al viejo mundo. Los reyes reinaron con zozobra mientras la roca de Santa Elena permaneció en su horizonte.

Mientras Napoleón agonizaba en Longwood, los sesenta mil hombres caídos en el campo de Waterloo pudriéronse tranquilamente, y algo de aquella triste paz se esparció por el mundo. El congreso de Viena hizo sus tratados de 1815, y la Europa llamó á esto Restauración.

Y ahí tenéis lo que fué Waterloo.

Pero ¿qué le importa al infinito? Toda aquella tempestad, toda aquella nube, aquella guerra, y luego aquella paz; todas aquellas sombras no turbaron un momento la luz del ojo inmenso, ante el cual, un pulgón saltando de uno á otro tallo de la yerba, es igual al águila volando de campanario á campanario de las torres de Nuestra Señora.

XIX =El campo de batalla por la noche=

Volvamos, pues es una necesidad de este libro, á este fatal campo de batalla.

El 18 de junio de 1815 era de luna llena. Aquella claridad favoreció la persecución feroz de Blücker, denunciando las huellas de los fugitivos, entregó aquellas masas desastradas á la encarnizada caballería prusiana, contribuyendo á la matanza. Existen á veces en las catástrofes esas trágicas complacencias de la noche.

Después del último cañonazo, la llanura de Mont Saint-Jean quedó desierta.

Los ingleses ocuparon el campamento de los franceses: es la comprobación general de la victoria; acostarse en el lecho del vencido. Establecieron su campamento á la otra parte de Rossomme.

Los prusianos, lanzados sobre la derrota, siguieron adelante. Wellington fué á la aldea de Waterloo á redactar el parte á lord Bathurst.

Si alguna vez el sic vos non vobis ha sido aplicable, es seguramente á la aldea de Waterloo.

Waterloo no hizo nada, pues dista una media legua del lugar de la acción. Mont Saint-Jean fué cañoneado, Hougomont fué incendiado, Papelotte fué incendiado, Plancenoit fué incendiado, la Haie Sainte fué tomada por asalto, la Belle Alliance presenció el abrazo de los dos vencedores, y apenas se conocen sus nombres, mientras Waterloo, que para nada figuró en la batalla, se ha llevado todo el honor.

No somos de los que adulan á la guerra; cuando llega el caso le decimos claramente las verdades. Tiene la guerra bellezas horribles, que no hemos tratado de ocultar; pero convengamos también en que tiene sus fealdades, entre las cuales es una de las más sorprendentes el despojo inmediato de los muertos después de la victoria. El alba que sigue á una batalla, se levanta siempre sobre cadáveres desnudos.

¿Quién hace esto? ¿Quién mancha así el triunfo? ¿Cuál es la repugnante y furtiva mano que se desliza dentro del bolsillo de la victoria? ¿Quiénes son los rateros que asestan sus golpes detrás de la gloria? Varios filósofos, y entre ellos Voltaire, afirman que son precisamente los mismos que han conquistado la gloria. Son los mismos, dicen, no cabe sustitución; los que quedan en pie saquean á los caídos. El héroe del día es el vampiro de la noche. Y casi hay derecho, después de todo, de saquear más ó menos los cadáveres de que se es autor. Por nuestra parte no opinamos así. Recoger laureles y robarles los zapatos á un muerto, nos parece imposible que pueda hacerlo una misma mano.

Lo que sí es cierto, que generalmente detrás de los vencedores siguen los ladrones. Pero coloquemos al soldado, sobre todo, al soldado contemporáneo, fuera de duda.

Todo ejército lleva su cola, y ésa es á la que hay que acusar. Hombres murciélagos, entre bandidos y servidores, todas las especies de aves nocturnas que engendra ese crepúsculo que llaman la guerra, portadores de uniforme que no combaten, enfermos supuestos, estropeados temibles, cantineros contrabandistas, acompañados á veces de sus mujeres, andando en sus carritos y robando lo que revenden; mendigos que se ofrecen por guías á los oficiales, granujas, merodeadores... todo eso llevaban en pos de sí los ejércitos en marcha, en otros tiempos, no hablamos del presente, de manera que, en la lengua especial, se les llamaba «los rezagados». Ningún ejército ni nación alguna eran responsables de semejantes seres; cosmopolitas indefinibles, hablaban italiano, y seguían á los alemanes; hablaban francés, y seguían á los ingleses. Uno de estos miserables, rezagado español que hablaba francés, mató á traición y robó en el mismo campo de batalla al marqués de Fervacques, quien le tomó por compatriota á causa de su acento y modismos picardos, en la noche siguiente á la victoria de Cesiroles. Del merodeo nacía el merodeador. La detestable máxima: Vivir á costa del enemigo, producía esta lepra, que sólo una disciplina muy severa podía curar. Hay celebridades que engañan; no se sabe siempre por qué ciertos generales, grandes por otra parte, han sido tan populares. Turena era adorado de sus soldados, porque toleraba el pillaje; el mal permitido forma parte de la bondad: Turena era tan bueno, que dejó pasar á fuego y sangre el Palatinado.

Veíanse á la cola de los ejércitos, más ó menos merodeadores, según era el jefe más ó menos severo. Hoche y Marceau no llevaban nunca rezagados; Wellington, hacémosle gustosos esta justicia, llevaba pocos.

No obstante, en la noche del 18 al 19 de junio se despojó á los muertos. Wellington fué rígido, ordenó pasar por las armas á quien quiera que fuése cogido en flagrante delito; pero la rapiña es tenaz. Los merodeadores robaban en uno de los extremos del campo de batalla, mientras se los fusilaba en el otro.

La luna era siniestra en aquella llanura.

Á eso de media noche rondaba un hombre, ó mejor, se arrastraba por la parte del barranco de Ohain. Era, según todas las apariencias, uno de esos que acabamos de caracterizar, ni inglés, ni francés, ni paisano, ni soldado; menos hombre que hiena, atraído por el olor de los muertos, teniendo por victoria el robo, acudía á desvalijar á Waterloo. Vestía una blusa algo parecida ó una esclavina ceñida, iba inquieto y atrevido, marchaba adelante y mirando atrás. ¿Qué era ese hombre? La noche probablemente sabía más acerca de él que el día. No llevaba morral, pero sí evidentemente grandes bolsillos debajo de su esclavina. De cuando en cuando parábase, examinando la llanura á su alrededor, como para ver si se le observaba, inclinábase bruscamente, removía por tierra algo silencioso é inmóvil, después se levantaba y desaparecía. Su manera de deslizarse, sus actitudes, su gesto rápido y misterioso, le hacían parecer á esas larvas crepusculares que frecuentan las ruinas, y que las antiguas leyendas normandas llaman los Andantes.

Ciertas aves nocturnas describen en los pantanos siluetas parecidas.

Una mirada que hubiese sondeado atentamente todas aquellas brumas, hubiera podido ver á cierta distancia, parado y como oculto detrás de la casucha, á orilla de la calzada de Nivelles, en el ángulo del camino de Mont Saint-Jeant á Braine-l'Alleud, una especie de carrito de vivandero con toldo de mimbre embreado, al que iba enganchado un rocín hambriento paciendo las ortigas al través del freno, y dentro del carrito, una especie de mujer sentada sobre cajas y fardos. Quizá existía algún lazo de unión entre aquel carrito y el rondador.

La obscuridad era serena. Ni una nube en el cénit. Qué importa que la tierra esté roja, la luna sigue siendo blanca. Ésas son indiferencias del cielo.

En la pradera, las ramas de los árboles destrozadas por la metralla, pero no caídas, y retenidas por la corteza, mecíanse suavemente agitadas por el aire de la noche.

Un aliento, casi una respiración, movía las malezas. Había temblores en la yerba, que parecían exhalaciones de almas.

Oíase vagamente á lo lejos el ir y venir de las patrullas y rondas mayores del campamento inglés.

Hougemont y la Haie-Sainte continuaban ardiendo, formando al oeste y al este, dos grandes llamas, á las que iba á juntarse como un collar desatado de rubíes con dos carbunclos á sus extremos, el cordón de hogueras del ejército inglés, extendido en inmenso semicírculo por las colinas del horizonte.

Hemos referido la catástrofe del camino de Ohain. Lo que había sido la muerte para tantos valientes, horroriza sólo imaginarlo.

Si hay algo pavoroso, si existe una realidad que traspase los límites del sueño, es ésta: vivir, ver el sol, estar en plena posesión de la fuerza viril, disfrutar de salud y alegría, reir valientemente, correr hacia una gloria que se tiene delante brillando con todo su explendor; sentir dentro del pecho un pulmón que respira, un corazón que late, una voluntad que raciocina; hablar, pensar, esperar, amar, tener madre, tener mujer, tener hijos, tener la luz, y de repente, en lo que dura un grito, en menos de un minuto, hundirse en un abismo, caer, rodar, aplastar, ser aplastado, ver espigas de trigo, flores, hojas, ramas, no poder agarrarse á nada; empuñar un sable inútil, tener hombres debajo y caballos encima, luchar inútilmente, rotos los huesos por alguna coz recibida en las tinieblas; sentir un tacón que os revienta un ojo, morder rabiosamente herraduras de caballo, ahogarse, aullar, retorcerse, estar en el fondo y decirse: ¡Hace un instante era yo un ser viviente!

Allí donde había rugido todo aquel lamentable desastre, reinaba á la sazón completo silencio. La caja del camino hondo estaba llena de caballos y jinetes inexplicablemente amontonados. Horrible confusión. Ya no había zanja; los muertos nivelaban el camino con la llanura, llegando al ras del borde como una medida de trigo bien colmada. Un montón de cadáveres en la parte alta, un arroyo de sangre en la baja: tal era aquel camino la noche del 18 de junio de 1815. La sangre corría hasta la calzada misma de Nivelles, y allí se convertía en ancho lago delante de la barrera de árboles tallados que cortaban el paso en la calzada, en un punto que enseñan aún hoy día.

Esto fué, como ya sabemos, en el lugar opuesto, hacia la calzada de Genappe, donde tuvo lugar el hundimiento de los coraceros. El espesor de los cadáveres era proporcionado á la profundidad del camino. Hacia el centro, en el sitio en que estaba llano, por donde había pasado la división Delort, el lecho de muertos disminuía.

El rondador nocturno que acabamos de hacer entrever al lector, iba por este lado. Iba huroneando la inmensa tumba. Miraba receloso, y seguía pasando su asquerosa revista de muertos. Andaba de pies dentro la sangre.

De pronto se detuvo.

Á pocos pasos de él, en el camino hondo, en el punto en que concluía el montón de cadáveres, por debajo de aquella confusión de hombres y caballos, asomaba una mano abierta y alumbrada por la luna.

Aquella mano tenía en el dedo algo que brillaba, era un anillo de oro.

El hombre se inclinó, permaneció un instante agachado, y al levantarse ya no brillaba el anillo en aquella mano.

No se levantó precisamente; se quedó en una actitud entre medrosa y fiera, volviendo la espalda al montón de cadáveres, escudriñando el horizonte, de rodillas, la parte delantera del cuerpo apoyada sobre el suelo con ambos índices, asomando la cabeza por encima del borde del camino hondo. Las cuatro patas del chacal son útiles para ciertas acciones.

Después, tomando una resolución, se levantó.

En aquel instante tuvo un sobresalto. Sintió que le agarraban por detrás.

Volvióse; era la mano abierta que se había cerrado y que le había asido por la falda del capote.

Un hombre honrado hubiera tenido miedo; él se echó á reir.

--¡Calle,--exclamó,--es el muerto! Prefiero un aparecido á un gendarme.

Sin embargo, la mano desfallecida le soltó. Los esfuerzos mueren pronto en la tumba.

--¡Hola!--repuso el merodeador.--¿Está vivo esté muerto? Vamos á ver.

Inclinóse de nuevo, registró en el montón, apartó lo que le estorbaba, cogió la mano, empuñó el brazo, desenredó la cabeza, sacó el cuerpo; y unos instantes después, arrastraba en la sombra del camino hondo, á un hombre inanimado, ó desmayado al menos. Era un coracero, un oficial, y oficial de cierto rango, salíale una gran charretera de oro de debajo de la coraza. Este oficial no tenía casco. Un fuerte sablazo le partía el rostro, donde no se veía más que sangre.

Por lo demás, no parecía que tuviese miembro alguno roto, y por alguna feliz casualidad, si es aquí posible esta palabra, los muertos habían formado arco por encima de él, de manera, que le habían librado de ser aplastado. Tenía los ojos cerrados.

Llevaba sobre la coraza la cruz de plata de la Legión de honor.

El vagabundo arrancó la cruz, que desapareció en uno de los escondrijos interiores de su capote.

Hecho esto, tentó la faltriquera del oficial, en la que palpitaba un reloj, y lo tomó igualmente. Después registró el chaleco, donde encontró un bolsillo, que también se guardó.

Al llegar á este punto del socorro que prestaba á aquel moribundo, el oficial abrió los ojos.

--Gracias.,--le dijo débilmente.

Lo brusco de los movimientos del hombre que así le manoseaba, el fresco de la noche, y el aire respirado libremente, le habían sacado de su letargo.

El vagabundo no respondió. Levantó sólo la cabeza.

[Ilustración: =Thénardier robando á los cadáveres después de la batalla de Waterloo=]

Oyóse ruido de pasos en la llanura; probablemente alguna patrulla que se acercaba.

El oficial murmuró, que aún tenía su voz acentos de agonía:

--¿Quién ha ganado la batalla?

--Los ingleses,--respondió el vagabundo.

El oficial repuso:

--Buscad en mis bolsillos, y encontraréis una bolsa y un reloj. Tomadlos.

Ya lo había hecho.

El vagabundo hizo como que ejecutaba lo que se le pedía, y dijo:

--No hay nada.

--Me han robado,--replicó el oficial,--lo siento: hubiera sido para vos.

Los pasos de la patrulla eran por momentos más perceptibles.

--Alguien se acerca,--dijo el vagabundo, haciendo el movimiento de un hombre que se va.

El oficial, levantando penosamente el brazo, le detuvo.

--Me habéis salvado la vida. ¿Quién sois?

El vagabundo respondió precipitadamente por lo bajo:

--Pertenecía, como vos, al ejército francés. Es menester que os deje. Si me cogieran me fusilarían. Yo os he salvado la vida. Ahora procurad hacer lo que podáis.

--¿Qué graduación es la vuestra?

--Sargento.

--¿Cómo os llamáis?

--Thénardier.

--No olvidaré este nombre jamás,--dijo el oficial.--Y vos acordaos del mío. Me llamo Pontmercy.

NOTAS:

[8] ¡Splendid! palabra textual.

[9] «Una batalla terminada, una jornada concluida, falsas medidas reparadas, mayores éxitos asegurados para el porvenir, todo se perdió por un instante de terror pánico». (Napoleón, Memorias de Santa Elena.)

LIBRO SEGUNDO EL NAVÍO ORIÓN

I

=El número 24601 se trueca en 9430=

Juan Valjean había sido preso nuevamente.

Séanos permitido pasar sólo rápidamente sobre detalles dolorosos. Nos concretaremos á transcribir dos sueltos publicados por los periódicos de aquella época, algunos meses después de los sorprendentes sucesos acaecidos en M* sur M*.

Estos artículos son bastante concretos. Es sabido que entonces no existía aún la Gaceta de los Tribunales.

Tomamos el primero de la Bandera blanca. Lleva la fecha del 25 de julio de 1823:

«Uno de los distritos del Pas-de-Calais acaba de ser teatro de un acontecimiento poco común. Un hombre forastero al departamento, llamado Magdalena, había realzado en pocos años, gracias á nuevos procedimientos, una antigua industria local, la fabricación de azabaches y abalorios negros. Así había hecho su fortuna, y digámoslo también, la del propio distrito. En recompensa de sus servicios habíanle nombrado alcalde. La policía ha descubierto que el tal Magdalena no era otro que un antiguo presidiario escapado del penal y, condenado por robo en 1796, llamado Juan Valjean. Juan Valjean ha sido reinstalado en presidio. Parece que antes de su prisión había conseguido retirar de la casa Laffite una suma de más de medio millón que tenía allí colocada y que, por otra parte, se asegura había ganado legítimamente en su negocio. No ha podido averigüarse dónde Juan Valjean ocultó dicha suma al ingresar de nuevo en el presidio de Tolón».

El segundo artículo, un poco más detallado, está extraído del Diario de París, de igual fecha:

«Un antiguo presidiario cumplido, llamado Juan Valjean, acaba de comparecer ante el tribunal de los jurados del Var con circunstancias dignas de llamar la atención. Este criminal había llegado á burlar la vigilancia de la policía. Había cambiado de nombre, logrando hacerse elegir alcalde de una de las pequeñas poblaciones del departamento del Norte. Había establecido en esta población un comercio bastante considerable. Ha sido, por fin, desenmascarado y detenido, gracias al celo infatigable del ministerio público. Tenía por concubina una mujer pública, que murió del susto en el momento de su detención. Este miserable, que está dotado de fuerzas hercúleas, había encontrado medio de evadirse; pero, tres ó cuatro días después de su evasión, la policía le echó mano de nuevo, en París mismo, en el instante en que subía á uno de esos pequeños carruajes que hacen el trayecto de la capital al pueblecillo de Montfermeil (Sei-ne et-Oise.)

«Dícese que había aprovechado el intervalo de esos tres ó cuatro días de libertad para retirar una suma considerable colocada por él en casa de uno de nuestros principales banqueros. Esta suma se hace ascender á unos seiscientos ó setecientos mil francos. Según el acta de acusación, debe haberla enterrado en un sitio por él sólo conocido, así es que no se ha podido dar con ella. Sea como fuése, es lo cierto que el llamado Juan Valjean acaba de comparecer ante los jurados del departamento de Var, acusado de un robo en camino público á mano armada, hace cerca de ocho años, cometido en la persona de uno de esos honrados niños que, como ha dicho el patriarca de Ferney en versos inmortales:

«Todos los años llegan de Saboya Para deshollinar con mano diestra Los largos tubos de las chimeneas».

«Este bandido ha renunciado á su defensa. Ha sido probado por el hábil y elocuente órgano del ministerio público, que el robo había sido perpetrado de complicidad, y que Juan Valjean formaba parte de una cuadrilla de ladrones del Mediodía. En consecuencia, Juan Valjean, declarado culpable, ha sido condenado á la pena de muerte. Este criminal se había negado á entablar recurso de casación. El rey, en su inagotable clemencia, se ha dignado conmutarle la pena por la de cadena perpetua. Juan Valjean ha sido conducido inmediatamente al penal de Tolón».

No se habrá olvidado que Juan Valjean tenía en M* sur M* costumbres religiosas. Algunos periódicos, entre ellos El Constitucional, presentaron esa conmutación como un triunfo del partido clerical.

Juan Valjean cambió de número en presidio. Llamóse 9.430.

Por lo demás, digámoslo para no tener que repetirlo, con el señor Magdalena desapareció la prosperidad de M* sur M*. Todo cuanto él había previsto durante aquella noche de fiebre y vacilación, se realizó; faltando él, faltó el alma en el pueblo. Después de su caída, verificóse en M* sur M* la división egoísta que sucede á las grandes existencias caídas, el fatal desmembramiento de las cosas florecientes que se realiza todos los días en las obscuridades de la comunidad humana, y que la historia no ha consignado más que una vez porque se efectuó á consecuencia de la muerte de Alejandro.

Los lugartenientes se coronan reyes; los mayordomos se improvisaron fabricantes. Surgieron las rivalidades envidiosas. Los vastos talleres del señor Magdalena se cerraron, cayeron en ruinas los edificios, dispersáronse los obreros. Dejaron los unos el país, dejaron los otros el oficio. Todo se hizo desde entonces en pequeño, en vez de hacerse en grande; por el lucro, en vez de hacerse para el bien. No hubo ya centro; por todas partes competencia y encarnizamiento. El señor Magdalena lo dominaba y dirigía todo. Caído él, cada cual tiró para sí; el espíritu de lucha sucedió al espíritu de organización; la aspereza á la cordialidad; el odio de unos á otros, á la benevolencia del fundador para todos; los hilos anudados por el señor Magdalena se enredaron y rompieron; falsificáronse los procedimientos; envileciéronse los productos; matóse la confianza; disminuyeron las ventas; hubo menos pedidos, redujéronse los jornales; holgaron los talleres; vino la quiebra. Y luego, nada para los pobres. Todo se desvaneció.

El mismo Estado llegó á entender que alguien había sido arruinado en alguna parte. No habían transcurrido aún cuatro años desde que la sentencia del Tribunal Penal comprobó la identidad del señor Magdalena con la de Juan Valjean que lo llevó á presidio, cuando ya los gastos de recaudación del impuesto eran dobles en el distrito de M* sur M*, y el ministro señor de Villèle lo manifestó así en la tribuna en el mes de febrero de 1827.

II =Donde se leerán dos versos, que son tal vez del diablo=

Antes de ir más adelante, es del caso referir con algunos detalles un hecho singular que pasó hacia la misma época en Montfermeil, y que no deja de tener su coincidencia con ciertas conjeturas del ministerio público.

Existe en la comarca de Montfermeil una superstición antiquísima, tanto más curiosa y preciosa, cuanto que una superstición popular de las cercanías de París es como un aloe en Siberia. Nosotros somos de aquéllos que respetan todo lo que está en estado de planta rara. He aquí, pues, la superstición de Montfermeil.

Créese allí que el diablo, desde tiempo inmemorial, tiene escogida aquella selva para ocultar en ella sus tesoros. Las buenas mujeres afirman que no es raro encontrar, á la caída de la tarde, en los sitios apartados del bosque, un hombre negro, con aspecto de carretero ó leñador, calzando zuecos, vestido con un pantalón y saco de lienzo, y fácil de conocer, porque en vez de gorra ó sombrero, tiene dos cuernos inmensos en la cabeza. Esto debe hacer que en efecto pueda reconocérsele fácilmente. Á este hombre se le ve generalmente ocupado en ahondar un hoyo. Hay tres maneras distintas de sacar partido de semejante encuentro. La primera es dirigirse al hombre y hablarle. Entonces se advierte que es el tal sencillamente un aldeano, y que el parecer negro consiste en el crepúsculo; que no hace ningún hoyo, sino que corta hierba para sus vacas, y que lo que se había tomado por cuernos no es otra cosa que una horquilla para remover el estiércol, la cual lleva entre ambas espaldas, y cuyos colmillos, gracias á la perspectiva de la noche, parecen salirle de la cabeza. Vuelve uno á casa y se muere dentro de la semana.

La segunda manera consiste en observarle, esperar á que haya concluido su hoyo, que lo vaya rellenando, y se haya ido; correr enseguida allí donde hizo el hoyo, destaparle y sacar el «tesoro» que el hombre negro ha depositado necesariamente en él. En este caso muérese uno dentro del mes.

En fin, la tercera manera consiste en no hablarle al hombre negro una palabra, no mirarle, y echar á correr á todo escape.

Haciéndolo así, le queda á uno todo el año para morirse.

Como las tres maneras tienen sus inconvenientes, la segunda, que ofrece al menos algunas ventajas, entre otras la de poseer un tesoro, aunque no sea más que por un mes, es la más generalmente aceptada.

Los hombres atrevidos, á quienes tientan todas las empresas aventuradas, han abierto frecuentemente, según se asegura, los hoyos cavados por el hombre negro, y tratado de robar al diablo. Pero parece que el resultado de la operación ha sido muy mediocre, al menos si se ha de dar crédito á la tradición, y particularmente á los dos versos enigmáticos que en latín bárbaro dejó escritos sobre este asunto un mal fraile normando, medio hechicero, llamado Trifón. Este Trifón está enterrado en la abadía de San Jorge de Bocherville, cerca de Rouen, de cuya tumba nacen sapos.

Hácense, por lo tanto, esfuerzos enormes; los tales hoyos, son ordinariamente muy profundos. Se suda, se escarba, se trabaja toda la noche, porque es de noche cuando esto se hace. Moja uno la camisa, gasta su vela, mella su piqueta, y cuando se llega por fin al fondo del hoyo, cuando se pone la mano sobre el «tesoro», ¿qué se encuentra? ¿qué viene á ser el tesoro del diablo? Un sueldo, á veces un escudo, una piedra, un esqueleto, un cadáver ensangrentado; algunas veces un espectro doblado en cuatro como una hoja de papel dentro de una cartera, y otras muchas, nada.

Así aparecen anunciarlo á los curiosos indiscretos los versos de Trifón:

Fodit, et in fossa thesauros condit opaca As, nummos, lapides, cadaver, simulacra, nihilque.

Parece que en nuestros días se encuentra igualmente, ya un frasco de pólvora con balas, ya un juego de naipes, grasiento y chamuscado, que ha servido evidentemente al diablo. Trifón no menciona estos dos hallazgos, en atención tal vez á que vivió en el siglo XII, y no parece que el diablo tuviese el ingenio de inventar la pólvora antes de Roger Bacon, ni las cartas antes de Carlos VI.

Por lo demás, si alguien juega con aquellas cartas, puede estar seguro de perder cuanto posea; y respecto á la pólvora que está en el frasco, tiene la propiedad de hacer reventar el fusil á la cara de quien se sirve de ella.

Ahora bien; poco tiempo después de la época en que le pareció al ministerio público que el presidiario liberado Juan Valjean, durante su evasión de algunos días, había rondado en torno de Montfermeil, observóse en la misma población que un antiguo peón caminero, llamado Boulatruelle, andaba «dando paseos» por el bosque.

Creíase saber en el país que el tal Boulatruelle había estado en presidio; estaba sometido á cierta vigilancia de la policía, y como no encontraba trabajo en ninguna parte, la administración le empleaba, con rebaja de jornal, de peón caminero en la carretera de Gagny á Lagny.

El tal Boulatruelle era mirado de reojo por las gentes de la comarca; pero él siempre respetuoso, siempre humilde, harto pronto á quitarse la gorra á todo el mundo, temblando y sonriendo ante los gendarmes, probablemente afiliado á alguna partida, según decían, sospechando que solía ponerse en emboscada al caer de la noche en algún rincón de la espesura. No tenía en su abono sino el ser borracho.

He aquí lo que creían haber notado:

Hacía algún tiempo que Boulatruelle dejaba muy temprano su trabajo de reparar la vía, y se internaba en el bosque con su piqueta. Á la caída de la tarde encontrábasele en los claros más desiertos, en las malezas más selváticas en ademán de buscar alguna cosa, y algunas veces abriendo hoyos. Las buenas mujeres que pasaban tomábanle por Belcebú, y aunque reconocían luego á Boulatruelle, no se tranquilizaban sin embargo. Estos encuentros parecían contrariar en alto grado á Boulatruelle. Era visible que procuraba recatarse, y que había algo de misterioso en lo que hacía.

Decían en la aldea:

--Es claro que el diablo ha hecho alguna aparición. Boulatruelle le ha visto, y busca. En verdad que es bastante estrafalario para atraparle el gato á Lucifer. Los volterianos añadían: ¿Será Boulatruelle quien atrape al diablo, ó el diablo á Boulatruelle? Las viejas no sabían sino hacerse cruces.

Sin embargo, las idas de Boulatruelle al bosque cesaron, y volvió luego á regularizar sus trabajos de caminero. Hablóse de otra cosa.

No obstante, hubo algunas personas curiosas que pensaron que había en aquello probablemente, sino los tesoros fabulosos de las leyendas, algo bueno más serio y positivo que los billetes de banco del diablo, y cuyo secreto había medio sorprendido sin duda el caminero. Los más «empeñados» eran el maestro de escuela y el bodegonero Thénardier, el cual era amigo de todo el mundo, y no se había desdeñado de estar en tratos con Boulatruelle.

--Ha estado en presidio,--decía Thénardier.--¡Ay! ¡Dios mío! Nadie sabe quién va, ni quién ha de ir.

Una noche el maestro de escuela afirmaba que en otros tiempos la justicia hubiera inquirido lo que Boulatruelle iba á hacer en el bosque y que le habría obligado á hablar, y que Boulatruelle de seguro no habría resistido por ejemplo, en el tormento, la prueba del agua.

--Sometámosle á la del vino,--dijo Thénardier.

Y desde luego pusieron manos á la obra, é hicieron beber al viejo caminero. Boulatruelle bebió muchísimo y habló muy poco. Combinó con arte admirable y en proporción magistral la sed de un hambriento con la discreción de un juez. Sin embargo, á fuerza de volver á la carga, y de compaginar y apurar las pocas palabras obscuras que se le escaparon, he aquí lo que Thénardier y el maestro de escuela creyeron entender.

Yendo Boulatruelle, cierta mañana, al despuntar el alba á su trabajo, quedóse sorprendido de ver en un rincón del bosque una pala y un pico, como si dijéramos escondidos. Sin embargo, pensó que serían probablemente la pala y el pico, del tío Six Fours, el aguador, y no volvió á acordarse más de ello. Pero la noche de aquel mismo día vió, sin que pudieran verle á él, por estar oculto tras un árbol corpulento, á «cierto individuo forastero que se dirigía desde el camino á lo más espeso del bosque, y á quien él, Boulatruelle, conocía perfectamente». Esto, traducido por Thénardier, quería decir que era un compañero de presidio. Boulatruelle se había negado obstinadamente á decir su nombre. El tal individuo llevaba un lío, de forma casi cuadrada, á modo de caja ó cofrecillo. Sorpresa de Boulatruelle. Hasta pasados siete ú ocho minutos no se le ocurrió, sin embargo, la idea de seguir «al individuo». Pero era ya tarde; el hombre se había internado en la espesura, había ya anochecido por completo, y Boulatruelle no pudo alcanzarle. Entonces tomó el partido de observar estando á la vista de la ladera del bosque. «Hacía luna». Dos ó tres horas después, Boulatruelle vió salir al individuo de la espesura, llevando, no ya el cofrecillo, pero sí una pala y un pico. Boulatruelle dejó pasar al individuo sin ocurrírsele la idea de acercársele, porque calculó antes, que el otro era tres veces más fuerte que él, y armado con su pico le hubiera aplastado probablemente al conocerle y verse reconocido. Tierna efusión de dos antiguos camaradas que vuelven á encontrarse. Pero la pala y el pico fueron un rayo de luz para Boulatruelle; corrió, pues, al zarzal por la mañana, y ya no encontró allí pico ni pala. De esto dedujo que el individuo entró en el bosque, é hizo un hoyo con el pico, enterró el cofre, y lo cubrió luego de tierra con la pala.

Pues bien; el cofre era demasiado pequeño para contener un cadáver; debía pues contener dinero. De ahí sus pesquisas. Boulatruelle había explorado, sondeado y huroneado todo el bosque; había registrado todos los sitios donde le pareció ver tierra recientemente removida, pero inútilmente.

No pudo «pescar» nada. Nadie volvió á acordarse de ello en Montfermeil. Hubo solamente algunas buenas comadres que dijeron:

--Tened por seguro que el caminero de Gagny no ha armado todo este enredo para nada; es seguro que ha venido el diablo.

III =De por fuerza la cadena del grillete debió haber sufrido alguna operación preparatoria para romperse de un solo martillazo=

Á fines de octubre de aquel mismo año de 1823, vieron los habitantes de Tolón entrar de nuevo en su puerto, á consecuencia de un temporal, y para reparar algunas averías, el navío Orión, que más tarde fué utilizado en Brest como navío escuela, el cual, formaba á la sazón, parte de la escuadra del Mediterráneo.

Este buque, estropeado del todo como estaba, pues el mar, lo había echado á perder, hizo su efecto al entrar en la rada. Llevaba no sé qué pabellón, que le valió el saludo reglamentario de once cañonazos, contestados por él uno tras otro; total, veintidós.

Se ha calculado que en salvas, galas reales y militares, cambios de ruidos corteses, señales de etiqueta, formalidades de radas y ciudadelas, salidas y puestas de sol, saludadas diariamente por todas las fortalezas y todos los buques de guerra, apertura y cierre de puertas, etc., etc., el mundo civilizado tiraba con pólvora por toda la tierra, cada veinticuatro horas, ciento cincuenta mil cañonazos inútiles. Á seis pesetas por cañonazo, importa ello novecientas mil pesetas diarias, ó sean trescientos millones al año, que se van en humo. Esto no es más que un simple detalle. Durante el mismo tiempo se mueren de hambre muchos pobres.

El año 1823 era lo que ha llamado la Restauración «época de la guerra de España».

Esta guerra encerraba muchos sucesos en uno solo, con muchísimas singularidades. Un gran asunto de familia para la casa de Borbón; la rama de Francia socorriendo y protegiendo á la de Madrid, es decir, realizando un acto de primogenitura; una vuelta aparente á las tradiciones nacionales, complicada con servidumbre y sujeción á los gabinetes del norte; el señor duque de Anguleme, llamado por los periódicos liberales él héroe de Andújar, comprimiendo, dentro cierta actitud triunfal, algo contrariada por su aire apacible, el viejo terrorismo, demasiado real del Santo Oficio, en lucha con el quimérico terrorismo de los liberales; los sans culottes resucitados, con grandísimo honor de las viejas aristócratas, bajo el nombre de descamisados; el monarquismo poniendo obstáculos al progreso, calificado de anarquía; las teorías del '89 bruscamente interrumpidas en sus trabajos de zapa; un ¡alto! europeo intimado á la idea francesa, dando la vuelta al mundo; al lado del hijo de Francia, generalísimo, el príncipe de Carignon, después Carlos Alberto, alistándose en aquella cruzada de reyes contra los pueblos, como voluntario entre los granaderos de charreteras de lana encarnada; los soldados del imperio volviendo á entrar en campaña, pero después de ocho años de reposo, viejos y tristes, bajo la escarapela blanca; la bandera tricolor agitada en el extranjero por un heroico puñado de franceses, como lo había sido la bandera blanca, en Coblenza treinta años antes; los frailes mezclándose á nuestros soldados; el espíritu de la libertad y de lo nuevo restringido por las bayonetas; los principios humillados á cañonazos; la Francia deshaciendo con las armas lo que antes había hecho con su genio. Por lo demás, los jefes enemigos vendidos, los soldados vacilantes y las ciudades sitiadas por los millones. Ningún peligro militar, y sin embargo, explosiones posibles, como en toda mina sorprendida é invadida; poca sangre vertida, poca honra conquistada, vergüenza para algunos, gloria para nadie. Tal fué aquella guerra, hecha por príncipes que descendían de Luis XIV; y conducida por generales procedentes de Napoleón. Cúpoles la triste suerte de no recordar ni la gran guerra ni la gran política.

Algunos hechos de armas resultaron serios; la toma del Trocadero, entre otros, fué una buena acción militar; pero en suma, lo repetimos, las trompetas de aquella guerra producen un sonido cascado, el conjunto fué sospechoso, la historia aprueba á la Francia las dificultades que mostró para la aceptación de aquel falso triunfo.

Parece evidente que algunos oficiales españoles encargados de la resistencia, cedían fácilmente; la idea de la corrupción desprendíase de muchas victorias; pareció que se habían ganado antes generales que batallas, y el soldado vencedor regresó humillado. Guerra que humillaba, en realidad y por la que se podía leer Banco de Francia en los pliegues de su bandera.

Soldados de la guerra de 1808, sobre los cuales se había desplomado formidablemente Zaragoza, fruncían el entrecejo en 1823 ante la fácil apertura de las ciudadelas, y echaban de menos á Palafox. Que es preferible al ardimiento de la Francia, tener ante sí á un Rostopchine mejor que á un Ballesteros.

Bajo un punto de vista más grave aún, y en el cual conviene que insistamos también, aquella guerra, que ofendía en Francia el espíritu militar, indignaba al mismo tiempo al espíritu democrático. Era una empresa de esclavizamiento. En esta campaña, el objeto del soldado francés, hijo de la democracia era la conquista de un yugo por otro yugo. Repugnante contrasentido. La Francia se hizo para despertar el alma de los pueblos, no para ahogarlos. Desde 1792, todas las revoluciones de Europa son la revolución francesa; la libertad irradia de Francia. Es un hecho solar; que es preciso estar ciego para no verlo, como ha dicho muy bien Bonaparte.

La guerra de 1823, atentado contra la generosa nación española, fué pues, al mismo tiempo, un atentado contra la revolución francesa. Esta monstruosa agresión era la Francia, quien la cometía á la fuerza porque, salvo las guerras libertadoras, todo lo que hacen los ejércitos lo hacen por fuerza. La palabra obediencia pasiva lo indica bien. Un ejército es una rara obra maestra de combinación, cuya fuerza resulta de una suma enorme de impotencia. Así se explica la guerra, hecha por la humanidad contra la humanidad, y á pesar de la humanidad.

En cuanto á los Borbones, la guerra de 1823 les fué fatal. Tomáronla ellos por un triunfo. No vieron el peligro que había en hacer matar una idea por una consigna. Equivocáronse en su candidez, hasta el punto de introducir en su establecimiento, como elemento de fuerza, la inmensa debilidad de un crimen. Fué parte de su política el espíritu de asechanza. 1830 germinó en 1823. La guerra de España vino á ser en sus consejos un argumento en favor de los golpes de fuerza y en favor de las aventuras de derecho divino. La Francia restableciendo en España el rey neto, bien podía restablecer en su casa el rey absoluto. Cayeron en el fatal error de tomar la obediencia del soldado por el consentimiento de la nación. Semejante confianza pierde los tronos. No es bueno dormirse á la sombra de un manzanillo, ni á la de un ejército.

Volvamos al navío Orión.

Durante las operaciones del ejército mandado por el príncipe generalísimo, cruzaba una escuadra el Mediterráneo. Hemos dicho ya que el Orión pertenecía á esta escuadra y que fué devuelto, por desperfectos marinos, al puerto de Tolón.

La presencia de un buque de guerra en un puerto tiene siempre algo inexplicable que preocupa á la multitud. Será porque es cosa grande y porque la multitud ama lo grande siempre.

Un navío de línea es uno de los hallazgos más admirables del ingenio humano con el poder de la naturaleza.

Un navío de línea se compone á la vez de lo que hay más pesado y de lo que hay más ligero, porque tiene que luchar á un mismo tiempo con las tres formas de la sustancia: lo sólido, lo líquido y lo fluido. Tiene once garras de hierro para asir el granito en el fondo del mar, y más alas y entenas que un coleóptero para tomar el viento de las nubes. Su aliento sale por sus ciento veinte cañones como por enormes clarines, y responde fieramente al rayo. El océano procura extraviarle entre la espantosa semejanza de sus ondas, pero el navío tiene su alma, su brújula que le aconseja y le muestra siempre el norte. En las noches obscuras, sus faroles suplen á las estrellas. Así pues, contra el viento tiene el cable y la lona, contra el agua la madera, contra la roca el hierro, el cobre y el plomo, contra la sombra la luz, contra la inmensidad una aguja.

Si se quiere tener una idea de todas las proporciones gigantescas, cuyo conjunto constituye el navío de línea, no hay más que entrar bajo una de las calas cubiertas, de seis pisos, en los puertos de Brest ó de Tolón. Los buques en construcción están allí, por así decirlo, bajo campana. Esa viga colosal es una verga; esa gran columna de madera echada en tierra hasta perderse de vista, es el palo mayor. Midiéndole desde su raíz en la cala, hasta su cima entre las nubes, tiene la longitud de sesenta toesas, y tres pies de diámetro su base. El palo mayor inglés se eleva á doscientos diez y siete pies sobre la línea de flotación. La marina de nuestros padres empleaba los cables, la nuestra emplea cadenas. El simple montón de cadenas de un buque de cien cañones tiene cuatro pies de alto, veinte de ancho y ocho de profundidad. Y para hacer un navío semejante, ¿cuánta madera se necesita? Tres mil metros cúbicos. Un bosque flotante.

Además, debemos tener en cuenta que no se trata aquí sino del buque de guerra de hace cuarenta años, del simple buque de vela; el vapor, entonces en la infancia, ha añadido luego nuevos milagros á ese prodigio que se llama fragata de guerra. Hoy, por ejemplo, el buque mixto de hélice es una máquina sorprendente, arrastrada por un velamen de tres mil metros cuadrados de superficie, y por una caldera de la fuerza de dos mil quinientos caballos.

Sin hablar de estas nuevas maravillas, la antigua nave de Cristóbal Colón y de Ruyter, es una de las grandes obras maestras del hombre. Inagotable en fuerza como en soplos el infinito, almacena el viento en su vela, manteniéndose fija en la inmensa difusión de las olas sobre las cuales flota y reina.

Llega, sin embargo, un instante en que la ráfaga rompe como una paja aquella verga de sesenta pies de longitud, en que el viento doblega como un junco aquel mástil de cuatrocientos pies de alto, en que el ancla, que pesa diez mil libras se tuerce en la garganta de la ola, como el anzuelo del pescador en la quijada de un sollo, en que aquellos monstruosos cañones lanzan rugidos plañideros é inútiles, que arrastra el huracán en el vacío y la obscuridad, y en que todo aquel poder y toda aquella majestad, se abisman en otro poder y otra majestad superiores.

Cuantas veces se despliega una fuerza inmensa para acabar en una inmensa debilidad, da ello que pensar á los hombres. De ahí que abunden los curiosos en los puertos, sin que ellos se expliquen á sí mismos perfectamente el por qué de acudir en derredor de esas maravillosas máquinas de guerra y navegación.

Todos los días, pues, desde la mañana á la noche, los muelles, los diques y escolleras del puerto de Tolón estaban llenos de una multitud de ociosos y bobos, como dicen en París, cuyo trabajo consistía en contemplar el Orión.

El Orión era un buque estropeado de hacía mucho tiempo. En sus navegaciones anteriores habíanse amontonado sobre su quilla espesas capas de mariscos, al extremo de hacerle perder la mitad de su marcha. Se le había dejado en seco el año anterior para rasparle los mariscos, y luego se le había botado al agua nuevamente. Á la altura de las Baleares el bordaje inferior se había fatigado y abierto; y como el forrado no se hacía entonces con chapa metálica, el buque hacía agua. Sobrevino un violento golpe de equinoccio que desfondó á babor la roda y una portañola, y deterioró el porta-obenques de mesana. Á consecuencia de esas averías, el Orión tuvo que regresar á Tolón.

Estaba fondeado junto al arsenal, donde se le armaba y reparaba. El casco no había sufrido nada á estribor, pero según costumbre, desclávanse aquí y allí algunos listones de los costados, para dejar penetrar el aire en el armazón.

Una mañana, la muchedumbre que lo contemplaba, fué testigo de un accidente.

La dotación estaba ocupada en envergar las velas. El gaviero encargado de tomar el mastelero de gavia por la parte de estribor, perdió el equilibrio. Se le vió vacilar, y la multitud agrupada en el muelle del arsenal, lanzó un grito; la cabeza se le fué tras el cuerpo; el hombre giró en torno de la verga, con las manos extendidas hacia el abismo, asiéndose al pasar al estribo, con una mano primero, y luego con la otra, y quedó suspendido de él. Tenía el mar debajo de sí á una profundidad vertiginosa. El sacudimiento de la caída había impreso al estribo un brusco movimiento de columpio. El hombre iba y venía agarrado al extremo de aquella cuerda como la piedra de una honda.

Ir á socorrerle era correr un riesgo horrible. Ninguno de los marineros, pescadores todos de la costa recientemente ingresados en el servicio, se atrevía á aventurarse á ello. Entre tanto, el desgraciado gaviero se fatigaba; y aunque no podía vérsele la angustia en el rostro, se distinguía en todos sus miembros el desfallecimiento. Sus brazos se retorcían en una horrible tirantez. Cada esfuerzo que hacía para remontarse, no servía más que para aumentar las oscilaciones del estribo. No gritaba, temeroso de malgastar las fuerzas. Ya nadie esperaba más que el momento en que soltase la cuerda, y á cada instante volvían todos la cabeza por no verle caer. Hay momentos en que un cabo de cuerda, un palo, la rama de un árbol, es la vida misma, y es en verdad cosa terrible, ver como un ser viviente se desprende y cae como fruto maduro.

De pronto vióse trepar un hombre por el aparejo con la agilidad del tigre. Este hombre iba vestido de rojo, luego era un presidiario; llevaba gorro verde, era, pues, un condenado á cadena perpetua.

Al llegar á la altura de la gavia, un soplo del viento se le llevó el gorro, dejando ver una cabeza enteramente blanca; no era, pues, un joven. Efectivamente, un presidiario empleado á bordo, perteneciente á una cuerda de penados, había acudido desde el primer momento al oficial de guardia, y en medio de la turbación é incertidumbre general de la tripulación, mientras todos los marineros temblaban y retrocedían, le había pedido licencia para arriesgarse á salvar al gaviero.

Después de un signo afirmativo del oficial, rompía de un martillazo la cadena soldada á la argolla del grillete; después había tomado una cuerda y lanzádose á los obenques. Nadie echó de ver en aquel momento la facilidad con que fué rota la cadena. Hasta después nadie tuvo presente esta circunstancia.

En un abrir y cerrar de ojos estuvo en la verga. Se detuvo algunos segundos, como si la midiese con la vista. Estos segundos, durante los cuales el viento columpiaba al gaviero en la punta de un hilo, les parecieron siglos á los que miraban. Por fin, el presidiario alzó los ojos al cielo, y adelantó un paso. La multitud respiró. Viósele recorrer ligeramente la verga, y llegado á la punta atar un cabo de la cuerda, que llevaba, dejando pendiente el otro, y descendiendo enseguida, valiéndose de las manos, por aquella cuerda. Reinó entonces una indefinible angustia, cuando en lugar de un hombre suspendido sobre el abismo, vióse que había dos.

Hubiérase podido decir que era una araña corriendo á apoderarse de una mosca; sólo que aquí la araña llevaba la vida, y no la muerte. Diez mil miradas se fijaban á un tiempo en aquel grupo. Ni un grito, ni una palabra; el mismo extremecimiento hacía fruncir todos los entrecejos. Todas las bocas contenían su aliento, como temerosas de añadir el menor soplo al viento que sacudía á aquellos desgraciados.

Entretanto, el presidiario había conseguido acercarse al marinero. Era ya tiempo; un minuto más, y el hombre, aniquilado y desesperado, se dejaba caer en el abismo. El presidiario lo amarró sólidamente á la cuerda en que se sostenía con una mano, mientras trabajaba con la otra. En fin, viósele remontar nuevamente la verga, y tirando, subir hasta ella al marinero; sostúvole un instante para dejar que recobrara fuerzas, después le tomó en brazos y le llevó andando sobre la verga hasta el tamborete, y de allí á la gavia, donde le dejó en manos de sus camaradas.

Entonces aplaudió la multitud, hubo entre la chusma ancianos que lloraron, las mujeres se abrazaban unas á otras en el muelle, y oyéronse voces de todas partes gritando con cierto enternecimiento furioso: ¡El indulto! ¡indulto para ese hombre!

Él, entre tanto, se había preparado para descender á unirse con sus compañeros de cuerda. Para llegar más pronto, deslizóse por el aparejo, y echó á correr sobre una verga baja. Seguíanle todos los ojos. Hubo un momento en que los espectadores se asustaron, fuése que estuviera fatigado, ó que le diese vueltas la cabeza, creyeron que vacilaba y se bamboleaba. De pronto lanzó la multitud un grito horrible, el presidiario acababa de caer al agua.

La caída era peligrosa. La fragata Algeciras estaba fondeada junto al Orión, y el pobre presidiario había caído entre ambos buques, siendo de temer que hubiese ido á parar debajo del uno, si no del otro. Cuatro hombres saltaron enseguida en un bote. La multitud los alentaba, la ansiedad reinaba nuevamente en todas las almas. El hombre no subía á la superficie; había desaparecido en el mar, sin dejar huella alguna sobre el agua, como si hubiese caído en un barril de aceite. Sondaron, bucearon; pero en vano. Buscaron hasta venir la noche; ni siquiera el cuerpo se encontró.

Al día siguiente, el diario de Tolón estampaba estas líneas:

«18 de noviembre de 1823. Ayer un presidiario que estaba trabajando á bordo del Orión, al acabar de prestar socorro á un marinero, cayó al agua y se ahogó. No ha podido encontrarse el cadáver. Se presume que habrá quedado enredado entre las estacas de la punta del arsenal. Este hombre estaba inscrito en el registro con el número 9.430, y se llamaba Juan Valjean».

LIBRO TERCERO CUMPLIMIENTO DE LA PROMESA HECHA Á LA DIFUNTA

I =La cuestión del agua en Montfermeil=

Montfermeil está situado entre Livry y Chelles, en el lindero meridional de la alta meseta que separa el Ourcq del Marne.

Hoy día es una gran población adornada todo el año de quintas construidas de yeso, y el domingo, de artesanos alegres y expansivos. En 1823 no había en Montfermeil, ni tantas casas blancas, ni tantos artesanos satisfechos: no era más que una aldea en el bosque. Veíanse aquí y allá algunas casas de recreo del último siglo, que se distinguían por su gran aspecto, sus balcones de hierro retorcido y sus altas ventanas, cuyos vidrios pequeños formaban sobre lo blanco de los postigos cerrados, toda clase de matices de verdes distintos. Pero Montfermeil no pasaba por ello de ser una aldea. Los tenderos retirados y los aficionados á veranear no le habían aún descubierto. Era un sitio agradable y delicioso, que no era de paso para ninguna parte, y en el cual se pasaba económicamente esa vida del campo tan abundante y fácil. Solamente se sentía escasez de agua, á causa de la elevación de la meseta.

Era preciso irla á buscar bastante lejos. El extremo de la población que está junto á Gagny, se surtía de agua en los magníficos estanques que hay en el bosque; el otro extremo, que rodea la iglesia situada en la parte de Chelles, no encontraba agua potable más que en un pequeño manantial situado á mitad de la cuesta, junto al camino de Chelles, á un cuarto de hora de Montfermeil.

Era, pues, tarea harto ruda para cada vecino, la de tener que proveerse de agua. Las casas grandes, la aristocracia, entre las que figuraba el bodegón Thénardier, pagaban medio céntimo por cubo de agua á un pobre hombre que lo había tomado por oficio, y en cuya empresa del agua de Montfermeil ganaba escasamente dos reales diarios, pero este buen hombre sólo trabajaba hasta las siete de la tarde en verano y hasta las cinco en invierno, y una vez entrada la noche, una vez cerradas las ventanas bajas, el que no tenía agua que beber, iba á buscarla ó se pasaba sin ella.

Esto era lo que aterraba á la pobre criatura, de la cual no puede haberse olvidado el lector, á la pequeña Cosette.

Téngase presente que Cosette era útil á los Thénardier de dos maneras, pues se hacían pagar por la madre, haciéndose servir de la hija. Así es, que cuando la madre dejó de pagarles del todo, ya hemos leído el por qué en los capítulos precedentes, los Thénardier siguieron conservando á Cosette, en su poder. Les hacía las veces de criada. Y en esta cualidad, ella era quien iba á buscar el agua cuando hacía falta. Por eso la criatura, asustada con la idea de tener que ir de noche á la fuente, tenía buen cuidado de que no faltase nunca agua en la casa.

La Navidad del año 1823 fué brillantísima, particularmente en Montfermeil. El principio del invierno había sido benigno, no había helado ni nevado aún. Titiriteros, llegados de París, habían obtenido del señor alcalde permiso para colocar sus barracas en la calle principal de la aldea, y una banda de mercaderes ambulantes, con igual permiso, había construido sus barracones en la plaza de la Iglesia, y hasta en la misma callejuela de Boulanger, donde estaba situado, como sabemos, el bodegón de los Thénardier. Toda aquella gente llenaba las hosterías y tabernas, dando á aquella población tan tranquila, cierta vida bulliciosa y alegre. Debemos decir igualmente, para ser fieles historiadores, que entre las curiosidades expuestas en la plaza, había una barraca de diversos animales, en la cual unos feísimos payasos, vestidos de harapos y venidos de Dios sabe dónde, enseñaban en 1823 á los aldeanos de Montfermeil, uno de aquellos horribles buitres del Brasil, que nuestro Museo Real no poseyó antes de 1845, y que tienen por ojo una escarapela tricolor. Los naturalistas llaman, según creo, á ese pájaro, Caracara Poliborus; pertenece al orden de los apicidas y á la familia de los falcónidos. Algunos antiguos soldados bonapartistas retirados en la aldea, iban á ver aquella ave con cierta devoción. Los charlatanes presentaban aquella escarapela tricolor como un fenómeno único, y hecho expresamente por el buen Dios para su colección de animales raros.

En la noche misma de Navidad muchos hombres, carreteros y trajineros, estaban sentados bebiendo alrededor de las mesas, alumbradas por cuatro ó cinco velas de sebo, en la sala baja del bodegón Thénardier. Esta sala se parecía á todas las salas de taberna: mesas, jarras de estaño, botellas, bebedores, fumadores; poca luz y mucho ruido. La fecha del año 1823 estaba, por lo tanto, indicada por los dos objetos en moda á la sazón entre la clase media, los cuales estaban sobre una mesa, á saber; un caleidoscopo y una lámpara labrada de hoja de lata. La Thénardier vigilaba la cena, que se estaba asando á buen fuego, mientras el marido bebía con los huéspedes y hablaba de política.

Además de las disertaciones políticas, cuyo objeto principal era la guerra de España y el señor duque de Anguleme, oíanse, en medio del bullicio, paréntesis puramente locales, como éste:

--Por la parte de Nanterre y de Suresnes ha dado mucho el vino. Donde se calculaban diez medidas se han conseguido doce. Se ha sacado de los lagares más jugo de lo que se esperaba.--¿Pero la uva no estaría madura?--En este país no conviene vendimiar maduro; porque el vino se tuerce en cuanto llega la primavera.--¿Entonces se saca solamente vinillo?--Son vinillos más ligeros que los de por acá. Hay que vendimiar en agraz.

Etc...

Ó bien, era un molinero el que exclamaba:

--¿Acaso somos responsables nosotros de lo que va en los sacos? Se encuentran en ellos una porción de granos que no podemos entretenernos en limpiar y que es preciso dejar pasar por las piedras: como la cizaña, el añublo, el tizón, la algarroba, el cañamón, la cola de zorra, y otro sinnúmero de drogas, sin contar las arenillas que abundan mucho en ciertos trigos, sobre todo en los trigos bretones. No es ciertamente nada gustoso moler trigo bretón, como no lo es para los serradores de largo aserrar vigas que tengan clavos. Calcúlese el maldito polvo que de todo esto resulta después. Y luego se quejan sin razón de la harina. Si la harina es mala, no es nuestra la culpa.

En el espacio entre dos ventanas, un segador, sentado á una mesa con un propietario que ajustaba precio para segar un prado en primavera, decía:

--No importa que la hierba esté mojada. Así se corta mejor. El rocío es bueno, señor. De todos modos, vuestra hierba es temprana y muy difícil de segar. ¡Que por aquí es tierna, que allí se dobla contra la hoz!...

Etc...

Cosette ocupaba su puesto acostumbrado, sentada sobre el travesaño de la mesa de cocina, junto al hogar; mal vestida de harapos, los pies desnudos metidos en los zuecos, haciendo, al resplandor del fuego, calcetines de lana para las niñas de Thénardier. Un gatito joven jugaba debajo de las sillas.

Oíanse reir y charlar en la pieza inmediata dos voces frescas é infantiles; eran las de Eponine y Azelma.

En un rincón de la chimenea había un martinete colgado de un clavo.

Á intervalos, penetraban por entre el ruido de la taberna, los chillidos de una criatura de corta edad, que estaría en otra parte en la casa. Era un niño que la Thénardier había tenido en uno de los inviernos anteriores, «sin saber por qué, decía ella: efecto del frío», y que contaría unos tres años. La madre se lo había criado ella misma, pero no le tenía cariño. Cuando el encarnizado clamor del chiquillo resultaba demasiado importuno, tu hijo chilla, decíale Thénardier á la madre, ve á ver lo que quiere. ¡Bah!--respondía ella.--Me fastidia.

Y el chiquillo abandonado continuaba desgañitándose en las tinieblas.

II =Dos retratos completados=

No han aparecido todavía en este libro los Thénardier más que de perfil; ha llegado el momento de dar la vuelta alrededor de este grupo, y contemplarlo por todas sus fases.

Thénardier acababa de cumplir los cincuenta años; su mujer rayaba en los cuarenta, que es la cincuentena femenina; de manera que había equilibrio de edad entre la mujer y el marido.

Los lectores conservan tal vez algún recuerdo de la primera aparición de aquella Thénardier, alta, rubia, colorada, gruesa, membruda, cuadrada, enorme y ágil; tenía, como ya hemos dicho, algo de la raza de esas salvajes colosales que en las ferias levantan del suelo grandes piedras con su cabellera.

Ella lo hacía todo dentro de la casa: las camas, los cuartos, la colada, la cocina, la lluvia, el buen tiempo y el diablo. Tenía por única sirvienta á Cosette; un ratoncillo al servicio de un elefante. Todo temblaba al eco de su voz: los vidrios, los muebles y las gentes. Su ancho rostro, cribado de pecas rojizas, tenía el aspecto de una espumadera. Tenía también barbas. Era el ideal de un terne de plazuela vestido de mujer. Juraba que era un primor, y se jactaba de partir una nuez de un puñetazo. Á no ser por las novelas que había leído, y que á veces hacían aparecer de extravagante manera la remilgada bajo el marimacho, jamás se le hubiera ocurrido á nadie decir de ella: Es una mujer. La tal Thénardier era como el producto del injerto de una señorita en una verdulera. Cuando se la oía hablar, exclamaba uno: Es un gendarme; cuando se la veía beber, decíase: Es un carretero; cuando se la veía manosear á Cosette, decíase uno: Es un verdugo. Al dormir le salía de la boca un diente.

Thénardier era un hombre pequeño, flaco, pálido, anguloso, huesoso, endeble, de aspecto enfermizo, gozando de buena salud; en lo cual estribaba su maulería. Sonreíase habitualmente por precaución, y era atento casi con todo el mundo, hasta con el mendigo á quien negaba un ochavo. Tenía la mirada del zorro y el fondo del letrado. Se parecía mucho á los retratos del presbítero Delille. Su coquetería consistía en beber con los trajineros. Nadie había podido jamás emborracharle. Fumaba en una gran pipa. Llevaba blusa, y bajo de la blusa un antiguo frac negro. Tenía pretensiones de literato y materialista, y sabía nombres que pronunciaba frecuentemente para apoyar cualquier cosa de las que decía, como: Voltaire, Raynal, Parny y, cosa rara, san Agustín. Afirmaba tener «un sistema». Por lo demás, era un grande estafador filósofo. Este matiz existe.

Se recordará que pretendía haber servido; contaba, con cierto lujo, que siendo sargento en Waterloo, en un 6.º ó 9.º de ligeros cualquiera, había él solo, contra todo un escuadrón de húsares de la muerte, cubierto con su cuerpo y salvado á través de la metralla «á un general peligrosamente herido». De ahí provenía sobre su puerta la flamante muestra, y el nombre dado en el país á su figón de «posada del sargento de Waterloo». Era liberal, clásico y bonapartista. Se había suscripto para el campo de Asilo. Decíase en la aldea que había estudiado para cura.

Nosotros creemos que había sencillamente estudiado en Holanda para posadero. Este tunante del orden compuesto era, según todas las probabilidades, algún flamenco de Lila en Flandes, francés en París, belga en Bruselas, montado cómodamente sobre dos fronteras. Su proeza de Waterloo, ya la conocemos; y como se ve, la exageraba un poco. El flujo y el reflujo, lo tortuoso, lo aventurero, eran el elemento de su existencia; conciencia desgarrada supone naturalmente vida descosida; y verosímilmente en la tormentosa época del 18 de junio de 1815, Thénardier pertenecía á aquella variedad de cantineros merodeadores de que hemos hablado, recorriendo los caminos, vendiendo á unos, robando á otros, y rodando en familia, marido, mujer é hijos, en algún desvencijado calesín á la cola de las tropas en marcha, con el instinto de unirse siempre al ejército victorioso.

Terminada la campaña, y teniendo, como él decía, cum quibus, había ido á establecer su bodegón en Montfermeil.

Este quibus compuesto de las bolsas y relojes, de las sortijas de oro y de las cruces de plata, cosechadas al tiempo de la siega en los surcos sembrados de cadáveres, no sumaba por cierto un gran total, ni había hecho adelantar gran cosa á aquel vivandero trocado en bodegonero.

Thénardier tenía en el gesto ese algo rectilíneo inexplicable, que con un juramento recuerda el cuartel, y con la señal de la cruz recuerda el seminario. Era muy hablador, y dejaba que le creyeran sabio. Sin embargo el maestro de escuela había notado que cometía errores. Extendía las cuentas de los pasajeros con superioridad; pero no faltaban ojos ejercitados que encontraban á veces faltas de ortografía. Thénardier era cazurro glotón, gandul y listo. No desdeñaba á las criadas, lo cual era causa de que su mujer no tuviese ninguna. Aquella gigante era celosa. Parecíale que aquel hombrecillo flaco y descolorido debía ser objeto de concupiscencia universal.

Thénardier, hombre de astucia y equilibrio, era ante todo un bribón del género templado. Esto es, de la peor especie, por la hipocresía que entra en ella.

No es que Thénardier no fuése en ocasiones capaz de encolerizarse, al menos tanto como su mujer; pero esto era rarísimo, y en tales momentos, como aborrecía por completo al género humano, como había dentro de él un horno profundísimo de odio, como era de esas gentes que se están vengando perpetuamente, que acusan á todo cuanto pasa delante de ellos como causa de todo lo que cae encima de ellos, y que están siempre dispuestos á arrojar sobre el primero que llegue, como legítimo agravio, el total de las decepciones, bancarrotas y calamidades de su vida, y como toda esta levadura fermentaba en él y bullía en su boca y en sus ojos, se ponía espantoso. ¡Desdichado del que pasase entonces bajo su furor!

Aparte de todas sus otras cualidades, era Thénardier, atento y penetrante, callado ó hablador según los casos, y siempre con elevada inteligencia. Tenía algo en su mirada de los marinos acostumbrados á mirar con anteojos de larga vista. Thénardier era un hombre de Estado.

Todo recién llegado que entraba en el bodegón, al ver á la mujer Thénardier, exclamaba: ¡He aquí el amo de la casa! Error, no era siquiera el ama. Amo y ama, lo era el marido. Ella hacía, él creaba. Ella lo dirigía todo por una especie de acción magnética, invisible y continua. Una palabra le bastaba á él, muchas veces un signo, el mastodonte hembra obedecía. Thénardier era para su mujer, sin que ella se explicase el por qué, una especie de ser particular y soberano. Tenía ella las virtudes de su modo de ser; nunca, jamás, aunque hubiese disentido sobre algún detalle con el «señor Thénardier», hipótesis, por otra parte inadmisible, no le hubiera quitado la razón en público á su marido, sobre ningún asunto fuése el que fuere. Nunca jamás hubiera cometido delante de extraños esa falta que cometen con tanta frecuencia las mujeres y que se llama en lenguaje parlamentario descubrir la corona. Aún cuando semejante acuerdo no diese otro resultado que el mal, había algo contemplativo en esa sumisión de la Thénardier á su marido. Aquella montaña de ruido y carne, movíase debajo el dedo meñique de aquel frágil déspota. Visto ello por su lado raquítico y grotesco, patentizábase la gran cosa universal: la adoración de la materia hacia el espíritu; porque hay ciertas fealdades, cuya razón de ser está en las profundidades mismas de la belleza eterna. Había en Thénardier algo de lo desconocido, y de ahí provenía el imperio absoluto de este hombre sobre su mujer. En ciertos momentos le veía ella como una vela encendida; en otros, le sentía como una garra.

Aquella mujer era una criatura formidable, que no amaba más que á sus hijos, y sólo temía á su marido. Era madre, porque era mamífera. Por lo demás, su maternidad se limitaba á sus hijas, pues como se verá más adelante, no alcanzaba á los varones. El hombre, sólo tenía una idea: enriquecerse. Y no lo conseguía. Faltábale un teatro digno de su gran talento. Thénardier en Montfermeil se arruinaba, si la ruina cabe bajo cero. En Suiza ó en los Pirineos, este hombre sin un cuarto se habría hecho millonario. Pero donde la suerte enclava al posadero, allí es menester que viva.

Ya se comprende que la palabra posadero, está aquí empleada en sentido limitado, y que no se extiende á la clase entera.

Ese mismo año, 1823, Thénardier tenía una deuda de unos mil quinientos francos, una deuda apremiante, que le preocupaba.

Cualquiera que fuése para con él la injusticia persistente del destino, Thénardier era uno de esos hombres que comprendían mejor, con más profundidad y del modo más moderno, esta cosa que es una virtud en los pueblos bárbaros, y una mercancía en los pueblos civilizados: La hospitalidad. Por otra parte, era un cazador furtivo y admirable, citado por su certera puntería. Poseía cierta risita fría y apacible, que era particularmente peligrosa.

Sus teorías de posadero brotaban de él algunas veces como relámpagos. Empleaba ciertos aforismos de su profesión que procuraba inculcar en el espíritu de su mujer. El deber de posadero le decía una vez violentamente y en voz baja, es vender al primero que llega, comida, descanso, luz, fuego, sábanas sucias, muchacha, pulgas y sonrisas; detener al pasajero, vaciar los bolsillos pequeños, aligerar honradamente los grandes, dar albergue con respeto á las familias en viaje, desollar al hombre, desplumar á la mujer, limpiar al chiquillo; poner precio á la ventana abierta, á la ventana cerrada, al rincón de la chimenea, al sillón, á la silla, al taburete, al escabel, al lecho de pluma, al colchón y al haz de paja; saber cuándo se sirven del espejo, con la imagen del que se mira en él tarifárselo; y, con quinientos mil diablos, hacérselo pagar todo al viajero, incluso las moscas que se come su perro.

El tal hombre y la tal mujer eran la astucia y la rabia unidas, maridaje repugnante y terrible.

Mientras el marido calculaba y combinaba, la Thénardier no pensaba en los acreedores ausentes, ni se preocupaba del ayer ni del mañana, viviendo exclusivamente al día.

Tales eran estos seres. Cosette estaba entre ellos, sufriendo la doble presión de uno y otro, como una criatura que fuése á la vez triturada por una piedra de molino y destrozada por unas tenazas.

El hombre y la mujer tenían, cada cual, su manera distinta de martirizarla; si Cosette estaba amoratada á golpes era cosa de la mujer; si iba con los pies desnudos en invierno, era cosa del marido.

Cosette subía, bajaba, lavaba, cepillaba, fregaba, barría, andaba, corría, se fatigaba, removía las cosas más pesadas y, débil como era, hacía todo lo más pesado. No había piedad para ella; una ama feroz, un amo venenoso. El bodegón de Thénardier era como una red en que Cosette se hallaba cogida y temblorosa. El ideal de la opresión estaba realizado en aquella domesticidad siniestra. Era algo como la mosca sirviendo á las arañas.

La pobre criatura, pasiva, se callaba.

Cuando así se encuentran, desde su aurora, desnudas y desamparadas entre los hombres, ¿qué pasa en esas almas que acaban de dejar el seno de Dios?

III =Los hombres necesitan vino, los caballos agua=

Habían llegado cuatro nuevos viajeros.

Cosette meditaba tristemente; pues aún cuando no tenía más que ocho años, había ya sufrido tanto, que se ensimismaba en el aire lúgubre de una vieja.

Tenía un párpado amoratado á consecuencia de un puñetazo que la Thénardier le había sacudido, lo cual hacía decir á la propia Thénardier de cuando en cuando:

--¡Está bien fea con su cardenal en el ojo!

Cosette pensaba, pues, que era de noche, muy de noche; que había sido menester llenar de improviso las jarras y vasijas de los cuartos de los viajeros recién llegados, y que no había ya más agua en el depósito.

Lo que la tranquilizaba un poco, era que no se bebía mucha agua en casa Thénardier. Es verdad que no faltaban gentes que tuviesen sed; pero era de esa sed que mejor se dirige al jarro que al cántaro. Quien hubiese pedido un vaso de agua, entre aquellos vasos de vino, hubiera parecido un salvaje á todos aquellos hombres. Hubo un momento, sin embargo, en que la muchacha tembló; la Thénardier levantó la tapadera de una cacerola que hervía en el hornillo, después cogió un vaso y se acercó al depósito. Dió vuelta al grifo. Cosette había levantado la cabeza y seguía todos sus movimientos. Un delgadísimo hilo de agua, llenó apenas la mitad del vaso.

--¡Mira,--dijo la mujer,--no hay más agua!

--Siguió un instante de silencio. La criatura no respiraba.

--¡Bah!--repuso la Thénardier, examinando el vaso medio lleno.--Con ésta habrá bastante.

Cosette se volvió á su trabajo; pero durante un buen cuarto de hora, sintió saltar el corazón precipitadamente dentro el pecho.

Contaba los minutos que iban pasando, deseando estar ya al día siguiente.

De cuando en cuando, uno de los bebedores miraba á la calle y exclamaba:

--¡Está obscuro como boca de lobo!

Ó decía otro:

--¡Es preciso ser gato para salir á la calle sin farol!

Cosette se estremecía.

De pronto, uno de los mercaderes ambulantes hospedados en el bodegón entró, y dijo con acento rudo:

--No habéis dado de beber á mi caballo.

--Sí, por cierto,--dijo la Thénardier.

--Yo os digo que no,--repuso el mercader.

Cosette había salido de debajo de la mesa:

--¡Oh! ¡Sí, señor!--dijo.--El caballo ha bebido, ha bebido en el cubo, en el cubo lleno, y yo misma soy quien le he dado de beber y le he hablado.

Esto no era verdad. La niña mentía.

--He aquí otra, que no es mayor que un puño, y miente como una casa,--exclamó el mercader.--¡Yo te digo que no ha bebido, bribonzuela! Tiene un modo de resollar, cuando no ha bebido, que se lo conozco perfectamente.

Cosette insistió, añadiendo con voz enronquecida por la angustia y que se oía apenas:

--¡Y mucho que ha bebido!

--¡Ea,--repuso el mercader en tono colérico,--no hay que hablar de eso; que se le dé de beber á mi caballo, y acabemos!

Cosette volvió á meterse debajo de la mesa.

--En efecto: nada hay más justo,--dijo la Thénardier;--si el animal no ha bebido, es preciso que beba.

Luego mirando en torno suyo exclamó:

--¡Y bien! ¿Dónde está ésa?

Bajóse, y vió á Cosette agazapada al otro extremo de la mesa, metida casi debajo de los pies de los bebedores.

--¿Quieres salir de ahí?--gritó la Thénardier.

Cosette salió de la especie de agujero donde se había escondido. La Thénardier repuso:

--Señorita doña Perra sin nombre, vaya á dar de beber al caballo.

--Pero, señora,--dijo Cosette toda temblorosa,--¡es que no hay agua!

La Thénardier abrió de par en par la puerta de la calle.

--¡Pues ir á buscarla!

Cosette bajó la cabeza, y fué á tomar un cubo vacío que estaba en el rincón de la chimenea.

Este cubo abultaba más que ella, tanto, que la muchacha hubiera podido sentarse dentro y estar ancha.

La Thénardier se volvió á sus hornillas, y probó con una cuchara de palo lo que había en una cacerola, gruñendo al mismo tiempo:

--En la fuente la hay; todas las dificultades fuesen como ésta. Creo que hubiera sido mejor preparar las cebollas.

Púsose luego á buscar en un cajón donde había dinero, ajos y pimienta.

--Toma, señorita Renacuajo,--añadió;--de vuelta tomarás un pan en la panadería. Aquí tienes una moneda de quince sueldos.

Cosette tenía una faltriquera pequeña en un lado del delantal; tomó la moneda sin decir una palabra, y la guardó en el bolsillo.

Después se quedó inmóvil con el cubo en la mano, y la puerta abierta delante de ella. Parecía esperar que alguien fuése en su ayuda.

--¡Aprisa!--gritó la Thénardier.

Cosette salió. La puerta se volvió á cerrar.

IV =Entrada en escena de una muñeca=

La hilera de puestos de venta al aire libre que partía de la iglesia, se extendía, como hemos dicho, hasta la posada Thénardier. Dichos puestos, esperando que pasara luego gente que debía ir á la misa de media noche, estaban iluminados todos con velas, que ardían dentro de cucuruchos de papel, lo cual, como decía el maestro de escuela de Montfermeil, sentado en aquel momento á una de las mesas de la taberna Thénardier, producía «un efecto mágico».

En cambio no se veía una sola estrella en el cielo.

El último de estos puestos, establecido precisamente enfrente de la puerta de los Thénardier, estaba lleno de juguetes de todas clases, y ostentaba mil objetos de oropel, vidrio de colores y otras cosas magníficas de hoja de lata. En la primera fila, y en lugar preferente, había colocado el mercader, sobre un fondo de servilletas blancas, una inmensa muñeca de casi dos pies de altura, vestida con traje de crespón color de rosa, con espigas de oro en la cabeza, pelo verdadero y ojos de esmalte. Todo el día había estado expuesta aquella maravilla á la admiración de los transeuntes de menos de diez años, sin que hubiese habido en Montfermeil una madre bastante rica ó bastante pródiga para comprársela á su hija. Eponine y Azelma se habían pasado contemplándola horas enteras, y Cosette misma furtivamente, por supuesto, había osado mirarla también.

En el momento en que salió Cosette, con su cubo en la mano, por triste y disgustada que estuviese, no pudo dejar de levantar los ojos hasta la prodigiosa muñeca, hasta la señora, como ella la llamaba. La pobre niña se quedó petrificada. No había visto aún tan de cerca la tal muñeca. Toda la barraca le parecía un palacio; y aquella muñeca no era muñeca, era una visión. Era la alegría, el explendor, la riqueza, la dicha que aparecía en una especie de irradiación quimérica ante aquel pequeño y desgraciado ser, tan profundamente envuelto por una miseria fúnebre y helada. Cosette medía con la sagacidad triste y sincera de la infancia, el abismo que la separaba de aquella muñeca. Decíase ella que era menester ser reina, ó al menos princesa, para poseer una «cosa» como aquélla. Contemplaba aquel lindo vestido de color de rosa, aquellos hermosos y bien peinados cabellos, pensando y diciendo ¡qué feliz debe ser esa muñeca! Sus ojos no podían apartarse de aquel puesto fantástico. Cuanto más miraba, más se embelesaba. Creía estar viendo el paraíso. Veía otras muñecas, detrás de «la grande», que le parecían hadas y genios. El mercader que se movía, allá en el fondo del barracón, le producía cierto efecto de Padre eterno.

En aquella adoración, se olvidaba de todo, hasta del encargo que se le había hecho. De súbito, la áspera voz de la Thénardier la hizo volver en sí.

--¡Cómo! ¿Aún estás aquí bachillera? ¡Aguarda, allá voy yo! ¿Qué tiene que hacer ahí ese monstruo?

La Thénardier había dado una mirada á la calle, y había visto á Cosette extasiada.

Cosette se escapó, cargando con el cubo y alargando los pasos cuanto pudo.

V =La chiquilla sola=

Como la taberna Thénardier estaba en aquella parte de la población inmediata á la iglesia, era la fuente del bosque, de la parte de Chelles, á donde Cosette debía ir por el agua.

Ya no volvió á mirar ningún otro puesto de la feria. Mientras estuvo en la callejuela de Boulanger y en los alrededores de la iglesia, las tiendecillas iluminadas alumbraban el camino; pero muy pronto desapareció el último resplandor del último barracón. La pobre criatura se encontró pues en la obscuridad. Penetró en ella. Pero sintiendo que se apoderaba de su espíritu cierta emoción; á medida que iba caminando iba agitando cuanto podía el asa del cubo. El ruido que producía con ello, le servía de compañía.

Cuanto más andaba, más espesas se iban volviendo las tinieblas. No había ya en las calles persona alguna. Sin embargo, tropezó con una mujer, que se volvió al verla y que permaneció inmóvil, murmurando entre dientes:

--¿Adónde puede ir esta muchacha? ¿Si será algún duende?--Luego la mujer reconoció á Cosette, y exclamó:--¡Mira! ¡si es la Alondra!

Así atravesó Cosette el laberinto de calles tortuosas y desiertas en que termina por la parte de Chelles la población de Montfermeil. Mientras hubo casas y aún sólo paredes por ambos lados del camino, anduvo bastante animosa. De cuando en cuando veía la claridad de una vela á través de las rendijas de una ventana; era luz y vida; allí había gente, y esto la alentaba. Sin embargo, á medida que adelantaba, sus pasos iban acortándose maquinalmente. Cuando hubo pasado el ángulo de la última casa, Cosette se paró. Ir más allá de la última tienda había sido difícil; ir más allá de la última casa, se le hacía imposible. Dejó el cubo en el suelo, llevóse la mano á la cabeza, y púsose á rascarse lentamente, actitud propia de las criaturas aterradas é indecisas. Ya no estaba en Montfermeil, puesto que se encontraba en medio del campo. Tenía únicamente ante ella el espacio negro y desierto. Contempló desesperada aquella obscuridad, donde no había nadie, donde había solamente animales, y donde había tal vez aparecidos. Miró bien, y creyó oir las bestias que andaban por entre la yerba, y ver claramente los aparecidos que se movían entre los árboles. Entonces volvió á coger su cubo, el miedo le dió audacia.

--¡Bah!--exclamó ella,--diré que ya no había agua.

Y volvió á entrar resueltamente en Montfermeil.

Apenas había andado cien pasos, se paró nuevamente y volvió á rascarse la cabeza. Entonces fué la Thénardier quien se le apareció; la Thénardier, amenazadora, con su boca de hiena y destellando cólera sus ojos. La muchacha lanzó una triste mirada en torno suyo. ¿Qué hacer? ¿Cómo salir del paso? ¿Adónde ir? Delante tenía el espectro de la Thénardier, detrás todos los fantasmas de la noche y del bosque. Á pesar de todo, retrocedió ante la Thénardier. Emprendió otra vez el camino de la fuente y echó á correr. Salió corriendo de la población, entró corriendo en el bosque, sin mirar ni escuchar nada. No detuvo su curso hasta faltarle la respiración; pero no interrumpió su marcha. Iba avanzando como desvanecida.

Iba corriendo con ganas de llorar.

El estremecimiento nocturno de la selva la envolvía por completo. No pensaba, no veía ya; la inmensidad de la noche estaba frente á frente de aquel pequeño ser. Por una parte, todo sombras; por otro, un átomo.

No había más que unos siete ú ocho minutos de la orilla del bosque al manantial. Cosette conocía el camino por haberle recorrido de día muchas veces. ¡Cosa extraña! No se extravió. Un resto de instinto la conducía vagamente. Sin embargo, no dirigía los ojos ni á la derecha ni á la izquierda, temerosa de ver cosas entre las ramas y entre la maleza. Así llegó á la fuente.

Era un estrecho pozo natural, formado por el agua en un suelo arcilloso, á la profundidad de unos dos pies, rodeado de musgo y de esas grandes yerbas rizadas llamadas gorgueras de Enrique IV, y enlosado con grandes piedras, del cual salía un arroyuelo, produciendo un ruido escaso y tranquilo.

Cosette no se tomó ni aún el tiempo indispensable para respirar. Estaba la noche obscurísima; pero ella tenía ya costumbre de ir á aquella fuente. Buscó con la mano izquierda, entre la obscuridad, una encinilla inclinada sobre el manantial, la que le servía ordinariamente de punto de apoyo; encontró una rama, se agarró á ella, se inclinó y sumergió el cubo en el agua. Se encontraba en un estado tan violento, que sus fuerzas se habían triplicado. Mientras estaba así inclinada, no echó de ver que la faltriquera de su delantal se vaciaba en la fuente, y que la moneda de quince sueldos se le cayó en el agua. Cosette no vió ni oyó caer nada. Retiró el cubo casi lleno, y lo dejó sobre la yerba.

Hecho esto, advirtió que estaba abrumada de cansancio. Bien hubiera querido partir enseguida; pero el esfuerzo de llenar el cubo había sido tal, que le fué imposible dar un paso. Vióse, por lo tanto, obligada á sentarse, y dejándose caer sobre la yerba, se quedó acurrucada.

Cerraba los ojos, volviéndolos á abrir luego sin saber por qué, pero no pudiendo hacer otra cosa. Á su lado tenía el cubo, cuya agua agitada formaba círculos á manera de serpientes de fuego blanco.

Encima de su cabeza, el cielo aparecía cubierto de extensas nubes negras, que eran como masas de humo. La trágica máscara de la sombra parecía ir cayendo vagamente sobre aquella criatura.

Júpiter se envolvía en las profundidades.

La pobre criatura miraba con ojos extraviados esta grande estrella, que no conocía y que le daba miedo. El planeta se hallaba en realidad en aquel momento cerca del horizonte, y atravesaba una espesa capa de niebla que le daba un tinte rojizo horrible. La bruma, lúgubremente teñida de púrpura, agrandaba el astro, dándole el aspecto de una llaga luminosa.

Un viento frío soplaba de la llanura. El bosque estaba tenebroso, sin ningún rozamiento de hojas, sin ninguna de aquellas vagas y suaves claridades de estío. Alzábanse horriblemente grandes ramajes; agitábanse en los claros deformes y espantosos matorrales. Extremecíanse con el cierzo las altas yerbas como anguilas; las zarzas retorcíanse como largos brazos armados de garras para coger su presa. Algunas malezas secas, sacudidas por el viento, pasaban rápidamente como huyendo espantadas de algún objeto que las persiguiese. En todas partes no se advertía más que extensiones lúgubres.

La obscuridad es vertiginosa. El hombre necesita claridad; quien penetra en lo opuesto á la luz, se siente oprimido el corazón. Cuando el ojo ve negro, el espíritu ve turbio. En el eclipse, en la noche, en la opacidad fuliginosa, hay ansiedad hasta para los más fuertes. Nadie atraviesa solo de noche por las obscuridades de un bosque sin temblar. Sombras y árboles, son dos espesuras temibles. Una realidad quimérica aparece en la profundidad indistinta. Lo inconcebible se bosqueja á pocos pasos de nosotros con claridad espectral. Vemos flotar, en el espacio ó en nuestro propio cerebro, algo vago é impalpable como los sueños de flores dormidas. Hay en el horizonte actitudes feroces, aspiramos los efluvios del gran vacío obscuro. Tenemos á un tiempo miedo y deseo de mirar atrás.

Las cavidades de la noche, las cosas convertidas en objetos espantosos, perfiles taciturnos que se van disipando á medida que vamos adelante, cabelleras sueltas flotando en la obscuridad, espesuras irritadas, charcos lívidos; lo lúgubre reflejándose en lo fúnebre, la inmensidad sepulcral del silencio; los seres desconocidos posibles, ramas misteriosamente doblegadas, torsos horribles de árboles, prolongadas ráfagas de yerbas temblorosas, no existe defensa contra todo eso. No hay valor que no tiemble y no sienta la proximidad de la angustia. Se experimenta algo horroroso, como si el alma se confundiese con la sombra. Esta penetración íntima de las tinieblas, es inexplicablemente siniestra en los niños.

Las selvas son apocalipsis, y el simple batir de alas de un alma infantil, produce cierto ruido de agonía bajo su bóveda monstruosa.

Sin darse cuenta á sí misma de lo que experimentaba, Cosette se sentía sobrecogida por aquella obscura enormidad de la naturaleza. No era únicamente terror lo que la impresionaba, era algo más terrible que el terror mismo. Temblaba. No hay expresiones para manifestar lo que tenía de extraño aquel temblor que la helaba hasta el fondo de su corazón. Su mirada se había vuelto esquiva. Creía sentir que tal vez no podría evitar al día siguiente, el volver allí á la misma hora.

Entonces, movida por cierto instinto, para salir de aquel estado singular que ella no comprendía, pero que la asustaba, púsose á contar en alta voz uno, dos, tres, cuatro, hasta diez, y cuando concluía empezaba á contar otra vez de nuevo. Esto le devolvió la clara percepción de los objetos que la rodeaban. Sintió frío en sus manos, que se habían mojado al sacar el agua. Levantóse volviendo nuevamente al miedo, un miedo natural é invencible. No tuvo ya más que un pensamiento, huir; huir á todo correr, al través del bosque, al través del campo, hasta dar con las casas, con las ventanas, con las velas encendidas. Su mirada tropezó con el cubo que tenía delante.

Era tal el horror que la inspiraba la Thénardier, que no se atrevió á huir sin el cubo de agua. Cogióle por el asa con ambas manos, y no sin gran trabajo alcanzó levantarlo.

Caminó difícilmente unos doce pasos, pero el cubo estaba lleno y era tan pesado, que se vió obligada á dejarle nuevamente en el suelo. Respiró un instante, cogiéndolo de nuevo, y echó á andar; avanzando esta vez más largo trecho. Pero fuele preciso descansar aún; después de algunos segundos de reposo, prosiguió. Caminaba inclinada hacia adelante, con la cabeza baja, como una vieja; el peso del cubo estiraba y entumecía sus débiles brazos. El asa de hierro acababa de entorpecer y helar sus manecitas húmedas; de cuando en cuando se veía obligada á pararse, y cada vez que lo hacía, el agua helada que se desbordaba del cubo, caía sobre sus desnudas piernas. Esto le acontecía en el fondo de un bosque, de noche, en invierno, lejos de toda mirada humana, á una niña de ocho años; Dios solamente podía ver una cosa tan triste, en tan triste momento.

Y sin duda su madre también, ¡ay!

Porque hay cosas capaces de hacer abrir los ojos á los muertos dentro de sus tumbas.

Respiraba la pobre con cierto doloroso estertor; los sollozos oprimían su garganta, pero no se atrevía á llorar, tanto era el miedo que le infundía, aun de lejos, la Thénardier. Tenía la costumbre de imaginarse siempre presente á la posadera.

Á pesar de todo, no podía adelantar mucho camino de aquella manera, y proseguía lentamente. Por más que acortaba la duración de las paradas y caminaba de una á otra cuanto podía, calculaba angustiada que le faltaba más de una hora para llegar así á Montfermeil, y que la Thénardier la pegaría. Á semejante angustia se mezclaba el espanto de verse sola, de noche y en el bosque. Estaba abrumada de fatiga, y no había aún salido de la selva. Al llegar junto á un viejo castaño que ya conocía, hizo una última parada más larga que las anteriores, para tomar mayor descanso; reunió después todas sus fuerzas, cogió de nuevo el cubo, y echó á andar otra vez valerosamente.

Sin embargo, la pobre criatura, desesperada, no pudo evitar esta exclamación: ¡Oh Dios mío! ¡Dios mío!

En aquel momento, sintió de súbito que el cubo no le pesaba ya. Una mano, que le pareció enorme, acababa de coger el asa y lo levantaba vigorosamente. Levantó Cossette la cabeza. Un gran bulto negro enhiesto y alto, caminaba á su lado en la obscuridad. Era un hombre que había llegado detrás de ella, y á quien no había oído venir. Aquel hombre, sin decir una palabra, había empuñado el asa del cubo que ella podía levantar apenas.

Hay instintos para todos los acontecimientos de la vida.

La niña no tuvo entonces miedo.

VI =Donde tal vez se prueba la inteligencia de Boulatruelle=

En la tarde del mismo día de Navidad de 1823, estuvo paseando un hombre largo tiempo la parte más desierta del boulevard del Hospital en París. Este hombre tenía el aspecto del que busca dónde alojarse, y se detenía preferentemente ante las casas de más modesta apariencia de aquel ruinoso extremo del arrabal de San Marcelo.

Luego veremos cómo aquel hombre había alquilado, efectivamente, un cuarto en este aislado barrio.

Aquel hombre, así en su traje como en toda su persona, presentaba el tipo de lo que podría llamarse el mendigo de buena sociedad: la extremada miseria combinada con el extremado aseo. Es ello una mezcla bastante rara, que inspira á los corazones inteligentes el doble respeto que se siente por quien es muy pobre y por quien es muy digno. Llevaba un sombrero redondo muy viejo y muy cepillado, una levita hasta descubrir los hilos, de paño común color de ocre, color que no tenía nada de particular en aquella época, un gran chaleco con bolsillos de forma secular, calzón corto negro, pero que mostraba haberse descolorido hasta el gris por las rodillas, medias de lana negra y gruesos zapatos con hebillas de cobre. Hubiérase dicho que era un antiguo preceptor de casa grande, recién llegado de la emigración. Por sus cabellos blancos, por las arrugas de su frente, por lo lívido de sus labios, por su rostro en que todo respiraba abatimiento y cansancio de la vida, se le hubieran supuesto más de sesenta años. Por su paso firme, aunque lento, y por el vigor singular impreso en todos sus movimientos, apenas se le hubieran concedido cincuenta.

Las arrugas de su frente estaban bien colocadas, y hubieran prevenido en favor suyo á cualquiera que le hubiese observado atentamente. Sus labios se contraían con un pliegue particular, que parecía severo siendo humilde. Había en el fondo de su mirada cierta lúgubre serenidad. Llevaba en la mano izquierda un paquetito envuelto en un pañuelo, apoyando la derecha en una especie de bastón cortado de un seto. Este bastón había sido labrado con cierto esmero, y no tenía un mal aspecto; habían sacado partido de los nudos, y le habían figurado un puño de coral con lacre encarnado; era un palo, que se parecía á un bastón.

Poca es la gente que pasa por aquel boulevard, sobre todo en invierno. Aquel hombre, no obstante, aunque sin afectación, más parecía evitarla que buscarla.

En aquella época, el rey Luis XVIII iba casi todos los días á Chois-le-Roy. Era uno de sus paseos favoritos. Á eso de las dos, casi invariablemente, se veía el coche con la escolta real pasar á todo escape por el boulevard del Hospital.

Esto hacía las veces de reloj á los pobres del barrio, que decían: las dos; pues ya se vuelve á las Tullerías.

Y los unos acudían y los otros se alineaban para esperarle; porque el paso de un rey, es siempre tumultuoso. Por lo demás la aparición y desaparición de Luis XVIII, producía cierto efecto en las calles de París. Era rápido, pero majestuoso. Aquel rey impotente gustaba de ir al galope; no pudiendo andar, quería correr; ese inválido hubiera deseado de buena gana ser conducido por el relámpago. Pasaba pacífico y severo en medio de los sables desnudos. Su berlina maciza, enteramente dorada, con gruesas ramas de lirio pintadas en los costados, rodaba estrepitosamente. Apenas había tiempo bastante para dirigirle una mirada. Veíase en el ángulo del fondo, á la derecha, sobre almohadones de raso blanco, una cara ancha, firme y colorada, una frente recién empolvada, una mirada altiva, dura y fina, una sonrisa de letrado, dos grandes charreteras con canalones flotantes sobre un frac de paisano, el Toisón de oro, la cruz de San Luis, la cruz de la Legión de Honor, la placa de plata del Santo Espíritu, un gran vientre y un grueso cordón azul: esto era el rey. Fuera de París colocaba su sombrero con plumas blancas sobre sus rodillas envueltas en altas polainas inglesas, y cuando entraba de nuevo en la población, se lo ponía en la cabeza, saludando poco. Miraba fríamente al pueblo, que le correspondía perfectamente. Cuando apareció por primera vez en el barrio de San Marcelo, todo el éxito que obtuvo fué esta frase de uno de los vecinos á otro vecino: «Ese gordo que va ahí es el gobierno».

Este paso infalible del rey á la misma hora, era, pues, el acontecimiento cotidiano del boulevard del Hospital.

El paseante de la levita amarilla, no era evidentemente del barrio, ni de París tampoco probablemente, puesto que ignoraba esta circunstancia. Así es que cuando al dar las dos vió el coche real, rodeado de un escuadrón de guardias de Corps galoneados de plata, desembocar en el boulevard, después de dar la vuelta á la Salpêtrière, se quedó sorprendido y casi aterrado. No había nadie más que él en la calle de árboles, y se arrimó vivamente contra un ángulo de la tapia de cerca, lo que no impidió que le viese el señor duque de Havré. El señor duque de Havré, como capitán de guardias de servicio aquel día, iba sentado en el coche frente á frente del rey, y dijo á su majestad:

--¡He aquí un hombre de bien mala traza! Varios agentes de policía, apostados para vigilar en la carrera que seguía el rey, se fijaron también en aquel hombre, y uno de ellos recibió orden de seguirle. Pero el hombre se internó en las callejuelas solitarias del arrabal, y como el día empezaba á declinar, el agente perdió la pista, según resulta de un parte dirigido aquella misma noche al conde Anglès, ministro de Estado y prefecto de policía.

Cuando el hombre de la levita amarilla hubo hecho perder la pista al agente, redobló el paso, no sin haberse vuelto muchas veces para cerciorarse de que no le seguían. Á las cuatro y cuarto, es decir, cerrada ya la noche, pasaba por delante del teatro de la puerta de San Martín, donde se representaba aquel día el drama Los dos presidiarios. El cartel, alumbrado por los faroles del teatro, debió chocarle, porque aún cuando caminaba deprisa se paró á leerle. Poco después estaba en el callejón de la Planchette, y entraba en el Plato de estaño, donde estaba entonces la administración de diligencias de Lagny.

El coche partía á las cuatro y media. Los caballos estaban enganchados, y los viajeros, llamados por el mayoral, se encaramaban á toda prisa por el alto peldaño de hierro del vehículo.

El hombre preguntó:

--¿Hay asiento?

--Uno solo, á mi lado, en el pescante,--contestó el mayoral.

--Le tomo.

--Subid.

Sin embargo, antes de partir, el conductor dirigió una mirada al traje nada lujoso del viajero, y á su pequeño lío, é hizo que se lo pagase.

--¿Vais hasta Lagny?--le preguntó el cochero.

--Sí,--dijo el hombre.

Y el viajero pagó hasta Lagny.

Partieron enseguida.

Cuando hubieron atravesado la barrera; el mayoral procuró anudar la conversación; pero viendo que el viajero sólo contestaba por monosílabos, tomó el partido de silbar y jurar contra los caballos.

Envolvióse el conductor en su manta. Hacía frío. El hombre no parecía acordarse de ello. Así atravesaron Gournay y Neuilly-sur-Marne.

Á eso de las seis de la noche estaban en Chelles. El mayoral se paró para dar aliento á los caballos delante de la posada de trajineros, establecida en los viejos edificios de la abadía real.

--Yo bajo aquí,--dijo el hombre.

Cogió su lío y su bastón, y saltó del carruaje.

Un instante después había desaparecido.

No había entrado en la posada.

Cuando después de algunos minutos la diligencia volvió á emprender la marcha para Lagny, no le encontró en toda la calle mayor de Chelles.

El mayoral se volvió hacia los viajeros del interior, diciendo:

--Aquel hombre no es de aquí, pues yo no le conozco. Tiene cara de no llevar un céntimo, y sin embargo no se preocupa mucho del dinero, pues ha pagado hasta Lagny y no pasa de Chelles. Es de noche, todas las casas están cerradas, no entra en la posada, y no se le vuelve á ver. Se le ha de haber tragado la tierra.

No había sido el hombre tragado por la tierra, sino que había cruzado á grandes pasos entre la obscuridad la calle mayor de Chelles, después había tomado á la izquierda, y antes de llegar á la iglesia, el camino vecinal que conduce á Montfermeil, como cualquiera conocedor del país que hubiese ya transitado por él.

Siguió rápidamente este camino. En el lugar donde cruza la alameda antigua que va de Gagny á Lagny, oyó venir gente; ocultóse precipitadamente en una zanja, y esperó á que los que pasaban se hubiesen alejado. La precaución era por otra parte casi superflua; porque, como hemos dicho, era una noche de diciembre obscurísima. Apenas se veían dos ó tres estrellas en el cielo.

Estaba donde empieza la subida de la colina. El hombre no volvió á entrar en el camino de Montfermeil; tomó á la derecha, al través de los campos, y se internó en el bosque apresuradamente.

Cuando se encontró ya en el bosque, acortó el paso, y empezó á mirar atentamente todos los árboles, avanzando poco á poco, como si buscase ó siguiera una senda misteriosa conocida por él únicamente. Hubo un momento en que pareció haberse perdido y se detuvo indeciso. Por fin, tentando aquí y allá, llegó á encontrar un claro en que había un montón de piedras grandes y blanquizcas. Dirigióse vivamente donde estaban las piedras y las examinó con atención, al través de la bruma de la noche, como si las revisara.

Un gran árbol, cubierto de esas excrecencias, que son como las verrugas de la vegetación, estaba á pocos pasos de aquellas piedras. Acercóse al árbol, paseando la mano sobre la corteza del tronco, como si quisiera reconocer y contar todas las verrugas.

Frente á ese árbol, que era un fresno, había un castaño, enfermo de una descortezadura, al cual habían puesto por vendaje una tira de zinc clavada. Levantóse de puntillas, y tocó aquella venda de zinc.

Después anduvo tentando el suelo con los pies, todo el espacio comprendido entre el árbol y las piedras, como pretendiendo cerciorarse de que la tierra no había sido recientemente removida.

Hecho lo cual, se orientó nuevamente, y emprendió su marcha á través del bosque.

Éste era el hombre que acababa de encontrar á Cosette.

Caminando por la espesura en dirección á Montfermeil, había distinguido aquella pequeña sombra que se movía gimiendo, que dejaba un peso en el suelo, que lo levantaba otra vez y volvía á moverse. Acercósele, y vió que era una pobre criatura cargada con un enorme cubo de agua. Entonces se llegó á la niña, cogiendo silenciosamente el asa del cubo.

VII =Cosette en la sombra junto al desconocido=

Cosette, ya lo hemos dicho, no había tenido miedo.

El hombre le dirigió la palabra. Hablábale en voz grave y casi baja.

--Hija mía, es muy pesado para ti eso que llevas.

Cosette levantó la cabeza, y respondió:

--Sí, señor.

--Dame,--repuso el hombre,--yo voy á llevártelo.

Cosette soltó el cubo. El hombre se puso á caminar junto á ella.

--Mucho pesa, en efecto,--dijo entre dientes; y añadió luego:

--Chiquilla, ¿qué edad tienes?

--Ocho años, señor.

--¿Y vienes con eso de muy lejos?

De la fuente que está en el bosque.

--¿Y vas muy lejos ahora?

--Á un cuarto de hora largo de aquí.

El hombre permaneció un momento sin hablar; luego preguntó bruscamente:

--¿No tienes madre?

--No lo sé,--respondió la chiquilla.

Y antes que el hombre hubiese tenido tiempo de tomar nuevamente la palabra, añadió:

--No lo creo. Las otras sí tienen, pero yo no.

Y después de una pausa, prosiguió:

--Creo que nunca la he tenido.

Detúvose el hombre, dejó el cubo en el suelo, se inclinó, y poniendo ambas manos sobre los dos hombros de la niña, hizo un esfuerzo por mirarla y ver su rostro en la obscuridad.

El flaco y escuálido semblante de Cosette, se dibujaba vagamente á la pálida luz del cielo.

--¿Cómo te llamas?--preguntó el hombre.

--Cosette.

El hombre sintió como una sacudida eléctrica. Mirola nuevamente, separó después sus manos de los hombros de Cosette, volvió á coger el cubo, y echó á andar.

Después de unos instantes, preguntó:

--Chiquilla, ¿dónde vives?

--En Montfermeil, sabéis...

--¿Es allí dónde vamos?

--Sí, señor.

Hizo otra pausa todavía, y volvió á preguntar:

--¿Y quién es el que así te manda á buscar agua al bosque á estas horas?

--La señora Thénardier.

El hombre replicó con un sonido de voz que esforzaba, para darle el tono de indiferente, pero en el que se notaba, sin embargo, un temblor singular.

--¿Qué es lo que hace esta señora Thénardier?

--Es mi ama,--dijo la niña.--Es la dueña de la posada.

--¿De la posada?--dijo el hombre.--Pues bien; allá voy á pasar esta noche. Acompáñame.

--Vamos allá,--dijo la niña.

El hombre andaba bastante de prisa. Cosette le seguía sin dificultad. No sentía la menor fatiga. De cuando en cuando levantaba los ojos hacia aquel hombre, con cierta expresión de tranquilidad y confianza inexplicable. Jamás le había enseñado nadie á dirigirse á la Providencia y orar. No obstante, sentía ella dentro de sí misma, algo que se parecía á la esperanza y á la alegría, y que se elevaba hasta los cielos.

Pasáronse algunos minutos. El hombre repuso:

--Pero, ¿no hay criada en casa de la señora Thénardier?

--No, señor.

--¿Luego estás tú sola?

--Sí, señor.

Hubo todavía otra interrupción. Cosette levantó la voz:

--Es decir, hay dos niñas.

--¿Dos niñas?

--Ponine y Zelma.

La muchacha simplificaba en esta forma aquellos nombres novelescos tan agradables á la Thénardier.

--¿Quiénes son estas Ponine y Zelma?

--Son las niñas de la señora Thénardier, es decir, sus hijas.

--Y, ¿qué hacen estas niñas?

--¡Oh!--dijo Cosette.--Tienen muñecas muy bonitas, tienen cosas en que hay oro, mucho con que entretenerse, y ellas juegan, se divierten...

--¿Todo el día?

--Sí, señor.

--¿Y tú?

--Yo, trabajo.

--¿Todo el día?

La niña alzó sus grandes ojos, en los que había una lágrima, que á causa de la obscuridad no podía verse, y respondió dulcemente:

--Sí, señor.

Y prosiguiendo, después de un intervalo silencioso:

--Á veces, cuando he concluido mi tarea, y me lo permiten, me divierto también.

--Y ¿cómo te diviertes tú?

--Como puedo. Me dejan; pero yo no tengo muchos juguetes. Ponine y Zelma no quieren que yo juegue con sus muñecas. Tengo solamente un sable muy pequeñito de plomo, que no es mayor que esto.

Y la muchacha levantaba su dedo meñique.

--¿Y que no corta?

--Sí, señor,--dijo la niña,--corta ensalada y cabezas de mosca.

Llegaron á la población. Cosette guió al forastero por las calles. Pasaron por delante de la panadería, pero Cosette no se acordó del pan que debía llevar. El hombre había cesado de hacerle preguntas, guardando entonces un silencio sombrío. Cuando hubieron dejado tras sí la iglesia, viendo el hombre todos aquellos puestos al aire libre, preguntó á Cosette:

--¿Hay feria aquí?

--No, señor; es Navidad.

Cuando estuvieron cerca de la posada, Cosette le tocó en el brazo tímidamente:

--¿Señor?

--¿Qué hay, hija mía?

--Enseguida estaremos en la casa.

--¿Y qué?

--¿Que si queréis dejarme otra vez el cubo?

--¿Por qué?

--Porque si viese el ama que me lo han traído, me pegaría.

El hombre le devolvió el cubo. Un instante después estaban á la puerta del bodegón.

VIII =Desagrado en recibir en casa un pobre que tal vez sea un rico=

Cosette no pudo evitar una mirada oblicua hacia la muñeca grande que continuaba expuesta en la tienda de juguetes, y llamó enseguida.

Abrióse la puerta; apareció la Thénardier con una vela en la mano.

--¡Ah! ¡eres tú, holgazana! ¡Gracias á Dios! ¡Pues no has malgastado el tiempo que digamos! ¡Se habrá estado divirtiendo la sinvergüenza!

--Señora,--dijo Cosette temblorosa,--aquí hay un señor que desea hospedaje.

La Thénardier reemplazó enseguida su expresión hocicuda por una mueca amable, cambio tan visible como propio de posaderos, buscando ávidamente con la mirada al recién llegado.

--¿Es este señor?--dijo ella.

--Sí, señora,--respondió el hombre, llevándose la mano al sombrero.

Los viajeros ricos no son tan corteses. Este ademán, y la inspección del traje y equipaje del forastero, á que la Thénardier pasó revista de una ojeada, borraron la expresión amable de su gesto, y volviendo á poner la cara hocicuda, replicó entonces secamente:

--Entrad, buen hombre.

Entró el «buen hombre». La Thénardier le echó una segunda mirada, examinó particularmente su levita raída por completo, y su sombrero algún tanto abollado, y consultó con un movimiento de cabeza, un fruncimiento de nariz y un guiño de ojos á su marido, quien continuaba bebiendo con los trajineros. El marido respondió con aquella imperceptible agitación del índice que, sostenida por el inflamiento de los labios, significaba entonces: «pobre de solemnidad». Partiendo de este supuesto, dijo la Thénardier:

--Buen hombre, aunque lo siento mucho, no hay cuarto disponible.

--Ponedme donde queráis--dijo el hombre;--en el granero ó en la cuadra. Pagaré como si me diérais cuarto.

--Cuarenta sueldos.

--¿Cuarenta sueldos? Bien.

--Corriente.

--¡Cuarenta sueldos!--dijo por lo bajo un trajinero á la Thénardier.--¡Si no son más que veinte!

--Cuarenta para él,--replicó la Thénardier en el mismo tono.--Yo no admito pobres á menos precio.

--Es verdad,--añadió el marido con dulzura,--es un perjuicio para los establecimientos el recibir gente de esta clase.

Entre tanto el hombre, después de haber dejado sobre un banco su envoltorio y su bastón, se había sentado á una mesa sobre la que Cosette se había apresurado á poner una botella de vino y un vaso. El mercader que había pedido el cubo de agua se lo llevó él mismo á su caballo. Cosette había vuelto á ocupar su lugar debajo de la mesa de cocina y tomado su calceta.

El hombre, que apenas había mojado sus labios en el vaso de vino que se había servido, contemplaba á la niña con atención particular.

Cosette era fea. Dichosa, hubiera sido bonita tal vez.

Hemos ya bosquejado aquella figurita sombría. Cosette estaba flaca y descolorida; tenía cerca de ocho años, y apenas aparentaba seis. Sus grandes ojos, hundidos en una especie de sombra, estaban casi apagados á fuerza de llorar. Los extremos de su boca tenían esa especie de curvatura de la angustia habitual, que se advierte en los condenados y en los enfermos deshauciados. Sus manos estaban, como había adivinado su madre, «perdidas de sabañones». El fuego que la iluminaba en aquel momento hacía resaltar los ángulos de sus huesos, y ponía horriblemente de manifiesto su demacración. Como siempre estaba tiritando de frío, había tomado la costumbre de apretar las rodillas una contra otra. Todo su vestido no era más que un harapo, que hubiera dado lástima en verano y horrorizaba en invierno. No tenía sobre sí más que ropa agujereada, ni siquiera un mal pañuelo de lana. Se le veía la piel por varias partes, distinguiéndose en muchas de ellas manchas azules ó negras, que indicaban los sitios donde la Thénardier la había golpeado. Sus piernas desnudas eran delgadísimas y amoratadas. Lo hundido de sus clavículas hacía llorar. Toda la persona de aquella criatura, su porte, su actitud, el sonido de su voz, los intervalos entre palabra y palabra, su mirada, su silencio, su gesto más insignificante expresaban y traducían una sola idea: el temor.

El temor se había posado sobre ella; la cubría, por así decirlo; el temor la hacía recoger los codos sobre sus caderas, esconder los talones debajo la falda, ocupar el menor sitio posible, sin dejarla respirar más que lo necesario, convirtiéndola en lo que podría llamarse su vicio corporal, sin otra variación posible que la de aumentar. Había en el fondo de su pupila un rincón sombrío, donde se anidaba el terror.

Era tal su miedo, que al llegar, mojada y todo como estaba, no se había atrevido á ir á secarse al fuego, y se había vuelto silenciosamente á su tarea.

La expresión de la mirada de aquella criatura de ocho años era de ordinario tan triste, y á veces tan trágica, que en ciertos momentos parecía tener trazas de volverse idiota ó demonio.

Jamás, hemos dicho, había sabido lo que era rezar; jamás había puesto el pie en una iglesia. ¿Acaso tenía tiempo? decía la Thénardier.

El hombre de la levita amarilla no apartaba los ojos de Cosette.

De repente la Thénardier, exclamó:

--¡Á propósito! ¿Y el pan?

Cosette, según su costumbre, cada vez que la Thénardier levantaba la voz, salía inmediatamente de debajo de la mesa.

Habíase olvidado por completo del pan. Recurrió entonces al expediente sempiterno de los niños asustados. Mintió.

--Señora, el panadero tenía cerrado.

--¡Haber llamado!

--Ya llamé, señora.

--¿Y bien?

--No abrieron.

--Mañana sabré yo si eso es verdad--dijo la Thénardier;--y si mientes, verás la danza que te espera. Entre tanto, devuélveme la moneda de quince sueldos.

Cosette metió la mano en el bolsillo del delantal, y se puso verde. La moneda de quince sueldos había desaparecido.

--¡Ea!--dijo la Thénardier--¿Me has oído?

Cosette volvió el bolsillo del revés; no había nada. ¿Qué podía haberse hecho aquel dinero? La pobre criatura no encontraba una palabra que contestar. Estaba petrificada.

--¿Es que has perdido la moneda de quince sueldos?--dijo aullando la Thénardier.--¿Ó es que quieres robármela?

Al mismo tiempo alargó el brazo hacia el martinete, colgado en el rincón de la chimenea.

Este ademán amenazador, dió á Cosette fuerzas para gritar:

--¡Perdón, señora! ¡Señora, no lo volveré á hacer!

La Thénardier descolgó el martinete.

Entre tanto el hombre de la levita amarilla había metido los dedos en el bolsillo de su chaleco, sin que nadie hubiese advertido este movimiento.

Por otra parte, los demás viajeros bebían ó jugaban á las cartas, sin fijarse en nada más.

Cosette haciéndose un ovillo, llena de angustias en el rincón de la chimenea, procuraba encoger y esconder sus pobres miembros casi desnudos. La Thénardier levantó el brazo.

--Permitidme, señora,--dijo el hombre;--pero acabo de ver una cosa que ha caído del bolsillo del delantal de esa niña, y que ha rodado. Puede que sea esto.

Y así diciendo, se bajó, é hizo ademán de buscar por el suelo un instante.

--Aquí está precisamente,--añadió levantándose.

Y entregó una moneda de plata á la Thénardier.

--Sí, ésta es,--dijo ella.

No era tal, porque era una pieza de veinte sueldos, pero la Thénardier salía beneficiosa. Guardó, pues, la moneda en su faltriquera, y se contentó con lanzar una mirada feroz á la pobre muchacha, diciéndole:

--¡Cuidado con que te vuelva á suceder!

Cosette volvió á entrar en lo que la Thénardier llamaba «su nicho», y sus grandes ojos, fijos en el desconocido viajero, comenzaron á tomar una expresión que nunca había tenido. No era más que un horrible asombro, al cual se mezclaba una especie de confianza estupefacta.

--Á propósito, ¿queréis cenar?--preguntó la Thénardier al viajero.

Éste no respondió. Parecía meditar profundamente.

--¿Quién será este hombre?--dijo ella entre dientes.--Algún pobre asqueroso. No tiene de seguro con qué cenar. ¿Me pagará siquiera la posada? Gracias que se le haya ocurrido la idea de robar el dinero que estaba en el suelo.

Entre tanto se había abierto una puerta, y habían entrado Eponine y Azelma.

Eran en verdad, dos hermosas niñas, que más parecían señoritas que lugareñas, muy graciosillas; una con sus trenzas color de castaña, muy lustrosas, y otra con sus largos cabellos negros, que le caían sobre la espalda, las dos vivarachas, aseadas, gorditas, frescas y sanas, que daba gusto el verlas. Vestían ambas ropas de abrigo, pero con tanto arte maternal, que lo grueso de la tela no quitaba nada á la coquetería del conjunto. Estaba previsto el invierno sin que desapareciera la primavera. Ambas criaturas irradiaban. Además eran reinas. En su tocado, en su alegría, en el ruido que hacían, tenían algo de soberanas.

Cuando entraron, la Thénardier les dijo en tono de reprobación, lleno de adoración:--¡Ah! ¿sois vosotras?

Después, colocándolas entre sus rodillas una después de otra, acariciando sus cabellos, rehaciendo sus lazos, y dejándolas luego con la tierna manera de soltar, propia de las madres, exclamó:

--¡Vais de cualquier manera!

Fueron á sentarse junto al hogar. Tenían una muñeca que volvían y revolvían sobre sus rodillas entre diversos y alegres arrullos. De cuando en cuando, Cosette desviaba los ojos de su calceta y mirábalas jugar con aire triste.

Eponine y Azelma no se fijaban para nada en Cosette. Era para ellas como el perro. Las tres criaturas, que no sumaban en junto veinticuatro años, representaban ya toda la sociedad humana: por una parte la envidia, por otra el desdén.

La muñeca de las hermanas Thénardier estaba muy estropeada, sucia y rota; pero no por eso dejaba de parecer admirable á Cosette, quien en su vida había tenido una muñeca, una verdadera muñeca, para servirnos de una frase que todos los niños comprenderán.

De pronto, la Thénardier, que continuaba yendo y viniendo por la sala, advirtió que Cosette se distraía, y que en vez de trabajar se ocupaba de las niñas que estaban jugando.

--¡Ah! ¡Ya te estoy viendo yo ahora!--exclamó ella.--¿Es así como tú trabajas? Ya te haré yo trabajar zurrándote.

El forastero sin levantarse de la silla, se volvió hacia la Thénardier, y sonriendo, con un aire casi temeroso, la dijo:

--¡Vaya! ¡Dejadle que juegue!

De parte de cualquier otro viajero que hubiese estado comiendo una ración de carne y bebiendo dos botellas para cenar, y que no hubiese tenido aquel aire de pobre asqueroso, semejante ruego habría sido una orden. Pero un hombre que tenía aquel sombrero se permitiese tener un deseo, y que un hombre que vestía aquella levita se permitiese manifestar una voluntad, era cosa que la Thénardier no creía deber tolerar. Replicó pues agriamente:

--Es preciso que trabaje, puesto que come. Yo no la mantengo para que no haga nada.

--¿Y qué es lo que está haciendo?--repuso el forastero con esa voz dulce que contrastaba extrañamente con su aspecto de mendigo y sus hombros de cargador.

La Thénardier se dignó contestar:

--Medias, señor. Medias para mis niñas, que no tienen como quien dice, y que van á quedarse con los pies desnudos.

El hombre miró los pies amoratados de la pobre Cosette, y continuó:

--¿Y cuándo habrá concluido esas medias?

--Tiene lo menos para tres ó cuatro días, la perezosa.

--¿Y cuánto puede valer ese par de medias una vez concluido?

La Thénardier le dirigió una mirada despreciativa.

--Treinta sueldos al menos.

--¿Lo daríais por cinco francos?--repuso el hombre.

--¡Pardiez!--exclamó dando una risotada cierto trajinero que estaba oyendo.--¡Cinco francos! ¡ya lo creo! ¡pues no que no! ¡Cinco morlacos!

Thénardier creyó deber tomar la palabra.

--Sí, señor, si es ello un capricho, os daré el par de medias por cinco francos. Nosotros no sabemos negar nada á los viajeros.

--Pero sería preciso pagar enseguida,--dijo la Thénardier con su manera breve y perentoria.

--Compro ese par de medias,--respondió el hombre,--y...--añadió sacando del bolsillo una moneda de cinco francos que puso sobre la mesa,--lo pago.

Después se volvió hacia Cosette:

--Anda á jugar, chiquilla, tu trabajo corre de mi cuenta.

El trajinero se conmovió tanto al ver la moneda, que dejó su vaso adelantándose á recogerla.

--¡Y es verdad!--exclamó examinándola.--¡Una verdadera rueda trasera! ¡Y que no es falsa!

Thénardier se acercó y guardó silenciosamente la moneda en su bolsillo.

La Thénardier no teniendo nada que replicar, se mordió los labios. Su rostro tomó una expresión de odio.

Sin embargo, Cosette temblaba. Aventuróse á preguntar:

--Señora, ¿es esto verdad? ¿Puedo ir á jugar?

--¡Juega!--dijo la Thénardier con voz terrible.

--Gracias, señora,--dijo Cosette.

Y mientras su boca daba gracias á la Thénardier, toda su alma infantil se las daba al viajero.

Thénardier había vuelto á ponerse á beber. Su mujer le dijo al oído:

--¿Quién sabe lo que puede ser, tal vez, este hombre amarillo?

--He visto,--respondió en tono soberano Thénardier,--millonarios vistiendo levitas como la suya.

Cosette había dejado su media, pero no había salido de su sitio. Movíase siempre lo menos posible. Tomó de una caja detrás de ella algunos trapos viejos y su pequeño sable de plomo.

Eponine y Azelma no prestaban la menor atención á lo que pasaba. Acababan de ejecutar una operación muy importante; se habían apoderado del gato. Habían arrojado su muñeca al suelo, y Eponine, que era la mayor, fajaba al gatito, á pesar de sus maullidos y contorsiones, con una porción de retazos y harapos encarnados y azules. Mientras hacía esta obra grave y difícil, le decía á su hermana en ese lenguaje dulce y adorable de las criaturas, cuya gracia, semejante al explendor de las alas de una mariposa, se pierde cuando se la quiere fijar:

--Ves, hermanita mía, esta muñeca es más divertida que la otra. Se mueve, chilla, tiene calor. ¿Quieres, hermanita, que juguemos con ella? Ésta sería mi hijita. Yo sería una señora. Yo vendría á verte, y tú la mirarías. Poco á poco verías sus bigotes, y esto te admiraría. Y luego le verías las orejas, y luego la cola; y esto te asombraría. Y tú me dirías ¡Ay! ¡Dios mío!... Y yo te diría: Sí, señora; es una hijita que yo tengo, y así es mi hijita. Todas las niñas pequeñas son así ahora.

Azelma escuchaba á Eponine toda admirada.

Entretanto, los bebedores se habían puesto á cantar una canción obscena, con la que reían hasta hacer temblar el techo. Thénardier les animaba y acompañaba.

Así como los pájaros hacen con todo su nido, las criaturas hacen una muñeca con lo primero que les viene á mano. Mientras Eponine y Azelma envolvían al gato, Cosette por su parte había envuelto el sable, hecho lo cual, hacía como que quería dormirle en sus brazos y cantaba para ello dulcemente.

La muñeca es una de las necesidades más imperiosas y al mismo tiempo uno de los más bellos instintos de la infancia femenina. Cuidar, levantar, adornar, vestir, desnudar, volver á vestir, enseñar, regañar un poco, mecer, mimar, hacer dormir, figurarse que algo es alguien: ahí está todo el porvenir de la mujer. Así fantaseando y charlando, haciendo pequeños ajuares, pañalitos y mantillitas, cosiendo vestidos, y chambritas, la niña se vuelve jovencita, la jovencita llega á joven casadera, la joven casadera se trueca en mujer casada. El primer hijo es la continuación de la última muñeca.

Una niña sin muñeca, es casi tan desgraciada y tan imposible, como una mujer sin hijos.

Cosette se había hecho, pues, una muñeca con el sable.

La Thénardier se había acercado al hombre amarillo. Mi marido tiene razón, pensaba ella; quién sabe si es el señor Laffitte. ¡Hay ricos tan especiales!

Llegóse hasta apoyar los codos en su mesa.

--Señor,--le dijo.

Al oir la palabra señor, volvióse el hombre. La Thénardier no le había llamado todavía más que buen hombre.

--Ya veis, señor,--prosiguió ella, tomando su aire meloso, que era más repugnante aún que su aire feroz;--yo gusto también de que la niña juegue, no me opongo; pero esto es bueno por una vez, porque vos sois generoso. Ya veis, como no tiene nada, y es preciso que trabaje:

--¿Entonces esta niña no es hija vuestra?--preguntó el hombre.

--¡Oh! ¡Dios mío! No señor. Es una pobrecilla que hemos recogido por caridad, especie de criatura imbécil. Yo creo que tiene agua en la cabeza; pues tiene, como veis, la cabeza gorda. Hacemos por ella todo lo que podemos, pues no somos ricos. Hemos escrito á su país, y en más de seis meses nadie nos contesta. Hemos de creer que su madre habrá muerto.

--¡Ah!--exclamó el hombre volviendo á su ensimismamiento.

--Valía su madre bien poca cosa,--añadió la Thénardier.--¡Eso de abandonar á su hija!

Durante toda esta conversación, Cosette, como si por instinto hubiese adivinado que hablaban de ella, no había apartado los ojos de la Thénardier. Escuchaba vagamente. Entendía algunas frases sueltas.

Entretanto los bebedores, casi todos borrachos, repetían su estribillo inmundo con mayor algazara y alegría. Era una canción licenciosa de color muy subido, en que andaban mezclados la Virgen y el niño Jesús. La Thénardier había ido á tomar su parte en las risotadas. Cosette, debajo de la mesa, contemplando el fuego que se reverberaba en su mirada fija, había vuelto á mecer la especie de muñeca que había hecho, y mientras le iba meciendo cantaba en voz baja: ¡Mi madre ha muerto! ¡Mi madre ha muerto! ¡Mi madre ha muerto!

Á las muchas instancias de la patrona, el hombre amarillo, «el millonario», consintió finalmente en cenar.

--¿Qué quiere tomar el señor?

--Pan y queso,--dijo el hombre.

--Decididamente, es un miserable,--pensó la Thénardier.

Los borrachos continuaban entonando su canción, y la niña, debajo de la mesa, seguía también cantando la suya.

De repente dejó Cosette de cantar. Acababa de volverse y ver en el suelo la muñeca de las hijas de la Thénardier, que la habían dejado por jugar con el gato, y estaba á pocos pasos de la mesa de cocina.

Entonces ella dejó caer el sable fajado, que sólo la satisfacía á medias, y paseó lentamente la mirada en derredor de la sala. La Thénardier hablaba bajo con su marido, contando dinero; Eponine y Azelma jugaban con el gato, los viajeros comían, ó bebían, ó cantaban; ninguna mirada estaba fija en ella. No había momento que perder. Salió de debajo de la mesa arrastrándose sobre las rodillas y las manos, cercioróse otra vez aún de que nadie la espiaba, deslizándose luego vivamente hasta la muñeca y la cogió. Un momento después se encontraba en su sitio, sentada, inmóvil, vuelta únicamente de modo que hiciese sombra sobre la muñeca, que tenía en sus brazos. Aquella felicidad de jugar con una muñeca era, en verdad, tan rara para ella, que encerraba toda la violencia de un deleite.

Nadie la había visto, excepción hecha del viajero, que comía lentamente su frugal cena.

Aquella felicidad duró cerca de un cuarto de hora.

Pero por mucha precaución que tuviera Cosette, no advirtió que uno de los pies de la muñeca sobresalía, y que el fuego de la chimenea le alumbraba con toda claridad. Aquel pie rosado y brillante que salía de la sombra, atrajo de repente la mirada de Azelma, quien dijo á Eponine:--¡Mira, hermana mía!

Las dos chiquillas se quedaron paradas, estupefactas: ¡Cosette se había atrevido á coger la muñeca!

Eponine se levantó, y sin soltar el gatito, se fué hacia su madre y empezó á tirarla de la falda.

--¡Déjame, hija!--dijo la madre.--¿Qué quieres?

--¡Mira!--dijo la niña,--¿no ves?

Y señalaba con el dedo á Cosette.

Cosette, entregada completamente á los éxtasis de su posesión, no veía ni oía nada.

El rostro de la Thénardier tomó esa expresión particular que se compone de lo terrible mezclado á las fruslerías de la vida, y que hace que se designe á esa especie de mujeres con el nombre de «megeras».

Esta vez, el orgullo herido exasperaba doblemente su cólera. Cosette había traspasado todos los límites; Cosette había agredido á la muñeca de «aquellas señoritas». Una czarina viendo á un mujik probándose el gran cordón azul de su imperial hijo, no hubiera puesto otra cara.

Gritóle pues con voz enronquecida por la indignación:

--¡Cosette!

Cosette, temblando como si la tierra se hubiese abierto debajo de ella, volvió la cabeza.

--¡Cosette!--repitió la Thénardier.

Cosette tomó la muñeca y la puso suavemente en el suelo con cierta veneración mezclada de dolor. Y entonces, sin apartar de ella los ojos juntó las manos, y horror causa el decirlo tratándose de una niña de su edad, se las retorció; después, lo que no había podido arrancarle ninguna de las emociones de aquel día: ni la ida al bosque, ni el peso del cubo de agua, ni la pérdida del dinero, ni la vista del martinete, ni aún las sombrías palabras que había oído decir á la Thénardier... lloró. Rompió á llorar.

Entretanto, el viajero se había levantado.

--¿Qué es ello?--dijo á la Thénardier.

--¿No lo veis?--dijo la Thénardier señalando con el dedo el cuerpo del delito, que yacía á los pies de Cosette.

--Sí: ¿y qué?--repuso el hombre.

--¡Esa miserable que se ha permitido tocar á la muñeca de mis hijas!

--¡Tanto ruido para eso! ¿Y aún cuando hubiera jugado con la muñeca?

--¡La ha tocado con sus manos sucias!--prosiguió la Thénardier.--¡Con sus asquerosas manos!

Aquí Cosette redobló su llanto.

--¡Quieres callar!--gritó la Thénardier.

El hombre se dirigió á la puerta de la calle, abrióla y salió.

En cuanto hubo salido, aprovechó la Thénardier su ausencia para dar por debajo de la mesa, un tremendo puntapié á la pobre Cosette, que le hizo levantar aún más el grito.

Abrióse nuevamente la puerta, y apareció otra vez el hombre, llevando entre sus manos la muñeca fabulosa de que hemos hablado, y que todos los chiquillos del pueblo habían estado contemplando desde por la mañana y poniéndola de pie junto á Cosette, díjole:

--Tómala, para ti.

Es de creer que durante la hora que hacía que estaba allí, en medio de sus meditaciones, debió haber notado confusamente aquel puesto de juguetes alumbrado con velas y candilejas, tan espléndidamente, que aparecía á través de los vidrios de la taberna, como una iluminación.

Cosette levantó los ojos, había visto al hombre ir hacia ella con aquella muñeca como si hubiese visto venir al sol, oyó aquellas palabras inauditas: Para ti; le miró, miró á la muñeca, retrocediendo luego poco á poco fué á esconderse al último extremo debajo de la mesa en el rincón de la pared.

Ya no lloraba, ni gritaba; pero tenía el aire de no atreverse á respirar.

La Thénardier, Eponine y Azelma, eran otras tantas estatuas. Los mismos bebedores se habían suspendido. Reinó un silencio solemnísimo en todo el bodegón.

La Thénardier, petrificada y muda, volvía de nuevo á sus conjeturas: ¿Quién será este viejo? ¿Un pobre? ¿un millonario? Quizá sea ambas cosas, es decir: un ladrón.

La cara del tabernero Thénardier presentó aquella expresiva arruga que acentúa la expresión humana cada vez que el instinto dominante aparece en ella con todo su brutal poder. El tabernero se fijaba alternativamente en la muñeca y en el viajero; parecíale olfatear en aquel hombre algo como de cuando se olfatea una talega de dinero. Esto sólo duró lo que un relámpago. Acercóse á su mujer, diciéndole por lo bajo:

--Esa máquina cuesta lo menos treinta francos. Nada de tonterías. ¡Es preciso humillarse ante ese hombre!

Las naturalezas groseras se asemejan á las naturalezas sencillas en que no hay en ellas transiciones.

--Y bien, Cosette,--dijo la Thénardier con cierto acento que quería ser dulce y que se componía sencillamente de esa miel agria propia de las mujeres perversas,--¿no tomas tu muñeca?

Cosette se arriesgó á salir de su escondite.

Mi querida niña,--repuso la Thénardier con ademán cariñoso,--este señor te regala la muñeca. Tómala. Es tuya.

Cosette consideraba la muñeca maravillosa con cierta especie de terror. Su rostro estaba todavía inundado de lágrimas, pero sus ojos empezaban á llenarse, como el cielo en el crepúsculo de la mañana, de las extrañas irradiaciones de la alegría. Lo que ella experimentaba en aquel momento era bastante parecido á lo que hubiera sentido si le hubiesen dicho de improviso: «Muchacha, eres la reina de Francia».

Parecíale que si tocaba á aquella muñeca saldría de ella el trueno.

Lo que era verdad hasta cierto punto, porque ella pensaba que la Thénardier regañaría y le pegaría.

Sin embargo, la atracción pudo más. Acabó por acercarse, y murmuró tímidamente dirigiéndose á la Thénardier.

--¿Es verdad que puedo, señora?

Ninguna expresión alcanzaría á pintar aquel ademán de desesperación, de espanto y de arrebato á un tiempo.

--¡Pardiez!--dijo la Thénardier.--¡Si es tuya, puesto que el señor te la regala!

--¿De veras, señor?--preguntó Cosette.--¿Es ello verdad? ¿La señora es mía?

El forastero parecía tener los ojos arrasados en lágrimas. Parecía haber llegado á aquel punto de emoción en que hablamos para no llorar. Hizo un signo afirmativo de cabeza dirigiéndose á Cosette, y puso la mano de «la señora» en sus manecitas.

Cosette retiró vivamente su mano como si la de la señora la quemase, y fijó los ojos en el suelo.

Estamos obligados á añadir que en aquel instante sacaba la lengua de un modo desmesurado.

Volvióse de repente, y cogiendo la muñeca con violencia:

--La llamaré Catalina,--dijo.

Fué un gran momento aquel en que los harapos de Cosette tropezaron y estrecharon las cintas y espléndidas muselinas de color de rosa de la muñeca.

--Señora,--preguntó ella,--¿puedo ponerla sobre una silla?

--Sí, hija mía,--respondió la Thénardier.

Ahora eran Eponine y Azelma las que miraban á Cosette con envidia.

Cosette puso á Catalina sobre una silla, después sentóse en el suelo delante de ella, y permaneció inmóvil, sin decir palabra, en actitud contemplativa.

--Juega, pues, Cosette,--dijo el forastero.

--¡Oh! Ya estoy jugando,--respondió la niña.

Aquel forastero, aquel desconocido que tenía el aspecto de una visita que la Providencia hacía á Cosette, era en aquel momento lo que la Thénardier aborrecía más en este mundo. No obstante, le era preciso contenerse, por más que fuesen aquellas emociones mayores que las que podía soportar, por acostumbrada que estuviese al disimulo, procurando copiar á su marido en todas sus acciones. Apresuróse á enviar sus hijas á acostarse; después pidió permiso al hombre amarillo para enviar también á Cosette, que se había cansado mucho aquel día, añadió con aire maternal. Cosette se fué á acostar, llevando su Catalina en brazos.

La Thénardier iba á cada instante al otro extremo de la sala, donde estaba su marido, para ensanchar el espíritu, decía ella. Cambiaba con él algunas palabras, tanto más furiosas cuanto que no se atrevía á expresarlas en alta voz.

--¡Maldito viejo! ¿Qué capricho le ha dado? ¡Venir aquí á enredar! ¡Querer que juegue ese pequeño monstruo! ¡Darle muñecas! ¡Regalar muñecas de cuarenta francos á una perra que yo vendería en cuarenta sueldos! ¡Á poco más, la llama «vuestra majestad» como á la duquesa de Berry! ¿Dónde tendrá el juicio? ¡De por fuerza debe estar loco este viejo misterioso!

--¿Y por qué? Es muy sencillo,--replicábale el marido.--¡Si eso le divierte! Á ti te divierte que la niña trabaje, y á él le divierte que juegue. Está en su derecho. Un viajero hace lo que quiere cuando paga. Si ese viejo es un filántropo, ¿qué te importa? Si es un imbécil, no es cosa que te incumba; ¿de qué te quejas ya que tiene dinero?

Lenguaje de amo y razonamiento de posadero, que no admitían réplica uno ni otro.

El hombre se había puesto de codos sobre la mesa, y había vuelto á su actitud meditabunda. Todos los demás viajeros, mercaderes y trajineros se habían separado un poco, y ya no cantaban. Observábanle á cierta distancia, con una especie de temor respetuoso. Aquel particular tan pobremente vestido, que sacaba de su bolsillo las ruedas traseras con tanta facilidad, y que prodigaba muñecas gigantescas á niñas andrajosas, era ciertamente un buen hombre magnífico y temible.

Pasáronse algunas horas. La misa de media noche se había celebrado ya; la Nochebuena había concluido, los bebedores se habían ido, la posada estaba cerrada, la sala baja desierta; el fuego apagado, y el forastero continuaba siempre en el mismo sitio y en la misma actitud. De cuando en cuando cambiaba el codo en el cual se apoyaba, nada más. Pero no había vuelto á decir una palabra desde que Cosette se había ido.

Los dos Thénardier solamente, por cumplido y curiosidad, continuaban en la sala.

--¿Es capaz de pasar así la noche?--gruñía entre dientes la mujer.

Pero al oir que daban las dos, se dió por vencida y dijo á su marido:

--Me voy á acostar. Haz lo que quieras.

El marido se sentó en un rincón junto á una mesa, encendió una vela, y se puso á leer el Correo francés.

Pasóse así una hora larga. El digno posadero había leído á lo menos tres veces el periódico, desde la fecha del número hasta el nombre del impresor. El forastero no se movía.

Thénardier se revolvía, tosía, escupía, sonóse dos ó tres veces, hizo ruido con la silla, y á todo eso el forastero sin hacer el menor movimiento.--¿Estará dormido?--pensó Thénardier. El hombre no dormía; pero nada podía despertarle.

En fin, Thénardier, después de descubrirse, se le acercó suavemente, y se permitió decir:

--¿El señor no va á descansar?

No va á acostarse habría aparecido excesivamente familiar. Descansar sabía á lujo, y mostraba respeto. Semejantes palabras tienen la propiedad misteriosa y admirable de aumentar al día siguiente la cuenta de gastos. Un cuarto en que uno se acuesta, cuesta veinte centécimos; un cuarto en que uno descansa, cuesta veinte francos.

--¡Calle!--dijo el forastero.--Tenéis razón. ¿Dónde está la cuadra?

--¡Señor!--exclamó Thénardier sonriendo.--Voy á acompañaros.

Tomó Thénardier el candelero, y el hombre su lío y su bastón; y el posadero condujo al huésped á un cuarto en el piso principal, que era de un raro esplendor, con muebles de caoba, cama, esquife y colgaduras de percal encarnado.

--¿Qué significa esto?--preguntó el viajero.

--Es nuestra cámara nupcial,--dijo el posadero.--Ocupamos otra mi esposa y yo. Aquí no entramos más que tres ó cuatro veces al año.

--Habría estado mejor en la cuadra,--dijo el forastero bruscamente.

Thénardier hizo como que no entendía aquella reflexión poco lisonjera.

Encendió dos bujías de cera sin estrenar, que figuraban sobre la chimenea. Un magnífico fuego ardía en el hogar.

Sobre la repisa de la misma chimenea, bajo un fanal, había un adorno de cabeza de mujer de hilo de plata y flores de azahar.

--Y esto--¿qué significa?--repuso el viajero.

--Señor,--dijo Thénardier,--el sombrero de boda de mi mujer.

El viajero miró el objeto con una mirada que parecía decir: ¿Ha habido pues, un momento en que ese monstruo fué una virgen?

Por lo demás, Thénardier mentía. Cuando tomó en arrendamiento aquella casucha para convertirla en figón, había encontrado aquel cuarto alhajado así, y había comprado los muebles y las flores de azahar, pensando que aquello prestaría cierta sombra de gracia á «su esposa», de lo que resultaría, para el establecimiento, lo que los ingleses llaman respetabilidad.

Cuando el viajero se volvió, el posadero había desaparecido. Habíase eclipsado discretamente, sin atreverse á dar las buenas noches, no queriendo tratar con cordialidad irrespetuosa á un hombre á quien se proponía desollar regiamente á la mañana siguiente.

Thénardier se retiró á su cuarto. Su mujer estaba ya acostada; pero no dormía. Cuando oyó los pasos de su marido, volvióse y le dijo:

--¿Sabes que mañana pongo á Cosette en medio de la calle?

Thénardier respondió fríamente:

--¡Cómo te alteras!

No cambiaron otras palabras, y algunos instantes después estaba apagada la luz.

Por su parte, el viajero había dejado en un rincón su palo y su paquete. Fuera ya el hostelero, sentóse en un sillón, y permaneció algún tiempo pensativo. Quitóse después los zapatos, tomó una de las dos bujías, sopló la otra, empujó la puerta y salió del cuarto, mirando en torno suyo como quien busca algo. Atravesó un corredor, y llegó á la escalera. Allí oyó un ligerísimo ruido que parecía la respiración de una criatura. Dejóse conducir por aquel ruido, y se encontró en una especie de hueco triangular abierto debajo de la escalera, ó por mejor decir, formado por la escalera misma. Este hueco no era otra cosa que la parte inferior del armazón que sostenía los escalones. Allí, en medio de toda clase de cestos, trastos viejos y rotos, entre el polvo y las telarañas, había un lecho, si es que puede llamarse así un jergón agujereado hasta descubrir la paja, y una manta agujereada hasta descubrir el jergón. Nada de sábanas. Esto tendido en tierra sobre los ladrillos. En este lecho dormía Cosette con su señora.

El hombre se acercó y la contempló.

Cosette dormía profundamente; estaba totalmente. En invierno no se desnudaba para no tener frío.

Tenía abrazada contra su corazón su muñeca, cuyos grandes ojos abiertos, brillaban en la obscuridad. De cuando en cuando lanzaba profundos suspiros como si fuera á despertarse, y apretaba la muñeca entre sus brazos, casi convulsivamente. No tenía al lado de su cama más que uno de sus zuecos.

Una puerta abierta junto al desván de Cosette dejaba ver un cuarto obscuro, bastante grande. El forastero entró. En el fondo, al través de una puerta vidriera, veíanse dos camitas iguales, blancas y limpias. Eran las de Azelma y Eponine. Detrás de ambas camas, se medio ocultaba una cuna de mimbre sin cortinas, donde dormía el chiquillo que había estado llorando toda la noche.

El forastero conjeturó que este cuarto comunicaba con el de los esposos Thénardier. Iba á retirarse, cuando su mirada reparó en la chimenea; una de esas vastas chimeneas de posada donde hay siempre tan poco fuego, cuando le hay, y que dan frío al verlas. No había fuego en ella, ni siquiera ceniza; pero sí algo que llamó la atención del viajero. Eran dos zapatitos de criatura de forma elegante y desigual tamaño; recordó el viajero la graciosa é inmemorial costumbre de los niños, que colocan su calzado en la chimenea la víspera de Navidad para esperar allí en las tinieblas algún brillante regalo de su hada buena. Eponine y Azelma no habían faltado á esa costumbre, y habían puesto cada una de ellas uno de sus zapatos en la chimenea.

Inclinóse el viajero.

La hada, es decir, la madre, había hecho ya su visita, y se veía brillar en cada zapatito una hermosa moneda de diez sueldos enteramente nueva.

El hombre se levantó de nuevo, é iba ya á salir, cuando distinguió en el fondo, aparte, en el rincón más obscuro del hogar, otro objeto. Miró y reconoció ser un zueco, un horrible zueco de la madera más común, medio roto, y completamente cubierto de ceniza y barro seco. Era el zueco de Cosette. Cosette, con aquella tierna confianza de los niños que puede ser engañada siempre sin desanimarse jamás, había puesto también su zueco en la chimenea.

Es una cosa por cierto sublime y dulce, la esperanza en una criatura que nunca ha conocido más que la desesperación.

No había nada en aquel zueco.

El forastero buscó en el bolsillo del chaleco, se inclinó, y puso en el zueco de Cosette un luis de oro.

Después volvióse á su habitación á paso de lobo.

IX =Thénardier maniobrando=

Al día siguiente por la mañana, dos horas á lo menos antes del alba, Thénardier, sentado á una mesa de la sala baja del bodegón, y alumbrado por una vela, estaba arreglando la cuenta del viajero de la levita amarilla.

La mujer, de pie, medio inclinada sobre él, le seguía con los ojos. No cruzaban una sola palabra. Por una parte, era aquello una meditación profunda; por otra, la admiración religiosa con la cual se mira nacer y desarrollarse una maravilla del espíritu humano. Oíase un ruido en la casa; era la Alondra que barría la escalera.

Después de un buen cuarto de hora y algunas raspaduras produjo Thénardier esta obra maestra:

CUENTA DEL SEÑOR DEL NÚM. 1

Cena 3 francos Cuarto 10 » Bujías 5 » Fuego 4 » Servicio 1 » ---------- Total 23 »

Servicio estaba escrito cervisio.

--¡Veintitrés francos!--exclamó la mujer con un entusiasmo mezclado de cierta vacilación.

Como todos los grandes artistas, Thénardier no estaba satisfecho.

--¡Psch!--dijo.

Era el acento de Castlereagh redactando en el congreso de Viena la cuenta que debía pagar la Francia.

--Señor Thénardier, tienes razón, bien debe eso,--murmuró la mujer, pensando en la muñeca regalada á Cosette en presencia de sus hijas.--Es justo, pero demasiado. No querrá pagarlo.

Thénardier rióse fríamente, diciendo:

--Pagará.

Aquella risa era la significación suprema de la certeza de la autoridad. Lo que estaba dicho debía ser. La mujer no insistió. Púsose en seguida á arreglar las mesas; el marido se paseaba arriba y abajo de la sala. Después de un momento, éste añadió:

--¡Y yo debo mil quinientos francos!

Thénardier fué á sentarse á un rincón de la chimenea meditando, y puestos los pies sobre la ceniza caliente.

--¡Ah!--repuso la mujer.--No olvides que hoy planto á Cosette en la calle. ¡Dichoso monstruo! ¡Se me come el corazón con su muñeca! ¡Antes me casaría con Luis XVIII, que tenerla un día más en casa!

El marido encendió su pipa y respondió entre dos bocanadas:

--Entregarás esta cuenta al hombre.

Y después salió.

Apenas había salido de la sala, cuando entró el viajero.

Thénardier volvió á aparecer inmediatamente detrás de él, permaneciendo inmóvil en el umbral de la puerta entreabierta, visible únicamente para su mujer.

El hombre amarillo llevaba en la mano su bastón y su lío.

--¡Cómo! ¡Levantado tan temprano!--exclamó la Thénardier.--¿Acaso nos deja ya el señor?

Y hablando así daba vueltas con ademán embarazoso á la cuenta que tenía entre manos haciéndole pliegues con las uñas. Su rostro duro presentaba una expresión que no le era habitual, de timidez y escrúpulo.

Presentar semejante cuenta á un hombre que tenía todas las apariencias «de un pobre», se le resistía.

El viajero parecía preocupado y distraído, y respondió:

--Sí, señora; me voy.

--El señor,--repuso ella,--¿no tiene pues negocios en Montfermeil?

--No, paso sencillamente por aquí. Señora,--añadió,--¿qué es lo que debo?

La Thénardier, sin responder, le entregó la cuenta doblada.

El hombre desplegó el papel y le miró: pero su atención estaba visiblemente en otra parte.

--Señora,--repuso,--¿hacéis buenos negocios en Montfermeil?

--Así, así, señor,--contestó la Thénardier estupefacta de no ver otra explosión distinta.

Y prosiguió ella con acento elegíaco y lastimero:

--¡Oh, señor! ¡Los tiempos están muy malos! ¡Y luego, tenemos tan pocos burgueses por acá! Todo es gente menuda. ¡Si no viniesen de cuando en cuando algunos viajeros generosos y ricos como su merced! Tenemos tantas cargas... Ved, esa chiquilla nos cuesta un ojo de la cara.

--¿Qué chiquilla?

--Ya sabéis. ¡La niña! ¡Cosette! ¡La Alondra, como la llaman en el lugar!

--¡Ah!--exclamó el hombre.

Ella continuó:

--¡Qué bárbaros son estos lugareños con sus apodos! ¡Mejor tiene aire de murciélago que de alondra! Ya veis, señor; no pedimos limosna, pero no podemos darla. No ganamos nada, y tenemos mucho que pagar. ¡La patente, las contribuciones, las puertas y ventanas, los céntimos! ¡Sabéis, señor, que el gobierno pide mucho dinero! Y luego, yo tengo mis hijas propias; no he de ir á mantener hijos ajenos.

El hombre repuso, con aquel acento que se esforzaba en hacer que pareciese indiferente, y en el cual había cierto temblor:

--¿Y si os desembarazase de ella?

--¿De quién? ¿De Cosette?

--Sí.

La cara colorada y violenta de la tabernera se iluminó con una expresión repugnante.

--¡Ah! ¡Señor, mi buen señor! ¡Tomadla, guardáosla, lleváosla, azucaradla, trufadla, bebéosla, coméosla y andad, bendito de la santísima Virgen y de todos los santos del cielo!

--Está dicho.

--¡De veras! ¿Os la lleváis?

--Me la llevo.

--¿Ahora mismo?

--Ahora mismo. Llamadla.

--¡Cosette!--gritó la Thénardier.

--Entretanto, prosiguió el hombre, voy á pagaros de todas maneras mi hospedaje. ¿Cuánto es?

Dió una mirada á la cuenta y no pudo reprimir un movimiento de sorpresa:

--¡Veintitrés francos!

Miró á la tabernera y repitió:

--¿Veintitrés francos?

Había en la pronunciación de estas dos palabras así repetidas, el acento que separa la admiración del interrogante.

La Thénardier había tenido tiempo de prepararse para el choque. Respondió por lo tanto con aplomo:

--¡Oh; sí, señor! Son veintitrés francos.

El forastero puso cinco monedas de cinco francos sobre la mesa.

--Id por la chica,--dijo.

En este momento Thénardier apareció en medio de la sala, y dijo:

--El señor debe veintiséis sueldos.

--¡Veintiséis sueldos!--exclamó la mujer.

--Veinte sueldos por el cuarto,--repuso fríamente Thénardier,--y seis sueldos por la cena. En cuanto á la chica, necesito hablar un poco con el señor. Déjanos solos.

La Thénardier tuvo uno de estos desvanecimientos que deslumbran, producidos por los imprevistos destellos del talento. Sintió que el gran actor entraba en escena; no replicó una sola palabra y salió.

En cuanto quedaron solos, Thénardier ofreció una silla al viajero. Éste se sentó. Thénardier continuó de pie: su semblante tomó una expresión de hombría de bien y sencillez.

--Señor,--dijo,--no puedo negároslo, adoro á esta niña.

El forastero le miró fijamente:

--¿Qué niña?

Thénardier continuó:

--¡Es tan graciosa, que uno se apega! ¿Qué significa todo este dinero? Recoged vuestras piezas de cien sueldds. Es una criatura que adoro.

--¿Pero quién es?--preguntó el forastero.

--¡Quién ha de ser! nuestra pequeña Cosette. ¿No queréis llevárosla? Pues bien, os hablo francamente; como sois vos un hombre honrado, no puedo consentirlo. Me haría mucha falta esta niña. ¡La he visto tan pequeñita! Es verdad que nos cuesta dinero, verdad es que tiene defectos, verdad es que no somos ricos, como es verdad que he pagado más de cuatrocientos francos de drogas, ¡solamente para una de sus enfermedades! Pero algo debemos hacer por Dios; no tiene padre ni madre; yo la he criado. Tengo pan para ella y para mí. En fin, estoy encariñado con la chiquilla. Comprenderéis perfectamente que uno se encariñe; soy un papanatas, es verdad; no sé discurrir; quiero á la chica; mi mujer es viva de genio, pero también la quiere. Mirad, es ya como hija nuestra. Yo necesito oírla hablar en casa.

El forastero seguía mirándole fijamente. Él continuó:

--Omitid mis razones y perdonad, señor; pero no se da así un hijo al primero que pasa. ¿No es verdad que tengo razón? Después de todo digo yo que vos sois rico, tenéis las apariencias de un buen sujeto... ¡Si fuera para su felicidad! Pero es preciso saber. ¿Entendéis? Supongamos que yo la dejara ir y que me sacrificase; querría saber naturalmente adónde iba, no querría perderla de vista, para poder verla de cuando en cuando, para que supiera que el buen padre que la ha criado velaba por ella. En fin, hay cosas que no son posibles. Yo ni siquiera sé cuál es vuestro nombre. Os la llevaríais y yo diría: ¡Hola! ¿Y la Alondra? ¿Adónde ha ido Cosette? Convendría cuando menos ver algún papel, un pedazo siquiera de vuestro pasaporte, ¡cualquier cosa!

El forastero, sin dejar de mirarle con aquella mirada que penetra, por así decirlo, hasta el fondo de la conciencia, le respondió con acento grave y firme:

--Señor Thénardier, no se saca pasaporte para venir á cinco leguas de París. Si me llevo á Cosette, me la llevaré, y nada más. Vos no sabréis mi nombre, ni sabréis mi domicilio, ni dónde está, y mi intención es que no vuelva á veros en toda su vida. Yo rompo la cuerda que lleva atada al pie, y ella se va. ¿Os conviene esto? ¿Sí, ó no?...

Así como los demonios y los genios reconocían por ciertos signos la presencia de un Dios superior, Thénardier comprendió de igual manera que tenía que habérselas con alguien muy fuerte. Esto fué como por intuición; lo comprendió con su golpe de vista límpido y sagaz. Durante la víspera, mientras estaba bebiendo con los trajineros, fumando y cantando coplas alegres, no había dejado de observar un sólo instante al forastero, acechándole como un gato, estudiándole como un matemático. Habíale espiado á la vez por cuenta propia, por gusto y por instinto, y espiado como si le hubiesen pagado para ello. No se le había escapado un gesto ni un movimiento del hombre del levitón amarillo. Aun antes que el desconocido manifestase tan claramente su interés por Cosette, Thénardier se lo había adivinado. Había sorprendido las miradas profundas de aquel viejo, que refluían siempre en la muchacha. ¿Por qué aquel interés? ¿Quién era aquel hombre? ¿Por qué, con tanto dinero en el bolsillo, vestía tan miserablemente? Preguntas que á sí mismo se hacía sin poder contestarlas, y que le irritaban. Había estado pensando en ello toda la noche. ¿No podía ser el padre de Cosette? ¿Era tal vez algún abuelo? ¿Entonces por qué no darse á conocer enseguida? Cuando se tiene un derecho se manifiesta. Aquel hombre no tenía evidentemente derecho alguno sobre Cosette. Entonces ¿quién era? Thénardier se perdía en suposiciones. Entreveíalo todo, pero nada veía.

De cualquier modo que fuése, al entrar en conversación con aquel hombre, persuadido de que había un secreto en todo aquello, persuadido de que el hombre estaba interesado en permanecer en la sombra, sentíase fuerte; pero con la respuesta clara y firme del forastero, con ver que aquel personaje misterioso era misterioso simplemente, se sintió débil. No esperaba resultado semejante. Esto fué la derrota de sus conjeturas. Reunió sus ideas, pesólo todo en un segundo. Thénardier era de esos hombres que de una mirada juzgan una situación. Calculó que era el momento de ir derecho y rápido. Hizo como los grandes capitanes en el instante supremo y decisivo que solamente ellos saben reconocer: descubrió bruscamente sus baterías.

--Señor,--dijo,--me hacen falta mil quinientos francos.

El forastero sacó de uno de sus bolsillos una cartera de cuero negro, abrióla, tomando de ella tres billetes de banco, que dejó sobre la mesa. Después apoyó su ancho pulgar sobre aquellos billetes, y dijo al tabernero:

--Haced venir á Cosette.

Mientras esto pasaba, ¿qué hacía Cosette?

Cosette al despertarse había corrido á ver su zueco. Había encontrado la moneda de oro. No era un Napoleón, era una de esas piezas de veinte francos nuevecitas, de la Restauración, sobre cuya efigie la coleta prusiana había reemplazado á la corona de laurel. Cosette quedó deslumbrada. Su destino comenzaba á embriagarla. Ignoraba lo que era una moneda do oro: jamás había visto ninguna, guardola apresuradamente en su bolsillo como si la hubiese robado. Sin embargo, conocía perfectamente que aquello era bien suyo, adivinaba igualmente de dónde le venía; pero experimentaba un especie de alegría llena de miedo. Estaba contenta; estaba sobre todo estupefacta.

Aquellas cosas tan magníficas y bellas no le parecían reales. La muñeca le daba miedo, la moneda de oro se lo daba también. Temblaba vagamente ante aquellas magnificencias. El forastero únicamente no le daba miedo; al contrario, la tranquilizaba. Desde la víspera, al través de sus admiraciones, al través de su sueño, pensaba en su imaginación de niña en aquel hombre que tenía las apariencias de viejo, pobre y triste; que era tan rico y tan bueno. Desde que había encontrado en el bosque á aquel buen hombre todo estaba para ella como cambiado.

Cosette, menos dichosa que la última golondrina del cielo, no había sabido nunca lo que era refugiarse á la sombra y debajo las alas de su madre. Cinco años hacía, es decir, todo lo que podían remontarse sus recuerdos, que la infeliz criatura no había conocido más que temblor y frío. Siempre desnuda bajo la ruda brisa del infortunio, parecíale entonces que estaba vestida. Antes su alma tenía frío, ahora sentía calor.

Cosette no tenía ya tanto miedo á la Thénardier. No estaba ya sola; alguien se interesaba por ella. Habíase puesto inmediatamente á su trabajo de todas las mañanas. Aquel luis que llevaba encima, en el mismo bolsillo de su delantal de donde se le había caído la víspera la moneda de quince sueldos, le proporcionaba distracción. No se atrevía á tocarla; pero pasaba á veces cinco minutos seguidos contemplándola y, debemos decirlo también, sacando la lengua. Mientras iba barriendo la escalera, parábase y permanecía así inmóvil, olvidándose de su escoba como del universo entero, tan ocupada estaba en ver brillar aquella estrella en el fondo de su bolsillo.

Creo que fué durante una de esas contemplaciones cuando se le acercó la Thénardier.

Por orden expresa de su marido había ido á buscarla; y cosa inaudita, no le dió porrazo alguno ni le dirigió la más pequeña injuria.

--Cosette,--díjole casi dulcemente,--ven enseguida.

Un instante después entraba Cosette en la sala baja.

El forastero tomó el paquete que había llevado y lo desató. Aquel paquete contenía un vestido de lana, un delantal, una almilla de fustán, un jubón, un pañuelo, medias de estambre, zapatos, en fin: un traje completo para una niña de siete años; todo era negro.

--Hija mía,--dijo el hombre,--toma esto y vete á vestir enseguida.

Apenas asomaba el día cuando los habitantes de Montfermeil, que empezaban á abrir sus puertas, vieron pasar por la calle de París un buen hombre pobremente vestido, dando la mano á una niña vestida de luto, que llevaba en brazos una muñeca de color de rosa. Dirigíanse hacia Livry.

Eran nuestro hombre y Cosette.

Nadie conocía al hombre; y como Cosette no iba ya andrajosa, muchos no la conocieron tampoco.

Cosette se iba pues. ¿Con quién? Lo ignoraba. ¿Adónde? No lo sabía. Comprendía únicamente que dejaba tras sí el bodegón Thénardier.

Nadie había pensado en despedirse de ella, ni ella en despedirse de nadie. Salía de aquella casa odiada y odiando.

¡Pobre ser dulcísimo, cuyo corazón hasta entonces no había sentido más que opresión!

Cosette caminaba gravemente, abriendo sus grandes ojos y contemplando el cielo. Habíase guardado su luis en el bolsillo del delantal nuevo. De cuando en cuando se inclinaba y le dirigía una mirada; después se fijaba en el buen hombre. Parecía sentir algo como si estuviera junto al Dios bueno.

X =Quien busca lo mejor puede encontrar lo peor=

La Thénardier, según su costumbre, había dejado obrar á su marido. Esperaba grandes acontecimientos. Cuando el hombre y Cosette se hubieron ido, Thénardier dejó pasar un cuarto de hora largo, y después, llamándole aparte, le enseñó los mil quinientos francos.

--¡Nada más!--dijo ella.

Era la primera vez, desde su instalación, que se atrevía á criticar un acto del dueño.

El golpe fué acertado.

--Efectivamente, tienes razón,--dijo él;--soy un imbécil. Dame el sombrero.

Dobló los tres billetes de banco, los metió en su bolsillo, y salió aceleradamente; pero se equivocó, tomando primero por la derecha. Algunos vecinos á quienes preguntó le indicaron la equivocación por haber visto á la Alondra y al hombre en dirección á Livry. Siguió la indicación, marchando á paso largo y monologando.

--Ese hombre es evidentemente un millonario vestido de amarillo, y yo soy un animal. Primero dió un franco, después cinco, luego cincuenta, últimamente mil quinientos, y siempre con igual facilidad. Lo mismo habría dado quince mil. Pero yo le atraparé de nuevo.

Y luego, aquel paquete de ropa preparada de antemano para la niña, todo esto era muy singular; muchos misterios se encerraban en ello. No se sueltan tan fácilmente los misterios cuando se poseen. Los secretos de los ricos son esponjas empapadas en oro, que es menester saber exprimir. Todos estos pensamientos giraban agitados en su cerebro. Soy un animal, repetía.

Al salir de Montfermeil junto al recodo que forma el camino que va á Livry, vese desenvolver este camino hasta muy lejos en el llano. Una vez allí, calculó que debía ver al hombre y á la niña. Miró tan lejos cuanto pudo alcanzar con la vista, y no vió nada. Preguntó nuevamente. Entre tanto iba perdiendo el tiempo. Unos transeuntes le dijeron que el hombre y la niña que buscaba se habían internado en el bosque por la parte de Gagny. Apresuróse á tomar esta dirección.

Le llevaban mucha ventaja, pero una criatura anda despacio y él caminaba de prisa. Además, el país le era muy conocido.

De repente se quedó parado dándose una palmada en la frente como hombre que ha olvidado lo esencial, y que está dispuesto á volver sobre sus pasos.

--¡Debería haber tomado mi fusil!--exclamó.

Thénardier era una de esas naturalezas dobles que pasan algunas veces junto á nosotros sin echarlo de ver, y que desaparecen sin haberlas conocido, porque el destino no nos las ha mostrado más que por un lado. La suerte de muchos hombres es la de vivir así, medio sumergidos. En una situación tranquila y despejada, Thénardier tenía todo lo que era menester para formar, no decimos para ser, lo que se ha convenido en llamar un comerciante honrado, un buen burgués. Al mismo tiempo, dadas ciertas circunstancias, verificados ciertos sacudimientos que conmoviesen interiormente su naturaleza, tenía todo lo que se necesitaba para ser un malvado. Era un tendero en el cual se encerraba algo monstruoso. Satanás debía á veces acurrucarse en algún rincón del tabuco en que vivía Thénardier, reflexionando sobre aquella obra maestra de deformidad.

Después de una corta vacilación:

--¡Bah!--pensó él.--¡Tendrían tiempo de escaparse!

Y continuó su camino, avanzando rápidamente y casi en ademán de certidumbre, con la sagacidad del zorro olfateando una banda de perdices.

Efectivamente, en cuanto hubo pasado los estanques y atravesado oblicuamente el gran claro situado á la derecha de la alameda de Bellevue, cuando llegaba á la calle de Céspedes que da casi la vuelta á la colina, divisó por encima de una maleza, un sombrero, sobre el cual había ya aventurado muchas conjeturas. Era aquél, el sombrero del hombre. La maleza era baja. Thénardier reconoció que el hombre y Cosette estaban sentados allí. No se veía á la muchacha á causa de su corta estatura pero se distinguía la cabeza de la muñeca.

Thénardier no se equivocaba. El hombre se había sentado allí para dejar descansar á Cosette.

El tabernero dió la vuelta á la maleza y apareció de súbito á las miradas de los que buscaba.

--Dispensadme y perdonad, señor,--dijo casi sofocado por el cansancio,--pero aquí tenéis vuestros mil quinientos francos.

Hablando así, ofrecíale de nuevo sus tres billetes de banco.

El hombre alzó los ojos.

--¿Qué significa esto?

Thénardier respondió respetuosamente:

--Significa, señor, que me vuelvo á quedar con Cosette.

Cosette se estremeció arrimándose al hombre cuanto pudo.

Éste contestó mirando á Thénardier en el fondo de los ojos, y marcando mucho todas las sílabas.

--¿Volveréis á que-da-ros-con-Cosette?

--Sí señor; me quedo con ella nuevamente. Me explicaré: he reflexionado. En realidad, no tengo derecho para dárosla. Yo soy un hombre honrado como veis. Esta chica no es mía, sino de su madre. Su madre me la confió, y yo no puedo entregarla sino á su madre. Vos diréis: «Pero la madre ha muerto». Bueno, en ese caso no puedo entregar la criatura sino á la persona que me traiga un escrito firmado por la madre, en que se me mande entregar la niña á la tal persona. Esto es evidente.

El hombre, sin responder, registró su bolsillo, y Thénardier vió reaparecer la cartera de los billetes de banco.

--¡Bien!--exclamó para sí.--Procuremos sostenernos. ¡Va á corromperme!

Antes de abrir la cartera, el viajero lanzó una mirada escudriñadora en torno suyo. El lugar estaba absolutamente desierto. No había un alma en el bosque ni en el valle. El hombre abrió la cartera y sacó, no el puñado de billetes de banco que esperaba Thénardier, sino un simple papelito que desdobló y presentó abierto del todo al posadero, diciéndole:

--Tenéis razón. Leed.

Thénardier tomó el papel y leyó:

M-sur-M, 25 marzo de 1823.

«Señor Thénardier:

«Entregaréis á Cosette al portador. Os serán pagados todos los picos. Tengo el honor de saludaros respetuosamente.

«FANTINA».

--¿Conocéis esta firma?--repuso el hombre.

Era, en efecto, la firma de Fantina. Thénardier la reconoció.

No tenía nada que replicar. Sintió dos violentos despechos, el de renunciar á la corrupción que esperaba y el de ser vencido. El hombre añadió:

--Podéis guardar este papel para descargo vuestro.

Thénardier se replegó en buen orden.

--Esta firma está bastante bien imitada,--murmuró entre dientes.--¡En fin, sea!

É intentando un esfuerzo desesperado, añadió:

--Está bien, señor mío, puesto que sois el portador. Pero es preciso pagarme «los picos pendientes», que son una buena deuda.

El hombre se puso de pie, y dijo sacudiéndose á papirotazos el polvo de sus raídas mangas:

--Señor Thénardier: en enero la madre contaba deberos ciento veinte francos; en febrero le mandásteis una cuenta de quinientos; recibisteis trescientos francos á fines de febrero y otros trescientos á principios de marzo. Han pasado después nueve meses, que á razón de quince francos, precio convenido, hacen ciento treinta y cinco. Resulta que habiendo recibido de más cien francos entonces, ahora sólo os restaban treinta y cinco francos. Y acabo de daros mil quinientos.

Thénardier sintió lo que siente el lobo en el momento de verse mordido y cogido por los dientes de acero de la trampa.

--¿Quién es este diablo de hombre?--pensó.

Y haciendo lo que el lobo, dió una sacudida. La audacia le había ya dado otra vez buen resultado.

--Señor cuyo nombre ignoro,--dijo resueltamente y dejando aparte toda ceremonia respetuosa,--me volveré á llevar á Cosette, ó me daréis antes mil escudos.

El forastero dijo tranquilamente:

--Ven, Cosette.

Tomó á la niña con la mano izquierda y recogió con la derecha el bastón que estaba en el suelo.

Thénardier advirtió lo enorme del garrote y la soledad del sitio.

El hombre se internó en el bosque con la niña, dejando al tabernero vacilante é inmóvil.

Á medida que se iban alejando, Thénardier examinaba aquellas anchas espaldas algo encorvadas y aquellos grandes puños.

Luego, sus ojos, volviéndose á sí mismo, fijábanse en sus desmesurados brazos y débiles manos.--Preciso es que yo sea muy bestia,--pensaba él,--para no haber tomado mi escopeta, puesto que iba de caza.

Sin embargo, el posadero no abandonó su presa.

--Quiero saber á dónde va,--se dijo. Y se puso á seguirlos desde cierta distancia.

Quedábanle dos cosas en la mano: una ironía en el papel firmado Fantina, y un consuelo en los mil quinientos francos.

El hombre se llevaba á Cosette en dirección á Livry y Bondy. Caminaba lentamente, baja la cabeza, en una actitud reflexiva y triste. El invierno había dejado el bosque tan claro y desnudo, que Thénardier podía no perderlos de vista, desde mucha distancia. De cuando en cuando volvía el hombre la cabeza y miraba si le seguían. De repente distinguió á Thénardier. Entró bruscamente con Cosette en una espesura donde ambos podían ocultarse.

--¡Diantre!--exclamó Thénardier, redoblando el paso.

La espesura del ramaje le había obligado á acercarse á ellos; pero cuando estaba el hombre en lo más intrincado, volvióse, y por mucho que Thénardier procuraba ocultarse en la espesura, no pudo evitar el ser visto. El hombre le dirigió una mirada inquieta, después meneó la cabeza y continuó su camino. El tabernero continuó siguiéndole. Anduvieron así dos ó trescientos pasos. De pronto el hombre volvióse de nuevo, viendo todavía al posadero. Esta vez le miró con aire tan sombrío, que Thénardier juzgando «inútil» ir más allá, retrocedió, deshaciendo el camino.

XI =Reaparece el número 9430, y Cosette lo gana á la lotería=

Juan Valjean no había muerto.

Al caer al mar, ó más bien al arrojarse, iba, como se ha visto, sin el grillete. Nadando entre dos aguas llegó hasta un buque anclado, al que estaba amarrado un bote, en el cual encontró la manera de esconderse hasta la noche. Entrada ya la noche, arrojóse de nuevo al agua, ganando á nado la costa á poca distancia del cabo Brun. Allí como no le faltaba dinero, pudo procurarse ropa en un figón de los alrededores de Balaguier, que era á la sazón el vestuario de los presidiarios escapados; especialidad bastante lucrativa. Después, Juan Valjean, como todos los tristes fugitivos que procuran burlar la vigilancia de la ley y la fatalidad social, siguió un itinerario obscuro y vago.

Encontró primeramente asilo en Pradeaux, junto á Beausset. Luego se dirigió hacia Grand Villard junto á Briançon, en los Altos-Alpes. Huida vacilante é inquieta, camino de topo, cuyas ramificaciones nadie sabe. Más tarde ha podido encontrarse algún vestigio de su paso por Ain en el territorio de Civrieux, por los Pirineos en Accons, en el lugar llamado Grange de Doumecq, junto al caserío de Chavailles, de los alrededores de Périgueux, en Brunies, distrito de la Chapelle Gonaguet.

Estuvo en París y le acabamos de ver ahora en Montfermeil.

Su primer cuidado al llegar á París, fué comprar vestidos de luto para una niña de siete á ocho años, y procurarse luego alojamiento. Hecho esto se dirigió á Montfermeil.

Como se recordará, ya en su anterior evasión, había hecho allí mismo, ó en los alrededores, un viaje misterioso, del que la Justicia había tenido algún indicio.

Por lo demás, se le creía muerto, y esto aumentaba la obscuridad que se había formado en torno suyo. En París llegó á sus manos uno de los periódicos que consignaban el hecho. Con esto se sintió tranquilo y casi en paz, como si en realidad hubiese muerto.

La misma tarde del día en que Juan Valjean había sacado á Cosette de las garras de los Thénardier, entraba en París. Entró al anochecer, acompañado de la niña por la barrera Monceaux. Subió en un cabriolé que le llevó á la explanada del Observatorio. Bajóse allí, pagó al cochero, tomó á Cosette de la mano, y los dos, entre las sombras de la noche, atravesaron las desiertas calles inmediatas á la Ourcine y la Glacière, dirigiéndose al boulevard del Hospital.

El día había sido extraño y henchido de emociones para Cosette; habían comido detrás de los vallados pan y queso comprados en los ventorrillos que se encontraron; habían cambiado frecuentemente de carruaje; habían andado á pie diversos trechos, y ella no se había quejado, pero estaba cansada, y Juan Valjean lo advirtió fácilmente puesto que iba tirando más y más de su mano á cada paso. Entonces cargó con ella á cuestas; Cosette, sin soltar á su Catalina, dejó caer su cabeza sobre el hombro de Juan Valjean, y se quedó dormida.

LIBRO CUARTO LA CASUCHA DE GORBEAU

I =Maese Gorbeau=

Hace cuarenta años, el transeunte solitario que se aventuraba entre los extraviados barrios de la Salpêtrière y que subía por el boulevard hasta la barrera de Italia, llegaba á donde se hubiera podido decir que París desaparecía. No era por la soledad, puesto que había transeuntes; no era por el campo, puesto que había casas y calles; no era aquello una ciudad, pues las calles tenían baches como las carreteras, y la yerba nacía en ellas; no era una aldea, pues las casas eran demasiado altas. ¿Qué era pues? Era un lugar habitado donde no había nadie; era un lugar desierto donde había alguien; era un boulevard de la gran población, una calle de París, más espantosa de noche que una selva, más triste de día que un cementerio.

Era el antiguo barrio del Mercado de Caballos.

Si el transeunte se arriesgaba á ir más allá de las cuatro paredes ruinosas del Mercado de Caballos, si consentía siquiera en pasar de la calle del Petit Banquier, después de haber dejado á su derecha un corral cercado de elevadas tapias, y un prado en que se levantaban montones de casas de tenería parecidas á chozas de castores gigantescas, y una cerca llena de pilas de madera de construcción, al lado de montones de troncos, aserraduras y virutas, sobre las cuales ladraba un gran perrazo, y una larga pared, baja, ruinosa, con una puertecita negra y enlutada, cubierta de musgo que se llenaba de flores en primavera; luego en el sitio más desierto un horrible y decrépito edificio en cuya fachada leíase en grandes y gruesas letras: SE PROHÍBE PONER CARTELES, aquel paseante aventurero llegaba al ángulo de la calle de Vignes Saint-Marcel, latitudes casi desconocidas. Allí, junto á una fábrica y entre dos tapias de jardín, se veía en aquel tiempo una casucha, que, al primer golpe de vista, parecía pequeña como una choza, y que era en realidad grande como una catedral. Presentábase á la vía pública de lado, por un cubo angular, y de ahí su aparente exigüedad. Casi todo el edificio estaba oculto, y no se veía más que la puerta y una ventana.

Esta casucha no tenía más que un solo piso.

Al examinarla, el detalle que chocaba desde luego, era que aquella puerta no había podido ser nunca más que la puerta de un tabuco, mientras que aquella ventana, si hubiera sido de piedra de sillería en vez de piedra bruta, habría podido ser la ventana de un palacio.

La puerta no era otra cosa que un conjunto de tablas carcomidas, groseramente unidas por travesaños parecidos á troncos mal igualados. Daba esta puerta acceso inmediato á una escalera áspera de altos peldaños, llenos de lodo, yeso y polvo, del mismo ancho que la puerta, y que se veían desde la calle empinarse derechos como una escala, y desaparecer en la obscuridad entre dos paredes. Lo alto de la abertura informe que cerraba aquella puerta estaba cubierta con una tablilla estrecha, en medio de la cual habían aserrado un agujero triangular, que servía al propio tiempo de tragaluz y ventanillo cuando la puerta estaba cerrada. Sobre la hoja de esta última, un pincel mojado en tinta, había trazado de dos brochazos el número 52, y por encima de la tablilla el mismo pincel había borroneado el número 50; de suerte que nacía esta duda: ¿Dónde se está? La parte superior de la puerta dice: en el 50; la inferior replica: no, en el 52. Varios trapos de color de polvo colgaban como cortinajes del postiguillo triangular.

La ventana era ancha, suficientemente elevada, provista de persianas y hojas vidrieras con grandes cristales; sólo que estos grandes cristales tenían varias heridas, ocultas á la vez y descubiertas por un ingenioso vendaje de papel; y las persianas, desunidas y desencajadas, mejor amenazaban á los transeuntes que resguardaban á los habitantes.

Las tabletas horizontales que faltaban, estaban cándidamente reemplazadas con tablas clavadas á lo largo, tanto, que lo que comenzaba por persiana acababa por postigo.

Aquella puerta, de aspecto inmundo, y aquella ventana, de aspecto decente, aunque deteriorada, vistas así en la misma casa, producían el efecto de dos mendigos desaparejados, que fueran juntos y caminaran codo á codo, con dos caras distintas bajo iguales andrajos, habiendo sido el uno siempre mendigo y el otro, en otros tiempos, un hidalgo.

La escalera conducía á un cuerpo de edificio vastísimo, que se parecía á un cobertizo convertido en casa.

Este edificio tenía por tubo intestinal un largo corredor, en el cual se abrían, á derecha é izquierda, aposentos ó compartimientos de varias dimensiones difícilmente habitables, puesto que mejor parecían barracas que celdas. Estas habitaciones recibían la luz de los solares baldíos de los alrededores.

Todo aquello era obscuro, incómodo, apagado, melancólico, sepulcral; cruzado, según estaban las rendijas en el techo ó en la puerta, por ráfagas frías ó corrientes heladas. La particularidad interesante y pintoresca de esta clase de viviendas, es la enormidad de las arañas.

Á izquierda de la puerta de entrada, dando al boulevard, á la altura de un hombre, un tragaluz que estaba tapiado, dejaba un hueco ó nicho cuadrado, lleno siempre de piedras que arrojaban los muchachos al pasar por allí.

Una parte de este edificio ha sido demolida últimamente; mas por lo que resta todavía puede aún formarse idea de lo que fué. El todo, en conjunto, apenas cuenta un siglo. Cien años son la juventud de una iglesia y la vejez de una casa. Parece que el asilo del hombre participa de su brevedad, y el asilo de Dios de su eternidad.

Los carteros llamaban á aquella casucha el número 50-52; pero era conocida en el barrio por el nombre de la Casa de Gorbeau.

Explicaremos el origen de este nombre.

Los colectores de pequeños hechos que se convierten en herborizantes de anécdotas y que fijan con un alfiler en su memoria las fechas fugaces, saben que hubo en París, en el último siglo, hacia 1770, dos procuradores en el Chatelet, llamados Corbeau (Cuervo) el uno, y Renard (Zorro) el otro: dos nombres previstos por Lafontaine. La coincidencia era harto graciosa para que no sirviese de alegre divertimiento á la gente de golilla. Recorrió inmediatamente la parodia, en versos algo cojos, las galerías del palacio de Justicia.

De un proceso en la rama, muy ufano y contento, ejecutoria en pico estaba el señor Cuervo. Del olor atraído un Zorro muy maestro, etc...[10]

Los dos honrados curiales, incomodados por los epigramas y mortificada su dignidad por las carcajadas que les seguían á todas partes, resolvieron desembarazarse de sus apellidos tomando el partido de dirigirse al rey. La súplica fué presentada á Luis XV el día mismo en que el nuncio del papa por un lado y el cardenal de La Roche Aymon por otro, devotamente arrodillados ambos, calzaron, en presencia de Su Majestad, cada uno con una chinela, los pies desnudos de madama Du-Barry al salir de la cama. El rey, que reía, continuó riendo; pasó alegremente de los dos obispos á los dos procuradores, é hizo á estos golillas gracia de su nombre ó poco menos.

Y por S. M. el rey fuéle permitido á maese Corbeau añadir un rabillo á su inicial y llamarse Gorbeau; pero maese Renaud fué menos afortunado, porque sólo pudo obtener agregar una P delante de la R y llamarse Prenard; tanto, que el segundo nombre, con ser á la vista una antítesis del primero, no dejaba de parecer en sustancia lo mismo.

Ahora bien: según la tradición local, este maese Gorbeau había sido propietario del edificio numerado 50-52 del boulevard del Hospital, siendo él mismo el autor de la monumental ventana.

De ahí el ser conocida aquella casucha con el nombre de casa Gorbeau.

Frente al número 50-52 descollaba, entre los árboles del boulevard, un gran olmo, muerto en sus tres cuartas partes; casi enfrente empezaba la calle de la barrera de los Gobelinos, calle entonces sin casas, sin empedrar, plantada de árboles raquíticos, verde ó llena de barro según la estación, la cual iba á parar precisamente á la muralla que cercaba á París. El olor de caparrosa salía á bocanadas de los tejados de una fábrica vecina.

La barrera estaba allí mismo. En 1823 el muro de circunvalación existía aún.

Esta misma barrera llenaba el espíritu de figuras siniestras. Era el camino de Bicêtre.

Era por allí, donde en tiempo del Imperio y de la Restauración, entraban en París los condenados á muerte el día de la ejecución. Allí fué donde se cometió hacia 1829 aquel misterioso asesinato llamado «del portillo de Fontainebleau», cuyos autores no pudo descubrir la Justicia, problema fúnebre que no ha podido aclararse, enigma pavoroso que no se ha descifrado. Dando algunos pasos, se encuentra la fatal calle de Croulebarbe, donde Ulbach dió de puñaladas á la cabrera de Ivry entre el ruido de los truenos como en un melodrama. Algunos pasos más adelante, se llega á los abominables olmos descabezados de la barrera de Saint Jacques, el expediente de los filántropos para ocultar el suplicio, la mezquina y vergonzosa plaza de Grève de una sociedad mercachifle, que retrocedió ante la pena de muerte, sin atreverse á abolirla con grandeza ni á mantenerla con autoridad.

Hace treinta y siete años, al dejar á un lado esa plaza Saint-Jacques, que estaba predestinada y que ha sido siempre horrible, el punto más triste tal vez de todo este triste boulevard era, el punto tan poco atractivo aún hoy mismo, donde se encontraba la casucha 50-52.

Las casas regulares de la clase media no han comenzado á aparecer allí sino veinticinco años más tarde. El sitio era melancólico. Por las ideas fúnebres que inspiraba, conocía cualquiera que se hallaba entre el hospital de la Salpêtrière, cuya cúpula se divisaba, y la cárcel de Bicêtre, que tocaba al portillo; es decir, entre la locura de la mujer y la locura del hombre. En todo lo que la vista podía extenderse, no se distinguían más que los mataderos, el muro de circunvalación y algunas raras fachadas de fábricas, parecidas á cuarteles ó á conventos; por todas partes barracas y casuchas de tapia, viejos muros negros como mortajas, ó hileras de árboles paralelos, edificios tirados á cordel, construcciones monótonas, líneas frías y prolongadas, la tristeza lúgubre de los ángulos rectos. Ni un accidente de terreno, ni un capricho de arquitectura, ni un solo pliegue; era aquello un conjunto glacial, regular, feo. Nada oprime tanto el corazón como la simetría. Y es que la simetría es el pesar, y el pesar es el fondo mismo del duelo. La desesperación bosteza.

Si pudiera soñarse algo más horrible que el infierno en que se sufre, sería el infierno en que se fastidiara uno. De existir semejante infierno, su entrada habría podido ser ese trozo del boulevard del Hospital.

Así pues, al caer de la noche, en el momento en que la claridad desaparece, sobre todo en invierno, á la hora en que el cierzo crepuscular arranca á los olmos sus postreras y tostadas hojas, cuando la obscuridad es profunda y sin estrellas, ó cuando la luna y el viento clarean las nubes, este boulevard resultaba espantoso. Las líneas negras se hundían y perdíanse en las tinieblas como pedazos del infinito. El transeunte no podía abstenerse de recordar las innumerables tradiciones patibularias del lugar.

Aquella soledad, en la que se habían cometido tantos crímenes, tenía algo de horrible. Creía uno presentir lazos tendidos en aquella obscuridad; todas las formas confusas de la sombra parecían sospechosas; y los largos huecos cuadrados que se distinguían entre los árboles parecían tumbas abiertas. De día era aquello feo; por la tarde lúgubre; de noche siniestro.

En verano, á la hora del crepúsculo, veíanse aquí y allí algunas viejas, sentadas al pie de los olmos en bancos enmohecidos por las lluvias. Aquellas buenas viejas pedían limosna cuando pasaba alguien.

Por lo demás, aquel barrio, que más bien tenía el aire de envejecido que de antiguo, propendía ya desde aquella fecha á trasformarse. Ya entonces, quien hubiera querido verle debía apresurarse. Cada día iban desapareciendo detalles de aquel conjunto. En la actualidad, y desde hace veinte años, la estación del ferrocarril de Orléans está allí junto al viejo arrabal y le va acorralando. Doquiera que se levante en el límite de una capital una estación de ferrocarril, resulta la muerte de un arrabal y el nacimiento de una ciudad. Parece que alrededor de esos grandes centros del movimiento de los pueblos, con el rodar de las poderosas máquinas, con el respirar de los monstruosos caballos de la civilización, que comen carbón y vomitan fuego, tiembla la tierra llena de gérmenes y se abre para tragarse las antiguas moradas de los hombres para dejar paso franco á las nuevas. Las casas viejas se derrumban y las nuevas se elevan.

Desde que la estación del ferrocarril de Orléans ha invadido los terrenos de la Salpêtrière, las antiguas calles estrechas, inmediatas á los fosos de Saint Victor y al Jardín Botánico, se conmueven violentamente cruzadas tres ó cuatro veces al día por esas corrientes de diligencias, coches y ómnibus que, en un tiempo dado, hacen retroceder las casas á derecha é izquierda; pues hay cosas que parecen peregrinas cuando se anuncian, que son rigurosamente exactas. Y así como puede decirse en verdad, que en las grandes ciudades el sol hace vegetar y crecer las fachadas de las casas al medio día, también es cierto que el paso frecuente de carruajes hace ensanchar las calles. Los síntomas de una vida nueva son evidentes. En aquel antiguo barrio provinciano, en los recodos más salvajes aparece el empedrado, comienzan á extenderse, y prolongarse aceras, hasta allí mismo donde no transita nadie todavía. Una mañana, mañana memorable, en un día de julio de 1845, viéronse de repente humear allí las negras calderas de asfalto; aquel día puede decirse que llegó la civilización á la calle de la Oarcine, y que París entró en el arrabal de San Marcelo.

II =Nido para búho y curruca=

Delante de la casucha de Gorbeau fué donde Juan Valjean se detuvo. Como las aves selváticas, había elegido aquel lugar desierto para hacer su nido.

Buscó en el bolsillo, y sacó una especie de llave maestra, abrió la puerta, entró, la cerró después con cuidado, y subió la escalera, siempre con Cosette en brazos.

En lo alto de la escalera sacó del bolsillo otra llave, con la cual abrió otra puerta. El cuarto en que entró, y que cerró inmediatamente, era una especie de desván bastante espacioso, amueblado con un colchón puesto en el suelo, una mesa y algunas sillas. Una estufa encendida, cuyas ascuas se veían, estaba en un rincón.

El farol del boulevard alumbraba vagamente aquel pobre interior. En el fondo había un gabinete con una cama de tijera. Juan Valjean dejó la niña en aquella cama, colocándola en ella sin despertarla.

Echó yescas, y encendió una vela; todo esto estaba preparado de antemano; y del mismo modo que lo había hecho la víspera, púsose á contemplar á Cosette con una mirada llena de éxtasis, en la que la expresión de la bondad y del enternecimiento llegaba casi al extravío. La pequeñuela, con aquella confianza tranquila que no pertenece sino á la fuerza extrema, ó á la extrema debilidad, se había dormido sin saber con quién iba, y continuaba durmiendo sin saber dónde estaba.

Juan Valjean se inclinó y besó la mano de aquella criatura.

Nueve meses antes había besado la mano de la madre, cuando también acababa de dormirse.

El mismo sentimiento de dolor, religioso y punzante, llenaba su corazón.

Arrodillóse junto al lecho de Cosette.

Ya era muy entrado el día, y la niña seguía durmiendo.

Un pálido rayo del sol de diciembre atravesaba la ventana del desván, esparciendo por el techo largas ráfagas de sombra y luz. De repente, una carreta de cantero, pesadamente cargada, que pasaba por la calzada del boulevard, conmovió la casucha como un trueno prolongado, haciéndola temblar de arriba abajo.

--¡Sí! ¡Señora!--gritó Cosette, despertándose sobresaltada.--¡Allá voy! ¡Allá voy!

Y arrojándose del lecho, con los párpados medio cerrados todavía por la pesadez del sueño, extendió el brazo hacia el ángulo de la pared.

--¡Ay Dios mío! ¡Y mi escoba!--dijo.

Abrió entonces del todo los ojos, y vió el semblante risueño de Juan Valjean.

--¡Ah! ¡Calle! ¡Es verdad!--exclamó la niña.--Buenos días, señor.

Los niños aceptan, y se familiarizan inmediatamente con la alegría y la felicidad, siendo como son ellos naturalmente felicidad y alegría.

Cosette vió á Catalina á los pies de su cama, se apoderó de ella, y empezó á jugar. Y estando jugando, todo se le volvía hacer preguntas á Juan Valjean: ¿Dónde estaba?... ¿Era grande París?... ¿Estaba bien lejos la Thénardier?... ¿No volvería á verla? etc., etc. De pronto exclamó:

--¡Qué bonito es esto!

Era una horrible buhardilla; pero ella se sentía libre.

--¿Tengo que barrer?--preguntó por último.

--Juega, le dijo Juan Valjean.

Así se pasó el día. Cosette, sin inquietarse por comprender nada, se consideraba inexplicablemente feliz entre aquella muñeca y aquel buen hombre.

III =Dos desgracias mezcladas producen la felicidad=

Á la mañana siguiente al rayar el día, Juan Valjean estaba todavía al lado de la cama de Cosette. Esperó allí, inmóvil, y la vió despertarse.

Algo de nuevo penetraba en su alma.

Juan Valjean no había amado nunca nada. Hacía veinticinco años que estaba sólo en el mundo. No había sido nunca padre, amante, marido ni amigo. En presidio era malo, sombrío, casto, ignorante y feroz. El corazón de aquel antiguo presidiario estaba lleno de virginidades. Su hermana y los hijos de su hermana no le habían dejado más que un recuerdo vago y lejano, que había acabado por extinguirse casi enteramente. Había hecho cuantos esfuerzos había podido para encontrarlos, y no habiéndolo conseguido, los había olvidado. La naturaleza humana es así. Las demás tiernas emociones de su juventud, si es que las tuvo, habían caído en un abismo.

Cuando vió á Cosette, cuando la tuvo consigo, la llevó y la libertó, sintió removérsele las entrañas. Todo lo que de pasión y afecto habían en su alma, se despertó y precipitó hacia aquella criatura. Acercábase á la cama en que ella dormía, y temblaba de gozo; experimentaba arranques de madre, y no sabía lo que eran; porque es cosa muy obscura y dulcísima ese grande y extraño movimiento que se efectúa en un corazón que empieza á amar. ¡Pobre corazón, viejo y nuevo á la vez!

Solamente que, como él tenía cincuenta y cinco años y Cosette ocho, todo el amor que él hubiera podido tener en toda su vida se fundió en una especie de claridad inefable. Era la segunda aparición pura y diáfana que encontraba. El obispo había hecho alzar en su horizonte el alba de la virtud. Cosette hacía levantar en el mismo, el alba del amor.

Los primeros días se pasaron en este deslumbramiento.

Por su parte, Cosette, también se volvía otra sin ella saberlo. ¡Pobre criatura! Era tan pequeñita cuando su madre la dejó, que ya no se acordaba de ella. Como todos los niños, semejantes á los renuevos de la vid que se agarra á todo, había procurado amar y no había podido conseguirlo. Todos la habían rechazado: los Thénardier, sus niñas y otros niños. Había amado al perro que murió, después de lo cual, nada ni nadie había querido amarla.

Triste cosa es decirlo, como hemos ya indicado, á los ocho años tenía frío el corazón. No era culpa suya, no era la facultad de amar la que le faltaba: ¡ay! era la posibilidad. Por eso desde el primer día, todo cuanto sentía y pensaba en ella se empleó en amar á aquel buen hombre. Experimentaba lo que nunca había conocido, una sensación expansiva.

El buen hombre no le hacía el efecto de viejo ni de pobre. Parecíale Juan Valjean tan hermoso como linda le había parecido la buhardilla.

Son ésos los efectos de la aurora, de la infancia, de la juventud, de la alegría. La novedad de la tierra y de la vida tienen en ello buena parte. Nada es tan risueño como el reflejo vivificante de la dicha en una buhardilla. Todos hemos tenido en nuestro pasado algún desván poético.

La naturaleza y cincuenta años de intervalo habían marcado una separación profunda entre Juan Valjean y Cosette; esta separación la llenó el destino. El destino unió, y enlazó con su irresistible poder, aquellas dos existencias desarraigadas, distintas por la edad, semejantes por el duelo. La una, efectivamente, completaba á la otra. El instinto de Cosette buscaba el padre como el instinto de Juan Valjean buscaba un hijo. Verse, fué encontrarse. En el momento misterioso en que sus dos manos se trocaron, quedaron unidas. Cuando aquellas dos almas se divisaron mutuamente, se reconocieron como necesarias una á otra, y se abrazaron estrechamente.

Tomando las palabras en su sentido más comprensible y absoluto, podría decirse que, separados de todo por muros sepulcrales, Juan Valjean era el viudo, como era la huérfana Cosette. Esta situación hizo que Juan Valjean viniese á ser de un modo providencial el padre de Cosette.

Y en verdad, la impresión misteriosa producida en Cosette en el fondo del bosque de Chelles, por la mano de Juan Valjean cogiendo la suya en la obscuridad, no era una ilusión, sino una realidad. La entrada de aquel hombre en el destino de aquella criatura había sido la llegada de Dios.

Por lo demás, Juan Valjean había escogido bien su asilo. Estaba allí en una seguridad que podía parecer completa.

El cuarto con gabinete que ocupaba con Cosette era aquél cuya ventana daba al boulevard. Siendo única esta ventana en la casa, no había que temer miradas de vecinos, de lado ni de frente.

El piso bajo del número 50-52, especie de cobertizo derruido, servía de cuadra á hortelanos, y no tenía ninguna comunicación con el principal. Estaba separado de él por el suelo, que no tenía ni trampas ni escalera, y que venía á ser el diafragma de la casa. El primer piso contenía, como hemos dicho, muchos cuartos y algunos desvanes, de los cuales solamente uno estaba ocupado por una vieja que cuidaba de la habitación de Juan Valjean. El resto estaba desocupado.

Aquella vieja era quien, adornada con el nombre de inquilina principal, y en realidad encargada de las funciones de portera, le había alquilado aquel aposento el día de Nochebuena.

Se le había él dado á conocer como un rentista arruinado por los bonos de España, que se iba á vivir ahí con su nieta. Había pagado seis meses adelantados y encargado á la vieja de amueblar el cuarto y el gabinete como se ha visto. Fué esta buena mujer quien encendió la estufa y lo preparó todo la noche de su llegada.

Pasaban las semanas. Aquellos dos seres llevaban en aquel miserable tabuco una existencia feliz.

Desde el amanecer, Cosette reía, charlaba y cantaba. Los niños tienen su canto matinal como los pájaros.

Sucedía á veces que Juan Valjean tomaba sus manecitas, enrojecidas y acribilladas de sabañones, y se las besaba. La pobre niña, acostumbrada á llevar golpes, no sabía lo que esto quería decir, y se retiraba toda avergonzada.

Á veces se ponía seria contemplando su vestido negro. Cosette no llevaba ya andrajos, llevaba luto. Salía de la miseria y entraba en la vida.

Juan Valjean se había propuesto enseñarle á leer.

Á veces, mientras hacía deletrear á la niña, recordaba que había sido con el propósito de hacer daño con el que él había aprendido á leer en presidio. Y aquel propósito se había convertido en el fin de enseñar á leer á una niña. Entonces el viejo presidiario sonreía, con la sonrisa meditabunda de los ángeles.

Tenía el sentimiento de que era ello una premeditación del cielo, una voluntad de alguien que no es el hombre, y se perdía en meditaciones. Los buenos pensamientos tienen sus abismos como los malos.

Enseñar á leer á Cosette y dejarle jugar, á eso se reducía casi toda la vida de Juan Valjean. Después le hablaba de su madre, y la hacía rezar.

Ella le llamaba padre sin saber ni conocerle otro nombre.

Él se pasaba horas enteras contemplándola cómo vestía y desnudaba su muñeca, oyéndola gorjear. La vida le parecía ya en lo sucesivo llena de interés, los hombres parecíanle ya buenos y justos; en su imaginación no reprochaba ya nada á nadie, no veía, por lo tanto, razón alguna para no envejecer mucho, toda vez que aquella criatura le amaba. Veía para sí todo un porvenir iluminado por Cosette como por una luz simpática. El hombre mejor no está exento del todo de egoísmo; á veces reflexionaba con cierta alegría que Cosette sería fea.

Esto no pasa de ser una opinión personal; pero para decir todo lo que pensamos al punto á que había llegado Juan Valjean cuando se puso á amar á Cosette, nada nos prueba que no le fuera ello menester para mejor perseverar en el bien. Acababa de ver bajo nuevos aspectos la maldad de los hombres y las miserias de la sociedad, aspectos incompletos y que no mostraban fatalmente sino una parte de lo verdadero, la suerte de la mujer resumida en Fantina, la autoridad pública personificada en Javert; él había vuelto á presidio últimamente por haber hecho el bien; nuevas amarguras le habían abrumado; el disgusto y la fatiga apoderábanse nuevamente de él; el recuerdo mismo del obispo llegaba quizás á eclipsarse algunos momentos, salvo empero su reaparición luminosa y triunfante; pero sea como fuere, es lo cierto que aquel recuerdo sagrado se iba debilitando. ¿Quién sabe si Juan Valjean no estaba en vísperas de descorazonarse y recaer? Pero amó, volvió á ser fuerte. ¡Ay! era bien poco menos débil que Cosette. Él la protegió y ella le fortaleció. Gracias á él, ella pudo seguir el curso de la vida; gracias á ella, pudo él continuar en la virtud. Él fué sostén de la niña aquella, y aquella niña fué su punto de apoyo. ¡Oh misterio insondable y divino de los equilibrios del destino!

IV =Lo que observó la inquilina principal=

Juan Valjean tenía la precaución de no salir jamás de día. Todas las tardes, al obscurecer, se paseaba una hora ó dos, algunas veces solo, frecuentemente con Cosette, buscando los extremos retirados de los boulevares más solitarios y entrando en las iglesias á la caída de la noche. Iba gustoso á San Medardo, que era la iglesia más cercana. Cuando no acompañaba á Cosette, ésta se quedaba con la vieja; pero era la alegría de la niña salir con el buen hombre. Prefería una hora de ir con él, á sus mismas conversaciones con Catalina. Él la conducía de la mano dirigiéndole palabras dulces.

Así es que Cosette estaba muy contenta.

La vieja cuidaba de la casa y de la cocina, é iba por las provisiones.

Vivían sobriamente, teniendo siempre un poco de fuego, pero como gentes necesitadas. Juan Valjean no había cambiado nada del mobiliario del primer día; únicamente había sustituido por una puerta toda de madera la vidriera del gabinete de Cosette.

Llevaba siempre su levitón amarillo, sus calzones negros y su sombrero viejo. En la calle le tomaban por un pobre. Sucedía á veces que alguna buena mujer se volvía y le dada un céntimo. Juan Valjean recibía el céntimo y saludaba profundamente. Sucedía también otras veces que encontraba á algún pobre pidiendo limosna, y entonces miraba detrás de sí por si le veía alguien, se acercaba furtivamente al infeliz, le ponía en la mano una moneda, generalmente de plata, y se alejaba rápidamente. Esto tenía sus inconvenientes. Empezaba á conocérsele en el barrio por el nombre de el mendigo que da limosna. La vieja inquilina principal, mujer ceñuda, poseída con respecto al prójimo de la atención de los envidiosos, examinaba mucho á Juan Valjean, sin que él lo sospechase. Era un poco sorda, y esto la hacía ser muy habladora. Quedábanle dos dientes de su pasado, uno arriba y otro abajo, que se tropezaban continuamente. Había hecho diversas preguntas á Cosette, la que, no sabiendo nada, nada había podido decir, sino que venía de Montfermeil. Una mañana, acechando como siempre á Juan Valjean, le vió entrar en uno de los cuartos deshabitados de la casucha, con cierto aire que le pareció singular. Siguióle á paso de gata vieja, y pudo observar sin ser vista, por la rendija de la puerta de otro cuarto que venía enfrente. Juan Vadean, para mayor precaución sin duda, estaba de espaldas á esta puerta. Entonces vió la vieja cómo sacaba él de sus bolsillos un estuche con hilo y tijeras, y se ponía á descoser el forro de uno de los faldones de su levita, de cuya abertura sacó un pedazo de papel amarillo que desdobló. La vieja reconoció asombrada que era un billete de mil francos. Era el segundo ó tercero que había visto en toda su vida. Huyó toda asustada.

Poco después se acercó á ella Juan Valjean, rogándole que fuése á cambiar aquel billete de mil francos, añadiendo que era el semestre de su renta que había cobrado á la víspera.

--¿Dónde?--pensó la vieja. No salió hasta las seis de la tarde, y la caja del gobierno no está por cierto abierta á semejantes horas. La vieja fué á cambiar el billete haciendo naturalmente sus conjeturas. Aquel billete de mil francos, comentado y multiplicado, produjo infinidad de conversaciones y aspavientos entre las comadres de la calle de Vignes-Saint Marcel.

Después de algunos días sucedió que Juan Valjean, en mangas de camisa, aserró unos maderos en el corredor.

La vieja estaba dentro arreglando el cuarto, y se hallaba sola, porque Cosette se había puesto á contemplar la madera aserrada; la vieja advirtió entonces la levita colgada de un clavo, y la escudriñó. El forro había sido cosido de nuevo. La buena mujer la palpó cuidadosamente, y creyó sentir entre los faldones y entre las escotaduras de las mangas el tacto de buen número de papeles doblados. ¡Otros billetes de mil francos sin duda!

Observó además que había muchas otras cosas en los bolsillos; no sólo las agujas, hilo y tijeras que había visto, sino una cartera abultada, una gran navaja, y, detalle sospechoso, algunas pelucas de colores varios. Cada faltriquera de aquel levitón parecía tener su destino particular en el caso de acontecimientos imprevistos.

Los habitantes de la casucha alcanzaron así los últimos días del invierno.

V =Una moneda de cinco francos que cae al suelo hace ruido=

Había cerca de San Medardo un pobre que se acurrucaba en el brocal de un pozo de vecindad, cegado, y á quien Juan Valjean hacía limosna de muy buena fe. Apenas pasaba nunca por delante de él sin darle algunos sueldos. Á veces le hablaba también. Los envidiosos decían de este mendigo que era de la policía. Era un antiguo bedel de sesenta y cinco años que siempre estaba murmurando oraciones.

Una noche que Juan Valjean pasaba por allí y no llevaba á Cosette consigo, vió el mendigo en su puesto ordinario bajo el farol que acababan de encender. Aquel hombre, según su costumbre, parecía rezar, y estaba completamente encorvado. Juan Valjean se le acercó poniendo en su mano la limosna acostumbrada. El mendigo alzó bruscamente los ojos, miró fijamente á Juan Valjean, bajando rápidamente la cabeza. Aquel movimiento fué como un relámpago; Juan Valjean sufrió un extremecimiento. Parecíale que acababa de entrever á la luz del farol, no el semblante plácido y santurrón del antiguo bedel, sino un rostro espantoso y conocido. Experimentó la impresión que sentiría cualquiera que se encontrase de repente en la sombra, cara á cara con un tigre.

Retrocedió aterrado y petrificado, no atreviéndose ni á respirar, ni á hablar, ni á huir, ni estarse quieto, contemplando al mendigo, que había bajado su cabeza cubierta con un harapo, y pareciendo no darse cuenta de que estuviera allí. En aquel extraño momento un instinto, quizá el instante misterioso de la conservación, hizo que Juan Valjean no pronunciase una sola palabra. El mendigo tenía la misma estatura, los mismos andrajos, y la misma apariencia de todos los días. ¡Bah! dijo Juan Valjean. ¡Estoy loco! ¡Yo sueño!... ¡Imposible! Y entró nuevamente en su casa profundamente turbado.

Apenas se atrevía á confesarse á sí propio que aquel rostro que había creído ver era el de Javert.

Pensando en ello toda la noche, le pesaba no haber interrogado al hombre para obligarle á levantar la cabeza segunda vez.

Al día siguiente, al caer la noche, volvió. El mendigo estaba en su puesto.

--Guardeos Dios, buen hombre--dijo resueltamente Juan Valjean, dándole un céntimo. El mendigo levantó la cabeza respondiendo con voz lastimera:--Gracias mi buen señor.--Era realmente el antiguo bedel.

Juan Valjean se sintió completamente tranquilizado. Echóse á reir.--¿Dónde diablos había ido yo á ver á Javert?--pensó para sus adentros.--¿Iré yo ahora á tener visiones?--Y no pensó en ello más.

Algunos días después, serían como las ocho de la noche, cuando estando en su cuarto haciendo deletrear á Cosette en alta voz, oyó abrir y después volver á cerrar la puerta de la casucha. Esto le pareció singular. La vieja, única persona que habitaba con él la casa, se acostaba siempre al anochecer para no gastar vela. Juan Valjean, hizo seña á Cosette para que se callara, y oyó que subían la escalera. En rigor, bien podría ser que la vieja se hubiese puesto mala y hubiese ido á la botica. Juan Valjean escuchó.

Las pisadas eran pesadas y sonaban como las de un hombre; pero la vieja usaba zapatos gruesos, y nada se parece tanto al paso de un hombre como al paso de una mujer vieja. Sin embargo, Juan Valjean dió un soplo á su luz.

Había mandado á Cosette á la cama, diciéndole muy por lo bajo:

--Acuéstate muy quedito;--y mientras la besaba en la frente se detuvieron las pisadas.

Juan Valjean permaneció en silencio, inmóvil, vuelto de espaldas á la puerta, sentado en una silla, de la que no se había movido, reteniendo su respiración en la obscuridad.

Después de un buen rato, no oyendo ya nada, volvióse sin hacer ruido, y al dirigir los ojos hacia la puerta de su cuarto, vió una luz por el ojo de la llave. Aquella luz dibujaba una especie de estrella siniestra en lo negro de la puerta y de la pared. Evidentemente había allí alguien que tenía una luz en la mano y estaba escuchando.

Pasaron así algunos minutos, y desapareció la luz. Solamente que no oyó ningún ruido de pasos, lo cual parecía indicar que el que había venido á escuchar á la puerta se había quitado los zapatos.

Juan Valjean se echó completamente vestido sobre su colchón, no pudiendo cerrar los ojos en toda la noche.

Al despuntar el día, cuando comenzaba á dormitar rendido de fatiga despertóle el rechinar de una puerta que se abría en alguna buhardilla del fondo del corredor; después oyó los mismos pasos de un hombre que habían subido la escalera durante la víspera. Los pasos se iban acercando.

Levantóse de su cama, y aplicó un ojo al agujero de la cerradura, que era bastante grande, esperando ver al cruzar, cualquiera que fuése, el ser que se había introducido por la noche en la casucha y escuchado á su puerta.

Era, en efecto, un hombre, que pasó esta vez sin pararse por delante del cuarto de Juan Valjean. El corredor estaba todavía muy obscuro para poder distinguir sus facciones, pero cuando llegó el hombre á la escalera, un rayo de luz de afuera hizo resaltar su opaca silueta, y Juan Valjean le vió de espaldas completamente. El hombre era de elevada estatura, vestido con un largo levitón, y un grueso palo bajo el brazo. Era la formidable facha de Javert.

Juan Valjean habría podido intentar verle de nuevo por la ventana que daba al boulevard. Pero para ello era menester abrirla, y no se atrevió.

Era evidente que aquel hombre había entrado con una llave y como en su casa. ¿Quién le había dado la llave? ¿Qué es lo que aquello significaba?

Á las siete de la mañana, cuando la vieja entró para arreglar la habitación, Juan Valjean le dirigió una mirada penetrante, pero sin interrogarla. La buena mujer estuvo como de ordinario.

Mientras iba barriendo, dijo:

--¿Habéis tal vez oído entrar alguien esta noche?

En aquella época y en aquel boulevard, las ocho de la noche era noche cerrada.

--Á propósito, es verdad,--respondió él con el acento más natural.--¿Quién era?

--Es un nuevo inquilino,--dijo la vieja,--que tenemos en la casa.

--¿Y que se llama?...

--No sé bien si Dumont ó Daumont. Un nombre así.

--¿Y qué es ese señor Dumont?

--Un rentista como vos.

Ella tal vez dijo estas palabras sin doble intención, pero Juan Valjean creyó descubrir alguna.

Cuando hubo salido la vieja, hizo él un rollo de un centenar de francos que tenía en un armario, y se lo metió en el bolsillo. Por mucho cuidado que pusiera en aquella operación para que no se le oyera remover dinero, escapósele de las manos una moneda de cien sueldos, que fué rodando ruidosamente por el suelo.

Al anochecer, bajó y miró atentamente arriba y abajo del boulevard.

No vió á nadie. El boulevard parecía absolutamente desierto. Es verdad que podía cualquiera ocultarse detrás de los árboles.

Volvió á subir.

--Ven,--dijo á Cosette.

Y tomándola de la mano, salieron los dos.

NOTAS:

[10] Traducción de Samaniego.

LIBRO QUINTO Á LA CAZA NOCTURNA, JAURÍA MUDA

I =Las sinuosidades de la estrategia=

Aquí, con respecto á las páginas que van á leerse y á otras que vendrán después, es indispensable una observación.

Hace ya muchos años que el autor de este libro, forzado á pesar suyo á hablar de sí mismo, se halla ausente de París. Desde que le dejó, París se ha transformado. Ha surgido una ciudad nueva, que le es hasta cierto punto desconocida. No tiene necesidad de decir que ama á París; París es la ciudad natal de su espíritu. Á consecuencia de los derribos y reedificaciones, el París de su juventud, aquel París que se llevó religiosamente en su memoria, es á estas horas el París de otros tiempos. Permítasele hablar de este París como si existiera todavía. Es posible que allí donde va el autor á conducir á los lectores, diciéndoles: «En tal calle hay tal casa», no exista hoy día casa ni calle. Los lectores lo comprobarán, si quieren tomarse el trabajo de hacerlo. En cuanto á él, desconoce el París nuevo, y escribe con el París antiguo delante de los ojos, en medio de la ilusión más agradable. Es una satisfacción para él soñar que queda algo tras de sí de lo que veía cuando estaba en su país, y que no se ha desvanecido todo aún.

Mientras uno va y viene por su país natal, créese que las calles le son indiferentes; que las ventanas, los tejados y las puertas nada significan; que las paredes le son extrañas; que los árboles no son más que árboles; que las casas donde no entra le son inútiles; que el empedrado por donde anda son simplemente piedras.

Pero más tarde, cuando se encuentra fuera, advierte que aquellas calles le son queridas; que aquellos tejados, aquellas ventanas y aquellas puertas le hacen falta; que aquellas paredes le son necesarias; que aquellos árboles le son amados; que aquellas casas donde él no entraba, había quien entraba en ellas todos los días, y que ha dejado parte de sus entrañas, de su corazón y de su sangre en aquellas piedras. Todos aquellos sitios que ya no vemos y que quizá no volveremos á ver jamás, y cuya imagen hemos conservado, adquieren cierto encanto doloroso, se nos presentan con la melancolía de una aparición, nos hacen visible la tierra santa, y son, por decirlo así, la forma misma de la patria; y los amamos y los evocamos tales como son, tales como eran, obstinándonos en ello, y no queremos cambiar nada de ellos, porque estamos apegados á la forma de nuestra patria como á las facciones de nuestra madre.

Séanos, pues, permitido hablar del pasado en el presente. Dicho esto, suplicamos al lector que lo tenga en cuenta, y continuamos.

Juan Valjean había dejado enseguida el boulevard y se había engolfado en las calles, haciendo cuantas líneas quebradas podía, volviendo algunas veces sobre sus propios pasos para cerciorarse de que no le seguían.

Es ésta una maniobra natural en el ciervo hostigado. En los terrenos en que puede quedar impresa la huella, esa maniobra tiene, entre otras, la ventaja de engañar á los cazadores y á los perros con el contrapié. Es lo que en montería se llama emboscada falsa.

Era una noche de luna llena. Á Juan Valjean no le disgustaba. La luna, muy cerca todavía del horizonte, marcaba en las calles grandes espacios de luz y sombra. Juan Valjean podía escurrirse á lo largo de las casas y paredes del lado sombrío, y observar el claro. No reflexionaba quizá bastante que el lado obscuro se le esparcía, sin embargo, en todas las callejuelas que rodean á la calle de Polibeau, y creyó estar seguro de que nadie iba tras él.

Cosette andaba sin preguntar. Los sufrimientos de los seis primeros años de su vida habían introducido cierta pasividad á su naturaleza. Por otra parte, y ésta es una observación que tendremos que tener en cuenta más de una vez, estaba ella acostumbrada, sin darse muy exacta cuenta del porqué, á las singularidades del buen hombre y á las extravagancias del destino. Además se sentía segura junto á él.

Juan Valjean no sabía mejor que Cosette adónde iba. Confiaba en Dios como ella confiaba en él. Parecíale que alguien superior á él le llevaba también de la mano; creía sentir un ser invisible que le conducía. Por lo demás, no tenía idea alguna decidida, ningún plan, ningún proyecto. Ni siquiera estaba seguro del todo de que aquel Javert, pudiendo también ser Javert, sin que supiese que él era Juan Valjean. ¿No iba disfrazado? ¿No se le creía muerto? Sin embargo, hacía algunos días que le pasaban cosas que parecían singulares. No necesitaba más. Estaba resuelto á no volver á entrar en la casa de Gorbeau. Como el animal arrojado de su guarida, buscaba un hueco donde esconderse, mientras encontraba donde alojarse.

Juan Valjean describió gran número de laberintos en el barrio Montfetard, que yacía dormido como si estuviera todavía bajo la disciplina de la Edad Media, al yugo de la queda; combinó de diversas maneras, en hábiles estrategias, la calle Censier y la calle Copeau, la calle del Battoir-Saint-Victor y la calle del Puits l'Ermite. Hay por allí casas-posadas, pero ni siquiera entraba en ellas, no encontrando lo que le convenía. Es decir, dudaba que si por casualidad le buscaban, hubiesen perdido la pista.

Al dar las once de Saint-Etienne-du-Mont, atravesaba la calle de Pontoise, delante de la comisaría de policía, que está en el número 14. Algunos instantes después, el instinto de que hablábamos más arriba hizo que se volviese. En cuyo momento vió claramente, gracias al farol de la comisaría que los descubría, á tres hombres que le seguían de bastante cerca, pasar sucesivamente bajo aquel farol por la parte obscura de la calle. Uno de aquellos tres hombres entró en el portal de la casa del comisario. El que marchaba al frente se le hizo decididamente sospechoso.

--Ven, hija mía,--díjole á Cosette. Y se apresuró á dejar la calle de Pontoise.

Describió un circuito, dió la vuelta al pasaje de los Patriarcas, que estaba cerrado á causa de la hora, cruzó á grandes pasos la calle de la Epée-de-Bois y la de la Arbalete, y penetró en la de Postas.

Hay allí una encrucijada, donde existe hoy el colegio Rollin y adonde va á empalmar la calle Nueva de Santa Genoveva.

Es por demás decir que la calle Nueva de Santa Genoveva es una calle vieja, y que por la calle de Postas no pasa apenas en diez años una silla de posta. Dicha calle de Postas estaba habitada en el siglo VIII por alfareros, y su verdadero nombre era calle de los Potes.

La luna arrojaba sus clarísimos rayos en la encrucijada. Juan Valjean se escondió en el hueco de una puerta, calculando que si aquellos hombres le seguían todavía, no podría dejar de verlos muy bien cuando atravesasen por aquella claridad.

En efecto, aún no habían trascurrido tres minutos cuando aparecieron los hombres. Entonces eran cuatro; todos de elevada estatura, vestidos con largos levitones obscuros, con sombreros redondos, y gruesos bastones en la mano. No eran menos sospechosos por su elevada estatura y grandes puños, que por su marcha siniestra en las tinieblas. Se les podía tomar por cuatro espectros disfrazados de paisano.

Detuviéronse en medio de la encrucijada, y se agruparon como para consultar. Parecían estar indecisos. El que guiaba, volvióse de repente señalando con la mano derecha la dirección que había tomado Juan Valjean; otro de los del grupo parecía indicar con cierta persistencia la dirección contraria. En el instante en que se volvió el primero, la luna iluminó por completo su rostro, Juan Valjean reconoció claramente á Javert.

II =Es muy ventajoso que por el puente de Austerlitz pasen carruajes=

Cesó la incertidumbre para Juan Valjean; afortunadamente duraba todavía para aquellos hombres. Aprovechóse él de su vacilación. Ellos perdían tiempo, y él lo ganaba. Salió del hueco de la puerta en que se había escondido avanzando por la calle de Postas, hacia al lado del Jardín Botánico. Cosette empezaba á fatigarse; tomola entonces él en brazos y así la llevó. No pasaba nadie por allí y no se habían encendido los faroles á causa de la luna.

Dobló el paso.

En pocas zancadas llegó á la alfarería de Goblet, en cuya fachada la claridad de la luna hacía perfectamente legible la antigua inscripción:

De Goblet el hijo, está aquí la fábrica, Venid á escoger floreros y cántaros, Cantarillas, tiestos, ladrillos y jarras, Que todo se vende, ya en fino y en basto.

Dejó tras de sí la calle de la Clef, después la fuente de San Víctor, bordeó el Jardín Botánico por las calles bajas, y llegó al muelle. Volvió la cabeza al estar allí. El muelle se encontraba desierto; las calles también. Nadie iba detrás de él. Respiró.

Llegó al puente de Austerlitz.

Todavía se pagaba peaje en aquella época.

Acercóse al ventanillo del peajero y dió un céntimo.

--Son dos sueldos,--dijo el inválido del puente.--Lleváis una criatura que puede andar. Debéis pues pagar dos.

Pagó, contrariado de que su paso hubiese dado lugar á una observación. Toda fuga debe pasar inadvertida.

Un gran carro atravesaba el Sena al propio tiempo que iba él también hacia la orilla derecha. Esto le favoreció mucho, puesto que pudo atravesar todo el puente á la sombra de aquel carro.

Hacia la mitad del puente, teniendo Cosette los pies entumecidos, quiso andar. Él la puso en el suelo y volviola á tomar de la mano.

Salvado ya el puente, distinguió en frente de él, hacia la derecha, unos depósitos de madera. Dirigióse allí; pero para llegar era preciso atravesar un ancho espacio descubierto é iluminado. No vaciló. Los que le perseguían estaban evidentemente despistados, y Juan Valjean se creía fuera de peligro. Buscado sí, pero no seguido.

Abríase entre dos de aquellos depósitos, cercados de tapia, una callejuela, la del Chemin Vert Saint Antoine. Era la tal, estrecha, obscura y como hecha á propósito para él. Antes de entrar miró tras de sí.

Desde allí donde estaba, veía en toda su longitud el puente de Austerlitz.

Cuatro sombras acababan de entrar en el puente.

Esas sombras volvían la espalda al Jardín Botánico dirigiéndose hacia la orilla derecha.

Aquellas cuatro sombras eran los cuatro hombres.

Juan Valjean sintió el estremecimiento de la fiera descubierta.

Quedábale una esperanza, y era que quizá aquellos cuatro hombres no habían entrado aún en el puente y no le habrían distinguido en el momento en que él había atravesado, con Cosette de la mano, el gran espacio iluminado.

En este caso, penetrando por la callejuela delante de la cual se encontraba, logrando llegar á los depósitos, huertas, sembrados y terrenos baldíos, podía escapar fácilmente.

Pareciéndole que podía confiar en aquella callejuela silenciosa, entró en la misma.

III =Véase el plano de París de 1727=

Á cosa de unos trescientos pasos, llegó á un punto en que la calle bifurcaba. Dividíase oblicuamente en dos, una á la izquierda y otra á la derecha. Juan Valjean tenía delante de sí como los dos brazos de una. Y. ¿Cuál debía seguir?

No vaciló un momento, y tomó por la derecha.

¿Por qué?

Porque la izquierda se dirigía hacia el arrabal, es decir, á los sitios habitados, y la derecha hacia el campo, es decir, á los lugares desiertos.

Entre tanto, no andaba muy aprisa. El paso de Cosette acortaba el de Juan Valjean.

Volvió á tomarla en brazos. Cosette apoyaba su cabeza sobre el hombro de su buen conductor sin decir una sola palabra.

Volvíase de cuando en cuando para mirar teniendo buen cuidado de ir por el lado sombrío de la calle. La calle seguía recta detrás de él, y las dos ó tres primeras veces que volvió la cabeza no vió nada; el silencio era profundo; continuó pues su marcha algo tranquilizado. De pronto, en cierto momento, al volverse, parecióle divisar, por la parte de la calle que acababa de pasar, á lo lejos, entre la obscuridad, algo que se movía.

Precipitóse adelante, mejor que anduvo, esperando encontrar alguna callejuela lateral, y huir por ella, haciendo perder una vez más su pista.

Pero encontró una tapia.

Aquella tapia, sin embargo, no era un obstáculo para seguir adelante; era una pared que costeaba una callejuela transversal, en la cual terminaba la calle que venía siguiendo Juan Valjean.

Era allí preciso tomar nuevamente por la derecha ó por la izquierda.

Miró á la derecha. La callejuela se prolongaba á trozos entre construcciones, que eran cobertizos ó granjas, pero no tenían salida. Veíase claramente el fondo cerrado por una gran pared blanca.

Miró á la izquierda. La callejuela por este lado estaba abierta, y á distancia como de doscientos pasos, penetraba en otra calle de la que era afluente. Por aquella parte estaba su salvación.

En el momento en que Juan Valjean pensaba tomar por la izquierda, á fin de llegar hasta la calle que se divisaba al extremo de la callejuela, observó en el ángulo formado con la otra, á la cual se dirigía, una especie de estatua negra, inmóvil.

Era evidentemente un hombre apostado allí que esperaba para cortarle el paso.

Juan Valjean retrocedió.

El punto de París en que se encontraba Juan Valjean, situado entre el arrabal Saint Antoine y la Râpée, es uno de los que han sido completamente reformados por obras recientes, afeándole, según unos, transfigurándole según otros. Los cultivos, los almacenes y los edificios viejos, han desaparecido. Hoy existen en su lugar grandes calles modernas, anfiteatros, circos, hipódromos, estaciones de caminos de hierro, una cárcel, Mazas; el progreso, como se ve, con su correctivo.

Hace medio siglo, en la lengua usual popular, compuesta toda ella de tradiciones, que se obstina en llamar al Instituto las Cuatro Naciones, y á la Ópera Cómica Feydeau, el preciso lugar adonde había llegado Juan Valjean se llamaba Le Petit Picpus. La puerta de Saint Jacques, la puerta de París, la barrera de los Sargentos, los Porcherons, la Galiota, los Celestinos, los Capuchinos, el Mail, la Bourbe, el árbol de Cracovia, la Pequeña Polonia, el Pequeño Picpus, son nombres del París antiguo que sobrenadan en el nuevo. La memoria del pueblo flota sobre los residuos del pasado.

El Pequeño Picpus, que por lo demás apenas ha existido y nunca pasó de ser la sombra de un barrio, tenía casi el aspecto monacal de una ciudad española[11]. Los senderos estaban apenas apisonados, las calles poco edificadas. Á excepción de las dos ó tres de las que vamos á hablar, todo eran tapias y soledad. Ni una tienda, ni un carruaje; apenas aquí y allá alguna luz encendida en las ventanas; siendo todas apagadas á las diez. Jardines, conventos, depósitos de maderas, huertas, algunas, pocas, casas bajas, y grandes tapias tan elevadas como las casas.

Tal era aquel barrio en el último siglo. La Revolución lo había ya maltratado. La municipalidad republicana lo había demolido, atravesado y agujereado. Habíanse establecido allí depósitos de cascotes. En treinta años ha ido desapareciendo este cuartel bajo el rasero de las nuevas construcciones. Hoy no queda ya el menor vestigio.

El Pequeño Picpus del que no guarda indicio ninguno de los planos actuales, está bastante bien indicado en el plano de 1727, publicado en París por la casa Denis Thierry, calle de Saint Jacques, frente á la de Platre, y en Lyon en casa Juan Girin, calle Mercière, en la Prudence. El Pequeño Picpus dibujaba lo que acabamos de llamar una Y de calles, formada por la del Chemin Vert Saint Antoine, separándose en dos ramas; tomando la izquierda el nombre de callejuela de Picpus, y la derecha el de calle de Polonceau. Las dos ramas de la Y estaban reunidas en su parte superior como por una barra. Esta barra se llamaba calle del Droit-Mur. La calle de Polonceau desembocaba en ella; la callejuela de Picpus seguía más allá, y avanzaba hacia el mercado Lenoir. Subiendo del Sena, los que llegaban al extremo de la calle de Polonceau tenían á su izquierda la calle Droit-Mur, volviendo bruscamente en ángulo recto, en frente la tapia de esta última, y á su derecha una prolongación truncada de la misma calle Droit-Mur, sin salida, llamada el callejón Genrot.

Éste era el punto donde se encontraba Juan Valjean.

Como hemos dicho ya, al distinguir la negra silueta del espía en el ángulo de la calle Droit-Mur y la callejuela de Picpus, retrocedió. No cabía duda; estaba siendo objeto de la vigilancia de aquel fantasma.

¿Qué hacer?

No estaba ya á tiempo de retroceder. Lo que había visto moverse en la sombra á alguna distancia detrás de él un momento antes era, sin duda, Javert y su ronda. Javert estaba ya probablemente á la embocadura de la calle, en cuyo extremo se hallaba Juan Valjean. Javert, según todas las apariencias, conocía perfectamente aquel pequeño dédalo y había tomado sus precauciones, enviando á uno de sus hombres á guardar la salida. Estas conjeturas, tan parecidas á la evidencia, se arremolinaron enseguida como un puñado de polvo que hace girar una ráfaga súbita de viento, en el dolorido cerebro de Juan Valjean. Examinó éste el callejón sin salida llamado Genrot; allí estaba la valla. Examinó después la callejuela Picpus; allí el centinela. Veía esta figura sombría destacarse en negro sobre el blanco suelo inundado de luz por la luna. Avanzar, era caer en manos de aquel hombre. Retroceder era lanzarse en brazos de Javert. Juan Valjean se sentía cogido como por un lazo que fuera estrechándose lentamente.

Miró al cielo con desesperación.

IV =Tentativas de evasión=

Para comprender lo que vamos á decir, es preciso figurarse de una manera exacta la calleja Droit-Mur, y en particular el ángulo que quedaba á la izquierda, al salir de la calle Polonceau para entrar en ella. La calleja de Droit-Mur estaba casi enteramente á la derecha, hasta la callejuela de Picpus, formada por casas de pobre apariencia; á la izquierda por un solo edificio de aspecto severo, compuesto de varios cuerpos, que iba aumentando gradualmente uno ó dos pisos á medida que se aproximaban á la callejuela de Picpus, de suerte que ese edificio, muy elevado por esta última calle, resultaba muy bajo por la de Polonceau. Aquí, en la parte del ángulo de que hemos hablado, descendía hasta el extremo de no ser más que una sencilla tapia, la cual no terminaba en la recta de la calle, sino que formaba un chaflán muy rebajado, oculto por sus dos esquinas á dos observadores que estuviesen, el uno en la calle Polonceau y el otro en la de Droit-Mur.

Á partir de los dos ángulos del chaflán, la pared se prolongaba por la calle Polonceau hasta una casa señalada con el número 49, y por la calle Droit-Mur, donde su extensión era mucho menor, hasta el edificio sombrío de que hemos hablado, y cuyo primer trozo de fachada cortaba lateralmente, formando así en la calle un nuevo ángulo entrante. Esta parte de la fachada era de triste aspecto; no se veía en ella más que una ventana, ó por mejor decir, dos postigos, cubiertos por una plancha de cinc, siempre cerrados.

La manera de ser de los lugares que describimos es rigurosamente exacta y despertará de seguro recuerdos fidelísimos en la mente de los antiguos moradores del barrio.

El chaflán estaba enteramente ocupado por una cosa que se parecía á una puerta colosal y miserable. Era una vasta é informe unión de tablas perpendiculares más anchas las de arriba que las de abajo, enlazadas por largas tiras de hierro trasversales. Al lado había una puerta cochera de dimensiones comunes, cuya construcción no se remontaba evidentemente más allá de cincuenta años.

Un tilo mostraba su ramaje por cima del chaflán, y la pared estaba cubierta de hiedra por el lado de la calle Polonceau.

Dado el inminente peligro que corría Juan Valjean, tenía este edificio sombrío cierta apariencia de inhabitado y solitario que le atraía. Recorrióle rápidamente con la vista. Diciéndose que si lograba penetrar en él, quizá se salvaría; tuvo, pues, de pronto, una idea y una esperanza.

En la parte media de la fachada de aquel edificio por la calle Droit-Mur, había en todas las ventanas de los diversos pisos antiguas vertedoras de embudo hechas de plomo. Los diversos empalmes de estos conductos que iban á parar de las cubetas al conducto central, dibujaban sobre la fachada una especie de árbol. Dicha ramificación de tubos con sus cien codos, imitaban perfectamente las parras deshojadas que se extienden retorcidas por las paredes de las antiguas granjas.

Aquella caprichosa espaldera de ramas de plomo y hoja de lata, fué el primer objeto que llamó la atención de Juan Valjean. Sentó á Cosette de espaldas contra un guardacantón, recomendándola el silencio, y corrió al sitio en que el canalón principal llegaba al suelo. Quizá hubiese medio de trepar por allí y entrar en la casa. Pero el conducto estaba destrozado é inservible, pudiéndose sostener apenas donde estaba. Además, todas las ventanas de aquella morada silenciosa estaban guardadas por espesas rejas de hierro, hasta las de las buhardillas de la techumbre. Y luego, la luna alumbraba de lleno la fachada, y el hombre que observaba á Juan Valjean desde el extremo de la calle, hubiera podido ver si la escalaba. Finalmente ¿qué hacer de Cosette? ¿Cómo subirla á lo alto de una casa de tres pisos? Renunció, pues, á trepar por el canalón, subiendo á lo largo de la pared para entrar de nuevo en la calle de Polonceau.

Cuando llegó al chaflán donde había dejado á Cosette, advirtió que nadie podía verle. Y como acabamos de decir, escapábase á todas las miradas de cualquier lado que viniesen. Además estaba en la sombra. En fin, había dos puertas; quizá podría forzarlas. La tapia sobre la cual se veía el tilo y la hiedra, daba evidentemente á un jardín, donde podría al menos esconderse, aun cuando los árboles no tenían hoja todavía, pasando así el resto de la noche.

Corría el tiempo; era preciso correr igualmente.

Tentó la puerta cochera, y reconoció desde luego que estaba condenada por dentro como por fuera.

Llegóse á la otra puerta grande más esperanzado. Estaba atrozmente desvencijada, su misma extensión la hacía menos sólida, las tablas estaban podridas, y las ligaduras de hierro, que eran sólo tres, estaban enmohecidas. Parecía posible taladrar aquella barrera carcomida.

Al examinarla, vió que lo que creía puerta no era tal puerta. No tenía goznes, ni pernios, ni cerradura, ni partición en medio. Las barras de hierro la atravesaban de parte á parte sin solución de continuidad. Por las hendiduras de las tablas divisó cascotes y guijarros groseramente cimentados, que los transeuntes podían ver todavía hace diez años. Le fué preciso reconocer tristemente que aquella apariencia de puerta era simplemente el paramento de madera de una tapia á que estaba pegado. Era muy fácil arrancar una tabla, pero se encontraría frente á frente con una pared.

V =Lo que sería imposible con el alumbrado por gas=

En aquel momento un ruido sordo y acompasado empezó á dejarse oir á cierta distancia. Juan Valjean arriesgóse á mirar cautelosamente por fuera de la esquina de la calle. Siete ú ocho soldados, formados en pelotón, acababan de desembocar en la calle Polonceau. Vió brillar las bayonetas. Aquello se dirigía hacia él.

Dichos soldados al frente de los cuales distinguía la elevada figura de Javert, avanzaban lentamente y con precaución. Parábanse con mucha frecuencia. Era indudable que exploraban todos los rincones de las paredes y todos los huecos de puertas y pasadizos.

No cabía ya la menor equivocación ni conjetura; aquélla era una patrulla que Javert había encontrado, y á la que había pedido auxilio.

Los dos acólitos de Javert venían en las filas.

El paso que llevaban y con las paradas que hacían, necesitaban un cuarto de hora para llegar al sitio en que se encontraba Juan Valjean. Fué aquél un instante terrible. Pocos minutos separaban á Juan Valjean de aquel espantoso precipicio que se abría delante de él por la tercera vez. Y el presidio no era ya solamente el presidio, era Cosette perdida para siempre; es decir, una vida parecida al interior de una tumba.

No había más que una cosa posible.

Juan Valjean tenía una particularidad; podía decirse que llevaba dos alforjas: en la una guardaba loa pensamientos de un santo, en la otra los terribles talentos de un presidiario. Buscaba en una ó en otra, según el caso.

Entre otros recursos, gracias á sus numerosas evasiones del penal de Tolón, recuérdese que era maestro consumado en el arte increíble de elevarse sin escala, sin garfios, con sólo la fuerza muscular, apoyándose en la nuca, en los hombros, en las caderas y en las rodillas, ayudándose en los más insignificantes relieves de las piedras, por el ángulo derecho de un muro, hasta la altura de un sexto piso si era menester: arte que ha hecho tan terrible como célebre el rincón del patio de la Conserjería de París por donde se escapó, hace unos veinte años, el condenado Battemolle.

Juan Valjean midió con los ojos el muro, sobre del cual asomaba el tilo. Tendría unos diez y ocho pies de altura. El ángulo que formaba con la fachada lateral del gran edificio estaba relleno en su parte inferior con un macizo de manpostería de forma triangular, destinado probablemente á preservar aquel harto cómodo rincón, de las paradas de esos estercoleros que llamamos transeuntes. Este relleno preventivo de los rincones de pared está muy generalizado en París.

Aquel macizo tendría unos cinco pies de altura. Desde su parte superior, el espacio que había que salvar hasta colocarse sobre la tapia apenas llegaba á catorce pies.

El muro estaba coronado de piedra lisa, sin cabrio.

La dificultad estribaba en Cosette. En Cosette que no sabía escalar un muro. ¿Abandonarla? Juan Valjean no podía soñar con ello. Subirla consigo era imposible. Todas las fuerzas de un hombre le son indispensables para llevar á cabo semejantes ascensiones. El menor peso trastornaría su centro de gravedad y le precipitaría.

Faltábale una cuerda. Juan Valjean no la tenía ¡Dónde encontrar una cuerda, á media noche, en la calle Polonceau? Seguramente que en aquel instante, si Juan Valjean hubiera poseído un reino, lo habría dado gustoso por una cuerda.

Todas las situaciones extremas tienen sus destellos, que así nos deslumbran como nos iluminan.

La mirada desesperada de Juan Valjean dió con el sustentáculo del farol del callejón Genrot.

En aquella época, no estaban aún iluminadas por el gas las calles de París. Al anochecer se encendían faroles de reverbero, colocados de trecho en trecho, los cuales subían y bajaban por medio de una cuerda que atravesaba la calle de parte á parte, y que se ajustaba en la ranura de una palomilla. El torniquete en el cual se arrollaba la cuerda, estaba empotrado en la pared, más abajo del farol, dentro de un pequeño armario de hierro cuya llave tenía el farolero, y hasta la misma cuerda estaba protegida por un tubo de metal.

Juan Valjean, con la energía de una lucha suprema, cruzó la calle de una zancada, entró en un callejón é hizo saltar el pasador del armario con la punta de su navaja: poco después estaba nuevamente junto á Cosette. Tenía ya la cuerda. Son muy listos en sus maniobras esos sombríos descubridores de expedientes, luchando con la fatalidad.

Hemos dicho que los faroles no habían sido encendidos aquella noche. El farol del callejón Genrot estaba, pues, naturalmente, apagado como los demás; y podíase pasar junto al mismo sin notar siquiera que no estaba en su sitio.

Mientras tanto, la hora, el lugar, la obscuridad, la preocupación de Juan Valjean, sus gestos singulares, sus idas y venidas, todo eso empezaba á inquietar á Cosette. Cualquiera otra criatura que ella, hubiera ya gritado hacía rato. Limitóse á tirar á Juan Valjean del faldón de la levita. Seguía oyéndose cada vez más claro el ruido de la patrulla que se acercaba.

--Padre,--dijo ella por lo bajo,--tengo miedo. ¿Quién viene ahí?

--¡Chist!--respondió el pobre hombre.--Es la Thénardier.

Cosette se estremeció. Él añadió:

--No digas nada. Déjame hacer á mí. Si gritas, si lloras, la Thénardier te descubre. Viene para llevarte.

Entonces, sin preocuparse, pero sin perder tiempo, con una precisión firme y resuelta, tanto más de notar en semejante caso, ya que la patrulla y Javert podían aparecer de un instante á otro, quitóse su corbata, pasola alrededor del cuerpo de Cosette por bajo de los sobacos, teniendo cuidado de no lastimarla, ató la corbata á un cabo de la cuerda por medio de un nudo, llamado de golondrina por las gentes de mar, tomó el otro cabo de la cuerda entre los dientes, quitóse los zapatos y las medias, que arrojó á la otra parte de la tapia, subió sobre el macizo de mampostería, y empezó á elevarse entre el ángulo del muro y de la fachada, con tanta seguridad y aplomo como si hubiese tenido escalones en que apoyar las plantas y los codos. Aún no se había pasado medio minuto estaba ya de rodillas sobre la tapia.

Cosette le miraba con estupor, sin decir una sola palabra. El encargo de Juan Valjean y el nombre de la Thénardier la habían helado.

De súbito oyó la voz de Juan Valjean que le gritaba, pero en voz muy baja.

--Arrímate á la tapia.

Ella obedeció.

--No hables ni tengas miedo,--repuso Juan Valjean.

Y ella sintió elevarse del suelo.

Antes de que hubiese tenido tiempo de darse cuenta de lo que le sucedía, estaba ya también en lo alto del muro.

Juan Valjean la cogió, cargó con ella á cuestas asiendo sus manecitas con su mano izquierda, echóse boca abajo, y arrastrándose por el corte del muro, llegó hasta el chaflán. Como se había creído, había allí un cobertizo, cuyo tejado partía de lo alto del cierre de tablas, y descendiendo así hasta el suelo, seguía un plano inclinado muy suave rozando con el tilo. Circunstancia feliz, porque la tapia era mucho más alta por este lado que por el de la calle. Juan Valjean no distinguía el suelo debajo de él, sino á mucha profundidad.

Acababa de llegar al plano indicado del tejado, y no había dejado aún la cresta del muro, cuando un murmullo violento anunció la llegada de la patrulla. Oyóse la voz tonante de Javert:

--¡Regístrese el callejón! La calle Droit-Mur está guardada, la callejuela Picpus también. ¡Yo respondo de que está en el callejón!

Los soldados se precipitaron en aquel callejón sin salida.

Juan Valjean se deslizó fácilmente á lo largo del tejado, llevando consigo á Cosette, y al llegar al tilo, saltó á tierra. Fuése miedo ó valor, Cosette no había respirado. Tenía las manos algo desolladas.

VI =Principio de un enigma=

Juan Valjean se hallaba en una especie de jardín vastísimo, de aspecto singular; uno de aquellos jardines tristes que parecen hechos para ser vistos de noche y en invierno. Era el tal jardín de forma oblonga con una calle de grandes álamos en el fondo, con arbolado bastante alto en los lados, y un espacio sin sombra en medio, donde se distinguía un árbol corpulento, aislado: después algunos árboles frutales, torcidos y erizados como gruesos matorrales, cuadros de legumbres, un melonar cuyas campanas de vidrio para resguardarle del frío brillaban á la luz de la luna, y un pozo antiguo. Había aquí y allá bancos de piedra, que parecían negros por el musgo. Las calles estaban bordeadas de pequeños arbustos, sombríos y rectos. La hierba invadía la mitad, y cierto moho verde cubría el resto.

Juan Valjean tenía á su lado el cobertizo cuyo tejado le había servido para bajar, un montón de haces de leña, y detrás, junto á la pared, una estatua de piedra, cuyo semblante mutilado no era ya más que una máscara informe que aparecía vagamente en la obscuridad.

El cobertizo era una especie de ruina donde se distinguían algunas habitaciones desmanteladas, de las cuales una, llena por completo de trastos, parecía ser la única que cumplía su objeto.

El gran edificio de la calle Droit-Mur, que daba la vuelta á la callejuela Picpus, presentaba sobre dicho jardín dos fachadas á escuadra. Estas fachadas interiores eran más lúgubres aún que las exteriores. Todas las ventanas tenían rejas. No se entreveía luz en ninguna. En los pisos superiores había tragaluces como en las cárceles. Una de aquellas fachadas proyectaba su sombra sobre la otra, descendiendo hasta el jardín como un inmenso manto negro.

No se veía otra casa alguna. En el fondo del jardín se perdía entre la bruma y la noche. Sin embargo, se distinguían confusamente algo como tapias cruzándose entre sí, indicando que había más allá otros huertos, y los tejados bajos de la calle Polonceau.

No puede imaginarse nada más aterrador y solitario que aquel jardín. No había nadie, lo que era muy natural dada la hora; pero no parecía que aquel sitio fuése á propósito para que nadie anduviera por él, ni aún en medio de la luz del día.

El primer cuidado de Juan Valjean fué el de buscar y calzarse sus zapatos, entrando luego en el cobertizo con Cosette. Quien huye no se cree jamás bastante escondido. La niña pensando siempre en la Thénardier, participaba del mismo instinto de ocultarse todo lo posible.

Cosette temblaba y se pegaba á él. Oíase el ruido tumultuoso de la patrulla que registraba el callejón y la calle, los culatazos contra las piedras, las voces de Javert llamando á los espías que tenía apostados, y sus imprecaciones mezcladas con palabras que no se entendían claramente.

Después de un cuarto de hora, pareció que aquella especie de zumbido borrascoso comenzaba á alejarse; Juan Valjean no respiraba apenas.

Había puesto suavemente su mano sobre la boca de Cosette.

Por lo demás, aquella soledad era tan extrañamente tranquila, que aquel barullo horrible, tan furioso y cercano, no producía en él la menor sombra de turbación. Parecía que aquellos muros estuviesen elevados con las piedras sordas de que nos habla la Escritura.

De pronto, en medio de aquella profunda calma levantóse un ruido nuevo, ruido celeste, divino, inefable, tan embelesador como era el otro horroroso. Era un himno suspendido de las tinieblas, un fulgor de súplica y de armonía en el obscuro y terrorífico silencio de la noche; voces de mujeres, pero voces compuestas á la vez del acento puro de las vírgenes y del sencillo acento de las niñas; de voces que no son de la tierra y que se parecen á las que los recién nacidos oyen todavía y los moribundos oyen ya. Aquel cántico venía del edificio sombrío que dominaba el jardín. En el instante en que el ruido de los demonios se alejaba, podía decirse que era un coro de ángeles aproximándose en la sombra.

Cosette y Juan Valjean cayeron de rodillas.

No sabían lo que era aquello; no sabían dónde estaban; pero ambos comprendían, el hombre y la niña, el penitente y la inocente, que debían estar de rodillas.

Aquellas voces tenían de extraño que no impedían que el edificio pareciese desierto. Era aquello como un canto sobrenatural en una morada deshabitada.

Mientras cantaban las voces, Juan Valjean no pensaba ya en nada. No veía la noche, veía un cielo azul. Parecíale sentir cómo se le desplegaban las alas que todos tenemos dentro de nosotros.

El canto se apagó. Había tal vez durado largo tiempo. Juan Valjean no hubiera podido decirlo. Las horas de éxtasis no son nunca más que de un minuto.

Todo había vuelto al silencio. Ningún ruido en la calle; ningún ruido en el jardín. Lo amenazador, como lo tranquilizador, se había desvanecido por completo. El viento rozaba sobre la cresta de la tapia algunas yerbas secas, que producían un murmullo suave y lúgubre.

VII =Continuación del enigma=

Soplaba ya la brisa de la noche, la cual indicaba que debía ser la una ó las dos de la madrugada. La pobre Cosette no decía nada. Como se había sentado al lado de Juan Valjean, y apoyaba en él su cabeza, creyó éste que se había dormido. Inclinóse y la miró.

La niña tenía los ojos desmedidamente abiertos, y cierto aire pensativo que apenó á Juan Valjean.

Además seguía temblando.

--¿Tienes sueño?--le dijo Juan Valjean.

--Tengo mucho frío,--respondió ella.

Un momento después le preguntó:

--¿Está ahí todavía?

--¿Quién?--dijo Juan Valjean.

--La señora Thénardier.

Juan Valjean había ya olvidado el medio de que se había valido para imponer silencio á Cosette.

--¡Ah!--prorrumpió él.--Se ha ido. No temas ya nada.

La criatura suspiró como si le quitaran del pecho un grave peso.

La tierra estaba húmeda y el cobertizo abierto por todas partes; la brisa era más fresca á cada instante. El buen hombre se quitó el levitón, envolviendo con él á Cosette.

--¿Tienes así menos frío? le preguntó.

--¡Oh! ¡Sí, padre!

--Pues bien, espérate un instante. Vuelvo enseguida.

Salió de las ruinas, y empezó á correr á lo largo del gran edificio, buscando donde cobijarse mejor. Encontró puertas, pero estaban cerradas. Las ventanas del piso bajo todas tenían reja.

Cuando hubo pasado el ángulo interior del edificio, notó que se iba acercando á unas ventanas cintradas, distinguiendo en ellas alguna claridad. Levantóse de puntillas y miró por una de aquellas ventanas. Daban todas á una sala vastísima, embaldosadas con grandes losas, cortada por arcos y pilares, donde no se distinguía nada más que una débil luz y grandes sombras. La luz provenía de una lamparilla encendida en un rincón. Aquella sala estaba desierta, y nada se movía en ella. Sin embargo, á fuerza de mirar, creyó ver en tierra, sobre las losas del pavimento, algo que parecía cubierto por un sudario que aparentaba tener forma humana. Estaba boca abajo, la cara contra el enlosado, los brazos en cruz, en la inmovilidad de la muerte. Hubiérase dicho que era una especie de serpiente arrastrándose por el suelo, y que aquella forma siniestra tenía el cordel al cuello.

Toda la sala estaba inundada por aquella bruma de los sitios apenas alumbrados, que aumenta sus horrores.

Juan Valjean ha dicho después distintas veces, que aun cuando había visto durante su vida muchos espectáculos fúnebres, nunca había presenciado nada más glacial y terrible que aquella figura enigmática, cumpliendo, quien sabe qué misterio desconocido, en aquel lugar sombrío y así entrevisto en plena noche. Da grima suponer que aquello pudiese ser algún muerto, y más aun todavía pensar que fuése acaso un vivo.

Tuvo el valor de pegar su frente al vidrio y observar si aquello se movería; pero por mucho que así permaneció durante un espacio que le pareció larguísimo, la forma extendida no hizo el menor movimiento. De pronto se sintió sobrecogido por cierto indescriptible terror y huyó. Echó á correr hacia el cobertizo sin atreverse á volver la vista atrás. Parecíale que, si volvía la cabeza, vería la figura corriendo detrás de él agitando los brazos.

Llegó jadeante á las ruinas. Doblábansele las rodillas, y el sudor corría por todo su cuerpo.

¿Dónde estaba? ¿Quién habría podido imaginar jamás nada semejante á aquella especie de sepulcro en medio de París? ¿Qué venía á ser aquella extraña mansión? ¡Edificio lleno de misterio nocturno, llamando á las almas en la sombra con la voz de los ángeles, y cuando acuden, les ofrece bruscamente aquella espantosa visión; prometiendo abrir las puertas radiantes del cielo y no abriendo más que aquella horrible puerta de la tumba! ¡Y aquello era realmente un edificio, una casa que tenía su número en una calle! ¡No era un sueño! Necesitaba para creerlo tocar las piedras.

El frío, la ansiedad, la inquietud, las emociones de la noche le habían producido una verdadera fiebre, y todas estas ideas chocábanse entre sí dentro de su cerebro.

Acercóse á Cosette. Estaba durmiendo.

VIII =Auméntase el enigma=

La niña había colocado su cabeza sobre una piedra, y se había dormido.

Sentóse él junto á ella, y púsose á contemplarla. Poco á poco, á medida que la miraba, se iba calmando y recobrando la posesión de su libertad de espíritu.

Explicábase claramente esta verdad, fondo de su vida para lo sucesivo, esto es: que mientras ella existiera, mientras ella estuviese cerca de él, no tendría él necesidad de nada sino para ella, ni miedo de nada sino por ella. Ni sentía siquiera que tenía mucho frío, habiéndose quitado su levitón para abrigarla á ella.

Sin embargo, al través de la meditación en que había caído, oía hacía algún rato un ruido singular. Era como de un cascabel que se agitara. Aquel ruido estaba en el jardín. Oíale claro, aunque débilmente. Parecíase á la vaga y débil música que producen los cencerros de los ganados pastando por la noche en los prados.

Aquel ruido hizo que se volviese Juan Valjean.

Miró, y vió que había alguien en el jardín.

Un ser que tenía apariencias de hombre, andaba por entre las campanas del melonar, levantándose, bajándose, parándose con movimientos regulares, como si arrastrase ó extendiese alguna cosa por tierra. Aquél ser parecía cojear.

Juan Valjean se estremecía con aquel temblor continuo de los desgraciados, á quienes todo es hostil y sospechoso. Desconfían del día porque ayuda á verlos, y de la noche porque ayuda á que se les sorprenda. Hacía poco, temblaba de que el jardín estuviese desierto, y entonces se estremecía de que hubiese alguien.

Volvió otra vez de los terrores quiméricos á los terrores reales. Creyó que Javert y los polizontes no se habían marchado tal vez, y que sin duda había quedado gente de observación en la calle; que si aquel hombre le descubría en el jardín, gritaría ladrones, y le entregaría. Cogió entonces suavemente á Cosette dormida entre sus brazos, llevándosela detrás de un montón de muebles y trastos viejos, al rincón más oculto del cobertizo. Cosette no se movió.

Desde allí observó los ademanes del ser que estaba en el melonar. Lo que le parecía extraordinario era que el ruido del cascabel seguía todos los movimientos de aquel hombre. Cuando el hombre se aproximaba, el ruido se aproximaba también, cuando se alejaba, se alejaba el ruido igualmente; si hacía algún gesto precipitado, un trémolo acompañaba el gesto; cuando se paraba, cesaba el ruido al mismo tiempo. Parecía, por lo tanto, evidentemente que el cascabel estaba unido al hombre; pero ¿qué podía significar aquello? ¿Quién podía ser aquel individuo que llevaba colgando una campanilla como un carnero ó como un buey?

Haciéndose estas reflexiones, tocó las manos de Cosette. Estaban heladas.

--¡Ay, Dios mío!--exclamó.

Y la llamó en voz baja:

--¡Cosette!

Ella no abrió los ojos.

Sacudiola vivamente.

No despertó.

--¡Estará muerta!--dijo para sí; y se levantó, temblando de pies á cabeza.

Las ideas más horribles atravesaron su espíritu confusamente. Hay momentos en que nos asaltan las suposiciones más horrendas como un escuadrón de furias, forzando violentamente las paredes de nuestro cerebro. Cuando se trata de aquellos á quienes amamos, nuestra prudencia inventa todas las locuras. Recordó que el sueño puede ser mortal al contacto del aire de una noche fría.

Cosette, pálida, estaba tendida en tierra á sus pies, sin hacer el menor movimiento.

Escuchó su respiración; respiraba, es verdad, pero á su parecer tan débilmente, que pensó se extinguía.

¿Cómo reanimarla? ¿Cómo despertarla? Todo lo que no era esto se borró de su mente. Salió desatentado de entre las ruinas.

Era absolutamente necesario que antes de un cuarto de hora estuviese Cosette delante de la lumbre, y en la cama.

IX =El hombre del cascabel=

Se fué derecho al hombre que veía en el jardín, llevando en la mano el paquete de dinero que sacó del bolsillo de su chaleco.

Aquel hombre tenía inclinada la cabeza, y no le vió acercarse. En pocos pasos Juan Valjean se puso á su lado, y dirigiéndose al hombre exclamó por todo saludo:

--¡Cien francos!

Sobresaltóse el hombre y levantó los ojos:

---¡Cien francos á ganar,--repitió Juan Valjean,--si me dais asilo por esta noche!

La luna iluminaba de lleno el asustado semblante de Juan Valjean.

--¡Vaya! ¡Sois vos señor Magdalena!--exclamó el hombre.

Este nombre, pronunciado á aquella hora sombría, en aquel lugar solitario, por aquel hombre desconocido, hizo retroceder á Juan Valjean.

Todo se lo esperaba menos eso. El que le hablaba era un viejo, cojo y encorvado, vestido casi como un aldeano, que llevaba en la pierna izquierda una rodillera de cuero, de la que pendía un gran cascabel. No se distinguía su semblante por estar en la sombra.

Entre tanto el hombre se había descubierto y exclamaba temblando:

--¡Ay! ¡Dios mío! ¿Cómo estáis aquí, señor Magdalena? ¿Por dónde habéis entrado? ¡Jesús! ¡Dios mío! ¿Habéis caído del cielo? Pero no lo extraño; si caéis alguna vez, del cielo caeréis... Pero ¿cómo es esto? ¿Vos sin corbata, ni sombrero, ni levita? ¿Sabéis que hubiérais dado miedo á quien no os hubiese conocido?... ¡Sin levita! ¡Señor Dios mío! Pero ¿es que los santos se han vuelto locos hoy?... Pero ¿cómo habéis entrado aquí?

Una palabra no esperaba la otra. El buen viejo hablaba con una volubilidad en que no se descubría inquietud alguna; decía todo esto con cierta mezcla de asombro y sencilla honradez.

--¿Quién sois vos? ¿Qué casa es ésta?--preguntó Juan Valjean.

--¡Ah! ¡Pardiez! ¡Eso sí que es gracioso!--exclamó el viejo.--Estoy aquí colocado por vos; y es esta casa la casa en que me colocasteis. ¡Cómo! ¿No me conocéis?

--No,--dijo Juan Valjean.--¿Cómo me conocéis vos á mí?

--Me habéis salvado la vida,--dijo el hombre.

Entonces se volvió, y á la luz de un rayo de luna reconoció Juan Valjean al tío Fauchelevent.

--¡Ah!--dijo Juan Valjean.--Sí, os reconozco.

--¡Me alegro!--dijo el viejo en tono de reconvención.

--¿Y qué hacéis aquí?--preguntó Valjean.

--¡Vaya! Estoy cubriendo mis melones.

En efecto; el tío Fauchelevent tenía en la mano, en el momento en que Juan Valjean se le acercó, uno de los serones que iba extendiendo sobre el melonar, y había ya colocado muchos otros en una hora que hacía que estaba en el jardín. Era esta operación lo que le obligaba á hacer los movimientos particulares que había observado Juan Valjean desde el cobertizo. El hombre continuó:

--Yo me he dicho: la luna es muy brillante, va á helar; pues voy á ponerles el carric á mis melones para que no se constipen.--Y añadió, mirando á Juan Valjean y riéndose:--¡Habríais hecho muy bien en hacer vos lo mismo! ¿Pero cómo os veo así?

Juan Valjean, viendo que este hombre le conocía, á lo menos por señor Magdalena no adelantaba sino cautelosamente. Él multiplicaba las preguntas.

¡Cosa rara! ¡Los papeles parecían trocados! El intruso era quien interrogaba.

--¿Y qué campanilla es ésa que lleváis en la pierna?

--Eso,--dijo Fauchelevent,--es para que eviten mi presencia.

--¡Cómo! ¿Para que eviten vuestra presencia?

El viejo Fauchelevent guiñó el ojo de un modo inexplicable.

--¡Virgen santa! En esta casa no hay más que mujeres, hay muchas jóvenes, y parece que es peligrosa mi presencia. El cascabel las avisa y cuando yo me acerco ellas se alejan.

--¿Pues qué casa es ésta?

--¡Toma! Bien debéis saberlo.

--No, ¡qué he de saber!

--¿Pues no me habéis hecho colocar aquí de jardinero?

--Respondedme como si nada supiera.

--Pues bien: éste es el convento del pequeño Picpus.

Juan Valjean iba coordinando sus recuerdos. La casualidad, es decir, la Providencia, le había arrojado precisamente en el convento del barrio de San Antonio, en que por recomendación suya había sido admitido hacía dos años el tío Fauchelevent, inutilizado de resultas de la caída de su carreta.

Repitió, pues, como hablando consigo mismo:

--¡El convento del pequeño Picpus!

--Pero al hecho,--dijo Fauchelevent.--¿Cómo diablos habéis entrado aquí, señor Magdalena? Por más que podéis ser muy bien un santo, sois un hombre, y los hombres no pueden entrar aquí.

--Pues, ¿no estáis vos?

--No hay nadie más que yo.

--Sin embargo,--dijo Juan Valjean,--es preciso que yo me quede aquí.

--¡Ay, Dios mío!--exclamó Fauchelevent.

Juan Valjean se aproximó al buen viejo, y le dijo con acento grave:

--Tío Fauchelevent, yo os salvé la vida.

--Yo he sido el primero en recordarlo,--respondió Fauchelevent.

--Pues bien; hoy podéis hacer por mí lo que yo hice por vos en otra ocasión.

Fauchelevent tomó entre sus arrugadas y temblorosas manos las dos robustas de Juan Valjean, y permaneció algunos momentos como si no pudiese hablar.

Por fin exclamó:

--¡Oh, sería una bendición del Dios bueno que yo pudiera hacer algo por vos! ¡Yo salvaros la vida!... Señor alcalde, disponed de este pobre anciano.

Su rostro se había como transfigurado por un sentimiento de admirable alegría; parecía irradiar.

--¿Qué queréis que haga?--preguntó.

--Ya os lo explicaré. ¿Tenéis aquí dentro habitación?

Tengo una choza aislada, allá detrás de las ruinas del antiguo convento, en un rincón oculto á todo el mundo. Allí hay tres cuartitos.

La barraca estaba, efectivamente, tan oculta detrás de las ruinas, y tan bien dispuesta para que nadie la viese, que Juan Valjean tampoco la había visto.

--Bien,--dijo Juan Valjean.--Ahora tengo que pediros dos cosas.

--¿Cuáles, señor alcalde?

--La primera es que no digáis á nadie lo que sabéis de mí. La segunda que no tratéis de saber más.

--Como queráis. Sé que no podéis hacer nada que no sea bueno, y que siempre seréis un hombre de bien... Además, vos me habéis empleado aquí; soy vuestro, estoy á vuestras órdenes.

--Está bien. Ahora venid conmigo. Vamos por la niña.

--¡Ah!--dijo Fauchelevent.--¡Hay una niña!

Sin añadir una palabra más, siguió á Juan Valjean como sigue á su amo un perro.

Habría pasado como media hora, cuando Cosette, iluminada por la llama de una buena hoguera, dormía en la casa del jardinero. Juan Valjean se había vuelto á poner la corbata y el levitón, y había encontrado el sombrero arrojado por encima de la tapia. Mientras que Juan Valjean se ponía la levita, Fauchelevent se había quitado la rodillera con el cascabel, que, colgada de un clavo cerca de un canasto, era una especie de adorno de la pared. Los dos hombres se calentaban apoyados los codos sobre una mesa, en que Fauchelevent había puesto un pedazo de queso, pan moreno, una botella de vino y dos vasos. El viejo decía á Juan Valjean, poniéndole la mano en la rodilla:--¡Ay, señor Magdalena! ¡No me habéis conocido enseguida! ¡Salváis la vida á la gente, y después la olvidáis! ¡Oh! ¡Eso está muy mal! ¡Ellos sin embargo se acuerdan de vos! ¡Sois un ingrato!

X =Donde se explica cómo Javert había espiado inútilmente=

Los acontecimientos que acabamos de describir en orden inverso, por así decirlo, habían tenido lugar en las condiciones más sencillas.

Cuando Juan Valjean, en la noche del mismo día en que Javert le prendió al lado del lecho mortuorio de Fantina, se escapó de la cárcel municipal de M* sur M*, la policía supuso que se habría dirigido á París. París es un embrollo donde todo se pierde, y todo desaparece en el seno de su mundo, como en el seno de la mar. No hay espesura que oculte á un hombre como aquella multitud. Los fugitivos de toda especie lo saben muy bien, y van á París como á un abismo; hay abismos que salvan.

La policía lo sabe igualmente, y así es que busca en París lo que ha perdido en otra parte. Allí buscó pues, al ex-alcalde de M* sur M*. Javert fué llamado á París para auxiliar á la policía en la persecución, y el celoso inspector ayudó en efecto poderosamente á la captura de Juan Valjean. El celo é inteligencia de Javert en aquella ocasión fueron mencionados por el señor Chabouillet, secretario de la prefectura en tiempo del conde Anglès, quien por lo tanto habiendo ya protegido á Javert, consiguió que el inspector de M* sur M* fuése incorporado á la policía de París. Ya en ella, Javert se hizo varias veces, y lo diremos aunque la frase parezca impropia de semejantes trabajos, honrosamente útil.

Ya no se acordaba de Juan Valjean: estos perros, siempre en acecho olvidan el lobo de ayer por el lobo de hoy: cuando en diciembre de 1823 leyó un periódico, cosa que no acostumbraba, pero como monárquico, quiso saber los detalles de la entrada triunfal del «príncipe generalísimo» en Bayona. Cuando acabó el artículo, objeto de su interés, llamó su atención en lo último de la página un nombre, el nombre de Juan Valjean. El periódico anunciaba que el presidiario Juan Valjean había muerto, y publicaba la noticia en términos tan formales, que á Javert no le cupo la menor duda; limitóse á decir: Es ése el registro mejor. Después dejó el periódico, sin acordarse más.

Algún tiempo después, una nota trasmitida por la prefectura del Sena Oise á la prefectura de París, advertía el robo de una niña, según decía, verificado con circunstancias particulares, en el término municipal de Montfermeil. Una niña de siete á ocho años, decía la nota, que había sido confiada por su madre á un posadero de la población, había sido robada por un desconocido. Aquella niña respondía al nombre de Cosette, y era hija de una mujer llamada Fantina, muerta en un hospital de no se sabía dónde ni cuándo. Esta nota pasó por las manos de Javert, y le dió que pensar.

El nombre de Fantina le era muy conocido; y recordaba que Juan Valjean le había hecho reir, pidiéndole un plazo de tres días para ir á buscar á la hija de la enferma. Recordó que Juan Valjean fué detenido en París en el momento en que subía en la diligencia de Montfermeil. Ciertos indicios habían hecho creer que era la segunda vez que subía en aquel carruaje, y que el día antes había hecho una excursión por los alrededores de Montfermeil, puesto que no había sido visto en el pueblo. ¿Qué tenía que hacer en Montfermeil? Nadie había podido averiguarlo, pero Javert lo adivinó entonces. Allí estaba la hija de Fantina, Juan Valjean iba á buscarla. Aquella niña acababa de ser robada por un desconocido. ¿Quién podía ser el desconocido? ¿Sería tal vez Juan Valjean? Pero Juan Valjean había muerto.

Javert, sin decir nada á nadie, tomó el carruaje del «Plato de estaño», en el callejón de la Planchette, é hizo un viaje á Montfermeil.

Creyendo encontrar allí una gran luz, encontró solamente obscuridad.

Durante los primeros días, los Thénardier, desesperados, habían charlado. La desaparición de la Alondra había hecho ruido en la población, habiéndose dado mil versiones á la historia, que había acabado por presentarse como la del rapto de una niña. De ahí la nota de la policía. Sin embargo, pasada la primera impresión, Thénardier, con su admirable instinto, había comprendido enseguida que no era conveniente llamar mucho la atención del procurador del rey, y que sus quejas sobre el rapto de Cosette tendría por primer resultado atraer sobre sí, y sobre muchos negocios que tenía, la penetrante mirada de la justicia. Lo primero que los búhos rechazan, es la proximidad de la luz. ¿Cómo se justificaría de los mil quinientos francos que había recibido? Dió, pues, vuelta al asunto, amordazó á su mujer, haciéndose el asombrado cuando le hablaba alguien de la niña robada.

No sabía de qué se hablaba. Es verdad que se había quejado en el instante preciso en que «le quitaban» tan pronto su niña querida; que hubiera deseado tenerla consigo siquiera dos ó tres días más; pero como era «su abuelo» quien había ido á buscarla, nada más natural en el mundo. Había añadido, que el abuelo hizo bien. Ésta fué la historia que oyó Javert cuando llegó á Montfermeil. El abuelo desvanecía para él á Juan Valjean.

Javert, sin embargo, introdujo algunas preguntas á manera de sondas en la historia de Thénardier. ¿Quién era y cómo se llamaba el abuelo? Thénardier respondió sencillamente:

--Es un labrador rico. He visto su pasaporte, y me parece que se llama Guillermo Lambert.

Lambert era nombre de hombre de bien y tranquilizador. Javert se volvió á París.

--Juan Valjean está bien muerto,--díjose á sí mismo;--¡qué torpe soy!

Comenzaba ya á olvidar toda aquella historia, cuando en marzo de 1824 oyó hablar de un extraño personaje que vivía en la parroquia de San Medardo, conocido por «el mendigo que daba limosna». Este personaje era, según se decía, un rentista de quien nadie sabía el nombre, que vivía solo con una niña de ocho años, que tampoco sabía más sino que había venido de Montfermeil. ¡Montfermeil! Este nombre, sonado de nuevo á los oídos de Javert, llamó su atención. Un viejo mendigo, polizonte, que había sido bedel, al cual daba limosna el desconocido, dió otros varios detalles. El rentista era un hombre muy huraño; no salía más que de noche; no hablaba á nadie; á los pobres alguna que otra vez; no permitía que nadie se le acercase.

Llevaba un feo y viejo levitón amarillo, que valía muchos millones, por estar forrado de billetes de banco. Esto picó decididamente la curiosidad de Javert; y con objeto de ver de cerca á aquel hombre extraordinario sin asustarle, se puso un día el traje del pordiosero, y ocupó el lugar en que el soplón se acurrucaba todas las tardes, murmurando oraciones y espiando al través de su rezo.

«El individuo sospechoso» llegóse en efecto á Javert disfrazado, y le dió limosna; en aquel momento Javert levantó la cabeza, y Juan Valjean recibió la misma impresión al reconocer á Javert, que Javert al reconocer á Juan Valjean.

Sin embargo, la obscuridad hubiera podido engañarle; la muerte de Juan Valjean era oficial. Quedaban, pues, á Javert graves dudas, y en la duda, Javert, el hombre escrupuloso, no ponía su mano encima de nadie.

Siguió á su hombre hasta la casa de Gorbeau, é hizo «hablar á la vieja», lo cual no era difícil. La vieja confirmó lo del levitón forrado de millones, contándole el episodio del billete de mil francos. ¡Ella le había visto! ¡Ella le había tocado! Javert alquiló un cuarto, en el cual se instaló aquella misma noche. Púsose á escuchar á la puerta del misterioso huésped, esperando oir el sonido de su voz; pero Juan Valjean vió su luz por la cerradura, y chasqueó al espía, guardando silencio.

Al día siguiente Juan Valjean se marchó. Pero el ruido de la moneda de cinco francos que dejó caer fué notado por la vieja, quien, oyendo sonar dinero conoció que se iba á mudar, y se apresuró á avisar á Javert. Por la noche, cuando salió Juan Valjean, le estaba esperando Javert detrás de los árboles del boulevard en compañía de dos hombres.

Javert había pedido auxilio á la prefectura, pero no había dicho el nombre del individuo á quien pensaba prender. Éste era su secreto, que se había guardado por tres razones: en primer lugar, por la menor indiscreción podía despertar las sospechas de Juan Valjean; luego, porque echar mano á un antiguo presidiario escapado y tenido por muerto, á un condenado clasificado para siempre por la Justicia entre los malhechores de peor condición, era un gran servicio, que de seguro los antiguos polizontes de París no abandonarían á un novato como Javert, y temía que le arrebatasen su ex-presidiario; y finalmente, porque Javert era artista, y gustaba de lo imprevisto. Odiaba los sucesos anunciados, que pierden su mérito con lo que se habla de ellos antes de tiempo. Gustábale elaborar en la sombra sus grandes obras, y desenvolverlas después bruscamente.

Javert había seguido á Juan Valjean de árbol en árbol, luego de esquina en esquina, y no le había perdido de vista un solo instante, ni aún en los momentos en que Juan Valjean se creía en mayor seguridad. Pero ¿por qué Javert no detenía á Juan Valjean? Porque dudaba aún.

Debe recordarse que en aquella época la policía no obraba con toda libertad; la prensa libre la tenía á raya. Algunas detenciones arbitrarias denunciadas por los periódicos, habían resonado en las Cámaras é intimidado á la Prefectura. Atentar á la libertad individual era un hecho grave.

Los agentes temían equivocarse, porque el prefecto les hacía responsables á ellos, y un error importaba una destitución. Figurémonos el efecto que hubiera producido en París este breve suelto, reproducido por veinte periódicos:

«Ayer un anciano de cabellos blancos, respetable rentista, que paseaba acompañado de una niña de ocho años, nieta suya, fué detenido y conducido al depósito de la Prefectura como desertor de presidio».

Debemos repetir también, que Javert tenía sus escrúpulos; las prevenciones de su conciencia se unían á las prevenciones del prefecto. Dudaba en realidad.

Juan Valjean volvía la espalda, y marchaba en la obscuridad.

La tristeza, la inquietud, la ansiedad, el cansancio, el nuevo disgusto de verse obligado á huir de noche y buscar á la ventura un asilo en París para Cosette y para él, la necesidad de regular un paso al de una niña, todo esto había cambiado el modo de andar de Juan Valjean é impreso en su cuerpo tal aire de senectud, que la policía, encarnada en Javert, podía engañarse, y se engañó. La imposibilidad de aproximársele mucho, un traje de preceptor emigrado, la declaración de Thénardier que le hacía abuelo, y finalmente la creencia de su muerte en el penal, aumentaba la incertidumbre que iba acrecentándose en el espíritu de Javert.

Tuvo por un momento intención de detener bruscamente á Juan Valjean y pedirle sus documentos. Pero si aquel hombre no era Juan Valjean, y si no era el viejo y honrado rentista, podía seguramente ser algún bribón profunda y hábilmente mezclado en la obscura trama de los crímenes de París, algún jefe de partida peligroso, que daba limosna para ocultar sus mañas, costumbre ya generalizada. Tendría sin duda compañeros, cómplices, y lugares á propósito para ocultarse. Todas aquellas vueltas y revueltas que daba parecían indicar que no era simplemente un buen hombre. Detenerle de súbito, era «matar la gallina de los huevos de oro». Por otra parte, ¿qué inconveniente había en esperar? Javert estaba seguro de que no se le escaparía.

Le seguía, pues, bastante perplejo, é interrogándose cien veces acerca de aquel personaje enigmático.

Hasta que llegó á la calle Pontoise, gracias á la viva luz que salía de una taberna, no reconoció sin la menor duda á Juan Valjean. Existen en el mundo dos seres que se estremecen profundamente: la madre cuando encuentra á su hijo perdido, y el tigre cuando encuentra á su presa. Javert experimentó entonces ese estremecimiento profundo. Desde que tuvo la seguridad de que aquel hombre era Juan Valjean, el terrible presidiario, advirtió que en su persecución no le acompañaban mas que dos agentes, y pidió auxilio al comisario de policía de la calle de Pontoise. Para coger una vara de espino, hay que ponerse guantes.

El tiempo que advirtió para ello, y un minuto que se paró en la encrucijada Rollin para dar instrucciones á su agente, le hicieron perder la pista. No obstante, conoció enseguida que Juan Valjean trataría de poner el río entre él y sus perseguidores. Recogió la cabeza y reflexionó un momento como un sabueso que olfatea la tierra para descubrir el rastro. Javert, con su poderosa rectitud de instinto, se fué derecho al puente de Austerlitz. Una frase del peajero le puso al corriente:

--¿Habéis visto un hombre con una niña?

--Le he cobrado dos sueldos,--dijo el peajero.

Javert entró en el puente en el momento preciso de estar Juan Valjean al otro lado del río, atravesando, con Cosette de la mano, el espacio iluminado por la luna. Le vió entrar en la calle de Chemin ver Saint-Antoine; recordó el callejón Genrot que no tiene salida, situado allí como una trampa, y la única salida de la calle de Droit-Mur á la calle de Picpus. Le cogió las vueltas, como dicen los cazadores, y envió inmediatamente uno de sus agentes para que guardase aquella salida. Vió una patrulla que volvía al cuerpo de guardia del Arsenal; pidió auxilio, y se hizo acompañar por ella. En tales partidas, soldados son triunfos, para todo sirven. Para cercar al jabalí se necesita conocer la montería y tener muchos perros. Combinadas tales disposiciones, teniendo á Juan Valjean cogido entre el callejón por la derecha, su agente por la izquierda y él por detrás, tomó un polvo de tabaco.

Después empezó á obrar. Tuvo un momento de alegría infernal; dejó ir su presa delante de él, en la confianza de que la tenía segura, deseando retardar todo lo posible el instante de echarle mano, gozándose en tenerle cogido y verle marchar libre, pero cubriéndole con esa cruel y voluptuosa mirada de la araña, que deja volar la mosca, y del gato que deja que corra el ratón. La uña y la garra tienen una sensualidad monstruosa que se deleita con los movimientos confusos de la bestia aprisionada en su tenaza. ¡Cuánta delicia encierra aquella opresión!

Javert gozaba. Las mallas de su red estaban sólidamente unidas. Estaba seguro del triunfo; ya no tenía que hacer otra cosa que cerrar la mano.

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