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La alhambra; leyendas árabes (part 3 of 3)

Part 3 of 3 · Fernández y González, Manuel · Public domain text

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Contents (3)

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La alhambra; leyendas árabes (part 3 of 3)

--¡Oh! ¿qué dices? ¡aparta vasallo! ¡para ser sultana me basta un trono, para ser noble y leal á mi rey y a mi esposo, arde en mis venas la esclarecida sangre del sultan Ismail!

Aparta y vete.

La sultana ha venido aquí, te ha llamado aquí, para robar á tus insensatos amores la última esperanza: para apartarte de una horrible senda que solo conduce á un lago de sangre.

--Yo siento el buitre que se acerca, esclamó tristemente Aben-Ahmed.

Yo oigo en los aires lúgubres rumores.

Es Ariel[138], que bate sobre mí sus alas negras.

Quédate á Dios, sultana.

Si al trasponer el sol del próximo dia, al aparecer en el oriente el lucero de la tarde, ves pasar por delante de él una nubecilla roja, ese será mi espíritu que esperará trémulo de amor una sola mirada de tus ojos.

Y trémulo, pálido como un cadáver, se levantó el abencerrage de los pies de la sultana.

--¡Morir! dijo Zoraida estremecida, arrastrada por la invencible fuerza de su amor; ¡morir tú! ¿y por qué?

--Lo que está escrito se cumplirá, dijo con desesperacion Aben-Ahmed; ¿acaso puedo yo vivir en las tinieblas de la desesperacion, sin tu amor?

¡Oh! yo no te conocia cuando vine de Africa con mi tribu.

¡Yo no sabia que la Alhambra habia de ser para mí, como un vaso de oro y rubíes lleno de falaz tósigo!

Y sin embargo, los sabios de mi patria me habian dicho:

«¡Adónde vas, caudillo?

Cuando el alcion de Africa tienda su vuelo al occidente;

Cuando busque aires mas puros y mas frescos y tierras mas tapizadas de verdor;

Cuando abata su vuelo junto á las claras corrientes,

Sobre las pintadas flores,

Llegará al pie de una montaña coronada por la magestad de un alcázar;

Y en el alcázar encontrará una garza real.

Y la garza causará la muerte del alcion, porque le amará, y apartará de él los ojos, que posará en los de un cobarde gerifalte,

Y el gerifalte verterá con alevosía la sangre del alcion, viajero y peregrino, y velo de sombra estenderá sobre él,

--Lo que pronosticaron los sabios se ha cumplido.

Partí, llegué, te ví, y te amé.

Te amé... como ama el cielo al sol, el mar al viento.

Te amé... como ama el ciego la luz y el desdichado la esperanza.

Te amé... con toda mi alma, con toda mi vida, con todo mi deseo, con toda mi voluntad.

Te amé... para morir de amor.

Quédate á Dios, sultana.

Lo que está escrito se cumplirá.

¿Acaso puedo vivir?

¡No! insultaré á los zegríes y me matarán.

Y si quiero morir con gloria, ¿no velan en el real cristiano, sedientos de sangre mora, ese famoso Gonzalo de Córdoba, el bravo Ponce de Leon, Hernando del Pulgar, y don Alonso de Aguilar el Valiente?

Adios, sultana.

Ariel bate ya sus negras alas.

La hora se acerca.

Y fuera de sí Aben-Ahmed, se apartó de la sultana.

Zoraida no pudo contener su llanto.

Detúvose Aben-Ahmed estremecido de alegría, y tornó al sitio donde aun permanecia inmóvil la sultana.

--¿Por qué lloras? esclamó Aben-Ahmed: cada lágrima tuya vale un torrente de sangre. Si tú me amas, hurí, pronuncia una sola palabra, y cuanto se oponga á nuestro amor caerá ante mi espada.

--¡Vete! dijo la sultana dominando su conmocion y procurando ahogar sus sollozos.

--¡Oh! ¡dejarte cuando todo el llanto que corre de tus ojos, la agitacion de tu seno, la palidez de tu semblante, me dicen que me amas!

--¡Vete! repitió Zoraida.

--No, no me alejaré. Alejarme seria morir.

--Permaneciendo morirás.

--¿Y qué importa?

--¿Y mi amor? esclamó con desesperacion Aben-Ahmed.

La sultana se levantó de una manera solemne: sus lágrimas se habian secado, brillaba su mirada, tranquila, grave, inspirada.

--Antes de conocerte, dijo, yo vivia otra vida tranquila, dulce, resignada, sin alegria, es verdad, pero tambien sin dolores; no amaba á mi esposo, porque no le eligió mi voluntad, porque Dios no habia querido que le amara; pero no le aborrecia.

Mi sueño era tranquilo.

Las flores tenian para mí colores y fragancia.

El aura era fresca y balsámica.

Mi aliento la aspiraba con delicia.

Yo veia al sol levantarse magestuosamente en el oriente y caer lleno de languidez en el occidente, como el camello que se reclina despues de una larga jornada.

Yo lo amaba todo; las flores, los pájaros, las auras, el sol, la tierra, los luceros que vierten una vaga y misteriosa luz en el firmamento.

Era yo entonces feliz: las buenas hadas me halagaban en mis sueños, y al despertar el alba me sonreia.

Pero cuando te ví, Aben-Ahmed, las megillas doradas por el sol de Africa, cabalgando al frente de tus bizarros abencerrages en tu yegua blanca, llevando tras tí el verde estandarte de la familia del profeta;

Cuando pasaste bajo mis celosías galan y hermoso, terciada la pica, la frente alta, suelta la toca al viento, resplandeciente la mirada;

¡Oh! cuando te ví, el ángel de la paz no batió ya sobre mí sus alas blancas, ni las flores, ni la alborada, ni el sol, tuvieron para mí fragancia, frescura, ni resplandores:

Los pasos de mi esposo, que se acercaba á mi retrete y que antes no me inquietaban, me aterraron.

Las puras frentes de mis hijos me causaron vergüenza.

Porque yo dentro de mi alma era adúltera.

Porque dentro de mi alma yo te amaba.

Y yo no debia amarte.

Quise vencer aquel amor vergonzoso y creció.

Quise contenerle al menos, y se desbordó.

Y cuando yo luchaba en vano conmigo misma, tú, enamorado de mí, me aquejabas con tu amor.

En la noche cuando todo callaba, cuando todo dormia, el sonido de una guitarra venia á estremecerme.

Y luego tu voz que cantaba á lo lejos en la márgen del rio, entre las espesuras de avellanos, llegaba, conducida por los traidores céfiros, hasta el mirador, desde el cual fijaba yo en la luna mis ojos llenos de lágrimas.

¿Quién sabia si aquel canto de amores buscaba á la sultana que gemia en su mirador, ó á una dama escondida tras sus celosías en los cármenes del Darro?

Yo sola sabia que aquel canto venia á buscarme.

Yo sola sabia que aquella palabra ardiente, que aquella armonía melancólica hablaba á la sultana.

Y yo me volvia loca.

Yo luchaba.

Quise al fin probar el último remedio.

Quise conocerte, tratarte, contemplarte de cerca, sorprender tus debilidades, tus miserias, encontrar razones para olvidarte.

Y te ví; y te hablé; y solo hallé en tí prendas para amarte mas.

Desesperada, quise probar el último esfuerzo, y te llamé aquí á este jardin solitario para hacer imposible mi vergüenza separándote de mí, apartándote de mí, irritándote, despreciándote.

Yo queria quedarme sola con mi amor.

Queria que huyeses, que me aborrecieses.

¡Y me has vencido!

¡Yo te amo, Aben-Ahmed!

¡Te amo antes que todo!

Pero vete... déjame...

Porque si yo fuese tuya, la vergüenza me mataria.

Porque no podria sobrevivir á mi infamia.

Tras esta apasionada declaracion, la sultana calló, y doblegó su frente bajo el peso de la vergüenza.

Aben-Ahmed llegó á la atarvea, cortó algunas rosas blancas, las enlazó, y las puso, á manera de corona, sobre la frente de la sultana.

--¡Oh! esclamó: si no puedes, si no debes ser mia, guarda estas flores como el emblema de nuestros castos amores, y cuando estas rosas estén marchitas, acuérdate de que el corazon de Aben-Ahmed estará marchito tambien.

--¡Oh! esclamó Zoraida levantando hácia Aben-Ahmed sus ojos inundados de lágrimas: ¡Oh! ¡si estas rosas no estuvieran sobre la pesada corona que ha ceñido á mi frente Boabdil!

Apenas habia pronunciado la sultana estas palabras, cuando entre la espesura de rosales, situada detrás del ciprés, apareció bajo el rayo de la luna, un semblante pálido, convulso, horrible, que abarcaba en una mirada de muerte á los dos amantes.

¡Era el rey Boabdil!

Tras él, ocultos en la sombra, se veian cuatro hombres envueltos en alquiceles blancos.

Aben-Ahmed y Zoraida se alejaba, entretanto, á lo largo del jardin, y muy pronto se perdieron entre la espesura.

El rey saltó como un tigre de entre la enramada, con la mano puesta en su puñal y la sangrienta mirada fija en el lugar por donde habian desaparecido los amantes.

Los cuatro hombres salieron tras él y le rodearon.

Eran Mahomet Adel-Zegrí, Hamet-Zegrí, Mahandon-Gomel, y Mahandin, todos zegríes, todos enemigos de Aben-Ahmed.

Hamet-Zegrí se puso delante del rey.

--¿Adónde vas, señor? le dijo: si matamos á Aben-Ahmed aquí, en Generalife, entre los brazos de la sultana, su muerte será un aviso para los demas abencerrages, y todos deben morir, porque todos son traidores. La venganza, señor, es mas sabrosa cuanto mas se espera. No caiga uno solo, una cabeza es poco.

--Sí, dices bien; esclamó el rey con acento opaco: ¡todos!... ¡todos!...

Y luego en un momento de horrible decision, esclamó:

--Id mañana á la Alhambra acompañados de mi verdugo.

Y apartándose bruscamente de los cuatro zegríes, se perdió por la oscura galería del fondo del jardin.

* * * * *

Al terminarse la zambra en Generalife, los abencerrages recibieron una invitacion del rey que los convidaba para un sarao en el patio de los Leones.

* * * * *

Desde aquella noche en que la sultana Zoraida escuchó al enamorado Aben-Ahmed y le confesó su amor en Generalife, se conoce el viejo árbol de Abul-Walid bajo el nombre tradicional de Ciprés de la Sultana.

XV.

LA CÁMARA DE LOS LEONES.

Al dia siguiente, recostado sobre un divan, en el fondo de uno de los magníficos alhamíes de la cámara de los Leones, habia un hombre cubierto de régias vestiduras.

Estaba pálido, sombrío, meditabundo.

Temblaba su barba bermeja, y temblaban de tiempo en tiempo en una contraccion poderosa los músculos de su semblante, y un largo y breve estremecimiento corria de tiempo en tiempo á lo largo de su cuerpo.

Aquel hombre era el sultan Boabdil.

Estaba solo.

Su mirada terrible, fija, lúgubre, se fijaba en la fuente de mármol colocada en el centro del pavimento, y en la cual no corrian las aguas.

La fuente de la cámara y el alhamí del frente del en que asentaba el rey, estaban cubiertos de tapices rojos.

La cámara estaba velada por una media luz.

El resplandor del sol penetraba fatigado por los dobles trasparentes de la cúpula estrellada, produciendo sobre los muros un reflejo perdido y fatídico, y dejando en sombra á los alhamíes.

Nada se oia, mas que el paso acompasado de los esclavos que guardaban en las galerías del patio de los Leones las puertas de las cámaras.

Notábase en el semblante del rey la impaciencia con que media el tiempo.

Sus miradas crueles, reconcentradas, pasaban tan pronto de la puerta de la cámara al tapiz rojo que cubria el alhamí del frente, como de este tapiz á la taza de mármol situada en el centro del pavimento.

Llegó al fin un punto en que el semblante del rey se dilató.

Habian resonado pasos en las galerías del patio de los Leones.

Los pasos se acercaron.

El tapiz de brocado rojo que cubria el magnífico arco de entrada de la cámara se levantó y apareció un hombre.

Era el abencerrage Aben-Ahmed.

Venia magníficamente vestido, y delante de su hermoso rostro parecia flotar una nube de tristeza.

Adelantó hácia el rey y dijo inclinándose profundamente:

--Allah te guarde y te prospere, magnífico sultan: ¿qué quieres de tu siervo?

Boabdil no contestó al abencerrage.

Se levantó y atravesó lentamente la cámara, llegó al alhamí del frente, levantó un tanto el tapiz rojo, miró al fondo; vió entre la oscuridad una sombra informe, y sonrió, con la espalda vuelta al abencerrage, de una manera horrorosa.

Luego, compuesto ya el semblante, pasó por delante de Aben-Ahmed, que miraba con recelo lo que el rey hacia, y levantó el tapiz de la puerta de entrada.

En aquel momento Mahandon-Gomel estendia en las galerias del patio de los Leones, feroces esclavos negros de la guarda del rey, armados hasta los dientes.

Boabdil dejó caer el tapiz, reconoció bajo sus ropas con su mano trémula su cota de mallas, probó si su puñal salia con facilidad de la vaina, y despues de esto volvió con paso lento al divan que habia dejado, y se sentó en él.

Aben-Ahmed adivinó un peligro, y un peligro inminente y terrible.

Pero era bravo y sereno, y ni un solo músculo de su semblante se contrajo.

Permanecia prosternado en el mismo lugar desde donde habia saludado á Boabdil, que fijaba en él una mirada reconcentrada.

Pero muy pronto aquella mirada perdió su espresion sombría, á la manera que los vapores de la mañana se deshacen, se evaporan, se pierden bajo el rayo del sol.

Su semblante pálido y hermoso dejó ver la lánguida é indolente sonrisa, y la espresion débil y sensual que le caracterizaban.

Sus ojos miraron con una paz profunda á Aben-Ahmed.

--Walí Aben-Ahmed, dijo el rey; despues de la miserable traicion que los zegríes cometieron contra tí y contra los caballeros de tu tribu, siento un indecible placer al verte vivo y salvo ante mí. Levántate, valiente caudillo de los abencerrages: te he llamado porque es muy justo que yo pretenda degraviar por mi parte á los generosos abencerrages. Levántate y ven á sentarte junto á mí.

Aben-Ahmed creyó sinceras las palabras del rey, y sintió un verdadero remordimiento, una profunda vergüenza al recordar que amaba á la esposa de un hombre que le trataba de una tan noble manera.

Obedeció al rey y se sentó en el diván.

El rey reparó en la espada del abencerrage.

Celebró las labores cinceladas de su empuñadura de oro.

Luego quiso ver la hoja.

Aben-Ahmed, perdido enteramente el recelo, desnudó la espada y la entregó al rey.

El rey ponderó el temple de la hoja y lo primoroso de sus labores.

Despues refiriéndose á la batalla del dia anterior, elogió el valor de Aben-Ahmed, y como premio de aquel valor le abrazó.

Ni halló loriga ni jacerina bajo las ropas del abencerrage.

Solo llevaba sedas y brocados.

Cuando Aben-Ahmed estaba completamente desarmado, el rey le dijo:

--Tú eres africano: tú habrás pasado muchas noches á la luz de las estrellas, y habrás consultado á los sabios; tú habrás oido á los xeques de tu tribu contar terribles historias durante las largas noches de invierno; pero jamás habrá sonado en tus oidos una tan terrible como la que vas á oir de boca de tu rey.

Aben-Ahmed tembló de una manera involuntaria.

Un presentimiento frio, lúgubre habia penetrado en su alma.

--Es una historia triste para uno: bella para dos: es una historia que un rey ofendido de una sultana miserable, y de un esclavo infame: una hermosa historia, por Allah.

Aben-Ahmed empezaba á comprender la verdad: pero se dominó sin embargo.

El rey continuó.

--Sí, es una bella historia; por los Siete Durmientes, estoy seguro que no habrás oido otra tal en toda tu vida, walí.

Escucha:

«Moraba en una ciudad fuerte y poderosa, un rey á quien todos llamaban débil y cobarde.

Todos se mofaban de él... á su espalda, porque es fama que aquel rey llevaba sus venganzas hasta la crueldad.

Y este rey, solo, perseguido de su destino, abandonado de sus vasallos, receloso de sus esclavos, llegó á encontrar triste y solitaria su morada real.

Y ten en cuenta que nunca poderoso sultan ó respetado emir, alcanzaron á ver juntos tanto oro y tantas alhajas, tantos mármoles y tantas grandezas como contenia el alcázar que aquel rey desdichado habia heredado de sus abuelos.

Aquel rey ruin, débil y cobarde, como decian sus vasallos.

Y como aquel rey tenia corazon, corazon agitado por miserables pasiones humanas, se dijo sondeando su corazon:

Buscaré entre las princesas de mi reino ó de regiones distantes, una muger hermosa, amante, de ojos brilladores, y frente pura que no empalidezca bajo el brillo de la corona.

Y así no estaré solo y abandonado.

Y buscó y encontró.

Y á mano, á fe; dentro de su misma tribu, en su misma familia, casi en su alcázar.

Y ella, la que debia ser sultana, escuchó ruborosa al anciano wazir que en nombre del rey la requirió para que fuese sultana, y aceptó.

Todo cambió.

Pareció que el casamiento del rey y de la princesa habia sido una evocacion mágica.

Porque despertaron de su inercia damas y caballeros, se prendieron las unas sus velos, y dejaron los otros sus arneses de batalla.

Y hubo toros y zambras, y se corrieron sortijas y cañas.

Y hubo fiestas magníficas que duraron muchos dias.

Y todo parecia sonreir al rey.

Y pasaron muchas lunas, y la sultana le dió hijos.

Pero llegó un dia fatal en que un walí de Africa, cabeza de una tribu, un mancebo de sangre real como tú, valiente como tú, como tú hermoso, y como tú rico y afortunado, vino de regiones apartadas cabalgando delante de su escuadron de lanzas á servir á aquel rey que estaba en guerra con un enemigo poderoso.

Y el walí africano y la sultana se conocieron.

Mas que no se amaron.

Y la vil muger, manchó entre un vergonzoso misterio la honra de su esposo.»

El rey se detuvo.

Aben-Ahmed temblaba por Zoraida.

El rey continuó:

--«Una noche... noche de fiesta... cuatro leales vasallos de aquel rey, encontraron en el apartamiento mas sombrio de su jardin en uno de los alcázares del rey, á la sultana en los brazos del walí.»

--Miente el traidor que tal haya dicho; esclamó sin poderse contener Aben-Ahmed; la sultana es mas pura, que infame la calumnia de sus acusadores.

--¡Ah! ¿conocias á esa sultana? dijo friamente Boabdil: pues bien... escucha; aun queda lo mejor de la historia...

«El rey vió tambien lo que los otros habian visto.

Vió el semblante de los culpables al rayo de la luna, y pudo haberlos castigado allí.

Pero no bastaba á su venganza aquella poca sangre impura.

Necesitaba verterla á torrentes, porque aquel rey era cruel, muy cruel en sus venganzas.»

Al llegar el rey á este punto, sus ojos se dilataron como los de la fiera que acorrala á una presa.

Aben-Ahmed vió sangre en la mirada del rey, se encontró desarmado, y dominado por su terror pretendió lanzarse fuera de la cámara.

Pero al levantar el tapiz, vió por fuera una doble fila de esclavos africanos.

Retrocedió, y olvidando que la cámara no tenia otra salida, se lanzó al alhamí cubierto por el tapiz.

Cinco hombres salieron de detrás de él.

Los cuatro eran los zegríes acusadores.

El otro el verdugo del rey.

Un feroz esclavo desnudo hasta la cintura, rodeado á la frente un cendal rojo, y ceñido un ancho y corvo alfange.

Aben-Ahmed cerró involuntariamente los ojos á impulsos del horror.

Boabdil asió al abencerraje por la aljuba, y le arrastró junto á sí.

Sus ojos centelleaban.

Sus megillas estaban pálidas, y cárdenos y convulsos sus labios.

Su ronca voz era semejante al rugido de un tigre.

--¡Conoces mi historia! dijo á Aben-Ahmed; pero aun no sabes los nombres.

¡Oh! ¡yo te los diré! pero prostérnate, esclavo, delante de tu señor.

Y le arrojó á sus pies.

Aben-Ahmed, arrastrado por su funesto destino, aterrado por la fatalidad que ceñia una aureola de muerte á sus insensatos amores, permaneció prosternado, inerte, ante Boabdil.

--¡Oh! esclamó el rey: ¡por Allah, que la venganza es un placer infinito! ¡por Allah, que cuando se tiene poder para hacer pedazos á un enemigo, se puede rechazar el mote de Desventuradillo[139]! ¡yo soy el sultán de Andalucía! ¡yo el esposo ultrajado! ¡y tú... tú el esclavo vil que escupes á la frente de tu señor, y que vas á morir con tu cómplice, con la hermosa Zoraida, con la sultana adúltera de mi leyenda.

--¡Ella! esclamó Aben-Ahmed, levantándose de repente, en un ademan que hizo retroceder al rey: ¡ella tambien! ¡oh! ¡no! ¡tú, rey miserable y traidor, eres el que va á morir, calumniador de mugeres, vil renegado, que vendes tu patria, de miedo, por Allah!

Y se lanzó al rey para arrancarle su espada.

Boabdil dió un grito de espanto al sentirse asido por el abencerrage.

Pero á punto los cuatro testigos de aquella escena, se arrojaron sobre el abencerrage, y el verdugo á su vez, á una seña del rey, se apoderó de él.

Aben-Ahmed cayó.

El verdugo despues de haberle herido continuaba de pie é inmóvil junto á él.

--¡Su cabeza! gritó el rey trémulo de ira.

Aben-Ahmed se levantó sobre sus brazos ensangrentados y quiso acometer á los que le acosaban, pero le faltaron las fuerzas y cayó de nuevo sobre el pavimento; luchó aun, miró con desprecio al rey, y esclamó:

--¡Asesino!... ¡maldito seas!...

La voz de Aben-Ahmed se heló.

El verdugo habia cortado de un solo golpe de alfange su cabeza.

Boabdil miró con espanto aquella cabeza, poco antes tan hermosa, y entonces tan lívida y tan desencajada: la duda acerca del crimen de que habia sido acusado Aben-Ahmed asaltó su espíritu, y el remordimiento empezó á desgarrar su corazon.

Pero la vista de la sangre le cegaba.

Su caliente olor le embriagaba, y cayó en un terrible estado de demencia.

--¡Todos!... esclamó con voz ronca y lúgubre; ¡que perezcan todos! ¿acaso no soy yo el sultan de Andalucía? ¡Matadlos!... ¡son traidores!... ¡matad á todo el que pase esa puerta!... ¡que la sangre corra á lo largo de las atarveas y vaya á enrojecer mis albercas de mármol!

Los zegríes gozaban con un placer infinito su venganza en la cólera del rey.

--Pero repara, señor, dijo Mahandon, que si no se ocultan los esclavos que están en las galerías del patio, ninguno de los abencerrages entrará, los has convidado para una fiesta, y no es costumbre que asistan á las fiestas del alcázar hombres armados de guerra. Ocúltalos, señor, que con que quedemos aquí treinta zegríes y el verdugo, hay bastante para acabar con esos perros.

Y así se hizo.

Los esclavos africanos desaparecieron de las galerías del patio de los Leones; pero quedaron agrupados y ocultos tras las puertas del panteon y de los baños.

A poco, un venerable anciano de la tribu de los abencerrages, kadí de córte, llamado Abu-al-Hhakem, levantó el tapiz de la cámara de los Leones y adelantó para prosternarse ante el rey.

Pero sus débiles pies, resbalaron en la sangre del walí Aben-Ahmed, y cayó.

Y no volvió á levantarse, porque el verdugo se apoderó de él y le cortó la cabeza.

Y despues de esto fueron entrando en la cámara uno tras otro treinta y seis caballeros abencerrages.

Y así, uno tras otro, fueron sacrificados al furor de Boabdil y á la traicion de los zegríes.

Todos, en fin, hubieran sido esterminados si aquel horrible crimen no se hubiese revelado por sí mismo con un indicio terrible.

Al entrar el walí abencerraje Ebn-Alabéz en el alcázar, como adelantara pensativo y receloso por el patio del Mexuar, al pisar la galería que da entrada al patio de los Leones, sus ojos se fijaron con horror en la atarvea que cruzaba el pavimento de mármol.

Por aquella atarvea avanzaba una ola de negra sangre, tiñendo el blanco mármol de un color impuro, y aquella roja cinta de muerte emanaba ondeando de la cámara de los Leones.

Estremecióse de horror Ebn-Alabéz, detúvose, y escuchó.

Reinaba un profundo silencio, en medio del cual se percibia algun ahogado gemido.

En el momento, como el gamo que siente los perros sobre su rastro, el walí se volvió atrás, desenvainó su espada, y atropellando la guardia del alcázar, salió de él y bajó á la ciudad dando gritos y acusando la traicion del rey.

Muy pronto la Alhambra se vió acometida por los abencerrages que habian quedado vivos, por los caballeros de sus tribus amigas, que se les habian unido, y por un populacho numeroso, compuesto de esa clase de gentes que siempre están dispuestas á un motin.

Empezó el combate; mas bien que el combate, el asalto.

Crugian de una parte los falconetes y las lombardas, y de otra la arcabucería y la ballestería.

Aquel estruendo de combate llegó hasta la distante cámara de la sultana Zoraida, que viendo asaltada la Alhambra, salió de sus habitaciones en busca del rey, y le encontró en el patio del Mexuar, á punto que huia del de los Leones.

Donde quiera que ponian los pies el rey ó los zegríes que le acompañaban, dejaban señales rojas.

--¿Qué es esto, señor? dijo Zoraida; ¿vienes herido, ó ha llegado la hora del acabamiento de Granada? ¿Qué sangre es esa que corre por las atarveas?

Y siguiendo aquella sangre, temiéndolo todo, entró primero en el patio, y luego en la cámara de los Leones.

Al levantar el tapiz salió de su boca un grito agudo, rasgado, infinito.

Un grito de horror.

La fuente de la cámara rebosaba sangre.

Un círculo de cabezas cercenadas y horribles la rodeaba.

En un ángulo, cuerpos descabezados mostraban en los colores de sus vestidos las divisas de los abencerrajes.

Por un refinamiento de crueldad de Boabdil, la cabeza de Aben-Ahmed estaba pendiente de la cúpula en la cadena de oro de una magnífica lámpara de alabastro, cuyos fragmentos estaban esparcidos acá y allá.

Por un momento, los ojos de la sultana estuvieron fijos en aquel mísero despojo; comprimióse su corazon, brotaron lágrimas sus ojos, palideció su frente, hízose amenazadora y sombría, se crisparon sus miembros y se lanzó rugiente como una leona á Boabdil, que la habia seguido.

--¡Ven á mirarlo! ¡ven! le dijo asiéndole con fuerza desesperada por un brazo; ¡mira tu obra! ¡mírala frente á frente! ¡deleita en ella tu mirada! ¡hazaña digna de tí y de tus zegríes! ¡el lobo se une al lobo! ¡bien! ¡yo creia ser la esposa de un rey y de un caballero, y en vez de él solo encuentro un verdugo y un cobarde!

Boabdil miró sombriamente á la sultana, y sus labios se contrajeron con una sonrisa amarga, convulsiva, horrorosa.

--¡Ah! dijo lanzando una histérica carcajada; ¡hoy es un buen dia! ¡todos los traidores á la vez! ¡y tú tambien, sultana! ¡oh! ¡yo soy poderoso, yo soy el sultan de Andalucía! ¡sangre! ¡sangre! ¡verted sangre sobre mi cabeza, porque arde y va á romperse! ¡tú tambien, sultana!... ¡por los siete cielos de Dios que este lecho no es menos bello que la grama de Generalife! añadió con acento horroroso, señalando el pavimento ensangrentado; ¡vas á morir, sultana, porque eres adúltera, y has arrojado mancha de infamia sobre la faz de tu esposo y tu señor!

Zoraida lanzó una profunda mirada de desprecio al rey y á los zegríes agrupados tras él; su hermosa frente se levantó orgullosa, magnífica en su indignacion, y con voz severa acentuada, dijo con magestad á los zegríes:

--¿Hay alguno entre vosotros, que se atreva á decir, ni aun á pensar, que la sultana de Granada ha manchado su nombre limpio mas que el sol?

Callaron un momento los zegríes dominados por el soberbio ademan, por la palabra altiva de Zoraida, y el rey miró con impaciencia á los cuatro traidores causantes del asesinato de los abencerrages.

Aquella mirada los decidió.

--Yo, dijo Mahandin, adelantando, en nombre de estos tres caballeros (y señaló á Mahandon; á Mohamet y á Hamet-Zegrí), te acuso, sultana, ante Dios y los hombres, de adulterio, traicion y complicidad con el abencerrage Aben-Ahmed, contra el rey tu esposo y nuestro señor.

Estas palabras resonaron en medio de un silencio solemne, en medio de los zegríes, de los caballeros y de los esclavos de la guarda del rey que le habian rodeado al ruido del combate de los que habian seguido contra la Alhambra, al abencerrage Ebn-Alabéz.

Y la sultana, sobrecogida por aquella impudente acusacion, tornose al acusador lívida de cólera, temblorosos sus miembros; ardió en sus venas la sangre de su raza, y gritó con ronca y terrible voz:

--¡Mientes tú, villano y mal caballero, y los que contigo son; y yo Zoraida, nieta y esposa de rey, apelo contra vuestra acusacion al juicio de Dios en la prueba del duelo, os llamo infames y calumniadores, y á falta de guante, recibe tú, Mahandin, en tu rostro de cobarde y asesino, el chapín de la sultana!

Y fuera de sí Zoraida, olvidándose de quien era, se arrancó uno de sus preciosos chapines bordados de aljófar y azotó con él el rostro de Mahandin.

Aquel sangriento ultraje era mas de lo que podia sufrir gente dominada por bravias pasiones, originaria de Africa y feroz como los leones de su patria.

Las treinta espadas de los zegríes lucieron fuera de las vainas, interpúsose el rey, avanzaron los esclavos de su guardia, y se cernió sobre el alcázar durante un momento el genio de la muerte codicioso de mas cadáveres.

Pero de repente un tropel de esclavos negros precedido del infante Muza, penetró en el patio de los Leones, con las ballestas armadas y las frentes cubiertas de sudor.

--¡Huye, señor! gritó Muza dirigiéndose al rey: ¡huye! ¡el pueblo y las tribus amigas de los abencerrages han forzado las puertas de la Alhambra y llegan al alcázar! ¡escucha!

Un rumor sordo de voces, inmenso, rugiente, de entre el cual salian algunos disparos de arcabuz, llegó á los oidos del rey.

Los zegríes retrocedieron, envainaron sus espadas, asieron de Boabdil, y escaparon con él por un postigo de la sala de Justicia, á tiempo que los amotinados rompian las puertas del alcázar.

Muza asió de la sultana, que se habia desmayado, y escapó con ella por la puerta de la torre de las Almenas[140].

Los abencerrages y las tribus sus amigas, seguidos de un inmenso populacho á quien habia irritado el asesinato de Aben-Ahmed, que por su generosidad y valentía era muy querido en Granada, inundó el patio y la cámara de los Leones, y no quedó un zegrí con vida de los que no pudieron escapar del alcázar.

La infame traicion fué vengada hasta la saciedad.

Cuando los amotinados no encontraron á quien matar, rompieron todos los preciosos muebles del alcázar.

Los abencerrages, recogiendo sus tesoros, y llevando consigo sus mugeres y sus familias, salieron de Granada; los unos desesperados á servir contra Granada bajo la bandera de los Reyes Católicos, y los otros, fieles á su religion, á su patria y á su nombre de caballeros, pasaron á Africa, de donde, siete siglos antes, habian venido sus abuelos para conquistar las tierras de occidente, llevando consigo los restos del desventurado Aben-Ahmed, que fué sepultado á la sombra de una palmera en el suelo de su patria.

* * * * *

Desde aquel terrible dia, la cámara de los Leones, en memoria del asesinato, se llama Sala de los Abencerrages, y aun se muestran al viajero sobre el mármol de su fuente y de su pavimento, las manchas rojas que se dice son producidas por la sangre de aquellos valientes caballeros.

XVI.

EL JUICIO DE DIOS.

Habia pasado una luna desde el dia en que la cámara de los Leones se manchó de una manera indeleble con la sangre de los abencerrages.

Era una noche oscura.

El Real de los Reyes Católicos, la ciudad de Santa Fé, dormia confiada su seguridad á la vigilancia de los atalayas y de los escuchas.

Los caballeros continuos armados de guerra hacian su guarda en las tiendas de los reyes, y mas allá todo era silencio y soledad.

Pero de improviso, en una de las calles del Real, resonaron callados pasos y son de cabalgaduras.

Cuatro sombras, llevando caballos del diestro, se deslizaron á lo largo de la calle en direccion á la puerta del Real que miraba á Granada.

Cuando hubieron llegado á ella, se oyó entre el silencio una voz que gritó:

--¿Quién va?

--Haced que adelante el alférez de la guarda, contestó una de las cuatro sombras.

Levantóse el tapiz de una tienda cercana, dejándose ver el reflejo de una luz en el interior, y apareció otra sombra.

--¿Quién va? repitió.

--El Alcaide de los Donceles, contestó el primero dirigiéndose al que habia preguntado.

--Guárdete Dios, capitan, dijo aquel; ¿qué deseas?

--Salir á la vega con estos tres caballeros, que son don Alonso de Aguilar, don Manuel Ponce de Leon, y Don Juan Chacon.

Guardó silencio por un momento el alférez, como aquel á quien se pide una cosa difícil.

--¿Sabeis, caballeros, dijo al fin, que yo no puedo hacer lo que me pedís?

--Lo sabemos, y por eso lo suplicamos.

--¡Sus Altezas!...

--Sus Altezas no sabrán que hemos salido por esta puerta ni por otra, sino que no hemos entrado. Di, pues, al atalaya que nos deje paso franco.

--Puede sucedernos un fracaso, porque los moros rondan el campo á la redonda.

--¡Pardiez! ¿sabes, alférez, que tenemos empeñada una porfía con los capitanes de caballos Hernan Perez del Pulgar y Gonzalo Fernandez de Córdoba, sobre quién hará una mayor hazaña, y que no hemos de perderla sino con la vida?

--Pues porfía teneis, y con porfía lo pedís, salid, caballeros, y que Dios os ayude.

Y el alférez llegó al atalaya y le previno.

Y los cuatro capitanes cristianos salieron al campo, montaron á caballo, y se alejaron mas que á paso del Real.

Era á punto de amanecer.

Los cuatro caballeros cristianos aguijaron sus caballos.

Y como iban en busca de aventuras, les dejaron ir, para que la aventura fuese completa, por el primer camino que los animales tomaron.

Y él acaso, protector de locos y aventureros que todo es uno, les deparó aventura tal, que cuando á la vista de ella se encontraron, se dieron por tan satisfechos como quien ha logrado un imposible.

Y fué, que vieron venir el camino adelante de la parte de Granada y á la luz del alba que esclarecia, un bulto blanco, asaz en grandeza y ligero como un copo de plumas impulsado por el viento.

Verse, afirmarse en los estribos y correr á él, fué cosa de un momento.

Y el bulto al ver que los cuatro caballeros castellanos arremetian, se detuvo.

Y una voz dulce de muger dolorida y triste, se dirigió á ellos.

--Si sois caballeros, dijo, amparadme, que de caballeros es favorecer al desvalido, y yo soy una muger que viene de Granada, y va al Real de los cristianos.

--Muger sola y á esta hora, dijo el señor de Cartagena, don Juan Chacon, en grave conflicto hallarse debe, pues anda en tales caminos sola y desamparada.

--¡Ojalá fuesen mios el peligro y la desventura, replicó la dama, que no me hallarais tan menesterosa de amparo; mas, pues sois caballeros, segun lo indica vuestra mesura, y cristianos pues hablais en algaravia[141], os ruego me lleveis á punto donde yo pueda ver á don Juan Chacon, señor de Cartagena.

El dia entraba ya aprisa, y á su luz pudieron ver los castellanos á una mora vestida con ropas blancas, de gran juventud y hermosura, montada en una hacanea, y pálida y temerosa, al parecer, de hallarse entre enemigos.

--Si á don Juan Chacon buscas, hermosa doncella, dijo él mismo, hablar puedes de lo que con ese caballero te importa, porque yo y mis amigos lo somos suyos en gran manera.

--Bueno será que nos separemos del camino, dijo ella metiendo su hacanea por las hazas, y entrándose en una espesa alameda que allí a mano se veia.

Los cuatro caballeros la siguieron asaz maravillados del lance.

Cuando hubieron llegado á un lugar espeso, en el cual de nadie podian ser vistos, la mora sacó del seno una carta envuelta en un paño de seda y habló á los cristianos de esta manera:

--Yo me llamo Zaruhyemal, y soy doncella de la infeliz sultana de Granada, á quien persigue el destino hasta el punto de verse obligada á pedir amparo á sus enemigos.

Detúvose la mora y creció la curiosidad de los cristianos.

Escrito estaba, continuó ella, que Granada debia llegar á ocasion de vergüenza y de mala ventura.

Para que lo escrito se cumpliese, el Dios altísimo permitió que entraran en Granada unos caballeros sin fé, mentirosos y aleves con quienes alientan la traicion y la envidia.

Ya conocereis, caballeros, que hablo de los zegríes, raza feroz del Desierto, mal avenida con la generosidad y la cortesanía de la gente de Granada, sediciosos y rebeldes, promovedores de motines y causadores del mayor crímen que vieron los tiempos pasados ni verán los venideros.

Y Zaruhyemal les refirió los encarnizados ódios de los zegríes y de los abencerrages, la traicion de las cañas, la acusacion de la sultana, y el degüello de los abencerrages.

Que la sultana estaba presa en la torre de Comares de la Alhambra, esperando su salvacion y su honra del juicio de Dios, en la prueba del duelo.

Y que el plazo terminaba aquel dia que ya habia amanecido.

--Si sois caballeros, continuó; pues veis que una dama pone en grave riesgo su honra, yendo á entrar en un campo enemigo, hacedme la merced de llevar sin perder un instante esta carta y entregarla á aquel para quien es, y que Dios os juzgue, caballeros, tal como cumplais con un encargo en que se arriesgan la honra y la vida de una sultana.

Tomó la carta don Juan Chacon, rompió los hilos del sello de oro y la desenrolló.

--¿Qué haces, cristiano? esclamó con acento de reconvencion la mora.

--Si á don Juan Chacon es á quien va dirigida esta carta, señora, permite á don Juan Chacon, que está en tu presencia, bese tu mano, en albricias de la honra que le hace amparándose de él una señora tal como la sultana de Granada.

Y tomó la hermosa y blanca mano de Zaruhyemal y la besó, no sin que lo encendido de la vergüenza colorease las megillas de la mora.

Despues leyó á sus compañeros en alta voz la carta, que decia de esta manera:

«A tí, don Juan Chacon, señor de Cartagena, la sultana Zoraida te saluda y desea prosperidad.

»Tu clara valentía brilla lejos de tí, como el sol en los lejanos montes.

»Te conocen los desvalidos y te bendicen los desdichados.

»Pues siempre has sido generoso y amparador, ampárame, cristiano.

»Así Allah, multiplique y ennoblezca tu descendencia sobre las noblezas de tu raza.

»Así cierres los ojos á la luz tras una larga vida de bienandanzas.

»Mi honor ha sido mancillado por las lenguas viles de cuatro traidores.

»A punto estoy de la prueba del duelo confiando en Dios en tí y en mi inocencia.

»Y vencerás: yo lo espero.

»Una cristiana cautiva que me asiste, me ha dicho cuánto vales y cuánto puedes.

»Cuánto eres la honra de la hueste de los venturosos reyes que tienen vasallos tales como tú.

»¡Oh! han lanzado la sangre de mi amor á mi semblante y han roto mi corazon.

»Porque yo amaba, cristiano, á un hombre á quien han asesinado por mi causa.

»Pero con un amor puro, noble, exento de mancilla.

»Ven cristiano: ven con otros tres de tus amigos, que siéndolo tuyos no pueden ser sino generosos y valientes.

»Ven y cobra la sangre de Aben-Ahmed.

»Ven y lava mi deshonra.

»La doncella de mi casa que te entregará estas letras, te conducirá á donde encuentres armas y preseas bastantes á que puedas encubrir tu nombre y tu patria.

»Ven, ¡oh! ven cristiano, porque desamparada de todos, en tí confio.»

Don Juan se estremeció de alegria, y dijo á sus tres amigos:

Y bien; si buscábamos aventuras, ¿cuál mejor que esta? ¿Cómo podremos esclarecer nuestro nombre mejor que defendiendo á una sultana de cuatro enemigos tan valientes como los zegríes? ¡A caballo, caballeros! ¡á caballo, y que esta dama nos conduzca al sitio donde hemos de trocar armas y cabalgaduras!

Movió un tanto la cabeza el prudente don Alonso de Aguilar, y permaneció á pié mientras los otros tres castellanos montaban en sus caballos.

--¿Y cómo es, dijo á la mora mirándola profundamente, que no hay caballeros en Granada, que se llama la de los bravos, para arrojar el guante á los acusadores de la sultana?

--¡Cristiano! respondió con orgullo Zaruhyemal: ten en cuenta que una dama es la portadora de este mensage, y que un moro granadino no os daria otra cosa que el bote de su lanza, ni os hablaria con otra lengua que con la espada.

Si os place, venid: si temeis traicion, quedaos, que no faltarán aun en vuestros mismos reales caballeros que tomen sobre sí y con placer la empresa que vosotros no aceptais.

Calló cortesmente don Alonso á estas razones, ayudó á cabalgar á la mora, saltó en su caballo, y tras algunas breves palabras acerca del camino que elegirian, tomaron la vega adelante y al través, y dejando á mano siniestra á Granada, y siempre por fuera de camino y lejos de las alkerías para evitar un encuentro, se dirigieron, guiados por Zaruhyemal á las verdes colinas que se estienden cubiertas de olivares á la falda de Sierra Nevada.

Y anduvieron así dos horas, y al cabo de ellas llegaron, rodeando entre los olivares, á un pequeño alcázar rodeado de un bosque de laureles en las inmediaciones de una aldea llamada la Azubia.

Gozábase desde allí de la vista de un pais admirable.

Los resplandecientes Alijares con sus cúpulas altísimas; la Alhambra con sus torres rojizas y sus techos cubiertos de tejas de colores que lanzaban destellos de fuego heridas por el sol; la alcazaba con sus fuertes muros y sus altísimos cipreses; el cerro de Al-Bahul, cubierto de higueras de Túnez sobre las que descollaban cedros de Siria y palmeras de Africa; las vertientes de las colinas cubiertas de blancas y alegres casas, sobre las cuales descollaban las frondas de los jardines, luego la vega, tendida á los pies de Granada cercada de rios y acequias que relumbraban al sol, y mas allá las distantes sierras perdidas tras vapores fantásticos, que se elevaban en un cielo azul y radiante; todo esto era un espectáculo nuevo, maravilloso que fascinó á los caballeros, y los hizo suspirar por la llegada del dia en que el pendon real de Isabel y de Fernando ondease sobre aquel resplandeciente castillo, que guardaba como una veladora atalaya aquel jardin de delicias.

Zaruhyemal bajó entre tanto de la hacanea, y llamó al postigo de una cerca.

El postigo se abrió instantáneamente.

Los cristianos desmontaron, entraron en un jardin, y un esclavo negro asió de las cabalgaduras y las introdujo en el jardin tras sus ginetes.

El postigo tornó á cerrarse.

El jardin era una maravilla, y á su fondo se alzaba una magnífica arcada sostenida por algunas columnas de alabastro.

Al fondo de la arcada habia una gran puerta, por la cual entró Zaruhyemal guiando á los cuatro caballeros.

Subieron una escalera, atravesaron una galería y entraron en una magnífica cámara, que parecia haber sido construida para albergar al genio de los amores.

El ambiente, la luz, los perfumes, los muebles, la forma de la cámara, sostenida por grupos de columnas, con fondos labrados y matizados con caprichosos colores, con su alta cúpula casi perdida en la oscuridad, con su fuente de mármol en que un claro surtidor murmuraba ténuemente, al par que las brisas agitaban los tapices y venian á saturarse en los perfumes, todo era allí voluptuoso, todo convidaba á amar.

--¿A quién pertenece este alcázar? dijo el Alcaide de los Donceles a Zaruhyemal.

--Al infante Muza-Ebn-Abil-Gazan, contestó la hermosa jóven, y suyas son tambien las armas y las preseas que vais á vestiros, y los caballos que vais á montar.

Y guiándolos, atravesó otra galería, abrió otra puerta y los introdujo en una sala de armas.

Los castellanos se maravillaron: jamás, ni en los alcázares de sus reyes, habian visto una tan rica armería.

Cuatro esclavos les ciñeron los arneses que eligieron: les vistieron túnicas de brocado, y ocultaron sus cabellos bajo tocas á la usanza africana.

Avanzaba el dia, y los castellanos, armados ya y á punto de poder pasar por walíes africanos, bajaron al jardin, y fuera de la cerca encontraron cuatro caballos de la mas pura raza árabe, encubertados de guerra.

Y cabalgaron y se despidieron de la doncella mora, y tomaron la vuelta de los montes guiados por un africano de la servidumbre de Muza, para entrar en Granada por el camino de Almería, como si llegasen por las marinas.

Y era ya tiempo.

El sol habia llegado á la mitad de su carrera.

En la plaza de Bib-Arrambla, el palenque abierto, ocupadas las galerías por una multitud numerosa, mostraba en uno de sus estremos la tienda de los mantenedores de la acusacion contra Zoraida.

En el otro estremo se levantaba un cadalso enlutado, en que la desdichada Zoraida estaba vestida de blanco entre sus damas.

Delante de la tienda de los mantenedores habia clavadas cuatro lanzas en la arena, y pendiente de cada lanza una reluciente adarga.

A siniestra mano se veia el estrado destinado á los jueces del campo.

Eran estos jueces el infante Muza-Ebn-Abil-Gazan, el wazir Aben-Comixa y el katíb Abd-el-Kerun.

Mas allá, guardado por esclavos, se veia un astillero lleno de lanzas de batalla y algunos caballos encubertados de guerra, trabados de los pies.

Todo revelaba á primera vista el grave asunto que se sustentaba en aquel coso, no hacia muchos dias engalanado de fiesta.

La sultana Zoraida, sentada sobre un divan de seda negra y oro en el cadalso, parecia tranquila, á pesar de que bajo aquel cadalso estaban hacinados ramages que debian ser la hoguera de la adúltera si los zegríes sostenedores de la acusacion triunfaban, ó si llegado el término del plazo no se presentaban caballeros para defender la inocencia de la acusada.

Desde el amanecer, una multitud inmensa llenaba las graderías, y gran número de damas y caballeros, aunque con sencillas vestiduras de luto, ocupaban los estrados.

Boabdil habia llevado hasta el colmo su crueldad asistiendo á la prueba con galas de fiesta.

Y el pueblo murmuraba del rey, al paso que todos se dolian de la sultana y maldecian á los zegríes.

A la salida del sol, un alférez ó porta-bandera de los acusadores, precedido de añafiles y atabales, y seguido de ginetes armados, pregonó la acusacion contra la sultana á son de trompeta y arrojó cuatro guantes en la arena, retando á los presentes y por venir que la inocencia de la sultana defendieren.

Tras el estrado de los jueces, algunos caballeros se agitaron con visibles muestras de contestar al reto, pero el infante Muza los contuvo.

Nadie contestó.

Y pasó el tiempo.

El pueblo se impacientaba.

El sol ascendia.

Llegó al fin la oracion de adohar[142].

Tornó á salir de la tienda de los zegríes el alférez en la misma forma que la vez anterior, repitió la acusacion y el reto, y como antes, nadie contestó á él.

Y pasaba el tiempo, el sol descendia; sino habia campeones que defendiesen la inocencia de la sultana, esta debia morir de muerte de fuego como adúltera y enemiga del rey, en el punto en que el sol tocase á su ocaso.

El semblante antes sereno de Zoraida palideció, mas de indignacion que de terror.

Creyó que su súplica habia sido desatendida por los caballeros cristianos.

Su orgullo de sultana se irritó.

Y tal vez un pensamiento distinto cruzó por su mente y la arrancó una lágrima.

Bien hubiera podido suceder que sus campeones hubieran sido acometidos en la vega por fuerzas superiores.

Tal vez la muerte les impedia llegar al sitio á donde los llamaban.

Corria en tanto el tiempo.

Al fin el sol, que descendia, solo dejó ver una estrecha faja de rojiza luz en los aleros de la plaza opuestos al occidente.

Las miradas de todos se fijaban con ansiedad en aquella línea luminosa.

El sol se habia trasformado para la sultana en un relój implacable.

En el momento en que sus rayos dejasen de tocar enteramente aquel alero, debia repetirse la acusacion y el reto, y si nadie respondia a él, debia declararse á la sultana desamparada de Dios, y por lo tanto culpable.

Al fin desapareció aquel último rayo, y el sol se hundió tras el horizonte.

El mueden[143] de la mezquita mayor llamó á los fieles á la oracion de almagreb[144].

De nuevo el alférez, con su comitiva, adelantó al centro del palenque; pero aun no habian acabado de resonar los clarines, cuando se oyó gran alarido y gritería por la parte del Zacatin, resonó la trompeta del alcaide de la puerta de la Al-Kaissería, y el mismo alcaide adelantó á caballo, llegó ante el rey Boabdil, hizo arrodillarse ante él al bruto, y anunció al rey que cuatro caballeros berberiscos solicitaban se les diese campo para defender como campeones la inocencia de la sultana.

El rey, pálido de despecho, concedió la licencia, y el alcaide se tornó á la puerta.

Agitóse el pueblo, desalentado ya: levantóse un sordo rumor, corrieron los escuderos con los caballos á la tienda de los acusadores, subieron los jueces al estrado, y acreció la palidez de la ansiedad en el rostro de la sultana.

Abrióse á punto la puerta de la Al-Kaissería, y arremetieron por ella cuatro ginetes berberiscos, que atravesaron á la carrera el palenque y llegaron al pie del cadalso de la sultana.

Al ver sus armas, sus penachos, sus galas y sus magníficos corceles, el pueblo y las damas y los caballeros aplaudieron.

Entretanto, los cuatro caballeros berberiscos que llevaban caladas las viseras de sus yelmos de encage, desmontaron, y uno de ellos subió la gradería del cadalso, se arrodilló ante la sultana, y la dijo en arábigo aljamiado:

--Poderosa señora: yo y esos tres caballeros, que en tu defensa conmigo son, somos cuatro hermanos berberiscos, que venimos de Africa, y desembarcados en Almería, sabiendo que está amenazada por los cristianos esta hermosa ciudad, hemos querido contribuir con nuestras vidas á su defensa.

Y viniendo su vía, hemos sabido por un alkarreño[145], la afliccion en que te hallas, y á tus pies nos ponemos para ofrecerte nuestras vidas, y cuanto somos y tenemos.

Calló el caballero, y la sultana le contempló un tanto en silencio.

Pero una esclava cristiana que estaba junto á ella y que escuchaba atentamente, y con no menos atencion miraba al caballero que para hablar con la sultana se habia levantado la visera, la dijo:

--Acepta, señora, porque ese que á tus pies tienes, no es otro que don Juan Chacon, señor de Cartagena, á quien escribiste aquellas letras por mi consejo.

Sonrió tristemente la sultana, mirando con agradecimiento al capitan castellano, y le dijo con voz conmovida:

--Dios te premie y premie á tus hermanos, caballero, por la merced que me haceis: yo os acepto como defensores de mi inocencia, que en Allah y en vosotros confio, volverá á brillar, aunque tan vilmente han pretendido mancillarla los traidores zegríes.

Don Juan Chacon besó la mano á la sultana, se caló la visera, bajó del cadalso, cabalgó con sus otros tres compañeros, y los cuatro, estendidos al pie del cadalso, esperaron á que segun ley y uso reconocido se pronunciasen la acusacion y el reto.

Resonaron al fin las trompetas, y el alférez acusó á la sultana y retó á nacidos y por nacer, á presentes y ausentes, á vivos y á muertos, á chicos y á grandes, en nombre de los mantenedores de la acusacion.

Cuando hubo concluido, don Juan Chacon adelantó un tanto su caballo, y dijo con voz pujante que todos escucharon y en aljamia:

--Mientes tú, en lo que dices, como cobarde y mal nacido, y miente quien te lo manda decir, y quien lo sostenga miente, y miente quien al escucharlo calle, y en prenda y en señal de que admitimos el reto de los calumniadores de poder á poder y á todo trance de batalla, ved lo que haré y harán conmigo mis hermanos.

Y atravesando el palenque á media rienda, los cuatro caballeros hirieron con sus lanzas de dos hierros las adargas que cada uno de los mantenedores de la acusacion tenian suspendida de una pica clavada en tierra delante de su tienda.

Oyóse un ruido vibrante y metálico, las adargas cayeron á la arena, y los caballeros defensores tomaron campo y fueron á situarse al otro lado del palenque vuelta la espalda á la sultana, á tiempo que Hamet-Zegrí, Mahandin, Mahandon y Mahomet-Zegrí, tomando las adargas heridas de manos de sus escuderos, cabalgaron y adelantaron en el palenque, hasta ponerse frente á frente de los cuatro castellanos.

Mahomet-Zegrí enfiló con el Alcaide de los Donceles, don Diego Fernandez de Córdoba; Hamet-Zegrí, con don Manuel Ponce de Leon; Mahandon con don Alonso de Aguilar, y Mahandin con don Juan Chacon.

Bajaron los jueces del campo á la arena, demandaron juramento á los caballeros de lidiar como buenos y leales sin ayuda de hechicerías ni amuletos, les partieron el sol[146], y el infante Muza dijo en alta voz:

--Campo cerrado y batalla os concedemos, caballeros; partid y haced vuestro deber.

Al mismo tiempo hicieron señal los añafiles y los atabales, el rey arrojó á la arena un baston de oro, y los combatientes partieron uno contra otro, chocándose entre una nube de polvo en medio del palenque.

Retumbó el encuentro rudo y poderoso en los ámbitos de la plaza, y cuando se desvaneció el remolino, la multitud miró con ansiedad.

Todos los caballeros estaban en su lugar.

Las picas habian resbalado de las acicaladas adargas.

Tomaron de nuevo campo, y se encontraron con igual ímpetu.

La pica del Alcaide de los Donceles, arrojó desapoderado de los arzones al feroz Mohamet-Zegrí, y los otros seis caballeros no encontrando ventaja, volvieron á tomar campo.

Mahomet-Zegrí, en tanto, se habia levantado fuera de sí de cólera, yendo con rabia á desjarretar el caballo de don Diego Fernandez de Córdoba.

Pero las habia con un enemigo esperimentado, y le encontró pie á tierra junto á si con la espada en alto.

Antes de que el zegrí hubiera podido adargarse, vinieron al suelo las plumas y la mitad de su bonete, á un tremendo tajo del castellano.

El moro llevaba lo peor.

Acosábale don Diego, y caian sobre él los pesados golpes de su espada de á dos manos, rebotando sobre su adarga de Fez con igual ímpetu que el recio granizo de la tempestad sobre las altas cúpulas.

Retrocedia Mohamet, dejando tras sí pedazos de su desguarnecida armadura y girones de su rico sayo de púrpura.

Acorralábale sin descanso el bravo Alcaide de los Donceles.

Al cabo le puso entre su espada y la valla que sustentaba uno de los costados del cadalso de la sultana.

Rugia el moro como un tigre herido por un leon, y era espantoso de ver su semblante y los furiosos tajos que descargaba en vano sobre la adarga damasquina que embrazaba su enemigo.

Y duraba el combate.

Corria la sangre de entrambos campeones.

Zoraida, pálida y aterrada, miraba con ansiedad á don Diego, y éste cobró alientos al ver la suplicante mirada de la sultana.

Enojóle tanta resistencia; arrojó lejos de sí la adarga, alzó su espada á dos manos, describió con ella un ancho círculo sobre su cabeza, y esclamando, olvidado en su furor de su incógnito y del lugar en que se encontraba:--¡Santiago y Castilla!--la dejó caer con el ímpetu de una encina derrumbada por el huracan, sobre el moro.

Nadie, entre el estruendo del combate, que allá en el centro del palenque se sustentaba á caballo, oyó el grito de guerra del Alcaide de los Donceles, sino Mohamet-Zegrí, que cayó por tierra como herido por un rayo, esclamando:

--¡Traicion! ¡son castellanos!

Y su sangre se heló, rodaron sus ojos en sus órbitas, y la lividez de la muerte alteró su semblante.

El generoso alcaide saludó á la sultana.

Luego tomó el alfange del moro y le cortó la cabeza.

Subió la gradería del dadalso y puso en su última grada, á los pies de la sultana, aquel sangriento despojo.

Despues recogió su adarga, requirió su caballo, montó en él, y se retiró á un lado para ver la suerte del combate, que seguia encarnizado, entre los otros seis caballeros.

Los que mas á punto de vencimiento estaban eran don Juan Chacon y Mahandin.

Entrambos habian roto sus lanzas.

Entrambos se habian desguarnecido la cabeza y peleaban con ella descubierta.

Entrambos, apenas podian repararse por las adargas rotas y abolladas por los furiosos golpes.

Cruzaban y volvian á cruzarse los caballos.

Cada encuentro era una herida, cada choque un amago de muerte.

El moro mostraba los ojos inyectados de sangre, como la hiena que olfatea los cadáveres.

Don Juan Chacon le fascinaba con su ardiente mirada.

Pasaba el tiempo, la luz menguaba; la noche tendia ya sobre los cielos su manto de tinieblas.

Era preciso concluir.

Don Juan Chacon apretó los dientes y los puños, y su espada se rompió en la adarga del moro, dejándole el brazo desguarnecido,

Y sin darle tiempo para rehacerse, veloz como el relámpago, el señor de Cartagena tomó de su arzon la maza de armas, describió con ella en alto tres círculos; y la lanzó de sí.

La maza partió silbando y fué á chocar en la cabeza desarmada de Mahandin, que cayó por la grupa de su caballo, horriblemente ensangrentado.

Despues no se movió.

Estaba muerto.

Don Juan Chacon desmontó, cortó á Mahandin la cabeza, la llevó al cadalso de la sultana y la puso junto á la de Mohamet-Zegrí.

Un silencio de horror dominaba en el estenso palenque.

Por órden de Muza, esclavos con antorchas encendidas rodeaban á los combatientes alumbrándolos.

Aquello tenia un aspecto terriblemente fantástico.

Don Juan Chacon montó de nuevo á caballo y fué á situarse junto á la valla, al lado del Alcaide de los Donceles.

Solo rompian el lúgubre silencio el estruendo del combate de los cuatro caballeros y los alaridos de los parientes de los dos zegríes cuyas cabezas lívidas y ensangrentadas estaban á los pies de Zoraida.

Hicieron los jueces salir de la plaza á aquellas gentes para que no desalentasen con sus quejas á los caballeros que lidiaban, y luego solo se escuchó el áspero ruido de los golpes del combate.

Don Manuel Ponce de Leon, y don Alonso de Aguilar sintieron una generosa envidia al ver que sus compañeros habian fenescido sus armas con tanta prez, como se decia entonces, y arremetieron con nuevo furor á los moros.

El primero y Hamet-Zegrí habian tomado lanzas nuevas, y justaban como en torneo, entrando y saliendo en liza con gran bizarría y corage.

Parecia, á pesar de hacer ya gran tiempo que lidiaban, que no se habian tocado á los arneses, y sin embargo, crugian las adargas y recejaban los caballos, no siendo bastantes á sostener los poderosos golpes.

Hamet-Zegrí, enojado de la duracion del combate, furioso con la muerte desastrada de su pariente Mahandin, plantó su caballo en firme cuando venia á encontrarle Ponce de Leon á toda carrera, hizo el cuerpo atrás, tendió el brazo y le arrojó la lanza, que hendió los aires silbando como una jara desprendida de una ballesta.

Hubiéralo pasado mal el castellano á herirle de lleno el asta; pero la rabia hizo perder el tino al moro, descompúsose, y su pica resbaló en la adarga del castellano, que aguijó á su caballo para encontrar en la jacerina á Hamet-Zegrí.

El moro conoció lo terrible é inevitable del golpe, y encabritó su caballo, poniéndose casi en pie y cubriéndose con él.

La lanza de don Manuel hirió en el pecho por bajo de la cubertura al corcel, que cayó de espaldas, cogiendo debajo á su ginete.

El cristiano esperó á que se levantase; pero Hamet-Zegrí permaneció en tierra junto á su caballo muerto; el caparazon de hierro, al caer sobre él, habia roto su pecho, y por su boca manaba la sangre á borbotones.

Don Manuel Ponce de Leon cortó la cabeza á Hamet-Zegrí, fué al cadalso de la sultana, puso á sus pies aquella tercera cabeza, y fué á reunirse á sus amigos.

Y entonces la atencion general se fijó en don Alonso de Aguilar y en Mahandon.

El moro, desalentado ya por la muerte de sus compañeros, se batia con la fuerza de la desesperacion.

Suelto, ágil, vigoroso, forzudo, giraba como un torbellino en torno del cristiano; revolvíase este, encontrábanse, se martillaban, volvian á separarse, y se chocaban de nuevo.

Y parecia que la esperanza perdida daba fuerzas y actividad al moro.

Rompió la espada y tomó el hacha de armas: lanzóla á su enemigo, y la rechazó su adarga: entonces desnudó su puñal, arrimó los acicates á su corcel, y al pasar ceñido al de don Alonso, abrió los brazos, y con una ligereza increible, asió al castellano del cuello, pretendiendo derribarle del caballo.

Pero don Alonso se afirmó en los estribos; lanzó lejos de sí la adarga y la espada, abrazó al moro, le arrancó de los arzones, y sujetándole con un brazo vigoroso, hundió por tres veces en su cuello, bajo el falso de su armadura, su puñal de misericordia[147].

El moro abrió los brazos y cayó muerto á los pies del caballo de don Alonso, que echó pie á tierra, cortó la cabeza á su enemigo, y fué á colocarla junto á las otras tres en el cadalso de la sultana.

El pueblo, hasta entonces silencioso, lanzó una inmensa aclamacion de alegría, demostrando cuánto eran odiosos los zegríes.

Sonaron las trompetas en alto alarido de triunfo, y Muza, bajando á la sangrienta liza con los jueces del campo, gritó en medio del silencio del pueblo ansioso por escuchar sus palabras y señalando las cuatro cabezas lívidas de los zegríes alumbradas por cien antorchas:

--¡Hé aquí la justicia del Señor Altísimo, Unico y Misericordioso!

¡La sultana Zoraida es inocente!

Entonces adelantó una tropa de esclavos africanos en cuyo centro iba un hombre vestido de rojo.

Aquel hombre era el verdugo.

Tomó las cabezas de los vencidos, y se alejó con ellas.

Aquellas cabezas fueron puestas en escarpias en las puertas del castillo de Bib-Ataubin, como convenia se hiciese con asesinos y calumniadores.

* * * * *

En tanto el rey bajó precipitadamente del estrado real y fué á estrechar entre sus brazos á la sultana.

Zoraida se retiró con horror.

--¡Aparta, asesino! le dijo: desde hoy, tú en la Alhambra, yo en el Albaicin.

Y arrojándose entre los brazos de Muza, que venia á declararla libre, salió de la plaza acompañada de los jueces y escoltada por los cuatro caballeros, castellanos, sus defensores.

* * * * *

Al dia siguiente, mientras los cuatro caballeros, vueltos de la Azubia á donde habian ido á tomar sus armas y sus caballos, curaban en secreto sus heridas en sus tiendas, en el Real de Santa Fé, un escudero del infante Muza-Ebn-Abil-Gazan, en nombre de la sultana Zoraida, les entregó como presentes magníficas joyas, y los caballos y armas con que habian vencido á los zegríes.

Al mismo tiempo, uno de los mas nobles caballeros de Granada, yendo de paz, entregó á los reyes Católicos un pergamino rodado y sellado con el sello de oro de la sultana, en que esta les relataba la grande hazaña de sus cuatro defensores.

* * * * *

XVII.

LOS PRONÓSTICOS.

A medida que trascurria el tiempo, se iba haciendo mas angustiosa la situacion de Granada.

Los cristianos la cercaban por la parte de la vega y de las montañas á la parte de Almería, y sus campeadores corrian hasta sus puertas, llegando el caso de no atreverse á salir fuera de ellas los habitantes, por temor de ser muertos ó cautivos.

Solamente por la parte de las Alpujarras, lugar montañoso y habitado por gentes incontratables y bravías, estaban libres del cerco de los cristianos.

Por allí podia venir un refuerzo del Africa.

Pero Boabdil era débil, y los reyes de Castilla demasiado temidos, y los musulmanes de Africa abandonaron á sí misma aquella hermosa ciudad en donde estaban acorralados los últimos restos del imperio de los agarenos en España.

Cada dia acontecia una nueva hazaña de los cristianos, tal y tan grande, que ponia pavor en el ánimo de los sitiados.

Una noche, los habitantes de Granada de la parte del Zacatin, de la Al-Kaissería, y de los alrededores de la mezquita, despertaron asustados á las voces de ¡al arma! de los guardas nocturnos.

* * * * *

Dormia entonces Boabdil en el mirador de Lindaraja.

Frente á sí tenia la sala de las Dos Hermanas.

Mas allá el patio de los Leones.

Luego la terrible cámara de los Abencerrages.

Parecia que allí le habia llevado el remordimiento.

Boabdil no sabia separarse de aquel patio y de sus habitaciones.

Parecia que le llamaban á sí las sangrientas sombras de Aben-Ahmed y de los treinta y seis caballeros abencerrages degollados.

* * * * *

El rey soñaba bajo el fresco halago de las auras que entraban saturadas de las fragancias de los cármenes por las celosías del mirador.

La noche era plácida y tranquila.

Los luceros brillaban allá perdidos en la inmensidad.

Cantaban los ruiseñores solitarios entre las alamedas del rio.

Y sin embargo, el sueño del rey era terrible.

Una horrorosa pesadilla de sangre.

Parecíale que por la puerta de la sala de los Abencerrages salia Aben-Ahmed, y tras él sus treinta y seis compañeros con las cabezas en las manos.

Cada una de aquellas cabezas dejaba caer sobre el pavimento un chorro de sangre.

Y los fantasmas adelantaban en procesion lúgubre y silenciosa.

Y llegaban al rey y suspendian sucesivamente sobre su cabeza sus cabezas cercenadas y la bañaban en caliente sangre.

El rey luchaba por apartar de sí aquella vision terrible y no podia.

Pero de repente le despertaron descompasadas voces, y estruendo de gentes que corrian y de armas que se chocaban.

Y las voces decian en recio alarido:

--¡A las armas! ¡á las armas! ¡los cristianos están en la ciudad!

* * * * *

Despertó el rey y salió de su lecho.

Apenas se habia levantado cuando vió delante de sí á su hermano bastardo el infante Muza.

--¿Qué significa esto, hermano mio? dijo el rey.

--Esto significa, que tanta infamia, tanto crímen, tanta inocente sangre vertida, trae sobre nosotros la cólera de Dios.

--¡Tú tambien, hermano! ¡tú tambien! esclamó con angustia el rey.

--Los cristianos se atreven ya á entrar en nuestra ciudad y á poner el nombre de sus ídolos en la puerta de la mezquita.

--¡No te entiendo!

--¡Plaza! ¡plaza! gritó una voz al mismo tiempo en el patio de los Leones. ¡Quiero ver al poderoso sultan!

--Hé ahí al arrayaz Abd-Allah-ebn-Tarfe que llega dijo Muza. El te dirá el atrevimiento de los cristianos.

Entró á la sazon un moro atlético, armado de todas armas:

Llevaba en la mano un carton dorado, en el centro del cual, se veia escrito en grandes letras azules castellanas, el mote: AVE MARIA.

La advocacion mas dulce de la santa Vírgen Madre de Dios.

El moro estaba pálido y convulso, y sus ojos despedian llamas sacudiendo con furor el carton entre sus manos.

--¿Qué es eso? dijo Boabdil.

--Esto es, contestó Tarfe, que ese infiel á quien Dios maldiga, ese cristiano Hernan Perez del Pulgar, á quien llaman entre los suyos el de las fazañas, ha clavado sobre la puerta de alambre de la mezquita mayor este cartel con el nombre de María.

--¿Pero habrá encontrado el infiel la muerte? esclamó colérico el rey.

--El maldito ha escapado matando á alguno de los guardas.

--¿Pero si ha escapado, cómo le habeis conocido?

--Conocióle á la luz de las antorchas con que acudieron algunos vecinos un guarda que ha sido durante algun tiempo cautivo de los cristianos.

¿Y quién otro que el bravo Hernando del Pulgar pudiera atreverse á tanto?

¿No sabes que él con algunos pocos de los suyos tomó la fortaleza del Salar á escala franca, por lo cual sus reyes le hicieron alcaide de aquella fortaleza?

¿No sabes que desde ella nos ha corrido la tierra, nos ha incendiado las mieses y nos ha cogido cautivos y rebaños?

¿Acaso ignoras, ni lo ignora nadie, quién es Hernan Perez del Pulgar?

¿No sabes que el mote jactancioso que tiene en su escudo ese caballero es: El pulgar quebrar y no doblar?

--Dios permite que seamos humillados, esclamó con una vergonzosa desesperacion el rey.

--Pero quien nos humilla tiene cabeza, esclamó con energía Tarfe: dame licencia, señor, y yo iré á los Reales de Isabel y de Fernando por la cabeza de Pulgar.

--Vé, vé, mi valiente arrayaz, que siendo tú quien vas, no dudo que lavarás la afrenta que nos han hecho los cristianos.

Vé, mi valiente Tarfe, vé, y que Allah vaya en tu ayuda.

Tarfe y Muza salieron, salieron los que le acompañaban, y el rey quedó solo.

Volvióse á reclinar en el lecho, volvieron á entorpecerse sus sentidos, y volvió á su vision de sangre.

* * * * *

En efecto, el bravo alcaide del Salar Hernan Perez del Pulgar, el de las hazañas, habia entrado en Granada.

Aquella tarde habia llamado á su tienda en el Real de Santa fé á sus escuderos.

Eran estos quince, apreciados en gran manera por su valor.

Sentáronse y se descubrieron respetuosamente ante su capitan, que les dijo con voz grave:

--Bien conozco, hidalgos, vuestra lealtad y vuestro esfuerzo, de que me habeis dado grandes pruebas, y yo á mi vez os pago prefiriéndoos para confiaros un gran intento, que llevado á cabo, pondrá nuestros nombres en el templo de la fama.

Miraron con anhelo sus escuderos á Pulgar, que continuó de la misma manera reposada y tranquila.

--Esta noche voy á entrar en Granada con la ayuda de Dios; pero como me tocaria al alma el que interponiéndose algunos infieles, malograsen mi propósito, quiero que vengais conmigo, no como en recompensa de la estimacion en que os tengo, ni como mandato, mas os lo habré en gran merced si consentís.

Levantóse uno de los escuderos llamado Francisco de Bedmar, y dijo:

--Donde vayas tú, capitan, iremos nosotros sin dudar, y si algun temor podemos tener, no será otro sino el de la pérdida de tan noble y valiente caudillo.

Miróle de hito en hito Pulgar.

--Tú, Bedmar, dijo, escalaste los muros de Alhama; tambien os he visto á vosotros tomar á escala franca el castillo del Salar, combatir en Velez y en Baza en los mismos llanos de la vega. Y ahora que estais á mi lado, ¿por qué poneis en Dios tan poca confianza y me contais con los muertos?[148].

--Mal cumpliríamos con lo que le debemos, Hernando, observó otro de ellos, sino te aconsejáramos, cuando pretendes correr á una perdicion cierta.

--No es consejo lo que os pido, dijo gravemente Hernan Perez; lo que quiero es que me acompañeis hasta las puertas de Granada. Dios nos libertará, y si nos acorralan ¿qué importa? ya aprendimos en el Zenete la manera de hacernos paso[149].

Tendió, dicho esto, la mano á Bedmar y á los otros escuderos, y diciéndoles el lugar de la vega donde debian reunirse, despidiólos.

* * * * *

Era cerca del amanecer.

En la confluencia del Darro y del Genil, aparecieron viniendo de la parte de la vega algunos ginetes á caballo.

Solo podian apreciarse sus bultos porque la noche era lóbrega.

Detúvose al llegar á aquel punto el que cabalgaba delante de los ginetes, y al hablarles dejó conocer en su acento que era Hernando del Pulgar.

Los ginetes que le seguian eran sus escuderos.

--Ahora bien, amigos mios, y ya que hemos llegado, dijo Pulgar, ved de recoger entre esas alamedas algun ramage y procuradle seco en tal manera que arda á maravilla.

--Cómo, ¿pretendes poner fuego á Granada? dijo uno de los escuderos llamado Aguilera.

--Si tal, contestó Pulgar; y en Dios confio que hemos de volver al Real alumbrados por las llamas que devoren sus ponderadas casas y sus ricos alcázares.

Quedaron atónitos los hidalgos, pero conociendo la tenacidad de Pulgar, obedecieron y cargando de ramage seco la grupa de sus caballos, siguieron á su capitan, marchando por el cauce del Darro, para que con el ruido de la corriente no se notase el de las pisadas de los caballos.

Merced á esta precaucion y á lo oscurísimo de la noche, pasaron sin ser sentidos de los atalayas moros, por delante del castillo de Bib-Ataubin, y llegaron al puente de la puerta Real ó Bib-Al-Malekí, bajo el que se agruparon los quince escuderos en rededor de Pulgar.

Aguardadme aquí, les dijo, y tú, Pedro, que conoces mejor que nosotros la ciudad en que te criaste, carga en tu caballo ese ramage y sígueme.

Trabóse gran altercado entre los hidalgos.

Ninguno queria menos que acompañar á su capitan; vinieron á disputa, alteráronse, y á tal punto llegó la porfia, que Pulgar se vió obligado á consentir en que, echándolo á la suerte, le acompañasen algunos.

Al fin, guiado por Pedro, y acompañado de Bedmar y de otros cuatro, el alcaide del Salar siguió bajo el largo y lóbrego puente con el agua á la rodilla, penetró en la ciudad y siguió á oscuras á lo largo de la Ribera de los curtidores hasta llegar frente por frente de su edificio magnífico[150].

Treparon uno tras otro el poco elevado muro que encajonaba el rio, y por una estrechísima calleja, que apenas daba lugar á un arroyo de desagüe[151], penetraron en una plaza de poca estension, donde se alzaban uno frente á otro dos altísimos edificios.

Era el uno la universidad[152] granadina, emporio de ciencia, santuario del saber, á donde habian refluido los sabios de Córdoba y Sevilla, y cuantos habian sido arrojados por las armas castellanas hasta aquel último recinto donde flotaba en España la enseña del Islam; el otro la gran mezquita de Granada[153], con su puerta de alambre dorado, sus ricos agimeces de mármol y sus aleros labrados, si bien entonces no podia verse tanta maravilla á causa de la gran oscuridad de la noche.

--¿Hemos llegado? dijo el alcaide del Salar al morisco Pedro del Pulgar[154].

--Si señor, dijo el cristiano nuevo: escucha cómo zumba el viento en el altísimo almiznar de la mezquita; esta pared que nos guarda es de la universidad, y esa gran casa oscura que ves en la sombra, la del fakí de los fakíes.

Acrecentóse la impaciencia de Pulgar, y pidiendo á Pedro menesteres de encender, prendió fuego al hachon que consigo traia, y sacó de debajo de su sobrevesta un carton dorado, en que se veia un nombre escrito en letras azules góticas.

--¡El Ave María! esclamaron con asombro los escuderos,

Pulgar llegó á la puerta de la mezquita y se arrodilló: los escuderos se arrodillaron tambien.

--Sed vosotros testigos, dijo á los cinco, que estaban entusiasmados y conmovidos con el tiernísimo interés de Pulgar, de como tomo posesion de esta mezquita en nombre de los reyes de Castilla, consagrándola desde ahora á la Reina del cielo, cuyo nombre dejo en poder de los infieles hasta que llegue la hora del rescate[155].

Y atando en el pomo de su puñal las cintas de que pendia el cartel, le clavó de una sola puñalada entre las mallas de alambre de la puerta.

Luego se levantó, y se levantaron los escuderos, y Pulgar dijo á Pedro:

--¿Dónde está la Al-Kaissería?

Pedro le señaló una estrecha calleja que comunicaba con el Zacatin, y le dijo:

--Por allí, señor.

--Alumbra y guia.

Cuando llegaron á la puerta de la Al-Kaissería, Pulgar le dijo:

--Echa ahí ese ramaje.

Y cuando Pedro le hubo echado, Pulgar arrojó sobre él el hacha encendida.

Pero á punto sintieron pasos de muchos hombres con faroles encendidos que rondaban guardando aquel riquísimo barrio.

Verlos y acometerlos espada en mano fué una misma cosa.

Gritaron los moros, alborotóse por aquella parte la ciudad, y Pulgar, temiendo que le venciese la muchedumbre, gritó á sus escuderos:

--¡Por el mismo camino! ¡corazon sereno, y espada pronta!

Y rompiendo por medio de los moros, escapó[156].

Y las llamas amenazaban á la Al-Kaissería, y los moros, acudiendo de todas partes, gritaban:

--¡Al arma! ¡los cristianos!

Aquellas eran las voces que habian llegado hasta el rey.

El cartel aquel, el que Tarfe habia llevado á la Alhambra.

XVIII.

SIGUEN LOS PRONÓSTICOS.

Granada, tan venturosa antes, tan afortunada, habia llegado al punto de que todo para ella se convirtiese en desdicha y mala ventura.

Sus caudillos emigraban á Africa ó morian en la Vega.

Sus sabios y sus fakíes estaban siempre pronosticando desdichas.

Todos tenian, no la fé de la salvacion, sino la certeza del acabamiento de la patria.

Todos miraban con terror al porvenir, y á un porvenir cercano.

Y Boabdil entretanto se adormia.

Boabdil no procuraba acabar con los bandos uniéndolos bajo su mano, y dándoles de este modo fuerza.

Por otra parte, la unión de Aragon y de Castilla, de España, en fin, bajo un mismo cetro, hacia imposible la lucha.

Maldecian, sin embargo, á Boabdil.

Como si él, á quien historiadores benévolos han llamado el Desdichadillo, hubiera podido oponerse á los decretos del destino:

* * * * *

Es verdad que su inercia, su molicie, habian llegado al último punto.

No se le veia salir de los departamentos del patio de los Leones, donde tenia su harem, donde estaba el panteon en que reposaban sus antepasados, donde existia la fatal sala que encerraba sus remordimientos.

En aquel patio le tenian aprisionado los recuerdos de su dinastía, esto es, el pasado; sus placeres, esto es, el presente; y su conciencia, que venia a ser el decreto de su porvenir.

Y allí recibia las noticias, funestas todas, que le traian sus caballeros.

Allí escuchaba con la cabeza inclinada á sus sabios que le aconsejaban.

A sus valientes que pretendian sacarle de su inercia.

Allí, en la noche del mismo dia en que Tarfe le pidió licencia para ir á retar al audaz cristiano que se habia atrevido á penetrar en Granada, recibió la noticia de un nuevo desastre, que venia á ser un nuevo pronóstico de desgracias.

XIX.

EL TRIUNFO DEL AVE MARIA.

Apenas el sol habia desvanecido las nieblas de la noche anterior, y sus rayos tibios aun se tendian sobre Santa Fé, cuando un confuso rumor de pasos acelerados de armas que se chocaban y de gentes que subian á toda prisa las escaleras que conducian á los adarves, se dejó oir por la parte que mira á Granada.

Los reyes don Fernando y doña Isabel, el príncipe, don Juan, las infantas doña Juana y doña Isabel, fray Hernando de Talavera, Pulgar, Córdoba, Tendilla, Aguilar y cien nobles caballeros, rodeados de lanzas y ceñudos los semblantes, miraban al campo donde un moro ante ellos se mostraba acompañado de diez africanos á caballo y un trompeta armados.

Montaba en un poderoso caballo negro encubertado de guerra, y afianzaba una lanza, en cuyo hierro se veia pendiente el cartel de AVE MARIA que Pulgar habia fijado aquella noche en la puerta de la mezquita mayor de Granada.

Era el arrayaz Abd-Allah-ebn-Tarfe.

Llamas arrojaban los ojos del valiente moro.

Su roja sobrevesta parecia pedir sangre.

Sus megillas pálidas eran la clara muestra de la cólera que agitaba su alma.

El ronco son de su trompeta, habia llamado al adarve á los reyes, á los príncipes y á los caudillos cristianos.

Y todos se maravillaron de que aquel infiel se atreviese á presentarse con tamaño atrevimiento ante ellos.

Y Tarfe los miraba como mira el toro á la muchedumbre que le provoca desde la valla, y su cólera era cada vez mas convulsiva y su mano agitaba el cartel del AVE MARIA, blandiendo hasta hacerla crugir en el aire su fuerte lanza de dos hierros.

Mas cuando vió cubiertos de cristianos los adarves paseó la sombría mirada sobre ellos, reconociendo á cada uno de los capitanes á quienes habia visto el semblante entre el polvo de la batalla, y cuando vio competidores dignos hizo una seña al trompetero.

Por tres veces el son de la sonora trompeta rasgó el espacio y retumbando en la cercana Geb-el-Beira, fué repetido á lo lejos y en redondo por los ecos de las montañas.

Aquel sonido de atencion fué repetido de igual modo por las trompetas del Real.

El rey, la reina, el príncipe, los infantes, los caudillos y los soldados de Castilla y Aragon, España, en fin, escuchaban á un solo hombre.

Tarfe se alzó en los estribos, miró al adarve con fiereza y su voz poderosa se estendió en el espacio.

--¡Perros traidores! dijo: ¡vosotros los que entrais como el buho en nuestra ciudad amparados de las tinieblas para dejar en ella el nombre de vuestros ídolos! ¡yo soy Tarfe! ¡yo el que ha arrancado de la mezquita el nombre de MARIA, y le arrastra delante de vosotros, sobre el polvo de vuestros Reales!

¡Salid, canes ladradores!

¡Salid uno a uno, dos á dos, ciento á ciento!

¡Salid! ¡Tarfe os espera!

Mi lanza os conoce, villanos, y mi espada aun tiene en su filo la señal de vuestra sangre.

Calló el moro esperando la respuesta; pero ni una voz, ni un movimiento salieron de entre los cristianos, que parecian estatuas de hierro.

Irritóse Tarfe, hizo botar su corcel, le lanzó hasta salvar la mitad de la distancia que le separaba del muro, y gritó con doble furor:

--Y si no bastan las afrentas que habeis oido para que salgáis al campo, mirad, castellanos, donde pongo el nombre de MARIA; y si algun peon ó caballero, infante ó rey, de ello ha enojo, á esperarle voy en la Vega hasta que el sol trasponga las montañas de Loja.

Y esto diciendo, puso el cartel del AVE MARIA en la cinta que enrollaba la cola de su caballo, revolvió el freno, y seguido de los suyos, se alejó lentamente de los Reales hasta llegar á la espesura donde Zaruhyemal habia dado la carta de la sultana á don Juan Chacon, descendió del caballo, despidió á los esclavos y al trompetero, y se reclinó sobre el césped en la sombra, tendida á mano la pica y ceñido el talabarte de la adarga.

En tanto, en silencio se hundieron como sombras tras las almenas del Real de Santa Fe, reyes é infantes, damas y caballeros.

Ni una sola palabra acerca del suceso se cruzó entre aquel ejército de valientes.

El reto habia sido lanzado con sobrada insolencia para que se departiese sobre él.

Todos los semblantes estaban ceñudos; todos los corazones ardiendo.

Cada una de aquellas espadas estaba mal contenida en su vaina.

Pero lo que faltaba en palabras, sobraba en actividad.

De las almenas se pasó á las tiendas, y de la vestidura de paz al arnés de guerra.

Y entre aquellos viejos soldados endurecidos con la fatiga de los combates, un mancebo imberbe, hermoso como una dama, pero de mirada severa, y centelleante como la de un leon, atravesó en paso apresurado el Real, y al otro estremo entró en una tienda aislada.

--Pronto, Nuño, dijo á un soldado viejo que esperaba impaciente á la puerta; mi arnés, mi lanza y mi caballo: pronto, porque los capitanes del Real se arman á porfía, y no tardarán mucho cien buenas espadas en demandar licencia á sus altezas para rescatar la santa AVE MARIA de las manos de ese perro infiel.

Y así era,

Apenas don Fernando y doña Isabel habian entrado en sus tiendas, visiblemente alterados por el reto de Tarfe, cuando un tropel de capitanes, de caballeros, y aun de simples hidalgos, alféreces y demas cabos de los tercios, entraron armados hasta los dientes, pasando casi por cima de los continuos y demandaron licencia para ir á rescatar con la muerte del moro el nombre de MARIA.

Cada cual alegó su derecho, y con tan buenas razones, y siendo todos pares en valor y merecimientos, don Fernando y doña Isabel reunieron su consejo para elegir el campeon que debia llevar á cabo tan importante empresa.

Mientras esto acaecia, el hermoso mancebo que habia corrido á su tienda en vez de correr como los otros á la de los reyes, se habia cubierto de un arnés de finísimo temple; habia embrazado una adarga de Fez, ganada por sus ascendientes á los moros en aquella misma Vega, y ginete en un fogoso potro cordobés, blandiendo una pesada y larga lanza de fresno, se lanzó á la carrera á través de una puerta cercana, sorprendiendo á la guardia de ella, dió la vuelta al Real y se lanzó en la Vega al escape de su caballo de batalla.

Pronto, muy pronto, desapareció entre una nube de polvo, á pesar de los gritos de la guarda del Real, y llegó á la arboleda donde esperaba Tarfe.

El mancebo caló su visera y llegó á un llano del bosque donde Tarfe con el descuido de los valientes, á los pies de su caballo, dormia sobre el blando césped.

Latió con doble impaciencia el corazon del mozo, y fijó una intensa mirada de cólera en el moro.

--¡Levántate! gritó poniendo los cascos de su caballo junto á Tarfe. ¡Levántate, jactancioso, y ven conmigo á batalla!

Tarfe despertó al sonido de la pujante voz del mancebo castellano.

Levantóse lentamente, púsose de pie y midió con una larga y profunda mirada á su adversario.

--¿Quién eres tú, le dijo con desprecio, caballero sin mote y sin empresa? ¿Acaso no hay en los Reales de Castilla valientes capitanes que vengan á medirse conmigo que soy el caudillo de cien combates?

--Es verdad, contestó el mozo: soy caballero novel, pero vengo por tu cabeza para hacer empresa con ella: y como cristiano, vengo á arrancarte el corazon y el cartel que te has atrevido á poner en la cola de tu caballo, cuando tiene escrito el nombre de la que sobre ángeles se asienta.

--Ea, vete, cristiano, dijo Tarfe con desden, que yo no he de probar mis armas con quien trae las suyas blancas y oculta su semblante.

El mozo se levantó con corage la visera, y mostró su hermosa y juvenil faz al moro.

Tarfe miró con asombro al mancebo.

La espresion de desprecio que antes aparecia en su semblante, se borró.

Solo quedó en ella una sonrisa de afecto.

--Valiente eres, rapaz, dijo: gran fama alcanzarás en el mundo si una lanza traidora no corta en flor tu vida, pero vete: que no soy asesino ni me mido con niños: vete y di á ese terrible Gonzalo Fernandez de Córdoba, que Tarfe le espera durmiendo.

Y fué á reclinarse de nuevo en el césped.

Pero el jóven caló su visera, levantó el cuento de su lanza, y la tendió con ira sobre la espalda del moro.

Al sentir este ultrage, Tarfe saltó como una pantera herida, embrazó su adarga, requirió su espada, cabalgó, tomó campo, y partió con la lanza baja contra el cristiano, gritando ronco de furor:

--Por Satanás, el mentiroso, villano, que has de pagar con tu sangre tan ruin y cobarde ultrage.

Y á este punto embistió contra el mozo que le acortó el trecho saliéndole al encuentro.

El aire gimió con el estruendo del choque.

La lanza de Tarfe, saltó hecha menudas astillas contra la adarga del castellano.

Este no se movió de los arzones.

Su pica falseó la adarga y la jacerina del moro, y le hirió levemente, rompiéndose tambien como hubiera podido romperse una caña.

Tarfe rugió de cólera, y su ancha y larga espada damasquina, lució como un rayo fuera de la vaina.

Desnudó á su vez el cristiano la suya, tornaron á tomar campo y se acometieron de nuevo con doble coraje, é ímpetu furioso.

Martillaban los aceros sobre el duro hierro de los arneses: los airones, los penachos, las sobrevestas y las galas eran despojos del combate: empezaban á desclavarse coseletes y grevas y la sangre corria de mas de una herida.

Rugia Tarfe como un hambriento leon del desierto:

Coloraba su frente la vergüenza de no haber esterminado á la primera embestida á aquel cristiano casi niño, que se habia atrevido á insultarle, y redoblaba sus golpes y sus embestidas, ligero como un halcon, incansable, feroz, irritado.

Y siempre encontraba apercibida la adarga del cristiano.

Siempre su caballo, caracoleando en su lomo, le divertia en una defensa fatigosa.

Y redoblábanse los tajos sobre el templado acero de su jaco.

Jadeaban ya los caballos.

El cristiano, á quien sin duda importaba la brevedad, hacia girar el suyo como un torbellino en derredor del moro.

Al fin, entrambos corceles fatigados, cubiertos de sudor, ensangrentados los ijares, obedecieron mal al freno, y el de Tarfe tropezó en el tronco de un árbol al tomar una vuelta y cayó arrastrando a su ginete.

El castellano contuvo generosamente al suyo para no atropellar al moro, echó pie á tierra, y adelantó cubierto con la adarga y la espada en alto contra su enemigo que se habia levantado cubierto de polvo y trémulo de furor.

Empeñóse de nuevo el combate á pie firme.

Silbaba el acero contra el acero.

El dios de las batallas, posado en una nube roja, miraba con asombro á los caballeros.

Y Tarfe apretó los puños y los dientes.

Describió un ancho círculo al rededor de su cabeza con su espada, y la dejó caer como un rayo sobre el cristiano.

La hoja damasquina saltó en pedazos al chocar la templadísima adarga del mancebo.

Tarfe estaba desarmado: solo le quedaba el puñal, arma débil é inútil.

Arrojó lejos de sí la adarga, y se fué con los brazos abiertos al castellano, que le imitó.

El combate pasaba á ser lucha.

Una sombría y sardónica carcajada salió por entre las barras del yelmo de Tarfe.

Membrudo, ajigantado, gran luchador, pensaba sofocar entre sus robustos brazos al castellano.

Y así hubiera sin duda acontecido.

Pero cuando el moro estrechaba al mancebo, cuando su coselete rechinaba entre aquel brazo de hierro, su mano buscó el falso de la armadura de su enemigo, y su daga buida penetró en su pecho.

Tarfe abrió los brazos, lanzó un grito terrible, y cayó de espaldas.

El AVE MARIA habia sido rescatada.

El mancebo alzó su visera.

Su rostro juvenil y hermoso, cubierto de sangriento sudor, se elevó al cielo, y sus elocuentes ojos negros dejaron brillar una lágrima de gratitud.

Oracion suave, dulce, perdida como un perfume en la inmensidad del abismo, y elevada hasta el trono de Dios: y luego fué al caballo del moro, quitó de su cola el cartel del AVE MARIA, le besó de hinojos y le suspendió de su cuello sobre su pecho, á manera del vasallo que ostenta el blason de su señor.

Y llegó á Tarfe; le desenlazó el yelmo, y al ver su frio semblante, afeado por la lividez de la muerte, esclamó con un orgullo disculpable en sus pocos años:

--Soberbio moro: el novel caballero tiene ya empresa para sus armas, y el AVE MARIA será un cuartel de gloria en el blason de los Garci-Lasos de Castilla.

Y cortó la cabeza á Tarfe, la colgó del arzon de su caballo, cabalgó, salió de la espesura y se encaminó al Real.

Allá á lo lejos se levantaba una nube de polvo bajo los pies de los caballos de un pequeño escuadron, que avanzó hasta dejar conocer á los que cabalgaban.

Era el capitan Gonzalo Fernandez de Córdoba con sus escuderos, que habia sido elegido por el consejo de guerra para responder al reto de Tarfe, y venia armado de todas armas y cubierto de lazos y penachos.

Pronto llegó junto al jóven y pudo ver en su pecho el AVE MARIA y en su arzon la sangrienta cabeza del moro.

Detúvose el capitan y con él sus escuderos.

--¡Pardiez, Garcilaso, dijo Gonzalo Fernandez al jóven, qué temprano empezais á ser hazañoso! vais apurando todas las grandes empresas; Chacon y don Diego de Córdoba, Ponce de Leon y Aguilar, entran en palenque en Bib-Arrambla y vencen delante de la córte de Granada; Pulgar pone el nombre de MARIA en la mezquita mayor en prenda de posesion; y vos, niño aun, rescatais esa sagrada AVE MARIA de un guerrero tan formidable como Abd-Allah-Ebn-Tarfe. ¿Qué dejais, pues, que hacer á Gonzalo Fernandez de Córdoba?

Y esto dijo sonriendo afablemente, como quien tiene harta gloria propia para no envidiar la agena, el hombre que debia ser la primera y mas clara gloria de las glorias guerreras de las Españas.

El que debia ser el último cercador de Granada.

El conquistador de Nápoles.

El terror de los franceses.

¡EL GRAN CAPITAN!

Tendiéronse las manos Gonzalo Fernandez y Garcilaso, y tomaron juntos la vuelta de Santa Fé.

* * * * *

Desde aquel dia, los Lasos son Lasos de la Vega, y en su blason campea el AVE MARIA; desde aquel dia tambien, las armas de la ciudad de Santa Fé son una pica, clavado el cuento en la cabeza de un moro, y pendiente de ella el cartel del AVE MARIA.

XX.

LA AGONIA DE GRANADA.

Gonzalo Fernandez de Córdoba habia sido encargado por los reyes don Fernando y doña Isabel de formalizar el sitio de la ciudad.

Acercábase la hora fatal en que la enseña del Islam debia ser arrebatada por el huracan de la almena que la sustentaba.

Cercada enteramente Granada, empezó á sentir el hambre.

Muy pronto esta se hizo intolerable.

Hablábase ya de rendicion entre los principales caballeros.

Y el rey Chico seguia dormitando en los perfumados departamentos del patio de los Leones.

Siempre delante de aquella sangrienta cámara.

Siempre delante de su remordimiento.

Empezaron á aparecer al descubierto las traiciones.

Súpose que los principales caudillos, temerosos por sus vidas y haciendas, andaban en tratos para la rendicion de la ciudad.

Quedaron patentes las causas de tantos sangrientos motines, de tantas batallas perdidas, de tantas esperanzas malogradas.

Y no fué ya tiempo de retroceder, ni de atender á males incurables arraigados de viejo en el corazon de Granada.

Sostúvose aun, sin embargo, algunos dias, con la esperanza de un socorro de Africa.

Pero los socorros no venian.

Aquejaba el hambre y se temia á cada momento la embestida decisiva del enemigo.

* * * * *

Una noche, Boabdil sintió pasos de algunos hombres en uno de los estremos del patio de los Leones.

Su corazon se estremeció.

Entre las voces de aquellos hombres que hablaban y que al parecer salian de la sala de Justicia, creyó reconocer el acento estranjero de los castellanos.

¿Qué hacian aquellos cristianos en su alcázar?

Trataban, sin duda, en medio del silencio de la noche, de la rendicion de la ciudad: la corona temblaba en su cabeza; el reino de Granada agonizaba.

* * * * *

Boabdil huyó despavorido, y se encontró, sin darse razon de cómo, en la funesta cámara de los Leones.

Sobre las señales rojas de la sangre de los abencerrages, á la luz de una lámpara de alabastro, estaba arrodillada una muger vestida con un blanco trage de luto.

El rey reconoció á la sultana Zoraida.

De la boca del rey salió un grito ahogado.

Zoraida levantó la cabeza y vió al rey.

Se levantó lentamente, y dijo al rey estendiendo su brazo de alabastro hácia la sala de Justicia:

--Allí, tus vasallos cobardes, entregan tu corona á los formidables reyes de Castilla. Aquí, la sangre de caballeros inocentes, se levanta hasta el Altísimo clamando contra tí venganza.

Y la sultana se separó del rey y se perdió como un fantasma entre las columnas del patio de los Leones.

El rey cayó anonadado sobre aquella sangre, y lloró.

* * * * *

En efecto, el capitan de caballos, Gonzalo Fernandez de Córdoba, y Hernando de Zafra, secretario de los reyes don Fernando y doña Isabel, que habian entrado secretamente en la Alhambra por un postigo, trataban con los wazires Aben-Comixa, y Abul-Cazin-Abd-el-Melik de la rendicion de Granada.

* * * * *

Al dia siguiente el débil Abú-Abdalláh reunió en consejo á sus wazires, á sus faquíes y á sus kadíes, y les consultó sobre la resolucion que debia adoptarse en tan estrema situacion.

El resultado fué fatal.

Los unos, vendidos al enemigo, los otros temerosos de él, resolvieron la entrega de aquella ciudad, engrandecida por el famoso rey Nazar-Al-Hhamar, fuerte y poderosa hasta Abul-Hacen, y vencida, destronada bajo el débil cetro de Abu-Aba-Allah-el-Zogoibi.

Todos los del consejo se inclinaron á tratar de avenencia con los reyes enemigos, y solo el valiente Muza encontrando aun resistencia y brio en su corazon, dijo que aun era temprano.

Sin embargo, se determinó que el wazir Abul-Cazin-Abd-el-Melik saliese á proponer capitulacion á los cristianos.

Los reyes de Castilla y de Aragon recibieron bien á este noble caballero, y determinaron que Gonzalo Fernandez de Córdoba, Hernando de Zafra y algunos otros de los principales cristianos concertasen la entrega.

Estos caballeros, precedidos del wazir, entraron otra vez en la Alhambra, por una mina entre la torre del Agua y la puerta de Hierro, y encerrados secretamente en la sala de Justicia del patio de los Leones, hicieron las capitulaciones de la entrega de la ciudad.

* * * * *

Cuando al día siguiente el wazir las presentó en el consejo, la palidez del terror se pintó en todos los semblantes; la sultana madre, Aixa-la-Horra, tembló de cólera, y el rey desfallecido, con los ojos preñados de lágrimas, ocultó su dolor entre los brazos de su madre.

* * * * *

Y en medio de aquel espectáculo de desolacion, intenso en el alma el amor de la patria, sereno, aunque pálido, el intrépido y guerrero infante Muza se levantó, y abarcando en una larga y sombría mirada á los que le rodeaban, dijo con acento de la mas fria reconvencion:

--Dejad, señores, ese inútil llanto á los niños y á las delicadas hembras; seamos hombres y tengamos todavía corazon, no para derramar lágrimas, sino hasta la última gota de nuestra sangre; hagamos un esfuerzo de desesperacion, y peleando contra nuestros enemigos, ofrezcamos nuestros pechos á las contrapuestas lanzas.

Muía era un héroe; su voz vibraba inspirada, pujante, entre aquellos hombres, antes tan valientes, y entonces aterrados por el adverso destino.

--Yo estoy pronto á acaudillaros, continuó el infante con energía; para arrostrar con denuedo y corazon valiente la honrosa muerte en el campo de batalla.

Mas quiero que nos cuente la posteridad en el glorioso número de los que murieron por defender su patria, que no en el de los que presenciaron su entrega.

Y si este valor nos falta, oigamos con paciencia y serenidad estas mezquinas condiciones, y bajemos el cuello al duro y perpetuo yugo de envilecida esclavitud.

Veo tan caidos los ánimos del pueblo, que no es posible evitar la pérdida del reino.

Solo queda un recurso á los nobles pechos, que es la muerte; y yo prefiero morir libre, á los males que nos aguardan.

Si pensais que los cristianos serán fieles á lo que os prometen, y que el rey de la conquista será tan generoso vencedor como venturoso enemigo, os engañais.

Están sedientos de nuestra sangre y se hartarán de ella.

La muerte es lo menos que nos amenaza.

Tormentos y afrentas mas graves nos prepara nuestra enemiga fortuna: el robo y el saqueo de nuestras casas; la profanacion de nuestras mezquitas; los ultrajes y violencias de nuestras mugeres y de nuestras hijas; opresion, mandamientos injustos, intolerancia cruel, y ardientes hogueras, en que abrasarán nuestros míseros cuerpos.

Todo esto lo veremos por nuestros ojos: lo verán por lo menos los mezquinos que ahora temen la honrada muerte; que yo, ¡por Allah! que no lo veré.

La muerte es cierta y en todos muy cercana.

¿Pues por qué no empleamos el breve plazo que nos resta, donde no quedemos sin venganza?

¡Vamos á morir defendiendo nuestra libertad!

La madre tierra recibirá lo que produjo, y al que faltare sepultura que le esconda, no faltará cielo que le cubra.

No quiera Dios que se diga que los granadíes nobles no osaron morir por su patria[157].

* * * * *

Calló Muza, y callaron todos los que allí estaban.

Y calló tambien el rey.

Y entonces Muza, viendo el abatimiento de wazíres, xeques, arrayaces y fakíes, se salió lleno de ira de la sala.

Y dicen los que de aquel tiempo y de aquellas cosas escribieron, que habiendo tomado de su casa armas y caballo, se salió de la ciudad por la puerta de Elvira, y que nunca mas pareció ni se supo qué habia sido de él[158].

* * * * *

Entretanto el rey, viendo que en la ciudad y en todo el reino, faltaban á un mismo tiempo el ánimo y las fuerzas, resolvió escribir á los reyes sitiadores, que para evitar alborotos y novedades, queria entregarle la ciudad al momento.

El wazir Aben-Comixa, fué á Santa fé con esta carta y con un presente de caballos castizos, con ricos jaeces y alfanges.

Esta fatal determinacion fué el dia cuatro de la luna de rabie primera del año de ochocientos noventa y siete[159].

XXI.

LA TOMA DE GRANADA.

Amaneció el dia cinco de rabie primera.

Todo el ejército cristiano con sus reyes á la cabeza, en alto los estandartes reales de Castilla y Aragon, tendidas las banderas y apercibidas las huestes, marchó sobre Granada.

Iban engalanados ginetes y peones.

Ondeaban al viento penachos, preseas, banderolas y divisas.

El sol arrancaba fúlgidos destellos de las brillantes armas.

Y los timbales y las trompetas y los atambores y los pífanos del ejército cristiano, tañian juntos en alegre alarido, y el viento llevaba á Granada el clamor de triunfo de los vencedores que se acercaban.

A Granada, mustia y silenciosa, cubierta de luto y regada mas con las lágrimas de sus infortunados habitantes que con el agua de sus fuentes.

* * * * *

Entretanto, por la puerta de la torre de los Siete Suelos, acompañado de cincuenta caballeros de los mas nobles de Granada, salió vestido de luto, ya despojado de la corona perdida, el rey á quien los suyos habian llamado con tanta razon el Desdichadillo.

El wazir Aben-Comixa, le habia precedido para entregar las llaves de la ciudad á Fernando V de Aragon que esperaba en las márgenes del Genil.

Su familia habia salido antes.

La Alhambra habia quedado huérfana de sus antiguos señores, desamueblada, deshabitada, muda y fria, esperando á un nuevo señor.

El rey Chico descendió por las quebraduras del cerro de Al-Bahul.

De repente su caballo se detuvo como presintiendo al enemigo.

A poco apareció entre las quebraduras el conde de Tendilla don Iñigo Lopez de Mendoza, acompañado de don Pedro Gonzalez de Mendoza su hermano, gran cardenal de España, y de don Gutierre de Cárdenas, comendador mayor de Leon, de la órden de Santiago: llevaba el conde el estandarte real; el cardenal el guion de la cruz; el comendador el pendón de Santiago.

Seguian muchos capitanes á estos tres magnates, y en pos marchaban algunas banderas de infantería española.

Al ver á sus enemigos, el desdichado rey palideció y tembló.

Saludáronle sin embargo los vencedores, con la consideracion y el respeto que merece la desgracia, y mientras seguian adelante para ocupar la Alhambra, el infortunado rey descendió rápidamente por las quebraduras, llegó al sitio donde delante de su ejército esperaba el rey de Aragon, y quiso arrojarse al suelo para arrodillarse ante su vencedor.

Pero el noble Fernando V no se lo permitió, acercando á él su caballo.

Abu-Abd-Allah le besó en el brazo y le dijo:

--Tuyos somos, rey generoso y ensalzado: esta ciudad y reino te entregamos, que así lo quiere Allah, y confiamos que usarás de tu triunfo con clemencia y generosidad[160].

Despues, enmudecido por el dolor, rompiendo el llanto á sus ojos, saliendo la vergüenza á su semblante, rehusando volver á Granada con el conquistador tomó a rienda suelta seguido de sus caballeros el camino de las sierras, por alcanzar á su familia que habia salido algun tiempo antes por otro camino de la ciudad.

* * * * *

En tanto, en la distante torre del Homenage de la Alhambra, vieron los castellanos tremolar un pendon rojo.

El ejército se prosternó.

La capilla real que acompañaba al ejército, entonó el Te-Deum laudamus.

Y allí, en una mezquita cercana, dieron gracias á Dios los conquistadores[161], é hicieron salvas las bombardas y la mosquetería.

El conde de Tendilla habia tremolado sobre la torre mas alta del alcázar de la Alhambra el estandarte de sus señores.

Granada, la perla de Occidente, la sultana de Andalucía, la cándida y la clara, era cautiva de los cristianos.

XXII.

EL SUSPIRO DEL MORO.

¡Ah! ¡y cómo corre entretanto el rey Chico!

¡Cómo hiere los ijares de su blanca yegua!

Parece que devora la distancia deseoso de perder en ella el estruendo de la alegria de los vencedores.

¡Ay! ¡y cómo corre tambien la comitiva del cuitado rey!

Huyen de su desventura y de su vergüenza, porque nadie los persigue.

Y los moros que van por el camino con sus mugeres en sus asnos y sus bienes en sus acémilas, maldicen al pasar el rey.

Y le llaman cobarde.

Y el rey aprieta los acicates á la yegua, que gime dolorosamente y apresura su carrera.

Y la comitiva del rey apresura tambien á sus caballos que vuelan.

Falta entre ellos el infante Muza: Muza el valiente.

Muza que no ha tenido bastante valor para presenciar la pérdida de su patria.

¡Corre, miserable rey!

¡Corre, como correrá tu llanto lejos de ese jardin de delicias donde brotan flores de púrpura bajo los rayos de un sol de oro!

¡Corre, miserable, corre, y oculta tu miseria y tu deshonra entre los pelados riscos de las Alpujarras!

Pero detente en esa aldea de Armilla.

Detente de nuevo y rinde un nuevo homenage.

Ahí en esa aldea está la reina Isabel de Castilla.

Arrójate de tu yegua, besa la mano de esa noble señora, torna á cabalgar, y huye de nuevo.

* * * * *

Ya las nieblas de la tarde flotan en el horizonte.

El último rayo del sol poniente refleja á lo lejos sobre las torres de Granada.

En esas torres, que eran antes tu castillo, y que ya no volverás á ver.

Míralas, Boabdil, míralas.

Entre sus almenas, ese último rayo del sol hace brillar limpias armas.

Pero esas armas no son las de tus moros.

Son las de tus conquistadores.

Detente, Boabdil, y mira por última vez á tu perdida Granada, porque cuando hayas bajado la vertiente opuesta de esa colina, ya, aunque vuelvas atrás los tristes ojos, no volverás á ver á tu ciudad.

* * * * *

¡Oh! ¿por qué asesinaste los bandos?

¿Por qué asesinaste á los treinta y seis caballeros abencerrages?

* * * * *

[imagen no disponible: El suspiro de Moro]

El rey habia llegado á una colina á dos leguas de Granada.

Junto á ella habia encontrado á las dos sultanas, su madre y su esposa.

Aixa-la-Horra le miró con cólera.

Zoraida con desprecio.

En la cima de la colina se veia una estrecha quebradura, desde la cual se divisaba por última vez á Granada.

El rey, al llegar á aquella quebradura, se detuvo, echó pie á tierra, estendió los brazos hácia su querida Granada, y cayó de rodillas.

Luego esclamó exhalando un grito desgarrador:

--¡Alah-ku-Akbar[162]!

Y cayó de rostro contra el suelo, rompiendo en amargo llanto.

Y Aixa-la-Horra, su madre, cuando así le vió, dicen que dijo trémula y demudada señalando á la ciudad:

--Razon es que llores como muger, pues no fuiste para defenderte como hombre[163].

Y su wazir, Aben-Comixa, que le acompañaba, para consolarle dijo:

--Considera, señor, que las grandes y notables desventuras hacen tambien famosos á los hombres como las prosperidades y bienandanzas, procediendo en ellas con valor y fortaleza.

Y el cuitado rey llorando le dijo:

--¿Pues cuáles igualan á las estraordinarias adversidades mias?

Y montó á caballo, se volvió al oriente, y partió.

Al partir la yegua, dicen que dejó señaladas sus herraduras en la roca, y aun se muestran hoy al viajero aquellas señales.

Los moros, en memoria de aquella tristísima despedida, llamaron al alto del Padul, á la quebradura donde se prosternó el rey, Ojo de lágrimas, y los castellanos le señalan todavía con el nombre de Suspiro del Moro.

* * * * *

Entretanto los cristianos ponian una cruz en la sala de Justicia del patio de los Leones.

EPÍLOGO.

La historia de la Alhambra concluyó par decirlo así, en 1492.

Pero entonces, cuando acabó su historia de grandezas y de poder, comenzó su historia de destrucción.

Los Reyes Católicos destruyeron su magnífica mezquita, y levantaron sobre ella una iglesia.

Mas allá, en la parte alta, echaron por tierra maravillas del arte árabe, y fundaron sobre los escombros un convento de franciscanos.

El emperador don Carlos, su nieto, derribó gran parte del alcázar, y construyó sobre su terreno un palacio que pudo haber construido en otra parte.

Otro sí, para hacer habitaciones á su gusto en el alcázar, hizo puerta uno de los alhamíes de la sala de Embajadores, y puso una galería y un lienzo de habitaciones feas y destartaladas en que solo hay algunos buenos techos de ensambladura, delante del mirador de Lindaraja.

Mas tarde los franceses volaron la torre de los Siete Suelos, la del Agua y algunas otras.

Durante la guerra civil, con el pretesto de fortificar la Alhambra, se hizo saltar con barrenos su parte alta, y se la puso un feston de tapia de tierra con blindajes blanqueada y aspillerada.

Otro ingeniero cegó los baños de mármol del harem, y puso sobre ellos un jardin.

Y el tiempo, que nada respeta, sigue llevándose á fragmentos aquella magnífica joya.

Está escrito que la Alhambra desaparezca á causa de un inconcebible abandono, y lo que está escrito se cumplirá.

* * * * *

Hemos dicho buena y lealmente á nuestros lectores lo que sabiamos acerca de la historia y de la tradicion de ese alcázar.

Si no hemos hecho un libro mejor, no es porque no hayamos querido, sino porque no hemos podido mas.

FIN.

CRONOLOGÍA

DE LOS REYES DE GRANADA.

AÑOS

Mohhammed-Ebn-Al-Hhamar. 1238

Mohhammed II. 1273

Mohhammed III. 1303

Al-Nazar. 1309

Ismail-Abul-Walid. 1312

Mohhammed IV. 1325

Juzef-Abul-Hhedjadj. 1333

Mohhammed V. 1354

Ismail II (por usurpacion). 1359

Abu-Sayd (idem). 1361

Mohhammed V (de nuevo). 1362

Juzef II. 1391

Mohhammed VI. 1396

Juzef III. 1408

Mohhammed VII, por sobrenombre Al-Hhayzarí. 1425

Ebn-Ozmin. 1445

Ebn-Ismail. 1454

Abul-Hhasan. 1466

Abu-Abd-Allah-Al-Ssaquir-el-Zogoibi (Boabdil). 1482

Abd-Allah-Al-Ssaghar ó el Zagal (en union con Boabdil). 1484

Boabdil (solo). 1490

INDICE.

PAGINAS.

LEYENDA I.--El rey Nazar. 3

I La colina roja. id.

II La casita del remanso. 7

III La dama blanca. 10

IV Bekralbayda. 21

V Una historia muy sencilla. 26

VI El rey Nazar visto por el lado histórico. 31

VII El rey Nazar visto por el lado de adentro. 34

VIII La venta de una muger. 37

IX De cómo el príncipe Mohhammed estuvo á punto de ser ahorcado por ladron. 39

X La torre del Gallo de Viento. 42

XI De cómo el rey Nazar comprendió que no podia ser feliz. 45

XII El palacio de rubíes. 48

XIII La sultana loca. 55

XIV Lo que se veia desde la torre del Gallo de Viento. 61

XV Uno para cada almena. 63

XVI Uno para cada cautivo. 66

XVII El rey Nazar se ha vuelto loco. 67

XVIII ¡El rey Nazar es un sabio! 69

XIX El surco del rey Nazar. 75

LEYENDA II.--El mirador de la sultana. 79

I ¿Sultana ó esclava? ¿amante ó hija? id.

II La mejor noche del rey Nazar. 87

III De cómo la sultana Wadah creyó en la resurreccion de los muertos. 96

IV En que Iskac-el-Rumí hace pensar al rey Nazar. 117

V Celos y misterio. 119

VI Misterios. 122

VII El pergamino sellado. 123

LEYENDA III.--El alma de la Cisterna. 131

LEYENDA IV.--La Puerta del Juicio. 190

LEYENDA V.--La torre de la Cautiva (continuacion de la anterior). 249

LEYENDA VI.--La torre de los Siete Suelos (cuyo final sirve de epílogo á la anterior). 316

APUNTES HISTÓRICOS, en que se dá una breve noticia de los reyes de Granada que existieron despues del rey Abul-Walid y antes del rey Abu-Abd-Allah-al-Zaquír-el-Zogoibi, último señor moro de Granada. 427

LEYENDA VII.--El patio de los Leones. 461

PAUTA

para la colocacion de las láminas.

PÁGINAS.

La anteportada al cromo, delante de la portada impresa.

Te he llamado para ser tu esclava. 25

Y desaparecian y tornaban á desaparecer. 54

Contemplo profundamente conmovida á Bekralbayda. 83

¡Mátala si te atreves! 114

El rey permaneció inmóvil y fascinado. 143

Sacudió la bandera y cayó al suelo una cabeza humana. 162

Mira, la dijo, mostrándola la cabeza del rey. 185

¡Esta es mia! 230

Muerte de Abul-Walid. 243

¡He huido! ¡he huido, amado mio! 278

Fuga de María. 313

Asieron el cadáver de su padre... y le arrojaron en medio de la sima. 347

Le llevaron á una hermosa cámara. 385

El Belludo y el Descabezado. 426

La sultana Zoraida. 472

El Suspiro del Moro. 539

NOTAS:

[1] Hegira, huida, la era de los árabes: se cuenta desde el dia en que espulsado Mahoma de la Meca fué á refugiarse a Medinat-Yastreb. Esta huida ó Hegida aconteció el año 622 de J. C.

[2] Del deleite.

[3] Cármenes: jardines, huertos de placer.

[4] Traducido la Doncella blanca.

[5] Segun el Koram, el puente Sirat, que deben pasar los creyentes despues de su muerte, es delgado como un cabello, y cortante como una navaja de afeitar: los justos le pasarán salvos, pero se romperá bajo la planta de los réprobos que caerán en el fuego eterno.

[6] Llámanse desde muy antiguo sultanas entre los musulmanes, á las hijas de los reyes reconocidas por ellos.

[7] Noche apacible.

[8] La batalla de las Navas de Tolosa, en que Juzef Amyr-al-Mumenin fué vencido por el rey don Alonso VIII.

[9] Abu-al-abu quiere decir el abuelo.

[10] El espíritu de las tinieblas entre los árabes.

[11] Este largo nombre significa: Mahomet, hijo del servidor de Dios, hijo de Juzef, hijo del Rojo, el defensor: los árabes al nombrarse solian remontarse en su genealogia al cuarto abuelo y aun mas arriba, segun se vé en muchas inscripciones, singularmente en las sepulcrales, y los moros tomaron esta costumbre de los árabes.

[12] Ansari, compañero medinés del profeta.

[13] El defensor.

[14] Al-Morabethin, religiosos ó hermitaños.

[15] Al-Mohahedyn, bi-Ilah los dirigidos por Dios.

[16] Sultan; scultan tala amir al Mumenyn.

[17] Del oriente.

[18] Se convino entre ambos reyes en que Al-Hhamar conservaría el reino de Granada bajo la soberania y la proteccion del rey de Castilla, á quien pagaria un tributo anual de ciento cincuenta mil doblas, y acudiria con hombres de guerra cuando como vasallo fuese requerido: bajo este concepto ayudó Al-Hhamar á don Fernando en la conquista da Sevilla.

[19] Entre los árabes el órden de los meses que llamaban lunas es el siguiente: Muharram, Safer, Rabié primera, Rabié segunda: Regeb, Jaban, Ramazan, Xawal, Dilcada y Dilhagia: cada mes se cuenta desde la aparicion de una luna nueva hasta la aparicion de otra luna, y este intérvalo nunca pasa de los treinta dias ni baja de los veinte y nueve, y así los computan alternadamente: pero el último mes en el año intercalar siempre tiene treinta dias.

[20] 19 de julio de 1195.

[21] Ermitaño.

[22] Capitan de soldados, ó gobernador de distrito.

[23] Wacir, y sus semejantes alvazil, alvazir, alvasir, aluazir, aluacir, significaban entre los árabes de España, ministro de estado: esta voz unia en aquellos tiempos á la significacion anterior, la esclarecida de gobernador ó presidente de un pueblo ó territorio, de capitan general, gefe de justicia y magistrado supremo, que en muchos casos tenia una potestad independiente de la del califa.

[24] Moneda árabe de poco valor que no tenia correspondencia con las nuestras.

[25] Arquitecto.

[26] Nombre que daban los árabes al diablo.

[27] Oraciones.

[28] Estos cuatro nombres tienen en árabe las correspondencias siguientes: Aliento-de-las-flores: Nafasu-al-Azjari; Eco-de-las-armonías: Sadan-al-Angámi; Suspiro-del-amor: Jasratu-Jobbati; Espejo-de-Dios: Miratu-Allaji. Dejamos en el testo la traduccion española de estos nombres porque son demasiado estraños, es decir: porque no tienen tan buen sonido como otros que hemos consignado en el testo.

[29] Adornos de flores y hojas, especie de filigrana caprichosísima de que están ornamentadas las paredes de la Alhambra.

[30] Mosáicos que sirven unas veces de zócalo á las paredes, otras de pavimento.

[31] La cuesta.

[32] Algarada: correría de pocas horas en tierra enemiga, durante la cual incendiaban aldeas y caseríos, cautivaban hombres y mugeres y se volvian con la presa: en esta ocasion la fé de Al-Hhamar respecto á los tratados con sus aliados, era una especie de fé púnica: segun el derecho internacional de aquellos tiempos, no se entendia rota una tregua ni falseado un tratado de paz, porque los vasallos de una de las dos altas partes contratantes, rompiesen por la frontera en algara, hiciesen presas y se volviesen sin pasar adelante: como en aquellos tiempos era muy dificil sostener á la gente rapaz y aventurera, estas correrías eran mútuas, y para prevenirlas no se tomaba otra precaucion que la de guarnecer fuertemente las fronteras: un rey, sin embargo, podia castigar á muerte sus vasallos que hubiesen entrado á saco y degüello por las tierras de aquel con quien tenian estipuladas paces: pero los corredores tenian muy buen cuidado de enviar parte de la presa al rey, mediante cuyo tributo el rey hacia, como suele decirse, la vista gorda, y aun solia elogiar la hazaña.

[33] Rumi, romano; así llamaban los árabes y los moros de España á los solariegos y á sus descendientes; esto es, á los españoles indígenas descendientes de los godos.

[34] No debe estrañarse que los capitanes y hombres de guerra del reino de Granada reuniesen bajo sus banderas particulares, tal número de ginetes: debe tenerse en cuenta que al reino de Granada se habian refugiado los restos dispersos por la conquista de los otros reinos moros, y consta por testimonios auténticos que solo la ciudad de Granada, una de las mayores entonces del mundo, tenia una poblacion de dos millones de almas, y arrojaba por sus puertas un dia de combate, ochenta mil caballos y un número incalculable de infantes: no hay que deducir su poblacion de entonces por la antigua demarcacion de sus muros, porque segun sus costumbres, en una habitacion muy reducida moraban y dormian diez, doce y aun veinte hombres, toda una familia: habia que contar además en la jurisdiccion particular de la ciudad, las aldeas y alquerías de la Vega, que eran entonces innumerables. Mas adelante veremos que por efecto de las guerras civiles y por las emigraciones á Africa, la poblacion de Granada habia decaido ya de una manera considerable en los tiempos de la conquista por los reyes católicos.

[35] Al-Hhamar el vencedor.

[36] ¡Bah! ¡solo Dios es vencedor! este es el mote de las armas de los reyes moros de Granada adoptado por Al-Hhamar. Este mote está escrito en carácter nedji africano, en una banda diagonal de oro saliendo de la boca de dos dragantes, sobre un escudo campo verde.

[37] Llaman xeque, al mas anciano, al mas autorizado de una tribu, que tiene gobierno sobre ella y derecho de vida y muerte.

[38] Casa del rio; hoy casa Gallinas.

[39] No debemos olvidarnos de que Bekralbayda significa la doncella blanca.

[40] Al-Q'ars-al-hhamar castillo del Rojo, por corrupcion Alhambra.

[41] Generalife.

[42] Península de España.

[43] Sierra de Iliberis.

[44] La torre de la Vela.

[45] Mahoma.

[46] Felicidad.

[47] Anciano, jefe de tribu.

[48] Tribu.

[49] Poniente de Africa.

[50] Estrecho de Gibraltar.

[51] Pelayo.

[52] Madre de Mahoma.

[53] Ave de cetrería.

[54] Teodomiro.

[55] Rio del Olvido, hoy por corrupcion, Guadalete.

[56] La mala muger.

[57] Dios es grande.

[58] La hermosa del poniente.

[59] Sierra Elvira.

[60] Castillo de los romanos.

[61] Esta torre no existe hoy: sobre sus cimientos está levantada la ermita de San Miguel.

[62] Secretario.

[63] La Meca.

[64] Por Dios.

[65] Toledo.

[66] La esposa de don Rodrigo.

[67] La mano es el símbolo del Islam: como la mano consta de cinco dedos y cada dedo de tres articulaciones, escepto el pulgar que solo tiene dos, y todas están sujetas á la unidad de la mano, del mismo modo el Korán contiene cinco principios fundamentales: primero: creer en Dios y que Mahoma es su profeta; segundo: hacer oracion; tercero: dar limosna; cuarto: ayunar en la cuaresma de Rahamadan; quinto: peregrinar á Medina y á la Meca. Cada uno de estos preceptos tiene tres modificaciones, escepto el quinto que puede reducirse á dos: buen corazon y buena obra: estos dogmas provienen de la unidad de Dios, y la mano con sus cinco dedos y sus catorce coyunturas simbolizan fundamentalmente el islamismo.

La llave es un símbolo que se refiere al Paraiso, y que debe abrir su puerta á los escogidos.

Estos dos signos, y no la media luna como creen muchos, eran la empresa religiosa de los moros de Granada.

[68] Conocida hoy vulgarmente con el nombre de torre de los Siete suelos.

[69] Hoy este lugar es una esplanada, al fondo de la que se levanta la parte meridional del palacio del Emperador.

[70] 1345 de Jesucristo.

[71] 1273 de Jesucristo.

[72] Hemos insertado este epitafio é insertaremos otros, porque estas inscripciones sepulcrales pertenecen á la Alhambra, y porque además dan á conocer el estilo apologético de los moros, con toda su exagerada hipérbole y su decidido y característico sabor poético y religioso.

[73] 1302 de Jesucristo.

[74] 1314 de Jesucristo.

[75] 1287 de Jesucristo.

[76] 1309 de Jesucristo.

[77] 1312 de Jesucristo.

[78] El padre Jacob, el sábio por Dios.

[79] En romano: esto es, en latin.

[80] La artillería. Las crónicas árabes dicen, describiendo la entrada en Martos en esta ocasion del rey Abul-Walid, que combatió la ciudad con máquinas é ingenios que lanzaban globos de fuego con grandes truenos, todos semejantes á los rayos de las tempestades y hacian grande estrago en las torres y muros de la ciudad.

[81] Abencerrages.

[82] En aquellos tiempos una mina, revestida de estuco y mármoles, servia de magnífica comunicacion á la Alhambra con Generalife, por la parte de la puerta de Hierro entre las torres de los Picos y de la Cautiva. Aun quedan en la subida de Generalife algunos vestigios de esta mina.

[83] Era costumbre de los moros pobres, vivir en cuevas que habilitaban lo mejor que les era posible: de este género de viviendas miserables, aun hay muchas en Granada habitadas generalmente por gitanos y gente pobre. Estas cuevas habitaciones tenian naturalmente puertas, y por eso hemos usado en el testo la frase: cerradas.

[84] 1278 de Jesucristo.

[85] 1313, idem.

[86] 1325, idem.

[87] Por partir el sol se entendia poner á los caballeros de tal modo que el reflejo de los rayos del sol en las armaduras no favoreciese al uno y perjudicase al otro, y ponerlos á cierta distancia con iguales condiciones, para que ninguno tuviese ventaja sobre el otro.

[88] El año de los árabes, es lunar y consta de 354 dias, escepto el año intercalar, que se cuenta de 34 á 34 años y tiene 355.

[89] Contrabandistas de carne.

[90] El autor ha visto dos de estos suelos y la escalera cegada que conduce al tercero.

[91] Ciudad á poca distancia de Túnez. Dicen las crónicas árabes que el walí-Moavia-ebn-Horeig, al llegar al sitio en que se levantó Cairvan, que era un valle cubierto de una espesa y enmarañada selva, poblada únicamente de leones, tigres y serpientes, dijo en altas voces: Salid de este lugar, fieras que morais en este valle; salid, dejad este bosque y espesa selva. Y que habiendo repetido estas voces tres veces, ó en tres dias, no quedó allí fiera, leon, onza ó sierpe que no dejase luego aquel bosque. Que luego mandó á su gente desmontar el terreno y cercarlo de altos muros, y clavando en medio su lanza dijo á los suyos: Este es, este es vuestro Cairvan. Como si hubiese dicho: este es vuestro parador, el descanso de vuestra jornada. Mas adelante el espacio comprendido por los muros se pobló, y la ciudad continuó con el nombre de Cairvan.

[92] Noche hermosa.

[93] Cuadrúpedo maravilloso y alado en que, segun dicen las leyendas musulmanas, hizo Mahoma una escursion al paraiso.

[94] Determinóse en el sesto concilio Toledano, que no pudiese ser rey de los godos el que tuviese tonsurados los cabellos.

[95] El diablo.

[96] Las crónicas árabes reconocen á doña María de Padilla como reina de Castilla.

[97] Mediodia.

[98] 1362 de J. C.

[99] 1375 y 76 de J. C.

[100] Créese con fundamento que este almarestan ú hospital, fuese el edificio que se conoce hoy en Granada con el nombre de Corral del Carbón, y cuya magnífica portada subsiste todavia.

[101] 1391 de J. C.

[102] 1394 de J. C.

[103] Malek significa rey; Muley es la corrupcion de Malek.

[104] De la tribu de los Beni-Zeraghs, ó Abencerrages.

[105] 1436 de J. C.

[106] Fajardo, apellido español: arabizado, Fayard.

[107] Velez Blanco y Velez Rubio.

[108] Moros convertidos al cristianismo.

[109] 1438 de J. C.

[110] 1445 de J. C.

[111] 1454 de J.C.

[112] 1463 de J. C.

[113] 1466 de J. C.

[114] 1469 de J. C.

[115] Esta fuente es un dodecágono de mármol blanco de la sierra, de diez pies y medio de diámetro y dos de fondo, sobre la cual asienta un pedestal que contiene otra pila menor, de cuatro pies de diámetro y uno y medio de fondo. En cada uno de los lados del dodecágono de la gran pila, hay una cenefa de adornos de hojas, lazos y flores, entre las cuales se leen las siguientes inscripciones interpretadas por don Pedro Lozano y el licenciado Castillo.

TRADUCCION DE LOZANO.

Bendito sea el que dió al príncipe Mohamad[*] una habitacion que con su hermosura sirve de adorno á las demás habitaciones.

[*] Mohamad VI.

Y si no, ahí está ese vergél en que hay maravillas que no ha permitido Dios haya otras que las igualen, ni aun en los dos santuarios.

Y un monton de trasparentes perlas, cuyo brillo resplandece con los saltos del aljófar, contínuamente agitada.

Y no sabemos cuál de los dos es el que mengua.

* * * * *

¿No ves con qué confusion corre el agua, y sin embargo caen sobre ella otras corrientes?

A manera de un amante que se deshace en lágrimas por miedo de que haya quien las haga manifiestas.

* * * * *

* * * * *

Y quizá no es en realidad mas que una blanca nube que se desprende sobre los leones.

De tal modo se estiende la mano liberal del califa, que cuando franquea sus beneficios, alcanzan á los furiosos leones de la milicia.

¡Oh tú, que miras á esos leones, á quienes la falta de vida impide ejercer la furia!

¡Oh heredero de la sangre de los Nazeritas! No hay gloria que se iguale con la de haber heredado el poder y grandeza que te hará despreciar á los mas encumbrados magnates.

La paz de Dios sea contigo perpetuamente, teniendo en sujecion á tus súbditos, y domando á tus enemigos.

TRADUCCION DE CASTILLO.

Bendito sea aquel que dotó al adelantado rey Juçuf, de gracias que adornan su hermosura á las cosas preciadas. E sinó, ved como en este jardin hay riquezas, que Dios no permite que en la hermosura haya otras tales; de las cuales es esta hechura de aljófar de resplandeciente luz, cuyos estremos adornan los bailes del blanco aljófar, que cae sobre ellos en el círculo plateado, que á un mismo tiempo parece que se derrite en las claras é albísimas piezas de mármol, que con su hermosura y lustre parece á la vista que con ella se deshace la piedra dura, é no se entiende cuál es el licor que ansí se deshace. ¿Pues no ves como el agua corre al rededor de ella, é sobre ella hay otros profluvios? En semejanza de un apasionado amante que de sus ojos echa lágrimas, é por temor de su émulo, disimulando su afecto se las vuelve á tragar. E si bien la queremos comparar, no es la pila de esta fuente sino una roca blanquísima, de la cual salen profluvios de mantenimiento á los leones, en semejanza de la liberal mano de Juçuf, que reparte á los leones de la milicia sus tesoros. Pues ¡oh tú que ves los leones que están en guarda, á los cuales el no tener vida les hace no ejecutar su furia! Por tanto, ¡oh heredero de la sangre de los Naçere! Siéndote, como es tan congénito en ella, heredais alteza y poderio, con que á los grandes reyes tendreis en menos. La salud sea con vos perpetuamente, con triunfo é victoria de tus enemigos.

* * * * *

La diferencia que se nota entre estas dos traducciones consiste: primero, en que la de Lozano es libre, y la de Castillo sujeta servilmente á la letra, y además en la múltiple y maravillosa variedad de la acepcion de las palabras de la lengua árabe, acaso la mas rica de todas. Hay además que tener en cuenta lo caprichoso de los caractéres, que desempeñan el doble objeto de espresar el concepto y de contribuir al adorno. Por tanto, las inscripciones de la Alhambra, especialmente las cúficas son de dificilísima interpretacion.

[116] Lindaraja, fuente de piedra.

[117] Entre los adornos de las fajas y medallones, de los arcos, de las enjutas y en los marcos de los arcos, y en estos arcos, se ven multitud de inscripciones en prosa y en verso.

Las en verso han sido traducidas en metros castellanos, no sabemos por quién, que encontramos en el libro del viajero de Granada del señor la Fuente Alcántara.

Hélas aquí:

Soy de forma muy preciosa; son prodigio mis labores y belleza; Soy creacion maravillosa: ¿de quién no arranca loores mi grandeza?

* * * * *

Contemplad la piedra dura ya desbastada y bruñida diestramente, Cómo brilla en mi estructura: fuí tiniebla en luz vertida prontamente.

* * * * *

Las mármoles mas preciados en mi alcázar se pusieron con ingenio:

No bien fueron colocados del príncipe relucieron con el génio.

* * * * *

Mis esplendores deslumbran tanto que son envidiados por el cielo:

Luceros que en él alumbran son por mi luz sombreados en el suelo.

* * * * *

Y estas otras, sobre los arcos:

¿Has visto mucha grandeza? pues es mayor mi belleza.

* * * * *

Y dice al verme la gente: ¡qué linda! ¡qué clara fuente!

* * * * *

Otro me vé, se recrea, y me llama: Mar que ondea.

* * * * *

Hé aquí la inscripcion en prosa:

Solo Dios es vencedor: Dése gloria á nuestro señor Abu-Abd-Allah, conceda Dios su perpétuo auxilio á nuestro señor Emir de los fieles.

[118] El Mozo.

[119] El Pequeño y el Desdichadillo.

[120] La Honesta.

[121] Lucero-de-la-mañana.

[122] Esta cristiana, segun la tradicion y las crónicas, era la hija del alcaide de Martos, Sancho Gimenez de Solís; cautivóla en una correria el rey Abul-Hhacem, y enamorado de ella, la hizo su esposa, cambiando su nombre de Isabel de Solís en el de Zoraya.

[123] 1481 de J. C.

[124] Sabios.

[125] Sacerdotes, doctores de la ley.

[126] 1482 de J. C.

[127] Este año árabe coincide con los de 1490 y 1491 de J. C.

[128] Conócese ahora esta habitacion, una de las mas bellas y mejor concluidas de la Alhambra, con el nombre de cuarto de las camas, y es un departamento de los baños: es un cuadrado de poca estension, sostenido por cuatro columnas de mármol blanco de Macael, mas allá de los cuales hay una estrecha galería: en sus lados, y abiertos en el hueco interior de la galería, hay dos alhamíes, cuyo techo está sostenido por una columna en el centro y otras dos empotradas á los estremos: la del centro se apoya sobre un plano revestido de alicatado (mosáico), y levantado del pavimento 24 pulgadas, cuyo plano estaba destinado á sostener el diván ó lecho donde los reyes reposaban despues del baño. El pavimento general del retrete es de mosáico, y en el centro tiene una fuente al nivel del pavimento los huecos están adornados con un zócalo de azulejos de dos varas de altura, sobrepuesta al cual, corre una cenefa; sobre esta galería baja, hay otra alta sostenida en cuatro pilastras, entre las cuales corre una barandilla de madera; galería donde, segun algunos autores afirman, se colocaban los músicos que tañian para hacer agradable á los reyes el reposo del baño. Encima de esta segunda galería, hay diez y seis ajimeces ó trasparentes pequeños, cuatro en cada lado, sobre los cuales asienta una cornisa de madera de bovedillas, de la que arranca la magnífica ensambladura cónica hasta terminar en un pequeño techo plano, en cuyo centro hay un precioso cupulino.

[129] Og-Allah: quiéralo Dios: hoy decimos ojalá.

[130] El terreno del campo para justas y torneos ó para duelos.

[131] ¡Dios es grande! ¡Dios es misericordioso! ¡Solo Dios es vencedor!

[132] Puerta del Arenal.

[133] Todas las princesas de sangre se llaman sultanas entre los musulmanes, aunque sean doncellas.

[134] De los Estandartes.

[135] Corazas pequeñas.

[136] De la puerta de los convertidos.

[137] Flor de hermosura.

[138] El arcángel de la muerte.

[139] Boabdil tenia el sobrenombre árabe de Zogoibí, que significa Desventuradillo.

[140] Hoy de los Picos.

[141] Corrupcion del árabe, usada para entenderse respectivamente moros y cristianos.

[142] Medio dia.

[143] Al-Mueden, especie de sacristan de mezquita, que llamaba á voces desde el almirar ó torre á la oracion. Los árabes no tenian campanas.

[144] Puestas del sol: oracion de la tarde.

[145] Aldeano, de alqueria ó alkaria, aldea.

[146] Esto es: el terreno por partes iguales.

[147] Daga larga y unida con que los antiguos caballeros remataban á sus enemigos vencidos.

[148] Histórico á la letra: crónica de Hernan Perez del Pulgar.

[149] Histórico á la letra: crónica de Hernan Perez del Pulgar.

[150] Llámase el edificio que citamos Casa del Carbón, porque hace años se depositaba en él este combustible por sus dueños hasta que obtenian licencia para venderle. A juzgar por sus restos, este edificio debió ser, en los dias de su esplendor, suntuosísimo: el arco de su fachada, guarnecido de greca con enjutas de labor persa es de herradura y de una riqueza admirable; corre sobre él una inscripcion casi borrada por el tiempo, y sobre ella se ven tres agimeces, tapiado el del centro y los laterales con restos de trasparentes, formados de ramage y hojas á semejanza de los del patio de los Leones. Tras este arco hay un pequeño vestíbulo, cubierto por una bóveda de estalacticas, y en los lados hay dos puertas labradas y tapiadas, levantándose delante de ellas y hasta el arranque del gran arco esterior, dos especies de cajones de tablas blanqueadas, que sirven de tienda á dos adobadores de pieles de gato, y que dan al viejo edificio todo el romántico colorido de un monumento profanado.

[151] Segun todas las probabilidades, Pulgar y los cinco escuderos entraron por la calle de la Gallinería, que corre paralela al rio hasta el puente del Carbon, y por el Zacatin y calleja del Tinte, al lugar donde ahora está la iglesia del Sagrario y donde antes estaba la mezquita mayor.

[152] Hoy casas capitulares.

[153] Hoy templo del Sagrario.

[154] Este era un moro cautivado por Pulgar, que al bautizarse tomó el nombre de Pedro del Pulgar.

[155] Crónica de Hernan Perez del Pulgar.

[156] Si no existiese un indudable documento histórico que testimonia esta gran hazaña de Hernan Perez del Pulgar, se creería arrancada de una novela caballeresca.

En el archivo del marquesado del Salar, libro I, leg 2.ª, tomo VIII, se encuentra una real cédula, original de los Reyes Católicos, á favor de los quince escuderos que entraron en Granada con Hernando Perez del Pulgar, y que copiada á la letra es como sigue:

«El rey é la reina:--Por la presente damos nuestra palabra real de facer merced á vos Gerónimo de Aguilera, é Francisco Bedmar, é Diego de Jaen, é Alvaro de Peñalver, é Diego Ximenez, é Pedro de Pulgar, Adalides, e Montesino de Avila, é Ramiro de Guzman, é Cristobal de Castro, é Tristan de Montemayor, é Diego de Baena é Torre, é Alfon de Almería, é Luis de Quero, é Rodrigo Velazquez, que todos sois quince escuderos, é á cada uno, de tierras é facienda en la ciudad de Granada, de que pluga á nuestro Señor, que esté rendida á nuestro dominio; la cual dicha merced os facemos porque entrasteis con Fernando del Pulgar, nuestro alcaide del Salar, á pegar fuego en la ciudad de Granada en la mezquita mayor, por el peligro á que os pusisteis.--Fecho en 30 de diciembre de 1491 años.--Yo el Rey.--Yo la Reina.--Por mandato del Rey é la Reina, Fernan Dálvarez.»

Además los Reyes Católicos hicieron merced á Hernan Perez del Pulgar de añadir á los cuarteles de su escudo el Ave María y el privilegio para sí de ser enterrado en el mismo sitio donde llevó á cabo aquella grande empresa.

Archivo del Salar.

[157] Todo el discurso de Muza, es histórico á la letra.

[158] Histórico.

[159] 1492 de J. C.

[160] Histórico á la letra.

[161] Esta mezquita, poco distante de la confluencia del Darro y del Genil, consagrada despues en capilla con la advocacion de San Sebastian, profanada un dia y convertida en taberna con ofensa de sus recuerdos históricos y religiosos, conserva en su pared esterior que mira al oriente, una lápida de mármol blanco con la siguiente inscripcion en caracteres góticos:

«Habiendo Muley-Abdeli, último rey moro de Granada, entregado las llaves de dicha ciudad, el viernes 2 de enero en 1492, á las tres de la tarde en las puertas de la Alhambra, á nuestros católicos monarcas don Fernando V de Aragon y doña Isabel de Castilla, despues de 777 que esta ciudad sufria el yugo mahometano, desde la pérdida de España acaecida domingo dos de noviembre de setecientos catorce, salió dicho católico rey á despedir al espresado Boabdil hasta este sitio, antes mezquita de moros, y ahora erigida en capilla de San Sebastian, donde dieron las primeras gracias á Dios, el glorioso conquistador y su ejército, entonando la real capilla el Te-Deum, y tremolando en la Torre de la Vela el pendon de la fé; en cuya memoria se toca á dicha hora la plegaria en la catedral, y se gana indulgencia plenaria rezando tres Padres nuestros y tres Ave-Marías.»

[162] ¡Dios es grande!

[163] Histórico.

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