La alhambra; leyendas árabes
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J.J. MARTINEZ, EDITOR.
LOS ALCÁZARES DE ESPAÑA.
LA ALHAMBRA.
Leyendas árabes,
POR DON MANUEL FERNANDEZ Y GONZALEZ.
[imagen no disponible: J. J. M.]
MADRID:
IMPRENTA Y LITOGRAFÍA DE J. J. MARTINEZ, DESENGAÑO, 10.
1856.
[imagen no disponible]
LA ALHAMBRA
LEYENDA I.
EL REY NAZAR.
I.
LA COLINA ROJA.
Por los tiempos en que acontecian los sucesos que vamos á referir, esto es: por los años de 1240 de la era cristiana, y 637 de la Hegira[1], el monte en que se levanta la Alhambra, tenia un aspecto enteramente distinto del que hoy tiene.
No se veian las esbeltas torres orladas de puntiagudas almenas, con sus estrechas saeteras y sus bellos ajimeces calados; ni los robustos muros que enlazan estas torres; ni las cúpulas destellando bajo los rayos del sol los cambiantes de sus tejas de colores; ni la torre de la Vela con su campana pendiente de un arco, ni el palacio del Emperador, ni el bellísimo Mirador de la Sultana, ni mucho menos la modesta torre de la iglesia de Santa María: ni siguiendo la ladera del monte de la Silla del moro, el verde y florido Generalife con sus galerías aéreas, y su altísimo ciprés de la Sultana, ni más allá, sobre el Cerro del sol, el famoso y resplandeciente palacio de los Alijares.
Nada de esto existia aun: solo se veía una colina áspera, pedregosa, de color rogizo, cubierta de retamas y espinos; en el estremo occidental, de esta colina se alzaba únicamente una vieja torre, especie de atalaya de origen y antigüedad dudosos; pero que conservaba algunos vestigios de haber andado en su construccion los fenicios; y en la parte media de la colina, en la direccion de Este á Sur, las ruinas de un templo romano consagrado á Diana.
Esta colina se llamaba la Colina Roja.
A escepcion de las ruinas del templo y de la atalaya, ninguna otra habitacion humana se veía en ella, y en cuanto á los montes que mas adelante se llamaron la Silla del moro y el Cerro del sol, estaban completamente abandonados á los lagartos y á los grillos.
En las ruinas del templo no habitaba nadie, como no fuese momentáneamente algun bandido ó cazador furtivo, ni en la atalaya vivian mas que algunos soldados moros, que desde aquella altura observaban la Vega y las fronteras, para avisar el peligro en el caso de que los cristianos fronterizos hiciesen alguna entrada.
No era, sin embargo, esta la única torre fuerte que existía en Granada: en la colina que entonces se llamaba de Albunest, y hoy de los Mártires, se alzaba el castillo de las Torres Bermejas, dentro de cuya jurisdiccion murada, se encerraba una pequeña poblacion llamada Garnat-Al-Jaud, ó Granada la de los judíos, y sobre la colina en que se estendia el Albaicin, teniendo á sus faldas el Zenet y el barrio del Hajeriz[2] se alzaban los fuertes muros y las torres chatas, cuadradas las unas, redondas las otras, de la alcaza Cadima, y mas allá el antiguo palacio que antes de la construccion de la Alhambra habitaban los emires árabes, y los primeros reyezuelos moros de Granada, construido por Aben-Habuz, y llamado por él mismo Casa del Gallo de viento.
Pero á pesar de la aridez y soledad de la Colina Roja, el panorama que desde ella se descubria era encantador; procuraremos describirle, si es que pueden describirse aquel cielo radiante, que parece transparentar en su límpido azul la luz de los ojos de Dios: el verdor inmarchito de aquella tierra de bendicion: la nítida blancura del manto de nieve de las montañas y su puro matiz de cobalto, procuraremos hacer sentir á nuestros lectores la belleza sin igual de aquel jardin de delicias, que sirve de alfombra mágica al trono de la hermosa ciudad á quien llamaban los moros, la cándida y la clara.
Levántase al Oriente una montaña altísima, siempre cubierta de nieve, á la que sirven de base, grupos de montañas azules, escalones maravillosos de aquella maravillosa pirámide construida por la palabra de Dios: esta montaña es Sierra Nevada: nace en ella el Genil, que torciéndose entre valles odoríferos, bajo la sombra de los álamos, orlado de flores, arrastra su clara corriente sobre arenas de plata, y desemboca en la estendida Vega, atravesándola en toda su estension hasta los montes de Loja, aumentando su corriente por el raudal del humilde Darro, que se une á él á los pies de Granada, habiendo atravesado antes, desde su nacimiento, pintorescos valles, y dividido la Colina Roja del barrio del Hajeriz, con sus ruidosas linfas, que ruedan sobre arenas de oro.
Y esta magnífica llanura que se llama la Vega, que nace á los pies de Sierra Nevada y se estiende hasta la volcánica Sierra Elvira, deja ver desde la Colina Roja, bajo el diáfano horizonte que recortan las lejanas sierras al Poniente, sus mil aldeas blancas como nidos de tórtolas, con los humildes campanarios de sus iglesias, con los leves penachos de humo de sus hogares, entre bordaduras de colores, que tales parecen las alamedas con su verde esmeralda, los olivares con su verde oscuro, los riachuelos y las acequias que brillan entre los sembrados, cuya diversidad de matices hace parecer á la Vega, valiéndonos de una frase muy usada por nuestros poetas, un chal de colores bordado de plata, y luego levantándose en anfiteatro sobre aquella Vega, á la derecha y á la izquierda de la Colina Roja, dos montes cubiertos por la poblacion mora; y en esta poblacion brotando entre las casas, como ramilletes en su búcaro, grupos de cipreses, de naranjos, de limoneros; y entre estas casas con sus pardos tejados, y entre estos ramilletes de verdura con sus vivos esmaltes, torreones altivos y robustos muros, campanarios y miradores: y sirviendo de dosel á todo esto el Cerro de Santa Elena, y el del Aceituno, y la Silla del moro y el Cerro del Sol; y sobre este, al otro lado de un Occéano de aire y de luz la Sierra Nevada, que viene á ser el diamante del magnífico anillo de montañas que rodean á Granada y á la Vega.
Quien no ha visto el cielo de Granada no puede comprender hasta qué grado de luz y de esplendor alcanza el dia: quien no ha visto sus árboles, no puede saber á cuanta fuerza de esmalte alcanza la vegetacion, quien no ha dormido entre flores, al lado de una fuente, en los cármenes[3] del Darro, no puede formar una idea de hasta donde puede ser armonioso, ese himno que consagra la creacion al Creador, en el magnífico acorde de los pájaros que cantan, las frondas que zumban, los arroyos que murmuran, los insectos que vuelan, el aura que suspira en largas é indolentes ráfagas. Andalucía es el jardin del mundo, y Granada es el edem de Andalucía.
Pues bien: esas sierras blancas ó azules, esa vega matizada, esas aldeas que salpican esa vega, esos rios que la atraviesan, esas colinas cubiertas de casas, de jardines, de torreones, y el firmamento azul que alumbra con su radiante luz todo este maravilloso conjunto, es el panorama que se veía hace mas de seis siglos desde la Colina Roja, y que se ve hoy, aunque modificado en la parte de poblacion por los cambios que el tiempo efectúa en las obras de los hombres.
Por la situacion de la colina en que ha sido construida, por el panorama que desde ella se descubre, por el cielo que la alumbra, la Alhambra es el alcázar mas bellamente situado del mundo.
En 1240, si bien Granada era ya la perla de los musulmanes españoles, si tenia cuanto bello y maravilloso puede producir la naturaleza, la faltaba el magnífico acrópolo que debia ser la corona de magestad de la reina de Occidente.
Este acrópolo debia ser la Alhambra, y lo fué.
Hemos contraido el empeño de relataros la historia de ese alcázar maravilloso: no esa historia árida y severa que solo se ocupa de sangrientas conquistas y horrorosas catástrofes; no la historia de la construccion con su lento desarrollo y la insoportable descripcion del edificio, detalle por detalle, sino la historia romancesca, con todo su palpitante interés: queremos recoger, compilar en un solo libro, los dramas que en el recinto de aquel alcázar se han representado; queremos recoger en una copa todas las lágrimas que en él se han vertido; queremos haceros sentir, aspirar, los estremecimientos, los latidos de los corazones que allí han amado, que allí han odiado, que allí han sufrido; queremos consignar las hazañas y las traiciones que allí han tenido lugar; queremos hacer pasar delante de vuestra vista, como los espectros de una linterna mágica, los reyes, las sultanas, las esclavas del harem, las leyendas de encantamentos, los misterios de cada uno de aquellos retretes, las citas de enamorados en aquellos sombrosos y floridos jardines, al rayo de la luna; queremos levantar delante de vosotros generaciones muertas, y presentároslas llenas de vida, con su generoso valor, sus amores, sus ódios, su civilizacion y su grandeza; queremos, en fin, que sepais cuánto vale el pasado de ese alcázar que se asentaba sobre cuatro montes, y del cual solo queda hoy una pequeña parte mutilada.
Tal es el difícil empeño que hemos contraido: para llevarle á cabo, es necesario que nos anticipemos á la construccion de la Alhambra.
Por eso os hemos llevado al sitio en que fué construida.
Por eso al llevaros á la Colina Roja, os la hemos presentado árida y desierta.
II.
LA CASITA DEL REMANSO.
Era el oscurecer de una lánguida tarde de primavera.
Los soldados moros que hasta entonces habian vagado alrededor del viejo torreon de la Colina Roja, habian penetrado en él; se habia cerrado su puerta de hierro, y poco despues una espiral de humo habia aparecido saliendo de una saetera junto á las almenas.
En las ventanas de las casas de la Villa de los judíos y del Albaicin, empezaba á verse acá y allá el reflejo de las lámparas en el interior de las habitaciones.
La luna llena, con su bello color nacarado, asomó sobre la cumbre de la Sierra Nevada, se elevó lentamente é inundó con su blanda luz las distantes montañas, perdidas tras la neblina, la vega cubierta con un velo de vapores, y la ciudad que levantaba como fantasmas sobre las colinas sus torreones y sus alminares.
La Colina Roja estaba desierta; pero un momento despues de la salida de la luna, quien hubiera estado oculto entre las retamas y los jaramagos que cubrian las ruinas del templo de Diana, hubiera visto aparecer por entre una oscura grieta, enteramente cubierta de espinos, una forma humana.
Miró con recelo en torno suyo, y cuando vió que la Colina estaba completamente desierta, adelantó recatadamente, y deslizándose por entre las escabrosidades del terreno, atravesó la cima y bajó á la carrera por la vertiente que iba á concluir en el valle del Darro.
Luego siguiendo la corriente del rio arriba, atravesando con frecuencia su escaso raudal, que serpeaba entre los altos barrancos que se llaman todavía las Angosturas del Darro, continuó su marcha por espacio de una hora, y no se detuvo sino en un lugar donde el rio hacia un profundo remanso, apilando su corriente como en un estanque, en una ancha y profunda hondonada del terreno.
El lugar en que el incógnito se habia detenido, era sumamente pintoresco; anchas y tupidas cortinas de yedra cubrian las cortaduras de aquel ensanchamiento circular que tenia la forma de un gigantesco anfiteatro. Las dos estrechas aberturas por donde entraba y salia el rio, estaban unidas como por un pabellon flotante, por cortinages de enredaderas que descendian hasta la corriente: sobre los bordes de las cortaduras, como verdes cabelleras, se levantaban las frondas odoríferas de los árboles frutales; brillaba la luna en la tranquila agua del remanso, y en los blancos muros de una casita que se veia en la márgen opuesta entre álamos y cipreses: delante de esta casa se veia un jardin, el perfume de cuyas flores traia consigo el aura de la noche, y un ruiseñor enamorado cantaba entre la espesura uniendo sus cadenciosos trinos al monótono murmullo del rio.
Al lado opuesto en la estrecha faja de arena pedregosa que dejaba libre el remanso, se veia una negra abertura entre la maleza, que servia sin duda de entrada á una gruta.
El incógnito miró en torno suyo, y despues de contemplar indolentemente cuanto le rodeaba, se sentó sobre una gruesa piedra á la orilla de las aguas.
La luna le iluminaba de lleno con su blanca luz.
Era un mancebo como de veinte años: por su apostura, por la espresion de su semblante y por lo rico de sus vestidos y de sus armas, podia decirse que pertenecia á una poderosa y nobilísima familia mora.
Examinémosle, puesto que la luna nos alumbra, y la soledad y la belleza del sitio nos convidan al reposo.
Era blanco como la espuma de las aguas, y de formas delicadas y hermosas como las de una dama: sus ojos negros brillaban en una mirada indolente, pero fija, poderosa, audaz; ni el mas ligero bozo asomaba en su semblante de niño, á pesar de que su aventajada estatura, y lo robusto y desarrollado de sus miembros representaban á un hombre: un casco de plata con arabescos de oro y esmaltes de colores cubria su cabeza: ceñía su pecho un coselete de Damasco, bajo una túnica corta de brocado, sujeta á la cintura bajo una faja de la India: en esta faja se veian atravesados un largo yatagan y un puñal; vestia calzas de grana, y ceñian sus pies borceguíes de cuero de Marruecos bordados de oro: por último, llevaba pendiente de su costado izquierdo una aljaba con flechas, y se apoyaba en un largo arco de acebo.
Este jóven á la luz de la luna relumbraba: parecia en aquel lugar tan ameno, tan fresco, tan lánguidamente sonoro, un antiguo caballero encantado por una hada celosa.
Sentado sobre la piedra, apoyado el estremo del arco en la arena, afirmada la mano en el arco y reposando la cabeza en el brazo, el mancebo estuvo mirando fijamente la blanca casita que entre los álamos y los cipreses se veia al otro lado del remanso al rayo de la luna.
Ni el mas leve ruido salia de ella; ni en sus galerías ni en sus ajimeces se veia el reflejo de una luz.
O aquella casa estaba inhabitada, ó sus moradores, á pesar que era el principio de la noche, se habian entregado ya al reposo.
Pero de repente, una voz de mujer, mas dulce que la del ruiseñor que cantaba en la espesura, mas grave que el murmurio del rio, mas suspirante que el gemido de las brisas, cantó poco despues de la llegada del mancebo como para demostrar que todos los habitantes de aquella casa no estaban entregados al sueño.
Hé aquí el romance que aquella voz cantó al son de una guzla; romance cuyas palabras llegaron claras, distintas y tentadoras á los oidos del mancebo.
Del encantado palacio--de las Perlas soy el genio, y esperando mis amores--envuelta en su encanto duermo. Guárdanme como la joya--del avaro entre el misterio de tenebrosos conjuros--velada en niebla y silencio. Ven, ¡oh, lumbre de mis ojos,--que me abrasas en tu fuego, y para tí mi hermosura--y mis alcázares tengo! Soy virgen y de mi frente--dicen que mata el destello, en dulce encanto de amores--ó en triste penar de celos. Son mis alcázares reales--la maravilla del tiempo, y en motes de amor tu nombre--está en dorados letreros en cintas de azul y grana--escrito en sus aposentos. Regaladas alkatifas--para tu descanso tengo, y velarán blancas gasas--de tus amores el sueño. ¡Ven, esposo de mi vida!--¡Regalado sol que anhelo! ¡Ven! mis alcázares tienen--para tí sombra y silencio, y en ellos con mis amores--luz de mis ojos te espero.
El jóven escuchó trasportado este romance, sus ojos se animaron gradualmente, y cuando la voz cesó, se levantó de una manera nerviosa, dejó caer el arco, y estendió sus brazos hácia la blanca casita.
--¡Oh! tú quien quiera que seas, esclamó, muger ó hurí, fruto bendito de una muger, ó arcángel del sétimo cielo; héme aquí que es la tercera vez que abandonando á mis guerreros vengo en tu busca: héme aquí ciego sin la luz de tu hermosura, y si no apagas con tu amor la sed de mi corazon, moriré como la triste florecilla á quien faltan los rayos del sol.
Apenas habia pronunciado el jóven estas palabras, cuando revoló, viniendo no sabemos de donde, alrededor de su cabeza un enorme buho. Al sentir el ruido de sus alas el mancebo se estremeció: al verlo recogió el arco que habia dejado caer, armó en él una flecha y la asestó al pájaro nocturno; este se precipitó en un largo vuelo sobre la casita blanca, y penetró en ella por el oscuro arco de un ajimez; la flecha disparada por el mancebo penetró por aquel mismo ajimez en la casita.
Entonces el jóven creyó oir una carcajada leve, que al parecer salia de la casa; carcajada burlona, intencionada, cruel, en que habia algo de desesperado, algo de insensato.
--¡Siempre! esclamó: ¡siempre ese pájaro maldito! ¡en mi torreon de Loja, en las ruinas del templo romano, aquí! ¡y esa carcajada que me hiela la sangre y que me parece una amenaza!... ¡Una amenaza! ¿y por qué?
En aquel momento cayó á los pies del jóven, enviada sin duda de la casita, la misma flecha que habia disparado; en las plumas de la flecha se veia enrollado un pergamino.
Recogió la flecha el jóven, desató el pergamino, le desenvolvió, le leyó á la luz de la luna, y vió que decia:
«Si me amas y vienes por mis amores, encaminate á la gruta que tienes á tus espaldas.»--Bekralbayda[4].
El jóven besó la carta; arrojó otro beso á la casita, puso la flecha en la aljaba, y se dirigió hácia la oscura gruta esclamando:
--¡Oh! ¡bendito sea el buho, por quien ha penetrado mi flecha hasta la doncella de la frente pálida!
III.
LA DAMA BLANCA.
Pero cuando el mancebo llegó á la entrada de la gruta, se vió precisado á romper con su yatagan, para abrirse paso, las tupidas zarzas que la cubrian.
Despues penetró de una manera resuelta en el oscuro antro.
Por algun tiempo descendió en línea recta por una estrecha y resvaladiza rampa: luego se vió obligado á volver y revolver oscurísimas sinuosidades, por una pendiente mayor y mas resvaladiza, y al fin la inclinacion del terreno se hizo tal, que perdió los pies, resvaló y se sintió descender de una manera violenta.
Entonces se acordó del buho, de la carcajada, de cien supersticiosas consejas musulmanas: se retiró, é invocó á Dios: hubo un momento en que creyó que el terreno le faltaba, que caia despeñado en un abismo, dió un grito de espanto y perdió el conocimiento.
Cuando volvió en sí se encontró en un magnífico lecho de pieles de tigre y respiró una atmósfera impregnada de perfumes: lo primero que vió ante sí fué una alta figura blanca que estaba de pié é inmóvil delante de él á los pies del lecho.
Era una muger.
Pero una muger hermosísima, irresistible á pesar de que habia pasado de su primera juventud.
Sin embargo, y aunque parecia contar mas de treinta años, su semblante blanco, nacarado, pálido, un tanto demacrado, exhalaba de sí tal fuerza de vida, que hacia bendecir á Dios que habia creado una criatura, en la cual parecia haberse estacionado la juventud mas brillante.
Sus negros ojos fijos en el príncipe, con una espresion ardiente y melancólica, brillaba con no sabemos qué fuego dulce, concentrado, bajo la sombra de sus negras y convexas pestañas: su boca entreabierta, por la que parecia salir una alma llena de sufrimiento y de dolores en un continuo suspiro, dejaba ver sus voluptuosos labios contraidos por una triste sonrisa y pálidos como sus megillas: por último, sus largos y brillantes cabellos caian en flotantes rizos sobre sus hombros y sobre sus espaldas, y era alta, esbelta, magestuosa, y vestida únicamente con una larga túnica de lana blanca, sujeta en el cuello, de mangas perdidas y suelta enteramente hasta cubrir los pies, ocultando las formas de aquella singular belleza bajo su ancha plegadura.
Ni un solo adorno, ni una joya, ni una flor se veia sobre esta muger.
En su mano derecha tenia una lámpara de plata.
Jamás habia visto el jóven una figura tan hermosa, tan imponente; de aspecto tan sencillo, á un tiempo.
La habitacion en que se encontraba era tambien severa y sencilla, pero rica; cuatro paredes labradas de arabescos dorados sobre fondo blanco, y una cúpula de estalácticas, blancas tambien, con filetes de oro: la puerta de arco de herradura estaba cubierta por una cortina blanca de seda y oro, y de seda blanca y oro eran tambien los divanes que orlaban las paredes, y la alfombra que cubria el pavimento.
Debemos advertir que en aquellos tiempos entre los moros, el vestir completamente de blanco era una señal de luto, y que se admitia en el luto el oro, como se admite ahora en los negros túmulos de las iglesias y en las lápidas de las tumbas.
Esta estraña muger y esta habitacion, produjeron en el jóven el mismo efecto que produciria en nosotros una persona enteramente vestida de negro, en una habitacion enteramente negra tambien con adornos dorados.
La impresion de todo esto al volver en sí preocupó al jóven; pero lo que mas le preocupó, cuando de la dama enlutada pasó su vista á la habitacion, fué ver sobre sus armas, que estaban en un divan, un buho enorme que dormia sobre una de sus patas, teniendo escondida la otra entre su plumage.
El jóven se incorporó violentamente y fijó una mirada vacilante en la dama enlutada, cuyas negras pupilas estaban fijas en él, destellando en su oscuro foco, una chispa de fuego intenso y opaco.
--¡Oh! ¡hermoso! ¡hermoso como su padre! esclamó aquella muger con una voz tan ardiente que el jóven se estremeció.
--¿Quién eres tú, que has nombrado á mi padre? esclamó.
--¡Yo soy la maga de las humbrías! contestó la enlutada.
--¡La maga de las humbrías! esclamó el jóven.
--Sí, dijo la dama sonriendo tristemente; yo soy la maga de las humbrías.
Hubo un momento de solemne silencio, durante el cual continuaron cruzándose y confundiéndose las miradas de la dama y del jóven, que se sentia arrastrar por un poder desconocido hácia aquella muger.
--No, tu no eres maga, la dijo: tu no eres un espíritu maldito: la amargura con que me has contestado me lo prueban, tu eres una muger que sufres y lloras.
--Las lágrimas han hervido en mi corazon y se han secado, respondió aquella muger.
El jóven se levantó, se acercó á la dama, la tomó una mano que ella no retiró.
--¿Por qué quieres engañarme? la dijo con dulzura; en el momento en que abrí los ojos me aterró esta desolacion; el luto que te cubre, el que reviste estas paredes: creí haber cerrado los ojos á la vida; que el puente de Sirat[5] que todos hemos de pasar, se habia abierto para mí, y que me encontraba en las regiones de la eterna sombra: ¡y luego ese buho!
--Ese buho es mi compañero.
--Ese buho ha revolado tres veces en derredor de mi cabeza cuando me encontraba junto al remanso del rio.
--El desdichado sale de noche, vuela, se pierde entre las espesuras, asusta á los murciélagos y se vuelve á dormir.
--Ese buho se precipitó en la casa blanca que está al otro lado del remanso, entre los cipreses.
--En esa casa le conocen y le aman.
--Tras ese buho entró en esa casa por un ajimez una flecha mia.
--¡Hé aquí la maldad humana! ¡el hombre destruye por el placer de destruir! ¿Qué daño le habia hecho ese pobre pájaro?
--Antes de que te conteste respóndeme á una pregunta: ¿me conoces tú?
--No te he visto hasta ahora y sé tu nombre.
--¿Por tu ciencia de maga?
--Sí, por mi ciencia, dijo la dama repitiendo la estraña sonrisa que le era peculiar.
--¿Y quién soy yo?
--Tu eres el príncipe Sidy Mohammet-Abd'Allah, hijo y compañero en el mando del poderoso Sultan de Andalucía, Nazar-ebn-Al-Hhamar el magnífico.
Y el acento de la dama, al pronunciar el nombre del Sultan de Granada, era amargo y doloroso.
--Sí, yo soy; pues bien: voy á decirte ahora por qué me horrorizan los buhos.
La dama hizo un leve mohin de impaciencia.
--Dicen nuestros viejos que el dia en que nació mi padre, en la fiesta de las buenas hadas, cuando todos los circunstantes estaban alegres y regocijados, un buho entró en la sala y apagó las luces: aquella noche mi abuela murió á consecuencia del alumbramiento.
--¡Ah!
--Siendo mozo mi padre, salió la primera vez en algara contra cristianos: era de noche: un buho revoló tres veces alrededor de su cabeza, y mi padre fué gravemente herido en el combate.
--¿De modo que tu padre, el poderoso sultan Nazar, dijo con profundo acento la dama; el invencible, el fuerte, acabó por estremecerse al nombre solo de una de esas alimañas?
--Déjame continuar. Conoció mi padre allá en los años de su juventud una princesa africana (esto me lo ha contado muchas veces con las lágrimas en los ojos) que habia ido á Córdoba á buscar en la ciencia de sus sabios la curacion de una grave dolencia.
--¿Y de qué adolecia esa princesa? preguntó con indolencia la dama que conceptuando que la relacion seria larga, puso la lámpara en un nicho calado y se sentó en un divan.
--La princesa africana adolecia de tristeza, contestó el príncipe sentándose á los pies del lecho: del mismo mal de que adolezco yo.
--Ocupémonos ahora de la dolencia de la princesa, que tiempo tendremos de llegar á la tuya. Continúa.
--La princesa, mejor dicho, la sultana[6] Leila-Radhyah[7] habia ido á Córdoba acompañada por uno de los wacires de su padre, Mohamet Al-Mostansir-Billah, rey de Tlencen y servida por un número considerable de hermosas esclavas.
--Por lo que veo tu padre el poderoso Nazar tiene harto presente el nombre de esa sultana. ¿Cuándo te refirió tu padre esa historia?
--Hace un año, al proclamarme su heredero, y hacerme su partícipe en el gobierno del reino.
--Continúa.
--Ya te he dicho que la sultana Leila-Radhyah, habia ido desde Tlencen á Córdoba, á buscar alivio á su dolencia: pues bien, la noche antes de que la princesa llegase á las fronteras de Córdoba, un buho entró por la ventana del aposento donde dormia mi padre, batió las alas sobre su cabeza y le despertó.
--¿Y qué desgracia aconteció al noble Al-Hhamar?
--Mi padre vió huir al buho por la ventana, y se acordó del buho que habia girado en derredor de su cabeza la noche antes de la batalla en que tan peligrosamente le hirieron, y de aquel otro buho que apagó las luces en las fiestas de su nacimiento. Pero lo tuvo á casualidad y sin pensar mas en ello se durmió de nuevo, cuando hé aquí que le despertaron las voces de sus soldados. Levántase mi padre, sale de su aposento y pregunta al primero que encuentra.--Las atalayas de la frontera hacen señal de que los cristianos han entrado por la tierra y la llevan á sangre y fuego: entre las sombras de la noche se ven las llamas de las alkarias incendiadas:--Y el que esto le contesta corre á donde están ya sus compañeros armados.--Mi padre llama á sus esclavos, se arma tambien, reune á sus soldados alrededor de su bandera y parte con ellos de Córdoba el primero, con su valiente taifa de ginetes, en busca del cristiano.--Otros muchos walíes salen tambien de Córdoba con sus gentes armadas, pero mi padre les lleva la delantera y al amanecer encuentra á los cristianos.
--¿Y qué desgracia aconteció á tu padre?
--Mi padre venció en la primera embestida á los infieles, los puso en fuga y les quitó la presa que habian hecho. Entre la presa iba una doncella mora de maravillosa hermosura. Aquella doncella era la sultana Leila-Radhyah.
--¡Ah! ¡era la sultana!
--Sí; al llegar á la frontera, la encontraron los cristianos, mataron al wacir del rey de Tlencen, á los esclavos que la acompañaban, y la hicieron cautiva con sus esclavas.--Mi padre mandó que la condujesen en un palanquin á Córdoba, y fué conversando con ella todo el camino.--Era tan hermosa, tan pura y tan resplandeciente como un dia sereno en un valle del Hedjaz.--Mi padre se enamoró de ella...
--¿Y ella?
--Amó á mi padre.
--¡Murió sin duda la desdichada! dijo la dama blanca con una profunda amargura; porque de no, tu padre que es noble y generoso la hubiera hecho su esposa.
--No, dijo el príncipe bajando los ojos.
--¡La envió sin duda á su padre el rey de Tlencen!
--No; mi padre la amaba demasiado para no temer perderla, y mi padre entonces no podia aspirar á que una sultana fuese su esposa.--Nuestra familia es humilde: mis abuelos fueron labradores, y este es el mayor orgullo de mi padre: haber llegado á tan alto habiendo nacido tan bajo.--Mi padre cuando se apoderó de la sultana Leila-Radhyah, era walí; tenia riquezas y una bella casa en Córdoba.
--¿Pero qué hizo tu padre de la sultana Leila-Radhyah?
--La llevó á su casa.
--¡Ah! tu padre dijo: los cristianos se llevaban esta doncella para hacer con ella una ramera: ¿por qué no he de hacerla yo mi esclava? lo que el guerrero encuentra en el campo es suyo. ¡Hizo tu padre bien! Pero continúa: la sultana, por mejor decir, la esclava, debió morir de vergüenza.
--No: un año despues de sus amores con mi padre desapareció de su casa, encontróse sangre en su aposento, y mi padre, que la amaba, lloró su pérdida y la llora todavía.
--¿Y no te ha contado tu padre mas acerca de la sultana esclava?
--No; pero cuando me contó esos amores cuya desgracia anunció sin duda el buho, mi padre lloraba.
--¿Y qué otras desgracias le anunció ese buho tan terrible?
--Le vió la noche antes de la funesta batalla de Hins-Alacab[8]. Le vió la alborada en que Córdoba cayó en poder de los cristianos: la noche que precedió al dia de la pérdida de Sevilla, le vió tambien, y por último, la misma noche en que murió asesinado por el walí de Almería el desdichado Aben-Hud.
--¿Y no ha vuelto á ver tu padre á ese terrible buho?
--Sí, hace poco tiempo: precavido ya con las desventuras que le habian acontecido, mi padre llamó á sus sabios y les consultó.
--Ese buho te anuncia una nueva desgracia, le dijeron los sabios.
--¿Y qué desgracia es esa?
--Necesitamos consultar las estrellas para responderte.
--Consultadlas, pues, dijo mi padre.
Los sabios pasaron tres noches mirando el cielo, y dijeron á mi padre.
--Aparta de Granada al príncipe Mohammet Abd'Allah.
--¿Y por qué? preguntó mi padre.
--Apártale, contestaron los sabios.
--¿Pero qué tengo que temer acerca de mi hijo?
--Las estrellas nos han dicho que amenazan á tu hijo y á tí lo mismo, grandes desgracias si el príncipe continúa en Granada durante la luna de las flores.
Mi padre mandó á los sabios que consultasen de nuevo las estrellas.
Pero una, dos y tres veces, las estrellas guardaron un profundo misterio acerca del peligro que nos amenazaba, y solo repitieron que debia yo huir de Granada.
Entonces mi padre me envió á Alhama.
Yo estaba triste. Mi corazon tenia sed. Mi alma anhelaba un misterio: pasaron para mí los dias sin luz y las noches sin reposo. Yo me sentia morir.
En vano mis ginetes lidiaban toros, y justaban y corrian cañas y sortijas: mi enfermedad, mi misteriosa enfermedad crecia: la tristeza me mataba: mis esclavos no lograban arrancarme una sonrisa; ni sus danzas me alhagaban, ni sus cantos me entretenian, ni como otras veces, me adormia en su regazo: hasta me olvidé de la oracion, llevando solo mi cuerpo á la casa de Dios, pero no mi alma.
Yo palidecia, yo enlanguidecia.
--¡Como la sultana Leila-Radhyah!
--Sí; como la sultana. Súpolo mi padre, y vino á Alhama sin que yo lo supiese y preparó grandes fiestas para ver si yo me distraia. En el mismo punto en que mi padre entró en Alhama, segun supe despues, un buho entró en mi retrete y apagó la lámpara.
--Veamos la desgracia que te anunciaba ese buho.
--Al dia siguiente me sorprendió bajo mis ventanas una inusitada y alegre música de dulzainas, guzlas y atabaljos que tañian en un son concertado. Abrí un ajimez, entró por él un dorado rayo de sol de la mañana. Era el primer sol de la luz de las flores. El jardin parecia reir: parecian reir sus fuentes; parecia que sus flores, y sus árboles, y sus pájaros cantaban todos juntos; y que cantaba el cielo, y que cantaba el sol. Hermosas esclavas danzaban y tañian cuando yo aparecí en el ajimez, entonando un romance de amores en loor mio.
Estuve contemplando aquello durante un corto espacio, y luego me separé del ajimez con los ojos llenos de lágrimas.
Al volverme encontré delante de mí á mi padre que me miraba con tierno cuidado.
--¿Por qué estás abatido mi hermoso leoncillo? me dijo: ¿por qué vierten tus ojos lágrimas y están pálidas tus megillas?
--No lo sé, le contesté: mis ojos no tienen luz ni alegría mi alma: la vida me pesa como la losa de una tumba.
--¿Amas á alguna muger? si amas, dímelo; y esa muger será tuya, ya sea una humilde labradora ó una poderosa sultana, me dijo.
--Ninguna muger entristece mi alma, esclamé arrojándome entre sus brazos.
Mi padre procuró alegrarme, me mandó vestir mis mejores galas, montar uno de mis mejores caballos, y así, él á mi lado y seguidos de lo mas resplandeciente de la córte, salimos de los muros, y llegamos á un ameno campo, donde durante aquella noche habia hecho levantar mi padre una plaza de madera cubierta de paños de púrpura y oro.
Dentro de aquella plaza debian correrse toros, cañas y sortijas, y las graderías y los estrados estaban henchidos de hermosas damas cubiertas de galas menos resplandecientes que su hermosura.
En cuanto entré en la plaza, mis ojos se volvieron como si les hubiese obligado á ello el deseo, á un estrado puesto junto al estrado real, y se fijaron en una muger.
Aquella muger estaba, como tú, vestida de blanco; sin joyas como tú, y mas jóven que tú, aunque no mas hermosa.
Aquella muger era una doncella como de veinte años, pálida y triste como la luna, y hermosa y magnífica como el sol: tras de ella habia un hombre alto, flaco, viejo, vestido tambien enteramente de blanco, con los ojos relucientes como carbunclos que se fijaban en mí y en mi padre de una manera que me espantaba.
Pero la doncella alegraba mi alma con su hermosura, la embriagaba con su mirada, sentia ante ella que una nueva vida me hacia fuerte y poderoso, y me volví á mi padre para decirle:--allí está la hurí que yo amo, la alegría de mi alma, la paz de mi sueño, la vida de mi vida; es necesario que esa muger sea mia, esclava ó sultana, dama ó labradora.
Pero cuando miré á mi padre, ví sus ojos fijos, absortos, asombrados, en la doncella.
Ví en sus ojos amor, un amor ardiente. Tuve miedo y callé.
--¡Ah! ¡tu padre se habia enamorado como tú de la doncella blanca!
--Hé ahí, hé ahí la desgracia que me habia anunciado el buho.
Las fiestas fueron para mí muy tristes. Mi padre no volvió á preguntarme mas acerca de mi tristeza. Estaba absorto en la contemplacion de la doncella blanca á quien yo no me atrevia á mirar por temor á mi padre.
Al dia siguiente mi padre se volvió á Granada.
¿Se habria llevado consigo á su harem á la hermosa doncella?
Tuve celos: celos horribles porque eran celos de mi padre.
Pregunté á mis wacires, á los alcaides, á los kadis de Alhama, si conocian á una dama enlutada que con un viejo enlutado tambien, habia asistido á las fiestas.
El alcaide del alcázar me contestó que un viejo enlutado habia estado hablando mucho tiempo con el rey antes de su partida y que despues no le habian vuelto á ver. Que aquel viejo era forastero y que nadie le conocia en Alhama.
¿A qué preguntar mas?
Mi padre habia comprado aquella doncella sin duda, y por su amor se habia olvidado de su hijo.
Pero me resigné con la voluntad de Dios.
Volvió mi tristeza mas dolorosa, mas desesperada, y volvieron ó mas bien continuaron mis noches sin sueño.
Yo veia siempre delante de mí á la doncella blanca, de dia en las nubes, en las flores, en el fondo de las aguas: de noche en la luz de la lámpara, en los ángulos de mi cámara, escondida tras las cortinas de mi lecho: luego cuando el buho entraba y apagaba la luz, en medio de las tinieblas iluminándolas con el resplandor de su hermosura.
Yo me volvia loco.
Al tercer dia de la partida de mi padre, al entrar en mi cámara de vuelta de un solitario paseo por los jardines, encontré sobre mi divan una gacela enrollada y perfumada en que estaban escritos con elegantes caractéres azules los siguientes versos:
La perla de las perlas; la cándida y la pura; el sol de las hermosas; la rosa del Eden; la vírgen de tus sueños; tu sueño de ventura, espera á su adorado cuando á la noche oscura, los trémulos luceros fulgor y sombra dén.
Si buscas de sus ojos la fúlgida mirada; si de su aliento quieres la esencia respirar; si es vida de tu vida; si es llama consagrada, alma del alma tuya, que para tí guardada Dios tiene en sus misterios sobre escondido altar;
si quieres encontrarla; si anhelas sus amores, ven, príncipe, la noche te brinda con su amor: las márgenes del Darro la guardan entre flores, y en el silencio arrulla su sueño de dolores, trinando en los cipreses, el triste ruiseñor.
Detúvose el príncipe, reclinó la cabeza entre sus manos, y exhaló un ardiente suspiro.
--¿Era de ella? preguntó la dama.
--No lo sé, contestó el príncipe levantando la cabeza: solo sé que tanto leí los versos, que los aprendí de memoria, y luego... ella me llamaba: llamé al alcaide de mi palacio y le dije que durante siete dias no permitiese entrar á nadie en mi cámara.--Luego mandé que me ensillasen un caballo, y salí aquella misma noche de Alhama por un postigo de la alcazaba.
La gacela me decia que la doncella blanca moraba entre flores en los cármenes del Darro; aguijé, pues, mi caballo hácia Granada, á la que llegué antes del amanecer, rodeé por el cerro de Al-Bahul, trepé á la falda del cerro del Sol, bajé á la cumbre de la Colina Roja y me oculté con mi caballo en las ruinas del templo romano. Vino el dia; yo veia á lo lejos su luz por entre las grietas de las ruinas: un dia largo como una eternidad, en que la impaciencia me hizo olvidarme de mí mismo hasta el punto de no tocar á las provisiones que llevaba conmigo. Al fin se estinguió la luz y la reemplazó otra mas pálida: salí de las ruinas: era de noche: la luna iluminaba los montes: me arrastré por entre la maleza, para evitar que me viesen los soldados de la atalaya, y ganando la vertiente de la Colina, bajé al lecho del Darro, contra cuya corriente subí: anduve largo espacio: yo miraba á los cármenes; pero no veia cipreses; no escuchaba el trino del ruiseñor, sino á lo lejos y perdido en el silencio de la noche: al fin ví delante de mi un remanso en que brillaba la luz de la luna; al otro lado del remanso y mas allá de un jardin una casita blanca, y tras de ella un bosque de cipreses entre los cuales cantaba un ruiseñor.
Allí debia morar la doncella blanca: la hermosura del sitio era digna de su hermosura; su encanto digno de su encanto; su melancólico reposo compañero de su tristeza.
Esperé contemplando la casa y el jardin: esperé con el corazon ansioso, pero llegó el alba y nada ví; nada mas que la luna que desapareció: nada oí, nada mas que al ruiseñor que cantaba y que calló cuando los gallos anunciaron la mañana.
Me volví á las ruinas del templo mas triste y mas enfermo que nunca.
Pasé otro dia mas largo, mas terrible, y volví al remanso del rio; pasé delante de él, y como la noche anterior no ví mas que la luna brillando en las aguas, no oí mas que al ruiseñor cantando entre los cipreses.
Al fin, esta noche cuando ya desesperado llamé á la doncella blanca, un buho revoló alrededor de mi cabeza, me aterré, pretendí matarle, el buho se lanzó en la casita blanca, y mi flecha como te he dicho entró tras él.
Luego esta misma flecha cayó á mis pies trayendo entre sus plumas esta gacela que me envia á tí.
Y el príncipe sacó de entre su faja el pergamino, y le mostró á la dama.
--¿Y á pesar de que el buho anunciador de desdichas á tu familia ha revolado alrededor de tu cabeza, quieres ver á Bekralbayda?
--¡Oh! ¿aunque me costase la salvacion de mi alma? esclamó el jóven juntando los manos.
--¡Tú la amas!
--Como el arroyo al rio, como el rio al mar, como las flores á los céfiros, como el dia al sol.
--Príncipe, dijo solemnemente la dama: pues lo quieres, ven.
Y tomó la lámpara que habia dejado en el nicho, y salió de la cámara guiando al jóven.
IV.
BEKRALBAYDA.
Despues de haber atravesado algunas pequeñas habitaciones en las cuales el príncipe no reparó por efecto de su preocupacion, de haber subido una estrecha escalera y de haber salido por una pequeña casita á un jardin, la dama hizo pasar al príncipe al otro lado del rio por un estrecho puente formado con troncos de árboles.
La dama habia dejado su lámpara en la pequeña casa por donde habian salido á la parte alta de la cortadura en cuyo fondo corria el Darro.
Solo les alumbraba la fantástica luz de la luna.
Vista á su rayo la dama con su larga túnica flotante, con sus negros cabellos sueltos, que agitaban las brisas de la noche, tenia algo de sobrenatural, de estraordinario.
Cuando hubieron atravesado el puente rústico, se encontraron en un jardin frondosísimo; las copas de los árboles se unian hasta el punto de no dejar paso á los rayos de la luna; la estrecha calle por donde marchaban estaba cubierta de cesped, y á uno de sus costados corria un arroyo que dejaba oir su melancólico y monótono murmurio; el ruiseñor continuaba cantando.
Las parras y las enredaderas, y la madreselva y la yedra, y los jazmines silvestres, cruzándose de árbol en árbol, formaban una magnífica bóveda natural bajo la que solo podian comprenderse el reposo y el amor.
La dama y el príncipe adelantaban bajo aquella enramada en medio de una luz opaca y lánguida: la tortuosa senda se hizo al fin recta y ancha: se encontraban á la entrada de una verde sala, ancha, elevada, tapizada de flores y revestida de un oscuro follage en cuyos mil aromas se impregnaba el viento.
Al entrar en aquella galería el príncipe se detuvo y dió un paso atrás: su corazon latió violentamente y lanzó una esclamacion ardiente, inarticulada.
Al fondo de aquella galería habia visto una sombra blanca iluminada enteramente por la luna que penetraba por un claro de la espesura.
--¿Qué sombra es aquella? dijo alentando apenas el príncipe á la dama.
--Es Bekralbayda que te espera, contestó la dama.
--¡Bekralbayda! ¡ella! ¡esperándome en medio de la noche y del silencio en este lugar de delicias! esclamó el jóven que se sentia morir.
Cuando el príncipe se volvió á buscar á su hermosa guia, esta habia desaparecido.
Estaba solo.
Delante de él, inmóvil, blanca, bajo el rayo de la luna, permanecia Bekralbayda.
El ruiseñor cantaba: el arroyo murmuraba; el viento agitaba levemente el follage.
El príncipe adelantó hácia Bekralbayda, dudando de sus ojos, de su razon; creyéndose entregado á un sueño.
Sin embargo, aquel no era sueño.
Llegó al fin junto á ella.
La jóven estaba al lado de una fuente.
Tenia la cabeza baja, la vista fija en el césped, y el príncipe á pesar de la luna creyó ver teñido de rubor su semblante.
--¡Alma de mi alma! esclamó el príncipe contemplándola estasiado.
--¡Alma de tu alma! esclamó Bekralbayda levantando sus lucientes ojos negros y posando su mirada sobre el príncipe: ¡alma de tu alma, yo!
--¡Oh! ¡sí! desde el dia en que te ví no aliento: desde el dia en que te ví te guardo en mi memoria, como un consuelo y como un infierno: desde el dia en que te ví, lo he olvidado todo para no pensar mas que en tí: no he vivido sino para tí: solo por tí he esperado.
--¿Y dónde me has visto, señor?
--¡Ah! ¿has olvidado, sultana, el lugar donde te he visto?
--Solo una vez, dijo Bekralbayda, he visto damas cubiertas de joyas y galas; caballeros resplandecientes cabalgando en briosos corceles; soldados y banderas; fiesta régia; alegre música, toros y cañas: me habian hablado mucho de ello, habia leido poemas en que se contaban todas estas grandezas, me habian dicho que sería un dia sultana: pero yo no he salido nunca de aquí; ni he visto nunca mas que...
Bekralbayda se detuvo.
--¿Mas que á quién? dijo con cierto celoso anhelo el príncipe.
--Yo no puedo decir quien es la persona á quien veo junto á mí desde mi infancia.
--Pero esa persona...
--Es un hombre...
--¿Un hombre viejo?...
--Sí, un anciano.
--¿El que te acompañaba en las fiestas de Alhama?
--Sí.
Tranquilizóse el príncipe.
--¿Y no recuerdas haberme visto en las fiestas?
--No reparé en nada; aquella magnificencia, aquel esplendor, aquella multitud de damas y caballeros me aturdian.
--Pues en esas fiestas te conocí y te amé.
--¡Amor! ¿y qué es amar? dijo Bekralbayda.
--¡Oh! ¿no sabes lo que es amor?
--¡El amor! le he visto en palabras en los poemas: he comprendido que amar es morir.
--El amor es la vida cuando el ser que amamos nos ama.
--¿Y cuando no somos amados?...
--El amor es la muerte.
--¡Ah! ¿el amor es muerte y vida?
--Escucha: dijo el príncipe asiendo una mano á Bekralbayda y llevándola á un banco de cesped donde se sentaron: el amor es la vida, cuando se satisface: el amor es la muerte cuando se desea sin esperanza.
--No te entiendo.
--Entonces si no me entiendes, ¿cómo has escrito la gacela en que que llamabas y que me has arrojado con mi flecha?
--¡Ah! ¡tu flecha! esclamó estremeciéndose Bekralbayda.
--¿Por qué tiemblas alma mia?
--¡Tu flecha!... estaba yo reclinada en mi divan: acababa de cantar un antiguo romance de los amores de una hada.
--¡Ah! ¿con que ese romance no lo cantabas para mí?
--No, hace mucho tiempo que lo sé de memoria, contestó sonriendo Bekralbayda.
Sofocó un suspiro de despecho el príncipe.
--Acababa de cantar, continuó Bekralbayda, cuando entró precipitadamente por la ventana Abu-al-abu.
--¿Y quién es Abu-al-abu?
--Es un buho á quien por viejo he puesto yo ese nombre.[9] Tras Abu-al-abu entró una flecha, que cortó la rosa que yo tenia prendida en los cabellos y se clavó detrás de mí en la pared.
Estremecióse el príncipe con aquel relato: al querer matar al buho habia cortado con su flecha la corona de flores de la muger de su amor.
Los moros eran muy supersticiosos, y tenian una gran sutileza para aplicar una causa á un acontecimiento algo estraordinario: Mohammet Abd-Allah creyó que no habiendo acertado al buho con su flecha, y habiendo estado á punto de matar con ella á Bekralbayda, se esponia á causarla la muerte si mataba no ya á Abu-al-abu, sino cualquier otro buho.
Los buhos, pues, se hicieron sagrados para el príncipe.
Por nada del mundo hubiera disparado sobre un buho.
Pero el amor y la hermosura de Bekralbayda, le habian inspirado una consecuencia sumamente lógica, considerada la cuestion bajo el punto de vista en que su supersticion le habia colocado; la consecuencia era esta:
Si habia tal paridad, tal union vital y estraordinaria entre los buhos y Bekralbayda, y siendo los buhos fatales á su familia, Bekralbayda debia serle tambien fatal.
Tan cierto es que el hombre no vé mas que lo que quiere ver.
Dominóse sin embargo el príncipe, y dijo á la hermosísima Bekralbayda:
--¿Y quién arrancó la flecha de la pared?
Bajó los ojos Bekralbayda como aquel que no estando acostumbrado á mentir se ruboriza antes de pronunciar una mentira, y contestó:
--Yo arranqué la flecha.
--¿Y pusiste en ella la gacela?
--Sí, yo escribí la gacela, yo la puse en la flecha, yo la arrojé á tus pies.
--Y dime... ahora que lo recuerdo: ¿quien se rió dentro de la habitacion donde se refugió el buho?
Fijó Bekralbayda sus grandes y candorosos ojos en el príncipe, los bajó y contestó sonriéndose:
--El que dió aquella carcajada fué Abu-al-abu.
--¿El buho?
--Sí; ¿no has leido los poemas de Antar?
--Sí.
--¿Y en ellos no hablan los animales?
--Sí, pero...
--Pues bien Abu-al-abu es uno de los animales que hablan como hablaban en tiempos de Antar.
Las respuestas de Bekralbayda que mas adelante comprenderemos, asustaban al príncipe.
Para él era indudable, que un alma condenada encerrada en el cuerpo de un buho perseguia á su familia.
--Y si no conoces el amor, si no me amas ¿cómo en nombre de tu amor me has llamado? ¿te lo aconsejó acaso Abu-al-abu?
--Sí.
--¿Y fué tambien Abu-al-abu el que llevó tus versos á mi alcazaba de Alhama?
[imagen no disponible: Te he llamado para ser tu esclava.
Letre dib.º y lit.ª Lot. de J. J. Martinez. Desengaño, 10 Madrid.]
--Sí.
--¿Pero para qué me has llamado?
Bajó los ojos de nuevo Bekralbayda, su rostro se cubrió de un rubor vivísimo, tembló y quiso en vano pronunciar algunas palabras.
El príncipe insistió, y entonces ella, levantó el bello y purísimo semblante, miró frente á frente con ansiedad al príncipe y contestó.
--Te he llamado para ser tu esclava.
Y luego se cubrió el rostro con las manos, y procuró en vano contener su llanto.
--Aquí hay un misterio que no comprendo, luz de mis ojos: ¡tú mi esclava! ¡tú, que eres la señora de mi alma! ¡tú, por quién únicamente vivo! ¡tú lloras por mi causa! ¿qué misterio es este, sol de hermosura? ¿qué maldicion pesa sobre nosotros que así te aflije mi presencia? ¿Será acaso que Eblís[10] se ha puesto entre nosotros, encerrado en el cuerpo de Abu-al-abu?
Al pronunciar el príncipe estas palabras sonó á alguna distancia de él, á sus espaldas, la misma carcajada acerada, fria, sarcástica, burlona, que habia escuchado antes.
Bekralbayda volvió azorada el rostro á donde habia sonado la carcajada, y el príncipe se puso violentamente de pie.
--¡Ah! dijo la jóven á media voz, como para sí misma. Ya lo sabia yo. ¡Estaba ahí!
--¿Quién estaba ahí? preguntó el príncipe que habia escuchado estas palabras.
--Abu-al-abu, contestó la jóven en el mismo tono.
--¡Oh! ¡buho maldito! esclamó el príncipe.
Entonces resonó otra vez la carcajada pero lejana, muy lejana.
Entonces asió con ánsia Bekralbayda las manos del príncipe.
--¡Oh! esclamó con acento ardiente y precipitado: ¡estamos un momento solos! ¡quien se rió antes, quien se ha reido ahora: no es el buho, es Yshac-el-Rumi: el viejo que me guarda!
--¡Ah! esclamó el príncipe.
--El fué quien me llevó á Alhama: él quien me hizo reparar en tí: él quien comprando á uno de tus esclavos, introdujo en tu cámara unos versos; él quien arrancó la flecha; quien puso en ella la gacela... él quien te ha traido aquí.
--Pero...
--Necesitamos aprovechar el tiempo; yo te amo, te amo, príncipe, como me amas tú; y...
La jóven se detuvo, miró entre la espesura á un ajimez de la casita blanca y esclamó con alegría.
--¡Estamos libres, enteramente libres! ¡podemos hablar cuanto queramos sin temor de ser escuchados! ¡podemos comprendernos!
--No te entiendo.
--¿Ves aquel ajimez?
--Sí.
--¿Ves un hombre que esta apoyado en él, y tras el cual se vé el reflejo de una lámpara?
--Sí.
--Pues bien, aquel es Yshac-el-Rumi.
Dicho esto Bekralbayda respiró libremente como quien descansa de una larga jornada, guardó algun tiempo silencio y luego dijo al príncipe.
--Escúchame, te voy á contar una historia.
El príncipe escuchó con toda su alma.
V.
UNA HISTORIA MUY SENCILLA.
Una alborada de primavera subió Yshac-el-Rumi, al terrado de su casa.
En él encontró un canastillo de palma primorosamente labrado, y cubierto de hermosas flores.
De entre las flores salia el vaguido de una criatura al parecer recien nacida.
Yshac quitó las flores y encontró debajo una niña vestida de blanco.
Pendiente del cuello de la niña se veia un amuleto, y á su lado un pergamino en que estaban escritas estas palabras:
«Una sultana la ha dado á luz. Las buenas hadas la han llamado Bekralbayda.
»Que ojos humanos no vean su hermosura, porque seria desgraciada y lo serias tú.»
Yshac, me sacó del canastillo, llamó á una nodriza y me crió secretamente.
Porque aquella niña, como te lo ha dicho mi nombre, era yo.
No recuerdo los primeros años de mi infancia.
Sin embargo, algunas veces como un sueño lejano, confuso, creo recordar á una muger.
Recuerdo tambien confusamente que era muy jóven y muy hermosa.
Yshac afirma, sin embargo, que no me vió otra muger que mi nodriza, que era una rústica que nada tenia de hermosa, mientras que la muger que yo creo recordar era hermosísima.
Pasaron los años.
Este jardin, estos árboles, estas fuentes han visto mi infancia y mi juventud; fuera de ellos yo no habia visto nada, ni persona humana, mas que á Yshac-el-Rumi, que se ocupaba en cultivar mi espíritu.
Parecia que viviamos solos.
Yo no escuchaba en la casa ruido alguno.
Y á pesar de esto bastaba con que yo estuviese durante algun tiempo fuera de mi retrete, oyendo la sabia palabra de Yshac, que me sujetaba todos los dias á muchas horas de estudio, para que al volver viese renovadas las flores en los búcaros, renovado el fuego y los perfumes de los braserillos, limpio y arreglado el lecho.
Yshac no se habia separado de mí; luego alguien, á quien yo no sentia, á quien yo no veia, nos acompañaba en la casa.
Yo preguntaba á Yshac, pero Yshac callaba.
Cuando insistia solia responderme.
--Aun no es tiempo.
Yo me entristecia al pensar en el misterio que me rodeaba.
Porque Yshac me habia enseñado á leer, á escribir, á componer frases valiéndome de las flores, y me habia dado libros en que se hablaba de un mundo que yo no conocia, de un mundo en que habia poderosos y nobles reyes, hermosas sultanas, valientes caballeros, enamorados, damas, fiestas, aventuras, amores.
¡Oh! yo ansiaba conocer todo esto, y cuando espresaba mi deseo á Yshac me decia:
--Aun no es tiempo.
--¿Pero cuando llegará ese tiempo? le dije cansada ya de tan misteriosa contestacion.
--Cuando hayan pasado sobre tu vida veinte años: cuando el amor haya hablado á tu corazon.
--¿Y cuándo hablará en mi corazon eso que tú llamas amor?
--Aun no es tiempo, me contestaba Yshac.
Me resigné al fin y pasé mi vida entre flores y fuentes; entre la armonia del canto de mis ruiseñores y de mi guzla.
Yo no conocia á otra persona que á Yshac; no tenia mas amigo que á Abu-al-abu.
El viejo buho habia sido mi compañero desde la infancia: en cuanto oscurecia entraba por una ventana ó por un ajimez en la habitacion que yo me encontraba, se posaba sobre mi hombro, ó sobre mis rodillas, ó sobre un almohadon del divan: esponjaba su plumaje, batia levemente las alas, y lanzaba de tiempo en tiempo un ténue silvido; Abu-al-abu queria sin duda decirme algo; pero yo no comprendia su lenguaje.
Cuando yo le acariciaba pasando mi mano sobre sus alas, Abu-al-abu se estremecia y repetia sus silvidos mas ténues, mas dulces y esponjaba mas su plumaje y acababa por dormirse.
Yo amo á ese pobre viejo; él y mis pájaros y mis flores, son los únicos que tienen para mí demostraciones de afecto; y sonoros cantos y suaves perfumes.
Yshac está siempre sombrío, hosco, me mira con sobrecejo, habla conmigo muy pocas palabras, y con mucha frecuencia en medio de la noche, me estremece su risa, esa risa dolorosa y terrible, esa risa de condenado.
Pasaba así mi vida; llegó al fin un dia en que me sentí llena de una vida nueva; sentia en mi corazon una ansiedad lenta, dulce, pero que á pesar de su dulzura me atormentaba, cuando leia los hermosos poemas de Antar: cuando leia que un caballero enamorado iba venciendo peligros en busca de una dama encantada, yo me decia:
--¿Cuál será el caballero que me saque de mi encanto?
Yo quiero que sea blanco como las cándidas rosas de mi jardin; que tenga los ojos negros como el fondo de las grutas del rio; que sea mas gentil que el álamo, mas amoroso que el ruiseñor cuando trina: yo quiero que mi amado sea valiente, leal y buen caballero: yo le quiero ver en el esplendor de su poder y de su juventud.
--Y yo preguntaba al buho:
--¿Dónde está el amado de mi alma?
Y el buho silvaba dolorosamente.
Y preguntaba al ruiseñor, y el ruiseñor callaba.
Y preguntaba á las flores, y las flores parecia que querian apartarse de mí volviéndose sobre su tallo.
Y preguntaba á Yshac, y él me contestaba:
--Aun no es tiempo.
Y al escuchar estas desconsoladoras respuestas, mis ojos se llenaban de lágrimas y en mi pensamiento despierta, y en mis sueños dormida, veia yo al mancebo de mí amor, mas enamorado, mas valiente, mas generoso, enlazadas mis manos á las suyas, viviendo en su vida.
Y--Yo le amo, yo le espero, decia al buho y al ruiseñor y á las fuentes y á las flores.
Y todos ellos me contestaban de una manera dolorosa como si hubieran querido decirme:
--El amor de tu amado será fatal para tí.
Y empecé á ponerme pálida, como los claveles cuando les falta el rayo del sol.
Y empezó el sueño á huir de mis noches, y la paz desapareció completamente de mis dias.
Todo era triste para mí.
El cielo y la tierra: el sol y las nubes: y las flores.
Un dia... hace muy poco tiempo, Yshac me dijo:
--Ha llegado la hora.
--¿La hora de conocer á mi amado?
--Sí, me contestó.
Al dia siguiente me montó en un asno sencillamente enjaezado y cubierta con un haike, y él detrás, cubierto con su albornoz, me sacó del jardin; seguimos el rio abajo, atravesamos una hermosa ciudad, salimos a una deliciosísima vega y caminamos por ella hácia donde se pone el sol.
Aquella noche llegamos á otra ciudad rodeada de fuertes muros y altísimas torres.
¿Qué ciudad es aquella, pregunté á Yshac, que brilla como plata bajo la luz de la luna?
--En esa ciudad está el amado de tu alma, me contestó.
Y no dijo mas palabra, por mas que le pregunté.
Dormimos aquella noche en una casa, junto al rio, cerca de la ciudad.
Mejor hubiera dicho que pasamos la noche, porque yo no dormí.
En medio de mi vela me sorprendió el ruido de un aleteo.
Era Abu-al-abu que entraba por la ventana.
El pobre viejo nos habia seguido.
Se posó sobre mi hombro y estuvo largo rato silvando á mi oido de una manera lastimosa: luego se precipitó por la ventana y desapareció.
Al amanecer, Yshac me hizo montar en el asno y me llevó... al lugar donde te ví.
Cuando entramos, él mismo me quitó el haike y quedé con el rostro descubierto.
Todos me miraban, damas y caballeros.
Todos estrañaban, sin duda mi luto y el de Yshac.
Yo miraba á todos los mancebos que pasaban junto á mi ó que estaban á mi lado: ninguno era el de mis sueños, el ser á quien yo amaba sin conocerle.
Pero de repente sonó una música poderosa de trompetas y atabales, de dulzainas y añafiles, y entró el rey en la plaza.
A la derecha del rey venias tú.
Al verte mi corazon se estremeció, fijé en tí mis ojos y ya no los aparté mas.
Porque tú eras el hombre de mi amor. Mi corazon me lo dijo.
Pero tú me miraste un momento, y luego... apartaste de mí los ojos y no me volviste á mirar mas.
En cambio otro hombre me miraba tenazmente.
Era el rey.
Yo apartaba los ojos del rey, los fijaba en tí y no veia nada de lo que tenia alrededor.
Y las fiestas se acabaron y tú desapareciste, y yo quedé ciega y desdichada, con el corazon frio y los ojos llenos de lágrimas.
Al dia siguiente Yshac me trajo otra vez al jardin.
Al entrar en él me dijo:
--Tu amado vendrá y tú serás sultana.
Yo te esperaba.
Hoy me dijo Yshac:
--Tu amado vendrá esta noche: tú saldrás á su encuentro: las flores y las fuentes y las enramadas serán vuestros únicos testigos. Sé su esclava.
Yo quise hablar pero Yshac me dijo con fiereza.
--El destino lo quiere: la esclava debe esperar á su señor: pero que su señor no sepa la historia de su esclava; porque si la supiera moririas tú y moriria él.
Yshac no nos escucha, añadió Bekralbayda: está en aquel ajimez, y yo he podido contarte mi historia, he podido decirle te amo, soy tu esclava; tú eres la sed de mi corazon, el sol de mi vida; te veo, me escuchas y soy feliz.
Mientras Bekralbayda habia contado su sencilla historia al príncipe, la luna habia descendido y se habia ocultado al fin: la sombra habia cubierto árboles, fuentes y flores: despues que calló Bekralbayda, no se vió mas que la sombra de Yshac-el-Rumi en el ajimez en que lucia un resplandor opaco, ni se oyó mas que el murmullo de las fuentes y el aleteo de un buho que revolaba entre la enramada.
VI.
EL REY NAZAR VISTO POR EL LADO HISTÓRICO.
Mohammet-ebn-Abd-Allah-ebn-Juzef-ebn-Al-Hhamar-al Nazar[11], el vencedor y el magnífico, sultan de Granada, era un poderoso rey, valiente y justiciero, que habia logrado reunir dentro de los muros de Granada, de la ciudad rival de Damasco, todos los restos dispersos del pueblo moro español, que las conquistas del santo rey Fernando III habian arrojado sucesivamente de Sevilla, de Córdoba, de Ubeda, de Baeza y de Jaen.
Granada, pues, habia reconcentrado en una reducida estension de terreno una poblacion inmensa: sus villas se habian ensanchado; la Vega, las vertientes de Sierra Nevada y las Alpujarras, se habian salpicado de aldeas, alquerías y castillos, y la misma Granada habia visto aparecer rápidamente sobre las laderas de sus montes, los barrios del Zenete y del Albaicin, fundados por los fugitivos de Baeza.
Granada en un dia de combate arrojaba por sus puertas ochenta mil ginetes, que juntos con los caballeros y gente ligera de la Vega y de las montañas componian un ejército de doscientos mil hombres fuertes y prácticos en la guerra contra el cristiano.
Fernando III, por la parte de Castilla y Andalucía, y don Jaime de Aragon por la de Valencia y Murcia, se vieron contenidos por aquella última barrera en que habian concentrado su pujanza los restos vencidos de los moros españoles.
Como cabeza de este reino de esta última esperanza de los moros en España, se veia al poderoso Ebn-Al-Hhamar-al-Nazar.
Digamos algo de este rey, el primero de la dinastía Nazerita, y fundador de la Alhambra.
Al-Hhamar era descendiente de la tribu de los beni-al-Ansari[12], un pariente ó sobrino de un Ansari que acompañó á Mahoma en su fuga de Medina á la Meca, llamado Ebada, habia venido de la Arabia á establecerse en España en los tiempos de la conquista de los árabes sobre la Península. De este Ansari, pues, descendia Al-Hhamar.
Pero fuese por las vicisitudes de la fortuna ó por otra causa cualquiera, los padres de Al-Hhamar eran labradores de Arjona, entonces populosa y rica villa de la Andalucía oriental.
A pesar de la escasa fortuna de sus padres, Al-Hhamar fué educado ventajosamente.
Era de despierto ingenio, y le enviaron á la universidad de Córdoba.
Gallardo, galan, fuerte y valiente causaba ya en su mocedad temor á los alentados, y habiendo demostrado aficion al ejercicio de las armas; su padre le dió una bolsa, una lanza y un caballo, le predicó un sermon que duró una hora larga acerca de la generosidad, del valor y demás deberes de un caballero, y le envió á buscar fortuna por el mundo.
Fuése á Córdoba con algunas cartas de recomendacion que habia recogido de sus parientes de Arjona y hubo de resignarse, por el momento, no á entrar con un cargo en el ejército, sino á desempeñar algunos oficios administrativos. Al fin, aprovechando las disidencias y las guerras civiles en que habia caido el califato de Córdoba, bajo el gobierno de los emires sucesores de Juzef-Amir Al-Mumenin, sirviendo ya al uno ya al otro, pero atendiendo siempre á la justicia de la causa á cuya defensa se decidia; ganada una y otra victoria, adquirió muy pronto en el ejército el dictado de Al-Nazar[13] que debia dar nombre á la dinastía fundada mas tarde por él.
Empezaba á menguar la sangrienta luna de los almoravides[14]; el califato de Córdoba se habia hundido; la guerra civil le despedazaba: los Almohades[15] predicando su doctrina religiosa que los almoravides llamaban herética, habian irrumpido de Africa sobre España, y Lotawak-Aben-Hud, último de los emires almoravides, luchaba con todas sus fuerzas.
Al-Hhamar sirvió á Aben-Hud, pero muy pronto volvió las armas contra él: tomó á Jaen por asalto, se apoderó de Arjona, de Guadix, de Baeza, y se hizo proclamar en los pueblos sujetos á su señorío, sultan y altísimo emir de los fieles[16].
Quedóse aislado Aben-Hud.
En aquellas circunstancias los reyes de Castilla y de Aragon, don Fernando el Santo y don Jaime el Conquistador, emprendieron á un tiempo su espedicion de conquista sobre los moros, el uno por la parte de Andalucía, el otro por la de Valencia.
Sorprendida Córdoba en una lluviosa noche de invierno, por Domingo Muñoz, alcaide de Andujar, vé ocupado su barrio de la Ajarquia[17] sin poder echar de él á los audaces cristianos que se han fortalecido dentro de la ciudad. Avisan á Aben-Hud para que acuda con su ejército, pero ha acudido antes el rey de Castilla. La traicion de un prisionero castellano que Aben-Hud envia á reconocer al ejército enemigo, le hace creer que las fuerzas de este son infinitamente superiores á las suyas, y se retira dejando en libertad á Fernando de estrechar á Córdoba entregada á sí misma.
En su retirada encuentra Aben-Hud á un mensagero del emir de Valencia que le pide auxilio contra el rey de Aragon que le estrecha; se decide Aben-Hud á prestárselo, pero en el camino, una noche en el castillo de Almería, es ahogado por el walí Abderraman, que proclama á Al-Hhamar.
Huérfana Granada asimismo de emir por la muerte de Aben-Hud, proclama al afortunado caudillo, y encuéntrase por lo tanto Al-Hhamar, rey del estado mas considerable de la dominacion musulmana sobre España, despues del califato de Córdoba.
Esta ciudad, Valencia, Murcia y despues Sevilla, han caido en poder de los cristianos, lo que resta á los moros en España, es ya la única y esclusiva monarquia del rey Nazar.
Sin embargo, se vió obligado á aliarse con Fernando III, á ayudarle con un cuerpo de caballería á la conquista de Sevilla, á declararse su vasallo rindiéndole pleito homenage y á pagarle un tributo anual.
Esto no aconteció sino despues de haberse visto obligado Al-Hhamar á rechazar una entrada de los cristianos, y hacer despues levantar el estrecho sitio que puso sobre Granada el mismo Fernando III[18].
Tal era la historia del rey Nazar. Valiente, sabio, religioso, defendió su reino, fundó en él escuelas y mezquitas, y se dedicó á la proteccion de las artes y de la industria.
Sin embargo, este gran rey moraba aun en la antigua casa del Gallo de viento; no tenia un alcázar digno de su grandeza y de su poder; Al-Hhamar-al-Nazar antes que en la suya propia, habia pensado en la felicidad de sus vasallos.
VII.
EL REY NAZAR VISTO POR EL LADO DE ADENTRO.
Habia nacido Al-Hhamar en Arjona, el miércoles 9 de la luna de Xaban[19] del año 591 de la hegira[20]; contaba pues, cuarenta y cinco años en el momento en que le presentamos á nuestros lectores.
Era sin embargo, muy hermoso; sus cejas estaban negrísimas y pobladas y en su larga barba bermeja, semejante al oro, no asomaba una sola cana; sus megillas blancas y brotando el color de la salud, no tenian arrugas; sus ojos brillaban con la fuerza de la juventud y tenian el reflejo de la prudencia: la toca blanca que envolvia su cabeza, dejando ver las puntas de oro de su corona, y su largo caftan negro, daban una gran magestad á su aspecto.
El rey Nazar era todavía hermoso, y sino era jóven no parecia viejo.
Aun podia pensar en el amor.
En amores habia sido muy desgraciado Al-Hhamar.
Su primera esposa, Zobeya, madre del príncipe Mohammet-ebn-Abd-Allah, habia muerto al dar á luz á este príncipe.
La segunda, que no habia sido su esposa, sino su cautiva, su esclava, la princesa Leila-Radhyah, habia desaparecido dejando un rastro de sangre en la casa de Nazar.
La tercera, Wadah, era una muger terrible, una africana hermosísima, madre de su segundo hijo el príncipe Juzef, de la cual hacia mucho tiempo que le tenia apartado una repugnancia invencible, una antipatía mortal.
Wadah, la soberbia africana, le amaba; y sus celos eran un continuo tormento para Al-Hhamar.
Y sin embargo, Wadah no tenia razon alguna para tener celos del rey Nazar.
No amaba á ninguna muger.
Ni aun pasaba de las puertas de su harem.
El rey Nazar hubiera podido pasar por un morabitho[21] á no ser por sus academias con sus sabios y poetas, ó por sus continuas escursiones por sus estados para asegurar con su presencia el amor de sus vasallos y la fidelidad de sus alcaides y walíes.
Gozaba Nazar de una profunda paz como rey: en su reino todo florecia: sus ejércitos eran inumerables: tenia satisfecha su ambicion.
Pero como hombre estaba en una contínua guerra con un deseo misterioso, con una sed no satisfecha: estaba solo en el mundo: el amor de sus hijos no era bastante para satisfacer aquel deseo.
Necesitaba otro amor.
La sultana Wadah no podia tampoco satisfacerlo: un contínuo y sombrio disgusto que se veía impreso en su semblante, y su soberbia siempre provocadora, siempre agresiva, la separaban del rey.
Y luego habia dos fantasmas ardientes en forma de muger que se levantaban dentro de su alma.
Lejano, perdido allá en la inmensidad de los recuerdos el uno; cercano, candente, abrasador, el otro.
La una muger era la sultana Leila-Radhyah.
Al-Hhamar no habia podido olvidarla.
Podia decirse que la sultana Leila-Radhyah habia sido su primer amor.
La habia buscado en vano, en vano habia gastado sus tesoros para descubrir su paradero.
Una circunstancia terrible le hacia recordar de una manera sombría su pérdida.
Durante sus amores con Leila-Radhyah, Al-Hhamar habia contraido con Wadah uno de esos casamientos que se llaman de conveniencia. Wadah era poderosa.
Se la atribuia un poder mágico.
Ya hemos dicho que los moros son muy dados á la supersticion.
Cuando conoció Al-Hhamar á Leila-Radhyah, mejor dicho, cuando se apoderó de ella, era simplemente walí[22]; su cautiva era una doncella de sangre real hija de un poderoso emir de Africa.
Al-Hhamar que al verla habia sentido por ella un amor voráz, necesitando de consuelo por la muerte de su esposa Zobeya, madre del príncipe Mahommet, ni se atrevió á devolver la doncella real á su padre, porque esto era perderla, ni á casarse con ella, porque sabia demasiado que el rey de Tlemcen no se avendria á dar por esposa á un simple walí una sultana hija suya.
La ocultó, pues, en su casa, gozó sus amores, é hizo feliz durante algun tiempo á la pobre jóven que le amaba y todo lo posponia á su amor.
Pero llegó un dia en que Al-Hhamar se casó con Wadah, quedando reducida Leila-Radhyah á la posicion de una concubina, de una esclava que ningun derecho tenia.
Poco despues desapareció como hemos dicho Leila-Radhyah, dejando en su aposento sangrientas señales. El rey la creyó muerta y la lloró.
Aquella misma noche, Al-Hhamar escuchó en las habitaciones de su esposa, la hermosísima Wadah, terribles gritos, gritos semejantes á rugidos de leona.
Cuando entró en aquellas habitaciones, encontró á Wadah medio desnuda, destrenzados los cabellos, delirante, frenética, buscando acá y allá, levantando tapices, asomándose á los ajimeces, mirando al oscuro fondo de los patios y gritando sin intermision:
--¡Asesinos! ¡asesinos! ¡asesinos!
Wadah mostraba en sus manos un pequeño lienzo cuadrado de seda manchado de sangre.
Cuando vió á Al-Hhamar, guardó el paño entre sus ropas descompuestas y lanzó una horrible carcajada.
En vano la preguntó Al-Hhamar acerca de sus gritos, de aquel lienzo ensangrentado, de aquel desvarío: Wadah guardó el mas profundo silencio.
Al dia siguiente Al-Hhamar supo por los alcaides de su harem, que dos esclavos habian desaparecido.
El uno era Leila-Radhyah, el otro un cautivo cristiano.
Wadah desde aquella noche no volvió á sonreirse ni á hablar: amaba á Al-Hhamar con delirio, pero le rechazaba con horror; algunas veces en el mismo punto en que se estremecia de placer entre sus brazos le rechazaba gritando:
--¡Asesino! ¡asesino! ¡asesino!
Al-Hhamar habia llegado á sentir horror hácia Wadah, y á recordar con mas intensidad á su perdida Leila-Radhyah.
La otra muger cuyo recuerdo se levantaba próximo, ardiente, tentador en el alma del rey Nazar era Bekralbayda.
Desde tres dias antes que la habia visto en las fiestas de Alhama no habia podido olvidarla.
Nunca habia sentido un deseo mas exigente.
Aquella niña llenaba su alma, pero sin destruir el amor que sentia hácia Leila-Radhyah.
Habia llamado en vano á Yshac-el-Rumi.
Yshac le habia contestado:
--Aun no es tiempo.
--¿Pero de qué familia es esa niña?
--No es tiempo, replicaba Yshac.
--¿Es libre ó esclava? añadia el rey.
Y como si solo se hubiera provisto de una sola respuesta Yshac, repetia:
--Aun no es tiempo.
Y sin pronunciar otra palabra el sabio se despidió del rey, dejándole envenenada el alma.
Por eso el rey se paseaba triste, sombrío, apenado, por una de las estensas y sonoras cámaras de su palacio del Gallo de viento.
Por eso de tiempo en tiempo murmuraba exhalando un profundo suspiro:
--¡Aun no es tiempo que yo sea feliz!
VIII.
LA VENTA DE UNA MUGER.
Era ya tarde.
En medio de su distraccion escuchó el rey Nazar el ruido sonoro de las pisadas de alguno que se acercaba.
Entonces compuso su semblante para que nadie pudiese comprender por él lo que pasaba en su alma.
Levantóse el tapiz de una puerta, y un esclavo negro magníficamente vestido con un sayo de escarlata y con una argolla de oro al cuello, se prosternó y dijo con voz gutural y respetuosa:
--¡Magnífico sultan de los creyentes! un viejo enlutado solicita arrojarse á tus plantas: dice que vá en ello mas de lo que puede pensarse.
Al oir el rey Nazar que le buscaba un hombre enlutado, se apresuró á mandarle introducir, lo que en aquella hora no hubiese hecho por nadie, ni aun por sus mismos hijos.
Entró en la cámara algun tiempo despues un hombre alto, pálido, enteramente cubierto por un turbante blanco, y por un ancho alquicel, blanco tambien, sin dejar descubierto mas que un semblante huesoso en cuyas profundas órbitas se revolvian dos ojos brillantes como carbunclos.
Aquel hombre no se prosternó ante el rey Nazar: por el contrario adelantó hácia él, rígido, enhiesto, sin producir ruido al andar, como un fantasma, y con la mirada candente y fija en el rey Nazar, que retrocedió.
--¡No me conoces, Al-Hhamar, el vencedor y el magnífico! dijo deteniéndose á poca distancia del rey.
--Tú eres el viejo que acompañaba á la doncella blanca, dijo el rey Nazar sin poder dominar su fascinacion.
--Sí, yo soy el astrólogo Yshac, contestó aquel hombre permaneciendo inmóvil en el sitio donde se habia parado.
--Tú eres el que me dijiste, cuando yo te ofrecia montañas de oro por la doncella blanca: aun no es tiempo.
--Yo soy.
--¿Y á qué vienes?
--Vengo á venderte á Bekralbayda.
--¡A vendérmela! pide cuanto desees, cuanto quieras.
--Yo no quiero dinero.
--¿Qué quieres pues?
--Dos cosas solas.
--Habla.
--Quiero que Bekralbayda sea doncella de tu esposa.
--¡Ah! ¡poner junto á la terrible Wadah, á ese arcángel del sétimo cielo! ¿Sabes tú quién es Wadah?
--Soy astrólogo y mago: lo sé.
Tembló imperceptiblemente el rey Nazar.
Ni uno ni otro se habian movido del sitio donde se habian parado.
Vistos á cierta distancia parecian dos sombras; la una blanca, y la otra negra, que no se atrevian á unirse, que se rechazaban.
--¿Sabes que la sultana Wadah está loca?
--Lo sé.
Por un cambio natural en la disposicion del ánimo del rey, preguntó con ansia á Yshac.
--¿Sabes por qué causa está loca la sultana?
--Sí.
--Dímelo.
--Aun no es tiempo.
El rey se estremeció de nuevo.
--¿Y sabiendo que está loca la sultana quieres poner á su lado á Bekralbayda?
--Sí.
--¿Pero cómo pueden satisfacerse mis amores estando Bekralbayda al lado de la sultana?
--Ese es negocio tuyo.
--¿Y qué mas quieres para entregarme esa doncella aunque sea de ese modo?
--Ser tu astrólogo: vivir en tu alcázar.
--¡Y nada mas pides! esclamó con asombro el rey Nazar.
--Nada mas quiero, contestó con voz cavernosa el astrólogo.
--Puedes traer mañana á Bekralbayda al alcázar.
--Pues bien; mañana la traeré. A Dios.
Y salió tan silenciosamente como habia entrado, dejando fascinado y mudo al rey Nazar.
IX.
DE CÓMO EL PRÍNCIPE MOHAMMET ESTUVO Á PUNTO DE SER AHORCADO POR LADRON.
Bekralbayda era feliz.
Es verdad que aun no sabia el nombre de sus padres, pero sabia el de su amado.
Las sombras y el silencio habian protegido el delirio de sus amores con el príncipe.
El príncipe, por su parte no podia ser tampoco mas feliz: la muger de su amor era suya en cuerpo y en alma.
Los dos amantes se habian separado antes del amanecer, dándose cita para la noche siguiente.
Yshac-el-Rumi habia pasado la noche en vela, inmóvil, apoyado en el alfeizar del ajimez.
La dama blanca habia dado salida al príncipe por el portillo de una cerca.
Bekralbayda, embellecida por un nuevo encanto, se habia dirigido á su retrete, se habia arrojado en su lecho y habia dormido un sueño de amores.
El príncipe se habia encaminado á la Colina Roja, y se habia ocultado en las ruinas del templo de Diana.
Pero antes de entrar en ellas, habia arrojado una mirada al frontero Albaicin á la casa del Gallo de viento, y habia esclamado al ver el reflejo de una luz en un ajimez del retrete del rey Nazar:
--¿Porqué velará á estas horas mi padre?
Pasó el dia: un diáfano y radiante dia de primavera.
Llegó la noche.
Una noche serena, lánguida, tranquila, sin luna, pero dulce y misteriosamente alumbrada por los luceros.
El príncipe salió de las ruinas del templo, bajó á la márgen del rio y se encaminó á la casita blanca del remanso.
A la casita donde, sin duda, impaciente y estremecida de amor como él, le esperaba Bekralbayda.
Pero esperó una hora y nada interrumpió el silencio y la soledad de aquellos lugares.
Pasó aun mas tiempo y nadie vino á llevar al príncipe junto á su amor.
Encaminóse á la oscura gruta y penetró en ella, pero en vano procuró dar con la pendiente entrada por donde habia resvalado la noche antes, y que le habia llevado al palacio de la dama blanca.
Por todas partes, en todas direcciones, encontraba la roca tajada, áspera, húmeda y nada mas.
--¿Me habré engañado? se preguntó.
Y volvió á salir.
Pero aquella era la estrecha grieta cubierta de maleza por donde habia penetrado la noche anterior.
Para confirmarle en ello estaban allí las ramas que habia cortado con su yatagan para abrirse paso.
Sin embargo, aunque penetró una y otra vez, solo halló una estrecha escavacion en la roca, en la cual no habia ninguna abertura.
Desesperado, abandonó aquel lugar y subió á las cortaduras del rio y rodeó por los cármenes, buscando el postigo por donde le habia dado salida la dama blanca.
Pero no halló la cerca.
En cambio se perdió en un laberinto de enramadas, que se intrincaban mas á medida que el príncipe se revolvia mas en ellas.
Llegó un punto en que quiso salir y no pudo. No encontraba la salida, ni aun lograba dar con el rio cuya corriente le habia guiado.
--¿Habrá aquí algun encantamento? dijo.
Y apenas habia hecho esta esclamacion, cuando oyó un ronco ladrido, y poco despues se vió acometido por un enorme perro campestre y por una ronda de labradores armados de chuzos, uno de los cuales llevaba una linterna.
Cuando esto acontecia habia pasado ya largo tiempo. Era la media noche.
--Hé aquí el ladron de nuestras hortalizas...
--El talador de nuestras flores.
--El caballero que se divierte en matar nuestros perros y seducir nuestras hijas, esclamaron en coro aquellos hombres, con gran sorpresa del admirado príncipe.
La verdad del caso era, que como aquellos honrados labriegos tenian mugeres y parientas hermosas, algunos jóvenes caballeros habian dado en la flor de ir á meterse en vedado por aquellos frondosos cármenes, pisando las flores que encontraban á su paso, pero con la cautela y la malicia del ladron, favorecidos por alguna de las flores pisadas, y el príncipe Mohammet pagaba sin culpa las culpas de otros.
--¿Qué decis de vuestras flores y de vuestras hijas? dijo el príncipe: yo no vengo ni por las unas ni por las otras: me hé perdido en vuestros cármenes y os ruego que me saqueis de ellos.
--¿Qué te saquemos? pues ya se vé que te sacaremos: esclamaron los rústicos, pero será para llevarte preso al rey que nos hará justicia.
Estremecióse el príncipe.
--Vosotros no hareis eso, dijo, cuando sepais quién soy yo.
--Seas quien fueres, por ladron te tenemos ¿no has pasado nuestros términos de noche sin nuestra licencia?
--Yo no he encontrado cerca alguna.
--Tu has escalado la cerca: por lo mismo morirás ahorcado.
En efecto el príncipe habia saltado una pequeña tapia.
--¿Y para qué queremos llevarle al rey? dijo otro: nosotros podemos ahorcarle, ¿acaso no es un ladron armado? ¿no sabeis que el que coje á un ladron armado puede ahorcarle allí donde le pille?
--Pero yo no he hecho resistencia: esclamó el príncipe.
--¿Y quién sabe si la has hecho ó no? ¿lo dirás tú despues de muerto?
--Si vosotros me ahorcárais, mi padre os descuartizaria vivos, contestó con altivez el príncipe.
--Es que nosotros tenemos un padre que nos defenderá del tuyo por poderoso que sea: porque nuestro padre es el poderoso y justiciero rey Nazar.
--Pues bien de rodillas ante su hijo el príncipe Mohammet, dijo con altivez el jóven.
--¿Tú el príncipe Mohammet, el valiente y virtuoso hijo del rey Nazar? dijeron los rústicos: no puede ser; ¿qué tiene que buscar nuestro buen príncipe por estos sitios y á estas horas?
--Es un mal caballero que miente por salvarse.
--Un burlador de la justicia del rey y de nuestra honra.
--Un libertino.
--Un infame.
--Ahorquémosle.
--No; casémosle con la muger que vendrá á buscar y que sin duda es hija de uno de nosotros.
--Yo no conozco á vuestras hijas: os repito que soy el príncipe Mohammet.
--Pues bien; te llevaremos al rey, y el rey dirá si eres príncipe ó no.
Y arremetiendo á él, y sin que el príncipe pudiera valerse, le arrastraron consigo, le llevaron al otro lado del rio, y por el camino y la puerta de Guadix le metieron en el Albaicin.
X.
LA TORRE DEL GALLO DE VIENTO.
Aun velaba el rey la misma noche en que habia dado audiencia á Yshac, cuando un esclavo, el mismo que le habia anunciado la llegada del astrólogo, le anunció que unos labradores traian preso al príncipe Mohammet.
Porque el príncipe habia sido reconocido en el alcázar, y se habia detenido á los labradores, que estaban aterrados por su torpeza en haber preso al príncipe.
Nublóse el semblante de Al-Hhamar.
Era el primer disgusto que le daba su hijo.
Mandó que introdujesen al príncipe y los labradores.
El príncipe se presentó confuso.
Los labradores aterrados se arrojaron á los pies del rey Nazar.
--Perdon, señor, perdon, esclamaron: nosotros no conocíamos al esclarecido príncipe, tu hijo.
--El nos dijo quien era.
--Pero nosotros no le creimos.
--Porque los caballeros de Granada se entran de noche en nuestros cármenes.
--Y nos roban las flores...
--Las flores de nuestra alma.
--Nuestras esposas y nuestras hijas.
--Y creimos que el príncipe fuera uno de estos ladrones.
--Porque le encontramos dentro de nuestros cármenes.
--Que están cercados.
--Que están guardados.
--Nosotros no sabiamos que era el príncipe.
Impuso el rey Nazar silencio á los labradores, que hablaban á un tiempo y en coro, impulsados por el miedo, y preguntó á su hijo:
--¿Es cierto lo que estos dicen?
--Me han encontrado en los cármenes, señor, contestó el jóven.
--¿De noche y armado?
--Si señor.
--¡Idos! dijo el rey á los labradores.
Estos no esperaron á que el rey repitiese su mandato, y salieron en tropel como una jauria espantada, no sin sufrir algunos latigazos de los esclavos y de los soldados en su tránsito por el alcázar.
El rey Nazar se habia quedado solo con el príncipe, y le miraba ceñudo.
--¿No estabas en mi castillo real de Alhama? dijo al fin Al-Hhamar.
--Si señor, constestó el príncipe.
--¿No te habia mandado que no vinieses á Granada?
--Si señor.
--¿Por qué has venido? ¿qué causa grave tienes que alegar en tu disculpa?
El príncipe sabia que su padre estaba enamorado de Bekralbayda, y no se atrevió á confesar la verdad.
--Tu hijo no tiene disculpa ninguna, poderoso sultan de los creyentes, contestó.
--Si uno de tus walíes abandonase un gobierno que tú le hubieses encomendado, si su gobierno estuviese en la frontera enemiga, ¿qué harias?
--Mandaria cortar la cabeza al walí, contestó con mesura, pero con firmeza el príncipe.
--¿Porque el walí habria sido traidor y rebelde?
--Si señor.
--¿Tú eres príncipe: tú eres mi compañero en el mando? tú eres casi el sultan de Granada: tu culpa por lo mismo es mayor. ¿A qué has venido á Granada?
--Estaba triste en Alhama.
--¿Y tienes aquí tu alegría?
--Si señor.
--¿Y... tu alegría cómo se llama?
--Mi alegría no tiene nombre.
--¿Pero por qué has venido á Granada desobedeciéndome? ¿por qué has abandonado mi estandarte en la frontera?
--Por respirar las auras de la noche en los cármenes del Darro.
--¡Oh! yo sabré tu secreto, dijo el rey.
Y llamando á dos de los mas ancianos y prudentes de sus wazires[23] les mandó que encerrasen al príncipe en lo mas alto de la torre del Gallo de viento.
Esta antiquísima torre, cuadrada, alta, maciza, en la cual no se veia mas que estrechas saeteras y una ventana en cada frente, junto á las almenas, estaba largo tiempo hacia inhabitada y protegida por el terror supersticioso que inspiraba.
Decíase que habitaba en ella el alma del rey Aben-Habuz el sabio.
Esta torre estaba situada en el centro de un patio del palacio á que daba nombre, y en su parte inferior no tenia puerta. Entrábase en ella por su altura media, por un pasadizo cubierto, en forma de puente que la unia con uno de los lados del patio.
Aquel pasadizo tenia una puerta de hierro macizo y mohoso, cuyos cerrojos y candados era fama que no se habian abierto en centenares de años. Despues de aquel pasadizo y en el corazon de la torre, que parecia maciza tambien, se retorcia una estrecha escalera de caracol, iluminada apenas por la escasa claridad que penetraba cansada por estrechas y profundísimas saeteras, y en lo mas alto de la torre terminaba la escalera, en una cámara de ocho pies en cuadro, baja de bóveda y envejecida mas que por el tiempo por el humo de un hornillo que se veia como escondido en uno de los rincones.
En esta cámara á nivel del pavimento resquebrajado y sucio, una compuerta de hierro cerraba la escalera, y cuatro ventanas semicirculares se abrian en direccion á los cuatro puntos cardinales.
Además del centro ó clave de la bóveda descendia hasta la parte media de la altura de la cámara un eje de hierro, del que estaba suspendido un pequeño ginete de hierro tambien, con el caballo en actitud de correr y con la lanza baja.
Aquel eje se volvia obedeciendo á la veleta de la parte superior, y la punta de la lanza del caballero señalaba á la parte donde iba el viento.
Contábanse de esta torre cosas estupendas: decian que algunas noches se veia por sus altísimas ventanas un resplandor rojo como de infierno, y por entre sus almenas un humo luminoso: y de lo que mas se hablaba, era de un buho enormísimo, tan grande como la mas grande águila que anidaba junto á las almenas; y á propósito del resplandor, y del humo, y del buho, se contaban tales cosas, que bastaban para aterrar á los muchachos y hacerlos callar cuando se obstinaban en el llanto, para lo que tambien bastaba nombrar simplemente el alma de Aben-Habuz, fundador de la torre y del palacio que tenia á sus pies.
Por una coincidencia singular, el patio en que esta torre se levantaba, era el mas alegre y bello del palacio: esbeltas columnitas sostenian sus galerías, flores, fuentes y estanques se veian en su terreno, y en él vagaban las hermosas esclavas de la servidumbre de la sultana Wadah.
Porque en aquel patio estaban las habitaciones de la esposa del rey Nazar.
Veíase, además desde las ventanas de la torre toda Granada, la Vega, las sierras hasta los distantes confines: en una palabra, aquella torre era una escelente atalaya.
Los wazires condujeron hasta allí con un profundo respeto al príncipe, y este, que al asomarse á una ventana habia visto la Colina Roja, dijo á los wazires:
--Ahí, en el cercano monte, en las ruinas del templo romano, está mi caballo: no es justo que dejemos perecer á nuestro compañero de batalla; haced que le vayan á buscar.
Los wazires se inclinaron profundamente, y salieron dejando solo al príncipe, que á los primeros rayos del sol de la mañana se puso á contemplar desde su altura el estrecho valle por donde el Darro atravesaba á Granada.
Porque en las márgenes del Darro, moraba su vida y la mitad de su alma: Bekralbayda.
XI.
DE CÓMO EL REY NAZAR COMPRENDIÓ QUE NO PODIA SER FELIZ.
Al-Hhamar habia quedado profundamente triste.
A la tristeza por sus amores, se unia la que le causaba la rebeldía de su hijo.
Porque su hijo (sus ojos de padre se lo habian dicho) guardaba dentro de su alma un secreto.
¿Y qué secreto era este que no queria revelar á su padre?
Y mientras el rey Nazar se deshacia en conjeturas, la solucion del secreto entraba en su palacio con el caballo del príncipe, que los wazires habian ido á recojer en persona á la Colina Roja.
Uno de los wazires se presentó al rey.
Llevaba en las manos unas pequeñas pero pesadas alforjas de seda, bordadas, en cuyas bolsas se contenia sin duda dinero.
--Esto hemos encontrado sobre el caballo del príncipe, señor, dijo el wazir presentando las alforjas á Al-Hhamar.
El rey puso las alforjas sobre el divan y despidió al wazir.
Apenas se vió solo examinó con una impaciencia febril las dos bolsas de las alforjas; por su contenido esperaba deducir el objeto de la secreta venida del príncipe á Granada.
Pero solo encontró una razonable cantidad de dirahmes[24] de plata, lo que bastaba para un caballero, pero que era insuficiente para pagar una rebeldia: además encontró un pequeño envoltorio de seda.
Dentro de él halló dos cartas y un rizo do cabellos negros, sedosos, brillantes, largos, pesados, que exhalaban un delicioso perfume.
--¡Ha venido á Granada por una muger! ¡ama! ¿pero quién es esa muger? ruin debe ser cuando me la recata: estas cartas me lo dirán:
Abrió la primera que estaba escrita en verso y decia así:
«La perla de las perlas, la cándida y la pura...»
Era en fin la carta que el príncipe habia encontrado en su retrete en Alhama, la que le habia servido de medio para encontrar á Bekralbayda.
La segunda carta mas esplícita, era la que habia sido enviada al príncipe en su misma flecha desde la casita blanca.
Al leer el nombre de Bekralbayda que firmaba esta carta, el rey se sintió herido en el corazon.
--¡Con que se aman! esclamó: y acaso, acaso... sí... indudablemente: esta carta es una cita: y luego este rizo de cabellos...
El rey quedó profundamente pensativo, y se puso á pasear á largos pasos á lo largo de su cámara.
--Pero ellos no han podido conocerse, no han podido verse sino consintiéndolo ese viejo enlutado, ese Yshac-el Rumi, ese hombre estraño que me hace temblar. Pero si ese miserable sabe que mi hijo y Bekralbayda son amantes, ¿por qué me vende esa muger? ¡y con tan estrañas condiciones! no me ha pedido oro... únicamente que Bekralbayda esté al lado de la sultana Wadah, de esa terrible loca, y estar él á mi lado, ser mi astrólogo: ¡oh poderoso señor de Ismael! ¡tú dador de la ciencia! ¡tú misericordioso! aquí hay un misterio que no alcanzo á esplicarme: ¡ilumíname tú, señor, tú que amparas á los que en tí creen!... ¡ábreme camino, porque yo me siento cegar!
Y el rey siguió en su paseo, con la mirada escandecida, el aliento ardiente y entrecortado, las megillas pálidas, el paso incierto.
Luchaba dentro de sí de una manera espantosa.
--¡Oh? dijo al fin: Dios castiga en mí algun pecado de mi raza: yo no puedo ser feliz.
Y siguió paseando.
--¿Y por qué no? dijo de repente: ¿quién sabe? acaso...
El rey volvió á su paseo.
Anunciáronle que un viejo y una dama enlutados querian hablarle.
El rey Nazar hizo un movimiento semejante al de quien despierta de un sueño al impulso de una mano estraña; tomó un pergamino y escribió en él durante un breve espacio: luego dobló el pergamino y le selló.
--Que entren el viejo y la muger, dijo.
Poco despues entró Yshac-el-Rumi llevando de la mano y sin velo á Bekralbayda que inclinaba ruborosa la cabeza.
Entrambos se prosternaron ante el rey Nazar que los alzó.
--¿Sabes á lo que vienes á mi palacio? le preguntó Al-Hhamar.
--Sé que me han vendido al poderoso sultan de Granada, dijo con acento trémulo Bekralbayda.
--¿Pero no te han dicho que el sultan Nazar que te ama, quiere tu amor y no tu sumision?
Bekralbayda calló.
--Vas á servir á la poderosa sultana Wadah: está enferma: procura aliviar con tus consuelos sus dolencias: en cuanto á mí en ocasion mejor te diré cuánto eres grata á mis ojos. Entre tanto pon aquí tu nombre.
El rey la presentó el pergamino que habia escrito y sellado poco antes.
--¿Y qué es esto, señor? dijo con recelo Yshac-el-Rumi.
--Aquí, salva la voluntad de Dios, está decretado invariablemente el destino de Bekralbayda. Sellado con mi sello, signado con su nombre, nadie abrirá ese pergamino hasta que ella misma le abra.
Y llamando el rey á sus esclavos les mandó que llevasen á Bekralbayda á las habitaciones de su esposa.
Yshac-el-Rumi se quedó entre los sabios y astrólogos que vivian en el palacio del rey.
XII.
EL PALACIO DE RUBIES.
Habian pasado muchos dias.
El rey habia tenido muchas entrevistas con Bekralbayda.
El príncipe continuaba preso.
Yshac-el-Rumi empezaba por su ciencia á privar con el rey.
Ninguno mejor que él descifraba los sueños del rey, ni respondia mejor á sus dudas.
El rey Nazar empalidecia.
Comprendíase que minaba algo su existencia.
Sus ojos empezaban á tener cierto brillo fosforescente como los de la sultana Wadah.
Dormia poco, y aun así de una manera inquieta.
En medio de sus sueños, quien hubiera estado cerca de él, le hubiera oido pronunciar el nombre de su hijo y de Bekralbayda.
Una noche el rey velaba.
Tenia junto á sí en una pequeña mesa un cuadrante y un pergamino estendido.
El rey marcaba con tinta roja sobre el pergamino líneas y compartimientos, los media con un compás, y volvia á meditar y á marcar líneas y puntos y á tomar medidas.
Quien le hubiera visto entonces, no le hubiera creido el sultan de Granada, el poderoso Nazar, sino un alarife[25] que se ocupaba en formar el plano de un palacio.
El rey se ocupaba profundamente de su trabajo.
Pero de repente le interrumpió un ruido inesperado.
El batir de las alas de un pájaro.
El rey Nazar se estremeció y miró.
Vió un enorme buho que revolaba en su cámara.
El rey Nazar se puso mortalmente pálido, y se levantó en busca de su arco.
Pero el buho estrechó su vuelo sobre la mesa, apagó la lámpara y escapó por la ventana.
Entonces resonó á alguna distancia una carcajada hueca.
El rey Nazar dió voces: entraron sus esclavos con luces.
El rey Nazar hizo que encendiesen la lámpara, que cerrasen las celosías de los ajimeces y las puertas, y que trajesen al momento al astrólogo Yshac-el-Rumi.
Poco despues el viejo estaba delante del rey Nazar y á solas con él.
--Siéntate, le dijo el rey.
El astrólogo se sentó con la misma altivez que si hubiera sido otro rey.
--¿Sabes lo que me sucede? le dijo.
--Yo lo sé todo, dijo con autoridad el mago.
--Veamos.
--En primer lugar estás cada dia mas embriagado por los encantos de Bekralbayda.
--Es verdad.
--La sultana Wadah lo sabe y tiene celos.
--Es cierto.
--Bekralbayda quiere antes de ser tuya poner á prueba tu amor.
--¿Y me exige grandes sacrificios?
--Sé que á pretesto de que este palacio es triste, en lo que no la falta razon, te ha pedido que construyas para ella sola un alcázar.
--Es verdad.
--Tú te has puesto esta noche, poderoso sultan, á idear ese alcázar, y un buho ha entrado por la ventana y ha apagado la lámpara.
--¿Y por qué ese buho?...
--Porque ese buho quiere que ese alcázar se construya en el lugar donde está construido invisiblemente, el encantado Palacio-de-Rubíes.
--¡El Palacio-de-Rubíes!
--Sí, en la Colina Roja.
--Esplícame, esplícame eso.
--Escucha.
Reclinóse el astrólogo indolentemente en el divan, y empezó despues de algun tiempo de meditacion de esta manera:
--Allá en los primeros años despues de la conquista de los árabes sobre España, era señor de Granada Abu-Mozni-el-Zeirita.
Este rey, siendo ya viejo, murió y dejó su herencia, esto es, el señorío de Granada, á un sobrino suyo, viejo tambien, que residia en Africa, y que se llamaba Aben-Habuz.
Cuando Aben-Habuz vino á Granada á recojer la herencia de su viejísimo tio, solo halló un negro y carcomido castillo, puesto sobre la cima de un monte, al pie de las vertientes de una sierra, y en el castillo algunos cientos de feroces guerreros que miraban el ataud de roble de su señor, apoyados en las picas con la misma espresion que el perro de montería que pierde al amo que le arrojaba sobre el rastro.
Aben-Habuz no conocia á Abu-Mozni, y por lo tanto no se entristeció. Humillóle, sí, que un pariente suyo fuese llevado á la sepultura sin embalsamar y con un ataud y unos vestidos tan humildes, porque Abu-Mozni habia gastado el dinero de sus tierras y de sus vasallos, en perros y murallas, y no habia pensado ni una sola vez en su vida en tener un alcázar ni un harem, ni en proveerse de un lecho de piedra en donde dormir el último sueño.
Aben-Habuz mandó á sus médicos que embalsamasen los restos de su feróz tio: hizo quemar el ataud de roble y el sayo de lana, le encerró vestido de púrpura en un féretro de brocado, dentro de un sepulcro de mármol sobre el cual hizo esculpir un pomposo epitafio, largamente meditado por sus sabios, y despues de estos últimos deberes, satisfechos mas bien que á la memoria de su tio, á su orgullo de rey, se lanzó con los tostados africanos que encontró en su herencia y con el ejército que habia traido de allende el mar, sobre los enemigos, que aprovechándose de la muerte de Abu-Mozni-el-Zeirita, habian invadido su territorio; y despues de haber corrido las fronteras tras ellos, de haberles incendiado castillos y aldeas, y robádoles ganados y mugeres, se tornó á su alcazaba; repartió el botin entre los soldados, encerró las mugeres en una torre, y se echó á buscar un sitio donde edificar una residencia mas digna de un rey, que el ahumado torreon donde habia pasado largas veladas, tendido sobre una piel de tigre, el primer señor árabe de Granada.
Llamó á sus faquies y á sus astrólogos, y estos, despues de haber consultado las estrellas, le llevaron á la cresta de la colina poco distante de la torre de la alcazaba, y le dijeron:
--Aquí señor debes alzar tu alcázar y la atalaya de tu reino; porque desde esta loma se vén la estendida vega y las distantes fronteras, y porque un rey debe estar siempre atento á la defensa de su pueblo.
Y Aben-Habuz hizo un alcázar y levantó una torre altísima en el lugar que le dijeron los faquies y los astrólogos, y sobre la torre puso un caballero de hierro con la lanza en ristre y girando á todos los vientos, y en la adarga del caballero mandó pintar un gallo y poner debajo esta leyenda:
Dice el sabio Aben-Habuz, que así se defiende el Andaluz.
Porque el viejo rey tenia por una de sus mas preciosas máximas la de que un guerrero debia ser vigilante como un gallo, ligero como el viento, para volverse y correr á la parte por donde amenazase el peligro, y por esto y por otras razones que á nadie dijo, llamó á la torre de su alcazaba, torre del Gallo de viento.
Y encerrábase en ella el viejo rey, y se dormia al rechinar de la veleta, y la consultaba cada vez que soplaba el viento de la tormenta, y allí donde el caballero tenia asestada la punta de su lanza, corria con sus gentes, y hacia Eblís[26] que siempre encontrase enemigos á quienes destrozaba volviéndose cargado de presas á su castillo.
Y sucedió que una de estas veces, en vez de encontrar enemigos solo halló un viejo astrólogo, que al ver llegar al rey entre aquella muchedumbre de guerreros, se prosternó por tierra, pidió amparo á Aben-Habuz, y le prometió si le dejaba la vida, edificarle un alcázar tal, que fuese maravilla de los siglos venideros.
Rióse el rey del temor del astrólogo, hízole cabalgar á la grupa de uno de sus africanos, le trajo á Granada, y se encerró con él en la torre del Gallo de viento, sin dar oidos á otras palabras que á las del astrólogo, ni salir de la torre mas que para hacer las azalaes[27] en la mezquita.
Y aconteció que el rey olvidó la guerra por la astrología, y pasaron lunas enteras sin que saliese contra los cristianos; á pesar de que estos, mal escarmentados siempre, corrian la tierra haciendo talas y desaguisados, y los habitantes de las villas fronterizas, temerosos de ellos, corrieron á encerrarse tras los muros de la alcazaba Cadima y de la villa de los Judios.
Cansóse el caballero de la torre de avisar el peligro, y desde entonces no volvió á inclinar su lanza al lugar por donde aparecian enemigos, y perdió su virtud el talisman, mientras el rey pasaba las noches en claro en la torre del Gallo de viento á la luz del hornillo donde el sabio hervia en sus vasijas de vidrio brevajes repugnantes.
Al fin una noche el sabio y el rey salieron de la alcazaba por un postigo del muro, bajaron al valle formado por el Darro, y subieron á la Colina Roja.
Era la noche oscura y la tormenta hacia rechinar la veleta de la torre del Gallo de viento: la lanza del caballero señalaba entonces á la Colina Roja donde estaba el astrólogo con el rey.
Hay quien dice que el astrólogo solo queria vengarse del rey por haberle este arrebatado una hermosa doncella hija suya de la villa de los Judios y que habia dado al rey un filtro que habia secado su cerebro tornándole loco.
Sea como quiera, el astrólogo encendió una hoguera en la parte oriental de la Colina Roja en el mismo sitio donde estaban las ruinas de una antigua alcazaba, y arrojó al fuego, pronunciando palabras misteriosas, unos polvos mágicos fabricados por él delante del rey. Entonces la tierra tembló, condensóse el aire, tomó formas el humo de la hoguera y aparecieron cuatro hadas hermosas, apenas cubiertas con velos de seda, batiendo sus trasparentes alas de mariposa.
Aquellas hadas que por el poder del conjuro del astrólogo habian sido arrancadas del quinto cielo, eran los genios del Palacio-de-Rubíes.
Llamábase la una Aliento-de-las flores[28], la segunda Eco-de-las-armonías; la tercera Suspiro-de-amor; la cuarta Espejo-de-Dios.
Al aparecer las cuatro hadas, se habia levantado como por encanto alrededor del rey un alcázar de incomparable hermosura: el astrólogo habia desaparecido: solo quedaban las cuatro hadas revolando alrededor del rey que corria frenético por las galerías y los retretes y las cámaras y los patios del alcázar encantado; de aquel magnífico alcázar fresco, riente y sonoro, con el canto de sus aves, la fragancia de sus flores, el murmullo de sus fuentes y el eco de sus armonías.
El rey corria, y corria, y lanzaba grandes carcajadas.
Aben-Habuz tenia un alcázar de oro y pórfido, era astrólogo y sabio, pero habia perdido el juicio.
El judío se habia vengado.
Las hadas giraban alrededor del rey, danzando unas veces, revolando en las cúpulas otras, perdiéndose en el fondo de los estanques, ó deshaciéndose en vapores perfumados entre las esbeltas columnatas de las galerías.
Y Aben-Habuz seguia corriendo con la barba descompuesta, la túnica flotante, la toca deshecha, riendo siempre, de una manera insensata, y las hadas repetian su risa de loco; deteníase cansado y las hadas se replegaban silenciosas en sus lechos de algas y flores; de perfumes y oro: de repente volvian á aparecer ante el rey y escitado Aben-Habuz por su hermosura corria en vano tras ellas; y el insensato reia de pena, y sufria riendo, y en vano queria contener aquella risa fatal que salia á su pesar de su pecho.
Y tornábase con la aurora á la torre del Gallo de viento, y en vano pretendia ver desde sus almenas el palacio donde habia pasado la noche; la Colina Roja se presentaba á su vista escueta y árida, como antes del ensalmo del astrólogo, y el rey se impacientaba y preguntaba á sus cadíes y á sus wazires, si veian sobre la Colina las torres, los muros y los minaretes de un alcázar.
Los sabios de su corte se entristecian y tenian al rey por loco, porque nada veian.
Todas las noches Aben-Habuz subia á la Colina Roja, y entonces el alcázar se presentaba ante él soberbio con sus altísimas torres, sus enhiestas almenas reales, sus cavas profundas y sus puertas de hierro, que se abrian para darle entrada hasta el Palacio-de-Rubíes, donde tornaba á su insensata alegría y á su risa cruel.
Y cada noche que el rey penetraba en el palacio encantado parecíale este mas hermoso, mas diáfano, y mas rico de resplandores y de armonía; miraba su nombre escrito con oro entre los lazos de las atauxias[29] y de los alicatados[30] y le enardecian las leyendas de amor, en que hablaban para él, con el lenguaje del paraiso huríes invisibles.
Y el desdichado sufria, reia y tornaba á su castillo, cada vez mas insensato, cada vez mas débil.
Su vida se consumia como una lámpara á la que falta pávilo, y aquel terrible rey tan fiero y justador á su llegada á Granada, solo era ya una sombra de lo que habia sido: un cadáver animado.
Llegó á hacerse su locura terrible: azotaba á sus mugeres, reventaba á sus perros, cortaba la cabeza á sus sabios, y se reia siempre; y al eco de su risa huian todos, porque habia llegado á ser un eco de muerte.
Una noche se ciñó su corona de rey sobre su frente de loco, y salió como acostumbraba, de su castillo al que, por fortuna de sus vasallos, no debia volver sino en hombros de los señores de su córte.
Rugia la tormenta y el huracan zumbaba entre las quebraduras de los cerros.
Aben-Habuz subió impávido el repecho de la Colina Roja, llegó á la puerta de hierro del alcázar encantado, que se abrió ante él, y llegó hasta el fondo de un magnífico patio, entre cuyas galerías se habian refugiado las cuatro hadas huyendo de la tormenta.
Cuando el rey Aben-Habuz las vió á la diáfana luz que alumbraba el alcázar, emanada del mismo, soltó una sonora carcajada, abrió con entrambas manos su alquicel para que las hadas no pudiesen escaparse, y se fué hácia ellas pretendiendo abrazarlas.
Pero Espejo-de-Dios, pasó sobre él deshaciéndose en lluvia; Aliento-de-las-flores huyó, envolviéndole en perfumes; Eco-de-las-armonías se deslizó junto á él, rozando sus vestiduras y haciéndole escuchar cantos perdidos; y Suspiro-de-amor le burló infiltrando en su corazon ardientes deseos.
Tras esta burla las hadas fueron á posarse en un ángulo distante, y Aben-Habuz corria tras ellas, riendo siempre y empeñándose en aquel juego fatal que agotaba sus fuerzas y su vida.
Y desaparecian y tornaban á aparecer, y las columnas y los arcos, los muros y las cúpulas, parecian girar, uniéndose á aquel baile terrible, y las leyendas escritas con oro y colores, y los mármoles y los alicatados, lanzaban lánguidos destellos y repetian enamorados cantares y parecian exhalar céfiros lascivos impregnados de suavísimos perfumes.
Y el desdichado loco reia, y cada carcajada era mas desgarradora y sus pasos cada vez mas inciertos y vacilantes: y el alcázar continuaba girando alrededor de él y acreciendo en destellos, en fragancia, en armonía.
Al fin, Aben-Habuz vaciló, sentóse fatigado sobre el pavimento, sus ojos se nublaron, la muerte voló en torno suyo, y volvió á la razon.
Entonces cesó su risa: quiso levantarse y no pudo, y miró á las hadas con los ojos inyectados de sangre:
--¡Malditos génios! dijo con voz espirante: ¡habeis hecho insensato á un rey, pero este rey es sabio y se vengará! Dormid aquí, con mi corona y mis amores, hasta que un rey poderoso, descendiente del compañero del Profeta venga con el poder que le presta á la ciencia, á despertaros de vuestro sueño.
Y cayó por tierra, y sus ojos se cerraron y la muerte fué con él.
Al mismo tiempo se derrumbó con estruendo el alcázar, y las hadas quedaron sepultadas entre sus ruinas.
--Yo soy descendiente del Ansari, dijo sin poderse contenerse el rey Nazar.
--Sí, sí, tu eres el destinado á mostrar á las gentes el Palacio-de-Rubíes, dijo Yshac-el-Rumi: por eso, cuando por complacer á Bekralbayda, has pensado en hacer un alcázar, ese buho ha entrado y ha apagado tu luz.
--¡Pero ese buho!...
--El rey Aben-Habuz, fué encontrado muerto sobre la Colina Roja: y conducido á su castillo fué sepultado en una tumba magnífica. Pero el alma del rey Aben-Habuz, ha quedado sobre la tierra, encantada en el cuerpo de un buho.
--¿Y quién te ha rebelado ese misterio y esa maravillosa leyenda? dijo el rey Nazar; temeroso de que aquel relato fuese una impostura de Yshac-el-Rumi.
--Hace mucho tiempo, señor, dijo el viejo de una manera inalterable, que he consultado tu horóscopo con las estrellas.
--¿Y mi horóscopo cual es?
[imagen no disponible: y desaparecian y tornaban a aparecer.
Letre dib.º y lit.ª Lit. de J. J. Martinez. Desengaño, 10 Madrid.]
--Tú serás el fundador de ese alcázar que admirarán las gentes, que construirás por el amor de una muger, y al que darás tu nombre.
--¿Y ese alcázar existe?
--Existe encantado.
--¿Y puedo yo verle?
--Sí, poderoso señor, pero enloquecerías y moririas como el rey Aben-Habuz.
--¡Y bien! sino puedo verle, ¿cómo he de construir en el lugar donde se encuentra, un alcázar semejante?
--Yo te traeré pintado en pergamino el alcázar; medido y dispuesto desde lo mas chico hasta lo mas grande, de modo que los alarifes y los oficiales solo tengan que labrar la piedra y la madera.
--¿Y cuando me traerás ese pergamino?
--Pasada una luna.
--¡Una luna todavía!
--Necesito ese tiempo para visitar el alcázar encantado, y puesto que tanto amas á mi hija, aprovéchate tú para reducirla á tu amor.
--Dentro de una luna te espero, dijo el rey Nazar: vete.
--Dentro de una luna yo te haré conocer el Palacio-de-Rubíes. ¡Que el Altísimo y Misericordioso quede contigo, rey Nazar!
Y el astrólogo salió.
--¡Oh! esclamó el rey Nazar; ¡el sabio rey Aben-Habuz, encantado en un buho! ¡este buho inspirándome el amor de Bekralbayda! ¡ella pidiéndome un alcázar en cambio de sus amores! ¡ese viejo contándome un estraño encantamiento! ¡mi hijo enamorado de ella, guardando su secreto, y ella, enamorada de mi hijo y ocultando tambien su amor! y luego: ¡yo conozco á ese viejo: yo le he visto alguna vez! pues bien: ¡dejemos correr la cosas, y Dios me guiará!
Fortalecido y tranquilo por su confianza en Dios, el rey Nazar se reclinó en su diván, se envolvió en su alquicel y se durmió.
XIII.
LA SULTANA LOCA.
¡Qué hermosa era aquella muger á pesar de su locura!
Negros sus ojos y sus cabellos, como los ojos y los cabellos del ángel de la noche, su frente, su cuello y sus hombros eran mas blancos que la espuma de un torrente, cuando la ilumina la luz de la luna.
¡Qué hermosa era la sultana Wadah!
Las flores palidecian de envidia al verla, y los ruiseñores cantaban estremecidos de amor cuando ella pasaba lenta y pensativa bajo las enramadas de los jardines del alcázar.
Muchas veces pasaba largas horas sentada á la márgen de las corrientes, mirando abstraida el contínuo trenzar y destrenzar de las aguas ó con la mirada absorsta y fija en esas estrañas figuras que forman las nubes cuando las agrupa y las amontona el viento.
Otras veces se la sorprendia escribiendo sobre la arena con una varita acabada de arrancar á un box, estrañas figuras y caracteres ininteligibles, ó ya retirada en sus retretes, entonando un cántico monótono y misterioso.
Nadie la habia visto reir, pero nadie tampoco la habia visto llorar.
Y á pesar de su enagenacion, y de lo estraño de sus palabras y de sus acciones, nadie á escepcion del rey Nazar la creia loca.
Por el contrario la creian maga, y poseida por un espíritu invisible.
Sus esclavos estaban con terror á su lado y aprovechaban la primera ocasion para huir de ella.
De ella que era tan hermosa.
Pero la mirada de sus negros ojos tenian una fijeza tal, parecian tan hambrientos que aterraban.
El mismo rey Nazar habia acabado por espantarse de ella.
La sultana no lloraba, pero cantaba cada dia de una manera mas triste.
Y aquel canto era la lluvia de lágrimas de su alma.
Hacia muchos años, casi veinte, desde el nacimiento del príncipe Juzef-Abdallah, segundo hijo del rey Nazar, que la sultana Wadah, estaba loca, ó como lo pretendian sus aterrados esclavos, poseida por un espíritu invisible.
Wadah amaba al rey Nazar con un amor desesperado; muchas noches se la escucha llamando de una manera desesperada á Al-Hhamar, y otras abalanzándose y pretendiendo forzar las puertas que conducian á las habitaciones de su esposo.
Otras veces se la oia rugir como una leona, y cuando acudian los esclavos encargados de sujetarla en aquellos accesos, la veian ir de acá para allá levantando tapices corriendo á todos los lugares oscuros, revolviéndolo todo como si buscase algo.
No habia duda: la desdichada sultana Wadah, estaba poseida de un espíritu invisible.
* * * * *
Un dia se abrió la puerta dorada de su retrete.
Wadah exhaló un grito de alegría.
Por aquella puerta solo podia venir el rey Nazar.
El rey entró y cerró de nuevo.
La sultana se abalanzó á él.
--Yo te amo, te amo siempre, esclamó.
Y le besó en la boca.
El rey Nazar contestó estremeciéndose á aquel beso, con un beso trémulo.
--Tú te aterras junto á mí, dijo Wadah, tú me temes ¿por qué temes á tu amada?
El rey no supo qué contestar.
--¿Has visto acaso otra muger mas hermosa que yo? dijo la sultana fijando su terrible mirada en Al-Hhamar.
--¡Oh! no: esclamó el rey: tú eres la muger mas hermosa de la tierra.
Y el rey Nazar se estremecia, porque las megillas de la sultana temblaban, y una leve espuma empezaba á blanquear sus labios rojos, como una banda de grana.
--Sí, sí: esclamó Wadah corriendo hácia un gigantesco espejo de plata y arrancándose sus vestiduras hasta quedar medio desnuda: yo me veo ahí; yo soy cada dia mas hermosa: yo embellezco las joyas y doy brillo á los diamantes: yo soy mas blanca y mas nacarada que las perlas: y yo le amo, yo le amo y él me abandona: ¿habrá visto á otra muger mas hermosa que yo?
El rey Nazar conoció que habia ido á ver á la sultana en uno de sus mas graves momentos de locura.
Wadah continuó delante del espejo, destrozándose los cabellos y arracándose las joyas que la cubrian.
--Sí, sí; soy muy hermosa, Nazar; mírame, amado mio, mírame y ámame; solo he perdido el color de mis megillas: me he quedado blanca, blanca como la luna: pero... eso fué desde un dia...
Destellaron un relámpago salvaje los ojos de la sultana, se estremeció toda, lanzó un grito horrible, y casi desnuda, arrastrando su larga túnica de brocado, destrenzados los larguísimos cabellos, flotando sobre los tersos y redondos hombros, empezó á buscar por los rincones de la cámara, á revolver los almohadones del divan, á levantar los tapices de los retretes.
--¡Mi rosa blanca! gritaba: ¡mi rosa blanca! ¡yo la tenia escondida y me la han robado!
Y luego se sentó en el suelo, cruzó sus manos sobre sus rodillas y se puso á cantar una melodía vaga, sin palabras, triste y lánguida como un suspiro.
El rey Nazar la contemplaba inmóvil, y lágrimas de compasion asomaban á sus ojos suspendidas sobre sus megillas.
¡La rosa blanca!
Jamás Wadah habia pronunciado una sola palabra que aclarase el misterio de la causa de su locura.
¡La rosa blanca!
Hé aquí lo único que se la oía pronunciar en medio de su delirio.
El rey habia preguntado á sus sabios, y estos se habian esforzado en vano por descifrar aquel misterio.
En una ocasion se habia puesto una magnífica rosa blanca, en una copa de oro, oculta tras un tapiz, y el mismo rey Nazar habia observado á su esposa escondido.
Llegado el acceso, la sultana habia buscado, segun costumbre, por todas partes, y al encontrar la rosa, se habia arrojado sobre ella y la habia despedazado esclamando.
--Mi rosa era mas blanca, y mas pura, y mas fragante.
El rey habia renunciado ya á conocer el misterio de la locura de su esposa.
Y habian pasado años y años.
Sin embarco, Wadah no habia olvidado su perdida rosa blanca.
* * * * *
Seguia sentada en el suelo cruzadas las manos delante de sus rodillas, y entonando su triste y lánguida melodía.
--¡Wadah! la dijo el rey.
--¿Quién me llama? esclamó la sultana escuchando con atencion.
--Soy yo... dijo el rey, yo que te amo.
--¡Ah! dijo la sultana, el rey Nazar: el rey Nazar es un ingrato; cuando yo le conocí, solo tenia una pequeña, una pobrecilla bandera y doscientos esclavos, ginetes en yeguas negras y armados de lanzas: era un pobre walí... pero yo le amé y fué poderoso.
Wadah pronunciaba estas palabras con una cadencia lenta, gutural y tenia fija la vista en las bovedillas doradas de la cúpula.
--Yo era maga... un mago me habia traido de las montañas donde nace el Nilo.
Yo amaba entonces solamente á mi rosa blanca, y la escondia para que nadie la marchitara con sus miradas.
Pero ví á Al-Hhamar y le amé; le amo tanto como á mi rosa blanca.
Le favorecí con mi poder; le dí un amuleto que le hizo invencible, y Al-Hhamar se apoderó primero de un pueblo y luego de otro y se hizo rey, rey fuerte, y sus soldados le llamaron el vencedor y el magnífico.
La rosa blanca tuvo celos de mi amor al rey Nazar y me abandonó.
Y el rey Nazar me abandonó tambien, á pesar de que sabia que era mi alma.
El rey Nazar amaba á otra muger.
¡Leila-Radhyah! ¡ah! ¡Leila-Radhyah! ¡pero tú tampoco has gozado los amores de Nazar! ¡yo sé que Nazar llora por tí!
Estremecióse Al-Hhamar. Era la primera vez que la sultana Wadah nombraba á la princesa africana.
¿Sabria Wadah lo que habia sido de ella?
Pero no se atrevió á preguntarla.
Continuó callando y escuchando con toda su alma.
Wadah permaneció sentada en el suelo con la mirada fija en la cúpula y hablando como si estuviese sola.
--El rey Nazar es un ingrato: me lo debe todo y me vé morir y no tiene compasion de mí. Una sola palabra suya seria para mí como el rocío de la alborada para las flores marchitas, y no pronuncia esa palabra.
Al-Hhamar se acercó á Wadah, la levantó en sus brazos, la estrechó en ellos y la besó en la boca.
Wadah se estremeció; dió un grito, miró de hito en hito al rey Nazar, y rompió á llorar.
Era la primera vez que lloraba despues de veinte años.
Su mirada lúcida, radiante, se posó en el rey y sus labios sonrieron.
--¡Ah, eres tú, tú! ¿cuanto tiempo hace que no te he visto? esclamó: ¡ah! ¿quién me ha arrancado mis vestiduras, quién ha destrenzado mis cabellos?... ¿has sido tú?
No: no; es imposible, tú tienes abandonada á tu esposa, tú no la amas.
--¡Wadah! ¡Wadah! esclamó el rey, ¿por qué dudas de mí?
--Dime: continuó Wadah, ¿por qué has traido á mi lado una doncella que yo no conocia, una hermosísima doncella á quien enamoras?
--Bekralbayda es una esclava que he comprado para tí.
--Sí; es verdad, dijo Wadah: tambien Leila-Radhyah, era una esclava, y sin embargo tú la amabas, Nazar.
--¡Leila-Radhyah! dijo el rey: dejemos en paz á los muertos.
--¡Sí es verdad, dijo Wadah: dejemos en paz á los muertos! pero tú la amabas, Nazar.
--Yo no he amado á ninguna mas que á tí: tú en cambio amas á un fantasma, á un misterio, mas que á tu esposo.
--¡Yo!
--Sí; tú amas mas que á mí á tu rosa blanca.
--¡Oh! esclamó la sultana Wadah, y en sus negros ojos brillaba la razon: ¡cuán torpes son los hombres! ¿No has comprendido cuál era mi rosa blanca?
--No, nunca lo has esplicado.
--La rosa blanca... era mi alma... mi alma que me la han robado los que me robaron tu amor: yo hé debido estar loca, Nazar.
--Acaso Dios lo haya permitido.
--Yo recuerdo, como sueños confusos, sueños horribles.
--Es necesario no recaer mas en esos sueños, amor de mi alma, dijo el rey estrechándola entre sus brazos.
--Necesito el amor y la compañía de mi esposo, dijo Wadah.
--Y bien, la tendrás.
--Necesito que vivas á mi lado.
--Viviré.
--Quiero que tu hijo el príncipe Mohammet...
--¿Qué sabes tú del príncipe?
--Sé que está preso.
--¿Quién te lo ha dicho?
--Bekralbayda mi esclava, que le vé lodos los dias asomado á un ajimez en lo alto de la torre del Gallo de viento.
Palideció levemente el rey Nazar y Wadah aspiró aquella palidez.
--Mi hijo ha cometido un delito de inobediencia y es necesario que le castigue.
--¿Y no habla por él en tu corazon el amor de su madre?
--¡Wadah!
--Perdónale, señor, perdónale... aunque no sea mas que por la memoria de tu perdida Leila-Radhyah.
Pronunció la sultana con tal sarcasmo estas palabras, que el rey empezó á sospechar lo que nunca habia sospechado: que su esposa hubiese tenido parte en la muerte de la princesa.
Y como si Wadah solo hubiese recobrado por un momento la razon para aterrar al rey Nazar, volvió á su violento estado de locura.
El rey salió aterrado de la cámara.
Apenas se perdió el ruido de las pisadas del rey, cuando Wadah se alzó del suelo donde de nuevo se habia sentado, sombría, terrible: en sus ojos habia vuelto á aparecer la razon.
--¡La ama! ¡ama á esa doncella! esclamó: ¡ha palidecido al saber que Bekralbayda ama á su hijo! Pues bien: ¡mis celos mataron á Leila-Radhyah! ¡mis celos matarán á Bekralbayda!
Y acabó de componer el desórden de sus ropas: recogió sus cabellos y salió lenta y fatídica de la cámara dorada, por una puerta opuesta á aquella por donde habia salido el rey.
XIV.
LO QUE SE VEIA DESDE LA TORRE DEL GALLO DE VIENTO.
Mientras pasaba la luna fijada por plazo por Yshac-el-Rumi para mostrar al rey la reproduccion de las maravillas del Palacio-de-Rubíes, acontecian en el palacio del Gallo de viento pequeños sucesos pero graves, y que no son para pasados en olvido.
El príncipe se desesperaba en la prision de la torre.
Encerrado allí como una águila en su jaula sufria esa tortura lenta del prisionero, que vé los azules horizontes, la gente que vá y que viene, que entra y que sale, y la envidia, porque su paso no puede estenderse mas allá de los muros de su prision.
Inaccion forzada, terrible, que irrita, que desespera, que desalienta, y tanto mas cuando no se conoce el término de ese estado aflictivo, cuando no se sabe si se saldrá de la prision para la tumba ó para el destierro.
Y cuando el que está preso ama como amaba el príncipe: cuando se tienen celos como el príncipe los tenia: cuando se vé desde la prision lo que el príncipe veia lodos los dias, la vida llega á hacerse insoportable.
Al amanecer, por medio de las calles de cesped de un jardin que veia el príncipe desde su empinada prision, atravesaba una forma blanca, leve y gentil y se perdia entre la espesura de los bosquecillos.
Aquella forma, aquella muger hechicera, era Bekralbayda.
Poco despues una forma negra, lenta, grave, magestuosa, se perdia por el mismo lugar por donde habia entrado la jóven.
Aquella forma negra, aquel hombre de andar reposado y magestuoso, era el rey Nazar.
Pasaba el tiempo: el príncipe devorado de celosa rabia contaba por cada instante un siglo.
Al fin el rey y Bekralbayda salian del bosquecillo, atravesaban juntos el sendero y se perdian bajo los pórticos.
No era solo el príncipe el que veia esto.
Lo veia la sultana Wadah, estremecida de rabia desde sus miradores.
Veíalo tambien estremecido de una cruel alegría desde una torrecilla del muro, el astrólogo Yshac-el-Rumi.
Llegó al fin el plazo prefijado por el astrólogo.
Una noche entró en la cámara del rey con un voluminoso rollo de pergaminos.
Hízole sentar Al-Hhamar y le dijo:
--Estoy impaciente por construir ese alcázar: mi amor hácia tu hija es cada dia mas grande.
--Mi hija es muy afortunada, poderoso señor.
--Pero tu hija se obstina en no corresponder á mi amor sino cuando haya construido para ella un alcázar.
--Aquí tienes las trazas de él, magnífico sultan, cuadra por cuadra, rico y magestuoso, como ha querido hacerle Dios.
El astrólogo estendió uno por uno todos los pergaminos.
En él estaban pintadas primorosamente las habitaciones del alcázar, los patios, las fuentes, las galerías caladas, las blancas columnatas de mármol, los claros estanques, los techos de oro, rojo y azul, las cúpulas estrelladas; una gran inmensidad de esquisitas labores, de alicatados maravillosos, de labradas maderas, de celosías, de puertas: aquello era un prodigio que maravilló al rey.
--Mira, señor, le decia el astrólogo, cuán bello es este patio: sus columnatas forman un espeso bosque cuando se le mira desde sus galerías, y los graciosos arcos parecen las copas de jóvenes palmeras que se cruzan; mira cuán magnífica es esa fuente que se sustenta sobre esos doce leones: pues las cuatro salas que rodean el patio, parecen robadas del paraiso: sus cúpulas son cielos estrellados y sus ajimeces parecen tan hermosos como los ojos de una hurí.
--Indudablemente Dios es grande sobre todas las grandezas, decia el rey, y este alcázar es una de sus maravillas.
Sus arcadas son tan ligeras, que parece que ha de hacerlas mover la brisa; sus columnas son tallos de azucenas en búcaros de nacar.
Sus estanques son espejos de Dios, y cada uno de sus jardines parecen el chal de una hurí.
¿Qué hombre podrá realizar tanta maravilla?
Ya no estraño que el rey Aben-Habuz se volviese loco al ver tanto prodigio.
--Tú realizarás esta obra admirable, poderoso sultan Nazar, dijo el astrólogo.
--Yo he construido en mi Granada cien mezquitas y doscientos algibes, dijo el rey: yo he abierto á la ciencia multitud de escuelas: yo he rodeado el recinto de muros que orlan mil y treinta torres y treinta mil almenas: yo he invertido ciertamente en todas esas obras grandes tesoros: ¿pero qué tesoros bastarian para construir este alcázar, maravilla de las maravillas?
--El palacio en que vives no es digno de tu grandeza.
--Sea feliz y próspero mi pueblo, que yo tengo bastante con una torre para morar y una piel de tigre para reclinar mi cabeza, como el viejo rey Abu-Mozni-el-Zeirita.
--Tú amas á mi hija.
Calló el rey.
--Mi hija no te concederá su amor, sino cuando hayas construido para ella este rico alcázar.
--Tu hija me pide mucho. Es una esclava demasiado cara.
--Mi hija será sultana.
Se estremeció el rey.
--Mi hija es mas hermosa y mas preciada que ese alcázar que tanto te enamora.
Meditó un momento el rey, y luego dijo levantándose de una manera decidida.
--¡Construiremos el alcázar de las maravillas, Yshac! ¡yo te lo juro!
XV.
UNO PARA CADA ALMENA.
Y es de advertir que cuando el rey Nazar formó la resolucion de construir aquel magnífico alcázar, no tenia una sola dobla en su tesoro.
Porque el rey Nazar invertia sumas cuantiosísimas en la construccion de hospitales, mezquitas, escuelas, y otros establecimientos, y en pagar sabios que enseñasen al pueblo.
El rey habia concebido un proyecto, para llevar el cual á cabo, envió cartas á todas las villas del reino, llamando á todos los caballeros sus vasallos.
Ocho dias despues hervia Granada en forasteros.
Deslumbraban las galas y el aparato con que aquellos habian venido á la córte, y las posadas estaban llenas, y se preguntaban los unos á los otros para qué habria hecho el rey aquel llamamiento.
Al fin un dia los convocó el rey Nazar á su palacio de la torre del Gallo de viento, y cuando todos estuvieron reunidos, salió vestido magníficamente en un caballo cubierto de paramentos de brocado, llevado de las riendas de púrpura por dos wazires, rodeado de sus sabios y de sus walíes y seguido de los esclavos negros de su guardia.
Precedian al rey Nazar timbaleros y trompetas, y de este modo, llevando tras sí á todos los nobles que habia convocado, bajó por Al-Acab[31] á la calle de Elvira, y atravesando el barrio que poblaba la tribu de los Gomeles, subió á la Colina Roja.
En el centro de la cumbre habia una magnífica tienda de seda y oro levantada para el rey.
Delante de la tienda habia un trono.
Cuando el rey Nazar llegó junto al trono, descabalgó y descabalgaron los de su comitiva, y de igual manera descabalgaron los caballeros.
El rey subió sobre el trono, rodeándole los de su séquito, y luego delante del trono y en media luna se estendieron todos los nobles, que pasarian de cuatro mil.
El rey Nazar paseó por ellos una mirada orgullosa.
La mirada de un rey que contemplaba delante de sí una caballería tan rica, tan noble y tan valiente.
--Os he llamado, dijo el rey, para concederos una gracia.
Salió una aclamacion unánime de las bocas de los caballeros.
--Todos sois nobles y valientes, y la paz en que estamos con el cristiano, os tenia ociosos y disgustados, convertidos en labradores.
Contestaron al rey unánimes señales de asentimiento.
--Mirad las distantes sierras: aquellas son las fronteras de nuestro territorio: de una parte hácia la tramontana tenemos á Murcia, de otra á Jaen, de otra á Córdoba, y allá al frente á Africa.
Volviéronse las miradas de los caballeros á las distantes fronteras con una avaricia feroz.
--Vosotros volariais sobre vuestros caballos y sobre vuestras almadias, atravesariais esas fronteras y ese mar, y hariais la guerra si yo os lo permitiese.
--¡Sí, sí, sí! gritaron enardecidos de entusiasmo todos los caballeros.
--Pero yo no puedo permitiros la guerra; tengo asentadas las paces con los reyes de Castilla y Aragon y con los emires de Africa.
Nublóse el atezado rostro de todos aquellos bravíos guerreros.
--Mi estandarte real no puede ir delante de vosotros, añadió el rey Nazar.
--¿Y cómo hemos de pasar las fronteras cristianas y embestir las riberas de Africa, tienes asentadas paces con los emires moros y los reyes cristianos? dijo uno de los caballeros.
--Yo no puedo permitiros la guerra: pero vosotros podeis hacer una sola algarada[32].
Volvió á brillar la alegría en el rostro de los caballeros.
--¿Una algarada á todo trance, señor? dijo el mismo anciano.
--Sí, respondió el rey.
--¿A la redonda en las fronteras del reino?
--Sí.
--¿Y contra las riberas de Africa?
--Sí.
--¿Y ningun daño nos parará, poderoso señor?
--Ninguno; pero atended lo que os voy á decir.
Creció el silencio entre los caballeros.
--Os permito una algarada de sol á sol contra las fronteras de Córdoba, Jaen, y Murcia, y contra la ribera opuesta de Africa frente á nosotros. Una algarada de sol á sol y nada mas. ¿Me entendeis bien?
--Sí, sí, poderoso señor.
--Pero entended mejor lo que os voy á decir: dentro de ocho dias me habeis de entregar en Granada treinta mil cautivos.
--¡Treinta mil cautivos! esclamaron con asombro los caballeros moros.
--Sí, treinta mil cautivos, dijo el rey: uno para cada almena.
--¿Pero dónde encontraremos tantos cautivos, poderoso señor?
--Buscadlos; y... al campo vuestras banderas; á la mar vuestras fustas: pasados ocho soles, me habeis de entregar en Granada treinta mil cautivos, uno para cada almena.
Y el rey despidió á sus caballeros y se volvió á su castillo.
--¡Treinta mil cautivos! decian poco despues aquellos feroces guerreros galopando por los caminos en busca de sus villas y alquerías.
--¡Uno para cada almena! murmuraban otros pensativos.
--¿Qué pretenderá hacer el rey Nazar? añadian todos.
XVI.
UNO PARA CADA CAUTIVO.
Maravilláronse los sabios y aturdiéronse los ignorantes con la estraña resolucion del rey Nazar.
¿Para qué queria aquellos treinta mil esclavos?
¿Qué treinta mil almenas eran aquellas de que habia hablado?
No se murmuraba de otra cosa en la córte.
Pero creció la maravilla cuando el rey llamó á ciertos oficiales que se ocupaban en labrar piedras, y encerrado con ellos en su castillo, les dijo:
--Yo tengo en la sierra canteras de preciosos mármoles: mio es el blanco y brillante, que al marfil semeja: mia la serpentina verde como la esmeralda: mio el granito rojo, verde y azul, y el manchado, que imita á la piel del tigre: ¿cuánto me dareis si os dejo sacar mármoles por dos años de esas canteras?
--Te daremos diez mil doblas marroquíes, señor, dijo el principal de aquellos menestrales.
Movió el rey la cabeza.
--Te daremos veinte mil doblas marroquíes.
Repitió el rey su movimiento negativo.
--Te daremos treinta mil doblas marroquíes.
--Dadme treinta mil morteros de granito negro, dijo el rey, uno para cada cautivo.
--¡Ah! señor, ¿y con qué compraremos el granito?
--Tomadle de mis canteras.
--¿Y cómo traeremos tanto mortero?
--Dejadlos al pie de las canteras.
--¿Y en cuánto tiempo, señor, hemos de arrancar el granito y labrarlo?
--En quince soles.
--¡Ah, poderoso señor! ¡tú quieres que hagamos maravillas!
--Vuestro es el mármol de todo género que podais arrancar durante dos años de mis canteras: pero habeis de entregarme dentro de quince soles treinta mil morteros de granito negro con su maza, uno para cada esclavo.
Consultaron algun tiempo entre sí los menestrales.
--¿Y si dentro de los quince soles nos faltase algun número de morteros, señor?
--Entonces perdereis los que hallais fabricado y no os daré nada.
Volvieron á consultar entre sí los mecánicos.
--Dentro de quince soles, señor, dijeron, tendrás al pie de las canteras de la sierra, treinta mil morteros con su maza.
--Sí, sí, dijo el rey: eso es, treinta mil: uno para cada cautivo.
Los menestrales salieron maravillados:
--¿Para qué querrá el rey, se decian, treinta mil morteros?
XVII.
¡EL REY NAZAR SE HA VUELTO LOCO!
Uno de los que mas se maravillaban y mas recelosos andaban con la determinacion del rey Nazar, era el mismo que le habia metido en la tentacion de construir el Palacio-de-Rubíes.
Yshac-el-Rumi.
Aquel estraño viejo daba en vano vueltas á su imaginacion para adivinar los proyectos del rey.
El destino que queria dar á aquellos treinta mil esclavos y el objeto á que destinaba aquellos treinta mil morteros, eran dos acertijos.
Sin embargo, aquellos dos acertijos, como veremos mas adelante, eran de muy facil resolucion.
A pesar de la facilidad de esta resolucion, Yshac-el-Rumi no daba con ella.
Lo que demostraba que tenia mas de charlatan que de astrólogo.
Sin embargo, Yshac-el-Rumi, como veremos mas adelante no era un hombre malo.
Se habia propuesto motivar un gran acto de justicia, y para ello se habia valido como medio de lo maravilloso, porque sabia demasiado lo dados que eran á la supersticion los musulmanes.
Y cuando decimos los musulmanes, como separando de ellos á Yshac-el-Rumi, parece que decimos que Yshac no era musulman.
En efecto, no lo era originariamente: su mismo sobrenombre de Rumi lo decia[33].
Si ahora os contáramos la historia de Yshac-el-Rumi, perderia gran parte de su interés nuestro relato.
Básteos saber que Yshac-el-Rumi no era astrólogo mas que en la charla, que el cuento del rey Aben-Habuz habia sido una invencion suya para maravillar al rey, que el encantado alcázar de Rubíes era una mentira, y que los hermosos planos, dibujos y vistas que habia mostrado al rey y que tanto le habian encantado, los habia comprado á un alarife africano que habia muerto en la miseria, sin lograr que ningun emir de oriente quisiese gastar sus tesoros en la construccion de aquel magnífico alcázar con el cual habia soñado veinte años de su vida, invertidos en la composicion, distribucion, trazas y adornos que estaban demostrados en los pergaminos.
El alarife moribundo, vendió á Yshac-el-Rumi aquellos planos, dibujos y trazas mediante á una estraña condicion, fundada en una historia de amores y desgracias, y por algunos dirahmes de plata con los cuales debia ser comprada una sepultura de piedra.
El alarife habia entregado todos los sueños de su vida á Yshac-el-Rumi, á trueque de una estrecha vivienda donde dormir por toda una eternidad.
Además, el alarife habia entregado á Yshac-el-Rumi una muger y una niña.
La muger era hermosísima, la niña daba señales de serlo.
Fiel Yshac á su juramento, habia embalsamado y puesto en su lecho de piedra al africano: se habia consagrado á aquella niña y á aquella muger, y estaba á punto de realizar los sueños del difunto.
El rey Nazar conocia á la niña.
El príncipe Mohammet la amaba.
Porque aquella niña era Bekralbayda.
El alcázar maravilloso iba á construirse.
Pero no podia Yshac-el-Rumi sacar en claro para qué queria el rey Nazar aquellos treinta mil cautivos y aquellos treinta mil morteros.
Y no era solo Yshac-el-Rumi el que andaba pensativo y confuso por aquel misterio: llegó á interesarse en él todo el reino.
Porque autorizados los walíes, capitanes y arrayaces vasallos del rey Nazar para entrar en algara por las tierras cristianas y las riberas de Africa, empezaron á tomar gente á sueldo, y no se veian por do quier mas que escuadrones armados y banderas tendidas, atravesando la Vega y los desfiladeros de las montañas: y por otra parte los alarifes y labradores de mármol, buscaban cuantos oficiales podian, y pagándolos á precio de oro, se los llevaban á las canteras del rey, donde trabajaban de dia y de noche.
Entre tanto el rey Nazar hacia frecuentes escursiones con Yshac-el-Rumi, y llevando consigo los maravillosos pergaminos, á la Colina Roja.
--Pero aquí no cabe este alcázar, decia á su falso astrólogo: será necesario subir con los muros por la ladera del cerro, y correr por su cumbre, y bajar despues á la Colina de Al-Bahul, cerrando las dos alas del alcázar como con un herrete, con una muralla que cierre el barrio de los Gomeles. ¡Oh! ¡quién tuviera vida para ver terminada esta maravilla!
Yshac se maravillaba de que el rey Nazar pidiese á Dios vida y no tesoros para construir aquel alcázar.
--Muy rico debe ser el rey, decia para sus adentros.
--Cien torres y treinta mil almenas en ellas y en los muros, decia el rey Nazar contemplando los planos: un cautivo para cada almena, un mortero para cada cautivo: treinta mil dirahmes de oro cada un dia; ¡sí, sí, por Allah! hay lo bastante para construir una nueva Damasco. ¡Treinta mil cautivos! ¡uno para cada almena! ¡treinta mil morteros! ¡uno para cada cautivo! ¡treinta mil dirahmes de oro cada un dia!
Yshac-el-Rumi se contristó, porque creyó que el rey habia perdido el juicio, y esto echaba á tierra todos sus proyectos.
Y no era solamente Yshac el que pensaba de esta manera.
Los habitantes de Granada decian tambien, pero en voz baja por temor de ser castigados:
--¡El rey Nazar se ha vuelto loco!
XVIII.
¡EL REY NAZAR ES UN SABIO!
Pasaron los ocho dias que el rey habia concedido á los caballeros del reino para un solo dia de algarada alrededor de las fronteras y al frente de la costa.
El mismo dia en que se cumplia el plazo, amanecieron delante de las puertas de Granada los cuatro mil caballeros, con sus banderas y sus taifas en número de cincuenta mil hombres[34].
En el centro del aduar ó campamento formado por cada una de estas taifas, se veian las presas hechas en las fronteras cristianas y en la ribera de Africa, consistiendo la mayor parte de estas presas en cautivos.
Notábase que todos estos cautivos eran hombres y hombres robustos; si los caballeros habian hecho cautivas, se habian abstenido sin duda de llevarlas á Granada, enviándolas con algun ligero resguardo á sus posesiones.
El rey Nazar que esperaba, no sin fundamento, que sus caballeros cumplirian fielmente su promesa, estaba preparado, y cuando le avisaron de la presencia de aquellas gentes de la Vega, salió de su castillo rodeado de su córte y seguido por los mismos esclavos de su guardia.
Cuando el rey salió á la Vega por la puerta de Elvira, las dulzainas, las trompetas, los tambores, los atabales y las atakeviras de sus caballeros, tocaron la zambra, á la que contestaron los músicos del rey.
Al pasar por medio de los cerrados escuadrones, los soldados gritaban:
--Al-Hhamar le galib[35].
A lo que el rey Nazar contestaba, sonriéndose benévolamente, á walíes y soldados.
--¡We! ¡le galib ille Allah![36]
El rey llegó al fin acompañado por los xeques[37] de las tribus, y de los principales walíes, á una magnífica tienda alrededor de la cual habia amontonado un botin inmenso.
--Hé ahí poderoso y magnífico señor, dijo el mas anciano de los xeques, señalándole los despojos amontonados, la quinta parte de nuestra presa que te corresponde como emir y sultan de los creyentes.
Y empezó á poner de manifiesto la presa.
Consistia esta en dinero, en oro y plata, en cálices, copones, viriles, cruces, ornamentos y otros objetos sagrados robados á las iglesias, y por último, en una multitud de armas y de alhajas de uso particular.
--Buena grangería habeis hecho, dijo el rey.
--Nos ha costado en cambio mucha sangre, señor.
--Si los cristianos se dejasen entrar á saco sin resistencia, las algaras serian el mejor entretenimiento del mundo: todo tiene su precio: la presa de las algaras se paga.
--Allá quedan sobre la sangrienta frontera centenares de muslimes y millares de infieles.
--Pero no es esto lo que os he pedido.
--Espera, espera, señor; dentro de la tienda está la presa que han hecho los que han pasado á Africa.
Entró en la tienda el rey Nazar.
Estaba enteramente cubierta de telas de brocado: la mirra, el aloe y el incienso, formaban grandes montones; brillaban, dentro de cajas, diamantes y perlas y otras piedras preciosas. Veíanse en gran número pieles de leon y de tigre, y en el centro una gran caja llena de doblas marroquíes.
--Pero yo no os he pedido oro, ni perfumes, ni alhajas, ni preciosidades, dijo el rey Nazar: y ¡ay de vosotros, si solo esto habeis traido!
--Es, dijo el xeque, que entre africanos y españoles, te traemos justos y cabales los treinta mil esclavos.
--¡Los treinta mil esclavos! esclamó el rey.
--Sí, poderoso señor.
--¿Y todos fuertes y robustos?
--Sí, magnífico señor, porque hemos matado á los viejos, á los niños y á los enfermos.
--¡Treinta mil cautivos! esclamó el rey: ¡un dirahme de oro cada un dia por cada cautivo!
--¡Treinta mil dirahmes de oro cada un dia! murmuraron por lo bajo los circunstantes. ¿Y de dónde vá á sacar ese tesoro el rey Nazar?
--El rey Nazar está loco.
--¿Y dónde teneis esos treinta mil cautivos? dijo con ansia el rey Nazar.
--Al punto van á pasar por delante de tí, magnífico sultan.
Y saliendo algunos walíes, se oyó poco despues la música tañendo la zambra.
El rey Nazar, en la puerta de la tienda, á caballo, rodeado de su córte, á ambos lados los xeques y los walíes espedicionarios, empezaron á pasar por delante de él entre ginetes moros escuadronados, los cautivos.
Iban delante los africanos atezados y fieros en medio de su vencimiento: todos jóvenes, todos robustos, todos bravíos: su número llegaria á diez mil: venian despues los cautivos españoles, avergonzados por su derrota, pero al mismo tiempo altivos: conocíase que pertenecian á todas las clases y condiciones, desde el orgulloso noble hasta el humilde pechero: todos fuertes, todos robustos, todos jóvenes; pero impresas en las frentes de todos la desesperacion de la desgracia.
El rey Nazar contempló los esclavos trasportado de alegría.
En aquellos tiempos estos azares de la fortuna eran tan comunes, que la desolacion de un esclavo no conmovia á nadie.
Aquella época endurecia el corazon.
Por lo tanto nada tenia de repugnante la alegría del rey Nazar.
Cuando hubieron acabado de pasar los cautivos, el rey Nazar se volvió á los xeques y á los walíes, y les dijo:
--Guardaos vuestra presa por completo: yo no os he pedido oro sino cautivos; me los habeis traido y estoy satisfecho.
Y haciendo que se encargasen de la guarda de los cautivos los walíes de los seis mil de su guardia negra, se fué con su presa la Vega adelante.
--¡No quiere oro! esclamaban maravillados los espedicionarios: ¡y le hemos ofrecido una riqueza inmensa! no hay duda: ¡el rey Nazar está loco!
* * * * *
Entre tanto el rey, llevando consigo su córte y sus treinta mil cautivos, custodiados por sus seis mil esclavos negros, rodeó por fuera de los muros, llegó al lecho del rio Darro, y siguió por su corriente arriba.
Siguiéronle la córte, los esclavos y los cautivos.
El rey atravesó la ciudad, se metió por las angosturas del rio, y siguió adelante.
--¿A dónde irá el rey? se preguntaban los señores de su córte.
Pero el rey seguia caminando en silencio y aguijando su caballo, siempre contra la corriente del rio.
El rey avanzaba, el sol habia llegado á su mayor altura, y el rey seguia aguijando á su caballo.
Habian quedado atrás los frondosos cármenes y las alegres alquerías, y empezaron á marchar por las anchas ramblas de la montaña, cerca del nacimiento del rio.
Al fin el rey dejó el lecho del rio, y trepó por el repecho de una colina deprimida y estrechísima.
En la cumbre de ella se detuvo.
--¡Mi buen alarife Kathan-ebn-Kaleb! dijo el rey Nazar dirigiéndose á un anciano que iba entre su córte.
--¿Qué me mandas, poderoso señor?
--¿Ves aquellos pinares que sombrean la sierra?
--Los veo, señor.
--¿Ves esas piedras que se amontonan sobre el lecho del rio?
--Sí señor.
--Pues bien, derroca esos pinos, levanta esas piedras, y haz aquí el aduar de los cautivos.
Despues revolviendo su caballo, gritó:
--¡Ah del alcaide de mi guardia negra!
Adelantó un africano atlético.
--Te dejo seis mil soldados: guarda con ellos mis cautivos, y ten presente, que si te falta uno solo de los treinta mil que te entrego, te corto la cabeza: ahora mis buenos amigos á Granada.
Y solo con su córte se volvió al Albaicin.
--No hay duda, decian los wazires y los sabios en vista de todo aquello: el buen rey Nazar se ha vuelto loco.
* * * * *
* * * * *
Se levantó una ciudad rústica en la colina que habia señalado el rey por aduar de sus cautivos.
Los pinos habian sido derrocados de la montaña, y las piedras alzadas del lecho del rio.
La poblacion habia sido dividida en cuarteles.
Al frente de cada cuartel habia un alcaide encargado de vigilar á los cautivos y de cuidar que trabajasen.
En solo cuatro dias el aduar habia sido levantado.
Los cautivos ya no tenian nada que hacer, y sus guardianes se preguntaban:
--¿Querrá el rey levantar en estas solitarias breñas una ciudad?
Y volvian á recaer en la opinion de que el rey se habia vuelto loco.
Se acercaba el dia que el rey Nazar habia fijado á los mecánicos para que tuviesen concluidos los treinta mil morteros de granito negro con su maza.
Dos dias antes, el rey Nazar convocó su córte, salió con ella de su palacio del Gallo de viento, y tomó el camino de la sierra.
Al llegar á Dar-al-Huet[38], encontraron los que le acompañaban escuadronados sobre una loma los treinta mil cautivos custodiados por seis mil esclavos negros de la guardia del rey Nazar.
A una señal del rey la guardia y los cautivos siguieron tras de la córte, y caminaron hasta que llegaron á unos altísimos barrancos, sobre los cuales brillaba el sol en cortados mármoles de mil colores distintos: aquellas eran las ricas canteras de la sierra, las canteras del rey Nazar: una maravilla de la mano de Dios.
Aquellos lugares, famosos hoy por sus mármoles, se llaman el barranco de San Juan.
Muchos de los que iban con el rey no habian visto aquel prodigio, y les maravilló su hermosura. Pero lo que mas les maravilló, fué ver en el fondo del barranco una interminable sucesion de filas de morteros de granito negro con su maza.
Los canteros, los menestrales, orgullosos con su gigantesca obra, salian á recibir al rey Nazar tocando sus dulzainas y atabalejos, como celebrando una gran fiesta.
--¿Están los treinta mil? preguntó con anhelo el rey.
--Sí señor, contestó el que hacia de cabeza de los mecánicos: sin faltar ni sobrar uno.
El rey mandó que cada cautivo tomase sobre sus hombros un mortero, y se notó que solo quedaba un mortero, cuando llegó el último cautivo.
Cuando al dia siguiente entró el rey en Granada con aquella estraña procesion, todos se confirmaron en que habia perdido el juicio.
--¿A no ser, decian algunos, que quiera moler á todos sus vasallos?
Pero cuando los curiosos vieron algunos dias despues que á lo largo del rio Darro, desde Granada hasta su nacimiento, se estendian los treinta mil cautivos machacando arenas sacadas del rio hasta reducirlas á polvo; cuando vieron que lavadas aquellas arenas dejaban en el fondo de los morteros partículas de oro; cuando supieron que el oro obtenido por este medio por cada esclavo, ascendia al valor de mas de una dobla, entonces el desprecio se trocó en admiracion, y todos, chicos y grandes, esclamaron:
--¡El rey Nazar es un sabio!
XIX.
EL SURCO DEL REY NAZAR.
Y tenian razon.
El rey Nazar habia podido muy bien, para proporcionarse tesoros, oprimir á sus vasallos con impuestos; pero el rey Nazar sabia muy bien que los pueblos oprimidos suelen acabar por hacer pedazos á la mano que los oprime.
El rey Nazar sabia esto porque habia estudiado la historia de los tiempos y conocido las catástrofes causadas por los tiranos.
Además de esto, el rey Nazar queria ser amado por sus súbditos, y un rey para ser amado, necesita ser el padre de su pueblo, no su verdugo.
Habia preferido, pues, arrancar sus tesoros á la tierra de promision de que era rey.
Leyendo en una ocasion un antiguo libro romano, habia encontrado la manera de sacar el oro y la plata de las arenas de los rios.
El Darro era abundantísimo de oro, y el rey recurrió á él.
Hubiera podido tambien, estremando la tiranía, haber obligado á sus vasallos á aquel áspero trabajo de machacar arena durísima.
El rey prefirió que aquel rudísimo trabajo cayese sobre cautivos tomados en la tierra de sus enemigos.
Así es, que ningun sacrificio costaban los tesoros del rey Nazar á los naturales del reino de Granada.
Era, pues, un rey bueno y sabio.
Es verdad que las correrías de sus caballeros sobre las fronteras de los reyes con quien tenia ajustadas paces, produjeron algunas enérgicas embajadas; pero el rey Nazar contestó que no estaba en su mano el evitar aquellos sucesos, que en otras ocasiones los cristianos fronterizos hacian lo mismo con los moros, y despues de muchas idas y venidas no se volvió á hablar mas del asunto; los tratados de paz continuaron en su fuerza y vigor, y los cautivos machacando arena en las márgenes del Darro.
El rey Nazar era un gran rey.
Pero se preguntaban los que diariamente iban á ver trabajar á los cautivos:
--¿En qué empleará el rey Nazar tanto oro?
Porque todos sabian que el rey no era avaro, ni queria sus riquezas mas que para invertirlas de una manera útil y beneficiosa á su reino.
Habian pasado dos meses desde el dia en que los cautivos habian empezado á estraer oro de las arenas.
Los canteros, que por la labranza de los treinta mil morteros, habian obtenido el derecho esclusivo durante dos años á los mármoles de las canteras de la sierra, habian recibido del rey la órden de cortar grandes trozos á propósito para columnas, pavimentos y otras piezas de fábrica.
Aquel mármol habia sido pagado á gran precio por el oro del Darro acuñado en la Casa de la moneda.
--¿Qué obra irá á hacer el rey Al-Hhamar? se preguntaban los curiosos.
Al-Hhamar entre tanto hacia frecuentes escursiones con Yshac-el-Rumi á la Colina Roja.
La recorria en toda su estension, subia el repecho del monte, se estendia hasta el Cerro del Sol, bajaba hasta la Colina de Al-Bahul, y observaba todos los diferentes puntos de vista que se ofrecian desde estas alturas.
Al fin, un dia, se vió salir de la casa del Gallo de viento á Al-Hhamar seguido de su córte. Pero lo que mas se estrañó fué que entre la córte iban dos hermosos bueyes ayuntados, cubiertos de paramentos de seda y oro, y de penachos y campanillas de plata, y arrastrando un arado.
Cuando llegaron á la Colina Roja, el rey descabalgó y descabalgaron todos; el walí que guiaba la yunta la llevó por órden del rey á la parte estrema occidental de la colina; entonces el rey volvió sobre la tierra la corva punta del arado, y apoyándose fuertemente en la mancera, dijo clavando el hierro en la colina:
--¡Aquí será mi alcazaba!
Y los bueyes siguieron adelante guiados por el walí; y el rey tras ellos afirmado en la mancera y abriendo un profundo surco.
Asomaba el sol por cima de la Sierra Nevada, cuando la yunta empezó á andar en direccion de occidente á oriente.
El walí seguia guiando la yunta.
El rey se apoyaba en la mancera, y levantaba pedazos de tierra, acaso jamás tocada por el arado.
Detrás seguia la córte admirada.
Al llegar á la parte media de la Colina Roja, frente por frente del alto y distante monte de Aynadamar, el rey se detuvo y esclamó:
--¡Aquí se levantará mi trono de justicia!
Y luego siguió adelante.
--El rey Nazar vá á construir un alcázar, dijeron entre sí los cortesanos. ¿Pero por qué no lo construye allá arriba en lo alto del cerro?
La yunta siguió, y al llegar á un barranco torció á diestra mano, siguió la configuracion de la Colina hácia oriente, siguió torciendo á diestra mano, y al llegar á la parte media oriental de la Colina, se detuvo y dijo:
--¡Aquí abriré la puerta de mi alcázar sobre una torre de siete bóvedas!
Y siguió adelante.
Y los cortesanos repitieron:
--¿Por qué el rey no construye su fortaleza en lo mas alto?
Siguió la yunta marchando hácia la parte media occidental de la Colina al mismo punto donde el rey habia empezado el surco, pero antes de llegar á aquel punto se detuvo otra vez y dijo:
--¡Aquí se alzará la torre de la puerta por donde entrarán los que hayan menester justicia! ¡Torre y puerta del juicio se llamarán!
Y continuó.
--Pequeño alcázar construye el rey, murmuraron los cortesanos: ya han pasado los tiempos en que un Abd-el-Rahman construia la ciudad de Azarah.
Pero cuando el rey hubo llegado al punto de donde aquel surco habia partido, mandó que volviesen la yunta hácia el estremo occidental, del frontero cerro de Al-Bahul.
Habia que descender por un áspero repecho, bajar hasta la puerta donde empezaba el barrio de los Gomeles, y subir otro repecho para llegar á la Colina de Al-Bahul.
El walí, la yunta y el rey descendieron; cuando el rey llegó á la puerta de los Gomeles, se detuvo otra vez:
--¡Esta será la puerta de mis alcázares y castillos: aquí el siervo sacudirá su calzado para entrar en la morada real de su señor!
Y trepó por el opuesto repecho.
Y señaló con un surco á la redonda el cerro de Al-Bahul, y luego por la parte de oriente del cerro, abrió de nuevo el surco, trepó al cerro del Sol, siguió en un estensísimo círculo, rodeó su cumbre, abrió otro surco en el pequeño valle que separa al cerro del Sol del cerro que domina la Colina Roja, y al llegar á su estremo esclamó:
--¡Esta será la Silla del rey moro, su fortaleza y su atalaya, desde donde se verán sus jardines, su harem, el campo de escaramuza de sus ginetes, sus bosques y su alcázar; cascadas de aguas cristalinas se derrumbarán por las laderas, cubriendo de flores y de verdor esta tierra bravía y árida; cien torres con sus muros y treinta mil almenas, serán la coraza de esta maravilla, y sobre las ruinas del templo de los ídolos, se alzará la aljama dedicada al Dios Altísimo y único!
Los cortesanos no se atrevian á creer las palabras del rey, porque solo veian dentro del estendido surco que el rey Nazar habia abierto, una tierra rogiza, árida y pedregosa.
El rey descendió por la ladera de la Silla del moro hasta la Colina Roja, y cuando llegó á ella el sol trasponia en el occidente.
Al amanecer del dia siguiente un número incalculable de trabajadores, dirigidos por alarifes, á los cuales mandaba el alarife del rey, que obedecia á Yshac-el-Rumi, abrian profundos cimientos de torres y muros sobre el cerro, y una numerosa multitud de curiosos seguian maravillados aquella línea, que comprendia dentro de sí cuatro montes.
Granada estaba orgullosa con su rey.
Y eso que hasta entonces solo habia visto el surco del rey Nazar.
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LEYENDA II.
EL MIRADOR DE LA SULTANA.
I.
¿SULTANA Ó ESCLAVA? ¿AMANTE Ó HIJA?
Empezaron á cruzar por Granada centenares de pesadas carretas de bueyes, cargadas de mármoles labrados.
Veíanse las delgadas columnas de alabastro jaspeado y brillante y los bellos capiteles labrados de arabescos, y las primorosas fuentes, y las durísimas losas de mármol.
Acarreaban la piedra, y el ladrillo, y el estuco, y la cal.
En toda la estension que habia marcado el surco del rey, iban creciendo los muros y las torres, y levantándose los compartimientos, formando un verdadero laberinto.
Veíanse bajo tinglados de madera multitud de moros teniendo delante otros pedazos de madera, en que trazaban con el compás y con la escuadra las peregrinas labores que habian de enriquecer la obra maravillosa del rey Nazar.
Yshac-el-Rumi andaba entre ellos corrigiendo al uno, advirtiendo al otro, estimulando con alabanzas á los mas.
Por todas partes se trabajaba y la obra se veia crecer; un número incalculable de albañiles y de alarifes se empleaban en ella.
Los treinta mil cautivos continuaban robando su oro al Darro, y la Casa de la moneda no cesaba de acuñar aquel oro que inmediatamente se repartia entre los industriales de Granada.
Los cuatro montes se veian cubiertos de gente activa é incansable, y por todas partes resonaba el martillo, y por todas partes se escuchaba el sordo y contínuo ruido del pison de hierro, que hacia con tierra murallas de piedra.
El rey Nazar se levantaba con el alba, iba á buscar á Bekralbayda, se perdia con ella entre los bosquecillos de los jardines del harem de la casa del Gallo de viento, causando mortales angustias á su hijo el príncipe Mohammet que los veia desde su alta prision, y horribles celos á la sultana Wadah, que acechaba escondida tras las celosías de los miradores.
Despues de una hora de soledad con Bekralbayda, el rey Nazar iba á sentarse en su trono en la puerta de justicia del palacio del Gallo de viento: oía las quejas y las peticiones de sus súbditos; las castigaba ó premiaba, y despues de esto y de una ligera comida se trasladaba á la Colina Roja donde permanecia hasta la puesta del sol que se retiraban los trabajadores.
Entonces el rey se volvia á la casa del Gallo de viento, hacia su segunda comida, se encerraba en su cámara, y pasaba la noche hasta una hora avanzada leyendo antiguos libros, ó estudiando y comentando leyes.
La obra del Palacio-de-Rubíes crecia, pero su estraordinaria magnitud la hacia mas lenta de lo que el buen rey Nazar hubiera querido.
--¡Oh, señor Dios! esclamaba contristado: ¿no tendré yo vida para ver terminada y resplandeciente esta maravilla?
Pero habia una parte de la obra en que se habian agolpado cuantos trabajadores podian funcionar sin embarazarse los unos á los otros: los muros habian sido levantados en muy pocos dias; el interior habia sido embaldosado, alicatado, pintado, dorado y artesonado tambien en muy poco tiempo: al fin, un dia el sol pudo arrancar fúlgidos destellos de los vidrios y de las tejas de colores y de la aguja dorada de su cúpula.
Aquel era un pequeñito alcázar, al que el rey Nazar habia dado el nombre de Mirador de la sultana.
Se componia de una torrecilla que en su parte superior tenia una elegante columnata de alabastro, cerrada por la parte interior con celosías doradas.
Una galería con columnas semejantes é iguales celosías: tres pequeños retretes con alhamíes ó alcobas, pavimentadas de mosáicos, con las paredes labradas de preciosa y menuda labor: con leyendas del Koram y versos amorosos en sus inscripciones, con techos en que la madera imitaba de una manera maravillosa el cedro, el sándalo, el nacar, el marfil, la plata y el oro, entrelazados, combinados, dispuestos de una manera tal, que recreaban la vista y la perdian en cambiantes de luz, y en cien ingeniosas labores, formaban aquel delicioso apartamento.
Una escalera de mármol estrecha y como construida por el genio del misterio, conducia á otros no menos lindos compartimientos bajos, que daban á una galería semejante á la galería superior, de arcos calados sostenidos en columnas, y de aquella galería se pasaba á un jardin formado de repente, con árboles y flores trasplantados de los cármenes del Darro.
Las copas de los árboles frutales que se cruzaban; las galerías de cipreses y laureles que se estendian formando bóvedas, y que iban á concurrir en una cúpula de verdor, bajo la cual, en medio de un suelo cubierto de cesped, se veia una fuente de mármol de la que saltaba un rico surtidor, hacia que desde ninguna parte pudiese verse á las personas que vagaban por aquel jardin tan freco, tan sombroso, entre cuyas ramas estaban escondidos en jaulas ruiseñores y gilgueros y cuantos pájaros tienen un canto melodioso.
Al menos, dijo el rey Nazar cuando vió terminado aquel pequeñito alcázar, ya no moriré sin haber visto una de las maravillas de esta obra del hombre: ahora es necesario que venga á ser su alma una de las maravillas de la obra de Dios.
Y mandó poner en el alcázar alfombras y divanes y pabellones de oro, y cuando todo estuvo preparado, y en cada cámara una esclava, en la parte esterna; y en la parte que correspondia á los adarves de la fortaleza soldados de guarda, y en el jardin eunucos mudos, mandó trasladar á aquella primera construccion á Bekralbayda.
Vióse, pues un dia subir á la Colina Roja un palanquin cerrado, conducido por cuatro esclavos, y rodeado de una numerosa guardia mandada por un walí, que acompañaba al alcaide de los eunucos del rey.
Aquel palanquin pasó por medio de los trabajadores y fué á perderse en el pórtico del Mirador de la sultana.
Poco despues una jóven, cuya hermosura resplandecia mas que el deslumbrador brocado de su túnica; mas blanca que las gruesas perlas del collar que rodeaba su cuello; con los ojos mas resplandecientes que los diamantes que entrelazaban sus negrísimas trenzas, entró en las magníficas habitaciones bajas del Mirador de la sultana, acompañada del alcaide de los eunucos.
Aquella muger cuya hermosura resplandecia de tal modo, era Bekralbayda.
A pesar de lo anchuroso de los pliegues de su túnica de brocado, un ojo un tanto observador, hubiera notado que Bekralbayda estaba en cinta.
Este estado de maternidad, y la dulce palidez de sus megillas y lo apasionadamente melancólico de su mirada, en que ardia un fuego recóndito y casi divino, la hacian parecer mas hermosa.
--El poderoso, el invencible, el magnífico rey Nazar, dijo el alcaide, quiere que el lucero del amor, el sol de la hermosura, la sonrisa de Dios, el ramillete de dulzura, la esclarecida sultana Bekralbayda, vea si la contenta el alcázar que ha construido para ella.
--Yo no puedo llamarme ya Bekralbayda, dijo suspirando la jóven, por única contestacion á las hiperbólicas alabanzas del eunuco[39].
--Venturoso aquel, dijo inclinándose profundamente el eunuco, á quien dés una hermosa prenda de tus amores, estrella de las sultanas: á quien dés un príncipe poderoso ó una sultana tan hermosa como su noble madre.
--¡Me llamas sultana! dijo con acento de estrañeza y de gran interés Bekralbayda; ¡saludas á lo que nacerá si Allah lo permite, príncipe si es varon y sultana si es hembra! ¿Sabes tú, acaso, algo acerca de mi destino?
--Solo Dios sabe lo oculto, contestó inclinándose de nuevo y mas profundamente el alcaide de los eunucos.
--Me han puesto vestiduras régias, perlas sobre el seno, diamantes y esmeraldas en los cabellos; han puesto arracadas de gran valor en mis orejas, y ajorcas de oro, cuajadas de piedras preciosas en mis brazos; antes me han bañado en aguas olorosas, han vertido sobre mí esencias: ¿no se engalana así á las esclavas del harem á quien el señor elije para sus placeres?
--Pero el alcaide de los eunucos solo acompaña á las sultanas: solo las sultanas pueden llevar la piadosa empresa del rey Nazar (y el eunuco señaló con una mirada respetuosa, un roseton de diamantes y rubíes que Bekralbayda llevaba cerrando su riquísimo caftan sobre su medio desnudo seno, en el centro de cuyo roseton se veia el escudo real de Al-Hhamar, con su empresa en que se leia en caracteres africanos ¡solo Dios es vencedor!) Solo las sultanas son servidas por esclavas doncellas, y guardadas por esclavos negros: y una perla del jardin de Hiram, un rayo desprendido del sol, no puede ser esclava. Por eso te llamo sultana, alegría del mundo; por eso me humillo ante tí, lucero de los luceros.
Y se inclinó de nuevo.
--¿Pero nada seguro puedes decirme?
--Solo Dios sabe lo oculto, repitió el eunuco.
--¿Es decir que solo me acompañas para mostrarme este alcázar?
--Para que el esclarecido y poderoso sultan sepa si te agrada.
[imagen no disponible: Contempló profundamente conmovido à Bekralbayda
Lit de J.J. MARTINEZ Madrid LETRE dibº y Litº]
--Dí al noble y magnífico sultan Nazar, que para quien tiene el alma triste nada hay alegre; que para quien llora no hay nada hermoso mas que su esperanza, y que la soledad y las lágrimas son los mejores compañeros de un desventurado.
--Tú se lo dirás al señor, noble sultana, porque el señor se acerca: ya oigo la zambra que le saluda: el siervo no puede permanecer aquí; que Allah te acompañe y te cubra de prosperidad, luz de los cielos.
Y el alcaide de los eunucos hizo una profunda reverencia, se retiró andando para atrás y repitió su reverencia otras dos veces antes de desaparecer por la puerta.
Bekralbayda se sentó en un divan, y se replegó en sí misma, acongojada y pensativa; una dulce luz dorada que penetraba lánguida y vaga por las celosías de la cúpula, hacia brillar los diamantes de su prendido y daba un tono incitante y lascivo á la blancura de su cuello y de sus hombros desnudos; el blanco humo de un pebetero estendiéndose delante de ella, la hacia aparecer dulcemente velada y mas hermosa, con una hermosura eminentemente fantástica.
Y luego, aquella niña tan incitantemente hermosa, tan deliciosamente pura, con su tristeza de amor, con sus lágrimas de desconsuelo, con lo elocuente de la mirada de sus negros ojos, que se elevaban al cielo como implorando la misericordia de Dios, era una poesía viva, una poesía humana, colocada en medio de otra poesía inmóvil, muda, pero resplandeciente, como animada por la luz que hacia brillar sus arabescos dorados, sus alicatados de colores, su alfombra de oro y seda, mientras á través de una puerta se veia un fondo oscuro y misterioso, y á través de la otra las enramadas tupidas y verdes de los cenadores de jazmines y laureles, amortiguando la luz del dia, y dejando ver por alguna abertura un pedazo de cielo resplandeciente, azul, diáfano, incomparable.
Sintiéronse leves pasos por la parte de la puerta del fondo oscuro, y poco despues apareció en la puerta un hombre y se detuvo, se cruzó de brazos y contempló profundamente conmovido á Bekralbayda.
Ella ni habia sentido sus pasos ni le habia visto.
Un silencio profundo envolvia la cámara, silencio que solo rompian de una manera vaga por la parte del jardin, los lejanos y cadenciosos trinos de los pájaros; por la otra parte el zumbido unísono, ténue, perdido de los trabajadores.
El hombre que de una manera tan afectuosa, tan llena de interés, contemplaba á la jóven, era el rey Nazar.
Venia sencillamente vestido; únicamente brillaban en su cabeza entre su toca, las puntas de su corona, y la empuñadura de su espada entre su faja.
Durante algun tiempo permaneció inmóvil en su benévola contemplacion; luego adelantó y fué á sentarse silenciosamente en el mismo divan en que estaba replegada Bekralbayda, pero á cierta distancia.
Entonces la jóven pareció despertar de un sueño, se estremeció, levantó la cabeza, fijó una mirada ansiosa en el rey Nazar, y cruzando la manos, esclamó:
--¡Ah, señor!
--¡Yo te amo! dijo negligentemente el rey Nazar.
Bekralbayda se puso de pie, mas pálida aun que lo que estaba, aterida, muda, como aniquilada; guardó durante algunos momentos silencio, y luego esclamó:
--¡Pero yo no puedo amarte... no!... ¡no puedo amarte como tú quieres que te ame... no! ¡Allah, el grande, el poderoso Allah lo sabe: no puedo amarte así!
--Cuando te confesé mi amor, dijo reposadamente el rey Nazar, tú me contestaste...
--¡Mentí! ¡mentí! esclamó toda asustada Bekralbayda.
--Cuando te confesé mi amor, continuó impasible el rey, me dijiste, quiero ser sultana.
--¡Ah, misericordioso Dios! ¡Mentí!
--Yo te dije: en buen hora sea: Dios te ha dado en sus bondades una hermosura superior á la de las mugeres de la tierra; eres una hurí que el Altísimo ha permitido aliente en las entrañas de una muger: digna eres de ser sultana: mi esposa la sultana Wadah, ha enloquecido... está apartada de mí: tú ocuparás el lugar de la sultana Wadah, que por su locura se la puede considerar muerta.
--¡Ah, poderoso señor!
--Tú sabes que la locura de la sultana Wadah es verdad.
--La sultana Wadah es muy desdichada: la sultana Wadah llora una hija perdida.
--¡Una hija! esclamó, levantándose aterrado, trémulo, herido como por un rayo por aquella terrible revelacion, el rey Nazar. ¿Quién te ha dicho que la sultana Wadah ha perdido una hija?
--¡Qué! ¿no has perdido tú tambien tu hija, poderoso señor? esclamó aterrada por su imprudencia Bekralbayda.
--Yo no he tenido de la sultana Wadah mas que un hijo: el príncipe Juzef, contestó con voz cavernosa el rey Nazar.
--¡Oh! ¡yo me he engañado! ¡yo me he engañado! esclamó trémula la jóven.
--Tú no sabes mentir: dijo severamente el rey.
--¡Ah, señor!
--Tú eres cándida y pura como la azucena de los valles.
--Yo me he engañado.
--Pero... ¿por qué te has engañado?
--Yo he visto á la sultana buscar una rosa blanca.
--¡Ah!
--Yo la he escuchado decir...
--¡Oh! ¿qué has escuchado?...
--¡Mi rosa blanca! ¡la rosa de mis entrañas!
--¿Y no has escuchado mas?
--¿Y á qué puede llamar una muger la flor de sus entrañas, sino á su hija? esclamó cubriéndose de un vivísimo rubor Bekralbayda.
--Sí, sí, te has engañado, dijo el rey Nazar reprimiéndose, volviendo á la tranquila y benévola espresion de su semblante, y sentándose de nuevo en el divan: ¡la rosa blanca! esa es una manía de la sultana.
--¡Infeliz! murmuró Bekralbayda.
--La locura de la sultana Wadah me obliga á tomar otra esposa, te dije: puesto que quieres ser sultana, lo serás.
--¡Yo mentia! repitió Bekralbayda.
--Luego, continuó el rey, añadiste: no me basta ser sultana: yo quiero que me dés un alcázar tan hermoso como no le hayan visto ojos humanos: cuando me dés ese alcázar seré tuya.
--¡Ah! ¡no! ¡no!
--Yo he mandado fabricar este alcázar, una de cuyas pequeñísimas partes es la que ocupamos...
--¡Pues bien! acaba ese alcázar, señor... y entonces...
--Este alcázar, que será la maravilla de las gentes, no puedo terminarlo yo, ni lo verá terminado mi hijo ni mi nieto; si para cuando esté terminado este alcázar has de darme tus amores... seria preciso que Dios parase para nosotros solos el tiempo y que le apresurase para los demás.
--Pero lo que yo te he prometido no me obliga hasta que hayas cumplido tu promesa: hasta que hayas terminado el Palacio-de-Rubíes: si para entonces hemos muerto, la culpa no es mia.
--¡Cuán mal parece la mentira en boca tan hermosa! dijo el rey Nazar.
Ruborizóse Bekralbayda.
--¡Ah señor! si yo miento, esclamó arrojándose á sus pies, es porque la mentira es la única arma que tengo para defenderme de tí.
El rey Nazar la levantó dulcemente y la sentó junto á sí.
--¿Piensas, la dijo, que si yo quisiera te podrias defender de mí?
--El generoso, el grande, el vencedor, el magnífico Nazar, no puede ni debe amar á una desdichada que no puede amarle.
--Y... ¿por qué no puedes amarme?
--¡Porque amo á otro! esclamó con desesperacion Bekralbayda, ¡porque mi alma está en la suya! ¡porque llevo en mis entrañas la flor de mis amores!
Y Bekralbayda se cubrió el rostro con las manos y rompió á llorar.
El rey Nazar sintió que sus ojos se arrasaban: se dominó, apartó las manos de la jóven de su rostro, y no pudiendo contenerse, inflamado de un amor inmenso, no á la muger, sino á la madre de su nieto, la atrajo á sí y la estrechó entre sus brazos esclamando conmovido:
--¡Ah! ¡hija mia! ¡hija de mi alma!
Y luego, como pesaroso de haberse dejado arrastrar de su corazon, separó de sí á Bekralbayda, compuso su semblante, recobró su impasibilidad, aunque aparente, y dijo:
--¿Amas á un hombre y eres madre?
--Tú me has llamado hija, señor; esclamó con ansiedad Bekralbayda.
--¡Yo! ¡que yo te he llamado hija! ¡no sabes que te quiero para esposa!
--¡Y serias tú, poderoso sultan de los creyentes, esposo de una muger que ama á otro hombre, que ha sido suya, y que es madre!
--Yo te amo sobre todas las cosas: no importa que ames, si morando en mi alcázar no vuelves á ver al hombre á quien amas, no importa que seas madre... porque todos creerán que ese hijo es mio: eres mi esclava.
--¡Me matarás! ¡puedes matarme! ¡pero no puedes hacer que yo olvide mi amor, que yo le ofenda! ¡no! ¡no! esclamó Bekralbayda desesperada.
--Escucha, dijo el rey: te cubriré de oro y perlas: te daré esclavas á millares: te rodearé de cuanta grandeza puede disponer un rey tan poderoso como yo.
--¡No! esclamó con energía Bekralbayda.
--No volverás á ver á ese hombre.
--Pero le guardaré su amor, mi pureza dentro de mi alma como en un santuario.
--Yo buscaré á ese hombre y le mataré.
--El querrá morir mejor que verme en tus brazos.
--Cuando nazca tu hijo te lo quitaré.
--Me volveré loca como la sultana Wadah, y llamaré en mi delirio á la flor de mis amores, pero no seré tuya.
El rey Nazar se estremeció.
--¿Y si yo matase á tu hijo?
--Por la vida de mi hijo no mataré á su padre.
--¿Pero estás segura de que ese hombre merece tu amor?
--¡Oh! yo soy para él la luz, la alegría, la vida.
--¿Y si por acaso no pudiera ser tu esposo?
--Seria su esclava.
--¿Quién es ese hombre á quien tanto amas? esclamó afectando un furor que no sentia el rey Nazar, como no ignoraba que el hombre á quien amaba Bekralbayda, era su hijo el príncipe Mohammet.
--El hombre á quien amo... es un mancebo humilde... pobre... pero yo le amo así... y no le cambiaria por todos los sultanes de la tierra...
--¿Qué, amas así á?...
El rey Nazar se detuvo; iba á decir, ¡á mi hijo!
--Quítame, señor, dijo la jóven, estas galas de sultana, estas alhajas; no me dés para vivir este rico alcázar; no me saques de la condicion de esclava: déjame sola, pobre con mi amor, y te bendeciré.
--Tú serás sultana, dijo el rey Nazar.
--¡Ah señor! ¡ten compasion de mí!
--Tú serás sultana, repitió el rey Nazar y salió.
Bekralbayda quedó anonadada.
En tanto el rey murmuraba saliendo:
--Es digna de mi hijo: digna de la corona de Granada: sultana será y sultan mi hijo... ¡pero esa hija perdida de Wadah!... ¡ese misterio! ¡si Allah me ayuda, ese misterio ha de aclararse ante mis ojos!... y si fuera... ¡ah! ¡si fuera ella!... ¡si Bekralbayda fuera esa hija!
El rey Nazar se perdió poco despues entre los trabajadores del alcázar.
II.
LA MEJOR NOCHE DEL REY NAZAR.
El rey se encaminó á la tienda que desde que principiaron las obras se habia levantado para él en la Colina Roja.
Entró en ella, arrojóse en un divan, y quedó profundamente pensativo.
--Desde el momento en que descubrí, murmuraba, que mi hijo era el amante de Bekralbayda, el horror que me inspiró el solo pensamiento de robar á mi hijo su amante, me curó de todo punto del amor que tenia hácia ella. Es verdad que la he enamorado, que he pretendido probar si es digna de ser sultana de Granada... y ha respondido á la prueba: ahora la amo como si fuera mi hija; y despues que he sabido que es madre... ¡oh! el amor de otro nuevo hijo de mi sangre... de un descendiente de mi raza, que será como ella hermoso, y valiente y gallardo como él, porque será un príncipe, Dios me favorece: pero esa revelacion de Bekralbayda... ¡lo que ha vuelto loca á la sultana Wadah, es la pérdida de una hija!... una muger vé mejor que un hombre en el alma de otra muger: ella no se engaña: yo recuerdo... el dia en que desapareció de mi lado Leila-Radhyah, se encontraron en sus habitaciones manchas de sangre: aquel mismo dia desapareció uno de mis esclavos y Wadah se volvió de repente loca: desde entonces han pasado diez y siete años... la edad de Bekralbayda... Yshac-el-Rumi es un hombre misterioso. De una manera misteriosa me ha entregado á Bekralbayda... ese hombre á quien he hecho seguir, ha sido visto alguna vez en los cármenes del Darro acompañado de una muger... ¡oh! ¡esta misma noche! sí... sí... ¡esta misma noche!
El rey esperó con impaciencia á que el sol traspusiese: se fué como de costumbre á su palacio de la torre del Gallo de viento, y exhaló un suspiro cuando vió el reflejo de la luz en las ventanas de la torre donde continuaba preso el príncipe Mohammet.
Luego entró en su cámara, comió como de costumbre, se quitó la corona y las vestiduras reales, púsose unos vestidos cortos y sencillos, se rebozó en un albornoz, y salió de su palacio por una puerta escusada y solo.
La noche era oscura: el rey, embozado en su alquicel negro, se deslizó como una sombra junto á los muros de la alcazaba Cadima, llegó al barrio del Hajeriz, descendiendo por sus pendientes calles, llegó al valle donde corre el Darro y siguiendo su corriente arriba, se metió por las angosturas.
Muy pronto llegó á la casita del remanso.
--Aquí es: este me han dicho es el sitio donde Yshac-el-Rumi desaparece por la entrada de una cueva y vuelve á aparecer allá arriba sobre las cortaduras, acompañado de una muger enlutada como él; es necesario buscar la entrada de esa cueva: frente á la casa del remanso me han dicho que tiene la entrada: pero la noche es demasiado oscura... no importa, Dios me guiará; Dios que conoce el pensamiento que me trae aquí.
En efecto, el rey encontró despues de algun tiempo la entrada de la cueva que buscaba.
Pero al penetrar por ella oyó un sordo ruido; el batir de las alas de un pájaro que pasó junto á él rozándole el rostro con las estremidades de las plumas.
El rey se detuvo y se estremeció:
--¡El buho! ¡siempre ese pájaro maldito que me persigue! pero no importa, añadió sobreponiéndose á su terror: el Altísimo y único, el amparador de quien le confiesa y le adora me ayudará.
Y penetró resueltamente en la cueva.
Al entrar en ella, vió á sus pies como en el fondo de una sima, una línea de luz como la que puede verse un momento á través de una puerta que se cierra.
--¡Oh! esclamó el rey, aquí moran séres humanos. He visto cerrarse allá abajo una puerta, y he creido escuchar despues los pasos de la persona que ha cerrado esa puerta que se alejaban. ¡Oh, señor, fuerte y misericordioso! ¡ampárame!
Y el rey Nazar palpó, encontró la entrada de una estrecha comunicacion subterránea, y al poner el pié en ella, notó que el piso era pendiente y resvaladizo.
El rey Nazar se asió á las escabrosidades naturales de uno de los costados de aquel pasage tenebroso, y descendió ayudando con las manos, que se asian fuertemente á la roca, á los pies que resvalaban sobre la pendiente.
Al fin, despues de haber descendido algun espacio, tropezó con la roca áspera y cortada que le cerraba el paso.
El rey Nazar palpó: la escavacion ó el seno terminaba allí: no tenia continuacion.
--Aquí debe haber una puerta oculta, dijo el rey; yo he visto cerrarse esa puerta. Pues bien, suceda lo que quiera, no he de retroceder.
Y desnudando su puñal dió un fuerte golpe con su pomo sobre una piedra saliente que estaba incrustada en la roca.
Pero en vez de sonar como piedra al toque del rey Nazar, respondió un sonido vibrante, metálico como el de una campana.
--¡Oh poderoso señor! esclamó el rey, ó aquí hay encantamento, ó he dado por acaso en un lugar que sirve para llamar á los que conocen el secreto: encantamento ó realidad preparémonos.
Y el rey se desprendió rápidamente parte de la toca blanca que ceñía su cabeza, y la cruzó sobre su rostro, no dejando mas que un estrecho resquicio para su ojo derecho.
Acababa el rey de encubrirse, cuando resonaron leves y casi perdidos al otro lado de la roca, pasos de muger: oyóse luego un rechinamiento áspero, como el del hierro sobre la piedra, brilló entre la oscuridad una línea de luz, y se abrió una puerta.
Delante del rey Nazar, con sus flotantes cabellos negros, sus ojos, su mirada profunda y melancólica, y su ancha y suelta túnica de lana, estaba la Dama blanca con una lámpara en la mano.
El rey se estremeció: contuvo un grito y un movimiento, y permaneció inmóvil.
--¿A quién buscas? dijo la Dama blanca.
--A tí, contestó el rey con acento conmovido y alterado.
--¿Quién te envia?
Detúvose un momento el rey, y meditando que acaso aquella muger no conocia otra persona que al astrólogo, contestó.
--Me envia el sábio Yshac-el-Rumi.
--Ven conmigo, dijo la Dama blanca.
Y siguió adelante por una estrecha mina abierta en la roca.
Poco despues llegaron á una puerta forrada de hierro, que empujó la dama, y al fin se encontró con ella el rey Nazar en la misma cámara blanca y dorada, donde el príncipe habia vuelto en sí algun tiempo antes.
--Espera aquí, dijo la Dama blanca dejando sobre un nicho calado la lámpara que tenia en la mano y desapareciendo por una puerta.
--¡Oh poderoso señor, esclamó el rey cuando se vió solo, y cuán incomprensibles son tus decretos! ¡por cuán torcidos caminos llevas al hombre de la mano!
Y el rey se sentó en el lecho y quedó meditando profundamente en la estraña aventura en que se encontraba empeñado.
Pasó un largo rato: al cabo oyó el rey el paso de una muger acompañado del crugir de una túnica de seda; abrióse al fin la puerta y apareció la Dama blanca, ó mas bien una hurí descendida del paraiso.
El rey se puso de pié de una manera involuntaria, y dió un paso hácia la dama como si le hubiera atraido su hermosura.
Porque la Dama blanca se habia transformado: es verdad que su semblante y su cuello y sus hombros aparecian un tanto enflaquecidos, sumamente pálido su semblante, estraordinariamente melancólicos sus ojos, pero esto aumentaba su hermosura, dándola el encanto del sufrimiento.
Y luego su peinado, y sus joyas y sus magníficas vestiduras...
Las anchas y largas trenzas de sus cabellos, brillantes por sí mismos, aumentado su brillo por las piedras preciosas que los salpicaban, estaban entrelazadas alrededor de una riquísima diadema de sultana: pendia de su cuello un ancho collar de rosetones de diamantes y perlas; cubria apenas su seno la parte superior de una túnica finísima de lino bordado con plata; sobre esta túnica llevaba otra de seda verde, recamada de bordaduras de oro, ancha, flotante, larga hasta tocar el pavimento, cayendo sobre él en una magnífica plegadura; sobre esta túnica tenia otra larga, solo hasta las rodillas, de brocado blanco, con bordaduras de aljófar, ciñéndose sobre la redonda y esbelta cintura de la dama, por un joyel de pedrería y cerrándose sobre el pecho con herretes de esmeraldas; por último, un caftan ó sobretodo que no pasaba de las rodillas, de anchas mangas perdidas de seda roja cubierta de arabescos negros, dos magníficas ajorcas ó brazaletes de pedrería, y unas ricas y deslumbrantes arracadas completaban el atavío y el prendido de la Dama blanca, transformada por su maravilloso traje en sultana.
--Estoy pronta, dijo la dama tomando de sobre un divan un ancho albornoz de lana blanca y cubriéndose con él enteramente hasta el punto de que solo se veia bajo él la orla de la rozagante túnica verde: estoy pronta y te sigo.
--Sácame antes de aquí, dijo el rey Nazar, cuya voz se mostraba á cada momento mas conmovida.
--Ven conmigo, dijo la dama.
La dama tomó la lámpara, atravesó, precediendo al rey Nazar, algunas habitaciones, subió por unas escaleras, y en fin, por los mismos lugares por donde habia conducido en otra ocasion al príncipe Mohammet, salió al aire libre, atravesó una calle de árboles, llegó á una cerca, abrió un postigo, salió con el rey, cerró el postigo, y dijo:
--Estamos en el campo: cúmpleme tu promesa.
--¿Qué te ha dicho que yo he prometido Yshac-el-Rumi?
--Me ha dicho, contestó con una estrañeza recelosa la dama, que tú me llevarias al alcázar que ha construido el rey para Bekralbayda.
--Cumpliré mi promesa, dijo el rey, pero ásete á mi brazo, sultana: la noche está oscura.
--Pero pronto saldrá la luna, dijo la dama, y es necesario aprovechar la oscuridad.
Y se asió al brazo del rey.
--¿Por qué me has llamado sultana? dijo la dama.
--¿Por qué?... porque puedes y debes ser la sultana de la hermosura.
--Conócese, dijo con alguna severidad la dama, que estás acostumbrado á adular á las esclavas de tu señor.
--En alabarte no hay adulacion: el lenguaje de los hombres no puede ponderar tu hermosura.
--¿Eres tú el alcaide de los eunucos del rey Nazar? dijo creciendo en recelo la dama.
--Sí, contestó el rey sin vacilar.
--¡Es estraño! murmuró ella.
Y guardó silencio.
--¿Dónde me llevas? dijo al fin: paréceme que nos alejamos en direccion opuesta á la Colina Roja, donde el rey Nazar ha construido ese alcázar donde enamora á Bekralbayda.
--Voy á ganar la espesura por cima de los cármenes, dijo el rey, toda precaucion es poca.
--Pero este terreno es muy áspero.
--Apóyate bien en mi brazo, sultana, y si no bastare, yo te llevaré sobre mis hombros.
--¡Oh! ¡no! ¡sigamos! ¡anhelo llegar!
--¡Anhelas llegar! ¿puede un esclavo atreverse á preguntarte?
--¿Acostumbran los esclavos del rey á entrometerse en los secretos de su señor, ó es que no basta el oro que te se ha dado y necesitas mas para ser respetuoso?
--¡Oh Dios misericordioso! ¡perdona si te he ofendido, sultana!
La dama siguió andando y no contestó.
--Dime, dijo al cabo de un breve espacio de silencio: ¿el rey ama á Bekralbayda?
--No.
--¡Que no la ama!
--El rey no puede amar á la que destina por esposa á su hijo el príncipe Mohammet.
--¡Ah! ¿te ha dicho eso el rey?
--El rey me favorece con su confianza.
--¡Pero... si el rey enamora á Bekralbayda!
--El rey solo ha querido probar si Bekralbayda es digna de ser esposa de su hijo, y la ha finjido amores, y la ha prometido tesoros. Bekralbayda aunque ignora que el rey sabe sus amores con el príncipe, ha resistido á todas las tentaciones. ¡Oh! ¡sí! ¡es digna de ser sultana, y lo será!
Guardó de nuevo silencio la dama.
--¿A quién ama el rey Nazar? dijo.
--A una muger por quien llora hace diez y siete años.
--Mientes; mas de diez y siete años hace que el rey Nazar hizo su esposa á la sultana Wadah: la adoraba; ha tenido de ella...
--Ha tenido de ella un hijo, y ese hijo tiene ya veinte años. Hace diez y siete que la sultana Wadah está loca, y que el rey llora á sus solas, cuando nadie puede burlarse de su llanto, por una muger.
--Pero se consuela con las esclavas de su harem.
--El rey Nazar tiene harem porque es rey; pero jamás pasa sus puertas: el rey Nazar tiene el alma cubierta de luto.
--¿Por la muger que le arrebataron hace diez y siete años? dijo alentando apenas la dama.
--El rey encontró sangre en el retrete de la luz de sus ojos, del alma de su alma, de su adorada Leila-Radhyah; pero su alma habia desaparecido: el rey lloró y llora: el rey daria su grandeza y su vida por volverla la existencia.
La dama no contestó una sola palabra.
--¿Dónde me llevas? dijo con cuidado la dama viendo que el rey se alejaba cada vez mas: la luna empieza á salir.
--Allí hay un bosquecillo de avellanos, contestó el rey; necesito hablarte donde nadie nos pueda oir.
--¡Ah! ¿necesitas hablarme? ¿pues qué, hay alguna dificultad para lo que deseo?
--Tal vez.
--¿Por qué tiemblas?
--¡Ah! ¿y quién no temblará á tu lado, asido á tu brazo, reina del amor?
--¿Qué esto? dijo la dama con terror y con orgullo, ¡tú no puedes ser el enviado de Yshac-el-Rumi!
--¡Oh! ¡la luna sale! ¡espera, espera á que descubra enteramente su disco y te contestaré!
--No daré ni un paso mas, dijo con terror y con cólera la dama, ¿quién eres? tú no eres el alcaide de los eunucos, ó si lo eres, eres un miserable, un traidor.
--¡Oh! ¡la luna! ¡la luna!
--¡Vuélveme, vuélveme á mi asilo! esclamó la dama pugnando por desasirse del rey que la detenia.
--¡Volver, volver á donde otros puedan verme á tu lado! ¡oh! Dios me ha traido hasta ti: Dios quiere que solo él sea testigo de lo que vá á suceder entre los dos.
--¿Y qué puede suceder?.. esclamó con terror la dama.
--¡Oh! ¡mi amor y tu hermosura! ¡Dios misericordioso! ¿y cómo podia esperar yo tanta felicidad?
--¿Qué dice este hombre? esclamó en el colmo de su terror la dama.
--¡La luna! ¡héla allí, llena y resplandeciente que se presenta en toda la plenitud de su belleza, para alumbrar á mis amores, para brillar una vez sobre mis lágrimas de alegría, como ha brillado tantas otras sobre mis lágrimas desesperadas!
--¡Ah! ¡has cambiado de voz, fingías el acento! ¡yo... yo recuerdo tu acento!.. ¿quién eres? esclamó trémula la dama.
--¿Te has engalanado para deslumbrar con tu hermosura al rey Nazar, no es verdad, luz de mis ojos? dijo el rey.
--¡Quién eres! dijo la dama con doble ansiedad.
--Y el rey Nazar sentiria romperse su corazon de gozo, de felicidad, aunque solo te hubieras presentado ante él, con tu hermosa crencha negra suelta, y suelta tu túnica de luto, alma de mi vida, mi infortunada, mi hermosa, mi sultana, Leila-Radhyah.
La dama dió un grito de sorpresa, de angustia, de ansiedad, y arrancó la toca de sobre el semblante del rey en que reflejó de lleno la luz de la luna.
--¡Ah!.. ¡ah!.. ¡Dios poderoso!.. ¡Nazar!
Esclamó y se desmayó entre los brazos del rey.
Encontrábanse junto á una fuente á la entrada de una espesura de avellanos, en una meseta de la montaña; veian desde allí á lo lejos el Albaicin y la parte de la Colina Roja donde se alzaba el pequeñito alcázar habitado por Bekralbayda.
El rey Nazar llevó á Leila-Radhyah, á la única muger á quien habia amado, á la que habia llorado muerta, á la que habia cambiado su nombre por el de Maga de las humbrías, al lado de la fuente y la roció el rostro con agua.
Pero Leila-Radhyah no volvia en sí; gemia como si demasiado comprimido su corazon estuviese próximo á romperse.
El rey estaba aterrado y redoblaba sus esfuerzos para hacerla volver en sí; al fin, Leila-Radhyah abrió los ojos, se incorporó entre los brazos del rey Nazar, le miró faz á faz, y se pasó las manos por la frente como si hubiese pretendido volver en sí de un sueño.
Luego esclamó con un acento profundamente conmovido, ardiente, enamorado, loco:
--¡Oh! ¡señor, señor! ¡es él! ¡es él! ¡mi Nazar!
Y se arrojó á su cuello, le retuvo en sus brazos, y rompió á llorar; pero en un llanto de alegría.
--¡Oh! esclamaba entre sus lágrimas con un acento indefinible, de amor y de alegría, ¡me ha creido muerta y no me ha olvidado!
--Yo ví sangre en tu retrete, contestó el rey Nazar.
--¡Oh! sí, dijo Leila-Radhyah: fué una noche horrible... horrible... mira rey mio, señor de mi alma: mira.
Y Leila-Radhyah se abrió con una mano trémula de impaciencia la túnica interior y mostró al rey las señales de tres anchas puñaladas.
--¡Oh! ¡qué horror!.. y... ¿quién fué? preguntó con acento cobarde el rey...
--¡Ella, ella, la hechicera, la maldita!.. contestó Leila-Radhyah.
--¡Wadah! murmuró el rey.
--¡Sí, sí, Wadah, esa terrible hechicera sedienta de sangre! ¿Y sabes tú para qué me he puesto yo estas ropas, estas joyas, esta diadema?..
--¡Oh! ¡no!
--Para impedir un nuevo crímen.
--¡Un nuevo crímen!
--Sí: para impedir que se lleve á cabo una venganza horrorosa: para impedir que Wadah asesine á Bekralbayda.
El rey se alzó pálido, terrible.
--¡Qué, Wadah pretende asesinar á Bekralbayda! esclamó.
--¡Ah! ¡tú amas á esa doncella! esclamó Leila-Radhyah.
--¡Bekralbayda ha sido amante de mi hijo! esclamó el rey.
--¡Ah! esclamó Leila-Radhyah.
--¡Pero ese asesinato! esclamó el rey que estaba desencajado, ¡el pronóstico del buho maldito!
--¿De qué buho hablas?
--De uno que me persigue, que salió de la cueva por donde llegué hasta tí rozando mi rostro con sus alas.
--Era Abu-al-Abu, á quien yo solté para que volase, como todas las noches, fuera del subterráneo.
--Ese buho me predice una desgracia horrible.
--Pero esa desgracia no será la muerte de Bekralbayda, yo te lo juro; te lo juro por el Dios Altísimo y Unico.
--¿Pero esta horrible traicion?...
--¿Cómo has venido á mi asilo, al asilo donde he estado oculta desde que eres rey de Granada? ¿te lo ha revelado á caso el alcaide de los eunucos?
--No, no, Dios es el que me ha traido junto á ti: pero el tiempo vuela...
--Empieza ahora la noche, y hasta que medie, Wadah no irá al alcázar que has construido para Bekralbayda. Pero es necesario que me lleves á él; que me ocultes; que te apoderes del alcaide de los eunucos para que no pueda revelar nada.
--¿Y quién introducirá á Wadah en el Mirador de la sultana?
--Yshac-el-Rumi.
--¡Yshac-el-Rumi!...
--Sí, sí, pero vamos, rey mio, vamos y tú mismo sabrás, tú mismo verás lo horrible del ódio de Wadah: tú sabrás en lo que consiste su locura: tú sabrás que tu Leila-Radhyah, tu sultana, es digna de tí. Ven.
--Sí, sí, vamos, dijo el rey.
Leila-Radhyah se envolvió en su albornoz, se asió al brazo del rey, y ambos, siguiendo la ladera de la montaña, se encaminaron á la Colina Roja.
III.
DE CÓMO LA SULTANA WADAH CREYÓ EN LA RESURRECCION DE LOS MUERTOS.
Arrojaba la luna su blanca luz sobre la Colina Roja.
Solo se veian los paredones en construccion, los andamios, el Mirador de la sultana, que se levantaba silencioso al norte, y los guardas que vagaban entre las obras, cantando para no dormirse.
En el vestíbulo del Mirador de la sultana, apoyado en una columna, se veia un moro envuelto en un alquicel blanco.
Aquel hombre esperaba sin duda, porque miraba de tiempo en tiempo con impaciencia á la desembocadura de un callejon formado por dos trozos de muralla en construccion.
Al cabo aquella sombra blanca se afirmó sobre los piés, y salió al encuentro de dos sombras que desembocaban por el callejon.
Era la una una muger; la otra un hombre.
Al salir el que esperaba al encuentro de los dos que venian, retrocedió.
--Tú no eres el alcaide, dijo al hombre.
--Yo soy el rey, dijo Al-Hhamar con voz tonante.
--¡El rey! esclamó el que les habia salido al encuentro.
--Y se inclinó profundamente.
--Levántate y llévame á donde llevarias á esta dama si la hubiera traido el alcaide.
--¡Señor! murmuró aterrado el moro.
--Levántate y guia, añadió con acento de amenaza el rey.
El moro se levantó, se encaminó al vestíbulo, torció á la derecha, abrió un pequeño postigo y entró por él.
--Esto está oscuro, dijo el rey.
--Así me han mandado tenerlo, señor.
--Busca una luz...
El moro obedeció, y volvió con una lámpara de los guardas.
Subieron por unas escaleras, atravesaron una galería y entraron en un precioso retrete.
--Cierra esa puerta, dijo el rey al moro.
El moro cerró.
--Descúbrete, le dijo el rey Nazar.
El moro echó atrás la capucha de su albornoz con la que hasta entonces habia tenido cubierta la cabeza.
--¡Ah! ¡eres mi walí Aliathar! ¡mi bravo africano! ¡el walí de la guarda de este alcázar en quien yo depositaba mi entera confianza! ¡y te has atrevido á hacerme traicion!
El walí cayó de rodillas.
--No quiero saber el precio en que me has vendido: solo quiero que obres como si no me hubieras encontrado, y te perdono.
--¡Ah, poderoso señor!
--Que nadie sepa que yo estoy aquí.
--¡Ah, señor!
--Cumple fielmente con lo que te han encargado aquellos á quien te has vendido.
--Solo tengo que esperar á la media noche á que se presenten un hombre y una muger para introducirlos aquí.
--Pues bien, introdúcelos, y cuando estén dentro, no los dejes salir.
--Así lo haré, señor.
--¿No está contigo en la guardia el walí Abd-el-Melek?
--Si señor, pero no sabe nada.
--No importa; dí al walí Abd-el-Melek, que vaya con cuarenta hombres á las Angosturas del Darro; que en el ensanchamiento donde está el primer remanso, busque la entrada de una cueva, que se oculte en ella, que prenda al hombre que entre y que le lleve á las mazmorras de la Alcazaba.
--Asi lo diré á Abd-el-Melek, magnífico señor.
--Dí á esta dama lo que tengas que decirla.
--Por esta celosía, se vé la cámara donde reposa la sultana Bekralbayda, dijo Aliathar que temblaba de terror.
En efecto, por una celosía dorada se veia una pequeña cámara octógona, donde se veia un ancho divan de brocado á la opaca luz de una lámpara.
--Por esta puerta, añadió el walí, señalando una pequeña situada en un ángulo, y por unas escaleras estrechas se baja á un alhamí que está cerrado por una puerta de cedro.
--Basta, dijo Leila-Radhyah, que permanecia encubierta: lo demás ya lo se.
El walí se inclinó profundamente.
--Oye ahora, dijo el rey, y cumple fiel lo que voy á mandarte; vé y espera á ese hombre y á esa mujer; pero en el momento que entraren, haz una señal leve: para poder percibirla, voy á trasladarme á la cámara que está sobre el vestíbulo.
--Yo sé silvar como un buho, dijo el walí.
Se estremeció el rey.
--Bien, bien, no importa, silva cuando ese hombre y esa muger hayan entrado: y no les avises, porque si no sucede aquí esta noche lo que debe suceder, te arrojo á mi verdugo para que me arroje tu cabeza.
--¡Ah, señor!
--Y sobre todo, que Abd-el-Melek, vaya á ocultarse en la cueva del rio, y cumpla las órdenes que te he dado. Vete.
El walí salió estremecido de miedo.
--Ven conmigo, alma de mi alma, dijo el rey tomando la lámpara y asiendo de la mano á Leila-Radhyah.
Atravesó con ella un estrecho corredor, abrió una puerta y entró en un pequeño y bellísimo retrete.
--¿Quién diria que la tosca lámpara de hierro de un guarda de las obras de mis alcázares habia de alumbrar mi felicidad?
Y dejó la lámpara sobre el alfeizar de una ventana.
Despues estremecido de pasion arrancó el albornoz á Leila-Radhyah.
--¡Oh santo Dios de Ismael y qué hermosa me la vuelves! ¡qué hermosa y qué enamorada! añadió al ver la mirada candente, lúcida, que Leila-Radhyah posaba en sus ojos.
--¿Te olvidas, señor, por tu pobre esclava, del motivo que nos trae aquí? dijo Leila-Radhyah, cuyas megillas cubria un leve y dulce matiz de púrpura.
--Siento que mi cabeza se desvanece: en mis oidos resuena una música regalada: la fragancia que me rodea me embriaga: ¡y es el resplandor de tu hermosura que me ciega! ¡es tu voz que resuena en mi alma! ¡es tu aliento que respiro! ¡ah! ¡y qué misericordioso y qué grande es Dios!
--¡Oh! ¡rey, rey mio! esclamó Radhyah exhalando estas palabras entre un suspiro.
Hubo un momento de silencio.
--¡Oh! ¡qué feliz, qué feliz soy!.. ¡la felicidad que siento, me comprime el corazon, me mata!.. esclamó Leila-Radhyah: ¡oh! ¡mi Nazar! ¡oh! ¡mi alma!
--Tu amor ha consagrado este alcázar, luz de mis ojos: esclamó el rey mirando con delicia á la princesa africana: ¡oh! ¿por qué tenemos mas en qué pensar que en nuestro amor?
--Oye, rey mio... ¿no es verdad que yo para tí no soy sultana ni esclava? ¿no es verdad que no soy para tí mas que Leila-Radhyah?
Al-Hhamar la estrechó entre sus brazos.
--Para esa infame hechicera, para esa Wadah fatal, justicia: para tí, mi noble mártir, mi amor, mi vida, mi alcázar y mi corona.
--Y para tí mi alma, esclamó Leila-Radhyah exhalando toda su alma en una divina sonrisa.
Callaron entrambos dominados por su amor, porque un amor que, comprimido, desgarrado, cubierto de luto y de dolores durante diez y siete años, estallaba al fin inmenso.
--Oye, dijo Leila-Radhyah: quiero contarte mi historia.
--¡Tu historia! ¡una historia de desdichas!
--No, porque ha habido dos nobles y generosos hombres que me han protegido, que se han consagrado á mí: mi historia es muy sencilla y muy breve.
--¡Oh! te escucho: tu voz es para mí tan dulce y tan amada como puede serlo la voz de los arcángeles al Señor.
--¿Te acuerdas del dia en que nos conocimos?
--¡Oh! esclamó el rey Nazar.
--Nos rodeaba el horror del combate: estaba yo cercada de cadáveres despedazados: los cristianos que me habian robado en la frontera cuando me dirigia á Córdoba, que habian muerto al wacir que me acompañaba, á mis doncellas, á mis esclavos, habian sido muertos á su vez por tus soldados y yo lloraba desolada porque me veia cautiva cuando empezaba mi juventud: ¿te acuerdas?... apenas tenia doce años, y ya era una muger: ya mi corazon languidecia de amor.
--¡Hija de Africa, alentada por el viento del desierto! esclamó con entusiasmo Al-Hhamar: ¡oh! ¡y qué hermosa eras ya! pero ahora eres mas hermosa: yo nunca hubiera creido que ojos de muger pudieran brillar tanto, arder tanto, exhalar tanta dulzura... ¡oh! entonces eras una hermosa doncella... que llorabas... ahora eres un arcángel de fuego...
--Pero el dolor ha enflaquecido mi cuerpo y empalidecido mis megillas.
--¡Oh, Dios mio! y si la felicidad, si mi amor te embelesan, dime... ¿quién tendrá vida bastante fuerte para resistir tu hermosura, cuando en estos momentos tu hermosura mata?
--¿Y si eso fuese, si yo llegase á ser tan hermosa, tan resplandeciente como una hurí del Señor, no creerias mi hermoso, mi valiente Nazar, que el Altísimo empezaba á recompensarte sobre la tierra? Pero es que tu amor me embellece á tus ojos: hace diez y ocho años... ¡oh! ¡entonces si que era hermosa!.. pero tú entonces eras mas hermoso que yo... me acuerdo, ¡oh! me acuerdo como si hoy mismo me estuviera sucediendo, que vi de repente junto á mí un jóven caballero en una yegua ensangrentada hasta el petral de acero: me acuerdo que cuando vi fija en mi mirada la mirada absorta de aquel mancebo, sentí inundada mi alma de una alegría, de una felicidad inmensas; lo olvidé todo: que me encontraba sola, esclava en tierra estraña. Y ¿te acuerdas, Nazar, rey mio, con cuánta alegría me arrojé en tus brazos cuando tú me dijiste yo te amo? ¿te acuerdas de ese tiempo de amor en que fuí toda tuya en cuerpo y en alma, sintiendo no tener mas vida para consagrártela, para confundirla con la tuya? ¡oh! ¡y cuánto te amé desde el punto en que te ví! ¡oh! ¡cuánto he llorado, sufrido, odiado, deseado y maldecido desde el momento en que te perdí!... ¡oh! ¡cuán dichosa, cuán llena de insensata alegría, cuán enamorada, cuán transportada al cielo, ahora que te veo, que te hablo, que eres mio, mio para no volverte á separar de mí! porque ahora... tú eres poderoso, Nazar, tú eres un gran rey, tú amas á tu Leila-Radhyah y no habrá poder humano que pueda separarme ya de tí.
--¡Oh! ¡no! tú serás mi sultana... tú la alegría de mis alcázares; tú el genio del amor y de la armonía, que vivirá eternamente en ellos en el lugar que ocuparon, cuando el tiempo, que todo lo destruye inflexible, los haya destruido.
--Cuando en los primeros dias de nuestro amor vagábamos en las claras noches de luna por los jardines de Córdoba, yo creia que jamás podia tener fin mi ventura: ¿te acuerdas? tú hijo el príncipe Mohammet aun estaba en la cuna: yo le amaba, yo le mecia sobre mis rodillas, yo quise reemplazar á la madre que habia perdido.
--¡Ah! esclamó el rey Nazar:
--Acuérdate cuán feliz era yo: por tí habia olvidado mi padre, mis alcázares de Fez, mi altivez de sultana: á tu lado no deseaba nada, en nada pensaba mas que en tí: si me cubria de galas, era por agradarte: si tañia la guzla y cantaba, era para hacer mas lánguido el sueño que dormias reclinada tu cabeza en mi regazo: si sonreia era por tí y para tí. ¡Oh señor! yo creia que aquella felicidad iba á ser eterna.
--Satanás se puso en medio de nosotros.
--¡Oh! no recordemos eso: no lo recordemos: tú no dejaste de amarme, no, no: tú me amabas con mas fuerza: te habian dicho que Wadah era una poderosa maga... y tú... Wadah te vió y te amó, y compró á un hombre y vendió á otro, por ser tuya, ó mas bien, porque tú fueses suyo.
--¡Qué, compró á un hombre y vendió á otro! esclamó Al-Hhamar.
--Sí, compró á uno de tus mayores amigos, á un pariente de tu padre, á David-ebn-Kotham, cuyos consejos seguias tú ciegamente.
--¡Oh! no, te engañas, Leila mia; el noble David-ebn-Kotham no podia venderse: era el mejor caballero de Córdoba.
--Cada hombre tiene su precio: Wadah hizo creer á David en su poder y en su ciencia, y en que el hombre que fuese su esposo llegaria á ser un rey valiente y vencedor. David la creyó y se vendió á ella por amor á tí: te hizo conocerla de una manera misteriosa, y tú... pero no hablemos mas de eso, esa maldita muger te hechizó.
--¿Y quién fué el hombre á quien vendió Wadah?
--Un hombre á quien amaba y del cual tenia una hija.
--¡Ah! ¡con que es cierto!..
--Sí.
--¿Y esa hija es Bekralbayda?
--Sí.
--¿Pero cómo pudo Wadah ocultarla?...
--Bekralbayda pasaba por hija de una de sus esclavas.
--¡Ah!
--De ese modo podia tenerla junto á sí en tu misma casa: pero no se atrevió á tener del mismo modo á su antiguo amante, á quien vendió, porque su amante era un esclavo africano.
--¿Y cómo se llamaba ese esclavo?
--Daniel-el-Bokarí.
--¡El alarife!...
--Sí, el gran alarife que ideó el Palacio-de-Rubíes, el maravilloso alcázar que tú estás construyendo.
--Continúa.
--El Bokarí fué vendido, por fortuna, á un amo piadoso: este, al verle triste y abatido, con las señales de la desesperacion mas profunda, quiso saber el secreto de sus penas. El Bokarí, celoso, furioso contra Wadah, se las reveló: entonces su amo le dijo: ¿qué sabrás tú hacer que valga el precio que he dado por tu alma?--Yo soy alarife, dijo el Bokarí.--Pues entonces hazme un palacio en una de mis huertas del Guadalquivir y eres libre.
El Bokarí construyó el palacio y labró los jardines en la huerta, y tan satisfecho quedó su dueño, que no solo le dió la libertad, sino otro tanto valor como el que habia pagado por él á Wadah.
Habia pasado un año desde tu casamiento con Wadah. Yo estaba abandonada en un apartado aposento de tu casa. Nadie se cuidaba de mí; tú me habias abandonado enteramente, hechizado por esa maldita; solo me servia una esclavilla, una pobre niña etiope: pasaba desesperada mis largas noches sin sueño, y de dia me iba á pasear acompañada de la esclava por las riberas del Guadalquivir por los lugares mas solitarios.
Allí, meditando en mi desventura, recordando mi infancia, mi juventud, mis alcázares, las esclavas que allí me habian servido de rodillas, y mi padre que se miraba en mis ojos, lloraba y me entristecía: pero nunca habia pensado en vengarme ni de tí ni de Wadah.
Una tarde, ya se habia puesto el sol, me volvia á Córdoba, cuando un jóven se aproximó á mí.
--Allah te guarde y te recompense, me dijo, si te dignares escucharme.
--¿Y qué tendrás tú que decirme? le respondí con despego.
--Estás triste y lloras, repuso.
--¿Y qué te importa eso? repliqué.
--Yo tambien estoy triste y lloro.
--Déjame seguir en paz mi camino, le dije con enfado.
--Una misma persona causa nuestra tristeza y nuestro llanto, añadió: la hechicera, la maga, la esposa de Al-Hhamar.
Cuando esto me dijo, ya le escuché de buen grado, y si entonces se hubiera separado de mí, yo le hubiera detenido.
--¿Y qué tienes tú que ver con Wadah? le dije.
--No es este sitio para hablar de esas cosas. Viene contigo esa esclava. Pero si quieres ayudarme y que yo te ayude contra esa muger, espérame esta noche.
--Te esperaré.
--A tus habitaciones da un patio que tiene un postigo sobre el rio.
--Es verdad.
--Pues bien, yo llegaré esta noche al mediar con una barca por ese postigo.
--¿Y fué? dijo el rey Nazar.
--A la media noche, repuso Leila-Radhyah: yo escitada por lo que aquel hombre me habia dicho, le franqueé el postigo.
Hacia una noche tempestuosa y oscura, llovia, tronaba.
Aquel hombre me dijo:
--Espérame en tu aposento, sultana.
Y sin esperar á mas se perdió por uno de los arcos del patio.
Yo absorta sin saber qué hacer, dudé un momento acerca del partido que debia tomar: pero no se por qué me habia inspirado una gran confianza el Bokarí, que él era, y fuí á esperarle en mis habitaciones.
Apenas habia entrado en ellas, cuando se abrió una puerta y apareció el Bokarí; traia entre su alquicel una niña como de dos años, dormida.
--He tenido mas suerte de la que esperaba, me dijo: he encontrado abierto el aposento de mi hija y á su nodriza dormida.
--¡De tu hija! esclamé.
--Sí; esta niña es hija mia y de Wadah.
--¡Ah!
--Ahora, si tú quieres, sultana, sígueme.
--¿Que te siga?
--Sí; ¿qué pretendes esperar aquí? Al-Hhamar, fascinado por Wadah, ni aun se acuerda de tí: cuando Wadah eche de menos á su hija, creerá que tú eres quien se la ha robado, y pretenderá vengarse de tí: aquí estás en peligro, huye.
--No me separaré de la casa donde vive Al-Hhamar, le contesté.
--Pero esa muger es terrible y sanguinaria.
--No importa: llévate tu hija; yo me quedo aquí.
En vano el Bokarí pretendió convencerme: yo no podia separarme del lugar en que, aunque sin verte, estaba próxima á tí.
Al fin cansado de la inutilidad de sus esfuerzos, y viendo que la noche avanzaba, el Bokarí salió.
--Deja abierto el postigo, me dijo, hasta el amanecer.
--¿Y á qué propósito?
--Déjale abierto, sultana, porque yo quiero velar por tí.
No se qué estraña confianza me inspiraba aquel hombre, que cedí y dejé abierto el postigo.
Cuando entré en mi aposento me aterré: Wadah desmelenada, pálida, desceñida la túnica, buscaba por todas partes en mi aposento y rugia y lloraba.
Al verme se abalanzó á mí como una leona.
--¡Dáme mi rosa blanca, miserable! ¡dámela! gritó.
--¡Tu rosa blanca! esclamé, ¡tu hija!
--¡Sí! ¡mi hija! ¡dáme á mi hija que me has robado! gritó.
--Dáme tú mi Al-Hhamar, repuse.
--¡Qué! ¿no me darás mi hija, ladrona? esclamó Wadah palideciendo.
--¡Tu hija! ¡tu hija! esclamé, saboreando aquella venganza inesperada que me habia procurado el Bokarí: ya no volverás á ver á tu hija, hechicera.
--¡Ah! ¡ni tú volverás á ver el sol! gritó.
Luego sentí tres golpes terribles sobre el pecho; despues nada: una densa niebla habia cubierto mis ojos; mi cabeza se habia hecho pesada, como de plomo.
Cuando volví en mí me encontré en una habitacion humilde, pero limpia y alegre.
Un hombre estaba á mi lado contemplándome con interés.
Era el Bokarí.
--¡Ah! ¡Dios sea loado! esclamó: creí que no volverias á la vida, sultana.
Quise hablar, pero me hizo señal de que callase, y él mismo guardó silencio.
Algunos dias despues, como yo le preguntase por qué razon estaba en su poder me contestó.
--Yo quise que dejaras abierto el postigo para protegerte: poco despues oí los gritos de Wadah y los tuyos; me precipité en tu socorro, pero llegué tarde. Wadah habia desaparecido, y tú estabas por tierra ensangrentada y sin sentido. Cargué contigo; te llevé á mi barca, te restañé la sangre de la mejor manera posible, y apartándome con mi barca de aquel lugar maldito, te he traido aquí. Tenias tres puñaladas en el pecho que me hicieron temer por tu vida: pero la misericordia de Dios no ha querido que mueras.
--¡Ah! ¿y para qué quiero yo vivir?
--¿Te has olvidado de tu padre, sultana?
--Mi padre no me recibirá.
--¿Quién sabe?
--Mi padre me pedirá cuentas de mi honra.
--Que se las pida á Al-Hhamar. ¿Acaso Al-Hhamar no te hizo su esclava? En el momento que tus heridas lo permitan iremos á Africa. Es necesario que tu poderoso padre te vengue de Al-Hhamar.
Pasó así algun tiempo.
El Bokarí, salvas algunas horas de la tarde y de la noche, estaba á mi lado refiriéndome alegres cuentos para entretener mi tristeza.
Lo demás del tiempo lo pasaba encerrado.
--¿Qué estás haciendo? le dije un dia.
--Estoy haciendo un alcázar tan maravilloso, que no habrá rey que se atreva á construirle.
--Pero si le haces tú, no hay necesidad de que le haga un rey.
--Sí, pero yo le hago imitado en gacela, y para levantarle, para que se toque con las manos como ahora se toca con la vista, serian necesarios grandísimos tesoros.
--¡Y no me enseñarás ese alcázar! le dije.
--Ven conmigo, me contestó.
Llevóme á una torrecilla, y en ella colgados de las paredes y estendidos por el pavimento, vi una multitud de pergaminos, sobre cada uno de los cuales habia pintada una maravillosa habitacion ó un patio incomparable ó un jardin deleitoso.
--Este es el Palacio-de-Rubíes, sultana, me dijo el Bokarí: el rey que posea este alcázar, será el rey mas poderoso de la tierra.
Cuando el Bokarí dijo esto, mi pensamiento se fijó en tí, mi valiente Nazar, y dije.
--El llegará á ser rey, él será un rey grande y poderoso: él construirá este alcázar.
--¿Quién sabe? dijo el Bokarí, pero para cuando Al-Hhamar sea rey, ya habré yo muerto. Es necesario buscar otro rey que pueda construir esta obra. Necesitamos pasar á Africa.
--Cuando quieras, le dije: nada espero aquí.
Algunos dias despues llegábamos á Málaga, y nos embarcábamos en una galeota de un amigo del Bokarí.
Llegamos al fin á Tlencen.
El Bokarí, bajo pretesto de mostrar á mi padre el Palacio-de-Rubíes, logró que le recibiese en su alcázar.
Maravilló tanto á mi padre la riqueza de la obra que habia pintado el Bokarí, que no teniendo tesoros bastantes para realizarla, quiso al menos que en su alcázar hiciese algunas habitaciones semejantes el Bokarí.
Pasó algun tiempo.
El Bokarí iba todos los dias á los alcázares de mi padre á labrar las nuevas habitaciones.
Mi padre habia llegado á tenerle ya amor.
Atrevióse al fin un dia á decirle el Bokarí:
--¿Dónde quieres que ponga esta inscripcion que acabo de labrar?
La inscripcion á que el Bokarí se referia era mi nombre.
--¡Leila-Radhyah! esclamó mi padre demudado: ¿quién te ha dicho su nombre?
--Es el de una dama muy hermosa que yo conozco, dijo el Bokarí.
--¿Y qué edad tiene esa dama?
--Diez y siete años.
Creció la palidez de Al-Mostansir.
--¿Y dónde has conocido á esa dama?
--En Córdoba: es cautiva de un valiente walí.
--¡Ah! dijo mi padre; ¿no mas que cautiva?
--Poderoso rey, dijo el Bokarí, la cautiva ama á su señor.
--¿Y su señor la ama á ella?
--Se ha casado con otra.
--¿Cómo se llama ese walí, que se casa con una muger teniendo en su poder otra que se llama Leila-Radhyah?
--Se llama Mohammet-ebn-Juzef-Al-Hhamar.
--Pero Al-Hhamar no es ya solamente un valiente walí; es un rey.
--¡Rey!
--Si por cierto: el califato de Córdoba se hunde: cada walí se cree bastante poderoso para declararse rey: Aben-Hud acabará mal; su corona se divide en muchas coronas.
--¿Y dices, señor, que Juzef-Al-Hhamar es rey?
--Sí; rey de Jaen, Guadix y Baeza. No hablemos mas de esto.
--¿Pero esta inscripcion?
--Rómpela.
--¿Olvidais que es el nombre de Leila-Radhyah?
--Rómpela.
--¿Pero por qué tanta severidad, señor? ¿No os digo que Al-Hhamar?...
--No hablemos mas de esto; esa desdichada ha debido morir... y no ha sabido morir. Rompe su nombre, y no le vuelvas á poner delante de mis ojos ni á enviarlo á mis oidos.
--¡Ah Leila, Leila de mi alma! esclamó el rey Nazar: ¡y cuán culpable he sido para contigo!
--Eso ha sido un sueño, una pesadilla que ha pasado, dijo Leila-Radhyah sonriendo tristemente: déjame continuar.
El Bokarí no volvió á hablar mas de mí á mi padre hasta que se concluyeron las obras. Cuando mi padre le hubo pagado, el Bokarí se atrevió á decirle:
--Voy á España, señor: ¿qué diré á la desdichada que en aquella region llora?
--Cuéntala lo de la inscripcion; le respondió mi padre.
El Bokarí salió triste y acongojado de los alcázares de Al-Mostansir Billah, porque me amaba y habia concebido esperanzas de que mi padre me volveria su afecto.
Pero ni una palabra me dijo acerca de esto, sino cuando un año adelante le ví próximo á la muerte.
Entonces me lo reveló todo; y un amigo suyo, un renegado español, quedaba encargado de mí, de Bekralbayda y del Palacio-de-Rubíes.
Daniel-el-Bokarí murió al cabo, y entonces conocí á Yshac-el-Rumi.
Ya le conoces tú.
Su historia es muy breve.
Se halló en la batalla de Alarcos, como soldado del rey Alonso de Castilla, y fué hecho cautivo, vendido y traido á Africa.
En Africa estudió toda la ciencia que poseia su amo, que era astrólogo, y se enamoró de una hermosa hija que el astrólogo tenia. Ella se enamoró tambien de él, y sin que su padre lo supiese se comunicaban. Pero un dia se apercibió de ello el viejo y quiso matarlos á entrambos.
--Me casaré con ella, dijo Yshac.
--Tú no puedes casarte con mi hija, dijo colérico el viejo: porque eres cristiano.
--Me haré musulman.
--Pero eres mi esclavo.
--¿Y qué, no vale nada la honra de tu hija?
El astrólogo, á pesar de su codicia, cedió; Yshac se hizo musulman y se casó con su amante.
Pero la infeliz murió poco despues al dar á luz una criatura que nació muerta.
--Ahora comprendo, dijo el rey Nazar, la razon de la sombría tristeza de ese hombre: pero lo que no puedo comprender es la conducta que ha seguido y sigue conmigo.
--¡Ah! ¡pues es muy fácil de comprender! Yshac me ama.
Frunció el entrecejo el rey Nazar.
--Me ama como un padre ama á su hija, y quiere vengarme y vengar al pobre Daniel-el-Bokarí, de quien fué grande amigo.
--¿Y por qué entonces el misterio de que te ha rodeado y la especie de traicion de haber arrojado á Bekralbayda en los brazos de mi hijo Mohammet, y habérmela vendido despues?
--Yshac-el-Rumi y yo amamos á Bekralbayda como si fuese nuestra hija: Yshac la llevó á Alhama para que el príncipe la viese y la amase: yo quise que tú la conocieses tambien.
--¿Y para qué?
--Para que tuviese celos Wadah.
--Pero los celos de Wadah matan.
--Te juro que no matarán á Bekralbayda. ¿No estaba á tu lado en tu alcázar Yshac-el-Rumi?
--No comprendo bien esto.
--Antes de mucho lo comprenderás.
--¿Pero esa diadema, esas joyas, esas galas que te cubren y que valen un tesoro, Leila?
--¡Ah! ¡desconfias de mi!
--No, no desconfio: pero en tu habitacion de Córdoba se encontraron todas tus joyas, joyas que yo he conservado, como un precioso tesoro de mi corazon, porque creí que esas joyas y esas ropas eran lo único que me quedaba de tí.
--Despues de la muerte de el Bokarí, permanecimos algunos meses en Tlencen; pero al fin, yo que ansiaba volver á Andalucía, porque en Andalucía estabas tú, escité á Yshac á que viniésemos á vivir á Granada, y cediendo á mis deseos Yshac dispuso el viaje.
Al dia siguiente un esclavo de mi padre entró en nuestra casa.
--Te llamas Yshac-el-Rumi, dijo á este.
--Sí, contestó.
--El poderoso rey Al-Mostansir Billah te ordena que vayas á su alcázar.
Yshac fué.
Al-Mostansir Billah le dió un cofre de hierro muy pequeño y una carta, y le dijo:
--Entrega esto á Leila-Radhyah.
Al-Mostansir Billah cuando hubo entregado el cofre y la carta y dicho estas palabras á Yshac, le volvió la espalda.
Yshac me entregó el cofre y la carta.
Abrí la carta antes que el cofre y ví que decia:
«Un rey tenia una hija:
Y esta hija del rey era muy hermosa.
Y tan hermosa era, que los sabios le habian dicho:
Tu hija será causa de crímenes y desdichas.
El rey encerró á su hija; pero la princesa empezó á languidecer.
El rey llamó á los sabios y les mostró la princesa:
¿Qué enfermedad padece mi hija? les preguntó.
Y los sabios le respondieron:
Tu hija languidece de amor.
Nosotros no nos atrevemos á volverle la salud; pero hemos consultado las estrellas, y las estrellas nos han dicho:
Allá en el Andalucía, del otro lado del mar, en la hermosa Córdoba, la hija del rey encontrará alivio á su dolencia.
Y el rey que amaba mucho á su hija la envió á Córdoba.
Pero su hija no volvió.
Han pasado muchos años.
Tú que vas á Córdoba, señora, busca á Leila-Radhyah y dála esas joyas.
Pero no la digas que su padre la dá un tesoro, porque Leila-Radhyah no tiene ya padre.
No la digas que venga, porque si su padre la vé delante de sí, la matará.»
--Tu padre fué demasiado severo contigo, dijo el rey Nazar.
--Mi padre me ama, dijo Leila-Radhyah con los ojos arrasados de lágrimas.
--¡Te ama, y á pesar de tu inocencia no te ha recibido!..
--Mi padre me ha enviado hace pocos dias otra carta.
--¡Otra carta!
--Sí, mírala.
Leila sacó de su seno una bolsita de seda verde y oro, y de ella un pergamino enrollado.
El rey Nazar leyó:
«Leila-Radhyah, decia aquella carta:
He tenido nuevas que han reanimado mi esperanza.
Un walí granadino, me ha dicho que la sultana Wadah está loca.
El rey Nazar puede, pues, apartarla de sí.
El rey Nazar puede ser tu esposo.
Te envio joyas y galas de sultana.
Si quieres tener padre y hermanos, consiente en ser la esposa de Nazar.
Si consientes, yo te enviaré servidumbre y esclavos y guardas, para que puedas presentarte en Granada, como debe ser vista la hija de un rey.
Tu padre te ama, Leila-Radhyah, pero no puede abrazarte hasta que laves tu deshonra.
Procura ser esposa de Al-Hhamar.»
--¿Y qué has contestado á tu padre? dijo el rey Nazar.
--No le he contestado todavía; pero mi respuesta la llevará un embajador tuyo: un embajador que le diga: tu hija Leila-Radhyah, es sultana de Granada.
--¡Oh! ese embajador partirá para Tlencen, antes que salga el sol del nuevo dia.
En aquel momento se oyó fuera un ténue silvido, un silvido semejante al de un buho.
El rey y Leila-Radhyah salieron del retrete donde se encontraban y se trasladaron á oscuras á aquel desde donde se veia la cámara de Bekralbayda.
Veamos lo que pasaba en esta cámara.
Estaba desierta.
Bekralbayda velaba en el jardin, mirando desde sus espesuras la torre del Gallo de viento, que se veia á lo lejos allá en el distante estremo del Albaicin bajo la luz de la luna, y en cuyas ventanas se veia el reflejo de una luz.
Bekralbayda creia ver en aquella ventana al príncipe que velaba como ella.
Estaba abstraida, absorta en su amor, cuando un esclavo se acercó á ella, se prosternó, y la dijo con voz humilde:
--Poderosa sultana, la noble sultana Wadah acaba de llegar y desea verte.
--¿Y dónde está la sultana? esclamó con cierta alegría Bekralbayda, porque amaba á Wadah.
--Te espera en tu cámara, señora, contestó el esclavo.
Bekralbayda se encaminó precipitadamente hácia su cámara.
En ella, sentada en el divan que servia de lecho, estaba Wadah, indolente, hermosa, mas hermosa que nunca, y muy sencillamente vestida.
Al ver á Bekralbayda, se levantó, corrió á ella y la besó en la boca.
--¡Oh! esclamó: ¡qué hermosa estás, hija mia! ¡cuánto he sufrido desde el dia en que te sacaron del palacio del Gallo de viento! porque yo te amo, ya lo sabes.
--¡Ah, señora! esclamó Bekralbayda: ¡y vienes á visitar á tu esclava!
--¡Esclava! ¡no! ¡tú no eres esclava! ¡tú eres sultana! escucha; vengo á revelarte un secreto que te va á llenar de placer: el rey...
Bekralbayda palideció.
--¡Oh! ¡y cómo le ama! pensó Wadah conteniendo mal su celosa rabia: el rey piensa casarte... con...
--¿Con quién?... esclamó pálida Bekralbayda.
--Con mi hijo: respondió la sultana.
--¡Con tu hijo! ¡con el príncipe Juzef-Abdallah!
--¿Qué, no te parece bastante hermoso mi hijo?..
--¡Ah! ¡sí! si señora, pero es muy jóven... demasiado jóven.
--¡Ah! ¿tú quisieras para esposo un hombre de la edad de su padre?
--Yo... no... ya es demasiado.
--¡Jóven el uno! ¡el otro viejo!
--¿Pero qué importa eso, señora? ¿por qué ha de pensar el rey en casarme? te equivocas... te equivocas... sultana: yo sé que el rey no quiere casarme con nadie.
--¡Ah! ¡no quiere casarte con nadie! ¡pues mira, yo habia creido!.. el otro dia me dijo: Wadah, estoy pensando en casar á nuestro hijo.--¿Y con quién, señor?--Con una doncella jóven, hermosa, pura, á quien tú conoces.--¿Que yo conozco?--Sí, pero quiero sorprenderte y no te diré su nombre.--Y no me lo dijo: pero al dia siguiente te sacó del alcázar, y te trajo á este otro alcázar: puso junto á tí eunucos, esclavos y guardas... magestad de sultana, y yo... yo creí que era porque te destinaba á nuestro hijo... al príncipe Juzef. ¡Y no amas tú á mi hijo!
--¡Ah, señora! le respeto... pero amarle... no.
--¿Y á quién amas?
--Yo... á nadie.
--¡A nadie!.. ¿y el estado en que te encuentras, pobre niña?
Y la mirada de Wadah se fijó de una manera marcada en Bekralbayda.
La pobre jóven se cubrió el rostro con las manos.
--Ha sido una violencia, una horrible violencia...
--¡Del rey!
--¡Del rey! esclamó asombrada Bekralbayda.
--¿Por qué tiemblas?...
--Has dicho que el rey...
--Es tu amante.
--No; no; y cien veces no.
Wadah habia dejado al fin su continente tranquilo.
Sus ojos arrojaban llamas.
Estaba trémula de cólera.
--¿Pues si no ha sido el rey, quién ha sido? añadió con la voz opaca por los celos y por el ódio Wadah.
--¿Pero qué te he hecho, señora, para que me trates así? esclamó Bekralbayda.
--¿Qué me has hecho? ¿qué me has hecho? ¿Pues no te ama el rey Nazar?
--¡Dios mio!
--¿No eres tú su esclava querida?
--Soy su esclava... sí, es verdad, pero...
--No, tú no eres su esclava: tú eres su señora.
--Yo... ¿pero tú estas loca, sultana?
--¡Loca! ¡loca! ¡sí, es verdad! ¡loca de celos! ¿sabes tú quién soy yo?
--¡Ah! ¡Dios mio! esclamó Bekralbayda levantándose y pretendiendo huir.
Wadah la asió de un brazo y la atrajo á sí:
--¡Socorro! gritó la jóven: ¡socorredme!.. ¡libradme de esta muger!
--Nadie puede oirte: están cerradas las puertas y los que te sirven alejados; nadie te oirá.
--¡Oh! ¡Señor, Señor de misericordia! esclamó la jóven cayendo de rodillas.
--Sí, sí, prostérnate, dijo Wadah; porque así debes estar delante de mí: delante de la esposa á quien has injuriado.
--Yo os juro que no amo al rey.
--Pero él te ama.
--Yo no puedo impedirlo.
--Pero no se ama á los muertos.
--¡Ah! ¡qué dices! ¡pero no, tú no piensas así!.. ¡tú no quieres asesinarme!.. ¿no es verdad? yo no tengo la culpa... no... yo no amo al rey... yo no he sido suya... no puedo ser suya... antes la muerte... no... no puedo ser suya.
--Te obligará.
--¡Oh! ¡no! porque si quiere violentarme, yo le diré: soy amante del príncipe Mohammet: el hijo que llevo en mis entrañas es tu nieto.
--¡Mientes! ¡mientes! ¡quieres salvarte! ¿qué? ¿no te he visto yo perderte en los bosquecillos con el rey?
--Pero yo no tengo la culpa...
--Escucha: en otro tiempo otra muger me disputaba los amores de Nazar... yo maté á aquella muger.
--¡Oh, Dios mio!
--Pero la maté á puñaladas y su sangre...
Wadah se detuvo.
--Yo veo su sangre corriendo siempre delante de mí como un torrente: yo me estremezco de noche y me tapo la cabeza para que no caiga sobre ella la sangre de aquella muger, la sangre de Leila-Radhyah. Yo no quiero ver mas sangre y no te mataré á puñaladas.
--¡Matarme! ¡matarme! ¡pero eso no puede ser! señora... no... yo te amaba...
--¡Que me amabas!
--Sí... como amaría á mi madre.
--¡A tu madre! ¡á tu madre! ¡Oh! yo tenia una hija: una hija que tendria tu misma edad: y aquella miserable Leila-Radhyah la mató... la mató: yo encontré sus ropas ensangrentadas... por eso maté á esa miserable muger que se me presenta todavía á cada paso delante de los ojos, hermosa y pálida como un espectro... por eso la dí de puñaladas: pero á tí no: yo te mataré de modo que no salga fuera de tu cuerpo una sola gota de sangre... no... tú no te presentarás ante mí en mis sueños, en mis soledades, roja de los pies á la cabeza... yo soy sábia... yo conozco las yerbas que matan y las yerbas que enloquecen: mira.
Y mostró á Bekralbayda un frasquito de oro.
--¡Ah! ¿y qué es eso?... esclamó aterrada la jóven.
--Esto... esto es... mira, tú beberás esto.
--Yo... yo no beberé... no... yo resistiré... yo gritaré...
--Resistir... ¿piensas acaso que puedes resistirme?... gritarás... ¿te escuchará alguien? tú beberás...
--¡Oh Dios poderoso!
--Beberás y sentirás entorpecidos tus ojos, pesada tu cabeza... te dormirás y no despertarás... no despertarás... y yo no tendré celos, porque no se ama á los muertos, y Al-Hhamar me volverá su amor.
Bekralbayda miraba fascinada á Wadah.
Wadah se habia replegado en un ángulo del divan como una pantera, y fijaba sus ojos estraviados y escandencidos en Bekralbayda.
--¡Oh! ciertamente que eres muy hermosa... solo he conocido una muger que á tu edad fuese tan hermosa como tú, y esa muger la veia en mi espejo, porque esa muger era yo... pero ella, mi rosa blanca, seria mas hermosa que tú... sí, mas hermosa... y la mataron... ¡la mataron!... yo maté á su asesino, á la infame... á la miserable Leila-Radhyah... ahora tú me robas á Al-Hhamar... ¡has matado el amor que Al-Hhamar me tenia, y morirás... morirás tambien!
--¡Oh! ¡señora! ¡yo no amo al rey! ¡te lo juro! no le amo.... el rey me aterra, me persigue, me enamora... pero yo... yo no puedo amar al rey... yo no puedo ser suya... yo he sido de su hijo... de su hijo, lo entiendes... de su hijo que está perseguido y aborrecido de su padre porque me ama.
Wadah miraba á Bekralbayda con una espresion letal.
La jóven continuó:
--Soy muy desgraciada, dijo, y poco me importaria morir... pero él me ama; él moriria si yo muriese...
--¡El! y ¿quién es él? gritó Wadah levantándose furiosa: ¿quién es el que tú amas y morirá si tú mueres?
--¡El príncipe Mohammet! esclamó con angustia Bekralbayda juntando sus manos.
--¡El príncipe! ¡el príncipe! ¡tú me engañas!
--No; no te engaño: escucha: busca al príncipe, pregúntale: pregúntale á quien ama, el te dirá: yo amo á Bekralbayda.
--¡Ah! ¡no! ¡no! ¡eso no es verdad!
--Sí, sí, pregúntale: ¿ha sido tu esclava Bekralbayda? y él te contestará: pregúntalo á los bosquecillos de la casita del remanso: pregúntalo á las fuentes, á las flores, á la noche silenciosa y oscura y ellos te dirán: nosotros hemos sido testigos de su felicidad, se aman, se aman, y Bekralbayda lleva en su seno la vida de su amor.
--¡Mientes! ¡mientes! gritó Wadah.
--¡Oh! no, no miento; y si defiendo mi vida... espera, espera algun tiempo, sultana; espera que nazca mi hijo, y mátame despues: pero no mates á mi hijo, no... mi hijo es inocente.
--Inocente era tambien mi hija y la mataron.
--¿Pero tienes las entrañas de pedernal? esclamó desesperada Bekralbayda.
--¡Tengo celos! ¡estoy loca! ¡Al-Hhamar me desprecia, y me desprecia por tí!
Y Wadah pálida, terrible, convulsa, adelantó hácia Bekralbayda.
La jóven cayó de rodillas.
--¡Perdon! esclamó: ¡perdon! yo no tengo la culpa.
--¡Bebe! esclamó Wadah con voz ronca asiendo violentamente de un brazo á Bekralbayda y presentándola el frasquito de oro.
--¡No! ¡no! gritó Bekralbayda ronca de terror y de desesperacion rechazando el pomo.
--¡Bebe! repitió con acento mas concentrado y terrible Wadah.
--No, gritó con toda la fuerza de su alma la jóven.
--¡Ah! ¡no quieres beber! ¡será preciso que corra otra vez sangre!
--¡Sangre! ¡piadoso Allah! ¡sangre! gritó Bekralbayda: no, no: tú no serás tan infame: yo no te hecho ningun mal.
--¡Que no me has hecho ningun mal y te ama Nazar, y por tí me desprecia, como me despreciaba por Leila-Radhyah!
Y arrastraba furiosa á la jóven que oponia una resistencia desesperada.
De repente Bekralbayda dió un grito agudísimo; uno de esos gritos que el terror arranca del alma: habia visto brillar un puñal en la mano de Wadah, la muerte en sus ojos.
Pero en aquel momento sonó una voz grave, acentuada, terrible, voz que parecia salir de la eternidad, que contuvo el brazo de Wadah y la hizo temblar.
--¡Wadah! habia pronunciado aquella voz.
Y al mismo tiempo se habia abierto con estruendo una puerta frente á Wadah, y habia aparecido en ella Leila-Radhyah.
Wadah dió un grito horrible, dejó caer el puñal y quedó como petrificada, mirando con estupor, con espanto á Leila-Radhyah.
--¡Ella! ¡siempre ella! esclamó con voz sorda: ¡siempre su sombra ensangrentada!
--Sí, sí, yo soy que vengo á impedir un horrible crímen, dijo Leila-Radhyah con acento solemne.
Y adelantó y asió á Bekralbayda que la miraba asombrada, la levantó en sus brazos y la besó en la boca.
--¡Ah! ¡hija mia! esclamó: ¡pobre hija mia!
--¡Su hija! esclamó Wadah con asombro.
--¡Mi hija! ¡crees que es mi hija! ¡pues bien, mira! dijo Leila-Radhyah.
Y desabrochando rápidamente la túnica de Bekralbayda, la descubrió el hombro derecho y mostró á Wadah un lunar rojo que Bekralbayda tenia sobre el hombro.
--¡Mátala si te atreves! esclamó Leila-Radhyah.
Pasó una espresion de indecible angustia por el semblante de Wadah, su frente se cubrió de sudor, sus ojos se dilataron, se puso la mano sobre el corazon, cayó de rodillas y se abalanzó á Bekralbayda; la abrazó y la besó llorando y riendo.
--¡Mi rosa blanca! esclamó: ¡mi hija!
--¡Tu hija! esclamó Bekralbayda rechazándola: no, tú no eres mi madre: si fueras mi madre, la sangre te lo hubiera dicho, no hubieras querido matarme; ¡mi madre tú!
--¡Sí, sí, yo soy tu madre! esclamó arrastrándose á sus pies Wadah: mírame mírame bien... yo tuve una hija... yo creí que la habian matado... pero
[imagen no disponible: ¡mátala, si te atreves!
Lit de J.J. MARTINEZ, Madrid LETRE dibº y litª]
no... no, eres tú... yo te conozco ahora... ese lunar que tienes sobre el hombro, ese lunar que yo besaba cuando eras pequeñita y te tenia sobre mis rodillas: ¡oh! ¡sí, sí! ¡tú eres mi hija: mi hermosa hija; mi preciosa rosa blanca!
Y abrazaba las rodillas de Bekralbayda que se retiraba constantemente de ella.
--¡Esa muger está loca! dijo Bekralbayda.
--¡Oh! sí, sí, dijo Wadah, he estado loca por tí, hija mia; porque te lloraba muerta: pero he vuelto á encontrarte y ya no estoy loca, no... ¿no es verdad que no estoy loca Leila-Radhyah? ¿no es verdad? díselo tú, díselo, dile que es mi hija... no te vengues de mí porque te maté... yo te maté porque creí que habias matado á mi hija... ¡perdóname! ¡perdóname! ¿qué hubieras tú hecho con la muger que hubiera matado á tu hija?
--Tú no me mataste Wadah: el Dios Unico y Misericordioso no quiso que yo muriese: yo he vivido para ser la madre de tu hija.
--¡Ah! esclamó Wadah levantándose y pasándose ambas manos por la frente como si hubiera pretendido arrancar de su cabeza una vision de sangre; ¿con que no eres un espectro? ¿con que eres tú... tú... la amante de Al-Hhamar viva delante de mí? ¿con que lo que sucedió aquella noche fué un horrible sueño?
--Sueño que ha durado diez y siete años, dijo profundamente Leila-Radhyah; pero yo no sé vengarme, sultana: vete, vete, has querido matar á tu hija sin conocerla, y yo he impedido ese crímen.
--¡Mi hija! esclamó Wadah y lanzó una horrible carcajada: ¡mi hija amante de mi esposo! ¡ah! ¡ah!
Wadah volvia a su locura.
--¡Mi madre! esclamó Bekralbayda volviendo de su sorpresa, ¡es mi madre!
--Sí, tu madre es, dijo Leila-Radhyah.
--¡Y es hijo suyo el príncipe Mohammet! esclamó con espanto Bekralbayda.
--No, dijo el rey Nazar entrando en la cámara: el príncipe Mohammet es hijo de Sobeya mi primera esposa.
--¡Nazar! ¡Nazar! ¡perdóname! ¡perdóname! esclamó Wadah, que tornó por un fenómeno del sentimiento á la razon: perdóname Nazar: yo te engañé; pero yo te amaba... estaba loca por tí... yo te encubrí mi historia, yo te oculté la existencia de la hija de mis entrañas.
--Esto ha sido un sueño, un sueño sombrío, dijo Al-Hhamar.
--¡Un sueño!
--¡Sí! yo no te he conocido Wadah: tú no has existido para mí, vete.
--¡Me arrojas, me arrojas de tí como una esclava! esclamó llorando Wadah.
--No, no te arrojo, dijo el rey Nazar: vivirás en mi alcázar, te servirán esclavos, pero no me volverás á ver.
--¡Oh! ¡no!.. ¡rechazada por mi hija, rechazada por tí... sola y desesperada!.. ¡no... no... Nazar! ¡yo no puedo vivir así!
--Yo soy la que debe desaparecer, dijo Leila Radhyah: quedaos vosotros y sed felices.
--El embajador que ha de anunciar á tu padre que eres sultana de Granada ha partido ya, dijo Nazar.
--¡Sultana de Granada tú, Leila Radhyah! esclamó en el colmo del dolor Wadah; sí, sí, sélo en buen hora, pero yo no lo veré.
Y antes de que ninguno de los que la acompañaba pudiera evitarlo ni impedirlo, apuró el contenido del pomo de oro.
--¡Qué has hecho! esclamó horrorizado el rey Nazar.
--¡Morir! contestó Wadah, arrojándose sobre el divan y cubriéndose el rostro con las manos.
--Esta es la justicia de Dios, dijo una voz sonora á la puerta de la cámara.
Era la voz de Yshac-el-Rumi que entró.
--¡Ah! vienes á tiempo, esclamó el rey: tú eres sábio, tú eres astrólogo: tú encontrarás un medio de salvar á esa desdichada.
--Mira, sultan Nazar, dijo Yshac-el-Rumi, apartando las manos de Wadah de su semblante que estaba pálido é inmóvil.
--¡Muerta! esclamó el rey Nazar.
--Sí, muerta: era necesario que fuesen vengados Leila-Radhyah y Daniel el Bokarí.
--¿Y has sido tú?
--Sí, yo he sido el brazo de la justicia de Dios.
--¡Y tú, tú acaso tambien!... esclamó el rey mirando con ansiedad á Leila-Radhyah.
--¡Oh! ¡no! esclamó horrorizada Leila-Radhyah: ¡yo no se asesinar!
--He sido yo, dijo Yshac-el-Rumi, y salió lentamente de la cámara.
El rey Nazar huyó de ella.
Leila-Radhyah levantó á Bekralbayda y se la llevó consigo.
El cadáver de Wadah quedó allí solo y abandonado.
IV.
EN QUE YSHAC-EL-RUMI HACE PENSAR AL REY NAZAR.
Pasaron algunos dias.
Wadah habia sido enterrada con toda la pompa que corresponde á una sultana.
La córte del rey Nazar llevó luto.
El mismo dia en que se sepultó á Wadah, apareció en un palo en la plaza de Raab-Abayda en el Albaicin la cabeza del alcaide de los eunucos.
El rey habia llamado á Yshac, y Yshac se le habia presentado.
--Toma mi cabeza, señor, si te place, le dijo: yo he hecho lo que he debido hacer: he cumplido la última voluntad de Daniel-el-Bokarí: le he vengado de esa infame Wadah, he casado su hija con tu hijo; porque tú los casarás sultan, y te he obligado á construir, por tu amor á Bekralbayda, el Palacio-de-Rubíes: además de eso te he devuelto tu amada Leila-Radhyah.
--¿Y si yo hubiese sido amante de la amante de mi hijo? esclamó severamente el rey.
--Yo sabia que Bekralbayda no podia amarte; que no seria tuya sino por la violencia, y que tú eras demasiado noble y grande, para valerte de la violencia contra una débil muger.
--¿Pero si me hubiere enloquecido el amor?
--Yo te he seguido como tu sombra: en el momento preciso yo me hubiera puesto entre tí y Bekralbayda y te hubiera dicho: es la esposa de tu hijo: es la hija de tu esposa.
--¿Y por qué antes no me lo has revelado todo?
--¿Ha podido Wadah concluir de una manera mas justiciera y en que menos parte hubieras tú podido tener en su muerte?
El rey se puso á pasear lentamente por su cámara.
--Has jugado imprudentemente con el leon, dijo.
--Toma mi cabeza, señor, en buen hora: pero tómala despues que yo haya visto á Bekralbayda esposa de tu hijo: á Leila-Radhyah esposa tuya.
--Tu cabeza me hace suma falta, dijo el rey alzando á Yshac que se habia prosternado á sus pies.
--No en vano te llaman los tuyos el justo y el magnífico; esclamó Yshac.
--No se, no se, si soy bastante justo dejando de castigarte: pero á tí debe mi hijo una esposa noble, pura, digna de él: á tí debe mi Granada, el alcázar que construyo, y yo en fin te debo el amor de mi alma: la muger á quien nunca debí haber abandonado, la hermosa sultana Leila-Radhyah. No me atrevo, pues, á tocar á tu cabeza.
--Tú eres grande y justo, repitió Yshac.
--Mañana dijo el rey, se harán en el alcázar dos bodas; consulta las estrellas, Yshac.
--Las estrellas son mudas, dijo el anciano.
--¡Mudas! sin embargo, tú me has hablado en nombre de ellas.
--Me preguntaba tu supersticion.
--¿Es decir que la astrología es mentira?
--Pregunta á un astrólogo cuando vá á morir.
--Tú me has contado cosas maravillosas.
--Era necesario usar contigo de todos los medios para llegar al punto donde hemos llegado.
--Me has contado la historia maravillosa del rey Abuz-Aben-Huz el sábio.
--Ha sido un cuento inventado por mí.
--¿Y el buho, ese terrible buho que me persigue?
--En Granada hay muchas torres, y en sus mechinales anidan muchos buhos: es muy fácil encontrar de noche esas alimañas.
--¿Con que es decir, que la ciencia es mentira?
--Sí; la ciencia, que quiere soberbia y vana sobreponerse á la voluntad de Dios, que ha querido que el hombre no conozca mas que lo que pueda conocer, es una mentira y un pecado.
--¡Seria necesario, pues, castigar á los astrólogos!
--No seria prudente, porque el vulgo los cree inspirados por Dios, y te demandarian de impiedad.
--Déjame solo, dijo el rey que se habia quedado profundamente pensativo.
Yshac salió.
El rey continuó paseándose por su cámara.
--¡Con que la ciencia de lo infinito es una mentira! ¡con que solo Dios conoce lo oculto! esclamó el rey: y sin embargo, nos dejamos arrastrar por las imágenes de la astrología; ¡con que es decir que el hombre camina á tientas por un sendero de tinieblas al borde de un abismo, y solo la virtud puede servirle de guia segura é impedirle que caiga! No sé qué pensar de ese Yshac: su mirada erraba sombría cuando hablaba conmigo; parecia poseido de una tristeza profunda y de una aguda desesperacion. Y sin embargo, no se por qué desconfio de él: hasta ahora no me ha hecho mas que bien.
El rey siguió paseando.
De repente se detuvo y llamó á su wacir.
Presentóse el anciano.
--Irás á las habitaciones de la sultana Bekralbayda.
--Iré señor.
--La dirás que tú, sabiendo que ama al príncipe Mohammet, quieres conducirla á su prision.
--¿Y la conduciré?
--Sí; esta noche.
--¿Y cuánto tiempo permanecerá allí la sultana?
--Déjalos solos y avísame.
El wacir se inclinó y salió.
El rey Nazar atravesó algunas cámaras, llegó á una puerta y la abrió.
Una muger se arrojó en sus brazos.
Aquella muger era Leila-Radhyah.
V.
CELOS Y MISTERIO.
Era la media noche.
El príncipe Mohammet velaba en su alto calabozo de la torre del Gallo de viento.
La veleta rechinaba.
Sin embargo, la lanza del caballero no se fijaba en ningun punto.
El príncipe, para entretener su tristeza, leia los amores del poeta cordobés, Abu-Amar, que tenian mucha semejanza con los suyos.
De tiempo en tiempo se asomaba á una ventana y miraba á un ángulo del patio á un ajimez donde se veia el reflejo de una luz y delante de aquel reflejo una sombra de muger.
Pero una de las veces que el príncipe miró á aquel ajimez, le encontró oscuro.
Pasó algun tiempo, y el ajimez permaneció abandonado.
Al fin, vió luz en la galería inferior y aparecieron una muger que iba enteramente cubierta con un velo, acompañada de un anciano que la alumbraba con una lámpara.
A pesar de ir tan cuidadosamente encubierta la dama, el príncipe la reconoció.
--¿A dónde irá á estas horas y acompañada de un viejo Bekralbayda? esclamó con celos y con rabia.
La muger y el viejo atravesaron el patio y desaparecieron por otra parte de la galería.
El príncipe continuó abstraido en la ventana.
Poco despues se oyó un ligero ruido en la escalera de la torre.
Luego la llave de los cerrojos de la compuerta.
Al cabo la compuerta se alzó, y apareció una muger.
Volvió á caer la compuerta y la muger quedó sola é inmóvil aunque estremecida delante del príncipe.
El príncipe creyó reconocerla de nuevo y la arrancó el velo.
No se habia engañado.
Era Bekralbayda, pero de luto.
A causa de la sencillez de su trage, estaba mas hermosa.
El príncipe fué á arrojarse en sus brazos.
--Detente, dijo ella, la desgracia nos separa.
--¡La desgracia! esclamó el príncipe.
--Sí; tu padre no consiente en nuestra union.
--¡Ah! esclamó el príncipe; me habia olvidado, es verdad.
--Y... ¿qué es verdad?
--Tú no puedes ser mi esposa, porque...
--¿Por qué?
--Yo te he visto perderte con mi padre en los bosques de los jardines.
--¿Y has creido acaso?
--Yo sé que mi padre te ama.
--Sí, es verdad; el rey Nazar me ama.
--Cúmplase la voluntad de Dios.
--Pero yo no he sido del rey Nazar.
--¡Ah! ¡tú me engañas!
--Dios no ha permitido que yo sea del rey Nazar, porque no ha querido que se cometan dos crímenes.
--¡Dos crímenes!
--Yo hubiera muerto de vergüenza y dolor si el rey Nazar me hubiera hecho suya por la violencia; y el rey Nazar haciéndome suya hubiera cometido un incesto.
--¡Un incesto!
--Sí, ¿no vés mi luto?
--¡Ese luto!
--Este luto es por mi madre.
--¡Por tu madre! ¿y quién es tu madre?
--La sultana Wadah.
--¡La sultana Wadah! ¡la esposa de mi padre!
--Sí.
--¿Eres acaso mi hermana?
--No: Dios no lo ha querido.
--¿Pero si eres hija de la sultana Wadah...?
--Yo habia nacido antes de que el rey Nazar conociese á mi madre.
--¡Ah! ¿y sabe el rey mi padre que tú eres hija de su esposa?
--Sí.
--¡Ah! de modo que...
--Sí... sí... el rey Nazar no me perseguirá mas; pero...
--Te encerrará, te guardará, tendrá celos...
--¿Tendrá celos de tí?
--¡De mí! ¡Dios mio! yo sabia que mi padre te amaba, y aunque en los primeros momentos he tenido celos, despues estos celos me han horrorizado: mi padre es mi señor, yo soy su hijo y su siervo: él puede hacer de mí y de lo mio lo que mejor quiera: yo no puedo dejar de amarle y respetarle.
--Por lo mismo, Mohammet, yo he aprovechado la buena voluntad de un wacir de tu padre que se ha brindado á traerme aquí.
--¿Y para qué vienes?
--Para decirte que es necesario que me olvides.
--¿Me olvidarás tú?
--¡Ah! esclamó Bekralbayda.
Y se echó á llorar.
--Tu padre te tiene preso por mi amor: añadió la jóven.
--Mi padre me matará quitándome tu amor: esclamó el príncipe.
--Hemos nacido muy desgraciados.
--Que se cumpla la voluntad de Dios.
En aquel momento se oyeron en las escaleras pasos de muchos hombres armados.
--¡Oh! ¡Dios poderoso! esclamó el príncipe, viene gente á mi prision y es necesario que te ocultes.
--¡Que me oculte! ¿y dónde?
--¡Ah! es verdad, esclamó con desesperacion Mohammet, cúbrete con tu velo.
Bekralbayda se cubrió precipitadamente.
Poco despues se oyeron los cerrojos de la compuerta que se abrió.
Apareció un walí, que se prosternó ante el príncipe.
--¿Qué quereis? le dijo este.
--El poderoso y magnífico sultan tu padre me manda llevarte á su presencia con las personas que se encuentren contigo.
--¿Lo manda así el sultan?
--Así lo manda.
El príncipe se encaminó á las escaleras y las bajó resueltamente.
Bekralbayda le siguió.
Tras él iban el walí y los soldados silenciosos.
Cuando estuvieron en la parte del alcázar habitada por el sultan Nazar, el walí abrió la puerta de una cámara donde dejó solos al príncipe y á Bekralbayda.
VI.
MISTERIOS.
Aquella cámara era de las mas bellas del palacio del Gallo de viento.
Un ancho divan de seda y una lámpara velada convidaban al reposo.
Búcaros de flores se veian por todas partes.
Braserillos de oro quemaban deliciosos perfumes.
A lo lejos, entre el silencio, se oia una guzla á cuyo son cantaba una voz de muger una cancion de amores.
El príncipe y Bekralbayda estaban de pié en medio de la cámara.
Esperaban.
Pero pasó el tiempo... mucho tiempo y nadie apareció.
Bekralbayda se sentó, al fin cansada, en el divan.
El príncipe fué á apoyarse en silencio en el alfeizar de un ajimez.
No se atrevian á acercarse ni á hablarse por temor de ser oidos y escuchados.
Pasó la noche y llegó el alba.
El príncipe oyó el ruido de los añafiles y de las atakebiras que despertaban á los soldados del rey Nazar.
Poco despues vió pasar bajo el ajimez caballos magníficamente enjaezados, esclavos deslumbrantemente vestidos, banderas y soldados.
--¿Qué fiesta irá á celebrarse hoy? pensaba el príncipe al ver todo aquello.
Bekralbayda, que no habia dormido, oia tambien todo aquel tráfago y se maravillaba.
De repente se abrió la puerta de la izquierda de la cámara y apareció el nuevo alcaide de los eunucos.
--Poderosa sultana, dijo prosternándose ante Bekralbayda, ven si quieres á que tus esclavas engalanen tu hermosura.
--¿Lo manda el sultan?
--El esclarecido y magnífico sultan Nazar quiere que arrojes de tí la tristeza, luz de los cielos.
--Cúmplase la voluntad del señor: dijo Bekralbayda y se levantó y siguió al alcaide de los eunucos.
El príncipe vió salir á Bekralbayda con inquietud.
En aquel punto se abrió la puerta de la derecha y apareció el alcaide de los esclavos de palacio.
--Poderoso príncipe y señor, dijo prosternándose, ven si te place á que tus esclavos te cubran de las vestiduras reales.
El príncipe salió.
La cámara quedó desierta.
Fuera crecia á cada momento el ruido de las gentes de armas, de las pisadas de los caballos, y del toque de añafiles y timbales.
Asomaba por el oriente un sol esplendoroso y todo anunciaba un gran dia.
VII.
EL PERGAMINO SELLADO.
Aun no habia acabado de levantarse el sol sobre la cumbre del Veleta, cuando el rey Nazar departia mano á mano con Yshac-el-Rumi.
--Estoy satisfecho de ellos, le decia, y soy feliz.
--¡Ah señor! tú has nacido para la gloria y para la fortuna: esclamó Yshac tristemente.
--¿Paréceme que te pesa de mi felicidad? dijo con recelo el rey.
--¡Ah! no, no señor: es que soy tan desgraciado que la alegría me entristece, y hoy hasta el dia es alegre.
Hubo un momento de silencio:
--Pero esto no importa, continuó Yshac; lo que yo queria lo he conseguido, Leila-Radhyah y Bekralbayda son felices; ¿qué mas puedo yo desear?
--A propósito, es necesario que vayas á traer á Bekralbayda; el camino es por aquí.
Y el rey abrió una puerta secreta.
Cuando salia Yshac, entraba por otra puerta una muger magnífica y resplandeciente: era Leila-Radhyah.
--¡Ah! ¡luz de mis ojos! esclamó el rey: al fin luce para nosotros el dia de la felicidad.
--Y para nuestros hijos tambien.
--¡Oh! ¡y cuán lejos está de sospechar su ventura mi hijo!
--¡Y cuán digno es de ser feliz! ¡pobre niño! tres meses encerrado con su amor y su desesperacion en aquella torre.
--Eso le hará mas querido á su esposa, y le enseñará á respetar mas mis órdenes; pero ve, ve tú por él, vida de mi vida: quiero que tú seas quien me le traiga á mis pies para que le perdone.
Leila-Radhyah sonrió de una manera enloquecedora, lanzó un relámpago de amor de sus negros ojos al rey, y desapareció por una puerta.
Al-Hhamar el magnífico, sacó entonces de un arca un pliego cerrado y le puso en una bandeja de oro sobre una mesa.
Pasó algun tiempo, y al fin aparecieron por dos puertas distintas Leila-Radhyah, trayendo de la mano al príncipe Mohammet; Yshac-el-Rumi, llevando del mismo modo á Bekralbayda.
Al verse los dos jóvenes delante del rey, palidecieron y temblaron.
No sabian lo que iba á ser de ellos.
El rey adelantó hácia Bekralbayda, la besó en la frente, la asió de la mano y la llevó hasta su hijo, á quien abrazó.
--Tú amas á Bekralbayda, dijo el rey Nazar al príncipe Mohammet.
El príncipe bajó los ojos, creció su palidez y mirando al fin á su padre con temor le dijo con acento trémulo:
--Tanto la amo, que por ella he provocado tu enojo, señor.
--Y tú, tú tambien amas al príncipe mi hijo, Bekralbayda.
--El destino ha querido que sea suya mi alma, contestó Bekralbayda.
--Tú, dijo el rey Nazar dirigiéndose á su hijo, has tenido celos de tu padre.
--¡Ah señor! murmuró el príncipe.
--Y tú, añadió el rey, volviéndose á Bekralbayda te has creido amada por mí.
Bekralbayda calló.
--Es verdad dijo el rey que yo he buscado tus amores.
Leila-Radhyah palideció intensamente al oir esta confesion del rey y dió un paso hácia adelante.
--Pero antes de pedirte amores, continuó el rey Nazar, escribí lo que se contiene en ese pergamino que está cerrado sobre esa bandeja y sellado con mi sello. Tú Bekralbayda escribiste tu nombre sobre el pergamino cerrado ¿le conoces?
El rey tomó el pergamino y le mostró á Bekralbayda.
--Sí señor, dijo la jóven, este es el pergamino que tú escribiste la primera vez que hablaste conmigo, que cerraste y sobre el cual me mandaste escribir mi nombre.
--¿Recuerdas esta circunstancia, Yshac-el-Rumi? añadió el rey volviéndose al viejo.
--Sí señor, dijo este, tú escribiste ese pergamino y le sellaste y mandaste que pusiese sobre él su nombre á Bekralbayda, la primera vez que hablaste con ella.
--Rompe el sello de ese pergamino, Bekralbayda, desenróllale y léele en alta voz.
La jóven obedeció, desenrolló el pergamino y leyó con voz trémula lo siguiente:
«He conocido una doncella blanca de ojos negros.
Es hermosa como las huríes que el Señor promete á sus escogidos, y pura como la violeta que se esconde entre el cesped á la márgen de los arroyos.
Mi hijo primogénito, el príncipe Mohammet Abd-Allah, mi sucesor y mi compañero en el gobierno de mis reinos, la conoce tambien y la ama.
Por ella ha desobedecido mis órdenes, ha dejado abandonadas en el castillo de Alhama mi bandera y mis gentes de guerra, y se ha venido á Granada enloquecido de amor.
Yo debo castigar al príncipe y le castigaré.
Pero yo tambien debo hacer su felicidad y procuraré hacerla.
Ama con toda su alma á Bekralbayda.
Bekralbayda será esposa de mi hijo si es digna de su amor.
Yo rodearé á Bekralbayda de cuantas seducciones pueden enloquecer á una muger.
Me fingiré enamorado de ella.
La ofreceré mis tesoros, y si esto no bastare, la ofreceré mi trono.
Si resistiere á esto, procuraré aterrarla.
Si Bekralbayda no resiste á la ambicion, la alejaré de mi hijo.
Porque una muger que ama, y que ha pertenecido á otro hombre debe despreciarlo todo por el hombre de su amor.
Si resistiere á la ambicion y sucumbiere al miedo, la apartaré tambien de mi hijo, porque una muger que ama, debe morir antes que ofender al hombre de su amor.
»Pero si Bekralbayda conservare la fé que ha jurado al príncipe mi hijo, á pesar de mis dádivas, de mis promesas y de mis amenazas, será esposa del príncipe, porque será digna de él.
Yo por mí mismo pondré á prueba la virtud de Bekralbayda, porque tratándose de la felicidad de mi hijo, de nadie me fio mas que de mí mismo.
Despues de haber adoptado esta resolucion he escrito esta gacela, que enrollaré y sellaré, y sobre la cual pondrá Bekralbayda su nombre.
De este modo, ya la entregue á mi hijo, ya la separe de él, podré hacerla comprender cuáles han sido mis intenciones al pedirla amores, y no podrá dudar de mi nobleza y de mi fé como caballero y como rey.»
Bekralbayda habia leido lentamente y con acento trémulo este escrito; durante su lectura el corazon del príncipe y de la sultana Leila-Radhyah habian latido violentamente.
--Ya lo habeis oido, dijo el rey: necesitaba saber si Bekralbayda era digna de mi hijo, y la he sujetado á grandes pruebas: Bekralbayda ha salido de ellas victoriosa: Bekralbayda es la esposa de mi hijo.
Y asiendo á la jóven de la mano, la arrojó en los brazos del príncipe.
Los dos jóvenes se arrojaron á los pies del rey Nazar, llorando de alegría.
Leila-Radhyah lloraba tambien.
Yshac-el-Rumi, estaba pálido, trémulo, con la vista fija en el suelo.
En aquel momento resonó fuera una alegre música, y luego alto alarido de trompetas y ronco doblar de timbales y atambores.
--Ha llegado la hora, dijo el rey Nazar: hoy serán las bodas del sultan de Granada con la noble y hermosa sultana Leila-Radhyah, y las de su hijo el príncipe Mohammet, con el sol de los soles la sultana Bekralbayda.
Y asiendo de la mano á Leila-Radhyah, salió de la cámara, seguido de su hijo y de Bekralbayda, á los que seguia con paso lento y á alguna distancia con la cabeza inclinada Yshac-el-Rumi, que murmuraba en acento ininteligible:
--¡Todos son felices! ¡todos menos yo!
VIII.
EN QUE SE DA FIN Á ESTA MARAVILLOSA HISTORIA.
Y hubo aquella noche zambra en el alcázar en celebridad de aquellas dobles bodas, y durante ocho dias justas, sortijas, toros y cañas en Bibarrambla.
Se dieron cuantiosas limosnas á los pobres, y se pusieron en libertad centenares de cautivos.
Todo el mundo estaba alegre.
Granada disfrutaba de una paz inalterable bajo el justo y sábio dominio del sultan Nazar; crecia en comercio y en industria, y por lo tanto en riqueza, y en aquellas alegres y felices bodas veian los súbditos de Al-Hhamar el augurio de nuevas prosperidades.
Solo un hombre asistió triste y silencioso á aquellas bodas, á pesar de que el rey le habia honrado y favorecido nombrándole wacir y concediéndole grandes mercedes.
Aquel hombre era Yshac-el-Rumi.
Terminadas las fiestas, Yshac desapareció sin despedirse del rey ni de Leila-Radhyah, ni del príncipe ni de Bekralbayda.
En vano el rey movido de piedad, porque creia comprender la causa de la desaparicion de Yshac, ofreció una fuerte cantidad al que le encontrase.
Nadie supo lo que habia sido de él.
* * * * *
Entretanto la construccion del Palacio-de-Rubíes continuaba.
Nazar le habia dado su nombre.
Aquel alcázar que prometia ser maravilloso, se llamaba la Alhambra[40].
Al-Hhamar habia terminado la Alcazaba que mira al occidente, donde se levantan aún la torre de la Vela, la del Homenage y los Adarves; la plaza de las Cisternas, colocadas entre el muro interno de la Alcazaba y la fachada principal del alcázar, y toda la parte de este, desde la plaza de las Cisternas (hoy de los Algibes) hasta la torre de las Siete Bóvedas, y la de las Infantas; lo restante del recinto crecia: levantábanse ya sobre la ladera del monte los muros de Djene-al-Arife[41], mas arriba los del castillo de la Silla del Moro, mas allá, en el cerro del Sol, los del palacio de los Alijares, y por último, sobre la colina de Al-Bunets (hoy de los Mártires), crecian los muros del recinto de las Torres Bermejas.
Pero Al-Hhamar no pudo ver terminado su alcázar; solo habia visto parte de él: la torre del Juicio; la parte en que hoy se alza el palacio del emperador Cárlos V; la gran mezquita en cuyo mirab habia ocho columnas con capiteles de oro, en cuyo lugar se levanta hoy la iglesia de Santa María; la mezquita del palacio que aun se conserva; el patio del Mexuar ó del Consejo (hoy del Estanque ó de los Arrayanes); la sala de Comares y el Mirador de la sultana.
Los demás retretes, cámaras, patios, jardines y departamentos estaban únicamente comenzados, trazados, preparados, pero en embrion.
Sus nietos debian terminar aquella maravilla.
Su hijo, su nieto y su biznieto continuaron lentamente su construccion.
Su tercer nieto Ismail Abul-Walid concluyó el delicioso palacio del Generalife; por último, su cuarto nieto Juzef-Abul-Hhedjadj, vió al fin completo aquel acrópolo inmenso que cubria cuatro montes, compuesto por la Alhambra, por el Generalife, por el palacio de la Silla del moro, por el de los Alijares y por las Torres Bermejas.
* * * * *
Por el año de la Hegira 650, durante la luna de Xawan, unos labradores trajeron al rey Nazar, que ya contaba sesenta años, una caja de lata cerrada, sobre la cual se leia.
«Solo el poderoso sultan Nazar ó su hijo, si ha muerto, cuando se encuentre esta caja deben ver, so pena de traicion de quien la encuentre, lo que en ella se contiene.»
Aquella caja se habia encontrado en lo profundo de una gruta del rio Darro, cuya entrada correspondia á un ensanchamiento en que habia un remanso, entre las ropas podridas de un esqueleto humano.
El rey Nazar mandó abrir aquella caja, y dentro se encontró un pergamino muy bien conservado, en que se leia lo siguiente:
«Yo amaba con toda mi alma á la sultana Leila-Radhyah.
Pero jamás conoció esta mi amor.
Leila-Radhyah amaba á un poderoso rey.
Yo la vengué de su enemiga, cuya sombra lívida acompaña á mi espíritu condenado, y la entregué al rey á quien amaba y la hice dichosa.
He cumplido la última voluntad de Daniel-el-Bokarí: su hija será sultana y el Palacio-de-Rubíes se levantará sobre cuatro montes.
Pero no he podido sobrevivir á mis celos.
No he podido ver á Leila-Radhyah entre los brazos de otro hombre.
He preferido la muerte, y un tósigo me ha abierto las puertas de la region de las sombras.
Para que se sepa cuánto he amado á Leila-Radhyah, y cuánto he sufrido por ella; para que se sepa hasta qué punto me he sacrificado por cumplir el último y ardiente deseo de mi único amigo, dejo escrito este pergamino que algun dia se encontrará sobre mi cadáver.==Yshac-el-Rumi.»
El rey se enjugó una lágrima y mandó poner en un sepulcro de mármol los restos de Yshac-el-Rumi con esta inscripcion.
«En el nombre de Dios piadoso y misericordioso: el sultan Nazar á los restos del mártir del amor y de la amistad. Que Dios, el Altísimo y Unico tenga compasion de su alma.»
* * * * *
* * * * *
El Mirador de la sultana permaneció cerrado y deshabitado mientras vivieron los que tenian memoria de la desastrosa muerte que habia sobrevenido en él á la terrible sultana Wadah.
Hay quien cree que durante las oscuras noches de tormenta se ven vagar dos sombras blancas y diáfanas que exhalan de sí una claridad ténue, mate y pálida, por las galerías del Mirador de la sultana, precedidas de un buho que vuela lentamente en derredor de las columnas.
¿Serán las sombras de la sultana Wadah y de Yshac-el-Rumi? ¿de la víctima y del verdugo?
¿Será aquel buho Abu-al-Abu?
¿Será, en fin, todo esto una ilusion causada por una tradicion romancesca?
Nosotros, sin embargo, conociendo la tradicion hemos entrado algunas noches en las galerías del Mirador de la sultana, cuando la tempestad rugia en el espacio: ninguna sombra, ningun buho hemos visto, mas que las blancas columnas que aparecian un momento á la fugitiva luz del relámpago.
¿Será acaso que la tradicion haya mentido, ó que al coronar la cruz, las cúpulas de la Alhambra, hayan desaparecido de ella fantasmas y encantamentos, quedando solo y abandonado el Mirador de la sultana?
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LEYENDA III.
EL ALMA DE LA CISTERNA.
Nos hemos propuesto relatar á nuestros lectores todas las maravillosas leyendas de las tradiciones árabes de la Alhambra.
Revolviendo un dia unos antiguos papeles encontrados en un desvan en una casa del Albaicin, hallamos uno que se decia traslado del arábigo al romance, de una historia árabe en que se esplicaba la causa por qué de tiempo en tiempo durante la noche, solia oirse un tristísimo suspiro saliendo por los brocales de los algibes de la Alhambra y muy semejante al gemido de un espíritu condenado.
La traduccion, aunque pesada y hecha bajo el mal gusto literario de la mayor parte de los prosistas españoles del siglo XVII, es tan bella en el fondo, tiene tal sabor oriental, que no hemos podido resistir al deseo de intercalarla entre las leyendas tradicionales é históricas referentes á la Alhambra.
Es un asunto fantástico; en él figuran hadas, conjuros y encantamentos, y aunque es un tanto embrollado y oscuro nosotros hemos procurado darle claridad.
Este cuento ha sido inspirado sin duda á algun poeta moro por la Alhambra, porque los árabes siempre buscan á las cosas que les impresionan por bellas ó por terribles un orígen maravilloso.
Antes de empezar á trascribir el cuento que llamaremos El alma de la cisterna, debemos describir esta cisterna que aun existe hoy con el nombre de los Algibes de la Alhambra.
Son estensísimos, como que ocupan todo el terreno comprendido entre la Alcazaba, y el lugar donde empezaban los muros de la fachada del alcázar, en un espacio como de cien pasos de anchura y trescientos poco mas ó menos de longitud.
Se componen de dos arcadas sostenidas en el centro por dos hileras de pilares, y se baja á ellos por dos escaleras situadas á sus dos estremos.
Junto á la escalera del estremo que mira al Albaicin están los dos anchos brocales por donde se saca el agua.
El techo es muy elevado y el muro interior por la continuacion del contacto del agua durante centenares de años, está cubierto de un fuerte revestimento de risco.
Conocidos los algibes, veamos la tradicion árabe fantástica que los supone habitados por un espíritu maldito.
* * * * *
En los primeros tiempos de la Hegira, cuando Mahoma estendió el conocimiento del Dios Altísimo y Unico entre su pueblo, el cielo de Granada no era tan resplandeciente, ni su tierra tan fértil como ahora; su cielo era de color de plomo, cargado continuamente de oscuros nublados; en sus vastos eriales solo crecia el espino y el cardo silvestre, y en las altas y peladas crestas de sus sierras, jamás se vió blanco manto de nieve, ni corrió por sus vertientes raudal fecundador: era una tierra muerta, azotada por furiosos huracanes y el fuego de Dios brotaba por entre las anchas grietas de sus montañas volcánicas.
Pasaban sobre ella, forzando su vuelo, las viajeras golondrinas que huyendo del invierno se lanzaban de Gecira-Alandalus[42] á las costas de Africa, y nadie la habitaba, sino los moradores de Gebel-Elveira[43], que sufrian la esterilidad de la tierra y la tiranía de los godos, y habitábanla solo acaso porque el poderoso Allah ha dispuesto que no haya tierra sobre la que no fije el hombre la huella de su planta.
Tierra de muerte era para las razas dominadoras de Gecira-Alandalus, y la sangre de las batallas habia enrogecido muchas veces sus secos campos y sus peladas crestas.
Y nunca el caliente aire del estío habia oreado en ella las espigas de las mieses, ni las auras de la primavera habian volado entre la blanca y aromática flor de sus almendros.
Por aquellos tiempos existia ya la vieja torre, que se levanta hoy en el estremo occidental de la Colina Roja[44] y delante de ella una profunda cisterna construida por los romanos.
Es tradicion que salian de la cisterna profundos gemidos, que bramaba en su seno haciendo retemblar la tierra un viento impetuoso, y que todas las noches salian de las oscuras bocas de aquel infierno, sombras medrosas que vagaban sobre la colina, y danzaban y flotaban en los aires bajo el rayo sombrío de una luna sangrienta, dejando oir tristes cantos de amor desesperado, y largos y profundos gemidos.
Nunca tornó á su tienda ó á su hogar cazador imprudente ni errante peregrino, que durante las sombras se atreviese á poner su planta sobre la Colina Roja, ni nadie, durante las horas mas claras del dia, asomó la frente á cualquiera de los profundos brocales de la cisterna sin que fuese tragado por él.
Y desaparecieron ginetes y guerreros, y damas y doncellas, y poderosos señores y ruines esclavos, y llegó á inspirar tal horror la cisterna maldita, que ningun mortal, ave ó fiera, se aventuró á pasar junto á ella sino á la distancia de una legua á la redonda.
Cuentan antiguas historias, que por los tiempos en que los romanos dominaban á Gecira-Alandalus, esta tierra era tan rica de fuentes y de verdor como ahora, sombrios bosques cubrian su tierra, y las amantes palomas anidaban en las grietas de las rocas sobre los frescos manantiales.
Y la ciudad, tendida hoy allá á lo lejos en ruinas sobre la peñascosa Gebel-Elveira, era rica y floreciente y venian á ella gentes de todas las naciones y la enriquecian dejándola su oro á trueque de sus mercaderías.
Y entre los estranjeros vino un hombre mago, y corrió la tierra, y fundó la torre que aun hoy existe en la parte occidental de la Colina Roja, y la cisterna para proveerla de agua, valiéndose de la alquimia para pagar á los alarifes romanos que construyeron la cisterna y la torre; y en lo mas alto de la torre labró un aposento hecho con tal virtud, que á través de una abertura de su bóveda, se veian de dia claro las estrellas.
Desde entonces empezó á decaer el comercio de Elveira, y sus mugeres, antes puras y honestas, se entregaron á la licencia y al desenfreno, y los hombres faltaron á sus pactos y volvieron unos contra otros sus armas, y la miseria y el hambre les afligieron como un azote de Dios.
El mago causador con sus conjuros de tantos males era un réprobo vendido á Satanás y la tierra sobre la cual habia puesto sus plantas, habia sufrido un terrible castigo.
Y este hombre á quien Satanás habia dado su poder, quiso en su soberbia ser como Dios, y vivir con los tiempos y gozar de cuanto alumbra el sol en la tierra y en los aires, y pensó edificar un palacio mágico, cuya hermosura atrajese á todas las gentes, comparable solo al jardin de Hiram, y en el cual hubiese un pozo de aguas tan milagrosas como las del pozo Zemzem.
--Yo fundaré, dijo, un palacio maravilla de las maravillas, y le enriqueceré con todas las hermosas flores que Dios crió, y regaré estas flores con aguas olorosas; y arderán en el palacio dia y noche aceites aromáticos en lámparas de oro, y sobre sus pavimentos de pórfido pondré alfombras de resplandores, y envolveré sus muros y sus cúpulas en un blanco velo de suaves perfumes, y arrancaré para que le habiten, sus hadas al quinto cielo, y á él vendrán las mugeres mas hermosas del mundo, y sus mesas se cubrirán con los manjares mas esquisitos, y me alhagarán los mas hermosos sueños, y tal será el paraiso que yo haga para mí sobre esta tierra, que me mirarán con envidia los arcángeles del sétimo cielo.
Y el mago encendió sus hornillos, y sacó del jugo de yerbas estrañas filtros poderosos y escribió con ellos sobre pieles de serpiente signos cabalísticos formando terribles conjuros, y evocó á las hadas del quinto cielo, y cuando las vió ante sí, adoró su propio poder, sin alcanzar en su ciencia, ciego por su soberbia, que no hay poder que no venga de Dios, ni obra que no sea obra de su voluntad.
Cuando el mago vió en torno de sí á las hadas, repitió sus conjuros, y el palacio mágico se levantó sobre la Colina Roja, y las hadas fueron á esconderse en sus retretes, en sus jardines, en sus cúpulas y en sus estanques.
Entonces el mago fué á la cisterna que estaba á las puertas del palacio y la conjuró tambien.
Sus aguas se hicieron mágicas, é infiltraban en quien las bebia pensamientos impuros; les hacia olvidarse de su alma por los placeres de su cuerpo, y el mago llegó á ser un ídolo adorado por cuantos atraidos por la fama del palacio maravilloso, venian á la Colina Roja, y abrasados por la sed bebian el agua de la cisterna maldita.
Y así pasaron muchos años hasta la venida de Mohamet-ebn-Abd-Allah[45] á difundir la luz de la verdad y el conocimiento de la ley alcoránica entre el pueblo de Ismael.
Moraba en aquel tiempo en las llanuras del Yemen un Ismaelita, hombre de gran ciencia y virtud.
Bajo su tienda de pelo de camello, encontraba hospitalidad el peregrino, pan el pobre, remedio á sus dolencias el enfermo; la bendicion de Dios era sobre su raza, y sus innumerables rebaños, jamás eran acometidos por las panteras, ni robados por los errantes árabes del Hedjaz.
Nadab, que este era el nombre del justo, no dejaba ningun dia de bendecir á Dios por sus beneficios, y nunca dejó de prosternarse y de adorar su omnipotencia, cuando el sol aparecia tras la alborada, ó cuando se dejaba ver el lucero de la tarde precediendo á la noche.
Y era muger de Nadab, Sarah, y de ella habia tenido una hija única que habia consagrado á Dios, llamándola Yémina[46].
Y Yémina creció y con los años su hermosura llegó á ser maravillosa y á medida que su edad avanzaba era mas y mas lozana su juventud, mas tersa su frente, mas radiantes sus ojos, mas frescas sus megillas y mas húmedos y sonrosados sus lábios.
Nadab, que adoraba á su hija, y empezaba á olvidarse por ella de su adoracion á Dios, dejó de ser pastor nómada, vendió sus rebaños, abandonó las llanuras del Yemen y subió á las montañas del Hedjaz, sobre una de las cuales fabricó un bello palacio, adoptó la religion del Islam para poder ser rey de los pueblos comarcanos y lo fué, vertiendo su oro entre los xeques[47] de las kabilas[48] cercanas.
Hacia esto por Yémina; por ella se habia olvidado de Dios; por ella habia querido ser rey, y lo era para que Yémina fuese princesa.
Y corrió la fama de la hermosura de Yémina, y poderosos reyes de paises lejanos fueron al palacio de su padre á ofrecerla ricos presentes y á demandarla por esposa; pero ella no sentia el amor y rechazaba los presentes y se negaba á las pretensiones.
Y se tornaban los mensageros con los ricos regalos, y Yémina se mostraba cada dia mas jóven, mas hermosa y mas agena al amor.
Nadab llegó, al fin, por el amor de su hija á la idolatría, olvidándose de la ley de Dios, y lo que era peor, despreciándola; adoró á su hija, y levantó en su reino su estátua de oro, ante la cual hizo sacrificar víctimas segun el uso hebreo.
Y su impiedad trajo sobre él la justicia de Dios.
Ofendidos los reyes que habian sufrido la repulsa de Yémina, vinieron con poderosas huestes sobre el reino de aquel hombre, hecho rey por su soberbia y por sus tesoros, le acometieron, le vencieron y solo por permision de Allah, que le tenia reservado para otros fines, pudo salvarse con alguno de los suyos, pobre, disfrazado de pastor, llevando consigo á Yémina sobre un camello.
Y así, curando él enfermedades malignas y diciendo el horóscopo, viviendo de limosna y perseguido siempre do quiera que ponia la planta, atravesó el Africa y llegó al estrecho de Gebal-Tarik donde se vió detenido por el mar, sin medios para embarcarse y espuesto á los rigores de su destino.
En tanto el mago de la Colina Roja, que por sus conjuros, al evocar ante sí á la muger mas hermosa del mundo, habia visto la imágen de Yémina, supo su llegada al otro lado del estrecho y consultó las estrellas.
--Esa muger que es tan pura, tan jóven y tan hermosa, guarda tu destino, le contestaron las estrellas.
El mago las contestó con una impía carcajada.
--¿Acaso tengo yo destino? dijo: el porvenir es mio y será mi voluntad.
--Esa muger, repusieron las estrellas, causará tu destino sino te ama y traerá la esterilidad sobre esta tierra, porque así está escrito. Pero si logras sus amores serás inmortal y será tambien inmortal ella y eterno con vosotros el palacio mágico que has construido.
El mago avivó el fuego de sus hornillos, arrojó en ellos unos polvos mágicos, pronunció un conjuro, y en aquel momento Nadab y su hija fueron trasladados por un poder oculto, mientras dormian, á la Colina Roja.
Al despertar Nadab y su hija se miraron con asombro.
--¿Qué tierra es esta tan fértil y tan hermosa, dijo Nadab: y qué palacio de maravillas el que tenemos ante los ojos?
--Tierra de bendicion es ciertamente, padre mío, dijo Yémina.
--Siento sed y una sed devoradora, dijo Nadab.
--Yo tengo los labios áridos y secos, dijo Yémina.
En aquel momento vieron el agua límpida y trasparente que brotaba por encima de los brocales de la cisterna maldita.
Hija y padre se precipitaron á los brocales y apagaron su sed bebiendo largamente de aquel agua envenenada.
Nadab sintió como todos los que antes que él habian bebido, abrasarse su corazon en un fuego impuro, arder su sangre y dilatarse su ser.
Yémina que no se habia contaminado con el insensato orgullo de su padre, que habia conservado su piedad, su fé en el Dios Altísimo y Unico, y la inmaculada pureza de su alma, bebió tambien, pero protegida por la mano de Dios, aquella agua terrible que hacia olvidarse de sus mas sagrados deberes á los justos y temerosos de Allah, solo sirvió para acrecentar en ella la pureza y la virtud, y para realzar su hermosura harto resplandeciente como la de una hurí.
Cuando el mago la vió ante sus ojos, sintió abrasarse su alma en el fuego eterno, quiso tocar la túnica de Yémina, y sus manos se secaron, quiso hablarla y quedó mudo, quiso anegar sus ojos en su hermosura y cegó.
El mago habia levantado altares á su hermosura y moría esterminado por su mismo deseo.
La sentencia de las estrellas de que se habia burlado el mago, se habia cumplido.
Y á la presencia de Yémina, huyeron las impuras rameras que poblaban el palacio mágico, y desaparecieron los viles esclavos, y las hadas libertadas del encanto volvieron al quinto cielo.
Y el ángel Azrael, tendió sus negras alas sobre el palacio, agitó su espada de fuego, y el palacio se hundió reduciéndose á polvo.
Y las antes claras y engañosas aguas de la cisterna maldita se cambiaron en turbias y cenagosas.
Y el ángel dijo:
--¡Maldito mago, que tu espíritu condenado more desde ahora en la cisterna de las aguas maravillosas, y que solo puedas salir de su infierno durante las tinieblas de la noche!
El espíritu condenado del mago fué á morar en la cisterna, escondido en un oscuro ángulo, y el cielo antes tan diáfano se convirtió en un cielo de color de plomo, y la tierra antes tan fértil en un erial infecundo donde solo brotaban abrojos.
Nadab y Yémina quedaron solos, errantes en medio de una tierra desierta y maldecida por Dios.
Nadab llevando de la mano á su hija atravesó la pedregosa llanura, antes risueña vega, y en vano quiso salir de aquel pais donde sufria el castigo de su impiedad y de su soberbia: llegaba á los distantes valles, á las peladas montañas, pero montañas y valles presentaban para él y para su hija abismos insuperables que detenian su marcha, y les obligaban á tornar al punto de donde habian partido.
Desesperado Nadab y no encontrando otro albergue que la torre situada en la Colina Roja junto á la cisterna maldita, hizo en ella para Yémina una pequeña habitacion, y se dedicó á estudiar en el cielo y en la tierra las virtudes de las yerbas y de los reptiles ponzoñosos.
Y llegó á ser astrólogo estudiando en los libros cabalísticos del mago que habia encontrado en la torre, y conoció las virtudes de todas las yerbas y alcanzó á hacer filtros para matar, para enamorar y para enloquecer.
Si alguna vez un viajero errante ó un cazador estraviado penetraban en aquella tierra, cuya entrada y salida solo eran inaccesibles para Nadab y su hija; si este viajero ó este cazador entraban por acaso en la modesta vivienda de Yémina y veian su hermosura durante la ausencia de Nadab, este, sabedor de ello por sus conjuros, evocaba al desventurado, que enloquecia ó desaparecia tragado por la cisterna maldita.
Y crecia en encantos y en fuerza de juventud Yémina á pesar de que habian pasado muchos años desde el dia de su nacimiento.
Llegó el año 92 de la Hegira.
Reinaba en Damasco sobre las tierras de oriente el califa Walid-ebn-Abd-el-Melik, y era emir de Africa Muzay-ebn-Nosir, caudillo de gran fama, conquistador de Magreb[49] desde las regiones del poniente hasta los desiertos del mediodía, que pasó el estrecho de Al-Zacab ó de las Angosturas[50] realizando el ensueño de Ocba, gran guerrero que veinte y cinco años antes, no teniendo mas tierras que conquistar allende el mar, llegando á su orilla se metió en él con su caballo hasta las cinchas, y dijo:
--¡Oh! ¡Señor Allah! ¡si estas profundas aguas no me detuvieran, yo seguiría para llevar mas adelante el conocimiento de tu ley y santo nombre!
Muza pasó en cien galeotas el estrecho, y su caudillo Tarik taló la Bética, y siguió hollando á los duques godos, arrasando sus castillos e incendiando sus ciudades.
Y no iba solo, como capitan de la hueste, Tarik.
Acompañábale un godo traidor, un conde miserable, que por vengar á una hija deshonrada, vendia la libertad de su patria, abriendo á los árabes la puerta de Gecira-Alandalus.
Aquel conde traidor se llamaba don Julian.
Su hija Florinda.
El hombre que habia deshonrado á su hija, don Rodrigo.
Don Rodrigo era rey de los godos.
Su último rey.
Esperad, esperad: vamos á contaros una leyenda maravillosa.
Despues volveremos á la cisterna maldita.
El destino nos llevará á ella.
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Era don Rodrigo de noble sangre goda.
Antes que don Rodrigo habia reinado Witiza.
Witiza el maldito.
El que hacia sus concubinas á las mugeres y á las hijas de sus vasallos.
El que martirizaba á los sacerdotes que le reprendian por sus vicios; el que desangraba con tributos á sus pueblos para labrar alcázares de oro para sus mancebas.
Pero los nobles se avergonzaron de servir á tal rey y se sublevaron contra él.
Con los nobles se sublevó todo el reino.
Witiza fué vencido y muerto y elegido rey don Rodrigo.
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Pero una vez rey don Rodrigo, dió el torpe ejemplo de los mismos ó mayores vicios que Witiza.
Sórdido y avaro acreció los tributos y no respetó nada.
Se entregó á los placeres, pasó la vida en las orgías sin apercibirse del poder árabe que desde la cercana ribera del Africa amenazaba á su reino ansioso de su conquista, y lo olvidó todo entre los festines y las monterías, sin tener en cuenta que habia subido al trono por la destitucion de Witiza, cuyos vicios y desórdenes continuaba, aumentándolos.
Era ya don Rodrigo hombre anciano, y á pesar de su avanzada edad, habia tomado por esposa á Aylat (Egila) noble doncella, hermosa y prudente; admirábanla sus vasallos, amábanla los mancebos y dolíanse todos, aun los mas adictos al rey, de que aquella hermosa flor, entonces en todo el brillo de su pureza, partiese su alhamí y su divan, con aquel hombre ya caduco, gastado por los escesos de su juventud, en los cuales no habia cesado, y con un pié ya al borde del sepulcro.
Don Oppas, arzobispo de Sevilla, que fué grande amigo del rey Witiza en los tiempos de su prosperidad, era uno de aquellos que creian una gran desdicha para Aylat, su union con don Rodrigo, hombre que por su carácter y por sus ideas no podia menos de hacerla desdichada. Creyó por lo mismo que la noble señora sería sensible al alhago de otros amores, y ansioso de envenenar el corazon de don Rodrigo, rodeó de asechanzas á Aylat, la puso delante hermosos mancebos y tentaciones infernales, y procuró, en fin, por todos los medios herir en el corazon á don Rodrigo.
Pero Aylat, pura y virtuosa, comprendió que su deber era sacrificarse al lado de aquel árbol viejo y corroido sin herirle por el pié, y desesperado don Oppas de vencer la virtud de Aylat, tomó otro camino para herir al rey.
Moraba por entonces en Tanja (Tanger) una raza de árabes hebraizantes venida del Yemen, que desde muchos años atrás moraban en el Magreb; aquella raza sujeta á la dominacion goda en la Mauritania Tingitana, habia sufrido grandes persecuciones desde el tiempo del rey Egica, se habia visto injuriada, despojada de sus haciendas, vendida por esclava, insultada en sus hijas y en sus esposas, y á trocar sus creencias musulmanas por la religion de Cristo.
Era una raza cautiva, llena de ódio, ansiosa de venganza y pronta á tomarla de los godos á la primera ocasion.
Dominando á esta raza estaba de gobernador de los godos en Tanger un hombre nobilísimo.
Llamaban á este hombre el conde don Julian.
Era costumbre entonces, que los que iban á gobernar por el rey tierras distantes y mal seguras, dejasen en la córte sus hijos como en rehenes.
Segun esta costumbre, el conde don Julian tenia en la córte del rey don Rodrigo, en rehenes, pero como doncella de la reina Aylat, á la única hija del conde don Julian.
Esta doncella se llamaba Florinda.
Nacida y criada en Tanger, Florinda tenia en su trage y en sus costumbres, por mas que fuese de pura sangre goda, mucho de las costumbres de los árabes.
Florinda no entraba en Toledo mas que cuando sus obligaciones la llamaban al lado de la reina; lo demás del tiempo vivia en un estrecho valle poco distante de la ciudad situado entre dos montañas bajo un cielo triste y sombrío; por medio de este valle pasaba el Tajo, lamiendo los cimientos de una altísima torre sombría y solitaria; su gran puerta de hierro estaba cubierta de signos estraños y en sus muros renegridos por los vientos y por las lluvias, no se veian ni un ajimez, ni una ventana; en torno de ella crecia la maleza tupida y enmarañada, sin señales que demostrasen que pié humano habia llegado á la puerta de la torre en centenares de años.
Contábanse acerca de esta torre terribles consejas: creíanla construida por Satanás, durante una tormenta, á la aparicion de las razas del norte sobre las tierras del mediodía, y que guardaba, por un poderoso ensalmo, el destino del pueblo godo: habia quien aseguraba que el dia que se abriese aquella puerta, unas gentes guerreras venidas de la parte del mundo por donde aparece el sol, acometerian la Europa por el estrecho de Hércules y se harian dueños de España.
Fuese por horror ó abandono, ningun rey se habia atrevido á abrir aquella puerta, y la terrible torre era aun en el año 92 de la Hegira, un objeto de terror.
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Frente á ella, bañando sus muros en las aguas del Tajo, se alzaba un recinto almenado, defendido por cuatro torrecillas: la construccion de aquel castillejo era estraña: sus almenas puntiagudas, sus puertas ojivas, sus ajimeces calados y sus agudas agujas la hacian parecer tanto goda como árabe.
Aquel castillejo que pertenecia al conde don Julian, habia sido en efecto construido por árabes hebraizantes, enviados por el conde á Toledo con el solo objeto de esta construccion.
En aquel castillejo vivia Florinda, acompañada de un viejo servidor de su padre, y servida por algunas doncellas y esclavos.
A pesar de ser doncella noble de su esposa Aylat, el rey don Rodrigo no conocia á Florinda.
Pero conocíala por su desgracia don Oppas, que la habia elegido para ser el instrumento de perdicion del rey.
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--¿Por qué está triste el noble señor, gloria de los godos? decia una tarde de verano al trasponer el sol, el obispo don Oppas á don Rodrigo, mientras paseaba con él por las frondosas huertas de Toledo.
--Mi espíritu está triste, dijo el rey; en vano busco el agua que ha de calmar la sed de mi alma; en los festines, en las mugeres mas hermosas, solo encuentro un tósigo abrasador que aumenta mi sed y devora mis entrañas.
A tal punto habia llegado la corrupcion de aquellos tiempos, que un rey que debia representar la justicia de Dios sobre la tierra, y un hombre que debia ser todo virtud y santidad, hablaban sin avergonzarse de tales asuntos.
--Tal vez encontraremos, señor, algo que consuele tu tristeza, dijo don Oppas: algun raudal fresco y puro que temple tu sed sin abrasar tus entrañas.
--¿Y dónde está ese manantial milagroso? dijo con ánsia el rey.
--¿Conoces á las doncellas nobles de tu esposa? dijo don Oppas.
--Conozco á la hermana del conde Arnoldo, á la hija del duque de Cantábria, á la sobrina del marqués Euríco...
--¿Pero no conoces á la hija del conde don Julian?
--No; respondió con ánsia el rey, y dicen que es muy hermosa.
--¡Ah! es un sol de Africa: sus miradas queman, su sonrisa embriaga, cuando canta adormece el alma, cuando danza arrebata los sentidos: no es rubia, ni tiene los ojos azules como nuestras mugeres hijas del norte: sus cabellos y sus ojos son negros como la desesperacion de un enamorado, y su frente blanca y cándida como el primer sueño de amor de una virgen. ¿Pero para qué me esfuerzo? tú mismo puedes verla dentro de un momento.
--¡Yo!
--Sí, tú, poderoso señor, y verla como no la ha visto hombre alguno.
--¡Cómo!
--Allá abajo entre aquellas espesuras se baña con sus doncellas en un remanso del Tajo.
--¿Y cómo sabes tú eso? ¿la has visto tú? dijo con acento celoso don Rodrigo.
--No, no me he atrevido ni aun á poner mis ojos en la que ha de ser la alegría y la ventura de mi señor, contestó servilmente don Oppas: pero he comprado á una de sus doncellas y sé el lugar donde se baña: para que puedas mirarla sin que turbes el sol de su hermosura te hé inclinado á que vengas á estos lugares, señor.
--¿Y dónde? ¿dónde dices que se baña esa hermosura?
--Toma por aquel sendero entre los árboles, señor, y pronto darás con el lugar oculto que ha elegido para sus baños Florinda.
El rey tomó á gran paso por el sendero que don Oppas le habia señalado, y este quedó sonriendo de una manera horrible porque veia el principio de la realizacion de sus proyectos, que tenian por objeto vengar á Witiza y poner sobre el trono de los godos á sus hijos.
* * * * *
A poco que anduvo don Rodrigo por el sendero, llegaron á sus oidos risas y cánticos femeniles.
[imagen no disponible: El rey permaneció inmóvil y fascinado.
LETRE dibº y litª Lit de J.J. MARTINEZ Madrid]
Guiado por ellos adelantó y llegó al fin á un lugar sombrío donde sin ser visto vió un espectáculo encantador.
En un remanso tranquilo y trasparente del rio, vió á una muger, mejor dicho, á una niña, en el momento de salir del baño.
Sus doncellas la esperaban con las ropas entendidas para cubrirla, pero no la cubrieron tan pronto que don Rodrigo no sorprendiese un tesoro de hermosura desnudo.
Por un momento el rey permaneció inmóvil y fascinado. Luego cuando Florinda y sus doncellas se perdieron entre los árboles, se volvió demudado, enloquecido, en busca de don Oppas.
--¿La has visto, señor? le preguntó sonriendo de una manera infame don Oppas.
--¡Oh! pluguiera á Dios que no la hubiese visto, porque he cegado, dijo el rey.
--Florinda te matará, murmuró de una manera ininteligible don Oppas y luego añadió en voz alta: esta noche puedes ser huesped de esa hermosura.
* * * * *
Era la hora del crepúsculo de aquella misma tarde.
El castillo del conde don Julian, la morada de su hija Florinda, aparecia iluminada por una leve luz rojiza á las orillas del Tajo.
En una habitacion reducida del castillo habia en aquellos momentos un hombre y una muger.
La muger era de gran hermosura y muy jóven; sus cabellos negrísimos estaban entrelazados á una faja de oro que ceñia su cabeza; la blancura de su frente se confundia con la de su velo, y sus cejas dilatadas, negrísimas y suavemente arqueadas coronaban sus ojos negros, grandes, brillantes, á que daban sombra y fuerza sus larguísimas pestañas; vestia una túnica larga hasta cubrir sus pies; baja lo bastante para dejar descubiertos en su parte superior un cuello deslumbrante de blancura, sus redondos hombros y el nacimiento de su seno; sus brazos, sus admirables brazos desnudos, estaban adornados con ajorcas de oro y perlas; un cíngulo, de oro tambien, rodeaba á su reducida cintura su túnica de lana blanca, y entre este cíngulo relucia el pomo de un puñal.
Esta jóven, que apenas contaria quince años, era Florinda, la hija única del conde don Julian, la hermosura á quien habia sorprendido en el baño el rey don Rodrigo.
El hombre dormia en un ángulo distante, ó fingia dormir, tendido sobre unos almohadones; era un nubio, negro como el ébano, y estaba envuelto en un ropon rojo; aquel hombre era sin duda un esclavo, á juzgar por la argolla dorada que tenia al cuello.
Este esclavo se llamaba Kaib.
Florinda hilaba sentada junto á un mirador desde donde se veia el rio, de tiempo en tiempo arrojaba una mirada distraida al lugar donde el esclavo estaba reclinado, y al sentir la mirada de Florinda, de los entreabiertos párpados del nubio salia un relámpago de amor desesperado, que ó no notaba Florinda ó fingia no notar.
Empezaba á oscurecer; Florinda dejó su rueca, se levantó del sillon de roble donde estaba sentada, fué á apoyarse en la balaustrada del mirador y fijó su mirada distraida en la corriente del Tajo.
La luna llena empezaba á salir entre las quebraduras.
El nubio se levantó lentamente y fué á apoyarse en la balaustrada donde se apoyaba Florinda.
--Hija de don Julian, la dijo señalándola el poniente teñido aun con las últimas ráfagas del crepúsculo; el cielo está ensangrentado, la muerte y el estrago adelantan por el oriente y el buitre olfatea ya los cadáveres. ¡Vírgen de los godos, nacida bajo el sol del Africa! ¡menguado fué el dia en que abriste los ojos á la luz! ¡hora de maldicion aquella en que mis ojos te vieron!
Florinda callaba aterrada por lo solemne de las palabras del esclavo, porque no era aquella la primera vez que la hablaba de tal modo, y le tenia por sábio y aun por hechicero:
--¡Oh! ¡cuánto arnés roto, y cuánto caballero muerto, hija de don Julian! continuó Kaib: el oriente vendrá sobre el occidente y las gentes del norte empaparán con su sangre las campiñas del mediodia. ¡Oh! ¡y cuánto arnés roto! ¡cuánto caballero muerto!
Florinda siguió callando.
--¡Huye, hija de don Julian! ¡huye! continuó Kaib despues de un instante de silencio: ¡huye! ¡yo te salvaré! ¡tú serás la reina allá en mi patria distante, y yo seré el último de tus esclavos! ¡huye, huye conmigo, hija de don Julian, porque el cielo mana sangre, y el buitre olfatea ya los cadáveres!
--¿Qué me quieres anunciar Kaib? dijo Florinda volviéndose gravemente al esclavo.
--El imperio de los godos se hunde, y tú serás la causa, contestó Kaib.
--¡La causa yo!
--Sí, un hombre funesto ha visto tu hermosura: ese hombre te hará su manceba.
--¡Yo! ¡manceba yo de nadie, vil esclavo! esclamó con indignacion Florinda: ¡y así te atreves á insultarme porque te trato con misericordia!
--¡Mata al esclavo, señora! dijo Kaib fijando de una manera poderosa sus resplandecientes ojos en Florinda: ¡mata al esclavo, pero escucha antes al sabio!
Florinda tembló.
--¿Me amenaza algun peligro? dijo.
--Tú serás profanada por un hombre funesto, y tu profanacion producirá torrentes de sangre vengadora.
--¡Tú me amas! dijo con altivez Florinda.
--Mi corazon y mi alma son tuyos, dijo Kaib: mis amores no tienen esperanza: sé que amas á Belay[51], al noble Belay, y que él te ama: sé que sino te salvas caeré contigo, y que tu Belay te perderá.
--¿Pero se salvará Belay?
--El será el único príncipe godo que se salve del estrago: él será rey por la virtud de su espada: él será el primero de los salvadores del pueblo español.
--¡Oh! ¡si Belay se salva me salvaré con él!
--¡Dudas de mi ciencia y la desprecias! dijo profundamente Kaib: pues bien, cuando desesperada y loca me llames en la hora de la desgracia, me tendrás á tu lado: esa hora se acerca: ¡hasta entonces, hija de don Julian!
Y el esclavo se apartó de la balaustrada y se perdió en el interior de la habitacion.
--¡Oh! murmuró Florinda: ¿qué puedo yo temer amándome Belay, mi valiente Belay?
Y permaneció en el mirador, inundada por la luz de la luna, y resplandeciente de hermosura.
* * * * *
Entretanto, viniendo de Toledo avanzaba una cabalgata hácia el castillo de don Julian.
Al frente de aquella cabalgata venia el arzobispo don Oppas.
Florinda, que permanecia en el mirador, vió acercarse á aquellas gentes con un espanto instintivo.
Muy pronto resonó la voz de una vocina bajo los muros del castillo.
Entonces, Lotario, el antiguo servidor del conde don Julian á quien este habia confiado la guarda de su hija, se asomó á los adarves.
--¿Qué quereis? dijo á los que llamaban.
--Somos cazadores que nos hemos estraviado, contestó don Oppas, y esperamos de tí hospitalidad por esta noche.
--La paz del Señor sea con vosotros, contestó Lotario en un acento que por lo bravío desmentia lo amistoso de sus palabras: voy á ordenar que se os abran las puertas.
Poco despues Kaib dejaba caer el puente sobre el foso, y entraban en el castillo don Oppas y dos gallardos mancebos, con sus monteros: estos últimos entraron en los aposentos bajos del castillo, y don Oppas y los dos jóvenes entraron en los aposentos de Florinda, acompañados de Lotario y seguidos del receloso Kaib: poco despues el esclavo cubria de viandas una ancha mesa, alumbrada por lámparas de bronce.
Lotario como huesped y Kaib como esclavo, empezaron á servir á don Oppas y á los dos jóvenes que se habian sentado en sillones de roble.
Era don Oppas un hombre como hasta de cincuenta años: vestia una túnica y un manto pardos, y bajo ellos se veia el reluciente hierro de un arnés, cuyo capacete cubria sus cabellos ya grises.
La espresion del semblante de este hombre era noble y benévola; dábale autoridad su barba larguísima y entrecana, y dificil era comprender en sus ojos una espresion de astucia y de doblez, que pasaba por ellos de tiempo en tiempo como un relámpago: don Oppas observaba con astucia desde que entró en el castillo, mientras sus compañeros observaban tambien, aunque con reserva, cuanto pasaba en torno suyo.
Lotario observaba tambien con la misma reserva, á los mancebos: vestian estos clámides de escarlata, sandalias de riquísimo cuero, capacetes, armas y acicates de oro: los dos eran tan semejantes, que vistos cada uno de por sí se les hubiera tomado al uno por el otro: como en sus trages y sus armas, habia mucho de régio en los semblantes de los mancebos: sus miradas eran fijas, severas, llenas de imperio y una nube fatídica parecia cubrir sus frentes magestuosas y rodearlas de una aureola.
Todos, los de adentro y los de afuera guardaban silencio: todos observaban y eran observados.
--Muy rico eres, dijo al fin don Oppas como por decir algo á Lotario, levantando una copa de oro llena de vino: oro es este mas acendrado que el del tesoro de don Rodrigo, y tu vino es vino de las Galias.
--¡Don Rodrigo! dijo Lotario: es verdad: el oro de la copa en que bebes, es mas acendrado que el de la copa del rey, como es mas acendrada la lealtad del conde don Julian mi señor, cuya es la copa que tienes en la mano, que la de los magnates que rodean al rey en la córte: bebed hijos de Witiza: bebed el vino del conde don Julian y comed su pan; bebed y reposad y preparaos, porque se acerca el dia en que cada cual pruebe su lealtad.
Los dos jóvenes se levantaron, tomaron dos copas, las chocaron y las apuraron de una sola vez.
Don Oppas bebió lentamente la mitad del contenido de la suya y ofreció el resto á Lotario.
Este rehusó.
--He jurado al Señor, dijo, no beber mas que agua hasta que llegue el dia del esterminio.
--¿Quién eres tú, le dijo el mayor de los hijos de Witiza, que conoces nuestro nombre, y nos auguras el porvenir?
Lotario miró al esclavo nubio, como si esperase de él la inspiracion de sus palabras; el esclavo le miraba de una manera fija y singular.
--Escuchad, dijo: yo aunque me llamo Lotario, no soy godo; aunque me confieso cristiano, mis padres no lo fueron; yo he nacido en una tierra muy distante de España, bajo un cielo ardiente, sobre un suelo siempre bañado por los rayos de un sol rojo y brillante: me he criado allí, he amado allí; mi único deseo ha sido reposar en aquella tierra bendita, en la fosa de mis padres y de mis hermanos: los sectarios de Mahoma me han arrojado de ella con mi raza hasta las regiones de occidente, y nos hemos visto pobres, desnudos, sujetos á la religion y á las costumbres de los godos en la Mauritania Tingitana; allí he conocido y he servido al conde don Julian, y de allí he venido para guardar y proteger á Florinda, la hija de mi señor.
--¡Florinda! dijo como si escuchase un nombre estraño don Oppas: no la conozco.
--Pluguiera á Dios que no la hubieseis conocido, dijo con profundo acento Kaib; ella será el pretesto de una guerra terrible; un pueblo vendrá sobre otro pueblo y ella será la llave que abra al conquistador las puertas del Tanja. La cabeza del tirano caerá, pero sobre ella se levantarán otros tiranos, y el nombre de la Kaba zumbará en la posteridad como un eco de traicion. La hija de don Julian ha nacido en mal hora á la luz, porque su nombre será maldito y maldita la raza de los suyos y maldita la generacion de ellos.
Era terrible y solemne el acento de Kaib; sus ojos radiantes parecian tener fija su mirada en el porvenir, su negro rostro parecia dar una fuerza sobrenatural á su discurso.
--¿Y acaso no pueden evitarse tantas desdichas? dijo don Oppas dirigiendo la palabra á Lotario, como en desprecio de Kaib.
--Lo que está escrito en los astros se cumplirá, dijo Kaib, aunque las palabras no se habian dirigido á él: has venido á ver á la hija de don Julian: hé aquí que el destino te la trae: mira.
Florinda habia aparecido en la puerta de la cámara.
--Pronto el conde don Julian tendrá una injuria que vengar: pronto la puerta de aquella torre se abrirá ante un rey, añadió dirigiéndose al mirador y señalando la torre solitaria que se veia al otro lado del rio iluminada fatídicamente por la luz de la luna: al abrirse aquella funesta puerta respetada por los hombres y por los siglos, las tribus del oriente caerán sobre el occidente; afilad vuestras espadas, hijos de Witiza y vengad á vuestro padre asesinado por don Rodrigo, pero olvidad su trono, porque está escrito que la raza de los godos sea esterminada: y huid: habeis venido creyendo encontrar hombres que se vendieran á la traicion: cuando tengamos que vengar una injuria la vengaremos ó la vengarán los que nos sobrevivan, pero no será una venganza vendida la que caiga sobre el causador de la injuria.
Kaib mas que un esclavo parecia el señor del castillo.
Florinda permanecia inmóvil en la puerta.
Don Oppas miraba con cólera al esclavo.
Los hijos de Witiza con asombro.
--Hemos venido, dijo don Oppas, á pediros hospitalidad, no insultos: la voz del esclavo ha resonado insolente en nuestros oidos: sea en buena hora: habeis llamado la tempestad sobre vuestras cabezas: vuestra será la culpa si las hiere el rayo.
Kaib no contestó á don Oppas, arrojó una triste mirada sobre Florinda y murmuró con voz ronca y conmovida:
--¡Hija de don Julian, en mal hora nacida á la luz, lo que está escrito se cumplirá!
Despues añadió:
--Nada teneis ya que hacer aquí: el buitre ha visto á la paloma y afila sus garras: ¡idos!
--¡Idos! repitió Lotario.
--¡A Dios! dijo don Oppas levantándose: nos has dado hospitalidad é injurias; la hospitalidad y las injurias serán pagadas. A Dios.
Y salió con los hijos de Witiza.
Florinda permanecia inmóvil en la cámara.
--Hija del conde don Julian: cuando llegue la hora de la desgracia me tendrás á tu lado, dijo Kaib.
Y salió lentamente de la cámara.
* * * * *
Don Oppas y los hijos de Witiza regresaron á Toledo.
Los dos mancebos se perdieron por las altas y estrechas callejuelas de la ciudad, y el obispo, seguido de los monteros, llegó al palacio, descabalgó delante de la puerta de los Leones, y á través de la guarda, que se inclinó respetuosamente á su paso, se encaminó á la cámara del rey don Rodrigo.
Ante su puerta, jóvenes godos con mantos de púrpura y oro y hermosas mugeres con los cuellos y los brazos desnudos, departian de amores y cacerías, de galantes aventuras, de ruidosos banquetes; los soldados se apoyaban en sus lanzas, inmóviles como estátuas de hierro, á lo largo de los muros de la gigantesca antecámara, y los esclavos se veian tras ellos entregados á un silencio estúpido.
Poco tiempo antes de la llegada de don Oppas al palacio, se abrió la puerta frontera á la de la cámara real, y apareció en ella un viejo, alto, flaco, pálido, con escasos cabellos grises y barba blanca, cubierto por una hopalanda parda.
Este hombre adelantó hasta el centro de la antecámara, y sin dirigirse á persona alguna, dijo con acento grave y sonoro:
--Yo soy Gutz, el hebreo.
Agitóse el círculo de damas y caballeros, y de entre ellos adelantó hasta el recien llegado un noble cubierto con un arnés de guerra, caudillo al parecer, de la guarda del rey.
--¿Eres tú el joyero de la calle del Sol? preguntó á Gutz.
--Yo soy, contestó el viejo.
--¿El hechicero?
--Sí.
--¿Te espera el rey?
--Sí.
Tras estas breves palabras el noble adelantó hasta la puerta de la cámara real, levantó su tapiz y dijo:
--¡Señor! ¡Gutz el hebreo, joyero y hechicero!
Una voz gutural y débil, aunque imperiosa, contestó desde adentro.
--Mi leal Singiberto, deja entrar á ese perro infiel.
Singiberto hizo una seña á Gutz, y este, pasando con desden é insolencia entre los cortesanos, se perdió tras el tapiz que cubria la puerta de la cámara real.
Era tan frecuente entonces la entrada de embaucadores y magos en el palacio, que nadie tomó en aprecio la llegada de Gutz, y jóvenes y damas siguieron las pláticas interrumpidas.
A punto dos escuderos, uno de los cuales llevaba una adarga blasonada, y otro una espada, penetraron en la antecámara, precedidos por un faraute, que con no menos insolencia que Gutz, se detuvo en el centro, y dijo en alta voz:
--El noble y poderoso señor don Oppas, arzobispo de Sevilla.
Singiberto anunció de nuevo, é hizo seña al faraute de que don Oppas podia entrar en la cámara real.
Una antorcha de oro, alimentada con aceite aromático, alumbraba la cámara de don Rodrigo. Sus paredes estaban revestidas de riquísimos tapices, en los que se veian pintadas mugeres hermosas desnudas en el baño, mancebos reclinados en la sombra de verdes enramadas entre los brazos de náyades, trofeos de amor é impudentes pinturas de deleite.
Sentado sobre una silla de marfil de preciosa labor, estaba don Rodrigo envuelto en una clámide de púrpura, y ceñidos sus blanquísimos cabellos por una corona de hierro.
Plegado sobre sus rodillas, envuelto en su ancha clámide, solo se podia juzgar de su semblante pálido y de espresion noble, aunque degradada é indolente: sus ojos azules conservaban aun el brillo de la juventud y una de sus manos blanca y tersa como la de una dama, se ocupaba en levantar hasta su nariz recta y afilada un pomo de oro lleno de esencias aromáticas que aspiraba con deleite, y de las cuales dejaba caer de tiempo en tiempo algunas gotas sobre su barba plateada y profusa, rizada con mas esmero que la cabellera de una muger.
A un lado, junto á la silla en que reposaba don Rodrigo, habia una mesa de la cual partian reflejos deslumbrantes arrancados por la luz de la antorcha. Segun las crónicas de aquel tiempo, la tabla de esta mesa era una sola esmeralda encontrada por Fatimah la santa[52] junto al pozo Zemzem, y sus piés, fabricados por los genios, eran de oro macizo, de una labor sorprendente, y cuajados de perlas y diamantes.
Esta joya de inestimable valor era la famosa mesa de Salomon: habia pasado en herencia á la tribu de Heber y fué robada á sus descendientes por el rey Egica, cuando sujetó á feudo y tributo á los árabes hebraizantes, desterrados del Yemen y refugiados en el Magreb. Esta misma mesa fué la que mas tarde, despues de la conquista de Gezira-Alandalus por los árabes, produjo fatales desavenencias entre el emir Muza-ebn-Noser, y su walí, el valiente sin par, Tarik-ebn-Ziad.
Sobre esta mesa estaba como un adorno la espada de don Rodrigo, y sobre su empuñadura se posaba un azor[53] sujeto á la mesa por una sutil cadena de oro.
Todo revelaba allí el hombre sensual, degradado y envilecido.
Aquella arma de caballero, arrojada como al acaso sobre aquella mesa, era un contraste estraño, un mudo reproche á tanta degradacion, á tanto abandono.
Cuando resonaron sobre la cámara real, al andar de don Oppas, las piezas de su arnés, el rey que, á pesar de la presencia de Gutz, que estaba prosternado á sus pies, no habia salido de su inmovilidad, se estremeció al áspero rechinar del acero, y levantó la cabeza arrojando en torno suyo una mirada inquieta que tornó á ser indolente cuando reconoció al obispo.
--¡Ah! ¿eres tú, don Oppas? dijo: en verdad que te esperaba. ¿Qué perro es ese que se tiende á mis pies? añadió reparando en Gutz.
--Lo ignoro, señor, contestó don Oppas.
--Es Gutz tu esclavo, poderoso rey, contestó el hebreo sin levantar la frente de la alfombra.
--¡Ah! ¿eres tú? dijo don Rodrigo: levántate esclavo, te he mandado llamar no me acuerdo para qué. ¿Eres hechicero?
--Tal dicen, señor; pero solo Dios sabe lo oculto.
--¿Y crees tú, don Oppas, dijo don Rodrigo dirigiéndose al arzobispo, en el poder de la hechicería?
--Tanto creo, señor, contestó don Oppas, que, si saber mi destino quisiera, me dirigiria sin vacilar á uno de esos sabios que, alejados del mundo, han estudiado el lenguage de las estrellas.
--Pues hé aquí que á mi vez he tenido ese deseo, repuso el rey, y he mandado buscar á uno de esos buhos que pasan la noche en vela mirando al cielo.
Don Oppas cruzó una mirada de inteligencia con Gutz.
--Dime tú, sabio, dijo don Rodrigo con indolencia: ¿dónde está el límite de mi vida? yo la siento fuerte y vigorosa dentro de mi cuerpo envejecido, y mi alma se revuelve ardiente como en los dias de mi lejana juventud: pero mis noches sombrías, mis sueños apenadores, mis deseos insensatos: yo veo en lo recóndito de mi espíritu una muger hija de mi fantasía á cuya hermosura no alcanzan las mas hermosas de mis concubinas. Aun mas, yo he visto hoy, esta tarde á esa muger, viva, desnuda delante de mis ojos, saliendo como Venus de la espuma de las aguas. Yo la amo; mi corazon se quema por ella. ¿Qué puedo yo esperar de esa muger?
Gutz inclinó profundamente su cabeza, dejó caer los brazos á lo largo de su cuerpo y sus ojos se cerraron como dominados por un sueño profundo: levantóse su pecho dilatado por una respiracion poderosa, contrajéronse los músculos de su semblante, y se borraron las profundas arrugas de su frente.
Don Rodrigo, replegado aun sobre su silla de marfil, miraba al hebreo con la ávida atencion de un niño; estaba hastiado y la espectativa de un acontecimiento cualquiera le divertia.
--Pronto, esclavo, dijo con impaciencia: dime lo que puedo esperar ó temer de esa muger.
Gutz abrió los ojos, levantó con altivez la cabeza, miró frente á frente á don Rodrigo y dijo con voz ronca y acentuada:
--Tu destino ¡oh rey! es incierto: una nube oscura colocada delante de mis ojos, no me deja ver claramente tu horóscopo, pero esa nube tiene ráfagas rojas; la sangre y el fuego habitan en ella.
Don Rodrigo se irguió: las palabras del hebreo le aterraban vagamente: su mirada antes glacial se habia animado, y sus labios se agitaban en una imperceptible convulsion.
--Lo que me has dicho es muy oscuro, esclamó el rey, con acento convulso é irritado; yo quiero que tus ojos descifren mi porvenir: habla, hechicero.
--Poderoso señor, dijo el hebreo: has que tus trompetas de guerra llamen tus gentes al combate: despliega tu bandera de rey y desnuda tu espada, por que yo veo estrañas gentes cabalgando en batalla contra tu pueblo, y el lugar de tu sepultura espera ya tus restos ensangrentados.
Don Rodrigo se lanzó de su silla al lugar donde se encontraba el hebreo, y asió furioso su túnica.
--Perro infiel, gritó: sino mientes, haz que yo vea mi horóscopo; rasga delante de mí el velo que cubre el porvenir: vea yo esas gentes que cabalgan contra mi pueblo, ó por el Dios de Moisés y de Abraham, que he de poner tu cabeza sobre la aguja mas alta de la torre mayor de mi castillo.
--¡Rey! continuó el hebreo sin inmutarse alentado por una segunda mirada de don Oppas: lo que escribe la mano de Dios es siempre un misterio para los ojos mortales: en el valle, cerca de tu palacio, sobre las riberas del Tajo, hay una torre misteriosa cuya terrible puerta jamás ha sido tocada por la mano de un rey; si tu mano toca esa puerta, ella se abrirá, y dentro de la torre encontrarás tu destino.
--Pero esa torre, dijo el rey palideciendo, guarda una tradicion oscura: segun esa tradicion, el rey que la abra ó morirá ó será tan rico, tan sabio y tan poderoso como el rey Salomon; esa torre fué construida durante una tempestad por los magos que acompañaban á Attila, y desde aquel terrible rey hasta mí, ninguno ha osado penetrar en ella.
--Y tú mismo, rey, nada verás en la torre, añadió Gutz, obedeciendo á una tercera mirada de don Oppas, sino llevas contigo el triunfo de la pureza de una vírgen.
--¿Y qué vírgen es esa?
--Esa vírgen es Florinda, la hija del conde don Julian.
--¡Pues bien! esclamó don Rodrigo, Florinda será mia, y luego mi mano tocará la puerta de la torre; buscaré en ella, en su recinto mas tenebroso, el misterio de mi porvenir y arrostraré con valor mi destino. ¡Hola Singiberto!
El noble á quien el rey llamaba, apareció en la puerta de la cámara.
--Llévate á ese hebreo, le dijo, y guárdale en la torre mas fuerte del palacio.
--Gutz adelantó hácia Singiberto y salió con él.
--Debo triunfar de la pureza de Florinda, antes de ir á la torre misteriosa, esclamó el rey. Y bien, ¿has reconocido ya la vivienda de la hija de don Julian? añadió dirigiéndose á don Oppas.
--Sí, si señor; y si tú quieres, esta misma noche Florinda será tuya.
--¡Oh! ¡esta noche! ¡esta noche! esclamó el rey.
--Para vencerla será necesario que apeles á malas artes.
--¡Cómo!
--Si Florinda se viese sujeta á un letargo...
--¡Ah!
--Toma, señor, dijo don Oppas sacando de entre sus ropas un pomo de oro.
--¿Y qué es esto?
--Aquí se guarda el zumo de una yerba que produce un sueño delicioso.
El rey guardó con ansia el pomo.
--Florinda será tuya, señor, y despues...
--Sí, despues entraremos en la terrible torre: pero quiero que para entrar en ella me acompañen mis nobles, mis magnates: quiero entrar en la torre con toda mi grandeza de rey. Haré que estén preparados mis magnates, mis soldados y mis esclavos. Tú vendrás conmigo. Vete y vuelve al punto.
Don Oppas salió de la cámara murmurando:
--Dentro de poco se verá obligado á vengar una injuria el conde don Julian.
* * * * *
Poco tiempo despues, como lo habia ordenado don Rodrigo, multitud de nobles godos á caballo y armados de guerra, penetraron en el átrio del palacio.
Don Oppas con escuderos y esclavos de su casa llegó el primero, paró bajo el pórtico y entró en el palacio.
Poco despues, sin acompañamiento, sin galas, con clámides oscuras sobre los arneses, cubiertas las cabezas con bonetes de acero, anchas espadas al cinto, y cabalgando en caballos de batalla, llegaron al átrio, viniendo de distintos puntos tres mancebos.
Los soldados y las gentes del pueblo, que estaban agolpados á la puerta del átrio, abrieron paso á los tres ginetes inclinándose respetuosamente ante ellos, y los nombres de Belay, Teodomiro y Favila corrieron de boca en boca mientras todos los ojos se fijaban en los tres príncipes que, sin descabalgar, fueron á situarse en silencio en un oscuro ángulo del átrio.
Multitud de pajes, ricamente vestidos, giraban en todas direcciones enrojeciendo los muros con la luz de sus antorchas, y venciendo con ellas la blanca y tranquila luz de la luna.
Un rumor confuso de voces contenidas por el temor, se levantaba mas allá de los pórticos esteriores del palacio, donde la plebe, contenida por los soldados del rey, se agolpaba curiosa y asombrada.
Habíase estendido, girado y penetrado en las plazas, en los barrios, y en las callejas mas apartadas de Toledo, una noticia pavorosa. Decíase que la misteriosa torre que todos los reyes antecesores de don Rodrigo habian respetado: la terrible torre nunca abierta, tras cuyos muros se guardaba el destino del pueblo godo, iba á ser profanada por la planta del rey: un terror semejante al que causa el amago de una calamidad que no se conoce, habia dominado todos los corazones, y cristianos y judios abandonando sus casas, llenos de ansiedad, se agolpaban y se estrechaban hacia algun tiempo ante los pórticos del palacio.
Los arcos, los miradores, las balaustradas de las calles circunvecinas, estaban llenos de gentes que maldecian en voz baja y contenida por el temor á don Rodrigo, al par que hablaban con el acento de la esperanza á los tres príncipes Belay, Teodomiro y Favila, cuyas nobles frentes no se habian manchado con los vicios de la córte.
El pueblo los habia visto armados de guerra en medio de los otros príncipes y magnates cubiertos de galas, y en esto habian comprendido una valiente promesa.
Al fin, tras una larga espera, se abrieron las puertas del palacio, y el rey cubierto con un manto de púrpura, ceñida la cabeza con la corona de hierro, pendiente de su costado la espada de oro, apareció sobre su blanco caballo Orelia, al que llevaban de las riendas dos nobles con túnicas y bonetes de escarlata; á su derecha cabalgaba don Oppas, á su izquierda Singiberto; precedíanle pajes con antorchas y le rodeaban cien esclavos negros de su guarda africana.
Los nobles que esperaban en el átrio, se unieron á la comitiva, á la cual, tristes y silenciosos, siguieron al lento paso de sus caballos Belay, Teodomiro y Favila.
La córte se abrió paso por medio del pueblo que se agitaba sombriamente, sin que una aclamacion de amor ó de respeto llegase á los oidos de don Rodrigo.
La cabalgata bajó del palacio, atravesó la ciudad, y penetró en el valle, á cuyo fin, una frente á otro, teniendo en medio el Tajo, se alzaban la torre misteriosa y el castillo de don Julian.
Cabalgaba delante el rey; su caballo galopaba con ardor como impulsado por una fuerza mágica; los pajes y los peones seguian jadeando á la carrera la rápida marcha de los ginetes; alguna vez un paje ó un esclavo caian cansados, y el caballo del rey pasaba sobre ellos como hubiera podido pasar por cima de un monton de hojas secas.
Florinda, en el mirador de su cámara, apoyada en su balaustrada, veia impasible, pálida, inmóvil, descender aquellas antorchas por la vertiente del valle, adelantar, llegar y parar al fin, ante el foso de su castillo.
Sonaron las trompetas y la voz de Singiberto gritó:
--¡Vasallo! ¡abrid al rey!
Crugieron las cadenas del puente y don Rodrigo, don Oppas, Singiberto, y los dos nobles que llevaban las riendas de Orelia entraron en el castillo.
Poco despues arremetieron tambien por la poterna, Belay, Teodomiro y Favila.
Las demás gentes del rey rodearon el castillo.
Florinda permanecia en el mirador, siempre pálida, siempre impasible.
Pasó algun tiempo, y al cabo una sombra oscura apareció en el mirador junto á Florinda.
--Ha llegado la hora, dijo sombriamente Kaib.
Florinda se volvió á él y le contempló gravemente.
--¿La hora de qué? dijo.
--El rey don Rodrigo es tu huesped, señora.
--Y bien: que sirvan al rey; que mis manjares cubran su mesa; que el vino llene los jarros de oro; que le sirvan mis esclavos.
--Segun antigua costumbre, el señor del castillo debe servir al rey.
--Mi padre le está sirviendo en Tanja.
--Por lo mismo; en ausencia de tu padre tú estas obligada á servir al rey, repuso sombriamente Kaib.
Guardó por un momento silencio Florinda; una espresion singular pasó por sus ojos; acreció su palidez, y al fin dijo:
--Ruega al rey me perdone si le hago esperar mientras me engalanan, para servirle dignamente, mis esclavas.
Y volviendo las espaldas á Kaib, se encaminó lentamente á una puerta, por la cual desapareció.
Kaib tuvo fija en ella, mientras pudo verla, una mirada profundamente conmovida.
Luego esclamó con acento tembloroso:
--¡Que se cumpla lo que está escrito!
Y fué á llevar el mensage de Florinda al rey.
* * * * *
El rey se paseaba impaciente por una magnífica cámara.
Trofeos de guerra, arrancados á los enemigos en diferentes épocas, ennoblecian los muros, atestiguando el valor de los ascendientes del conde don Julian.
Una ancha mesa, cubierta con paños de púrpura, dejaba ver humeantes viandas en platos de oro, y jarros del mismo metal, rodeados de anchas copas, rebosaban el vino.
Cuatro candelabros de oro alumbraban la mesa.
Todo demostraba la gran riqueza del dueño del castillo.
Delante de la mesa solo habia un enorme sillon cubierto con un dosel: el sillon del castellano cedido al rey.
Don Oppas, Belay, Teodomiro y Favila, estaban agrupados y en silencio á cierta distancia del rey, medida por el respeto.
No tuvo que esperar mucho don Rodrigo.
Abrióse una puerta y apareció Florinda resplandeciente con su juventud, su pureza, su hermosura, sus joyas y sus magníficas galas.
Adelantó lentamente, arrastrando su pesada y brillante túnica de seda y oro, con la frente alta y ceñida con la diadema de las nobles godas.
A alguna distancia del rey se detuvo.
--Bien venido seas, señor, dijo con voz reposada y grave, al hogar del conde don Julian.
Don Rodrigo, mudo de asombro ante tanta hermosura, no le contestó mas que con la elocuente sorpresa de su semblante y la encendida mirada de sus ojos.
Florinda silenciosa, inmóvil, imponente, fijaba en el rey una mirada altiva y severa.
Parecia que no veia á las otras personas que habia en la cámara, aunque entre ellas estaba Belay, el amado de su alma.
El rey temblaba; con la mirada fija en Florinda; la llama de un amor infernal se habia apoderado de su alma, y lo habia olvidado todo; el descontento de sus vasallos y los funestos amagos del porvenir que guardaba para él la terrible torre que se levantaba escueta, solitaria y muda al otro lado del Tajo.
Las primeras palabras que pronunció don Rodrigo representaban su deseo.
--Salid, dijo á don Oppas y á los tres príncipes, salid y esperad afuera.
--¡Que salgamos! esclamó obedeciendo á la voz de sus celos Belay.
--¿Quién habla cuando el señor manda? gritó el rey.
--Esa doncella, esclamó adelantándose Belay, es mi esposa.
--¡Tu esposa, Florinda! esclamó palideciendo mortalmente el rey y temblando de cólera.
--Me ha jurado la fé de su amor ante Dios.
--¡Ah! ¿y no es mas que eso? príncipe: yo creí que en efecto la hija de don Julian era tu esposa... pero no lo es... ni lo será, porque yo que soy tu señor no te la concederé.
--Dicen, rey don Rodrigo, observó con un marcado acento de amenaza Belay, que para tí nada hay respetable mas que tu voluntad: que allí donde tus ojos se fijan van la impureza y la deshonra.
--¿Y quién dice eso, mi leal Belay, mi buen pariente, mi hermoso príncipe? dijo el rey dominando mal su cólera.
--Lo dicen las desdichadas que has deshonrado, los viejos cuyas canas has escarnecido, las madres á quienes has arrojado cubiertas de vergüenza las hijas de sus entrañas.
--¡Ah! ¿y no te han dicho que el rey castiga de muerte á los traidores que se atreven á insultarle? dijo don Rodrigo adelantando furioso hacia Belay, que puso la mano sobre la empuñadura de su espada.
Don Oppas cubria con una frialdad hipócrita la alegria de su alma; veia al hasta entonces leal y respetuoso Belay, revelado contra don Rodrigo; veia al rey decidido á todo; sabia que para que cayese la ira de un vasallo poderoso, del conde don Julian, sobre don Rodrigo, bastaba con que este tocase solamente á la orla de la túnica de Florinda; veia ya rebosar de Tánger millares de combatientes salvages, los veia atravesar el estrecho de Alzacac, poner las plantas en Calpe, devastar la Bética y prestar una poderosa ayuda á los hijos de Witiza.
Veia acercarse el momento en que el conde don Julian seria injuriado por don Rodrigo en Florinda.
Belay lo veia del mismo modo y esperaba al rey con la mano puesta en la empuñadura de su espada.
Florinda se interpuso.
--El rey lo manda; dijo con acento dominador: salid príncipes, el rey está en el hogar de un noble vasallo, y tiene derecho á ser obedecido en él. Salid: la hija del conde don Julian cumplirá con lo que debe á su sangre.
Belay vaciló, pero una mirada de Florinda le decidió á obedecer; salió, y tras él salieron Teodomiro y Favila y, al fin, don Oppas que apenas podia contener su feroz alegria.
Florinda y el rey quedaron solos.
--Sentaos, señor, sentaos, dijo la jóven; estais bajo un techo amigo: honrad la copa de mi padre bebiendo en ella.
Y Florinda llenó de vino una ancha copa de oro.
El rey fijó una mirada codiciosa en la copa, mientras que revolvia en su mano entre sus ropas, el pomo que le habia dado don Oppas.
¿Pero cómo verter el contenido del pomo en la copa sin que lo notase Florinda?
Una idea surgió en el pensamiento del rey.
--Me han dicho, dijo, que cantas de una manera maravillosa.
--¿Y quién te ha dicho eso, señor?
--No recuerdo bien: ¡ah! sí, algunas noches he oido el son de una lira en los aposentos de la reina: el sonido de aquella lira me ha arrebatado, ha resonado dulcemente en mi corazon, y la voz que ha cantado unida á aquella lira me ha parecido la voz de un arcángel; por la mañana he preguntado: ¿quién era la muger que tan dulces armonías exhalaba en los aposentos de la reina Aylat? y me han contestado.--Era la hermosa hija del conde don Julian.
--Te han engañado, señor, contestó Florinda. Nunca he cantado en los aposentos de mi señora.
Tembló el rey temiendo que Florinda no supiese tañer la lira.
--Pero si quieres, señor, dijo la jóven, cantaré para tí.
El alma del rey se dilató.
--Espera un momento, señor; voy á pedir á mis esclavas mi lira de marfil.
Apenas hubo vuelto Florinda la espalda, cuando don Rodrigo trémulo, dominado por una ardiente y próxima esperanza, vertió el contenido del pomo que le habia dado don Oppas en la copa que habia llenado Florinda.
Poco despues la jóven volvió preludiando de una manera mágica en las cuerdas de oro de una magnífica lira de marfil.
El semblante de Florinda estaba triste y apenado como si un funesto presentimiento oprimiera su alma, y permaneció de pie preludiando en su lira á poca distancia del rey.
--¿No bebes, señor? le dijo despues de un momento de silencio ¿recelas acaso de la copa de tu vasallo?
--Es antigua costumbre que el vasallo beba primero cuando ofrece la copa á su rey, dijo don Rodrigo.
Y presentó la copa á Florinda.
La jóven sostuvo con su brazo izquierdo su lira, tomó la copa y bebió un sorbo.
--La libacion completa, dijo el rey sonriendo, esa es la costumbre.
Florinda apuró la copa.
--¡Ah! murmuró el rey: tu hermosura es mia.
--¿Qué dices, señor?
--Que me llenes otra vez la copa.
Llenóla Florinda y el rey la apuró.
Fuese que el pequeño resto que habia quedado en la copa inficionase el vino nuevamente echado en ella por Florinda, fuese que le embriagase la hermosura de la jóven, el rey sintió en su cabeza un vago y delicioso delirio; parecióle que la hermosura de Florinda se aumentaba y crecia hasta hacerse sobrenatural; que las luces se amortiguaban, y que solo quedaba la luz de la hermosura de Florinda: luego vió como en un sueño fijos en los suyos los ojos de la jóven que le decian amores: la vió tomar un escabel, sentarse á sus pies, mirarle sonriendo, como solo mira á un hombre la muger que le adora, y al cabo escuchó un canto dulcísimo.
Creyóse arrebatado al paraiso, y luego cesar la música, rodear su cuello los frescos brazos de Florinda, y posarse en sus labios áridos unos labios húmedos y ardientes.
Florinda resplandecia; Florinda le embriagaba, y en medio de su embriaguez y de su delirio, no pudo escuchar el rey estas palabras, pronunciadas con acento terrible por una voz ronca tras el tapiz de una puerta de la cámara:
--¡Lo que estaba escrito se ha cumplido: el oriente avanza contra el occidente, y el buitre se cierne ya sobre el campo de la matanza esperando los cadáveres!
* * * * *
Entretanto el rey, que habia salido del castillo, seguido de don Oppas, de Belay, de Teodomiro, de Favila y de sus cortesanos, atravesó el Tajo en barcas que estaban preparadas, y llegó cerca de la torre situada en la otra orilla, hasta la cual habian abierto paso algunos esclavos rompiendo con sus espadas la maleza.
El rey descabalgó al fin delante de la puerta de la torre.
Todos temblaron en aquel momento solemne: el rey de impaciencia, don Oppas de esperanza, los demás de la comitiva de terror.
Solo Belay y los dos príncipes sus nobles amigos no temblaron, pero invocaron á Dios con las manos puestas en las empuñaduras de sus espadas.
Porque á la llegada del rey, dentro de la torre, en torno de ella, cerca y lejos, en los aires y en las entrañas de la tierra se habia oido un rumor lejano y confuso de batalla; lentamente aquel rumor creció; oyóse al fin de una manera distinta el choque del hierro contra el hierro, los gritos de guerra, los clamores de los moribundos, el relinchar de los caballos, el alarido de las trompetas, el silvo de las flechas, el áspero rechinar de las ruedas de los carros y el doblar de los tambores y atabales.
Sin que nadie tocase á la puerta, esta se abrió con estruendo, y una luz pálida, sin oriente ni ocaso, alumbró el interior.
Al abrirse la puerta el estruendo creció; parecia que el valle lanzaba guerreros en todas direcciones; mugió sordamente el Tajo, condensóse la niebla, tembló la tierra bajo los cascos de millares de caballos, el aire vibró herido por innumerables y salvajes gritos de guerra, y un cálido y nauseabundo olor de sangre lo envolvió todo.
Y en medio de aquel estruendo pavoroso, dominándole como el bramido del huracan domina al ruido del aguacero en la tormenta, una voz cavernosa retumbó dentro de la torre, que vaciló al sonido de aquella voz sobre sus fortísimos cimientos.
--¿Quiénes sois y qué quereis? dijo la voz.
--Soy don Rodrigo, rey de los godos, contestó el rey.
Al escuchar estas palabras, salió de la torre una esplosion de carcajadas y un coro infinito gritó:
--¡Es el rey don Rodrigo! ¡el último rey! ¡el último rey de los godos!
Y al mismo tiempo avanzaron hácia la puerta, pero sin pasar de ella, sombras envueltas en flotantes velos, pálidas y macilentas como cadáveres insepultos, y los ojos de todas las sombras se fijaban en el rey que estaba fascinado, y las bocas de todas las sombras le saludaban con insolentes carcajadas, y los brazos de todas las sombras se estendian hácia él.
Y sus calvas cabezas relucian, y sus monstruosos cuerpos se retorcian, y sus infernales bocas chillaban, gritaban, ahullaban, rugian, y á la vista de aquella espantosa vision la comitiva del rey huyó aterrada hasta las márgenes del rio y hasta los remotos confines del valle.
Solo quedaron, delante de la puerta de la torre, el rey con los cabellos herizados de espanto, detenido por un poder superior, y Belay, Teodomiro y Favila, á pié, envueltos en sus clámides rojas, con las espadas desnudas en las manos diestras, las siniestras sobre el corazon y el nombre de Dios en los lábios.
El rey, aterrado, trémulo, fijaba la inmóvil mirada de sus ojos en la tremenda vision; los tres príncipes sentian latir en sus venas su sangre de valientes sin miedo y sin tacha.
--¡Adentro, señor! gritó Belay adelantando con la espada en alto: ¡adelante, hermanos mios! ¡ya que hemos llegado hasta aquí, es preciso que las artes de Satanás no detengan á cuatro príncipes cristianos!
Y asió de don Rodrigo, y seguido de Teodomiro y Favila penetró en la torre.
La vision desapareció, como por ensalmo, apenas el rey y los tres príncipes pisaron el interior de la torre; apagóse la claridad lívida que antes la habia alumbrado y solo quedó el ténue reflejo de la luna.
--¡Una antorcha! gritó Belay.
Desde la márgen del rio adelantó uno de los pajes mas atrevidos, y entregó una antorcha al príncipe.
El noble godo adelantó aun mas, dentro de la torre, y la reconoció á la luz de la antorcha.
Era la torre inmensa, tétrica, bastante á imponer terror por sí sola, sin la ayuda de sus apariciones, al corazon mas valiente: formábala una bóveda circular sustentada en el centro por un gigantesco pilar; la altura de esta bóveda se perdia en la oscuridad, y sobre sus muros y en torno de la pilastra, se veian, labrados en la roca, mónstruos informes, reptiles horribles, esqueletos de gigantes; todo allí, como petrificado por un conjuro ó por una maldicion; oscuras inscripciones orlaban los muros en fajas de piedra, con letras de sangre, y sangre parecia brotar el pavimento húmedo y resbaladizo.
Belay conduciendo al rey y seguido de Teodomiro y Favila, recorrió la torre y solo se detuvo ante una especie de nicho en el cual habia un arca de hierro mohoso.
Al verla don Rodrigo, ya mas sereno por la desaparicion de las sombras, que, siempre incrédulo é impío habia juzgado un delirio de su razon, dió un grito de alegria.
--¡Abrid! ¡abrid! dijo á los príncipes: ¡allí debe encerrarse un riquísimo tesoro, ¡abrid!
Belay levantó la pesada tapa y alumbró el interior del arca.
Don Rodrigo lanzó dentro de ella una mirada codiciosa.
Pero en vez de joyas solo vió veinte y cinco coronas de hierro atadas en una cadena; su blason real roto y manchado, su espada enmohecida y su manto real hecho girones y ensangrentado.
Un libro escrito en caracteres árabes, el Korán, estaba puesto sobre la Biblia abierta y deshojada, y el verde pendon del Profeta, envolvia en sus pliegues otro objeto.
Belay sacudió la bandera y de ella, una cabeza humana cayó sobre el pavimento.
Aquella cabeza separada de su tronco era tan semejante á la que aun vivia sobre los hombros de don Rodrigo, que los príncipes se estremecieron y el rey tembló, y sintió correr por sus venas el frio de la muerte.
--¡A las armas, hermanos mios! gritó Belay: ¡corramos á nuestros castillos! ¡que el pueblo godo se levante á tu voz, señor, porque la tradicion se cumple y en esta torre fatal está encerrado tu destino!
--¡Los árabes! esclamó don Rodrigo levantando por primera vez su cabeza en un movimiento de energía: ¡pues bien! ¡que vengan! ¡las canas no me impedirán cubrir mi cabeza con mi capacete coronado, y bajo la púrpura vestiré la lóriga! ¡la corona en la frente y la espada en la mano cabalgaré delante de mi pueblo, y si está escrito que hayamos de sucumbir, sucumbiremos como valientes! ¿no es verdad príncipes?
Los tres príncipes se miraron con estupor. Habian creido hasta entonces que el rey habia muerto para el valor y que solo vivia para la molicie y para la corrupcion.
--Venid, mis valientes caudillos; pronto mis huestes y las de mis nobles, probarán si es incontrastable lo que está escrito por el destino. Entre tanto, á Dios.
Y salió delante de ellos de la torre, cabalgó en su corcel y llamó en voz alta á don Oppas.
[imagen no disponible: Sacudio la bandera, y cayo al suelo una cabeza humana.
LETRE dibº y litº Lit de J.J. MARTINEZ, MADRID.]
Don Oppas se acercó temblando.
--A Toledo, dijo el rey con acento sombrío.
Poco despues la brillante cabalgata aterrada, triste y silenciosa volvió á entrar en la ciudad.
Antes del amanecer salió de ella á pie, por la puerta de los Leones un hombre envuelto en una clámide roja, y en silencio y á gran paso se encaminó al valle del Tajo.
* * * * *
Desde que salió el rey del castillo del conde don Julian, Florinda pálida, pintada en el semblante una espresion de despecho y de desesperacion horrible, habia permanecido en su mirador, dejando brillar las lágrimas, que corrian silenciosamente por sus megillas, á los rayos de la luna.
Recordaba de una manera confusa una cosa horrible; se sentia lacerada en el cuerpo y en el alma, y su pensamiento pasaba tan pronto del rey don Rodrigo, su infame burlador, á Belay, el amado de su alma.
Florinda no comprendia la razon de su momentáneo delirio entre los brazos del rey: la desdichada no sabia que habia sido embriagada por un filtro terrible.
Conocia sin embargo su vergüenza y anhelaba venganza, una venganza cruda.
Hubo un momento en que una horrible decision se pintó en su semblante, se apartó bruscamente del mirador; corrió á su cámara, tomó un pergamino y escribió en él apresuradamente algunas líneas.
Despues llamó á Kaib.
Este apareció de improviso como si hubiese estado detrás de la puerta.
--Ha llegado la hora de la tribulacion, Florinda, y me has llamado, héme aquí: ¿qué quieres?
--Es necesario que lleves esta carta á mi padre á Tanja.
--Iré, dijo Kaib.
--Pues bien, vete y que el nuevo sol te vea cabalgando hácia el oriente.
--Antes de partir es necesario que yo te deje segura y libre del infame.
--¡Ah! esclamó Florinda cubriéndose de rubor: ¿sabes?...
--Lo sé todo: yo soy mago.
--¿Y habias previsto la horrible desgracia que me iba á acontecer?
--Sí.
--¿Y por qué no me salvaste? esclamó con desesperacion Florinda.
--Estaba escrito que tú fueses sacrificada, para que el pueblo godo fuese destruido.
--¡Ah!
--Pero yo no puedo dejarte abandonada. El infame don Rodrigo arde en tus amores, su delirio por tí crece, siempre tendrá para enloquecerte un filtro, un ensalmo. La ciencia se vende al oro. Pero ven: yo te daré un amuleto que te libre de las asechanzas del rey. Ven hija de don Julian: ven.
Arrastrada por el acento solemne del esclavo, Florinda le siguió: salieron del castillo por un postigo, atravesaron el Tajo en una barca y llegaron á la torre maravillosa, apenas se habian alejado de ella el rey y sus gentes.
Kaib desnudó su puñal y tocó con el pomo en la gran puerta de hierro.
El eco despertó, como de las profundidades de un abismo, el ruido causado por la mano del hombre.
Una voz pujante como á la llegada del rey, gritó desde adentro.
--¿Quiénes sois y qué quereis?
--Somos Florinda y Kaib, contestó el esclavo.
Entonces la puerta se abrió en silencio y por sí misma.
Una claridad lívida iluminaba el interior.
--No tiembles, Florinda, dijo con voz segura Kaib, porque si tiemblas, esa puerta se cerrará y no volverá á abrirse mas para nosotros.
Florinda procuró dominarse y lo consiguió, á pesar de que vagaban con paso lento, en torno suyo, sombras envueltas en sudarios blancos, pálidas y sombrías, como cadáveres insepultos; cada una de ellas fijaba sus hundidos ojos en la jóven de una manera horrible y cruel.
--Todos estos han llamado como nosotros á esta puerta, dijo Kaib: todos ellos han sucumbido al pavor y velan encantados aquí: mira, hay valientes guerreros y hermosas damas; todos han venido en busca del tesoro que encierra esta torre y ese tesoro está guardado para tí.
Florinda sentia dentro de su espíritu un poder superior; su corazon dominaba todos aquellos terrores; su vista se estendia sin vacilar por los ámbitos de la torre, abarcándolos con su mirada serena y poderosa.
Y era porque Florinda estaba desesperada, y no podia aterrarse porque tenia sed de venganza, y aquella ansiosa rabia la daba valor.
Kaib, llevando de la mano á Florinda, avanzó hasta el pié de la pilastra que sostenia la bóveda de la torre y puso la mano sobre la cabeza de un horrible jorobado de piedra, que estaba como incrustado al pié de la pilastra.
--Yo he leido en los astros, dijo: yo soy mago: los astros me han revelado que tú guardas un amuleto que defiende á las mugeres de la impureza de los hombres y de su propia impureza.
El enano rugió sordamente, levantó la cabeza y volteó en sus órbitas, mirando á Kaib y á Florinda, sus torbos ojos de piedra, que por un momento parecieron de fuego.
Ninguno de los dos tembló.
Entonces el jorobado se arrancó de la pilastra y caminó delante de los dos, haciendo resonar sobre el pavimento las secas pisadas de sus enormes piés de mármol.
--Hé aquí la piedra de los siete sellos, dijo deteniéndose en la parte oriental de la pilastra; si esa muger es la sentenciada por el destino á causar la ruina del pueblo godo, su mano romperá el encanto, y el precioso talisman será suyo.
Sobre la losa que servia de puerta á un arco, habia á cada lado tres signos, y otro en el centro: aquellos siete signos eran enteramente iguales entre sí, y parecian láminas de oro sobrepuestas al mármol; consistian estos sellos en dos triángulos cruzados, dentro de los cuales se leia en caracteres caldeos: ¡DIOS!
Florinda tocó con su dedo el signo del centro, que desapareció absorvido por el mármol, como una gota de agua que cae sobre una plancha de hierro caldeado.
Tocó el segundo, el tercero, hasta el sétimo y todos desaparecieron de igual modo.
--Hé aquí la Kaba de los árabes, dijo el enano: lo que estaba escrito se ha cumplido.
Y asiendo la piedra por uno de los bordes, la separó, á pesar de su enorme peso, con la misma facilidad que si hubiera levantado la hoja seca de un árbol.
Entonces quedó descubierto un precioso arco árabe de oro, calado, esmaltado y cincelado, que daba entrada á un pequeño retrete resplandeciente.
Una luz brillantísima emanaba de una caja de esmeralda, colocada sobre almohadones de púrpura, oro y piedras preciosas.
--En esa caja está el amuleto; dijo el enano: la muger que le tenga pendiente de su cuello, estará libre de la impureza, pero no de las desgracias, de las injurias, ni de la muerte.
Muger consagrada á Dios será y la muerte y la condenacion caerán sobre el hombre que ponga en ella su mano, mientras tenga sobre su seno el amuleto.
--Escrito está, murmuró Kaib: ¡cúmplase la voluntad del Dios grande y justo!
Florinda abrió la caja.
Dentro habia un collar de gruesas perlas y de inestimable precio y en el centro de él, pendiente de la perla mas gruesa, habia una manecita negra de ébano, sobre la cual y de una manera imperceptible, estaba grabado el sello de Salomon, en cuyo centro en caracteres caldeos, se leia la palabra ¡DIOS!
Nada teneis que hacer ya aquí, dijo el enano: el decreto del destino se ha cumplido: la Florinda de los godos, la Kaba de los árabes, ha roto los siete sellos que guardaban la ruina de un pueblo. Idos.
El jorobado fué á enclavarse de nuevo en el lugar que habia abandonado, tornando á su marmórea inmovilidad.
Florinda fué á ceñirse el amuleto.
--Espera, dijo Kaib: yo te amo.
Florinda miró con los ojos arrasados de lágrimas al esclavo.
--Yo te amo, continuó Kaib, como ama el hermano á la hermana, la madre á la hija, el dia al sol; pero Kaib no ha encontrado gracia en tus ojos, hija de don Julian; amas á un hombre que no puede ser tu esposo, y tu pureza ha sido arrebatada por un infame á quien no podias amar. Nos vemos por la última vez, Florinda.
--¡Por la última vez!
--Sí; yo moriré pronto, moriré junto á tu padre que vendrá á vengarte.
--¡Y mi padre!
--Morirá tambien.
--¡Oh! ¡Dios mio! ¿y mi pueblo?
--Será esclavo.
--¡Y todo por mí!
--¡Estaba escrito!
--Pero el destino es injusto.
--Dios te ha elegido por víctima.
--Pues bien, que se cumpla la voluntad de Dios.
Y Florinda levantó la frente radiante de magestad y de valor.
--No volveremos á vernos mas, dijo Kaib: abrázame, hija de don Julian.
Florinda se arrojó entre los brazos del nubio, como pudiera haberse arrojado entre los brazos de su padre, y lloró sobre su robusto pecho.
Kaib la besó en la cabeza sobre los cabellos y la separó de sí.
Florinda rodeó á su cuello el amuleto.
Entonces pareció que su hermosura crecia: sus ojos brillaban con un resplandor sobrenatural: la blancura de su tez se habia hecho deslumbrante: el amor volaba en torno suyo, irresistible, impregnado de ambrosía y de pureza.
Kaib sintió abrasarse su corazon en un fuego infinito y voraz: Florinda no era entonces una muger: era mas que una hurí; era un arcángel.
A su vista se agitaron los millares de mónstruos enclavados en los muros y en la pilastra, y en la bóveda de la torre, sobre sus alveolos de piedra, chocaron sus duras cabezas, y un grito de guerra retumbó inmenso en las concavidades.
Pero lentamente volvió el silencio á dominar la torre, se apagó el crepúsculo frio y nebuloso que la iluminaba, y solo quedó el reflejo de la luz de la luna que penetraba blanca y débil por la ancha arcada de la puerta, por la que salieron los jóvenes.
La puerta se cerró inmediatamente.
--He cumplido con lo que me prescribian el destino y el amor, dijo Kaib. ¡Hija de don Julian! ¡un poder superior te protege, y en vano quiere envolverte en sus alas el negro espíritu de los amores impuros!
Florinda callaba; sus ojos, fijos en la luna, estaban llenos de lágrimas.
Parecia que su vista alcanzaba á leer en la inmensidad el porvenir.
--A Dios, dijo Kaib.
--¿Cómo? ¿me abandonas aquí, sola, junto á esta terrible torre?
--Siento los pasos de un hombre que se acerca, y ese hombre te acompañará: ese hombre es Belay.
--¡Belay! esclamó Florinda alentando apenas.
Y aprovechando su sorpresa y su conmocion, Kaib se alejó.
* * * * *
Poco despues apareció á los rayos de la luna un hombre.
Florinda habia quedado inmóvil junto á la puerta de la torre.
Por un secreto instinto, al acercarse aquel hombre, le reconoció.
--¡Ah! ¡Belay! ¡Belay! ¿á dónde vas? le dijo.
--¡Florinda! esclamó el jóven príncipe alentando apenas al escuchar la voz de su amada.
--Sí, yo soy.
--¿Qué haces aquí?
--¿A qué vienes tú?
--Vengo á penetrar en esta terrible torre; vengo á evocar al espíritu maldito que la habita: á preguntarle lo que debemos temer ó lo que podemos esperar. ¿Y cuando vengo aquí anhelando la salvacion de mi patria, te encuentro, Florinda, sola, junto á esta tremenda torre?...
--Yo no soy ya Florinda... tu Florinda, la que debia ser tu esposa... soy la manceba del rey don Rodrigo.
--¡Tú! gritó Belay exhalando su corazon hecho pedazos en su grito: ¡tú, la manceba del rey!
--¡Dios lo quiere!
--¡Que Dios quiere que tú mancilles la honra de tus abuelos! esclamó Belay: ¡esa es una horrible blasfemia! ¡tú estás loca, Florinda!
Florinda aceptaba su destino de una manera heróica: amaba á Belay, y por lo mismo queria apartarle de ella: aborrecia de muerte al rey, y por lo mismo queria unirse á él.
¿No la habia dicho aquel terrible jorobado de piedra, que el hombre que pusiese sobre ella sus manos impuras, mientras tuviese pendiente de su cuello el amuleto de Salomon, perderia su cuerpo y su alma?
Florinda, por vengarse, queria buscar al rey; embriagarle con sus amores; ser su manceba; ser, en fin, para él un doble tósigo para su cuerpo y para su alma: el cuerpo ensangrentado: el alma condenada.
--Yo amo al rey, dijo con voz lánguida Florinda.
--¿Y así olvidas tus promesas, mi amor, mi vida?
--Ama á otra hermosura.
--¡Ah Florinda! ¡Florinda! ¡tú estás loca!
--¡No, no! ¡recuerda bien! ¡esta noche!...
--¡Ah! ¡esta noche!...
--El rey vino á mi castillo.
--Es verdad.
--El rey pretendió que yo le sirviese la copa.
--Es verdad.
--Tú quisiste oponerte á que yo quedase sola con el rey.
--Sí, sí, es verdad.
--Pues bien; yo habia llamado al rey.
--¡Tú!
--Sí, yo. Yo que le serví la copa de mis amores.
--¡Oh! ¡maldita seas tú, muger, que has herido de un solo golpe la honra del padre y el corazon del amante!
Y fuera de sí se volvió á la puerta de la torre, se arrojó contra ella y la golpeó con las manos.
La puerta se abrió y Belay se precipitó dentro.
* * * * *
Cuando salió empezaba á amanecer.
La frente de Belay se mostraba radiante de valor.
--¡Que la causa de su pérdida es Florinda! esclamó con acento profundo: ¡que su padre el conde don Julian será traidor, que los árabes vencerán á los godos, y que yo, yo, Belay, duque de Cantábria seré el primer rey de otro árbol de reyes! ¡Oh! ¡hagamos callar nuestro corazon; ahoguemos en él la voz de nuestro amor y de nuestros celos; la patria necesita nuestro brazo, y nuestro amor es todo entero de la patria!
El generoso mancebo se encaminó á Toledo.
En aquellos momentos, Florinda engalanada como una reina, y sonriendo de amor, entraba en la cámara de don Rodrigo, y se arrojaba entre sus brazos.
Kaib galopaba sobre un potro negro, atravesando la España para ir á llevar al gobernador de Tanja, al conde don Julian, la carta en que Florinda le avisaba de su deshonra.
* * * * *
El sol habia descendido y aparecido ocho veces desde que Kaib habia partido con la carta.
Habia llegado al monte Calpe, á la ribera del estrecho de Alzacac, y habia entrado en una nave de mercaderes para trasladarse á Tanja.
Muy pronto la nave se acercó á las riberas de Africa.
Al lejos, Kaib inmóvil y de pié sobre la proa, vió en el horizonte de un mar abrillantado por los rayos del sol, una ciudad agarena, cuyos altos minaretes parecian desafiar á las tempestades.
Aquella ciudad era Tanja.
Fuera de los muros, junto á la espuma de las aguas, se veian levantadas algunas tiendas: multitud de árabes á caballo armados de lanzas, caracoleaban al rededor de las tiendas, ejercitándose en sus armas, como soldados que se disponen á una empresa cercana.
Mas próxima al mar que las otras, habia una tienda, sobre la cual ondeaba un pendon de seda roja y verde; á la puerta de esta tienda dos hombres paseaban amigablemente y miraban al mar, en cuyo lejano horizonte aparecia un punto negro.
Aquel punto negro era la nave que conducia á Kaib.
La edad de los hombres que paseaban delante de la tienda, parecia ser la de cincuenta años. Los dos mostraban en su semblante el sello de dominio que la costumbre del mando imprime en los caudillos.
El uno llevaba el capacete de oro y la clámide de púrpura de los nobles godos; su semblante pálido y triste parecia reflejar el presentimiento de una gran desgracia, y su paso era lento, grave y magestuoso.
El otro hombre que con él paseaba, era un árabe hijo de Damasco, cuya frente atezada, estaba cubierta por una toca roja y verde: causaba terror la mirada incontrastable, salvaje, cruel, de sus ojos negros como el ébano; vestia un alquicel blanco, un caftan rojo, y una lóriga de guerra; en su ancha faja de Persia escondia un corvo puñal, y sujetaba una larga espada con empuñadura de hierro.
Este árabe era Muza-ebn-Nosir, vasallo del califa Walid y conquistador del Magreb, hasta la Mauritania Tingitana.
Muza y el conde don Julian hablaban de gravísimos asuntos.
--Inútil es cuanto te esfuerzes, emir, en convencerme á que haga traicion á mi rey, decia el conde. Por él tengo el gobierno de la Mauritania Tingitana, y la defenderé á todo poder contra tí y contra todos los que enviare el califa tu señor. No me pidas que te abra las puertas de mi patria, que no vengo de raza de traidores, ni hay oro bastante en el mundo para obligarme á ser traidor.
--Nobles y leales son tus palabras, conde, y leal y noble eres, y es por cierto grande lástima que tan buen caballero sirva á un rey tan tirano como don Rodrigo.
--El reino le castigará como á Witiza y pondrá otro rey en su lugar, dijo el conde, si necesario fuese: por lo mismo, si yo te he recibido de paz, es porque de paz has venido, y porque yo siempre tenderé mi mano á los prudentes y á los esforzados.
Muza no insistió al ver la firmeza del conde, pero no dejó de mirar con anhelo, y sin saber por qué causa, á la nave que conducia á Kaib.
Durante algun tiempo el godo y el árabe continuaron paseando y hablando de sus respectivas patrias, señalando y ponderando cada uno las escelencias de la suya, como si hubieran sido los amigos mas grandes del mundo.
Entre tanto la nave habia llegado á la ribera y de ella habia saltado en tierra Kaib, que al ver á su señor corrió hácia él.
Una palidez sombría cubrió las megillas de don Julian al ver la precipitacion con que se acercaba á él uno de sus esclavos que habia reconocido.
Kaib no tardó en arrojarse á los pies de su señor.
--¿Qué nuevas me traes? dijo alentando apenas el conde don Julian.
--Esta carta de tu hija te las revelará, señor, dijo Kaib sacando del seno el pergamino que le habia encomendado Florinda y entregándolo al conde don Julian.
Este rompió los sellos y leyó.
--¡Oh! ¿que es esto, Dios, poderoso Dios? dijo el conde dejando caer el pergamino apenas le hubo leido, y llevándose las manos á la cabeza como si hubiese temido que se le escapase.
Muza recogió el pergamino, pasó la vista por la escritura, y luego, sonriendo con un gozo cruel, leyó en voz alta el contenido.
Decia así:
«Padre: la cólera de Dios ha caido sobre nuestras cabezas.
»El destino se cumple y la muerte acecha.
»Nuestro hogar ha sido profanado.
»El infame rey don Rodrigo ha mancillado, valiéndose de malas artes, la pureza de tu hija.
»Tu Florinda está deshonrada y morirá de vergüenza.
»Padre: desnuda tu espada, desnúdala y venga á tu hija.»
Mientras el árabe leia, los ojos de Kaib se inyectaban de sangre.
Al fin esclamó con una voz semejante á un rugido y como si hubiese ignorado lo que contenia la carta.
--Mientes tú, perro infiel; es imposible que esa carta diga lo que tú supones que dice.
Al verse insultado el soberbio Muza de tal modo por un esclavo, una palidez de muerte cubrió su semblante y desnudó trasportado de cólera su puñal.
Kaib no tuvo tiempo de huir ni de defenderse; el árabe le habia herido de una puñalada.
Kaib cayó murmurando:
--Estaba escrito.
Y espiró.
--¡Oh! ¿que es esto? dijo don Julian volviendo en sí.
--Esto es, dijo Muza mostrándole la carta, tu hija deshonrada y tu esclavo muerto.
El conde don Julian arrebató el pergamino á Muza y se alejó frenético.
El emir entró en su tienda murmurando.
--Lo que no han hecho la ambicion ni el oro, lo hace la venganza, Gecira-Alandalus será esclava del Islam.
* * * * *
Pocos dias despues el conde don Julian decia á Muza en un aposento de su palacio de Tanja:
--¡Emir de Africa! ¡caudillo del poderoso Walid, reune tus soldados! yo te abro las puertas de Tanja; yo te doy los galeones de los godos! ¡emir del poderoso Walid! ¡pisa las playas de España! ¡adelante, al galope de los caballos de tus feroces árabes! ¡yo voy contigo! ¡yo que voy por la cabeza de don Rodrigo!
Muza sonrió de una manera horrible y esclamó:
--¡Estaba escrito! ¡lo que no pudo hacer la ambicion lo hace la venganza!
* * * * *
Algunos dias despues un ejército árabe pasaba en cien galeones el estrecho y pisaba las playas de la Bética.
Antes el walí Tarik-ebn-Zyad, con una caballería escogida, habia pasado en cuatro grandes barcos de Tanja á Sebta y de Sebta á Andalucía con éxito venturoso.
Tarik habia devastado algunas comarcas de la Bética y habia avisado á Muza de que podia pasar con su ejército.
Cuando el príncipe godo Tadmir[54] supo esta invasion: escribió á don Rodrigo la carta siguiente:
«Señor: aquí han llegado gentes enemigas de la parte de Africa, yo no sé si del cielo ó de la tierra; yo me hallé acometido de ellos de improviso, resistí con todas mis fuerzas para defender la entrada, pero me fué forzoso ceder á la muchedumbre y al ímpetu suyo: ahora, á mi pesar, acampan en nuestra tierra. Ruégote, señor, pues tanto te cumple, que vengas á socorrernos con la mayor diligencia y con cuanta gente se pueda allegar; ven tú, señor, en persona, que será lo mejor.»
* * * * *
El espanto cundió entre los godos, y el rey don Rodrigo se levantó aterrado de entre los brazos de Florinda, donde le sorprendió la noticia.
El sangriento vaticinio de la horrible torre empezaba á cumplirse.
La corona de los godos y la cabeza de don Rodrigo estaban amenazadas.
Don Oppas veia con placer acercarse el dia en que fuese derrocado el enemigo de Witiza.
Los hijos de aquel rey gozaban ya con su venganza.
Florinda miraba ya próximo el momento en que el infame tirano caeria ensangrentado á los pies del conde don Julian.
Don Rodrigo, reuniendo cuantas gentes pudo, partió para la Bética y llegó con un innumerable ejército á Sidonia.
Tarik, la valiente espada del Islam, le salió al encuentro.
El trono de los godos cayó por tierra en la batalla de Wad-al-Lette[55].
Don Rodrigo cayó muerto á manos de Tarik.
El traidor don Julian cayó tambien horrorizado de haber vendido á su patria por lavar su honor.
Pero Florinda estaba vengada.
Los árabes, por haber sido ella la causa de la pérdida de un reino, la llamaron la Kaba[56].
Los árabes siguieron adelante en su triunfo, y la bandera del Islam tremoló sobre Toledo.
Solo quedaron algunos godos reunidos por Belay en las montañas de Asturias, sin rendir homenaje á los vencedores.
* * * * *
Las gentes de Damasco vinieron á buscar la tierra fértil de Gecira-Alandalus, y se dirigieron á la Bética, y en ella buscaron á Iliberis.
Porque así estaba escrito.
Y quiso Dios que cuando asomaron, viniendo de la parte de las marinas por la cumbre de un monte, á cuyo pie tiempo adelante se levantó la villa de Al-Padul, voló el arcángel de la vida y de la alegría con sus alas de oro y su flotante túnica celeste recamada de estrellas, sobre la tierra árida y seca de Iliberis y disipó los vapores que la cubrian, y dijo con una voz dulce y sonora como el murmurio de las auras entre las flores.
«Vuelve á ser lo que eras, tierra maldita, antes de la impiedad de tus antiguos moradores.
»Cúbrete de praderas y de fuentes, de bosques y de sotos.
Alégrate animal viviente y ave voladora.
Y cúbranse tus sierras de nieve.
Y tus montes de verdura.
Y muéstrate riente y engalanada bajo tu cielo azul.
Porque Dios te bendice para que seas el paraiso de su pueblo.
Pero quede en tí la señal de su maldicion, como recuerdo de una historia pasada.
Y que la parda sierra donde es Iliberis, no produzca ni yerba ni fruto.
Ni de asilo sirva á ave ni á fiera, sino á inmundo reptil y á vívora ponzoñosa.»
Y dicho esto, el ángel batió su ligera y dorada pluma.
Y se deshizo en lluvia de flores y aromas.
Y se alegró el cielo y regocijóse la tierra.
Brotaron las fuentes de las alturas y corrieron los rios.
Y columpiáronse las auras en las verdes frondas de las arboledas.
Y cantaron los pájaros.
Y balaron las ovejas en los altozanos.
Pero allá en el confin opuesto á Geb-el-Solair quedó la sierra de Iliberis infecunda y triste, despoblada de gentes y de animales y desnudas de verdor sus ásperas crestas, entre cuyas grietas asomaba su amarillenta luz el fuego de los volcanes.
Y cuando los de Damasco llegaron á la cumbre del alto del Padul, se creyeron trasladados á un jardin de delicias.
Y fijaron sus ojos asombrados en el monte de la Alcazaba, y en la Colina Roja y en la villa de los judíos.
Y al ver los castillos sobre los montes, al pié de otros montes mas altos.
Y la corona de nieve de la sierra.
Y la estendida alfombra de verdura de la vega, esclamaron:
--¡Allah Kuakbar[57] este es el Jardin-de-Delicias.
Y la ciudad de los castillos sobre los montes Al-Garb-Nat[58].
Y llamaron desde entonces á la Alcazaba, y á la Colina, y á la villa, Garbnat.
Y las ocuparon y edificaron en ellas sobre las ruinas romanas torres y muros y una aljama á Dios dentro de los muros y defendida por las torres.
Y llamaron al monte de Iliberis Gebel-Elveira,[59] á causa de su esterilidad.
Y llamaron al castillo antiguo que encontraron Hins-al-Roman[60].
Y construyeron frente á él, al otro lado de la fortaleza, otro que se llama hoy alcazaba Cadima.
Y labraron esta alcazaba el año 148 de la Egira, en tiempos de Ased-ebn-Abd-el-Rajman-el-Schevaní, primer walí de Granada.
Nadab, á la llegada de aquellas gentes estrangeras, escondió mas á Yémina, trasladándola á una escabacion abierta en la cisterna de la Colina Roja, receloso de aquellas tribus de oriente que con las lanzas teñidas aun en la sangre de los godos, avanzaban á la carrera de sus caballos de Africa, en direccion á las montañas.
Y Ased-el-Schevaní era un sirio feroz, que, mancebo aun, habia venido con el caudillo Ocba-ebn-Nafe-el-Farih, sobre las tierras del Magreb, y habia ensangrentado su caballo hasta las cinchas en sangre berberisca treinta y cinco años antes de la conquista de España por los árabes.
Y así es que, al tiempo en que los de Damasco allegaron á las tierras de Granada, las nieblas del invierno y el sol del estío habian pasado ochenta veces sobre su cabeza.
Y era su barba blanca y su tez roja.
Y mostraba gran cuerpo y fuerza á pesar de sus muchos años.
Y era respetado por sabio y por valiente entre los mas doctos y esforzados de su tribu.
Nunca habia tenido mugeres, ni habia amado.
Ased-el-Schevaní decia que el amor era una enfermedad del espíritu, y la muger el demonio tentador que Allah ha arrojado sobre el camino del hombre para hacerle débil y apartarle de toda fuerza y merecimiento.
Pero como el amor es ley invencible, yugo inevitable, luz del cielo sin la cual el hombre seria una fiera, y la muger la antorcha de oro y perlas donde ha puesto Dios el resplandor de su hermosura, estaba escrito que Ased-el-Schevaní habia de arder alguna vez en su fuego.
Y ardió; pero de una manera voraz, insensata.
Hasta el punto de consumir en aquel fuego su corazon, y bajar á la tumba débil, desesperado y loco.
Y sucedió así.
Sobre la cumbre del monte fronterizo á la Colina Roja, los de Damasco, huyendo de la esterilidad de Elvira, buscando aires puros y aguas saludables, tierra fértil y pabellones de verdura; habian levantado la torre que hoy se vé ruinosa cerca de la plaza de Bib-al-Bonut, mirando al cerro donde mas tarde se levantó la torre del Aceituno[61].
En aquella torre, labrada por cautivos cristianos, moraba el walí de Granada, y desde ella veia, durante el dia, levantarse lentamente las fuertes murallas de la Alcazaba Cadima y vigilaba las Torres-Bermejas, y se dejaba caer desde ella sobre los enemigos de su tierra, que en medio de las disensiones que habian empezado á arder entre los hijos del Islam, apenas conquistada España, corrian sus fronteras en algaras devastadoras, y pretendian encender la guerra civil, que mas tarde debia arrancar la España del dominio de los califas de oriente.
Velaba una noche Ased-el-Schevaní.
Apoyado en las almenas de su fuerte morada, contemplaba al lejos la altísima sierra ostentando su cándido velo de nieve á los rayos de la luna, y la Vega, dormida bajo el dulce reflejo, y silencioso todo en torno como si el genio del sueño hubiera batido sus blancas alas sobre Granada.
Recordaba Ased-el-Schevaní el apacible cielo de la Siria, sus fértiles campos; la luna, alumbrando blandamente las cúpulas y los almenares de la soberbia Jerusalem, su patria; suspiraba en su orgullo de guerrero porque no veia ante sí otras torres y otros muros semejantes en que la luna quebrase sus rayos, y el viento sus alas, y la sombra su manto de oscuridad.
Y parecióle cuando esto pensaba que en la cumbre de la Colina Roja se levantaba tromba de niebla, y que la niebla se condensaba y tomaba formas de muros y torres, que mostraban tras sus ajimeces luces y sombras, regocijo de zambra y ecos de armonía.
Creyó ver ginetear al rededor de aquel castillo, sobre la pelada vertiente de la colina hasta el lecho del rio, multitud de caballeros que parecian vagar en los aires como sombras, y esconderse en oscuras grietas como reptiles; parecióle que una aureola de luz coronaba aquel alcázar de los sueños, y de las hadas, y de los encantados, y llamó á su katib[62], que dormia en su aposento sobre una piel de camello.
--¿No ves Aruhm, le dijo, una corona de perlas y rubíes sobre la cabeza de aquel monte? parece que un manto de oro y resplandores se ha estendido sobre él, y que las hadas del quinto cielo han descendido á la tierra en una fiesta del Edem.
El viejo Aruhm se frotó los ojos y nada vió.
Porque estaba escrito que solo los señores de Granada alcanzarian á ver con sus ojos de hombre el Palacio-de-Rubíes.
--Yo nada veo, señor, contestó el katib; sino las ruinas del templo romano y una opaca luz que brilla entre sus pórticos destrozados.
Y así era la verdad: velando entre las ruinas, el sabio Nadab pronunciaba el conjuro que hacia ver á Ased-el-Schevaní aquellas maravillas.
Porque Nadab necesitaba atraer á la Colina Roja y á la cisterna donde estaba escondida Yémina á Ased-el-Schevaní.
Este comprendió al fin que en la vision perenne ante sus ojos se encerraba un misterio; despidió ágriamente á Aruhm, y tomando su alquicel, su arco y su aljaba, salió con recato de la torre, bajó el repecho de la Alcazaba, atravesó el rio sobre un puente romano, y empezó á trepar por la vertiente de la Colina Roja.
Cuando salió del bosque que la rodeaba y miró á su cumbre, nada vió: la Colina solitaria solo mostraba las ruinas, la torre y los anchos brocales de la cisterna.
Pero Ased-el-Schevaní andaba impulsado por el destino, y avanzó hasta la cumbre; parecióle escuchar un dulce y perdido canto de muger en las profundidades de la cisterna, y cuando puso el pié sobre el brocal mas inmediato, sintió sobre su cabeza un ruido sordo y ténue, semejante al que produce una tienda de seda que se despliega; brilló en sus ojos un resplandor vivísimo; alhagó sus oidos una música armoniosa sobre todas las armonías, aspiró un ambiente saturado de perfumes, y lánguidas y frescas brisas agitaron su barba y el flotante estremo de su toca.
El invisible Palacio-de-Rubíes se habia levantado en torno suyo con todo su esplendor oriental, pero mas bello, mas delicado, mas rico, que cuantos alcázares habia visto hasta entonces el Schevaní.
Aquel maravilloso palacio parecia ser una profecía de lo que con el tiempo serian los alcázares de la Alhambra, y el walí contemplaba absorto sus jardines, sus galerías, sus retretes, con todas sus galas, sus labores de oro, sus leyendas de amor y su voluptuosidad, y escuchaba con delicia sus blandos é incitantes rumores, que parecian emanar de huríes invisibles.
Ased-el-Schevaní, absorto de admiracion, avanzó por aquellos encantados ámbitos precedido de hermosas mugeres que bailaban la zambra al son de guzlas de marfil, y rodeado de silenciosos esclavos y seguido de feroces guerreros.
--¡Oh señor Allah! esclamó Ased-el-Schevaní: ¿qué alcázar de luz es este que guarda tantas maravillas, sino es el jardin de Hiram que ve en sueños el justo cuando atraviesa el desierto en su peregrinacion á la santa ciudad?[63] Yo le he visto una vez, señor, y no era tan fresco, ni tan sonoro como este, ni eran sus flores tan bellas, ni sus aguas tan claras, ni sus retretes tan magníficos. ¡Oh, señor Allah! ¿Qué quieres de tu siervo el Schevaní?
Calló el anciano porque cerca de él, á través de un arco primorosamente calado, escuchó unas voces juveniles que le nombraban departiendo alegremente.
--Sí, hermanas mias, decia una de ellas, Ased-el-Schevaní es un leopardo de Africa que siempre ha resistido á los alhagos del amor.
--Pero no resistirá á los encantos de la hermosura de Yémina, repuso otra de ellas.
--Ni á los filtros de su padre Nadab, añadió una tercera.
--Ni á las locuras de su ambicion, dijo otra.
--Os engañais, repuso la primera que habia hablado, escuchándonos está y no llega, porque aborrece á la muger.
--Por la muger enloquecerá.
--No.
--Sí.
Y aquellas mugeres, que con voz tan incitante hablaban, aparecieron de repente ante el Schevaní.
Plegó el árabe su poblado y cano entrecejo al ver ante sí una turba de muchachas de ojos negros, vestidas de blanco y coronadas de flores, que le sonreian y le provocaban bailando voluptuosamente en torno suyo, y envolviéndole en deleites que nunca habia sentido.
Pero en vano quiso luchar; dominóle tanta fascinacion, y cayó desvanecido sobre un divan.
--¡Guala![64] dijo vencido enteramente estendiéndose con molicie sobre el divan: ¡guala! he sido un necio en dejar correr mi vida sin buscar el amor.
Y cayó en un sueño dulce, ardiente y lleno de encantos, de alegría y de felicidad.
Cuando despertó, miró en torno suyo y se creyó encerrado en una prision; era el ambiente húmedo, los muros tristes, profundas las grietas donde arraigaban plantas parásitas, y sobre altos pilares romanos, en la cóncava y oscura bóveda, á través de la cual, contínuas infiltraciones dejaban caer sobre el pavimento, anchas gotas de agua, que producian un ruido monótono y solemne sobre los turbios charcos corrompidos, en cuyo fondo se revolvian reptiles acuáticos; en la oscura bóveda, repetimos, parecian vagar fantasmas sombríos.
Sintió por la primera vez el feroz Ased-el-Schevaní pavor en el corazon; sus dientes se entrechocaron de frio, y sintió comprimida su alma por una angustia desconocida para él.
--¡Por Allah, dijo estremeciéndose, que mis enemigos se han valido de malas artes para encantarme y estoy en poder de Eblís!
--No, dijo una voz dulcísima resonando en la oscuridad: no; sino en poder del amor.
--¡Amor! esclamó el wali con desden, y ¿qué es el amor para mí, espada del Islam, que hé vencido al desierto su espalda de arenales y hecho mis abluciones con sangre de enemigos?
--¡Recuerda! dijo otra voz.
El árabe tembló: por primera vez sentia el remordimiento delante de un recuerdo terrible.
--Aun brota sangre la tumba de la desdichada hija del conde don Julian, repitió la voz.
El árabe irguió la cabeza.
--¡Era una vil ramera! gritó.
Entonces, y contestando al Schevaní, la voz cantó:
»Tres veces el sol ha trasmontado los horizontes de Gecira-Alandalus entre nubes rojas.
Tres veces vapor de sangre ha enrojecido mas a aquellas nubes.
Y el sol ha dorado tres veces las bravías frentes del árabe y del godo, cuyos brazos no han cesado de herir.
¿Qué ginete es aquel que se envuelve en la pelea?
Su caftan está ensangrentado y rompe entre los enemigos hiriendo en ellos con el asta de una bandera del Islam.
¡Avanza, Ased-el-Schevaní! ¡tus feroces siros te siguen!
¡Aprieta el hierro en tu mano, y desgarra los hijares de tu corcel!
¡Los árabes cejan, y la victoria empieza á batir sus alas sobre los godos!
¡Aprieta el hierro en tu mano, Schevaní!
¡Que los godos de vencedores se conviertan en vencidos!
¡Que no quede uno!
¡He allí á Tarik! ¡á Tarik el valiente, el del caballo negro y la sangrienta espada!
¡Tarik, el genio del combate!
¡Adelante, muslimes! ¡adelante!
Tarik ha enrojecido su espada en la sangre de don Rodrigo.
Del último rey de los godos.
El valiente Orelia ha huido asombrado con la muerte de su real ginete.
¡Un esfuerzo mas!
¡Los godos huyen!
El implacable Wad-al-Lette les cierra el paso ó los ahoga en sus ondas.
¡Un esfuerzo mas! ¡Gecira-Alandalus, es esclava del Islam!
Tarik el invencible, ha hollado la púrpura de los godos.
A sus pies, sobre una alfombra de cadáveres, revuelve tos ojos espirantes el infortunado don Rodrigo.
¡Enviad su cabeza al califa!
Una cabeza de rey es el mejor presente que puede enviarle un muslim.
¡Cortadla!
¿Por qué tú, Tarik, tan valiente y tan fiero, no cercenas la cabeza de tu enemigo?
Tú no eres verdugo.
Pero hé allí á Ased-el-Schevaní.
Ased-el-Schevaní; el leopardo de oriente insaciable de sangre.
El hombre cuya amada es la muerte y cuyo mejor alcázar es el campo de la pelea.
¡Hélo que llega!
¡Oh! el yatagan de Ased-el-Schevaní, se ha teñido en la sangre del moribundo don Rodrigo, y su siniestra mano muestra entre un círculo de guerreros horrorizados, la cabeza de un rey sin fortuna.
¡Paso al verdugo!
¡Paso á Ased-el-Schevaní!»
Y la voz que así cantaba, lanzó una estridente carcajada.
Y á impulsos del terror, la carne del walí se despegó de sus huesos.
Y la voz siguió su canto.
--«La luna brilla.
La tienda del árabe se eleva en la llanura.
Allá en los altos duerme una ciudad.
¡Corona de un imperio poderoso! ¡córte de cien reyes! ¡Tolaitola![65].
¡Cómo alzas tus robustas torres en medio de las brumas de las sombras y de las nieblas del Tajo!
Pero tu puerta de Zocodover se abre.
Una muger sale por ella, desciende al llano y llega á la tienda del árabe.
Es hermosa, pero está pálida y triste como una flor cortada de su tallo.
Con ella va su desventura.
Es Florinda, la infeliz hija del conde don Julian.
La Kaba de los árabes.
Su túnica está rasgada y cubierta de lodo.
Sus rubios cabellos destrenzados, flotan en torno de su semblante, en que aparece la terrible espresion de su locura.
Muchos dolores han pasado por ella.
Ha visto morir á su padre y á los suyos.
Está sola, sola en el mundo.
Sola con su deshonra y su desventura.
Y las mugeres árabes la siguen, arrojándola lodo y gritando:
¡Esa es la Kaba!
Una mano amiga ha abierto para ella las puertas de la ciudad.
Y la desventurada corre por el campo.
Corre y la luna alumbra su pálido semblante y los ecos nocturnos repiten sus insensatas carcajadas.
¡Ay de la gacela que huye!
El leopardo acecha.
Acecha sediento de sangre, y se estremece de placer al sentir los pasos de una nueva víctima que se acerca.
El tapiz de la tienda se abre.
Y Ased-el-Schevaní fija su sombría mirada en Florinda.
Y el hombre de hierro se estremece.
Porque aquella muger es muy hermosa, y su túnica descuidada, muestra su incitante desnudez.
¡Acuérdate, Ased-el-Schevaní!»
Cesó por un momento la voz que cantaba, como para dar tiempo á Ased-el-Schevaní de recoger sus recuerdos, y acreció su temblor y un sudor frio corrió á lo largo de su cuerpo, y fantasmas vengadoras tomaron formas para él en el oscuro fondo de la cisterna.
Recordó una noche de luna, en que, volviendo de Damasco con la cabeza del rey don Rodrigo canforada, dentro de una caja de sándalo, se detuvo á poca distancia de Toledo, para entrar en él ostentando clavado en el hierro de su lanza, el hediendo y miserable despojo.
La luna brillaba.
Los árabes que acompañaban al Schevaní dormian junto á sus caballos.
Y él velaba.
Medió la noche y una sombra blanca y vaga adelantó entre las brumas, se acercó vacilante, y entró en la tienda del walí.
A la luz de la lámpara que la alumbraba, Ased-el-Schevaní vió una muger hermosísima, pálida é inmóvil delante de él.
Sus hombros y su seno, deslumbrantes de blancura, estaban desnudos, suelto el cabello de oro, y al rededor de su cuello se veia un collar de diamantes del cual pendia un amuleto.
Aquel amuleto era una manecita de ébano engastada en oro.
Era la mano mágica, símbolo del Islam, que pendia de la esmeralda cabalística de Salomon.
--Yo soy Florinda, dijo la hermosa acercándose al walí y mirándole con los ojos vagos y estraviados, yo soy un arcángel del sétimo cielo, castigado por Allah y convertido en muger.
La infeliz estaba en uno de sus momentos de locura.
--Mira: yo soy muy hermosa, dijo al Schevaní: por mí un pueblo ha venido sobre otro pueblo, y han corrido rios de sangre; por mí el pueblo de Ismael es señor de los godos de occidente, y ese pueblo me insulta porque dice que soy ramera.
--Y mienten, añadió Florinda, asiéndose estremecida á los hombros del Schevaní, mienten: yo soy vírgen, y mis hermanos los arcángeles vienen á acompañarme en mis sueños; pero mis piés están heridos por los abrojos y mi túnica desgarrada, y tengo hambre y frio.
Y la infeliz temblaba: una palidez mortal cubria con un velo terrible su semblante.
Y Ased-el-Schevaní no tuvo compasion de ella.
--¡Ah! la dijo: ¡tú eres Florinda! ¡la manceba de don Rodrigo!
Su horrible boca dejó ver en una feroz sonrisa sus blancos y agudos dientes de tigre.
--En verdad que es muy hermosa esta muchacha, murmuró sintiendo por primera vez un deseo amoroso. ¡Está loca! ¡la noche es solitaria! ¡mis guerreros duermen! ¡nadie podrá arrojarme á la cara una debilidad! ¡y luego!...
El Schevaní lanzó una sombría mirada á Florinda poniendo la mano en el pomo de su puñal.
Florinda le contemplaba con la curiosidad fria y vaga de los insensatos.
--Mira, le dijo: yo amo á un hombre y ese hombre es generoso, noble y valiente.
Yo guardo su nombre y su recuerdo en mi corazon, y temo que se me escape y quedar sola; sola, porque ese recuerdo me acompaña y duerme conmigo.
Déjame reclinarme en tu divan y guárdame, porque me persiguen.
Si mi amado estuviera aquí, él velaria mi sueño, porque me ama.
Los celos y la envidia irritaron al Schevaní al ver el amor que hácia otro hombre resplandecia en la mirada de la pobre loca.
--Tu amante es un cobarde, dijo, un perro traidor que te abandona en tu miseria.
--No, no es cobarde, dijo con voz dulce Florinda: ¡Si tú supieras su nombre!...
Y la desdichada miró en torno suyo con espanto, como el avaro que teme que le roben su tesoro.
Pero su mirada se tranquilizó: nadie habia que la escuchase, mas que Ased-el-Schevaní.
Florinda llevó al wali á un ángulo de la tienda.
--Mi amado es príncipe, le dijo: mi amado es hermoso como los arreboles de la tarde; mi amado conquistará palmo á palmo las tierras que ha conquistado en Gezira-Alandalus el Islam, y me vengará de los que me insultan llamándome ramera. ¡Ay del Islam ante la espada de Belay! el vendrá de Asturias como un vendabal y aportillará los muros de Tolaitola y pondrá los pendones de la cruz sobre sus almenas: entonces yo seré reina, pero no moriré como Aylat[66]. ¡Ay! ¡la mataron sin compasion estas gentes feroces! ¡la mataron sobre mi seno, y aun las negras manchas de su sangre están sobre mi túnica! ¡Defiéndeme tú, hasta que venga Belay, porque me van á matar como á Aylat!
Ased-el-Schevaní, palideció de cólera, irritóse su ojo voraz y un caliente hálito de sangre le embriagó: la crueldad rebosaba de su corazon, y tomó la caja de sándalo que guardaba la cabeza de don Rodrigo.
--Mira, la dijo: abriendo la caja y mostrándola la cabeza del rey: hé ahí la suerte que espera á tu Belay.
Florinda dió un grito: habia reconocido al rey en aquel sangriento despojo, y la habian horrorizado sus cabellos blancos manchados de negra sangre coagulada.
Por un momento desapareció su locura y miró á Ased-el-Schevaní á la luz de la razon.
--¡Ah! ¡Eres tú, tú el verdugo!... ¡tú, el que yo ví en Tolaitola llevando en tu lanza la cabeza del rey! ¡tú, á quien desde aquel dia no he podido olvidar!... ¡Déjame huir de tí! ¡tu mano no se cansa de herir, ni tus ojos de mirar la muerte! ¡apártate de mi camino, porque tu mirada me hiela, y me das horror! ¡Mas horror que los árabes que me insultan y me llaman la Kaba!
--Florinda, amante de Belay, dijo Ased-el-Schevaní, dejando á un lado la caja que contenia la cabeza del rey don Rodrigo, y mirando con el gozo de la crueldad á la jóven: ¡oh! yo mancharé tu pureza y te enviaré deshonrada al hombre de tu amor. ¡Oh! ¡Belay! ¡el insensato que levanta aun una bandera cristiana delante del Koram y se atreve á llamarse rey de Gecira-Alandalus! ¡Oh! ¡y te tengo en mi poder! ¡y él te ama! pues bien; serás la esclava de mis esclavos, y dormirás en mis caballerizas entre los pies de mis corceles, junto á la jaula de mi pantera de Africa.
Y Ased-el-Schevaní, midió con una feroz ojeada á Florinda y se lanzó sobre ella.
Pero Florinda no retrocedió: un poder superior la protegia.
En vano el Schevaní pretendia llegar hasta ella.
Entonces sus ojos se inyectaron de sangre como los de un lobo rabioso, tomó una azagaya y la lanzó á la desdichada: la terrible arma se abrió paso á través de su seno, brotó de la herida un ancho surtidor de sangre, los ojos de Florinda se empañaron, y cayó murmurando entre su suspiro de agonía el nombre de Belay.
Una vez dado el primer paso de crueldad, el Schevaní no se contuvo; Florinda se revolvia sobre un lecho de sangre y el talisman se desprendió de su cuello.
El génio del horror y de la impureza se posó sobre la tienda del Schevaní, y Dios arrojó sobre ella su maldicion.
La Nat de los hebraizantes, la Florinda de los godos, la Kaba de los árabes, habia caido bajo su funesto horóscopo: sus miembros desgarrados fueron abandonados en el lugar que ocupaba la tienda, y el poderoso talisman recogido por Ased-el-Schevaní, habia aumentado el valor de su tesoro.
Ased-el-Schevaní no conocia la virtud de aquel poderoso talisman: le creia solo una alhaja de gran valor.
El Schevaní, despues de aquella noche, olvidó aquella historia de horror, y pidió al califa le concediese una tierra en Gecira-Alandalus para sus gentes de Damasco.
El califa le concedió la tierra de Iliberis.
Pero estaba escrito que seria castigado, y su crueldad con Florinda y su codicia en conservar como un rico despojo el amuleto que llevaba al cuello la jóven, fué la causa de su castigo.
Nadab, el padre de Yémina, sabia que el amuleto estaba en el tesoro de Ased-el-Schevaní; sabia que aquel amuleto tenia la virtud de defender de la impureza agena á la muger que lo llevase sobre sí, y quiso apoderarse de aquel talisman valiéndose para ello de la misma Yémina.
Para atraerle le habia hecho ver, valiéndose de sus conjuros, el encantado Palacio-de-Rubíes.
Ased-el-Schevaní estaba transido de horror.
Veia la macilenta cabeza del rey don Rodrigo y á Florinda, fria, impasible, pálida, ensangrentada, atormentándole con el recuerdo de su ser.
--Y ¡acuérdate! repetia la voz dulcísima que parecia venir de la bóveda de la cisterna, y en la cual creia recordar el árabe la dulce voz de Florinda.
--¡Ah! ¡sí! ¡yo te amo Florinda! esclamó arrojándose por tierra el feroz walí.
--¿Por qué dijiste, pues, contestó con sarcasmo la voz, que no conocias el amor?
-¡Oh! ¡piedad! ¡piedad, Florinda! esclamó el walí: ó haz que lo que ha
[imagen no disponible: Mira, la dijo, mostrandola la cabeza del rey.
LETRE dibº y litº Lit de J.J.MARTINEZ, Madrid.]
sucedido sea un sueño, ó quita de delante de mis ojos esta terrible vision que me atormenta.
Y como si aquella voz solo hubiese resonado para despertar los remordimientos en el alma de Ased-el-Schevaní, quedó la cisterna muda y oscura; desaparecieron los fantasmas, y Ased-el-Schevaní se atrevió á adelantar buscando la salida.
Entre las sombrías penumbras, encontró una puerta y entró en una cámara tan rica y tan bella como las del Palacio-de-Rubíes, alumbrada por una lámpara, á cuya luz se veia dormida sobre un lecho una muger.
Era Yémina.
Al verla el viejo y feroz walí tembló.
Creyó ver ante sí á Florinda, pero radiante de hermosura, sonriente de felicidad; la jóven despertó y fijó de una manera intensa la mirada de sus grandes ojos celestes en el walí.
--Tú eres Ased-el-Schevaní, dijo la jóven sin levantar la cabeza del almohadon donde la tenia reclinada.
El árabe tembló, pero no de terror.
Un amor inmenso, un amor de los cielos, inundaba su alma; porque Yémina, como lo decia su nombre, era la felicidad.
Sus ojos azules, límpidos como el cielo, lucientes como él, como él hermosos, le sonreian y le acariciaban.
Sintió Ased-el-Schevaní dentro de sí una vida nueva; encontróse jóven, ardiente, feliz.
Sus lábios murmuraron armónicos versos exhalados de su alma como el mas escelente poeta pudiera haberlos exhalado delante de la hermosísima vírgen de sus amores.
--Yo te amo hurí, esclamó; te amo y por tí me siento capaz de todo.
Eres para mí mas preciada que la clara y fresca fuentecilla que brota entre flores á la sombra del oasis del desierto para el cansado y sediento caminante.
Tú eres la luz y la vida, el sueño de paz y la esperanza de ventura.
Por tí seria yo capaz de conquistar los cielos, aunque defendiese su puerta el arcángel de fuego.
--No quiero tanto, dijo Yémina: si me concedes lo que voy á pedirte, creeré que me amas y te amaré.
--¿Y qué puedes pedirme que yo no te conceda, luz esplendorosa de mi alma?
--¿Te acuerdas de una muger á quien amaste?
--¡Ah! ¡Florinda! ¡Florinda! esclamó el Schevaní; ¿por qué me recuerdas mi crímen? Era una noche triste y sombría: la luna estaba velada por vapores de sangre: tú estabas delante de mí, pálida, loca aunque hermosa, manchada de lodo la túnica: no estabas tan hermosa como ahora, sultana de las huríes: no, yo... me irrité... yo no habia amado... escitaste mi furor... pero yo no te he olvidado... yo he llorado tu muerte... porque no creí que volveria á encontrarte tan resplandeciente, tan hermosa como la mayor de las hermosuras. ¿Por qué me recuerdas mi crímen y me despedazas el alma?
--Yo no soy Florinda, dijo Yémina: si á tus ojos la represento, es porque Dios quiere en castigo de tu crueldad que tú veas siempre á Florinda en la muger que ames. Tú ves mis cabellos dorados y mis ojos azules. Pues bien, mira por un momento.
Se transformó Yémina y se presentó á Ased-el-Schevaní con sus cabellos negros y brillantes, sus ojos negros y deslumbradores, su frente cándida y purísima y su boca purpúrea, exhalando ambrosía.
Aquella vision duró un momento.
Deslumbró á Ased-el-Schevaní como si en sus ojos hubiera brillado el sol.
Y pasó como un relámpago y volvió á ver en Yémina á Florinda.
Ased-el-Schevaní empezó á enloquecer, y soltó una insensata carcajada.
--¡Oh! ¡yo te amo! ¡yo te amo! esclamó: ámame y seremos los dos seres mas felices de la tierra. ¿Por qué no me amas tú tambien? ¿Acaso me conservas rencor?
--Yo te amaré si me das lo que te pida, repuso Yémina.
--Y bien, ¿qué quieres? respondió anhelante Ased-el-Schevaní.
--Acuérdate: cuando mataste á Florinda la quitaste un collar de perlas que llevaba sobre su seno.
--¡Ah! ¡ah! ¡el rico collar de perlas! esclamó Ased-el-Schevaní lanzando una larga carcajada.
Y luego tomando una guzla de marfil con cuerdas de oro, que se veia junto á Yémina, se sentó á sus piés y cantó, con la voz fresca y pura como un jóven, él, que nunca habia hecho versos ni habia cantado, el romance siguiente:
«Hermosa de las hermosas,--flor preciada, luz del cielo: ¿Para qué quieres las joyas,--si sus pálidos reflejos han de amenguar lo brillante--de tus dorados cabellos? envidia tendrán las perlas--si las posas en tu seno, porque es nacar animado--que de amores guarda incendios. No hay zafir como tus ojos,--ni diamantes de alto precio que se atrevan á igualarse--en lo luciente con ellos. Eres búcaro de flores--que para el amor nacieron, y de Hiram en los jardines--de Dios las meció el aliento. Eres joya de su mano--pura, como allá en los cielos, la nubecilla que pasa--al leve impulso del viento, ante el sol que la colora, en lumbre de amor traspuesto. Que Allah, hermosa, te bendiga,--pues eres cerrado huerto, que para tu amante guardas--de tu pureza el misterio.
Ased-el-Schevaní dejó la guzla y lanzó otra insensata carcajada.
Su locura crecia.
--Quiero el collar de Florinda, dijo Yémina con voz dulce acariciando con sus rosados dedos la larga barba blanca del Schevaní.
--¡El collar de Florinda! esclamó el árabe: ¡un collar que vale muchos cuentos de doblas!
La locura y el amor no habian logrado dominar la codicia del Schevaní.
--No te amaré, dijo Yémina.
--¡Que no me amarás! esclamó con fiereza el árabe.
--No, repuso reposadamente Yémina.
--¡Acuérdate! dijo á su vez el árabe.
--¡Tú heriste á Florinda! esclamó con desprecio la jóven.
Ciego de cólera ante aquel desprecio el feroz siro, un pensamiento de sangre pasó por su alma y desnudó fuera de sí su puñal.
Pero cuando descargó el golpe sintió un agudo dolor en la mano y se encontró...
En su lecho en la alcazaba del Albaicin.
--Ha sido un sueño, dijo; he creido que heria á aquella muger y he dado con el puño en el muro; ¡pero que sueño tan horrible y tan hermoso!
Ased-el-Schevaní no logró volver á dormirse.
Veia delante de sí, radiante de hermosura, á Yémina.
A la noche siguiente volvió á subir á la plataforma de la torre mas alta de su castillo, y como la noche anterior se apoyó en las almenas.
Entonces volvió á ver sobre la cumbre de la Colina Roja el esplendoroso alcázar, y los caballeros que giraban á su al rededor en los aires y en la tierra y oyó la distante y armoniosa música de la zambra que se exhalaba por los calados ajimeces del alcázar.
--No, pues ahora no sueño, poderoso Allah: esclamó Ased-el-Schevaní; yo afirmo los piés en mi castillo y mis manos en sus almenas: yo veo la luna triste y pálida que sigue lentamente su curso; el viento de la noche refresca mi frente, y allí, allí, sobre la Colina Roja, se levanta ese alcázar maravilloso y se agitan aquellos caballeros sobrenaturales, y se escucha esa armonía incomparable. ¡No, no es un sueño, poderoso Señor!
Y como la noche antes salió de su alcazaba por un postigo y se trasladó á la Colina Roja.
Y como la noche antes vió el Palacio-de-Rubíes, y escuchó la voz de sus remordimientos en el fondo de la cisterna, y vió á Yémina, y la enamoró; y Yémina le volvió á pedir el amuleto de Salomon que habia robado á Florinda, y como la noche anterior se irritó y quiso herir á Yémina como á Florinda habia herido, y volvió á sentir su mano lastimada y á encontrarse en su lecho en la alcazaba del Albaicin.
Durante siete noches se repitió este prodijio, y durante estos siete dias Ased-el-Schevaní, se presentaba á sus vasallos mas loco y mas feroz.
Al fin á la octava noche, el árabe no subió á la plataforma de la torre, sino que bajó á un profundo subterráneo de su castillo donde tenia su tesoro.
Abrió un enorme cofre de hierro, y de entre otras muchas joyas, tomó el collar de perlas de Florinda, y se encaminó á la Colina Roja.
El amor y el deseo habian dominado en él á la codicia.
Cuando entró en el Palacio-de-Rubíes, no resonó en sus oidos la voz de su remordimiento, ni descendió á la oscura cisterna.
Le protegia el talisman.
Yémina salió á su encuentro y le sonrió.
--¿Me traes el hermoso collar? dijo.
--Sí, contestó todo trémulo Ased-el-Schevaní sacándole de su seno: vale un tesoro, pero mi vida vale mas, y sino me amas moriré. ¿Me amarás tú, si te doy esta inestimable joya?
--¡Oh! ¡sí! ¡te amaré siempre! dijo la jóven.
E inclinó su hermosa cabeza delante de Ased-el-Schevaní.
El árabe puso el talisman alredor del cuello de Yémina, y cuando se le hubo puesto quiso abrazarla.
Pero le rechazó una fuerza incontrastable.
--Sí, sí, dijo Yémina, te amaré siempre como ama el remordimiento al crímen. Yo apareceré á cada momento mas hermosa ante tí; seré tu eterna desesperacion, tu infierno.
Y al decir Yémina estas palabras, Ased-el-Schevaní se encontró entre las tinieblas y el ambiente húmedo de la cisterna, y vió delante de sí como un cuerpo lúcido, y cada vez mas hermosa á Yémina.
Si queria acercarse á ella, parecia que un muro invisible le contenia.
Si pretendia herirla, su puñal encontraba un cuerpo duro é impenetrable como el diamante; si desesperado, no pudiendo resistir el martirio de la vista de tanta hermosura, pretendia huir, el terrible fantasma se le ponia siempre delante, cada vez mas hermoso, cada vez mas incitador.
Yémina se habia convertido en el infierno de Ased-el-Schevaní.
Porque Ased-el-Schevaní habia muerto.
Sus wazires habian encontrado su cadáver en su lecho, y le habian enterrado con gran pompa en el panteon de la alcazaba.
Lo que quedaba sufriendo penas eternas en la cisterna era el alma de Ased-el-Schevaní.
De Ased-el-Schevaní, el alma condenada de la cisterna de la Alhambra.
Algunas noches oscuras, frias, tempestuosas, salen por los brocales de la cisterna gritos débiles, perdidos, desesperados.
Son los gemidos de desesperacion de Ased-el-Schevaní.
Del verdugo del rey don Rodrigo.
Del infame asesino, del torpe profanador de Florinda.
Otras serenas y tranquilas noches de luna, cuando todos duermen, hasta los guardas de los adarves, se percibe un canto dulcísimo y perdido.
Es la voz de Yémina que escita la desesperacion de Ased-el-Schevaní.
Pero ya sea la noche oscura ó apacible; ya la alumbre la verde luz del relámpago ó el pálido reflejo de la luna, si pasais junto á los brocales de la cisterna y escuchais ya un gemido, ya un canto, no os asomeis al oscuro brocal, porque puede tragaros el abismo y haceros probar el mismo infierno que prueba hace centenares de años Ased-el-Schevaní.
Esta es la historia maravillosa del alma de la cisterna.
Sed, pues, justos, buenos y caritativos, porque Dios, Altísimo y Unico, condena al pecador con lo mismo con que pecó.
* * * * *
He aquí la tradicion referente á los algibes de la Alhambra.
¿Dónde pudo tener origen?
¿Escuchó algun poeta moro, durante una noche melancólica el derrumbe del agua en los algibes, ó algun gemido del viento en sus altas bóvedas romanas y de ello tomó asunto para escribir una bella leyenda árabe?
No lo sabemos.
Pero sabemos sí, que muchas noches oscuras y tempestuosas nos hemos asomado á uno de los brocales de la cisterna y hemos escuchado atentamente.
Solo hemos oido el crugir de las gotas de la lluvia sobre el agua allí depositada, pero nunca nos hemos podido hacer la ilusion de que aquel ruido procediese del gemido de un alma condenada, ni del canto de un ser sobrenatural.
Esto acaso consiste en que nuestra imaginacion es menos impresionable que la del poeta moro autor de la leyenda El alma de la cisterna.
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LEYENDA IV.
LA PUERTA DEL JUICIO.
I.
Cuando se pasa de la puerta de los Gomeles, y de las tres pendientes avenidas que se presentan á la vista, bajo los tupidos toldos de verdura de las frondas de los álamos que se cruzan, se toma la mas pendiente, la de la izquierda; ya cerca de su terminacion se encuentra un cubo de fortificacion á la usanza del siglo XVI, y mas allá, apoyándose en este cubo, una magnífica fuente greco-romana del gusto del renacimiento, denominada Pilar del emperador Cárlos V.
Siguiendo adelante á lo largo del muro en que está esculpida la decoracion de la fuente, y torciendo á la izquierda, se levanta de improviso ante los ojos, como una sorpresa, la magestuosa Puerta del juicio, entrada principal del alcázar de la Alhambra.
Esta puerta, formada por dos torreones, unidos en la parte media de su altura por un gigantesco arco de herradura, tiene en su fondo un muro en el cual se abre una puerta mas pequeña de arco de herradura tambien, labrada en rico mármol blanco de la sierra, y sustentado por dos bellas columnas con caprichosos capiteles, y galanamente ornamentado con flores y cintas entrelazadas.
Sobre la clave del arco mayor se ve esculpida una mano estendida y vuelta la palma; sobre la del arco menor hay esculpida una llave.[67]
En los tiempos á que nos referimos en la leyenda que empezamos á relatar á nuestros lectores, esto es, en el año 724 de la Hegira, y 1325 de Jesucristo, cuando se pasaba de la puerta de los Gomeles, fuertemente torreada y defendida por adarves, se veia una larga avenida de edificios chatos, de un solo piso, que servian de cuarteles á los soldados de la guardia del rey, en la vertiente del pequeño valle comprendido entre la Alcazaba, y las Torres Bermejas, y por ambos lados hasta el pie de los muros, la escarpadura desnuda sin árboles que pudiesen encubrir á los enemigos que lograsen forzar aquel primer puesto fortificado de la puerta de los Gomeles.
Siguiendo aquella ancha avenida, siempre poblada de soldados y esclavos, se llegaba en lo mas alto, á la torre de las Siete bóvedas,[68] entrada principal de la Alhambra y su mas magnífica; pero antes de llegar á esta torre, en la parte media de la avenida, á la izquierda, se encontraba un camino llano orlado de cipreses y laureles, desde cuyo principio se veia levantarse al fondo, sencilla y magestuosa la torre del Juicio, entrada principal del alcázar de los reyes moros.
Entonces, delante de esta torre solo se veia una bella plazoleta circular rodeada de jardines; no existian ni el pilar del Emperador ni el cubo de fortificacion, existiendo solo por la parte que este cubo ocupa un adarve que iba á dar sobre la escarpadura de la fortaleza por aquella parte.
El muro que se apoya hoy á la derecha sobre la torre del Juicio, no era, como ahora, un muro de tierra y piedra, sino de brillante y tersa argamasa roja que dejaba comprender su dureza marmórea, y en cuya parte superior corria la columnata de una galería que correspondia á un jardin del alcázar.[69]
En el segundo arco de la Puerta del Juicio, entre sus adornos, se leia entonces como ahora la inscripcion siguiente: Dios sea loado: no hay otro Dios que Dios y Mahoma su profeta: no hay fortaleza sin Dios: y sobre este arco y estos adornos, en una ancha faja de estuco, con caracteres cúficos entrelazados de flores y cintas se leia esta otra inscripcion: Mandó labrar esta portada, llamada judiciaria, con la cual Dios Altísimo haga dichosa la ley de los hijos de salvacion, Abul-Giux-Nazar-ebn-Abdallah-ebn-Nazar, mantenga Dios en las morismas sus obras pias y caritativas. Labróse á 27 dias de la luna de Maulud el engendradizo, año de 647.
De modo que en los tiempos de nuestra leyenda, solo hacia setenta y siete años, desde que se habia terminado la torre del Juicio ó al menos desde que se habia hecho su portada.
Llamábase la puerta principal del alcázar torre del Juicio, porque habiendo seguido los árabes y continuádola los moros la costumbre de los tiempos primitivos, el rey en persona ó en representacion suya el cadí de los cadíes ó justicia mayor del reino, oian en aquella puerta en audiencia pública las quejas de los súbditos, y dirimian sus contiendas y pleitos de una manera ejecutiva.
De contínuo aquella puerta estaba cerrada, con sus dos grandes hojas forradas de hierro y fuertemente claveteadas, y por fuera de ella, como en respeto de la autoridad real, se veian los esclavos de la guardia berberisca ricamente vestidos y dando la guardia.
Solo se abria un postigo para la entrada de los magnates y caballeros; de par en par solo se abria la puerta para dar salida ó entrada al rey ó á los embajadores de reyes; cuando aquella puerta se abria enteramente pasaba siempre bajo ella el estandarte real, acompañando al rey ó á los embajadores, y despues la puerta cerraba sus dos tremendas hojas de hierro.
Todos los giumas (viernes), á la hora de la salida del sol, aquella puerta se abria, y aparecia tras ella un espectáculo sorprendente: el trono de justicia, con su dosel rojo, sus almohadas de púrpura y brocado, y sus siete gradas cubiertas con una alfombra de Persia: á los piés de estas gradas, á la derecha, el alférez mayor del reino con el estandarte real, y al otro lado el alguacil mayor con la espadada de justicia, y walíes, y arrayaces, y caballeros, y eunucos: en lo alto, el rey sentado en los almohadones, y delante de la puerta, en semicírculo, para contener al pueblo que asistia á la audiencia, los esclavos berberiscos con sus largas lanzas, sus bruñidas armaduras y sus turbantes rojos.
Cuando en vez del rey hacia justicia el cadí de los cadíes, sentábase este en un almohadon en la primera grada, y en vez de la córte que acompañaba al rey, le acompañaban ciertos funcionarios del órden judicial, pero nunca faltaban el estandarte real y la espada de justicia, como representantes de la autoridad regia.
Un katib (secretario), colocado en el centro del semicírculo determinado por los esclavos berberiscos, llamaba por su órden á los que habian pedido audiencia, y los dejaba pasar hasta los piés del trono de justicia.
Despues que esta habia acabado de administrarse, la puerta se cerraba, y el rey, la córte y el trono desaparecian tras ella.
¿Quién podria comprender ahora, á la vista de aquella puerta abandonada, de aquel torreon cuyas almenas reales ha derrocado el tiempo, y á las cuáles ha sustituido el conquistador con un desnudo pretil, con una especie de grosero ribete de mampostería, el magnífico esplendor de que en los tiempos de la dominacion mora se vió rodeado, y el profundo respeto con que los musulmanes de Granada miraban aquella puerta, lugar sagrado, donde en nombre de las leyes podia ir el mas pobre, el mas abyecto á ejercitar su derecho?
Hoy un centinela indiferente, provisto de una prosáica consigna, se pasea con el fusil al brazo ó se apoya en él de pié é inmóvil, sin sospechar siquiera la grandeza pasada de aquel lugar, y en el sitio donde hace cuatro siglos se levantaba el trono de justicia de los reyes de Granada, se ve hoy la mezquina mesa cubierta con una manta de lana donde escribe sus partes el sargento de la guardia.
El tiempo, que todo lo muda, que todo lo empalidece, que todo lo gasta, que todo lo pulveriza, ha convertido en un desnudo esqueleto de lo que fué, á la torre del Juicio, ó de justicia de los reyes de la Alhambra.
Por eso, nosotros que somos exageradamente entusiastas, no hemos podido pasar nunca bajo el arco de mármol de la torre del Juicio, de la hermosa y poética puerta del alcázar moro, sin sentir algo de respeto, sin creernos trasportados á otros tiempos y á otras gentes, como si hubiese pasado junto á nosotros rozándonos la cabeza con sus alas el genio de lo que fué.
Además, para que nosotros sintamos una conmocion indefinible al pasar bajo aquel arco, al pisar aquel dintel de mármol, existe una razon poderosa.
Nosotros sabemos que sobre aquel dintel, al pié de su trono de justicia, cayó asesinado un rey de la dinastía nazerita.
Su sangre ha caido allí, y allí acaso la vé aun la justicia del cielo.
Porque el rey asesinado era un buen caballero, un corazon leal, lleno de caridad y de justicia.
Aquel rey era el sultan de Andalucía y de Granada, Abul-Walid-Ismail-Abul-Said, quinto descendiente coronado del Magnífico rey Nazar.
II.
El dia ocho de la luna de Regeb del año 725 de la Hegira[70], despues de la oracion de azobih, á punto que se dejaban ver en el oriente las primeras ráfagas rosadas precursoras del sol, los berberiscos que daban la guardia de la puerta del Juicio, acudieron presurosos, llamados por los atabales, y se formaron en dos filas formando calle á ambos lados de la puerta.
Poco despues la puerta se abrió, salió un tropel de ginetes armados sobre caballos de guerra, entre los cuales ondeaba el estandarte real, y tras estos caballeros, en medio de una córte resplandeciente, apareció el rey Abul-Walid, armado con un arnés esmaltado de oro y colores, con corona en la cabeza y manto de púrpura sobre los hombros, cabalgando en un poderoso corcel con paramento de brocado sobre sus lórigas de acero.
Piafaba el soberbio bruto hijo de las llanuras de Baeza, orgulloso de su ginete; y en verdad, que nunca las moras granadinas habian visto, ocultas tras las celosias, un hombre mas hermoso ni de aspecto mas noble y régio que el sultan de Granada Abul-Walid-Nazar.
Era blanco y mostraba la barba bermeja, como su quinto abuelo Al-Hhamar, el vencedor; sus ojos tenian en su mirada la dulzura de la gacela cuando contemplaban la hermosura, ó el sombrío y aterrador fuego de los del leon irritado cuando los revolvia entre el combate; cuando nada le distraia ó le irritaba mostraba su semblante una melancolía vaga, una ansiedad profunda, una sed insaciable, pero sed de felicidad: el poderoso Abul-Walid no era feliz.
Sentia remordimientos, y no habia encontrado venturas en el amor.
Sus remordimientos le recordaban á su tio el rey de Granada, Abul-Giux-Nazar á quien habia destronado.
Digamos algo acerca de la historia de Abul-Walid.
Para que se comprenda bien esta historia, necesitamos remontarnos á los tiempos del sultan Mohammet-ebn-Abdalah-ebn-Nazar hijo de Al-Hhamar el Magnífico.
El rey Al-Hhamar el Magnífico, el primer rey independiente de Granada, el fundador de la dinastía nazerita, habia muerto de un accidente estraño, y segun algunos por tósigo, á las puestas del sol del viernes 29 de giumada postrera, del año 671 de la Hegira[71]. Honrado por amigos y enemigos este gran rey, fué consolado en su último trance por el infante don Felipe, hermano del rey Alfonso de Castilla que le acompañaba.
Murió cerca de Granada, en su tienda, en ocasion en que iba en persona á reprimir la rebeldía de los walíes de Málaga, Guadix y Comares.
Hé aquí el epitafio que su hijo el sultan Mohammet II hizo esculpir sobre su sepulcro, y que pudieron ver nuestros abuelos en el panteon de la Alhambra:
«Este es el sepulcro del sultan alto, fortaleza del Islam, decoro del género humano, gloria del dia y de la noche, lluvia de generosidad, rocío de clemencia para los pueblos, polo de la secta, esplendor de la ley, amparo de la tradicion, espada de verdad, mantenedor de las criaturas, leon de la guerra, ruina de los enemigos, apoyo del estado, defensor de las fronteras, vencedor las huestes, domador de los tiranos, triunfador de los impíos, príncipe de los fieles, sábio adalid del pueblo escogido, defensa de la fé, honra de los reyes y sultanes, el vencedor por Dios, el ocupado en el camino de Dios. Abu-Abdalah-ebn-Juzef-ebn-Nazar-el-Ansarí: ensálcele Dios al grado de los altos y justificados y le coloque entre los profetas, justos, mártires y santos, y complázcase Dios en él y le sea misericordioso, pues fué servido que naciese el año 591 y que fuese su tránsito dia giuma (viernes) despues de la azala de alazar á 29 de la luna giumada postrera, año 671. Alabado sea aquel cuyo imperio no fina, cuyo reinado no principió, cuyo tiempo no fallecerá, que no hay mas Dios que él, el Misericordioso y Clemente[72].»
Sucedióle su hijo Mohammet, mancebo animoso y valiente, y que á pesar de la grandeza de su padre, encontró el reino ya un tanto dividido en bandos y amenazado por las rebeldías de algunos walíes, aunque por lo demás próspero y floreciente.
Apenas proclamado rey se trasladó á la córte de Alfonso X, á renovar la alianza que su padre habia mantenido con Castilla, y tan simpático supo hacerse al sabio rey cristiano, que quiso armarle y le armó por sí mismo caballero.
Pero Mohammet no habia hecho de buen grado esta alianza; contribuia á su disgusto el que la reina doña Violante, esposa de Alfonso le comprometió, abusando de su galantería, á que se aviniese con los walíes de Málaga, Guadix y Comares.
Aprovechando Mohammet II la ausencia de los reyes de Castilla y Aragon para asistir al concilio de Leon, alentó el proyecto de recobrar la Andalucía entera. Pareciéndole, sin embargo, demasiado árdua la empresa para él solo, entró en tratos de alianza con el emir de Marruecos, Abu-Juzef, jefe de la poderosa tribu de los Beri-Merines; aceptó Juzef, y vino de Africa con una poderosa hueste de caballería á Algeciras donde le esperaba el rey de Granada.
Acometida la empresa por la parte de Jaen, el adelantado de la frontera don Nuño, murió en la jornada como valiente, pereciendo además ocho mil cristianos.
Abu-Juzef envió la cabeza del adelantado al rey de Granada, y al verla este, que habia tratado mucho en vida á don Nuño, se cubrió el rostro con ambas manos esclamando.
--¡Guala, mi buen amigo, que no me lo mereciais!...
Por otra parte, don Sancho, hijo del rey de Aragon, arzobispo titular de Granada, acometió á los moros con un formidable ejército, pero el rey Mohammet le desvarató y le hizo á él mismo prisonero, siendo ocasion esta presa de don Sancho para que se pusiesen á punto de volver sus armas los moros los unos contra los otros, porque los africanos querian enviar al cautivo al emir de Marruecos, y los andaluces al rey de Granada; pero el arraez Ebn-Nazar, infante de la casa de Granada, que presenciaba la contienda, arremetió hacia el cautivo don Sancho esclamando:
--No quiera Dios que por un perro se pierdan tantos buenos caballeros como aquí están.
Y pasándole de una lanzada, de la que el infeliz cayó muerto, le mandó le cortasen la mano derecha y la cabeza; envióse la mano con su anillo al rey de Granada, y la cabeza al emir de Marruecos.
¡Tremenda manera de obviar la cuestion!
Supo Alfonso de Castilla en Leon, esta brava acometida de los moros, y abandonando por entonces el negocio de su coronacion como emperador de Alemania, para lo que únicamente habia ido al concilio, volvió en defensa de la ya poseida corona de Castilla, y firmó con el emir de Marruecos, y con el rey de Granada un armisticio de dos años.
Mas adelante, puesto por Alfonso sitio á Algeciras, y destrozada su armada en el mar y su ejército en tierra, levantóse contra él, en su propio reino, una tempestad terrible; coligáronse contra él la reina su esposa, los infantes sus hijos, sus magnates; y el infante don Sancho, su primogénito, se hizo el caudillo de esta conspiracion contra su padre, y se apoderó de su corona.
El infeliz Alfonso, vencido, fugitivo, abandonado de todos, pidió sucesivamente ayuda á los reyes de Portugal, de Aragon y de Francia, que se escusaron, como asimismo el papa, que se limitó á decirle que se resignase; desesperado entonces Alfonso recurrió á la ayuda del emir de Marruecos, su enemigo, que se encontraba fortificando á Algeciras, y que al recibirle en medio de su ejército le puso á su derecha y le dejó oir estas memorables palabras.
--Te trato así porque eres desgraciado, y me uno á tí para vengar la causa comun de todos los reyes y de todos los padres.
La alianza del rey destronado con el emir de Marruecos impuso terror al hijo rebelde, y al fin se humilló, devolvió la corona á su padre, y obtuvo su perdon.
Entretanto el rey de Granada, para consolidar y robustecer su reino, aprovechaba las disidencias entre los reyes cristianos del resto de España. El rey de Aragon estaba en guerra con Francia por la posesion de Sicilia, y Sancho IV, que habia heredado al fin el trono de Castilla por muerte de Alfonso, se veia obligado á reprimir las sediciones de sus vasallos.
Dominó Mohammet los elementos rebeldes de su reino, se hizo respetar del emir de Marruecos, que pretendia tener predominio en los asuntos de los moros en España. Recobró ciudades y villas á los cristianos, y al fin, cubierto de gloria murió el domingo 8 de la luna de jaban del año 701[73].
Dejó tres hijos; Mohammet su primogénito y compañero, el que le sucedió en el trono.
Farax, que conspiró contra la vida de su hermano.
Y Nazar, que reinó tambien.
Fué proclamado Mohammet III, con el nombre de Abu-Abdalah Mohammet.
Era este rey hermoso sobre toda ponderacion; y tan dado al cuidado de los negocios, que no habia wazires que pudiesen estar á su lado tanto tiempo como él trabajaba.
Este trabajo asiduo le hizo perder la salud.
Otros contratiempos vinieron á agravar sus cuidados.
Apenas habia subido al trono, cuando un pariente suyo, Abul-Hegiag-ebn-Nazar, se le reveló en la ciudad de Guadix, donde era walí, y se negó á venir á Granada á su solemne jura de rey: reprimió al fin esta rebeldía, y se concertó con el rey de Aragon don Jaime.
Tomó á Ceuta en Africa y otras villas y lugares en España, y ya respetado de unos y de otros, se dedicó á hermosear á Granada y á continuar la obra de la Alhambra.
Sacóle de repente de esta pacífica existencia el rey don Jaime, que rompiendo la tregua vino con un formidable ejército sobre la ciudad de Almería y la sitió.
El rey de Castilla cercaba en tanto á Algeciras.
Avínose con este último, que levantó el cerco mediante la cesion de otras villas y castillos, pero el rey de Aragon, mas tenaz, se fortificó en su campo y continuó el cerco sobre Almería.
Mientras el rey Mohammet se ocupaba del gobierno y de la defensa de su reino, su hermano Nazar, á quien aguijoneaba su ambicion, se hizo un fuerte partido en Granada, y pretendió abiertamente la corona.
Daba por pretesto para su pretension que el rey estaba enfermo de los ojos, que necesitaba fiarse de los agenos, y que no podia confiarse prudentemente el cuidado del reino á un rey ciego.
Concertóse la conspiracion con tal reserva, que nada pudo traslucirse de ella hasta el último dia de Rhamazan, en que al amanecer los conjurados cercaron el alcázar con muchas gentes del pueblo bajo, que sin pretender entrar y sin armas, se limitaban á gritar:
--¡Viva el rey Nazar! ¡viva el rey Nazar!
Otro número inmenso del populacho acudió á la casa del wazir Abu-Abdalah-el-Lachmi, que por su severidad estaba aborrecido de los magnates que ayudaban en la conjuracion á Nazar, y echaron las puertas abajo y penetraron dentro robando oro, plata, vestidos, armas, caballos, destruyendo sus alhajas, sus libros y sus muebles.
Luego corrieron al alcázar, y con pretesto de apoderarse del wazir, que se habia refugiado en él, atropellaron la guardia, entraron furiosos sin respetar al rey Mohammet que les salió al paso, y en su presencia mataron al wazir y saquearon el mismo alcázar de la Alhambra.
Mohammet se vió obligado á huir, pero le cercaron en una torre y le intimaron á que abdicase en su hermano Nazar.
Viéndose solo y desamparado Mohammet, abdicó aquella noche solemnemente la corona en su hermano Nazar, que no quiso verle y le envió al palacio del Príncipe, fuera de Granada, y despues á la fortaleza de Almuñecar.
Nazar fué jurado rey.
No tardó mucho el rey Nazar en verse tratado de la misma manera que él habia tratado á su hermano.
Un sobrino suyo, Abul-Said, hijo de una de sus hermanas y del walí de Málaga Ferag-ebn-Nazar, andaba procurándose parciales con harta ambicion; mandóle prender Nazar, pero el mancebo fué avisado y huyó de Granada; escribió el rey á su cuñado Ferag para que corrigiese á su hijo, pero el walí de Málaga le contestó severamente que si su hijo le destronaba, no haria mas que imitar la conducta que él mismo habia observado con su hermano el rey Mohammet.
Aconteció por este tiempo al rey Nazar un accidente de apoplegía; tuviéronle por muerto: divulgóse como cierta esta noticia, y los parciales del destronado Mohammet III corrieron á la fortaleza de Almuñecar, le sacaron de ella y le llevaron á Granada.
Pero ¿cuál fué la sorpresa de estos cuando al entrar en Granada supieron que el rey Nazar habia recobrado la salud, y que Granada ardia en fiestas por su restablecimiento? El buen Mohammet pretestó que su venida habia sido á visitarle sabiendo el quebranto de su salud. Nazar afectó creerle, y le mandó volver á Almuñecar y que le acompañasen los que le habian traido.
Por aquel tiempo entró Fernando IV de Castilla en tierras de Granada, y puso sitio á Alcaudete. Gentes hubo que atribuyeron esta entrada del castellano á sugestiones del destronado Mohammet, aunque el desgraciado estaba completamente ageno á ella.
Pero cuando el rey de Castilla se ponia sobre Martos, emplazado por unos hermanos llamados los Carvajales á quienes habia mandado dar injustamente muerte, murió cabalmente en el mismo tiempo en que los hermanos le habian citado ante el tribunal de Dios.
Por esa razon llamóse desde entonces á Fernando IV de Castilla el Emplazado.
Por aquel tiempo á principios de la luna de jawal del año 713[74], murió en Almuñecar el desterrado Mohammet, y su hermano Nazar, mandó trasladarle al panteon de la Alhambra y poner sobre su sepulcro la siguiente inscripcion:
«Este es el sepulcro del sultan virtuoso, príncipe justo, sábio en el temor de Dios, uno de los reyes virtuosos, sufrido en los trabajos, laborioso en el camino de Dios, el apacible, el austero, el temeroso de Dios, el humilde, el resignado en Dios en las desventuras y en las prosperidades, morador de los dos paraisos con su meditacion y sus alabanzas, el que encaminaba á las criaturas y mantenia la justicia, camino patente de la confianza y de la bondad, mantenedor del pueblo en su honra con victorias ganadas con propio valor, justicia del trono, decoro y luz resplandeciente del estado, puerta de la ley y de la fé, constante loador de Dios en sus males y en sus desgracias, lucirá en el dia de la cuenta, exacto en la tradiccion y en las obras de la ley y en las altas purificaciones: el dispuesto siempre contra infieles con paso de firmeza y meritorio, observador de la justa medida, carta franca de humanidad, amparador de los templos, defensor de la religion, el escogido, el ínclito, el heredero de los Nazares, heredero de sus estados y de su justicia y laborioso celo en la defensa y gobierno de los pueblos, y en acrecentar sus ventajas y utilidades, el clemente rey, príncipe de los muzlimes, honor de los creyentes, domador irresistible de los incrédulos, el vencedor por la gracia de Dios, Abu-Abdalah, hijo del príncipe de los fieles el sultan escelso, prefecto de la direccion, nube de rocío, vida de la tradicion, apoyo de la secta, el laborioso en el camino de Dios, amparador de la ley de Dios, Abu-Abdalah, hijo del príncipe de los fieles, el vencedor por Dios Abu-Abdalah-ebn-Juzef-ebn-Nazar, honre Dios su mansion y sea venturoso por su bondad: nació, complázcase Dios de él, en dia miércoles tres de jaban honrado del año 655, y murió, santifique Dios su espíritu, y refrigere su sepulcro con las copas suaves de su benignidad, en dia lunes tres de jawal del año 713. Llévele Dios á las mas altas mansiones de los justos, por la verdad de la ley, y bendiga á los que quedan de su casa. Bendiga Dios á nuestro señor y á nuestro dueño Mohammet, y á los suyos con bendicion cumplida.»
Por el otro lado de la piedra se gravó una inscripcion en verso en que se rogaba á Dios le concediese el premio de sus virtudes; que refrigerase con benignas auras su sepulcro; que le regase con apacible rocío y liberales nubes de clemencia; que le vistiese y adornase de las preciosas vestiduras de su misericordia, y que le colocase en las eternas y felices moradas del paraiso.
Parecia que ocupando ya Abul-Giux-Nazar legítimamente el trono por la muerte de su hermano Mohammet III, debian desaparecer los partidos; pero no fué así; la codicia del mando y de los altos empleos del gobierno, traian enemistados y divididos á los principales caballeros de Granada, y vueltos todos contra el wazir ó primer ministro del rey Mohammet-ebn--Alí-al-Hagib, hombre astuto y cruel, causa de las grandes alteraciones que hubo en su tiempo, y particularmente de la ruina del rey Nazar.
Porque Al-Hagib, en su desmedida ambicion, tenia alejados del palacio á los principales señores de Granada, para que ninguno se procurase la gracia del rey, y desterraba á los unos é injuriaba á los otros, hasta el punto de que fueron ya tantos los ofendidos que formaron bando para destruirle, y destruir, si era necesario, al rey Nazar que le protegia.
Volvieron otra vez á alentar las pretensiones del jóven hijo del walí de Málaga, cuñado del rey y le ofrecieron la corona.
Abul-Walid aceptó; se puso en inteligencias con los conjurados, y el walí su padre envió á Granada ciertas gentes que levantaron un motin, pidiendo la cabeza del wazir Al-Hagib.
Pero el rey le amaba; salió, habló á los amotinados y pudo por el momento conjurar el peligro. Castigóse imprudentemente á algunos, y esto fué origen de una sedicion mas respetable. Muchos caballeros de Granada huyeron á Málaga, incitaron al walí á que se rebelase contra Nazar, y al fin lograron que su hijo, Abul-Walid, partiese contra Granada, acaudillando una hueste numerosa.
Al saberse esto, Granada se dividió en bandos; robábanse y matábanse los unos á los otros, y saciaban mútuamente sus ódios y sus venganzas. Una noche entera duró este conflicto, y al amanecer los que llevaban la peor parte, abrieron las puertas del Albaicin á Abul-Walid, que se apoderó de la alcazaba vieja.
Abul-Giux-Nazar se fortaleció en la Alhambra, donde le cercaron los soldados de Abul-Walid.
Viéndose perdido Nazar, envió cartas al rey don Pedro de Castilla que se encontraba en Córdoba, pidiéndole socorro; pero por pronto que el rey castellano entró en tierras de Granada, tuvo tiempo el walí de Málaga para estrechar á Nazar y obligarle á rendirse, con la condicion de que su sobrino Abul-Walid-Abu-Said, ya rey, le concediese la ciudad de Guadix y su comarca, y seguridad y perdon para los que habian seguido su bando.
Concediólo todo en la alegría del triunfo el nuevo rey; partió Nazar para Guadix, y el rey don Pedro de Castilla, sabiendo estas nuevas, y que ya su ayuda era inútil á Nazar, se volvió; pero no sin talar y saquear cuanto encontró á su vuelta, apoderándose de la fortaleza de Huete.
Nazar vivió tranquilamente en Guadix algunos años sin dar oidos á los consejos de los que le incitaban á que procurase recobrar su corona, y murió tranquilo, resignado con su suerte.
Trajeron su cadáver al panteon de la Alhambra, y el rey mandó se le dedicase esta inscripcion:
«Este es el sepulcro del sultan alto, poderoso, ilustre, de muy gran casa, descendiente de los reyes muy nobles, y de la mas preciada prosapia de los escelentes Al-Ansaríes, el mas alto de linaje, esplendor real y defensa invencible de los suyos. El cuarto de los reyes de Beni-Nazar, defensores de la ley y de la direccion, escogidos celadores laboriosos en el camino de Dios, el rey clemente con los hombres, liberal entre los liberales, en su bondad noble, generoso, bien intencionado, santo, misericordioso, Abul-Giux-Nazar, hijo del sultan alto, amparador, ilustre defensor, rey justo, ínclito, humano, defensor de la ley del Islam, aniquilador de los idólatras, el favorecido, el vencedor, el piadoso, el santo príncipe de los fieles Abu-Abdalah, hijo del sultan noble, rey, honor de los hombres, caudillo de los fieles, rey de los que temen á Dios, y de los bien intencionados, depósito fiel de la tradicion y palabras del Islam, amparo de la religion y de la fé, el vencedor por Dios, el victorioso por la gracia de Dios, el santo, el misericordioso príncipe de los muzlimes, Abu-Abdalah-ebn-Nazar; sálvele Dios, y cúbrale con su misericordia y su clemencia, colóquele en morada de santidad, escríbale entre aquellos con quienes se complace. Fué su nacimiento dia lunes 24 de la luna de ramazán el grande, año de 686[75]. Fué jurado en dia viernes 2 de jawal año de 708[76], y murió, sepultado la noche del miércoles 6 de la luna de dilcada, año 722[77]. Alabado sea el rey de la verdad, el claro heredero de la tierra y de lo que hay sobre ella, que él es el mejor de los herederos.»
Y por el otro lado se leia la siguiente inscripcion en verso:
«¡Oh sepulcro del generoso! sobre tu polvo caigan nubes celestes de amparo, de misericordia y de paz; en tu estrado se oiga siempre la bendicion á un rey noble, generoso de los mas generosos; delicia del género humano, bondad de corazon sobre todas las criaturas; caridad, manantial perenne de gloria, seas feliz con Nazar, el cuarto de los reyes de Beni-Nazar, defensores del Islam. Desde la salida del lucero de la religion, desde el alba de la ley, fué su trono de ellos, el mejor amparo de las criaturas. ¡Oh señor de la bondad y de la humanidad! tu casa fué mina de juicio, de prudencia, de virtud y de beneficencia, y hallaron en tí lo que deseaban cuantos tuvieron la suerte de conocerte y acercarse á tí, la nobleza y escelencia del orbe; el resplandor de la bondad en su cara, como la luz del dia que quita las sombras. Nunca estuvo la luna en mas perfecto y hermoso plenilunio: los altos méritos de Abul-Giux dan de sí olor vivo como el mosco precioso se descubre aun en sellado bote. Cúbrale Dios con su misericordia, con lo cual se sirva ponerle en la eterna morada de las delicias.»
Abul-Walid-Abu-Said no pudo destruir los bandos á beneficio de cuya lucha habia subido al trono: habianse acostumbrado los magnates de Granada á disponer del poder real y á no concederlo sino á aquel que mas favorecia su ambicion: pero como eran muchos y los altos empleos del reino no bastaban para contentar á todos, se dividian, se hacian la guerra, andaban en perpétuas intrigas y conspiraciones, y el rey para entretenerlos se veia obligado, ya que no podia darles otra cosa, á llevarlos contínuamente contra las fronteras cristianas, de las cuales se volvian generalmente cargados con una rica presa.
Pero esto tenia sus inconvenientes: no siempre los de Granada alcanzaban la victoria: habíanselas con los fronteros cristianos, que de padres á hijos estaban avezados á la guerra: entre estos desastres fué uno la batalla de Hins-Ailai, por otro nombre de Fortuna, donde los fronteros de Martos hicieron un horrible destrozo en los moros de Granada, y poco despues los castellanos tomaron con horrible estrago la fortaleza de Tiscar, obligando á rendirse con mil y quinientos hombres al valiente alcaide Muhamad-Hamdum.
Con tales reveses, con los partidos cada dia mas enconados dentro de su reino, Abul-Walid empezó á recelar de su fortuna y á sentir remordimientos.
Parecióle que lo que le acontecia no era otra cosa que un castigo de Dios por la traicion que habia obrado con el otro rey Abul-Giux Nazar, que le estaba reservada igual suerte, y que solo venciendo á los enemigos de Dios podria alcanzar el perdon de sus pecados.
Por eso el rey estaba triste: por eso de una manera tan sombría, en medio de la pompa de su magestad, salia por la Puerta del Juicio de su alcázar de la Alhambra contra los cristianos.
III.
Tenia además el rey Abul-Walid otra razon para estar triste y apenado.
Esta razon era un sueño.
Un sueño tenaz de amores.
Durante siete noches consecutivas, y despues de un letargo profundo, habia visto brillar un punto rojo en medio de las tinieblas de su letargo, ensancharse aquel punto, estenderse como un velo de sangre, y luego aquel velo ir cambiando de color hasta volverse de color de rosa, y trocarse al fin en un espacio diáfano circundado de una luz blanca, radiante y dulce.
En medio de aquel espacio habia visto cada una de las siete noches aparecer una figura muy pequeñita, y apenas perceptible, acercarse, crecer, mostrar al fin las formas de una doncella jóven y hermosa que se acercaba con la túnica flotante como una nube impelida por el viento, al divan donde reposaba el rey.
A medida que la doncella se acercaba, el rey sentia ir creciendo un delicado y fresco perfume que parecia emanado de ella, y luego veia claramente sus ojos negros amorosamente fijos en los suyos y sus flotantes cabellos que semejaban ebras de oro, y su frente blanca como el marfil, y cándida y pura como la mirada de la jóven tortolilla que aun no ha amado: veia sus hombros y su garganta desnudos, nacarados, palpitantes, sus manos y sus brazos cruzados en una actitud de pudor sobre su seno, y sus pequeños pies que cubria y descubria caprichosamente la flotante halda de la túnica.
Luego el semblante de la doncella, con los ojos nublados de amor y la fresca y fragante boca entreabierta en un leve suspiro, se acercaba al semblante del rey; pero cuando el rey iba á besarla, la virgen desaparecia y solo quedaba ante el rey, brillando entre las mas densas tinieblas, una cruz de sangre y fuego.
IV.
A la primera noche que el rey vió esta vision, despertó encendido de amor y transido de terror.
Túvolo al fin por delirio de su pensamiento, y volvió á reclinarse en los almohadones de su divan.
Pero no logró dormirse.
Veia fijos en él los ojos de la doncella soñada; aquellos ojos que le brindaban amor, y su boca, aquella boca que le prometia delicias.
Al alba se levantó, y ansioso de olvidar aquel sueño que le atormentaba, salió de caza: pero en el monte y en el valle, en la selva y en el altozano, en las márgenes del rio y en el arenoso fondo de los barrancos, en el fondo melancólico de las espesuras, y en el oscuro antro de las grutas, allí, en todas partes veía á la hermosa doncella flotando delante de él; y cuando irritado por la vision tendia hácia ella su arco en el furor de su delirio, la vision de amores desaparecia y quedaba en su lugar una cruz de sangre y fuego.
Durante siete noches el rey vió en sueños á la doncella misteriosa cada vez mas pura, cada vez mas enamorada, cada vez mas resplandeciente.
Durante siete dias que salió á caza pretendiendo borrar la impresion de su sueño en medio de la luz y del aire de los campos y de las montañas, vió en la luz á la doncella enamorada, en la sombra la cruz de fuego, y el aire le trajo el perfume suavísimo, que como emanacion de la doncella misteriosa, respiraba en sus sueños.
V.
Vivia en la torre de las Siete bóvedas, en una habitacion alta que le habia concedido el rey, un astrólogo viejísimo; y tanto, que nadie se atrevia á calcular los años de su vida.
Era calvo; tenia el semblante arrugado como un pergamino viejo, sobre el cual ha secado el sol la lluvia: sus ojos pequeños y redondos apenas se veian cubiertos por las largas cerdas de sus cejas, que de una manera estraña caian delante de ellos como un velo; su nariz larga y afilada sobresalia duramente de unas megillas salientes, cubiertas de una piel árida y de color verdoso; su barba era larguísima, cana, de color impuro, y su túnica caia hasta cubrir sus pies en una larga plegadura, como podia haber caido sobre un armazon de caña.
Aquel viejo no habia venido de ninguna parte, ó á lo menos no se sabia de dónde habia venido.
Una noche los guardas de la torre de las Siete bóvedas vieron en los ajimeces de la parte mas alta de la torre un resplandor sanguíneo, y vieron á la luz de la luna salir un humo espeso y luminoso por las ventanas de la cúpula.
El alcaide de la torre avisó de ello al alcaide de palacio, el alcaide de palacio al wazir del rey, el wazir á Abul-Walid.
El rey mandó á su wazir Masud-Almoharaví que fuese á ver lo que era aquello, y fué el wazir; y cuando llegó á la parte alta de la torre encontró al viejísimo astrólogo, que meditaba sobre un cuadrante tendido en una estera.
Maravillóse el wazir de ver aquel espectáculo, y de la misma manera se maravilló el alcaide de la torre.
Aquel viejo imponia espanto.
Además las alfombras, los pebeteros, los divanes, las labores de aquella rica habitacion donde el rey solia pasar algunos momentos, habian desaparecido: quedaban en su lugar unas paredes negras y lustrosas, cubiertas de pinturas de estraños animales y de caracteres desconocidos, rojos los unos; blancos, verdes ó azules los otros: en tablas á lo largo de los muros se veian redomas, cráneos y hosamentas de hombres y animales, arrugadas pieles de serpiente, y enormes libros amarillos apilados en los ángulos y arrojados por el suelo.
A un lado habia un hornillo, y sobre los carbones apagados se veía una enorme ampolla de vidrio, que contenia un licor negro y viscoso.
--¿Qué hombre es ese? preguntó el wazir que era muy soberbio al alcaide desdeñándose de dirigir la palabra al viejo: ¿cómo ha entrado aquí? ¿por qué has permitido que haga tal trasformacion en este aposento que era una alegría?
--¿Sabes tú cómo ha venido tu alma á tu cuerpo ó cómo se separará de ella? dijo el viejo con voz ronca sin levantar los ojos de su cuadrante, y mientras el alcaide guardaba un silencio de asombro.
--¿Es decir, dijo Masud-Almoharaví, que tú has venido á ser el alma de la torre?
--¡Tú lo has dicho! esclamó el viejo.
--¿Pero cómo le habeis dejado entrar tú y los tuyos? dijo con irritacion el wazir al alcaide.
--Nosotros, escelente señor, no hemos visto á este hombre ni yo ni mis soldados. Como has visto, las escaleras y las puertas que hasta aquí conducen estaban cerradas: las llaves las tiene el rey, y tú has traido esas llaves: ese hombre solo ha podido entrar aquí por el aire, y aun así invisible; porque ni yo ni los mios le hemos visto entrar.
--¿Quién eres? dijo con desabrimiento el wazir al viejo.
--Quiero contestarte, dijo el viejo levantándose y dirigiéndose al wazir, aunque tu soberbia merecia que no te diese contestacion: yo soy Abu-Jacub-Al-Hakem-Bilah[78].
--¿De dónde has venido?
--¡De la eternidad! contestó huecamente el sabio.
Irritóse el wazir porque no era hombre á quien se dominaba con facilidad, y acostumbrado á la adulacion de los mas grandes señores, le sentaba muy mal la audaz manera de aquel viejo decrépito.
--¿Será que quieras que yo te envie á la eternidad haciéndote morir azotado por los frenos de los caballos de la torre?
--De la eternidad vengo y á la eternidad voy; dijo el viejo sin dar muestras del mas leve temor: y no serás tú ciertamente el que á la eternidad me envie. He venido aquí, porque esta es la única parte del mundo que me quedaba que visitar, y deseaba ver este alcázar maravilloso y esta ciudad de delicias: me he aposentado donde me ha convenido, y me he hecho huesped del rey de Granada, sin meterme á averiguar si le placeria ó no: como estoy acostumbrado á vivir á mi gusto y me desagradaban los adornos afeminados y las inscripciones de amor que se veian en esta cámara, la he preparado para mi uso como mejor me ha convenido. Además, como me gusta conocer las personas en cuya casa vivo, me ocupaba en levantar el horóscopo del rey de Granada, y en averiguar cuánto tiempo estará levantado este alcázar sobre la tierra. Por lo demás, todo lo que pretendas contra mí es inútil; quédate ó vete, como mejor te plazca, y si quieres puedes decir al rey que si viene á visitarme le recibiré, y que si no quiere venir iré á buscarle. Te he dicho cuanto te tenia que decir.
Y el viejo se reclinó de nuevo en la estera, y volvió á consultar su cuadrante.
--¿Qué haces? dijo con irritacion el wazir; ¿así crees que puedes burlarme?
--Estoy leyendo una parte oscura de tu pasado; dijo el viejo sin levantar los ojos del cuadrante. Por ejemplo, estoy leyendo el nombre de Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, tu predecesor en el empleo de wazir del rey.
Púsose pálido Masud-Almoharaví, y mandando al alcaide que se retirase, se quedó solo con Al-Hakem-Bilah.
--Sí, continuó este: veo el nombre del pasado wazir, sobre una tumba, acompañado de pomposos elogios; la enemistad no pasa del sepulcro, y la hora de la muerte de un hombre es tambien la hora en que le elogie su enemigo. Veo dentro de esa tumba un cadáver corroido por un tósigo voraz; averiguando de donde ha salido ese tósigo, veo un cerbatillo humeante, sobre una fuente de plata; esta fuente está puesta sobre una mesa, en que hay pan candeal y frutas y confituras, y licores malditos por Dios y prohibidos á sus creyentes. A ambos lados de la mesa veo dos hombres; el uno es el muerto del sepulcro, pero vivo y lleno de salud y robustez; es Abul-Fath-Nazir-el-Ferih: el otro es un hombre pálido, soberbio, que se domina mal, que encubre mal el ódio que siente hácia el que está sentado frente á él: ese hombre eres tú, tú mismo; pero diez años mas jóven. La habitacion donde estos dos hombres están, forma parte de un hermoso cármen situado en las angosturas del Darro; por último, un hermoso sol de primavera hace pasar sus rayos por los cristales de colores de las ventanas de la cúpula, bajo la cual estais sentados, teniendo en medio una mesa, tú y el anterior wazir.
La altivez de Masud-Almoharaví se habia desplomado, y pálido y convulso escuchaba, sin ser poderoso á pronunciar una sola palabra, al sábio Jacub.
--Es mucho, es mucho lo que veo, añadió el viejo sin mover los ojos del cuadrante; en un bellísimo retrete del mismo cármen hay reclinada en un divan, y sencillamente vestida, una niña de quince años.
¡Y qué hermosa es!
¡Pero tambien cuán terrible!
El espíritu del mal ha llenado su corazon, y en su boca, que todavía no han marchitado los años, es ya fingida la sonrisa.
El hombre que habla con el wazir Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, tú, es un envenenador que se finge amigo de su víctima: la niña que allá en su retiro revuelve pensamientos ambiciosos, es una envenenadora, una parricida, un arcángel condenado, que ha servido tranquila á su padre el plato funesto y se ha retirado despues.
El temblor de Masud-Almoharaví crecia; su palidez se habia hecho lívida.
--De los dos amigos, el uno comió del manjar envenenado; el otro se disculpó con haber satisfecho con los otros manjares anteriores su apetito y no comió.
Al dia siguiente apareció muerto en su lecho el wazir Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, y sus asesinos, afectando gran sentimiento, se presentaron vestidos de luto al rey Abul-Walid.
Tú llevabas á Ketirah, á la parricida, asida de la mano; tú fuiste quien levantaste de su frente de vírgen maldita el velo tras el cual debia ver el rey Abul-Walid la condenacion de su alma; porque el rey se enamoró de Ketirah.
Pero Ketirah era ambiciosa, y exigió el puesto de la sultana.
Tú á quien el rey habia hecho su wazir, tú que eras el tercero en los amores del rey con la hija del difunto wazir, hiciste que aquel obstáculo desapareciese: la sultana Aleidah, murió por haber aspirado demasiado la fuerte fragancia de un ramillete de flores.
Ketirah fué sultana; pero no sé que señales vieron los parientes de la sultana Aleidah en su semblante, que sospecharon y sospecharon de tí... porque tú eras quien habias presentado al rey la hermosa Ketirah, la tentadora hija del wazir difunto, y Ketirah por muerte de Aleidah habia llegado á ser sultana.
Los bandos de Granada se han aumentado con un bando mas: con los parciales de Mohammet-ebn-Ismail, hijo del walí de Algeciras, primo del rey Abul-Walid, y primo tambien de la difunta sultana Aleidah.
Para desdicha tuya, y digo desdicha, porque tus enemigos son temibles, el jóven Mohammet es ambicioso; hace mucho tiempo que tiene puestos los ojos en la corona de Granada, y amaba además de una manera desesperada á la difunta sultana Aleidah; tú eres un obstáculo á su ambicion, y sabe ó cree que tú eres el asesino de Aleidah.
De modo que es muy posible que en vez de morir yo al rigor de los azotes con que querias castigar en mi un pretendido delito, caigas tú bajo el puñal de los que ven en tí al causador de dos infames y cobardes asesinatos.
¡Es mucho! ¡es mucho lo que he visto al consultar tu horóscopo!
--¿Y me matará el hijo del walí de Algeciras? dijo con acento trémulo el wazir.
--No; morirás como has matado.
--¡Ah! ¿y cuándo?
--Tendrás tiempo para poner en el trono al hijo primogénito de tu señor.
--¿Pues qué, va á morir el buen rey Abul-Walid?
--¿Acaso pretendes que el rey sea eterno?
--Pero es jóven.
--La muerte no cuenta los años.
--¿Y cómo morirá el rey?
--Mas te importa saber cómo morirás tú.
--¿Y yo?..
--Ya lo sabrás.
--¿Nada mas me dirás?
--Nada.
--¿Qué quieres que diga al poderoso Abul-Walid?
--Dile que en su alcázar está quien es mas poderoso que él.
--¿Quieres esclavos que te sirvan, muchachas de ojos negros que te deleiten, perfumes que te embriaguen, manjares que te regalen?
--A lo que vengo vengo, y Dios no me ha enviado á encenagarme en torpezas; ¿crees tú que si yo deseára la muger mas hermosa de la tierra, no la tendria con solo pronunciar una palabra? ¿Y qué son para mí las mugeres de la tierra, ni los arcángeles del cielo, ni las huríes del paraiso?
--¿Con que nada puedo darte?
--¿Has visto que alguna vez dé el esclavo al señor, el pobre al rico, el débil al fuerte? yo soy un águila, tú eres un vencejo. Vete.
El wazir salió sin saber lo que le acontecia y transido de terror.
Dominóse sin embargo, durante su tránsito hasta palacio, y encontrando en él al rey en la magnífica sala de las dos Hermanas, le habló pomposamente del sábio Abu-Jacub, le encareció las maravillas de la transformacion que habia notado en la torre, y tanto que cuando el rey quedó solo dijo profundamente pensativo:
--Dicen los hombres de Dios, y yo lo tengo por cosa cierta, que Satanás anda siempre alrededor de los palacios de los reyes, y que algunas veces se aposenta en ellos y se hace visible.
¿Será ese astrólogo Satanás?
¿Y si es, qué quiere?
¿No soy un rey temeroso de Dios?
* * * * *
VI.
Abul-Walid fué á visitar aquella noche al viejo astrólogo que de una manera tan estraña, y sin pedirle licencia, se habia aposentado en la mejor cámara de la torre de la puerta de su castillo real, y que tan á su gusto habia transformado el interior de aquella cámara.
Abu-Jacub-Al-Hakem habia prometido en una y otra entrevista al rey levantarle figura y descifrarle su horóscopo: pero con el pretesto de que las conjunciones planetarias no eran propicias, alegando otras veces escusas plausibles, el rey no habia logrado saber ni una sola palabra acerca de su destino por boca de Abu-Jacub.
Pero cuando se vió afligido por la ardiente vision, que tentadora y misteriosa se habia repetido para él siete noches consecutivas, el rey, no pudiendo resistir mas, se trasladó una noche á la torre de las Siete bóvedas, y se entró resueltamente en la vivienda de Abu-Jacub.
--Sé á lo que vienes, dijo este.
--Pues bien, puesto que te he honrado en mi córte, que todos te reverencian y que te llamas mi astrólogo, descíframe mi sueño.
--Ese sueño es una tentacion, rey Abul-Walid; una tentacion que pone á prueba tu nobleza y tu caridad.
--No te comprendo.
--Vas á comprenderme.
Y el sabio abrió uno de los ajimeces.
--Ven acá, dijo al rey.
El rey fué al ajimez.
--Mira hácia el poniente.
--Nada veo, es la noche muy oscura.
Abu-Jacub tocó los ojos del rey.
--Vuelve á mirar, dijo.
--Veo las fronteras de mi reino y la villa fronteriza de Martos.
--Mira aun.
--Veo una casa de solar cristiana: sobre su puerta, en un blason, hay una cruz roja.
--¿No has visto una cruz roja en tu sueño?
--Sí.
--¿Y no crees que esa cruz roja que se vé sobre el blason de la casa del corregidor Sancho de Arias tiene relacion con tu sueño?
--Sí; ¿pero qué quiere decir esa cruz?
--Esa cruz quiere decir que una cristiana causará tu muerte, poderoso rey Abul-Walid.
--¿Es acaso esa cristiana la doncella que yo he visto en sueños?
--Sí.
--Quiero verla.
--Vas á verla en una ocasion solemne: mira.
El rey miró.
--Veo un ancho dormitorio: en aquel dormitorio un enorme lecho; en aquel lecho un caballero anciano, con la cabeza cubierta por un vendaje sangriento, y espirante.
A un lado del lecho hay un faqui cristiano leyendo en una Biblia; al otro lado una muger sencillamente vestida, vuelta de espaldas, que parece orar y tener asidas las manos del herido.
--No veo á la muger de mi sueño; dijo el rey.
--Si por cierto: es esa que está vuelta de espaldas; como se encuentra replegada sobre el lecho no puedes admirar su gentileza; pero tiempo tendrás de verla.
--¿Y qué significa lo que allí sucede?
--Significa que el buen corregidor Sancho de Arias muere á consecuencia de heridas.
--¡Heridas!
--Sí, heridas recibidas hace tres dias en las fronteras de tu reino.
--No tengo noticia de ningun encuentro con los cristianos.
--Tu alcaide de Loja, que intentó una algara sobre la frontera, ha sido vencido, y como prudente no te ha dado noticia de su desastre: ha dejado sobre la frontera cristiana la flor de sus caballeros muertos á manos de los vecinos de Martos, á quienes acaudillaba su corregidor; pero el desdichado no gozó el triunfo; recibió algunos hachazos en la cabeza de manos del tremendo Alí-Athar, tu alcaide en Loja, y hélo ahí espirante. Escucha lo que se habla en esa habitacion.
--Nada oigo; dijo el rey: la vega y las montañas están envueltas en el mas profundo silencio.
Tocó Abu-Jacub los oidos del rey y repitió:
--Escucha.
--Oigo al faqui cristiano rezar en rumy[79]; oigo el sobrealiento y la fatiga del herido que está dominado por un letargo.
--Escucha aun.
--La muger llora.
--Y el herido despierta y parece que cobra aliento, como si le ayudára la mano de Dios.
El rey siguió escuchando.
Hé aquí lo que el rey oyó:
--Padre, dijo el herido: sé que voy á morir, y que necesito de vuestro auxilio y de vuestra presencia: pero veo á mi lado á mi hija; siento su mano sobre mis manos, y recuerdo que antes de morir necesito confiarla un importante secreto, que solo sabe Dios... y yo; y que solo ella debe saber. Dejadnos solos, padre mio, que cuando haya concluido con este último deber que me prescribe mi conciencia, volveré á ampararme de vos.
El fraile salió.
Quedaron solos el anciano que moria, y la jóven que de verle morir lloraba.
VII.
--Levántate y siéntate al lado de mi lecho, María, dijo Sancho de Arias.
Al levantarse María, al sentarse, dejó ver al rey Abul-Walid su semblante.
--¡Es ella! ¡es ella! la hermosísima y casta vírgen de mis sueños de amores: esclamó el rey.
--Escucha, dijo secamente Abu-Jacub-Al-Hakem.
--Tienes quince años, María, dijo el moribundo.
--Pluguiera á Dios que no hubiera nacido, señor, si habia de veros en tan miserable estado.
--Muero como debe morir un cristiano y un caballero; dijo Sancho de Arias: defendiendo á mi Dios, á mi patria y á mi rey. Además que ya mis años son muchos, y confio en que Dios en su misericordia me reciba en su seno: como hombre he cumplido con arreglo á la ley de Dios; como ministro del rey, la vara de la justicia no se ha quebrado ni torcido en mis manos; respecto á mis semejantes, tú eres una prueba de que he tenido caridad hasta para con mis enemigos.
--¡Yo, señor!...
--Sí; ha llegado el solemne momento en que lo sepas. No eres mi hija.
--¡Pués de quien soy yo hija, señor! esclamó María.
--Eres hija de moro, de un infiel del reino de Granada.
--¡Ah! ¡señor!
--La verdad es dura, pero es necesario que la sepas. Hace diez años era yo alcaide por el rey del castillo de Alcaudete. Tenia una buena esposa y dos hijas tan hermosas como tú, tan puras como tú, como tú tan buenas. Llamóme por entonces el adelantado de Jaen, y obedeciendo como debia, acudí á su llamamiento.
Apenas habia llegado á las puertas de Jaen, cuando la campana del castillo fronterizo de la Guardia empezó á tocar apresuradamente á rebato.
Poco despues, y cuando acababa de entrar en casa del adelantado, llegó un corredor cubierto de sudor, de polvo y de sangre, y mi corazon al verle se heló. Era un vecino de Alcaudete: los moros habian pasado la frontera en número formidable, habian embestido la villa y el castillo, y los habian entrado á sangre y fuego; los vecinos, sorprendidos, apenas habian tenido tiempo de huir, y los que quedaron dentro fueron degollados.
A aquella noticia, los vecinos de Jaen, los de la Guardia, los de los lugares cercanos, corrieron á las armas, juntóse un escuadron de infantería con cuatro banderas y doscientos rocines, y todos marchamos desalados en socorro de Alcaudete.
Pero llegamos tarde: los fugitivos que se nos unian nos daban noticias aterradoras: los moros habian saqueado la villa, la habian puesto fuego, habian degollado á los hombres y á las mugeres viejas, y se habian llevado cautivas á las mugeres jóvenes y á las niñas.
Cuando yo entré en el castillo, lo primero que encontré fué el cadáver de mi esposa: mas allá mis dos hijas abrazadas y muertas al pié del muro debajo de una ventana: segun las señales, las desgraciadas se habian arrojado por aquella ventana, prefiriendo la muerte de los mártires á la deshonra y al alejamiento de la ley de Jesucristo entre los infieles.
El anciano pronunciaba estas palabras con voz lenta y lúgubre, pero de una manera terrible, sin derramar una sola lágrima.
El rey Abul-Walid, desde la torre de las Siete bóvedas, avanzado al ajimez, pálido, anhelante, con los ojos inmóviles, presenciaba aquella escena que pasaba tan lejos de él, de la misma manera que si hubiera estado en el aposento donde el corregidor de Martos moribundo hacia aquella revelacion á la misteriosa virgen de sus sueños, y lo oia y lo veia todo por virtud de la ciencia de Abu-Jacub-Al-Hakem.
--Yo juré, continuó el anciano, sobre la sangre de las prendas de mi alma, vengarlas de los infieles; y desde entonces, acometí en continuas correrías las fronteras del reino de Granada; asalté aldeas, las puse á sangre y fuego, y no me hartaba, no me hartaba de sangre, porque toda me parecia poca para vengar la de mi esposa y la de mis hijas.
Una noche... una noche lóbrega y terrible, pasé la frontera y me acerqué por atajos y trochas á la villa de Yllora.
En su castillo habia fiesta: un príncipe moro habia ido á aquel pueblo á gozar de la pureza de sus aguas y de sus aires y á recobrar la salud quebrantada: le divertian con una zambra.
Los moros descuidados, sin recelar que hubiese peligro en una fortaleza en que se encerraban centenares de hombres llevados por el príncipe infiel en su guarda, no velaron como debian en las murallas: mis buenos fronteros arrimaron en silencio sus escalas á los muros, y treparon y saltaron dentro del castillo y yo delante de ellos.
Un momento despues los cantos moriscos se habian convertido en gritos de combate y ayes de agonía. Sorprendidos los moros creyendo tener sobre sí todo el ejército de Castilla, huyeron despavoridos; y yo y mis gentes nos cebamos en su alcance. Fué una buena carnicería de infieles, que llenó de luto á Granada, y la presa magnífica; porque el príncipe moro habia llevado consigo grandes riquezas en muebles, en tapices, en joyas y en dinero. Pero el principal tesoro que encontré, fuiste tú, María.
--¡Yo! esclamó la jóven.
--Sí; cuando ya cansados de matar y de amontonar riquezas nos retirábamos, al pasar por delante de una cámara, oí el triste llanto de un niño abandonado.
Entré. En una magnífica cuna, cubierta de amuletos segun el uso moro, ví una niña que al acercarme yo me tendió sus bracitos.
Y ¿qué daño ha hecho á nadie esta infeliz criatura? me dije. No permita Dios que yo tiña mis manos en sangre inocente, ni que robe un alma al cielo.
Y te tomé en mis brazos y te llevé sobre el caparazon de mi caballo á Alcaudete; y te mande bautizar, y te llamaste María en ofrenda á la santa Vírgen, y te adopté por hija, y pensando yo en que algun dia serias muger, y amarias...
--¡Ah, señor!
--Sí; que amarias... y has amado; amas.
--Es verdad.
--Amas á un buen hidalgo, á un valiente: á un mozo temeroso de Dios, á Gonzalo Nuñez.
--Es verdad, dijo María ruborizándose.
Al escuchar Abul-Walid que María amaba, los celos, y unos celos crueles, vengativos, llenaron su alma.
--¡Ama! esclamó roncamente: ¡ama la hermosa vírgen de mis sueños!
--Pero tú matarás su amor; dijo con un acento singular el sombrío Abu-Jacub.
--Escuchemos, escuchemos, dijo el rey.
Sancho de Arias y María habian guardado por un breve espacio silencio: él como quien cansado reposa para tomar nuevas fuerzas; ella dominada por lo solemne de la revelacion del anciano moribundo.
--Amas, y yo apruebo tu amor: Gonzalo Nuñez es digno de tí, y tú eres digna de él. Yo he conocido vuestro amor, aunque me lo has ocultado.
--¡Ah, señor! él es muy pobre, y esperaba á que el rey le diese un oficio para poder casarse conmigo.
--Si él es pobre, tú eres rica, María.
--¡Rica yo!
--Sí; ya te he dicho que cuando te adopté pensé en que un dia serias muger, en que amarias, en que te casarias, y quise que tuvieses una buena dote: pensando en esto, guardé para tí un tesoro que encontré en la habitacion donde habias quedado abandonada.
--¡Un tesoro!
--Sí; y un tesoro de inestimable valor. Busca debajo de mi almohada. Encontrarás una bolsa.
--Héla aquí: dijo María sacando de debajo de la almohada una bolsa de seda á manera de saco, cerrada por dos cordones.
--Abre la bolsa y toma una llave que encontrarás en ella.
María sacó de la bolsa una pequeña llave.
--Abre ahora aquel armario, dijo el anciano señalándola uno que habia al fondo de la alcoba.
La jóven se levantó, fué al armario y le abrió.
--Está vacío: dijo.
--No importa, tira hácia tí de la primera tabla; sácala.
María desencajó la tabla.
--Mira bien al fondo del armario, dijo Sancho de Arias. ¿Qué ves?
La jóven miró con cuidado.
--Veo un cajon muy encajado y muy disimulado, y en el centro de él un agujero.
--Mete la misma llave del armario y tira.
María tiró.
--Saca lo que encuentres dentro.
María metió la mano en el cajon, y encontró otra bolsa de seda pero mas grande que la que habia encontrado bajo la almohada y pesadísima con relacion á su volúmen.
Aquella bolsa estaba tambien cerrada con un cordon y en un papel cosido á ella estaban escritas estas palabras. «Dote de María.»
Además la bolsa estaba recamada con arabescos de oro y plata.
--Abre la bolsa, dijo el moribundo, y mira lo que contiene.
Abrió la bolsa María, metió la mano, encontró un objeto, y le sacó.
Era un largo y pesado collar de gruesas perlas, con broche de diamantes y rubíes, y en el centro pendiente de la perla mas gruesa, una cruz de oro, cubierta de diamantes.
--¡Oh, Dios mio! dijo la jóven, ¿y habeis pasado estrecheces, señor, teniendo esta rica joya?
--Era parte de tu dote, pero aun queda mas.
La jóven metió la mano y sacó dos magníficos brazaletes, cincelados, esmaltados, cuajados de pedrería, que estaban unidos el uno al otro por una cinta de seda.
María miró sin codicia aquellas dos admirables joyas, como sin ella habia mirado el collar y las puso junto á este á los pies del lecho del moribundo.
Volvió á meter la mano y sacó dos arracadas tan ricas y tan maravillosas como el collar y los brazaletes; sucesivamente sacó veinticinco sortijas de grande precio atadas en una cinta, dos ajorcas y un ceñidor de oro, perlas, diamantes y rubíes.
El aderezo completo por último de una mora riquísima, de una sultana.
Todas aquellas joyas puestas sobre el lecho de Sancho de Arias brillaban, relucian, arrojaban destellos fúlgidos al recibir la móvil luz de la lámpara que alumbraba el dormitorio.
--Como ya te he dicho, continuó el moribundo, esas joyas las encontré en la misma habitacion en que tú estabas, en una arca en que habia ropas de muger, que no tomé por embarazosas. Su valor me maravilló; pero lo que me maravilló mas, fué el ver en la casa de un infiel la hermosa cruz del collar. ¿Qué muger podia haber llevado aquella alhaja? Sábelo Dios; pudo ser tú madre.
--¡Mi madre!
--Dios lo sabe.
--¿Pero no sabeis quienes fueron mis padres?
--Por la habitacion en que te encontré, por la cuna en que estabas, por los amuletos que te cubrian á la usanza mora, juzgué que debias ser hija de aquel príncipe moro, que habia escapado al verse sorprendido por mis fronteros... Pero despues nada supe. ¿Y qué te importa? vale mas que pases como hija de un hidalgo honrado y cristiano, que no que sepan que eres hija de un infiel, por mas que este infiel fuese príncipe, rico y poderoso. Este secreto debe quedarse entre nosotros. Conmigo le guardará la tumba. Guárdale tú si no es que quieres, cediendo á la soberbia humana, aparecer como hija de uno de los grandes de la tierra, por mas que ese grande, como infiel, esté desheredado del cielo.
--¡Ah! no, no; yo no tengo vanidad, padre mio: y esas joyas...
--Servirán para asegurar el pan á tus hijos si te casas con Gonzalo Nuñez.
--¡Gonzalo Nuñez! sabe Dios lo que habrá sido de él. Hace un año, padre, que se despidió de mí: he recibido una sola carta suya allá desde la frontera de Murcia, donde estaba sirviendo el rey de Aragon, y... no he vuelto á tener noticias suyas. Acaso ha muerto buscando fortuna para ser mi esposo.
--¡Muerto! ¿quién sabe? y en fin, si ha muerto, ha muerto como bueno, como muero yo.
--¡Oh, Dios mio! ¡si eso fuera cierto!..
--Si fuera cierto, seria asunto de sentirlo, pero no de desesperarse. Eres jóven, hermosa y rica, y no te faltaría un nuevo amor.
--Pero yo no puedo, yo no debo amar á otro mas que á él.
--¡Que no debes!... ¿acaso, María, has sido débil? ¿acaso has olvidado lo que no debe olvidar jamás una doncella honrada?
--¡Ah! ¡no, no, padre mio! repuso la jóven poniéndose densamente encendida. Vuestra hija no ha olvidado jamás lo que debe á vuestra honra, ni él jamás ha pretendido de mí nada deshonroso.
Al escuchar estas palabras el rey Abul-Walid respiró recio como aquel que se vé libre de una carga, y aprovechando un momento en que guardaron silencio el moribundo y la jóven, dijo á Abu-Jacub sin apartar la vista de aquel remoto dormitorio de Martos.
--Amor de niños; amor que pasa con la ausencia; que no sobrevive al amante muerto. Y es posible que su amante haya muerto.
--No, no ha muerto, dijo con acento seco y duro Abu-Jacub: aparta por un momento la vista de María y de Sancho de Arias y fíjala en el camino de Castilla, á la frontera, cerca de Martos.
--Está la noche muy oscura y no veo, dijo el rey.
--Mira: dijo el mago tocando de nuevo los ojos de Abul-Walid.
Entonces el rey, á pesar de la oscuridad, vió un largo y estrecho camino y galopando por él, cerca de Martos, dos ginetes armados de todas armas, caladas las viseras, las lanzas en las cujas, y llevando cada uno de ellos sobre la grupa de su caballo una maleta.
--¿Vienen acaso esos cristianos, dijo el rey, de la frontera de Murcia á avisar á María de que su amante vive?
--Mas que eso: el que cabalga delante con arnés tranzado y espuela de caballero, es el mismo Gonzalo Nuñez; el que cabalga detrás, su escudero; lo que llevan en esas dos maletas, oro puro. El amante de María vuelve armado caballero por el rey don Jaime II de Aragon, honrado por sus hazañas y rico por las presas que ha hecho á los moros de Murcia. Síguelos, y verás cómo sin vacilar entran en la villa, cómo antes de ir á su propia casa Gonzalo Nuñez llega á la casa del corregidor Sancho de Arias y llama á grandes aldabadas; María le abre, un escudero le dice que su amo está espirando, y el jóven á pesar de lo embarazoso y pesado de la armadura, sube á saltos las escaleras, cruza y atraviesa la sala; ya entra en el dormitorio y se queda helado de espanto al ver la situacion en que se encuentra el que cree padre de su amada.
Escucha ahora y mira.
--¿Qué es esto, señor? dijo Gonzalo Nuñez levantándose la visera: ¿cómo os encuentro así?... ¿pero Dios no querrá?...
--Dios lo quiere, y llegais muy á tiempo, Gonzalo: Dios os trae; la vida se me acaba y mi hija va á quedar huerfana.
--No lo será mientras yo viva, señor.
--Sí, vos sereis su esposo.
--¡Cómo, señor! ¿sabeis?
--Lo sé todo; sé que por su amor habeis ido á buscar fortuna á cambio de vuestra vida.
--Y la he encontrado, señor, vuelvo rico, y alentando la esperanza que vos habeis realizado de que María fuese mi esposa.
--Sí; hijos mios, sí, y escuchad: casaos inmediatamente.
--¡Cómo! dijo María mientras Gonzalo guardaba un silencio de asentimiento egoista; ¿caliente aun vuestro cadáver?...
--Lleva por mí tu luto en el corazon, no en los vestidos, María; no esperes huerfana y doncella por cumplir con el juicio de las gentes el que pase un año despues de mi muerte. Únete á él, y para que tengas una obligacion de hacerlo... acercaos, hijos mios, acercaos.
Los jóvenes se acercaron y el anciano asió sus manos y las unió.
Entonces los dos jóvenes cayeron de rodillas.
--Vuestro padre moribundo os une, dijo Sancho de Arias con voz conmovida y cada vez mas débil: que os bendiga Dios, hijos mios, y que apenas muerto yo... ¿pero á qué esperar mi muerte?.. ¿no hay en la casa un sacerdote?...
Pero como si Dios no hubiera querido que Sancho de Arias llevase á la tumba este consuelo, fatigado en demasia por la conversacion que habia sostenido, le atacó una tos violenta, se le abrieron las heridas, y arrojó un vómito de sangre: tras el vómito vino la muerte.
--¿A qué quieres presenciar los llantos y la desolacion de esa casa? dijo el mago borrando la vision de los ojos del rey que solo vieron el fondo oscuro de la noche.
--Pero se casará la vírgen de mis sueños con ese cristiano? dijo pálido y convulso Abul-Walid.
--No, si tú quieres, dijo el mago: pero para evitarlo será necesario que levantes tu estandarte, que reunas tus gentes de guerra y que caigas como una tempestad sobre la villa fronteriza de Martos.
--Caeré, caeré, gritó Abul-Walid, y la doncella de la frente pálida no será de otro que será mia.
Y arrojando su bolsa al mago, salió de su morada y se precipitó rápidamente por las escaleras de la torre.
--Vé, vé, Abul-Walid-Abu-Said, dijo soltando una carcajada horrible el mago: eres mio: vas á buscar tu condenacion en esa muger.
* * * * *
Incitado, pues, por el amor de María, y con el pretesto de hacer una algara en las fronteras cristianas, salió el rey Abul-Walid por la Puerta del Juicio de la Alhambra, desplegado su estandarte de guerra y rodeado de sus caballeros.
VIII.
¡Qué hermosa está una virgen cuando se atavia para sus bodas!
¡Qué bello sobre su frente de azucena, el encendido color del clavel, que enciende un enamorado y misterioso pensamiento!
¡Oh! ¡y cuán hermosa estaba María!
Han pasado tres dias desde la muerte de Sancho de Arias, y el dolor que esta muerte la ha causado, dá á sus ojos, á sus megillas, á su boca, una dulce languidez que la hace mas hermosa.
La impaciencia de Gonzalo ha triunfado, ayudada por el último deseo de su padre, y acaso tal vez por una impaciencia de que ella no quiere darse cuenta.
Se está engalanando: se está poniendo sobre sus galas las magníficas joyas que habia guardado para ella Sancho de Arias.
Los espera el altar: despues caerá sumisa y enamorada entre los brazos de su esposo, y al dia siguiente guardará aquellas joyas y aquellas galas para vestirse un luto justo.
Pero la vírgen no debe ir al altar enlutada: seria un casamiento demasiado lúgubre, al que pareceria asistir como un testigo invisible la muerte.
Una anciana, que la ha servido de nodriza, la engalana llorando.
Porque la esperiencia fria dice á la anciana que cuando una muger se casa, entra en una nueva via á cuyo fin puede encontrar el mayor de los infortunios.
El infortunio del corazon.
Nadie mas asiste al atavío de la hermosa.
Sus cabellos destrenzados, sus hombros y su seno desnudos, no la obligan á avergonzarse, porque quien la vé es casi su madre: ha visto nacer aquellos encantos; nada hay en María que la sea ageno: la cree su hechura, y la jóven no cree que la ven los ojos de otro, porque los ojos de la anciana son como si fueran sus ojos.
Y sin embargo, hay una espresion de orgullo en los ojos de la nodriza, y,
--¿Qué hermosa eres? esclama: ¿dichoso el hombre para quien Dios te ha criado? ¡Oh! ¿qué feliz será?
Y la jóven se sonrie y se ruboriza.
Y entre tanto el hombre que vá á ser feliz, espera impaciente en otra habitacion, rodeado de sus deudos y de sus amigos, á que la desposada acabe de ataviarse, y cuenta el tiempo por los latidos de su corazon, y en cada ruido que llega hasta él, cree percibir el ruido de los pasos de su amada.
Hace un hermoso dia: Dios le bendiga.
El sol ha amanecido mas puro que nunca.
Parece que el sol ama tambien y toma parte en las bodas.
La campana de la iglesia llama á la oracion.
Los pájaros cantan en el huerto.
Las brisas de la mañana agitan con blando ruido las enredaderas del balcon.
¡Oh! ¿qué dia tan hermoso?
Y las jóvenes que van á la iglesia á oir la primera misa, dicen con acento de enamorada codicia á su vecina:
--Hoy se casa María, la hija del difunto corregidor.
--¿Con quién se casa? dice una vieja.
--Con el hijo de Nuño Nuñez, con Gonzalo.
--¡Oh! ¡bendígalos Dios! dice la vieja: ¡tal para cual!
Y la noticia cunde por la villa, y hay quien deja el trabajo por ver casarse á la doncella mas hermosa de la frontera, con el galan que en toda la frontera se conoce por mas gentil y mas bravo.
Y hay quien añade:
--El difunto corregidor no ha querido que le entierren hasta que esté casada su hija con Gonzalo Nuñez.
Y otro dice:
--Y ha querido que su hija vaya hecha un ascua de oro, con ciertas alhajas que él allá en otro tiempo tomó á los moros. Ya vereis, ya vereis como María viene hecha una imágen.
La iglesia se va llenando de gente: y los monaguillos suben á la torre, para repicar cuando asomen los novios allá por lo último de la calle Real, y el sacristan saca el terno mas lujoso para el señor beneficiado, y luego cubre de blandones el altar mayor, y manda avisar al organista.
Porque el señor Gonzalo Nuñez ha vuelto rico de la guerra, y quiere casarse como un rey, con música y luces, y la iglesia colgada de damasco rojo con espejuelos.
Y cada vez van acudiendo mas muchachas engalanadas, y la iglesia se llena y todos esperan.
Y el rey Abul-Walid-Abu-Said, desgarra entre tanto los hijares de su corcel, y blande la lanza de dos hierros, y mira ansioso el camino adelante, y tras él van sus moros de Granada, sus moros, que cubren el camino como una larga serpiente herizada de lanzas, y que corren, corren, vuelan como el semoum, detrás de su rey que cabalga el delantero, y de su estandarte real, que ondea junto al pendoncillo de la lanza del rey.
--Y ¡corre, corre que el sol sube! grita Abul-Walid á su caballo; ¡corre que tocan á fiesta las campanas de Martos, y ese toque me espanta! ¡corre, Lucero mio, y te regalaré un pretal de oro, y te coronaré de garzotas de diamantes! ¡corre, Lucero mio, corre, que me roba el cristiano la vírgen de la frente pálida!
Y cada moro dice á su caballo:
--¡Corre, corre, que el rey vuela! ¡corre, que allí están la doncellas cristianas y la rica presa, y los cautivos que se truecan por oro! ¡corre, corcel mio, corre, que el rey vuela, y allí en la cercana villa, están el amor y la fortuna!
Y pasan como un torbellino y zumban como el huracan, y los labriegos al verlos acercarse huyen despavoridos hácia los muros gritando:
--¡Los moros! ¡al arma la tierra! ¡los moros de Granada vienen en busca de nuestras mugeres y de nuestra plata!
Y allá van los campesinos que huyen, y el rey moro que vuela, y la gente que le sigue.
Y las campanas de la villa siguen repicando.
Y el sol inundando la tierra con su primer esplendor de la mañana.
Y los pájaros cantando en las arboledas.
Y entre tanto por la calle Real de la villa, hácia la plaza, vá María, hermosa y resplandeciente, modesta y pálida, los ojos en el suelo, agitado el seno, pensando á un tiempo en su amor y en su padre muerto, y en aquel otro padre moro á quien no conoce, y en las alhajas que la adornan cree sentir el espíritu de su madre.
Y el amor, y el dolor, y la duda, y la ansiedad, hacen correr de tiempo en tiempo dos lágrimas tranquilas por sus megillas.
Y la rodean dueñas y doncellas, y se asoman á las ventanas para mirarla, y los que la miran y los que pasan por la calle, se paran; la bendicen.
Y las mugeres miran con envidia al novio, y á María y á sus alhajas.
Y los hombres fijan una mirada de deseo en la novia y otra de envidia en el novio que vá tras de María, con los ojos fijos en ella, al lado de su padre, rodeado de sus hermanos y seguido de sus amigos y parientes.
Ya llegan á la iglesia, atraviesan con trabajo por entre la gente, se acercan al presbiterio y se arrodillan en los almohadones.
Y empieza la misa.
Todos callan: todos están de rodillas.
Solo se oye lento y grave el canto del sacerdote y el órgano que le acompaña.
Pero de repente otro ruido horrible se sobrepone á la voz del beneficiado y á la del órgano.
Un trueno seco, poderoso, concentrado, que retumba en el espacio, y luego otro y otro.
Todos se levantan sobrecogidos, todos se revuelven, todos se confunden, todos quieren huir á un tiempo.
Porque aquel trueno, seco, rápido, poderoso, es la voz de las máquinas de esterminio[80].
Los hombres corren á las armas; las mugeres van estremecidas de espanto en busca de sus hijos para huir con ellos, y las jóvenes siguen á sus madres estremecidas como el cerbatillo que siente la trompa del cazador y el ladrido de los perros.
La fiesta se ha trocado en combate.
Los fronteros de Martos, á medio armar, sorprendidos, pelean en las calles, desde las casas, desde las torres, con los moros que avanzan, que van llegando hasta el corazon de la villa como un torrente que nada puede contener.
Zumba roncamente la jara y crujen secas y desapacibles las cuerdas de las ballestas.
Oyése el chasquido de la honda y la piedra lanzada por un brazo vigoroso, hiende los aires produciendo un ronco mugido, y va á abollar las jacarillas templadas con las aguas del Genil.
Algunos vecinos pretenden atajar el paso á los moros, pero Abul-Walid rompe por ellos y los arremolina y los holla, arrojándolos muertos á ambos lados de su paso; como el javalí se abre una senda por medio de la maleza que rompe con sus colmillos.
--¡Y pisa, pisa á esos perros! gritó Abul-Walid á su caballo: ¡avanza, Lucero mio, avanza; báñate en sangre hasta las cinchas, que yo te regalaré un pretal de oro, y coronaré tu cabeza con garzotas de diamantes! ¡Avanza, Lucero mio, avanza! ¡holla á esos perros! ¡la vírgen de mis sueños dirige mi lanza, que por sus negros ojos, esparce entre los cristianos las sombras de la muerte!
Y el valiente Lucero embravecido por el combate, avanza gallardo y feroz, y salta sobre los cadáveres y lleva á su real ginete allí donde los fronteros están mas apiñados.
Y los venablos, y las piedras, y las jaras rebotan sobre la armadura dorada del rey como sobre una roca, y Abul-Walid, con la lanza baja y la mirada sangrienta é impaciente avanza siempre, hiriendo cuanto encuentra y gritando sin cesar á su caballo:
--¡Písalos, Lucero mio, písalos: y yo te honraré poniendo sobre tu espalda la hermosa vírgen de las crenchas de oro!
Y como ha sido el delantero en el camino el rey, es el delantero en el combate.
Y como por el camino le han seguido sus moros, le siguen por las calles de la villa.
Sus moros, los feroces africanos de su guardia que llevan los alquiceles rojos para que no los manche la sangre.
¿Pero quién es aquel otro ginete que por la otra parte de la villa avanza llevando tras sí una taifa de caballeros abencerrajes entre los cuales ondea un estandarte verde?
Monta en una yegua blanca como la aurora; ciñe lucientes armas, y sobre su casco ondean plumas azules y encarnadas.
Y hermoso, y jóven, y valiente, y fiero.
Brilla en sus ojos algo de régio que impone respeto, y algo de sombrío que espanta.
Su semblante es dorado como el sol, y su rizada y negra barba, remeda sortijas de ébano.
Es Mohammet-ebn-Ismail, infante de Granada, primo del rey, hijo del walí de Algeciras.
Bien se conoce en su semblante y en sus proezas la autoridad de su persona, y en la bravura con que hiende por los cristianos lo guerrero de su raza.
Es muy jóven, y sin embargo ya ha ceñido muchas veces la sangrienta corona de la victoria, y acompaña en esta ocasion al rey de Granada, porque un caballero que tanto vale no puede quedarse en la ciudad adormido al son regalado de las zambras, mientras su rey oye el alarido de la pelea.
Pero Mohammet solo busca nuevos triunfos, mientras el rey amores: Mohammet grita mientras el rey invoca á la vírgen de sus sueños.--¡Solo Dios es vencedor!
Y Dios fortalece su brazo, y le convierte en un rayo que destruye cuanto toca.
¡Ay de los fronteros de Martos!
Sus hombres y sus mancebos han caido bajo los pies de los caballos de los moros vencedores.
Los viejos huyen y se esconden, y en la fuga los encuentra la implacable espada, y en el lugar donde se han escondido es el fuego no menos implacable.
Solo quedan en Martos niños y mugeres.
Mugeres y niños que los moros sacan cautivos á vuelta de la presa.
Las telas, las ropas, el oro, la plata, los ornamentos y los vasos sagrados, van á amontonarse revueltos sobre charcos de sangre.
Y los esclavos van cargando en las bestias que encuentran en la villa el botin que de la villa arrebatan los moros y lo llevan al campo para hacer el reparto.
Nadie hay que resista ya.
Y sin embargo, una gran casa, se defiende aun del infante Mohamet-ebn-Ismail y de sus gentes que la cercan.
Cada ventana, cada tronera, cada rendija de aquella casa dá salida á la muerte.
Los abencerrajes la embisten una y otra vez y son rechazados.
El infante Ebn-Ismail ruge como un tigre irritado, y avanza hacha en mano hácia la puerta.
Otro jóven, de la familia mas esclarecida de los abencerrajes, Aben-Osmin, se adelanta armado de otra hacha junto á él.
Gime, cruge la puerta; resiste algunos instantes y al fin cede.
Una nube de venablos sale del zaguan, y el infante Ebn-Ismail, oye á su derecha un grito de muerte.
El bravo Aben-Osmin ha caido á su lado atravesado el pecho por una vira.
Y al verle caer, el infante gritó á los suyos:
--Pensaba hacerles gracia de la vida por valientes, pero mi caudillo Osmin ha muerto; que no quede uno, ni hombre, ni muger, ni niño.
Y se lanza hambriento de venganza en la casa.
¿Pero qué le detiene de repente?
Ha entrado en una gran sala.
Aquella sala está colgada de negro.
En medio de ocho blandones hay un cadáver.
El cadáver de un cristiano armado, cubierto por una bandera mora, y á cuya noble y cana cabeza sirve de pabellon otra bandera.
Pero no es esto lo que detiene al infante; sus esclavos que han entrado á la par con él, que han escuchado su grito de esterminio, se apoderan de una hermosísima doncella, cubierta de galas y de joyas, cuya hermosura aumenta el terror que lucha débilmente con los esclavos, y sobre la cual se levantan los corvos alfanges.
Y un grito de horror del infante detiene á los esclavos y el infante llega y mira á la doncella.
Y apenas ha tenido tiempo de mirarla, cuando salvo de las armas de los fronteros, se siente herido en el corazon por los ojos de aquella niña.
Y tiembla, y palidece, y tartamudea, y dice al fin á la hermosa asiéndola dulcemente una mano.
--No tiembles gacela de oro, flor de la humbría, lucero de la tarde, sol de la hermosura.
No tiembles porque no has nacido para morir sino para matar.
No para ser cautiva sino señora.
Yo entré aquí libre y bravo, y héme cobarde y cautivo.
Yo vivia y muero.
Yo veía y he cegado.
No tiembles gacela de oro, rocío del alba, luz de los cielos.
Quien tú has muerto te dá vida.
Quien te ha cautivado te hace señora.
Aunque el moro sabe el habla castellana, trasportado por su amor la habla en árabe.
Que cuando amamos, cuando queremos comunicar todo nuestro amor al alma que nos lo inspira, no encontramos otro lenguaje mas elocuente que el dulce lenguaje de la patria.
La doncella solo comprende que el jóven príncipe la enamora, porque el acento del amor se hace entender á todas las gentes, se ruboriza, palidece, baja los ojos y prorrumpe en llanto.
Entonces el infante mas repuesto habla en castellano.
--¿Por qué lloras? la dice, ¿acaso has perdido á tu madre?
--¡Mi padre ha muerto! dice María, señalando el cadáver de Sancho de Arias, ¡mi padre ha muerto!
--Yo honraré su cadáver, y le seguirán arrastrando los pendoncillos de sus lanzas por el polvo en señal de luto mis caballeros abencerrajes.
--¡Mi esposo ha debido morir tambien! El uno ayer, el otro hoy ¡oh! ¡que os maldiga Dios!
--¡Tu esposo! ¡amabas á un hombre!
--Y le amo, esclamó llorando María.
El infante se pone pálido y luego dominándose dice apartando á un lado á María.
--¿Estás segura que tu esposo ha muerto?
--Sí, porque me tienes en tu poder y no le veo, contesta María.
--¿Estaba contigo aquí en esta casa?
--Sí.
--Escucha, amor de los cielos; oyéme y no me mires como á un enemigo. No sé por qué te amo, te amo como si fueras alma de mi alma, y no tengo celos de ese hombre á quien amas. Escúchame, sultana de las huríes; por enjugar tu llanto, daria yo mi nombre y mis riquezas, y mis victorias y mis frondosos cármenes del Darro, y mi castillo de Al-Padul; y mi libertad y mi vida. Escúchame: buscaremos á tu esposo, le buscaremos, y si vive yo le protegeré á todo mi poder, y si está herido yo haré que mi sábio médico le cure, y si ha muerto... ¡oh! ¡que haré yo para secar tu llanto, luz de mis ojos, hermana mia!
--¡Oh! ¿es verdad lo que decís, señor? esclama María no acertando á comprender en un moro á quien mira con ódio tanta generosidad.
--¡Que si es verdad! mentira sea la luz del sol y el azul de los cielos y quede mi alma en tinieblas si te engaño. ¿Y á qué habia yo de engañarte, lucero de mi vida? ¿No te tengo en mi poder? ¿quién podria defenderte de mí, si yo mismo no te defendiese?
--¡Oh! ¡señor! ¡Dios os bendiga! dice María arrojándose á sus pies.
--Escucha: la contesta alzándola el infante; eres muy hermosa, y si el rey te vé podrá codiciarte. ¡Ay entonces del rey! ¡ay entonces de mí! las joyas que te engalanan traerian sobre tí todas las miradas, dame esas joyas sultana; yo te las guardaré, y te las daré dobladas; si son de tu madre yo te daré la mitad de las joyas de la mia. Pero pronto, que se oyen los atabales; dame esas joyas, envuélvete en tu velo y sígueme.
María se quita una tras otra las joyas y las entrega al infante Mohammet que las guarda en su escarcela, luego se cubre con su velo y el infante la ase de la mano y dice á sus esclavos:
--Quedaos aquí y guardad ese honrado cadáver que duerme el sueño de los valientes bajo los trofeos de la victoria. Que nadie se atreva á insultarle. Sígueme sultana, es necesario ponerte cuanto antes en salvo, entre mis ginetes. Yo te rodearé de lanzas como de un muro, y mi caballo de batalla se convertirá en cordero del amor.
--¡Y mi esposo! dice acreciendo en llanto María.
--¡Oh! ¡es verdad! ¿decias que estaba en esta casa?
--Sí.
--¿Que la defendia?
--Sí.
--¡Oh! ¡quiera Dios!.. y el infante se detiene temeroso de que las palabras lastimen el corazon de María.
Y la lleva consigo, y recorren todos los aposentos mirando los cadáveres que vuelven los esclavos.
Y--¡Ese era su padre! ¡ese era su hermano! ¡ese era su amigo! esclama á cada uno que vé, anegada en lágrimas María.
Pero de repente, en el zaguan la infeliz á la vista de un caballero ensangrentado é inerte, dá un grito horrible.
--¡El es! esclama.
Y cae desvanecida entre los brazos del infante.
--¡Ese! ¡ese mancebo era su esposo! esclama con compasion y con ira al mismo tiempo Ebn-Ismail. ¡El! ¡el matador de mi amigo, de mi hermano Aben-Osmin! ¡El! ¡á quien en venganza de la sangre de mi hermano de guerra, abrí yo las puertas de la muerte con mi hacha!
Y es verdad: Gonzalo Nuñez tiene la cabeza herida de un hachazo.
--¡Oh! ¡el matador de Aben-Osmin! esclama el infante. Sí, le conozco bien á pesar de la sangre que le cubre el rostro. El fué el primero á quien encontramos cuando se abrió la puerta. Y si no ha muerto, ¿he de salvar yo á este hombre? Y bien: esta infeliz le ama: seamos generosos y caritativos en nombre de Dios Altísimo y misericordioso, y que él tenga compasion de nuestra alma, añade arrojando una mirada de amor desesperado á María.
--Que venga al punto mi sabio médico Ayub, añade: buscadle: él me sigue siempre en el combate.
Y--Aquí estoy, noble señor, responde un anciano de luenga barba blanca, vestido sencillamente con una túnica parda, y ceñida la cabeza con una toca blanca.
--¿Hay un soplo siquiera de vida en ese caballero? le dice el infante.
--Sí, si señor; dice el sabio despues de haber observado profundamente a Gonzalo. Vive; pero solo Dios que sabe lo oculto, sabe si sobrevivirá á la herida.
--¡La ciencia es hija de Dios! ¡Ayub: alienta esa vida! ¡aliéntala como si fuera la de mi hermano, y si le salvas te llamaré mi padre! Partamos de aquí antes que el tumulto crezca: partamos á mi castillo de Al-Padul antes que sobrevenga el rey. Ocultémosla á sus ojos. Salvémosla para su amor.
Y dejando momentáneamente á María en brazos de un wazir de sus abencerrages, cabalga sobre su caballo, que le tienen de la rienda dos esclavos, y luego toma sobre el arzon á María, y parte rodeado de sus caballeros.
Pero al salir de la villa los esclavos de la guardia del rey le detienen.
--Soy el infante de Granada Sidy-ebn-Ismail, esclamó con altivez. Paso esclavos.
Y los esclavos, inclinados y respetuosos, pero con firmeza, le contestan:
--El rey manda que ninguna muger salga de los reales.
* * * * *
Y Abal-Walid, ébrio de amor y de desesperacion, porque no la encuentra, busca entre tanto por todas partes de la villa á María; levanta los velos de todas las mugeres, y las entrega irritado á su soldadesca: entra y sale en las casas hasta en las que están arruinadas; hace revolver las ruínas y nada halla; pasan las horas y crece la desesperacion y la cólera del rey, y al fin llega la tarde sin haber encontrado á María.
Y cuando el sol estaba próximo á ponerse, cuando ya desesperado iba levantar el campo, un esclavo le dice:
--Tú buscas, señor, á una hermosa cautiva.
Y el rey le responde:
--Sí: ¿la conoces tú?
--Hé visto una hermosísima cristiana, entre las gentes del infante Ebn-Ismail.
--¿Tiene los cabellos rubios?
--Como el oro.
--¿Y la frente blanca?
--Como el alba.
--¿Y los ojos negros?
--Como la noche.
--¿Y dices que esa doncella está en poder del infante Ebn-Ismail?
--Entre sus taifas de abencerrages la he visto, magnífico sultan.
El rey arroja su garzota de diamantes al esclavo, y mira ansioso al lugar del campo donde ondea el estandarte rojo de los Beni-Serag[81].
Y entonces vé, que saliendo de las enfiladas tiendas, un caballero ismaelita adelanta llevando de la mano á una cristiana á un cercano bosque, y el rey, apartándose bruscamente de los suyos, aprieta los acicates á su valiente Lucero, se dirige por otro lado al bosque, descabalga, y sin cuidarse de atar su caballo, que le sigue como un perro, se pierde solo en la espesura.
IX.
Y entre tanto el infante Ebn-Ismail y María se dirigen al bosque.
Ella vá enteramente cubierta con el velo, y bajo él corren las lágrimas y se oyen sollozos ahogados.
--No llores, hermana mia, dice Ebn-Ismail: tu llanto me despedaza el corazon: no sé por qué te amo como amaba á mi madre: no llores, el hombre á quien amas acaso no ha muerto, acaso yo pueda volvértele; y tu padre, sus nobles restos, serán respetados y honrados.
María continúa sollozando.
--Escucha, la dice el infante: muy pronto ese bosque nos habrá ocultado del rey que podria cegar ante tu hermosura: ¡ay del rey si pretendiera hacerte su esclava! pero no temas; tú y yo y algunos de los mios esperaremos aquí ocultos, y cuando el rey haya partido yo te pondré en salvo.
Y María continúa callando.
--Mira, repite el infante; yo tengo en una aldea cerca de Granada, en la Azubia, un hermoso y retirado palacio: allí hay hermosos jardines, frescas fuentes, apartamentos misteriosos que te ocultarán á las miradas de todos, y ni el sol te verá, si no quieres que el sol te vea. ¿Por qué lloras, pues, hermana mia? ¿pretendo yo ser tu tirano?
--¡Mi padre! ¡mi esposo! esclama la infeliz María, acreciendo en sus lágrimas.
--Tu padre está en el lugar que el Altísimo concede á los honrados y á los valientes: tu esposo... ¿sabes tú si algun dia le encontrarás?
--¡Oh! ¡pluguiera á Dios, para que se secáran mis lágrimas! dice María.
De repente el infante se detiene y pone mano á su espada.
Un hombre ha aparecido de improviso en una revuelta de la espesura, y adelanta como un tigre hambriento hácia el infante y hácia María.
--¿Por qué te detienes? dice esta al infante.
--¡El rey! murmura el infante con voz estremecida por la cólera.
--¡El rey! repite María, y sin saber por qué se estremece y tiembla.
X.
--¡Guárdete Allah, mi valiente primo! dice el rey acercándose. ¿A dónde llevas á esa cristiana?
--Es mi esclava, dice Ebn-Ismail: el apoderarme de ella me ha costado mucha sangre de mis escuadrones, y la pérdida de mi amigo Aben-Osmin, que se cuenta entre los mártires de la victoria. ¿Acaso pretendes, señor, que yo no tenga potestad sobre esta esclava?
María calla y tiembla.
--¡Mio es el quinto de las presas! esclamó con voz temblorosa el rey: ¡mia la potestad de elegir entre la presa lo que mejor quiera! ¡Yo soy el señor y tú eres el esclavo! ¿Te atreverás á oponerte á mi voluntad?
--Tu siervo soy y lo confieso, dice Ebn-Ismail conteniéndose á duras penas, porque por el lado por donde habia venido el rey empezaban á asomar esclavos de su guardia africana: tu siervo soy; ¿pero no merecen mí valor y la sangre que por Dios y por tí he vertido en una y otra batalla, que me concedas esta esclava?
El rey entonces adelanta hácia María y la levanta de sobre el rostro el velo; y al verla tan hermosa, con el semblante cubierto de rubor, inclinado á la tierra, y temblando de espanto, la reconoce; su corazon se abrasa en un fuego impuro, y grita fuera de sí:
--¡Esta es mia!
--¡Tuya! esclama el infante en el colmo de su furor.
Pero los esclavos africanos llegan; el infante está solo; medita que una resistencia inútil solo servirá para privar á María de un defensor generoso, y contesta:
--Tuyo es, señor, cuanto es de tu siervo: llévate á la cristiana, y si en ello crees que hay un sacrificio por mi parte, sirva para aumentar en uno los sacrificios que por tí he hecho.
Y sin decir mas palabra se vuelve desesperado, se aleja dejando en poder del rey á María, llega á sus abencerrages, y,
--¡A caballo! les grita; ¡á caballo y á Granada!
Y el valiente escuadron de los abencerrages, plega las tiendas, cabalga y parte en silencio y á la carrera tras de su caudillo, que lleva un infierno en el alma.
[imagen no disponible: ¡Esta es mia!.]
XI.
Han pasado tres dias.
Es la noche del tercero.
En el real Generalife hay una alegre zambra.
Las damas cubiertas de pedrería, y de galas y de brocados, mas hermosa la mas fea que el rubí mas precioso, bailan con gentiles mancebos, que tres dias antes estaban cubiertos de sangre desde el acicate hasta el creston del capacete.
Las dulzainas, y las leilas, y las bandolinas, y las guzlas llenan la noche de armonías.
Dentro de las cámaras se estiende el blanco y aromático humo de los pebeteros que agitan las brisas nocturnas, que penetran por los ajimeces y por las galerías, y llevan consigo la fragancia que han robado á las flores de los jardines.
Algunos enamorados discurren fuera de las cámaras, entre las sombrosas enramadas, diciendo su amor á la hermosa de su alma, entre el misterio del silencio y de la noche.
La luna brilla tranquila en los estanques, y todo es paz, todo es melancolía, todo es amor.
Solo hay dos caballeros en el Generalife que no participan de la alegría de los otros; que vagan tristes, y solos, y silenciosos.
Son el rey Abul-Walid, y el infante Ebn-Ismail.
El infante sigue al rey como una sombra, y el rey está tan abismado en sus pensamientos, que no vé al infante que le sigue.
El rey piensa en María, y el infante siguiéndole, piensa tambien en ella.
María es para el rey un arcángel de fuego.
Su recuerdo le quema el alma.
La memoria de su desden le desespera.
La Alhambra, tan hermosa, tan alegre, tan resplandeciente, se ha tornado en una tumba para el rey.
Porque María es su vida, y María le desprecia.
Porque el rey la adora, y María cuando le dice su amor calla, fria y muda como una estátua.
Y el rey ha puesto á sus pies su corona, y la ha ofrecido la mitad de su tálamo y el nombre de sultana.
Pero María tiene allá su corazon en el humeante Martos: y entre sus ruinas ensangrentadas, vé contínuamente el cadáver de su padre, y el de su amado Gonzalo.
Y María llora inconsolable, y cuando el rey la habla de amores le vuelve la espalda.
Por eso el rey está triste.
Por eso cuando piensa en María, (y está siempre pensando en ella) su corazon se abrasa en un fuego volcánico, y se revuelven en su cabeza sombríos pensamientos.
Por eso el rey no danza, ni sonrie á las damas, ni se acompaña de nadie.
Por eso el fresco, riente y perfumado Generalife, no tiene para él ni mugeres hermosas, ni armonías, ni sombrosos jardines, ni los tersos espejos de sus estanques, ni la luz de la luna, ni el cielo azul, ni los trémulos luceros que en los estanques reflejan.
Por eso, Generalife el hermoso, Generalife el engalanado, Generalife el de las zambras, es para el rey una tumba, como lo es tambien su magnífico y resplandeciente alcázar.
Porque María es para el rey un terrible arcángel de fuego.
Y el infante Ebn-Ismail, piensa de otro modo en María.
María es para él la fresca fuentecilla, que brota á la sombra de las palmeras del desierto, con su raudal trasparente y puro, á cuyo lado, sobre la verde yerba, se reclina el viagero cansado, y se aduerme el fuerte camello.
Ebn-Ismail, vé á través de la pura y candorosa mirada de María su alma, como pudiera ver el fondo tranquilo de la fuentecilla del desierto, á través de su límpida superficie.
Y Ebn-Ismail no ha pensado siquiera en enturbiar ni aun con su hálito aquella pura fuente, pero vé al leon sediento que vaga en torno de ella y ruge, y centellea miradas de fuego, y á quien solo la voluntad de Dios contiene para que no enturbie la fuente purísima, con su espumosa y ardiente boca.
Por eso, silencioso, sombrío, escondida la mano bajo su jaqueta, y manoseando impaciente el pomo de su puñal, sigue al rey.
Al rey que abandona triste, solo y mudo el sarao, y se pierde en los jardines.
El infante se pierde tambien bajo su sombra tras el rey.
Y el rey vá tan absorto pensando en María, que no siente que el infante le sigue.
Y avanza.
Avanza su paso precipitado como el que se impacienta por la distancia que le separa del objeto de su deseo.
El rey baja por una escalinata oscura, al estremo de uno de los jardines, y entra en una ancha arcada oscurísima[82].
Pero sigue por ella su paso seguro y rápido á pesar de la oscuridad, como quien conoce bien el lugar por donde camina.
Sirven de guia al infante los pasos del rey, y la oscuridad le inspira proyectos horribles.
Pero el rey adelanta con tal rapidez, que el infante, cuyo paso es inseguro, no logra alcanzarle.
Dios no quiere que se cometa un regicidio entre las tinieblas.
Quiere que todos vean el rostro del asesino.
Y el rey, protegido por Dios, se salva aquella noche.
El infante sigue aun sirviéndole de guia los pasos del rey; se le acerca: ya es pequeña la distancia, y el infante desnuda su puñal.
Pero de improviso suena una llave en una cerradura, se abre y se cierra instantáneamente una puerta, resuena otra vez la llave cerrando por dentro, y el infante queda perdido en la oscuridad.
Piensa volverse, y adelanta palpando con las manos estendidas.
Al fin una dulce claridad brilla á un estremo de la mina, apresura su paso el infante, llega á una escalinata, la sube y se encuentra á la luz de la luna en un pequeño espacio, al lado de un foso, entre altos muros, y al pie de una torre orlada de puntiagudas almenas.
El infante quiere en vano reconocer aquella torre: se parece á otras muchas de la Alhambra, y nunca ha estado en aquellos sitios.
En la parte media de la torre hay un mirador, al que dá paso un ajimez calado, por entre cuyo doble arco se vé el interior de una magnífica cámara iluminada por una lámpara que luce colgada en el centro de ella como una luna opaca.
El infante, sin saber por qué, fija los ojos en el mirador, y escucha con toda su alma.
Pero nada turba el silencio mas que á lo lejos los sonidos de la zambra de Generalife, repetidos débilmente por los ecos, y cerca la voz de los guardas de los muros que de tiempo en tiempo lanzan un grito de vigilancia.
Pero de repente se oyen fuertes pasos, pasos de muger en la cámara á que corresponde el mirador, y aparece en este una forma blanca, que se ase á la balaustrada y vuelve con fiereza su rostro al interior.
Tras aquella forma blanca, gentil, hechicera, que inundan los rayos de la luna, aparece una sombra oscura, en la que el infante cree reconocer al rey.
Al acercarse aquella forma sombría á la forma blanca, esta se avanza á la balaustrada y esclama con un acento desesperado, que llega entero á los oidos del infante.
--Si dás un solo paso mas hácia á mí, me arrojo al pie del muro.
Y el infante oye una horrible maldicion que parece salir de la boca del rey, y luego vé que la sombra oscura se retira.
La sombra blanca permanece en el mirador asida á la balaustrada.
Pasa algun tiempo y el infante avanza, llega al pie del muro y permanece por un breve espacio silencioso, oculto en la penumbra.
--¡María! dice al fin: ¡María!
Y la blanca sombra al escuchar aquel nombre dos veces repetido, se inclina sobre la balaustrada y busca con la vista en el lugar de donde ha salido la voz á la persona que ha pronunciado aquel nombre.
--¿Quién eres? dice con la voz alterada aun por el terror la muger.
--Soy... tu hermano el infante Ismail.
--¡Oh! ¡pues si verdaderamente eres mi hermano, sálvame, sálvame de este hombre! ¡lo temo todo!... ¡esta noche ha podido defenderme la muerte!... ¡pero mañana!... ¿quién sabe?
--¡Mañana! ¡mañana la muerte te habrá defendido! dice con voz ronca el infante.
--¡La muerte! ¡no te comprendo!
--¡Mañana el rey no te amará!
--¡Ah! esclama María comprendiendo al infante: ¡siempre la muerte en torno mio!
--Pero Gonzalo vive.
--¡Que vive Gonzalo! esclama con un acento de inmensa alegría la jóven.
--Sí; y cuida de él mi sabio médico allá en mi castillo de Hins-haleux, en la frontera.
--¡Que Dios te bendiga! esclama llorando de gozo María.
--Y á Dios, dice el infante: nada temas; mañana el rey no te amará.
--¡Dios te bendiga! repite María y desaparece.
--¿Y cómo piensas valerte para que mañana el rey no ame á esa doncella? dice una voz áspera, bronca, cavernosa, al mismo tiempo que una mano descansa en su hombro.
El infante Ebn-Ismail se vuelve y vé delante de sí un viejo horrible, envuelto en una túnica estraña, alto, seco, espantoso.
Aquel viejo es Abu-Jacub-al-Hakem-Billah.
--¿Quién eres tú? dice el infante que no le conoce.
--Yo soy quien puedo ayudarte, contesta el mago.
--¡Ayudarme! ¿y para qué necesito yo tu ayuda?
--Pretendes matar al rey.
--Y le mataré mañana mismo.
--Ciertamente; para matar á un hombre basta otro hombre: pero cuando se trata de matar á un rey, si el hombre que le mate no quiere morir, necesita parciales que le ayuden.
--¿Y qué se me dá de morir ó no despues de vengarme?
--Recuerda que en tu castillo de Hins-haleux, hay un pobre herido que necesita de tu proteccion.
--¡Es verdad! dice el infante.
--Recuerda aun que en esa torre está tu hermana.
Y el mago pronuncia esta última palabra de una manera singular, hasta el punto de que repara en ello el infante.
Y como si el mago adivinara su pensamiento, añade:
--Muestra las joyas que tu hermana llevaba el dia en que la encontraste en Martos, y muéstralas á tu padre el walí de Algeciras.
--¿Esplícame?...
--Tu padre te lo esplicará. Por ahora lo que mas importa es proteger á María: si tú mueres por haber matado al rey, María quedará sola y abandonada, y no habrá dejado de ser cautiva de Abul-Walid, sino para serlo de su hijo. María es hermosa...
--¡Es verdad!
--Comprende, pues, por qué debes procurar que la muerte del rey no cause la tuya.
El infante inclina la cabeza y permanece pensativo.
--¿Y qué hacer? dice al fin.
--El wazir del rey Masud-Almoharaví tiene muchos enemigos.
--Es soberbio, iracundo y rapaz; ofende contínuamente á los mas poderosos, apartándolos del rey, y trata como á sus esclavos á los vasallos del rey.
--Por lo mismo esta noche están congregados algunos caballeros tratando de su muerte; pero no se atreven á ella, porque les falta una cabeza poderosa, un infante de Granada, como tú por ejemplo.
--¿Y dónde se reunen esos caballeros?