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La alhambra; leyendas árabes (part 2 of 3)

Part 2 of 3 · Fernández y González, Manuel · Public domain text

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Contents (3)

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La alhambra; leyendas árabes (part 2 of 3)

--En las cuevas de Dinadamar: si tú los buscas, ellos te acogerán con alegría; y ayudado por ellos podrás matar al rey impunemente.

--¿Será necesario sublevar á Granada contra el wazir?

--Busca el medio mas seguro: eso es de cuenta tuya. Ya te he dicho bastante. Quédate en paz.

Y el mago, sin que el infante pudiera esplicarse cómo, desaparece de sus ojos.

--Ebn-Ismail permanece algun tiempo inmóvil, despues levanta la cabeza, fija la vista en el mirador, y esclama:

--¡Mañana el rey no te amará, hermana mia! ¡A las cuevas de Dinadamar!

XII.

Fuera de sí el infante, busca de nuevo las escaleras y la mina; llega á Generalife, y para que no puedan sospechar de su ausencia anterior ni de la que deba seguirla, se deja ver en la zambra.

Y no solo se deja ver, sino que se dirige á la sultana Ketirah, y como infante de Granada la dice:

--¿Primavera de flores que no se marchitan, alegría del mundo, alma del alma del magnífico y vencedor sultan de Andalucía, querrás honrar á tu esclavo, con la honra mayor de la tierra, y hacerle dichoso con la felicidad mayor de la vida, bailando con él esta zambra?

La sultana le mira, y su semblante antes frio, severo, que parece empañado por una nube funesta, se dilata, sonrie y tiende su mano al infante.

--¿Y no palidecerá de celos, le dice de modo que nadie pueda oirlo, al verme danzar contigo la amada de tu alma?

--La amada de mi alma vive en mi corazon, responde el infante con voz insegura y temblorosa, y no puede tener celos de tí, sultana.

Y el infante al pronunciar estas palabras, recuerda dolorosamente á su perdida sultana Aleidah, envenenada por Masud-Almoharaví, para poner en el trono á Ketirah.

Aleidah, el arcángel de paz que amaba á Ebn-Ismail en el misterio de su alma, como Ebn-Ismail la amaba á ella, que jamás le confesó su amor ni con un relámpago de sus negros ojos, ni con un suspiro de su alto seno, ni con una sonrisa de su purpúrea boca.

Aleidah, la honesta, la cándida y la pura, que bajó á la tumba llevando con ella el secreto de su amor.

--¿Y sabe la amada de tu corazon que vive en él? dice Ketirah con voz desfallecida, abandonándose lánguidamente á la zambra entre los brazos del infante, que se sorprende á aquellas palabras porque no las espera.

Pero en aquel momento comprende que Ketirah le ama, que puede herir el alma de Abul-Walid en su honra antes que herir su cuerpo, y se propone engañar el amor de la sultana, que espera su respuesta, fijando en sus ojos la ardiente y lánguida mirada de sus ojos garzos.

El rey, que ha vuelto á la zambra, y que vaga sombrío y ceñudo por los salones, vé de improviso la mirada que se cruza entre la sultana y el infante; nota su conversacion en voz baja, cree adivinar sus palabras, y su honra ofendida, sino su amor; porque el que siente por María le impide amar á otra muger; rugen en violenta lucha en su corazon, y abarca en una mirada de ódio salvage á los dos imprudentes que osan mancillar su nombre.

Y Ketirah no nota aquella mirada, porque hace mucho tiempo que ama en secreto á Ebn-Ismail, desesperada, y la primera palabra de amor del infante la ha enloquecido.

Nada vé, nada oye, nada siente mas que la traidora mirada de Ebn-Ismail, y el brazo con que este estrecha fuertemente su cintura.

Ketirah lo ha olvidado todo, no vive mas que para el infante.

Pero el infante observa al rey, y le vé trémulo, terrible, dudando.

--No te atreverás á deshonrarte delante de tu córte, dice para sí el infante: procurarás vengarte, porque comprendes que porque me has robado á la cautiva cristiana, te robo yo tu esposa. Yo no sabia que tu esposa me amaba, pero ya que me ama, mi venganza será completa: primero tu honra, despues tu vida. Cuando quieras vengarte será tarde.

Y sigue danzando con la sultana, con la sultana que le sonríe amorosa, mostrándole por sus entreabiertos labios, que dan salida á ardientes suspiros, perlas mas blancas, mas puras, mas frescas que la del rico collar que al compás de la danza se agita en su cuello de nacar sobre su alto y palpitante seno.

Ketirah es muy hermosa.

Sus negros cabellos flotan perfumados como una nube negra y densa en medio de la cual, pálida de amores, brilla la luna llena en toda su hermosura; una luna en que hay dos soles que despiden rayos.

Su cintura es redonda y mórvida y cimbradora, y la falda de la túnica dejaba ver, al flotar, un pie por el que envidiarian ser pisadas las flores.

Y no se balancea con mas gracia una palmera al impulso de las auras que la gallarda sultana en la danza, entre los brazos de Ebn-Ismail.

Y hay un momento en que el infante á pesar de su eterno amor á su per dida Aleidah, se siente embriagado como el que ha bebido con esceso el nectar prohibido á los creyentes.

Todo lo que hay en torno suyo vaga, gira confuso, y no vé nada; nada mas que los ojos y la boca de Ketirah.

¡Ketirah! ¡el demonio tentador! ¡el tósigo libado en copa de oro! ¡la maga maldita de la tentacion!

¡Ketirah! ¡á quien para ser comparada á una hurí solo la faltan los ojos negros, y que hace suspirar al creyente, porque sabe que en el paraiso no encontrará una hurí que tenga los ojos garzos como Ketirah!

¡Ketirah! ¡que atrae á sí los corazones y los abrasa con un leve relámpago de sus ojos!

¡Ketirah la envenenadora! ¡Ketirah la adúltera!

¡La adúltera!

Vedlos: se pierden en los jardines.

Ved al rey que los sigue.

Ved despues que ellos tornan, y sus miradas son mas amantes y guardan un destello de felicidad.

--¿Y por qué no? dice el infante vacilando de su virtud: muger mas hermosa no he conocido, y me ama como las flores al sol. ¿Por qué no amarla? ¿No he sido bastante tiempo fiel, á mi malogrado, á mi ignorado amor por Aleidah? ¿me amaba ella acaso? ¿era acaso mas hermosa, mas enamorada que Ketirah?

Satanás se ha apoderado del infante, solo á Ketirah vé, solo á Ketirah ama, solo por Ketirah vive.

Ha olvidado á su hermana, á la pobre María.

--¡Oh! ¡si el rey muriese y tú fueras rey! dice en un momento de pasion Ketirah.

--¿Y no aborrecerias tú á quien matase á Abul-Walid? dice el infante.

--Yo le daria mis joyas, porque con la muerte del rey me habria dado la joya de mi corazon que eres tú, amado mio, luz de mi alma, sueño de mi sueño. ¡Oh! ¿cuánto he sufrido amándote sin que tú comprendieras mi amor? Creía que Dios me castigaba dándome un infierno. Y esta noche, esta noche cuando me has pedido la honra de bailar contigo, cuando me has llamado respetuosamente sultana, he llorado dentro de mi corazon, porque no me creias tu esclava, como lo crees ahora. Porque tú sabes que soy tu esclava, que mi voluntad es tu voluntad, mi alegría tu alegría y un suspiro de amor de tu boca el suspiro de mis suspiros. Mata á Abul-Walid, mátale. Yo no le amo: me uní á él por ambicion, y le aborrecí y aborrecí su grandeza cuando fuí suya. Mátale, y sino te atreves á matarle, le mataré yo.

Ebn-Ismail recordó entonces la conjuracion de los enemigos de Masud-Almoharaví en las cuevas de Dinadamar, y recordó á María.

--Mañana morirá el rey, dice con voz segura á Ketirah.

--¡Mañana!

--Sí; pero para que mañana muera, es necesario que me separe de tí esta noche.

--¡Oh! pues si nuestra separacion ahora, ha de procurarnos una union eterna, vé, amado mio, vé, mañana te espero.

El infante se separa de la sultana y pasa sereno y tranquilo delante del rey.

--¡Oh! dice Abul-Walid: no diré á nadie mí deshonra, pero me vengaré: primero tú infante de Granada, para que el corazon de esa infame que te ama se rompa, y luego ella para que te acompañe... en la muerte.

Y el rey disimulando su rabia se acerca á la sultana, la saluda y la sonrie.

XIII.

Ebn-Ismail entre tanto, sale de Generalife por la parte alta, desciende rápidamente por la falda de la Silla del Moro, llega á los cármenes del Darro, atraviesa el rio, trepa por la opuesta vertiente, recorre una ladera y se encuentra en el barranco donde están las cuevas de Dinadamar.

Pero reina un silencio profundo: la luna ilumina en paz desde lo mas alto del cielo el barranco: todas las cuevas están cerradas[83] y oscuras.

--¿Me habrá engañado el viejo que encontré en el castillo? dice Ebn-Ismail adelantando por el barranco: ¿aquí no hay señal alguna de conspiracion ni de conspiradores?

Pero no ha acabado aun de pronunciar el infante estas palabras, cuando de detrás de una breña salta un moro cubierto el rostro con la toca, y le pone al pecho una ballesta armada y le dice:

--Detente sino quieres morir.

Y el infante se detiene y se alegra, porque en aquel hombre que le amenaza, vé un indicio de la conspiracion.

--¿Quién eres? le pregunta el moro encubierto.

--Soy el infante Ebn-Ismail, que busco á los caballeros que conspiran contra el wazir Masud-Almoharaví.

--¿Sabes los nombres de esos caballeros, ó siquiera el de uno solo de ellos?

--No lo sé.

--Pues entonces debes morir.

--No; mas bien llévame entre ellos: vengo solo, nadie me sigue: si soy traidor mas seguro estaré entre los conjurados, y si me matas, la conjuracion no tendrá efecto, porque yo soy el que la ha de alentar y hacer posible.

Parecian contener al moro estas palabras, dá un silvido y acuden otros moros; habla con ellos algunas palabras en voz baja el primero, y los otros van á reconocer los alrededores. Cuando se convencen que nadie hay en ellos, que el infante viene solo, vuelven, asen del infante, le vendan los ojos, le levantan en alto y le llevan: el infante siente abrir una puerta, bajar despues á los que le conducen unas escaleras, atravesar un largo espacio pendiente, detenerse y adelantarse uno de ellos solo. Poco despues escucha los pasos de aquel hombre que llega á los otros, habla en voz baja con ellos y siguen con el infante y le dejan en tierra y se retiran.

Entonces oye una voz que le dice:

--¿Eres tú el infante Mohammet-Ebn-Ismail, hijo del walí de Algeciras y primo del rey?

--Sí, contesta el infante.

--¿Quién te ha dado noticias de que estábamos aquí reunidos?

--Un astrólogo á quien he consultado.

--Has sido imprudente.

--El astrólogo no nos hará traicion.

--¿Y te conjuras tú contra el rey?

--Sí, quiero matarle.

--¿Por qué razon?

--Me ha quitado una cautiva en la toma de Martos.

--Y crees tú que se pueda matar al rey.

--Yo, si me ayudais le mataré mañana.

--¡Mañana!

--Sí, yo mismo, por mi mano.

--¿Será preciso que se amotine el pueblo?

--Se le amotina.

--No tenemos bastante dinero para ello.

--Le tengo yo, dice el infante: y se arranca la venda de los ojos.

XIV.

Encontróse en un ancho subterráneo de negra bóveda y de muros húmedos.

Aquel subterráneo presenta por todas partes señales indudables de que es una cisterna.

Alrededor hay de pie multitud de moros, algunos de los cuales tienen hachas encendidas en las manos.

El infante vé que la mayor parte de aquellos caballeros son amigos suyos.

--¿Por qué, pues, habeis desconfiado de mí? dice.

--Se vé el rostro de los amigos, contesta el que antes habia hablado, pero no se vé el corazon.

--Aprovechemos el tiempo, replica el infante: ya es alta la noche, y yo pienso matar al rey mañana cuando esté en su trono de justicia.

--¿Y tambien al wazir Masud-Almoharaví? preguntan algunos.

--Al wazir tambien, dice el infante.

--Si nos dás el oro que sea necesario, aun nos queda tiempo bastante para pagar la gente aventurera, los mendigos y los alborotadores, y producir un motin, dice otro.

--Oro tendreis cuanto sea necesario, replica el infante.

--Pero, si hemos de matar al rey, dice el que primero ha hablado, es necesario que pensemos en quién ha de sucederle.

--¿Y quién ha de sucederle mejor que su hijo y de la sultana Aleidah? dice el infante.

--El príncipe Mohammet es muy jóven aun, dicen la mayor parte de los conjurados.

Y--No faltará quien gobierne durante su juventud, dice el infante.

Trátase al fin el negocio, líganse unos á otros con juramentos, dánse señas, salen de la cueva, y dos de ellos acompañan al infante á su casa á recibir el dinero con que habia de pagarse la sublevacion del populacho.

El infante queda solo.

Pero no se recoge al lecho.

Pasa lo que resta de noche paseándose por su cámara, delirando como un ébrio, y encendida el alma con el ardiente recuerdo de las caricias de la tentadora sultana Ketirah.

XV.

Al dia siguiente el infante Ebn-Ismail, su hermando Yshac, y como hasta cincuenta caballeros parciales suyos, aparecen en la Puerta del Juicio de la Alhambra dentro del círculo de los guardas, y al pie del trono de justicia.

Su nobleza les concede aquel lugar que nadie les ha disputado.

Aun no ha salido el sol, y el rey no se ha sentado en el trono de justicia.

Pero ya están allí el estandarte real, y los guardas, y los que esperan para esponer sus quejas.

Nótase algo de sombrío en el semblante de Ebn-Ismail y de los caballeros que le acompañan.

Sus miradas inquietas parece que esperan la aparicion de algo que tarda, y sus oidos atentos un rumor que no suena.

Y no es el rey lo solo que esperan. No es el alarido de las trompetas que anuncian su llegada el ruido único que ansían escuchar; porque sus miradas y su atencion tanto parecen dividirse entre el interior del alcázar y el esterior de él.

Al fin suena un alto alarido de trompetas, añafiles y atakebiras en la parte de adentro, y el infante Ebn-Ismail y los caballeros que le acompañan se inquietan y palidecen.

El rumor se acerca mas.

Nuevas guardias rodean el trono de justicia, y al fin aparece el rey Abul-Walid, que se sienta en medio de su magestad en el trono, y,

--¿Qué quieren mi noble primo y mis caballeros? dice con voz ronca al infante y á los que le rodean al pie del trono.

El infante mira á los suyos, y estos como que parecen decirle con sus miradas espera; y,

--Venimos á pedirte justicia, señor, contesta Ebn-Ismail: pero los pobres y los menestrales esperan tambien: juzga sus agravios antes que los nuestros, invencible sultan.

[imagen no disponible: Muerte de Abul-Walid

LETRE dibº y litº Lit de J.J. MARTINEZ Madrid]

Masud-Almoharaví, que acompaña al rey, mira con recelo al infante y á los suyos, pero no se atreve á espresar sus temores, porque no son por la vida del rey, sino porque espera que aquellos caballeros se quejen de él amargamente al rey, y el segundo wazir, que tambien al rey acompaña, permanece en su puesto y sin recelar nada, grave é inmóvil.

Empieza la audiencia, y sigue, y es larga, porque son muchos los querellosos que acuden al rey.

Quedan sin embargo pocos, y los conjurados no oyen el rumor que esperaban, y que debe ser la señal para consumar su delito.

En fin, el último de los del pueblo es oido, y no habiendo ya mas á quien juzgar, el rey dirige severamente la palabra á Ebn-Ismail.

--¿De qué tienes que quejarte, mi noble primo? le dice.

En aquel momento suena un rumor sordo en la parte de la ciudad, allá abajo, que aumenta y zumba.

El semblante de Ebn-Ismail palidece aun mas; sus ojos centellean, y dice adelantando hácia el trono.

--Me querello de tu tiranía, dice sin inclinarse, con la frente alta y terrible acento de amenaza.

El rey palidece y tiembla de cólera; salta abajo del trono empuñando su espada, y se dirige furioso á Ebn-Ismail apellidándole traidor.

Pero Ebn-Ismail mas pronto, ó mas afortunado, ase al rey por sus vestiduras, le arroja contra la puerta, saca un puñal de la manga de su aljuba, y dice con voz terrible hiriendo al rey:

--¡Tú me robaste en Martos una doncella cristiana, y yo te robo la vida!

Y en el mismo punto, y cuando el rey cae exánime, y el segundo wazir, que ha pretendido defender al rey, cae hecho pedazos por los conjurados, el rumor, los gritos que se acercan, resuenan ya distintos, y se escucha á una turba inmensa que adelanta hácia el alcázar gritando:

--¡Muera el wazir Masud-Almoharaví! ¡muera el tirano!

Y la confusion cunde, y los guardas se arremolinan, y Ebn-Ismail y los suyos se abren paso con sus espadas entre la revuelta y sorprendida guardia africana, y se reunen al populacho que llega sediento de la sangre del wazir, escitado y pagado por los caballeros de la conjuracion, y gritando cada vez con mas furor:

--¡Muera el wazir Masud-Almoharaví! ¡muera el ladron! ¡muera el tirano!

Y en aquel momento terrible, el wazir amenazado, ase al rey moribundo, le carga sobre sus hombros, y se pierde con él en el interior del alcázar, despues de gritar á los de la guardia africana:

--¡Cerrad las puertas! ¡á los muros los ballesteros! ¡sígame, siga al rey el que no sea traidor!

Y la puerta cierra sus dos hojas de hierro antes que puedan llegar los conjurados, que sacian su corage despedazando á los africanos que han quedado fuera, y combaten inútilmente durante todo aquel dia el alcázar, del cual son rechazados.

XVI.

Todo es confusion dentro y fuera de palacio.

El rey moribundo ha sido conducido á la cámara de la sultana Ketirah, cuya alma se alegra, pero á cuyos ojos asoman lágrimas.

Arrójase sobre el rey, llora, gime, se mesa los cabellos y pretende cerrar con sus labios sus heridas.

Y el rey moribundo vuelve á ella los turbios ojos, la reconoce y grita:

--¡Esta! ¡esta! ¡la infame adúltera, es la causa mi muerte! ¡Apartadla, apartadla de mí, y descabezadla! ¿No lo oís? ¿No soy yo el rey? ¿Nadie me obedece?

Pero con la sultana y con el rey solo está Masud-Almoharaví: el cómplice del parricidio de Ketirah, el envenenador de la sultana Aleidah, y no se mueve.

--¿Es verdad lo que el sultan moribundo dice? pregunta el wazir á Ketirah.

--Sí, sí: amo al infante Ebn-Ismail, dice Ketirah la terrible muger que no sabe conservar mucho tiempo el disimulo: le amo y me ama. ¿Qué me importa todo? yo no negaré nunca mi amor.

Masud se estremece y mira si hay alguien que los escuche.

Pero nadie hay en la cámara.

--¡Silencio, imprudente! grita poniendo una mano en la boca de la sultana. ¡Si alguien te oyera rodarian nuestras cabezas! ¡Pero ese hombre está espirando! añade mirando al rey: ¡Granada está alborotada! ¡Es necesario prevenir el primer ímpetu de la irritada muchedumbre! ¡Voy!... ¡es preciso que yo salga de aquí! ¡Quédate tú; no te separes de él; está espirando; pero si antes de espirar entrase alguien!... ¡antes de que hable, Ketirah!...

Ketirah lanza una mirada terrible al rey, que dice á Masud que ella le ha comprendido y Masud sale.

Y el rey que lo ha oido todo, que ha comprendido lo horrible de su situacion, pretende levantarse y prorrumpe en gritos.

Pero Ketirah sofoca sus gritos, cubriéndole la cabeza con su almaizar, y el rey lucha, y con la lucha sale á borbotones la sangre de las heridas.

El rey ya no puede gritar, nadie puede oirle.

Ketirah continúa sofocándole, implacable y terrible con el almaizar.

Y el rey continúa luchando.

Y la sangre brotando de las heridas.

Satanás se sonrie escondido en la cúpula.

XVII.

Entre tanto Masud-Almoharaví sale al patio á sosegar á la guardia que está revuelta, y la gente que se agolpa fuera del alcázar, y les dice:--Que el rey está vivo, que sus heridas son leves, y que pronto le verán sano y salvo.

Para sincerarse, ó mas bien para evitar toda sospecha respecto á Ketirah, manda prender de órden de la sultana á algunos de los que habian estado en el motín, y de órden de la sultana los descabeza en el acto y manda poner sus cabezas en las almenas de la Puerta del Juicio.

Despues entra de nuevo en la cámara de la sultana.

El rey habia muerto.

La sultana le miraba friamente.

Acababa de espirar, y Ketirah tenia las manos teñidas en sangre.

--¡Oh! ¡qué es eso! esclama Masud al ver las rojas manos de la sultana.

--Una puñalada mas; responde friamente Ketirah. Tardaba mucho en morir, sentí pasos que se acercaban, y no sabiendo que eran los tuyos, sentí miedo.

Y Ketirah se encamina á la fuente que surge en el centro de la cámara y lava tranquilamente sus manos y su puñal, que cuando está limpio envaina y guarda entre su ceñidor de púrpura.

--Yo amo al infante Ebn-Ismail, dice poniendo las manos en los hombros de Masud y acariciándole con su mirada. Quiero que sea sultan. Quiero ser su sultana.

Masud se estremece.

--¡Imposible! esclama: hé mandado cortar las cabezas de algunos paciales del infante Ebn-Ismail, y este anda huyendo.

--¿Y por qué has ajusticiado á esos hombres?

--Para que el pueblo no nos hiciera pedazos.

--Quiero que el amado de mi alma sea sultan, y yo ser sultana; replica con doble insistencia Ketirah.

--El pueblo no recibirá un rey que tiene teñidas las mano en la sangre de Abul-Walid, á quien amaba. El pueblo mirará con horror á la esposa de Abul-Walid entre los brazos de su asesino.

--¿Y qué hemos de hacer? ¿hé de perder yo á mi amado?

--Gozar puedes sus amores sin zozobra y en secreto, siendo gobernadora del reino conmigo á nombre del príncipe Mohammet.

--¡El hijo de Aleidah!

--¿No murió su madre?...

--Sí.

--¿No es débil de salud el príncipe?

--Sí.

--Si dentro de un año, pasado ya el horror que hoy siente el pueblo por el infante Ebn-Ismail, muriese el rey Mohammet...

--¿Entonces mi adorado podria ser proclamado rey?

--Quién lo duda.

--¿Y seré yo entre tanto gobernadora?...

--Conmigo.

--¡Vé entonces, vé, Masud! ¡yo me quedo guardando al rey muerto! ¡vé tú á proclamar al rey vivo!

Vuelve á salir Masud de la cámara de Ketirah, y dice á la guardia berberisca y á su caudillo Ozmin que el rey vá muy bien.

Luego sale por la ciudad, habla á sus amigos y les dice que vayan á palacio para autorizar y defender lo que conviene al bien comun y particular de todos ellos.

Trae á cuantos amigos puede á palacio, los deja en el patio con la guardia, y entra en la cámara de la sultana.

Poco despues envia un mensage al caudillo Ozmin y á todos los caballeros diciéndoles que pasen al salon, que el rey, mas restablecido, les quiere hablar.

Entran todos en el salon de Embajadores, y cuando toda la nobleza de la córte está junta, se presenta la sultana Ketirah doliente, llorosa y enlutada, llevando de la mano al príncipe Mohammet, niño de poca edad.

Masud les anuncia la muerte del rey, y los compele á que juren al jóven príncipe.

Amigos los unos del rey difunto, sobrecogidos otros, aunque no faltaban ambiciones, juran á Mohammet-ebn-Ismail-ebn-Nazar por su rey y señor.

Luego toda la nobleza y la guardia salen por las calles y repiten en Granada la proclamacion del nuevo rey.

Pero aquella noche una sombra se desliza por la cuesta que rodea las espaldas de la Alhambra, llega al pie de una torre y hace una señal; cae una escala, y el bulto trepa por ella hasta un ajimez.

Luego se escucha un beso entre el silencio, y el ajimez se cierra.

El asesino y su cómplice la adúltera, están entregados á su amor, y Masud-Almoharaví, el infame, vela sus placeres.

XVIII.

El desdichado rey Abul-Walid fué sepultado en la randa ó panteon del alcázar junto á sus abuelos.

Sobre su tumba se puso la inscripcion siguiente:

«Este es el sepultcro del rey mártir, conquistador de las fronteras, defensor de la religion, el ínclito, el escogido, el reparador de la familia de los Nazares, el príncipe justo, el amparador, el denodado, el héroe de la guerra y de las batallas, el noble, el generoso, el mas afortunado de los reyes de su dinastía, el mas aventajado en piedad y celo de la honra de Dios, espada de la guerra santa, muro de los pueblos, fortaleza de los caudillos, amparo de los nobles, alivio de los pobres, el compasivo con los que temian, el domador de los soberbios, laborioso en el camino de Dios, vencedor por la gracia de Dios, príncipe de los Muzlimes Abul-Walid-Ismail, hijo del amparador escelso, del vencedor, escogido, noble, vengador, engrandecedor de la familia Nazaria, columna de la dinastía Algalibia, el piadoso, el compasivo Abu-Said-Ferag, hijo del noble y esclarecido defensor de los defensores del Islam, decoro de los príncipes algalibes, honor, alteza de la prosapia, el santo, el piadoso Abul-Walid-Ismail-ebn-Nazar, santificado sea su espíritu en bienaventuranza, sea refrigerado con el rocío de la misericordia, séale concedido ámplio galardon por premio de sus certámenes meritorios, por su martirio, pues lo hizo Dios conquistador de pueblos, debelador de soberbios reyes enemigos suyos, y fué atesorando méritos hasta el dia señalado que Dios le destinó para que llegado el plazo sellase sus dias con buenas obras; recíbale y colóquele en lugar de retribucion y honra, lugar que tenia preparado por su santo celo: murió, Dios le perdone, á traicion, pero con gloria y en la firme pura confesion de los reyes sus antepasados, y fué elevado á las moradas de eterna felicidad: nació, complázcase Dios de él, en hora bienaventurada entre manos del alba del dia giuma diez y siete de la luna de jawal, año seiscientos setenta y siete[84]: fué jurado dia jueves veinte y siete de jawal, año setecientos trece[85], y fué muerto en dia lunes veinte y seis de la luna de regeb insigne, año setecientos veinte y cinco[86]. Alabado sea el rey verdadero, que mientras todas las criaturas acaban y se suceden, permanece eterno é inmutable.»

* * * * *

La leyenda que acabamos de relataros es la referente á las manchas sangrientas de la Puerta del Juicio del alcázar de la Alhambra.

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LEYENDA V.

LA TORRE DE LA CAUTIVA.

CONTINUACION DE LA ANTERIOR.

I.

Si cuando os encontrais en la plaza de los algibes de la Alhambra os volveis hácia el palacio del emperador Cárlos V, y siguiendo á lo largo de su fachada meridional, torceis á la izquierda entre este mismo palacio y la iglesia de Santa María, y seguís luego un pequeño paseo plantado de titos, continuando por el camino que conduce á la puerta de Hierro, os encontrareis al poco espacio delante de la torre de los Picos.

Por cima de los adarves del muro que se apoya en la torre, vereis sobre el monte frontero, verde con el eterno verdor de sus laureles, las blancas torrecillas y las galerías de Generalife: á la izquierda se estenderá vuestra vista en un espacio mas ancho; vereis el monte de San Miguel con el verde pálido de sus nopales, y la ermita del santo Arcángel en la cima, y mas allá, dominándole, el alto y árido cerro de Ainadamar.

Pero si volveis la vista á la derecha encontrareis á pocos pasos un muro revestido de espesa yedra, que se apoya en la torre de los Picos, y en el cual hay un porton de tablas.

Llegad, llamad á aquel porton, y pedid que os dejen pasar por favor, porque aquella es una propiedad particular.

Una vez dentro, encontrareis un arroyo ruidoso que corre junto á las banquetas de los adarves, por la izquierda, entre yerbecillas y violetas, á la derecha árboles frutales y hortalizas, y entre estas y el arroyo el estrecho sendero por donde marchais.

A poco que adelanteis encontrareis una pequeña torre, la torre del Tesoro, abierta por el lado que mira á la parte de adentro del muro, dejando ver los tramos cortados y ruinosos de su estrecha escalera árabe, sus bóvedas grieteadas y su plataforma que amenaza un hundimiento. Seguid adelante, y á medio tiro de fusil encontrareis la torre que vamos buscando.

La torre de la Cautiva.

Entrase á esta torre por una puerta baja de herradura, situada al norte: despues de un desmantelado ingreso, se entra en un patio sostenido en pilares de ladrillo, patio cuya luz es tan estrecha, que mas que patio parece una chimenea: al fondo de este patio sombrío está una pequeña puerta, á la que se llega dejando á la izquierda la estrecha escalera que conduce, ascendiendo, á la plataforma, descendiendo, á una habitacion inferior y despues á los subterráneos.

Abierta la pequeña puerta del fondo que hemos citado, se penetra en una cámara destrozada, pero que por los restos que en ella quedan de estucos labrados, de alhamies, de ajimeces, de la cúpula de estalácticas; por la faja de mosáico que orla la parte inferior de las paredes, se comprende que debió ser tan magnífica como cualquiera otra de las hermosas cámaras del alcázar.

Pero sus adornos están ahumados por el fogon de la pobre familia que tiene por albergue miserable un alcázar destruido: tabiques que sirven de compartimientos alteran el plano; los ajimeces están tapiados y cubiertos por miserables ventanas de tablas tendidas; el pavimento destrozado, polvoroso; la cúpula agujereada, rota por la lluvia que se filtra por la desnuda plataforma, en la cual brota la yerba. Con la Alhambra se han cometido y se están cometiendo barbáries inauditas: no parece sino que se tiene empeño en que desaparezca, en que se destruya. ¡Como si fuera una cosa fácil y hacedera el construir una Alhambra!

Algunas tardes de invierno, envueltos en nuestra capa, cubierto el rostro con un ancho calañés, bajo un cielo densamente nublado, bajo la lluvia, hemos pasado por el sendero de esa huerta, junto á las torres de los Picos, de la Cautiva y de las Infantas, y por las puertas y por las ventanas de todas ellas hemos visto salir un humo espeso que arrebataba incesantemente el viento, y que incesantemente se reproducia. Era que las pobres familias habitantes de esas torres infortunadas, se calentaban con la leña húmeda y verde que acababan de arrancar de los desnudos árboles de la huerta.

Era que una nueva capa de ollin caia sobre los arabescos.

Y al ver esto, rebosaba de nuestro pecho un hondo suspiro, porque no éramos bastante ricos, bastante poderosos para arrancar á aquellas torres de su ignominiosa esclavitud.

II.

Pero en 1325, época de la muerte del rey Abul-Walid, era distinto el estado y el destino de esta torre.

Entonces la puerta, que correspondia á un pequeño y bello jardin, era de graciosa herradura, ornamentada, embaldosado de mármol blanco el ingreso, cerrada por dos hojas de alerce labrado con labores y cintas caprichosamente entrelazadas; aquel patio de paredes blancas y brillantes tenia mas luz; aquella cámara, en fin, con su preciosa puerta estucada, con sus tres alhamies con ajimeces al fondo, con sus paredes resplandecientes y matizadas como el mas bello brocado, con su cúpula de estalácticas, estrellada como un cielo, con su lámpara de ágata pendiente de la cúpula, con su alizar ó faja de mosáicos, con su pavimento de mosáico tambien, semejante á una rica alfombra, y en el centro del cual corria clara y murmurante el agua de una fuente; aquella cámara, repetimos, era un apartamento delicioso, donde solo podía pensarse en el amor.

Debajo de esta cámara habia otra mas pequeña, menos alumbrada, pero con una luz mas vaga, mas misteriosa; habia en entrambas la misma riqueza; en entrambas orlaban las paredes blandos divanes, en entrambas los braserillos de plata consumian continuamente los perfumes mas preciados: aquella torre tan severa por la parte esterior, tan desnuda como un guerrero revestido de su coraza, en su parte interna, era un nido de amor.

Era en fin el retiro donde el rey Abul-Walid habia encerrado á María, y por esta razon la torre se llama, desde entonces, torre de la Cautiva.

III.

Aun estaban calientes los restos de Abul-Walid, aun llevaba por él luto la corte, cuando dos sombras cuidadosamente encubiertas salian del alcázar, atravesaban pegados á los adarves la parte alta de la Alhambra, llegaban á la torre de la Cautiva, y una de ellas abria su puerta, entraban las dos sombras y la puerta tornaba á cerrarse.

Entonces á la luz de una lámpara que iluminaba el patio de la torre se veia que estas dos personas, que se habian despojado ya, seguras de no ser vistas, la una de su velo, la otra del capuz de su almaizar, eran la sultana Ketirah y el wazir Masud-Almoharaví.

Los dos infames cómplices.

Ella bajo su ancho haike iba deslumbrantemente engalanada.

El mostraba brocados bajo su ancho almaizar.

El wazir bajaba con la sultana por las escaleras á la habitacion inferior de la torre.

Luego subia otra vez las escaleras, llegaba á la puerta de la habitacion superior, la abria y entraba.

La sultana cuando se quedaba sola, abria una ventana que daba sobre el pendiente barranco que rodea la espalda de la Alhambra.

Y allí, ya fuese la noche serena, oscura, solo alumbrada de una manera vaga é infinita por el débil resplandor de los luceros, ya la pálida luna inundase la torre, la ventana, y la frente, tan maldita como hermosa de Ketirah; ya la tormenta bramase en los aires, y el relámpago rasgase las tinieblas, y la lluvia azotase su frente, y el huracan desordenase sus cabellos, la sultana permanecia inmóvil, anhelante, con el corazon estremecido, con la mirada candente y fija en lo profundo del oscuro barranco.

Y pasaban algunas veces horas perezosas, largas, apenadoras, sin que la sultana oyese mas que el zumbar del viento, ó el suspirar de las auras entre las frondas del cercano Generalife, ó el retumbar del trueno ó el dulce canto de los ruiseñores enamorados.

Y Ketirah no tenia oidos ni ojos mas que para el infante Ebn-Ismail, y parecíale estar escuchando su voz enamorada, y estar viendo siempre su hermoso semblante, pálido de amor, y sus negros ojos fijos en los suyos.

Solo habia un ruido que la sultana percibia desde muy lejos aunque silvase el viento y gotease la lluvia y rebramase el trueno; y este ruido era el de los pasos de un hombre que, invariablemente, tardando mas ó menos, subia por el barranco, adelantaba, se detenia al pie de la torre y lanzaba un ténue silvido.

Y entonces la sultana trémula de impaciencia, y estremecida de amor, enloquecida, trasportada, arrojaba una larga escala fuera de la torre, afianzaba cuidadosamente sus garfios en el alfeizar de la ventana, y avanzaba el cuerpo hácia afuera solícita y cuidadosa.

Poco despues la escala se atirantaba, balanceaba, y un hombre subia, llegaba al alfeizar y saltaba dentro de la habitacion entre los brazos de la sultana.

La lámpara que ardia lánguidamente en la cámara, alumbraba la frente del que habia entrado.

Aquel hombre era el infante Ebn-Ismail.

El infante que aun estaba fascinado por los tentadores encantos de Ketirah.

El infante que estaba vendido á Satanás.

IV.

Entre tanto el wazir Masud-Almoharaví, estaba delante de María.

De María; la amante de Gonzalo, la cautiva del malaventurado Abul-Walid, la pobre huerfana abandonada, olvidada por el infante Ebn-Ismail.

Una noche, la noche siguiente á la en que el infante la habia prometido salvarla de los amores del rey, María, replegada en el ángulo de un divan, inmóvil y silenciosa, lloraba.

Y no cesaba su llanto, y un secreto temor la oprimia el alma, y triste y apenada, no se atrevia á pensar en Gonzalo.

Porque no sabia si le perderia porque la muerte se lo arrebatára, ó porque su desdicha la arrebatára á Gonzalo.

Porque María estaba resuelta á morir antes que otro hombre la robase al amado de su alma.

Durante el dia habia oido gritos tumultuosos al otro lado de la Alhambra por la parte de mediodía: habia visto correr á los soldados hácia el oriente por los cercanos adarves, y el eunuco mudo que la servia se habia olvidado de llevarla la comida.

Del mismo modo se habia olvidado de encender la lámpara.

La cámara estaba iluminada solo por el reflejo de la luna que entraba por un ajimez, y por los trasparentes de estuco de la cúpula, en rayos plateados.

Nunca tan fantástica aquella cámara; nunca mas hermosa María que entonces, apenada, doliente, anegada en llanto, al reflejo pálido de aquella luz fantástica.

Y, como hemos dicho, á pesar de que era la estacion de los calores, María sintió un frio mortal, un terror vago, profundo, una inquietud horrible; la parecia que no estaba sola, que habia junto á ella alguien á quien no veia, y que á pesar de no verle le parecia un ser horrible, sobrenatural, maldito.

María, de tiempo en tiempo y como atraida por una fuerza invisible fijaba sus ojos en el fondo oscuro del arco de la puerta de la cámara.

De repente pareció que en aquel fondo oscuro brillaba como humo débilmente luminoso, una forma indeterminada, que aquella forma vaga se condensaba, que tomaba al fin la figura de un hombre alto y negro.

Aquel hombre, ó aquella sombra adelanta lentamente hácia María.

Y María no gritó porque hay terrores que ahogan la voz, que hielan la sangre, y que si duran mucho tiempo, matan.

Aquella sombra se detuvo en el centro de la cámara, debajo de la lámpara, y estendió el brazo hasta ella y la tocó.

Y sin saber María cómo podia ser, porque no habia visto luz en las manos de aquel hombre, al tocar aquella mano á la lámpara, la lámpara ardió.

Entonces María vió á un viejo horrible.

En una palabra, al mago Abu-Jacub-Al-Hhakem-Billah.

--Estás estremecida de espanto, dijo el sabio, y es necesario que no temas, ¿y por qué has de temer? Cuando los hombres se olvidan de tí, Dios me envia á salvarte.

Y María como si su alma obedeciese á una voluntad poderosa, perdió su temor y miró, tranquila ya, á Abu-Jacub.

--¿Quién eres? le pregunta.

--¿Quién soy yo? replicó el viejo, ¿y qué te importa? no era mas natural que me dijeses: ¿quién soy yo?

--Yo soy una desdichada que muere apartada de cuanto la era amado en el mundo: la muerte me arrebató a mi padre...

--¡Tu padre! ¡hé aquí lo que son los hijos del hombre! ¡para ellos el corazon y la conciencia no es mas que la costumbre! ¡Tu padre! ¿sabes tú quién es tu padre?

--He conocido un noble anciano, que me llamaba su hija, que me amaba como á su hija, á quien yo amaba como a mi padre.

--¿Y crees tú que era menos noble, el padre que te dió el ser?

--¿Le conoceis vos?

--¿Qué si le conozco? ya lo creo.

--¿Y os envia él?

--No, ya te lo he dicho, me envia Dios. Hoy me envia á esta cámara, mañana me enviará debajo de esta cámara.

--No os comprendo.

--Ni te importa nada el no comprenderme en esta parte. Hablábamos de tu padre.

--¡Oh! ¿si habeis conocido á mi padre, conoceriais tambien á mi madre?

--Cierto que la conocí...

--¡Ah! ¿decidme?...

--Tu madre; doña Catalina de Cardona...

--¡Ah! ¿era castellana?...

--Era catalana...

--¿Pero los catalanes son cristianos?

--Sí ciertamente, y cristiana era tu madre, y noble, y pura, y hermosa; la muger mas hermosa de la córte de Aragon.

--Mi padre, el noble caballero que me ha criado y á quién no puedo menos de llamar mi padre, me dijo que me habia encontrado muy niña en mi primera infancia en una villa del reino de Granada en poder de infieles. ¿Será que acaso los moros me robaron á mis padres?

--No: dijo Abu-Jacub, me obligas á contarte una historia y voy á hacerlo.

Escúchame, pues.

Y Abu-Jacub empezó de esta manera.

V.

Hace veinte años, el rey de Granada envió una ostentosa embajada al rey de Aragon.

Era embajador del rey de Granada un valiente, noble y hermoso mancebo infante de la casa real, que se llamaba Abd-el-Rahhaman-el-Ferih.

Se trataba de asentar unas treguas, y el rey de Granada escogió á su primo Abd-el-Rahhaman, porque era persuasivo, dulce, sabia ganar las voluntades de todo el mundo, y era además valiente y discreto.

Con Abd-el-Rahhaman envió el rey de Granada al de Aragon un riquísimo presente; se contaban por cientos las piedras preciosas, por docenas los caballos de arabia, y las alfombras de Persia y los perfumes y las barras de oro y plata.

Entre estos presentes iba una doncella de sangre real, que con un crecidísimo dote enviaba el rey moro al rey cristiano, ya para que la tomase por suya, ya para que la casase, como en honra, con el caballero de su corte que mas le viniese en agrado, ó con cualquier caballero que aunque no fuese natural de sus reinos fuese vasallo suyo.

Walidé, que así se llamaba la infanta granadina, habia salido del harem donde la habian criado sus ayas, con alegría: hasta entonces no habia visto mas gentes que las mugeres del harem, ni mas hombre que el rey su tio, y los silenciosos eunucos, ni se habia espaciado su vista mas que en el azul firmamento: que, en cuanto á la tierra, no habia podido pasar de los muros de los jardines del harem.

Ni amaba, ni sabia lo que era amor.

Tenia solo catorce años, y el amor dormia aun desconocido para ella en su alma.

Era á pesar de su juventud una muger poderosamente hermosa, blanca, gentil, modesta; pura la dulce sonrisa de sus ojos, pura la tranquila y cándida sonrisa de su boca.

Cuando Walidé se vió fuera de la Alhambra, sobre las amugas de brocado de su blanca hacanca, rodeada de guardas negros á caballo y acompañada de Abd-el-Rahhaman, que solícito no se apartaba de ella un punto, sonrió al primer hombre hermoso que veia.

Y Abd-el-Rahhaman, á pesar de haberse casado cuatro años antes y de tener un hijo, se estremeció ante aquello primera sonrisa de amor casi virgen, ante aquella dulce y tranquila mirada que decia amor sin saberlo.

Y luego, cuando Walidé salió por la puerta de Elvira de la ciudad, y vió estenderse ante ella la ancha vega con sus mil colores, con sus mil aldeas, con sus lejanas montañas azules, sonrió y miró con amor á aquel verdor riente, engalanado, magnífico con sus vapores dorados bajo el sol de la mañana, como habia sonreido y mirado con amor al hermoso y gentil infante Abd-el-Rahhaman.

Walidé empezaba á vivir.

Empezaba á abrir su alma al amor, pero de una manera tranquila, inocente, como era tranquila é inocente su alma.

En mal hora el rey su tio, necesitado de paces con el cristiano, habia fijado su mirada fria en la cándida hermosura de la infanta, para enviarla casi esclava á una tierra estraña, á ser la esposa de alguno de los zafios montañeses, vasallos del rey de Aragon.

Porque el rey de Aragon no podia como cristiano tener mas que una esposa, y siendo presentada de una manera solemne y pública en su corte Walidé, no podia hacerla su manceba sin grave escándalo.

El rey de Granada enviaba, pues, una doncella casadera, hermosa, noble y rica, para que su suerte se jugase á la suerte: para que deshojase aquella flor delicada el rudo choque con un montañés bravío.

Y la desdicha mayor fué, que el embajador del rey de Granada, su primo el infante Abd-el-Rahhaman, se enamorase ciegamente de Walidé, hasta el punto de que hizo para sí el razonamiento siguiente:

--Mi primo el señor rey de Granada, envia á la infanta al rey de Aragon para que la tenga para si ó la dé en matrimonio á uno de sus vasallos. El rey de Aragon no guardará para sí la infanta: sus costumbres cristianas se lo vedan: pues bien; antes de dar mi embajada al rey de Aragon, le rendiré pleito homenage por mis castillos de la frontera de Murcia, me declararé su vasallo... y despues... aunque sea necesario escitar su interés con algunos miles de doblas, procuraré que yo sea el vasallo que el rey de Aragon elija para esposo de la infanta.

Y fiando demasiado en sus cálculos el enamorado embajador, se dedicó á enamorar á Walidé.

Cuando llegaron á Tarazona, donde tenia su córte por aquellos dias el rey de Aragon don Alonso IV, ya Walidé y Abd-el-Rahhaman se amaban mútuamente, y lo que es mas, se lo habian concedido todo.

Porque el infante habia dilatado cuanto habia podido el viaje, haciendo jornadas muy cortas y deteniéndose á veces en un pueblo tres dias. Walidé se habia enamorado del infante desde el momento en que le habia visto, y Abd-el-Rahhaman no habia sido el mas fiel depositario.

Los primeros dias Walidé fué llevada por su hacanca, pero al poco tiempo, con la ocasion de pasar un rio cuyo puente se habia roto, por un vado, el infante, para asegurar á la infanta de un tropiezo y de una caida al agua, la puso sobre un cogin sobre el arzon delantero de su caballo, y la rodeó la redonda y esbelta cintura con un brazo tembloroso.

Walidé se estremeció y esperimentó una sensacion dulce, infinita.

Hasta entonces ella y él solo habian hablado con los ojos.

Era el principio de la noche: la numerosa embajada del infante, con sus ginetes y con sus acémilas, atravesaba una ancha sábana del Guadalquivir.

La luna reflejaba en las aguas, y se duplicaba en los dos brillantes ojos de Walidé, que se fijaban en ella con una dulce y pensativa melancolía, mientras el infante, conduciéndola en el arzon de su caballo, estrechaba enamorado su cintura, y bebia con su ardiente mirada, la mirada de la infanta fija en la suya.

Y entonces la infanta, que estaba entregada á un sueño de amor, oyó junto á sí una voz dulce, ardiente, trémula, que la decia:

--Yo te amo.

Te amo como la noche á la luna que la dá su blanca y dulce luz: te amo como el alba al sol que tiñe sus megillas de púrpura.

Te amo como á la tierra el mar que contínuamente la besa, y como el viento á la palmera que contínuamente la mece.

Amame tú, maga de mis sueños, á quien yo he amado antes de ver tu hermosura.

Amame tú, sino quieres que mi alma esté lóbrega como una noche sin luna, fria como una alborada sin sol, silenciosa como la tierra á quien el mar no besa, y triste y mustia como una palmera á quien no acaricia el viento.

--¿Y qué es amor? dijo Walidé apartando su mirada de la luna y fijándola cándida y enamorada en el infante. ¿Es por ventura el amor ese tranquilo afan del alma, que sueña y vé en sus sueños un hombre? ¿Es por ventura un dulce fuego que llena el alma y la aduerme en una delicia sin fin, junto al hombre del sueño? ¿Es por ventura el amor el que estremece la cintura de la muger cuando el hombre que ha soñado la rodea con su brazo? ¡Oh! si ese es el amor que acaricia al alma, y la consuela, y la dilata, y la enciende en un dulce fuego; si es el amor el que dá á los ojos de la muger un alma cariñosa, y dulce por los ojos de un hombre, yo te amo, señor; yo te amo como la noche á la luna, como el alba al sol, como el mar á la tierra, como el viento á la palma. Si amar es no vivir, ni pensar, ni alentar mas que para un hombre, yo te amo, señor, yo te amo.

Y Walidé reclinó la cabeza sobre el hombro de Abd-el-Rahhaman, que la besó en la frente.

Walidé se estremeció de una manera mas poderosa, y murmuró:

--Yo te amo: mi vida es tu amor, si me falta tu amor yo moriré.

Cuando llegaron, pues, á Tarazona ella y él eran los amantes mas dichosos de la tierra.

Abd-el-Rahhaman, en cuanto anunció su embajada á Alonso IV de Aragon, le pidió permiso para verle particularmente, y el rey se apresuró á concedérselo: al atravesar el infante una galería del alcázar, cruzó por delante de él una dama cristiana, y se detuvo un momento y palideció.

El infante sintió tambien á la vista de la dama no sé qué estraño presentimiento.

La dama siguió adelante murmurando:

--¡Oh! ¡qué moro tan gentil!

Y el infante siguió diciendo para sus adentros:

--¡Oh! ¡qué cristiana tan hermosa!

Pero ella amaba á otro hombre, y él amaba á Walidé.

Aquella dama que habia cruzado como una tentacion la galería, era doña Catalina de Cardona, doncella noble de la reina de Aragon.

--¡Era mi madre!

--Sí, tu madre era: respondió el mago, y despues de un momento de silencio continuó.

VI.

Pero á pesar del amor que el infante sentia hácia Walidé habia quedado fija en su memoria, y en su corazon, sin poderse esplicar con qué deseo, con qué afan vago y misterioso, el recuerdo de doña Catalina de Cardona.

Era muy hermosa esta dama: blanca y pálida, con hermosos cabellos rubios como el oro, con hermosos ojos negros como el ébano y lucientes como el carbunclo, y magestuosa y gentil, y esbelta á maravilla: era muy jóven y su frente resplandecia de pureza.

Y el infante adelantaba hácia la cámara donde el rey de Aragon le esperaba, murmurando sin ser poderoso á otro pensamiento:

--¡Oh! ¡qué cristiana tan hermosa!

Y sin embargo el amor que sentia por Walidé permanecia vivo, ardiente en su corazon.

Cuando entró á la presencia del rey, el infante dobló una rodilla.

--Poderoso sultan de Aragon, dijo: el esclarecido, el vencedor, el magnífico sultan de Granada y del Andalucía, mi señor, á tí me envia: pero antes de notificarte el objeto de mi embajada, quiero declararme vasallo tuyo, no embargante el vasallage que confieso al rey mi señor natural el noble sultan de Granada, y á rendirte pleito homenaje, por mis villas y castillos de la frontera de Murcia.

Maravilló al rey de Aragon el vasallaje de un infante moro á quien no conocia y con el cual nunca habia tenido amistad ni guerra, pero se lo agradeció, lo aceptó, mandó llamar á su canciller, solemnizóse el pleito homenaje, y el rey de Aragon le abrazó y le besó en la megilla, mandando escribir su nombre entre los de los grandes vasallos de sus reinos.

--¿Por qué me habrá rendido vasallaje este moro? dijo para sí Alonso IV, cuando Abd-el-Rahhaman salia de la cámara.

Y Abd-el-Rahhaman murmuraba saliendo:

--Solo me falta satisfacer la codicia del consejero favorito del rey cristiano: yo averiguaré quién este consejero sea: le daré cuanto oro sea necesario, y Walidé será mia.

Y á seguida murmuraba suspirando:

--¡Oh! ¡y cuán hermosa! ¡cuán hermosa es aquella cristiana!

VII.

Dijeron al infante que el favorito del rey de Aragon, era un noble caballero muy valiente y muy bravo, llamado Men Roger de Cardona.

El infante envió á Men Roger un caballo de Arabia, un arnés de Damasco, una lanza de dos hierros con pendoncillo de brocado, un rico capellar y una túnica de púrpura.

Men Roger recibió el presente creyendo que se trataba de que influyese con el rey de Aragon para el feliz éxito de las pretensiones del rey de Granada.

Men Roger, el soberbio rico-hombre de Aragon, convidó á comer al infante moro.

Al dia siguiente al sentarse á la mesa, vió junto á sí Abd-el-Rahhaman á la hermosísima cristiana que habia encontrado en el alcázar dos dias antes, y se turbó: ella se turbó tambien y bajó los ojos.

--Es mi hermana doña Catalina, dijo Men Roger al infante.

Y durante las cuatro horas que aquella comida duró, el infante habló de las magnificencias de la córte de Granada, y ponderó sus caballeros y sus damas, pero al ponderar á estas añadió:

--Y sin embargo, no he visto en Granada ni en todo su reino ni en las Alpujarras, ni en Murcia, ni en Almería, ni en Algeciras, mi patria, una dama tan hermosa como la que ví en el alcázar del rey cristiano la primera vez que entré en él.

Y doña Catalina al oir esto miró al moro, y el moro vió amor en la mirada de doña Catalina, y Men Roger no vió nada, porque estaba gravemente ocupado en trinchar un faisan.

Y al recibir la mirada de doña Catalina, dijo para sí el infante:

--¡Oh! ¡si yo no amase tanto á Walidé!

Y doña Catalina dijo tambien para sus adentros:

--¡Oh! ¡sino fuera moro este mancebo!

VIII.

Cuando concluyó la comida, doña Catalina se retiró y el baron catalan y el infante granadino quedaron solos.

Despues de hablar de varios asuntos, Abd-el-Rahhaman dijo á Men Roger:

--Tú eres valido del rey tu señor.

--El noble rey don Alonso conoce mi lealtad y la premia concediéndome su confianza, contestó el aragonés con cierta reserva porque no sabia á donde iba á parar el moro.

--¿De modo que si tú pidieras una gracia para mí al rey tu señor, para mí que desde ayer soy su vasallo?...

--¿Y qué gracia es esa?

--Una muger.

--¿Una vasalla del rey?

--Sí; mas que eso aun; una sierva.

--¿Para hacerla tu esposa?

--Sí.

--¿Y quién es?... ¡sierva del rey! ¡no puede ser noble!

--El rey puede concedérmela.

--Te prometo que si concedértela puede, te la concederá.

El infante estrechó la mano del baron catalan, y poco despues se separó de él.

IX.

Al dia siguiente se presentó Abd-el-Rahhaman con toda la ostentacion de su embajada al rey de Aragon.

Le precedian los presentes del rey de Granada.

Entre ellos iba Walidé maravillosamente vestida y cubierta con un velo de gasa que sin cubrir su hermosura la aumentaba, como una ligera nubecilla aumenta la belleza de la luna.

El infante adelantó con ella llevándola asida de la mano y la presentó al rey, levantando su velo con una mano y dando con la otra á Alfonso IV una cédula en pergamino, en que constaba la voluntad del rey de Granada respecto á su sobrina la infanta Walidé al presentarla al rey de Aragon.

Un interprete leyó aquel pergamino.

Al escuchar los caballeros de la córte de Alfonso IV, que estaban presentes, que el rey de Aragon podia dar en matrimonio, con su rico dote aquella muger, aquella niña de tan maravillosa hermosura, todas las miradas se fijaron con codicia en Walidé, especialmente la de Men Roger de Cardona.

Despues Abd-el-Rahhaman notificó al rey el objeto de su embajada.

Las treguas que el rey de Granada pedia, convenian tambien al de Aragon, y fueron concedidas y estipuladas sin dificultad. Cuando el tratado estuvo concluido, Abd-el-Rahhaman dijo á Alonso IV:

--Recordarás noble y poderoso rey que soy tu vasallo.

--Es cierto, dijo el rey de Aragon: hace tres dias me rendiste pleíto homenaje, y yo le recibí: ¿pero por qué me recuerdas eso?

--El rey de Granada al entregarte la infanta Walidé, ha sido con la condicion de que la tengas para tí, ó de que la dés por esposa á uno de tus vasallos. Ahora bien: ¿guardas tú para tí á la infanta?

--Yo no tengo ni tendré mas que una esposa, dijo el rey.

--Pues entonces, señor, replicó el infante, yo te pido por esposa á la infanta Walidé.

Y antes de que el rey pudiese contestar, Men Roger de Cardona adelantó pálido y trémulo hácia el dosel del rey y esclamó:

--Y yo la pido tambien á vuestra señoría, yo que soy rico-hombre de solar, y que he vertido mi sangre en cien batallas matando moros.

--¡Ah! ¡tú eres un perro traidor, sin fé y sin lealtad en sus palabras! dijo el infante á Men Roger.

--Pídeme mi hermana y te la daré, infante, dijo el baron catalan: pero yo pido al rey esa doncella.

--Y me la pides tú tambien infante de Granada, mi vasallo? dijo Alfonso IV.

--Sí, si señor, esclamó con toda su alma Abd-el-Rahhaman: es mi prima, la amo y ella me ama.

La incertidumbre hacia temblar á Men Roger.

--Yo os la concedo á los dos, dijo el rey: á tí canciller de mis reinos, valiente y leal vasallo mio, á tí infante de Granada mi noble vasallo.

--Pero señor, esclamó Abd-el-Rahhaman, la infanta no puede dividirse en dos: sobra pues uno.

--Dices bien, esclamó todo descompuesto Men Roger: sobra uno de los dos.

--Pues caballeros, dijo el rey, que Dios y San Jaime decidan vuestra contienda: dentro de tres dias en la Tela, en un palenque cerrado, obtendrá por premio de su victoria la infanta de Granada, cualquiera de los dos que venza.

Y el rey despidió á su córte, y Walidé se quedó en el alcázar del rey, y Abd-el-Rahhaman y Men Roger salieron cada cual por su lado, convertidos en los enemigos mas implacables del mundo.

X.

Pasaron los tres dias del plazo.

Fuera de los muros de Tarazona se habia levantado un palenque.

Aquel palenque era el campo cerrado donde las armas debian dirimir la contienda de dos hombres enamorados de una muger.

Aunque el plazo habia sido breve, la fama del duelo habia cundido; gran número de damas y caballeros de las ciudades y villas cercanas á Tarazona habian acudido á presenciar aquel raro litigio entre un cristiano y un moro, que debia sentenciarse por Dios y por San Jaime.

Desde muy temprano los estrados y las barreras estaban llenos de gente: en los primeros se veian hermosas damas, hidalgos, caballeros y mesnaderos, todos engalanados, todos impacientes porque llegase la hora del trance. En las barreras se agolpaba el popular ruidoso, que á cada momento crecia, y los ballesteros del rey guardaban aquellas barreras y aseguraban el palenque.

A un estremo de él estaba un tablado cubierto de hermosos tapices, y sobre aquel tablado dos doseles; el uno mas rico y mas bello que el otro.

Pero es de advertir que en el dosel menos rico estaban recamadas las armas de Aragon, y en el otro mas adornado, mas bello, se veia entre flores una aljaba, un arco y un cendal, armas del amor.

Al pie de estos dos doseles habia una larga gradería cubierta de almohadones rojos y alfombras á los pies, donde debian sentarse, en la primera grada las damas de la reina, en la segunda y tercera los oficiales de la casa del rey.

A la derecha de estos dos doseles, habia un estrado cubierto por paños rojos; aquel estrado debian ocuparle los jueces del campo, los heraldos, los farautes, los persevantes, los escuderos y demás oficiales de armas: á la izquierda se levantaba otro estrado cubierto de paños turquíes con estrellas de plata, donde debian presenciar el duelo los caballeros granadinos que habian venido acompañando en su embajada al infante Abd-el-Rahhaman.

Al otro estremo del palenque habia dos tiendas de las mejores que se habian visto en mucho tiempo, aunque diferentes entre sí: la una era cuadrada, de tafetan verde con galones de oro, y sembrada toda de un blason rojo con cuatro vástagos de oro, armas de la casa de Cardona, lo que demostraba que aquella tienda, en la cual habia guarda de hombres de armas con el mismo blason que se veia en la tienda al pecho, estaba destinada á Men Roger de Cardona, rico-hombre de Aragon y gran privado del rey Alonso IV.

La otra tienda era redonda y resplandecia por su tela de oro y seda recamada de ricas labores arabescas y rodeada de una alfombra de Persia: á su puerta habia, dando la guarda, esclavos negros con marlotas y capellares rojos y arneses dorados, lo que decia claro que aquella era la tienda del infante de Granada Abd-el-Rahhaman.

Y todo esto, los dos nobles doseles, los estrados, las graderías, las tiendas, la arena igualada y estendida dentro de las barreras, la multitud noble y plebeya que llenaba andamios, estrados y graderías: las galas de las damas, las empresas de los caballeros, el aspecto feróz de los ballesteros aragoneses, las brillantes armaduras de los hombres de armas y escuderos de Men Roger, y los ostentosos trages y las armaduras doradas de los esclavos del infante de Granada, ofrecian vivos matices, y brillantes destellos, y cien cambiantes de color y de luz, bajo el sol que salia por un horizonte azul y despejado.

XI.

Apenas habia asomado el sol en el oriente, como si aquella fuese una señal, oyóse fuera del palenque una ruidosa y alta trompetería, á cuyo sonido todos los que esperaban desde el amanecer rompieron en una aclamacion ruidosa.

La corte se acercaba.

Al fin se abrió una poterna y entraron cuatro reyes de armas á caballo, con sus estoques dorados en las manos.

Seguian detrás cuatro heraldos con sus dalmáticas de terciopelo rojo guarnecidas de oro, y con sus mazas al hombro.

Luego una turba de farautes, persevantes y escuderos, á caballo tambien, despues diez y seis trompeteros y otros tantos timbaleros, ginetes en caballos blancos, tocando á un tiempo sus instrumentos:

Luego el Condestable con la espada real, y junto á él el Alférez mayor con el estandarte de Aragon, y todos los oficiales de la casa del rey.

Luego en unas andas muy vistosas, cubiertas de paños de brocado y flores, y deslumbrantemente engalanadas, precedida de muchachas vestidas de blanco, que bailaban acompañándose de sus panderetas, rodeada de doncellas nobles de la reina, en hacancas blancas, llevada cada una de la rienda por un caballero, entró Walidé, confusa y ruborosa, suspendiendo á los hombres y haciendo morir de envidia á las mugeres con su hermosura.

Despues venian á caballo el rey y la reina, él en su corcel de batalla, ella en su blanco palafren; los rico-hombres, los pages, los escuderos, y por último un escuadron de hombres de armas.

Toda esta comitiva atravesó lentamente el palenque; cuando llegaron á la gradería del estrado donde estaban levantados los doseles, el mismo rey en persona descabalgó, fué á las andas en que era llevada la infanta Walidé, que bajó de ellas, y conducida de la mano por el rey, subió la gradería, y fué á ocupar el trono del amor en medio de los murmullos y de las aclamaciones que arrancaban á todos los presentes la hermosura y las resplandecientes galas de que iba cubierta Walidé.

Al pie del dosel se estendieron pages y doncellas, y cuando la infanta de Granada se hubo sentado, el rey bajó de nuevo la gradería, y llevó su esposa al trono, donde se sentó á su lado; los rico-hombres, los mesnaderos, los pages, se estendieron á los pies de la grada, donde estaban sentadas en almohadones las damas de la reina, los jueces del campo y los reyes de armas, y los demás oficiales ocuparon el tablado que les estaba destinado, y la comitiva mora del infante Abd-el-Rahhaman el suyo.

Entonces á una señal del rey don Alonso, el rey de armas Cataluña, á caballo, seguido de sus oficiales de armas y precedido de los trompeteros y timbaleros, dió una grida ó pregon en que manifestó á todos los circunstantes:

«Cómo el rey moro de Granada habia enviado al señor rey de Aragon una doncella mora, infanta de su casa, para que la casase con aquel de sus vasallos que mas le pluguiese.

»Otro sí: cómo habiendo venido por embajador del rey de Granada el noble infante, su primo, Abd-el-Rahhaman, el infante habia rendido pleito homenaje y vasallaje al señor rey de Aragon.

»Otro sí: cómo el infante de Granada Abd-el-Rahhaman, y el noble, alto y poderoso señor Men Roger de Cardona, vasallos ambos del señor rey de Aragon, habian pedido á un tiempo á dicho señor rey les concediese por esposa la infanta Walidé, que se hallaba presente en el trono de la hermosura.

»Y finalmente, que el susodicho señor rey de Aragon habia ordenado que para no ofender á ninguno de los dos pretendientes, riñesen á la infanta Walidé, en palenque cerrado de poder á poder, en trance de muerte, si necesario fuese, ante Dios y el bienaventurado apóstol San Jaime.»

El rey de armas Cataluña repitió este pregon en los cuatro ángulos del palenque, y luego leyó los capítulos del combate.

Segun ellos se tendria por vencido:

«El que se saliere del palenque dejando en él á su contrario.

»El que cayere del corcel al suelo.

»El que pidiere suspension del duelo.

»El que usare de malas artes, prohibidas por las leyes de la caballería.

»El que hiriere de mala manera á su contrario.»

Y otros muchos y prolijos capítulos que se leian en tales ocasiones, y que estaban autorizados por la ley y por la costumbre.

Despues de esto se dió otro pregon para que nadie fuese osado, por cosa que sucediere á cualquiera de los dos caballeros, á dar voces ó aviso, ó á hacer seña con la mano, so pena de que al que hablare se le cortaria la lengua, y al que hiciere seña se le cortaria la mano.

A seguida se retiraron el rey de armas y sus oficiales, y los jueces del campo mandaron tocar las trompetas y los timbales, á cuyo son salieron cada cual de su tienda á caballo y armados, el infante Abd-el-Rahhaman y Men Roger de Cardona, rodeados cada cual de sus escuderos y caballeros.

Llevaba el infante de Granada un bonete forrado de oro ricamente labrado, y coronado por una garzota de plumas verdes en señal de esperanza; un arnés tunecino redoblado, forrado de tela de oro; una túnica de brocado de rica labor, y un capellar de grana con flecos y borlas de oro; montaba en un caballo andaluz poderoso, que hacia retemblar la tierra bajo sus cascos; embrazaba una adarga de cuero de Marruecos, perpuntada y bordada de oro y seda, y empuñaba una lanza de ébano, de dos hierros, de Toledo.

Men Roger mostraba las resplandecientes armas, la marlota y la lanza de dos hierros que le habia regalado el infante, y montaba el hermoso caballo de Arabia que habia acompañado á aquel regalo, lo que el infante tomó por insolencia, y el rey y todos los circunstantes por descortesía, porque aquello era lo mismo que decir al infante:

--Te combato con tus propias armas.

El infante tomó por un lado de la liza, y el aragonés por el otro, y al pasar por delante de los reyes y de la infanta Walidé, para saludarlos, se cruzaron, y despues fueron á ponerse uno frente al otro, cada uno á un estremo de la liza.

Entonces bajaron los jueces del campo y les partieron el sol[87], reconocieron sus armas, las dieron por buenas, y les tomaron juramento por su honor de que no llevaban sobre sí amuletos ni hechizos en daño de su contrario, despues de lo cual se retiraron.

Entonces, cuando los caballeros habian quedado en sus puestos, teniendo el freno de cada uno de sus caballos un faraute, el rey hizo una señal con su baston y las trompetas y los timbales rompieron en alto alarido.

A este primer son los caballeros pusieron sus lanzas en los ristres, se adargaron é inclinaron el cuerpo sobre el arzon delantero.

Entonces sonó el toque de arremetida, los farautes soltaron los frenos, y el moro y el catalan partieron el uno contra el otro como dos rayos, y se encontraron con terrible pujanza y estruendo en medio de la liza.

Las dos lanzas se rompieron contra las adargas, sin que ninguno de los dos adversarios se descompusiese.

Pasaron y todos aplaudieron, porque entrambos, el moro y el cristiano en aquella primer carrera, habian sido muy buenos caballeros.

Los escuderos del campo les dieron nuevas lanzas, y volvieron á partir y á encontrarse.

El infante de Granada hizo dar un rodeo al catalan, falseándole la adarga é hiriéndole ligeramente por la parte falsa del arnés, debajo del brazo, y el catalan pasó sin tocar al moro.

La ventaja estaba de parte del infante.

La sangre corria á borbotones de la herida de Men Roger, y los que habian apostado por su triunfo empezaron á dar por perdido su dinero. Pero de repente el caballo del infante, sin que nadie pudiera dar con la causa, se inquietó, empezó á encabritarse, mordió el freno, y escapó de la liza sin que pudiese estorbarlo su ginete.

Todos lo tuvieron á hechicería, tal vez á malas artes del baron catalan; pero como uno de los capítulos del duelo era que el caballero que se saliera de la liza fuese declarado vencido, fúelo el infante, y el rey declaró que Men Roger de Cardona habia ganado buena y lealmente á la infanta, y se la concedió por esposa.

Al saber esto Walidé, palideció intensamente y murmuró:

--No ha vencido al amado de mi alma sino valiéndose de Satanás, que le ha ayudado con malas artes. Pues bien, esposo mio, yo te juro, no solo no ser tuya, sino vengar al infante de la traicion que has obrado con él.

Y todos se engañaron en lo de las hechicerías; la verdad era que al errar el golpe el catalan habia herido sin quererlo en un hijar al caballo del infante, y este irritado por el dolor de la herida habia partido.

XII.

Entre tanto Abd-el-Rahhaman, sin poder contener á su caballo, era llevado por él con la velocidad del huracan á través de los campos.

Nadie supo en Tarazona lo que habia sido del infante.

A los tres dias los caballeros y las gentes y los esclavos que habian acompañado á Abd-el-Rahhaman en su embajada, partieron de Tarazona.

El rey, antes de que partiesen, les preguntó por el infante.

--No sabemos lo que ha sido del bravo Abd-el-Rahhaman, señor, respondió un xeque que habia acompañado al infante.

--Dios le ayude, dijo el rey de Aragon, porque es un buen caballero.

XIII.

Tres dias despues se efectuaron las bodas de Men Roger de Cardona y de la infanta Walidé.

La hermosa jóven se habia presentado alegre y riente, dejadas sus ropas moras por otras magníficas á la usanza de los cristianos, y mas hermosa que nunca.

Men Roger llevaba vendado el brazo izquierdo, y suspendido de una venda de seda que se sujetaba en su cuello.

La infanta, por medio de un intérprete, declaró que voluntariamente se instruiria en la religion cristiana y se bautizaria apenas estuviese instruida, todo por amor á su esposo.

--¡Lo que son las mugeres! esclamó para sí el rey al ver que tan pronto olvidaba sus amores la infanta. ¡Una aragonesa se hubiera dejado matar!

XIV.

Pero al dia siguiente dieron una terrible nueva al rey, por la cual no supo decir si la infanta amaba como toda muger debe amar, ó si amaba demasiado.

En la cámara nupcial, se habia encontrado muerto, cosido á puñaladas, á Men Roger de Cardona.

Sobre su pecho, sujeto por un puñal, se veia un pergamino y en él escrito en árabe lo siguiente:

«Las moras de Granada matamos ó morimos, cuando nos entregan á un hombre á quien no amamos.»

El rey se aterró por la muestra que habia dado de sí aquel amor terrible, y mandó prender á la infanta.

Pero la infanta habia desaparecido.

Y lo que era mas estraño; la hermosa doña Catalina de Cardona, la hermana del difunto, habia desaparecido tambien.

XV.

--¿Y cómo aconteció eso? dijo María, que escuchaba con sumo interés al mago.

--De una manera muy sencilla. El infante cuando pudo dominar á su caballo, comprendió la situacion en que se encontraba: no le cupo duda de que su enemigo habia sido declarado vencedor y de que se le habria entregado la infanta Walidé.

Al pensar esto, la venganza lució como un relámpago sombrío en el alma del infante.

--¡Oh! dijo, tú me has robado mi amante, yo te robaré tu hermana, la hermosa doncella de las crenchas de oro.

Y desde que el infante adoptó esta resolucion, como que le pareció menos dolorosa la pérdida de Walidé.

Pero para ello era necesario ser muy prudente. Se encontraba en medio de los campos y se dirigió sin vacilar á un caserío.

Un labriego le salió al encuentro.

--Tú eres pobre: le dijo el infante, que hablaba bien el español.

--Ni pobre ni rico, le contestó el labriego.

--Pero no te vendria mal que yo te cambiase este hermoso caballo mio por uno de tus rocines.

--No por cierto, señor.

--Ni que yo trocase todas mis galas por un vestido tuyo.

--¡Ah! no por cierto.

--Pues bien, dijo el infante descabalgando, entremos en tu casa.

Allí se efectuó el cambio.

--Escucha, le dijo el infante: cura á este caballo, la herida es ligera, y bien merece por hermoso y bravo que se cuide de él.

--¡Ah! si señor, dijo admirado el labriego.

--Oye aun: mete este caballo en tu establo y guarda estas armas y estas ropas; mañana vendrán á comprártelo todo, y te darán por ello un monte de oro.

--¡Ah! señor.

--Y á persona viviente digas que me has visto.

--Descuidad, señor.

Y el infante montando en el rocin de labor que le habia cambiado el campesino por su magnífico caballo de batalla, y vestido como un rústico, se alejó hácia Tarazona; esperó á que cerrase la noche, y cuando esta hubo estendido su sombra entró en la ciudad, sin que nadie reparase en él á causa de su disfraz y se entró en la casa donde estaban las gentes de su embajada.

--Abdelamar: dijo á uno de sus escuderos favoritos, tú no me has visto: guarda un profundo secreto, y búscame una de esas viejas embaucadoras que dicen que hay en todas las poblaciones de los cristianos.

Abdelamar salió y poco despues volvió con una de esas viejas que viven de ser corredoras del amor, y favorecedoras de doncellas y galanes.

El infante se encerró con ella, y la dijo:

--Amo á una noble dama de esta ciudad y no puedo decirla mi amor: ¿quieres tú, buena muger, encargarte de llevarla un mensage mio?

Y puso en manos de la vieja un bolsillo.

--¿Y cómo se llama esa doncella, hermoso señor?

--Doña Catalina de Cardona, contestó el infante.

--¡Ah, señor! ¡que es mas dura que una peña! ¡tiene amores con un caballero muy noble y muy rico, que se llama Men Jorge de Ariza, y diz que se vá á casar con él; muchos enamorados me han encargado de lo mismo que vos me encargais; pero aunque la he hablado, porque yo tengo un compadre que es escudero de su hermano, no he podido recabar nada de ella: ni aun siquiera que se asome á los miradores para que la vea el enamorado!

--No importa, dijo el infante: id, puesto que podeis hablarla y decidla que un caballero estrangero á quien vió hace cinco dias en el alcázar, y que hace cuatro comió á su mesa con ella y con su hermano, muere por ella; que no ha podido olvidarla un momento y que la ruega le permita la ventura de hablarla á solas.

--Iré, hermoso señor, iré; pero mucho me temo que mi ida sea en vano como tantas otras.

Y la vieja salió, y el infante se quedó entregado á su rabia y á su duda, y despues de haberse dado á conocer á los principales caballeros de su embajada, de haberles recomendado el secreto, y de haberles mandado que se despidiesen del rey de Aragon, como si él no hubiese parecido, se encerró en un aposento y se acostó para no dormir.

Al dia siguiente al medio dia, Abdelamar avisó al infante de que la vieja que habia hablado con él la noche anterior estaba en el zaguan.

El infante mandó que tragese á la vieja y se encerró con ella.

Revosaba la alegría del semblante de aquella muger.

--¡Ah, señor! esclamó: ¡y qué dichoso sois! ¡doña Catalina os ama! ¡una doncella tan noble, y tan hermosa, y tan rica! ¡oh! ¡qué buena ventura os acompaña, señor!

--¡Que me ama! ¡os lo ha dicho ella! esclamó el infante cuyo corazon se habia abrasado al recibir aquella noticia, en un fuego para él desconocido.

--Ella no me lo ha dicho, señor, dijo la vieja: pero yo no necesito que me digan las cosas: cuando la dí vuestro recado me contestó poniéndose muy pálida:--¿Es un caballero jóven, moreno, que tiene los ojos negros?--El mismo, señora mia, la contesté.--¿Y decis que quiere hablarme?--Por veros muere.--Guardó algun tiempo silencio aquella luz de los cielos, y luego poniéndose muy colorada me dijo:--Id y avisadle, que aprovechando el estar mi hermano en el lecho guardando una herida, le veré esta noche por la reja del huerto, á la media noche. Que venga solo y disfrazado.--Y cuando yo oí esto vine deshalada á avisároslo, mi hermoso señor.

Informóse el infante de las señas del lugar de la cita de doña Catalina, dió otro bolsillo á la dueña y la despidió.

Cuando llegó la hora de la cita, que el infante esperó con una impaciencia mortal, salió, atravesó las calles desiertas iluminadas á medias por la luz de la luna, y llegó á un lugar, despues de haber andado mucho, donde en una tapia, por cima de la cual se veian árboles frutales, vió una ancha reja.

Pero aquella reja estaba cerrada.

Acercóse á ella el infante y esperó muriendo de ansiedad.

Pasó algun tiempo y ya temia que la vieja le hubiese engañado, cuando sintió por dentro de la reja unas pisadas de muger, que se acercaron, y detrás de la reja se detuvieron.

Al fin, y pasado un corto espacio rechinaron los postigos, se abrieron y apareció á la luz de la luna una muger vestida de blanco.

Era doña Catalina.

XVI.

--¡Oh! ¡hermoso lucero de mi oscura noche! esclamó el infante asiéndose á la reja y mirando con ansia á la hermosísima doña Catalina.

--Mirad no os equivoqueis caballero, dijo con seriedad la doncella, y no digais esas palabras creyendo que yo soy la hermosa infanta que habeis traido de Granada.

--¡Oh! no: no: se que sois vos: vos la alegría de mi alma, el agua regalada que mi sed desea.

--Si vuestro caballo no se hubiera espantado, hubiérais vencido á mi hermano, hubiera sido vuestra la infanta, y no os hubiérais acordado de mí. Sin duda que me hablais de amor por vengaros de mi hermano, y si yo he consentido de veros ha sido para deciros por mí misma, que os habeis engañado torpemente al elegirme por medio para vuestra venganza.

--¡Ah! ¡partiérame una lanza el corazon antes de que yo escuchára de vuestros hermosos labios tan crueles palabras!

Pronunció el infante de una manera tan doloroso estas palabras, que doña Catalina repuso dulcificando su acento:

--¿Me amais en efecto, no me engañais, puedo fiar en vuestro honor de caballero? ¿y si me amais, cómo es que habeis reñido en duelo la mano de la hermosa infanta granadina?

--Porque creia amarla, señora; pero me engañaba: yo no he amado hasta que os he visto, no: os lo juro por la santa piedra de la Kaba, por el arcángel Gabriel, por Dios, por mi alma. ¡Ah! yo no sabia lo que era morir por una muger hasta ahora; no, no, os lo juro.

--¡Es singular! dijo doña Catalina: yo amaba á un hombre.

Y doña Catalina se detuvo ruborosa.

--Seguid, alegría de mi vida, seguid: dijo con anhelo el infante.

--Sí; continuó doña Catalina con la voz trémula: yo amaba ó creia amar pero... si es cierto lo que decís... me ha sucedido lo mismo que á vos...

Doña Catalina se detuvo de nuevo.

--¡Me amais como yo os amo! esclamó el infante loco de alegría: hemos nacido el uno para el otro, vos cristiana yo moro, y al vernos hemos comprendido lo que es el amor; que no habiamos amado hasta que nos hemos visto.

Doña Catalina guardó silencio.

--Hablad, hablad, dijo el infante: ¿no veis que muero?

Y Abd-el-Rahhaman se asía á la reja para sostenerse y temblaba.

--Yo os amo, dijo doña Catalina con la voz apagada.

El infante reclinó su cabeza en la reja y rompió á llorar porque las lágrimas acompañan tanto á las grandes alegrías como á los grandes dolores.

Y al ver llorar á un hombre tan valiente y tan bravo, las entrañas enamoradas de doña Catalina se abrieron.

--Somos muy desgraciados, dijo.

--¡Desgraciados! esclamó el infante levantando á doña Catalina los ojos nublados por las lágrimas en que reflejaba la luna. ¡Desgraciados! ¿y por qué?

--Vos sois moro; yo soy cristiana.

--Para los que se aman no hay mas Dios que el amor.

--Sois enemigo de mi hermano.

--Le perdono.

--Mi hermano no os perdonará.

--Le diré: amo á vuestra hermana, soy hijo de reyes.

--Mi hermano os pedirá lo que yo no os pido.

-¡Qué!

--Que renegueis de vuestra patria y de vuestro Dios.

--¡Oh! ¡no! ¡nunca!

--Lo sé y por eso os amaré siempre: yo no podria amar á quien por mí se envileciese.

Guardaron entrambos silencio.

--¿Me pediriais vos que renegase de mi Dios? dijo doña Catalina.

--¡Oh! ¡no! respondió el infante.

--Pues bien, amémonos: dijo doña Catalina.

El infante quiso en la locura de su alegría asir una mano que la hermosísima cristiana tenia apoyada en la reja.

Doña Catalina la retiró.

--Amémonos pero desde lejos: guardemos cada uno dentro de nuestra alma, como en un santuario, nuestro amor.

--¡Amarnos desde lejos! ¿y por qué no unirnos?

--No lo quiere Dios: vos sois moro, yo soy cristiana.

--Vos seguireis siendo cristiana y yo seguiré siendo moro.

Pronunció de una manera tan sentida estas palabras el infante, que doña Catalina no contestó.

Permaneció por un momento en silencio dominada por el amor que el infante la inspiraba.

--¿Y cómo, cómo, dijo al fin, no separarnos?

--Seguidme.

--¡Que os siga! ¡qué habeis dicho!

--Necesito veros contínuamente, teneros contínuamente a mi lado para vivir: sin vos los cielos no tienen luz para mi ni el sol resplandores, ni brillan las estrellas, sin vos moriré... ¡ah! ¡vos cuando os negais á seguirme no me amais!

--Amo antes que á vos á mi honra, contestó con voz severa doña Catalina.

Pero su voz temblaba.

--En fin, ¿no sereis mia? ¿no partireis conmigo á mi Granada?

--¡No! esclamó doña Catalina.

Y guardando silencio por un momento, dijo:

--¡A Dios!

--¡A Dios! ¿es decir que me dejais?

--Me aparto de vos.

--¿Y no volveremos á vernos?

--No nos debemos ver: á Dios.

--Esperad, esperad, vida de mi vida, ved que desdeñando mis amores, me matais.

--A Dios, repitió doña Catalina.

Y cerró la reja.

Abd-el-Rahhaman permaneció algunos momentos delante de aquella reja, mudo, y anonadado y luego alzó con resolucion la cabeza, y dijo:

--Por el Dios Altísimo y Unico, hermosa cristiana que has de ser mia.

XVII.

--¿Y lo fué? preguntó María con gran interés al mago.

--Sí; ¿no te he dicho que tú eres hija de doña Catalina de Cardona?

--¡Ah!

--El infante de Granada insistió, suplicó, lloró, y al fin como tu madre estaba enamorada, se rindió.

--¿Huyó con mi padre?

--Sí, con el infante de Granada Abd-el-Rahhaman, la misma noche en que se celebraban las bodas de Men Roger de Cardona, con la infanta Walidé. Asistamos á las bodas, voy á presentártelas. Mira.

Iluminóse el fondo de la habitacion, y María vió una sala rica, colgada de banderas y tapices, y reluciente de luces: al fondo de la sala habia un altar: á un lado del altar habia multitud de damas y al otro gran número de caballeros.

Se abrió una puerta, y entró una dama ya de edad provecta llevando de la mano á otra dama muy jóven, muy hermosa y magníficamente ataviada.

La una dama era la reina de Aragon, la otra la infanta Walidé.

Se abrió otra puerta y apareció otro caballero llevando á otro de la mano.

El que le llevaba, era el rey de Aragon: el que era llevado, Men Roger de Cardona.

Seguian á la reina y á la novia, multitud de damas: al rey y al novio, gran número de caballeros.

Cuando la infanta y Men Roger estuvieron delante del altar, se arrodillaron en unos almohadones.

Luego por una puertecita situada junto al altar, salió el obispo de Tarazona con sus clérigos y su báculo de oro, hizo una plática á los novios y despues les echó la bendicion nupcial.

Y á seguida, en otra cámara mas estensa y mas rica empezó el sarao, que duró hasta muy entrada la noche.

Al fin la reina asió de la mano á la desposada y la condujo á la cámara nupcial donde la dejó sola.

El rey llevó á aquella misma cámara al desposado y se despidió de él á la puerta.

Men Roger y la infanta Walidé quedaron solos.

La infanta no comprendia el dialecto aragonés, pero comprendia sí el lenguaje de los ojos.

Men Roger adelantaba hácia ella pálido de deseo.

La infanta estaba en medio de la estancia, delante del gran lecho nupcial, cruzada de brazos y con la vista inclinada al suelo.

Men Roger se acercó á ella y la abrazó.

Ella no resistió el abrazo.

Pero de repente, cuando Men Roger fué á estampar un beso en la boca de Walidé, dió un grito y cayó de espaldas. Walidé al ser abrazada le habia herido en un costado con un puñal que tenia prevenido, y luego cuando cayó, Walidé, horrible con su venganza, dió de puñaladas al infeliz, sacó de su seno un papel, y con la última puñalada le clavó sobre el pecho de Men Roger.

Aquel papel decia en letras arábigas:

--Las moras de Granada matamos ó morimos cuando nos entregan á un hombre á quien no amamos.

XVIII.

--Pero lo que hizo aquella muger fué infame, dijo María.

--Escucha, escucha, continuó el mago, y verás hasta dónde puede llegar el amor de una mora.

María escuchó de nuevo y el mago continuó:

--Cuando Walidé vió ante sí muerto y ensangrentado á Men Roger, tuvo miedo. Buscó una puerta, y huyó á la ventura, atravesó una galería, llegó á unas escaleras, las bajó, se encontró en un huerto; iluminado por la luna, le recorrió buscando otra salida y encontró un postigo.

Aquel postigo tenia la cerradura rota y corridos los cerrojos.

Estaba abierto.

Walidé se lanzó, á la ventura siempre, por aquel postigo.

Pero de repente se encontró con un hombre.

La luna daba de lleno en su semblante, y Walidé arrojó un grito de alegría.

Porque aquel hombre era el infante Abd-el-Rahhaman, que mientras sus gentes ponian en salvo á doña Catalina, que habia huido, se habia quedado con algunos de los suyos cubriendo por sí mismo la salida, y resuelto á todo.

Del mismo modo que Walidé habia reconocido al infante, este la reconoció á ella.

Una intensa alegría inundó el alma de entrambos.

La de ella, porque se veia al fin salvada por el hombre que vivia en su alma; la de él, porque se vengaba de una doble manera de la falta de fé de Men Roger.

Walidé comprendió que no debia decir á su amante que habia matado á su esposo.

Abd-el-Rahhaman comprendió que debia encubrir el motivo porque se encontraba allí á tales horas.

--¡He huido! ¡he huido, amado mio, aprovechando la confusion de la fiesta de mis bodas! dijo Walidé ¡pero vámonos de aquí, vámonos porque dentro de poco nos perseguirán!

--¡Ah! dijo el infante asiendo de Walidé y llevándola consigo: yo creia que te habian avisado que encontrarias franco el postigo del huerto, y que yo te esperaba fuera para salvarte.

--¡Oh! nadie me ha dicho nada, dijo Walidé siguiendo á buen paso al infante, al que á medida que adelantaba se iban incorporando sus gentes, que estaban apostadas en las calles inmediatas: pero antes de ser de otro hombre lo arrostré todo; sino te hubiera encontrado, sino hubiera podido huir, me hubiera dejado matar antes que faltar á tu fé.

--¡Alma de mi alma! esclamó el infante.

Pero al pronunciar aquella esclamacion mentia: su amor hácia Walidé habia pasado vencido por el amor de doña Catalina de Cardona.

El infante y los suyos iban vestidos á la aragonesa: la infanta para no hacerse reparable, si por ventura los encontraban los guardas de la ciudad, se habia despojado de sus joyas y habia cubierto su rico trage con la capa del infante. Además de esto Abd-el-Rahhaman y los suyos llevaban puestas las manos en las empuñaduras de las espadas.

Muy pronto, franqueada por los guardas pagados una de las puertas de la ciudad, los fugitivos se encontraron en el campo.

El infante llamó á parte Abdelamar.

--Oye, le dijo: sigue tú adelante, muy adelante con la cristiana, de modo que durante el camino hasta Granada no pueda verla la infanta Walidé, con la cual seguiré yo el mismo camino. Que ninguno de los tuyos se quede atrás y pueda decir que contigo vá una muger. Adelante, adelante y á la carrera.

Y montando á caballo, tomó sobre el arzon á Walidé, y partió.

Muy pronto los fugitivos se perdieron entre el silencio y las brumas de la noche.

* * * * *

En vano el rey de Aragon quiso saber lo que habia sido de la infanta mora, y de la rica-hembra cristiana.

Parecia que el mar se habia tragado á Walidé y á doña Catalina.

Alonso IV, pues, hubo de contentarse con hacer unas ostentosas exequias á su favorito.

Hablóse de ello durante muchos dias en la córte, y al fin todos se olvidaron de Men Roger, de su hermana y de la infanta Walidé.

[imagen no disponible: ¡He huido! ¡he huido, amado mio.!

LETRE dibº y litº Lit de J.J. MARTINEZ, Madrid]

XIX.

Durante una hermosa noche de verano, una sombra blanca, acompañada de otra sombra negra, penetraron por el claro de un vallado, en uno de los bellos y frondosos cármenes del Darro.

Los rayos de la luna, se detenian en la fronda de los árboles frutales, y bajo ellos encontraban un camino oscuro y oculto, la sombra blanca y la sombra negra.

Cuando las dos sombras llegaron á un punto desde el cual se veia una blanca casa en medio de un jardin iluminado enteramente por la luz de la luna, se detuvieron.

--Te habia prometido, dijo la sombra negra á la sombra blanca, traerte al lugar donde tu esposo viene á pasar las noches entre los brazos de una muger.

--Si me lo haces ver seré tuya, dijo con voz irritada y ronca la sombra blanca.

--¿Ves aquella luz que brilla detrás de aquel ajimez?

--Sí.

--Pues allí reposa la cristiana que sacó de Tarazona el infante Abd-el-Rahhaman, la misma noche en que te libró de tu mal destino.

--Para condenarme á otro peor, dijo Walidé que ella era; para condenarme á la desesperacion de verme despreciada por otra muger. ¿Y es esa muger hermosa?

--Como el lucero de la tarde al principiar una noche de primavera.

--Pues bien, Abdelamar, despues de que haya visto á mi esposo salir de esa casa, quiero conocer á esa muger.

--Será necesario gastar algun oro.

--¿Y qué importa? dijo la infanta: ¿no estoy muriendo de celos? ¡la vida que me pidieses la daria por vengarme!

--¡Oh! ¡y cuánto amas al infante! dijo suspirando Abdelamar.

--Te juro que le aborrezco.

--¿Y por qué no huyes de él y le desprecias?

--Quiero vengarme.

--¡Ah! ¡mal haya la hora, dijo Abdelamar, en que el infante me puso á tu lado para servirte! ¡un dia y otro dia he dominado mi amor, que un dia y otro dia ha ido en aumento.

--¿¿Y no te amo yo?

--¡Tú no puedes amar á nadie!... ¡tu alma no es tuya!

--Cuando me hayas vengado te convencerás de que el amor del infante ha pasado para mí.

--¿Y por qué deseas la muerte de esa cristiana y no la del infante? dijo Abdelamar.

--Porque el infante la ama tanto, que preferiria morir á perderla: porque la pérdida de esa muger le desgarrará el corazon, y su recuerdo le quemará eternamente el alma. ¡Morir! ¡qué es morir! ¡un dolor breve! ¡una breve agonía! No: ¡yo quiero que viva! ¡yo quiero que llore! ¡yo quiero que sepa que me he vengado!

Walidé, aquella niña tan inocente, tan cándida, tan pura, tan dulce en otro tiempo, se habia convertido en un demonio por el amor.

Abdelamar, el amigo mas que el siervo de Abd-el-Rahhaman, puesto por él al lado de Walidé, enloquecido por la hermosura de la infanta, habia hecho traicion á su señor: él era el que habia revelado á Walidé los amores del infante con doña Catalina de Cardona, él era quien habia prometido, en cambio de su amor, á Walidé una venganza terrible; él era, en fin, quien la habia llevado á aquel frondoso y apartado cármen, donde ignorada de todos vivia doña Catalina, ardiendo en el amor del infante y de su pequeña hija.

Porque tú María, añadió el mago, acababas de nacer.

--¡Ah! ¡Dios mio! ¡y mi madre! ¡qué fué de mi pobre madre! esclamó María.

--Tu madre cayó ante los celos de Walidé.

--¡Cómo!

--Walidé no pudo tener duda de que el infante amaba á otra: le vió salir de aquella casa acompañado de una muger, que llegó con él hasta cerca del bosquecillo donde estaba oculta con Abdelamar. Oyó hablar á su esposo y á aquella muger un habla estrangera, vió á la luz de la luna la incomparable hermosura de doña Catalina, y se decidió á todo.

Algunos dias despues, cuando el infante trasportado de amor fué una noche á embriagarse entre los brazos de tu madre, la encontró muerta.

--¡Muerta!

--Sí: Abdelamar habia comprado á fuerza de oro á la esclava cocinera de doña Catalina, y la infeliz fué envenenada. Tú misma estuviste á punto de muerte, y fué necesaria toda la ciencia de los mas famosos médicos para salvarte.

--¡Yo!

--Sí: tú te habias alimentado del pecho de tu madre despues de haber sido esta envenenada.

--¡Ah! ¡Dios mio! ¡Dios mio! ¡y quedó sin castigo tanto crímen!

--El crímen continúa en la raza de Walidé.

--¡En la raza de Walidé!

--Sí; en su hija Ketirah.

--¡En su hija! ¿Y dónde está esa muger?

--En los brazos de tu hermano: en la cámara que está bajo esta.

--¡Mi hermano! ¿y quién es mi hermano?

--El generoso caballero que te amparó en Martos: el que recogió á tu amante, á tu Gonzalo, y le hizo conducir á Hins-aleux donde vive, y muere de impaciencia pensando en tí.

--¡Que vive Gonzalo! esclamó trémula de alegría la jóven.

--Sí, vive, y te rescatará y será tu esposo: pero es necesario para ello que tú misma contribuyas á tu libertad.

--¡Dios mio! ¿y cómo? ¡sola, abandonada!

--Oyendo los amores de Masud-Almoharaví.

--¡Oh! ¡nunca! esclamó María.

--Engáñale, domínale...

--Yo no sé mentir.

--Tu mentira servirá para castigar el crímen.

--¿Para castigar el crímen de quién?

--De la muger que está entre los brazos de tu hermano, de la miserable que por ser sultana, se unió en una infame alianza con un hombre miserable y ambicioso y mató al que creia su padre.

--¿Pues quién era el padre de esa muger?

--Esa muger era hija de Walidé y del infante Abd-el-Rahhaman.

--¡Pero entonces, el infanta Ebn-Ismail, esa muger y yo, somos hermanos!

--¡Ya se vé, tienen los moros tantas mugeres! Dos años antes de conocer á Walidé, tuvo Abd-el-Rahhaman un hijo de su primera esposa: ese hijo es el infante Ebn-Ismail: poco despues de su vuelta de Aragon con Walidé y con tu madre, tuvo Abd-el-Rahhaman una hija de Walidé que se llamó Ketirah, y algunos años despues de sus amores con tu madre, que resistió mucho tiempo á sus deseos á pesar de su amor, y que á pesar de su amor pasó tambien algunos años sin darle hijos, naciste tú. De modo que tu hermano Ebn-Ismail, infante de Granada, tiene veintisiete años; Ketirah, veinticinco, y tú quince, y todos sois hermanos hijos de un mismo hombre y de distinta madre cada uno. Zobeya la primera muger de Abd-el-Rahhaman, murió al dar á luz á su hijo: doña Catalina, tu madre, fué envenenada por Walidé, y al envenenarla, Walidé huyó, temiendo verse vendida por Abdelamar su cómplice sino cedia á sus amores: huyó y se refugió en la casa de un pariente suyo, wazir del difunto rey Abul-Walid, que se llamaba Abul-Fath-Nazir-el-Ferih. Ocultóla este, tuvo amores con ella, y viéndola triste, porque era madre, y no tenia consigo á su hija, la robó de los palacios de Abd-el-Rahhaman, la ocultó tanto como habia ocultado á su madre, y Ketirah, cuando asesinó á Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, creyó que asesinaba á su padre.

--Pero esa es una sucesion de crímenes horrorosa.

--Ketirah estaba maldita en su madre, que habia muerto al fin devorada por el remordimiento; Ketirah es el demonio bajo la figura de un arcángel: si Ketirah sabe que su amante, su hermoso Ebn-Ismail, te libró del rey Abul-Walid y le mató por tí, en sus celos, en su rabia, te matará.

--¿Y quién puede decir eso á esa muger?

--Masud-Almoharaví, si le desprecias.

--Yo la diré que soy su hermana.

--Aunque te creyese, ¿piensas que se detendria mucho en matar á su hermana, la que no se detuvo en matar al que creia su padre?

--¡Oh! ¡qué muger tan horrible! ¡parricida, incestuosa!...

--Y adúltera.

--¿Y cómo salvarme de ella?

--Primero escribiendo á tu padre.

--¿A mi padre?

--Sí, al walí de Algeciras, el noble, el poderoso, Mohammet-Abd-el-Rahhman.

Y Abu-Jacub, sacó de entre su hopalanda un pergamino enrollado, y un tintero.

--Pero yo no sé escribir.

--No importa: yo escribiré por tí. Al fin, yo llevaré tu mano para que escribas tu nombre.

María estaba fascinada, pendiente de las palabras del mago que desenvolvió el pergamino y se puso á escribir sobre sus rodillas.

Lo que escribia el mago, era la historia de la sorpresa de Illora por los fronteros de Alcaudete acaudillados por Sancho de Arias: el robo por este de la hija de doña Catalina, y la existencia de las alhajas de aquella infortunada en poder del infante Ebn-Ismail.

«Además, señor, decia la carta: solo con verme me conocereis; porque los que conocieron á mi madre, á quien tanto amasteis, dicen que soy una viva imágen suya.»

La carta concluia diciendo al walí de Algeciras el peligro en que se encontraba su hijo penetrando todas las noches en la Alhambra para ver á la sultana Ketirah, y esponiéndose si era visto á ser preso y muerto como asesino del rey Abul-Walid.

--Firma: dijo el mago, cuando hubo leido esta carta á María.

--Pero ya os he dicho que yo no sé escribir.

El mago se apoderó de la mano de la jóven, y la hizo escribir al pie del pergamino y con caracteres arábigos su nombre.

--Tu padre vendrá á salvarte, dijo el mago, y tu hermano te entregará á tu amante.

--¿Pero quién llevará esta carta á mi padre?

--La recibirá dentro de un momento, dijo el mago guardándola entre su ropon talar.

--¡Qué! ¿está mi padre en Granada?

--¿Y qué te importa? Lo que te importa, es entretener con esperanzas á Masud-Almoharaví para dar tiempo á que llegue tu padre.

--No.

--Acuérdate de Gonzalo.

--¡Ah! ¡Dios mio!

--Acuérdate de que tu hermano, amando á la sultana Ketirah, está entregado á Satanás.

--Pues bien; mentiré.

--Pues es preciso que te prepares, porque siento ya los pasos de Masud-Almoharaví que se acerca. A Dios.

Y el mago se levantó, adelantó hácia la puerta, y se desvaneció en su penumbra.

María quedó entregada á una fascinacion incomprensible.

XX.

Apenas el mago habia salido ó desaparecido, cuando se abrió la puerta, y deslumbrante de galas y de brocados, entró Masud-Almoharaví.

María se estremeció; pero recordando las últimas palabras del mago dominó su conmocion.

--Hermosa sultana del amor, dijo Masud-Almoharaví; que Allah te guarde y te bendiga. Héme ante tí, que vengo á ofrecerte mi amor y mi alma.

--¡Tu amor y tu alma! lo mismo me dice el rey, y tú eres su siervo.

--El rey ha muerto, dijo con voz lúgubre el wazir.

--¡Que ha muerto el rey!

--¿No has oido hoy rumor de combate?

--Sí.

--¿No has visto correr los esclavos negros por los adarves?

--Sí.

--¿Y nada has sospechado?

--He creido por un momento que los cristianos...

--¡Llegar los cristianos á la Alhambra! ¡cuando los cristianos lleguen á sus muros, los montones de cadáveres serán mas altos que las sierras, y la Vega se habrá convertido en un mar de sangre!

--¿Y quién ha matado al rey?

--Yo, dijo Masud-Almoharaví, mintiendo porque no queria decir á María que el infante Ebn-Ismail habia matado por ella al rey.

--¿Y por qué le has matado? dijo María.

--¡Le amabas!

--¡Amarle yo! esclamó con horror María.

--Agradéceme entonces su muerte, porque con ella te he librado de una suerte horrible.

María, recordando siempre las últimas palabras del mago, se dominó.

--Sí, sí, es verdad, dijo: el rey Abul-Walid era un tirano. Anoche... ¡oh que horror!... pero siéntate, siéntate junto á mí.

Masud-Almoharaví se sentó trasportado de deseo junto á María.

Y la jóven, con el magnífico trage musulman que la habia obligado á vestir el rey Abul-Walid, quitándola sus ropas castellanas; con sus ricos cabellos rubios agrupados en anchas y largas trenzas; con su blancura nacarada, con sus resplandecientes ojos negros, y con el encendido color que asomaba á sus megillas, escitado por la situacion difícil en que se encontraba, era el hermosísimo trasunto de un sueño de amores.

Masud-Almoharaví contrastaba enérgicamente con ella: era ya viejo, estaba pálido y demacrado: sus enormes ojos, en que se traslucia la raza africana, tenian un no se qué de terrible, de fiero, de amenazador, aun cuando querian dulcificarse y espresar el amor ó la amistad: sobre su frente habia impreso una profunda arruga el remordimiento, y sus ricas galas hacian contrastar esta fealdad del cuerpo y del alma que aparecian en su semblante.

Masud-Almoharaví no habia amado hasta entonces mas que á su ambicion; pero desde un dia en que acompañando al rey Abul-Walid vió á María, su corazon se abrió al amor, y á un amor tan violento cuanto habia tardado en conocerle su corazon.

En el breve espacio que habia pasado entre el dia en que el rey Abul-Walid habia traido de Martos á la jóven, hasta que el rey murió, Masud-Almoharaví la habia visto algunas veces.

La última la habia hablado de amor.

María le rechazó.

Por esta razon María conocia a Masud-Almoharaví.

Por el anterior desdén de María, el enamorado wazir se maravillaba de que la jóven le sonriese y le hubiese mandado sentar á su lado.

--La muger, como el hombre, dijo para sí Masud, tiene ambicion: cuando el rey la enamoraba, esta rosa de Hiram rae despreció: ahora que el rey ha muerto es distinto: yo puedo ser para ella el prendido de perlas que ciña su cabeza, los perfumes que suavicen su cuerpo, las telas brillantes que realcen su hermosura: yo daré á esta doncella cuanto quiera, y será mia.

Y obedeciendo á este pensamiento, Masud la dijo:

--Esta torre es muy triste, ¿no es verdad?

--No, no señor; dijo María: por el contrario, ¡es tan bella esa quebrada que serpea al pie de la torre! ¡suena tan blandamente el arroyo que por esa quebrada se despeña! ¡cantan con una música tan regalada los ruiseñores que anidan en los laureles del cercano monte, y es esta torre tan hermosa! Desde aquella ventana veo salir el sol, y por esa otra le miro ponerse: la luna parece mas hermosa en medio de este silencio: solo estaría mejor que en esta torre....

--¿En dónde?

--En los lugares donde nací... ó al menos donde me crié, añadió María recordando que habia nacido en uno de los cármenes de Granada.

--¡Oh! ¿vivirias mas alegre en Martos? dijo Masud.

--¡Oh! si señor, allí reposan los restos de mi padre.

Y los ojos de María se llenaron de lágrimas á la memoria del buen Sancho de Arias.

--¿Y no dejaste allí un amante?

María se acordó de las palabras del mago, y replicó sin vacilar:

--¡Ah! no señor; nunca he amado.

--¿No has amado tampoco al rey Abul-Walid?

--¿Si le amara, no lloraria por su muerte?

--El rey era hermoso y jóven aun, y galan y enamorado: dijo Masud-Almoharaví dominando un estremecimiento, porque no podia alejar de sí el recuerdo del instante en que vió ante sí á Ketirah, lavando el puñal con que habia acabado de malar al rey.

--Sí, sí, dijo María; el rey moro era hermoso, y tierno y enamorado: ¿pero no era yo su cautiva? ¿no me habia arrancado de mi patria? yo no puedo amar lejos de mi patria: yo mientras esté en prisiones solo puedo gemir como el ruiseñor, aun cuando esté encerrado en una jaula de oro.

--Pues bien; si solo en tu patria puedes amar, cristiana, yo acaudillaré mis ginetes é iré á apoderarme de Martos, construiré en él para tí un alcázar, y vivirás en él.

--¿Pero Martos no estaba en poder de los moros?

--El rey Abul-Walid dejó en él poca guarda y los fronteros de Alcaudete y de Jaen han vuelto á apoderarse de la villa. Pero no importa, yo llevaré á Martos mi bandera, yo reduciré de nuevo aquella villa, te llevaré á ella y viviré á tu lado.

Presentóse de repente á la vista de María, Martos entregado de nuevo al degüello y al incendio, sus viejos y sus niños muertos, sus doncellas, las que hubiesen quedado del rebato anterior, hechas cautivas, y se estremeció.

--No, no, dijo: creo que lo que me impide amar, no es el estar separada de mi patria, sino el dolor que siento por la muerte de mi padre.

--¡Oh! esclamó Masud: yo seré á un tiempo para tí, tu padre, tu esposo, tu hermano, si tú quisieres: yo haré venir para tí de Oriente los perfumes mas preciados, la púrpura mas encendida, las telas de oro y plata, cuantas preciosidades crió Dios y descubrieron los hombres; yo te daré mi alma, y tú serás mi arcángel y mi hurí, sobre la tierra.

--Espera, dijo María.

--¡Que espere! ¡tú no sabes lo que es esperar cuando se ama! ¡tú no sabes lo que es vivir muriendo en la duda! yo no lo sabia tampoco hasta que te ví, cristiana; pero desde que le he visto, en mis sueños, en mi vela, donde quiera que estoy me persigue tu imágen: por tí vivo y por tí muero: sin tí el mundo me es odioso y triste; contigo la mansion mas lóbrega seria para mí un paraiso.

--¡Espera! repitió María.

--¿Y llegará un dia en que me ames?

--Yo no he amado nunca, dijo María recordando las palabras del mago.

--Pues bien; yo haré tanto, que tú me amarás, dijo Masud.

Y enamorando á María, y contenido por un poder incomprensible, pasó con ella gran parte de la noche hasta que oyó tres palmadas.

Era la seña de la sultana Ketirah, que le avisaba de que ya era hora de volver al alcázar.

Empezaba á alborear.

Masud-Almoharaví salió, prometiendo á María que volveria á la noche siguiente.

Cuando María se quedó sola, se arrodilló y oró á Dios, primero por el alma de su madre, luego por la de Sancho de Arias, y al fin por su Gonzalo y por su amor.

XXI.

Y pasaron algunas noches, y todas ellas la sultana fué á la torre de la Cautiva á recibir entre sus brazos al infante Ebn-Ismail, y Masud á decir sus amores á María.

El infante se mostraba cada vez mas enamorado de Ketirah.

María decia siempre á Masud:

--¡Espera!

Y la sultana moria de amor entre los brazos del infante, y Masud de impaciencia y de amor al lado de María.

Habia llegado aquella noche, en que, como dijimos al principio de esta leyenda, Masud estaba delante de María.

De María, que mas pálida y mas triste que de costumbre, doblegaba la cabeza bajo uno de esos presentimientos oscuros que nos oprimen el corazon, porque no sabemos si vá á acontecernos una gran ventura, ó una gran desgracia.

La sultana Ketirah, por su parte, en la habitacion inferior, estaba consternada.

Al entrar el infante por el ajimez la habia rechazado, y su semblante estaba lívido y sombrío.

Para que nuestros lectores comprendan lo que pasó aquella noche en la torre de la Cautiva, es necesario que retrocedamos á la noche aquella en que el mago tuvo su última entrevista con María.

XXII.

Pero al retroceder vamos á encontrarnos, no en la Alhambra, sino en la cámara de un fuerte castillo; no en Granada, sino en Algeciras.

Es ya tarde.

Los atalayas del muro entonan de tiempo en tiempo un grito de alerta.

La luna se sepulta en el mar, que abrillantado por su reflejo, parece una inmensa llanura de plata.

A lo lejos se vé á Gibraltar saliendo como un negro fantasma sobre las ondas.

En la magnífica cámara de la torre del homenage del alcázar de Algeciras, sobre un divan de pieles de tigre, duerme un hombre.

Es ya casi anciano, pero hermoso todavía.

Su sueño parece agitado, y la cercana luz de la lámpara deja ver la contraccion de su semblante.

Sueña, y su sueño le tortura el alma.

Sueña con su hijo.

Con el infante Ebn-Ismail.

Porque el hombre que duerme es Mohammet-Abd-el-Rahhaman, infante de Granada y walí de Algeciras.

El amante de Walidé y de doña Catalina de Cardona.

El walí sueña con su hijo:

Con su hijo, que despues de haber muerto al rey de Granada, no se sabe dónde para.

Su padre cree verle entre los brazos de una muger.

Y aquella muger le horroriza.

Porque cree conocerla, aunque no la ha visto nunca.

En la hermosa frente de aquella muger le parece leer una maldicion.

Y que su hijo, uniéndose á ella, está maldito.

Y el sueño vá condensándose en la imaginacion del walí, hasta convertirse en una horrible pesadilla.

Parécele que aquella muger devora á su hijo... que mas que una muger es un vampiro, una mala hada.

El walí despierta aterrado y salta del divan.

Y para refrescar la fiebre de su frente con las auras nocturnas, se asoma á un ajimez.

La luna ha acabado de ponerse; el mar no brilla, la noche ha quedado densamente lóbrega.

--Asi está mi alma, dice el walí; sin luz, sin alegría, como esta noche: pero esta noche pasará, y primero la blanca aurora, y despues el esplendente sol brillarán en la mar, y todo estará alegre menos mi corazon.

El walí suspira.

--¡Oh! continúa: ¡desde el dia en que la ví muerta! ¡mi cristiana, mi amor!

El walí inclina la cabeza, doblegado por el pesar.

--¡Han pasado catorce años, y no he podido olvidarla! aun soy jóven y ya mi barba está blanca, y arrugadas mis megillas. Es que el llanto las ha blanqueado, es que al pasar por mis megillas ha dejado en ellas un surco de fuego.

Calló un momento Abd-el-Rahhaman y lanzó su mirada al inmenso espacio, como pretendiendo anegar en él su alma.

--¡Mi hija! ¡mi pobre hija! esclamó; no la hija de aquella muger maldita; de aquella terrible Walidé, que era tan horrible como su madre; sino la hija de mi cristiana, de la luz de mi alma, de mi perdida Catalina: la hija de mis entrañas; mi hermosa María.

Calló de nuevo el infante.

--Su madre, continuó, quiso que se llamase así, que fuese cristiana.... y yo la hice bautizar en secreto por un sacerdote cautivo, á quien dí la libertad... y me robaron á mi pequeña María en aquella funesta sorpresa de Illora. ¡Oh! ¿qué habrá sido de ella?

El walí se retiró de la ventana y se puso á pasear agitado por la cámara. De repente, sus ojos se fijaron en un objeto blanco que habia sobre el diván.

Se acercó y lo tomó: era un pergamino enrollado.

Acercóse á la luz de la lámpara, tomó aquel pergamino, y le leyó.

A medida que le leia, una conmocion profunda le agitaba, y se ponia cada vez mas pálido.

--¡Mi hija! ¡mi hija! esclamó: ¡conque mi hija vive, y está cautiva en la Alhambra de Granada, y mi hijo se aduerme entre los brazos de esa sultana adúltera! ¡Oh! ¡es necesario correr, volar, salvarlos á los dos! ¡Zuleka! ¡Zuleka!

Y á la voz del walí se abrió una puerta y apareció un moro.

--Pronto, Zuleka, mi caballo, el tuyo, cien ginetes: vamos á partir ahora mismo á Granada.

Zuleka desapareció: poco despues, el walí Abd-el-Rahhaman, su katib ó secretario Zuleka, y cien esclavos, cavalgaban á la carrera por un oscuro camino.

XXIII.

Al tercer dia de viage, el walí Abd-el-Rahhman entró en el reino de Granada por la parte de la frontera de Murcia.

Era un caloroso crepúsculo de verano: el sol, que ya habia traspuesto, habia dejado anchos girones rojos en el horizonte: relámpagos producidos por el calor, se mezclaban momentáneamente á aquel color rogizo, tiñendo con él el espacio y las montañas, en cuyos altísimos picos reflejaba el postrer rayo del sol, que ya se habia ocultado para los valles.

Negros nubarrones avanzaban por el mediodía, impulsados por un viento abrasador, y roncos y pesados truenos retumbaban en la inmensidad.

--¡Arriba, arriba, señor! esclamó Zuleka dirigiéndose al walí y tomando con su caballo uno de los repechos de la montaña: la tormenta avanza, y muy pronto la rambla será un torrente. ¡Arriba, arriba, señor!

Abd-el-Rahhman, que iba profundamente distraido, tornó en sí á la voz de Zuleka, vió que el cielo se ponia rojo; vió las negras nubes que avanzaban en escuadron cerrado; escuchó los roncos bramidos del trueno y el sordo silvar del viento, y empezó á trepar por la ladera en que se habia aventurado ya Zuleka.

Los cien ginetes de su resguardo le siguieron.

Trepaban por la tortuosa senda de una asperísima montaña.

Aquella senda que serpeaba por la falda no llegaba hasta la cumbre, sino que iba á parar á la oscura boca de una caverna, situada á la mitad del acceso.

Los caballos trepaban con trabajo.

Los del walí y Zuleka, iban mucho mas delanteros que los de los ginetes moros, no porque fuesen mas fuertes, sino porque los moros refrenaban á sus caballos procurando, aunque simuladamente, que no adelantasen.

Lo que producia esta resistencia á adelantar en los ginetes, era una voz que habia corrido entre ellos en el mismo momento en que entraban en el sendero que conducia á la caverna.

--Vamos á la cueva de las trescientas cincuenta y cuatro malas hadas, habia dicho uno de ellos, que era del pais por el cual marchaban á la sazon.

--¡De las trescientas cincuenta y cuatro malas hadas has dicho! replicó otro moro.

--Sí; de las malditas, que salen de noche de su caverna, roban de sus cunas á los niños, los devoran, y á la noche siguiente van á poner sus corazones roidos envueltos en sus ropas ensangrentadas, en las mismas cunas de donde los robaron, para que los vean sus madres.

--Pero nosotros no somos niños, dijo otro de los soldados.

--Pues peor; mucho peor, dijo el que referia: somos hombres... y no sabeis lo que las malas hadas que moran en la caverna hacen con los hombres.

--No.

--¿Qué hacen?

--Cuando un hombre jóven, ó aun cuando no sea jóven, cuando un hombre fuerte, pasa por este desfiladero, la mayor, esto es, la primera nacida de las hadas, sale á la puerta de la caverna y arroja al viento un puñado de sal diciendo: ¡Hermana mia, la tempestad, ven! y apenas la maldita, la condenada de Dios, dice estas palabras, cuando sucede lo que está sucediendo ahora: el viento zumba, las nubes salen no se sabe de donde, retumba el trueno, arden los relámpagos, el cielo se cubre y se pone negro, y cae en medio de las mas profundas tinieblas un aguacero violento que dura á veces algunas horas: cuando pasa, el torrente producido en la rambla por la lluvia parece sangre.

--¿Y para qué llama la hermana mayor de las hadas malas á su hermana la tempestad?

--Y para que el viagero á quien la tempestad sorprende busque albergue en la caverna.

--¡Ah!

--¿Y qué hacen con el viagero?

--Las hadas que moran en esa caverna, continuó el narrador, son los espíritus de trescientas cincuenta y cuatro doncellas, cuyas madres murieron enamoradas de su padre antes de darlas á luz. Sienten una sed de amor rabiosa, que procuran satisfacer sin conseguirlo, con todos los que pasan este desfiladero, y que ignorando el peligro, se olvidan de llevar consigo, para que los defienda de la impureza de las hadas, el sello cabalístico del poderoso Salomon.

--Pues yo no lo llevo.

--Ni yo.

--Ni yo.

--Y acaso tampoco lo lleve nuestro señor, que ya está cerca de la gruta, dijo el narrador.

--¿Y por qué no le avisamos?

--¿Y quién se atreve? Ya sabeis que nuestro señor castiga á sangre á quien le habla cuando él no le pregunta: ya sabeis que dice que el que se entromete á hablar á su señor cuando él no le habla, comete un atrevimiento, y que siervo que se atreve á su dueño, está muy cerca de ser traidor. Si yo le hablara, á la primera palabra me tenderia á sus pies. ¿Le hablaria alguno de vosotros?

--¡No!

--¡No!

--¡No!

--Pues ni yo tampoco. ¡Que Dios tenga piedad de él!

A pesar de que los ginetes refrenaban un tanto sus caballos, habian llegado cerca de la gruta á una especie de plataforma de la montaña.

Zuleka entonces se volvió y dejó oir en medio de los mugidos de la tempestad la voz, de su corneta, que en dos toques consecutivos, mandó á los ginetes hacer alto y echar pie á tierra.

Los ginetes obedecieron, y teniendo de las bridas á los caballos, se agruparon alrededor del que contaba el cuento.

Abd-el-Rahhaman y Zuleka, seguian ya á pie y llevando los caballos del diestro, porque la senda se hacia muy áspera hácia la gruta.

--¿Y qué? ¿qué sucede á los que entran en esa caverna? dijeron algunos.

--¡Oid! ¡oid! ya la tormenta se echa encima y empieza á llover: amparémonos de la saliente de esta roca, y entretengamos la espera con un cuento maravilloso.

--Sí.

--¡Cuento!

--¿Es la historia del encanto de la caverna?

--Si por cierto, la historia de un rey mago, que fué el padre de las trescientas cincuenta y cuatro hadas.

Y los ginetes fueron á ponerse bajo el resalto gigantesco de una roca, y se agruparon en torno del cuentista.

La tempestad descargó entonces en todo su furor, y empezó á oirse el mugido de las aguas que se despeñaban por la rambla y que crecian á cada momento mezclando su bramido cada vez mas ronco y poderoso, al pujante bramido de lo tempestad.

XXIV.

--Habeis de saber, amigos, dijo el cuentista, con la importancia y el placer del que tiene pendiente de su palabra la atencion de muchos hombres, que habia en esta tierra, no se sabe cuando, pero sí que hace mucho tiempo, un rey muy poderoso, que habia pasado los años de su vida estudiando la astrología, y la ciencia maldita de lo oculto: era pues, muy sabio, y muy poderoso, pero no era feliz: no tenia que necesitaba, y para procurárselo, conjuró á Satanás.

--¿Y Satanás obedeció?

--Sí, porque el rey habia estudiado los siete libros mágicos de Salomon, y se habia hecho mago.

--¿Y que pidió el rey mago á Satanás?

--¡La felicidad!

--¿Y se la dió Satanás?

--Le dió lo que él creia la felicidad, esto es, riquezas, y vasallos; poder invencible contra sus enemigos, y una juventud y una hermosura inauditas, durante trescientos cincuenta y cinco años.

--¡Oh! ¡y qué rey tan feliz! dijo un ginete de barba blanca: ¡un hombre que durante trescientos cincuenta y cinco años, seria jóven, rico, invencible y hermoso, y no sirviendo á nadie.

--Te engañas, dijo el cuentista: el rey mago era esclavo de sí mismo.

--¡Ah!

--¡Oh!

--¿Y cómo?

--Ya vereis: el rey mago estaba cansado de todo; porque hacia mucho tiempo, que las aves del aire, los animales de la tierra, los peces del mar, y los frutos de todo el mundo le servian por su ciencia de manjares, y no encontraba nada que no le repugnase y que pudiese escitar su apetito.

--¡Ah!

--Además de esto, el mago era soberbio, y queria tener un palacio como no le hubiera en el mundo, y en aquel palacio un harém en que hubiera las mugeres mas maravillosamente hermosas de la tierra. Era además cruel y se gozaba con la sangre, con la muerte y el estrago.

--¡Ah, maldito!

--En el mismo punto en que pactó con Satanás, que durante trescientos cincuenta y cinco años le tendria por esclavo, con la condicion de que pasados los trescientos cincuenta y cinco años, él seria esclavo suyo por toda una eternidad...

--¿Tanto valía el alma del rey mago?

--El diablo habia tratado con él de mala fé, porque si el diablo fuese una vez honrado, dejaria de ser el diablo. Ya vereis. En el mismo punto en que estuvo hecho aquel trato, que se hizo por cierto en aquella gruta, el rey mago, dijo á Satanás:--Quiero tener un alcázar como no lo haya tenido el poderoso Salomon.

Apenas dijo el mago estas palabras, cuando sobre la cumbre de esta montaña, apareció un alcázar... yo no puedo deciros como era el alcázar, porque no hay palabras en lo humano para encarecerle. Pero era mas bello, mucho mas bello que la Alhambra, y eso que dicen que la hicieron las buenas hadas del rey Nazar.

--¡Oh! ¡oh! esclamaron todos los ginetes en coro.

--Y eso que Satanás habia construido el alcázar en un momento.

Repitióse el murmullo de asombro.

--Cuando el rey mago vió aquel palacio tan maravilloso, dijo al diablo:--Satanás, tengo hambre, los frutos y los animales de la tierra me enojan: dame un fruto que no le haya ni en la tierra, ni en el cielo, ni en el infierno.

Y Satanás desapareció por un momento, y volvió á aparecer con una hermosa manzana en la mano. Habia ido por ella al jardin de Hiram y la habia cogido del árbol de la vida.

--¡Ah!

--Cuando el rey mago comió la manzana, su corazon ardió, sus ojos se pusieron rojos, le devoró una sed terrible, y gritó:--Satanás, quiero recrear mis ojos en ver el esterminio; quiero ver los cadáveres hechos pedazos sobre el campo de batalla, y devorados por los buitres; tengo sed, y quiero aplacarla con sangre humana.--En el mismo punto, Satanás tomó al rey sobre sus alas de murciélago, y en un solo instante le condujo á un campo donde se embestian los egércitos de dos reyes enemigos: y cuando el horno de la pelea estaba encendido y bravo, Satanás se mezcló con el rey entre los combatientes, y el rey veia morir, las unas á las manos de las otras, criaturas de Dios: y se recreaba en cada herida, se alegraba con cada muerte, bebia la sangre de los moribundos, y luego, cuando se hubo acabado la batalla y traspuso el sol, vió á los buitres venir en bandadas, caer sobre el campo de batalla y devorar los cadáveres desnudos. Y entonces esclamó:--¡Satanás! la noche empieza; tengo sueño; la sangre me ha embriagado; quiero dormir mi embriaguez entre los brazos de la doncella mas hermosa del mundo; llévame donde yo repose y temple mi sed de amor.--Y como Satanás era su esclavo, le tomó sobro sus hombros y le llevó á una cabaña.

--¡A una cabaña!

--Las mugeres mas hermosas, son las que respiran el aire saludable de las montañas, las que se egercitan apacentando sus rebaños, las que templan su sed con el agua pura de los manantiales, y satisfacen su hambre con los sazonados frutos de los árboles; las que nunca se han pintado con alheña las uñas y los cabellos, las que nunca han oprimido con el ceñidor su cintura, ni con el borceguí su pie; las que no han olido otro perfume, que el de los romeros y el que los vientecillos arrancan de las flores; las que para enamorar no conocen el artificio, ni mienten ni tienen celos, ni las devora la envidia: ¡oh! ¡sí! las montañesas de mi tierra son las mugeres mas hermosas del mundo.--Pues, como decia, el diablo llevó á la cabaña de una de estas vírgenes al mago, y como el mago era hermoso y parecia jóven, y le ayudaba Satanás, la pobre muchacha, aunque estaba enamorada de otro, se enamoró de él y le sonrió amorosa, y el mago satisfizo su sed de amor, y durmió entre sus brazos su embriaguez de sangre; y cuando despertó, dijo á Satanás:--Esta muchacha me enoja; llévame á mi alcázar.--Y el diablo le llevó, y este fué el primer dia del pacto del rey mago con Satanás.--Y cuando la muchacha despertó se encontró sola, y buscó enamorada al rey y no le encontró, y empezó á empalidecer y á enflaquecer, y murió á los pocos dias y con ella murió antes de nacer, y teniendo ya un alma impura, la hija que la desdichada habia concebido en sus breves amores con el rey mago.

Y el segundo dia de su pacto con el diablo, el rey comió otra manzana del árbol de la vida, y vió otra batalla, y bebió sangre, y tuvo otra doncella, y la doncella murió, y con ella una hija no nacida.

Y durante el primer año de su pacto con el diablo, comió el rey mago trescientas cincuenta y cuatro manzanas del árbol de la vida, y vió otras tantas batallas, y se embriagó otras tantas veces con sangre humana, y el diablo le dió otras tantas doncellas, que murieron abandonadas, y con ellas, antes de ver la luz, sus hijas. Y el dia en que se cumplia el año, todas estas hijas no nacidas vinieron al palacio del rey mago convertidas en unas hermosísimas hadas, engalanadas con vestiduras tales, tan sútiles, tan trasparentes y tan ricas, como no hay artífice que las hiciese iguales, y adornadas con oro, perlas y diamantes, como no se encuentran ni en los senos de la tierra, ni en las entrañas de las rocas, ni en los abismos del mar. Y el mago vió alrededor de sí, trescientas cincuenta y cuatro hijas, una por cada año de la vida que le habia concedido Satanás, y todas tan hermosas, tan resplandecientes, tan magníficas como el rey mago no habia podido soñar en sus mas ardientes sueños de deseo. Sucedió que cuando el mago vió delante de sí á su primera hija se enamoró perdidamente de ella, y su hija de él; pero por mas que hacian por unirse, los separaba siempre un muro invisible, impenetrable, que les impedia tocarse: y el mago y la hada gemian y giraban alrededor el uno del otro, siempre separados por un muro tan delgado como un cabello y tan claro como el diamante, y como el diamante tan duro. Y cuando el mago vió su segunda hija mas hermosa que la primera, se obstinó más, y así sucesivamente hasta que, rodeado de las trescientas cincuenta y cuatro, y rodeándose todas ellas, y siempre sin poder tocarse, llamó desesperado á Satanás.--Yo muero, dijo; dame la mas hermosa de mis hijas.--Por cada hija tuya, un año de tu vida, dijo Satanás.--Te lo doy, dijo el mago.--Y Satanás rompió el muro de diamante que le separaba de la primera hija, y el uno y el otro se estrecharon en sus brazos.

--¡Ah, malditos, malditos!

Pero apenas tocó el mago á su primera hija, sintió cansancio de ella y le pareció mas hermosa la segunda.--Dáme mi segunda hija, Satanás, dijo el mago.--¿Me darás por ella otro año de tu vida?--Sí, contestó el mago.--Ten, pues, dijo Satanás, y le entregó su segunda hija. Pero apenas la tocó el mago, la aborreció. Pidió una tercera á Satanás, y Satanás le pidió otro año de su vida.--Y así, pidiendo una á una sus hijas á Satanás, y dándole por cada una de ellas un año de su vida, y aborreciendo á sus hijas apenas las tocaba, desde el anochecer de una noche de horror, hasta el amanecer de un dia de tormenta, el diablo dió al mago sus trescientas cincuenta y cuatro hijas, y el mago gastó sus trescientos cincuenta y cuatro años sin haber apagado su sed de amor, sin haber cometido un solo incesto. Dios no lo quiso permitir, y el diablo se alegró de ello, porque en un año que llevaba de servir al rey mago, habia conocido que su esclavitud era insoportable. Cuando el mago rechazaba á su última hija, cantó el gallo en la alborada.--Eres mi esclavo, dijo Satanás al mago; tus vicios han sido mas poderosos que tu ciencia, y has gastado en una noche de deseo los trescientos cincuenta y cuatro años que yo te dí por tu alma.--Y asiéndose del rey mago, le arrebató consigo á los abismos, y con el rey mago se hundió su negro palacio, y solo quedó esa caverna, donde sedientas de amor, penan las trescientas cincuenta y cuatro[88] hadas malas, sus hijas. Y por su sed de amor, cuando un hombre que no lleva sobre si un amuleto entra en la rambla, las hadas malas llaman á la tempestad, y el viagero, huyendo de ella, trepa á la gruta, y cuando está dentro las hadas se apoderan de él y todas le quieren para sí, y lo despedazan pretendiendo arrebatárselo las unas á las otras, y en el momento en que el desdichado muere, mordido, arañado, sofocado, estrangulado, despedazado, cesa la tempestad y se vé el torrente que se precipita por la rambla, rojo como sangre humana.

¡Y nuestro señor ha entrado en esa maldita caverna!

--Dios tenga piedad de él si no lleva consigo un amuleto.

--¿Y quién te ha contado ese cuento?

--¡Qué! ¿dudareis de él?

--No dudo; ¿pero cómo se sabe lo que pasa en esa caverna, si todos los que entran en ella mueren?

--Yo no sé quien lo habrá contado; algun varon justo y temeroso de Dios.

--Además de eso, ¿crees tú que sea falso un cuento que tiene tan provechosa enseñanza?

--¿Y qué enseñanza es esa?

--Que al hombre le matan sus vicios, le hacen odioso á Dios, y le condenan.

--¡Ah! ¡ah!

--Pero ved que la tempestad pasa y sale la luna.

--Es verdad; pero nuestro señor no sale de la caverna.

--Sí; pero su katib Zuleka, está sentado tranquilamente á su entrada.

--¡No importa! ¡no importa! ¿qué habrá sucedido á nuestro señor?

XXV.

¿Qué habia acontecido, pues, dentro de la caverna de las trescientas cincuenta y cuatro malas hadas al walí Abd-el-Rahhaman?

Apenas entró en ella, sintió un vértigo inesplicable y se sentó junto á una piedra.

Poco despues reclinó su cabeza en sus rodillas y se durmió.

De repente sintió que le movian suavemente, y oyó una voz que le dijo:

--¡Despierta! infante Abd-el-Rahhaman.

El walí abrió los ojos, y no se encontró ya en la gruta, si no en un alcázar maravilloso.

Pero aquel alcázar tenia algo de terrible.

Parecia que sus cúpulas estaban perdidas en una niebla vaga, infinita, á través de la cual penetraba una claridad fria.

Los arcos, las galerías, las columnas, estaban abiertos á un espacio nebuloso tambien, infinito, frio, apenador.

El alcázar parecia estar suspendido en el abismo, y flotar sobre él.

Entre los arcos, entre las galerías, entre las columnas, pasaban y cruzaban, y volvian á pasar y á cruzar, confundiéndose, mezclándose, sombras indecisas, que como las nubes, se estendian y cambiaban de forma, dejándose ver á veces cerca y determinadas como mugeres hermosas y ricamente engalanadas, que fijaban por un momento sus ojos negros y relucientes, en Abd-el-Rahhaman, y luego se alejaban como empujadas por el viento, y se confundian en la niebla volviendo á dejarse ver en una nueva oleada.

--¡Oh, poderoso Allah! dijo el walí; ¿qué doncellas son estas, que así vienen y ván, y que así me miran y que no se acercan á mí? Todas son resplandecientes como gotas de rocío á los rayos del sol, y todas hermosas, y todas anhelantes y tristes. ¿Por qué turban mi razon esas mugeres, y me embriagan y avivan recuerdos de mi juventud ya acibarados por los años y por las desgracias?

--¡Abd-el-Rahhaman! dijo una voz que parecia salir de la inmensidad, sonora, vibrante, que puso espanto en el corazon del walí: ¿qué has hecho de tus hijos?

--¡Mis hijos! esclamó Abd-el-Rahhaman: ¡mis hijos, genio invisible, yo no tengo mas que un hijo!

--A más del asesino del rey Abul-Walid, has tenido dos hijas: ¿qué has hecho de ellas?

--La una me la robó su madre; la otra me la robaron los cristianos, contestó el walí.

--Dos de tus hijos están malditos, esclamó la voz.

--¡Ah, perdon para ellos! repuso el walí.

--La última hija tuya, tu María...

--¡Ah! ¿qué es de María? esclamó el walí.

--¡María! corre á la Alhambra, walí, corre á la Alhambra, y salva á María porque la impureza y el crimen la acechan.

--El walí guardó silencio aterrado.

--¿Te acuerdas de tu sobrina Aleidah, la sultana de Granada?

--¡Ah, infeliz!

--Fué envenenada por una muger terrible.

--¿Y quién es esa muger; vive, puedo tomar venganza de ella?

--Esa muger ocupó el tálamo vacío de Abul-Walid; esa muger fué sultana; esa muger envenenó al que creia su padre...

--¿Pues quién fué su padre?

--Su nombre está envuelto en un misterio para tí, porque es necesario que se cumpla una venganza terrible.

--¿Y sabré el nombre del padre de esa muger?

--Cuando la hayas esterminado.

--¡Matadora de Aleidah! ¡envenenadora del que creia su padre!

--Y la condenacion del alma de tu hijo.

--¡De mi hijo!

--Sí; de tu hijo que enloquece entre los brazos de la adúltera: de tu hijo que amaba á su prima la sultana Aleidah, y que al estremecerse de amor entre los brazos de la sultana que mató á su padre y á su esposo, ignora que mató tambien á la anterior sultana.

--¡Invisible genio! ¿me haces esta revelacion para que castigue tantos crímenes?

--Sí; toma.

Un pergamino enrollado cayó á los pies del infante Abd-el-Rahhaman.

--¿Qué es esto, poderoso genio? dijo el infante.

--Esa es la historia de los crímenes de la sultana Ketirah, y de su cómplice el wacir Masud-Almoharaví: dá esta historia á tu hijo.

--¿Y dónde encontraré á mi hijo, poderoso genio?

--Mañana, cuando la noche sobrevenga, en el sendero por donde marches, encontrarás sentado y de frente á tí, un perro blanco de montería. Cuando te llegues á él, el perro se levantará y correrá delante de tí; sigue á ese perro y él te llevará á el lugar de donde todas las noches sale tu hijo para perder su alma entre los brazos de Ketirah.

--¡Poderoso genio!... dijo el walí.

--Yo no soy genio... soy un condenado que vaga sobre la tierra, hasta el dia en que, siendo el vengador de los crímenes de los hombres, alcance mi perdon.

--¡Ah! ¿tú has sido hombre?

--Sí; yo he sido el rey mago, Abu-Jacub-el-Alime, y esas doncellas que ves aparecer y desaparecer entre la niebla y que no te despedazan porque te protejo yo, son mis trescientas cincuenta y cuatro hijas malditas: una por cada dia de pecado.

Y apenas la voz del mago Abu-Jacub, pronunció estas palabras, cuando el alcázar fantástico y sus hadas malditas se desvanecieron en una niebla impura, resonaron gritos horribles, como de mugeres desesperadas que se alejaban, y se perdieron al fin en el silencio, y el rey se puso de pie, y se encontró en medio de la caverna, por cuya abertura penetraba la luz de la luna.

--¡Oh! ha sido un sueño, un horrible sueño: yo habia oido contar muchas veces el cuento de las hadas malditas hijas del mago, pero no sabia que fuese esta la caverna; además, llevo conmigo un anillo mágico que me protege, pero este pergamino, añadió reparando en uno enrollado que tenia entre los pliegues de su faja... ¡Oh! ¡este pergamino escrito!... ¿con que esto ha sido mas que un sueño? ¡Oh, poderoso Allah! ¡que se cumpla lo que está escrito! ¡si encuentro un perro blanco de montería, le seguiré, y si encuentro á mi hijo le daré este pergamino! ¡Oh, poderoso Señor! ¡que se cumpla tu voluntad!

Y saliendo de la gruta, despertó á su secretario Zuleka, que dormia á su entrada.

--¡A caballo! dijo el infante, y prosigamos nuestro camino.

Zuleka se llevó la corneta á los labios y tocó á cabalgar: los cien ginetes salieron de debajo del resalte de la roca, donde se habian acogido durante la tempestad, y poco despues, el infante, Zuleka y los esclavos, cabalgaban á la orilla del torrente rojo que la tormenta habia formado en la rambla.

XXVI.

Era la noche del siguiente dia: la luna brillaba en medio del firmamento.

El walí de Algeciras habia soltado las riendas sobre el cuello de su caballo, habia inclinado la cabeza y se habia dormido.

A Zuleka le habia acontecido otro tanto.

Otro tanto á los cien ginetes.

Los caballos seguian uno tras otro por un sendero de la montaña.

De repente el caballo del infante, que iba el delantero, se paró, erguió el cuello, olfateó el aire, rehiló las orejas y lanzó un largo relincho.

Luego partió á la carrera, raudo y pujante como la tormenta, perdiéndose por entre las revueltas de la montaña con la misma valentía con que hubiera corrido por el llano.

Muy pronto quedaron atrás Zuleka y los ginetes, y las rocas y las colinas parecian huir deslizándose junto al caballo.

Y cuando el caballo encontraba una roca en medio del sendero, la salvaba de un salto, y de la misma manera salvaba las cortaduras que se le oponian.

Y el infante, á pesar de la rápida carrera de su caballo, seguia durmiendo.

Súbito se oyó entre las quebraduras un ladrido potente, ronco, prolongado; y como si aquel ladrido hubiera tenido mas fuerza que la violenta carrera del caballo, el infante despertó.

Y al despertar el infante, el caballo se paró de repente, como si le hubiera dominado un encanto.

Y Abd-el-Rahhaman vió delante de sí, en la entrada de un sendero, á la luz de la luna, un enorme perro de montería, sentado y mirándole de hito en hito, con unos ojos que parecian brasas.

El infante invocó á Dios.

Aquel perro era horrible, feróz.

Sus largas lanas blancas arrastraban por el suelo.

Al ver ante sí al infante se levantó, se volvió, y se dió á correr por la montaña.

El infante apretó los acicates á su caballo, que partió tras el perro.

Y el perro siguió corriendo por cortaduras, por precipicios, por ramblas y por desfiladeros.

A cada paso que adelantaban, el paisage se hacia mas agreste y bravio, mas triste y mas opaca la luz de la luna.

Al fin el perro se detuvo en la cumbre de un cerro, delante de una vieja torre de atalaya.

El infante refrenó su caballo.

Y echó pie á tierra.

Cuando buscó al perro, este habia desaparecido.

Por una de las saeteras de la torre se veia una luz rojiza.

La puerta de hierro de la atalaya estaba cerrada.

Cuando el walí de Algeciras se dirigió á ella para llamar, oyó dentro el relincho de un caballo y el crugir de un cerrojo por la parte de adentro de la puerta, que se abrió al fin, dejando ver dos hombres.

Uno de ellos era un esclavo negro: llevaba en la una mano una antorcha, y en la otra tenia del diestro un hermoso caballo árabe.

El otro hombre, era un hermoso y jóven caballero moro.

Al verle, el walí de Algeciras dió un paso atrás.

Aquel caballero era su hijo, el infante de Granada Ebn-Ismail.

El asesino del rey Abul-Walid, el amante de su hermana la sultana Ketirah, el que se habia olvidado de su otra hermana María.

No deben olvidar los que leyeren esta historia, que el mago Jacub-Al-Hakem habia ocultado al walí Abd-el-Rahhaman, que Ketirah era su hija; que el infante Ebn-Ismail ignoraba que fuese su hermana, y que solo conocia este horrible secreto María, que no habia podido revelarlo á nadie recluida en la torre de la Cautiva.

El infante retrocedió á su vez al reconocer á la luz de la luna á su padre.

--Al fin te encuentro, dijo con voz ronca el walí: á tí, que huyes de la luz del sol, de la justicia de los hombres y de la indignacion de tu padre.

--¡Ah, señor! contestó todo trémulo el infante.

--Zenko, dijo el walí al esclavo de su hijo, ténme el caballo, y tú, añadió dirigiendo severamente su voz al infante, llévame á donde podamos hablar sin que nos escuchen mas oidos que los de Dios.

El infante todo confuso, tomó la antorcha de las manos de Zenko, se dirigió al interior de la torre, y subió por unas escaleras.

Se encontraron al fin en un pequeño espacio, en el que ni lecho habia, y el infante Ebn-Ismail puso la antorcha entre una grieta del muro.

--¡Digno albergue de un asesino! esclamó el walí mirando severamente á su hijo: cuadra bien á quien tal crímen ha cometido mancillando mis canas; una vieja atalaya abandonada, por refugio, en lo mas áspero de una montaña.

--¿Sabes tú, padre y señor, por qué maté yo al rey Abul-Walid? dijo Ebn-Ismail levantando los ojos y posándolos en su padre.

--Y aun querrás disculparte de aquel crímen.

--Yo maté á un tirano en medio de su córte, con peligro, y combatí despues la Alhambra; si no pude tomarla no fué mia la culpa si no de la suerte, que me volvió las espaldas.

--Tú mataste al rey, por gozar libremente los amores de la maldita sultana Ketirah.

--¡Ah! no: es cierto que despues la sultana me ha enloquecido, pero... yo maté al rey, porque pretendia deshonrar á una cautiva que me robó en Martos: fué necesario matarle, para que no sacrificase á sus deseos á la infeliz María.

--¡María! esclamó Abd-el-Rahhaman: ¡María! ¿es la cristiana que está cautiva en la Alhambra?

--Si señor; ella es.

--Y dime, hijo mio... ¿has amado tú á esa doncella?

--Sí, si señor, pero de una manera tranquila, pura, como se ama á una hermana.

--¡Oh! ¡gracias! ¡gracias, poderoso Señor, que no has permitido que el hermano deshonre á su hermana!

--¿Qué decís, señor?

--¡Oh! nada, nada. Digo que has hecho muy bien en matar al rey.

--Y habeis dicho tambien que María es mi hermana; eso mismo me dijo una noche de una manera misteriosa, un mago, un astrólogo: la noche que precedió al dia en que maté á Abul-Walid, y cuando quise que el mago me esplicase sus palabras, me dijo: «Muestra á tu padre el walí de Algeciras las joyas que tu hermana llevaba el dia en que la encontraste en Martos.»

--¿Y dónde están esas joyas? dijo con anhelo el walí.

--Aquí, bajo una piedra, escondidas en este mismo aposento.

--¡Oh! ¡muéstrame, muéstrame esas joyas!

El infante fué á un ángulo del aposento, levantó una piedra, socavó debajo de ella la tierra con su puñal, y sacó un talego de seda, que entregó á su padre.

El walí sacó con ansia aquellas joyas y las examinó.

Eran las mismas que Sancho de Arias habia dado á María.

--¡Ah! esclamó el walí; ¡las joyas de su madre!

--¿Y quién era su madre? dijo Ebn-Ismail.

--Su madre no era la tuya; pero ella es mi hija. ¡Y el rey Ismail se habia atrevido á la honra de esa doncella!... Has hecho bien en matarle: has hecho bien, porque le has matado defendiendo á tu hermana.

--¡Mi hermana! ¡mi hermana! esclamó Ebn-Ismail: harto me lo decia el corazon!

--Y sin embargo, respecto á otra muger el corazon te ha sido infiel, dijo Abd-el Rahhaman.

--¡Otra muger!

--La infame sultana Ketirah.

--¡La infame sultana has dicho, padre y señor!

--Sí; la muger que por ser sultana envenenó á su padre.

--¡Oh! ¡Dios mio!

--La que ayudándose de Masud-Almoharaví, y ayudándole á él, mató á tu prima la sultana Aleidah.

--¡La prueba, padre, la prueba! esclamó Ebn-Ismail.

--La conciencia de la sultana Ketirah te dará esa prueba, si quieres, esta misma noche.

--¡Esta misma noche!

--Sí; ¿para qué salías cuando yo llegué de la torre? Para ir á arrojarte en los brazos de Ketirah.

--Es verdad.

Además este pergamino le revelará los crímenes de la sultana y de su cómplice.

Y dió á su hijo el pergamino que le habia dado el mago en la caverna de las hadas malditas.

--Pues bien; vé, añadió el walí, pero vé á vengar á tu prima la sultana Aleidah, á salvar á tu hermana María: yo te acompañaré.

Y tras estas palabras salieron del aposento y bajaron las escaleras, tomaron los caballos y partieron por entre los cerros á la Alhambra, que ya estaba próxima, el padre y el hijo.

XXVII.

--Padre, dijo el infante Ebn-Ismail mientras marchaban, ¿quieres la felicidad de tu hija la cristiana?

--¡Qué si quiero su felicidad!... yo la he llorado muerta; yo la he recordado continuamente en mis sueños, sin poder olvidarla; y era que mi hija vivia y su espíritu se hacia sentir del mio. ¡Oh! ¡que si quiero hacerla feliz! ¡Dudarías tú, Mohammet, de que yo desease tu felicidad!

--La felicidad de mi hermana María puede serte muy dolorosa, señor.

--¡Dolorosa! ¿y por qué?

--María ama á un hombre.

--¿Y á qué hombre ama?

--A un cristiano.

Detúvose un instante contrariado Abd-el-Rahhaman.

--¡Ah! dijo, me la robaron los cristianos; ha crecido entre ellos... ha debido, pues, amar á un cristiano.... ¿Y ese cristiano es digno de ella y de nuestra sangre?

--Es un valiente caballero de Martos: el dia en que iba á casarse con María, el rey Abul-Walid acometió la villa, y Gonzalo Nuñez sacó á María de la iglesia, la llevó á su casa, y defendió aquella casa con sus parientes y amigos. Yo la acometia. En la acometida mis gentes cayeron como la mies bajo la hoz del segador, y ese valiente mancebo, Gonzalo Nuñez, el amante de mi hermana, cayó al fin á mis pies.

--¿Y murió?

--No; no lo quiso Dios. Cuando salvé á mi hermana del furor y de la codicia de mis esclavos, porque es muy hermosa y estaba cubierta con las ricas joyas que has visto, padre; cuando la ví llorando, aterrada, trémula, sentí por ella un amor como nunca le habia sentido, dulce, tranquilo. Procuré consolarla, y ella me dijo que habia perdido á su padre y á su esposo. Su padre estaba muerto; pero no se sabia lo que habia sido de su esposo, y le buscamos entre los cadáveres, y le encontramos.

--¡Vivo!

--Con muy pocas esperanzas de vida. Yo le dejé con mi sabio médico y dí órden á mis esclavos de que le llevasen á mi castillo de Hins-Aleux. Despues pretendí salvar á María, pero no pude. El rey la vió, la codició, y me la robó. Algunos dias despues, maté al rey.

--¿Y el esposo de María, vive?

--¡Oh! si señor, vive y está restablecido y fuerte. ¿Quieres hacer feliz á tu hija, señor?

--¡Oh! sí.

--Pues bien, separémonos en la entrada del camino de Granada que ya está cercano: corre tú al castillo de Hins-Aleux. La noche empieza; picando, bien puedes llegar y traer á Gonzalo antes de la media noche, y entregarle tu hija.

--¡Oh! ¡poderoso Señor!

--Yo entretanto, veré á la sultana Ketirah, y si no te han engañado, padre y señor, si ella ha sido la envenenadora de mi perdida Aleidah... ¡oh! yo te juro castigarla, señor, y de tal modo, que cause horror á las gentes.

--¿Y cuando vuelva con Gonzalo, ¿cómo sabré donde está mi hija?

--Entra señor por detrás de la Alhambra y llega hasta la torre de la puerta de Hierro, un esclavo mio te esperará y te guiará. Pero he allí el camino de Granada, señor, yo voy á seguir por los cerros hácia la Alhambra, tú por el camino, gana la Vega y llega á Hins-Aleux. Dí á Gonzalo que eres mi padre, que todo lo sabes y que vas á entregarle tu hija.

--Adios, pues, infante de Granada, hijo mio; adios, pues: ha llegado la hora de comenzar un grande sacrificio y de efectuar una gran venganza.

Y el padre acercó su caballo al de su hijo y le abrazó.

Luego se separó, bajó por un sendero á un ancho camino y partió por él á la carrera.

Ebn-Ismail se lanzó tambien á la carrera por un valle cercano y se perdió en la montaña repitiendo:

--¡La sultana Ketirah, esa hermosura que parece un arcángel del sétimo cielo y á quien yo adoraba, es la infame envenenadora de mi perdida sultana Aleidah! si mi padre no se ha engañado.... ¡oh, mas la valiera no haber nacido!

XXVIII.

En una magnífica cámara de un fuerte castillo moro, se paseaba solo un jóven con trage castellano.

Estaba pálido, como acabado de salir de una enfermedad.

Pero era hermoso, muy hermoso, y en la apariencia muy bravo.

Apenas contaría veinte y cuatro años.

De una de las columnas que sostenian la techumbre de cedro de la cámara, estaba colgado un arnés completo castellano, y apoyada en él una larga lanza.

Bajo este arnés se veian los jaeces de un caballo.

El jóven se asomaba de tiempo en tiempo á un ajimez, y miraba á la luna.

Y sus ojos se llenaban de lágrimas.

--¡Oh! esclamaba: ¿te mirará ella á tí, blanca lámpara de la noche, como yo te miro pensando en ella? ¡Oh, María, mi María!

Y el jóven se apartaba del ajimez, y volvia á pasearse por la cámara.

De repente se escuchó en la poterna el sonido de una bocina; se oyó el estruendo del puente y del rastrillo, y poco despues un moro asomó á la puerta de la cámara y dijo:

--¡Cristiano! el padre de mi noble y poderoso señor, el esclarecido é invencible walí de Algeciras, Abd-el-Rahhaman, desea verte.

--¡Oh! que entre, que entre al momento, dijo Gonzalo.

Poco despues entraba en la cámara Ab-el-Rahhaman.

Observó durante algunos segundos en silencio al jóven, y el noble semblante del walí resplandeció con la espresion de la benevolencia.

--Guárdete Dios, mancebo, y te proteja, le dijo: ¿sabes quién soy?

--Sé, segun acaban de decirme, que eres el padre de un caballero moro á quien mi desdicha hizo mi vencedor, y á quien despues me he visto obligado á amar, porque le debo la vida.

--¡Oh! Ebn-Ismail, mi hijo, te ama tambien, cristiano, y á tí me enviía.

--Gracias doy al cielo de haber conocido un tan grande caballero como demuestras ser. Pero ¿qué me quieres?

--¿No deseas nada?

--¡Desear!... sí, si por cierto... deseo la muerte.

--¡La muerte!

--Sí; estoy fuera de mi patria, vencido...

--Pero no eres cautivo. En mi hijo has encontrado un hermano; en mí un padre.

--Dios os lo pague, dijo Gonzalo; ¿pero me podreis dar vosotros lo que yo he perdido?

--Hablas como mancebo, y como mancebo enamorado: sobre tí no han llovido todavía todas las amarguras las nubes de la desgracia. Amas y eres amado, y si por algun tiempo el destino te ha robado mi hija...

--¡Tu hija!... yo no conozco á tu hija, contestó con estrañeza Gonzalo.

--¡Que no la conoces, y mueres por ella!

--Te engañas, señor; yo no he amado mas que á una muger, y esa muger es cristiana.

--Mi hija es cristiana tambien.

--La muger que yo amo tiene el hermoso nombre de la santa Vírgen madre de Dios.

--El nombre de la madre de Jesus, es el nombre de mi hija.

--¡María!

--Sí, María.

--Pero es imposible. La María de mi amor, ha vivido siempre en Martos, y era hija del corregidor Sancho de Arias.

--En Martos ha vivido mi hermosa María, y por hija del corregidor Sancho de Arias pasaba.

--¡Oh! esto no puede ser.

--Dios, que es Todo poderoso, ha querido que sea.

--¡Hija tuya, María!

--Sí; y de una rica-hembra aragonesa.

--¡Oh! no alcanzo á comprenderlo.

--Hace centenares de años que primero los árabes, y despues los moros, estamos en contínuo trato con los cristianos: las razas se han mezclado, porque el amor es mas poderoso que el odio: ya ha sido una hermosa doncella originaria de Africa, cautiva en la entrada de una villa, la que ha dado su sangre á los hijos del cristiano; ya una hermosa cristiana arrebatada á su familia, la que ha dado su sangre á los hijos del Islam. ¿Te parece tan estraño que yo en mis mocedades tomase por esposa á una cristiana, y que la hija, fruto de estos amores, me fuese robada por los cristianos?

--¡Oh! bien puede ser, dijo Gonzalo.

--¿Y amarías tú menos á María porque fuese mi hija?

--¡Aborrecerla! ¿quién habla de aborrecerla? ¿puedo aborrecerla acaso? Y luego, ¿no debo á tu hijo la vida?

--Y tu amor y el honor de María. Si mi hijo no hubiera matado al rey de Granada, ¿qué hubiera sido de ella? ¡Estaria deshonrada, triste y sola en el harem de la Alhambra!

--¡Oh! ¡Dios mio! ¿y ahora dónde está?

--Cautiva en una torre de la Alhambra.

--¿Pero, pura... salvada?

--A que me ayudes á salvarla vengo por tí.

--¡Por mí!

--Sígueme y te entrego á María.

--¡Oh, si te sigo! dijo Gonzalo dirijiéndose á su armadura.

--Voy á ser tu escudero; dijo el infante Abd-el-Rahhaman tomando las piezas de aquella armadura.

--¡Oh! ¡sí; pronto! ¡pronto, si de salvarla se trata!

--¡Salvarla! ¡sí! ¿y crees tú que el salvar á mi hija no me cuesta un inmenso sacrificio?

--¡Un sacrificio!

--Sí, salvarla es hacerla feliz, segun me ha dicho mi hijo, María te ama de tal modo, que no puede ser feliz sino siendo tu esposa. Tú la llevarás contigo, y yo, que hace catorce años que no la veo, que no la he visto crecer, la veré un momento para perderla despues.

--¡Perderla! ¿y por qué no seguirnos, señor?

--¡Seguiros! ¿y á dónde queriais que yo fuese con vosotros?

--A Castilla.

--¡Entre cristianos!

--¿Y no es tu hija cristiana?

--Para darte á María, dijo con severidad el infante; ¿te he pedido yo que te quedes entre nosotros, y que apostates de tu religion?

--¡Ah, señor, perdon!

--¡Alí! ¡Alí! dijo el infante acabando de enhevillar la última pieza del arnés de Gonzalo: un caballo de batalla, y veinte ginetes. Pronto, pronto.

El esclavo que habia aparecido á la puerta, desapareció.

--No hablemos, pues, mas de esto, dijo el infante dirijiendo de nuevo su palabra á Gonzalo. Así lo ha querido Dios, y así es, porque no puede ser que deje de cumplirse la voluntad de Dios. Ahora, cristiano, sígueme y roguemos á Dios que nos proteja, porque la empresa que vamos á acometer es peligrosa.

Y salió con Gonzalo de la cámara.

Poco despues, el moro y el cristiano cabalgaban por el camino de Granada y á gran prisa, seguidos de veinte ginetes moros.

XXIX.

Volvamos, pues á la relacion que dejamos interrumpida en el momento en que despues de haber entrado el infante Ebn-Ismail, por un ajimez en la habitacion de la torre de la Cautiva donde le esperaba la sultana Ketirah, rechazó á esta, que como solia, se habia arrojado entre sus brazos.

Esta accion, inesperada, violenta, y la espresion lívida del semblante de Ebn-Ismail, sobrecogieron á la sultana.

--¿Qué te he hecho yo, desdichada de mí, esclamó, para que así me arrojes de tus brazos? ¿en qué te ha ofendido tu esclava, señor de mí alma, ó es que ya no me amas, y quieres abandonarme?

--¡Quisiera Dios que nunca te hubiera amado! esclamó el infante.

--¡Habla! ¡habla! esclamó trémula la sultana: ¡esplícame la razon de tus palabras!

--Aun no es tiempo, dijo el infante; faltan tres personas aquí.

--¿Qué faltan tres personas?

--Sí; haz llamar á Masud-Almoharaví.

--¡A Masud! esclamó la sultana; ¡oh! ¡si fuera verdad lo que sospecho!

--¿Y qué sospechas?

--¡Tú quieres ser rey de Granada!

--¡Yo!

--Sí; sabes que yo te amo antes que á mi alma, sabes que Masud no puede negarme nada y... ansías esa corona...

--Puede ser... esclamó despues de un momento de profunda meditacion Ebn-Ismail.

--Y es el sueño mas ardiente de mi alma, dijo Ketirah: ¡tú sultan de Granada! ¡yo tu sultana! el hijo de Abul-Walid y de Aleidah, la difunta sultana, el rey Mohammet, es débil de salud; puede morir de un momento á otro.

--Llama á Masud-Almoharaví; repitió el infante.

Ketirah se levantó y salió.

Poco despues volvió acompañada del wazir.

--¡Masud! ¡Masud! esclamó Ketirah; ¡ha llegado el momento, quiere la corona de Granada!

--¡Qué quiere la corona de Granada... el infante Ebn-Ismail, el matador del rey Abul-Walid! aun no es tiempo... aun no es tiempo, mas adelante...

--Pero ya es tiempo de castigar vuestros crímenes, dijo Ebn-Ismail que habia corrido á la puerta de la cámara, la habia cerrado, y se habia guardado la llave.

--¡Oh! ¿qué es esto? dijo Masud-Almoharaví, mientras la sultana miraba aterrada al infante: ¿de qué crímenes hablas?

--Aun faltan dos personas; dijo sombriamente Ebn-Ismail.

--Pero yo no te comprendo, no puedo comprenderte, esclamó Ketirah.

--Faltan; mi padre y el esposo de mi hermana.

Y se puso á pasear sombriamente á lo largo de la cámara.

La sultana y el wazir se encontraban en una situacion estraña; en vano le hablaba, le suplicaba la sultana Ketirah: el infante continuaba en su sombrío silencio, y en su paseo inalterable.

En vano Masud-Almoharaví, queria resolver aquella situacion por la fuerza.

El feróz y reconocido valor del infante le contenia.

Pesaba sobre la sultana un presentimiento horrible: el presentimiento de lo desconocido.

Masud-Almoharaví temblaba porque en el semblante del infante aparecia una espresion terrible.

Pasaron así dos horas: el infante paseando, ceñudo, pálido y silencioso murmurando palabras ininteligibles, la sultana y el wazir temiéndolo todo, retirados é inmóviles en un ángulo.

Al fin, sonó abajo, al pie de la torre, un ténue silvido.

El infante corrió al ajimez.

A la luz de la luna, vió al pie de la torre en el barranco, dos ginetes y algunos hombres á pie.

Entonces el infante dió otro silvido en el ajimez, y echó abajo la larguísima escala.

Descabalgaron los dos ginetes, los de á pie tuvieron los caballos, y los que habian desmontado el uno tras el otro, treparon por la escala.

Un momento despues, entraron por el ajimez, Gonzalo Nuñez y el walí Abd-el-Rahhaman, armados de todas armas.

--He aquí que ha llegado el momento del juicio, esclamó Ebn-Ismail dirijiendo su ronca palabra á la sultana y al wazir; adelantad, padre mio; adelantad, hermano mio; he aquí á los asesinos de la sultana Aleidah.

XXX.

Al oir aquella acusacion, un grito de espanto se exhaló á un tiempo de las bocas de la sultana y del wazir.

Al escuchar aquel grito, Ebn-Ismail se puso pálido, y avanzó hacia Ketirah y Masud.

--¿Conque son ciertos los crímenes de que os acusa este pergamino? esclamó sacando de entre su faja el que le habia dado su padre.

El infante Abd-el-Rahhaman, se cruzó entre su hijo y los dos miserables que estaban aterrados.

--Donde está el padre el hijo calla, dijo con gran autoridad.

Y apartó á Ebn-Ismail, que se hizo atrás pálido y sombrío.

--Y tú cristiano, mira y escucha como un caudillo moro hace justicia en nombre de Dios.

Gonzalo ante lo que veia estaba profundamente maravillado.

--He ahí, continuó Abd-el-Rahhaman, una muger que parece ser un arcángel, y que dentro de sí tiene el alma de Satanás: he ahí un viejo que debia ser un espejo de justicia y de valor para los vasallos del rey de Granada, y que sin embargo es un miserable zorro, que salió de su oscura madriguera para subir á la luz por la senda del crímen.

--¿Y con qué derecho te atreves á insultarme á mí, á la madre de tu rey, infante de Granada? esclamó la sultana que habia logrado dominarse.

--Con el que me dá la justicia de Dios, contestó el infante; con el que me dán vuestros crímenes.

--¡Mis crímenes! ¿y cuáles son mis crímenes? esclamó la sultana.

--¿Qué hacías aquí, á qué has venido á esta torre, hermosa Ketirah? esclamó con sarcasmo Abd-el-Rahhaman.

--¡Qué á que he venido aquí! esclamó Ketirah con audacia: engañada por tu hijo.

--¿Por mi hijo?

--Sí, tu hijo habia solicitado verme...

--¡Y tú te prestaste á ver al matador de tu esposo, en el solitario aposento de una torre del muro, donde el regicida debia entrar por medio de una escala, para apurar un placer adúltero entre los brazos de una muger infame!

--¡Padre! esclamó confundido Ebn-Ismail.

--Ya que tuviste razones bastantes para matar al rey, ¿has tenido las mismas para consumar unos horribles amores con su viuda?

--¡Padre!

--Silencio cuando yo hablo. He venido á hacer justicia en nombre de Dios, y habrá justicia para todos.

--Sí, para todos habrá justicia, dijo una voz terrible y retumbante al otro lado de la cerrada puerta.

Y sin que aquella puerta se abriese apareció en la cámara el viejo rey mago condenado, Abu-Jacub-el-Alime, el padre de las trescientas cincuenta y cuatro hadas malditas.

Su aparicion aterró á todos, incluso Gonzalo, que nunca habia pensado existiese un viejo tan horrible como Jacub.

--Sí, habrá justicia para todos, esclamó el mago adelantando en medio del silencio general y sentándose en el suelo sobre la alfombra en el centro de la cámara. Para todos habrá castigo y recompensa: tú, cristiano, que no has ofendido á Dios, que no has manchado tus manos con sangre, que no te has vendido á Satanás, tendrás por recompensa á tu buena, á tu pura, á tu inocente, á tu amada María; pero tú, infante de Granada Abd-el-Rahhaman, tú, que amparaste á Walidé cuando la encontraste con las manos teñidas en sangre; tú, que casi renegaste de Dios por los amores de una cristiana; tú, que diste ocasion con tus pasiones á que Walidé se tiñera en la sangre de doña Catalina; tú, que cuando desapareció Walidé huyendo de tu furor y llevándose consigo una hija tuya, olvidaste á tu hija por odio á su madre, y la abandonaste á su destino, y la olvidaste, y has causado su perdicion por tu abandono; tú, que huiste cobardemente de Illora cuando te acometieron los fronteros de Alcaudete y con tu cobardia dejaste entre los cristianos á otra hija tuya, que criada entre otras gentes adoró á otros dioses; tú, que con tu soberbia has ensoberbecido á tu hijo, que ha matado á su rey; tú, que despues no has castigado á tu hijo; tú, infante de Granada, walí de Algeciras, Mohammet-Abd-el Rahhaman, tú serás castigado: pasarás dias de horror y noches de tinieblas y de llanto, y el remordimiento roerá tu corazon, porque tú, por saciar una venganza contra un enemigo, has producido las desgracias de tu familia, maldecida por Dios.

Abd-el-Rahhaman quiso contestar y no pudo: los ojos del rey mago condenado, fijos en él, le helaban la sangre.

--¿Y qué te diré yo, Ketirah, teñida en la sangre del que llamabas tu padre; que ocupaste el trono de Abul-Walid, manchado con la sangre de su esposa asesinada por tí; que despues distes el golpe de misericordia, la última puñalada á tu esposo, asesinado por tu amante, y abriste los brazos á ese mismo amante teñido en la sangre de tu esposo?

Ketirah abrió los labios para contestar, y la palabra se heló en ellos.

El mago se volvió terrible á Masud Almoharaví, que temblaba.

--Y tú, esclamó, amigo traidor del pasado wazir Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, tú, el que por sustituirle alhagaste la ambicion e la infame Ketirah, y la impulsaste á que envenenara al que creia su padre....

--¡Pues qué! esclamó Ketirah, ¿no era mi padre Abul-Fath-Nazir?

El mago condenado no contestó á Ketirah, sino que siguió dirijiendo su tremenda palabra á Masud, que estaba doblegado ante aquella terrible acusacion que parecia la voz de su conciencia.

--Tú, tirano, codicioso y soberbio, que ayudaste á Ketirah en la muerte de la sultana Aleidah; tú, que la llevaste al tálamo de Abul-Walid, tú, que has sido el cómplice de los crímenes de esa muger, ¿qué te puedo yo decir sino que la justicia de Dios está suspendida sobre tu cabeza?

[imagen no disponible: Fuga de Maria.

LETRE dibº y litº Lit de J.J. MARTINEZ, Madrid]

Calló el mago, y todos callaron, y un silencio de muerte dominó en la torre.

--¿Y qué haces tú, infante de Granada Abd-el-Rahhaman, tú que habias venido á salvar á tu hija la cristiana y á castigar á la parricida, á la adúltera, á la incestuosa?

--¡A la incestuosa! esclamó Ketirah adelantando pálida como un cadáver.

--Esperad, esperad, dijo el mago; siento á una persona que se acerca; esa persona es María: Masud, al llamarle Ketirah, se encontraba con María, y por olvido, al bajar ha dejado abierta la puerta de la prision de la cristiana. Ella ha aprovechado esta circunstancia y ha recorrido la torre: pero su puerta estaba cerrada, y al cabo despues de bajar desde el almenar hasta los subterráneos, ha estado ahí tras esa puerta escuchando estremecida de terror. Vé y abre á tu hermana, infante Ebn-Ismail; abre esa puerta y entrégala á su esposo, pero despues que haya pronunciado la revelacion que ha de ser vuestro castigo.

El infante Ebn-Ismail dominado por el acento del mago, fué á la puerta y la abrió: María entró pálida, fatal, aterrada, y adelantando hácia Ketirah dijo con acento solemne:

--¡Yo he oido nombrar aquí á la sultana de Granada! yo he oido una voz de muger, y aquí no hay mas muger que tú: ¿serás tu acaso mi hermana; la hija de Walidé, la segunda esposa de mi padre?

--Yo soy hija de Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, dijo con acento de horror Ketirah.

--Abul-Fath-Nazir, esclamó el mago, amparó en su fuga á Walidé, que te llevaba consigo; Abul-Fath-Nazir, gozó los amores de tu madre y te llamó su hija. Metió contigo una vívora en su seno, porque tú le mataste.

Un grito de horror salió de todas las bocas.

Las palabras del mago, tenian tal autoridad, tal acento de revelacion, que nadie dudó de ellas.

María no pudo resistir á tanto horror, y cayó desmayada en los brazos de Gonzalo.

--¡Salvadla! ¡salvadla! ¡apartadla de este infierno! gritó el mago.

Y obediente á su voz, Ebn-Ismail y Gonzalo cargaron con María, fueron al ajimez, salió por él Gonzalo y descendió por la escala llevando consigo á María desmayada.

El infante Ebn-Ismail, aseguraba la escala.

Abd-el-Rahhaman y Masud fijaban una mirada ansiosa en el ajimez por donde habia desaparecido María.

--¡Oh! ¡mi hija! ¡mi hija! ¡ya no volveré á verla! esclamó Abd-el-Rahhaman avalanzándose al ajimez.

De repente Masud, á quien arrastraba su amor tras María, se avanzó tambien al ajimez, saltó por cima del infante Ebn-Ismail, y se asió á la escala recibiendo una puñalada en el pecho de manos del infante.

Y sin embargo, como si el amor hubiera sido para él una segunda vida, se deslizó por la escala y llegó al pié de ella á tiempo que Gonzalo con María, desmayada aun, montaba á caballo.

Masud montó en el otro caballo que tenia del diestro un esclavo, le arrebató la lanza y siguió á la carrera, tras el caballo de Gonzalo que corria barranco arriba.

Y, ¡cosa estraña! delante del caballo que montaba Masud, corria dando horribles ladridos, el lanudo y gigantesco perro que habia guiado al wali de Algeciras aquella misma noche al albergue donde se ocultaba su hijo.

XXXI.

Cuando el padre y el hijo se retiraron del ajimez, el maldito rey mago habia desaparecido.

Solo quedaba en la cámara Ketirah, pero en un estado horrible.

Estaba replegada en el diván, muda, sombría, con la mirada estraviada, y jadeante.

Tenia en la mano un pomo de oro.

De aquel pomo, salian algunas gotas de un licor verdoso.

--¡Oh! esclamaron á un tiempo su padre y su hermano corriendo hácia ella. ¿Qué has hecho desdichada?

--¡Adúltera! ¡parricida! ¡incestuosa! esclamó con acento terrible, la sultana Ketirah.

El padre y el hijo cayeron de rodillas.

Ketirah, continuó delirando.

--¡La vida! ¡la vida! ¿para que quiero yo esta vida de horror?

¡Maldito sea mi padre, que me abandonó!

¡Maldito sea mi hermano, que puso los ojos en mi hermosura!

Y Abd-el-Rahhaman y Ebn-Ismail, cayeron de rostro contra el suelo y sintieron sobre sí la mano de Dios.

* * * * *

En vano los esclavos que esperaban á su señor al pie de la torre, esperaron toda la noche; al amanecer, temerosos de ser vistos se retiraron.

La escala quedó pendiente del ajimez.

Pero cuando subieron á la torre, los que entraron en ella, la encontraron abandonada.

El padre y los dos hijos, habian desaparecido.

¿Qué habia sido de ellos?

Nadie volvió á ver mas ni á la sultana Ketirah, ni á Masud-Almoharaví, ni Abd-el-Rahhaman, ni á Ebn-Ismail.

Un profundo misterio habia envuelto su suerte.

En cuanto á la torre, como muchos sabian que en ella habia estado cautiva una doncella cristiana, que habia causado la muerte de Abul-Walid; como habian encontrado pendiente de uno de los ajimeces una escala, y á los pies de la torre las huellas de pisadas de caballos, dióse por segura la fuga de la cautiva cristiana, y por aquella singularidad, llamaron á la torre, y siguen llamándola hasta hoy por tradicion, la torre de la Cautiva.

Algunos pretenden que durante las noches oscuras de invierno, se iluminan con un fuego sombrio los destrozados ajimeces de la torre de la Cautiva; que se vé, cantando lúgubremente sobre ella, una sombra negra envuelta en una nube impura, y que se oyen dentro gemidos y ruido de cadenas.

Nosotros creemos que estas maravillas son hijas de la imaginacion impresionable de los andaluces; bramidos del viento contra la torre, y efectos de la momentánea luz del relámpago que durante la tormenta la iluminan.

Sin embargo, las gentes sencillas creen como en un artículo de fé en la tradicion de la torre de la Cautiva.

¿Pero cómo esplicar la desaparicion de todos los personages del cuento?

Para esplicarla hay que atravesar la parte alta de la Alhambra é ir á buscar otra tradicion en la torre cuyo nombre sirve de título á la leyenda siguiente.

* * * * *

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LEYENDA VI.

LA TORRE DE LOS SIETE SUELOS.

CUYO FINAL SIRVE DE EPÍLOGO Á LAS DOS ANTERIORES.

I.

Si vais á Granada, y en la parte meridional de la Alhambra, veis dos torres rajadas, aportillados los muros, las vides serpeando hasta las almenas, al pie un arroyo, y junto al arroyo flores y árboles; si tropezais en fragmentos desprendidos, en escombros amontonados, aquella parte que veis, teniendo delante un cubo, en que crecen los jaramagos y las malvas locas, y sobre el cubo las dos torres, orladas por una tapia de tierra con aspilleras, y entre las dos torres un muro, y en este muro una puerta tapiada, podeis decir que estais en la torre de los Siete Suelos, entrada principal de la Alhambra en otros dias, y hoy ruina miserable insultada por los hombres y por el tiempo.

Difícilmente puede comprenderse la pasada magnificencia de aquella puerta.

A principios del siglo actual, los franceses, los hijos de ese pueblo ilustradísimo, que vinieron á España con el no menos ilustradísimo, sabio, prepotente colosal Bonaparte, tuvieron el buen gusto de minar la Alhambra y de barrenar sus muros: no podian llevársela como se llevaron otras tantas cosas que aun no han vuelto, y quisieron destruirla; afortunadamente un soldado de los inválidos del castillo, tuvo valor bastante para cortar la mina, pero cuando ya habia volado la magnífica torre del Agua, cuyos vestigios se vén con vergüenza de los civilizadores del mundo en la parte sur de la Alhambra, donde yacen arrojados fragmentos de los muros sobre el barranco. Del mismo modo por la parte de adentro de los muros, junto á la torre de los Siete Suelos, se vé un colosal fragmento de bóveda, surcado por los barrenos, fragmento que debia tener sobre si una inscripcion que dijese:

«No fueron españoles los que esto hicieron, sino los franceses que trajo á España para civilizarla Napoleon el Grande.»

De la misma manera en la torre de los Picos, en la bellísima torre de los Picos, debia escribirse:

«Las balas rasas que dejaron sus señales como se vén en el muro de esa torre, fueron disparadas desde las baterías de la Silla del Moro, por los franceses que acaudillaba el mariscal Sebastiani.»

Y debia añadirse:

«La Alhambra no resistió; esas ruinas fueron hechas con la sola intencion de destruir; las señales de esas balas de treinta y seis, no las recibió en medio del combate la torre de los Picos; los franceses las dispararon inútilmente para destruir la torre, que resistió como un viejo soldado tras su coraza á prueba. La Alhambra tembló bajo la esplosion de las minas, se rajaron sus torres y sus muros, pero resistió, no se destruyó enteramente, como si un génio invisible la hubiera protejido.»

Sin embargo, la torre de los Siete Suelos quedó destrozada, su parte interior y sus adornos volaron, algunos fragmentos de las magníficas enjutas de mármol de su puerta, han parecido ahora entre los escombros, y están en poder de uno de los amigos del autor.

Como si no hubiera sido bastante el bárbaro atentado de los franceses, un dia, durante la última guerra civil, cuando tuvo lugar sobre Castilla y Andalucía la espedicion de Gomez, púsosele en la cabeza á un capitan general de Granada fortificar la Alhambra, y un ingeniero para orlar la torre de los Siete Suelos de una tapia aspillerada, voló su parte superior que los franceses habian rajado.

Ahora, por último, la intendencia de la Casa Real, ha retirado las escasas cantidades destinadas para restaurar la Alhambra; parece, pues, que estraños y propios, montescos y capeletes, han tomado por empresa que la Alhambra desaparezca de sobre la haz de la tierra.

Nosotros al ver esto bajamos la cabeza, y decimos como los árabes:

¡Qué se cumpla lo que esta escrito!

II.

Pero en los tiempos antiguos, era distinto.

La torre de los Siete Suelos, era una magnífica torre.

Alzaba con altivez sus muros orlados de almenas reales.

Ostentaba los bellos mármoles labrados de su ingreso, y los ajimeces calados del muro, y sus matacanes y sus ladroneras y su ancho cubo, sobre cuya plataforma vagaban los soldados del rey moro.

El sol al salir alumbraba con alegría aquella puerta.

Pero antes del rey Abul-Walid, la torre de los Siete Suelos, no tenia unida á sí la terrible tradicion que con ella vive.

Esta tradicion es sombría.

Dícese que todas las noches, al dar el reloj las doce, sale de la torre un caballero moro, ginete en un caballo blanco sin cabeza, y precedido por un enorme y lanudo perro blanco, que recorren con la rapidez del relámpago los bosques de la Alhambra, y que al espirar la última campanada de las doce, vuelven á la torre y á su último suelo, del que no vuelven á salir hasta la noche siguiente.

Dícese que el que por acaso vé al Belludo y al Descabezado durante su brevísima escursion nocturna, esperimenta una desgracia.

Añádese, que el moro que cabalga en el Descabezado es un espíritu maldito.

Y preguntad á las buenas gentes de los alrededores, si es verdad lo del perro lanudo y lo del caballo sin cabeza, y os contestarán sin vacilar:

--Yo los he visto, una ó mas veces, y me ha acontecido tal ó cual desgracia.

Habia un guarda en los bosques de la Alhambra que se llamaba por apodo el Coronel: era un escelente hombre y un escelente cazador, y vivia en una cueva casi frente por frente de la torre de los Siete Suelos.

Una mañana de invierno el autor subió á la Alhambra.

Hacia un hermoso dia; pero la noche anterior habia sido una noche de tormenta.

El autor encontró al Coronel sentado tristemente al sol, en el poyo de piedras que habia junto á la puerta de la cueva.

--Eh, Coronel, le dijo; buenos dias: ¿qué hace Vd. ahí tan triste y tan cariacontecido?

--¡Ay, señor de mi alma! me contestó: anoche, cuando mas arreciaba el temporal, me dieron tentaciones de salir, porque de estas noches se valen los matuteros[89], y abrí la puerta á punto que daban las doce: el Belludo y el Descabezado pasaron junto á mí como alma que lleva el diablo.

--¡Bah! le dije: estaría Vd. medio dormido.

--¡Cá! no señor: hace diez años los ví otra noche, y al dia siguiente murió mi muger.

--¿Y qué desgracia le ha sucedido á Vd. ahora?

--¡Se me ha muerto la lebrela!

Cuando un hombre habla con tanta fé, no hay mas recurso que oir y callar.

Es pues, una tradicion reconocida, creida como un hecho indudable la existencia en la torre de los Siete Suelos de la Alhambra de un caballo sin cabeza y de un perro con muchas lanas.

En cuanto á los Siete Suelos misteriosos no están en la torre, sino en el cubo semicircular de defensa que está situado delante de la torre[90].

Uno de estos suelos es una galería semicircular, en la cual de trecho en trecho hay una especie de nicho profundo y abocinado que atraviesa el muro, en cuya parte esterior hay una piedra con una abertura obalada y sobre ella una cruz calada.

Aquellos nichos estaban destinados á los escuchas.

En el pavimento, y tambien de trecho en trecho, hay aberturas cuadradas, respiraderos sin duda, de las galerías inferiores.

Cuando se arroja una piedra por uno de aquellos respiraderos, se la siente caer retumbando, como en una sima.

En cuanto á los Siete Suelos, estando cegada la escalera que conducia al tercero, nada puede asegurarse.

Pero cuentan los viejos, que cuando aquellas escaleras no estaban cegadas se bajaba bien al tercer suelo, pero que en el cuarto la atmósfera era espesa; que en el quinto no se podia ya respirar, que se apagaban las luces, por bien preparadas que fuesen, y por último, que los que se habian atrevido á llegar hasta la escalera que conducia al sesto piso, habian oido un estruendo sordo y pavoroso, y se habian vuelto aterrados.

Quede consignado, pues, que en Granada se cree en el Belludo y el Descabezado de la torre de los Siete Suelos; que se cree dominada la torre por un encanto, y que nadie ha bajado ni podria bajar hasta el sétimo suelo.

Veamos ahora la tradicion mora.

III.

Allá por los tiempos en que los árabes emprendieron su conquista sobre España, en el sitio donde ahora se levanta la torre de los Siete Suelos, dicen que habia una sima profundísima, en cuya parte interior, naciendo en su borde, se torcia un estrecho, escarpado y peligroso sendero.

Una tarde, á tiempo que el sol trasponia, apareció entre los montes un caballo que llevaba sobre sí una dama.

Aquella dama era negra, pero hermosa, como la reina de Saba; llevaba los cabellos sueltos y desordenados, vestida una flotante y larga túnica de púrpura, y en el cuello y en los brazos, collar y brazaletes de gruesas perlas.

El caballo era blanco é iba en pelo.

Solo tenia un freno de oro y riendas de oro tambien, con las que le regia la dama.

Aquella dama, en la inquietud de la mirada de sus negros ojos, en la sobreescitacion de su alto seno y en el ardiente álito que emanaba de su boca purpúrea y entreabierta, se comprendia que estaba amenazada de un grave peligro, y en la precipitacion con que lanzaba su caballo á través del tortuoso sendero abierto entre el enmarañado bosque que entonces cubria la Colina Roja, la Silla del Moro y el Cerro del Sol, demostraba claro que huia.

Apenas habia la dama llegado al barranco que hoy se llama Peña-Partida, y que está ya próximo al lugar donde hoy se levanta la torre de los Siete Suelos, y donde antes existia la sima que hemos citado, cuando se oyeron roncos ladridos y apareció por el mismo lugar por donde habia llegado la dama, un enorme perro blanco de montería.

Al sentir sus ladridos, la dama se estremeció, y aguijó su caballo que partió por el descenso del barranco, y se dirijió como una flecha al borde de la sima.

Al verle la dama, dió un grito de horror y se arrojó del caballo al suelo, quedando desmayada por la violencia del golpe, junto al borde de la sima.

El caballo se lanzó en ella y desapareció, produciendo con su caida un ruido sordo, terrible, atronador, en las profundidades lóbregas de aquel agujero horrible.

IV.

La dama habia quedado suspendida entre los espinos sobre el abismo; el perro llegó al borde, asió con los dientes su túnica y la sacó fuera.

Entretanto llegó un hombre, y dió un puntapié al perro que se hizo atrás, y enseñó sus dientes amenazadores al hombre aquel, pero no le acometió.

Aquel hombre tenia un aspecto terrible.

Era su frente de color cobrizo, su cabellera bermeja, casi roja, como si se la hubiera teñido con sangre, y tan áspera que sus cabellos, mas que cabellos parecian cerdas: del mismo modo, su barba prolongada, revuelta, era áspera y roja, y cubria de tal modo su semblante, que apenas se le veian las narices anchas y romas, y dos ojillos grises, pero móviles, duros, feroces, de espresion cruel y perversa: de su boca y por cima de la revuelta barba, se veian salir cruzados cuatro colmillos blancos y agudos: era de estatura atlética, de miembros fornidos y cobrizos, estaba desnudo y descalzo, y solo cubria una parte de su cuerpo una especie de taparrabo negro de una tela de lana tosca: de la cintura de esta prenda, colgaba un hacha enorme con un astil de hierro muy corto; llevaba á la espalda un arco de fresno largo y poderoso, atravesadas en la especie de cinturon de que pendia el hacha, como hasta una docena de flechas, y se apoyaba en una pica corta y gruesa de roble, en una especie de chuzo, en cuyo estremo superior se veia enhastado un ancho y reluciente hierro de dos filos.

Habia cerrado la noche.

Una luna pálida, opaca, lanzaba un resplandor turbio, sombrío, impuro, casi rojo, en el claro del bosque, en el centro del cual, se abria la boca de la sima.

Aquella luz fantástica, pavorosa en el centro de un bosque solitario, sin oirse otro ruido que el del viento que zumbaba desapacible y frio entre las encinas; aquella dama negra desmayada, aquel hombre singular, bravío, de aspecto feróz, que la contemplaba con una alegria repugnante, y aquel perro sentado, con su enorme estatura, sus larguísimas lanas blancas, y sus ojos amenazadores y relucientes fijos en el hombre, eran un cuadro estraño tras el cual como que se adivinaba una historia sombría y terrible.

De repente, y cuando el hombre rojo se inclinaba sobre la hermosa dama negra, los ecos del bosque repitieron el sonido atronador de una bocina.

A aquel sonido, el hombre rojo se irguió, arrojó á sus pies la pica, se quitó el arco de la espalda, le templó, armó en él una flecha, y miró con fiereza al sitio de donde habia provenido el son de la bocina.

Retumbó un segundo toque mas cercano: el salvage entezó el arco, y esperó aun.

Por tercera vez, y ya á muy poca distancia, se oyó el sonido de la bocina, y apareció una forma humana entre la primera línea de los árboles.

Entonces el hombre rojo estendió el arco, le forzó y dejó ir la cuerda, y una flecha partió silvando, y fué á rebotar como sobre en una roca, en el bulto que adelantaba, que se precipitó á la carrera por la vertiente, de la colina, y llegó al fin al lugar donde estaban el hombre rojo, la dama desmayada y el perro.

V.

El hombre nuevamente aparecido, venia completamente armado por un arnés negro y reluciente.

Bajo su casco sin visera, redondo y liso, sin adorno alguno, se veia un semblante blanco, hermoso, melancólico, con unos grandes y lucientes ojos negros.

Pero en el fondo de aquellos ojos habia algo que causaba espanto.

El hombre rojo y el de la armadura negra, se miraron fijamente y en silencio, durante algunos segundos, pero con un odio infinito.

--Te has valido de tus malas artes, y de la amistad que tienes con el diablo, Kaibar, por robar del alcázar del rey Al-bahul, á la hermosa Zairah, dijo el de la armadura negra; pues bien, has trabajado para mí; porque voy á matarte, y despues nadie me preguntará por Zairah, á quien amo.

--¿Y dónde has visto tú á Zairah, Jacub? esclamó con voz ronca y sarcástica Kaibar.

--Me la ha mostrado en sueños el espíritu que me ayuda.

--¿Y cómo sabias tú que existia Zairah?

--Un dia estaba triste, muy triste; dijo Jacub, sentándose sobre una de las asperezas del borde de la sima con la misma tranquilidad que si no hubiera tenido delante un enemigo: velaba yo, apoyado en las almenas en la torre grande de la alcazaba de Cairvan[91]: brillaba como ahora la luna triste y sombría.

Y mi alma estaba envuelta en tinieblas.

--¡Por qué, dije levantando los ojos al cielo, por qué, grande y poderoso Allah, conturbas mi espíritu y le sumerges en sombra!

¿No soy yo hijo del poderoso rey Al-Bahul, el de los ojos de diamante y la barba de oro? ¿No tengo riquezas y esclavos, soldados invencibles, y corazon valiente que no se estremece ante el peligro? ¿Por qué, pues, mi corazon arde en un deseo misterioso como si encerrase un volcán?

Apenas habia pronunciado estas palabras, cuando sonó en mi oido una música regalada, que parecia venir de muy lejos, pero que, sin embargo, yo oia como si sonase junto á mí.

Aquella música parecia provenir de las cuerdas de oro de una guzla, y poco despues la acompañó una voz dulce, dulcísima, que resonó en mi corazon como el arrullo de la tórtola en los oidos de su compañera enamorada.

¡Oh! esclamé al ver que aquella voz templaba el fuego de mi corazon como una dulce lluvia de rocio: ya sé lo que deseo; ya sé lo que siento; yo amo á esa vírgen que canta.

--¿Y qué cantaba la vírgen? dijo con ronca voz el salvage.

--Cantaba un romance muy triste, contestó Jacub.

--¿Y te acuerdas de él? repuso Kaibar.

--Quedó fijo en mi memoria, como el bote de una lanza de Damasco queda señalado sobre una adarga de Kufa.

--Yo quiero oir ese romance, dijo Kaibar, que cediendo á una especie de fascinacion estraña desarmó su arco y se sentó frente á Jacub.

Zairah desmayada aun, estaba entre los dos.

El lanudo perro, tomando parte en aquella escena, miraba alternativamente al uno y al otro.

--Sí, yo quiero oir ese romance, repitió Kaibar.

--Pues óyelo, dijo Jacub.

Y empezó de este modo con voz lenta y cadenciosa.

Libres los vientos--zumbando vagan; libres navegan--las nubes blancas, del firmamento--la azul campaña; libres batiendo--las leves alas las golondrinas--besan las aguas, del ancho lago--que riza el aura; libres las ondas--la curva playa, amantes orlan--de espumas cándidas; las mariposas--engalanadas ora revuelan,--ora se paran, entre las flores--de mi ventana, y yo entretanto--me miro esclava, me cercan muros,--puertas me guardan, y en mis megillas--el sol vé lágrimas, cuando aparece--por la mañana, y aun vé mis ojos--que el llanto empaña cuando á los mares--cansado baja.

Calló Jacub, y Kaibar que le habia escuchado atentamente, le dijo:

--¿Y qué hiciste despues de oir ese cantar?

--Me pareció que mi alma entera se habia trasladado al lugar desconocido de donde parecia haber venido aquel canto; conoci que la tristeza que antes me aquejaba era una tristeza de amor.

--¿Y amaste?

--¡Con toda mi alma!

--¿Y conociste á la virgen de tu amor?

--Sí.

--¿Y era ella? dijo Kaibar señalando con un ademán enérgico á la dama que aun estaba desmayada.

--Sí, era Zairah, dijo Jacub: con la diferencia de que cuando yo la conocí era blanca como un rayo de la luna, y cuando me dió su amor, cuando fué mia, cuando apuré en sus brazos la sed de mi amor, su tornó negra.

--¡Qué ha sido tuya Zairah! esclamó Kaibar levantándose demudado y feróz, y empuñando de nuevo su arco.

Jacub se levantó y miró con desprecio al salvage.

--¡Vete! le dijo; eres una bestia feróz, Kaibar.

--O me dejas á Zairah, ó tu vida, esclamó el salvage haciéndose atrás y armando de nuevo la flecha en el arco.

--¡Vete! repitió Jacub, ¡vete! y no me obligues á matarte.

El salvage palideció de cólera, entezó su arco, y disparó.

Pero la flecha rebotó en el coselete de Jacub, que se lanzó furioso sobre el salvage y le estrechó entre sus brazos.

Parecia que Kaibar debia ahogar entre los suyos á Jacub: tanto, al parecer, le aventajaba en fuerzas.

Pero no sucedió así.

Como si la armadura de Jacub hubiese tenido vida, fuerza y voluntad, aquella negra y reluciente armadura se movia, estrechaba, sofocaba al salvage.

--¡Oh! tú tambien tienes pacto con Satanás, dijo Kaibar, y Satanás te protege, esclamó redoblando sus esfuerzos.

Pero en aquel momento, Jacub levantó su brazo armado con su puñal y le sepultó por tres veces en el pecho del salvage: á la primera puñalada, los brazos de este dejaron de oprimir á Jacub; á la segunda se doblegó; á la tercera cayó rebotando en la sima, impulsado vigorosamente por Jacub.

El perro lanzó un gruñido horrible y se puso á lamer la sangre de Kaibar que habia quedado entre las piedras.

En aquel momento volvió en sí Zairah.

Ningun vestigio habia quedado del crímen. Kaibar habia desaparecido en la sima; el perro habia lamido su sangre; Jacub habia arrojado al abismo su puñal.

VI.

Para que nuestros lectores puedan comprender con claridad la leyenda que otros nos contaron, y que nosotros contamos á nuestra vez, necesitamos dejar á Jacub, á Zairah y al perro, al borde de la sima donde mas adelante se construyó la torre de los Siete Suelos, é ir á buscar la historia de un rey de Africa.

Este rey se llamaba Yaks-Al-Baul.

Este rey no habia nacido de príncipe.

Por el contrario, no se sabia quienes fueron sus padres.

Un dia le encontraron unos cazadores de leones de Tánger, en un antro en el momento en que le amamantaba una leona al par que á un estraño cachorro.

La leona fué muerta, y Yaks-Al-Baul y el cachorro llevados como testimonio de un milagro, al gran faquí de la mezquita mayor de Tánger.

Yaks era un muchacho bermejo como las guedejas de su nodriza, y de mirada feróz como ella, y muy robusto y crecido.

El cachorro tenia tanto de perro como de leon, y era horrible.

El faquí, que era un grande astrólogo, recibió al niño y al perro; oyó atentamente la relacion de los cazadores, y cuando se quedó solo se puso á consultar sus cuadrantes y sus astrolabios.

Comprendió al fin, por lo que sus primeras tentativas astrológicas le revelaron, que nada sabria si no evocaba al diablo.

Estremecióse el bueno de Almedí, porque era religioso y justo, y no le gustaba tratar con los espíritus condenados; pero con la intencion de servir á Dios, se subió á una torrecilla de su casa y conjuró á Satanás.

Apenas habia pronunciado su conjuro, cuando oyó un zumbido sordo y tenáz y vió un moscardon negro y reluciente que habia entrado por la ventana y volaba alrededor de su cabeza.

--En el nombre de Dios altísimo y único, dijo Almedí, ¿eres tú el arcángel rebelde?

--Yo soy, contestó una voz que zumbaba como el vuelo del moscardon.

--¿Y por qué te me presentas en esa forma?

--Porque es la mas á mano que he encontrado.

--Eres mi esclavo.

--Ya lo sé: has pronunciado el conjuro mas terrible de Salomon.

--Toma otra forma, dijo Almedí.

--Esa es una tiranía inútil que le puede costar cara, contestó el maldito.

--Toma otra forma, repitió con doble imperio Almedí.

--Sea, pues que tú lo quieres.

Y no solo tomó otra forma el diablo, sino que la tomó tambien el interior de la torrecilla donde estaba Almedí.

Este vió, primero, una dama hermosa sobre toda ponderacion, engalanada sobre todo encarecimiento, que fijaba en él una mirada enamorada, dulce capaz de volver locos á cien faquíes ascéticos: la habitacion se habia trasformado en un retrete dorado, matizado, resplandeciente, adornado con divanes, con lámparas, con alfombras, como no habia visto ningun Almedí.

El bueno del faquí, en cuanto vió aquella hermosísima niña con sus sedosos cabellos negros sueltos en largos y anchos rizos sobre los desnudos hombros; la rica y doble gargantilla de perlas que rodeaba su cuello de blancura deslumbradora y descansaba sobre un seno medio descubierto; los encantos irresistibles que se veian á través de la magnífica y descuidada túnica, se olvidó de los dos engendros que le habian llevado los cazadores de leones y del deseo de saber su historia. Y sin embargo, la hermosísima jóven tenia en los brazos al pequeño hombre-fiera de cabellos y ojos de leon, y á sus pies, echado en el diván de seda y oro, al estraño animal, monstruosa mezcla de la deformidad del leon y del perro.

Y aquella niña, ó por mejor decir, el diablo, acariciaba á los dos pequeñuelos, y al recibir sus caricias, el niño lloraba y el perro ahullaba.

--¡Eh! ¿qué tal te parezco? dijo el diablo con una voz tan cavernosa, tan estridente, de acento tan cruelmente burlon, que no parecia sino que lo pronunciaba otra persona detrás de la jóven.

--Vete, dijo el faquí creyendo que el diablo se habia escondido tras de la hermosa niña que ocupaba el diván.

Al pronunciar Almedí su mandato, hermosa, diván y retrete desaparecieron, y solo quedaron el niño llorando y el perro ahullando.

Pero Almedí habia perdido su alma.

Se habia enamorado frenéticamente de Satanás, ó lo que era lo mismo, aunque él no lo sabia, de la hermosa doncella.

Y la llamó á voces, descompuesto el semblante, temblándole la larga barba.

Una carcajada mugeril, pero dulce, incitante, tentadora, le contestó.

Almedí corrió al ángulo de la torrecilla donde habia resonado aquella carcajada con los brazos estendidos creyendo que el diablo habia hecho invisible á la hermosa dama.

Pero al llegar á aquel ángulo donde nada encontró, en el ángulo opuesto resonó otra carcajada mas dulce, mas sonora, mas incitante.

El diablo jugaba con Almedí al esconder, y entretanto el pequeño hombre-fiera y el aborto de perro y leon acrecian en su llanto y sus engruñados.

Tenian hambre.

Despues de algun tiempo de inútil lucha, el faquí se sentó en medio de la habitacion agotadas sus fuerzas.

Inclinó la cabeza sobre sus rodillas, cerró los ojos y alimentó el recuerdo de aquella hermosísima vision que habia desaparecido.

Y recordando, vino á recordar que aquella vision se le habia presentado á causa de su conjuro al diablo.

Y como ardia en deseos de volver á ver á aquella seductora doncella, volvió á conjurar á Satanás.

Entonces un sapo negro y verde, como si hubiera caido del techo, cayó sobre la halda de la túnica de lana blanca del faquí y se puso á mirarle frente á frente.

--¿Eres tú, Satanás? dijo Almedí.

--Yo soy, dijo una voz atronadora que no se podia concebir saliese del cuerpo del sapo.

--¿Por qué has tomado esa figura? dijo Almedí.

--¿Qué, no soy yo dueño de tomar la figura que mas me agrade? ¿No dices tú en tus sermones en la grande aljamia: Buenos creyentes, temerosos de Dios; cuando entre en vuestra casa un moscon negro y reluciente, zumbando, zumbando, orad á Dios á fin de ahuyentarle, porque ese moscon es el diablo que viene á susurrar en vuestros oidos palabras de perdicion: cuando veais junto á una fuente un sapo negro y verde, aunque os aqueje la sed no bebais, porque aquel sapo será el diablo que habrá escupido en el agua, y si bebeis os hará suyo? ¿Por qué te quejas, pues, de que yo tome las dos figuras que tú me has supuesto?

--Hazme ver á la doncella blanca de los ojos negros, dijo Almedí, que á duras penas habia tenido paciencia para escuchar la réplica del diablo.

--No quiero, dijo éste; eres un viejo ridículo: ¿qué se ha hecho de tu santidad? Eva la ha desvanecido como el sol desvanece la niebla.

--¿Se llama Eva la doncella hermosa?

--Eva es la muger, ó por mejor decir, el conjunto de tentaciones de todas las mugeres.

--Pues bien, que aparezca Eva.

--Quiero ser generoso contigo; renuncio á tu posesion; no quieras ver á Eva, pues que si la vés eres mio.

--¿Pues no era Eva la que he visto?

--Era Eva, despues de haber hablado conmigo, la Eva del pecado y de la impureza; la que perseguia á Adan por los bosques del paraiso perdido, poniéndose entre él y Dios.

--Mientes; en tiempo de Eva, no se habia descubierto el oro, ni las perlas, ni existia Cachemira, ni Kufa, ni Damasco.

--Pero existen hoy, y yo he vestido á Eva como he querido. Estos sábios son insufribles: ¿si sabré yo lo que me hago?

--No, no lo sabes, porque te estoy pidiendo que me presentes ante los ojos á Eva, y resistes.

--Porque tengo lástima de tí, pobre tonto.

--Me obligarás á que pronuncie de nuevo el conjuro.

--No, no lo hagas, porque el sonido de ese conjuro me hace padecer horriblemente; pero ya que me obligas, voy á vengarme de tí: mira.

Sintió Almedí un sonido semejante al de una tienda de tela sútil y crugiente que se desplegase sobre su cabeza.

Y en efecto, una tienda se habia desplegado.

Tienda tegida de hilos sútiles y resplandecientes de mil colores como los rayos del sol que pasan por la lluvia: compartidos estos colores en labores caladas, en sútiles mallas que dejaban ver una luz resplandeciente, pero de una manera dulcísima, grata sobre todos los alhagos á los sentidos. Sostenian la tienda columnas en que no se veian mas que los resplandores de las piedras preciosas de que estaban cuajadas, y que giraban incesantemente, pareciendo un raudal purísimo que subia del pavimento.

Y aquel pavimento era un relumbrante alicatado (mosáico) de diamantes, de rubíes, de carbunclos, de esmeraldas, de topacios, de amatistas, de perlas negras y de perlas blancas, de cuantas preciosidades encerró Dios en las entrañas de la tierra y en las profundidades de los mares.

Y en medio del pavimento habia una fuente labrada de un solo diamante, y de la fuente surgía un agua clarísima y tan olorosa, tan rica de ambrosía como los manantiales del paraiso donde apagará su sed el justo toda una eternidad con sola una vez que beba una sola gota.

Y mas allá de la fuente, tendida en un lecho cándido y resplandeciente como la luna, habia una muger, mas hermosa que todas las hermosuras de la tierra, mas resplandeciente que la tienda en que se encontraba, y casta y pura como el pensamiento de un niño que murmura las primeras palabras con que su madre procura encaminar su espíritu á Dios.

Y tenia los cabellos, las cejas y las pestañas tan negros, que junto á ellos hubieran parecido blancas las alas de un cuervo de Egipto.

Y eran sus megillas como los arreboles del sol de la mañana.

Y era su carne tan blanca, que junto á ella hubiera parecido negra la nieve de las cumbres donde no se posa planta humana.

Y una túnica riquísima pero trasparente aumentaba los hechizos de aquella imágen de la muger que Dios crió para que fuese como la sultana de las huríes, para hacer feliz á Adan en el paraiso.

Era la imágen de Eva antes del pecado.

Almedí cayó de rostro sobre el pavimento con el alma abrasada en un fuego impuro, y adoró á Satanás en la imágen de Eva.

El niño-fiera, y el cachorro de perro y de leon, el uno entre los brazos y el otro á los pies de la Eva maldita, lloraban, gritaban, ahullaban, rugian con mas fuerza que nunca.

--Levántate, dijo la ronca y temerosa voz del diablo. Eres ya mio; pero quiero concederte un medio de volver á tu libertad. Voy á decirte en una historia, en la historia de esos dos hermanos, á dónde pueden llevar á una criatura el olvido de Dios por la muger, y por los impuros placeres de un amor idólatra.

--Dame á Eva, replicó Almedí.

--Te la daré, si me la pides despues de haber escuchado la historia de esos dos hermanos, y señaló al niño y al perro.

--Dame á Eva.

--Escucha.

Y dominado por un poder oculto y misterioso, Almedí con los ojos fijos en la imágen de Eva, sentado sobre sus rodillas, inmóvil, pálido, atento, escuchó.

Y el diablo le contó una historia.

Y la historia era esta.

VII.

Hay allá, en las tierras de occidente, una tierra fértil, de cielo radiante, cubierta de flores y de verdor.

La guardan sierras que la dan su nieve en claros raudales; la surcan rios que fertilizan sus praderas, y sobre la vega y sobre sus montes se ven alquerías blancas y torres bermejas.

Esta tierra, paraiso del mundo, jardin de delicias, huerto de amores, bendita y riente, guardada por Dios para los mas valientes y fervorosos de sus escogidos, estaba entonces en poder de unos cristianos, nietos de unos bárbaros que habian venido á las regiones del mediodia, desde las regiones donde jamás se derrite el hielo.

Aquellos cristianos eran los visigodos.

Corria el año de seiscientos sententa y cuatro.

Era rey de los visigodos Wamba.

Wamba, á quien habian obligado á ser rey.

Este rey era muy bravo.

En los primeros tiempos de su reinado subleváronse algunos de sus mas poderosos vasallos; pero Wamba fué sobre ellos, los venció y les puso en temor y respeto de su nombre.

Entre estos grandes, habia uno que se llamaba Ervigio.

Era mancebo y hermoso á maravilla, y tenia tanta soberbia como hermosura.

Era pariente del pasado rey Recesvinto, y aunque no se atrevia á declarar abiertamente sus intentos, alentaba esperanzas de ser rey y se procuraba en secreto parciales.

Pero luchaba con el temor que imponia la bravura de Wamba, y andaba desalentado y triste.

VIII.

Una tarde de primavera, Ervigio se paseaba solo por las huertas del Tajo, á los pies de la altura donde se asienta Toledo.

Iba pensativo, pensando en como haria para arrebatar á Wamba su corona y ceñirla á su cabeza.

El sol trasponia.

Ervigio se alejaba por la orilla del rio.

De repente tropezó en un objeto, y oyó una voz áspera que se quejaba.

Ervigio habia tropezado con un hombre, que estaba sentado al borde de una roca sobre el rio, con una caña de pescar en la mano.

Aquel hombre era muy singular, tan pequeño que apenas llegaba á la cintura de Ervigio, jorobado, patizambo, tuerto y viejo.

Alzóse al ser tropezado en ademán amenazador y puso mano ferozmente á su puñal y se encogió como el tigre para dar el salto sobre su presa.

Ervigio puso mano á su espada.

Pero al verle el enano, se amansó, envainó su puñal, sonrió horriblemente, arrojó su caña al rio, y dijo con acento singular entre burlon y cruel.

--He aquí que el rio no me ha dado ni un solo pececillo, pero la tierra me ha dado una buena pesca. Yo te esperaba.

--¿Qué me esperabas?

--Sí, ella me habia dicho: el dia en que te sentares en la roca, y echares tu anzuelo al rio y no sacares del agua peces, desde que el sol salga hasta que se ponga, aquel dia habrás encontrado al que mi alma adora.

--¡Ah! dijo Ervigio; ¿esa profecía te la habia hecho conocer una muger?

--Sí, poderoso y afortunado señor, una vírgen hermosa.

--Déjame continuar mi camino, dijo Ervigio, que como estaba poseido de la ambicion, rechazaba al amor.

Pero el enano no se apartó del sendero.

--El sol se ha puesto y no he sacado del rio ni el mas pequeño pececillo; tú eres, pues, el mancebo á quien ella ama, yo te esperaba, has venido y yo te he hallado, rey de los godos.

--¡Rey de los godos! esclamó Ervigio.

--Sí, tú serás rey por el amor de ella. Sígueme.

Y el enano saltó de la roca abajo á la selva, y Ervigio, que habia oido saludarle como rey por aquel estraño jorobado le siguió.

IX.

Habia en el centro de una oscura selva de encinas, sobre una eminencia, rodeada por un arroyo, una torre triste y solitaria, cubierta de musgo y enmohecida su puerta de hierro.

Nadie, ni una sola persona se veia ni en el claro de la selva, ni al pie de la eminencia donde estaba construida la torre, ni en la torre misma.

Esta no tenia ventanas ni respiradero alguno al esterior.

Ninguna senda se veia en el bosque que condugese á la torre.

Era de noche y brillaba la luna.

Una luna rojiza y opaca.

Dominaba en torno de la torre y en el bosque un silencio de muerte.

Pero en medio de este silencio, se oyó de repente como el ruido de dos espadas que cortaban la maleza.

Poco despues, por un sendero que ellos mismos se habian abierto, aparecieron dos seres humanos.

El uno alto, esbelto, que andaba con gran magestad.

El otro pequeño, contrahecho, monstruoso, que remedaba en su andar al lobo traidor cuando se acerca al redil que guardan los mastines.

Eran Ervigio y el jorobado, á quien habia encontrado pescando en la márgen del rio.

Adelantaron entrambos hasta la torre, y cuando llegaron á su puerta, el enano dijo á Ervigio:

--Si tú eres aquel á quien ella espera, la puerta de la torre se abrirá al tocarla tú.

--¿Hay en esto algun arte de Satanás? dijo Ervigio.

--¿Y qué te importa? ¿no quieres ser rey?

La ambicion habló mas alto que el temor de Dios en el corazon de Ervigio, y tocó con una mano audaz las planchas de hierro de la puerta de la torre.

Apenas la habia tocado Ervigio, cuando la puerta se abrió con un silencio pavoroso.

Dentro no se veian mas que tinieblas.

--Si eres tú á quien ella ama, dijo el jorobado, cuando entres dentro, las tinieblas desaparecerán y oirás maravillas.

Ervigio impulsado siempre por su ambicion, penetró en la torre.

Apenas habia penetrado en el lóbrego dintel, cuando apareció á sus ojos iluminado por un resplandor rojizo, un ancho lago de sangre, en medio del cual habia un palacio rojo tambien, y reluciente.

--¡Oh! esto es horrible, dijo Ervigio.

--Para ser rey es necesario atravesar ese lago.

Una barca negra, á la que nadie guiaba, salió por las puertas del alcázar rojo, que se abrieron, y adelantó hasta tocar á la orilla donde se encontraban Ervigio y el enano.

Entrambos saltaron dentro.

Apenas habia tocado Ervigio la negra barca con sus plantas, cuando ésta se hundió entre un remolino del lago, desapareciendo entre sus rojas ondas.

Y se oyó la voz del enano que rugia en medio del estruendo atronador del remolino.

--La virgen maldita ha encontrado á su maldito esposo, y su generacion es mia.

Y aquellas palabras retronaron, se estendieron, vibraron y fueron repetidas por mil ecos pavorosos.

X.

Y ahora, dijo Satanás dirijiéndose á Almedí, quiero que sepas quien era la muger que habia atraido así con sus encantamientos al ambicioso Ervigio.

Era una doncella que aun no habia cumplido los quince años, hermosa á maravilla, pero con una hermosura terrible.

El color de su tez era dorado, sus cabellos dorados tambien, sus ojos leonados con las pupilas negras, flexible el cuerpo como el de una pantera, y esbelta, gentil, y voluptuosa á maravilla.

Era una muger como no habia dos sobre la tierra.

Parecia una mezcla de fiera y de criatura humana.

Y á pesar del color de su piel, de sus cabellos y de sus ojos, era tal la brillantez, la suavidad y la trasparencia de su piel, tan sedosos, tan ricos, tan rizados sus cabellos, tan grandes, poderosos y lucientes sus ojos, tan preciadas las joyas que la engalanaban, y tan ricas y tan bellas tas túnicas que vestia, que no hubiera habido un hombre que la hubiese visto que no hubiera desfallecido de amor.

Era judía, y se llamaba Asenéth.

Su madre se habia llamado Zelpha, y habia sido una jóven hermosísima.

Pero con una hermosura semejante á la de las demás mugeres, y enteramente distinta de la de su hija.

Zelpha habia tenido un hermano judío tambien, y que se habia llamado Jamné.

Jamné habia sido mercader de sedas, y de púrpura y de paños preciados.

Habia sido un miserable, vendido á mí, y cuando hubo cometido cuantos crímenes son imaginables, el robo, la calumnia, la usura, la hechicería, y el envenenamiento, quiso cometer el último y mas horrible de los crímenes: el incesto.

Zelpha, la hermosísima Zelpha, era sin embargo sábia: su madre, famosa hechicera, la habia enseñado la astrología judiciaria, y el arte de los ensalmos y de los encantamientos, y á confeccionar filtros y hechizos, y á evocar los muertos, y á hacer comparecer los vivos, y á leer en sus pensamientos.

Zelpha, que era mas sábia que su hermano, adivinó sus intentos, y antes de que éste la hechizara para reducida á su voluntad, determinó hechizarle á él.

Para ello, una noche se arrancó tres de sus hermosos cabellos negros, los ató cabalísticamente, los quemó á la luz de su lámpara y me llamó.

Era una doncella hermosa y de quien yo esperaba mucho, y me presenté á ella en la forma de un hermoso mancebo.

--Sé, me dijo, que mi hermano quiere hacerme suya. Yo le aborrezco. Verme entre sus brazos sería para mí un tormento horrible.

--¿Y por qué aborreces á tu hermano?

--Es miserable y receloso, dijo; me tiene vestida de lana parda, me da de comer pan de avena y me tiene encerrada donde ni aun la luz del sol veo.

--¿Y qué quieres?

--Quiero... lo que no alcanza á hacer la ciencia que me enseñó mi madre. Yo quisiera castigar á mi hermano por la tiranía con que me trata, y por la impureza que por mí siente: es una bestia feróz.

--¿Y te vales de mí? la dije.

--Sí, me contestó.

--¿Y qué me darás en cambio?

--Estoy enamorada de un hombre.

--¿Y qué hombre es ese?

--El duque godo, Wamba.

--Valiente hombre.

--Y hermoso.

--Y temeroso de Dios. No sé si podrán vencerlo tus malas artes.

--Wamba sueña conmigo.

--¡Ah!

--Sí; un dia que estaba yo muy triste porque se habia despertado en mi alma el primer deseo del amor, evoqué la imágen de un hombre, que fuese hermoso, noble, rico, valiente y que no hubiese amado á ninguna muger.

Cuando yo le evoqué era la alta noche, y mi aposento estaba envuelto en tinieblas: entre mi lecho y la pared apareció un hombre como de unos treinta años.

Era rubío, blanco, y sus ojos azules eran tan hermosos, que me abrasaban de amor.

--¿Quién es ese hombre? ¿cómo se llama? pregunté al espíritu.

Entonces sobre su cabeza, en la pared oscura, apareció en letras de fuego este nombre: WAMBA.

--¿De qué pueblo es y qué religion profesa? añadí.

--Es lusitano; de la ciudad de Igeditania, descendiente de los visigodos, y cristiano: magnate de la córte de sus reyes, es un capitan bravo é invencible, y tanto ama la guerra, que no ha sentido amor por muger alguna.

--Que mi imagen vaya al sueño de ese hombre, y que me ame, dige al espíritu.

Entonces ví que los ojos de Wamba me miraban con amor y con deseo; que se fijaban en mi boca y en mi seno desnudo, y que sus megillas palidecian.

Wamba me habia visto en sueños, y obedeciendo á mis conjuros, me amaba: ahora bien; yo no puedo romper mis prisiones, ayúdame tú, Satanás. Convierte á mi hermano en una bestia feróz obediente á mi voluntad.

Entonces yo trasformé en leon á Jamné y le traje humilde y manso á los pies de Zelpha.

--Has hecho mi voluntad, dijo ella, y te lo agradezco.

--Pues si no me das lo que te pido, volveré á tu hermano á su antigua forma y te entregaré á él.

--¿Y qué quieres?

--Quiero la descendencia que tuvieres de Wamba.

Zelpha, mala hija y mala hermana, era tambien antes de serlo mala madre.

Maltrató á Jamné, que habia encontrado en sus mismos crímenes el castigo, abrió sus arcas y sus armarios, se apoderó de sus riquezas, se vistió como una sultana, y al dia siguiente abrió la tienda, y se puso á vender telas, joyas y perfumes, teniendo á sus pies al leon rojo en que yo habia trasformado á su hermano.

Y no sabes tú con cuanta rábia veia Jamné, en cuyo cuerpo de leon vivia su alma de hombre, á su hermana engalanada, hermosísima, magnífica, prodigando sus sonrisas á los compradores, y escuchando sus palabras de amor.

La tienda de la hermosa judía, que tenia á sus pies encadenado y manso á un formidable leon de Africa, llegó á ser la mas concurrida de Toledo: frecuentábanla los caballeros mas principales, y todos enamoraban á Zelpha, y ella los escuchaba á todos, pero solo se bajaban sus ojos y se estremecia su corazon ante un hombre.

Aquel hombre era Wamba.

Con asombro de todos los que conocian la severidad del noble godo, y su desprecio á las mugeres, le vieron concurrir á la tienda de la hermosa israelita y palidecer de celos cuando veia á esta hablando ó sonriendo con otro señor.

Zelpha queria irritar la pasion de Wamba, y se veia reducida á esperarlo todo de su amor, porque el amor que sentia por Wamba la dominaba haciendo inútil su ciencia de hechicera.

Wamba pasaba todos los dias por la tienda de Zelpha y entraba en ella con frecuencia la compraba telas, joyas y perfumes, la miraba mucho de una manera ardiente é involuntaria, pero no la decia una sola palabra de amor.

Un dia por la mañana, cuando Zelpha abria su tienda, y amarraba por la parte de adentro á su hermano, trasformado en leon, un esclavo negro se sentó á la parte de afuera de la tienda y se puso á mirar de hito en hito á la jóven.

--¿Qué quieres? le dijo esta con altivez.

--Si no te enojaras, lumbre de Dios, dijo el esclavo, yo te daria un mensage que traigo para tí.

--¿Tal es, que pueda ofenderme?

--Es un mensage de amor.

--¿Quién te envia?

--Un señor muy noble y muy rico.

--¿Cómo se llama?

--Wamba.

--¡Ah! dijo Zelpha.

--¿Qué diré á mi señor? preguntó el esclavo.

--Díle que esta tarde pasearé á la puesta del sol por las huertas del rey.

--¿Y nada mas?

--Nada mas.

El esclavo partió.

Zelpha cerró la tienda, porque necesitaba ataviarse deslumbrantemente para parecer mas hermosa á su adorado Wamba.

Entrelazó sus cabellos de diamantes y de perlas de los que habia amontonado su hermano, se vistió con las mejores túnicas de lino de seda y de brocado, que tenia para venderlas á precios exhorbitantes en la tienda, en todo lo cual invirtió mucho tiempo, comió de una manera suculenta á pesar de su impaciencia para que el ayuno no la robase sus bellos colores, y allá á la tarde, dejando encerrado y hambriento á su hermano, que rugia de hambre y de rabia, se envolvió en un largo velo que la cubria de pies á cabeza, y en paso lento se encaminó á las huertas del rey y se puso á vagar por entre las alamedas á las orillas del rio.

Vió bajar con impaciencia el sol al occidente y ponerse al fin.

Si Zelpha hubiese conservado para con Wamba su poder de hechicera, le hubiera evocado.

Pero Zelpha amaba, y el amor domina y no permite otra hechicería.

A punto que el sol se ocultaba, apareció por una avenida de la alameda un caballero ricamente vestido.

Zelpha le reconoció á pesar de la distancia, su corazon se agitó, y se sentó para esperar á su amado Wamba en una piedra al lado de la corriente.

Wamba llegó hasta ella.

--¿Serás tú acaso á quien yo busco?

--¿Y á quién buscais, señor? contestó temblorosa Zelpha.

--Busco á la doncella mas hermosa de Toledo.

--¿Será esa acaso la judía de la calle del Sol?

--¡Oh! ¡ella es á quien amo! Adios.

--¿Por qué te vas, señor?

--Voy á buscar á esa doncella.

--¡Oh! pues no sigas, señor mio, porque esa doncella enamorada está á tus pies.

Y Zelpha echándose atrás el velo, y descubriendo su resplandeciente hermosura, aumentada por sus resplandecientes galas, asió las manos de Wamba que la levantó en sus brazos.

Nadie los veia mas que la blanca luna que acababa de aparecer en el oriente.

XI.

Por un postigo del muro de Toledo, entraban aquella misma noche una muger envuelta de los pies á la cabeza en un velo blanco, y un hombre envuelto asimismo, de la cabeza á los pies, en una clámide roja.

El hombre y la muger atravesaron las calles de la ciudad, subieron á lo alto, y el hombre se detuvo junto al muro de un frondoso huerto, y llamó á un postigo.

Un esclavo abrió, y el hombre y la muger entraron.

Siguieron adelante, y penetraron en una noble cámara estensa y hermosa.

Pero los adornos de aquella cámara eran banderas africanas, y los muebles severos, y las paredes desnudas de tapicerías.

Una lámpara de hierro la iluminaba.

Cuando estuvieron dentro, la muger se desenvolvió de su velo y el hombre de su clámide.

Eran Wamba y Zelpha.

* * * * *

Zelpha, durante muchos dias, permaneció al lado de Wamba.

Su tienda estaba cerrada, y los rugidos del leon hambriento asustaban á los vecinos y á los que pasaban por la calle.

Zelpha, sin embargo, no parecia.

XII.

Pero llegó un momento en que Zelpha tuvo celos.

Celos, no ciertamente de una muger, sino celos de la guerra.

Wamba la habia dicho:

--Voy á partir á Africa.

--Llévame contigo, habia contestado Zelpha.

--Aquella tierra abrasa, tus megillas se quemarán bajo aquel sol ardiente, y luego... esponerte á los peligros... no, no: el guerrero, solo debe llevar al combate su lanza y su escudo.

Wamba era muy firme; Zelpha no tenia sobre él mas poder que el de su hermosura, y se acercaba el dia de la partida.

Zelpha quiso detenerle, y no pudiendo detenerle por su voluntad, pensó en valerse de un filtro.

Pero no queria confiarse á nadie, ni podia tampoco hacer el filtro en el palacio de Wamba.

Una mañana muy temprano, con el pretesto de ir á visitar su casa, salió del palacio de Wamba.

Al acercarse á la tienda, la sorprendieron los horribles rugidos del leon su hermano, y una espiral de negro humo que salia por encima de la casa.

--¿Qué será eso? dijo Zelpha.

Aquello era que Jamné, que aunque habia perdido la forma de hombre no habia perdido la inteligencia, hambriento, celoso, desesperado, habia llamado al infierno y hablaba conmigo.

Me pedia que yo le restituyese á su forma de hombre y á su poder de hechicero.

Pero yo no podia hacerlo, porque Jamné estaba hechizado por un conjuro invencible para mí.

--Pero le dije: Zelpha se acerca.

Jamné se echó á temblar.

--Y me maltratará, dijo, porque me aborrece y es cruel.

--Zelpha no puede maltratarte, le dije.

--¿Y por qué?

--Porque ha perdido su poder y su ciencia al perder su pureza entre los brazos de Wamba.

--¡Ah! esclamó Jamné en un rugido mezcla de dolor y de alegría; ¿conque Zelpha apagará la sed de mi amor?

--Recuerda que es tu hermana.

--¿Y qué me importa?

--Ofenderás á Dios, y Dios te castigará.

--Yo la amo.

--Si tu hermana es tuya, concebirá y tendrá una hija.

--No importa.

--Zelpha morirá al ser madre, y su hija heredará la ciencia y el poder que ella ha perdido.

-¡Ah!

--Y como has amado á tu hermana amarás á tu hija, porque estás maldito de Dios; y tu hija, que no le conocerá, será mas cruel contigo que lo ha sido Zelpha.

--¡No importa! esclamó rugiendo con mas fuerza Jamné, yo la amo.

--Pues héla que abre la puerta, le dije; quedad en paz.

Y desaparecí.

XIII.

Lo que sucedió cuando Zelpha abrió la puerta fué horrible.

Jamné, irritado, hambriento, feróz, enamorado, tomó de su hermana una venganza completa.

Zelpha fué suya, y no solo fué suya, sino que fué su esclava.

Zelpha no volvió á ver á Wamba.

Habia partido á la guerra y estaba en Africa.

Jamné habia dicho á su hermana.

--Abre la tienda y vende; toma una esclava que te sirva, y tú y yo, ya que por tu crueldad y tu infamia me veo reducido á esta forma, que solo tú podias quitarme, y que ya no puedes porque has perdido tu poder, comamos y vivamos lo mejor posible. El daño que me has hecho se vuelve contra tí; te ves reducida á ser la amante de un leon, cuando podias haberlo sido de un hombre. Abre la tienda y toma la esclava, pero no pienses en mas, porque yo estaré siempre junto á tí y en cuanto intentares huir te despedazaré.

Zelpha hizo lo que Jamné la mandaba, porque tenia miedo.

Habia probado su poder mágico, y su antiguo poder no habia respondido.

Desde el momento en que habia perdido su pureza entre los brazos de Wamba habia perdido su poder, y habia quedado reducida á la condicion de una muger vulgar.

Jamné en cambio, habia recobrado todo su poder mágico menos para volver á su antigua forma.

En el tiempo preciso, desde que Zelpha habia caido de nuevo en poder de su hermano, dió á luz una hija.

Aquella hija, tenia los cabellos y los ojos del color de los del leon, y la piel dorada.

Pero era un prodigio de hermosura.

Zelpha, murió al darla á luz.

Jamné evocó á una hada maldita para que la criase, y la hada se presentó y amamantó á la niña.

Jamné la puso por nombre Asenéth, y quiso obtener por mí lo que no podia obtener por sí mismo.

Y repitiendo sus conjuros, me evocó.

--Génio, me dijo, cuando me presenté á él; un palacio encantado para guardar á mi hija, y criarla para mí.

Apenas habia dicho estas palabras, cuando se encontraron en un palacio magnífico.

Pero todo en él era rojo; el oro, las piedras preciosas, las columnas de pórfido, hasta las aguas que corrian de las fuentes.

Aquel palacio, era invisible para los que no conociesen su encanto, y estaba guardado por un lago de sangre.

Solo un hombre podia entrar en él, el hombre para quien habia nacido destinada Asenéth.

Hadas condenadas la sirvieron como esclavas, y mecieron su cuna durante su infancia. Génios invisibles y malditos, llenaban para ella los aires en armonía, y de encantos los sueños.

Para ella, el alcázar encantado no era rojo.

Tenia por do quiera, frescos y brillantes apartamentos en que corrian sobre fuentes cristalinas, aguas olorosas, hasta cuyas cúpulas subia el fragante humo de los perfumes; aquellos apartamentos, salian á deliciosos jardines donde habia cuantos árboles, cuantas flores, cuantas plantas crió Dios, para arrojarlas sobre el mundo, cada cual en su lugar y su estacion. Curvos y trasparentes lagos, relumbraban acá y allá en medio de los jardines, bajo un sol siempre eterno, siempre brillante, siempre de rayos tibios, en un firmamento siempre azul, por el cual solo pasaban nubecillas rosadas, nunca la densa y negra niebla de la tormenta.

Ella, que era espíritu de tinieblas, solo conocia al dia.

Ella, que era el producto y el castigo á un tiempo de un horrible pecado, no conocia los pesares.

La felicidad moraba en su alma, y amaba desde los primeros años, con toda su alma, con toda su voluntad á un ser que veia niño como ella, cuando era niño, mancebo cuando fué muger, á quien veia, digo, por todas partes, en las nubecillas rosadas del cielo, en el fondo de los lagos, entre las flores de los jardines, á la sombra de las enramadas, en los ángulos de sus retretes, entre el humo blanco y aromático de los pebeteros, y sobre los surtidores de las fuentes.

Asenéth oia su voz que le decia; yo te amo, en el murmurio de las aguas, en el vuelo de las brisas, en los cantares lejanos y perdidos que las hadas malditas entonaban para adormirla.

Y cuando se dormia, le veia en sus sueños; pero en sus sueños, como en su vigilia, jamás tocaba á aquel mancebo, ni se obstinaba por llegar á él: bastábale con ver su hermosura, con amarle, con sentirse amada de él. Asenéth, que habia heredado toda la ciencia que su madre habia perdido, que era por lo tanto mas sábia que su padre Jamné, sabia que al cumplir los quince años se decidiria su destino, que perteneceria á su padre si vencia al hombre de su amor cuando entrase en el palacio encantado, ó que perteneceria al hombre de su amor, si este le vencia.

Jamné, menos sábio que su hija, no conocia sus pensamientos.

La acompañaba continuamente como un perro, y se echaba á sus pies, y aunque la desesperacion y la terrible fiebre de que adolecia la fiera, en la cual se habia trasformado su hermana, le aquejasen, no rugia por no despertar ó incomodar á su hija con sus rugidos.

Para Jamné, el palacio encantado no era ni claro, ni fresco, ni oloroso.

Por el contrario, era horriblemente rojo, lleno de un aire cálido que abrasaba su pecho, y respiraba por todas partes el nauseabundo olor de sangre fresca que irritaba sus ardientes fauces.

XIV.

Llegó, no la primavera del año, porque en el alcázar encantado todo el tiempo era una perpétua primavera para Asenéth, y un abrasador estío para Jamné, sino la primavera de la vida de Asenéth.

Faltaba únicamente un dia para que la doncella maldita cumpliese los quince años.

Aquella noche, cuando Jamné dormia á los pies del diván de su hija, Asenéth fijó en él una mirada sombría.

--Mañana, dijo, el diablo, mi esclavo, se pondrá á pescar en el rio, y si pasa por allí el amado de mi alma, le traerá á mis brazos.

Y si para entonces, tú eres leon, despedazarás á mi amado.

Pero si eres perro, mi amado le despedazará á tí y yo quedaré libre de mi encanto.

Y Jamné bien ageno de la crueldad de su hija, dormia.

Asenéth se levantó, fué á un ajimez de su retrete, y miró á las estrellas.

--Hablad para mí, dijo.

Y las estrellas temblaron en su inmensidad y enviaron á Asenéth trémulos resplandores.

Asenéth, leyó en aquellos resplandores las siguientes palabras:

--«Evoca al génio de la vida.»

--Poderoso génio de la vida, dijo Asenéth asiendo un amuleto obra del sábio rey Salomon, ven.

Apareció un génio horroroso.

Tenia cuatro pechos, cuatro ojos, cuatro manos y una cabellera de fuego.

En la una mano tenia una llave de oro, y en la otra una llave de plomo.

Su cabeza era de jóven, su pecho y sus brazos de hombre, su vientre hinchado y sus pies vacilantes.

Andaba en paso lento, pero no cesaba de andar.

Asenéth, siguió tras él, porque el génio no se detenia.

A medida que adelantaba, su paso se hacia mas rápido; marchaba por un camino rodeado de jardines.

--Poderoso génio, le dijo Asenéth: ¿sabes para que te he llamado?

--Sí. Tú temes a tu padre, tienes poder para trasformarle, para debilitarle y entregarle al furor de tu amante.

--Y dime: ¿mi amante le matará?

--No, dijo el génio, porque tú padre no ha cumplido aun su destino.

--Y dime, ¿cuál es el destino de mi padre?

--El de llevar al último límite la maldicion de su raza. Tu serás la ramera de tu padre.

Se estremeció Asenéth.

--¿Y no puedo evitarlo?

--Sí, si tienes valor para ello.

--¿Y qué he de hacer?

--Cuando mañana llegue á tí Ervigio...

--¿Se llama Ervigio, el amado de mi alma?

--Sí, y por tí morirá, ó por tí será rey.

--¡Será rey! dijo con altivez Asenéth, y yo seré reina.

--Tú serás la ramera de tu padre, si Ervigio no muere delante de tí despedazado por él.

--¿Y si yo eso hiciere?...

--Tú, has nacido destinada en tu pureza á Ervigio, tú le amas desde antes de nacer; tú por él has enloquecido; consentir en su muerte seria lo mismo que matar tu alma: Dios aceptaria tu sacrificio, te perdonaria por él, y perdonaria á tu familia. Tú habrias sido la víctima espiatoria.

--¡Matando á Ervigio!

--Sacrificándote en él.

--No, dijo con una inmensa valentía Asenéth.

--Tú y los tuyos caereis en el fuego eterno.

--No importa.

--¿Entonces para qué me has llamado?

--Para preguntarte cuantos son los dias de mi padre.

--Mas que los tuyos.

--¡Ah! ¿y cómo podré yo hacer para que los dias de ese maldito terminen mañana?

--De ningun modo.

--¿Pero puedo dejarle encantado en mi palacio?

--Dios romperá el encanto cuando llegue la hora del castigo.

--¿Pero Ervigio, será mi esposo?

--Será tu amante...

--¿No mas que mi amante?

--Ervigio cuando sea rey te abandonará.

--No le haré rey.

--No puedes, á no ser que le dejes despedazar por tu padre.

--Yo soy sábia, soy hechicera...

--Lo que está escrito, se cumplirá.

--Desaparece de mi vista, génio maldito.

El génio de la vida desapareció con estruendo en las entrañas de la tierra.

Asenéth se sentó pensativa bajo un árbol de sus jardines.

Brillaba una luna plácida y tranquila.

Y apenas se sentó, oyó cantar un ruiseñor.

Asenéth comprendia el lenguaje de las aves, y oyó que el ruiseñor decia:

--¿Qué haces tú ahí, hermana golondrina, desvelada en un nido ageno?

--Estoy muy cansada y no he podido llegar al alcázar de Toledo; me he parado en este ciprés, y sin embargo no he podido dormirme.

--¿Te ha sucedido algo que te aflija, hermana?

--Sí; esta mañana con el alba salí de Africa; allí quema ya el sol, y los manantiales están secos, rugen los leones sedientos y los vencejos caen sofocados de calor.

Yo habia dejado mi nido en el alcázar de Toledo, y dije á mi esposo:

--Amado mio, yo me voy á España, sígueme.

--Tengo que arreglar aquí unos negocios con nuestro rey, se acerca la grande partida, pero vete tu sola si el calor te sofoca, ya sabes el camino, arregla nuestra casa para cuando lleguemos.

Me despedí de él, y llegué á España cuando ya el sol quemaba.

Estaba muy cansada.

Volaba entonces sobre la hermosa tierra del Iliberis.

Mis alas estaban doloridas.

Abatí el vuelo sobre un frondoso bosque y me escondí con delicia en un sicomoro.

¡Ay hermano ruiseñor! estaba escrito que yo no reposase.

Apenas habia plegado mis alas y esponjado mis plumas, cuando he aquí que de una negra sima que se veia á poca distancia desde el sicomoro, salió un culebron enorme.

Yo me aterré y me dí por perdida, y no pude moverme.

Creí morir.

Pero el culebron, no reparó en mí.

Empezó á silvar, y yo entendia sus silvidos.

El culebron decia:

--Hermano lagarto, el de las escamas blancas, verdes y azules, ven.

Ven, hermano lagarto, el de las escamas azules, verdes y blancas.

Y se oyó ruido entre la yerba, y un lagarto enorme se asomó al borde de la sima y se puso á mirar á la culebra agitando la cola.

--¿Qué sucede, hermana mia? dijo el lagarto.

--¿Te acuerdas? dijo la culebra.

--¿De qué?

--De la tarde de horrores.

--¡Ah! ¿de aquella tarde en que un anciano de barba blanca, que venia montado en un asno, y acompañado de sus dos hijos, hombre y muger, se detuvo al pié de la acacia junto á la fuente?

--Sí. ¿Te acuerdas?

--Me acuerdo de que el viejo se apeó, se sentó junto á la fuente, sacó su hijo provisiones de unas alforjas, comieron él y su padre y su hermana, y luego el viejo se tendió bajo la acacia y se durmió.

--¡Sí! ¡sí! veo que te acuerdas, y te acordarás tambien de que los dos hijos del viejo eran muy jóvenes: el tendria veinte años y ella catorce. El era hermoso y fuerte, y ella delicada y pura como una flor.

--Sí, es verdad, dijo el lagarto; él se llamaba Jamné y ella Zelpha.

--¿Y eran judíos?

--Y malditos.

--¿Te acuerdas?

--El asno que era muy fuerte iba muy cargado y pacia la yerba; pero paciendo, paciendo, no quitaba ojo del viejo que dormia.

--¿Y no te acuerdas de mas? dijo la culebra.

--¡Vaya! me acuerdo de lo que dijeron los dos malditos, ¿y tú?

--Yo tambien.

--Jamné se acercó á su padre y le examinó atentamente: el viejo no se movia: entonces Jamné sacó de entre su hopalanda un largo y reluciente puñal, y acercó su hoja á la entreabierta boca de su padre.

La brillante hoja del puñal no se empañó.

--Nuestro padre no despertará, dijo Jamné á Zelpha.

--¿Y por qué? dijo Zelpha.

--Porque nuestro padre ha comido un dátil que yo traia guardado para él desde Africa.

Zelpha se encojió de hombros.

--De modo que, dijo, lo que el asno trae sobre sí, es nuestro.

--Nuestro es el tesoro de perlas, diamantes y telas preciosas que trae sobre sí el asno.

--¿Y dónde iremos á llevar esas riquezas?

--A la córte imperial de los godos, á Toledo. Pero para que no interrumpan el sueño de nuestro padre, acostémosle en un lecho eterno.

[imagen no disponible: Asieron el cadáver de su padre,..... y le arrojaron en medio de la sima

Lit de J.J. Martinez, Madrid. Letre dibº y litº]

--¿Y cómo abriremos ese lecho? no tenemos mas hierro que tu puñal.

--Aquí hay una ancha sepultura, dijo Jamné señalando á la sima.

--¡Ah! es verdad. El diablo nos esperaba, dijo sonriendo de una manera horrible Zelpha, y ha abierto la sepultura de nuestro padre.

--Ayúdame á arrojarle en ella, hermana.

--¿Y no temes que algun dia nos llame á esta sepultura la voz de nuestro padre? dijo Zelpha:

--Dios es Satanás, dijo impíamente Jamné, ¿te acuerdas, hermano lagarto?

--Vaya si me acuerdo, y me acuerdo tambien de que al escuchar aquella blasfemia me estremecí: los hombres son impíos, porque son soberbios, y una poca de ciencia les hace revelarse contra Dios: los dos hermanos malditos eran sábios, conocian la ciencia del mal, y como el dios del mal era quien les inspiraba, creian que no habia mas Dios que Satanás: Satanás, á quien el asesinato, el parricidio y la impureza son agradables. ¡Vaya si me acuerdo! Luego, los dos hermanos asieron el cadáver de su padre, el uno por los pies, y el otro por la cabeza, le mecieron un momento y le arrojaron en medio de la sima.

--Y luego, añadió la culebra, los dos miserables se acercaron al asno: ¿te acuerdas de lo que sucedió?

--Sucedió que el asno al acercarse el parricida, se volvió y le dió una coz en la frente y no le hizo daño, pero marcó sobre su frente maldita una mancha roja é indeleble.

--Así fué, así fué, hermano lagarto. Luego Jamné castigó al asno, montó en él á su hermana Zelpha, tiró del jumento y desaparecieron entre los árboles.

--Yo me quedé horrorizado, dijo el lagarto.

--Y yo tambien, añadió la culebra.

--Y yo, dijo la golondrina, que escuchaba todo esto, sentia que las plumas se me arrancaban de la carne, amigo ruiseñor.

--Los hombres son infames y réprobos, añadió el ruiseñor; se gozan en el mal: yo no los puedo ver.

--Ni yo: el año pasado me destruyeron mi nido.

--Y á mi hace pocos dias me mataron mi compañera, por eso canto tan tristemente.

--¡Pobre ruiseñor!

--¿Y no dijeron mas el lagarto y la culebra?

--Sí, sí dijeron: y yo los escuchaba, porque aunque tenia mucho miedo, tenia mas curiosidad.

--Hembra al fin, dijo el ruiseñor.

--Pues como decia, continuó la golondrina desentendiéndose en la observacion del ruiseñor, el lagarto y la culebra siguieron hablando, y yo escuchándolos.

--Tú y yo, dijo la culebra, cuando desaparecieron los dos infames, nos despedimos escandalizados y llenos de horror por lo que habiamos visto, tú te metiste en tu grieta y yo me bajé abajo á lo profundo, donde tú no has querido nunca bajar.

--Está aquello muy lóbrego y muy oscuro; y aunque tú me has dicho que en pasando de lo oscuro hay maravillas, he tenido miedo: en una ocasion quise bajar, y al llegar á cierto punto me volví asustado: se oia un ruido atronador, sordo, espantable.

--Es el alma de Abraham, el padre de Jamné y de Zelpha, que se revuelve rugiente y maldice de contínuo á sus hijos y á las generaciones de sus hijos.

--Y tiene razon, dijo el lagarto.

--Pero él se tuvo la culpa de lo que le sucedió: bien claro se lo dijeron los astrólogos.

--¿Y qué le dijeron los astrólogos? preguntó el lagarto.

--Oye la historia de Abraham.

El lagarto se acomodó en la yerba para oir mejor, y yo apliqué mi oido con cuanta atencion pude; mi curiosidad crecia.

--Hace veinte años, un médico judío que ya pasaba de los treinta, entró montado en un asno por una de las puertas de Damasco.

Aquel médico era Abraham.

Conocia las virtudes de las yerbas, y sabia hacer filtros; pero nunca habia hecho venenos ni invocado á Satanás: era demasiado caritativo para que pudiese hacer lo uno, y harto temeroso de Dios para que pudiese hacer lo otro. Siendo muy niño habia perdido á sus padres, y entrado á servir para que lo sustentase á un famoso médico árabe. Le acompañaba á las montañas y á los valles á buscar yerbas salutíferas, y luego á ver á los enfermos: en doce años que estuvo al lado del médico se hizo tan sábio como él, y conoció todas las yerbas que él conocia, y aprendió á curar todas las enfermedades que él curaba. Con el ejemplo del sábio árabe, que era muy religioso, se hizo creyente, temeroso de Dios, y caritativo y buen hombre.

El médico árabe le queria como á un hijo.

Y sin embargo, el mismo dia en que Abraham cumplia sus treinta años, y siendo ya muy viejo el médico árabe, éste le dijo:

--Ya eres hombre crecido, sabes todo lo que yo sé y no es bien que continúes en la servidumbre: te compraré un asno, una bolsa y yerbas medicinales, y te irás por el mundo á probar fortuna.

--Pero yo no quiero separarme de tí, que eres mi padre, dijo Abraham: quédante pocos años de vida y quiero estar á tu lado para cerrarte los ojos.

--Tú no puedes permanecer en mi casa, dijo el médico, porque si permaneces vendrá sobre tí y sobre mí una gran desgracia.

--¿Pero qué desgracia puede sucedernos, siendo como lo somos, piadosos y guardadores de los preceptos de Dios?

--No puedes permanecer en mi casa, dijo el anciano.

--Si tú me arrojares de ella, me iré, pero permaneceré en la ciudad esperando que pase tu enojo y que me llames á tí.

--Yo no estoy enojado contigo, pero te aconsejo y te mando que salgas de mi casa. Dios lo quiere.

--¿Y no me dirás el secreto de tu resolucion?

--No debo decírtelo. Vé, hijo mio, vé, que donde quiera que fueses, irá contigo mi bendicion.

Era tal y tan firme la resolucion del anciano médico, que Abraham se vió obligado á obedecer: tomó la bolsa y algunas ropas que le dió el viejo, montó en el asno y se alejó llorando y desolado; pero no salió de Alejandría, en cuya ciudad moraban, sino que se fué á vivir á un barrio fuera de los muros, y se dió á conocer como médico, y empezó á curar y adquirir fama, hasta el punto de que se hizo en muy pocos dias el médico mas famoso de la ciudad.

--¿Quién te ha contado esa historia, hermana culebra? dijo con acento de incredulidad el lagarto.

--Me la ha contado el alma del mismo Abraham, hermano lagarto, dijo ofendida la culebra; y si tú no hubieses sido cobarde y hubieras bajado al último suelo de la sima, al palacio encantado y maravilloso donde pena Abraham por desobediente á Dios, el alma de Abraham te hubiera contado tambien esta historia.

--No te ofendas, amiga culebra, dijo el lagarto; pero es tan maravilloso lo que me cuentas...

--Pues aun quedan mas maravillas.

--¿Y dime, por qué amando de tal modo á Abraham el viejo médico árabe le echó de su casa?

--Por que el viejo tenia una hija hermosísima.

--¡Ah! ¿y se habia enamorado de ella Abraham?

--No, porque Abraham no la conocia. El médico tenia escondida á su hija como un tesoro.

Porque Abraham era avaro y fundaba en su hija grandes esperanzas.

Leila-Fatimah[92] era una doncella de diez y seis años.

Parecia que Dios se habia complacido en ella.

Si algun hombre la hubiera visto hubiera desfallecido de amor como á la vista de una hurí.

Su frente era un arca de pureza, sus ojos dos lumbreras de amor, sus cabellos redes de almas, y su cuello, y su seno, y su talle, atractivo de corazones.

Al verla en sus primeros años tan hermosa, el avaro médico dijo:

--Mi esposa me ha dado una perla: pues bien, embellezcamos esta perla; rodeémosla de atractivos, pulámosla y hagámosla tan hermosa que sea inapreciable.

Y la enseñó todo lo que sabia, que no era poco, y quiso que aprendiese lo que él no sabia, que era mucho.

Buscó á una maga y la pagó espléndidamente para que enseñase á Leila-Fatimah la ciencia de los astros y de lo infinito; pero del infinito que viene de Dios, no de lo infinito del mal, que viene del diablo.

Pero la maga era mala, y sin que lo supiese el viejo médico enseño á Leila-Fatimah la ciencia de lo oculto, y la hechicería y la cábala.

Y la ciencia hacia cada vez mas hermosa á Leila-Fatimah, dando á su mirada un brillo sobrenatural, á su frente una magestad irresistible, á su sonrisa un poder del infierno.

Y el anciano médico, cada vez que veia crecer á su hija en ciencia y en hermosura, se frotaba alegremente las manos y esclamaba:

--Cuando tú hayas llegado á la fuerza de tu juventud y á la cumbre de la ciencia, yo te llevaré á Damasco y te presentaré al califa. Y el califa se enamorará de tí, porque no podrá menos de enamorarse, y tú serás sultana, y yo seré wazir del califa, y tendré alcázares y tesoros, y esclavos, y recojeré al fin el fruto digno de mis vigilias durante tantos años.

Y cuando el codicioso médico vió que su hija era sábia, aunque era todavía niña, quiso que tuviese todo lo que hace amable á una muger, y buscó bayaderas y las llevó á su casa, y las bayaderas, espléndidamente pagadas, enseñaron á Leila-Fatimah las danzas lúbricas que ellas bailaban en las plazas, agitando sus panderetas al son de sus guzlas.

Y al poco tiempo Leila-Fatimah, bailaba como la mejor bayadera, tocaba la guzla y la tiorba y la guitarra, y repicaba las castañuelas como una hija de Egipto, y hacia hermosos versos, y cantaba como una alondra.

Y era mas: Leila-Fatimah amaba, porque el diablo la habia enseñado á amar.

Y era el amor de Leila-Fatimah ardiente y voluptuoso, como inspirado por el diablo.

Y soñaba con sus amores, sin objeto y se abrasaba en ellos, y como no veia á nadie, por que su padre la tenia casi emparedada, un dia en que el delirio de su amor de vírgen era mas intenso, evocó al diablo.

El diablo se la presentó en la figura de Abraham.

Abraham era muy hermoso, y Leila se enamoró de él.

Y fué á arrojarse en sus brazos.

Pero como el diablo era un espíritu, se le huyó.

--¿Por qué huyes de mí, luz de mis ojos, alegría de mi alma, agua fresca y cristalina de mi sed, dijo llorando Leila-Fatimah.

El diablo, que se habia propuesto representar á Abraham, la dijo:

--Yo no puedo ser tuyo, mientras viva tu padre.

--¿Y por qué?

--Porque entre estas paredes desfallezco, me ahogo; yo no puedo darte mi amor si no en medio de los jardines, á la luz de la luna, libres tú y yo como los pájaros que vuelan de una enramada á otra enramada.

--¿Y quién eres tú?

--Yo soy un discípulo de tu padre, médico como él, y como él sábio. Yo no puedo ser tuyo, porque como tu padre te guarda, me he valido de la ciencia para meterme en tus habitaciones convertido en un soplo de aire por las rendijas dé las puertas, y me he dejado el cuerpo fuera.

--Pero yo te veo; veo tus ojos, veo tu boca que me sonrie.

--Sí, sí, eso es verdad; es que mi espíritu toma la apariencia de mi cuerpo, pero para que te convenzas, llega á mí y áseme si puedes.

Leila-Fatimah se dirijió al diablo, disfrazado con la figura de Abraham, y aunque el diablo no huyó, solo cojió Leila aire.

--¿Y cómo te llamas? dijo jadeante de deseo la hermosísima doncella.

--Abraham.

--¿Y vives en la casa de mi padre?

--Sí.

--¡Oh! pues yo haré que mi padre abra las puertas de mis habitaciones para que pueda entrar tu cuerpo.

--Tu padre no consentirá, porque te guarda para el califa de Damasco.

--¡Para el califa, que será un señor muy sério y muy déspota que me tratará como á una esclava! dijo Leila-Fatimah; no, yo te amo á tí, y solo seré tuya: mi padre me ama y no me negará el ser tu esposa.

--Tú no serás mi esposa mientras tu padre viva.

--Mi padre me ama.

--Tu padre ama mas al oro, y espera que el califa le pague esplendidamente tu hermosura.

--¡Oh!¡oh! dijo Leila-Fatimah, en cuyos ojos apareció una espresion terrible: pues si eso es verdad, mi padre no me venderá al califa. Yo soy sábia, mas sábia que él, ¡oh! ¡oh! mi padre no me venderá al califa, y tú serás mio, yo te le juro.

--Ya eres muger y hermosa, y dentro de tres dias, tu padre te meterá en un palanquin y te llevará á Damasco.

--No me llevará.

--Lo veremos; tu padre se acerca, y yo me voy, quédate en paz.

Y el diablo, se desvaneció como humo.

Leila-Fatimah, se quedó desesperada.

Poco despues, sonaron llaves y cerrojos y puertas, y el severo médico entró en el retrete donde acurrucada en un diván estaba su hija llorando.

Al verla el médico, pálida y desolada, se aterró.

--¿Qué te contrista, alegría de mi vida, esperanza de mis canas? dijo el médico.

--Amo á un hombre, buen padre mio, dijo Leila fijando en él sus hermosos ojos negros llenos de lágrimas.

El médico, á pesar de sus años, dió un salto.

--¡Que amas!... ¡que amas á un hombre! esclamó temblándole la barba de miedo y de cólera. ¿Mas cuándo has visto á un hombre?

--Yo amo á tu discípulo Abraham.

--¿Pero dónde has visto tú á mi discípulo? esclamó en el colmo de su cólera, el médico.

--Yo le amo, y quiero ser su esposa, contestó Leila-Fatimah llorando como un niño voluntarioso.

--Tú no has nacido para ese perro judío, esclamó completamente fuera de sí el médico.

--Yo le amo y le quiero, repitió Leila llorando mas fuerte.

--Pero ¿cómo, cuando, donde le has visto?

Leila no quiso decir la verdad á su padre porque amaba á Abraham, y no queria esponerle á la cólera del viejo.

--Yo soy sábia, padre: un dia mi corazon se abrasaba en un fuego dulce y desconocido: tenia sed en el alma. Entonces evoqué á un génio y le dije:

--¿Por qué mi sueño es fatigoso; por qué lloro sin causa; por qué mi corazon se estremece, y mi alma está triste?

--Tú amas, me dijo el génio: has llegado á la edad en que el corazon de una vírgen se abre como el capullo de una rosa para recibir el rocío de la mañana.

El médico se desesperó porque no habia contado con la naturaleza, que habla al alma de las niñas aunque se las guarde en el fondo de un pozo.

Porque el amor nace con ellas, y llega un dia en que habla, y seduce y enloquece.

Y se arrepintió de haberla hecho sábia.

Pero quiso saber hasta el fin todo el secreto de los vírgenes amores de su hija.

--¿Y dónde has visto á Abraham? la dijo.

--¡Soy sábia! dijo con énfasis Leila.

--¡Ah! has buscado un hombre y ha venido á tí la imágen del que tenias mas cerca: pues bien, yo apartaré de tí ese peligro.

--Si le apartas de mí moriremos, padre, dijo con acento solemne Leila.

--¡Que moriremos! esclamó con espanto el médico.

--Sí, porque yo moriré sin su amor, y el remordimiento de haber causado mi muerte, te matará.

Leila, invirtiendo su pensamiento se habia sentenciado.

Un terror vago llenó de un frio apenador el alma del médico, y huyó encerrando de nuevo á su hija.

Procuró dominarse, sin embargo, y llamó á Abraham, y sin decirle la causa de su resolucion, le despidió.

Abraham, pues, que nada sabia, tomó la bolsa que le dió su maestro, el médico, montó en el asno, y se alejó de la casa.

XV.

Apenas habia pasado una luna, desde que Abraham habia salido de casa de su maestro, de su segundo padre, cuando una noche llamaron á grandes golpes á la puerta de su casa.

Abrió y vió á uno de los esclavos del médico.

--Mi señor se muere, dijo el negro; se muere de una enfermedad desconocida, le han visto todos los médicos de Alejandría y ninguno ha podido descubrir la causa de su mal, tú eres el único que no le ha visitado, ven.

--¡Que mi padre, mi buen anciano padre se muere! esclamó todo asustado y trémulo el buen Abraham.

Se echó sobre los hombros su capellar, y sin toca para no detenerse, siguió á la carrera al esclavo negro.

Cuando llegó á la casa del padre de Leila, le encontró delirando.

El viejo no le conoció.

Algunos médicos estaban alrededor de su lecho.

--Esta es una lámpara que se apaga, dijo llorando Abraham, pero yo no sé que aceite pueda reanimarla.

--Ni yo.

--Ni yo.

--Ni yo, dijeron los otros médicos.

Revolviéronse los autores mas graves que tenia entre sus buenos libros el difunto, y en ninguno se encontró ni la mas leve noticia, ni la mas leve indicacion de la enfermedad misteriosa que mataba al viejo.

Y su vida se acababa, se acababa.

Y los médicos profundamente contrariados porque se veian en aquel momento ignorantes, miraban con cólera los progresos del mal, que se les reia en sus barbas acabando de una manera rápida, segura y cada vez creciente, con el enfermo.

Al fin, el viejo dió una gran voz pronunciando el nombre de su hija en acento amenazador como si la hubiera emplazado ante la justicia del Altísimo, y espiró.

En aquellos momentos, el diablo, que estaba delante de Leila-Fatimah, bajo la figura de Abraham, dijo á la infame virgen parricida:

--He cumplido tu voluntad, tu padre no te venderá al califa de Damasco, porque tu padre ha muerto.

Y la maldita parricida se levantó de sobre su diván, y esclamó:

--Al fin soy libre como las aves de la selva, y el aire del firmamento, y la luz del sol, soy sábia, y buscaré á mi amado y me uniré á él.

* * * * *

Al mismo tiempo, los médicos uno tras otro contrariados y cabizbajos, salieron de la casa.

Solo se quedó en ella Abraham, pálido, consternado y lloroso, velando los restos de su maestro.

XVI.

Al fin, el cadí y los ministros de justicia, fueron á la casa, y mandaron sacar el cadáver y sepultarle.

Abraham, se fué con la túnica rasgada, descalzo y con la cabeza baja en señal de luto tras el féretro do su maestro.

Cuando le enterraron, aun quedó en el cementerio sentado sobre el montecillo de tierra removida de su sepultura.

XVII.

Entre tanto, el cadí recorria la casa del difunto, y hacia inventario de sus riquezas.

Porque el médico, cuyo único pecado era la avaricia, habia amontonado inmensos tesoros.

Encontraron ánforas llenas las unas de oro acuñado, las otras de perlas, las otras de diamantes, y de piedras inestimables otras muchas.

Todo esto, lo habian encontrado en un sótano tapiado.

De buena gana el cadí se hubiera quedado con todo aquello, porque el difunto habia disimulado de tal modo por avaricia su riqueza, que todos le creian pobre.

Pero iban con él muchos ministros de justicia, y los dos esclavos negros, y la esclava cocinera del médico, y se vió obligado á ser justo y recto, y á hacer un fiel inventario.

--Gran herencia encuentra aquí el califa, dijo el cadí que creia que el médico habia muerto sin herederos.

--Te engañas, dijo uno de los esclavos, porque nuestro señor tiene una hija.

--Lo ignoraba, dijo el cadí con alegria, porque tratándose de un heredero muger, creyó que le seria facil abusar de su ignorancia y quedarse con parte de la herencia.

--Nada tiene de estraño que no lo supieras, dijo la esclava, porque mi señora es muy hermosa, y su padre la recataba mucho, y la tenia siempre encerrada de modo que ningun hombre la ha visto, ni ella ha visto á ningun hombre.

--¡Ah! ¡ah! he ahí una buena crianza, dijo el cadí; vuestro amo era un varon sábio y justo y temeroso de Dios, y no hacia como esos padres que dejan ver á todos la hermosura de sus hijas, y comercian con su impureza. Y en verdad, en verdad, dijo el cadí que examinaba unos pergaminos del difunto, he aquí una escritura en que vuestro amo declara que tiene una hija llamado Leila-Fatimah (hermoso nombre), y declara para en el caso de que le sorprenda la muerte, que no tiene otro hijo y que esa doncella es la heredera de todas sus riquezas. ¿Quién habia de creer que vuestro señor era tan rico y que tenia por hija una tal joya?

Y el cadí se hizo conducir á las habitaciones de Leila-Fatimah, á la que encontró durmiendo apaciblemente ó fingiendo que dormia.

Sus esclavas doncellas que la servian tan emparedadas como ella, la despertaron y Leila salió soñolienta y admirada á recibir al cadí.

Al saber que su padre habia muerto, Leila fingió la mayor desesperacion; se mesó los cabellos, se rasgó los vestidos y maldijo la hora en que nació para ver morir á su padre.

Satanás, escondido en un rincon del retrete, se reia, enseñando sus negros colmillos, del fingido dolor de Leila-Fatimah.

Entrególa el cadí las riquezas de su padre, la saludó con las frases mas pomposas, la deseó fecundos consuelos, y llamándose su esclavo, salió de la casa con sus gentes.

Leila-Fatimah, protestando que queria quedarse enteramente sola para llorar á su padre y dejarse acabar por el sentimiento, dió á cada uno de sus esclavos la libertad y algunas monedas de oro, y los despidió.

Los esclavos salieron de la casa como los pájaros á quienes una mano compasiva abre la jaula donde han estado encerrados largo tiempo, y bendijeron la muerte del viejo médico, que aunque los habia tratado bien, porque no era malo, los habia tenido largos años enflaquecidos y hambrientos, porque era avaro.

Leila se quedó en su casa enteramente sola.

Entonces, valiéndose de su ciencia mágica, evocó al diablo.

--Aquí estoy, señora mia, dijo Satanás presentándose como siempre, bajo la figura de Abraham, ¿qué me quereis?

Leila fué á arrojarse entre sus brazos, pero el diablo se le huyó.

--¿Por qué no ha entrado hasta mí tu cuerpo con tu alma? dijo la enamorada jóven: ¿no están abiertas mis puertas?

--Yo no tengo cuerpo, dijo el diablo.

--¿Pues quién eres tú? dijo asombrada Leila-Fatimah.

--¿No te lo dice tu ciencia?

Leila se reconcentró, miró fijamente al diablo, y esclamó:

--¡Ah, tú eres Satanás!

--Al fin, me has mirado con los ojos de la ciencia y no con los del corazon, y me has reconocido.

--¿Y Abraham? dijo Leila.

--Está llorando sobre la sepultura de tu padre.

--¿Y no piensa en mí?

Abraham no te conoce.

--¿Pues no ha hablado su espíritu conmigo?

--He sido yo que he tomado su figura.

--¿Y no me amará Abraham?

--Sí, si tú quieres.

--Quiero presentarme á él como una hada.

--Hazlo, eres sábia.

--No puedo, yo soy sábia para hechizar, para enamorar, para matar; conozco el lenguaje de las estrellas, puedo obligarlas á que me digan lo que ha de suceder; pero no puedo trasladarme con el pensamiento á donde mejor quiera, no puedo trasformarme, no puedo construir en un momento un palacio, y yo lo quisiera hacer.

--Entre las joyas que ha dejado tu padre, hay un poderoso talisman.

--¿Y qué talisman es ese?

--Un abanico de oro, perlas y plumas. Búscale.

Leila fué al lugar donde estaba el tesoro que su padre habia amontonado, y despues de revolver mucho encontró un precioso abanico, formado de plumas de los mas raros colores, y como no habia visto ninguno de ninguna ave Leila: su mango era de oro con cercos de perlas, de diamantes y de rubíes, y este sujeto por una cadena de oro á un brazalete que se cerraba con una pequeña llave hecha de una esmeralda, pendiente del brazalete, que deslumbraba con la riqueza de sus piedras, por una sútil cadena.

--Tu padre prestó á un wazir muchos miles de doblas sobre ese abanico, el wazir se obligó á pagarle el préstamo en un tiempo dado, trascurrido el cual el abanico seria de tu padre.

El wazir habia robado su abanico del tesoro del califa, donde estaba de padres á hijos, desde que un ángel dió de parte de Dios ese talisman á Fatimah la santa, madre del Profeta.

Las plumas son de aves del paraiso, y el oro y las piedras, cogidas en los valles del Edém.

Un arcángel le fabricó, y Dios le dió la virtud que tiene.

El califa no solo no sabia la virtud de este talisman, sino que ni tampoco conocia su poder. El wazir creyéndole simplemente una alhaja de precio incomparable, le empeñó á tu padre, porque como lo habia robado al califa, no queria tenerlo en su poder.

Tu padre, le guardó entre sus tesoros, sin saber tampoco cuanta era su virtud.

Pero yo, que te he dado el filtro que ha apagado la vida de tu padre, te doy tambien ese talisman.

--¿Y cuál es su virtud? dijo Leila.

--No te lo diré si no me lo pagas.

--Ya te he dado mi alma por la vida de mi padre.

--Dame las almas de tus hijos.

--¡Oh! eso no.

--Pues bien, Abraham no te amará.

--Y si te doy mi descendencia...

--Abraham será tuyo.

--Pues te la doy.

--Firma aquí, dijo el diablo poniendo un pergamino escrito con fuego delante de los ojos de Leila-Fatimah: firma con tu sangre.

Leila se arrancó un alfiler de oro de su peinado, y se rasgó un dedo.

Corrió la sangre, y con ella firmó la jóven el escrito que el diablo le habia presentado, y que era una escritura solemne, por la cual Leila cedia su descendencia al espíritu de las tinieblas.

--Dime ahora la virtud de ese talisman.

--Tiene muchas: en primer lugar, á ese talisman obedece un génio.

--¿Y cómo he de hacerle aparecer?

--Cuando quieras hablarle, ponte el abanico primero sobre el corazon, luego sobre los ojos, y últimamente sobre la cabeza. Luego di por tres veces: génio esclavo del abanico de Fatimah la Santa, ven.

Leila, estaba impaciente por conocer la virtud del talisman, é hizo lo que el diablo le habia dicho.

Inmediatamente la habitacion en que la jóven estaba, se llenó de un humo rojo y denso, que se fué haciendo mas denso, hasta que se convirtió en una nubecilla; luego la nubecilla, cayó al suelo, se prolongó, se adelgazó, tomó formas, y apareció un hombrecillo, tal y tan diminuto, como el dedo índice de Leila, que era muy pequeñito.

Aquel hombrecillo, saltó del suelo y se asió al broche del seno de Leila, y la miró con unos ojillos relucientes y negros como los de un pequeño raton.

Era de color cobrizo, con la nariz larga, el rostro largo y la barba puntiaguda: tenia puesto un gorro dorado, y el diminuto cuerpo vestido con un sayo dorado, en la mano tenia una vara delgada y larga como una fina aguja, y en la punta de la vara un cascabel que sonaba, sonaba sin cesar; y el geniecillo se reia mirando á Leila-Fatimah.

Leila se desaferró del broche de diamantes de su seno, y al genio le puso sobre la palma de su mano.

--¿Qué quieres? la dijo el genio haciéndola un mohin y dando una cabriola y con una vocecita como la de un pájaro.

--Quiero un palacio mas rico que el del sultan de la India.

Inmediatamente Leila se encontró en un magnífico y resplandeciente alcázar, dentro de un pabellon desde el cual y entre columnas de resplandecientes mármoles, se veian torres y muros dorados, y mas allá de los muros, jardines y lagos y horizontes azules.

El diablo habia desaparecido.

El alcázar era sonoro.

Parecia exhalar de sí una música deliciosa que convidaba al sueño.

Anchos y blandos divanes ofrecian reposo.

Fuentes de aguas olorosas refrescaban y embalsamaban el ambiente.

Todo aquello era magnífico.

--Quiero que venga aquí el tesoro de mi padre, añadió Leila.

Anforas, cofres y sacos aparecieron en el centro del retrete.

--Quiero que guarde ese tesoro un arca de hierro pulimentado como un espejo, bellamente labrado, y que solo se abra cuando le toque yo.

Cubrió el tesoro una magnífica arca que deslumbraba por su brillantez, cerrada con siete candados y cubierta de peregrinas labores.

Leila llegó al arca, y al tocarla, el arca se abrió.

Cada parte del tesoro estaba en un compartimiento separado, aquí las perlas, acullá las piedras, cada una segun su género, y las monedas de oro y plata, cada una segun su valor.

--Quiero un bruñido espejo de plata, dijo Leila despues de haber cerrado el arca, y trasladádose á otra magnífica habitacion.

Apareció un espejo gigantesco de resplandeciente plata, en que se reprodujo enteramente la hermosa figura de la jóven.

--Quiero parecer mas niña, dijo Leila.

--¿Mas niña? esclamó el génio: eso no puede ser: aun no has cumplido los quince años y tu juventud es fuerte, rica, incomparable como el primer verdor de la primavera.

--Quiero parecer mas niña y ser mas muger, dijo Leila.

Y entonces, pareció como que su semblante resplandecia, como que sus ojos deslumbraban, como que sus cabellos se hacian mas finos y mas pesados y mas bellos sus rizos y mas negros: y se levantó su estatura, y se alzó su seno y sus brazos, y su cuello y las demás partes de su cuerpo, se volvieron tales, como solo Dios puede imaginar para hacer un ángel muger.

Y Leila-Fatimah, se veia desnuda en el espejo y sonreia orgullosa á aquella nueva hermosura que no habia desfigurado ni una sola de sus formas, porque Dios habia ya criado á Leila demasiado hermosa.

--Quiero que se peinen mis cabellos y se adornen de joyas, dijo Leila.

--Me estás convirtiendo en tu esclava, dijo el génio:

--Lo quiero.

Los hermosos cabellos de Leila, se trenzaron, rodearon su cabeza, cayeron en rizos y en lazos junto á sus megillas, y sobre sus hombros y sobre su seno, y entre ellos brillaban racimos de perlas y de diamantes y de rubíes y de corales, formando al rededor de su cabeza una como corona de hojas de vid con fruto.

--Quiero un hermoso collar para mi garganta y unas hermosas arracadas para mis orejas, y brazaletes y ajorcas para mis brazos y mis piernas.

El génio cumplió la voluntad de Leila.

Y no parecia sino que aquellas joyas habian sido buscadas á propósito para realzar la blancura y la belleza de la jóven.

--Quiero un ceñidor interior para mi cintura que defienda mi pureza y me haga invulnerable y fuerte, capaz de vencer á uno, á diez, á un cuento de caballeros armados.

--Te basta para eso con tu hermosura y con tus ojos, sultana, dijo el génio: ¡qué hermosa eres, señora mia! ¡qué hermosa! yo te amo.

--¡Ah! ¡ah! ¡ah! dijo riendo la jóven, ¿y cómo harias tú para satisfacer tu amor?

El génio saltó de la mano al redondo y blanquísimo hombro de Leila, y la mordió en su incomparable cuello.

Leila dió un grito agudo, se puso de repente pálida como si no la hubiese quedado una sola gota de sangre en las venas, pero aquella palidez aumentó su hermosura.

Leila se sintió desfallecer.

Un ardiente fuego, el fuego de un volcán, llenaba sus venas, y la consumia.

Su vida se habia multiplicado.

El resplandor de su hermosura se habia hecho irresistible.

--Vuelve á mi mano, maldito, esclamó Leila.

--¡Oh! ¡qué hermosa, qué hermosa eres, sultana mia! esclamó el génio volviendo de nuevo á la mano de la jóven. Tú no sabias el peligro que corrias conmigo, ¿no es verdad? dijo el génio. Pero ya no tiene remedio; tú tendrás siempre una sed inestinguible de amor, sufrirás eternamente el infierno de tu pecado, y amarás como no ha amado otra muger sobre la tierra.

--¿Y no veré satisfecho mi amor?

--Tú serás muy feliz durante algunos años, ¿pero que serán esos años? un instante, menos que un instante en la eternidad: Satanás ha sido muy cruel contigo: porque tú has sido muy cruel con tu padre.

--¿Quién se acuerda ahora de aquel viejo avaro que me tenia emparedada?

--Dices bien: ¿á qué acordarse de eso? tu padre duerme tranquilo en la tumba.

--Quiero ver á mi adorado, dijo Leila dejándose caer sobre un diván.

--¿Y vas á recibirle así? es virtuoso y casto, y tu desnudez le sonrojaria.

--Vísteme de túnicas de luz, dijo Leila.

Inmediatamente lucientes y finísimas túnicas cubrieron á la jóven.

Leila entonces parecia un astro caido del firmamento.

Pero sus resplandores no ofendian á la vista.

--Quiero ver á mi amado, ¿dónde está?

--Llorando sobre la tumba de tu padre.

--Que se sequen sus lágrimas, y que sienta mi amor en su corazon.

--Ya no llora y se estremece dulcemente alhagado por un fuego desconocido.

--Ahora, llévame con mi palacio á Damasco.

--Mira por aquella ventana, ¿qué vés?

--Veo fuertes torres á la luz de la luna, dijo Leila.

--Aquel es el alcázar del califa.

--Veo á los pies de la altura donde está ese alcázar una ciudad cubierta por la sombra.

--Esa ciudad es Damasco. ¿Qué mas quieres?

--Quiero que al despertar mañana, el califa vea mi resplandeciente palacio; que lo vean desde la ciudad, y que vean esclavos en sus pórticos, y que dentro haya bailarinas que me alegren, y doncellas que me sirvan, y músicos que me recreen.

--Mira, dijo el génio; ¿vés allá entre las quebraduras de una distante sierra una lucecita?

--Sí.

--¿Sabes dónde arde esa lucecita?

--No.

--Voy á mostrártelo.

--Leila, se encontró en una cabaña miserable; en ella un anciano y un jóven lloraban desconsoladamente junto á una muger jóven y hermosa, pero enferma y enflaquecida, que moria.

--¿Y á qué me has traido aquí? dijo Leila.

--Escucha, esas pobres gentes son labradores.

--¿Y qué me importa?

--Escucha, los años anteriores han sido malos, no solo no han podido esos infelices pagar su tributo al califa, sino que se han privado de lo mas necesario; hace quince dias que los encargados de cobrar las contribuciones del califa, fueron á esa choza, y á pesar de las lágrimas de esa familia, se llevaron los dos jumentillos con que araban sus tierras, su cabra, sus semillas y hasta su lecho; esa familia hace quince dias que está hambrienta; el padre y el hijo se han sustentado con yerbas y raices, pero la pobre Haraxa, no ha podido resistir y muere entre los brazos de su padre y de su esposo. Invocan á Dios, ¿no los oyes? tú tienes poder; díme: levanta del suelo á esa muger, y la levanto; dales pan y medios de vivir y de ser felices, y se lo doy; ¿no ves lo que pende del pecho de esa desgraciada? un niño que procura amamantarse del pecho exhausto y no puede.

--¿Y que tengo yo que ver con eso? dijo con dureza Leila; yo me abraso de amor. Llévame á mi alcázar.

--Héte en él, pero no tienes caridad: Dios, que hizo ese talisman de que soy esclavo, le construyó para la santa Madre de su Enviado, ¡oh, y cuán diferente uso hacia en su poder aquella alma noble!

--Calla.

--Un momento, señora mia: lo que tú no has querido hacer con una pobre familia lo ha hecho Dios; los habia castigado porque la prosperidad los habia hecho un tanto soberbios, los habia reducido á esa cabaña, á esa desdicha. Pero han invocado con fé á Dios, eran buenos, y Dios los ha enviado un ángel en figura de peregrino.

Con el ángel, ha entrado la Providencia de Dios en la cabaña.

Han tenido alimento, y el ángel les ha dejado al partir un saco lleno de oro.

--Has que venga naturalmente atraido á mi, mi adorado Abraham, dijo Leila.

--Tú no tienes caridad. Hélo aquí que viene.

--Vete, dijo Leila.

El génio saltó de la mano al suelo, y desapareció como habia aparecido, desvaneciéndose en humo.

XVIII.

--¿Sabes hermana culebra, que tu cuento me está maravillando? dijo el lagarto. ¿Crees tú que eso pueda haber sucedido?

--Eso y mucho mas puede hacer Dios, que es Todopoderoso, hermano lagarto.

--Sí, sí, pero esa muger endemoniada....

--Dios la castigaba con sus mismas pasiones. Cuando el alma de Abraham, que está allá abajo penando donde tú no te has atrevido á bajar, me contaba esto, la desdichada alma se estremecia.

--Sigue, hermana culebra, sigue; tengo impaciencia por saber el fin del cuento.

--Pues escucha, hermano lagarto, y aprende y escarmienta.

--Yo, añadió la golondrina, hermano ruiseñor, escuchaba sin dormirme aunque estaba muy cansada.

--Como te escucho yo, amiga golondrina, dijo el ruiseñor, y como te escucha esa maldita Asenéth, que como Leila-Fatimah, quiere matar á su padre por gozar sus amores.

--¡Oh! esclamó Asenéth, pájaros habladores, seguid, seguid vuestro cuento de los amores de la maga con el judío Abraham, mi abuelo.

La golondrina, calló un momento como quien recuerda, y luego continuó:

XIX.

La culebra siguió diciendo á su amigo el lagarto:

--Entre tanto, el buen Abraham, que habia dejado de llorar de repente, y se habia sentido inflamar por un fuego dulce y desconocido, olvidó enteramente á su protector, y saliendo del cementerio montó en su asno, y se volvió hácia un lugar donde le llamaba una fuerza misteriosa que le atraia, le atraia, sin que fuese poderoso á contrarestarla y sin saber á dónde.

Y el asno andaba con la velocidad del Borac[93], y la tierra se quedaba rápidamente atrás, y parecia un rio que huia.

Y antes del amanecer, Abraham se encontró no lejos de una populosa ciudad y á la puerta de un jardin deleitoso.

En medio del estensísimo jardin, habia un palacio resplandeciente que arrojaba sobre el jardin y sobre los montes una luz diáfana, mas diáfana que la de la aurora.

El asno se detuvo en la puerta del jardin, levantó la cabeza, abrió sus narices al viento y rebuznó.

En el momento se abrió la puerta del jardin, y aparecieron muchos esclavos negros.

--¿Eres tú, dijeron, el sábio médico á quien nuestra señora espera?

--¿Y quién es vuestra señora? Yo al ver la hermosura de estos sitios y los resplandores de aquel palacio, habia creido que Dios el Misericordioso, me mostraba su jardin de Hiram.

--Estos no son los jardines de Hiram, sino los de nuestra señora, que está enferma y te espera.

--¿Es acaso la sultana de este imperio vuestra señora?

--Nuestra señora es la poderosa maga Leila-Fatimah.

Al oir la palabra maga, Abraham invocó á Dios, y le invocó tan de corazon, que fueron inútiles para con él en aquel momento los hechizos de Leila-Fatimah.

Revolvió su asno, y escapó á cuanto correr pudo el asno por la campiña.

El cuadrúpedo tomó por una senda, y al fin de ella se paró delante de un humilde edificio.

--Loado sea Dios, que me trae á su santa casa, dijo Abraham.

En efecto, el asno se habia detenido en una pequeña mezquita, donde hacia penitencia un hombre de Dios, un santo morabitho.

Abraham descabalgó de su asno, y entró en la mezquita.

El morabitho estaba prosternado delante del mirab.

Prosternose tambien Abraham, y oró.

Cuando se levantó, vió delante de sí al morabitho, que era un anciano de barba blanca.

--¿Qué buscas ante Dios? dijo el morabitho.

--La tentacion me ha acometido, hermano, dijo Abraham, cuando oraba esta noche sobre la sepultura de mi padre.

--Dios solo es veráz, y Satanás es pérfido; lleno de lazos tendidos por el demonio está el camino de la vida: dichosos los que, como tú, acuden en sus tribulaciones á Dios.

--Es que me siento vacilar, hermano mio.

--¿Qué te dice el diablo?

--Ha llenado de amor mi corazon.

--Amar puede el hombre; para él ha nacido la muger.

--Pero mi amor es ardiente, desenfrenado.

--Recurre á la penitencia.

--Mi corazon vacila.

--Véncele.

--¿Querrás consultar la voluntad de Dios en las estrellas, hermano?

--Las consultaré por tu amor, porque te veo lleno de tribulacion.

--Dios te lo pagará.

--Quédate entre tanto conmigo, bajo el amparo de la casa de Dios.

XX.

Entretanto, Leila se paseaba furiosa por el magnífico alcázar, viendo que Abraham se le huia.

Consultaba al génio esclavo del abanico de Fatimah la Santa, y el génio se le reia diciéndole que no podia nada contra Dios.

--Pero Abraham saldrá alguna vez de la mezquita, decia la enamorada maga.

--Cuando salga te prometo traértelo. Entretanto, y para que te diviertas, te voy á traer al califa que se ha asombrado al ver levantarse desde sus miradores este magnífico alcázar que yo he construido para tí.

--En efecto, el califa al ver aquellas altas torres, y aquellos magníficos jardines que el dia anterior no existian delante de su palacio afrentándole con su hermosura, llamó á los sábios y les dijo:

--¿Qué alcázar es aquel resplandeciente que se levanta sobre un monte donde ayer era un llano cubierto de viñas?

Los sábios miraron y se restregaron los ojos, porque dudaban.

Y del mismo modo las gentes de Damasco se asomaban á los terrados de sus casas, maravilladas de aquello.

Y los sábios dijeron al califa:

--Artes mágicas debe haber en esto, porque ni los hombres pueden hacer una obra tan grande en tan poco tiempo, ni el mas sábio trabajando toda su vida podria idear una obra tan magnífica.

El califa envió á su wazir para que se informara de aquello.

El wazir volvió asombrado y enloquecido.

--No vayas, señor, le dijo, á ese alcázar, porque en él encontrarás una muger tal y tan hermosa que perderás tu alma.

Esto mismo incitó con mas fuerza al califa para ver aquella peregrina hermosura que, como una perla en su concha, se escondia en una obra tan magnífica.

Hízose preceder por sus esclavos, montó en un caballo blanco, y precedido de su córte se encaminó al alcázar misterioso.

XXI.

--Hé aquí que el califa de Oriente se acerca, dijo el geniecillo a Leila-Fatimah. Mira si quieres ser sultana.

--Por Abraham maté á mi padre, y solo de Abraham seré, dijo la vírgen maldita.

--¿Pero no recibirás al califa?

--Sí, le recibiré, y le enloqueceré, para que me sirva.

--Pues ya se acerca.

--Vete, pues.

Poco despues, un esclavo eunuco tocaba con una varita de oro á la puerta del retrete de la jóven.

Levantóse ésta del diván, abrió la puerta, y al verla tan resplandeciente y tan hermosa, el califa su prosternó.

--¡Levántate, Walid, emir de los creyentes, dijo Leila; y no te prosternes ante tu esclava!

Y alzó al sultan.

Luego cerró la puerta y se quedó sola con él.

Walid, que aun era mancebo, desfallecia de amor.

Leila le hizo sentarse en el diván, y se sentó junto á él.

--Clara y dichosa ha sido el alba en que has aparecido junto á Damasco, cabeza de mi imperio, sultana de las huríes, dijo el califa. ¿Por qué has venido á alegrar esta tierra con tu hermosura?

--Venia á buscarte, señor.

--¡A buscarme! ¿será acaso que Dios se ha propuesto premiarme por mi fé y por mis victorias contra los infieles, y me envia un pedazo de su paraiso, y con él un arcángel del sétimo cielo?

--Dios me envia á salvarte, señor.

--¿A salvarme dándome tu amor?

Mi amor no puede ser de los hombres de la tierra.

Walid se prosternó.

--¡Oh! poderoso génio, esclamó: ¿por qué te han visto mis ojos, si no ha de ser mia tu hermosura?

--No pienses en el amor, cuando Dios me envia á salvar tu imperio.

--¿A salvar mi imperio?

--Si los hijos de Abbas despliegan en silencio la sangrienta bandera contra los hijos de Omeya: ¡ay de tí, y ay de los tuyos, si yo por mandado de Dios no te revelase la traicion que se acerca á ti en silencio!

--¡Habla, poderoso génio! dijo Walid, aterrado por aquella oscura profecía.

--Ven acá, dijo Leila, llevándole á un mirador: ¿ves aquella mezquita en el valle junto á la vertiente de la montaña?

--Allí mora un santo.

--Allí mora la traicion.

--¿La traicion dices?

--Sí, en aquella mezquita se oculta un sábio médico llamado Abraham, que viene á alentar á los partidarios de Abul-Abbas.

--¿Y qué he de hacer, poderoso génio?

--Escucha; cuando medie la noche, rodearás tú mismo con tus gentes aquella mezquita.

--Lo haré.

--Sacarás fuera al morabitho y al hebreo Abraham.

--Lo haré.

--Despues te llevarás á esos dos traidores á la alcazaba, y los encerrarás en una mazmorra.

Sí, ¿y luego?

--Luego... mira... primero crucificarás al morabitho.

--¿Y despues?

--Despues cortarás por ti mismo la cabeza, y á solas con él encerrado en su mazmorra, al hebreo Abraham.

--¿Y habré salvado mi corona?

--Tu corona, tu familia y tus parciales.

--¿Y despues no me amarás tú?

--Consiste eso en la voluntad de Dios.

--¡Oh! yo serviré de tal modo á Dios, que Dios me recompensará dándome tu amor.

--Sí, yo te amo... dijo lánguidamente Leila.

--¡Ah! ¡sol ardiente de mi alma! esclamó Walid.

--Pero no te daré mi amor hasta que hayas esterminado á los traidores y á los impíos.

--¡Oh! pues los esterminaré.

Y el califa y Leila siguieron hablando familiarmente hasta la caida de la tarde.

Walid cada vez mas enamorado: Leila cada vez mas traidora con él.

Pero á pesar de su amor, Walid se sentia dominado, sujeto por un poder invencible.

Y era que protegia la pureza de Leila el cíngulo mágico que rodeaba su cintura.

El califa salió del alcázar de Leila al empezar la noche, afirmándola que haria pedazos á los traidores y que volveria al dia siguiente.

Cuando el califa salió, Leila-Fatimah se puso el abanico sobre el corazon, sobre los ojos y sobre la cabeza, y llamó al génio.

El génio acudió.

--El califa sacará á la media noche á Abraham de la casa de Dios, le dijo: prepárate á hacerle venir.

--¿Y vendrá?

--Vendrá.

Ahora prepárame mi aposento nupcial, y aumenta mis galas y mi hermosura.

El geniecillo al escuchar aquel mandato, soltó una carcajada tal, y tan siniestra, que aterró á Leila.

--¿Por qué te ries, dijo la maga?

--Me rio por la locura de tu amor, contestó el génio: pero ya he hecho tu cámara nupcial, y he aumentado tu hermosura y tus galas: ven á ver mi obra, y á mirar tu belleza.

Y ella fué á examinar aquel nuevo milagro del génio.

XXII.

Llegaba la media noche.

El anciano morabitho de la mezquita del valle, consultaba tristemente las estrellas.

Junto á él estaba Abraham.

--El espíritu del mal te persigue, dijo el morabitho al hebreo.

--¿Y cómo podré conjurarle? dijo este.

--La muerte se acerca: si la arrostras sin temblar serás salvado, pero si no caerás en poder de Satanás y te perderás.

--¿Y no hablan mas claro las estrellas?

--Las estrellas hablan siempre misteriosamente; pues te avisan de un peligro y te dan el medio de conjurarlo; ese medio es morir con el valor de un mártir sin estremecerte ante la muerte.

--Voy á orar, dijo Abraham, para que Dios me dé su fortaleza.

--Oremos juntos, hermano, dijo el morabitho, porque la hora de la tribulacion se acerca para los dos.

--Y entraron en la mezquita y entrambos se prosternaron ante el mirab.

XXIII.

Poco tiempo despues llamaron á la puerta.

--Hé ahí la muerte, dijo el morabitho.

--Abrid al califa magnífico y vencedor, dijo fuera una voz robusta.

--El momento ha llegado, dijo el morabitho á Abraham, valor y fé en Dios, y dentro de poco tiempo nos encontraremos juntos en el paraiso.

--Moriré como un mártir, dijo Abraham; vé, y abre al califa, hermano.

El morabitho abrió.

Walid se arrojó frenético dentro de la mezquita, y dijo á los esclavos que le seguian:

--¡Apoderaos de esos dos traidores, y cargadlos de cadenas!

Abraham y el morabitho fueron conducidos á la alcazaba del califa, y arrojados en profundas mazmorras.

Abraham sin temor estuvo orando á Dios.

Sentia, sin embargo, en su alma un combate rudo que no era terror á la muerte.

Parecíale que una voz poderosa le llamaba, y que una fuerza irresistible tiraba de él.

Era que Leila, viéndole fuera de la casa de Dios, donde únicamente estaba protegido por sus encantos, compelia al génio á que le trajese á sí.

Pero Abraham, tenia fijo el pensamiento en Dios, no le habia asaltado el temor de la muerte, y Dios le amparaba.

Pero de repente se oyeron gemidos de agonía.

Gemidos horribles.

Y junto á los gemidos, gritos y risas de verdugos.

Era que crucificaban al morabitho.

Al oir aquellos lastimosos gemidos, Abraham dejó de orar.

Un terror vago empezó á apoderarse de él.

De repente se abrió la puerta de la mazmorra, y unos feroces esclavos entraron con un hornillo encendido y unos hierros de forma horrorosa.

Entonces Abraham temió á la muerte, y esclamó:

--¿Acaso no se habrá engañado el morabitho? y llegó... yo no quiero morir...

Apenas habia pronunciado estas palabras, cuando se encontró en una magnífica y resplandeciente cámara nupcial delante de Leila, cuya hermosura era tal, como la de un arcángel.

Abraham creyó que le habian matado en la mazmorra, y que se encontraba en el paraiso delante de su hurí.

--Sí, sí, dijo Leila; has muerto y eres mio.

Pero quítame mi cingulo de pureza, porque de otro modo no podré ser tuya.

Y se abrió sus magníficas túnicas, dejando descubierto el cingulo que tenia sobre su cintura desnuda.

Abraham se arrodilló, y quitó el cingulo á Leila.

En aquel momento se oyó un estruendo pavoroso como el de un inmenso edificio que se desplomara: oyóse una carcajada horrible, y la voz de Satanás que dijo:

--Has perdido el talisman de la madre del profeta por tu impureza, y al derrocarse el alcázar de tus locos deseos, se ha sepultado con él el tesoro que habia reunido la avaricia de tu padre.

--Pero Abraham es tuyo.

--Suya eres tú.

--Y bien: su amor me basta, esclamó Leila-Fatimah.

XXIV.

Encontróse de repente Abraham caminando entre montañas, llevando delante su asno, y sobre su asno una muger hermosísima y sencillamente vestida.

Abraham habia perdido completamente la memoria de lo que le habia acontecido.

Del mismo modo la habia perdido Leila-Fatimah.

Pero Abraham se abrasaba en los amores de ella, y ella en los amores de él.

Aquel amanecer llegaron á Damasco.

Abraham tomó una casita en los arrabales de la ciudad, y empezó á curar como médico.

Y como era muy sábio, adquirió una gran fama, y le llamaron los mas ricos, y le pagaron maravillosamente sus curas.

Antes del año de haberse unido Abraham y Leila-Fatimah, ésta dió á luz un niño.

Aquel niño se llamó Jamné.

Púsose enfermo el califa, y de tal modo y con una enfermedad tan estraña, que los médicos de la córte no atinaban con ella.

Al fin fué llamado Abraham.

Y Abraham, despues de muchos dias, restituyó su salud al califa.

Y el califa dió á Abraham, en premio de su curacion, un palacio con jardines dentro del mismo Damasco, y muchos miles de mitcales de oro.

Y entonces dijo Leila á Abraham:

--Oye, amado mio, el oficio de médico es trabajoso: ir de acá para allá, correr todo el dia; levantarte de noche de entre mis brazos para ir á curar dolencias... te tengo muy poco tiempo á mi lado, y yo te amo mucho, con toda mi alma, y quisiera estar siempre á tu lado.

--¿Y qué hemos de hacer?

--Deja de curar á otro que al califa: pídele licencia para vender el palacio que te ha dado, y que es muy grande y demasiado magnífico para nosotros, y con el dinero de la venta del palacio, y el que te ha dado el califa, compremos joyas y ricas telas y perfumes, y pongamos una tienda: yo atraeré á los magnates, que comprarán sin escusar el precio por hablar conmigo, y además prestaremos con usura y nos pondremos muy ricos.

--Pero eso es ofender á Dios.

--Yo no tengo mas Dios que tú, y además, tenemos un hijo.

--Lo pensaré, dijo Abraham.

Abraham hasta entonces era inocente: no habia ofendido á Dios; creia haber encontrado en un camino sola y abandonada á una hermosa y casta doncella que habia huido de casa de unos parientes codiciosos que querian venderla, porque habia olvidado lo del encanto y aquel resplandeciente alcázar donde habia quitado su cíngulo de pureza á Leila-Fatimah, que al perder el talisman no habia perdido su ciencia y habia engañado á Abraham. Este se habia casado con ella y habia seguido siendo bueno y compasivo.

Cuando Leila le propuso que aumentara su dinero con la usura, Abraham, que amaba ciegamente á su esposa, vaciló; pero aun le quedaba temor de Dios, y consultó á los astrólogos.

Estos, uno tras otro, hasta siete, á quienes buscó, le dijeron una misma cosa.

--Esto es: sepárate de tu muger, que le perderá: porque es un espíritu maldito vendido al diablo.

Pero creia tan buena y tan inocente á su esposa Abraham, que creyó mas bien que los astrólogos eran unos ignorantes, que no que decian la verdad, y despreció sus avisos.

Desde aquel momento pecó Abraham desoyendo las revelaciones de Dios.

Y como amaba á Leila-Fatimah, sobre todas las cosas, cedió al fin á sus halagos; vendió con licencia del califa en una gran cantidad á un príncipe de Persia el palacio que el califa le habia regalado, y con este dinero, y el que antes tenia, compró púrpuras, y sedas, y brocados, y perfumes, y alhajas, y puso una hermosa tienda en el bazar de Damasco.

Al mismo tiempo se negó á curar á todo el mundo, menos al califa, lo que fué una falta de caridad, y se pasaba los dias enteros en el fondo de la tienda, sobre una tarima y una alfombrilla, mascando opio, jugando sobre sus rodillas con su pequeñuelo Jamné, y tocando la guitarra, mientras Leila escitaba con sus miradas á los hombres poderosos que pasaban por delante de su tienda, y que compraban muy caro el breve placer de hablar algun tiempo con la hermosísima mercadera.

A puestas del sol se cerraba la tienda, y los dos esposos comian espléndidamente, bebian contra la ley licores espirituosos, y luego se entregaban á un amor desenfrenado.

Su oro se habia aumentado y se aumentaba cada dia mas, por medio de la usura.

Desde muy pequeñito, Leila á hurtadillas de su padre, enseñaba á su hijo su ciencia maldita.

Los dos esposos estaban continuamente ofendiendo á Dios.

Pero se amaban de una manera tal, que eran felices.

Las artes mágicas de Leila-Fatimah aumentaban cada dia el amor de Abraham.

Y así pasaron seis años, durante los cuales, Leila no tuvo mas hijos.

Pero al empezar el sétimo se encontró en cinta.

Al cumplirse los siete años del nacimiento de Jamné, Leila dió á luz una niña.

Aquella niña se llamó Zelpha.

XXV.

Pasaron otros siete años, durante los cuales se multiplicó la riqueza de los dos esposos.

Leila por medio de su ciencia hacia que siempre apareciese para ella jóven y buen mozo Abraham, y que ella pareciese á Abraham hermosísima; pero no sucedia lo mismo con los estraños.

Leila, en verdad, aparecia cada vez mas hermosa; pero Abraham, gastado por los placeres y por los licores, parecia ya un viejo decrépito, cuando en realidad era aun jóven.

Al ver las gentes tan solícita y tan enamorada á la hermosísima mercadera de su viejo marido, se maravillaban y decian:

--Ese hombre debe de haber dado á su muger hechizos para que le ame de tal modo.

Y las gentes no sabian que el hechizado era Abraham.

Porque Leila parecia la mejor muger del mundo, con sus grandes y dulces ojos de gacela y su alegre sonrisa.

Pasaron aun siete años.

Centuplicóse el caudal de los esposos.

Jamné era ya un hermoso mancebo y un terrible mago, y su hermana Zelpha una hermosa niña de siete años, que parecia haber nacido de una sonrisa de la aurora.

Al cumplirse los siete años de la vida de Zelpha, Jamné empezó á amarla con un amor incestuoso y maldito.

Zelpha estaba crecida de una manera maravillosa.

Parecia una muger.

Y Leila se complacia en el amor de Jamné hácia su hermana.

Esta no habia llegado aun á la edad del amor, y aunque su madre la enseñaba la mágia y la astrología, su corazon aun no habia hablado.

Se acercaba el dia en que se cumplia el tercer periodo de siete años, desde el dia en que habia nacido Jamné.

Las riquezas de los esposos habian llegado á una suma maravillosa.

La hermosura de Leila, en vez de amenguarse, habia crecido.

Abraham estaba decrépito para las gentes; pero cada dia mas fuerte y mas hermoso para Leila.

Jamné era un mancebo hermoso, sabio, valiente, y amaba cada dia mas á su hermana.

Zelpha era una doncella hermosísima; tan hermosa como su madre, y soñaba ya con su primer amor.

Pero aquel primer amor no era para su hermano.

Era para un hombre soñado.

Todos envidiaban á Abraham, que era tan rico y que tenia una muger tan hermosa y unos tan hermosos hijos.

¡No sabian á qué precio pagaba Abraham aquella felicidad!

XXVI.

Una noche velaba sola é impaciente Leila en su retrete.

Estaba sola porque habian venido á llamar á Abraham para curar al califa, que se habia puesto enfermo, y de quien seguia siendo médico.

Estaba impaciente porque Abraham tardaba y no sabia vivir sin él.

De repente Leila oyó ruido cerca de la habitacion, y su alma se inundó de alegría, porque creyó que era Abraham.

Se levantó del divan y corrió á la puerta; pero al llegar á ella retrocedió aterrada y dió un grito.

Una figura horrorosa se habia presentado en ella.

Era Satanás.

--¿Qué quieres? le dijo Leila. Yo no te he llamado.

--Vengo por tí, dijo el diablo; ha llegado la hora.

--¿La hora de qué? dijo estremecida de espanto Leila.

--Han pasado tres veces siete años desde que nació tu hijo, respondió Satanás; pronto llegará la hora precisa, y tu cuerpo morirá.

--¡Oh! ¡no! ¡no! yo creo que solo ha pasado un instante desde que bebí el amor en los brazos de Abraham.

--¡Tres veces siete años! dijo el diablo: esa era la cuenta de tu vida, y eres mia.

--Pídeme lo que quieras y no me mates, esclamó juntando las manos Leila.

--Has tenido en tu mano la vida eterna, la felicidad eterna, y la has cambiado por una felicidad de muerte.

--¡La vida! ¡la vida! esclamó Leila que empezaba á sentir un frio estraño.

--Solo Dios podia dártela, y los decretos de Dios son inmutables.

--Te daré lo que me pidas.

--No puedes darme nada: me diste tu alma y despues las almas de tus hijos: tus hijos que son malditos, como tú, me darán el alma de sus nietos.

--¡La vida! ¡oh mi vida de amores! ¡un instante mas! que me vea yo a antes de morir entre los brazos de Abraham.

--El momento llega, ya han pasado tres veces siete años desde que nació Jamné, el maldito.

Y mientras Satanás decia estas palabras, Leila cayó sobre el diván, y se puso fria, muy fria.

Murió.

XXVII.

En aquel mismo punto Abraham, á despecho de su ciencia, veia morir en el palacio al califa.

Salió de allí con el alma entristecida, y cuando entró en su casa, encontró á Leila muerta.

Sus hijos dormian.

Cuando los despertaron los gritos de desesperacion de su padre, miraron á su madre muerta con los ojos enjutos.

Abraham lloró desconsoladamente sobre el cadáver de Leila.

Luego la mandó embalsamar como á una sultana, y la sepultó bajo una ostentosa tumba.

Despues, no permitiéndole su dolor vivir en Damasco, redujo á un pequeño volúmen sus tesoros, empleándolos en piedras maravillosas, en perlas incomparables, y en algunas telas de púrpura, oro y piedras preciosas que solo podia comprar un rey poderoso.

Cargó su tesoro en un asno, puso sobre él á su hija Zelpha, y acompañándole su hijo Jamné, salió un dia de Damasco.

* * * * *

Por aquel tiempo el caudillo Ocba-ebn-Nafhe, habia conquistado el poniente de Africa.

Abraham, para poder vender sus costosísimas joyas, fué á buscar aquel ejército vencedor que se habia enriquecido con los despojos de la victoria.

Pero una vez en la parte occidental de Africa en Tánger, supo Abraham que mas allá, al otro lado del estrecho de Alzacab, estaba la tan poderosa tierra de las Hespérides; que eran señores de ellas unas gentes riquísimas; y que allí podria vender sus tesoros, y llorar tranquilamente bajo un cielo tan azul como el de la Siria, á su perdida Leila-Fatimah.

Abraham se embarcó con sus hijos y con el jumento que conducia su tesoro, y pasó el estrecho.

Al fin puso sus plantas en España.

Y una tarde, ya te acuerdas, hermano lagarto, al encontrarse Jamné en un bosque solitario, en este mismo bosque al lado de esta sima, vió llegada para él la ocasion mas propicia para deshacerse del viejo padre, y apoderarse de su tesoro y de su hermana.

Ya sabes lo que sucedió la tarde de horrores.

--Sí, sí, lo sé, amiga culebra.

--Pero lo que tu no sabes, es que en la misma hora en que fué arrojado á la sima por sus malditos hijos Abraham, se contaban justos tres veces siete años, desde que Abraham poseyó la maldita hermosura de Leila-Fatimah.

--¿Y no sabes mas, hermana culebra?

--Sí, sé que el alma de Abraham, por no haber sido dócil al consejo de los siete astrólogos á quienes habia consultado, cuando Leila le propuso ofender á Dios, estará penando hasta que sobre esta sima se levante una torre fuerte de siete suelos, que será la puerta de un alcázar como no habrá otra sobre la tierra, y hasta que muera en este alcázar y venga á penar en la torre, una muger que haya sido parricida, adúltera é incestuosa.

--¿Y quién te ha dicho eso, hermana culebra?

--El alma en pena de Abraham.

--¿Y no sabes lo que fué de los hijos de Abraham?

--No se lo pregunté.

--Dios es vengador, y justo é inexorable, hermana culebra.

--Tienes razon, hermano lagarto. Dios es Dios y no hay otro Señor que él: él ha criado este sol que abrasa mas de lo que yo quisiera, y me voy á mis profundidades.

--Y yo á mi grieta.

La culebra y el lagarto desaparecieron, y yo me quedé horrorizada, amigo ruiseñor, y no pude descansar, añadió la golondrina: de modo que cuando me puse en camino por la tarde para Toledo, estaba tan rendida, que me he visto obligada á pararme aquí.

--Vente á mi nido, y en él descansarás: es blando y mullido, dijo amorosamente el ruiseñor.

--Dios castiga á los adúlteros, dijo con enojo la golondrina, y como ya he descansado, me voy de un vuelo á mi nido del alcázar de Toledo.

Y la golondrina voló, y el ruiseñor se quedó gorgeando:

--¡Solo! ¡solo! ¡solo!

XXVIII.

Asenéth permaneció por algun tiempo inmóvil donde se habia sentado.

Luego, á pesar de la terrible historia de sus abuelos, que habia oido cantar á la golondrina, se levantó y dijo:

--¡Yo amo á Ervigio!

Y se volvió al palacio maravilloso.

Aun dormia á los pies del diván, donde habia estado reclinada, su padre.

Asenéth le contempló profundamente.

--¿Con que si te dejo tu fuerza, esclamó la jóven maldita, despedazarás á mi mas amado?

Jamné, aunque dormido, hizo un movimiento que parecia una contestacion afirmativa á la pregunta de su hija.

--¡Oh! no le despedazarás, dijo Asenéth, porque yo te reduciré á un estado miserable.

Y pronunciando un horrible conjuro, esclamó:

--¡Oh tú, hombre convertido en leon, conviértete en un perro viejo é impotente.

Inmediatamente el leon se trasformó en un perro lanudo, cojo, ciego, miserable, que empezó á arrastrarse gruñendo dolorosamente á los pies de Asenéth.

Pero Asenéth, le hirió con el pie en el vientre, le arrojó lejos de sí, y abandonó la cámara donde Jamné, castigado de nuevo por Dios, quedaba lanzando dolorosos ahullidos.

XXIX.

Al dia siguiente, cuando Asenéth se encontraba mas abstraido en sus pensamientos de amor, tembló el alcázar todo, y yo, Satanás, dije desde las entrañas de la tierra:

--Ervigio me ha encontrado pescando en la orilla del rio, ha tenido valor para arrostrar el encanto, y tú y él sois mios.

Inmediatamente Ervigio se presentó á Asenéth.

A la vista de su hermosura, el noble godo palideció y tembló.

--¿Quién eres tú, diosa, dijo, que así brillas ante mis ojos con la plenitud de tu hermosura?

Yo soy tu esclava, dijo la impaciente Asenéth, arrojándose en sus brazos.

Y Jamné, ciego, cojo, viejo, enfermo, vagaba gruñendo dolorosamente al rededor de la habitacion donde su hija, olvidándose de todo, deliraba entre los brazos de Ervigio.

Y Ervigio permaneció siete dias en el alcázar encantado, y siempre que salia del misterioso retrete de amor de Asenéth, encontraba á Jamné, y le daba con el pie, esclamando:

--Horrible y asqueroso animal, ¿qué haces en el paraiso de las delicias?

Y Asenéth no reparaba en que su padre habia sido maltratado, y seguia bebiendo con sus ojos enamorados, la mirada de amor de Ervigio.

La noche del sétimo dia, él y ella se sentaron en el mismo lugar donde ella habia oido la conversacion del ruiseñor y de la golondrina.

Ervigio estaba profundamente pensativo.

--¿Por qué estas triste, alegría de mi alma? dijo Asenéth: ¿no tienes aquí cuanto puede desear una criatura? ¿ó es que mi hermosura no es ya bastante para alegrarte ni mi amor para satisfacerte, señor de mi alma?

--¡Ah! no, no, dijo Ervigio: pero yo quiero ser rey.

--¡Rey! ¿y de los godos acaso?

--Sí.

--Pero Wamba es su rey.

--¿Y qué importa? ¿no me amas tú?

¡Qué si te amo! tu eres mi luz y mi vida, pero...

--¿Quieres ser rey?

--Sí. Mas que eso: quiero vencer á Wamba.

--¡Le vencerás! ven conmigo.

Ervigio siguió á Asenéth que le llevó al alcázar mágico.

Dejóle en una cámara, se encerró en otra, y á poco salió con un pomito de oro en las manos.

--Haz que den esto á Wamba y eres rey, le dijo.

--¿Y cómo he de hacerlo sino salgo de este alcázar? contestó el godo.

--¿Me olvidarás, Ervigio, cuando te encuentres fuera de aquí? dijo Asenéth rodeándole los hermosos brazos al cuello.

--Antes se olvidará el sol de alumbrar el dia que yo te olvide, repuso Ervigio.

--Pues bien, sino vinieres cuando seas rey, yo iré á buscarte. Acuérdate de que me quedo.

Ervigio besó amorosamente los ojos de Asenéth.

--Vas á verle en el alcázar de Wamba.

Apenas pronunció Asenéth estas palabras, cuando Ervigio se vió en las galerías del alcázar de Toledo.

Y entonces le pareció un sueño lo que le habia acontecido en el alcázar mágico; pero vió en sus manos el pomo de oro que le habia dado Asenéth, y esclamó:

--No ha sido un sueño: hé aquí el filtro que me ha dado la maga enamorada. Veamos si por medio de este filtro seré rey.

Y buscó en el alcázar á uno de sus parciales en quien tenia estremada confianza Wamba, y se encerró con él, y estuvieron hablando largo tiempo.

XXX.

Al dia siguiente, Wamba adoleció.

Habia bebido el filtro compuesto por Asenéth.

Perdió el sentido súbitamente á las primeras horas de la noche, y todos creyeron que moria.

Para enterrarle con muestras de humildad, cortáronle el cabello, señal de nobleza entre los godos, y le pusieron la mortaja.

Cuando Wamba volvió en sí, y encontró su cabeza trasquilada, esclamó:

--Hé aquí que queda franco mi trono á los traidores, porque yo no puedo ser rey[94].

Y en aquel mismo punto, pidió que le trajesen á Ervigio.

Wamba estaba loco.

--Yo he muerto le dijo; pero tú vives y eres fuerte; ¿querrás tú la corona que se me ha caido de la cabeza? ¡Ah! ¡ah! ¡y qué bien llevarás tú mi corona!

Y los parciales de Ervigio, aprovechándose de aquella estraña locura de Wamba, le hicieron firmar la renunciacion de su corona en Ervigio.

Luego Wamba espresó su deseo de retirarse del mundo, y partiendo á Pampliega tomó el hábito de monge.

Ervigio era rey de los godos.

Debíalo á las artes mágicas de Asenéth, y sin embargo de la embriaguez de su grandeza se olvidó de Asenéth.

Y en vano Asenéth le llamó; en vano desesperada con su soledad y con sus lágrimas me evocó y me pidió que la ayudase.

--Mata á Ervigio, decia yo.

Pero ella no se atrevia á matarle porque le amaba.

Pasaron siete años; siete años desde que Ervigio poseyó á Asenéth y Ervigio murió.

Murió de una enfermedad desconocida, y Asenéth á causa de su ciencia le vió morir, se aterró y esclamó:

--Sea yo llevada de esta tierra maldita, donde le he conocido, donde le he amado, donde le he esperado y donde reposan sus cenizas: conviértame Dios en una fiera, que no pueda amar á hombre, ni de hombre ser amada, y noche de quebranto y de duelo sea conmigo.

Y apenas Asenéth, impulsada por su desesperacion, habia pronunciado estas palabras, cuando se encontró en un profundo y oscuro antro.

Junto á ella habia un perro.

Pero un perro formidable: habia pasado el poder de Asenéth, y su padre habia recobrado su fuerza de leon.

Asenéth, convertida en leon, rugia de dolor por la muerte de Ervigio.

Y entonces Jamné fué dueño de su hija, y así vivieron algun tiempo en aquel profundo antro los dos malditos.

Pero Jamné fué un dia muerto por unos cazadores.

Asenéth quedó sola.

Y en su soledad dió á luz esos dos gemelos que tengo sobre mis rodillas; el uno hombre con cabellos, ojos y piel de leon, el otro estraña mezcla de leon y de perro.

Ya sabes la larga historia de los padres y de los abuelos de ese niño, y de ese perro, Almedí.

¿Quieres ahora que te dé los amores de la Eva maldita?

XXXI.

Almedí habia escuchado atentamente aquel largo relato, y se habia estremecido mas de una vez.

Cuando Satanás concluyó aquel cuento, Almedí invocó poderosamente á Dios.

Entonces la Eva, la hermosísima Eva maldita, y el maravilloso alcázar que la contenia desaparecieron.

Solo quedaron delante de Almedí, el pequeño hombre-fiera, y el estraño cachorro de perro y de leon.

Almedí circuncidó al hombre-fiera y le puso por nombre Jask-Al-bahul.

Buscó una nodriza á propósito para cada uno de los dos hermanos, y se dedicó á la enseñanza del que podia comprenderle y serle comprensible, por que Almedí no conocia el lenguaje de los animales.

Cuando Jask-Al-bahul fué crecido, le contó su historia, revelóle que aquel lanudísimo perro era hermano suyo, que debia tratarle como á tal, y ser bueno y temeroso de Dios si queria apartar de sobre sí la maldicion que pesaba sobre su familia.

Jask-Al-bahul, por el contrario de los suyos, crecia en la virtud, amaba á su hermano, aunque bajo aquella figura, y el feróz perro era para él, como para Almedí, sumiso y manso como un cordero.

Y pasaron así desde el nacimiento de Jask-Al-bahul y de su hermano, tres veces siete años.

Almedí murió, teniendo de un lado al hombre-fiera y del otro al perro-leon.

Despues que le hubieron enterrado y honrado, Jask-Al-bahul, dijo á su hermano:

--Hemos quedado solos, pero somos fuertes y valientes; yo voy á vender la escasa herencia que nos ha dejado el buen Almedí, y compraré una lanza y un caballo, iremos al ejército de los árabes que siguen sus conquistas en Africa, y ganaremos nuestro sustento en batalla.

El perro movió la cola y lanzó un leve gruñido como aprobando la determinacion de su hermano, y éste vendió lo que les habia dejado Almedí; compró una lanza y un caballo y salió de Tánger precedido de su hermano que rastreaba el camino.

El perro-leon habia tomado el camino de las montañas, y caminaba aprisa, tan aprisa, que apenas podia seguirle el caballo de Jask-Al-bahul.

--¿Y dónde me llevas, hermano? decia Jask.

El perro seguia rastreando y callando, y cada vez mas de prisa.

Al fin, para no perderle de vista, Jask tuvo que poner su caballo á la carrera.

Muy pronto se aventuraron en la montaña.

Corria el perro, y corria el caballo.

--¿Y adónde me llevas, hermano? decia Jask.

Y el perro y el caballo, el uno detrás del otro, seguian corriendo.

Llegó la tarde, bajo el sol, apareció la noche y lució en los cielos la luna.

Y el perro y el caballo seguian corriendo.

De repente se presentó á los ojos de Jask una llanura inmensa, inmensísima.

Las anchas colinas de arena, se perdian en el horizonte.

Allá á lo lejos se veia una ciudad.

Y antes de la ciudad una torre.

Y el perro siguió corriendo hasta la torre.

Algunos hombres pasaban por el camino en sus camellos, y decian á Jask:

--¿Vas á caso en busca de la doncella pálida, buen caballero? Si así es, que Dios te ayude.

Y uno tras otro siete viageros, dijeron las mismas palabras á Jask.

Cuando le habló el sétimo, Jask procuró detener á su caballo, y por primera vez, el caballo obedeció; paróse, y delante de él se tendió en tierra el perro.

--Díme tú por tu vida, así Dios te ayude, ¿qué doncella es esa pálida, de que me hablas?

Detuvo el viagero su camello y contestó:

--Esa doncella es la mas hermosa doncella del mundo; túvola el rey de estas regiones, Almunassar, de una maga con quien se habia casado; pero por ser tan hermosa esta doncella, su madre, que no queria que se casase sino con un hombre muy valiente, hizo que el rey Almunassar encerrase á la doncella en una torre, que es aquella que se vé allá, bajo los rayos de la luna, y para que la guardase, puso un jigante, que siempre de dia y de noche sin comer y sin dormir, está dando vueltas alrededor de la torre con su clava al hombro. Muchos caballeros muy valientes, atraidos por la fama de la hermosura de Aydamarah, que este es el nombre de la doncella pálida, y aun por el tesoro que encontrara con esta doncella el que venciese al jigante, han venido, pero los huesos de todos blanquean allá alrededor de la torre formando una muralla horrorosa, porque han venido miles de caballeros y á todos los ha esterminado el jigante, que es invulnerable y solo puede matársele hiriéndole en el ojo izquierdo: pero tiene puesta sobre el ojo una defensa de acero tan fuerte, y es tal su destreza para guardarse de los golpes, que todos los que han pretendido matar al gigante han perecido; además, para vencerle es necesario pronunciar al herirle ciertas palabras misteriosas que nadie sabe; con que así, buen caballero, si vas en busca de la doncella pálida, que Dios te ayude.

Y tras estas palabras el viagero arreó á su camello, y siguió su camino.

Jask era tan valiente como la fiera á quien se parecia tanto, y bastó con que conociese aquel peligro, para que desease vencerlo.

--Y llévame á la torre donde se guarda por ese gigante la doncella de la frente pálida, la hermosa hija del rey Almunassar y de la maga, dijo al perro:

Y el perro partió de nuevo á la carrera, y siguióle á la carrera el caballo de Jask.

Y se acercaba la torre, se acercaba hasta el punto de ver sus almenas y sus ajimeces, y el jigante que como una muralla de hierro movible, daba vueltas alrededor de ella, relumbrando bajo los rayos de la luna.

Y el perro y Jask seguian corriendo.

De improviso se escuchó un bramido tan aterrador y tan fuerte como el de una tempestad desencadenada, y se vió venir hácia el perro y hácia Jask al jigante.

Y resonaban las piezas de su armadura, retemblando y retumbando á la redonda con un estridor atronante y pavoroso, y parecia que la tierra temblaba bajo los pies del monstruo, que adelantaba con su terrible maza en alto.

El perro se paró, se replegó sobre sí mismo amenazador y rugiente, y Jask detuvo su caballo, y requirió su lanza para arrojarla al jigante, antes de que éste pudiese tocarle.

Llegó al fin el momento, faltaba poco espacio para que llegase á los dos hermanos el jigante, cuando Jask se aseguró en los estribos, y poniendo su corazon en Dios, esclamó arrojando su lanza contra el monstruo:

--¡Señor! ¡señor! ¡tú solo eres el Fuerte y el Invencible!

Y despues de haber arrojado su lanza con toda la fuerza de su brazo de leon contra el gigante, cerró los ojos y esperó la muerte.

Pero en aquel punto oyóse un estruendo horrible; tembló la llanura y gimieron los distantes ecos.

Jask abrió los ojos, y vió al jigante tendido delante de él; su lanza estaba clavada en el ojo izquierdo del monstruo.

[imagen no disponible: Le llevaron á una hermosa cámara]

Y al mismo tiempo se abrió la puerta de la torre, y lucieron antorchas y sonó una alegre música, y aparecieron doncellas vestidas de blanco, cada una de las cuales llevaba en las manos una luminaria.

Y todas aquellas doncellas cantaban en coro y decian en su canto:

«Bien venido sea el esposo, el esposo de la doncella pálida.»

«Para él, valiente entre los valientes, hermoso entre los hermosos, guarda Aidamarah su hermosura.»

«Bien venido sea el esposo de la doncella pálida á poseer su belleza y sus tesoros.»

«Bien venido sea.»

Y las doncellas adelantaron, y llegaron á Jask y se arrodillaron y le presentaron un palanquin en que Jask subió, y las doncellas blancas le llevaron á la torre, y una conducia su caballo, y otras rodeaban y acariciaban á su hermano el perro.

Y cuando llegaron á la torre, otras doncellas le desnudaron y le lavaron con aguas olorosas, y le vistieron preciosas túnicas.

Y entonces, otras doncellas mas hermosas aun le tomaron en medio, y cantando y tocando alegremente, le llevaron á una hermosa cámara.

XXXII.

A la puerta de aquella cámara se retiraron las doncellas.

Jask adelantó solo.

La puerta se cerró silenciosamente.

Y entonces de un divan se levantó una doncella cuya hermosura deslumbró á Jask.

Y se acercó á él y le miró, y luego se arrojó en sus brazos.

El perro, que habia seguido á Jask, que nunca se separaba de él, gruñó dolorosamente y se echó á los pies del divan sobre la alfombra de pieles de tigre.

XXXIII.

Súpose que el jigante guardador de la hermosísima Aidamarah habia sido vencido por un estrangero, y el rey Almunassar corrió á ver á aquel á quien los hados habian consentido llegar á tanta ventura.

Maravilló al rey el estraño color de los ojos y de los cabellos, y de la piel de Jask; pero no se estrañó de encontrar á Aidamarah enamorada locamente de él, porque Jask era muy hermoso.

Y hubo fiestas, y zambras, y regocijos, y luminarias en la córte de Almunassar.

Y se celebraron con régia pompa y aparato las bodas de Jask y de Aidamarah, y á ellas asistió tristemente echado á los pies de su hermano el perro-leon.

Y cuando pasaron las fiestas, y la zambra, y la luna de las delicias, el rey Almunassar llamó á su yerno y se encerró con él y le dijo:

--Mi reino, hijo mio, es un reino desconocido, puesto en los linderos del desierto, donde no llegan los de otras tierras. Yo no sé de donde tú vienes, ni quiénes son los tuyos, ni te lo pregunto, porque eres hermoso y valiente; has librado á mi hija y la harás venturosa; pero para que esa ventura sea completa, es necesario que mi reino, que está gobernado en justicia, tenga paz: unos vecinos bárbaros y feroces nos la turban; enemigos que no hemos podido vencer, que vienen todos los años y nos roban y desaparecen despues en el desierto. ¿Te atreverias tú, hijo mio, á ir contra esas gentes?

Jask aseguró al rey Almunassar que iria contra aquellos bárbaros y los venceria.

--Innumerables son como las arenas del desierto y jigantescos como las rocas. Si ellos no nos destruyen completamente, es para que podamos criar nuestras hijas y enseñarlas el canto y la danza; pero cuando nuestras hijas están crecidas, vienen y nos las arrebatan.

--Yo venceré á esos descreidos, señor, dijo Jask, los venceré, y tu reino quedará libre y tranquilo.

--Necesario será construir torres con ruedas, dentro de las cuales vayan nuestros soldados, dijo el rey; de otro modo, los jigantes del desierto nos despedazarian á la primera embestida.

--Iré yo solo, señor, dijo Jask, y con la ayuda de Dios los venceré.

--¡Tú solo!

--¿No vencí al terrible jigante que guardaba á mi esposa?

--¡Dios es misericordioso y vencedor! dijo el rey Almunassar.

Y se despidió triste de Jask, porque su hija le amaba, y Jask acometia una empresa en la que debia morir.

Los jigantes del desierto eran innumerables.

XXXIV.

Al dia siguiente muy temprano, y mientras su esposa dormia, Jask se levantó silenciosamente, besó á Aidamarah en la boca sin despertarla, se vistió la armadura, y sobre ella una túnica de oro; bajó á las caballerizas, enjaezó su caballo, montó en él, y precedido de su hermano el perro, salió antes de que fuese de dia y sin que nadie le viese, de la ciudad por un postigo del muro.

Cuando se vió en el campo y lejos de la ciudad á punto que alboreaba, se detuvo ante una fuente, descabalgó, hizo su ablucion, y dirijió á Dios desde el fondo de su alma la oracion de azobhí (del alba).

Luego se volvió al perro y le dijo:

--Sus, hermano mio, guia, guia al campo de los jigantes.

Y el perro partió rastreando y á la carrera.

Y las palmeras se quedaron atrás.

Y se quedaron atrás las colinas verdes.

Y se quedaron atrás los arroyos.

Y el perro seguia rastreando y corriendo sobre ásperas y peladas rocas.

Graznaban las águilas en las altísimas cortaduras.

Zumbaba contra ellas el viento.

Rocas y águilas se quedaron atrás.

Y el perro seguia rastreando y corriendo sobre montes de arena roja, como si la hubiesen empapado en sangre.

Mas allá solo habia una niebla roja é impura, como el resplandor de un horno.

Y acá y allá se oia el rugido de los leones y de las panteras.

Y las colinas rojas su quedaron atrás.

Y ya no se escuchó el rugido de las fieras.

Y el perro seguia rastreando y corriendo entre la niebla roja é impura.

Y el caballo de Jask le seguia.

Y Jask se inclinaba sobre el arzon de su caballo, con la adarga al pecho, y la lanza en ristre, invocando el nombre de Dios.

De repente se escuchó una voz dulcísima que parecia salir de las entrañas de aquella tierra enrojecida:

--«¿El hermoso caballero, á dónde va?

»¿A dónde va el hermoso caballero?

»El aire de fuego secará sus ojos, y sus plantas se abrasarán, como si pisase sobre un volcan.

»¿El hermoso caballero, dónde va?

»Si logra pasar la niebla encendida encontrará mas allá la muerte.

»Cada grano de arena se levantará contra él.

»Cada átomo del sol le herirá.

»Mas allá de la niebla de fuego están los hambrientos jigantes.

»¿El hermoso caballero dónde va?

»Vuélvete á la tierra verde y humbrosa, gentil caballero.

»Donde corren los arroyos, y las tórtolas cantan entre los álamos negros.

«Vuélvete donde la amada de tu alma llora por tu ausencia.

«Vuélvete si no quieres que su llanto no se seque jamás.»

--¿Quién eres tú, génio misterioso, que así me hablas? dijo Jask deteniendo su caballo; tu acento es dulce como el gorjeo del ruiseñor, y melancólico como el zumbido del vientecillo de la tarde en las hojas de la palmera. ¿Por qué no te dejas ver de mí?

Tembló ligeramente la tierra, arrojó una llamarada roja, y quedó ante Jask una muger hermosísima.

Sus cabellos negros, negrísimos, y tan largos que caian hasta sus pies en anchos rizos, estaban ceñidos por una corona de mirto seco.

Su semblante era moreno, sus ojos negros, brillantes, ardientes, y su túnica blanca con una blancura que deslumbraba.

La hermosura de aquella muger, quemaba el corazon.

--¿Quién eres? la preguntó Jask.

--Yo soy Giazul, el génio del desierto, respondió la hermosa jóven; mi carro es la niebla roja, y mis potentes caballos son el Simoun.

Al desplegarse mi túnica, se enrojece el cielo, la tierra tiembla espantada, las palmeras gimen, las rocas se estremecen, las águilas apresuran su vuelo, y las fieras rugen asombradas y yertas de espanto.

Al ruido de mi carro de combate, los caravaneros palidecen, los camellos apresuran su marcha, y los caballos corren, corren, corren, gimiendo.

Cuando yo he pasado, ni palmeras, ni rocas, ni águilas, ni fieras, ni caravanas; montes de arena blanca y reluciente, son las fúnebres huellas de mi paso.

¡Ay del insensato que se atreva á poner la planta en mis dominios, si no le ayuda Dios el Misericordioso y el Invencible!

Vuélvete, hermoso caballero, vuélvete; aunque yo plegue mi túnica y duerma mientras tú pasas;

Aunque las arenas del desierto permanezcan inmóviles, mas allá están los terribles jigantes.

No quieras condenar al dolor de la viudez á tu amada, y á la orfandad á la hija que vive en sus entrañas.

--¿Qué importa que muera yo, si muero por salvar un pueblo entero? dijo Jask.

Destellaron un brillante relámpago los ojos de Giazul.

--Noble y generoso es lo qué acabas de decir, esclamó el génio; quiero ayudarte. ¿Pero tienes tú el alma bastante fuerte para resistir á la prueba?

--Habla, poderoso génio, habla; dijo Jask.

--Solo puedes vencer de una manera á los jigantes.

Allá lejos, muy lejos, hay una laguna salada.

Entre las rocas de sus orillas relumbra cuajada la blanca sal.

Si tú lograses llegar hasta la laguna salada;

Si llenares de la sal que blanquea sus orillas el saco de tu caballo;

Con esparcir á tu alrededor aquella sal cuando te acometiesen los jigantes habrás vencido.

Los jigantes habrán sido esterminados.

Pero para llegar á la laguna salada, es necesario esponer el cuerpo y el alma.

En el camino encontrarás por do quiera la tentacion.

Y si á la tentacion cedieres, serás convertido en roca, en roca del desierto, y dentro de ella encontrarás tu infierno.

--Dios el Altísimo y Unico me ayudará.

--Voy á abrirte el camino de la laguna salada. Ese camino está lleno de peligros; ¡ay de tí si no sabes vencerlos!

El génio se elevó de la tierra.

Su blanca túnica se abrió como un abanico.

Sus negros cabellos se estendieron alrededor de su frente como una negra aureola.

Sus ojos brillaron como dos soles.

Sus dos brazos estendidos, parecian tocar el uno el oriente y el otro el occidente.

Sonó un sordo y potente bramido, tembló la tierra, y el génio creció, creció, creció, hasta cubrirlo todo.

Y las arenas del desierto se levantaron en potentes remolinos, y una atmósfera de fuego envolvió á Jask, á su caballo y á su hermano el perro.

Y el caballo inmóvil con las orejas rehiladas, temblaba.

Y el perro-leon lanzaba un poderoso ahullido.

Y Jask invocaba á Dios.

Y pasaban junto á él las ardientes arenas, los fragmentos de las rocas, las palmeras arrancadas de su asiento.

Pasaban sin tocarle.

Sin tocar á su hermano el perro.

Y la tromba aumentaba, y el ronco mugido crecia, y el perro ahullaba con mas fuerza, y el temblor del caballo crecia.

Y Jask, con el corazon sereno, continuaba invocando el nombre de Dios.

Pasó la tromba.

A la niebla caliginosa é impura, sucedió un cielo azul y radiante, como Jask no le habia visto jamás.

La tierra estaba cubierta de verdor.

Frescos bosquecillos se levantaban en torno de claros lagos, y el camino por donde Jask marchaba, estaba cubierto de flores.

Jask caminaba solo: su hermano el perro y su valiente caballo, habian desaparecido.

Cerca se veia una magnífica ciudad.

Al fijar en ella sus ojos Jask, las puertas de la ciudad se abrieron.

Por ella salió una comitiva numerosa.

Venian delante ginetes armados con arneses resplandecientes, guiados por un estandarte dorado: tras los ginetes, se oia una música tan armoniosa que regalaba los sentidos.

Aquellos ginetes avanzaron rápidamente.

Al llegar junto á Jask, su caudillo echó pie á tierra, y se arrodilló á los pies de Jask.

--Tú eres nuestro rey, le dijo mostrándole una corona que traia un magnate en una bandeja de oro sobre un paño de púrpura.

--Yo soy un viajero, contestó Jask; dejadme pasar: yo voy allá lejos, muy lejos.

--Si eres nuestro rey, nada se opondrá á tu voluntad: esclavos tuyos seremos, y esclavos tuyos serán los pueblos cerca y lejos, porque nosotros somos invencibles.

--Yo no soy soberbio, dijo Jask Al-Bahul; ¿para qué quiero esclavizar á nadie? Dejadme pasar.

--Si fueres nuestro rey, serás el mas temido de los hombres, dijo el que estaba arrodillado á sus pies.

--Yo no quiero que me teman mis vasallos, sino que me amen, esclamó Jask; dejadme pasar.

--Si fueres nuestro rey, serás como Dios, porque nuestra corona es mágica.

--Yo adoro al Dios Altísimo y Unico, repuso el jóven. Dejadme hacer mi camino, dejadme pasar.

Entonces desapareció todo lo que se habia presentado ante los ojos de Jask, y se encontró marchando por el mismo camino.

Las tentaciones de la soberbia nada habian podido con él.

Siguiendo el camino, se encontró en un bosque de sauces.

El ambiente era fresco y balsámico, mullido y espeso el césped sobre que marchaba, y salpicado de bellas florecillas; una armonía sensual parecia salir de entre las enramadas; una ambrosía suavísima halagaba los sentidos.

Al revolver de una senda, Jask se encontró de repente en un espacio redondo, en medio del cual habia un pequeño lago.

Alegres y seductoras risas se escuchaban, como si las produjesen mugeres invisibles.

Jask vió agitarse una forma hermosísima en el fondo cristalino del lago.

Luego se rompió su tersa superficie, y salió al encuentro de Jask una hada desnuda.

Fascinaban sus miradas, embriagaba su aliento; sus brazos estrechaban á Jask, su seno se comprimia contra el suyo, su boca fresquísima y llena de ambrosía, le besaba, y su acento ardiente y opaco le decia:

--¡Yo te amo!

--Yo solo puedo amar á una muger, dijo Jask rechazando á la hada.

--Aidamarah es una mortal, y yo soy el génio inmortal del amor; mis placeres serán para ti eternos; yo te anegaré en delicias y cada dia seré mas hermosa, mas resplandeciente; ámame porque yo desfallezco por tí.

--Mi corazon es de Aidamarah, esclamó de nuevo Jask, y rechazó vigorosamente la tentacion.

--Tú serás como Dios, si me poseyeres, dijo la hada.

--No hay mas Dios que Dios el Altísimo y Unico, esclamó Jask.

Y la hada impura, y el trasparente lago, y el sombroso bosquecillo, desaparecieron.

La lujuria habia sido tan impotente para con Jask, como lo habia sido la soberbia.

De repente Jask, se encontró en un palacio: un viejo encorvado y trémulo, marchaba delante de él: llevaba un haz de llaves.

Aquel viejo, se detenia de tiempo en tiempo delante de una fuerte arca.

--Hé aquí plata, decia volviéndose á Jask.

Jask seguia adelante.

El viejo dejaba el arca abierta, adelantaba á Jask, abria otra arca y le decia:

--Hé aquí oro.

Jask seguia andando mas de prisa.

El viejo corria y se adelantaba.

--Hé aquí perlas y rubíes, esclamaba abriendo otra arca.

Jask, siempre en silencio, apresuraba su paso.

Pero el viejo se ponia delante y abria otra arca.

--Hé aquí esmeraldas y carbunclos.

Y Jask corria.

El viejo se adelantaba jadeando, y abria otra arca.

--Hé aquí diamantes grandes como huevos de paloma.

Y Jask apresuraba su carrera.

--El que posea estas riquezas, será señor del mundo, gritaba el viejo no pudiendo seguir á Jask.

--No hay mas Señor que Dios en la tierra y en los cielos, esclamó Jask.

Entonces desapareció el palacio.

Jask habia triunfado de la avaricia, como habia triunfado de la soberbia y de la lujuria.

De repente Jask se encontró desnudo, roto, y pobre en la plaza de una ciudad; todos los que pasaban y los que se cruzaban, se le ponian al paso, le miraban descaradamente, y se le reian.

--¿Adónde irá este? esclamaban.

--El horrible.

--El imbécil.

--El mendigo.

--El cobarde.

--El hijo de la ramera.

--Insultadle, para que no se atreva á mostrar su hediondez entre nosotros.

Y Jask impasible decia:

--Apartaos y dejadme hacer mi camino.

--¿Y adónde irás tu? ¡á algun tremedal, único lugar digno de tí!

--Arrojadle lodo hasta que le sepulteis; ¿quién le ha traido á manchar con su presencia nuestra hermosa ciudad?

Y le arrojaban lodo y le escupian, y Jask seguia adelante sin irritarse y esclamando siempre:

--Dejadme, dejadme hacer mi camino.

--Es un cobarde, decia una muger impura; ¿no veis cual sufre los insultos?

Y le hirió con su chapin en la cara.

--No hay otro valiente que Dios, esclamó Jask; solo El es el Fuerte y el Invencible.

Desapareció todo aquello.

Jask habia vencido á la ira como á la soberbia, á la lujuria y á la avaricia.

Pero estaba cansado y hambriento, no caminaba ya sobre flores, ni sobre alfombras, ni sobre plazas enarenadas, trepaba penosamente entre ásperas rocas.

Durante mucho tiempo sufrió, pero al fin no pudo resistir.

--Tengo hambre y sed, dijo.

--Come y bebe, señor, dijo un génio apareciendo de repente y mostrándole una hermosa tienda.

Jask entró en ella.

Encontró dentro un blando diván, y delante del diván, sobre una magnífica alfombra, vió vagilla de oro, y copas y trasparentes frascos.

Y las fuentes llenas de viandas, y los frascos llenos de licores.

--Come, señor, y reposa, dijo el génio.

Jask examinó los manjares; pero todos estaban prohibidos por la ley.

Aquella gran diversidad de platos, estaban compuestos con las diferentes partes del cerdo.

El pan estaba amasado con la manteca de este animal.

Los frascos estaban llenos de licores.

--Agua y pan de avena, dijo Jask.

--Deja eso para los miserables, señor, dijo el génio; ¿qué importa la ley? tienes hambre y sed, estás cansado, come, bebe, reposa, si no morirás.

--¡Dichoso del que muere alimentando su alma con el temor de Dios! dijo Jask.

Entonces los manjares y la tienda y el génio, desaparecieron.

Jask habia triunfado de la tentacion de la gula, como de las tentaciones anteriores.

Pero se encontraba marchando por un terreno mas árido y quebrado, bajo los rayos de un sol abrasador.

--¡Oh, Señor, Señor, sostenme! esclamó; ¡dame tu fortaleza, porque me siento desfallecer!

Y siguió su camino vacilante, trémulo, débil, seca la garganta, sufriendo el crudo aguijon del hambre, desvanecida la cabeza.

Resbaló sobre una roca, y cayó desde una altura inmensa.

Encontróse del lado de un camino por donde pasaba mucha gente.

Unos iban en hombros de sus esclavos, otros ginetes en poderosos caballos, otros en camellos, otros en jumentos, aquellos en carretas de bueyes.

Todos hacian cómodamente su camino.

Jask, hambriento, estropeado, se arrastraba sobre sus manos.

--Mira, decia una voz misteriosa á su oido; aquel faquí va cómodamente sentado sobre las hamugas, va satisfecho y repleto. ¡Si tú fueras como él!

--Dios le prospere, decia Jask.

--Aquel walí va ginete en un poderoso caballo, mira como galopa... allá va, allá va... ya se pierde... ya se perdió... y tú sigues arrastrándote.

--Dios me ayudará para que llegue al fin de mi camino.

--Pero tu camino es un camino doloroso...

--Todo camino es dulce y toda fatiga poca, cuando se marcha á una buena obra. El camino estrecho y áspero, es el camino del paraiso.

Y al decir estas palabras Jask, se encontró de repente de pie, fuerte, sin hambre, sin sed, con sus sandalias nuevas y en las manos su báculo de viaje.

Habia sufrido su miseria sin irritarse ante la dicha de los demás.

Habia vencido á la envidia.

Marchaba por un camino ancho y llano.

A lo lejos, pero muy lejos, legísimos, se veia relumbrar una línea blanca en el horizonte.

--¿Será aquella la laguna salada? esclamó; pero si es, ¡cuán lejos!

Y siguió andando.

De repente sintió que sus miembros se entumecian, que sus párpados se ponian pesados, que una suave languidez se apoderaba de su cuerpo.

--¡Oh! ¡cuán lejos está el lago de las aguas saladas! esclamó.

Entonces dijo una voz tentadora á su oido:

--Mira, allí hay un sombroso bosquecillo de acacias; en él las aves difunden su grata armonía, y los arroyos murmuran dulcemente; los rayos del sol abrasan, queda aun mucho dia, descansa y luego á la tarde continuarás tu camino.

--El que se detiene en el camino del bien, se espone á caer en la tentacion, no me detendré hasta que agotadas mis fuerzas caiga. Entonces Dios tendrá piedad de mí, porque no habrá consistido en mi voluntad.

--El lago de las aguas saladas está muy lejos, y te rinde la fatiga.

--Confio en la misericordia de Dios que me dará su fortaleza.

Aun no habia acabado de pronunciar estas palabras Jask, cuando se encontró cabalgando de nuevo en su caballo, que corria, corria, siguiendo al perro, que corria tambien.

Jask habia vencido á la pereza, como á las otras seis mortales tentaciones.

Dios le habia premiado.

Su caballo le llevó con la velocidad del huracán, á las orillas del lago de las aguas saladas.

Entonces una voz maravillosa, voz que parecia provenir de los cielos, le dijo:

--Descansa y cobra fuerzas para cumplir la voluntad de Dios.

Jask desmontó y se echó á dormir bajo la sombra de una roca.

Su hermano el perro, se echo á sus pies y se durmió tambien.

El caballo inclinó la cabeza y durmió.

XXXV.

Pasó la tarde, pasó la noche, y llegó el alba del dia siguiente.

Jask, su hermano y su caballo, dormian.

A la primera claridad de la mañana, la misma voz que le habia ordenado que descansase, despertó á Jask.

--Levántate y prepárate, dijo; el momento se acerca.

Jask despertó, despertó á su perro, y despertó al caballo.

Entonces Jask, tomó el saco donde llevaba el pienso de su cabalgadura, le vació, y le llenó de la sal cuajada entre las rocas.

Cuando le hubo llenado, Jask montó de nuevo á caballo y dijo al perro-leon:

--Hermano mio, llévame al campo de los jigantes.

El perro partió á la carrera bordeando la laguna salada.

El caballo le seguia rápido como una exhalacion.

Muy pronto la laguna se quedó atrás.

Se acercaban á una selva de árboles jigantescos, de negros follajes, y en cuyo seno solo se veian tinieblas.

El perro se lanzó en aquella selva.

Le siguió el caballo.

Apenas hubieron revuelto el primer seno de la selva, se encontraron en una oscuridad profunda.

El perro seguia corriendo en medio de las tinieblas y ladrando.

El caballo corriendo y relinchando.

Jask entonando un himno á la grandeza de Dios.

Y parecia que los árboles chocaban rudamente sus troncos.

Y se oia el áspero y terrible estridor de las ramas que se desgajaban.

Y el mugido sordo y pavoroso de torrentes invisibles.

Y de tiempo en tiempo un relámpago azul temblaba entre las tinieblas esclareciéndolas por un instante.

Y á su resplandor momentáneo se veian agitarse sombras jigantescas girando en torbellino alrededor de Jask.

Y se oia espantoso chocar de armas.

Y rechinar de carros.

Y relinchos de caballos.

Todo esto llevado por un huracán pujante que rebramaba, que zumbaba, que silbaba, pero que no se sentia.

Y todo aquello era pavoroso, terrible.

Sin embargo, Jask tenia su corazon puesto en el Señor Fuerte, y su confianza en El, y no se aterraba.

Y el perro corria y corria.

Y el caballo le seguia, le seguia como una exhalacion.

¿Cuánto tiempo duró el paso de Jask por la selva de los Espantos?

Solo Dios lo sabe.

Al fin se encontró en una llanura árida.

En medio de ella, allá lejos, muy lejos, se alzaba una ciudad jigantesca.

A pesar de la distancia, Jask veia sus puertas de quince codos de altura, y las enormísimas piedras de sus muros.

El camino por donde marchaba Jask estaba sembrado de huesos humanos.

Apenas el caballo de Jask hubo puesto los cascos en aquella llanura, cuando se oyó un horrísono estruendo en la distante ciudad.

Por sus cien puertas empezaron á rebosar en la árida llanura ejércitos de jigantes.

Sus voces formidables como las del trueno, juntas y discordantes, ensordecian el espacio.

El perro se hizo atrás, se sentó amenazador y rugió.

El caballo se plantó, enbiestó el cuello y tembló.

Solo Jask permaneció impávido.

Y los jigantes adelantaban inundando la llanura.

Desnudos y negros y feroces eran, con pinos por clavas en las manos.

En medio de ellos ondeaba una bandera, tan grande como una gran nube, y que ocultaba los rayos del sol.

Y adelantaban los jigantes con la velocidad de la tormenta.

Cuando estuvieron cerca, Jask escitó á su hermano y aguijó á su corcel.

El perro y el caballo, aunque estremecidos de terror, se lanzaron de frente contra los jigantes.

Jask llevaba un puñado de sal en la mano.

Cuando ya le separaba muy poca distancia de los monstruos, cuando sus jigantescos cuerpos le daban sombra, cuando casi podian alcanzarse con las clavas, cuando le rodearon rugientes y amenazadores, Jask arrojó á su alrededor el puñado de sal que tenia en la mano.

Entonces los primeros jigantes, los que estaban mas próximos á Jask, se detuvieron y quedaron inmóviles; sus formas se hincharon; de negros que eran se convirtieron en rojos, y al cabo quedaron convertidos en enormes rocas.

Jask pasó entre ellos arrojando á derecha é izquierda puñados de sal.

A medida que adelantaba, quedaban á los dos lados en su marcha rocas y rocas; rocas que habian sido jigantes.

Cuando llegó á la ciudad, á la ciudad monstruosa, huian desordenados delante de él, millares de monstruos aterrados por el ejemplo de la desgracia de sus compañeros.

Delante de todos iba el que llevaba la bandera.

Pero el perro y el caballo corrian mas que los jigantes.

Los alcanzaban, y Jask arrojaba nuevos puñados de sal, y aparecian nuevas rocas.

Al fin solo quedó un jigante, pero doblemente mayor que los otros.

Aquel era su rey.

Aquel llevaba la inmensísima bandera.

Jask no le alcanzó hasta el centro de la plaza de la ciudad.

Y aquella plaza era un campo de muchas leguas.

Jask arrojó un puñado de sal al jigante, que inmediatamente se convirtió en roca.

Y la bandera cayó de sus manos, y se estendió en la plaza.

Y Jask recorrió la ciudad arrojando sal en medio de ella.

Y no menguaba la sal del saco, por mucha que Jask sacaba.

Y las casas y los palacios, y las calles y las plazas, se convertian en montañas, en cordilleras, en valles.

Y de los valles, y de las vertientes de las montañas, salian mugeres y hombres y niños, innumerables cautivos que los salvajes tenian aprisionados para alimentarse con ellos, y cuyas prisiones habia roto la fortaleza del alma de Jask, que no habia caido en el pecado, ni temblado ante el terror.

Y Jask tardó siete dias en trasformar la ciudad maldita, y á la tarde del sétimo, se encontró de nuevo en la que habia sido plaza de la ciudad, y que entonces era un campo yermo y estenso, en medio del cual estaba estendida la roja bandera de los jigantes.

Y el perro y el caballo se precipitaron sobre aquella bandera; y sobre la bandera puso los pies la innumerable muchedumbre de viejos, jóvenes, mugeres y niños que Jask habia libertado.

Y cuando no quedó ni uno solo que no estuviese sobre la bandera, esta se levantó en los aires y flotó rápidamente en el espacio, y poco despues descendió: y Jask y los que le acompañaban se encontraron en una llanura, delante de las puertas de la ciudad del rey Al-Munassar.

Los habitantes, que habian visto aparecer á lo lejos sobre el horizonte aquella nube roja, adelantar rápidamente hácia la ciudad, pasar sobre ella y descender, salieron asustados no sabiendo lo que aquello fuese.

Pero cuando vieron adelantar á Jask-Al-bahul, sobre su corcel de guerra precedido de su perro, y seguido de gentes que habian sido robadas en años anteriores por los jigantes, una esclamacion de júbilo y de alegría retumbó en los aires en honor de Jask.

Y Aidamarah se arrojó desfallecida en sus brazos.

Porque le habia creido muerto.

Jask habia invertido en su espedicion, siete veces siete dias.

XXXVI.

Los libertados y sus familias, proclamaron su padre á Jask.

El rey Al-Munassar renunció con alegría su corona, y la puso sobre sus sienes.

La bandera de los jigantes, doblada y redoblada, fué á servir de alfombra á la grande Aljama, y en ella se bordaron inscripciones en loor de Dios por mandato de Jask que no quiso que se consagrasen en honor suyo.

Su reino desde entonces fué feliz y próspero; ya no se vieron talados los campos, ni yermas las aldeas.

Los moradores durmieron tranquilos sin temor á los jigantes, y no hubo uno solo que no fuese á ser testigo del prodigio de la trasformacion de aquellos monstruos en rocas.

Sobre cada una de aquellas rocas, habia una palma agostada y estéril.

Aquella palma habia sido la clava del jigante.

XXXVII.

Algun tiempo despues, y cuando Jask era un rey adorado por sus vasallos y respetado por sus vecinos, que le pagaban tributo, Aidamarah dió á luz una niña.

En la fiesta de las buenas hadas, pusieron por nombre á aquella niña Zairah.

Era hermosa á maravilla, de apacible sonrisa y de mirada dulce y tranquila.

Jask quiso saber el horóscopo de su hija, y los astrólogos, despues de haber consultado siete veces las estrellas en siete veces distintas, le dijeron:

--Tu hija ¡oh rey! está sujeta á grandes desgracias.

--¿Y qué desgracias son esas?

--Tendrás otros dos hijos, el uno se llamará Jacub y el otro Kaibar.

Jacub será un hermoso mancebo, pero continuará en él la maldicion de tu raza, que el Altísimo ha suspendido para tí.

El otro será salvage y feróz, amará la sangre y el crímen y participará de la crueldad y la malicia de tus padres.

Tus hijos serán tu postrera prueba.

Si la resistieses sin entregarte á la desesperacion y sin blasfemar de Dios, se abrirán para tí las puertas del paraiso.

Pero prepárate, rey, porque le esperan grandes dolores.

--Cúmplase la voluntad de Dios, replicó Jask: ¿y qué dolores son esos que Dios me envia para prueba? ¿os los han puesto patentes los astros?

--Tu hermosa Aidamarah morirá cuando dé á luz á Kaibar: sus entrañas se romperán al dar á luz á tal monstruo.

--Dios me la ha dado, y Dios puede quitármela, esclamó Jask con los ojos llenos de lágrimas. ¿Y cuándo morirá la luz de mi alma?

--Pasadas tres veces siete lunas.

--¿Y qué mas desgracias me amenazan?

--Pasados tres veces siete años, tus hijos conocerán á su hermana y la amarán.

--¡Oh, Señor!

--Y ella amará á su hermano Jacub y será suya.

--¡Oh, Señor!

--Y Kaibar conocerá tambien á su hermana, y la amará.

Y ambos por el amor á su hermana se venderán á Satanás.

Y despues el un hermano matará á su hermano por celos de Zairah.

--¡Oh, Señor, Señor, y cuán dura es esta prueba! esclamó Jask: y decidme, añadió; vosotros que sois sabios, ¿no sabeis si hay algun medio para prevenir tanta desgracia?

--Consultaremos de nuevo á los astros, dijeron los astrólogos.

Y el rey esperó á que trascurriesen otras siete noches.

--Señor, le dijeron los astrólogos trascurrido este tiempo: no te queda mas que una esperanza dudosa.

--¿Y cuál es esa esperanza?

--Aparta de tí á tu hija Zairah.

--¡A la prenda de mi amor!

--No la veas jamás.

--¡Ah!

--Pon entre tu reino y el lugar donde se encuentre los mares.

--¡Desdichado de mí!

--Entrega su crianza á varones justos y mugeres virtuosas, que no sepan que es hija de rey.

--¿Y para qué eso?

--Para que sea como si tu hija no hubiera nacido.

--Si así salvo su alma y la de mis otros hijos, lo haré.

--Además procura que tu hija no sea vista mas que durante su primera edad por los que pusieres á su lado para que aprenda á conocer á Dios. Luego, que nadie la vea ni ella pueda ver á nadie.

--¡Desdichada hija mia!

--Así acaso se librará de su funesto destino, y del crímen tus otros hijos.

--Cúmplase la voluntad de Dios.

--Pero para que esa dudosa esperanza se realice, es necesario que apartes de tí á Zairah antes que tu esposa dé á luz á otro hijo.

Y los sabios se inclinaron profundamente ante Jask y le dejaron solo.

XXXVIII.

Era Jask tan temeroso de Dios, que no vaciló en arrostrar el nuevo y terrible sacrificio que el Señor le exigía.

Aprovechando la ocasion del paso de los árabes á España, una noche, convirtiéndose en ladron de sí mismo, penetró en las habitaciones donde se criaba su hija y la robó recatadamente, y la sacó de su palacio.

Luego, disfrazándose de labrador, se fué á la campiña, y para que amamantase á su hija, sedujo con oro á una aldeana, que abandonó á su esposo y al pequeño hijo que criaba.

Jask, por imprevision, arrastrado por su amor de padre, habia cometido, sin sospecharlo, dos grandes pecados; habia robado una madre y una esposa á su familia, y habia dado por nodriza á su hija una mala madre y una mala esposa.

Débil para el dolor de Aidamarah, Jask habia cometido además otro pecado: habia amargado el corazon de su esposa haciéndola concebir la horrible duda de si su hija era muerta ó viva.

Jask además habia mentido.

Jask, sin sospecharlo, habia vuelto sus espaldas á Dios.

Su amor hácia Aidamarah le habia perdido.

Habia pecado, y no podia arrepentirse de su pecado porque no sabia que lo habia cometido.

Dios es infinito y único, é incomprensible.

¡Loado sea su nombre!

XXXIX.

Jask tuvo algun tiempo escondida á su hija y á su nodriza en la cabaña de un valle.

El mismo cuidaba de la nodriza; la llevaba el alimento y las ropas, y cuanto habia menester.

Encubierto siempre; siempre desconocido para la nodriza.

Y entre tanto hacia correr á los suyos por todas las tierras comarcanas en busca de su hija.

Y todas las tardes cuando el sol se ponia, Aidamarah rodeaba sus brazos á su cuello y le decia con las lágrimas en los ojos y el seno palpitante, pálida y consternada:

--¿Han encontrado tus esploradores á nuestra hija?

Y Jask respondia tambien con las lágrimas en los ojos.

--Dios no lo quiere.

Aidamarah iba á sentarse en el suelo en un ángulo con el rostro vuelto á la pared, y allí permanecia inmóvil.

Jask se limpiaba los ojos con el estremo de la toca, y salía.

Y así pasaron una luna y otra, hasta siete.

Un dia Jask anunció á Aidamarah, que se veia obligado á hacer un largo viage á las tierras de occidente.

Aidamarah estaba de nuevo en cinta.

Al saber que su esposo, á quien amaba con toda su alma, iba á separarse de ella, la desdichada se desmayó.

Jask, aprovechando su desmayo, montó en su corcel y solo, al tiempo que amanecia, sin llevar consigo mas que una bolsa llena de oro, su espada, su lanza y su escudo, y su hermano el perro-leon que le precedia y que jamás se separaba de él, partió de la ciudad y se trasladó al valle donde la nodriza amamantaba á su hijo.

En el camino entró en un rebaño de camellos que pastaban en la ribera, y compró el mas fuerte y poderoso.

Al pasar por una aldea, compró jaeces y almohadones para el camello, y un palanquin cubierto.

Luego siguió su ruta, llegó á la cabaña del valle, puso sobre el camello á su hija y á la nodriza, agua y mantenimientos, y tomó el camino de Tánger.

XL.

Hay en las tierras de Hiberis, por bajo de la sierra Nevada, mirando al distante mar, un pequeño valle junto al cual pasa la corriente humilde aun del Genil.

En una eminencia del valle, se ven aun los restos, ó mas bien los cimientos cubiertos de musgo de un antiguo edificio, siglos hace arruinado.

En aquellos tiempos, sobre estos cimientos, se levantaban cuatro torres unidas por cuatro muros de muralla, y en medio de estas cuatro torres una torre mayor.

Esta torre no tenia en su parte superior mas que una cámara, y una galería que daba salida á las escaleras de la torre, y entrada á la cámara.

Esta cámara estaba dividida en dos por una pared, que no pasaba de la mitad de la altura del espacio general.

En cada uno de estos compartimientos habia un agimez, pero abiertos en tan espesos muros, que desde adentro solo se veian á lo lejos las distantes montañas, y el lejano mar, cuyos horizontes se perdian en la niebla de Africa.

Cada uno de estos agimeces tenian, por la parte de adentro, una fuerte verja que se abria y se cerraba.

Búcaros con flores llenaban el espacio del muro, desde la verja á la parte esterior.

Estos dos compartimientos, si eran alegres, se debia á los agimecillos trasparentes de la cúpula estrellada, á las labores doradas de las paredes, á sus esmaltes de colores, á los surtidores que emanaban de las fuentes de mármol, á los brillantes espejos de plata con marcos de oro, que se veian entre las columnas que sostenian la cúpula.

Estos dos compartimientos tenian dentro de sí cuanto puede apetecer una muger en su retrete. El baño, el divan, los pebeteros, las esencias mas preciadas, las tapicerías mas ricas.

Estos dos compartimientos eran exactamente iguales.

Ya en el uno, ya en el otro, moraba contínuamente una muger.

Pero una muger maravillosamente hermosa, y ricamente engalanada.

¿Para quién se engalanaba aquella muger?

Ella no conocia á nadie.

Recordaba sí á unas gentes que la habian criado.

A dos ancianos, el uno hombre, la otra muger.

Pero hacia muchos años que habia dejado de ver á aquellos dos séres.

Muchos años, durante los cuales, no habia visto mas séres vivientes; que las moscas azules que cruzaban la dorada atmósfera de sus retretes, ó las mariposas de oro y colores, que venian á pararse un momento sobre los ramilletes de los búcaros, ó las golondrinas que revolaban junto á sus nidos fabricados bajo las almenas de la torre.

Esta muger, mejor dicho, esta jóven; porque solo contaba veinte y un años, era Zairah, la infortunada hija de Jask-Al-bahul, y de su esposa Aidamarah.

Zairah, desde el momento en que cumplió los ocho años, mucho antes de que el amor pudiera hablar á su corazon, habia sido sentenciada á la soledad.

Habia tres años que no veia á persona viviente.

Servíanla, sin embargo, como á una sultana.

Cuando se levantaba del sueño con el alba, encontraba abierta la puerta del otro departamento.

En cuanto Zairah pasaba de ella, la puerta se cerraba, y poco despues volvia á abrirse.

El departamento en que habia pasado la noche, habia sido cuidadosamente limpiado, renovadas las flores y las ropas, y puestos escelentes manjares sobre una rica alfombra en vagillas de oro.

Cuando Zairah deseaba alguna cosa, un perfume, un pájaro, un libro, un instrumento, tocaba con una varita de oro sobre una copa puesta sobre una mesa, dejaba sobre ella escrito en un papel su deseo, y pasaba á la otra parte.

Inmediatamente se cerraba la puerta, volvia á abrirse al poco tiempo, y cuando Zairah volvia, encontraba el objeto que habia pedido.

En una ocasion, se sintió enferma y llamó, avisando en un papel su estado.

Inmediatamente apareció una persona, enteramente cubierta, examinó á la jóven, y la asistió hasta que estuvo completamente restablecida.

Así vivia la infeliz hija de Jask-Al-bahul y Aidamarah.

XLI.

Segun lo habian predicho los astrólogos, Aidamarah tuvo dos hijos trascurridos tres veces siete meses desde el nacimiento de Zairah.

El uno se llamó Jacub; el otro Kaibar.

Aidamarah murió al dar á luz al último.

Era este tan monstruoso y tan feróz, como hermoso y apacible era Jacub.

Jask hizo que los astrólogos consultasen el destino de sus dos hijos.

Los astrólogos consultaron las estrellas y dijeron al rey:

--Señor, aparta de tí á tus hijos, críalos al uno lejos del otro, porque si crecieren juntos ó si algun dia se encontraren se despedazarán.

Jask envió á Kaibar á la parte oriental de Africa.

A Jacub á la parte occidental.

Pasaron tres veces siete años.

Un dia Kaibar, cuyos instintos salvages no habia podido contrariar una escelente enseñanza, vagaba por las montañas de la Abisinia, desnudo, con el carcaj á la espalda, y en las manos el arco entezado.

Seguia á una corza, á quien seguia jadeante y cansado su corcillo.

Tendió el arco, é iba á disparar, cuando entre la inofensiva bestia y su cria se levantó una forma humana.

Era una muger negra, pero hermosa, como no habia visto otra Kaibar.

Vestia una túnica roja, y sobre sus cabellos negros y brillantes llevaba una diadema de corales.

--¿Quién eres? dijo Kaibar sintiéndose fascinado por primera vez por aquella imponente y negra belleza.

--Soy una sombra, dijo ella.

--¡Una sombra!

--Sí, la sombra de una muger.

--¿Esa muger ha muerto?

--No.

--¿Vive?

--Sí. Contémplame bien: yo soy su espíritu, que vago buscando el amor sobre la tierra, y el destino me ha traido á tí.

--¿Que buscas tú el amor?... ¿Pues cómo no te busca el amor á tí?

--He nacido para vivir sola; para morir sola.

--¡Ah! yo te amo, dijo Kaibar.

Y adelantó hácia la jóven.

Pero la jóven siguió delante de él ligera y feble como llevada á impulsos del vientecillo de la tarde.

--¡Oh! ¡yo te amo, y si no eres mia... moriré! dijo Kaibar estendiendo los brazos hácia la hermosa.

--Consulta á un varon que encontrarás allá arriba, en la hendidura de aquella pared, y él te dirá lo que necesitas hacer para alcanzar el cuerpo de mi sombra.

Y la hermosa sombra negra desapareció como un vapor.

Kaibar habia quedado con el alma envenenada.

El sol ardia en lo mas alto del cielo.

Las palmeras y los nopales, inclinaban sus cabezas mustias bajo su rayo abrasador.

Kaibar empezó á trepar por la pendiente.

XLII.

Cuando llegó á la entrada de la grieta, encontró dentro á un ermitaño.

Era viejísimo, encorvado, con una larga barba blanca, calzados los pies con unas sandalias de piel de camello, vestido el cuerpo con un sayo de lana y ceñidos los lomos con una cuerda.

Sobre sus rodillas tenia abierto un libro negro.

Aquel libro estaba escrito con caractéres rojos.

Cuando entró el jóven, el ermitaño clavó en él sus pequeños ojos grises y relucientes.

Kaibar retrocedió.

Aquel hombre le ponia espanto.

--Si eres cobarde, dijo el ermitaño con voz profunda y cavernosa, ¿por qué vienes á mí?

--¿Quién eres? dijo Kaibar.

--Yo soy Eblís[95], el viejo.

--¡Tú! ¡tú Satanás!

--Yo soy.

--Y bien, dijo Kaibar; ¿me puedes tú dar los amores de la doncella negra?

--Sí; si tú los quieres.

--¡Que si los quiero! por ella se estremece mi corazon.

--¿Sabes quién es esa doncella?

--Debe ser hija de un rey poderoso ó de un poderoso genio.

--En efecto esa doncella es hija de un rey.

--¡De un rey! ¿y cómo se llama?

--Jask-Al-bahul.

--Yo he oido pronunciar el nombre de ese rey.

--Ya lo creo, como que ese rey es tu padre.

--¡Mi padre un rey!

--Sí, dijo el diablo; siéntate y escucha.

Kaibar se sentó.

Eblís le contó la historia de sus padres.

Kaibar le escuchó con atencion.

Cuando el diablo hubo concluido, preguntó á Kaibar:

--¿Y á pesar de saber que esa sombra que te ha enamorado, es la sombra de tu hermana Zairah, insistes en tus amores?

--¡La amo! ¡oh! ¡sí! ¡la amo! ¿pero por qué es negra la luz de mis ojos?

--Antes era blanca como la luna, pero desde que ha amado á tu hermano Jacub...

--¡A mi hermano Jacub!...

--Sí, el que vive en el Cairvan.

Un pensamiento de muerte pasó por el corazon de Kaibar.

--Pues bien, dijo, yo quiero ver á mi hermana Zairah, quiero ser amado por ella.

--La verás, la arrebatarás de su prision, pero yo no sé si te amará.

--¡Oh! ¡véala yo! ¡sea mia!

--Para ello necesitas mi ayuda.

--¿Y no me la darás?

--Sí, pero dame tú tu alma.

--¡Mi alma! ¿pues quién eres tú?

--Yo soy Eblís.

--¿Y puedes tú darme lo que deseo?

--Sí.

--Pues toma en buen hora mi alma.

El diablo metió la mano debajo de su túnica y sacó un pedazo de caña, con la cual se habia hecho una especie de tubo, cerrado por un nudo natural en la parte inferior, y tapado con un pedazo de pino en la parte superior.

El diablo quitó aquel tapon y mostró á Kaibar el interior de la caña, relleno de una especie de pomada verde.

--Esta es la hiel de un enamorado loco que se ahorcó por una muger que no le amaba, dijo Satanás.

--¿Y para qué sirve este unto?

--Cuando quisieres penetrar hasta Zairah, úntate con él las sienes, sobre el corazon, en las palmas de las manos y en las plantas de los pies y pronuncia su nombre.

El diablo entregó la caña con su contenido maldito á Kaibar.

Kaibar se untó inmediatamente con aquella verde pomada las partes que el diablo le habia dicho, y pronunció el nombre de Zairah.

Aun no habia acabado de pronunciarle, cuando se encontró sobre una montaña al pie de un castillo, junto al muro de unos jardines.

Una muger jóven, negra y hermosa, adelantaba sobre un caballo negro, precedida por un perro, y seguida por un caballero armado con armas negras, ginete en otro poderoso caballo.

XLIII.

Al ver la dama á Kaibar se estremeció.

El perro-leon rugió.

El caballo se encabritó y luego partió á la carrera.

Tras el caballo que conducia á la jóven, partió el del caballero del arnés negro.

Kaibar con la pujanza de un jigante, siguió á la carrera al caballo que conducia la dama.

El destino habia reunido á los tres hermanos.

Muy pronto, y por distinto camino, se perdieron el caballo de la dama negra, y el del caballero del negro arnés.

--¡Y cosa estraña!

Delante de Kaibar corria, corria, como pretendiendo guiarle, su tio, el hermano de su padre, el perro-leon.

¿Quién era el otro caballero de las armas negras?

¿Cómo habia podido apoderarse de la negra y hermosísima dama?

Aquel caballero era Jacub, el otro hijo del rey Jask-Al-bahul.

El hermano de Kaibar.

Una noche velaba Jacub.

Ya lo sabeis.

El mismo nos lo ha dicho.

La pálida luz de la luna iluminaba las almenas de la torre de la alcazaba de Kaibar, donde el jóven príncipe se encontraba.

Estaba triste.

Un sueño vago y misterioso de amor habia enlanguidecido su alma.

Ansiaba, y no sabia lo que ansiaba.

Tenia sed, y no sabia en qué fuente podia templarla.

Su corazon ardia, y Jacub buscaba en vano la causa de aquel fuego.

De improviso, allá á lo lejos, como viniendo del otro lado de los mares, resonó una voz dulcísima y oyó aquel romance de amores que decia:

Libres los vientos--zumbando vagan; libres navegan--las nubes blancas, del firmamento--la azul campaña; libres batiendo--las leves alas, las golondrinas--besan las aguas, del ancho lago--que riza el aura; libres las ondas--la curva playa, amantes orlan--de espumas cándidas; las mariposas--engalanadas ora revuelan,--ora se paran, entre las flores--de mi ventana, y yo entretanto--me miro esclava, me cercan muros,--puertas me guardan, y en mis megillas--el sol vé lágrimas, cuando aparece--por la mañana, y aun vé mis ojos--que el llanto empaña cuando á los mares--cansado baja.

Y el eco lánguido y cadencioso, repetia débilmente aquel cantar que parecia habian traido á los oidos de Jacub hadas invisibles.

Jacub habia sido educado en Cairvan, sin conocer su orígen, por un anciano kadí.

Cuando despues de haber permanecido largo tiempo en las almenas de la torre, despues de que se hubo perdido en el silencio el lejano y voluptuoso eco de la cancion, bajó á la cámara, encontró prosternado y orando al anciano kadí.

--¿Qué tribulacion nos amenaza, mi buen Abu-Kair? dijo el jóven príncipe dirijiéndose al anciano.

--La tentacion vuela en torno de mí, dijo el anciano; Satanás ha rozado mi frente con sus alas de vampiro.

--¿Y qué te ha dicho Satanás?

--¡Oh! el pérfido me enseñaba una bolsa llena de oro.

--¡Una bolsa llena de oro!

--Y un anillo con una gruesa esmeralda.

--¡Ah!

--Y un rosario de coral y de diamantes.

--¡Cosa estraña! dijo el príncipe; ¡yo tengo oro y un anillo con una esmeralda y un rosario de corales y diamantes!

--En efecto, el diablo para ofrecerme estas cosas, habia tomado tu figura.

--¡Ah, el malo! ¡pues si yo estaba hace poco en lo alto de la torre!

--Ya lo sabia yo; y además habia conocido á Satanás, porque aunque habia tomado tu figura, no habia podido replegar de tal modo á sus espaldas sus negras alas que yo no las viese.

--¡Ah! ¿y qué te decia?

--Yo amo á una muger, no la conozco; pero la siento en mi alma; debe ser muy hermosa, porque mis ojos la buscan ansiosos como el ciego busca la luz; muy jóven, porque mi alma al sentirla se refresca; muy pura, porque el fuego en que enciende mi alma es dulce y tibio como el sol del primer dia de la primavera.

--¡Ah! pues yo amo así; yo siento así, dijo el príncipe. ¿Y qué mas te decia el condenado?

--Esa doncella debe ser princesa, porque al presentirla, mi alma se enorgullece; hija de un poderoso debe ser.

--Sí, sí, así lo siento yo. Pero continúa relatándome lo que decia el negro espíritu bajo mi figura.

--Me decia: yo no sé quien soy y quiero saberlo, hánme criado sin decirme el nombre de mi padre, pero debe ser poderoso y noble, y debe amarme mucho, porque yo tengo hermosos caballos de Arabia, y armas de oro, y túnicas preciadas, y joyas, y tesoros. ¿Quién es mi padre?

--¿Y qué contestaste tú al diablo?

--Yo le dije, no te lo puedo decir. Entonces el diablo sacó una gran bolsa y me la mostró.

--¿Era cómo esta? dijo el príncipe sacando una bolsa, y mostrándola al kadí; cuyos ojos brillaron.

--Como esa era.

--Toma, pues, dijo el príncipe; quiero que tu sueño se realice.

El kadí se apoderó con ánsia de la bolsa.

--Pero dime lo que dijiste al diablo en mi figura; dijo el príncipe.

--Yo, dijo el kadí, dije al diablo: tú eres hijo de un rey.

--¡Hijo de un rey! ¡de un rey poderoso!

--Sí, de un rey que tiene sus dominios en los linderos del Desierto.

--¿Y cómo se llama ese rey?

--Lo mismo me preguntó el diablo, pero yo no quise contestar; entonces me enseñó una hermosa sortija con una gruesa esmeralda y me dijo: tuya es si me declaras el nombre de mi padre.

--Hé aquí la sortija, dijo el príncipe quitándose de un dedo de la mano izquierda una magnífica esmeralda.

El kadí se apoderó de la sortija con doble ánsia que con la que se habia apoderado de la bolsa.

--Tu padre se llama Jask-Al-bahul, dijo el kadí.

--Y dime, ¿tiene mi padre otros hijos? y téngalos ó no, ¿por qué me ha separado de sí?

--Esta misma pregunta me hizo el diablo, repuso el kadí, pero yo callé; entonces el diablo me enseñó un largo rosario de corales y diamantes, y me dijo:

--Esta joya es preciosa; si me revelas mi historia te la doy.

--Toma, toma, dijo el príncipe sacando do su seno un hermoso rosario de corales y diamantes; pero cuéntame mi historia.

El kadí se apoderó del rosario, y contó á Jacub la historia de su padre y el horóscopo suyo y el de sus hermanos.

Jask á nadie habia revelado aquel secreto, pero lo sabia el diablo que todo lo sabe, y tomando la figura del kadí, que dormia en otro aposento, habia revelado al jóven príncipe su destino, y al revelárselo se habia valido de aquellas trazas para quitarle el bolsillo, la sortija y el rosario, que eran tres talismanes que debian proteger al príncipe contra la desgracia.

Cuando el príncipe supo su historia, dijo:

--¡Ah! por noble y alta y poderosa que sea la princesa que me enamora, yo soy tambien alto, noble y poderoso; ¿pero dónde está esta princesa, cuya voz he oido dulce y enamorada, como viniendo de la inmensidad?

--Yo no puedo decírtelo, señor, contestó el falso kadí, esto es: el diablo que para perder al jóven, habia tomado la figura del kadí: pero puedo decirte donde hay un sábio, que te revelará lo que deseas.

--¿Y dónde mora ese sábio?

--En la selva cercana á Kairvan.

--Pero yo no puedo salir de este castillo.

--Yo te sacaré de él: sígueme; pero es necesario que te dejes vendar los ojos.

Y el diablo vendó los ojos al príncipe, le asió de la mano, y le guió.

Estuvieron andando durante mucho tiempo; primero subiendo y bajando escaleras, despues atravesando subterráneos, al cabo marchando por el campo.

Despues de algunas horas de marcha, el diablo se detuvo, quitó de los ojos la venda al príncipe, y este se encontró en una inmensa caverna, á cuyo fondo se despeñaba un torrente que salia por la entrada de la caverna y se perdia en la selva.

A la márgen izquierda del torrente, sobre unas peñas, debajo de la bóveda natural de la caverna y como escondida en un negro seno, habia una choza formada por troncos de árboles y ramas secas.

Dentro ardia una luz rojiza.

Sentado junto á aquella luz habia un viejo, viejísimo, que cantaba tristemente:

«Está escrito: la torre se levantará sobre la sima.

»Y la torre tendrá siete suelos.

»Y cada uno de estos suelos estará habitado por un espíritu maldito.

»Y cuando ya estuvieren en la torre los siete espíritus condenados, la guardará otro ginete en un caballo sin cabeza, acompañado de un perro velludo.

»Así está escrito, y lo que está escrito se cumple.

»Faltan aun centenares de años para que se cumpla lo que está escrito.

»Pero finados que sean esos años, lo que está escrito se cumplirá.»

Jacub, que habia oido esto, se volvió al diablo que habia tomado la figura del kadí para conducirle allí, y no le encontró.

Entonces, decidido á todo, entró en la oscura cabaña donde cantaba el viejo.

--¿Quién eres? le preguntó este al verle entrar.

--Yo soy el príncipe Jacub, hijo del poderoso rey Jask-Al-bahul.

--¡Ah! ¿tú eres el que estás enamorado de tu hermana?

--¡Qué! esclamó el príncipe: ¿es el de mi hermana Zairah, el dulce, el ardiente espíritu que vive dentro de mi alma?

--Sí.

--¿Y cómo haré para llegar á mi hermana?

--¿No te retrae de tus amores el saber que es hermana tuya?

--No.

--¿No temes perder tu alma logrando tus deseos?

--Yo la amo.

--¿Y si tu hermano la amase tambien?

--Mataria á mi hermano.

--¿Y si yo te pidiese tu alma por el cumplimiento de tus deseos?

--¿Pero quién eres tú?

--Yo soy Satanás.

--¡Ah! ¿y necesitas mi alma á cambio de mi amor?

--Sí.

--¿Y no me darás mi amor, si no te doy mi alma?

--No.

--Pues te la doy.

--Firma aquí, dijo el diablo, presentando á Jacub un papel en blanco.

Jacub enloquecido por su amor firmó.

--Dame mis amores, dijo despues de haber firmado.

El diablo hirió con el pie el suelo, tembló ligeramente la tierra, se oyó en sus entrañas un sordo bramido, y apareció saliendo de la tierra un caballo negro encubertado de batalla, llevando sobre su lomo una armadura negra completa, un escudo, una lanza, una hacha y una espada.

--Cíñete esas armas que están sobre el caballo, dijo el diablo.

Jacub se ciñó el arnés negro y reluciente.

Creyó entonces que su vida se aumentaba, que se aumentaban sus fuerzas, que se aumentaba su entendimiento. Sintióse mas jóven, mas ardiente, mas ágil.

Supo cosas que hasta entonces no habia sabido.

En una palabra: se trasformó en otro hombre y creció en hermosura.

--Monta á caballo, le dijo el diablo.

El príncipe montó, el caballo se encabritó feroz, pero el príncipe le contuvo, y le hizo piafar dócil á su mano.

--¿Y qué he de hacer ahora para llegar á la amada de mi alma?

--Ese caballo te llevará veloz como el pensamiento.

--¡Pero mi amada está encerrada tras fuertes murallas!

--Mientras lleves puesta esta armadura negra, no solo te defenderá ella de todos los peligros, de todos los golpes, de todas las asechanzas, sino que podrás entrar en donde quieras y salir cuando lo deseares. La persona que lleves asida de la mano, podrá entrar y salir del mismo modo, y asimismo las personas que vayan asidas á la que vaya asida á tí.

--¿De modo que podrá penetrar hasta Zairah?

--En este momento sueña Zairah contigo, y te llama.

--Pues bien, caballo mio; llévame hasta el castillo donde mora mi amada.

Apenas habia pronunciado el príncipe estas palabras, cuando el caballo partió como una flecha, salió de la caverna, atravesó la selva, atravesó la sierra, llegó al mar, le pasó, puso los cascos en las playas de Andalucía, trepó por las verdes vertientes de las Alpujarras, y poco despues quedaba inmóvil delante de la puerta de un fuerte castillo.

Aquel castillo era el en que estaba cautiva desde su infancia Zairah.

XLIV.

Velaba Zairah.

Una vision de amores la habia despertado de su sueño.

Veia ante sí un caballero blanco, pálido, hermoso, que la miraba intensamente, acariciándola con la dulce mirada de sus resplandecientes ojos negros.

--¡Oh tú, vision de mi deseo, dijo Zairah, ó semejanza de un hombre! ¡oh tú, á quien mi corazon ama! ¡sino existes desaparece, pero si vives, si me escuchas, si me amas como yo te amo, ven!

Ven, porque me siento morir.

Mi cautiverio me es ya insoportable.

Mi soledad horrorosa.

Ven, amado de mi alma.

Dá vida á mi corazon y libertad á mi tristeza, y consuelo á mi desesperacion.

Ven que yo te amo.

Y mi amor es vírgen, vírgen como el primer perfume de las pequeñas violetas azules y amarillas que orlan los bordes de mis búcaros en la primavera.

Ven, amado de mi alma, que soy hermosa.

Ven, y yo seré para tí la paloma amante que arrullará tu sueño.

Tú serás para mí el cedro oloroso y fuerte donde anida la paloma.

Ven, amado de mi alma, si existes; y si no existes, huye de mi pensamiento, fantasma tentador, y no me atormentes.

De improviso calló Zairah.

Habia sentido pisadas, unas pisadas que la eran desconocidas.

Sonó una puerta, y las pisadas se sintieron mas próximas.

Abrióse por fin la puerta del compartimiento donde se encontraba Zairah, y apareció Jacub.

XLV.

Zairah se puso de pie.

Al verla Jacub tan hermosa, tan deslumbrante, retrocedió y quedó inmóvil.

--¿Quién eres tú? dijo Zairah con voz dulce, adelantando hácia él.

--Yo te amo, dijo Jacub saliendo á su encuentro.

Y Zairah vió en Jacub al amante de su vision.

Y Jacub vió en Zairah á la amada de su pensamiento.

--Y yo te amo, dijo Zairah, arrojándose en los brazos de Jacub.

Entonces resonó leve, amarga, distante como venida de la inmensidad una carcajada horrible.

Una carcajada del infierno.

Y los jóvenes no la oyeron, porque habian nacido para amarse y estaban trasportados de amor el uno en los brazos del otro.

Y tras la infernal carcajada, sonó una voz tan pavorosa como ella.

Y aquella voz esclamó:

«Lo que está escrito se cumple: la descendencia de Abraham vuelve á ser maldita.»

Y zumbó el huracan al rededor de los muros.

Y penetrando en un pujante remolino por los ajimeces, apagó la lámpara que alumbraba el retrete de Zairah.

XLVI.

Empezó á amanecer.

Una blanca faja de luz orló el horizonte.

Aquella luz débil fué creciendo, creciendo, y al fin iluminó los objetos de la cámara de Zairah.

Zairah dormia en el divan.

En sus entreabiertos labios vagaba una sonrisa de deleite.

Y Jacub la contemplaba con espanto.

Porque Zairah, de blanca que era como el alba, se habia tornado negra como la noche.

Y sin embargo, su hermosura habia crecido hasta el punto de ser irresistible.

Del mismo modo que habia cambiado el color de su tez, habia cambiado el color de sus ropas.

Su túnica, de blanca que era se habia vuelto roja.

El collar de azabache que antes enaltecia la blancura de su garganta, se habia convertido en una gargantilla de perlas, cuya lasciva blancura contrastaba con el luciente negro de su cuello y de su seno.

Y Jacub la contemplaba con espanto y con adoracion á un tiempo.

Y como si la mirada fija y candente de Jacub hubiera tenido una fuerza sobrenatural, Zairah abrió los ojos.

¡Oh! ¡y qué mirada la de los ojos de Zairah!

Brillaban como astros de amor, enamoraban como las mas dulces palabras, como las mas regaladas armonías, como los perfumes mas suaves.

Jacub se sintió morir.

Y Zairah, al ver la luz del dia esclamó:

--¡Huyamos, amado mio! ¡huyamos! si es que puedes sacarme por donde tu has entrado; ¡huyamos! porque si te encuentran aquí, te matarán.

Huyamos y vivamos siempre juntos.

No quiero volver á estar sola.

Si tu me dejases, aquí moriria; y moriria desesperada.

Y tú no querrás que tu Zairah muera.

--¡Oh! ¡no!

Cuánto te amo. Creo que tu amor me ha dado una nueva vida.

Y sí, sí; me estoy viendo en mi hermoso espejo de plata y estoy mas blanca, mas blanca: y mis ojos y mis cabellos son mas negros.

--¡Blanca! ¡blanca! esclamó con terror Jacub.

Y miró al espejo en que se miraba la jóven.

Y su terror se aumentó.

En efecto, en el espejo Zairah parecia blanca, de una manera deslumbradora.

Pero cuando la miraba Jacub, la veia negra.

¿Qué podia ser aquello?

Y Zairah esclamaba:

--¡Huyamos, amado mio! ¡huyamos! porque si te encuentran aquí te matarán.

XLVII.

Entre tanto, ó mejor, poco antes de que amaneciera, una inmensa nube flotaba en el espacio y adelantó de la parte de Oriente á la de Occidente.

Cuando estuvo cerca del castillo de las Alpujarras, donde habia estado encerrada veinte y un años Zairah, la nube descendió.

Empezaba á amanecer.

A la dudosa luz del crepúsculo pudo verse, que lo que parecia una nube era un inmenso paño rojo.

Era en efecto la bandera mágica que en los tiempos de su juventud habia tomado Jask-Al-bahul á los jigantes del Desierto.

La bandera descendió á los pies del castillo, sobre la cumbre de la montaña.

Sobre la nube venian Jask-Al-bahul, su caballo, en pelo, sin mas que el freno, y el perro-leon.

Cuando hubieron llegado, Jask, su hermano el perro y su caballo, salieron de la bandera.

En cuanto hubieron salido de ella, la bandera roja se evaporó como una emanacion de sangre.

Jask, llevando del diestro á su caballo y seguido por su hermano el perro se dirijió á la poterna del castillo.

Jask vió con terror que junto á la poterna habia un caballo encubertado.

--¡Oh! ¡si habré llegado tarde! esclamó.

Y apresuró el paso, hácia la poterna.

Pero antes de llegar á ella, la poterna se abrió y apareció Jacub llevando de la mano á Zairah.

Jask la vió negra, como la veia Jacub, y al reparar en su color lanzó un grito de espanto y se arrojó hácia los dos jóvenes.

Pero antes de decir lo que aconteció, digamos por qué habia venido al castillo donde se guardaba su hija sobre la roja bandera de los jigantes el rey Jask-Al-bahul.

XLVIII.

Hacia algun tiempo que Jask veia en sueños una vision terrible.

Un jóven hermoso y pálido adelantaba hácia él llevando á una jóven de la mano.

Jask queria ponerse entre ambos jóvenes; pero en el punto en que lo pretendia, sus ojos se nublaban, zumbaban sus oidos y un frio de muerte helaba su corazon.

Este sueño se repitió siete veces consecutivas.

Entonces, lleno de un vago terror, Jask hizo que sus astrólogos consultasen las estrellas.

Y los astrólogos le dijeron:

--Señor, tú tienes una hija y dos hijos.

--Es verdad, dijo el rey.

En otro tiempo, por consejo de tus astrólogos, que habian consultado por tu mandato el libro infinito, alejaste de tí á tu hija y procuraste que de nadie fuese vista.

--Es verdad.

--Mas tarde separaste de tí á tus otros dos hijos; enviaste el uno al Oriente y el otro al Occidente, y procuraste que no conociese su origen.

--Es verdad.

--Pero el diablo los hará conocerse: es mas, los reunirá: tu hija será de uno de sus hermanos, y éste matará al otro. Además hay delante de tu horóscopo una nube roja.

--¿Y cuándo conocerá mi hijo á su hermana? ¿Cuándo el un hermano matará al otro?

--Dentro de muy pocas horas, dijeron los astrólogos, si hemos de creer á las estrellas.

--¡Dentro de muy pocas horas! esclamó aterrado Jask. ¿Y cómo impedir esas horribles desgracias? El castillo en que tengo encerrada á mi hija está al otro lado de los mares, en las tierras de Occidente: de aquí á allá hay centenares de leguas.

--Tú puedes hacer ese viaje en un instante, dijeron los astrólogos.

--¿Y cómo? un águila tardaria en llegar.

--Tú posées algo que vuela con mas rapidez que un águila.

--¡Yo!

--Sí, tú. Tienes en la grande aljama, sirviendo de alfombra....

--¡Ah! ¡sí, es verdad! la bandera de los jigantes que vencí con la ayuda de Dios.

--Pues bien; monta á caballo para llegar mas pronto á la grande aljama; toma esa bandera, ponte sobre ella, y ella te llevará á donde deseas; pero si cuando llegares vieres á tu hija convertida de blanca en negra, habrás llegado tarde; tu hija habrá sido la manceba de su hermano.

Bajó á las caballerizas, seguido del perro su hermano, puso un freno á su caballo de batalla, y sin entretenerse á encubertarle, ni aun á ensillarle, por no perder tiempo, montó en él en pelo y se dirijió á la carrera á la grande aljama; tomó la bandera, la estendió, y él, su hermano y su caballo se pusieron sobre ella.

Inmediatamente la bandera se levantó en los aires y condujo instantáneamente á Jask al castillo de las Alpujarras, á punto que salian por la poterna Zairah y Jacub asidos de las manos.

XLIX.

Jask se precipitó hácia ellos.

--¿A dónde vais, desdichados? esclamó.

--¿Quién eres tú? esclamó Jacub con fiereza.

--¡Yo!... ¿quién soy yo? esclamó Jask sin atreverse á contestar á aquella pregunta.

--¿Querrás tú impedir acaso que yo lleve conmigo á mi esposa?

--Zairah no puede ser tu esposa.

--Lo es ya, esclamó Jacub.

--¡Ah! sí, sí, era blanca y está convertida en negra, esclamó Jask cubriéndose el rostro con las manos.

--¿Qué quiere decir este hombre? esclamó Zairah, que se veia blanca como antes.

--¡Ese mancebo es tu hermano! esclamó con desesperacion Jask.

Al oir estas palabras Zairah, se vió negra, y exhaló un grito de horror.

Se desasió de la mano de Jacub, y pretendiendo huir de él, saltó en el caballo de batalla de su padre.

Al sentirla sobre sí el bruto, partió á correr.

--¡Ah! esclamó Jacub palideciendo de muerte y cerrando con su padre sin conocerle: tú me has robado á mi alma.

--¡Ah desdichado! esclamó Jask cayendo herido de muerte á los pies de Jacub: has sido impuro con tu hermana, y has teñido tus manos en la sangre de tu padre.

Y espiró.

Las últimas palabras de Jask-Al-bahul, retumbaron terribles en el corazon de Jacub.

Y sin embargo, saltó sobre el arzon de su caballo, y siguió á la carrera á Zairah que se alejaba.

Entonces fué cuando apareció Kaibar, y se puso en seguimiento de Zairah.

El perro-leon, rugió dolorosamente junto al cadáver de su hermano, y siguió á su sobrina, precediendo á Kaibar.

L.

Durante todo el dia Kaibar siguió á Zairah.

El caballo de Jacub habia tomado otro camino y no parecia.

Al fin al trasponer el sol los horizontes, despues de haber corrido entre montañas y precipicios, desbocado su caballo, y con el terror en el alma, Zairah llegó á la sima, sobre la cual debia levantarse la torre de los siete suelos, y cayó desmayada á la aproximacion de Kaibar.

Jacub habia sobrevivido al fin, y un hermano, para que se cumpliese lo pronosticado por las estrellas, habia caido á las manos del otro durante el desmayo de Zairah.

Kaibar habia caido á lo profundo de la sima, el caballo de Jask-Al-bahul en que habia llegado Zairah, habia caido tambien despeñado en el abismo.

El perro habia lamido la sangre de Kaibar, Jacub habia lanzado á la sima su puñal ensangrentado.

Habia salido la luna.

Cuando Zairah volvió en sí, solo encontró á su lado á Jacub.

El perro-leon estaba sentado, amenazador y terrible en medio de los dos jóvenes.

LI.

Zairah se pasó la mano por la frente, y apartó de sobre ella las pesadas bandas de sus cabellos.

Sus ojos miraban con espanto á Jacub.

--¡Con qué tú, esclamó; tú, el mancebo hermoso de mi amor, eres mi hermano!

--¡Tu hermano! miente aquel hombre que lo dijo, esclamó Jacub.

--¡Aquel hombre!... aquel hombre tenia algo que me espantaba, esclamó Zairah.

--Esto ha sido un sueño, un sueño que no debemos recordar, alma mía.

--¡Un sueño! no: yo era blanca como la nieve y ahora, mis brazos, mi senos están negros, negros como el carbon.

--¡Oh, no! ¡tú sueñas! esclamó estremeciéndose Jacub.

--Debemos de haber cometido un crímen horroroso, esclamó Zairah.

--El crímen de haber nacido destinados el uno para el otro.

--¿Quién sabe si nos ha unido el infierno?

--¡El infierno!

--¡He tenido un sueño! ¡una vision!

--¡Una vision!

--¡Sí! una vision horrorosa.

--La noche nos rodea, la luna brilla en los cielos, los aires son puros, todo nos convida á amar; ¿por qué hemos de hablar de cosas lúgubres?

Y Jacub adelantó hácia Zairah.

--No me toques: no me toques; esclamó la jóven retirándose.

--Tú no me amas, dijo sombriamente Jacub.

--¡Sí, sí! te amo, pero de otro modo.

--¡De otro modo!

--Sí, de una manera mas dulce, mas tranquila: te amo como amaría á mi hermano, y nada mas.

--¡Oh! cuando me viste la noche pasada junto á tí, no me hablabas de tal manera.

--Entonces era blanca, y ahora soy negra.

Jacub se estremeció.

--Pero yo te amo del mismo modo, con toda mi alma, dijo.

--¡Oh! ¡no! ¡no! he soñado...

--¿Pero qué has soñado?

--Me parece que acabo de despertar del sueño, un sueño de sangre.

--¿De sangre?..

--Sí.

--El terror de que estabas poseida....

--¿Dime que se ha hecho del buen caballero que nos dijo que éramos hermanos?

--Se fué, contestó con voz ronca Jacub.

--¡Se fué! ¿y aquel otro hombre horrible de la cabellera roja?

--¿El que te perseguia?

--Sí.

--Se fué tambien.

--Mira, yo los he visto en el sueño sombrío que acaba de pasar por mí.

--¿Que los has visto?

--Sí, ensangrentados y pálidos.

--No, no puede ser, esclamó Jacub, cuya turbacion crecia.

--Sí, sí, el caballero melancólico, grave, tenia abierto el pecho de una puñalada, y corria la sangre de la herida, y me miraba con dolor.

--¡Ah! no, no.

--Le he visto...

--Te lo repite tu terror.

--El otro, el de la cabellera bermeja, estaba despedazado, magullado, como un hombre que ha caido despeñado sobre rocas.

--¡Ah! no, no.

--Y el buen caballero me decia: tú eres mi hija.

--¡Te llamaba su hija!

--Y el hombre de la cabellera bermeja me decia: tú eres mi hermana.

--¡Su hermana! ¡no, no puede ser!

--Y el caballero añadia: mi hijo me ha asesinado: y el hombre bermejo decia: mi hermano me ha asesinado.

Jacub lanzó un gemido.

--Y alrededor de los que se decian mi padre y mi hermano, vagaban muchas sombras entre una atmósfera de fuego, y todas decian en coro:

--Nuestra raza se ha terminado, pero ha terminado maldita.

El terror de Jacub se aumentó, y adelantó hácia su hermana.

--¡Oh! ¡no me toques! ¡no me toques! esclamó esta retirándose.

--Pero yo te amo.

--Nuestro amor es maldito.

--¿Y crees tú en sueños?

--Los sueños son avisos de Dios.

--O del infierno.

Y Jacub dió otro paso hácia Zairah.

--No me toques, esclamó esta; sino quieres morir y matarme.

--¡Cómo!

--No he acabado de decirte mi sueño: soñaba lo que está aconteciendo ahora mismo; en medio de los dos habia un perro horrible, tú pugnabas por acercarte á mí, el perro gruñia de una manera amenazadora y tú seguias acercándote como te acercas; al fin me asías una mano, y el perro, el perro nos arrastraba á los dos...

En aquel momento Jacub asió la mano de Zairah.

Un estremecimiento poderoso, un frio horrible, pasó por el cuerpo de los dos hermanos, y el perro lanzando roncos, desesperados ladridos, se lanzó en la sima.

Y como arrastrados, como atraidos por él, se precipitaron tambien en la sima los dos hermanos asidos de las manos.

LII.

Y al caer los dos hermanos en la sima, un alarido atronador, un coro infernal de voces condenadas se levantó sobre ella.

«Nuestra raza maldita, se ha estinguido en la maldicion.

»La torre se levantará sobre la sima, y con la torre el castillo resplandeciente.

»Y pasarán para esto centenares de años.

»Y Jacub, el último hijo de la familia condenada, el incestuoso, el parricida, el fratricida, vagará insepulto alrededor de la torre, hasta que una sultana que haya sido parricida, adúltera é incestuosa, muera en el castillo.

»Y entonces nosotros descansaremos perdonados por nuestra espiacion en un infierno, y solo quedarán en el oscuro fondo de la torre la muger adúltera y parricida y su cómplice, y nuestro hermano el perro velando en la torre.

»Nuestra raza maldita se ha estinguido en la maldicion.

»La torre se levantará sobre la sima, y con la torre el castillo resplandeciente.»

Callaron las voces infernales, se apagó el eco que habian producido, y nada se escuchó cerca ó lejos de la sima: quedaron los alrededores desiertos y la luna alumbrando blandamente á la noche.

LIII.

Poco tiempo despues de estos sucesos vinieron los árabes á España y la conquistaron.

Levantaron castillos en las montañas, y atalayas en las cumbres.

Sin embargo, la sima maldita permaneció abierta y sin que pasase junto á ella, hombre, animal, ni fiera, durante un espacio de mas de quinientos años.

Hasta que el rey Nazar construyó la Alhambra.

Entonces sobre la sima maldita, se levantó la torre de los Siete Suelos.

Y apenas se levantó la torre, cuando todas las noches salia de su fondo un espectro condenado, que vagaba por el alcázar, esperando á la sultana que habia de dar la señal con sus crímenes del descanso de la descendencia de Abraham y de Leila-Fatimah.

Pasaron sin embargo todavia mas de cien años.

Al fin, la sultana Ketirah, la esposa adúltera de Abul-Walid, murió en la torre de la Cautiva, y Jacub, que no era otro el mago que habia impulsado al rey Abul-Walid hácia los amores de María, pudo al fin decir á su familia:

--Descansad; vuestras penas están cumplidas, la sultana envenenadora, adúltera, incestuosa, ha muerto en el alcázar de la Alhambra; su complice va á bajar al infierno de la torre.

XLIV.

Y en efecto Masud-Almoharaví bajó al fondo de la torre, pero ginete en un caballo sin cabeza, y precedido de un perro lanudo.

¿Quién habia descabezado al caballo de Masud-Almoharaví?

Recordemos lo que ya hemos referido.

Cuando auxiliado por el infante Ebn-Ismail, Gonzalo se deslizaba con María, por la escala, fuera de la torre de la Cautiva, Masud-Almoharaví, se lanzó tras ellos, no sin recibir al lanzarse una puñalada del infante Ebn-Ismail.

Sin embargo, á pesar de lo mortal de la herida, al mismo tiempo que Gonzalo montaba en su caballo con María, desmayada aun, Masud montó en otro que tenia del diestro un esclavo, y partió á la carrera tras Gonzalo.

Delante del caballo que montaba Masud, corria ladrando el perro-leon, el lanudo perro hermano de Jask Al-bahul.

Cuando Gonzalo hubo salido del barranco notó que le seguian.

Al notarlo notó tambien que quien le seguia era un hombre solo.

Entonces revolvió su caballo, y acometió con la espada desnuda á Masud.

Masud sorprendido, sin tener tiempo de enristrar su lanza, encabritó para defenderse su caballo.

La espada de Gonzalo brilló como un relámpago, y la cabeza del caballo rodó por tierra.

Entonces aquel caballo sin cabeza, arrastró consigo á su ginete, siguiendo siempre al perro que ladraba, y perro, caballo y hombre, se encontraron en una magnífica cámara, sostenida por columnas y arcos calados en el fondo de la torre de los Siete Suelos.

Apenas se encontraron allí, el caballo quedó inmóvil en el centro de aquella magnífica cámara, el perro se echó á sus pies y se durmió, Masud-Almoharaví, el hombre condenado, se apoyó en su lanza, inclinó la cabeza y se durmió tambien.

Gonzalo y María entretanto, adelantaban hácia la frontera cristiana.

Llegaron al cabo á ella.

Algun tiempo despues eran esposos.

Y el espíritu de Masud-Almoharaví vió aquellas alegres bodas, y los celos fueron su tormento.

Y aguijado por su dolor, todas las noches á la media noche, sale de la torre en el caballo sin cabeza, precedido del perro, recorre los bosques de la Alhambra con la lanza en ristre, y vuelve al instante al fondo de la torre, de donde sale, y cae en un letargo de penas, soñando siempre en la felicidad de María.

Esta es la tradicion del Belludo y del Descabezado de la torre de los Siete Suelos.

* * * * *

[imagen no disponible: El Belludo y el descabezado]

APUNTES HISTÓRICOS

en que se da una breve noticia de los reyes de Granada que existieron despues del rey Abul-Walid, y antes del rey Abu-Abdalah-al-Zaquies-el-Zogoibi, último señor moro de Granada.

I.

El rey Abul-Walid, dejó cuatro hijos: Muhamad, su sucesor de doce años; Farag, el segundo; Abul-Hegiag, el tercero, é Ismail, el cuarto.

El mayor de estos cuatro hijos, fué proclamado bajo el nombre de Abu-Abdallah-Muhamad IV, el mismo dia en que murió su padre.

En razon á la corta edad del rey, el wazir Almabrub tomó sobre sí el gobierno del reino.

Muy pronto la altivez y avaricia de este wazir, provocaron el disgusto y las demostraciones del esclavizado pueblo, y tres años despues de su exaltacion al trono, el rey Muhamad, que solo tenia quince años, le mandó cortar la cabeza á la vuelta de una empresa sobre la frontera de Castilla, y tomó las riendas del gobierno.

En sus primeras espediciones, conquistó á Baeza y á Gibraltar.

Poco despues perdió á Gibraltar de nuevo, contra el emir de Fez Abul Hassau.

Pero en vez de disputarle Muhamad esta conquista, prefirió aliarse con él, y tan de buena fé lo hizo, que cuando los cristianos bajo las banderas de Alonso el XI de Castilla, fueron á cercar aquella plaza, acudió á socorrer al emir de Fez para que no se la arrebatasen.

Hizo levantar el sitio, y cuando penetró en la plaza, hizo conocer á los xaques y capitanes africanos con injuriosas pullas, el servicio que les habian prestado, y ofendidos estos le asesinaron, cuando se embarcaba para ir á visitar al emir de Fez su aliado.

Muhamad murió en la primavera de su juventud, aun no cumplidos los veinte años.

Inmediatamente los wazires y la nobleza proclamaron rey al hermano del difunto, Abul-Hegiag, y este mandó recoger el cuerpo de su hermano y le llevaron á Málaga, donde fué enterrado en una huerta del rey fuera de la ciudad.

Sobre su sepulcro se escribió el epitafio siguiente:

«Este es el sepulcro del noble rey, fuerte, magnánimo, liberal, esclarecido, Abu-Abdallah-Muhamad, de feliz memoria, de la real prosápia, prudente, virtuoso, ínclito guerrero, vencedor, caudillo de vencedoras huestes, de la antigua é ínclita familia de los Nazares, príncipe de los fieles, hijo del sultan Abul-Walid-ebn-Ferag-ebn-Nazar, á quien Dios haya perdonado y tenga en descanso. Nació (el Señor se complazca de él), dia ocho de Muharram del año de setecientos veinte y cinco, y murió (Dios le perdone), á trece de Dilhagia del año de setecientos treinta y tres. Loor y gloria á Dios Altísimo é Inmortal.»

II.

El nuevo rey Juzef-Abul-Hegiag, entabló inmediatamente negociaciones, por las que obtuvo una tregua de cuatro años entre Alonso XI de Castilla, el emir de Fez Abul-Hassau y él. Ocupóse durante esta paz transitoria en la administracion de sus reinos. Dió muchos decretos para precisar la acepcion de las leyes oscurecidas por las sutilezas de los imanes y de los katibs; estableció fórmulas sencillísimas para los actos públicos y particulares, creó distinciones honoríficas para recompensar los servicios á imitacion de sus vecinos cristianos, concluyó la Alhambra y erigió otros muchos monumentos de que él fué el único arquitecto.

Apenas terminada la tregua, el emir de Fez envió á su hijo á hacer escursiones en la Andalucía cristiana. Este jóven príncipe, murió en esta espedicion. Su padre Abul-Hassau juró vengar su muerte sujetando de nuevo a los matadores al antiguo dominio de los Almoravides, y publicó el alqihed ó guerra santa, reuniendo sobre Ceuta las fuerzas de su imperio, y atravesando el estrecho con doscientas naves, en las que se trasladaban á España cuatrocientos mil infantes y sesenta mil caballos. El rey de Granada fué á unirse con él á Gezira Alhadra (Isla-verde), y los dos ejércitos combinados marcharon sobre Tarifa y la cercaron.

Los reyes cristianos se estremecieron de espanto ante este nuevo esfuerzo del Africa, y Alonso XI escitó á los reyes de Portugal y de Aragon para que su uniesen con él á fin de contrarestar al enemigo comun.

La batalla del Salado decidió la suerte de aquella empresa.

Los moros fueron vencidos.

El harem del emir de Fez, su hermana, su hijo y sus tesoros cayeron en poder de los cristianos.

Encerrado el rey de Granada en la Isla verde, se vió obligado para volver á Granada á embarcarse secretamente, yendo á desembarcar en Almuñecar.

Sucesivamente, Alonso de Castilla se apoderó de Tarifa, de la Isla verde y de Algeciras.

Juzef era decididamente desgraciado en la guerra.

Habia nacido para la paz, para la ciencia, para las artes.

Fué el Augusto de Granada.

Instituyó numerosas escuelas, y determinó para todas las del reino una enseñanza igual; embelleció con mezquitas, algibes, cisternas, hospitales y palacios la ciudad de Granada, y formó ó renovó sobre muchos objetos reglamentos que llevaron su nombre y que fueron, mientras subsistió el reino, sus leyes.

Al fin, en 1354, un loco asesinó á este gran rey mientras estaba orando en la mezquita.

Hé aquí el epitafio de su sepulcro:

«Aquí yace el rey mártir y de alto linage, gentil docto, virtuoso, cuya clemencia y bondad y demás escelentes virtudes, publica el reino de Granada, y hará época en la historia de la felicidad de su tiempo: soberano príncipe, ínclito caudillo, espada cortante del pueblo muzlime, esforzado alférez entre los mas valientes reyes, que por la gracia de Dios aventajó á todos en el gobierno de la paz y de la guerra, que defendió con su prudencia y valor al Estado, y que consiguió sus deseados fines con la ayuda de Dios, el príncipe de los fieles, Juzef-Abul-Hegiag, hijo del gran rey Abul-Walid, y nieto del escelente rey Abu-Walid-Ferag-ebn-Ismail, de la familia Nazarí, de los cuales el uno fué leon de Dios, invencible domador de sus enemigos y sojuzgador de los pueblos, mantenedor de los pueblos en justicia con leyes, y defensor de la religion con espada y lanza, y digno de la memoria eterna de los hombres: el otro á quien Dios haya recibido en su misericordia entre los bienaventurados; pues fué columna y decoro de su familia, y gobernó con loable felicidad y paz el reino, mirando por la pública y privada prosperidad, que en todas las cosas hacia notar su prudencia, justicia y benevolencia, hasta que Dios Todopoderoso, colmado ya de méritos, le llevó del mundo, coronándole antes con la corona del martirio, pues habiendo cumplido la obligacion del ayuno, cuando humildemente oraba postrado en la mezquita pidiendo á Dios perdon de sus debilidades y deslices, la violenta mano de un impío, permitiéndolo así Dios justísimo, para pena de aquel malvado, le quitó la vida, cuando mas cercano estaba de la gracia del Todopoderoso: lo que acaeció el dia primero de Jawal, año de setecientos cincuenta y cinco. ¡Ojalá esta muerte, que hizo ilustre el lugar y la ocasion le haya sido de galardon, y haya sido recibido en las moradas deliciosas del paraiso, entre sus felices mayores y antepasados! Principió á reinar miércoles catorce de Dilhagia, año setecientos treinta y tres. Habia nacido dia veinte y ocho de Rabie postrera, año setecientos diez y ocho; alabado sea Dios Unico y Eterno que da la muerte á los hombres y galardona con la bienaventuranza.»

III.

Al grande, al sabio, al justo rey Abul-Hegiag, sucedió su hijo Muhamad V, tenia veinte años de edad, era hermoso, de carácter firme, y de trato apacible, siendo además muy humano, generoso y franco. Dicen las crónicas árabes que era tan compasivo, «que muchas veces sus lágrimas manifestaban cuanto sentia su corazon las aflicciones y calamidades que le referian, y asimismo tan benéfico y liberal, que ganaba el amor de cuantos tenian la fortuna de tratarle; negó la entrada de su alcázar á los aduladores y ministros de lujo inútil y de vana ostentacion, y estableció en su casa un arreglado número de sirvientes, y cuanto convenia á la decente magnificencia de la casa del rey, de un estado ni opulento y vicioso, ni pobre ó malandante. Con estas virtudes solo era aborrecido de los malos y viciosos cortesanos; pero los principales y gente noble del reino le estimaban, y todo el pueblo le miraba con respeto, amor y confianza: sus principales entretenimientos y diversiones eran los libros y los ejercicios de caballería, torneos y gentilezas á caballo.

»Puso las avenencias con el rey de Castilla y con Abu-Salem de Fez, y gozaba el reino de bonancible calma. Luego que subió al trono cedió á su hermano Ismail, y á sus hermanos y madrastra el alcázar vecino al principal palacio de su padre, donde él moraba, casa magnífica y llena de comodidades, para que la habitasen con toda su familia. La sultana madre del infante Ismail habia sacado inmensas riquezas el dia de la muerte del rey Juzef, y desde luego trató de destinarlas en facilitar el camino del trono á su hijo Ismail: ganó á su hija que habia casado su padre con uno de los príncipes de la sangre, llamado Abu-Abdallah, que amaba perdidamente á su esposa, y por sus persuasiones entró en las intenciones de la reina, madre de Ismail y de su muger y por este príncipe y derramando riquezas, formaron un numeroso ejército de conjurados.»

Esta conjuracion empezó á dar resultados.

Poco tiempo despues de la exaltacion de Muhamad al trono, se reveló alzándose con título de rey en Gibraltar el walí de aquella fortaleza Iza-ebn-Alasun-ebn-Alí-Mandil-Alascarí, y trató cruelmente á los que habian permanecido fieles al rey. Pero las mismas crueldades de este walí, hicieron que se volvieran contra él todos los habitantes de Gibraltar, que le prendieron, enviándole á Ceuta con su hijo, donde murieron ambos entre los mas crueles tormentos á manos del reyezuelo de Africa, señor de Ceuta Abu-Anan.

Apesar de este mal éxito, las rebeldías continuaban sostenidas por la sultana madrastra del rey Muhamad, por su hermana y por su cuñado Abu-Abdallah.

Creyéronse al fin en estado de dar el golpe, y habiendo escogido ciento de los mas osados y valientes de sus parciales, escalaron de noche silenciosamente la parte mas alta de la Alhambra y se ocultaron hasta la media noche al canto del gallo del dia veinte y ocho de Ramazan del año setecientos setenta.

Dada la señal, los conjurados acometieron dando grandes voces, atropellando y matando á cuantos encontraban; al mismo tiempo otros conjurados rompieron las puertas de la casa del wazir y le mataron y á su hijo y á muchos de la familia: el príncipe Abu-Abdallah, cuñado del rey, entró en la Alhambra proclamando á su otro cuñado el infante Ismail, creyendo muerto al rey Muhamad; pero los encargados de matarle, se habian entretenido en el saqueo, y dieron tiempo para huir al rey Muhamad, á quien una de las doncellas del harem disfrazó de esclava, huyendo con él á caballo, sin parar hasta la ciudad de Guadix, donde libre el rey del peligro, fué recibido con entusiasmo por los leales habitantes.

V.

El infante Ismail fué proclamado rey.

Paseole á caballo por la ciudad su cuñado y favorecedor Abu-Abdallah entre sus parciales, y sin perder tiempo escribió al rey de Castilla para que le favoreciese y le tuviese por su vasallo, lo que consiguió fácilmente.

Entretanto el destronado rey Muhamad, aunque confiaba en la lealtad de los de Guadix, envió mensageros al emir de Fez participándole lo que le acontecia y pidiéndole ayuda.

Pidiósela de igual modo al rey de Castilla.

Pero viendo que ninguno de los dos le socorria, partió de Guadix acompañado de gran número de caballeros, se embarcó en Marsella y se trasladó á Fez, donde el emir Abu-Salen le recibió con grande aprecio, honores y distinciones, obsequiándole con nunca visto aparato y magnificencia, prometiéndole su ayuda, y con tanta presteza y generosidad, que mandó levantar dos ejércitos que fuesen con él, y con los cuales se embarcó para dar la vuelta á Andalucía Muhamad, y cuando estuvo en España, escribió al rey de Castilla (Don Pedro el Cruel) participándole el estado de sus asuntos y las razones que le habian obligado á buscar auxilio en Africa.

Tembló España á la presencia de la inmensa morisma que habia desembarcado con Muhamad, y sobre todo, el usurpador Ismail, que se apresuró á salir contra aquella hueste á probar la fortuna de una batalla.

Pero Muhamad era desgraciado.

En estos momentos supremos, cuando las armas iban á decidir su fortuna, murió el emir de Fez Abu-Salen, que habia sido asesinado en Africa.

A esta noticia los caudillos de los berberiscos que ayudaban á Muhamad se volvieron á Africa dejando solo á Muhamad, que se refugió en Ronda, que se le mantenia fiel.

Desde allí volvió á pedir socorro al nuevo emir de Fez.

Entretanto, el usurpador Ismail-Ebn-Juzef ocupaba el trono de la Alhambra.

Era de buena estatura, y tan bello, que parecia una muger hermosa, pero tenia tambien el ánimo afeminado, débil, y dado á los deleites y al amor de las mugeres.

Su cuñado Abu-Albdallah-Abu-Sayd, que le habia ayudado á subir al trono, le trataba con desprecio, y muy pronto su ambicion no se satisfizo con mandar á nombre del débil rey, sino que quiso su corona.

Otra nueva conspiracion ensangrentó la Alhambra.

Abu-Sayd y sus parciales se apoderaron del alcázar, y el usurpador Ismail se vió obligado á huir al palacio del Albaicin, donde fué cercado y preso, y conducido á la Alhambra á la presencia de Abu-Sayd.

Este le trató con desprecio, le despojó de sus magníficas vestiduras y le envió á una prision.

En el camino, los soldados que le conducian, le mataron de órden de Abu-Sayd, y le cortaron la cabeza, que fué paseada en público.

De la misma manera cortaron la cabeza á su hermano menor el infante Caís.

Nadie se atrevió á recoger los cuerpos despedazados de los dos infelices infantes, que se pudrieron al aire, colmando el horror de aquella traicion miserable.

V.

Abu-Sayd fué proclamado.

Entre tanto el depuesto rey Muhamad insistia pidiendo socorros para recobrar el trono al emir de Fez y al rey de Castilla.

Al fin el rey don Pedro, disgustado con la conducta del usurpador Abu-Sayd, envió á Muhamad un numeroso ejército de castellanos con mil y quinientos carros cargados de máquinas de guerra.

Poco despues el rey de Castilla se puso en persona al frente de este ejército y se encaminó con él á Ronda; al llegar don Pedro á Hins Casjara salióle al encuentro el rey Muhamad con su ejército, y se unió á él. Abu-Sayd, para resistir el empuje de esta alianza, se alió con el rey de Aragon, aquel enemigo del rey don Pedro de Castilla, primo suyo, Pedro tambien, llamado El Ceremonioso, y conocido entre los catalanes por el del punjalet.

Entre tanto los dos ejércitos, el de Castilla y el de Muhamad, unidos como si fuesen uno solo, continuaron sus marchas y entraron en Hins-Atara y la ocuparon, y los castillos y pueblos de la comarca que se iban entregando al rey Muhamad.

Los sucesos de la guerra iban prósperos: el reino de Granada se abria al legítimo rey; pero viendo este las tropelías que cometia en los lugares donde entraba la soldadesca castellana, «no lo pudo sufrir, dicen las crónicas árabes, su paternal corazon, y rogó al rey de Castilla encarecidamente que se quisiese tornar con sus gentes, porque no podia ver sin dolor las calamidades que causaba la guerra en sus pobres pueblos, y que por toda la riqueza y poderío del mundo no queria hacer á sus muzlimes tanto mal y daño.»

Don Pedro aprobó la determinacion del rey Muhamad, y ofreciéndole sinceramente venir en su ayuda siempre que le necesitase, volvió á Castilla dejando al buen Muhamad, que quiso mas bien continuar arrojado sin razon del trono, que envolver á sus vasallos en los horrores de la guerra civil.

Retiróse, pues á Ronda, donde resignado á su suerte vivió feliz, haciendo felices á sus vasallos con su gobierno paternal.

Muhamad se hacia amar por su templanza, al mismo tiempo que Abu-Sayd se hacia aborrecible por sus tiranías, á pesar de algunas ventajas que habia obtenido sobre los cristianos.

En una algara en que los walíes de Abu-Sayd, habian desbaratado á los fronteros de Andalucía, quedaron prisioneros muchos nobles de Castilla, y entre ellos al maestre de Calatrava don Diego Garcia de Padilla, hermano de la esposa del rey don Pedro[96], y los llevaron á Granada en triunfo.

El rey Abu-Sayd, pensando captarse la voluntad del rey don Pedro, honró y festejó al maestre y á los nobles castellanos que con él habian sido prisioneros, les dió ricos dones, y los puso con el maestre en libertad, suplicándoles interpusiesen su favor para que el rey de Castilla les ayudase, y así se lo prometieron.

En este tiempo los de Málaga, cansados de la tiranía de Abu-Sayd, proclamaron á Muhamad, y esta noticia que Abu-Sayd no esperaba, le sorprendió y le llenó de cuidado, haciéndole desconfiar de la suerte que hasta entonces le habia sido próspera.

Aumentaban sus recelos las contínuas deslealtades de sus mas privados y favorecidos que le abandonaban, y se pasaban á Muhamad, á quien empezaba á mostrarse próspera la fortuna, y al mismo tiempo le apuraba la falta de sus rentas administradas por manos poco fieles.

Apurado, pues, por todas partes, tomó una resolucion peligrosísima.

Creyó que le convenia pasar á Castilla y ponerse á la merced del rey don Pedro.

Partió, pues, de Granada el mal aconsejado Abu-Sayd con pompa y aparato y gran comitiva de caballeros, y con ricas joyas de su tesoro, así en pedrería de esmeraldas y balajes, como en aljófar y tejidos de oro y seda y ricos paños, y gran cantidad de doblas de oro, y caballos y jaeces y armas finas y bien labradas, creyendo que con esto, el rey de Castilla, que era codicioso, se pondria de su parte.

Llegó al fin á Sevilla, donde fué muy bien recibido por el rey don Pedro.

Pero aconsejado este por sus privados, acordó que Abu-Sayd debia morir, como usurpador del reino de Granada, enemigo del rey Muhamad, aliado del rey de Castilla, y por el mal que le habia hecho al rey, aliándose con el rey de Aragon su enemigo.

Determinado esto, quebrantando el rey de Castilla el seguro que habia dado á Abu-Sayd, le prendió con los caballeros, le sacó al campo de Tablado, vestido de encarnado, y allí, atado Abu-Sayd á una estaca, el rey de Castilla le mató de una lanzada por su propia mano.

Dicen que Abu-Sayd al morir esclamó:

--¡Oh Pedro! ¡qué torpe triunfo alcanzas hoy de mí! ¡qué ruin cabalgada hiciste contra quien de tí se fiaba!

Los cadáveres fueron amontonados, y sus cabezas cortadas fueron puestas en los muros de Sevilla.

Tal fué el fin desastroso del desgraciado Abu-Sayd, que dejó franco el trono al legítimo rey Muhamad.

VI.

Trasladóse este á Granada, donde fué recibido con grandes aclamaciones y regocijos.

Fué su entrada á la hora de adohar[97], del sábado veinte de la luna de Giumada postrera del año setecientos sesenta y tres[98].

El rey de Castilla le envió la cabeza de Abu-Sayd, canforada dentro de una caja, cuyo horrible presente agradeció mucho el rey Muhamad, que envió en cambio á don Pedro el Cruel, veinte y cinco caballos de raza árabe de la yeguada real, criados á las orillas del Genil, diez de ellos con preciosos jaeces y ricos alfanges guarnecidos de oro y piedras preciosas.

Al mensajero que habia llevado la cabeza de Abu-Sayd, dió tambien magníficos regalos.

Poco tiempo despues suscitaron al rey Muhamad una rebelion algunos descontentos que proclamaron al walí Alí-ebn-Alí Ahmed-ebn-Nazar, infante de la familia real; pero el rey Muhamad le venció, le ahuyentó, y continuó su reinado en paz.

Muhamad, en muestra de agradecimiento al rey de Castilla por el favor que le debia, por haber dado muerte á su enemigo, dió la libertad sin rescate á todos los cautivos cristianos que habia en Granada, y firmó con el rey don Pedro un pacto de perpétua paz y alianza.

Como Castilla andaba revuelta de bandos civiles, no tuvo con ella guerras el rey de Granada. Pero don Pedro le pidió auxilio contra su enemigo el rey de Aragon y contra su hermano bastardo don Enrique de Trastamara, que intentaba destronarle.

Empezaban los castellanos á mostrarse contrarios á don Pedro por sus crueldades y tiranías, y para socorrerle, Muhamad escogió entre los mas valientes de su reino seiscientos caballeros, y se los envió acaudillados por el arraez Farag Reduan; y aunque estos seiscientos sirvieron á don Pedro con admirable valor, como pidiese nuevos auxilios, Muhamad le envió siete mil caballos escogidos y doble número de infantería que fueron á sitiar á Córdoba, á la que pusieron á punto de rendirse.

Pero la fortuna habia vuelto definitivamente la espalda al terrible rey don Pedro, y antes de que Muhamad pudiese llegar en su socorro con un nuevo ejército, murió á manos de su hermano bastardo don Enrique en el castillo de Montiel.

Don Enrique fué proclamado rey de Castilla.

Por no perder las ventajas que sobre el castellano le daban sus guerras civiles, el rey Muhamad, á pretesto de la amistad que habia tenido con el rey don Pedro, declaró la guerra á Enrique II, aunque este le habia ofrecido su amistad, y entró en cabalgada por la frontera y recorrió libremente la tierra robando y cautivando cuanto encontraba de muros afuera de las poblaciones, sin poner sitio formal á ninguna ciudad ni fortaleza.

Al año siguiente (1570), cayó con todo su ejército sobre la Isla verde y la tomó, y preveyendo que no podria sostener su conquista, la arruinó y desmanteló sus muros y fortalezas.

Temeroso de la pujanza de Muhamad, don Enrique le envió cartas de paz con el maestre de Calatrava, ofreciéndole su amistad para atender mas libremente á las guerras que le ocupaban, paz que Muhamad aceptó con alegria, porque le dejaba libre para atender al reparo y gobierno de su reino que mucho lo necesitaba.

Durante esta paz, el rey Muhamad mandó edificar la casa de Azaque para recoger pobres y curar sus enfermedades. Esta obra empezó en el año de seiscientos setenta y siete, y concluyó en seiscientos setenta y ocho[99]; edificio magnífico, con todas las comodidades imaginables, con fuentes y espaciosos estanques de pulidos mármoles, para comodidad y aseo de los enfermos[100].

Hermoseó tambien con muchos edificios públicos la ciudad de Guadix, donde solia pasar largas temporadas; y, en fin, durante la larga paz que sostuvo con todos los reyes vecinos, tanto de España como de Africa, fomentó en su reino, las artes, las manufacturas, el comercio y la agricultura, hasta tal punto que iban á Granada mercaderes de Siria, de Egipto, de Africa, de Italia; Almería era la escala célebre de España para los buques de todo el mundo, y se veian mezclados en las calles de Granada numerosas gentes de diversas patrias y religiones.

En este tiempo declaró é hizo jurar su sucesor y partícipe en el mando á su hijo Abu-Abdallah-Juzef, y concertó su matrimonio con la hija del emir de Fez, á la que trajo á Granada su hermano el príncipe de Fez, que casó con la hermosa Zairah, hija de Abu-Ayan, caballero rico y de los mas nobles y poderosos de Andalucía.

Con este motivo se celebraron justas y torneos y bizarras fiestas y gentilezas de caballería, en las que entraron caballeros de Africa, de Egipto, de España y de Francia, atraidos por la magnificencia y la fama de Granada, y protegidos por el seguro real de Muhamad, que los honró y hospedó magníficamente á su costa en el fondaf de los genoveses.

Muhamad continuó prolongando sus paces con el rey de Castilla, y enviándole regalos y preseas, «y como poco despues, dicen las crónicas que seguimos, acaeciese la muerte del rey de Castilla, hubo mal intencionados que atribuian su muerte á maldad del rey de Granada, como que le hubiese enviado unos borceguíes preciosos inficionados de veneno mortal, pero nunca fué traidor ni asesino el rey Muhamad, y la muerte fué natural, y porque sus dias fueron cumplidos segun la divina voluntad.»

Algunos años despues, el setecientos noventa y cuatro[101], murió el rey Muhamad con general sentimiento de sus vasallos, y fué sepultado en el palacio de Djene-al-Arife (Generalife) al amanecer, poco despues de la oracion del alba (de Azzobih), siendo acompañado su entierro por todas las clases del Estado.

No consta la inscripcion del sepulcro de este rey.

VII.

Sucedióle en el trono su hijo Abu-Abdallah Juzef II, que fué proclamado solemnemente, besándole la mano toda la nobleza de Granada y los principales alcaides y walíes de todas las tahas del reino.

Era muy semejante en las virtudes á su padre, y en su amor á la paz. Despues de las fiestas de su proclamacion, envió mensajeros á los reyes cristianos, ofreciéndoles mantener las treguas y amistad que con ellos habia tenido su padre.

Para obligar mas al rey de Castilla (don Juan el primero) dió libertad sin rescate á algunos cautivos que habian tomado sus corredores en la frontera, y los envió con el alcaide de Málaga, acompañándolos con un presente de seis caballos andaluces ricamente enjaezados, con armas preciosas y cubiertos de paños de oro.

Las treguas continuaron, y con ellas la prosperidad de Granada.

Pero habia llegado el momento en que las amarguras turbasen la felicidad del rey Juzef.

Tenia este cuatro hijos. El mayor se llamaba como él Juzef, el segundo Muhamad, Alí el tercero, y Ahmed el cuarto. Muhamad era de carácter violento, y ofendido de que su padre, por razones de primogenitura y afecto prefiriese á su hermano mayor Juzef, sucesor presunto del trono, concibió contra él un odio implacable, y olvidando todo respeto, concibió el proyecto de levantarse contra su padre y destronarle si la fortuna le ayudaba.

Tomó para ello por pretesto su celo por la religion.

Mirábase mal por el pueblo de Granada, enemigo de los cristianos y belicoso de suyo, la buena avenencia que Muhamad sostenia con los otros reyes de España, y que favoreciese en su córte á muchos caballeros castellanos refugiados en ella, hasta el punto de tratarlos con suma familiaridad: fué muy facil, pues, á Muhamad, hacer creer al pueblo por medio de sus parciales, que su padre era mal musulman, cristiano secretamente, y favorecedor público de infieles.

Tomó cuerpo esta calumnia, se desenfrenaron los descontentos del rey Juzef, y llegó el caso de que, irritados los mas audaces por los partidarios del infante Muhamad, produjeron un motin en que se pidió á voces la deposicion del rey: principió el alboroto en las puertas de la Alhambra; y aterrado el rey Juzef, estaba á punto de renunciar su soberanía y de ponerse en manos de su rebelde hijo, cuando el embajador de Fez, que estaba con él en el alcázar, hombre anciano y bravo, y de mucha autoridad y elocuencia, salió á caballo á la plaza y habló á los rebelados con tal energía, que los redujo á la obediencia del rey Juzef.

Aunque habia pasado esta tormenta, temeroso el rey de que, creyéndole amigo de los cristianos, se reprodujese con mas fuerza, dispuso sus tropas para una algazia ó correría á saco mano por las fronteras cristianas, y entró por las de Murcia y Lorca, talando los campos, robando ganados, incendiando aldeas, y matando y cautivando á cuantos cristianos habian á las manos.

Salieron contra ellos los fronteros, y despues de algunas escaramuzas con varia fortuna, el rey Juzef se volvió con la presa á Granada.

Pero como Juzef hacia la guerra á los cristianos, mas por satisfacer á sus vasallos y destruir sus sospechas de amistad con los cristianos, que por su voluntad, admitió fácilmente la tregua que le propuso el rey de Castilla, y aun se cree que él mismo la pidió, receloso de los grandes armamentos que contra él se hacian en Castilla y Aragon; tregua, que para evitar interpretaciones, concertó con acuerdo de un consejo compuesto de sus wazires y de sus walíes.

Sucedió por este tiempo que un ermitaño llamado Juan Sago, dijo al maestro de Alcántara don Martin Yañez de la Barbuda, que habia tenido revelacion de que el tal maestre ganaria grandes victorias contra moros si retase al rey de Granada.

Engañado el maestre por la fama de santidad del ermitaño, envió á algunos de los suyos á Granada, para que retasen al rey Juzef á hacer campo con el maestre, y que si el rey no quisiese aceptar entrarian en liza veinte, treinta ó cien cristianos contra un número doble de moros.

El rey Juzef, mas cuerdo que Martin Yañez, mandó que echasen de mala manera á tales embajadores, que volvieron maltratados y escarmentados al maestre.

Irritado este, dejándose llevar de su condicion soberbia y belicosa, levantó un golpe de gente allegadiza, aventurera y mal armada, y con trescientos caballos y hasta cinco mil peones ó infantes, gente toda floja y baldia, se atrevió á pasar la frontera, desoyendo los buenos consejos de los hermanos Alonso y Diego Fernandez de Córdoba, señores de Aguilár, que le salieron al camino con intento de disuadirle de su temeridad.

Pasó, pues, la frontera, y puso sitio á Hins-Egea, á cuyo socorro el rey Juzef envió las tropas de caballería que habia en Granada y toda la infantería que pudo reunir en el momento.

El maestre levantó el sitio para salir al encuentro de los de Granada, y encontrándolos, trabó con ellos la batalla, que fué muy sangrienta y reñida, porque los de la caballería cristiana peleaban como desesperados.

Pero vencidos al fin por los del rey Juzef, dominados por el número, murió el maestre desastradamente, sin que quedase vivo ni uno solo de los desdichados que habia llevado consigo á aquella temeraria empresa.

Poco despues, el rey de Castilla (Enrique III) envió embajadores al rey de Granada, disculpándose del rompimiento temerario del maestre que habia roto la tregua sin su consentimiento.

Esta victoria acaeció el año setecientos noventa y ocho[102].

Poco despues murió el rey Juzef.

Atribuyeron su muerte á traicion del emir de Fez, que entre otros regalos le habia enviado una rica aljuba inficionada de tósigo, que luego que la vistió, como hubiese corrido un caballo y hubiese sudado, sintió al punto graves dolores que no le dejaron, hasta que pasados mas de treinta dias murió.

Pero hay fundados motivos para creer, que murió de otra dolencia que padecia mucho tiempo antes.

Fué enterrado este en Generalife.

No consta la inscripcion de su tumba.

VIII.

El ambicioso infante Muhamad habia hecho que sus intrigas y la ayuda de sus parciales, prevaleciesen sobre la voluntad de su padre, que habia dejado el reino á su hermano mayor Juzef, y le proclamasen en su lugar rey los mas poderosos del reino.

Su primer decreto fué el que reducia á prision á su hermano Juzef, que inmediatamente fué llevado á Jalubania (Salobreña) y encerrado en una torre, con órdenes rigorosísimas para que fuese bien guardado.

Permitióle, sin embargo, llevar consigo su familia y su harem, y dió órden para que nada faltase á su comodidad y regalo.

Era Muhamad hermoso, de buen ingenio, valiente, afable, y muy apropósito para ganarse la voluntad del pueblo.

Queriendo evitar un rompimiento con los cristianos, tomó una resolucion audaz. Partió de Granada sin pompa de ningun género, como un caballero particular, y de incógnito, fingiéndose embajador de sí mismo, acompañado de veinte y cinco valientes y esforzados caballeros, pasó á Toledo y se presentó al rey de Castilla, que le honró, y renovó con él las paces que habia tenido con su padre.

Al mismo tiempo escribió al rey de Fez escusándose de la determinacion que habia tomado de encerrar á su hermano, por el bien de la paz y la tranquilidad del reino.

Poco tiempo despues, los fronteros de Andalucía entraron en tierra de Granada adelante, talándola contra lo concertado en las treguas.

Muhamad prefirió tomar el desagravio por sí mismo, á quejarse al rey de Castilla, y entró á su vez en tierra de cristianos por el Algarbe, talando y saqueando, y apoderándose de la fortaleza de Ayamonte, que á pesar de las reclamaciones del rey de Castilla no devolvió, por lo que se rompió de todo punto la tregua.

Suspendió la llegada del invierno esta guerra en su principio, y cuando el rey de Granada esperaba que viniese sobre él en persona con un poderoso ejército el de Castilla, murió éste, dejando el reino a su hijo Yahye (Juan el II) que era muy niño, y la gobernacion, en su nombre, á su tio el infante don Fernando, conocido mas adelante con el renombre de el de Antequera.

Don Fernando continuó la guerra que no habia podido proseguir su difunto hermano don Enrique III, y tomó á Zahara y la fortaleza de Azeddin, y la de Setenil, y las de Ayamonte, Priego, Lacobin y Ortegicar.

En vez de salir Muhamad al encuentro de este ejército vencedor, y para dividirle y fatigarle, entró por el reino de Jaen talándolo todo y obligando á los cristianos á acudir al reparo, y á dejar sus recientes conquistas.

A principios del año siguiente, Muhamad marchó contra Alcalá con un ejército de siete mil caballos y doce mil infantes, con el cual sostuvo con los cristianos tantos y tan reñidos encuentros, que entrambas huestes perdieron sus principales capitanes, y se vieron obligadas de comun acuerdo á pactar una tregua de ocho meses, que fué ratificada por el rey de Castilla, á quien Muhamad envió sus mensageros.

Durante esta tregua se sintió tan enfermo Muhamad, que los médicos desconfiaron de curarle, y declararon que el término de aquella enfermedad era su muerte.

Creyólo al fin Muhamad, y por asegurar la corona en su heredero, determinó dar muerte á su hermano Juzef, que estaba preso en Jalubania, y escribió la siguiente carta al gobernador de aquella fortaleza.

«Alcaide de Jalubania, mi servidor, luego que de mano de mi arraez, Ahmed-ebn-Jarac recibas esta carta, quitarás la vida á Cid Juzef, mi hermano, y me enviarás su cabeza con el portador: espero que no hagas falta en mi servicio.»

Cuando el arraez llegó con esta funesta carta á Jalubania, Juzef, el príncipe sentenciado, jugaba al ajedrez con el alcaide de la fortaleza, sentados sobre preciosos tapices bordados de oro y en almohadones de oro y seda.

Cuando el alcaide leyó la órden, se inmutó y tembló, porque Juzef por sus escelentes prendas, se ganaba los corazones de todos.

El arraez daba prisa al alcaide para que cumpliese la órden del rey, y el alcaide no se atrevia á dar parte al príncipe de tan cruel decreto.

Pero Juzef, conociendo por la turbacion del alcaide la importancia de la órden, le dijo:

--¿Qué manda el rey? ¿trata de mi muerte? ¿pide mi cabeza?

Entonces el alcaide le dió la carta, y despues de leerla dijo al arraez:

--Permíteme algunas horas para despedirme de mis doncellas y distribuir mis alhajas entre mi familia.

--Señor, dijo el arraez: no puede detenerse la ejecucion, porque he traido por horas el tiempo de mi vuelta.

--Pues á lo menos, dijo Juzef, acabemos el juego, y acabaré perdiendo.

Era tanta la turbacion del alcaide, que no movia pieza que no cometiese un desacierto, y tanto el valor y la serenidad del príncipe, que le avisaba de sus equivocaciones.

Seguia el juego, y el arraez se impacientaba, cuando llegaron dos caballeros de Granada á rienda suelta, aclamando á Juzef y pregonando la muerte de su hermano Muhamad.

Dudaba de ello Juzef, y apenas creia lo que pasaba, cuando la llegada de otros caballeros principales confirmó la noticia, y Juzef fué llevado apresuradamente á Granada.

IX.

La entrada fué magnífica: le salió á recibir toda la nobleza; las calles estaban adornadas de arcos de triunfo y cubiertas de flores; las paredes entapizadas de ricos paños de seda y oro, y por todas partes resonaban las aclamaciones populares.

Paseó la ciudad dos dias, manifestando su agradecimiento y amor á los habitantes, y cada vez las demostraciones del afecto popular crecian, porque sus virtudes y su afabilidad eran muy conocidas.

Fué proclamado con el nombre de Juzef III.

Inmediatamente envió un embajador al rey de Castilla don Juan II, participándole su advenimiento al trono, y para darle á conocer sus pacíficas intenciones, y cuánto era su deseo de establecer una paz sólida y duradera entre Granada y Castilla.

Recibieron favorablemente en la corte de Castilla al embajador, y se convinieron las treguas como en tiempo del difunto rey Muhamad.

Pasado el tiempo de la tregua, Juzef envió á su hermano Alí á Castilla, á que la prorogase, pero los gobernadores de Castilla pretendian que el rey Juzef se declarase vasallo de su rey.

El infante Cid Alí se negó á esta humillacion, y dijo que no tenia licencia de su hermano el rey para obligarse hasta tal punto, y se tornó á Granada sin concertar las treguas.

Por lo tanto, en el momento que terminaron las anteriores, el infante don Fernando, gobernador de Castilla, entró poderosamente en el reino de Granada, y puso sitio á la ciudad de Antequera.

Acudieron al socorro de la ciudad los infantes hermanos del rey Cid Ahmed y Cid Alí, pero el infante don Fernando habia mandado levantar una cerca muy alta al rededor de la ciudad, y estrechados los habitantes por el hambre, se avinieron á entregar la ciudad, saliendo salvos con todos sus haberes.

Desde entonces el infante de Castilla se llamó don Fernando el de Antequera.

Despues de la rendicion de esta ciudad, rindió á Hins-Híjar, y otras fortalezas de la comarca.

Por este tiempo, oprimidos los moros de Gibraltar por las tiranías y las exacciones de su walí, y cansados de su sujecion al rey de Granada, escribieron al emir de Fez, y se le ofrecieron por sus vasallos si les socorria.

El emir Abu-Sayd, recibió con gozo este embajador, y envió á su hermano Cid Abu-Sayd con dos mil hombres á que ocupase á Gibraltar.

Pasó el infante de Fez el estrecho, llegó á Gibraltar, abriéronle los de la ciudad las puertas, y el walí se retiró á la fortaleza, y viendo que no le acudia socorro de Granada, estaba á punto de entregarse cuando llegó el infante Cid Ahmed con un fuerte escuadron de caballería y rescató la ciudad.

Insistió de nuevo Juzef en sus treguas con el rey de Castilla, y las pactó por dos años.

Mientras vivió el rey Juzef, Granada gozó los beneficios de la paz, y la corte era el refugio de los caballeros agraviados de Castilla y Aragon: allí iban á concluir sus diferencias, eligiendo por juez al rey Juzef, y este les daba campo para sus desafíos y combates de honor; siendo al mismo tiempo tan conciliador, que despues de darles campo, y apenas principiada la lid, los daba por buenos caballeros y los hacia volver amigos y vivir juntos y honrados de su corte.

Amábanle, pues, propios y estraños, y especialmente la reina doña Catalina de Lancaster, madre del rey de Castilla, con quien mantenia correspondencia muy familiar, y se hacian mutuos presentes.

Este buen rey murió de una manera súbita en 1425.

X.

Inmediatamente fué proclamado su hijo Muley[103] Muhamad-Nazar-ebn Juzef, conocido con el sobrenombre de Al-Hayzarí ó el Izquierdo, á causa de que lo era, ó mas bien, segun algunos quieren, tenia este sobrenombre no por defecto natural de las manos, sino por su aviesa y contraria fortuna.

Su nombre, cronológicamente considerado, fué el de Muhamad VII.

Despues de haber sepultado con gran pompa á su padre en el palacio de Djene-al-Arife, escribió á las ciudades y pueblos de cada tah, para que celebrasen su proclamacion con la solemnidad acostumbrada.

No imitó el buen gobierno de su padre sino en un solo punto, que fué en el de mantener la paz con los reyes de España y los emires de Africa; pero se cuidó muy poco de adquirirse el amor de sus vasallos; era vano, soberbio y déspota; los wazires, los cadíes y los walíes de su corte y de su ejército, los mas respetables magnates del reino, eran tratados por él como esclavos, creciendo de momento en momento su altanería hasta hacerse insoportable. Pasaba largos períodos de tiempo sin dar audiencia á sus vasallos, ni aun á los walíes que le buscaban para consultar con él los mas graves negocios.

Circunscribíase á mantener á todo trance la paz con los cristianos y con los de Africa, y á no dar por su parte ocasion á un rompimiento. Desdeñaba el trato con sus ciudadanos, y no consentia justas ni torneos ni otras fiestas guerreras á que estaba acostumbrada la belicosa nobleza de la corte. Solamente tenia influencia con él su wazir y kadí de Granada, Juzef-ebn-Zeragh[104], caballero ilustre de la mas noble y poderosa familia del reino, que pudo contener por algun tiempo con su prestigio el que estallase el ódio de los descontentos que pretendian la deposicion de Muhamad; pero al fin, ni su prudencia, ni su valor, ni su influencia, pudieron evitar que estallase una insurreccion popular en que fué proclamado Muhamad-al-Zaquir, primo del rey, y que algunos entrasen violentamente en el alcázar, de cuyo furor solo pudo escapar el rey, merced al valor de algunos guardias leales que protegieron su fuga por los jardines.

Una vez en salvo Muhamad Al-Hayzarí, pasó disfrazado de pescador en una barca á Africa, y se acogió al amparo de su amigo el emir de Túnez Abu-Faris, que le prometió su ayuda en el dia en que fuese para él probable la vuelta al trono.

XI.

Muhamad-al-Zaquir fué proclamado bajo el nombre de Muhamad VIII, en 1427.

Reconociéronle por su rey las principales ciudades del reino; hubo magníficas fiestas en Granada, y él mismo, que se jactaba de ser buen justador, entraba en las parejas y contiendas, y hacia notables gallardías arrojando las cañas con singular acierto y ligereza, evitando los tiros con facilidad, y volviendo y revolviendo con sin igual destreza su caballo.

Observando una conducta enteramente opuesta á la de Al-Hayzarí, frecuentaba el trato de sus caballeros, comia con ellos, les hacia ricos presentes, captándose su voluntad por todos los medios imaginables.

Del mismo modo cuidó de inutilizar á los partidarios del depuesto Al-Hayzarí, y el wacir Juzef-Ebn-Zeragh se vió obligado á salir de Granada con la mayor parte de los caballeros de su linage, que avisados á tiempo de las aviesas intenciones del rey hácia ellos, huyeron al reino de Murcia, donde tenian amigos que los ocultaron.

Algunos de estos abencerrages que se quedaron confiadamente en Granada, probaron el tiránico rigor de Al-Zaquir, que creyéndose ya asegurado en el trono, empezó á dar muestras de su condicion sanguinaria y cruel.

Con el wazir Juzef habian huido á Murcia veinte caballeros abencerrages, que habiendo recibido seguro del rey don Juan el II, pasaron á besarle la mano á la corte de Castilla.

Sabedor el rey, por la relacion de estos caballeros, de las tiranías de Al-Zaquir, y que huyendo de ellas habian pasado á Castilla y á África mas de quinientos caballeros, y movido á compasion por la desgracia de su aliado el rey Muhamad-Al-Hayzarí, ofreció al wazir Ebn-Zeragh restituir al trono al depuesto rey.

A este propósito acordó que el alcaide de Murcia, en compañía de Ebn-Zeragh, pasase á Túnez con cartas suyas para que el emir Abu-Farís ayudase á cobrar el reino de Granada y restituir al trono á su legítimo rey, y el de Castilla pedia al de Túnez que le enviase al destronado rey, que él haria de modo que fuese restituido á su anterior dignidad.

Recibido este mensage, el emir de Túnez dió órden para que Muhamad-Al-Hayzarí pasase á España con quinientos caballeros y muchas riquezas, y al mismo tiempo envió al rey de Castilla, con el alcaide de Murcia, telas de seda y oro, linos muy delicados, aromas, preciosidades, y una cria de leoncillos domesticados.

Al-Hayzarí pasó á Orán en compañía de Ebn-Zeragh y de sus caballeros, embarcóse en aquel puerto, saltó en tierra de Granada por la parte de Vera, cuya ciudad le recibió con aclamaciones de alegría, y Almería del mismo modo le recibió de nuevo por su rey.

Cuando estas novedades llegaron á oidos del usurpador Al-Zaquir se alarmó sériamente, y envió sin perder momento á su hermano con setecientos caballos escogidos, contra la gente del rey Al-Hayzarí, pero mas de la mitad de esta gente se pasó á la del rey, y el infante, no atreviéndose á acometer nada con los que le habian quedado, se volvió.

Facilitado el paso á los del rey Al-Hayzarí, desde Almería, adelantaron hasta Guadix, y esta ciudad abrió sus puertas y recibió por su señor al rey, jurándole obediencia en el mismo dia.

No tardaron en llegar á Guadix gran número de caballeros de Granada que animaron á Al-Hayzarí para pasar á ella, asegurándole tan buena acogida como en Almería y Guadix: así, pues, confiando en la fortuna, aunque con algun recelo, partió Al-Hayzarí á Granada, llevando consigo un gentío inmenso que de todas partes le seguia ávido de novedades, por las que sin otra causa ni motivo le aclamaba aquella muchedumbre.

Al ver el usurpador acercarse esta tormenta, tuvo miedo; se pasó de noche del Albaicin al alcázar de la Alhambra, y se fortificó en él.

Al dia siguiente entró Al-Hayzarí en Granada, que le recibió con grandes aclamaciones, y cercando á seguida la Alhambra, se apoderó de Al-Zaquir y le mandó cortar la cabeza.

Acaecieron estos sucesos en 1427.

XII.

Restaurado en su primera dignidad Al-Hayzarí, repuso en su empleo de wazir al leal Ebn-Zeragh, y estrechó su alianza con el rey de Castilla y el emir de Túnez.

Hizo mas: sabiendo que el rey de Castilla andaba en guerras y en bandos civiles, envióle como embajador á un principal caballero de Granada, llamado Abd-el-Menam, privado suyo, ofreciéndole auxilios de tropas contra sus enemigos.

Don Juan el II agradeció, pero no aceptó este ofrecimiento, y solo se trató de treguas y de que el rey de Granada pagase al de Castilla cierta cantidad de doblas de oro cada año, á título de vasallage.

Resistióse a esto Al-Hayzarí, confiado en que el rey de Castilla tendria bastante con sus negocios para mostrarse exigente, y que se contentaria con lo que de su propia voluntad quisiera darle.

Retiróse, pues, Abd-el-Menam á Granada sin haber concertado nada con el rey de Castilla, que ofendido de esto, escribió al emir de Túnez quejándose de la ingratitud de Al-Hayzarí y rogándole que no le ayudase en la guerra que pensaba hacerle para obligarle á cumplir con lo que debia.

Contestó Abu-Faris al rey de Castilla que así lo haria, y en vez de enviar á Al-Hayzarí las galeras y gentes que le habia prometido, le escribió aconsejándole que pagase al rey de Castilla, á quien debia la corona, la concertada suma de doblas que le pedia, y que de no hacerlo así, no esperase su ayuda mientras viviese: escribió asimismo al rey de Castilla suplicándole que fuese moderado en su venganza, y que no fuese demasiado rigoroso con Muhamad-Al-Hayzarí su pariente.

El rey de Castilla envió órden á sus fronteros para que corriesen la tierra de Granada, á todo trance, talando y cautivando cuanto encontrasen.

Los fronteros entraron á este tiempo por dos puntos distintos: por Ronda y por Cazorla.

La suerte en estas dos entradas fué distinta: los castellanos que entraron por Ronda vencian: los que entraron por Cazorla, eran vencidos por Al-Hayzarí; pero como le llegase nueva de que el rey de Castilla adelantaba con un poderoso ejército, temiendo que con esta novedad se suscitase contra él alguna rebeldía en Granada, partió apresuradamente á ella, dejando el mando de su ejército á sus principales walíes, y llegando á la ciudad armó veinte mil hombres para que la defendiesen.

Entretanto los cristianos corrian la tierra de Granada y se apoderaban de Illora, Tajajar, Archidona y otros lugares, y el rey de Castilla se volvió con una numerosa presa á Ecija, y de allí á Córdoba.

Como Al-Hayzarí temia, se levantó contra él una terrible conjuracion en Granada: un caballero de la sangre real, Juzef-ebn-Al-Hhamar, ambicioso y rico, se propuso arrojar del trono al rey y apoderarse de la corona de Granada con la ayuda del rey de Castilla.

Con acuerdo de sus parientes y parciales envió de mensagero á los nobles á un caballero de la tribu de los Beni-Egas, Geleil-ebn-Geleil, que habia casado por amores con la infanta Ceti-Merier, era fuerte y bravo, de linage de cristianos, y el rey por temor ó recelo le tenia desterrado en Alhama.

A este caballero, pues, como hablaba perfectamente la lengua castellana, se le confió la embajada ante el rey de Castilla, á nombre de Juzef-Ebn-Al-Hhamar. Ofrecia este que luego que el rey de Castilla entrase en la Vega de Granada, se le uniria con mas de ocho mil hombres, cuya mayor parte eran caballeros de las principales familias del reino, y aun si se apoderaba de él con la ayuda del rey de Castilla, seria su mas leal vasallo.

Esta proposicion fué bien acogida por el rey de Castilla, como quien de todos modos pensaba entrar por la Vega.

Alentados con esta promesa los del bando del rebelde Juzef, salieron poco á poco de Granada con el pretesto de ir al ejército de la frontera, y cuando poco despues el rey de Castilla entró talando la vega, Juzef-Ebn-Al-Hhamar se le presentó, le besó la mano en señal de vasallaje, y despues llegaron los caudillos y gentes de su bando en número de ocho mil hombres, la mayor parte caballeros.

Al-Hhamar, desde la falda de sierra Elvira, donde habia acampado el rey de Castilla, señalaba á este los principales edificios y fortalezas de Granada, la Alhambra, Torres-bermejas, Generalife y el Albaicin.

El rey de Castilla miraba la hermosa ciudad con deleite.

A este propósito se escribió la siguiente poesía que insertamos, porque su belleza agradará sin duda á nuestros lectores:

Don Juan, rey de España, cabalgando un dia, desde una montaña á Granada via.

Díjole prendado: «Hermosa ciudad, mírame afanado, tras de tu beldad.

»De mi amor en muestra, fé de caballero, le ofrezco mi diestra y la tuya espero.»

«Junta tus blasones con los de Castilla, y te traeré en dones Córdoba y Sevilla.

»Mucha ofrenda de oro, joyas muy preciadas, si dejais al moro te tengo guardadas.»

Respondió Granada: «Vuélvete á Toledo que yo estoy casada y amarte no puedo.»

«Tu ambicion modera, vete mas despacio: mira esa bandera que ondea en Palacio.»

«Guarda tu presente, y en vez de dinero, si te crees valiente prueba con acero.»

«Mil torres me guardan; cien mil campeones dispuestos aguardan á tus infanzones.»

Así tú decias; así tú mentias Granada es perjura, ¡grande desventura!

Un infiel maldito del Abencerrage, tiene el heredaje: ¡así estaba escrito!

Raza de valientes: ¿Quién te esterminó? ciudad de las fuentes ¿quién te cautivó?

Alhambra querida mansion del placer: ¿para qué es la vida si no te he de ver?

Al ver ante la ciudad el ejército de Castilla, los caballeros de Granada salieron contra él empeñando reñidas escaramuzas, hasta que al fin se empeñó una batalla campal que fué muy sangrienta, peleando con gran valor tanto los cristianos como los moros.

La matanza fué horrible por ambas partes, y la batalla se mantuvo igual todo el dia, hasta que á la tarde empezaron á ceder los moros, y al amparo de la noche dejaron el campo.

Aquella fué la batalla mas lamentable que tuvo el reino de Granada, que perdió en ella la flor de sus caballeros, y se vió combatida por sus propios hijos.

Llenáronse de tristeza los habitantes, pero la serenidad de ánimo del rey Al-Hayzarí, no les dejó tomar otro partido que el de la defensa.

Un fuerte temblor de tierra, coincidiendo con esta derrota, vino á aterrar á los de Granada, que supersticiosos de suyo, vieron en aquel accidente, puramente físico, el augurio de nuevas desdichas.

Pero el rey de Castilla se contentó con talar la vega, y levantó el campo con gran despecho del ambicioso Al-Hhamar, y se trasladó á Córdoba.

Allí, para consolar á Jusef-Ebn-Al-Hhamar de su despecho, y á sus gentes de la desconfianza en que habian caido, obligados á abandonar, por su rebeldía al rey Al-Hayzarí, sus haciendas y su patria, mandó proclamar rey de Granada á Juzef-Ebn-Al-Hhamar delante de su corte y de su ejército que solemnizó la proclamacion; ofrecióle de nuevo ponerle en el trono de Granada, y allí mismo encargó á los adelantados de las fronteras, que ayudasen á Al-Hhamar hasta conseguirlo.

Esta proclamacion de Al-Hhamar en la córte y campo del de Castilla produjo gran efecto en Granada en daño de Al-Hayzarí: muchos pueblos del rey se levantaron por Al-Hhamar, se le entregó Montefrío, y con la ayuda de los fronteros cristianos se apoderó de los pueblos y fortalezas de Illora, Cambil, Alabar, Ortejicar, Tajarja, Hins-Haleux, Ronda y la ciudad de Loja, de donde salieron para unírsele cuatrocientos caballeros; en Ardales otorgó su carta de vasallaje al rey de Castilla, obligándose á pagarle cada año cierta cantidad de doblas de oro, á ayudarle como vasallo en sus guerras con mil y quinientos caballos, y á acudir á sus cortes cuando las celebrase en cualquier lugar desde mas acá de Toledo hácia Granada.

Despues de este otorgamiento, Al-Hhamar marchó con un respetable ejército sobre la córte de Al-Hayzarí, que movió contra él á su wisir Juzef-Ebn-Zeragh, que llegando á las manos con los invasores, murió en la vega peleando como un leon, al decir de las crónicas árabes. La muerte de este bravo caudillo, causó la confusion y el espanto en el ejército de Al-Hayzarí, que entró en desórden en Granada, ponderando lo innumerable del ejército que los habia vencido, y que la mayor parte de los del rey Al-Hayzarí, habian sido muertos porque los enemigos no tomaban á prision.

Despues de esta victoria de Al-Hhamar, casi todas las taas del reino le proclamaron, y temiendo á las talas y desastres de la guerra, llegaban de todas partes á rendir homenage al vencedor.

Robustecido ya, legitimado por la victoria (el Korán da el califato al vencedor) Juzef-Ebn-Al-Hhamar marchó desde Illora sobre Granada, que se alborotó á su aproximacion, y los nobles y los principales vecinos se presentaron á Al-Hayzarí, y le manifestaron que era imposible la defensa, que con la resistencia se provocarian nuevos desastres, y que no le quedaba mas tiempo que el necesario para ponerse en salvo.

Viéndose, pues, abandonado de la fortuna, Muhamad-Al-Hayzarí, acompañado de sus vasallos mas fieles, llevando consigo su familia, su harem, el tesoro del alcázar y los dos hijos del rey Muhamad-Al-Zaquer, que tenia presos, huyó á la ciudad de Málaga, en cuya adhesion tenia gran confianza.

Juzef-Al-Hhamar, tuvo el buen tacto de entrar en Granada con solos doscientos caballeros, mas como guardia necesaria á su decoro de rey, que como medio de intimidacion á la ciudad.

Esta conducta produjo muy buen efecto: aquietáronse los ciudadanos, y los xeques, wazires, walíes, cadíes y alcaides del reino, salieron á recibirle, le proclamaron solemnemente rey, le juraron y le pasearon en triunfo por la ciudad.

A seguida el nuevo rey envió embajadores al rey de Castilla, confesándose agradecido vasallo suyo, y con la carta siguiente:

«Juzef-Muhamad-Ebn-Al-Hhamar, rey de Granada, vuestro vasallo, beso vuestras manos y me encomiendo á vuestra merced, á la que suplico se digne saber como partí de Illora y fuí á mi ciudad de Granada, y me salió á recibir toda la nobleza y caballería de ella, y me besaron las manos por su rey y señor y me entregaron la Alhambra, y todo esto, señor, por la gracia de Dios y vuestra fortuna. El rey Al-Hayzarí se huyó á Málaga y llevó consigo al hermano del alcaide Ahnaf, su sobrino y dos hijos del rey Muhamad-Zaquer, que dicen ha mandado degollar, y antes de partir robó estos alcázares, y se llevó cuanto en ellos habia. Ahora, señor, con la ayuda y gracia de Dios, y con el auxilio de vuestra grandeza, que Dios prospere, vá contra él vuestro adelantado don Gomez Rivera, y mis caballeros llegarán á Málaga, donde él está, y espero en Dios, que con el favor de vuestra alteza yo le habré en mis manos.»

Esta carta fué muy bien recibida por el rey don Juan, que se alegró mucho del triunfo de su vasallo, y al mismo tiempo llegó un enviado del emir de Túnez, en que éste pedia al rey de Castilla mirase por su pariente Muhamad-Al-Hayzarí, y no quisiese arruinarle ni arrojarle de su reino.

Don Juan el II se escusó con Abu-Faris, y Juzef-Ebn-Al-Hhamar continuó pacíficamente en el trono de Granada.

Pero era anciano, y á los seis meses de reinado, achacoso y débil, no pudo resistir el gran peso de los negocios del gobierno que habia tomado con demasiado fervor, y murió.

Su muerte concluyó los bandos que dividian á los granadinos, y los de una y otra bandería se unieron y llamaron y proclamaron de nuevo unánimemente al fugitivo Al-Hayzarí.

Recibió éste la noticia en Málaga, que se le habia mantenido fiel, y volvió á Granada y á ocupar por tercera vez el trono.

Nombró su wazir á Abdelbar, principalísimo caballero de Granada, y envió embajadores al rey de Castilla y al emir de Túnez, renovando con ellos su alianza y concertando treguas con los cristianos por un año, que cumplido, se prorogaron por otro mas.

Pero espirado el plazo, los fronteros entraron por las tierras de Granada y se apoderaron de la fortaleza de Beni-Maurel, al mismo tiempo que por la parte de Murcia los fronteros castellanos eran desastradamente batidos por la caballería del Algarbe, mandada por el wazir Abdelbar.

A pesar de esta ventaja por la parte de Murcia, el rompimiento de la tregua fué desventajoso para Granada, puesto que la ciudad de Huesca cayó tambien en poder de los cristianos, á pesar de la bravura con que acudió á su socorro el arraez de Baza Alcawun, que entró alguna de su gente en el castillo, rompiendo por medio de los cristianos.

En el año siguiente de ochocientos cuarenta[105] el wazir Abdelbar acometió á los cristianos en unas angosturas en el término de Archidona, y los venció, los persiguió é hizo en ellos una gran carnicería. Habian intentado los fronteros sorprender la villa por caminos estraviados, y Abdelbar, que en las citadas angosturas los esperaba, los destrozó como queda dicho, tomándoles la bandera de la órden de Alcántara, cautivando á casi todos los cristianos que no fueron muertos, y logrando salvarse milagrosamente con unos pocos el maestre de Alcántara, gracias á la velocidad de su caballo.

A seguida Abdelbar se volvió contra los castellanos que cercaban la villa de Huelma, y los obligó á levantar el cerco y retirarse á Jaen.

En el año siguiente la suerte de las armas continuó siendo favorable á los granadinos.

En el subsiguiente los fronteros de Murcia, acaudillados por el adelantado Ebn-Fayard[106], tomaron por avenencia las fronteras de Veladaviad y Veladalhamar[107].

Los habitantes quedaron como mudejares[108] ó mercenarios del rey de Castilla para evitar las talas y atropellos de que los hacian víctimas los bravos fronteros de Murcia, con sus continuas entradas. Con el mismo objeto solicitaron sujetarse al vasallaje del rey de Castilla las ciudades de Guadix y Baza; pero pretendiendo quedar libres, sin sujecion á los adelantados castellanos y sin tomar parte en las guerras que se hiciesen por el rey de Castilla; pero este queria que le rindiesen las fortalezas para hacer desde ellas la guerra al rey de Granada, á lo que no se convinieron, siguiendo por lo tanto las correrías y las talas de los cristianos todo aquel año, talas que fueron muy crueles, y durante las cuales los fronteros se apoderaron de Galera y otras fortalezas, obligando á los moradores á quedar por mudejares del rey de Castilla.

Por el mismo tiempo el conde de Niebla cercó á Gibraltar; pero los moradores salieron contra él, le desbarataron, y el mismo conde murió en la fuga ahogado con muchos de los suyos en el rio Palmones, que estaba crecido con la marea.

En el año siguiente de ochocientos cuarenta y dos[109], don Iñigo Lopez de Mendoza, señor de Ita y Buitrago, y gran poeta, y mejor soldado, tomó á Huelma y dejó salir salvos á los moradores.

Por este tiempo el caudillo Ebn-Zeragh, hijo del wazir Juzef-Ebn-Zeragh, marchó contra los cristianos que recorrian la frontera acaudillados por el adelantado de Cazorla.

Encontráronse en una llanura entrambas huestes y pelearon reñidamente sin sacarse ventaja los unos á los otros; pero el bravo Ebn-Zeragh dió tales ejemplos de valor á los suyos, que estimulados estos desbarataron á los cristianos, costando sin embargo la vida esta victoria al generoso Abencerrage, que cayó desangrado por las muchas heridas: tambien murió como bueno el adelantado de Cazorla Perea, y casi todos los cristianos.

Esta victoria hizo que los castellanos escarmentados se contuviesen en sus correrías, y la frontera disfrutó de algun reposo. Pero como Castilla estaba dividida en bandos y parcialidades, cual si hubiese contagiado á Granada, muchos caballeros ofendidos del rey Muhamad, dejaron el seguro y se fueron al servicio del rey de Castilla, yendo á la cabeza de estos descontentos Ebn-Ismail, sobrino del rey Muhamad, ofendido de él porque le negó el casamiento con una dama, á quien amaba, y la entregó á otro.

Otro sobrino del rey, Ebn-Ozmin, que estaba en Almería, al saber el descontento con que los principales de Granada miraban al rey, se trasladó secretamente á la córte, y comprando á fuerza de oro al populacho, escitando las pasiones y el descontento de los nobles, produjo un alboroto, se apoderó de la Alhambra y demás fortalezas de Granada, prendió á su tio el rey Muhamad-Al-Hayzarí, y le puso en prision.

Era la tercera vez que este desgraciado príncipe se veia depuesto despues de trece años de reinado, y Muhamad-Ebn-Ozmin-el-Ahnaf fué proclamado, aunque no por la voluntad de todos, puesto que le abandonaron muchos, entre ellos el wazir Albdelbar, que se retiró á Montefrio con todos sus parientes y amigos.

Tuvo lugar la tercera deposicion de Al-Hayzarí el año ochocientos cuarenta y nueve[110].

XIII.

Conociendo el wazir Abdelbar, que tomar el nombre del preso rey Al-Hayzarí, para reponerle en el trono, era causar su muerte, escribió al otro sobrino del rey, Ebn-Ismail, que estaba en Castilla, ofreciéndole el trono, y para que pudiese venir sin que el rey de Castilla se lo estorbase, le envió las cartas escritas en cifra por medio de dos caballeros parientes suyos disfrazados.

Recibió á estos mensajeros el infante, pero en vez de recatarse del rey de Castilla, le confió el secreto, y don Juan el II, no solamente le concedió licencia para ir á apoderarse del trono de Granada, sino que le prometió su ayuda y le dió cartas para que los adelantados de la frontera le ayudasen en su entrada.

Partió el infante Ismail con todos los caballeros moros que estaban con él al servicio del rey de Castilla, y desde la frontera le acompañaron los adelantados castellanos con numerosa y escogida caballería: llegó á Montefrio, donde le recibieron alegremente Abdelbar y los de su bando, y le proclamaron rey de Granada.

Ebn-Ozmin, entretanto, pensó en vengarse de los cristianos que ayudaban á su competidor, y con un poderoso ejército acometió las fronteras castellanas, se apoderó de Benamaurel, pasó á cuchillo y cautivó á los cristianos que defendian la villa, entre ellos á su alcaide Herrera, y los fronteros de Andalucía no se atrevieron á ponerse delante del rey Ozmin, aterrados por la violenta entrada de Benamaurel.

Entretanto Ebn-Ozmin, se puso sobre la fortaleza de Aben-Zulema, que estaba defendida por una fuerte guarnicion de castellanos, y por medio del cautivo alcaide Herrera, les intimó que se rindiesen evitando la desdichada fortuna de los de Benamaurel. Pero los de Aben-Zulema resistieron, y acometidos con ardor por los moros á escala franca, fueron entrados, pasados á cuchillo y cautivados, despues de lo cual Ebn-Ozmin se volvió á Granada triunfante con una riquísima presa de ganados, armas y cautivos.

En el siguiente año, el rey Muhamad-Ebn-Ozmin, dividió en dos ejércitos sus fuerzas.

El un ejército marchó sobre la frontera cristiana, y el otro contra su primo Ismail.

El rey se puso en persona á la cabeza del que marchaba sobre la frontera, y tomó las villas de Huesca, Veladabiad y Veladalhamar, ocupó sus fortalezas, taló y quemó la tierra, cautivó hombres y mugeres, apresó gran cantidad de ganado, y contento y rico se volvió á Granada.

Para vengarse mas del rey de Castilla, por la proteccion que dispensaba á su primo el infante Ismail, envió ricos presentes á los reyes de Aragon y de Navarra, que estaban en guerra con don Juan el II, y aliándose con ellos, estipuló que mientras aquellos reyes acometían al de Castilla por sus fronteras naturales, él le embestiria por las de Granada.

El año siguiente, cumpliendo la oferta, entró Ebn-Ozmin por la frontera de Murcia, taló y quemó sus campos y alquerías, y venció á los cristianos que le salieron al encuentro acaudillados por Tellez Giron, matando y prendiendo á muchos que llevó en triunfo á Granada.

Durante dos años aun, los dos reyes rivales Ebn-Ismail en Montefrio, y Ebn-Ozmin, en Granada, conservaron sus mútuas posiciones: Ebn-Ismail, defendia los pueblos que le habian proclamado de las correrías de Ebn-Ozmin, y este talaba contínuamente las fronteras castellanas.

El wisir Abdelbar por su parte, servia eficazmente á Ebn-Ismail, escitando contra Ebn-Ozmin por medio de agentes secretos, la odiosidad de los caballeros de Granada, descontentos la mayor parte de Ebn-Ozmin: ensoberbecido este por sus triunfos sobre los cristianos, se habia hecho altanero y soberbio y tan sanguinario, que con el mas leve pretesto, mandaba matar á los caballeros mas principales del reino, despojaba de sus alcaidias y empleos á los leales y viejos caballeros que los tenian para premiar á los arrayazes que le acompañaban en sus afortunadas correrías. Del mismo modo hacia los matrimonios de la juventud á su antojo y forzaba á los padres á dar sus hijas contra su voluntad á quien él queria.

Aborrecíale por lo tanto la nobleza, y el resto de sus vasallos le temia mas que le respetaba, por su crueldad.

Estas cosas facilitaron y abrieron camino á sus enemigos para llevar sus intentos adelante, y habiendo concluido el rey de Castilla su guerra con los de Aragon y Navarra, con ansia de vengar el daño que le habia causado Ebn-Ozmin, envió un grueso ejército á Ebn-Ismail que con este auxilio y sus gentes marchó ya decididamente sobre Granada.

Salióle al encuentro Ebn-Ozmin, y se trabó en la vega una reñidísima batalla, en que ambos primos pelearon con heróico valor; pero al cabo Ebn-Ozmin fué vencido y obligado á huir con los escasos restos de su caballería á Granada.

Llamó nuevas gentes, que enemistadas con él por su crueldad, le acudieron en corto número, y comprendiendo que la fortuna le volvia las espaldas, mandó que se le presentaran gran número de caballeros, los metió en el alcázar de la Alhambra y se fortificó en él; pero viendo que Granada se alborotaba y que proclamaban á su primo Ebn-Ismail, no se atrevió á esperarle y huyó con unos pocos caballeros que se le habian mantenido leales, metiéndose en las sierras, en las que desapareció.

Fué esta huida del rey Muhamad-Ebn-Ozmin, el año ochocientos cincuenta y nueve[111].

Habia reinado diez años.

XIV.

Entró Ebn-Ismail en Granada, que le recibió en triunfo.

Despues de su solemne proclamacion, tanto en Granada como en las demas ciudades, villas y lugares del reino, envió embajadores al rey de Castilla, declarándose su vasallo, y demostrándole su agradecimiento con un magnífico presente de telas de oro y seda, caballos y jaeces preciosos: pero cuando poco despues murió el rey don Juan el II de Castilla, no renovó la tregua y el vasallaje con su hijo don Enrique IV por no disgustar á sus vasallos, que estaban descontentos y humillados con la amistad y vasallaje que rendia á los reyes de Castilla.

Dió, pues, licencia á sus fronteros de talar las tierras castellanas, y fué grande la presa de cautivos y ganados que se hicieron en las primeras correrías, porque los castellanos, confiados en la buena inteligencia que existia entre su rey y el de Granada, tenian desarmada la frontera.

No habiendo dado motivo los castellanos para este rompimiento, el rey don Enrique mandó levantar un ejército y fué sobre Granada con catorce mil caballos y un formidable número de peones, llevándolo todo á sangre y fuego, quemando las mieses, arruinando los árboles y destruyendo cuanto encontraba de muros á fuera de las poblaciones.

Ebn-Ismail temió esponerse al éxito de una batalla de poder á poder, y solo permitió que taifas ó compañías sueltas de campeadores saliesen á escaramuzar contra los cristianos, á los que llevaban mucha ventaja en estos ataques parciales, mientras en la ciudad todos estaban apercibidos para rechazar un ataque del ejército cristiano.

Al fin don Enrique, viendo que los moros no le presentaban batalla, que en sus escaramuzas mataban á sus mejores caballeros que salian del campo á medirse con ellos, y no atreviéndose tampoco á acometer la ciudad, que estaba muy bien defendida, taló la vega, y se retiró volviendo á aparecer de nuevo al año siguiente con un ejército tan poderoso como el pasado; y como salieran á su encuentro los campeadores de Granada á estorbar á los cristianos el daño que hacian, se fué trabando tan recia escaramuza, que, sin que lo pudiese impedir el rey de Castilla, toda su caballería peleaba en trozos acá y allá con la caballería de Granada, muriendo en una de ellas Garcilaso de la Vega, que era muy querido del rey de Castilla, que en venganza de su muerte hizo una cruelísima tala en la vega, cercó á Gimena, la tomó con su fortaleza y pasó á cuchillo á sus habitantes.

Al fin, deseoso el rey Ismail de poner término á tantos desastres, y no lográndolo por medio de las armas, envió embajadores al rey de Castilla, y con gran dificultad se pactó una tregua de cierto tiempo por entrambas partes, quedando esceptuada de la tregua la frontera de Jaen, que quedó abierta á la guerra.

Aprovechando esta circunstancia los campeadores de Granada, entraron por la parte de Jaen, causaron gran daño á los cristianos, prendieron al adelantado Castañeda, y le llevaron en triunfo á Granada.

Ismail, entretanto, aprovechando la tregua, gobernaba en justicia á sus vasallos, plantaba arbolados, mejoraba los edificios y casas de campo que la guerra habia maltratado, y entretenia á sus caballeros con justas y torneos, entrando algunas veces en sus parejas, y luciendo su maestria en manejar el caballo.

Tenia dos hijos. El mayor era ya mancebo y se llamaba Cid Abul-Hhacem, muy buen caballero, valiente y animoso. El menor Cid Abd-Allah. El príncipe Abul-Hhacem, deseoso de manifestar su valor en alguna jornada contra los cristianos, sin respetar la tregua que su padre tenia con ellos, cayó con un escuadron de caballería, escogida sobre la frontera de Andalucía, robó ganados en la comarca de Estepa, y cautivó y mató los habitantes de las aldeas.

Salieron contra él los fronteros de Osuna, y despues de una reñida pelea, le fué preciso al príncipe Abul-Hhacem, abandonar la presa para volverse á Granada.

El año de ochocientos sesenta y cinco[112], hizo el príncipe otra correría que le fué mas útil y menos peligrosa. Pero entretanto, los cristianos acaudillados por el duque de Medinasidonia tomaron á Gibraltar, y por otra parte don Pedro Giron tomó la fortaleza de Archidona.

Estas pérdidas obligaron de nuevo al rey Ismail, á pedir treguas al de Castilla, y al fin los dos reyes se vieron en la vega, y trataron amistosamente y comieron juntos en una magnífica tienda el año ochocientos sesenta y ocho[113], y despues de haber cambiado algunos ricos presentes, pactaron unas paces sólidas de tal modo, que los caballeros de Granada entraban y salian libremente en la corte de Castilla, y de igual modo los cristianos en la de Granada.

Ismail, en fin, acabó pacíficamente su reinado, muriendo en el alcázar de Almería el año ochocientos sesenta[114].

Al rey Ismail, sucedió su hijo Muley Abul-Hhacem.

XV.

Hasta aquí la cronología de los reyes de Granada, desde el rey Abul-Walid Abu-Sayd, hasta Muley Abul-Hhacem.

La historia de éste, la de su hermano Abd-Allah-el-Zagal, y de su hijo Abd-Allah (Boabdil), será la introduccion de la leyenda siguiente, última de nuestro libro.

Nuestros lectores nos perdonarán si les hemos robado algunas páginas de novela para copiar las crónicas moras de los reyes de Granada: pero nosotros hemos creido que tratándose de la Alhambra, debiamos dar á conocer á todos los reyes que se sentaron en su trono.

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LEYENDA VII.

EL PATIO DE LOS LEONES.

I.

El patio de los Leones del alcázar de la Alhambra es la joya mas rica que ha sobrevivido á la ya centenares de años hace pasada arquitectura árabe.

En vano querreis dominar un sentimiento de doloroso entusiasmo, al ver de repente desde el magnífico arco festonado que sirve de entrada al patio de los Leones, yendo del del Mexuar, ó de los Arrayanes, las ciento veinticuatro esbeltas y bellísimas columnas que sostienen sus galerías y sus templetes, sus arcos apuntados ó redondos, de herradura ó semicirculares, estucados labrados, cubiertos de inscripciones bajo aleros de alerce tallados, pero áridos, secos, rotos, torcidos por el tiempo: la gran pila de su fuente de mármol, sostenida por doce leones, y sus estanques de mármol, por donde corre el agua de la fuente[115].

Vereis sus caprichosas y elegantes arcadas, enrojecidas por el tiempo, que ha borrado sus colores, su oro, sus menudos dibujos; los puntales de madera y las barras de hierro que sostienen los aéreos templetes para que no se vengan á tierra; las magníficas ensambladuras de sus techos, agujereadas, convertidas en una ruina miserable, rotos sus alicatados y su pavimento, y sin embargo hermoso todavía.

¿Por qué maldicion incomprensible se deja á esa joya abandonada sin defensa á la implacable y destructora accion del tiempo, que ciego y fatal pulveriza del mismo modo lo hermoso y lo deforme?

¿No merece la Alhambra que se gaste en ella algun oro, que se la cure, en una palabra, que se la devuelva su lozana juventud?

¿Esta realidad, superior á los encarecimientos de las Mil y una Noches, á los ponderados palacios del califa Aarum-al-Raschid?

Pero recordamos que ya en este libro hemos declamado á propósito de la ruina de otros lugares de la Alhambra.

Y como nuestras declamaciones no han de dar resultado.....

Continuemos.

Adheridos al patio de los Leones hay tres departamentos.

La sala de las dos Hermanas á la izquierda.

La de los Abencerrajes, ó de los Leones, á la derecha.

Y al fondo la admirable sala de Justicia.

En la galería que existe entre el patio y la sala de Justicia, y en su estremo derecho, hay una puerta pequeña que sirve de entrada á lo que fué rauda ó pendon de los reyes de Granada.

Todas estas habitaciones con sus dependencias, forman el departamento, por decirlo así, del patio de los Leones.

II.

La sala de las dos Hermanas es uno de los retretes mas suntuosos y mejor conservados del alcázar.

Llámase de las dos Hermanas, porque en su pavimento tiene dos jigantescas losas exactamente iguales.

Los alicatados, los adornos de los cuatro arcos, uno de los cuales la da entrada, dos corresponden á alcobas, y otro da paso al hechicero, al incomparable mirador de Lindaraja[116], son tan lindos, tan bellos, las paredes tan armónica, tan deliciosamente ornamentadas, tan caprichosas sus cenefas, tan magestuosa, tan variada, tan caprichosa su cúpula de estaláctitas, sostenida sobre veinticuatro columnas, entre las cuales se abren ajimeces calados; tan poética, tan misteriosa la luz que la inunda, que mas bien que una obra de los hombres parece el sueño realizado de un poeta[117].

Por el arco de frente al de entrada se pasa á una magnífica antesala, y de allí al mirador de Lindaraja.

III.

El mirador de Lindaraja es perfectamente cuadrado, y da vista al patio que lleva su nombre, tiene un ajimez al frente y dos á cada costado.

Estos ajimeces son muy bajos, es decir, su alfeizar está muy poco levantado del pavimento, sin duda para que sentados sobre los almohadones se pudiese ver el valle del rio y el frontero Albaicin.

Ahora esto no puede verse, porque en tiempos de Cárlos V se construyó con parte de las columnas y materiales ornamentados del palacio árabe de invierno, que destruyó el buen emperador, por no decir otra cosa, para construir un palacio plateresco que podia muy bien haber construido en otra parte, en vez de echarse encima la calificacion de bárbaro que pueden aplicarle las artes. En vez de ese patio que hoy existe, y que se llama de Lindaraja, solo existia un jardin, y en ese jardin un adarve bajo que permitia ver la poblacion cercana.

Este mirador, así como la parte interior y alta de la sala de las Dos Hermanas, por la delicadeza de los adornos, por sus dimensiones, por su carácter general, por sus comunicaciones con los baños y jardines, parecian estar destinados á la mansion de las sultanas ó favoritas. Las celosías que cubren sus ajimeces, lo reducido de los retretes, su media luz lánguida, dan fundamento bastante para esta opinion.

IV.

Frente á la sala de las Dos Hermanas, en el centro de la galería de la derecha del patio, está la cámara de los Leones, llamada hoy de los Abencerrages, en memoria del sangriento suceso que tuvo lugar en aquella sala y que consignaremos mas adelante.

Esta sala es muy semejante á la de las Dos Hermanas: diferénciase en que en vez de los dos arcos que tiene aquella á los costados, y que corresponden á dos alcobas ó alhamíes, tiene dos especies de cenadores sostenidos por una columna en el centro, y con techos planos de ensambladura en el interior; y en que la cúpula, en vez de ser octógona, es estrellada. Además, la fuente de la sala de las Dos Hermanas, está formada por un rebajo del pavimento, y la de los Abencerrages está levantada medio pie sobre el suyo.

Además, esta cámara, tal como está hoy, no tiene comunicacion con ninguna otra del alcázar.

En la fuente de su pavimento hay grandes manchas rojas.

Es tradicion, dice, que aquellas manchas rojas son el resultado de un horrible crímen.

Sobre aquellas manchas rojas se ha escrito la leyenda de que vamos á ocuparnos.

V.

Granada estaba mas que nunca dividida en bandos.

Se acercaba la hora de que los cristianos se apoderasen al fin de aquella Alhambra tan codiciada, de aquella fortaleza cuyo dueño era el dueño de Granada, la cándida y la clara.

Habia en Granada tres reyes á un tiempo.

Uno en la Alhambra, otro en el palacio del Gallo de viento en el Albaicin, y el tercero en Málaga.

Era el uno el viejo rey Muley-Hhacem, hijo de Ismail.

El otro Muley Abu-Allah-al-Zagal[118], su hermano.

Y el tercero, hijo del uno y sobrino del otro, Muley Abu-Abd-Allah-al-Ssagir-al-Zogoibí[119], conocido mas vulgarmente por Boabdil, ó por el rey Chico de Granada.

Estos sobrenombres eran cosa de los bandos, para conocer á cada uno de los reyes.

Llamaban á Muley-Hhacem, el Viejo: á Muley Abd-Allah, el Mozo: á Muley Abu-Ebn-Allah el Chico.

Esto era muy cómodo, porque no podian equivocarse.

VI.

La muerte del rey de Castilla, Enrique IV; la reunion de las dos coronas de Aragon y Castilla, por el casamiento de Isabel I y Fernando V; el formidable carácter del rey de Granada Abul-Hhacem, y la desunion de sus vasallos, habian marcado al momento en que debia sucumbir Granada.

Añadíanse otras ambiciones secundarias á las del hermano y el hijo de Muley-Hhacem, y otras rivalidades terribles.

Estas ambiciones eran las de dos hijos de Abul-Hhacem, llamados los infantes Cidí Yahye y Cidí Al-Hhamar, hijos de una renegada cristiana que Abul-Hhacem habia cautivado en su juventud en la frontera de Martos, por lo que habia repudiado á su prima la sultana Aixa-la-Horra[120], lo que habia establecido odios y banderías entre las dos sultanas, Aixa-la-Horra y Zoraya[121] la renegada[122].

Ayudaba la poderosa familia de los zegríes á la sultana Zoraya: la no menos poderosa de los abencerrages, á la Horra: los Zenetes, los Masamudes, los Mazas, los Gomeles, todas las familias, en fin, estaban entre sí enemistadas y divididas.

Los Reyes Católicos eran demasiado políticos para no volver en su provecho estas disensiones de Granada, y á su advenimiento al trono, al pretender Muley-Hhacem ratificar con ellos las treguas que habian tenido con Enrique IV, Fernando é Isabel le habian impuesto como condicion, que se confesase su vasallo y les pagase tributo.

La respuesta de Muley-Hhacem fué altiva y dura.

«Id y decid á vuestros reyes, dijo á los embajadores castellanos que habian ido á hacerle tal proposicion, que ya murieron los reyes de Granada que pagaban tributo á los cristianos, y que en Granada no se labra sino alfanges y lanzas contra nuestros enemigos.»

Dicho esto despidió á los embajadores y mandó hacer los preparativos para una guerra con Castilla, á pesar de que los Reyes Católicos concedieron la tregua sin otra condicion.

Pero no tardó él mismo en romperla: en el año de ochocientos ochenta y seis[123], aprovechando el descuido de los cristianos en la frontera, entró por ella á sangre y fuego; se puso sobre Zahara, villa situada entre Ronda y Medina Sidonia, y á pesar de que estaba bien guarnecida, la sorprendió durante las tinieblas de una noche oscurísima y tempestuosa, en que se desplomara el aguacero y bramaba el huracan. Los cristianos, á quienes la tregua y lo tempestuoso de la noche, hacian creerse seguros, despertaron despavoridos y pasaron del sueño á la muerte.

Al regresar Muley-Hhacem á Granada y en medio de los plácemes de sus cortesanos, dicen que el anciano fakí Al-Macer dijo con sobrado valor al salir del alcázar:

--«¡Las ruinas de Zahara caerán sobre nuestras cabezas! ¡Ojalá mienta yo, que el ánimo me dá que el fin y acabamiento de nuestro señorío en España es ya llegado!»

A pesar de esto, el rey Abul-Hhacem sin hacer caso de los alimes[124] y de los fakies[125] seguia en sus algaras y cabalgadas y amagaba á las villas fronterizas aunque no podia tomarlas, porque los cristianos, con el escarmiento de Zahara, estaban prevenidos, contentándose con talar la tierra y cautivar y robar lo que encontraba de muros afuera.

No se hizo esperar mucho tiempo la venganza de los cristianos por la desgracia de Zahara. A principios del año de ochocientos ochenta y siete[126], don Rodrigo Ponce de Leon, señor de Marchena, con gentes de Sevilla, se encaminó á la frontera con el bravo intento de tomar la ciudad de Alhama: á media legua de la ciudad, se detuvo con sus ginetes y peones en unos profundos valles rodeados de recuestos y collados muy altos, y oculto en aquel lugar esperó á la noche; cuando esta hubo llegado, y por cierto densa y oscura, se encaminaron á Alhama, y como al acercarse notasen que todo estaba tranquilo en el castillo, algunos de los cristianos pusieron con gran silencio escalas á la muralla, subieron con gran ánimo á ella, mataron los centinelas que encontraron dormidos, abrieron las puertas que daban al campo, y dieron entrada al resto de sus gentes. Los moros, sorprendidos por aquella hazaña, resistieron muy poco, y los mas se salieron del castillo, bajaron á la ciudad y cerraron sus puertas, procurando defenderse con palizadas y barreras.

A la venida del dia, los cristianos emprendieron el asalto; pusieron escalas por diferentes puntos, y á pesar de que los moros se defendian bravamente, los cristianos, aunque á costa de una gran mortandad, lograron penetrar en Alhama.

El combate duró todo el dia y parte de la noche.

Los moros se defendian de calle en calle, en las que hacian barreras con los muebles, con las puertas, con los carros, con cuanto encontraban á mano; pero la llegada de un refuerzo de cristianos, decidió en favor de estos la victoria.

Los moros fueron casi en su totalidad degollados.

Las mugeres, los viejos y los niños, que se habian acogido como débiles é inermes á la mezquita principal, fueron muertos sin compasion, y casas y calles y mezquitas solo mostraban cadáveres.

La venganza que los cristianos tomaron por el desastre de Zahara, fué completa y horrible.

La noticia de este desastre llenó de luto á Granada, los fakies cruzaban por las plazas y por las calles llorando á voces y pronunciando las mas terribles y funestas profecías: el pueblo estaba espantado, y aumentaba el espanto la llegada de los habitantes de las villas fronterizas que venian desalados á encerrarse en Granada con sus haberes, temerosos de una suerte igual á la de Alhacen.

Pero Muley-Hhacem no se aterró; reunió de golpe tres mil caballos y cincuenta mil peones y marchó sobre Alhama, pero con la precipitacion se habia olvidado de llevar artillería y no pudo recobrar la ciudad.

Mas adelante volvió á cercar á Alhama, y ya casi estaba á punto de rendirse cuando le avisaron de que su presencia era necesaria en Granada.

Su hijo y su hermano se le habian rebelado cada cual por su parte, y era llegado el momento en que los bandos interiores no le dejasen tiempo ni fuerza para atentar á la defensa de sus fronteras.

VII.

Entretanto los cristianos tomaron á Loja, y mientras Muley-Hhacem fué á su socorro, su hijo Boabdil, ayudado por su bando, se rebeló abiertamente en Granada proclamándose rey; los vasallos leales del rey acudieron á su defensa, acaudillados por el wazir y por el walí de la ciudad: hubo un reñidísimo combate en las calles, y los rebeldes lograron apoderarse del Albaicin. El populacho ansioso de novedades y trastornos, se declaró por el hijo y desbarató á los que venian con gentes á nombre de su padre. En vano algunos buenos caballeros pretendian restablecer la paz: el rey Muley-Hhacem, dejando lo de Loja acudió á Granada, y ayudado por su hermano el infante Zelim walí de Almería, pudo recobrar la Alhambra á escepcion de una torre que defendia el alcaide Aben-Comixa, que despues fué wazir de Boabdil.

Con estas ventajas el rey viejo y el infante su hermano, se atrevieron á bajar á la llanura, pero fueron desbastados.

Encastillados el rey Chico y el rey Viejo, el uno en el Albaicin, el otro en la Alhambra, cansados de matarse sus parciales, se suspendieron los horrores de la guerra civil, pero sin ceder el padre ni el hijo.

Abul-Hhacem desesperado, y viendo que entretanto Loja se perdia, marchó de nuevo en su socorro, pero apenas salió de la Alhambra, cuando se apoderó de ella el alcaide Aben-Comixa y la entregó al rey Boabdil. Entretanto su padre hacia levantar el sitio de Loja á los cristianos.

Pero si Abul-Hhacem habia recobrado á Loja, habia perdido á Granada.

Boabdil habia sido proclamado rey.

Abul-Hhacem, no pudiendo hacer otra cosa, por consejo de su hermano Abdalá-al-Zagal, se retiró á Málaga, que con Guadix era de su alcaidia, y se mantuvieron fieles al rey.

VIII.

Al fin, despues de desastrosos hechos civiles, en que cada dia se insurreccionaban las salas de Granada, y mientras el ejército de los castellanos acometian las fronteras, el rey Muley-Hhacem, viejo ya y achacosa, cedió la corona á su hermano Abdallah-al-Zagal.

Su hijo, que habia sido hecho cautivo por los cristianos en la batalla de Lucena.

La sultana Aixa-la-Horra, pedia su auxilio á los Reyes Católicos, y estos se lo concedian, mas porque Boabdil fuese á turbar con la guerra civil á Granada y á debilitarla, que por otra razon.

Boabdil, con la ayuda de los cristianos, se apoderó del Albaicin y despues de la Alhambra.

Su tio Abdallah-al-Zagal se retiró á Málaga y Almería.

Y siguió la guerra civil.

Y siguieron los cristianos adelantando en las fronteras.

Al fin Boabdil firmó una alianza con los Reyes Católicos, declarándose su vasallo.

Los Reyes Católicos, que ya se habian apoderado de Málaga ayudando á Boabdil contra su tio, se apoderaron de Baza, despues de un largo sitio.

Aterrado Al-Zagal con la pujanza de los cristianos, se presentó á la merced de los Reyes Católicos, firmó con ellos perpétua alianza, se declaró su vasallo, y les entregó sus ciudades de Guadix y Almería.

Los Reyes Católicos ofrecieron en cambio al Zagal la taa de Andarax y el valle de Alhaurin con todas sus alquerías y la mitad de las salinas de Maleha.

Rindiéronse asimismo las fortalezas de Taberna y Seron en el interior y las marinas de Almunekab y Jalubania, todo lo cual aconteció el año ochocientos noventa y seis[127].

IX.

Quedaba, pues, único señor del reino, pero de un reino deshecho, despedazado por los bandos civiles y casi destruido, el rey Boabdil.

En tales tiempos está consignada la tradicion del patio de los Leones que vamos á referir á nuestros lectores despues de los antecedentes descriptivos é históricos que hemos creido necesarios.

X.

LA SULTANA ZORAIDA.

Era esta desgraciada una joya de Dios.

Apenas habia cumplido veinte primaveras, y ya sus dias eran tristes y sus noches sin sueño.

¿Quién podrá encarecer su blancura, mas intensa que la de la plata vírgen, ni quién sus cabellos dorados como el oro de Arabia?

Sus ojos eran azules como el cielo despejado de una tarde de primavera, y sus pupilas negras como una noche de tempestad.

Y como de la tempestad salen los relámpagos, de las negras pupilas de Zoraida salian tambien relámpagos de amor.

¿Por qué aquella hurí mortal, aquel ramillete de perfeccion estaba triste y silenciosa, sentada en la fresca y embalsamada sala de los Divanes[128]?

[imagen no disponible: La sultana Zoraida

LETRE dibº y litº Lit. de J. J. Martinez, Madrid]

¿Por qué las lágrimas corrian lentas é incesantes á lo largo de sus megillas?

¡Ay! Zoraida en aquella maravillosa cámara era una garza real aprisionada en una jaula de oro y pedrería.

Y como la garza desde su encierro recuerda los anchos espacios, y el magnífico espectáculo de la tierra vista desde las alturas, y al recordarlo inclina apenada la cabeza, así Zoraida recordaba otros espacios en que se habia remontado su alma hasta el cielo del amor y de la felicidad.

¿Qué se habian hecho sus sueños?

Habian desaparecido quemados por el beso impuro de Boabdil.

En mal hora su padre la habia arrebatado del silencioso alcázar de Málaga en donde pasó su infancia, arrullada por el canto de su nodriza y de sus doncellas.

En mal hora la llevó á Granada.

Y en dia de muerte la llevó á los miradores de Bib-Arrambla, para que con ocasion de unas cañas y torneos, sortijas y toros, fuese admirada y vista su hermosura por los caballeros granadinos.

Y por el rey Boabdil.

Y por el abencerrage Ebn-Ahmed.

* * * * *

Boabdil habia sido su esposo.

Ebn-Ahmed se habia atrevido á dirigirla primero miradas, y luego suspiros, y al fin palabras de amor.

* * * * *

¡Oh, y cuán ardientes, cuán tristes, cuán apenadores eran los recuerdos de la sultana Zoraida!

Una lámpara de oro incrustada en nácar, enviaba al semblante de Zoraida una ténue y dulce claridad que brillaba en sus lágrimas.

Era muy tarde, y la sultana no habia dormido.

Era cerca del amanecer.

Los guardas de la muralla de la Alhambra, rendidos al sueño, no dejaban oir su grito de vigilancia: todo reposaba en el alcázar.

Sin embargo, por el adarve del jardin del mirador de Lindaraja, se veian alejarse dos sombras hácia un ángulo de la muralla: á la dudosa luz del alba que empezaba á esclarecer, se notaba que la una sombra era un hombre, la otra una muger.

Al llegar á aquel ángulo, la muger desenvolvió una escala y la arrojo á fuera.

--El dia viene, dijo al hombre: por fortuna he podido alejar á los guardas: aprovecha este momento para alejarte, walí: recuerda que no es tu vida la que espones, sino la vida y la honra de una desdichada.

--De un arcángel de muerte, murmuró con voz ronca el hombre.

-¡Ah! ¡infeliz!... ¡infeliz de ella! ¿olvidas que es esposa de Boabdil?

--¡Oh! ¡si me amara, qué importan la muerte y la deshonra, y los tormentos, á trueque de un instante de felicidad!...

--Vete, vete, walí Ebn-Ahmed; ¡si los guardas volvieran!...

--He subido por esta escala con la alegría del sol que sale, y la bajo con la tristeza del sol que se pone: yo habia esperado ver mi cielo; pero mi cielo ha estado nublado para mí.

--Oye, walí, y espera y alienta tu esperanza... mi señora me ha dicho para tí estas palabras:

«Esta noche en Generalife, al pie del ciprés de Abul-Walid.»

--¡Ah!

--Vete, pues.

--¡Otro dia!

--Un dia de hermosa esperanza, y despues... una noche de felicidad.

--¡Og-allah![129] esclamó Ebn-Ahmed; y arrancándose una joya la entregó á la esclava, y se deslizó por la escala.

Cuando la escala perdió su fuerte tension, señal clara de que el que habia descendido por ella habia tomado tierra, la muger la recogió.

Luego se inclinó sobre el adarve y escuchó atentamente.

Poco despues, allá á lo lejos, pasando por un puente del Darro, y trepando por la vecina cuesta del Chapiz, se escuchó el sonoro galope de un caballo.

XI.

EL SULTAN BOABDIL.

Granada estaba amenazada.

Los Reyes Católicos, despues de haber conquistado las principales villas y ciudades del reino, habian acampado delante de Granada, llevando consigo la flor de sus caballeros.

Y delante de Granada, en la vega, habian levantado su ciudad real.

La ciudad de Santa-Fé.

Un dia aquella ciudad, que solo habia sido antes un real, apareció cercada de muros.

Cuando aquello vieron los moros desde la Alhambra, se maravillaron porque la tarde antes no existian aquellos muros, y no podian comprender cómo se habian levantado en una sola noche.

Aquello era una industria de los cristianos.

Por ella se cantó aquel romance que dice:

Cercada está Santa-Fé de mucho lienzo encerado.

Pero muy pronto los muros de lienzo se convirtieron en muros de piedra, y el real de los Reyes Católicos se convirtió en ciudad.

Y á pesar de que aquella ciudad con sus muros, sus torres y su caba, se levantaba delante de Granada, el rey Boabdil dormia como si hubiese estado completamente en paz con los cristianos.

Dormia en el mirador de Lindaraja entre los brazos de una esclava.

* * * * *

Lentamente la luz del dia fué creciendo, y la esclava despertó, se envolvió en su túnica y se sentó en el diván.

Poco despues de la aparicion del alba, un ronco son de atakebiras, dulzamas y atavales rasgó el espacio, y cuando cesó este clamor guerrero, se escuchó la voz del mueden de la mezquita del alcázar que llamaba á la oracion de Azzobih.

Boabdil se levantó, sonrió á la esclava, y fué á hacer su ablucion á la fuente de la sala de las Dos Hermanas.

Despues se prosternó con el rostro vuelto al oriente, y oró un momento.

Luego fué al diván, se reclinó en él indolentemente é hizo una seña á su esclava.

Esta se levantó y fué á una puerta.

Salió, y poco despues entraron otras cuatro hermosísimas esclavas.

La una traia un arquilla llena de perfumes y aguas olorosas, la otra una fuente de oro, la otra un espejo, la otra una rica tohalla.

Las esclavas se arrodillaron, y luego se apoderaron del rey y le ataviaron.

Despues se retiraron las esclavas, y entraron cuatro walíes escuderos del rey.

Le armaron; pusiéronle su manto de púrpura sobre los hombros, la espada al costado, y la corona en la cabeza.

Despues el rey se trasladó á la cámara de Embajadores y recibió á su corte.

En el patio del Mexuar ondeaba su estandarte.

Los caballeros que le rodeaban, estaban cubiertos de resplandecientes arneses.

¿Salia Boabdil contra los cristianos?

No: iba á una fiesta de cañas en Bib-Arrambla.

XII.

LAS CAÑAS SE VUELVEN LANZAS.

¡Cuán engalanada se muestra la plaza!

Parece que los bosques la han enviado sus aves, las praderas sus flores, sus sedas Damasco, sus púrpuras Tiro, sus resplandores Oriente.

Damas de hermosura, mas resplandeciente que sus resplandecientes galas, ocupan ventanas y balconcillos y miradores y estrados, y parecen un cielo que se mueve y gira y brilla agitando sus ventales de plumas y pedrería.

Y los galanes, mezclados con las damas, dejan ver sus aljubas verdes en señal de esperanza, labradas de oro fino y de perlas, y sus bonetes con plumas, cada cual del color de su dama.

Y hay entre muchas de aquellas toca, trenzas rubias y trenzas negras, prendas de amor; y lazos de oro en las mangas de las aljubas con motes de amor, y cadenas de amor al cuello de muchos caballeros.

Y á los pies de ventanas y miradores mas allá de los estrados, está la estendida tela[130], en que brilla apisonada la blanca y menuda arena del Genil.

Y al rededor de la tela las barreras de colores, con sus poternas de hierro dorado, y entre las barreras y los estrados, los africanos de la guardia del rey con sus armaduras doradas, sus capellares rojos y sus relucientes bonetes de acero, con plumas que ondean al viento.

Y allá al fondo de la tela está el trono del señor rey, con su cortina de púrpura bordada de oro y sembrada de estrellas de rubíes, con el blason de Al-Hhamar el Nazerí campeando en el centro, y que parece como empalidecido, como empañado al verse en un lugar de fiestas en vez de encontrarse delante del real de los cristianos que cercan á Granada.

Boabdil es un rey insensato.

Insensatas son esas damas, que están cubiertas de joyas, lazos y galas.

Insensatos esos mancebos, que enamoran cuando debian cabalgar contra el castellano.

Solo los fakís prosternados en la mezquita esclaman:

¡Allah ku Akbar! ¡Allah ku Rhhaman! ¡Le galib ile Allah![131]

* * * * *

Entretanto el rey ocupa su trono en Bib-Arrambla[132], y junto á él, pálida, triste y pensativa se asienta la sultana Zoraida, y delante las sultanas de la familia real[133], y mas abajo las favoritas y luego las esclavas.

Y detrás del trono los wazires, y los alcaides, y los kadies, y los valies, y los alimes, y los xeques.

Una aclamacion herida hiende los aires porque el rey ha hecho una seña con su lenzuelo y van á empezar las fiestas.

Un solo caballero vé con espresion sombria la seña del rey, y escucha con despecho el tañido de los instrumentos músicos y de guerra que llaman á las cuadrillas.

Está de pié á la derecha del rey, y tiene desnuda la ancha espada en que se apoya.

Es el único que no lleva galas, y que en vez de una ligera armadura dorada, como la que llevan los otros caballeros, se encuentra armado con un fuerte arnés de guerra de Milán.

En la barrera sus pajes tienen del diestro un bravo corcél encubertado de batalla, y sus escuderos mantienen la gruesa y larga lanza, la ancha y redoblada adarga de siete aceros, y el ferrado yelmo de encage.

Es jóven: en la fuerza de su juventud.

La magestad irradia de su alta y serena frente.

En sus negros ojos brilla un valor bravio.

En su boca aparece una sonrisa de valor y de desprecio.

Aquel mancebo es el infante Muza-Ebn-Abil-Gazan: el valiente de Granada, hijo de Muley Hhacem y de una esclava cristiana, hermano bastardo de Boabdil, indomable y vencedor alcaide de su caballería.

Cuando Muza cabalga en la vega contra los cristianos llevando tras sí las innumerables taifas de ginetes de Granada tras su bandera roja, allá vá el huracan.

Cuando salen á su encuentro Gonzalo de Córdoba, ó el Alcaide de los Donceles, ó el conde de Cabra, ó Hernan Perez del Pulgar con sus lanzas castellanas, parece que chocan dos montañas de acero lanzadas la una contra la otra por la mano de Dios.

Cuando entre los suyos está pálido, sombrio y ceñudo, los suyos tiemblan.

Muza está pálido: sus ojos centellean, su negra barba tiembla.

Su robusta mano empuña convulsivamente el pomo de su espada.

Su vista se fija en la puerta de Al-Bonut[134].

Por allí entran lucidas cuadrillas de zegríes.

A su frente, altivo, provocador, insolente, viene oprimiendo los lomos de un tordo rodado, Mahomet Zegrí, alcaide de la alcazaba Kadima, cubierto de galas rojas y arrastrando rojas gualdrapas: llevaba pintado en su adarga un salvaje sosteniendo un mundo, y por bajo este jactancioso mote: Con mas puedo.

Su moreno semblante africano se volvió hacia el trono en el momento en que entró en la tela, y sonrió con sarcasmo á la sultana, con desprecio al rey, y fijó una mirada de odio y de reto en el infante Muza.

La sultana palideció, el rey bajó los ojos, Muza lanzó una mirada de muerte al Zegrí.

Seguian á Mohamet-Adel-Zegrí, de cuatro en cuatro, cien caballeros zegríes, ginetes en potros negros de pura sangre árabe.

Iban cubiertos de seda, sin mostrar mas que unos ligeros jacos,[135] forrados de tela de oro: sus aljubas, sus marlotas, sus almaizares, eran de brocado rojo como el de su caudillo, y sobre sus bonetes ondeaban plumas que parecian haber sido teñidas en sangre.

Al mismo tiempo por la puerta de Al-Kaissería, entró un hermoso mancebo, ginete en una yegua blanca, con bonete, aljuba y capellar de brocado verde, y gualdrapas de lo mismo.

En su adarga llevaba pintada un águila que volaba junto á un sol, y por bajo este letrero:

«Mas alto vuelo.»

Este caballero, que era muy hermoso, se llamaba Ahmed-Ebn-Zeragh, y era gefe de la poderosa familia de los abencerrages.

Seguíanle de cuatro en cuatro, ginetes como él en yeguas blancas, y como él vistiendo brocado verde, cien bravos caballeros abencerrages.

Los dos gefes de las dos tribus, Mahomet-Adel-Zegrí, y Aben-Ahmed-Aben-Zeragh, se unieron para ir á saludar al rey, y del mismo modo se unieron sus cuadrillas.

Despues del saludo, cada uno tomó por un costado de la liza: seguian á cada uno sus caballeros, y al fin los escuadrones se formaron el uno frente al otro: los abencerrages estaban á la derecha del trono, los zegríes á la izquierda: en medio la arena despejada: á una señal del rey, los escuderos de las fiestas saltaron las barreras y cargados de haces de cañas, forradas de vistosas cintas, proveyeron de ellas á los caballeros y se retiraron.

Entonces sonó la señal.

Los dos escuadrones se abrieron, desplegándose como un abanico.

Y caracolearon los caballos, y se mezclaron de una manera ordenada formando círculos y caprichosas combinaciones, y entrando y saliendo y remedando de una manera muy vistosa, una trabada escaramuza.

Y volaban las cañas, ondeando las cintas de colores, y las damas y los caballeros y el populacho y el mismo rey aplaudian y reian de muy buena gana, cuando un caballero torpe ó descuidado recibia un golpe de caña en el rostro.

Por una, dos y tres veces las cuadrillas quedaron sin cañas, se replegaron haciendo provision de nuevas cañas, y volvieron á juego; pero á la cuarta vez, un caballero abencerrage lanzó un grito de muerte y cayó de su yegua.

Algunos escuderos de los zegries habian saltado la valla y habian dado á sus dueños picas de combate.

Por esto se dijo el romance aquel:

No hay amigo para amigo; las cañas se vuelven lanzas.

XII.

LA BATALLA.

A aquella infame traicion de los zegríes, siguió un tumulto espantoso.

Los abencerrages, provistos de lanzas los unos, los otros valiéndose solo de las espadas, se revolvieron con un odio y una saña incomparables.

De los estrados, de las galerías, de las casas, bajaban á la liza caballeros, y aun el populacho empezaba á tomar parte, dividiéndose Granada en dos bandos.

El rey con la sultana, con sus mujeres, con sus consejeros, escapó y se encerró en la Alhambra.

El infante Muza quedó en la plaza revolviéndose entre los combatientes, y gritando para ponerlos en paz:

--Ved, caballeros, que tenemos á las puertas los cristianos, que el peligro arrecia, y que no es esta la ocasion de volver las armas los unos contra los otros, sino de ir juntos y alentados contra el enemigo de todos: ea, caballeros, bajad las armas, y mirad á Granada que llora: y si teneis sed de sangre, venid conmigo y busquémosla cristiana en el real de Santa-Fé.

Pero en vano tronaba la voz de Muza: los zegríes no obedecian y los abencerrages, que hubieran obedecido, se veian obligados á defenderse de los zegríes.

Entonces Muza dejó las persuasiones y apeló á la fuerza.

Reunió al rededor de su bandera á los africanos de la guarda del rey y á sus esclavos negros, y embistió con los zegríes.

Reforzados los abencerrages, se llevaron al fin por delante cuanto encontraron.

Los zegríes huyeron dejando sobre la plaza muchos cadáveres de los suyos, y fueron á encerrarse en el castillo de Bib-Ataubin[136].

Los abencerrages fueron á encerrarse con el rey en la Alhambra.

XIV.

EL CIPRES DE LA SULTANA.

Comprendieron los zegríes que vencidos como estaban, abandonados de todos, el rey podia hacer en ellos un terrible escarmiento.

Pensaron, pues, en engañar al rey.

La misma sultana Zoraya, la renegada á quien servian, envió á Mohamed-Adel-Zegrí, un mensagero, con el que le dijo que era necesario ganar tiempo y buscar sobre seguro otro medio de acometer al rey Boabdil.

La sultana Aixa-la-Horra por su parte, ayudada por el alcaide Muza, pugnaba en la Alhambra por decidir al rey á que cortase la cabeza á los traidores.

Pero el rey era débil y resistia.

Parecióle peligroso hacer justicia en unos caballeros tan turbulentos que tanto poder tenian y tan poderosos eran, y se avino á recibir á Mohamed-Adel-Zegrí.

El caudillo de los zegríes se esforzó por probar que un caballero zegrí que habia huido temiendo el castigo, habia sido el que por celos de una dama habia arrojado una lanza contra un abencerrage, y que el combate que despues habia seguido, habia sido una equivocacion lamentable. Que habian corrido voces en el momento de la lucha entre los zegríes de que querian destruirlos; que esto habia causado su tenaz resistencia; pero que aclarados los hechos, los zegríes no tenian el menor reparo en dar cuantas satisfacciones fueren necesarias al rey y á los abencerrages, y en renovar con ellos la antigua amistad, dando en rehenes de ella sus hijos y sus esposas.

Parecióle al rey bastante la satisfaccion de los zegríes, y los abencerrages sacrificaron su justo odio en favor de la patria: aquel mismo dia los cristianos habian corrido las dos leguas de vega que hay desde Santa-Fé á Granada; se habian estendido por una parte hasta la Azubia, y por otra hasta Viznar; y aldeanos y labradores habian entrado despavoridos en Granada.

Era, pues, necesario de todo punto la union mas estrecha entre los caballeros granadinos, el olvido de todos los odios y los esfuerzos comunes y unidos contra el enemigo comun.

Cedió, pues el rey por temor, cediendo los abencerrages por generosidad; concertaron una avenencia, y para celebrarla se dispuso una zambra en Generalife, donde debian echarse los lazos de una nueva amistad entre zegríes y abencerrages.

* * * * *

Llegó la noche.

Generalife estaba resplandeciente.

Sus cascadas corrian bajo sus verdes bóvedas de laurel, entre las que estaban escondidas jaulas con cuantos pájaros de voz armoniosa podia reunir el deseo.

Las lámparas de colores ardian en el oscuro fondo de las enramadas, esparciendo una dulce luz.

Las fuentes saltaban cruzando caprichosamente sus surtidores, bajo los que ardian mil luces.

Al lado de los estanques, entre los jardines, al dulce eco de la fiesta, vagaban parejas de damas y caballeros que hablaban de amor.

El cielo estaba plácido y tranquilo; la luna brillaba, y las frescas auras gemian entre las enramadas.

* * * * *

Pero habia un jardin en Generalife, en el cual no brillaban luces.

Unicamente la luna reflejaba en su largo estanque.

Un solo ruiseñor cantaba escondido en lo mas alto de un árbol jigantesco.

Aquel árbol era un ciprés.

El ciprés de Abul-Walid.

* * * * *

Si vais á Generalife encontrareis aun aquel jardin, aquel estanque, la antigua atarvea con flores ahora, como entonces, porque la naturaleza es mas próvida que los hombres; estos han dejado que se arruinen las galerías de estuco y mármol, los aleros, las cúpulas.... la primavera ha cuidado de cubrir cada año de flores las orillas del estanque, y cada año ha nacido una rama nueva al ciprés.

Cuando el cicerone que os acompaña llega á aquel jardin, se detiene y os dice con un entusiasmo verdaderamente romancesco:

--Aquel es el Ciprés de la Sultana.

Y cuando os acercais á él, veis que los que han llegado primero que vos, han cortado con un entusiasmo tambien enteramente romancesco, una astilla del árbol, una especie de reliquia.

El ciprés, junto á su pié, á la altura de mi hombre, está roido ó mas bien desollado, por el entusiasmo de los viajeros.

Una tarde estaba el autor sentado, á la puesta del sol, en el pequeño jardin donde existe el ciprés.

Hablaba con un viejo inválido de la compañía de la Alhambra, y miraba á la altísima punta del árbol maquinalmente.

De improviso, viniendo de la parte de la Silla del Moro, un gran pájaro blanco se cernió un momento sobre la punta del ciprés, y se detuvo en ella.

--¿Qué clase de pájaro es ese, tio Juan? dijo el autor al inválido.

--¡Ah! ¡ah! esclamó el viejo; es un animal muy raro: es un grajo.

--¡Un cuervo blanco!

--Si señor, un grajo cano de viejo: como que dicen que el Ciprés de la sultana tiene cuatrocientos años, y que ese cuervo es tan viejo como él.

--¿Quién ha dicho á V. eso, tio Juan?

--Mi padre se lo oyó decir á mi abuelo, que decia que se lo habia oido decir al suyo, y que el abuelo de mas allá se lo habia oido decir al de mas lejos.

--Vamos, esa es una noticia trasmitida de generacion en generacion: una tradicion, en una palabra.

--Como se sabe que la sultana que engañó al rey Chico de Granada, dejándose enamorar de un abencerrage al pie de ese árbol, era rubia y blanca, y tenia los ojos garzos y una pequeña rosa que le hacia mucha gracia, en la megilla derecha.

No me atreví á desmentir al tio Juan, que siguió contándome con la fé mas ciega, y como hubiera podido contarme un suceso del dia anterior, la tradicion de los amores de la sultana de Granada y del abencerrage Aben-Ahmed.

* * * * *

Oíase desde aquel solitario jardin, perdido y ténue á lo lejos, el concierto de la fiesta que se agitaba en Generalife.

El ruiseñor, escondido en el árbol, trinaba.

La luna brillaba en la tersa é inmóvil superficie del estanque.

Los bosquecillos de laureles proyectaban misteriosas penumbras.

La brisa de la noche volaba cargada del aroma de las flores.

* * * * *

Entre la oscura sombra de un bosquecillo se destacaron cuatro fantasmas blancos.

Eran cuatro hombres envueltos en sus almaizares.

Hablaban de una manera contenida.

Se deslizaron siempre en la sombra hácia el ciprés, y se ocultaron detrás de él en una espesura de rosales.

El que hubiera estado junto á ellos habria podido oir el diálogo siguiente:

--¿Y estas seguro, primo Mahandin, de lo que nos has confiado?

--Esta mañana, antes de amanecer, uno de los guardas del jardin de Lindaraja vió salir de los baños a Zaruhlemal[137], contestó el preguntado.

--¡Ah! ¡la doncella favorita de la sultana! dijo otro.

--Con Zaruhlemal iba Aben-Ahmed. El guarda la oyó decir: Esta noche en Generalife, al pie del ciprés de Abul-Walid.

--¿Y no podrá ser que quien haya dado esa cita á Aben-Ahmed sea la misma Zaruhlemal?

--Aben-Ahmed no se hubiera espuesto por esa dama á escalar la Alhambra y á entrar en los baños del rey. No se hubiera pagado tan espléndidamente á los guardas para que se retirasen.

--Silencio; dijo uno de los cuatro: me parece que oigo abrir recatadamente una puerta de la galería.

--Ocultémonos bien, y silencio.

No volvieron á hablar una sola palabra.

* * * * *

Una muger salió de la galería y adelantó hácia el ciprés con paso tímido é irresoluto.

Cuando se puso bajo la luz de la luna, brilló el brocado de su túnica, y brillaron las alhajas de que venia prendida.

Traia cubierto el semblante con el velo.

Adelantó hácia el ciprés, miró en torno suyo con anhelo; se sentó al pie del árbol sobre el césped, y se descubrió echándose atras el velo.

Era la sultana Zoraida.

Estaba pálida, temblorosa, dominada por una escitacion profunda.

En sus magníficos ojos brillaban á un tiempo el amor, el temor, la amistad, la pureza contrariada, el orgullo comprimido.

Su seno, cubierto de deslumbrantes joyas, se levantaba y se deprimia.

Su aliento salia abrasador y fatigado, por sus entreabiertos labios.

Todo en ella revelaba una muger en cuyas venas latia sangre africana, a impulsos de un amor largo tiempo habia contrariado, dominado hasta el momento de la prueba.

Amor escondido en un delicioso misterio, cubierto por las alas del arcángel de la pureza, tranquilo hasta entonces como las aguas de un lago, profundo como el abismo, é indeleble como la marca puesta por el dedo de Dios sobre la frente de una criatura.

Aquel amor habia llevado hasta el pie de aquel ciprés á la sultana, de aquel funesto ciprés, mudo confidente de amores misteriosos, y allí entre un vacilante silencio, al tibio rayo de la luna, al suave y aromático aliento de las auras, que susurraban lentamente entre las flores y las enramadas, la desdichada Zoraida, recibió en el misterioso fondo de su alma la última y mas ardiente revelacion de aquel amor hasta entonces dominado, silencioso, vago, infinito que hacia mucho tiempo llenaba sus sueños.

Zoraida vió el abismo en el momento en que este se abria á sus pies, y quiso retroceder.

Quiso huir.

Se levantó trémula y se encaminó á la galería, pero de repente apareció junto á ella, saliendo de entre una enramada, un hombre.

Era Aben-Ahmed.

Galan, hermoso, enamorado.

Pretendió huir aun, pero encontró ante sus pies de rodillas al abencerrage pálido y tembloroso.

Y sintió sus manos asidas por otras manos convulsas, y unos labios ardientes y trémulos que besaban con delirio sus manos.

--¡Oh! ¿qué haces? esclamó la sultana.

--Desfallecer de amor, alma de mi alma, contestó el abencerraje.

Zoraida cayó sin fuerzas, rendida por su amor sobre el césped que rodeaba al ciprés.

Y entonces, cuando los dos amantes solo tenian ojos y oidos para sí mismos, los cuatro hombres que estaban ocultos tras el ciprés en la espesura, se alejaron con paso silencioso, y se perdieron á lo largo de los jardines.

* * * * *

Y Aben-Ahmed, entretanto, permanecia á los pies de Zoraida, y la decia fuera de sí:

--¡Oh! ¡bendita sea la noche que envuelve en su silencio nuestro amor! ¡bendita sea la luna que alumbra tu hermosura!

¡Tu frente encendida por el rubor y la agitacion de tu seno, son voces mudas que pronuncia tu alma, y que me dicen: ¡yo te amo!

Alza los ojos gacela, y pon tu mirada de delicias en mi mirada.

Ellos son la lumbre de mi vida.

Su fulgor, el fulgor de la estrella esplendorosa de mi destino.

Callaba la sultana: callaba y temblaba.

Aben-Ahmed enloquecia con su hermosura, y esclamaba:

--Sultana del amor, flor de las flores, lucero de los luceros, hurí de las huríes, rosa del paraiso, la noche nos envuelve en su silencio: huyamos: huyamos lejos de ese rey miserable y cobarde y de la ruina de Granada: salvemos nuestro amor.

Yo tengo en Africa alcázares.

Yo tengo en aquellos alcázares tesoros.

Yo soy el gefe de una valiente tribu.

De la tribu de los Beni-Zerahg.

Descendiente como Al-Hhamar-el-Nazerita, del Ansarí, mi estandarte verde ondea sobre las lanzas de mis bravos abencerrages.

Aquí la infamia nos rodea y la traicion nos acecha.

Huyamos, sultana.

Huyamos de esta corte de ignominia.

Yo daré en Africa á tu hermosura un trono mas resplandeciente que el de Boabdil.

Al oir el nombre del rey, la sultana volvió en sí como si despertase de un sueño.

--¡Ah! esclamó: ¡eres tú, Aben-Ahmed! ¿qué quieres á los pies de la sultana?

--¡Levántate, desdichado! ¡los esclavos del rey velan, y tu cabeza está mal segura en tus hombros!

¡Huye! ¡huye y sálvate! ¡que el sultan de Granada no pueda herirte!

Al escuchar el altivo acento de Zoraida, que habia logrado sobreponerse á su sueño, Aben-Ahmed se creyó humillado.

--¿Por qué me has llamado aquí en el silencio de una noche tranquila, sino me amas? esclamó: ¿por qué has venido sola á este apartado jardin donde todo convida al misterio y á los amores?

Si es que no te parezco bastante grande, yo lidiaré, y te lo repito, te conquistaré un trono, el trono de Damasco, y serás sultana del oriente y del occidente, desde el estrecho de Geb-al-Tarik, hasta las vastientes del Atlas y los linderos del gran Sahara.

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