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Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo I (part 2 of 3)

Part 2 of 3 · Juan Ortega Rubio · Public domain text

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Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo I (part 2 of 3)

Desde que Fr. Francisco Gabriel de San Buenaventura, en el año 1560, publicó su Arte del idioma maya, se han hecho curiosos e importantes trabajos acerca de dicha lengua, llamando la atención entre todos el Gran Diccionario, que Fr. Antonio de Ciudad Real dió a luz en los comienzos del siglo XVII, no interrumpiéndose dichos estudios hasta nuestros días. El Sr. Rada y Delgado ha reproducido la obra del P. Landa intitulada Relación de las cosas del Yucatán y que el sabio franciscano escribió a mediados del siglo XVI; en ella se encuentra un alfabeto del que se servían los mayas cuando querían consignar sus pensamientos. Lo mismo Landa que otros de nuestros primitivos escritores pudieron darnos el silabario y aun la traducción de manuscritos mayas; pero «so pretexto de que los citados códices mantenían la superstición y retardaban los progresos del cristianismo, mandó Zumárraga, primer obispo de México, quemarlos, en vez de procurar que se los estudiase y descifrase, y se hizo con esto un daño que no podrán nunca perdonar ni la ciencia ni la historia. Contribuyó ese mismo Landa a tan salvaje quema»[246].

[246] Pi y Margall, Historia de América, vol. II, pág. 1.728.

En letra manuscrita escribió después el mismo Pi y Margall: «El Sr. Icabalceta ha publicado recientemente (año 1881) un libro, Don Fray Juan de Zumárraga, primer obispo y arzobispo de Méjico, donde pretende probar, no sólo que no partió de este prelado la orden, sino que también fueron pocas las pinturas aztecas entregadas al fuego. En sus curiosas investigaciones es muy de notar que hace caso omiso de Diego de Landa, franciscano como Zumárraga, que pisó la tierra de Yucatán cuando aún vivía el arzobispo. Ese mismo testigo, que es de toda excepción, dice textualmente: Hallámosles grande número de libros de estas sus letras, y, porque no tenían cosa en que no uviese superstición y falsedades del demonio, se los quemamos todos, lo qual a maravilla sentían y les dava pena. Se quiso borrar hasta la memoria de lo que habían sido los aztecas antes de la conquista. Tampoco debe olvidarse que por Real cédula de 22 de Abril de 1577 se mandó recoger la obra de Bernardino de Sahagún y se previno a las autoridades de México que en manera alguna consintiesen que nadie escribiera en ninguna lengua de cosas que tocasen a las supersticiones y a la manera de vivir de aquellos indios, pues así convenía al servicio de Dios nuestro señor y al nuestro. El mismo Sr. Icabalceta ha publicado esta Real cédula en otro libro posterior (1883), intitulado Nueva colección de documentos para la Historia de México.»

Prueba todo esto la importancia que se ha dado al lenguaje de las gentes más civilizadas del Nuevo Mundo, debiéndose advertir que las bellezas que se muestran en su sonido y mecanismo alcanzan a su conexo el quiché, con sus varios dialectos: el trotzil, el chol, el totomaco y otros. No pocas afinidades ofrece este grupo con las lenguas asiáticas jaféticas, «hasta el punto de poderlas asimilar en ciertos momentos a los idiomas llamados indo-germánicos, como el chiapanec, apenas aglutinante, y el tarasco, con un verbo casi greco-sanscrito o zendo, sin que por esto falten entre ellos dicciones semíticas y hasta vascas, adquiridas por contacto con las aborígenes, como haríamos patentes a poder entrar en su estudio detallado»[247].

[247] Sentenach, ob. cit., pág. 52.

Con el tarasco manifiestan cierto parentesco el otomí y el pame, como otros que corresponden a los pueblos que tuvieron asiento en la parte más meridional de América. Al lado del azteca o mejicano, en los Estados de San Luis de Potosí, en alguna parte de Querétaro, en mucha de Guanajuato, Mechoacán, Veracruz, Puebla y en otros lugares de Nueva España, se habló el otomí, uno de los idiomas más usados en la América Central, y que tenía muchas analogías con varios de la América Meridional. Al Nordeste de los países en que se hablaba el otomí, dominó el pame, idioma propio de los chichimecas, y que guarda no pocas analogías con el otomí. En el fondo el idioma de los zapotecas (situados en el Estado de Oaxaca y en las costas del Océano Pacífico) se asemeja mucho al pame y al otomí, si bien hay en él, como en el egipcio antiguo, procedimientos y raíces que lo mismo guardan conexión con los idiomas semíticos que con los arios. Semejantes a estos idiomas debieron ser los hablados por varios pueblos primitivos al Norte de México, según la autorizada opinión de Brinton y otros modernos, apareciendo el ya conocido nahuatl, hablado por los aztecas en su última época. Tardó mucho tiempo la formación de dicha lengua en el Anahuac, y cultivo tan largo le dió más flexibilidad y riqueza, a costa, seguramente, de su pureza y carácter castizo, pues se advierten en seguida las influencias más extrañas, lo cual no debe llamar la atención, por los muchos pueblos que pasaron por el territorio mexicano antes que los aztecas se hiciesen dueños absolutos del país. El mixteca, hablado todavía en el Estado de Oaxaca y en parte del de Puebla y Guerrero, es bastante perfecto, como también el zapoteca, que se halla del mismo modo en dicho Estado de Oaxaca y en las costas del Pacífico. En el fondo el zapoteca se asemeja al pame y al otomí, siendo de notar que hay en él, como en el egipcio antiguo, procedimientos y raíces que lo mismo guardan conexión con los idiomas semíticos, que con los arios. Al Mediodía de los zapotecas viven indios procedentes de remotas costas de la parte del Sur, que no ofrecen en su lenguaje nada de extraño; no así los que están situados al Norte de dicho territorio.

Los últimos dos pueblos, el chinanteco y el mazateco, difieren notablemente de sus vecinos, y en particular de los nahuas, mixtecas y zapotecas. El chinanteco tiene por capital a Chinantla, llegando dicho Estado a confinar con el de Veracruz, y el mazateco está situado al Norte de los mencionados mazatecos. El chiapanec, afine con el mazateco, se hablaba en Chiapas, y, en la época de la conquista, los naturales ocupaban las orillas del lago de Managua y de la bahía de Fonseca en Nicaragua. Parece ser que el chinanteco tenía lengua bronca, compuesta de sonidos guturales, al contrario del mazateco y chiapanec, que era eufónico y armonioso.

De Guatemala mencionaremos el chanabal, el chol, el cacchí, el poconchí, el pocoman, el guasteco, el zutugil y el xinca; de Honduras el lenca y el xicaque; de Nicaragua el chontal y el subtiaba; de la costa de los Mosquitos el rama y el guatuso; de Costa Rica el viceita, y otros menos importantes en toda la América Central.

Recordaremos en este lugar que tienen la misma lengua--según ha mostrado el excelente filólogo Joh. Card. Ed. Buschman--todas las tribus de la familia Uto-Azteca[248].

[248] Como dato curioso conviene saber que en el año 1880--si damos crédito a los censos norteamericanos y mexicanos--vivían en los dos territorios, unos 2.000.000 de indios pertenecientes a la familia lingüística Uto-Azteca.

Procede ya que tratemos de las lenguas principales que se hablan en la América Septentrional. Conforme avanzamos de la América Central a la del Norte, las lenguas presentan caracteres diferentes. En la parte Oeste de México merecen consideración especial el cahita, el tara-humara, el tepehuano y el cora, hablados todavía en los Estados mejicanos e influidos de antiguo por el azteca, en particular el último.

Asentados los cahitas en la parte Norte de Sinaloa, cerca de los ceris, ópatas y pimas, su lenguaje, que se extiende por el territorio de Sonora, comprende los dialectos siguientes: el mayo, el yaqui y el tehuepo. El tara-humara se halla en Chihualuca, Sonora y Durango; el tepehuauo en Cohuaila y Sonora; y el cora en Jalisco. Al Sur de Colombia se encuentra la California a lo largo de las costas del Pacífico, y en las márgenes del Oregón, del Pitt, del de la Trinidad y del Salmón se hablan varios idiomas y dialectos. En el valle Potter se habla el tahtú, que comprende el pomo-yuca, del cual es principal dialecto el kunalapo, que se usa cerca del lago Clear. Según Bancroft el kunalapo tiene alguna analogía con el malayo, añadiendo el citado escritor que los idiomas de los habitantes situados en el nacimiento del río Eel guardan mucha semejanza con el chino y el japonés. Entre los idiomas dominantes en los pueblos de la Baja California y Nuevo México no deben ser olvidados el de los teguas, cuñies, guaymíes y guaicuris. El guaicuri tiene más importancia que los anteriores.

Nos creemos obligados a decir que el pima, idioma hablado al Sur del río Gila, en Sonora y en algunas partes de la Sinaloa septentrional, es un lenguaje armonioso cuyas dicciones todas terminan en sonidos vocales. Entre el pima alto y bajo se habla el ópata. Al Este de los lugares donde se habla el pima bajo y el ópata, en las regiones del Golfo de California y en la isla del Tiburón, se usa el idioma de los ceris o de los seris, y a la parte oriental de las Montañas Roquizas, en el valle del Misouri, el de los dakotas; pero no se debe olvidar que dichos idiomas, como sus respectivos dialectos, han merecido profunda atención por algunos escritores, quienes han llegado a decir que los ceris y los dakotas hablaban lenguajes idénticos a los de los europeos. No huelga referir que confinan con dakotas y esquimales los algonquinos e iroqueses cuyos lenguajes han sido estudiados con bastante detenimiento.

De los esquimales comenzaremos diciendo que se hallan en América y en Asia, o en ambos lados del Estrecho de Behering. Recordaremos aquí que Brinton, guiado por tradiciones orales de los indígenas que pudieran remontarse a dos mil años, no tiene inconveniente en afirmar que los esquimales asiáticos proceden o son originarios de América, llegando a creer que la familia de ellos es la misma que la de los de Groenlandia, tierra que debió estar unida a la de Baffin y a la Escandinavia[249], allá por la edad cuaternaria. Filólogos de bastante reputación reducen a tres los dialectos principales de la lengua esquimal, y son el de Groenlandia y el Labrador, el chiglet, o de las costas del mar Artico, y el de Alaska. No carecen de interés los estudios modernos que se han hecho acerca del chiglet (idioma de los esquimales del río Makencie), y del alascano. El athka, dialecto hablado en las islas occidentales aleutienas, se diferencia poco del alascano. Al mediodía de la región occidental ocupada por los esquimales, se hallan los tlinkits o koloss, y más al Este los tinnas (chepeweyanos y athabascanos). Resulta, después de estudiar las costumbres de los tlinkits, que no dejaban de mostrar cierta disposición como comerciantes y marinos, habiéndose hallado entre ellos cuchillos y sierras de hierro, como también objetos para labrar la plata y el cobre. Practicaban el comercio de esclavos. De su lengua dicen los americanistas que era dura y áspera.

[249] La idea de un territorio a manera de puente que sirviera de barrera o valla a los Océanos Atlántico y del Norte hasta el período glacial, ha sido expuesta por M. A. J. Jules-Browne en su obra The Buildings of the British Isles, impresa en Londres el año 1888.

Al mediodía de los tlinkits, en el territorio llamado colonia inglesa, y que comprende comarcas occidentales de los Estados Unidos, entre los grados 55 y 43 de latitud Norte, habitan los kaidahs o kaigames, que hablan un idioma pobre, sucediendo lo mismo a los indios nass, sebasas y hailtzas, situados alrededor del río Nass. En el interior de la Colombia Británica se habla el nitlacapamuch, o lengua del río Tompson, y no lejos, pero más al interior y cerca de las Montañas Roquizas, el idioma salish de los indios llamados flatheads. No carecen de interés los idiomas de la familia de los sahaptines, idiomas que se hablan a lo largo de los ríos Lewis y de la Culebra, hasta la falda de las Montañas Roquizas. En cierto sentido pudieran referirse al sahaptin el lenguaje de los calapoyoc, que habitan al Sur de los valles de Villameta, el de los indios watlalas y el de los chinuks.

Acerca de las partes de la oración en las lenguas americanas, procede notar:

1.º Que el artículo, en las lenguas cultas, sólo existe en el maya, y en las incultas entre los algonquines y otomíes.

2.º El nombre suele llevar un pronombre posesivo en muchas lenguas. Si en unas no cambian los nombres de singular a plural, y se les pluraliza mediante numerales o adjetivos, en otras las formas plurales son varias y más o menos numerosas. El dual sólo existe, entre todas las lenguas de la América del Sur y del Centro, en la chilena; pero sí en algunas de la América del Norte. Respecto a géneros masculino y femenino, no los hay--según no pocos gramáticos--en las lenguas americanas. Casi lo mismo pudiéramos decir de las declinaciones y los casos.

3.º No abundan los verdaderos adjetivos en las lenguas americanas, y se duda si los tienen las algonquinas.

4.º El pronombre es parte importante de la oración en muchos de aquellos idiomas.

5.º El verbo se incorpora, no sólo los pronombres, sino los nombres que rige, los adverbios y hasta las conjunciones y preposiciones. Tiene, además, muchas conjugaciones, voces y modos. Débese recordar que falta el verbo sustantivo en lenguas bárbaras y en lenguas cultas, y lo hay lo mismo en unas que en otras lenguas.

6.º El adverbio se incorpora en muchas lenguas al verbo. En otras es muy frecuente adverbiar los verbos o los adjetivos.

7.º La preposición abunda en algunos idiomas de la América del Sur, del Centro y del Norte. En la mayor parte de las lenguas americanas las preposiciones deberían denominarse postposiciones; sobre todo cuando rigen pronombres, suelen ir, no sólo pospuestas, sino también prefijas o sufijas[250].

[250] Véase Pi y Margall, ob. cit., pág. 1.693.

8.º Del mismo modo la conjunción va sufija o cuando menos pospuesta en muchos de dichos idiomas. Tal vez la lengua más rica en conjunciones sea la maya y la más pobre la lule.

9.º La interjección se halla en todas las lenguas. Advertiremos que en las americanas, si algunas veces son, como en las nuestras, gritos arrancados al hombre por movimientos del alma, otras veces difieren completamente. Otra particularidad debemos tener en cuenta, y es que en algunas lenguas las interjecciones usadas por los hombres son diferentes a las que usan las mujeres.

Escasas noticias se tienen de la Sintaxis, Ortografía, Prosodia y Lexicología.

Respecto a la escritura se desconocía la fonética. Cuando llegó Pizarro al Perú se encontró con otro medio gráfico sumamente curioso, y éste era el quipu. «Consistía el quipu en un cordón de lana, generalmente de más de un metro, al que se prendía y del que se colgaba a manera de rapacejos cordoncillos de diversos colores. Constituía el color en esta singular escritura el primer orden de signos ideológicos; así que con frecuencia cambiaba, no sólo en cada uno de los cordoncillos, sino también en cada uno de los hilos de que se componían. A lo largo de los cordoncillos se hacían nudos; y éstos constituían el segundo orden de signos. Variaban de significación los nudos, según estuviesen más o menos lejanos del cordón-tronco, según formasen o dejasen de formar grupo, según el puesto que en el grupo ocupasen y tal vez, según la forma que se les diese»[251]. Afirman algunos, en nuestro sentir sin fundamento, que mediante los quipus, conocían los peruanos su historia, sus leyes, su dogma, su culto, su ciencia y hasta su poesía. Creemos sí que servían los quipus para todo lo que se relacionase con los números y cuentas; pero nada más.

[251] Pi y Margall, ob. cit. pág. 1.719.

Más común fué en toda América la pintura simbólica. Abundan las rocas donde se encuentran grabadas curvas, círculos concéntricos, figuras fantásticas, representaciones del Sol y la Luna, cabezas humanas, monstruosas imágenes y verdaderas inscripciones. Escritura tan rara es todavía objeto de largos estudios. Muchos pueblos tenían sus jeroglíficos, unos pintados sobre papel y otros pintados o esculpidos en sus monumentos. Aunque no han sido descifrados todavía, abrigamos alguna esperanza de que se rasgará el velo que los cubre, y entonces tendrán explicación hechos que hoy parecen absurdos o contradictorios.

Además de las lenguas o idiomas, los indios transmitían sus ideas mediante gestos. En particular el indio del Norte de América usó con perfección y bastante ingenio el lenguaje de los gestos, pues con los gestos llegó a expresar nombres propios y comunes, también verbos, pronombres, etc., y hasta pudo construir discursos.

El número considerable de lenguas contribuyó al mayor desarrollo de este lenguaje de gestos, medio de comunicación general y a veces único entre distintas tribus. El lenguaje de los gestos sólo tiene carácter general en América, pues en las demás partes del mundo es únicamente auxiliar del lenguaje hablado.

CAPÍTULO XII

LAS CIENCIAS Y LETRAS ENTRE LOS INDIOS.--LAS MATEMÁTICAS, LA GEOGRAFÍA Y LA ASTRONOMÍA.--LA MEDICINA.--LA RELIGIÓN: EL DIOS DE LOS INDIOS.--LOS SACERDOTES Y HECHICEROS.--EL DIABLO.--LAS PLEGARIAS.--LAS OFRENDAS.--LOS SACRIFICIOS.--LA PENITENCIA.--EL CUERPO HUMANO.--EL ALMA.--LA INMORTALIDAD.--LOS SUEÑOS: SU IMPORTANCIA.--LA VIDA FUTURA.--LAS SEPULTURAS.--LOS DUELOS.--EL DILUVIO.--LAS LETRAS, LA ORATORIA.--LA POESÍA: EL DRAMA «OLLANTA» Y EL BAILE-DRAMA «RABINAL-ACHI.»

Acerca del estado de la ciencia entre los indios, los sabios o maestros enseñaban los ritos religiosos, la historia de los Emperadores, la enseñanza del quechua y la descifración del quipus (escritura); pero la instrucción se daba únicamente a los descendientes de la familia real, pues al pueblo, para mejor gobernarlo, se le mantenía en la ignorancia. Algo sabían de Matemáticas, de Geografía y de Astronomía; algo sabían de otras ciencias, en especial los mejicanos y peruanos. El sistema decimal llegó a su completo desarrollo en algunos pueblos, al paso que en otros prevaleció el sistema vigesimal. Ambos sistemas, lo mismo el decimal que el vigesimal, parecen indicar el conocimiento de operaciones aritméticas. Sin temor de equivocarnos, se puede afirmar que el primero, esto es, el decimal, llegó a su completo desarrollo en la América Meridional, especialmente entre los peruanos y chilenos. Además, los peruanos no desconocían los números ordinales. Entre los pueblos que prevaleció el sistema vigesimal, citaremos los nahuas, los mayas, los quichés y también--si damos crédito a Duquesne--los muiscas. Revelaban lo mismo el sistema de los decimales como el de los vigesimales el conocimiento de operaciones aritméticas.

Atrasadísimos vivían los pueblos americanos en ciencias cosmológicas. Creían plana e inmóvil la tierra. Al paso que unos decían que era un ser viviente, otros afirmaban que estaba sostenida por gigantescos pilares, y algunos la consideraban como una isla en medio de un mar sin límites. Suponían que el cielo estaba formado de una masa sólida, no faltando quien dijese que estaba sostenido por dioses. No distinguían los astros fijos de los errantes, y todos tenían a los cometas como apariciones de mal agüero. Rindieron culto al Sol y a la Luna, considerando al primero como fuente de luz, de calor y de vida. Por el Sol distinguieron el día de la noche y un día de otro día, y mediante la Luna se elevaron a la noción de mes. Contaron por lunaciones durante siglos, y algunos, sin embargo de conocer el año solar, no acertaron a eliminarlas por completo de sus sistemas cronológicos. Bien puede asegurarse que hasta que los españoles conquistaron el Nuevo Mundo, no llegó ningún pueblo salvaje a fijarse en el año solar[252].

[252] Véase Pi y Margall, Hist. general de América, tomo I, cuad. II, págs. 1.758 y 1.759.

Entre los medios naturales más usados por la medicina en América encontramos el baño ruso. No sólo se empleaba el baño ruso en la mayor parte de la América septentrional, lo mismo hacia el Atlántico que hacia el Pacífico, sino el sudatorio público se hallaba establecido en muchos lugares. No cabe duda que en las poblaciones de México, las familias más acomodadas tenían sudatorio en sus casas. Consistía en una pequeña habitación, baja de techo y puerta angosta, con un agujero muy pequeño en dicho techo. Después de muy caliente la habitación, se retiraba el fuego, se hacía entrar desnudo al enfermo y se le colocaba sobre una estera. Cerrada la puerta, se rociaba de agua el pavimento y paredes. Cuando apenas podía respirar el doliente, a causa de la masa de vapor que se producía, se le sacaba del sudatorio sumergiéndole de improviso en agua fría. Unas veces, mientras permanecía en el sudatorio se le daba con un manojo de hojas de maíz en todo el cuerpo o sólo en la parte lesionada; otras veces, después del baño de agua fría, se le frotaba las carnes, y con harta frecuencia se le conducía del sudatorio a la cama. Para muchas enfermedades se empleaban los baños rusos. En Nuevo México y California del Norte los sudatorios públicos estaban situados generalmente en las orillas de los arroyos. Más al Norte consistía el sudatorio en calentar piedras, rociarlas, y cuando con el vapor promovido por dicho medio se hallaba bañado de sudor el enfermo, era llevado al próximo mar o al próximo río, prefiriendo siempre el agua muy helada.

También producíase el calor de otro modo. Los californios del Centro abrían una zanja en la arena y la calentaban con lumbre; en seguida tendían al enfermo y lo cubrían con arena también caliente. En el momento que sudaba a mares, le bañaban en agua fría.

Muchas de las tribus de la América central usaban baños de agua caliente.

Además de los baños, no pocos pueblos de América usaban la sangría, considerándola como medio curativo en el Perú, itsmo de Panamá, Honduras, Guatemala, México, Florida, etc. En el Perú se la empleaba contra los dolores de cabeza y se hacía en la junta de las cejas, encima de las narices. La lanceta consistía en una punta de pedernal engastada en un palo. En el istmo de Panamá la sangría era remedio contra la fiebre. En Honduras, Guatemala, México y Florida se usaba la sangría como medio curativo de diferentes enfermedades; unas veces se sangraba en la frente, otras en los hombros o en los brazos, no pocas en los muslos o en las piernas.

Hacían uso diferentes pueblos de purgantes y eméticos. En el Perú consistían los purgantes en ciertas raíces que se tomaban, ya contra los empachos, ya contra los dolores de estómago. En México se usaba como purgantes, la jalapa, los piñones tostados y las raíces; como eméticos, el neixcotlapatli y las hojas del mexóchitl. Curaban la sífilis con los purgantes y con comidas cortas y sobrias. Además, en las costas del Perú los enfermos apuraban uno tras otro jarros de zarzaparrilla, y en las riberas del mar de los Caribes tomaban cocimiento de guayacán o de palo santo por doce o quince días. Con el mismo cocimiento se lavaban las úlceras, dado que las tuviera el enfermo, hasta que se curasen; la curación tardaba unos noventa días. La gonorrea la curaban los californios del Mediodía con la canchalagua, las llagas con el cauterio, las mordeduras de las serpientes con las hojas y las raíces del guaco, las heridas con orines calientes, las ronqueras bebiendo miel de abejas y así otras muchas enfermedades.

De los médicos diremos que los había en México y Perú; también había médicas. Lo mismo en México que en el Perú, médicos y médicas curaban o intentaban curar toda clase de enfermedades. Parece ser que ellas y ellos eran muy dados a la superchería y a la magia.

Entre los salvajes, la medicina iba unida al cacicazgo, al sacerdocio o al mago. Con frecuencia fué peligrosa la profesión de médico. No pocas veces el que la ejercía era castigado, si no curaba al paciente. Por esta razón comenzó a decirse que la muerte del enfermo era debida, ya a la cólera de Dios o del Diablo, ya a los conjuros y a las malas artes de tribus enemigas. Motivo fué lo último, esto es, la creencia en las citadas malas artes, para que peleasen con saña dos o más tribus. Refieren las crónicas que a veces se presentaba el médico o hechicero llevando la cara y cuerpo cubiertos con una piel de oso, adornada con objetos ridículos, en la mano izquierda un lanzón y en la derecha un tambor... Con trajes tan raros y con danzas y contorsiones, cantos, conjuros y rugidos, untos y brujerías, creían que se marchaban las enfermedades. Si la credulidad del indígena no tenía límites, tampoco tenía límites la habilidad del médico o hechicero. Afirman los autores que los medios extranaturales se hallaban más usados en la América del Norte y en la Central que en la del Sur. Los secretos medicinales pasaban de los padres a los hijos. Los médicos eran a la vez sacerdotes y hechiceros.

Los indios, ya cultos, ya incultos, llevaban amuletos, a los cuales atribuían virtudes sobrenaturales.

Por lo que a la religión respecta, el indio adoró a un Dios que tenía alguna semejanza con el panteísta de los pueblos orientales. Mediante ruegos y plegarias, el salvaje procuraba constantemente aplacar la supuesta cólera de sus dioses. ¿Era general la idea de Dios en América? En este punto no se hallan conformes los cronistas. Al paso que algunos sostienen que no se consideraba general ni mucho menos, otros dicen que todas las tribus, aun las más salvajes, adoraban a sus dioses. Se ha dicho con algún fundamento que las religiones americanas fueron principalmente astrolátricas. Lo fueron las de las tribus más adelantadas; así la de los aztecas y otras adoraban al Sol como origen de todo bien, y los incas prestaban culto al Sol, a la Luna y a las Estrellas. Otras muchas tribus adoraban a los elementos. Los mismos mejicanos e incas consideraban el fuego como sagrado, los chibchas creían que era sagrada el agua de los ríos y lagos, y los iroqueses adoraban a los vientos. El salvaje veía a su dios en todas partes, en la luz, en las tinieblas, en la tempestad y en el Océano. El murmullo del viento entre las hojas, el crugir de las ramas y el ruido de los troncos, fueron considerados por el indio como voces misteriosas del espíritu que moraba en los árboles. Los árboles grandes y solitarios inspiraban veneración profunda. También el culto de la piedra fué practicado por los americanos. Los dakotas pintaban de rojo las piedras que consideraban sagradas y les ofrecían sacrificios y, en general, el indio, de cualquier tribu que fuese, conservaba con veneración piedras de formas, colores o propiedades para él extrañas. Tales piedras fueron convertidas por el indio en fetiches o en prodigiosas medicinas para determinadas dolencias. Objeto de especial devoción eran ciertos animales, siendo la culebra el animal que, entre todos los sagrados, recibía universal homenaje. El fetiche era para el indio verdadero ídolo; de modo que, en la Historia de los americanos no cabía distinguir la idolatría del fetichismo. El Diablo fué adorado o temido en la mayor parte de los pueblos. Afirmaban algunos que se les había aparecido bajo horrible aspecto y hablándoles con ronca voz. Creían muchos--de igual modo que los hebreos--que el Diablo entraba en el cuerpo del hombre. Así explicaban ciertas enfermedades, y por esto, unos le invocaban y otros le conjuraban. No se presentaba el Diablo de igual manera ni bajo la misma forma en todas partes. Decían unos que se presentaba en figura de serpiente, otros de tigre, algunos de hombre, no pocos de zumaya o de halcón, murciélago, etc. Del mismo modo la creencia en el dualismo y en el antagonismo de Dios y el Diablo era frecuente en América.

Según la tradición iroquesa, la humanidad bajó del Cielo a la Tierra. Dos mellizos, hallándose todavía en el claustro materno, bajaron al mundo. Eran enemigos, lo mismo en el vientre de la madre que en la tierra. Llamábase el primero Enigorio y el segundo Eningonhahetgea; aquél representaba el espíritu del Bien y éste el del Mal. Representaba Enigorio la bondad y Eningonhahetgea la maldad. Enigorio creó el Sol y la Luna; llenó la tierra de arroyos y de ríos; pobló de mansos animales el suelo, el aire y las aguas; formó de barro al hombre y la mujer, infundiéndoles vida y alma, dándoles por sustento los frutos de la naturaleza. Eningonhahetgea, en tanto, erizó la tierra de rocas y de barrancos, despeñó las aguas, esparció por todas partes tigres, serpientes y lagartos; quiso sacar del barro dos seres a su semejanza y sólo sacó dos monos; para crear hombres, tuvo que pedir a Enigorio que les dotara de alma. Continuó la lucha entre los dos hermanos, acordando al fin acabar de una vez mediante un duelo. Dos días seguidos pelearon, cayendo al cabo de ellos vencido y casi muerto Eningonhahetgea. Desaparecieron de la tierra los dos rivales; pero continuaron siendo, el uno, el genio del bien y el otro el genio del mal. Semejante doctrina tiene más semejanza con la persa que con la hebrea. Enigorio y Eningonhahetgea de los iroqueses no son el Dios y el Diablo, ni los ángeles y los demonios de la Biblia, sino el Ormuz y el Ahrimán de Zoroastro. No es esto decir que fuese la misma la doctrina americana que la contenida en el Zendavesta. La lucha entre Ormuz y Ahrimán, entre la luz y las tinieblas, debía terminar con la victoria del primero: pero entre el Dios y el Diablo de muchas razas salvajes del Nuevo Mundo, no acabaría nunca, o la guerra entre los dos sería eterna. Dichas razas--y la doctrina no deja de tener cierto gusto positivista--rendían preferente culto al Espíritu del Mal, fundándose en que el del Bien siempre era propicio a los hombres. Los indios querían tener contento al que podía hacerles daño e importábales poco o nada el que por su naturaleza tenía que hacerles beneficios. Aztecas, peruanos, quichés y otros pueblos dirigían plegarias a los dioses, pidiéndoles protección y amparo, salud y ventura, ayuda contra los enemigos, agua para regar los campos, alimento para los inocentes niños que no andan y están en sus cunas, consuelo a los hombres, a los brutos y a las aves que habitan en la tierra. El dacota se contentaba con decir cuando iba de caza: Espíritu de los bosques, compadeceos de mí y enseñadme dónde encontraré el búfalo y el ciervo. Espíritu de los vientos--repetía al entrar en un lago--dejad que cruce sano y salvo estas profundas aguas.

Acerca de la actitud en que oraban los mejicanos, era, unas veces arrodillados, otras en cuclillas, algunas, vuelta la faz a Oriente, y también, en solemnes fiestas, postrados a los pies de sus ídolos. Los peruanos se ponían en cuclillas, las manos altas y dando besos al aire. Los quichés se contentaban con levantar el rostro al cielo.

Respecto a las ofrendas estaban en relación con las riquezas del que las daba. Aztecas e incas ofrecían a sus dioses ricas joyas de oro y de plata; los quichés deponían en los altares de sus divinidades provisiones de boca o mercancías. El pobre, en todos los pueblos citados, se contentaba con dar modesta torta o sencilla flor. Entre las razas salvajes, el dacota, por ejemplo, se limitaba a dirigir al cielo la primera bocanada de humo que salía de su pipa.

La ofrenda de los seres vivos debió ser general en América. Brutos y aves se ofrecían por las razas cultas y por las salvajes. La codorniz era en México la víctima predilecta; ovejas y carneros en el Perú; lobos, ciervos, perros y otros en las razas salvajes.

De igual modo los aztecas sacrificaban hembras y varones, adultos y niños; los peruanos apenas hicieron tales sacrificios; la misma costumbre observaron los indios de la América Central y de la Meridional. Los prisioneros de guerra y los esclavos fueron principalmente las víctimas propiciatorias.

La penitencia se hallaba establecida de un modo o de otro, y consistía en el ayuno, la abstinencia de algunas comidas, el apartamiento de les placeres sensuales y el martirio del cuerpo. Dícese que algunos pueblos conocieron la confesión, la comunión y la circuncisión.

El cuerpo humano--según el indio--era sólo envoltura de otro ser dotado de facultades misteriosas. Creía el indio que todo el mundo material tenía inteligencia y sensibilidad; los animales todos oían los ruegos de los hombres. Confundían a menudo la inteligencia y sensibilidad con la vida. Pensaban que el hombre, al nacer, recibía del aire el aliento, la existencia; aliento o existencia que perdía poco a poco hasta morir.

Casi todas las tribus de América admitían en el hombre un ser interior que le daba vida e inteligencia. No sabemos si lo suponían inmortal, afirmando por lo menos que sobrevivía al cuerpo. Dícese que los otomíes y los miwocos de la América del Norte veían en la muerte el completo acabamiento del hombre, y lo mismo se piensa de algunas tribus del valle del Sacramento. También se afirma que lo mismo pensaban algunas tribus de Sinaloa, varias de los columbios de tierra adentro y otras de los hiperbóreos. Sostenían los acagchemenes que el hombre, al tiempo de nacer, recibía del aire el aliento, la respiración, la existencia; todo esto lo iba perdiendo a medida que envejecía, y al morir los dejaba confundidos en aquel vasto mar de la vida. No carece de originalidad teoría tan peregrina. Sospéchase de igual manera que en la América Central se hallaban tribus que no creían en el alma. El alma, a los ojos de los americanos, era el aire, el viento, la respiración, la sombra, la imagen, el corazón, la vida y la inteligencia. Acerca del sitio donde residía, según unos, en el corazón; según otros, en la cabeza; había pueblos que decían que estaba en los ojos, y algunos afirmaban, por último, que residía en los huesos. Después de la muerte--decían algunos pueblos--salía del cuerpo y corría a nuevas regiones; según otros, se convertía en ángel de los que amó o en demonio de los que aborreció; sostenían muchas gentes que las almas transmigraban, no sólo a cuerpos de hombres, sino a cuerpos de otros seres. La del que había muerto en batalla, se convertía--así lo contaban los aztecas--en pájaro de rico plumaje que libaba las flores de los vergeles del cielo o venía a sustentarse con las de los jardines de la tierra. En vistosas aves y también en estrellas se transformaban--según creencia de los tlaxcaltecas--las de noble alcurnia, y en escarabajos u otros insectos las de la obscura plebe. En serpientes de cascabel suponían los apaches encarnadas las almas de los réprobos, convirtiéndose igualmente--según dichos salvajes--en osos, lechuzas y otros animales. Del mismo modo se creía por la generalidad que las almas, después de morir el cuerpo, iban a regiones más o menos felices.

Dichas regiones las suponían muchos pueblos en la misma tierra, ya al Oriente, ya al Occidente, ora en lugares subterráneos, ora en el cielo. No faltaron pueblos que para los justos concibieron un paraíso y para los pecadores un infierno. Con el inca Garcilaso diremos que los peruanos daban a las buenas almas el cielo y a las malas el centro de la tierra.

La creencia en la inmortalidad del alma originó la costumbre de enterrar los cadáveres con sus armas, vestidos, etc., y a veces con sus caballos y hasta con sus esclavos y mujeres, para que el muerto pudiera presentarse en el otro mundo con la misma dignidad que gozó en la tierra.

Sin embargo de todo lo expuesto acerca del alma humana, trasladaremos aquí la siguiente nota manuscrita de Pi y Margall y con la cual terminaba el capítulo LXXXVI: «Verdadera noción del espíritu no la tenía pueblo alguno de América»[253].

[253] Historia de América, vol. II. pág. 1.371.

Tuvieron verdadera y transcendental importancia entre los americanos los sueños (naturales o provocados). Mediante los sueños se ponían en comunicación directa con los dioses, según pensaban los indios. Esto dió un carácter especial a la vida del salvaje, carácter que podemos calificar de irreal y absurdo.

Creían en la vida futura, considerando la muerte como tránsito a otra vida. Moría el cuerpo; pero lo que constituía la individualidad pasaba a otro mundo astral.

Las sepulturas tenían varias formas. Se colocaban los cadáveres en cisternas, en sepulcros, en grutas y en cavernas, bajo montículos, entre las ramas de los árboles, en elevadas plataformas, etc. Algunos pueblos quemaban a sus muertos.

Manifestaban los parientes o amigos su dolor con gritos, quejas, lastimándose el cuerpo, etc., y hacían esto para aplacar la cólera del alma vagabunda. Infundían los muertos, más que respeto, temor. Frecuentes eran también las ofrendas. Se acostumbraba poner víveres junto a los muertos, como igualmente armas y herramientas; a veces joyas. «Por estos valles del Perú--escribe Cieza--se usa mucho enterrar con el muerto sus riquezas y cosas preciadas, y en los pasados tiempos hasta se le abría la sepultura para renovarle la comida y la ropa. Mucha cantidad de oro y plata sacaron de estas huacas los españoles luego que ganaron este reino; y, al decir de los indígenas, lo que entonces y después sacaron es para lo que continúa oculto, lo que para una gran medida de maíz un puñado y para una gran vasija de agua una simple gota». Lo mismo que en el Perú halló Cieza, mucho más al Norte, en los sepulcros esta abundancia de riquezas. Hállanse hoy los museos de Berlín, de París, de Lima, de otros pueblos de América y de Europa llenos de objetos de oro, de plata, de bronce, de piedra y de otras substancias de las vastas necrópolis de Ancón, Chancay y Pachacamac. Se han descubierto en ellas vasos y brazaletes de oro, de plata, de bronce; sortijas y collares de plata e imitaciones de hojas de coca en oro; alfileres y depiladores de plata; pedazos de plata y de bronce; hachas y flechas; flautas y pájaros de hueso; muchos objetos de barro, etc. En la isla de Hayti solíase encerrar con los difuntos, además de cazabe y un cántaro de agua, joyas y armas. En América del Norte los pueblos establecidos hacia el Atlántico observaban la citada costumbre.

Hemos de registrar del mismo modo, que como en la otra vida los reyes y los señores podían echar de menos el cariño de sus mujeres y el servicio de sus criados, se hizo indispensable que mujeres y criados muriesen al mismo tiempo que dichos reyes y señores. Si en las tribus de la América del Norte casi estaban reducidos los duelos a cantos, lloros y alaridos, llama la atención que en Michoacán (Estado de México), después de quemar el cadáver del monarca, se daba un banquete a todos los que le habían llevado a la hoguera y un paño de algodón para limpiarse el rostro. Cinco días habían de permanecer sentados, la cabeza baja y en absoluto silencio. Si de la penitencia se exceptuaban los grandes, en cambio tenían que velar y llorar de noche en la tumba. En los citados cinco días los hogares estaban tristes y las calles desiertas.

Entre algunas tribus salvajes de la Carolina, cuando alguien moría, se reunía la familia y los individuos invitados, para oir una especie de oración fúnebre. A los soldados muertos en batalla se les tributaba mayores honras. Cuando moría un cacique se cortaban la cabellera todos los vasallos, varones y hembras, y guardaban tres días de abstinencia y luto.

Entre los algonquines consistía el luto en abstenerse de concurrir a los banquetes y fiestas y en no cortarse el cabello. Daban otros pueblos mayores muestras de dolor, debiendo citarse los tacully, en cuyo pueblo la viuda había de llevar, durante dos años, en un saco, las cenizas y los huesos no quemados de su marido, teniendo que ir también vestida de andrajos. Por último, entre los natextetanos de la América del Norte, se hallaba la familia de los tinnehs, cuyas mujeres se mutilaban la falange de un dedo cuando moría cualquiera de sus parientes. No se cortaban los hombres los dedos; pero se rapaban la cabeza y se herían el cuerpo con pedernales.

En la América Central, al morir un jefe o cualquiera de su familia, era llorado cuatro días por los súbditos, quienes de día estaban silenciosos y de noche daban grandes alaridos. El gran sacerdote, al amanecer el quinto día, les ordenaba que no continuasen en sus tristes demostraciones o lamentos, asegurándoles que el alma del muerto estaba ya con los dioses. En Guatemala el viudo se pintaba de amarillo el cuerpo, y entre los mozquitos todos los individuos de la familia se cortaban el cabello cuando fallecía uno de sus deudos; sólo se dejaban una tira de la nuca a la frente. La viuda, entre los mozquitos, daba con su rostro en el suelo hasta chorrear sangre.

Acerca de la América del Sur, dejando de contar los duelos en el Perú y en otros puntos, los cuales quedaban reducidos a llantos y a muestras de sentimiento parecidas a las ya dichas, citaremos los duelos con sangre, tan comunes en toda América, lo mismo en la del Norte, que en la Central y en la del Sur. Entre los charrúas de la América del Mediodía, la viuda por el marido, la hija por el padre y la hermana por el hermano, se cortaban la falange de uno de sus dedos y se clavaban varias veces en brazos, pechos o costados la lanza o el cuchillo del muerto.

De un diluvio o general inundación tuvieron noticias más o menos vagas muchas tribus, como ya indicamos en algunos capítulos de este tomo.

Terminaremos esta breve reseña de las ciencias y religión de los antiguos americanos, no sin decir antes que nos asaltan dudas acerca de ciertos asuntos. ¿Habremos dicho la verdad? No lo sabemos. ¡Es tan obscura la historia de América antes de la conquista de los españoles!

No quedan grandes vestigios de la vida literaria de los indios. No obstante, por la tradición oral sabemos que se distinguieron bajo el punto de vista de la oratoria los araucanos al Sur y los iroqueses al Norte. Unos y otros daban y dan aún brillante colorido a sus arengas; tenían y tienen todavía mucho cuidado porque su lenguaje sea puro y su estilo enérgico. Como muestra, trasladaremos aquí el siguiente párrafo del discurso que el jefe de los onondagas dirigió en 1684 al enviado de Dorgan, pues anteriores a la conquista nada conocemos.

«Corlear[254]: Ononthio[255], me adoptó por hijo, como hijo me trató en Montreal y como hijo me dió el traje que visto. Juntos plantamos allí el árbol de la paz, y juntos lo pusimos en Onondaga, a donde envía siempre sus mensajeros. Hacían ya otro tanto sus antecesores, y ni a ellos ni a nosotros nos pesa. Tengo dos brazos: extiendo el uno sobre Montreal para sostener el árbol que allí plantamos, el otro sobre la cabeza de Corlear, que es, hace tiempo, mi hermano. Corlear es mi hermano, y Ononthio mi padre; pero sólo porque quiero. Ni el uno ni el otro son mis señores, y del Creador del mundo recibí la tierra que ocupo. Soy libre. Respeto a los dos, si bien no reconozco en ninguno el derecho de mandarme. No lo tiene tampoco ninguno de los dos para quejarse de que yo procure por todos los medios posibles evitar la guerra. Tomóse mi padre (Ononthio) el trabajo de venir a mi puerta y siempre me hizo proposiciones razonables. Voy a verle: no puedo diferirlo más tiempo»[256].

[254] Corlear era súbdito inglés.

[255] Ononthio era natural de Francia.

[256] Véase Pi y Margall, Ob. cit., tomo I, cuaderno II, pág. 1.730.

Notables son también algunas leyendas y baladas y cantos de amor, lo mismo de los pueblos cultos que de los salvajes. Netzahualcóyotl, rey de Tezcuco, fué gran poeta y compuso hermosos cantos. Así comienza uno de ellos: «Son las caducas pompas del mundo como los verdes sauces, que por mucho que quieran durar perecen, porque los consume inesperado fuego, o los destroza el hacha, o los derriba el cierzo o los agobian los años. Como las rosas es la púrpura por su color y su suerte; son bellas ínterin sus castos botones recogen y guardan avaros el rocío que cuaja en ricas perlas la aurora; se marchitan, pierden su hermosura, su lozanía y el encendido color con que agradablemente se ufanaban, luego que les dirige el padre de los vivientes el más ligero de sus rayos...»[257].

[257] Pi y Margall, ob., t. y cuad. citados, pág. 1.743.

En el Perú floreció la poesía lírica y también la dramática. De la última puede servir de ejemplo el drama que lleva el título de Ollanta[258]. El protagonista del drama se llama Ollanta, famoso guerrero, que se había enamorado de Kusi-Khóyllur, hija del inca Pachacútij[259]. Encontramos las siguientes frases pronunciadas por Ollanta: «Sería más fácil hacer brotar agua de una roca y arrancar lágrimas a la arena que hacerme abandonar a mi Kusi-Khóyllur, la estrella de mi ventura.»

[258] Ollantay escriben otros.

[259] O Cusi Coyllur, hija de Pachacutec.

El drama, escrito en el quechua, fué traducido al francés por el señor Pacheco Zegarra. Acerca del autor del drama nos asaltan algunas dudas. ¿Se escribió antes o después de la conquista? ¿Se halla probado que el autor pertenecía a la raza indígena o lo escribió D. Antonio Valdez, cura de Tinta, quien lo hizo representar en la corte del desgraciado Tupac-Amaru? Sólo afirmamos que el autor, sea el que quiera, conocía perfectamente el lenguaje; tal vez fuese algún misionero versado en el quechua, pudiéndose sospechar con fundamento que se escribió después de la conquista. El inca Garcilaso en sus Comentarios Reales afirma que no era raro que religiosos españoles, principalmente jesuítas, compusieran comedias en quechua y aimará.

De la citada composición dramática escribe Pi y Margall lo que sigue:

«Ollanta, según la tradición, era uno de los más poderosos caciques de Tahuantinsuyu. Vivía en la ciudad de su mismo nombre, a no gran distancia del Cuzco, al abrigo de una vetusta fortaleza construída en la cumbre de un áspero y empinado cerro. Enamoróse de Cusi Khóyllur, hija de Pachacutec, y fué, para desgracia de ambos, correspondido. Al advertirlo el Inca, trató con gran rigor a la hija y la encerró, quién dice que en un calabozo, quién que en el monasterio de vírgenes consagradas al Sol. Ciego el cacique Ollanta de amor y cólera, concibió nada menos que la idea de ganar a Khóyllur por la fuerza de las armas. Se sublevó contra su soberano, y alcanzó al principio brillantes triunfos. Derrotado después, se hizo fuerte en su castillo, verdadero nido de águilas. Sostúvose allí algún tiempo, desplegando un valor y una estrategia que no se esperaba de sus años, siendo al fin vencido y preso por uno de los mejores generales del Imperio. Estaba ya entonces sentado en el trono de Cuzco Inca Yupanqui. Inca Yupanqui, no sólo le perdonó, sino que también le dió la mano de Cusi Khóyllur, su infeliz hermana»[260].

[260] Véase Pi y Margall, Ob. cit., tomo I, vol. I, pág. 401.

No hay en él--escribe el citado historiador--reminiscencias católicas, y habría sido difícil que en una composición literaria se hubiese dejado de escapar una que otra de la pluma de un español de aquel tiempo. Retrátase en él, por lo contrario, con fidelidad pasmosa y verdadero cariño las creencias, el culto y aun las supersticiones de los antiguos peruanos; y esto, sobradamente lo comprenderá el lector, habría sido todavía más difícil para nuestros hombres. El lenguaje es, además, puro y clásico: ¿qué extranjero había de conocer tan a fondo aquél idioma? ¿Con qué objeto lo habría estudiado?[261].

[261] Ob. cit., vol. II, pág. 1.749.

Después de decir el autor de la Historia general de América que si los versos parecen castellanos por el número de sílabas, no lo son por sus condiciones prosódicas, y si hay frases que parecen acusar manos españolas, como también un gracioso bastante parecido al de nuestras antiguas comedias, esto no es bastante motivo para creer la obra ni extranjera, ni posterior a la conquista. Pudo sí ocurrir que la obra con posterioridad a la conquista sufriese enmiendas y correcciones, cosa no sólo posible, sino también probable.

Es de advertir que la afición a los espectáculos teatrales no era exclusiva de los peruanos; la tenían los mayas, los nahuas y otros[262].

[262] Ibidem, págs. 1.749 y 1.750.

De los bailes-dramas, tan estimados entre algunos pueblos americanos, citaremos el Rabinat-Achi, que recogió Brasseur de boca de los indígenas y publicó en su Colección de documentos, volumen segundo. El Rabinat-Achi es un documento interesante y se halla escrito en lengua quiché. Su argumento, sumamente sencillo, consiste en que Rabinat-Achi, valeroso guerrero, consiguió poner preso a Queche-Achi, enemigo de su pueblo. Llevado Queche-Achi a la presencia del rey Hobtoh, cuando se convence que ha de morir, pide, entre otras gracias, que se le conceda trece veces veinte días y trece veces veinte noches para ir a despedirse de sus montañas y de sus valles. Obtuvo el permiso y cumplió valerosamente lo que había ofrecido. Los bailes-dramas fueron generales en toda la América Central antes de la conquista y continuaron después de ella con el mismo entusiasmo. De unos y de otros se conservan ligeras noticias.

Respecto de las razas salvajes casi nada sabemos, pero llegamos a creer que sólo tuvieron el baile pantomímico. No pudieron tener otra cosa[263].

[263] Ibidem, pág. 1.752.

CAPÍTULO XIII

LAS BELLAS ARTES ENTRE LOS INDIOS.--CARÁCTER DE LAS BELLAS ARTES EN MÉXICO Y EN EL PERÚ.--MATERIALES EMPLEADOS EN LOS MONUMENTOS.--LAS PIRÁMIDES.--RELACIONES ENTRE LOS MONUMENTOS DE AMÉRICA Y LOS DEL ANTIGUO MUNDO.--LOS TEMPLOS: EL DE MÉXICO.--LOS PALACIOS.--MONUMENTOS DE MITLA.--RUINAS DE PALENQUE.--ORATORIOS DE OCOTZINGO.--ESTATUAS DE PALENQUE.--PIRÁMIDES DE AKÉ.--OTROS MONUMENTOS.--LOS MONUMENTOS DE YUCATÁN Y DE HONDURAS.--CONSIDERACIONES SOBRE LOS TEOCALLIS.--SU SEMEJANZA CON OTROS DEL ASIA.--LA FALSA BÓVEDA EN AMÉRICA.--LA ARQUITECTURA EN EL PERÚ: MONUMENTOS PRE-INCÁSICOS Y DE LOS INCAS.--EL TEMPLO DEL CUZCO.--OTROS EDIFICIOS.--LA ARQUITECTURA PERUANA Y LA DEL VIEJO CONTINENTE.--LA ESCULTURA.--EL DIBUJO Y LA PINTURA.--LA MÚSICA EN MÉXICO Y EN EL PERÚ.--LAS BELLAS ARTES EN BOLIVIA Y EN LA AMÉRICA CENTRAL.--EL CANTO: EL AREITO.

Antes de fijar nuestra atención en las construcciones arquitectónicas, recordaremos que en las tres Américas (Meridional, Central y Septentrional), se hallan cuevas más o menos profundas que fueron un día, unas albergue de vivos, otras tumba de muertos y algunas templo de dioses.

También en varios puntos de América se ven puentes naturales, ya formados por árboles seculares, ya por grandes rocas. Consisten los primeros en que un árbol, nacido en la margen de un río o torrente, cae sobre la opuesta ribera y forma un puente sobre el cual pasa el indígena. Pero no son esos los puentes que llaman más la atención en las Indias: lo son los dos de roca viva de Icononzo, tendidos sobre el profundísimo valle de Pandi y por el cual corre el torrente de Suma Paz. Comunícanse los dos puentes: el uno está a más de 97 metros sobre el nivel de las aguas y forma un arco que mide 14-1/2 de longitud, 12 con 7 decímetros de anchura, 2 con 4 de espesor en su centro; el otro puente se halla sobre el torrente a unos 78 metros y se compone de tres masas de rocas, haciendo oficio de clave la del medio. Tales puentes deben ser obra de la naturaleza, como obra de la naturaleza son los montes y los valles.

Pasando a estudiar la arquitectura propiamente dicha, haremos notar primeramente la poca o ninguna relación artística que ha mediado entre México y el Perú, dada la distancia tan corta que los separa. Diferente es el camino que siguió el arte en México y en el Perú. Si atendiésemos a imperiosas necesidades de la localidad, al clima, por ejemplo, resultaría que debieran hallarse en México muchos edificios del Perú, y en el Perú muchos de México. Ya sabemos que en sus orígenes, las construcciones son, ya de piedra, ya de madera o ya de ambas cosas. Pues bien, en ciertas localidades se comprende el empleo de la piedra y la madera o el sistema mixto; pero no--y esto sucede frecuentemente--que unos edificios sean sólo de piedra y otros de madera.

Tal vez pueda explicarse todo esto no olvidando que Manco Capac, en el Perú, y Quetzalcoatl en México, fundadores el primero de aquel Imperio y el segundo del último, son extranjeros. Ellos y su gente importaron la cultura de su primitivo país a sus nuevos Estados, y no teniendo en cuenta las condiciones de las ciudades peruanas y mejicanas, levantaron edificios como los que habían dejado en su antigua patria. Peruanos y mejicanos dieron a sus obras formas artísticas diferentes, que, mediante transiciones y modificaciones, llegaron al estado de relativa perfección.

Los materiales empleados en los monumentos eran los mismos que los usados en Europa, esto es, la tierra, la arcilla, la madera, la cal, la arena, el betún y la piedra; el adobe y el ladrillo; la argamasa, el cemento y el estuco. Usábase también de los mismos aparejos: el tapial, el hormigón y la mampostería; el sillar paralelepípedo, el ciclópeo y el almohadillado; la sillería de juntas en cruz y la de juntas verticales; los revoques y los enlucidos[264]. No huelga decir que tales construcciones no se hallan en los pueblos salvajes. Si encontramos la columna en muchos edificios de los pueblos cultos, el arco no fué conocido en ningún pueblo. En frisos y cornisas vemos riqueza considerable, y, por lo que respecta a los huecos, sólo por las puertas recibían la luz la mayor parte de los edificios. Las puertas eran rectangulares y algunas cuadradas, y las ventanas, donde las había, presentaban la misma forma que las puertas. Como los grandes edificios, especialmente los templos, se edificaban en sitios elevados, para subir a ellos se recurría a la rampa o a la escalera. Los tramos eran, generalmente, rectos, las escaleras angostas y los escalones altos. Los pasamanos, como los escalones, estaban construídos de piedra.

[264] Véase Pi y Margall, Ob. cit., vol II. págs. 1.801 y 1.802.

Abundaban las pirámides y, entre otras, llamaban la atención la del Sol y la de la Luna en Teotihuacán, la de Cholula, la de Teopantepec y la de Huatusco. Acusan marcado adelanto las de Huatusco, Papantla, Xochicalco y Tusapán. La de Tusapán es perfecta. «Sólo éstas--dice el historiador citado--merecen el nombre de pirámides. Las demás no tienen ni siquiera oblicuas las aristas de los diversos altos que las componen. Son todas, no secciones piramidales, sino paralelepípedos-rectángulos, de abajo arriba, el uno menor que el otro.

Escaseaba en Egipto este género de construcciones; abundaba en la cuenca del Tigris y del Eufrates, en los antiguos reinos de Asiria y Babilonia. Herodoto vió el templo de la ciudad de este nombre y lo describió en el párrafo 181 del libro primero de su Historia. El templo, según él, era cuadrado en su base, y medía en cada uno de sus frentes dos estadios, 370 metros. En medio de esta base se alzaba una torre maciza de un estadio de longitud y otro de anchura; sobre ésta, otra; sobre ésta, otra; y así sucesivamente, hasta el número de ocho. Alrededor de todas había una rampa, y como a la mitad un relleno con asientos para descanso de los que subían. En la última torre estaba el santuario. A juzgar por las ruinas que aún existen, debió de ser esta forma de construcción, tan general y típica en aquella parte del Asia como en América. Lo hubo de ser hasta en la Pérsida. Nos lo revela el sepulcro de Ciro que cabe aún ver en lo que fué ciudad de Pasárgada. Véase el tomo II de la obra Histoire de l'Art dans l'Antiquite, principalmente el capítulo II y el IV»[265].

[265] Nota de Pi y Margall, escrita por él mismo en su Historia de América, volumen segundo página 1.825.

Al oeste de Puebla de los Angeles se encuentra la citada pirámide de Cholula. Antes de pasar adelante, consignaremos que las pirámides de Teotihuacán son de tierra, arcilla, argamasa y guijarros; la de Cholula, de adobes; la de Huatusco, está revestida de piedra, y la de Xochicalco, es de sillería.

Respecto a templos, tal admiración causó a Hernán Cortés el mayor de México, que suyas son las siguientes palabras: «al es--decía el insigne capitán--su grandeza, que no lo sabría explicar lengua humana: dentro de su circuito se podría muy bien facer una villa de quinientos vecinos. Hay bien cuarenta torres muy altas, la mayor más alta que la de la catedral de Sevilla. Son todas de tal labor, así en lo de piedra como en lo de madera, que no pueden estar en parte alguna mejor labradas ni hechas.»Comenzóse su fábrica por Tizoc, el año 1483, y fué inaugurado por Almitzotl, el 1487. Dentro de vasta cerca, coronada de almenas, había 33 templos, siete casas para otros tantos colegios de sacerdotes, seis oratorios, una hospedería, cuatro albercas, dos juegos de pelota y otras habitaciones, sin contar los muchos patios, alguno tan grande que medía más de 130 metros en cuadro. Otro palacio no menos digno de memoria describe Cortés. En él dice que tenía Moctezuma un jardín con miradores que del suelo al techo eran de jaspe. En dicho jardín había diez albercas y en ellas se mantenían muchas aves acuáticas. Los leones, tigres, lobos y otras fieras, como también las aves de rapiña, tenían sus correspondientes albergues. Otros palacios con sus jardines se levantaban en Tezcuco, en Toxcutzingo y en la Quemada. En el Estado de Oajaca, en el fondo de un valle, y en medio de un semicírculo de agudos picachos, se hallan los monumentos de Mitla. Estas antiguas necrópolis consisten en cuatro grandes fábricas, llamadas comúnmente palacios, y dos pirámides que se consideran como altares o templos. «Examinados en conjunto--dice Pi y Margall--los cuatro monumentos, asombra a la verdad su rigor geométrico, la pureza y la energía de sus líneas, la precisión de sus ángulos, la simetría y harmónica disposición de sus partes, el corte y las juntas de sus piedras que hicieron inútil la argamasa, las combinaciones de sus mosáicos, también sujetos a medida. No cabe regularidad mayor que la de esas singulares construcciones»[266]. Las dos pirámides, la una está situada al Oeste de la primera necrópolis, y la segunda al Sur de la última; aquélla consta de cuatro pisos y ésta de tres.

[266] Historia general de América, vol. II, pág. 1.839.

Pasamos a estudiar las ruinas de Palenque, restos de antigua ciudad llamada Nacham, y que--según Dupaix--tenía de extensión unos doce kilómetros. A la sazón--si damos crédito a Waldeck--apenas llega a cinco. Se hallan en territorio de Chiapas, orillas del Otolúm, de 11 o 12 kilómetros al Sudoeste de Santo Domingo, en las colinas de un valle y a la entrada de una serranía de la que bajan abundantes arroyos. Cinco son los principales y ruinosos monumentos: el Palacio, el templo de la Cruz, el del Sol, el del Relieve y el de los Tableros.

Hay, además, muros aislados, arranques de edificios, sillares sueltos y dos pirámides. Al Norte está el Palacio; al Sur, y casi en la línea del Palacio, el templo del Relieve: al Sudeste, los del Sol y la Cruz; al Sudoeste, el de los Tableros, y a unos 3.500 pasos al Mediodía de la última casa Nordeste de Santo Domingo, las dos pirámides. Levántase el Palacio casi a la margen del Otolúm, sobre una mole piramidal de 78 por 86 metros de base y 11 o 12 de altura; el Palacio mide de alto 8 metros y de base 50 por 35. En sus cuatro frentes lleva 40 huecos, distinguiéndose las puertas sólo por la mayor anchura. Las talladas losas, numerosas tumbas y gigantescas estatuas, han hecho que algunos arqueólogos hayan creído que el citado lugar fuera sagrado, donde se congregaba un pueblo de devotos y residía el alto sacerdocio de los mayas[267].

[267] Véase Navarro Lamarca, ob. cit., págs. 273 y 274.

En Ocotzingo, allá en la vertiente de pequeño cerro, al que se sube por espaciosa y casi desmoronada gradería, se levantan tres adoratorios, dos pequeños y uno mayor central; y en segundo término, la arquitectura de los mencionados oratorios es del mismo gusto que la de Palenque.

Dentro del territorio de Yucatán, que es donde se descubren más restos de edificios antiguos, se ven muchos monumentos que afectan la forma piramidal.

Las dos estatuas de Palenque, según algunos críticos, hubieran podido también aparecer en Egipto sin llamar la atención de los arqueólogos. ¿Serán casuales las semejanzas entre los monumentos del Antiguo y del Nuevo Continente? Es evidente que en los comienzos de la cultura primitiva, la humanidad ha debido desplegar sus energías del mismo modo, siempre que se haya encontrado en condiciones semejantes, por cuya razón no causa extrañeza la semejanza entre los edificios americanos y los del Antiguo Mundo. Cuando el arte ha llegado a su completo desarrollo, entonces no existen ciertas analogías, pues--como dice Riaño--«nunca se da el caso en la historia del arte de que aparezcan en distintas localidades, debido a la casualidad, formas y pormenores que representan las más veces muchos siglos de cultura»[268].

[268] El arte monumental americano. Conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid el 26 de mayo de 1891, pág. 13.

Como a 40 kilómetros al Este de Mérida, en un lugar llamado Aké, se encuentran 15 o 20 pirámides de diferentes tamaños, las cuales sostuvieron palacios hoy completamente derruídos. También en Izamal se admiraban varias pirámides, llamando particularmente la atención la de Kinichkakmó, que tenía dos pisos, veinte escalones, ancha plataforma y detrás una plazoleta con otro cerro o pirámide que sostenía un templo. Era redonda por su parte posterior y toda de cantería. Cada escalón tenía de largo 28 metros y de alto cinco decímetros. Al ocuparse Charnay de los restos de un camino a la isla de Cozumel, y de otro a Mérida, dice del último, que era de siete a ocho metros de anchura y se componía de grandes piedras cubiertas de hormigón y de una capa de cemento. De cemento era también el camino a la isla de Cozumel. En Mayapán se admira otro monumento, el cual manifiesta los mismos caracteres que los anteriores. Las ruinas de Chichén-Itzá ocupan un rectángulo de 835 metros de largo y 556 de ancho: al Norte está el templo y, según otros, gimnasio o circo; al Este el Pórtico, y entre el templo y Pórtico el castillo; al Sur el Acabtzib y la Casa de las Monjas, más al Norte el Caracol, y al Oeste el Chichanchob o la Casa Roja. El más antiguo de todos estos edificios y a la vez el más humilde, es el Acabtzib; y el más moderno y también el más bello, es la Casa de las Monjas. Debe fijarse la vista en las numerosas e imponentes ruinas que se descubren en Uxmal, la Atenas de los mayas. Preséntanse a nuestros ojos, al Norte, el Palacio o Casa de las Monjas, la Casa de los Pájaros y el cerro del Enano o del Adivino; a Mediodía Las Culebras o juego de Pelota; más al Sur la magnífica Casa del Gobernador y la de las Tortugas; al Sudeste la Casa de la Vieja y al Sudoeste la Casa de las Palomas. Son por más de un concepto notables los monumentos de Kabah, la Casa Grande de Zayi, los edificios de Labnah, los de Kewick, y en las costas del Oriente los de Tuloom. El apogeo del arte americano se encuentra en Yucatán. Algunos autores creen que la arquitectura tuvo su comienzo en Aké y su fin en Zayi. Al Sur de la Península yucateca se hallan las ruinas de Tikal. En la margen izquierda del Usumacinta se ven las ruinas de Lorillard, y en una de las islas del lago Yaxhaa, aparece especie de torre de cinco altos. En la margen oriental del río Copán (límites o confines de Guatemala y Honduras), se admiran grandes ruinas, como también en Quirigua, mucho más al Norte. Las ruinas de Tenampua, situadas al Sur, tienen bastante parecido a las de Copán.

[Ilustración: Teocalli en Palenque.]

Continuando el estudio de los templos o casas de Dios (Teocallis), diremos que los encontramos dentro de los valles del río Usumacinta, que desagua en la bahía de Campeche (golfo de México). Ya sabemos que de la misma clase hay muchos en México, no siendo tampoco extraño, sino bastante frecuente, que haya varios en una misma localidad. Todos los mencionados Teocallis manifiestan la misma forma de pirámide, truncada en su último tercio, con el fin de dejar una explanada para levantar un adoratorio, donde estuviesen encerradas las imágenes. Se ascendía al pequeño santuario por medio de escaleras, las cuales eran diferentes, manifestándose las mayores variedades en su estructura. Como ejemplos de tales monumentos dimos a conocer diferentes pirámides, siendo de notar que es una cuestión todavía no resuelta por los críticos acerca de si tienen o no cierto parecido o semejanza los Teocallis de México con las pirámides de Egipto. Creen algunos--y en ello estamos conformes--que, además de las grandes diferencias en la forma, los Teocallis son templos y las pirámides son tumbas. Afirma el señor Riaño que los Teocallis tienen bastante parecido con edificios de la misma forma levantados en el Thibet, Cambodia y en toda la parte fronteriza entre la India y la China, como igualmente en otras localidades de varias regiones del Oriente. Nadie negará--por ejemplo--que los Teocallis de Tehuantepec y de Xochicalco manifiestan en su estructura y pormenores verdaderas identidades con los templos en forma de pirámide de Sukú y de Boso Budhor (isla de Java).

Encontramos otra clase de monumentos antiguos en México, adornados con trabajos de escultura y pintura, pudiendo servir de ejemplo, entre otros, los ya citados de Mitla.

No hubo arcos, como sabemos, en la arquitectura americana; pero en Palenque y Yucatán se abovedaban puertas y salas. Recientes descubrimientos han corregido la idea que hasta aquí se tuvo sobre el origen de la bóveda. Atribuíaselo a los Etruscos, y hoy es indiscutible que la hubo en Egipto, Caldea. Asiria, tierra de Israel, Fenicia y en las costas de Cerdeña.

Se ha encontrado en casi todo el Occidente de Asia la verdadera y la falsa bóveda: así la de dovelas como la de piedras horizontales, de la que acabo de hacer mérito. Ofrece Abydos un ejemplar de la primera en un sepulcro, y de la segunda en una capilla. En Egipto, sin embargo, la falsa bóveda era perfectamente semicircular, tanto que algunos la suponen coetánea y aun posterior a la verdadera. Verdadera o falsa, aparecía principalmente en los monumentos de ladrillo, en los de los Ptolomeos y en los de los Faraones.

La falsa bóveda de América se la ve mejor que en parte alguna en la isla de Cerdeña, en un pasadizo de la unragha de zuri. La bóveda es allí de cantería, y tiene por cerramiento una serie de lajors. Notable es también en este género una bóveda de la necrópolis asiria de Mugheir, bien que de adobes y con los muros que la sostienen inclinados hacia dentro.

Empleaban la verdadera bóveda los pueblos occidentales de Asia, sobre todo en los canales y demás obras subterráneas. En ninguno constituía uno de los elementos comunes de la Arquitectura[269].

[269] Nota manuscrita de Pi y Margall, etc., pág. 1.805.

Por último, entre otras antigüedades mejicanas, citaremos la Máscara del Sol, el Calendario y dos ídolos.

Pasando a estudiar la arquitectura del Perú, dividiremos los monumentos en dos clases: pre-incásicos y de los incas. Entre los primeros se hallan los de Tiahuanaco, donde deben admirarse las puertas monolíticas, que son muestra curiosa e importante de la primitiva historia del arte. ¿Qué objeto podrían tener cuando no servían de paso y eran por sí solos monumentos? No lo sabemos. También anterior a los incas debió ser otro edificio de Tiahuanaco y del cual solo vió Cieza un muro bien labrado. Anteriores debieron ser del mismo modo dos ídolos que dicho autor calificó de gigantescos. Se admiran monumentales puertas de sólida sillería y de forma piramidal, en una meseta de los Andes, a la que se sube desde el valle de Colpa y donde se halla Huánuco el Viejo. Recuerdan el arte egipcio por la tendencia a la pirámide, y el arte griego por el esmerado corte y buen asiento de las piedras, la acertada contraposición de las juntas y la pureza de las líneas y la sobriedad de adornos. Merece atento exámen en Huánuco un terraplén que lo mismo pudo ser mirador que fortaleza. Puertas y terraplén formaban parte de un vasto sistema de construcciones. A unos ocho kilómetros del puerto de Huanchaco (valle de Trujillo), al Sur, se ven los monumentos del Gran Chimu. En un área de cuatro kilómetros vivía--según todas las señales--un pueblo que tenía ricos palacios y extensos jardines, laberintos, templos, sepulcros, plazas, calles de humildes viviendas y un estanque que recibía las aguas del río Moche por larga y bien construída acequia. No lejos de las citadas ruinas, a unos cuatro kilómetros de la ciudad de Trujillo al Este, hay una fábrica que llaman Templo del Sol y que consiste en una pirámide rectangular de tres pisos, toda de adobes; tiene de altura de 25 a 31 metros, en su base 125 por 130 y en la plataforma 104 de anchura. Un poco más abajo se halla otro edificio, también de adobes, que mide 90 metros en cuadro y está rodeado de un muro grueso de 33 decímetros.

Por lo que se refiere a los monumentos de los incas, comenzaremos trasladando aquí la siguiente observación de Humboldt: «Imposible es examinar con atención un solo edificio del tiempo de los incas, sin reconocer el mismo tipo en todos los demás que existen en la superficie de los Andes, en una extensión de más de 450 leguas, desde 1.000 hasta 4.000 metros de elevación sobre el nivel del Océano. Parece que un solo arquitecto ha construído este gran número de monumentos»[270]. La arquitectura peruana se distingue por la rica variedad de sus materiales y sus aparejos. Empleaba generalmente el pórfido, el granito, y a menudo, el adobe o ladrillo; también el barro, el cascajo, la piedra en bruto y labrada, la arenisca y pizarra; por morteros o argamasa, ya una mezcla de yeso y arena, ya una mezcla de betún y cal, y ya cierta arcilla soluble y pegajosa. Usaba el hormigón, la mampostería, la sillería común y la almohadillada, y, con no poca frecuencia, el aparejo denominado ciclópeo, que consiste en grandes piedras sin cemento o argamasa que las una, sólo empleado por los pueblos de Europa en los monumentos militares. Lo encontramos en las murallas de Tarragona (España). En el Perú vemos sus manifestaciones más legítimas en las fortalezas del Cuzco y de Ollantaitambo, no sin que notemos diferencias entre unas y otras, pues allí las piedras se hallan separadas por intersticios, y en Ollantaitambo están unidas casi perfectamente. Otro aparejo ciclópeo--si cabe darle este nombre--se distingue considerando la arquitectura de los incas, y consiste en no guardar riguroso orden ni en la colocación de los sillares ni en la formación de las hiladas, como puede verse si contemplamos la fachada Norte del palacio de Titicaca, el frente septentrional de un palacio de Cajamarca y otros muchos edificios. Los demás aparejos son excepcionales y únicamente se hallan en determinadas construcciones; o son mezcla de hormigón y pedruscos, o consisten en el empleo de adobes, hechos de barro y paja. Por todas partes se admiran templos, palacios, monasterios de las vírgenes del Sol, estaciones militares o tambos, coptas (depósitos de armas, de cereales, de tejidos, etc.), casas de baños y casas de juego. El templo del Cuzco tenía de circuito más de 560 metros y estaba cercado por una muralla. La puerta se hallaba al Oriente. Consistía su decoración en una cenefa de oro que llevaba por su parte más elevada y a todo su alrededor; la puerta estaba cubierta por una lámina de oro. En su parte interior el oro constituía todo el ornato, todo el adorno del templo; de oro y pedrería era el Sol del testero del fondo. El pavimento estaba embaldosado de mármoles y el techo de paja le ocultaban finos tejidos de algodón bordados de vivos colores. Contiguo al templo había un patio, por cuyas paredes corría un friso de oro; dentro del patio se encontraban santuarios erigidos a la Luna, a las Estrellas, al Trueno y al Arco Iris. La imagen de la Luna era de plata, y de plata estaban revestidos los muros y la puerta del santuario. El segundo santuario tenía aforrada de oro la puerta y recamado de estrellas el velo tendido debajo del techo.

[270] Vues des Cordilléres, págs. 107.

Es de advertir que en los monumentos del Perú no se conocía la columna. Las puertas de las casas tenían las jambas oblícuas y resultaban más estrechas en el dintel que en la base. Triangulares había algunas, y también rectangulares. Umbral no tenía puerta alguna y batientes, pocas. Las ventanas, que apenas las había, presentaban ordinariamente la forma de las puertas. Los escalones eran casi siempre de piedra como también los pasamanos. Los adornos de los monumentos tenían el mismo carácter que en México. Extraordinario--repetimos--fué el lujo desplegado en el templo del Cuzco; por dentro y por fuera abundaba el oro con toda esplendidez. Exteriormente una cenefa de oro, según Cieza, ancha de dos palmos y gruesa de dos dedos, corría alrededor de todo el templo; interiormente las puertas y las paredes se hallaban cubiertas de planchas de oro. No andan descaminados los que dicen que el gran templo del Sol era el edificio más magnífico del Nuevo Mundo y tal vez en el Antiguo no hubiere otro que pudiera comparársele en la riqueza de sus adornos.

Para terminar el estudio de los monumentos del Perú, añadiremos los siguientes: el palacio de Manco Capac, que se levanta en una de las islas del gran lago; la casa de las monjas o vírgenes dedicadas al culto del Sol; las tumbas que se encuentran en el camino que va del Cuzco a Sinca, y las murallas ciclópeas del mencionado Cuzco[271]. Los citados edificios están hechos de piedra y nada tienen de madera, siendo de notar la absoluta carencia de ornamentación. No es esto decir que en el imperio de los incas se desconociera el adorno, pues rica decoración se manifiesta en las ruinas del palacio de Chimu, en las de Hatuncolla y en otras, hallándose también muchos objetos profusamente decorados; pero en el citado palacio de Manco Capac y demás monumentales, la sobriedad de líneas no puede ser mayor. Tales construcciones guardan completa semejanza y aun pudiéramos decir igualdad con las griegas arcaicas y etruscas, hechas seis siglos antes de la era cristiana.

[271] También debemos mencionar las ruinas del palacio de Mamacuna en Pachacamac, el palacio del inca Rocca y las fortalezas de Ollantaytambo y Tiahuanuco.

Las murallas del Cuzco pertenecen al mismo sistema de construcción que las de Mycena, Cremona, Tarragona y otras fundadas por etruscos y griegos. Aquéllas y éstas se hicieron con grandes bloques de piedra de forma irregular, colocadas en hileras de desigual altura, y con los huecos llenos de piedras pequeñas, para igualar, aunque con poco arte, los planos del muro. A semejante construcción se llama poligonal, por los muchos lados que presentan los bloques, los cuales se usaban como salían de las canteras. Generalmente, esta clase de obra se empleaba en la base del edificio, continuando sobre ella la fábrica con sillares labrados, «aunque desiguales también en longitud y altura, y no falta alguno que otro ejemplo en que los sillares afectan ya la forma rectangular, colocados en hiladas iguales, con las uniones verticales dispuestas de manera que caigan en los centros de los rectángulos, o sea, adoptando el perfecto sistema de este género de obras, el opus quadratum de los romanos, que no ha variado después»[272].

[272] Riaño, Conferencia pronunciada el 26 de mayo de 1891 en el Ateneo de Madrid, pág. 10.

Lo mismo en puertas, ventanas y otras perforaciones de los muros de muchos edificios, se emplea la forma de trapecio, de igual manera que aparece en los antiguos restos de Etruria.

Si en algunos edificios del Nuevo y del Viejo Mundo hay semejanzas arquitectónicas, existen otros en el Perú, donde brillan en todo su esplendor la originalidad y fantasía de aquellas gentes, como son los del lago de Umaya, los de Cacha, de Palca, de Chimu, de Hervai, de Cajamarquilla y de Quisque.

Ocurre preguntar: ¿Cómo bloques tan grandes, no siendo conocida la mecánica, se pudieron traer de distancias tan considerables? ¿Cómo no fueron labradas las piedras, si se conocían los instrumentos indispensables para dicho trabajo? ¿Por qué se les dió tanta consistencia, si las armas en aquellos tiempos eran únicamente flechas? Había piedras en el castillo de Cuzco que tenían de anchura 16 pies y altas más de 13. Las había de 36 de altura por 24 de anchura. Las había anchas de 6 pies, altas de 22 y largas de 50. Debieron llevarse arrastrando a través de cerros y ríos, y en las pendientes rápidas emplearían muchos hombres, ya para empujarlas, ya para impedir que se desprendiesen al fondo de los barrancos. Dicha fortaleza tenía tres murallas por la parte del campo y una por la de la ciudad, la cual se hallaba construída--según Garcilaso que la vió--con piedras labradas y regulares como las del templo de la misma ciudad de Cuzco. Por lo que respecta a la consistencia extraordinaria de sus fortalezas cuando sólo se conocían las flechas, no acertamos a dar satisfactoria explicación.

Consérvanse en el Museo Antropológico de Madrid algunas curiosas antigüedades peruanas.

En Bolivia, las primitivas bellas artes de los indios aymeraes estaban reducidas a las chullpa (casita pequeña de piedra) y a las pucanas (montecillo fortificado con varias zonas de gruesas piedras); sobre ellas estaba una chaca o un templete construído con muros de piedra cubiertos con grandes losas.

En Guatemala, Nicaragua y en algunos otros países de América se cultivaron las bellas artes. Afirman algunos escritores que en Yucatán estuvo el apogeo del arte americano, y añaden que allí la tendencia al arco era manifiesta.

Por lo que a escultura y pintura respecta, siempre encontramos--como escribe Navarro Lamarca--la misma rigidez de líneas, la misma tosquedad de factura, el mismo afán de imitación grosera, la misma falta de espontaneidad e idealismo[273].

[273] Compendio de Historia general de América, tomo I, pág. 150.

Fijándonos en la escultura no deja de observarse, aun en las mejores obras que decoran los templos, que el sentimiento de la naturaleza era todo. La idea de Dios no inspiraba al artista americano. Sin género de duda podemos afirmar que el arte escultural en las Indias hizo pocos, muy pocos adelantos. En Tiahuanaco se han encontrado una estatua de granito y una cabeza de pórfido, resultando las dos paralelepípedos y prevaleciendo en las dos la línea recta. Cerca de Cajabamba se halló otra escultura de granito que representaba un hombre en cuclillas y en actitud de orar; pero aunque sea como las de Tiahuanaco, se nota que el artista hizo esfuerzos para redondear las formas de la cara, lo cual ya es un progreso digno de alabanza. Superior es, sin duda, el arte escultórico entre los muiscas, como se muestra por las estatuas y relieves hallados en el fondo de un bosque, cerca de Timana, donde comienza el valle del río Magdalena.

[Ilustración: Escultura en las ruinas de Copán.]

En Nicaragua la escultura reprodujo mejor al bruto que al hombre, y del hombre, lo mejor la cabeza. En Copán (Honduras) participó el arte escultórico del de los muiscas y del de Nicaragua. Los monumentos de Quisigua son inferiores a los de Copán. Los de Yucatán recuerdan a Tiahuanaco en las máscaras que adornan el frontis de uno de los edificios de la casa de las Monjas, a Nicaragua en las fauces de fiera que sirven como de tocado a ciertas figuras de Nohpat, y a los muiscas en el remedo de las facciones humanas. Los relieves escultóricos del gimnasio o juego de pelota de Chichén-Itzá (Yucatán), son más artísticos que los de Copán y Tiahuanaco. La influencia de la bárbara religión azteca en la escultura de México, produjo monstruos y no estatuas. Otros relieves que encontramos en diferentes puntos de México son inferiores a los del gimnasio de Chichén-Itzá. Llegó la escultura en Palenque del mismo modo que la arquitectura a un relativo apogeo. No labró muchas estatuas; pero sí figuras de relieve, las cuales hizo de piedra o de estuco. Los relieves del palacio de la gran pirámide consisten en figuras de granito, casi todas de mujer, altas de tres metros, unas de pie y otras de rodillas, desnudas de la cintura arriba, y de la cintura abajo con faldas o con un maxtli suelto. Estas figuras, tal vez copias de una raza que ha desaparecido, tienen deprimida la frente, corva y grande la nariz, salientes y gruesos los labios. Lo mejor modelado de ellas es la cabeza; pero de todos modos son inferiores a las de estuco. Es evidente que los artistas de Palenque no sabían hacer en piedra lo que en estuco. En el templo de la Cruz se hallan relieves en piedra mejores que los anteriores, aunque tal vez inferiores a los del Sol. La figura que ha dado nombre al templo del Relieve es sumamente bella. Así la describe Pi y Margall. «En almohadón riquísimo--dice--puesto sobre un banco a que sirve de pies y brazos un monstruo de dos cabezas, está gallardamente sentada una graciosa joven, vueltos a un lado los ojos, alzada la mano zurda, con la diestra señalando, el pie izquierdo en la almohada y el otro caído sin que apenas roce con el banco la punta de los dedos. Ciñe esta joven un casco parecido al gorro frigio, del que sobresalen revueltas plumas, viste una camiseta que no le cubre la mitad del pecho, y luce un medallón suspendido de un collar de finas perlas; tiene prendida al cinto una corta falda y una sobrefalda que cae sobre el almohadón en airosos pliegues; ostenta en los brazos anchas ajorcas y calza no menos elegantes sandalias que las de la otra figura»[274]. Esta es--añade dicho escritor--la obra maestra de la escultura en América. Por último, entre los zapotecas, mixtecas y tarascos la escultura sólo creó monstruos, aunque de excelente ejecución, tales como la cabeza del dios Ocelotl de Mitla, el vaso cinerario de Tlacolula y la urna Ocelotl de Xochixtlahuaca.

[274] Historia general de América, volumen II, pág. 1.898.

Por lo que a la pintura se refiere, era ésta polícroma. También es cierto que los mejicanos y peruanos hacían uso de la pintura mural. El historiador Cieza vió brutos y aves pintados en las paredes de las fortalezas de Huarco y Paramanga, y Charnay descubrió en Tula una casa tolteca, en cuyas paredes pintadas de blanco y rojo sobre fondo negro halló caprichosas figuras. Por espacio de muchos años se han podido contemplar en los muros del Juego de Pelota de Chichén-Itzá pinturas de costumbres de los mayas en diferentes colores (rojo, amarillo, verde y azul).

En algunos códices se ven pinturas de varios colores, siendo las más perfectas las de los códices Borjiano y Vaticano; pero estéticamente consideradas, lo que se llama verdadera pintura, no la hubo en América. Se sabía dibujar, no pintar. Refiere Garcilaso--no sabemos con qué fundamento--que el inca Viracocha hizo pintar en lo más elevado de alta peña dos condores: el uno, abiertas las alas y mirando al Cuzco; el otro, recogidas las alas y baja la cabeza.

[Ilustración: Dibujo propiciatorio. (Pueblos).]

Por tanto, puede afirmarse en el terreno de la estética que ni los arquitectos, ni los escultores, ni los pintores dieron señales de gusto y de conocimientos de la belleza. Dígase lo que se quiera por los apasionados defensores de las bellas artes americanas, aun las de los pueblos más adelantados, carecían de la hermosura, gracia e inspiración de las griegas, romanas y cristianas.

Cultivóse la música con algún entusiasmo entre algunos pueblos de América, distinguiéndose especialmente los mejicanos y peruanos. Sin embargo, sólo sirvió como auxiliar del canto y del baile. Respecto a la música de los haravies del Perú, dominaba en ella--según anónimo escritor--melancólica monotonía que nacía de su vaga tonalidad y de su constante terminación en notas bajas. La música azteca--escribe el señor Chavero--revelaba el carácter belicoso del pueblo y en los cantares de la muerte parecía a veces lluvia de lágrimas.

Los instrumentos musicales que principalmente usaba el indio eran el atambor, tamboretes, sonajeros y chirimías, silbatos de hueso o madera y flautas de caña. En el Perú encontramos la linya, especie de guitarra de cinco a siete cuerdas. El canto se usaba con frecuencia en las funciones religiosas. Del mismo modo las danzas eran elemento principal de las citadas funciones, no careciendo tampoco de interés las llamadas guerreras. Aquéllas, unas tenían por actores a hombres y otras a mujeres, usándose en todas máscaras grotescas y trajes ridículos de colores.

El himno religioso, el canto de guerra y las canciones romancescas tuvieron escaso valor. «Pocas muestras de cantos y salmodias religiosas nos han dejado las primitivas razas americanas; pero podemos asegurar que las endechas funerarias han prevalecido entre todas ellas, llegando a obtener en alguna la forma de verdaderas recitaciones poéticas. En el Libro de los ritos de los Iroqueses se encuentran ejemplares de éstas»[275]. El canto más extendido entre las gentes aborígenes es el que nos dió a conocer Fernández de Oviedo con el nombre de areito (del verbo aranak, recitar). El citado canto, tan parecido a los infantiles nuestros, coreados en rueda que repite el verso dictado por el que lleva la voz cantante, fué sumamente estimado. «Los cantos de Dakota recogidos por Riggs, los de Chippeway de los californios, y tantos otros, son verdaderas especies de areitos, al igual de los oídos por Oviedo en la isla española»[276].

[275] Sentenach, Ob. cit., pág. 58.

[276] Ibidem.

CAPÍTULO XIV

LA INDUSTRIA.--LA METALURGIA.--LA MINERÍA.--LOS CURTIDOS.--LOS TEJIDOS.--LA CERÁMICA.--LOS COLORES.--OTRAS INDUSTRIAS.--LA AGRICULTURA.--LA GANADERÍA.--EL COMERCIO.--LA MONEDA.

Hubo industria en América, lo mismo entre las razas cultas que entre las incultas. En las primeras, como es natural, más perfecta que en las segundas. Muy frecuente era el uso de los metales en la América del Sur; poco común en la del Norte. Fundían el oro, plata y cobre aztecas e incas; también los caribes, haitianos y otros. No dejan de sorprendernos algunos productos del arte metalúrgico, considerando las pocas e imperfectas herramientas que tuvieron a mano. Desconocían el fuelle, el yunque, el martillo con mango, las tenazas, los clavos, la sierra, la barrena, el cepillo, el buril, las tijeras y la aguja. El oro era el metal más estimado y con él imitaban formas animales. Lo mismo sucedía en obras de madera y el carpintero apenas podía disponer más que del hacha y de la azuela.

El cacique Guaynacapa--si damos crédito al historiador Gomara--«tenía de oro todo el servicio de su casa, adornaba además con estatuas de oro, de tamaño real, de cuantos animales, aves, árboles y hierbas produce la tierra, y cuantos peces cría la mar y agua sus reinos.» Otros caciques chapeaban las paredes de sus palacios y templos con el rico metal. «La metalurgia americana precolombina juega un gran papel entre las antiguas industrias humanas, tanto por la abundantísima e inmejorable riqueza de sus productos, como por el exquisito arte y estética que imprimieron en ellos»[277]. Causa admiración los muchos y preciosos objetos que hacían de oro y de plata; no los harían más perfectos los mejores artífices de Europa. Se conservan ajorcas y collares de delicadas y caprichosas labores, siendo de notar que en dichas joyas estaba mezclado el oro con el estaño y antimonio. En uno de los cintos que el cacique Guacanagarí regaló a Colón, había una carátula que tenía de oro las orejas, los ojos, la nariz y la lengua. Admirábanse objetos de oro, plata y pedrería en los palacios de Moctezuma y de Atahualpa. En los jardines del emperador de México se dice que había figuras de oro y plata que tenían movimiento, pues se habla de pájaros y otros animales que meneaban la cabeza, la lengua, las alas y los pies, añadiéndose que llamaba la atención un mono que hilaba y se ponía en cómicas actitudes. Sacudía una zumacaya la cabeza, daba una gaviota con el pico en una tabla, se picoteaban dos perdices y en una de las fiestas de los koniagas cuatro pájaros artificiales ejecutaban especie de pantomima.

[277] Sentenach, Ob. cit., págs. 135 y 136.

No sólo trabajaban los americanos las piedras preciosas, sino toda clase de piedra, haciendo con ellas la mayor parte de sus instrumentos y utensilios. De piedra hacían la punta de sus lanzas, los almireces, los metates, las pipas, los espejos, las estatuas y los relieves. No se limitaban a todo esto; también cincelaban la piedra, la pulían y le daban formas elegantes. Se distinguían en estos trabajos aztecas y peruanos.

La industria minera se estimaba mucho. Se beneficiaba especialmente el oro, la plata, el cobre, el estaño y el plomo. Se dice que sólo los aztecas aplicaron el plomo a la industria. Conocían los indios el azogue, aunque no la virtud que posee de separar el metal de la escoria. Había hierro en el país; pero ignoraban los indígenas sus infinitas aplicaciones. Buscábase generalmente el oro en el lecho de los ríos. Los nahuas mejicanos y los peruanos lo tenían en la superficie de la tierra; los primeros en las provincias del Mediodía, y los segundos en casi todas ellas. Unos y otros para adquirirlo, ¿abrieron galerías subterráneas? No lo sabemos. La plata y el estaño lo extraían los nahuas de las minas de Taxco y de Tzompanco; el cobre, de Michoacán y de otras partes. Ignoramos de dónde lo extrajesen los peruanos.

Respecto a la industria de curtir las pieles de los animales, animales que cazaban o pescaban muchas tribus, mostraron rara habilidad los indios. Los conquistadores españoles quedaron asombrados al ver cómo las tundían y adobaban. Los aztecas, no sólo las curtían perfectamente, sino las teñían de vivos colores. Más torpes los peruanos, se contentaban con meterlas dentro de grandes vasijas llenas de orines, zurrándolas después. En dicha industria aventajaban a los peruanos algunas tribus salvajes que se extendían desde el golfo de México al Océano Glacial del Norte. Las tribus de la Florida hacían finos mantos para sus caciques con las pieles de martas cebellinas. Los californios, los columbios, los hurones y otros, las curtían de diferentes modos. Los del Gila curtían las del alce, del ciervo, del oso y de la zorra; los esquimales, además de las de los animales dichos, las del rengífero, el lobo, la liebre, la ardilla, la foca y la ballena.

La industria plumaria adquirió mucha importancia. Las plumas de los pájaros se las mezclaba con el algodón en los tejidos y se hacían mosqueadores y abanicos. Con las plumas se adornaban los escudos de los guerreros y con ellas se reproducían los seres todos de la naturaleza: hombres, bestias, aves, reptiles, árboles, flores y hojas. Recogíanse las de los brillantes pájaros de los trópicos, entre los que figuraban el colibrí, el papagayo y el guainambi. Estas obras de pluma--si damos crédito a los historiadores de las Indias--podían competir con los cuadros más perfectos de los artistas europeos. De pluma estaban compuestos los mantos de los reyes y las vestiduras de los sacerdotes, los tapices que cubrían las paredes de los palacios y los templos, los quitasoles y las colchas de las camas. Eran muy estimados en México los artífices de estas obras de pluma, y porque vivían en el barrio denominado Amantla, se dió a ellos el nombre de amantecas.

Asimismo se estimaba mucho la industria de tejidos de lana, alpaca, vicuña, llama y huanaco. La lana de vicuña la hilaban y tejían las vírgenes del Sol para los incas y los sacerdotes. Se desconocen los procedimientos de industria tan adelantada. Mantos de pelo le parecieron a Hernán Cortés de seda, lo mismo por la suavidad que por el brillo. Hilaban y tejían el algodón muchas tribus, distinguiéndose sobre todas los aztecas y peruanos, cuyos tejedores hacían toda clase de telas, lo mismo finas que bastas. A veces mezclaban el algodón y las plumas; a veces el algodón y el pelo de conejo.

No sólo del reino animal, sino también del vegetal, sacaron todas aquellas razas muchos elementos para su industria. Los pobres mejicanos se vestían con telas hechas de las fibras del maguey y de ciertas palmas. Otros pueblos tejían telas con determinadas substancias; así los hurones hilaban el cáñamo silvestre, los guaicurues el hilo de ciertos cardos, los achaguas y los otomacos el de las palmeras, los tlinkits el de las algas marinas y los haidahs el de la corteza de cedro, de pino o de sauce. El juracaré se cubría con la corteza de los árboles, la cual pintaba, no la deshilaba. Con los vegetales se servían para la fabricación de cuerdas, esteras, cestas y otras clases de utensilios.

De igual modo, muchas tribus trabajaban hábilmente la madera. Los aztecas y los mayas, que tuvieron su escritura geroglífica, usaron de hojas delgadas de palmera, y más frecuentemente de las fibras del maguey. Además de la fabricación del papel, ya se ha dicho que el maguey se empleaba para hacer telas, esteras y sogas; también como substancia alimenticia. Añadiremos a todo esto que de las espinas hicieron los aztecas agujas, y de las raíces los peruanos cierto jaboncillo, con el cual las mujeres se pintaban las pecas de la cara y se lavaban el cabello.

La industria más extendida fué la cerámica. Quizá se desarrolló más rápidamente en América que en Europa. Los productos cerámicos eran numerosos y diferentes entre los pueblos americanos. Llegaron algunos a trabajar perfectamente el barro, revelándolo así los objetos encontrados en antiguos sepulcros del Perú, Chiriqui y Costa Rica. Entre las vasijas de los mound-builders ya las había de largo cuello y de iguales formas que en la industria española. Mucho mejor que los mound-builders trabajaron el barro los nahuas, los cuales hacían platos, fuentes, copas, jarros, calderos, pebeteros, urnas sepulcrales, instrumentos de música y otros muchos objetos. Puédese citar como ejemplos la urna de México, descubierta en la plaza de Tlatelulco, el vaso de Tula y el ídolo de Culhuacán. Del mismo modo los mayas trabajaron con toda perfección el barro, hasta el punto que los vasos de Yarumela son tan bellos como la citada urna de Tlatelulco entre los nahuas. Por lo que se refiere al Perú, también la cerámica era muy rica en formas. Brutos, aves y peces estaban reproducidos en los vasos de arcilla. Lo estaban el hombre y la mujer en sus diferentes edades, a veces en caricatura o en el acto de cumplir deseos carnales. Estas imágenes, ya daban la forma al vaso, ya sólo le servían de adorno. Vasos había que eran la cabeza o el pie de hombres o de monstruos. No encontramos en ningún pueblo vasos construídos con más ingenio. Algunos, por el movimiento del agua de que estaban llenos, reproducían la voz de hombre o el grito del animal que representaban: uno imitaba perfectamente el gemido lastimero de una anciana, como el que se halla en el Museo Arqueológico de Madrid; otro el gorjeo de un pájaro, un tercero el silbido de una culebra. Constan generalmente de dos botellas que se comunican y llevan el cuello de la una abierto, el de la otra sólo con agujeros que permiten el paso del aire. El aire que el agua desaloja al moverse es el que, pasando por los orificios o estrechos agujeros, produce el fenómeno. Ciertas vasijas redondas se llenaban por el asiento; ya llenas podía volvérselas sin derramar el líquido. Había, además, vasos que podríamos llamar lacrimatorios, los cuales representaban caras tristes y por los poros salía el agua y se deslizaba por las mejillas. «La variedad de los vasos del Perú era infinita. Se les descubre todos los días de nuevas formas en las excavaciones de los sepulcros. No parece sino que repugnaba a los alfareros la reproducción de los tipos que inventaban. Los hay de doble cuello y hasta de cuatro recipientes unidos por tubos huecos. En riqueza de formas no es comparable con la cerámica peruana ni aun la fenicia, que tenía también vasos de cuello doble y aun de tres recipientes»[278]. Añade el mismo historiador que en el siglo XV casi todos los pueblos americanos fabricaron el barro, siendo de notar que ni cultos ni salvajes conocieron la rueda del alfarero. Se cree que empleaban algún procedimiento para que la arcilla no se abollase ni resultara desigual el espesor de las paredes de los vasos. Tampoco se sabe si cocieron las vasijas en hornos. Los hubo en el valle del Mississipí, según dicen Squier y Davis; pero se ignora cuándo y quiénes los hicieron.

[278] Nota manuscrita de Pi y Margall en su Historia de América, volumen 2.º, pág. 1.236.

Si se trata de los colores, los sacaron de los tres reinos de la naturaleza. Recurrieron a los vegetales casi todas las tribus. Aztecas y peruanos se sirvieron para sus tintes lo mismo de los minerales que de los vegetales.

Del reino animal utilizaron la cochinilla y ciertas ostras. De la primera sacaron el color carmesí y de las segundas el de púrpura. Los mayas y nahuas se servían de la cochinilla, y los nicaraguatecas de las ostras. No sólo servían los vegetales para los tejidos; también para la fabricación de cestos, canastos, esteras, cuerdas, sogas y otros objetos. En los textiles, diferentes en las formas, usos, colores y trama, los había sencillos como los de los iroqueses y algonquinos, artísticos como los de los aztecas, peruanos y otras tribus del Sur de América. Se sabe que las razas que vivían cerca del mar de los caribes usaban la palmera y el cabuya o henequén para hacer toda clase de cuerdas; los tobas se servían de la bromelia; los muscogis empleaban retorcidas cortezas de árboles o hierbas parecidas al lino, y los iroqueses tenían como substancia principal los filamentos del sauce o del cedro. Los californios del Norte hacían esteras de raíces de sauce, los nutkas de fibras de cortezas de cedro, y multitud de pueblos de mimbre, junco o bambú. Iroqueses, hurones, tacullis y colombios de tierra adentro, hacían sus vasijas, platos y copas de cortezas de varios árboles; los shoshonis y otros, de mimbre o de hierbas trenzadas; los apaches, de varetas de sauce; los yaquis, los ceris y los nicaraguatecas, de calabaza. De la vajilla de los haitianos se hacen lenguas algunos cronistas.

Respecto a objetos de madera sobresalían los aztecas y los mayas, superiores a los peruanos, y entre las razas salvajes los chinuks, los esquimales, los koniagas y los tinneks.

Pocos progresos hizo la agricultura, industria que presupone el empleo de bestias de tiro y el uso del arado. Los aztecas se servían para romper la tierra, ya de una especie de pala de roble, ya de una herramienta de cobre y madera; los incas usaban una como laya. Araban, pues, la tierra con una estaca o pértiga terminada en punta, de cuatro dedos de ancha, larga como de una braza, llana por delante y redonda por detrás, que llevaba a una media vara de su remate sólido y firme travesaño. Clavábase la estaca en la tierra y saltando el labrador sobre el estribo la hincaba cuanto podía. Seis o siete hombres, apalancándola al mismo tiempo y tirando con toda su fuerza, levantaban grandes terrones. Las mujeres, que asistían a la faena, ora rompían los terrones con sus rastrillos, ora volvían las tierras de abajo arriba, para que, puestas al aire y al sol, las malas raíces se secaran pronto o muriesen. Fatigoso y pesado era el procedimiento; pero con él se conseguía suplir la falta de yuntas, como también el uso del arado y de otros instrumentos de agricultura.

Hacíase la siembra agujereando el suelo con agudas estacas y echando la semilla en los agujeros, los cuales tapaban con tierra, sirviéndose del pie o de la mano. A su tiempo se escardaba o se limpiaba de hierbas y broza. Cuando la mies estaba en sazón, en el mismo terruño o en próximo paraje, se levantaba una especie de barraca de madera y cañas, donde muchachos con piedras y a gritos ahuyentaban las aves y toda clase de animales dañinos. Contribuía al atraso de la agricultura la falta de instrumentos de toda clase. Los americanos desconocían el molino y el cedazo: el maíz lo molían sobre una piedra plana con otra en forma de media luna, que cogían con las dos manos. A fuerza de repetidos golpes y de batirlo una y otra vez, lo reducían a tosca harina. Luego extendían la harina sobre mantas de algodón, pegándose la flor y quedando suelto el salvado. Con la harina formaban tortillas que las tostaban en los hornos. De otros varios modos preparaban el maíz, pues con él hasta hacían un licor, dejando fermentar el agua en que había cocido aquella planta.

Los abonos eran conocidos y aun estimados por muchos pueblos; pero principalmente consistían en la ceniza. En unas partes se pegaba fuego al rastrojo y en otras a los arbustos o matas: la ceniza se extendía por las tierras destinadas al cultivo. Los peruanos, además de la ceniza, abonaban las tierras, ya por medio de excrementos humanos, ya por medio de excrementos del ganado, y muy especialmente por el que dejaban los numerosos pájaros marinos de las islas Chinchas. También servía de abono los peces muertos que el mar arrojaba a la playa. Refieren los cronistas, que desde Arequipa a Tarapaca era tan estimado por los agricultores el estiércol de las aves marinas, que se castigaba con la pena capital al matador de ellas e igualmente al que entraba en las islas durante la cría de dichos pájaros.

Los mayas de la América Central, lo mismo que los aztecas mejicanos y los incas peruanos, hicieron algunos progresos en la agricultura. Entre los pueblos de la América Central se distinguieron los habitantes de Nicaragua. Los nicaragüenses para el riego de las tierras conducían el agua a veces de ásperas y lejanas distancias, por medio de acequias y acueductos. Tales obras causan a la sazón no poca sorpresa a nuestros ingenieros. No dejó de aprovecharse ni un solo pedazo de tierra cultivable. En las costas más bajas, como en las montañas más altas, se cogían abundantes cosechas de maíz, patatas, algodón, coco, etcétera. También practicaron con mucho acierto y dieron bastante desarrollo a la horticultura.

Cultivábase el maíz por numerosas tribus, y aunque no tanto, la mandioca, las judías, las patatas o papas, el pimiento (chile o axi), la calabaza, el maní (cacahuete), el tabaco, el maguey, el cacao, el algodón y el plátano; en el Perú, muy especialmente, la coca y la quinua. Indígena del Perú, o importada de Chile, la patata constituía en algunas partes el principal alimento de los indios: dicha planta era desconocida en México, lo cual prueba que peruanos y mexicanos ignoraban recíprocamente su existencia. Por lo que al tabaco se refiere, conviene no olvidar que el uso que de él hacían los peruanos, era diferente del de otros pueblos donde era conocido, pues allí sólo lo empleaban como medicina en forma de rapé[279]. Del maíz sólo diremos que era el principal alimento, lo mismo entre los pueblos del Norte que entre los del Sur del continente americano; después de su exportación al Antiguo Mundo, también aquí se extendió rápidamente.

[279] Garcilaso, Com. Real., parte I, lib. II, cap. XXV.

El pan llamado cazabe se hacía de la yuca o mandioca. Conocían muchas de las excelentes cualidades del maguey (agave americano) y del maní.

Los árboles que producían el cacao sólo se cultivaban en las tierras calientes de México, y en las que median entre los dos istmos, y se plantaban por hileras, distantes uno de otro sobre cuatro varas, cerca del agua, para que fuera fácil el riego y a la sombra de árboles más altos y frondosos, para que a causa de los ardores del sol no cuajara el fruto.

Fué muy estimada en algunos puntos la ganadería. No se conocía el caballo, si bien la paleontología muestra que lo hubo en los primitivos tiempos. Recorrían numerosos bisontes las praderas. Pacían en los Andes del Perú cuatro especies de carneros: el llama, el huanaco, la alpaca y la vicuña. Consiguieron los incas domesticar el llama, sirviéndose de él para los transportes. El huanaco, la alpaca y la vicuña pacían salvajes por los páramos de los citados montes. No se consentía al campesino peruano que cazase estos animales silvestres. Cada año se celebraba una cacería, ya presidida por el Emperador, ya por sus representantes. No se repetían las cacerías en la misma parte del país, sino cada cuatro años, pues de este modo podían reponerse fácilmente los animales.

Los indios trasquilaban y recogían excelentes lanas de los animales muertos; de igual manera se aprovechaban del vellón de los llamas que destinaban al acarreo. Tanto los llamas como los otros animales de la misma familia, casi sólo eran estimados por su lana. La lana de la vicuña, dice Walton, era mucho más apreciada que el pelo fino del castor del Canadá y que la lana de la brébis des Calmoucks o de la cabra de Siria[280]. Además del animal doméstico llama, Garcilaso de la Vega cita gansos en el Perú, Hernán Cortés refiere que gallinas, ánsares y perros castrados había en México, no cabe duda que el pavo y otras aves se criaban en los pueblos mayas, y--según ciertos autores--el conejo, la liebre y la abeja. El P. Las Casas habla de colmenas, y Gomara dice que las abejas eran pequeñas y la miel un poco amarga. Convienen los historiadores que en los estanques de uno de los palacios de Moctezuma se mantenían varias aves acuáticas.

[280] Relación histórica y descriptiva del camero peruano, pág. 115. Londres, 1811.

Numerosas tribus de América no conocían la agricultura. Los patagones, los charrúas y otras muchas tribus vivían exclusivamente de la caza, la pesca y los frutos silvestres. Lo mismo hacían las que en el Norte habitaban más allá de los Grandes Lagos. Aun en la América Central se encontraban tribus que desconocían los trabajos agrícolas más rudimentarios.

Pocas razas salvajes se dedicaban al comercio. Había, sí, cambio de productos de hogar a hogar y aun de tribu a tribu. Los españoles daban a los indios fruslerías por artículos de utilidad. «En la isla de Guanahaní--dice Cristóbal Colón--nos daban los indígenas por cuentecillas de vidrio y cascabeles, papagayos, ovillos de algodón, azagayas y otras muchas cosas. Hasta diez y seis ovillos que pesarían más de una arroba ví dar por tres centis de Portugal, que equivalen a una blanca de Castilla». Entre las razas salvajes sólo podemos decir que se dedicaban al comercio antes de la conquista los haidahs, los nutkas, los chinuks, los columbios y los mojaves; pero los verdaderos comerciantes de América fueron los nahuas y los mayas, que tuvieron sus mercados, sus ferias, sus expediciones mercantiles y algo que suplía la moneda. Desde la remota época de los xicalancas venían los nahuas ejerciendo el comercio en Veracruz, Oajaca y Tabasco. Durante la dominación de los toltecas adquirieron importancia comercial Tula y Cholula, bajo los chichimecas Tlaxcala y bajo los aztecas Tlatelulco, alcanzando en esta última época su apogeo. Los mercaderes de Tlatelulco llegaron a rivalizar con la nobleza, se regían por Cónsules y Tribunales propios y formaban uno de los Consejos de la corona. A los pueblos del Mediodía cambiaban artículos de algodón, pieles, objetos de oro, piedras preciosas y esclavos por aromas, plumas, productos de mar y muy especialmente ámbar, una de las materias más estimadas por los nobles de México.

Era aún más considerable entre los nahuas el comercio interior. Todos los días celebraban mercado y semanalmente una feria en Tlatelulco, Tlaxcala, Tezcuco y otros pueblos. La plaza que para los mercados y ferias había en Tlatelulco se hallaba rodeada de portales; en ella se vendían toda clase de mercancías; pero en su correspondiente calle o compartimiento. Aquí, se vendía la caza; allí, la hortaliza; más allá, las frutas; en ésta, las telas; en aquélla la porcelana. Vendíase en este compartimiento la plata, el oro y la pedrería, y en aquél, la piedra, los adobes y el ladrillo; en otros muchos, los diferentes productos de la naturaleza y del arte. Dentro de la misma plaza había un edificio (teopancalli) donde estaban sentados 10 o 12 jueces que regulaban los precios, dirimían toda clase de cuestiones entre vendedores y compradores y castigaban a los delincuentes. Refiere Hernán Cortés que unas piezas de estaño hacían oficio de moneda en varias provincias; Ixtlilxochitl cita cierta moneda de cobre, larga de dos dedos, ancha de uno y gruesa como un real, que habían usado los indígenas de Tutupec; y Bernal Díaz del Castillo habla de unos cañutillos de pluma blancos y transparentes, llenos de granos de oro que, según los gruesos y largos, se les daba determinado valor. Pero lo que pasaba en todas partes por moneda corriente eran almendras de cacao, las cuales se podían emplear sueltas y también reunidas en xiquipillis (8.000) y en sacos (24.000). La moneda, pues, en México era el cacao; las monedas de estaño de que habla Cortés y las de cobre de Ixtlilxochitl debieron ser puramente locales. En todos los mercados se vendía por cuenta y medida, no por peso. «Fasta agora no se ha visto vender cosa alguna por peso», escribe Hernán Cortés, después de recorrer el mercado de Tlatelulco. Refiere Oviedo que en Nicaragua se compraba por diez almendras de cacao un conejo, por otras diez se gozaba una prostituta y se adquiría por ciento un esclavo.

También entre los mayas tenía suma importancia el comercio. Del mismo modo, allí los comerciantes constituían clase privilegiada; había mercados y ferias, y un empleado regulaba los precios y castigaba a los infractores de las leyes comerciales. El comercio exterior se hacía por grandes caravanas.

En suma, nahuas y mayas eran comerciantes; pero a causa de ser imperfectísima la moneda, prevalecía tanto en los primeros como en los segundos el cambio directo de las cosas.

«La sarta de conchas--escribe Pi y Margall--se dice hoy que haría el oficio de moneda en todas las tribus que ocupaban el territorio del Canadá, los Estados Unidos y las dos Californias. Aun entre los yucatecas se cree que sirvieron de moneda las conchas»[281].

[281] Nota manuscrista en la pág. 1.244 de la citada obra y volumen.

CAPÍTULO XV

ALIMENTACIÓN DEL INDIO.--EL CANIBALISMO.--BEBIDAS EMBRIAGADORAS DE LOS INDIOS.--EL FUEGO: MODO DE OBTENERLO.--LA LUZ.--LAS LÁMPARAS.--LAS CASAS DE LOS INDIOS.--LAS ALDEAS.--LAS VIVIENDAS DEL SALVAJE.--EL VESTIDO.--LOS ADORNOS.--LA CAZA Y LA PESCA.--LAS CANOAS O PIRAGUAS.--LOS JUEGOS DE AZAR.--EL JUEGO DE PELOTA.

La alimentación del indio era abundante tanto de vegetales como de substancias animales en los países cálidos y fértiles. Por el contrario, en los fríos y estériles, la alimentación se conseguía con grandes trabajos y a veces consistía en arañas, gusanos, lagartijas, culebras, etc.

Entre los alimentos vegetales, además de aquellos que la naturaleza producía espontáneamente (plátano, los frutos de la pita o agave, el ajo, el puerro y otros), los que necesitaban cultivos elementales (maíz, patata, arroz salvaje, mandioca, yuca, etc.) Ponen algunos escritores en la lista de las subsistencias vegetales la coca y el tabaco. De la coca hacían uso los peruanos, los habitantes de Venezuela, de Nicaragua y tal vez los tlinkits de la América Septentrional. Seguramente que el tabaco carece de las virtudes de la coca. Cuando los españoles comenzaron la conquista, el cultivo y el uso del tabaco estaba limitado a parte de las Antillas, Venezuela, México y algunos pueblos situados entre el golfo mejicano y el de San Lorenzo. El uso del tabaco en la isla de Santo Domingo--según refiere Oviedo--estaba reducido a quemar las hojas en un plato, y luego aspirar el humo por las narices mediante un tubo en forma de Y griega o mediante dos canutos de caña. El efecto que producía era caer el que lo usaba en profundo letargo. Los mexicanos aprendieron de los dominicanos y se acostumbraron al mismo vicio.

La alimentación animal variaba desde el walrus, lobo marino, ciervo, antílope o bisonte, propia de los indígenas del Norte, hasta la delicada pesca de los ríos de la América del Sur y los sabrosos mariscos de sus costas é islas, que sostenían a muchas tribus ribereñas. Entre los alimentos animales uno de los más estimados eran perros castrados que los indígenas alimentaban y engordaban. Huelga decir que comían venados, liebres, conejos, patos y gallinas. Estimaban mucho los huevos.

El reino mineral proporcionaba la sal y algunas tribus comían una especie de tierra o caolín, ya sola, ya mezclada con algunas raíces.

De los aztecas diremos que aventajaban en alimentos a las demás razas. No conocían el trigo, ni el centeno, ni la avena, ni el mijo; todo lo cual suplían con las tortas que hacían del maíz, como hoy sucede en algunas comarcas de España. Hacían pasteles de aves y empanadas de pescado; conocían la olla podrida. Cortés afirma que la miel, lo mismo de maíz que de maguey, era mejor que el arrope. Estaban adelantados en la cocina y llevaron el sibaritismo hasta servir todo lo caliente en platos con braserillo: así se hacía en los palacios de los reyes. Los pueblos de la América Central se parecían a los aztecas, si bien preferían el pescado y las frutas a la carne. Los nicaraguatecas se lavaban las manos antes de comer y la boca después de la comida. En el imperio de los incas, cuyos adelantos competían con los de los aztecas, se estimaba el maguey más que en ninguna parte; de él sacaban miel, vino y vinagre; de él, mezclándolo con maíz, arroz o pepitas de mulli, fortísimo brebaje. Pan y vino hacían también del maíz, el cual molían en anchas losas. Lo comían crudo, asado, cocido, en gachas; lo convertían en agradable licor desliendo la harina en agua. Disponían igualmente de la quinua, que era una especie de arroz; lo usaban como comida y como bebida. Completaban sus alimentos con la carne de sus carneros, de ordinario hecha cecina, con peces, con frutas, con legumbres y con raíces.

Entre las muchas razas salvajes que comían el maíz, podemos citar las siguientes: al Norte de México, los pimas, los pueblos y los californios del Mediodía; al Sur del Perú, los araucanos; al Oriente de los Andes, los chiquitos y otros; en la cuenca del Orinoco, los otomacos, y hacia el Atlántico, los caquesios y algunos más. Otras razas salvajes suplían la mandioca por el maíz, como sucedía con muchos pueblos de los Llanos. No pocas tribus de Barlovento usaban el pan de ajes; los californios del Norte, los del Centro y los del Sur, el pan de bellotas.

Tostaban el maíz, arroz, etc., dentro de habitaciones a propósito, moliéndolos luego en morteros con mazas o en piedras planas con rodillos.

Consideramos también como uno de los alimentos de muchos pueblos indios el hombre. No cabe duda alguna que lo mismo en el Norte que en el Sur y en el Centro de América, existió la antropofagia o canibalismo, llegando a ser conocidas algunas tribus con el nombre de comedores de hombres. Por comedores de hombres la nación española consintió que sus capitanes o conquistadores persiguieran, hicieran esclavos y vendieran a los indígenas. ¿Eran caníbales por glotonería, por odio o por sed de venganza? No podemos dar respuesta satisfactoria; pero sí de que eran comedores de hombres, los cuales hallamos lo mismo entre las razas cultas que entre las salvajes. Afirma Hernán Cortés que durante el sitio de México los tlaxcaltecas, los otomíes, los naturales de Tezcuco, los de Chalco y los de Xochimilco se comían alegremente los cadáveres de los enemigos en sus cenas y almuerzos. Añade que a los soldados de Matlanzingo se les cogió muchas cargas de maíz y de niños asados. Termina diciendo que en su expedición al Golfo de Honduras mandó matar a un mexicano porque se le encontró comiendo carne de un indio. Extendióse el canibalismo a los pueblos mayas. No cabe duda que desde el istmo de Tehuantepec al de Panamá se comían a los hombres sacrificados en los altares de los dioses. Que existió el canibalismo en Guatemala lo dice el P. Las Casas; en Yucatán, Pedro Martir de Anglería, y en Nicaragua, Gonzalo Fernández de Oviedo. No es dudoso que lo hubiera entre los caribes, en Santo Domingo y en toda la América. Llegaron algunas tribus a cebar a los prisioneros para hacerlos más sabrosos.

En general no sentían el hambre ni los indios de la América del Norte, ni los de la Central, ni los del Sur. Sufrían hambres pasajeras los pueblos cultos y los salvajes, lo cual no debe causar extrañeza, considerando que hoy mismo en la culta Europa no puede impedirse, aunque de tarde en tarde, el azote del hambre.

Lo extraño es que pueblos adelantados como los aztecas, y que no ignoraban algunos guisos de verdadero gusto, comiesen en el suelo, emplearan no sillas, sino toscas banquetas o almohadones. Usaban por manteles vistosas esteras de palma. ¿Desconocieron el uso de las servilletas? No lo sabemos. De los yucatecas se dice que tenían manteles y servilletas, añadiendo los cronistas que se desvivían por conservarlos limpios.

Era muy común la embriaguez entre los indios. Bebidas embriagadoras, ya por fermentación sólo del maíz, ya por fermentación del maíz con otras substancias, eran muy estimadas en las tribus que sabían obtenerlas. Citaremos el pulque entre los mejicanos y la chicha entre los indígenas de Chile y de Guatemala. También las mujeres del harem de Atahualpa sirvieron la chicha en grandes vasos de oro a Hernando Pizarro y a Soto[282]. Unos pueblos preparaban la chicha de una manera y otros de otra. Un escritor antiguo dice que la preparaban poniendo a fermentar en agua, cebada, maíz tostado, piña y panocha, añadiendo también especias y azúcar. Del mismo modo el aca era usado entre los peruanos y el cajuni entre los brasileños. Embriagábanse por otros medios las tribus que no sabían obtener las bebidas dichas, pudiéndose citar, entre otras, los otomaques (Orinoco) que tomaban como rapé los polvos de una semilla (yuapa) mezclada con otras substancias. Además, no pocas tribus usaron bebidas no fermentadas, como el mate (planta parecida al acebo, cuyas hojas se cuecen como el té) y algunas otras.

[282] Prescott, _Hist. del descubrimiento y conquista del Perú_, tomo I, pág. 373.--Madrid, 1858.

Por lo que respecta al fuego, conocido entre los aborígenes americanos, se producía por fricción (esto es, barrenando con un trozo cilíndrico de aguzada punta y madera dura otro pedazo de madera más blanda); por percusión (golpeando pedernales con piritas u otras piedras que contuviesen hierro); y mediante reflexión «con un brazalete grande (chipaba), del que colgaba un vaso cóncavo como media naranja, muy bruñido, poníanlo contra el sol y a un cierto punto donde los rayos que del vaso salían, daban en junto, ponían un poco de algodón carmenado, el cual se encendía en breve espacio.»[283]. Servíales el fuego para calentarse y alumbrarse. La hoguera fué principal elemento de vida del indígena. Si en un principio algunas tribus iluminaban sus chozas con gusanos de luz o de otros modos primitivos, descubierto el fuego, la luz contribuyó de un modo extraordinario al progreso de la humanidad. Tuvo origen entonces la industria de alfarería por lo que se refiere a las lámparas, siendo los esquimales los primeros que las conocieron. Al mismo tiempo se fabricaron las primeras vasijas de barro (ollas) y de arcilla. Es de creer, pues, que al ladrillo de adobe, sucedió la lámpara del esquimal y luego las restantes alfarerías.

[283] Garcilaso de la Vega, Com. Reales, I, 13, 198, cap. XXII.

En capítulos anteriores hemos dicho que las habitaciones o viviendas indígenas, fijas o movibles, variaban desde la casa del esquimal, hecha con bloques de nieve, hasta los palacios de los aztecas y de los incas, fábricas de piedras no pulimentadas. Bueno será advertir que algunas tribus no conocieron más abrigo que el de los bosques. Se defendían del sol a la sombra de los árboles, de las rocas o de los barrancos; del viento, con parapetos de piedras o de broza. En cuevas se metían cuando arreciaba el frío. Los salvajes que ya tenían casas, las construían de diferentes formas y maneras. Unas las cubrían de paja, barro o corteza de árbol, otras eran altas o bajas y se fabricaban en llanuras, en elevaciones o debajo de la tierra. Constituían un adelanto los buhíos de Haití y de otras islas del mar de los caribes. Eran generalmente poliédricos hasta el arranque del techo y cónicos hasta el remate. A veces estos buhíos tenían la forma rectangular. Cerraban cada uno de los lados por postes o troncos de árbol, y entre poste y poste colocaban cañas unidas por bejucos. La armadura del techo se formaba con varas que partían de las soleras de los troncos y se unían a un alto madero hincado en el centro de la casa: los intersticios se cubrían por cañas, pajas, hojas de bihao o de palmera. Todas las puertas tenían su correspondiente dintel y casi todas tenían jambas. Las casas que se hacían donde la madera era abundante, ésta predominaba en los materiales de construcción; donde no existía el arbolado, predominaba la piedra, el barro o el adobe. Al contemplar la regularidad y armonía de los edificios de México y el Perú, casi no se explica que el arquitecto indio no conociese el compás ni la plomada, ni la escuadra, como tampoco tuviera idea del arco, elemento esencial de la arquitectura. La reunión de las cabañas o tiendas formaban aldeas (rancherías, tabas, etc.), más o menos grandes, más o menos sólidas. Las casas de los jefes, templos, etc., se rodeaban generalmente de empalizadas para su protección.

Tales villorrios se hallaban frecuentemente esparcidos a lo largo de las costas de los mares, de los ríos y de los lagos, lo cual fué causa de las relaciones exageradas que del número de indígenas dieron los conquistadores europeos, quienes llegaron a suponer que también estaban habitadas las zonas mediterráneas.

La miseria en el hogar salvaje no podía ser mayor. Las camas eran bastas y pobres tarimas enclavadas en la pared. Colgaban del techo carne o pescado hechos cecina, mazorcas de maíz y a veces el trineo o la canoa; de las paredes colgaban las armas y cabezas de búfalo o ciervo; no lejos de la puerta se hallaban los trofeos del dueño de la casa. Unos hincaban la lanza delante de su toldo, otros en altas cañas las cabezas de las reses muertas por su mano y algunos sobre viejas aljabas las cabelleras de sus enemigos. Humosas teas iluminaban de noche la habitación o choza del salvaje, y sólo en las viviendas de los esquimales o en los subterráneos de la isla de Fox, ardían lámparas de piedra alimentadas por aceite de ballena o de foca. Ni los mismos mexicanos y peruanos dispusieron de mejor luz. También el señor feudal europeo colgaba en sus desabrigados salones las lanzas, alabardas y ferradas mazas, y en las puertas de su castillo cabezas de jabalíes o de lobos; también el vasallo vivía en casas de barro y se alumbraba con resinosas teas.

Lo mismo en las casas de los indios cultos, que en las de los salvajes, vivían hacinados viejos y jóvenes, hombres y mujeres. Las casas de los pobres sólo tenían un aposento. Si las de las razas cultas o de los indios algo acomodados tenían más de una pieza, el dormitorio era uno. Ellos hacían públicamente actos que la moral y el pudor quieren que sean secretos. Unicamente entre los reyes y los nobles parecía existir cierta honestidad.

Acerca del uso del vestido, halló Colón, en su primer descubrimiento, desnudos a hombres y mujeres, presentándose todos sin muestra alguna de sonrojo. En algunas partes vió el Almirante que las hembras se ponían unas cosas de algodón que apenas les cobijaban la natura. Afirma el P. Gumilla que las mujeres del Orinoco se avergonzaban, no de andar desnudas, sino de cubrirse las carnes. Es, pues, evidente que en casi toda América iban desnudos hombres y mujeres, siendo una excepción los que iban vestidos. En los países comprendidos entre los dos trópicos se cubrían con pieles; pero era cuando arreciaba el frío o les molestaba la lluvia.

En muchas partes las mujeres usaban faldas con las cuales se cubrían desde la cintura a las corvas; en otras, pequeños delantales que flotaban a merced del viento; y en algunas, cortas sayas hechas con fibras de cortezas de árbol. En las costas meridionales del mar de los Caribes, las mujeres se ponían un simple hilo, y los hombres llevaban recogido el miembro o metido en cañutos de metal, en tubos de madera o cuellos de calabaza.

Algunas tribus pegaban a su piel varias plumas y las pegaban con un barniz resinoso.

Costumbre fué también que el salvaje (esquimal, botocudo, etc.), perforase con dijes, joyeles, piedras, etc., la nariz, labios, orejas o mejillas.

No sabemos cuándo y cómo comenzaron a usar vestido los americanos. Tanto la forma como la materia variaban de un modo extraordinario. Llamaba la atención la piel finísima de algunos vestidos, siendo muy común abrigarse con pieles de búfalo, ciervo, lobo marino, etc.

Entre los aztecas, las mujeres vestían el huipil o camisa sin mangas o con medias mangas que del cuello bajaba a las rodillas y el cucilt o especie de faldellín que las cubría de la cintura abajo; llevaban también sandalias. Mejor vestida iba la mujer en el imperio de los incas. Llevaba en la cabeza vistosa cinta, del cuello a los talones una bata que se ajustaba a las caderas con ancho cinto, de los hombros a los tobillos fino manto sujeto por alfileres de oro o plata que llamaba topus, y en los pies, abarcas hechas de fibras de cabuya. Era bastante parecido el traje del varón. En las sienes llevaba una guirnalda; de la garganta a las rodillas camiseta sin mangas ni cuello; encima, una manta de lana en las tierras frías y de algodón en las calientes; en los pies, albarcas.

Más bellos eran los trajes de los iroqueses y algonquines. Diferían muy poco los de la mujer y el hombre. La túnica era ceñida, la manta estaba compuesta de pieles de castor, y casi siempre salpicada de vivos colores, y las polainas y zapatos se hacían de pieles de ciervo. La diferencia más notable entre el traje de la mujer y del hombre consistía en que la túnica de la primera era ancha y flotante.

El tatuaje (imprimir en el cuerpo dibujos hechos con una aguja y una materia colorante) fué general entre los americanos y se consideró como un adorno, siendo los colores más usados el rojo, amarillo, blanco y negro, que fabricaban con ocres, cal, carbón y jugos de diferentes plantas. Del mismo modo pintábanse casi todas las razas, y lo hacían casi siempre para embellecerse. Unas se pintaban la nariz, la barba o los dientes, otras todo el rostro, algunas el pecho y muchas todo el cuerpo.

Los caquesios se pintaban el brazo si en duelo o en batalla habían dado muerte a uno de sus enemigos, el pecho si habían vencido en dos combates, y del ojo a la oreja si victoriosos por nuevos triunfos habían entrado en la corte de sus caciques. Los guaycurues cuando eran niños se pintaban de negro las carnes, ya mozos de encarnado, ya ancianos o jefes de varios colores. En algunas razas era el más estimado aquel que se presentaba con colores más brillantes; esto sucedía entre los salivas y los cumaneses.

Numerosos adornos usaban, lo mismo las razas cultas que las salvajes. Aunque los caciques de Haití iban desnudos, llevaban coronas, placas en el pecho y cintos con carátulas de oro. Los reyes de México, aunque se presentaban casi desnudos, llevaban durante determinadas fiestas joyas en las orejas, nariz, labios y garganta; encima de los codos, brazaletes, de los cuales salían brillantes plumas; en los brazos, ajorcas de oro; en las muñecas, pulseras de perfumado cuero con sendas esmeraldas; de la rodilla abajo, grebas de luciente oro; en los pies, sandalias de piel de tigre con suela de piel de ciervo; la espalda estaba adornada con vistoso plumaje; en la cabeza llevaban un pájaro disecado de vivos colores, y en las sienes dos borlas de finísimo plumión, que bajaban de lo alto de la cabellera. Otros adornos, más o menos ricos, usaban, no sólo los monarcas aztecas, sino los cortesanos y los poderosos magnates del imperio.

La mayor parte de las razas no se cortaban el cabello. Unas lo llevaban suelto y a la espalda (apaches, etc.), otras distribuído en trenzas, algunas como formando una corona alrededor de la cabeza, y no pocas a manera de asas. Entre las razas que se rapaban la cabeza, citaremos los tarascos. Los nicaraguatecas se dejaban un mechón en la coronilla, y las mujeres, entre los albayas, una cresta que iba del cerviguillo a la frente; los yucatecas se quemaban el cabello en la coronilla; los tupinambaes lo llevaban como nuestros monjes, etc.

La caza y la pesca fueron entre los indios cultos y salvajes ocupación principal. Si los primeros la consideraron como ejercicio de recreo, los segundos se entregaron a ella por necesidad. El cazador y el pescador indio conocían todos los medios para apoderarse y destruir los animales. Lo mismo usaban las trampas o lazos que las armas arrojadizas, valiéndose de una manera o de otra para cazar ciervos, antas, liebres, conejos y toda clase de pájaros.

Veamos cómo se verificaban las grandes cacerías en México y en el Perú. Cientos y cientos de hombres formaban un gran círculo, el cual iban poco a poco reduciendo o haciéndolo más pequeño. Conseguían de este modo que todas las reses se fueran cobijando en un lugar del bosque donde había muchas trampas y redes. Esto hacían los aztecas. Los incas, en número también considerable de hombres, provistos de lanzas y palos, corrían en opuestas direcciones, llevando la caza a determinado sitio. Mataban, desde luego, todas las alimañas y muchos venados; de ningún modo a los huanacos y vicuñas. Es de notar que este sistema de caza lo empleaban de igual manera los pueblos salvajes. Lo practicaban, entre otros, los patagones, los mosquitos de Honduras y los guajiros de Orinoco. Los últimos se distribuían en forma de media luna y cerraban el círculo cuando veían reunidas gran número de reses. En México había parques y sotos reservados a los reyes, incurriendo en pena de muerte los cazadores que se atrevían a penetrar en aquéllos; en el Perú, fuera de las cacerías anuales ordenadas por los incas, no se permitía matar huanacos ni vicuñas.

Dedicábanse principalmente a la pesca los pueblos que vivían en las orillas de los ríos y en las costas del mar. Eran aficionados a la pesca lo mismo las tribus cultas que las salvajes. Pescaban los indios ballenas, focas, nutrias, salmones, tortugas, manatíes, caimanes y toda clase de peces. Unas veces los indígenas se metían en el agua y cogían los peces; otras los mataban, ya disparando flechas desde sus piraguas, ya desde las costas o riberas; con mucha frecuencia los atufaban con el jugo de algunas plantas; algunos atajaban la corriente con banastos para cogerlos fácilmente. Conocían los indios las redes y los anzuelos. Había anzuelos de hueso, de madera, de cuero y de conchas de almeja. Tenían fisgas y arpones. Usaban el dardo, la lanza y otros aparejos de pesca. Los pescadores más arrojados y valientes eran los esquimales y todos los del Norte; tal vez fuesen más diestros y audaces los pescadores del Orinoco y algunos de la América del Sur, en particular los que se dedicaban a la pesca del manatí dentro del río citado. Más intrepidez se necesitaba todavía para pescar el caimán y la tortuga. Cuando los otomacos veían que caimanes y tortugas saltaban al Orinoco, se arrojaban sobre los primeros o sobre las segundas, y caballeros en unas o en otras, bajaban al fondo del río, donde se apoderaban de los caimanes con lazos de nudo corredizo y de las tortugas volviéndolas de espaldas. Seguramente que este procedimiento era bastante más peligroso que el usado contra el caimán por las tribus de la Florida, pues allí los pescadores lo cogían introduciéndole en las fauces larga y nudosa rama de árbol.

Por lo que a la navegación respecta, los indios sólo conocieron la balsa, la canoa y el haz de juncos para recorrer únicamente sus ríos, sus lagos y las costas de sus mares. Los aztecas usaron la balsa y la canoa; los peruanos recorrieron sus ríos, el lago Titicaca y las costas del Pacífico, valiéndose también de balsas o de haces de enea. Los mayas se hallaban tan atrasados como los peruanos.

Puede asegurarse que eran más navegantes muchas razas salvajes. Lo eran los habitantes de la tierra del Fuego, los payagüaes, los guarapayos, y muy especialmente los intrépidos tupíes, que corrían ciento o doscientas leguas por las costas del Atlántico. Entre los tupíes descollaban por su audacia los caribes, que navegaban de isla en isla, de las islas a Tierra Firme; y allá en el Orinoco atravesaban--no sabemos cómo--los raudales y los saltos del Caroní y el Caura. Los antillanos y los esquimales desafiaban con sus canoas las tempestades y borrascas. Las piraguas o canoas de los habitantes de Santo Domingo, Cuba, etc., eran de bastante tamaño y de no poca fortaleza. Dícese que sólo los esquimales conocieron el remo, pues las restantes tribus manejaron las embarcaciones con palas.

La canoa, la balsa, el haz de enea, o de bambúes o de juncos, servían de medios de navegación y también de transporte. Ya sabemos que en América no había otra bestia de carga que el llama, ni otra de tiro que los perros del Norte. Los trineos, de los cuales tiraban los perros, lo usaban sólo los esquimales y los tinnehs.

Probado se halla que los americanos desconocían la brújula y el astrolabio. Tenían mucha afición a los juegos de azar, hasta el punto que jugaban frecuentemente sus vestidos, sus adornos, sus armas, su libertad personal y hasta sus mujeres. Si unos juegos eran del agrado de determinadas tribus y otros juegos de otras, el juego de pelota era común a casi todas. Ejercitábanse en determinadas tribus los guerreros y hasta las mujeres en carreras a pie, logrando con ello fortaleza y destreza de sus miembros.

Entre las razas salvajes del Norte se jugaba del siguiente modo. Tomaban parte en la contienda dos tribus o dos pueblos. Se ponía la pelota entre dos metas equidistantes y las tribus se colocaban en opuestas direcciones. Consistía el juego en que la tribu del norte, por ejemplo, lograra llevar la pelota más allá de la meta del mediodía y la tribu del mediodía más allá de la meta del norte; esto era difícil porque eran muchos los jugadores de una y otra parte, y porque las dos metas, la una de la otra estaban a larga distancia. Unas tribus usaban pelotas de roble, otras de barro cubiertas de piel de ciervo. Arrojaban la pelota sirviéndose de un palo, en cuya punta retorcida se colocaba pequeña red de tiras de cuero o nervios de búfalo. Asistía al juego mucha gente: unos apostaban en favor de un bando y otros del otro. Gritaban a los jugadores lo mismo el público que llevaba la mejor parte como el que llevaba la peor; gritaban también los que se disputaban la victoria. Los haitianos jugaban igualmente en el campo, entre dos metas o rayas, logrando el triunfo los que conseguían llevar la pelota fuera de la linde de sus contendientes. Las pelotas eran de caucho, y las recibían o rechazaban, no con la mano, sino con la cabeza, el hombro, la cadera o la rodilla. También recibían y despedían las pelotas, los chiquitos con la cabeza y los otomacos con el hombro derecho. Los aztecas jugaban muy bien y tenían a gala ser los primeros: se cuenta que, vencido el rey de Tlatelolco, dispuso que se estrangulase al vencedor que era el señor de Xochimilco. Llegó el juego de pelota a toda su perfección entre los mayas y los nahuas. Se consideraba entre estas tribus como fiesta nacional, como la más importante, casi como la única. Los pueblos más pequeños tenían un trinquete, que consistía en habitaciones rectangulares, de 25 a 55 metros de largo, de 12 a 22 de ancho. Dividíanse los jugadores en dos bandos. Recibían y despedían la pelota con la parte del cuerpo que de antemano se hubiese convenido, generalmente con las rodillas o las asentaderas. Duraba la lucha de sol a sol. Los espectadores hacían apuestas en favor de uno o de otro de los jugadores. El que lograba meter la pelota por el ojo de uno de los dos anillos que se hallaban en una de las paredes, se le consideraba como el héroe de la fiesta y se le agasajaba con muchos y valiosos regalos. Jugaban con pala, bote y argolla. Desconocemos lo que fuese el bote y la argolla. Si se suscitaban cuestiones o discordias, ora entre jugadores, otra entre espectadores, allí estaban jueces nombrados por los caciques con el objeto de dirimirlas. También las mujeres, después de fabricar artículos de alfarería y de tejer con el hilo que sacaban del muriche esteras, canastas, etcétera, se dirigían al trinquete, cogían la pala (del ancho de una tercia de bordo a bordo y de astil grueso y largo para cogerlo con las dos manos) y tiraban la pelota (que era de caucho y de gran circunferencia) con tal fuerza que los hombres no se atrevían a recibirla en el hombro. A veces, hombres y mujeres, para evitarse tabardillos, se sajaban brazos, muslos y piernas durante los citados juegos, y para restañar las heridas se arrojaban al río. Si esto no era bastante, las cubrían de arena o barro.

SEGUNDA ÉPOCA

DESCUBRIMIENTOS

CAPÍTULO XVI

REYES DE CASTILLA A FINES DE LA EDAD MEDIA: ENRIQUE II, JUAN I, ENRIQUE III, JUAN II Y ENRIQUE IV.--REYES CATÓLICOS.--CULTURA LITERARIA EN AQUELLOS TIEMPOS.--CRISTÓBAL COLÓN EN ESPAÑA.

Veamos lo que dice el insigne historiador Mariana de los últimos reyes de la dinastía de Trastamara y de los Reyes Católicos: «Tuvo, dice, el Rey D. Enrique (II), tronco y principio deste linaje, el natural muy vivo y el ánimo tan grande que suplía la falta del nacimiento. Don Juan (I), su hijo, fué persona de menos ventura y de industria y ánimo no tan grande ni valeroso. Don Enrique (III), su nieto, tuvo el entendimiento encendido y altos pensamientos, el corazón capaz del cielo y de la tierra; la falta de salud y lo poco que vivió no le dejaron mostrar mucho tiempo el valor que su aventajado natural y su virtud prometían. El ingenio de D. Juan, el segundo de este nombre, era más a propósito para letras y erudición que para el gobierno.» De su hijo D. Enrique IV, escribe el jesuíta historiador lo siguiente: «Lo que importa más, las costumbres no se mejoraron en nada, en especial era grande la disolución de los eclesiásticos; a la verdad se habla que por este tiempo Don Rodrigo de Luna, arzobispo de Santiago, de las mismas bodas y fiestas arrebató una moza que se velaba, para usar della mal...»[284]. En Don Enrique, añade después el P. Mariana, «desfalleció de todo punto la grandeza y loa de sus antepasados, y todo lo afeó con su poco orden y traza; ocasión para que la industria y virtud se abriese por otra parte camino para el reino de Castilla, y aun casi de toda España, con que entró en ella una nueva sucesión y línea de grandes y señalados príncipes»[285].

[284] Historia de España, tomo II, libro XXII, cap. XX. ¿Es verdad o leyenda lo que dice el Padre Mariana acerca de D. Rodrigo de Luna, arzobispo de Santiago y sobrino del condestable don Alvaro? ¿Se trata de un cuento forjado, después de la muerte de D. Alvaro, para desacreditar a la familia de los Lunas? Así lo cree--y razones poderosas tiene para ello--D. Antonio López Ferreiro en su estudio histórico intitulado Don Rodrigo de Luna, impreso en Santiago el 1884.

[285] Historia general de España, tomo II, libro XXIV, cap. IV.

Don Modesto Lafuente se halla conforme con el P. Mariana. «En poco más de un siglo--tales son sus palabras--que ocupó el trono de Castilla la línea varonil de la familia de Trastamara, vióse a aquellos príncipes ir degenerando desde la energía al apocamiento, y desde la audacia hasta la pusilanimidad. El prestigio de la majestad desciende hasta el menosprecio y el vilipendio, y la arrogancia de la nobleza sube hasta la insolencia y el desacato. La licencia invade el hogar doméstico, la corte se convierte en lupanar y el regio tálamo se mancilla de impureza, o por lo menos se cuestionaba de público la legitimidad de la sucesión. La justicia y la fe pública gemían bajo la violación y el escarnio. La opulencia de los grandes o el boato de un valido insultaban la miseria del pueblo y escarnecían las escaseces del que aún conservaba el nombre de soberano. Mientras los nobles devoraban tesoros en opíparos banquetes, Enrique III encontraba exhausto su palacio y sus arcas, y su despensero no hallaba quien quisiera fiarle. Juan II procuraba olvidar entre los placeres de las musas las calamidades del reino, y se entretenía con las Querellas del amor, o con los versos del Laberinto, teniendo siempre sobre la mesa las poesías de sus cortesanos al lado del libro de las oraciones. Este príncipe tuvo la candidez de confesar en el lecho mortuorio, que hubiera valido más para fraile del Abrojo que para rey de Castilla[286]. «Los bienes de la corona se disipaban en personales placeres, o se dispendiaban en mercedes prodigadas para grangearse la adhesión de un partido que sostuviera el vacilante trono»[287]. «La degradación del trono--añade después--, la impureza de la privanza, la insolencia de los grandes, la relajación del clero, el estrago de la moral pública, el encono de los bandos y el desbordamiento de las pasiones, llegan al más alto punto en el reinado del cuarto Enrique de Castilla. Los castillos de los grandes se convierten en cuevas de ladrones; los indefensos pasajeros son robados en los caminos, y el fruto de las rapiñas se vende impunemente en las plazas públicas de las ciudades; un arzobispo capitanea una tropa de rebeldes para derribar al monarca y sentar al infante D. Alfonso en el solio. En el campo de Avila se hace un burlesco y extravagante simulacro de destronamiento, ignominioso espectáculo y ceremonia cómica, en que un prelado turbulento y altivo, a la cabeza de unos nobles ambiciosos y soberbios, se entretienen en despojar de las insignias reales la estatua de su soberano, y en arrojar al suelo, entre los gritos de la multitud, cetro, diadema, manto y espada, y en poner el pie sobre la imagen misma del que había tenido la imprudente debilidad de colmarlos de mercedes»[288].

[286] El convento del Abrojo se fundó en 1415, a las márgenes del Duero, cerca de Valladolid, por el venerable Fray Pedro de Villacreces y San Pedro Regalado. Cuentan algunos escritores, copiándolo del supuesto Bachiller de Cibdareal, que Juan II, poco antes de morir, le dijo: Bachiller, naciera yo fijo de un mecánico, e hobiera sido frayle del Abrojo, e no Rey de Castilla.

[287] Historia de España, tomo I. Discurso preliminar, páginas 100 y 101.

[288] Ibidem, págs. 102 y 103.

[Ilustración:

FOTOTIPIA LACOSTE.--MADRID.

ISABEL LA CATÓLICA.]

Pasamos a reseñar el reinado de Doña Isabel y D. Fernando. Después de decir el P. Mariana que la reina falleció en la villa de Medina del Campo, añade: «su muerte fué tan llorada y endechada cuanto su vida lo merecía, y su valor y prudencia y las demás virtudes tan aventajadas, que la menor de sus alabanzas es haber sido la más excelente y valerosa princesa que el mundo tuvo, no sólo en sus tiempos, sino muchos siglos antes»[289]. A Fernando el Católico así le juzga: «Príncipe el más señalado en valor y justicia y prudencia que en muchos siglos España tuvo. Tachas a nadie pueden faltar, sea por la fragilidad propia, o por la malicia y envidia ajena, que combate principalmente los altos lugares. Espejo, sin duda, por sus grandes virtudes en que todos los príncipes de España se deben mirar»[290].

[289] Historia general de España, tomo II, lib. XXVIII, cap. XI.

[290] Ibidem, tom. II, lib. XXX, cap. XXVII.

Por su parte, D. Modesto Lafuente, lleno de entusiasmo por los Reyes Católicos, escribe: «Gran príncipe el monarca aragonés, sin dejar de serlo, lo parece menos al lado de la reina de Castilla. Asociados en la gobernación de los reinos como en la vida doméstica, sus firmas van unidas como sus voluntades; Tanto monta, es la empresa de sus banderas. Son dos planetas que iluminan a un tiempo el horizonte español; pero el mayor brillo del uno modera sin eclipsarla la luz del otro. La magnanimidad y la virtud, la devoción y el espíritu caballeresco de la Reina, descuellan sobre la política fría y calculada, reservada y astuta del Rey. El Rey es grande, la Reina eminente. Tendrá España príncipes que igualen o excedan a Fernando; vendrá su nieto rodeado de gloria y asombrando al mundo; pasarán generaciones, dinastías y siglos, antes que aparezca otra Isabel»[291].

[291] Historia general de España, tomo I. Discurso preliminar, págs. 118 y 119.

Sentimos no estar conformes con la opinión de historiadores tan ilustres. En nuestro humilde juicio, no son tan negras las tintas del cuadro de los reyes de la casa de Trastamara, ni tan claras ni brillantes las que se destacan del de Doña Isabel y D. Fernando. Creemos que los reinados de Enrique II, Juan I, Enrique III, Juan II y Enrique IV, prepararon el de los Reyes Católicos. Si de la reconquista se trata, ellos continuaron la obra comenzada por sus antepasados, en particular por los dos últimos.

Enrique II el de las Mercedes, sin embargo de su bastardía, se captó el amor de sus súbditos. Venció a todos sus enemigos, a unos con su talento y a otros con su espada. Aunque anhelaba vivamente la paz con los moros, tuvo a veces que pelear, no sin mostrar brío y pujanza. Juan I vivió en paz con los muslimes, a los que era aficionado. Gozaba fama de bondadoso. En sus guerras con Portugal, la fortuna le fué adversa en la batalla de Aljubarrota. Enfermo de cuerpo, Enrique III no lo estuvo de alma, pues contuvo a los nobles, se aficionó a los muslimes granadinos y procuró con gran interés llenar las arcas vacías del erario público. Admitimos con Mariana que Juan II no tenía mucha capacidad; pero afirmamos que no le faltaban excelentes cualidades. Honró durante todo su reinado a los hombres de talento, y mostró su generosidad lo mismo con sus amigos que con sus enemigos. Ejercitábase en las ciencias, en las letras y en las artes. Cultivó la lengua latina, en la cual--según el cronista Pérez de Guzmán--fué asaz docto[292]; también en la filosofía, poesía y música, no faltándole ingenio para las dos últimas. Dice el cronista que tañía e cantaba e trovaba e danzaba muy bien. Puede asegurarse que bajo su protección se elevó a un grado hasta entonces desconocido la cultura intelectual en Castilla.

[292] Crón., pág. 576.

«La ciega afición de D. Juan a su favorito--dice Prescott--es la clave para juzgar de todas las turbulencias que agitaron al país durante los últimos treinta años del aquel reinado»[293]. Creemos nosotros que los disturbios hubiesen sido los mismos con o sin la privanza de D. Alvaro de Luna. Los revoltosos D. Juan y D. Enrique, infantes de Aragón, confederados con los grandes de Castilla, dividieron el reino en banderías, mantuvieron siempre viva la llama de la guerra civil, trayendo conmovidos los pueblos, acobardando al rey y perturbando la monarquía. Al favorito nadie podrá negarle su fidelidad al Monarca y su valor en los combates. Era, además, conocedor de la política de su tiempo, dotado de penetración para descubrir las intenciones ajenas y de serenidad para ocultar las suyas, infatigable en el trabajo y perseverante en sus propósitos.

[293] Historia de los Reyes Católicos, tomo I, pág. 114.

Si Juan II se mostró siempre apático, si no supo contener los tumultos y rebeliones que se sucedieron unos después de otros, si no castigó con mano de hierro a los revoltosos magnates--siguiendo en esto la misma conducta del insigne y nunca bastante alabado Alfonso X, el Sabio--debe ser justamente censurado; pero no se olvide que durante su menor edad, el almirante Alonso Enríquez destrozó la escuadra de Marruecos, y D. Fernando de Antequera tomó a Zahara, venció en la batalla de las Yeguas y conquistó a Antequera. No se olvide tampoco que tiempo adelante el privado D. Alvaro de Luna llegó cerca de Granada y ganó la importante batalla de la Higueruela o de Sierra Elvira, que el primer marqués de Santillana se apoderó de Huelma en las fronteras de Jaén, y que Alfonso Fajardo, gobernador de Lorca, obtuvo señalado triunfo peleando con las tropas de Osmin, Rey de Granada.

Por lo que respecta a Enrique IV, los historiadores le han juzgado con una parcialidad como no hay ejemplo, llegando a decir que lo único bueno que hizo fué morirse. Reconocen algunos que se distinguía por su carácter benigno y por una bondad, que podía llamarse familiaridad, con los inferiores. Su generosidad no tuvo límites, hasta el punto que le mereció el renombre de el Liberal. «La vida de un hombre no tiene precio--decía--y no se debe en manera alguna consentir que la aventure en las batallas.» Lafuente, que sigue al pie de la letra los relatos y juicios de Prescott, añade que cuando el emir de Granada tuvo noticia de la máxima monacal del Rey cristiano, hubo de decir: «que en el principio lo hubiera dado todo, inclusos sus hijos, por conservar la paz en su reino, pero que después no daría nada.» Dijera o no dijera tales palabras el granadino--cosa que no tiene importancia alguna--opinamos que no merecen censura las dictadas por el generoso y noble espíritu de Enrique IV. No negaremos que era débil de carácter y que grandes y prelados vilipendiaron el trono. También repetiremos una vez más que era pródigo en mercedes, generoso y en la clemencia--como escribe Mariana--fué demasiado. De su amor a las bellas artes son prueba las fábricas que hizo levantar en Madrid y Segovia. Nosotros recordaremos que corriendo los años 1455, 1456 y 1457, realizó tres expediciones a Andalucía, logrando que el granadino se le ofreciese por vasallo y se comprometiera a enviarle anualmente diez mil doblas y seiscientos cristianos cautivos. Pasado algún tiempo y rotas las paces entre cristianos y moros, Enrique IV tomó posesión de Gibraltar ganado por los suyos y entró a saco por tierras granadinas; pero le salió al encuentro el Sultán y se reanudaron las paces. Sin embargo de la enemiga de los orgullosos magnates, de la insurrección de su hermano Alfonso y de los disgustos que le dió su hermana Isabel, «contribuyó más de lo que se cree--como escribe Fernández y González--a debilitar el reino de Granada, dejando una rica herencia para lo porvenir a sus inmediatos sucesores»[294]. ¿Por qué le censuraron con tanto encono los escritores contemporáneos? No negaremos que la conducta del cuarto Enrique se prestaba a censuras, y de su impureza de costumbres dió hartas pruebas. No le perdonaron aquellos autores la afición que tuvo a las inclinaciones de los muslimes, y aun pudiéramos decir a las creencias musulmanas. Nada nuevo añadiremos al notar que si Enrique IV tenía aficiones a los musulmanes, no era él sólo, sino toda aquella sociedad. La civilización árabe venía desde tiempos anteriores infiltrándose poco a poco en la vida y costumbres de los cristianos. Jóvenes españoles estudiaban la lengua árabe, asistían a las escuelas de los moros, no dejaban de la mano los libros publicados o traducidos por los hijos del Profeta. A las fiestas y torneos que se celebraban en el reino de Granada acudían caballeros cristianos, los cuales correspondían galantemente con otras invitaciones. Cristianos amaban a moras y moros a cristianas. Poetas cristianos cantaban la belleza de la hija de algún cadí y trovadores musulmanes dedicaban sus versos a la hermosa compañera de algún magnate español. Jóvenes andaluces acompañaban a las castellanas en los paseos, en las corridas de caballos o de toros, y a veces llegaban a esperarlas a la salida de las iglesias; a su vez los cristianos no miraban con malos ojos, cuando de cosas de amor se trataba, el que las jóvenes moras leyesen con mayor o menor fervor el libro del Profeta.

[294] Los Mudéjares de Castilla, págs. 195 y 196.

Además--y cumplimos un deber diciendo lo que creemos verdadero--aduladores cronistas, olvidándose de la elevada misión del historiador, quisieron congraciarse con los Reyes Católicos maltratando a Enrique IV.

Debemos detenernos un poco en el reinado de los Reyes Católicos. Cierto es que la unión de las coronas de Aragón y Castilla contribuyó al esplendor y grandeza de la monarquía, cuyo timbre de gloria más grande será haber puesto un freno a las demasías de los nobles, robusteciendo, por tanto, el poder real. En las cortes de Madrigal de 1476, convocadas--según dice muy acertadamente Hernando del Pulgar--para dar orden en aquellos robos e guerras que en el reino se facían, se reglamentó la Santa Hermandad y se reorganizó la administración de justicia, logrando la reina, como escribe el laborioso escritor, «hacer que el labrador y el oficial no estuviesen sojuzgados por el caballero, y que la sentencia de un par de jueces fuese más respetada que un ejército»[295]. Más importantes, no sólo que las cortes de Madrigal, sino que todas las celebradas por D. Fernando y D.ª Isabel, fueron las de Toledo del año 1480, en las cuales afirma con mucha razón Galindez de Carvajal «se hicieron las leyes y las declaratorias, todo tan bien mirado y ordenado que parecía obra divina para remedio y ordenación de las desórdenes pasadas»[296]. Consiguióse en poco tiempo que la justicia imperara en las grandes y pequeñas poblaciones, en las ciudades y en los campos. Mejoraron la administración pública y la hacienda, procurando poner orden y paz en el país.

[295] Colmenares, en su Historia de Segovia, al exponer la primera aplicación de la Santa Hermandad, dice lo siguiente: «Uno de sus primeros efectos fué en nuestra ciudad; porque llegando alguna gente de mala sospecha y peor traza, con algunos moros, que dezían ser criados del Rey a hospedarle en Zamarramala, arrabal (como hemos dicho), de nuestra ciudad, pidiendo aposento como soldados, les fué respondido como tenían privilegio de pechos y aposentos, por la vela que hacían en los alcázares, que todo permanece hoy. La gente era inquieta, los vecinos briosos; vinieron a las manos; hubo heridos y muertos. Súpose en la ciudad la revuelta; la Santa Hermandad despachó ministros, que prendiendo a algunos, averiguada con verdad la causa, los asaltaron, con que se temía más y se robaba menos.» Págs. 386 y 387.

[296] Anales breves en la Colección de documentos inéditos, tomo XVIII, 267.

Por lo que atañe a la inquisición, publicada la Bula (día 1.º de noviembre de 1478), por Sixto IV, concediendo facultad a D. Fernando y D.ª Isabel para elegir tres prelados u otros eclesiásticos doctores o licenciados, de buena vida y costumbres, para que inquiriesen y procediesen contra herejes y apóstatas de sus reinos, los mencionados monarcas, hallándose en Medina del Campo, nombraron (17 de septiembre de 1480) primeros inquisidores a los dominicos Fr. Miguel Morillo y Fray Juan de San Martín, juntamente con otros dos eclesiásticos, como asesor el uno y como fiscal el otro, facultándoles para establecer la inquisición en Sevilla. Comenzó en seguida el nuevo tribunal a ejercer sus funciones, adquiriendo suma importancia cuando el Papa expidió un breve nombrando (2 de agosto de 1483) inquisidor general de la corona de Castilla a Fray Tomás de Torquemada, prior del convento de dominicos de Segovia, cuyo nombramiento hizo extensivo después (17 de octubre de dicho año) a la corona de Aragón.

¿Por qué la reina Católica se fijó en Fray Tomás de Torquemada para el cargo de inquisidor general y no en Talavera, González de Mendoza o Cisneros? Era el primero--como dice Lafuente--, «el representante del fanatismo más furioso e implacable»[297]. Eran los segundos, «tres grandes lumbreras que sobraban por sí solas para derramar copiosa luz por el vasto horizonte de un siglo»[298].

[297] Hist. de España, tomo IX, pág. 511.

[298] Ibidem, pág. 518.

Dígase lo que se quiera en contrario, los Reyes Católicos, con una irreflexión o torpeza como no hay ejemplo--pues nada importa que la opinión general del pueblo español estuviese conforme con ello o que el espíritu del siglo fuese la intolerancia y la persecución--, crearon el tribunal más terrible que registra la historia y nombraron Inquisidor general al hombre más cruel de todos los tiempos.

Bernáldez, cura de los Palacios, historiador coetáneo, dice que desde 1482 a 1489, hubo en Sevilla más de 700 quemados y más de 5.000 penitenciados, sin designar el número de los castigados en estatua[299]. Zurita, añade, que «en sola la Inquisición de Sevilla, desde que pasaron los términos de la gracia hasta el año de 1520, se quemaron más de 4.000 personas y se reconciliaron más de 30.000.» «Hállase (continúa) memoria de autor, en esta parte muy diligente, que afirma que esta parte que aquí se señala es muy defectuosa, y que se ha de tener por cierto y averiguado que sólo en el arzobispado de Sevilla, entre vivos y muertos y absentes, fueron condenados por herejes que judaizaban más de 100.000 personas, con los reconciliados al gremio de la iglesia»[300]. Mariana escribe: «Publicó el dicho inquisidor (Torquemada) edictos en que ofrecía perdón a todos los que de su voluntad se presentasen: con esta esperanza dicen se reconciliaron hasta 17.000 personas entre hombres y mujeres de todas edades y estados; 2.000 personas fueron quemadas, sin otro mayor número de los que se huyeron a las provincias comarcanas»[301]. No se olvide que en el año 1489, además del de Sevilla, había otros tribunales del Santo Oficio en Córdoba, Jaén, Villarreal (que se trasladó a Toledo), Valladolid, Calahorra, Murcia, Cuenca, Zaragoza, Valencia, Barcelona, Mallorca y los tres de Extremadura; y en cada uno de ellos solían celebrarse autos de fe cuatro veces al año.

[299] Reyes Católicos, caps., XLIII y XLIV.

[300] Anal. de Aragón, lib. XX, cap. XLIX.

[301] Hist. de España, lib. XXIV, cap. XVII.

Pasando a otro punto no habremos de negar que Isabel y Fernando realizaron prudente política, publicando las Ordenanzas Reales de Montalvo, incorporando a la Corona los Maestrazgos de las órdenes militares, reformando los tributos, fomentando la marina mercante, organizando el ejército y tomando a Granada (2 enero 1492). Señales eran todas de la radical transformación que se operaba en la nación española.

En el citado año, cuando todo anunciaba bienes sin cuento, un hecho de transcendencia suma vino a nublar el horizonte de España: los Reyes Católicos--no el terrible inquisidor Torquemada, como dicen los cronistas--publicaron el cruel edicto del 31 de marzo de 1492 arrojando a los hebreos de los dominios españoles. ¿Qué número de judíos salieron de España? El cronista Bernáldez dice que unos 170 a 180.000 individuos[302], y Mariana los hace subir a 800.000[303]. El número mayor o menor importa poco; lo que importa consignar es que los Reyes Católicos faltaron a las leyes de la humanidad con la publicación del mencionado edicto.

[302] Reyes Católicos, cap. CX.

[303] Historia de España, lib. XXVI, cap. I.

Posteriormente pelearon nuestros monarcas con una tenacidad rayana a la imprudencia en Italia, sacando de allí, el Gran Capitán, gloria inmarcesible, y los españoles afición a la lengua, a la poesía y a todas las artes italianas.

[Ilustración:

FOTOTIPIA LACOSTE.--MADRID.

FERNANDO EL CATÓLICO.]

Dejando a poetas y cronistas que forjen toda clase de novelas alrededor de Isabel la Católica, pues si para los primeros era tanta su virtud

que hacía se apartara de su lado hasta la sombra misma del pecado,

acerca de los segundos recordaremos que el cura de los Palacios la compara a Santa Helena, madre de Constantino, y el venerable D. Juan de Palafox, obispo de Osma, a Santa Teresa. Entre los historiadores modernos, el conde de Montalembert dice que era «la más noble criatura que jamás haya reinado sobre los hombres», y Cánovas del Castillo la llama veneranda princesa, excelsa Reina y la mujer más grande de la historia[304]. Dejando exagerados relatos, nosotros, aunque sin autoridad alguna, queremos consignar que la reina Isabel no fué superior a otras reinas de España.

[304] Conferencia inaugural con motivo del cuarto Centenario del descubrimiento de América, pronunciada en el Ateneo de Madrid el 11 de febrero de 1891, pág. 17.

Cierto es que nadie podrá negar que tanto Isabel como Fernando realizaron hechos, unos dignos de alabanza y otros censurables. Merecen alabanzas la organización de la Santa Hermandad, la incorporación a la corona de los maestrazgos de las Ordenes militares y la conquista de Granada; y merecen censura el establecimiento del Tribunal de la Inquisición y la expulsión de los israelitas. Tampoco aprobamos la conducta que siguió Isabel con su hermano Enrique IV ni con su sobrina Juana. Ni Isabel ni Fernando estuvieron acertados en el nombramiento de inquisidores; no fueron generosos ni con Gonzalo de Córdova, ni con Colón, ni con Jiménez de Cisneros; no se valieron, por último, de buenos y justos medios para arrojar de España a Boabdil, quien vivía contento en sus tierras de las Alpujarras.

Sobre la política de los Reyes Católicos en el Nuevo Mundo, no seríamos imparciales si pasáramos en silencio dos cargos: uno, la poca clemencia tenida con los indios; otro, el funesto sistema de administración colonial. La reina Isabel--como mostraremos en su lugar--no tuvo reparo en autorizar la venta de sus infelices indios, como tampoco se opuso a que los hijos de Canarias se vendiesen en las plazas de las ciudades de Andalucía.

Creyendo los españoles que la mayor riqueza de un país consistía en la mayor abundancia de oro, buscaban el precioso metal en las entrañas de la tierra y olvidaban la riqueza que tenían en la superficie de dicha tierra.

Y como un error engendra otro error, prohibieron la exportación del oro y el comercio de los productos indígenas, logrando que el valor de aquel metal disminuyese, y el valor de las mercancías aumentara. De aquí que el laborioso pueblo español se transformara en un pueblo indolente, poco trabajador y vicioso.

Respecto a la pureza de costumbres y moralidad, dice Fernández de Oviedo que «ansí tenían hijos los frailes y monjas como si no fuesen religiosos»[305]. Consideramos como cuento aquello de que la reina Isabel vestía de camisas hiladas por su mano, y el rey Fernando renovaba más de una vez las gastadas mangas de un mismo jubón[306].

[305] Epílogo real, imperial y pontifical.

[306] Véase Lafuente, Hist. de España, tom. XI, pág. 55.

Del aspecto moral y político pasaremos a la cultura y al movimiento intelectual. No se olvide que D. Pedro López de Ayala fué cronista de Pedro el Cruel, de Enrique II, de Juan I y de Enrique III. No se olvide que poetas y prosistas brillaron en la corte de los reyes de la dinastía de Trastamara. Recordaremos que Juan II formó una corte poética que se componía de lo más granado de la nobleza castellana. A la cabeza de aquellos poetas y escritores, figuraba D. Enrique de Villena, pariente de Juan II de Castilla y de Fernando I de Aragón, el cual no se limitó al estudio de la poesía y de la amena literatura, sino que también cultivó la filosofía, las matemáticas y la astrología, ciencias, en especial la última, que le valieron la fama de mágico y de nigromántico[307]. La más estimada de todas sus obras en prosa, es la intitulada Libro de los doce trabajos de Hércules. Don Enrique tuvo un doncel llamado Macías el Enamorado: su amor a una mujer casada fué la causa de su muerte. El marqués de Santillana, a quien se llamó «gloria y delicias de la corte de Castilla», figura a la cabeza de los poetas más inspirados y de los prosistas más famosos. Entre sus obras doctrinales e históricas, citaremos los Proverbios; entre las de recreación, Preguntas y respuestas de Juan de Mena y el marqués de Santillana; entre las de devoción, la canonización de los bienaventurados santos Vicente Ferrer, predicador, y Pedro de Villacreces, frayre menor; y entre las amorosas, El sueño, Querella de amor y las Serranillas. Además, escribió obras en prosa y Refranes que dicen las viejas tras el fuego. No encontramos nada más dulce y flúido que algunas estrofas de las canciones tituladas Serranillas. Así comienza la serranilla III:

I

Después que nascí, non vi tal serrana como esta mañana.

II

Allá a la vegüela, a Mata el Espino, en esse camino que va a Lozoyuela, de guissa la vi que me fizo gana la fructa temprana. ...................

[307] No fué marqués de Villena, aunque Pellicer y otros autores lo llaman así. Lo fué su abuelo D. Alfonso; pero no su hijo D. Pedro, ni su nieto D. Enrique, de quien nos ocupamos.

De la serranilla VI copiaremos lo siguiente:

I

Moza tan fermosa non ví en la frontera, como una vaquera de la Finojosa.

II

Faciendo la via del Calatraveño a Sancta Maria, vencido del sueño por tierra fragosa perdí la carrera, do ví la vaquera de la Finojosa.

III

En un verde prado de rosas é flores, guardando ganado con otros pastores, la ví tan graciosa que apenas creyera que fuesse vaquera de la Finojosa. ..................[308]

[308] Amador de los Ríos, Obras del Marqués de Santillana, págs. 467 y siguientes.

Al lado de D. Enrique de Villena y del marqués de Santillana, podemos colocar al cordobés Juan de Mena, autor, entre otras composiciones, del Laberynto, llamada también Las trescientas, por ser éste el número de las coplas de obra tan excelente. Propúsose Juan de Mena en la citada obra imitar al Dante, y así como el autor de la Divina Comedia se deja conducir por Beatriz, el poeta español se deja llevar por la Providencia bajo la forma de hermosa doncella.

Pertenece igualmente al reinado de Juan II el judío converso Juan Alfonso de Baena, natural de la villa que le dió su nombre, en la provincia de Córdoba, y autor del Cancionero. En el mismo reinado floreció Antón de Montoro, que empleó principalmente su musa en la sátira.

Del tiempo de Enrique IV son los hermanos Gómez y Rodrigo Manrique, sobrinos del marqués de Santillana. Don Gómez logró justa y merecida fama, ya por su obra Prosecución de los vicios y virtudes, ya por su poema A la muerte del marqués de Santillana. Pero el que aventajó a todos, por la ternura de sentimiento y por la natural fluidez, fué Jorge Manrique, hijo de D. Rodrigo y el último vástago de familia tan esclarecida. La muerte de su padre, acaecida dos años después de la de Enrique IV, es la más bella y delicada de sus composiciones; elegía que, con el nombre de Coplas de Jorge Manrique, goza de reputación universal. Por las siguientes estancias, que transcribimos de dichas Coplas, puede juzgarse su inestimable valor:

Recuerde el alma adormida, avive el seso y despierte contemplando cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando.

Cuán presto se va el placer, cómo después de acordado da dolor;

Cómo a nuestro parecer cualquiera tiempo pasado fué mejor.

............................. Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir; allí van los señoríos derechos a se acabar y consumir.

Otro poeta de tanta fama, aunque no de tanto mérito, como Jorge Manrique, floreció en aquellos tiempos: llamábase Juan Alvarez Gato. De él dijo D. Gómez Manrique que fablaba perlas y plata.

No sería justo pasar en silencio las célebres coplas de Mingo Revulgo, cuya paternidad se atribuye a Rodrigo de Cota y que circularon por Castilla profusamente en las postrimerías del reinado de Enrique IV.

Por lo que a la historia se refiere, aunque fueron varios ingenios los que trabajaron en la Crónica de Juan II, tales como Alvar García de Santa María, Juan de Mena, Diego de Valera, y tal vez algún otro, no hay duda de que su ordenación se debió al insigne Fernan Pérez de Guzmán, quien, como escribe Galíndez de Carvajal, «cogió de cada uno lo que le pareció más probable, y abrevió algunas cosas, tomando la substancia de ellas.» No fueron menos notables los cronistas de Enrique IV, Enríquez del Castillo y Alonso de Palencia, partidario aquél y adversario el último del desgraciado monarca.

Recordaremos, por último, el nombre de Alvar García de Santa María, judío converso y autor de una de las crónicas de D. Alvaro de Luna; el de D. Alfonso de Madrigal, Obispo de Avila, conocido por el Abulense, y más todavía con el nombre vulgar de el Tostado, «persona esclarecida--dice el P. Mariana--por lo mucho que dejó escrito y por el conocimiento de la antigüedad, y su varia erudición que parecía milagro»[309].

[309] Hist. de España, tomo II, libro XXI, cap. XVIII.

Acerca de la cultura literaria en tiempo de los Reyes Católicos, nuestras primeras palabras serán para decir que en el mismo año que ciñó la corona Isabel, se introdujo en España la imprenta, invención que debía hacer social revolución en el mundo. Cultiváronse las letras, aunque no realizaron los progresos que era de esperar, dado el impulso iniciado en Italia y en Alemania, y dado el espíritu innovador del Renacimiento. No negaremos que los doctos varones que vinieron de Italia, como los hermanos Geraldino, Pedro Mártir de Anglería y Lucio Marineo Sículo, hicieron adelantar aquellos estudios, que estaban más atrasados en España. La cultura clásica de la Reina; la sólida educación que daba a su hijo, el príncipe D. Juan y a sus hijas; el cultivo que de la lengua latina hicieron Doña Beatriz de Galindo (la Latina), Doña Francisca de Lebrija, Doña Lucía de Medrano, Doña María Pacheco y la marquesa de Monteagudo (hijas las dos últimas del Conde de Tendilla y la primera mujer de Juan de Padilla) y otras, merecen alabanzas. Cierto es que las Universidades, Estudios generales y Academias se hallaban concurridos por una juventud aplicada y deseosa de saber. De Gonzalo Fernández de Oviedo, autor de la Historia general y natural de las Indias y de algunos más escritores, poco podremos decir en su elogio. Ni la jurisprudencia, a pesar de Díaz de Montalvo, ni ninguna de las ciencias se colocó a gran altura, ni aun las mismas sagradas y eclesiásticas. Poetas y trovadores no faltaban en la corte, bien que ninguno de aquéllos podía compararse con Juan de Mena, ni con el marqués de Santillana, astros brillantes del reinado de Juan II. Si se echaron los cimientos del teatro, justo será recordar que ya en Italia habían adquirido carta de naturaleza las comedias, siendo de advertir que las del extremeño Bartolomé Torres Naharro fueron representadas en dicha nación y no en España. De Italia también vinieron por entonces los primeros maestros de las Bellas Artes (arquitectura, escultura, pintura y música).

Dejando el relato de todos estos hechos para la historia política y para la historia de la literatura de España, recordemos con alegría que procedentes del vecino reino de Portugal, no sabemos si por mar o por tierra, llegaron a España dos extranjeros, de edad madura el uno y niño el otro. Debió de acaecer todo esto entre fines de 1484 y comienzos de 1485. El primero, o sea el hombre de edad madura, venía decidido a ofrecer a los Reyes Católicos el imperio que poco antes había rehusado Juan II, rey de Portugal. Y nos encontramos ante Colón y el descubrimiento del Nuevo Mundo. Había sonado la hora fijada por la Providencia para que todo el Mundo Nuevo, no parte de él, se comunicara con Asia, Africa y Europa. Jamás la fortuna se mostró más propicia con ningún Rey.

CAPÍTULO XVII

DESCUBRIMIENTOS ANTERIORES AL DEL NUEVO MUNDO.--EL PRESTE JUAN.--VIAJE DE MARCO POLO.--«DE IMAGINE MUNDI» DE PEDRO DE AILLY.--SUPUESTAS CARTAS DE TOSCANELLI A COLÓN.--EXPEDICIONES DE ENRIQUE EL «NAVEGANTE».--IMPORTANCIA DE ESTAS EXPEDICIONES.--VIAJES DE DIEGO GÓMEZ.--LOS CONOCIMIENTOS GEOGRÁFICOS EN AQUELLOS TIEMPOS.--LA ASTRONOMÍA.--VIAJES DE DIEGO CAO.--EL COSMÓGRAFO BEHAIM: SU FAMOSO GLOBO.--EXPEDICIÓN DE BARTOLOMÉ DÍAZ.--VIAJES DE COVILHAM Y PAIVA.

Somos de opinión que tiene interés en una Historia de América este capítulo, pues sin el estudio de ciertas noticias y determinados viajes, no podríamos explicar hechos relacionados, más o menos directamente, con el descubrimiento realizado por el insigne genovés.

Entre las noticias más peregrinas que corrieron por Europa en el siglo XIII, se halla la de un personaje misterioso, conocido con el nombre de Preste Juan o Rey sacerdote. Decíase que reinaba sobre un pueblo cristiano. La primera noticia del Preste Juan la encontramos en los escritos del historiador alemán Otón de Freising, hermano político del emperador Conrado III, de Alemania[310]. Escribe el mencionado historiador que, habiendo encontrado en el año 1145 en Viterbo (Italia), al obispo de Gabula (hoy Jibal, en el Norte de Siria), le había dicho, no sin derramar algunas lágrimas, los peligros que amenazaban allí a la Iglesia cristiana desde la caída de Edesa. Hacía pocos años, según dicho prelado, que en el lejano Oriente, más allá de la Armenia y de la Persia, apareció un tal Juan, sacerdote y monarca al mismo tiempo, que reinaba sobre un pueblo nestoriano. Juan, después de conquistar a Ecbatana, capital de la Media, venció en una batalla de tres días a los hermanos sandyardos (Mohamed y Sandyar), que tiranizaban a Persia y Media, y avanzando más al Oeste para llevar auxilio a la oprimida iglesia de Jerusalén, tuvo que retroceder por no poder pasar el caudaloso río Tigris.

[310] Véase Dr. Sophus Ruge, Hist. de la época de los descubrimientos geográficos, págs. 15 y siguientes.--Hist. Universal, de Oncken, tom. III.

¿Quién era el Preste Juan? Los cronistas han buscado en vano al famoso monarca presbítero; Marco Polo (1254-1323) lo confunde, unas veces con Ungchan, rey de los Keraitas, y otras con Jeliutache, primo del último soberano de Catay y fundador de un imperio al Oeste del río Lop-nor. En el siglo XIV se creyó haberlo encontrado en la persona del rey cristiano de Abisinia; en los comienzos del XV, Enrique el Navegante lo buscó en el mencionado país y a fines de la misma centuria, y aun en la siguiente, los reyes de Portugal enviaban embajadas, deseosos de hallarle.

Marco Polo, ya con su padre Nicolás, ya con su tío, de nombre también Marco, realizó muchos viajes aumentando los conocimientos geográficos del Oriente en Europa, teniendo la gloria de ser el viajero más conocido de los tiempos medios. Las noticias del célebre veneciano constituyeron durante mucho tiempo en Europa lo fundamental de la Geografía y Cartografía del Oriente. «Resumamos, dice Sophus Ruge, los resultados del famoso viaje de Marco Polo, que duró veinticuatro años, desde el 1271 hasta el 1295. Marco Polo fué el primer viajero que atravesó toda el Asia, de un extremo a otro, y que describió los diferentes países, los desiertos de la Persia, las altas mesetas con sus verdes pastos y las barrancas espantosas de Badajchan, los ríos que llevan lapiz-lázuli del Turkestán Oriental, los páramos inhospitalarios de la Mongolia, la ostentosa corte imperial de Pekín y los innumerables habitantes de la China. Refirió lo que supo del Japón, con sus palacios cubiertos de oro, y de Birmania, con sus pagodas del mismo metal, y fué también el primero que descubrió las islas deliciosas de la Sonda con sus especias y aromas, las islas lejanas de Java y Sumatra, con sus muchos reinos, sus preciosos productos y sus habitantes caníbales. Vió a Ceilán con sus montañas sagradas; visitó muchos puertos de la India y estudió la extensión y las riquezas de este país, tan fabuloso entonces para los europeos. El fué el primero que publicó una relación clara del reino cristiano de Abisinia, que adquirió noticias por un lado hasta de Madagascar, y por otro del extremo Norte del Asia, de la Siberia, el país, según dice, de las tinieblas, en que no brillan ni sol, ni luna, ni estrellas, donde domina un crepúsculo eterno, y donde se viaja en trineos tirados por perros o a caballo sobre rengíferos, un país detrás del cual se extiende el Océano helado»[311].

[311] Ibidem, pág. 27.

La relación primitiva de obra tan interesante fué escrita en francés antiguo, siendo traducida y refundida tiempo adelante en latín y en italiano. Muchos años después se tradujo al alemán con el siguiente título: «Este es el noble caballero Marco Polo de Venecia, el gran viajero terrestre que nos describe las grandes maravillas del mundo, desde donde sale el sol hasta donde se pone, cosas que no se han oído nunca. Esto ha impreso Friczs Creussner, en Nuremberg, el año del nacimiento de Cristo 1477.»

Gozó también de mucha popularidad, y se leyó con no poco entusiasmo el tratado conocido con el nombre De imagine mundi, escrito por Pedro de Ailly (en latín, Petrus de Alliaco), cardenal de Cambray[312]. Venía a ser dicho tratado una compilación, medianamente hecha, de obras escolásticas anteriores (ex pluribus auctoribus recollecta): de autores griegos (Aristóteles, Ptolomeo, Hegesipo y Juan Damasceno), de autores latinos (Séneca, Plinio, Solino, Orosio, San Agustín, Isidoro de Sevilla y Beda), y de autores árabes (Alfragani y Albategni). De la obra de Ailly sacó Colón la mayor parte de sus conocimientos cosmográficos y en particular sus ideas, ya sobre la magnitud de la tierra y poca anchura del Océano, ya sobre la situación y naturaleza del paraíso, ya también, por último, del próximo fin del mundo.

[312] Pedro de Ailly (n. en 1350 en Copiegne, y m. en Avignon en 1420 o 1425), escribió muchas obras. El tratado De Imagine Mundi, y otros, se compilaron en Basilea el MCCCCXVIII. Véase Bellarmino, De scriptoribus ecclesiasticis, tomus septimus, pág. 509.

Ciega fe tenía Colón en la obra De Imagine Mundi. En el capítulo VIII se trata de la magnitud de la Tierra, y tanto crédito dió el Almirante a la doctrina del Cardenal que, en la carta escrita en su tercer viaje desde Haití en 1498, copió un gran trozo de aquél capítulo; en él se afirmaba que para saber la superficie habitable de la tierra debían tenerse en cuenta el clima y la parte del globo ocupada por el agua. Dice Ailly en el capítulo XII que la zona tórrida estaba habitada por monstruos humanos, lo cual también había dicho San Agustín. Conforme Colón con la misma idea, en el Diario de su primer viaje se muestra admirado de no haber encontrado todavía los monstruos. En el capítulo XLIX se ocupa de la diversidad de las aguas, y particularmente del Océano, haciendo notar que lo mismo Aristóteles que su comentador Averroes, sostienen que la distancia entre la costa occidental del Africa y la oriental de la India (entiéndase Asia) no puede ser muy grande, porque en ambos países se encuentran elefantes, bien que nadie le ha medido en nuestro tiempo ni se tiene noticia de ello en los autores antiguos. Añade en el capítulo LI que la extensión de la tierra habitada desde España hacia el Oriente o la India, es mucho mayor que la media circunferencia de dicha tierra. Sostiene el Cardenal Ailly en el capítulo LV, que el paraíso terrenal está situado--según los datos de Isidoro, Juan Damasceno, Beda y otros--en el lugar más delicioso del Oriente, lejos de nuestra región habitada, en un sitio tan elevado que casi toca con la Luna, donde no pudo llegar el diluvio universal. Antes, en el capítulo VII, dijo que a pesar de hallarle el paraíso junto al Ecuador, tenía un clima muy templado a causa de su gran elevación.

No hemos de pasar en silencio otra proposición del citado cardenal. Encuéntrase en su tratado que lleva por título Vigintiloquium de concordantia astronomicæ veritatis cum theología[313], página 181, referente a la edad de la tierra y a la época del juicio final. «Calcula siguiendo a Beda--escribe el Dr. Ruge--que desde la creación hasta el nacimiento de Jesucristo habían pasado 5.199 años; de suerte que en 1501 de nuestra era iban transcurridos 6.700; y como el juicio final debía ocurrir 7.000 después de la creación, resultaba próximo el fin del mundo. Colón entretegió también esta idea en su proyecto, aunque difirió algo en el cómputo»[314].

[313] Véase Bellarmino, Descritoribus ecclesiasticis, tomus septimus, pág. 509.

[314] Hist. de la época de los descubrimientos geográficos, págs. 15 y siguientes.

¿Llegaron a Colón noticias del Preste Juan? Posible es que nada supiera del famoso personaje. ¿Tuvo noticia de los viajes de Marco Polo? En ninguna parte menciona al ilustre veneciano. Acerca de la correspondencia que--según Don Fernando Colón--tuvo el Almirante con el médico florentino Pablo Toscanelli, no cabe duda que es apócrifa, como ha probado el Sr. Altolaguirre[315]. Sin embargo de ello, trasladaremos aquí las supuestas cartas del sabio italiano.

[315] Cristóbal Colón y Pablo del Pozzo Toscanelli, págs. 363-397.

«A Cristóbal Columbo, Paulo, físico, salud: Yo veo el magnífico y grande tu deseo para haber de pasar a donde nace la especiería, y por respuesta de tu carta te envío el traslado de otra carta que ha días yo escribí a un amigo y familiar del Serenísimo Rey de Portugal[316], antes de las guerras de Castilla, a respuesta de otra que por comisión de S. A. me escribió sobre el dicho caso, y te invio otra tal carta de marear como es la que yo le invié[317], por la cual serás satisfecho de tus demandas, cuyo traslado es el que sigue.» Copia en seguida la carta escrita a Martins y cierra con la data Florencia 25 de junio de 1574.

[316] Hernán Martins, canónigo de Lisboa. Esta correspondencia es auténtica.

[317] Desgraciadamente, la carta de marear mandada a Martins se ha perdido.

Don Fernando insertó después la segunda carta que copiamos: «A Cristóbal Colón, Paulo, físico, salud: Yo rescibí tus cartas con las cosas que me enviaste, y con ellas rescibí gran merced. Yo veo el tu deseo magnifico y grande a navegar en las partes de Levante por las de Poniente, como por la carta que yo te invio se amuestra, la cual se amostrará mejor en forma de esfera redonda; pláceme mucho sea bien entendida, y que es el dicho viaje no solamente posible, mas que es verdadero y cierto e de honra e ganancia inestimable y de grandisima fama entre todos los cristianos. Mas vos no lo podreis bien conocer perfectamente, salvo con la experiencia o con la platica, como yo la he tenido copiosisima, e buena, e verdadera informacion de hombres magnificos y de grande saber que son venidos de las dichas partidas aquí en corte de Roma y de otros mercaderes que han tractado mucho tiempo en aquellas partes, hombres de mucha autoridad. Así que cuando se hará el dicho viaje será a reinos poderosos e ciudades e provincias nobilisimas, riquisimas de todas maneras de cosas en grande abundancia y a nosotros mucho necesarias, ansi como de todas maneras de especiería en gran suma y de joyas en grandisima abundancia. Tambien se irá a los dichos Reyes y Principes que están muy ganosos, más que nos, de haber tracto e lengua con cristianos de estas nuestras partes, porque grande parte dellos son cristianos y tambien por haber lengua y tracto con los hombres sabios y de ingenio de acá, ansi en la religión como en todas las otras ciencias, por la gran fama de los imperios y regimientos que han destas nuestras partes; por las cuales cosas todas y otras muchas que se podrían decir, no me maravillo que tu, que eres de grande corazon, y toda la nacion de portugueses, que han seido siempre hombres generosos en todas grandes empresas, te vea con el corazon encendido y gran deseo de poner en obra el dicho viaje.» «Puede, pues, afirmarse--dice Altolaguirre--que la correspondencia de Toscanelli con Martins fué en 1474, que hasta dos años después no llegó Colón a Portugal, y como acto seguido emprendió el viaje a Thule, parece lo cierto que hasta después de 1478, cuando ya los portugueses habían desechado y probablemente olvidado el proyecto de Toscanelli, no tuvo de él conocimiento Cristóbal Colón»[318]. Se propuso Don Fernando con tales patrañas «recabar para su padre la gloria de haber sido el iniciador del pensamiento de que navegando desde Europa o Africa directamente al Oeste, era posible arribar a la costa Oriental de Asia»[319].

[318] Cristóbal Colón y Pablo del Pozzo Toscanelli, pág. 369.

[319] Ibidem, pág. 397.

[Ilustración:

FOTOTIPIA LACOSTE.--MADRID.

ENRIQUE EL NAVEGANTE.]

Entrando ya en el estudio de los descubrimientos geográficos, colocamos a la cabeza de los grandes viajeros al infante D. Enrique, llamado el Navegante, quinto hijo del rey Juan I de Portugal (nació el 4 de marzo de 1394). Habremos de comenzar recordando que Portugal, pobre rincón de tierra separado de España, si sufrió en el siglo VIII, como toda la Península Ibérica, la dominación musulmana, pronto logró expulsar a los moros del territorio lusitano, penetrando luego en Marruecos y extendiendo su poder en aquellas tierras. Cerca de medio siglo llevaba el reino de Portugal buscando ocasión de extenderse allende los mares. A la sazón el representante del espíritu aventurero de la época fué, sin duda alguna, el citado infante D. Enrique. Todavía muy joven se dió a conocer por su espíritu belicoso. Juan I de Portugal arrebató a los sultanes marinitas de Marruecos--año de 1415--la ciudad de Ceuta, en la costa meridional del Estrecho de Gibraltar, siguiéndose a dicha conquista la de Tánger, Tetuán y otras plazas vecinas del Estrecho. En un combate sangriento contra los moros de la citada Ceuta, el infante D. Enrique ganó las espuelas de caballero. Cuéntase que tanto se distinguió en la acción, que Martín V, Segismundo de Alemania y otros soberanos le hicieron proposiciones para confiarle el mando de sus ejércitos. El Papa deseaba enviarle contra los turcos y el Emperador en el Concilio de Constanza hizo sus proposiciones al embajador de Portugal, quien debía trasladarlas al valeroso infante. No hizo caso D. Enrique de tales invitaciones porque otras ideas bullían en su mente. Subiendo a los muros de la plaza de Ceuta

... con sola su rodela y una espada, enarboló las quinas en sus almenas.

Desde lo alto de las almenas de la ciudad, para la realización de sus atrevidos proyectos, pudo contemplar, por un lado, el mar, y por otro, las tierras que esconde el Atlas. Tiempo adelante, el Rey, su padre, le concedió el ducado de Vizeu y le nombró Gran Maestre de la orden de Cristo, pudiendo ya contar con rentas propias para realizar sus vastos proyectos. Sin embargo de que la Orden de Cristo había sido fundada para combatir a los musulmanes, enemigos de la ley de Jesucristo, se creyó en el deber de atraerse a los hijos del Profeta por medios más humanos y justos. No quería seguir la política de los reyes sus antecesores. Volvió de Ceuta con el pensamiento de conquistar Marruecos por la fuerza de las ideas y de recorrer el mar por el valor y audacia de sus marinos. Era un hombre enérgico, valeroso y tenaz. Embargábale la idea de llegar hasta la Guinea (parte Oeste de Africa, que se extiende desde la Senagambia al Congo), conocida entonces con el nombre de Guanaja o Ganaja, y de la cual sólo se tenían vagas noticias, pues no se conocía europeo alguno que hubiese visitado aquellas lejanas tierras. Decíase, sin embargo--no sabemos con qué fundamento--que el oro abundaba en aquellos países; noticia que dió mayores alientos al infante D. Enrique, deseoso de que Portugal fuese la única potencia de Europa que comerciara con los pueblos de la Guinea.

Del mismo modo se proponía descubrir--y esto era para él cuestión de no poca importancia--en qué consistía el poder de los moros, los enemigos mortales de su nación. Había notado que en todas las guerras con la morisma aquéllos luchaban solos, dándose el caso que nunca rey alguno del interior de Africa acudió a prestarles auxilio. Este hecho y algunos otros, aunque de menos valor, hicieron sospechar al infante portugués que al Sur de los territorios musulmanes había quizás pueblos cristianos, en cuyo caso, contando con la ayuda de los últimos, los hijos de Mahoma estaban perdidos cuando se les atacase simultáneamente por el Norte y el Mediodía. Anhelaba de igual manera llevar la luz del Evangelio a regiones desconocidas. Por último, influía su horóscopo, que le declaraba destinado a hacer grandes descubrimientos.

El antiguo cronista Azurara considera que influyeron en el ánimo de D. Enrique los cinco motivos siguientes: 1.º, saber lo que había más allá del cabo Bojador; 2.º, entrar en relaciones comerciales con los cristianos que hubiese en aquellas tierras; 3.º, tener noticia exacta del poderío de los moros de aquella parte de Africa; 4.º, descubrir si en aquellos países existían príncipes que le ayudasen contra los moros, y 5.º, acrecentar o extender la religión católica[320].

[320] Véase Chronica do descobrimento e conquista de Guiné.

Contando D. Enrique con el beneplácito del Rey, estableció--en el promontorio de Sagres en el Algarbe, de cuya provincia era gobernador vitalicio--su Palacio, el primer Observatorio astronómico de Portugal, el Arsenal marítimo y la Escuela de Cosmografía. Sagres viene a ser una peña llana, de unos 70 metros de altura, que penetra en el mar más de un kilómetro, y termina, no en punta, sino en una especie de maza. Allí, en el puerto de Sagres, cerca del cabo de San Vicente, rodeado de algunos doctos, ya lusitanos, ya de Marruecos y de Fez, olvidándose de la Tierra Firme, dirigió toda su atención al vasto Océano. La población que tocaba con el promontorio recibió el nombre de Villa del Infante. Dispuso D. Enrique que sus naves se abrigasen en el próximo puerto de Lagos. Adquirió noticias del Sudán y de las caravanas que traficaban entre Marruecos, el Senegal y Tombuctu, enviando después sus buques a descubrir el gran río Senegal (llamado Samaya por los portugueses, y Ovedech por los indígenas).

Entre las expediciones más importantes organizadas por el infante D. Enrique citaremos las siguientes: En 1416 envió a Gonzalo Velho a pasar más allá de las Canarias, y en 1431 descubrió las primeras islas del grupo de las Azores. El año 1434 Gil Eannes, paje del Infante, arriesgó su vida para doblar el cabo Bojador, y su sucesor Alfonso González Baldaya llegó hasta el río de Oro, o sea, hasta el límite septentrional de la zona tórrida. Llegó Nuño Tristán en 1441 al Cabo Blanco, y dos años después a la bahía de Arguim. Destinóse la isla de Arguim como centro de operaciones y relaciones mercantiles, fundándose allí la primera colonia portuguesa permanente en Africa, que adquirió pronto importancia, hasta el punto que a los pocos años, una Sociedad mercantil de Lagos (puerto de la villa del Infante) pudo enviar una flotilla de seis buques. Los portugueses llevaban tejidos (pañuelos de color y mantas de lana), sillas de montar y estribos, trigo, miel, especias, plata, coral rojo y barreños, que cambiaban por esclavos negros de Guinea, oro de Tombuctu, camellos, vacas, cabras, pieles de búfalo y de martas zibelinas, huevos de avestruz y goma arábiga. En el año 1445 el intrépido marino Dionís Díaz (ascendiente de Bartolomé Díaz, que veintiséis años después de la muerte del Infante dobló el Cabo de Buena Esperanza) pasó por delante de la embocadura del Senegal que separa la raza negra de la blanca, llegando hasta el Cabo Verde. Consistía la importancia de la expedición en que se había llegado a la verdadera tierra de los negros y en que las teorías de Aristóteles y de Ptolomeo acerca de la inhabitabilidad de la zona tórrida eran falsas. «Esta teoría antigua, que había prevalecido tantos siglos, se estrelló contra el Cabo Verde, cabiendo este honor al infante D. Enrique, cuyo lema Talent de bien faire celebró allí su mayor victoria, porque desde entonces se abrió para la ciencia geográfica un horizonte enteramente nuevo, y el mundo europeo aprendió a fiarse más de las observaciones directas que de la autoridad de los filósofos griegos»[321]. Vino a completar este descubrimiento el veneciano Luis de Mosto, a cuya disposición puso D. Enrique, pocos años más adelante, una carabela de 90 toneladas a las órdenes de Vicente Díaz, los cuales llegaron hasta el río Gambia. Relación minuciosa del viaje publicó Mosto y de ella copiamos la siguiente descripción del Cabo Verde: «El Cabo Verde--dice--trae su nombre de los árboles verdes que allí crecen y que conservan su color casi todo el año. Lo descubrieron los portugueses un año antes de mi llegada, y le dieron este nombre por la razón indicada, conforme llamaron el Cabo Blanco así por el color de la arena que lo forma; pero el Cabo Verde es elevado y halaga la vista. Está entre dos montañas y penetra en el mar con muchas chozas y viviendas de negros. Hay que notar que al otro lado del Cabo Verde forma la costa una bahía con playas llanas y cubiertas como toda la costa de multitud de bellísimos y grandísimos árboles verdes, porque allí no caen las hojas viejas hasta que salen las nuevas. Desde lejos parecen estar a orillas del agua, aunque en realidad están distantes un tiro de ballesta. Es una costa bellísima. He viajado hacia Levante y Poniente y he visto muchos países, mas ninguno más hermoso que éste, bañado por muchos ríos grandes y pequeños»[322]. La descripción debió interesar vivamente a D. Enrique, puesto que organizó desde Arguim un sistema completo de exploración. Juan Fernández penetró en el desierto de Sahara, permaneciendo siete meses entre las tribus salvajes del interior, al cabo de cuyo tiempo volvió a Sagres a dar cuenta al Infante, su señor, de lo que había visto en aquellas tierras. En el año siguiente de la expedición de Díaz, Nuño Tristán llegó hasta el río Gambia y Alvaro Fernández casi hasta Sierra Leona. Las tribus próximas al Gambia eran más numerosas y valientes que las del Sahara, las cuales se opusieron al desembarque, logrando con sus flechas envenenadas matar a la mayor parte de los portugueses sin exceptuar al jefe. Por último, Diego Gómez, en el año 1457, con otros intrépidos navegantes subió río Gambia arriba hasta la ciudad de Cantos. Esta fué la última expedición importante que ordenó D. Enrique.

[321] Dr. Sophus Ruge, Historia de la época de los descubrimientos, pág. 37.--Historia Universal, de Oncken, tomo VII.

[322] Ibidem, pág. 37.

Murió navegante tan ilustre en Sagres (13 noviembre 1460), cuando ya contaba sesenta y seis años. En sus geográficas empresas había gastado más de sus recursos, pues en 1449 era en deber a su pariente Fernando de Braganza la suma enorme de 19.394 coronas de oro[323]. Todo este dinero lo había empleado en hacer de Portugal una gran potencia marítima.

[323] La corona de oro en aquel tiempo valía unas 20 pesetas de nuestra moneda.

Aunque a la muerte del Infante disminuyó el entusiasmo por los descubrimientos, sin embargo, en la corte de Portugal se hallaban los pilotos más inteligentes y los constructores de barcos más hábiles; se vendían las mejores obras de astronomía, los planisferios, los mapa mundis y las cartas marítimas más exactas. Lisboa, pues, continuó siendo el centro de los estudios geográficos. Por entonces descubrió Diego Gómez, en compañía del genovés Antonio de Noli, las islas de Cabo Verde.

Antes de proseguir el estudio de los descubrimientos marítimos, recordaremos los conocimientos geográficos generales de aquel tiempo. En la Margarita philosophica del prior cartujo alemán Gregorio Reisch, publicada en el año 1496 y reimpresa muchas veces durante el siglo XVI, se lee lo siguiente: «El agua cubrió al principio toda la superficie de la tierra como una niebla fina que se elevaba hasta las altas regiones. A la orden del Creador, el firmamento separó las aguas superiores de las inferiores, reuniéndose éstas últimas en un sólo punto más profundo y dejando descubierta la tierra firme para los seres vivientes. De toda la substancia de la tierra y del agua se formó un solo cuerpo esférico, al cual atribuyeron los eruditos dos centros, uno de gravedad y otro de volumen. Este último es el que está situado en el punto medio del eje de toda la esfera formada de la tierra y del agua, y de consiguiente, en el centro del mundo. Fuera de este centro está el de gravedad, que es el centro del eje de la tierra sólida, mayor necesariamente que el radio de la esfera formada de la tierra y del agua, porque, a no ser así, caería el centro del mundo fuera de la tierra, suposición que sería la más necia que pudiera imaginarse en física y en astronomía. La admisión de centros distintos es ineludible, porque la parte seca de la superficie terrestre es más ligera que la cubierta de agua. La tierra seca es más ligera que la empapada del agua, y por esta razón no puede ser el centro de gravedad idéntico al de volumen, sino que el primero se halla más hacia la periferia del lado del agua que el segundo, y hacia aquella parte se reunirán también las aguas de la tierra, porque así se aproximan más al centro del mundo.»

El primero que intentó la representación del lado del agua de la esfera terrestre fué Toscanelli de Florencia, allá por el año 1474. Ya por entonces se había introducido nuevo e importante factor que trajo radical reforma en las teorías dominantes en aquella época. Este nuevo e importante factor era el libro de Claudio Ptolomeo (geógrafo y astrónomo egipcio que floreció en Alejandría por los años de 125 a 135 antes de Cristo), intitulado Almagesto, obra de la cual trató el cardenal Pedro de Ailly en su citado tratado De imagine Mundi[324]. Entre los astrónomos más sabios de aquella época sobresale Regiomontano (1436-1476). Para facilitar las observaciones astronómicas a la orientación y determinación de las situaciones geográficas, calculó Regiomontano en 1473 las efemérides (tablas que indican día por día la posición de los planetas en el Zodiaco) para un período de treinta y dos años. También el sabio astrónomo inventó un instrumento (llamado balestilla por los portugueses y ballestilla, flecha o báculo de Jacob por los españoles), para medir la altura del polo de un astro. El último instrumento lo introdujo en Portugal Martín Behaim, discípulo del inventor. Durante el reinado de Alfonso V el Africano (1438-1481)[325], tío del infante D. Enrique, continuaron las expediciones marítimas. Juan II (1481-1495) parecía heredero del espíritu de Enrique el Navegante. En su tiempo Diego Cao se hizo a la vela (1484) con dos buques de su propiedad, llevando en calidad de cosmógrafo a Martín Behaim. Pasaron el Cabo de Santa Catalina y descubrieron el Congo, el río más caudaloso de Africa. Se atrajo Cao a algunos habitantes con la idea de que aprendiesen el portugués y servirse luego de ellos en sus relaciones con el rey del Congo. Cao continuó todavía hacia el Sur unas 200 leguas, llegando al Norte del Cabo Negro (1485). Behaim, a la vuelta del viaje, fué nombrado por el Rey caballero de la Orden de Cristo. Cosmógrafo tan insigne, después de su larga residencia en Portugal, y después de haber desempeñado importantes comisiones científicas, se retiró a su patria, a Nuremberg (1492), en cuyo año construyó--antes de que Colón regresara de su primer viaje--el globo terrestre, que ha inmortalizado su nombre. Debemos advertir que dicho globo, guardado, como precioso depósito, en Nuremberg, es--como Mr. Davezac sostuvo en el Congreso Geográfico de Amberes de 1871, y cuya proposición aprobó la sabia Corporación--una reproducción, en la parte que al Extremo Oriente se refiere, de la carta de navegar de Toscanelli. En el globo de Martín de Behaim se ven indicadas ya las longitudes y las latitudes, siendo de notar los grandes errores cometidos en las últimas. En cambio, las inscripciones que hay en él son muy interesantes. Léese lo siguiente en uno de sus ángulos: «Sépase como esta figura del globo representa toda la extensión de la tierra, tanto en longitud como en latitud, medida geométricamente, parte, según lo que Ptolomeo dice en su libro titulado Cosmografía; el resto, según el caballero Marco Polo, que desde Venecia viajó por el Oriente el año de 1250, y también según lo que el respetable, docto y caballero Juan de Mandeville dijo, en 1322, de los países orientales desconocidos de Ptolomeo, con todas las islas pertenecientes a aquel continente, de donde nos vienen las especias y las piedras preciosas. Mas el ilustre D. Juan, rey de Portugal, ha hecho visitar por sus naves, en 1485, todo el resto de la parte del globo, hacia el Mediodía, que Ptolomeo no conoció, en el cual descubrimiento he tomado yo parte...»

[324] Ptolomeo es también autor de una Geografía y de otras obras.

[325] A Juan I (1385-1433) sucedió Eduardo I (1433-1438).

En el golfo de Benin, junto a las islas Príncipe, Santo Tomás y San Martín, se halla el siguiente letrero: «Estas islas fueron descubiertas por las naves que el rey de Portugal envió a estos puertos del país de los moros el año de 1484...» La inscripción puesta encima del cabo de Nueva Esperanza contiene la relación del viaje que hizo Martín Behaim con Diego Cao. Dice así: «El año 1484 del nacimiento del Señor, el ilustre D. Juan, rey de Portugal, hizo equipar dos naves, llamadas carabelas, provistas de hombres con armas y víveres para tres años, ordenando a la tripulación navegar al otro lado de las columnas de Hércules, en Africa, siempre hacia el Mediodía y los lugares donde el sol sale, tan lejos como les fuese posible... Así equipados, salimos del puerto de la ciudad de Lisboa con rumbo a la isla de la Madera, donde crece el azúcar de Portugal... Llegamos al país llamado reino de Gambia, donde crece la malagueta (especie de pimienta), y el cual dista de Portugal 800 leguas alemanas; después, pasamos al país del rey de Furfur, que está a 1.200 leguas o millas y donde crece la pimienta que se llama de Portugal. Más lejos aún, hay un país donde hallamos la corteza de la canela; pero encontrándonos de Portugal a 2.800 leguas, volvimos sobre nuestros pasos y a los diez y nueve meses estuvimos de vuelta ante nuestro Rey».

En el año de 1486 Bartolomé Díaz con tres embarcaciones, una mandada por él, otra por Juan Infante, y la tercera destinada a provisiones por su hermano Pedro, se hizo a la vela, con el ánimo de continuar las exploraciones de las costas africanas, desde el punto que Diego Cao dejó las que hubo de realizar en compañía del cosmógrafo Martín Behaim. Se propuso obscurecer las glorias de sus parientes Juan Díaz y Dionís Díaz. Bartolomé hizo que mujeres negras que conducía a bordo desembarcasen en varios puntos de la costa del Congo y más allá hacia el extremo Sur de Africa, las cuales debían dar a los indígenas noticias del poderío de los portugueses, no sin manifestarles también que iban en busca del país del Preste Juan. Creyeron que las nuevas de la expedición llegarían de boca en boca y de país en país a oídos del fabuloso personaje, quien, al saberlas, tal vez enviase mensajeros para recibir a los portugueses con el objeto de entrar con ellos en relaciones.

Bartolomé Díaz levantó el primer padrón de piedra cerca de la Sierra Parda, al Norte de la bahía de la Ballena (Angra das Voltas), no lejos de la desembocadura del río Orange. Desde el Golfo de Santa Elena emprendió de nuevo su rumbo, llegando, después de grandes trabajos, a una ensenada llamada de los Vaqueros (Angra dos Vaqueiros)[326], donde los hotentotes que allí guardaban sus rebaños, al ver los barcos, huyeron espantados hacia el interior. Dirigiéndose más al Este llegó a la bahía de San Bras[327], donde hizo provisión de agua dulce, lo cual dió motivo a un choque con los indígenas, pasando, por último, a la pequeña isla de Santa Cruz (Golfo de Algoa), y plantando en ella el último padrón. Pidieron los tripulantes al jefe no seguir adelante y emprender el viaje de regreso; pero Díaz les suplicó que le dejasen continuar avanzando dos o tres días más hasta ver la costa hacia el Norte, porque él creía firmemente haber doblado el extremo Sur del Africa, y en este caso, con poco trabajo, se lograría llegar a la India, que eran todos sus deseos. Continuaron navegando dos días más, hasta llegar a un gran río que Díaz denominó do Infante, porque un compañero, el Capitán de este apellido, fué el primero que saltó a tierra. Aunque a disgusto suyo, Díaz hubo de dar la vuelta, teniendo entonces la dicha de contemplar el imponente promontorio que forma la punta austral del Africa. Terrible tempestad que puso en gran peligro las embarcaciones, estuvo a punto de cambiar en día de luto los anteriores momentos de alegría. En recuerdo de la furiosa tormenta, Díaz dió al citado promontorio el nombre de Cabo de las Tormentas, y que Juan II, influído por otros sentimientos, le sustituyó por el que hoy lleva. «Ese Cabo nos abre el camino del Asia, dijo, se llamará Cabo de Buena Esperanza.» Bartolomé Díaz, después de una ausencia de diez y seis meses y diez y siete días, y de haber explorado 350 leguas de costa, llegó a Lisboa en diciembre de 1487.

[326] Hoy lleva el nombre inglés de Flesh-bai (Bahía de la carne).

[327] Hoy Moselbai.

Consideremos los últimos viajes realizados durante el reinado de Juan II. Antes del regreso de Bartolomé Díaz, el Rey había mandado a Pedro de Covilham y a Alfonso de Paiva para explorar el reino de Abisinia y las condiciones de comercio y de comunicación en el Océano Indico. Antes intentaron lo mismo, por orden de Juan II, el Padre Antonio de Lisboa y Pedro de Montorryo; mas la expedición no dió resultado alguno. En cambio, no careció de interés la de Covilham y Paiva, quienes se pusieron en camino el 7 de mayo de 1487. Penetraron en Egipto, después de pasar por Rodas, llegando a Alejandría y al Cairo; embarcándose en el Mar Rojo fueron hasta Aden, donde se separaron, designando como punto de reunión otra vez el Cairo. Covilham, que se embarcó para la costa del Malabar, visitó a Cananor, Calcuta y Goa, regresando a la costa oriental del Africa, la cual siguió hasta el extremo meridional del rico país de Sofala, donde adquirió noticias sobre la isla de Madagascar.

Cuando Covilham regresó al Cairo, se encontró con la noticia de que Paiva había muerto; halló sí dos nuevos emisarios del rey Juan, que eran los rabinos Abraham de Beja y José de Lamego. En tanto que el judío José marchó a Lisboa con las noticias que adquirió Covilham, éste último, acompañado del hebreo Abraham, visitó la ciudad de Ormuz, tomando en seguida diferente rumbo, pues Abraham de Beja, con una caravana se dirigió por Bagdad y Haleb a Siria, mientras él marchó a Abisinia y se estableció en su capital Choa, con gran complacencia del monarca del país. Covilham se casó en Abisinia, y allí murió pasados algunos años.

Cuando se realizaban tales hechos, el genovés Cristóbal Colón se disponía a marchar a las Indias. Procede estudiar ya el descubrimiento del Nuevo Mundo.

[Ilustración:

FOTOTIPIA LACOSTE.--MADRID.

COLÓN.]

CAPÍTULO XVIII

CRISTÓBAL COLÓN: SU PATRIA Y FAMILIA.--COLÓN EN PORTUGAL: SU MATRIMONIO.--LA FAMILIA DE SU MUJER.--ALONSO SÁNCHEZ DE HUELVA.--CULTURA DE COLÓN.--LA ESFERICIDAD DE LA TIERRA.--LA ACADEMIA DE TOLEDO.--ROGERIO BACON Y RAIMUNDO LULIO.--PROVECTO DE COLÓN DE IR DIRECTAMENTE A LA INDIA POR OCCIDENTE.--LA LIBRERÍA DE COLÓN.--JUNTA CONVOCADA POR JUAN II Y PRESIDIDA POR EL OBISPO DE CEUTA: OPINIÓN DEL CONDE DE VILLARREAL.

Cristóbal Colón, según Andrés Bernáldez, cura de Los Palacios[328], gran amigo del futuro Almirante y depositario de todos sus papeles, debió nacer hacia el año 1435[329]. Afirma Washington Irving que se verificó la época de su nacimiento allá por los años de 1434 a 1436.

[328] Los Palacios es una población próxima a Sevilla.

[329] Historia de los Reyes Católicos D. Fernando y Doña Isabel, Sevilla, 1870.

Respecto a la patria de Colón, creemos que no cabe duda alguna, puesto que él mismo lo declara en la fundación de su mayorazgo (22 febrero 1498)[330] terminantemente dice que ha nacido en Génova. Copiamos a continuación sus mismas palabras: «Siendo yo nacido en Génova, vine a servir aquí, en Castilla.» Además, encontramos la siguiente cláusula: «Item: mando al dicho D. Diego, mi hijo, o a la persona que heredare el dicho Mayorazgo que tenga y sostenga siempre en la ciudad de Génova una persona de nuestro linaje que tenga allí casa e mujer, e le ordene renta con que pueda vivir honestamente como persona tan llegada a nuestro linaje, y haga pie y raíz en la dicha ciudad como natural della, porque podrá haber de la dicha ciudad ayuda e favor en las cosas del menester suyo, pues que della salí y en ella nací.» En otra cláusula manifiesta también Colón el afecto que tiene lo mismo a Génova que a España, lo mismo a su país natal que a su nueva patria. He aquí sus palabras: «Item: mando al dicho D. Diego, o a quien poseyere el dicho Mayorazgo, que procure y trabaje siempre por la honra y bien y acrecentamiento de la ciudad de Génova, y ponga todas sus fuerzas e bienes en defender y aumentar el bien e honra de la república della, no yendo contra el servicio de la Iglesia de Dios y alto Estado del Rey o de la Reina, nuestros señores, e de sus sucesores.» No hay dudas, pues, acerca de la patria da Colón; él mismo dice varias veces que era de Génova. «Sólo demostrando--como escribe Sánchez Moguel--que Colón no dijo que había nacido en la ciudad de Génova, o probando que mintió al decirlo, es como cabe abandonar fundadamente la causa de Génova, para abrazar la de Saona o de cualquiera otra de las innumerables poblaciones que pretenden haber dado nacimiento al descubridor del Nuevo Mundo»[331]. No ha conseguido Génova encontrar la calle y casa en que nació; pero el municipio de la ciudad compró en el año 1887, por la cantidad de 31.500 pesetas, una casa en la que se cree con algún fundamento que Cristóbal Colón pasó su infancia y juventud hasta la edad de catorce años[332].

[330] Procede recordar aquí que durante la monarquía castellano-leonesa de Doña Urraca (1109-1126), mujer de Alfonso I de Aragón, D. Diego Gelmínez, obispo de Compostela, dió comienzo a la organización de fuerzas navales para resistir a las piraterías de los moros, los cuales asolaban toda la costa, desde Sevilla hasta Coimbra, ab Hispali usque ad Cohimbram, según se lee en la Historia Compostelana. El prelado de Compostela contrató genoveses, porque los italianos ejercían a la sazón el papel que los griegos, y en particular los fenicios habían tenido en los tiempos antiguos. Eran los genoveses los hombres de mar, los mejores constructores navales y los más expertos marineros que recorrían el Mediterráneo: eran, como dice la Crónica, optimi navium artifices, nautæque peritissimi. «No puedo prescindir, dice Charlevoix, de hacer de paso una observación. Es muy glorioso para Italia que las tres potencias entre las cuales está repartida actualmente casi toda la América, deban a italianos sus primitivos descubrimientos. España, a Colón, genovés: Inglaterra, a Juan Cabot y sus hijos, venecianos: y Francia a Verrazani, ciudadano de Florencia.» Viajes, etc., en 1720.

[331] España y América, pág. 100. Del cura de Los Palacios son las siguientes palabras: «En el nombre de Dios Todopoderoso, ovo un hombre de tierra de Génova, mercader de libros de estampa, que trataba en esta tierra de Andalucía...» Historia de los Reyes Católicos, tomo I, capítulo CXVIII.

[332] Víctor Balaguer, Cristóbal Colón, pág. 159.

Veamos ahora lo que sobre el particular ha publicado el historiador Juan Solari[333], no sin dar a conocer antes la opinión de Muratori y de Casoni. Muratori dijo: «Colombo es natural de Génova, o por mejor decir, de un pueblo vecino de Génova». Casoni escribió (Annali Genova 1708), lo siguiente: «Los antepasados de Cristóbal--como consta por escrituras públicas--habitaban Terrarossa, poco distante de Nervi, atrás de las faldas del Monte Fasce, situada al lado de Maconesi en Fontanabuona, que dá el nombre a dicho valle. Su abuelo se llamaba Juan. Su padre era Domingo, ciudadano de Génova, y su madre se apellidaba Susana Fontanarrosa»[334].

[333] La cuna del descubridor de América, Cristóbal Colón. Homenaje al centenario de la República Argentina, 25 mayo 1910.

[334] Ibidem, pág. 50.

Cristóbal Colón--dice Solari--nació en Terrarossa, valle de Fontanabuona, provincia de Génova, y su nacimiento se verificó en el año 1436[335]. Compónese Terrarossa de un grupo de casas situadas sobre un collado a flor del valle de Fontanabuona, a cien pasos de Entella. Su distancia de Maconesi es media milla, dos de Cicagna, tres de Oreso, ocho de Chiavari, y otro tanto o algo más de Génova, en línea recta. Decimos en línea recta, porque este camino es poco frecuentado por ser montuoso y de difícil acceso, lo que hace que la distancia parezca más larga de lo que es en realidad. La casa de Colón se encuentra entre las primeras que dan al río[336]. A la sazón se halla reconstruída en su mayor parte. A poca distancia de la casa existen rastros de la fábrica de Domingo Colombo y no lejos una tierra denominada Pian Colombino, nombre que hace suponer fuera propiedad de la familia de Colombo[337].

[335] Harrise lo fijó en el 1445.

[336] Ob. cit., págs. 68 y 69.

[337] Ibidem, pág. 70.

Hállase probado--y seguimos la relación de Solari--que el padre del descubridor del Nuevo Mundo, en una escritura de venta de un terreno, año de 1445, a Bartolomeo de Maconesi, se firma Domenico Colombo di Terrarossa. Tampoco cabe duda que la madre del Almirante se llamaba Susana y era hija de Santiago Fontanarrosa. Bartolomé, hermano del Almirante, en una carta geográfica trazada en Londres, firmaba Colombo di Terrarossa; y Fernando, hijo de dicho Almirante, afirma que su padre, antes de descubrir el Nuevo Mundo, firmaba Colombo de Terrarossa[338]. Además de la escritura citada, correspondiente al año 1445, se encuentran otros documentos públicos en que al lado de Domenico Colombo de Terrarossa se hallan los nombres de Simón de Maconesi, Benedicto de Monleone, Antonio Leverone de Fontanabuona y otros.

[338] Ibidem, págs. 50 y 51.

Parece cosa probada que los tres hermanos llamados Juan, Mateo y Amighetto--según documentos del año 1496--eran hijos de Antonio Colombo de Maconesi, hermano de Domingo, padre del descubridor del Nuevo Mundo. Juan, Mateo y Amighetto comparecieron ante escribano y celebraron un contrato a los efectos siguientes: Juan iría a España en busca de su primo carnal Cristóbal, Almirante al servicio de los Reyes Católicos, para tomar parte en las empresas marítimas o descubrimientos en el Nuevo Mundo. Los tres hermanos deberían contribuir por iguales partes a los gastos, así como también los productos se repartirían del mismo modo[339].

[339] Ibidem, pág. 52. En el cuarto viaje acompañó al Almirante un hijo de Génova llamado Juan Antonio Colombo.

Añade Solari que en el año 1500, por deuda pendiente, se entabló demanda en Savona contra la sucesión de Domingo, padre de Cristóbal. En el juicio se hizo constar que los hermanos Cristóbal, Bartolomé y Diego se hallaban en España.

Resulta de todo lo expuesto, que Cristóbal Colón pudo llamarse ciudadano de Génova, puesto que el valle de Fontanabuona y, por consiguiente, Terrarossa, dependían de la ciudad citada; pero el lugar de su nacimiento fué el caserío de Terrarossa. Por tanto, es evidente que Domingo Colombo tuvo en el valle de Fontanabuona la fabricación de paños, estableciendo luego pequeños depósitos, para aumentar la venta, primero en Quinto y después en Génova y Savona[340]. Los depósitos citados, por el solo hecho de estar a su nombre, implicaban el domicilio de Domingo, aunque no se hallase presente; mas dicho domicilio, lo mismo en Quinto que en Génova y Savona eran transitorios, pues únicamente tenía fijeza el de Fontanabuona.

[340] Ibidem, págs. 53 y 54. La casa de Savona sólo estuvo abierta el año 1470.

Haremos notar que el activo tráfico entre los caseríos o aldeas de Fontanabuona con Génova, era mucho, teniendo aquellos comerciantes--por falta de escribanos en la región--que recurrir a Génova para celebrar sus actos públicos. Por esto no debe causar extrañeza que los testigos y demás personas que intervenían en los contratos, se llamasen Antonio Colombo de Maconesi, Antonio Leverone de Cicagna, Nicolás de Fontanabuona, Juan de Monleone, etc.; y decimos que no debe causar extrañeza, porque Domingo, cuando salía de Terrarossa, o iba acompañado de testigos, o los buscaba en Savona o Génova, donde se encontraban accidentalmente[341].

[341] Ibidem, pág. 72.

Consideremos, por último, las principales poblaciones que con mayores o menores títulos y con más o menos entusiasmo se disputan la gloria de haber sido cuna del descubridor del Nuevo Mundo[342]. En Cogoletto--que otros llaman Cugureo--se ve humilde casita sobre cuya puerta se halla el escudo de armas de Colón, y debajo el siguiente letrero:

¡Hospes, siste gradum! Fuit hic lux prima Columbo. Orbe viro majori hæ nimis arcta domus.[343]

[342] Véase Víctor Balaguer, Cristóbal Colón, págs. 149-198.

[343]

¡Extranjero, detente! Aquí vió Colón la luz primera. El hombre más ilustre del mundo vivió ea esta pequeña casa.

Mayor es el número de los que afirman que la patria del descubridor del Nuevo Mundo fué Saona. D. Francisco de Uhagón, después de estudiar los archivos de las Ordenes militares, y en ellos el Códice intitulado: Indice de los caballeros que han vestido el hábito de Santiago con sus genealogías correspondientes, sostuvo en el libro intitulado La Patria de Colón, según los documentos de las Ordenes militares, que Colón era de Saona, añadiendo lo siguiente: «La materia está agotada, el problema histórico resuelto, y no debe discutirse más en este asunto». En la genealogía de D. Diego Colón, nieto del descubridor, con el proceso de información que hubo de abrirse para su toma de hábito, se hallan las tres declaraciones que a continuación copiamos. El testigo Pedro de Arana, solamente afirma haber oído decir que Cristóbal Colón era genovés, pero que no sabe dondes natural. El licenciado Rodrigo Barreda, dice, sólo por haberlo oído decir, que D. Cristóbal Colón era de la señoría de Génova, de la cibdad de Saona. Por último, Diego Méndez, compañero que fué del gran Almirante, depone que D. Cristóbal Colón era natural de la Saona, ques una villa cerca de Génova. Antes del descubrimiento del Sr. Uhagón, ya se había escrito sobre una puerta de modesta casa, el siguiente letrero:

Lunghi anni Meditando L'ardito concetto In questa casa Già posseduta da Domenico Colombo Abitó l'inmortale scopritor dell' America, Che Fra i perigli della gloriosa impresa A ricordo della Patria Impose il nome di Saona Ad un' insola dell' Atlantico.[344]

[344] «Largos años--meditando--su atrevida empresa--en esta casa--ya de antiguo poseída por Domingo Colombo--habitó el inmortal descubridor de la América--que en medio de las grandes penalidades de su gloriosa empresa--en recuerdo de la Patria--dió el nombra de Saona a una isla del Atlántico.»

Preséntase Calvi, en Córcega, a pedir el título de cuna de Cristóbal Colón. Ya en 1886 hizo colocar en su calle del Filo una lápida con la siguiente inscripción:

Ici est ne en 1441 Christophe Colomb, Immortalisé par la découverte du Nouveau-Monde Alors que Calvi était sous la domination Génoise. Mort a Valladolid, le 20 mai 1506.[345]

[345] Aquí nació en 1441 Cristóbal Colón, inmortalizado por el descubrimiento del Nuevo Mundo, mientras que Calvi se hallaba bajo la dominación genovesa. Murió en Valladolid el 20 de mayo de 1506.

El capellán Casanova y el Padre J. Perreti no abrigan duda alguna de que el gran Almirante nació en Calvi. Digno por todos conceptos de alabanza es el libro del citado D. Martín Casanova intitulado La verité sur la patrie et l'origene de Cristophe Colomb. Reconocemos el mérito del trabajo, ora por las razones que aduce y ora por los datos que aporta, ya por los testimonios que invoca y ya por las noticias que comunica. Partiendo de que Calvi fué la patria de Colón, el P. Perreti le considera francés y Casanova español, fundándose el primero en que Francia es al presente poseedora de la isla y el segundo en que Córcega, cuando nació Colón, formaba parte de la Corona aragonesa. Córcega, desde que Bonifacio VIII la cedió a los reyes de Aragón en 1297, pertenecía de derecho, aunque no de hecho, toda ella a la Corona aragonesa. Y decimos que no de hecho, porque Calvi, por ejemplo, reconocía la dominación genovesa, sosteniendo guerras con los aragoneses y catalanes, los cuales se apoderaron de ella y la perdieron varias veces. Conviene no olvidar que Colón nació por el año 1436[346], y Alfonso V el Magnánimo comenzó su reinado el año 1416, muriendo el 1458.

[346] Avezac, Année véritable de la naissance de Christophe Columbe (Boletín de la Sociedad de Geografia de Francia, París, 1872), dice que nació en 1446.

Antes que el capellán Martín Casanova y el P. J. Perreti, sostuvieron otros la tesis de que Cristóbal Colón era natural de Calvi. Del siglo XVII existe una composición (que algunos atribuyen al mismo Colón) intitulada Chistophorus Columbus ad Corsicam, y en ella se declara el gran Almirante hijo de Córcega, y por consiguiente de Calvi, lamentándose de la enemiga que le tiene Génova. «Oh Córcega--exclama--por haberme visto tú nacer, es por lo que Génova, mi fiera madrastra, origen de mis males, ha sido para mí un puñal!» Más adelante añade: «En vano desarrollé mi plan ante los Padres Conscriptos de Génova. De todas partes partieron voces desdeñosas murmurando: ¡sería de ver que fuese de Córcega de donde nos llegase un profeta!». Dicha composición comienza de este modo:

Corsica non solum, ser cor et sica vocaris Cum te membratim, Corsica, considero...

y termina con estos versos:

Corsica, cor, sicam nostris oppone tyrannis: Hanc mihi vindictam, si dabis, ultus ero!

Del mismo siglo XVII y también de poeta anónimo es otra poesía, cuyos primeros versos los trasladaremos aquí:

¡Madre, ó Corsica, sei di grande Eroí! Ma infelice fur sempre i figli tuoi. ...........................................

Otro poeta de la misma centuria, Simón Fabiani, escribió otra composición y en ella dice:

O fortunata terra Della nostra Balagna[347] Di monti coronata e che il mar bagna, Quante memorie serra Il tuo grembo gentil? Da te partia L'intrepido nocchier che un mondo apria.[348]

[347] Balagna se llama la comarca de que Calvi es cabeza.

[348] «¡Oh tierra afortunada de nuestra Balagna, coronada de montes y bañada por el mar, cuántas memorias guarda tu gentil seno! De tí partió el intrépido navegante que abrió las puertas de un mundo.»

A últimos de la centuria décimo octava, Alejandro Franceschi publicó otros versos dirigidos a Colón y en ellos le consideraba como hijo de Córcega. Dice así:

Cerchiato tu di bronzo il forte petto, corresti ignoti mari, e coronato fu, contra ogni speranza, il gran progetto. Cirno[349] ti segue con il cor di madre e infiora di tua gloria il suo bel cisne.[350]

[349] Cirno es el nombre poético que los griegos dieron a la isla de Córcega.

[350] «Cercado el pecho por la coraza, fuiste a cruzar mares desconocidos, y coronado fué por el éxito, contra lo que todos esperaban, tu gran proyecto. Cirno te sigue con su corazón de madre y con los rayos de tu gloria ciñe su frente.»

Mayor autoridad tiene el insigne escritor alemán Fernando Gregorovius, y de su Córsica copiamos el siguiente párrafo: «Génova y Calvi están en desacuerdo. Los de Calvi sostienen que Cristóbal Colón nació en su seno, de familia genovesa allí hace tiempo establecida, suscitándose con este motivo empeñada contienda, que recuerda el antiguo debate entre las siete villas de Grecia, atribuyéndose el honor de haber sido cuna de Homero. Se supone que Génova se apoderó del archivo de la familia Colón y que mudó el nombre de la Vía Colombo de dicha ciudad por el de Vía del Filo. Parece además que los calvenses fueron los primeros corsos que pasaron a América, y que todavía existen en Calvi varios que llevan el nombre de Colombo. Los escritores corsos consideran como su compatriota al gran navegante, y Napoleón, durante su permanencia en la isla de Elba, dió órdenes para que se hiciesen investigaciones sobre el particular... El mundo tendría motivos de estar celoso si la suerte hubiese hecho nacer también en ese pequeño país de Córcega al Almirante del Océano, hombre extraordinario, más grande que Napoleón.» El famoso e ilustre general Paoli hablaba de Colón como de un compatriota. En las luchas de Córcega con Génova, cuando Paoli se veía obligado a sitiar a Calvi, ciudad donde se mantenían firmes los genoveses, decía con frecuencia: La culla di Colombo e dirazzata[351]. Entre otros muchos que sostienen que la patria de Colón fué Calvi, citaremos al príncipe Pedro Bonaparte, quien afirma que en Santo Domingo se encontró una piedra con un letrero en español, perteneciente a la época del descubrimiento de dicha isla, y cuyo letrero decía: Maldito sea el corso que me trajo aquí. Se supone que el autor de la inscripción formaba parte de la pequeña guarnición que Colón dejó en el fuerte de la Española antes de su primera vuelta a España. Arrigo Arrighi, historiador y consejero del tribunal de Bastia, en su Historia de Sampiero, después de hacer notar que tuvo a la vista documentos guardados por individuos de su familia, con referencia a dichos papeles, dijo lo que copiamos aquí: «La partida de bautismo del gran navegante, cuya autenticidad es ya incontestable, prueba que nació en Calvi, de una familia corsa, cuando los presidios de esta ciudad se hallaban bajo la dominación genovesa.» Se ha perdido dicha partida, tal vez a causa de la ruina que sufrieron los archivos de Calvi durante la guerra con los ingleses. Además de Arrighi, otros escritores afirman la existencia del documento, y alguno asegura haberlo tenido en sus manos. El notario Octavio Colonna-Cecaldi dió fe de que muchos testigos se presentaron ante él para declarar bajo juramento que sus padres o sus abuelos habían visto y leído la mencionada partida de bautismo. Lo que parece hallarse probado es que en la calle del Hilo (caruggio del Filo) hubo una casa, antes de existir Colón, perteneciente a una familia llamada Colombo, y, después de la muerte del descubridor del Nuevo Mundo, la calle tomó el nombre de calle de Colón (caruggio Colombo). «Esto (dice el notario Colonna-Cecaldi, en el acta que levantó) está en la tradición, en los registros, en el plano de esta villa y en la carta de los ingenieros militares.» En la casa a que antes hemos hecho referencia se ha colocado dicha lápida.

[351] La cuna de Colón ha degenerado.

Hace algunos años que se planteó la tesis de que el Almirante era descendiente de hebreos, suponiéndole extremeño, de la familia del converso D. Pablo de Santa María, obispo de Cartagena. Don Vicente Barrantes, con su autoridad de historiador y extremeño, refutó con acierto en el año 1892 la opinión de que Colón era hijo de Extremadura. Reprodújose la cuestión en 1903 por D. Vicente Paredes, en su estudio que bajo el título de Colón Extremeño se publicó en la Revista de Extremadura.

Otras poblaciones, entre ellas Cúccaro, Nervi, Prudello, Oneglia, Finale, Quinto, Palestrella, Albizoli o Albizola y Cosseria, reclaman la gloria de ser patria de Colón.

En estos últimos tiempos, D. Celso García de la Riega, con tanta convicción como entusiasmo, ha sostenido que Cristóbal Colón había nacido en Pontevedra. Comienza haciendo notar el laborioso escritor que ninguno de los documentos redactados por Colón, y que han llegado a nosotros, lo están en lengua italiana: «Memoriales, instrucciones, cartas y papeles íntimos, notas marginales en sus libros de estudio, todos se hallan escritos en castellano o en latín»[352]. Hasta tal punto llegó el insigne navegante a olvidar el italiano, que la carta que dirigió a la Señoría de Génova no está escrita en dicha lengua. Bien merece consignarse que al exponer a los Reyes Católicos el objeto de su empresa, diga[353] que en el Catay domina un príncipe llamado el Gran Kan, que en nuestro romance significa rey de los reyes. ¿Por qué Colón llama suya a la lengua castellana? Refiere Fernando Colón que cuando su padre, desahuciado en sus pretensiones, volvió a la Rábida decidido a dirigirse al Gobierno de otra nación, ante los ruegos de Fr. Juan Pérez, desistió de su propósito porque su mayor deseo era que «España lograse la empresa que proponía teniéndose por natural de estos reinos». ¿Qué fuerza íntima--pregunta García de la Riega--le impulsaba a tales demostraciones de afecto hacia España? Téngase en cuenta que en la correspondencia de Colón, año 1474, con el sabio italiano Pablo Toscanelli, ni aquél para atraerse las simpatías del segundo le manifiesta ser su compatriota, ni el famoso cosmógrafo tiene noticia exacta de la patria del decidido navegante, pues le considera hijo de Portugal. No deja de llamar también la atención que Lorenzo Giraldo, italiano, residente en Lisboa, al poner en relaciones a Colón con Toscanelli no indicara el título de compatriota del futuro descubridor del Nuevo Mundo[354].

[352] Conferencia del Sr. García de la Riega en sesión pública celebrada por la Sociedad geográfica de Madrid en 20 de diciembre de 1898, pág. 11, Boletín de dicha Sociedad, tomo XL, números 10, 11 y 12.

[353] Preámbulo de su Diario de navegación.

[354] Recuérdese lo dicho sobre este particular en el capítulo XVII.

Desde que Colón se presentó en la Rábida el año 1474 comenzó a correr en cartas, recomendaciones y gestiones de toda clase que la patria de aquel personaje era Génova. No se olvide que en aquellos tiempos genoveses y venecianos monopolizaban el comercio del Asia y del Mediterráneo; no se olvide que los genoveses gozaban en España, desde mucho tiempo antes, fama de excelentes navegantes, y cerca de los reyes de Castilla de no poca consideración. ¿Se propuso Colón--exclama García de la Riega--aprovechar el dictado de genovés para el buen éxito de su empresa y para ocultar a la vez su modesto origen?[355].

[355] Ob. cit., págs 13 y 14.

Pasando a otra clase de consideraciones, habremos de manifestar la poca luz que arrojan los libros de la época respecto a su infancia y juventud. Todos los escritores se vieron obligados a consignar lo que se decía de público acerca de la patria del futuro Almirante. Pedro Mártir de Anglería, italiano, relacionado con los cortesanos y nobles, se contenta en sus Epístolas con llamar a su amigo vir ligur, el de la Liguria. Escritor tan minucioso y detallista nada más dijo, guardando absoluto silencio del nacimiento, de la vida y de la familia de un compatriota que había realizado hechos tan sorprendentes. El bachiller Andrés Bernáldez, cura de Los Palacios, en cuya casa estuvo aposentado Colón a su paso por Andalucía en el año 1496, dice que era mercader de estampas, y por lo que a la patria del Almirante se refiere, si en el primero de los capítulos de su Crónica de los Reyes Católicos le llama «hombre de Génova», al dar noticia de su fallecimiento en Valladolid, dice terminantemente que era de la provincia de Milán. Gonzalo Fernández de Oviedo, cronista oficial de Indias, que trató a Colón y a los que intervinieron en aquellos sucesos, sólo pudo enterarse de que «unos dicen que Colón nació en Nervi, otros en Saona y otros en Cugureo, lo que más cierto se tiene». El Padre Las Casas se contenta con decir que era de nacionalidad genovesa, cualquiera que fuese el pueblo perteneciente a la Señoría donde vió la luz primera. De modo que los cuatro escritores que se honraron con la amistad del descubridor del Nuevo Mundo no puntualizan hecho tan interesante.

Galíndez de Carvajal, por su parte, afirma que era de Saona. Medina Nuncibay, autor de una crónica que se halla en la colección de Vargas Ponce, sostiene que el Almirante era natural de los confines del Genovesado y Lombardía, en los Estados de Milán, añadiendo que se escribieron algunos tratadillos «dando prisa a llamarle genovés». En el archivo de Indias se encontró Navarrete con dos documentos oficiales escritos en los comienzos del siglo XVI: léese en uno que nació en Cugureo, y el otro señala por lugar de su nacimiento Cugureo o Nervi. De Fernando Colón, historiador de su padre, son textualmente las siguientes palabras: «de modo que cuanto fué su persona a propósito y adornada de todo aquello que convenía para tan gran hecho, tanto menos conocido y cierto quiso que fuese su origen y patria; y así, algunos que de cierta manera quieren obscurecer su fama, dicen que fué de Nervi, otros de Cugureo, otros de Boggiasco; otros que quieren exaltarle más, dicen era de Saona y otros genovés, y algunos también, saltando más sobre el viento, le hacen natural de Placencia». No acertamos a explicar cómo Fernando Colón, su hijo, ignora la patria del descubridor del Nuevo Mundo. ¿Quiso ocultar el humilde origen del Almirante?

Al estudiar otros puntos obscuros de la vida de Colón, lo primero que salta a la vista es que confiesa, en su postrera disposición testamentaria, la existencia de un cargo «que pesa mucho para su ánima» con relación a D.ª Beatriz Enríquez, añadiendo que «la razón dello non es lícito decilla». Si en esta confesión alude al hecho de no haberse casado con la cordobesa, preguntamos nosotros: ¿Por qué no realizó el matrimonio? ¿Por qué no descargó oportunamente su conciencia de aquel peso a fin de que la muerte no le sorprendiera en semejante estado? Nada de particular tendría que, ya por la universal notoriedad que había adquirido, ya por lo altivo de su carácter, hubiera creído que, ni aun en el trance de la muerte, debía casarse en secreto ni en condiciones que pudieran menoscabar su fama o desconceptuarle. ¿Cabe presumir que la razón que no era lícito decilla consistió en ocultar sus antecedentes? ¿Acaso su hermano Bartolomé se encontró en situación semejante, y por ello falleció sin casarse y dejando un hijo natural?

Si los escritores españoles apenas aportan datos acerca del nacimiento y de la vida de Colón antes de presentarse en Castilla, el historiador italiano Giustiniani se contenta con noticiar que los hermanos Cristóbal y Bartolomé habían sido cardadores de lana; y Allegretti, en sus Anales de Siena del año 1493, añade escuetamente que las noticias del descubrimiento llegaron a Génova. «Las nuevas de ese maravilloso descubrimiento realizado por un genovés»--escribe García de la Riega--debieron ocasionar en Génova justificado orgullo y vivísima curiosidad en las autoridades, en los parientes de Colón, en el clero de la iglesia en que se bautizó, en los amigos, conocidos y vecinos de sus padres, así como en la mayor parte de los ciudadanos. En este caso, hubieran sido espontáneamente recordados los antecedentes del glorioso hijo de Génova, su infancia y juventud, su educación, sus estudios, sus prendas personales; y de todo este naturalísimo movimiento se hubieran hecho eco los escritores contemporáneos y hubieran pasado a la historia y llegado a nuestros tiempos datos diversos relativos a la vida y a la familia de Colón. No ha sucedido así y semejante indiferencia sólo puede explicarse, a mi juicio, por el hecho de que el inmortal navegante no era hijo de Génova, ni tenía en ella parientes»[356]. Añade la leyenda que los dos hermanos tejedores, en sus ratos de ocio, adquirieron variados conocimientos científicos, cuando no emprendían viajes marítimos a diferentes puntos. Ya en el camino de la fábula, documentos encontrados en los archivos, hacen a Colón y a su padre, no cardadores, como escribe Giustiniani, sino tejedores. Cree García de la Riega que el Almirante no fué en sus primeros años ni cardador ni tejedor; pero los escritores coetáneos, al aceptar la nacionalidad genovesa, procuraron confirmarla con la existencia en dicha ciudad de familias Colombo dedicadas a cardar lana y emparentando con ellas al inmortal navegante.

[356] Conferencia citada, págs. 21 y 22.

Pasando a estudiar los documentos que se guardan en la casa municipal, destinados a corroborar el nacimiento de Colón en la capital de Liguria, los escritores presentan los cuatro siguientes: una carta de Cristóbal al magnífico Oficio de San Jorge, la minuta de contestación a esta carta, un dibujo de la apoteosis del ilustre nauta y el llamado codicilo militar. La carta atribuída a Colón comienza con la frase siguiente: «Bien que el cuerpo ande por acá, el corazón está allí de continuo.» En seguida participa a los señores del Oficio de Génova que manda a su hijo D. Diego destine el diezmo de la renta de cada año a disminuir el impuesto que satisfacían los comestibles a su entrada en la citada ciudad. El extraño donativo no guarda conformidad con otros hechos. Cristóbal Colón, antes de emprender su cuarto viaje, dejó a su primogénito un memorial de encargos que D. Diego incluyó en su testamento, figurando entre aquéllos el relativo a un diezmo de la renta; mas no lo destinó al pago de los consumos de Génova, ni a favor de pueblo alguno de Italia, sino al de los pobres. Causa no poca extrañeza que el Almirante, tal vez pensando no regresar con vida de aquel cuarto viaje, manifieste su amor a Dios, a la caridad, a los reyes, a doña Beatriz y hasta al orden doméstico, no dedicando ni una sola palabra a la ciudad de Génova. Y téngase en cuenta que la fecha de la carta es del 2 de abril de 1502, y la del memorial fué escrito por aquellos mismos días. Semejante contradicción no debe pasar desapercibida, como tampoco la circunstancia de no constar que las autoridades se hayan preocupado ni entonces ni nunca de la generosa concesión. En la misma famosa carta se encuentra la frase de que «los reyes me quieren honrar más que nunca.» En efecto, en aquella época le negaban Fernando e Isabel los títulos de Virrey y Gobernador y el ejercicio de estos cargos. El segundo documento o la minuta de contestación a la anterior carta da lugar a una cosa rara. El mismo gobierno que llama a Colón «clarissime amantissimeque concivis», pocos años después haya dado a la comarca de Saona la denominación de «Jurisdizione di Colombo», indicando con ello que no le consideraba hijo de Génova[357]. El tercer documento es un dibujo representando la apoteosis de Colón, hecho por su propia mano. Conócese a primera vista que es una grosera falsificación: vocablos castellanos, franceses e italianos explican las diversas figuras, entre las cuales, por cierto, no se halla la reina Isabel; pero sí, en lugar preferente, a la cabeza y en el centro del dibujo la palabra Génova. El cuarto documento, o sea el codicilo militar, ha sido declarado sin protesta de nadie documento apócrifo.

[357] Véase García de la Riega, Ob. cit., pág. 25.

De otros documentos que pudiéramos llamar auxiliares--y seguimos la narración de García de la Riega--, vamos a ocuparnos, con los cuales se han querido reforzar los argumentos para sostener que Génova era la patria del Almirante. Correspondientes al período comprendido entre los años 1456 y 1459, se han hallado en el Archivo del Monasterio de San Esteban de la Vía Mulcento, de Génova, papeles con los nombres de Dominico Colombo y de Susana Fontarossa o Fontanarossa, y de los hijos Cristóbal, Bartolomé y Diego. No tuvo en cuenta el falsificador de los documentos que Diego nació el 1463 o 1464, como tampoco hubo de fijarse que Juan, segundo o tercer hermano de Colón, y Blanca, hermana de dicho Almirante, vivían por los citados años de 1456 a 1459. Otro documento que han encontrado los comisionados de la Academia genovesa, encargados de informar acerca de la patria del descubridor, ha sido un antiguo manuscrito, en cuya margen un notario escribió que Colón había sido bautizado en la iglesia de San Esteban de la Vía Mulcento. ¿De dónde sacaría la noticia el buen notario? Y cuando todo el mundo se ocupaba del descubrimiento, y el nombre de Colón adquiría la inmortalidad, sólo pasaba inadvertido para los religiosos de San Esteban, los cuales necesitaron que un notario, tiempo adelante, estampase la noticia. Otra de las pruebas consiste en la presentación de dos papeles, uno en 1470 y otro en 1472: dice en el primero, Christophorus de Columbo, filius Dominici, mayor de diez y nueve años; y en el segundo, Christophorus Columbus, lanerius de Januua lex Letoriæ egressus, esto es, mayor de veinticinco. De modo que, en dos años pasó de diez y nueve a veinticinco; en el primer papel es Columbo, y en el segundo Columbus, llamando todavía más la atención lo de lanerius, de Génova. Posible es que en el año 1472 Colón marchase a Italia con objeto de visitar a sus padres; pero el que se iba a casar con una joven distinguida, el que abrigaba ideas tan elevadas y era ya conocido como excelente marino, seguramente no firmaría, como tejedor de lanas, en documentos notariales. Además, no se olvide que en aquella región de Italia, y por entonces, se encontraban varios Dominicos Colombo, pudiéndose afirmar que eran tan vulgares como Juan García o José Fernández en España. Prescindimos de otros documentos todavía más absurdos, y pasamos a otro asunto de más interés.

El apellido del descubridor del Nuevo Mundo, ¿era Colombo o Colón? Ante todo conviene saber que muchos apellidos italianos y españoles se derivan de la lengua latina, de modo que Colombo, lo mismo en los dos idiomas modernos, procede de Columbus. En los reinos de León y de Galicia se hallan pueblos y parroquias con la denominación de Santa Colomba, y familias que tienen el apellido de Coloma. A la pregunta anteriormente hecha responderemos que el apellido del Almirante era Colón. Probado está, por la carta del rey D. Juan invitándole a volver a Lisboa, que en Portugal usó el apellido Colón; en las estipulaciones de Santa Fe se estampó también Colón; indudablemente con el beneplácito del gran navegante; y Pedro Mártir, en carta que dirigió al conde Borromeo, con fecha 14 de mayo de 1493, dijo: «Christophorus Colonus.» «Fernando Colón--escribe García de la Riega--, al tratar esta materia en la historia de su padre y al comentar alegóricamente ambos apellidos, asegura que si queremos reducirle a la pronunciación latina, es Christophorus Colonus; y no sólo insiste en afirmarlo, sino que también añade la singularísima indicación de que el Almirante volvió a renovar el de Colón.» Nos explicamos de la siguiente manera la renovación del apellido Colón. Es posible que nuestro célebre descubridor, en los tiempos en que navegaba por el Mediterráneo, seducido por la fama de los almirantes Colombo el Viejo y Colombo el Mozo, o también porque Nicolo, Zorzi, Giovanni y otros distinguidos marinos usufructuaron tal sobrenombre, él lo llevó algún tiempo, arrepintiéndose pronto y volviendo a llamarse Colón.

Antes de manifestar la existencia de los apellidos Colón y Fonterosa, durante los siglos XV y XVI, en la citada provincia gallega, recordaremos «la importancia marítima que Pontevedra tenía en el mismo siglo XV, ya como puerto de Galicia, ya como uno de los principales astilleros de Castilla en aquella época. Patria es de los almirantes Payo Gómez, Alvar Páez de Sotomayor y Jofre Tenorio, en la Edad Media; del ilustre marino al servicio de Portugal, Juan da Nava, descubridor de las islas de la Concepción y de Santa Elena, en el entonces recién hallado camino de la India por el Cabo de Buena Esperanza; de Bartolomé y Gonzalo Nodal, descubridor éste último del Estrecho que injustamente lleva el nombre de Lemaire; de Pedro Sarmiento, a quien publicistas de Inglaterra llaman el primer navegante del siglo XVI; de los almirantes Matos, que brillaron en el XVII, y de otros distinguidos marinos, entre los cuales descuella en nuestros tiempos el ilustre Méndez-Núñez»[358].

[358] García de la Riega, Ob. cit., pág. 33.

Veamos ahora los documentos más importantes:

1.º Escritura de carta de pago dada a Inés de Mereles por Constanza Correa, mujer de Esteban de Fonterosa, fecha 22 de junio de 1528.

2.º Escritura de aforamiento por el Concejo de Pontevedra a Bartolomé de Sueiro, y a su mujer María Fonterosa, fecha 6 de noviembre de 1525.

3.º Ejecutoria de sentencia del pleito, ante la Audiencia de la Coruña, entre el Monasterio del Poyo y Don Melchor de Figueroa, vecino y alcalde de Pontevedra, sobre foro de la heredad de Andurique, en cuyo texto se incluye por copia la escritura de aforamiento de dicha heredad, hecho por el expresado Monasterio a Juan de Colón, mareante de aquella villa, y a su mujer Constanza de Colón, en 13 de octubre de 1519.

4.º Escritura de aforamiento por el Concejo de Pontevedra a María Alonso, de un terreno cercano a la Puerta de Santa María, señalando como uno de sus límites la heredad de Cristobo (xp.º) de Colón, en 14 de octubre de 1496.--Folio 20 vuelto.

5.º Acuerdo del Concejo de Pontevedra, nombrando fieles cogedores de las rentas del mismo año (1454), entre otros, a Jacob Fonterosa. Folio 66 del libro que comienza en 1437 y termina en 1463.

6.º Acuerdo del Concejo de Pontevedra, nombrando fieles cogedores de las rentas de la villa en dicho año (1444), entre otros, a Benjamín Fonterosa.--Folio 48 del citado libro.

7.º Minutario notarial de 1440, folio 4 vuelto. Escritura de censo a favor de Juan Osorio, picapedrero, y de su mujer María de Colón, fecha 4 de agosto del citado año.

8.º Acuerdo del Concejo (Pedro Falcón, juez; Lorenzo Yáñez, alcalde, y Fernán Pérez, jurado), mandando pagar a Domingos de Colón y Benjamín Fonterosa 24 maravedís viejos, por el alquiler de dos acémilas que llevaron con pescado al arzobispo de Santiago: su fecha, 29 de julio de 1437.--Folio 26 del mencionado libro.

9.º Minutario notarial de 1436. Escritura de aforamiento, en la cual se halla el nombre de Jacob Fonterosa el Viejo: fecha, el 21 de marzo de dicho año.

10. Minutario notarial que comienza el 28 de diciembre de 1433 y termina el 20 de marzo de 1435. Escritura del 29 de septiembre de 1434 de compra de casa y terreno hasta la casa de Domingos de Colón el Viejo, etc.--Folio 85 vuelto.

11. Minutario anterior. Escritura de venta (11 de agosto de 1434) de la mitad de un terreno que fué casa en la rua de las Ovejas, por María Eans a Juan de Viana el Viejo y a su mujer María de Colón, moradores en Pontevedra.--Folio 80.

12. Minutario notarial de 1434 y 1435. Dos escrituras correlativas, en que el abad del monasterio de Poyo se obliga a pagar respectivamente 274 maravedís de moneda vieja a Blanca Soutelo, heredera de Blanca Colón, difunta, mujer que fué de Alonso de Soutelo, y 550 maravedís de la misma moneda a Juan García, heredero de dichos Alonso de Soutelo y su mujer Blanca Colón: su fecha, 19 de enero de 1434.--Folios 6 vuelto y 7.

Fijándonos en el documento señalado con el número 8, cabe pensar si el Domingos de Colón casó con una Fonterosa y de cuyo matrimonio naciese el descubridor del Nuevo Mundo. Resulta del mencionado acuerdo que el Domingos de Colón era alquilador de acémilas: ¿sería absurdo suponer que las preocupaciones sociales de aquellos tiempos obligaron al Almirante a ocultar su origen y patria?

A todo esto debe añadirse que la madre de Colón se llamaba Susana Fonterosa, familia hebrea, sin duda, o por lo menos de cristianos nuevos: ¿tendría interés Colón de no revelar tales antecedentes, dado el odio a dicha raza en todas las naciones, y muy especialmente por los Reyes Católicos?--«¿No merecería examen en este caso--escribe García de la Riega--la inclinación de Colón a las citas del Antiguo Testamento?»[359]. Es de notar su estilo y sus fantásticas descripciones, sus metáforas y sus invocaciones, donde aparecen nombres bíblicos (Israel, Judá, David, Jerusalén, etc.).

[359] Ob. cit., pág. 27.

De una carta de Colón escrita en Jamaica y dirigida a los Reyes Católicos, con fecha 7 de julio de 1503, son los siguientes párrafos. Hallábase sólo en brava costa y con fuerte fiebre, y habiéndose adormecido oyó una voz piadosa que le decía:

«¡O estulto y tardo a creer y a servir a sus Dios, Dios de todos! ¿Qué hizo él más por Moisés o por David, su siervo? Desque naciste, siempre él tuvo de tí muy grande cargo. Cuando te vido en edad de que él fué contento, maravillosamente hizo sonar tu nombre en la tierra. Las Indias, que son parte del mundo, tan ricas, te las dió por tuyas; tú las repartiste a donde te plugo, y te dió poder para ello. De los atamientos de la mar océana, que estaban cerrados con cadenas tan fuertes, te dió las llaves; y fuiste obedecido en tantas tierras, y de los cristianos cobraste tan honrada fama. ¿Qué hizo el más alto pueblo de Israel cuando le sacó de Egipto? ¿Ni de David, que de pastor hizo Rey en Judea? Tórnate a él y conoce ya tu yerro: su misericordia es infinita; tu vejez no impedirá a toda cosa grande; muchas heredades tiene él grandísimas. Abraham pasaba de cien años cuando engendró a Isaac, ¿ni Sara era moza? Tú llamas por socorro incierto: responde, ¿quién te ha afligido tanto y tantas veces, Dios o el mundo? Los privilegios y promesas que da Dios, no las quebranta, ni dice después de haber recibido el servicio, que su intención no era ésta, y que se entiende de otra manera, ni da martirios por dar color a la fuerza; él va al pie de la letra; todo lo que él promete cumple con acrescentamiento, ¿esto es uso? Dicho tengo lo que tu Criador ha fecho por tí y hace con todos. Ahora medio muestra el galardón de estos afanes y peligros que has pasado sirviendo a otros.

Yo así amortecido vi todo; mas no tuve yo respuesta a palabras tan ciertas, salvó llorar por mis yerros. Acabó él de fablar, quien quiera que fuese, diciendo: «No temas, confía: todas estas tribulaciones están escritas en piedra mármol y no sin causa»[360].

[360] Hernández de Navarrete, Colec. de los viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV, tom. I, págs. 303 y 304.

También indica el origen semítico de Colón el retrato que hacen de él los historiadores de aquellos tiempos, según puede verse considerando el famoso regateo de Colón con los Reyes Católicos en las capitulaciones de Santa Fe.

Pasando a otro asunto diremos que la huerta de Andurique--añade el historiador de Pontevedra--aforada por el monasterio de Poyo a Juan de Colón, y situada a medio kilómetro de dicha población, linda con otras heredades de la pequeña ensenada de Portosanto, lugar de marineros en la parroquia de San Salvador. Cristóbal Colón bautizó a las dos islas que halló en su primer viaje con los nombres de San Salvador (Guanahaní) y la Concepción, dando con ellos pruebas de sus creencias religiosas. En seguida descubrió tres islas, a las cuales llamó Fernandina, Isabela (Saometo) y Juana (Cuba), en demostración de su gratitud a D. Fernando, a Doña Isabel y al príncipe D. Juan, primogénito de los reyes. Continuó su camino y llegó a un río y puerto que llamó de San Salvador, recorrió otras tierras, puso una cruz en la entrada de un puerto, que llamó Portosanto (hoy de Baracoa). Tiempo adelante visitó la isla Española (Haití). Todo esto lo hace notar García de la Riega en su erudita Conferencia[361]. A los que escriben que el Almirante dió el nombre de Portosanto en memoria de que su suegro había sido gobernador de la isla portuguesa así llamada, no recuerdan seguramente que el inmortal navegante tenía hijos, hermanos, su amada Doña Beatriz, etc. Si Colón hubiese nacido en Pontevedra, nada tendría de particular que repitiese la denominación de San Salvador y de Portosanto, parroquia y lugar donde quizás fué bautizado y tuvo su cuna. En su segundo viaje Colón bautizó a una isla con el nombre de La Gallega. ¿Quiso unir en el nombre La Gallega dos recuerdos: el de la carabela Santa María o La Gallega y el de Galicia?[362].

[361] Pág. 37.

[362] «La Capitana--escribe Gonzalo Fernández de Oviedo--era La Gallega, que había sido un buque de carga destinado al transporte de mercancías. Se llamó La Gallega, dedicada a Santa María, y nombre que se repite muchas veces.» Y el elocuentísimo Castelar añade «que la nao La Gallega fué rebautizada en el Puerto de Palos con el nombre Santa María.» Del Padre Sarmiento, benedictino, son las siguientes palabras: «La nao La Gallega se construyó en Pontevedra, y fue dedicada a Santa María la Grande, parroquia de todos los marineros de aquellos lugares.»

En el tercer viaje denominó Trinidad a la primera isla que descubrió, y Cabo de la Galea (hoy Cabo Galeote) al primer promontorio. Recuerda a este propósito el citado escritor un documento que contiene la compra de una casa por Payo Gómez de Sotomayor (rico hombre de Galicia, Mariscal de Castilla, Caballero de la Banda y Embajador en Persia de Enrique III), y su mujer D.ª Mayor de Mendoza (sobrina del arzobispo de Santiago), en cuya escritura se menciona, como parte del contrato, el terreno hasta la casa de Domingo de Colón el Viejo, con salida al eirado de la puerta de la Galea. El dicho eirado, inmediato al lugar que ocupaba la puerta y torre de la Galea, es una plaza o espacio irregular entre varios edificios, tapias y muelle al fondeadero llamado de la Puente. Nada de particular tendría el nombre de Cabo de la Galea, si Colón hubiese jugado en su niñez en aquel eirado, vecino a la casa de un pariente muy cercano.

No limitándose el historiador gallego a estudiar los documentos referentes a las familias de Colón y Fonterosa, cuyos dos apellidos eran los del Almirante de las Indias, estudia otro que arroja potentes rayos de luz en el obscuro campo de la Historia. Tal es la cédula del arzobispo de Santiago, fechada el 15 de marzo de 1413, dirigida al Concejo, Juez, Alcaldes, Jurados y hombres buenos de su villa de Pontevedra, mandándoles entregar cogidos y recabdados, quince mil maravedís de moneda vieja a maese Nicolao Oderigo de Génova. Casi un siglo después, otro Nicolao Oderigo, a quien el Almirante le confió en 1502 las copias de sus títulos, despachos y escrituras--lo cual indica la estrecha amistad que había entre ambos--había sido legado del Gobierno genovés cerca de los Reyes Católicos. ¿Sería el segundo Oderico descendiente del primero? Si aquél fué mercader de telas de seda y de otros géneros de la industria italiana, y el último desempeñó el cargo de legado en la Corte de Castilla, ¿sería aventurado presumir que la amistad de Colón con el mencionado legado tenía antigua fecha en su familia, y provenía de la protección del Oderigo a que se refiere la cédula del Prelado compostelano? Si los padres del Almirante fueron individuos de las familias Colón y Fonterosa, residentes en Pontevedra y emigrados luego a Italia, puede aceptarse que tuvieron relaciones más o menos directas con los Oderigos. ¿Conocía el legado Nicolao Oderigo la verdadera patria de su amigo el Almirante, como parece deducirse del hecho de haber retenido las copias que se le confiaron, y que no fueron entregadas a las autoridades de Génova hasta cerca de dos siglos después por Lorenzo Oderigo? Cree el Sr. García de la Riega que el matrimonio Colón-Fonterosa, residente en Pontevedra, emigró a Italia a consecuencia de las perturbaciones ocurridas, o por otras causas, hacia los años 1444 al 1450, aprovechando las relaciones comerciales existentes entre ambos países. Llevó en su compañía a sus dos hijos mayores--pues los demás nacieron posteriormente--, utilizando para establecerse en Génova, en Saona o en otras poblaciones cercanas, recomendaciones para el arzobispo de Pisa, que a la sazón era clérigo sine cura de la iglesia de Santa María la Grande, de Pontevedra, y cobraba un quiñón de sardina a los mareantes de dicha población; o tal vez se valiese de relaciones directas o indirectas con la familia de Oderigo. Allí adquirió Cristóbal algunos conocimientos y se dedicó a la profesión de marino. Navegó durante veintitrés años, y cambiando su apellido por el de Colombo se puso quizás bajo las órdenes de Colombo el Viejo o de Colombo el Mozo, famosos corsarios de aquellos tiempos. Antes de dirigirse a Portugal, donde los descubrimientos y viajes de los portugueses habían inmortalizado aquel reino, Colón vivió en la isla de la Madera, adquiriendo por entonces relaciones con Alonso Sánchez, de Huelva, y trasladándose luego a Lisboa. En la capital de Portugal concibió el proyecto de surcar el Atlántico en dirección al Oeste. Desechado su plan por el gobierno de Portugal, se presentó al de España fingiéndose genovés, ya para encubrir su humilde origen, ya para ocultar otra condición de raza de su familia materna. Cuando se vió en el apogeo de la gloria, tanto él como sus hermanos y sus hijos siguieron ocultando patria y origen. «¡Quién sabe--exclama García de la Riega--si aquel hebreo que moraba a la puerta de la judería de Lisboa, para el cual dejó una manda en su testamento y cuyo nombre reservó, era pariente materno del eximio navegante!»[363]. Nada de particular tendría que Cristóbal Colón, en alguno de sus viajes a los mares del Norte, hiciese escala en Pontevedra, y convencido de que en aquella población nadie conservaba recuerdo de sus padres y de su familia, se decidió a fingirse hijo de Génova, lo cual, a falta de pruebas con respecto al lugar verdadero de su cuna, aceptó la historia. Después de relatar, aunque sucintamente, la conferencia de García de la Riega, recibimos de dicho señor la siguiente noticia:

[363] Ob. cit., pág. 42.

«Recientemente, derribado un viejo altar en la parroquial de Santa María de esta ciudad, apareció un hueco en forma de arco y en su pared una inscripción de principios del siglo XVI, grabada en piedra con letra gótica alemana (de aquella época), relativa a un Juan de Colón (mareante de Pontevedra), que era sin duda el que figura con el mismo nombre en el tercer viaje del gran descubridor; además, los varios documentos del siglo XV hallados aquí, exhiben desde 1428 el mismo apellido precedido con la partícula de. Ahora bien, en una cláusula del testamento e institución de mayorazgo, documento que Colón y su heredero reservaron y que tiene la fecha de febrero de 1498, aquél consignó que «su verdadero linaje es el de los llamados de Colón». Y ¿quién califica de verdadero a su linaje sino en presencia de uno ficticio o supuesto, el de los Colombo italianos? Por consiguiente, en esa cláusula Colón desvirtúa su declaración heráldica de haber nacido en Génova. Y esto hay que enlazarlo con el hecho de que en las famosas estipulaciones de Santa Fe (1492) el futuro Almirante, Virrey, etc., estampó el apellido Colón, que anteriormente se le daba en Portugal, y no el de Colombo. Acaso temió dificultades y peligros para el porvenir si no consignaba su verdadero apellido en tan solemne y transcendental documento, pues era hombre sumamente cauto y receloso»[364]. Hemos terminado la larga relación del Sr. García de la Riega (Apéndice H).

[364] Parte de una carta de D. Celso G. de la Riega, escrita al autor de esta obra desde Pontevedra y con fecha 3 de noviembre de 1912.

Añadiremos por nuestra parte que mientras los israelitas del Antiguo y del Nuevo Mundo, inspirados por el sentimiento de raza, se enorgullecen con tener entre sus antepasados a Colón; y mientras que en el Antiguo y Nuevo Mundo hombres ilustres proclaman el origen español del descubridor de América, nosotros esperamos más datos y más noticias para resolver cuestiones tan complicadas. Aunque mucho nos halagaría poder decir que Colón era español, sin embargo, no dejaremos de copiar los dos versos que se hallan escritos en las paredes del convento de la Rábida, firmados con las iniciales F. G. F.:

¡Al nauta genovés, honor y gloria! ¡Bendecid, españoles, su memoria!

Y tentados estamos para hacer nuestra la siguiente octava del poeta Foxá, escrita cuando Génova erigía a Colón magnífico monumento:

«A tu memoria el genovés levanta gigante estatua que respeta el viento; de noble aspecto y de riqueza tanta, cuanta puede crear el pensamiento.

--Pero la patria que tu nombre canta y te consagra eterno monumento, ¿qué parte tuvo en tu inmortal hazaña? ¡Toda tu gloria pertenece a España!»

De la familia de Cristóbal Colón sólo diremos que es cierto que su padre se llamaba Domenico y su madre Susana Fontanarrosa; que, además de Bartolomé y Diego, tuvo otro hermano que se llamó Juan Peregrín, el cual murió joven, y que su hermana Blanquineta casó con el industrial Santiago Rayarello[365].

[365] Blanquineta y Santiago tuvieron un hijo de nombre Pantaleón.

Procede ya referir los sucesos acaecidos al futuro descubridor del Nuevo Mundo en Portugal. Colón, acompañado de su hermano Bartolomé, llegó a Lisboa, a últimos del año 1476[366]. Habitaba cerca del Monasterio de Todos los Santos, en cuya iglesia debió conocer a la joven Felipa Muñiz. Prendóse de ella y la obtuvo en matrimonio. La primera noticia del nombre de la mujer del futuro Almirante, aparece en el testamento de su hijo Diego, quien la llama Felipa Muñiz. Bastantes años después, Fernando Colón añadió segundo apellido, y la dió el nombre de Felipa Muñiz Perestrello[367]. Felipa era hija--según todas las señales--de Bartolomé Perestrello, genovés naturalizado en Portugal y distinguido navegante de la casa del nunca bastante alabado infante D. Enrique[368]. Cristóbal Colón vino a Portugal, como otros muchos, en busca de fortuna, arrastrado, seguramente, por las noticias que corrían acerca de los navegantes y descubrimientos portugueses, pues a la sazón era Lisboa un centro náutico de gran importancia. Además no debe olvidarse que en la capital del reino lusitano se hallaban establecidos muchos italianos, en particular genoveses. Ya en Portugal, un poco antes o un poco después, emprendió un viaje a Thule[369] e hizo otros a diferentes puntos. Parece probado que Porto-Santo, isla descubierta por exploraciones dirigidas bajo la dirección del infante D. Enrique, se entregó en feudo a la familia de los Perestrellos.

[366] Otros dicen que llegó entre el año 1470 y 1472. Lo único que puede asegurarse es--pues lo dice él mismo--que en febrero de 1477 estaba en Lisboa.

[367] Algunos dicen Palestrello.

[368] Felipa, siguiendo la costumbre de aquellos tiempos, pudo usar el apellido materno antes que el paterno, y llamarse Muñiz Perestrello.

[369] P. Las Casas, Hist. general, lib. I.

De lo que no cabe duda es que, Pedro Correa, casado con una hermana de Felipa, tuvo el mando superior de Porto Santo, a la muerte de su suegro y de su suegra. Y afírmase por algunos que Miguel de Muliarte, de Huelva, era marido de Violante Muñíz, hermana también de Felipa[370].

[370] Pero Miguel de Muliarte y Violante Muñíz, ¿eran realmente cuñados de Colón, como afirma Fernández Duro, en la Nebulosa de Colón, págs. 18-29? Es de advertir que tiempo adelante, según cartas que se conservan, Muliarte trataba con mucho respeto a su protector Cristóbal Colón, hasta el punto que en dicha correspondencia no aparece señal alguna de familiaridad o parentesco.

Cuando murió Bartolomé Perestrello, Colón pudo adquirir los mapas, diarios y notas de viajes de su suegro. También su cuñado Correa le dió algunas noticias, decidiéndose entonces Cristóbal Colón a ir a las famosas Indias, no por el Oriente, que era la idea de los portugueses, sino por el Occidente, por el Atlántico, mar que siempre había sido mirado con temor supersticioso. Del mismo modo, Colón, a la muerte de su cuñado, debió de hacerse dueño de los documentos y cartas de éste. No abrigamos duda alguna de que Colón se decidió entonces a realizar su viaje.

El que reveló a Colón las tierras trasantlánticas fué--según la opinión de algunos cronistas--Alonso Sánchez de Huelva. Véase lo que dice sobre el particular Oviedo: «Quieren decir algunos que una carabela que desde España passaba para Inglaterra cargada de mercadurías é bastimentos, assi como vinos é otras cosas que para aquella isla se suelen cargar (de que ella caresçe é tiene falta), acaesçió que le sobrevinieron tales é tan forçosos tiempos é tan contrarios, que ovo neçessidad de correr al poniente tantos días, que reconosçió una ó más de las islas destas partes é Indias; é salió en tierra é vido gente desnuda de la manera que acá la hay, y que cessados los vientos (que contra su voluntad acá la trajeron), tomó agua y leña para volver a su primero camino. Dicen mas: que la mayor parte de la carga que este navío traía eran bastimentos é cosas de comer é vinos, y que assi tuvieron con qué se sostener en tan largo viaje é trabajo, é que despues le hizo tiempo a su propósito y tornó a dar la vuelta, é tan favorable navegacion le suçedió, que volvió a Europa é fué a Portugal. Pero como el viaje fuesse tan largo y enojoso, y en especial a los que con tanto temor é peligro forçados le hicieron, por presta que fuesse su navegacion, les duraría cuatro ó cinco meses (ó por ventura más) en venir acá é volver a donde he dicho. Y en este tiempo se murió quasi toda la gente del navío é no salieron de Portugal sino el piloto, con tres ó cuatro ó alguno más de los marineros, é todos ellos tan dolientes, que en breves días después de llegados murieron.

»Diçese junto con esto que este piloto era muy íntimo amigo de Chripstóbal Colom, y que entendía alguna cosa de las alturas, y marcó aquella tierra que halló de la forma que es dicho, y en mucho secreto dió parte de ello a Colom, é le rogó que le fiçiesse una carta y assentase en ella aquella tierra que había visto. Diçese que él le recogió en su casa como amigo, y le hizo curar, porque tambien venía muy enfermo; pero que tambien se murió como los otros; é que assi quedó informado Colom de la tierra é navegación destas partes, y en él solo se resumió este secreto. Unos diçen que este maestre ó piloto era andaluz, otros le hacen portugués, otros vizcaino; otros diçen quel Colom estaba entonces en la isla Madera, é otros quieren deçir que en la de Cabo Verde, y que allí aportó la carabela que he dicho, y él ovo por esta forma notiçia desta tierra. Que esto passase así ó no, ninguno con verdad lo puede afirmar; pero aquesta novela ansí anda por el mundo entre la vulgar gente de la manera que es dicho. Para mí yo lo tengo por falso, é como dice el agustino: Melius est dubitare de ocultis, quam litigare de incertis. Mejor es dubdar de lo que no sabemos, que porfiar lo que no está determinado»[371].

[371] Historia general y natural de las Indias, lib. II, cap. II, pág. 13.

Añade el inca Garcilaso de la Vega que cerca del año 1484, un piloto natural de la villa de Huelva (condado de Niebla), llamado Alonso Sánchez de Huelva, tenía un navío pequeño, en el cual llevaba de España a las Canarias algunas mercaderías y allí las vendía; y de las Canarias cargaba frutos que transportaba a la isla de la Madera, volviéndose a España con azúcar y conservas. En cierta ocasión, atravesando de las Canarias a la isla de la Madera, dejóse llevar de recio y tempestuoso temporal. Al cabo de veintiocho o veintinueve días, sin saber por dónde ni a dónde iba, se encontró cerca de una isla, tal vez Santo Domingo, según todas las señales. El piloto saltó a tierra, tomó la altura y escribió todo lo que vió. A la vuelta le faltó el agua y el bastimento, comenzando a enfermar y morir de tal manera la tripulación, que de 17 hombres que salieron de España no llegaron a la Tercera más de cinco, entre ellos el piloto Alonso Sánchez de Huelva. Fueron a parar a casa de Cristóbal Colón, genovés, porque supieron que era gran piloto y cosmógrafo, y que hacía cartas de marear. Recibiólos Colón con mucho cariño; pero iban tan enfermos que murieron todos en su casa, «dexándole en herencia los trabajos que les causaron la muerte[372]: los quales aceptó el gran Colón con tanto ánimo y esfuerzo, que habiendo sufrido otros tan grandes y aun mayores, pues duraron más tiempo, salió con la empresa de dar el Nuevo Mundo y sus riquezas a España, como lo puso por blasón en sus armas, diciendo: a Castilla y a León, Nuevo Mundo dió Colón»[373].

[372] Documentos y mapas importantes.

[373] Historia general del Perú o Comentarios Reales de los Incas, tomo I, págs. 11-15.[smudge or '--'?]--Madrid, 1800.

Lo mismo que Oviedo y el inca Garcilaso refieren López de Gomara, Acosta y algunos más. Lope de Vega, en su comedia El Nuevo Mundo descubierto por Christobal Colón, escrita en el año 1604, el piloto Sánchez de Huelva dice al insigne genovés lo siguiente:

«La misma tormenta fiera que allí me llevó sin alas, casi por el mismo curso dió conmigo vuelta a España. No se vengó solamente en los árboles y jarcias, sino en mi vida, de suerte que ya, como ves, se acaba. Toma esas cartas, y mira si a tales empresas bastas, que si Dios te da ventura, segura tienes la fama.»

Sobre este particular añade el Sr. Fernández Duro: «Los que la tachan de invención despreciable, no se han fijado, al parecer, en que el más interesado, el Almirante mismo, consignó en sus Memorias[374] que un marinero tuerto, en el Puerto de Santa María, y un piloto, en Murcia, le aseguraron haber corrido con temporal hasta lejanas costas de Occidente, donde tomaron agua y leña para regresar. Los nombres no comunicó, ni dijo hasta qué punto las confidencias se extendieron; mas la declaración confirma plenamente, en lo esencial, aquello que entre la gente de mar corría por válido. Que el piloto muriese en su casa y le legara los papeles, adorno añadido puede muy bien ser; que el piloto existió y de su boca supo cómo había ido y vuelto de las tierras incógnitas, confirmado por él está»[375].

[374] El P. Las Casas, Historia de Indias, libro I, capítulo XIII.

[375] La tradición de Alonso Sánchez de Huelva.--Boletín de la Real Academia de la Historia, tomo XXI, página 45.

Más adelante escribe: «Con las indicaciones vulgares se vislumbra ya, desde luego, que hubo más de una expedición o aventura desgraciada, y que vascos, andaluces y portugueses intentaron la empresa que Cristóbal Colón llevó a cabo»[376].

[376] Ibidem, pág. 46.

* * * * *

Pero ¿puede acaso llamarse descubridores de América, ni lo son, cuantos columbraron la existencia de aquellos Continentes, o los que se admita o algún día llegue a probarse que de hecho aportaron a las playas americanas, ora queriendo, o bien llevados allá por no poder resistir el empuje de los vientos o a las corrientes del Océano?[377].

[377] Ibidem, pág. 51.

Por nuestra parte, se nos ocurre preguntar: Si--como dice la narración de Oviedo y de otros--Colón es el único depositario del secreto, ¿quién, cómo y cuándo lo ha revelado? En asunto de tanta importancia, añadiremos que, aun admitiendo que por el año 1000 de nuestra Era--como se dijo en el capítulo III de este tomo--valientes marinos normandos de Islandia llegaron a las costas de Groenlandia, de Labrador, de la Nueva Inglaterra, y acaso hasta donde hoy está Nueva York; aun admitiendo lo que de Alonso Sánchez de Huelva se refiere, y aun admitiendo otras expediciones, descubrimientos y noticias, nada importa para la gloria del inmortal nauta.

Con respecto a la ciencia del futuro descubridor del Nuevo Mundo, él mismo, en carta a los Reyes Católicos, escribe lo que a continuación copiamos: «En la marinería me hizo Dios abundoso; de astrología me dió lo que abastaba y ansí de geometría y aritmética; y engenio en el anima y manos para dibujar esfera, y en ella las cibdades, ríos y montañas, islas y puertos, todo en su propio sitio. Yo he visto y puesto estudio en ver de todas escrituras, cosmografía, historia, coronicas y filosofía y de otras artes, ansí que me abrió Nuestro Señor el entendimiento con mano palpable a que era hacedero navegar de aquí a las Indias, y me abrió la voluntad para la ejecucion de ello». Probado se halla--aunque otra cosa diga Fernando Colón en su historia del Almirante--que el descubridor del Nuevo Mundo no estudió ni poco ni mucho tiempo en la renombrada Universidad de Pavía. Debió pasar su infancia al lado de su padre y de sus hermanos. A los catorce años, o tal vez de más tierna edad, se lanzó al mar, adonde le llamaban sus constantes inclinaciones y ardientes deseos. Sirviese o no Colón bajo las órdenes de los corsarios Colombos, el asunto carece de toda importancia[378]. «De muy pequeña edad--dice Cristóbal Colón en carta a los Reyes Católicos escrita en 1501--entré en la mar navegando e lo he continuado fasta hoy. La mesma arte inclina a quien le prosigue, a desear de saber los secretos de este mundo. Ya pasan de cuarenta años que yo voy en este uso. Todo lo que fasta hoy se navega, todo lo he andado». En otro lugar se lee: «El año de 1477, por febrero, navegué más allá de Tile cien leguas, cuya parte austral dista de la equinocial 73 grados y no 63 como dicen algunos... Veintitrés años he andado por el mar sin salir de él, por tiempo que deba descontarse--dice en otro sitio--ví todo el Levante y el Poniente, y al Norte de Inglaterra. He navegado a Guinea; pero en ninguna parte he visto tan buenos puertos como estos de la tierra de las Indias»[379].

[378] El conde Roselly de Lorgues cree que eran dos corsarios: el Archipirata, verdadero Duguay-Tronin de la Liguria, y su sobrino Colombo el Mozo. Historia de Cristóbal Colón, tomo I, página 63. Barcelona, 1892. Añade D. Juan Solari que no están en lo cierto los escritores que hacen a Colón pariente de los citados corsarios y le consideran al servicio de Colombo el Mozo. Hace también observar que los tales corsarios no eran genoveses, ni aun italianos, sino gazcones; y sus apellidos eran Cazeneuve y de sobrenombre Coullon, que historiadores complacientes han traducido por Columbus y Colombo.--La cuna del descubridor de América Cristóbal Colón. Homenaje al centenario de la República Argentina. 25 de mayo de 1910.

[379] Fernando Colón, Historia del Almirante, tom. I. cap. IV.

Se ha creído por algunos que sólo Colón y otros pocos sabios contemporáneos creían en la forma esférica de la tierra. Ignoran que ya lo dijeron muchos, entre ellos Aristóteles (384-321), Arquímedes (287-212), los filósofos de la Escuela de Alejandría, Plinio (siglo I de la Era Cristiana), San Basilio (siglo IV), el venerable Beda (siglo VIII), el patriarca Focio (siglo IX), el presbítero Honorio (siglo XII); y entre los árabes Mazoudi, Edrisí y Aboulfeda. La Academia de Toledo, fundada en 1258 por Alfonso X, seguía el sistema de Ptolomeo, profesando, por tanto, la teoría de la forma redonda de la tierra. Mientras que en Toledo se discutía el movimiento de los astros, dos hombres superiores, fundándose en la esfericidad de nuestro globo, deducían la existencia de otro Continente: eran estos Rogerio Bacon (1214-1294) y Raimundo Lulio (1235-1315)[380]. Como dice el ilustre Gaffarel, es imposible señalar mejor que Bacon lo hizo la posición de América. Anunció muchas de las grandes leyes con que después se han enriquecido las ciencias físicas y naturales. Expuso en términos claros y precisos la doctrina de que al Occidente de Europa debían existir tierras, siendo posible, por tanto, la comunicación de aquella parte del mundo con las citadas tierras. ¿Conocía Bacon el viaje del islandés Erik Rauda (Erico el Rojo)? ¿Conocía alguna de las expediciones islandesas o normandas que poco después se llevaron a feliz término? ¿O adivinó el descubrimiento que en 1492 hizo el genovés Cristóbal Colón?

[380] Rogerio Bacon nació en Inglaterra e hizo sus estudios en Oxford y en París. Escribió su magnífica obra intitulada Opus Majus.

Háse dicho, del mismo modo, que el mallorquín Raimundo Lulio, el sublime autor de Arte Magna (Ars Magna), se había ocupado de la existencia de un continente al Occidente de Europa, quedando reservado a Colón la gloria de encontrarlo. En la edición de Maguncia del año MDCCXXIX, forman las obras del beato Raimundo Lulio (Operum Beati Raymundi Lulli), diez tomos en folio, hallándose en el cuarto el libro intitulado Questiones per Artem Demonstrativam solubiles. En la cuestión 154 (CLIV), folios 151 y 152, al proponer la dificultad del flujo y reflujo en el mar de Inglaterra (¿quâ naturâ Mare Anglicæ fluat et refluat?), el Doctor Iluminado la explica con todo detenimiento. La traducción del texto, hecha libremente al castellano, dice así: «Toda la principal causa del flujo y reflujo del Mar grande o de Inglaterra, es el arco del agua del mar, que en el Poniente estriba en una tierra opuesta a las costas de Inglaterra, Francia, España y toda la confinante de Africa, en las que ven los ojos el flujo y reflujo de las aguas, porque el arco que forma el agua como cuerpo esférico, es preciso que tenga estribos opuestos en que se afiance, pues de otro modo no pudiera sostenerse; y, por consiguiente, así como a esta parte estriba en nuestro continente, que vemos y conocemos, en la parte opuesta del Poniente estriba en otro continente que no vemos ni conocemos desde acá; pero la verdadera filosofía, que conoce y observa por los sentidos la esfericidad del agua y su medido flujo y reflujo, que necesariamente pide dos opuestas vallas que contengan el agua tan movediza y sean pedestales de su arco, infiere que necesariamente en la parte que nos es occidental hay continente en que tope el agua movida, así como topa en nuestra parte respectivamente oriental». Después de leer el citado pasaje, podemos repetir con un estudioso jesuíta: «La existencia de un continente al Occidente de Europa, estuvo científicamente probada por Raimundo Lulio dos siglos antes que Colón lo hallara. Que este continente fuera precisamente la América, ni Lulio, ni Colón, ni nadie lo dijo: Suum cuique.» Somos de opinión que Cristóbal Colón no conoció las obras científicas de Bacon, ni de Lulio. Según un autor coetáneo del beato mallorquín, éste visitó varias veces la ciudad de Génova, dejando allí algunas de sus obras en poder de un amigo suyo.

Además, casi todos los escritores cristianos coetáneos y posteriores a la Academia Toledana, admitían la redondez de la Tierra: Alberto el Grande, Vicente de Beauvois y nuestro D. Enrique de Villena o de Aragón (a quien muchos llaman, sin serlo, marqués de Villena), se encuentran entre ellos. El de Villena, en su Tratado de Astrología[381], dando por verdad sabida la redondez del planeta, estudió la fuerza de atracción de la tierra. Alonso de Córdoba, Pedro Ciruelo, Antonio de Nebrija, Fernando de Córdoba, Abraham Zacut, afirmaron la esfericidad del globo. De modo, que en tiempo de Colón no indicaba sabiduría, ni aun era peregrina la creencia de que nuestro planeta tenía la forma esférica.

[381] Terminó dicho libro el 20 de Abril del año 1428.

Debieron contribuir a que Colón formase su proyecto de ir directamente a la India por Occidente, no la correspondencia, que ha resultado apócrifa, con Toscanelli, ni las enseñanzas de las obras científicas de los sabios que acabamos de citar, sino las noticias de los marinos y por los mapas de navegación que las confirmaban. Debió tener conocimiento de los viajes de los venecianos Polo, del Almanaque Perpetuo de Zacut, y muy especialmente de la obra De imagine Mundi, del cardenal Pedro de Ailly.

Procede en este lugar que demos cuenta de los libros que tuvo en su librería Colón, y que han llegado hasta nosotros[382]. Estos son los siguientes: Historia rerum ubique gestarum, escrita por Eneas Silvio Piccolomini (después Papa con el nombre de Pío II), impresa en Venecia el año 1477; De imagine Mundi, del cardenal Pedro Alliaco o d'Ailly, impreso en Lovaina, en la oficina de Juan de Wesfalia, entre los años de 1480 a 1483; De consuetudinibus et conditionibus orientalium regionum, obra de Marco Polo, impresa tal vez en Amberes por el año 1485; Historia naturalle, de C. Plinio, impresa en Venecia el 1489; Vidas de los ilustres varones, de Plutarco, traducidas al castellano por Alfonso de Palencia e impresas en Sevilla el 1491; Almanak perpetuum, compuesto por Abraham Zacut, impreso en Leirea el 1496; Concordantiæ Biblia Cardinales, S. P., manuscrito del siglo XV, y el titulado Libro de las Profecías, manuscrito posterior a 1504. También se cree que le pertenecieron: Sumula confessionis, de San Antonino de Florencia, impreso en Venecia el 1476; Filosofía natural, de Alberto Magno, edición de Venecia de 1466, y Tragedias, de Séneca, palimpsesto en folio, del siglo XV[383].

[382] Libros y autógrafos de D. Cristóbal Colón, por D. Simón de la Rosa y López. Sevilla, 1891.

[383] Respecto a los numerosos extractos y a las pocas notas que se hallan en las márgenes de estos códices, especialmente en las obras de Pío II y de Alliaco, se ignora quién fué el autor, atribuyéndolos, unos al mismo Almirante, otros a Bartolomé y algunos a un tercero desconocido; pero se puede afirmar que tanto los extractos, como las notas, son obra de un hombre poco versado en la ciencia cosmográfica.

Resuelto ya Colón a llevar a cabo su idea, se decidió a pedir ayuda--según refieren algunos historiadores--, primero al Senado de Génova y después a la república de Venecia. Habiendo rehusado las dos poderosas repúblicas el ofrecimiento, dirigióse--y esto se halla completamente probado--a Juan II de Portugal. Una Junta, presidida por don Diego Ortiz de Calzadilla, obispo de Ceuta, opinó contra la propuesta del marino genovés, no sin que la defendiese con tanto entusiasmo como energía el conde de Villarreal. Merece el conde de Villarreal que se le señale el primer puesto entre los defensores de Colón.

Juan II, no sabiendo decidirse entre la opinión de la Junta y la del conde de Villarreal, tomó--según refiere la leyenda colombina--un término medio, cual fué mandar, con pretexto de ir a las islas de Cabo Verde, un buque, cuyo capitán, llevando los mapas y papeles que Colón había entregado sin desconfianza alguna, navegase hacia los lugares indicados en los dichos mapas y papeles. Cuentan que después de algún tiempo, la tripulación, sobrecogida de espanto, volvió a Lisboa, considerando como locura el pensamiento del insigne navegante. Creemos que todo esto--como acabamos de notar--pertenece a la novela.

CAPÍTULO XIX

CRISTÓBAL COLÓN EN PALOS Y EN LA RÁBIDA.--COLÓN EN SEVILLA.--EL DUQUE DE MEDINASIDONIA Y EL DUQUE DE MEDINACELI.--COLÓN EN CÓRDOBA: SE PRESENTA A LOS REYES.--RETRATO MORAL Y FÍSICO DE COLÓN.--AMIGOS Y ENEMIGOS DEL GENOVÉS.--POLÍTICA EXTERIOR E INTERIOR.--JUNTA DE CÓRDOBA.--JUNTA DE SALAMANCA.--COLÓN ANTE LOS REYES EN ALCALÁ DE HENARES.--DOÑA BEATRIZ ENRÍQUEZ DE ARANA.--PROPOSICIONES PRESENTADAS POR COLÓN A LOS REYES CATÓLICOS.--COLÓN EN LA RÁBIDA.--LOS CONSEJEROS DE COLÓN.--JUAN PÉREZ ANTE DOÑA ISABEL.--TRATADO ENTRE LOS REYES CATÓLICOS Y COLÓN.--EL ALMIRANTE EN LA RÁBIDA.--MARTÍN ALONSO PINZÓN.--«SANTA MARÍA», LA «NIÑA» Y LA «PINTA».--CONVENIO ENTRE COLÓN Y PINZÓN.

Habiendo fallecido la mujer de Colón (1484)[384], el audaz genovés abandonó a Portugal y llegó a la corte de Castilla, Estado a la sazón poderoso, engrandecido por la política de los Reyes Católicos. Debió de hacer el viaje por mar y no por tierra. Si realizó el viaje embarcado--como muchos creen[385]--es probable que hiciese escala en Huelva para ver a su cuñado o amigo Muliarte.

[384] Fué enterrada en la capilla de la Piedad del convento del Carmen en Lisboa, siendo de notar que Colón se ocupó en sus escritos muy poco de ella, lo cual hace sospechar que la dicha y felicidad del matrimonio no fueron completas.

[385] Herrera, Década 1.ª, lib. I, cap. VII.

Tomó después el camino de Córdoba, donde a la sazón se hallaban los reyes; pero hubo de tocar de arribada en el puerto de Palos[386]. Es de creer que no habiendo encontrado en Palos seguro asilo donde poder descansar y recuperar sus gastadas fuerzas, vió allá lejos y en una altura un convento, y hacia él dirigió sus pasos para gloria suya y de España.

[386] No se halla probado si desembarcó en Palos o en el Puerto de Santa María, en Sanlúcar de Barrameda o en la Higuera.

Aunque el convento de Santa María de la Rábida o de Nuestra Señora de los Remedios no se hallaba en el camino de población alguna importante, Cristóbal Colón fué allí, como otros muchos pobres caminantes acudían a las puertas de dichas casas religiosas. Del convento de la Rábida dijo el duque de Rivas en uno de sus romances lo siguiente:

«A media legua de Palos sobre una mansa colina, que dominando los mares está de pinos vestida, de la Rábida el convento fundación de orden francisca, descuella desierto, sólo, desmantelado, en ruinas.»

Daremos algunas noticias del convento en aquella época. Componíase de dos cláustros interiores y de tres pequeños cuerpos anejos al edificio principal. La iglesia de Santa María estaba rodeada de un cercado, cuyo espacio formaba un patio interior. Dicho templo, construído en forma de cruz, tenía tres capillas. Exteriormente, y por encima del altar mayor se levantaba esférica cúpula, rodeada de un borde de mampostería. Dicha parte del tejado, dispuesta a manera de azotea, parecía destinada a Observatorio. La cúpula, revocada de blanca cal, servía de señal a los buques costaneros. El convento, rodeado de espeso bosque de pinos, no se descubría por la parte de tierra; únicamente por la parte del mar.

Si era pobre la obra arquitectónica, lo era más todavía por la falta de estatuas, cuadros y lámparas de oro y plata. El convento sólo contenía habitación para el prior, doce celdas y biblioteca; el refectorio y la cocina ocupaban pequeño edificio rectangular, adosado a la izquierda del principal edificio.

Gruesa pared, construída tal vez para defenderse de los moros de España y de los merodeadores de Portugal, encerraba la escarpada colina que sirve de pedestal al convento y al pie de la cual crecían magníficos aloes y altas palmeras. Subíase por gradas formadas de piedras, viéndose a un lado y a otro frondosas higueras y arrastrándose por todas partes alcaparros y sarmientos. Al jardín, regado por máquina hidráulica alimentada mediante el río Tinto, le daba sombra frondoso parral y algunos limoneros.

[Ilustración:

FOTOTIPIA LACOSTE.--MADRID.

SANTA MARÍA DE LA RÁBIDA ANTES DE SU RESTAURACIÓN.]

A medida que los habitantes de Palos se han ido trasladando a Moguer, los religiosos, convencidos que ya no eran útiles a la población harto alejada, también se fueron retirando poco a poco. En tiempo de la revolución francesa estaban allí unos cuatro o cinco y se cuenta que el convento fué saqueado y el archivo destruído. El año 1825 había cuatro frailes; el edificio se hallaba casi olvidado. La revolución religiosa de 1835 suprimió los conventos, y aunque el de la Rábida fué clasificado y numerado como propiedad nacional, sin embargo, los habitantes ribereños devastaron el edificio y el jardín. En el año 1854 el duque de Montpensier inició una suscripción para restaurar aquella joya histórica. En efecto, se restableció la celda del P. Juan Pérez y se restauró la iglesia, inaugurándose la restauración el 15 de abril de 1855, con asistencia de los duques de Montpensier, acompañados de los duques de Nemours[387].

[387] Véase la Historia de Cristóbal Colón, tom. I, págs. 123-126 del conde Roselly de Lorgues.

A la sazón--como dice Becerro de Bengoa--el histórico monumento, completamente blanqueado, es «sencillo en sus líneas, breve en su contorno y humilde en su total apariencia». «En su aspecto--añade--nada puede darse más reducido, en su arte exterior nada más pobre, en sus alrededores nada más mustio y desolado, y realmente en su interior nada más diminuto y vulgar, según está ahora. Añadid a esto el abandono, el silencio, la soledad, el aparente apartamiento del mundo en que aquello yace, y tendréis idea de la desilusión de que os hablo, y que, en efecto, allí se siente»[388]. En aquella modesta mansión se trataron los asuntos más transcendentales del siglo XV y aun de la historia.

[388] Conferencia pronunciada el 21 de diciembre de 1891 en el Ateneo de Madrid, pág. 10.

Desde Portugal venía Colón acompañado de su hijo Diego. Hallábase a la vista de Santa María de la Rábida. Vencido por el cansancio y la fatiga, descansó a la sombra de carcomida palmera--si damos crédito a la tradición--; palmera conservada hoy entre un macizo de flores y con el largo tronco apuntalado, distante cien metros del convento. Frente al cenobio o explanada que dá acceso al interior de dicha casa religiosa, se levanta cruz de hierro sobre pilar de tosca mampostería, en cuyas gradas hubo de sentarse el futuro descubridor del Nuevo Mundo. Al poco tiempo--según refieren antiguas relaciones--Cristóbal Colón llamó a la puerta de la casa franciscana para pedir un pedazo de pan y una poca agua con que saciar el hambre y apagar la sed de su hijo Diego.

¿Llego Colón el año 1484, como tradicionalmente han escrito los historiadores, o el año 1491, según parece desprenderse de una relación de Garci Hernández, médico de Palos, en el famoso pleito de los Pinzones?[389]. Con mucha razón dice el marqués de Hoyos, que «si las palabras del físico de Palos se refiriesen a 1491, era totalmente impropio el calificativo de niñico dado por éste al hijo de Colón, al que también Las Casas llama niño chiquito, siendo así que en esa época debía tener ya más de quince años, mientras que a su llegada a España (1484), tendría ocho, edad en que le cuadraban las citadas expresiones»[390].

[389] No falta quien diga que llegó el 20 de enero de 1485.

[390] Conferencia en el Ateneo de Madrid acerca de Colón y los Reyes Católicos (24 de marzo de 1891). Debió nacer Diego en el año 1476.

Los franciscanos de Nuestra Señora de los Remedios, y en particular, el P. Fr. Juan Pérez--a quien algunos llaman guardián del convento--acogieron a Colón con gran afecto y cariño. Justo será recordar entre los religiosos el nombre de Fr. Antonio de Marchena «buen astrólogo», como decían los Reyes Católicos.

En el convento de Santa María de la Rábida encontró el futuro Almirante el apoyo que buscaba. Los frailes dieron pan y agua al hijo de Colón. Aquel pedazo de pan que sirvió de alimento, y aquella poca agua que apagó la sed del niñico Diego, fueron pagados con el descubrimiento del Nuevo Mundo. El convento de Santa María de la Rábida respondió a su tradición protegiendo al insigne genovés. Aquel Fray Juan Pérez y aquel Fr. Antonio de Marchena, eran discípulos de San Francisco de Asís, del bondadoso San Buenaventura, del sabio Rogerio Bacon y del Doctor Iluminado Raimundo Lulio. Si San Francisco enseñó a sus hijos la caridad y fraternidad humanas, y San Buenaventura pasó toda su vida queriendo armonizar las dos tendencias religiosas representadas en San Antonio y en Elías de Cortona, Rogerio Bacon, el inventor de la pólvora, predijo gran parte de los descubrimientos modernos; y Raimundo Lulio, cerca del año 1287, en filosófico discurso, dijo (como ya en el anterior capítulo hicimos notar), que «la parte opuesta del Poniente estriba en otro continente que no vemos ni conocemos desde acá». De caritativos y sabios podemos calificar a los fundadores de la Orden de San Francisco. Correspondióles Colón con el mismo cariño. Por eso, a la hora de su muerte en Valladolid, un fraile franciscano le leía la Comendación del alma, franciscanos acompañaron su cuerpo a Santa María la Antigua, franciscanos celebraron en dicho templo sus exequias, y franciscanos, por último, condujeron sus restos mortales a las tumbas del convento de los mencionados Padres.

Conocedores Fr. Juan Pérez, Fr. Antonio de Marchena y el físico Garci Hernández de los proyectos del futuro Almirante, no ignorando que pensaba dirigirse a Francia en busca de protección, y comprendiendo al mismo tiempo que por entonces andaban empeñados los Reyes Católicos en la guerra de Granada, aconsejaron a Colón que se dirigiera en demanda de apoyo al duque de Medinasidonia, dueño entonces de la mayor parte de la actual provincia de Huelva y de muchos pueblos y tierras de las de Cádiz y Sevilla, con espléndida corte en la última de las citadas ciudades y en la de Sanlúcar de Barrameda. Los productos mayores de la casa de Medinasidonia procedían de su privilegio de las almadrabas de Sanlúcar, para cuya industria tenían importante flota. En solicitud de algunas naves se dirigió Colón camino de Sevilla, llevando cartas de recomendación del guardián de la Rábida dirigidas al duque de Medinasidonia. En Sevilla encontró nuestro extranjero navegante a algunos genoveses, banqueros por lo general, y entre ellos a Juan Berardi, hombre rico y en cuya casa estaba empleado Américo Vespucio, tan famoso luego en la historia del Nuevo Mundo[391].

[391] Vespucio nació su Florencia el año 1455.

No habiendo encontrado protección en el de Medinasidonia, se presentó, con iguales recomendaciones, al duque de Medinaceli, señor no menos poderoso que el anterior y que en su ciudad del Puerto de Santa María no le faltaban elementos marítimos para una empresa tan arriesgada como gloriosa.

Bien será poner en este lugar la carta que el de Medinaceli escribió al cardenal González de Mendoza, y que Navarrete colocó entre sus documentos. Dice así:

«Al Reverendísimo señor, el Sr. Cardenal de España, Arzobispo de Toledo, etc.

Reverendísimo señor: no sé si sabe vuestra Señoria como yo tuve en mi casa mucho tiempo a Cristobal Colomo, que se venia de Portugal y se queria ir al Rey de Francia para que emprendiese de ir a buscar las Indias con su favor y ayuda, e yo lo quisiere probar e enviar desde el Puerto que tenia buen aparejo con tres o cuatro carabelas, que no demandaba mas; pero como vi que era esta empresa para la Reina nuestra señora, escribilo a su Alteza desde Rota[392], y respondiome que ge lo enviase; yo ge lo envié entonces, y supliqué a su Alteza, pues yo no lo quise tentar y lo aderezaba para su servicio, que me mandase hacer merced y parte en ella, y que el cargo y descargo de este negocio fuese en el Puerto. Su Alteza lo recibió y le dió encargo a Alonso de Quintanilla, el cual me escribió de su parte, que no tenia este negocio por muy cierto; pero que si se acertase, que su Alteza me haria merced y daria parte en ello: y después de haberle bien examinado, acordó de enviarle a buscar las Indias. Puede haber ocho meses que partió, y agora es él venido de vuelta a Lisbona, y ha hallado todo lo que buscaba y muy cumplidamente, lo cual luego yo supe, y por facer saber tan buena nueva a su Alteza, ge lo escribo con Xuarez, y le envío a suplicar me haga merced que yo pueda enviar en cada año allá algunas carabelas mias. Suplico a vuestra Señoria me quiera ayudar en ello, y ge lo suplique de mi parte, pues a mi cabsa, e por yo detenerle en mi casa dos años, y averle enderezado a su servicio, se ha hallado tan grande cosa como esta. Y porque de todo informará mas largo Xuarez a vuestra Señoria, suplicole le crea. Guarde Nuestro Señor vuestra Reverendisima persona como vuestra Señoria desea. De la villa de Cogolludo a 19 de marzo.

Las manos de vuestra Señoria besamos.--El Duque.»

[392] La carta escrita desde Rota debió serlo a últimos del año 1485 o comienzos del 1486.

En la ciudad de Córdoba se presentó Cristóbal Colón el 20 de enero de 1486, en cuya fecha se hallaban los reyes en Madrid. Hasta el 28 de abril no llegaron D. Fernando y D.ª Isabel a la ciudad andaluza, de la cual salió el Rey en el mes de mayo de dicho año para la conquista de Loja. De modo que la primera entrevista entre los reyes y Colón debió verificarse en el lapso de tiempo que media desde el 28 de abril y últimos días de mayo. El tiempo que estuvo el futuro Almirante esperando la llegada de los reyes, debió pasarlo buscando amigos y protectores que le ayudaran en su empresa y tal vez sufriendo las burlas de cortesanos y gente del pueblo.

Veamos el retrato tanto moral como físico que hacen antiguos historiadores del ilustre genovés. El Almirante era--según Herrera--«alto de cuerpo, el rostro luengo y autorizado, la nariz aguileña, los ojos garzos, la color blanca, que tiraba a rojo encendido; la barba y cabellos, cuando era mozo, rubios, puesto que muy presto, con los trabajos, se le tornaron canos: y era gracioso y alegre, bien hablado y elocuente; era grave con moderación, con los extraños afable, con los de su casa suave y placentero, con moderada gravedad y discreta conversación, y así provocaba fácilmente a los que le veían, a su amor; representaba presencia y aspecto de venerable persona, y de gran estado y autoridad y digna de toda reverencia; era sobrio y moderado en el comer y beber, vestir y calzar...»[393]. Por su parte, Gomara le retrata del siguiente modo: «Hombre de buena estatura y membrudo, cariluengo, bermejo, pecoso y enojadizo y crudo y que sufría mucho los trabajos...»[394]. Garibay escribe que era «de recia y dura condición» y Benzoni añade: iracundiæ tamen pronus[395].

[393] Década 1.ª, lib. VI, capítulo XV.

[394] Historia de las Indias en la Biblioteca de Autores españoles, tomo XII, pág. 172.

[395] Historia Indiæ Occ., libro I, cap. XIV.

Amaba de tal modo a la naturaleza que la contemplaba con entusiasmo durante el día y la observaba por los astros en las noches serenas. Navegando cerca de las costas, aspiraba los aromas balsámicos procedentes de la orilla, y en medio de los mares los efluvios de las olas. Complacíase contemplando pájaros y flores. Gustaba de impregnar del aroma de rosas o acacias o de flores de azahar sus vestidos, su camarote y muy especialmente su papel para cartas. Era frugal y sobrio en las comidas, noble en todos los actos de la vida y cristiano en sus obras.

En la poderosa corte de los Reyes Católicos el primero que se puso al lado de Colón fué Alonso de Quintanilla, Contador mayor del reino (cargo parecido al actual Ministro de Hacienda). Quintanilla le recomendó a D. Pedro González de Mendoza, gran Cardenal de España, apellidado por el cronista contemporáneo Mártir de Anglería: Tertius Hispaniæ Rex, tercer Rey de España. Colón «fué conosçido del reverendíssimo é ilustre Cardenal de España, Arçobispo de Toledo, D. Pedro Gonçalez de Mendoça, el qual començó a dar audiencia a Colon, é conosçió dél que era sabio é bien hablado, y que daba buena raçon de lo que decia. Y túvole por hombre de ingenio é de grande habilidad; é conçebido esto, tomóle en buena reputacion é quísole favoresçer. Y como era tanta parte para ello, por medio del Cardenal y de Alonso de Quintanilla fué oydo del Rey e de la Reyna; é luego se prinçipió a dar algun crédito a sus memoriales y peticiones é vino a concluirse el negoçio.»

En mala, en muy mala ocasión hubo de presentarse Cristóbal Colón a los Reyes Católicos. Cuando Doña Isabel y D. Fernando se hallaban ocupados en arrojar de nuestro suelo y para siempre a los musulmanes, cuando la Santa Hermandad castigaba con mano de hierro a los revoltosos magnates y la Inquisición echaba al fuego a los herejes, cuando se publicaban sabias Ordenanzas y se reunían célebres Cortes, y cuando en la corte brillaban aquellos personajes que se llamaban Talavera, González de Mendoza, Cisneros y Gonzalo de Córdova, un hombre obscuro, extranjero, sin otra recomendación que la de un pobre fraile franciscano y sin otros recursos que vender libros de estampa o hacer cartas de marear, fundándose en que la tierra era esférica, solicitaba apoyo de los reyes para ir por el Occidente a las costas de la India (Asia). No es extraño que las gentes le llamasen iluso o loco.

Antes de continuar nuestra relación, consideremos el estado de la política entre España y Francia, entre los Reyes Católicos y Carlos VIII. En los primeros días del mes de enero de 1484 se encontraban D. Fernando y D.ª Isabel en la ciudad de Vitoria. Allí recibieron una embajada que tenía el encargo de notificarles la muerte de Luis XI y la sucesión de su hijo Carlos VIII. Nuestros monarcas acordaron también mandar a Francia su correspondiente embajada, con la indicación de que Carlos VIII devolviese a España el Rosellón y la Cerdaña, condados que retenía contra la voluntad de su padre, quien había dispuesto antes de morir que se entregaran a los Reyes Católicos. La embajada, que se envió en abril del mismo año, sólo obtuvo cariñosas promesas. Fernando entonces pensó declarar la guerra a Francia; Isabel quería ocuparse únicamente de la guerra con los moros. Las razones en que se apoyaba el Rey Católico las expone admirablemente el cronista Pulgar. «El voto del Rey, dice, era que primero se debían recobrar los condados del Ruissellón y de Cerdaina que los tenía injustamente ocupados el rey de Francia: e que la guerra con los moros se podía por agora suspender, pues era voluntaria e para ganar lo ageno, y la guerra con Francia non se debía escusar, pues era necesaria e para recobrar lo suyo. E que si aquella era guerra sancta, estotra guerra era justa, e muy conveniente a su honra. Porque si la guerra de los moros por agora no se persiguiese, no les sería imputada mengua, e si estotra no se ficiese, allende de recibir daño e pérdida, incurrían en deshonra por dexar a otro Rey poseer por fuerza lo suyo, sin tener a ello título ni razon alguna. Decía ansimesmo que el Rey de Francia era mozo, e su persona e reino andaban en tutorías e gobernacion agena; las cuales cosas daban la oportunidad pare facer la defensa de los franceses más flaca, e la demanda de restitucion más fuerte. E que por si agora se dexase, era de esperar que cresciéndole la cobdicia con la edad, sería más dificile de recobrar e sacar de su poder aquella tierra. Otrosí decía que cuanto más tiempo dexase de mover esta guerra, tanto mayor posesión ganaba el Rey de Francia de aquellos Condados: e los moradores dellos que cada hora esperaban ser tornados a su señorío, veyendo pasar el tiempo sin dar obra a los recobrar, perderían la esperanza que tenían de ser reducidos al señorío primero: e que el tiempo faría asentar sus ánimos en ser súbditos del Rey de Francia e perderían la aficion que tenían al señorío real de los Reyes de Aragon. La cual aficion decía él que no era pequeña ayuda para los recobrar prestamente. Otrosí decía que no podía buenamente sufrir los clamores de algunos caballeros e cibdadanos de aquellos condados, que por servicio del Rey su padre e suyo, han estado tanto tiempo desterrados de sus casas y heredamientos, e reclamaban toda hora solicitando que se diese obra a la reducción de aquella tierra por tornar a sus casas e bienes.»

Triunfó la opinión de la Reina y se continuó la campaña contra Granada, a gusto también del Rey, convencido de las grandes dificultades que tenía la guerra con Francia.

Desde que los castellanos asolaron la vega granadina (1484) hasta que Boabdil entregó las llaves de la ciudad (2 enero 1492), no dejaron de agitarse los amigos y enemigos de Colón, o mejor dicho, los partidarios o no partidarios de los proyectos del genovés insigne. Al frente del partido contrario al de Colón se puso Fr. Hernando de Talavera, prior de Nuestra Señora de Prado (Valladolid), y después arzobispo de Granada. Algunos escritores han tratado con severidad al prior de Prado por las dificultades que puso al más noble solicitante del universo, como le llama el conde Roselly de Lorgues[396]. No tienen razón. Fr. Fernando ni era envidioso de la gloria ajena, ni sistemáticamente se opuso a los proyectos del genovés. Creía de buena fe lo que afirmaba. Aunque versado en las letras y en la ciencia teológica, apenas tenía noción alguna de las matemáticas y de la cosmografía. Nadie ponía en duda su clara inteligencia, ni sus muchas virtudes. «Varón tenido por santo», escribe Vasconcellos; pero él que se había propuesto, como regla de conducta, no influir en recomendación alguna, creyó que debía oponerse a los deseos del extranjero. Justificada encontramos la oposición de Talavera. «¿Qué proponía Colón?--pregunta con mucho acierto el P. Ricardo Cappa--. Hallar por Occidente un camino más breve del que por Oriente intentaban los portugueses al Asia. Asunto, a la verdad, digno de consideración y acción; pero ¿qué podía valer para los españoles la Cipango del Gran Khan en comparación del reino de Granada?... ¿Podía un religioso, un prelado que fué el alma de esa guerra, podía Talavera permitir que se debilitara en algo empleando los recursos nacionales en lo que no fuese derrocar de una vez para siempre a la media luna de las muslímicas torres de Granada? La empresa de Colón era de un orden secundario por la ocasión en que se presentó, por lo dudoso de la ejecución, por lo problemático del resultado»[397].

[396] Obra citada, tom. I, pág. 135.

[397] Colón y los españoles, pág. 2.

Comenzó entonces para Cristóbal Colón lucha continua y tenaz, con unos porque no le entendían, y con otros porque no le querían entender.

Decidieron los reyes someter el asunto a una Junta de letrados que se reunió en Córdoba y presidió Talavera, resultando de ella, como era de esperar--dado que sus individuos fueron nombrados por el prior de Prado--que las promesas y ofertas del genovés fueron juzgadas «por imposibles y vanas y de toda repulsa dignas», según la expresión del P. Las Casas. Comunicóse a Colón el resultado de la Junta, y para no quitarle toda esperanza, se le prometió «volver a la materia cuando más desocupadas sus Altezas se vieran». Cumplióse poco después lo prometido. «Nueva Junta se celebró en Salamanca a fines del año 1486, al mismo tiempo que los reyes, de regreso de su expedición a Galicia, residían en la ciudad[398]. Si el alma de la Junta de Córdoba fué Talavera, ocupado a la sazón en visitar su diócesis como obispo de Avila, el principal papel de la de Salamanca lo desempeñó el dominico Fray Diego de Deza, maestro del príncipe D. Juan y protector decidido de Colón[399]. De Fray Diego de Deza había de decir el mismo Colón tiempo adelante, lo que sigue: «El señor obispo de Palencia, siempre, desde que yo vine a Castilla, me ha favorecido y deseado mi honra»[400]. Un mes después decía que el obispo de Palencia «fué causa que sus Altezas hobiesen las Indias, y que yo quedase en Castilla, que ya estaba yo de camino para fuera»[401].

[398] Washington-Irving, Prescott, Humboldt, Navarrete y otros suponen erróneamente que sólo se celebró una Junta en Salamanca.

[399] Obtuvo después altas dignidades: fué sucesivamente obispo de Zamora, Salamanca, Palencia y Jaén; arzobispo de Sevilla y electo de Toledo; canciller mayor de Castilla, capellán mayor y del Consejo Real, inquisidor general de España y confesor del Rey Católico.

[400] Carta de Colón a su hijo Diego, fechada en Sevilla el 21 de noviembre de 1504.

[401] Carta al mismo D. Diego del 21 de diciembre de 1504. Esto que dice de Fray Diego de Deza, lo aplica en otras ocasiones a Fr. Juan Pérez, a Luis de Santángel y a otros.

Albergóse Cristóbal Colón en el convento de San Esteban. En dicho convento se hallaba el colegio de estudios superiores, que dirigían los mismos religiosos dominicos; colegio de estudios superiores que sobresalía entre todos los demás establecimientos de instrucción de Salamanca. Colón fué acogido benévolamente, lo mismo por el citado Padre Deza, profesor de Teología en el colegio, que por el prior Magdaleno. Los Padres dominicos, para poder examinar con todo detenimiento y tranquilidad el proyecto de Colón, se retiraron a la granja de Valcuevo, distante unos 10 kilómetros Oeste de la ciudad[402]. Allí pudo el hijo ilustre de Génova exponer sus doctrinas, atrayéndose la mayor y más granada parte de los individuos de la sabia Junta, a pesar de ruda y tenaz oposición que le hicieron los partidarios de Talavera[403]. Certificó la Asamblea de lo «seguro e importante del asunto», y Fr. Diego de Deza, con otros religiosos, acompañaron a Colón desde Salamanca a Alcalá de Henares, adonde se había trasladado la corte, para comunicar a los monarcas el dictamen favorable de los religiosos y maestros del convento de dominicos de San Esteban. El cardenal González de Mendoza los introdujo ante la presencia de Sus Altezas, dando los reyes a Colón «esperanzas ciertas» de que se resolvería el asunto acabada la conquista de Granada. «Desde entonces--dice Bernáldez--le miraron los reyes con agrado»[404]. En efecto, le admitieron a su servicio, en el que estuvo durante la campaña con los musulmanes. En las cuentas del tesorero real Francisco González de Sevilla, se lee con fecha 5 de mayo de 1487 lo siguiente: «pagado a Cristóbal Colón, extranjero, tres mil maravedís por cosas cumplideras al servicio de Sus Altezas»[405].

[402] Asistieron a las discusiones Monseñor Bartolomé Scandiano, nuncio apostólico, y Pablo Olivieri, secretario de la nunciatura; Monseñor Antonio Geraldini, ex nuncio, y su hermano Alejandro; Lucio Marineo y otros sabios.

[403] Todavía el P. Manovel, catedrático de Derecho Canónico de la Universidad de Salamanca (m. el 4 de junio de 1893), alcanzó a ver--según decía--las figuras que Cristóbal Colón trazó en las paredes de Valcuevo para explicar sus teorías. Conviene no olvidar lo que el Sr. Berrueta escribió en su librito El Padre Manovel, librito que forma parte de la Biblioteca Salmantina. «Pasóse Manovel años y años--dice--rotulando puertas y paredes del convento de San Esteban: por aquí pasó el desvalido Colón, aquí estuvo sentado el desgraciado Colón, por aquí entró Colón, por aquí salió Colón, y la verdad es que ni Manovel ni nadie sabe todas esas cosas.»

[404] Historia de los Reyes Católicos, capítulo CXVIII. Ms.

[405] Docum. Diplom., número XI.--Simancas. Más adelante se le dieron otras cantidades.

No es cierto, pues, lo que Vivien de Saint-Martín y otros muchos han escrito acerca de las conferencias de Salamanca. «Toda la ignorancia--dice el citado geógrafo--, todos los prejuicios, todo el dogmatismo intolerante, todas las objeciones pueriles contra las verdades físicas conquistadas ya por la ciencia antigua, en una palabra, todo lo que habían acumulado doce siglos de decadencia intelectual y científica, las argucias escolásticas y monacales y la citada interpretación de los textos de la Escritura, todo tuvo que oirlo y soportarlo Colón»[406]. También, con sobrada injusticia, escribe el italiano Bossi lo que sigue: «El proyecto fué entregado al examen de hombres inexpertos, que, ignorando los principios de la cosmografía y de la náutica, juzgaron impracticable la empresa.

[406] Historia de la Geografía, tomo II, pág. 40.

«¡Los mejores cosmógrafos del reino! ¡Y qué cosmógrafos!

«Una de sus principales objeciones era que si una nave se engolfaba demasiado hacia el Poniente, como pretendía Colón, sería arrastrada por efecto de la redondez del globo, no pudiendo, por lo tanto, regresar a España.» Durante el siglo XV, lo mismo en España que en otras naciones, no era extraño que hombres tenidos por doctos dudasen de la posibilidad de que siendo la tierra esférica pudiera navegar un barco siempre en la misma dirección sin caer en la inmensidad del espacio. A nadie por entonces le era permitido aceptar cualquiera novedad en las ciencias físicas y naturales que pudiese aparecer como falsa interpretación de la Biblia. Por entonces debió recibir carta del Rey D. Juan de Portugal. (Apéndice I).

Hallándose Colón en Córdoba, conoció a Beatriz Enríquez de Arana, joven de familia muy humilde, tan humilde, que--según Arellano--tal vez fuera moza de algún mesón donde se hubiese alojado el futuro descubridor de América. Las relaciones íntimas de Colón con la cordobesa, dieron por resultado el nacimiento de un hijo (15 agosto 1488) a quien se dió el nombre de Hernando.

Iba a llegar el momento tan deseado por Colón. Cuando Fernando e Isabel se hallaban en el Real de Santa Fe y cercana la rendición de Granada, el genovés llegó a dicho campamento, no sabemos si por propio impulso o por orden de los reyes o llamado por sus amigos y protectores. Inmediatamente formuló sus proposiciones, las cuales debieron ser casi las mismas que--como después veremos--presentó la segunda vez. «Pareció, dice, cosa dura concederlas, pues saliendo con la empresa parecía mucho, y malográndose, ligereza.» Ocasión propicia se ofreció a los enemigos de Colón para desacreditarle ante los reyes, poniéndose al frente de aquellos D. Fernando de Talavera, ya indicado para arzobispo de Granada. En efecto, D. Fernando y Doña Isabel rechazaron las proposiciones.

Volvió Colón a la Rábida, donde Fray Juan Pérez y el físico Garci Hernández le convencieron de que debía permanecer en España por entonces. Es de advertir que en aquellos tiempos los físicos, no sólo estudiaban el arte de curar, sino las ciencias naturales, la geografía y la astrología. Tal vez por ello los franciscanos Fr. Juan Pérez y Fr. Antonio de Marchena echaron mano de Garci Hernández para que plantease y resolviese los árduos y difíciles problemas que acariciaba el marino de Génova. Convencido Fray Juan Pérez, escribió una carta a la Reina. Llevó dicha carta Sebastián Rodríguez, piloto de Lepe. Garci Hernández, físico de Palos, testigo presencial de los sucesos, en las Probanzas del pleito que D. Diego Colón suscitó a la Corona declaró lo que sigue:

«Que sabe que el dicho myn alonso pinçón en la dicha pregunta tenya en esta villa lo que le hacya menester, é que sabe que el dicho almirante don Xobal colon venyendo a la Rabida con su hijo don diego, que es agora almyrante, a pie se byno a la Rabida, ques monesterio de frayles en esta villa, el qual demandó a la porterya que le diesen para aquel nyñyco, que hera nyño, pan y agua que bebiese, e que estando ally ende este testigo con un frayle que se llamaba frey juan perez, que es ya defunto, quyso ablar con el dicho don Xobal colon, e vyendole despusicion de otra trra o reyno ageno en su lengua le pregunto que quyen hera e donde venya, e que el Xobal colon le dixo que venya de la corte de su alteza e le quiso dar parte de su embaxada, a que fué a la corte e como venya, e que dixo el dicho Xobal colon al dicho frey juan perez como abya puesto en platyca en descobryr ante su alteza e que se obligaba a dar la trra firme, queriendole ayudad su alteza con nabyos e las cosas pertenecientes para el dicho viage e que convenyesen, e que muchos de los caballeros e otras personas que ay se hallaron al dicho razonamiento le bolaron su palabra e que no fué acoxida, mas que antes hazian burla de su razon, desiendo que tantos tiempos aca se abian probado e puesto nabyos en la busca e que todo hera un poco de ayre e que no abya razon dello; que el dicho Xobal colon, vyendo ser su rason desyelta en tan poco conoscimiento de lo que se ofresia de haced e complyr, el se vino de la corte e se yba derecho desta villa a la villa de Huelva, para fablar e verse con un su cuñado casado con hermana de su muger e que a la sazon estaba e que habia nombre muliar, e que vyendo el dicho freyle su rason, envyó a llamer a este testigo, con el cual tenya mucha conversacion de amor e porque alguna cosa sabya del arte astronómica, para hablarse con el dicho Xobal colon e byese razon sobre este caso del descobryr, y que este dicho testigo vyno luego e hablaron todos tres sobre el dicho caso, e que de aquy lygeron luego un hombre para que llevase una carta a la Reyna doña Isabel, que aya santa gloria, del dicho frey juan perez, que hera su confesor, el qual portador de la dicha carta fue sebastian Rodriguez, un piloto de Lepe, e que detubieron al dicho Xobal colon en el monesterio fasta sabed la respuesta de la dicha carta de su alteza para ver lo que por ella proveyan e asy se hyso, e dende a catorce dias la Reina, nuestra señora, escribió al dicho Fray Juan Perez, agradeciéndole mucho su buen propósito e que le rogaba e mandaba que luego, vista la presente, pareciese en la corte ante S. A. y que dejase al dicho Xobal colon en seguridad de esperanza fasta que S. A. le escribiese e vista la dicha carta e su disposicion, secretamente se marchó antes de media noche el dicho fraile del monasterio, e cabalgó en un mulo e cumplió el mandato de S. A.; e pareció en la corte e de allí consultaron que se diesen al dicho Xobal colon tres navíos para que fuese a descubrir e facer verdad su palabra dada, e que la Reina nuestra señora, concedido esto, envió 2.000 maravedises en florines, los cuales trujo Diego Prieto, vecino de esta villa, e los dió con una carta a este testigo, para que los diese a Xobal colon para que se vistiese honestamente y mercase una vestezuela e pareciese ante S. A., e que el dicho Xobal colon recibió los dichos 2.000 maravedises e partió ante Su Alteza como dicho es a consultar todo lo susodicho, e de ally vyno proveydo con lycencia para tomar los dichos nabios quel señalase que conbenyan para seguyr el dicho viaje, e desta hecha fué el concierto e compañya que tomó con myn alonso pinçon e vicente yañez, porque heran personas suficientes e sabydos en las cosas del mar, los quales, allende de su saber e del dicho Xobal colon ellos le abyaron e pusieron en muchas cosas, las quales fueron en probecho del dicho viaje»[407].

[407] Archivo general de Indias de Sevilla.--Información de Palos, 1.º de octubre de 1515.--Piexa 23, fol. 58 (Colec. del Patronato, estante 1.º, caja 1.ª. leg. 5/12).

Por entonces contrajo relaciones Colón con Martín Alonso Pinzón, hombre que tenía posición desahogada, numerosos parientes, armador en Palos, experto marino y conocedor de los mares por donde a la sazón se navegaba desde nuestras costas, esto es, en el Mediterráneo hasta Italia y en el Atlántico hasta las Canarias. A la vuelta de un viaje que hizo a Roma, inmediatamente que Colón supo que había desembarcado en Palos, fué a verle, entendiéndose en seguida, pues había un punto, el más importante, en que los dos estaban conformes, cual era que navegando al Occidente hallarían ricas tierras. ¿Qué tierras eran éstas? Según Colón las partes orientales del Asia llamadas Manghi, athay y Cipango; según Pinzón las islas del Atlántico conocidas con los nombres de San Barandán, Antila o Siete Ciudades y Max Satanaxia.

Reanudáronse las negociaciones entre Colón y los Reyes Católicos, merced al citado Fray Juan Pérez, y tal vez influyesen en el mismo sentido la marquesa de Moya, Fr. Diego de Deza, el P. Marchena, Cabrero, Gutiérrez de Cárdenas, Dr. Chanca, P. Gorricio y otros amigos de Colón; pero la firmeza de carácter y aun inflexibilidad del insigne navegante hicieron que por segunda vez se rompiesen los tratos. Púsose en camino; mas convencidos Fernando e Isabel de los razonamientos de Luis Santángel, escribano de raciones de Aragón, dispusieron que un alguacil de corte fuese en su busca, alcanzándole a dos leguas de Granada, en la Puente de Pinos. La Reina ya no dudaba de que el proyecto de Colón podía realizarse, pues de ello le habían convencido los razonamientos del citado Santángel y los de otros servidores. Cuéntase que como algunos hiciesen notar que el Tesoro estaba exhausto después de tantas guerras, Isabel indicó que todo se arreglaría «buscando sobre sus joyas el dinero necesario para la Armada»[408], o «yo torné por bien que sobre joyas de mi recámara se busquen prestados los dineros que para hacer la Armada pide Colón»[409]. Esta tradición pertenece a la leyenda, pues--como dice perfectamente Fernández Duro--«no se la encuentra en los cronistas de la época, ni en los abundantes cancioneros que subsisten de entonces, ni en los elogios, biografías, relaciones y epistolarios de los personajes más allegados a los reyes o que directamente intervinieron en las pretensiones de Cristóbal Colón y en la expedición de las naves que hallaron el Nuevo Mundo»[410]. El primero que la estampó fué Fernando Colón, que era muy niño a la sazón y se hallaba lejos del lugar; de él la transcribió Fr. Bartolomé de las Casas, en su Historia de las Indias. Como las dos obras quedaron sin imprimirse, Antonio de Herrera nada dijo de las joyas en sus Décadas. Comenzó a difundirse la especie en los albores de la centuria décimo séptima, cuando se conoció la obra publicada por el hijo del descubridor del Nuevo Mundo. Desde entonces, en todos los libros en que se trata del famoso descubrimiento, se relata y amplifica el hecho, creyendo de este modo ensalzar el nombre de Isabel la Católica. Afirmamos que la Reina no dijo tales palabras, aunque sí es cierto que estaba decidida a prestar todo su apoyo al gran navegante italiano. ¿Forjó la leyenda Fernando Colón? No; la forjó la fantasía popular, la forjaron todos los españoles, porque éste era el sentimiento de la nación.

[408] Fernando Colón, Vida del Almirante, cap. XIV.

[409] Las Casas, Hist. general de las Indias, cap. XXXII.

[410] Tradiciones infundadas, págs. 359-383.--Madrid, 1888.

El 17 de abril de 1492, en Santa Fe, se firmaron las Capitulaciones entre los Reyes Católicos y Cristóbal Colón, redactadas por el aragonés Juan Coloma; el 30 de dicho mes se le despachó, y el 12 de mayo partió el Almirante para Palos. Bajo las siguientes bases se redactaron las mencionadas Capitulaciones:

_Capitulaciones entre los señores Reyes Católicos y Cristóbal Colon_, abril 17 de 1492[411].

Las cosas suplicadas é que Vuestras Altezas dan y otorgan a don Cristóbal Colon, en alguna satisfaccion de lo que ha de descubrir en las mares Océanas, y del viage que agora, con el ayuda de Dios, ha de hacer por ellas en servicio de Vuestras Altezas, son las que siguen:

Primeramente: que Vuestras Altezas, como señores que son de las dichas mares Océanas, fagan desde agora al dicho D. Cristóbal Colon su Almirante en todas aquellas islas é tierras-firmes, que por su mano ó industria se descobrieren ó ganaren en las dichas mares Océanas para despues dél muerto a sus herederos é sus sucesores de uno en otro perpetuamente, con todas aquellas preeminencias é prerogativas pertenecientes al tal oficio, é segund que D. Alonso Henriquez Vuestro Almirante Mayor de Castilla é los otros predecesores en el dicho oficio lo tenian en sus distritos.

Place a sus Altezas.==Juan de Coloma.

Otrosi: que Vuestras Altezas facen al dicho D. Cristóbal Colon, su Visorey y Gobernador General en todas las dichas islas y tierras-firmes, que como dicho es, él descubriere ó ganare en las dichas mares; é que para el regimiento de cada una y cualquier dellas, faga él, eleccion de tres personas para cada oficio; é que Vuestras Altezas tomen y escojan uno, el que mas fuere su servicio, é así serán mejor regidas las tierras que nuestro Señor le dejará fallar é ganar a servicio de Vuestras Altezas.

Place a sus Altezas.==Juan de Coloma.

Item: que todas é cualesquier mercadurias, siquier sean perlas, piedras preciosas, oro, plata, especieria é otras cualesquier cosas é mercadurias de cualquier especie, nombre é manera que sean, que se compraren, trocaren, fallaren, ganaren é obieren dentro de los límites del dicho Almirantazgo, que dende agora Vuestras Altezas facen merced al dicho D. Cristóbal y quieren que haga y lleve para sí, la decena parte de todo ello, quitadas las costas todas que se ficieren en ello. Por manera, que de lo que quedare limpio é libre haga é tome la decena parte para si mismo, é faga de ella a su voluntad, quedando las otras nueve partes para Vuestras Altezas.

Place a sus Altezas.==Juan de Coloma.

Otrosi: que si a causa de las mercadurias que él traerá de las dichas islas y tierras, que así como dicho es, se ganaren é descubrieren, ó de las que en trueque de aquellas se tomaran acá de otros mercaderes, naciere pleito alguno en el logar donde el dicho comercio é trato se terná é fará: que si por la preeminencia de su oficio de Almirante le pertenecerá cognoscer de tal pleito: plega a Vuestras Altezas que él ó su Teniente, y no otro Juez, cognosca de tal pleito: é así lo provean dende agora.

Place a sus Altezas, si pertenece al dicho oficio de Almirante, segun que lo tenia el dicho Almirante D. Alonso Henriquez y los otros sus antecesores en sus distritos, y siendo justo.==Juan de Coloma.

Item: que en todos los navíos que se armaren para el dicho trato é negociacion, cada y cuando é cuantas veces se armaren, que pueda el dicho D. Cristóbal Colon, si quisiere, contribuir é pagar la ochena parte de todo lo que se gastare en el armazon, é que tambien haya é lleve del provecho la ochena parte de lo que resultare de la tal armada.

Place a sus Altezas.==Juan de Coloma.

[411] Archivo de los Duques de Veragua.--Colec. de doc. ined., etc., tomo XVII. págs. 572-574.

Es evidente--como han dicho no pocos escritores--que las Capitulaciones de Colón con los Reyes Católicos no podían llevarse a cabo. No pudieron ejecutarse en vida de Colón y mucho menos en tiempo de sus sucesores. Si los descendientes del genovés tenían derecho a que se les cumpliese todo lo ofrecido, el Estado, por su parte, no debía renunciar su soberanía sobre los territorios descubiertos. De modo que tiene clara explicación el pleito de la familia de Colón con el Estado y también con los Pinzones.

Hecho el convenio citado, encaminóse el nuevo Almirante por tercera vez a Palos y a la Rábida, pudiendo contar con la ayuda de Martín Alonso Pinzón, persona esforzada y de buen ingenio, al decir del mismo Colón[412]. El nombre de Martín Alonso Pinzón merece el más alto lugar entre los compañeros del descubridor del Nuevo Mundo.

[412] Se ha dicho que la alegría de Colón vino a turbarse cuando supo, al llegar a Palos, que patronos y marineros se negaban a acompañarle. Añade la leyenda, que en situación tan crítica apareció Martín Alonso Pinzón, logrando levantar el espíritu de los apocados o miedosos. Por lo que respecta a los navíos Santa María, la Pinta y la Niña, declaró Colón «que eran muy aptos para semejante fecho.»

Distribuyéronse los cargos de la manera siguiente: mandaría la carabela Santa María, que era la de mayor calado, el Almirante, desempeñando el cargo de Maestre Juan de la Cosa; Martín Alonso Pinzón fué nombrado Capitán de la Pinta, que era la más velera, llevando de Maestre a su hermano Francisco; y otro hermano de Martín, Vicente Yáñez, dirigiría la Niña, y sería Maestre su propietario Juan Niño. En el espacio de un mes estuvo la flota en disposición de partir.

¿Cuáles fueron las condiciones del convenio entre Colón y Martín Alonso Pinzón? Arias Pérez declaró que «enseñando Cristóbal Colón a Martín Alonso las mercedes que sus Altezas le facían descubriendo la tierra y vistas, dixo e le prometió de partir con él la mytad»[413]. Alonso Gallego puso en labios de Colón lo que sigue: «Señor Martín Alonso, vamos este viaje, que si salimos con él y Dios nos descubre la tierra, yo os prometo por la corona real de partir con vos como buen hermano mio»[414].

[413] Información de Palos, 15 de octubre de 1515. Pieza 23, folio 71. Archivo general de Sevilla.

[414] Información de Sevilla, 15 de diciembre de 1535. Pieza 5.ª, folio, 119.

Francisco Medel dijo que el Almirante ofreció a Martín Alonso «cuanto pidiese e quisiese»[415]. Diego Hernández Colmenero manifestó que «el dicho Almirante le prometió la mitad de todo el interés e de la honra e provecho que dello se hobiese...»[416]. Somos de opinión que la mitad ofrecida no se refiere a todas los mercedes, como títulos, etc., conferido por los reyes a Colón, sino a las utilidades que se recogiesen en la expedición. No creemos que sea mucho esta mitad, considerando que Pinzón puso medio cuento de maravedís, o sea la mitad de lo que pusieron los reyes; puso, de acuerdo con sus condueños, la nao Pinta, y contrató las otras dos, y, por último, puso las tripulaciones, esto es, todo el personal.

[415] Información de Sevilla, 15 de diciembre de 1535. Pieza 5.ª

[416] Información de Sevilla, 15 de diciembre de 1535. Pieza 5.ª

CAPÍTULO XX

PRIMER VIAJE DE COLÓN.--INCIDENTES MÁS IMPORTANTES QUE OCURRIERON DURANTE EL VIAJE.--DISGUSTO DE ALGUNOS MARINEROS.--EL 11 DE OCTUBRE DE 1492.--RODRÍGUEZ BERMEJO ES EL PRIMERO QUE GRITA ¡TIERRA!--GUANAHANÍ (SAN SALVADOR), SANTA MARÍA DE LA CONCEPCIÓN, FERNANDINA, ISABELA (SAOMETO), CUBA (JUANA) Y ESPAÑOLA (HAITÍ).--EL CACIQUE GUACANAGARI.--FUERTE DE NAVIDAD.--VUELTA DE COLÓN A ESPAÑA.--COLÓN EN LISBOA Y EN PALOS.--COLÓN EN SEVILLA Y EN BARCELONA.--BREVES DE ALEJANDRO VI.--CASTILLA Y ARAGÓN EN EL DESCUBRIMIENTO.

Consideremos la primera expedición de Cristóbal Colón. En la mañana del 3 de agosto de 1492, después de oir misa en la iglesia de Palos, se dirigieron los expedicionarios a las naves, acompañados de sus familias y de los religiosos de la Rábida, y seguidos de muchos vecinos del pueblo, como también de Moguer y de Huelva. La bandera de la Santa María llevaba la imagen de Nuestro Señor Jesucristo clavado en la cruz[417]. En el nombre de Jesús mandó Cristóbal Colón desplegar las velas de sus naves[418]. Cuando levaron anclas[419] y las tres carabelas comenzaron a alejarse, no pocos de los que quedaban en el puerto se mofaban del futuro Almirante de las Indias y pensaban que ni él ni ninguno de los expedicionarios regresarían del viaje. Era aquél un cortejo de luto más bien que una reunión de alegres personas que despedían a sus deudos y amigos para feliz viaje. Las madres, las esposas, las hijas y las hermanas de los marineros maldecían en voz baja a ese funesto extranjero que había engañado con sus palabras a los reyes. Todo lo que se adelanta a la humanidad, lleva consigo la reprobación de los contemporáneos[420].

[417] Una banniera nella quale era figurato il Nostro Signore Jesucristo en croce. Giov. Battista Ramussio, Della navigatione e viaggi, raccolta, vol. III, fol. I.

[418] Véase Oviedo, _Historia natural y general de las Indias_, lib. II, cap. V, fol. C.

[419] Al pie del convento se halla la parte de playa (estero de Domingo Rubio), de donde zarparon las tres carabelas.

[420] «Al tiempo quel dicho D. Cristóbal Colon aderezaba para yr a descobryr las dchas yndias, declara Alonso Pardo, este testigo vido que todos andaban haciendo burla del dcho D. Cristobal Colon e lo tenían por muerto, a él e a todos los que yvan con él, e que no había de venyr nynguno.» (Información de Moguer, 12 de febrero de 1515. Pieza 3.ª)

Sin embargo de las importantes expediciones que se habían hecho en el siglo XVI y muy especialmente los viajes de Enrique el Navegante, todavía del mar Tenebroso, como de antiguo se llamó al Atlántico, circulaban en aquella centuria preocupaciones, consejas y patrañas, capaces de infundir terror en gentes supersticiosas e incultas.

Los tripulantes de la Santa María eran 70, los de la Pinta 30 y los de la Niña 24[421]. Además de Cristóbal Colón, Almirante, que montaba la Santa María; de Martín Alonso Pinzón, natural de Palos, capitán de la Pinta, y de Vicente Yáñez Pinzón, de Palos, que mandaba la Niña, se hallaban de la familia de los Pinzones los siguientes:

[421] Relación hecha por D. Nicolás Tenerio con motivo del cuarto centenario del descubrimiento de América. Consta dicha relación de 72 expedicionarios. Los restantes, hasta el número 124, unos se encuentran entre los 54 que murieron en el fuerte de Navidad, y otros todavía ignoramos sus nombres.

Diego Martín Pinzón, el viejo, de Palos.

Bartolomé Martín Pinzón, de Palos.

Francisco Martín Pinzón, de Palos.

Arias Martín Pinzón, de Palos.

Juan Niño, natural de Moguer, dueño y maestre de la carabela Niña.

Pero Alonso Niño, de Moguer, hermano de Juan y piloto de dicha carabela.

Alonso Niño, de Moguer, hijo de Juan y maestre de la misma carabela.

Andrés Niño, de Moguer.

Francisco Niño, de Moguer.

Cristóbal Niño, de Moguer.

Bartolomé Pérez Niño, de Moguer.

Alonso Pérez Niño, de Moguer.

Diego de Arana, natural de Córdoba, alguacil mayor de la Armada.

Rodrigo de Escobedo, natural de Segovia, escribano de la Armada.

Pero Gutiérrez, repostero de estrados de los Reyes Católicos.

Alonso, de Moguer, físico.

Luis de Torres, intérprete de la expedición, que había vivido con el Adelantado de Murcia y era judío converso, conocedor del hebreo, caldeo, árabe y de otras lenguas.

Jacome el Rico, genovés.

Juan de la Cosa, de Santoña, maestre de la Santa María.

Gomes Rascón y

Cristóbal Quintero, ambos de Palos y dueños de la carabela Pinta.

García Hernandez, de Palos, físico.

Juan de Umbría y

Cristóbal García Xalmiento, ambos de Palos y pilotos de la Pinta.

García Hernández, de Huelva, despensero de dicha carabela.

Juan Rodríguez Bermejo, vecino de Molinos en tierra de Sevilla.

Rodrigo de Triana.

Juan Quintero, de Palos, llamado el plateador, piloto.

Juan Pérez Vizcaíno, de Palos, calafate.

Diego Rodríguez, de Palos.

Pedro de Soria, de Palos.

Francisco de Huelva.

Andrés de Huelva.

López, calafate.

Diego Lorenzo, de Huelva.

Pedro de Lepe, vecino de Redondela.

Domingo de Lequeitio.

Juan de Lequeitio.

Martín de Urtubia, vizcaíno.

Alonso de Morales, de Moguer.

Francisco García Vallejo, de Moguer.

Rodrigo Sánchez, de Segovia.

Maestre Diego.

Rodrigo de Xerez, de Ayamonte.

Alonso Pérez Roldán, piloto de Palos.

Pedro Terreros, maestresala del Almirante.

Pedro de Saucedo, paje de Colón.

Gil Pérez.

Pero Bermúdez, de Palos.

Rodrigo Monge, de Palos.

Hernán Pérez, de Palos.

Bartolomé Pérez, piloto de Palos.

Bartolomé Colín, de Palos.

Alonso Gutiérrez Querido, de Palos.

Juan Ortiz, de Huelva.

Sancho Ruiz, piloto de Palos.

Pedro de Villa, del Puerto de Santa María.

Bartolomé García, de Palos.

Vicente Eguía.

García Alonso, de Palos.

Pedro de Arcos, de Palos.

Juan de Xerez, de Palos.

Juan de Sevilla.

Francisco García Gallegos, de Palos.

Alonso Medel, de Palos.

Juan Bermúdez, de Moguer.

Juan de Triana, de Moguer.

Juan de Moguer.

Pedro Arráez.

Fernández.

El primer día, impelidas las carabelas por favorable ventolina, tenían la proa Sudoeste cuarto sud.

El día siguiente, sábado, todo continuó bien.

El domingo, 5 de Agosto, anduvieron 40 leguas.

El lunes, 6 de Agosto, zarparon de la isla de Hierro, la más occidental de las Canarias[422]. El viaje fué feliz. El mar estaba tranquilo, el cielo sereno y los vientos del Oeste empujaban las naves. Sin embargo, no habían transcurrido tres días desde que Cristóbal Colón salió de Palos, y ya desencajóse el gobernalle de la carabela Pinta, que era de Cristóbal Quintero y de Gómez Rascón, porque les pesaba ir aquel viaje, obligando a retrasar la expedición para poder adobar el timón en la Gomera. Después de reparar dicha carabela y de cambiar por velas cuadradas el velamen triangular de la Niña; después de renovar la provisión de agua y leña, y de tomar víveres frescos, continuaron su marcha el jueves, 6 de septiembre; pero una calma chicha les hizo estacionarse en las aguas de la Gomera. Situación tan triste duró desde el jueves por la mañana hasta el crepúsculo del sábado, 8 de dicho mes. Desde el día 9 de septiembre dispuso el Almirante contar menos leguas de las que andaba, para que la gente no se espantase ni desmayase, teniendo que reñir muchas veces a los marineros porque gobernaban mal.

[422] «De haber continuado Colón la ruta dispuesta por él desde que zarpara de la Isla de Hierro, topa su nave con el territorio llamado la Florida hoy, es decir, con el Continente; a lo menos con isla de grandor casi continental, como Cuba; pero en la desviación propuesta por los Pinzones, y admitida por él a última hora, estaba llamada a dar con un islote muy hermoso de aspecto, pero diminuto y baladí si lo parangonamos con el inmenso mundo en cuyos mares navegaban ya.» Castelar, Hist. del descubrimiento de América, tomo II, pág. 38.

Consideremos los incidentes más notables que ocurrieron a la expedición. El primero fué la llegada al mar de las Hierbas o de Sargaso; pero la turbación de los tripulantes se desvaneció fácilmente por las explicaciones dadas por los jefes. El segundo ocurrió a primera noche del 13 de septiembre y consistió en que habiendo apuntado la brújula hasta entonces al Noreste, declinó de cinco a seis grados al Noroeste, cuya declinación aumentó la mañana del día siguiente y los días sucesivos. Aunque esto asustó a los pilotos, Colón les hizo notar que «al tomar la altura de la estrella polar era preciso tener en cuenta su movimiento horario, y que la brújula se dirigía a mi punto invisible, al Oeste del polo del mundo.» Colón, pues, había descubierto la declinación occidental de la aguja. Desde el comienzo del viaje, aquella fué la primera vez que se hizo semejante observación. Pronto el temor se iba a convertir en alegría.

El 14 de septiembre dijeron los de la carabela Niña que habían visto un garjao y un rabo de junco; el 16 también pudieron ver bastante porción de hierba, porción de hierba que aumentó el 17, y en la cual encontró un cangrejo vivo, diciendo entonces el Almirante que aquellas señales eran del Poniente, «donde espero en aquel alto Dios, en cuyas manos están todas las victorias, que muy pronto nos dará tierra.» En aquella misma mañana vió un rabo de junco, ave que no suele dormir en la mar. El 18, Martín Alonso desde la Pinta, que era gran velera dijo a Colón que había visto muchas aves dirigirse al Poniente, esperando aquella noche ver tierra. El 19 vino a la nao un alcatraz o pelícano, y por la tarde los marineros vieron otro; el 20 vinieron a la nao cuatro alcatraces, un garjao y dos o tres pajaritos de tierra; el 21 vieron un alcatraz y una ballena. El 22 de septiembre distinguieron otras aves. Dice el Almirante: «Mucho me fué necesario este viento contrario, porque mi gente andaban muy estimulados que pensaban que no ventaban estos mares vientos para volver a España.»

Registremos el incidente más importante que ocurrió durante la travesía, y sobre el cual no están acordes los historiadores. El 23 de septiembre la gente continuó murmurando del largo viaje, y murmurando continuó diez y siete días más; pero el Almirante dióles buenas esperanzas de los provechos que podrían haber. El mismo Colón escribió con fecha 14 de febrero de 1493, esto es, a su regreso, «que había tenido que sufrir mucho a la ida a causa de su gente, porque todos a una voz estaban determinados de se volver y alzarse contra él haciendo protestaciones»[423]. Pedro Mártir de Anglería, en su obra De rebus Oceanis, dice lo que a continuación copiamos: «Los españoles de la expedición empezaron a comunicarse su descontento en secreto, y luego se congregaron públicamente, amenazando arrojar al mar a su jefe, porque el genovés los había engañado y conducido a su perdición.»

[423] Véase Diario del primer viaje de Colón, publicado por Las Casas y reproducido por Fernández Navarrete en su Colección diplomática, tom. I, págs. 1 a 197.

Washington Irving, el conde Roselly de Lorgues y otros, refieren que una sublevación de los marinos contra Colón estuvo a punto de echar por tierra el descubrimiento del Nuevo Mundo. Dicen que, contagiados del miedo, los Pinzones amenazaron con la muerte al Almirante si no volvía las proas de los barcos hacia Castilla. Los tres hermanos, el mayor sobre todo, le habían tratado con cierta rudeza y aun altanería. Pero el Diario de Colón, relato oficial de cuantos sucesos ocurrían, no refiere así los hechos. Entre las declaraciones relacionadas con el famoso motín de las tripulaciones, encontramos la de García Vallejo, que se hallaba en la carabela de Martín Alonso. «Capitanes, dijo el Almirante, ¿qué faremos que mi gente muestra mucha queja? ¿que vos parece, señores, que fagamos? Y que entonces dijo Vicente Yáñez: Andemos, señor, fasta dos mil leguas, e si aquí non falláremos lo que vamos a buscar, de allí podremos dar buelta.» Y entonces respondió Martín Alonso Pinzón, que iba por capitán así principal: «Cómo, señor: ¿agora partimos de la villa de Palos y ya vuesa merced se va enojando? Avante, señor, que Dios nos dará victoria que descubramos tierra, que nunca Dios querrá que con tal vergüenza volvamos.» Entonces respondió el dicho Almirante Don Cristóbal: «Bienaventurados seáis.» Nosotros creemos que la rebelión se redujo a murmurar y pretender el regreso algunos expedicionarios, siendo disuadidos fácilmente por Colón y los Pinzones. La rebelión, pues, careció de importancia[424].

[424] Véase Colón y Pinzón.--Memorias de la Real Academia de la Historia, tomo X.--Madrid. 1885.

¿Por qué murmuraron contra Cristóbal Colón los tripulantes de la Santa María? ¿Por qué no murmuraron los marineros de las otras dos naos? Las causas quedan reducidas a dos: la primera, que Colón era extranjero; la segunda, que los marineros habían emprendido el viaje, no por la confianza que les inspiraba Colón, sino por la consideración y afecto que tenían a los Pinzones. Pudo también influir en que el Almirante era altivo y orgulloso o «de recia y dura condición,» como escribe Garibay, lo cual le llevó a tratar con despego y aun con desdén a sus subordinados, pues nunca supo conquistarse el cariño de la gente de mar española.

El viernes, 5 de octubre, aparecieron señales de la proximidad de la tierra. «A Dios muchas gracias sean dadas», exclamó el Almirante. Cada vez se agitaban en el aire mayor número de aves. Continuaba siendo fácil la navegación y corrían presurosas las tres carabelas. El domingo, día 7, se creyó haber descubierto tierra. El lunes, día 8, dice Colón: «Gracias a Dios: los aires muy dulces como en abril a Sevilla, qué placer estar a ellos, tan olorosos son.» El martes, día 9, cambió algo el viento, siendo preciso mudar varias veces de rumbo. El miércoles, día 10 de octubre, la escuadrilla andaba diez millas por hora, e hizo 59 leguas durante el día y la noche. Continuaban vientos favorables; pero cuando menos se pensaba, se alborotó el mar y se levantaron oleadas inmensas que impelían con fuerza las carabelas. Anunció Colón la proximidad de la tierra, aunque su vista nada descubría a la sazón. «Aquí--según el extracto hecho por Las Casas del Diario del primer viaje--la gente ya no lo podía sufrir: quejábase del largo viaje; pero el Almirante los esforzó lo mejor que pudo dándoles buena esperanza de los provechos que podían haber.» Y terminaba así: «que por demás era quejarse, pues que él había venido a las Indias y que así lo había de proseguir hasta hallarlas con ayuda de nuestro Señor.»

Las esperanzas dadas por Cristóbal Colón a su gente se vieron realizadas en la noche del jueves, 11 de octubre de 1492. Ibase a descubrir el Nuevo Mundo, convirtiéndose en realidad los sueños del intrépido italiano (Apéndice J). Cuando el reló de la Santa María marcaba las dos de la madrugada, salió de la carabela Pinta el grito mágico de ¡Tierra! dado seguramente por el afortunado marinero Juan Rodríguez Bermejo, según las declaraciones de varios testigos[425]. Sin embargo--escribe Sales y Ferré--se adjudicó Colón la pensión vitalicia de diez mil maravedís que se había ofrecido como premio al primero que viese tierra, y que pertenecía de derecho a Juan Rodríguez Bermejo[426]. Nuevo y triste testimonio de lo mucho que podía la sed de oro en el ánimo de Colón[427]. Dejamos al Sr. Sales y Ferré la responsabilidad de sus últimas palabras, de las cuales huelga decir que no estamos conformes. Washington Irving ha dicho--también en nuestro sentir con poco acierto--que no era digno y noble para Colón «el haber disputado la recompensa a un pobre marinero»[428]. Despechado Juan Rodríguez Bermejo--según se cuenta--de que la renta de diez mil maravedís se hubiese adjudicado a Colón, pasó al Africa, donde se hizo musulmán, creyendo encontrar más justicia entre los hijos del Profeta que entre los cristianos[429].

[425] «Esta tierra vido primero un marinero que se decía Rodrigo de Triana: puesto que el Almirante a las diez de la noche, estando en el castillo de popa, vido lumbre, aunque fué cosa tan cerrada que no quiso afirmar que fuese tierra; pero llamó a Pero Gutierrez, repostero destrados del Rey, é díjole, que parecía lumbre, que mirase él, y así lo hizo y vídola: díjolo también a Rodrigo Sanchez de Segovia, quel Rey y la Reina enviaban en el armada por veedor, el cual no vido nada porque no estaba en lugar do la pudiese ver. Después quel Almirante lo dijo, se vido una vez ó dos, y era como una candelilla de cera que se alzaba y levantaba, lo cual a pocos pareciera ser indicio de tierra. Pero el Almirante tuvo por cierto estar junto a la tierra. Por lo cual, cuando dijeron la Salve, que la acostumbraban decir é cantar a su manera todos los marineros y se hallan todos, rogó y amonestólos el Almirante que hiciesen buena guarda al castillo de proa, y mirasen bien por la tierra, y que al que le dijese primero que via tierra, le daría luego un jubon de seda, sin las otras mercedes que los Reyes habían prometido, que eran diez mil maravedís de juro a quien primero la viese. A las dos horas, después de media noche pareció la tierra, de la cual estarían dos leguas.» Diario del primer viaje de Colón, etc., tomo I, págs. 19 y 20.

«... e qual cuarto de la prima, rendido el dicho Colon, mandó hacer guardias en las proas de los navíos, e que yendo navegando, al otro cuarto vido la tierra un Juan Bermejo de Sevilla, e que la prima tierra fué la ysla de Guadahany.» (Inf. de Lepe. 19 de septiembre de 1515. Pieza 23, folio 37). Declaración del testigo Manuel de Valdovinos.

«Que oyó decir a los mismos que venían del dicho viaje, e que del navío del dicho Martín Alonso, un marinero que se decía Juan Bermejo, vido la tierra de Guahanani primero que otra persona, e que pidió albricias al capitán Martín Alonso Pinzón, que ansi descubrió la tierra primero, e esto es público e notorio.» (Inf. de Palos, 1.º de octubre de 1515. Pieza 23). Declaración del testigo Diego Hernández Colmenero.

[426] Cree el Sr. Sales y Ferré que Juan Rodriguez Bermejo y Rodrigo de Triana son una misma persona.

[427] El Descubriente de América, págs. 176 y 177.

[428] Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón, tomo I, lib. V, cap. VII.

[429] Conde Roselly de Lorgues, Historia de Cristóbal Colón, tomo I, pág. 299.

En nuestros días se ha publicado un impreso sumamente curioso acerca del particular[430]. D. F. Rivas Puigcerver, de México, cuenta que Rodrigo de Triana era judío converso y fué el primero que en lengua hebrea, dijo: ¡tierra! ¡tierra!, en la noche del 11 de octubre de 1492. Con Colón iban no pocos judíos y moriscos, forzados por los decretos de expulsión de los Reyes Católicos. Añade el Sr. Rivas que Rodrigo de Triana, cuando se adjudicó a Colón la pensión ofrecida al que primero viera tierra, pasó el Estrecho renunciando religión y patria[431].

[430] Intitúlase Los judios en el Nuevo Mundo. México. Impr. del Sagrado Corazón de Jesús, 1891, en 8.º, dos hojas.

[431] Boletín de la R. Academia de la Historia, tomo XIX, págs. 361-365.--Madrid, 1891.

Continuando nuestra interrumpida narración, afirmaremos que la alegría que sintieron los marineros después de sesenta y nueve días de navegación, fué inmensa. No es de extrañar que los tripulantes de la Pinta (que era la carabela más velera y siempre llevaba la delantera a las otras dos), contemplaran, cuantos iban sobre cubierta, el encantador panorama de Guanahani, isla que llamó Colón San Salvador, distante quince leguas de la que los ingleses llaman Cat (o del Gato) y una de las que forman el archipiélago de las Lucayas. D. Juan Bautista Muñoz en el derrotero de las Antillas, publicado en Madrid, año de 1890, dijo lo siguiente (pág. 805): «La isla Watling o San Salvador, que reúne las mayores probabilidades de ser la primera tierra que pisó Colón en el Nuevo Mundo...»

En la carta de Juan de la Cosa, hábil piloto que hizo con Cristóbal Colón los dos primeros viajes, y del cual hablaremos varias veces en esta obra, se ve claramente que la isla de Guanahani es al presente la de Watling. Es, pues, evidente, que la isla Guanahani, San Salvador y Watling es una misma; pero no todos han opinado lo mismo. Washington Irving creyó que San Salvador era la isla Cat (o del Gato)[432] y siguen su opinión el alemán Humboldt, el cubano D. José María de la Torre y otros. Nuestro sabio marino Navarrete[433], quiso que Colón hubiera ido a parar nada menos que a una de las Turcas. De Varnhagen, que censuró a Navarrete por su equivocación, sostuvo[434] que San Salvador era la conocida posteriormente con el nombre de Mayaguana, y hoy con el de Mariguana. Mr. G. V. Fox dijo[435], que Guanahani debió ser la isla Samaná o Cayo Atwood.

[432] En el año 1828.

[433] En 1825.

[434] En 1864.

[435] En 1881.

Por el rumbo que llevaba el Almirante, debió fondear cerca de la punta Suroeste de ella. Y antes de pasar adelante trasladaremos aquí las palabras que Francisco López de Gomara dijo al emperador Carlos V.

«La mayor cosa, después de la creación del mundo, sacando la Encarnación y Muerte del que lo crió, es el descubrimiento de las Indias.» (Apéndice L).

Respecto a la descripción de la citada isla, habremos de manifestar que a corta distancia de la espuma de las olas se extendían en forma de gradería hasta las alturas de la isla muchos y majestuosos bosques de árboles. Trechos sin árboles dejaban penetrar la luz en los citados bosques, viéndose allí habitaciones diseminadas que parecían grandes colmenas por su forma cilíndrica y por sus techos de hojas secas: las chimeneas asomaban por encima del arbolado y en distintos puntos. Grupos de hombres, de mujeres y de niños aparecían medio desnudos entre los troncos de los árboles más próximos a la costa, adelantándose un poco, retirándose después, y expresando siempre con sus gestos y actitudes más admiración y curiosidad que temor y miedo. Colón se dirigió con una chalupa hacia la playa, tomando posesión de la isla en nombre de los Reyes Católicos. Sobrecogidos los indígenas al ver hombres con trajes de brocado y con armas que reverberaban la luz, habían concluído por acercarse, como si secreta fascinación les empujara hacia ellos. Los españoles, a su vez, quedaban sorprendidos al no encontrar en los americanos ninguno de los caracteres físicos de las razas europeas, africanas y asiáticas. Su tinte cobrizo, su fina cabellera que se extendía sobre sus hombros, sus ojos apagados, sus femeniles miembros, su rostro confiado y sin expresión, su desnudez y los dibujos que adornaban su piel, denunciaban una raza distinta de las esparcidas por el Viejo Mundo, la cual conservaba aún la sencillez y la dulzura de la infancia. Persuadido Colón que aquella isla era un apéndice del mar de las Indias, hacia las cuales creía navegar, llamó a sus habitantes indios[436].

[436] Véase Lamartine, Biografia de Cristóbal Colón, págs. 86-92. Tr.

En el Diario de Colón, fuente única de la cual proceden todas las opiniones acerca de las primeras tierras descubiertas en el Nuevo Mundo, encontramos la siguiente noticia: «... Pusiéronse a la corda (al pairo), temporizando hasta el viernes, que llegaron a una isleta de los lucayos, que se llamaba en lengua de indios Guanahani... está Lesteoueste con la isla de Hierro... Esta isla es bien grande y muy llana y de árboles muy verdes y muchas aguas, y una laguna en medio muy grande» (sábado 13 de octubre).

El día 14 de octubre por la noche salió el Almirante de Guanahaní, llegando el 15 a las islas de Santa María de la Concepción (hoy Concepción y Cayo Rum). El 16 de octubre, ya cerca del mediodía, dejó el Almirante la isla de la Concepción y fué a fondear cerca de la punta SE. de la isla Fernandina, que es la Cat de los ingleses. El miércoles 17 salió Colón costeando la isla Fernandina y fondeó al obscurecer del 18 en la punta del SE. (Punta de Colón). El viernes 19, al amanecer, levantó anclas y a las tres horas de navegación vió la isla llamada Saometo por los indios y que él puso el nombre de Isabela. También a la Isabela se le dió el nombre de Larga. Desde el 20 de octubre que fondeó en dicha isla, hasta el 24, se ocupó en reconocerla. Refiere el mismo Colón que el 21 salió con sus capitanes a ver la isla; «que si las otras ya vistas--dice--son muy fermosas y verdes y fértiles, ésta es mucho más y de grandes arboledas y muy verdes. Aquí es unas grandes lagunas, y sobre ellas y a la rueda es el arbolado en maravilla, y aquí y en toda la isla son todos verdes y las yerbas como en el Abril en el Andalucía; y el cantar de los pajaritos que parece que el hombre nunca se querría partir de aquí, y las manadas de los papagayos que obscurecen el sol; y aves y pajaritos de tantas maneras y tan diversas de las nuestras, que es maravilla...» Más adelante añade: «También andando en busca de muy buena agua fuimos a una población aquí cerca, adonde estoy surto media legua; y la gente della, como nos sintieron dieron todos a fugir, y dejaron las casas y escondieron su ropa y lo que tenían por el monte; yo no dejé tomar nada ni la valía de un alfiler. Después se llegaron a nos unos hombres dellos y uno se llegó del todo aquí: yo di unos cascabeles y unas cuentecillas de vidrio, y quedó muy contento y muy alegre, y porque la amistad creciese más y los requiriese algo le hice pedir agua, y ellos, después que fui en la nao, vinieron luego a la playa con sus calabazas llenas, y folgaron mucho de dárnosla, y yo les mandé dar otro remalejo de cuentecillas de vidrio, y dijeron que de mañana venían acá.» Después de adquirir noticias de los isleños, los cuales le dijeron que hacia el Sudoeste encontraría una isla muy grande que se llamaba Cuba[437], en la cual abundaba el oro y especerías y naos grandes y mercaderes, levantó las anclas. Desde la media noche del 24 hasta la tarde del 25 se mantuvo Colón a la vela, huyendo de los peligros y costeando los bajos, que son muchos en aquellos lugares. El 27 del dicho mes de octubre dirigió sus naves al Sudoeste y vió tierra al anochecer del mismo día, entrando el 28 por la mañana en un río muy hermoso y muy sin peligro de bajas ni de otros inconvenientes, y recalando--según todas las señales--en el puerto de Gibara (Cuba)[438]. Permaneció algunos días y recorrió varios puntos de la isla de Cuba, a la que él dió el nombre de Juana, por honor--como se dijo en el capítulo XVIII--al príncipe D. Juan, primogénito de los reyes.

[437] Colón creía que la isla llamada Cuba por los indios, era la verdadera Cipango.

[438] De Varnhagen son las siguientes palabras: «No titubeamos ya en suponer que la recalada de Colón tuvo lugar en el puerto de Gibara, y de nuestra opinión son varios pilotos prácticos de la costa, a quienes hemos leído los pasajes respectivos del derrotero».

El día 5 de diciembre llegó a la isla Haití, que él denominó la Española y que también lleva el nombre de Santo Domingo. El 14 de diciembre salió del Puerto de la Concepción y llegó a la Isla de la Tortuga que--según Colón--«es tierra muy alta, pero no montañosa, y es muy hermosa y muy poblada de gente como la de la Isla Española, y la tierra así toda labrada, que parecía ser la campiña de Córdoba». Refiriéndose a la Isla Española escribe Colón lo siguiente: «Era cosa de maravilla ver aquellos valles y los rios y buenas aguas, y las tierras para pan, para ganado de toda suerte...» Cariñoso fué el recibimiento que el cacique Guacanagari, que mandaba en aquellas costas, hizo a Colón. Envióle Guacanagari una grande canoa llena de gente, y en ella un principal criado suyo a rogar al Almirante que fuese con los navíos a su tierra y que le daría cuanto tuviese. Más adelante Cristóbal Colón se dirigía a los Reyes Católicos en esta forma: «Crean vuestras Altezas que en el mundo todo no puede haber mejor gente, ni más mansa; deben tomar vuestras Altezas grande alegría porque luego los harán cristianos, y los habrán enseñado buenas costumbres de sus reinos, que más mejor gente ni tierra puede ser, y la gente y la tierra en tanta cantidad que yo no sé cómo lo escriba; porque yo he hablado en superlativo grado la gente y la tierra de la Juana, a que ellos llaman Cuba; mas hay tanta diferencia dellos y della a esta en todo como del día a la noche; ni creo que otro ninguno que esto hoviese visto hoviese hecho ni dijese menos de lo que yo tengo dicho, y digo que es verdad que es maravilla las cosas de acá y los pueblos grandes de esta isla Española, la que así la llamé, y ellos la llaman Bohío, y todos de muy singularísimo tracto amoroso y habla dulce, no como los otros que parece cuando hablan que amenazan, y de buena estatura hombres y mujeres, y no negros. Verdad es que todos se tiñen, algunos de negro y otros de otro color, y los más de colorado. He sabido que lo hacen por el sol, que no les haga tanto mal, y las casas y lugares tan hermosos, y con señorío en todos, como Juez o señor dellos, y todos le obedecen que es maravilla, y todos estos señores son de pocas palabras y muy lindas costumbres, y su mando es lo más con hacer señas por la mano, y luego es entendido que es maravilla.»

Cuando el Almirante se disponía a dirigirse a un lugar de la isla donde encontraría oro en abundancia, por negligencia o ignorancia de un grumete se encalló (noche del 24 de diciembre o mañana del 25) la carabela, salvándose toda la gente por el oportuno auxilio de la Niña y de las canoas de los indígenas. «El (Cacique) con todo el pueblo lloraban tanto--dice el Almirante--: son gente de amor y sin cudicia, y convenibles para toda cosa, que certifico a vuestras Altezas que en el mundo creo que no hay mejor gente ni mejor tierra; ellos aman a sus prójimos como a sí mismos, y tienen un habla la más dulce del mundo, y mansa, y siempre con risa. Ellos andan desnudos, hombres y mujeres, como sus madres los parieron. Mas crean vuestras Altezas que entre sí tienen costumbres muy buenas, y el Rey muy maravilloso estado, de una cierta manera tan continente ques placer de verlo todo, y la memoria que tienen, y todo quieren ver, y preguntan qué es y para qué.» También el Cacique, además del socorro que prestó a Colón con sus canoas, le dió algún oro. El Almirante, al encontrarse solo con la Niña--pues la Pinta se había alejado con Alonso Pinzón--, se decidió a dar la vuelta a España[439].

[439] Ignóranse los motivos que tuvo Alonso Pinzón para separarse del Almirante. La reconciliación se verificó poco después en el puerto que de este suceso se llamó de Gracia.

¡Qué contraste--exclama Lamartine--entre el estado en que se hallaban estos pueblos en el momento en que los europeos les trajeron el espíritu y el genio del Viejo Mundo y el estado a que llegaron años después de haber conocido a sus pretendidos civilizadores! «¿Por qué misterio la Providencia envió a Colón a ese nuevo hemisferio, que creía favorecer con la virtud y la vida, y no sembró en él más que la tiranía y la muerte?»[440]. Decidido Colón a dar la vuelta a España, dejó en la Isla Española parte de sus marineros. Contaba con la buena amistad del cacique Guacanagari, cuyos súbditos le ayudaron a hacer pequeña fortaleza de tierra y madera, sirviéndose del tablaje y poniendo los cañones del buque Santa María. El fuerte se llamó de Navidad. Encargóles Colón que fuesen buenos cristianos, obedeciesen a su capitán, respetaran a Guacanagari y no hicieran violencia a hombre ni mujer. También les encargó que no mostrasen codicia y que aprendieran la lengua de los indígenas[441]. Su amigo Arana, deudo de la cordobesa Beatriz, recibió la jefatura de la improvisada fortaleza.

[440] Ob. cit., pág. 105.

[441] Véase Herrera, Década 1.ª, lib. I, cap. XX.

Despidióse del cacique Guacanagari y se dispuso a volver a España. Se habían desvanecido las ilusiones de muchos tripulantes, que soñaban con encontrar una tierra rica, la famosa tierra de Marco Polo, cuajada de oro y sembrada de piedras preciosas. Hallaron, sí, montañas tapizadas de verdura, extensos bosques con árboles gigantescos, huertas con plantas de varias clases y pájaros de vivos colores. En lugar de grandes ciudades, encontraron miserables aldeas; en lugar de grandes casas, pequeñas chozas; en lugar de grandiosos templos, piedras propias para la construcción de Iglesias. Según el mismo Almirante, en lugar de poderosos sacerdotes, groseros fetiches; en lugar de gentes civilizadas, tribus desnudas y salvajes, y, lo que fué peor, en lugar de oro y piedras preciosas, pelotas de algodón hilado y azagayas y papagayos domesticados. Después de recorrer varias islas, encontraron algo, muy poco oro; ninguna piedra preciosa. Cansados de recorrer diferentes pueblos cosechando desengaño tras desengaño, pues el oro no parecía por ninguna parte, se decidieron a abandonar las Indias.

El 16 de enero de 1493 emprendió Colón la vuelta a España sin incidente alguno notable. El mar se hallaba tranquilo, el viento era excelente y la temperatura suave. El 21 de enero el viento refrescó mucho, y luego el cielo perdió su transparencia. Las provisiones disminuían, no quedando ya más que patatas, galleta y vino. El viernes, 25 de enero, sobrevino gran calma. En este día los marineros lograron coger un atún y un tiburón. El 4 de febrero se puso lluvioso y frío el tiempo: el Almirante mandó gobernar al Este. El 8 de dicho mes se cambió de rumbo, tomando al Sudeste cuarto al Este. El 12 de febrero el Almirante comenzó a tener grande mar y tormenta, aumentando el 13 el peligro. El 14 por la noche, cuando ya se hallaba cerca de las costas de Europa, creció el viento y se desencadenó furioso temporal, que separó a las dos carabelas. La Pinta fué a fondear en Bayona de Galicia y la Niña arribó a Santa María, la isla meridional de las Azores. El 4 de marzo llegó a Lisboa, después de nuevas tormentas. Escribió al rey de Portugal, quien se hallaba nueve leguas de allí, diciéndole que los reyes de Castilla le habían mandado que no dejase de entrar en los puertos lusitanos y pedir, mediante sus dineros, lo que necesitase, añadiendo que solicitaba permiso para ir con la carabela a Lisboa, pues temía que algunos, creyendo que traía mucho oro, estando en puerto despoblado, intentasen robarle, como también para que se supiera que no venía de Guinea, sino de las Indias. El 8 de marzo recibió Colón carta del rey de Portugal invitándole a que se llegase adonde él estaba, y daba órdenes para que se diese generosamente al Almirante todo lo que necesitara. Colón, el 9 de dicho mes, salió de Sacanbeu, teniendo la señalada honra de presentarse ante el Monarca, que se encontraba en el valle del Paraíso, por la noche de aquel día. El 11 se despidió del Rey y marchó a Villafranca con el objeto de ver a la Reina, que permanecía en el monasterio de San Antonio. En seguida volvió a emprender su camino y se fué a dormir a Llandra. El 12, estando para salir de Llandra, recibió la visita de un escudero del Rey, quien le ofreció, en nombre de su Monarca, toda clase de medios, dado que prefiriera ir a Castilla por tierra. Cristóbal Colón desde Lisboa, y Pinzón desde Bayona, cinglaron (13 de marzo) a Palos, entrando los dos el día 15, el Almirante por la mañana y Martín Alonso por la tarde. Pinzón no llegó a entrar en la villa y se trasladó a una casa de campo, en donde se agravó su enfermedad, siendo llevado al convento de la Rábida y falleciendo a los pocos días. «Y porque en breves días murió--escribe el P. Las Casas--no me ocurrió más que de él pudiera decir.»

Por el contrario, la fortuna se mostró propicia con el Almirante, como lo indicaba entusiástica carta que desde Lisboa, con fecha 13 de marzo de 1493, escribió al magnífico Sr. Rafael Sánchez, tesorero de los Reyes Católicos. (Apéndice M). El día 15 del mismo mes entró en Palos.

Carta de los Sres. Reyes Católicos a D. Cristóbal Colón, complaciéndose del buen suceso de su primer viaje; encargándole que acelere su ida a la corte, y que deje dadas las disposiciones convenientes para volver luego a las tierras que había descubierto[442].

[442] Archivo de los duques de Veragua. Colec. de doc. inéd. etc., tomo XIX, págs. 470 y 471.

Marzo 30 de 1493.

El Rey e la Reyna: D. Cristóbal Colón. Nuestro Almirante del Mar Océano, e Visorrey y Gobernador de las islas que se han descubierto en las Indias: Vimos vuestras letras y hobimos mucho placer en saber lo que por ellas nos escribisteis y de haberos dado Dios tan buen fin en vuestro trabajo, y encaminado bien en lo que comenzaste, en que El será mucho servido, y Nosotros asimismo y Nuestros Reinos recibir tanto provecho. Placera a Dios que demás de lo que en esto le servides, por ello recibiréis de Nos muchas mercedes, las cuales creed que se vos harán como vuestros servicios e trabajos lo merecen: y porque queremos que lo que habeis comenzado con el ayuda de Dios se continúe y lleve adelante, y deseamos que vuestra venida fuese luego; por ende por servicio Nuestro, que dedes la mayor priesa que pudieredes en vuestra venida, porque con tiempo se provea todo lo que es menester, y porque como vedes el verano es entrado, y no se pase el tiempo para la ida allá, ved si algo se puede aderezar en Sevilla o en otras partes para vuestra tornada a la tierra que habeis hallado; y escribidnos luego con ese correo que ha de volver presto, porque luego se provea como se haga, en tanto que acá vos venís y tornais; de manera que cuando volvieredes de acá, esté todo aparejado. De Barcelona a treinta días de marzo de noventa y tres.==Yo el Rey.==Yo la Reina.==Por mandado del Rey e de la Reina, Fernando Alvarez.==En el sobrescrito decía: Por el Rey e la Reina.==A D. Cristóbal Colón, su Almirante del Mar Océano, e Visorrey e Gobernador de las islas que se han descubierto en las Indias.

Acerca del recibimiento de Colón en Sevilla y Barcelona, Andrés Bernáldez, que alojó en su casa al Almirante, refiere lo que a continuación copiamos: «Descubierta la tierra, se vino Colón a Castilla... entró en Sevilla con mucha honra a 31 de marzo, Domingo de Ramos, donde le fué hecho buen recibimiento; trajo diez indios, de los cuales dejó en Sevilla cuatro, y llevó a Barcelona a enseñar a la Reina y al Rey seis, donde fué muy bien recibido, y el Rey y la Reina le dieron gran crédito y le mandaron aderezar otra armada mayor y volver con ella».

Cuéntase que cierto día en que fué invitado a la mesa de los reyes, uno de los convidados, envidioso de los honores que se tributaban a modesto extranjero, le hubo de preguntar que si él (Colón) no hubiese nacido, ¿hubiera algún otro descubierto el nuevo hemisferio? El Almirante no le respondió; pero cogiendo un huevo entre sus manos se dirigió a todos los comensales invitándoles a que colocasen el huevo de modo que el punto de contacto fuera el extremo exterior del diámetro más largo. Ninguno pudo conseguirlo. Entonces Colón lo rompió por uno de sus extremos, y haciendo que se mantuviera recto sobre la mesa probó a los envidiosos de su gloria, que no existía mérito alguno en realizar una idea; pero el que la realizaba antes que los demás podía reclamar para él los derechos de la primacía. Este apólogo ha sido desde entonces la respuesta que los inventores y descubridores han dado a sus semejantes. Ellos no habrán sido los más grandes; pero fueron los más favorecidos por la inspiración[443]. El banquete fué--según otros escritores--ofrecido a Cristóbal Colón por Don Pedro González de Mendoza, gran cardenal de España. A la divulgación del imaginario banquete ha contribuído seguramente y no poco la conocida estampa de Teodoro Bry, y respecto a lo que se llama El huevo de Colón, ha probado Navarrete que es una leyenda más entre las muchas que adornan el descubrimiento de las Indias.

[443] Lamartine. Ob. cit. págs. 119 y 120.

Como se creyese por todos que las tierras descubiertas eran como una parte del continente asiático, se les dió el nombre de Indias Occidentales, para distinguirlas de las Orientales, y se llamó indios a los naturales del Nuevo Mundo.

Quisieron los Reyes Católicos, aunque para esto no tuviesen necesidad, como dice Oviedo, fortalecer su derecho con la sanción pontificia[444]. En su virtud, después del primer viaje de Cristóbal Colón, se apresuraron a obtener el beneplácito de Alejandro VI para los descubrimientos hechos y los sucesivos, pensando, ya en la propagación del cristianismo, ya con el objeto de precaver las pretensiones y reclamaciones de los reyes de Portugal, a los cuales los Papas, mediante diferentes Breves, les habían concedido el monopolio de todas las tierras descubiertas y por descubrir lo mismo en Africa que en la India[445]. Los dos Breves de Alejandro VI llevan la fecha del 3 y 4 de mayo de 1493, y comienzan designando como objeto principal y obra agradable a Dios la predicación de la doctrina cristiana entre los indios. Dice en seguida en el primer Breve: «Como Colón ha descubierto ciertas islas y continentes lejanos y que hasta hoy eran ignorados[446], concedemos de nuestro libre impulso, sin ser solicitados por vos[447], ni por otra persona alguna, de nuestra propia autoridad apostólica, a vos y a todos vuestros sucesores todas estas islas y tierras firmes recientemente descubiertas y por descubrir, en cuanto no pertenezcan ya a algún otro rey cristiano, y prohibimos a todos los demás, bajo pena de excomunión, ir a aquellas tierras y traficar allí sin vuestro permiso.» (Apéndice N).

[444] Hist. de Indias, lib. I. cap. VIII.

[445] Véase Dr. Sophus Ruge, Hist. de la época de los descubrimientos geográficos, págs. 105, 106 y 107, en la Hist. Universal de Oncken, tomo VII.

[446] Colón, como se dijo en una nota de este capítulo, creía que la isla de Cuba era la verdadera Cipango.

[447] Doña Isabel y Don Fernando.

Considerando el Pontífice que los términos en que se hallaba redactado el citado Breve eran demasiado generales, publicó otro al día siguiente, señalando las regiones respectivas, donde España y Portugal, sin temor de exponerse a colisiones, podían hacer sus descubrimientos. En el Breve, pues, del día 4, se fijó una línea de demarcación «que a la distancia de 100 leguas al Oeste de las Azores y de las islas de Cabo Verde pasaba por los dos polos como meridianos y dividía el planeta en dos mitades.» El hemisferio occidental pertenecía a España, y el oriental a Portugal. Al trazar dicha línea de demarcación Alejandro VI, debió tener presente las ideas manifestadas por el Almirante, quien todavía en el año 1498 consignaba lo siguiente: «Me acuerdo que cuantas veces fui a la India cambió la temperatura a 100 leguas al Oeste de las Azores, y esto sucedía en todos los puntos desde Norte a Sur.» Añade más adelante: «Cuando navegaba de España a las Indias, encontré, tan pronto como había pasado 100 leguas al Oeste de las Azores, un grandísimo cambio en el cielo y en los astros, en el ambiente y en el agua del mar, y estos fenómenos los tengo observados con gran cuidado. Noté, cuando había pasado las citadas 100 leguas más allá de las mencionadas islas, tanto en el Norte como en el Sur, que las agujas de marear, que hasta allí declinaban hacia Nordeste, giraban todo un cuarto de viento (igual a 11° y cuarto de la brújula) hacia Noroeste, y esto acontecía desde el instante que llegaba a aquella línea. Al propio tiempo se presentaba otro fenómeno, como si en aquel punto fuese más elevada la superficie de la tierra, porque encontré el mar cubierto completamente de yerbas semejantes a ramas de abeto y con frutos parecidos a los del alfónsigo, siendo estas yerbas tan espesas que en mi primer viaje creí que allí había bajíos que harían encallar los buques. Tan pronto como llegamos a aquella línea a nuestro regreso, no se encontró rama alguna. También observé que el mar estaba en este punto tranquilo y unido, y casi nunca agitado por vientos, y que desde aquella línea al Oeste era la temperatura muy suave, distinguiéndose muy poco verano e invierno»[448].

[448] Para comprender mejor todo esto estúdiese la colección de Navarrete.

«Este pasaje--dice el barón de Humboldt en su Cosmos--contiene las ideas de Cristóbal Colón y sus observaciones sobre la Geografía física; la influencia de las longitudes, la declinación de la aguja magnética, la inflexión de las líneas isotérmicas entre las costas occidentales del Mundo Antiguo y las orientales del Nuevo, la situación del gran banco de Sargazos o plantas ficoideas en el Atlántico, y sobre las relaciones que existen entre esta parte del mar y su atmósfera. Los pocos conocimientos matemáticos de Cristóbal Colón y sus observaciones equivocadas del movimiento de la estrella polar cerca de las islas Azores, indujeron a este descubridor a admitir una irregularidad en la forma esférica de la tierra. Creía que el hemisferio occidental era más elevado, más hinchado que el otro; que los buques al llegar a esta parte donde la aguja magnética señala el Norte verdadero, estaban más próximos al cielo; y que esta elevación era la causa de la temperatura más fresca. Si a esto se agrega que Colón de regreso de su primer viaje tuvo la idea de ir a Roma para referir personalmente al Papa todo cuanto había descubierto (se entiende en cuanto se relacionaba con la religión, la mayor proximidad del cielo, etc.); si, por otra parte, se tiene presente la importancia que se daba en tiempo de Colón al descubrimiento de una línea nueva magnética, en la cual la aguja se mantiene constante, se me dará razón cuando el primero sostuve que el Almirante en los momentos de mayor favor en la corte, trabajó para transformar la línea divisoria física que había encontrado en la línea divisoria política.»

En el Breve del día 4 se fijó la línea de demarcación a 100 leguas al Oeste de cualquiera (qualibet), isla de las Azores o de las de Cabo Verde, sin fijar ninguna isla determinada, ni a un grupo de ellas, ignorando que la más occidental de Cabo Verde se halla casi 6° más al Este que la más occidental de las Azores. Explícase esta ignorancia porque los cosmógrafos en aquellos tiempos no podían, por falta de medios, determinar exactamente las longitudes.

También por entonces (28 mayo 1493) se concedió a Colón un escudo de armas, en el cual figuraban, además de las suyas o de familia, las de Castilla y León en campo verde, y unas islas doradas en ondas de mar (Apéndice O).

En el correr de los tiempos se colocó en su sepulcro un letrero que decía:

A Castilla y a León. Nuevo Mundo dió Colón.

Los detractores del Almirante y defensores de Pinzón transformaron el dístico en la siguiente forma:

A Castilla y a León Nuevo Mundo dió Pinzón.

Pareciéndoles después que habían cometido una injusticia, creyeron arreglarlo todo diciendo:

Por Castilla, con Pinzón, Nuevo Mundo halló Colón.

Con espíritu más levantado vinieron otros que admitieron el mote de esta manera:

Por Castilla y Aragón Nuevo Mundo halló Colón.

Desde la cátedra del Ateneo de Madrid propuso D. Víctor Balaguer que si algún día se intentaba variar el dístico, debía ser del siguiente modo:

Por la española nación Nuevo Mando halló Colón.

El ilustre escritor norteamericano Charles F. Lummis, en su pequeño libro intitulado Los exploradores españoles del siglo XVI, ha dicho lo siguiente: «A una nación le cupo en realidad la gloria de descubrir y explorar la América, de cambiar las nociones geográficas del mundo y de acaparar los conocimientos y los negocios por espacio de siglo y medio. Y esa nación fué España.»

Un genovés, es cierto, fué el descubridor de América; pero vino en calidad de español; vino de España por obra de la fe y del dinero de españoles; en buques españoles y con marineros españoles, y de las tierras descubiertas tomó posesión en nombre de España»[449].

[449] Pág. 59.

Colocada en este punto la cuestión que nosotros resolveríamos con Balaguer y Lummis, no queremos, sin embargo, pasar en silencio las atinadas observaciones del Sr. Sánchez Moguel. Tales son las palabras del Catedrático de la Universidad de Madrid: «El conquistador de Granada, en su testamento, otorgado el 20 de enero de 1516, al instituir heredera de sus reinos de la corona de Aragón a su hija doña Juana, no comprende entre ellos en modo alguno las islas y tierra firme del mar Océano, esto es, el Nuevo Mundo». Sin duda, no pertenecía, ni en todo ni en parte, a su corona aragonesa, cuando no lo menciona. No cabe atribuirlo a olvido, porque no los hay de tanta monta, ni menos aún en documentos de esta clase. En cambio, su egregia esposa, la magnánima Reina de Castilla, en su testamento, fechado en Medina del Campo el 12 de octubre de 1504, habla de las islas y tierra firme del mar Océano como parte integrante de sus reinos de Castilla. Y ¿por qué? Sea la gloriosa Reina quien nos responda: «Por quanto... fueron descubiertas e conquistadas a costa destos Reynos e con sus naturales dellos»[450].

[450] España y América, págs. 34 y 35.

No creemos que la cuestión tenga mucha importancia. Sin embargo, colocados en la obligación de dar nuestra opinión, diremos que la parte que tomó Castilla en el descubrimiento del Nuevo Mundo fué mayor, como mayor fué el apoyo que prestó a Colón la reina Isabel. Conviene no olvidar lo que dice Guicciardini, Embajador de la Señoría de Florencia en la Corte del Rey Católico: «los negocios pertenecientes a Castilla se gobernaban, principalmente, por su mediación y autoridad (de Isabel)». Se ha dicho también que D. Fernando mandó librar de la Tesorería de Aragón--y esto lo afirman los defensores de D. Fernando--la cantidad necesaria para la empresa del descubrimiento, a causa de la pobreza del Erario castellano, disponiendo después que del primer oro que viniese de las tierras descubiertas se diera parte a Aragón, que se empleó, por cierto, en dorar el artesonado de la Aljafería de Zaragoza; pero el catalán Bofarull no halló entre los papeles de la citada Tesorería orden ni registro de semejante libramiento, y el aragonés Nougués y Secall ha mostrado que el dorado de la Sala mayor de la Aljafería es anterior a la vuelta de Colón de su primer viaje. Si pudiese haber todavía alguna duda, habremos de recordar que Alejandro VI concedió las tierras descubiertas a los reyes de Castilla y sólo a los reyes de Castilla.

CAPÍTULO XXI

SEGUNDO VIAJE DE COLÓN.--PRISA DE LOS REYES EN QUE SE REALIZASE.--JUNTA DE TORDESILLAS.--PERSONAS NOTABLES QUE ACOMPAÑARON AL ALMIRANTE.--DESCUBRIMIENTOS: LA DOMINICA Y OTRAS ISLAS.--EL FUERTE DE NAVIDAD.--LA ISABELA.--INSURRECCIÓN GENERAL.--EL COMISARIO REGIO JUAN DE AGUADO.--COLÓN EN ESPAÑA.--PRESÉNTASE A LOS REYES EN BURGOS.--EL COMERCIANTE JOYERO MOSÉN JAIME FERRER EN BURGOS.

Prisa tenían los Reyes Católicos de que Cristóbal Colón realizase la segunda expedición. Desde Barcelona, con fecha 23 de mayo de 1493, escribieron Doña Isabel y Don Fernando al florentino Juan Berardi, mercader y asentista para los negocios de las Indias, ordenándole que comprase una nao de 100 a 150, hasta 200 toneles, y la pertrechase para cuando fuera a recibirla el Almirante, el cual (añadían) iría presto y le satisfaría el costo que hubiese tenido; le encargaban también la provisión de 2.000 o 3.000 quintales de bizcocho.

Empeño tenían Doña Isabel y D. Fernando en que el médico o físico Alvarez Chanca fuese a las Indias, como indica la carta que copiamos. «El Rey o la Reina: Doctor Chanca: Nos habemos sabido que vos, con el deseo que teneis de Nos servir, habeis voluntad de ir a las Indias, e porque en lo hacer nos servireis, e aprovechareis mucho a la salud de los que por nuestro mandado allá van, por servicio nuestro que lo pongais en obra, e vayais con el nuestro Almirante de las dichas Indias, el cual vos hablará en lo que toca a vuestro asiento para allá, y en lo de acá Nos vos enviamos una carta para que vos sea librado el salario e racion que de Nos teneis en tanto que allá estuvieredes.--De Barcelona, veinte y tres de mayo de noventa y tres»[451].

[451] Navarrete, Colección de los viajes y descubrimientos, etc., tomo II. pág. 54.

Al Doctor sevillano Alvarez Chanca, debemos la relación del segundo viaje.

Salió Cristóbal Colón de Barcelona el día 30 del mismo mes de mayo, con encargo especial de apresurar su salida. El 1.º de junio volvieron a escribir los reyes una carta a Berardi y otra a Gómez Tello, alguacil de la Inquisición, sobre la provisión del bizcocho[452].

[452] Tan a satisfacción desempeñó Berardi el encargo, que en 4 de agosto del mismo año le dieron los monarcas las gracias por lo que había hecho, encargándole la continuación.--Archivo de Indias de Sevilla.--Extractos hechos por Muñoz, de varios libros y documentos.

El deseo de los reyes de que Colón realizase su viaje, era cada vez mayor. Veámoslo: «El Rey e la Reina: D. Juan de Fonseca, del nuestro Consejo: Nos escribimos al Almirante de las Indias, encargándole que dé mucha priesa en su partida; vos por servicio nuestro, dad toda la priesa que pudiéredes en ello, y ya sabeis como vos mandamos que después de partido, vos quedásedes ende en esa costa de la de la mar y en Sevilla, para que si hobiese que facer otra armada para ir en pos del Almirante, la ficiéredes e la enviáredes. Por servicio nuestro que así lo fagais, y vos informad mucho de los navíos que podreis haber en esas partes, que son para enviar este viaje, y en cuantos días se podrán aderezar para que partan, y el bizcocho que fuere menester, sabed en que tiempo se puede haber, y que dinero será menester para todo esto, y escribídnoslo luego para que cuando mandáremos entender en ello, se provea todo con tiempo. En Barcelona, a veinti y cinco de julio de noventa y tres»[453].

[453] Ob. cit.

La actitud poco franca de Portugal tenía en mucho cuidado a Doña Isabel y a Don Fernando. Terminantemente así lo manifiestan en la siguiente e interesante carta, dirigida al Almirante, y escrita dos días después que la anterior.

«El Rey é la Reina: Don Cristobal Colon, nuestro Almirante de las Islas é Tierra del mar Océano a la parte de las Indias: vimos vuestra letra que escribisteis desde Córdoba, y ya con un correo que este otro día partió de aquí vos escribimos la respuesta que el Rey de Portugal nos envió con Herrera: despues acá no son venidos los mensajeros que nos escribió que nos enviaba, ni sabemos cosa dello; verdad es que nos han dicho que eran partidos de Portugal para acá por la mar, puede ser que con tiempo contrario no sean venidos: y cuanto a lo que decís que puede ser que se haya detenido de partir el armada de Portugal, esperando a partir despues que seais partido, es posible que sea así; aunque nosotros dudamos dello según lo que el Rey de Portugal nos escribió; pero como quiera que sea, no se faga mudanza en lo de los Capitanes y carabelas: y asimismo ya sabeis que, cuando de aquí partisteis y Don Juan de Fonseca, mandamos al dicho Don Juan que despues de vos en buena hora partido, se quedase él en buen hora en Sevilla y en su costa, para saber de continuo si armaron en Portugal, y que sabiéndolo él ficiese otra armada para enviar a vos, que fuese el doble de los navíos que supiese que en Portugal armasen. Esto mismo le mandamos agora, como lo vereis por la carta que le escribimos. Por servicio nuestro que en tanto que ende estuviéredes vos procureis de saber todo lo que se ficiere en Portugal, y de continuo nos lo faced saber, porque si fuese menester cualquier provision de acá, se envíe luego. En lo que toca a Alonso Martínez de Angulo quisiéramos que tuviera disposición para ir este viaje, porque conoscemos que es tal cual cumple al negocio; pero, pues si su indisposicion no le dá lugar para ello, quédese que en otras cosas nos servirá, y vaya Melchor como aquí vos lo fablamos. Dad mucha priesa en vuestra partida por servicio nuestro, é facednos saber para cuando será queriendo Dios. De Barcelona a veinti y siete de julio de noventa y tres»[454].

[454] Ob. cit.

No pasaron muchos días y también los reyes, desde Barcelona, pensando en la actitud de Portugal, escribieron (cinco de septiembre del mismo año) a Fonseca, dándole prisa para que inmediatamente se realizase el viaje. Decíanle lo siguiente: «... é Nos vos damos é encargamos, si servicio nos deseais facer, que dedes mucha priesa en todo lo que se ha de facer, de manera quel dicho Almirante no se detenga una hora de partir, porque de cualquier dilacion que hobiese en su partida seriamos mucho deservidos...»[455].

[455] Archivo de Indias en Sevilla.--Conde Roselly de Lorgues, Cristóbal Colón, tomo II, páginas 909 y 910.

¿Por qué las relaciones entre Castilla y Portugal no eran cordiales? El rey Juan II, inmediatamente que hubo despedido a Colón[456], se dirigió al gobierno de España recordándole los Breves pontificios que sancionaban su derecho de monopolizar los descubrimientos y tráfico en determinados mares. Ni la embajada que Fernando e Isabel enviaron a Lisboa y que tan prudentemente desempeñó Lope de Herrera, ni la que mandó a Castilla el rey de Portugal, compuesta de Pedro Díaz y de Ruy de Pina, dieron resultado alguno favorable. No siendo posible el fijar la línea de demarcación propuesta por el Papa[457], obligó a los gobiernos de España y Portugal a entrar en negociaciones para resolver todas las cuestiones que pudieran suscitarse. Acordóse al fin el nombramiento de dos comisiones, una de parte de Portugal y otra de parte de Castilla. Nombrados por ambas naciones sus respectivos representantes, reuniéronse en Tordesillas, población situada junto al río Duero, al Sudoeste de Valladolid, y después de varias conferencias, se firmó el convenio (7 junio 1494).

[456] Véase el capítulo XX.

[457] Ibidem.

Por dicho convenio España reconoció a Portugal todos los derechos sobre la Guinea y otros territorios; también, en atención a que los portugueses se quejaban de que la línea trazada por el Papa reducía sus empresas a muy estrechos límites, accedió a que en vez de tirarse a las 100 leguas al Occidente de Cabo Verde y las Azores, como dispuso Alejandro VI, se extendiese a las 370; pero tomando esta vez por punto de partida la isla más Occidental de Cabo Verde, sin hablar para nada de las Azores. «De lo cual resultó, según nuestros conocimientos geográficos actuales, que la concesión hecha a España quedó reducida, por lo menos, en 90 leguas, diferencia entre la isla extrema Occidental de las Azores y la extrema de Cabo Verde, es decir, que España, en realidad, no obtuvo 270 leguas a más de las 100 fijadas por el Papa, sino solamente unas 180 leguas»[458]. Así--dice Vasconcellos--esta gran cuestión, la mayor que se agitó jamás entre las dos Coronas, porque era la partición de un Nuevo Mundo, tuvo amistoso fin por la prudencia de los dos monarcas más políticos que empuñaron nunca el cetro.» Prescott añade la observación siguiente: «No pasaron muchos años sin que las dos naciones, rodeando el globo por distintos caminos, vinieran a encontrarse en la parte opuesta; caso, según parece, no previsto por el tratado de Tordesillas. Sin embargo, las pretensiones de ambas partes se fundaron en los artículos de aquel tratado, que no era más, como es sabido, que un suplemento a la bula primitiva de demarcación de Alejandro VI. Así, aquel arrogante ejercicio de autoridad pontificia, tantas veces ridiculizado como quimérico y absurdo, en cierto modo llegó a justificarse por el suceso, porque estableció, en efecto, los principios según los cuales quedó definitivamente entre dos pequeños estados de Europa la vasta extensión de imperios vacantes en Oriente y Occidente»[459].

[458] Dr. Sophus Ruge, Ob. cit., pág. 106.

[459] Reyes Católicos, cap. 18.

Dentro del plazo de diez meses, cada nación había de mandar a la Gran Canaria una comisión compuesta de pilotos y astrónomos, para fijar la línea de demarcación. De la Gran Canaria pasarían a las islas de Cabo Verde, navegando luego 370 leguas al Oeste y señalando del modo que se acordase la citada línea de demarcación. La expedición no se realizó y tiempo adelante renacieron nuevas disensiones y divergencias. (Apéndice P).

Al fin el 25 de septiembre de 1493 salió Colón del puerto de Cádiz con rumbo a las Canarias. Se componía la flota de 14 carabelas y tres buques grandes de transporte. Fueron embarcados unos 1.200 hombres de armas con su correspondiente caballería, bastantes animales domésticos, varios cereales, legumbres de toda clase y vides para aclimatarlas en las nuevas tierras descubiertas.

Si en el primer viaje nadie quería embarcarse, en el segundo «allí estaba--escribe Washington Irving--el hidalgo de elevados sentimientos que iba en pos de aventuradas empresas; el altivo navegante que deseaba coger laureles en aquellos mares desconocidos; el vago aventurero que todo se lo promete de un cambio de lugar y de distancia; el especulador ladino, ansioso de aprovecharse de la ignorancia de las tribus salvajes; el pálido misionero de los claustros consagrado al servicio de la iglesia, y devotamente celoso por la propagación de la fe; todos animados y llenos de vivas esperanzas...»[460]. La clase noble estaba representada por Alonso de Ojeda, Juan Ponce de León, que descubrió tiempo adelante la Florida, Diego Velázquez y Juan de Esquivel, después gobernadores, respectivamente, de Cuba y de Jamaica, y otros, atraídos por el deseo de grandes riquezas y de novelescas aventuras.

[460] Vida y viajes de Cristóbal Colón, libro VI, cap. I.

En una carta de los Reyes Católicos a Cristóbal Colón, escrita desde Barcelona, cuando se andaba en los preparativos de la citada expedición, se lee lo que de ella copiamos: «Nos parece que sería bien llevásedes con vos un buen astrólogo, y nos parecía que sería bueno para esto Fray Antonio de Marchena, porque es buen astrólogo y siempre nos pareció que se conformaba con vuestro parecer.» Además de Fray Antonio de Marchena, llevó Colón un Vicario apostólico, el benedictino Bernardo Boil o Buil, personalidad de bastante relieve en los últimos años del siglo XV[461].

[461] Caresmar dice que Fray Boil nació en Tarragona cerca del año 1445 (Boletín de la Real Academia de la Historia, tomo XIX, pág. 280). Otros afirman que fué aragonés y algunos que nació en el reino de Valencia.

En las instrucciones de los Reyes Católicos a Colón, dadas el 29 de mayo de 1493, se le dice que había de llevar al Padre Buil con otros religiosos para catequizar a los indios, tratándolos muy bien y amorosamente, sin que les fagan enojo alguno[462]. Los religiosos siguieron al pie de la letra los consejos de D.ª Isabel y D. Fernando, y sin descanso alguno predicaron la ley de Dios, donde todo es amor y caridad.

[462] Archivo de Indias en Sevilla.

A ruego de los Reyes Católicos, Alejandro VI, por Bula de 7 de julio de 1493, concedió omnímoda potestad eclesiástica a Fr. Bernardo Buil y a sus delegados para bautizar, confirmar y administrar toda clase de sacramentos, consagrar iglesias, absolver de pecados reservados a la Santa Sede, etc.[463].

[463] El P. Buil pertenecía a la orden de benedictinos y fué abad del convento de Montserrat, pasando luego a la de los Mínimos, fundada por San Francisco de Paula.

El 2 de octubre llegó la flota a la Gran Canaria, donde hubo de recalar; también el 5 en la Gomera porque uno de los barcos hacía agua. Después de comprar algunos animales para que se aclimatasen en las nuevas tierras, continuó su marcha y el 13, favorecida la escuadra por buena ventolina del Este, perdió de vista la isla de Hierro. El 26 de dicho mes sobrevino brusca tempestad, cuya violencia duró cuatro horas, llegando al otro lado del Atlántico, habiendo seguido un derrotero más meridional que la expedición primera.

El 3 de noviembre, cerca del alba--según escribe el Dr. Chanca--dijo un piloto de la nave capitana: albricias que tenemos tierra. La gente, fatigada de tanto navegar, recibió la noticia con suma alegría. Los tripulantes, habiendo desembarcado y recorrido más de una legua de costa, notaron que toda la isla era montañosa y cubierta de verdes praderas: el Almirante la llamó Dominica, por ser domingo aquel día. Pasaron luego a otra, distante cuatro o cinco leguas, la cual era tierra llana, y les pareció que estaba despoblada, denominándola Marigalante, del nombre de la nao de Colón. Navegaron siete u ocho leguas y encontraron una tercera isla que nombraron Guadalupe, en cumplimiento de una promesa hecha a los religiosos del célebre convento de dicho título en Extremadura. Vista la isla desde el mar ofrecía grandioso espectáculo, contribuyendo a ello magnífica cascada que se precipitaba desde elevada sierra a la llanura. Desembarcaron los españoles en un sitio donde había chozas abandonadas, en las que se encontraron comestibles, algodón en rama y alguno elaborado, indicando los huesos humanos que vieron en las citadas cabañas que los habitantes eran antropófagos o caribes. En las relaciones con estos salvajes sirvieron a Colón como intérpretes dos de los siete indios que se había llevado en su primer viaje, pues los cinco restantes habían muerto.

Costeando al Nor-Oeste de la isla Guadalupe fué poniendo nombre a las islas del hermoso archipiélago según se le presentaban, como Monserrate, Santa María la Redonda, Santa María la Antigua, San Martín, Santa Cruz y otras. Sostuvieron los españoles un combate con una canoa de feroces indios, llamándoles la atención que las mujeres peleaban lo mismo que los hombres. Mandó Colón algunos de los suyos en una carabela hacia unas islas que de lejos se veían, y como aquéllos a su vuelta le dijesen que eran más de 50, Colón, a la mayor del grupo, le puso Santa Ursula, y a las otras Las once mil vírgenes. Continuó su rumbo hasta llegar a una isla grande, de rica vegetación y con buenos pastos, a la que los naturales llamaban Burenquen, él denominó San Juan Bautista y hoy se la conoce con el nombre de Puerto Rico. Detúvose en un puerto de dicha isla dos días[464], dándose a la vela la escuadra, hasta que el 22 de noviembre arribó a otra isla, que reconoció ser el extremo Oriental de Haití o la Española. Continuó su rumbo y al pasar por la provincia llamada Xamaná dos indios se metieron en una canoa pequeña y llegaron a la nao del Almirante, a quien dijeron que los mandaba su Rey para rogarle que bajase a tierra y le darían oro y comida; negóse Colón, y continuó su camino hasta llegar al puerto de Monte Cristi, donde estuvo dos días. Bajaron a tierra algunos españoles y vieron un gran río (el de Santiago), en cuyas márgenes encontraron dos hombres muertos y al día siguiente otros dos, pudiéndose notar que uno de ellos tenía muchas barbas. Aunque el puerto de Monte Cristi se halla distante del de Natividad unas siete leguas, comenzaron a presentir malas nuevas de la colonia que en su primer viaje dejara el Almirante. Al anochecer del día 27 llegó Colón al fuerte de Natividad y mandó tirar dos tiros de lombarda. No tuvieron contestación, porque los 43 españoles habían muerto a manos de los caciques Caonabó y Mayrení, seguramente--como se probó después--con gran contento del famoso Guacanagari[465]. Varios indios y entre ellos un primo de Guacanagari se presentaron al Almirante.

[464] Ensenada de Mayagüez.

[465] Lista de las personas que Cristóbal Colón dejó en la Isla Española en su primer viaje y halló muertas por los indios cuando volvió el 1493:

Diego de Arana, Gobernador. Pedro Gutiérrez, Teniente-Gobernador. Rodrigo de Escobedo, Teniente-Gobernador Alonso Velez de Mendoza, de Sevilla. Alvar Pérez Osorio, de Castrojeriz. Antonio de Jaén, de Jaén. El bachiller Bernardino de Tapia, de Ledesma. Cristóbal del Alamo, del Condado de Niebla. Castillo, platero, de Sevilla. Diego García, de Jerez. Diego de Tordoya, de Cabeza de Vaca. Diego de Capilla, de Almadén. Diego de Torpa. Diego de Mambles, de Mambles. Diego de Mendoza, de Guadalajara. Diego de Montalbán, de Jaén. Domingo de Bermeo. Francisco Fernández. Francisco de Godoy, de Sevilla. Francisco de Vergara, de Sevilla. Francisco de Aranda, de Aranda. Francisco de Henao, de Avila. Francisco Jiménez, de Sevilla. Gabriel Baraona, de Belmonte. Gonzalo Fernández de Segovia, de León. Gonzalo Fernández, de Segovia. Guillermo Ires, de Galney (Irlanda). Hernando de Porcuna. Jorge González, de Trigueros. Juan de Urniga. Juan Morcillo, de Villanueva de la Serena. Juan de Cueva, de Castuera. Juan Patiño, de la Serena. Juan del Barco, del Barco de Avila. Juan de Villar, del Villar. Juan de Mendoza. Martín de Logrosán, cerca de Guadalupe. Pedro Corbacho, de Cáceres. Pedro de Talavera. Pedro de Foronda. Sebastián de Mayorga, de Mayorga. Tallarte de Lajes, inglés. Tristán de San Jorge[465a].

[465a] Arch. de Indias en Sevilla, Papeles de Contratación.

Dijeron los indígenas a Colón que el cacique Guacanagari no podía ir en persona porque tenía pasado un muslo, herida que recibió luchando con los caciques Caonabó y Mayrení por defender a los españoles. A reconocer el sitio del fuerte fué el Almirante con algunos de los suyos, encontrado aquél quemado y algunos cadáveres de cristianos, cubiertos ya de la hierba que había crecido sobre ellos. Aunque los indios decían que Caonabó y Mayrení habían sido los autores de las muertes, «con todo eso asomaban queja que los cristianos uno tenía tres mujeres, otro cuatro, donde creemos que el mal que les vino fué de celos»[466]. Varios españoles saltaron a tierra, encaminándose a ver a Guacanagari, «el cual fallaron en su casa echado faciendo del doliente ferido»[467]. Como le preguntasen por los cristianos, repitió que Caonabó y Mayrení los habían muerto, y que él por defenderlos sufrió una herida en un muslo. Mostró deseo de ver al Almirante. En efecto, Colón se dirigió a la casa de Guacanagari, a quien encontró tendido en una hamaca y mostrando mucho sentimiento con lágrimas en los ojos por la muerte de los cristianos. Dijo que unos murieron de dolencia, otros que habían ido a tierras de Caonabó en busca de una mina de oro y allí fueron muertos, y algunos sufrieron la muerte en su misma fortaleza. Queriendo atraerse la voluntad del insigne genovés, Guacanagari le hizo algunos regalos de oro y pedrería. «Estábamos presentes yo--escribe el Dr. Chanca--y un zurugiano de armada; entonces dijo el Almirante al dicho Guacamari[468] que nosotros éramos sabios de las enfermedades de los hombres que nos quisiese mostrar la herida: él respondió que le placía, para lo cual yo dije que sería necesario, si pudiese, que saliese fuera de casa, porque con la mucha gente estaba escura e no se podía ver bien; lo cual él fizo luego, creo más de empacho que de gana: arrimándose a él salió fuera. Después de asentado llegó el zurugiano a él e comenzó de desligarle; entonces dijo al Almirante que era ferida fecha con ciba[469], que quiere decir con piedra. Después que fué desatada, llegamos a tentarle. Es cierto que no tenía más mal en aquella que en la otra, aunque él hacía del raposo que le dolía mucho.» Todos se convencieron que Guacanagari era cómplice. Aunque otros indicios vinieron a confirmar lo mismo, se procuró disimular para no romper tan pronto con los naturales de la isla. Muchos españoles hubieran deseado fuerte e inmediato castigo, negándose a ello el Almirante, quien no quiso malquistarse con un aliado todavía poderoso en el país y del que había recibido en el primer viaje señaladas pruebas de amistad[470]. También creemos--y la imparcialidad nos obliga a decirlo--que los españoles del fuerte de Natividad, menospreciando la autoridad de Diego de Arana, únicamente pensaron en satisfacer su avaricia y sensualidad.

[466] Carta del Dr. Chanca.--Véase Roselly de Lorgues, Ob. cit., tom. III, pág. 150.

[467] Ibidem.

[468] Así lo escribe el Dr. Chanca.

[469] Ibidem, págs. 217 y 218.

[470] El P. Boil aconsejaba que se prendiese a Guacanagari.

Oviedo emite, con respecto a los marinos, una opinión, tal vez algo exagerada é injusta. Dice así: «Pero en realidad de verdad, sin perjuicio de algunos marineros que son hombres de bien, atentos y virtuosos, soy de opinión de que en la mayoría de los que ejercen el arte de marinos, hay una gran falta de juicio para las cosas de tierra; porque además de que la mayor parte de ellos son de baja condición y mal instruídos, son también ambiciosos y dados a otros vicios, como a la golosina, lujuria, robo, etc., que no se podría tolerar»[471]. Lo cierto es que no siguieron los consejos de Colón, y que abusaron de los indios, atrayéndose por ello la cólera de Caonabó, Mayrení y del mismo Guacanagari.

[471] Historia general y natural de las Indias, lib. II, cap. XII.

Siguió después el Almirante explorando toda la costa, no sin luchar con vientos contrarios y grandes borrascas, hasta que llegó, al cabo de tres meses, a un sitio, a 10 leguas al Este de Monte Cristi, donde determinó fundar en aquella isla una ciudad que fuese como capital de la colonia. Levantáronse casas de piedra, madera y otros materiales, se erigió un templo y se hicieron almacenes, quedando, al fin, edificada la primera población cristiana del Nuevo Mundo. El Almirante le dió el nombre de Isabela, en honra de la Reina Católica.

De los naturales del país dice lo siguiente el Dr. Chanca: «Si pudiésemos hablar y entendernos con esta gente, me parece que sería fácil convertirlos, porque todo lo imitan, en hincar las rodillas ante los altares, é al Ave María, é a las otras devociones é santiguar; todos dicen que quieren ser cristianos, puesto que verdaderamente son idólatras, porque en sus casas hay figuras (ídolos) de muchas maneras...»[472].

[472] Ibidem, pág. 154.

En aquella tierra hay árboles que producen lana y harto fina; otros llevan cera en color, en sabor e en arder tan buena como la de abejas, y varios que fluyen trementina. Encuéntranse árboles cuyo fruto es la nuez moscada. También se halla la raíz de gengibre, la planta de áloe, el árbol de la canela y otros árboles y plantas. Fabrican el pan con raíces de una hierba. La noticia más grata que recibieron los españoles fué de que a 25 o 30 leguas de la costa, en unas comarcas conocidas, la una con el nombre de Cibao y la otra con el de Nití, había mucho oro en ríos y arroyos, creyéndose que cavando se hallaría en mayores pedazos. A Cibao se encaminó Alonso de Ojeda con 15 compañeros por el mes de enero de 1494, habiendo sido recibido en todas partes muy bien, y regresando a los pocos días con arenas auríferas de los arroyos del interior de la isla. Conocedor el Almirante de nuevas tan satisfactorias, con numerosa fuerza de españoles se encaminó al país del oro, esto es, a Cibao, dando pronto la vuelta, convencido de haber descubierto el famoso país de Ofir de Salomón. Hasta el nombre del Rey de aquel país era de buen agüero, pues se llamaba Caonabó, es decir, señor de la Casa de Oro. Antes de dar la vuelta, quiso levantar una fortaleza que protegiera las comunicaciones entre las montañas de Cibao y el puerto de Isabel. Escogió para ello un sitio ventajoso e improvisó allí un fuerte, que denominó de Santo Tomás, en el cual dejó 56 hombres y algunos caballos, al mando de Pedro Margarit, caballero de Santiago. El doctor Chanca confirma la gran cantidad de oro encontrada con las siguientes palabras: «Ansí que de cierto los Reyes nuestros señores desde agora se pueden tener por los más prósperos é más ricos Príncipes del mundo, porque tal cosa hasta agora no se ha visto ni leído de ninguno en el mundo, porque verdaderamente a otro camino que los navíos vuelvan, pueden llevar tanta cantidad de oro que se puedan maravillar cualesquiera que lo supiesen. Aquí me parece será bien cesar el cuento: creo los que no me conocen que oyesen estas cosas, me ternán por prolijo é por hombre que ha alargado algo; pero Dios es testigo que yo no he traspasado una jota los términos de la verdad»[473].

[473] Ob. cit., pág. 155.

Todavía se hallaba Colón descansando de su viaje cuando recibió un enviado de Margarit anunciándole que Caonabó, señor de la Casa de Oro, se disponía a tomar el fuerte de Santo Tomás. El Almirante envió un refuerzo de 70 hombres con sus correspondientes víveres. En seguida se ocupó en activar la terminación de Isabel.

De la mente de Colón no se separaba la idea de ir a China. Dejó en la Isabela de Gobernador a su hermano Diego, y él con los buques Niña, San Juan y Cardera, zarpó el 24 de abril, llegando a la isla de la Tortuga, luego al cabo de San Nicolás, en seguida a Cuba, poco después a Jamaica y, por último, a Puerto Nuevo, dando la vuelta a Cuba, siempre pensando que la última isla formaba parte del continente asiático. En la isla de Pinos, que llamó Evangelista, ordenó (12 junio 1494) al escribano Fernán Pérez de Luna, que redactase un acta; en ella se declaraba que la tierra que tenían delante era el continente asiático, esto es, Manci o la China Meridional.

Firmado el documento, Colón se hizo a la vela con rumbo al Oriente, teniendo el disgusto de que la Niña varase en la playa (6 de julio) y si se consiguió ponerla a flote, tuvo que entrar en la ensenada inmediata al cabo de Santa Cruz para recomponerla. El 8 de julio dobló la expedición el citado cabo y el 20 pasó a la Jamaica, llegando el 19 de agosto al cabo Morante. Presentóse el 20 a la vista del cabo Tiburón (Haití), llamado por Colón cabo de San Miguel. Después de recorrer algunos días los mares, no sin luchar con las olas y las tormentas, el 29 de septiembre dió fondo a la colonia Isabela. En esta expedición quedaron descubiertas las cuatro grandes Antillas.

La fortuna iba a comenzar volviendo la espalda a Cristóbal Colón. La codicia y la tiranía de algunos españoles, en particular de Pedro de Margarit y del P. Boil, produjo insurrección general de los rudos e infelices indios. Dice Herrera que Margarit, al frente de 400 hombres, se retiró a la Vega Real, diez leguas de la Isabela, donde aquella gente, alojada en varias poblaciones, sin regla, ni disciplina, cometía toda clase de excesos y violencias. Dicho capitán Margarit, después de conducta tan insensata, temiendo ser castigado por el Almirante, decidió, en compañía del Padre Boil y de otros de su bando, volver a Castilla.

Las relaciones entre el fraile y Colón no fueron tan cordiales como era de esperar, dado el carácter de ambos personajes. Parece cosa probada que el Almirante hubo de extralimitarse en lo referente a severos castigos impuestos a los españoles, y que el vicario apostólico--como escribía el cronista Fernández de Oviedo--ybale a la mano, queriendo contenerle. Hasta tal punto llegaron las cosas, que el Padre Buil llegó a poner entredicho e hizo cesar el oficio divino, vengándose entonces el Almirante con negar a los frailes los mantenimientos. Comprendiendo el P. Buil que no podía luchar con enemigo tan poderoso, acordó marchar a España--según puede verse en su correspondencia con los Reyes Católicos--; pero, alegando su falta de salud y no el verdadero motivo. En efecto, regresó a España, donde vió recompensados sus servicios por Doña Isabel y D. Fernando.

¿Quién era el causante de aquel estado de cosas? Si Colón no era buen gobernante, Margarit había olvidado sus deberes de militar y el P. Buil no hizo caso de la obediencia que a sus hijos dictara el fundador de la orden benedictina. Margarit y el P. Buil se pusieron al frente de la facción enemiga de los Colones. En su afán de ensalzar a Colón llega a decir el conde Roselly de Lorgues que D. Fernando propuso al Papa el nombramiento del benedictino P. Bernardo Buil; pero «el jefe de la Iglesia, sabiendo la adhesión de Cristóbal Colón a la Orden Seráfica, la participación de los franciscanos en el descubrimiento, reservaba esta honra a la humildad de un discípulo de San Francisco; y nombró espontáneamente por Breve del 7 de julio de 1493, como vicario apostólico de las Indias al padre Bernardo Boyli, provincial de los franciscanos en España»[474]. Creyó el Rey--según afirma nuestro apasionado historiador--que el Papa se había equivocado en la designación de la persona, a causa de la semejanza del nombre, y fundándose en ello, pudo D. Fernando el Católico, teniendo en cuenta la premura del negocio, sustituir al nombrado por el Papa, con el benedictino P. Buil.

[474] Cristóbal Colón, tom. I, pág. 365.

En tanto que el P. Fray Bernardo Boil y el capitán D. Pedro Margarit se presentaban en la corte e informaban que en las Indias no había oro, añadiendo que todo cuanto decía el Almirante era burla y embeleco, allá en la Española los soldados, cuando se vieron sin el citado capitán, se esparcieron por la tierra, viviendo como gente sin cabeza[475]. Logró el Almirante, no sin grandes trabajos, restablecer la tranquilidad, castigando severamente a los causantes de la insurrección, enviando algunos a España y mandando fusilar a otros. En seguida sujetó a los insulares, ya enemigos mortales de todo lo que era español. Por último, quiso--y esto le perjudicó grandemente--que todos los colonos trabajasen, incluso los hidalgos. Desde entonces, lo mismo los que quedaban en la Española, que los que habían venido castigados a España, le pintaban como hombre cruel y tirano; decían que sólo miraba a su provecho, no al de su nación. No se percataban de decir en todos los tonos y en todas partes que la codicia de Colón no tenía límites. Tantas cosas dijeron en contra suya, quizá con algún fundamento, aunque siempre con exageración manifiesta, que los Reyes Católicos hubieron de mandar con el carácter de comisario regio a Juan de Aguado. «Margarit--escribe Muñoz en su Historia del Nuevo Mundo--había sembrado entre los nuestros la peste de la discordia, y entre los indios odio mortal a todo lo que era español, manteniendo su gente constantemente en la Vega Real, la comarca más cultivada y más rica del país donde la soldadesca se entregó a todos los vicios y se permitió todos los abusos, hasta que despertó a los naturales de su letargo e hizo que los caciques más poderosos y más notables se unieran en una alianza para arrojar a los extranjeros de la isla. El alma de esta conspiración fué Caonabó»[476].

[475] Herrera, Historia de los viajes y conquistas de los castellanos en las Indias occidentales, década 1.ª, lib. II, cap. XVI.

[476] Véase Dr. Shopus Ruge, Ob. cit., pág 110.

A castigar al cacique Caonabó se dispuso el valiente y arrojado Alonso de Ojeda. A la cabeza Ojeda de algunos hombres decididos, fué en busca del cacique, a quien hizo creer que era distinción especial de príncipes, llevar esposas relucientes adornadas de campanillas, de campanillas que tanto gustaban a los indios. En semejante estado le hizo montar en su caballo y, metiendo espuelas al brioso corcel, a todo escape y seguido de los suyos, se dirigió, en tanto que los indios atónitos no comprendían el suceso, a la costa, entregando a Caonabó al gobernador del castillo de la Isabela. Continuó el cacique en la fortaleza, de la cual salió para acompañar a Colón a España.

El comisario regio Juan de Aguado llegó al Nuevo Mundo. Comenzó intimando a los jefes de servicio para que se le presentasen y le dieran cuentas, reprendió a otros y dispuso encarcelar a muchos. Trató con altanería a Bartolomé Colón y apenas hizo caso del Almirante. Luego «se propasó a palabras descomedidas hasta amenazarle con el castigo de la corte»[477]. Por el contrario, Colón se mostró cada vez más respetuoso con el comisario regio. Cuando Aguado entregó su credencial, recibióla el Almirante, hizo repetir su lectura y dijo que estaba dispuesto a cumplir lo que se le mandase de parte de sus soberanos. Intentó Aguado provocar la ira del descubridor del Nuevo Mundo; mas Colón «sufrió su insolencia (de Aguado) con grande modestia»[478]. El comisario regio estaba decidido a perder no sólo a Colón, sino a todos los partidarios del Almirante. Comprendiéndolo así, y no queriendo someterse a un proceso, salió Colón de Haití con dos buques, 225 españoles y 32 indios el día 10 de marzo de 1496. Entre los últimos se hallaba Caonabó, que murió en el camino, un hermano, un hijo y un sobrino del mismo cacique[479]. El viaje fué muy penoso, llegando a Cádiz el 11 de junio. También había salido de la Española Aguado y se había encaminado a España llevando el proceso para perder a Colón. Malos vientos corrían en la Corte contra el genovés. Además de las informaciones de Aguado, la Reina había escuchado varias veces las quejas del Padre Boil, de Pedro Margarit y de otros servidores de la Real Casa, en quienes tenía ella gran confianza. Sin embargo, las graves acusaciones formuladas por aquéllos fueron olvidadas cuando Colón se presentó en Burgos a Don Fernando y a Doña Isabel. Expuso con exactitud la situación de la colonia y dijo que había dejado de gobernador de la Isla Española, con el título de Adelantado, a su hermano Bartolomé. Diéronle a entender los reyes que hubiera convenido proceder con menos severidad[480]. Lo mismo Isabel que Fernando se mostraron contentos y satisfechos al recibir los presentes que trajo el Almirante y que consistían en oro, papagayos y otras cosas. Le ofrecieron una vez más su apoyo y protección. Colmáronle públicamente de honores, puesto que le confirmaron los privilegios concedidos en la capitulación de la vega de Granada[481]; le dieron licencia para que, bajo ciertas y determinadas condiciones, hiciese el repartimiento de las tierras de Indias[482]; nombraron a su hermano Bartolomé Adelantado de Indias[483] y a sus hijos Diego y Fernando pajes de la Reina[484]; también le dieron facultad para fundar uno o más mayorazgos[485].

[477] Muñoz, Hist. del Nuevo Mundo, lib. V, párrafo 35.

[478] Herrera, Década 1.ª, lib. II, cap. XVIII.

[479] Muñoz, Ob. cit., lib. V, párrafo 38. El hermano de Caonabó falleció también pocos días después.

[480] Véase Herrera, Década 1.ª, lib. III, capítulo I.

[481] Real cédula dada en Burgos el 23 de abril de 1497.

[482] Carta patente, dada en Medina del Campo, el 22 de julio de 1497.

[483] Con la misma fecha.

[484] Albalaes de 18 y 19 de febrero de 1497, en Alcalá de Henares.

[485] En Alcalá a 23 de abril de 1497.

Al mismo tiempo Fernando e Isabel disponían tercera expedición, siendo de advertir que así como antes se disputaban muchos el afán de ir al Nuevo Mundo, ahora apenas se encontraba quien quisiera acompañar a Colón en el tercer viaje proyectado. Tampoco los reyes prestaban la atención necesaria, ya porque estaban en guerra con Francia, a la que deseaban arrebatar el reino de Nápoles, ya también porque estaban ocupados en asuntos de familia, pues trataban de casar a sus hijos, el infante Don Juan y la infanta Doña Juana, con los hijos del emperador Maximiliano, la princesa Margarita de Austria y el archiduque Felipe. Retardóse después la expedición por la muerte imprevista del infante Don Juan, acaecida el 4 de octubre de 1497.

En la ciudad de Burgos contrajo Cristóbal Colón relaciones amistosas con un hombre muy estimado por los reyes y que el gran Cardenal de España le honraba llamándole amigo. Era éste Jaime Ferrer de Blanes[486], a quien comunmente se le designaba con el nombre de Mosén. Tenía en Burgos un comercio de joyería y sucursales en otros puntos. Sus relaciones con hombres ilustres de otros países, su manera fina de tratar las personas y los negocios, su honradez y su modestia le granjeaban simpatías en todas partes. Podía recomendársele también como políglota, matemático, astrónomo, cosmógrafo, metalurgista, erudito, filósofo y poeta. Era grande la cultura que había adquirido en sus contínuos viajes, y le servía de lustre su parentesco con su homónimo Jaime Ferrer, el antiguo cosmógrafo. Sus negocios mercantiles le llevaron a Génova y Venecia (Italia), a El Cairo (Egipto), a Palestina, Damasco y Alepo (Siria) y a otras poblaciones asiáticas.

[486] Blanes, pueblo de la provincia de Gerona.

El simpático lapidario, además de buscar las esmeraldas, topacios, zafiros y otras piedras preciosas del Oriente, estudiaba las obras del autor de la Divina Comedia, y publicaba el libro intitulado Sentencias católicas del divino poeta Dante. Habiendo frecuentado el trato con los indios, persas, musulmanes, cismáticos, griegos, etc., conocía sus doctrinas religiosas, las cuales consideraba muy inferiores a las católicas.

Como sabía cuán atrasadas estaban las ciencias geográficas y náuticas, llamaba al descubrimiento de Colón «más bien divina que humana peregrinación.»

No estando terminada la cuestión, al cabo de más de un año, y a pesar del Tratado de Tordesillas, entre Portugal y España, Jaime Ferrer, que estaba al corriente de todo--pues así se lo había ordenado el gran Cardenal de España--escribió a la Reina (27 enero 1495) dándole su opinión acerca de los medios geográficos que había para allanar la disputa. Isabel contestó al lapidario (28 de febrero del citado año) dándole gracias por su carta y le invitaba a que fuera a la corte en el mes de mayo siguiente[487]. En la carta que el lapidario burgalés escribió a la Reina, le decía que la Divina Providencia había escogido a Colón como su mandatario para esta empresa (Descubrimiento del Nuevo Mundo). Cuando Ferrer se presentó en la corte fué objeto de muchas consideraciones y agasajos. A su vuelta a Burgos escribió (5 agosto 1495) respetuosa carta al descubridor de las Indias. En ella le decía, entre otras cosas, lo que sigue: «La divina e infalible Providencia mandó al gran Tomás, de Occidente a Oriente, para manifestar en India nuestra sancta y católica ley; y a vos, Señor, mandó por opuesta parte, de Oriente a Poniente, a fin de que por la Divina Voluntad llegárais hasta el Oriente, etc.»[488]. Y más adelante añade: «Después de esas proezas gloriosas, cuando repase en su imaginación los resultados de vuestro glorioso ministerio, debe arrodillarse como el profeta y cantar en alta voz, al son de su arpa: Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam»[489].

[487] Colección diplomática, docum. núm. LXVIII. También Conde Roselly de Lorgues, ob. cit., tomo I, pág. 403.

[488] Colección diplomática.--Documentos.--Apéndice al número LXIII.--También Conde Roselly de Lorgues, ob. cit., tomo I, pág. 404.

[489] Colección diplomática.--Documentos.--Apéndice al número LXIII.--También Conde Roselly de Lorgues, ob. cit., tomo I, pág. 405.

CAPÍTULO XXII

TERCER VIAJE DE COLÓN.--RELACIÓN DE ESTE VIAJE HECHA POR EL MISMO ALMIRANTE.--¿SUPO COLÓN QUE HABÍA HALLADO UN NUEVO CONTINENTE?--COLÓN EN HAITÍ: ANARQUÍA EN LA COLONIA: LOS REPARTIMIENTOS.--ENEMIGA AL ALMIRANTE EN LA ESPAÑOLA Y EN LA CORTE.--EL COMISARIO REGIO BOBADILLA EN SANTO DOMINGO.--PROCESO CONTRA COLÓN.--CARÁCTER Y CUALIDADES DEL ALMIRANTE.--COLÓN ES PRESO Y CARGADO DE CADENAS.--INGRATITUD GENERAL CON COLÓN.--PRESÉNTASE A LOS REYES EN GRANADA.--NICOLÁS DE OVANDO, GOBERNADOR DE LA ESPAÑOLA.

Aunque tantos y tan graves asuntos traían de contínuo ocupados a los Reyes Católicos, no por eso apartaban su vista de los descubrimientos geográficos. Si el florentino Juanoto Berardi fué el encargado de realizar los preparativos del segundo viaje de Colón, a la muerte de aquél en diciembre de 1495, nombraron a Américo Vespucio, quien dispuso todas las cosas necesarias para la tercera expedición[490].

[490] Ya se dijo en el capítulo XIX que Américo Vespucio debía ser empleado, y ahora añadimos que tal vez socio de la casa comercial de Berardi. Después, en capítulos sucesivos nos ocuparemos también de este famoso personaje.

Las ideas contenidas en la famosa carta de Mosén Jaime Ferrer a Colón--y de la cual tratamos al terminar el capítulo anterior--contribuyeron a las conclusiones cosmográficas que se hallan en la relación del tercer viaje, escrita por el mismo Colón y que afortunadamente se ha conservado. Dice que en nombre de la Santísima Trinidad salió del puerto de Sanlúcar (30 mayo de 1498)[491], dirigiéndose por camino no acostumbrado a la isla de la Madera, huyendo de los corsarios franceses. Dispuso que tres buques marchasen directamente a la isla Española con el objeto de entregar a la colonia las vituallas y utensilios que él llevaba. Colón, con los otros tres buques, pasó a las islas de Cabo Verde[492], marchando en seguida hacia el Sudoeste 480 millas, que son 120 leguas. «Allí--dice--me desamparó el viento y entré en tanto ardor y tan grande que creí que se me quemasen los navíos y gente»[493]. Al cabo de ocho días siguió al Poniente y navegó diez y siete, viendo tierra el 31 de julio. El primero que la vió fué Alonso Pérez, marinero de Huelva y criado del Almirante. Aquella tierra era una isla cuya costa formaba tres montañas. Después de decir la Salve Regina y de dar muchas gracias al Señor, el Almirante la llamó isla de la Trinidad[494] y al promontorio primero le dió el nombre de cabo de la Galea (hoy Cabo Galeota). La citada isla, la más meridional de las pequeñas Antillas, estaba situada cerca del continente americano del Sur, cuya costa llana se distinguía perfectamente y que Colón llamó de Gracia. Desde los buques se veían en la isla casas rodeadas de huertas y en el mar aparecieron canoas, cuyos tripulantes no se aproximaban a nuestros buques. Iban armados de arcos, flechas y escudos de madera. Notóse--con gran sorpresa de los españoles--que aquellos indios tenían la tez más clara que la de los otros vistos hasta entonces, despertando también alguna curiosidad que llevasen el cabello cortado por la parte que caía sobre la frente, según la moda española a la sazón. El traje consistía en un faldellín de algodón de color. Navegando en dirección Oeste a lo largo de la costa meridional de la isla, llegó Colón el 1.º de agosto al extremo Occidental (Punta del Arenal), distante dos leguas de la playa del delta que forman los brazos del río Orinoco. Estréchase allí el Océano entre la isla y la tierra firme, siendo de notar que las masas de agua dulce que los dos brazos del Orinoco vierten al mar empujan la corriente ecuatorial hacia el golfo de Paria. Navegando en dirección Norte--según el descubridor del Nuevo Mundo--se encuentran muchas cascadas, una tras otra en el canal o estrecho, que producen estruendo espantoso, proviniendo, a su parecer, de rocas y arrecifes que cierran la entrada; y detrás de ellas se veían muchos remolinos que hacían un estruendo como el de las olas cuando se estrellan contra las rocas[495]. Por fin pudo salir del estrecho, dirigiéndose al través del golfo hacia su extremo Norte, formado por la península montuosa de Paria. Tomó rumbo al Oeste, desembarcando en Paria, cuyos habitantes eran sociales y hasta corteses. Allí los españoles conocieron el maíz, que Colón llevó más adelante a España para cultivarlo. Colón, siempre en la misma idea, creía que Paria era una isla y que él podría salir al Norte. El 13 de agosto logró pasar peligroso remolino o logró salir por la boca del Norte llamada Grande, hallando que el agua dulce vencía a la salada. Más adelante dice Colón que el mundo no era redondo como muchos escriben, sino de forma de una pera, salvo donde tiene el pezón, «o como una teta de mujer puesta en una pelota redonda, así que desta media parte non hobo noticia Tolomeo ni los otros que escribieron del mundo por ser muy ignoto; solamente hicieron raíz sobre el hemisferio, adonde ellos estaban ques redondo esférico»[496]. Ocúpase luego el Almirante del Paraíso terrenal, del cual sale una fuente de la que resultan cuatro ríos principales. Nadie sabe--dice--el sitio de dicho Paraíso; unos le colocan en las fuentes del Nilo (Etiopía) y otros en las islas Fortunatas o Canarias. San Isidoro, Beda, Strabón, el maestro de la Historia escolástica, San Ambrosio, Scoto y todos los sanos teólogos sostienen que el Paraíso terrenal se encuentra en el Oriente. Después de otras teorías donde se manifiesta la ignorancia de Colón, lo mismo en matemáticas que en astronomía, pues llega a decir que en el pezón de la teta o protuberancia de la pera se encontraba situado el Paraíso, adonde no puede llegar nadie, salvo por voluntad divina, añade lo que sigue:

[491] Componíase la flota de seis naves con escasa tripulación.

[492] El 27 de junio.

[493] Véase Roselly de Lorgues, Historia de la vida y viajes de Colón, tom. III, págs. 170 y 171.

[494] Según el voto que había hecho al salir del puerto de Sanlúcar.

[495] Véase Roselly de Lorgues, Ob. cit., tom. III, pág. 173.

[496] Roselly de Lorgues, Ob. cit., tom. III, pág. 178.

[Ilustración: Américo Vespucio (Montanus).]

«Grandes indicios son estos del Paraíso terrenal, porquel sitio es conforme a la opinión destos santos é sanos teólogos[497], y asimismo las señales son muy conformes, que yo jamás leí ni oí que tanta cantidad de agua dulce fuese así adentro é vecina con la salada; y en ello ayuda asimismo la suavísima temperancia, y si de allí del paraíso no sale, parece aun mayor maravilla, porque no creo que se sepa en el mundo de río tan grande y profundo»[498]. Refiere en seguida el Almirante que cuando salió de la Boca del Dragón era tan fuerte la corriente del mar en dirección Oeste, que pudo andar en un día 65 leguas, a pesar de la flojedad del viento, porque apenas se sentía una ligera brisa; lo cual le hizo suponer que hacia el Sur el mar se elevaba progresivamente y hacia el Norte bajaba. Estaba seguro de que el agua del mar se movía con el firmamento de Oriente a Occidente, y que a consecuencia de su movimiento más rápido en esta región, ha separado tantas islas de la tierra firme. Estas islas (las pequeñas Antillas) lo prueban también además con su forma, por ser anchas las que se dirigen de Noroeste a Sudeste, estrechas y más pequeñas las que se dirigen de Norte a Sur o de Nordeste a Sudoeste. Verdad es que el agua no tiene en todos los puntos la misma dirección; mas solo toma otra en aquellos donde la tierra le impide el paso y le obliga a desviarse[499]. Después de algunos conceptos de Geografía física, añade más adelante lo siguiente: «Si no procede del Paraíso terrenal el río (antes mencionado) procederá de tierra infinita»[500]. Tan juiciosa reflexión persuadió seguramente al Almirante que aquella era la tierra firme, como dice con mucho acierto el ilustre Navarrete.

[497] El sitio es el golfo de Paria: los santos y sanos teólogos los citados San Isidoro, etc.

[498] Ibidem, pág. 180.

[499] Véase Roselly de Lorgues, Ob. cit., tomo III, págs. 180 y 181.

[500] Ibidem, pág. 182.

Es de importancia suma trasladar aquí las siguientes palabras de Fray Bartolomé de las Casas: «Si a pesar de todo fuera (esta tierra dilatada) un continente, será el asombro de todos los doctos.» Además, el autor de la Vida del Almirante, añade que Colón, después de haber descubierto muchas islas, estuvo convencido de haber hallado en la tierra de Paria el continente, por haber encontrado allí un río poderosísimo (Orinoco) que confirmó lo que decían los naturales de las pequeñas Antillas, acerca de una vasta tierra al Sur.

Dado caso que sean ciertas las anteriores opiniones, no se explica el alejamiento del Almirante de las costas que acababa de reconocer, sospechando que fueran de un gran continente, para dirigirse a Haití al segundo día de haber pasado felizmente la Boca del Dragón. Era tan ciega la fe de Colón en los autores que consultaba--autores que nada sabían ni decían del Nuevo Continente--que dejó dicho continente a pesar de que lo estaba tocando. Una choza abandonada, lejana humareda que se elevaba por encima de los árboles de un bosque y algunas huellas en la arena de la playa fué todo lo que vió del nuevo continente. Era lo bastante para que pudiese dar su nombre a las Indias[501].

[501] Véase Lamartine, Ob. cit., pág. 140.

Zarpó del Golfo de Paria y volvió a Santo Domingo, no por la ingratitud de sus compatriotas, no por la enfermedad que padecía a la sazón de la vista, sino principalmente por su deseo de llegar a la insurreccionada colonia, que no había visto en veintinueve meses.

Durante dicho lapso de tiempo, la colonia había sido gobernada por su hermano Bartolomé, como Adelantado o lugarteniente, quien hizo levantar fortalezas o castillos en varios puntos de la isla, obligó a los caciques indios a reconocer la soberanía de España y a que pagasen un tributo en oro o en géneros de fácil salida. Al mismo tiempo el religioso franciscano Juan Borgoñón y el fraile Jerónimo Ramón Pané, no descansaban un momento en la obra de convertir al cristianismo a los indígenas, logrando felices resultados. Sin embargo, reinaba el más completo desorden y anarquía en toda la colonia. Los españoles no sólo se hallaban en guerra con los naturales, sino entre sí mismos, haciendo especialmente objeto de su odio al adelantado Bartolomé, hermano del Almirante y la fuerza de la familia, según la feliz expresión de Lamartine. Algún motivo había para ello, porque Bartolomé, además de valiente, era áspero de condición, lo cual fué causa de que algunos le aborreciesen. Del mismo modo los caciques indígenas se aprestaron a sacudir el yugo del Adelantado, y seguramente hubieran conseguido poner en peligro a la colonia, si en los comienzos del año 1498 no hubiesen llegado de España alguna tropa y provisiones de boca, pudiendo Bartolomé con dicho auxilio reducir a la obediencia a los indígenas sus enemigos. Francisco Roldán, Magistrado superior de la colonia, cobró, por el contrario, más bríos, pues tuvo la fortuna de recibir la ayuda que le prestaron tres buques enviados por el Almirante a Haití desde las Canarias, los cuales echaron anclas en aquella parte de la isla. En una de las ausencias de Bartolomé de la ciudad de la Isabela, estalló la revolución. A duras penas pudo Diego Colón, hermano de Bartolomé y Comandante de la plaza, contener a los revoltosos. Cuando llegó el Adelantado, al frente Roldán de sus parciales, salió de la Isabela y se retiró a la comarca de Xaragua, no sin declarar guerra a muerte a los genoveses, como acostumbraban a llamar a los Colones.

Un mes después llegó Cristóbal Colón con otros tres buques a la ciudad de Santo Domingo, fundada por Bartolomé Colón junto a la desembocadura del río Ozama. Sin darse punto de reposo intentó el glorioso descubridor del Nuevo Mundo sosegar las discordias haciendo importantes concesiones a Roldán y a sus partidarios, siendo la principal de todas ellas distribuirles terrenos en cuyo cultivo pudiesen emplear determinado número de indígenas; recurso funesto, que le quitó bastante autoridad y fué luego el origen del famoso sistema de los repartimientos[502].

[502] Véase Herrera, Década 1.ª, lib. III, caps. XII-XVI.

Tantas fueron las acusaciones que en España se hicieron contra el Almirante, que los Reyes Católicos nombraron a Francisco de Bobadilla, natural de Medina del Campo, comendador de la Orden de Calatrava, para que fuera a la Española, se informase de todo, y si el Almirante era culpable, le mandase a Castilla, quedándose él en el gobierno. Bobadilla era muy apreciado por Fonseca y gozaba de mucho prestigio en la corte. Bobadilla llegó a Santo Domingo a fines de agosto de 1500, en ocasión que el Almirante y sus hermanos estaban fuera de la capital combatiendo una rebelión de indios. Con poco respeto, y aun sin consideración alguna, el Comendador se fué a vivir al palacio de Cristóbal Colón, sirviéndose de todas las cosas que había como si fueran suyas. El 7 de septiembre, con Fray Juan de Trasierra y el tesorero Juan Velázquez, le mandó una carta de los reyes, que al pie de la letra decía así:

«Don Cristóbal Colón, nuestro Almirante del mar Océano, hemos mandado al Comendador Francisco de Bobadilla, portador de ésta, que os diga algunas cosas de nuestra parte; por lo cual os rogamos le déis fe y crédito y obedezcáis.--Dado en Madrid a 21 de Mayo de 1499.--Yo el Rey.--Yo la Reina.--Por mandato de sus Altezas, Miguel Pérez de Almazán.

Tres capítulos escribe D. Fernando Colón en su obra Historia del Almirante para referir lo sucedido entre su padre y el comendador Bobadilla. Intitúlase del siguiente modo el primero: Cómo por informaciones falsas y fingidas quejas de algunos, enviaron los Reyes Católicos un juez a las Indias para saber lo que pasaba.

En tanto que las referidas turbaciones sucedían, como se ha dicho, muchos de los rebelados, con cartas desde la Española, y otros que se habían vuelto a Castilla, no dejaban de presentar informaciones falsas a los Reyes Católicos y a los del Consejo contra el Almirante y sus hermanos, diciendo que eran muy crueles, incapaces para aquel gobierno, así por ser extranjeros y ultramontanos, como porque en ningún tiempo se habían visto en estado de gobernar gente honrada; afirmando que si sus Altezas no ponían remedio sucedería la última destrucción de aquellos países, los cuales, cuando no fuesen destruídos por su perversa administración, el mismo Almirante se rebelaría y haría liga con algún príncipe que le ayudase, pretendiendo que todo fuese suyo, por haber sido descubierto por su industria y trabajo, y para salir con este intento escondía las riquezas y no permitía que los indios sirviesen a los cristianos, ni se convirtiesen a la fe, porque acariciándoles esperaba tenerles de su parte para hacer todo cuanto fuese contra el servicio de sus Altezas. Procedían éstos y otros semejantes en estas calumnias con tan grande importunación a los Reyes, diciendo mal del Almirante y lamentándose de que había muchos años que no pagaba sueldos, que daban que decir a todos los que entonces estaban en la corte. Era de tal manera, que estando yo en Granada cuando murió el serenísimo príncipe D. Miguel, más de 50 de ellos, como hombres sin vergüenza, compraron una gran cantidad de uvas y se metieron en el patio de la Alhambra, dando grandes gritos, diciendo que sus Altezas y el Almirante les hacían pasar la vida de aquella forma por la mala paga, y otras muchas deshonestidades e indecencias que repetían. Tanta era su desvergüenza, que cuando el Rey Católico salía, le rodeaban todos y le cogían en medio, diciendo: Paga, paga, y si acaso yo y mi hermano, que éramos pajes de la serenísima Reina, pasábamos por donde estaban, levantaban el grito hasta los cielos, diciendo: Mirad a los hijos del Almirante de los mosquitillos, de aquél que ha hallado tierra de vanidad y engaño, para sepultura y miseria de los hidalgos castellanos, añadiendo otras muchas injurias, por lo cual excusábamos pasar por delante de ellos.»

Así se intitula el segundo capítulo, escrito por Fernando Colón acerca de las relaciones entre su padre y Bobadilla: Cómo el Almirante fué preso y enviado a Castilla con grillos, juntamente con sus hermanos.

Inmediatamente que Colón recibió la citada carta del 21 de mayo de 1499, vínose con ellos a Santo Domingo, donde Bobadilla (1.º de octubre de 1500) le hizo poner preso en un navío con su hermano Don Diego, poniéndoles grillos y vigilados por buena guardia. Decidióse Bobadilla a formar proceso a Colón y a sus hermanos. Entre otras cosas, acusaron al Almirante de haber dado malos y crueles tratamientos a infelices trabajadores: a unos no les pagaba, condenándoles a morir de hambre, y a otros, por causas pequeñas, les hacía ahorcar. Quería--según dijeron--más bien esclavos que cristianos, y llegó a pensar alzarse con las Indias con el favor de algún otro rey cristiano, añadiendo, por último, que había ordenado reunir muchos indios armados para resistir al Comendador y hacerle tornar a Castilla. Si hubo--como creemos firmemente--exageración manifiesta en las citadas declaraciones, no debemos pasar por alto las siguientes palabras del P. Las Casas, quien vió el proceso y conoció a muchos testigos de los que en él declararon. «Yo no dudo--dice--sino que el Almirante y sus hermanos no usaron de la modestia y discreción, en el gobernar los españoles, que debieran, y que muchos defectos tuvieron y rigores y escaseza en repartir los bastimentos a la gente, según el menester y necesidad de cada uno, por lo cual todos cobraron contra ellos, la gente española, tanta enemistad.» Y el mismo Colón, durante su viaje de Santo Domingo a Cádiz, escribió a Doña Juana de Torres (o de la Torre), ama del príncipe Don Juan, lo que sigue: «porque mi fama es tal, que aunque yo faga iglesias y hospitales, siempre serán dichas espeluncas para ladrones.»

[Ilustración:

FOTOTIPIA LACOSTE.--MADRID

FR. BARTOLOMÉ DE LAS CASAS.]

Mucho afectó a Colón la orden de prisión, llegando a creer que iban a matarle, pues--según se cuenta--cuando el hidalgo Alonso de Vallejo, pariente de Fonseca, director del departamento de Indias, se le presentó con un piquete de tropa para llevarle a bordo, pensando que se disponían a conducirle al patíbulo, preguntó, con mucha tristeza, al oficial: Vallejo, ¿a dónde me llevais? Al navío va Vuestra Señoría, respondió. No dando Colón crédito a la respuesta, hubo de exclamar: Vallejo, ¿decís la verdad? Por vida de Vuestra Señoría, replicó Vallejo, que es verdad que se va a embarcar. Hubo entonces de tranquilizarse y casi de muerte a vida resucitó[503]. Lo mismo Alonso de Vallejo que Andrés Martín, capitán del buque, trataron con todo respeto y consideración a Colón y a sus hermanos. Cuando el buque que conducía a los Colones se alejó de las playas americanas, Vallejo y Martín quisieron quitarle los grillos a los presos, a lo cual se negó el ilustre navegante, añadiendo que los conservaría siempre como un monumento de la recompensa dada a sus servicios. «Así lo hizo--escribe su hijo Fernando--; yo los vi siempre colgados en su cuarto, y quiso que fuesen enterrados con él.»

[503] Herrera, Década 1.ª, libro IV, cap. X.

El tercer capítulo que escribió el hijo del descubridor del Nuevo Mundo, lleva el siguiente título: Cómo el Almirante fué a la Corte a dar cuenta de sí a los Reyes. Llegó a Cádiz el desgraciado prisionero, excitando en toda España compasión e interés. Por importantes que fueran sus detractores, la grandeza del descubrimiento hizo que en Cádiz se levantara un grito de indignación hasta en los mismos enemigos de los Colones. Los reyes escribieron al Almirante una carta deplorando aquella ofensa, y le invitaban a trasladarse inmediatamente a la corte.

Acerca de la conducta de Bobadilla, el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, después de referir la prisión de Colón y su salida de la Isla Española, escribió lo que al tenor copiamos: «Y quedó en el cargo y gobernacion desta isla este caballero (Bobadilla) e la tuvo en mucha paz y justicia fasta el año de mill e quinientos e dos, que fué removido y se le dió licencia para tornar a España... Los Reyes Católicos removieron del cargo a Bobadilla e le dieron licencia que se fuese a España, teniéndose por muy servidos del en el tiempo que acá estuvo, por que abia retamente e como buen caballero hecho su oficio en todo lo que tocó a su cargo»[504]. De López de Gomara son las siguientes palabras: «Bobadilla gobernó muy bien»[505]. En efecto, Bobadilla gobernó la Española desde últimos de agosto de 1500 hasta mediados de abril de 1502. El P. Ricardo Cappa, de la Compañía de Jesús, en su libro Colón y los españoles, juzga con más apasionamiento que justicia a los Colones, y suyas son las siguientes palabras. «No debe detener al escritor sincero y recto el clamoreo de los que sin conocimiento de las leyes de otros siglos, no tienen más norma para juzgar de lo ocurrido en ellos que la sensiblería del nuestro. Bobadilla, al aherrojar a los Colones que no habían obedecido sus mandatos y que se habían puesto en armas contra él, no hizo más que aplicarles la pena que ordenaba la legislación entonces vigente». Más adelante, añade: «No fué un refinamiento de crueldad: fué la pena correspondiente a todo reo de Estado».

[504] Historia general de las Indias, lib. III, caps. VI y VII.

[505] Historia de las Indias, Parte I.

Por nuestra parte habremos de decir que, aunque torpe en su gobierno el Almirante--como escribe el P. Las Casas--jamás debió el comisario regio Bobadilla disponer que se pusiesen grillos al ilustre genovés, y asimismo a sus hermanos Bartolomé y Diego. Cuando un hombre llega a la cima de la gloria, y su nombre ha de ser bendecido por todas las generaciones, no es permitido a los contemporáneos conducirle ante el severo tribunal de la justicia para absolverle o condenarle como a los demás mortales. El pueblo español, sin pararse a estudiar con más o menos detenimiento la conducta de los gobernantes de la Isla Española, creyó, desde el primer momento, que en el fondo de todo aquello había no poca ingratitud para con el Almirante y sus hermanos, como también una inmensa censura para los que habían decretado la prisión. No podía explicarse el pueblo que hoy cruzara preso aquellos mares el mismo que poco antes los cruzó cual victorioso conquistador, y que viniera cargado de hierros, como criminal, el que antes había sido aclamado como un Mesías. Séanos permitido añadir una vez más que los Reyes Católicos nunca mostraron afecto sincero al exigente y descontentadizo Cristóbal Colón. Nada importa que Fernando e Isabel le recibiesen con afabilidad en Granada el 17 de diciembre de 1500, y le devolvieran muchos de sus honores y mercedes; pero no el título y mando de virrey y gobernador de las Indias. Nada importa que el Rey y la Reina, desde Valencia de las Torres (Badajoz), le dirigiesen una carta el 14 de marzo de 1502, en la cual se leen las siguientes palabras: «Tened por cierto que de vuestra prision nos pesó mucho, y bien lo visteis vos y lo cognoscieron todos claramente, pues que luego que lo supimos lo mandamos remediar, y sabeis el favor con que vos hemos tratado siempre, y agora estamos mucho más en vos honrar y tratar muy bien». ¿Quisieron Fernando e Isabel con el anterior documento reparar injusticias pasadas? ¿Quisieron también desautorizar a Bobadilla? Tarde vinieron la reparación y la desautorización; pero si los Reyes Católicos y su gobierno fueron ingratos con Colón, no se olvide que Atenas dió de beber la cicuta a Sócrates, que Francia dejó desamparada a Juana de Arco, que Holanda persiguió a Descartes y lo arrojó de su seno, que Portugal vió morir a Camoens en un hospital, que Inglaterra menospreció a Shakespeare y maldijo a Byron, que Italia puso preso a Galileo, que Florencia no se opuso a que Savonarola fuese llevado a la hoguera y que Ginebra, la progresiva Ginebra, quemó a Servet: achaques propios de la humanidad y de que ningún pueblo logra libertarse.

El 13 de febrero de 1502 salió Ovando de Sanlúcar, llevando 32 naves con 2.500 hombres. Mandaba la flota Antonio Torres y en ella iban doce frailes franciscanos con el prelado Fr. Alonso del Espinal. «Hasta entonces--como escribe el Sr. Ruiz Martínez--no había salido para las Indias escuadra más lucida y numerosa»[506]. Después de violento temporal, que puso en grave peligro la escuadra, reunidos los navíos en la isla Gomera, de allí salió Ovando con los más ligeros, llegando a Santo Domingo el 15 de abril de 1502. Antonio Torres, con la otra mitad de la flota, llegó unos quince días después. Fray Nicolás de Ovando, caballero de la Orden de Alcántara y comendador de Lares, fué nombrado gobernador de la Española. A Bobadilla sucedió Ovando. El nuevo gobernador era natural de Brozas (Cáceres), pertenecía a distinguida familia y era pariente, aunque lejano, de Hernán Cortés. «Este caballero--escribe el P. Las Casas--era varón prudentísimo y digno de gobernar mucha gente, pero no indios, porque con su gobernación, inestimables daños, como abajo parecerá, les hizo. Era mediano de cuerpo y la barba muy rubia o bermeja, tenía y mostraba grande autoridad, amigo de justicia; era honestísimo en su persona, sus obras y palabras; de cudicia y avaricia muy grande enemigo y no pareció faltarle humildad, que es esmalte de virtudes; y dejando que lo mostraba en todos sus actos exteriores, en el regimiento de su casa, en su comer y vestir, hablas familiares y públicas, guardando siempre su gravedad y autoridad, mostrólo asimismo, en que después que le trajeron la Encomienda mayor, nunca jamás consintió que le dijese alguno Señoría. Todas estas partes de virtud y virtudes, sin duda ninguna en él cognoscimos.» Cariñoso por demás se muestra el P. Las Casas con Ovando. No negaremos que tenía maneras graves y corteses, aunque a veces era orgulloso más de lo justo. Portóse bien con los españoles, mal con Colón y cruelmente con los indios.

[506] Conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid el 8 de mayo de 1892, pág. 9.

CAPÍTULO XXIII

CUARTO Y ÚLTIMO VIAJE DE COLÓN.--MUERTE DE BOBADILLA, ROLDÁN Y OTROS EN ALTA MAR.--CONDUCTA DE OVANDO CON COLÓN.--OVANDO EN XARAGUA.--ANACAONA: SU MUERTE Y CRUELDAD DE LOS ESPAÑOLES.--COLÓN EN LAS PLAYAS DE JAMAICA.--DIEGO MÉNDEZ Y BARTOLOMÉ FIESCHI.--ESCOBAR EN AUXILIO DE COLÓN.--CONDUCTA DE OVANDO CON COLÓN Y DE LA REINA CON LOS INDIOS.--REPARTIMIENTOS DE INDIOS.--COLÓN EN ESPAÑA.--INSURRECCIÓN DE LOS INDÍGENAS.--DIEGO COLÓN EN LA ESPAÑOLA.--INJUSTAS CENSURAS A LA POLÍTICA DE CRISTÓBAL COLÓN EN SANTO DOMINGO.

Deseaba Colón hacer su cuarto y último viaje. «Es muy probable--como escribe el Dr. Sophus Ruge--que le aguijoneasen a esta nueva empresa los grandes resultados obtenidos entonces por los portugueses en la verdadera India, porque mientras estaba todavía luchando con el rebelde Roldán en Haití, había vuelto de la India Vasco de Gama, en septiembre de 1499. De regreso Colón a España, se había informado, naturalmente, con vivo interés de las empresas portuguesas, y adquiridas ya todas las noticias posibles sobre la India, y convencidísimo de que había encontrado en Cuba y en la tierra de Paria las orillas orientales del Asia, habiendo, además, otros descubridores particulares como Ojeda, Vespucio y Pinzón, reconocido nuevos trechos de costa del continente más allá de Paria, no dudó que pasando entre Cuba y Paria, y dirigiéndose al Oeste llegaría a la India de los portugueses. La poderosa corriente marítima que se lanza impetuosa en la costa de la América del Sur, hacia el Oeste, era para él segura señal de que se dirigía a un estrecho desconocido e inexplorado que conducía al mar Indico; al mar más allá del Ganges, como se llamaba desde la antigüedad. Esta idea fué la base de su nueva empresa, recibida y aprobada por los soberanos de España con benevolencia»[507]. (Apéndice Q).

[507] Historia de la época de los descubrimientos geográficos, pág. 117. Historia universal de Oncken, tomo VII.

Decidida su marcha, redactó una memoria para su hijo mayor don Diego; en ella consignaba sus derechos y enumeraba sus títulos. Temía de que en su ausencia o después de su muerte, si acaecía en lejanas tierras, le robasen sus títulos y privilegios, y por eso los confió a sus amigos los religiosos, depositándolos por copia o por duplicado en sus conventos. Escribió, además, a los reyes recomendándoles a sus hijos y a sus hermanos, en el caso de que muriese durante aquel viaje. El 14 de marzo contestaron D. Fernando y D.ª Isabel prometiéndole hacer más en su favor que lo especificado en los privilegios, y le renovaban la promesa de que, después de él, pondrían a D. Diego en posesión de sus títulos, cargos y dignidades. Como si todo esto fuera poco, confió a Nicolás Oderico, legado del Gobierno genovés cerca de los Reyes Católicos, copia de todos sus privilegios y también de la carta del 14 de marzo que acababa de recibir de los reyes. Para colocar «esos privilegios querría mandar hacer una caja de corcho enforrada de cera»[508].

[508] Conde Roselly de Lorgues, obra citada, tomo I, págs. 541-544. Carta autógrafa del Almirante D. Cristóbal Colón, al R. P. Gaspar, de la Cartuja de Sevilla.

Hechas todas las cosas que acabamos de contar, se ocupó con actividad en sus preparativos de viaje, «bien que él sea el más noble y provechoso»[509]. Emprendió Cristóbal Colón su cuarto y último viaje con cuatro carabelas pequeñas[510] y 150 hombres de mar, saliendo del puerto de Cádiz el 11 de mayo de 1502. Le acompañaban su hermano Bartolomé y su hijo Fernando, de edad de trece años. En la Instrucción que los reyes dieron al Almirante le decían lo siguiente: «Habeis de ir vuestro viaje derecho, si el tiempo no os feciese contrario, a descubrir las islas é Tierra Firme que son en las Indias en la parte que cabe a Nos, y si a Dios pluguiere que descubrais ó falleis las dichas islas habeis de surgir con los navíos que levais y entrar en las dichas Islas é Tierra Firme que así descubriéredes, y habeis de informaros del grandor de las dichas islas é facer memoria de todas las dichas islas, y de la gente que en ellas hay y de la calidad que son, para que todo nos traigais entera relacion. Habeis de ver en estas islas y Tierra Firme que descubriéredes, qué oro é plata é perlas é piedras é especería, é otras cosas hobiere, é en qué cantidad é cómo es el nascimiento de ellas, é facer de todo ello relacion por ante nuestro escribano é oficial que nos mandamos ir con vos para ello, para que sepamos de todas las cosas quen las dichas islas é Tierra Firme hobiere»[511].

[509] Carta de Cristóbal Colón, fecha en Jamaica el 7 de julio de 1503.

[510] Se llamaban la Capitana, el Santiago de Palos, el Gallego y la Vizcaína. En la primera izó el Almirante su pabellón.

[511] Roselly de Lorgues, ob. cit., tomo III, pág. 193.

Desde las Canarias escribió Colón al fraile cartujo Gaspar Gorricio, su amigo y consejero en Sevilla, las palabras que a continuación copiamos: «Agora será mi viaje en nombre de la Santa Trinidad y espero della victoria»[512]. Tardó diez y nueve días de las Canarias a la Martinica. Desde la Martinica navegó a lo largo de las otras pequeñas Antillas más septentrionales, y de la costa meridional de Puerto Rico hasta Santo Domingo. Necesitando el Almirante reparar algunas averías de sus buques y tomar agua, se dirigió a la Española, a cuya vista llegó el 29 de junio, hallándose todavía anclada en el puerto de Santo Domingo la flota que debía conducir a Bobadilla a España. Cristóbal Colón quiso entrar en el puerto, a lo cual se opuso Ovando, comenzando con ello a mostrar su ojeriza al inmortal descubridor del Nuevo Mundo. En los primeros días del mes de julio del citado año salió la armada que conducía al comendador Bobadilla, a Francisco Roldán, jefe de la sublevación contra el Almirante y a otros. Como la flota se fué, a poco de salir del puerto, a pique, ahogándose Bobadilla, Roldán y la mayor parte de los pasajeros, esto dió ocasión a Hernando Colón para escribir lo siguiente: «Yo tengo por cierto que esto fué providencia divina, porque si arribaran a Castilla jamás serían castigados según merecían sus delitos, antes bien, porque eran favorecidos del obispo, hubieran recibido muchos favores y gracias.» Llama la atención que entre los pocos buques, entre los muy pocos que se salvaron, se encuentre uno pequeño, gastado, malo, llamado el Aguja, el cual, como escribe Herrera «traía todo el caudal del Almirante, que consistía en cuatro mil pesos, y fué el primero que llegó a España, como por permiso de Dios»[513]. La mar se había tragado a los enemigos de Colón y a las inmensas riquezas que ellos habían reunido. El cronista Oviedo y Valdés, que residió en la isla y habló del suceso con testigos oculares, dice en su Historia natural y general de las Indias «que se perdieron (las naves) por no haber creído ni tomado consejo del Almirante.» Del mismo modo el milanés Benzoni, que vivió en la Española cuarenta años después del citado hecho, ve la justicia de Dios en la destrucción de la escuadra[514].

[512] Navarrete, I, 479. También en el nombre de la Santa Trinidad hizo su tercer viaje.

[513] Historia general de los viajes y conquistas de los castellanos en las Indias occidentales. Década 1.ª, lib. V, cap. II, pág. 337.

[514] La Storia del Novo Mondo, lib. I, folio XXIV.--Venezia, 1572.

Si censurable--aunque otra cosa digan apasionados cronistas--fué la conducta de Bobadilla como gobernador de la Isla Española, mayores censuras merece la de Ovando. Cuando llegó Ovando a la isla apenas había unos 300 españoles, repartidos en cuatro poblaciones: Santo Domingo, Concepción, Santiago y Bonao; pero el mismo huracán que echó a pique la flota que debía conducir a Bobadilla, destruyó casi completamente la población de Santo Domingo, cuyas casas eran de madera y paja. El Comendador tuvo el poco acierto de hacerla reedificar en un sitio menos higiénico, cual fué al otro lado del río, esto es, a la derecha del Ozama. En cambio, estuvo muy acertado haciendo construir varios edificios de mampostería, como La Fortaleza, residencia de la primera autoridad, el convento de San Francisco, el hospital de San Nicolás y otros que proyectó, y después se fueron haciendo. Reedificada la villa de Santo Domingo, hizo edificar la que llamó Puerto de Plata, en la costa Norte de la isla, y algunas más en otros lugares. Más preocupaban otros asuntos al comendador de Lares. Había traído consigo unos 2.500 hombres, más deseosos de riquezas que de trabajar. Preferían el oro y la plata de las minas más que los productos de aquellas fértiles comarcas. Cuando vieron que para extraer aquellos ricos metales se necesitaba rudo y peligroso trabajo, regresaron a Santo Domingo hambrientos, desnudos y cargados de deudas. En lugar de las inmensas riquezas que esperaban, las enfermedades y la peste se cebaron en ellos, llegando a 1.000 el número de víctimas. Socorrió Ovando--según sus fuerzas--a tantos desgraciados. También hubiera querido no recargar con onerosos tributos a los que trabajaban en las minas; pero no tuvo más remedio que obedecer las órdenes de los reyes. Sabía, además, que la bondad de los gobernadores en España estaba en relación con el oro que mandaban. Eran buenos si remitían mucho oro, y malos si poco. Toda la prudencia que mostró Ovando con los españoles, se convertía en despotismo y crueldad cuando de los indios se trataba. No pudiendo resistir tantos vejámenes y tropelías los indios de la provincia de Higuey, huyeron a las montañas y cavernas, huída que calificaban los españoles de sublevación. Ovando mandó a Juan de Esquivel, al frente de unos 300 o 400 hombres, para que hiciese la guerra a Cotubanamá, uno de los caciques más poderosos de la isla. Crueles fueron los españoles con los infelices indígenas. El delito--si lo hubo--fué insignificante; el castigo terrible. Pacificado el Higuey, Juan de Esquivel dejó una guardia de nueve hombres mandados por Martín de Villaman, ya para que vigilasen a los indios, ya para que cobrasen los tributos que los isleños se habían comprometido a satisfacer.

Sometida casi por completo la Isla Española, la parte más occidental, el Estado de Xaragua, equidistante de la Isabela y de Santo Domingo unas 60 leguas, conservaba su independencia. Desde que los españoles se habían llevado al fiero Caonabó, su mujer Anacaona, que en el idioma indígena quiere decir flor de oro fino, se retiró al lado de su hermano Behechio, dueño a la sazón del Estado de Xaragua. Vamos a relatar una historia legendaria. Era Anacaona--dicen--mujer de mucho talento y de extraordinaria hermosura. Su inspiración poética le había granjeado generales simpatías. Los areytos o romances de su invención se convertían en nacionales y sus dulces composiciones poéticas eran el encanto de todos los soberanos indios de la isla. Llamaba la atención por su elegancia la etiqueta de su corte: sus usos y costumbres, sus flores, sus adornos y muebles se pusieron de moda. Su palacio estaba lleno de objetos elegantes y de lindas obras del arte indígena. Tales objetos consistían en hamacas aéreas, en canastillas formando variados relieves o pinturas, vistosos abanicos, máscaras con adornos de oro y de conchas. Tenía magnífico servicio de mesa, manteles finos de algodón adornados con flores y a manera de servilletas lienzos de hojas olorosas. Hallábase su mencionado palacio lleno de jóvenes y alegres doncellas, de hermosos pájaros de todas clases; perfumado con los aromas más delicados; centro de toda cultura literaria y artística. Cuando la visitó Bartolomé Colón para concertar tributos, tanto ella como su hermano Behechio dispensaron a los españoles entusiástica acogida, agasajándoles con lo mejor que tenían. Cuéntase que cuando los españoles estuvieron cerca de la capital de Xaragua, los oficiales de la corte y empleados, con sus respectivos trajes, se presentaron ante ellos, llevando delante encantadores grupos de jóvenes, que servían de comparsas a un coro de treinta jóvenes doncellas adornadas de flores, ceñida la frente con una cintilla, llevando en sus manos flexibles palmas que entrelazaban ingeniosamente y con las cuales formaban arcos, canastillos y haces, al mismo tiempo que acomodaban sus danzas al son de sus cantos. En medio de la amenidad de virgen naturaleza, debajo de los magníficos arcos de olorosos bosques y junto al lago de Xaragua, recibió a Bartolomé Colón y a sus acompañantes. Las jóvenes Terpsícores--como las llama el conde Roselly de Lorgues--, al llegar cerca del Adelantado, doblaban sus rodillas y depositaban a sus plantas un ramo, en señal de reverencia y homenaje. Detrás de esos grupos, en el centro de un coro de canéforas o doncellas de distinguido nacimiento, aparecía en un trono cubierto de flores la reina Anacaona, rodeada de su corte y llevada en un palanquín por seis caballeros. En lugar de corona real ceñía su frente corona de flores, y de flores se componía su collar, brazaletes, cinturón y borceguíes. En sus negros cabellos resaltaban las flores y su cetro era un tallo florido. «Parecía--añade Roselly--que la flor de las reinas era también la reina de las flores»[515].

[515] Historia de Colón, tom. I, pág. 453.

Anacaona descendió de su litera, hizo graciosa reverencia a Bartolomé Colón, le ofreció una de sus flores y le condujo a la habitación que se le tenía preparada. Dos días pasó el Adelantado en compañía de la Reina y de Behechio, obsequiado con espléndidos festines y agasajado con toda clase de honras. Logró Bartolomé que, en cambio de la protección de España, se comprometiese Behechio a pagar un tributo a los Reyes Católicos.

Algún tiempo después, Anacaona, por muerte de su hermano Behechio, se encargó en absoluto del trono de Xaragua. Pasaron unos seis años. Ovando, gobernador de Santo Domingo, se disponía a visitar los dominios de la hermosa e inteligente reina Anacaona. Aunque ella recordaba que los cristianos habían preso a su marido, lo cual fué causa de la muerte del poderoso cacique; aunque no dejaba de tener presente que al acogerse a sus dominios los sublevados de Francisco Roldán habían abusado torpemente de su hija Hignememotta; aunque recordaba los atropellos que dichos revolucionarios habían cometido con los pacíficos habitantes de sus Estados, ella, comprendiendo su situación, soportaba con paciencia tantos desmanes, pagaba puntualmente los tributos concertados y no permitía que se hiciera el menor daño a los pocos españoles que, restos de anteriores revueltas, vivían en su territorio con los indios[516]. Es de advertir que los citados españoles, cómplices del malvado Roldán, continuaban cometiendo horribles excesos; pero con la idea de captarse el favor del gobernador Ovando--favor que necesitaban para prevenir las quejas que podrían llegarle acerca de sus iniquidades--, escribieron algunas veces diciendo que los indios de aquella comarca preparaban próxima rebelión.

[516] Ruiz Martínez, Conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid el 8 de mayo de 1892, págs. 13 y 14.

Con el objeto de hacer una visita--según dijo--se dirigió a Xaragua el gobernador Ovando, no sin hacerse acompañar de 300 infantes y 70 caballos. Anacaona envió en seguida la orden a todos los caciques para que acudiesen a prestar homenaje al representante de los reyes de España. Ella misma salió a recibirle, acompañada de las 30 doncellas más hermosas de su servidumbre y de 300 señores de su reino, todos luciendo sus galas más vistosas. Hizo que las dichas doncellas ejecutasen la danza virginal, llamada así porque en ella no tomaron parte ni hombres, ni mujeres casadas. Al Gobernador, lo mismo que a los que le acompañaban se les alojó en habitaciones preparadas al efecto, y se les sirvió ricos y abundantes banquetes. Obsequióse a Ovando con exquisitos presentes, y se ofreció a todos pan y tortas de cazabí, hutias guisadas de diferentes modos, caza, pesca, frutas y todo lo que tenían de más gusto. Toda la comarca hubo de despoblarse para ver al gobernador Ovando y a los españoles que le acompañaban, en obsequio de los cuales se organizaron alegres fiestas, como juegos de pelota, simulacros de guerra, bailes, cantos del país y otras.

De igual manera el comendador de Lares anunció un domingo que los suyos iban a celebrar unas justas o cañas a usanza de España. La noticia se recibió con general alegría y se dispuso que los principales señores del país debían presenciar la fiesta en la casa donde se hallaba la Reina y él. Cuando se creía que todo estaba dispuesto para la fiesta, el Gobernador se asomó a una ventana y al colocar su mano sobre la cruz de Alcántara que ostentaba en su pecho, pues ésta era la señal convenida, rodearon la casa multitud de españoles, en tanto que otros sujetaban en el interior a Anacaona y a 80 personajes indios. Atados a los maderos que sostenían la techumbre, después de retirarse los españoles con Anacaona, pusieron fuego a la habitación que, hecha de madera y paja, se convirtió en seguida en inmensa hoguera. Mientras que aquellos infelices sobre los cuales recaían sospechas de traidores a la patria eran quemados, la gente del Gobernador alanceaba a la muchedumbre, pisaba con sus caballos a mujeres y niños, perseguía a los desarmados indios que huían, los unos hacia las montañas para esconderse entre breñas y matorrales, y los otros hacia las costas para arrojarse al mar. El gobernador Ovando, no contento todavía con tanta crueldad, dispuso que Diego Velázquez y Rodrigo Mejía persiguieran a los fugitivos que habían buscado amparo en los montes con un sobrino de Anacaona. Preso el pariente de la Reina, sufrió la muerte con otros infelices. La capital de Xaragua entregada a las llamas desapareció completamente[517].

[517] Ob. cit., pág. 14 y siguientes.

La infortunada Anacaona, en premio de sus buenas acciones, vió trocadas sus guirnaldas de flores en cadenas de hierro. Con las falsas confesiones arrancadas al dolor, se le condujo a Santo Domingo, donde fué juzgada después de las declaraciones de gente ruín y miserable. ¡La infeliz fué condenada a la horca! Así acabó su reinado la noble Anacaona. El historiador, aun suponiendo que haya gran parte de leyenda en el relato, debe condenar, con harto sentimiento suyo, no sólo a Ovando, sino a Don Alvaro de Portugal, presidente a la sazón del Real Consejo de Indias. No negaremos, sin embargo, que se ha poetizado la figura de la reina indígena, exagerando a la vez el rudo gobierno de los españoles; pero insistiremos en que los Católicos Monarcas no fueron siempre y en todos los casos caritativos y piadosos con los indios. (Apéndice R).

Al continuar la historia de Cristóbal Colón, comenzaremos diciendo que, cuando pasó la tormenta en la que pereció Bobadilla, aquél abandonó (14 de julio) las costas de la Isla Española en busca de nuevas tierras. El 16 de julio llegó a la vista de la Jamaica (cayos de Morante), continuando su derrota. Su navegación se vió sumamente contrariada. Paró en Cayo Largo, volviendo a salir el 27 de dicho mes de julio. El 30 descubrió la isla Guanaja, que él llamó isla de Pinos, primera tierra centro-americana que encontraron los europeos en el siglo XVI. Guanaja se hallaba rodeada de varios islotes y estaba situada delante del golfo de Honduras. Bartolomé Colón, con algunos de los expedicionarios, desembarcó en la isla, a la cual vieron llegar una canoa de grandes dimensiones, hecha del tronco de un solo árbol. En ella iban hombres, mujeres y niños, conduciendo varias mercaderías. Para resguardar a los pasajeros del sol y de la lluvia tenían en medio una especie de cámara, formada con petates o esteras. Se creyó que pertenecía a indios traficantes que habían ido a cargar la embarcación en las costas cercanas a Yucatán. El Almirante fué de opinión que los naturales de aquella isla eran más civilizados que los de las Antillas, descubiertas en anteriores expediciones. Para juzgar de aquel modo, se fijó Colón en los siguientes hechos: aquellos indios no habían mostrado asombro a la vista de los buques, ni temor al aproximarse a los españoles; además iban vestidos y se dedicaban al comercio. El 14 de agosto desembarcaron en punta de Caxinas, hoy puerto de Trujillo, donde asistieron a la misa, que se celebró en el citado día por primera vez en el suelo centro-americano. Continuó avanzando la escuadrilla al abrigo de la costa. A unas quince leguas de la punta de Caxinas desemboca en el golfo el río Tinto, por el cual subieron los botes: bajó a tierra el Almirante y enarboló el 17 de agosto el real estandarte de Castilla. A orillas del mencionado río se presentaron indios diferentes--lo mismo en la fisonomía que en el lenguaje--a otros que habían visto en las islas. Anduvieron algunos días costeando aquella tierra, a la que dieron los nombres de Guaymuras, Hibueras y Honduras, cuya última denominación conserva al presente. La fuerza de los vientos, la violencia del mar y las lluvias torrenciales causaron muchas enfermedades a los marineros. Tanto su hijo Fernando, como su hermano el Adelantado, le animaron en aquellos días tristísimos. El 14 de septiembre alcanzó un promontorio que se desviaba bruscamente del Este hacia el Sur; luego que lo doblaron dejóse sentir brisa excelente y se calmó el mar. El Almirante dió Gracias a Dios, y así llamó al mencionado cabo. Siguió la costa de los Mosquitos, deteniéndose el 17 de septiembre en la embocadura de ancho río, donde zozobró el bote de la Vizcaína, y por ello Colón llamó a aquel lugar el río del Desastre. El 25 de septiembre, entre la pequeña isla de Quiribi y la Tierra Firme, se presentó excelente puerto, situado al frente de la aldea llamada Cariari, donde algunos indios principales llevaban guani(oro bajo), y donde vió mantas de algodón, puercos y grandes gatos monteses. Este pueblo parecía muy entregado a la hechicería, y sus habitantes hicieron señas a los españoles para que saliesen a la orilla. Luego salieron del río Guyga (hoy de Veragua) a la ribera muchos indios armados con sus lanzas y flechas, llevando en sus pechos espejos de oro. Notaron los españoles que aquellos indios estimaban más sus joyas que las nuestras, y que la tierra estaba cubierta de arboledas muy espesas. Del mismo modo, hubieron de observar que ninguna población se hallaba en la costa, sino dos o tres leguas adentro, como también que los indios, para ir desde la mar a sus pueblos, no iban por tierra, sino por los ríos en sus canoas.

El 5 de octubre el Almirante mandó levar anclas, dirigiéndose hacia el Sur. Iba navegando a lo largo de la costa de Mosquitos (hoy Costa Rica, a causa de sus minas de oro y plata). Siguiendo su derrotero, entró en un golfo rodeado de varias islas que formaban pequeños canales, en cuyas orillas se levantaban árboles gigantescos, que entrelazándose sus elevadas copas, formaban arcos. La fresca sombra y el suave aroma de los bosques, recreaban a las tripulaciones. El golfo era la bahía de Carabaro (hoy bahía del Almirante). Al bajar a tierra vieron algunos indígenas que iban desnudos y llevaban en el cuello placas de oro. Pasaron después las carabelas a otra bahía grande llamada ahora Laguna de Chiriqui. Continuó su camino y habiendo descubierto la embocadura de un río, dirigió allá las embarcaciones. Cuando vieron los indios que los españoles se aproximaban a la playa, se prepararon a oponerse a su desembarco, en tanto que el sonido de los caracoles marinos y de los tambores de madera, que resonaban en los bosques, llamaba a otros al combate. Los indios se dirigieron decididos al encuentro de los españoles, escupían hierbas mascadas en señal de desprecio y entraban en el agua hasta la cintura para arrojar de más cerca los dardos y jabalinas. Ante las señales de paz de los nuestros, los indígenas se calmaron, hasta el punto que hubieron de cambiar 17 espejos de oro por cascabeles. Volvieron los indios a las andadas, esto es, acordaron deshacerse de aquellos importunos visitantes. Comenzaron la lucha disparando algunas flechas, contestando los españoles con un tiro de ballesta y un cañonazo. Tal espanto produjo la detonación entre los indígenas, que huyeron a todo correr, a las espesuras de los bosques. Al poco volvieron algunos y cambiaron con los nuestros tres espejos. Fué preciso continuar el camino, y desde aquella costa se dirigió la escuadrilla hacia el Este. Pasó por delante de Cobrava y descubrió cinco aldeas grandes. Llegó después al litoral de Chagres. Siguió la costa al Este, y el 2 de noviembre echó el ancla en seguro y cómodo puerto, llamado por Colón Puerto Bello. Encontró allí casas espaciosas y tierras perfectamente cultivadas, donde se contemplaban hermosas palmeras y donde las ananas y vainillas embalsamaban el ambiente. Los indios le trajeron algodón elaborado y muchas frutas; el oro, poco. El 9 de noviembre se hizo a la vela para continuar la exploración, siguiendo a lo largo del istmo de Panamá. Continuó su camino; mas sorprendido por terrible borrasca, echó el ancla en unas islas de la costa, donde era tal la abundancia de frutos, raíces y en particular de maíz, que denominó aquel sitio el Puerto de las Provisiones. Allí estuvo hasta el 23 de noviembre, saliendo al fin con el objeto de continuar el reconocimiento de la isla. Tres días después, esto es, el 26 de noviembre, encontró un puerto estrecho que denominó El Retrete (hoy Puerto Escribanos), dando la vuelta a la tierra que atrás quedaba, noticioso de que las minas de oro se hallaban en Veragua. El 5 de diciembre dejó El Retrete; hizo noche en Puerto Bello; se vió en gran peligro por violentas borrascas, pues «ojos nunca vieron la mar tan alta, fea y hecha espuma.» El 13 de noviembre una tromba marina (fronks) estuvo a punto de sumergir la escuadrilla. A los cuatro días siguientes, o el 17, lograron nuestros barcos entrar en un puerto, y cerca de él había un campamento, cuyas viviendas se hallaban construídas encima de los árboles. El 20 desplegaron sus velas y se lanzaron a la mar; furioso viento les hizo acogerse a una ensenada, dedicándose a reparar las averías de las carabelas. En aquel sitio pasaron el año nuevo. El 3 de enero de 1503 salió la escuadrilla y penetró en un río que el Almirante llamó de Belén (los indígenas Yebra) distante una legua del conocido con el nombre de Veragua, país de las minas de oro. La distancia de Puerto Bello a Veragua es de unas 30 leguas; pero habiendo tardado en salvarlas cerca de un mes, y no sin bastante trabajo, el Almirante dió a aquella parte de litoral el nombre de Costa de los Contrastes. «Durante todo ese mal tiempo--según Herrera--sufrió (Colón) ataques continuos de gota con grandes dolores, y todos los que se hallaban a bordo de las carabelas estaban enfermos, fatigados y sujetos a raras debilidades de temperamento»[518].

[518] Hist. de los viajes y conquistas de los castellanos en las Indias Occidentales, Década 1.ª, libro V, cap. IX.

Como el río de Veragua tenía poco fondo, y el de Belén pasaba de cuatro brazas en su entrada, continuó Colón en el citado último río. Aunque las relaciones con los indígenas no eran tan cordiales como hubiera deseado el Almirante, sin embargo, los nuestros pudieron cambiar con ellos algunas fruslerías por veinte espejos de oro. El 12 de enero dispuso el Adelantado remontar con los botes el río de Veragua y llegar hasta la residencia de Quibián, jefe de aquella comarca. En efecto, verificóse la entrevista, que fué amistosa, hasta el punto que el indio obsequió con alhajas de oro al español. Al día siguiente, el Quibián se presentó en el puerto de Belén, recibiendo cariñosa acogida de parte del Almirante. Luego que los suyos cambiaron espejos de oro por cascabeles, partió bruscamente y sin despedirse de Colón.

El 24 de enero, de repente se desencadenó terrible tempestad en el Océano. Creció mucho el río. Las amarras de los barcos se rompieron, y la Capitana fué lanzada con violencia sobre el Gallego, ocasionándole graves averías. Del 6 de enero al 14 de febrero, llovió copiosamente. A pesar de la lluvia, el Adelantado, con 75 hombres, penetró en el país y habló a Quibián, por el cual supo dónde se hallaban las minas. Regresó el Adelantado el 16 de febrero, caminando a lo largo de la costa y no perdiendo de vista las embarcaciones. Recorrió una gran parte del litoral, donde obtuvo espejos de oro y provisiones, regresando con bastante cantidad de dicho metal.

Dispuso el Almirante establecer en aquel punto un puerto militar que fuese al mismo tiempo factoría para la trata del oro, en tanto que él marcharía a Castilla en busca de refuerzos. A un kilómetro de la embocadura del río, y con el beneplácito del Quibián, se construyeron algunas casas de madera y un gran almacén para encerrar provisiones de boca y algunos efectos de campamento (armas y artillería). Cuando disponía Colón su retirada, descubrióse terrible conjuración del Quibián. Descubrióla Diego Méndez, quien hubo de encontrar reunidos unos mil guerreros, con muchas provisiones de víveres y brebajes[519]. Convencido el Almirante de la traición, dispuso que su hermano, el Adelantado, redujese a prisión al Quibián. Conducido el prisionero a un bote, aprovechando un momento en que el piloto Juan Sánchez se hallaba distraído, se arrojó de un salto al mar y desapareció debajo de las olas. Entretanto, el Adelantado se limitó a ejercitar sus derechos de conquista en la casa del famoso cacique, encontrando en ella--según el notario real Porras--seis grandes espejos, dos coronas, varias placas pequeñas y veintitrés alhajas de oro[520]. El total podía valer unos trescientos escudos de oro[521]. Mientras se preparaba Colón para dirigirse a la Española, el Quibián, ya fuera de las aguas, y oculto en las apartadas regiones de su tribu, animaba a los suyos para lanzarse a la lucha. El 6 de abril, cuando intentaba el Almirante hacerse a la vela y la gente de barcos iba a despedirse de los españoles del campamento, el Quibián, al frente de «más de cuatrocientos (indios), armados con sus flechas y cachiporras», atacó el Real. Sufrió terrible castigo de los bravos cristianos. Repitieron el ataque los indios, decididos a conquistar el campamento. Colón no sabía qué camino seguir. Los hombres que había dejado en tierra se hallaban en mucho peligro, y entre ellos, estaba su hermano que sólo podía disponer de pequeña guarnición, diezmada por la muerte y abatida por la desesperación. Las carabelas hacían agua por todas las costuras. El mar continuaba furioso y el cielo inclemente. Las tripulaciones presentían siniestros temores, y él se vió acometido de ardiente fiebre. Perdido el Gallego, y abandonado en el río Belén, ante situación tan crítica, el fiel Diego Méndez se multiplicaba, dando ánimos a todos. Colón le felicitó por su comportamiento. «Lo cual el Almirante tuvo a mucho, y no se hartaba de abrazarme y besar en los carrillos por tan gran servicio como allí le hice, y me rogó tomase la capitanía de la nao Capitana, y el regimiento de toda la gente y del viaje»[522].

[519] Relación hecha por Diego Méndez de algunos acontecimientos del último viaje.

[520] Relación del oro que trajo el Adelantado de Veragua, cuando trajo preso al cacique e ciertas piezas de guani.

[521] P. Charlevoix, Histoire de Saint Domingue, lib. IV, pág. 244, in-4.

[522] Relación hecha por Diego Méndez de algunos acontecimientos del último viaje del Almirante D. Cristóbal Colón.

Hacia últimos de abril pudieron al fin salir «en nombre de la Santísima Trinidad», las tres carabelas y navegar hacia la Española. Los vientos volvieron a agitar los mares y las naves, unas veces eran empujadas hacia el oriente y otras hacia el poniente. Habiendo andado treinta leguas, se inutilizó la Vizcaína, que no hubo más remedio que abandonarla, repartiéndose la tripulación entre la Capitana y el Santiago de Palos. Continuó el Almirante su derrotero, pasó a la altura del puerto de El Retrete, atravesó algunas islas, llegó al Cabo de San Blas y se adelantó diez leguas más al Oeste. El 1.º de mayo, los pilotos le hicieron presente el mal estado de los buques y el 2 de dicho mes estuvo en dos islas que denominó de las Tortugas por los muchos animales que vió de este nombre. Azotados los barcos por las furiosas olas y empujados por las corrientes, fueron a parar a las islas situadas al Sur de Cuba, que en otro viaje llamó el Almirante al sitio de arribada Jardines de la Reina. Aunque le quedaba poco para llegar a la Española, se encaminó a Puerto Nuevo (Jamáica), donde entró el 23 de junio de 1503. Al día siguiente marchó por la costa buscando un asilo más al Este, el cual encontró, y en su primer arranque de admiración le dió el nombre de Santa Gloria.

Hallábase rodeado el puerto de Santa Gloria de lugares encantadores, poblados de árboles frutales. Allí mandó encallar las carabelas, de las cuales hizo habitación. En Santa Gloria permaneció doce meses y cinco días, teniendo el sentimiento de que se le rebelasen los hermanos Diego y Francisco Porras. En carta escrita el día 7 de julio de 1503, desde la isla Jamáica, escribe lo que sigue: «Allí se me refrescó del mal la llaga; nueve días anduve perdido sin esperanza de vida: ojos nunca vieron la mar tan alta, fea y hecha espuma. El viento no era para ir adelante, ni daba lugar para correr hacia algún cabo. Allí me detenía en aquella mar fecha sangre, herviendo como caldera por gran fuego. El cielo jamás fué visto tan espantoso; un día con la noche ardió como forno; y así echaba la llama con los rayos que todos creíamos que me habían de fundir los navíos. En todo este tiempo jamás cesó agua del cielo, y no para decir que llovía, salvo que resegundaba otro diluvio. La gente estaba ya tan molida, que deseaban la muerte para salir de tantos martirios. Los navíos estaban sin anclas, abiertos y sin velas»[523].

[523] Navarrete, Ob. cit., tom. I, pág. 301.

Más adelante escribe: «Yo estoy tan perdido como dije: yo he llorado fasta aquí a otros: haya misericordia agora el Cielo, y llore por mí la tierra. En el temporal no tengo solamente una blanca para el oferta: en el espiritual he parado aquí en las Indias de la forma que está dicho: aislado en esta pena, enfermo, aguardando cada día por la muerte, y cercado de un cuento de salvajes y llenos de crueldad y enemigos nuestros, y tan apartado de los Santos Sacramentos de la Santa Iglesia, que se olvidará desta ánima si se aparta acá del cuerpo. Llore por mí quien tiene caridad, verdad y justicia. Yo no vine este viaje a navegar por ganar honra ni hacienda: esto es cierto, porque estaba ya la esperanza de todo en ella muerta. Yo vine a V. E. con sana intencion y buen celo, y no miento. Suplico humildemente a V. E. que si a Dios place de me sacar de aquí, que haya por bien mi ida a Roma y otras romerías»[524].

[524] Ibidem, pág. 312.

En aquella olvidada isla hubiera encontrado obscura muerte el ilustre navegante, si el leal y bueno Diego Méndez no se ofreciera a pasar en una canoa india a la Isla Española en demanda de auxilio. A Méndez le acompañaba en tan arriesgada empresa el italiano Bartolomé Fieschi[525]. Después de algunos días de luchar con las tempestades y borrascas, llegó Méndez al puerto de Azna, donde supo que el gobernador general Ovando estaba en Xaragua, cincuenta leguas tierra adentro, ocupado en exterminar a sus habitantes. El comendador de Lares oyó el relato y ofreció tratar de ello. Cuantas veces insistió Méndez, otras tantas se le contestó con evasivas y dilaciones. Y así pasaron ocho meses hasta que, habiendo perdido toda esperanza, se decidió a fletar una carabela y enviarla en ayuda del Almirante.

[525] Reunidos el Almirante y los oficiales, Méndez dijo: «Señor, tengo una vida no más, yo, la quiero aventurar por servicio de vuestra Señoría y por el bien de todos los que aquí están, porque tengo esperanza en Nuestro Señor, que vista la intención con que yo lo hago me librará, como otras muchas veces lo ha hecho.» Contestó Colón lo siguiente: «Bien sabía yo que no había aquí ninguno que osase tomar esta empresa sino vos.» Relación hecha por Diego Méndez de algunos acontecimientos del último viaje del Almirante D. Cristóbal Colón.

Entonces Ovando, para convencerse de si era cierta la narración de Méndez, mandó a Jamáica un carabelón mandado por Diego Escobar, uno de los que se habían sublevado contra el Almirante. Llegó Escobar a cierta distancia del sitio donde estaban los infelices viajeros, se aproximó en una barca, les dijo que el Gobernador se compadecía de ellos, y habiéndoles entregado por todo socorro una barrica y un tocino, volvió al galeón, el cual se hizo a la vela para Santo Domingo. Aunque dijo Escobar al Gobernador que todo lo dicho por Méndez era verdad, todavía pasó un mes sin decidirse, lo cual prueba la pasividad de Ovando.

Diego Méndez, cansado de esperar y arrostrando todas las consecuencias, hizo público en Santo Domingo el peligro en que se hallaba el descubridor del Nuevo Mundo y el abandono en que se le tenía. Amigos y enemigos, todos a una, se pronunciaron en favor de Colón y en contra de Ovando. Cuando, merced a los sacrificios de los amigos de Colón, pudo Méndez fletar un buque (28 junio 1504) para dirigirse a Jamáica, entonces, y sólo entonces, tal vez temiendo quejas y murmuraciones de la opinión pública, se decidió a mandar otro en auxilio del Almirante. Embarcado el descubridor del Nuevo Mundo, llegó (13 de agosto) al puerto de Santo Domingo, teniendo de parte de Ovando un recibimiento poco cariñoso y aun rayano a la frialdad. Había recorrido, desde el río Belén a la isla Española, unas 225 leguas. Si alguno de nuestros lectores dudase--y no nos extrañaría su duda--de la fidelidad del relato, le recomendaremos que lea al P. Las Casas, que estaba a la sazón en Santo Domingo; a Fernando Colón, que acompañó a su padre en el cuarto viaje, y a Diego Méndez, que tomó parte principal en dichos sucesos.

Háse dicho por el Sr. Fernández Duro que Ovando demoró su ayuda al Almirante por el temor que abrigaba de que, llegando en aquellos momentos, pudieran reproducirse las no extinguidas banderías. Deseaba--añade el distinguido historiador--recibirle «con toda consideración, con todo el respeto y agasajo que se le debían»[526]. A esto contesta--y hacemos nuestras sus palabras--el Sr. Ruiz Martínez lo siguiente: «Quizás sea ésta, en efecto--a falta de otra mejor--la razón que diera Ovando para explicar su tardanza. Pero si tal recelo, que en el estado que ya se hallaba la isla era infundado, pasó realmente por su imaginación, ¿no le imponía el más rudimentario deber de humanidad, ya que no de patriotismo, la obligación de enviarles un buque para que hubiesen marchado directamente a España, sin tocar en Santo Domingo? Y si esto le parecía demasiada generosidad, ¿no estaba obligado, no ya tratándose de Colón, no ya tratándose de españoles, sino de unos náufragos, cualquiera que fuese su país y nacionalidad, a ponerse en frecuente correspondencia con ellos y enviarles las ropas, víveres y demás cosas indispensables para que no pereciesen de hambre o a manos de los indios? ¿Qué sublevaciones podía intentar Colón, agobiado por los años, rendido por las fatigas, enfermo de la gota y con su tripulación hambrienta, desmayada y medio desnuda? ¿Qué alborotos sobrevinieron cuando después llegó a la isla, permaneciendo en ella un mes? Y, sobre todo, ¿puede justificar la simple sospecha de que podía producirse un escándalo en Santo Domingo, aquel abandono en que se dejó al Almirante? ¿Qué mayor escándalo para el mundo todo, y qué ignominia mayor para la patria entera, que la noticia de haber perecido el descubridor del Nuevo Mundo, casi a la vista de los españoles, sin que se le tendiera una mano compasiva, por temor a una alteración del orden público? ¡Afortunadamente Dios, que sin duda velaba por la vida de Colón, libró a nuestra patria de semejante vergüenza![527].

[526] Conferencia leída en el Ateneo de Madrid el 14 de enero de 1892, pág. 17.

[527] Conferencia dada en el Ateneo de Madrid el 8 de mayo de 1892, págs. 19 y 20.

El 12 de septiembre se hizo Colón a la vela desde Santo Domingo para España. Sufrió privaciones sin cuento y fué juguete de las olas en las inmensidades del Océano, arribando en el más deplorable estado al puerto de Sanlúcar de Barrameda el 7 de noviembre de 1504.

Séanos permitido exclamar: ¡Qué ingratitud tan grande! Nada prueba la afectuosa carta que Colón escribió a Ovando de la isla Beata, anunciándole su llegada de Jamáica, y decimos que nada prueba porque en aquellos momentos aún podía el Gobernador perjudicar al Almirante. Tan cierto es lo que decimos, que cuando llegó a España manifestó cómo el Gobernador deseaba su perdición, pues mandó a Diego Escobar sólo por saber si ya era muerto. Si tales afirmaciones pecan de atrevidas, no será atrevimiento por nuestra parte decir que Ovando no perdonó medio para molestar al Almirante. Si anduvo solícito para poner en libertad y perdonar a los hermanos Porras, a los marineros y grumetes, todos del puerto de Sevilla o de las cercanías, que se habían sublevado en Jamáica contra el Almirante[528], manifestóse rehacio un día y otro día para devolver los bienes que a los Colones les fueran tomados por Bobadilla.

[528] Se apoderaron de los botes que Colón había comprado a los indios y en ellos partieron para la Española; pero renunciaron a su intento, y abandonando dichos botes, se dedicaron a recorrer como bandidos la isla.

En tanto que se desarrollaban tales sucesos, la reina Isabel, cuyo fervor religioso nadie podría poner en duda, escribió a Nicolás de Ovando una carta, fechada en la ciudad de Segovia el 20 de diciembre de 1503, diciéndole, entre otros cosas de importancia, «que compeliese y apremiase a los indios a reunirse con los cristianos para que se convirtieran al catolicismo y les auxiliasen en los trabajos de población y cultivo de la Española.» Influyesen o no en el ánimo del comendador de Lares lo escrito por Doña Isabel, probado se halla que desde entonces se establecieron de un modo permanente los repartimientos de indios. Lo cierto es que Cristóbal Colón inició el abuso, Bobadilla le dió más desarrollo, y en tiempo de Ovando llegó a su apogeo. Lejos de nosotros pensar que las palabras citadas de la reina Isabel fueron la causa de los repartimientos. Suyas son las siguientes palabras, que también se hallan en la misma carta: «Pagándoles (a los indios) el jornal que por vos fuese tasado, lo cual hagan e cumplan como personas libres, como lo son y no como siervos; e faced que sean bien tratados los dichos indios e los que de ellos fueren cristianos mejor que los otros, e non consintades ni dedes lugar que ninguna persona les haga mal ni daño, ni otro desaguisado alguno, e los unos ni los otros no fagades ni fagan ende al, por alguna manera, so pena de la mi merced, y de 10.000 maravedís para la mi Cámara.»

Sea de ello lo que quiera, no puede negarse que cada vez fueron mayores los repartimientos de indígenas. «Los premios y los castigos--escribe el Sr. Ruiz Martínez--consistían en dar más o menos indios; los servicios y las influencias se pagaban con lucidos repartimientos, y llegó a tal extremo el abuso, que algún tiempo después, muerta ya la reina Isabel, se concedían a señores de España dotaciones de centenares de indios para que los explotasen allá sus criados y servidores, y que ellos, sin moverse de Castilla, recibiesen aquí los pingües rendimientos»[529]. Política tan torpe ocasionó casi la despoblación de muchas y dilatadas comarcas. Bastará decir que de unos tres millones de indios que había en la Española a la llegada de Colón, quedaban 60.000 en los últimos tiempos de Ovando. Como los indígenas se acababan en la Española y la avaricia de los españoles iba en aumento, el comendador de Lares, con el consentimiento de D. Fernando el Católico, hubo de transportar a la Española los indios que habitaban las islas Lucayas. Por el engaño primero, y por la fuerza luego, los españoles se apoderaban de los indios, y embarcándolos, los conducían al mercado, donde eran vendidos, cuando la mercancía era más abundante, al precio de cuatro pesos. En poco tiempo las islas Lucayas quedaron casi desiertas y los indios que quedaron en ellas fueron sometidos a la dura condición que los de la Española.

[529] Conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid el 8 de Mayo de 1892, pág. 24.

De los malos tratos que recibía hubo de protestar por última vez la raza indígena. Los indios del Higuey prefirieron la muerte a la esclavitud. Juan de Esquivel, por orden de Ovando, al frente de 400 hombres, los venció sin ningún esfuerzo. Los que no murieron en la lucha, fueron ahorcados o quemados. El cacique Cotubanamá que se refugió en la isleta Saona con su familia, fué preso y conducido a Santo Domingo, pagando en la horca su amor a la independencia.

En otro orden de cosas no seríamos justos si negásemos nuestros aplausos al gobernador Ovando. Gobernó con bastante prudencia y puso en orden la administración: edificó y reedificó--como dijimos en este mismo capítulo--poblaciones; organizó el laboreo de las minas y estableció cuatro fábricas para acuñar moneda. Mandó a Sebastián de Campo (1508) a reconocer la isla de Cuba para saber si era o no tierra firme, lo cual aún se ignoraba, sin embargo de la indicación que había hecho en su famosa carta Juan de la Cosa; y envió a Juan de Esquivel a la isla de Boriquen (hoy Puerto Rico), para que la reconociese. Por último, arrojó de la isla a la gente maleante y dictó órdenes para dar forma legal a los amancebamientos de españoles con indias. Si cometió desaciertos y errores, censurémosle; pero tengamos presente las creencias y costumbres de su tiempo. En otro lugar y en distinta época, tal vez hubiese sido excelente gobernador.

D. Diego Colón, nombrado gobernador y capitán general de las Indias, en virtud de las estipulaciones hechas por los Reyes Católicos con su padre el Almirante, llegó a Santo Domingo (julio de 1509). Comenzó residenciando a Ovando; pero el antiguo gobernador abandonó la Isla Española en septiembre del dicho año y llegó a Castilla, muriendo el 29 de mayo de 1511.

¿Por qué Colón y sus hermanos fueron tan poco queridos en Santo Domingo? Repetiremos aquí lo que ya hemos indicado varias veces: los Colones, por su nacionalidad italiana y por su carácter grave y demasiado formal, opuesto al de los andaluces, que eran muchos en la Isla Española, gozaban de pocas simpatías. Sobre el particular--y aunque no estamos del todo conformes--veamos lo que dice Cánovas del Castillo: «Mas nada de esto quita que saliesen Colón y sus hermanos de nuestra primera colonia transatlántica malqueridos de todos; ¿y cuál pudo, en suma, ser la causa sino la que yo pienso, es a saber: el poco tacto, la violencia y falta de dotes de mando que demostraron? ¿Sería sólo su calidad de extranjeros? Para soberanos les venía esto mal, sin duda, y ya lo he dicho; pero después de todo, ¿qué nación ha habido en el Universo que con menos dificultad que la española se haya dejado regir por gente nacida en extrañas tierras?» Los marqueses de Pescara y del Vasto, hijos de Nápoles, aunque de antiguo origen español; el condestable de Borbón, francés; Filiberto de Saboya, Alejandro Farnesio, Castaldo, Chapín Vitelli, Ambrosio de Espínola, Torrecusa, ¿no eran tan extranjeros como los Colones? Pues fueron todos amadísimos de la ruda, tal vez feroz, y asimismo rapaz y viciosa gente, aunque no peor que la de los otros países, sino propia de los tiempos, que a sus órdenes ejecutó tantas hazañas inmortales. Ninguno de los nombrados llegaba al mérito de Colón en cien leguas; pero así y todo, ¿no parece claro que hubieron de estar mejor organizados y preparados que él para el especial oficio del mando[530]?

[530] _Conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid el 11 de febrero de 1891, _ pág. 27.

Cosas muy distintas fueron las ocupaciones de los capitanes antes citados y la de Cristóbal Colón. El marqués de Pescara, Alejandro Farnesio, Ambrosio de Espinóla y demás generales, peleaban al lado de otros jefes españoles y bajo las órdenes de nuestros monarcas; Colón, por sus grandes merecimientos, por la fortuna, que siempre le fué propicia, por su indudable superioridad, y tal vez por su legítimo orgullo, hubo de colocarse a tanta altura, que los pequeños se sentían humillados, los grandes le envidiaban y los mismos reyes se mostraban recelosos de un extranjero e importuno pretendiente hacía poco tiempo y que a la sazón estaba colocado en un trono de gloria. Cierto es, que el mando del Almirante en Santo Domingo fué poco feliz, influyendo en ello su carácter altanero y receloso; pero, como dice el Sr. Cánovas--y en esto estamos conformes con el ilustre historiador--«fué bastante extraordinario aquel hombre, y su memoria es sobrado gloriosa, para que ninguna flaqueza humana, cuanto más las que se le atribuyen, pudiera privarle del inmenso e indestructible pedestal sobre que su figura histórica descansa»[531].

[531] Ibidem, pág. 35.

CAPÍTULO XXIV

ULTIMOS DIAS DE COLÓN.--COLÓN EN SANLÚCAR Y EN SEVILLA.--SUS PADECIMIENTOS FÍSICOS Y MORALES.--CONDUCTA DEL REY CATÓLICO CON COLÓN.--PRESÉNTASE COLÓN A D. FERNANDO EN SEGOVIA.--CARTA DEL ALMIRANTE A D.ª JUANA Y A FELIPE EL HERMOSO.--COLÓN EN VALLADOLID.--TESTAMENTO DEL ALMIRANTE.--SU MUERTE.--CELEBRACIÓN DE SUS EXEQUIAS.--SUS RESTOS EN EL CONVENTO DE SAN FRANCISCO.--JUICIO QUE DE COLÓN FORMARON SUS CONTEMPORÁNEOS.--FIRMA DE COLÓN.--CASA DONDE MURIÓ COLÓN.--TRASLACIÓN DE SUS RESTOS A LA CARTUJA DE SANTA MARÍA DE LAS CUEVAS EN SEVILLA, LUEGO A LA CATEDRAL DE SANTO DOMINGO Y DESPUÉS A CUBA. HÁLLANSE EN LA CATEDRAL DE SEVILLA.--RELIGIOSIDAD DE COLÓN.--SU CARÁCTER, SEGÚN HERRERA.--OPINIÓN DE LOS REYES CATÓLICOS.--OPINIÓN DE BOLÍVAR.--COLÓN, SEGÚN ALGUNOS ESCRITORES DE NUESTROS DÍAS.

El descubridor del Nuevo Mundo, enfermo y pobre, se dirigió desde Sanlúcar de Barrameda a Sevilla. En esta última ciudad, con fecha 21 de abril de 1504, escribió a su hijo Diego, y, entre otras cosas, le decía lo siguiente: «yo he servido a sus Altezas con tanta diligencia y amor y más que por ganar el paraíso; y si en algo ha habido falta, habrá sido por el imposible ó por no alcanzar mi saber y fuerzas más adelante.» Intentó presentarse en la corte, impidiéndoselo la enfermedad que le aquejaba. «Porque este mi mal es tan malo--decía a su hijo en carta fechada el 1.º de diciembre--y el frío tanto conforme a me lo favorecer, que non podía errar de quedar en alguna venta.» Como sus padecimientos no le permitiesen salir de Sevilla, envió a la corte a su hermano Bartolomé y a su hijo natural Fernando, «niño en días, pero no ansí en el entendimiento», para que en unión de su otro hijo Diego, que residía al lado del Rey, influyesen con Don Fernando, a fin de que le cumpliesen todo lo estipulado. El Rey, ocupado en otros asuntos, no atendió las reclamaciones del Almirante.

Llegada la primavera del año 1505, pudo trasladarse en una mula a Segovia, siendo recibido por el Rey con semblante alegre y buenas palabras; eran estas palabras sólo dilaciones para no cumplir lo pactado. Diego Colón dirigió al Rey otro memorial pidiendo lo mismo que su padre, obteniendo también la misma contestación. «Cuantas más peticiones daban al Rey--escribe Herrera--tanto mejor respondía y se lo dilataba; y, entre estas dilaciones, quiso el Rey que le tentasen de concierto, para que hiciese renunciación de los privilegios, y que por Castilla le harían la recompensa, y se le apuntó que le darían a Carrión de los Condes y sobre ello cierto Estado, de lo cual recibió el Almirante gran descontento, pareciéndole que era señal de no cumplirle lo que tantas veces con la Reina le habían prometido; y por esta causa, desde la cama, adonde estaba muy enfermo, con una carta se quejó al Arzobispo de Sevilla, remitiéndolo todo al Divino Juicio»[532].

[532] Década 1.ª, lib. VI, cap. XIV.

Ignoramos las asistencias que percibió Colón en todo aquel año y primeros meses del siguiente; sabemos, sí, que a sus hijos y a su hermano se les libraban importantes cantidades, a aquéllos por resto de lo devengado en sus viajes a Indias, al otro como contino de la Real Casa.

No esperando que Don Fernando le hiciese justicia, se dirigió a Doña Juana y a Don Felipe, que de Flandes acababan de llegar a España. Así decía la carta: «Por ende humildemente suplico a VV. AA. que me cuenten en la cuenta de su leal vasallo y servidor, y tengan por cierto que bien que esta enfermedad me trabaja así agora sin piedad, que yo les puedo aun servir de servicio que no se haya visto su igual. Estos revesados tiempos y otras angustias en que yo he sido puesto contra tanta razon me han llevado a gran extremo. A esta causa no he podido ir a VV. AA. ni mi hijo. Muy humildemente les suplico que reciban la intencion y voluntad, como de quien espera de ser vuelto en mi honra y estado como mis escrituras lo prometen. La Santa Trinidad guarde y acresciente el muy alto y real estado de Vuestras Altezas»[533].

[533] Navarrete, Colección de viajes, tomo III, pág. 530.

Dirigióse a Valladolid, a la generosa ciudad del conde D. Pedro Ansúrez. (Apéndice S). La última voluntad de Cristóbal Colón, «documento escrito de su propio puño, fechado el 1.º de abril de 1502» y depositado en la celda del Reverendo Padre Gaspar Gorricio, de la Cartuja de las Grutas, antes de la partida del Almirante a su cuarto viaje, fué confirmado en todas sus partes después de su vuelta, conforme lo declaró él mismo, reproduciéndole el día 25 de agosto de 1505. Tiempo adelante, cuando conoció que llegaba su última hora, quiso darle forma y que interviniese el correspondiente escribano y notario público, según puede verse a continuación. Dice de la siguiente manera:

«En la noble villa de Valladolid, a 19 días del mes de mayo, año del nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil e quinientos e seis años, por ante mí Pedro de Hinojedo, escribano de cámara de sus Altezas y escribano de Provincia en la su Corte e Chancillería, e su escribano y notario público en todos los sus Reinos y Señoríos, é de los testigos de yuso escritos: el Sr. D. Cristóbal Colon, Almirante é Visorrey é Gobernador general de las islas é tierra firme de las Indias descubiertas é por descubrir que dijo que era, etc. Son testigos el bachiller Andrés Mirueña y Gaspar de la Misericordia, vecinos de Valladolid, y Bartolomé de Fresco, Alvaro Perez, Juan de Espinosa, Andrés y Hernando de Vargas, Francisco Manuel y Fernan Martinez, criados de dicho señor Almirante»[534].

[534] En los comienzos del siglo XVI y bastante tiempo después, la palabra criado no significaba lo que al presente, sino a todos los que prestaban algún servicio en las casas de los magnates, como el de secretarios, administradores u otros semejantes. Seguramente que a estos últimos se referían los criados del señor Almirante.

Muy significativo es el párrafo siguiente: «El Rey y la Reina, nuestros señores, cuando yo les serví con las Indias; digo serví, que parece que yo, por voluntad de Dios, se las dí, como cosa que era mía... é para las ir a descubrir allende poner el aviso y mi persona, Sus Altezas no gastaron ni quisieron gastar para ello, salvo un cuento de maravedís, é a mí fué necesario de gastar el resto: así plugó a Sus Altezas que yo hubiere en mi parte de las dichas Indias, islas é tierra firme que son al Poniente de una raya que mandaron marcar sobre las islas de las Azores, y aquellas del Cabo Verde, cien leguas, la cual pasa de polo a polo; que yo hubiese en mi parte el tercio y el ochavo de todo, é además el diezmo de lo que está en ellas, como más largo se amuestra por los dichos mis privilegios é cartas de merced.» (Apéndice T).

Instituyó Colón dos mayorazgos: uno para Don Diego, hijo legítimo; y otro para Don Fernando, hijo natural. En ambos excluye a las hembras, las cuales únicamente podrán disfrutarlos en el caso de la completa falta de herederos varones. Sobre este particular, el académico D. Luis Vidart, hace la siguiente observación: «No pesó en el ánimo del Almirante la gratitud a su protectora la Reina Doña Isabel de Castilla, para inclinarle a respetar el mejor derecho de las hijas sobre los sobrinos, en la herencia de los bienes, sean o no amayorazgados»[535]. Ordenó Colón a su hijo D. Diego que fundara una capilla y que en ella hubiese «tres capellanes que digan cada día tres misas, una a la honra de la Santísima Trinidad, é la otra a la Concepción de Nuestra Señora, é la otra por el ánima de todos los fieles difuntos, é por mi ánima é de mi padre é madre é mujer.» La cláusula respecto a la madre de Don Fernando Colón, dice lo siguiente: «E le mando (a Don Diego) que haya encomendada a Beatriz Enríquez, madre de Don Fernando, mi hijo, que la provea que pueda vivir honestamente, como persona a quien yo soy en tanto cargo. Y esto se haga por mi descargo de la conciencia, porque esto pesa mucho para mi ánima. La razon dello non es lícito de la escribir aquí.» A continuación del testamento se halla una memoria escrita de mano del Almirante, en que dispone se diese: «a los herederos de Jerónimo del Puerto, veinte ducados; a Antonio Vaso, dos mil quinientos reales, de Portugal; a un judío que moraba a la puerta de la Judería de Lisboa, el valor de medio marco de plata; a los herederos de Luis Centurion Escoto, treinta mil reales, de Portugal; a esos mismos herederos y a los de Paulo de Negro, cien ducados, y a Bautista Espíndola ó a sus herederos, si es muerto, veinte ducados.» (Apéndice U).

[535] Colón o la ingratitud de España. Conferencia leída el 21 de enero de 1892 en el Ateneo de Madrid, pág. 26.

Escribe Don Fernando Colón, que cuando el Rey Católico salió de la ciudad de Valladolid a recibir a Felipe I el Hermoso, que venía a reinar en España, su padre, «el Almirante quedó muy agravado de gota y otras enfermedades, que no era la menor el verse decaído de su posesion, y en estas congojas dió el alma a Dios el día de su Ascension[536] a 20 de mayo de 1506, en la referida villa de Valladolid, habiendo recibido antes todos los Sacramentos de la Iglesia. Fueron sus últimas palabras: In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum. Las exequias se celebraron en Santa María la Antigua»[537].

[536] No fué el día de la Ascensión, porque en aquel año cayó el 21.

[537] Véase Washington Irving, Vida y viajes de Colón.

Los restos del Almirante se depositaron--según algunos cronistas--en el convento de San Francisco. El Dr. D. Lorenzo Galíndez de Carvajal (n. en Plasencia el 1472 y m. en Burgos el 1532), en sus Adiciones genealógicas a los Claros varones de Castilla, de Fernán Pérez de Guzmán, escribe lo siguiente: «D. Cristóbal Colón, primer Almirante de las Indias, el cual primero las descubrió y halló en el año de mil cuatrocientos noventa y dos, y murió en Valladolid en el mes de mayo de mil quinientos seis, y allí se sepultó en el Monasterio de San Francisco en la capilla de Inés de Lacerda, para se llevar a la iglesia mayor de Sevilla, donde mandó hacer su capilla»[538]. En esta o en otras fuentes bebieron Washington Irving y Prescott, aquél en su obra ya citada, y éste en su Historia de los Reyes Católicos D. Fernando y Doña Isabel, cuando dicen que «los restos de Colón se depositaron primeramente en el convento de San Francisco de Valladolid»[539].

[538] Colección de documentos inéditos, etc., t. XVIII, p. 467. Adición al cap. VI del Almirante D. Alonso Enríquez.

[539] Tomo VII, p. 126.--Madrid, 1848. Tr.

Ni dentro, ni fuera de España se hizo apenas caso de la muerte de Colón. La atención pública en España se hallaba distraída por la llegada de la princesa Juana y de su marido el archiduque Felipe de Austria, llamado el Hermoso, quienes iban a tomar posesión del reino de Castilla. A grandes y pequeños les interesaba saber si eran o no eran ciertas las discordias conyugales entre los dos príncipes, y si eran o no eran ciertos los disgustos y rencores entre el yerno y el suegro. A todos preocupaban las divisiones palaciegas; a ninguno el fallecimiento del hombre que había dado a España la mitad del globo. Europa tenía fijos sus ojos en el renacimiento, ya literario, ya artístico, y en las famosas guerras de Italia. Sucedíanse los descubrimientos y los inventos. ¿Quién había de acordarse de Colón, cuando sucesos de tanta importancia preocupaban a todas las naciones?

¿Qué juicio habían formado los contemporáneos de Colón? Pedro Mártir de Anglería, historiógrafo real, que por el año 1506 se hallaba cerca de la hermosa ciudad del Pisuerga, no dice una palabra ni de la enfermedad ni de la muerte de Colón; y entre las muchas cartas curiosas de aquellos tiempos, publicadas en la Biblioteca de autores españoles[540], no hay tampoco dato alguno sobre el particular; los redactores del Cronicón de Valladolid[541], que dan noticia de las cosas más insignificantes de la ciudad, no creyeron que la muerte del insigne genovés merecía la pena de escribir unas cuantas líneas; el historiador valisoletano Antolínez de Burgos, que nació en el último tercio del siglo XVI y murió a mediados del XVII, se contentó con decir que acabó el Almirante sus días en Valladolid en mayo de 1506, y D. Manuel Canesi, hijo de una de las familias principales de dicha población, en su Historia de Valladolid, en seis tomos[542] escribe que murió el «año 1506, a 26 de mayo (algunos dicen a 6)». Ignoraba, pues, Canesi, que Cristóbal Colón falleció el 20 del citado mayo.

[540] Tomos XIII y LXII.

[541] Comienza en el año 1333 y termina en el 1539.

[542] Esta obra, aún inédita, al ocurrir la muerte de D. Manuel en el año de 1750, se vendió por sus herederos a los Sres. Estradas, de éstos pasó a poder de D. Diego Sierra, vecino de Palencia, viniendo a parar a un puesto de libros viejos en Madrid, donde la compró D. Fidel de Sagarminaga, de Bilbao. A la muerte de D. Fidel de Sagarminaga, dicha obra, con la rica librería de dicho señor, se donó a la Diputación de Vizcaya. El título es el siguiente: Historia Secular y Eclesiástica de la muy antigua, augusta, coronada, muy ilustre, muy noble, rica y muy leal ciudad de Valladolid, dedicada a los Señores Justicia y Regimiento, compuesta por D. Manuel Canesi Acebedo, natural de ella y criado de su excelso Ayuntamiento.

Otra prueba del poco interés que excitó la muerte del Almirante, se encuentra en la obra alemana intitulada Países ignotos, que terminó Ruchhamer el 20 de septiembre de 1508, pues en ella se refiere que Colón y su hermano Bartolomé vivían todavía en la corte de España.

De modo que no pocos historiadores contemporáneos y muchos de los que después, hijos de Valladolid, escribieron sucesos de ciudad tan noble, apenas dedican unas pocas palabras de dudosa veracidad o no citan la muerte del hijo de Génova. Por el contrario, Galíndez de Carvajal en aquellos días, al tener noticia del fallecimiento de Colón, expresaba: «Podrá la inscripción que se le ha puesto borrarse de la piedra; pero no de la memoria de los hombres.» Estanques, cronista de Felipe el Hermoso, decía: «El descubrimiento de las Indias por D. Cristóbal Colón fué la cosa más señalada que antes de sus tiempos aconteció en el mundo..., el cual, si se hiciera en el de los griegos y romanos, cierto es que lo ensalzaran y ponderaran en muchos volúmenes e historias, como la grandeza del caso merecía.» Oviedo escribía a Carlos I lo que sigue: «Porque aunque todo lo escripto y por escribir en la tierra perezca, en el cielo se perpetuará tan famosa historia, donde todo lo bueno quiere Dios que sea remunerado y permanezca para su alabanza y gloria de tan famoso varón. Los antiguos le hubieran erigido estatua de oro, sin darse por ello exentos de gratitud.» Pinel y Monroy expone dicho particular en estos términos: «Fué, sin duda, la dificultosa empresa de D. Cristóbal la de mayor admiración que pudo caber en ánimo mortal, y que jamás imaginó ni concibió la esperanza de los siglos; y pudo con razón decirse que después de la creación del mundo y la redención del género humano, no resaltará en las letras sagradas ni profanas otra obra de mayor grandeza.»

En la ciudad de Roma, Huberto Foglieta, historiador de las grandezas de la Liguria, manifestó su indignación contra el vergonzoso silencio e increible ceguedad de su patria (Génova), que decretaba estatuas a ciudadanos de escaso mérito y no erigía ninguna al único de sus hijos cuya gloria no tenía igual[543]. La república de Génova, participando de la general indiferencia, no pensó, hasta el año 1577 «en consagrarle un trozo de aquel mármol de que tan pródigos son sus palacios»[544].

[543] Clarorum ligurum elogia, pág. XXXVI.--Roma, 1577.

[544] Roselly de Lorgues, Hist. de Colón, Introd. de Fr. R. B. tom. I, pág. 16.

Ofrece cierta curiosidad la firma del Almirante, la cual es como sigue:

.S. .S. A .S. X M Y Xpo FERENS

El significado es el siguiente: Servus, Supplex Altissimi Salvatoris. Jesús, María, Joseph. Christo Ferens. Traducido al romance, será: Siervo humilde del Altísimo Salvador. Jesús, María, José. El que lleva a Cristo (esto es, Christophorus, Cristóbal). En la firma, como en otras cosas, se ve con toda claridad la influencia de la religión cristiana sobre el alma creyente de Colón. Dice el P. Las Casas en su obra (lib. I, cap. 102) lo siguiente: «Siendo el Almirante muy devoto de San Francisco, prefirió también el color gris parduzco del hábito de su Orden; y le vimos en Sevilla llevar un traje que era poco menos que idéntico al hábito de los frailes franciscanos.» Del mismo Almirante son las palabras que a continuación copiamos: «Para la realización del viaje a la India de nada me han servido los razonamientos, ni las matemáticas, ni los mapamundis. Se cumplió sencillamente lo que predijo el profeta Isaías»[545].

[545] Véase Navarrete, II, 229 y siguientes.

Consideremos ahora dos asuntos de relativa importancia: la casa en que murió Cristóbal Colón y el lugar donde han descansado los restos del Almirante[546].

[546] Sobre el particular publicamos un artículo en la Revista de España, núm. 566, correspondiente al 30 de Octubre de 1892, que después se reprodujo en la _Revista Contemporánea_, número 628, del 15 de agosto de 1902, y ahora lo trasladamos en parte a este lugar.

¿En qué casa murió el insigne descubridor del Nuevo Mundo? Don Matías Sangrador fué el primero que escribió: «Colón murió en la casa número 2[547] de la calle Ancha de la Magdalena, que siempre han poseído como de mayorazgo los que llevan este ilustre apellido»[548]. A pesar de la afirmación tan terminante del laborioso escritor valisoletano, cuando, en el año 1865, se quiso tributar un testimonio de respeto a la memoria de Colón, los resultados no correspondieron a las investigaciones que se realizaron, según se muestra por el documento que copiamos:

«Antecedentes relativos a la casa que en la calle de la Magdalena de la ciudad de Valladolid posee el Sr. D. Diego Colón.

Los Sres. Licenciados D. Hernando Arias de Rivadeneira y don Francisco de Rivadeneira, arcediano de Palencia, por escritura que otorgaron con fecha en la ciudad de Valladolid y diciembre de 1551 a testimonio del escribano de S. M. D. Diego Alonso Terán, y en virtud de Real facultad, fundaron un mayorazgo titulado de Rivadeinera, con los bienes que compraron a Juan de Segovia y a Juana Rodríguez, su mujer, agregando a él la casa principal de su morada que tenían en la ciudad de Valladolid a la calle que decían de la Magdalena, lindante por un lado con corrales de la casa de Diego de Palacios Mudarra (hoy herederos del Sr. D. José Arellano); por otro, con casas del fundador D. Hernando, y por delante con la calle pública, cuyo mayorazgo lo instituyeron en cabeza del hijo de D. Hernando, D. Diego de Rivadeneira y sus sucesores.

La Sra. D.ª Josefa de Sierra Sarria Salcedo y Rivadeneira, sucesora del referido Sr. D. Diego Rivadeneira, poseedora del mayorazgo de este título y abuela del Sr. D. Diego Colón, casó en 13 de marzo de 1780 con el Ilmo. Sr. D. José Joaquín Colón de Toledo y Larreategui, descendiente del descubridor del Nuevo Mundo, D. Cristóbal Colón.

Por lo expuesto se demuestra que la casa sita en la calle de la Magdalena de la ciudad de Valladolid no perteneció al Almirante D. Cristóbal Colón ni a sus sucesores, hasta que, por el matrimonio del ilustrísimo Sr. D. José Joaquín Colón de Toledo con la Sra. D.ª Josefa de Sierra y Sarria, recayó en la familia de Colón como poseedora del mayorazgo de Rivadeneira.

Muy bien pudo suceder que el Almirante D. Cristóbal Colón, por relaciones que le uniesen con la Sra. D.ª María de Rivadeneira o con D. Diego Hernández de Segovia, padres del D. Hernando Arias de Rivadeneira, o por otra cualquiera causa, habitase la calle de la Magdalena cuando en 1506 estuvo en Valladolid; pero en el archivo del señor D. Diego Santiago Colón de Toledo no existe ningún antecedente legal que justifique que la relacionada casa fuese habitada por tan ilustre señor.

Cuanto queda relacionado es lo único que puede decirse relativo a la procedencia de la casa de la calle de la Magdalena, y a lo que resulta del archivo del Sr. Colón de Toledo sobre la posibilidad de que fuese habitada por el Almirante D. Cristóbal Colón.--Madrid 28 de septiembre de 1865.--P. O., Cipriano Sáenz»[549].

[547] Hoy núm. 7.

[548] Hist. de Valladolid, t. I, pág. 309.

[549] Hállase el original en el Archivo municipal. Expediente instruído para tributar un testimonio de respeto a la memoria de Colón, Cervantes y conde Ansúrez.

Sin embargo, la comisión de Valladolid, tenaz en su empeño, dispuso colocar la siguiente inscripción:

«Aquí murió Colón. ¡Honor al genio!»

Las razones en que aquélla se fundaba eran:

«Se ha dispuesto colocar esta lápida en el frente de la casa núm. 7 de la calle de Colón, perteneciente al Sr. D. Diego Santiago Colón de Toledo, descendiente del ilustre genovés, descubridor del Nuevo Mundo, y en cuya casa hay datos para presumir que fué la en que falleció éste, si bien sólo se halla comprobado que sus honras se celebraron en la iglesia de Nuestra Señora de la Antigua»[550].

[550] Archivo municipal, año 1866.

Además del documento procedente del archivo del Sr. D. Diego Santiago Colón de Toledo, es evidente que la casa señalada como tal no sirvió de última morada, ni en ella acabó sus días Cristóbal Colón, indicándolo así su género de construcción, la cual debió tener lugar ya bien entrado el siglo XVI.

¿Es la conocida hoy con el nombre de cárcel de corona, situada en la calle de los Templarios, núm. 6? Podemos asegurar, según documentos que hemos tenido a la vista, que la mencionada casa era hospital por entonces, habiéndose hecho después reconstrucciones, obras y reparos de importancia. ¿Era la que se hallaba casi enfrente de la conocida como casa de Colón, quemada hace pocos años, y edificada luego con el núm. 4? Alguno lo creyó así, fundándose en que en ella se encontraron un nivel y una regla para trazar planos, los cuales debían de pertenecer a últimos del siglo XV o a principios del XVI; pero dado que sea verdad lo expuesto, nada prueba, si se tiene en cuenta que aquellos objetos estaban en la buhardilla a la vista de todos, y a mayor abundamiento, se hará notar que en dicha casa vivió algunos años un industrial dedicado a la compra y venta de antigüedades. En resumen, no se encuentra ninguna luz que nos oriente en tan obscuro camino, y es de presumir que será una de las cosas destinadas a no saberse nunca.

Otro asunto se presenta también a nuestra consideración. ¿Llevaron los franciscanos el cuerpo de Colón a determinada sepultura, como cree Galíndez Carvajal, o fué a parar al enterramiento general, como sospechan otros? No negaremos que los frailes de San Francisco le ayudaron a bien morir y celebraron sus funerales en Santa María la Antigua; pero tampoco debe olvidarse que el descubridor del Nuevo Mundo era hermano de la orden tercera. También debemos tener presente las palabras del Conde Roselly de Lorgues: «Es muy cierto, dice, que la muerte de un subgobernador, de un coronel, hace hoy más ruido en una provincia, que no la ocasionaba entonces en España la pérdida del hombre que había hallado un mundo»[551].

[551] Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón, tomo II, pág 46.

Nosotros sólo diremos que se tiene noticia exacta de otros enterramientos y de sus letreros, poco importantes si se comparan con el del ilustre navegante, y nada se dice del de Colón. En la Historia del Convento de San Francisco, de Fray Martín de Sobremonte, obra voluminosa, manuscrita, llena de curiosas noticias y de preciosos datos donde las cosas más insignificantes se detallan con exactitud matemática, y muy especialmente las sepulturas de personas religiosas o no religiosas, no hay indicación alguna sobre la de Colón. El título de la obra es el siguiente:

Noticias chronographicas y topographicas del Real y religiosisimo convento de los Frailes Menores Observantes de San Francisco de Valladolid, cabeza de la Provincia de la Inmaculada Concepcion de Nuestra Señora.

Recogidas y escritas por Fray Matthias de Sobremonte, indigno Fraile Menor, y el menor de los moradores de el mismo convento.

Año de MDCLX.

En la parte I, que llama Chronographica, noticia XI, pág. 55 v.ª, se halla un epígrafe que intitula: De algunos religiosos cuyas cenizas descansan en este convento, y se lee que «Fray Pedro de Santoyo está enterrado en la capilla mayor desde el año 1431», etc., pág. 56, y más adelante, que «Fray Bernardino de Arebalo está en la capilla mayor», etcétera, pág. 57. En la noticia XII, De algunas cosas dignas de memoria que an sucedido en este convento, pág. 61, se lee que «D. Alvaro de Luna estuvo enterrado en el convento», pág. 63.

En la parte II, que designa con el nombre de Topographica, y en la noticia III, De las capillas, altares y sepulturas, etc., consta que «el Padre Guevara, Obispo de Mondoñedo, fué enterrado en San Francisco», pág. 20, y bajo el epígrafe Otras sepulturas de personas de quenta, página 32, se dan detalles de enterramientos que llaman la atención por lo minuciosos. ¡Ni una palabra acerca de la sepultura de Cristóbal Colón!

De modo que el P. Sobremonte no ignoraba las sepulturas de los frailes Santoyo, Arebalo y del cronista P. Guevara, de D. Alvaro de Luna, de D.ª María de Mendoza, de D.ª Leonor de los Leones y de muchos más: ¿puede admitirse que olvidase la de Colón?

Don Rafael Floranes, que escribió en el siglo XVIII, y cuyos preciosos manuscritos se hallan en la Biblioteca Nacional, tampoco nombra la del descubridor del Nuevo Mundo. Entre las obras del insigne escritor valisoletano, citaremos Inscripciones de Valladolid,(un tomo)[552], y Apuntes para la Historia de Valladolid (cinco tomos). Trata en la primera de las inscripciones que se pusieron en las capillas de las iglesias y conventos, habiéndonos fijado especialmente en las capillas de la Orden Tercera de San Francisco. El título de la segunda es Apuntes para la Historia de Valladolid[553]. Datos muy curiosos se encuentran en el primer tomo[554], varias noticias y algunos enterramientos en el segundo [555], y del tercero[556] lo que copiamos a continuación: Noticias del convento de San Francisco de Valladolid conducentes a la Historia de esta ciudad. Entre los varios epitafios hay el siguiente: «Aquí yace el bienaventurado Padre Fray Pedro Santoyo, Autor de la Regular Observancia en España y Fundador de esta Santa Provincia de la Concepción: murió en este convento con opinión de santidad y milagros, año de 1431 a 7 de abril; veinte años después le trasladaron junto al altar mayor, en un sepulcro de piedra; y en el año de 1629 a 4 de mayo le trasladaron a este lugar con licencia del Ordinario.» Más adelante leemos: Noticias sacadas del Libro de la Sacristía de San Francisco, titulado el Libro de las sepulturas y capillas deste convento de San Francisco en Valladolid. También, aunque ligeramente, hemos registrado los tomos cuarto[557] y quinto[558]. Don Rafael Floranes, como el P. Sobremonte, son diligentísimos escritores y de indiscutible autoridad en el asunto de que se trata.

[552] Departamento de manuscritos, Mss. 11.246.

[553] Departamento de manuscritos.

[554] Mss. 11.281.

[555] Mss. 11.282.

[556] Mss. 11.283.

[557] Mss. 11.284.

[558] Mss. 11.285.

Dado como cierto que los restos de Colón se colocaron en determinada sepultura, ¿cuándo se trasladaron desde las bóvedas del convento de San Francisco a la Cartuja de Santa María de las Cuevas? Solamente se sabe que el 8 de septiembre de 1523, el cuerpo de Cristóbal Colón, según el testimonio de su hijo Diego, estaba depositado en el monasterio de Sevilla. De modo que en el período de diez y siete años, o sea, desde el 20 de mayo de 1506 hasta el 8 de septiembre de 1523, se puede asegurar que se verificó la primera traslación. Prescott dice que dicha traslación se hizo seis años después de la muerte del Almirante[559]; pero no advirtió que Galíndez Carvajal escribió sus Adiciones genealógicas en 1517, después del mes de octubre, y de ellas se desprende que todavía se encontraban los restos en San Francisco.

[559] Ob. cit., tomo VII, pág. 120.

¿Cuándo fueron trasladados por segunda vez desde el Monasterio de las Cuevas a la Iglesia Catedral de Santo Domingo? Créese que en el año 1536[560]; se dice que la inhumación en la capilla mayor de la Catedral se verificó en 1540, y se ignora si tuvo o no tuvo lápida su tumba.

[560] Así opinó también Prescott. Ibidem.

Por el tratado de Basilea del 22 de julio de 1795, la isla de Santo Domingo pasó a formar parte de la república francesa, y los huesos del Almirante, exhumados el 20 de diciembre, se transportaron por don Gabriel de Aristizábal, Teniente General de la Armada, a la capital de Cuba, conducidos a la Catedral y depositados en un nicho que se abrió en el presbiterio al lado del Evangelio. En la Habana estaban el 15 de enero de 1796. Se duda por algunos escritores dominicanos que los restos de Cristóbal Colón fuesen los mismos que se llevaron a la Habana, y afirman que eran los de su hermano Bartolomé o de su hijo Diego, y D. Fr. Roque Cocchia, Obispo de Orope, asegura, con sobrada ligereza, que el 10 de septiembre de 1877, encontró en la Catedral de Santo Domingo los verdaderos restos de Cristóbal Colón.

Ignórase, pues, la época en que fueron trasladados los restos de Colón desde Valladolid a Sevilla y desde Sevilla a Santo Domingo, y el Obispo citado, no solamente duda, sino cree que aquéllos todavía descansan en la Catedral dominicana.

Hasta el 1899 estuvieron en la Habana, trasladándose en dicha fecha a Sevilla. Colocóse el pedestal en 1902, en la nave sur del templo, delante de la puerta de San Cristóbal. En el centro del pedestal se destacan las armas chicas de Sevilla que consisten en la figura[ilustración][561] entre las siguientes inscripciones: «Sevilla, 1891[562] y 1902[563].» Gótica inscripción ocupa todo el perímetro: «Cuando la Isla de Cuba--dice--se emancipó de la madre España, Sevilla obtuvo el depósito de los restos de Colón y su Ayuntamiento erigió este pedestal.» Encima del pedestal se admiran, en buen tamaño, los reyes de armas o heraldos de los cuatro reinos de Castilla, León, Aragón y Navarra, colocados uno en cada ángulo y sosteniendo sobre sus hombros el sarcófago. En la cara inferior del sarcófago, en letras góticas y doradas, hay un letrero que dice: «Aquí yacen los restos de Cristóbal Colón. Desde 1796 los guardó la Habana y este sepulcro por Real orden de 26 de febrero de 1891.»

[561] Alfonso X el Sabio concedió dichas armas chicas en 1283 a Sevilla, por haberse mantenido leal cuando casi todo el reino se había alzado en contra suya. Significan: No madeja do.

[562] Por Real orden del 26 de febrero de 1891 (Gaceta del 27) se dispuso la erección de un monumento en la Catedral de la Habana para sepulcro de Colón. En el mismo año y mediante informe de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, se concedió el premio al proyecto de D. Arturo Mélida. Hízose el pedestal de piedra mármol y figuraba un templo o pirámide azteca. Cuando Cuba logró su independencia, al mismo tiempo que las cenizas del Almirante, se quiso trasladar el monumento a España. Como esto último era muy difícil, dado el mucho peso del pedestal, se hizo otro más modesto y con diferente carácter, también bajo la dirección del Sr. Mélida, para colocarlo en la Catedral de Sevilla.

[563] Esta es la fecha en que se verificó en la ciudad andaluza la inauguración del artístico pedestal o histórico monumento.

En el paño fúnebre se lee:

A Castilla y a Aragón Nuevo Mando dió Colón.

Dice el cronista Herrera que era Colón ferviente religioso. «Acostumbraba a decir: En el nombre de la Santísima Trinidad. Cuando escribía alguna carta o algún otro documento, ponía en la cabeza: Jesus, Cruz, María sit nobis en via. Su juramento consistía algunas veces en estas palabras: Juro a San Fernando. Si cuando escribía cartas, especialmente a los reyes, quería afirmar alguna cosa, sus palabras eran: Hago juramento que es verdad esto. Observaba los preceptos de la iglesia respecto al ayuno, confesaba y comulgaba muchas veces, rezaba todas las horas canónicas, era simplicísimo de blasfemias y juramentos, devotísimo de Nuestra Señora y del Bienaventurado San Francisco; pareció ser muy agradecido a Dios por los beneficios recibidos; por lo cual, casi por proverbio, cada hora traía, que le había hecho Dios grandes mercedes, como a David. Cuando le llevaban algún oro o cosas preciosas, en su Oratorio, de rodillas, daba gracias a Dios porque de descubrir tantos bienes le hacía digno; era muy celoso de la honra de Dios y muy deseoso de la conversión de los indios, y que por todas partes se sembrase y ampliase la fe de Jesucristo, y singularmente aficionado y devoto de que Dios le hiciese digno de que pudiese ayudar en algo para ganar el Santo Sepulcro, y con esta devoción, y la confianza que tuvo de que Dios le había de guiar en el descubrimiento de este Orbe que prometía, suplicó a la Serenísima Reina Doña Isabel que hiciese voto de gastar todas las riquezas que por su descubrimiento para los Reyes resultase, en ganar la tierra y Casa Santa de Jerusalén. Fué varón de grande ánimo, esforzado y de altos pensamientos: inclinado particularmente a lo que se puede colegir de su vida, hechos, escrituras y conversación, a acometer hechos egregios y señalados; paciente y muy sufrido, perdonador de las injurias, y que no quería otra cosa, según de él se cuenta, sino que conociesen los que le ofendían sus errores y se le reconociesen los delincuentes; constantísimo y adornado de longanimidad en los trabajos y adversidades que le ocurrieron siempre, teniendo gran confianza de la Providencia Divina, y entrañable fidelidad y grandísima devoción siempre a los Reyes, y en especial a la Reina Católica; y si él alcanzara el tiempo de los antiguos, por la admirable empresa de haber descubierto el Nuevo Mundo, además de los templos y estatuas que le hicieran, le dedicaran alguna Estrella en los Signos Celestes, como a Hércules y a Baco; y nuestra Edad se puede tener por dichosa por haber alcanzado tan famoso varón, cuyos loores serán celebrados por infinitos siglos»[564].

[564] Década 1.ª, lib. VI, cap. XV, pág. 168.

Por último, veamos el retrato que, bajo el punto de vista moral, hace el cronista Herrera del Almirante. Solía decir «cuando reprehendía o se enojaba con alguno: ¿Do vos a Dios, no os parece esto y esto? o ¿por qué hicistes esto y esto?» Supo mucha astrología y muy perito en la navegación; supo latín e hizo versos. En las cosas de la religión cristiana fué muy católico y de mucha devoción.

Creemos de inestimable valor el juicio que acerca de Colón tuvieron Doña Isabel y Don Fernando. Después del descubrimiento del Nuevo Mundo, los Reyes Católicos escribieron a Colón lo siguiente: «Una de las principales cosas porque esto nos ha placido tanto es por ser inventada, principiada é habida por vuestra mano, trabajo é industria. Y cuanto más en esto platicamos y vemos, conocemos cuán gran cosa ha seido este negocio vuestro, y que habéis sabido en ello más que nunca se pensó que pudiera saber ninguno de los nacidos.»

Y Bolívar, el gran Bolívar, decía lo siguiente a sus amigos: «El plan en sí mismo (la fundación de la República de Colombia) es grande y magnífico; pero además de su utilidad deseo verlo realizado, porque nos da la oportunidad de remediar en parte la injusticia que se ha hecha a un grande hombre, a quien de ese modo erigiremos un monumento que justifique nuestra gratitud. Llamando a nuestra República Colombia y denominando su capital Las Casas, probaremos al mundo que no sólo tenemos derecho a ser libres, sino a ser considerados bastantemente justos para saber honrar a los amigos y a los bienhechores de la humanidad: Colón y Las Casas pertenecen a la América. Honrémonos perpetuando sus glorias»[565].

[565] O'Leary, Bolívar y la emancipación de Sud-América, tomo II, pág. 22.

Entre los escritores modernos que con más injusticia han escrito contra Colón se hallan Aarón Goodrich y María A. Brown, ambos americanos. De Goodrich son las siguientes afirmaciones: Dice que en las galeras del pirata Colombo el Mozo (cuyo verdadero nombre era Nicolo Griego) se hallaba y tomó parte en el combate que en las costas de Portugal se dió contra la flota de Venecia, un tal Giovanni o Zorzi, pariente del citado jefe, que también usaba el sobrenombre de Colombo, el cual era terrible corsario, que había pasado toda su vida, ya robando en los mares, ya comerciando con carne humana en las costas de Guinea. Tomando el nombre de Colón, se casó en Portugal con Felipa Moriz de Mello. Escribe también que domiciliado Colón en la isla de la Madera, se apoderó de los documentos y mapas de Alonso Sánchez de Huelva. Añade Goodrich que el rey de Portugal le rechazó por la desmedida codicia de las proposiciones presentadas; pero él, apelando a la hipocresía y a la más baja adulación, se hizo oir en España.

La señora Brown, deseosa de llamar la atención del público indocto, comienza diciendo que no hay ningún cristiano que tenga buenas cualidades y que a esa religión se deben todos los males de América. Colón fué el que llevó el cristianismo al Nuevo Mundo; de modo, que él y solo él es el responsable de los citados males. Llama al Almirante «infame, aventurero, usurpador, pirata, traficante de carne humana», y otras cosas semejantes. «La religión cristiana--y estas son sus palabras--debe ser abolida, todo sacerdote expulsado, y el nombre de Cristo maldito como enemigo del género humano.»

Consideremos, por el contrario, a los panegiristas del hijo de Génova. Entre ellos se encuentra el Sr. Peragallo y el abate Martín Casanova de Pioggiola, mereciendo entre todos el primer lugar, por sus exagerados encomios, por su cultura y aun por la elegancia del estilo, el conde Roselly de Lorgues. «Digamos con toda franqueza--tales son sus palabras--lo que pensamos acerca de Colón. Ese hombre no tuvo ningún defecto ni ninguna cualidad del mundo. Tenemos fundados motivos para considerarle como a Santo»[566]. «Acabamos de ver--dice más adelante--un hombre de virtud perpetua, de entera pureza de corazón, cuya grandeza moral excede a los tipos más célebres de la antigüedad, y no es inferior, por cierto, a las más notables figuras de los héroes formados por el Evangelio»[567]. Por último, el devoto panegirista del Almirante, escribe también: «El contemplador de la Naturaleza, heraldo de la Cruz, libertador en esperanza del Santo Sepulcro, lleva en todos sus hábitos la señal de su apostolado. El embajador de Dios a las naciones desconocidas se distingue, entre todos los hombres, por el caracter de su misión augusta»[568].

[566] Cristóbal Colón, tomo II, pág. 80.

[567] Pág. 83.

[568] Pág. 97.

Prescindiendo de los juicios, lo mismo de los enemigos que de los amigos de Colón, no haciendo caso de censuras ni de aplausos que ante el severo tribunal de la Historia carecen de valor alguno registraremos los nombres de aquellos escritores que más se han distinguido por su competencia e imparcialidad. «Lo que más caracteriza a Colón--dice A. de Humboldt--es la penetración y extraordinaria sagacidad con que se hacía cargo de los fenómenos del mundo exterior, y tan notable es como observador de la naturaleza que como intrépido navegante. Al llegar a un mundo nuevo y bajo un nuevo cielo, nada se oculta a su sagacidad, ni la configuración de las tierras, ni el aspecto de la vegetación, ni las costumbres de los animales, ni la distribución del calor según la influencia de la longitud, ni las corrientes, ni las variaciones del magnetismo terrestre... Y no se limita a la observación de los hechos aislados, que también los combina y busca su mutua relación, elevándose algunas veces atrevidamente al descubrimiento de las leyes generales que reaccionan el mundo físico. Esta tendencia a generalizar los hechos observados, es tanto más digna de atención cuanto que, antes del fin del siglo XV, y aun me atrevería a decir que casi antes del Padre Acosta, no encontramos otro intento de generalización»[569].

[569] Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, tomo II, págs. 15 y 18. Tr.

Hermosa es la pintura que hace de Colón el primero de nuestros oradores. «Hombre maravilloso--dice Castelar--en quien se unen acción y pensamiento, fantasía y cálculo, el espíritu generalizador de los filósofos y el espíritu práctico de los mercaderes; verdadero marino por sus atrevimientos y casi un religioso por sus deliquios; poeta y matemático, el tiempo y el espacio en que nace y crece nos dan facilidades grandísimas de conocerlo y apreciarlo»[570]. Más adelante, añade: «Colón, profeta y mercader, vidente y calculador, cruzado y matemático; especie de Isaías en sus adivinaciones y de banquero en sus cálculos; con el pensamiento a un tiempo en la religión y en su negocio; sublime oráculo, de cuyo libro brotan profecías a borbotones y pésimo administrador que arbitra irregulares medidas; proponiendo la reconquista del Santo Sepulcro por un esfuerzo de su voluntad piadosa, y el reencuentro con las minas de Golconda por camino más corto que los conocidos a la India; siempre suspenso entre las idealidades y las contariñas; capaz de crear un mundo con la fuerza de su visión intelectual, para luego destruirlo con los expedientes de su imprevisión y de su desgobierno; con ojos de telescopio que le permiten hasta llegar a lo infinitamente grande y con ojos de microscopio para conocer y analizar lo infinitamente pequeño; matemático y revelador, teólogo y naturalista, místico y astrónomo, se aparece tan múltiple y vario, que apenas cabe dentro de nuestras lógicas encadenadas series y en nuestros bien regulados y proporcionadísimos sistemas»[571].

[570] Tomo I, pág. 73 (2.ª edición).

[571] Ibidem, págs. 114 y 115.

Si su condición de extranjero perjudicó al Almirante, también fué motivo para que muchos no le estimasen, el carácter un tanto agrio de sus hermanos y de sus hijos. La envidia y aun la calumnia se cebaron en aquél, que ayer era pobre y loco, y hoy se igualaba a la primera nobleza de España.

Posible es que Colón desconociese el arte de gobernar y a veces se mostrara envidioso y altivo. No olvidemos las palabras de Víctor Hugo: «Los hombres de genio--dice--tienen, sin duda, originalidad exuberante, tienen defectos. No importa. Es necesario tomar a esos hombres como son, con sus defectos, sopena de hacerles perder al mismo tiempo sus cualidades»... Se ha dicho que era codicioso; pero no se olvide que fama de codiciosos tenían en aquellos tiempos y tuvieron después los hijos de Génova, como al presente tienen los judíos en las naciones de Europa y los chinos en las de América. Los religiosos de San Francisco escribían al cardenal Jiménez de Cisneros lo siguiente: «Que V. S. trabaje con sus Altezas, como no consientan venir a esta tierra ginoveses, porque la robarán e destruirán». Y Quevedo hablando del dinero, escribe los versos que copiamos:

«Nace en las Indias honrado donde el mundo le acompaña, viene a morir en España y es en Génova enterrado.»

No es Colón un codicioso vulgar ni se le puede censurar por su ansia inmoderada de lucro. Deseaba mostrar a sus reyes, a España y al mundo toda la importancia de las tierras que iba descubriendo, importancia que se manifestaba por las riquezas que descubriera. Si venecianos y genoveses querían llegar directamente a la India por el mar Rojo, y si los portugueses deseaban hacer directamente la navegación doblando el Cabo de las Tormentas, era porque les corría prisa traer de aquella región los perfumes, las especias, el oro y las piedras preciosas. Otra idea bullía en la mente de Colón: pensaba dedicar las grandes riquezas que acumulara a conquistar la Palestina y librar el sepulcro de Cristo del poder de los infieles. Muchas veces expuso en sus cartas el mismo pensamiento y hasta hubo de apoyarse en predicciones que aseguraban que de España había de salir quien llevase a feliz término la empresa. Hasta tal punto ofuscaba la fantasía el espíritu vigoroso de Colón. Por lo que hace a la crueldad es preciso recordar el tiempo en que vivió y los hechos que hubo de realizar. No llegó a la severidad excesiva de Hernán Cortés y de Francisco Pizarro, ni a la crueldad de Vasco de Gama, ni de Alfonso de Alburquerque. Tuvo el Almirante que imponerse, ya a gente aventurera e indócil, ya a indígenas salvajes. Es cierto que Fray Bartolomé de las Casas, el protector de los indios, estuvo dotado de santo celo y de caridad sin límites; pero no se olvide que para aliviar a aquéllos, propuso emplear esclavos negros en los trabajos del campo y de minería. ¡Cómo si los negros no fuesen hijos de Dios igualmente que los americanos y los blancos! Ingleses, flamencos y genoveses tomaron el asiento o contrato de la traída de negros; de modo que aquéllos, lo mismo que los españoles, introdujeron en América tráfico tan vergonzoso.

Aunque todos los defectos que han achacado a Colón fuesen ciertos, «¿qué importa eso--como dice el marqués de Hoyos--para la alta misión y el incomparable mérito del gran Colón? ¿Qué consecuencias han traido al mundo sus defectos? ¿Qué resultados, en cambio, para la cultura, para la civilización, para el progreso de la humanidad han traido sus excepcionales dotes, su inteligencia, su voluntad y su genio?»[572].

[572] Conferencia leída en el Ateneo de Madrid el 24 de marzo de 1891, págs. 38 y 39.

«Averiguar al cabo de cuatrocientos años que Colón fué un hombre, me parece descubrimiento un tanto inferior al del Nuevo Mundo.» Estamos conformes con las citadas palabras del notable crítico Federico Balart, palabras dirigidas a D. Luis Vidart, académico de la Historia y apasionado censor de Cristóbal Colón.

Por nuestra parte solamente se nos ocurre decir: ¡Qué hombre tan extraordinario! Tuvo sus errores, es cierto; mas esto nada importa para su gloria. No negaremos que la idea que Colón tenía de la tierra era la misma que habían expresado los cosmógrafos griegos y romanos, sin otra diferencia que la de empequeñecer sus dimensiones. Calculaba la anchura del Atlántico, entre las costas occidentales de Europa y las orientales de Asia, en 1.100 leguas próximamente. «El mundo no es tan grande como dice el vulgo--escribe el Almirante a los Reyes Católicos en carta fechada en Jamaica el 7 de julio de 1503--y un grado de la equinoccial está 56 millas y dos tercios; pero ésto se tocará con el dedo.» Creía también como griegos y romanos que el hemisferio inferior estaba a trechos cubierto de tierras de igual modo que lo estaba el superior, admitiendo por tanto la existencia de muchas islas en el Atlántico. Fijo Colón en su idea de la pequeñez de la tierra, pensaba que, yendo con rumbo del Oeste, por el paralelo de las Canarias, en cinco semanas de navegación andaría las mil y tantas leguas para la India, o para Cipango de Marco Polo (el Japón); pero la distancia era doble, y, en vez del Cipango asiático, se encontró con las Antillas de la América Central. Entre lo que suponía haber hallado y lo que en realidad encontraba, existía otro mundo. También los portugueses se lanzaron al mar en busca del Preste Juan, y en vez del Preste Juan, que era un personaje fantástico, llegaron a la India.

No negaremos que ni en el Diario de navegación del primer viaje, ni en las cartas que escribió a su regreso, aparecen ideas propias, pensamientos luminosos o nuevos proyectos. De los navegantes de la Guinea, de la Madera, de las Canarias y de las Azores sólo pudo saber que existían islas próximas en dirección al Oeste; mas esto le interesaba poco. La única utilidad que le reportaba la noticia consistía en saber que a ambos lados del camino se encontraban tierras en que pudiera hacer escala y acogerse en caso de necesidad. Colón se proponía, y esta era su idea capital, como consta en su Diario, ir directamente a Cipango y al Cathay. Aunque creía que a una banda y a otra se hallaban islas, no se para a buscarlas, y sigue adelante. Cuando encuentra tierra a la distancia que en la carta de Toscanelli se marcaba el Cipango, dice que se halla en dicha espléndida región y que no lejos se encontraba el Cathay. En varias cartas escritas por el Almirante después del primer viaje, se prueba que seguía al pie de la letra el proyecto de Toscanelli; donde se muestra esto con toda claridad es en el extracto que fray Bartolomé de las Casas hizo del Diario de a bordo y en los comentarios que hubo de poner al curioso Diario dicho obispo al confrontarlo con la carta de Toscanelli a Martins[573].

[573] Véase Altolaguirre, Cristóbal Colón y Pablo del Pozzo Toscanelli, págs. 379 y siguientes.

Si damos como cosa cierta y averiguada que los escandinavos desde el año 874 conocieron la Islandia, territorio que fué colonizado por familias poderosas del Norte; si se halla probado que Erico el Rojo, arrojado de Islandia, abordó el año 986 a Groenlandia, tierra ya perteneciente a América; si no cabe duda alguna que durante los siglos XI, XII, XIII y XIV los escandinavos recorrieron el norte del Nuevo Mundo; si Alonso Sánchez, de Huelva, residente en la isla de la Madera, dejó a Colón, antes de morir, los diarios, derroteros, carta y demás documentos de un viaje hecho por él a la Isla Española; si Bartolomé Muñíz, suegro de Colón, distinguido navegante del tiempo de D. Enrique de Portugal, colonizador y gobernador de la isla de Porto Santo, dejó, a su muerte, mapas, diarios y apuntes de mucho valor; y si Pedro Correa, también notable navegante, departiendo en dicha isla de Porto Santo con su cuñado Cristóbal Colón, le manifestó cuanto se decía relativo a la existencia de tierras en el Atlántico, todo esto ni disminuye ni aumenta el mérito del descubridor del Nuevo Mundo.

Que el hijo de Génova no tuvo noticia exacta de las expediciones de los escandinavos, se prueba considerando que dirigió sus naves, no por el Noroeste, sino por el Occidente. Que Sánchez de Huelva y otros no influyeron en su manera de pensar, se prueba con recordar que Colón siempre dijo que iba a descubrir nuevo camino a la India, no a descubrir Nuevo Continente.

El mérito de Colón consiste, no sólo en haber encontrado la América, cosa que no buscaba, sino en haber partido de una hipótesis científica, de la redondez de la tierra, para lanzarse a través del Océano, en el mar tenebroso, con ánimo de llegar al extremo Oriente. Al propio tiempo debemos notar que emprendió el viaje, ya con el objeto de ensanchar el conocimiento geográfico del Mundo, ya--y esto es lo principal--con el deliberado propósito de colonizar y conquistar las tierras que encontrase. De modo que fué descubridor, colonizador y conquistador del Nuevo Mundo.

El escritor contemporáneo norteamericano Charles F. Lummis ha dicho muy acertadamente lo que sigue: «A pesar de que, mucho antes que Colón, varios navegantes vagabundos de media docena de distintas razas habían ya llegado al Nuevo Mundo, lo cierto es que no dejaron huellas en América ni aportaron provecho alguno a la civilización...»[574]. En efecto, las expediciones de los escandinavos fueron infructuosas; los viajes de Colón cambiaron completamente la faz de la tierra.

[574] Los exploradores españolea del siglo XVI en América, pág. 65. Tr.

Bendecido por la iglesia católica, que ha tratado de santificarle en estos últimos años; glorificado por todos los pueblos del Antiguo y del Nuevo Mundo, inmortalizado por la Historia, saludado por los poetas y enaltecido por los escultores y pintores, su nombre será siempre orgullo de España. Si algunas sombras empañan su retrato, siempre será Colón la figura más extraordinaria de su siglo, de aquél siglo en que tanto abundaban los hombres superiores y de mérito indiscutible.

En suma: para que no se nos diga que somos ciegos defensores de Colón, tentados estamos para terminar su retrato reconociendo, no sus bellezas, sino sus fealdades, no la sublimidad del genio, sino las pequeñeces del hombre vulgar. Envidioso, agrio de carácter, poco cariñoso con su primera mujer la portuguesa Felipa, amistado ilegítimamente con la andaluza Beatriz, comerciante a la manera judía, soñador hasta el punto que le dominaba la idea de recuperar el Santo Sepulcro, más encariñado con las riquezas que con la gloria, dominado por la idea de ir a las Indias y sin presentir jamás la existencia de otro mundo, mediano gobernante, severo con los españoles que servían a sus órdenes y autoritario con los indígenas; todo esto y algo más que pudiera decirse del insigne genovés, no tiene valor alguno. Con aquellas o sin aquellas cualidades, ¿dejó Cristóbal Colón de descubrir el Nuevo Mundo a las dos de la madrugada, poco más o menos, del viernes 12 de Octubre de 1492?

Al lado de Colón colocaremos a Isabel la Católica y a Martín Alonso Pinzón. Colón--dice Sales y Ferré--puso la idea, Isabel puso los medios y Pinzón puso la resolución. «Colón--añade el citado historiador--representa la inteligencia, Isabel el sentimiento, Pinzón la voluntad: los tres elementos indispensables en toda acción para que llegue a cumplido efecto»[575]. «Desde la intervención de los Pinzones en el descubrimiento--escribe Ibarra y Rodríguez, docto catedrático de la Universidad Central--van desapareciendo y venciéndose todos los inconvenientes»[576].

[575] El Descubrimiento de América, pág. 213.

[576] _Don Fernando el Católico y el Descubrimiento de América_, pág. 183.

Debajo de las tres citadas figuras se colocan varios personajes en primero y segundo término. En primer término, Fr. Juan Pérez, Fray Antonio de Marchena y Fr. Diego de Deza, Alonso de Quintanilla, el cardenal Mendoza y el duque de Medinaceli; también el Rey Católico y los aragoneses Juan Cabrero, Gabriel Sánchez[577], Luis de Santángel[578], Juan de Coloma y Alonso de la Caballería. En segundo lugar García Fernández, médico que residía en Palos, muy aficionado a los estudios cosmográficos y algo astrólogo, el cual, en el solitario convento de la Rábida, dió no pocas veces aliento al ánimo decaído de Colón y de Juan Pérez; también la marquesa de Moya, Doña Beatriz de Bobadilla, Doña Juana Velázquez de la Torre, Gutiérre de Cárdenas, el Dr. Chanca y el P. Gorricio.

[577] Al tesorero Gabriel Sánchez debió quedar Colón sumamente obligado, por cuanto al regreso de su primer viaje, antes que a los reyes o al mismo tiempo al menos, escribió interesante carta.

[578] Luis de Santángel creía conveniente emprender aquella aventura «para servicio de Dios, triunfo de la fe, engrandecimiento de la patria y gloria del Estado Real de Don Fernando y de Doña Isabel.»

Injusticia--y no pequeña--sería olvidar el nombre de Beatriz Enríquez de Arana. Una mujer encantadora llamada Beatriz inspiró al Dante la Divina Comedia, y otra mujer, que tenía el mismo nombre que la amada del gran poeta, de noble alcurnia y bella según unos, de las clases inferiores de la sociedad y fea según otros, le hizo caso cuando todos le abandonaban y le tomó por cuerdo cuando todos le tenían por loco. Si grande era la fe de Colón en hallar nuevo camino para las Indias, era más grande el amor que profesaba a la joven que conoció durante su primera estancia en Córdoba y de la cual tuvo a su hijo Fernando. El amor a la cordobesa y a su hijo mantuvieron a Colón cada vez más firme en su idea y en sus esperanzas, a pesar de tantos desengaños y amarguras. Estos amores influyeron seguramente para que el genovés no saliese de España. Que siempre estuvo en buenas relaciones con la familia de su dulce amiga, se prueba considerando que en su primer viaje le acompañó Diego de Arana, primo de Beatriz, que fué muerto a manos de los indios en el fuerte de Navidad (isla Española), en tanto que el Almirante volvía a España; y en su tercer viaje llevó en su compañía a Pedro de Arana, hermano de su citada amiga. Si--como creemos--la madre de Fernando, con sus consejos y cuidados, logró reponer las fuerzas quebrantadas del soñador extranjero, no sin animarle a permanecer en España y hacer más llevadera su pobreza «vendiendo libros de estampa o haciendo cartas de marear»; si el amor ha obrado todos estos milagros, permítasenos grabar en las inmortales páginas de la historia y en sitio preferente, el nombre de la cordobesa Beatriz Enríquez de Arana.

Vamos a terminar este capítulo con los siguientes versos de un poeta mexicano, Justo Sierra y de dos poetas españoles, el duque de Rivas y el cantor de las Ermitas.

Colón (fragmentos de un poema dramático de Sierra):

........................................... ¿Quién es? ¿Qué afán le guia? ¿Qué busca ose hombre en los perfiles rojos Del remoto Occidente? ¿Por qué ese eterno pliegue en esa frente? ¿Por qué esa eterna llama en esos ojos? ¡Un visionario! ¡Ah, si! Cuando ha dejado La sombra, un horizonte; cuando avanza Del corazón en lo infinito un a hora, Rayo de luz que basta a la esperanza Para encender en el zafir su aurora; Cuando aparece un astro en el Oriente Mostrando al hombre en el dolor su ruta; Cuando bebe un anciano la cicuta; Cuando el sol de los libres centellea; Y un profeta agoniza en el Calvario, Es que la augusta antorcha de una idea Brilla en manos de un pobre visionario!... ........................................... Para alzar de la noche un hemisferio Edén de amores que la mar engasta, Dadme un punto de apoyo, les dijiste, Que la palanca de la fe me basta. ........................................... Y en pie en la proa del bajel hispano Clamaste, con acento sobrehumano: «En el nombre de Dios omnipotente En cuyo arbitrio la creación se encierra, ¡Despierta, continente!» Y como un eco enorme y de repente Gritó una voz en lontananza: ¡Tierra! ........................................... Mártir padre de América: el futuro En la hora fatal de su justicia Te hará salir de tu sepulcro obscuro; Un himno estallará de polo a polo, Y tu América entonces, santo anciano, Hará de tu corona de martirio El sol de tu apoteosis soberano. Cuando llegue ese instante, Poned en la balanza, grandes reyes, Vuestro sol sin ocaso, vuestras leyes, De vuestro nombre el ominoso culto, Vuestra justicia, que era la venganza, Vuestro triste perdón, que era el insulto, Y pon, historia humana escarnecida, Del otro lado de la fiel balanza Los grillos de Colón.--Que Dios decida

D. Angel Saavedra, en uno de sus romances, hace decir a Isabel la Católica, dirigiéndose a Colón, los versos que a continuación copiamos:

«Lleva a ese ignorado mundo los castellanos pendones, con la santa fe de Cristo, con la gloria de mi nombre. El cielo tu rumbo guíe, y cuando glorioso tornes, ¡Oh Almirante de Castilla, Duque y Grande de mi Corte! tu hazaña bendiga el Cielo, tu arrojo al infierno asombre, tu gloria deslumbre al mundo y abarque tu fama el orbe.»

De D. Antonio Fernández Grilo son los siguientes versos:

«En éxtasis profundo Bendigo de Colón la eterna gloria. No puede marchitarse la memoria De aquél que al mundo regaló otro mundo.»

CAPÍTULO XXV

DESCUBRIMIENTOS POSTERIORES AL DEL NUEVO MUNDO.--VIAJES DE LOS CABOT BAJO LA PROTECCIÓN DE LA CORONA DE INGLATERRA.--VASCO DE GAMA BAJO LA PROTECCIÓN DE D. MANUEL DE PORTUGAL.--EXPEDICIÓN DE ALONSO DE OJEDA AL NUEVO MUNDO.--JUAN DE LA COSA Y AMÉRICO VESPUCIO FORMAN PARTE DE LA EXPEDICIÓN.--VIAJE DE PERO ALONSO NIÑO.--VIAJE DE VICENTE YÁÑEZ PINZÓN.--EXPEDICIÓN DE DIEGO DE LEPE EN EL CITADO AÑO.--RELACIÓN DE AMÉRICO VESPUCIO.--EL PORTUGUÉS PEDRO ALVAREZ CABRAL EN EL BRASIL Y EN LA INDIA.

Si en el capítulo XVIII de este tomo se dijo que juzgábamos de todo punto interesante dar alguna idea de los descubrimientos que los hijos de Portugal llevaron a cabo antes del año 1492, ahora debemos ocuparnos de las expediciones que posteriormente a dicha fecha realizaron, ya los ingleses, ya los portugueses, al Nuevo Mundo, y también--pues no dejan de tener relación con la historia de América--las realizadas por los sucesores del infante D. Enrique al Asia y a la Oceanía.

El descubrimiento del Nuevo Mundo por Cristóbal Colón despertó en Inglaterra mucha afición a las empresas marítimas. Enrique VII, mediante Real cédula firmada en Westminster (5 marzo 1496), dió autorización a John Cabot o Gaboto, natural de Savona o de Castiglione (Génova)[579] y establecido en Bristol (Inglaterra), y a sus tres hijos Luis, Sebastián y Santos «para hacerse a la vela con dirección a todos los puntos, comarcas y mares del Oriente, del Occidente y del Norte, bajo nuestra bandera e insignias, con cinco bajeles, de cualquiera carga o cabida que sean, y con tantos marineros u hombres como quieran llevar consigo en dichos bajeles, a su propia costa y cargo, para buscar, descubrir y encontrar cualesquiera islas, comarcas, regiones o provincias de los salvajes idólatras e infieles, sean las que fueren, y en cualquiera parte del mundo donde puedan existir, y que hayan sido ignoradas antes de ahora de todos los cristianos»[580].

[579] Algunos dicen que era de origen veneciano (n. en 1451 y m. en 1498).

[580] Hakluyt, Viajes y descubrimientos, tom. III. pág. 6.

Embarcóse Juan con su hijo Sebastián en los primeros días de mayo de 1497 en el puerto de Bristol. Llevaba una escuadra compuesta de una nave y tres o cuatro buques e hizo rumbo hacia el Oeste. Hállase la siguiente nota en la crónica de la ciudad: «En 24 de junio de 1497 descubrieron a Terranova hombres de Bristol que tripulaban un buque llamado Matthaens». Otra nota que se encuentra en las cuentas del dicho Rey y que debe referirse a Cabot, dice así: «Diez libras (esterlinas) para el que descubrió la nueva isla»[581].

[581] Los Estados Unidos de la América del Norte. Historia Universal de Oncken, tom. XII, páginas 3 y 4.

Recibió dicha cantidad a su regreso de la costa de América. En efecto, el 24 de junio divisaron tierra por vez primera. Aquella tierra era la costa del Labrador y la llamaron Terra prima vista; también descubrieron una isla que denominaron Isla de San Juan, en conmemoración del día en que fué descubierta, la cual estaba «llena de osos blancos y de ciervos, mucho mayores que los de Inglaterra»[582]. Costearon en una extensión de 300 leguas el continente descubierto y emprendieron el viaje de vuelta, llegando a Bristol en agosto del mismo año.

[582] Haydwar, Vida de Sebastián Cabot, pág. 8.

En 3 de febrero de 1498 el Rey otorgó una carta autorizando a Cabot para alistar una flota de seis buques y proseguir sus descubrimientos. No debió Juan Cabot aprovechar esta segunda carta.

Sebastián Cabot, utilizando probablemente la carta real otorgada a su padre, salió en mayo de 1498 con dos buques: se proponía descubrir el supuesto paso septentrional para ir directamente a las Indias Orientales.

[Ilustración: Sebastián Caboto.]

Llegó, según se cree, a Terranova, y después alcanzó el continente, desembarcando en varios puntos, y estuvo quizá en la actual bahía de Chesapeake. Hizo un segundo viaje hacia el Noroeste, probablemente en 1503; consta en la crónica de Roberto Fabián que de las islas recién descubiertas trajo algunos indígenas salvajes, vestidos de pieles.

Posteriormente--si damos crédito a algunos cronistas--, el mismo Sebastián realizó un tercer viaje el 1517. En esta expedición entró en la bahía de Hudson y llegó hasta los 67 grados de latitud Norte; pero la tripulación, aterrada ante la vista de inmensos bancos de hielo en el mes de julio, exigió no seguir adelante, teniendo Cabot, a disgusto suyo, que regresar a Inglaterra.

En suma, de las expediciones de los Cabot se deduce que subieron hasta la extremidad Norte del Estrecho de Davis, tal vez pasaron a la bahía de Hudson, y volviendo hacia el Sur, descubrieron la isla de Terranova, que denominaron Tierra de los Bacalaos y siguieron costeando hasta 5 grados Norte de la Florida. Parece ser que llegaron hasta el cabo Hatteras.

Tiempo adelante Sebastián marchó a España. Dícese que cuando Carlos de Gante vino a ceñir la corona, se apresuró Cabot a ofrecerle sus servicios, los cuales fueron aceptados por el Rey, quien le nombró piloto mayor con el sueldo de 125.000 maravedís (300 ducados). Sostienen varios autores que antes había estado bajo las órdenes de Fernando el Católico, y probado se halla que después de su nombramiento de piloto mayor, volvió el 1519 a Inglaterra, aunque por poco tiempo. Disgustado Cabot lo mismo con el Gobierno español que con el de Inglaterra, por el año 1522 se dirigió secretamente--según las relaciones y comunicaciones del embajador veneciano Contarini--a la república de Venecia, ofreciéndole descubrir un camino a la China por el Noroeste; mas no fué oído. Por tercera vez vino a España y en esta ocasión tuvo más suerte, pues logró el mando de una expedición, con orden de seguir camino determinado, penetrar en el Pacífico y continuar hasta las Molucas. Aunque duró la expedición desde el año 1526 hasta el 1530, el intrépido navegante sólo llegó hasta el río de la Plata.

A su vuelta fué preso, pues se le atribuyó no poca torpeza o desidia, siendo desterrado en 1532, por dos años, a Orán. Indultado el 1533 por Carlos I, continuó al servicio de España hasta que a fines de 1547 marchó a Inglaterra. El gobierno de Eduardo VI le nombró (1549) piloto mayor con el sueldo de 166 libras esterlinas anuales, y, aunque el rey de España le reclamó varias veces, el Consejo de la Corona de aquella nación declaró que Cabot era súbdito de Eduardo VI y que nadie podía obligarle a salir del territorio británico. Poco después el inconstante Cabot, poco agradecido a los favores del gobierno inglés, ofreció sus servicios, en agosto de 1551, a Venecia, no sin prometer que iría a China por un camino sólo conocido por él. Debió morir Sebastián Cabot por el año 1557 o un poco antes, en Londres. Sin embargo de haber pasado la segunda mitad de su vida aventurera en proyectos y sin embargo de su poca formalidad en el cumplimiento de sus compromisos, no puede negarse que dió gran parte de un continente a Inglaterra, contribuyendo como ninguno al poder marítimo de nación tan poderosa. Si España fué ingrata con Colón, Inglaterra lo ha sido más todavía con Sebastián Cabot, pues ni humilde monumento indica dónde yacen sus cenizas, llegándose hasta desconocer la fecha de su fallecimiento. Los dos Cabot, padre e hijo, fueron los primeros que intentaron hallar una ruta a la China y a la India por las regiones árticas, logrando entusiasmar a los ingleses por las expediciones y descubrimientos. «En las expediciones hechas--dice el Dr. Sophus Ruge--bajo los auspicios de la reina Isabel en dirección Oeste y Noroeste, se fundan las pretensiones de la Corona de Inglaterra a sus dilatados dominios en América»[583].

[583] Ob. cit., pág. 207.

Bajo el reinado de D. Manuel el Grande, sucesor de Juan II, Vasco de Gama, al frente de los navíos San Rafael, San Gabriel y San Miguel, salió del puerto de Lisboa el 8 de julio de 1497. A las órdenes de Vasco de Gama, que montaba el San Rafael, iban su hermano Pablo, capitán del San Gabriel y Nicolás Coelho, que dirigía el San Miguel. Como organizador de la pequeña flota se nombró al perito Bartolomé Díaz, con orden de ir acompañando a la expedición hasta la factoría de La Mina en la costa de Guinea. Antes de salir la expedición, D. Manuel entregó a Vasco de Gama cartas de recomendación para el Preste Juan, para el soberano de Calcuta y para otros príncipes de la India. Pasaron los expedicionarios por las Canarias, luego por las islas de Cabo Verde, y descansaron algunos días en Santiago, donde se separó Bartolomé Díaz para dirigirse a la factoría de La Mina, a donde había sido destinado. Vasco de Gama tomó rumbo hacia el Sur sin fijarse en la costa, no sin sufrir grandes trabajos a causa de terribles y contínuas tempestades. Quisieron volverse atrás las tripulaciones; pero Gama se negó a ello y aun amenazó a los más impacientes. Después de cuatro meses largos de grandes padecimientos, entró la flotilla en la bahía de Santa Elena y dobló el 22 de noviembre el Cabo de las Tormentas (Cabo de Buena Esperanza). En los primeros días de enero del año 1498, y habiendo sufrido trabajos sin cuento, se aproximó Vasco de Gama a las costas, entró el 6 de dicho mes y año en el río que llamaron de los Reyes, por la fiesta de los Santos Reyes, buscó la alta mar temiendo la violenta corriente del Mozambique, pasó por delante de Sofala, llegó a la embocadura del Zambesi (río dos bons Sinaes), donde encontró por primera vez mestizos de tez clara que hablaban el árabe.

Permaneció un mes en la isla y puerto de Mozambique, ya para reparar los barcos, ya para dar descanso a la gente. Allí plantó un padrón con la inscripción en lengua portuguesa que decía: «Del señorío de Portugal, reino de cristianos.» En aquel punto tan abrigado de la citada isla se habían establecido los árabes, haciendo de él centro de comercio con los negros, que les daban, en cambio de sus géneros, ore, marfil, cera y otros productos propios del país. El jeque del puerto era súbdito del soberano árabe de Quiloa, quien, después de recibir varios regalos de Gama, hizo una visita a bordo, llevando en su compañía muchos mestizos. Con toda clase de honores fué recibido por los capitanes de los buques, oyendo de boca de Gama, y mediante el intérprete, que el Rey más poderoso de la cristiandad les enviaba a la India, que llevaban dos años luchando con las borrascas del mar, y que deseando visitar pronto al país de las especias, le suplicaban les diese pilotos prácticos conocedores de aquellos mares. Volvió a tierra el jeque y en seguida envió víveres frescos, como también tres abisinios en calidad de prácticos. Del mismo modo un moro llamado Davané se ofreció generosamente a acompañar a los portugueses a la India. El jeque y los abisinios, sabiendo que los expedicionarios eran cristianos, decidieron, en tanto que la tripulación portuguesa se hallase en tierra cargando agua dulce, apresar los barcos. El plan fracasó, gracias a la fidelidad de Davané. El citado jeque quiso sincerarse de su conducta y envió otros prácticos; pero--como luego se vió--ellos tenían el encargo de conducir los barcos entre arrecifes de coral. Emprendieron al fin la marcha, y como Davané aprendiera pronto el portugués, pudo dar al jefe de la expedición importantes noticias sobre el comercio en aquellos mares. Por cierto, que como uno de los prácticos condujese a los buques entre bajíos de un grupo de islas, fué azotado por su traición, y en recuerdo del hecho, Vasco de Gama llamó a estas islas del Azotado (Ilhas do Azoutado). Siguieron la costa hasta Quiloa, puerto a donde acudían--según dijeron--hasta cristianos de Armenia; mas vientos contrarios impidieron que los buques se aproximasen. Tuvieron que emprender nuevamente el camino, llegando en la última semana del mes de abril a Mombaza.

Abandonó a Mombaza, cuyo jeque, lo mismo que el de Mozambique, intentó una traición. Por el contrario, el jeque de Melinde recibió a Gama con toda clase de honores. Dejaron la costa africana el 24 de abril, y a los veintidos días tocaron los portugueses en las playas de la India. El 20 de mayo entró la expedición en el puerto de Calcuta, capital del imperio del Malabar. A cierta distancia de la población, en medio de un bosque de palmeras se hallaba la residencia del Samorín o Samudrin (Señor del mar). El comercio oriental estaba en manos de los musulmanes (árabes, egipcios y moros de Túnez y de Argel). Cuando Vasco de Gama llegó a la vista del puerto de Calcuta, se le acercaron en una lancha de pescadores dos moros de Túnez que hablaban italiano y español, quienes saludaron a los portugueses con las siguientes palabras: «Lléveos otra vez el demonio que os ha traído.» Después de varios hechos de menos importancia, Vasco de Gama se presentó al Samorín, haciéndole entrega de una carta que llevaba del rey D. Manuel, a la que contestó el soberano de Calcuta lo siguiente: «Vasco de Gama, noble de vuestra casa, ha visitado mi reino con lo cual he recibido gran satisfacción. En mi país abundan la canela, los clavos de especia, el jengibre y la pimienta. Tengo perlas y piedras preciosas. Lo que deseo de vos es oro, plata, coral y escarlata.» Hicieron los portugueses algunas compras y levaron anclas ante la actitud poco amistosa del Samorín y la enemiga de los mahometanos.

Tocaron en el puerto de Cananor, cuyo soberano indio se manifestó muy complaciente con Vasco de Gama, hasta el punto que le invitó a detenerse en sus dominios. Además mandó algunas lanchas a los buques con agua, leña, gallinas, nueces de coco, pescado seco, higos y otros víveres, diciéndoles que aceptasen aquellos géneros como regalo, ya que no querían dar fondo en el puerto. También les ofreció especias para completar sus cargamentos, de mejor calidad y más barata que la comprada por ellos en Calcuta. Ante conducta tan generosa, Vasco de Gama pidió los artículos que necesitaba y que le fueron enviados inmediatamente, siendo pagados con coral, cinabrio, cobre y latón. En seguida Vasco de Gama, acompañado de su hermano y de Coelho, celebró una entrevista con el monarca indio, cambiándose regalos con gran contento de portugueses é indios.

Hízose a la vela Gama, y en una isla pequeña situada a los 13° 20' de latitud Norte, plantó un padrón con el nombre de Santa María, llamándose así la isla desde entonces. Marchó siempre al Norte hasta el grupo de las Andiedivas (cinco islas), situadas a los 14° 45' de latitud Norte y unas 12 leguas de Goa. Las Andiedivas formaban parte del gobierno de Goa, y éste, a su vez, del Imperio de Bidyapur, cuyo soberano se llamaba Yusuf Adil Khan, y también Sabai (Sabayo, según los historiadores portugueses) por ser natural de Sava, cerca de Hamadan (Persia Occidental). Al tener noticia el gobernador de Goa de la estancia de los extranjeros en las Andiedivas, dispuso que el capitán del puerto--un hebreo procedente de España, expulsado de ella cuando Granada fué tomada por los Reyes Católicos y a la sazón en la India después de pasar por la Turquía y la Meca--se apoderase, cuando los portugueses se hallasen descuidados, de sus buques. Conocedor Vasco de Gama de tales proyectos por los pescadores indios que traficaban con él, tomó sus disposiciones, y cuando poco después pasó el judío en una barca saludando en español, le dejó acercarse y le invitó a subir a bordo. Hecho esto, Vasco de Gama le mandó atar, amenazándole con el tormento si no confesaba todo su plan. Lo confesó el judío y fué tan débil, que acompañó a los portugueses al sitio donde él tenía apostadas sus barcas (fustas), para caer sobre los citados extranjeros. Unos indios fueron muertos y otros reducidos a prisión, y si damos crédito al historiador Barros, el israelita se convirtió al cristianismo y recibió el nombre de Gaspar Gama. Lo cierto es que ya no se separó de los portugueses, a quienes acompañó en posteriores expediciones y les hubo de aconsejar la favorable situación del puerto de Goa, como centro y base de sus empresas mercantiles.

Salió Gama de aquellas costas, divisando el 2 de enero de 1499 tierra africana cerca de Magadochu y llegando al puerto de Melinde el 8 del citado mes y año. Volvió el soberano de Melinde a recibir amistosamente a los portugueses, a quienes proveyó de víveres; a la despedida entregó a Gama una carta para el rey Don Manuel, ofreciéndole que tanto él como sus compatriotas serían siempre bien recibidos en sus futuros viajes a la India, si tocaban en sus puertos. El 2 de febrero, después de perder uno de sus buques, plantó el último padrón llamado San Jorge, en una isla cerca de Mozambique. Doblaron felizmente los portugueses el cabo de Buena Esperanza; luego, cerca del Ecuador y de las aguas de Guinea, la atmósfera, cargada de miasmas, causó en la tripulación varias víctimas. Como los buques hacían también agua y apenas podían sostenerse a flote, Gama hubo de arribar a la isla Tercera de las Azores, donde murió su hermano Pablo, siendo enterrado en el convento de San Francisco, en Angra.

Al poco tiempo Vasco de Gama emprendió su viaje, llegando a la capital de Portugal. Concedió el Rey a Vasco de Gama la nobleza y el título de Almirante de los mares de la India, una participación de 200 cruzados anuales en el comercio de especias sin pagar flete ni alcabalas y por vía de regalo único 20.000 cruzados y 10 quintales de pimienta. Los herederos de Pablo de Gama recibieron la mitad de todo lo que se dió a Vasco. Nicolas Coelho fué recompensado con 3.000 cruzados por cada mes de viaje y un quintal de todas las drogas; también se le concedió el mando de un buque en todas las expediciones que fuesen a la India, teniendo el derecho de ceder o vender la plaza a otro si él no quería ir. Cada patrón y piloto recibió medio quintal de especias, excepto canela y corteza de nuez moscada, porque de éstas se había traído poco. Iglesias y conventos recibieron de igual manera grandes regalos, y los reyes asistieron a las procesiones y misas que, con motivo tan grato, se celebraron en Lisboa. «Tanta liberalidad--escribe el doctor Sophus Ruge--prueba la grandísima importancia que se dió al éxito feliz de la empresa de abrir el camino directo con la India; empresa cuya base había sentado el infante Enrique, continuada bajo el mando de tres reyes sucesivos y coronada por la fortuna antes de concluir el siglo en que tuvo comienzo. Para el desarrollo del comercio y poder marítimo de Portugal, el viaje de Gama fué colosal impulso, y la grandiosidad del resultado justificó plenamente la perseverancia incomparable con que se había llevado a cabo la idea desde un principio»[584].

[584] Ob. cit., pág. 50.

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