Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo I
HISTORIA DE AMÉRICA
DESDE SUS TIEMPOS MÁS REMOTOS HASTA NUESTROS DÍAS
POR
D. JUAN ORTEGA RUBIO
CATEDRÁTICO DE LA UNIVERSIDAD CENTRAL.
TOMO I.
MADRID LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO CALLE DEL ARENAL, NÚM. 11 1917
PRÓLOGO
I. POLÍTICA DE ESPAÑA EN LAS INDIAS.
II. PLAN DE LA OBRA.
III. FUENTES DE CONOCIMIENTO.
IV. EXPOSICIÓN DE PROPÓSITOS.
V. DESCRIPCIÓN GEOGRÁFICA DE AMÉRICA.
I
POLÍTICA DE ESPAÑA EN LAS INDIAS.
Cuando no conservamos un palmo de terreno en América, cuando los hermosos restos de nuestro inmenso poder colonial han adquirido recientemente su independencia, tomamos la pluma para escribir la historia de aquella parte del mundo. Hace tiempo que venimos acariciando esta idea; pero circunstancias especiales nos han impedido realizarla. Bajo el peso de larga enfermedad y en los últimos años de la vida, ¿tendremos tiempo para reseñar los muchos y variados acontecimientos que se han sucedido en el Nuevo Mundo? ¿Tendremos fuerzas intelectuales y físicas para tamaña empresa? Sea de ello lo que fuere, ponemos manos a la obra, creyendo firmemente que hacemos un bien a España, y también--aunque sólo sea por el cariño con que hemos de referir acontecimientos pasados--a las antiguas colonias americanas. No para atraernos las simpatías de los pueblos del Nuevo Mundo, sino porque así lo sentimos de todo corazón, comenzaremos afirmando que nuestra vieja y querida España no quiere, ni puede, ni debe pensar en ejercer hegemonía alguna sobre los pueblos ibero-americanos. Queremos y aspiramos solamente a una comunión fraternal, y no seremos exigentes si les recordamos que la mayor parte de los pueblos americanos pertenecen a nuestra raza, hablan nuestro idioma, piensan como nosotros y llevan nuestros apellidos.
Españoles y americanos de raza ibera, olvidando antiguos agravios, sólo pensarán en adelante vivir la vida de la cultura y del progreso. Españoles y americanos de raza ibera, inspirados en generosos sentimientos, condenarán el poder de la fuerza y olvidarán en lo sucesivo que unos fueron vencedores y otros vencidos, que unos fueron conquistadores y otros conquistados.
Al mismo tiempo que rogamos a los hijos de aquellas Repúblicas de nuestra raza, que no se olviden de España y que honren la memoria de los descubridores y colonizadores de las Indias, también les diremos que somos admiradores de los valerosos paladines que en los comienzos del siglo XIX proclamaron su independencia y libertad. Con la realización de tales acontecimientos, creemos que se cumplía una ley histórica, la cual consiste en que las colonias, cuando llegan a la mayor edad, esto es, a cierto grado de civilización y cultura, se separan de la Metrópoli. Aquellas posesiones coloniales, 26 veces mayores--como escriben Baralt (Rafael María) y Díaz (Ramón)--que el propio territorio de la Metrópoli, eran mole inmensa que los hombres debilitados por la edad y los achaques de España no podían sostener por mucho tiempo[1]. Lo que llama la atención y causa extrañeza es el largo tiempo en que España, sin ejército ni marina, sin frutos ni manufacturas para cambiar sus productos, dominase tan extensos territorios. Lo que impidió por siglos revolución reformadora en América fué, según los citados Baralt y Díaz, «la despoblación, efecto de una industria escasa y del comercio exclusivo; la falta de comunicaciones interiores que aisla las comarcas; la ignorancia que las embrutece y amolda para el yugo perpetuo; la división del pueblo en clases que diversifican las costumbres y los intereses; el hábito morboso de la servidumbre, cimentado en la ignorancia y en la superstición religiosa, auxiliares indispensables y fieles del despotismo; la cátedra del Evangelio y los confesionarios convertidos en tribunas de doctrinas serviles; los peninsulares revestidos con los primeros y los más importantes cargos de la República; los americanos excluídos de ellos, no por las leyes, sino por la política mezquina del Gobierno[2]. Vamos a escribir vuestras hazañas, pueblos americanos. Nosotros, siguiendo a lord Macaulay, profesamos el principio de que la política leal y honrada es la mejor de todas, y la única que conviene así a los individuos aislados como a las colectividades, a los hombres como a los pueblos[3]. Colocados en el alto tribunal de la historia, mostraremos una y cien veces que no tenemos prejuicios de ninguna clase y narraremos con la misma imparcialidad los hechos realizados por los españoles que por los americanos de raza ibera o de raza anglo-sajona». De Polibio es la siguiente máxima: «El que toma oficio de historiador, algunas veces debe enaltecer a los enemigos, cuando sus hechos lo merecen, y otras reprender a los amigos, cuando sus errores son dignos de vituperio»[4]. Nosotros no tenemos enemigos; son todos amigos.
[1] Resumen de la Historia de Venezuela, tomo I, pág. 1.ª
[2] Ibidem.
[3] Estudios históricos, pág. 126.
[4] Historia de los romanos, lib. I.
También queremos que termine nuestra leyenda histórica. Bastante tiempo hemos hecho y aun estamos haciendo una novela de la historia. Impórtanos poco que España tenga mayor o menor antigüedad; no afirmamos que el suelo de nuestra nación es el mejor de Europa, ni paramos mientes en las hazañas realizadas por los cristianos durante los tiempos medioevales, ni consideramos a Isabel la Católica como tipo de la mujer perfecta, ni creemos en el cesarismo de Carlos V, ni en la prudencia de Felipe II, ni decimos orgullosos que nuestros abuelos se cubrieron de laureles peleando con los franceses en los comienzos del siglo XIX, ni tenemos frecuentemente en nuestros labios los nombres de Sagunto y de Numancia, de San Quintín y Lepanto, de Zaragoza y Gerona.
No son nuestros escritores los primeros de la historia de la literatura, como tampoco son nuestros artistas los más inspirados, ni nuestros industriales los más dignos de fama.
En nuestra larga historia encontramos pocos políticos ilustres.
Guerreros y marinos no son superiores a los de otras naciones. Cuentan sesudos cronistas que nuestros triunfos en los Tiempos Medios fueron debidos a la intervención de Santiago o de San Isidro; refieren competentes historiadores que nuestros desastres en la edad contemporánea fueron gloriosos. Lo primero y lo segundo pertenecen al mundo de la fábula. Ni los santos intervinieron en aquellas batallas, ni la fortuna acompañó siempre a nuestras banderas. Nuestros cronistas creyeron en los milagros y nuestros poetas no dudaron de que la valentía iba siempre unida al español. Dejemos también descansar las cenizas del Cid.
Si tiempo adelante (últimos años del siglo XV y gran parte del XVI) el Sol no se ponía en los dominios españoles y los soldados del Gran Capitán y de Alejandro Farnesio, de Hernán Cortés y de Francisco Pizarro se coronaban de laureles, lo mismo en Europa que en las Indias, luego, peleando con Francia e Inglaterra, sufrieron grandes reveses y no pocas desventuras.
Escritores extranjeros y españoles son injustos con nuestra nación. «España--dice ilustre historiador desde una cátedra de la Sorbona--nada ha hecho por la civilización y el progreso»; y famoso político de la Gran Bretaña ha dicho en popular discurso que «España se halla entre las naciones moribundas.» «No tiene pulso el pueblo español», repetía Silvela en su pesimismo político. «¿Posee España--escribe Macías Picavea--la patria amada, alientos para seguir viviendo entre los pueblos vivos de la historia? ¿Es mortal, por el contrario, su agonía, y al fin hemos tocado en la víspera de su desaparición como nación independiente? ¿Cual Polonia y Turquía va a ser repartida y devorada en forma de despojos por sus poderosos vecinos? Y si hemos de vivir, ¿a qué precio y con cuáles remedios? Y, si tenemos de morir, ¿por qué hemos venido a dar en este trance de muerte?»[5].
[5] El problema nacional, Prólogo, pág. VII.
Somos de opinión que no es tan grande nuestra decadencia, ni se encuentra tampoco tan gastada y pobre la nacionalidad española. Cierto es que adelantamos poco en el camino del progreso y que el miedo, el apocamiento y el egoísmo, como en las épocas de verdadera crisis, se halla en la mayoría de nuestros compatriotas. Apenas encontramos hombres de carácter. Aquellos que creíamos espíritus fuertes, se han convertido en aduladores cortesanos. Hasta los sabios y los artistas rinden culto al que la fortuna, caprichosa de suyo, levanta sobre el pavés. «La inteligencia--tales eran las palabras de Colbert refiriéndose a los sabios de su tiempo--rindió respeto y vasallaje al monarca (Luis XIV). Las clases ricas, más vanidosas que prudentes, se cruzan de brazos, cuidándose poco de la prosperidad o decaimiento de España. La clase obrera, especialmente en las grandes poblaciones, si ama el trabajo, gusta más de los placeres. Los establecimientos de enseñanza, lo mismo los pertenecientes al elemento civil que al militar, piden reformas a voz en grito. Maestros y discípulos andan desorientados, los primeros, sin vocación alguna, y los segundos, sin entusiasmo por la ciencia. Si de política se trata, hemos de decir que en los Cuerpos Colegisladores (Senado y Congreso) abundan los audaces, no los más conocedores de la política o de la administración pública. Los gobiernos que se suceden de algún tiempo a esta parte marchan casi siempre a la ventura y carecen frecuentemente de ideales. No aparece un hombre de Estado ni un verdadero orador». Estudiando la situación política de Francia, escribía Timón lo siguiente: «Lo confesaré, aunque haya de ofender la vanidad de mis más ilustres contemporáneos: nunca conocí a un hombre, a uno sólo, que me pareciese enteramente digno de dirigir el gobierno de mi país, ya por falta de talento, ya, sobre todo, por falta de virtud»[6]. Más adelante, añade: «¡Cuántos oradores se asemejan a esas luciérnagas o gusanos de luz que centellean en la hierba como la estrella en los cielos! Pero acérquese a ellos una luz, y veráse cuán fácilmente pierden su fosforescencia y brillo»[7]. ¿Seríamos justos si dijésemos de nuestros actuales políticos y oradores lo que el crítico francés decía de los de su tiempo y de su nación?
[6] Libro de los oradores, tomo I, Advertencia, pág. VII.
[7] Ibidem, pág. 40.
Sin embargo de nuestro decaimiento presente, España debe ocupar puesto importante entre las naciones europeas; pero no oigamos impasibles las quejas de nuestro pobre pueblo, ni permanezcamos con los brazos cruzados ante las desgracias de esta bendita tierra, donde descansan las cenizas de nuestros mayores y donde descansarán las de nuestros hijos, ni cerremos los ojos para no ver que estamos cerca de un precipicio. Sería cobardía llorar sobre las ruinas de nuestras ciudades, como el profeta Jeremías lloraba sobre los restos de Jerusalén. Sería propio de mujeres llorar por la pérdida de Granada, como el infortunado Boabdil. ¿Nos hallamos amenazados de grandes males? No lo sabemos. Nos asaltan tremendas dudas.
En estos momentos, cuando nuestro espíritu se encuentra confuso, un rayo de esperanza cruza por nuestra mente. Si llegase la hora tremenda anunciada por muchos, volvamos la vista a las Indias, a esas Indias descubiertas por nuestros antepasados. A vosotros, hijos del Nuevo Mundo, pediremos entonces albergue en vuestras populosas ciudades o en vuestros ricos y productivos terrenos. Nada esperamos ni queremos de las egoístas naciones de Europa; tenemos toda nuestra confianza en los generosos pueblos americanos. No deis crédito a ciegos defensores de los indios, a la cabeza de los cuales se hallan Ercilla, autor de La Araucana, y el P. Las Casas, Obispo de Chiapas. Uno y otro, Ercilla y Las Casas, llegaron a olvidar frecuentemente que la imparcialidad es una de las cualidades principales y más necesarias del historiador. Lejos de mostrarse imparciales en sus juicios, se convirtieron--y sentimos tener que decirlo--en plañideras asalariadas de los indígenas y en acres censores de los españoles.
No deis crédito a D. Jorge Juan y a D. Antonio Ulloa. Sin poner en duda los méritos de los insignes marinos, conviene no olvidar el espíritu generoso que les animaba al dirigir censuras tan amargas a las autoridades de las Indias. Según ellos, la misma conducta que los antiguos cartagineses y romanos observaron en España, los españoles del siglo XVI observaron en el Nuevo Mundo. Aquéllos fueron fieros conquistadores y codiciosos comerciantes; nosotros no les fuimos en zaga cuando de exacciones y rapiñas se trataba. Si en el fondo hay bastante verdad en el relato, no se olvide la época y el modo de hacer la información. El P. Las Casas fué el maestro, mejor dicho, el oráculo de todos los escritores de las Indias, los cuales mostraron empeño en exagerar las doctrinas del piadoso prelado. Hermoso es el cuadro que pintaron nuestros sabios marinos, no sin que se note a primera vista demasiado colorido y alguna que otra incorrección en el dibujo. Buscaron el efecto de la pintura, la expresión vigorosa y enérgica, movidos exclusivamente por el corazón, por los sentimientos generosos de la época (Apéndice A).
No deis crédito a los muchos autores extranjeros que repiten a toda hora que el aventurero castellano llegó al Nuevo Mundo llevando en una mano la espada y en la otra incendiaria tea, como si se propusiese conmover y aterrar a los mismos indígenas salvajes.
Menos crédito debéis dar a juicios apasionados de famoso escritor francés, el cual, con más deseo de causar efecto que de decir verdad, ha escrito lo que copiamos a continuación: «España--tales son sus palabras--pone la primera el pie en América; pero esta nación devota no sabe ya pensar ni trabajar; no sabe más que asolar, destruir y rezar su rosario; mata, saquea, pasea la cruz y la hoguera a través de México, y deja allí, para bienvenida, la inquisición y la esclavitud»[8].
[8] Pelletan, Profesión de fe del siglo XIX, pág. 355. Tr.
Si hubo exageración en la pintura de Ercilla y del P. Las Casas, de D. Jorge Juan y de D. Antonio Ulloa; si apenas tiene parecido con el original lo escrito por el autor de la Profesión de fe del siglo XIX, no por eso habremos de negar que algunos o muchos descubridores y conquistadores ni fueron prudentes, ni buenos, ni justos.
Pero, sea más o menos censurable la conducta de aquellos españoles del siglo XVI, prometemos que en la centuria XX nuestras armas serán la azada, el arado, el pico, la sierra, el martillo y el yunque. En el siglo XVI fuimos en busca del misterioso Bellocino y a pediros que nos llenaseis una habitación de rico metal; pero en el XX iremos a labrar el suelo, a edificar la casa, a variar el curso de los ríos, a guiar las aguas del manantial, a derribar el árbol, a tallar el mueble, a cultivar el tabaco, el café, la caña de azúcar y el algodón, a coger el cacao, a buscar la esmeralda; en una palabra, a compartir con vosotros el trabajo y a tomar parte en vuestras alegrías y en vuestras penas. En el siglo XX, en cambio de vuestra protección y ayuda, os recordaremos el Quijote, la condenación más enérgica de nuestras antiguas locuras, y La vida es sueño, el cántico más hermoso de la libertad; y os llevaremos Las nacionalidades, aspiración nueva del pueblo español, y los Episodios nacionales, gallarda y simpática relación de nuestros usos y costumbres.
Las dos manos que vemos en la bandera argentina, no son las dos de aquel país, sino una es la de América y la otra es la de España. Si la obra de nuestros antepasados en el Nuevo Mundo fué de guerra, la nuestra será de paz. Si los españoles que pasaron a las Indias eran--como dice Platón de los espartanos del tiempo de Licurgo--más que ciudadanos, soldados acampados bajo tiendas, a la sazón tenemos presente el precepto pedagógico americano que dice: «Si la antorcha de la libertad ha de iluminar el mundo, es preciso que sea con la luz del entendimiento.» La obra que queremos realizar, no sólo será de paz, sino también política, pues pretenderemos fomentar la unión de las Repúblicas latinas entre sí y luego la unión de dichas Repúblicas con la madre Patria. Nada importa que sea grande el espacio que separa a España de América; nada importa el largo tiempo en que han estado separados españoles y americanos. Unos y otros jamás olvidarán una fecha memorable: el 12 de Octubre de 1492.
Buena prueba de ello es la noticia que copiamos a continuación. El Secretario de Estado o de Relaciones Exteriores de la República dominicana, en carta fechada el 20 de Noviembre de 1912, y dirigida a sus colegas de las otras naciones de origen ibero en aquel Continente, recomienda la celebración del día 12 de Octubre, aniversario del descubrimiento de América, como fiesta nacional en todos los Estados ibero-americanos.
He aquí el párrafo de la carta de que queda hecha referencia, que atañe al asunto que nos ocupa:
«Cree asimismo la República Dominicana que las naciones del Nuevo Continente deben perpetuar de un modo que revista mayor gratitud y amor el día inmortal del descubrimiento de América. No sólo con el objeto de honrar de una manera solemne y general el nombre del esclarecido nauta genovés Cristóbal Colón, sino con el laudable propósito de que todas las naciones americanas tengan un día de fiesta común, el Gobierno de la República Dominicana se permite proponer igualmente al de V. E., que ese día, con la denominación que se considere oportuna, sea declarado de fiesta nacional en vuestro país.
Ya mi Gobierno lo ha declarado de fiesta oficial con la denominación de «Día de Colón», a reserva de hacer que las Cámaras, tan pronto termine el receso en que se encuentran, lo declaren día de fiesta nacional»[9].
[9] Unión Ibero-Americana, núm. 4, págs. 6 y 7.
«La Asamblea Nacional Legislativa de la República de El Salvador,
Considerando: que el 12 de Octubre, aniversario del descubrimiento de América, es una fecha digna de ser conmemorada por todas las naciones de este Continente;
Que varias de estas naciones han decretado día de fiesta nacional esa magna fecha histórica, insinuando la idea de que todos los países americanos tributen en este día recuerdo de gratitud y admiración al descubridor del Nuevo Mundo, Cristóbal Colón,
DECRETA
Artículo único. Declárase el 12 de Octubre día de Fiesta Nacional.
Dado en el Salón de Sesiones del Poder Legislativo. Palacio Nacional: San Salvador a 11 de Junio de 1915.
Francisco G. de Machón, Presidente.--Rafael A. Orellana, primer Secretario.--J. H. Villacorta, segundo Secretario.
Palacio Nacional: San Salvador, 12 de Junio de 1915.
Publíquese.--C. Meléndez.--El Ministro de Gobernación, Cecilio Bustamante.»
Igual conducta que Santo Domingo y El Salvador han seguido las Repúblicas de Cuba, Chile, Argentina, Uruguay, Honduras, Paraguay, Brasil, Panamá, Guatemala y Colombia.
Trasladaremos aquí lo que acerca de la política española en las Indias dicen D. Francisco Pi y Margall y D. Jacinto Benavente:
«Las naciones cultas (de América), escribe el ilustre historiador Pi y Margall, no vacilo en afirmar que, fuera de la religión y de la guerra, tenían mejores costumbres que las de Europa. El Perú, hasta dentro de la guerra, ya que la hacía con más respeto que nosotros a la persona y los bienes de los enemigos. Con nuestro contacto depraváronse todas, en común sentir de los primitivos historiadores de Indias. Bajo la antigua tiranía eran dóciles, trabajadoras, poco propensas a litigios, modeladas en el uso de sensuales deleites; bajo la nuestra, con ser mucho peor, contamináronse de todos nuestros vicios y se hicieron rebeldes, inactivas, pendencieras, lujuriosas.
De las tribus salvajes no me atrevo a formular juicio general de ningún género. Las había rayanas de los brutos y las había que en el sentimiento de la dignidad propia y la ajena igualaban cuando no aventajaban a los pueblos cultos»[10].
[10] Historia general de América, tom. I. vol. II. págs. 1.903 y 1.904.
Del gran dramaturgo Benavente son las siguientes palabras:
«... Y de nuestra política colonial en las Indias, ¿qué no se habrá dicho? No sería tan tiránica, tan destructora, cuando de ellas surgieron pueblos grandes y libres, orgullo de nuestra raza. Una política tiránica, opresora, destruye toda posibilidad de emancipación. No habríamos oprimido tanto, cuando de igual a igual, fuertes y triunfantes, pudieron combatirnos y proclamar su independencia.
Yo he visitado alguna parte de la América española, y, con orgullo puedo decirlo, lo mejor que hallé en ella es lo que de español queda allí, pese al cosmopolitismo invasor. Las virtudes de la familia española, esa discreción de la mujer no contaminada de feminismo, que más bien debiera llamarse masculinismo, la generosidad hidalga en los hombres, el trato afable y llano con los iguales, con los inferiores, todas esas virtudes de nuestra raza, la más democrática del mundo, contrastando con la sequedad de los hombres de presa que allí acuden de todas partes, hacen de aquellas hermosas ciudades, que nos recuerdan a las españolas, cuando en los hogares donde aún alienta el espíritu de España se penetra como amigo, ciudades a la americana, cuando después, por sus calles, entre empujones y codazos, ve uno a los otros, a los extranjeros de todos los puntos del mundo, brutales, febriles, codiciosos de bienes materiales...[11]»
[11] Discurso leído en los Juegos florales de El Escorial el 29 de Agosto de 1915.
Sin embargo del respeto y admiración que sentimos por Pi y Margall y por Benavente, habremos de manifestar que no estamos conformes con la opinión del uno ni con la del otro.
Reconoce el autor de Las nacionalidades que las tribus americanas, lo mismo cultas que salvajes tenían los vicios de la embriaguez, de la lujuria, de la prostitución y del juego. Por nuestra parte diremos que no debe olvidarse cómo el canibalismo se hallaba extendido por toda América de la manera más brutal y fiera, hasta el punto que muchos pueblos del Amazonas declaraban que «preferían ser comidos por sus parientes antes que por los gusanos[12]». Asimismo sabemos con toda certeza que unas tribus se contentaban con beberse la sangre del cautivo, otras se repartían en menudos pedazos las carnes del difunto, llegando el refinamiento de la crueldad al extremo de que si no alcanzaba el reparto para todos, cocían algún trozo en agua, distribuyendo luego el líquido con el objeto de que todos pudiesen decir que habían probado en mayor o menor cantidad la carne del enemigo.
[12] Markham, List. of Tribes etc. (Fourk, Anthrop. Inst. 1895, pág. 233).
También no parece ocioso advertir que la esclavitud era en las Indias más bárbara y repugnante que en los pueblos de Europa.
No negaremos que numerosas tribus indias que poblaban algunos de aquellos dilatados países, ya tuviesen establecida su morada en las heladas regiones de Groenlandia, ya en las riberas de los caudalosos Mississipí y Amazonas, o en los elevados picos de los Andes, aunque no tenían gobierno organizado ni leyes escritas y creían en dioses feroces que se alimentaban de sangre humana, eran dulces, pacíficas y buenas. No negaremos la pureza de costumbres, la sobriedad y el respeto al extranjero de aquellas tribus bárbaras que habitaban en el Gran Chaco o en la Patagonia. Pero habremos de añadir que muchos indígenas fueron taimados y perversos. Ellos pagaron con traiciones los beneficios que recibían de sus patronos, al mismo tiempo que se postraban ante los españoles, que les maltrataban o envilecían. Fueron desleales con los castellanos, que les trataban como hombres; obedientes y cariñosos con los que veían en ellos seres irracionales. No hacían distinción entre sus bienhechores y sus tiranos.
Si llevamos a América--contestaremos a Benavente--nuestra política y administración, nuestra religión católica, nuestro régimen económico, nuestras ideas sobre la hacienda pública, nuestro sistema municipal democrático, nuestras instituciones benéficas, nuestros consulados, nuestras Audiencias y nuestras Universidades, también les llevamos modos, usos y costumbres, ruines pasiones y no pocos vicios. Cierto es que los frailes por un lado y la Compañía de Jesús por otro, cubrieron el suelo de iglesias y de hospitales, los misioneros llevaron la civilización a los países más lejanos e incultos, los artistas de la Metrópoli instruyeron en las Bellas Artes a aquellos numerosos pueblos y los colonos españoles crearon muchas industrias y enseñaron a los indígenas la apertura de caminos y el cultivo de los campos; pero frailes, misioneros, artistas y colonos abusaron de la ignorancia de los indios y les engañaron en los tratos que con ellos hicieron.
Si el gran poeta Quintana, recordando nuestras culpas pasadas, creía vindicar a su patria diciendo:
Crimen fueron del tiempo, no de España,
el historiador, aunque con profundo sentimiento, se ve obligado a decir otra cosa. De los primeros españoles descubridores y conquistadores de América, habremos de afirmar que, hombres de poca cultura y, como tales, de hábitos un tanto groseros, cometieron con harta frecuencia desórdenes y tropelías, robos y muertes. (Apéndice B).
Los soldados de Cortés y Pizarro no tenían la disciplina de aquellos que mandaba el Gran Capitán, Antonio de Leiva y el marqués de Pescara, ni aun la de los tercios de Flandes, ni siquiera la de los que conquistaron Portugal bajo las órdenes del duque de Alba. Los aventureros que desde Andalucía, especialmente de Sevilla, iban a América, eran hombres más dados a la vagancia que al trabajo. Servían unos de espadachines escuderos a elevadas damas o influyentes galanes; descendían otros a rufianes de la más ínfima clase de cortesanas; dedicábanse muchos a cobrar el barato en las casas de juego o se agregaban a las compañías de comediantes o faranduleros, con el sólo objeto de aplaudir en los corrales a damas y a galanes. En busca de aventuras se dirigían también al Nuevo Mundo castellanos, extremeños, catalanes y manchegos, gente ruda, altiva y áspera en sus costumbres.
Aquéllos y éstos, unos y otros eran asistentes diarios a las farsas que imitaban perfectamente o con exactitud las palizas, las lidias de toros y los autos de fe que celebraba la Inquisición.
Recordaremos a este propósito al hidalgo de Extremadura, que «viéndose tan falto de dineros, y aun no con muchos amigos, se acogió al remedio a que otros muchos perdidos en aquella ciudad (Sevilla) se acogen, que es el pasarse a las Indias, refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores (a quien llaman diestros los peritos en el arte), añagaza general de mujeres libres, engaño común de muchos y remedio particular de pocos»[13].
[13] Cervantes, El Celoso Extremeño, pág. 5.
Y Prescott escribió que los conquistadores del Nuevo Mundo fueron «soldados de fortuna, aventureros desesperados que entraron en la empresa como en un juego, proponiéndose jugar sin el menor escrúpulo y con el único objeto de ganar de cualquier modo que fuese»[14].
[14] Historia del Perú, tom. II, pág. 215.
Creían que por el derecho de conquista podían, no sólo repartirse las cosas, sino también las personas; pero no debemos olvidar--pues el asunto tiene transcendental importancia--que la gente que iba de España se veía obligada frecuentemente a subir altas y fragosas montañas, a recorrer estrechas y pedregosas veredas o valles donde nunca llegaba la luz del sol, a atravesar caudalosos ríos, terribles precipicios y profundas simas, a subir escarpadas rocas y montes cubiertos de verdor y cuyas cimas, coronadas de nieve, se ocultaban en las nubes, a bajar cordilleras, a arrostrar riesgos y trabajos, a luchar de noche y de día en las ciudades y en los campos. Para conquistar aquel país, donde se encontraban hombres sencillos y feroces, civilizados y salvajes, hospitalarios y antropófagos, necesitaba la Metrópoli, y no lo tenía, poderoso, obediente y disciplinado ejército.
Conviene recordar que las distracciones del español estaban reducidas a fugaces amoríos con alguna india cautiva, a escuchar picaresco cuento y a veces legendarias hazañas referidas en largas noches de invierno por algún soldado poeta. Otra hubiese sido la conducta de los conquistadores de las Indias al tener en su compañía mujeres de la misma raza y del mismo país, pues ellas, con sus amores y caricias, con sus alegrías y bondades, habrían transformado por completo el carácter de aquellos rudos soldados.
Tampoco habremos de negar que algunos de los primeros conquistadores, con la excusa de la civilización, olvidándose de la Moral cristiana, hollaron las instituciones, sentimientos, usos y costumbres de las razas americanas. Con la excusa de la civilización, algunos de los primeros conquistadores arrebataron a los indios sus mujeres y sus hijas, sus casas y sus tierras. Con la excusa de la civilización, algunos de los primeros conquistadores arrojaron de su pedestal aquellos ídolos que habían sido el consuelo de infinitas generaciones, en tanto que el miedo y el terror, cuando no la desesperación, se pintaba en el rostro de los indígenas. Tuvieron a dicha no pocos religiosos españoles derribar templos, romper ídolos y recorrer extensas comarcas imponiendo por la fuerza la doctrina del Crucificado.
En otro orden de cosas, también se cometieron abusos sin cuento. No negaremos lo que dice--y que copiamos a continuación--el provisor Morales. «Es general el vicio de amancebamiento con indias, y algunos tienen cantidad de ellas como en serrallo»[15]. El citado cronista, más dado a la leyenda que a la historia, se atrevió a escribir que algunos españoles se entretenían, tiempo después de la conquista, en cazar indios con perros de caza[16], añadiendo otros autores que hubo entre los nuestros quienes llegaron a creer que los indígenas no pertenecían a la especie humana, y que valían, por tanto, lo mismo que un mono o un caballo. Sólo se nos ocurre contestar--y esta es la única observación o comentario a la noticia--que no habían de faltar compatriotas nuestros, ya que careciesen de toda clase de cultura, ya que por instinto fuesen crueles y feroces.
[15] Relación dada por el provisor Morales sobre cosas que convenían probarse en el Perú. M. S.
[16] Ibidem.
Tristísima era la vida del indio entre algunos españoles. El, sin mujer que le consuele, sin hijos que le ayuden en sus trabajos y sin familia que se compadezca de sus infortunios, condenado a vivir--si vida puede llamarse--en el fondo de las minas para extraer el oro y la plata que los reyes de España gastaban en guerras y los cortesanos en orgías; agricultor y recolector de los frutos de la tierra para que se alimentasen sus despiadados amos; esclavo de hombres que se llamaban religiosos cuando la religión enseña que ambos eran hijos de un mismo Dios; el indio, repetimos, hastiado de la vida, buscaba en el suicidio, enfermedad de todas las sociedades caducas y desesperadas, el término de sus penas y dolores. Preferían la muerte a la pérdida de su libertad, a la servidumbre, a la esclavitud. Los incultos indígenas se creían más felices que los civilizados españoles. Indiferentes los indios a los goces de la cultura, vivían alegres y satisfechos en sus montañas y bosques. Lo que Dozy decía de los beduínos del tiempo de Mahoma, decimos nosotros de los indios del siglo XVI. «Guiados (los beduínos)--tales son las palabras del historiador francés--no por principios filosóficos, sino por una especie de instinto, han realizado de buenas a primeras la noble divisa de la revolución francesa: la libertad, la igualdad y la fraternidad»[17].
[17] Historia de los musulmanes españoles, tomo I, pág. 36. Tr.
Severos censores hemos sido al juzgar la conducta de los conquistadores españoles en las Indias, y sin miramientos de ninguna clase diremos después lo bueno y lo malo que hicieron; pero colocándonos en el alto tribunal de la historia, añadiremos que no todos son negruras en el descubrimiento, conquista y gobierno de España en el Nuevo Mundo, como no todo son negruras--aunque otra cosa digan apasionados cronistas--lo realizado en la colonización inglesa y portuguesa de las Indias Orientales. La imparcialidad no ha sido norma de los historiadores antiguos y modernos. A pesar de los juicios poco favorables que escritores europeos y americanos han emitido acerca de la política de los gobiernos de Madrid, Londres y Lisboa, a pesar de la ingratitud de algunas naciones de América--no todas, por fortuna--con España, Inglaterra y Portugal, nadie podrá negar, o mejor dicho, conviene no olvidar que un ilustre hijo de la república de Génova, al servicio de los Reyes Católicos D. Fernando y Doña Isabel, descubrió el Nuevo Mundo, y que ingleses, portugueses y españoles llevaron a aquellas lejanas tierras su respectiva civilización y cultura.
Al ocuparnos en las conquistas de unos pueblos sobre otros, tentados estamos para decir que, lo mismo en aquella época que antes y después, lo mismo si se trata de España que de otras naciones, dichas conquistas han ido casi siempre acompañadas de abusos y alevosías. Si pecaron los españoles, también pecaron ingleses, franceses, dinamarqueses y holandeses. Si no fué generosa ni aun prudente la política seguida por nuestros compatriotas, tampoco lo fué la de otras naciones. Recuérdense los Gobiernos de lord Clive y de Warren Hastings en la India. Del primero, gobernador general de las posesiones inglesas de Bengala, dice lord Macaulay lo siguiente: «Se sabe que antes de salir de la India remesó a su patria más de ciento ochenta mil libras esterlinas por conducto de la Compañía Holandesa, y más de cuarenta mil por la Inglesa, aparte de otras considerables sumas enviadas por casas particulares. Además, poseía joyas de gran precio, medio muy generalizado entonces de traer valores a Europa, y en la India era dueño de propiedades cuyas rentas estimaba él mismo en veintisiete mil libras; de modo, que sus ingresos anuales, cuando menos, según la opinión de John Malcolm, pasaban de cuarenta mil libras esterlinas (3.800.000 reales), rentas en aquella época tan pingües y raras como lo son en la nuestra las de cien mil libras. Así, que podemos afirmar, sin temor de incurrir en exageración, que ningún inglés que comenzara la vida sin bienes de fortuna ha llegado, como Clive, a encontrarse a los treinta y tres años poseedor de tan inmensas riquezas»[18]. Respecto a la administración de Warren Hastings, gobernador de Bengala, añade el citado historiador, que «es imposible desconocer que hacen contrapeso a los grandes crímenes que la mancharon, los grandes servicios que prestó al Estado»[19]. En efecto, muchos y graves fueron los atropellos cometidos por Hastings y contados por Burke en la Cámara de los Lores. Tampoco pasaremos en silencio las crueldades que el francés D'Esnambuc cometió con los naturales de la Martinica en el año 1635, ni la conducta torpe, torpísima de los dinamarqueses en la costa de Coromandel y de los holandeses en la citada India.
[18] Estudios históricos, pág. 140. Tr.
[19] Ibidem, pág. 285.
Allá en la antigüedad, la historia enseña que Virgilio daba idea clara del destino y de la política exterior de Roma en los siguientes versos:
Tu regere imperio populos, Romane, memento:
..................................................
Parcere subjectis, et debellare superbos[20].
[20] Eneida, lib. VI, versos 851 y 853.
Y las Doce Tablas consagraron aquel terrible principio que dice:
Adversas hostes æterna auctoritas esto.
Cartago, gobernada por egoísta aristocracia, sólo quería aumentar el producto de su tráfico, importándole poco las ideas de patria, de justicia, de honor y de cultura.
Los germanos se apoderaron de la mejor y mayor parte de la tierra de los vencidos, y algunos de aquéllos, los anglo-sajones, por ejemplo, se hicieron dueños de todo en la Bretaña. Tristísima fué la condición de los vencidos.
Cuando los musulmanes lograron la victoria en la Laguna de Janda, los ibero-romanos sufrieron toda clase de vejaciones, y cuando los cristianos tomaron a Granada hicieron objeto de su odio a los hijos del Profeta.
En nuestros días, ingleses, alemanes, franceses, italianos, rusos y portugueses, guiados únicamente por la idea del lucro, ven en sus colonias ancho campo donde extender y desarrollar sus respectivas industrias.
En suma: el Væ victis de Breno, fué y será, no la ley horrible del derecho de gentes en la época romana, sino el dogma político de todos los tiempos y de todos los pueblos.
De Sir Russell Wallace, son las siguientes palabras: «¡Qué colonizadores y conquistadores tan maravillosos estos españoles y portugueses! En los territorios colonizados por ellos, trazaron cambios mucho más rápidos que todos los demás pueblos modernos, y semejantes a los romanos, poseen sus grandes facultades para imponer su lengua, cultura y religión a pueblos bárbaros y salvajes.»
Cariñoso por demás se muestra con nosotros Sir Russell Wallace. Si no creemos que España tenga justos títulos para pedir, como nación colonizadora, lugar preeminente en la Historia, tampoco admitimos que la pérdida de las colonias de la América del Sur, sea prueba palmaria de su incapacidad para gobernar las extensas posesiones adquiridas en aquellos lejanos territorios. La Gran Bretaña no pudo sofocar la rebelión y perdió las colonias de América del Norte, y a España le sucedió lo mismo. Una y otra nación perdieron sus respectivas colonias porque debían perderlas, porque no era posible tener en perpetua tutela pueblos poderosos y cultos.
No olvidemos, no, que las Leyes de Indias son monumento glorioso de la legislación española, y la Casa de la Contratación mereció alabanzas, lo mismo de nacionales que de extranjeros. Y dígase lo que se quiera en contrario, digna de encomio fué muchas veces la conducta de nuestros Reyes. Ellos, en no pocos casos, recomendaron con gran solicitud a sus infelices indios.
Isabel la Católica decía en su testamento lo siguiente:
«Cuando nos fueron concedidas por la Santa Sede Apostólica las Islas y Tierra Firme del mar Océano, descubiertas y por descubrir, nuestra principal intención fué al tiempo que lo suplicamos al Papa Alejandro VI, de buena memoria, que nos hizo la dicha concesión, de procurar inducir y traer los pueblos de ellas, y los convertir a nuestra Santa Fe Católica y enviar a las dichas islas y Tierra Firme, prelado y religiosos, clérigos y otras personas doctas y temerosas de Dios, para instruir los vecinos y moradores de ellas a la fe católica y los doctrinar, y enseñar buenas costumbres y poner en ello la diligencia debida, según más largamente en las letras de la dicha concesión se contiene. Suplico al Rey, mi señor, muy afectuosamente, y encargo y mando a la Princesa, mi hija, y al Príncipe, su marido, que así lo hagan y cumplan, y que éste sea su principal fin y en ello pongan mucha diligencia y no consientan ni den lugar a que los indios vecinos y moradores de las dichas islas y Tierra Firme, ganados y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas y bienes...» Igual conducta--como se muestra por diferentes Reales Cédulas--, observaron Carlos I, Felipe II, Felipe III y Carlos II. Gloria inmortal merece el Emperador Carlos V por la Cédula que dió el 15 de Abril de 1540 en favor de los negros de la provincia de Tierra Firme, llamada Castilla del Oro (Apéndice C). No se olvide que Felipe II, al recibir en su palacio al visitador Muñoz (1568), que ejerció sangrienta dictadura en México, le dijo con severidad: «Te mandé a las Indias a gobernar, y no a destruir», contándose también que, como casi al mismo tiempo se le presentara el Virrey del Perú, D. Francisco de Toledo, matador del inca Sairi Tupac, le dirigió en tono amenazador las siguientes palabras: «Idos a vuestra casa, que yo no os mandé al Perú para matar Reyes.» Felipe III miró con singular cariño a los infelices indios. Y en la Recopilación de las Leyes de Indias, Felipe IV escribió por su real mano la hermosa cláusula que copiamos: «Quiero que me déis satisfacción a mí y al mundo, del modo de tratar esos mis vasallos, y de no hacerlo, con que en respuesta de esta carta vea yo ejecutados ejemplares castigos en los que hubieren excedido en esta parte. Mandamos a los Virreyes, Presidentes, Audiencias y Justicias, que visto y considerado lo que Su Majestad fué servido de mandar y todo cuanto se contiene en las Leyes de esta Recopilación, dadas en favor de los indios, lo guarden y cumplan con tal especial cuidado, que no den motivo a nuestra indignación, y para todos sea cargo de residencia.» Habremos de referir, por último, que al confirmar Carlos II la concesión pontifical, lo hizo con las siguientes palabras: «Y por que nuestra voluntad es que los indios sean tratados con toda suavidad, blandura y caricia, y de ninguna persona eclesiástica o secular ofendidos: Mando que sean bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo remedien, y provean de manera que no se exceda cosa alguna lo que por las letras apostólicas de la dicha concesión nos es inyungido y mandado.»
La misma simpática conducta siguieron con bastante frecuencia los Reyes de la Casa de Borbón. Ilustre historiador contemporáneo ha dicho lo siguiente: «En lo que se refiere a los indios, hay que repetir que los monarcas multiplicaban los medios de proteger sus personas e intereses. Sometidos los naturales por la conquista a un poder extraño, intimidados ante la superioridad de los europeos, a quienes tenían que obedecer, era muy justo que la Corte de Madrid les dispensara consideraciones, para hacer simpático el nuevo régimen a los que tanto necesitaban de paternal auxilio y de cariñoso apoyo; la justicia debía mostrar mayor solicitud respecto de los débiles, que habían perdido sus sagrados derechos como pueblo independiente y soberano; y los delegados del Rey en las Indias tenían especial recomendación de favorecer de todos modos a los aborígenes»[21]. Alejandro Humboldt, cuya autoridad nadie se atreverá a poner en duda, ha escrito que la condición social del indio español era mejor que la de los aldeanos de una gran parte del Norte de Europa[22]. También el argentino D. Vicente G. Quesada, aunque a veces ha juzgado con severidad el gobierno español en América, reconoce que no están en lo cierto los escritores que afirman que la organización colonial fué un centralismo pernicioso, a la cual atribuyen todos los errores y males de las nuevas naciones hispano-americanas[23].
[21] Gómez Carrillo, Historia de la América Central, tomo III, págs. 27 y 28.--Continuación de Milla.
[22] Ensayo político, lib. IV, cap. IX.
[23] La Sociedad hispano-americana bajo la dominación española.
En tanto que los Monarcas austriacos y los Reyes de la casa de Borbón daban pruebas de su amor a la justicia y del cariño que sentían por los indios, también eran dignos de fama y renombre no pocos Virreyes, Gobernadores, Presidentes, Corregidores, Arzobispos y Obispos. No todos, ni aun una gran mayoría, como fuera nuestro deseo; pero muchos fueron tolerantes y buenos, como lo confirman antiguos cronistas y modernos historiadores.
Nadie--por exigente que sea--escatimaría aplausos a Antonio de Mendoza y a Luis de Velasco, virreyes de México; a Manuel de Guirior, virrey del Perú; a José Antonio Manso de Velasco, Gobernador de Chile; a Miguel de Ibarra, Presidente del Ecuador, y a Andrés Venero de Leyva, Presidente de la Audiencia de Santa Fe de Bogotá. Entre los prelados, justo será recordar los nombres insignes de Santo Toribio de Mogrovejo, Arzobispo de Lima, y de Fr. Juan de Zumárraga, Arzobispo de México. Protectoras incansables las autoridades españolas de la religión y de las órdenes religiosas, la religión fué desde la cuna hasta la muerte el sentimiento general lo mismo del español que del indio. Tanto las autoridades civiles como las eclesiásticas se desvelaron por extender la civilización, abrir escuelas, establecer imprentas y llevar a todas partes el mejoramiento y el bienestar. Que en el esplendoroso cuadro de los Gobiernos españoles hubo algunas y, si se quiere muchas manchas, nada importa, pues toda obra humana las tiene en más o menos cantidad, con mayor o menor fuerza señaladas. No hemos de negar que no siempre estuvieron acertados los Reyes y los Gobiernos en el nombramiento de las autoridades, lo mismo civiles que militares, para las colonias. Con mucha frecuencia se impuso el favoritismo y ocuparon elevados puestos hombres aduladores, necios e intrigantes, cuando no avaros, codiciosos y crueles.
Para terminar esta materia permítasenos recordar algunos hechos y dirigir una pregunta. No olvidéis que a últimos del siglo XV desconocíais la escritura alfabética, los progresos de las ciencias y las bellezas de las artes, ni teníais arados para cultivar vuestras tierras, ni utensilios de hierro para todas las necesidades de la vida, ni carros en que transportar vuestras mercancías, ni buques de alto bordo para recorrer los mares, ni moneda de ley para el cambio de vuestros productos. No olvidéis que a últimos del siglo XV ni siquiera teníais noticia de los animales domésticos, ni sabíais nada del cultivo de los cereales. No olvidéis que durante largo lapso de tiempo, unidas España y América han marchado por tierras y mares realizando su vida, a veces con gran trabajo, a veces con facilidad extrema; pero siempre con fe y entusiasmo. ¡Americanos! En uno de los platillos de sensible balanza colocad lo bueno que habéis recibido de los españoles, y en el otro platillo colocad lo malo. ¿Qué pesa más?
«¡América para los americanos! Tal es la consigna adoptada--escribe Reclus--por las repúblicas del Nuevo Mundo para oponerse a las tentativas de intervención de las potencias europeas en los asuntos interiores del continente occidental. Bajo el punto de vista político, no cabe duda que los Estados americanos no han de temer ya los ataques de ningún adversario, y no se sabe si tolerarán mucho tiempo en aquellas regiones la existencia de colonias dependientes de un Gobierno extranjero. Si oficialmente posee todavía la Gran Bretaña la cuarta parte de la superficie del Nuevo Mundo, casi la totalidad de aquel inmenso espacio está desierto, y las provincias habitadas, constituyen, por decirlo así, una república independiente, en la que el poder real sólo está representado en el nombre, y por todo ejército tiene un regimiento acampado en una punta de tierra en el sitio más inmediato a Europa, como si estuviese aguardando órdenes para regresar a la Metrópoli. Los pueblos del Nuevo Mundo tienen, pues, asegurada su autonomía política contra toda mira ambiciosa del extranjero; pero bajo el aspecto social, América dista mucho de ser de los americanos; es de todos los colonos del antiguo mundo que a ella acuden y en ella encuentran nueva patria, aportando sus usos y costumbres hereditarias, al par que sus ambiciones, sus esperanzas y la necesaria fuerza para acomodarse a un nuevo modo de ser. Los que por distinguirse de los hombres civilizados del resto del mundo se llaman americanos, son también hijos o nietos de europeos; el número de estos americanos aumenta en más de un millón cada año por el excedente de los nacidos sobre los muertos; además, aumenta en más de otro millón con los colonos recién llegados, que a su vez se llaman pronto americanos, y a veces miran como intrusos a los compatriotas que llegan tras ellos. El mundo trasatlántico es un campo experimental para la vieja Europa, y como en el antiguo mundo, se prepara allí la solución de los problemas políticos y sociales en bien de la humanidad»[24].
[24] Geografía universal, América septentrional, págs. 83 y 84.
Viene al caso recordar que allá en el año 1824, el Congreso de Panamá, siguiendo las inspiraciones de Bolívar, entre otros asuntos, procuró establecer un pacto de unión y de liga perpetua contra España o contra cualquier otro poder que procurase dominar la América, impidiendo además toda colonización europea en el nuevo continente, toda intervención extranjera en los negocios del Nuevo Mundo[25]. Los temores de Bolívar tenían su razón de ser después de pelear en Ayacucho con ejércitos de Europa. Añade con acierto J. B. Alberdi, lo siguiente: «Si Bolívar viviera hoy día, como hombre de alto espíritu, se guardaría bien de tener las ideas de 1824 respecto a Europa. Viendo que Isabel II nos ha reconocido la independencia de esa América que nos dió Isabel I hace tres siglos, lejos de temer a la España como a la enemiga de América, buscaría en ella su aliada natural, como lo es, en efecto, por otros intereses supremos que han sucedido a los de una dominación concluida por la fuerza de las cosas. Los peligros para las Repúblicas no están en Europa. Están en América: son el Brasil, de un lado, y los Estados Unidos, del otro»[26].
[25] Véase Simón Bolívar, págs. 179 y 180.
[26] Simón Bolívar, pág. 180. Madrid, 1914.
Algunos escritores americanos tienen a gala el denostar a España. Rechazan indignados la idea de que se les atribuyan las cualidades de nuestra raza. No quieren llevar en sus venas sangre española. El argentino Domingo F. Sarmiento, autor de la excelente obra Facundo o Civilización y barbarie, tuvo el mal gusto de censurar con acritud las costumbres españolas en su libro Viajes por América, Europa y Africa. Contra Sarmiento escribió nuestro Martínez Villergas el folleto titulado Sarmenticidio, al cual sirve de preliminar composición poética que el inspirado vate había publicado en París el año 1853. En ella se lee lo siguiente:
Quemó Erostrato el templo de Diana, Y usted, por vanagloria, Maldice de su raza la memoria: ....................................
La misma animosidad contra España ha manifestado recientemente Fernando Ortiz, catedrático de la Universidad de la Habana, en su libro La Reconquista de América. Otros no les han seguido por el mismo camino en su enconada ojeriza a la madre Patria.
Por fortuna, creemos que no están en mayoría los escritores que piensan como Sarmiento y Ortiz. No pocos--aunque nosotros quisiéramos que fuese mayor el número--aprovechan cuantas ocasiones se les presentan para manifestar su cariño a España. Con singular complacencia hemos leído varias veces el siguiente párrafo del Sr. Riva Palacio, ministro de México en Madrid:
«No se conserva memoria--dice--de otro pueblo que, como el español, sin desmembrar su territorio patrimonial y sin perder la existencia social y política, haya formado directamente diez y seis nacionalidades enteramente nuevas sobre la faz de la tierra, hoy ya emancipadas, y a la que legó sus costumbres, su idioma, su literatura, su altivez, su indomable patriotismo y el celo exagerado por su autonomía. Diez y seis nacionalidades que marchan todas por el camino del progreso, y que, reconociendo con su origen todas esas identidades, procuran estrechar cada día más sus relaciones, creando una virtud cívica hasta hoy desconocida, el patriotismo continental, que hace de cada americano como un hijo cualquiera de las otras Repúblicas; y quizá algún día la España, hija del antiguo mundo, podrá decir delante de esas diez y seis nacionalidades, como Cornelia la romana: «Tengo más orgullo en ser la madre de los Gracos, que la hija de Escipión el Africano»[27].
[27] Discurso leído por el general Riva Palacio en el Ateneo de Madrid el 18 de Enero de 1892, pág. 9.
Entre los papeles de Manuel Araujo, electo presidente de la República de San Salvador en el año 1911, y fallecido en 1914, hallamos uno, en el cual se consigna este hermoso pensamiento:
«La obra afanosa de mi agitada vida va cumpliéndose. Bajo la égida protectora de Dios, mis flores, mis ensueños de progreso para la patria antigua y de libertad para mi pueblo amado, van siendo una hermosa realidad»[28].
[28] Véase Libro Araujo.--San Salvador, Imprenta Nacional, 1914.
Merece trasladarse también aquí lo que Alejandro Alvarado Quirós ha escrito al visitar el sepulcro de Colón en Sevilla. Dice así:
«Los pueblos de América deberían visitarlo en cruzadas como el más sagrado de sus cultos; tuvo para nosotros un resplandor celeste, una palabra profundamente religiosa, superior a las que el espíritu del gran guerrero, del artista y del santo nos dijeron al oído, y que sólo podría ser superada por la armonía inefable de nuestras creencias, evocadas ante la piedra tumular y el sepulcro abierto y luminoso de Jerusalén»[29].
[29] Bric-Brac.--San José de Costa Rica.--Alsina, 1914.
En La Nota, periódico de Buenos Aires, ha publicado últimamente José Enrique Rodó un artículo donde, entre otras cosas dignas de nuestra gratitud, se lee este párrafo: «Cualesquiera que sean las modificaciones profundas que al núcleo de civilización heredado ha impuesto nuestra fuerza de asimilación y de progreso; cualesquiera que hayan de ser en el porvenir los desenvolvimientos originales de nuestra cultura, es indudable que nunca podríamos dejar de reconocer y confesar nuestra vinculación con aquel núcleo primero, sin perder la conciencia de una continuidad histórica y de un abolengo que no da solaz y linaje conocido en las tradiciones de la humanidad civilizada.»
De Blanco Fombona son las palabras que copiamos de la revista Renacimiento, de la Habana: «La holgazanería española, que es una de las frases hechas más injustas, labora minas en Bilbao, cultiva viñedos en la Mancha y Aragón, cría ganados en Andalucía y ejerce toda suerte de industrias en Cataluña y Valencia. En un momento de holgazanería española, echaron nuestros abuelos a los moros de la Península, descubrieron, conquistaron y colonizaron a América, y abriendo los brazos en Europa, con gesto heroico y magnífico, pusieron una mano sobre Flandes y sobre Nápoles la otra.»
A José Ingenieros, crítico argentino y autor, entre otras obras, de las intituladas Simulación en la lucha por la vida y Al margen de la ciencia, le colocamos entre los defensores de España, aunque otra cosa digan críticos suspicaces. De la Revista de Filosofía, de Buenos Aires, correspondiente al año de 1916, copiamos el siguiente párrafo de largo artículo:
... «Mi anhelo de español sería que en los libros de los niños de hoy--los españoles de mañana--se enseñara a venerar la memoria de un Isidoro, de un Lulio, de un Vives y de un Servet, en vez de seguir mintiendo las aventuras del Cid--que vivió mucho tiempo con dinero de los moros--, las glorias de Carlos «Quinto» de Alemania--que nadie conoce por Carlos «Primero» de España--, ni la fastuosa magnificencia de los siguientes Hapsburgos--que por la indigencia en que vivieron no fuéronle en zaga a ningún estudiante de novela picaresca.
Constituída una nueva moral, poniendo como ejemplo la tradición de sus pensadores y de sus filósofos, a España le sobrarán fuerzas para renacer; las hay en cada provincia o región; muchas de ellas pujan ya en vuestra Cataluña intensa y expansiva.»
Entre los inspirados vates que mas han amado a España, ataremos a Rubén Darío. Recordamos aquellos versos:
No es Babilonia ni Nínive enterrada en olvido y en polvo ni entre momias y piedras reina que habita el sepulcro la nación generosa, coronada de orgullo inmarchito, que hacia el lado del alba fija las miradas ansiosas;
o aquellos de Chocano:
Y así América dice: ¡Oh madre España! Toma mi vida entera; que yo te he dado el sol de mi montaña y tú me has dado el sol de tu bandera,
o aquellos otros de Gómez Jaime;
Y a España, madre egregia que fecundó tu historia, le ofrecerás tu sangre, le rendirás tu gloria; y el triunfo de la raza le ofrendarás también;
o los de Andrade Coello:
Erguido quedará siempre, porque su cumbre tremola mi altiva ensena española que tu raza no arriará;
o, en fin, otros muchos inspirados en el mismo sentimiento hacia España.
Al querer--como poco antes se dijo--la unión de los pueblos hispano-europeos con los hispano-americanos, no deseamos de ningún modo la enemiga con los de raza anglo-sajona. Pruebas habremos de dar en el curso de nuestra obra, no sólo del respeto, sino de la admiración que sentimos por la gran República de los Estados Unidos del Norte de América.
Algunas veces hemos llegado a creer--y de ello estamos arrepentidos--que, para contrarrestar el imperialismo de los Estados Unidos, debieran confederarse todos los pueblos de raza española del Nuevo Continente y con ellos el lusitano americano, bajo la suprema dirección de los más poderosos (el Brasil, la Argentina, Chile, etc.)
De un artículo de Castelar copiamos lo siguiente: «Pero cuando la raza anglo-sajona pretende negar nuestra influencia en América, hacer suyo todo aquel mundo, turbar la paz de nuestras Repúblicas, acrecentar su poderío, a costa de nuestro mismo territorio, contar entre sus estrellas a Cuba; cuando esto suceda, fuerza es que todos los que de españoles nos preciamos, unamos nuestras inteligencias y nuestras fuerzas para no consentir tamaña degradación y estar fuertes y apercibidos en el día de los grandes peligros, de las amenazadoras desventuras»[30].
[30] La unión de España y América.
Aunque llegó el día tan temido, no se unieron nuestras inteligencias ni nuestras fuerzas, o mejor dicho, nuestras inteligencias y nuestras fuerzas fueron vencidas por el inmenso poder de los Estados Unidos. Con pena habremos de confesar que lo mismo América que Europa se alegraron para sus adentros de las desgracias de España.
Trasladaremos también a este lugar lo que ha escrito el académico Sr. Beltrán y Rózpide, recordando seguramente la destrucción de nuestras escuadras en Santiago de Cuba y en Cavite. «Si hoy los historiadores, dice, encuentran las raíces de la decadencia de España en los mismos días de Carlos I y de Felipe II, en los tiempos de Mac Kinley y Roosevelt habrán de investigar los historiadores del porvenir el remoto origen o causa primera de la disolución y ruina de los Estados Unidos del Norte de América»[31].
[31] Los pueblos hispano-americanos en el siglo XX, pág. 296. Madrid, 1904.
Ni paramos mientes, ni damos valor alguno a juicios más apasionados que justos de ilustrado escritor, cuyo libro ha sido publicado en estos mismos días. El autor es el agustino P. Teodoro Rodríguez, Rector de la Universidad de El Escorial, y el libro se intitula La civilización moderna.
«No vamos a estudiar--dice--aunque bien pudiéramos hacerlo, ciertos actos de carácter internacional, y por todos conocidos, suficientes para colocar a quien los realiza, sea persona individual o colectiva, entre los profesionales del bandidaje y de la piratería; nos referimos a la usurpación de España por los Estados Unidos de sus colonias Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Tampoco queremos estudiar, la Historia dará sobre ello su veredicto, la intervención extraoficial en las cuestiones de México y en la actual gran guerra europea, que para algunos pone en entredicho su honorabilidad como nación»[32].
[32] Págs. 153 y 154.
Cuando los hijos de Cuba, Puerto Rico y Filipinas no se hallen contentos con su estado actual, cuando echen de menos el Gobierno de la antigua Metrópoli y cuando el progreso se haya interrumpido o cortado en aquellos países, entonces y sólo entonces estaremos conformes con el sabio agustino.
Nada importa que España haya perdido una provincia, dos o veinte. Lo que importa es que la guerra no destruya aquellas ciudades, ni se hiera ni se mate en aquellas tierras. Lo que importa es que al ruido de la pólvora haya sucedido el reino de la paz y del amor. Entretanto que geógrafos y religiosos condenan a los hijos de Wáshington y de Franklin, nosotros bendecimos a Dios y entonamos un cántico a la libertad e independencia de los pueblos. ¡Bendita sea la hora en que la fuerza fué vencida por el derecho!
Triste, muy triste es que España, la primera nación que tuvo la fortuna de llegar a América y la única que fué dueña de más extensos territorios, nada posea en nuestros días. La culpa es nuestra. Pero olvidándolo todo, casi me atrevería a rogar al geógrafo Beltrán y Rózpide y al teólogo P. Martínez que me acompañaran a rezar una oración ante las tumbas de españoles y de americanos, pues las de aquéllos y las de éstos se hallan bajo las flores del mismo cementerio. (Apéndice D.)
Grande es el amor que tenemos a España; grande es también el amor que tenemos a nuestras antiguas colonias. Pero no dejamos de reconocer que en esta vieja Europa los hombres sólo piensan en matarse unos a otros y las naciones en destruirse; en esa joven América, salvo algunas excepciones, los hombres son laboriosos, emprendedores, y las ciudades poseen inmensas fábricas dedicadas a la industria y al comercio. Aunque dichas naciones, lo mismo las europeas que las americanas, sufren terribles enfermedades sociales, la historia enseña que las primeras salen de sus crisis maltrechas y debilitadas, al paso que las segundas continúan prósperas y poderosas.
Si allá en los primeros tiempos de la historia, el progreso, después de cumplir su misión en Egipto, pasó a Caldea, China e India, luego a Grecia y Roma y tiempo adelante a los pueblos todos de Europa, en nuestros días ¿emprenderá su marcha al Nuevo Mundo? De Africa pasó al Asia, y de Asia a Europa; ¿pasará al presente de Europa a América? ¿Buscará otro campo de acción en las orillas del San Lorenzo, del Mississipí, del Amazonas o del Plata? Cuando haya pasado la crisis terrible porque atraviesa Europa, contestaremos, ya tranquilo nuestro espíritu, que el Antiguo y Nuevo Mundo seguirán su marcha progresiva y realizarán, cada vez con mayor entusiasmo, la ley del amor y de la justicia.
II
PLAN DE LA OBRA.
Por lo que respecta al plan de la obra, nos proponemos reseñar la vida de los pueblos americanos de una manera clara y ordenada. En cinco partes dividiremos la HISTORIA DE AMÉRICA: trataremos en la primera de la América antes de Colón, o sea, de las primitivas razas que poblaron el Nuevo Mundo; en la segunda del descubrimiento de las Indias Occidentales y de los descubrimientos anteriores y posteriores al del insigne genovés; en la tercera de las conquistas realizadas por los españoles y otros pueblos de Europa; en la cuarta de los diferentes Gobiernos establecidos en aquellos países o de los Gobiernos coloniales, y en la quinta de la guerra de la independencia y de los sucesos acaecidos en aquellos pueblos hasta nuestros días.
Estas cinco partes o épocas se estudiarán en tres tomos; las dos primeras, o sea América precolombina y los descubrimientos serán materia del tomo primero; la conquista del país y los Gobiernos coloniales se expondrán en el tomo segundo, y la independencia de todos los Estados hasta nuestros días formarán la historia del tomo tercero.
Veamos más detalladamente los asuntos que se incluirán en cada una de las cinco partes. Después del Prólogo damos algunas noticias geográficas del Nuevo Mundo, pasando luego a tratar de la Prehistoria y de la aparición del hombre en el continente americano, procurando resolver la cuestión de si es o no es autóctono; y en caso contrario, cuál es su procedencia y el camino que siguió para llegar a América. En seguida tratamos de las razas y tribus que habitaron el suelo americano antes del descubrimiento. Si vaga y corta es la historia de los pueblos que llamamos civilizados, casi nula es la de los pueblos bárbaros. Algunas noticias daremos acerca del estado social de los indios, de su lengua, de sus conocimientos científicos y artísticos. Después se estudiará el estado de España durante el reinado de los Reyes Católicos, y luego los importantes descubrimientos geográficos anteriores al del Nuevo Mundo.
Así como poetas y santos presentían la invasión de los germanos y la muerte de Roma, y así como sabios y Papas anunciaban la llegada de los turcos y la destrucción de Constantinopla, de la misma manera los isleños de la Española tenían como cosa cierta que de lejanas tierras vendrían unos guerreros a derrocar los altares de sus dioses, a derramar la sangre de sus hijos y a reducir a eterna esclavitud a todos los habitantes del país; los sacerdotes del Yucatán profetizaron que había llegado el fin de los vanos dioses, que ciertas señales indicaban próximos y terribles castigos, que estaban cerca los hombres encargados de traer la buena nueva, que aborreciesen a los dioses indígenas y adoraran al Dios de la verdad, y, por último, que se vislumbraba ya la señal de nueva vida, la cruz que había iluminado al mundo; y Huayna Capac, el último Emperador del Perú, cuando comprendió que se aproximaba el último momento de su vida, llamó a sus dignatarios y les anunció la ruina del imperio por extranjeros blancos y barbudos, según habían pronosticado los oráculos, ordenándoles no hiciesen resistencia, antes por el contrario, se sometiesen de buen grado. Al mismo tiempo cometas cruzaban los cielos llenando de terror a los peruanos, la luna apareció teniendo a su alrededor círculos de fuego de diferentes colores, un rayo cayó en uno de los reales palacios destruyéndolo completamente, los terremotos se sucedían unos tras otros y una águila perseguida por varios alcones vino a caer herida en la plaza del Cuzco; hecho que presenciaron aterrados muchos nobles incas, quienes creyeron que era aquello triste agüero de su propia muerte. Del mismo modo que aquel Dios Pan, tan alegre y risueño, que se precipitó, allá en los tiempos antiguos, como dice Castelar, en las ondas del Mediterráneo buscando la muerte[33], y cuyos tristes quejidos oían de noche los navegantes que surcaban los mares helénicos, otros dioses, en el siglo XVI, exhalaban su último suspiro cerca de las playas americanas--según cuentan los sacerdotes indios--y eran reemplazados por el Dios de la verdad, de la justicia y de la misericordia.
[33] La civilización de los cinco primeros siglos del Cristianismo, tomo I, pág. 352.
Con todo detenimiento será objeto de nuestro estudio la vida de Cristóbal Colón y los cuatro viajes que hizo al Nuevo Continente.
Ultimamente nos fijaremos en los descubrimientos y expediciones de Alonso de Ojeda, Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díaz de Solís, Vasco Núñez de Balboa, Juan Ponce de León, Juan de Ampués, Rodrigo de Bastidas y Francisco Orellana.
El tomo segundo está dedicado a la conquista del territorio y a los Gobiernos de los diferentes Estados. Lo primero que se presenta a nuestro estudio es la América septentrional, esto es, la Groenlandia, el Canadá y las colonias inglesas. Seguirá a la conquista de México, la de la América Central (Guatemala, Honduras, San Salvador, Nicaragua y Costa Rica); también las Antillas, y, por último, la América Meridional (Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Patagonia, Colombia, Venezuela, Ecuador, Las Guayanas, Paraguay, Uruguay y Brasil).
Libre España de la guerra con los hijos del Profeta, dos rumbos diferentes tomaron nuestros guerreros: unos marcharon a Italia sin otra mira que conquistar laureles en los campos de batalla, dirigidos por aquel ilustre político y valeroso soldado, a quien la Historia designa con el nombre de El Gran Capitán; otros, tomaron camino de Occidente buscando aventuras, o más bien guiados por la idea del lucro o por la codicia de oro y piedras preciosas, oro y piedras preciosas que abundantes se hallaban en la nueva tierra de promisión. «En las guerras del Nuevo Mundo, escribe lord Macaulay, en las cuales el arte estratégico vulgar no podía ser bastante, como tampoco la ordinaria disciplina en el soldado; allí, donde se hacía necesario desbaratar y vencer cada día por medio de alguna nueva estratagema la instable y caprichosa táctica de un bárbaro enemigo, demostraron los aventureros españoles, salidos del seno del pueblo, una fecundidad de recursos y un talento para negociar y hacerse obedecer de que apenas daría otros ejemplos la Historia»[34].
[34] Estudios históricos, pág. 5.
Inmediatamente será objeto de examen el Gobierno de los franceses e ingleses en el Canadá, deteniéndonos en las guerras intercoloniales. No deja de ser interesante la política seguida por ingleses, franceses y españoles en los Estados Unidos. Después de exponer los hechos de la Capitanía general de Guatemala (San Salvador, Nicaragua, Honduras y Costa Rica), daremos ligera idea de las luchas religiosas en la América española, pasando inmediatamente a hacer ligera reseña de los sucesos acaecidos en el Gobierno de las islas Mayores y Menores, Virreinato del Perú, Capitanía general de Chile, Gobierno y luego Virreinato de Buenos Aires, Gobierno de Colombia y luego Virreinato de Nueva Granada, Gobiernos de Quito, Panamá, Venezuela, Paraguay, Uruguay y Brasil.
Seguirá el estudio de la organización interior de los Estados, ya de raza anglo-sajona, ya de raza ibera. Allí veremos que franceses e ingleses defendieron y engrandecieron el territorio. Igual conducta siguieron las autoridades españolas en nuestras colonias. Del mismo modo en el tomo citado daremos exacta noticia de las Audiencias, Consulados, Cabildos y otros tribunales menos importantes, como también de la Inquisición y de la esclavitud. Además de las Encomiendas, procuraremos fijarnos muy especialmente en la Casa de la Contratación de Sevilla, en el Real y Supremo Consejo, y en las Leyes de Indias. Con algunas consideraciones acerca de la instrucción pública, de la cultura literaria, artística e industrial, terminaremos la materia del tomo segundo.
Asunto del tomo tercero y último será la independencia de las colonias, ya de raza inglesa, ya de raza española. Antes diremos algo de la cuasi independencia del Canadá en los últimos años. Tres nombres gloriosos aparecen iluminando los primeros tiempos de la independencia de los Estados Unidos: los americanos Franklin y Washington y el francés Lafayette. Respecto a las colonias de la América española, creemos indispensable y aun de importancia suma dar a conocer el estado en que se hallaban al comenzar la guerra; esto es, reseñaremos los movimientos precursores de la mencionada guerra, el carácter diferente que tuvo en cada uno de los países, las noticias que nuestros gobernantes de allá comunicaban de los sucesos y el efecto que dichas noticias hacían en la metrópoli, las medidas o resoluciones que tomaba el gobierno de Madrid, las instrucciones que se dieron a los comisionados para la pacificación y los resultados que produjeron, no olvidando las relaciones interesadas de algunas potencias con los insurgentes. Nótase a primera vista una diferencia entre los Estados Unidos y las colonias españolas; los Estados Unidos son--y permítasenos la palabra--un pueblo trasplantado desde el Antiguo al Nuevo Mundo, y nuestras colonias se hallan formadas por razas americanas injertas en españoles; sólo el Brasil es hijo de Portugal.
Cuando se vió que los destinos públicos principales se proveían casi siempre en hijos de España y no en americanos[35], cuando las Reducciones[36], Repartimientos[37] y Encomiendas[38] levantaron una muralla entre conquistadores y conquistados, y cuando se agotó la paciencia de los indios, entonces se notaron los primeros síntomas de la revolución por la independencia.
[35] De 170 virreyes que hubo en América, sólo cuatro fueron de dicho país y los cuatro hijos de empleados: de 602 capitanes generales de provincia, 14 fueron originarios del Nuevo Mundo, y de 706 obispos, 105 únicamente nacieron en aquellas lejanas tierras.
[36] Pueblos de indios convertidos a la religión católica.
[37] Familias indígenas repartidas a los colonos.
[38] Distritos con sus respectivos habitantes distribuídos a conquistadores y colonos.
Ya los franceses habían realizado los hechos más brillantes de su gloriosa historia, y los americanos de los Estados Unidos habían mostrado al mundo el heroísmo que alentaba sus espíritus; ya la tabla de los derechos del hombre, como nuevo Evangelio, se había grabado con letras de fuego en el corazón de aquellas gentes.
Escondidos en las asperezas de los montes y al abrigo de los espesos bosques, en los hondos valles y estrechos desfiladeros, buscaron su salvación aquellos pobres indios, ya de pura raza, ya mestizos (hijos de españoles e indias), y ya mulatos (hijos de españoles y negras). Otros formaban parte de las sociedades secretas, ramas de la masonería, extendidas por todos los Virreinatos y Gobiernos de América. Aquéllos y éstos se disponían a librar a la patria del dominio español. Algunos se agitaban en el mismo sentido; pero más al descubierto, sin temor a nada ni a nadie. Publicábanse muchos folletos subversivos y canciones revolucionarias; se urdían diabólicos proyectos y conjuraciones. A veces, fingiéndose decididos partidarios de Fernando VII, nombraban Juntas, las cuales, después de muchas protestas de fidelidad, acababan por proclamar la República. El fuego de la insurrección se extendió pronto por Venezuela, El Ecuador, Bolivia, Perú y Colombia.
Después estudiaremos las citadas Repúblicas, desde la muerte de Bolívar, procurando no olvidar los acontecimientos de más bulto acaecidos en dichos pueblos. Seguirá inmediatamente la narración de los hechos, ya del Paraguay y Uruguay antes de la independencia, ya de la independencia de Chile y Buenos Aires. Se darán también algunas noticias acerca del Chaco y de la Patagonia, desde los últimos años del siglo XVIII, para entrar de lleno en el estudio de la independencia de México, Paraguay, Uruguay, de toda la América Central (Guatemala, San Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa-Rica). En todas partes apenas era obedecida la autoridad de nuestros Virreyes. Donde se conservaba la dominación española, era a fuerza de gastar hombres y dinero, sin comprender que un poco antes o un poco después, el resultado debía ser el mismo, porque la hora de la independencia había sonado en el reloj de las colonias españolas.
Registraremos inmediatamente el hecho de la independencia del Brasil, Santo Domingo, Haití, Cuba, Puerto Rico y Panamá. Los últimos capítulos se refieren a Jamaica, las Guayanas y las pequeñas Antillas, de todo lo cual nos ocuparemos con poca extensión. «Un mundo entero--como dice Lafuente--que se levanta resuelto a sacudir la esclavitud y la opresión en que se le ha tenido, no puede ser subyugado por la fuerza»[39].
[39] Historia de España, tomo XXVII, págs. 66 y 67.
Entre los valerosos revolucionarios, cuyos nombres guardará eternamente la historia, se hallan Hidalgo y Morelos, en México; O'Higgins, en Chile; San Martín y Belgrano, en la Argentina; Sucre, en el Perú, y Bolívar en el Ecuador, Bolivia, Perú, Venezuela y Colombia. Simón Bolívar es superior, muy superior a todos. Paladín tan esforzado ocupa--como expondremos en diferentes capítulos de esta obra--el primer lugar en la historia de las Indias. Tentados estamos a decir que le consideramos superior a Washington y Napoleón. Los dos últimos tuvieron a su lado hombres, que con sus luces les alentaron en sus empresas, y pueblos unidos que les siguieron entusiasmados a todas partes; pero Bolívar, ni halló hombres que tuvieran conocimientos prácticos de gobierno, ni encontró pueblos que comprendiesen sus altas cualidades. Sólo él pudo decir en una de sus proclamas: «El mundo de Colón ha dejado de ser español.»
Creeríamos dejar incompleta nuestra obra si no estudiásemos las Ciencias, Letras, Bellas Artes, Industria y Comercio, en el Canadá, Estados Unidos y Estados Hispano-americanos. Con singular cariño recordaremos los nombres de los prosistas y poetas, porque unos y otros han inculcado en el pueblo americano el profundo sentimiento de la patria. Objeto será de especial estudio, la fauna, flora y gea de aquel hermoso continente.
Para terminar, sólo nos resta decir, que al fin de cada tomo colocaremos los Apéndices correspondientes.
III
FUENTES DE CONOCIMIENTO.
Consideremos las fuentes de conocimiento. Para que nuestro estudio sea lo más completo posible, conviene recordar: 1.º Los monumentos históricos precolombinos que se han encontrado en aquellas antiguas tribus. 2.º Las obras históricas que tratan del descubrimiento, conquista, colonización, gobierno e independencia de las diferentes colonias españolas en las Indias.
De los mayas (tribus que se hallaban en México y en la América Central) se conservan los llamados libros del Chilan Balam (ciencia de los sacerdotes). Cada uno de estos libros se distingue por el nombre del pueblo en que se encontró; así se intitulan libro de Chilan Balam de Nabula, de Chumayel, de Mani, de Oxkatzcab y otros. Brinton cita hasta 16, y en ellos se registran curiosas e interesantes noticias. Hállanse algunos adornados con diferentes signos y aun con retratos más o menos perfectos.
De los quichés de Guatemala, se admira el Popol Vuch (libro nacional). Encontróse en el pueblo de Santo Tomás de Chichicastessango, y fué traducido al castellano por el Padre Francisco Ximénez, a principios del pasado siglo. En el año 1861 el abate Brasseur de Bourbourg lo vertió al frances, haciendo notar que los dos primeros libros eran una traducción del Tevamoxtli de los toltecas. «De las cuatro partes que contiene, las dos primeras se refieren a las ciencias poseídas por los sabios quichés, y las dos últimas a las tradiciones y anales de aquellas gentes hasta la conquista por los españoles»[40].
[40] Sentenach, Ensayo sobre la América Precolombina, pág. 73. Se ignora el nombre del autor del Popol Vuch; pero se cree que fué escrito quince o veinte años después de la conquista, por algún individuo de la familia real de quiché.
Además del Popol-Vuch, se encuentra otro documento, traducido por el citado Brasseur con el título de Memorial de Tepan-Atilan, que es un manuscrito en lengua cakchiquel[41].
[41] Estaba (año 1845) en los Archivos del Gobierno eclesiástico de Guatemala, y la versión se hizo en 1855.
Pasando por alto el drama titulado Rabinal Achi de los quichés, la comedia del Güegüence o del viejo ratón (Nicaragua) y el drama Ollanta de los incas, se pueden considerar los tres códices quichés-mayas que llevan los nombres de Dresde (porque se conserva en la Biblioteca Real de dicha ciudad), Troano y Cortesiano (fragmentos de un tercero) que se hallan en el Museo Arqueológico Nacional[42], y el Pereziano, existente en la Biblioteca Nacional de París[43].
[42] Llámase Troano porque perteneció a D. Juan de Tró, quien lo vendió al Estado.
[43] Se denomina Pereziano porque su primitivo poseedor fué un español de apellido Pérez.
[Ilustración: Página del Códice Cortesiano.]
Semejantes Códices los encontró el madrileño Gonzalo Fernández de Oviedo, en Nicaragua, y de ellos hizo la siguiente descripción en su Historia natural y general de las Indias, Islas y Tierra Firme del mar Océano[44]: «Tenían (los de Nicaragua) libros de pergamino que hacían de cueros de venados, tan anchos como una mano o más, e tan luengos como diez o doce passos, e más e menos, que se encogían e doblaban e resumían en el tamaño e grandeza de una mano por sus dobleces uno contra otro (a manera de reclamo), y en éstos tenían pintados sus caracteres o figuras de tinta roja o negra, de tal manera que aunque no eran lectura ni escriptura, significaban e se entendían por ellos todo lo que querían muy claramente, y en los tales libros tenían pintados sus términos y heredamientos, e lo que más les parecía que debía estar figurado, así como los caminos, los ríos, los montes e boscages e lo demás, para los tiempos de contienda o pleyto determinarlos por allí, con parecer de los viejos o güegües (que tanto quiere decir güegüe como viejo).»
[44] Libro XLII, cap. I.--Sevilla, 1535.
En la región del Anahuac debieron existir muchos Códices como los citados, siendo en mayor número y más notables los de los acolhuas, cuya corte era Tezcuco. Entre los llamados mejicanos, los hay más bien de procedencia acolhua que azteca, pudiendo servir como ejemplo los denominados Borjiano, Vaticano, de Viena, de Bolonia, Fejervary, de Berlín, Mixteco y Cuicateca o de Porfirio Díaz (existentes los dos últimos en el Museo Nacional de México).
Los Códices aztecas, ya anteriores, ya posteriores a la conquista, merecen especial estudio. Citaremos los Bodleianos (son tres), los llamados Libros de Tributos, el Mendozino, el Vaticano y el Teleriano Renensis.
Consideremos los cronistas de Indias. El insigne Alfonso X dispuso, mediante una ley de las Partidas, que mientras él estuviera comiendo se leyesen los grandes hechos de algunos hombres notables, debiendo también de oir la lectura sus buenos caballeros.
Abolida tal costumbre, poco tiempo después Alfonso XI estableció el empleo de historiógrafo real, al cual dicho Monarca le impuso la obligación de escribir los hechos de su antecesor en el trono.
Adquirió importancia el cargo cuando su misión se extendió a narrar los sucesos acaecidos en el Nuevo Mundo, instituyendo entonces Carlos I un primer cronista de las Indias.
Nombrado Gonzalo Fernández de Oviedo veedor en Tierra Firme y miembro en el Consejo del Gobernador del Darién, cuando sus ocupaciones se lo permitían, consignaba los hechos de que él era actor o testigo, y arreglaba los datos que recibía de varios puntos del continente. Habiendo atravesado seis veces el Atlántico, y luego, habiendo desempeñado la gobernación de Cartagena de Indias y la alcaldía de la fortaleza de Santo Domingo, pudo en sus viajes y en sus destinos recoger preciosas noticias acerca de los indígenas y de los conquistadores, como también de los animales, de las plantas y de todo lo interesante. En uno de los viajes de Oviedo a España (1525), y hallándose la corte en Toledo, Carlos V dispuso la publicación de los trabajos de aquel laborioso escritor. La obra se intituló Sumario de la natural y general historia de las Indias, etc. y fué publicada en Toledo, a expensas del Tesoro Real, por el año de 1526. Dicho libro valió a Oviedo el nombramiento de Cronista Mayor de las Indias, con que le honró el Emperador por Real Cédula de 25 de Octubre de 1533. Aunque Oviedo carecía de conocimientos científicos de Historia natural, su espíritu observador, su constancia y su imparcialidad se manifestaron en la Historia general y natural de Indias, dada a la estampa en Sevilla el 1535. Prosiguió sus trabajos el cronista por instancias de Carlos V «hasta completar la historia del descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo que ha servido de fundamento en la parte antigua para la Historia Sud-Americana, con algunas rectificaciones, obra del estudio, del tiempo, de la habilidad de más modernos cronistas, como Herrera.»[45]. Murió Oviedo en Valladolid el año 1557, quedando muchos de sus manuscritos relegados al olvido en algunas bibliotecas, hasta que la Academia de la Historia de Madrid, con excelente acuerdo, los dió a la estampa en el año 1851.
[45] Libro XLII, cap. I, pág. 141.--Sevilla, 1535.
Sucedió a Oviedo en el cargo de cronista Juan Cristóbal Calvete de la Estrada, que escribió de cosas de América cuatro tomos de Historia latina de Indias, no publicados y de poco valor, según opinan los inteligentes que vieron los manuscritos.
Tercer cronista de América fué nombrado el 1571 Juan López de Velasco por Felipe II. El Consejo de Indias, mediante Real Cédula dada en San Lorenzo el 16 de Agosto de 1572, ordenó a la Audiencia de Santa Fe que se recopilasen y mandasen a España, para entregarlas a Velasco «las historias, comentarios o relaciones de los descubrimientos, conquistas, entradas, guerras o facciones de paz o de guerra que en aquellas provincias hubiera habido desde su descubrimiento hasta la época.» Viniesen o no los datos pedidos, lo cierto es que el cronista nada hizo, y de ello nos felicitamos porque él «pensaba que ésta era una ciencia acomodaticia que podía ajustarse a las miras políticas del Soberano, disfrazando los hechos para hacerlos servir a la conveniencia del que manda.»
Acertado estuvo Felipe II al nombrar en 1596 cronista de Castilla a Antonio de Herrera, ventajosamente conocido por varios y excelentes trabajos históricos. Reunió muchos datos y también pudo aprovechar la Historia general de las Indias, guardada en el Colegio de San Gregorio de Valladolid y compuesta e inédita por Juan Ginés de Sepúlveda. Del mismo modo tuvo a su disposición otros importantes escritos de algunos autores que trataron de asuntos de América.
En el año 1599 terminó los cuatro primeros tomos de la Historia general de los hechos de los castellanos en las Indias y Tierra Firme del mar Océano, publicados en Madrid el 1601. En el mismo año dió a luz los dos primeros tomos de la Historia general del mundo en el tiempo del Rey Felipe II. Corriendo el 1615 terminó otros cuatro tomos de la historia de las Indias, los cuales comprenden los hechos desde 1531 hasta 1554, dedicando el último tomo a la descripción geográfica de América.
En el cargo de cronista, por muerte de Herrera, sucedió Luis Tribaldos de Toledo, cuya labor se redujo a una sucinta historia de Chile referente al comienzo de su conquista: murió en 1634.
Mereció ser nombrado cronista el Dr. Tomás Tamayo de Vargas, quien dedicó toda su actividad a reunir datos para escribir una historia general de la iglesia en Indias: sorprendióle la muerte el 2 de septiembre de 1641.
Gil González Dávila sucedió a Tamayo de Vargas. Escribió el Teatro eclesiástico de las Iglesias en América, en dos tomos y en los años de 1649 y 1656. Si la obra es deficiente a veces y aun errónea, no carece de alguna buena cualidad: murió Gil González Dávila el año 1658.
El nuevo cronista, Antonio de León Pinelo, natural de Lima, según unos, y de Córdova de Tucumán, según otros, fué nombrado cuando ya era viejo y se hallaba además enfermo. Dejó inédita--y a esto se reduce toda su labor--parte de una Historia Americana.
Antonio de Solís escribió la Historia de la conquista de México, obra notable por lo castizo y elegante del estilo, por la sensatez de los juicios y por la profundidad de las sentencias políticas y religiosas: murió en Madrid el 19 de Abril de 1686, habiéndose publicado su obra dos años antes.
Nombrado cronista por Carlos II el Dr. en Teología Pedro Fernández de Pulgar, se creyó que la historia de América, dada la erudición del mencionado Pulgar, adelantaría mucho; pero no fué así. Pulgar, siguiendo al pie de la letra a Herrera, dejó a su muerte cuatro obras de valor escaso, a juicio de sus contemporáneos, intituladas: una, Historia de las Indias; otra, de México; la tercera, de la Florida, y la cuarta, de América Eclesiástica.
Sucedió a Pulgar en el cargo de cronista Miguel Herrera de Ezpeleta. Nombróle en 1735 Felipe V, y nada publicó en los quince años de su empleo.
Aunque por Real Cédula de 25 de Septiembre de 1744 se dispuso que la Academia de la Historia se encargase de la crónica de Indias, cuando por la muerte de Ezpeleta debía aquélla entrar en funciones, el Rey nombró cronista a Fray Martín Sarmiento, cargo que desempeñó unos cinco años.
Nombróse en el 1755 una comisión encargada de revisar los documentos históricos de América reunidos hasta entonces, para llevar los que fuesen útiles a una Biblioteca Americana; mas todo quedó en proyecto.
En los últimos años del siglo XVIII sentíase deseo y aun necesidad de conocer la Historia de América. Carlos III, desde El Pardo (27 de Marzo de 1781) hubo de decir que habiendo dado el encargo a su cosmógrafo de Indias, D. Juan Bautista Muñoz para que escribiera una Historia general y completa de América, mandaba que se le franqueasen a dicho Muñoz los Archivos y Secretarías de la corte, como también los que se hallaren fuera de Madrid[46]. Aunque Muñoz era hombre de tanta cultura como laboriosidad, encontró tenaz y ruda oposición en la Academia de la Historia. Logró, sin embargo, formar una colección considerable de copias correspondientes a los siglos XV, XVI y XVII, y dió a la estampa en el año 1793 el primer tomo de su Historia del Nuevo Mundo[47].
[46] Arch. Hist. Nac.--Cedulario índico, tomo XLI, núm. 221, págs. 275 vº y 276.
[47] Biblioteca Nacional, signatura 3/14.753
A la muerte del mencionado historiador, ocurrida en el mes de julio del año 1799, se encontró, entre otros varios manuscritos, el del primer libro del segundo tomo de su citada Historia del Nuevo Mundo, que publicó Navarrete casi íntegramente en la introducción a su tomo III de la Colección de viajes de los españoles.
Además de los cronistas citados, a la cabeza de todos los escritores de Indias, colocaremos a dos que redactaron sus obras durante la vida del Almirante. Llamábanse Andrés Bernáldez, cura de los Palacios, y Pedro Mártir de Anglería. El primero escribió una Crónica, que es fuente de muchas noticias, y el segundo, además de curiosas Cartas, la importante obra que lleva por título De orbe novo Decadas octo.
Conocieron personalmente a Cristóbal Colón, pero escribieron después de su muerte, el citado Fernández de Oviedo, Fernando Colón y Fray Bartolomé de Las Casas. Del Padre Las Casas ya dijimos en este mismo Prólogo que fué en extremo impresionable y algo injusto, aunque hombre de buena voluntad y de no poca cultura. Añadiremos ahora que tiene no escaso mérito su Historia general de las Indias desde el año 1497 hasta el 1520. La terminó el 1561. También en los comienzos del párrafo III dimos nuestra opinión acerca de Fernández de Oviedo (Apéndice E).
Respecto a Fernando Colón, hijo del Almirante D. Cristóbal y de Doña Beatriz Enríquez, merece lugar señalado entre los escritores de Indias. Cultivó brillantemente las ciencias y las letras, especialmente las que se relacionaban con la náutica, y adquirió sólida y extensa cultura visitando las principales ciudades, lo mismo de España que de otras naciones. Fernando logró inmortalizarse, no solamente con su Historia del Almirante, sino con otros trabajos científicos. No puede negarse, sin embargo, por lo que respecta a la obra citada, que alguna vez desfiguró u omitió hechos importantes, lanzando tan violentas como injustas censuras contra todos los que eran o él creía que eran enemigos de su padre. Así lo ha probado el Sr. Altolaguirre. «Hemos tratado de probar--escribe el distinguido académico historiador--que el hijo del Almirante (Cristóbal Colón) no reparó en los medios para llevar al ánimo de sus lectores el convencimiento de que los hechos habían ocurrido tal y como a sus pasiones o a sus intereses convenía presentarlos, y de consiguiente, que sus relatos y juicios deben ser acogidos con gran reserva, sobre todo si redundan en provecho del Almirante o en desprestigio de españoles o portugueses»[48]. Del Sr. Fernández Duro son las siguientes palabras: «Quiso escribir la vida y hechos de su progenitor, empapado en la lectura de los clásicos antiguos, y puso los cimientos al edificio romancesco y legendario que tan grandes proporciones tiene ahora, levantando a la par la neblina que le envuelve. No tuvo la resolución, que su tiempo haría penosa, de confesar que fueron los Colombos tejedores de lana, si pobres y mecánicos, honrados. Inventó el cuento de las joyas de la Reina Isabel, que aún anda en boga; usó de las arengas y adornos semejantes de Salustio y Cornelio Nepote; omitió mucho de lo que quisiéramos saber, creyendo cumplir deberes filiales, no extendidos a la que le dió la vida; no la nombró siquiera. ¡Le avergonzaba la bastardía, debilidad común, pero sensible en varón tan señalado!»[49].
[48] Cristóbal Colón y Pablo del Pozzo Toscanelli, pág. 362. Madrid, 1903.
[49] Conferencia leída en el Ateneo de Madrid el 14 de Enero de 1892, págs. 20 y 21.
Respecto a los otros trabajos de que hicimos especial mención, consignaremos aquí que por Real cédula, dada en 20 de Mayo de 1518, se le mandó hacer una carta de marear para Indias[50]; y en la de 6 de Octubre del mismo año se expidió otra Real cédula acerca del mismo asunto[51]. Es de notar--y esto indica sus vastos conocimientos cosmográficos--que Carlos V le escogió para presidir una Comisión de geógrafos y pilotos encargada de corregir los errores de los mapas marinos dibujados bajo la dirección de Américo Vespucci[52].
[50] Academia de la Historia.--Indice del Consejo de Indias, fol. 60.
[51] Ibidem.
[52] Roselly de Lorgues, Cristóbal Colón, tomo II, pág. 140.
Se autorizó a D. Fernando Colón--ignoramos la fecha--para levantar planos cosmográficos de la Península. La autorización es cierta, por cuanto el 13 de Junio, por Real disposición dada en Valladolid, se ordenó que no se hiciere dicha descripción y cosmografía[53].
[53] Este documento se halla en el Archivo Municipal de la ciudad de Córdoba.
Por si hubiese alguna duda sobre el particular, en la Biblioteca Colombina hay un manuscrito, intitulado Itinerario de Don Fernando Colón, escritas con letra del hijo del Almirante las 62 hojas primeras y las restantes por dos amanuenses. El título o epígrafe, puesto por D. Fernando, es como sigue: «Lunes 3 de agosto de 1517 comencé el Itinerario. La primera descripción corresponde a Zaragoza, y la última a la Membrilla, villa de la Mancha»[54].
[54] Véase Documento inédito del siglo XVI, referente a D. Fernando Colón, por el Dr. Rodolfo del Castillo Quartiellerz.--Madrid, 1898.
Por el año 1524, el César, en la cuestión suscitada entre Castilla y Portugal con motivo de la posesión de las Molucas, encargó a Fernando Colón que examinase los puntos de litigio. Fernando, no ateniéndose a sus propios conocimientos, consultó con otros sabios cosmógrafos, quienes aprobaron sus conclusiones. Al fin fueron cedidas al rey de Portugal, escribiendo D. Fernando con tal objeto el Apuntamiento sobre la demarcación del Maluco y sus Indias, firmado en el año 1529 por los seis jueces que intervinieron en el asunto.
Estando en Sevilla, por ausencia del célebre Sebastián Caboto, fué nombrado presidente (1527) del Tribunal de exámenes de pilotos. «Se ordenó que... el examen y desputas se hiciesen en presencia de don Hernando Colón y en su casa, y que no pudiesen dar el grado sin su aprobación, hallándose en la ciudad de Sevilla»[55].
[55] Herrera, Historia general de las Indias Occidentales, década IV. lib. II, cap. V.
En la citada ciudad andaluza fundó un Colegio Imperial para el estudio de la ciencia de navegación, dotándolo de rica Biblioteca, la cual llegó a contener más de 20.000 volúmenes[56].
[56] «Y en ella con licencia del Emperador deseó establecer una Academia y Colegio de las ciencias mathemáticas, importantissimas a la navegación.» Herrera. Ibidem, libro XIV, fol 496.
Al retirarse D. Fernando del bullicio de la corte de Carlos V se estableció definitivamente en Sevilla, donde, a orillas del río, hizo fabricar cómoda morada con su jardín, en que aclimataba plantas exóticas, y allí, rodeado de unos cuantos amigos, con la lectura de sus libros y con el cultivo de las flores, vivió sus últimos años.
Consideremos como implacable censor del P. Las Casas al dominico Fray Toribio de Benavente o Metolinía, quien, en 24 de Febrero de 1541, dedicó al conde de Benavente su Historia de los indios de Nueva España, libro que tienen en estima los doctos por las curiosas noticias que en él se hallan. Del mismo autor se ha conocido, en estos últimos tiempos, un Tratado sobre el planeta Venus, en el cual se encuentra la clave para poder comprender el Calendario azteca.
Censor del P. Las Casas, como Fray Toribio de Metolinía, fué el R. P. Fr. Vicente Palatino de Corzula, de la nación Dalmata, Theologo de la orden de los Predicadores, que escribió (1559) Tratado del derecho y justicia de la guerra que tienen los Reyes de España contra las Naciones de la India Occidental, en el cual se intenta probar que los Reyes de España, en virtud de la donación del Papa, pueden ocupar las Indias con las armas, a fin de propagar la religión[57].
[57] Véase Archivo de la Dirección general de navegación y pesca marítima.--Papeles varios, tom. IV, C. 3.ª, págs. 58-73.
Digno es de alabanza Martín Fernández de Enciso, alguacil mayor de Castilla del Oro, que publicó el año 1519 la Suma de Geografía, libro que contiene noticias interesantes de América. También merece señalada distinción Hernán Cortés, que en sus Cartas de Relación historió los hechos que él mismo llevó a cabo. Francisco López de Gomara, secretario de Hernán Cortés y a quien acompañó a la expedición de Argel, escribió Historia general de Indias y la Crónica de la conquista de Nueva España, obra que se distingue por la sencillez y facilidad en las narraciones y pinturas: apareció por el año de 1552. «Habiendo compuesto uno (libro) titulado Historia de las Indias y conquista de México, que se hallaba impreso, el clérigo Francisco López de Gomara, y conviniendo no se vendiese, leyese, ni imprimiese más, y que los que lo estuviesen, se recogiesen y enviasen al Consejo de ellas. Mandó S. M. a todos los Jueces y Justicias lo cumpliesen, e impuso a los que le imprimiesen o vendiesen la pena de 200.000 mrs. para la Cámara y Fisco, y 10.000 al que le tuviese en su casa o leyese. Céd. de 7 de Agosto de 1566. Vid. tomo 36 de ellas, fol. 36, núm. 28[58].»
[58] Archivo histórico nacional.--Cedulario índico de Ayala, letra L, núm. 18.
No debemos pasar en silencio el nombre del franciscano P. Bernardino de Sahagún, quien llegó a Nueva España el 1529 y escribió la Historia Universal de las cosas de España[59].
[59] Se imprimió en castellano y en la ciudad de México el año 1829.
No es inferior la Relación y Genealogía de los señores de Nueva España, escrita por Fr. Bernardino de México, el 1532, según Chavero, a ruego de D. Juan Cano.
De las obras del P. Landa se sacó en 1566 la Relación de las cosas del Yucatán, existente en la Academia de la Historia y publicada por el Sr. Rada y Delgado.
Nos proporcionan datos muy curiosos de la región Colombiana Fr. Pedro Simón, autor de las Noticias historiales de las conquistas de Tierra Firme, obra impresa en Cuenca el 1626, y el poeta Juan de Castellanos, que escribió Elegías de varones ilustres de Indias e Historia del Nuevo Reino de Granada.
Entre los mejores escritores de América se halla Bernal Díaz del Castillo, compañero de Cortés y autor de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, impresa el 1632.
El reino de Quito (hoy Ecuador) tuvo su cronista en el P. Juan de Velasco, que escribió la Historia del reino de Quito.
Pedro Cieza de León dió a luz la Crónica del Perú, terminada el 1550, «la más concienzuda y más completa que se ha escrito de las regiones sur americanas», según el Sr. Jiménez de la Espada. D. Pedro de la Gasca, pacificador del Perú, nombró a Cieza cronista de las Indias. Imprimióse la Primera parte de la Chronica del Perú en Sevilla el año 1553.
Citaremos también al P. Gregorio García, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Francisco de Xeres, Agustín de Zárate, el inca Garcilaso de la Vega y algunos otros.
No sería justo pasar en silencio el nombre del capitán y poeta Alonso de Ercilla (1533-1594), autor de La Araucana, poema impreso por completo el 1578. Ercilla se ajustó en un todo a la verdad histórica, aunque a veces--como se dijo al principio del Prólogo--trató con demasiada benevolencia a los indios. No tiene tanto mérito la Primera parte del Arauco Domado, de Pedro de Oña, edición de 1596.
A tal punto llegaba la desconfianza de nuestros Reyes, cuando de asuntos de América se trataba, que Felipe II desde el bosque de Segovia encargó (24 Julio 1566) a los herederos del inquisidor Andrés Gaseo que buscasen, entre los papeles del citado inquisidor, una Crónica que hizo y ordenó Pedro de Aica de las cosas de las Indias, y hallada, la remitiesen al Consejo de las Indias[60].
[60] Cedulario índico, tomo XXXVI, núm. 26, págs. 34 v.ª y 35.
Si desde el mismo bosque de Segovia mandó recoger--según hemos dicho--los ejemplares de la Historia de las Indias y conquista de México, de López de Gomara[61], por el contrario, algunos años después, hallándose en El Pardo (2 Febrero 1579) se dirigió al capitán Adriano de Padilla para decirle que, «teniendo noticia que el citado Capitán había escrito un libro de historia intitulado La Perla Occidental, obra de mucha curiosidad, le daba autorización para que pudiese imprimirla y venderla...»[62].
[61] Véase Cedulario índico, tomo XXXVI, núm 28, págs. 30 y 36 v.ª
[62] Cedulario índico, tomo XXXVI, núm. 60, págs. 83 y 84.
Felipe III, desde San Lorenzo (4 de Noviembre de 1617) autorizó al licenciado Antonio de Robees Cornejo para que pudiese imprimir su libro «necesario para la salud universal», que lleva el título de Simples Medicinas Indianas[63].
[63] Cedulario índico, tomo XXXVII, núm. 40, págs. 75 y 76.
Las Noticias secretas de América de D. Jorge Juan y D. Antonio de Ulloa, escritas según las instrucciones del Marqués de la Ensenada y presentadas en informe secreto a Fernando VI, deben estudiarse con mucho detenimiento. Dicha obra se publicó en Londres por D. David Barry corriendo el año 1826.
Cerramos la larga lista de los escritores españoles de Indias con los nombres del laborioso D. Martín Fernández de Navarrete y D. Cesereo Fernández Duro. La obra de Navarrete se intitula Colección de viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV. Los cinco volúmenes de que consta fueron apareciendo desde 1825 a 1837, y en ellos se encuentran muchos documentos hasta entonces inéditos, los cuales fueron rica fuente en la que bebieron ilustres escritores, como el norteamericano Washington Irving (1783-1859), y el alemán Federico Alejandro, barón de Humboldt (1769-1859). Humboldt llegó a Madrid en compañía de Bonpland el 1799, siendo recibido con toda clase de consideraciones. Dióle permiso Carlos IV para viajar por todas las comarcas españolas de América, pasando a la vuelta por las Marianas y Filipinas. Partieron ambos sabios de Madrid el mes de mayo de dicho año. El 5 de junio se embarcaron en La Coruña a bordo del Pizarro, llegando al puerto de Cumaná, capital de la Nueva Andalucía. Pasaron cinco años recorriendo la América Meridional; luego fueron a México, a la Habana y a los Estados Unidos. Abandonaron a América el 9 de julio de 1804 y llegaron a Burdeos. Humboldt fijó su residencia en París, marchando a su patria el año 1827. Publicó preciosos estudios geográficos, etnográficos y políticos del Nuevo Continente. La primera obra que dió a la estampa se intitula Essai Politique sur le Royaume de la Nouvelle Espagne, dedicada a Carlos IV. París, 1808. La segunda Voyages aux regiones equinoxiales du nouveau continent. París, 1809-1828; tres volúmenes. La tercera Vue des Cordilleres et monuments des peuples indigenes de l'Amerique. París, 1816: dos volúmenes. El autor del Cosmos también dió a luz un Ensayo político sobre la isla de Cuba (publicado el 1826).--El filósofo Paz y Caballero consideró al sabio alemán como un segundo descubridor de la Isla. Sin embargo, la obra más importante de Humboldt lleva por título Examen critique de l'histoire de la geographie du Nouveau Continent et des progrés de la astronomie nautique du XV et XVI siècle (publicada en París de 1836 a 1839). Todas las obras del barón de Humboldt deben consultarse con detenimiento por los que se dedican a la historia de América.
Respecto al Sr. Fernández Duro, curioso investigador de la vida y hechos del primer Almirante, nadie podrá negar, por exigente que sea, los méritos de Colón y Pinzón (1883), Colón y la Historia póstuma (1885) y Nebulosa de Colón (1890), además del prólogo a la edición de los Pleytos de Colón, sin contar con multitud de artículos acerca de asuntos relacionados con el descubrimiento de América.
Entre los escritores extranjeros figura en primer término el escocés Guillermo Robertson (1721-1793), que publicó en Edimburgo una Historia de América, cuyos primeros ejemplares llegaron a España en Agosto de 1777. Si nada tiene de extraño--como anteriormente hemos podido notar--que el suspicaz Felipe II llegara a prohibir que se vendiese el excelente libro intitulado Historia de las Indias, de D. Francisco López de Gomara, llama la atención que Carlos III, el Rey que arrojó de España a los hijos de Loyola, hiciera objeto de su odio la Historia de América del citado Robertson. «Por justos motivos prohibió S. M. se introdujese en España, Indias y Filipinas el (libro) de la Historia del descubrimiento de la América, escrito y publicado en idioma inglés, o en otro qualquiera, por el Dr. Guillermo Robertson, Rector de la Universidad de Edimburgo y chronista de Escocia, y mandó que en caso de aver algunos exemplares de esta obra en los puertos de ambos dominios, o introducidos ya tierra adentro, se embargasen a disposición del Ministro de su cargo. Ord. de 23 de Diciembre de 1778. Vid. tom. 31 del Ced., fol. 191, núm. 180»[64].
[64] Archivo histórico nacional.--Cedulario índico de Ayala, letra L, núm. 18.
Al lado del inglés William Robertson colocamos a Guillermo Prescott (1796-1859), historiador americano y meritísimo autor de los libros que llevan por título Historia de México e Historia del Perú, publicados a mediados del siglo XIX. Durante esta última centuria y en lo que va de la veinte, lo mismo en el Antiguo que en el Nuevo Mundo, se han escrito y publicado muchas obras, ya de la Historia general de América, ya de los diferentes pueblos en que se divide aquella parte del continente.
No dejaremos de citar entre los modernos panegiristas de Colón el nombre del conde Roselly de Lorgues, quien, en el año 1856, publicó una obra, en tres tomos, con el título de Cristophe Colomb. Intentó Roselly de Lorgues elevar a los altares al descubridor del Nuevo Mundo; pero, como dice Menéndez Pelayo, el libro estaba escrito «al gusto de las beatas mundanas y los caballeros andantes del legitimismo francés.» Si en un principio despertó en la opinión pública gran entusiasmo, decayó pronto entre la gente docta, hallándose al presente casi relegada al olvido.
Más justa notoriedad adquirió la obra del abogado norteamericano Harrisse, cuyo título es Ferdinand Colomb, sa vie, ses oeuvres, dada a la luz en 1872. Continuó su labor Harrisse publicando artículos y folletos; luego otras dos obras así llamadas: L'Histoire de Christophe Colomb atribuée a son fils, etc., París, 1883, y Christophe Colomb devant l'histoire, París, 1892.
Hemos registrado también con algún detenimiento, aunque tal vez con escaso fruto, otras crónicas antiguas y obras modernas, papeles interesantes del Archivo de Indias (Sevilla), del de Simancas (cerca de Valladolid), del Histórico Nacional, del de la Academia de la Historia, del de Navegación y pesca marítima y de otros menos conocidos. Hemos estudiado curiosos manuscritos que se encuentran en la Biblioteca del Real Palacio, en la de San Isidro y en la de la Universidad.
En la obra que vamos a publicar se halla algo que merece toda clase de alabanzas. Después de impresos los dos primeros volúmenes de la Historia de América del Sr. Pi y Margall, el sabio autor puso varias notas a determinados pasajes de ella, notas manuscritas e inéditas que nosotros hemos copiado y publicaremos en su lugar respectivo. Creemos, no con toda certeza, pero sí con más o menos fundamento, que pensando Pi y Margall en la publicación de otra edición, comenzó a corregir su citada obra, cuyas correcciones, trasladadas a nuestra HISTORIA DE AMÉRICA con toda exactitud y cuidado, serán leídas con gusto por todos los admiradores del insigne autor de Las Nacionalidades.
Hemos seguido algunas veces casi al pie de la letra obras impresas en castellano y documentos manuscritos. También habremos de declarar que se han traducido largos párrafos de libros ingleses. Si no aparecen en nuestra obra las citas correspondientes a tales copias o versiones, será por olvido, nunca con intención. Confesamos esto, no porque temamos las censuras del público--que siempre ha sido con nosotros bondadoso é indulgente--sino para tranquilidad de nuestra conciencia.
Pasando a otro asunto, diremos que entre los que generosamente nos han prestado libros, papeles impresos y manuscritos, se hallan D. Antonio Graiño, D. Antonio Balbín de Unquera y D. Antonio Ballesteros; otros han guardado, como el avaro guarda rico tesoro, sus documentos históricos. Si nos consideramos obligados a declarar el agradecimiento que debemos a los primeros, guardaremos silencio acerca de los segundos; pero haciendo constar que la conducta de los últimos no debe ser imitada. Hemos solicitado el auxilio de nuestros compañeros de profesorado y de otros muchos hombres de letras; hemos rogado que nos ayuden en la empresa los que a las ciencias históricas se dedican. No hemos podido hacer más.
Haremos, por último, especial mención de D. Carlos Navarro Lamarca, quien generosamente nos ha autorizado para reproducir en nuestra obra algunos grabados que adornan su Compendio de La Historia general de América.
IV
EXPOSICIÓN DE PROPÓSITOS.
Creemos--y bien sabe Dios que son ciertas nuestras palabras--que no tiene mérito alguno nuestra HISTORIA DE AMÉRICA. Materia tan extensa, compleja y complicada debía ser escrita por pluma mejor cortada que la nuestra. Por esto varias veces, en el transcurso de la publicación, del mismo modo que Sir Walter Raleigh, dudando de la existencia de la verdad, arrojó al fuego el segundo volumen de su historia, nosotros, poco seguros de nuestra competencia, hemos querido arrojar a las llamas los manuscritos de la obra que ofrecemos al público. Pero si algún valor tuviese, y si además el público la recibiese con benevolencia, sería debido a los manuscritos inéditos o no inéditos que han llegado a nosotros, a los diferentes libros consultados, a las noticias adquiridas en los Archivos nacionales y particulares.
Con ruda franqueza diremos a nuestros lectores que algo bueno encontrarán en el plan y método de la obra, como también, dada la extensión de ella, no dejarán de ser tratadas las materias más importantes. ¿Seremos imparciales? No lo sabemos; pero a sabiendas no hemos de faltar a la verdad.
Altamente censurable juzgamos la conducta de cierto escritor antiguo, quien escribió dos historias: Una pública y otra secreta. En la primera, Procopio--pues este es el nombre del historiador--fué débil, faltando a lo que le dictaban la sinceridad de sus convicciones; en la segunda fué parcial, exagerado hasta rayar en calumnioso. El se disculpaba diciendo que carecía de libertad; nosotros no podríamos disculparnos, porque la tenemos en absoluto.
Sabemos que la adulación ha dado siempre sus frutos, aun usada por los mejores historiadores; no ignoramos que los Reyes y los Gobiernos se declaran protectores de quienes les sirven o engañan, en tanto que no atienden a los que se atreven a decirles la verdad; tenemos como cosa cierta que también los pueblos, engañados o aturdidos por los que más gritan, arrojan incienso a ídolos, los cuales sólo merecen el desprecio. Nosotros nos proponemos--y lo mismo nos dirigimos a los americanos que a nuestros compatriotas--decir la verdad o lo que creemos ser verdad, amar la justicia o lo que creemos ser justo, enseñar los derechos o más bien los deberes, para que unos y otros, vencidos y vencedores, puedan comprender que todos pecaron, olvidándose de que hay un Dios en el cielo y una sanción en la tierra.
Del mismo modo habremos de consignar que, sin apoyo de nadie, sin Mecenas que nos protejan y casi sin amigos que nos ayuden, comenzamos nuestra obra. Enemigos de la adulación y de la hipocresía, en desacuerdo con ilustres escritores de aquende y allende los mares, emprendemos confiados únicamente en nuestras débiles fuerzas, tarea harto difícil y comprometida. Difícil, sí, y comprometida porque hemos de censurar obedeciendo a generosos móviles de justicia, a algunos de nuestros Reyes, a muchos de nuestros políticos y generales, y aun a no pocos de nuestros sacerdotes. Difícil y comprometida, porque nuestras censuras han de alcanzar a los indios que, a veces, suspicaces y traidores, pagaron con deslealtad manifiesta las generosas acciones de algunos buenos españoles. Difícil y comprometida, porque tenemos con harta frecuencia que separarnos de la verdad oficial, negando muchas veces algunos hechos que pasan como verdaderos.
Comenzaremos, pues, la historia de la parte más hermosa del globo, donde el suelo es tan rico, el cielo tan bello, la naturaleza tan exuberante, las naciones tan poderosas, los hombres tan dignos de gloria y la vida toda tan intensa y magnífica. Comenzaremos la historia de tantos hechos gloriosos, de tantos héroes, y muy especialmente de la generosa raza que, a la sombra del frondoso árbol de la libertad, vive y progresa en el mundo descubierto por el genio inmortal de Cristóbal Colón.
De ilustre historiador contemporáneo son las siguientes palabras: «El descubrimiento del Nuevo Mundo es un suceso en el dintel de la Historia Moderna, que ha influído poderosamente en el curso de ella, pues, de una parte, nuevos horizontes se ofrecían a la acción de las naciones aventureras, y la colonización conducía a una serie sin fin de nuevos territorios; de otra parte, el crecimiento del poder naval alteraba profundamente las condiciones en que se fundaba la grandeza nacional, la comunicación con pueblos desconocidos ofrecía inesperados problemas, el comercio se trasformaba gradualmente y se presentaron cuestiones económicas de la mayor complejidad»[65].
[65] La Historia Moderna según el Reverendísimo Mandel Creighton D. D. Obispo que fué de Londres.--De _The Cambridge Modern History_, 1907.
V
DESCRIPCIÓN GEOGRÁFICA DE AMÉRICA.
América confina, por el N. con el Océano Glacial Artico; por el E. con el Atlántico, que la separa de Europa y de Africa; por el O. con el Pacífico, que la divide de Asia, y por el S. con el Océano Austral o con las confusas aguas de los dos Océanos (Atlántico y Pacífico).
América se pierde al N. en las heladas regiones del Polo, y baja tanto al S., que su distancia del Círculo Antártico es poco más de 11 grados. La acercan al Asia el Estrecho de Behring y la corva cadena de las islas Aleutianas, que va de la península de Alaska a la de Kamchatha, y la aproxima a Europa la Groenlandia, que está de la Islandia unos 615 kilómetros. Por el cabo de San Roque (Brasil) se adelanta como en busca del cabo Rojo, el más al Poniente de las riberas de Africa[66].
[66] Véase Pi y Margall, Historia de América, primer tomo y cuaderno, páginas XXIX y XXX.
Cruza las tres Américas, desde la península de Alaska hasta el Estrecho de Magallanes, una cadena de montañas, que toman los nombres de Roquizas o Peñascosas en el Canadá y Estados Unidos, de Sierra Verde y Sierra Madre en México, de Sierra de Guatimolienos en la América Central, y de Andes (ya Colombianos, ya Peruanos o Chilenos) en la América Meridional. Además de la citada cordillera, en el Canadá se halla el monte de San Elías, en los Estados Unidos los Apalaches y en el Brasil los cuatro siguientes: Serra do Mar, Espinaso, Gamastra y Vertientes.
Por lo que respecta al clima, se disfrutan en América desde los fríos más intensos hasta los calores más excesivos, debido a su diferencia de latitud. Sin embargo, no son insoportables los calores, ni aun en el Ecuador, donde creían los antiguos que allí no podía vivir el hombre. Las eternas nieves de los montes, la altura de las mesetas y las muchas aguas corrientes templan los ardorosos rayos del sol, reinando en las elevadas llanuras perpetua primavera. Sólo en las cumbres de los Andes se sienten los grandes fríos, así como en las llanuras bajas los grandes calores.
De Septentrión a Mediodía la distancia es de 14.000 kilómetros, y su superficie tiene más de 40 millones de kilómetros cuadrados.
Divídese América en tres grandes regiones: Septentrional, Central y Meridional; la Central y Meridional se hallan unidas por el istmo de Panamá o de Darién.
La América Septentrional tiene 21 millones de kilómetros cuadrados y más de 100 millones de habitantes; la Central, 465.500 kilómetros cuadrados y cerca de 10 millones de habitantes, y la Meridional, 17.850.000 kilómetros cuadrados y cerca de 40 millones de habitantes.
AMÉRICA SEPTENTRIONAL. Groenlandia, Archipiélago Polar, Dominio del Canadá (Nueva Bretaña), Tierra del Labrador, Terranova, Estados Unidos y México.
AMÉRICA CENTRAL.
Guatemala, San Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica. También pertenecen a la América Central las grandes Antillas (Cuba, Puerto Rico, Haití, Santo Domingo y Jamaica), las Islas Vírgenes y Santa Cruz, las de Bahama o Lucayas, las Bermudas y las pequeñas Antillas (Martinica, Santa Lucía, San Vicente y otras).
AMÉRICA MERIDIONAL.
Venezuela, Nueva Granada o Colombia, Panamá, Ecuador, Guayanas (inglesa, holandesa y francesa), Perú, Bolivia (Alto Perú), Chile, República Argentina o Estados Unidos de la Plata, Uruguay, Paraguay, Brasil y Patagonia.
La superficie probable de Groenlandia, según Behm y Wagner, es de 2.169.750 kilómetros cuadrados. Tiene un habitante por 500 kilómetros cuadrados en la parte del litoral explorado. La Groenlandia dinamarquesa se divide en provincias del Sur y del Norte, subdividiéndose a su vez en distritos, correspondiendo a la primera: Julianaab, Frederikshaab, Godthaab (capital), Sukkertoppen y Holstenborg; y a la segunda: Egedesminde, Kristianshaab, Jacobshavn, Godhavn (capital), Ritenbenk, Umanak y Upernivik. La Groenlandia Oriental y la del Norte, no anexionadas a Dinamarca, carecen de circunscripciones administrativas.
En el archipiélago polar (parte del mar polar poblado de islas) encontramos la isla mayor, denominada tierra de Baffin y limitada al Oeste por los mares de Groenlandia, entre el Estrecho de Lancaster y el de Hudson. Los esquimales del Archipiélago no reconocen ninguna autoridad. Tampoco pueden tener ciudades ni aldeas propiamente dichas, sino campamentos, ya permanentes, ya temporales.
El extremo Noroeste de la América del Norte, llamado Alaska, perteneció hasta el 1867 al imperio ruso, en cuyo año fué vendido a los Estados Unidos. Según el censo de 1880 tenía 33.620 habitantes y la mayor parte eran esquimales. La población más populosa de Alaska es Juneau-city y contiene unos 3.000 habitantes; Sitka es un caserío de 300 habitantes y son inferiores respecto al número de habitantes y a la actividad comercial, Wrangell y Fort-Tungas. El comercio de exportación de Alaska llegó en 1888 a 16 millones de francos.
El Canadá se divide en Alto y Bajo, Ontario y Quebec. Del Canadá pueden considerarse como fracciones la Tierra del Labrador y la isla de Terranova. «¿Por qué extraña ironía--como dice Reclus--[67] pudo llamarse así (Tierra del Labrador) un suelo ingrato y helado, por donde jamás pasó el arado del agricultor, y en donde no vió Jacques Cartier la cantidad de tierra que podía caber en una cesta?» Hállanse en la tierra del Labrador poblaciones míseras y errantes de indios y de esquimales, los primeros en la parte meridional, y los segundos en las costas orientales y septentrionales de la península; lo mismo los indios que habitan en los bosques que los situados a orillas de los lagos, pertenecen a la familia de los cris.
[67] América Boreal, tomo 1, pág. 579.
Puede admitirse como cosa probada que el Labrador ha sido la parte menos explorada, desconociéndose por completo la configuración del interior. Aunque el Labrador se halla en casi toda su extensión situado a latitudes más lejanas del polo que Groenlandia, es, sin embargo, más frío, lo cual se explica porque la costa de aquella tierra está enteramente expuesta al Nordeste, es decir, a la parte donde sopla el viento polar; «y además en que las bancas de hielo que bajan al Sur arrastradas por la corriente del mar de Baffin se encuentran con las que salen por el Estrecho de Hudson, y el mar las echa todas sobre las costas del Labrador»[68]. El conjunto de la población del Labrador, al Norte de las tierras altas, no pasa probablemente de 10.000 individuos[69]. Los esquimales del Labrador difieren poco de los de Groenlandia y de los del Archipiélago Polar[70]. En la segunda mitad del siglo XVIII y en la primera del siglo XIX los misioneros moravos establecieron algunas estaciones, cuya población en 1876, según Behm y Wagner, era:
Hebrón 214 habitantes. Hoffenthal 283 ---- Nain 270 ---- Okak 349 ---- Rama 28 ---- Zoar 128 ---- [71]
[68] Reclus, América Boreal, pág. 587.
[69] Ibidem, pág. 590.
[70] Ibidem, pág. 591.
[71] Ibidem, pág. 592, nota.
La Compañía de Hudson, formada poco después de la fundación de Montreal (1642), estableció algunos puertos para comerciar con los esquimales y para pescar la ballena.
Terranova es importante colonia británica. La tierra que se descubrió tal vez por el año 1000 o poco después--según diremos en capítulos posteriores--por Erik el Rojo o uno de sus hijos, que la denominaron Helluland o Mark-land, la encontramos tiempo adelante visitada por portugueses, vascos, franceses e ingleses. Terranova, por tanto, es entre todas las tierras americanas la que tiene con menos motivo el nombre que ostenta. Todavía no había terminado el siglo XV y ya Juan Cabot o Gaboto siguió la costa de la gran isla. De Reclus copiamos la siguiente descripción: «La isla presenta al mar casi por todos lados una costa abrupta y formidable; en pocas comarcas ofrece el litoral más asombrosa sucesión de cuadros grandiosos; acantilados a pico o peñascos voladizos que amenazan desplomarse sobre el mar; profundas bóvedas donde se precipitan las olas; paredes inclinadas por las que suben finas capas de agua; respidares que despiden umbelas de espuma; cabos de avanzados picos cercados de rompientes; valles angostos en cuyo fondo se columbran los plateados hilos de las cascadas. En invierno y primavera cierran la entrada de los puertos témpanos de hielo, y las nieblas impiden frecuentemente su acceso. Aun por tierra son imposibles los viajes, salvo por los senderos que han abierto los rengíferos, a pesar de no elevarse en el interior montañas de gran altura: los furdos de la costa, los lagos, las charcas innumerables de los valles detienen por do quiera al viajero; no son menos difíciles de salvar las espesuras enmarañadas de arbustos, que los tremedales henchidos de húmedo musgo; y durante el verano, estación de los viajes, arremolínanse en la atmósfera nubes de mosquitos que caen sobre el desgraciado peatón, ensangrentándole la cara»[72]. Tanto la fauna como la flora de Terranova se parecen bastante a la del Canadá, con la diferencia que las especies son menos abundantes en la primera.
[72] Reclus, América Boreal, pág. 598.
En los comienzos del siglo pasado, la población total se elevaba a unos 20.000 habitantes; en 1815 llegaba a 70.000, y hace pocos años aumentó a más de 200.000. La superficie es de 110.670 kilómetros cuadrados.
La producción anual de las pesquerías de bacalao de Terranova por buques ingleses, franceses y americanos era de 185.000 toneladas, cuyo valor consistía en 75.000.000 de francos[73].
[73] Ibidem, pág. 616.
La capital y la ciudad más populosa de Terranova es Saint-John's; también son importantes Havre-de-Grâce, Bonavista, Carbonear y algunas otras. Saint-John's tenía en el año 1886 unos 31.000 habitantes[74].
[74] Ibidem, pág. 620.
Los indios aborígenes o los beothuk han desaparecido. Cuando llegaron los blancos aún era numerosa aquella tribu de algonquines; pero los extranjeros sólo vieron en los indígenas una especie más de caza[75]. Cuando la escopeta de los cazadores, las enfermedades, la miseria y el hambre habían destruído la raza, cuando no quedaba un beothuk en Terranova, se constituyó el 1828 en Saint-John's una Beothuk Society para proteger a los infelices indios. Si existen algunas, muy pocas familias de indios en Terranova, pertenecen a la raza de los mic-mac. La población blanca, en su mayor parte, es de origen francés e inglés.
[75] Ibidem, pág. 610.
Todos saben que los franceses disputaron por mucho tiempo y con empeño a los ingleses la posesión de dicho país. Todavía es Terranova la famosa tierra de los bacalaos, y muy especialmente un islote de la costa oriental llamado Bacalieu island. La población de Terranova y del Labrador terranovense de 1886, clasificada bajo el punto de vista religioso, era la siguiente:
Anglicanos y wesleyanos. 120.411 Católicos. 74.651 Otros. 2.290 ------------ 197.352 [76] ------------
[76] Reclus, América Boreal, pág 611.
América Central, esto es, la región de los istmos (sin Chiapas, perteneciente a México, y sin Panamá, Estado independiente a la sazón), ha constituído por mucho tiempo un solo cuerpo político. Rota la unidad política, dividióse en 1838 en cinco Estados independientes. La verdad es que los altos de Guatemala, las llanuras del Salvador, los valles de Honduras, las depresiones de Nicaragua y la elevada meseta de Costa-Rica, son otros tantos centros de vida independiente.
Pasamos a dar ligerísima idea de los Estados de la América Meridional, sin citar las muchas islas correspondientes a Centro América. Unicamente haremos notar que los ingleses designan las Antillas septentrionales, incluso las islas Vírgenes y hasta la Dominica, con el nombre de islas de Sotavento (Leeward-islands), y las Antillas Meridionales, desde la Martinica hasta la Trinidad, bajo el nombre de Islas de Barlovento (Windward-islands); denominaciones--como haremos notar más adelante--que si tienen valor administrativo, carecen de sentido geográfico, puesto que todas las islas colocadas en la divisoria exterior del mar de las Antillas se hallan expuestas a la acción de los vientos alisios[77].
[77] Reclus, América Central, págs. 779 y 780.
La naturaleza ha dividido a la América del Sur en dos partes: occidental y oriental. La división política corresponde, sin mucha diferencia, a la establecida por la naturaleza; las tres Repúblicas de la antigua Colombia (Venezuela, Colombia o Nueva Granada y Ecuador) con Perú, Bolivia y Chile, pertenecen a la región de los Andes; y la Guyana, el Brasil y las Repúblicas de la cuenca del Plata ocupan los llanos[78].
[78] Véase Reclus, América del Sur, pág. 23.
En la América del Norte (Canadá) uno de los ríos principales tiene el nombre de Makenzie, y se forma de la reunión del de la Paz y del Athabasca, ambos procedentes de las montañas rocosas. El Athabasca entra en el lago de su nombre, y después de la salida, recibe el río de la Paz. La corriente así formada se llama río de los Esclavos hasta el gran lago de este nombre, del cual sale con la denominación definitiva de río Makenzie. Corre al mar en dirección Noroeste, regando unos 1.200 kilómetros del territorio de los esquimales. El Nelson (Canadá), reunión de otros dos ríos, que se denominan Saskatchavan del Norte y Saskatchavan del Sur, procedentes de los montes peñascosos, atraviesa el lago Winnipeg, cruza el distrito de Keewatin y desagua en la bahía de Hudson. El San Lorenzo, que puede decirse que comienza en los lagos al Sudoeste de la cordillera Central, pone en comunicación el Lago Superior, el Michigan, el Hurón, el Erié y el Ontario, baja primero entre el Alto Canadá y Nueva York, y después por el Bajo Canadá. Tiene de largo desde el Lago Superior, 3.350 kilómetros, y desde Ontario, 1.000; de ancho de 800 a 3.000 metros; y de profundo, bastará decir que es navegable hasta Quebek por navíos de línea y hasta Montreal por buques de 600 toneladas. Entre sus afluentes se halla el Ottava, que nace en el lago de Tomiscánning, separa los dos Canadás y recorre 900 kilómetros.
El Oregón o Columbia, en los Estados Unidos, sale de las montañas rocosas, entra en el Pacífico y su longitud es de 2.000 kilómetros. El Colorado, en los mismos Estados Unidos, nace en dichas montañas rocosas, atraviesa la llanura árida del Arizona y desagua en el golfo de California, después de recorrer 1.300 kilómetros. Del mismo nombre hay otro río en los Estados Unidos (Tejas) que desagua en el golfo de México, y tiene de largo 1.150 kilómetros. El Delaware, también en los mismos Estados, riega Filadelfia y desagua en la bahía de Delaware, habiendo recorrido unos 580 kilómetros.
El Bravo, que baña el límite oriental de México, desciende de las faldas de Sierra Blanca y recorre 2.200 kilómetros. Más de 7.000 baña la tierra el Mississipí, llamado por los natchez Meschacebé (marcha de las aguas). Cruza de Norte a Sud todos los Estados Unidos; recibe al Este el Wisconsin, el Illinois y el Ohio, y al Oeste el Missouri, el Arkansas y el Río Rojo. El Missouri es famoso por la anchura de su cauce, por su profundidad en ciertos puntos, por la rapidez de sus aguas y por lo imponente de sus cataratas. Tiene el Mississipí sus fuentes en el lago Itasca, baja por la pintoresca cascada de San Antonio al llano, y a más de 2.000 kilómetros une sus claras aguas a las turbias del Missouri; mide ordinariamente de ribera a ribera de 800 a 1.000 metros, y a su entrada en el golfo de México se divide en muchos brazos.
Antes de terminar la descripción de los ríos de la América Septentrional, recordaremos un estudio muy curioso que se intitula «Extracto de los acontecimientos y operaciones de la 1.ª División de bergantines destinada a perfeccionar la Hidrografía de las islas de la América Septentrional, bajo el mando del Capitán de fragata D. Cosme Damián de Churruca.» Salió de Cádiz el 15 de Junio de 1792, y después de describir perfectamente la situación, magnitud y figura de las islas, volvió al puerto de Cádiz, donde a bordo del navío Conquistador, el 18 de Octubre de 1795, firmó Churruca el mencionado documento[79].
[79] Archivo de la Dirección de Navegación y pesca marítima.--Noticias hidrográficas de la América Septentrional, tomo II, págs. 188-199.
En la América Central abundan los ríos, si bien no son tan caudalosos.
De la América del Sur son el Magdalena, el Orinoco, el Amazonas o Marañón, el Tocantines, el Paranayba, el San Francisco, el Plata y el Río Negro. El Magdalena, que recibe al Este el Bogotá y el Sogamoco, al Oeste el Cauca, sale del lago Pampas con dirección al Norte, atraviesa casi todo el territorio de Nueva Granada, y, después de recorrer 1.320 kilómetros, penetra en el mar por muchas bocas. El Orinoco nace en las vertientes occidentales de la sierra de Parima, corre al Septentrión aumentando su caudal de aguas mediante el tributo de muchos ríos, tuerce hacia Levante desde su confluencia con el Apure y se divide en cincuenta brazos antes de llegar al Océano. Es navegable en su mayor parte. Se admiran espantosas cataratas cerca de Atures; parece un lago en su embocadura y cuenta de extensión 2.500 kilómetros. El Amazonas es el río mayor del mundo, mayor que el Mississipí, que el Ganges y que el Nilo. Nace en el lago de Lauricocha, cruza de Oeste a Este casi todo el continente, recibiendo en las fronteras meridionales del Ecuador por su margen derecha al Huallaga y al Ucayale, a que afluyen, entre otros, el Apurimac y el Vilcamayo; y, por su izquierda, al Napo, que baja del Cotopaxi (ya habiendo recibido el Curaray y el Aguarico) y al Putamayo, que se forma en otra cumbre de los Andes. A Mediodía del Brasil recoge al Jurua, al Purús, al Madera, al Topayos y al Xingú; al Norte al Caqueta y al Río Negro. La longitud del Amazonas es de 5.000 kilómetros y desemboca en el Atlántico, como también el Tocantines, Paranayba, San Francisco, el Plata y el Negro. El río Paranayba en el Brasil da sus aguas al Atlántico después de recorrer 860 kilómetros. El Plata, que puede compararse con el Amazonas por su anchura, comienza en la isla de Martín García, donde recibe al Uruguay, y luego al Paraná, Paraguay y Pilcomayo. El río Negro, que separa la Patagonia de la República Argentina, es muy ancho en su boca y cuenta su longitud por centenares de kilómetros.
Los lagos de la América del Norte son el de los Osos, junto al Círculo Artico o en el mismo círculo; más al Sur los dos del Esclavo, el Athabasca, el Winnipeg y otros; luego el Superior, Michigán, Hurón, Erié y Ontario, cruzados por el río San Lorenzo, que forma entre los lagos Erié y Ontario la célebre catarata del Niágara. En México está el Chapala. En la América Central los de Managua y Nicaragua. En la América del Sur, en Venezuela, el Maracaibo; entre el Perú y Bolivia el Titicaca; en el Brasil, no lejos del Uruguay, el de los Patos, y en la Patagonia los de Coluguape y Viedma.
Veamos las altitudes de algunas sierras de América. En los Estados Unidos, el Monte de San Elías, que tiene 5.440 metros; el de Hooker, con 5.100; el Murchison, con 4.877; el de Santa Elena, con 4.724; el Fainweather, con 4.483 y el Fremont, con 4.135; los seis se hallan en las sierras pedregosas. En los mismos Estados Unidos y en Alleghany están el monte de Washington y el Mountais, el primero con 1.959 metros y el segundo con 1.900. En México tenemos Sierra Nevada, Cerro de Azusco y Orizaba, con 4.625, 3.673 y 5.450 metros respectivamente. En California está el Monte Gigante, con 1.400 metros. En Guatemala citaremos el Amilpas y el Agua, el primero tiene 4.010 metros y el segundo, 4.570. De Honduras debe nombrarse el Pico Congrehay, con 2.271 metros. En Cuba se encuentra la Sierra del Cobre, que tiene 2.100 metros. Citaremos en El Ecuador el Chimborazo, con 6.530 metros, el Covambó, con 5.956, el Pasto, con 4.100 y el Cotopaxi, con 5.750. En el Perú se admira el Parinacota, con 6.714 metros y el Arequipa, con 5.755. Se ven en Bolivia el Nevado de Sorata, el Nevado de Ilmane, el Chuquibamba y el Cerro de Potosí, con 6.488, 6.446, 6.400 y 4.923, respectivamente. En Colombia tenemos el Puracé, con 5.185 metros. De Chile podemos citar el Aconcagua, el Maypú y el Tupungate; el primero con 7.288 metros; el segundo, con 5.380, y el tercero, con 4.600. Son de Venezuela la Sierra de Santa Marta y el Pichincha, con 5.791 y 4.855, respectivamente. En la Guayana está el Roraima, con 2.271; en Buenos Aires, el Sierra Ventana, con 1.067; en el Brasil, los de Ilambo é Ilacolumi, con 1.817 metros el primero y 1.777 el segundo, y en Patagonia el Corcobado, con 2.290 metros.
Entre los volcanes citaremos el de San Elías, en los Estados Unidos; los de Popocatepetl y Orizaba en México; el del Agua, el del Fuego y otros en la América Central; los de Chimborazo, Cotopaxi, Pichincha y Antisana, en El Ecuador; los de Aconcagua y Copiapó, en Chile, y el de Arequipa en el Perú.
En la parte Norte de América encontramos la península de Melville, la del Labrador, entre el Océano Glacial Artico y el Océano Atlántico, y Nueva Escocia o Acadia, pertenecientes a Nueva Bretaña; la de Florida, en los Estados Unidos, y se halla entre el Océano Atlántico y golfo de México; la de Alaska, en los Estados Unidos, entre el Océano Glacial y el Pacífico; la del Yucatán, en México, está entre el golfo de este nombre y el mar de las Antillas; la Baja California, en México, se encuentra entre el golfo de California y el Océano Pacífico; la de Goajira y la de Paraguana forman la entrada del golfo de Maracaybo, en el mar de las Antillas, entre Venezuela y Colombia, y la de Brunswick, sobre el Estrecho de Magallanes, en la Patagonia.
Los cabos más importantes bañados por el Océano Glacial Artico son el Farewell (Groenlandia) y el de Carlos (Labrador); el de Cod, el de Hateras, el de Sable y el de Mendocino (Estados Unidos) se hallan bañados los dos primeros por el Atlántico, el tercero por el golfo de México y el cuarto por el Pacífico; el de Catoche (México), por dicho golfo; el de Gracias a Dios (América Central), por el mar de las Antillas; Gallinas (Colombia), el más septentrional de la América del Sur, también por el mar de las Antillas; San Roque (Brasil), San Antonio (Argentina), Blanco (Patagonia) y Hornos (Tierra del Fuego), por el Atlántico. El Blanco (Perú), San Lorenzo y San Francisco (El Ecuador), por el Pacífico.
Acerca del reino mineral inmensas riquezas se han extraido de las entrañas y de los cerros de aquel continente. El oro y la plata parecen allí inagotables. Abunda también el hierro y no escasea el platino y el cobre. Existen minas de diamantes, esmeraldas, topacios, amatistas y otras piedras preciosas. En el mar de los Caribes se pescaron por mucho tiempo claras y gruesas perlas.
La vegetación es admirable. Las tierras llanas están cubiertas de inmensos bosques poblados de árboles gigantescos. Soberbios pinos, aromáticas magnolias y otros árboles despliegan en la zona templada todo su vigor y lozanía. Bajo los trópicos nace el cocotero, el banano, la ceiba, el sauce, la higuera y el anacardo. Encontramos árboles de madera tan rica como la caoba y tan fuerte como la corbana, la jagua y el espino. En el fondo de los bosques crece el cedro y el árbol de la canela. Trepan por los viejos troncos la vainilla, los pothos y los bejucos. Las cañas y los helechos adquieren extraordinaria altura. Americano es el árbol de la quina y plantas americanas son la jalapa, la zarzaparrilla, el bálsamo de copaiba y la ipecacuana. Por último, también son americanas el cacao, el maíz, la patata, el tabaco, el algodón, el campeche y otras varias.
Bellos y de vivos colores son muchos de los animales que se encuentran en América. No hay en ninguna parte del mundo pájaros de más bello plumaje (colibrí, pájaro mosca y guacamayo), ni insectos más caprichosamente pintados, ni reptiles (culebras y lagartos), de más vistosos colores. Entre los pájaros se halla el condor, entre los lagartos el caimán, y entre las culebras la boa. Si el león no es tan grande ni bravo como el de Africa, habita en cambio el jaguar en los bosques de los trópicos; el lobo, la zorra y otros dañinos en las selvas del Norte. Abundan manadas de rengíferos y ovibos en las regiones septentrionales: más abajo el bisonte, y en los países calientes vive el llama y todas sus especies. Nada diremos del castor, la marta y otros buscados hoy por sus riquísimas pieles. Llama la atención la existencia de no pocos animales, pues son abundantes los rebaños de bisontes y de llamas y numerosas las bandadas de pájaros. «En el mes de Marzo--escribe Gonzalo Fernández de Oviedo--he visto algunos años por espacio de quince o veinte días, y otros años más, ir el cielo de la mañana a la noche cubierto de infinitas aves, unas tan altas que se las perdía de vista, otras más bajas, pero siempre muy por encima de las cumbres de los montes, que iban continuamente de Septentrión a Mediodía»[80].
[80] Sumario de la natural historia de las Indias, cap. LXVIII.
Consignaremos del mismo modo que no en todas las regiones del Nuevo Mundo se hallan minerales ricos, vegetales y árboles tan estimados, animales tan útiles y hermosos. Al Oeste de la cadena perpetua de los Andes, en las costas del mar del Sur--dice Humboldt--también he pasado semanas enteras atravesando desiertos sin agua. Las mesetas de México, los llanos de Venezuela, las pampas de Buenos Aires y otras regiones son, en efecto, desiertos tristes y desconsoladores.
DIVISION POLITICA DEL NUEVO MUNDO
América Septentrional y Central.
ESTADOS INDEPENDIENTES
Estados Unidos. Costa Rica. México. Panamá. Guatemala. Cuba. Salvador. Haití. Honduras. Santo Domingo. Nicaragua.
América Meridional.
ESTADOS INDEPENDIENTES
Venezuela. Chile. Colombia. Argentina. Ecuador. Paraguay. Perú. Uruguay. Bolivia. Brasil.
POSESIONES INGLESAS
Guayana inglesa. Islas Falkland.
POSESIONES FRANCESAS
Guayana francesa.
POSESIONES HOLANDESAS
Guayana holandesa. Saint-Eustache. Aruba. Saba. Saint-Martín[81].
POSESIONES DANESAS
Groenlandia. Sainte-Croix é islas adyacentes[82]. Saint-Thomas é islas adyacentes. Saint-John.
POSESIONES VENEZOLANAS
Islas del Este y del Viento.
POSESIONES NORTEAMERICANAS
Puerto Rico. Carlobacou. Trinidad. Santa Lucía. Tabago. San Vicente. Granada. Granadina del Norte.
POSESIONES FRANCESAS
Saint-Pierre y Miquelon. Marie Galante. Guadalupe. Saint-Barthelemy. Désirade. Saint-Martín. Les Saintes y Petite-Terre. Martinica.
POSESIONES HOLANDESAS
Curaçao. Buen Aire.
POSESIONES INGLESAS
Canadá. Anguila. Terranova. Antigua. Labrador. Barbada. Islas Bermudas. Dominica. Honduras Británica. Monserrat. Islas Bahamas. Redonda. Barbada. Nevis. Jamaica. San Cristóbal. Islas Turcas y Caicos. Islas Vírgenes. Islas Caimanes.
[81] Saint-Martín es la única de las Antillas dividida políticamente en dos partes: la del Norte es de Francia y la del Sur pertenece a Holanda. En el año 1648 y en la cima de un monte (Montaña de los acuerdos), se hizo el tratado de repartición.
[82] París 14 julio 1916, 4 tarde.--Según la Gaceta de Lausanne, la venta de las Antillas danesas a los Estados Unidos está virtualmente terminada. Dinamarca cede todos sus derechos sobre el archipiélago de las Vírgenes mediante la entrega por los Estados Unidos de la suma de 125 millones de francos. Este archipiélago, con sus tres islas (Santa Cruz, Santo Tomás, San Juan), sus 360 kilómetros cuadrados y sus 40.000 habitantes, sólo representa un modesto dominio colonial; pero la vecindad del Canal de Panamá le da una importancia especial. Por esto desde hace algunos años Alemania había multiplicado sus esfuerzos para decidir a Dinamarca, bien a cederle el archipiélago entero, bien a permitirle establecer en Santo Tomás un depósito de carbón y un punto de escala para sus barcos, lo que produjo objeciones por parte del Gobierno de Washington en nombre de la doctrina de Monroe. (A B C. Sábado 15 de julio de 1916).
Conclusión. Tal es la tierra que descubrió aquel varón esclarecido sin saber que la había descubierto; tal es la tierra que vieron Cristóbal Colón y los suyos a las dos de la madrugada del 12 de Octubre de 1492.
PRIMERA ÉPOCA
AMERICA PRECOLOMBINA
CAPÍTULO I
UNIDAD Y VARIEDAD DE LA ESPECIE HUMANA.--EL EVOLUCIONISMO. LA SELECCIÓN.--EL PITHECANTHROPUS.--PROTOHISTORIA AMERICANA.--EL SALVAJISMO.--ANTIGÜEDAD DE LOS INDIOS.--RAZAS MIXTAS.--EL «HOMO ASIATICUS» Y EL «HOMO AMERICANUS». DIFERENCIAS Y SEMEJANZAS ENTRE UNO Y OTRO.--ALGUNOS POBLADORES DE AMÉRICA SON AUTÓCTONOS.--RAZAS CULTAS Y SALVAJES.
El naturalista Quatrefages (1810-1892) sostuvo la teoría de la unidad de la especie humana o del monogenismo. El hombre, según el sabio francés, debió ser creado por una voluntad superior o por la intervención de una fuerza desconocida por nosotros, siendo de notar que las diferencias que se observan entre las razas se deben únicamente a condiciones distintas del medio físico.
Otro naturalista, el suizo Luis Agassiz (1807-1873), al mismo tiempo que admitía una acción suprema, dijo que las especies nacieron independientes en ocho puntos distintos del globo.
La teoría biológica del evolucionismo intentó explicar el origen de los diversos seres vivos por derivaciones sucesivas de unos a otros, de tal manera que cada especie era únicamente la transformación de un tipo común, que, a través de la evolución del tiempo, había ido generando las múltiples formas conocidas. Explicó dicha teoría el francés Lamarck (1744-1829), quien fué atacado por Quatrefages, Agassiz, Cuvier y otros. No huelga decir que semejante doctrina tuvo no pocos precursores, mereciendo entre los primeros señalado lugar Aristóteles. Casi se hallaban olvidadas las obras de Lamarck (Sistema de los invertebrados y Filosofía zoológica) cuando apareció el eminente naturalista inglés Carlos Roberto Darwin (1809-1882): su obra Del origen de las especies, publicada en 1859, y cuya base es la evolución universal, vino a hacer una revolución en la ciencia. Doctrina tan peregrina consistía en afirmar que la lucha por la existencia y la selección natural eran las dos leyes que regían la multiplicación y perfeccionamiento de las especies. El estado de guerra que Hobbes señalaba, solamente entre los hombres primitivos (Homo homini lupus) era, según Darwin, la ley universal de la vida animal. «Vemos--dice--la naturaleza resplandeciente de hermosura y observamos en ella abundantemente todo lo que puede servir para alimento de los seres; pero no miramos u olvidamos que las aves que cantan con tanta dulzura alrededor de nosotros viven sobre todo de insectos y de otras aves o se ocupan siempre de destruir. No recordamos que los huevos y nidos de dichas aves cantoras son destruídos por animales feroces o por aves de rapiña; no tenemos presente que el alimento que les está destinado y que hoy es abundante, no lo es en todas las estaciones. Cuando se dice que los seres luchan para vivir, es preciso entender esta palabra en el sentido más amplio y más metafórico, comprendiendo las dependencias mutuas de los seres, y lo que tiene más importancia, las dificultades que se oponen a su propagación. En tiempos de hambre puede decirse que los carnívoros están en lucha unos con otros para proporcionarse el sustento. La planta arrojada a la orilla del desierto lucha para vivir contra la sequía. Un arbusto que produce anualmente un millar de granos, lucha en realidad contra las plantas de la misma especie o de especies diferentes que ya cubren el suelo.»
Respecto de la cría de los animales, se ha verificado hace un siglo largo el comienzo de una doctrina que se llama selección. Según ella, el individuo que se dedica a dicha cría, cuando sorprende en un ser cualquiera un carácter especial, le sigue en una familia y escoge con cuidado los reproductores que pueden transmitirle, obteniendo, mediante largos esfuerzos, una nueva variedad, una raza. La naturaleza, dice Darwin, no hace otra cosa; del mismo modo que el hombre forma razas artificiales, la naturaleza crea razas naturales. La naturaleza abandona desapiadadamente o arroja todo lo que es débil, impotente y enfermizo; da vida, en cambio, a los más fuertes, poderosos y sanos. La variedad, asegurando más y más su preeminencia, se eleva a la categoría de especie, así como el boceto viene luego a ser cuadro. La nueva especie vivirá largo tiempo; pero cuando cambien el medio físico y el medio orgánico, los cambios o variaciones formarán otras especies, que, a su vez, acabarán con las citadas anteriormente. La naturaleza, pues, mediante la selección, renovará la faz de la tierra; renovación que sólo necesita el tiempo, que no tiene límites. En tal estado el asunto, falta explicar la aparición de las primeras formas orgánicas. ¿Había en el seno de la naturaleza inorgánica fuerzas dormidas que en ciertas circunstancias pudieron crear una planta o un animal, de igual manera que se forma un cristal en virtud de ciertas afinidades químicas? Tal es la doctrina de la generación espontánea.
Darwin, en su libro intitulado Descendencia del hombre, y que vió la luz en el año 1871, aplicó rigurosamente sus teorías a la especie humana. Según Darwin y sus discípulos, el hombre, siguiendo las leyes de la selección natural, desciende de un grupo de seres antropomórficos, al cual pertenecen el orangután, el gorila y el chimpancé. El eslabón que une a aquél con los últimos debió existir en el período terciario, y fué el pithecanthropus del alemán Haeckel o el anthropopythecus de Mortillet[83]. Los restos encontrados en las formaciones sedimentarias de Java[84], parecen indicar la existencia de un ser superior a los antropóides e inferior al hombre. No se da un salto, pues, del orangután al hombre. Natura non facit saltum. El precursor del hombre debió ser el pithecanthropus.
[83] Deuxiéme session de L'Asociation francaise pour l'avancement des sciences.--Lyon, Aout, 1872. (Revue Scientif, 2.ª ser., 3.^{er} an., núms. 9, 10 y 11).
[84] Isla en el archipiélago de la Sonda (Oceanía Occidental).
Hovelacque dice por su parte: «La única facultad que distingue al hombre de los animales es la palabra, y por mucho que retrocedamos en el pasado, el ser que encontramos provisto del lenguaje articulado es ciertamente el hombre, mas no lo es el que carezca de esta facultad. No podemos pensar que el lenguaje le fuera dado al hombre de repente, sin causa, ex nihilo, sino más bien que fué el fruto de su desarrollo progresivo, el producto de su perfeccionamiento orgánico. Y siendo esto así, antes del ser caracterizado por la facultad del lenguaje articulado hubo otro que estaba en camino de adquirirla, de llegar a ser hombre, y este ser es el que debió tallar los silex de Thenay»[85].
[85] Lettre sur l'homme préhistorique du type le plus ancien, etc. París, 1876.
En resumen: el mineral, mediante una serie de transformaciones sucesivas más o menos largas, pudo llegar y ha llegado a ser planta, la planta a ser animal y el animal a ser hombre.
Ya en este punto de la investigación científica, la discusión entre monogenistas y poligenistas carece de todo interés: se reduce a averiguar si el hombre apareció en diferentes puntos de la tierra, como creen unos, o en una sola parte, como piensan otros. Mientras Darwin escribía que «los naturalistas que admiten el principio de la evolución, no vacilarán en reconocer que todas las razas humanas descienden de un solo tronco primitivo», el alemán Goethe (1749-1832), afirmaba, por el contrario--tales son sus palabras--, que «la naturaleza se muestra siempre generosa y hasta pródiga, estando más conforme con su espíritu admitiendo que ha hecho aparecer a los hombres por docenas y aun por centenares, más bien que suponiendo que los ha hecho aparecer pobremente de una sola y única pareja. Cuando la tierra hubo llegado a cierto grado de madurez, cuando las aguas se fueron encauzando y los terrenos secos se cubrieron de verdura, apareció el hombre en todos los lugares en que la tierra lo permitía.»
De Fritsch son las palabras que copiamos: «Es evidentemente absurdo que estas condiciones favorables (refiriéndose a las necesarias para la aparición del hombre), sólo se han presentado en una sola localidad; que un lugar de la tierra haya sido el preferido para la aparición del hombre, y, por último, que una sola pareja haya tenido la dicha, para asombro de la posteridad, de ser la originaria del género humano.» Humboldt, Gumplowitz y otros sabios, niegan del mismo modo que todos los hombres se deriven de una pareja única.
Después de la teoría general que acabamos de reseñar, procede que nos ocupemos de la aparición del hombre en América. Aunque se anunció como cosa cierta y positiva que los Sres. Witney y Blaque, ingenieros de los Estados Unidos, habían descubierto un cráneo que se hallaba debajo de materiales volcánicos, edad terciaria y período plioceno[86], se supo luego que aquellos naturalistas habían sido engañados por mineros de poca conciencia. Aun admitiendo que dicho cráneo fuese auténtico y no moderno, con señales bien hechas, nos asaltaría la duda de si el terreno es terciario, pues todo indica que pertenece a la edad cuaternaria.
[86] Desor, L'homme pliocene de la California. Nice, 1879.
Mayor importancia--como escribe D. Juan Vilanova--revisten los huesos humanos descubiertos recientemente en el sitio, no lejos de México, llamado el Peñón de los Baños. Bárcena y Castilla, profesores de Geología, dicen «que, por los caracteres que ostentan los huesos, el esqueleto pertenece a la raza indígena pura de Anahuac, añadiendo, por último, que lo consideran como prehistórico, o sea muy anterior a las noticias que sobre dicha raza presentan la tradición y la historia, señalándole como antigüedad menor la de 800 años, y como horizonte geológico, la división superior de la era cuaternaria»[87]. En la cuenca del río Delaware, no lejos de la ciudad de Trenton (Estados Unidos), en una formación glacial, halló el Dr. Abbott «más de un cráneo humano que, si son contemporáneos de los instrumentos tallados descubiertos en la misma localidad, deben ser tan antiguos como éstos, que representan por su forma y por lo tosco de su labor el período europeo de Chelles y Taubach»[88]. Llamó la atención que algunos de los cráneos fuesen braquicéfalos y no dolicocéfalos, esto es, que correspondiesen a una raza superior, como superior se considera la braquicefalia a la dolicocefalia.
[87] Protohistoria Americana, Conferencia de D. Juan Vilanova en el Ateneo de Madrid el 21 de Abril de 1891, págs. 30 y 31.
[88] Ibidem.
Hace notar el Marqués de Nadaillac a propósito de los cráneos americanos, que no se halla probado que predominen los braquicéfalos o los dolicocéfalos, habiendo verdadera mezcla de unos y otros, si bien debe notarse que en todos está muy reducida la cavidad cefálica, sin querer esto decir que signifique tal condición inferioridad intelectual en aquellas gentes. Encierra verdadera importancia el siguiente hecho. Los cráneos encontrados cerca de Merom (Indiana), los de Chicago, el procedente del Stimpson's-Mound y los del Kennicott-Mound ofrecen caracteres de inferioridad, hasta el punto que la depresión frontal es casi igual a la del chimpancé. De la misma manera son de escasa capacidad cefálica los cráneos encontrados en los paraderos del litoral de California y del Oregón, como también los de la isla de Santa Catalina, donde con los restos humanos aparecieron pequeñas vasijas de esteatita, objetos de silex y de hueso, y alguna esculturita de piedra dura.
No pasaremos en silencio «la indicación de la singular forma que ofrece la tibia de muchos esqueletos, a la que se aplica el nombre de platignemia, común en muchos monos, así como el agujero natural que ofrece la cavidad olecraniana del húmero, rasgos que los transformistas invocan en pro de la descendencia simia del hombre.»[89]. Casi idénticos caracteres se ven en los huesos encontrados en diferentes puntos (Buenos Aires, Patagonia, Venezuela, Florida, etc.). Por cierto que discurriendo el Sr. Tenkate, escritor distinguido, acerca de los caracteres generales de las razas humanas encontradas en América, ha venido a sostener que dichas razas corresponden a las llamadas mogolas o amarillas. Haremos notar en este lugar que es un hecho el predominio de la raza braquicéfala o de cráneo redondo en el Norte, así como el de la dolicocéfala o de cráneo elíptico en el Sur; y siendo inferiores--como generalmente se cree--las razas de cráneo largo, debió poblarse el continente americano de Sur a Norte, y no--según la opinión corriente--de Norte a Sur. En Europa los hombres más antiguos son los dolicocéfalos, y en América--si damos crédito a investigaciones recientes--los braquicéfalos.
[89] Vilanova, ob. cit., pág. 32.
[Ilustración: Cráneo neolítico (California).]
Sintetizando la doctrina que acabamos de exponer, diremos que algunos cráneos hallados en América tienen más parecido al del chimpancé que al del hombre de nuestros días, siendo también objeto de estudio la forma de ciertas partes de los esqueletos que son como un paso del mono al hombre.
Manifiéstase con toda claridad que los caracteres de otros esqueletos, tal vez más modernos que los anteriormente citados, revelan el salvajismo, pudiéndose sostener que ciertas señales acreditan la antropofagia. ¿Indica más salvajismo el hombre primitivo de América que el encontrado en el valle del Neckar, cerca de Suttgard, y que Quatrefages y Hamy han hecho del citado ejemplar el tipo de la raza más antigua que habitó el continente europeo en los tiempos cuaternarios, distinguiéndola con el nombre de Canstadt? Creemos poder afirmar que el continente americano ha pasado por los mismos cambios y mudanzas que el Mundo Antiguo (Asia, Africa y Europa); ha seguido las mismas vicisitudes y en él se ha desarrollado la vida del mismo modo. Muéstrase la antigüedad de los indios con sólo atender, entre otras cosas, al número considerable de lenguas y la perfección en que éstas se hallaban al descubrir Cristóbal Colón el Nuevo Mundo. De igual manera se manifiesta la antigüedad considerando los edificios esparcidos por todo el continente americano. Opina el historiador Bernal Díaz del Castillo que el templo de Huitzilipuctli se edificó mil años antes de la llegada de los españoles a América.
No obstante lo dicho, Bacón de Verulamio sostuvo que los indios eran gente más nueva que los habitantes del Antiguo Mundo, y Herrera entendía que nuestro hemisferio se hallaba habitado cuando comenzaron a poblarse las Indias[90]. Cuenta Lescarbot que Noé llegó en un navío al Estrecho de Gibraltar, pasando al Canadá y Brasil, y últimamente a Paria y a otras tierras[91]. Algunos tienen como cosa cierta, que Tubal envió gentes a poblar las Indias[92], y Acosta se contenta con decir que se poblaron antes de Abraham[93]. Fulero consideró a los hijos de Cus como los primeros que se establecieron en las Indias; Vasconcelos supuso que los indios procedían de los dispersos al tiempo de la confusión de las lenguas, o de los hijos de dichos dispersos; Hornio y Laet creían que se pobló América al mismo tiempo que Africa y Europa, y Torquemada sostuvo que la población se verificó cerca del tiempo del diluvio[94].
[90] Fr. Gregorio García, Ob. cit., libro IV, párrafo XV, págs. 312 y 313.
[91] Pág. 308.
[92] Pág. 308.
[93] Pág. 309.
[94] Págs. 309 y 310.
Mostrado está que los americanos constituyen un grupo de razas mixtas, como escriben Molina y D'Orbing. Dice el primero: «Las naciones americanas son tan diferentes unas de otras como lo son las diversas naciones de Europa: un chileno no se diferencia menos de un araucano, que un italiano de un tudesco»; y el segundo añade: «Un peruano es más diferente de un patagón, y un patagón de un guaraní, que un griego de un etiope o de un mogol». Por el contrario, nuestro Herrera se expresa del siguiente modo: «Es cosa notable que todas las gentes de las Indias, del Norte y del Mediodía, son de una misma inclinación y calidad, porque, según la mejor opinión, procedieron de una misma parte; y asímismo los de las islas, a las cuales pasaron de la tierra firme de Florida»; y Ulloa (Antonio) escribe lo que copiamos a continuación: «Visto un indio de cualquier región se puede decir que se han visto todos»[95]. Del mismo modo han opinado Robertson, Herder, Blumenbach, Humboldt y otros.
[95] Noticias americanas.--Entretenimiento XXII, pág. 253.--1792.
El homo asiaticus, que comprende las poblaciones extendidas desde el Caspio y el Eufrates hasta el mar Amarillo y el Japón, y desde la Manchuria a Siam tiene por caracteres físicos «la cabeza de forma prolongada y relativamente corta, braquicefálica, cuneiforme sobre todo, y platicefálica; la faz en relación, la estatura variable, el color de la piel amarillento como los chinos o atezado como los japoneses; escaso o pobremente velludo, de barbas ralas y menguadas y rígidos cabellos negros. Los ojos muestran inclinación oblícua hacia el ángulo interno, mientras que el externo está levantado; la nariz es corta y deprimida, los pómulos abultados y salientes, la faz en su totalidad aplastada y los ojos obscuros»[96].
[96] G. Sergui, La evolución humana individual y social, tomo I, pág. 65.--Barcelona, 1905.
Los caracteres principales del homo americanus son los siguientes: «una frente chica y baja; hundidos, pequeños y obscuros los ojos; grande la boca; dilatada la nariz por las ventanas y honda en su raíz; largo, laso, grueso y negro el cabello; escasa la barba y depilada la piel; la color, obscura con variedad de tonos, las más veces como la del membrillo cocido; la contextura física, robusta y fuerte; el temperamento bilioso y sobrio; y en la constitución social, la costumbre es el régimen ordinario»[97].
[97] Antón, Ob. cit., pág. 11.
Las diferencias, pues, entre el homo asiaticus y el homo americanus no son radicales; antes por el contrario, la semejanza es manifiesta.
Lo mismo pudiéramos decir de las costumbres y creencias. Los mejicanos, como los mongoles, quemaban los cadáveres, recogían las cenizas y las encerraban en urnas con una piedra preciosa. Los peruanos, como los judíos, guardaban a sus muertos y los enterraban, ya en pie, ya sentados, con parte de los utensilios, y a veces con los tesoros que tuvieron en vida. Los peruanos, como los chinos, daban capital importancia a la agricultura y conservaban los hechos históricos en anudadas cuerdecillas. Por sus creencias, los americanos, como los asiáticos, reconocían la existencia de un Espíritu, creador del Mundo, para el cual no había representación posible ni era bastante ancho el recinto de un templo. Unos y otros tenían noticia por tradición del diluvio, y afirmaban que muy pocos se habían salvado de la catástrofe. Los mejicanos suponían fabricada su pirámide de Cholula por unos gigantes que habían intentado elevarla hasta las nubes, atrayéndose por su insensato orgullo la cólera celeste: los hebreos decían lo mismo de su torre de Babel. Tenían su Eva los indígenas en la diosa Cioacoatl, la primera mujer que pecó, parió y legó a su sexo los dolores del parto. Por ella instituyeron el Bautismo, que empleaban, como los cristianos, para limpiar a los recién nacidos del pecado original y traerlos a nueva vida. Muy parecida era también la organización religiosa. En América y en Oriente el sacerdocio gozaba de grandes prestigios y de mucho poder; en uno y en otro punto se celebraban suntuosas fiestas y sangrientos sacrificios. No es, pues, de extrañar que Guignes y Paravez, por los años de 1844, como también Humboldt, Preschel y otros, intentasen probar que la cultura peruana procedía del Asia.
Consideremos las principales tribus americanas. Según Molina, los boroanos, en las provincias de Chile, «son blancos y tan bien formados como los europeos del Norte»; cree Quatrefages que los koluchos, habitantes en la parte Norte de la costa del Pacífico, pertenecen a la raza blanca; Bartram considera algunas jóvenes de los cherokises «tan blancas y bellas como las jóvenes de Europa»; y Humboldt escribe que también tienen el mismo color blanco los guanariboes, guanaros, guayacas y maquiritarés, que él vió en las orillas del alto Orinoco. Si en general es ralo y escaso el pelo del cuerpo y de la barba en los americanos, los yuracarés, si damos crédito a D'Orbigny, tienen la barba cerrada como los europeos; Laperouse, y también Molina dicen que en algunos chilenos no es menos espesa la barba que en los españoles. Acerca de la estatura, si son altos los patagones, algunos pieles-rojas y los muscogíes, en cambio los peruanos son bajos, y más bajos todavía los esquimales. Por lo que respecta a las proporciones de la cabeza, si la forma del cráneo es en general la braquicéfala, también se encuentra la dolicocefalia.
Dejando otros caracteres físicos menos importantes que los anteriores, pasamos a estudiar los intelectuales. Se ha discutido si la raza americana es inferior para la civilización y cultura que las otras razas del Antiguo Mundo, cuestión que no tiene valor alguno. Si en la época del descubrimiento, algunos pueblos del nuevo continente (mexicanos y peruanos) presentaban todas las formas sociales conocidas en el Antiguo Mundo, no llegaron, sin embargo, al principio de la civilización en toda su fuerza. Acostúmbrase a decir que en América se hallaba el hombre en los estados siguientes: salvaje, bárbaro, nómada o sedentario y civilizado. A la llegada de Cortés y Pizarro, el primero a México y el segundo al Perú, encontraron Gobiernos regulares, artes, industria y agricultura.
Debemos fijar nuestra atención en las opiniones principales acerca del origen de los primeros pobladores de las Indias. Creen algunos escritores que los primeros habitantes han nacido en el mismo suelo americano, esto es, que son autóctonos; según otros, proceden del Africa; algunos dicen que de Europa, y muchos, tal vez la mayor parte, les hacen venir del Asia. El primero que sostuvo, allá por el año 1520, que los americanos eran autóctonos, fué el naturalista suizo Teofrasto Paracelso, el cual hubo de negarles clara y terminantemente la descendencia de Adán, anticipándose con esto muchos años a la escuela de antropólogos americanos. En un anónimo publicado en Londres, en 1695, y que se intitula Two essays, sent in a letter from Oxford to a nobleman in London, by L. P. M. A., se sostiene el autoctonismo americano. Morton, profesor de Filadelfia y fundador de la citada escuela de antropólogos, intentó probar, con razones de bastante peso, el origen genuínamente americano de los indios, raza distinta de todas las conocidas en el Viejo Mundo. Nott y Glidon, discípulos de Morton, popularizaron en los Estados Unidos de Norte América la doctrina del maestro. The native americans are possessed of certain physical traits that serve to identify them in localities the most remote from each other: nor to they as a general rule assimilate less in their moral character and usages. Dicha doctrina tiene al presente no pocos defensores.
La mucha antigüedad del hombre en América se halla mostrada por recientes descubrimientos. Lo mismo del Norte que del Sur, se han extraído de terrenos cuaternarios armas y utensilios de piedra al lado de restos de animales cuya especie se extinguió hace siglos. «En California, en el condado de Tuolumne, en las galerías mineras de Table Mountain, a trescientos cuarenta pies de profundidad, de los cuales más de ciento eran de lava, se encontró el año 1862 con huesos fósiles de mastodonte y otros paquidermos, un almirez de granito, un adorno de pizarra silícea, puntas de lanza de pedernal y una cuchara de esteatita. Han ocurrido después análogos y no menos interesantes hallazgos en distintos lugares, sitos entre los Grandes Lagos y el Golfo de México»[98]. En la América meridional, según Lund, que reconoció el Brasil, se han encontrado muchas cuevas donde se hallaban cráneos y aun esqueletos humanos confundidos con osamentas de animales de razas muertas. No es de extrañar que se afirme la existencia del hombre en América durante el período diluvial, cuando los ventisqueros desprendidos del Polo transformaron completamente la superficie del planeta. Como consecuencia de todo ello, tampoco es de extrañar que no pocas tribus americanas se considerasen autóctonas. Sostenían los navajos que todas las tribus habían salido del fondo de sus cavernas; los peruanos afirmaban que los Incas tuvieron su cuna en el lago de Titicaca; los iowas se creían descendientes del hombre y de la mujer creados por el Grande Espíritu; los quichés se consideraban originarios del Oriente de América.
[98] Pi y Margall, Historia general de América, tomo I, vol. II, pág. 1.158.
Dado que en ninguna de las tribus americanas se recordaba el nombre de pueblo ni de comarca del Antiguo Mundo; ni se conocía el arado, ni el cultivo de la vid y el trigo, ni el uso del hierro, ni el carro de guerra, ni el transporte, ni otras embarcaciones que el haz de juncos y la canoa; ni en ninguna se había llegado a la escritura fonética, considerando todo eso, deducía Pi y Margall que si el hombre americano no había tenido su origen en el Nuevo Mundo, debía ser, por lo menos, tan antiguo en él como el europeo en Europa, y hubo de vivir siglos y siglos en el mayor aislamiento[99]. Creemos como cosa cierta que no procedían del antiguo continente ni los mound builders, ni las razas que unas después de otras invadieron el Anahuac, ni las que se encaminaron desde el istmo de Tehuantepec al de Panamá, ni las que civilizaron el Perú mucho antes que los Incas, ni los autores de ninguna de las revoluciones porque debió pasar la América durante tantos siglos. Tales razas debieron ser americanas y lejos de dejarse dominar por extrañas gentes, ellas dominaron a los que desembarcaron en sus costas. A los autores que no se explican cómo de una sola especie se hayan derivado la multitud de gentes que encontramos establecidas desde el Océano Glacial del Norte al Cabo de Hornos, les contestaremos que tampoco debieran explicarse cómo nacieron de la sola especie indo-europea tantas nacionalidades situadas entre el Estrecho de Gibraltar y las orillas del Ganges.
[99] Ob. cit., vol. II, pág. 1.159.
Las revoluciones de que antes hicimos mención no fueron realizadas por las razas salvajes, sino por las cultas. La raza de los nahuas fué la que más hubo de contribuir a la civilización de la América del Norte, y a ella pertenecían los olmecas, xicalancas, toltecas, chichimecas y aztecas. Por quererse imponer unas tribus sobre otras engendraron las revoluciones a que sirvió de teatro el valle de México. Considérase como otra raza civilizadora la de los mayas, extendida por Chiapas, Guatemala, Yucatán y Honduras. Además de los verdaderos mayas, existían tribus con los mismos rasgos característicos, y todos formaron un imperio; imperio que tiempo adelante se dividió en tres Estados. Además de nahuas y mayas había otras razas civilizadoras. Entre ellas se encuentran los zapotecas, que no hablaban ni el maya ni el nahuatl; pero que tenían culto propio y levantaban monumentos como los de Mitla. Lo mismo decimos de los pueblos de Palenque y de los autores de los templos de Copán. En la América del Sur deben mirarse como razas civilizadoras la de los muiscas o chibchas, la de los quechuas, y tal vez la de los chimus. Los quechuas, chimus y aymarás, constituían principalmente a la llegada de los españoles el imperio de los Incas.
Cuando los españoles llegaron a América, ¿habían desaparecido algunas de las razas cultas? Muchos autores creen que sí y citan en su apoyo los monumentos cuyo origen desconocían los indígenas del tiempo de la conquista. Hasta el año 1576 en que las descubrió D. Diego García de Palacio, oidor de la Audiencia de Guatemala, se desconocieron las ruinas de Copán; y hasta el 1746, en que las vió D. Antonio de Solís, cura de Tumbalá, nada se sabía de las ruinas de Palenque. Y por lo que al Perú respecta, nadie sabía quiénes habían sido los artistas del templo de Pachacamac, los del mirador de Huanuco el Viejo, ni los de los monolitos de Tiahuanaco.
En la América del Norte se han descubierto extensos recintos de cascajo y piedra e innumerables túmulos en el valle del Mississipí, a los cuales, por ignorarse el nombre de las razas que los levantaron, se les llama mound-builders. En las costas de los dos Océanos y en las riberas de algunos ríos se encuentran inmensos bancos de conchas de moluscos, llamados por los dinamarqueses Kjökkenmoddings, y por los habitantes de los Estados Unidos shell-heaps o shell-mounds, que cubren 30 y hasta 60 hectáreas de terreno, y tienen de altura de 10 a 12 metros, hallándose en todos ellos utensilios y armas. ¿Qué significan aquellas obras y estos utensilios y armas? Los indígenas contestaban que ya existían cuando sus padres se establecieron en el país.
Por lo que a las razas salvajes se refiere, su historia queda reducida a las creencias, usos y costumbres que las distinguían, como también por las luchas que han debido tener con las civilizadoras para sostener su independencia. A la sazón, los hombres cultos, unos las compadecen, otros las envidian y algunos las odian. Las compadecen aquellos que las ven privadas del beneficio de la civilización, las envidian los que consideran los vicios de la sociedad culta, y las odian los que las creen incapaces de progreso. Nosotros, ni las compadecemos, ni las envidiamos, ni las odiamos. Diremos, sí, que preferimos la civilización, sin embargo de los males que corroen la sociedad presente y aun de las locuras de las naciones más civilizadas en este momento histórico. Catlin opina que es más excelente la vida salvaje que la culta; Bancroft deplora el paso de los europeos por las comarcas del Pacífico, y algunos discípulos de Augusto Comte no quieren que a los pacíficos y felices salvajes se les lleve al infierno en que viven los pueblos europeos. No estamos--repetimos--conformes con semejante teoría, aunque reconocemos que los vicios de los indios procedían más bien de ignorancia y fiereza que de perversidad y malicia. En lo sucesivo abrigamos la esperanza que las sociedades cultas se atraerán los restos de las razas salvajes, no por la fuerza, sino por el cariño; no destruyendo, sino civilizando.
CAPÍTULO II
COMUNICACIÓN DE AMÉRICA CON ASIA.--COMUNICACIÓN DE AMÉRICA CON AFRICA.--CONSIDERACIONES ACERCA DE LA DOCTRINA DE PLATÓN, TEOPOMPO DE QUIO, ARISTÓTELES, DIODORO SÍCULO, Y SÉNECA.--LOS INDIOS NO AUCTÓCTONOS, ¿DE DÓNDE PROCEDEN?--LOS EGIPCIOS.--LOS GRIEGOS.--LOS FENICIOS.--LOS CARTAGINESES.--LOS RELIGIOSOS BUDHISTAS.--SIGNIFICADO Y SITUACIÓN DE OPHIR.--LOS HEBREOS.--OTRAS OPINIONES RESPECTO AL ORIGEN DE LOS INDIOS: LOS ROMANOS, LOS ETIOPES CRISTIANOS, LOS TROYANOS, LOS SCYTHAS Y TÁRTAROS.--ORIGEN DE LOS INDIOS SEGÚN FR. GARCÍA, EL DR. PATRÓN. HUMBOLDT Y RIAÑO.
Estimamos como cuestión resuelta la comunicación de América con el Asia por el Estrecho de Behring. Si no hubiese otros hechos que lo confirmasen, bastaría tener presente que los esquimales, no solamente se hallan situados en la Groenlandia, en las orillas del Labrador y en la estrecha faja de la costa Norte, prolongada del uno al otro Océano, sino también, del otro lado del Estrecho, y pueblan la extremidad oriental del Asia, desde la bahía Kolintchin, hasta el Golfo de Anadyr. La existencia, desde tiempos muy remotos, de la raza esquimal, en determinada parte del Mundo Nuevo y del Antiguo, prueba la comunicación de América con Asia; además de la raza, lo confirma la lingüística, pues Maury cree que los dialectos esquimales «pueden ser considerados como haciendo la soldadura entre los idiomas del extremo Oriente de la Siberia y los de la parte boreal del Nuevo Mundo».
Acerca del paso de los indios asiáticos al Nuevo Mundo, opinan algunos escritores que fueron por mar, añadiendo otros, no sólo que fueron por mar, sino llevados por las tormentas y contra su voluntad. Entre los escritores que afirman que los primeros pobladores de América pasaron por lo que después se convirtió en Estrecho de Behring, se halla el insigne naturalista inglés Wallace (n. en Vsk el 1822). Dice que, a fines de la edad terciaria, o en el período plioceno, cuando ya pudo existir el hombre, había comunicación no interrumpida entre Asia y América, porque el citado Estrecho era de la época cuaternaria. Si América se halla aislada del resto del globo, no deja de estar unida por la naturaleza al Antiguo Mundo. La aproximan al Asia el Estrecho de Behring y la cadena de las islas Aleutianas, y la acerca a Europa la Groenlandia, que está de la Islandia 615 kilómetros.
El filósofo e historiador alemán Herder (1744-1803), en su Filosofía de la Historia de la Humanidad, no duda en afirmar que los esquimales de la Groenlandia proceden del Asia, añadiendo también--y en esto se halla conforme con la doctrina expuesta por el dominico P. Gregorio García (1560-1627)--, que pueblos de todas las partes del mundo, y en diferentes épocas, pasaron a América[100].
[100] Véase ob. cit., tomo I, págs. 291-301.
Sobre materia tan interesante, dice el insigne geógrafo francés Eliseo Reclus (1830-1905), en su Geografía Universal: «Históricamente--tales son sus palabras--América es, cuando menos, en gran parte, continuación del Asia, y, por lo tanto, debe considerarse como tierra oriental. Los asiáticos no han necesitado descubrir la América, o los americanos descubrir el Asia, puesto que desde el uno y el otro continente se veían las respectivas tierras. Aun sin la flotilla de kayacs[101] que los transportase, podían los indígenas de las dos regiones alcanzar las costas opuestas. Al Sur del Estrecho, hasta el Oregón, se abrían numerosos golfos a los barcos asiáticos: se ha dicho que el continente americano vuelve la espalda al Asia; y esto, en lo que toca a la parte septentrional del Nuevo Mundo, no es cierto. Es opinión de muchos antropólogos--opinión muy combatida por Morton, Rink y otros sabios--, que las tribus hiperbóreas de América descienden de las emigraciones del Asia, y en las dos orillas del Estrecho de Behring, la semejanza de tipos, de costumbres y de lenguaje, es tal, que no admite duda la identidad de raza de aquellos habitantes[102]. Para los que aceptan el parentesco de los esquimales con los mogoles siberianos, toda la mitad de la América del Norte, debió poblarse con gentes de origen occidental. Por otra parte, se nota la influencia polinesia en las construcciones, en los trajes y en los adornos de los insulares de América del Noroeste, desde Alaska al Oregón; y la corriente negra que atraviesa el Pacífico boreal, frecuentemente ha llevado objetos japoneses: desde comienzos del siglo décimo séptimo, se pueden citar más de sesenta ejemplos de este hecho[103]. A veces, como en 1875, la corriente arrastró bajeles que habían naufragado en la otra parte del mundo, y, según muchos historiadores y arqueólogos[104], la propaganda budhista y, por consiguiente, la civilización del Asia, durante los primeros siglos de la Era cristiana, debió influir directamente en los habitantes de México y de la América Central. En las esculturas de Copán y de Palenque, se han encontrado imágenes sagradas absolutamente semejantes a las del Asia oriental y, en particular, el taiki, símbolo muy venerado por los chinos, que representa--dice Hamy--, la combinación de la fuerza y de la materia, de la actividad y de la pasividad, del macho y de la hembra. Sea o no aceptable la hipótesis relativa a la influencia budhista, no cabe duda que al Asia, es decir, al Oeste de los continentes americanos, se refieren las más antiguas relaciones transoceánicas»[105].
[101] Barco de pesca de Groenlandia, hecho con piel de foca.
[102] A. de Chemisso--Waitz.--Oscar Peschel,--Petitot.--Whymper.
[103] Brooks, Comptes rendus de la Société de Geographie (2 julio 1886).
[104] De Guignes, Les navigations des Chinois, 1761.--M. de Humboldt, Vues des cordilléres et des monuments des peuples indigenes de l'Amerique.--Kohl, Geschichte, der Entdecung Amerika's. Neumann.--De Quatrefages.--Hamy.--Hervey de Saint Denis.--Désiré Charnay.
[105] Geografía Universal.--América boreal, etc., págs. 5 y 6.
Consideremos las opiniones de algunos sabios acerca de la comunicación de América con Africa, debiendo fijarnos principalmente en lo que dicen los libros de Platón, Teopompo de Quio, Aristóteles, Diodoro Sículo y Séneca.
Platón, después de exponer en su famoso tratado de la República el plan para organizar un Estado de la mejor forma posible, escribió «comentarios de aquellas mismas ideas y desarrollo de otras más o menos conexas con ellas?»[106].
[106] Eduardo Saavedra, Conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid el 17 de febrero de 1891, pág. 7.
En el Timeo, otro de los libros del filósofo griego, se lee lo que a continuación copiamos: «Entonces era el mar navegable en esos parajes, puesto que existía una isla enfrente de la embocadura, que designamos con el nombre de Columnas de Hércules, y esta isla era mayor que la Libia y el Asia juntas, y desde ella pasaban a otras islas en sus viajes los hombres de ese tiempo y desde estas islas al extenso continente directamente opuesto, que está limitado por el verdadero mar. El mar, que se halla dentro de la embocadura de que hemos hablado, es aparentemente un puerto con la entrada estrecha: pero el otro que está más allá es en realidad un mar, y la tierra que le rodea debía, con mayor corrección y con absoluta verdad, llamarse continente.»
Mayor importancia tiene para nuestro objeto el libro intitulado Critias. Refiere Critias lo que un ascendiente suyo había oído a Solón, quien a su vez lo aprendió en Egipto de cierto sacerdote de Sais, conocedor de los libros históricos guardados en un templo de la misma ciudad. La doctrina desenvuelta por el sabio legislador en un poema, iba dirigida a demostrar que nueve mil años antes de aquel tiempo, el pueblo ateniense, organizado casi igual al plan expuesto en los libros de la República, llegó a la mayor grandeza, lo mismo por sus virtudes cívicas que por sus triunfos militares. La misma ventura--pues las circunstancias eran las mismas--logró la Atlántida; pero allí y aquí la corrupción de costumbres atrajo el castigo del cielo y mientras en Grecia grandes inundaciones asolaron la tierra, dejando apenas rudos montañeses, ignorantes de las leyes y de los hechos heroicos de sus antepasados, la Atlántida, castigada por terribles terremotos, se sumergió en el fondo del mar. Tales sucesos--y por eso pudo decir con razón el sacerdote de Sais que los griegos eran siempre niños--sólo encontraron cabida en los libros sagrados de los egipcios. Luego trata Critias del origen de los atenienses, del clima y gobierno del Atica, como igualmente de los atlantes, según la relación egipcia. Prescindiendo de sucesos un tanto legendarios, dice que se encontraba en la isla, entre los metales, el oricalco, muy abundante y después del oro el más precioso. Añade que abundaban los animales domésticos y salvajes, en particular los elefantes, siendo de notar que había alimento de sobra lo mismo para los que pastaban en los montes y llanuras, que para los que vivían en los mares, pantanos y lagunas. Cultivábanse allí los árboles frutales, las flores y toda clase de hierbas y de plantas. Causaba admiración el grandioso alcázar de los Reyes, los puentes y los canales. Por último, eran sumamente curiosas ciertas leyes y ceremonias de los atlantes.
Al hablar Platón de la Atlántida sólo se propuso que sus conciudadanos viesen que el sistema político por él presentado tenía honrosos antecedentes en antiquísimos tiempos. «Metido--como dice Saavedra--en esa vía, no es de extrañar que fantaseara imperios, naciones, guerras y cataclismos, pues no escribía historia, sino pura filosofía política.» Pero, ¿qué hay de verdad en el relato de Critias? Creemos que el fondo es verdadero, como así lo han mostrado los sabios franceses Gaffarel, Luis Germain y otros.
Geógrafos e historiadores han estudiado en estos últimos años la situación que debió ocupar la Atlántida. Ya Fernández de Oviedo hubo de decir que la isla a que se refería el sacerdote egipcio era el continente americano, y ya el sueco Olof Rudveck (1630-1702) la situó en Suecia. Bailly la colocó más al Septentrión, y supuso que estuvo en las actuales tierras de Groenlandia, Islandia, Spitzberg y Nueva Zembla. Bael llevó el emplazamiento a la Palestina. Más acertados estuvieron los que situaron la Atlántida en el mar Tenebroso (Océano Atlántico), allende del Estrecho de Gibraltar, o sea en la región oriental del Atlántico, comprendida entre las islas de Cabo Verde, la de la Madera, las Canarias y las Azores[107].
[107] Véase artículo de D. Vicente Vera, publicado en la Crónica científica de El Imparcial, correspondiente al 10 febrero de 1913.
El citado continente atlántico debió estar unido a América, quedando allí como resíduos las Antillas, las Bahamas y la península de la Florida. Que la Atlántida se hundiese bajo las aguas a consecuencia de violentas conmociones del planeta, no en los últimos tiempos del período terciario, como afirman algunos escritores, sino en el cuaternario, o tal vez posteriormente; que los cataclismos fueran dos mediando bastante tiempo del uno al otro, los sabios no se han puesto de acuerdo, si bien se hallan conformes en que dichos cataclismos han dejado como señales aquellas tierras atlántidas, y como huella de la terrible sacudida volcánica, el humeante pico de Teide en la isla canaria de Tenerife.
Sostienen algunos, entre ellos Berlioux, Profesor de Geografía Histórica en Marsella, y Fernández y González, Profesor de Estética en la Universidad de Madrid, que los primitivos libios pertenecían a la raza atlantea, siendo de igual modo cierto que de dicha raza procede el bereber, bereber que pasando del Africa a España tomó luego el nombre de ibero. Fijándonos en las Indias no dudamos de la comunicación de atlantes y tal vez de europeos con los americanos. Estudios recientes de geólogos, zoólogos y botánicos han venido, no a resolver, pero sí a dar luz a cuestión que al presente despierta tanto interés.
Los geólogos que han estudiado los fondos de la región oriental del Océano atlántico consideran como muy posible que en ella estuviese situada la Atlántida. Entre ellos citaremos a M. P. Termier, Director del servicio de la Carta geológica de Francia. Comienza diciendo que durante el verano de 1898 se hallaba un buque empleado en el tendido de un cable submarino entre Brest (ciudad de Francia, departamento del Finisterre) y el Cabo Cod, sobre el Atlántico (Estado de Massachusetts en los Estados Unidos), y como se rompiese el cable, se trató de encontrar por medio de garfios.
Verificóse la operación entre los 47° de latitud Norte y 29° 40 longitud Oeste de París, a unas 500 millas al Norte de las Azores. En aquellos sitios la profundidad media del mar era de unos 3.100 metros. Hallóse el cable; pero no sin grandes dificultades y después de recorrer con los garfios el fondo marino. Pudo apreciarse entonces que dicho fondo presentaba los caracteres de un país montañoso con altas cúspides, pendientes escarpadas y valles profundos, llamando también la atención las pequeñas porciones minerales con fracturas recientes que sacaron los garfios entre las uñas. Dichos minerales son partes de una lava vítrea que tiene la composición química de los basaltos, llamada taquilita por los petrógrafos. Del estudio de ciertos vidrios basálticos de las islas Hawai o Sandwich que se hallan en el archipiélago de Polinesia u Oceanía Oriental, y de las observaciones de M. Lacroix acerca de las lavas del Monte Pelado, en la Martinica (una de las Antillas meñores francesas) se deduce--según el Sr. Vera--«que las lavas encontradas en el fondo del Atlántico, en los parajes indicados, se hallaban recubriendo el suelo cuando éste no estaba aún sumergido. Este terreno se hundió después, descendiendo unos 3.000 metros, y como la superficie de las rocas ha conservado la disposición escabrosa, las rudas asperezas y las aristas vivas correspondientes a erupciones lávicas muy recientes, es preciso admitir que el hundimiento fué muy brusco y se verificó muy poco después de la emisión de las lavas; de no ser así, la erosión atmosférica y la acción de las olas hubieran suavizado las asperezas, nivelado las desigualdades y allanado en gran parte la superficie del suelo.
Así, pues, según los datos que suministra la Geología, se advierte una extrema movilidad en la región atlántica, sobre todo en la porción correspondiente al encuentro de la depresión mediterránea con la gran zona volcánica de tres mil kilómetros de anchura que corre de Norte a Sur en la mitad oriental del Atlántico. Se tiene, asimismo, la certeza de haber ocurrido en dicha zona grandes hundimientos de terreno, en los que islas y aun continentes han desaparecido. Se puede asegurar, además, que estos hundimientos han sido muy rápidos y algunos de ellos acaecidos en la época cuaternaria, habiendo, por lo tanto, posibilidad de que el hombre haya sido testigo de ellos. Geológicamente hablando, resulta, por consiguiente, que la historia de la Atlántida es perfectamente verosímil, refiriéndose a un país situado en la región atlántica a que se viene haciendo referencia.
Veamos ahora lo que dicen zoólogos y botánicos: M. L. Germain, naturalista francés, habiendo examinado detenidamente la fauna y la flora actuales de las islas Azores, Canarias, Madera y Cabo Verde, deduce que necesariamente los cuatro archipiélagos citados han estado unidos al continente africano hasta una época muy próxima a la nuestra, por lo menos hasta el fin del terciario. Añade también que el continente que abrazaba los cuatro archipiélagos nombrados estuvo unido a la Península Ibérica hasta los tiempos pliocenos, cortándose la comunicación en el transcurso de dichos tiempos pliocénicos.
Es verdaderamente singular que los moluscos pulmonados llamados pleacinidos sólo se encuentran en las citadas islas y en la América Central.
Bien merece que traslademos a este lugar la última parte del artículo del Sr. Vera. «Finalmente, deben ser citados otros dos hechos, relativos a los animales marinos, que no pueden explicarse sino por la persistencia hasta tiempos muy próximos a los actuales de una costa marítima que corriese desde las Antillas al Senegal y que uniera la Florida, las Bermudas y el Golfo de Guinea. Estos hechos son los siguientes. Existen quince especies de moluscos marinos que viven tanto en las Antillas como en las costas del Senegal, y estas quince especies no se encuentran en ninguna otra parte del mundo, no pudiéndose explicar su existencia en regiones tan distantes como las referidas por el transporte de los embriones. Por otra parte, la fauna madrepórica de la isla de Santo Tomé comprende seis especies, una de ellas, fuera de Santo Tomé, no se encuentra más que en la Florida, y cuatro de las restantes no se hallan más que en las Bermudas. Como la vida pelágica de las larvas de las madréporas dura solamente muy pocos días, es imposible atribuir a la acción de las corrientes marinas esta distribución geográfica tan extraordinaria.»
Teniendo todos estos hechos en cuenta, M. Germain se ve inducido a admitir la existencia de un continente atlántico que estuvo unido a la Península Ibérica y a la Mauritania y que se prolongaba a considerable distancia hasta el Sur, de modo que podía contener algunas regiones correspondientes al clima de los desiertos que hoy se presentan en el continente africano. En la época miocena, este continente llegaba hasta las Antillas. Partióse después, primeramente por el lado de las referidas Antillas; luego, hacia el Sur, dejando una costa que iba hasta el Senegal y hasta el fondo del Golfo de Guinea, y, por último, fragmentándose por el Este, durante la época pliocénica, a lo largo de la costa de Africa. El último resto de este gran continente, sumergido finalmente y no dejando más vestigios que los cuatro archipiélagos de las Canarias, Madera, Cabo Verde y Azores, pudo ser la Atlántida de Platón.
«Todos estos hechos son interesantísimos, y prueban indudablemente las grandes variaciones geográficas que ha debido experimentar la superficie del planeta en la vasta región hoy ocupada por el Océano Atlántico. Pero muy bien pueden haber ocurrido todas estas variaciones sin que a ellas se refiera lo que Platón relata con respecto a la Atlántida. Esta cuestión tiene otro aspecto que los geógrafos hasta ahora y naturalistas actuales no han estudiado, y que puede variar por completo el aspecto del problema.»
Sobre el particular creemos importantes las siguientes observaciones de D. Lucas Fernández Navarro, Catedrático de la Universidad Central. Al decir Platón que la Atlántida estaba enfrente de las Columnas de Hércules, «sólo a Madera o las Azores puede referirse. Las Canarias eran bien conocidas de los griegos, y si a ellas hubiera querido aludir, no habría dejado de señalar su situación mucho más meridional»[108]. Más adelante añade: ... lo cierto es que los rasgos topográficos parecen acusar para las Azores origen distinto del de los demás Archipiélagos. Aquél, emplazado sobre la línea mediana de altos fondos parece verdadera y originariamente atlántico, mientras que los otros se relacionan con el continente europeo (Madera) o con el africano (Salvajes, Canarias, Cabo Verde)[109].
[108] _Estado actual del problema de la Atlantis._--_Conferencia leída en sesión pública de la Real Sociedad Geográfica el 3 de abril de 1916_, pág. 32.
[109] _Estado actual del problema de la Atlantis._--_Conferencia leída en sesión pública de la Real Sociedad Geográfica el 3 de abril de 1916_, pág. 33.
Terminaremos asunto de tanto interés con esta pregunta: La existencia de la Atlántida, ¿pertenece a la novela o a la historia? La autoridad del divino Platón por una parte, el recuerdo de otros antiguos relatos análogos, y los estudios recientes de naturalistas y geólogos, hacen sospechar--no a sostener como si lo viésemos--que la verdad resplandece en el fondo poético de la narración contada por Critias.
Del mismo modo, antes de pasar a otra materia, haremos constar que, si el filósofo más grande de la antigüedad se ocupó de la Atlántida en sus Diálogos, el inspiradísimo vate catalán, Mosén Jacinto Verdaguer (n. en Folgarolas, cerca de Vich, el 1845 y m. en Barcelona el 1902) tomó también la Atlántida como tema de su inmortal epopeya.
Poco antes o después que Platón, otro escritor griego, Teopompo de Quío, hubo de citar una tierra llamada Merópida, más allá de las Columnas de Hércules, que se sumergió en tiempos remotos bajo las aguas. Aunque nada dice Teopompo de los poderosos Reyes ni de las victorias con que el filósofo de la Academia adornó su poema, afirma, sin embargo, que poblaban la isla animales corpulentos, los cuales morían siempre por herida de piedra o golpe de maza, pues los hombres de aquellas tierras no conocían el uso del hierro, disfrutando, en cambio, del oro y de la plata. Los que dictaron la narración de Teopompo, debieron visitar, según Saavedra, «una isla cuaternaria con sus grandes mamíferos, con sus hombres armados de hachas de piedra y mazas de madera, forjadores del oro y la plata y desconocedores del hierro y del bronce. Las familias salvadas del naufragio de la grande isla y las de las tierras inmediatas que lo presenciaron, transmitieron, a mi ver, la memoria del suceso de padres a hijos, de tribu a tribu, de nación a nación; y así llegó a oídos de los sacerdotes egipcios, y tal vez por algún otro conducto a noticia de los rapsodas atenienses, quedando fundada una tradición mítica cuyo sólido cimiento pone al descubierto la ciencia moderna»[110].
[110] Ibidem, pág. 12.
Aristóteles, en su libro De Mirabilibus, se expresa de esta manera: «Se refiere que en el mar que hay más allá de las Columnas de Hércules descubrieron los cartagineses una isla desierta, distante muchos días de navegación, la cual contenía toda clase de árboles, ríos navegables, y era notable por la diversidad de frutos. Los cartagineses acudían allí las más de las veces con motivo de tales recursos, yendo y estableciéndose en ella; por cuya causa, el Senado cartaginés prohibió semejantes viajes bajo pena de muerte, y desterró a los que se habían establecido allí, de miedo de que, informándose del hecho, otros se preparasen a luchar contra ellos por la posesión de la isla y decayera la prosperidad de los cartagineses.»[111]
[111] Aristotelis Stagiritæ Opera, págs. 1640-1656.--Lugdvni, MDXLII.
Diodoro de Sicilia, en el cap. II del libro 3.º, refiere lo siguiente: «Después de haber tratado de las islas que caen al Oriente, dentro de esta parte de las Columnas de Hércules, nos lanzaremos a la sazón al gran Océano para ocuparnos de aquéllas situadas más allá de él; porque enfrente de Africa existe una isla muy grande en el vasto Océano, de muchos días de navegación, desde la Libia, en dirección a Occidente. Es allí el terreno muy fructífero, aun cuando sea montañoso en gran parte; pero muy parecido a tierra de vega, que es lo más placentero y agradable de todo lo demás; porque está regado por varios ríos navegables, embellecido con muchos y alegres jardines, plantado con diferentes clases de árboles y abundancia de frutales, todo ello atravesado de corrientes de agua dulce. Los pueblos están decorados con majestuosos edificios, pabellones para celebrar banquetes aquí y allí, agradablemente situados en sus jardines y huertas. En ellos se recrean durante la estación de verano como en lugares a propósito para el placer y la alegría. La parte montañosa del país está formada por muchos y grandes bosques, y por toda clase de frutales, y para mayor deleite y diversión de los que habitan en estas montañas, resulta que siempre, y a cortas distancias, se abren los bosques en valles placenteros, regados con frescas fuentes y manantiales. Y, verdaderamente, toda la isla abunda de nacimientos de agua dulce; de donde los pobladores, no sólo reciben gusto y alegría, sino que mejoran de salud y de fuerzas corporales. Allí encontraréis caza mayor abundante de toda clase de animales silvestres, de los cuales hay tantos que nunca faltan en sus suntuosas y alegres fiestas. El mar inmediato los provee de mucha pesca, porque el Océano abunda allí en toda clase de pescado. El aire y clima de esta isla son templados y saludables, hasta el punto que los árboles producen frutos (y se hallan también frescas y hermosas otras producciones de aquella tierra) la mayor parte del año, de manera que dicha isla, por su magnificencia en todas las cosas, parece más bien la residencia de alguno de los dioses, que de los hombres...»
Creen algunos autores que Séneca, en su tragedia Medea, anuncia o predice el descubrimiento del Nuevo Mundo[112]. Tales son sus palabras:
Venient annis Sæcula seris, quibus Oceanus Vincula rerum laxet; et ingens Pateat tellus, Tiphysque novos Detegat orbes, nec sit terris Ultima Thule.
[112] Acto II, versos 375 a 379 y final del coro.
«Día vendrá, en el curso de los siglos, en que el Océano cortará los lazos con que aprisiona al mundo, la tierra inmensa se abrirá para todos, el mar pondrá de manifiesto nuevos mundos, y Thula no será ya la última región de la tierra.»
No es absurdo suponer que en los albores de la edad cuaternaria llegasen, por un lado, las razas braquicéfalas del Oriente de Asia, y, por otro, las razas dolicocéfalas del Occidente de Europa, encerradas en el continente americano, cuando se formó el Estrecho de Behring y cuando se sumergieron las tierras que se extendían de Africa a América. Confundiéronse entonces las razas braquicéfalas y dolicocéfalas, y formaron toda esa variedad de razas mixtas, predominando los occidentales en los patagones e iroqueses, por ejemplo, razas dolicocéfalas y de elevada estatura, y los orientales en los peruanos y pueblenses, razas braquicéfalas, de talla menos que mediana[113].
[113] Véase Antón, Conferencia pronunciada el 19 de mayo de 1891 en el Ateneo de Madrid acerca de la Antropología de los pueblos de América anteriores al descubrimiento, págs. 46 y 47.
Los indios no autóctonos, ¿de dónde proceden? No ha faltado quien sostenga que los egipcios de Africa, valiéndose de la Atlántida, llegaron y poblaron a América. Dice Castelnau que los matrimonios entre hermanos, la poligamia real, la adoración al Sol, la creencia en la transmigración de las almas y en la vida futura, las ruinas de los monumentos, etc., señales son que indican la fraternidad de egipcios y peruanos. Egipcios e indios--según ha podido observarse--tenían igualmente grueso y duro el casco de la cabeza. Además de esta calidad exterior entre los dos pueblos, no tiene menos importancia otra interior, la cual consiste en que unos y otros son vivos e inteligentes cuando son mozos, y necios y torpes conforme van entrando en años. Otra de las razones consiste en que los mejicanos, los de Yucatán y otros indios dividían el año casi lo mismo que los egipcios. En la escritura tampoco se diferenciaban mucho indios y egipcios. Los primeros usaban figuras de animales, hierbas e instrumentos de diferentes clases, y los últimos de geroglíficos. Por lo que a la arquitectura respecta, las pirámides de Egipto tenían mucha semejanza a las de los indios. Egipcios e indios eran supersticiosos e idólatras; unos y otros adoraban al Sol, a la Luna, a las estrellas y a los animales. Tanto los egipcios como los indios se casaban con sus hermanas; entre los últimos citaremos el Inca: también debemos notar que los Monarcas de una y otra parte tenían muchas mujeres; aquéllos y éstos guardaban profundo respeto a los viejos; los primeros y los segundos usaban mucho los baños. De modo que los egipcios, de todos los pueblos del Mundo Antiguo, son los más parecidos a los indios, pudiéndose afirmar que los pueblos americanos descienden del antiguo Egipto[114].
[114] Véase Fr. Gregorio García, ob. cit., lib. IV. párrafo I, págs. 218-234.
Sostienen algunos autores que los indios proceden de los griegos; estos griegos debieron ir a las Indias antes del florecimiento de Cartago y antes que los poderosos cartagineses cerrasen el Estrecho a sus enemigos del mediodía de Europa. Semejante opinión puede fundarse en lo siguiente: dice el dominico Fr. Gregorio García, que hallándose él en el Perú oyó decir a un español, que cerca de las minas de Zamora, entre Zambieta y Paracuza, en una peña alta estaban esculpidos cuatro renglones, cada uno de vara y media de largo, cuyas letras parecían griegas. Del mismo modo, junto a la ciudad de Guamanga, a la orilla del río Vinaque--según refiere Cieza--se encontró una losa, en la que se destacaban ciertas letras que parecían también griegas. Hace notar, por último, el P. García, que un mestizo de Nueva España le refirió que en la provincia de Chiapas había algunos pueblos y en ellos edificios labrados de cal y canto, con sus correspondientes pilares, en los cuales estaba un letrero, que a dicho mestizo le pareció escrito en griego. Además, si los muchachos, como dice Platón, solían en Grecia contar las historias de cosas antiguas, en Nueva España, escribe el Padre Acosta, los ancianos enseñaban a los mozos, para que éstos los aprendiesen de memoria, los discursos de los oradores y muchos cantos de los poetas más favoritos. Como observa San Isidoro, era costumbre de los griegos llevar oradadas las orejas y con pendientes las mujeres, y los indios, especialmente los incas del Perú, solían, en señal de nobleza, agujerearse también las orejas.
Debe, además, tenerse en cuenta que los atenienses en sus guerras con los de la Isla Atlántida adquirirían noticias de las Islas de Barlovento y de la Tierra Firme de las Indias. Aparte de otras razones, ciertas analogías entre la lengua griega con las de Nueva España y el Perú, indican claramente las relaciones entre dicho pueblo europeo y los mencionados de las Indias.
Por último, en Nueva España, los de la provincia de Chiapas, conocían las tres personas de la Santísima Trinidad y denominaban al Padre Hicona, palabra griega que quiere decir Imagen. En algunas provincias llamaban a Dios Theos, debiéndose advertir que muchos vocablos de la lengua mejicana se componen del dicho nombre, como Theotopile, alguacil de Dios; Theuxiuitl, fiesta de Dios, etc.[115].
[115] Véase ob. cit., libro IV, cap. XXI, págs. 189-192.
¿Proceden los indios de los fenicios? Refiere Aristóteles en un libro que escribió De las cosas maravillosas existentes en la naturaleza, que unos fenicios habitantes de Cádiz navegaron cuatro días hacia el Occidente, con el viento appelliotes (solano o levante), llegando a unos lugares incultos, ya descubiertos o ya cubiertos por el mar. Cuando el mar los dejaba en seco se veían muchos atunes de mayor tamaño que los que se encuentran en nuestros mares. Los fenicios, después de salar los atunes, los trajeron para venderlos. Como estos peces se hallan a la sazón en la isla de Madera, y también en la llamada Fayal o de la Nueva Flandia, que es una de las Azores. En la noticia dada por el filósofo griego se han fundado algunos escritores, entre ellos Vanegas, para sostener que los americanos eran originarios de los fenicios. Es de creer que los fenicios, luego que descubrieron la citada Fayal, continuarían navegando hacia las demás de las Azores; no se olvide que desde la primera, pues tan corta es la distancia, se ven las últimas. Además, la curiosidad, tan natural en el hombre, les haría llegar a las islas llamadas de Barlovento, y acaso a la Tierra Firme. Sirven de fundamento a algunos escritores para sostener la citada tesis las inscripciones fenicias--pues la invención de las letras fué posterior--descubiertas en Guatemala, Venezuela y Brasil. Igualmente se cita a este propósito que el fenicio Melkart y el Inca Manco-Capac fundaron muchas ciudades y dieron a sus respectivos pueblos la unidad política de que antes carecían. Unos y otros, fenicios e indios, hacían dioses a los héroes de sus respectivos pueblos. También ambos pueblos se entregaron y dieron crédito a agüeros, supersticiones y hechicerías.
Han dicho otros escritores que los indios proceden de los cartagineses. Los cartagineses, aprovechando las noticias que recibieron de sus progenitores los fenicios, emigraron a América. Varias son las analogías que hay entre cartagineses y americanos: ambos usaban geroglíficos en lugar de letras, empleaban el mismo sistema en sus construcciones, se horadaban las orejas, tenían el mismo vicio de la bebida, eran iguales las prácticas antes de hacer la guerra y adoraban al Sol y a la Luna, ofreciéndoles análogos sacrificios[116]. Moraes y Bocharto suponen que llegaron primero al Brasil, en tanto que el maestro Vanegas afirma que fueron a la Isla Española, marchando después a la de Cuba y a las demás islas de aquellos lugares, y de allí hasta la Tierra Firme (Nombre de Dios, Panamá, Nueva España y Perú) y finalmente hasta la parte de Oriente, donde están las islas de Java Mayor y Menor[117].
[116] Juan de Torquemada, Monarquía Indiana, tomo I, libro 1, cap. X.
[117] Fr. Gregorio García, ob. cit., libro II, cap. I, pág. 42.
Refiere el historiador chino Li-yu-tcheu--y la noticia la reputamos sólo como probable--que en el año 458 de nuestra Era, cinco religiosos budhistas salieron de Samarkanda con la idea de difundir la doctrina de Budha o Sakya-muni, la cual llevaron hasta el país de Fu-sang. Hánse suscitado cuestiones acerca de si Fu-sang es tierra americana; los que tal afirman no carecen de algún fundamento.
Léese en la Sagrada Escritura que Salomón recibió de Hirán, Rey de Tiro, pilotos y maestros muy diestros en la mar, y que con ellos y sus criados envió la flota, que había hecho en Asiongaber, a Ophir. Según el historiador Josefo, Ophir era cierta región que en su tiempo se llamaba Terra Aurea, palabras que traducidas al romance quieren decir Tierra del Oro. ¿Qué se entendía por Ophir? Según la interpretación de Vatablo, la Isla Española, y según Genebrardo y Arias Montano, con otros autores, el Perú[118]. En el Paralipomenon se dice que Salomón cubrió el templo con láminas de oro muy fino, Aurum Paruaim, oro del Perú. Téngase en cuenta que la terminación aim es número dual en la gramática hebrea, y conviene a las dos regiones Perú y Nueva España; de modo que sería oro procedente de las citadas ambas regiones[119]. Todo lo cual no tiene valor alguno, hallándose fuera de duda--como mostraron varios escritores, entre ellos, el P. Acosta--que Ophir se refería a las Indias Orientales.
[118] Véase Fr. Gregorio García, Origen de los indios del Nuevo Mundo, libro I, cap. II, párrafo III, págs. 15-17.--Madrid, 1729.
[119] Véase Fr. Gregorio García, ob. cit., lib. IV, párrafo III, pág. 140.
Y en este lugar cabe preguntar: ¿Proceden los indios de las diez tribus israelitas que Salmanasar IV (Sargoún), rey de Asiria, llevó cautivas a Nínive con su rey Oseas? Consideremos ante todo las semejanzas que hay entre hebreos é indios. En el libro cuarto de Esdras se lee lo siguiente[120]: «Y porque la viste que recogía así otra muchedumbre pacífica, sabrás, que estas son las diez tribus que fueron llevadas en cautiverio, en tiempo del rey Oseas, al cual llevó cautivo Salmanasar, rey de los asirios, y a estos los pasó a la otra parte del río, y fueron trasladados a otra tierra. Ellos tuvieron entre sí acuerdo y determinación de dejar la multitud de los gentiles, y de pasarse a otra región más apartada, donde nunca habitó el género humano, para guardar siquiera allí su ley, la cual no habían guardado en su tierra. Entraron, pues, por unas entradas angostas del río Eufrates, porque hizo el Altísimo entonces con ellos sus maravillas, y detuvo las corrientes del río hasta que pasasen, porque por aquella región era el camino muy largo de año y medio, y llámase aquella región Arsareth. Entonces habitaron allí hasta el último tiempo; y ahora, cuando comenzaren a venir, tornará el Altísimo a detener las corrientes del río para que puedan pasar. Por esto viste aquella muchedumbre con paz.» Del anterior texto sacan algunos autores que las diez tribus fueron a Nueva España y al Perú, extendiéndose luego por los lugares comarcanos, lo mismo por Tierra Firme que por las islas, donde hasta entonces no había habitado el género humano. El Padre Gregorio García, después de preguntar cómo podrían aquellas tribus llegar a las Indias Occidentales, teniendo que pasar tanta inmensidad de agua y tanta infinidad de tierra, contesta diciendo que pudieron ir poco a poco por tierra a la gran Tartaria y luego a Mongul, en seguida pasar el Estrecho «e ir al reino de Aunian, que es ya tierra firme de Nueva España, aunque desierta, y parte de ella muy frígida, porque está en 75 grados de latitud al Norte. Desde este reino se pudieron venir hacia el de Quivira y poblar la Nueva España, Panamá y las demás provincias y reinos de las Indias Occidentales.» Cree Genebrardo que tal vez pasaran al Nuevo Mundo por otros caminos semejantes al anterior, opinión robustecida por la muy respetable y autorizada del P. Maluenda. Acaso emprenderían otro camino las diez tribus y fué ir a la China, pasando por mar a la tierra de Nueva España, cuya navegación no es muy larga. Pudiera objetarse que cualquiera de los caminos que siguiesen las diez tribus, tuvieron que recorrer mucha tierra, siendo de extrañar que no hiciesen asiento en viaje tan largo o fueran muertos por gentes de diferentes leyes, usos y costumbres.
[120] Debe advertirse que hay cuatro libros con el nombre de Esdras; pero los dos últimos se consideran como apócrifos o no son reconocidos por canónicos en la Iglesia Latina.
Surge otra dificultad que consiste en que la Glosa Ordinaria y algunos Doctores dicen terminantemente que las diez tribus trasladadas a la Media perseveraron siempre allí y perseveran hoy día. A esto se contestará que probado se halla por la misma Escritura que los sacerdotes y levitas que había en las diez tribus, dejando a Jeroboán, se pasaron a la tribu de Judá. Entre otras autoridades que se hallan conformes con lo anteriormente expuesto, citaremos la del Tostado, quien afirma que no todos los israelitas de las diez tribus fueron trasladados a Asiria, sino que algunos marcharon a la tierra de Judá, en particular de las tribus de Efrain, Manasés, Zabulón y Neftalín. De modo que gente de las diez tribus, no las diez tribus, pudieron salir de la Media y marchar a un país donde nunca habitó el género humano. Además, téngase presente que muchos años antes había dicho Dios al pueblo israelita las palabras que copiamos: Derramarte ha el Señor por todos los pueblos desde el principio de la tierra hasta sus términos y fines, dándose a entender con ello que no sólo habían de dirigirse al Asia, al Africa y a Europa, sino también a las Indias. La profecía no deja rincón del Mundo Viejo y Nuevo que no comprenda. Respecto a la semejanza de los hebreos con los indios, consignaremos que los dos pueblos son tímidos, medrosos, ceremoniáticos, agudos, mentirosos e inclinados a la idolatría. Pruébase todo ello con ejemplos sacados de la Sagrada Escritura. De igual manera se parecen los judíos y los indios en muchas de sus costumbres, como también en sus leyes, ritos y ceremonias. Por último, guardaban los indios las leyes del Decálogo, habiendo no pocas analogías entre la lengua de los hebreos y la de los mejicanos y peruanos[121].
[121] Véase Fr. Gregorio García, ob. cit., libro III, págs. 80-128.
Antes que dar por terminado asunto de tanto valor histórico, no huelga exponer o relatar otras opiniones acerca de los orígenes de los indios. Tal vez carecen de fundamento alguno, tal vez no tienen valor científico; pero no deben ser relegadas al olvido o desconocidas.
La primera de dichas opiniones se refiere a si los romanos pueden ser progenitores de los americanos, y los argumentos empleados para confirmarla son los siguientes: Es tanta la semejanza entre el quechua y el latín, que uno de los primeros obispos de la Orden de los predicadores que vino al Perú, pudo componer una gramática quechua, valiéndose de las raíces de la lengua del Lacio. Indios y antiguos romanos tenían la costumbre de teñirse el rostro con bermellón. También son pruebas de alguna importancia la existencia de los hechiceros, de los sacrificios, de las casas religiosas de doncellas, etc. «No pasaré en silencio--dice Marineo Sículo--en este lugar una cosa, que es muy memorable y digna de que se sepa, mayormente por haber sido, según pienso, pasada por alto de otros que han escrito. En cierta parte, que se dice ser de la Tierra Firme de América, de do era obispo Fr. Juan Quevedo, de la Orden de San Francisco, hallaron unos hombres mineros, estando cavando y desmontando una mina de oro, una moneda con la imagen y nombre de César Augusto; la cual, habiendo venido a manos de D. Juan Rufo, arzobispo Consentino, fué enviada, como cosa admirable, al Sumo Pontífice. Cosa es ésta que quitó la gloria y honra a los que navegan en nuestro tiempo, los cuales se gloriaban haber ido al Nuevo Mundo primero que otros, pues con el argumento de esta moneda parece claro que fueron a las Indias mucho tiempo ha los romanos»[122]. Dicen, por último, algunos escritores que debieron ser romanos los que aportaron a Chile, por cuanto se han hallado en la imperial ciudad del reino citado, águilas con dos cabezas, águilas que fueron siempre insignias de los ejércitos del Lacio.
[122] Rex. Hispan., lib. 19. cap. 16--Fr. Gregorio García, ob. cit., lib. IV, cap. XIX, pág. 174.
Asegura Hugo Grocio en sus Disertaciones del origen de los Indios, que éstos descienden de los etiopes cristianos. En algún viaje por la mar, dejándose gobernar por la furia de los vientos, llegaron casualmente a Yucatán. Acompañaban sus mujeres a los etiopes, como era costumbre entre aquellas gentes, no siendo tampoco de extrañar que llevasen abundantes víveres, temiendo sucesos desagradables, tan frecuentes en los viajes marítimos. Si las costumbres de los indios del Yucatán eran iguales o parecidas a las de los etiopes cristianos, como escribe Grocio, o eran diferentes y aun opuestas, como dice Laet, la cuestión se halla sin resolver.
Dícese también que los troyanos, más ilustres por su ruina que por la majestad de su imperio, pasaron a las Indias. Del P. Simón de Vasconcelos son las siguientes palabras: «Otros dijeron que estos primeros pobladores (de las Indias) fueron de nación troyanos y compañeros de Eneas, porque después de desbaratados éstos por los griegos en la famosa destrucción de Troya, se dividieron entre sí, buscando nuevas tierras en que habitasen, como hombres avergonzados del mundo y del suceso de las armas, algunos de los cuales dicen se engolfaron en el largo Océano y pasaron a las partes de América.» Y prosigue: «Que según esta opinión, los moradores de esta tierra pasaron a ella por los años de 2806 de la Creación, 1156 antes del nacimiento de Christo S.N.»[123].
[123] Fr. Gregorio García, lib. IV. párrafo VIII, págs. 263-265.
Los scythas, pueblos situados entre el Don y el Danubio, o sus descendientes, pasaron a las Indias Occidentales, si damos crédito a algunos escritores. Sostiene el P. Fr. Gregorio García que las costumbres de los indios, cotejadas con las de los tártaros y otras naciones scythicas, parecen las mismas, y aun las desemejantes, si se estudian con detenimiento, se ve que son hijas de las que usaron primeramente. El citado historiador refiere que los sacerdotes egipcios tenían cierto parecido a los de los tártaros y turcos, añadiendo lo que sigue: «Y últimamente, las ceremonias de Christianos, que se hallaron desfiguradas entre los Indios, no es difícil las llevasen los Tártaros, si, como se ha dicho, predicó en Tartaria Santo Tomás, antes que el malvado Mahoma compusiese de retazos del Judaísmo y Nestorianismo, su Alcorán; pues se ha de entender que los Tártaros y Scythas pasaron antes que infamase el género humano Mahoma; porque si no fuera así, se conservara entre los Indios la abominable memoria de su secta, la cual ignoraron los indios, aunque en el Río de la Plata hay unos que, por dichas causas, tuvieron su nombre, de que hace mención Barco: Mahomas, Epuaes y Galchines, etc.[124]. Es de notar que los tártaros e indios sacrificaban hombres para celebrar sus victorias; que los scythas e indios se sangraban de las orejas, y tanto los primeros como los segundos fueron hechiceros; que los hunos eran inconstantes, infieles, vengativos, furiosos y ligeros, igualmente que los indios; que los lapones creían en sueños y se caracterizaban por su melancolía, lo mismo que los indios; que los tártaros comenzaban el año en febrero y contaban por lunas, igualmente que los de Nueva España y otros; que los tibarenos y los cinguis, que habitaban lo último de Tartaria, se metían en la cama cuando parían sus mujeres, como se cuenta de los caribes, de los brasileños y de otros pueblos de las Indias; que la medicina entre los scythas y tártaros apenas se diferenciaba de la de los indios; que los turcos y tártaros mataban a los malhechores en un palo, lo mismo que los indígenas de la Española y de la Florida. Prescindiendo de otras semejanzas menos importantes, recordaremos que los entierros entre los scythas o entre los mejicanos y peruanos tenían mucho parecido, y las sepulturas del Chim de los tártaros y las del Inca estaban formadas de la misma manera. Hugo Grocio tiene como cosa cierta que ni los hunos, tártaros, turcos, ni otros scythas pudieron pasar a las Indias, porque no hay noticia de que tuviesen navíos, ni de que navegasen en la antigüedad por el Ponto Euxino, Mar Caspio ni por la laguna Meotis. Niega, del mismo modo, que las trazas y costumbres de los indios correspondiesen a las de los scythas, hunos y demás naciones referidas...[125]. No tienen, pues, el mismo origen. Dado que tuviesen algunas semejanzas, dice, nada importa, porque en todas las naciones bárbaras e idólatras se manifiestan ciertas cualidades comunes.
[124] Fr. Gregorio García, lib. IV, párrafo XII, págs. 300 y 301.
[125] Ibidem, libro IV, párrafo XIII. págs. 303 y 304.
El padre Fr. Gregorio García, tantas veces citado en esta obra, creyó resolver cuestión tan complicada, diciendo que los indios que hay en las Indias Occidentales y Nuevo Mundo no proceden de la misma nación y gente, ni los del Viejo Mundo fueron de una sola vez, ni los primeros pobladores caminaron o navegaron por el mismo camino y viaje, ni en un mismo tiempo, ni de una misma manera, sino que realmente proceden de diversas naciones, viniendo unos por mar y arrojados por las tormentas, otros navegando tranquilamente y buscando aquellas tierras de que tenían alguna noticia. Unos caminaron por tierra, otros compelidos por el hambre o huyendo de enemigos circunvecinos.
Acerca de la procedencia de la gente que llegó al Nuevo Mundo, unos son originarios de los cartagineses; otros de las diez tribus israelitas, que fueron llevadas cautivas a Nínive; algunos de la gente que pobló o mandó poblar Ophir (hijo de Iectan y nieto de Heber) en México y Perú; no pocos de los que vivieron en la isla Atlántida, y los habitantes de las islas de Barlovento, proceden de España, pasando antes por la citada Atlántida. No faltan autores que les consideren originarios de los fenicios o de los griegos o de los romanos. Tampoco dejaremos de nombrar a los que sostienen, con mayor o menor fundamento, que proceden de religiosos budhistas, de chinos, de tártaros o de otros pueblos. En una palabra, la raza indígena de América es resultado de la unión de todos los elementos étnicos dichos, pudiéndose citar, entre otras razones, la diversidad de lenguas, de leyes, de ceremonias, de ritos, de costumbres y de trajes, ya de cartagineses, hebreos, atlánticos, españoles, fenicios, griegos, romanos, indios, chinos y tártaros.
En aquellos remotos tiempos debió suceder lo que al presente acontece en nuestras Indias, donde hay españoles (castellanos, gallegos, vizcaínos, catalanes, valencianos, etc.), portugueses, franceses, italianos, ingleses y griegos, judíos y moriscos, gitanos y negros; todos los cuales, viviendo en unas mismas provincias, naturalmente se han de mezclar mediante casamientos, o mediante ilícita conjunción o cópula[126].
[126] Véase Origen de los indios del Nuevo Mundo, lib. IV, cap XXV, págs. 314-316.
Merecen atención profunda los estudios que ha hecho el Dr. Pablo Patrón. Sostiene con razones de algún peso que los americanos proceden de la Mesopotamia y que la lengua súmera tiene raíces que explican el origen y significado de muchas voces de los varios idiomas que se hablan en las dos Américas.
De una de las obras del insigne alemán barón de Humboldt copiamos el siguiente e importante párrafo: «La comunicación entre los dos mundos se manifiesta de una manera indudable en las cosmogonías, los monumentos, los geroglíficos y las instituciones de los pueblos de América y del Asia... Algunos sabios han creído reconocer en estos extraños civilizadores de la América a náufragos europeos o descendientes de los escandinavos, que después del siglo XI visitaron la Groenlandia, Tierra Nova y puede ser que hasta la misma Nueva Escocia; pero poco a poco que se reflexione sobre la época de las primeras emigraciones toltecas, sobre las instituciones monásticas, los símbolos del culto, el Calendario y la forma de los monumentos de Cholula, Sogamoso y del Cuzco, se comprenderá que no es del Norte de la Europa de donde Quetzalcoatl, Bochica y Manco-Capac han tomado sus Códigos y sus leyes. Todo nos hace mirar hacia el Asia Oriental, hacia los pueblos que han estado en contacto con los thibetanos, los tártaros, schamanitas y los ainos barbudos de las islas de Jesso y de Sachalín»[127].
[127] Vistas de las cordilleras y de los monumentos indígenas de América, tomo I.
Con razones más o menos poderosas, no pocos autores escriben que otros pueblos, además de los citados, pasaron a las Indias y se establecieron en aquel país.
Después de ocuparse D. Juan Facundo Riaño de las semejanzas artísticas entre el Nuevo y Viejo Continente, añade lo que a continuación copiamos: «Demuestran fácilmente las anteriores observaciones, que hubo en algún tiempo comunicación y relaciones entre la América y los antiguos pueblos del Mediterráneo y del Oriente; pero se aducen argumentos en contra que tienen importancia, hasta el punto de que hay alguno que no encuentro manera de rebatir, dado el estado rudimentario en que se encuentran todavía esta clase de estudios. Serán, si se quiere, cuestiones de menor transcendencia; pero el pro y el contra se debe estimar en toda discusión de buena fe; y así entiendo que merece consignarse el principal argumento en contrario, que es el siguiente: los americanos, a la llegada de los españoles, desconocían el uso del hierro, la escritura alfabética, los animales domésticos y los cereales; todo lo cual era perfectamente conocido de los pueblos que les comunican las formas arquitectónicas que dejo indicadas. ¿Cómo se justifica la deficiencia? Ya he significado que no encuentro hoy medio de hacerlo, aunque posible será que el día menos pensado se aclare la duda; mientras tanto, no pueden perder fuerza ninguna los argumentos favorables a la importación de formas monumentales en aquel país, porque se prueba con hechos tangibles, y porque el campo de los testimonios auténticos se ensancha al compás de los estudios»[128].
[128] Discurso pronunciado en el Ateneo de Madrid el 26 de mayo de 1891, págs. 14 y 15.
CAPÍTULO III
RELACIONES ENTRE AMÉRICA Y EUROPA DURANTE LA EDAD MEDIA.--LOS VASCOS ESPAÑOLES Y FRANCESES.--LOS INGLESES O IRLANDESES.--LA ISLANDIA.--ESCRITORES MODERNOS.--LOS SAGAS.--LAS CRÓNICAS.--EL IRLANDÉS GUNNBJORN.--ERICO EL ROJO EN GROENLANDIA.--BIARNE EN GROENLANDIA.--LEIF EN HELLULAND, MARKLAND Y VIRLAND.--THORWALL: SUS EXPEDICIONES; SU MUERTE.--EXPEDICIÓN DE THORSTEIN Y THORFINN.--THORFINNSBUDI.--LUCHA ENTRE GROENLANDESES Y ESQUIMALES.--¿ERAN LAS MISMAS REGIONES LAS VISITADAS POR LEIF Y THORFINN?--GUDRID EN ROMA.--EXPEDICIÓN DE FREYDISA EL 1011.--OTRAS EXPEDICIONES.--AUTENTICIDAD DE LOS SAGAS.--LA RELIGIÓN CATÓLICA EN EL NUEVO MUNDO.--LOS OBISPOS.--LOS DIEZMOS DE LOS COLONOS DE VINLANDIA.--LAS COLONIAS.--INTERRUPCIÓN DE LAS RELACIONES ENTRE NORMANDOS Y AMERICANOS: SUS CAUSAS.--CORRESPONDENCIA DE LUGARES ANTIGUOS CON LOS MODERNOS.--ESTATUA ERIGIDA EN BOSTON A LEIF.--TRABAJOS ARQUEOLÓGICOS.--CASAS DESCUBIERTAS EN CAMBRIDGE.--LEIF Y COLÓN, SEGÚN FASTENRATH.
Dáse en nuestros días como cosa cierta la comunicación de América con Europa durante los Tiempos Medios. Cuéntase que los vascos españoles y franceses, persiguiendo a la ballena en los mares del Norte, descubrieron las islas y costas de la América Septentrional. Creen Gaffarel y Marmette que la nomenclatura castellana de Labrador y Tierra de labor, patentiza su hallazgo por vascos españoles, y respecto a Terranova, muchos nombres geográficos de dicha isla acusan origen éuskaro. Rognouse se asemeja a Orrongne, villa situada cerca de San Juan de Luz; Cabo Raye, quizás proceda del vocablo arráico; Cabo Bretón, es el nombre de un pueblo inmediato a Bayona; la palabra Gratz (promontorio), se deriva de la voz Grata. Vlicillo, ophoportu, portuchna y otras revelan su origen vascongado. Las muchas denominaciones geográficas de procedencia vasca que se conservan en Terranova y en la región francesa del Canadá, algunos determinados rasgos de sus moradores, la circunstancia, por demás importante, del largo tiempo que en los citados países se habló la lengua vascongada, y cierta simpatía entre los colonos franceses de aquellas comarcas y los españoles, hacen sospechar, con fundamento, si pescadores vascos y franceses, allá en tiempos lejanos, visitaron y poblaron alguna parte de la América Septentrional[129].
[129] Véase Precedentes del descubrimiento de América en la Edad Media, por D. Manuel María del Valle, Conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid el 11 de marzo de 1891. págs. 72-76.
Los ingleses o los irlandeses, ¿poblaron las Indias del Norte? Dice Hornio que los ingleses, a causa de las guerras civiles en la Inglaterra Occidental, abandonaron el país (por el año 1170, o por el 1190), y llegaron al Canadá. En otra parte, el mismo Hornio refiere que los ingleses, cuando los sajones se apoderaron del territorio en que ellos vivían, pasaron a las Indias y las poblaron. También han presumido algunos autores que los indios descienden de irlandeses. Cotejando las lenguas y costumbres de algunos pueblos del Norte de América con las de los ingleses e irlandeses, se ha venido a deducir que las diferencias no son muchas ni importantes[130]. Fijándonos en los irlandeses, nada tendría de particular que fueran al Nuevo Mundo, no sólos, sino después de su estancia más o menos larga en Islandia, y formando parte de las expediciones de los irlandeses. Las islas británicas, y en particular Irlanda, la verde Erin, gozaron siempre fama de pueblos aventureros y marítimos. Las costas de Hvitramannaland, que algunos llaman Irland-it Mikla, fueron pobladas--según algunos autores--por irlandeses. Dicho lugar está colocado al poniente de Irlanda e Islandia, esto es, en dirección de América. Rafn, en sus Antiquitates americanæ, escribe: Hanc putant esse Hvitramannaland (Terra Hominum alborum) sive Irlandiam Magnam. Al paso que Rafn colocaba a Irland-it-Mikla en la parte meridional de los Estados Unidos, tal vez en la Florida, Beauvois declara, sin duda alguna con más acierto, que la verdadera posición de dicho país se halla mucho más al Norte, ya en la isla de Terranova, ya sobre la orilla de San Lorenzo.
[130] Véase Fr. Gregorio García, Origen de los indios, etc., libro 4.º, párrafo 6.º, págs. 260-262.
Comenzaremos haciendo notar, pues es asunto importante, que, ya monjes de la iglesia anglo-latina e hijos de San Patricio de Irlanda, ya religiosos de la iglesia cristiana fundada por San Colomba de Escocia, llegaron (siglos VII y VIII) a las islas bañadas por el Atlántico y conocidas con los nombres de Hébridas[131], Oreadas[132], Shetland[133], Feroe[134] e Islandia[135]. Todo esto debe ser cierto, por cuanto parece probado que los normandos, antes de colonizar a Islandia, vieron allí hombres que llamaban Papas, tal vez cristianos, los cuales vinieron por el mar de las comarcas de Occidente. Los citados normandos, al llegar a Islandia, encontraron libros irlandeses, campanas, cruces y otros muchos objetos, pudiendo deducirse que eran vestmannos, esto es, hombres occidentales[136].
[131] Archipiélago inglés al Oeste de Escocia.
[132] Archipiélago inglés al Norte de Escocia.
[133] Archipiélago inglés al Norte de Escocia.
[134] Archipiélago dinamarqués al Norte de Escocia.
[135] Isla dinamarquesa. La antigua Tule, según algunos autores, que se halla a los 13° y 50' de longitud, y 65° 4' de latitud.
[136] Antiquitates americanæ, pág. 202.
[Ilustración: La Islandia de Olaus Magnus (1539)]
Algunos autores, después de estudiar la proximidad de Islandia (grande isla dinamarquesa de Europa, en el Océano Glacial Ártico) con Groenlandia (vasta comarca insular al Norte de América), han creído que en los tiempos cuaternarios se comunicaban el Antiguo y el Nuevo Mundo, por la parte de Occidente. Nosotros tenemos como cosa probada, que Europa estuvo en relaciones con América durante el siglo X y comienzos del XI. Si el doctor D. Diego Andrés Rocha, oidor de la Real Audiencia de Lima, escribió, en el año 1681, curioso libro, afirmando que entre los nombres indígenas del Perú antiguo y los de varios pueblos de Europa, existían muchas y notables semejanzas, en nuestros días se han escrito obras de reconocido mérito que tratan de la misma materia. A Francia se debe la de Mr. Beauvois, intitulada Decouvertes de Scandinaves en Amérique du X^e au XIII^e siècle, 1859; la de Mr. Gravier, Decouverte de l'Amérique par les Normands au X^e siècle, 1874, y la de Mr. Gaffarel, profesor de la Facultad de Letras de Dijon, y cuyo título es Histoire de la decouverte de l'Amérique, depuis les origenes jusq'a la mort de Cristophe Colomb, 1892. Llaman la atención, entre los norteamericanos, Eben Norton Horsford, Discovery of América by Northmen, 1888, y The problem of the Northmen; B. F. de Costa, Decouverte de l'Amérique avant C. Colomb par les hommes du Nord, 1869, y The Icelandic Discoverers of América, 1888.
En la Edad Media--según unos escritores en el siglo XII y según otros en el XIII--se escribieron los Sagas[137], relaciones históricas y a veces legendarias de la antigua Escandinavia (hoy Dinamarca, Suecia y Noruega), que los poetas y cantores recitaban en las reuniones públicas y en el seno de las familias. Recordaremos que en la segunda mitad del siglo IX, cuando el terrible Haroldo Haarfager, después de vencer en la famosa batalla de Hafursfiord, reunió bajo su cetro la Noruega, muchos nobles y distinguidas familias se retiraron a Islandia (Isla del hielo), buscando una libertad que no encontraban en su desgraciado país. Organizóse en Islandia un gobierno republicano dotado de instituciones religiosas y políticas, análogas a las de la metrópoli. Respecto a la cultura no huelga decir que la lengua danesa alcanzó extraordinario desarrollo, la poesía se cultivó con entusiasmo, las letras y las artes llegaron a un verdadero estado de perfección. Adoptaron, como era natural, los mismos usos y costumbres que habían existido en su antigua patria antes de la tiránica dominación de Haroldo.
[137] El citado escritor Eben Norton Horsford, sostiene, en uno de los apéndices de su libro, que los Sagas fueron redactados entre 1387 y 1395.
Del mismo modo que los normandos visitaron a Islandia,--isla que, por su posición geográfica, es más americana que europea,--también, en pequeños barquichuelos, recorrieron las costas occidentales y meridionales de Europa, no sin decir orgullosos en sus cantos que el huracán estaba a su servicio y los arrojaría donde ellos quisiesen hacer rumbo.
Con la emigración de Noruega a Islandia aumentó en este último país la afición a las tradiciones maravillosas. Los islandeses, recorriendo anualmente las costas del Báltico y de Noruega, ora para recoger en su antigua patria una herencia, ora por gusto de visitar a sus parientes o amigos, renovaban la memoria de sus tradiciones. A su vez, el mercader noruego iba a Islandia a vender los productos de su suelo natal y a comprar las lanas y el pescado de los mares islandeses. Llegaba en el otoño y no se volvía hasta la nueva estación. Durante su estancia era acogido en una cabaña (bar) islandesa, y allí, durante las largas noches de invierno, refería sus viajes y peligros en los mares, y también las hazañas de los héroes noruegos. Por su parte, el islandés que salía de su patria, después de recorrer dilatados países, regresaba a su ahumada choza, donde, rodeado de sus compatriotas, contaba lo que había visto y admirado. También, cuando llegaba un barco, acudían todos, deseosos de saber noticias de Noruega, o de Dinamarca y Suecia. «De modo que las tradiciones de toda la Escandinavia se depositaban todos los años, como en un archivo de familia, revistiéndose de aquella vaguedad e idealismo que les comunicaba la distancia, y conservando, aun con mucha posterioridad, aquel carácter primitivo, que se hallaba alterado en el continente por el roce con los pueblos alemanes»[138].
[138] C. Cantú, Hist. universal, tomo III, pág. 451.
Dichas tradiciones dieron origen a otros sagas o canciones históricas, recogidas por cantores de país en país, ya en la choza del pescador y ya en la tienda del guerrero, ora en la casa del magnate y ora en el palacio del príncipe. Tales cantores, aunque no gozaron de la fama de los bardos[139], se les acogía, sin embargo, cariñosamente en todas partes. Los sagas, sencillos en la forma y en el fondo, transmitidos de padres a hijos o de vecino a vecino, son--según Torfeo--187. Pueden considerarse como el libro de las familias. El islandés, a la luz de la lámpara alimentada por la grasa de la ballena, y rodeado de su familia y criados, leía los Sagas, acompañando la lectura con explicaciones y comentarios. La joven lechera los leía durante el invierno en los establos, y cuando asomaba la primavera en las dehesas. Las paredes de las casas, las entalladuras en madera o en acero, y los bordados de los tapices, reproducían escenas de los Sagas[140]. Refiere Marmier, que hallándose estudiando en Reykiavit el Saga, de Nial, le sorprendió la hija de un pescador, la cual le dijo: «Ah, yo conozco ese libro que he leído muchas veces cuando era niña», y al punto dió noticia de los pasajes más bellos de la obra. Tiene razón Marmier al exclamar: «¿Sería posible encontrar una artesana de París que conociese, por ejemplo, la crónica de Saint Denis?» Prueba todo esto que los islandeses conservaron sus tradiciones y las transmitieron oralmente, hasta que las escribieron y emplearon con ellas los caracteres romanos.
[139] Eran los bardos poetas nacionales de raza céltica. Acompañándose con la lira, celebraban la gloria de los dioses y de los héroes en las fiestas religiosas, como también excitaban los guerreros al combate. Fueron los más famosos Fingal y su hijo Osián.
[140] El año 1261 Islandia volvió a unirse a Noruega. Entonces conocieron los islandeses la literatura alemana en tiempo del Grande Interregno (1250-1273) y de la primera, época de la Casa de Habsburgo.
Nosotros, después de haber leído los libros modernos que tratan del asunto, como también las crónicas de Adam de Bremen (1043-1072), Ari Thorgilson (m. 1148), el Ladnama y Nicolás de Thingeyre, somos de opinión que los normandos islandeses fueron los primeros europeos que visitaron la América.
Por el año 920, el islandés Gunnbjorn descubrió unas islas situadas entre Islandia y Groenlandia, las cuales tomaron el nombre de su descubridor y que desaparecieron en 1456 a causa de erupciones volcánicas. En el mapa de Ruysch (1508), se lee la siguiente leyenda: «Insula hec in anno Domini 1456 fuit totaliter combusta»[141]. Erico el Rojo, desterrado de Islandia por haber cometido un homicidio, se lanzó, por el año 985 o 986, a descubrir tierras, siguiendo los pasos de Gunnbjorn: logró percibir la costa oriental de Groenlandia en el grado 64 de latitud septentrional, continuó su viaje por el Sur, dobló el cabo que los antiguos islandeses denominaban Hvarf, y hoy llamamos Farewell, viniendo, por último, a fijar su residencia sobre la costa occidental, en el fiord[142] de Igaliskko, que denominó, para perpetuar el nombre de su persona, Eriksfiord. Allí comenzó la construción de vasto edificio, adosado a una roca, y que llamó Brattahlida. Volvió Erico el Rojo a Islandia con objeto de estimular a sus compatriotas que le siguiesen hacia el país que él denominaba Tierra Verde, que no otra cosa significa Groenlandia[143]. En el mismo año que Erico regresaba a Brattahlida, 35 navíos islandeses se dirigían a Groenlandia, llegando a su destino sólo 14, pues los restantes se habían perdido a causa de las tempestades y borrascas del Océano. Con los islandeses que lograron salvarse fundó Erico una colonia, la cual, dos siglos después, contaba con 8.400 individuos, y según otros, con 10.000, distribuídos en 280 establecimientos.
[141] Véase Nordenskiol, Facsimile-Atlas, tom. XXXII.
[142] Fiord, quiere decir sitio o paraje.
[143] En nuestros tiempos, el marino Davis le dió el nombre de Tierra de desolación.
Por el año 986--cuentan los Sagas del Códice Flateyense el intrépido joven Biarne, hijo de Heriulf, salió de Noruega en busca de su padre, que moraba en Islandia. Cuando al llegar a Islandia recibió la noticia de que su padre había marchado con Erik hacia las regiones occidentales, sin descargar la nave, emprendió el mismo camino, encontrando al poco tiempo una tierra donde se levantaban pequeñas colinas y se hallaban bastantes selvas. A las veinticuatro horas de navegación divisó una llanura poblada de árboles, pasados tres días pudo distinguir una isla cubierta de nieve y grandes masas de hielo, y, últimamente, a los cuatro días, tuvo la dicha de llegar a Groenlandia, siendo recibido con grandes muestras de cariño por su padre y por Erik.
Regresó Biarne a Noruega, y si damos crédito a modernos escritores, especialmente a Yeclercq, las comarcas recorridas por el famoso marino debieron ser las de Nantuket, Nueva Escocia y Terranova. Gravier afirma que fueron las cuatro comarcas de Nueva Inglaterra, Nueva Escocia, Terranova y golfo de Maine; y Geffroy, no sólo declara que llegó a las costas de América, sino que descubrió el río San Lorenzo. Parece verosímil que el continente encontrado por Biarne y sus compañeros fuese, ya las costas del Labrador, ya las de los modernos Estados Unidos, y por lo que respecta a la isla, podría corresponder, según la autorizada opinión de Gaffarel, a Terranova o a cualquiera de las situadas en los Estrechos de Davis y de Hudson. Dedúcese todo esto por el probable derrotero del viaje, y también por la posición y caracteres de las tierras indicadas[144]. Llegase o no Biarne a las costas americanas o del Nuevo Mundo, su nombre figurará siempre entre los intrépidos navegantes.
[144] Véase Valle, ob. cit. págs. 33 y 34.
El nunca bastante alabado Leif Erikson, hijo de Erico el Rojo y que vivió en la corte de Olaf u Olaw I de Noruega (996-1000) fué el continuador de la obra de Biarne. Cuando la mayor parte de las naciones o pueblos de Europa se hallaban sobrecogidos de espanto y de terror porque se aproximaba el año 1000, tristísimo año 1000, que llevaba consigo el fin o acabamiento del mundo y, por consiguiente, la muerte de la humanidad; cuando el rey Olaf, recién convertido al cristianismo, hacía difundir su religión por todos sus Estados, el marino Leif acometió la empresa desde las regiones más septentrionales de Europa, de buscar, surcando el Atlántico, los países que sus predecesores Gunnbiorn, Erico el Rojo y Biarne habían descubierto, pero no explorado. Leif, en un barco que compró y seguido de 35 hombres, se lanzó al Océano, y después de grandes trabajos, llegó a una región llana, pedregosa, desolada y cubierta en muchas partes por montañas de nieve, a las cuales dió el nombre de Helluland (Tierra pedregosa) y habiendo encontrado luego inmensas y dilatadas selvas, llamó aquella tierra Markland (Tierra de los bosques). A los dos días de navegación llegaron los normandos a una isla, separada del continente por peligroso estrecho. Descubríanse en la parte continental corrientes aguas, saliendo de tranquilo lago. Decididos a permanecer en aquellos lugares durante el invierno, levantaron barracas de madera, a las que dieron el nombre de Leifsbudir (Casas de Leif). El clima era dulce, la tierra se hallaba alfombrada de hierba, y en el río y el lago abundaban salmones. Cuando terminaron los modestos trabajos de edificación, los inmigrantes se dedicaron a reconocer el país, con cuyo objeto salían en grupos, no sin que el jefe les ordenara la vuelta al acercarse la noche. Tardó un día más de lo justo uno de los expedicionarios, alemán de origen, llamado Tyrker, amigo desde la niñez de Leif. Como el citado jefe reprendiese su tardanza, contestó Tyrker lo que sigue: «No me fuí tan lejos como suponéis; en cambio os traigo algo nuevo, porque he encontrado viñas cargadas de uvas.» Por esta razón Leif puso al país el nombre de Vinland (Tierra del vino). Llegada la primavera, Leif determinó regresar a su patria, cargando la nave de pieles, maderas y uvas. Todos sus compatriotas alababan el valor y la fortuna de Leif[145].
[145] De La Tribuna, periódico de Madrid del 24 de Octubre de 1912, copiamos lo siguiente:
«Un sabio americano, en el «American Museum of Natural History», trae una gran cantidad de datos acerca de una tribu de raza blanca que vive hace siglos en la isla Victoria, separada del resto del mundo. Estos blancos son cerca de 2.000 y los descendientes de una expedición mandada por Leif Erickson. Con motivo de su existencia, se trata ampliamente en dicho artículo de la cuestión precolombiana, y se afirma que América fué descubierta por los noruegos y escandinavos en el siglo X, es decir, cerca de cinco siglos antes que Colón condujese sus naves a aquellas tierras. La ciencia está conforme en que los escandinavos y noruegos la habían descubierto; pero también lo está en que no sabían de qué se trataba, y que estos pensaban, como pensó Colón, que eran las costas de Asia.
[Ilustración:
FOTOTIPIA LACOSTE--MADRID.
LEIF ERIKSON.]
Cuando corría el año de 1002, Thorwald, otro de los hijos de Erico, aceptando los consejos de su valeroso hermano Leif, acompañado de 30 hombres, se lanzó a la mar y llegó a las barracas de Leifsbudir, donde pasó el invierno. Durante la primavera se dedicó a recorrer la parte meridional de Vislandia, encontrando pequeñas y pintorescas islas, siendo la mayor de todas la que a la sazón llamamos Longisland. Durante el otoño regresaron a Leifsbudir. En el verano siguiente Thorwald y algunos de los suyos emprendieron la exploración de las costas septentrionales. En la costa y sobre la arena hallaron tres canoas de mimbres y en cada una de ellas tres hombres, los cuales ocho perecieron a manos de los normandos, logrando sólo escapar uno. Irritados los esquimales con semejante crueldad, cayeron sobre Thorwald y los suyos, teniendo el jefe de los normandos la desgracia de morir de un flechazo, habiendo antes encargado a sus compañeros que le enterrasen en aquel sitio y pusiesen dos cruces sobre su tumba; en lo futuro el cabo se llamaría Krossanes (Promontorio de las cruces). Thorwald fué el primer europeo que murió a manos de los americanos.
Los compañeros de Thorwald, temiendo mayores venganzas de los esquimales, y habiendo cumplido las órdenes que les había dado el difunto jefe, abandonaron, en el año 1005, aquellos lugares, y, cargando el barco de productos del país, volvieron a la patria, donde contaron los sucesos que les habían ocurrido, y muy especialmente la muerte del valeroso caudillo.
Poco después un hermano de Thorwald, llamado Thorstein, acompañado de su mujer, la inteligente Gudrid, y de 25 marinos, organizó la tercera expedición, que fué más desgraciada que las anteriores. Contrarios vientos les desviaron de su camino, y hasta la entrada del invierno no pudieron arribar a Lysufiord, donde los recibió con generosa hospitalidad un cierto Svart, en cuya casa cayó enfermo y murió Thorstein, siendo sus cenizas trasladadas en el buque por la viuda y Svart hasta Eriksfiord: allí tuvieron cristiana sepultura.
Por entonces (1002) llegó a Groenlandia rico noruego, descendiente de reyes, que se llamaba Thorfinn o Karlsefn--pues con ambos nombres se le conoce--el cual, con beneplácito de Leif, se hospedó en Brattahlida, y por cierto, que habiéndose enamorado de Gudrid, contrajo con ella matrimonio. Thorfinn hizo armar una flotilla de tres naves, dotadas de 160 individuos, algunos de ellos mujeres, varios animales domésticos y abundantes provisiones. En la primavera del año 1007 partieron de Eriksfiord, y, ayudados por favorables vientos, lograron divisar a las veinticuatro horas de navegación los picos de Helluland, llegando a Markland, país de exuberante vegetación; recorrieron en vano varios sitios buscando la tumba de Thorwald, pasaron el cabo Kialarnés, encontrando luego dilatada extensión de dunas, vastos desiertos y estrechas riberas, a cuyas playas llamaron Jurdustrandir (Playas maravillosas)[146]. Luego que Thorfinn tuvo la satisfacción de que dos de sus compañeros que habían salido a recorrer las costas volviesen con grandes racimos de uvas y espigas de trigo silvestre, penetró en una bahía grande y en seguida en una isla abundante de plumas y huevos de eiders (ánades), que llamó Straumey (Isla de las corrientes). En la citada bahía, que denominaron Staumfiord (Bahía de las corrientes), fundaron una colonia. Cuando llegó la primavera se dedicaron a cultivar los campos, a la pesca y muy especialmente a la construcción de barracas que les sirvieran de alojamiento.
[146] Tal vez dieron dicho nombre por la frecuencia con que allí se observa el fenómeno del espejismo.
[Ilustración: Tipo esquimal (Estrecho de Behring).]
Grave contrariedad fué que les sorprendiese el invierno desprovistos de caza y de pesca; pero la dificultad mayor consistió en el disentimiento y enemiga entre el marino Thorhall, piloto de una de las embarcaciones, y Thorfinn. Cada uno tomó diferente camino. Thorhall, deseando volver a su patria, tomó rumbo hacia Europa, arribando a las costas de Irlanda, donde--según dicen--murió en esclavitud. Thorfinn continuó sus exploraciones, en busca siempre de Leifsbudir, llegando, no sin muchos trabajos y estableciéndose enfrente de la colonia de Leif, con cuyo objeto levantaron diferentes casas, que por el nombre de su fundador recibieron el de Thorfinnsbudir.
A los quince días de establecerse en aquel país, apareció la bahía cubierta de botes tripulados por esquimales. Dichos esquimales bajaron a la costa y luego que contemplaron a los hombres blancos, se retiraron. Volvieron en la primavera de 1008 y eran tantos los que tripulaban las muchas canoas, que la bahía parecía hallarse cubierta de carbón. Groenlandeses y esquimales entablaron relaciones de comercio; los primeros dieron a los segundos vistosas telas encarnadas y vasos de leche, en cambio de pieles, cestas de mimbre y otras cosas. Pronto--por causas que desconocemos--la guerra sucedió a la paz. Ya Thorfinn había tenido un hijo de Gudrid y ya los normandos vivían tranquilos en sus posesiones de Vinlandia. Entonces, los skrelings, se lanzaron a la lucha, y aunque al principio lograron algunas ventajas, fueron al fin vencidos y se retiraron de Vinlandia.
Enojosa iba siendo a Thorfinn y los suyos la estancia en Vinlandia. El deseo de volver a la patria, las cuestiones surgidas entre los mismos normandos y la oposición de los naturales del país, obligaron a Thorfinn a dar la vuelta a Groenlandia, no sin que en la travesía explorase nuevos países y cogiera dos muchachos al pasar por las costas de Markland. Dijeron los jóvenes skrelings, que más allá del sitio en que fueron cogidos, había un país habitado por hombres que vestían túnicas blancas y acostumbraban llevar pedazos de tela fijos en largas varas. Estos pedazos de tela, según algunos críticos, eran estandartes o banderas. Se sospecha con algún fundamento que tales noticias debían referirse al territorio del Hvitramannaland.
En este estado nuestra narración, antes de pasar adelante, preguntamos: pero, las regiones visitadas por los ilustres viajeros Leif y Thorfinn, ¿eran las mismas? Dúdanlo con más o menos razones algunos escritores. Recordaremos, a este propósito, que el francés Nicolás Denys, lugarteniente por Inglaterra de Nueva Escocia a mediados de la centuria XVII, dió exacta noticia de la riqueza forestal del país, añadiendo que las uvas eran tan grandes como nueces moscadas y algo ácidas, porque crecían silvestres. Opinaba que si se tuviese más cuidado en la elaboración del vino, éste sería de mejor calidad o de mayor gusto. De la misma manera el trigo nacía espontáneamente en la parte sur de Escocia y también era susceptible de mejoramiento.
No tenemos duda en que lo mismo Leif que Thorfinn encontraron uvas en aquellas lejanas tierras; pero el trigo silvestre, que el segundo de aquellos navegantes halló, no debió ser tal trigo, sino arroz indiano (Tizania aquatica), producto mencionado por los viajeros que se ocupan de las plantas de la tierra de la Nueva Escocia. También puede afirmarse que Leif no vió indígenas, y Thorfinn tuvo que luchar con los skrelings, que, como antes se dijo, pertenecían al grupo esquimal.
Conviene no olvidar que de las tres naves que en 1007 hizo armar Thorffinn, y que salieron de Eriksfiord, pronto quedaron dos: una de ellas, bajo el mando de Biarne, hubo de naufragar, logrando salvarse pequeña parte de la tripulación en las costas de Irlanda[147]. En la otra nave, después de tantos trabajos, Thorffinn y su familia pudieron arribar a Groenlandia en el año 1011, trasladándose al poco tiempo a su patria, «llevando consigo tan considerable número de objetos, traídos de Vinlandia, que, según creencia de aquellos tiempos, jamás apareció en las costas escandinavas embarcación mejor provista y cargada»[148].
[147] Biarne sacrificó su vida por salvar la de sus compañeros.
[148] Valle, Discurso leído en el Ateneo de Madrid el 11 de Marzo de 1891, págs. 43 y 44.
La noble Gudrid, al contraer matrimonio su hijo Snorre, matrimonio que le llenó de alegría, salió de Islandia y se dirigió a Roma, donde seguramente hubo de dar noticia de los descubrimientos de los normandos en las regiones ultraoceánicas. La corte Pontificia oyó con interés las curiosas e importantes narraciones de Gudrid, tal vez para aprovecharse de ellas tiempo adelante. Al regresar a Islandia la buena viuda de Thorffinn, formó el propósito de consagrar a la religión los últimos días de su vida, retirándose con este objeto a un monasterio que su hijo Snorre había hecho construir.
En el año de 1011, la célebre Freydisa, hermana de Leif, deseosa de riqueza más que de gloria, después de convencer a su débil marido Thorvard, organizó una expedición, saliendo de Groenlandia con una nave de su propiedad y las de dos ricos islandeses, en busca de las tierras que se proponían visitar. Desdichada fué la expedición, como lo fueron otras de europeos hacia las playas americanas, llamando la atención el silencio que guardan de ellas los Sagas islandeses. Probado se halla que un tal Hervador, a mediados del siglo XI, salió de Vinlandia para trasladarse a las tierras de Hvitramannaland, «y queriendo--como escribe Valle--invernar en ellas, remontó un río, deteniéndose luego al pie de espumosas cascadas, que denominó Hridsoerk; paraje que, según algunos, permite asegurar que los normandos prolongaron sus exploraciones bastante al Sur de la América Septentrional, hasta descubrir la bahía de Chesapeake, los ríos que allí desembocan y los naturales despeñaderos de aguas que se observan en Potomac, por encima de Washington»[149].
[149] Ibidem, pág. 45.
No cabe duda alguna que en el año 1135 tres groenlandeses, apasionados de aventuras atrevidas y peligrosas, se internaron en los Estrechos que a la sazón llamamos de Davis y de Baffin, llegando a la isla Kingiktorsoak o de las Mujeres, en la latitud boreal de 72° 55', en cuyo punto grabaron sobre una piedra la noticia de su estancia. Refieren los Sagas que por el año 1266 tres sacerdotes de la diócesis de Gardar, llamado uno de ellos Halldor, siguiendo la misma dirección que los anteriores, fueron sorprendidos por furiosa tempestad, consiguiendo arribar a un punto donde el sol, en el 25 de julio y día de Santiago, no se ocultaba en el horizonte, permaneciendo muy alto durante la noche y muy bajo en las horas correspondientes al día. Dichos navegantes, ¿alcanzarían el paralelo 75° 46' un poco al Norte del Estrecho de Barrow, como han pensado algunos sabios de nuestros días? Halldor y sus compañeros, ¿habrán precedido a Parry, Ross, Franklin y demás viajeros de las regiones boreales? Casi a los veinte años (1285), dos sacerdotes islandeses, Adalbrando y Thorwald Helgason, se embarcaron para Markland, llegando a un país que llamaron Nyja Land o Terranova, nombre que tiene a la sazón. Tan naturales y corrientes debieron ser esta clase de viajes, que habiendo recibido Ivar Bardson en 1347 el encargo de visitar y describir los establecimientos de los normandos en América, publicó su obra, y como cosa corriente y sabida dió noticia de aquellas regiones. Dicha obra, de inestimable valor, la publicó, primero Rafn en sus Antiquitates americanæ[150], y después Major en el año 1873[151]. Por último, viene a confirmar con toda claridad lo que decimos el siguiente hecho: también en el año 1347 llegó a Islandia una nave, con 18 hombres, procedente del país de Markland, no llamando a nadie la atención las noticias que dieron del citado país, pues eran harto conocidas y sabidas de todos.
[150] Páginas 302-318.
[151] Véase Gaffarel, ob. cit.
Creemos que nadie puede poner en duda los viajes de los normandos desde últimos del siglo X o comienzos del XI en las regiones septentrionales de América. Si algunos escritores, con poco sentido histórico, han llegado a decir que los Sagas son monumentos únicamente legendarios o poéticos, les contestaremos que la crítica moderna los considera documentos de inestimable valor, lo mismo por su fondo, casi siempre verdadero, como por su sencillez y claridad.
No deja de tener también no poca fuerza, que sabios como Humboldt, Rafn, Magnussen, Kohl, Horsford, Costa, Brown, Schmidt, Loffler, Beauvois, Gravier, Gaffarel y otros, hayan declarado la autoridad histórica de los Sagas, siguiendo el mismo camino la Sociedad Real de Anticuarios del Norte, y, últimamente, el Congreso de Copenhague, celebrado el 1883.
Acerca de si los establecimientos normandos fueron o no verdaderas colonias, nada habremos de decir, como tampoco hace al caso discutir sobre el fruto de las citadas expediciones; pero lo cierto es que Europa se estuvo comunicando con América durante más de tres siglos.
Como si todos los datos expuestos fueran poco, debe consignarse que la Iglesia Romana no olvidó a aquellos lejanos países, sobre los cuales extendió la luz del Evangelio. Ora porque la famosa Gudrid diese a conocer en la corte pontificia la existencia de los citados territorios, ora porque los Papas desearan progresar y difundir la Religión cristiana en países que conocían por otros medios, lo cierto es que, desde mediados de la centuria XI, los obispos de Noruega e Islandia, y poco después el establecido en Gardar, capital de la Groenlandia, consideraron las posesiones del Vinland como una parroquia alejada de su diócesis, que frecuentemente iban a visitar.
No habremos de pasar en silencio que el obispo Jon (Juan), en el año 1059, habiendo ido desde Islandia a los territorios americanos a predicar el Evangelio, los infieles le hicieron sufrir cruel martirio. Corría el año 1121, cuando el islandés Erico Vpsi, al considerar la situación religiosa de Vinlandia, renunció a la silla de Gardar, dedicándose por completo a fortalecer a sus nuevos fieles en la doctrina de Cristo. Tal vez con este asunto tenga relación la demanda que en 1124 hicieron los colonos groenlandeses reunidos en Asamblea general para que se hiciese el nombramiento de Obispo de Gardar a favor de un cierto Arnaldo[152]. Desconocemos el resultado de las predicaciones del Obispo Erico en Vinlandia; tal vez--como dice Gaffarel--tengan su origen en las ceremonias religiosas de aquellos tiempos ciertas costumbres que persisten en algunos puntos de la América del Norte.
[152] Gobernaron la diócesis de Vinlandia, desde el Obispo Erico Vpsi, en 1121, hasta Vincentius, que la regía en 1537, esto es, cuarenta y cinco años después del descubrimiento de Colón, 29 Obispos. Torfaeus publicó en la Historia Groenlandia, como también Gravier y otros, los nombres y las fechas correspondientes a los citados Prelados.
Del mismo modo, a nadie debe extrañar que la Iglesia procurara proporcionarse recursos, lo mismo en las próximas que lejanas diócesis, para el mantenimiento de las necesidades del culto y del clero. Es cierto que allá por el año 1276, el arzobispo Jon, con la autoridad del Santo Padre, delegaba sus funciones en tercera persona, la que había de recoger el producto de los diezmos; y el Papa Nicolás III (1277-1280), en carta escrita en Roma el 31 de enero de 1279, ratificó los plenos poderes conferidos por el Arzobispo al mencionado anónimo colector[153]. Pasados tres años, el mandatario llegó a Noruega con los diezmos de los colonos de Vinlandia, que consistían, no en metales preciosos como hubiera deseado la corte pontificia, sino en pieles, dientes de morsa y barbas de ballena. Habiendo el Arzobispo consultado al Papa lo que debía hacerse con tales cosas, contestó Martín IV (1280-1285) que se enajenasen.
[153] Dice D. Manuel del Valle que el producto de los diezmos estaba «destinado a la cruzada que entonces se predicó por toda Europa»; pero efeto nos parece poco exacto, pues las cruzadas generales habían pasado hacía bastante tiempo y también las de Luis IX de Francia, apenas se recordaban, sin embargo, de que la última dirigida contra Túnez, al frente de cuya ciudad murió de peste el Santo Rey, se verificó el 1273. También habremos de observar que no fué Nicolás II el que escribió la citada carta, según afirma el Sr. Valle, sino Nicolás III.
Veinticinco años después, los tributos eclesiásticos de Vinlandia figuraban en la suma de las collectas y se vendieron en 1315 al flamenco Juan de Pré.
Pasamos a estudiar la organización de los normandos en Vinlandia. Hallábanse constituídos en colonias, según la respetabilísima opinión de Humboldt, de Gravier, de Eben Norton Horsford y de E. Reclus. Formaban los citados establecimientos normandos una especie de república, bajo la protección nominal de los reyes de Noruega; los colonos mantenían con la metrópoli, especialmente con Groenlandia e Islandia, relaciones frecuentes. Cambiaban las riquezas del país (maderas finas, pieles de animales, dientes de morsa y aceite o barbas de ballena), por el hierro y las armas que necesitaban; dedicábanse también la mayor parte del tiempo--pues era para ellos el medio de vida principal--a las ocupaciones de la pesca.
Desde el siglo XIV llegaron a interrumpirse o se interrumpieron del todo las relaciones entre los normandos y americanos. Contribuyeron a ello, sin duda, además de otras causas, los frecuentes ataques de los esquimales, refractarios a la civilización europea, quienes se atrevieron a atacar a los normandos en sus mismas fortificaciones. Adquirió carácter tan cruel la lucha en el siglo XV, y tantas fueron las lamentaciones de los colonos, que Nicolás V hubo de dirigir famosa Bula--en el año 1448--a los obispos islandeses para que ellos proveyesen a las necesidades de los cristianos perseguidos en Groenlandia. Señalan también los historiadores otra causa, y fué la peste negra que por entonces, habiendo ya causado numerosas víctimas en Asia y en Europa, se extendió por América y despobló a Groenlandia e Islandia, no siendo de extrañar que las últimas posesiones dejasen de enviar expedicionarios o colonos a Markland y Vinland[154]. Por último, no faltaron escritores que sostuvieron haberse interrumpido las comunicaciones marítimas entre los países septentrionales de Europa y los de América, por la formación de inmensos témpanos de hielo en la parte superior del Atlántico.
[154] No sabemos a qué peste negra se refieren los historiadores y que causó tantas víctimas en el siglo XV. Conocemos la que se desarrolló en el siglo XIV y que dejó desierto el país de Groenlandia y, más adelante, la que comenzó en los Estados de Flandes, penetró en España por Santander e hizo tantas víctimas en el año 1599. No tuvo menos importancia la que ocasionó a mediados del siglo XVII desgracias sin cuento en Nápoles y en casi toda la Italia.
Pero dejando estos asuntos que carecen de valor histórico, diremos las dos opiniones principales acerca de lo que es hoy la antigua Helluland. Beauvois, Gravier, d'Avezac, Horsford y Gaffarel sostienen su correspondencia con la isla de Terranova; pero Humboldt, Loffler y Reclus estiman preferible referir el Helluland a la tierra de Labrador[155]. Markland fué considerada idéntica a la moderna Acadia, que los anglo-sajones pusieron el nombre de Nueva Escocia; participan de esta opinión d'Avezac, Rafn, Beauvois, Gravier, Loffler, Gaffarel y otros. De la misma manera geógrafos e historiadores asimilaron el suelo de Vinlandia a determinadas porciones del de Massachusetts (Estados Unidos); pero por lo que respecta a este particular, modernamente Loffler ha sostenido que sería más conveniente referirla a la actual Virginia. Más o menos acertadas tales correspondencias de lugares, lo único que puede afirmarse de cierto es que en la bahía de Massachusetts hicieron prolongado asiento Leif, Torwald y Thorffinn. Las casas edificadas por Leif debieron estar, según Rafn, en la desembocadura del Pocasset-River; pero el escritor contemporáneo Gaffarel las supone en el mismo sitio donde hoy se levanta la capital Nueva York. La isla descubierta por Torwald debe ser, si aceptamos la opinión de Gravier, la que llamamos Long-Island; las playas que se observaron hacia el Sur deben ser las de New-Jersey, Dellaware, Maryland y tal vez las de Virginia y Carolina. Torwald reconoció dos promontorios: el Kialarnés y el Krossanes o el de las Cruces; el primero corresponde al Cabo Cod, o Nauset de los indios, y el segundo al que lleva hoy, según Gaffarel, el nombre de Sable en la extremidad meridional de Nueva Escocia, o más bien, como afirma Gravier, el Cabo de Gurnet. Las playas maravillosas que encontró Thorffinn en su expedición, deben estar colocadas--pues esta es la opinión de Rafn y Gravier--al Sur del citado Cabo Cod, si bien afirma Gaffarel que se hallan en las costas de Nueva Escocia, donde abundan fenómenos de espejismo, como los que admiraron a los antiguos normandos; la bahía circular, famosa por sus corrientes, debe ser la de Buzzard; la isla tan abundante de huevos de liders, también pudiera ser la de Marta's Vineyard; y las casas que bajo la dirección de Thorffinn se levantaron enfrente de las de Leif, debieron estar en el sitio que los indios llamaron Mount-Haup, cerca de Taunton River. Nada, pues, tiene de particular que en Boston, ciudad próxima a los parajes citados, se haya erigido, a últimos del siglo XIX, una estatua que recuerda la memoria del ilustre Leif. Debe consignarse que Eben Norton Horsford, uno de los más decididos propagandistas para que se levantase un monumento a Leif, dijo a este propósito que «no por ello se amengua en nada la gloria de Colón, que trató de resolver el problema de la redondez de la tierra», y añadiendo «que la misma ciudad de Boston patrocinará con gusto la idea de levantarle una estatua en 1892.»
[155] Afirmase a la sazón que hubo dos Helluland: el mayor o Labrador y el menor o Terranova.
Por lo que se refiere a la antigua Marklandia, en el mapa del cosmógrafo Martín Waldseemüller, cerca de la Illaverde (Groenlandia, según Storm), aparece una isla pequeña casi circular, que supone el mismo Storm sea la citada Marklandia. Por tanto, al Sur de Groenlandia se halla Hellulandia, después Marklandia y en seguida Vinlandia; las dos últimas se hallan separadas por el mar.
No contentos historiadores y críticos con las pruebas aducidas para mostrar las relaciones entre noruegos e irlandeses con americanos, pretendieron robustecer dicha teoría con demostraciones arqueológicas. En el estado de Massachusets, condado de Bristol, a la orilla oriental del Taunton-River, se levanta una roca de color rojo de 4 metros de base y 1,70 de altura, llamada Dighton Writing Rock, en cuya superficie se distinguen toscas figuras e inscripciones con caracteres misteriosos. Después de interpretaciones varias, los anticuarios daneses Rafn y Magnussen, como también Lelewell y Gravier, pretendieron descubrir caracteres rúnicos, llegando a sostener que las figuras representaban a Thorffinn, a su mujer Gudrid y al niño Snorre, que había rasgos de un navío defendiéndose del viento, un escudo blanco y marineros luchando con enemigos (skrelings). Gravier llegó a decir que los trozos escritos decían lo siguiente: «131 hombres han ocupado este país con Thorffinn.» Al paso que Gaffarel opinó que el grabado y los caracteres eran indescifrables, Horsford declaró que la crítica rechaza dicho testimonio. Lo mismo puede decirse de las ruinas de Newport, las cuales indican un edificio en forma de rotonda, hecho con piedras de granito, unidas por argamasa, y que consta de diferentes arcos, descansando sobre ocho columnas. El edificio de Newport, descubierto en Rhode-Island, se ha dicho que era de procedencia normanda, sin tener en cuenta que Benito Arnoldo, uno de los primeros colonos que vinieron, desde 1638 a 1678, mencionó en su testamento dicho edificio con las siguientes palabras: «El molino de piedra que he construído.» Por último, Horsford cree haber hallado vestigios arqueológicos de los noruegos en América (en Cambridge, población de Massachusets), los cuales consistían en restos de dos grandes casas con cinco chozas a dichas casas unidas; las primeras estaban destinadas al jefe y personas de su familia, y las segundas a los criados.
Recordaremos, pues, las siguientes palabras de Mr. Vivien de Saint Martin: «Es indudable que desde el siglo XI, cerca de quinientos años antes de Colón y de Cabot, los colonos noruegos de Islandia y de Groenlandia conocieron algunas partes de las costas del NE. de América»[156].
[156] Histoire de la Geographie, pág. 387.
No habremos de terminar este capítulo sin trasladar aquí la opinión de Reclus: «Aun en la misma patria de Cristóbal Colón y de Amerigo Vespuci no hay quien ponga en duda que fueron los normandos los descubridores de la América del Norte»[157].
[157] Nueva Geografía Universal, América Boreal, pág. 9.
Dice que a fines del año 1000 descubrió Leif el Virland o País del vino. «Sea lo que fuere--añade--los escandinavos fundaron en tierra firme del Nuevo Mundo colonias regulares en un período que, según la tradición, abarca de ciento veinte a ciento treinta años. Después de haber tomado posesión del país y encendido grandes hogueras, cuyo resplandor llevara a lo lejos la noticia de su llegada, marcaron con signos los árboles y las rocas, clavaron sus lanzas en los promontorios y construyeron cabañas y recintos fortificados. Los sagas hablan del nacimiento de niños en aquellas colonias y refieren asimismo combates, en los que sucumbieron guerreros. Entre ruinas de antiguas construcciones atribuídas a los escandinavos, se han encontrado sepulcros. Los piratas normandos, como los invasores de todas las naciones de Europa que les sucedieron, asesinaron a los indígenas y lo hicieron por el sólo gusto de verter sangre: la obra de exterminio comenzó a la llegada de los blancos»[158].
[158] Ibidem, págs. 12 y 13.
Citaremos, por último, el siguiente párrafo del sabio geógrafo: «En vista de los descubrimientos hechos por las gentes del Norte en aquellas latitudes, los navegantes de la Europa meridional debieron buscar nuevas tierras hacia las regiones templadas y cálidas del otro lado del mar. Además, nunca llegó a perderse del todo el recuerdo de las primeras expediciones, o mejor, confundíase este recuerdo con tradiciones diversas. Lo mismo que los galos y los islandeses, los árabes relatan la historia de sus heróicos navegantes, los ocho almagrurim o «hermanos errantes» que salieron del puerto de Lisboa en el año 1170, jurando no regresar sin haber desembarcado en las lejanas islas de Ultramar: otros «hermanos» o compañeros, los frisones, que embarcados en Brema, llegaron hasta la Groenlandia; después, a fines del siglo XIV, dos venecianos visitaron las mismas tierras, por ellos llamadas Engroneland, y los detalles que dan, así como ciertas indicaciones hechas en sus cuadernos de navegación, dejan pocas dudas acerca de la realidad de este viaje. En fin, un polaco, Juan de Izkolno, en el año 1476, fué directamente enviado a la Groenlandia con el objeto de restablecer las comunicaciones, desde largo tiempo interrumpidas»[159].
[159] Nueva Geografía Universal, América Boreal, págs. 13 y 14.
La comunicación entre Escandinavia y las Indias durante la Edad Media, y entre España y dichas Indias en los comienzos de la Edad Moderna, recuérdanos las siguientes palabras de D. Juan Fastenrath, literato e hispanófilo alemán: «Dios ha dado Leif a la raza escandinava; pero dió Colón a la raza latina y a la humanidad entera. ¡Apreciemos y admiremos a los dos, a Leif y a Colón»[160].
[160] El Centenario, tomo IV, pág. 391.
CAPÍTULO IV
AMÉRICA MERIDIONAL: TRIBUS DEL OCÉANO ATLÁNTICO Y DEL OCÉANO PACÍFICO.--REGIÓN AMAZÓNICA: SU SITUACIÓN.--LOS TUPÍES Y GUARANÍES.--LOS OMAGUAS, COCAMAS Y CHIRIGUANOS.--LOS TAPUYAS.--LOS PAYAGÜAES, AGACES, SUBAYAES Y OTRAS TRIBUS.--TRIBUS QUE HABITABAN EN EL URUGUAY: CONFEDERACIÓN URUGUAYA: LOS CHARRÚAS.--LOS CHANÁS Y OTRAS TRIBUS. LOS ARAWAK.--LOS CARIBES.--TRIBUS DEL ALTO ORINOCO Y DEL ALTO AMAZONAS.--TRIBUS DE LAS MESETAS DE BOLIVIA: LOS CHIQUITOS.--REGIÓN PAMPEANA: TRIBUS DEL GRAN CHACO Y DE LAS PAMPAS.--LOS ARAUCANOS O MAPUCHES.--TRIBUS PATAGÓNICAS.--LOS CALCHAQUÍES.
Daremos comienzo a la reseña histórica de las diferentes tribus que poblaron el Nuevo Mundo antes del descubrimiento de Cristóbal Colón, no sin decir antes que sólo serán objeto de estudio las que sean más interesantes o de ellas tengamos más noticias. Consideraremos primero las de la América Meridional, después las de la Central, y, por último, las de la Septentrional.
[Ilustración: La primera representación gráfica conocida de los Aborígenes americanos (Augsburgo 1497 a 1503)]
Las tribus de la América del Sur--según los autores--pueden dividirse en dos grandes grupos: las del Océano Atlántico y las del Pacífico. El filólogo Brinton distingue en el grupo del Atlántico dos regiones: la amazónica y la pampeana; y en el grupo del Pacífico otras dos: la colombiana y la peruana[161].
[161] Véase Navarro Lamarca, Historia general de América, tomo I, pág. 283 y síguientes.
Comprende la región amazónica los territorios regados por el Amazonas, el Orinoco y todos sus afluentes, incluyendo los estados de Santa Cruz y Beni (Bolivia), casi todos los del Brasil, Venezuela y Guayanas; también las grandes y pequeñas Antillas. De entre las familias lingüísticas más conocidas de la región amazónica, citaremos la tupí-guaraní, la tapuya, la arawak y la caribe.
Los tupíes, guaraníes, carios, etc., que habitaban desde las Guayanas al Paraguay y desde las mesetas del Brasil a las costas de Bolivia, hablaban una de las lenguas más dulces de América. Dicen unos historiadores que los guaraníes eran una especie de los tupíes, y otros sostienen, por el contrario, que los tupíes eran una especie de los guaraníes; pero todos se hallan conformes en que tupíes y guaraníes constituyen una sola familia. Según una leyenda, muy corriente en América, el primer hombre, llamado Tapaicuá, nació en el fondo de un lago, de donde proviene, según parece, el nombre de Ipacaray, que quiere decir hombre de lago. Tapaicuá tuvo dos hijos, que fueron Tupí y Guaraní, los cuales, acompañados de sus respectivas familias, llegaron al Brasil. Otros cronistas sostienen que su primitivo asiento estuvo en las Antillas y bajaron de Norte a Mediodía.
Tupíes y guaraníes creían en Dios y en el Diablo (Tupá y Añang). No tuvieron sacerdotes, sino médicos y hechiceros. Creían en otra vida, si bien no admitían la existencia del infierno. Decían que todas las almas iban al cielo. La tradición que conservaban respecto al diluvio era que por consejo del profeta Tamandaré algunas familias de tupíes y guaraníes se refugiaron en elevadas palmeras cargadas de dátiles, con cuyo fruto se alimentaron hasta la retirada de las aguas. Tiempo adelante, una disputa entre las mujeres de Tupí y Guaraní hizo que éstos interviniesen. Decidieron separarse para cortar la cuestión, quedando Tupí con sus descendientes en el Brasil, y Guaraní con su dilatada familia en el Paraguay. Luego los guaraníes se extendieron por extensas regiones, pues se encuentran en el Uruguay, en las provincias argentinas de Corrientes y Entrerríos, en el Brasil, en las Guayanas y algo en Bolivia.
Tenían los tupíes cabeza cuadrada, rostro lleno y oval, nariz corta y achatada, ojos pequeños, barba poca y color desde el rojo hasta el amarillo; eran robustos, de manos y pies pequeños. Distinguíanse los guaraníes por su color cetrino, cabello lacio, ojos negros, dientes muy blancas, buena estatura y facciones finas.
Ni tupíes ni guaraníes reconocieron gobierno alguno. Pacíficos por naturaleza, no estaban sujetos a fuertes pasiones. Existía la poligamia, en particular entre la gente rica. Educaban a sus hijos enseñándoles el manejo del arco y otros rudos ejercicios; obligaban a las mujeres, no sólo a ocuparse en los trabajos domésticos, sino en los agrícolas. Vivían, generalmente, en rancherías de 50 a 100 familias, gobernadas por un cacique, autoridad inferior a la asamblea de padres de familia. Acostumbraban reunirse al anochecer, y sentados en el suelo deliberaban sobre los asuntos de la ranchería. Sólo en caso de guerra elegían un caudillo; sus armas eran las flechas y la macana. Al dios Tupá no le construían templos. Los sacerdotes, médicos y hechiceros curaban las enfermedades, chupando la parte enferma y arrojando luego de su boca, según decían, el germen del mal. Escritura, geroglíficos, quippus, medios objetivos de transmitir los pensamientos, no los conocían. Apenas tenían vagas noticias de cronología. Los ranchos o chozas eran de madera y paja; varios ranchos o chozas formaban aldeas (tabas). Con madera y paja fabricaban sus únicos muebles. Por lo que a agricultura respecta, cultivaban bastante bien el maíz, la mandioca, el algodón y el tabaco, que fumaban en pipa.
Los omaguas y cocamas trabajaron los metales y enseñaron a los europeos el uso del caout-chout, del que hacían vestidos, zapatos, etc. Las demás tribus de la familia tupí-guaraní, aunque completamente bárbaras, se distinguieron por sus excelentes trabajos de alfarería. Por lo que atañe a su organización social, el jefe militar (morubixaba) tenía absoluta autoridad en tiempo de guerra, hallándose limitada en época de paz por las disposiciones del Consejo (nheemougaba). Eran antropófagos y polígamos. Construían fuertes canoas y enterraban sus provisiones en silos hondos o cuevas. Reconocían un poder superior y muchos espíritus activos y malignos. Andaban desnudos, siendo aficionados a los adornos, a las músicas, a las danzas y muy especialmente a la embriaguez. Los chiriguanos se distinguían sobre todos por su fiereza y salvajismo.
Habitaban los tapuyas (enemigos) desde los 5° a los 20° de latitud sur, y desde el Océano Atlántico al río Xingú. Se les llamaba también Crens o Guerens (antiguos), pues se creía que antes de los tupíes fueron ellos dueños de la costa del Atlántico. Los botocudos, tribus de la familia de los tapuyas, acostumbraban a adornar su labio inferior con botoques o pedazos de piedra o madera. Los tapuyas y sus tribus eran salvajes, andaban desnudos, habitaban en los bosques y no practicaron industria alguna. Fueron cazadores habilísimos. De si eran o no antropófagos bastará decir que vivos todavía los prisioneros, les cortaban pedazos de carne y se la comían. El tipo de los tapuyas estaba en los aymorés (hoy botocudos), y tapuyas eran los potentues, los guaytacaes, los guaramomíes, los goaregoares, los yecarusues y los amanipaques. Constituían los tapuyas una familia especial y su lengua era diferente a la de los tupíes. Por cama tenían el suelo cubierto con hojas de árboles, por techumbre, el cielo; por armas, el arco y la flecha. Atravesaban los ríos, ya a nado, ya a pie, por los sitios donde la profundidad era poca.
Refieren algunos escritores que, en la época del descubrimiento, dominaban casi toda la costa del Brasil los tupíes o guaraníes, los cuales habían vencido a los tapuyas, apoderándose del territorio. Los tupíes hablaban una misma lengua, al paso que los tapuyas hablaban lenguas diferentes; los primeros eran menos bárbaros que los segundos; aquéllos tenían organización social más perfecta que los últimos; ambos eran antropófagos, distinguiéndose en que entre los tupíes era sólo tratándose de prisioneros de guerra, y entre los tapuyas era general. Si los tapuyas, cuando llegaron los tupíes, se dividían en 76 tribus, los tupíes, cuando llegaron los portugueses, formaban 16 naciones, las cuales conservaban como radical de su nombre el del tronco común, y así decían tupi-nambás, tupi-niquinos y tupi-aes.
Muy poco, pues, se sabe de la historia primitiva del Paraguay. No se han hallado en aquellas regiones vestigios que revelasen la existencia de muy remotas civilizaciones, como se encontraron en México y Perú. Son, sin embargo, datos curiosos la gruta del cerro de Santo Tomás en Paraguarí, y la gran losa de Yariguaá, sobre la que se ven geroglíficos y caracteres grabados a cincel y no descifrados todavía. Además de los tupíes y guaraníes, existían a orillas del Paraguay los payagüaes y los agaces. En la parte Norte del Pilcomayo vivían los subayaes, y en las fronteras del Brasil otras tribus que todavía no han sido clasificadas. De las citadas tribus, unas fueron destruidas por los conquistadores españoles, y otras existen aún en estado salvaje[162].
[162] Véase Pereira, Geografía e Historia del Paraguay.
Pasamos a considerar las razas que habitaron en el Uruguay. Cuando Juan Díaz de Solís descubrió, en 1512, las costas del Uruguay, se encontró con una raza no aborigen, pues antes habían habitado razas más atrasadas, cuyos groseros monumentos denunciaban su prioridad. Exploraciones verificadas en los territorios de San Luis, departamento de Rocha, dieron por resultado el hallazgo de construcciones, cuya altura es de 8 a 10 metros y el diámetro de 15 a 25. «La capa superficial de los pocos montículos excavados hasta ahora, es de tierra dura y compacta, generalmente cubierta de talas, coronillas o palmeras, siguiéndose luego el relleno de tierra negra en polvo, con interpolaciones de tierra roja quemada, a manera de ladrillos o adobes. Entre el relleno y la capa exterior hay una zona, que podrá llamarse de esqueletos, de donde se han extraído varios, íntegramente conservados: estaban en cuclillas y tenían a su alrededor restos de armas y alimentos, como también fragmentos de una cerámica muy primitiva. Mientras esto acontecía hacia el Este, algo análogo ha revelado en el Oeste una excavación accidental. Sobre la costa del río Negro, a veinte cuadras[163] del pueblo de Soriano, se extrajo del montículo denominado Cerrito, un esqueleto sepultado boca arriba, con los brazos en cruz y rodeado de sus armas de combate. El Cerrito estaba cubierto de una capa de tierra plomiza, luego otra de escamas, al parecer de pescado, y entre esta última y el esqueleto extraído, existía una tercera de conchas marinas. Al contrario de lo que aconteció en San Luis, los fósiles del Cerrito se pulverizaron al contacto del aire»[164].
[163] Medida itineraria de 100 metros o de 100 o 150 varas, según los países.
[164] Francisco Bauzá, Historia de la dominación española en el Uruguay, tomo I, páginas 133 y 134.
Es evidente que anterior a la civilización que encontraron los conquistadores españoles, hubo otra u otras. Acerca de donde procedían los primitivos habitantes, es asunto no resuelto todavía. Lo que parece hallarse fuera de duda, pues en ello están conformes los cronistas, es que las tribus asentadas en el territorio uruguayo formaban una confederación que se extendía desde las riberas del Atlántico hasta donde se reunen los ríos Uruguay y Panamá, derramándose por las costas de ambos ríos. No encontraron los españoles un gobierno central, sino tribus con sus jefes respectivos que se unían en tiempo de guerra, separándose en época de paz. Dichas tribus eran felices y dóciles, siempre que no se quisiera sujetarlas por las amenazas o por la violencia. Del mismo modo que se dió el nombre de Confederación del Río de la Plata a todos los países bañados por el mencionado río, así del nombre del río Uruguay se llamó aquella tierra Uruguay. Trasladábanse las tribus de un punto a otro buscando alimento que les proporcionaba la caza o los árboles frutales. Hablaban un idioma cuya matriz era el guaraní mezclado con voces extrañas; pero un guaraní bastante rudo. Prescindían de locuciones poéticas que otros empleaban en cantares y fiestas, a las cuales ellos nunca se entregaban. Las armas que usaban eran arrojadizas (dardo y flecha) y de esgrima (chuzo y maza). La cerámica era pobre. Los colores más usados eran el rojo, el azul y el amarillo. La casa la constituían cuatro estacas y la techumbre cueros curtidos. Obtenían el fuego frotando dos maderos. El hombre andaba generalmente desnudo, y la mujer se cubría desde la cintura a las rodillas. No adoraban ídolos ni ofrecían sacrificios humanos. Fabricaban manteca con la grasa del pescado, y hacían licores fermentando con agua la miel de las abejas silvestres. El gobierno se remontaba al sistema patriarcal. Los jefes de las familias constituían la asamblea de la tribu.
La tierra era fértil, las aguas abundantes y el arbolado escaso, pues sólo se encontraban algunas especies de frutales, tintóreas y maderables. No se conocían caballos, ni vacas, ni otra clase de ganado. La caza estaba reducida al avestrúz, al venado y al apereá, como también a la perdiz, al pavo del monte, a la nutria, al carpincho, al zorro, al lagarto y a la mulita. Había carniceros, como el tigre y el puma, y reptiles venenosos, como varias clases de víboras. Los ríos y arroyos tenían abundancia de peces y de moluscos.
La tribu más importante que habitó el país fué la charrúa, cuyo asiento principal estaba en el litoral que bañan el Océano, el Plata y el Uruguay, extendiéndose de allí hacia el interior del país. Eran los charrúas altos, bien conformados los cuerpos, cabello negro, color moreno tirando a rojo, negros y brillantes los ojos, blancos y fuertes los dientes. De voz débil y parcos en palabras, sólo daban grandes voces cuando entraban en batalla. Tenían vista y oído excelentes. Sufrían el hambre y la sed; eran ágiles, astutos y emprendedores. Gustábanles los lances caballerescos. Guerrear y cazar, a esto se hallaba reducida la vida del charrúa. Era feliz en esa vida libre, independiente, sin relaciones y sin oposición alguna. Habitaban bajo toldos, los que mudaban a las costas en invierno, a los montes y frescos valles en verano. No cultivaban la tierra, ni labraban el barro, ni tejían, ni hilaban. Tampoco navegaban. Eran tan graves y taciturnos que no conocían el baile, ni el canto, ni ninguna clase de juegos. Ni en la guerra tenían jefes, ni en la paz obedecían a gobierno alguno. La condición de las mujeres era la misma en todos los pueblos bárbaros. Criaban los hijos, cuidaban al marido, guisaban, armaban y desarmaban los toldos, servían de bestias de carga. Los charrúas tal vez no profesaban religión determinada, aunque es indudable que no conocían ni ídolos ni templos. Creían en la vida futura, según ciertos ritos que observaban en los entierros. Enterraban a los muertos con sus armas y con los objetos que más usaban en su vida. No fueron antropófagos, antes por el contrario, se distinguían por su hospitalidad. Si algunos escritores dicen que existió la antropofagia, no están en lo cierto.
Los hombres traían el cabello atado y las mujeres suelto, distinguiéndose también los primeros en que llevaban el labio inferior atravesado de parte a parte. En señal de duelo las esposas, hijas o hermanas del difunto se cortaban una articulación de algunos de los dedos; empleaban, además, ayunos y mortificaciones. La poligamia era permitida, aunque no tan extendida como en otros pueblos, y por lo que respecta a los divorcios eran raros si los matrimonios tenían hijos. Castigaban el adulterio descargando algunas bofetadas sobre los cómplices.
Aunque no tan extendido en el país como en la tribu de los charrúas, no carecía de prestigio la de los chanás, que residía en las islas del Vizcaíno, sobre el río Hum (negro); gozaban de menos consideración la de los yaros, hacia San Salvador, sobre las orillas del Uruguay, la de los bohanes y la de los chayos. La tribu guenoa, que no sabemos si era la misma de los charrúas, apareció la última en el territorio uruguayo. Bien será hacer presente que los indígenas brasileños, cuyo idioma era también el guaraní, se distinguían por su fiereza, hipocresía, falsedad, y lo que era peor, por su afición a comer carne humana. Puede del mismo modo afirmarse que el indígena del Uruguay, cuando los españoles llegaron al país, estaba en la época que la geología denomina neolítica o de la piedra pulimentada. «Todos los datos concurren, escribe Bauzá, a confirmar esta aseveración; las armas de que se servían, los utensilios con que las trabajaban, los talleres donde esos trabajos se llevaban a cabo, son indicios seguros de que habían entrado ya al segundo período de la Edad de piedra, en la cual los rudimentos de una industria menos grosera, comenzó a abrir horizontes más vastos al espíritu humano. Sin embargo, sea por el aumento de las necesidades, sea por el hecho fatal de que la civilización se cimenta con sangre, la época en que entraban los indígenas era la verdadera época de la guerra universal. Así la han designado con mucha propiedad algunos maestros de la ciencia geológica»[165].
[165] Ob. cit., tomo I, págs. 185 y 186.
Los arawak o maipures que ocupaban el alto Paraguay y las mesetas de Bolivia, llegando hasta las grandes y pequeñas Antillas y también las Lucayas o de Bahama, fueron--según opinan algunos cronistas--los primeros aborígenes americanos conocidos por los españoles. Las palabras indias que oyeron Colón y sus compañeros en Haití, Cuba, etcétera, pertenecían a la familia lingüística de los arawak. Eran más cultos los arawak que los tupíes y tapuyas; sabían labrar el oro, tallaban ídolos y construían canoas; hacían finos paños de algodón y pulimentaban sus armas de piedra; cultivaban el maíz, la mandioca y el tabaco. Algunas tribus habitaban en casas de regular construcción, provistas de hamacas, esteras y objetos de alfarería; tenían ritos religiosos definidos y destinaban para cementerio sitio determinado. Las tribus antis o campas (ríos Ucayali, Pachitea, etc.) domesticaban monos, cotorras y otros animales, y los guanas (alto Paraguay) eran inteligentes y pacíficos; había otras tribus menos importantes.
Por último, los caribes o karinas, tal vez de la familia tupi-guaraní, pasaron desde las Guayanas a las Antillas y Lucayas, siendo de notar que en la época del descubrimiento de Colón se hablaban los dialectos de aquellas gentes en las citadas islas y en el continente, desde la boca del río Esequibo hasta el golfo de Maracaibo. Tenían los caribes alguna cultura, pues supieron tejer hamacas de algodón o pita, fabricaron objetos de alfarería, cultivaron la tierra e hicieron grandes y marineras canoas. Respetaban a sus magos (piayes) y fetiches. Alimentábanse de la caza; también del pescado, de los plátanos y del cazabe. Acostumbraban a pintarse el cuerpo y se horadaban las orejas y ternillas de la nariz. Distinguían los meses por las lunas, y eran muy aficionados a la música y al canto.
[Ilustración: Caribe (Guayanas).]
Los caribes sólo consideraban hombres a los de su raza, y creían que todos los demás debían ser reducidos a la servidumbre. Decían con arrogancia: sólo nosotros somos gente (Ana cariná rote) y todas las demás gentes son nuestros esclavos (Amucon papororo itoto nantó). En cambio, los demás pueblos odiaban a los caribes. «Allá en lejanos tiempos--tales son las palabras de los salivas--infestaba las regiones del Orinoco horrible serpiente que todo lo destruía: hombres y cosas. Bajó del cielo para matarla el hijo de Puru, y muerta la dejó sobre la tierra. Grande fué el regocijo de todos los pueblos, regocijo que se convirtió pronto en duelo. Pudrióse la serpiente, y de cada gusano que en ella se formó salieron una hembra y un varón caribes.» Los achaguas afirmaban que los caribes eran hijos de los tigres, y les llamaban por esta razón chavinavies. Lo mismo después que antes de la conquista, los caribes mostraron siempre feroces instintos. A la crueldad, añadían la doblez y la perfidia. «Sentían las mujeres todas--escribe Pi y Margall--que se les cayeran los pechos, y para evitarlo eran con harta frecuencia madres sin entrañas. De ahí que provocaran, como las de otros tantos pueblos, el aborto y sepultaran recién nacidos a sus propios hijos, sobre todo si eran gemelos. Livianas, querían y buscaban el placer: vanidosas, temían los efectos que produce, y almas sin moralidad, ahogaban los más dulces sentimientos de la naturaleza»[166]. Acerca de las bronchas de oro usadas por las hijas de los caciques para levantar sus pechos, escribe Gonzalo Fernández de Oviedo, capítulo X del sumario de la Natural Historia de las Indias lo siguiente: «Las mujeres principales a quienes se va cayendo las tetas, las levantan con una barra de oro, de palmo y medio de luengo, y bien labrada. Pesan algunas (las barras) más de doscientos castellanos. Están horadadas en los cabos y por allí atados sendos cordones de algodón. El un cabo va sobre el hombro y el otro debajo del sobaco, donde lo añudan en ambas partes.» Por su parte los caciques solían viajar tendidos en hamacas que llevaban en hombros los esclavos o criados. La mujer, como inferior al hombre, según ellos, cuidaba del hogar, labraba los campos y recogía las cosechas. Iba a la guerra para rematar a los enemigos. En suma, los caribes eran valerosos, intrépidos, navegantes, invasores, vengativos, crueles, amigos de su libertad y antropófagos. Supone Washington Irving que no eran tan antropófagos como se les creía y Humboldt dice que fueron quizá los menos antropófagos del Nuevo Continente.
[166] Hist. general de América, tomo y volumen I. pág. 697.
Entre las tribus del Alto Orinoco y del Alto Amazonas citaremos los guahibos (de Casanare), los otomacos (del río Meta) y los cashibos (del Aguaitía). Eran nómadas los guahibos; andaban de una parte a otra, no parando en parte alguna más de dos noches. Aquí cazaban, allí pescaban, en tanto que sus mujeres cavaban la tierra y desenterraban raíces que les servían de alimento. Lo mismo cazaban y devoraban a los tigres que a los venados. La guerra era para ellos la ocupación principal. Los otomacos era tribu numerosa y de no poca importancia. Antes de rayar el alba conmovían el aire con tristes alaridos. Se bañaban en seguida en el río o en el arroyo más próximo. A la salida del Sol acudían a las puertas de su respectivo jefe, el cual, según la época, les mandaba cazar jabalíes, coger tortugas o pescar en canoa, como también desbrozar los campos o sembrarlos o segar la cosecha. Como no todos los otomacos habían de estar diariamente sujetos al trabajo, los ociosos iban al trinquete a jugar a la pelota. Tanto los jugadores como los espectadores se dividían en dos bandos. La destreza de los primeros era grande. También las mujeres tomaban parte en el mencionado juego[167]. Sólo hacían una comida y ésta al ponerse el sol; algunos se permitían durante las veinticuatro horas comer algunas frutas y también algún puñado de arcilla, que digerían, según algunos autores, gracias a la mucha grasa de tortuga o caimán que tomaban, ya sola, ya con maíz y yuca. Después de la comida comenzaba el baile, que duraba hasta media noche. Los varones, cogidos de las manos, formaban un corro; otro las mujeres alrededor de los hombres; y un tercero de los pequeños alrededor de las mujeres. El maestro o director de la fiesta daba el tono, comenzando a la vez el canto y la danza. Apenas dormían. Los vigorosos otomacos rechazaron siempre a los caribes, con los cuales pelearon a menudo cuerpo a cuerpo. «Cuenta--se decían a sí mismos--que si no eres valiente, comerte han los caribes.» Eran monógamos. De ordinario, los mancebos se casaban con las viudas y los viudos con las doncellas. Entregábanse a la embriaguez, como las demás tribus bárbaras. Hicieron notables adelantos en la agricultura y en la pesca. Ya se ha dicho que eran alfareros, añadiendo ahora que sólo tenían esta industria y la fabricación de armas. Existía el comercio, pues cambiaban sus artefactos con los de los pueblos vecinos. Respecto a los cashibos, menos conocidos que los otomacos y guahibos, tenemos pocas noticias. Sin embargo, puede afirmarse que eran más bárbaros que los anteriores.
[167] De este asunto nos ocuparemos con más extensión en el capítulo XV.
Pasando a estudiar las tribus de las mesetas de Bolivia, se presentan a nuestra consideración y estudio los chiquitos, incluyendo en ellos sus afines. El territorio donde habitaban estas tribus confinaba al Norte con las tierras de Matto Grosso y las orillas del Iténes, al Este por el Paraguay, al Sur por el Gran Chaco y al Oeste por las orillas del Río Grande y las del Parapiti. «El gobierno y subdelegación de chiquitos ocupa un espacioso terreno de doscientas leguas de largo Norte Sur a la parte oriental de la provincia de Santa Cruz, limitándose por el Oriente con el río Paraguay que lo divide de la provincia de este nombre, y al Oeste por el Guapay o Grande que le separa del de Santa Cruz. Los pueblos que ocupan este extenso país se llaman de chiquitos, porque cuando la primera vez se llegaron a él los españoles observaron que las puertas de las chozas de los indios eran muy bajas, y no viendo a los naturales que se habían huído y escondido en los bosques, los creyeron de reducida estatura y le dieron el predicho nombre que conservan hasta el día...»[168]. A la llegada de los españoles, ya no eran nómadas los chiquitos. Vivían a la sombra del bosque o en la falda de la sierra donde habitaron sus antepasados. Eran poco aficionados a la guerra; pero, si la hacían, se portaban valerosamente. Por naturaleza eran dóciles, joviales, amigos de fiestas y banquetes. Nada encontraban tan grato como beber su vino de maíz con varios convidados. A sus huéspedes guardaban las atenciones más delicadas. No eran rencorosos ni vengativos. Dicen algunos cronistas que los chiquitos no profesaban religión alguna; creían, sin embargo, en la otra vida. Cada tribu reconocía un caudillo, elegido generalmente por los ancianos. Gustaban varones y hembras de las galas, adornándose con esmeraldas y rubíes el cuello y piernas, con plumas la cabeza y la cintura. Aborrecían a las hechiceras y creían en los sortilegios. Del canto del ave, del aullido de la fiera, del ruido del viento, de la espuma de los torrentes, etc., inferían los sucesos futuros. No creían en Dios, aunque es posible que creyesen en el Diablo. Sólo tenían una mujer, exceptuando los caciques que reunían hasta tres: tener más de tres, era cosa rara. No descuidaban la agricultura y cuando recogían la cosecha del maíz, marchaban a los bosques donde pasaban meses enteros dedicados a la caza. Asegura D'Orbigny que la lengua de los chiquitos era de las más perfectas y ricas de América. También en la provincia boliviana de chiquitos vivían los etilinas.
[168] _Arch. de la Direc. de Navegación y pesca marítima, Perú, Chile y Buenos Aires_, tomo V, b 4.ª
Pasamos a estudiar la región pampeana, cuyos límites son al Este el Océano Atlántico y al Oeste la cordillera de los Andes. Comprende los territorios del Gran Chaco, las Pampas, desde el río Salado al río Negro, los desiertos de Patagonia y las soledades antárticas[169].
[169] Del Gran Chaco nos ocuparemos detenidamente en el tomo III.
Dáse el nombre de Gran Chaco, a la región que se extiende del río Salado hacia el Norte, hasta los 18°, próximamente, de latitud Sur; confina al Este con los ríos Paraguay y Panamá, y al Oeste por la cordillera de los Andes. El Gran Chaco es un país de grandes llanuras y espesos bosques, regado por tres grandes ríos (el Pilcomayo, el Salado y el Vermejo), que lo dividen de Noroeste a Suroeste, en tres fajas casi paralelas (Chaco Boreal, Central y Austral). Lo dulce de su clima, la fertilidad de su suelo, la abundancia de caza de sus selvas y la sabrosa pesca de sus ríos y lagos, hicieron agradable la vida de las numerosas tribus indígenas que lo poblaron. Los matacos, situados en las riberas del Vermejo, eran algo flojos, salvajes y refractarios a toda civilización. Hoy, reducidos a corto número, prefieren la vida nómada a la sedentaria. Los lules, que habitaban en las márgenes del Salado y el Tabiriri, se encerraron en sus bosques cuando llegaron los misioneros. A la numerosa familia de los guaycurus, pertenecían, entre otras tribus, los abipones, los tobas, los vilelas y los querandíes. Prescindiendo de los payaguás (río Paraguay), tribus marineras, los indígenas del Chaco fueron excelentes ginetes. Habiéndose propagado seguidamente el caballo en América, ellos, caballeros en briosos corceles y armados con sus lanzas, se defendieron un día y otro día del europeo. No salieron del estado de salvajes los indios del Gran Chaco. Eran fetichistas y obedecían ciegamente a sus magos y hechiceros.
Hacia los 35° de latitud y al Sur del Gran Chaco, comienza la región llamada de las pampas. Encantan aquellas llanuras tan extensas, aquella riqueza de pastos y aquellos sitios tan pintorescos. Sólo la familia lingüística auca o aucaniana encontramos en las pampas. A dicha familia pertenecían los pampas, propiamente tales (guarpes, moluches, etcétera) de la República Argentina, y también los araucanos o mapuches del Sur de Chile. Refractarios los pampas a toda cultura, ladrones y borrachos, servíales el caballo ya para ir de una parte a otra, ya como elemento de guerra. Prestaban obediencia a sus caciques, a sus hechiceros y brujos; de todas las tribus de los pampas únicamente los moluches o manzaneros (río Limay, etc.), fueron sedentarios y agricultores. Conservaron su independencia y ferocidad los pampas hasta últimos del siglo XIX. «Las últimas huestes salvajes..., acosadas en sus propios aduares..., hanse visto obligadas a clavar en tierra la tradicional lanza y presentarse sumisos al gobierno», decía el General Winter (9 Febrero 1885), al comunicar al gobierno argentino la sumisión del famoso cacique Saihueque.
Los indomables araucanos, como los llamó Ercilla, ocupaban en la centuria XVI la comarca llamada al presente Araucania (Chile), situada entre los Andes y el Océano. «Los araucanos del Norte de Maule--escribe Reclus--se llamaban picun-chen; los del Centro eran los pehuenche o gente de la tierra de los pehuen, es decir, de las araucarias, aventajados a los demás en número, y antepasados de los araucanos de hoy; los huilli-che moraban al Sur, ocupando el resto de la parte continental de Chile; los puel-che (de allende las montañas). También en Chile había araucanos, a los que llamaban cunchos y payos, nombre que sus descendientes, después de mezclada la raza con la de los españoles, han cambiado por el de chilotas»[170]. Otras tribus situadas en el citado territorio de la República no tuvieron la importancia de la de los araucanos. «El tipo araucano, dice un escritor moderno, es el siguiente: estatura mediana y miembros bien proporcionados; cabeza abultada; cara redonda con frente estrecha y ojos pequeños, comúnmente negros; nariz corta y achatada; boca grande con labios gruesos y dientes blancos; barba rala y escasa; pómulos pronunciados y orejas regulares; y completando el conjunto, un aire grave, sombrío y a veces desconfiado; pero que impone respeto. Su color ha variado del mulato al blanco; pero ordinariamente es cobrizo». Suave, armoniosa y flexible la lengua araucana, se habla al presente por cerca de 100.000 individuos de raza indígena pura, que habitan en Arauco. Adquirieron los mapuches o araucanos fama inmortal por sus luchas con los conquistadores incásicos (Huayna Capac, Tupac-Yupanqui, etc.), y después por sus épicas hazañas con los españoles. Vivían los mapuches cerca de la orilla de los ríos y arroyos, en chozas (rucas) de madera o paja, formando aldeas (lov). Cultivaban las mujeres la tierra, y de ella cogían, entre otras cosas, maíz y patatas, fabricaban ollas, hacían cestos y tejían mantas, en tanto que sus maridos, hijos y hermanos cazaban, pescaban o se preparaban para la guerra. Lo mismo en la paz que en la guerra tenían los araucanos sus jefes, cuya autoridad estaba limitada por el Consejo. Además, eran consultados con harta frecuencia los brujos y los curanderos. Creían un deber religioso sacrificar hombres y animales a los manes u a otros espíritus. Tenían mucha afición a toda clase de fiestas y de juegos, como también se hallaban dominados por la embriaguez y otros repugnantes vicios.
[170] Nueva Geografía Universal, tomo III. América del Sur, págs. 688 y 689.
En lo militar habían hecho sus mayores adelantos. Maravilla lo bien que escogían el sitio para sus combates, la facilidad con que abrían fosos, levantaban muros y trincheras. Estaban sujetos a rigurosa disciplina y rivalizaban en bravura porque sólo a fuerza de valor se ganaban los altos puestos. Marchaban al son de atabales y trompetas, llevando delante exploradores y detrás sus mujeres e hijos. Aunque los araucanos hacían la guerra con crueldad, no sacrificaban al prisionero, contentándose sólo con reducirlo a cautiverio y canjeándole después. Desde niños se acostumbraban a la vida de los campamentos, teniendo a gala arrostrar las privaciones y las fatigas. Luchaban por ser los primeros en llegar a la cima de escarpado monte o en bajar hasta el fondo de pedregoso valle. Procuraban, pues, no sólo ser sufridos, sino ágiles. A la guerra iban al son de atabales y trompetas; llevaban banderas en las que se veía una estrella.
En religión, Ercilla supone que eran ateos; lo cierto es que no rendían a Dios culto alguno. No se encontraron en el país ni templos ni ídolos; jamás se les vió hacer sacrificios al Creador del Universo. Representaban al diablo, a quien daban diversas formas y nombres: llamaban Pillan al autor del rayo; Epuhamun, al espíritu del mal que consultaban antes de dar una batalla; Huecuvu estaba considerado como la causa de las enfermedades y la muerte, e Ivunche era un oráculo, por cuya boca hablaba el mismo diablo. Aun para el diablo las ofrendas eran pocas y sin importancia. Creían en la inmortalidad del alma y hablaban de un diluvio universal. Estaban atrasadísimos en las ciencias, letras, artes e industria. Orgullosos, consideraban inferiores a los demás hombres; ni aun reconocieron superioridad en los europeos, a los cuales combatieron hasta conseguir su independencia.
En las costas patagónicas del Océano Pacífico vivían las tribus de los chonos o concones, enemigos mortales de sus vecinos los huiliches, y en las inmediaciones del Estrecho de Magallanes estaban los patagones, chonek o inaken (hombres) célebres por su alta estatura (1,73 metros a 1,83). Se alimentaban principalmente de mariscos y de la grasa que sacaban de los lobos marinos y de las toninas. Fabricaban canoas. Andaban desnudos o cubiertos con pieles no curtidas. Respetaban a sus magos. Tenían una lengua áspera. Preferían perder la vida a vivir en la servidumbre. En esto se parecían a los araucanos, de quienes sólo les separaban los Andes. Como todos los pueblos salvajes, tenían verdadera pasión por la guerra. Más crueles que los araucanos, no dejaban con vida a sus prisioneros. Cuando no se ocupaban de la guerra se dedicaban a la caza. Llama la atención que si bien el patagón poseía dilatadas costas, no sabía construir ni una canoa ni una balsa.
Haremos del mismo modo notar que el patagón era poco dado a la embriaguez, hecho verdaderamente singular, pues apenas había pueblo bárbaro que no hubiese encontrado en el fruto o en las raíces de algún árbol medio de procurarse bebidas más o menos alcohólicas.
Creían los patagones en una divinidad, origen a la vez del bien y del mal. No rendían a esa divinidad culto alguno. Como los araucanos, carecían de templos y de ídolos. Eran supersticiosos y sacaban agüeros del ave que cruzaba el espacio, del agua que corría, del viento que soplaba y del humo que salía por el techo de su toldo. Por lo que atañe a su cultura, los patagones se hallaban más atrasados que los araucanos. Todas las tribus que habitaban en las inhospitalarias costas de la Tierra del Fuego tenían los mismos caracteres y costumbres que los patagones.
Terminaremos este capítulo dando a conocer la civilización calchaqui, anterior a la incásica y propia de la Argentina. Vivían los calchaquíes en los territorios actuales de Catamarca, Tucumán y Salta. Supieron tejer finas telas y fabricaban bonitas cerámicas. Construyeron murallas de piedra e hicieron casas cómodas y bien acondicionadas. Adornábanse con plumas de diferentes colores. Casi nada sabemos del estado social de las tribus calchaquíes. Por último, aceptaron a mediados de centuria XV la dominación incásica, resistiendo después valerosamente a los españoles hasta que trasladados los últimos restos de las mencionadas tribus al actual Quilmes (1670), allí se extinguieron poco a poco.
CAPÍTULO V
AMÉRICA MERIDIONAL (Continuación).--REGIÓN COLOMBIANA: TRIBUS DEL ISTMO: LOS CUNAS Y OTRAS.--TRIBUS CHIBCHAS O MUISCAS: REYES DE TUNJA Y DE BOGOTÁ: CONSIDERACIONES SOBRE LOS CHIBCHAS.--TRIBUS DE LA PROVINCIA DE CHIRIQUI.--LOS PANCHES Y OTRAS TRIBUS.--REGIÓN PERUANA: TRIBUS PRINCIPALES.--EL PERÚ ANTES DEL IMPERIO DE LOS INCAS: OBSCURIDAD DE ESTOS TIEMPOS.--LOS INCAS ¿SON INDÍGENAS?--MANCO CAPAC Y MAMA OCLLO.--MANCO CAPAC ES PROCLAMADO INCA: SU POLÍTICA.--ZINCHI LLOCA: SU GOBIERNO.--LLOCE YUPANQUI: SU CARÁCTER MILITAR.--MAYTA CAPAC: SU PASIÓN POR LA GUERRA.--CAPAC YUPANQUI: SUS CONQUISTAS.--INCA YOCCA: SUS VICTORIAS.--YAHUAR HUACAC: SU COBARDÍA.--HUIRACOCHA: SUS TRIUNFOS.--URCO: SU DESTRONAMIENTO.--TITU-MANCO-CAPAC: SU CULTURA.--YUPANQUI: SUS GUERRAS: CONCILIO EN EL CUZCO.--TUPAC YUPANQUI: SU PODER MILITAR.--HUAYNA CAPAC: SU CRUELDAD.--HUASCAR Y ATAHUALPA: GUERRA CIVIL.--EL INCA.--LOS INCAS, CURACAS Y AMANTAS.--LOS VIRREYES.--LOS GOBERNADORES.--EL EJÉRCITO.--LA RELIGIÓN.--LA CULTURA.--LA POESÍA.--LAS COMEDIAS Y TRAGEDIAS.--LA MÚSICA Y EL BAILE.--LA LENGUA.--LA INDUSTRIA.--VÍAS DE COMUNICACIÓN: CAMINOS Y CORREOS.--PUENTES.--ACUEDUCTOS.--LAS COLONIAS.--COLONIAS MILITARES.
Las tribus de la América del Sur (sección del Pacífico) forman dos regiones, como se dijo en el capítulo IV de este tomo, que son la Colombiana y la Peruana. Dividiremos la Colombiana en tres grupos geográficos: 1.º, Tribus del Istmo y costas adyacentes; 2.º, Tribus Chibchas; 3.º, Tribus Sud-Colombianas y Ecuatorianas. Entre el mar de las Antillas y el Océano Pacífico se hallaban establecidas en la época del descubrimiento varias tribus más o menos importantes, las cuales tenían lenguas que pertenecían a diversas familias. Citaremos como las principales tribus, la de los cunas (del Panamá), la de los dorasques (inmediaciones del Chiriqui), la de los onotos o señores de la laguna, y la de los merigotes o timotes (distritos de Mérida y del lago Valencia). Todas las citadas tribus--según los objetos encontrados en las tumbas de sus individuos--no salieron de la barbarie.
Extendíanse los chibchas, muiscas o muicas desde el istmo de Panamá hasta Costa Rica y Colombia, y tanto la lengua chibcha como sus dialectos, se hablaban durante la centuria XVI en el reino de Nueva Granada (hoy Colombia). Se halla Colombia entre el Atlántico al Norte y el Pacífico al Este, siendo muy corta la distancia que separa a los dos mares por algunos sitios. Existía allí despótica y electiva monarquía: el zipa (Rey) y los azaques (nobles) gozaban de grandes privilegios. Considerábase como sagrada la persona del Rey, el cual vivía en suntuosos palacios, lo mismo que los soberanos de México y del Perú.
Había dos Reyes, que residían, uno en Tunja, y el otro en Bogotá. Desconocemos los comienzos del reino de Tunja; sabemos, sí, que se formó posteriormente el reino de Bogotá. Por mucho tiempo, ya en paz, ya en guerra, los monarcas de Bogotá debieron estar bajo el poder de los de Tunja. ¿Cuándo se separaron y lograron su independencia? No lo sabemos. En lo espiritual dirigía a los Reyes de Tunja y de Bogotá el gran pontífice de Iraca o Sogundomuxo, que habitaba cerca de Suamoz (hoy Sogamoso), cuyo templo fué, tiempo adelante, incendiado por los españoles.
Acerca del origen de ambos poderes, el de los reyes, a quienes heredaban, no sus hijos, sino los hijos de sus hermanas, y el del Pontificado de Sogamoso, que era electivo, veamos lo que refiere la tradición. «Allá en apartados siglos--se decía--cuando no alumbraba aún la Luna la tierra, vino a estas regiones un extranjero llamado por unos Bochica, por otros Zuhé y por algunos Nemquetheba. Llevaba prendido el cabello, la barba hasta la cintura, los pies descalzos y el cuerpo cubierto por un manto que por las puntas anudaba en el hombro. Predicaba la virtud y condenaba el vicio, enseñaba la agricultura y las artes, predecía los buenos y los malos tiempos y era el oráculo de la comarca. Llegó también por aquel tiempo una mujer de singular hermosura que, unos llamaban Huythaca, otros Chia y algunos Yubecayguaya. Enseñaba doctrinas opuestas a las de Bochica, halagaba los instintos sensuales y llevaba tras sí las gentes; era mágica y de perversas intenciones. Un día hizo crecer el río Funzha hasta hacerlo salir de madre, e inundó la llanura de Bogotá, obligando a los habitantes a recogerse en las cumbres de los vecinos montes. Afortunadamente, Bochica acudió a remediar el daño. Fué a Bogotá, golpeó con su báculo en una de las montañas del Mediodía, abrió paso a las aguas dando nacimiento al salto de Tequendama y dejó seco el valle. No pudiendo sufrir por más tiempo las maldades de Huythaca, la transformó en Luna y la envió al cielo a que fuese mujer del Sol y alumbrase de noche.
Bochica entonces arraigó en los muiscas sus ideas religiosas: la existencia de un Ser Supremo, la inmortalidad del alma, el juicio final y la resurrección de la carne. Concluída su predicación, se retiró a Iraca, hoy Sogamoso, viviendo dos mil años. A su muerte fundó el pontificado, instituyendo también al señor de la tierra y fijando la manera de elegir a sus sucesores.
Andando el tiempo, un sucesor de Bochica quiso poner fin a las continuas guerras que se hacían los caciques. Los reunió a todos, les hizo ver las ventajas de la paz y los indujo a nombrar un Rey a quien todos obedeciesen. Recayó la elección en Hunzahúa, a quien dieron desde luego el título de Zaque; y de aquí el origen del reino de Tunja, que abrazó toda Cundinimarca.» Bochica y Huythaca son, pues, la personificación del bien y del mal, de la virtud y del vicio, de Dios y del Demonio. Son, además, signos cosmogónicos: él es el representante del Sol, el día, el calor que seca la inundada tierra; y ella es la representación de la Luna, la noche, la que cubrió la meseta de Bogotá con las aguas del Funzha.
A Hunzahúa, que vivió muchos años, no sabemos quién sucedió, pues a Fomagata o Thomagata se le considera muy posterior. Dícese que era casi tan santo como Bochica. Sucedió a Fomagata su hermano Tuzuhua, y se guarda silencio sobre los demás reyes de Tunja hasta Michua.
Respecto a los Reyes de Bogotá, si damos crédito a las tradiciones, el primero fué Saguanmachica, que no subió al trono hasta el 1470, veintidós años antes de la llegada de los españoles. Saguanmachica tuvo mucho poder. Venció a todos los caciques vecinos, atreviéndose luego a arrostrar las iras de Michua, Rey de Tunja. Cierto es, que los de Bogotá llegaron a tener más fuerza que los de Tunja; pero a los últimos favorecía lo áspero del terreno, la antigüedad de su origen y el apoyo del gran sacerdote de Sogamoso. Llegaron a las manos en Chocontá, siendo encarnizada la pelea, hasta el punto que los dos Reyes perecieron después de derramar mucha sangre.
Quimuinchatecha sucedió a Michua y Nemequene a Saguanmachica. Aunque la victoria había sido de Saguanmachica, su sobrino Nemequene, valeroso como ninguno, peleó con los caciques vecinos y también con los lejanos, apoderándose de muchas tierras. El pontífice de Sogamoso, que se llamaba Nompanim, más por miedo que por cariño, asistió a Quimuinchatecha con 12.000 hombres. Quimuinchatecha reunió en Tunja con la ayuda de Nompanim unos 60.000 hombres. En lo que hoy se llama Arroyo de las vueltas, se dió la terrible batalla. Cuando los bogotaes iban a cantar victoria, cayó Nemequene mortalmente herido, cambiándose al punto la faz de las cosas. Quimuinchatecha, noticioso de lo ocurrido, se dirigió con gran ímpetu sobre sus contrarios, logrando señalado triunfo. Thysquesuzha, sobrino y heredero de Nemequene, queriendo vengar la derrota anterior de los bogotaes, al frente de 70.000 hombres marchó contra Tunja, donde Quimuinchatecha se dispuso a resistirle. El pontífice de Sogamoso, neutral a la sazón, predicó la paz, que se hizo, mediante una buena cantidad de oro que el Rey de Tunja entregó al de Bogotá. En esas treguas hallaron los españoles a los muiscas. Los Reyes de Bogotá y Tunja no tuvieron fuerzas para resistir a los conquistadores extranjeros.
Entre los muiscas las leyes penales eran muy severas, y las civiles apenas las conocemos. Sabemos que el matrimonio era una especie de compra de la mujer por el marido. Cuidaban mucho de los enfermos y respetaban exageradamente a los muertos, cuyas cenizas, si eran de capitanes valientes, las llevaban a la guerra para animarse con su vista y conseguir la victoria. Por lo demás, no se distinguían por su arrojo y valentía.
Para obtener del Cielo algún beneficio, o el fin de alguna calamidad, celebraban grandes y suntuosas procesiones. En ellas--según las crónicas--y como es natural, figuraba en primera línea el sacerdocio. Los sacerdotes permanecían célibes, y de su castidad y prudencia se hacen lenguas los cronistas. Los sacrificios humanos no eran tan frecuentes como en México y en otros puntos. En honor de sus dioses principales, que eran el Sol y la Luna, quemaban substancias aromáticas. Veneraban a Bochica como hijo del Sol. Consideraban a los ídolos que adoraban en sus santuarios como intercesores de los citados brillantes astros. Las almas cuando salían de los cuerpos iban a lejanas tierras, distinguiéndose las buenas de las malas, en que las primeras hallaban allí descanso, y las malas, fatiga.
Los muiscas, con ser tan cultos, no tuvieron escritura de ninguna clase. En las ciencias tenían un sistema de numeración parecido al de los aztecas; también un calendario. Pobre era su arquitectura y Herrera dice que conocían la escultura y la pintura. La lengua chibcha murió hace más de un siglo, conservándose únicamente en las gramáticas. Había entre los chibchas artífices prácticos y hábiles en trabajar el oro, con el cual fabricaban figurillas de hombres, collares, zarcillos y otros adornos. Fueron buenos tejedores, como lo indicaban algunas telas de algodón con dibujos de vivos colores. Fabricaban sus casas de arcilla y madera, cubiertas con techos de forma cónica. Los muebles se distinguían por su sencillez; pero los que se hallaban en los templos y en los palacios de los reyes y sacerdotes eran lujosos y trabajados con esmero. Hallábase muy adelantada la agricultura; cultivaban el maíz, la patata y el cazabe. Los caminos eran excelentes, no careciendo de importancia los puentes colgantes sobre los ríos y barrancos. «Los muiscas usaban el oro en el comercio en concepto de moneda, fundiéndolo para hacer unas ruedecitas con que pagaban las mercancías, lo que apenas hay ejemplo que hiciera ninguna otra nación del Nuevo Mundo»[171].
[171] Reclus, Nueva Geografía Universal.--América del Sur, pág. 278.
Las tribus de la provincia de Chiriqui (costa del Pacífico), que deben incluirse en la numerosa familia de los chibchas, pulimentaban la piedra, eran buenos alfareros y trabajaban el oro, cobre y estaño, haciendo con ellos aleaciones diversas.
Los panches, muzos, colimas y otras tribus, que ocupaban tierras próximas a los chibchas y que acaso formaban parte de una misma familia lingüística, si moraban en casas permanentes y tejían con fibras de maguey mantas y esterillas, tenían fama--pues así lo dicen antiguos cronistas--de «gente bestial y de mucha salvajía».
Los panches eran, sin duda, los bárbaros más importantes en el reino de Bogotá. Tenían sus viviendas en las ásperas montañas que miran al río de la Magdalena, a unas nueve leguas de Santa Fe. Fama gozaban de belicosos y de crueles con sus enemigos. Sacrificaban y comían a los prisioneros. Eran apasionados por la guerra. Vivían de la caza y de la pesca, abundante la primera en los montes y la última en los ríos. Muy aficionados a la bebida, hacían vino del maíz, de la yuca, de la batata y de la piña. También se entregaban locamente al baile. Es posible que no conocieran forma alguna de gobierno; pero en religión parece ser que adoraban a la Luna, pues el Sol les abrasaba y no le creían digno de culto. Iban desnudos, si bien se colocaban zarcillos en narices y orejas, se teñían de negro los dientes y de otros colores los brazos y piernas; los que se habían distinguido por sus hechos de armas, se taladraban el labio y adornaban sus sienes de brillantes plumas. Añaden los cronistas que los panches midieron frecuentemente sus armas con los muiscas y algunas veces con ventajas. Dicen también--y esto no deja de llamar la atención--que no casaban con mujer de su pueblo, y mataban mientras no tuviesen hijo varón a cuantas hembras les nacían[172].
[172] Véase Pi y Margall, Historia general de América, tom. I, vol. I, pág. 293.
Los muzos y los colimas estaban situados entre el Sogamoso y el Magdalena. Propiamente hablando, no tenían dioses, si bien llamaban padre al Sol y madre a la Luna; pero ni al astro del día ni al de la noche tributaron culto ni erigieron adoratorios. No creyeron en la inmortalidad del alma y recurrían con frecuencia al suicidio. No conocían gobierno de ninguna clase, como tampoco leyes. Colimas y muzos eran polígamos. Mostraron su valor y arrojo, ya peleando con las tribus vecinas, ya en lucha luego con los españoles. Se cree que fueron antropófagos. Si alguna de las mujeres de los colimas o muzos caía en adulterio, el marido se suicidaba o manifestaba su cólera rompiendo el ajuar de la casa. Si acontecía lo primero, la adúltera había de ayunar tres días, bebiendo sólo algún vaso de chicha; además, en el citado tiempo tenía que sostener en sus rodillas el cadáver de su marido. Después se retiraba a lo más oculto de un cerro o valle, sembraba maíz y allí vivía entregada a sus remordimientos, hasta que parientes de ella y del difunto iban a recogerla. Cuando el marido únicamente rompía las vasijas de la casa, debía huir al monte, levantar una choza y comer lo que espontáneamente le daba la tierra, hasta que la mujer, repuesta la vajilla, le buscaba y le hacía volver al hogar. En este caso, bien puede asegurarse que el marido buscaba, no castigar el crimen, sino consentirlo, cubriendo las apariencias.
Las tribus indígenas que habitaban en los actuales Estados de Cauca, Antioquía, Tolima, etc., no debían de carecer de alguna cultura, según los restos que todavía se conservan.
Los guanucos o coconucos, que vivían en Popayán y en los valles de la sierra, adoraban al Sol con no poco entusiasmo y fe ciega. Es posible que desciendan de ellos los moquxes o guanabianos, los cuales vivían a la sazón en la vertiente occidental de la cordillera, ocupados en sus faenas de agricultura. Los andaquis se asentaban en la parte más escarpada de la cordillera oriental, hacia las fuentes del río Fragua; créese que ellos fueron los constructores de edificios ciclópeos y de templos subterráneos.
Los cañaris y otras muchas tribus que habitaban los territorios que rodean el golfo de Guayaquil y que debieron ser subyugados por los incas (siglo XV), no carecían de regular cultura, como puede verse en sus delicados trabajos de oro y en sus hachas de cobre.
Consideremos el territorio peruano. Las ruinas monumentales existentes en la región del lago Titicaca--muy especialmente las de Tiahuanaco--indican su carácter megalítico. Creemos que el inmenso cuadro de grandes piedras sin labrar, dividido en dos secciones desiguales por una quinta hilera de pedruscos, que se halla en Tiahuanaco, al pie de la colina o terraplén de Acapana, era recinto sagrado. Los citados monumentos megalíticos eran raros en América. En la región comprendida en la parte Sur de lo que es a la sazón departamento de La Paz, principalmente en la sección que limita con el lago Titicaca, se encuentra el país conocido con el nombre de aymará, tal vez cuna de la raza de dicho nombre, cuya gente está considerada como los autores de las obras más colosales de la antigua arquitectura del continente sudamericano.
Dícese que las regiones que ahora componen el territorio boliviano fueron ocupadas por razas prehistóricas, llegando a pensar algunos escritores que Bolivia fué el verdadero lugar del nacimiento de la especie humana, pues no pocos etnólogos (como ya se dijo) sostienen que la emigración no se realizó del Asia a América, sino de América a Asia, opinión aceptada desde la expedición organizada por Morris K. Fessup, Presidente del Museo Americano de Historia Natural.
Tiene exacto parecido la mitología de aymará con la de Oriente. En el principio del mundo el dios Khunu (palabra que significa nieve), Creador de todas las cosas, para castigar los vicios de la Humanidad mandó una gran sequía, convirtiendo las regiones fértiles en desiertos. Pachacamac, el Espíritu Supremo del Universo, compadecido y bueno, dió a la Humanidad nueva vida. Por segunda vez se enojó Khunu y mandó un diluvio y tinieblas sobre la tierra. Las pocas personas que se salvaron imploraron al Cielo, apareciendo entonces el gran dios Viracocha, nombre que significa espuma de mar, sobre las aguas del lago Titicaca. Viracocha creó el Sol, la Luna y las estrellas; y Tiahuanaco--según el profesor Max Uhle--fué edificado como un templo a la citada deidad.
No pocos escritores consideran a los collas, umasuyas, yungas y otras tribus como ramas del tronco aymará; pero sí puede asegurarse que todas esas tribus fueron nativas de Bolivia. Perteneciesen o no los collas o charcas al mismo tronco de los aymarás, y de origen mongólico o no los primeros, es lo cierto que cuando aparecieron los incas, ya los collasuyos se entregaban a destructoras guerras y luchas fratricidas. «Es muy presumible--escribe el historiador D. José María Camacho--que para haber alcanzado los aymarás el grado de prosperidad que revelan sus monumentos, así como para haber llegado al estado de decadencia en que fueron encontrados por los quichuas, hubiesen experimentado en una larga sucesión de siglos, grandes acontecimientos sociales y las irrupciones devastadoras de otros pueblos.» Ignoramos las semejanzas y diferencias entre las religiones de los aymarás y quichuas, ni cuándo aparecieron unos y otros. Parece cosa cierta que ambas razas han sido rivales desde tiempo inmemorial; pero llegaron a sobreponerse los segundos a los primeros. También llama la atención que mientras los aymarás aparecen siempre confinados a la meseta del Titicaca, los quichuas se extiendan por los departamentos de Cochabamba, Chuquisaca, Potosí y Oruro. La aparición del primer Inca--según el poético y legendario relato del historiador inca Garcilaso de la Vega--fué del siguiente modo. Dice en sus Comentarios Reales que el Sol, dios que vivifica el Universo, deseando redimir al género humano, envió del Cielo a sus hijos Manco Capac y Mama Ocllo, los cuales aparecieron en la isla de Inti-karka, después del gran diluvio, inundación con que el dios Khunu castigó a la Humanidad.
Hállase probado que en los accidentados territorios del Perú vivieron tribus populosas que supieron formar pueblos, levantar templos, cultivar las tierras, ejercer la industria, llegando a un grado de cultura material digno de todo encomio. Creemos poder afirmar, sin género de duda, que las tribus de la costa peruana y las de los valles interandinos, desde Quito y la línea ecuatorial hasta el desierto de Acama, pertenecían a las familias lingüísticas aymará, quechua, yunca o mochica, puquina y atacameña.
[Ilustración: Indio peruano. (Región de los bosques).]
Los collas, que ocupaban la meseta del Titicaca y valles inmediatos, como también otras tribus establecidas en las vertientes y mesetas occidentales de los Andes, cuencas del desaguadero y lago Aullaga, eran fuertes, audaces y vivían en chozas cónicas de piedra cubiertas con la paja de la puna. Las chozas agrupadas formaban pueblecillos. Daban culto a los espíritus de la naturaleza (animismo) y a los mares. Las ruinas de Tiahuanaco representan la arquitectura más poderosa del continente americano. Aquellas estátuas colosales, aquellas fábricas ciclópeas y aquellos enigmáticos relieves son hoy mismo la admiración de los que las contemplan. Parece ser que todos los templos que hubo en el país estuvieron consagrados a Viracocha, dios de los aymarás, cuyo culto tuvo tanta importancia como el del Sol. Los collas cuidaban de sus rebaños de alpacas y llamas, obteniendo lana para defender sus cuerpos del intenso frío de los parajes altos; cogían patatas, ocas, etc., en las tierras que estaban al abrigo de los collados, pesca abundante en la laguna Titicaca, caza de patos y perdices en las orillas de dicho lago, y de guanacos y vicuñas en las montañas. Otras tribus, entre ellas las de los Urus, permanecían en el ángulo Sudoeste del lago Titicaca y hablaban la lengua paquina.
Los yuncas (yunca-cuna, moradores de tierra caliente) habitaban los valles de la costa del Pacífico desde el Callao a la serranía de Amotape, hablaban la lengua yunca o mochica y predominaba entre ellos el patriarcado. Hacían sus casas de columnas de adobe, tejían telas de muchos colores y de complicada trama y eran excelentes alfareros. Gozaron de justa fama los acueductos que construían para regar sus campos, campos muy fértiles por el abono del guano, que extraían de las islas. Navegaban en canoas hechas de cuero de lobo marino y en balsas de madera con vela, timón y quilla.
Los chimus, que dominaron desde Tumbez a Ancón y el valle de Huarcu (Cañete), construyeron los palacios del Gran Chimu, de fábrica análoga a la de sus magníficas necrópolis y de los depósitos y canales de Chicama y de Nepeña.
Los huancas (valle de Jauja y sus cercanías), los quechuas (la zona del Apurimac hasta las Pampas), los caras (entre el Cuzco y lago Titicaca), los quitos (alrededores de Quito) y otras tribus, hablaban la lengua quechua o kechua. Aunque eran bárbaros, estaban organizados perfectamente--si damos crédito a los cronistas--en clases o linajes (ayllus), gobernados por jefes tribales (curacas) y dedicados a la horticultura y pastoreo. Vivían los huancas en casas parecidas a torreones cilíndricos de bastante altura y considerable diámetro, dispuestas en hilera y unidas por estrechos pasadizos. Los quechuas tuvieron más importancia y dieron nombre a la lengua general del país. De los caras se cuenta que habían venido en balsas, hacía unos doscientos años, no se sabe de qué lejanas tierras. A la sazón obedecían los caras al valiente e intrépido Caran Scyri, quien, cuando se creyó con fuerzas para disputar a los indígenas las comarcas que a él le parecieron mejor, se dirigió al Norte y llegó hasta los dominios del rey Quito. Comenzó la guerra, en la cual murió Quito. Los sucesores de Caran Scyri, que según probables cálculos fueron quince, sin contar a los incas, llevaron sus armas al Norte y se apoderaron de extensos territorios. A la larga caras y puruaes formaron un pueblo; pero no por la fuerza, sino a gusto de unos y otros. Los caras adoraban únicamente al Sol y a la Luna, siendo de notar que miraban con horror los sacrificios humanos e hicieron por desterrarlos. Como veremos más adelante, ellos tenían el mismo alfabeto, el mismo sistema de numeración, el mismo calendario, la misma religión, las mismas actitudes para el cultivo de las ciencias y artes, y casi vestían el mismo traje que los incas. ¿Tendrían los incas, como muchos pretenden, el mismo origen que los caras? Es posible, y algunas señales lo indican con bastante elocuencia. Más que los caras se hallaban civilizados los quitos. Respecto a la industria, los quitos tallaban mejor que los muiscas las esmeraldas: las hacían esféricas, cónicas, cilíndricas y prismáticas. Labraban de oro collares, ajorcas, pendientes e ídolos. Construían hachas de cobre. En la cerámica estaban todavía más adelantados, y en los vasos, ya hechos de barro colorado, ya negruzco, representaban ídolos, hombres, fieras, pájaros, reptiles y peces. Tejían admirablemente el algodón y la lana. En las bellas artes nada hicieron. Creemos que no levantaron puentes de piedra; pero sí de madera, de bejuco y de cuerda. Conocieron los acueductos, ora superficiales, ora subterráneos. Las fortalezas fueron muy toscas, como fueron muy toscos sus palacios y sus templos.
Poco sabemos de la historia de Tahuantinsuyo o Perú antes del imperio de los incas, pues las noticias son obscuras, incompletas y aun contradictorias. Ciertas señales indican la existencia remota de centros de cultura, debidos tal vez a gente autóctona, siendo de notar que a la decadencia o ruina de dichos centros comenzó la civilización incásica. Para algunos escritores es cosa probada que de los legendarios piruas, de los misteriosos Hatun-Runa o gente antigua, adoradores del Con-Illá-Tici-Viracocha, surgió el poderío y engrandecimiento de los incas. No sería extraño--añaden--que los primeros pobladores de Tahuantinsuyo tuvieran idea de un Ser Supremo, creador de todo lo existente, y de un espíritu maligno o Supay, como tampoco niegan que creyesen en la inmortalidad del alma y en la resurrección del cuerpo.
Dejando estas cuestiones para los que se ocupan solamente de la historia particular del Perú, pasamos a tratar de los incas[173]. Lo primero que se presenta a nuestro espíritu, es la pregunta que copiamos a continuación. Los incas, ¿son indígenas o proceden del Mogol? Sebastián Lorente y algunos más afirman lo primero[174]; Juan Ranking y otros sostienen lo segundo. Puede, sí, asegurarse--y conviene no olvidarlo--que los incas--señores--nunca creyeron haber tenido el Asia por cuna. Diremos, para gloria de ellos, que supieron reunir en vasta y poderosa nacionalidad tanto las cultas como las incultas tribus, que se odiaban y hacían la guerra. Veamos lo que dice la tradición, primera y casi única base de la historia de los incas, no olvidando que muchos cronistas atribuyen un mismo hecho a distintos incas, como también se da el caso que algunos hacen a Manco Capac autor de instituciones que otros creen nacidas muy posteriormente.
[173] Los historiadores suelen dividir la Historia del Perú en las siguientes épocas: Preincáica, Incáica, Conquista, Virreinato e Independencia.
[174] Historia antigua del Perú, libro III, capítulo II.
En el siglo XIII apareció en el Perú un hombre verdaderamente superior, llamado Manco Capac. Su reinado--con arreglo a las noticias más exactas--comenzó el año 1221 y terminó el 1262. Tenía por mujer a su hermana Mama Ocllo. Según Balboa, habían salido de Pacaritambo con tres hermanos y tres hermanas[175]; opinan otros que salieron de una isla del lago de Titicaca; pero lo que parece probado es que eran hijos de un curaca o cacique de Pacaritambo. Se presentó Manco Capac y Mama Ocllo, hermano y hermana, esposo y esposa, llevando un cetro en forma de una barra de oro, el cual, al dar con él en el suelo de Cuzco, se enterró, hecho que llevaba consigo que allí tendría asiento la capital Inca. Dice Pedro Knamer, en su Historia de Bolivia, que Manco Capac debió ser jefe o sacerdote aymará, de superior talento, que dejó su país, en compañía de su hermana, huyendo de las guerras civiles. Manco Capac se presentó diciendo que su padre el Sol le mandaba para dirigir y educar a los hombres. Las gentes del Cuzco, comprendiendo que los citados viajeros eran superiores a los habitantes del país, les prestaron obediencia. Ellos fundaron la ciudad llamada Cuzco, «el centro del Universo», y después otras varias poblaciones, bien que las mayores no excedían entonces de 100 casas. Mientras que él enseñaba a los hombres el culto del Sol, a edificar sus casas y a cultivar la tierra, Mama Ocllo adiestraba a las mujeres en el hilado, en la confección de vestidos y en otros ejercicios domésticos.
[175] Historia del Perú, capítulo I, tomo XV de la Colección de Ternaux-Compans.
Tanta llegó a ser la influencia de Manco Capac, que consiguió ser proclamado Inca, esto es, señor de la tierra o soberano del país. También los descendientes de sangre real se llamaron incas. La mujer legítima del Soberano o Rey, se denominó Coya, tomando el mismo nombre las hijas del real matrimonio. A las concubinas que eran de la familia real y, en general, a todas las mujeres de dicha familia, se las conocía con el nombre de Palla; a las demás concubinas con el de Mamacuna o mujer que tiene obligación de hacer oficio de madre. No deja de llamar la atención la industria del primer Inca para atraer a la vida de la civilización a unas gentes tan rústicas y bárbaras. En el Cuzco hizo construir magníficos edificios, sobresaliendo entre todos el soberbio templo dedicado al Sol, el cual era visitado por multitud de peregrinos que acudían de todo el Imperio.
Estableció Manco Capac una Monarquía despótica absoluta. Heredaría el trono el primogénito tenido en la Coya. El Emperador debía casarse con una de sus hermanas, pues de este modo había seguridad de que el príncipe heredero era de sangre real. Los hijos habidos en las concubinas formaban la nobleza que componía la corte, y a quienes daban el nombre de Orejones. Dividió la tierra en tres partes: la del Rey, la de los sacerdotes y la del pueblo. Tuvo en cuenta al hacer la última división el número de individuos que componían la familia, la posición y las necesidades de cada uno. Los ganados los repartió entre los sacerdotes y el pueblo. Organizó la sociedad bajo el punto de vista político, religioso, administrativo y civil. Cuando Manco Capac sintió cercana su muerte, llamó a su hijo primogénito Zinchi Lloca, y le recomendó que no alterase el régimen del Gobierno que él dejaba establecido.
Zinchi Lloca (1262-1281) siguió los consejos de su padre. Casó con su hermana Mama Cora, y de ella tuvo a Lloce Yupanqui. El nuevo Rey era valiente y arrojado; pero no tuvo necesidad de lanzarse a la guerra, logrando por la persuasión extender los límites de su Imperio.
Lloce Yupanqui (1281-1300) al frente de un ejército, redujo a la obediencia a diferentes tribus. Su imperio se extendía de Este a Oeste, desde el Paucartampu a la sierra, y de Norte a Sur, desde el Cuzco al fin del río Desaguadero. En la capital ya había templo para el Sol, alcázares para los Emperadores y calzadas que después habían de unir las cuatro estrellas de la monarquía.
Mayta Capac (1300-1320), continuó la conquista de sus mayores, apoderándose de varios territorios y venciendo a muchas tribus. Penetró en Collasuyo, venció a sus habitantes, y tanto le impresionaron las colosales ruinas del Tiahuanaco, que pensó hacer del citado lugar la capital de su imperio. El Inca Garcilaso de la Vega le coloca entre los monarcas más batalladores y afortunados; pero Balboa dice que no emprendió guerra alguna[176], y Montesinos, añade, que nada notable se conoce de su reinado[177].
[176] Historia del Perú, cap. II.
[177] Memorias Históricas del Perú, cap. XIX.
Capac Yupanqui (1320-1340), hijo mayor de Mayta y de Mama Cuca, hizo matar a su hermano Putano Uman y a otros que intentaban destronarle. En seguida se hizo dueño de toda la tierra de Yanahuara, situada al Occidente del Cuzco; ganó también las comarcas de Cota-pampa, Cotanera y Huemampallpa, habitadas por los quichuas; extendió su poder por las costas del Pacífico, por las cordilleras de los Andes, por la provincia de Charca y por el Norte. De Norte a Sur tenía ya el imperio unas 190 leguas, y de Este a Oeste 70.
Inca-Yocca (1340-1360), hijo de Capac y de Mama Curi-Illpay, siguió las huellas de su padre, no siendo menos afortunado en las empresas. Castigó duramente a los soberbios chancas, acompañándole también la victoria en otras expediciones. Dió leyes importantes y protegió la cultura.
Yahuar Huacac (1360-1380) se entregó, según Balboa, a los placeres sensuales[178]. Montesinos dice que fué prudente y pacífico, no recurriendo a la fuerza ni aun para aplacar desórdenes y tumultos[179]. Conforme con Montesinos está Garcilaso. El hecho más notable de este reinado fué que los feroces chancas, después de matar a sus gobernadores incas, cayeron sobre el Cuzco en número de 40.000. Yahuar Huacac abandonó la capital y se retiró a la angostura de Muyna, cinco leguas al Mediodía. Cuando lo supo su hijo primogénito Huiracocha, se dirigió a su padre y delante de varios incas le dijo lo siguiente: «¡Cómo! ¿Al solo anuncio de que se ha rebelado una pequeña parte del imperio abandonáis el Cuzco? ¿Siendo hijo del Sol entregáis a los bárbaros el templo para que lo pisen y a las vírgenes de vuestro padre para que las violen? ¿Y todo por salvar la vida? No quiero la vida si no la he de llevar con honra. Iré más allá del Cuzco, é interpondré mi cuerpo entre los bárbaros y la ciudad sagrada.»
[178] Capítulo II.
[179] Capítulo XXII.
Por este sólo hecho pasó la corona de Yahuar Huacac a Huiracocha. Huiracocha (1380-1390) consiguió gran victoria peleando con los chancas en una llanura al Norte de Cuzco. Cruel con los vencidos, como escriben unos historiadores, o magnánimo con los prisioneros, como refieren otros, lo cierto es que el triunfo del nuevo Rey fué de mucha importancia. Por el Poniente Huiracocha llegó hasta la entrada de Tucumán, y por el Norte sometió muchas tribus.
Urco, sucesor de Huiracocha, se entregó a toda clase de vicios y fué destronado por los grandes.
Elegido Titu Manco Capac (que tomó el nombre de Pachacutec), hermano del anterior, empleó tres años en dotar de buenas leyes el imperio y otros tres en visitarlo y corregir los abusos. Prosiguió las conquistas de su padre Huiracocha, no por sí mismo, sino valiéndose de su hermano Capac Yupanqui. Ganó muchas tierras por medio de la guerra, aunque más mediante la persuasión. En los últimos años de su reinado se ocupó en asegurar sus conquistas, estableciendo en las comarcas recién sometidas colonias, abriendo canales, convirtiendo en fructíferas las tierras hasta entonces incultas, levantando suntuosos monumentos y abriendo caminos. Excelente legislador, dió muchas leyes civiles y penales. Suyas son las siguientes máximas: «La envidia es carcoma que roe y consume las entrañas del envidioso. Envidiar y ser envidiado es doble tormento. Mejor es que otros te envidien por bueno, que no los envidies tú por malo. La embriaguez, la ira y la locura son hermanas: no difieren sino en que aquéllas son voluntarias y mudables, y ésta involuntaria y perpetua. Los adúlteros hurtan la honra y la paz de sus semejantes: merecen igual pena que los ladrones. Al varón noble y animoso se le conoce en la adversa suerte. La impaciencia es de almas viles. El que no sepa gobernar su casa, menos sabrá gobernar la República. Gran necedad es contar las estrellas cuando no se sabe contar los nudos de los quipus.» Murió Pachacutec el año 1400.
Yupanqui (1400-1439) fué conquistador[180]. Venció a los chunchus; después a los fieros moxos, situados al otro lado de la rama oriental de los Andes; en seguida la emprendió con los chiriguanas, que vivían al Sudoeste de Chuquisaca; y, últimamente, dió una batalla a los purumancas que duró tres días y dejó indecisa la victoria. Según Balboa, así como Pachacutec dió a su pueblo la unidad de idioma, Yupanqui reunió una especie de concilio en el Cuzco y, después de largos debates, se convino en que el Sol merecía en primer término la adoración de los hombres, puesto que a él se debían el verano y el invierno, la noche y el día, la fecundidad de los campos y la madurez de los frutos; en segundo lugar eran dignos de culto el trueno, la tierra y las principales constelaciones, entre ellas la Cruz del Sud y las Pléyades. Cuando todos estaban conformes en las dichas creencias, Yupanqui hizo notar que no el Sol, sino el que le obliga a eterno movimiento era el creador del mundo, acordando entonces todos llamar a ese dios desconocido Ticci Huiracocha Pachacamac[181].
[180] Lorente y otros historiadores opinan que Pachacutec y Yupanqui son los nombres de un mismo inca.
[181] Balboa, cap. V.
Tupac Yupanqui (1439-1480), a la cabeza de un ejército de 40.000 soldados se dirigió al Norte, peleando con los huacrachucus, a quienes desbarató completamente, obligándoles a pedir la paz. Al siguiente año peleó con los chachapoyas, situados al Levante de Caxamarca, que le opusieron tenaz resistencia. También sometió a los muyupampas y a los cascayuncas. La emprendió tiempo adelante contra los habitantes de Huancapampa (hoy Huancabamba), los cuales se rindieron y aceptaron las condiciones impuestas por el Inca. Tocó el turno a Huanuco, cuyos habitantes, como los de Huancapampa, se sometieron fácilmente. Todavía continuó peleando y todavía continuó llevando la civilización por todo el país.
Huayna Capac (1480-1525), hijo del anterior, comenzó peleando contra los caranguis, que fueron pasados a cuchillo, salvándose sólo los niños. Dícese que la matanza fué tan grande, que llegó a enrojecer las aguas de Yahuarcocha. Si Huayna Capac no extendió su imperio al Norte hasta los límites que a la sazón separan la república del Ecuador de la de Colombia, sí es cierto que ganó desde Chimo (hoy Trujillo) a Puerto viejo. Sometió también a los chachapoyas, y con ellos se mostró generoso. Tuvo dos hijos, Huascar, su primogénito, habido en su primera mujer, llamada Rava Ocllo, y Atahualpa, que tuvo después de otra de sus mujeres. Dispuso que a su fallecimiento se le arrancara el corazón y se guardara dentro de un vaso de oro en el templo de Quito, que su cuerpo embalsamado se llevara al Cuzco, y que Huascar se sentara en el trono de los incas y Atahualpa en el de los antiguos scyris.
Cuando Huayna Capac recorría y admiraba sus templos y palacios en el sagrado lago, un rayo derribó uno de sus palacios y se sucedieron unos terremotos después de otros; pero la noticia que sobrecogió a todos de espanto, fué que en el Pacífico navegaban en casas de madera hombres blancos y barbudos, cuya venida había anunciado el inca Ripac. Inmediatamente Huayna Capac abandonó Collasuyo y se retiró a Quito, buscando el consuelo de su favorita Pacha, madre de Atahualpa, su hijo más querido.
Huascar heredó el trono del Perú y Atahualpa el de Quito. Al poco tiempo de morir Huayna Capac (1530), sus citados hijos comenzaron desastrosa guerra. Huascar en Cuzco ambicionaba también el reino de Quito, y Atahualpa a su vez no se contentaba con Quito, sino que quería conquistar el Cuzco. Atahualpa organizó poderoso ejército bajo el mando de su primogénito Hualpa Capac y de los generales Quizquiz, Calicuchina y otros. Logró salir victorioso en varios combates, y se preparó a una guerra cruel, cuando supo que su hermano Huascar salía del Cuzco al frente de muchas tropas, habiendo jurado antes por el Sol y por todos los dioses que había de cortar la cabeza al rey de Quito, la cual convertiría en un vaso recamado de oro para sus festines.
Contra Huascar se dirigieron los generales Quizquiz y Calicuchina. La batalla fué sangrienta y duró todo un día. Prisionero Huascar, no mereció compasión del vencedor, quien resolvió apoderarse de todo el imperio y ceñir la borla de los incas. El Cuzco cayó en poder de Atahualpa el año 1532. No negaremos que Atahualpa merecía el calificativo de cruel; pero no le censuraremos por haber declarado la guerra a su hermano. Si Huascar vencedor se había de apoderar del reino de Quito, de esperar era que, vencedor Atahualpa, se apoderase del imperio del Cuzco. Pero a la sazón los españoles, mandados por Francisco Pizarro, habían llegado a Tumbez y procede que suspendamos esta crónica de los incas, para tratar de las instituciones y cultura del Perú.
Como hemos podido observar, el Inca, Soberano o Rey, era a la vez Pontífice y padre de los pueblos. Lograron con verdadera constancia que todas las tribus tuviesen la misma religión, el culto del Sol, y hablasen la misma lengua, la quechua. Consiguieron imponer las mismas leyes, los mismos usos y costumbres a pueblos tan diferentes en su origen y en sus inclinaciones. El Inca, según Velasco, podía tener tres o cuatro mujeres legítimas, y según Garcilaso, solamente una. Podía tener las concubinas que quisiera. Tanto el Inca como la Coya eran objeto de veneración de parte del pueblo. Los nobles estaban divididos en incas, uracas y amantas. Los incas se diferenciaban de los demás nobles porque llevaban engarzados en las orejas grandes rodetes. Como estos rodetes hacían muy anchas las orejas, los españoles designaron a los incas--como antes se dijo--con el nombre de orejones.
Hallábase dividido el imperio en cuatro regiones, y al frente de cada una había un virrey asistido de comisiones de guerra, justicia y hacienda. Los cuatro virreyes formaban el Consejo de Estado del Inca. La región se subdividía en provincias y estaba dirigida por un gobernador o prefecto. La acción del gobernador se hallaba frecuentemente limitada por la de los curacas. El ejército tenía severa organización, como también la administración de justicia. Ya se ha dicho que la religión del Imperio consistía en adorar al Sol: Huiracocha era hijo del Sol; Catequil y Pachacamac permanecían en los santuarios eclipsados ante aquel cuya luz y calor eran la fuente de la vida. Consideraban al hombre formado de cuerpo y alma. Suponían al alma inmortal y afirmaban que si en esta vida era buena, gozaría luego de bienestar y reposo; si era mala sufriría eternamente dolores y trabajos. Creían en la resurrección de los muertos. Más bien que creyentes, eran supersticiosos.
Acerca de su cultura diremos que la Filosofía estaba reducida a algunos apólogos morales, la Jurisprudencia a un corto número de leyes, la Medicina y la Cirugía a reglas y principios empíricos y las Matemáticas apenas eran conocidas. En la poesía se distinguieron un poco. Cantaban en verso sus amores, las hazañas de sus reyes y de sus héroes, y componían en verso comedias y tragedias. Para los cantos de amor tenían su música y entre aquéllos daremos a conocer los siguientes: «En las solitarias pampas solíamos ver a los pájaros yendo a su nido. Lloraban lastimeramente por sus compañeros. Así, al irte tú, lloraré yo, amado mío.» Otro decía: «Mientras me dure la vida--seguiré tu sombra errante--aunque a mi amor se oponga:--agua, fuego, tierra y aire.»
Las comedias enaltecían las virtudes domésticas y las tragedias los grandes hechos de la historia. Hasta nosotros sólo ha llegado una tragedia intitulada Ollanta; pero afirma Markham que es posterior a los incas, pudiéndose asegurar que la compuso el doctor Valdés, cura de Sicuani, bien que aprovechando antiguos cantos. Sin embargo, convienen los cronistas en que eran aficionados a las representaciones dramáticas, las cuales tenían por objeto exponer doctrinas religiosas o conmemorar triunfos guerreros. La música tenía cierto desarrollo, y los instrumentos, además de la trompeta, eran el tambor, el huancar, las sonajas y los cascabeles. Del mismo modo amaban con pasión el baile. Acerca de la lengua, podemos dar como cosa cierta que la quichua era una de las mejores de América, la cual contaba entre sus principales dialectos el de los quitos y el de los aymarás. No faltan escritores que consideren el aymará como lengua y la quichua como dialecto. No descuidaron la agricultura y la ganadería. Supieron aprovechar hasta los páramos, si no para la agricultura, para la ganadería. Condujeron el agua por canales subterráneos de piedra, los cuales llegaron a tener hasta 400 o 500 millas. «Entre estas obras las había verdaderamente admirables, como que venían atravesando ríos, rodeando montañas, perforando a veces las mismas peñas y salvando abismos. Son indecibles el tiempo y el trabajo que debieron de costar en tiempos donde se carecía, no ya tan sólo de los medios mecánicos de que hoy se dispone, sino también de herramientas. Era aún más de notar el sistema que para los riegos se había adoptado. No se distinguía del que acá en España plantearon los árabes...»[182]. De la minería hicieron poco caso. En las artes útiles se distinguieron como plateros, tejedores y alfareros. Los metales que usaban eran el oro, plata y cobre.
[182] Pi y Margall, ob. cit., tomo I, volumen I, págs. 422 y 423.
Los caminos en el Perú, hechos casi lo mismo que en México, llamaron profundamente la atención de los españoles, en particular el que corría por la costa y el que iba por las mesetas y cumbres de los Andes. Cieza dudaba de que el emperador Carlos V, sin embargo de sus grandes medios, pudiera hacer en aquellos sitios otro tanto. En los lugares cenagosos, parte de los caminos eran calzadas sostenidas por recios y fuertes muros. El citado Cieza vió dos: una en el camino de Xaquixaguana al Cuzco, y otra desde el Cuzco a Mohina. El camino principal partía del Cuzco y llegaba a Quito, uniendo ambos reinos. Dice el ilustre Humboldt lo siguiente: «El gran camino del Inca es una de aquellas obras más útiles y más gigantescas que los hombres han podido ejecutar.» Este camino, y otros de menos importancia, contribuyeron a la prosperidad del Perú. Estableciéronse los correos, muy parecidos a los de los nahuas mejicanos. Los puentes en el citado país eran generalmente de bejuco o de maguey. Hemos dicho generalmente, porque los había de cierta paja correosa y suave llamada ichu. Cuando los bejucos o las pajas no eran tan largas como ancho el río, se levantaban dos pilares, uno en cada orilla. Si damos crédito al historiador Garcilaso, el primer puente de esta clase se construyó sobre el río Apurimac, en tiempo de Mayta Capac. Tenía de longitud unos 200 pasos, y era tan fuerte que, en tiempo de la conquista, lo pasaban sin apearse y sin temor alguno los ginetes españoles. Encontrábanse--y así lo afirma Velasco--puentes artificiales de piedra en el Perú, a los cuales se daba el nombre de rumichaca. Nosotros creemos que tales puentes, sin embargo de la respetable opinión de Velasco, debían ser naturales. Los acueductos indicaban del mismo modo el adelanto de los peruanos.
En relación con los medios de comunicación estaba la costumbre de trasladar colonias de una parte a otra del imperio, lo cual favorecía el intercambio de productos. Los valles de Tacna y Moquegua, entre otros territorios, se colonizaron con mitimaes (colonos) de las aldeas próximas al Cuzco. También se establecieron en las fronteras colonias militares, lográndose con ello, además de otras cosas, dar ocupación al sobrante de la población agrícola. Huelga decir que la disciplina en lo militar era mucho más estrecha que en lo civil.
CAPÍTULO VI
AMÉRICA CENTRAL: PRIMEROS HABITANTES DEL PAÍS.--LOS MAYAS.--LOS QUICHÉS Y CAKCHIQUELES.--FUNDACIÓN DE LA MONARQUÍA QUICHÉ.--LUCHA ENTRE LOS QUICHÉS Y CAKCHIQUELES: BATALLA DE QUANHTEMALAN.--LUCHA ENTRE LOS CAKCHIQUELES Y OTROS PUEBLOS VECINOS.--ESTADO INTERIOR DE GUATEMALA Y RELACIONES EXTERIORES.--PEDRO DE ALVARADO EN EL PAÍS.--NOTICIA DEL SALVADOR, HONDURAS, NICARAGUA Y COSTA RICA.--ESTADO SOCIAL DE LOS QUICHÉS.--CULTURA DE LOS HABITANTES DE HONDURAS, NICARAGUA, PANAMÁ Y COSTA RICA.--LAS ANTILLAS, EN PARTICULAR HAYTÍ Y CUBA: ARTES E INDUSTRIAS.
[Ilustración: Tipos mayas (actuales).]
Antes de reseñar algunos hechos de las tribus que vivían en la América Central y muy especialmente en el territorio de la actual Guatemala, diremos que la familia de los mayas se dividía en mayas propiamente dichos y en mayas-quichés. Según antiguas tradiciones, llegó a las costas de Tabasco (México) donde hubo de desembarcar, un personaje llamado Votan, quien fundó una ciudad denominada Nacham (ruinas de Palenque), población luego muy importante y hoy departamento del Estado de Chiapas (México). Cuando Votan efectuó su desembarco, el territorio estaba poblado de tribus salvajes. Numerosas fueron las tribus que habitaron desde el Istmo de Panamá hasta las orillas del río Colombia en el Estado de Oregón (Estados Unidos), y desde las costas del Océano Pacífico hasta el golfo de México. Han venido a mostrar modernas investigaciones que así como los mayas ocupaban gran parte de los actuales estados del Yucatán, Campeche y algo del de Chiapas, los quichés y cakchiqueles se extendieron por el país donde al presente se hallan las Repúblicas de Guatemala, Salvador, Honduras, Nicaragua, Panamá y Costa Rica. Unas y otras tribus alcanzaron alguna cultura.
Eran los mayas de color cobrizo, cráneo achatado, baja estatura y muy fuertes. Vivían principalmente de sus cosechas de maíz; también de la miel y de la cera de sus abejas. Gozaban fama de hábiles tejedores y teñían admirablemente lo mismo sus vestiduras de algodón que sus preciosas plamas. Refieren antiguos cronistas que con sus canoas llegaron a la isla de Cuba y mantuvieron continuo tráfico con las tribus meridionales de las costas del golfo. Cultivaban el cacao, el maguey o aloe, el algodón, la pimienta, las judías y varios árboles frutales.
Los quichés, según Popal-Vuch[183], procedían de un lugar que se llamaba Tulan-Zuiva. De este lugar, que tenía siete grutas o cuevas, añade Sahagún, se extendieron por varios puntos, antes que los toltecas y los pueblos que les acompañaban llegasen a Tulanzingo[184]. Es de sospechar que los quichés eran uno de los pueblos citados y que entraron en tierra de Guatemala antes de la fundación de Tula. Entre la fundación de dicha ciudad y su destrucción tuvieron tiempo de realizar los hechos que el Popal-Vuch les atribuye.
[183] Véase el Prólogo de este tomo.
[184] Historia Universal de las cosas de Nueva-España, Prólogo y lib. X, cap. XXIII, párrafo 11.
El fundador de la monarquía de los quichés debió ser Balan Quitzé, al cual sucedió en el trono su hijo Qocabib. El tercer rey se llamó Balan-Conaché, el cuarto, Cotuha Zttayub, y el quinto, Gucumatz-Cotuha. En tiempo de Gucumatz estallaron graves discordias entre las principales familias que tenían asiento en el territorio. El sexto monarca debió ser Tepepal y el séptimo Caquicab.
Entre los quichés y los cakchiqueles se originó tiempo adelante guerra sangrienta. En ella llevaron la mejor parte los cakchiqueles, pues lo mismo el pueblo que los Reyes eran arrojados y belicosos. La batalla de Quanhtemalan fué timbre de gloria para los cakchiqueles. «Desde que la aurora--dice el cronista cakchiquel--comenzó a aparecer en el horizonte y a iluminar las cumbres de las montañas, empezaron a oirse los gritos de guerra; las banderas se desplegaron, resonaron los tambores y caracoles, y en medio de este confuso estruendo, se vió descender a los quichés, cuyas largas filas se movían con asombrosa velocidad, bajando en todas direcciones de la montaña.» Llegaron a la orilla del río que corría cerca de la ciudad, y ocuparon algunas casas y se formaron en batalla, bajo el mando de los reyes Tepepul e Ixtayul. «El encuentro--añade el mencionado cronista--fué terrible y espantoso. Los gritos de guerra y el ruido de los instrumentos bélicos aturdían a los combatientes, y los héroes de uno y otro ejército hacían uso de todos sus encantos.» Fácilmente fueron vencidos los quichés, hasta el punto que unos huyeron y otros murieron en el campo de batalla. Entre los primeros se hallaban los reyes Tepepul e Iztayul y muchos más, que fueron pasados al filo de la espada. «Tales fueron--así termina el cronista--los hechos heróicos con que los reyes Oxlahuhtzi y Cablahuh-Tihax, como también Roimox y Rokelbatzin hicieron para siempre famosa la montaña de Iximché.»
Desde la batalla de Quanhtemalan el poder de los quichés pasó a los cakchiqueles, quienes orgullosos con su victoria, aspiraron a dominar todo el territorio. Alarmados entonces los Estados vecinos, formaron una liga para defender su independencia; mas fueron también vencidos por los soberanos cakchiqueles. «Tal era la situación de estos países en los últimos años del siglo XV y cuando ya Cristóbal Colón había abordado a las playas del Nuevo Mundo»[185].
[185] Milla, Hist. de la América Central, tom. I, pág. XXII.
En el interior del reino estalló, año de 1497, una insurrección. A la cabeza de los tukuchés, de la misma familia de los cakchiqueles, se puso Cay-Hunahpú, príncipe tan rico como ambicioso, quien se propuso arrojar del trono a Oxlahuhtzi y Cablahuh-Tihax. Dióse un combate, siendo vencidos los tukuchés, y Cay-Hunahpú pagó con la vida sus instintos revolucionarios. Sin embargo, el fraccionamiento del reino fué mayor cada día y la tribu de los zacatepequez consiguió nombrar Rey a uno de los suyos, estableciendo la capital del reino en Yampuk. Trece años después, esto es, el 1510, murió el rey cakchiquel Oxlahuhtzi, y el 1511 el príncipe Cablahuh-Tihax, que gobernaba con aquél; sucediéronles sus hijos Hunig y Lahuh-Noh. En el primer año del reinado de éstos, vino numerosa embajada mejicana que mandó, según unos autores, Moctezuma, y según otros, Ahuizotl, octavo rey de México. Visitaron los embajadores a los reyes quichés, cakchiqueles y algún otro; pero volvieron a su país sin haber adelantado nada. Es de advertir que en el año 1512 Colón había realizado sus cuatro viajes, la Isla Española estaba sometida, Puerto Rico y Cuba conquistadas, el Golfo de Honduras y otras tierras exploradas por Yáñez Pinzón y Díaz de Solís, Cartagena y países más lejanos habían sido reconocidos por Ojeda, Enciso, Núñez de Balboa y otros expedicionarios. ¿La embajada de Moctezuma tuvo por objeto la celebración de tratados para oponerse a los españoles? No lo sabemos, aunque es posible. Discuten también los historiadores modernos Fuentes, Juarros y Milla, si el reino de Guatemala estuvo sujeto alguna vez al imperio mejicano. Niéganlo con razones más o menos poderosas.
Sin detenernos en asunto tan poco interesante, haremos notar que, sin embargo de noticias o presentimientos acerca de llegada de los españoles, quichés y cakchiqueles volvieron a pelear entre sí en el año 1513. Aunque la guerra fué favorable como antes a los cakchiqueles, la naturaleza les castigaba mandándoles toda clase de calamidades: langostas, incendios y pestes, de la que murieron Hunig y Lahuh-Noh, sucediéndoles Belché-Qat y Cahí-Imox, quienes, al saber que los extranjeros se habían apoderado de México, les pidieron auxilio, según una carta de Cortés a Carlos V, fecha en México el 15 de Octubre de 1524[186]. Continuó la guerra civil en la América Central hasta que llegó Pedro de Alvarado.
[186] Véase Milla, Ob. cit. tomo I. pág. XXIX, nota.
Respecto a los primeros pobladores establecidos en lo restante de la América Central sólo hay vagas noticias y a veces contradictorias. Lo mismo decimos de los habitantes de las islas de Haití, Puerto Rico, Cuba, Jamaica, Lucayas y otras. Además de los mayas de Guatemala, el país que al presente es la República del Salvador, estaba poblado por los chontales y por los pipiles, siendo su ciudad principal Cuscatlán. Estuvo el Salvador unido a Guatemala durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Honduras estuvo habitada por los chortises, pertenecientes a la familia de los mayas, y por los lencas (chontales). Cuando los nicaraguatecas fueron conquistados por los españoles se hallaban divididos en cuatro grupos principales: los niquiranos, que habitaban desde el golfo de Fonseca al de Nicoya; los chorotegas, que vivían al Sur del lago de Managua y al Noroeste del de Nicaragua; los chontales, que ocupaban las vertientes de la cordillera central y se corrían a Honduras; y los caribisis, tal vez aborígenes de aquella parte de América, bajaban desde el pie de la citada cordillera hasta las playas del Atlántico. Fieros los indios chorotegas, cotos y güetares de Costa Rica, vivían en contínuas guerras.
Pasamos a estudiar el estado social de las tribus que habitaban los territorios de Guatemala y el Salvador, de Honduras, de Nicaragua, Panamá, Costa Rica y Antillas, fijándonos particularmente en la de los quichés.
Acerca de la creación del Universo, la doctrina del Popal-Vuch de los quichés, tiene--según la opinión de algunos autores--mucha analogía con la del Génesis de los hebreos. También el Tepan Atilan de los cakchiqueles conviene substancialmente con el Popal-Vuch. Adoraban los quichés a sus dioses y celebraban solemnes festividades, no sin sacrificar seres humanos, que eran regularmente esclavos, hechos en la guerra. Los dioses tenían santuarios, santuarios que estaban servidos por sacerdotes y sacrificadores. Dícese con algún fundamento que existía la confesión entre los quichés. La monarquía quiché era hereditaria y la corte estaba formada de las familias reales. La justicia se hallaba administrada por jueces y tribunales pertenecientes a la aristocracia. Las leyes eran severas para los criminales contra el Rey y la República. Los que atentaban contra el Monarca sufrían la muerte; y los plebeyos o nobles que se pasaban al enemigo o descubrían los secretos de la guerra, eran condenados a muerte, y sus mujeres e hijos reducidos a la esclavitud, pasando también al fisco sus bienes. Al ladrón de objetos sagrados, si éstos eran de valía, se le condenaba a muerte; si tenían poco valor, se le hacía esclavo. Los delitos contra la propiedad se castigaban con multas y devolución de lo robado; aun al ladrón de oficio no se le ahorcaba, si algún deudo suyo satisfacía el importe de la condena. De los delitos contra la honestidad, se castigaba con la muerte la violencia consumada y la frustrada nada más que con la servidumbre. El simple estupro no llevaba consigo pena aflictiva, como no reclamasen por la mujer sus padres o hermanos, en cuyo caso se declaraba esclavo al delincuente y alguna vez se le condenaba a muerte. No consideraban delito la prostitución. La mujer casada, mediando justo motivo, podía abandonar la casa conyugal, quedando disuelto el matrimonio. Mujer y marido en este caso tenían derecho a contraer con quien quisieran segundo matrimonio. Era costumbre, muerto el marido, que la viuda casara con el cuñado o con el más próximo deudo del marido.
Después de ocuparse detenidamente Pi y Margall del idioma de los quichés y del cual eran dialectos el cakchiquel y el tzutuhil, de la literatura y en particular de un drama-baile de los que se representaban en el patio de los templos o en la plaza pública, de la arquitectura y de la numeración aritmética igual o parecida a la de los mejicanos, escribe lo siguiente: «Algo más podría decir de los quichés; pero muy aventuradamente. Harto a la ventura voy en mucho de lo que escribo»[187].
[187] Historia general de América, tomo y cuaderno primeros, pág. 257.
Fijándonos en Honduras o Cerquín, que linda con tierras de Yucatán y Guatemala, sus habitantes distaban mucho de tener la civilización de los quichés y yucatecas. Los hombres iban ordinariamente desnudos; en la guerra a veces usaban maxtles y mantas. Las mujeres llevaban unos pañuelos que les cubrían pecho y espalda; también unas enaguas que les llegaba al tobillo. No se ataban el cabello; siempre le tenían suelto y tendido. Comían todo género de animales, hasta los más inmundos; bebían aguamiel en gran cantidad. En todo manifestaban su barbarie y vivían en continua guerra. Peleaban a veces cubiertos con pieles de león y de tigre. Adoraban el Sol, la Luna y las Estrellas; rendían culto a muchos ídolos. Los sacrificios eran frecuentes, los ayunos muchos, y en sus grandes fiestas bailaban, al mismo tiempo que referían cantando sus triunfos y derrotas. Consultaban a sus sacerdotes, no sólo en materias religiosas, sino en asuntos belicosos. Sabemos que en la época de la conquista, entre sus ídolos, tenían en mucha estima al gran Dios y la gran Madre, tal vez personificación del Sol y de la Luna. Creían en agoreros, en adivinos y en magos. Estaban reducidos sus templos a unas casillas largas y estrechas: sus ídolos tenían espantable rostro. Eran muy lujuriosos. Aunque se casaban solamente con una mujer legítima, tenían además mancebas. Apenas cuidaban de sus mujeres y de sus hijos; no hacían caso alguno de los enfermos. Sus ocupaciones principales eran la caza y la pesca. Cazaban cercando primero y quemando después grandes extensiones de monte: mataban a palos las despavoridas reses. Pescaban atajando con rama y tierra los arroyos y poniendo en la salida, siempre pequeña, zarzos de caña. Estaban atrasadísimos en la industria y más en las bellas artes. Removían la tierra con altas pértigas armadas de un garfio: apoyaban el brazo en la parte superior del palo y la planta en la parte de abajo a donde iba el garfio. Fabricaban mantas de cuatro hilos. Hacían el comercio de plumas. Entre las tribus o gentes que se hallaban establecidos en el país prevalecían los chontales.
No dejaba de ser curiosa la vida de los habitantes de Honduras desde su nacimiento hasta la muerte. Cuando las madres sentían los dolores del parto, marchaban al campo y allí daban a luz. Al recién nacido se le bañaba en el río más próximo y se le criaba con bollos de yuca. Antes de cumplir el año les llevaban sus padres al templo, donde pasaban una noche velados por sus parientes. De los sueños del que se dormía sacaban el horóscopo. La única instrucción que recibían era la de las armas. Los primogénitos, muertos sus padres, entraban de lleno en todo el patrimonio; si eran señores, en el señorío. No partían en ningún caso los bienes con sus hermanos. Cuando iban a casarse con mujer legítima practicaban algunas ceremonias parecidas a las que se usaban en México. Un anciano, llevando obsequios de mayor o menor valor, se presentaba en la casa de la novia y la pedía. Si aceptaba la petición, se celebraba un gran banquete y era recibida envuelta en una manta de brillantes colores. Uno la conducía en hombros a casa del novio, acompañada de deudos y amigos que cantaban y bailaban. De cuando en cuando se paraba la comitiva y repetía sus cánticos y bailes. La novia llevaba cubierto el rostro. Inmediatamente que llegaban a la casa del novio, las amigas descubrían el rostro de la novia, y después de bañarla en agua de flores, la encerraban en una habitación en tanto que seguían las fiestas y diversiones. A los tres días pasaba a poder del novio. Terminaba completamente el matrimonio luego que dormían tres noches en la casa del novio y otras tres en la casa de la novia, repitiéndose siempre la bulla y los banquetes. Como puede imaginarse, semejantes bodas eran de la gente rica o noble; las de la plebe, si pobres y humildes, venían a ser en el fondo lo mismo. Constituían los casados--añade el citado historiador--hogar y tenían hacienda propia. La hacienda a la verdad era bien pobre. Estaba generalmente reducida a unas malas sementeras de maíz y unos cuadros de legumbres; a una azuela para rozar y unos palos para arar la tierra; al metate en que molían el grano, la artesa en que hacían el pan y las calabazas en que bebían; a unos molinillos de mano y unas cestas forradas de cuero que servían de cofres; a una cama de estera sobre cuatro estacas en que había por almohada, ya un palo, ya una piedra. Con estos bienes y este ajuar encontraron los españoles a los habitantes de aquella comarca[188].
[188] Ob. cit. pág. 281.
Las tintas negras del cuadro casi se convierten en blancas si pasamos de Honduras a Nicaragua. En Nicaragua se veían reflejos de la civilización mejicana. Se hablaba por muchos moradores de aquella tierra la lengua nahuatl y se tenía noticia del tiempo. Se escribían libros cuyas hojas eran tiras de cuero de venado, en los cuales se pintaban las heredades, los caminos, los montes, los ríos, los bosques y las costas, anotándose también los ritos, las ceremonias, las leyes, los trastornos de la naturaleza, los cambios y mudanzas de los pueblos. Usaban la tinta, ya negra, ya roja. Doblábanse los libros de igual manera que entre los aztecas.
Había cierta semejanza lo mismo en los templos que en las creencias religiosas de los nicaraguatecas y los mejicanos. Unos y otros creían que los dioses gustaban de la sangre y del corazón de los prisioneros de guerra, siendo de advertir que hasta los nombres de algunas divinidades de Nicaragua eran mejicanos. Existían también semejanzas entre los nicaraguatecas y los yucatecas. Ambos se sajaban el cuerpo con cuchillos de pedernal y se echaban polvos de carbón en todo el trayecto de la herida, teniendo para estas labores oficiales diestros y entendidos. Unos y otros, al decir de Oviedo, usaban en la escritura, no sólo de imágenes, sino de caracteres, y leían en sus libros como nosotros en los nuestros.
No vaya a creerse por todo lo dicho que los nicaraguatecas carecían de fisonomía especial, de propias instituciones y costumbres. La cultura estaba reducida, si cultura puede llamarse, a la que tenían los pueblos que habitaban entre el Pacífico y los lagos, esto es, a los niquiranos y chorotegas. Chontales y caribises no eran tan bárbaros como los que poblaban a Honduras. Los chorotegas, que se dividían en nagrandanos y dirianes, y los niquiranos en orotinatecas y cholucatecas, debieron tener cierto parentesco con las razas pobladoras del Anahuac. Chorotegas y niquiranos iban vestidos, usando hombres y mujeres pendientes en las orejas. Se distinguían por su hermosura las mujeres de Nicoya. Diferenciábanse mucho físicamente los hombres y las mujeres de Nicaragua. El hombre trabajaba en la agricultura y en la industria, y era cazador y pescador; la mujer vendía lo que el hombre ganaba. El hombre barría la casa y encendía la lumbre; pero el comercio estaba reservado a la mujer. Guardaba el hombre pocas consideraciones a su compañera; no le permitía ir al templo, ni asistir a ningún acto religioso. Con harta frecuencia la despreciaba y envilecía. Conducta semejante debió influir para que la mujer se prostituyese, siendo considerable el número de rameras, las cuales vendían sus gracias por diez almendras de cacao. Había burdeles públicos y al lado de las rameras no faltaban los rufianes. La poligamia se practicaba por los señores y por todos los ricos; la monogamia existía para los pobres. La sodomía estaba tolerada por los Gobiernos.
Respecto al carácter de los Gobiernos, unos pueblos estaban regidos monárquicamente o por señores o caciques; otros democráticamente o por consejos de ancianos. Los primeros eran hereditarios, y los segundos electivos. Donde gobernaban señores, había Asambleas (monexicos), que deliberaban sobre todos los asuntos árduos del país. Estos árduos asuntos, lo mismo en las monarquías que en las repúblicas, fueron las guerras. Preparaba y dirigía la guerra un general que gozaba de extraordinarias facultades, imponiéndose a veces a los caciques, a los monexicos y a los consejos de ancianos. Pero el poder de los caciques era en todo tiempo absoluto, y más que absoluto, tirano.
Si de las bellas artes se trata, cabe suponer que la arquitectura no careció de belleza. Algunas industrias, como el tejido de algodón y la loza, estuvieron muy adelantadas. El comercio, tanto interior como exterior, tuvo tanta o más importancia que la industria. En las plazas tenían sus mercados, sirviéndoles el cacao de moneda.
Consideremos la religión entre los nicaraguatecas. Parece ser que hacían derivar todos los seres de Tamagastad y de Cipattoval, varón el primero y hembra la segunda, que habitaban en el Cielo. A ellos se les invocaba en caso de guerra y en ellos tenían los nicaraguatecas toda su confianza. Habían otros muchos dioses: Quiateot era el Dios de la lluvia, y Mixcoa el de los mercaderes. Tenían igualmente dioses para el amor, para la caza y la pesca, etc. Creía el nicaraguateco que el bueno en la tierra, a su muerte, subía al cielo, y el malo, por el contrario, descendía a un lugar profundo; el primero era recibido por los dioses Tamagastad y Cipattoval, el segundo por el dios Miqtanteot. Entre los nicaraguatecas existía también la confesión y el confesor era un viejo célibe; los pecados consistían en haber hablado mal de los dioses o en haber quebrantado las fiestas religiosas. La penitencia consistía en deponer en los altares de los dioses ofrendas, barrer o llevar leña al templo y otras de la misma clase. Para todos los dioses había templos y oratorios, y en honor de ellos celebraban los nicaraguatecos alegres y brillantes fiestas, como también ofrecían sacrificios humanos, cuya carne comían sacerdotes y caciques. Acerca del diluvio tenían ideas determinadas. Creían que todo ser viviente había perecido. Después vinieron a la tierra Tamagastad y Cipattoval y crearon todos los animales: hombres, pájaros y reptiles. Nada quedó de las primitivas razas. El castigo fué terrible; pero merecido. La humanidad, viciosa, pecadora y corrompida, había incurrido en la ira de los dioses.
Manifestaban singular atraso en algunas cosas. Apenas nacían sus hijos, los padres deformaban la cabeza deprimiéndoles el hueso coronal y abollándoles los parietales. La potestad de los padres sobre los hijos era casi absoluta, pues, en caso de necesidad, hasta podían venderlos como esclavos. Habremos de recordar el siguiente hecho: era costumbre que la mujer durmiese la primera noche de su casamiento con el sacerdote mayor. Por cierto, que con dicho sacerdote mayor confesaba sus pecados, los cuales él sólo podía perdonarlos.
Del siguiente modo describe y diseña Oviedo la morada del cacique de Tecoatega, a quien visitó en Enero de 1528. Así podremos conocer la vida de aquel cacique y de aquel pueblo. Dice el laborioso escritor en su Historia General y Natural de las Indias, que vivía el gran señor de Tecoaga en una gran plaza cuadrilonga rodeada de frondosos árboles. Allí tenía casa, donde moraban sus mujeres y sus hijos; pórtico, donde él pasaba las horas más calurosas del día acompañado de sus fieles capitanes; lugar destinado a la fabricación del pan y hasta cementerio para su familia. Allí, como señal de su poder y bravura, tenía puestas en altas cañas las cabezas de los ciervos muertos por su mano. El cacique estaba recostado de día en una cama a tres pies del suelo, alta la cabeza, casi desnudas o mal cubiertas las carnes por una manta de blanco algodón; sus capitanes se hallaban también sobre esteras que cubrían el pavimento. Si llamaba el señor, se levantaba uno o varios de los capitanes y ejecutaban las órdenes de aquél recibidas. Do noche dichos jefes velaban el sueño del cacique y guardaban la plaza.
Las casas eran grandes chozas terminadas en ángulo agudo, de cuyo vértice bajaba el tejado hasta casi dar con los aleros en el suelo; los pórticos consistían en tinglados sostenidos por troncos de árboles y cubiertos con ramas, y las camas se componían de zarzos de gruesas cañas, por colchón esteras y por almohada banquillos de madera. El bambú, el bejuco, la madera y la paja, constituían los materiales de esos edificios.
Vagas y de segunda mano son las noticias que tenemos de los pueblos que hoy constituyen las Repúblicas de Panamá y de Costa Rica. Dice Torquemada que no había idólatras en los citados pueblos. Adoraban a un solo Dios o Chicuhna, que moraba en el cielo. Chicuhna significa principio de todas las cosas. A dicho Dios dirigían sus plegarias y hacían sus sacrificios. Los europeos, cuando llegaron al país, no encontraron imágenes de Chicuhna ni de otros dioses. Herrera, por el contrario, sostiene que en Panamá rendían culto a una divinidad que llamaban Tabira, y cuya imagen estaba hecha de oro. Algunos, no todos, creían en la vida futura, y por esta razón enterraban con el cadáver todo aquello que había sido más de su agrado durante la vida. Los habitantes de Panamá, añade Herrera, tenían mucho parecido a los de las islas de Santo Domingo y Cuba. Distinguíanse, en particular, como pintores y entalladores.
Por último, afirma Torquemada que del Darién a Nicaragua sólo existía el gobierno monárquico, y al Rey heredaba el hermano, y a falta de hermanos sucedían los sobrinos. Los sobrinos debían de ser, no por línea de varón, sino de hembra.
Pasando ya a otro asunto, habremos de notar que desde Panamá hasta México, incluyendo también las islas de Santo Domingo y Cuba, se parecían los habitantes en usos y costumbres; también tenían cierto parecido o semejanza sus instituciones políticas y administrativas.
Nada nuevo añadiremos al decir que las numerosas tribus que ocupaban la mayor parte de las islas de Haití o Santo Domingo (Isla Española), Cuba, Puerto Rico, Jamáica, las islas Lucayas y otras, diferían mucho de los caribes, lo mismo física que moralmente. Si físicamente eran de buena talla, de color más claro, de hermosas facciones, esbeltos y bien formados, bajo el punto de vista moral se distinguían por su dulzura, candidez y generosos sentimientos. Aunque se conoce poco de la vida social de los habitantes de aquellas islas, se sabe que hasta la veneración llevaban el respeto a sus caciques. Sobresalieron en la industria agrícola, labraban la madera y trabajaban hábilmente el barro. Hacían joyas de oro, estátuas, etc. Estaban muy atrasados en las ciencias. Creían en la otra vida; adoraban el Sol, la Luna y otros dioses. Se permitía la poligamia y el repudio. No eran más humanos con los enfermos que los patagones y los tapuyas. Tenían tanto miedo a los caribes, que, cuando se les hablaba de ellos, se ponían trémulos. Colón se los atraía sólo con decirles que había ido allí para librarlos de enemigos tan fieros. Los caribes, como los tupíes, se hallaban interpolados con otros muchos pueblos[189]. Caribes y tupíes debían tener casi las mismas cualidades. «Iban--escribe Pi y Margall--sin temor de isla en isla, y de las islas a Tierra Firme. Hacían tan aventuradas expediciones con el sólo fin de asaltar pueblos y procurarse cautivas. Bravos, no temían la lucha en campo abierto; pero la evitaban siempre que podían, cayendo de noche sobre las plazas objeto de su codicia o su venganza, tomándolas sigilosamente las salidas, atacándolas de rebato, incendiándolas y para mayor confusión aturdiéndolas con espantosos alaridos. Como los demás bárbaros, no dejaban con vida sino a los niños y las mujeres; mataban y aun comían a los adultos, y eran el terror de las gentes. Aterradas tenían a todas las naciones de la cuenca del Orinoco, si se exceptúa la de los cabres, aterradas las costas, aterradas las Antillas, y verdaderamente aterrados tuvieron después a los mismos europeos»[190]. Untaban sus flechas con veneno. Desde Pedro Mártir de Anglería, hasta el último de los cronistas que, como testigos presenciales, escribieron, ora de las Antillas, ora de Tierra Firme, los presentan comiéndose a sus enemigos en repugnantes banquetes.
[189] Recuérdese lo que se dijo de los tupíes y caribes en el capítulo IV.
[190] Historia general de América, tomo y volumen I, págs. 695 y 696.
Pondremos remate a nuestras consideraciones y por lo que a Cuba se refiere, considerando que en estos últimos años (1909-1910). D. Federico Rasco, coronel de la Guardia Rural, ha encontrado objetos precolombinos en una cueva en Jauco, término de Bayamo (provincia de Oriente), que tienen verdadero valor histórico. Consisten dichos objetos en un dujo o asiento indio, de madera y de una sola pieza, con dibujos en tallado, dos ídolos de piedra, tres hachas de piedra dorita pulimentadas, varias figuras o mascarillas de arcilla endurecidas al sol y que formaban parte de las vasijas de los indios, etc. Además, se hallaron dos cráneos, uno de un hombre y otro de una mujer, y por ciertas señales debieron ser de caribes. Indícanos el estudio de los objetos citados que la civilización de los primeros habitantes de Cuba no fué nula, pero inferior, bastante inferior a la del Yucatán, México y América Central.
CAPÍTULO VII
AMÉRICA SEPTENTRIONAL.--OBSCURIDAD DE LA HISTORIA DE MÉXICO EN SUS PRIMEROS TIEMPOS.--LOS QUINAMETZIN.--LOS QUINAMÉS.--LOS NAHUAS, XICALANCAS Y OLMECAS: SU ORIGEN.--LOS CHICHIMECAS Y FUNDACIÓN DE SU IMPERIO.--LOS TOLTECAS: SU PEREGRINACIÓN; SU ASIENTO EN TULA.--TRIBUS MENOS IMPORTANTES.--RELACIONES ENTRE CHICHIMECAS Y TOLTECAS.--MONARQUÍA TOLTECA EN TULA.--LAS TRES MONARQUÍAS: SUS REYES.--QUETZALCOATL: SU DOCTRINA.--TETACATLIPOCA Y NAUHYOT.--XIUHTLATLZIN.--MATLACCOATL Y TLILCOATZIN.--HUEMAC Y TOPILTZIN.--LOS CHICHIMECAS SE APODERAN DE TULA.--REYES TOLTECAS DE TULA.--CULTURA DE LOS TOLTECAS.--LOS CHICHIMECAS: SU SITUACIÓN: SU VIDA.--GOBIERNO DE XOLOTT.--EL FEUDALISMO.--GUERRAS DE XOLOTT.--TRIBUS QUE INVADEN EL IMPERIO.--NOPALTZIN Y HUETZIN.--EL REINO DE TEZCUCO.--LOS AZTECAS: SU PROCEDENCIA.--LAS CASAS GRANDES DE GILA.--LOS AZTECAS ANTES DE ESTABLECERSE EN MÉXICO Y EN TLATELOLCO.--QUINANTZIN Y TECHOTLALAZIM.--LAS 75 PROVINCIAS.--IXTLILXOCHITL: GUERRA CIVIL.--RIVALIDAD ENTRE TEZCUCO Y MÉXICO.--NETZAHUALCOYOTL.--LOS REINOS CONFEDERADOS.--GUERRA CIVIL.--LOS ESPAÑOLES EN TABASCO.--MOCTEZUMA II: SU GRANDEZA.--LA RELIGIÓN Y LA GUERRA.--EL JEFE DE CLAN, EL CALPULLI Y EL TLACALECUHLI.--LAS FRATIAS Y LA TRIBU.--CONSEJO TRIBAL.--LA INDUSTRIA.--EL CALENDARIO.--OBRAS PÚBLICAS.--LA ESCRITURA.--CREENCIAS RELIGIOSAS.
Consideremos el comienzo de la historia de México. El punto es obscuro y nada puede asegurarse con certeza. Según recientes estudios, apareció el hombre en el suelo mejicano al principio de la época cuaternaria. Dícese del mismo modo que el habitante más antiguo pertenecía a la raza negra. Dejando la cuestión de si era o no autóctono, sabemos tradicionalmente que las primeras gentes fueron los quinametzin, hombres de elevada estatura, establecidos en las orillas del Atoyac, río que corre entre Cholula y Puebla; descendían, como todos los invasores de América--y así lo dice Veytia--de siete familias que vinieron de Tartaria. ¿Los quinametzin y quinamés son el mismo pueblo?
La raza que contribuyó más que ninguna a la civilización de la América del Norte fué la de los nahuas[191]. Estos nahuas, ya xicalancas, ya olmecas, si estuvieron primeramente subyugados por los quinamés, luego convidaron a sus señores a un banquete, y después de embriagarles, los mataron. Dueños del país, lo poseyeron pacíficamente. Acerca de la procedencia de olmecas y xicalancas, se cree que bajaron del Oriente en canoas y llegaron primero al río Pánuco, desembarcando después en las costas y ocupando toda la península del Yucatán con la fracción de Chiapas y Tabasco.
[191] Los nahuas y los mayas, ¿son razas diferentes? Sostienen algunos autores que tuvieron el mismo origen y vivieron unidas mucho tiempo. Puede, sí, asegurarse que los unen grandes semejanzas y los separan notables diferencias.
Decían los mejicanos del tiempo de la conquista que el mundo había pasado por cuatro edades: en la segunda ponían a los quinamés, y en la tercera a los xicalancas y olmecas. En la cuarta hacían venir del Occidente a los chichimecas, conjunto de tribus pertenecientes al mismo tronco que los xicalancas y olmecas, aunque de diferente carácter. Estos nahuas acamparon en la parte más septentrional de México, en las riberas del Gila o del río Colorado. Afirmase que echaron los cimientos de la ciudad de Huehuetlapallan, y la hicieron capital de su imperio. Andaban casi desnudos o cubiertos con pieles de fieras, se alimentaban de la caza y de frutas silvestres, vivían en cuevas naturales o abiertas en los montes. Aunque tenían su monarca y organización, dichas tribus gozaban de cierta autonomía y obedecían a su cacique. Los chichimecas eran monógamos. No se casaban sin el consentimiento de los padres de la novia; luego, por ligeros motivos, repudiaban a sus mujeres y contraían otras nupcias. Trataban, sin embargo, muy bien lo mismo a sus mujeres que a sus hijos. No consentían los enlaces entre padres é hijos, ni entre hermanos y hermanas; pero sí entre cercanos deudos.
Entre las tribus chichimecas había una que tenía mayor cultura y costumbres más suaves, algunos conocimientos de astrología, de artes y de agricultura. Era la de los toltecas, la cual pronto se declaró independiente de los emperadores de Huehuetlapallan e hizo de Tlachicatzin la capital de su república. Se ignora el tiempo que los toltecas permanecieron en Tlachicatzin, como también si gozaron de completa independencia. Parece probado que andando el tiempo pelearon con las demás tribus, siendo vencidos y arrojados de su patria. Emprendieron a últimos del siglo VI de Jesucristo, larga peregrinación que duró cien años, llevando consigo, según cuentan muchos historiadores, sus mujeres e hijos, siete capitanes por jefes, un sacerdote por guía y consejero. Andaban unos días y descansaban otros. Hacían largas estaciones, dejando en ellas cuando marchaban cierto número de familias. No se dirigían a punto fijo; unas veces iban por la costa del mar y otras veces se separaban de ella, ora se dirigían a Levante y ora a Poniente, ya avanzaban y ya retrocedían[192]. Hacia el año 697--según cálculos de Veytia--debieron llegar los toltecas a Tulcantzingo (hoy Tulanzingo), recordando entonces que hacía dos ciclos, esto es, ciento cuatro años, que habían salido de su país. No agradándoles su nueva patria, a los diez y seis años, el 713, volvieron a ponerse en camino con dirección a Occidente. Convidados por la dulzura del clima y la fertilidad de la tierra, acamparon cerca del pueblo de Xocotitlan, en las riberas de humilde río, donde fundaron la ciudad de Tullan (hoy Tula). Decididos a no mudar de asiento, edificaron sus casas de lodo y piedra, y desde Tula se derramaron por el valle de México, tal vez teniendo que luchar con varias tribus que aún quedaban en aquella tierra.
[192] Veytia, Historia Antigua de México, caps. XXI y XXII.
¿Se hallaban entre estas tribus los tarascos y otomíes, los totonecas, zapotecas y mixtecas? De los tarascos de Michoacán diremos que eran pueblos sedentarios, cuyas casas hacían de piedra y barro, distinguiéndose en la fabricación de sus objetos de orfebrería, en sus trabajos de pluma y en sus excelentes armaduras, rodelas, etc. La lengua de los tarascos tenía cierta armonía, y en ella abundaban las vocales. Manifestaban cierta obscuridad en sus ritos y ceremonias.
Los otomíes, vecinos de los anteriores, no se distinguían por su cultura. Cultivaban sus feraces tierras y eran aficionados a la música y al canto. Apenas había mujeres célibes, pues los padres o los tutores les buscaban con empeño maridos. Cuando la mujer otomí se hallaba en cinta se cargaba de amuletos y talismanes; procuraba no encontrarse con seres o cosas maléficas, como la vista de perros negros. Si el que nacía era varón, se le colocaba en la frente una pluma, en los hombros un arco y una aljaba, y en el pecho una herramienta cualquiera; si era hembra, en la mano derecha un uso, en la izquierda una poca lana y en el corazón una flor.
Los otomíes, como todas las tribus del Norte, usaban el pulque, la más estimada bebida alcohólica; el maíz era cultivado generalmente y formaban con él sabrosas tortas. Debemos hacer notar que los otomíes eran uno de los pocos pueblos que veían en la muerte la completa aniquilación del hombre. Volveremos a recordar en este lugar que si las tribus del Mediodía manifestaban sentimientos religiosos, en cambio, las del Norte estimaban poco o apenas hacían caso de las relaciones entre el hombre y Dios.
Los totonecas de Veracruz, tributarios también de los aztecas, aunque más cultos, debieron ser los constructores de las pirámides y templos de Teotihuacán. Los antiguos cronistas, al ocuparse de Cempoalla, la principal población de los totonecas, dicen--tal vez con exageración manifiesta--que parecía un paraíso terrenal.
No tenían menos cultura los zapotecas de Oaxaca y sus vecinos los mixtecas de la costa del Pacífico. Afirmaban los zapotecas que las ruinas de Mitla, llamadas en su lengua Ryo-Ba o entrada a la tumba, con sus soberbios palacios de grandes salones, fueron sepulcro de sus antepasados. La lengua zapoteca se llamó en el país tichaza (lengua de los nobles). Entre los zapotecas existía la monogamia. Con frecuencia se unían mancebos de catorce años con doncellas de doce. Dominaban los hombres a las mujeres; pero no por la fuerza, sino por el cariño y la dulzura. Si gustaban de los placeres carnales, no llevaban sus relaciones amorosas hasta la lujuria.
De los mixtecas se dice que perpetuaron en jeroglíficos la memoria de sus mitológicas leyendas. Cuéntase de ellos que tenían en cada pueblo personas anualmente elegidas para que todos los días señalasen trabajo a sus convecinos. Al amanecer, las citadas personas, desde lo alto de sus casas, llamaban a los convecinos y les señalaban tarea. Aquellos que no cumplían el encargo, porque perezosos no realizaron la obra o la hicieron mal, sufrían severo castigo. Tales hechos hacen pensar con algún fundamento si los mixtecas se hallaban regidos bajo principios comunistas.
Dejando ya el estudio de las últimas tribus, cuya importancia es escasa, recordaremos que durante la peregrinación de los de Tula, los chichimecas invadieron el Anahuac[193], que tomaron por la fuerza.
[193] Unos autores entienden que el antiguo Anahuac comprendía toda la tierra que se halla entre los dos Océanos, y otros dicen que sólo abrazaba lo que denominamos hoy Nueva España. Nosotros entendemos por Anahuac el territorio ocupado al presente por los Estados de Querétaro, México, Veracruz, Tlaxcala y Puebla.
Los toltecas, residentes en Tula, deseosos de reconciliarse con los chichimecas, abandonaron el gobierno de los siete capitanes, que los mandaban alternativamente, eligieron un Rey y establecieron la monarquía hereditaria. El primer Rey--según Veytia--era hijo de Icauhtzin, emperador de los chichimecas, y se llamaba Chalchiuthlanetzin. Las leyes de sucesión disponían que ninguno pudiera ser Rey más de un ciclo; el que viviera más, entregaría la corona a su heredero, y el que muriese antes se encargarían de ella los ancianos. La monarquía había gozado gran ventura, engrandeciéndose por la influencia de la civilización más que por las armas. Brasseur de Bourbourg, apoyándose en nuevos códices, sostiene que Nauhyotzin fué el primer Rey de los toltecas y que no hubo las citadas leyes de sucesión; añade que pasó toda su vida en lucha con las tribus extranjeras o indígenas establecidas en aquel suelo.
Por entonces se fundaron tres monarquías: una en Colhuacan, cuyo primer Rey fué Nauhyotzin; otra en Guauhtitlan, dirigida por Chicon-Tonatiuh; y la tercera en Tula, de la cual Mixcohuatl Mazatzin fué a la vez Rey y Pontífice. Prestábanse apoyo las tres monarquías y los tres Reyes en sus respectivos Estados emplearon sus armas, en el interior, contra la aristocracia que se negaba a reconocerlos, y en el exterior contra las tribus que venían del Norte. Los caudillos más bravos fueron considerados luego como dioses, lo cual indicaba que todavía se hallaba América en los tiempos heróicos y no en los históricos.
A tal punto llegó la unión de las tres monarquías, que a la muerte de Nauhyotzin en Colhuacan le sucedió Mixcohuatl Camaxtli, hijo del Rey de Tula, y al morir Mixcohuatl Mazatzin en Tula, ocupó el trono Huetzin, cuyo origen se desconoce. Según el Códice Chimalpopoca, la monarquía menos venturosa fué la de Quanhtitlan, cuyo segundo Rey, llamado Xiuhel, acabó sus días de muerte airada: tal vez hubiera perecido este reino, si no se hubiese nombrado Rey a Huactli, joven de valor y simpático. En su apoyo llegaron de Chapala número considerable de chichimecas.
El Rey de Colhuacan, Mixcohuatl Camaxtli, tomó a Cuitlahuac, ciudad donde se estrelló su padre, y se dirigió al Mediodía de Popocatepetl y al territorio de Tlaxcala y Huexotzingo, ciudades que él fundó, según algunos escritores. Los nobles, enemigos de la monarquía, mataron a Camaxtli, teniendo que bajar Huetzin desde Tula, el cual impidió la disolución del reino. Ocurrió entonces un suceso que no acertamos a explicar, y fué que Huetzin pasó a ser Rey de Colhuacan, quedando como monarca de Tula un tal Ihuitimal.
Por aquellos tiempos, esto es, en el año 856, se confederaron los monarcas de Tula, de Colhuacan y de Otompan, reino el último cuya situación se desconoce, y que tal vez--como opina algún historiador--sus dominios constituyeron después el de Tezcuco. Dícese que Reyes y ancianos de las tres monarquías, reunidos en asamblea, acordaron dar al soberano de Colhuacan el título de Tiatocat-Achcauh, que quiere decir Emperador o el primero de los Reyes. Cada Rey continuaría siendo, lo mismo en lo religioso que en lo civil, la autoridad suprema de su Estado. Las leyes de sucesión habían de ser iguales en los tres pueblos: el primer sucesor sería el primogénito, el segundo el segundogénito, el tercero el hijo del primogénito y el cuarto el hijo del segundogénito, y así sucesivamente. El heredero de la corona, cuando llegaba a la mayor edad, ejercía el cargo de generalísimo; pero, si lo desempeñaba mal, no podía subir al trono. En los intereses comunes a los tres Estados, deliberaban los tres Reyes, resolviéndose todos los asuntos por mayoría.
A la sazón--y seguimos al pie de la letra el Códice Chimalpopoca--apareció un hombre extraordinario: llamábase Quetzalcoatl o Quetzalcohuatl. Debió pertenecer a la tribu tolteca, si bien algunos escritores le consideran olmeca o xicalanca. Ven en él, unos, al mismo apóstol Santo Tomás, que apareció en América (siglo primero de la Iglesia); otros dicen que era Dios; quién le hace Santo, Pontífice o Rey; quién hechicero o un hombre cualquiera. Convienen casi todos en que era un ser superior, digno de eterna fama en la historia del Nuevo Mundo. «Quetzalcoatl, se dice unánimemente, les enseñó a mejorar el cultivo de la tierra, fundir el oro y la plata, tallar las piedras preciosas, tejer el algodón y la pluma, curtir y adobar las pieles, construir puentes y calzadas, y levantar los más suntuosos monumentos; los exhortó a moderar las pasiones, domar la carne por el ayuno, purificarse por la penitencia y hacerse propicia la divinidad por la oración y el sacrificio de la propia sangre; los apartó de inmolar a Dios víctimas humanas, y los inclinó a no darle en ofrenda sino perfumes, flores, frutos, pan de maíz, mariposas, y, cuando más, serpientes y gamos; les ablandó, por fin, el corazón y les suavizó las costumbres»[194]. Es de advertir que en la mitología tolteca había un Quetzalcoatl, dios de los vientos; también se llamaba Quetzalcoatl el sacerdote de aquella divinidad. ¿Contribuiría esto a las contradicciones de los cronistas?
[194] Pi y Margall, Hist. gral. de América, tom. y vol. I, pág. 27.
Cuentan algunos historiadores que había en Tula una virgen llamada Chimalman, que tenía dos hermanos de nombre Tzochitlique y Conatlique. Hallándose los tres solos en su casa, se les apareció de repente un enviado del Cielo. Tzochitlique y Conatlique, murieron de terror, oyendo entonces Chimalman de boca del ángel, que concibiría un hijo sin obra de varón. Aquel hijo fué Quetzalcoatl.
De diferente manera refiere el caso el Códice Chimalpopoca. Según él, Chimalman fué una princesa que defendió valerosamente sus Estados contra Mixcohuatl Camaxtli, Rey de Colhuacan, el mismo que murió en Cuitlahuac a manos de los nobles. Vencida Chimalman, casó con el vencedor, y tuvo a Quetzalcoatl. De muy joven, añade el Códice, acompañó Quetzalcoatl a su padre en todas las expediciones belicosas. Cuando Quetzalcoatl supo que el autor de sus días había sido asesinado, reunió a sus parciales, se dirigió a Cuitlahuac y la tomó, llevando a cabo terrible venganza. Desapareció luego, ignorándose donde estuvo. A los quince años, el 870, apareció en Pánuco, rodeado de brillante pléyade de sabios y artistas. El vengativo guerrero se había convertido en profeta. Aquel hombre, de negros y largos cabellos, blanco rostro y buenas facciones, de espesa barba y gallarda estatura, vestido con una túnica y calzando sandalias, se atrajo y cautivó a las gentes. Ganoso de extender la civilización por el país, comenzó su apostolado en Tulanzingo. Pasó a Teotihuacan, de cuya ciudad salió irritadísimo porque allí se levantaban los templos del Sol y la Luna, y allí se inmolaban cautivos y criminales en el altar de los dioses. Recomendaba que cada uno vertiera su sangre punzándose con espinas el cuerpo, y él mismo se lo picaba con agujas de esmeralda después de haberse bañado a media noche en las fuentes de Atecpan Amocheo. A la muerte de Ihuitimal, fué proclamado Rey. Lo primero que hizo fué abolir los cruentos ritos de los chichimecas y ordenar que se purificasen los templos, medidas que le atrajeron el odio de los sacerdotes. Arreció la enemiga contra él cuando introdujo las siguientes reformas: el bautismo, el ayuno, la confesión, la castidad para los Ministros de Dios, y la fundación de colegios sacerdotales sujetos a severa disciplina. En cambio, se ganó el corazón de la muchedumbre por la santidad de sus actos, el esplendor del culto, el fausto de la corte, la grandeza de los monumentos que hizo levantar en Tula, la protección que dispensó a la industria y a las artes, los caminos con que enlazó los tres reinos. Como tuviese noticia que secretamente se inmolaban cautivos en aras de los dioses, castigó sin piedad a los que tales cosas hacían. Tetzcatlipoca, individuo de una familia que se creía con derechos a la corona, al frente de algunos partidarios de la antigua religión, y con la ayuda de los reyes de Colhuacan y de Otompan, encendió la guerra contra Quetzalcoatl, quien, no queriendo derramar sangre, abandonó el trono y partió de la ciudad, seguido de muchos de los suyos. Dejaba el trono el 895. Hacía veinticinco años que llegó a Pánuco y veintidós que era Rey.
Veamos cómo dicen los historiadores que Quetzalcoatl hizo el viaje a Cholula. Delante van los músicos tañendo la flauta, al lado pajes que le cubren la cabeza con el parasol de plumas, detrás los ciudadanos más distinguidos y por los aires pájaros de brillantes colores que abandonan la población rebelde. Si vuelve los ojos y llora al ver a Tula, sus lágrimas horadan los peñascos; si pone las manos en una roca, en ella se señalan las huellas; si tira una piedra a un árbol, las señales duran siglos; si se sienta en la loma de una sierra, el monte se hunde. Escondió en el lecho de un río las joyas que no ocultó antes de salir de Tula, y a instancias de sus antiguos vasallos, dejó en el reino los maestros de las artes y las herramientas[195].
[195] Véase Sahagún. lib. III, caps. XII, XIII y XIV. Torquemada, lib. VI, cap. XIV.
Inmensa alegría causó su presencia en Cholula, donde continuó la obra que había realizado en Tula. Enseñó a los hombres la moral y las artes; extendió la civilización y cultura a toda la comarca. Convirtió a Cholula en hermosa ciudad, pues antes sólo era pobre villa. Se atrajo a los olmecas, que se hallaban situados al Este y Sur de Popocatepetl, formando con ellos un segundo reino. Fundó ciudades, levantó templos, abrió caminos, estableció colegios de sacerdotes y comunidades religiosas de mujeres.
Tetzcatlipoca, bajo el nombre de Huemac, logró ceñir la corona de Tula, y luego, temiendo el ascendiente del reino de Cholula, al frente de poderoso ejército, cayó sobre los dominios de Quetzalcoatl, quien, como en Tula, se negó a pelear, aunque sus súbditos le manifestaron su decisión de combatir hasta derramar la última gota de su sangre. No lo consintió Quetzalcoatl, y, después de darles algunos sanos consejos y esperanzas, abandonó la ciudad, acompañado sólo de cuatro distinguidos jóvenes, emprendiendo su tercera retirada. Cuando llegó a la embocadura del Guazacoalco, despidió a sus compañeros, anunciándoles que en los futuros tiempos vendrían a dominar el país unos hombres de Oriente, como él blancos y de espesas barbas. Dirigióse en seguida por las aguas del río, ignorándose el camino que tomó, ni dónde acabó sus días. Por mucho tiempo recordaron aquellas tribus el nombre inmortal de Quetzalcoatl.
Posteriormente el tirano Tetzcatlipoca, fué castigado como merecía. Creíase invencible, cuando Nauyotl, por cuyas venas corría sangre de los chichimecas, se sublevó en Tula, derrotó completamente a Tetzcatlipoca y se apoderó del reino. El nuevo monarca, si permaneció fiel a las antiguas creencias, no persiguió el nuevo culto. Tula fué el centro de la religión tradicional y Cholula la ciudad santa de las doctrinas de Quetzalcoatl. Nauyotl hizo construir en Tula magnífico y soberbio templo. Aunque continuaron los sacrificios humanos y el horrible culto de Tlaloc, no decayó el cultivo de las ciencias, de las artes y de la industria. Si Tula había sido en tiempo de Quetzalcoatl y aun durante el reinado de Tetzcatlipoca la capital del Imperio, Nauhyot hizo a Coluhacan la verdadera metrópoli. Perdió Tula la superioridad política, ganando en cambio la cultura científica, pues en ella se crearon escuelas, y ella fué la morada de sabios y de artistas. Muerto Nauhyot, en 945, su mujer Xiuhtlatlzin, querida de los súbditos, ciñó, contra las leyes de sucesión del reino, la corona de Tula. A los cuatro años murió reina tan excelente, dejando por heredero a su hijo Matlaccoatl, de quien nada sabemos. Tampoco tenemos noticia alguna de Tlilcoatzin, que comenzó su reinado el 973.
Al llegar al año 994 se ve que Huemac Atecpanecatl, de la familia de los reyes de Colhuacan, fué elegido rey de Tula[196]. Enamorado de una mujer bellísima, la cual hubo de conocer porque se presentó ofreciéndole miel o vino de maguey, tuvo de ella un hijo; y cuando falleció su esposa, elevó al trono a la adúltera y designó por sucesor a Topiltzin Acxitl, fruto de su adulterio. La nobleza y el pueblo tomaron muy a mal lo hecho por Huemac Atecpanecatl. Venían a hacer más difícil la situación del Rey las amenazas de los chichimecas, bárbaros del Norte. Hallábanse en las fronteras del Anahuac, decididos a caer sobre el reino de Tula.
[196] Veytia designa a este Rey con el nombre de Tecpancaltzin. Hist. antigua de México, capítulo XXIX.
Viéndose perdido Huemac, no encontró otro medio para salir de su apuro que abdicar en favor de su hijo Topiltzin Acxitl. Comenzó bien Topiltzin; luego se entregó a las liviandades más repugnantes, siguiéndole en su conducta depravada sacerdotes y sacerdotisas. Cuéntase que Hueman, sacerdote que dirigió a los toltecas en larga peregrinación, profetizó que perecería el reino cuando ocupase el trono un hombre de cabello erguido, y naciesen conejos con cuernos y colibríes con espolones. Creyó Topiltzin reconocer estos prodigios en un conejo y en un colibrí que había cazado en sus jardines, cambiando entonces, lleno de terror, de costumbres y ordenando sacrificios a los dioses. Sin embargo, los dioses, irritados contra el monarca y su pueblo, hicieron que las aguas inundasen el país y lo devastaran, que los huracanes derribaran edificios y árboles; sucediéronse grandes sequías, secándose las fuentes y arroyos; luego sofocante calor; en seguida horrorosos fríos que helaban hasta los magueyes; después plaga de gusanos que roían las plantas en los campos, y de gorgojos que comían el trigo en los graneros; últimamente, un hambre que diezmaba las poblaciones. Como consecuencia del hambre, por todas partes había cuadrillas de ladrones e incendiarios. Tal estado de cosas, llegó hasta los mismos tiempos de Hernán Cortés[197].
[197] Esta hambre--según Kinsborough--puso fin entre los mejicanos a la cuarta edad del mundo. Antiquities of Mexico, vol. VI, pág. 175.
No estalló la guerra entre Topiltzin y los príncipes rebeldes del Norte; pero aquél no pudo resistir la acometida de los chichimecas, los cuales se extendieron por los valles de México. Es de advertir que los reyes de Colhuacan y de Otompan no ayudaron en esta ocasión al de Tula. Los chichimecas saquearon a Otompan y Tezcuco, como también a Colhuacan. En la corte de Tula se prepararon a la lucha hasta los ancianos padres de Topiltzin y hasta las mujeres acaudilladas por la Reina madre. La victoria fué de los chichimecas; la madre de Topiltzin murió en un combate y Tula cayó en poder de Huehuetzin, uno de los jefes de las tribus victoriosas. Cuando Huemac, padre de Topiltzin, perdió toda esperanza, se encerró en una gruta y se colgó. Así terminó el imperio de los toltecas, que se extendía de mar a mar, entre los grados 16 y 21 de latitud Norte. Brasseur dice que concluyó del 1060 al 1070; Veytia, el 1116, y Ixtlilxochitl, el 958.
Los Reyes de Tula, según Brasseur, fueron:
1. Mixcohuatl-Mazatzin, Rey en 752. 2. Huetzin, en 817. 3. Ihuitimal, en 845. 4. Quetzalcoatl, en 873. 5. Tetzcatlipoca-Huemac, en 895. 6. Nauhyotl, en 930. 7. Hiuhtlaltzin, en 945. 8. Matlalccoatl, en 949. 9. Tlilcoatzin, en 973. 10. Huemac II, en 994. 11. Topiltzin Acxitl, en 1029. 12. Huemac III, en 1062.
Según Veytia:
1. Chalchiuhtlanetzin, Rey en 719. 2. Ixtlilcucchanac, en 771. 3. Huetzin, en 823. 4. Totepeuh, en 875. 5. Naxacoc, en 927. 6. Mitl-Nauhyotl, en 979. 7. Xiuhtlatzin, Reina, en 1035. 8. Tecpancaltzin, en 1039. 9. Topiltzin, en 1091.
Según Ixtlilxochitl:
1. Chalchiuhtlanetzin subió al trono en 510. 2. Ixtliquechanac, en 572. 3. Huetzin, en 613. 4. Topeuh, en 664. 5. Xiuquentzin, Reina, en 826. 6. Iztacquanhtzin, en 830. 7. Topiltzin, en 882.
Los Reyes de Colhuacan, según Brasseur, fueron:
1. Nauhyotl, Rey en 717. 2. Nonohualcatl, en 767. 3. Yohuallatonac, en 815. 4. Quetzalacxoyatl, en 904. 5. Chalchin-Tlatonac, en 953. 6. Totepeuh, en 985. 7. Nauhyotl, en 1026.
Físicamente considerados, los toltecas eran de alta estatura, de bellas formas, más blancos y de barba más espesa que los demás chichimecas. Llevaban sombreros de paja o de hojas de palmera, se cubrían con mantas y se calzaban con sandalias. Para ir a la guerra se ponían en la cabeza vistosos penachos, se colocaban una banda de plumas, se pintaban el cuerpo y se adornaban con sus mejores joyas. Los soldados, en general, iban desnudos; sólo usaban el maxtle, para ocultar lo que el pudor exige. La única arma de defensa que tenían era el escudo. Unos empleaban el arco y llevaban las flechas en la aljaba; otros la honda y guardaban las piedras en bolsas colgadas del cinto; estos blandían la javalina o la maza con puntas de pedernal. Los jefes usaban el casco de oro o de cobre y la cota de algodón. Los toltecas eran ágiles y aptos para el trabajo. Beneficiaron las minas, construyeron varios monumentos y eran inteligentes en varias industrias. Labraban el oro, la plata, el cobre y el ámbar. Hacían toda clase de alhajas. Trabajaban con mucha destreza y habilidad el barro. Por lo que a la cultura intelectual respecta, conocían los jeroglíficos y mediante ellos transmitían a sus sucesores los hechos más importantes. Poseían en dicha clase de escritura el Teo-Amoxtli, compuesto, según se cree, por el sacerdote Huemar en los primeros años del reino de Tula, y era como una síntesis de las ciencias, instituciones y vida nacional del pueblo tolteca. Cuando los españoles se apoderaron del país, ya no existía el citado libro. También perpetuaban los hechos en unos poemas, que en sus grandes festividades cantaban al son de la música. Cultivaban la Medicina y la Astrología con algún aprovechamiento. Eran morales y tenían establecida la monogamia. Rendían ferviente culto a sus dioses. Las cuestiones religiosas y las luchas interiores, contribuyeron a la decadencia y ruina de los toltecas.
Los chichimecas suceden a los toltecas. Hallábanse aquellos establecidos en las márgenes del Gila y bajaban por el mediodía hasta las fronteras del reino de Tula. Estaban gobernados por consejos de ancianos y por sacerdotes que les recordaban sus deberes. Vivían en casas de mampostería, que tenían hasta cuatro pisos. Hilaban y tejían, adobaban las pieles, eran hábiles alfareros, cultivaban la tierra y recogían mucha cantidad de maíz. Hombres y mujeres iban vestidos; sólo las solteras no podían cubrirse ni aun en los más rigurosos fríos. La mujer, dedicada en absoluto a los negocios domésticos, era muy considerada del marido. Los hombres se distinguían por su laboriosidad. Miraban la Cruz como un símbolo de paz. Las tribus chichimecas bajaron al Anahuac, empujándose las unas a las otras, como sucedió en el siglo V en Europa con los bárbaros del Norte. Debieron venir los chichimecas huyendo de los teyas, querechos, apaches y otros.
La caza era la ocupación principal de los chichimecas. Siempre llevaban un arco y un carcaj. Comían y se vestían con lo que cazaban; en efectos de caza pagaban sus tributos, y la res o pieza que primeramente cogían la sacrificaban al Sol. Además de la caza, se alimentaban con los frutos de la tierra. Poseían conocimientos de medicina, y no ignoraban las virtudes curativas de muchas hierbas; pero si los remedios eran ineficaces, lo mismo a los enfermos graves que a los viejos los mataban introduciendo una flecha por la garganta. Hombres y mujeres iban vestidos de pieles; sólo el Emperador podía usar la piel del león. El hombre y la mujer casados se guardaban fidelidad hasta la muerte. Juntos iban a las fiestas y a la guerra. Juntos pasaban toda la vida. Creían en un Dios creador del universo. Sólo rendían culto al Sol y a la Luna.
En política vivían bajo el inmediato poder de sus nobles, si bien reconociendo en el Emperador la autoridad suprema. Xolotl, hermano del emperador Achcauhtzin, conquistó el Anahuac; luego fundó a Tanayocan (Tenayuca) en la margen occidental del lago de México, siendo desde entonces residencia de la corte. Todo lo que constituyó el imperio tolteca, pasó a formar parte del chichimeca. El gobierno de Xolotl fué justo; dispuso que se dejase a los toltecas en posesión de sus ciudades y villas, siempre que le reconociesen como señor y le pagasen tributo. Llegó hasta permitirles que se gobernaran por sus antiguas leyes y costumbres.
El engrandecimiento de los toltecas llegó a inspirar recelos a los chichimecas. Nauhyotl se declaró rey de Colhuacan, se negó a pagar el feudo a Xolotl, y se dispuso a la guerra. Vencido y muerto Nauhyotl en una batalla que se dió en las orillas de los lagos, habría podido Xolotl acabar con el nuevo reino. Lejos de ello, continuó su política de atracción, hasta el punto que, vacante el trono de Colhuacan--pues sólo tres hijas del último Rey eran las herederas--el citado Xolotl casó a su hijo Nopaltzin con una de ellas.
A la sazón, de las opuestas playas del golfo de California vinieron otras tribus, muy parecidas a los toltecas por el idioma y la cultura. Adoraban a un dios que llamaban Cocopitl, y tenían conocimientos de la agricultura y de otras industrias. Capitaneaba Tzortecomatl a los aculhuas, Chiconquauhtli a los otomíes y Aculhua a los tecpanecas. Bien acogidos por Xolotl, se establecieron los primeros en Coatlichan, los segundos en Xalcotan y los terceros en Azcapotzalco. Mediante matrimonios de Tzortecomatl con una hija del tolteca Chalchinhlatonac, cacique de la provincia de Chalco, y de los otros dos jefes con dos hijas de Xolotl, se aseguraron las relaciones entre las nuevas y antiguas tribus. Xolotl repartió tierras a los maridos de sus hijas y luego a sus nietos; también a seis capitanes que habían venido del Norte. Los nuevos jefes tenían la obligación de acudir con sus soldados a defender al Emperador en tiempo de guerra, y a pagar ciertos tributos para el sostenimiento del imperio. Feudal fué la constitución de aquella vasta monarquía, pues de ninguna otra manera hubieran podido vivir juntas tantas y tan extrañas gentes. Xolotl y sus chichimecas se penetraron de las ideas de los toltecas y de los aculhuas, antes sus enemigos, y levantaron un templo al Sol; conocieron la pintura jeroglífica e hicieron palacios y jardines.
Sin embargo, no son para olvidadas ciertas desavenencias y guerras entre las nuevas tribus y aun contra el mismo Xolotl. Unidos toltecas y otras tribus, decidieron deshacerse del Emperador del modo siguiente: Tenía costumbre de dormir la siesta a la sombra de unos grandes árboles de sus jardines. De repente inundarían con una gran cantidad de agua el lugar donde dormía el Emperador. Sabido esto por Xolotl, en el día destinado a su muerte, subióse a dormir a lo más alto de una colina. De muerte natural acabó Xolotl sus días al poco tiempo. Reinó--según Veytia--ciento quince años; según Ixtlilxochitl, ciento doce. ¿Sería--como pretende Brasseur--no un nombre, sino un título, confundiéndose por esta razón en un Emperador dos o más príncipes? Hállase averiguado que en la historia antigua de América es cosa corriente hallar personajes que su vida excedía en mucho a la ordinaria del hombre. Veytia dice que vivió del año 1117 al 1232, Ixtlilxochitl del 964 al 1075 y Brasseur del 1064 al 1160.
Nopaltzin sucedió a Xolotl, reinando pacíficamente, si hacemos caso de Veytia y de Ixtlilxochitl, y en completa anarquía, si damos crédito a Brasseur. Conformes nosotros con los dos primeros, afirmamos, además, que bajo su gobierno continuó la civilización de los chichimecas.
A Nopaltzin sucedió su hijo Tlotzin-Pochotl, conocido también con el nombre de Huetzin, el cual era chichimeca por su padre y tolteca por su madre. Continuó la obra civilizadora de sus antepasados y fomentó de un modo extraordinario la agricultura. Progresaron también las artes. Tenían grandes y hermosas ciudades. Dentro del imperio se hallaban siete Estados grandes y muchos pequeños; los grandes eran: Coatlichan, Azcapotzalco, Xaltocan, Quauhtitlan, Colhuacan y Xuexotla. Bajo el imperio de Tlotzin tuvo origen el reino de Tezcuco; también tuvieron comienzo los señoríos de Tlaxcala y de Huexotzingo.
Pasamos a estudiar el imperio de los aztecas, que, como los toltecas, pertenecían a la raza de los nahuas. Llamamos tribus aztecas, nahuatl o mexicanas las de la familia utoazteca, que hablaban la lengua nahuatl[198]. Hallábanse establecidas en la cuenca del Océano Pacífico y regiones montañosas próximas, desde el río del Fuerte, en Sinaloa (26° lat. Norte), a las actuales fronteras de Guatemala, exceptuando pequeña parte del istmo de Tehuantepec. La mayor y más granada parte de la citada familia formó poderoso reino en la meseta del Anahuac.
[198] «En esta tierra de la Nueva España hay tres maneras o linajes de gentes, que son chichimecas, los de Chulhúa e mexicanos: todos estos están mezclados, emparentados por casamientos; desde muchos años acá, antes que fuese México se emparentaron los dos primeros linajes, que son los chichimecas e los de Chulhúa, en los terceros se emparentaron después de encomenzado México, que ellos edificaron e fundaron de principio...» Pomar y Zurita, Nueva colección de documentos para la historia de México, tom. III, págs. 283 y 284.
Los aztecas que se sitúan en el Anahuac y fundan poderoso imperio, ¿de dónde proceden? Dícese que de una tierra llamada Aztlan; pero se ignora su situación. Según Ixtlilxochitl procedían de Xalisco y eran descendientes de aquellos toltecas que fueron arrojados de Chapultepec después de la ruina de Tula; Aubín cree que de la península de California; Veytia sostiene que de más allá de Cinaloa y la Sonora; Brasseur opina que del territorio comprendido entre las orillas del Colorado y las del Yaqui.
Los aztecas aventajaban en cultura a los chichimecas de las márgenes del Gila y a los toltecas. Eran pueblos agrícolas, industriales y artistas. Ellos fueron los constructores de las dos Casas Grandes que se admiran en las riberas del Gila; y más abajo, en Chihuahua, entre el río del Norte y los montes donde nace el Yaqui, se hallan otras, con la misma denominación de Casas Grandes, fábrica también de las citadas tribus[199]. Lo mismo unas casas que otras están situadas cerca de un río, en lugar ameno y no lejos de ciudades. Tanto las primeras como las segundas son cuadrilongas y se encuentran a los cuatro vientos. De las Casas Grandes del Gila diremos que estaban defendidas por una muralla en cuyos ángulos había una especie de torres o baluartes. Las citadas dos casas tenían tres pisos y además un sótano; las paredes eran de tapia, gruesas y fuertes, sin más abertura, fuera de las de entrada, que dos agujeros redondos bastante pequeños. Invasores del Norte a Sur debieron construirlas, los cuales debían ser excelentes arquitectos y hábiles alfareros. En efecto, excelentes arquitectos y hábiles alfareros fueron los pueblos de más allá del Gila. Citamos la industria de alfarería porque en los alrededores de aquellos palacios se hallaron multitud de ollas y jarras, de diferentes formas y de varios colores (blancas, encarnadas y azules). El Aztlan, pues, de donde se supone vinieron los aztecas, debió estar más allá del Gila, como lo creía Veytia y lo afirmaba el cardenal Lorenzana en sus Comentarios a las Cartas de Hernán Cortés. Salieron de Aztlan en la segunda mitad del siglo XI, y siguiendo la conducta de los toltecas, comenzaron larga peregrinación que duró más de doscientos años[200]. Iban buscando siempre mejores y más productivas tierras. El que les guió por más tiempo fué un hombre prestigioso llamado Huitziton, tal vez muerto a mano airada en las riberas del lago de Patzcuaro. Los sacerdotes dijeron al pueblo que Huitziton era Dios, siendo desde entonces adorado bajo el nombre de Huitzilopochtli. Los huesos del nuevo Dios, guardados en una cesta de junco, fueron conducidos en hombros de cuatro ancianos. Los aztecas no emprendieron ningún negocio sin ser consultado con el Dios, encargándose de la consulta los sacerdotes. De esta manera vinieron a ser regidos por el sacerdocio. Recorrieron diferentes lugares hasta que llegaron a Zumpango, cuyo señor se llamaba Techpanecatl.
[199] Véase Pi y Margall, Historia general de América, tom. I, volúmen I. págs. 64 y 65.
[200] Recuérdese lo que en este mismo capítulo se dijo del viaje de los toltecas.
De tal modo quedó prendado Techpanecatl de sus huéspedes, que les pidió mujer para su hijo Ilhuicatl, les dió una de sus hijas para que casara con un azteca y les facilitó toda clase de auxilios. Tan grande fué su amistad que consintió en que se llevasen a su hijo Ilhuicatl cuando acordaron continuar el viaje.
Ilhuicatl tuvo un hijo llamado Huitzilihuitl, a quien se considera como el primer rey de los mexicanos. Persiguió la desgracia después y por algún tiempo a los aztecas, hasta que llegaron a Chapultepec, donde se repusieron de sus quebrantos. Luego, muerto Huitzilihuitl, se unieron con unos pueblos vecinos o con otros; pero siempre como conquistadores o señores del país. Se establecieron últimamente, la mayor parte, en lo que es hoy la ciudad de México, y la menor parte, en Tlatelolco. Creían los aztecas, por su dios Huitzilopochtli, que no debían poner término a su viaje hasta que viesen sobre un nogal un águila devorando una culebra. Los que, impacientes, no quisieron esperar que tal hecho sucediese, ocuparon la pequeña isla de Tlatelolco; los que continuaron su camino y creyeron haber visto la profecía divina, hicieron asiento en México.
En seguida se dispusieron a tomar parte activa en las guerras de las tribus vecinas, ayudando con extremado valor a Quinantzin, emperador de los chichimecas. Por ello, con la benevolencia de Quinantzin, se dedicaron a edificar, además de la ciudad de Tlatelolco, la de Tenochtitlan (por ser Tenuhczin o Tenuhc el caudillo de sus fundadores), o México (por llamarse mexicas los aztecas)[201]. Quinantzin dejó por sucesor en el Imperio a su hijo menor Techotlalazin o Techotlala, excelente político. Procuró la fusión de chichimecas y de toltecas, montó su palacio y su corte a la costumbre tolteca, desplegó magnificencia y lujo extraordinarios, subordinó la nobleza y dividió el Imperio en 75 provincias, al frente de las cuales puso otros tantos gobernadores. Al mismo tiempo había 73 señoríos, que el Emperador no suprimió, pues eran sólo de nombre. Los reyes vecinos, unos se engrandecieron durante el largo imperio de Techotlalatzin, y otros decayeron y aun vinieron a la ruina; en el primer caso, se encuentran los de Azcapotzalco, y en el segundo, los de Colhuacan. Techotlalatzin, hombre verdaderamente superior, en su afán de fusionar más los pueblos, hubo de consentir en sus dominios la idolatría. Sin embargo, no permitió que entrase en su palacio, ni que en los templos se vertiera sangre humana. «Para mí--decía--no hay sino un Dios que todas las mañanas saludo en el Sol que nace. Como no es cuerpo, me parecen innecesarias las ofrendas. Ni puedo convencerme de que, habiendo creado los animales, se complazca en verlos impía y estérilmente sacrificados. Menos he de creer aún que le agrade el holocausto del hombre, horror de la naturaleza.» Techotlalatzin no se dejó arrastrar al vicio. Ni tuvo amores ilícitos, ni solicitó más de una mujer, ni se entregó a los placeres de la mesa, ni al lujo de su persona. Como monarca trató con el mismo cariño a sus subordinados y procuró establecer la igualdad en los tributos. Exigió exacto cumplimiento de las leyes y castigó severamente los delitos.
[201] Tenochtitlan se fundó, según Brasseur, en 1325: según Veytia, en 1327, y según Torquemada, en 1341.
A Techotlalatzin sucedió en el imperio su hijo Ixtlilxochitl. De las manos robustas del gran Emperador pasa el país a las menos fuertes de su hijo.
A la sazón, los aztecas se hallaban encariñados con Tezozomoc, rey de Azcapotzalco. Tezozomoc, con la ayuda de ellos, se decidió a pelear con Ixtlilxochitl, pues éste se había atrevido a repudiar una hija del mismo rey de Azcapotzalco. Además, el citado Emperador era un libertino. Procuró Tezozomoc atraerse a todos los príncipes que recibían algún agravio de Ixtlilxochitl. Cuando lo consiguió, los convocó secretamente a una junta, exponiéndoles la necesidad de recobrar la independencia--porque de otro modo no era posible--mediante las armas. Obtuvo el general asentimiento de sus camaradas, buscando desde entonces ocasión propicia para la rebelión. Noticioso de todo el Emperador, se contentó con reconvenir a Tezozomoc.
Comenzó la lucha entre el rey de Azcapotzalco y otros contra Ixtlilxochitl. La fortuna acompañó al Emperador en todas ocasiones, llegando por último a la misma corte de Tezozomoc. Cuando la capital iba a rendirse por hambre, presentáronse embajadores a Ixtlilxochitl, pidiéndole la paz y ofreciéndole que Tezozomoc sería en adelante fiel vasallo. El Emperador accedió a los ruegos del enemigo, y se obligó a restituir lo que le había quitado en lucha tan larga. Poco después, el rey de Azcapotzalco, ingrato a los beneficios recibidos, y olvidándose de sus promesas, volvió a buscar el apoyo de los descontentos, y al frente de poderosas fuerzas se dirigió contra el Emperador, quien hubo de abandonar a Tezcuco, y algún tiempo más adelante, sólo con unos pocos hombres, luchó como un león hasta que perdió la vida. Tezozomoc se dispuso, en unión de sus aliados, a apoderarse del Imperio, sin hacer caso de Netzahualcoyotl, hijo de Ixtlilxochitl, y joven de unos diez y seis años. Convencido Tezozomoc de la impotencia de Netzahualcoyotl, le permitió vivir en México y después en Tezcuco. En los comienzos del año 1427 murió el rey de Azcapotzalco, dejando por heredero, no a su primogénito Maxtla, pues hubo de decir: «No quiero en el trono un carácter orgulloso y áspero.» Le sucedió Teyauhzin, su hijo segundo.
Tiempo adelante, Netzahualcoyotl, poniéndose a la cabeza de muchos y valerosos partidarios, peleó con constancia un día y otro día, recuperó el trono de sus mayores y cayó sobre Azcapotzalco deseoso de castigar a Maxtla, quien no sólo se había apoderado del trono, sino que había dado muerte a su hermano Teyauhzin. Netzahualcoyotl entregó la ciudad al saqueo, arrasó los templos y las principales casas, mató a los habitantes sin respetar edad ni sexo, y habiendo encontrado a Maxtla escondido en un baño, le hizo llevar a la plaza pública, donde sufrió cruel muerte (junio de 1428). Sin darse punto de reposo, tomó a Cuyoacan y Tlacopan, residencia de los fugitivos, luego a Tenayocan, y dirigiéndose al Norte, llegó hasta Xaltocan, de cuya ciudad también se hizo dueño (diciembre del citado año). Se retiró a México a descansar de guerra tan desastrosa. Celebráronse toda clase de fiestas y se sacrificaron muchos prisioneros en los altares de Huitzilopochtli. Justo será consignar que Netzahualcoyotl aborrecía los sacrificios de seres racionales, si bien no tuvo valor para oponerse a la religión de sus aliados. Las creencias religiosas de soberano tan ilustre estaban reducidas a adorar a un Dios creador de todo el universo. En Tenochtitlan no levantó templos; pero sí un palacio, un parque y obras de utilidad pública. A él se atribuyen las albercas de Chapultepec y la elevada atarjea por donde corren las aguas de la ciudad citada a México. En la primavera de 1429 volvió a ponerse sobre las armas, ayudándole en esta empresa sus veteranos y los Reyes y tropas de los aztecas. Se puso sobre Tezcuco que cayó bajo su poder después de tenaz resistencia, y en seguida Xuexotla, Coatlichan, Quauhtepec e Iztapalocan, no siguiendo adelante por el cansancio que creyó notar en los aztecas. Retiróse a México y en el citado año redujo la ciudad de Xochimilco, situada en la misma margen del lago. Volvió a emprender nueva campaña en el año 1430, logrando la sumisión de Cuitlahuac, de Acolman (hoy Oculma) y de otras ciudades. Había conquistado Netzahualcoyotl la mayor y mejor parte del imperio de los chichimecas, pudiendo ceñirse con orgullo la corona de sus mayores. Entonces, cuando había llegado a la cima de la gloria, se hizo jurar Emperador en Tenochtitlan (México); pero compartiendo generosamente el imperio con Totoquiyauhtin, señor de Tlacopan, y con Itzcohuatl, Rey del citado México. Se concibe que Netzahualcoyotl hubiese compartido el poder con Itzcohuatl, a quien debía en gran parte la conquista de Azcapotzalco y la sumisión de los rebeldes al Occidente de las lagunas; mas, ¿qué debía a Totoquiyauhtin? Del siguiente modo lo explica el historiador Veytia: «Entre las muchas concubinas que tenía el príncipe Netzahualcoyotl, había una de singular hermosura, cuyo nombre no nos dicen, sino sólo que era hija de Totoquiyauhtin, señor de Tlacopan, que corrupta la voz por los españoles, llaman hoy Tacuba. Esta, pues, juntaba al buen parecer la destreza y el artificio para hacerse amar del Príncipe, cuyo afecto poseía en más alto grado que todas las otras, y quien tenía ya en ella varios hijos. Su privanza, su alta nobleza y su natural ambicioso, le hicieron concebir el deseo de exaltar su casa... y logró hacer entrar al Príncipe en su proyecto, que se reducía, no sólo a que no se despojase a su padre de los estados de Tlacopan, sino a que se le aumentasen... y lo que es más, se le diese en el gobierno del Imperio igual parte que al Rey de México, de suerte que fuese éste un triunvirato de que dependiese el gobierno de todo el Imperio»[202].
[202] Torquemada y Clavigero afirman que la hija del señor de México se llamaba Matlatzihuatzin y era, no querida, sino mujer legítima de Netzahualcoyotl.
Sin embargo de que Itzcohuatl, de México, por su edad y experiencia se creía con derecho a ser el jefe del triunvirato o de la liga o confederación azteca (conocida después con el nombre de Imperio de Moctezuma o mexicano), Netzahualcoyotl procuró desarmarle con blandas razones, y cuando se convenció que nada adelantaba con ello, le hizo la guerra y le venció completamente. Determinóse la nueva constitución política. Se deslindaron ante todo los límites de los citados tres reinos. El asiento del Gobierno o la capital de la Confederación estaba en México, población situada en el centro de uno de los lagos (Tezcuco) del valle de México, lagos que rodean las elevadas y volcánicas cumbres del Popocatepetl (montaña que arroja humo) y de Ixtaccihuatl (mujer que duerme). La Confederación había de conocer de todos los asuntos comunes a los tres reinos, y cada Rey confederado de los propios de sus pueblos. En las guerras se hallaban obligados a ayudarse mutuamente, repartiéndose el botín del siguiente modo: de cinco partes, dos serían para el de México, dos para el de Tezcuco y una para el de Tlacopan. Se dispuso, después de largas discusiones, el restablecimiento de los feudos, acordándose restablecer hasta 30; 14 en el de Tezcuco, 9 en el de México y 7 en el de Tlacopan. Debería exigirse a los nuevos señores que prestaran homenaje a los tres Reyes y sirviesen, además, con tropas en tiempo de guerra. Tanta importancia se dió a la declaración de guerra, que no bastaba el acuerdo de los triunviros, sino la reunión de los pro-hombres de las tres monarquías. Netzahualcoyotl, por su parte, hermoseó la ciudad de Tezcuco con soberbios edificios, y para sí hizo magnífico alcázar, que era la admiración de todos. Organizó la administración y justicia, protegió las ciencias y artes y promulgó numerosas leyes civiles, políticas, penales y militares. Ocupáronle mucho las guerras, ya sólo, ya con los reyes de México y de Tlacopan. Refieren los cronistas que en los ratos de ocio Netzahualcoyotl escribía versos, conservándose todavía algunos de sus cantos. Sin embargo del idealismo que se nota en sus poesías, acostumbraba a decir lo siguiente: «Ya que son pasajeros los bienes del mundo, apresurémonos a disfrutar del bien que pasa; anhelemos y busquemos los del Cielo, sin menospreciar los de la Tierra.» Con harta frecuencia sus acciones no estaban en relación con sus ideas. Si quemaba templos en odio a la idolatría y aborrecía los sacrificios humanos, levantó otros templos y consintió que se pusiera la piedra destinada a recibir las víctimas consagradas a los dioses Tlaloc y Huitzilopochtli, pues de este modo, según algunos, transigía con las preocupaciones de su pueblo.
Respecto al reino de México, a la muerte de Itzcohuatl, ocupó el trono el general Moctezuma I, ya conocido por sus hechos militares. A Moctezuma I sucedió Axayacatl.
Llegó también la última hora a Netzahualcoyotl, rey de Tezcuco, que sólo dejó un hijo legítimo de corta edad. El día de su fallecimiento, llamó a los presidentes de los cuatro consejos y les habló de este modo: «Aquí tenéis a vuestro Rey y señor; aunque niño es cuerdo y prudente, y hará que reinen entre vosotros la concordia y la justicia. Si le obedecéis como leales vasallos, os conservará los señoríos y las dignidades. Siento cercano mi fin. Cuando muera, en vez de tristes lamentos, entonad cánticos de alegría, para que déis muestras de gran corazón, y lejos de consideraros abatidos, crean las naciones que sometí que el último de vosotros es capaz de mantenerlas bajo el yugo.» Volviéndose al príncipe Acapioltz, uno de sus más fieles amigos, añadió: «Acapioltz, sé desde este momento el padre de este niño. Enséñale a vivir y procura que por tus consejos gobierne bien el imperio. Sé su guía mientras no esté en edad de marchar por sí mismo.» Era el año 1470.
Comenzó verdadera rivalidad entre Tezcuco y México. Axayacatl, rey de México, se apoderó de extensos territorios a costa de los grandes señores sus vecinos. En tanto, Netzahuilpilli se encargó del gobierno de Tezcuco, dando señaladas muestras de prudencia. En seguida se preparó a la guerra y se dirigió hacia el Oriente, volviendo cargado de laureles. Mostró después que, como su padre, era aficionado al fausto y a la magnificencia. Hizo construir un palacio de más bella arquitectura que el del autor de sus días y dió a su corte un esplendor nunca visto. No se durmió, sin embargo, en los brazos del deleite. Mientras que por muerte de Axayacatl de México, ocupaba el trono su hermano Tizoc, Netzahuilpilli reunió un ejército y marchó sobre Nauhtla, situada en las playas del Golfo, al Nordeste de Tezcuco, logrando en poco tiempo someter toda la provincia hasta la desembocadura del Pánuco.
A la sazón murió Tizoc, sucediéndole su hermano Ahuitzotl, hombre enérgico, de duro corazón y aficionado a la guerra. Inmediatamente que se encargó del gobierno, excitó a los otros dos Reyes a atrevidas expediciones; unidos los tres dominaron el país de Tlappan, las dos Mixtecas, el Tapotecapan, y avanzando al Sur, llegaron hasta Chiapas y Xoconuchco. El imperio recobraba--según los citados hechos--sus antiguos términos.
Netzahuilpilli no dejó las armas de la mano. Castigó la provincia de Tizauhcoac, que se había rebelado contra el imperio y luego cayó sobre Atlixco, a cuyo independiente señor le castigó con dureza. Lo mismo hizo con el señor de Huexotzingo.
De un acontecimiento verdaderamente singular vamos a dar noticia. Ahuitzotl de México iba a inaugurar el templo o templos que acababa de terminar. Asistieron al acto los reyes de Tlacopan y de Tezcuco, como también los grandes del imperio. Unos cuarenta templos, rodeados de un alto muro, se consagraron a todos los dioses del Olimpo mexicano. Cada templo tenía su colegio de sacerdotes, sus braseros donde debía arder perpetuamente el fuego sagrado y su piedra para los sacrificios. En estos cuarenta templos fueron sacrificados miles de prisioneros de guerra durante los cuatro días de fiestas (1486).
A la muerte de Chimalpopoca, rey de Tlacopan, le sucedió Totoquilinatzin, segundo de este nombre. Unidos los tres Reyes, pelearon un día y otro día con las tribus vecinas, consiguiendo grandes triunfos. Por su parte, Netzahuilpilli peleó después por su cuenta, llevando aún más allá sus guerras y conquistas.
Por lo que respecta al gobierno interior de Netzahuilpilli, era severo, severísimo en el cumplimiento de las leyes. Porque un día su hijo primogénito Huexotzincatl se atrevió a requebrar, o, según algunos, a tener relaciones con una de las favoritas imperiales, Netzahuilpilli, respetando la sentencia de los jueces, le hizo condenar a muerte. A muerte hizo condenar, por causas más pequeñas, a otros dos hijos y a una hija. A una de sus esposas, cogida en adulterio, la hizo estrangular en la plaza pública, y no solamente a ella, sino a sus amantes y cómplices. En cambio, a él se deben reformas que enaltecen su nombre. Los hijos de los esclavos que había en el imperio, seguían, como en la vieja Europa, la condición de los padres. Netzahuilpilli dispuso que en lo futuro gozasen de la libertad que les concedía naturaleza. Regularizó los procedimientos judiciales, estableciendo que los negocios más graves sólo pudiesen durar ochenta días. Castigó severamente las faltas de los jueces. Era tan bueno para los pobres, huérfanos, ancianos y enfermos, como duro para los criminales. Cultivó la poesía, y pasaba mucho tiempo contemplando el curso de los astros. En religión creía en un sólo Dios creador del Universo, mas no se atrevió a negar los dioses de los aztecas. Como se acercasen los tiempos de la llegada de los españoles al Anahuac, recordaremos que poco antes, esto es, en los primeros meses del 1500, nació a Netzahuilpilli un hijo, llamado Ixtlixochitl, que será uno de los primeros amigos de Hernán Cortés y del cual predijeron los astrólogos que, partidario de un pueblo extraño y enemigo del suyo, sería la ruina de su patria. Los augurios eran cada vez mayores y más constantes al paso que los españoles se aproximaban al golfo de México.
Sentábase en el trono de México a la sazón Moctezuma II, sucesor de Alhuitzotl, é hijo de Axayacatl. No era Moctezuma II el mayor de sus hermanos; pero había dado pruebas de valor y de arrojo. Siguiendo la costumbre de sus antecesores, salió a campaña y venció. Generoso con los hijos del pueblo, fué duro con los aristócratas. Debían hablarle con la frente inclinada y los ojos bajos. Los súbditos habían de postrarse cuando le veían en la calle. Era extraordinario el lujo de su palacio, como era extraordinario el número de sus concubinas. Acerca de la industria, se labraban los metales (oro, plata, plomo, latón, estaño y cobre), y se hacían primorosos objetos de piedra, barro, hueso y conchas de mar. Se trabajaba admirablemente la madera; se construían, vidriaban y pintaban vasijas de exquisito gusto; se tejían finas telas de algodón, y se curtían pieles y se las teñía de mil colores. Calzadas y acueductos, palacios y casas particulares, todo era digno de admiración y de alabanza. Moctezuma, con la eficaz ayuda de los reyes de Tezcuco y Tlacopan, intentó acabar con la independencia de Tlaxcala. La lucha fué tenaz, larga y sangrienta, resultando, al fin, que los tres Reyes fueron vencidos y rotos sus ejércitos. Entonces se resignaron a tener enclavada en el corazón del Imperio una república libre e independiente. Refieren algunos autores que Moctezuma, con la intención de quebrantar las fuerzas de Tezcuco, insistió tiempo adelante con sus colegas a llevar de nuevo la guerra contra Tlaxcala. Netzahualpilli fué el primero en reunir la flor de sus ejércitos que mandó a la frontera bajo las órdenes de dos de sus hijos. Acudió también Moctezuma; pero avisando secretamente a los tlaxcaltecas de la marcha de los de Tezcuco y comprometiéndose a no tomar parte en la contienda. En efecto, cayeron los tlaxcaltecas sobre los de Tezcuco, derrotándolos completamente y matando a los hijos de Netzahualpilli. Moctezuma presenció la matanza desde las faldas de Xacoltepetl. Lo cierto es que, durante el reinado de Moctezuma, adquirió México no poca preponderancia sobre Tezcuco. Debemos también referir que terrible hambre afligió el imperio durante los años 1504 y 1505. Los tres Reyes continuaron peleando con sus enemigos en los años sucesivos, llegando por Chiapas y Guatemala, y no parando hasta los confines de la América del Mediodía. Ganaron a Honduras por la fuerza y a Nicaragua por la astucia. «No pudo ya el Imperio--escribe Pi y Margall--llevar más allá sus armas. Sonó pronto para él la hora, no ya de conquistar, sino de ser conquistado. Hace ya veinte años que los españoles pisan el suelo de América, y en este momento acaban de descubrir la Florida. Están ya en una de las extremidades del Anahuac los hombres barbudos y blancos, de quienes dijo Quetzalcoatl que vendrían de Levante. No tardarán en salir de Cuba para explorar el Occidente del golfo y penetrar por las márgenes del Tabasco en tierra de México... Para colmo de mal, muere a poco Netzahualpilli sin dejar elegido sucesor, y entra la discordia en el palacio de los aculhuas. Ha llegado el imperio a la cumbre de la grandeza, sólo para que fuese mayor su caída»[203].
[203] Vol. I, pág. 132.
Cuando los españoles llegaron a México, tendría de extensión el imperio de Moctezuma II como la tercera parte de la actual República. Debía ocupar, además del distrito federal de México, los Estados de Veracruz, Tabasco, Chiapas, Oajaca, Guerrero, Puebla y Querétaro. Dentro de la citada superficie había ciudades y aun provincias independientes: lo era Cholula, Huexotzingo, Tlaxcala, Acatapec, Acapulco y otras. La población del imperio era bastante numerosa. Los demás reinos y señoríos casi debían su independencia a complacencias del Emperador. Murió por entonces el rey de Tezcuco, a cuya corona se creían con derecho tres de sus hijos, llamados Coanacochtzin, Ixtlixochitl y Cacamatzin. Aunque logró ser proclamado Cacamatzin, con la ayuda de Moctezuma, al fin se vino a un acuerdo, dividiéndose el reino en tres partes y quedando para Cacamatzin y Coanacochtzin las provincias del Mediodía y para Ixtlixochitl las del Norte. Cacamatzin conservó el título, nada más que el título. Moctezuma era el verdadero dueño del país, y en el Anahuac, a la llegada de los españoles, sólo sonaba el Emperador de México.
Habremos de repetir--si de religión se trata--que el Sol, la Luna y las estrellas fueron adorados por los habitantes del Anahuac, a quienes les levantaron templos. Además eran adorados otros muchos dioses. Se decía que todos eran descendientes de Citlatonac y Citlalycue. Quetzalcoatl, Huitzilopochtli y otros formaban el Olimpo azteca. La religión del Imperio era, no sólo bárbara en los sacrificios, sino en la manera de presentar a sus dioses. Pintábase a los dioses de diferentes colores y se les cubría de joyas y adornos, no faltando las plumas de papagayo; resultaban verdaderos monstruos. No pocos dioses velaban por la agricultura. La fiesta que se celebraba el primer día del cuarto mes del año estaba consagrada a Tzinteotl, el dios de los maizares, y a Chicomecoatl, la diosa de los mantenimientos. También hacían fiestas a los hermanos Tlaloc, los dioses de las lluvias; a Quetzalcoatl, el dios de los vientos; a Xiuhtecutli, el dios del fuego; a Izquitecatl y sus compañeros, los dioses del vino, y Macuilxochitl, el dios de las flores. Aunque los mexicanos gustaban de la vida sedentaria, su ocupación principal no era la agricultura, sino la guerra. Como otros pueblos americanos, no tenían ejércitos permanentes. Desde la niñez se les educaba para la guerra, y guerreros eran todos los hombres hábiles de la tribu. Entre los jefes había categorías y grados, pues podían ser modestos jefes de clan o linaje, o jefes distinguidos de las cuatro secciones (calpulli) en que estaba dividido México. Sobre todos estos jefes estaba el tlacalecuhli o jefe de hombres, llamado Emperador o Rey por los cronistas españoles. Su autoridad estaba limitada por el Consejo Supremo (Tlacopan) y por el jefe civil superior (Cihuacohuautl), que con él alternaba en el mando. El cargo era electivo dentro de determinado clan o linaje y vitalicio; además ejercía el poder supremo sacerdotal. Podía ser relevado del cargo. Tanto el tlacalecuhli como el cihuacohuatl, podían llevar aquellas «calaveras de plumería con sus penachos verdes y rodelas de lo mismo» y aquellas «ajorcas y pulseras de oro y plumas en la nariz, los brazos y los tobillos», de que nos dan idea los relieves de la llamada Cruz de Palenque.
Hacíase la guerra con cualquier pretexto, casi siempre para adquirir subsistencias y, a veces, para conseguir víctimas humanas y satisfacer las exigencias del culto. Las armas se guardaban en almacenes públicos (tlacochalco), próximos al templo principal (teo-calli), y pertenecían a la comunidad, repartiéndose cuando lo ordenaba el Consejo. Por el Consejo se decidían las campañas y se proclamaba la declaración de guerra en los teo-callis al son del tañido de grandes atambores. Repartíanse armas y provisiones, dirigiéndose hacia el territorio enemigo lanzando gritos de guerra. Si los enemigos eran derrotados, los mexicanos entraban a sangre y fuego en sus aldeas, hasta que aquéllos pedían la paz y pagaban un tributo. Consistían los tributos, generalmente, en maíz; también eran a veces objetos de alfarería, tejidos, esclavos, mujeres, etc. En los comienzos del siglo XVI, el pueblo de México estaba dividido en cuatro barrios o partes, en los que vivían los individuos de cada clase, linaje o grupo de parientes (calpulli), con derecho de usufructo del territorio que ocupaban (calpullalli). Los calpullallis se hallaban divididos en parcelas cultivables (tlalmilli), que se repartían por las autoridades del clan o calpulli a los jefes de familia del mismo (patriarcado), para que los cultivasen en beneficio de los suyos. Si dejaban de cultivarlos dos años seguidos, o si la familia que lo usufructuaba moría o salía del calpulli, se daba la parcela a otra familia del linaje. Cuando moría el jefe de la familia, heredaba la parcela el mayor de sus hijos, y a falta de éste el hermano que le seguía en edad o los tíos del muerto. El mayorazgo estaba obligado a cultivar la parcela heredada y sostener a sus hermanos y hermanas hasta que contraían matrimonio, obteniendo a su vez los varones otra porción de tierra cultivable. Si alguno de los hijos estaba inválido, el calpulli cuidaba de su subsistencia, y si alguna de las hijas permanecía soltera a causa de su vocación religiosa, era mantenida por el templo. Es de advertir que la sociedad mexicana fué una especie de democracia militar. Los calpullis o los veinte linajes formaban cuatro fratrias y las cuatro fratrias la tribu, cuyo gobierno supremo residía en el Consejo Tribal (tlatocan), compuesto de varios individuos, uno por cada calpulli. Reuníase este Consejo--el cual tenía facultades absolutas--cada diez días, o antes en casos extraordinarios. De cuando en cuando se reunía el Consejo en sesión magna y pública (juntas tribales extraordinarias), concurriendo a ella los veinte hermanos mayores de los calpulli, los jerarcas sacerdotales, los capitanes de las fratrias, etc.; en estas juntas podía pedirse la reforma o derogación de anteriores disposiciones del Consejo Tribal.
Existió la esclavitud entre los mexicanos, aunque en estado rudimentario. Eran esclavos los que dejaban dos años sin cultivar la parcela de tierra que les había sido asignada, como también los arrojados de los calpullis por su mala conducta. Si el esclavo persistía en su poco amor al trabajo o no enmendaba su conducta, era castigado con penas infamantes. Si continuaba lo mismo, a pesar del castigo, era entregado a los sacerdotes para los sacrificios.
La familia azteca tenía su fundamento en el patriarcado. Los calpullis observaban la ley de exogamia. La mujer, aunque estaba considerada como propiedad individual y exclusiva del marido, era tenida en más estima. El calpulli arreglaba los matrimonios y castigaba severamente a los adúlteros, quienes se convertían en esclavos. Como las leyes sociales del calpulli disponían el matrimonio de todos sus individuos, los que se negaban a cumplirlas, salvo votos religiosos, tenían la misma pena que los adúlteros. Esto no impidió impedir el concubinato, ni modificar en las tribus aztecas los repugnantes vicios contra natura[204]. Por lo que respecta al comercio--del cual se tratará más extensamente en el capítulo décimo cuarto--haremos notar que en las poblaciones principales los mercados se celebraban cada cinco días, siendo muy activo el tráfico de granos, cacao, alimentos, bebidas, vestidos, armas, alfarerías y demás objetos necesarios para la vida material y para el adorno del indígena. No se usaban en los mercados pesas ni medidas. Consistían las transacciones en permutas y en compras, haciendo el papel de moneda los zontlis y xiquipiles de cacao, los cañutillos de ansarones llenos de granitos de oro y los pedacitos de estaño o cobre en forma de T[205]. También, de cuando en cuando, había ferias.
[204] Bernal Díaz del Castillo, Conq. Nueva Esp., cap. CCVIII, pág. 309.
[205] Véase Bernal Díaz del Castillo, ob. cit. pág. 89.
Cuando penetraron los españoles en el país, encontraron la agricultura y otras industrias muy adelantadas. Producía la tierra toda clase de legumbres. No dejó de llamar la atención la inteligencia que mostraban en acueductos, canales, acequias, etc. De muy lejos, y por sitios escabrosos, se traían a veces las aguas. Se talaban los bosques y se allanaba la tierra. Para el fomento de la agricultura no se perdonaba medio. En general, los cultivos más estimados eran el maíz, el maguey, el cacao, el plátano, la vainilla, el algodón. Con mucho esmero se cultivaban las flores, pues de ellas eran aficionados los mexicanos.
Por lo que respecta al calendario mejicano, se consideraba el año de trescientos sesenta y cinco días, dividido en diez y ocho meses de veinte días cada mes, y los cinco días restantes se añadían al fin del año para igualar el curso del Sol. En estos cinco días se daban todos los mejicanos a la ociosidad, como preparándose a entrar en las tareas del año siguiente. Las semanas tenían trece días y los siglos cuatro semanas de años.
Los puentes eran de diferentes clases. Consistía una clase en levantar fronteros dos pilares: uno en cada orilla. De pilar a pilar se ataba gruesa cuerda de cuero, de la cual pendía un aro del que se colgaba un banasto. De este banasto caían dos cuerdas que se ataban por sus cabos a las dos riberas. Metíase en el banasto el hombre o bestia que había de pasar el río y se le llevaba de una orilla a la otra tirando de la respectiva cuerda. También se hacían puentes de paja, enea y juncia. Del mismo modo los mejicanos construían puentes de madera. Así eran todos los de la capital, que, como sabemos, ocupaba el centro de un lago. A la ciudad se llegaba por cuatro calzadas, las cuales estaban defendidas por torres y fosos cubiertos de vigas. Por puentes de vigas construídos de trecho en trecho se comunicaban también las casas de las dos aceras. Estos puentes, levadizos todos, tenían vigas grandes y bien labradas, y era tanta la anchura de ellos que podían pasar de frente diez caballos. Creemos que de cantería no los hubo en México; pero cerca de Palenque y en el Perú se encuentran algunos. Caminos había en México, en el Perú y aun en los pueblos salvajes.
Tampoco faltaban acueductos en diferentes puntos, especialmente en el país de los aztecas; la mayor parte de las calles de México estaban surcadas de canales, sobre los cuales, a trechos, había puentes de madera. Procedía el agua de Chapultepec. Acequias para el riego de los campos se encontraban en la mayor parte de los pueblos de América.
Si estudiamos la escritura, no sería aventurado decir que los aztecas no pasaron del sistema de escritura jeroglífica; los mayas, quichés y cakchiquels, en sus pictografías simbólicas se aproximaron al sistema de escritura fonética. Unas y otras pictografías, lo mismo las nahuatl que las mayas-quichés, eran de colores brillantes y se hacían en pieles preparadas para ello, en telas de algodón, en fibras de áloe y en las columnas, muros, etc. Es de sentir que el tiempo, las guerras, y muy especialmente la ignorancia del clero de pasados siglos, hayan destruído casi todos los ejemplares pictográficos.
De las creencias religioso-mágicas de los uto-aztecas y mayas, nada añadiremos a lo que hemos dicho sobre la materia al estudiar otras tribus aborígenes. Hombres superiores (Quetzatcoatl, entre los aztecas, y Votan, entre los mayas), no consiguieron moderar la crueldad de aquellos sacerdotes y de aquellas muchedumbres que sacrificaban tantas víctimas en las aras de sus divinidades guerreras. Y ya que de la religión nos ocupamos, deberemos consignar que los sacerdotes se sobrepusieron en México a los guerreros, logrando adquirir tal influencia, que una especie de anatema pareció caer sobre los aztecas y mayas. El vulgo, alentado a veces por el sacerdocio, era crédulo y supersticioso. Sacaban presagios del aullido de las fieras, del canto de la lechuza, del repentino encuentro de una raposa o de una sabandija. Con mucho acierto escribe Pi y Margall lo que a continuación copiamos: «¿Se deberá por esto considerar escasa la cultura del Imperio? Conviene recordar que durante los siglos XV y XVI no privaban menos en Europa que en América los agoreros y los astrólogos. Importa poco que los adivinos de aquí pretendiesen leer lo futuro en el firmamento, y los de allí en meros signos del calendario: tan mudos estaban los cielos como los signos, y tan injustificados eran, por consiguiente, unos como otros pronósticos»[206].
[206] Hist. general de América, vol. I, pág. 167.
Sería injusto negar que la civilización del Imperio mexicano tenía un carácter de originalidad que la distinguía de todas. Era una mezcla de cultura y barbarie, de pequeñez y grandeza, de fiereza y dulzura de sentimientos. Hernán Cortés se fijó, principalmente, en que aquellos indios se comían a los prisioneros; eran caníbales. Sólo por esta costumbre habían de parecer bárbaros a los ojos de los europeos.
CAPÍTULO VIII
AMÉRICA SEPTENTRIONAL (Continuación).--TRIBUS MEJICANAS: LOS SHOSHONEAMUS.--LOS COMANCHES: SUS COSTUMBRES; SU CULTURA.--TRIBUS SONORAS: LOS PIMAS, LOS ÓPATAS Y LOS TARAHUMARES; SUS COSTUMBRES; SU CULTURA.--TRIBUS IROQUESAS: SU SITUACIÓN Y SU DESARROLLO SOCIAL.--CONFEDERACIÓN IROQUESA: RELIGIÓN E INDUSTRIA.--LOS ESQUIMALES: SU SITUACIÓN; SU CARÁCTER Y COSTUMBRES; SU RELIGIÓN.--ORGANIZACIÓN SOCIAL.--LOS ALGONQUINOS Y LOS ATHABASCOS: SU SITUACIÓN.--LOS NAVAJOS Y LOS APACHES.--CULTURA DE LOS NAVAJOS, APACHES Y ATHABASCOS: RELIGIÓN Y LENGUA.--LOS ALGONQUINOS: SUS COSTUMBRES; SU INDUSTRIA; SU RELIGIÓN.--LOS SIOUX O DAKOTAS: SU SITUACIÓN; SUS COSTUMBRES; SU CULTURA.--LOS MUSKOKIS: SU SITUACIÓN.--LIGA MUSKOKA.--LOS CREEKS.--YUCHIS, TIMAQUANOS Y NATCHEZ.--LOS CALIFORNIOS: SU SITUACIÓN; SU INDUSTRIA; SU RELIGIÓN Y LENGUA.--LOS TLINKITS.--LOS PIELES-ROJAS.--REGIÓN DE LOS PUEBLOS.--LOS CHINUKS: SITUACIÓN, CULTURA, INDUSTRIA Y COSTUMBRES DE ESTAS TRIBUS.
Los shoshoneamus ocupaban hasta el siglo pasado el territorio que se extiende desde el río Columbia u Oregón (Estados Unidos) hasta el Estado de Durango (México). A ellos pertenecen los comanches, gente de alguna cultura y de suaves costumbres[207]. Cuenta la historia que se distinguían los comanches por el lujo de los vestidos. Los hombres calzaban mocasines que les subían a las corbas y se ponían delantales que les bajaban a las rodillas. Al paso que algunos se cubrían el cuerpo con camisetas de piel de ciervo, otros usaban largos mantos de búfalo, que se prendían en los hombros. También las mujeres usaban mocasines y del cuello a las piernas se ceñían especie de vestido de piel de gamo. Aquéllos y éstas gustaban mucho de adornos, de los cuales abusaban en sus fiestas civiles y religiosas.
[207] Pi y Margall, que no se separa de la doctrina de Bancroft en este punto, dice que los comanches formaban parte de los apaches, primera familia de los nuevo-mejicanos. Historia general de América, vol. II. pág. 1082.--Luego, los comanches, empujados desde el N. por los apaches, fueron nómadas al N. de Tejas y por Nuevo México.
Las viviendas de los comanches en verano consistían en galerías y en ellas solo se podía estar sentado o tendido. Hincaban paralelamente en tierra ramas de sauce, las doblaban de dos en dos por los vértices y las cubrían con esteras de junco. Dejaban puertas a Or. y Oc., y ventanas a N. y S. Diestros cazadores, perseguían a los búfalos, que al acercarse el invierno invadían el país. Lograban matarlos con solo el arco y la flecha; a veces únicamente con la lanza. Bebían caliente la sangre de los que mataban y comían con sumo gusto el hígado. Importábales poco comer cruda la carne, y cuando querían asarla, la colocaban en puntas de palo inclinados al fuego. La que no comían después de muerto el animal, para que no se corrompiese, la cortaban en delgadas lonjas, la secaban al sol y la molían. Con esta harina, echada en agua hirviendo, se alimentaban perfectamente. También les servía de comida las plantas silvestres. No se dedicaban a la agricultura y sólo las tribus que moraban en las riberas de los ríos se nutrían de pescado.
Antes de realizar sus bárbaras excursiones, más propias de bandidos que de guerreros, llevaban a sus mujeres e hijos a lugares inaccesibles, para que no cayesen en poder de los enemigos. Eran muy belicosos, considerando el valor como la principal virtud y la suerte de la guerra como la mayor fortuna. Desde niños se habituaban al ejercicio del arco y de la javalina. Celebraban su danza de guerra antes de salir a sus expediciones. A los prisioneros respetaban generalmente la vida, y a pocos les daban muerte. Violaban las mujeres y trataban con cariño a los niños. Hacían la paz, no sin celebrar la ceremonia de fumar los guerreros en una sola pipa. Sentían poca afición por el comercio y nunca empleaban el fraude. De todas las tribus pertenecientes a la familia de los nuevos mexicanos, sólo los comanches vivían bajo verdaderas instituciones políticas. Convocaban periódicamente los comanches asambleas, donde se deliberaban todos los asuntos de interés para la tribu, y lo dispuesto en aquéllas se cumplía con toda fidelidad. Creían en un Ser Supremo y adoraban también al Sol y la Tierra. Reconocían la existencia de espíritus malignos, a los que atribuían sus enfermedades y todas sus desventuras. Honraban, como pocos pueblos bárbaros, la memoria de sus héroes; hombres y mujeres, especialmente las mujeres, daban rienda suelta a su dolor. Después de sepultados, no cesaban de llorarlos durante treinta días, y con harta frecuencia prorrumpían en lamentos y alaridos. Cortábanse en señal de luto el cabello, y además se laceraban las carnes. Se tatuaban la piel en distintos sitios, especialmente en la cara o pecho.
En los comienzos de la segunda mitad del siglo XIX se confió a los comanches meridionales, errantes por el Bolsón de Mapimi, el exterminio de los apaches, sus enemigos hereditarios[208]. Estos apaches, que vivían en el espacio comprendido entre el río Grande[209] y la vertiente oriental de Sierra Madre, fueron castigados sin compasión y casi destruídos completamente. «Los que quedan, dice Reclus, se han hecho pastores, boyeros, chalanes y hasta guardas de estación en los ferrocarriles que atraviesan ahora sus antiguos territorios de correrías y de pillaje»[210]. Añade Reclus que casi todos los indios que habitan la región Noroeste de México, desde la frontera de Arizona hasta los montes que dominan el río Lerma, pertenecen a una misma familia de tribus, cercana a los aztecas por el lenguaje. Dos de sus grupos más considerables se les conoce con el nombre de los pimas (Norte de la Sonora)[211] y de los ópatas (Sierra Madre, en los valles altos del río Sonora y del río Yaqui). Unos y otros se han puesto siempre al lado de los blancos en las guerras de razas: los autores mejicanos ensalzan su valor, su sobriedad, su consecuencia, habiéndoles dado el nombre de espartanos de América. Sus poblaciones agrícolas se hallan casi españolizadas[212].
[208] Reclus, Nueva Geografia Universal: América, tomo II, página 122.
[209] Durante parte de su curso separa a México de los Estados Unidos.
[210] Ibidem.
[211] El Estado de Sonora (México) se halla frontero a la parte septentrional de la Península. Entre las ciudades sonoreñas, la más próxima a la frontera de los Estados Unidos es Magdalena o Santa Magdalena, Pi y Margall, siguiendo a Bancroft, comprende en la segunda familia de los nuevos mejicanos a los pueblos, los moquis, los pimas, los maricopas, los pápagos y otras tribus. Historia general de América, tomo I, volumen II, página 1.096.
[212] Nueva Geografía Universal: América Central, tomo II, páginas 116 y 117.
Los pimas levantaban, para pasar el invierno, chozas de planta circular o elíptica y forma de cúpula, altas de cinco a siete pies, y de diámetro o eje de 20 a 50. Sus aberturas estaban reducidas a una puerta de entrada y a un agujero en el techo, por donde penetrase la luz y el aire. En los estíos vivían en sus maizales al abrigo de ligeros sombrajos, desde los cuales vigilaban sus cosechas. Supieron regar sus campos. Aunque eran poco aficionados a la caza y a la pesca, no por eso dejaban de comer carne de gamo, de liebre o de conejo, como también los peces de sus ríos. Gustaban con verdadero deleite de las bebidas alcohólicas. Eran pacíficos; pero si se les obligaba a hacer la guerra, la hacían con coraje y aun con crueldad. No perdonaban edad ni sexo en el calor del combate. Después de la victoria mataban a los prisioneros varones y guardaban a los niños y a las hembras para venderlos. Vencedores, entraban por sus pueblos en medio de coros y danzas; vencidos, se retiraban silenciosos y sólo oían gritos de muerte.
Nótanse muchas analogías entre los pimas y otra tribu--de la cual habremos de ocuparnos en este mismo capítulo--conocida con el nombre de los pueblos. Tenían los pimas escasa cultura. Ignoraban la escritura de los jeroglíficos, ni hilaban, ni tejían. En sus construcciones tampoco usaban la piedra ni el adobe. Como otras tribus vecinas, celebraban fiestas, señalándose en particular la danza de las flechas, la del búfalo, la de la tortuga, la del maíz verde y algunas otras. Casi en todas las fiestas cantaban e iban marcando el compás algunos de los concurrentes, y en casi todas se tocaba el tambor, la flauta y las sonajas.
Estimaban de igual manera los ejercicios de fuerza, como el juego de pelota, el salto, la carrera y el golpear de los escudos. Explicaban la creación del siguiente modo. La tierra, decían, había sido creada por Ckiowotmahke. Era al principio como una telaraña que se extendía por el espacio, mas luego tomó consistencia hasta ser tan sólida como la vemos. La recorrió Ckiowotmahke volando en forma de mariposa, y, cuando creyó conveniente, se detuvo y formó al hombre. Tomó arcilla en sus manos, la amasó con el sudor de su cuerpo y la dió un soplo, mediante el cual, llena de vida, se movió y convirtió en un hombre y en una mujer. Hallábase ya bastante poblado el mundo, cuando ocurrió el siguiente hecho. Vivían en el valle del Gila un gran profeta, y Szeukha, hijo de Ckiowotmahke. Cierta noche apareció un águila de gigantescas alas a la puerta del profeta, quien se despertó sobresaltado al ruido del animal. Levántate--le dijo el águila--tú que curas a los enfermos y ves lo futuro, porque está muy cerca el diluvio que ha de inundar la tierra. Sordo el profeta al anuncio del agorero pájaro, volvió a dormirse. Por segunda vez el águila le anunció la catástrofe y por segunda vez no hizo caso el profeta. Por última y tercera vez fué despreciada la reina de las aves, sin embargo de anunciar que iba a ser invadido y sumergido el valle. Lo fué en efecto y en el tiempo que dura el aleteo de un pájaro, después de varios truenos, sonó horrible estallido y en seguida se levantó en la llanura un monte de agua que, cayendo sobre el valle con pavoroso estruendo, anegó la choza del profeta, salvándose sólo el hijo de Ckiowotmahke, que flotaba sobre una pelota de resina. Cuando descendieron las aguas, desembarcó Szeukha, con todas sus herramientas y utensilios, en la cima de un cerro contiguo a la embocadura del río Salt. Inmediatamente se dirigió a vengarse del águila y con este objeto hizo una escala de cuerda de las fibras de un árbol, subió al nido y mató al fiero animal. En la cueva o nido encontró una mujer y un niño, la esposa y el hijo del aborrecido pájaro.
Dejando el mundo de la fábula y entrando en el campo de la historia, bien será decir que una de las páginas más brillantes de la Compañía de Jesús en América es la evangelización de las aldeas de los pimas (Pimería alta y baja) por el P. Kino.
Los tarahumares, ópatas (en los Estados de Chihuahua [213] y Durango[214]) y otras muchas tribus eran sedentarios y laboriosos. Bancroft sólo habla de las principales tribus establecidas, no sólo en el citado Estado, sino en los próximos. Seguros de no ser desmentidos, podemos afirmar que estos nuevos mejicanos del Norte conservan hasta el presente las creencias, ritos y costumbres que estudiaron como propias de ellos los misioneros de las centurias XVII y XVIII. Por lo común dichos mexicanos eran altos, erguidos y de agradable rostro; unos tenían color moreno claro, otros color moreno obscuro y muchos color de cobre; todos tenían negro y fuerte cabello. Las mujeres llamaban la atención por su hermosura y airoso porte. El traje no podía ser más sencillo y pobre.
[213] Ciudad del Norte mejicano en la vertiente oriental de Sierra Madre.
[214] Abraza por el Oeste las cadenas paralelas de Sierra Madre.
Tenían decidida afición por los adornos, los cuales se ponían en la nariz, en las orejas, en la garganta, en los brazos, en las muñecas y hasta en los tobillos. Pintábanse de diferentes colores, ya la cara, ya el pecho, ya todo el cuerpo. En el cabello, tanto los hombres como las mujeres, se colocaban plumas y a veces perlas. Si los ópatas vivían en casas de adobes y vigas, los tarahumares buscaban abrigo en las cuevas de las montañas pedregosas. Eran cazadores y pescadores; pero en particular se alimentaban de frutas, semillas y raíces que daba espontáneamente la naturaleza. Se dedicaban poco a la agricultura y los ópatas tejían el algodón y la pita. En la guerra, harto frecuente entre aquellas tribus, usaban los soldados el arco, la flecha y la clava, y los jefes pequeña lanza y rodela o escudo. Unos y otros llevaban un cuchillo de pedernal. Los infelices prisioneros, después de sufrir las más terribles torturas, eran sacrificados de una manera cruel y bárbara. A veces, algunas tribus los cocían y comían. Al volver de la expedición, si era venturosa, salía todo el pueblo a recibir a los combatientes. Las mujeres bailaban en corro, cantaban, jesticulaban y prorrumpían en grandes alaridos. El botín se distribuía siempre a los ancianos y a las mujeres. Malas, muy malas eran las instituciones sociales. La poligamia dominaba generalmente en todas aquellas tribus y se hacían grandes fiestas en honor de la mujer que se consagraba al celibato o a la prostitución. La sodomía se hallaba extendida de un modo considerable. Después del nacimiento de un hijo, el padre no salía de la cama, ni comía pescado ni carne en seis o más días. Rara costumbre que era común en varios pueblos de América. En casi todas sus fiestas, la embriaguez y la obscenidad no tenían límites. Sin embargo, entre los ópatas eran, no ya decentes, sino decorosas, la fiesta de primero de año y la conocida con el nombre de torom raquí. Consistía la primera en meter en el suelo por un extremo parte de un palo de bastante altura y del cual colgaban cintas de cuero de varios colores. Jóvenes bellas vestidas caprichosamente tomaban cada una del cabo determinada cinta y danzaban alrededor del palo, formando varias y caprichosas figuras. En la segunda, cuyo objeto era implorar la lluvia para que la cosecha próxima fuera abundante, bailaban alegremente cuatro grupos de jóvenes desde el amanecer hasta la noche.
La industria apenas existía y las bellas artes se hallaban por completo desconocidas. Si algunas tribus fabricaron casas, y si los españoles vieron pinturas en las paredes, ni las primeras revelaban conocimientos arquitectónicos, ni las segundas sentimiento estético. La ciencia estaba reducida a observar atentamente los astros y los cambios de la atmósfera. Fueron de los más crédulos y supersticiosos de toda la América. Si para los habitantes de la Sonora vagaban los espíritus de los muertos por las rocas de los precipicios y sus voces constituían los ecos, para los de Nayarit había diferentes cielos, a los cuales se iba según la edad y según la clase de muerte: un cielo estaba destinado a los niños y a los adultos que muriesen buena y pacíficamente; otro, situado en la región de los aires, donde pasaban a ser brillantes estrellas, los que perecían luchando con los extranjeros; y un tercero que se hallaba en la misma tierra, y tenía el nombre de mucchita, destinado al vulgo, y, por lo tanto, a la mayor parte de las almas. De la mucchita pudieron salir y aun volverse a encarnar en sus antiguos cuerpos, hasta que lo hizo imposible un hombre imprudente. Este hombre hizo un pequeño viaje, dejando la casa al cuidado de su mujer. A su vuelta desapareció su consorte, penetrando en la mucchita. Allí fué el desconsolado marido, logrando conmover con sus lágrimas y suspiros el corazón del guarda de aquella región de las sombras. «Mira, le dijo el guarda, ven aquí de noche, busca con los ojos a la que fué tu compañera, y cuando la veas danzando, dispárala una de tus flechas. Te reconocerá y volverá a tu casa; pero guárdate bien de prorrumpir en gritos ni alaridos, porque si tal haces, la perderás para siempre y tú serás entonces la causa de su muerte.» Hizo el hombre lo que se le dijo. Al verse con su mujer, quiso celebrar tanta ventura y dió gran fiesta llamando a músicos y cantores. Loco de alegría, olvidando por un momento el aviso del guarda, exhaló un grito. Inmediatamente cayó cadáver su compañera y entró de nuevo en la mucchita. Desde entonces no volvió alma alguna a unirse con su cuerpo. Pudieron, sí, como pudieron antes, convertirse de día en mariposas, salir en busca de alimentos y andar entre los vivos. De noche recobraban sus naturales formas y la pasaban danzando.
En nuestros días, los tarahumares, en número de unos cuarenta mil, viven exclusivamente en los valles de Sierra Madre, en las dos vertientes del Atlántico y del Pacífico. Hállanse esparcidas sus aldeas en las montañas de los tres Estados de Chihuahua, Sonora y Sinaloa, y aun, según Pimentel, penetran en Durango. Todavía algunas familias pasan su vida en grutas, y se ven muchas cuevas que estuvieron habitadas antiguamente. Los tarahumares que viven en las ciudades de los blancos, hablan la lengua de los conquistadores; los habitantes de la sierra conservan su antiguo idioma y no pocas de sus costumbres primitivas. Practican, según se dice, su antigua religión. Se les supone tristes; pero a veces manifiestan su alegría y bailan con sus dioses. Son aficionados a las justas y a la carrera[215].
[215] Reclus, Geografía Universal: América, tom. II, págs. 118 y 119.
Entre las tribus que habitaban al Sur del Canadá (América Septentrional), se hallan las iroquesas. Dichas tribus deben estudiarse con algún detenimiento, y es de justicia que figuren a la cabeza de las del Norte americano. Si en la cultura general no se diferenciaban mucho de sus vecinos, en su desarrollo social podían compararse a las tribus de la familia Uto-Azteca. Ocupaban muy especialmente las orillas del río San Lorenzo y el actual Estado de Nueva York, las llamadas Cinco Naciones (Mohawk, Onondaga, Oneida, Cayuga y Séneca). Suma importancia tuvo, en los comienzos del siglo XV, la Confederación o Liga que para hechos defensivos y ofensivos formaron los iroqueses.
Esta Confederación desempeñó papel importante en la conquista y colonización de la América del Norte. Fué formada por las cinco tribus o naciones citadas, a las que se unió corriendo el año 1715 la de los tuscaroras; el fundador, según la tradición, fué Hiawata, ayudado del jefe de los onandagas. En asuntos de gobierno interior cada nación permaneció autónoma, delegando toda su autoridad en un Consejo Federal o Senado de Sachems, elegido por las seis tribus, cuando asuntos de interés general lo reclamaban o exigían. Además existía el Consejo Tribal, de autoridad absoluta en los asuntos peculiares de la tribu. El Consejo Federal sólo podía convocarse a instancia de alguno de los Consejos Tribales y las decisiones de aquél habían de ser por unanimidad, en cuyo caso se cumplían sin discusión. La Confederación no tenía jefe o poder ejecutivo. En las guerras contra las tribus vecinas o contra el europeo, el Consejo Federal nombraba dos jefes militares, que habían de ser ayudados por los jefes secundarios de cada tribu. Sólo el Consejo Federal tenía atribuciones para firmar tratados de paz.
Como dice perfectamente un historiador contemporáneo «los iroqueses, arrojados por los algonquinos de las márgenes del San Lorenzo, consiguieron paulatinamente vencer a sus enemigos del Norte y Sur, convirtiéndose, merced a su confederación, en dueños virtuales del territorio comprendido entre la bahía de Hudson y la Carolina del Norte»[216]. En religión se notaba--como en las demás tribus del Norte de América--la influencia de los shamanes y hechiceros y los sacrificios humanos. El canibalismo se hallaba también entre las bárbaras costumbres de los iroqueses. Los mitos de los iroqueses personificaban siempre de una manera o de otra la lucha constante entre la luz y las tinieblas.
[216] Navarro Lamarca, ob. cit., tom. I, pág. 219
Por lo que a la industria respecta, fabricaban alfarerías, cultivaban entre otras cosas, el maíz y el tabaco, fortificaban sus aldeas levantando en las calles empalizadas y otras defensas, construían buenas canoas y sepultaban a sus muertos en grandes montículos (mounds). Los iroqueses actuales (con excepción de los cherokees) reducidos a unos 12.000, habitan en el Canadá y en las reservas indias de Nueva York, Wisconsin y Ontario; los cherokees forman parte de las tribus civilizadas de los Indian Territories (territorios indios) de los Estados Unidos del Norte América.
Los esquimales, tribus situadas alrededor del polo, se extendían por la Groenlandia y por la región comprendida entre la bahía Hudson y el Estrecho de Behring. Es probable que algunos de sus grupos llegaran y hasta cruzasen en épocas remotas el Estrecho citado. Algunos etnógrafos, dando como cierto lo que nosotros juzgamos probable, consideran como esquimales a los chukchas de la Siberia.
Ignoramos el origen del nombre esquimal. Charlevoix cree posible que proceda de la voz abenaqui esquimantsic, comedor de carne cruda; pero lo cierto es que no se llamaban a sí mismo esquimales, sino innuits, palabra que significa el pueblo, de inuk, hombre.
[Ilustración: Mujer esquimal.]
Digna de estudio, por muchos conceptos, es la raza esquimal. Confundíanse a primera vista las mujeres con los hombres, no sólo porque el traje era igual, sino por la fisonomía. Tenían sucia y desgreñada cabellera, grandes ojos, ancho rostro, negruzco color y feo aspecto. Comían toda clase de carne y pescado, muy especialmente la grasa de la foca, de la ballena y del manatí. Las viviendas consistían, durante el verano, en poner de punta en el suelo tres o más palos, los cuales cubrían por la parte superior con pieles de foca o de chivo. En el invierno construían chozas a la manera de tinnehs, esto es, cuevas debajo de tierra con agujeros en la techumbre para la luz y el humo. La ocupación principal de los esquimales consistía en la caza y la pesca. Las armas eran el arco, la flecha, el dardo, la lanza, el hacha y la honda. Llamaba la atención en aquellas gentes sus grandes canoas, los trineos y los patines. De los trineos tiraban perros dóciles y fuertes. Encendían fuego por el frote de las maderas. Desconocían en absoluto los conocimientos científicos y su literatura estaba reducida a algunas lamentaciones fúnebres.
Eran sumamente aficionados a los banquetes, al canto y al baile. Los danzarines, al son del tamboril y el coro, remedaban mediante gestos a muchos animales.
Por lo que a la religión respecta, los esquimales profesaban el animismo. Creían no sólo que el hombre tenía alma, sino también los demás animales. Los sacerdotes (angakoks) eran legisladores, jueces y médicos, hallándose dotados además de cualidades superiores. Se les respetaba principalmente porque se les creía en relación con los espíritus. Se comunicaban con Tornarsuk, ser supremo y fuente de toda ciencia. Los hechiceros, que usaban los mismos procedimientos que nuestras brujas, ejercían ministerios mágicos y no pocas veces se les atribuía todas las calamidades que afligían al pueblo, en particular las pestes.
En lo tocante a la organización social de los esquimales puede asegurarse que se basaba en la familia y no en el clan. También se halla fuera de duda que entre ellos predominaba el patriarcado y la monogamia. La propiedad era comunal o cuando más familiar; la individual sólo existía al referirse a bienes muebles. Aun en nuestros días los esquimales viven en aldeas pequeñas (de 10 a 20 chozas), separadas por grandes distancias, siendo de notar, que apenas difieren en el lenguaje unas tribus de otras. A causa de la poca fecundidad de las mujeres y de la mucha mortandad de los niños, las tribus esquimales tienden a extinguirse.
«En las vastísimas comarcas donde esos hombres vivían, mar y tierra están lo más del año cubiertas de espesas capas de hielo, que no se derriten nunca en las cumbres de los altos montes. Huyen las aves a más templados climas, busca la res abrigo en las cavernas o en los apartados bosques, y reinan en toda la naturaleza la soledad y el silencio. Escasea tanto la vegetación, que en muchas partes no hay leña con que encender lumbre. Para colmo de mal, abandona el sol el horizonte y no vuelve a brillar sobre tan árido suelo hasta después de tres meses de noche y seis de crepúsculo. No interrumpe de vez en cuando tan largas tinieblas sino la aurora boreal con sus ya tenues, ya fúlgidos resplandores, que no parece sino que al extinguirse aumentan la obscuridad del espacio. Sólo entre mayo y agosto brilla sin interrupción la luz del día; libres de hielos las aguas, bajan al Océano con alegre estruendo; se cubren de musgo las rocas y de hierba y flores los espaciosos llanos. Sólo entonces pueblan el aire numerosas bandadas de pájaros que volvieron del Mediodía en busca de sus antiguos nidos; salen de sus cuevas o vienen de las lejanas selvas multitud de rangíferos, de ciervos-mosas, de almirílados ovibos, y con ellos inmensas greyes de búfalos. Durante el triste y prolongado invierno, sólo en el crepúsculo que precede al día resuena a lo largo de las playas el ladrar de las focas y el resoplar de las ballenas.»[217].
[217] Pi y Margall, Historia de América, volumen 1.º página 921.
En suma: los esquimales «moraban y moran todavía, en número de 4.000, en el litoral Artico, desde el Labrador hasta el mar de Berhing; pero nunca penetraron en el interior del Continente»[218].
[218] Enciclopedia Universal Ilustrada, tomo X, pág. 1.353.
Al Sur de los esquimales, el Canadá se dividía entre dos grandes razas, a saber, la de los algonquinos y la de los athabascos. Constituían la dilatada familia de los algonquinos muchos pueblos, y se extendían--según la autorizada opinión de Bancroff--desde el golfo de San Lorenzo hasta las montañas rocosas. Cuando los europeos llegaron al país, el principal asiento de dicho grupo eran las tierras al Norte del San Lorenzo. Otros autores dicen que ocupaban la costa del Norte del Atlántico, desde el mar de Hudson al cabo Hatteras, exceptuando sólo los territorios de los dakotas o sioux.
Los athabascos poblaron las regiones comprendidas entre el mar Artico y las fronteras de Durango (México), desde la bahía de Hudson al mar Pacífico. A la familia de los athabascos pertenecen, entre otros, los salvajes navajos y apaches[219].
[219] El grupo de nuevo-mexicanos se divide--según Bancroff--en cuatro grandes familias: los apaches, los pueblos, los indios de la península de California, y los del septentrión de México. Los apaches se subdividen en las siguientes naciones: 1.ª, la de los comanches; 2.ª, la de los apaches o shies; 3.ª, la de los navajos o tenuayos; 4.ª, la de los mojaves; 5.ª, la de los hualapayos; 6.ª, la de los yumas; 7.ª, la de los kosninos; 8.ª, la de los yampayos; 9.ª, la de los yalchedunes; 10, la de los yamajabes; 11, la de los cochis; 12, la de los cruzados, y 13, la de los nijoras.
Adquirieron los navajos fama de hábiles plateros y tejedores; pero se cree, con algún fundamento, que dichas industrias se debían a tribus más cultas sujetas a dichos navajos. Los telares en que tejían el algodón consistían en dos vigas, una sujeta al suelo y otra que colgaba del techo, en las cuales se extendía perpendicularmente la urdimbre; además dos tablillas de pizarra que la mantenían en doble cruz y abrían paso a la lanzadera; ésta consistía en un palo corto a que arrollaban el hilo.
[Ilustración: Apache.]
Mostrábanse atrasadísimos en la construcción de sus viviendas los apaches, lo cual no es de extrañar, puesto que eran nómadas y vivían del pillaje, no pasando a veces ocho días sin cambiar de asiento. Levantaban postes, ya vertical, ya oblicua, ya semicircularmente, cubriendo el espacio formado por dichos postes con pieles, broza, hierbas o piedras. Daban de anchura a las casas de 12 a 18 pies, y de altura de cuatro a ocho. Sin embargo de su vida errante, labraban la tierra casi todas las tribus apaches, y cultivaban el maíz y algunas legumbres. Apenas comían la carne y tampoco eran aficionados al pescado. Adelantaron más en la construcción de armas que en herramientas para cultivar el campo, pues disponían de arcos y flechas, de lanzas, de hondas, de escudos y de macanas. Tenaces y crueles bandidos, casi hasta nuestros días, no han cesado de causar grandes daños a los norteamericanos y mexicanos. Al presente, el único resto de los apaches es el de los janos o janeros de Chihuahua (México).
Predominaba el matriarcado entre los navajos y apaches. Distinguiéronse los navajos porque cultivaron la tierra con fruto y no debemos pasar en silencio que cuando por primera vez (1541) se encontraron a los españoles, vivían en chozas fijas, construían graneros, eran labradores y regaban con acequias sus campos.
Menos cultos los athabascos que sus vecinos los esquimales, eran también más desconfiados, taciturnos y astutos. La religión de los athabascos era animista, con no pocas supersticiones mágicas. Los shamanes y hechiceros, que gozaban de mucha estima, presidían los Consejos Tribales. Caracterizábanse sus muchos dialectos por su dureza y dificultad.
Afirman algunos escritores que los algonquinos representaban el verdadero tipo del indio norteamericano. Distinguíanse por su alta talla, buenas formas, labios finos, manos y pies pequeños, color cobrizo, pelo negro y recio, gran fortaleza y bastante longevidad. Dominaban entre ellos el matriarcado y el totemismo. Vivían en chozas redondas cubiertas con hojas de maíz y cercadas de empalizadas. Sus jefes, lo mismo en tiempo de paz que de guerra, se elegían de un clan determinado. Cultivaban el maíz, tabaco, etc.; curtían pieles, hacían ollas y fabricaban objetos de cobre (no por medio de la fundición, sino a golpe). Activos comerciantes, llevaron sus industrias a grandes distancias, llegando hasta las costas del mar Atlántico. Adoraban al Sol, al fuego, a los cuatro vientos como productores de lluvias, a los espíritus y a ciertos animales.
El Michabo o Manibozho, dios y héroe de los algonquinos, redentor y maestro de las tribus, inauguró la edad de oro de la obscura historia de los citados indios. Aunque horticultoras las tribus algonquinas, se alimentaban de la caza, de la pesca y de las abundantes cosechas de arroz silvestre. Los individuos de la de los lennapés, situada en las orillas del río Delaware (riega a Filadelfia), se llamaban ellos mismos los genuinos (progenitores de la raza), y así eran considerados por las demás tribus. El dialecto de los lennapés era relativamente dulce y armonioso. Merecen especial mención por su energía y habilidad en la lucha con sus dominadores, los algonquinos Pontiac, King-Philip y Tecumseh.
Los restos de las tribus algonquinas o de la familia álgica (unos 40.000) se encuentran repartidos a la sazón en algunas provincias del Canadá (Manitoba y otras), y en pequeña región de los Estados Unidos (Estado de Wisconsin).
Después de los iroqueses, esquimales, athabascos y algonquinos, se presentan los sioux o dakotas, los cuales--según los etnólogos--eran ejemplares típicos de la raza india. Vivían al Oeste del Mississipí, desde el río Saskatchewan, en el Norte, al Arkansas, en el Sur, extendiéndose hasta Virginia y tal vez hasta el golfo de México. Estaban divididos en varios grupos, subdivididos en bandas y sub-bandas locales. El Gobierno era casi patriarcal. Los jefes eran electivos, y tenían su autoridad limitada por los Consejos de las bandas o sub-bandas. Si en tiempos de paz gozaban de gran respeto los ancianos, durante la guerra sólo eran respetados los jefes militares. Prevalecía entre ellos la poligamia. Los sioux ajustaron su vida en absoluto a la caza del bisonte, ocupación que aumentó considerablemente con la llegada del caballo en la época del descubrimiento de América. Antes de conocer el caballo, se valían los sioux del perro en sus expediciones de caza; también se servían de él para su alimento, arrastres, etc. Curtían pieles de bisonte, trabajaban rudamente la alfarería y fabricaban armas y útiles de piedra, madera, cuerno y hueso. La casa del sioux, igual a la de los comanches, etc., era la movible tienda (tipi) formada sobre postes colocados en filas paralelas o circularmente y cubiertos dichos postes con pieles de bisonte, etc. Las tribus mandanes, pertenecientes a la familia de los dakotas, fueron las constructoras de las casas comunales en forma circular (circular-house) rodeadas de empalizadas.
Para estudiar algunos puntos relativos a la evolución del arte americano no carecen de interés las pictografías de los sioux, en pieles de bisonte, sus pipas de arcilla roja y tubo largo adornado de plumas y sus abigarradas aljabas. Predominaban los cultos de carácter mágico, mereciendo especial mención las fiestas anuales de invocación al Sol (sun-dance).
Varias veces los sioux han hecho frente a los ejércitos norteamericanos, y, últimamente, en el año 1862, llevaron a cabo la sublevación de Minnesota, dirigida por el cruel Little Crow, en la cual perdieron la vida más de 100 soldados y 700 colonos. A la sazón los sioux o dakotas viven sin lazo alguno que les una en varios puntos de los Estados Unidos, llegando su número en el año 1904 a 29.000, si bien tienden poco a poco a extinguirse.
Estaban situados los muskokis en los valles que se extienden desde las estribaciones de las montañas Apalaches hasta el golfo de México, y desde las márgenes del Mississipí hasta el Océano Atlántico[220]. Otros escritores sólo dicen que lindaban con la Florida por el Norte y Oeste[221]. Entre los muskokis se distinguían por su valor las tribus creeks. Vivían los muskokis en aldeas o poblados, y cada linaje tenía su propio territorio y su montículo (mound) para depositar los restos de sus muertos.
[220] Navarro Lamarca, ob. cit., tomo I, pág. 222.
[221] Pi y Margall, ob. cit., tomo y volúmen I, pág. 730.
Aunque predominaba el matriarcado, la posición de la mujer, lo mismo en la familia que en el clan, era inferior a la que tenía entre los iroqueses. Los jefes civiles eran vitalicios y a veces hereditarios; los militares se nombraban de acuerdo con los Consejos de las tribus. Rodeados de enemigos por todas partes, colmaron de distinciones a sus guerreros. No carecían de importancia sus Casas del Consejo (Casa Grande) y muy especialmente la formación de una liga (Creek Confederacy), parecida a la de los iroqueses, aunque solamente defensiva. Los creeks y sus desmembraciones los seminolas (Florida) hicieron tenaz resistencia (1830-1842) a las tropas de los Estados Unidos, siendo al fin trasladados a los Territorios Indios, donde viven al presente con cierta independencia y aun prosperidad. Creían que el Cielo era sólido y semicircular; que el Sol, la Luna y algunos planetas giraban alrededor del mundo, entendiendo que los demás astros estaban inmóviles y suspendidos del firmamento. Suponían la tierra plana y fija en medio de vastos mares. Eran supersticiosos en medicina y sólo en la aritmética conocían un sistema de numeración bastante regular. No conocieron ningún género de escritura, ni ninguna de las bellas artes. Cultivaban extensos campos, extraían el oro de las arenas de sus ríos y se hallaban adelantados en la alfarería.
Los yuchis, timaguanos y natchez, tribus que habitaban en el territorio de los muskokis, tenían lenguas y dialectos completamente diferentes. Los yuchis (Río Savanah) se llamaban ellos mismos hijos del Sol. Profesaban gran estima a las mujeres. Debemos notar que cuando Hernando de Soto les vió por primera vez «la cacica, señora de aquella tierra... moza y de buen gusto» le recibió con señaladas muestras de alegría y le festejó (1540). Los timaguanos, que ocupan las orillas del río San Juan (Florida) y la costa del Océano Atlántico hasta el río Santa María, se extinguieron completamente hace más de una centuria. Los natchez estaban situados en la orilla izquierda del Mississipí, debajo de la confluencia del Yazoo. Créese que procedían del Sudoeste. Emigraron de la primitiva patria y se fijaron en el Anahuac. «Nuestros antepasados--decían--favorecieron a Cortés en la guerra con Moctezuma, y sólo cuando se convencieron de la tiranía de los españoles, levantaron de nuevo el campo y vinieron a estas llanuras: quinientos soles habían ya reinado entonces sobre nosotros.» Consideraban a sus caciques como hijos del Sol y adoraban a dicho astro, sacrificándole cautivos. Los natchez eran muy sensuales, dándose el caso que la mujer más prostituta gozaba de más estimación. Los templos se distinguían por su humildad. Construían con habilidad suma toda clase de objetos de alfarería y llegaron a la perfección en los tejidos que hacían con fibras vegetales.
Los californios habitaban de Norte a Sur desde los montes Umpqua hasta la boca del río Colorado, y de Oeste a Este desde las costas del Pacífico hasta las sierras que limitan a Poniente la gran cuenca (the Great Bássin). Divídense, según Bancroft, en californios del Norte (desde las márgenes del río Rogue hasta las del Eel (Anguila)), del Centro (desde las del Eel hasta cerca de las del Guyamas) y del Mediodía (desde las del Guyamas hasta las islas Montague y Goree, que se hallan en el interior del golfo de California. Vivían y viven los californios del Norte en tierras algo productivas a causa de sus muchos lagos, ríos, arroyos y bosques. Eran los californios de gallarda presencia, y algunas mujeres estaban dotadas de singular belleza. Hombres y mujeres apenas se cubrían algunas partes de su cuerpo. Vivían en casas formadas por toscos maderos que descansaban en pies derechos, cubiertas con esteras, helechos o ramaje. Alimentábanse de caza y pesca, de raíces y de semillas; tenían pan que hacían de bellotas. Sobresalían en el curtido de las pieles y fabricaban con no mucha destreza las canoas. Justo será recordar la habilidad en trenzar las raíces de sauce, con las cuales hacían sombreros, esteras, cestas y cintas de colores para recogerse la cabellera. También de juncos y de mimbres construían platos, fuentes, tazas, calderos y hasta los sacos que acostumbraban a llevar las mujeres cuando iban en busca de bulbos y bayas. Acerca de sus armas, estaban reducidas al arco y la flecha. Declaraban la guerra, a veces encarnizada y sangrienta, a otras tribus, ya por el rapto de mujeres, ya por motivos supersticiosos, ya para obligarlas a pagar tributo. Pero lo verdaderamente repugnante era la costumbre de cazar con trampa a los hombres como si fuesen fieras. Hacían de la mujer objeto de venta y eran polígamos sólo los ricos. Existía la esclavitud entre aquellas tribus. Divertían sus penas en danzas y fiestas. Creían en un Supremo Espíritu, autor de lo creado, en muchos diablos y en la vida futura.
Por lo que respecta a los californios del Centro y del Sur, ni unos ni otros diferían mucho de los del Norte. Réstanos decir que las muchas lenguas habladas entre los californios eran generalmente dulces y sonoras; pero las que se hablaban en las márgenes del río Smith y unas 40 millas a lo largo de la costa se distinguían por lo duras y guturales.
Los tlinkits (Alaska y costas adyacentes), los haydahs y similares (Islas Queencharlotte, Columbia Británica, etc.), y los yumas (península de California hasta los valles del río Colorado, colindantes con el Estado de Arizona y el Norte de México), se diferenciaban de las tribus de las costas del mar Atlántico. Procede recordar que los tlinkits tenían ideas exactas acerca del derecho de propiedad privada, desconocido en la mayor parte de las tribus salvajes. Tanto estimaban la propiedad privada, que los más ricos eran los designados para ocupar los puestos más elevados, completando esta plutocracia el matriarcado y los linajes exogámicos. Los haidahs estimaban como los tlinkits la riqueza individual, la que consideraban como fin único de la vida.
Prevalecía entre ellos el patriarcado y honraban a las mujeres por su castidad e industria. Vivían en casas sólidas de madera, en cuyas puertas levantaban altos postes cuajados de esculturas totémicas. Fabricaban adornos de plata y cobre, lámparas, morteros y utensilios de piedra, como también excelentes canoas de cedro rojo. Los primeros navegantes que los visitaron (1741), dicen que tenían cuchillos de hierro, adquiridos tal vez en sus expediciones al Sur. Eran activos comerciantes y compraban esclavos a las tribus vecinas. Servíanse de las conchas como moneda. Los yumas fueron tribus salvajes, si bien algunas de ellas debieron dedicarse a la horticultura y construyeron sólidos edificios de adobe y piedra.
Debajo de los esquimales, en el dilatado territorio que desde el Yukón y la bahía de Hudson se alarga hasta la punta de la Florida y el Río Grande de México, y desde el Atlántico se ensancha hasta el Pacífico, permanecen, ya en estado nómada, ya algo sedentario, numerosas tribus conocidas con el nombre de pieles-rojas, señalándose entre ellas dos tipos bien distintos, uno dolicocéfalo y otro braquicéfalo. Estas pieles-rojas descienden de varias tribus, entre ellas de la de los comanches.
[Ilustración: Indio del Río San Juan (Región Pueblos).]
Consideremos, por último, los indios pueblos. Llamáronles así nuestros capitanes del siglo XVI porque los encontraron distribuídos en pueblos formados por una sola casa. Estos pueblos o casas estaban construídos a la manera de las celdas de una colmena. Extendíase la comarca o región de los indios pueblos desde los límites occidentales del Estado de Tejas hasta California, y desde el centro del Estado de Utah hasta el de Zacatecas (México). A mediados del siglo XVI poblaban el territorio los hopis, zuñis, querés y tehuas, quienes cada uno de ellos hablaba lengua diferente. Vivían en 65 aldeas que distaban entre sí de 30 a 100 kilómetros; las casas de dichas aldeas eran de la misma forma y tenían tres o cuatro pisos, habiendo algunas de siete, las cuales servían de fortalezas y tenían sus correspondientes troneras y saeteras para defenderse en caso de ataque. Dichas casas estaban construídas de una manera original. Una sola casa a veces constituía un pueblo, componiéndose aquélla de un cuerpo central y dos alas, que comúnmente enlazaba y cerraba un muro de piedra. Otras veces el cuerpo central y las alas se hallaban separados por estrechas calles; pero aun en este caso parecían formar una sola casa, dado que todos estos cuerpos de obra estaban unidos por puentes o los acercaban grandes voladizos. Variaba la forma de las casas, hallándose algunas completamente circulares. En los patios había siempre estufas y en la parte superior azoteas. Tenían un sólo piso, aunque las había también de dos, tres o cuatro. En todas se entraba por la chimenea y a todas se descendía por escaleras. Estaban situadas dichas casas en las cumbres de empinados cerros o en los bordes de espantosos precipicios; algunas, pero en escaso número, en mesetas, en estrechos valles o en las orillas de los arroyos. Véase cómo describe Castañeda la situación de Acuco, hoy Acoma. «Está Acuco--dice--en la cima de una roca a que con dificultad llegarían las balas de nuestros arcabuces. Para llegar a lo alto hay trescientos escalones cortados en la peña; doscientos de bastante anchura, ciento mucho más angostos. Concluída la escalera, hay que ganar tres toesas de altura, poniendo en un agujero la punta del pie y en otro los dedos de la mano.» No sería aventurado decir en vista de semejantes construcciones, que los pueblos no carecían de ciertos conocimientos de arquitectura, indicándolo también las fuertes murallas con sus correspondientes aspilleras, las profundas cisternas y las largas acequias que utilizaban para el riego de sus tierras.
Las mujeres trabajaban lo mismo que los hombres, siendo obligación exclusiva de ellas la fábrica de aquellas ollas, y, en general, de aquellos objetos de loza, vidriados, de diferentes hechuras y de delicadas labores, que tanto llamaron la atención a los conquistadores españoles y que dieron tanta fama a las alfarerías de la región de los pueblos. Los habitantes de los pueblos eran monogamos y sólo contraían matrimonio cuando lo disponía el Consejo de ancianos. Los hijos pertenecían al clan o linaje de la madre (matriarcado). Los linajes no estaban reunidos por tribus, sino por aldeas. En cada una de dichas aldeas había un jefe de paz, que se asesoraba del Consejo de ancianos, y un jefe militar, elevado a tan alto cargo por sus valerosos hechos. No se conocía la propiedad privada de la tierra, si bien era muy respetada la ocupación que por determinado tiempo tenían individuos o familias de terrenos cultivables. Dedicábanse al cultivo del maíz, de las judías, del algodón, del tabaco, etc., y regaban los campos con acequias perfectamente construídas. Los sacerdotes y hechiceros estaban muy estimados por aquellas tribus excesivamente religiosas, y tenían a su cargo la celebración de los largos y complicados cultos. Las ceremonias religiosas constaban de dos partes: una secreta y otra pública. Terminaba la última exhibiendo los juglares sus habilidades dramáticas y lanzando a veces frases intencionadas y maliciosas. El principal y casi único objeto de todos los ritos religiosos consistía en atraer la lluvia para obtener buenas cosechas. En aquellas tierras pobres y áridas la lluvia era la vida o muerte de estas tribus pacíficas y laboriosas, que no estaban manchadas del canibalismo.
Al presente, las tribus de los Pueblos, reducidas a 10.000 habitantes, viven en el mismo territorio, repartidas en 27 aldeas, de las cuales únicamente Acoma y algunas hopis ocupan los mismos sitios que antes de la época de la conquista.
Los chinuks vivían al occidente de las orillas del río Columbia y los montes Umpqua. El clima era dulce, la tierra fecunda, la caza abundante en sus bosques, siendo también abundante la pesca en su mar y en sus ríos. Distinguiéronse los chinuks por su pequeña estatura y por su fealdad. Los hombres iban casi desnudos y las mujeres llevaban una falda que apenas les alcanzaba a las rodillas. Vivían en casas construídas sobre seis postes, cuatro en los ángulos y dos en el centro de los dos extremos del cuadrilátero; lo mismo las paredes que los techos estaban formados de tablas. Es de notar que no tenían ventanas ni chimeneas, pues cuando les ahogaba el humo, levantaban una de las tablas del techo. En la caza y en la pesca--salmones, esturiones--encontraban sus principales elementos de vida. No dejaban de ser industriosos los chinuks: fabricaban esteras de juncos o espadañas, cestas de hierba o de fibras de cedro, artesas de cedro o de otras maderas, cucharas de cuerno, agujas de ala de grulla, canoas de varias clases y también de varias clases armas. Los chinuks consideraban la tierra como propiedad de la tribu y no individual. Existía la esclavitud que tenía origen, como en otros pueblos, en la guerra y en el robo. Aunque se permitía la poligamia, pocos hacían uso de ella. Hembras y varones pasaban gran parte del tiempo en fiestas (banquetes y bailes), y en juegos de azar, habilidad o fuerza. En religión creían que Ikánam había creado el Universo; pero antes o después de él vino a la tierra Itapalapas, creador del hombre. Afirmaban que el hombre creado por Itapalapas tenía los ojos y los oídos cerrados, las manos y los pies sin movimiento. Ikánam abrió al hombre los ojos y oídos haciéndole también incisiones en manos y pies. Mostró todavía su generosidad el dios Ikánam enseñándole a fabricar todo género de utensilios. Parece ser que los chinuks tenían un espíritu del Bien que llamaban Econé, y un espíritu del Mal denominado Ecutoch. Debían rendir culto a los dioses citados y tal vez a algunos más. Hacíanles sacrificios humanos. Guardaban profundo respeto a los muertos y miraban como el mayor de los sacrilegios la violación de los sepulcros. Los cadáveres, envueltos en ricas mantas, eran llevados a lugar tranquilo y apartado. Al dejarlos allí rompían en tristes lamentos, y en señal de luto los parientes se cortaban la cabellera y algunos se desgarraban el cuerpo.
Nada diremos de los indios que vivían más adentro del Columbia, pues todas estas tribus presentan casi los mismos caracteres.
CAPÍTULO IX
ESTADO SOCIAL DE LOS INDIOS.--LA ANTROPOFAGIA.--EL EMPERADOR EN MÉXICO Y EN EL PERÚ: ABSOLUTISMO DE LOS EMPERADORES.--LOS CACIQUES.--LA POLICÍA.--LOS MERCADOS.--LA HACIENDA.--LA ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA.--LOS TRIBUTOS.--INCAS, CURACAS Y AMANTAS.--EL INTERREGNO.--EL CLAN, EL SACHEM Y EL CONSEJO.--NOMEN Y TOTEM.--LA TRIBU.--CONFEDERACIONES TRIBALES.--EL MATRIMONIO: MONOGAMIA Y POLIGAMIA.--ADULTERIO.--DIVORCIO.--LOS HIJOS.--LOS ANCIANOS.--LAS VIVIENDAS.--INSTITUCIONES CIVILES EN AMÉRICA: LA PROPIEDAD EN MÉXICO Y EN EL PERÚ.--LA SUCESIÓN.--TUTELA, CURATELA Y ADOPCIÓN.--ESCLAVITUD.--LEYES PENALES Y DE PROCEDIMIENTOS.--LEYES SOCIALES Y ADMINISTRATIVAS.--LAS POSTAS ENTRE LOS NAHUAS Y ENTRE LOS PERUANOS.
Acerca del estado social de los indios, podemos afirmar que todos, aun los mejicanos y peruanos, no llegaron al estado completo de civilización. Si la antropofagia se hallaba extendida por toda América, justo es reconocer que no fué tan general en los imperios de México y Perú, como en el Río de la Plata o a orillas del Mississipí, en las Antillas e islas Caribes. Los pueblos del Pacífico, donde existía población numerosa, rica y dedicada a la agricultura y a las artes, no debían tener por objeto principal la guerra y la antropofagia, como los citados del Río de la Plata y todos los que ocupaban los extensos territorios con vertientes hacia el Océano Atlántico.
México y el Perú se hallaban organizados casi feudalmente, estando al frente de ellos, más bien que un Emperador o Rey, un gran sacerdote, el cual se hacía temer por los grandes castigos que imponía, y entre ellos los sacrificios humanos que mandaba hacer en los adoratorios, adoratorios que tiempo adelante hubo de destruir la espada de Hernán Cortés y de Francisco Pizarro.
Tanto en México como en el Perú se consideraban sagradas las personas de los monarcas Moctezuma y Atahualpa.
Fijándonos en el Emperador mejicano, diremos que todos los señores de Estados particulares tenían su casa en México y eran fieles servidores de Moctezuma. Demás de estos grandes señores, que constituían la grandeza, servían a Moctezuma los soberanos de Estados enclavados en el imperio. Los emperadores de México habitaban en magníficos palacios y disponían de rica y numerosa servidumbre; tenían suntuosos aposentos para los monarcas de Tezcuco y Tacuba; pasaban sus ocios en parques de caza o en hermosos jardines; salían a la calle en andas, con gran séquito, y a su presencia se postraban los súbditos. Con todo, no eran tan absolutos como a primera vista pudiera creerse, pues en el Anahuac había tierras de la corona, beneficiarias y feudales. De las de la corona disponían directamente en sus respectivos estados los reyes de Michoacán, la república de Tlaxoala, el cacicazgo de Xalixco y algunos más; tanto las tierras beneficiarias como las feudales, quedaban reducidas a feudos vitalicios o sólo a feudos. Otras causas, también de importancia, moderaban el absolutismo del poder imperial. No era la menor los diferentes reinos en que el país estaba dividido. Los caciques, especie de señores feudales, ejercían jurisdicción, que tiempo adelante consagraron las Leyes de Indias, con la mira de que conservasen la autoridad para mantener a todos en la obediencia de la metrópoli. Hallábase organizada numerosa policía en todos los reinos, cacicazgos o señoríos del imperio y muy especialmente en México. En las grandes ciudades había diariamente mercados, donde abundaban todas las cosas; mientras se celebraban, se constituía un Tribunal compuesto de 10 o 12 magistrados. En las poblaciones menos populosas los alguaciles o encargados de mantener el orden, llevaban las varas levantadas. Las cuestiones entre vendedores y compradores se resolvían en juicio verbal con bastante justicia. La hacienda descansaba en principios algo parecidos a los nuestros. Había verdaderos derechos de consumos. Estaba organizada la administración de justicia, como también la administración pública. Los plebeyos, mediante la guerra, llegaban a las más altas dignidades del Estado.
Y por lo que a los emperadores del Perú se refiere, tomaban el nombre de hijos del Sol, y en efecto, así lo parecían, pues en público sólo salían con vestiduras de fina lana recamadas de oro y pedrería, anchos discos de oro engarzados en los pulpejos de las orejas, una borla de color carmesí en la frente y una guirnalda de colores en la cabeza. Habitaban grandiosos palacios, en los cuales hasta los grandes señores entraban descalzos, baja la cerviz y con ligera carga en los hombros. Cuando salían de Palacio, ya para asistir a funciones religiosas dentro de la ciudad, ya para recorrer el Imperio, iban en andas guarnecidas de oro y esmeraldas, entre escogida guardia, llevando delante numerosa hueste de honderos y detrás de lanceros, con heraldos anunciadores y criados que limpiaban el camino. Presentábanse en todas partes no como hombres, sino como dioses. Habían logrado captarse el amor de sus pueblos, con razón seguramente, porque consiguieron desterrar de su territorio el hambre, unciendo al yugo del trabajo hasta los más indóciles.
El Imperio se hallaba dividido en cuatro grandes regiones (Antisuyu, Chinchasuyu, Contisuyu y Collasuyu), unidas al Cuzco por cuatro grandes caminos. Mandaba cada región un Señor (Cápac), llamado virey por los españoles. Los cuatro Señores constituían el Consejo de Estado del Inca, y ellos tenían bajo sus órdenes tres Juntas: la de Guerra, la de Hacienda y la de Justicia. Las regiones se subdividían en provincias mandadas por Gobernadores (hunnus), los cuales no podían intervenir en los asuntos de los curacas (antiguos caciques de tribus o de comarcas independientes antes del Imperio). Los curacas solamente estaban obligados a adorar al Sol, hablar la lengua del Cuzco, asistir a la Corte por sí o por sus hijos y pagar tributo en hombres y cosas. El cargo de Gobernador lo desempeñaban personas de sangre real. En las capitales de provincia había, además, empleados que llevaban la cuenta de lo que se recogía por impuestos y se invertía en gastos públicos; también anotaban los nacimientos y defunciones; en los primeros días del año llevaban los oficiales sus notas al Cuzco, donde otros empleados se ocupaban de la estadística del Imperio. Refiere Garcilaso que en los pueblos las familias estaban divididas en grupos de 10, de 50, de 100, de 500 y de 1.000, bajo la autoridad de Jefes de menor a mayor graduación. La misma organización servía seguramente para la administración de justicia; los delitos eran castigados--según la menor o mayor gravedad--por los Jefes que acabamos de citar. Para los pleitos había otros jueces: uno en cada pueblo, otro en cada provincia y un tercero en cada virreinato. Tanto la organización política como la económica eran sumamente complicadas. Las minas eran del Inca o de los curacas. Los tributos no pesaban de un modo oneroso sobre el contingente, pues se tenía en cuenta la riqueza o pobreza de los pueblos.
Formaban los incas--como se dijo en el capítulo V--la primera clase de la nobleza, los curacas la segunda y los amantas (sabios, sacerdotes y hábiles artífices) la tercera. Superior, muy superior era la clase de los incas; incas eran casi siempre los primeros empleados civiles e incas eran los primeros capitanes.
Entre el fallecimiento de cada Inca (Emperador) y la coronación del que había de sucederle, esto es, durante el interregno, gobernaba un hombre de gran autoridad y prestigio, perteneciente también a la primera clase de la nobleza.
El clan o linaje (gens) era el factor más importante de las rudimentarias sociedades indias. El clan, esto es, grupo de parientes más o menos próximos, paternos o maternos, vivían en lugar determinado, con obligación de ayudarse mutuamente. El indio se debía al clan antes que a su propia e íntima familia. Entre el interés de sus próximos deudos y el del clan, debía preferirse el último. El clan elegía y destituía sus jefes, los cuales eran civiles (sachems) o militares (caciques, etc.)
En tiempo de guerra, los jefes militares tenían absoluta autoridad en la tribu. Durante la paz todos quedaban sometidos al Sachem, o lo que es lo mismo, los jefes civiles dirimían las contiendas entre los individuos del clan o linaje. Cuando no podían resolverlas, las elevaban al Consejo, tribunal superior que también tenía la misión de resolver las cuestiones de interés general. Estaba formado dicho Consejo por los principales jefes o delegados de los clanes.
«Las tribus criks o muscogis se hallaban divididas en nueve clanes: el del Tigre, el del Viento, el del Oso, el de la Zorra, el del Lobo, el de la Raíz, el del Pájaro, el del Ciervo y el del Cocodrilo; las iowas, en ocho: el del Aguila, el de la Paloma, el del Lobo, el del Alce, el del Oso, el del Castor, el del Búfalo y el de la Serpiente; las iroquesas, en tres: el del Lobo, el de la Tortuga y el del Oso; las huronas, en otras tres: el de la Cuerda, el del Oso y el de la Roca...»[222].
[222] Pi y Margall, Historia de América, segundo volumen, página 1.248.
Más adelante añade: «Tenía generalmente cada uno de los clanes por nomen el del animal o el de la fuerza que miraba como su origen o como el nahual o el nombre del fundador de la estirpe: por totem, la representación gráfica de ese mismo animal o de esa misma fuerza. Sólo entre los iowas el totem estaba en la manera de llevar el cabello.»[223]
[223] Ibidem.
La unión, pues, de varios clanes formaba la tribu. La nota característica de la tribu, según todas las señales, consistía principalmente en tener la misma lengua o dialecto. En general, las tribus no tenían jefe supremo, sino el Consejo antes citado. A veces, tribus afines, ante el temor de agresiones de tribus extrañas, se unían para su protección y defensa. Tal fué seguramente el origen de las Confederaciones Tribales, institución propia y característica de los aborígenes de América. Las Confederaciones más conocidas fueron la azteca y la iroquesa; también las de los mokis y de los dakotas.
El matrimonio entre los indios se celebraba por medio de ciertas ceremonias religiosas; se consignaba por escrito la dote que aportaba la mujer. Consideraciones económicas influían en la forma del matrimonio, pudiendo afirmarse que en los países en que la vida era ruda y difícil, el indio se contentaba con una sola mujer; en los climas cálidos y tierras fértiles existía la poligamia. En la América Septentrional predominaba la monogamia y en la Meridional la poligamia, siendo de notar que lo mismo en la primera que en la segunda dependía la duración del matrimonio de la voluntad o del capricho de los contrayentes. Habremos de advertir que en algunos pueblos predominaba la monogamia por la escasez de mujeres; admitíase en otros la poligamia por la abundancia de aquéllas. El esquimal llegó a recurrir a la poliandria en las grandes carestías de hembras. Lo predominante en América era la poligamia. El varón solía tomar las mujeres o concubinas que le consentían sus riquezas o que le exigía el apetito. En general, la mujer gozaba de alguna estimación en las tribus en que predominaba la monogamia y el matriarcado, siendo considerada como esclava en aquellas tribus en que se hallaba establecida la poligamia, como también entre los salvajes. Lo mismo en los pueblos agricultores, que en los cazadores y que en los nómadas, la mujer era la bestia de carga de la familia. Se le hacía trabajar continuamente, y gracias podía dar si no era objeto de malos tratamientos. El marido la despreciaba, y con harta frecuencia la ofrecía a sus huéspedes. Gozaba de más consideración en las razas cultas, aunque no de menos trabajo. Lo mismo en México que en el Perú, ella hilaba y tejía la lana o el algodón, ella iba al mercado y cambiaba por las cosas necesarias a la vida los productos del trabajo de su marido.
Castigábase el adulterio casi en todas las tribus, si bien con más rigor en unas que en otras. En las razas cultas--y en ello están conformes todos los escritores--lo mismo entre los aztecas que entre los incas, no reinaba la blandura ni la justicia. Lo que no se consentía en modo alguno ni en uno ni en otro pueblo era que el marido se tomase la justicia por su mano. Aunque cogiese a la adúltera en flagrante delito, estaba obligado a llevarla ante los tribunales. Blandos con los adúlteros fueron los hurones, patagones, charrúas, los pueblos de los llanos del Orinoco y los nicaraguatecas. Los hurones, partidarios del amor libre, nada les importaba la infidelidad; los patagones devolvían la mujer adúltera o la vendían al amante; los charrúas sólo maltrataban a los criminales de palabra; los indígenas de los Llanos buscaban la venganza en pagar ofensa con ofensa, y el nicaraguateca despedía a la culpable y la condenaba a viudez perpétua; pero entregándole el dote. Los divorcios eran frecuentes. En casi todas las razas salvajes, no sólo el adulterio se consideraba motivo de divorcio, sino la diferencia de caracteres, el capricho. Entre las razas cultas existía también, aunque no con tanta frecuencia. Acerca de los hijos puede asegurarse que la lactancia era larga. Cuando el niño llegaba a la pubertad recibía su nombre, hecho que tenía no poca importancia. Declarado adulto, si en unas tribus seguía el padre gozando de autoridad absoluta, en otras recobraba el hijo completa libertad de sus acciones, hasta el punto que nada tenía que ver desde entonces con sus progenitores.
Los ancianos (exceptuando los shamanes, adivinos, etc.), que no servían para la guerra ni para la caza, eran mirados por su tribu como pesada carga, siendo muertos con frecuencia violentamente.
Respecto a las viviendas no conocieron algunas tribus más abrigo que el de los bosques. Otras tribus se contentaban con cubrir la tierra con verde follaje. Se defendían del sol colocándose a la sombra de los árboles, de los barrancos y de las rocas, y del viento levantando parapetos de piedra o de brozas, y también en reductos de fagina. Cuando arreciaba el frío, se metían en cuevas o en hoyos; si estaban enfermos, en bajas y miserables chozas. Otros salvajes hacían de paja sus viviendas; algunos doblaban unas pocas ramas, las cuales metían en el suelo por los dos cabos y encima de ellas echaban pieles; no pocos metían en el suelo y a corta distancia palos, sobre los cuales tendían pieles de huanaco.
Constituían verdadero adelanto otras viviendas. Con gruesos postes o troncos de árbol se formaban buhíos poliédricos, hasta el arranque del techo; desde el arranque del techo hasta el remate eran cónicos. Hallábase formada la armadura del techo por varas o palos delgados que partían de las soleras de los troncos y convergían a un largo madero hincado en el centro de la casa, cubriéndose los intersticios por cañas sobre las que se extendían luengas pajas, hojas de palmera o de bihao. También algunos buhíos eran cuadrilongos y tenían modestos zaguanes. Había pocas puertas sin jambas, y ninguna sin dintel. Tribus más adelantadas labraban los postes de sus paredes y las vigas de sus techos; entre las vigas y entre los postes colocaban tablas de cedro que podían levantar y bajar a su capricho. Era cosa corriente que algunas tribus tuviesen sus viviendas en alto y otras bajo tierra o subterráneas. Lo que verdaderamente llamó la atención de los europeos, fué las casas de hielo de los esquimales, de forma semi-esférica. Muros, ventanas, puerta, muebles, todo era de hielo. Maravilla más todavía la fábrica de las casas-pueblos, casas de dos, tres, cuatro y hasta más pisos, cuya elevación no bajaba de 40 pies, de longitud 300 y de anchura 120; muchas con grandes voladizos, y todas, en particular en los pisos inferiores, tenían una especie de galerías o azoteas, que cerradas por pretiles, servían de miradores en la paz y de baluarte en la guerra. Componíanse dichas casas, ya de piedra y barro, ya de adobes y ya de argamasa, que era una mezcla de carbón, ceniza, junco y tomillo con tierra y agua[224].
[224] Véase lo que en el capítulo VII se dijo sobre las casas grandes de Gila.
En México, las casas de la plebe estaban hechas de barro y piedra, de árboles, de cañas, cubiertas por heno, por hojas del maguey o del áloe. Las de los hombres principales estaban hechas de piedra y cal y las techumbres de madera de cedro, ciprés, abeto o pino; en general se hallaban formadas dichas casas de dos pisos, y en los dos había jardines; también zaguán, patio, azotea, granero, baño, oratorio, aposento para las mujeres, aposento para los hombres y una o dos entradas formadas por un cancel de cañas, pues puertas no se colocaba ninguna. En el Perú eran de piedra bien labrada las del Cuzco y las de los pueblos de la serranía; de adobes, las de los Llanos; en general, sólo tenían un piso y el techo de estera o paja. Muchas habitaciones, únicamente se encontraban en las casas de les curacas y de los incas. Sin embargo de la pobreza, las viviendas de muchas razas salvajes presentaban pintoresco conjunto. Estaba casi siempre el hogar en medio de la casa, debajo del agujero que se dejaba en el techo para la salida del humo; alrededor de las paredes corrían las camas, que consistían en sencillos petates o en zarzos y tarimas. Colgaban del techo carne o pescado hechos cecina o mazorcas de maíz; de los muros, aquí armas, allí adornos o galas de hombres y mujeres; en el sitio más visible de la casa cabezas de ciervos o de búfalos. La suciedad más grande, lo mismo en las personas que en las cosas, era frecuente en el hogar salvaje.
Tiene excepcional importancia el estudio de las instituciones civiles en América antes de la conquista. Comenzando por la propiedad, consignaremos que los individuos de las tribus, lo mismo de las salvajes que de las cultas, tenían dominio sobre las cosas muebles; pero no sobre los bienes raíces, con la sola excepción de las chozas que habitaban. La propiedad no era individual, sino de la tribu o de la nación. La propiedad colectiva gozaba de absoluta importancia, siendo, no obstante, raro el verdadero comunismo. Parécenos exagerada la pintura que hace Pedro Mártir de Anglería acerca del comunismo en Cuba: «Todas las mañanas--escribe el autor citado--mientras a la sombra de los árboles deliberaban los ancianos sobre los negocios de la República, iban los mozos, según los tiempos, a sembrar, escardar o segar los campos. Todo pertenecía a todos, nada a nadie, y se vivía en paz y ventura sin cercados, leyes, tribunales ni suplicios.» No negaremos que, tanto en las razas salvajes como en las cultas, latía el comunismo en el fondo de las instituciones civiles. Recuérdese a este propósito que cuando los trabajadores tenían noticia de la vuelta de sus compañeros del campo, o del regreso de los cazadores, o de la llegada de las barcas pescadoras, se encaminaban a las puertas de sus jefes, donde recibían la parte de cereales, caza o pescado, en relación con el número de los hijos que cada cual tuviera. Entre los nahuas, ni la nobleza, ni el sacerdocio, ni el pueblo podían enajenar sus tierras; eran más bien usufructuarios que propietarios. Llama la atención que sólo los barones podían, a par de los Reyes, ceder sus campos y montes a quien quisieran. En las tierras de la comunidad cada familia tenía un lote que transmitía a sus herederos; pero si dejaba de cultivarlo o cambiaba de domicilio, lo perdía. Los lotes vacantes servían para la dotación de nuevas familias o para la mejora de otros lotes poco fecundos o escasos. El jefe del barrio o calpulli tenía en todos los casos no pocos derechos y deberes. Entre los mayas debía haber, no verdadera propiedad, sino mera posesión, que duraba mientras no se dejase de cultivar la tierra, pudiéndose, sin embargo, transmitir por herencia. Respecto al trabajo sí pudiera asegurarse que hubo comunismo. Landa escribe lo siguiente: «En tiempo de sus sementeras, los que no tienen gente suya para las hacer, júntanse de veinte en veinte, o más o menos, y hacen todos juntos por su medida o tasa la labor de todos, sin dejarla mientras no la cumplan.» El mismo carácter que entre los mayas tuvo la propiedad entre los quichés y los cakchiqueles. Respecto a los nicaraguatecas, es de notar que no podían vender su propiedad, que pasaba a sus próximos deudos, y si no los había, al varón o al municipio. Si de los peruanos se trata, la tierra entre ellos estaba dividida en tres partes: una para el Sol o el Sacerdocio, otra para el Inca o el Estado, y la tercera para el Pueblo o el Municipio. El Municipio repartía anualmente a cada familia sin hijos dos tupus (unas tres fanegas de sembradura): uno para maíz y otro para legumbres. A cada familia con hijos solteros se le daba dos tupus más por varón y uno más por hembra. De modo que las familias eran simples usufructuarias de la tierra, no pudiendo cederla ni a título oneroso, ni a título gratuíto. Las tierras del Sol y las del Inca aumentaban o disminuían, según las necesidades de los Municipios. Los labradores de la comarca cultivaban unas y otras tierras en determinada época. Las tierras de las viudas, de los huérfanos, de los enfermos y de los ausentes por causa de la República, se cuidaban por los agricultores del Municipio respectivo. Del mismo modo que había comunidad en el trabajo, había también en determinados bienes. Eran comunes la sal, los peces de los ríos, los arroyos y los árboles silvestres. Considerábanse como propiedad del Inca los ganados y las minas; disponían de llamas, de objetos de oro y plata caciques nobles y aun plebeyos. Semejante organización de la propiedad produjo en el Perú excelentes frutos. «Vinculadas las tierras de los nobles--escribe Fernando de Santillán--repartidas año por año las de los plebeyos, señor de casi todo el país el Estado, la generalidad del pueblo en una medianía rayana de la pobreza, no podía la sucesión tener en el Perú mucha importancia.» Afirma el mismo Santillán que, cuando moría un cacique, el sucesor se hacía dueño de las fincas y bienes, y con el producto de ellos, subvenía a las necesidades de la mujer y de los hijos del difunto.
Por lo que a la caza respecta, pertenecía al que la mataba. En algunos pueblos al que hiriera las reses y aun al que las ojeara se les reconocía el derecho a la piel y a cierta porción de carne. Si formaban partida los cazadores, las piezas que se cogían se repartían entre todos.
De la tutela y curatela habremos de decir que existía en el Perú y en algunas otras tribus. La adopción adquirió caracter principal entre los algonquinos e iroqueses. Los primeros sólo adoptaban prisioneros de guerra, y los segundos a toda clase de hombres, amigos o enemigos.
La esclavitud existía en América, pues sólo en el Perú, entre los esquimales, dacotas y shushwaps no se hallaba establecida. Nacía principalmente de la guerra, y según Pi y Margall--con cuya opinión no estamos conformes--no era tan dura como en Europa. «No mediaban--dice--allí tampoco entre los esclavos y los señores los abismos que aquí en Europa. Acontecía más de una vez que tomase el señor a una de sus esclavas por esposa y admitiese la señora a uno de sus esclavos por marido; más de una vez también que niños esclavos se sentasen a la mesa de sus dueños. Llegaban a establecerse entre las dos clases hasta vínculos de cariño; viendo pobres a sus antiguos amos trabajaban con ahinco por socorrerlos esclavos que ya no lo eran o estaban en otras manos. Que ya no lo eran, digo, porque allí como en Roma cabía emanciparlos y con frecuencia se los emancipaba. Lo que no podía nunca el esclavo era obtener cargos públicos.»[225].
[225] Historia de América, vol. 2.º, pág. 1.353.
Poco numerosas eran las leyes penales entre las razas cultas, escasas en las razas salvajes. Los salvajes no se contentaban con aplicar la pena del talión (vida por vida, honra por honra y propiedad por propiedad), sino que llevaban el castigo más allá del agravio. En algunas razas el marido burlado tenía derecho a cohabitar con la mujer o hermana del adúltero: en otras se destruía casa por casa, se devastaba campo por campo y se arrasaba maizal por maizal. Para algunos delitos no había pena alguna. No se castigaba ni al que mataba en duelo ni al sodomita. Tampoco casi se castigaban los delitos contra la honestidad, a excepción del adulterio, pues en general los adúlteros sufrían la pena de muerte. Así sucedía entre los caribes, los criks, los musos y los colimas. Se imponía la pena de muerte a los homicidas; sólo los californios del Norte se limitaban a exigir precio por cada muerte, y pedían por la de una mujer la mitad de la que por un hombre. Se imponía la pena de muerte a los homicidas, debiéndose de contar que, entre los tupinaes, si huía el matador, se extrangulaba a cualquiera de sus hijos; si no los tenía, a cualquiera de sus hermanos, y si tampoco los tenía, se obligaba a su pariente más próximo a ponerse bajo la servidumbre del más próximo de la víctima.
Los nahuas, entre las razas cultas, eran los que tenían más leyes penales (Apéndice F). A los sediciosos, a los homicidas, a los calumniadores, a los testigos falsos, a los adúlteros, a los sodomitas y a los alcahuetes los condenaban a grandes penas o los mataban. Castigaban con la muerte al hijo que levantaba la mano contra su padre o su madre, y privaban de la herencia de sus abuelos a los hijos del delincuente. No eran menos duros con los que se embriagaban y más todavía con los imprudentes que se atrevían a dirigir palabras amorosas a algunas de las concubinas del monarca. No se distinguían por su blandura los castigos que imponían a los que no respetaban la propiedad inmueble o mueble. El que entraba por las huertas y maizales robando frutas o mazorcas, o el que arrancaba el maíz antes que granara, era condenado a muerte; pero el viajero que pasaba por las orillas de los bancales, si tenía hambre o sed, se le permitía coger algunas mazorcas. Por lo que toca a los bienes muebles, aplastaban con la clava a los que salían a robar en los caminos reales y mataban a palos al que hurtaba la cosa más pequeña en los mercados públicos. También era largo, aunque no tanto, el código penal de los mayas. Eran condenados a muerte los traidores, los que se negaban a pagar los tributos, los homicidas y los hechiceros. También los que provocaban alzamientos o los que de algún modo ponían en peligro la salud del Estado. Contra los delitos sensuales había diferentes penas, lo mismo respecto a los adúlteros que a los seductores. Si en Guatemala y el Salvador, el raptor era castigado con la muerte, en Nicaragua sólo tenía que pagar una indemnización a los padres o parientes de la robada. Blandura extremada había contra el adulterio en Guatemala, Nicaragua y Vera Paz. Acerca de los delitos contra la propiedad, los mayas no fueron tan severos como los nahuas. Los mayas únicamente mataban a los ladrones incorregibles. Las pocas leyes penales que conocemos de los muiscas pueden calificarse de muy severas. El código de los peruanos medía con la misma vara al inca que al hombre del pueblo. Imponía la muerte al que mataba al Rey, a la Reina o al Príncipe, al ministro del Rey, sacerdote o virgen consagrada al astro del día y al cacique: también al que se pasaba al enemigo en la guerra. Hacía cuartos al parricida, despeñaba o apedreaba al matador de niños, ahorcaba o descuartizaba al marido que matase a la mujer, como no fuera por causa de adulterio. Azotaba y ponía a la vergüenza al estuprador y estuprada; de igual modo castigaba el incesto entre sobrinos y tíos, primos de segundo grado y afines de primero; con lapidación u horca el coito entre hermanos germanos; con lapidación entre hermanos de padre; con despeñamiento entre padres e hijos. Adúltero y adúltera pagaban con la vida su delito. Los reos de sodomía eran arrastrados, ahorcados y quemados; a los alcahuetes favorecedores de incestos o estupros se les ahorcaba. Los delitos contra la propiedad dieron origen a pocas leyes. El hombre laborioso que hurtase para satisfacer el hambre o adquirir vestido para él, su mujer o sus hijos, no era castigado; pero lo era el jefe, que, debiendo proveerle de víveres para satisfacer el hambre o de lana o de algodón para vestidos, no lo había hecho. El que por haragán o vicioso hurtase más de cierta cuantía, si era hijo de señor se le degollaba en la cárcel, y si plebeyo, se le ahorcaba.
No había leyes de procedimientos en las razas salvajes. Donde más un consejo de ancianos fallaba, procediendo en seguida a la ejecución de la sentencia. Ni siquiera había cárceles donde encerrar a los reos. Tampoco verdugos de oficio, pues de dar muerte a los reos se encargaba el pueblo todo. En las razas cultas, lo mismo entre los peruanos que entre los mayas y nahuas, sí había leyes de procedimientos. En estas tribus los procedimientos eran verbales. Se sabe que tuvieron cárceles, pudiéndose citar una del Cuzco, que estaba llena de osos, tigres, culebras y víboras; era--según Cieza--como un lugar de prueba, donde las fieras devoraban a los culpables y respetaban a los inocentes. Debieron haber Jueces, tal vez Abogados, Procuradores y Amanuenses o Notarios. Los juicios eran rápidos.
En diferentes pueblos de América, y especialmente en el Perú, se encuentran leyes, ya del orden social, ya del administrativo, no faltando notables disposiciones acerca de la agricultura. No carecen de curiosidad ciertos usos y costumbres de los incas (Apéndice G).
Opinan algunos cronistas que las postas sólo se hallaban establecidas entre los nahuas y los peruanos. Como ni unos ni otros disponían de caballos ni de otra clase de animales que los supliese, empleaban peatones (chasquis) que corrían con velocidad pasmosa[226]. Entre los nahuas había postas de seis en seis millas, y entre los peruanos de cinco millas era la mayor distancia[227]. Los despachos de los nahuas eran verbales o escritos en jeroglíficos; los de los peruanos en forma oral o por escrito (quipus). Los chasquis, vestidos de un traje particular, partían a la carrera para transmitir las noticias o entregar los objetos que llevasen para la Corte a la posta siguiente, y así a las restantes hasta llegar a su término. «Es muy notable--escribe Prescott--que esta importante institución fuese conocida en México y en el Perú al mismo tiempo, sin que hubiese comunicación entre ambos países y que se haya encontrado establecida en dos naciones bárbaras del Nuevo Mundo antes que se adoptase entre las naciones civilizadas de Europa.»[228]. Lo mismo en México que el Perú gozaban dichos peatones de mucha consideración, hasta el punto de que nadie podía inferirles la menor ofensa sin incurrir en pena de muerte. Las casas de postas se hallaban siempre en alto, y las unas a la vista de las otras. Es de advertir que los chasquis estaban únicamente al servicio del Estado; pero a veces transportaban objetos para el servicio de la Corte, y aun cosas de comer para el consumo de la Casa Real. Por este medio la Corte recibía pescado del distante Océano, caza de lejanos montes y frutas de las cálidas regiones de la costa. Con semejante sistema de correos se tenía en seguida noticia en la capital, ya de la insurrección de una provincia, ya de la invasión de extranjeros enemigos por la frontera más remota. «Tan admirables eran las disposiciones adoptadas por los déspotas americanos para mantener la tranquilidad en toda la extensión de sus dominios. Esto nos recuerda las instituciones análogas de la antigua Roma, cuando bajo el imperio de los Césares eran señores de medio mundo.»[229].
[226] Dice Garcilaso que chasquis significaba uno que hace un cambio. Com. Real, parte I, libro VI, cap. VIII.
[227] Respecto al Perú casi todos los autores dicen que no pasaba de tres cuartos de legua.
[228] Historia del descubrimiento y conquista del Perú, tomo I, pág. 82.
[229] Prescott, Ibidem, pág. 83.
Por último, terminaremos con las mismas palabras con que Herder dió fin al capítulo que intituló Organización de los americanos[230]. ¿Qué puede deducirse--preguntaba el filósofo alemán--de todo lo expuesto?
[230] Philosophie de L' Histoire de L' humanité, tom. I, págs. 300 y 301.
Primero: que no se debe hablar de una manera general de los pueblos de un continente que está enclavado en todas las zonas. El que dice: América es cálida, sana, húmeda, baja, fértil, tiene razón; el que diga lo contrario, también tiene razón, si considera estaciones y lugares diferentes. La misma observación se aplica a las naciones, pues se encuentran hombres de un hemisferio bajo todas las zonas. Al Norte y al Sur hay enanos, y al lado de ellos se hallan gigantes. En el centro se ven hombres de talla regular, más o menos bien formados, pacíficos, belicosos, perezosos y vivos, en una palabra, todos los géneros de vida y todos los caracteres.
En segundo lugar, nada, sin embargo, prueba que tantas ramificaciones no procedan de la misma raíz, y que la unidad de origen se manifieste también por la semejanza de los frutos. Eso es lo que oímos decir del carácter dominante, lo mismo en la figura que en la organización física de los americanos. Ulloa observa en las comarcas centrales, que los individuos tienen la frente pequeña cubierta de cabellos, naríz afilada que se encorba hacia el labio superior, ancha cara, grandes orejas, piernas bien formadas, pies pequeños y cuerpo rechoncho; y sus caracteres se encuentran más allá de México. Pinto añade que la naríz es algo chata, la cara redonda, los ojos negros o castaños, obscuros, pequeños y vivos y las orejas un poco separadas de la cabeza: esto mismo se halla en los pueblos degenerados que viven lejos de aquéllos. Esta fisonomía general, que se transforma más o menos, según los pueblos o los climas, parece como un rasgo de familia y se reconoce en pueblos diversos, atestiguando perfectamente la unidad de origen. Si fuese cierto que pueblos de todas las partes del mundo, en diferentes épocas se habían fijado en América, ya mezclados o ya separados, la diferencia con los anteriormente citados debía ser mayor. Los cabellos blondos y los ojos azules no se ven en las gentes de esta parte del mundo: los cessers de los ojos azules de Chile, y los akansas de la Florida han desaparecido recientemente.
En tercer lugar, ¿se puede, después de todo ello, señalar a los americanos un carácter general? Parece que sí, y éste es una bondad e inocencia casi infantil, de las que se encuentran señales en todas sus formas, aptitudes y poca astucia y, sobre todo, por la manera como ellos han recibido a los primeros europeos. Nacidos en un país bárbaro, sin ninguna ayuda del mundo civilizado, realizaron los progresos por sí solos, y por esa razón, presentan en sus comienzos un aspecto rico e instructivo de la humanidad».
CAPÍTULO X
INSTITUCIONES MILITARES.--EL ARCO Y LA FLECHA.--LA LANZA, LOS DARDOS, LAS JABALINAS, LAS HONDAS Y OTRAS ARMAS.--LAS ARMAS DEFENSIVAS: EL ESCUDO, EL PETO, LA COTA Y EL CASCO.--DIFERENCIA ENTRE LAS ARMAS DE LAS RAZAS CULTAS Y DE LAS SALVAJES.--LAS FORTIFICACIONES.--BANDERAS O ESTANDARTES.--LA MÚSICA MILITAR.--ORGANIZACIÓN DE LA FUERZA ARMADA.--LA GUERRA: SU DECLARACIÓN; SUS PREPARATIVOS.--LOS TAMBOS O CUARTELES-PÓSITOS.--LA TÁCTICA Y LA ESTRATEGIA.--CRUELDAD EN LA GUERRA.--PREMIOS Y CASTIGOS.--LEYES MILITARES.--MODO DE AFIANZAR LAS CONQUISTAS.--LA PAZ EN LOS PUEBLOS SALVAJES Y EN LOS CULTOS.
Nos vamos a ocupar de las instituciones militares. Dividíanse las armas de los indios en ofensivas y defensivas. Ofensivas más importantes eran el arco y la flecha. Los pueblos del Norte solían hacer el arco de madera de cedro, roble, sauce, pino o tejo; los del Sur, de madera de palma. Las cuerdas consistían en nervios de animales o tiras de cuero. Las flechas que usaban los habitantes de la América septentrional eran de pedernal o cobre; los de la América meridional eran astillas de caña o de madera y huesos. Las puntas de las flechas, labradas cuidadosamente, tenían la figura de lengüeta, de cono o de triángulo. Muchos pueblos envenenaban sus flechas, valiéndose de diferentes substancias, siendo la principal el curare, que se extraía de cierto bejuco del género strychnos, muy abundante en la riberas del Orinoco, del río Negro y del Amazonas.
Después del arco y la flecha, el arma de más uso era la lanza: blandíanla en la América del Norte los apaches, los californios del Centro, los shoshonis, los haidahs, los tlinkits, los aleutas, los koniagas, los chinuks y los esquimales; y en la América del Sur, los araucanos, los aucas, los puelches, los charrúas, los albayas, los panches, los pueblos de los Llanos y los omaguas[231]. Variaba lo largo de las lanzas, ya en unos, ya en otros pueblos.
[231] Véase Pi y Margall, Hist. general de América, tomo I, cuaderno II, págs. 1.294 y 1.295.
También usaban los dardos, las jabalinas, las hondas, las macanas y las clavas. Usaban del dardo, entre otros, el dacota; de la jabalina, el iroqués; de la honda, el patagón y el apache; de la macana (verdadera espada de dura madera), el chiquito y otros, y de la clava, arma bastante parecida a la macana, el caribe. Otras armas conocieron algunos pueblos, como los sables, las hachas, los cuchillos, las bolas o los lazos.
En Cuba, en la Jamaica, en las islas de Bahama y en la parte septentrional de Haytí no tenían los indios arcos y flechas, aunque sí el arma conocida con el nombre de azagaya, la cual terminaba en punta por uno de sus extremos; a veces esta punta se hallaba formada por una espina de pescado.
Las armas defensivas consistían en escudos, rodelas y máscaras. Los escudos eran de diferentes formas. Algunos indios llevaban simples rodelas de cuero, de madera, de piel o de corteza de árbol. Escudos y rodelas variaban, no sólo de forma y de materia, sino también de tamaño. Defendíanse, además, con el peto, la cota y el casco.
Casi iguales eran las armas de las razas cultas y salvajes, diferenciándose únicamente en la mayor perfección de las primeras sobre las segundas. Hasta tal punto mostraron su inventiva las razas salvajes, que llegaron a emplear las flechas incendiarias; las emplearon los habitantes de la Florida, y entre los tupíes, los tupinambaes. Como los materiales de que estaban formadas las viviendas ardían con suma facilidad, los que usaban tales flechas conseguían por este medio su objeto.
Si los toltecas, al establecerse en el valle del Anahuac no conocieron más instrumentos belicosos que el arco, la flecha y la cerbatana, los aztecas, además de las citadas, usaron lanzas de mucha altura, dardos de tres puntas, espadas de guayacán o de otras maderas, y algunas más. Los hierros de las lanzas eran de cobre o de obsidiana; los dardos, o todos de madera endurecida al fuego o de cobre; las espadas no tenían menos filo que nuestras cuchillas.
Los nobles, como era natural, solían llevar armas más ricas; los capacetes eran de oro o plata, o, por lo menos, cubiertos de aquellos metales; las corazas estaban hechas de láminas de plata u oro; las cotas adornadas con brillantes plumas, distinguiéndose por su finura los guanteletes y por su riqueza los brazales. La armadura de los reyes era todavía mejor, pues además de emplear el oro y la plata con mayor profusión que los nobles, adornaban con plumas de guetzalli sus yelmos, cascos y rodelas.
En la América Central las armas ofensivas y defensivas tenían exacto parecido a las usadas en México y en el Perú.
Pasando a estudiar las fortificaciones, diremos, como regla general, que las razas salvajes, y aun las cultas, buscaban la defensa de sus pueblos en la naturaleza, así que solían situarlos en lugares altos y escabrosos o en las márgenes de los ríos. Muchas razas protegían sus poblaciones con sencillas empalizadas y fosos. Los guaraníes del Paraguay tenían fortificado el pueblo de Lampere con foso y doble cerco. Aún eran más fuertes no pocas poblaciones de Guatemala. Lo mismo podemos decir de muchas poblaciones de Nicaragua y del Ecuador. En el Perú abundaban los castillos, siendo de notar que muchos de ellos se comunicaban por galerías subterráneas; el del Cuzco y el de Pisac, entre otros, eran célebres por su imponente grandeza. Lo mismo interior que exteriormente, llaman la atención las fortificaciones de la ciudad de México y las que se encuentran en las opuestas provincias de Veracruz y Oajaca. Recordamos en la provincia de Veracruz la de Centla, que está próxima a Huatusco, y la de Tlacotepec, a cuatro leguas de Folutla. En la provincia de Oajaca, donde las fortificaciones demuestran mayores adelantos que en ninguna parte, se halla, a tres cuartos de legua al Oeste de Mitla, una ciudadela sobre escarpada roca, que bien puede figurar al lado de ciudadelas de Europa posteriores en siglos. «Tenía esta ciudadela un muro de piedra, grueso de 21 pies, alto de 18 y largo casi de una legua. Corría el muro por todo el borde superior de la roca y formaba multitud de ángulos entrantes y salientes. Unido a él había al Este otro lienzo de muralla curvilíneo y ondulante, de no menos espesor y de más altura. Las dos entradas de tan regular fortificación eran oblícuas. Estaban las dos al Oriente; la una en el primero y la otra en el segundo lienzo. Al Occidente, casi en la misma línea de la segunda entrada, había una como puerta de salida o de socorro; en medio de la plaza, grandes edificios, acaso cuarteles y depósitos de efectos de boca y guerra»[232].
[232] Pi y Margall, Ob., tomo y cuad. citados, pág. 1.307.
Hállanse fortificaciones, más o menos sólidas, en otros puntos de América, llamando la atención algunas por su semejanza con nuestros castillos de la Edad Media.
Respecto a banderas o estandartes, carecían de ellos las razas salvajes; sólo de los araucanos se cuenta que usaban estandartes, y en ellos pintada una estrella. Tenían banderas casi todos los pueblos cultos. Dice Bernal Díaz del Castillo, que en la costa de Campeche (Estado de México), vió escuadrones de indígenas con banderas tendidas. En el imperio de Moctezuma--según el Oficial Anónimo--cada compañía de cuatrocientos hombros llevaba su estandarte. En el Peón--añade Jérez--los soldados estaban repartidos por escuadras y banderas. Los aztecas los hacían de plumas que unían con hilos o cintas de oro o plata, los peruanos los fabricaban de lana y los tlaxcaltecas los componían de plumas de colores.
¿Fueron siempre signo de guerra las banderas? Escribe Cortés que, en su segunda expedición a México, salieron de Tezcuco cuatro indios con una bandera en una vara de oro, lo que indicaba que venían de paz, añadiendo Bernal Díaz, que en señal de paz abajaron, humillaron y entregaron dicha bandera[233].
[233] Pi y Margall, ob., tomo y cuad. citados, pág. 1.312.
Por lo que a instrumentos de música militar se refiere, la diferencia entre algunas razas salvajes y cultas era poca, y decimos algunas, porque la mayor parte de ellas se enardecían en los combates dando sólo voces y gritos. El instrumento principal usado por las cultas y algunas salvajes era el tambor, construído con troncos huecos de árboles y cubiertos los extremos de dichos troncos con piel de venado o de cabra montés. De muy diferentes clases y tamaños eran los tambores, ya en unos, ya en otros pueblos. Cítanse de igual manera los cuernos de caza, los cuernos marinos y los silbatos. También debía ser instrumento de guerra la flauta o fututo que usaban los indígenas de la América Meridional.
No estaba organizada la guerra armada en las razas salvajes. Se servían del arco y de la flecha lo mismo en sus guerras que en sus cacerías. Cuando iba a comenzar la guerra, se nombraba el jefe. Entre los araucanos, los tupíes y algunos más, el servicio debió ser obligatorio; entre todos era obligatorio en las guerras defensivas, no en las ofensivas.
Respecto a la organización del ejército entre los araucanos, se sabe que estaba dividido en batallones de mil plazas y compañías de ciento. Mandábalo un thoqui o general en jefe, y bajo sus órdenes había un vicethoqui o lugarteniente; debajo de los dos, capitanes de diferente graduación. Los aztecas habían dividido sus ejércitos en batallones de 400 hombres y cuerpos de 8.000 o xiquipillis. Unos batallones se distinguían por el color de las plumas de que llevaban cubiertos jubón y calzas; otros--según el Oficial Anónimo--por las plumas bermejas y blancas; algunos por las amarillas y azules; varios por otra clase de colores. Unos iban provistos de arcos, otros de hondas, algunos de espadas. Cada batallón tenía su capitán, y cada ejército su tlacochcalcatl o general en jefe. Los peruanos dividían su ejército en grupos de diez, cincuenta, ciento, mil, cinco mil y diez mil hombres; todos estos grupos se hallaban mandados por jefes de diferente categoría. Un grupo manejaba la honda, otro el arco, aquél la porra o el hacha y éste el lanzón o la pica. Existía, además, en el Perú un cuerpo de dos mil incas destinado a la guardia y defensa de los emperadores. Distinguíanse de todos los demás soldados porque llevaban engarzados en las orejas rodetes de oro.
La guerra era casi el estado habitual de los pueblos americanos. La hacían los cultos y los salvajes. Si guiaba a los primeros de vez en cuando algún fin noble o humanitario, los segundos la promovían por espíritu de venganza, por adquirir cautivas, por codicia, por cuestiones de límites, por feroz canibalismo. Procede decir que los cultos aztecas no sólo peleaban por engrandecer el Imperio y castigar a sus enemigos, sino también con el deseo de coger prisioneros y sacrificarlos a sus dioses. Sentimientos más nobles tenían los chibchas y peruanos: los primeros no emprendían guerra alguna sin consultar al Pontífice de Sogamoso, y los incas se proponían un fin civilizador, cual era apartar a los salvajes de todo culto sangriento e instruirlos en las artes industriales y en la agricultura.
Decretaban la guerra, en los pueblos salvajes, los caciques poderosos, las Juntas de jefes de familia o las Asambleas de guerreros. Los incas tampoco declaraban formalmente la guerra, sino cuando contaban con probabilidades del triunfo. Antes de lanzarse a la lucha, tomaban posiciones y se guarecían tras estacadas en altos cerros, procurando cortar el paso a los que pudiesen socorrer al enemigo. Más formalidades guardaban los mejicanos, quienes enviaban embajadores a la capital enemiga, esperando algunos días la respuesta. No se contentaban con una embajada, sino repetían dichas embajadas antes de comenzar la guerra.
Eran diferentes los preparativos de guerra entre las razas salvajes y las cultas. Lo primero que hacían los salvajes era buscar soldados, y para ello se reunían los hombres más valerosos en banquetes y daban cuenta de sus proyectos belicosos. Si encontraban acogida los tales proyectos, se abría la campaña; en caso contrario, se desistía de ella. Antes se celebraban ciertas fiestas, ya religiosas ya profanas. Los dacotas acostumbraban a elegir por caudillo un sacerdote o un guerrero. Al paso que algunos pueblos se preparaban a la guerra mediante ridículos procedimientos, otros, aunque tan rudos como aquéllos, se disponían más convenientemente. Tanto los pimas como los salvajes de algunos puntos de México, buscaban el apoyo de los pueblos vecinos para lanzarse a la lucha. También antes habían adquirido armas, víveres, tiendas y todo lo que necesitaban en tales circunstancias. Tenían del mismo modo sus exploradores.
Los preparativos en las razas cultas eran diferentes. Los reyes aztecas encargaban a gente sagaz y entendida que examinase la naturaleza del terreno enemigo y la condición de los pobladores. No abrían la campaña sino después de conocer los pasos fáciles y los peligrosos, el lado vulnerable de las fortalezas, las armas, el número de los enemigos. Discutido todo en consejo de guerra, se llamaba a los capitanes de mayor categoría y se les decía el camino que habían de seguir, las jornadas que debían hacer y el sitio más a propósito para lograr la victoria. Mandaban a la vez que los demás jefes de las provincias se incorporasen con tropas al ejército, y también que otras autoridades aprestasen armas, víveres, mantas y tiendas de campaña. Los incas tenían dichos abastecimientos en tambas o cuarteles-pósitos; los últimos se hallaban en determinados puntos de los caminos que de Norte a Mediodía y de Oriente a Occidente cruzaban el imperio. Allí en los citados tambos podían las tropas alojarse, surtirse de víveres, de armas y de vestidos.
Eran casi nulas la táctica y la estrategia. No las tenían las razas salvajes; apenas las cultas. Empezada la refriega, los combatientes, sin orden o en tumulto, y dando feroces alaridos, avanzaban disparando flechas, hasta llegar a las manos con el enemigo. Peleaban cuerpo a cuerpo, y abandonaban el campo si perdían al jefe o veían muertos a muchos de sus hombres. La estrategia estaba reducida a partir secretamente, escoger ocultas veredas, llegar de noche al campamento enemigo, emboscarse, y al romper del alba caer y lograr la victoria.
Los araucanos se distinguían por su estrategia. Eran diestros para organizar en secreto expediciones, caer de improviso y de noche sobre el enemigo, fingir falsas retiradas, simular ataques, triunfar por el engaño. Metidos en las asperezas de los montes, eran invencibles. Los mismos españoles tiempo adelante se vieron muchas veces engañados y sorprendidos en las diferentes guerras que con ellos sostuvieron. Bien puede asegurarse que los indios, en general, eran traidores en las guerras. Combates en el mar no los había; pero sí en los lagos y en los ríos.
Los aztecas y los incas mostraron algunas veces ligeros conocimientos de táctica y de estrategia, en particular los segundos: «Marchaban los ejércitos peruanos divididos en vanguardia, centro y retaguardia. Iban en la vanguardia los honderos con sus hondas y rodelas; en la retaguardia, los piqueros con sus picas de treinta palmos, y en el centro los soldados de las demás armas con el Inca o el general en jefe y la guardia del imperio.
* * * * *
Sabían los peruanos atacar de frente y de flanco, fingir retiradas y también emboscar gentes que en lugar y momento oportunos decidiesen el combate.
* * * * *
Cuéntase, además, de los peruanos que llevaban en sus expediciones rebaños de carneros para la manutención de las tropas en país enemigo, el material necesario para las tiendas de sus campamentos y oficiales que tomaran razón de los salvados, heridos y muertos»[234].
[234] Pi y Margall, ob. cit., tomo I y cuaderno II, pág. 1.327.
Crueles en las batallas eran las razas de América, como crueles eran también las naciones europeas. Matar, destruir y llevarlo todo a sangre y fuego será siempre el fin de la guerra. En diferentes puntos de América, ya del Norte, ya del Sur, se mataba y se comía a los prisioneros. Varias tribus se contentaban con reducirlos a la servidumbre. Tanta crueldad mostraron los aztecas con los prisioneros como las razas salvajes. Les colocaban en sus templos sobre la piedra de los sacrificios, les abrían el pecho, les arrancaban el corazón y rociaban con la sangre el rostro de sus ídolos. A otros prisioneros les daban otro género de muerte. Los peruanos eran humanos, hasta el punto de ponerlos en libertad luego que la guerra terminaba. A veces los desterraban del hogar en que habían nacido; pero permitiéndoles llevar consigo la familia. Procuraban economizar la agena y la propia sangre, llegando su humanidad a no extremar el ataque ni la defensa, aun sabiendo que con semejante conducta prolongaban la guerra. «No aniquiléis ni destruyáis lo que habéis de vencer y adquirir mañana», solían decir los jefes a sus ejércitos. Digna de alabanza fué, por muchos conceptos, la conducta que seguían los peruanos y que hubiera debido servir de ejemplo a las naciones más civilizadas de Europa.
En las razas salvajes y en las cultas se premiaba a los valientes y se castigaba a los cobardes. Para los hombres de reconocida bravura había ciertas insignias en muchas razas salvajes. Pintarse los brazos, el pecho o del ojo a la oreja era señal de cierto número de combates; llevar prendidas en sus cabellos plumas de águila indicaba el valor del guerrero, pues el número de plumas era igual al de enemigos a quienes había dado muerte.
También entre los aztecas era insignia de valor las plumas. Sólo podía usarlas el que hubiese hecho por su mano cinco prisioneros. Semejante guerrero tenía derecho a llevar vistosos penachos sujetos por hilos de plata y mantos de diferentes colores o con ricas orlas.
El pueblo más valeroso entre los americanos debió ser el azteca. Nadie hacía caso del noble si era cobarde, y el soldado más humilde, si tenía valor, se elevaba a los primeros puestos. Sólo dos cargos se reservaban a determinadas clases: a la familia del Rey el de Capitán general de los ejércitos; a la alta nobleza el de General de división o de xiquipilli. Las insignias militares eran muchas. Ordenes de caballería había una o varias, y para entrar en ella o en ellas debían hacerse ceremonias graves y solemnes. Del mismo modo en el Perú hubo una especie de orden de caballería, donde entraban los incas de diez y seis años que resistieran determinadas pruebas. Alguna semejanza tenía esta orden con la de los aztecas; en ambos pueblos compartían el ayuno los deudos del neófito y en ambos pueblos era común el taladro, allí de las narices y aquí de las orejas. Respecto a las demás ceremonias, notábase a primera vista la diferencia; dominaba entre los aztecas el sentimiento religioso sobre el militarismo, y entre los incas el militarismo sobre la religión; eran aquéllas más fantásticas que prácticas, y éstas más positivas que ideales.
No dejan de ser curiosas y de no poco interés las leyes militares de los aztecas, que a continuación copiaremos:
I. Todo General u Oficial que salga con el Rey a campaña y le abandone o le deje en poder del enemigo, faltando a la obligación que tiene de traerlo vivo o muerto, será decapitado.
II. Todo Oficial que forme parte de la guardia del Príncipe y abandone su puesto de confianza, será decapitado.
III. Todo soldado que desobedezca a su jefe inmediato, o deje su puesto, o vuelva la espalda al enemigo, o de cualquier modo le auxilie, será decapitado.
IV. Todo Oficial o soldado que usurpe, que robe el cautivo o el botín de otro, o ceda a otro el prisionero que por su mano hizo, sufrirá pena de horca.
V. Todo soldado que en guerra dañe al enemigo sin la venia de su Jefe, o le ataque sin haberse dado la señal de combate, o abandone la bandera, o deserte del campamento, o quebrante o viole las órdenes del Capitán de su compañía, será decapitado.
VI. Todo traidor que revele al enemigo los secretos del ejército o las órdenes encaminadas para llevarle a la victoria, será descuartizado. Se le confiscarán los bienes y se reducirán sus hijos y deudos a perpetua servidumbre.
VII. Toda persona que en tiempo de guerra oculte o proteja al enemigo, noble o plebeyo, será descuartizada en medio de la plaza pública. Se arrojarán sus miembros a la muchedumbre para que los haga objeto de escarnio.
VIII. Todo noble o toda persona de distinción que en acciones de guerra, en danzas o en otras fiestas ostente insignias de los reyes de México, Tezcuco o Tamba, sufrirá pena de muerte y serán confiscados sus bienes.
IX. Todo noble que habiendo caído prisionero en poder del enemigo, se escape y vuelva al país, será decapitado. Se dejará, por lo contrario, libre y se premiará como bravo al que vuelva después de haber vencido en la piedra gladiatorial a siete adversarios. Si el que huyera de la cárcel del enemigo fuese simple soldado y volviese al país, será bien recibido.
X. Todo embajador que en cumplimiento de su mensaje no se atenga a las órdenes é instrucciones que haya recibido o vuelva falseando la contestación, será decapitado.
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Con el objeto de afianzar las conquistas, los vencedores dejaban a la cabeza de las tribus sometidas, al jefe vencido o a su sucesor, exigiéndole únicamente ciertos tributos y determinadas obligaciones. De todos los monarcas de América, los de Perú mostraron más deseos que ningún otro de civilizar a los pueblos conquistados, ya mediante la persuasión, ya por la fuerza. A los jefes les regalaban hermosas mujeres y joyas de oro; a los demás, lana y algodón para que se vistieran, ganados para criarlos, maíz y legumbres para que comiesen. A veces les instruían en la agricultura y les abrían acequias para el riego de los campos.
Respecto a la paz, solicitábanla lo mismo los pueblos salvajes que los cultos por medio de embajadores. Entre los salvajes, el símbolo de la paz era la pipa; en una pipa generalmente esculpida o pintada, fumaban los embajadores o los jefes de los pueblos que ponían fin a sus discordias. Si los embajadores se presentaban al Rey, lo primero que hacían era ofrecerle una pipa. Luego cada uno de aquéllos encendía la suya y fumaban todos, echando la primera bocanada de humo al Sol, la segunda a la tierra y la tercera al horizonte. En seguida pasaban sus pipas a la comitiva regia, y exponían su mensaje. Expuesto y contestado, el Rey usaba de la pipa, significando de este modo paz y concordia. Hacía encender una pipa y la circulaba a los mensajeros; con esto terminaba la embajada.
Los embajadores aztecas llevaban una especie de dalmática verde, de cuyos extremos pendían borlas de colores, manta finísima revuelta al cuerpo y recogida por dos de sus puntas en los hombros, ricas plumas en el cabello, una flecha con la punta al suelo en una mano y un escudo en la otra; pendiente del brazo una red con víveres para el camino. Acerca de los incas, ellos enviaron pocas o ninguna embajadas; pero recibieron muchas de las naciones fronterizas.
CAPÍTULO XI
LENGUAS AMERICANAS: SU NÚMERO.--LENGUA DE LOS HABITANTES EN LA TIERRA DEL FUEGO: EL YAHGAN.--LENGUAS QUE SE HABLABAN EN LAS PAMPAS Y EN EL GRAN CHACO.--LA LENGUA CHARRÚA.--LENGUAS DE LA AMÉRICA MERIDIONAL: GRUPO ATLÁNTICO Y GRUPO ANDINO.--EL GOAGIRO ARAWAK.--EL TAPUYA, EL TUPÍ Y GUARANÍ.--LENGUA CHIQUITA.--EL CHIBCHA, EL QUICHUA Y EL AIMARÁ.--OTRAS LENGUAS.--LENGUAS DE LA AMÉRICA CENTRAL.--EL MAYA QUICHÉ Y EL NAHUATL O AZTECA.--EL OTOMÍ Y EL PAMA.--LENGUAS DE LA AMÉRICA SEPTENTRIONAL: EL CAHITA TA Y OTROS.--EL ÓPATA Y EL DACOTA.--EL CHIGLET Y OTROS.--PARTES DE LA ORACIÓN EN LAS LENGUAS AMERICANAS.--LA ESCRITURA.--EL LENGUAJE DE LOS GESTOS.
Hase dado en nuestros días suma importancia al estudio de las lenguas, pretendiéndose obtener, mediante ellas, el origen y parentesco de los pueblos. Que el estudio es interesante no cabe duda alguna, si bien, a veces, la filología no ha estado conforme con la antropología[235].
[235] Para escribir este capítulo hemos tenido presente, y a veces hemos seguido al pié de la letra, las obras siguientes:
Fernández y González, Los lenguajes hablados por los indígenas del Norte y Centro de América, Conferencia dada en el Ateneo de Madrid el 29 de febrero de 1892.
Fernández y González, Los lenguajes hablados por los indígenas de la América Meridional, Conferencia dada en el Ateneo de Madrid el 16 de mayo de 1892.
Sentenach, Ensayo sobre la América Precolombina.
Conde de la Viñaza, Bibliografía española de las lenguas indígenas de América.
Considerable es el número de lenguas y dialectos que se hablaron en América. Bastará decir que el P. Kircher, aprovechando en su obra Sobre la Torre de Babel los datos que le comunicaron los Padres Jesuítas de las misiones de América, al celebrarse una Congregación en Roma el 1676, hubo de elevar a quinientos el número de tales idiomas. En el siglo décimo octavo, D. Juan Francisco López sostuvo con algún fundamento que se hablaban en las Indias Occidentales no menos de mil quinientos[236]. En nuestros días, Brinton, ilustre profesor de Arqueología y de Lingüística americana, menciona unos ochocientos cincuenta y cuatro lenguajes entre idiomas y dialectos[237]. Por nuestra parte, sólo habremos de citar algunos idiomas, y siguiendo el método del inmortal Hervás y Panduro, comenzaremos estudiando las lenguas del Sur de América hasta remontarnos a las del Norte. En tres partes dividiremos el asunto, las cuales serán las siguientes: Lenguas de la América Meridional, Lenguas de la América Central y Lenguas de la América Septentrional. Trataremos cada una de dichas partes sin sujetarnos al orden observado por Hervás. Al Sur de la Patagonia, que es el país más meridional de América, se halla la Tierra del Fuego, cuyos habitantes hablan el yahgan, lengua sumamente pobre y rústica[238]. Afirman otros autores, entre ellos el Sr. Fernández y González, que el yahgan es lenguaje bastante culto, y de él se consideran dialectos el oua, hablado al Noroeste en ambas costas del Estrecho de Magallanes, y el aliculuf de los fuegueños al Noroeste. Del yahgan ha hecho L. Adam detenido estudio en la Revista de la Lingüística[239].
[236] Hervás, Catálogo, etc., vol. I, pág. 115.--Fernández y González, Ibidem.
[237] The American Race, New York, 1891.
[238] En la Tierra del Fuego--según la opinión de von Martins y del Dr. Deniker, de París--se encuentran los moradores más antiguos de América.
[239] Revue de la Linguistique, XVII y XVIII
Las lenguas de las pampas manifiestan del mismo modo rudeza extraordinaria. La región de las pampas comprende tres vastos territorios, que son al Norte el Gran Chaco, en el Centro las pampas propiamente dichas y al Sur la Patagonia. Entre las principales familias lingüísticas del Gran Chaco se encuentran el guaycuru, el payagua, el chunupe, el lule, el vilelo y el mataco; todos estos idiomas, al parecer, carecen de numerales, lo cual indica el estado de ignorancia de los pueblos que hablaban tales lenguas. Afirma Pelleschi--uno de los más sabios investigadores de los usos y costumbres de los indios--que caudillos estimados como inteligentes en la religión citada, no saben contar los dedos de las manos, llegando su ignorancia a expresar los dos numerales primeros por palabras compuestas y sin forma fija. Nada tendría de particular que todos los indios que hablan el guaycuru en el Chaco (lengua distinta de la de los indios de California, llamada con el mismo nombre) procedan del Paraguay.
Del mismo modo se tiene por cierto que los charrúas, pueblo casi salvaje, ocupaban la margen oriental del Uruguay; respecto a su idioma apenas tenemos más noticias filológicas que las suministradas por Hervás y Panduro. Haremos observar que, según Azara, la citada lengua charrúa era completamente nasal y gutural.
Pasamos a estudiar lenguas y pueblos más importantes y también más conocidos de la misma América Meridional. Estas lenguas pueden dividirse en dos grandes grupos: el atlántico, representado principalmente por el goajiro, caribe y sus dialectos, con los idiomas tupí o guaraní, y el chiquito de Bolivia, más pobre que los otros de la citada América Meridional; el otro grupo es el andino, occidental, que llega hasta el araucano.
En rigor de verdad, el primero de los dos grupos, que consta de muchas lenguas, genuinamente americanas, presenta, además de perfecta unidad en la formación, admirable pureza de raíces. Parece probado que el goajiro arawak es la primera lengua que oyeron los españoles en el Nuevo Mundo, extendida en aquellos tiempos por todas las Antillas. Considérase por muchos como hermana del caribe y se presenta como aglutinante en superior grado. Su vocabulario es rico y su numeración es decimal. Las mismas particularidades se encuentran en las demás lenguas de la citada región, notándose que pierden su riqueza y organismo gramatical conforme se van acercando hacia el Sur, como sucede con el tapuya o brasileño y el tupí o guaraní, más pobres en formas conjugables y con numeración solamente quinaria. Los tupíes o guaranís (provincia de Corrientes en la Argentina y República del Uruguay)[240] forman la declinación de su lengua por medio de posposiciones, que son las mismas para singular y plural. Dialecto muy interesante de la lengua guaraní es el de los omaguas, los más occidentales de la raza.
[240] La mayor parte de la población de la provincia de Corrientes está formada por los descendientes de los indios guaraníes; y un noventa por ciento de la población del Uruguay tiene sangre guaraní en sus venas.
La región de los chiquitos, que se extendía entre los afluentes del alto Paraguay y la cima de la cordillera de los Andes, al Norte hasta la tierra de los moxos, al Sur el Gran Chaco y al Oeste hasta los quichuas, comprendía cuatro tribus principales: los taos, los pinocos, los penoquíes y los manacicas. Situados los últimos cerca del lago Xavay y hacia las fuentes del Paraguay, constituían el grupo más importante y civilizado. Sumamente curiosas son las noticias que acerca de la lengua chiquita ha dado el profesor de Estética de la Universidad de Madrid: «Como en iroqués y en otros idiomas de Asia y Africa, dice, se señalan en chiquito dos modos de hablar, en tercera persona principalmente, el de los hombres y el de las mujeres, con la particularidad de que éstas no pueden usar el modo varonil, mientras los hombres emplean ambos; de forma que, cuando se trata de seres que se representan en figura de varón, emplean la masculina, y cuando hablan de otras (mujeres, brutos, seres inanimados, etc.), o refieren conversación de alguna mujer, usan la femenina. El lenguaje de la mujer se distingue a las veces por palabras diferentes, y en lo común por aféresis y síncopas, como el género femenino de los idiomas semíticos se diferencia por formas pronominales y verbales que le son privativas»[241].
[241] Conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid el 16 de Mayo de 1892, pág. 62.
Y más abajo añade el mismo escritor: «Por suponerse relaciones con el chiquito, de parte de idiomas mal conocidos todavía, los cuales conforman con él en alguna palabra, se han atribuído a su misma familia los de poblaciones vecinas al Oeste, es a saber: de los yurucares, tacanas y mosetanas, así como también los de los ites, movimas y canichanas al Norte, y el de los samucos al Mediodía, en los confines septentrionales del Chaco. Por lo que toca a los tacanas, es evidente la mayor analogía de su lenguaje con el aimará, con el quichua de los peruanos y con otros idiomas del alto Amazonas»[242].
[242] Ibidem, págs. 65 y 66.
La lengua chibcha o muysca no deja de tener algunas formas, en particular en los verbos, semejantes a los del sanscrito, a los del griego y a los del latín. Llama la atención el gran número de raíces y temas comunes al chibcha con los idiomas arios. «Extinguido--dice Fernández y González--el idioma chibcha en Bogotá desde 1765, así como sus dialectos, el chimila y el deut, duran de ellos, al parecer, al Sur del istmo, el aravaco en Sierra Nevada de Santa Marta, y el siquisique en el Estado de Lara»[243]. Añade después que son dialectos del chibcha el guaymi istmiano de Veragua, hablado al Norte por los valientes, el siquisique de Venezuela y tal vez el extinguido chimila, el oroaco y el coggaba[244].
[243] Ibidem, pág. 9.
[244] Ibidem, págs. 16 y 17.
En la cuenca del Pacífico, pero en la región peruviana que comprende los territorios de las actuales repúblicas del Ecuador, Perú, algo de Bolivia y bastante de Chile, se hallan en primer término el quichua y el aimará; ambos idiomas, o idioma el uno y dialecto el otro, como opinan algunos autores, tienen organismo gramatical muy completo, con ricas formas en declinaciones y conjugaciones. Si la declinación en quichua recuerda en parte la declinación vasca, la ugrofinnesa y alguna otra, la conjugación procede con la misma sencillez que la semítica.
Aparecen en la misma región el yunca (al norte de Trujillo)[245], el puquina (en las islas y esteros del Lago Tiquitaca) y el atacameño (en el valle del río Loa), lenguajes todos los citados--según la opinión de varios filólogos--completamente rudos y primitivos, tal vez restos de pueblos anteriores a la dominación incásica. El quichua, el aimará, el yunca, el puquina y el atacameño o calchaqui son, pues, los cinco idiomas expuestos por el misionero Alonso de la Bárcena en su obra, hoy perdida, Lexica et Præcepta en quinque Indorum linguis, dada a conocer en Lima el 1590. Desde el grado 2 al 35, sur de la América Meridional, predominó el idioma quichua, el cual se generalizó por las conquistas de los incas. Estiman algunos autores, aunque sin fundamento alguno, que el yunca, hablado al norte de Truxillo, pertenece a la raza quichua.
[245] Aunque el yunca ha sido estimado como de raza quichua, no lo es, como tampoco lo es el puquina, ni el atacameño. Los atacameños, en opinión de Techudi, son una rama desprendida de los calchaquis de Tucumán, que huyendo de los españoles se refugiaron en los oasis de las costas del Pacífico.
En la América Central, entre los dos istmos, figura en primer término el idioma maya, o, como se dice colectivamente, el maya-quiché, asociándole una de las ramas más importantes de su familia. El ascendiente que el maya consiguió por Oriente y Mediodía, logró el nahuatl o azteca en el norte de la América Central. Ambos idiomas se extendieron por Tabasco, Chiapas, Yucatán, isla de Cozumel, Guatemala, Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, y parecen ser los más cultivados y perfectos de América.
Gran interés ha despertado desde los tiempos del descubrimiento el estudio del nahuatl o azteca. Lengua rica, flexible y cultivada, ofrece en su gramática y vocabulario, no sólo influencias semíticas y turanio-euskaras, sino también elementos arios, en particular griegos, galeses y noruegos.