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Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo II (part 3 of 4)

Part 3 of 4 · Ortega Rubio, Juan · Public domain text

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Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo II (part 3 of 4)

Exigía la importancia del asunto, que tanto el Rey como el virrey escribiesen al gobernador, el primero en carta fechada en Madrid a 14 de agosto de 1634, y el segundo en carta escrita en Lima el 1.º de septiembre de 1638. Dícese en ellas «que Su Majestad trata con Su Santidad de que se canonice el señor rrey D. Fernando, y que ay ya echas ynformasiones, y para conseguirle a sus espensas es menester muchos ducados, y su patrimonio está mui gastado y assi encarga a los cabildos seculares eclesiásticos y seglares hagan que sus súbditos acudan con lo que más pudieren para esta santa obra»[603]. Dispúsose el gobernador a emprender la marcha a Calchaqui para reducir a los indios rebeldes, y como siempre, el cabildo manifestó que no convenía saliese de la ciudad, atendiendo a que los holandeses andaban con deseos de venir a Buenos Aires[604].

[603] Ibidem, tomo VIII, pág. 374.

[604] Ibidem, tomo VIII, pág. 421.

Reunióse el cabildo (8 noviembre 1640) para dar lectura al nombramiento de gobernador y capitán general de las provincias del Río de la Plata, hecho a favor de D. Francisco de Abendaño y Baldivia[605]. Juró y tomó posesión del cargo; pero en el cabildo del 13 de diciembre del citado año se presentó Cédula y provisión del Rey, fecha en Madrid el 13 de enero de 1640, haciendo merced a D. Ventura de Múxica del cargo y oficios de gobernador, capitán general y justicia mayor de las provincias del Río de la Plata[606]. Tiene cierta curiosidad la ordenanza por la cual se mandó a don Mendo de la Cueva se abstuviese de hablar mal de los vecinos con pena de 1.000 pesos para la Real cámara por mitad y gastos de las casas del cabildo[607]. A los seis meses siguientes, habiendo fallecido don Ventura de Múxica, el presidente de la Audiencia de las Charcas, nombró a don F. Andrés de Sandobal[608]. Al poco tiempo el marqués de Mancera, virrey del Perú, hizo el nombramiento de nuevo gobernador y capitán general en favor de don Jerónimo Luis de Cabrera[609]. Tratóse en el cabildo de 23 de julio de 1642, del remedio para combatir la peste de enfermedades contagiosas que causaban tantas muertes, acordándose hacer rogativas con su procesión nueve días seguidos[610]. Desde el año 1642 al 1645, pocos hechos importantes se sucedieron en Buenos Aires. Digno de alabanza fué el gobierno de Cabrera, mereciendo también iguales aplausos el almirante don Luis de Aresti, teniente general de gobernador y justicia mayor. Por entonces, la separación de Portugal de la Corona de España, trajo como consecuencia alguna intranquilidad en Buenos Aires.

[605] Tomo IX, págs. 71 y 72.

[606] Tomo IX, pág. 92.

[607] Cabildo del 21 de enero de 1641.--Tomo IX, págs. 121-126.

[608] Cabildo del 17 de julio 1641.--Tomo IX, págs. 160 y 161.

[609] Cabildo del 29 de octubre de 1641.--Tomo IX, págs. 183 y siguientes.

[610] Pág. 290.

Refieren los escritores coetáneos que Don Jacinto de Laris (1646-1652), visitó las Reducciones que los jesuítas habían fundado al Sur del Panamá y se acarreó muchos adversarios, porque intentó privar a los eclesiásticos del derecho de adquirir bienes raíces.

Añaden también que don Pedro Ruiz de Baigorri (1653-1660), tuvo que permitir el comercio con los holandeses, pues no podía recibir apoyo de España, que a la sazón estaba en guerra con la Gran Bretaña. Acerca de otro orden de cosas consta que Buenos Aires, a mediados del siglo XVII, tenía unas 400 casas y se hallaba defendida por un fortín con 150 soldados y 10 cañones de hierro.

De Don Alonso Mercado y Villacorta (1660-1663), sólo refieren las crónicas que hizo trasladar la ciudad de Santa Fe al sitio en que la fundó Garay.

Más importancia tiene don José Martínez Salazar. Bajo su gobierno se estableció la Audiencia en Buenos Aires, hizo un censo de la población, fundó la Reducción de los Quilmes, reforzó las milicias coloniales con indios de las misiones y defendió a Santa Fe de los indios del Chaco.

Como en tiempo de don José Garro (1678-1682), los portugueses, sin derecho alguno, fundasen la Colonia del Sacramento frente a Buenos Aires, mandó el gobernador contra ellos al Maestre de Campo don Antonio Vera Mújica, con 260 españoles y 3.000 indios procedentes de las Reducciones administradas por los jesuítas. La colonia fué tomada por asalto; pero al hacerse la paz entre las dos naciones, se devolvió a Portugal.

Si de D. José Herrera y Sotomayor, sucesor de Garro, poco dicen las crónicas, de D. Manuel del Prado y Maldonado, que comenzó su gobierno en 1700, se refiere que fortificó la ciudad temiendo el ataque de una armada dinamarquesa que recorría aquellos mares.

Ilustró su nombre D. Alonso Juan de Valdés Inclán, sitiando y apoderándose de la Colonia del Sacramento, con un ejército de indios guaraníes, devolviéndose también a Portugal después de la paz de Utrech (1713.)

El verdadero fundador de la nación uruguaya fué D. Bruno Mauricio de Zabala, gobernador del Río de la Plata, quien destruyó los establecimientos fundados en la banda oriental por el corsario Moreau y arrojó a los portugueses que se habían fortificado en la península de Montevideo[611]. Zabala levantó un fuerte en la citada península y dejó una guarnición. Felipe V, por cédula dada el 16 de Abril de 1725, decretó la colonización del Uruguay, y el año siguiente, a 20 de enero, comenzó la edificación de Montevideo. «Sin que su talla sea gigantesca, es D. Bruno Mauricio de Zabala de estatura elevada, cuerpo bien proporcionado, arrogante sin presunción y con una presencia magestuosa de príncipe. Sólo sí que le falta la mitad del brazo derecho, que perdiera en una de las muchas batallas en que se ha encontrado en Europa luchando contra los enemigos de su patria o de su Rey. Tal falta, sin embargo, no ocasiona deformidad en él, sino que más pronto y más fácilmente predispone a su favor, desde que es un testimonio auténtico de su valor. Y por no andar manco suple dicho defecto con otro medio brazo y mano de plata, que por lo regular lleva en cabestrillo»[612]. Dicen las crónicas que el primer habitante de Montevideo se llamó Jorge Brogués, que tenía allí una casa pequeña desde el año 1724, viniendo después familias de Canarias, de Buenos Aires y de otras partes. Promovido Zabala a la presidencia de Chile, tuvo, antes de ponerse en marcha para su nuevo destino, que sofocar una insurrección en el Paraguay. Después se embarcó para Buenos Aires (enero de 1736), y llegó cerca de Santa Fe, donde una enfermedad le condujo al sepulcro. Se sabe que fué enterrado a orillas del río Paraná, aunque se desconoce el lugar cierto. Falleció el 31 de enero de 1736, a los cincuenta y tres años de edad. «Fué el teniente general D. Bruno Mauricio de Zabala, fundador de Montevideo, pacificador del Paraguay, defensor de los territorios del Plata contra la agresión portuguesa, protector de los indígenas en cuanto a usar con ellos más del comedimiento que del rigor; prudente, justo y esforzado. Su sola personalidad conducida al escenario histórico basta para lavar muchas manchas de la dominación española»[613].

[611] Zabala vino a gobernar Buenos Aires (1717-1734) cuando ya se había distinguido en las campañas de Flandes.

[612] Carta del Padre Cayetano Cattaneo fechada en Buenos Aires en 1.º de mayo de 1720.

[613] Francisco Bauzá, Historia de la dominación española en el Uruguay, tomo II, pág. 27.

Vino a sucederle D. Miguel de Salcedo, mediano general y político. Aflojáronse en seguida todos los resortes de la administración. No reinaba la paz ni en el interior ni en el exterior. Los indígenas por un lado y los brasileños por otro tenían en continuo aprieto a la colonia. Montevideo tuvo que luchar con los minuanes, los cuales, si vencedores en un principio, se sometieron por último. Montevideo, y en general todo el Uruguay, se veían continuamente molestados por los brasileños, dueños de la colonia del Sacramento. Para acabar de una vez con semejante estado de cosas, las Cortes de Madrid y de Lisboa celebraron un tratado (13 enero 1750), en virtud del cual Portugal cedería a los españoles la colonia del Sacramento en cambio de siete Reducciones fundadas por los jesuítas en el alto Uruguay y de otras ventajas. Conviene advertir que separado Portugal de España, aquella nación se echó en brazos de Inglaterra. Esta última nación convenció a Portugal de que el cambio era conveniente para evitar cuestiones y disturbios, cuando en realidad era porque así podían ellos extender más fácilmente su comercio por aquellas regiones. Fernando VI consultó el asunto con el gobernador de Montevideo, quien informó a gusto del rey de Portugal y de su hermana la reina de España, según las instrucciones mandadas al efecto por el ministro Carvajal; pero el gobernador de Buenos Aires hizo ver que la permuta propuesta era sumamente perjudicial al decoro y a los intereses de España. Conformes con el gobernador de Buenos Aires, los jesuítas del Paraguay representaron al rey de España la inconveniencia de semejante trueque y cuya exposición entregó a Fernando VI el procurador general de la Compañía en Madrid. Surgieron luego no pocas dificultades. Cuando los comisionados se reunieron en el Brasil para hacer la demarcación de las posesiones que iban a cambiarse, los habitantes de las siete colonias españolas (los guaraníes) se negaron a estar bajo el dominio portugués y se reunieron en número de 15.000 en la colonia central de San Nicolás, obligando a los comisionados a retirarse. Creemos inexactas las siguientes palabras de D. Blas Garay: «Los jesuítas vieron en peligro sus intereses con este pacto, que desmembraba el territorio en que se habían formado un reino casi totalmente independiente, y excitaron a los guaraníes a resistirlo con las armas en la mano»[614]. Es cierto que no pocos partidarios de los jesuítas lamentaron la debilidad de sus compañeros, porque no se opusieron enérgicamente a los planes de las Cortes de España y Portugal. Sea de ello lo que quiera, concluyóse el tratado, si bien se suspendió al poco tiempo, a causa de la protesta formal y solemne del rey Carlos de Nápoles. Sucedió entonces que el marqués de la Ensenada, a cuyas espaldas se había hecho la permuta, acudió reservadamente a Carlos de Nápoles, presunto heredero de la corona de Castilla, dándole noticia de todo. En seguida el monarca napolitano dirigió a su hermano Fernando protesta formal y solemne contra el referido convenio, quedando en suspenso, no sin gran contrariedad del Rey, de la reina D.ª Bárbara[615], de los consejeros y del embajador de Inglaterra. Créese con fundamento que la enemiga de Fernando VI a Ensenada tuvo su origen en el hecho citado.

[614] Compendio de la Historia del Paraguay, pág. 140.

[615] Ya sabemos que era hija de Juan V de Portugal. También se dijo por entonces que el P. Rábago, confesor de Fernando VI, había dirigido diferentes cartas a los jesuítas del Paraguay animándoles a la resistencia.

A Salcedo sucedió Ortíz de Rosas y últimamente D. José Andonaegui. Bajo el gobierno de Andonaegui el P. Quiroga exploró la costa patagónica y los PP. Cardiel y Falkner fundaron la Reducción del Pilar en la falda de la sierra del Vulcán. El marqués de la Ensenada--en oficio dado en Aranjuez el 8 de mayo de 1747--decía a Andonaegui: «En la expedición de los patagones se promete S. M. un feliz progreso, por cuanto el catholico zelo de los PP. Jesuítas, nada omitirá de cuanto considere a propósito para conseguirlo; y aprobando S. M. que V. S. les haya auxiliado y protegido, manda que V. S. lo continúe en la forma que le está prevenido, y por todos los demás medios que fuesen convenientes a conseguir los frutos de tan santo intento»[616].

[616] Véase Quesada, La Patagonia etc., pág. 573.

De las Reducciones de los jesuítas daremos noticia en los capítulos siguientes y especialmente en el XXXIII. Aquí sólo diremos que los primeros jesuítas llegaron a Salta el 1586 y establecieron su principal Colegio en Córdoba, de donde salían misioneros para todo el territorio argentino. Los Padres Montoya y Cataldino marcharon al Paraguay, estableciéndose en la Asunción el 1610, y a los siete años de tentativas poco felices, fundaron sus primeras Reducciones.

Comenzó D. Pedro Ceballos señalando los límites de Buenos Aires con el Brasil. Roto el tratado de 1750 y habiéndose dado principio a las hostilidades con Portugal, el gobernador se apoderó de la Colonia del Sacramento, obligando al jefe de ella a rendirla con cerca de 2.500 soldados que la guarnecían y 118 cañones (29 octubre 1762). Acordóse la devolución en el tratado de París de 1763.

A causa de la importancia que habían adquirido las provincias del Río de la Plata, se pensó en la creación del virreinato de Buenos Aires. Ya, con fecha de 8 de octubre de 1773, pidió el Rey que se le informase sobre la utilidad de crear el virreinato del Río de la Plata y la Audiencia que debía complementarlo. El virrey del Perú (22 enero 1775) y el gobernador de Buenos Aires (26 julio 1776) dieron informes favorables. Cuando se trataban tales asuntos, rompieron los portugueses las hostilidades, decidiéndose entonces a aprestar fuerte expedición militar. En su virtud, con fecha 27 de julio de 1776 fué dirigido un oficio a D. Pedro Ceballos, en el que se le decía: «que por el Ministerio de la Guerra se le comunicaba que el Rey había confiado a su celo y experiencia el mando de esta expedición militar, para hacer la guerra a los portugueses y hostilizarlos en el Río de la Plata.» Añadía, también, «que S. M. le condecoraba además para esta empresa con el superior mando del Río de la Plata y de todos los territorios que comprende la Audiencia de Charcas y además los de las ciudades de Mendoza y San Juan del Pico, de la jurisdicción de Chile, concediéndole el carácter de virrey, gobernador, capitán general y superior presidente de la Real Audiencia, con todas las facultades y funciones que a este empleo corresponden, con 15.000 pesos de ayuda de costas por una vez y el sueldo de 40.000 pesos anuales desde el día en que se hiciese a la vela de Cádiz hasta su regreso»[617]. Se le reservaba, concluída la expedición, el cargo de gobernador de Madrid que a la sazón tenía.

[617] Vicente G. Quesada, La Patagonia y las tierras australes del continente americano, capitulo IV.--Bauzá, ob. cit., tom. II, pág. 232.

Carlos III, por Real Cédula del 8 de agosto de 1776, creó el virreinato de Buenos Aires con dicha provincia, y además con las del Paraguay y Tucumán, la presidencia de Charcas, el territorio de Cuyo y la costa patagónica. El 13 de noviembre de 1776 zarpó de Cádiz la poderosa escuadra, compuesta de 6 navíos, 9 fragatas, 2 bombardas, 2 paquebotes, 1 bergantín y 96 barcos mercantes, y mandada por el general marqués de Casa Tilly. Esta escuadra conducía a Ceballos y a su ejército, el cual se componía de 4 brigadas de infantería: la primera, a las órdenes del brigadier marqués de Casa Cagigal; la segunda, a las del brigadier D. Juan Manuel de Cagigal; la tercera, a las del brigadier D. Domingo de Salazar, y la cuarta a las del coronel D. Guillermo Waughán. Entre los comandantes de batallón de la primera brigada estaba D. Antonio Olaguer Feliú, futuro gobernador de Montevideo. Todavía el 7 de febrero de 1777 se hallaba la expedición por la isla de Ascensión o Trinidad, teniendo la fortuna de encontrar tres barcos portugueses de comercio, a los cuales apresó, y por ellos supo la situación y las intenciones de la escuadra enemiga. Inmediatamente Ceballos dió sus órdenes, y el 18 de febrero encontró la escuadra portuguesa, que se componía de 4 navíos de línea, 4 fragatas regulares y 3 navíos mercantes; pero, aunque lo intentó Casa Tilly, no pudo darle alcance. Fondeó Ceballos el día 20 a la vista de la ensenada de Santa Catalina. El 22 se procedió al desembarque, que se verificó sin hostilidad, acampando el 23 en la playa de San Francisco de Paula; el 24 se trasladó al campo de Casas Viejas, cerca del castillo de Punta Grosa. Abandonado el castillo por el gobernador, cundió la desmoralización y Ceballos se apoderó el 25 de Santa Catalina, dejando como gobernador de la plaza al brigadier Waughán. Ceballos desembarcó el 20 de abril en Montevideo y comenzó a tomar providencias para apoderarse de la plaza Colonia. Desde Montevideo, en una lancha del comercio, fué conducido hasta la misma Colonia, desembarcando en un sitio denominado El Molino. Durante esta guerra de 1777, respondiendo a una necesidad estratégica, se fundó la villa del Rosario, conocida también con la denominación de la Colla. Ceballos se preparó a caer sobre Colonia, defendida por D. Francisco José de Rocha, que mandaba 1.000 soldados de infantería y 200 artilleros. Rocha pidió capitulación el 1.º de junio, rindiéndose la plaza el día 3 y siendo ocupada por los españoles el 4. Ceballos hizo su entrada triunfal el 5, asistiendo a un Te Deum. Se apoderó de cañones y de muchos pertrechos de guerra. Inmediatamente dispuso la demolición de la muralla y baluartes, y después de los edificios públicos y de las mejores casas de la población, ordenando en seguida que la abandonasen los habitantes en breve plazo. «Así se destruyó en pocos días--exclama Bauzá--la obra que la paciencia, laboriosidad y celo guerrero de los portugueses había construído en noventa años de afanes, dotando al Uruguay de una de las poblaciones más hermosas y ricas de la jurisdicción platense»[618]. Desde Colonia se dirigió, por la vía de Montevideo, a Maldonado, recibiendo allí el correo de España, con el nombramiento de capitán general, y con la noticia de que las Cortes de Madrid y Lisboa habían firmado la paz por el tratado de San Ildefonso (1.º octubre 1777), tan perjudicial a España. Nuestra diplomacia, torpe en esta ocasión, cedía a Portugal las provincias de Santa Catalina y Río Grande, considerándose como un gran triunfo haber podido conseguir que Portugal cediera a España las islas de Annobón y Fernando Poo. Terminada la guerra, importa decir que se fundaron Guadalupe, Pando y Santa Lucía, ensanchándose de un modo notable Montevideo. Una modesta capilla de paja, hecha por Santos, vecino de esta última ciudad (1755), dió origen a la población de Guadalupe; una explotación de corambre, establecida por Pando, vecino de Buenos Aires, dió nombre a un arroyo, en cuyos alrededores se levantó la ciudad de su nombre; una antigua ranchería, albergue después de familias que se disponían a pasar a Patagonia (1781) originó la población de Santa Lucía, también llamada de San Juan Bautista. Montevideo tuvo la fortuna de tener a D. Francisco Antonio Maciel, el padre de los pobres, que a su iniciativa se debieron los socorros que prodigaron las cofradías de San José y Caridad a los náufragos y desvalidos, y a él también se debió la fundación del hospital. Fué de lamentar la ligereza o imprudencia del gobernador Pino en el siguiente hecho. Según ley y costumbre, el 1.º de enero de 1782 se eligió el personal que debía componer el cabildo, resultando nombrados con los principales cargos don Juan Antonio de Haedo y D. Domingo Bauzá. Por motivos harto pueriles se rompieron las amistosas relaciones entre las autoridades populares y el gobernador. Como a la sazón se hallase de paso en Montevideo D. Juan José de Vertiz, nombrado recientemente virrey, resolvió el asunto mandando que compareciesen los alcaldes a su presencia. Después de groseros insultos, Vertiz les desterró, a Haedo a la isla de Gorriti en Maldonado y a Bauzá a la isla de Ratas en el puerto de Montevideo. En queja acudió, en nombre de Haedo y en el suyo, D. Domingo Bauzá, acordando el Consejo de Indias que ambos alcaldes fuesen reintegrados en sus honores e imponiendo una multa al gobernador. Apartando la vista de hechos tan pequeños e insignificantes, importa registrar las Fundaciones de San José y de las Minas, la primera en 1782 y la segunda en 1784, conocida a la sazón con el nombre de Lavalleja, y pobladas principalmente con familias asturianas y gallegas.

[618] Ob. cit., tomo II, págs. 242 y 243.

En negocios de política internacional, Carlos III reconoció la independencia de los Estados Unidos de América y firmó la paz con Inglaterra (3 septiembre 1783) y por ella se le devolvía Menorca, dándole posesión plena de las provincias de la Florida. Demarcóse nuevamente la frontera con el Brasil, cuya operación tuvo comienzo el 24 de febrero de 1784.

Procede también advertir que el Rey había creado en el virreinato dos autoridades superiores: una el virrey en lo gubernativo, político y militar; y otra, el intendente general de ejército y Real Hacienda. «He resuelto con muy fundados informes y maduro examen--decía el Monarca--establecer en el nuevo virreinato de Buenos Aires y distrito que le está asignado, intendentes de ejército y provincia para que, dotados de autoridad y sueldos competentes, gobiernen aquellos pueblos y habitantes en paz y justicia...» «A fin de que mi real voluntad tenga su pronto y debido efecto, mando se divida por ahora en ocho intendencias el distrito de aquel virreinato, y que en lo sucesivo se entienda por una sola provincia el territorio o demarcación de cada intendencia con el nombre de la ciudad o villa que hubiese de ser su capital...» Las citadas ordenanzas, firmadas por el Rey en San Lorenzo a 28 de enero de 1782, están refrendadas por don José de Gálvez[619]. Realizáronse otras reformas acerca del servicio de correos, de la industria de salazones, etc.

[619] Quesada, La Patagonia y las Tierras australes del continente americano, págs. 349 y 350.

Sucedió a Ceballos Don Juan José Vertiz (1778-1784), el cual creó un hospital de mendigos, una casa de corrección para mujeres, casa de expósitos y un tribunal del protomedicato. Estableció el alumbrado público y ordenó un censo de la población, por el cual Buenos Aires tenía 24.754 habitantes. Construyó en diferentes localidades fortines para contener a los indios de las Pampas y mandó hacer exploraciones en el Chaco, en Patagonia y en río Negro hasta los Andes. En el año 1779, hizo conducir a las poblaciones de San Julián (Patagonia) 22 personas, 100 arados, algunos víveres, maderas, etc.[620]. Por último, ayudó al virrey del Perú en la guerra civil promovida por un sucesor de Tupac-Amaru. Fatigado con quince años de gobierno don Juan José Vertiz, hubo de solicitar su relevo, que le fué concedido en términos laudatorios[621]. Vertiz era natural de México y a su origen americano--según Vrien--«se debe sin duda el progreso que imprimió su gobierno a estas regiones»[622].

[620] Ob. cit., págs. 589 y 590.

[621] Había sido gobernador y capitán general de Buenos Aires, como se dijo más arriba.

[622] Geografía Argentina, pág. 23.

D. Nicolás del Campo, marqués de Loreto (1784-1792), fué hombre íntegro y severo. Serios disgustos ocasionados por cosas insignificantes tuvo con el obispo Azamor, y mayores fueron los que le proporcionó la quiebra del administrador de la Aduana de Buenos Aires, pues en ella estaban complicados otros altos funcionarios. Durante este virreinato, fray Antonio Lapa hizo dos viajes en los años 1776 y 1781 al Chaco, acerca de los cuales escribió unos Diarios que se publicaron--en el año 1902--en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, de Madrid. Después de tomar posesión del virreinato, se dirigió el 19 de marzo de 1784 a D. José de Gálvez, dándole cuenta de la tranquilidad que había en la villa de Oruro luego que fueron presos D. Juan de Dios Rodríguez, D. Jacinto Rodríguez de Herrera, D. Clemente Menacho, D. Diego Flores, D. Nicolás Iriarte y José Azurduy, autores de la sublevación del 1.º de febrero de 1781, habiendo fallecido D. Manuel Herrera y D. José Portilla[623].

[623] Archivo de Indias.--Estado.--Charcas.--Legajo 2 (29).--Véase también legajo 2 (2) y legajo 2 (21).

Sucedió al marqués de Loreto en el cargo de virrey D. Nicolás de Arredondo (1792-1795). Hizo introducir muchos esclavos negros. Establecióse en el año 1794, por solicitud del cabildo, en Buenos Aires el Tribunal del Consulado, cuyo primer secretario fué Manuel Belgrano, tan célebre después en la guerra de la Independencia.

En el corto gobierno de D. Pedro Melo de Portugal (1795-1796) se armó una flotilla de cañoneros en Montevideo para rechazar los ataques de los súbditos de la Gran Bretaña, cuya nación se hallaba entonces en guerra con nuestra nación.

Ocupó interinamente el virreinato el gobernador de la plaza de Montevideo D. Antonio Olaguer Felíu (1797-1799), quien nada hizo digno de mención. Por el contrario, D. Gabriel Avilés y del Fierro, marqués de Avilés (1799-1801) en el año y medio que estuvo al frente del virreinato hubo de realizar, con aplausos generales, algunas mejoras de policía municipal, y encomendó a D. Félix de Azara la fundación de los pueblos de San Gabriel y San Félix, nombres que recordaban los del virrey y fundador.

Bajo el gobierno del virrey D. Joaquín del Pino y Rozas (1801-1804) los portugueses invadieron los pueblos de misiones al Oriente del Uruguay, quedando desde entonces en poder de aquéllos. Al mismo tiempo se hicieron los primeros ensayos periodísticos (El telégrafo mercantil, etc., y el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio). El médico catalán D. Antonio Fabre abrió una cátedra de Anatomía, que fué muy frecuentada por los jóvenes, y D. Cosme Argerich, médico catalán también, creó una escuela en la que se formaron jóvenes de mucha aplicación y talento.

Ocupó el virreinato D. Rafael de Sobremonte. Habremos de registrar un suceso triste. Bustamante, gobernador que había sido de Montevideo, se dió a la vela para España al frente de las fragatas Medea, Fama, Mercedes y Clara[624], conduciendo las dos primeras caudales de aquella ciudad por valor de 1.564.542 pesos, y las otras dinero y efectos de Lima.

[624] Flora, según otros.

A la sazón, Francisco Miranda, natural de Caracas, procuraba atraerse a varios políticos ingleses para que le ayudasen en sus planes revolucionarios contra España. Llegó, en efecto, a adquirir en Londres alguna influencia, y el mismo gobierno inglés daba oídos a sus proyectos, los cuales se referían a una expedición contra los establecimientos españoles de la América del Sur. Coincidía este proyecto con otro que tenía el Gabinete de Londres, y era dar un golpe de mano, sin previa declaración de guerra, a las flotas españolas que venían de América. Cuando navegaba el comodoro Moore por las alturas del Cabo de Santa María con cuatro fragatas, Bustamante se presentó con sus barcos. Era el 5 de octubre de 1804. Rompióse el fuego por ambas partes; pero, después de corto combate, voló la fragata Mercedes, salvándose 46 hombres de los 280 que tenía a su bordo. Rindiéronse en seguida los tres barcos, no sin perder cien individuos entre muertos y heridos. Los ingleses se hicieron dueños de la escuadra española y de sus caudales. Ocurrió desgracia tan grande a 25 leguas de Cádiz. Los barcos fueron conducidos a Plymouth. Tiempo adelante se consumó la completa destrucción de nuestra marina en aguas de Trafalgar (21 octubre 1805).

Desde entonces el gobierno de Madrid, abandonando toda vacilación, se alió con Napoleón Bonaparte. Aprovechándose Miranda del rompimiento de relaciones entre España e Inglaterra, se dirigió al ministro Pitt para interesarle en sus planes. No habiendo sido atendido, Miranda intentó ganarse a los Estados Unidos, donde adquirió algunos recursos. Pudo al fin hacer rumbo a las costas de Ocumare, y desbaratado, se vió en peligro de caer prisionero de los españoles. Por lo que respecta a Sir Home Popham, comodoro, diputado y confidente del jefe del Gabinete, se encargó del mando de una escuadra que debía conducir 5.000 hombres a las órdenes de Sir David Baird, con el objeto de emprender la conquista de la colonia del Cabo de Buena Esperanza (Africa del Sur), perteneciente a los holandeses. Popham y Baird partieron en el otoño de 1805, llegaron al Cabo en los comienzos de 1806 y se apoderaron fácilmente de la colonia. Después Popham, espíritu emprendedor y aventurero, comenzó a recordar los ofrecimientos de Miranda, decidiéndose a marchar a América y emprender la conquista de todo el Río de la Plata. Intentó--como era natural--atraerse a Baird; pero cedió al fin el jefe superior del Cabo, no sin manifestar que la colonia quedaría desamparada llevándose el comodoro las fuerzas que pretendía sacar y que necesitaba para sus empeños. En cambio, el brigadier Beresford, segundo jefe de la colonia, se prestó gustoso a seguir a Popham, pensando que la Gran Bretaña ganaría en aquella empresa lucro y gloria. Popham pudo conseguir que Baird pusiera a disposición de Beresford el regimiento 71 de higlanders, un destacamento de artilleros y algunos dragones desmontados, y él, con las fragatas Diadema, Raisonable y Diomedes, las corbetas Leda, Narcisus y Encounter y cinco transportes, se dió a la vela para Santa Elena a últimos de abril de 1806, en cuya isla recibió el socorro de 150 infantes y 100 artilleros con dos obuses. Las fuerzas de Beresford, unidas a las de Santa Elena, hacían 1.600 hombres de desembarco, a los cuales podían unirse, en caso de peligro, 800 de la escuadra. En los primeros días de mayo salió Popham de Santa Elena y se dirigió al Plata.

El virrey, marqués de Sobremonte, que estaba muy confiado en que las posesiones del Río de la Plata nada tenían que temer de los ingleses, cuando menos lo esperaba, se presentó Popham delante de Buenos Aires (25 junio 1806). Después de débil resistencia, el 27 entró el enemigo en Buenos Aires y tomó posesión de la fortaleza. Huyó cobardemente el virrey, teniendo la Audiencia y el cabildo que capitular. Buenos Aires prestó juramento de obediencia al rey de Inglaterra, y el cabildo quedó encargado del gobierno civil. Los planes de Miranda se habían cumplido.

No gozaban los ingleses de simpatía en Buenos Aires. Mirábanse con desconfianza conquistadores y conquistados. Entre los últimos se tramó vasta conjuración dirigida por D. Martín de Alzaga, rico español, D. Felipe Sentenach, ingeniero, y otros. Reuniéronse los conjurados en Perdriel, y allí fué a atacarles (1.º de agosto) Beresford, al frente de una columna de 450 hombres y seis piezas de artillería. Los conjurados sufrieron una derrota, sin embargo de que la caballería estaba mandada por el valeroso jefe Juan Martín de Puigrredón. Murieron tres soldados y cuatro heridos del ejército de Beresford. Cayeron en poder de los enemigos cinco prisioneros, la artillería y papeles importantes.

Montevideo se preparó a luchar con los ingleses. El gobernador Ruiz Huidobro, que era hombre de más valor que el marqués de Sobremonte, no sólo estaba dispuesto a defender a Montevideo, sino creíase con fuerzas para intentar la ofensiva. El pueblo le animaba para que emprendiese la reconquista. Empujado por la opinión reunió el cabildo el 5 de julio, y pocos días después una junta de guerra; ambas corporaciones se manifestaron decididas a la reconquista. El cabildo, invistiéndose de atribuciones que no le pertenecían, declaraba el 18 de julio lo siguiente: «Que en virtud de haberse retirado el virrey al interior del país, de hallarse suspenso el Tribunal de la Real Audiencia y juramentado el cabildo de Buenos Aires, era y debía respetarse en todas las circunstancias al gobernador D. Pascual Ruiz Huidobro como jefe supremo del continente, pudiendo obrar y proceder con la plenitud de esta autoridad, para salvar la ciudad amenazada y desalojar la capital del virreinato.» El virrey, marqués de Sobremonte, que desde Buenos Aires había tomado camino de Córdoba, apareció a la sazón con una circular a todas las provincias, pidiéndoles contingentes para el ejército que preparaba con destino a la reconquista de Buenos Aires y dándoles aviso de que se hallaba al frente de 1.500 hombres de milicias, esperando además otros 2.000. El gobernador de Montevideo recibió el citado documento junto con un oficio del 18 de julio, en que el virrey le ordenaba desprenderse de la tropa veterana y artillería de campaña, remitiéndosela inmediatamente. Ruiz Huidobro, cuya situación era sumamente delicada, contestó respecto a la circular que «había tenido por conveniente suspender su publicación, por hallarse autorizado por el cabildo de Montevideo para la reconquista»; y en cuanto a la tropa pedida «no podía enviársela, pues debía marchar en la expedición.» El virrey mostró una vez más su debilidad aprobando la expedición, añadiendo «que si en la demora no hubiese peligro, esperase Ruiz Huidobro los refuerzos que él debía llevarle; pero que si temiese perder la oportunidad del ataque y se conceptuase con bastante seguridad, procediese en consecuencia»[625]. El elemento militar y el marino, los ciudadanos ricos y pobres, todos ayudaron al gobernador de Montevideo en su obra patriótica. El comercio dió señaladas pruebas de una generosidad digna de alabanza. Entre los nombres de los donantes y prestamistas--prestamistas que dieron su dinero sin interés ni plazo para su reembolso--se hallaban D. Francisco Antonio Maciel, padre de los pobres, D. Manuel Diago, D. Faustino García y D. Miguel Antonio Vilardebó.

[625] La Sota, Hist. del territorio Oriental, IV, IX.--Bauzá, ob. cit., tomo II, pág. 399.

Por entonces llegó una carta de D. Santiago Liniers, capitán de navío y jefe que había sido de la ensenada de Barragán, ofreciéndose a reconquistar la capital, si le daban 500 hombres de tropas escogidas. La Junta de guerra oyó a Liniers, quien repitió lo que antes había dicho; pero aquélla continuó prestando todo su apoyo al gobernador de Montevideo. Nuevamente se reunió la Junta y esta vez con asistencia también de Liniers, tomándose el acuerdo de que éste, llevando como segundo al capitán de fragata D. Juan Gutiérrez de la Concha, se dirigiese a libertar a Buenos Aires, en tanto que Ruiz Huidobro permanecería en Montevideo para defender la ciudad. El 22 de julio de 1806 recibió Liniers la orden de marcha, y en ella se le decía lo siguiente: «Quedo muy satisfecho que los conocimientos militares de V. S., su celo por la religión, por el mejor servicio del Rey, y su amor a la patria, le proporcionarán la indecible satisfacción de libertar aquel pueblo de la opresión en que se encuentra afligido, y volverlo a la suave dominación de nuestro amado soberano, libertando por ese medio a todo el virreinato, expuesto a caer en igual desgracia, si subsistiendo el enemigo en la capital, recibe refuerzos como es de esperar.» El 23 desfilaron las tropas por el Portón de San Pedro (hoy calle de 25 de Mayo). A los cuatro días siguientes, aprovechando la obscuridad de la noche, salió la escuadrilla compuesta de cinco zumacas y 17 lanchas cañoneras, fondeando en Colonia el día 28. Entre tanto Liniers había llegado el 23 a Canalones, el 26 vadeó el Santa Lucía, el 27 llegó a Rosario y el 28 a Colonia, encontrándose con la flotilla que ya estaba allí. Al poco tiempo llegó a Colonia Puigrredón manifestando que no esperasen socorro alguno de Buenos Aires, a causa del desastre ya citado de Perdriel. Liniers respondió: «No importa; nosotros bastamos para vencer a los ingleses,» palabras que produjeron el mayor entusiasmo entre los circunstantes y que se repitieron después entre los soldados. El día 3 de agosto las tropas se embarcaron en la escuadrilla, el 4 fondeaba el convoy dentro del puerto de las Conchas, y poco después desembarcó la tropa y la artillería. Dirigióse Liniers al general inglés, y en el oficio se hallan las siguientes palabras: «La justa estimación debida al valor de V. E., la generosidad de la nación española y el horror que inspira a la humanidad la destrucción de hombres, meros instrumentos de los que con justicia o sin ella emprenden la guerra, me estimulan a dirigir a V. E. este oficio, para que impuesto del peligro y sin recursos que se encuentra, me avise en el preciso término de quince minutos, si se halla dispuesto al partido desesperado de librar sus tropas a una total destrucción, o al de entregarse a la discreción de un enemigo generoso.» Beresford contestó: «que se defendería hasta el caso que lo indicase la prudencia»[626]. Comenzó Liniers el ataque ocupando la plaza del Retiro, no sin batir al mismo Beresford, quien perdió unos 30 hombres, entre ellos al capitán de su artillería. El día 11 Liniers, preocupado porque Popham se hallaba allí haciendo contínuas señales a la plaza, fingió un ataque a la escuadra enemiga. En seguida se decidió a atacar a Buenos Aires por tierra y por mar al mismo tiempo. El día 12, después de oir la opinión de Concha y de otros, Liniers se decidió a ordenar el avance inmediato de todo su ejército. Por todas partes se oían las palabras de ¡Avancen! ¡Avancen! y con entusiasmo loco se dirigían todos al sitio de mayor peligro. Las seis divisiones en que dividió el ejército, penetraron cada una de ellas por las calles de la Merced, Catedral (hoy San Martín), Torres, Cabildo, Santo Domingo y San Francisco, las cuales conducían a la Plaza Mayor. Llegaron a dicha plaza. Beresford, rodeado de los suyos, bajo el arco grande de la Recoba, dirigía las operaciones. Entonces D. Benito Chain, con las fuerzas de infantería que mandaba, se lanzó derecho al arco grande de la Recoba, mientras se retiraba el jefe inglés, que ya había perdido a su secretario Kennet, al teniente Michan y cinco oficiales gravemente heridos. Beresford entró en la fortaleza y considerándose vencido, mandó enarbolar la bandera de parlamento. Rindióse el general inglés a discreción, izándose en seguida la bandera de España en la fortaleza. Beresford se presentó a Liniers, quien, en vez de tomar la espada que le ofrecía el vencido, le abrió los brazos y le felicitó por su valerosa defensa. Veintidós días duró aquella gloriosa campaña militar: el 23 de julio de 1806 salieron las tropas españolas de Montevideo y el 12 de agosto rindieron sus armas los ingleses. Inmensa fué la alegría de Buenos Aires y muy especialmente la del cabildo. También se hallaba satisfecho Ruiz Huidobro; y el virrey Sobremonte, desde Acevedo, felicitaba al cabildo por la parte que la corporación popular tuvo en la reconquista.

[626] Véase Bauzá, ob. cit., tomo II, pág. 423.

Poco tiempo duró la cordialidad entre vencedores y vencidos. Liniers, con una ligereza censurable, después de la rendición, puso su firma en el texto inglés de una capitulación antidatada, por la cual concedía el libre regreso a Inglaterra de Beresford y sus tropas. Arrepentido Liniers, al suscribir la versión española del documento, puso las palabras en cuanto puedo, antes de su firma. Provocó el asunto contestaciones escritas entre Liniers y Beresford, decidiéndose al fin que pasase el asunto al gobernador de Montevideo. Liniers, por enfermedad cierta o fingida, dejó el mando a Gutiérrez de la Concha el 29 de agosto. Además de la apelación indicada, llegó otra a Ruiz Huidobro de parte de Popham, el cual se quejaba de la conducta de Concha, pues--según el comodoro--el sucesor de Liniers, no respetando los pactos, había intimado a los transportes ingleses fondeados en las valizas de Buenos Aires el inmediato abandono de ellas. Ruiz Huidobro se puso al lado de los suyos y no de la justicia.

Otro asunto vino a echar leña al fuego de las discordias. Ruiz Huidobro y el cabildo de Montevideo, reclamaron, con fecha 22 de agosto, las trofeos arrebatados a los ingleses en la jornada del 12; pero Liniers y el cabildo de Buenos Aires, apoyados por la Real Audiencia y por la opinión de varios jefes y vecinos, acordaron por toda respuesta guardar silencio. Declaró el cabildo «que era una temeridad pretender arrogarse la gloria de una acción que ni aun hubieran intentado los de Montevideo, a no contar con la gente y auxilios que estaban dispuestos en Buenos Aires.» Resolvió cuestión tan enojosa el rey de España, expidiendo una Cédula, declarando que «atentas las circunstancias concurrentes en el Cabildo y Ayuntamiento de la ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo, y la constancia y amor acreditados al Real servicio de la reconquista de Buenos Aires, venía en concederle título de Muy fiel y reconquistadora; facultad para que usase de la distinción de maceros; y que al escudo de sus armas pudiese añadir las banderas inglesas, que apresó en dicha reconquista, con una corona de olivo sobre el Cerro, atravesada con otra de las Reales armas, palma y espada»[627].

[627] Véase Bauzá, ob. y tom. citados, pág. 443.

Vencido y prisionero el ejército de Beresford, no respetada la capitulación, como pregonaban en todos los tonos los vencidos, era natural que Inglaterra hiciese un esfuerzo, no sólo por su interés comercial, sino para restablecer el crédito de sus armas.

Antes de narrar la segunda guerra del Uruguay contra los ingleses, recordaremos que en Buenos Aires ocurrían sucesos importantes. Liniers era proclamado por las corporaciones civiles y por el pueblo jefe del ejército. Quiso oponerse el marqués de Sobremonte, cediendo al fin ante la voluntad general. No solamente aprobó el nombramiento militar de Liniers, sino delegó en la Audiencia el mando político. «De esta manera--escribe Bauzá--la ruina del régimen colonial, cuyas bases había socavado el cabildo de Montevideo con su declaración de 18 de julio, quedaba consumada de propio consentimiento, en la persona del que con razón apellidan sus compatriotas el último de los virreyes»[628].

[628] Ob. cit., pág. 445.

Comprendiendo el marqués de Sobremonte que nada tenía que hacer en Buenos Aires, dispuso marchar a Montevideo, seguido de algunas fuerzas que le eran fieles. Llegó en los primeros días de octubre, cuando ya Ruiz Huidobro se había preparado convenientemente a la defensa. Grande contrariedad fué la presencia del virrey en aquellos momentos. Cuando hizo su primera salida por las calles, seguíanle grupos gritando ¡Abajo los traidores!, y cuando inspeccionó los trabajos de la ciudadela, los muchachos, en tono burlesco, exclamaban: ¡Avanza! ¡Avanza! Sordo a todos los clamores populares, anunció a Ruiz Huidobro que se encargaba de la defensa de la plaza. Huidobro, el cabildo y la población toda recibieron con gran disgusto la noticia; pero Popham amenazaba a la ciudad y era preciso ocuparse en asunto de transcendencia tanta. Comenzó el fuego el 28 de octubre entre los ingleses y las baterías de la ciudad, y, después de tres horas de combate, aquellos abandonaron el puerto y se dirigieron para Maldonado con el grueso de sus tropas y escuadra, dejando sólo algunos barcos que sostuvieran el bloqueo. El 29 llegó Popham a Maldonado, cuya escasa guarnición no pudo resistir el ataque de los enemigos, teniendo del mismo modo que capitular el día 30 la isla de Gorriti. Maldonado fué presa del más horroroso saqueo; no se respetaron las mujeres ni los lugares sagrados. Los archivos públicos fueron destrozados, destinándose buena cantidad de papel para hacer cartuchos. Hasta el hospital sufrió el saqueo. Nombrado gobernador el teniente coronel Vassal, del regimiento 38, renació la tranquilidad, que era el nuevo jefe hombre de tanto valor como prudencia. Conducta tan caballerosa se atrajo las simpatías de todos, siendo de sentir que en un cartel, pegado en los sitios públicos, afirmase que las creencias religiosas no serían nunca motivo de disidencias entre católicos y protestantes, puesto que en ambas religiones sólo existían diferencias de detalle. Los curas de Maldonado y de San Carlos arrancaron por su propia mano los carteles. El escándalo no pudo ser mayor, imponiéndose al cabo la prudencia.

El 5 de enero de 1807, Sir Samuel Auchmuty, con sus soldados, arribó a Maldonado, y a Popham sucedió el almirante Sterling. Los nuevos jefes señalaron a Montevideo como punto objetivo de sus primeras operaciones. Si el cabildo de dicha ciudad envió dos comisionados a Buenos Aires a pedir auxilios, aquéllos nada adelantaron. El 14 de enero de 1807 se presentó delante de Montevideo Sir Samuel Auchmuty con 5.700 soldados veteranos, y cuya armada se componía de más de cien velas, entre navíos, fragatas, transportes y buques menores. La guarnición y el vecindario se dispusieron valerosamente a la lucha. El 15 el general inglés intimó la rendición de la plaza, contestando Sobremonte que todos los vasallos del rey de España estaban decididos a defender a Montevideo hasta perder su último aliento. El 16 se movió Auchmuty con rumbo al Buceo, donde se hallaba Sobremonte, quien no pudo oponerse al desembarco. El 17 continuaron los ingleses su desembarco y el 18 el virrey ordenó que sus avanzadas rompieran ligero fuego. El 19 Auchmuty, marchando en columnas paralelas, avanzaba con todas sus fuerzas, retirándose Sobremonte, quien hubo de mandar aviso a Ruiz Huidobro de que su ejército se había desbandado a los primeros tiros. El ejército, el cabildo y el pueblo todo clamaban para que Ruiz Huidobro se pusiese al frente de la guarnición. En efecto, el día 20 rompía su marcha contra los ingleses una división de 2.362 hombres, a las órdenes del brigadier D. Bernardo Lecocq, y como segundo jefe iba el teniente coronel D. Francisco Javier de Viana, demostrando el aspecto de las tropas, según Ruiz Huidobro «un denuedo, una confianza, un valor, capaz de causar envidia y lisonjear el mejor éxito de la empresa.» Los ingleses lucharon con acierto y bravura, hallándose admirablemente dirigidos por Auchmuty. Ruiz Huidobro, que desempeñó su papel y nada más, insistió en pedir tropas y toda clase de auxilios al cabildo y a la Audiencia de Buenos Aires, consiguiendo que esta vez oyese el cabildo la voz de la razón, acordando aprestar un contingente de 2.000 hombres, que al mando de Liniers pasaran a Montevideo. La vanguardia de Liniers zarpó el 24 de Buenos Aires y estaba mandada por el brigadier Arce. En tanto que Arce penetraba en Montevideo, Liniers, a la cabeza de 3.000 hombres, había fondeado el 30 de enero en la playa de San Francisco, al Norte de Colonia, anunciando desde allí al cabildo que en el término de cuatro días se hallaría en Montevideo. El 1.º de febrero rompió la marcha Liniers; pero el 3 dieron el asalto los ingleses por el costado del portón de San Juan. Aunque resistieron valerosamente los españoles, Ruiz Huidobro tuvo que pedir parlamento, y a las ocho de la mañana se izó la bandera inglesa en el baluarte principal de la ciudad. Cuando estas noticias llegaron a oidos de Liniers, se retiró con sus tropas a Buenos Aires. Vencedores y vencidos tuvieron pérdidas sensibles. Durante tres días, los ingleses hacían prisioneros a todos los individuos que encontraban por las calles, fuese hombre o niño, conduciéndolos a bordo de sus barcos para después trasladarlos a Inglaterra. Si Liniers faltó a la capitulación que hizo con Beresford, justo era--cumpliéndose así la pena del Talión--que Auchmuty hiciera lo mismo con Ruiz Huidobro. Entre los prisioneros que debían ser conducidos a Inglaterra se hallaba el teniente Rondeau, que tiempo adelante ganó gloria inmortal en los campos de batalla. Auchmuty, norteamericano de origen, aunque enemigo de la causa de la independencia de su país, usó moderadamente de la victoria.

Por aquellos tiempos se publicó un periódico, el primero que viera la luz en el país, con el nombre de La Estrella del Sur, cuyo objeto principal era explicar la conveniencia de sacudir el yugo español. Comparaba la grandeza de Inglaterra con la decadencia de España y el sistema liberal de la administración inglesa en sus colonias con el sistema reaccionario de la española en las suyas. Demostraba cómo pueblos que profesaban distintas religiones, lengua y costumbres, vivían tranquilos y felices bajo la dominación de la Gran Bretaña, siendo de notar que aun los mismos ingleses estaban divididos en católicos y protestantes, lo cual no impedía que todos fuesen felices bajo las mismas leyes civiles. Llenóse el Uruguay de mercaderías inglesas y en la comparación entre aquéllas y las españolas, la ventaja era de las primeras. Además de la publicación periodística y del comercio, no olvidó Auchmuty la conquista, y con este objeto ocupó a Canalones, San José y Colonia.

Considerando el citado jefe que pronto iba a llegar el general Whitelocke, quien echaría mano de todas las fuerzas disponibles para apoderarse de Buenos Aires, organizó una milicia, la cual haría todos los servicios que antes las tropas regulares.

Sin embargo de la excelente política de Auchmuty, se sentían síntomas de resistencia en todo el país contra los ingleses, bien que los alentaba desde Buenos Aires el gobernador Liniers. Descubrióse la conspiración, en la que entraban muchos vecinos de Montevideo. Presos los reos y condenados a muerte, fueron perdonados generosamente por Auchmuty.

Vino de España con el cargo de comandante general D. Francisco Javier Elío, y aunque su primer pensamiento fué apoderarse de Colonia, su torpeza hizo que se malograse una empresa que se creía segura. Al mismo tiempo llegaba a Montevideo el general Whitelocke (10 mayo 1807) y el 11 se hizo reconocer jefe de todas las fuerzas británicas. El 28 de junio desembarcó Whitelocke en la ensenada de Barragán, distante de Buenos Aires más de 60 kilómetros. Pensaba el general inglés que el general Liniers sería como el pusilánime y necio Sobremonte. No era así, y la conquista realizada fácilmente por Beresford, era a la sazón sumamente difícil. El 2 de julio se dejó ver Whitelocke por las avanzadas de la ciudad de Buenos Aires, y el 3 intimó la rendición del enemigo. El 5 derrotaron completamente los nuestros a los ingleses y el 6 aceptó dicho general las proposiciones de paz dictadas por Liniers. Se embarcaron el 17 de julio las tropas inglesas. Según lo dispuesto en las proposiciones de paz, el 7 de septiembre, dos meses después de firmada la capitulación, habían de evacuar los ingleses todos los puntos que dominaban en el Uruguay y, por consiguiente, Montevideo. Para sustituir a Ruiz Huidobro, prisionero en Inglaterra, nombró Liniers gobernador interino a Elío.

Si a primera vista parece que España salió vencedora e Inglaterra derrotada, no fué así. Los ingleses arrojaron en ambas márgenes del Plata el espíritu de independencia, la libertad de comercio y la tolerancia religiosa. Enseñaron los ingleses una verdad de importancia inmensa, cual fué que los habitantes de aquellos países eran aptos, como los españoles, para todos los cargos públicos. La Corte confirmó el nombramiento de Elío como gobernador de Montevideo, y Liniers hubo de llegar por la defensa de Buenos Aires a la cima de la gloria. Sin embargo, el malestar era general. La semilla que los ingleses habían arrojado al suelo producirá sus frutos. La independencia de los países del Río de la Plata estaba próxima.

Acerca de la toma de Buenos Aires por los ingleses, trasladaremos aquí las palabras del eminente historiador Gervinus: «Popham se apoderó de la ciudad de Buenos Aires por sorpresa el 27 de julio de 1806. La indignación que desde luego provocó en el seno del Gabinete inglés este acto arbitrario de Popham, fué sofocada por el gozo que produjeron los informes entusiásticos del almirante, que extraviaron a todo el comercio, engañando también al gobierno, y arrastrándole a aceptar estas veleidades de conquista. Los miembros reflexivos del Gabinete se vieron muy embarazados al saber el éxito obtenido en el Río de la Plata»[629]. La empresa de Popham no pudo ser más torpe. Se atrajo el odio de España, no influyó para disminuir el poder de Napoleón y recargó con gastos enormes el presupuesto de Inglaterra. Como fin de la jornada, un aventurero arrojó con un puñado de gente a los ingleses conquistadores de Buenos Aires.

[629] Hist. du XIX^e Siécle, vol. VI. pág. 77.

No debían andar bien las cosas políticas en Buenos Aires, cuando el obispo de la citada población hubo de escribir (29 mayo 1807) al príncipe de la Paz manifestándole la necesidad de un virrey con tropas veteranas para defenderse de una segunda invasión inglesa que amenazaba[630]. Luego, cambiaron de tal modo las cosas, que se acordó (7 julio 1807) un tratado definitivo entre el general en jefe de las tropas británicas y el general en jefe de las españolas[631]. El virrey interino Liniers escribió a Godoy, diciéndole que no aspiraba al mando del virreinato, deseando únicamente se le concediera el empleo de inspector general de los ramos de ingenieros, artillería, infantería, caballería y marina, en toda la América del Sur[632]. Aplausos mereció la política de Liniers en Buenos Aires al comienzo de su mando. Su gobernación fué justa y su fidelidad por Fernando VII parecía cierta, aunque algunos sospechaban de sus inclinaciones a Francia.

[630] Arch. de Indias.--Estante 124.--Cajón II, Leg.º 4. (3).

[631] Ibidem.--Estante 122.--Cajón VI.--Leg.º 25. (19).

[632] Ibidem.--Estante 125.--Cajón III.--Leg.º 20. (4.)

Acerca de la gobernación de Tucumán no debemos olvidar que fué creada por el conde de Nieva, virrey del Perú, y confirmada por Real cédula (1563) que la declaró independiente de Chile. Entre los gobernadores más notables citaremos a D. Juan Ramírez de Velasco (1586-1593), fundador de Jujuí de Rioja, en el país de los diaguitas, y de Madrid, en la confluencia de los ríos Salado y de las Piedras. Su sucesor D. Hernando de Zárate puso en defensa la ciudad de Buenos Aires--que a la sazón no formaba gobierno independiente--contra el pirata inglés Hawkins; también peleó con los indígenas. En los comienzos del siglo XVII D. Alonso de Ribera fundó un pueblo al que dió su nombre e hizo uno que llamó Talavera de Madrid, de los dos que se denominaban Madrid y Esteco. Floreció por entonces en Santiago del Estero su obispo Fray Fernando Trejo, fundador de un Seminario Conciliar en Córdoba. Durante los gobiernos de D. Nicolás de Arredondo (1789-1795), prosiguió los trabajos, encomendados a D. Félix de Azara, D. Diego de Alvear y otros hombres eminentes, para señalar los límites con las posesiones de Portugal, quedando sin realizar la demarcación entre los ríos Uruguay y Guazú por falta de conformidad.

CAPITULO XXVIII

GOBIERNO DEL PARAGUAY Y DEL URUGUAY.--CÉDULA DE FELIPE III.--GOBIERNO DE FRÍAS.--GOBERNADORES MÁS IMPORTANTES.--REDUCCIONES DE LOS JESUÍTAS.--DEPREDACIONES DE LOS INDIOS.--DECADENCIA DEL GOBIERNO.--REYES BALMACEDA.--REVOLUCIONES, GUERRA CON LOS INDIOS Y EXPULSIÓN DE LOS JESUÍTAS.--FUNDACIÓN DE POBLACIONES.--GOBIERNO DEL URUGUAY.--ESPAÑOLES Y PORTUGUESES EN EL PAÍS.--CONSECUENCIAS DE LA PERMUTA DE LA COLONIA DEL SACRAMENTO POR OTRAS COLONIAS.--VIANA, GOBERNADOR DE MONTEVIDEO Y OPOSICIÓN DE LOS JESUÍTAS.--LOS INDÍGENAS.--CAMPAÑA DE CEBALLOS, JEFE DEL GOBIERNO DE LA PLATA, CONTRA LOS PORTUGUESES: TRATADO DE 1763.--GOBIERNO DE LA ROSA Y EXPULSIÓN DE LOS JESUÍTAS.--EL GAUCHO.--EXPEDICIÓN DE SAMPAYO.--EL CABILDO.--GOBIERNOS DE VIANA Y DEL PINO, DE TEJADA Y DE OLAGUER FELIÚ: REFORMAS.--BUSTAMANTE Y RUIZ HUIDOBRO.--EL CABILDO.--LOS CHARRÚAS.--CALAMIDADES EN EL PAÍS.

Ya se dijo en su lugar respectivo que comprendiendo Felipe II que el gobierno del Paraguay era demasiado extenso para ser regido por un sólo jefe, mediante una Cédula del 16 de diciembre de 1617 creó dos gobiernos: el del Río de la Plata (Buenos Aires, Santa Fe, San Juan de Vera y Concepción del Bermejo), y el del Guairá o Paraguay (Asunción, Ciudad Real, Villa Rica y Jerez).

Continuó de gobernador en el Paraguay el ya citado Manuel Frías (1620-1626), quien empeñado en no vivir en compañía de su mujer doña Leonor Martel de Guzmán, hija de Ruiz Díaz de Melgarejo, se atrajo las censuras de Torres, obispo de la Asunción; pero la Audiencia de Charcas falló el pleito en favor del gobernador, que falleció en Salta cuando iba a ocupar de nuevo el mando. Sucedióle Diego de Rego (1626-1631), que nada hizo digno de contarse. Ejemplo de malos gobernantes fué Luis Céspedes García Xaria, acusado tal vez con motivo de andar en tratos con los indios brasileños (tupíes y mamelucos), para reducir a la esclavitud a guaraníes y venderlos en la provincia de Río Janeiro. La Audiencia de Charcas le puso preso (1631) y le condenó a pagar la multa de 12.000 pesos, quedando destituído. A Martín Ledesma Valderrama sucedió Pedro de Lugo y Navarro, que comenzó a gobernar el año 1636: en guerra con los mamelucos y tupíes, abandonó sus tropas, las cuales alcanzaron sin embargo una gran victoria. Llamado a España, murió en el viaje. Gregorio de Henestrosa, natural de Chile, que se encargó del gobierno el año 1641, y de quien se cuenta que se vió obligado a expulsar del Paraguay al obispo Fray Bernardino de Cárdenas, enemigo declarado de los jesuítas. Luego, el dicho prelado consiguió, no sólo volver a la Asunción, sino ser nombrado gobernador, haciendo entonces cerrar el Colegio de la Compañía y expulsar de la ciudad a los hijos de Loyola. Destituído el prelado por la Audiencia de Charcas y después de los breves gobiernos de Diego de Escobar Osorio y de Sebastián de León y Zárate, en cuyo tiempo volvieron los jesuítas, fué nombrado Andrés Garavito de León (1650), natural de Lima, sabio legista, que venció con auxilio de los guaraníes a los mamelucos y guaicurúes. Cristóbal de Garay y Saavedra (1653-1656), nieto del famoso Juan de Garay, fué nombrado gobernador.

En su lugar respectivo haremos detenida relación de las Reducciones de los jesuítas en el Perú, Buenos Aires, Uruguay, Brasil y en particular en el Paraguay. El gobernador Juan Blazquez Valverde (1656-1659), fué defensor de los hijos de Loyola. Respecto a las depredaciones de algunas tribus no tuvo energía para contenerlas. Por el contrario, Alonso Sarmiento de Sotomayor y Figueroa (1659-1663), puso una barrera a las invasiones de los indios enemigos. Como se levantasen las tribus del Norte del Paraguay, sufrieron severo castigo y los jefes fueron ajusticiados. También contuvo a los guaraníes y payaguáes, que continuaban sus depredaciones. Juan Diez de Andino (1663-1671), siguió la guerra con algunas tribus, y don Felipe Rego Corbalán no pudo contener las invasiones de los mamelucos ni las tropelías de los guaicurúes en Atirá. Gobernó el cabildo juntamente con el licenciado Diego Ibáñez de Faría (1676-1684), después Antonio de Vera Múgica y en seguida Alonso Fernández Marcial, no ocurriendo hechos dignos de especial mención. En tiempo de Francisco de Monforte (1691) se comenzó a construir la catedral de la Asunción, cuya obra se terminó a los tres años, esto es, el 1693. Tan odioso se hizo don Sebastián Felix de Mendiola (1691-1696), que los paraguayos le redujeron a prisión y le mandaron con grillos a Buenos Aires. Apenas hay noticias de Juan Rodríguez Cota (1696-1702), Antonio de Escobar y Gutiérrez (1702-1706), Baltasar García Ros (1706-1707) y Manuel de Robles Lorenzana (1707-1713); pero de Juan Gregorio Bazán de Pedraza (1713-1717), debemos decir que dió comienzo a dos poblaciones: una en el valle de Guarmipitán y otra en Curuguati; la primera para contener a los guaicurúes y la segunda a los mamelucos. A Antonio Victoria sucedió Diego de los Reyes Balmaceda (1721-1725). En la historia del Paraguay se señala por su importancia el gobierno de Balmaceda, pues aquel país fué teatro del primer acto de independencia. Acusado Balmaceda de varios delitos, la Audiencia de Charcas nombró juez pesquisidor a José de Antequera, natural de Lima. De las pesquisas hechas resultó culpable el gobernador, siendo nombrado el mismo Antequera por el virrey de Lima para reemplazarle; pero Diego de los Reyes, que contaba con el poderoso apoyo de los jesuítas, logró que el citado virrey le devolviese el gobierno. Ni Antequera ni el cabildo obedecieron la orden. Balmaceda se refugió en el territorio de Corrientes, donde gozaba de las simpatías de los indios de las misiones. Vióse obligado el virrey del Perú a enviar tropas contra Antequera, quien tuvo que huir. A Balmaceda sucedió en 1725 Martín de Barna. En su tiempo, Fernando Mompó, de acuerdo con Antequera, pretendió insurreccionar el país, intitulándose presidente de la provincia del Paraguay. Al gobierno de Ignacio de Soroeta (1730) sucedió la Junta gubernativa presidida por José Luis Barreiro, después Manuel de Garay, luego Antonio Ruiz de Orellano, en seguida Cristóbal Domínguez de Obelar, y últimamente Isidoro Mirones y Benavente. Nombrado por la corte de España Manuel Agustín de Ruiloba (1733), fué muerto en Guayaibití en un combate contra los comuneros. Juan Caballero de Añosco (1733) nada hizo de particular y le sucedió en el citado año el obispo Fray Juan de Arregui, quien pronto se arrepintió de haber aceptado y se retiró a Buenos Aires, dejando el gobierno a Cristóbal Domínguez de Obelar (segunda vez). Ante el desorden que reinaba en el Estado, Bruno Mauricio de Zabala, se encargó de restablecer la paz en el Paraguay y al frente de 6.000 indios atacó a los rebeldes y les venció, pasando por las armas a los jefes y entrando en la Asunción (junio de 1735). Así terminó la revolución de los comuneros. Martín José de Echaurri (1735-1741) restableció la tranquilidad en el país; Rafael de la Moneda (1741-1747) fundó al norte la villa de Emboscada con 6.000 negros y mulatos libres y sometió a los payaguaes obligándoles a establecerse cerca de la Asunción; Marcos José de Larrazabal (1747-1750) derrotó a los abipones; Jaime Sanjust (1750-1761) fomentó el cultivo del tabaco y José Martínez Fontes (1761-1762) hizo la paz con los abipones y con ellos fundó en el Chaco la Reducción del Timbó. A Fulgencio Yegros y Ledesma (1762-1766), le sucedió Carlos Morphi (1766-1772), bajo cuyo gobierno fueron expulsados los hijos de Loyola, pasando las misiones a cargo de los frailes dominicos, franciscanos y mercenarios. Desde entonces las misiones fueron decayendo, si bien por otro lado se aumentó la industria, pues bajo el gobierno de Morphi se fundaron los pueblos de Carimbatay, Ibicuí, Pirayú, Carayaó y Caacupé, aumentando también el número de habitantes de la capital.

Consignaremos de igual manera que durante el gobierno de Agustín Fernández de Pinedo (1772-1778) se fundaron otras poblaciones y se creó el virreinato de Río de la Plata, del cual fué el Paraguay una de sus intendencias. El primer gobernador de la intendencia se llamaba Pedro Melo de Portugal (1778-1785) y en su tiempo se echaron los cimientos de Humaitá, Curupaity, Arroyos y Esteros, Ibitimí y otros, con las importantes villas del Pilar, del Rosario y de San Pedro. Recordaremos que en 1783 se fundó el Colegio Real y Seminario de San Carlos, aumentando de un modo considerable la industria. Aumentó el ganado vacuno, lanar y caballar, se plantaron muchos árboles, se explotaron los prados, se cultivó el algodón y adquirió importancia la fabricación de la miel. Abriéronse caminos y los montes dieron maderas de construcción en abundancia.

Joaquín Alós y Brú (1785-1796) continuó el impulso dado por su antecesor a la colonia y se opuso al avance de los portugueses. Lázaro de Rivera y Espinosa de los Monteros (1796-1806) decretó un censo de población, resultando que en el primer año de su gobierno había en el país 97.480 habitantes. Declaróse (1803)--lo cual será siempre un timbre de gloria--la igualdad de derechos entre los indios y los criollos.

Durante el siglo XVI y parte del XVII los españoles apenas hicieron caso de los indígenas del Uruguay. En lucha los chanaes con los charrúas, aquéllos solicitaron la ayuda de D. Diego de Góngora, gobernador de Buenos Aires, quien se limitó a enviarles algunos misioneros (1622). Tres años después el gobernador D. Francisco de Céspedes mandó al Padre Bernardo de Guzmán y a otros dos franciscanos, para que fundasen varias Reducciones. Conocido entonces por los españoles de Buenos Aires la fértil tierra y el benigno clima del Uruguay, comenzaron a criar ganados, sacando también de allí maderas de construcción y para combustibles. Cada vez más encariñados los españoles con la Banda Oriental, cuando vieron a los portugueses avanzar hacia el Río de la Plata, se decidieron a ocuparla de una manera definitiva, pues hasta últimos del siglo XVII había sido habitada únicamente por indígenas. El Uruguay fué la manzana de la discordia arrojada a españoles y portugueses. D. Manuel Lobo, gobernador del Brasil, al frente de algunas tropas con su correspondiente artillería, se presentó (1679) en la costa Oriental, fundando una población, frente a la isla de San Gabriel, que llamó Colonia del Sacramento. Protestó de ello D. José Garro, gobernador de Buenos Aires, e intentó arreglar el asunto mediante negociaciones pacíficas; pero todo fué en vano y no hubo más remedio que echar mano a las armas. Mandó Garro a Vera Mújica, maestre de campo, con 300 españoles y 3.000 guaraníes, para que desalojara a los brasileños de la Colonia del Sacramento. Después de tenaz lucha fueron arrojados los brasileños, comenzando las reclamaciones diplomáticas entre las cortes de España y Portugal, cuyo resultado fué que Carlos II devolvió la Colonia, aunque en calidad de depósito. Muchos perjuicios causó a España la citada devolución, por cuanto dicha Colonia se constituyó en foco de contrabando. Pasado algún tiempo, Portugal se declaró en contra de Felipe V de Borbón, lo cual fué motivo para que el general García Ros marchase de Buenos Aires al frente de 13 compañías y 4.000 guaraníes para apoderarse de la codiciada posesión. El territorio que tanta sangre había costado conquistarle, se perdió a los diez años, pues fué devuelto a Portugal, según una cláusula del tratado de Utrech celebrado el 1715.

Ya sabemos que después de Zabala y de Salcedo, gobernadores de Buenos Aires, aumentó la importancia de la Colonia del Sacramento.

Aunque don José Joaquín de Viana recibió su título (22 diciembre 1749) creándole gobernador de Montevideo y coronel de los ejércitos reales, hasta el 14 de marzo de 1751 no tomó posesión de su destino. En seguida comenzó el sargento mayor D. Manuel Domínguez, al frente de 220 hombres, la campaña contra los charrúas, consiguiendo derrotarles completamente.

Pero lo más interesante por entonces y en cuyo asunto se hallaban fijas las miradas, era el tratado de límites concluído con los portugueses. Conviene recordar lo que se dijo en el capítulo XXVII acerca del cambio de las siete misiones españolas con la portuguesa Colonia del Sacramento. Para llevar a feliz término el dicho tratado de límites, llegó al puerto de Montevideo la comisión nombrada por el gobierno español (27 enero 1752), y de la cual formaba parte el marqués de Valdelirios. Tenía interés en resolver pronto y bien el asunto, porque él había nacido en Huamanga (Perú), era miembro del Consejo de Indias y gozaba fama de hábil y enérgico. Después de varias consultas y pareceres, habiendo leído la exposición del obispo de Tucumán, del gobernador del Paraguay Sant Just, del provincial de los jesuítas Padre Barreda y de los Padres Altamirano y Córdova, se decidió a hacer la nueva designación de límites, entregando las misiones a los portugueses y recibiendo en cambio la colonia. Pesaba en el ánimo del marqués de Valdelirios la opinión de D. José de Andonaegui, gobernador de Buenos Aires. Todos los jesuítas, como un solo hombre, combatieron las medidas tomadas por Valdelirios. Sin embargo, después de tres meses de conferencias se eligieron los sitios adonde habían de trasladarse las Reducciones. A la Reducción de San Luis se le señaló un sitio entre la laguna Iberá y el río Santa Lucía; a la de San Lorenzo una isla grande en el Paraná; a la de San Miguel terrenos al Sudeste sobre el río Negro; a la de San Juan un trozo de tierra insalubre que lindaba con el pantano de Neembucú; á la de San Angel terrenos al Norte de la Reducción de Corpus; a la de San Francisco de Borja terrenos sobre el Sur del Queguay en jurisdicción de los charrúas, y a la de San Nicolás tierras sobre una curva del Paraná entre Itapua y Trinidad. El Padre Altamirano recibió el encargo de dar prisa para que la traslación se verificase cuanto antes, entregando al mismo tiempo a los jesuítas, para obviar dificultades, la cantidad de 28.000 pesos[633]. Era evidente que los nuevos terrenos designados a los indígenas eran inferiores a los que habitaban primeramente, así que se quejaban con razón guaranís y jesuítas. Valdelirios, considerando ya terminado el objeto principal de su cometido, marchó a avistarse con el comisario portugués, que era Gomes Freire de Andrade, después conde de Bobadela. Se puso en marcha, camino de Maldonado, y en las inmediaciones del Cerro de Navarro se abrieron las conferencias, que terminaron con la mayor alegría. Hubo bailes y serenatas. Sin embargo, mientras se verificaba el arreglo de la demarcación y el Padre Altamirano intentaba convencer a los pueblos de la conveniencia de transmigrarse, se alzaron en rebelión las Reducciones de San Luis y de San Nicolás, siguiendo después las otras, excepción sólo de la de San Lorenzo, cuyos habitantes ocuparon la isla que se les dió sobre el Paraná, edificando una iglesia y otros edificios públicos.

[633] Diario de Andonaegui sobre la evacuación de los siete pueblos guaranís de las Misiones situadas al Oriente del Uruguay (M. S).

Daba prisa Gomes Freire para que pronto se arreglase el asunto, instaba Valdelirios al Padre Altamirano, y el Padre Altamirano no dejaba en paz a los curas doctrineros; pero todo en vano. Tanta oposición encontró el citado Padre, y tantas calumnias se levantaron contra él, que perseguido y fugitivo marchó a Buenos Aires.

Decidido a todo Valdelirios pidió a la Iglesia que lanzase sus rayos sobre la cabeza de los contumaces, y así lo hizo el obispo de Buenos Aires, «privándose--escribe Bauzá--a sus moradores hasta de los sacramentos del bautismo y extremaunción, que es discutible si tenía facultad de negarles aquel prelado»[634]. Decían los españoles que el Rey tenía derecho a disponer de sus territorios, y los indígenas contestaban que era una iniquidad entregarles a los portugueses, hallándose decididos a no consentirlo. La impresión que causó en los portugueses la resistencia la expresó perfectamente el bardo de esta triste epopeya, cuando dijo:

[634] Ob. cit., tomo II. págs. 97 y 98.

«Quem podía esperar que uns indios rudes sem disciplina, sem valor, sem armas, se atravessassen no caminho aos nossos, e que lhes disputassem o terreno!»[635].

[635] Basilio da Gama, O Uruguay, canto I.

En una conferencia celebrada en Buenos Aires, a la que asistieron Andonaegui, Valdelirios y demás comisarios con el Padre Altamirano, se acordó, a instancia del religioso, que se hiciera salir de los pueblos a los curas doctrineros, a los cuales, dado el cariño que les profesaban, seguirían los indígenas. No pudo realizarse el acuerdo anterior porque los indios no dejaron salir a los curas.

Acordóse apelar a las armas. No quedaba otro camino. Andonaegui reunió sus fuerzas, y con el auxilio de Gomes Freire se dispuso a combatir a los desobedientes indígenas. Pelearon en Daymán, perdiendo los indígenas 230 hombres y 72 prisioneros, hallándose entre los últimos el cacique Rafael, que--según Andonaegui--«era grandísimo pícaro y uno de los movedores de los pueblos.» Cartas de Valdelirios, tan poco prudentes como oficiosas, dirigidas a Andonaegui, obligaron a dicho general a emprender la retirada. También el general portugués Gomes Freire, después de combatir sin descanso un día y otro día, pidió un armisticio, que se firmó el 18 de Noviembre de 1754, y cuyas cláusulas fueron las siguientes: «1.ª Que ni una ni otra parte se harían daño hasta tanto que se diese la última y definitiva sentencia por los reyes de España y Portugal, acerca de las quejas dadas y perdón de los indios, o hasta tanto que el ejército español no volviese otra vez a campaña. 2.ª Que ambas partes se volverían a sus tierras, y que ni una ni otra nación pasaría el río Grande. 3.ª Que los indios serían cautivos si pasasen el río yendo a las tierras de los portugueses, y mútuamente los portugueses lo serían de los indios si ellos intentaren pasar á sus tierras»[636]. Valdelirios y los suyos lamentaban aquel pacto, al paso que los jesuítas, llenos de alegría, se creían invencibles. Enemigos y amigos del tratado fueron sorprendidos por la noticia de la muerte del ministro Carvajal, principal autor del presente estado de cosas. Si los primeros creían que Dios castigaba con la muerte al incrédulo Carvajal, los segundos presentían grandes calamidades por el triunfo de los hijos de Loyola. Andonaegui considerábase vencido, no por el poder de los indígenas, sino por los rigores de la estación y la escasez de víveres. Por su parte, Fernando VI hubo de declarar que creía a los jesuítas autores de la insurrección de los indígenas y llegó a despedir a su confesor, que era jesuíta.

[636] Diario de Henis, pár. 60.--Bauzá, ob. cit., tomo II, págs. 111 y 112.

Iba otra vez a comenzar la guerra, encargándose de dirigirla el gobernador de Buenos Aires, Andonaegui, llevando por segundo jefe a Viana, gobernador de Montevideo. Vino a entorpecer los comienzos de la guerra una cuestión enojosa entre Viana y el cabildo. Habiendo nombrado Viana como teniente general suyo a D. Pedro León de Romero y Soto, se opuso a ello el cabildo en tanto que el agraciado no prestase las fianzas correspondientes, ni presentara la aprobación de la Real Audiencia del distrito. Molestado Viana por la oposición, hubo de dirigirse al cabildo en forma destemplada e injusta en un oficio, llegando a reducir a prisión al alguacil mayor. Arregladas al fin las cosas, comenzó la campaña dirigida por Andonaegui, Viana y Gomes Freire. El 6 de febrero se presentaron los indios deseosos de reñir con sus enemigos. Atacóles Viana, logrando una victoria: entre los mulatos, estaba el cacique Sepee, general en jefe de los sublevados. A Sepee sucedió Nicolás Ñanguirú, hombre tan bueno como rudo. Los españoles, enemigos de los jesuítas, propalaron la especie calumniosa de que se intituló Nicolás I, rey del Paraguay y emperador de los mamelucos. Ni Rey, ni Emperador pretendió nunca ser el antiguo y rudo pastor; cuya única habilidad--según refieren los cronistas--fué tocar el violín. Atacaron españoles y portugueses a los indios (10 febrero 1756) que ocupaban la cima del cerro Kaibaté, armados de flechas y de hondas. Las pérdidas de los aliados fueron cuatro muertos y 40 heridos, incluyendo dentro de los últimos a Andonaegui entre los españoles y al coronel Osorio entre los portugueses. Los indígenas tuvieron 1.511 muertos y 154 prisioneros, perteneciendo casi todos a las Reducciones del Uruguay. Continuó su camino el ejército aliado, y cuéntase que al llegar Viana a San Miguel, de cuya población no tenía idea alguna, hubo de exclamar en voz alta: «¿Y éste es uno de los pueblos que nos mandan entregar a los portugueses? Loca debe estar la gente de Madrid para deshacerse de una población que no tiene rival en ninguna de las del Paraguay.» Se entregaron los indígenas de San Miguel, después los de San Juan, y en seguida los de San Lorenzo. Por cierto que Henis, uno de los Padres que fueron presos en la última población, hubo de decir a Viana: «Al Rey no le han costado nada estos pueblos; somos nosotros quienes los hemos conquistado con el Santo Cristo en la mano. S. M. no puede entregarlos a los portugueses, y si yo estuviera en la corte, le informaría de modo que tal entrega no había de verificarse»[637]. Si indígenas y jesuítas transigían con los españoles, odiaban a muerte a Gomes Freire y a los portugueses. Comenzó la marcha de los emigrantes. Dejaban hermosos pueblos por tierras insalubres y mortíferas. No hubo compasión para los pobres indios. Hallándose Viana en el paraje denominado el Salto, donde había de esperar a Valdelirios, echó los cimientos de una ciudad que tomó el nombre de dicho paraje (noviembre de 1756). Llegó a Buenos Aires don Pedro de Ceballos, que venía de España a sustituir a Andonaegui, e inmediatamente se dirigió a San Francisco de Borja, donde recibió a muchos caciques y pueblo; Valdelirios pasó a San Nicolás; Viana se puso al frente de su gobierno de Montevideo, y Andonaegui se preparó a marchar a España. Aunque ofrecía Gomes Freire que todo se hallaría arreglado en el siguiente año, el estado de las cortes de Portugal y España fué causa del aplazamiento de la cuestión de límites. En Portugal se hallaba arruinado el Tesoro público, contribuyendo a ello los gastos de la expedición de misiones, y también el terremoto que destruyó gran parte de Lisboa. En España todo se hallaba paralizado por la muerte de la reina Bárbara y la enfermedad de Fernando VI. En el año 1759 marchó Gomes Freire a Janeiro, dejando por apoderado suyo a don Custodio de Saá y Faría. Tiempo adelante y después de siete años de tratos, disgustos y guerras, los negociadores rompieron toda clase de compromisos, y las cosas volvieron a su primitivo estado.

[637] Relación de los servicios de Viana (M. S).--Bauzá, ob. cit., tomo II, pág. 136.

Es cierto que los jesuítas se opusieron al tratado de Madrid; pero también es cierto que la entrega de las misiones uruguayas, si perjudicaba a los jesuítas, no perjudicaba menos a los indígenas y a la monarquía española. Así lo creía D. Carlos, rey de las Dos Sicilias, y luego rey de España con el nombre de Carlos III, debiéndose advertir que el citado monarca era enemigo de la Compañía de Jesús. Si provocaron los jesuítas el alzamiento de unas cuantas misiones, como afirman algunos, ¿por qué no las sublevaron todas, en cuyo caso hubieran puesto en un verdadero conflicto a España y Portugal juntos?

El marqués de Valdelirios, terminada la guerra, se dedicó a restañar las heridas del país. Levantó fortalezas para prevenir las invasiones de los indios bravos; fundó la ciudad de Maldonado; aumentó y embelleció a Montevideo. Al subir al trono Carlos III, uno de sus primeros hechos fué obtener de Portugal la anulación del tratado de Madrid, lo cual se consiguió mediante un convenio firmado en El Pardo (12 febrero 1761) entre los plenipotenciarios de ambas Coronas. Cuando los portugueses tuvieron noticia del ajuste, ni tardos ni perezosos, ocuparon terrenos en las fronteras del Uruguay, llevándose al interior del Brasil muchas familias indígenas pertenecientes a las Reducciones uruguayas, algo así como con visos de esclavitud. También Ceballos, correspondiendo a la actividad de los portugueses, se dirigió a Gomes Freire, pidiéndole, ya la devolución de los terrenos detentados, ya el libre regreso a sus hogares de las familias que se habían llevado. Sordo se hizo Gomes Freire lo mismo a la primera comunicación que a otras posteriores, llegando a tal punto su deseo de molestar a España que, entrado el año 1762 hizo levantar una fortaleza que denominó de Santa Teresa, en territorio de Maldonado, sin disputa alguna perteneciente a nuestra nación. La cuestión iba a decidirse por las armas y a la guerra se preparó Ceballos. Ya España, en virtud del Pacto de familia, había roto sus relaciones con Inglaterra y casi también con Portugal, dada la alianza y amistad entre estas últimas naciones. Ceballos recibió órdenes terminantes del gobierno español para que reivindicase los terrenos usurpados por el Brasil e inmediatamente hizo levantar una batería de 7 cañones enfrente de la enemiga ciudad de Colonia. A la carta que dirigió Fonseca, oficial que mandaba la guarnición de Colonia, a Ceballos preguntándole qué se proponía con los trabajos de fortificación que estaba haciendo, respondió el general español «que cada uno en su casa podía hacer lo que le pareciese.» Después de una segunda reconvención de Fonseca, que no obtuvo respuesta, comenzó el fuego en la noche del 5 de octubre y que siguió en los días sucesivos, hasta que el 2 de noviembre salían los portugueses con los honores de la guerra y entraba Ceballos en Colonia. En tanto que se obtenía victoria tan gloriosa, una división portuguesa de 500 hombres amenazaba desde el Chuy a Maldonado y una escuadra anglo-portuguesa, compuesta de 11 naves, bajo las órdenes de M. Macnamara, bombardeaba las costas del Río de la Plata y se presentaba de improviso frente a Colonia (6 enero 1763). Ceballos, enfermo como estaba, se lanzó a la pelea, y, entusiasmando a los soldados, logró que una bala de la plaza incendiase el navío Lord Clive, que montaba Macnamara, muriendo la mayor parte de la tripulación y el mismo almirante. Dícese que cuando Gomes Freire supo la muerte de Macnamara y que se había perdido en las Indias occidentales el navío que llevaba el nombre glorioso del gran conquistador inglés en las orientales, murió de pena. Por su parte Ceballos dirigió un oficio a Viana, que terminaba del siguiente modo: «Hemos palpado nuevamente la especial protección con que Dios milita por nosotros, y por lo mismo debemos dar a su Divina Majestad las gracias, a cuyo efecto dispondrá V. S. se cante el Te Deum en la iglesia matriz de esa plaza, con la solemnidad y concurrencia que en semejantes casos se acostumbra»[638]. Ceballos salió de Colonia el 19 de marzo (1763) al frente de 300 dragones, camino de Maldonado, cuyo trayecto de 80 leguas recorrió en diez días. Organizó las fuerzas y el 8 de abril salió de la plaza, y a los siete días de marcha, llegó al arroyo de Castillosgrandes, donde descansó un día, franqueando el penoso albardón de tres leguas, a cuyo extremo se halla el fuerte de Santa Teresa, guarnecido por 1.500 hombres y 13 cañones, al mando del coronel D. Luis Tomás Osorio. El 18 por la mañana comenzó el ataque y al llegar la noche desertaron del fuerte 1.200 portugueses, teniendo que rendirse Osorio el 19 con 25 oficiales y 280 dragones.

[638] Véase Bauzá, ob. cit. tomo II, pág. 166.

Ocupado Santa Teresa, dispuso el general que tres cuerpos de ejército persiguiesen a los fugitivos, los cuales se desbandaron en todas direcciones, cayendo muchos prisioneros y entregándose el fuerte de San Miguel y el pueblo de Río Grande. Recogiéronse cañones, morteros, bombas, balas y mucha cantidad de pólvora en Santa Teresa, San Miguel y Río Grande. Vino a añadir una página de buen político a su historia militar la fundación que con el nombre de San Carlos (en honor del Soberano reinante), hizo Ceballos en el sitio que llamaban Maldonado chico (1762). Cuando la fortuna no se separaba de Ceballos, vino a cortar la carrera de sus glorias el tratado de París (10 febrero 1763), en que Inglaterra, Francia y Hannover ponían fin a la guerra conocida con el nombre de los Siete años. Francia dió a España la Luisiana como indemnización de las Floridas, cedidas por nuestra nación a Inglaterra en cambio de Cuba y Filipinas. Los portugueses recobraban la Colonia, que se les entregó el 24 de diciembre del mismo año, quedando los españoles en posesión de Río Grande y de todos los fuertes conquistados, haciendo valer por ello el tratado de Tordesillas. Como dice muy bien Bauzá, mostraron habilidad los portugueses e ineptitud los españoles, cuando aquéllos, fuera como fuese la suerte de las armas, consiguieron conservar siempre la Colonia del Sacramento[639].

[639] Véase Hist. de la dominación española en el Uruguay, tomo II, pág. 169.

El coronel graduado, teniente coronel del regimiento de Galicia, don Agustín de la Rosa Queipo de Llano, llegó a Montevideo (abril de 1764) y tomó posesión del mando el 8 del mismo mes. Una de las primeras medidas fué contener las demasías de los fugados de los presidios del Brasil y de otros puntos de América. A los presidiarios se unían otras gentes maleantes, y todos formaban una especie de población militar con sus correspondientes jefes. Si tales gentes estaban acostumbradas al robo y saqueo, no esquivaban el encuentro de la tropa regular. Vino también a aumentar el malestar la imposición de tributos de que estaba dispensada la ciudad por el acta de su fundación. Negóse el Rey a lo solicitado por el cabildo, y desde entonces quedó vigente el impuesto del derecho de alcabala.

Mientras esto pasaba en el interior, nuevas complicaciones surgían por lo que a Uruguay respecta entre los gobiernos de Madrid y Lisboa. En el tratado que puso fin a la guerra, se dispuso que España devolviese a Colonia, reservándose Río Grande de San Pedro y las islas de Martín García y Dos Hermanas, que eran exclusivamente suyas. Sin embargo, el ministro portugués cerca del gobierno de Madrid, requirió (6 enero 1765), no sólo la entrega de Colonia, sino las que acabamos de citar como propiamente españolas, con otros territorios y puertos de que los portugueses habían sido desalojados durante la guerra. El marqués de Grimaldi, en nombre del gobierno, se negó a satisfacer las demandas de Portugal. Si la corte de Lisboa no hizo hincapié en sus pretensiones, el virrey del Brasil no tuvo reparo en engañar con buenas palabras a D. Francisco Bucarelli, sucesor de Ceballos en el gobierno del Río de la Plata. El 29 de mayo, el coronel José Marcelino de Figueredo, segundo de José Custodio de Saá y Faría, se presentó a la cabeza de 800 hombres embarcados en varios buques ante la villa de Río Grande de San Pedro para tomarla por sorpresa. Los nuestros rompieron el fuego sobre la flotilla, que tuvo que retirarse fuertemente castigada. El gabinete de Lisboa, solicitado por el de España, y tal vez a disgusto, no tuvo más remedio que condenar a sus oficiales de América. A pesar de ello, siguieron los portugueses dueños de los territorios y puntos que acababan de usurpar, porque otro asunto de más monta preocupaban a Carlos III y a su gobierno. El asunto a que nos referimos era la expulsión de los jesuítas de todos los dominios españoles. Ya habían sido expulsados de Portugal por el marqués de Pombal, ministro de José I, y de Francia por el duque de Choiseul, ministro de Luis XV. Los de España siguieron la misma suerte (abril de 1767) y los de Montevideo (julio de 1767); el número total de los expulsados en las provincias del Río de la Plata fué de 397 individuos, incluyendo a los misioneros de los moxos y chiquitos. Faltaríamos a la verdad si no dijésemos que los indígenas ganaron poco o nada al cambiar de gobierno y muchos de aquéllos pasaron, no queriendo sufrir la tiranía y codicia de las nuevas autoridades, a poblar las campiñas de Montevideo y Maldonado, hasta entonces casi yermas, y que pronto se convirtieron en terrenos agrícolas. En el correr de los tiempos uniéronse los indios civilizados de las Reducciones con los salvajes, y las mujeres de unos y de otros con los españoles y portugueses, importando poco que tanto los españoles como los portugueses procedieran de las cárceles de España y del Brasil.

De elementos tan diversos nació el gaucho. «El gaucho venía a ser--escribe Bauzá--el resultado de todas las fusiones, y como el primer eslabón de la nueva y definitiva raza que había de ocupar el suelo. Todo indica, desde el día de su presentación en la escena social, que por su carácter, costumbres y afecciones, se creía verdaderamente dueño de la tierra. Sin embargo, los primeros gauchos no eran todos uruguayos: se les llamaba indistintamente gauchos o guaderios, y muchos de entre ellos componían el número de los portugueses y españoles fugados de presidio, y refugiados en el Uruguay, merced a la tolerancia de los habitantes de los campos. El nombre de gaucho era sinónimo, en sus primeros tiempos, al de holgazán o malhechor; después se hizo extensivo a los que vagaban sin quehaceres fijos provistos de una mala guitarra, entonando coplas ajenas o propias, y a los que sobresalían en las pendencias y en la galantería rústica de los desiertos. Lo numeroso de las familias permitía que no todos los varones se dedicasen al trabajo, rudimentario de suyo en aquellos tiempos, y de ahí que estimulados por la facilidad de alimentación y la simpatía inspirada por las hazañas personales, muchos se sintiesen inclinados a la vida andariega, particularmente los que se creían de sobra en su casa»[640].

[640] Lazarillo de ciegos caminantes.--Bauzá, Ob. cit., tomo II, págs. 193 y 194.

Cundía el malestar en Montevideo. El gobernador La Rosa carecía de dotes políticas. Más astutos los portugueses y el virrey Azambuya, al mismo tiempo que despojaban a España de sus territorios en el Río de la Plata, extendían su comercio por todas partes. Como si todo esto fuera poco, comenzaron a propagar el abandono de España por lo que a la religión respecta, afirmando que era un caso de conciencia no consentir que se perdiese la fe de los indios de las misiones. Llegaba a tal punto el descaro de nuestros vecinos que censuraban acremente al rey de España por haber expulsado a los jesuítas, cuando el gobierno de Portugal había sido el primero que dió la señal de la persecución de la Compañía.

Poniendo manos a la obra, cuando corría el año 1770 partió de San Pablo militar expedición bajo las órdenes del teniente coronel Alonso Botello de Sampayo, con ánimo de reducir nuevamente los indios a la fe católica. Aunque no se habían separado de dicha fe, Sampayo comenzó su cruzada destacando al capitán Silveyra Peixoto, quien penetró por la vía del Paraná a tomar posesión de las tierras de los infieles y proceder luego a su conversión. D. Francisco de Zavala, gobernador de las misiones, no pensaba lo mismo que Sampayo. Púsose sobre las armas, sorprendió a Silveyra y a los suyos, mandándoles presos a Buenos Aires como infractores de los pactos y perturbadores de la paz. Tomó entonces extraña determinación Sampayo, cual fué retirarse de aquellos lugares, no como soldado vencido, sino como misionero que se ve desdeñado por los mismos a quienes iba a hacer el bien. La ridícula expedición de Sampayo anunciaba para el porvenir grandes males entre españoles y portugueses. Así lo comprendió el prudente gobernador de Buenos Aires y así lo comprendió también el violento gobernador La Rosa.

Era La Rosa uno de esos hombres que si carecía de cualidades de gobernante, había sabido granjearse la estimación de poderosos personajes de la corte. En poco tiempo había llegado a obtener el empleo de brigadier. En cambio, el cabildo de Montevideo no le quería por su carácter arbitrario y por su codicia. Con la misma moneda pagaba La Rosa al cabildo. Con motivo de unas elecciones (1771) de nuevo cabildo, se rompió la aparente armonía entre ambas autoridades, llegando el gobernador a reducir a prisión lo mismo al alcalde de primero y segundo voto que al alguacil mayor. En queja se dirigió el cabildo al gobernador de Buenos Aires, D. Juan José de Vertiz, quien se puso en absoluto al lado de la autoridad popular, según lo indicaba el siguiente oficio: «Conviniendo al Real servicio el que el brigadier D. Agustín de La Rosa, gobernador de esa plaza, pase a esta ciudad, he ordenado ocupe interinamente este empleo el mariscal de campo D. José Joaquín de Viana, quien tiene acreditadas su conducta, integridad y demás circunstancias que le hacen recomendable»[641]. Continuó el cabildo el proceso contra La Rosa; pero, contra lo que se esperaba, se le castigó solamente con la pérdida del empleo de gobernador. Era creencia general que sus poderosos amigos en la corte habían influído para que el asunto se resolviese de aquel modo.

[641] L. C. de Montevideo.--Bauzá, ob. cit., tomo II, p. 205.

Mientras que La Rosa se marchaba á España, Viana, gobernador interino, procuraba adquirir recursos, ayudándole en su empresa el cabildo. Con fecha 16 de febrero de 1771 hizo el gobernador presente al cabildo la necesidad de socorrer al Rey con algunos recursos, dándose el caso de que, por indicación de Viana, nombrase la autoridad popular a D. José Mas y D. Bruno Muñoz para que fueran «de casa en casa y de tienda en tienda a recoger los donativos voluntarios.» También Viana y el cabildo estuvieron conformes en la necesidad de castigar los homicidios y robos, cada día más numerosos en la campiña. Otras reformas se llevaron a cabo por ambas autoridades con el beneplácito de Vertiz, gobernador de Buenos Aires. También por entonces familias indígenas echaron los cimientos de la actual ciudad de Pay-Sandú.

Por enfermedad de Viana se encargó del gobierno (10 febrero 1773) el teniente coronel D. Joaquín del Pino, ingeniero jefe de estas provincias. Inauguró del Pino su gobierno (1773) dando pruebas de energía, lo mismo en los asuntos interiores que en sus relaciones exteriores. Con la ayuda de Vertiz, gobernador de Buenos Aires, logró purgar de malhechores y de toda clase de enemigos al país. Vertiz y Pino, contando con el apoyo del gobierno de Madrid, pensaron fortificar a Montevideo y Maldonado. Ciertas disposiciones dadas por Pino fueron recibidas perfectamente por la opinión pública. Bien merecía que, por Real Cédula dada en El Pardo a 7 de mayo de 1776, se le nombrase gobernador propietario. Hacía poco más de un mes que los portugueses, valiéndose de engaños y malas artes, consiguieron conquistar por segunda vez Río Grande. Bajo el gobierno de Pino, Uruguay comenzó a tener vida más exuberante. Maldonado aumentó su vecindario en poco tiempo y fué declarada ciudad (1786). Se ampliaron los límites jurisdiccionales del gobierno de Montevideo, hasta entonces inseguros e inciertos. Por entonces llegó (1789) al puerto de Montevideo la expedición que mandaba el brigadier don Alejandro Malespina, acompañado de varios sabios, en las corbetas Descubierta y Atrevida. Tiempo adelante, Pino marchó a Buenos Aires, donde debía encargarse del virreinato.

El coronel D. Miguel de Tejada se encargó interinamente del gobierno de Montevideo, no ocurriendo nada que sea digno de contar.

El 2 de agosto de 1790 tomó posesión del gobierno el brigadier don Antonio Olaguer Felíu. Permitió el comercio de esclavos; dió más vida a Montevideo y a Soriano, pueblo éste el más antiguo del Uruguay; se fundó la ciudad de Mercedes, cuna de la independencia nacional, y adquirió importancia y esplendor Maldonado, cuyo puerto visitaron las primeras embarcaciones de la Compañía Marítima en 1790. Por asunto baladí se disgustó con el cabildo, pues con razón al gobernador se le conocía con el dictado de el Ceremonioso, si bien preciso es confesar que la desmoralización cundía en la corporación popular. Gobernador y cabildo no se entendían y la lucha entre ellos era cada vez más enconada. Ante el virrey de Buenos Aires D. Pedro Melo de Portugal, hombre prudente y amigo de la justicia, acudieron gobernador y cabildo. Melo, en oficio de 20 de abril de 1795, reprobó la conducta de Olaguer, aprobando por completo la conducta del cabildo.

El brigadier D. José de Bustamante y Guerra se encargó del gobierno de Montevideo el 11 de febrero de 1797. Como jefe de la marina--pues era brigadier de la Real Armada--conocía las ventajas que podían sacarse del puerto de Montevideo. Entre el cabildo de Montevideo y el consulado de Buenos Aires, se originó lucha tenaz acerca de asuntos comerciales. El consulado era contrario a la autorización Real de 1795, en la cual se ampliaban las facultades de comerciar a los pueblos del Río de la Plata, autorizándoles a exportar frutos y toda clase de producciones del país a las colonias extranjeras. El cabildo tomó la determinación de remitir al Rey una solicitud rebatiendo las ideas del citado consulado. Subleváronse por entonces los charrúas del Norte. Vivían la vida primitiva y se ignora la causa de su rebelión, que se verificó penetrando en poblaciones y vaquerías, cometiendo toda clase de atrocidades. Quisieron oponerse los guarinís; mas fueron derrotados con grandes pérdidas. Vióse obligado el teniente coronel D. Francisco Rodrigo, comandante de Japeyú, a salir a campaña, pudiendo, después de larga persecución, derrotarles completamente. Aprovecháronse los portugueses de los disturbios interiores para infringir el tratado de límites, asunto que preocupó por algún tiempo a las autoridades del Uruguay y al gobierno de Madrid. Mayor contrariedad vino en el último año del siglo XVIII a perturbar el bienestar público. Es el caso que, una gran sequía paralizó la vida de la agricultura. Se perdieron completamente las cosechas, y á esto siguió mortal enfermedad de los ganados. El hambre se sintió en muchas poblaciones, y con ella vino la peste. Por el cabildo de Montevideo y por el pueblo todo se invocó el auxilio divino para que la lluvia fertilizase los campos y despejara de miasmas la atmósfera. Dios oyó a los que le pedían de corazón su amparo y copiosas lluvias pusieron fin a tantas calamidades. Comenzó el siglo XIX y con él trascendentales sucesos. Ya sabemos que sobre la margen septentrional del Plata se levantaba Montevideo, al Este se hallaba con título de ciudad el caserío de Maldonado, y al Oeste varias ruinas daban idea exacta de la existencia de Colonia. Hacia el Norte, desde el Daymán hasta las misiones, sólo se hallaba el fuerte denominado el Salto. Eran aldeas ribereñas Paysandú, Mercedes y Soriano; y en el interior se encontraban Guadalupe, Santa Lucía, San José y Minas. En el resto del país se levantaban por algunos sitios fortines militares o santuarios. Calculábase la población fija en unos 40.000 habitantes, de los que 15.000 pertenecían a Montevideo. La cultura era escasa y casi nula, exceptuando la futura capital del Uruguay, donde las artes, en particular la música, tenía no pocos cultivadores en el bello sexo. El trato con las familias de los altos empleados que venían de España, introdujo cierto gusto en el vestir y cierto arreglo en las casas. Algunos padres ricos mandaban a sus hijos a los colegios superiores del virreinato y también a los centros de cultura de las ciudades españolas. Comprendiendo el gobierno de Madrid que Montevideo era la llave de la navegación del Plata, dispuso la creación de un faro, el primero que se estableció en el sitio denominado el Cerro. El gobernador Bustamante, aunque a veces no guardaba las consideraciones debidas al cabildo, procuraba el progreso de la ciudad, así que con el apoyo de la citada corporación hizo continuar la fábrica de la iglesia matriz, reedificó la casa del dicho cabildo, construyó puentes y alcantarillas y arregló los caminos públicos. Se dotó a la ciudad de buenas aguas, se hizo un lavadero público y se realizaron otras reformas de interés general. Bustamante presintió brillante porvenir, si desaparecía la indiferencia y el abandono, «del mayor y cuasi único puerto del Río de la Plata.» No sólo en la ciudad de Montevideo se notaba cierta prosperidad, sino en todo el país, pues entonces (1800) se echaron los cimientos de la villa de Rocha, futura capital del departamento de su nombre. En Mercedes y en Soriano se desvivían las autoridades para realizar mejoras. En tanto que del Pino, virrey de Buenos Aires, andaba en tratos o en guerra con los charrúas, con las misiones o con los portugueses, algunos vecinos de Montevideo, aconsejados por Bustamante, habían construído en 1802 el primer muelle. Aumentó el comercio de una manera considerable. Cuando la prosperidad parecía reinar en el Uruguay y muy especialmente en Montevideo, la población de color de la citada ciudad se propuso provocar un levantamiento (1803), que comenzó, ya huyendo bastantes esclavos de la ciudad y ya también asesinando algunos a sus amos. El cabildo decretó medidas enérgicas y castigó con rigor a los esclavos fugitivos que pudo coger prisioneros. Terminaremos el gobierno de Bustamante, recordando que en su tiempo andaba tan atrasada la medicina en el país, que los curanderos gozaban de general prestigio, lo mismo en los campos que en las ciudades. El Protomedicato de Buenos Aires tomó mano en el asunto, disponiendo que los curanderos sólo pudieran ejercer su industria en la campiña y eso bajo ciertas condiciones.

Sucedió a Bustamante en el gobierno de Montevideo D. Pascual Ruiz Huidobro, brigadier de la Real Armada, nombrado el 14 de julio de 1803; tomó posesión en los primeros días de 1804. Continuó la obra de su antecesor, construyendo edificios públicos, limpiando las calles de la ciudad y arreglando los caminos públicos. Comenzaron las obras de la nueva Casa Capitular y se consagró la iglesia matriz que acababa de edificarse, se hizo un lazareto y se levantó una alhóndiga. La desgracia de Bustamante en su lucha con la flota inglesa y la participación que el gobernador Ruiz Huidobro tuvo en la reconquista de la ciudad de Buenos Aires en el año 1806, son hechos que ya se trataron en el capítulo XXVII de este tomo.

CAPITULO XXIX

EL BRASIL DURANTE EL REINADO DE JUAN III.--LOS CORSARIOS.--LAS CAPITANÍAS.--EL GENERAL THOMÉ DE SOUZA.--LOS FRANCESES EN EL BRASIL.--EL GOBERNADOR DUARTE DE COSTA.--MEN DE SÁ EN GUERRA CON LOS FRANCESES Y CON LOS INDÍGENAS.--DIVISIÓN DEL BRASIL EN DOS GOBIERNOS.--EL GOBERNADOR GENERAL TELLES BARRETO.--EL GOBERNADOR SOUZA Y LOS CORSARIOS.--OTROS GOBERNADORES.--LUCHA ENTRE PORTUGUESES Y FRANCESES.--LOS JESUÍTAS.--LOS HOLANDESES.--COMPAÑÍA DE LAS INDIAS ORIENTALES.--GUERRAS.--PORTUGAL SE SEPARA DE ESPAÑA.--POLÍTICA DE LOS JESUÍTAS.--LOS HOLANDESES ARROJADOS DEL BRASIL.--LA REPÚBLICA DE PALMARES.--EL BRASIL BAJO EL DOMINIO DE PORTUGAL.

Durante el reinado de Juan III (1521-1557) fué nombrado capitán mayor del Brasil el famoso Cristóbal Jaques, quien arribó á la bahía de Todos los Santos, así llamada por el día en que fué descubierta. En la bahía encontró fondeados unos buques franceses, y sin averiguar el porqué estaban allí, cayó sobre ellos y los echó a pique, sin que lograra salvarse ninguno de los tripulantes. Así lo relatan algunos cronistas. No sirvió de escarmiento un hecho tan cruel. Los corsarios no abandonaban aquellas costas, donde encontraban siempre indígenas para engañar o europeos para robar. Por esto Juan III dividió el Brasil en capitanías, con el objeto de que no quedase sin defensa parte alguna de la costa. El primero que fué favorecido con una capitanía fué el historiador Juan de Barros, a quien se dió la de Maranhâo. Hubo, además, otras ocho capitanías, y los nombres de ellas y los de sus capitanes ponemos a continuación.

La de Pernambuco se dió a Coelho d'Alburquerque.

La de los Ilheos, a Jorge de Figueiredo Correa.

La de Porto Seguro, a Pedro de Campos Tourinho.

La de Espíritu Santo, a Vasco Fernández Coutinho.

La de Santo Thomé--en la que se incluía a Río de Janeiro--, a Pedro de Goes da Silva.

La de San Vicente, a Martín Alfonso de Souza.

La de Santo Amaro, a Pero López de Souza, hermano del anterior.

La de San Salvador de Bahía se reservó la Corona, y posteriormente la cedió a Francisco Pereira Coutinho.

Los citados capitanes mayores o capitanes generales tenían poderes soberanos, menos el de acuñar moneda. El derecho de acuñar moneda pertenecía a la Corona, la cual también percibía la vintena, o sea el 5 por 100 sobre el palo brasil, y el quinto sobre los metales y piedras preciosas. Cada capitán mayor tomaba posesión, o consideraba haberla tomado, de cierto número de leguas de costa, avanzando luego tierra adentro lo que podía. Aunque los impuestos que se establecieron fueron muy moderados y las industrias todas gozaron de absoluta libertad, la colonización, que pudiéramos llamar feudal--pues señores feudales eran los capitanes mayores--, vino en decadencia, ya por la oposición de los indígenas, ya por los ataques de los piratas europeos, contribuyendo a ello también el clima caluroso, lo extenso del territorio y la mucha frondosidad de la vegetación.

La Corona se encargó entonces de la colonización y el rey Juan III nombró en 1538 gobernador general a Thomé de Souza, que se instaló en Bahía[642]. «Prohibió que sin licencia especial comunicaran entre sí los colonos de las diversas capitanías; que nadie desembarcara y comerciara donde no hubiera aduana; reglamentó el cultivo y fabricación del azúcar; expidió licencias para la construcción de buques, y dió vigoroso impulso a la colonización de Bahía[643]. Tan duros son siempre los cimientos de una nación, tan inconmovibles y persistentes, que todavía se traslucen en la reciente República brasileña estos rasgos primitivos de su fábrica. Aún hoy, las tendencias federales reflejan aquella primera separación en capitanías casi aisladas unas de otras»[644].

[642] Hasta el 1549 no comenzó su gobierno.

[643] En el año 1552 se nombró el primer obispo de Bahía.

[644] El Brasil, Conferencia de D. Gonzalo Reparaz leída en el Ateneo de Madrid el 21 de mayo de 1892. Pág. 15.

Consideremos la primera invasión de que fué objeto el Brasil por los europeos. La riqueza del Brasil, su privilegiada situación y lo dilatado de sus costas, influyeron para que los franceses mantuvieran cordiales relaciones y comerciasen con los indios. El indígena odiaba al portugués y amaba al francés, porque el primero le reducía a la servidumbre haciéndole trabajar en las plantaciones, y el segundo comerciaba con él, comprándole palo brasil y vendiéndole objetos necesarios o curiosos. Durante el reinado de Enrique II de Francia (1547-1559) el almirante Coligny intentó fundar en el Brasil una colonia que sirviera de refugio a los hugonotes franceses, encargando de la empresa a Durand de Villegagnon, caballero de Malta y hombre de experiencia. Establecióse en una de las islas de la bahía de Río Janeiro, desde cuyo punto escribió a Coligny, pidiéndole refuerzos de hombres y municiones. Fortificóse en la isla y se atrajo a los indígenas con cariño, mientras que trataba a los suyos con extremada severidad. «Los indígenas le aman--escribía Men de Sá al gobierno de Lisboa--y los franceses le temen.» Ya porque Villegagnon abjuró el calvinismo y se hizo católico, ya porque los refuerzos que llegaron (marzo de 1557) le parecieron insuficientes, o ya también por otras causas, el representante de Coligny se embarcó para Francia. Era un peligro--como se creía en Portugal--el establecimiento de los franceses en la colonia del Brasil.

El segundo gobernador del Brasil fué Duarte de Costa (1553-1557), en cuya época estallaron conflictos entre el poder civil y el eclesiástico. Los franceses--aunque Nicolás Durán de Villegagnon abandonó el Brasil--continuaron en la bahía de Río Janeiro. Por entonces una misión asentó sus reales en las cercanías del Tieté, origen luego de la actual ciudad de San Pablo. Men de Sá (1558-1572) hizo que terminasen las desavenencias entre el poder civil y el religioso, y se dedicó a pelear contra los franceses, a quienes venció completamente (1567), no sin mostrar un rigor rayano a la crueldad. Todos los castigos eran justos--según Men de Sá--para acabar con aquellos herejes invasores. Por su parte los franceses hubieron de resistirse con bravura. Un centenar de ellos, con grandes trabajos y no pocos peligros, consiguió mediante sus canoas ganar la costa, volviendo poco tiempo después con sus amigos los tupinambás, los tamoyos y otros; reedificaron la fortaleza y con nuevos auxilios que recibieron de Francia levantaron otras en la costa. Men de Sá escribió a Lisboa diciendo: «Si Villegagnon vuelve con los refuerzos anunciados, serán los franceses más temibles que nunca. Que se me envíen nuevas tropas para la total expulsión de los enemigos.» Por un período crítico iba a pasar la colonia portuguesa. Los aimorés, tribu de tapuyas, invadieron las capitanías de los Ilheos y Porto Seguro, llevándolo todo a sangre y destruyéndolo completamente. También los tamoyos, no menos feroces, alentados por los franceses, se hicieron dueños del terreno entre Río de Janeiro y San Vicente. Mandó Men de Sá a su hijo con algunas tropas, las cuales fueron derrotadas por los tamoyos y el joven jefe de ellas muerto. Al lado de los portugueses se pusieron los Padres Nóbrega y Anchieta, y por la mediación de dichos misioneros se hizo la paz. A poco llegó con algunas tropas Eustaquio de Sá, sobrino del gobernador, quien se dió buena maña para arrasar todas las fortalezas de los franceses. Men de Sá, protector decidido de los misioneros, les ayudó con todas sus fuerzas para que se atrajesen a los indígenas al seno del cristianismo.

A la muerte de Men de Sá, la metrópoli dividió el Brasil en dos gobiernos: el de Bahía y el de Río Janeiro. El primero, o el del Norte, fué confiado a Luis de Brito y Almeida; el segundo, o el del Sur, se encargó a Antonio Salema. En el año 1577 se confió el mando general á Luis de Brito, quien renunció luego en Lorenzo da Veiga. Grandes disgustos ocasionó al gobernador da Veiga el contrabando de palo tintoreo que los franceses hacían en el Norte. A su muerte fué confiado interinamente el gobierno al obispo de Bahía, al oidor general Cosme Rangel y al consejo municipal.

En 1583 llegó el gobernador general, llamado Manuel Telles Barreto, el cual incorporó a la colonia algunos territorios (1586) y consiguió que los benedictinos, carmelitas y capuchinos fundasen conventos en diferentes lugares. Otra junta que se encargó del poder a la muerte de Telles, realizó hechos importantes, pues pacificó la región de Sergipe é hizo de ella nueva capitanía, fundó a Cochoeina y construyó algunos fuertes.

El gobernador Francisco de Souza tuvo la fortuna de conquistar Río Grande del Norte y fundó a Natal, si bien no pudo impedir que el pirata inglés Cavendish saqueara a Santos y otros puertos, como tampoco que los corsarios Venner y Lancáster penetrasen en Pernambuco y robasen considerable botín.

Nada de particular hicieron los gobernadores Diego Botelho (1602-1607) y Diego Meneses Sigueira (1607-1608).

Vencidos los franceses en el mediodía, se dedicaron a piratear en el Norte. Por todas partes se encontraban los portugueses con sus mortales enemigos. Un tal Devaux fundó una colonia en la isla de Maranhâo, situada al Sur del Amazonas, declarándose de ella protectora María de Médicis, encargada de la regencia durante la menor edad de Luis XIII (1610-1643)[645]. Los tupinambás se pusieron al lado de los franceses, repitiéndose el suceso de Río de Janeiro. Por fin los portugueses consiguieron la expulsión de sus enemigos (1614), y el gobernador portugués, que logró triunfos tan señalados, se llamaba Gaspar de Souza.

[645] A Enrique II sucedió Francisco II (1559-1560), después Carlos IX (1561-1574), en seguida Enrique III (1574-1589) y últimamente Enrique IV de Borbón (1589-1610).

Entretanto, el otro gobernador--pues ya se ha dicho que el Brasil estaba dividido en dos gobiernos--, llamado Francisco Caldera Castello-Branco, fundó el fuerte de Preseque, origen de la villa de Belem (Pará).

Consideremos la estancia de las Comunidades religiosas en el Brasil, y en particular la Compañía de Jesús. Con Thomé de Souza llegaron los hijos de San Ignacio de Loyola al Brasil. Ellos, algo apartados del pensamiento y conducta del fundador, tomaron a su cargo la educación de Portugal y luego la de los indígenas del Brasil. Ancho campo se les presentaba a los jesuítas, pues la colonia había prosperado mucho en poco tiempo. Por el año 1550 la caña de azúcar cubría el suelo de las provincias de la costa, se levantaron fábricas y se dió mucha importancia al comercio con la metrópoli. Los colonos, necesitando hombres para cultivar sus ingenios, iban en busca de los indios a las selvas del interior, donde los cazaban; pero ellos, acostumbrados a la vida salvaje, no se avenían al trabajo agrícola. Si el portugués reducía a dura esclavitud al indio, éste, en cambio, cuando se le presentaba ocasión, cogía al portugués, lo mataba y se lo comía. Los tupis o guaranís, raza belicosa y fuerte, que había vencido y arrojado de la comarca a los tapuyas, se preparó, a la llegada de Souza, a luchar contra los colonos. En efecto, Souza llegó al Brasil y el levantamiento de los indios fué general. Los Padres jesuítas Nóbrega y Azpilcueta, el primero de nación portuguesa y el segundo español, dieron comienzo en las cercanías de Bahía a aldear indígenas, esto es, a reducir a los indios para que viviesen en poblaciones. Los hijos de San Ignacio siguieron en el Brasil la misma conducta que en el Perú, en la Argentina, en el Paraguay y en el Uruguay. Los citados Padres fundaron en Bahía dos Seminarios, el Padre Leonardo Nunes marchó a Espíritu Santo, el Padre Alonso Braz fué a San Vicente y otros misioneros se encaminaron a diferentes puntos, predicando siempre el Evangelio y atrayendo a los salvajes a la vida de la civilización. A veces eran caritativos y a veces enérgicos. «No sólo con blandura--decía uno de los Padres--sino también por la fuerza se somete al indio.» El Padre Nóbrega convenció a los tupinambás de que sólo debían tener una mujer; mas nada pudo contra la antropofagia. El Padre Anchieta fué el más querido de todos los misioneros. La conducta observada por los Padres hizo sospechar, lo mismo a los escritores brasileños que a los portugueses, que la Compañía intentaba formar una sociedad conforme a las doctrinas y planes jesuíticos. Tal vez no anduviesen muy descaminados, según lo que casi por entonces hacían los jesuítas en el Paraguay; pero el plan, si lo hubo, fracasó.

Los portugueses (paulistas) y los mestizos (mamelucos) declararon en las provincias meridionales guerra a muerte a la Compañía; en la parte septentrional, donde había menos ingenios y, por consiguiente, menos esclavos, las razas se fundieron mejor y la enemiga a los jesuítas no comenzó sino bastante tiempo después.

Recordaremos que desde el año 1580 en que, reinando Felipe II, la espada del duque de Alba conquistó a Portugal, los Países Bajos fijaron sus ojos en el Brasil, donde podían causar grandes perjuicios a España[766]. A semejanza de la Compañía inglesa, reglamentada por la reina Isabel el 31 de diciembre de 1600, los Estados generales de Holanda, en 20 de marzo de 1602, dieron la autorización para negociar únicamente por el Cabo de Buena Esperanza y el Estrecho de Magallanes, é invitaron a los comerciantes, que hacían dicho tráfico, a incorporarse a la nueva Compañía. El capital primitivo fué de 18 millones de florines. La compañía nombraba los empleados de sus colonias, declaraba la guerra y hacía paces y alianzas, construía fortalezas y factorías, tenía ejércitos y armadas, etc. La Compañía holandesa se propuso monopolizar el comercio de los productos de la India Oriental, en particular el de la especiería (cinamomo, jengibre, pimienta, nuez moscada, mostaza, y sobre todo, el clavo). El comercio, monopolizado por los portugueses durante un siglo, pasó a los holandeses. La Compañía, usando toda clase de armas, arrebató a los españoles y por consiguiente a los portugueses y brasileños--pues Portugal formaba a la sazón parte de la monarquía española--el comercio de Europa. En 1602, hallándose en la rada de Java una flota portuguesa, fué echada a pique por los holandeses. Heemskerk, después de invernar en la Nueva Zembla, capturó--en el citado año--a los portugueses una escuadra mercante, repartiendo entre sus compañeros el botín de 1.000.000 de florines. En el año 1605, llevaban grandes ventajas los holandeses sobre portugueses y españoles, llamando la atención muy especialmente la victoria conseguida por Heemskerk en la bahía de Gibraltar (1607). Heemskerk al frente de 26 buques destruyó la flota española, compuesta de 21 y dirigida por don Juan Alvarez Dávila. Pasados algunos años, decidióse la Compañía a conquistar el Brasil, y al efecto, el 4 de mayo de 1624 poderosa escuadra con más de 3.500 hombres y 500 cañones se apoderó de Bahía casi sin resistencia, siendo saqueada la ciudad. Mandaba la escuadra Jacobo Willekens. Prisionero de los holandeses el gobernador español, los brasileños, fieles en esta ocasión a la metrópoli, nombraron en reemplazo de aquél al obispo don Marcos Teixeira, quien, sin embargo de su avanzada edad y de su carácter sacerdotal, hizo guerra tenaz a los enemigos encerrados en la ciudad. Sucedió al prelado en el gobierno del país Matías de Alburquerque. Una escuadra, mandada de España por el conde duque de Olivares y bajo las órdenes de don Fadrique de Toledo, llegó a Bahía el 29 de marzo de 1625. Los holandeses, después de algunos combates, se rindieron el 30 de abril. La Compañía de Indias, cada vez más deseosa de explotar su comercio, realizó nueva invasión. El almirante Loncz, con una flota compuesta de 38 buques con 3.400 marineros y 3.500 soldados, se presentó delante de Olinda, villa situada a seis kilómetros de Pernambuco. Olinda cayó en poder de los enemigos (16 de febrero) y a los pocos días Pernambuco. Ciudad tan importante no pudo ser recobrada por Matías de Alburquerque, sin embargo de los auxilios que le prestaron, por un lado la escuadra del almirante Oquendo, y por otro el negro Díaz, el indio Camarâo y el brasileño de raza portuguesa Vidal de Negreiros. Convencido Alburquerque de no poder reconquistar a Pernambuco, se mantuvo a la defensiva, dándose por contento con tener a los holandeses encerrados en la ciudad. Tal vez hubiera sido fatal el resultado para los enemigos, si no hubiesen encontrado un poderoso auxiliar en el negro Calabar, hombre valeroso, astuto y enemigo mortal de los portugueses. Era conocedor del país y de la guerra que convenía hacer. Con su ayuda extendieron su dominio los holandeses desde Río Grande do Norte hasta Porto Calvo, reduciendo a Alburquerque a penosa defensiva. La retirada de Alburquerque desde su campamento de Bom Jesús, que hubo de abandonar después de la pérdida del fuerte del cabo de San Agustin, fué desastrosa, sin embargo de la ayuda que le prestó Camarâo. Perseguido incesantemente por Calabar, sufrió pérdidas considerables, llegando en su orgullo a querer coger prisioneros a sus enemigos; pero el sorprendido fué él, que mereció la pena de horca, después de rapidísimo proceso. De este modo terminó la campaña de los años 1634 a 1636. España pudo al fin mandar algunas tropas bajo el mando de don Felipe de Rojas, duque de Lerma, militar pretencioso y desconocedor de aquella clase de guerra. Empeñóse en dar una batalla formal contra los holandeses en contra de la opinión de Alburquerque, Camarâo y Días, cuyo resultado fué quedar derrotado y muerto en Porto Calvo; Camarâo pudo salvar con sus indios los restos del ejército. El gobierno español, que iba de torpeza en torpeza, llamó al veterano Matías de Alburquerque a España, recompensando sus servicios encerrándole en un castillo, del cual salió para tomar parte en la guerra de Portugal y vencer al marqués de Torrecusa cerca de Montijo (junio de 1644).

[646] Antes de la invasión holandesa había en Pernambuco y Bahía ingenios cuyos productos no bajaban de 40.000 toneladas de azúcar.

Con el nombramiento de gobernador de Pernambuco salió de Holanda para el Brasil Juan Mauricio, conde de Nassau Siegen, de la casa de Orange, valeroso y excelente general, hábil político y honrado administrador. Retiráronse los generales portugueses--pues Portugal se hallaba en guerra con España--hacia el sur de San Francisco, dejándole en completa posesión de las provincias de Río Grande do Norte, Parahyba, Pernambuco y Alagoas. Hubiera deseado Mauricio organizar el país; pero Holanda quería dinero y le mandó que se apoderara de Bahía y la saquease. Obedeció el ilustre general y marchó con poderosa armada a la conquista de la capital del Brasil, saliéndole mal la empresa, pues los portugueses se defendieron con bravura y a la Compañía de las Indias Occidentales costó 3.000 hombres. Mauricio pudo después desplegar sus talentos políticos y administrativos: dió al culto católico las mayores libertades, empleó en cargos importantes a muchos portugueses, favoreció el cultivo de los ingenios, la explotación del palo brasil, etc. Todo esto importaba poco a la Compañía holandesa, que sólo pensaba en el saqueo de ricas ciudades para que los dividendos fuesen mayores.

Portugal y por consiguiente el Brasil iban a separarse de España. Tenemos que confesar con sentimiento que los jesuítas, si antes, lo mismo en el nuevo que en el viejo mundo, habían sido amigos de España, a la sazón, allá en las Indias y aquí en Europa manifestaban censurable desvío a nuestra política. Ellos, olvidándose de la protección que siempre les dispensamos, se pusieron algunas veces al lado de Francia y en contra de España, y constantemente trabajaron para que Portugal consiguiera su independencia. Pusiéronse al lado de aquella revolución que comenzó el 1.º de diciembre de 1640 y que colocó en el trono lusitano al duque de Braganza con el nombre de Juan IV. Pagóles Juan IV (1640-1656) y Alfonso VI (1656-1683) concediendo toda clase de privilegios a los del Brasil, si bien el último monarca y en sus últimos años se mostró con ellos bastante receloso. Antes haremos notar que el P. Antonio Vieira, defensor decidido de la dinastía de Braganza, con el objeto de salvar a los indígenas de la tiranía de los colonos, fundó la Junta de Protección, organizó el sistema de los aldeamientos y trazó el modo de colonizar tierras regadas por el Amazonas. No recibieron bien tales reformas la gente del Sur, ya enemiga de las misiones, pues se halla probado que en el año 1679, de 100.000 conversos que los misioneros tenían aldeados, apenas les quedaban 12.000. Cuando los religiosos perdieron las esperanzas en el Sur, pusieron sus ojos en el Norte, donde, si en un principio tuvieron ventajas, pronto se sublevaron contra ellos los colonos, obligándoles a embarcarse para Europa. Volvieron posteriormente; pero ya sólo desempeñaron papel secundario en la vida del Brasil. Después de los reinados de Pedro I (1683-1706) y de Juan V (1706-1750) vino el de José I (1750-1777) en cuyo tiempo el marqués de Pombal acabó (1757) con las últimas esperanzas de la Compañía, arrojándola de aquella tierra que los misioneros contribuyeron a conservar para Portugal. «Dábanla--dice el Sr. Reparaz--por sus grandes servicios parecida recompensa a la que ella diera a España por los aún mayores que a ésta debía.»[647] «La Compañía holandesa--escribe el Sr. Oliveira Martins--era un Estado constituído piráticamente. Sean cuales fueren los errores y los vicios del Imperio portugués--digámoslo en honor nuestro--más vale la nobleza, aunque bárbara, de los conquistadores del Oriente, que la mezquina codicia de los mercaderes de Holanda. Acúsennos de haber establecido en América un feudalismo; declárense los vicios de nuestra administración colonial; el hecho es que creó naciones, que hizo germinar y nacer las simientes de nuevas patrias ultramarinas, mientras que las Compañías holandesas jamás crearon cosa alguna, a no ser un hábil sistema de robar el trabajo indígena, después de terminado el período de productivas piraterías. Saquear y atesorar: tal fué el fin de esos institutos, nacidos exclusivamente del espíritu mercantil; y si lo estrecho de la ambición facilitaba la empresa y aumentaba la ganancia, el hecho es que, careciendo de todo pensamiento religioso, político o civilizador, esas empresas nada suponen en la historia de las manifestaciones nobles del genio humano y en la historia de la civilización.»

[647] Discurso citado, pág. 21.

Registraremos en la historia del Brasil el hecho siguiente. Allá por el año 1650, unos 40 negros procedentes de Guinea, después de robar a sus amos algunas armas, huyeron a las selvas, estableciéndose en el sitio que años antes ocupara cierto quilombo (aldea de libertos), destruído por los holandeses. De todas partes acudieron esclavos y también hombres libres que huían de la tiranía de los blancos[648]. Cuando fueron muchos, se internaron más en el país y fundaron a Palmares. Poco después se dirigieron a las haciendas más próximas y robaron negras, mulatas y blancas. Si en un principio vivieron del merodeo, pronto se dedicaron a la agricultura y al comercio con los plantadores vecinos. Tenían sus leyes y, según el historiador Rocha Pitta, formaron «una República rústica muito bem ordenada á seu modo.» El gobierno era electivo, y el jefe, llamado Zombe, conservaba el poder durante su vida; a su muerte debía elegirse el sucesor entre los más bravos. Unos magistrados entendían en las cosas de la guerra y otros en los asuntos de la paz. La ley castigaba con pena de muerte el homicidio, el adulterio y el robo. El negro que se presentaba en Palmares después de haber conquistado su libertad, quedaba libre; el que siendo esclavo era hecho prisionero en los ingenios, continuaba en la esclavitud. El que habiendo conseguido la libertad en Palmares volvía a casa de sus antiguos amos, sufría la última pena; el que, esclavo en Palmares huía, era castigado con menos severidad. La República de los negros contaba, á los cincuenta años de fundarse, con varias poblaciones importantes. La capital se hallaba defendida por grandes troncos de árboles, y se entraba en ella por tres puertas. Calculábase en 20.000 el número de sus habitantes, y en 10.000 el de los combatientes de todos los quilombos.

[648] En tres siglos de tráfico de esclavos, no bajaron de seis a ocho millones de negros los que se llevaron al Brasil.

Caetano de Mello, gobernador de Pernambuco, dispuso en el año 1696 la destrucción de Palmares. Las primeras tropas que mandó fueron derrotadas, decidiéndose entonces a que un ejército de 7.000 hombres, mandados por Bernardo Vieira, y con fuerte artillería, se apoderase de la población. Las murallas de madera fueron batidas y rotas por los cañones; abiertas tres brechas, por ellas se arrojaron otras tantas columnas. Los héroes de Palmares defendieron el terreno palmo a palmo. Cuando el Zombe vió la causa perdida, seguido de los principales jefes, se arrojó desde lo alto de un peñón que había dentro del recinto y cayó hecho pedazos a los pies del vencedor. Los vencidos fueron exterminados, las casas destruídas y los plantíos arrasados. Así acabó Palmares, permaneciendo desde entonces sometidos los esclavos.

Pasando a otro orden de cosas, conviene no olvidar que en tiempo de Pedro I de Portugal se descubrieron nuevas minas en el Brasil, que, con sus productos, además de remediarse aquella corte en sus necesidades interiores, pudo tomar parte en la desastrosa guerra de sucesión española. Ayudó a Inglaterra, de cuya nación fué una factoría. Juan V, el Fidelísimo, amigo en demasía del fausto, contribuyó con sus enormes gastos a empobrecer el reino, que marchaba poco a poco a su decadencia. Gastó el Rey muchos millones en la fundación de Academias, en el suntuoso convento de Mafra, en la concesión del título de Patriarca para el arzobispo de Lisboa, etc. En su época, el Brasil mandó a Portugal los siguientes tesoros: 130 millones de cruzados en monedas de plata, 100.000 monedas de oro, 315 marcos de plata por acuñar, 24.500 marcos de oro, 700 arrobas de oro en polvo y 392 octavos de diamantes, que valían 40 millones de cruzados. Además, el quinto real sobre las minas y el monopolio del palo brasil. Durante el reinado de José I (1750-1777) el marqués de Pombal expulsó a los jesuítas, y con doña María I (1777-1816) vino la reacción contra el gran ministro. Cuando los franceses y españoles se hicieron dueños de Portugal, la corte huyó, quedando aquella nación como colonia y el Brasil ascendió a metrópoli. Juan VI (1816-1826), estableció su corte en el Brasil; pero cuando quiso regresar a lo que llamaba o seu canapé da Europa, el Brasil no quiso volver a ser colonia y proclamó emperador a D. Pedro de Braganza, hijo del citado Juan VI[649].

[649] Juan VI estuvo casado con la española Carlota Joaquina.

CAPITULO XXX

ADMINISTRACIÓN COLONIAL.--RESIDENCIAS Y VISITAS: SU POCA IMPORTANCIA.--REPARTIMIENTO DE COSAS Y DE INDIOS.--ENCOMIENDAS.--REDUCCIONES.--ORIGEN DE LA ESCLAVITUD.--EL ASIENTO.--ABOLICIÓN DEL COMERCIO NEGRERO.--ABOLICIÓN DE LA ESCLAVITUD.--LOS EXTRANJEROS EN LAS COLONIAS.--AISLAMIENTO DE LAS COLONIAS.

Sostienen no pocos cronistas que las residencias tomadas a los virreyes, gobernadores, presidentes de las Audiencias, oidores y otros ministros de las Indias, fueron freno y castigo de malos ministros, premio y alabanza de los malos. No sólo cuidaron los reyes de las residencias a dichos ministros cuando ellos salían de sus oficios o eran promovidos a otros, sino que también, durante el tiempo de su ejercicio, si había quejas o dudas de su proceder dispusieron que se mandasen jueces que los visitaran. Los autores consideraron las visitas como asunto «más grave y estrecho que el de las residencias. Porque por la mucha mano y poder de los que han de ser visitados, y estar y durar como todavía están y duran en sus oficios, y que así podrían tomar venganza de los que contra ellos se quejasen o depusiesen, es del todo cerrado y secreto, y por sola la información sumaria, sin citar para ella ni dar copia de los testigos, ni de sus deposiciones, se da por concluso. Y sin que el visitador pronuncie sentencia sobre los cargos que de la visita resulten, cerrada y sellada la envía al Supremo Consejo para que en él se vea y determine. Y con sola una sentencia queda fenecido, sin remedio ni recurso de apelación o suplicación»[650]. Del mismo modo los clérigos constituídos en Orden sacro, sin embargo de todos sus fueros y privilegios, aceptando cargos y oficios seculares, se hallaban sujetos a las residencias y visitas, pudiendo ser castigados por los excesos que cometieren. Recomienda Solórzano que las visitas sean cortas o que se hagan en poco tiempo, que los visitadores sean personas de conocida prudencia y suficiencia, y que no vayan prevenidos en contra de los que han de visitar o residenciar[651].

[650] Solórzano, ob. cit., lib. V, cap. X.

[651] Ibidem.

Ni residencias ni visitas tenían mucho valor. Refiriéndose al Perú trasladaremos a este lugar lo que escriben Jorge Juan y Antonio Ulloa: «Las residencias de los corregidores--tales son las palabras de los sabios escritores--se proveen, unas por el Consejo de Indias, y otras por los virreyes; éstos sólo tienen arbitrio para nombrar jueces quando los corregidores tienen concluído su gobierno, y en España no se ha proveído su residencia en algún sujeto que la vaya a tomar; mas aun siendo en esta forma, es preciso que el juez nombrado por el Consejo se presente ante el virrey con sus despachos para que se le dé el Cúmplase. Luego que el corregidor tiene noticia del juez que le ha de residenciar, se vale de sus amigos en Lima para que le cortejen en su nombre y que le instruyan en lo necesario, a fin de que quando salga de aquella ciudad vaya ya convenido y que no haya en qué detenerse. Aquí es necesario advertir que además del salario regular que se le considera al juez a costa del residenciado por espacio de tres meses, no obstante que la residencia no dura más de quarenta días, está arreglado el valor de cada residencia proporcionado al del corregimiento, o más propiamente, el indulto que da el corregidor a su juez para que le absuelva de todos los cargos que pudieran aparecer contra él. Esto está tan establecido y público que todos saben allá que la residencia de tal corregimiento vale tanto, y la del otro, tanto, y así de todas; pero esto no obstante, si el corregidor ha agraviado a los vecinos españoles de su jurisdicción y hay rezelo de que éstos le puedan hacer algunas acusaciones graves, en tal caso se levanta el precio por costo extraordinario; pero de qualquier modo el ajuste se hace y a poco más costo sale libre el corregidor.

»Quando el juez de la residencia llega al lugar principal del corregimiento, la publica y hace fixar los carteles, corre las demás diligencias tomando información de los amigos y familiares del corregidor de que ha gobernado bien, que no ha hecho agravio a nadie, que ha tratado bien a los indios y, en fin, todo aquello que puede contribuir a su bien. Mas para que no se haga extraña tanta rectitud y bondad, buscan tres o quatro sugetos que depongan de él levemente, esto se justifica con el examen de los testigos que se llaman para su comprobación, y concluído que obró mal, se le multa en cosas tan leves como el delito. En estas diligencias se hace un legajo de auto bien abultado, y se va pasando el tiempo hasta que terminado se cierra la residencia, se presenta en la Audiencia, queda aprobada, y el corregidor tan justificado como lo estaba antes de empezar su gobierno, y el juez que lo residenció ganancioso con lo que le ha valido aquel negocio. Estos ajustes se hacen con tanto descaro, y los precios de las residencias están tan entablados, que en la de Valdivia sucedía, que como este parage está tan retirado del comercio de aquellos reynos, es regular que los gobernadores que entran sean jueces de residencia de los que acaban, y como el valor de la residencia pasase sucesivamente de uno a otro, tenían los gobernadores quatro talegas de mil pesos debaxo del catre donde dormían, a cuya cantidad no tocaban nunca porque no se les ofrecía ocasión que les precisase a ello, y como luego que llegaba el sucesor, le cedía el que acababa aquella habitación para mayor obsequio, al tiempo de acompañarle a dentro le señalaba los quatro mil pesos, y asegurándole que debían estar cabales, porque él no había abierto las talegas, le decía que en aquella cantidad le había dado la residencia su antecesor, y que él se la daba en lo mismo. Este método se practicó hasta después que pasamos a aquellos reynos según decían los del pays; pero no sabemos si continúa todavía; y si los quatro talegos están intactos o no, después de haber pasado baxo la posesión de tantos dueños, es cuestión de poca sustancia, siempre que pase por la misma cantidad.

»Si al tiempo que el juez está tomando la residencia ocurren algunos indios a deponer contra los corregidores algunas de las tiranías e injusticias que les ha hecho; o los desimpresionan de ello diciéndoles que no se metan en pleitos, que traerán malas consequencias contra ellos, porque el corregidor les tiene justificado lo contrario, o ya dándoles el corregidor una pequeña cantidad de dinero (del mismo modo que se engañara a un niño ofendido) consiguen que desista de la queja; pero si los indios no consienten en recibir cosa alguna, mas insisten en pedir justicia, los reprehende el juez severamente dándoles a entender que se les hace demasiada equidad en no castigarles los delitos que el corregidor ha justificado contra ellos, y haciéndose mediadores los mismos jueces, los persuaden, después de haber sufrido tantas tiranías, a que les deben estar obligados por no haberlos castigado en la ocasión con la severidad que merecían sus delitos; de suerte que lo mismo es para los indios, que sus corregidores sean residenciados o no»[652].

[652] Noticias secretas de América, obra citada, págs. 255, 256 y 257.

Dada la autoridad de los sabios Jorge Juan y Antonio Ulloa, no extrañarán nuestros lectores que hayamos copiado relación tan larga. Además, lo que ocurría en el Perú con los corregidores, sucedía en las demás colonias con los virreyes, gobernadores, presidentes de las Audiencias y demás ministros. Que algunas veces residentes y residenciados cumplían con su deber, no lo dudamos; pero lo general era lo que refieren con toda clase de detalles los ilustres marinos españoles.

Los repartimientos, tal como se hacían, eran grande iniquidad. Los corregidores debían llevar lo que fuere más propio de cada corregimiento (mulas, telas, frutos), y repartirlo entre los indios, si bien ponían el precio que les parecía y que la calidad sea mala les importaba poco. En lugar de mulas buenas entregaban animales que no son más que el pellejo, las telas de lo peor y los frutos pasados o podridos. «La tiranía de los repartimientos no está reducida a los precios enormes a que obligan a comprar a los indios, pues es aun mucho mayor con respecto a las especies que les reparten, las quales, por la mayor parte, son géneros de ningún servicio o utilidad para ellos»[653]. A veces se reparten artículos que los indios no consumen, como sucede con el vino, aguardiente, aceite y aceitunas. «El indio sale con la recua a su viaje, y como éstos son tan largos y penosos en aquellos payses, sucede, frequentemente que se les fatigan las mulas en el camino, y se muere alguna; y como se hallan obligados a continuar el viaje, y sin dinero para fletar otra de su cuenta, se ve precisado el amo a vender una mula por un precio muy baxo, y suplir la falta de la mula muerta y de la vendida. Así, pues, quando llega el amo a su destino, se halla con dos mulas menos, sin haber desquitado su importe, más adeudado que antes, y sin dinero para mantenerse»[654].

[653] Noticias secretas de América, págs. 247 y 248.

[654] Ibidem, págs. 243 y 244.

Otro sentido tiene la palabra repartimiento: se refiere no sólo a las cosas, sino a los individuos. Por varias cédulas se ordenó y mandó que se hiciesen repartimientos de indios para labrar los campos, para hacer obras de lana y algodón y para beneficiar las minas de oro, plata y azogue. Entendemos por obrajes, «las fábricas en donde se texen los paños, bayetas, sargas y otras telas de lana, conocidas en todo el Perú con la voz de ropa de la tierra»[655]. El trabajo de los obrajes comienza desde que aclara el día hasta que la obscuridad de la noche no permite trabajar. «La orden de ir a los obrajes causa más temor en los indios, que todos los castigos rigorosos que ha inventado la impiedad contra ellos»[656]. Por lo que atañe a la palabra mita, daremos la definición del editor de Noticias secretas de América. Después de censurar la definición dada por el Diccionario de la Academia Española, él da la siguiente: Conscripción anual por la que un crecido número de hombres nacidos y reputados por libres, son arrastrados de sus pueblos y del seno de sus familias, a distancias de más de cien leguas, para forzarlos al trabajo nocivo de las minas, al de las fábricas y otros ejercicios violentos, de los cuales apenas sobrevivía una décima parte para volver a sus casas»[657]. (Apéndice I.)

[655] Ibidem, pág. 275.

[656] Ibidem, pág. 278.

[657] Ibidem, págs. 280, nota.

Si Colón, a la vuelta de su primera expedición, trajo como esclavos algunos indígenas; si en el año 1495 mandó desde Nuevo Mundo varios indios para que se vendiesen como esclavos en los mercados de Andalucía, ¿puede a nadie extrañar que D. Francisco de Bobadilla, comendador de Calatrava, enviado a Santo Domingo para fiscalizar la conducta administrativa del Almirante, hiciera a los colonos españoles repartimientos de indios (1498), los cuales habían de sujetarse a las labores del campo y a los penosos trabajos de las minas? Y D. Nicolás de Ovando, comendador de Alcántara, sucesor de Bobadilla en el cargo de comisario regio, continuó también los repartimientos de indios; medida que sancionó Fernando el Católico, regente a la sazón de Castilla, con fecha 30 de abril de 1508. En la Instrucción dada a Diego Colón, hijo del Almirante, en el año 1509, a vuelta de la recomendación de que se trate bien a los indios, se encarga que se les reduzca a vivir en poblaciones y que se respete el repartimiento hecho por Ovando. El Rey, pues, aceptaba los hechos; y los indios, por tanto, quedaban convertidos en siervos. El 14 de agosto de 1509 se autorizó al citado don Diego para un nuevo repartimiento. Lo mismo que en la Española, en la isla de San Juan se hicieron varios repartimientos, y lo mismo tiempo después se hizo en todas nuestras colonias de las Indias.

Con el objeto de cultivar aquel feracísimo suelo y hacer de los indios labradores que diesen vida y prosperidad a la industria, con la cual habían de enriquecerse descubridores y pobladores, se crearon las Encomiendas. «Luego que se haya hecho la pacificación... dice la ley 1.ª, tít. VIII, lib. VI, el adelantado, gobernador o pacificador..., reparta los indios entre los pobladores, para que uno se encargue de los que fueren de su repartimiento y los defienda y ampare, proveyendo ministro que les enseñe la doctrina cristiana y administre los Sacramentos, guardando nuestro patronazgo, y enseñe a vivir en policía, haciendo lo demás que están obligados los encomenderos en sus repartimientos, según se dispone en las leyes de este libro.»

Veamos lo que sobre asunto tan importante dice Solórzano en su Política Indiana, lib. III, capítulo I: «Luego que por D. Cristóbal Colón se comenzaron a poblar las primeras islas que en estas Indias se descubrieron, como estuviesen entonces tan llenas de indios, y los españoles que las descubrieron y poblaron necesitasen de su servicio y trabajo, así para sus casas como para la busca y saca del oro y plata, labor de los campos, guarda de los ganados y otros ministerios, pidieron a D. Cristóbal les repartiese algunos, para que acudiesen a ellos, y él lo hizo, porque le pareció por entonces conveniente e inexcusable.» Añade Solórzano que lo mismo hicieron Nicolás de Ovando y otros gobernadores. «Y porque respeto de lo referido--escribe también el citado historiador--les daban los indios por tiempo limitado y mientras otra cosa no dispusiese el Rey, y les encargaban su instrucción y enseñanza en la religión y buenas costumbres, encomendándoles mucho sus personas y buen tratamiento, comenzaron estas reparticiones á llamarse encomiendas, y los que recibían los indios en esta forma encomenderos o comendatarios, del verbo latino commendo, que unas veces significa recibir alguna cosa en guarda y depósito, y otras recibirla en amparo y protección, y como debajo de su fe y clientela, según parece por muchos textos y autores que de esto tratan. Y esta última significación juzga el Padre José de Acosta que es la que más cuadra al nombre e intento de nuestras encomiendas, y que de ella pende su etimología o derivación, diciendo que así los llamaron encomenderos por el cuidado y providencia que debían tener de los indios que se pusieron debajo de su fe y amparo.» Hace notar Solórzano, siguiendo la opinión del obispo de Chiapa, que los encomenderos, atendiendo más a su provecho y ganancia que a la salud espiritual y temporal de los indios, les hacían trabajar de un modo excesivo, y aun los fatigaban más que a las bestias. Tiempo adelante, los reyes no sólo procuraron corregir los abusos de los encomenderos, sino que los cortaron de raíz.

Es evidente que el sistema de las encomiendas aprovechaba al Rey y a sus súbditos españoles. Era aquello el feudalismo medioeval, aunque más ventajoso para el soberano. Por lo que respecta a los indígenas, si parecía a primera vista que el servicio personal había sido abolido, quedando sólo el tributo del dinero, en realidad no había sido así. Si la ley prohibía el servicio personal, la práctica lo autorizaba. El indio, dígase lo que se quiera en contrario, se hallaba sometido a un amo que tenía sobre él poder despótico y arbitrario derivado de la costumbre, ya que no de la ley. Si el Rey había limitado el gravamen de los indios al pago de un tributo, accedió luego a que trabajasen personalmente en las faenas agrícolas, en la crianza de ganados y en la explotación de las minas. Trasladaremos aquí las palabras del distinguido escritor peruano don Enrique Torres Salamando, acerca de las encomiendas: «Quejas inauditas--dice--, acusaciones innumerables se lanzan hoy contra el establecimiento de las encomiendas; pero es necesario, para juzgar desapasionadamente las instituciones, remontarse a la época en que tuvieron origen, examinar con detenimiento si fué posible por otros medios satisfacer el propósito que se anhelaba conseguir. Estamos persuadidos--añade--de que si hoy estuviera en vigor la legislación que debió regirlas y se cumpliera con estrictez, nuestros indígenas no habrían llegado al estado de abatimiento y degradación en que se encuentran»[658].

[658] Libro primero de Cabildos de Lima.--Apéndices.

A todo esto nos creemos obligados a hacer algunas observaciones. Es obvio que aventureros y conquistadores, más codiciosos los primeros que los segundos, se fijaron principalmente en el descubrimiento de minas de oro y plata, las cuales se hallaban en tierras elevadas y montuosas. Los conquistadores obligaron a los indios a dejar sus viviendas de las llanuras y a establecerse en las cercanías de las minas, encontrando allí las causas de su muerte: eran éstas la insalubridad del terreno y el excesivo trabajo. También había que agregar las enfermedades que diezmaban a los indios, siendo la principal la viruela. No de otra manera se explica la rápida despoblación que sufrieron algunas comarcas de las Indias. Los reyes y los gobiernos no siempre pudieron, ya por la distancia, ya por otros motivos, poner coto a las demasías de conquistadores y aventureros, resultando por ello la despoblación cada vez más grande.

Por el Concilio Limense II, p. 2, c. 80, pág. 57, se dispuso lo siguiente: «Que la muchedumbre de indios que está esparcida por diversos ranchos, se reduzcan a pueblos copiosos y concertados, como lo tiene mandado Su Majestad Católica.» Es evidente que los reyes y príncipes pueden mandar, obligar y forzar a sus vasallos, que viven esparcidos en los montes y campos, a reducirse en poblaciones[659]. Era natural que los conquistadores y colonizadores, después de arrostrar tantas fatigas y penalidades, quisiesen ganancia pronta y considerable, lo cual no podía conseguirse sin la explotación de los pobres indígenas. Tampoco tenemos inconveniente en admitir que el gobierno de la metrópoli llevaba su bondad al extremo de no querer nada que pareciese carga o vejación de los indios. En este dilema recurrió el gobierno á un término medio, creyendo que conciliaba los intereses de los conquistadores y de los conquistados, de los civilizadores y de los civilizados, sin que por ello perdiese la soberanía de la Corona. Veamos en términos breves y sencillos el fundamento de plan tan ingenioso y a la vez tan seguro. Para que los indios no viviesen divididos y separados por aquellas extensas sierras y por aquellos elevados montes, privados de todo beneficio espiritual y temporal, sin socorro de los ministros reales, se dispuso que fuesen reducidos a pueblos. Poniendo manos a la obra, las viviendas de los salvajes se convirtieron pronto en aldeas. La reducción y población había de realizarse «con tanta suavidad y blandura, que sin causar inconvenientes, diese motivo a los que no se pudiesen poblar luego, que viendo el buen tratamiento y amparo de los ya reducidos, acudiesen a ofrecerse de su voluntad»[660]. Para la formación de los mencionados pueblos, debían elegirse lugares «que tuviesen comodidad de agua, tierras y montes, entradas y salidas, y labranzas, y un egido de una legua de largo, donde los indios pudiesen tener sus ganados, sin que se revolviesen con otros españoles»[661]. Reservaban los reyes para la Corona muchas de las reducciones, en particular las de las cabeceras y puertos de mar; encomendaban o concedían las restantes a los individuos que les eran más gratos.

[659] Véase Solórzano, Política Indiana, lib. II, cap. XXIV.

[660] Recopilación de Indias, lib. VI, título III, ley 1.ª

[661] Ibidem, ley 8.

A su vez, los agraciados en las encomiendas o encomenderos, como correspondiendo a la gracia real, quedaban sujetos a las siguientes obligaciones:

1.ª Defender las personas y haciendas de los indios que tuvieran a su cargo, procurando que no recibiesen agravio alguno[662].

[662] Ibidem, lib. VI, tít. IX, ley 1.ª

2.ª Edificar en las reducciones iglesias, proveyéndolas de todos los ornamentos necesarios, y sostener sacerdotes para que enseñasen a los indios la doctrina cristiana y administrasen los Santos Sacramentos[663].

[663] Ibidem, lib. VI, tít. VIII, ley 1.ª y tít. IX, leyes 1.ª y 3.ª

3.ª Tener armas y caballos para defender la tierra en caso de guerra, y hacer en determinados tiempos sus correspondientes alardes con el objeto de hallarse siempre dispuestos, debiendo salir a campaña a su propia costa, si se les mandare[664].

[664] Ibidem, lib. VI, tít. IX, ley 4.ª

4.ª Tener casas pobladas en las ciudades cabezas de sus encomiendas[665].

[665] Ibidem, lib. VI, tít. IX, leyes 9.ª y 10.

5.ª No podían ausentarse de la provincia y sólo para asunto preciso podía el gobernador otorgarles cuatro meses de licencia; pero obligándoles a dejar escudero que hiciera sus veces. Si era para ir a España y traer sus mujeres, se les concedían dos años[666].

[666] Ibidem, lib. VI, tít. IX, leyes 25, 26, 27 y 28.

Procurábase--y esto no deja de ser importante--que el encomendero no sacase de la encomienda una renta mayor de 2.000 pesos. A veces el residuo del tributo se distribuía en pensiones que no podían exceder de 2.000 pesos, y a los que las recibían se les llamaba pensionistas[667]. En general, los reyes hacían merced de las encomiendas por dos vidas; la del agraciado y la de su sucesor. Después, la encomienda volvía á la Corona, para que el Rey dispusiera de ella a su voluntad. Aunque los encomenderos trabajaron con empeño para que las encomiendas fuesen dadas a perpetuidad, nada pudieron conseguir. Lo mismo las encomiendas que las pensiones eran concedidas por los virreyes, presidentes y gobernadores de las Indias; mas las provisiones de ellas debían ser sometidas, dentro de cierto término, a la confirmación real, resultando--como dice un comentador--«que Su Majestad era el que verdaderamente las otorgaba»[668].

[667] Ibidem, lib. VII, tít. VIII, leyes 28, 29, 30 y 31.

[668] Recop. de Indias, lib. VI, tít. XIX.

Los abusos que se cometían con la excusa de los repartimientos, encomiendas y reducciones promovieron la indignación de los dominicos, a cuya cabeza se puso--como tantas veces hemos dicho en esta obra--Fray Bartolomé de las Casas. Gran parte de su vida sacerdotal pasó el obispo de Chiapa declamando contra tales injusticias. Desde que en el año 1515 se embarcó para España con la idea de llevar sus quejas a Fernando el Católico, no cesó en su obra humanitaria. Como D. Fernando se encontrase por entonces enfermo de cuerpo y hondamente preocupado con los asuntos políticos, hubo de delegar el asunto de las Indias a su secretario Conchillos, el cual, así como Fonseca, obispo de Burgos, eran opuestos al derecho de los indígenas. A la muerte de D. Fernando insistió Las Casas cerca de los regentes Cisneros y Adriano, logrando que el citado cardenal hiciese algo en favor de los indios. Al lado de Las Casas se pusieron Cisneros, Juan López de Vivero, vulgarmente conocido con el nombre de su pueblo, Palacios Rubios (Salamanca) y algunos otros. Luego, a ruegos de Las Casas, se publicaron por Carlos V--como ya se ha dicho y repetimos más adelante--famosas Ordenanzas; pero los delegados que fueron a implantar las Nuevas Leyes se pusieron al lado de los colonos, fracasando de este modo las gestiones del incansable protector de los indios.

Terminaremos asunto de interés tan capital, con las siguientes observaciones: repartimientos, encomiendas y reducciones no merecen nuestras alabanzas. Reconocemos que, si buena fe guió a los fundadores, los resultados no correspondieron a lo que aquéllos deseaban; pero las censuras de muchos escritores anglo-sajones son más severas que justas. No negaremos que la organización civil y política de las colonias españolas era distinta de la organización civil y política de las colonias inglesas; no negaremos que el catolicismo allá y el protestantismo acá, influyeron en la manera de ser, en las costumbres de unas y de otras colonias.

Ante la crítica apasionada de muchos escritores a nuestro sistema de repartimientos, encomiendas y reducciones, conviene recordar que frecuentemente los indios tuvieron protectores y no tiranos, y cuando terminaron aquéllas, el indígena pudo contar con una libertad cuasi completa. Si en Norte-América no hubo repartimientos, encomiendas y reducciones, en cambio, los indígenas, sujetos al yugo de los conquistadores ingleses, no lograron entonces bienes de ninguna clase; y á la sazón se mueren de hambre en los incultos desiertos del Arkansas. Además, si con la organización y política de las colonias españolas, el indio tuvo un amo, en los Estados Unidos, sin dicho sistema de organización, tuvo muchos amos, hallándose expuesto siempre a los desmanes de grosera e indisciplinada soldadesca.

Somos de opinión que, después de la independencia, después que se rompieron los vínculos que unían las colonias a la metrópoli, se manifestaron los caracteres diferenciales de una y de otra raza, distinguiéndose entonces el positivismo anglo-sajón y el idealismo latino. Por eso, mientras los primeros buscaban el bienestar por el orden, el trabajo y la formalidad, los segundos, impacientes, desconfiados y revolucionarios corrían por terrenos ignorados, con la fogosidad y el atolondramiento de la juventud.

En suma, puede asegurarse: 1.º Que el conquistador o colonizador español tuvo menos ventajas con su política que el conquistador o colonizador anglo-sajón; 2.º Que el indígena, si fué encadenado por el primero, sufrió la dura y tiránica ley del segundo. Encontró el pobre indio en todas partes la tiranía, lo mismo en la América Meridional que en la Septentrional, lo mismo o quizá menos bajo la raza española que bajo el poder de la raza anglo-sajona. Repítese en todos los tonos que el español, no compadeciéndose del indio, le obligó a extraer el oro y la plata de las minas; pero, ¿no hicieron lo mismo entonces, después y siempre los ingleses? Adquirieron la independencia las colonias, no por los celos de los criollos contra los europeos, no por el mal trato de la metrópoli, no por las nuevas ideas políticas de los principales jefes del movimiento, sino porque así debía ser, porque debían salir de la tutela donde habían estado tanto tiempo.

La esclavitud no echó profundas raíces en las Indias. El esclavo no fué considerado como una bestia de carga, ni se le maltrataba, ni se le atormentaba. Se le manumitía con harta frecuencia, sucediendo no pocas veces que rechazaba la libertad concedida por los dueños. Raramente se rebeló contra sus amos. Consideremos el origen de la esclavitud. Los conquistadores y colonos se encontraron con la necesidad de cultivar la tierra y extraer el mineral de las minas. La raza indígena era poco a propósito para lo uno y para lo otro, naciendo entonces la idea de llevar al Nuevo Mundo esclavos negros, gente, en general, robusta y fuerte. El emperador Carlos V, por vez primera, autorizó en el año 1517 a un flamenco para que introdujese esclavos africanos en América. A las mil maravillas cumplió su cometido el compatriota del César, pues--cuentan--que cinco años después de la concesión del privilegio, los negros de Santo Domingo eran más numerosos que los blancos. No huelga decir que, según algunos cronistas, ya en 1505 se habían introducido 17 negros en la Isla Española para trabajar las minas, y en 1510, pasaron de 100[669].

[669] Ramón La Sagra, Historia física, política y natural de Cuba.--Apéndice 89.

En mayor o menor número y con más frecuencia o menos frecuencia, continuaron concediéndose los privilegios de introducción o asiento, hasta que al fin quedó prohibido el tráfico negrero en el Congreso de Viena (1.º noviembre 1814 al 9 julio 1815). En él se acordó la abolición del comercio de negros; mas la ejecución de semejante medida debía ser lenta, por cuanto se dejó a Inglaterra, Rusia, Austria, Prusia, Francia, España, Portugal y Suecia la designación de la época en que cada una de dichas naciones quisiera realizarla. Las potencias más interesadas en abolir la trata de negros eran Francia, España y Portugal[670]. El comercio de esclavos se aumentó considerablemente después de prohibido, lo cual hizo que, tiempo adelante, la Gran Bretaña, Austria, Francia y Rusia pusiesen en práctica lo que el Congreso de Viena había propuesto, firmando (20 diciembre 1841) un tratado para impedir el inhumano tráfico.

[670] Véase Heeren, Systéme politique des Etats de L'Europe, tom. III, pág. 263.

El remedio más radical para acabar con el tráfico de negros era la abolición de la esclavitud. El gobierno inglés proclamó en 1831 la libertad inmediata de todos los esclavos de la Corona, contestando a los clamores de los colonos con la abolición de la esclavitud en las colonias occidentales para el 1.º de agosto de 1834. Roberto Peel, que no había sido partidario de la citada abolición, la llamó «la más feliz reforma de que el mundo social puede ofrecer ejemplo.» También, poco a poco, los gobiernos españoles realizaron reforma tan transcendental.

Pocos extranjeros vivían en nuestras colonias. No sólo eran mal mirados por los monarcas españoles, sino que hasta el siglo XVIII se les prohibía establecerse en las posesiones de la India. Cuando lo hacían, se mandaba que sin excusa alguna y en el menor tiempo posible, saliesen con sus familias de las citadas provincias. No es extraño, pues, que fuesen muy pocos los extranjeros que se arriesgasen a vivir en las colonias, dándose el caso que Humboldt, durante los cinco años que viajó por el virreinato de México, sólo encontró un alemán. Según el censo de 1809, en Chile apenas había 80 extranjeros. Todos, lo mismo en la metrópoli que en América, querían el aislamiento de las colonias. Temían los reyes que los extranjeros habían de propagar en aquellos países el espíritu revolucionario, y por esta razón aislaron sus colonias del resto del mundo. No puede negarse que sacrificaron el progreso intelectual al fanatismo político y religioso. No andaban del todo separados de la verdad, según tendremos lugar de ver más adelante.

CAPITULO XXXI

ORGANIZACIÓN COLONIAL: VIRREINATOS.--GOBERNADORES GENERALES.--LAS INTENDENCIAS.--LOS GOBIERNOS DEL BRASIL.--LAS AUDIENCIAS: NOMBRES DE LAS AUDIENCIAS.--ATRIBUCIONES DE LOS VIRREYES, GOBERNADORES GENERALES, INTENDENTES, AUDIENCIAS Y PRESIDENTES.--REGENTES DE LAS AUDIENCIAS.--CONSULADOS Y CABILDOS EN LAS COLONIAS DE ESPAÑA.--ALCALDES ORDINARIOS Y CORREGIDORES.--TRIBUNALES DE MINERÍA Y DE CUENTAS.--GOBIERNO POLÍTICO Y ELEMENTOS DE QUE CONSTABA.

Los Virreyes, Proreges ó Vice Reges eran vicarios o representantes del Rey. Al establecerse los primeros virreinatos, la autoridad de los virreyes era casi ilimitada, hasta el punto que el Rey declaró «que en todos los casos y negocios que se ofrecieren, hagan lo que les pareciere y vieren que conviene, y provean todo aquello que Nos podríamos hacer y proveer, de cualquiera calidad y condición que sea, en las provincias de su cargo, si por nuestra persona se gobernasen, en lo que no tuvieren especial prohibición.» Es cierto, pues, que por la Cédula dada el año 1528 los virreyes y las demás altas autoridades en cada región, se hallaban autorizados para suspender el cumplimiento de aquellas órdenes, si por cumplirlas «se introduciese escándalo conocido o daño irreparable.» Mucho tiempo después, en una Real Cédula dada en el palacio de El Escorial a 19 de julio de 1614, se decía lo siguiente: «Que a los virreyes se les debe guardar y guarde la misma obediencia y respeto que al Rey, sin poner en esto dificultad, ni contradicción, ni interpretación alguna. Y con apercibimiento que a los que a esto contravinieren, incurrirán en las penas puestas por derecho a los que no obedecen los mandamientos reales, y las demás que allí de nuevo pone y refiere.» Atribuciones tan amplias no excluían que de cuando en cuando se mandasen Instrucciones Reales, que determinaban la conducta que debían seguir. Del mismo modo que a los oidores y a otros funcionarios, se sujetaba a los virreyes a juicio de residencia y les estaba prohibido «todo género de contrato y granjería.» Frecuentemente las Audiencias, con más o menos razón, suscitaron cuestiones de competencia a los virreyes, resultando de ello graves conflictos, pues en ciertos casos y en ciertos asuntos tenían atribuciones superiores a dichos virreyes. (Apéndice J.)

El gobernador general, nombrado por la Corona, conocía de todos los asuntos de administración y policía, hasta el punto que nombraba para las plazas vacantes en los diversos empleos públicos, disponía de las tierras de la Corona, etc.

Es de advertir que tanto el virrey como el presidente gobernador eran casi siempre funcionarios peninsulares, muy rara vez americanos. Apenas se encuentra alguno natural del reino o provincia que se le encargaba gobernar. Dice uno de los historiadores nacionales contemporáneos de la independencia que, entre los 160 virreyes que hubo en América, sólo cuatro fueron americanos, y entre más de 600 presidentes sólo 14[671]. Entre los gobernadores de Chile, desde D. Pedro de Valdivia hasta D. Francisco García Carrasco, únicamente se registra el nombre de un chileno, y esto interinamente y por poco tiempo.

[671] Guzmán, El Chileno instruído en la Historia topográfica, civil y política de su país, lección 69.

El virrey representaba al monarca, y la Audiencia á la Justicia y a la ley; era, además, la Audiencia el Consejo consultivo del virrey o del presidente gobernador.

El cabildo era representante del respectivo pueblo o vecindario, y atendía a los intereses locales. Los individuos de las citadas corporaciones eran nombrados por el gobierno peninsular. Si en los primeros tiempos debían ser elegidos los regidores, después fueron nombrados por merced del Rey, y a veces tales cargos se adjudicaban al mejor postor. Los alcaldes que, entre otras atribuciones, tenían la de administrar justicia en primera instancia, formaban parte de los cabildos y eran elegidos por los individuos de estas corporaciones.

Consideremos ahora los virreinatos y capitanías generales existentes en la América española al iniciarse la guerra de la independencia. Los virreinatos eran cuatro: el de México o Nueva España[672]; el del Perú o Nueva Castilla[673]; el de Santa Fé de Bogotá o Nueva Granada, que databa de 1717[674], y el de Buenos Aires, de 1776-78. Los dos virreinatos últimos fueron formados a expensas de los dos primeros. (Apéndice L.)

[672] Don Antonio de Mendoza, primer virrey de México, fué nombrado por Carlos V, a 17 de abril de 1535, entrando a gobernar en el mismo año.

[673] Blasco Núñez de Vela salió de Sanlúcar el 3 de noviembre de 1543, y entró en Lima el 17 de mayo de 1544.

[674] Suprimido en 1723 y restablecido en 1739-40.

Las capitanías generales eran las de la Española, Guatemala, Chile y Venezuela.

Según la ordenanza de 1803, las Intendencias o provincias eran las siguientes: El virreinato de México comprendía las intendencias de Puebla de los Angeles, Nueva Veracruz, Mérida de Yucatán, Antequera de Oaxaca, Valladolid de Mechoacán, Santa Fe de Guanajuato, San Luis de Potosí, Guadalajara, Zacatecas, Durango y Sonora.

El virreinato del Perú, las intendencias de Farnia, Trujillo, Cuzco, Gusmanga, Huancavalica, Arequipa, Chiloe y Puno.

El virreinato de Santa Fe de Bogotá o Nueva Granada, las intendencias de Quito, Popayán, Cuenca, Cartagena y Panamá.

El virreinato de Buenos Aires, las intendencias de Paraguay, Córdoba, Tucumán, Salta, Cochabambo, Paz, Plata y Potosí.

La capitanía general de la Española, los gobiernos de Cuba, de Puerto Rico y de las posesiones de la Florida y de la Luisiana.

La capitanía general de Guatemala, las intendencias del Salvador, Comayagua, Nicaragua, Chiapa y Guatemala.

La capitanía general de Chile, las intendencias de Santiago y Concepción.

La capitanía general de Venezuela, las intendencias de Caracas, Maracaibo, Barinas, Cumaná y Guayana.

Las Intendencias, establecidas en España desde el año 1718, se intentó crearlas en México en 1768--de acuerdo con el visitador D. José Gálvez--por el virrey marqués de Croix. También desechó el proyecto el virrey Bucareli; pero lo aceptó D. Bernardo Gálvez, conde de Gálvez, en 1786, publicándose entonces la célebre Instrucción de Intendentes[675]. Algunas observaciones debemos hacer a la citada Ordenanza. En la Introducción de la Instrucción de Intendentes dice el rey Carlos III que «movido de paternal amor a sus vasallos y deseoso de poner en buen orden, felicidad y defensa los dilatados dominios de las dos Américas, ha resuelto, con muy fundados informes y maduro examen, establecer en el reino de Nueva España intendentes de ejército y provincia, para que dotados de autoridad y sueldos competentes, gobiernen aquellos pueblos y habitantes en la parte que se les confía.» La Instrucción consta de 306 artículos, divididos en cinco grupos: en el primero se establecen bases, y en los siguientes las causas de justicia, policía, hacienda y guerra. Por el art. 1.º se dividía el reino de México en doce intendencias, las cuales tomarían el nombre de la población que se erigiese en capital. Por el 2.º, se confirmaba la autoridad que al virrey conferían las leyes de Indias, pero dejando al cuidado de los intendentes todo lo relativo a la Real Hacienda. Por los demás artículos se deslindaban con toda claridad las facultades de los intendentes respecto a los virreyes, en particular en lo referente a la agricultura, industria, abastecimiento, sanidad y beneficencia de los pueblos.

[675] El virrey, conde de Gálvez, era hijo del anterior virrey, D. Matías Gálvez.

Comprendíanse las bases desde los artículos 1.º al 14: en los doce primeros se trataba de la creación de intendentes y de sus facultades, de las atribuciones de la junta, y las de los gobernadores y jueces subdelegados; en los dos últimos de las elecciones de alcaldes indios.

A la causa de justicia pertenecían los artículos desde el 15 al 56 y en ellos se trataba de los asesores y asuntos de justicia, de los propios, arbitrios y bienes de la comunidad, y de los escribanos y notarios, multas y penas de Cámara y los informes reservados al gobierno supremo.

A la causa de policía desde el 57 al 74, en los cuales se trata, ya de varios preceptos de policía y buen gobierno, ya de los pósitos, alhóndigas y moneda.

A la causa de hacienda desde el 75 al 249: estudiase la jurisdicción privativa de hacienda y las facultades económicas de sus ministros, del tabaco, causas de fraudes, tierras realengas, confiscaciones, presas, naufragios y mostrencos, del fuero de hacienda, montepío, escribanos de hacienda y registros, de los ministros generales y principales de hacienda, del libro de la razón general, de la administración, arriendo de rentas y repartimientos de contribuciones, del tributo de indios y las alcabalas, de varias rentas, como el pulque, pólvora, naipes, minas y azogues, papel sellado, lanzas y medias annatas, salinas, pulperías y oficios vendibles y renunciables, de la Bula de Cruzada, diezmos, vacantes mayores y menores, media annata y mesada eclesiástica, subasta de rentas menores, dotación de párrocos y espolios de prelados, y de la traslación de caudales, arcas y tanteos mensuales, facultades del superintendente general y sus delegados, y otros asuntos interiores.

A la causa de la guerra, desde el 250 al 306: se ocupan de los ajustes y marchas, revistas de tropas, hospitales, almacenes de artillería, prerrogativas, honores y sueldos de los intendentes.

La citada Ordenanza se dió primero a México, haciéndose luego extensiva a Lima, Buenos Aires, Chile, Guatemala, y, por último, a la isla de Cuba en 7 de noviembre del año 1791. La Instrucción de Intendentes siguió hasta el 1803 en que la modificó Carlos IV.

Se propusieron principalmente las Intendencias, centralizar la administración y aumentar los ingresos de la Corona; pero causaron grave daño a los municipios. Los intendentes arrebataron a los cabildos toda libertad administrativa, anulando a los antiguos corregidores y apropiándose el conocimiento de los asuntos de agricultura, comercio, minería, caminos y ornato público.

Las Capitanías (Gobiernos) del Brasil eran las siguientes: Tamaracá, Pernambuco, Todos los Santos, Isleos, Puerto Seguro, Espíritu Santo, Río de Janeiro y San Vicente. En la Capitanía o Gobernación de Todos los Santos, residía el gobernador, el auditor general de toda la costa y el obispo.

Las Audiencias se crearon por el orden que después diremos; pero antes se trasladará aquí la siguiente ley del Rey Felipe IV:

«Por quanto en lo que hasta aora se ha descubierto de nuestros Reynos y Señoríos de las Indias, están fundadas doze Audiencias y Chancillerías Reales, con los límites que se expresan en las leyes siguientes, para que nuestros vasallos tengan quien los rija y gobierne en paz y en justicia, y sus distritos se han dividido en Gobiernos, Corregimientos y Alcaldías mayores, cuya provision se haze segun nuestras leyes y órdenes, y están subordinados a las Reales Audiencias, y todos a nuestro Supremo Consejo de las Indias, que representa nuestra Real persona. Establecemos y mandamos, que por aora, y mientras no ordenaremos otra cosa, se conserven las dichas doze Audiencias, y en el distrito de cada una los Gobiernos, Corregimientos y Alcaldías mayores, que al presente hay, y en ello no se haga novedad, sin expressa orden nuestra, o del dicho nuestro Consejo»[676].

[676] Ley I, tít. XV, lib. II de la Recopilación de leyes de los Reinos de las Indias.

I. El emperador Carlos V, con fecha 14 de septiembre de 1526, fundó la Audiencia de Santo Domingo, que comprendía las Islas de Barlovento y de la costa de Tierra Firme, y en ellas las gobernaciones de Venezuela, Nueva Andalucía, el Río de la Hacha y provincias del Dorado[677].

[677] Ley II, tít. XV, lib. II.

II. La de México ó Nueva España que creó Carlos V el 9 de noviembre y 13 de diciembre de 1527, comprendía las provincias llamadas de Nueva España, con las de Yucatán, Cozumel y Tabasco; y por la costa de la mar del Norte y Seno Mexicano hasta el Cabo de la Florida; y por la mar del Sur, desde donde acaban los términos de la Audiencia de Guatemala hasta donde comienzan los de la Galicia[678].

[678] Ley III, tít. XV, lib. II.

III. La de Panamá, que fundó Carlos V el 30 de febrero de 1535 y 2 de marzo de 1537, y cuya jurisdicción llegaba a la provincia de Castilla del Oro hasta Portobelo y su tierra, la ciudad de Natán y su tierra, la gobernación de Veragua; y por el mar del Sur, azia el Perú, hasta el Puerto de la Buenaventura, exclusive, y desde Portobelo, azia Cartagena hasta el río del Darién, exclusive, con el golfo de Urabá y Tierra Firme, partiendo términos por el Levante y Mediodía con las Audiencias del Nuevo Reyno de Granada y San Francisco del Quito; por el Poniente con la de Santiago de Guatemala, y por el Septentrión y Mediodía con los dos mares, de Norte y Sur[679].

[679] Ley IV, tít. XV, lib. II. Danvila no cita esta Audiencia en la Historia general de España. Reinado de Carlos III, tomo V., págs. 151-158.

IV. La de la Ciudad de los Reyes o de Lima (Perú), fundada por Carlos V el 20 de noviembre de 1542, cuyo distrito era la costa que hay desde dicha ciudad hasta el reyno de Chile exclusive, y por la tierra adentro a San Miguel de Piura, Caxamarca, Chachapoyas, Moyobamba y los Motilones, inclusive, y hasta el Callao exclusive, por los términos que se señalan a la Real Audiencia de la Plata y la ciudad del Cuzco con los suyos, inclusive, partiendo términos por el Septentrión con la Real Audiencia de Quito; por el Mediodía con la de la Plata; por el Poniente con la mar del Sur, y por el Levante con provincias no descubiertas[680].

[680] Ley V, tít. XVI, lib. II.

V. La de los Confines de Guatemala y Nicaragua, creada por Real Cédula de Carlos V el 13 de septiembre de 1543, y que tuvo a su cargo la gobernación de las dichas provincias y sus adherentes, esto es, Guatemala, Nicaragua, Chiapa, Higueras, Cabo de Honduras, la Vera-Paz y Soconusco, con las islas de la costa[681].

[681] Ley VI, tít. XV, lib. II.

VI. La de Guadalajara o Nueva Galicia, creada por Real Cédula de Carlos V el 13 de febrero de 1548: se estableció primero en Compostela, trasladándose luego a Guadalajara, porque era «sitio más agradable, más sano, más fértil y abundante...»[682]. Tenía por distrito las provincias de la Nueva Galicia, Culiacán, Copala, Colima y Zacatula con los pueblos de Avalos[683].

[682] Herrera. Década VIII, lib. IV, capítulo XII.

[683] Ley VII, tít. XV, lib. II.

VII. La del Nuevo Reino de Granada o de Santa Fe de Bogotá, fundada por el Emperador el 17 de julio de 1549, tenía por distrito las provincias del Nuevo Reino y las de Santa Marta, Río de San Juan y la de Popayán, excepto los lugares de ella, señalados a la Audiencia de Quito, y de la Guayana o Dorado tenga lo que no fuere de la Audiencia de la Española y toda la provincia de Cartagena, partiendo términos...[684].

[684] Ley VIII, tít. XV, lib. II.

VIII. La de las Charcas o de la Plata, creada por Felipe II el 4 de septiembre de 1559, que comprendía la provincia de las Charcas y todo el Callao, con las Provincias de Sangabana, Carabaya, Juries y Dieguitas, Moyos y Chunchos y Santa Cruz de la Sierra[685].

[685] Ley IX, tít. XV, lib II.

IX. La de San Francisco de Quito, en el Perú, que erigió Felipe II por Real Cédula del 29 de noviembre de 1563: «comprendía su distrito la provincia de Quito, y por la costa azia la parte de la ciudad de los Reyes, hasta el puerto de Payta exclusive, y por la tierra adentro hasta Piura, Caxamarca, Chachapoyas, Moyobamba y Motilones exclusive, azia esta parte los pueblos de Jaén, Valladolid, Loja, Zamora, Cuenca, la Zarza y Guayaquil, con todos los demás pueblos que estuvieren en sus comarcas y se poblaren, y azia la parte de los pueblos de la Canela y Quijos, con los demás que se descubrieren; y por la costa azia el Panamá, hasta el puerto de Buenaventura, inclusive; y la tierra adentro a Pasto, Popayán, Cali, Buga, Chapanchica y Guachicona...»[686].

[686] Ley X, tít. XV, lib. II.

X. La de Manila, en la isla de Luzón, Cabeza de las Filipinas[687].

[687] Ley XI, tít. XV, lib. II.

XI. La de Santiago de Chile, fundada por Felipe III por Real Cédula del 17 de febrero de 1609 y por Felipe IV en la Recopilación de Leyes de los Reynos de Indias, comprende su distrito todo el reino de Chile[688]. En el reinado de Felipe V de Borbón y en el año de 1710 había Audiencia en la provincia de Chile[689].

[688] Ley XII, tit. V, lib. II.

[689] Véase Arch. Hist. Nacional.--Cedulario índico, tomo XL, núm. 174, págs. 173 v.ª y siguientes.

XII. La de la Trinidad, Puerto de Buenos Ayres, fué fundada por Felipe IV el 2 de noviembre de 1661: tenía por distrito las ciudades, villas y lugares de las provincias del Río de la Plata, Paraguay y Tucumán, que hasta entonces habían pertenecido a la Audiencia de los Charcas[690].

[690] Ley XIV, tit. XV, lib. II.--Extinguióse la citada Audiencia; pero se restableció al crearse el Nuevo virreinato de Buenos Ayres por Real cédula de Carlos III (7 julio 1788).

XIII. La de Caracas, creada por Carlos III (13 junio 1786) comprendía la parte española de Santo Domingo, Cuba y Puerto Rico.

XIV. La del Cuzco, que fundó Carlos III (Real orden de 26 de febrero de 1787) comprendía sólo su extensa provincia.

Por lo que respecta a la Audiencia de Panamá, encontramos las noticias siguientes: Felipe II, desde Aranjuez (19 mayo 1568) hubo de mandar que, si la Audiencia y Chancillería Real de la ciudad de Santiago de la provincia de Guatemala se había trasladado a Panamá de la provincia de Tierra Firme, a la sazón disponía que volviese a dicha ciudad de Santiago[691]. No debió de volver, por cuanto el mismo Rey desde Madrid (6 febrero de 1571) se dirigió al Presidente y Oidores de la Audiencia de la ciudad de Panamá de la provincia de Tierra Firme, para decirles que obedeciesen en todo al virrey del Perú[692].

[691] Arch. hist. nacional.--Cedulario índico, tom. XXXVI, n.º 33, pág. 40 v.ª a 42 v.ª

[692] Cedulario índico, tomo XXXVIII, n.º 123, págs. 156 y 156 v.ª

Que había Audiencia en Panamá en el año 1645 también lo prueba el documento siguiente:

«Administración de justicia: Hecho presente al Obispo de la ciudad de Panamá, la falta que había de ella en aquella Audiencia, porque siendo solos dos Oidores, el uno estaba ausente y el otro enfermo, amigo del Presidente, por cuya razón hacía éste lo que quería, muy distante de la fidelidad con que debía ejercer un cargo: Resolvió S. M. mirase por sus obejas conforme a su obligación, y si tuviese que dar alguna queja contra los ministros de dicha Audiencia, no lo hiciese a bulto y con palabras equívocas.»[693] Consta del mismo modo que, reinando Carlos II, y en 31 de diciembre de 1686, existía Audiencia en la ciudad de Panamá, provincia de Tierra Firme[694]. En el reinado de Felipe V y en el año 1710 había Real Audiencia en Panamá de la provincia de Tierra Firme[695]. Más adelante, año 1734 y en el mismo reinado, continuaba la Audiencia en Panamá[696].

[693] Biblioteca particular de S. M. el Rey de España, Cédula de 15 de agosto de 1645, tomo 44, fol. 209, n.º 225.

[694] Arch. histórico nacional, Cedulario índico, tomo XXXVI, n.º 321, pág. 345 y siguientes.

[695] Ibidem, tomo XL, n.º 180, pág. 181 v.ª y siguientes.

[696] Ibidem, tomo XIII, n.º 138, pág. 128 v.ª y siguientes.

De modo que dentro de los virreinatos se hallaban las Capitanías generales, de carácter militar; las Intendencias, de carácter administrativo, y las Audiencias, de carácter judicial. Los virreyes, como regla general, eran presidentes de la Audiencia, que estaba en la capital del virreinato, y tenían poder sobre los capitanes generales y aun intendentes de la provincia donde se hallaba dicho virreinato.

Por lo que respecta a las Audiencias, daremos algunas más noticias. Eran tribunales--como decía Solórzano--donde se guardaba la justicia, donde los pobres hallaban defensa de los agravios y opresiones de los poderosos, y donde a cada uno se le daba lo que era suyo con derecho y verdad[697]. Mediante Real Cédula dada en la ciudad de Buitrago a 19 de mayo del año 1603 se dispuso que «los virreyes y gobernadores, por ningún caso, se mezclen ni entrometan en los negocios concernientes a administración de justicia, porque éstos están sometidos a las Audiencias, y no las deben poner en ellos estorvo, ni impedimento alguno»[698].

[697] Política Indiana, lib. V, cap. III.

[698] Ibidem.

En las provincias más importantes se establecieron Audiencias. «Todavía, como se fueron poblando y ennobleciendo tanto, pareció conveniente, que por lo menos en las principales de ellas, que son las del Perú y las de la Nueva España, se pusiesen gobernadores de mayor porte con título de Virreyes, que juntamente hicieren oficio de presidentes de las Audiencias que en ellas residen, y privativamente tuviesen a su cargo el gobierno de aquellos dilatados reinos y de todas las facciones militares que en ellos se ofreciesen, como sus capitanes generales, y en conclusión, pudieren hacer e hiciesen, y cuidar y cuidasen de todo aquello que la misma persona real hiciera y cuidara, si se hallara presente, y entendiesen convenir para la conversión y amparo de los indios, dilatación del Santo Evangelio, administración política y su paz, tranquilidad y aumento en lo espiritual y temporal»[699].

[699] Solórzano, Ob. cit., lib. V, cap. XII.

De las sentencias dadas por las Audiencias y sólo en los asuntos civiles, se podía apelar ante el Consejo de Indias y cuando la cantidad en litigio consistía en más de 6.000 pesos. Si los asuntos de gobierno y policía se habían hecho contenciosos, sobre la opinión del virrey o capitán general, estaba la Audiencia, que fallaba en apelación. En determinados asuntos los virreyes y capitanes generales tenían la obligación de consultarlas. Ellas ejercían además un derecho de vigilancia sobre los otros tribunales y sobre los empleados civiles. El virrey, el capitán general o el presidente tenía derecho a presidir la Real Audiencia y a asistir a sus sesiones; pero carecía de voto deliberativo y consultivo.

El Rey, queriendo sustraer a los oidores de toda influencia que pudiera perjudicar la administración de justicia, les prohibió ser padrinos, asistir a las bodas o a entierros, casarse sin permiso en el lugar de su residencia, dar o tomar dinero a préstamo, y hasta poseer propiedades. No deja de llamar la atención--sin embargo de la importancia y delicado del cargo--algunas de las prohibiciones a que estaban sujetos los virreyes, presidentes, gobernadores y oidores. Les estaba vedado negociar en cualquier forma que fuese, dar o tomar dinero a usura, y sembrar trigo o maiz. Prohibíaseles poseer casas, huertas, chacras o estancias. No habían de recibir dádivas, ni tener estrechas amistades con eclesiásticos o seglares. No podían ser padrinos de matrimonio o de bautizo, ni asistir a casamientos o entierros, ni ellos ni sus hijos podían casarse en sus distritos sin licencia especial del Rey. En suma, debían vivir completamente aislados en la sociedad que estaban encargados de gobernar, y se les prohibía tener con sus subordinados otras relaciones que las oficiales[700].

[700] Recopilación de Indias, lib. II, tít. XVI, ley 48 y siguientes.

Sin embargo, virreyes, gobernadores, generales, intendentes, Audiencias y presidentes, aunque tenían grandes atribuciones, se hallaban sujetos al poder real. Con harta frecuencia el Rey se dirigía á dichas autoridades ordenándoles lo que debían hacer, pudiendo servir de ejemplo la siguiente cédula:

«Tributos: Haviendo entendido el Rey por cartas y relaciones venidas de América el gran número de indios que havían fallecido en el año de 1545, assí de los incorporados á la Real corona como de los encomendados a particulares, y que los pocos que havían quedado no podían pagar los establecimientos por la tasa: Mandó a la Audiencia de aquel reino providenciase que sólo se les exigiese lo que buenamente pudiesen pagar sin fatiga ni vejación.» Cédula de 10 de abril de 1546, vid., tomo 10 de ellas, folio 298 v.º núm. 503[701].

[701] Biblioteca particular de S. M. el Rey de España.

Los Regentes de las Audiencias se crearon por Real cédula de 6 de abril del año 1776. En los 78 artículos de la Instrucción se establecen las ceremonias con que deben ser recibidos los regentes, los honores y distinciones que se les deben, sus relaciones con los virreyes y otras autoridades y sus facultades en el régimen interior de las Audiencias.

Además de las instituciones que acabamos de señalar, existían otras dos que tuvieron relación directa e inmediata con la vida íntima del país, como también importancia extraordinaria, ya en el desenvolvimiento colonial, ya decisiva influencia en el movimiento revolucionario y emancipador de la América española. Estas dos instituciones fueron los Consulados y los Cabildos.

Los Consulados--Tribunales generalmente constituídos por peninsulares nombrados cada dos años por los comerciantes de importantes plazas mercantiles--tenían atribuciones judiciales en los asuntos de comercio y se ocupaban también del fomento de toda clase de industrias «arbitrando fondos, haciendo caminos, reparando puertos, abriendo escuelas, construyendo aduanas y recabando del legislador mejoras y leyes sobre materia mercantil»[702]. A ejemplo del consulado de Sevilla se fundaron el de México y el del Perú. Las ordenanzas del de México se aprobaron en Valladolid a 9 de junio de 1603 y a 4 de julio de 1604, y en Ventosilla a 20 de octubre del mismo año. Las ordenanzas del de Lima se aprobaron por cédula dada en Madrid el 11 de enero de 1614; se aprobó y confirmó dicha erección el 16 de abril de 1618[703].

[702] También los consulados se denominaron Universidades de Mercaderes.

[703] Solórzano, ob. cit., libro VI, cap. XIV.

La administración local de las ciudades estaba a cargo de los cabildos. A veces, aunque los decretos reales limitaban bastante las facultades de los cabildos, ellos, deseando ensanchar continuamente su acción, dictaban ordenanzas, se ocupaban de asuntos de policía, imponían contribuciones y levantaban tropas para la defensa del distrito. Con harta frecuencia y en muchas partes, usurpaban atribuciones de otras autoridades o tribunales. En los primeros tiempos tenían el derecho de nombrar gobernadores provisionales o interinos. Dos regidores, designados como alcaldes, eran los jueces de primera instancia. Poco a poco, a causa de la política absorbente de los reyes de España, fueron despojados los cabildos de muchas de sus atribuciones, perdiendo, por tanto, importancia los cargos de regidores. Por esta razón eran poco estimados por los españoles, aprovechándose de ello los criollos en su afán de distinguirse y figurar entre los suyos. A veces, y en algunas colonias, el oficio de alcalde era aceptado a la fuerza, como sucedió en Buenos Aires con Hernando de Montalvo, el cual llevó a tal extremo su obstinación, que el cabildo dispuso «que esté preso en las casas de su morada y que sea ejecutada la pena hasta tanto que açete el dicho oficio;» ante semejante disposición, Montalvo dijo «que por redimir las vejaciones y fuerças y respuestas y molestias que el dicho cabildo le haze, que acetaba y aceto el dicho oficio de alcalde y lo firmo»[704].

[704] Actas del Cabildo de Buenos Aires, sesión del 2 de octubre del año 1589, tomo I, pág. 49.--Buenos Aires, 1907.

Acerca de otro orden de cosas y por lo que respecta al cargo de regidores, es de lamentar que en algunas colonias, como sucedía en Chile, se comprasen dichos cargos y llegaran a ser vitalicios; pero de todos modos, los cabildos fueron siempre respetados y queridos, teniendo la gloria--que gloria es, aunque no lo crean así los historiadores españoles--de haber sido los iniciadores y sostenedores del movimiento revolucionario en favor de la independencia. Mandábase a los virreyes, presidentes y oidores «que no se introduzcan en la libre elección de oficios que toca a los capitulares, ni entren con ellos en cabildo»[705]; pero esta disposición era letra muerta. Dichas autoridades, con gran contentamiento de los monarcas, intervenían en las elecciones y se encargaban de ahogar ciertas tentativas democráticas. Ellas impusieron alcaldes ordinarios, ya directamente y sin rebozo alguno, ya aprovechándose del derecho concedido por las leyes para confirmar o anular las elecciones de los cabildos. Sin embargo, creemos que no carecían de importancia política, aunque otra cosa diga moderno historiador de América. «Fueron tan sólo un pálido reflejo de los antiguos Concejos Castellanos anteriores al siglo XVI, una simple rueda de la máquina administrativa, que, como dejamos dicho, construyó cuidadosamente el absolutismo»[706].

[705] Ley 2.ª, tít. III, lib. V.

[706] Navarro Lamarca, Historia de América, tomo II, págs. 339 y 340.

Estos alcaldes ordinarios eran dos en cada pueblo y para dicho cargo no podían ser elegidos los oficiales reales[707], ni los deudores a la Hacienda[708], ni los que fueren vecinos del pueblo[709], ni los que ya lo hubiesen sido hasta pasados dos años[710].

[707] Ley 6.ª, tít. III, lib. V.

[708] Ley 7.ª, íd.

[709] Ley 8.ª, íd.

[710] Ley 9.ª, íd.

Donde hubiese corregidores, autoridad creada por los Reyes Católicos y de nombramiento real[711] ¿eran necesarios los alcaldes ordinarios? En un capítulo de carta del año de 1575, se responde a consulta de don Francisco de Toledo, virrey del Perú, lo siguiente: «y proveeréis, que donde hubiere corregidores asalariados, no haya alcaldes ordinarios.» Conviene advertir que a los llamados corregidores en el Perú, en México se les daba el nombre de alcaldes mayores, y en Cartagena, Buenos Aires, Paraguay, Venezuela, Habana, etc., recibían el título de gobernadores[712].

[711] Cuando vacaban «por muerte, privación ó dejación» legítima, los proveían interinamente los virreyes y presidentes.

[712] Solórzano, Ob. cit., lib. V, cap. 2º.

En asuntos de cierta gravedad, el cabildo convocaba a los notables de la población, resultando una especie de junta de asociados y que recibía el nombre de cabildo abierto.

Para comunicarse con los poderes de la metrópoli, acostumbraron los virreinatos de las Indias mandar a la corte procuradores o personeros para negociar allí «cosas que convienen al pro de toda la tierra e de los vecinos e pobladores de ella.»

Existían de igual manera tribunales de minería y de cuentas. Los primeros, no sólo fijaban reglas para la explotación y laboreo de las minas, sino fundaron escuelas especiales para el cultivo de las ciencias matemáticas. Los segundos, o de cuentas, inspeccionaban las de todos los que manejaban caudales públicos.

El gobierno político constaba, generalmente, de un gobernador y un teniente, dos alcaldes ordinarios de primero y segundo voto, dos de la Santa Hermandad, un alcalde provincial, diferentes capitanes, un alguacil y fiscales, elegidos entre los mismos indígenas.

CAPITULO XXXII

CASA DE LA CONTRATACIÓN DE SEVILLA.--LAS ORDENANZAS.--NUEVAS ORDENANZAS.--JUECES DE LA CONTRATACIÓN.--IMPORTANCIA DE LA CASA DE LA CONTRATACIÓN.--PROSPERIDAD DE SEVILLA.--CREACIÓN DE UNA CASA DE LA CONTRATACIÓN EN LA CORUÑA.--DECADENCIA DE LA DE SEVILLA.--COMERCIO DE ESPAÑA EN LAS INDIAS.--EXPEDICIONES SUELTAS.--FLOTAS Y GALEONES.--ARMADA REAL.--EL CONTRABANDO.--LOS NAVÍOS DE AVISO.

Las primeras Ordenanzas para el establecimiento y gobierno de la Casa de la Contratación de las Indias[713], fueron aprobadas en Alcalá de Henares el 20 de enero de 1503, por ante Juan López de Lazarraga, secretario de los reyes[714]. Fundóse dicha Casa para recoger y tener en ella, todo el tiempo necesario, mercaderías, mantenimientos y otros aparejos con el objeto de proveer todas las cosas necesarias para la contratación de las Indias, y para enviar allá lo que conviniera; y para rescibir todas las mercaderías e otras cosas que de allá se enviaren a estos reinos, a fin de que allí se vendiese dello todo lo que se hobiere de vender o se enviare a vender e contratar a otras partes donde fuere necesario[715].

[713] En unas partes se llamaban Lonjas de Comercio y en otras Colegios.

[714] Antes que la Casa de la Contratación sevillana se fundaron la de Barcelona, iniciada en 1380 y habilitada en 1401; la de Perpiñán, en 1412; la de Valencia, en 1482; y la de Burgos, en 1492; después de la de Sevilla, la de Bilbao, en 1511; la de la Coruña, en 1522; la de Zaragoza, en 1551; la de Madrid, en 1632; y la de San Sebastián, en 1682.

[715] Véase Archivo de Indias.--E. 139.--C. 1.--Colec. de doc. inéd. etc., tomo XXXI, págs. 132-155.--Danvila, Conferencia leída en el Ateneo de Madrid en 1892.

Según el cronista Antonio de Herrera, el Rey tuvo sus ojos fijos en la Casa de la Contratación de Sevilla, y con frecuencia dió pruebas de la estima en que la tenía. «Iban creciendo--dice--los negocios de las Indias, y pareciendo al Rey que el buen gobierno de ellos dependía de la Casa de la Contratación de Sevilla, determinó de autorizarla: y así mandó al Almirante, que de todo lo que le escribiese diera parte a los oficiales de aquella Casa, y que con ellos tuviese buena correspondencia. Y a los oficiales mandó que de todas las provisiones que diesen para las Indias tomasen la razón y que practicasen con las personas que tenían noticias de tierras descubiertas, sobre lo que convenía proveer para saber el secreto de ellas»[716]. Añade Herrera que el Rey encargó que se guardase su jurisdicción a los oficiales de la Casa de la Contratación, esto es, que ninguna persona, ni justicia, se pueda entrometer en cosa que a los negocios de las Indias corresponda. El poderoso Tribunal de la Casa de la Contratación constaba de un presidente, un contador, un tesorero, un factor, tres jueces letrados, un fiscal, un relator, etc. Los oficiales tesorero y factor llevarían lo que entonces se llamaba el cargo y data, y hoy se denomina contabilidad. Se valieron de toda clase de medios para que nunca pudiera haber fraude ni engaño. Encargóse a dichos oficiales tesorero y factor exacta y completa información de las mercaderías que pudieran ser provechosas, recomendándoles también cuidado y habilidad para no ser engañados en las cosas que se pidiesen fiadas o debieran comprarse a plazos. Debían buscar capitanes y escribanos que fuesen personas de confianza; concertarían los fletes; darían por escrito las instrucciones para la navegación; se enterarían de todas las cosas de allá; llevarían cuenta y la darían de todo el oro que se importase, cuidando que se acuñara dicho oro en la Casa de la Moneda de Sevilla; pedirían noticias de todo lo que se necesitara en la Mar pequeña o Cabo de Aguer, y en las islas Canarias; tomarían nota de lo que debería hacerse, lo mismo en la tierra que descubrió Bastida que en las islas donde se hallaban las perlas y en las tierras que descubriese Colón, averiguando las mercaderías existentes en ellas. Por último, declararon los reyes que las mercaderías que se sacasen o se trajesen a dicha Casa serían francas de almojarifazgo y de todos los otros derechos, así de entrada como de salida, y por una vez del impuesto de alcabala[717].

[716] Década I, lib. VIII, cap. IX.

[717] Danvila, págs. 18 y 19.

La Casa de la Contratación se estableció en el Alcazar viejo, que antiguamente llamaban el cuarto de los almirantes--según Real cédula de 5 de junio de 1503--y no en las Atarazanas. La declaración de puerto franco por un lado, y las importantes operaciones que se le confiaron, por otro, hicieron de Sevilla el centro del comercio de España, así como de su Casa de la Contratación, establecimiento de compras, ventas, depósitos, almacenes de abastecimiento y contratación, que le permitía concertar con Juan de la Cosa, entre otros, su expedición al Urubá, para ir a descubrir las tierras e islas de las perlas, no visitadas aún por Colón ni por el rey de Portugal[718].

[718] Archivo de Indias, Libros Generalísimos, tomo I, pág. 124.--Citado por Leguina.

No pasó mucho tiempo sin que los mismos oficiales, que eran a la sazón Matienzo, Pinelo y Juan López de Recalde expusiesen a la reina doña Juana que la experiencia aconsejaba, no sólo conservar sino aumentar el trato con las Indias, siendo indispensable tomar alguna medida acerca de los cambios, pues sin ellos los maestres de los navíos no podrían realizar sus viajes. Doña Juana, después de afirmar que la malicia en los hombres no cesaba, dispuso que los que pidiesen dinero a cambio, debían probar antes la propiedad de la nave o la autorización para obligarla, bajo la pena de perder el buque y 100 ducados de oro aplicables al fisco[719].

[719] Archivo de Indias: Papeles de Contratación; 29 de noviembre de 1507.

Si hasta entonces la Casa de la Contratación sólo se ocupó en asuntos comerciales de carácter práctico, pronto se convirtió en un centro científico para promover los progresos de la marina y de la navegación. Fernando el Católico llamó a la corte a Juan Díaz de Solís, Vicente Yáñez Pinzón, Juan de la Cosa y Américo Vespucio, y, después de oirles, mandó que los tres primeros, como hombres prácticos, se embarcasen para descubrir hacia el Sur por la costa del Brasil adelante, nombrando al cuarto piloto mayor de la Casa de la Contratación con 50.000 maravedís de salario[720].

[720] Real cédula dada en Burgos a 22 de marzo de 1508.

El dicho piloto mayor tuvo, entre otros cargos, el de examinador de todos los pilotos de la carrera de las Indias y el de censor del catedrático de Cosmografía y del cosmógrafo encargado de fabricar los instrumentos náuticos. Las oposiciones se hacían en la Casa de la Contratación, adquiriendo por ello el citado establecimiento, concepto de centro científico.

Hallándose el Rey en Monzón, con fecha 15 de junio de 1510, dió nuevas Ordenanzas, añadiendo a las facultades de la Casa de la Contratación, otras de carácter puramente judicial, como también le concedió el derecho de intervenir las comunicaciones del Almirante, construir una casa de armas y otros asuntos de menos importancia. Como surgiesen dudas sobre ciertos casos, en virtud de reclamación de los oficiales (que eran a la sazón, además de los citados Matienzo y Recalde, el comendador Ochoa de Isasaga) se declaró en 1511, cuándo y en qué forma debían reunirse los mencionados oficiales, los cuales, además de los asuntos de hacienda y de justicia, resolverían si las mujeres, los hijos de los reconciliados y de cristianos viejos podían pasar a las Indias. Encargóles, por último, guardasen secreto y fidelidad en todas las cosas referentes a la navegación, no escribiendo particularmente al Rey ni a otras personas[721].

[721] Danvila, Ibidem, págs. 20 y 21.

En el año siguiente, esto es, el 20 de marzo de 1512, la reina doña Juana, desde Burgos, determinó que los debates y diferencias que pudiera haber entre los mercaderes, comerciantes, maestres y marineros que iban a las Indias fuesen resueltos por los jueces de la Contratación, breve y sumariamente, sin forma de juicio, en cuyas prescripciones pudieran fácilmente distinguirse los primeros gérmenes de los tribunales españoles[722]. Por tanto, las atribuciones mercantiles, administrativas y de intervención, que fueron la base de la Casa de la Contratación se extendieron a lo judicial, abarcando desde entonces todos los asuntos que se relacionaban con las Indias. «A sus certificaciones debía darse toda fe y crédito, y el 17 de octubre de 1511, estando en las gradas de la iglesia de Nuestra Señora de Sevilla, junto a la pila de hierro, los oficiales de la casa pregonaron, por voz de Francisco Ramos, para que cada día se ennoblecieran más las dichas Indias, que pudieran llevarse libremente mantenimientos y mercaderías a las islas Española y San Juan, que entonces se poblaba, llevando las armas que quisieren, quitando la imposición del castellano que pagaban anualmente por cada cabeza de indio que se les daba por repartimiento, y sirviéndose libremente de los que cogiesen en otras partes, sistema vergonzoso de cautividad que contribuyó con las encomiendas y los rigores de los encomenderos a crear antagonismos profundos entre dos razas que estaban destinadas a fundirse y a ser hermanas, como pregonaban las misiones y enseñaba el Evangelio»[723]. Tantas atribuciones llegó a tener la Casa de la Contratación, que, habiendo tenido noticia de que los corsarios amenazaban las costas de Cuba, pudo, con sólo sus esfuerzos, fletar dos carabelas para guardar dichas costas[724]. Fijándose el monarca, ya en las continuas piraterías, ya en el olvido que se tenía la revisión de las cartas de marear y otras cosas propias de la marinería, dirigió (1515) severas censuras a los oficiales de dicha Casa de la Contratación.

[722] Declaración real de 23 de septiembre de 1511: Colec. de doc. inéd. publicados por la Real Academia de la Historia, tomo I de Cuba, pág. 75.

[723] Danvila, La Casa de la Contratación de Sevilla y el Consejo Supremo de Indias.--Conferencia citada, pág. 22.

[724] Real Cédula de 21 de abril de 1513 publicada en la Col. de doc. inéd. antes citada, tomo I de Cuba, pág. 3.

«Sevilla--decía Moneada--es el puerto principal de España: allí van todas las mercaderías principales de Flandes, Francia, Inglaterra e Italia... Sevilla es la capital de todos los comerciantes del mundo. Poco ha la Andalucía estaba situada en las extremidades de la tierra; pero con el descubrimiento de las Indias ha llegado a estar en el centro.»

Sevilla, a causa de la Casa de la Contratación, era el foco del movimiento mercantil de España y el emporio del comercio. Abastecida la nación, lo restante se mandaba a las Indias. En las Cortes reunidas en Santiago y la Coruña (1520), los procuradores suplicaron a Carlos I que los oficiales de la Casa de la Contratación fuesen naturales de estos reinos y no se mudasen de Sevilla en ningún tiempo: contestó Carlos I «que ni había innovado ni entendía innovar en ello cosa alguna.»[726].

[726] Cortes de León y Castilla, publicadas por la Real Academia de la Historia, tomo IV, página 322.

A los dos años escasos, se presentó al Emperador una solicitud, y en ella se enumeraban las ventajas que resultarían de establecer en la Coruña una Casa de la Contratación para el comercio de las especias. Decíase que la cantidad mayor de especiería se gastaba en Flandes y muy poca en Levante. Al mismo tiempo hacíanse notar los inconvenientes que ofrecía el río de Sevilla y su barra, señalándose las ventajas que presentaba la Coruña para el embarque y desembarco de las naves que hacían la carrera de las Indias[727]. Tales razones influyeron en el ánimo de Carlos V, que en 22 de diciembre de 1522 concedió lo que le pedía la Coruña; concesión--como puede suponerse--muy perjudicial para la Casa de la Contratación de Sevilla.

[727] Arch. de Indias en Sevilla, leg. 1.º _Papeles del Maluco_ de 1519 a 1547.--Danvila, ob. cit., página 23.

Sin embargo, la organización y atribuciones de la de Sevilla formó parte de la famosa Recopilación de las leyes de Indias y servían de base al libro de D. Joseph de Veitia y Linage, intitulado: Norte de la contratación de las Indias Occidentales.

Por Real Cédula de 1529 se permitió la salida de naves registradas de los puertos de la Coruña, Bayona de Galicia, Avilés, Laredo, Bilbao, San Sebastián, Málaga y Cartagena, a condición de que la vuelta se hiciese hacia Sevilla, bajo la pena de la vida y perdimiento de bienes; condición tan onerosa y dura, que el comercio no hizo uso de ella[728]. Tiempo adelante (1550) se suscitó acalorada polémica entre gaditanos y sevillanos acerca de cuál de los dos puertos tenía más ventajas como punto de partida para la carrera de las Indias. Diez años después, esto es, en 1560, los comerciantes prefirieron el puerto de Cádiz, ora para evitar los peligros de la barra de Sanlúcar, ora porque el fondeadero era mejor para los bajeles de más porte. Aunque era conveniente que los tribunales de Contratación y del Consulado se mudasen a la plaza donde acudían los comerciantes, todavía tardó el gobierno más de siglo y medio para decretarlo, pues hasta el 1717 no acabó la prosperidad de Sevilla[729].

[728] Campomanes, Educación popular, párrafo 19.--Jovellanos, Consulta sobre el fomento de la marina mercante.

[729] Danvila, ob. cit., págs. 23 y 24.

«Fué, pues, la Casa de la Contratación--escribe Danvila--un poderoso auxiliar del poder central, con una organización sencilla, honrada e inteligente, y con bien pocas leyes; pero con mucho deseo contribuyó al fomento de los nuevos intereses que España iba creando en las apartadas regiones de las Indias»[730]. «No comprendemos--dice D. Mario Méndez Bejarano en su Historia Literaria--que se pueda historiar la cultura española, sin hablar, antes que de nuestras inútiles Universidades, de aquella singular institución creada por Cédula de 14 de enero de 1503, y que con el impropio nombre de Casa de la Contratación[731], participaba de Tribunal, de Escuela, de Centro Mercantil y de Ministerio de Indias.

[730] Discurso citado, pág. 24.

[731] Se refiere a la de Sevilla.

«El docto personal de la Casa organizaba y dirigía expediciones, hizo los primeros mapas del nuevo continente[732], mapamundis, el islario general del mundo, el célebre Libro de las longitudes, realizó importantes trabajos para determinar los límites entre los dominios de España y de Portugal en América, inventó las cartas esféricas, y al calor de tan vitales enseñanzas, Andrés de Morales estudió las corrientes del Atlántico, siendo, como dice el Sr. Fernández Duro, el fundador de la teoría de las corrientes pelásgicas, y Felipe Guillén inventó el primer aparato destinado a medir las variaciones de la aguja imantada (Humboldt)».

[732] Son sevillanas las dos cartas geográficas conocidas por de Salviati y de Castiglione, así como la anónima de la Biblioteca Real de Turín.

«La enseñanza se daba por pilotos mayores y catedráticos de Cosmografía, y los exámenes se verificaban con extraordinaria solemnidad.»[733].

[733] Páginas 504 y 505.

Si en los primeros años del descubrimiento no hallaron los españoles el Vellocino de oro que esperaban, andando el tiempo, encontraron metales preciosos, esmeraldas y perlas, abundante ganado en aquellas vírgenes praderas, grandes cantidades de trigo, cebada, centeno, arroz y maíz, como igualmente moreras y toda clase de árboles frutales, en aquellos extensos campos y en aquellas ricas huertas. Gran desarrollo alcanzaron las industrias fabriles y mecánicas, no llegando á mayor prosperidad por las trabas que les puso la metrópoli, creyendo favorecer con ello mezquinos intereses españoles. Todavía la torpeza fué más grande cuando se dispuso--y de ello nos hemos ocupado al tratar de la Casa de la Contratación--que los españoles, para comerciar con las Indias, habían de sujetarse a la inspección en el puerto de Sevilla, lo mismo a la ida que a la vuelta. Si a la Coruña y a otros puertos se les habilitó para comerciar con las Indias (1529), luego se derogó dicha disposición (1591), volviendo a quedar las cosas en su primitivo estado.

Tampoco estuvieron acertados nuestros monarcas al prohibir a los extranjeros el comercio con las colonias españolas. Permitióse únicamente a los extranjeros residentes en España, a condición de servirse de agentes españoles, lo cual trajo consigo que poco a poco el comercio de otras naciones penetrase en nuestras colonias. Ocurría que fabricantes de allende los Pirineos remitían sus productos a España, donde sus compatriotas, por mediación de agentes españoles, los exportaban a las Indias. Es de notar que gran número de productos, como tabaco, pólvora, azogue, etc., estuvieron estancados o fueron monopolizados por el Estado, prohibiéndose su venta por los particulares.

Si en los primeros años del siglo XVI se hacía el comercio colonial en expediciones sueltas que mandaba comerciante o armador, luego, a causa de los muchos contrabandistas y corsarios que recorrían los mares, se formaron flotas o conjunto de embarcaciones comerciales destinadas a conducir efectos de España a las Indias y desde las Indias a España. Dos expediciones salían anualmente de Cádiz, una para Tierra Firme (la flota) y otra para Nueva España (galeones). A veces la Armada Real hacía escolta a las citadas expediciones y castigaba a los enemigos o piratas que intentaban robar las mercancías. Tanto la flota que iba a Tierra Firme como la que se dirigía a Nueva España, derrotaban a Santo Domingo y luego a otras partes; pero el punto principal de parada era Porto Bello, emporio del comercio sud-americano entonces.

La prohibición a los extranjeros de comerciar con nuestras colonias, trajo consigo, además de otras causas, el contrabando. Ingleses, holandeses, franceses y otros, introducían géneros en los puertos del Nuevo Mundo, burlando las disposiciones de las leyes. Los comerciantes americanos, contando con la complicidad de las autoridades, recibían los citados géneros, obteniendo pingües ganancias. De modo que con el contrabando ganaban vendedores y compradores, extranjeros y americanos. Desde mediados del siglo XVII aumentó el contrabando de una manera alarmante. Hasta los concesionarios de los galeones y las flotas, protegidos por venales gobernadores, no tenían reparo alguno en dedicarse al contrabando. Favoreció mucho a tales gentes que las pequeñas Antillas fuesen colonias de ingleses, franceses, etc., porque dichas posesiones extranjeras constituyeron centros donde los contrabandistas podían a sus anchas ejercer su lucrativa ocupación.

Además de las flotas y galeones, se autorizó a los navíos de aviso (así llamados porque tenían encargo de avisar a los virreyes de México y el Perú la feliz arribada a Sevilla de la flota y galeones), para cargar mercancías, eludiendo de este modo legales disposiciones. También se eludían, enviando desde las islas Canarias o de otros puntos «expediciones sueltas que desembarcaban sus cargamentos en Indias, ya ocultamente, ya pretextando arribadas forzosas por averías o falta de víveres»[734].

[734] Navarro Lamarca, Historia general de América, tom. II, pág. 399.

CAPITULO XXXIII

LEYES DE INDIAS.--LAS «NUEVAS LEYES».--LAS NUEVAS LEYES EN LAS INDIAS.--PRIMERA RECOPILACIÓN.--REIMPRESIÓN DE LA RECOPILACIÓN.--ANÁLISIS DE LOS NUEVE LIBROS.--OTRAS LEYES.--DESEOS DE ASIMILAR LAS PROVINCIAS ULTRAMARINAS A LA PENÍNSULA.--REAL Y SUPREMO CONSEJO DE INDIAS: SU HISTORIA.--LUCHAS RELIGIOSAS EN LAS INDIAS: LOS PADRES LAS CASAS Y MOTOLINÍA.--LOS FRAILES PROTECTORES DE LOS INDIOS.--LOS JESUÍTAS EN EL PARAGUAY.--EL PATRONATO ECLESIÁSTICO.--LA INQUISICIÓN.

La conducta de muchos caudillos castellanos con los indígenas, obligaron a que algunos sacerdotes y seglares pidiesen al Rey pronto y eficaz remedio. Teólogos, jurisconsultos y políticos se pusieron al lado de los indios. A cortar de raíz los abusos se preparó Carlos V cuando en 1541 volvió de Alemania a sus dominios españoles. Entre todos los que denunciaron al Emperador las tropelías cometidas por los colonos se distinguieron Loaysa, confesor del monarca y ex general de los dominicos, y el P. Las Casas. En el año 1542 se reunió una Junta en la ciudad de Valladolid, compuesta principalmente de eminentes jurisconsultos y sabios teólogos, con el objeto de formar un código de Nuevas Leyes para el arreglo de las colonias. Las Casas se presentó a la Junta y si sus argumentos hallaron ruda oposición en muchos, prevalecieron al fin, redactándose un código «que lejos de limitarse a satisfacer las necesidades de la población india, hacía también particular referencia a la población europea y a los trastornos que habían alterado el país, y era aplicable generalmente a todas las colonias de América»[735]. Recibió el código la sanción del Emperador en el mismo año[736] y fué publicado en Madrid (noviembre de 1543).

[735] Prescott, Ob. cit., tomo II, págs. 219 y 220.

[736] Hallándose en Cataluña el 20 de noviembre de 1542.

Comenzaban las Nuevas Leyes y Ordenanzas de Indias con ciertas disposiciones reglamentarias para el mejor gobierno y régimen del Consejo de Indias.

Creaban una Audiencia y un virreinato en los reinos del Perú, y otra Audiencia, que se denominó de los Confines, la cual tendría á su cargo los asuntos de las provincias de Guatemala y Nicaragua. Tratábase también de la Audiencia de Santo Domingo. Ocupábanse las Nuevas Leyes del régimen interior y de las atribuciones de las citadas Audiencias[737].

[737] Suprimíase la Audiencia de Panamá.

Por lo que respecta al buen tratamiento y libertad de los indios, disponían:

Que los gobernadores, y en general todos los castellanos tratasen bien a los indios, remediasen los daños que se les hubieran hecho y procuraran que los pleitos entre los indios o con ellos se terminasen lo antes posible.

Que por ningún motivo se redujese a la esclavitud ningún indio.

Que los indios reducidos a la esclavitud contra las provisiones reales fuesen puestos en libertad, oidas las partes breve y sumariamente.

Que no se obligara a los indios a llevar carga excesiva, de modo que pudiese peligrar su vida y salud. Tampoco se les podía obligar a llevar carga contra su voluntad y siempre mediante la correspondiente remuneración.

Que, contra su voluntad, no se hiciera a los indios que pescasen perlas «porque estimamos--decían las Ordenanzas--en mucho más, como es razón, la conservación de sus vidas, que el interés que nos puede venir de las perlas.»

Que los virreyes, gobernadores, prelados, hospitales y todas las personas favorecidas con oficios, no tuviesen indios encomendados.

Que las personas que poseían indios, sin título para ello, ó teniéndolo, se les había dado muchos, se ordenaba: a los primeros, que les dieran libertad, y a los segundos, que se quedasen con un número determinado.

Que las Audiencias averiguasen si los encomenderos trataban bien a sus indios, pues si les daban malos tratos, se les privaría de ellos y se incorporarían a la corona real.

Que en lo sucesivo ningún virrey, gobernador, Audiencia, ni otra persona cualquiera, pudiese dar a los indios encomienda, ya por vía de venta, ya por donación, ora por herencia, ora por otro título. Aun en el caso de que muriese la persona que tenía indios encomendados, deberían las Audiencias adquirir ciertos datos si se quería que los herederos del muerto obtuviesen determinadas gracias del Rey.

Que las Audiencias desplegasen el mayor celo y cuidado en favor de los indios que hubieran recobrado la libertad en virtud de las disposiciones anteriores.

Las citadas leyes y otras del mismo carácter, transformaron completamente el estado actual de los indios. Prescott llegó a decir que ellas, «tocando a las más delicadas relaciones de la sociedad, destruían los fundamentos de la propiedad y de una plumada convertían en libre una nación de esclavos»[738]. Benalcázar, por el contrario, escribió a Carlos V (20 diciembre 1544), diciéndole que despojando a los dueños de sus esclavos se reducía inevitablemente el país a la miseria[739].

[738] Historia del descubrimiento y conquista del Perú, tomo II, lib. IV, cap. VII, pág. 223.

[739] Ob. cit., pág. 294, nota.

Pocos días después de la publicación de las Nuevas Leyes, el Padre Las Casas publicó un folleto intitulado Brevísima relación de la destrucción de las Indias Occidentales, en el cual--como escribe Milla--trazaba un cuadro que sería verdaderamente aterrador, si su misma exageración no hiciera desconfiar de la veracidad de muchos de los hechos referidos[740].

[740] Hist. de la América Central, tomo II, pág. 11.

En muchas poblaciones de las Indias juntáronse los hombres en las plazas y calles, y al oir la lectura de los artículos del Código, prorrumpían en gritos y silbidos. «¿Es éste--decían--el fruto de todos nuestros trabajos? ¿Para esto hemos derramado nuestra sangre? ¡Ahora que estamos inútiles a causa de tantas fatigas, nos dejan al fin de la campaña tan pobres como estábamos al principio! ¿Es este el modo que tiene el gobierno de recompensarnos por haberle conquistado un imperio? Lo que tenemos, lo hemos ganado con nuestras espadas, y con las mismas sabremos defenderlo.» La ira de los colonos no reconoció límites.

Sea de ello lo que quiera, y prescindiendo de que las quejas de los colonos fuesen más o menos justas, lo cierto es que será memorable siempre el año 1542, pues en él logró Fray Bartolomé proclamar ante el trono la fórmula de su fe religiosa y política. Hubo de probar «no deberse dar los indios a los españoles en encomienda, ni en feudo, ni en vasallaje, ni de otra manera alguna.» Sin embargo, algunos escritores censuran al Padre Las Casas por la publicación de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias Occidentales, hasta el punto que Quintana escribe: «El error más grande que cometió Casas en su carrera política y literaria, es la composición y publicación de ese tratado»[741]. Es cierto que, tanto la obra citada, como las Nuevas Leyes, venían a proteger decididamente a los indios, vejados por los colonos, siendo, por tanto, perjudiciales a los últimos.

[741] Vidas, etc., pág. 369.

También tuvo amigos y protectores el Padre Las Casas. En el año 1543 fué elevado al obispado de Cuzco, que renunció luego, siendo nombrado del de Chiapa, y del cual hubo de ser consagrado en Sevilla el domingo de Pascua de 1544: el 10 de julio del mismo año salió de Sanlúcar con sus misioneros, llegando el 9 de septiembre al Nuevo Mundo.

Allí, lo mismo que en la metrópoli, se odiaba al Padre Las Casas. El Padre Motolinía le hubo de imputar que había ido a España a negociar el obispado; pero la verdad es que él insistió una y cien veces para que le librasen de carga tan pesada. Tal vez el que en ello tuvo más empeño fuera el mismo monarca, creyendo recompensar con ello los merecimientos del agraciado. Inmediatamente que llegó a Santo Domingo, declaráronle guerra a muerte sus enemigos, especialmente los oidores de la Audiencia, que resistieron obedecer las provisiones que llevaba el nuevo obispo acerca de dar libertad a todos los que a la sazón eran esclavos en los términos de su jurisdicción. Por su cuenta fletó un buque y se embarcó con sus frailes el 14 de diciembre del año 1544, con dirección a Yucatán, después a Tabasco y, por último, a Chiapa. El 1.º de febrero de 1545 llegó a Ciudad Real, y si en los primeros días le obsequiaron a porfía los principales vecinos, con la esperanza de ganar su voluntad, cuando se convencieron que el obispo exigía inflexible el cumplimiento de las Nuevas Leyes, la adhesión se convirtió en odio. Al paso que los indios acudían en tropel a recibir y vitorear al prelado, los españoles se declararon sus enemigos, encontrando también la resistencia de las autoridades, que lejos de hacer cumplir las leyes, favorecían a los rebeldes.

Colonos y autoridades le llamaban soberbio. Unos y otras le acusaban de que con su intransigencia y orgullo perturbaba el orden y la tranquilidad en aquellos países. La oposición, lejos de disminuir, arreciaba de día en día. Los más sensatos, aunque consideraban la nueva legislación de humanitaria, la tildaban también de peligrosa, ya porque quitaba de raíz antiguos abusos, ya porque no respetaba los bienes mal adquiridos. No era bastante la persuasiva elocuencia, ni la valerosa entereza del Padre Las Casas para atraer al buen camino a aquellos hombres egoístas. «Sus enemigos--escribe Coroleu--le llamaban el Antecristo, cantaban coplas injuriosas al pie de sus ventanas y trataban por mil medios de intimidarle»[742]. Cuando el obispo de Chiapa se convenció que no podía contar con el apoyo y auxilio de las autoridades civiles, apeló al poder de la conciencia. Privó a todos los confesores de sus licencias, dejándolas únicamente al deán y a un canónigo; y eso «dándole un memorial de casos, cuya absolución reservaba para sí.» No tuvo ya límites la oposición al prelado, señalándose en primer término el deán, quien, si retenía la absolución en los casos reservados y los mandaba al obispo, lo hacía entregando al penitente una cédula con el siguiente escrito: «El portador desta tiene alguno de los casos reservados por V. S., aunque yo no los hallo reservados en el derecho ni en autor alguno»[743]. Los vecinos principales, con el clero a la cabeza, se presentaron a fray Bartolomé para que mitigara su rigor, y como no hiciese caso de ruegos y súplicas, «lo requirieron por ante escribano y testigos diese licencia a los confesores para que los absolviesen, protestando, si no lo quería hacer, de quejarse y querellarse dél al arzobispo de México, al Papa, al Rey y al Consejo, como de hombre alborotador de la tierra, inquietador de los cristianos y su enemigo, y favorecedor y amparador de unos perros indios»[744]. El deán, sin respeto alguno al prelado, comenzó a absolver a los que tenían indios esclavos, a los que los compraban y vendían. Cuando se convenció fray Bartolomé que nada conseguía con sus ruegos del irascible deán, mandó prenderlo; pero la multitud se puso al lado del desobediente canónigo, el cual pudo huir y refugiarse en Guatemala, bien que el prelado le privó de sus licencias y le excomulgó. A tal extremo llegó el odio hacia fray Bartolomé, que se escribieron coplas desvergonzadas y satíricas contra el obispo, «que se hacían aprender de memoria a los niños para que se las dijesen pasando por su calle.» Cada vez más firme el obispo en su conducta y cada vez más decididos sus enemigos, las cosas llegaron al último extremo. Los vecinos suspendieron las limosnas, único recurso de subsistencia de los religiosos; pero fray Bartolomé mandó limosneros a los pueblos inmediatos. Nada consiguió, porque los alcaldes arrebataron la limosna, y para que no se dijese que se aprovechaban de ella «quebraron los huevos, echaron el pan a los perros y la fruta a los puercos...»[745]. El obispo, que no podía vivir sino luchando, se dirigió a la Audiencia llamada de los Confines para exigir el cumplimiento de las Nuevas Leyes. Residía la Audiencia en la ciudad de Gracias a Dios, y allí debían reunirse los obispos de Guatemala y Nicaragua. Iba a comenzar la lucha entre fray Bartolomé de Las Casas y fray Toribio Motolinía. Como Las Casas opinaba la Orden de Santo Domingo en América, y como Motolinía los franciscanos. Marroquín, obispo de Guatemala, y la Audiencia de Gracias a Dios se declararon enemigos de fray Bartolomé y protectores de fray Toribio. A últimos de 1545 se hallaban en Gracias a Dios los prelados de Guatemala, Nicaragua y Chiapa, con el motivo de consagrar un obispo. Terminado el asunto de la consagración, los prelados, en especial el de Chiapa, pidieron a la Audiencia que aliviase la miserable condición de los indios. Dióse el caso--como ya se dijo en el capítulo XVIII de este tomo--que habiendo entrado en la sala de acuerdos el venerable prelado, el presidente y oidores desde los estrados daban gritos y decían: Echad de ahí ese loco. Y como pidiere que desagraviasen su Iglesia y sacasen sus ovejas de la tiranía en que estaban, el presidente le respondió: «Sois un bellaco, mal hombre, mal fraile, mal obispo, desvergonzado, y merecíais ser castigado.» A tales insultos sólo dijo: «Yo lo merezco muy bien todo eso que V. S. dice, señor Licenciado Alonso Maldonado.» El Padre Las Casas había recomendado a Alonso Maldonado para que fuese nombrado presidente de la mencionada Audiencia.

[742] América, Hist. de su colonización, etc., tomo I, pág. 51.--Barcelona, 1894.

[743] Remesal, lib. VI, cap. 2.

[744] Ibidem.

[745] Ibidem, lib. VI, cap. 3

Continuando la historia de nuestro Derecho en las Indias, no puede negarse que a últimos del siglo XVIII sufrieron reforma de gran trascendencia las leyes mercantiles. Si hasta entonces las naciones de Europa creían lo más conveniente hacer el comercio exclusivo en sus colonias, a fines del citado siglo nacieron y comenzaron a tener fuerza las ideas del libre comercio. Por el decreto de 22 de noviembre de 1792 se concedió exención de todo derecho por diez años al algodón, café y añil que se cosechaba en la isla de Cuba, permitiendo que se exportaran durante este plazo a cualquiera puerto de Europa, y pudiéndose completar el cargamento, en caso necesario, con aguardiente de caña. Por la interesante Real Cédula de 4 de abril de 1794 se creó en la Habana el Consulado de agricultura y comercio, como también la Junta económica y de gobierno, dando además a dicha isla las Ordenanzas de Bilbao, todo lo cual llevó a Cuba verdadero germen de prosperidad, que produjo extraordinario desarrollo de los intereses mercantiles.

La completa Recopilación de las Leyes de Indias, impresa en cuatro tomos, se mandó hacer por Carlos II. Dichas leyes fueron publicadas por los reyes anteriores, comenzando por los Católicos Don Fernando y Doña Isabel. Por la ley de 18 de mayo de 1680 se mandó guardar y cumplir dicha Recopilación, que debió comenzarse a imprimir el 1681: la Real Cédula tiene la fecha de 1.º de noviembre del mencionado año, como puede verse a continuación.

El Rey.

Por quanto habiendo sido informado de la grande falta que hacía para el gobierno de mis Reynos y Señoríos de las Indias Occidentales, Islas y Tierrafirme del Mar Océano la Recopilación de leyes, que por mandado de los Señores Reyes mis gloriosos progenitores se había comenzado y continuado hasta este tiempo, en que por la gracia de Dios se ha acabado: y habiéndoseme consultado y suplicado por el Consejo de Indias les diese la autoridad, fuerza y virtud, quanta necesitan las Leyes para ser publicadas, cumplidas y executadas como conviene: Y porque asimismo es conveniente que toda esta materia corra y tenga la última perfección por el Tribunal que le dió principio; por la presente, ordeno y doy licencia y facultad para que por cuenta y disposición de mi Consejo de las Indias qualquier impresor de estos Reynos pueda imprimir el Libro de la dicha Recopilación de Leyes, incorporando en él las Cédulas, Provisiones, Acuerdos y Despachos que convengan y sean necesarios para el gobierno y administración de justicia, guerra y hacienda, y todas las demás materias que tocan y son de la jurisdicción y cuidado del dicho Consejo de Indias y convenientes para el despacho de los negocios. Y mando que ningún impresor, ni otra qualquier persona pueda imprimir ni vender la dicha Recopilación sin particular licencia de los del dicho mi Consejo, al qual se la doy y concedo para que sin limitación de tiempo pueda hacer las impresiones que le pareciere y tuviere por necesarias, y tenga a su cuidado el avío, distribución y recaudación de los Libros que se repartieren y beneficiaren en estos Reynos y los de las Indias: y el Impresor ó personas que sin dicha licencia imprimiesen ó vendieren la dicha Recopilación, caygan é incurran en pena de quinientos ducados, y los Libros perdidos por la primera vez: y por la segunda, las mismas penas y destierro de estos Reynos, y de las Indias, donde se contraviniere á lo ordenado y mandado por esta mi Cédula. Fecha en San Lorenzo á primero de Noviembre de mil y seiscientos y ochenta y un años.

Yo el Rey.

Por mandado del Rey nuestro Señor.

Don Francisco Fernández de Madrigal.

Durante el reinado de Carlos IV se hizo la impresión (la cuarta) de las Leyes de Indias, en tres tomos, año 1791. Por Real decreto de 16 de Enero de 1840, Isabel II autorizó á don Ignacio Boix para que reimprimiese la Recopilación, quien así lo hizo en 1841, añadiendo al final un índice cronológico de un gran número de Reales cédulas, órdenes y decretos referentes a las Indias, expedidos desde el año 1588 al 1819, que amplían, explican y reforman las leyes de la Recopilación. También por Real decreto de 8 de Abril de 1889, el Rey, y en su nombre la Reina Regente del Reino, autorizó a D. Mariano Ramiro y Agudo para que publicase la legislación ultramarina, el cual comenzó su trabajo en el citado año, terminándose la obra en el año siguiente, o sea en el 1890. El 13, último de los tomos, contiene el Libro noveno de las Leyes de Indias, un Apéndice a dicho libro, un Epílogo, el Indice general alfabético de la Recopilación de las Leyes de Indias y Reales disposiciones y autos acordados más importantes posteriores a las mencionadas leyes.

La Recopilación de Leyes de las Indias se halla dividida en nueve libros, y los libros en títulos y leyes.

El primer libro contiene 24 títulos que tratan de asuntos religiosos, como de la Santa Fe Católica, iglesias, catedrales y parroquiales, monasterios y hospicios, hospitales y cofradías, inmunidad de las iglesias y monasterios, patronato real, prelados y visitadores eclesiásticos, concilios provinciales y sinodales, bulas y breves apostólicos, jueces eclesiásticos y conservadores, dignidades y prebendados de las iglesias metropolitanas y catedrales, clérigos, curas y doctrineros, religiosos y religiosos doctrineros, diezmos, mesada eclesiástica, sepulturas, tribunales de la Inquisición, Santa Cruzada, de los questores y limosnas. También es objeto del libro primero las Universidades y estudios generales y particulares, colegios y seminarios, y los libros que se imprimen y pasan a las Indias.

El segundo libro comprende 34 títulos, que se ocupan de las leyes, provisiones, cédulas y Ordenanzas Reales, Consejo Real, y Junta de Guerra de Indias, personal, dependencias y atribuciones del Consejo, Audiencias y Cancillerías, personal de ellas, juzgado de bienes de difuntos y visitadores generales y particulares.

El tercer libro abraza 16 títulos, que se refieren al dominio y jurisdicción Real de las Indias, provisión de oficios, gratificaciones y mercedes, virreyes y presidentes gobernadores, ramo de guerra, corsarios, piratas, precedencias, ceremonias y cortesías, correos e indios chasquis.

El cuarto libro consta de 26 títulos, en los cuales se habla de los descubrimientos marítimos y terrestres, pacificaciones, poblaciones, descubridores y pacificadores y pobladores, población de las ciudades y villas y pueblos, ciudades y villas, cabildos y consejos, oficios concejiles, procuradores generales y particulares de las ciudades, venta y repartimiento de tierras y solares y aguas, propios y pósitos, alhóndigas, sisas y derramas y contribuciones, obras públicas, caminos públicos, posadas, ventas, mesones, términos, pastos, montes, aguas, arboledas y plantío de viñas, comercio, mantenimiento y frutos de las Indias, descubrimiento y labor de las minas, mineros y azogueros, alcaldes mayores y escribanos de minas, ensayo, fundición y marca del oro y plata, casas de moneda, valor del oro y plata, moneda y su comercio, pesquería, envío de perlas y piedras de estimación y obrajes.

El quinto libro, que tiene 15 títulos, se circunscribe a tratar de los términos y división y agregación de las gobernaciones, gobernadores, todo el personal de administración, competencias, pleitos y sentencias, recusaciones, apelaciones y suplicaciones, entregas y exenciones y residencias.

El libro sexto habla en sus 19 títulos de los indios y de su libertad, reducciones y pueblos de indios, cajas de censos y bienes de comunidad, tributos y tasas de los indios, protectores de indios, caciques, repartimientos y encomiendas y pensiones de indios, encomenderos, buen tratamiento de los indios, sucesión de encomiendas y entretenimientos y ayudas de costa, servicio personal, servicio en chacras y viñas, etc., servicio en coca y añir, servicio en minas, indios de Chile, de Tucumán, Paraguay y Río de la Plata, sagleyes y confirmaciones de encomiendas, pensiones, rentas y situaciones.

El séptimo libro, en sus ocho títulos, trata de los pesquisidores y jueces de comisión, juegos y jugadores, casados y desposados en España e Indias que están separados de sus mujeres y esposas, vagabundos y gitanos, mulatos, negros, berberiscos e hijos de indios, cárceles y carceleros, visitas de cárcel, delitos, penas y su aplicación.

El libro octavo tiene 30 títulos relativos a las Contadurías de Cuentas, tribunales de Hacienda, escribanos de minas, cajas reales, libros reales, administración de la Real Hacienda, tributos de indios, quintos reales, administración de minas, tesoros, alcabalas, aduanas, almojarifazgos, avaluaciones y afueros generales y particulares, descaminos y extravíos y commisos, derechos de esclavos, media annata, venta de oficios, renunciación y confirmaciones de oficios, estancos, novenos y vacantes de obispados, almonedas, salarios y entretenimientos, situaciones, libranzas, cuentas y envío de la Real Hacienda.

El noveno y último libro se refiere en sus 46 títulos a la Real Audiencia y Casa de la Contratación de Sevilla, del personal de dicha Casa de la Contratación, del personal de las flotas y armadas de la carrera de Indias, apresto y formación de dichas flotas y armadas, navíos de aviso que se despachan a las Indias y de ellas a España, navíos arribados o derrotados o perdidos, aseguradores, riesgos y seguros de la carrera de Indias, jueces oficiales de Registros de las Islas de Canaria, comercio y navegación de las Islas de Canaria, navegación y comercio de las Islas de Barlovento y provincias adyacentes, puertos, Armadas del mar del Sur, navegación y comercio de las Islas Filipinas, China, Nueva España y Perú, y, por último, consulados de Lima y México.

En el Código de Indias se hallan pocas leyes de los Reyes Católicos, pues cuando dos siglos después se publicó la Recopilación, ya se hallaban reformadas muchas de las dictadas por aquéllos. Además de las indicadas, encontramos otras de Don Fernando y Doña Isabel y de Doña Juana con su padre el Regente[746], a saber: Formando el arancel de los diezmos y primicias que mediante concesiones apostólicas pertenecían a la Corona en todas las Indias, islas y Tierra firme del Océano.=Ordenando que los tenientes del gran Canciller no llevasen derechos a los que no los debían pagar.=Disponiendo el orden que debería guardarse en el repartimiento de las presas.=Declarando que fuesen de aprovechamiento común los montes de frutas silvestres.=Mandando que nadie pudiera comprar brasil que no fuera de las Indias Occidentales. Los vecinos y moradores de las Indias podrían pescar perlas satisfaciendo el quinto; pero las muy buenas se reservarían a la Corona, satisfaciendo su importe a los pescadores.=Los escribanos públicos en las Indias y sus islas serían nombrados por el Rey.=Los pleitos con los indios o entre ellos se tramitarían y resolverían sumariamente; pero si los asuntos fuesen graves o sobre cacicazgos se substanciarían y resolverían como los demás.=Se prohibía que los indios tuviesen armas y que nadie se las vendiese.=Del oro, plata y metales que se extrajesen de las minas cobraría el Tesoro el quinto.=El Consulado de Sevilla conocería de las causas de factores que hubiesen pasado a las Indias con mercancías agenas.=Prohibiendo, por último, que nadie pudiera registrar como suyas siendo agenas, oro, plata, perlas y otras cosas; ni lo que fuere suyo otra persona.

[746] Lib. I, tít. 15, ley 2.ª Lib. II, tít. 20, ley 6.ª Lib. III, tít. 13, ley 4.ª Lib. IV, tít. 17, ley 8.ª Lib. IV, tít. 18, ley 3.ª Lib. IV, tít. 22, ley 29. Lib. V, tít. 7.º, ley 2.ª Lib. V, tít. 10, ley 10. Lib. VII, tít. 1.º ley 31. Lib. VIII, tít. 10, ley 1.ª Lib. IX, tít. 6.º, ley 23. Lib. IX, tít. 33, ley 34.

La Recopilación compendiada de las Leyes de Indias, publicada en Madrid, año 1846, por los Doctores D. Joaquín Aguirre y D. Juan Manuel Montalbán, forma un volumen de 447 páginas.

En el Prólogo dicen los autores: «La Recopilación compendiada de las Leyes de Indias que ahora se ofrece al público, es un extracto fiel y conciso de la colección publicada en 1841. Destinada esta obra especialmente a los dominios de Ultramar, no por eso deja de ser interesante en la Península, en que se ventilan y deciden con frecuencia negocios judiciales y administrativos de aquellos países, cuya legislación, por otra parte, tanto importa conocer. El deseo, pues, de generalizar el conocimiento de unas leyes que por largo tiempo han regido las dilatadas regiones, parte integrante un día de la nación española, y que rigen actualmente los preciosos restos que nos han quedado de nuestra antigua dominación, ha sido la causa principal que se ha tenido en cuenta para emprender este trabajo.» Añaden que se han compendiado dichas Leyes sin privarlas de cosa substancial, que los tratados que ya no tienen aplicación han sido extractados mucho más ligeramente, y que se han insertado a la letra, después de sus correspondientes títulos, algunas disposiciones importantísimas recientemente publicadas.

Las notas puestas a algunas leyes por los Sres. Aguirre y Montalbán tienen verdadero interés y son de utilidad no escasa para el que quiera conocer perfectamente la famosa Recopilación.

Del Sr. Antequera son las siguientes palabras: «Basta la exposición que hemos hecho de la Recopilación de Indias, para que pueda apreciarse el mérito de este Código, digno ciertamente de la consideración con que se le ha mirado y se le sigue mirando en nuestros días, por el buen espíritu que le anima, por el acierto con que en él se dió forma a la organización política, administrativa y judicial de las Américas españolas, y por las útiles y sensatas disposiciones que contiene, encaminadas al bienestar moral y material de aquellos países; todo esto con los que hoy nos parecen defectos, atendidas las diferencias de ideas y de costumbres, y que entonces no lo eran, y con las ventajas reales y positivas que no ofrecen nuestros actuales Códigos, hijos del espíritu escéptico que domina a los que se erigen en árbitros de los destinos de los pueblos»[747].

[747] Hist. de la Legislación Española, págs. 516 y 517.

Convienen todos, lo mismo españoles que extranjeros, que la legislación dada por España a sus colonias del Nuevo Mundo es glorioso monumento, cuyas disposiciones se hallan basadas en el más amplio espíritu de justicia. Se ha dicho que las Leyes de Indias constituían uno de nuestros mejores Códigos, añadiendo nosotros que las consideramos como el primero. Habremos cometido muchos errores y grandes torpezas en América; pero nadie podrá quitarnos la gloria de haber publicado el Código inmortal de las Leyes de Indias, llevando el espíritu progresivo de nuestro derecho allende los mares.

Si a la sazón no podemos considerar las Leyes de Indias como norma legislativa actual, no deja de tener interés su estudio con relación a su época, a su fin y a los resultados de su aplicación cuando regían en aquellos dilatados países americanos. Han desaparecido completamente, como precepto obligatorio, pues los nuevos Estados, para satisfacer sus necesidades, no han tenido ni debían tener en cuenta el espíritu de nuestra compilación. Sin embargo, «no han perdido totalmente--según D. Miguel de la Guardia--su importancia ni su utilidad para el legislador, para el juez, para el letrado y para todo el que de legislación se ocupe. Efectivamente, la obra legislativa es para todos los países un trabajo de continuada y sucesiva elaboración, en la cual nada es improvisado ni viene de repente, sin antecedentes y sin relación alguna respecto de lo anterior. Las leyes antiguas van abriendo camino a las nuevas; pero con ellas se enlazan, las aplican, las aclaran y completan, y cuando tienen en su seno la altísima sabiduría que en algunas de Indias se nota, son como la raíz científica, de donde mana savia y se nutren las que con posterioridad han sido dictadas»[748]. Añade que así como en España, no obstante haberse formulado un Código civil completo, hay necesidad de consultar y conocer, para explicarlo en muchas ocasiones, del Código de las Partidas, del mismo modo en Ultramar no dejará de ser indispensable frecuentemente el conocimiento de las Leyes de Indias, para la misma inteligencia y aplicación de las vigentes.

[748] Las Leyes de Indias, tomo XIII, pág. 29.--Madrid, 1890.

Como monumento histórico de nuestra legislación, sin negar que se encuentran defectos de importancia en las famosas leyes, sería grande injusticia no reconocer la sabiduría, la elevación de miras y el alto sentido legislativo en que se inspiraron sus autores.

No hemos de negar que al colonizar a América supeditamos todo interés al de la religión, como se muestra considerando que las primeras disposiciones que se dieron iban encaminadas a la propagación del catolicismo y a la organización de todo lo relativo al culto. Creíamos que estábamos predestinados por Dios a llevar la idea católica a Ultramar, a establecer allí el culto y a velar, mediante el Tribunal de la Inquisición, por la pureza del dogma. Por las citadas razones, las Leyes de Indias, cuyas disposiciones sabias y humanitarias nadie pondrá en duda, olvidaron el desarrollo de materiales intereses, pues apenas tuvieron cuidado por el fomento de la industria y de la agricultura, pusieron trabas a la libertad de navegación y de tráfico, y reglamentaron con espíritu demasiado estrecho el pase a tierras americanas de los nacionales. Al considerar el oro como capital y casi única riqueza, desconociendo de que toda mercancía se adquiere por otra, y que la moneda es una de ellas, hizo que nuestros reyes, conquistadores, comerciantes y aventureros, sólo buscasen el oro, no estimando las industrias. De modo que, bajo el punto de vista económico, las Leyes de Indias produjeron, o por lo menos, contribuyeron en gran parte a la pobreza y aun a la ruina del poderoso imperio de los Reyes Católicos.

Ilustres comentaristas han estudiado la Recopilación de Leyes de los Reinos de Indias, hallando en ellas un tesoro de doctrina. Lo mismo por el fondo que por la forma, lo mismo por el orden y plan de exposición que por el espíritu de las leyes, la obra merece toda clase de alabanzas. No encontramos ningún Código extranjero superior al nuestro. Si censuras hemos dirigido a nuestros monarcas acerca de otro orden de cosas, si hemos creído que a veces se separaban del camino de la justicia, afirmamos que se han coronado de gloria con la redacción y publicación de las Leyes de Indias. Algo, aunque poco, tienen de malo; algo, aunque poco, tienen de incomprensible. Acerca de lo último, recordamos que llama nuestra atención que la ley I, tít. XX, lib. VIII, que versa de la venta de oficios en las Indias, se halla expedida el año 1522, por Doña Juana sola, y no en unión de su hijo D. Carlos.

Vamos a manifestar por nuestra parte el generoso, y pudiéramos decir patriarcal espíritu de nuestros reyes al dictar las nunca bastante alabadas Leyes de Indias. Los deseos de asimilar en su régimen las provincias ultramarinas al de la Península, lo manifestaron Carlos I, Felipe II y otros reyes. En las Ordenanzas de Audiencias de 1530, decía el Emperador: «Ordenamos y mandamos que en todos los casos, negocios y pleytos en que no estuviere decidido, ni declarado que se debe proveer por las leyes de esta Recopilación, o por Cédulas, Provisiones u Ordenanzas dadas y no revocadas para las Indias, y las que por nuestra orden se despacharen, se guarden las leyes de nuestro Reyno de Castilla, conforme a la de Toro, assi en quanto a la substancia, resolución y decisión de los casos, negocios y pleytos, como a la forma y orden de substanciar»[749].

[749] Ley II, tít. I, lib. II.

En el año 1541 Carlos V hubo de insistir respecto a los asuntos civiles, añadiendo también los criminales, puesto que dijo: «Mandamos a las Audiencias que en el conocimiento de los negocios y pleytos civiles y criminales guarden las leyes de estos nuestros Reynos de Castilla...»[750].

[750] Ley LXVI, tít. XV, lib. II.

Felipe II manifestó el mismo pensamiento en la Ordenanza 14 del Consejo: Porque siendo de una Corona los Reynos de Castilla y de las Indias, las leyes y orden de gobierno de los unos y de los otros deben ser las más semejantes y conformes, que ser pueda. Los de nuestro Consejo en las leyes y establecimientos, que para aquellos Estados ordenaren, procuren reducir la forma y manera de el gobierno de ellos al estilo y orden con que son regidos y gobernados los Reynos de Castilla y de León, en quanto hubiere lugar, y permitiere la diversidad y diferencia de las tierras y naciones»[751].

[751] Ley XIII, tít. II, lib. II.

Al Emperador se deben las tres disposiciones que copiamos a continuación: Eran de aprovechamiento común los montes, aguas y términos de los pueblos respectivos[752]. Las tierras sembradas, después de alzado el pan, servían de pasto común[753]. Eran también comunes los montes y pastos de las tierras que hubiesen sido dadas en señorío[754].

[752] Ley V, tít. XVII, lib. IV.

[753] Ley VI, tít. XVII, lib. IV.

[754] Ley VII, tít. XVII, lib. IV.

Ya doña Juana la Loca había manifestado iguales ideas, puesto que dió su aprobación a lo siguiente: «Nuestra voluntad es de hazer, e por la presente hazemos los montes de fruta silvestre, comunes y que cada uno la pueda coger y llevar las plantas para poner en sus heredades y estancias, y aprovecharse de ellos, como de cosa común»[755].

[755] Ley VIII, tít. XVII, lib. IV.

Prueba todo lo dicho que los españoles no se reservaron el monopolio de las riquezas americanas. Igual conducta observó Felipe II que su padre Carlos V, y su abuela doña Juana. Del fundador del Escorial, año 1559, es lo que sigue: «Es nuestra voluntad que los indios puedan libremente cortar madera de los montes para su aprovechamiento. Y mandamos que no se les imponga impedimento...»[756].

[756] Ley XXIV, tít. XVII, lib. IV.

Mención especial debemos hacer de una ordenanza de Carlos I, dada en el año 1526, en la cual disponía que «todas las personas de cualquier estado, condición, preeminencia ó dignidad, tanto españoles como indios, pudiesen sacar oro, plata, azogue y otros metales, como también labrarlos libremente, sin ningún género de impedimento...»[757]. El mismo Rey, en el año 1551, ordenó que «a los indios no se les pusiera impedimento para descubrir, tener y ocupar minas de oro, plata u otros metales, conforme las ordenanzas de cada Provincia...»[758].

[757] Ley I, tít. XIX, lib. IV.

[758] Ley XIV, tít. XIX, lib. IV.

Felipe II mandó, en el año 1559, que se guardasen las mismas consideraciones con los indios que se guardaban con los españoles.

Mirando el bien de los indios dispuso Carlos V, en 1530, que los corregidores y justicias hiciesen que aquéllos no fueran holgazanes ni vagabundos, y que trabajasen en sus haciendas o labranzas, y oficios, en los días de trabajo...[759]. El mismo Emperador, considerando la pobreza de los indios, hubo de disponer que no pagasen derechos de ninguna clase en sus pleytos y causas, ya fuesen actores, ya reos. Las Comunidades y Caciques sólo pagarían la mitad de lo dispuesto por el arancel de los Reynos de Castilla...[760].

[759] Ley XXIII, tít. II, lib. V.

[760] Ley XXV, tít. VIII, lib. V.

De Felipe II es la disposición por la cual los indios no estaban obligados a pagar dézimas en las ejecuciones, y en los demás derechos se debía proceder con mucha moderación...[761].

[761] Ley XV, tít. XIV, lib. V.

Del emperador Carlos V, dada el año 1521, es la orden siguiente: «El trato, rescate y conversación de los indios con españoles, los unirán en amistad y comercio voluntario, siendo a contento de las partes, con que los indios no sean inducidos, atemorizados, ni apremiados, y se proceda con buena fee, libre y general para unos y otros...»[762].

[762] Ley XXIV, tít. I, lib. VI.

De la tolerancia y aun benignidad del gobierno español con los derechos y costumbres de los indios, son buena prueba las leyes siguientes: «Los principales y caciques de las quatro Cabeceras de Tlaxcala nos suplicaron por merced que se les guardasen sus antiguas costumbres para conservación de aquella Provincia, Ciudad y República, conforme a las Ordenanzas dadas por el gobierno de la Nueva España el año de 1545, confirmadas por provisión real. Y porque son muy justas y convenientes y hasta la fecha han estado en observancia y mediante ellas son bien gobernados, y la ciudad se halla quieta y pacífica, de nuevo las aprobamos y confirmamos, y mandamos que se cumplan, guarden y ejecuten y no se consienta que en todo su contenido se contravenga en ninguna forma»[763].

[763] Ley XL, tít. I, lib. VI.

Pruébase por nuestras Leyes de Indias que fueron exageradas las acres censuras del Padre Las Casas y de Ercilla a la administración española en sus relaciones con los indígenas. Mandaron nuestros reyes «que ningún Adelantado, Gobernador, Capitán, Alcaide, ni otra persona, de qualquier estado, dignidad, oficio, o calidad que sea, en tiempo y ocasión de paz o guerra, aunque justa y mandada hacer por Nos, o por quien nuestro poder hubiere, sea ossado de cautivar indios naturales de nuestras Indias, Islas y Tierra Firme del mar Oceano... Si alguno fuese hallado, que cautivó o tiene por esclavo algún indio, incurra en perdimiento de todos sus bienes, aplicados a nuestra Cámara y Fisco, y el indio o indios sean luego bueltos y restituídos a sus propias tierras y naturalezas, con entera y natural libertad, a costa de los que assi los cautivaren o tuvieren por esclavos. Y ordenamos a nuestras Justicias que tengan especial cuidado de lo inquirir y castigar con todo rigor, según esta ley, pena de privación de sus oficios, y cien mil maravedís para nuestra Cámara al que lo contrario hiziere y negligente fuere en su cumplimiento»[764].

[764] Ley I, tít. II, lib. VI.

Ordenaron también que fuesen castigados «severa y exemplarmente» los encomenderos que vendiesen sus indios, pues llegaron á disponer que el indígena recobrase su libertad natural y el encomendero quedase privado de la encomienda y de poder conseguir otra[765]. Como los portugueses de la villa de San Pablo (Brasil), que dista diez jornadas de las últimas Reducciones de indios de la provincia del Paraguay, entrasen y cautivaran indígenas para después venderlos en el mencionado Brasil, nuestros reyes ordenaron a sus gobernadores del Río de la Plata y del Paraguay, que procurasen aprehender y castigar a los delinquentes[766]. Mostraron su buena fe y espíritu generoso nuestros monarcas ordenando que los indios fuesen reducidos «con mucha templanza y moderación» a poblaciones[767], añadiendo que a los indios reducidos no se quiten las tierras y granjerías que tuvieren en los sitios que dejaren[768]. Recomendaron que a los indios que trabajaban en las minas se les impusiera justo tributo, «y este se cobre con toda suavidad»[769]. Como regla general, a los caciques y a sus hijos mayores se les eximió de pagar tributo[770]. Tanto interés mostraron nuestros reyes por los indios que, informados de su pobreza con motivo de terrible peste, mandaron a los visitadores y comisarios que sólo exigiesen «lo que buenamente pueden pagar de tributo y servicio, sin gravámen...»[771]. Sabedores de ciertos abusos de los encomenderos de la Nueva España, mandaron «que nuestras Audiencias pongan el remedio que más convenga, y hagan de forma que los indios no sean agraviados y gozen de sus haciendas libremente, sin estorvo en sus granjerías y aprovechamientos, como personas libres y vasallos nuestros»[772]. En su deseo siempre cada vez mayor de proteger por todos los medios posibles a los indígenas, acordaron restablecer el nombramiento de Protectores y Defensores de los indios[773]. La experiencia había demostrado la conveniencia y aun necesidad de dichos Protectores y Defensores. «Algunos naturales de las Indias eran en tiempo de su infidelidad caciques y señores de pueblos, y porque después de su conversión es justo que conserven sus derechos y el haber venido a nuestra obediencia no los haga de peor condición, mandamos que si estos caciques o sus descendientes pretendieran suceder en aquel género de señorío, se les conceda y haga justicia»[774].

[765] Ley II, tít. II, lib. VI.

[766] Ley VI, tít. II, lib. VI.

[767] Ley I, tít. III, lib. VI.

[768] Ley IX, tít. III, lib. VI.

[769] Ley XIV. tít. V, lib. VI.

[770] Ley XVIII, tít. V, lib. VI.

[771] Ley XXXV, tít. V, lib. VI.

[772] Ley XXXIX, tít. V, lib. VI.

[773] Ley I, tít. VI, lib. VI.

[774] Ley I, tít. VII, lib. VI.

El propósito de igualar a españoles e indios se manifiesta también en la ley que copiamos: «Es nuestra voluntad que los indios e indias tengan, como deben, entera libertad para casarse con quien quisieren, así con indios como con naturales de estos nuestros reinos o españoles nacidos en las Indias, y que en esto no se les ponga impedimento, mandamos que ninguna orden nuestra que se hubiere dado, o por Nos fuere dada, pueda impedir ni impida el matrimonio entre indios e indias con españoles o españolas, y que todos tengan entera libertad de casarse con quien quisieren»[775].

[775] Ley II, tít I, lib. VI.

Era libre para los naturales del país la pesca de las perlas[776]. Entre los encomenderos y los indios, nuestros monarcas se pusieron al lado de los últimos, exigiendo a aquéllos «juramento judicial ante el gobernador, y con fe de escribano de que tratarán bien a sus indios y conforme a lo que está dispuesto y ordenado»[777].

[776] Leyes XXIX y XXX, tít. XXII, lib. VI.

[777] Ley XXXVII, tít. IX, lib. VI.

Muchas son las leyes dadas por nuestros monarcas mandando que los virreyes y Audiencias se informen si son mal tratados los indios, y en caso afirmativo ordenan que se castigue a los culpados. No teniendo Felipe II confianza en las citadas autoridades, hubo de encargar a los arzobispos y obispos «que en todas las ocasiones de flotas y armadas nos envíen relación muy particular del tratamiento que se hace a los indios en sus distritos, si van en aumento o disminución, si reciben molestias o vejaciones, y en qué cosas, si les falta doctrina, y adónde, si gozan de libertad o son oprimidos, si tienen protectores y qué personas lo son, si los ayudan y defienden, haziendo bien y diligentemente sus oficios o con descuido y negligencia, si reciben algo de los indios, qué instrucciones tienen, cómo las guardan, lo que convendrá proveer para su mejor enseñanza y conservación, y lo que más les ocurriese acerca de esto, dirigido a nuestro fiscal del Consejo de Indias, a cuyo cargo está su protección, para que pida lo que toca a su obligación, y Nos proveamos lo conveniente al descargo de nuestra conciencia y cargo de los que fueren omissos»[778].

[778] Ley VII, tít. X, lib. VI.

¿Qué más? El mismo Rey dispuso que los delitos contra indios sean castigados con mayor rigor que contra españoles[779]. Tan previsoras fueron nuestras leyes de Indias que ellas dispusieron que a los indígenas no se les podía obligar a llevar a cuestas carga alguna hasta que tuvieren diez y ocho años cumplidos[780]; disponiendo, además, que la carga de los indios no había de pasar de dos arrobas[781]. La ley última del libro VI no deja de tener cierta curiosidad. Según ella, «ninguna india que tenga su hijo vivo pueda salir a criar hijo de español, especialmente de su encomendero, pena de perdimiento de la encomienda y 500 pesos, en que condenamos al juez que lo mandare, y permitimos que habiéndosele muerto a la india su criatura pueda criar la del español»[782].

[779] Ley XXI, tít. X, lib. VI.

[780] Ley XIV, tít. XII, lib. VI.

[781] Ley XV, tít. XII, lib. VI.

[782] Ley XIII, tít. XVII, lib. VI.

En el año 1568 Felipe II ordenó que los virreyes, presidentes y gobernadores no consintiesen que los vagabundos españoles viviesen entre los indios...[783], disponiendo también que se les obligase a trabajar; a los incorregibles e inobedientes se les desterraría a Chile, a Filipinas o a otras partes[784]. Del mismo modo a los gitanos, sus mujeres, hijos y criados se les echaría de las Indias[785]. Las Justicias de las Indias procederían contra las mestizas adúlteras, del mismo modo que las leyes de Castilla disponían contra las mujeres españolas[786]. Aun para la cobranza de los tributos, asunto que tanto importaba a la Real Hacienda, Felipe II, en el año 1581, hubo de disponer que se cobrasen con el menor daño de los indios[787].

[783] Ley I, tít. IV, lib. VII.

[784] Ley II, tít. IV, lib. VII.

[785] Ley V, tít. IV, lib. VII.

[786] Ley IV, tít. VII, lib. VII.

[787] Ley XVI, tít. IX, lib. VIII.

Terminaremos esta reseña de las Leyes de Indias, recordando, si de los Consulados de México y Lima se trata, que la sabia Recopilación dispone que se guarden las leyes y ordenanzas de los Consulados de Burgos y Sevilla[788].

[788] Ley LXXV, tít. XLVI, lib. IX.

Después de la edición de las Leyes de Indias, se han publicado dos obras de reconocido mérito, por D. José María Zamora y Coronado y por D. Joaquín Rodríguez San Pedro, intituladas: la primera, Diccionario de la Legislación ultramarina, y la segunda, Tratado de Legislación ultramarina concordada y anotada. Por último, se han publicado algunas disposiciones, ya cuando las Indias eran colonias, ya cuando eran provincias[789].

[789] Véase Marichalar y Manrique, _Historia de la Legislación_, etc., tomo IX, págs. 399-418.

Pasamos a estudiar el Real y Supremo Consejo de Indias. Ni en el año 1511, ni en el 1514, ni en el 1518--como dice el cronista Herrera--había Consejo de Indias[790]. El emperador Carlos V dispuso la creación de un Consejo que despachase los asuntos de Indias, y al efecto, «el 4 de agosto de 1524 nombró por presidente a Fr. García de Loaysa, general de la Orden de Santo Domingo, su confesor, obispo de Osma; y a primero del mismo mes se dieron los títulos de consejeros al obispo de Canarias y al Doctor Gonzalo Maldonado, porque ya trataban de estos negocios el Doctor Beltrán; y era del mismo Consejo el Proto-Notario Pedro Mártir de Anglería, abad de Jamaica, y el licenciado Galíndez de Carvajal y fiscal el licenciado Prado: y la primera cosa que entonces se trató fué sobre la libertad de los indios»[791].

[790] Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y Tierra Firme del mar Océano, tomo VIII. Tabla general de las cosas notables, etc.

[791] Década III, lib. VI, capítulo XIV.

Consideremos los antecedentes de dicho Consejo. Creada la Casa de la Contratación de Sevilla, los asuntos de ella eran consultados por los Reyes Católicos con D. Juan Rodríguez de Fonseca (hermano de Antonio de Fonseca, señor de Coca), deán de Sevilla y después arzobispo de Rosano y obispo de Burgos. También entendían en las cosas de las Indias--aunque sin cargo determinado--D. Fernando de la Vega, señor de Grajal y Comendador Mayor de Castilla; el gran canciller Mercurino Gattinara; Mr. de Lassao (de la Cámara del Emperador); el licenciado Francisco de Vargas, tesorero general de Castilla, y otros grandes letrados; «pero no tuvo personas ciertas, sino que se nombraban los que mandaba el rey o sus gobernadores»[792].

[792] Herrera, Década III, lib. VI, cap. XIV.

Es cierto que desde el año 1511 se celebraban consejos para los asuntos más importantes de las Indias, y en este dato se apoyó el historiador inglés William Robertson en su Historia de América para afirmar que Fernando V estableció en dicho año el Consejo de Indias; pero Herrera en sus Décadas dice que cuando Vasco Núñez de Balboa (1514) quiso anunciar al Rey el descubrimiento del mar del Sur, fué recibido por Fonseca (que ya era obispo de Burgos) y el comendador López de Conchillos, en quienes se resumía todo el Consejo y gobernación de las Indias, porque a la sazón no había aún Consejo especial de ellas. Cuando Fonseca creía que por lo complicado o difícil del asunto debía consultar, echaba mano de los doctores Zapata y Palacios Rubios y de los licenciados Santiago y Sola. Sin embargo de que Bernal Díaz del Castillo escribe que al hacerse ciertos repartos de indios (1520) entre los soldados de Hernán Cortés, amenazaron los últimos con acudir en queja al Rey y a los de su Real Consejo de Indias[-1]; sin embargo de que D. Pascual Gayangos dice que ha tenido a la vista una Revisión original del Consejo de Indias de 15 de febrero de 1521[793], repetimos que tuvo comienzo en el mes de agosto de 1524.

[793] Notas a las cartas y Relaciones de Hernán Cortés. Introducción, pág. XVII.

El Real y Supremo Consejo de Indias tenía a su cargo mayor número de asuntos que el de Castilla, esto es, Iglesias, Estado, Guerra, Justicia, Cámara, Hacienda, Gobernación y Armada. Eran tan complejos y tantos los negocios que debía resolver el Tribunal, que hallándose enfermo Carlos V de cuartanas en Valladolid, entró (26 octubre 1524) el comendador Francisco de los Cobos, secretario de S. M. y de su Consejo, en la Cámara de dicho Consejo, que se tenía en el monasterio de San Pablo, y estando presentes el obispo de Osma, los doctores Beltrán y Maldonado y el protonotario Pedro Mártir de Anglería, se hizo constar que el Rey ordenaba, para que los asuntos no sufriesen interrupción, que durante dicha enfermedad se despachasen todas las cosas de justicia por cartas firmadas por el presidente y consejeros, selladas con el sello real, como se hacía con el Consejo de Castilla. Era, además, el Consejo de Indias tribunal de apelación de todos los fallos que pronunciaba la Casa de la Contratación de Sevilla, de modo que ambas formaban la organización judicial y administrativa de todos los asuntos que se referían al Nuevo Mundo. Carlos V atendió con verdadera solicitud todo lo referente al Consejo de Indias, como puede verse en el Código las Nuevas Leyes. Otra Real Provisión dirigió (4 junio 1543) Carlos V al Consejo de Indias, y en ella se manifestaba la misma solicitud en favor de los indígenas.

El príncipe D. Felipe, gobernador del reino, al partir para Alemania, dejó (12 julio 1554) a su hermana la princesa doña Juana el gobierno de las Indias, cuyos asuntos le recomendaba, bien que también hacía presente al Consejo que tuviese especial cuidado para que a la mayor brevedad se trajera todo el oro, plata, perlas y otras cosas que allá hubiera de S. M.[794].

[794] Danvila, ob. cit., págs. 28-32.

Desde que Felipe II, por la abdicación de su padre, ciñó la corona de España, manifestó gran interés por los asuntos del Nuevo Mundo. En 1574 declaró que el patronazgo de las Indias pertenecía al Rey y a su Real Corona, patronazgo que nunca podría salir en todo ni en parte de la mencionada Real Corona. Como a pesar de varias disposiciones en favor de los indios, volvieron aquellos infelices a la tiranía de los encomenderos, Felipe II hubo de encargar a las justicias eclesiásticas y seculares que remediasen las vejaciones que padecían los indios, favoreciéndoles, amparándoles y defendiéndoles contra cualquier agravio, y castigando rigurosamente a los encomenderos transgresores. Sin embargo, el mismo Rey, que mostraba tanta humanidad con los indígenas, concedía licencias para vender esclavos, como también para introducir cada año en las Indias 4.250 esclavos negros, siendo todavía más censurable el haber dispuesto en 1569 que los tribunales del Santo Oficio se estableciesen en las Indias.

Intentóse que la Real Hacienda de las Indias formara parte de la de Castilla; pero en 1562 se expidió Real Cédula anulando esta forma de administración y reintegrando al Consejo de Indias en sus antiguas atribuciones. La reforma más transcendental fué la Recopilación de las leyes de Indias, decretada en el año 1570, y de las que sólo se imprimió y publicó el título del Consejo y sus ordenanzas; se mandaron guardar y ejecutar por Real Cédula de 24 de septiembre de 1571. En 1596, esto es, dos años antes de morir Felipe II, mandó el Rey que se recopilasen todas las disposiciones dictadas en diferentes tiempos, formándose con ellas cuatro tomos impresos. Con el mismo objeto en tiempo de Felipe III se nombró (1608) una comisión para recopilar las leyes de Indias, que nada hizo de provecho. Ya en el reinado de Felipe IV se publicó un libro intitulado Sumario de la Recopilación general de las leyes (1628); pero la obra no terminó hasta el año 1680 en que por ley de 18 de mayo se dispuso guardar y cumplir, no acabando de imprimirse, como antes se dijo, hasta 1681, según Cédula de Carlos II (1.º de noviembre del citado año). En esta obra que, según Fabié, es uno de los monumentos más gloriosos de la historia nacional[795] se han reunido todas las disposiciones dictadas en los reinados de Felipe II, Felipe III, Felipe IV y Carlos II[796].

[795] Ensayo histórico sobre la legislación de los Estados españoles de Ultramar, pág. 6.

[796] Danvila, ob. cit., págs. 33 y 34.

A la dinastía austriaca sucedió la de Borbón. Felipe V extinguió (3 marzo 1703) la Cámara de Indias, resumiendo todas sus atribuciones en el Consejo, del cual fué nombrado presidente el duque de Uceda, que vino de la embajada de España en Roma a sustituir al de Medinaceli[797]. Durante el reinado de Felipe V sufrió varias e importantes reformas el Consejo de Indias.

[797] Se había creado en el año 1600.

Sumamente beneficiosa fué la política de Fernando VI y de Carlos III en los negocios de América. Lucas Alamán, moderno historiador mejicano, ha escrito lo siguiente: «el gobierno de América había participado del desmayo y del desorden de que adoleció toda la monarquía en los reinados de los dos últimos príncipes de la dinastía austriaca; comenzó a mejorar bajo Felipe V, el primero de los monarcas de la Casa de Borbón; adelantó mucho en el reinado de Fernando VI, bajo el memorable mando del marqués de la Ensenada, y llegó al colmo de la perfección en el de Carlos III»[798]. Los nombres de Fernando VI y de Carlos III, se hallan escritos con letras de oro en la historia de la América española.

[798] Hist. de México, vol. I, cap. II.

En el reinado de Carlos IV se publicó Real decreto refundiendo los ramos de cada departamento del Despacho universal de España é Indias en una sola secretaría (25 abril 1790); también por otro Real decreto se suprimió la Audiencia y Casa de la Contratación de Cádiz, creando en su lugar un juez de Arribadas (18 junio 1790). Bajo la dominación de José Bonaparte se suprimió el Consejo de Indias (decreto de 18 de agosto de 1809); pero un mes después se restableció en Cádiz, según una cédula dirigida a las autoridades de América (21 septiembre 1810). Las cortes de Cádiz (17 abril 1812) publicaron un decreto, mediante el cual se organizó el Tribunal Supremo de Justicia, mandando pasar a él los negocios de que estuviesen conociendo los extinguidos Consejos de Castilla, de Indias y de Hacienda. Fernando VII restableció el Consejo de Indias (Real decreto de 2 de julio de 1814) y dispuso que continuara con las mismas atribuciones que tenía en primero de mayo de 1808. Del mismo modo fué restablecida la Cámara de Indias con iguales atribuciones que en tiempos pasados. El 9 de marzo de 1820, restablecida la constitución de Cádiz, se cerró nuevamente el Consejo de Indias. La Regencia del Reino (29 mayo 1823), convocó a los ministros que habían sido del mismo, para que entrasen de nuevo en el ejercicio de sus funciones, exceptuando los que habían servido al gobierno constitucional; en lo mismo insistió otra orden de 2 de junio siguiente. Acordóse el restablecimiento completo y definitivo (1.º octubre 1823) y se fijó nueva organización por Real decreto (28 noviembre 1828). En la menor edad de Isabel II, se suprimió por tercera vez los Consejos de Castilla y de Indias (Real decreto de 24 de marzo de 1834), instituyéndose en Madrid un Tribunal Supremo de España e Indias, con tres salas, una de las cuales conocería de todos los asuntos de Ultramar. Se suprimió otra vez el Consejo de Indias en 1836, y por un decreto de las Cortes (8 mayo 1837), se dispuso que el Tribunal Supremo de Justicia siguiese conociendo de todos los asuntos de que había entendido el Consejo de Indias, con arreglo a la Recopilación de leyes ultramarinas. Se suprimió la Sala de Indias del Tribunal Supremo (25 agosto 1854); se restableció poco después, y por Real decreto (26 marzo 1858), se aumentaron en ella dos plazas de ministros. Desde entonces los negocios de Indias se repartían entre el Tribunal Supremo, el de Cuentas, el de lo Contencioso-administrativo y el Ministerio de Ultramar[799].

[799] Danvila, ob. cit., págs. 37-46.

Procede ya considerar con algún detenimiento el estado poco cariñoso de las relaciones--como antes se indicó--entre Fray Toribio de Benavente y Fray Bartolomé de las Casas, el primero representante de la Orden franciscana y el segundo de la dominicana. Los dos fueron el alma de las luchas religiosas en América a mediados del siglo XVI[800]. Fray Toribio, con otros compañeros de su Orden, fué recibido con viva satisfacción por Hernán Cortés. Oyó Fray Toribio repetir a los indios la palabra Motolinía, y como le dijesen que significaba pobreza, determinó no llamarse ya Fray Toribio de Benavente, sino Fray Toribio de Motolinía. Por entonces era superior de la Orden franciscana en México Fray Martín de Valencia, y poco después fué nombrado guardián Fray Toribio.

[800] Nació Fray Toribio en Benavente (provincia hoy de Zamora), y se embarcó en Sanlúcar de Barrameda el 23 de enero de 1524, llegando el 13 de mayo a San Juan de Ulúa.

Noticioso el Emperador del mal trato que los conquistadores daban a sus nuevos vasallos, creó el cargo de Protector de Indios, que encomendó, por cédula de 24 de enero de 1528, a Fray Juan de Zumárraga y a Fray Julián Garcés, nombrados respectivamente obispos de México y de Tlascala. Con poco gusto recibió el gobierno colonial esa especie de protectorado eclesiástico, y desde el principio mostró decidida oposición. Fray Vicente de Santa María, en carta escrita en el citado año al obispo de Osma, afirmaba que el prelado Zumárraga había mandado a los franciscanos que predicasen contra la Audiencia, excediéndose los predicadores hasta llamar a los oidores «ladrones y bandidos.» Añadía que también ordenó a los visitadores que se abstuvieran de proceder, bajo pena de excomunión. «En mi presencia, decía el autor de la carta, han tratado de tirano al presidente de la Audiencia, aconsejando a los indios que no le obedecieran cuando les mandase trabajar en las obras públicas.» Entre los gobernantes y conquistadores por un lado, y los pueblos esquilmados por otro, se entabló rudo combate, poniéndose en el campo de los últimos los frailes. El predicador Fray Alonso de Herrera se atrevió en un sermón a decir Audiencia del Demonio y de Satanás; y Fray Toribio, que decía la misa mayor, hizo después sencilla plática «confirmando cuanto había dicho el orador sagrado.» Fray Toribio se denominaba Visitador, Defensor, Protector y Juez de los indios en las provincias de Huexotzinco, Tlascala y Huacachula. Aconsejaban los frailes que los indios no pagasen los tributos impuestos por la Audiencia, sino los que ellos fijaban. Díjose, aunque sin fundamento alguno, que intentaron tramar una conspiración para alzarse con el gobierno de la colonia y arrojar a conquistadores y gobernantes, bien que reconociendo la soberanía del rey de España. Llegó a darse como cosa cierta que formaban el plan revolucionario los Padres Motolinía, Ximénez y Fuensalida.

Después de reñir Fray Toribio cruda batalla con la Audiencia de México, pasó a Guatemala (1528-1530) e ignoramos dónde estuvo desde mediados de 1530 hasta enero de 1533, en que le hallamos en Tehuantepec. Desde el 1536 residió en el convento de Tlaxcala, permaneciendo en él seis años. En 1539 conoció personalmente al P. Las Casas, aunque es de creer que ya en 1528 se encontraron en el territorio de Guatemala.

Conviene no olvidar que a raíz de la fundación de las religiones franciscana y dominicana comenzó la rivalidad entre ellas, más que por el espíritu de cuerpo, por las diferencias radicales que las separan; también por la oposición de caracteres entre el italiano Francisco de Asís y el español Domingo de Guzmán. La lucha entre las dos órdenes mendicantes durante los siglos XIII, XIV y XV, se repitió en el XVI en América, figurando el P. Motolinía a la cabeza de los franciscanos y el P. Las Casas al frente de los dominicos. Uno y otro estaban conformes en que las hordas de aventureros españoles que venían a buscar fortuna, sorprendieron la buena fe de los monarcas para establecer el sistema de Repartimientos y Encomiendas, reduciendo a los indios a dura esclavitud; pero se diferenciaban en el modo de ver las cosas. Fray Bartolomé de las Casas, enarbolando la Cruz como única bandera civilizadora, condenó el empleo de la fuerza y suyas son las siguientes palabras: «sobre todas las leyes que fueron, y son y serán, nunca otra ovo ni avrá que así requiera la libertad, como la ley evangélica de Jesucristo, porque ella es ley de suma libertad.» Conforme con este principio, los repartimientos, las encomiendas y otros medios análogos empleados para aumentar el trabajo de los indios, eran injustos, ilegítimos y pecaminosos. Todos los dominicos se lanzaron por la senda que abrió el Padre Las Casas. Refiriéndose Las Casas a lo que se llamaban conquistas de Hernán Cortés en México, hubo de decir que eran «invasiones violentas de crueles tiranos, condenadas no sólo por la ley de Dios, sino por todas las leyes humanas, como lo son, y muy peores que las que hace el Turco para destruir la Iglesia cristiana.» Llamaba tiranos, crueles y feroces a Cortés, Alvarado y Olid. En otro de sus escritos añadía Fray Bartolomé que por Real orden se prohibió a Cortés dar encomiendas y hacer reparticiones; pero Cortés «no cumplió nada por lo mucho que a él le iba en ello.» No creía Fray Toribio Motolinía que merecía tales censuras el conquistador de México. Para Motolinía el gran conquistador ansiaba «emplear la vida y la hacienda por ampliar y aumentar la fe de Jesucristo y morir por la conversión de estos gentiles,» se confesaba «con muchas lágrimas, comulgando devotamente y poniendo su ánimo y hacienda en manos de su confesor,» y ayudado de «Aguilar y Marina, que le servían de intérpretes, predicaba a los indios y les daba a entender quién era Dios, y quién eran los ídolos, y así destruía los ídolos y cuanta idolatría podía.» Pensando Fray Toribio en Cortés y en Las Casas, decía que su héroe era hijo de salvación, y que tenía mayor corona que otros «que lo menosprecian.» Los franciscanos siguieron al pie de la letra las doctrinas y enseñanzas del Padre Motolinía. Debieron ocurrir semejantes sucesos por los años de 1528 y 1529, época en que Fray Toribio estuvo en Guatemala.

Por su parte Fray Bartolomé, noticioso de que el gobernador de Nicaragua, allá por el año 1534, quería aumentar su poder promoviendo nuevos hallazgos de tierras, se opuso a ello, atreviéndose a decir en los sermones, en las confesiones y en otras partes, que los soldados «no iban con sana conciencia a entender en tal descubrimiento.» Formóle proceso el gobernador (1536), del cual se libró por mediación del obispo. En seguida abandonó el convento de Nicaragua y se retiró con sus frailes a Guatemala, permaneciendo allí hasta el año 1538. Pasó a México, donde le encontramos el año 1539, gozando de gran favor en el gobierno del virrey Mendoza.

Un asunto de capital interés influyó para que fuese mayor el desvío que separó durante su vida a los Padres Motolinía y de Las Casas. Refiere el primero lo que a continuación copiamos: «Un indio había venido de tres o cuatro jornadas á se baptizar, y había demandado el baptismo muchas veces... y yo--añade nuestro historiador--con otros frailes rogamos mucho al de Las Casas que baptizase aquel indio, porque venía de lejos; y después de muchos ruegos demandó muchas condiciones de aparejos para el bautismo, como si él sólo supiera más que todos, etc.» El resultado fué que Fray Bartolomé no quiso bautizar al indio, fundándose en recientes prohibiciones del papa Paulo y de la Junta Eclesiástica. Por su parte, Fray Toribio escribe lo que sigue: «En muchas partes--y aludía a las prevenciones de la Junta Eclesiástica--no se bautizaban sino niños y enfermos; pero esto duró tres ó cuatro meses, hasta que en un monasterio que se llama Quecholac, los frailes se determinaron de bautizar á cuantos viniesen, no obstante lo mandado por los obispos.» El mismo P. Motolinía confiesa que en cinco días (que estuvo en aquel monasterio) otro sacerdote y yo bautizamos por cuenta catorce mil y doscientos y tantos...

Fray Bartolomé de Las Casas se dirigió a España para obtener de la Corona ciertas disposiciones que aligerasen el pesado yugo a que estaban sometidos los indios. Dominado por la misma idea, obtuvo--según Herrera--la orden en cuya virtud se dispuso la fundación de la Universidad de México[801].

[801] Déc. VI, lib. 7, cap. VI.

Entretanto, el P. Motolinía se hallaba en Tlascala (1539), en Telmacán (1540), en Antequera (hoy Oajaca) (1541) y luego en Guatemala, siempre ocupado en su santo ministerio y ya con el cargo de custodio.

No debía estar quejoso el Padre Las Casas del recibimiento que le hizo el monarca español. Ya tenía preparado su viaje de vuelta a Guatemala, cuando el presidente del Consejo de Indias le mandó suspenderlo «por ser necesarias sus luces y su asistencia en el despacho de ciertos negocios graves que pendían entonces en el Consejo.» El más grave debía ser la formación de las Ordenanzas antes citadas con el nombre de las Nuevas Leyes.

Poco después el Padre Las Casas marchó a su obispado y también por entonces (fines de octubre de 1545) el Padre Motolinía abandonaba Guatemala para dirigirse a México. En tanto que este último Padre se atraía las simpatías de todos, aquél recibía por doquier insultos, hasta el extremo que nunca le nombraban por su nombre, sino decían «ese diablo que os ha venido por obispo»[802]. El mismo Juan de Perera, maestrescuela de la catedral de Chiapa, le llamaba traidor, enemigo de la patria y mal hombre. Fray Bartolomé se encaminó a Ciudad Real a pie, enfermo y a los 71 años cumplidos, acompañado de su inseparable y bondadoso Fray Vicente. Le recibieron mal y varias veces estuvo en peligro su vida. Entonces se decidió a renunciar el obispado. Salió de Ciudad Real en los comienzos de la Cuaresma de 1546, habiendo permanecido un año en aquella población. Pasó a México, despidiéndose antes de su grey, a la cual no volvió a ver, y acompañado de tres religiosos de su orden y del maestrescuela Juan de Perera, que tiempo atrás le había llenado de ultrajes. Tampoco en aquella ciudad obtuvo de los oidores de la Audiencia el respeto y consideraciones que él merecía.

[802] Remesal, lib. VII, cap. XVI.

Reunidos los prelados, doctores y otras distinguidas personas para la celebración de una Junta eclesiástica, manifestóse en los debates que la doctrina del Padre Las Casas obtenía solemne sanción. Sin embargo, por lo que a la esclavitud respecta, no conformes el prelado y el virrey D. Antonio de Mendoza, tuvieron algunos disgustos. Fray Bartolomé, antes de renunciar el gobierno de su iglesia, nombró vicario general al citado canónigo Juan de Perera (5 noviembre 1546) y con fecha del día siguiente se publicó, tiempo adelante, el Confesonario, Formulario de confesores o Instrucciones para los confesores. Aunque se dispuso que se mantuviere secreto el contenido del Confesonario, «los más de los seglares--dice Remesal--tenían sus traslados, y como eran tan rigurosas sus reglas parecióles que si por ellas eran juzgados a ninguno se le podía dar la absolución.» No puede negarse que las reglas eran muy severas, en particular la 1.ª y la 5.ª, llegando a ser causa de alboroto y de protesta general.

Como paladín de los más descontentos se manifestó el Padre Motolinía, quien escribió una carta a Carlos V diciéndole, entre otras cosas: «Por amor de Dios, ruego a V. M. que mande ver y mirar a los letrados, así de vuestros Consejos como a los de las Universidades, si los conquistadores, encomenderos y mercaderes desta Nueva España están en estado de recibir el sacramento de la penitencia y los otros sacramentos, sin hacer instrumento público por escritura y dar sanción juratoria, porque afirma el de Las Casas que sin estas y otras diligencias no pueden ser absueltos, y a los confesores pone tantos escrúpulos, que no falta sino ponellos en el infierno, y así es menester esto se consulte con el Sumo Pontífice.» Fijábase también en la administración del bautismo para deducir que no era posible seguir al pie de la letra los preceptos del Padre Las Casas. En la carta del Padre Motolinía se veía al misioro que temía aventurar la salvación del alma, único fin de todos sus sacrificios y desvelos; pero no sería aventurado afirmar que también se notaba la enemiga del franciscano al dominico. «Si los tributos de los indios son y han sido, decía, mal llevados, injusta y tiránicamente (como afirma el de Las Casas), buena estaba la conciencia de V. M., pues tiene y lleva V. M. la mitad o más de todas las provincias..., de manera, que la principal injuria o injurias hace a V. M. y condena a los letrados de vuestros Consejos, llamándolos muchas veces injustos y tiranos: y también injuria y condena a todos los letrados que hay y ha habido en toda esta Nueva España, así eclesiásticos como seculares, y a los presidentes y Audiencias de V. M., etc.» Todo lo que el P. Motolinía hacía valer en 2 de enero de 1555, era exacta repetición de lo que se dijo en principios de 1547. Al lado del P. Motolinía se pusieron dos hombres eminentes: el Dr. Juan Ginés de Sepúlveda, cronista y capellán del Emperador, y el Dr. Bartolomé Frías Albornoz, discípulo de D. Diego Covarrubias, y profesor de Derecho civil de la Universidad de México.

Sin arredrarse, Fray Bartolomé salió a la palestra, hizo examinar de nuevo su Confesonario, que fué aprobado por los maestros Cano, Miranda, Galindo, Sotomayor y Fray Francisco de San Pablo, logrando, vencer al Dr. Sepúlveda; mas en América no le favoreció la fortuna.

El P. Motolinía había sido nombrado provincial de los franciscanos (1548) y su influencia era cada día mayor. El Emperador mandó a la Audiencia de México que recogiese todas las copias que circulaban del Confesonario, hasta que el Consejo, encargado de la revisión, pronunciase la sentencia. Ordenóse además a Fray Bartolomé que diera, dentro de corto plazo, explicaciones ante dicho Consejo, sobre ciertos puntos del Confesonario. El P. Motolinía buscó todos los manuscritos o copias del citado libro, y las entregó al virrey D. Antonio de Mendoza, quien las quemó «porque en ellas se contenían--según aquel Padre--dichos y sentencias falsas e escandalosas...» Dió Las Casas explicaciones que se le pedían en Treinta proposiciones en forma de tésis, resumiendo en ellas toda su doctrina teológica, canónica y política. Explicó que el soberano imperio y universal principado y señorío de los reyes de Castilla en las Indias, no era incompatible al que tenían los señores naturales de ellas; dijo que los reyes de Castilla estaban obligados a propagar el cristianismo, pero amorosa, dulce y caritativamente; afirmó que lo hecho por los españoles en América era «injusto, inicuo, tiránico y digno de todo fuego infernal, y, por consiguiente, nulo, inválido y sin algún valor y momento de derecho. Y como fuera todo nulo e inválido de derecho, por tanto, no pudieron llevarles (a los indios) un sólo maravedí de tributos justamente, y, por consiguiente, eran obligados a restitución de todo ello.» Denominó a las encomiendas y repartimientos, como en otro lugar ya se dijo, «pestilencia inventada por el diablo para destruir todo aquel Orbe (América), consumir y matar aquellas gentes dél»[803].

[803] Véase la Vida y escritos de Fray Toribio de Benavente o Motolinía, por D. José Fernando Ramírez, en la Colec. de doc. para la Hist. de México, publicada por García Icazbalceta, tomo I, págs. CIV y CV.

También el Dr. Sepúlveda no cedía en sus ataques a fray Bartolomé. Éste, en la forma acostumbrada, retó a aquél a un combate literario, ante una «congregación de letrados, teólogos y juristas», presidida por el Consejo Real de Indias, donde se disputaría «si contra la gente de aquellos reinos (América) se podía lícitamente y salva justicia, sin haber cometido nuevas culpas, más de las en infidelidad cometidas, mover guerras que llaman conquistas.» Compareció el Dr. Sepúlveda e improvisó elocuente discurso, al cual contestó fray Bartolomé con un largo escrito que duró cinco sesiones. Admirablemente se defendió Las Casas de los ataques de Sepúlveda y de rechazo atacó al Padre Motolinía, defensor de la misma doctrina que había expuesto el cronista y capellán del Emperador. No reprobó el Consejo las explicaciones dadas por el obispo, quien se retiró después con su compañero fray Rodrigo de Ladrada al convento de San Gregorio, de Valladolid.

Al mismo tiempo en América ardía el fuego de la discordia, llegando a toda clase de extremos ambos partidos, el del Padre Motolinía y el del antiguo obispo de Chiapa. El Dr. Sepúlveda y fray Bartolomé de Las Casas, a disgusto de la Corona y del Consejo Real de Indias, publicaron, el primero su Apología (1550) y el segundo sus Opúsculos (1552), señalándose entre ellos el Confesonario. La impresión que la última publicación hizo en el ánimo del Padre Motolinía se manifiesta por la carta ya citada y dirigida al Emperador con fecha 2 de enero de 1555.

Nuestra imparcialidad nos obliga a decir que por lo que respecta a la conversión de los indios al cristianismo, si influyó la palabra del Apóstol, fué la espada del conquistador la que derribó los ídolos de los altares. La sumisión al rey de España y la conversión al Cristianismo iban siempre unidas, las cuales se lograban, no por el convencimiento, sino por la fuerza. Creían los infelices americanos que el bautismo les ponía a cubierto de persecuciones, de castigos y aun de la muerte, y por ello, ignorando el significado de aquel acto--puesto que los misioneros apenas tenían alguna idea de las lenguas indígenas--, se presentaban en masa a recibir el agua bendita. Es evidente, pues, que el miedo y no otra cosa impulsaba a los indígenas a desear y pedir el bautismo. Veamos lo que dice el Padre Motolinía del carácter de los indios: «Son--tales son sus palabras--pacientes, sufridos sobremanera, mansos como ovejas; nunca me acuerdo haber visto guardar injuria; no saben sino servir y trabajar. Sin rencillas ni enemistades pasan su tiempo y vida, y salen a buscar el mantenimiento a la vida humana necesario, y no más»[804]. Si los misioneros daban el bautismo a los indios sin exigir requisito alguno, los conquistadores sostenían que les bastaba ligera idea de la religión cristiana: así Jerónimo López decía en una carta al Emperador «que el indio no tiene necesidad sino de saber el Pater noster y el Ave María, Credo, Salve y Mandamientos, y no más, y esto simplemente, sin aclaraciones, ni glosas, ni exposiciones de doctores, ni saber ni distinguir la Trinidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo, ni los atributos de cada uno, pues no tenían fe para lo creer»[805]. Pero ¿qué más? No sólo--como ya sabemos--encomenderos y conquistadores llegaron a sostener que los indios eran irracionales, sino también jurisconsultos y teólogos defendieron la misma proposición, ya para justificar las conquistas de las Indias, ya para disculpar la tiranía de encomenderos y conquistadores, mereciendo aplausos sinceros por la energía con que afirmaron la racionalidad de los indígenas los Padres dominicos y franciscanos. Cuando los citados religiosos llegaron a conocer el lenguaje de los naturales del país, se dedicaron a la predicación, fundando iglesias y conventos, y al mismo tiempo derribando adoratorios y destruyendo los ídolos. No sólo las Ordenes religiosas citadas, sino después los mercenarios y jesuítas prestaron inmensos servicios a la civilización y cultura del país. Ellos enseñaron a los indígenas algunas artes y varios oficios. De tal modo se extendieron las Ordenes religiosas en el Nuevo Mundo, que, limitándonos a Nueva España o México, contaban con más de 400 conventos, perteneciendo 200 a la religión franciscana, 90 a los dominicos y 70 a los agustinos, sin sumar con estas fundaciones otros tantos partidos de clérigos.

[804] Historia de los indios, trat. I, cap. XIV.

[805] Véase Documentos publicados por García Icazbalceta, tomo I. pág. 148.

Entre los prelados don Juan de Zumárraga y don Sebastián Ramírez Fuenleal, el primero de Nueva España y el segundo de Santo Domingo, fundaron iglesias, hospitales y otras obras benéficas. Las reuniones de los obispos verificadas en 1537 y 1546, tan importantes en la historia de México, como los tres concilios de 1555, 1565 y 1585, fueron beneficiosos para la disciplina de la Iglesia. «Para mediados del siglo XVI--escribe el marqués de Lema--la jerarquía eclesiástica se hallaba establecida sobre la base de tres sedes metropolitanas: la de Santo Domingo, en la Isla Española, creada en tiempos del obispo Fuenmayor, que contaba como sufragáneas las diócesis de la Concepción o de la Vega, Cuba, San Juan de Puerto Rico y Santa Marta; el arzobispado de México, establecido un año antes de la muerte de Zumárraga, del que dependían los obispados de Puebla de los Angeles, Jalisco, Mechoacán, Guaxaca, Guatemala, Chiapa, Honduras y Nicaragua; y la sede metropolitana de Lima o los Reyes, cuyas sufragáneas eran las de Cuzco, Quito y la inmensa provincia de los Charcas, el actual país de La Plata»[806]. (Apéndice M.)

[806] Véase La Iglesia en la América Española. Conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid por el marqués de Lema el 3 de mayo de 1892, pág. 41.

Comprendiendo los reyes que era necesario el establecimiento definitivo de la jerarquía episcopal en América, se dirigieron al Papa, quien concedió a los Reyes Católicos el señorío de las Indias y la posesión de los diezmos que allí se percibiesen. Después que Alejandro VI hizo tal concesión, Julio II estableció (15 noviembre 1504) la sede arzobispal de Yaguata o Santo Domingo y las sufragáneas de Magna y Raynúa. El 28 de julio de 1508, el Papa, por la bula Universalis Eclesiæ, concedió a los monarcas españoles el patronato sobre todos los beneficios que existiesen en América, y el 9 de abril de 1810 extendió el diezmo al oro, plata y piedras preciosas, excluídos de la concesión de los diezmos, ya citados, por Alejandro VI. Después de largas negociaciones, el Papa, en 1511, otorgó al Rey todo lo que pedía, y en su virtud se establecieron tres sillas episcopales, sufragáneas de la metropolitana de Sevilla, que eran: una en la Concepción de la Vega, otra en Santo Domingo, y la tercera en San Juan de Puerto Rico. En las citadas bulas descansa el edificio del patronato real de las Indias.

Los religiosos franciscanos llegaron los primeros al Nuevo Mundo; después fueron los dominicos y agustinos; tiempo adelante los mercenarios; y en el último tercio del siglo XVI los jesuítas. Entre los muchos frailes que se distinguieron por su celo apostólico, mencionaremos, además de los Padres Las Casas y Motolinía, al venerable fray Martín de Valencia, a fray Domingo de Betanzos, a fray Tomás Berlanga, a Vasco Quiroga y a fray Bernardino de Sahagún; y entre los prelados, gloria de la Iglesia católica en el Nuevo Mundo, debe recordarse a Zumárraga, arzobispo de México, a Marroquín, obispo de Guatemala, y a Valdivieso, obispo de Nicaragua.

Algo censurable hallamos en las costumbres de varios conventos (Apéndice N), como también no fueron siempre algunos frailes buenos y cariñosos con los indígenas (Apéndice O).

Otro asunto no menos interesante y que ya se ha tratado en capítulos anteriores, se presenta ante nuestra vista: nos referimos a las misiones jesuíticas del Paraguay. Aunque lograron importancia no escasa las Reducciones de los jesuítas en Buenos Aires, Brasil, Uruguay, Perú y en otros puntos, donde la Compañía fijó principalmente sus miradas fué en el Paraguay. Las misiones del Paraguay, fundadas en los comienzos del siglo XVII por la Compañía de Jesús y sostenidas durante siglo y medio, ¿son merecedoras de toda alabanza, o son, por el contrario, dignas de acre censura? Desde que Felipe III, por cédula de 1608, resolvió que se procediese a la sumisión de los indios, convirtiéndoles al cristianismo, de cuya misión se encargaron los jesuítas,--pues los dominicos, franciscanos, capuchinos y otras órdenes quedaron reducidas a segundo lugar--fundaron Reducciones en todo el Paraguay. En medio de aquellos bosques y en medio de aquellas tierras--dicen los defensores de los jesuítas--regadas por ríos inmensos, se veía al hijo de Loyola, sin temor a las fieras ni a los venenosos reptiles, ni a las aves de rapiña, ora para buscar al indio y convertirle, ora para sufrir de él el martirio. El jesuíta, con su ancho sombrero y negros hábitos, con su crucifijo y el breviario, recorría los bosques, atravesaba los pantanos, bajaba a los valles o se encaramaba a las escarpadas rocas y penetraba en las obscuras cuevas, no temiendo ser presa de las garras del tigre, ni de las mordeduras de la serpiente, ni lo que era aún peor, de la glotonería del caribe y antropófago. Si esto sucedía, el misionero espiraba cantando un himno al Señor. Cuando los jesuítas encontraban a los salvajes, aquéllos no tenían más remedio que alimentarse lo mismo que los últimos, esto es, carne de caza cruda, ranas y otras cosas repugnantes; tenían que dormir en fétidas cabañas, cazar, pescar y cultivar la tierra como los salvajes, único modo de atraerse a estos últimos. ¡Atraerse a los salvajes! La historia de los jesuítas registra 300 mártires durante el siglo XVII.

Hacía tiempo que dominaba a los jesuítas un pensamiento: civilizar un país del Nuevo Mundo sólo por el cristianismo y no mediante la fuerza; por la cruz y no por la espada. Comenzaron pidiendo a los reyes que fuesen declarados libres todos aquellos indios que se atrajesen los Padres, lo cual fué concedido, no sin disgusto y oposición de los colonos. Fijáronse los jesuítas en los estúpidos y supersticiosos guaranos, habitantes de la provincia de Guairo, quienes defensores acérrimos de su terruño, sostuvieron largas y enconadas luchas con los españoles y portugueses. A los guaranos acudieron los misioneros ofreciéndoles protección contra los citados usurpadores. Aceptado el ofrecimiento, pudieron anunciar los misioneros a su superior que doscientos mil indios estaban decididos a recibir el bautismo. Causó admiración en la corte española que aquellos salvajes, tan belicosos con las armas reales, se postraran ante los humildes hijos de San Ignacio.

Empresa comenzada con tan buenos auspicios alentó a los jesuítas, quienes procuraron apartar los indios de los españoles, creyendo más fácil amansar al salvaje que moralizar al europeo. Persistiendo en la misma idea, solicitaron del obispo y del gobernador que se les concediese reunir a los indios cristianos en determinados lugares, independientes en absoluto de las ciudades coloniales próximas, edificar iglesias y no consentir, bajo ningún pretexto, que a los neófitos se les pudiera emplear en servicio de los españoles. De este modo se lograba que no se reuniese a los indios en encomiendas, consiguiendo, en cambio, los Padres italianos Cataldini y Maseti fundar la primera parroquia o Reducción de doscientas familias de guaranos en Loreto, a orillas del Parapaneme, afluente del Paraná. De la citada Reducción escribe el P. Diego de Torres lo que sigue:

«La Reducción de... Nuestra Señora de Loreto... va creciendo mucho en gente y fuera de otros muchos que se han venido á ella, un pueblo entero nos enbio á pedir canoas para unirse con nosotros como lo hicieron tan de raiz que ni un solo indio quedo en el pueblo para guarda de sus vastimentos y sementeras; y otro cacique principal prometió hacer lo mesmo dexando por prendas de su amor y su palabra un sobrino que tenía para que le enseñasen y baptizasen mientras venía él y toda su gente. Ni creçen menos en cristiandad y policia... Estan ansi niños como niñas muy expertos en la doctrina y cathecismo y los niños van leiendo y escribiendo, aiudan á Missa y cantan ya en ella, acuden cada dia á la doctrina, reçan su rossario, cantan la letania de Nuestra Señora de Loreto en la iglesia y ressan todos en sus casas por la mañana y por la tarde y convidan á sus padres y á todos los de su casa que ressen con ellos y como lo hacen en voz alta, no parecen sino choros eclesiasticos bien consertados y con la diligencia y continuacion de los hijos saben ya sus padres las oras y por esto llaman graciosamente los niños á sus padres mis discípulos. Apenas se toca por la mañanita la campana de la oración quando al momento comienssan por todas las casas á ressar con la puntualidad que si tubieran regla de ello, ni les a parecido á los Padres hasta agora señalarles fiscales, ansi por no ser necessario porque en lo esencial sirven de esso los niños de la escuela que avisan de los enfermos que ay, de los infieles, y de las criaturas recien nacidas para baptizarlas, como por no ser pesados a estos indios tan en los principios.»[807] Desde el año 1593 a mediados del siglo diez y ocho se fundaron 33 parroquias o Reducciones, entre los guaranos, chiquitos y moxos, los cuales recibieron una constitución que no tenía ejemplo en la historia. La Iglesia era el centro de la Reducción. Los nombres de las citadas 33 parroquias, eran: A orillas del Paraná: San Ignacio Guazú, Santa María de Fe, Santa Rosa de Lima, Santiago, Santos Cosme y Damián, Corpus, Jesús, Itapuá, Candelaria, Santa Ana, Loreto, San Ignacio Miní y Trinidad.--A orillas del Uruguay: San José, San Carlos, Apóstoles, Concepción, Santa María Mayor, San Francisco Javier, Santos Mártires, San Nicolás, San Luis, San Lorenzo, San Miguel, San Juan Bautista, San Angel, Santo Tomás, San Francisco Borgia, Santa Cruz y Yapeyú. A orillas del Paraguay: Belén. En las selvas de Tarumó: San Joaquín y San Estanislao. Luego, cuando España colocó todos los pueblos arrebatados a las misiones bajo el mando de un gobernador, la capital del gobierno fué San Luis Gonzaga.

[807] Pastells, Hist. de la Comp. de Jesús en el Paraguay, tomo I, pág. 162.

Las casas de las Reducciones eran de piedra y tenían un solo piso; estaban colocadas alrededor de la plaza pública, donde también se hallaban la iglesia, la casa de los jesuítas, el arsenal, el granero y el hospicio para los forasteros. La gobernación de cada pueblo se confería a un sacerdote y las funciones espirituales estaban desempeñadas por un teniente. Sacerdote y teniente dependían de un superior, a quien el Papa daba amplias facultades, aun para confirmar. El mismo gobernador nombrado por el Rey, carecía de autoridad ante el superior de la misión. La ley era la voluntad del sacerdote, dependiendo completamente de él los colonos.

Los niños recibían la educación en dos escuelas: en una aprendían a leer y escribir, y en la otra la música y el canto. Los misioneros estudiaban la inclinación de los niños y en su virtud los dedicaban a la agricultura, a las artes de adorno o útiles, y también si alguno mostraba inteligencia, le instruían en las ciencias y en la religión, sacando de ellos magistrados y sacerdotes.

Al rayar el alba la campana de la iglesia anunciaba la hora de levantarse. Todos se dirigían al templo a dar gracias a Dios y después marchaban al trabajo; por la tarde la misma campana los reunía otra vez en la iglesia, encaminándose, lo mismo que por la mañana, a sus calabozos.

Además de que a cada familia estaba asignada una porción de tierra para sus necesidades, tenían que cultivar la posesión de Dios, de cuyo producto sacaban para el culto, para pagar el escudo de oro que cada familia debía dar al rey de España, para remediar la escasez o las malas cosechas, para los gastos de la guerra, o mantener viudas, huérfanos y enfermos. Cogíase la cosecha en común en los almacenes a disposición del sacerdote, evitando de este modo la avaricia y todas las malas pasiones. En días determinados los misioneros distribuían lo necesario para la vida a los jefes de familia; los días que no eran de ayuno se repartía la carne en la carnecería. Estaba prohibido explotar las minas, prohibición que era una protesta contra los males causados por dicha industria en otras partes. Salían los indios a sus faenas agrícolas a son de música, precedidos de la efigie del santo protector, que se colocaba en una especie de cabaña.

Las iglesias estaban bien cuidadas y los cálices y demás objetos necesarios para el culto eran de oro y plata, adornados a veces con piedras preciosas. Las fiestas eran frecuentes y brillantes, no faltando en ellas los fuegos artificiales.

Para prevenir el libertinaje procuraban los misioneros que los indigenas se casasen jóvenes.

El vestido de las mujeres consistía en una camisola blanca, estrecha por la cintura, suelto el cabello y los brazos y piernas desnudos. Los hombres adoptaron el traje que usaban en Castilla.

Una asamblea general de ciudadanos elegía, siempre por influencia del misionero, un cacique para la guerra, un corregidor para la administración de justicia, regidores y alcaldes para que cuidasen del buen gobierno de las obras públicas. Había además otras autoridades nombradas del mismo modo.

Los delitos, que cometía de tarde en tarde el indígena, se castigaban, la primera vez con una secreta reconvención; la segunda con penitencia pública a la puerta de la iglesia; la tercera con azotes. Dícese que no hubo ni uno que los mereciese. Al perezoso se le recargaba con más trabajo.

Para la defensa de la Reducción organizaron una milicia urbana de infantería y caballería, cuyo único destino era rechazar los ataques de los enemigos. Pocas veces tuvieron que echar mano de las armas, pues los enemigos se contentaban con víveres. Los mamelucos (mestizos) que confinaban con las Reducciones, robaban a los neófitos y los vendían como esclavos. Si algunos gobernadores del Paraguay, del Uruguay y de la Plata no respetaron, con alguna frecuencia, a los misioneros, también estos últimos, de cuando en cuando, abusaron de su poder. Recordaremos a este propósito que desde la Asunción, con fecha 29 de mayo de 1629, D. Luis de Céspedes Xeria, gobernador del Paraguay, escribió al Rey, diciéndole la poca atención que con él habían tenido los Padres, viéndose obligado a quitarles la jurisdicción real. Se quejaba también de los términos en que se hallaban redactadas las cartas que de los misioneros había recibido[808].

[808] Pastells, _Hist. de la Compañía de Jesús en el Paraguay_, etc., tomo I, págs. 431 y 432.

Sobre la Compañía de Jesús y su política en el Paraguay, se han dirigido graves censuras. Se ha dicho que los Padres se dejaban besar las túnicas, que admitían a los salvajes al sacramento del Bautismo y aun al de la Eucaristía. Díjose que el Paraguay era un país sumamente rico, y que los jesuítas sacaban de él anualmente tres millones de cruzados. Era opinión general que ocultaban ricas minas en lugares ocupados por ellos. Se hallaba probado que ejercían el comercio y que traficaban mucho, no negando que a veces supeditaban las glorias del cielo a los intereses de la tierra.

Dábase como cosa cierta que ellos y sólo ellos habían sido los causantes de la rebelión contra el tratado de Fernando VI con Portugal, respecto al cambio de las siete colonias españolas, por la portuguesa del Sacramento. Decíase en todos los tonos que los hijos de Loyola tenían decidido empeño en depender lo menos posible de España. El aislamiento en que los jesuítas pusieron las Reducciones y sus belicosos preparativos, hicieron sospechar que aspiraban a formar un imperio independiente de la madre patria. Acerca de este asunto, no se detuvo la imaginación de muchas gentes. Llegóse a decir que estaban decididos a separarse de España, ya eligiendo un Rey, ya proclamando la República.

Tantas vulgaridades se dijeron, que reyes y pueblos se declararon enemigos mortales de los hijos de San Ignacio.

No negaremos que bien pudiera preguntarse: aquellos indios convertidos ¿obedecían al Rey o a los misioneros? ¿Trabajaban en servicio del pueblo o para enriquecer a los jesuítas? Del mismo modo se presta a censuras que aislasen sus Reducciones privándolas de la civilización europea, como también lamentamos su egoísmo al querer prolongar más de lo debido la infancia de los indígenas. Nosotros--como varias veces hemos escrito--creemos que los gobiernos patriarcales son convenientes para civilizar a los pueblos, así como afirmamos que son perjudiciales cuando dichos pueblos tienen conciencia de su destino.

Si todo esto es cierto, también lo es que ellos fundaron colegios en México, Perú, Chile y en otros puntos; ellos penetraron en los salvajes territorios de Sonora y California, en los espesos bosques de Tucumán, en las márgenes de los ríos Mamoré y Magdalena, y hasta en las montañas donde tienen su origen el Amazonas y el Pilcomayo. No olvidemos que ellos regaron con su sangre los establecimientos de los franceses en el Canadá, los de los portugueses en el Brasil y los de los españoles en todas las Indias.

Acerca de la obra jesuítica en el Brasil, merece atención profunda la realizada por el Padre Anchieta, ya citado en el capítulo XXIX. Hablaba dicho Padre varias lenguas de los tapuyas y de los tupís; compuso la primera gramática guaraní. El escritor brasileño Pereira da Silva escribe de él lo siguiente: «Inmensa fué la fama que consiguió por sus trabajos. No sólo le veneraban y le respetaban los portugueses y los mamelucos (mestizos de portugueses e indias), sino que también los salvajes dejaban sus ranchos y selvas y corrían al templo. ¡Cuántos prodigios, a que las crónicas de la época llaman milagros, ejecutó José d'Anchieta ante los atónitos salvajes! ¡Cuántas veces, yendo a buscarlos en sus escondidos asilos, penetrando en sus enmarañados bosques, cruzando profundos ríos, subiendo inaccesibles sierras y hablando con los mosacás (jefes de las tribus), consiguió con su elocuencia convertirlos a la religión católica y a la vida civilizada! Las memorias contemporáneas declaran los servicios que prestó, atrayendo en Piratininga innumerables salvajes y fundando en los alrededores diferentes aldeas de indios conversos, que fiaron su porvenir a la sociedad civil y religiosa y al gobierno de los Padres de la Compañía.» Un escritor portugués le llama «el más santo, el más útil y el mejor de los misioneros.» Los colonos y los indios le denominaban el Francisco Javier de Occidente. En particular, para los indígenas el Padre Anchieta era, más que un misionero, un ídolo; más que un sacerdote, un santo. También otros Padres jesuítas siguieron las huellas del Padre Anchieta. Este virtuoso misionero falleció en Beritighá (junio de 1597), siendo gobernador Francisco de Souza.

Obliga la imparcialidad a decir que los colonos consideraban como bestias a los indios, y los misioneros como hombres. Por esta razón se despoblaban las ciudades y las misiones crecían. ¿Cómo salvar al indígena--pues los campos necesitaban cultivarse--de las garras de los agricultores? Los jesuítas, siguiendo el ejemplo de los dominicos--como en otros capítulos se dijo--discurrieron la trata de negros, obteniendo privilegio para sacar de la costa de Africa y llevar al Brasil tres buques cargados de esclavos cada año. La Compañía salvaba a sus neófitos; pero sacrificaba otra raza, no menos merecedora de los consuelos del Cristianismo.

Sería injusticia negar que ellos, con admirable paciencia y grandes trabajos, educaron y organizaron pueblos de indios, consiguiendo moldear, como si fuera de cera, el espíritu de los indígenas. Teniendo siempre presente el fin religioso, cambiaban entre sí sus productos, compraban lo necesario y cultivaban la tierra para todos. Cuidaban mucho la ganadería y estudiaron algo la fauna y la flora. Usaron el chocolate y la quina. No olvidaron otras industrias. Descubrieron nuevas tierras. Fijáronse también en las disciplinas del espíritu, y en sus imprentas imprimieron diccionarios y trabajos filológicos, geográficos, históricos, etcétera.

Conviene tener presente las palabras del historiador norteamericano Dawson: «Es imposible--dice--no admirar el valor, sagacidad y piedad de los jesuítas. Marchaban sólos a las tribus de indios salvajes, vivían entre ellos, aprendían sus lenguas, les predicaban, cautivaban sus imaginaciones con la pompa de las ceremonias religiosas, los bautizaban y los excitaban a abandonar el canibalismo y la poligamia. Infatigables y sin miedo, se internaban en sitios en los cuales nunca había penetrado hombre blanco.»

Al ser expulsados los jesuítas del Paraguay, cayó hasta el abismo la Arcadia Guaranítica, pues faltaba la religión que sostenía la vida de aquella sociedad. En los comienzos del siglo XIX, los treinta pueblos que habían formado el gobierno teocrático, eran montones de ruinas. La obra de dos siglos desapareció en pocos años, quedando únicamente grato recuerdo, si no en la memoria de los hombres, en las páginas de la historia.

Por lo que se refiere al Patronato real eclesiástico, en Cédula dada en el Escorial a 1.º de junio de 1574, se dice: «Como sabeis, el derecho de Patronato Eclesiástico Nos pertenece en todo el estado de las Indias, así por haberse descubierto y adquirido aquel nuevo Orbe, y edificado y dotado en él las Iglesias y Monasterios á nuestra costa, y de los Reyes Católicos nuestros antecesores, como por habernos concedido por Bulas de los Sumos Pontífices, concedidas de su propio motu»[809]. Esto mismo se repite en otra Cédula de 1591, según copiamos a continuación: «Por cuanto perteneciéndome, como me pertenece, por derecho y Bula Apostólica, como á Rey de Castilla y León, el Patronato de todas las Iglesias de las Indias Occidentales, y la presentación de las dignidades, Canongías, Beneficios, Oficios, y otras cualesquier prebendas Eclesiásticas de ellas, etc.»[810]. Sólo los reyes de Castilla y León tenían el derecho de edificar Iglesias y Monasterios en las Indias, y de presentar Arzobispos, Obispos, Prebendados y Beneficiados idóneos para todas ellas. La presentación de los Prelados se llevaría a Roma para que fuesen confirmados por el Papa dentro del año de su vacante, y la de los otros beneficios inferiores se presentaría ante los ordinarios dentro de diez días[811].

[809] Solórzano, Política Indiana, lib. IV, cap. I.

[810] Ibidem.

[811] Véase Solórzano, ob., lib. y cap. citados.

Cuando, a mediados del siglo XVII, escribió Solórzano su libro titulado Política Indiana, había en las Indias cinco iglesias metropolitanas y 28 sufragáneas. La arzobispal de la Española o Santo Domingo tenía por sufragáneas la de Cuba, Puerto Rico, Caracas o Venezuela y la Abadía de Jamaica. La arzobispal de Santa Fe de Bogotá tenía por sufragáneas la de Cartagena, Santa Marta y Popayán. La arzobispal de México tenía por sufragáneas la de Tlaxcala o Puebla de los Angeles, la de Guaxaca o Antequera, la de Mechoacán, Yucatán, Guatemala, Chiapa, Nueva Galicia o Guadalajara, Nueva Vizcaya, Honduras o San Salvador. La arzobispal de Lima o de los Reyes tenía por sufragáneas la de Panamá, Quito, Trujillo, Guamanga y Arequipa; además otras dos que caen en la provincia o reino de Chile, llamadas Santiago y la Concepción. La arzobispal de la Plata o las Charcas tenía por sufragáneas la de la Paz, Tucumán, Santa Cruz de la Sierra o la Barranca, Río de la Plata o Buenos Aires y Paraguay[812].

[812] Lib. IV, cap. IV.

Diferentes cambios y mudanzas sufrió la división eclesiástica. Hubo un tiempo en que había arzobispados en México, Bogotá, Santiago de Cuba (antes de Santo Domingo), Lima, Charcas, Guatemala y Caracas. Bajo el arzobispado de México se hallaban los obispados de Puebla de los Angeles, Oajaca, Mechoacán, Guadalajara, Yucatán, Durango, Nuevo-León y Sonora; bajo el de Bogotá los de Popayán, Cartagena, Santa Marta y Maracaibo; bajo el de Santiago de Cuba el de la Habana y Puerto Rico; bajo el de Lima los de Cuzco, Arequipa, Trujillo, Guamanga y Mainas, además de los de Quito y Cuenca correspondientes a la Presidencia de Quito, el de Panamá de Nueva Granada, y los de Santiago y la Concepción correspondientes a la Capitanía general de Chile; bajo el de Charcas los de la Paz, Santa Cruz de la Sierra, Paraguay, Tucumán, Buenos Aires y Salta; bajo el de Guatemala los de Comaycua, Nicaragua y Chiapa; y bajo el de Caracas el de Guayana.

Pasando a otro asunto haremos notar que en todas las Iglesias catedrales había dignidades (Deán, Arcediano, Chantre, Maestrescuela y Tesorero), diez canónigos, seis racioneros y seis medio racioneros, dos curas para la parroquia de la Iglesia, seis capellanes y seis acólitos; también existían los oficios de organista, pertiguero, mayordomo, cancelario y perrero[813].

[813] Ob. cit.

Los arzobispos y obispos estaban en la obligación de defender a los indios que injustamente fuesen vejados por negligencia, ausencia ó notoria injusticia de los jueces seglares[814].

[814] Ibidem, lib. IV, cap. VII.

El poder de la Corona en asuntos religiosos no podía ser mayor, tal vez a veces fué más de lo conveniente. Habremos de recordar que las Bulas Pontificias no podían pasar a América sin el exequatur del Consejo de Indias. Las iglesias, monasterios y hospitales habían de erigirse con acuerdo de las Ordenanzas Reales. Los eclesiásticos no podían pasar a las colonias sin obtener antes el permiso del Rey. De modo, que la Iglesia católica en América dependía, lo mismo en lo referente a las personas que a los cargos o dignidades, de los monarcas sus patronos. El Patronato Eclesiástico, pues, fué poderoso y eficaz agente para mantener bajo el dominio de los reyes españoles los dilatados y distantes territorios de las Indias.

Por lo que respecta al clero colonial se hallaba organizado como el de la península, difiriendo sólo por el medio en que se movía. Los curas desempeñaban el trabajo parroquial en las ciudades españolas, los doctrineros (sacerdotes) enseñaban la doctrina y administraban los sacramentos en las aldeas de los indios, y los misioneros predicaban el evangelio en tierras salvajes. El clero secular dependía de los obispos de sus respectivas diócesis, los cuales se reunían en Concilios provinciales para dar unidad al culto y disciplina eclesiástica. Muchos obispos fueron varones de grandes virtudes; no pocos clérigos españoles y criollos cumplieron con su deber, como también los misioneros, teniendo que lamentar y censurar la conducta mundana de los que se separaban de la doctrina de la Iglesia. Sentimos tener que decir que no era corto el número de clérigos sensuales, codiciosos, regalones y perturbadores de la paz de los pueblos. No respetaban ni hacían caso de los jueces seglares, llegando su atrevimiento a no respetar tampoco la autoridad de los prelados[815].

[815] Véase Noticias secretas de América, por Jorge Juan y don Antonio Ulloa, pág. 447.

Podían dividirse los curatos en dos clases: unos estaban administrados por clérigos, y otros por religiosos regulares. Los curatos de clérigos se proveían por oposición; los de los regulares mediante terna para que eligiese el vice-patrono. Unos y otros procuraban enriquecerse; pero más los últimos, lo cual provenía de la poca seguridad que tenían en desempeñarlo mucho tiempo. Debemos hacer una excepción: la Compañía de Jesús cumplía mejor con su instituto y los Padres eran más celosos, prudentes, justos y morales.

Respecto al establecimiento del Tribunal de la Inquisición, ya sabemos el celo y cuidado que pusieron los Reyes Católicos D. Fernando y D.ª Isabel, celo y cuidado que continuaron sus sucesores. Desde que se descubrieron y poblaron las Indias Occidentales se encargó a sus primeros obispos por el cardenal de Toledo e inquisidor general que procediese en sus respectivos distritos en las causas de la Fe, no sólo como pastores de sus ovejas, sino también por la delegada de inquisidores apostólicos que él les daba y comunicaba. Se dispuso del mismo modo que «los gobernadores y justicias seglares no se entrometiesen en hacer oficios de inquisidores, ni los dichos prelados conociesen, por vía de inquisición, de cosas que no fuesen graves, y que para ello los gobernadores y ministros les diesen todo favor»[816]. Tiempo adelante pareció conveniente y aun necesario que se pusiesen tribunales de la Inquisición o del Santo Oficio, a imitación de los establecidos en España. Creóse por Real cédula de 25 de enero de 1569, para mantener en las colonias la pureza de la fe y evitar la comunicación de los españoles con los herejes y los sospechosos de herejía, cuyas doctrinas debía castigar y extirpar, evitando que se propagaran y esparcieran en el Nuevo Mundo. Erigiéronse dos tribunales: uno en la ciudad de Lima o de los Reyes, cabeza o corte de las provincias del Perú, que comenzó a funcionar en 1570; y otro en México, metrópoli de las provincias de la Nueva España, que comenzó a funcionar en dicha capital en 1571.

[816] Herrera, Década I, lib. VI, cap. XX.

Para la creación de los tribunales de Lima y México se hallan dos Provisiones Reales de Felipe II, dadas en Madrid a 16 de agosto de 1570, y en ellas se refieren los motivos que obligaron a erigirlos. Muchos fueron los privilegios y prerrogativas de que gozaron en todos tiempos los inquisidores.

Después, comprendiendo que tan alto ministerio no se podía ejercer convenientemente por la distancia de las provincias, se erigió otro tribunal en Cartagena (Nueva Granada), cuya erección se hizo reinando Felipe III y siendo inquisidor general D. Bernardo de Rojas, arzobispo de Toledo, el año de 1610. Las Reales cédulas se despacharon en Valladolid a 8 de marzo del citado año, y tuvo jurisdicción en el virreinato de Santa Fe y en las capitanías generales de Venezuela, Cuba y Puerto Rico. Pocas veces se aplicó la muerte en la hoguera, lo cual viene a indicar que sus procedimientos allí no fueron tan crueles como en España. En los Autos de fe celebrados en Lima desde el año 1573 al 1736, sólo se quemaron 30 procesados, pues los restantes fueron condenados a azotes, reclusión, galeras o destierro. Casi lo mismo que en Lima sucedió en México. Las principales víctimas de la inquisición fueron los protestantes extranjeros, los judíos y judaizantes españoles ó portugueses, los denunciados como brujos o magos, los blasfemos y los bígamos. Fué poderoso auxiliar el Santo Oficio de la política de aislamiento seguida por nuestros reyes en sus posesiones de Indias. Temían los extranjeros con razón caer en manos del Santo Oficio. Extremó sus rigores en la prohibición de libros, considerando a algunos heréticos y a otros revolucionarios, desde el punto de vista político. Todavía tenían más odio a los que en el siglo XVIII exponían doctrinas sensualistas o ideas enciclopedistas; en una palabra, a los que de algún modo se separaban, en política, del absolutismo, y en religión, del escolasticismo. Nada consiguió la inquisición, pues ni pudo contener los extravíos ni las inmoralidades de la masa inculta, como tampoco logró contener la propagación de la heterodoxia protestante y del enciclopedismo filosófico. No tuvo el Santo Oficio jurisdicción sobre el indio. Gozaban los indígenas de los privilegios concedidos por el derecho eclesiástico a los miserables y rústicos «por su simplicidad, menor malicia e imperfecto conocimiento.»

CAPITULO XXXIV

CULTURA DEL CANADÁ ANTES DE PASAR AL DOMINIO DE INGLATERRA Y CULTURA DE LOS ESTADOS UNIDOS ANTES DE SU INDEPENDENCIA.--LA UNIVERSIDAD.--MADAME DE LA PELTRIE Y MADAME GUYARD: CONVENTO DE LAS URSULINAS.--INSTITUTO DE SEGUNDA ENSEÑANZA Y ESCUELAS.--M. BOURGEOYS: CONGREGACIÓN DE NOTRE DAME.--COMUNIDADES RELIGIOSAS.--SEMINARIO DE LAVAL.--LIBROS DE DESCUBRIMIENTOS E HISTORIAS.--CANTOS POPULARES.--INSTRUCCIÓN PRIMARIA.--ESCUELAS CATÓLICAS Y PROTESTANTES.--RELACIONES ENTRE LAS COLONIAS DE LOS ESTADOS UNIDOS Y LA METRÓPOLI.--LAS PRIMERAS LETRAS.--COLEGIO DE NEWTON.--PRIMERA PRENSA DE IMPRIMIR.--ESCUELA E IMPRENTA EN FILADELFIA.--CULTURA EN LAS CAROLINAS.--UNIVERSIDAD DE VIRGINIA.--COLEGIOS.--PRIMERA ESCUELA DE MEDICINA.--LA «GACETA DE GEORGIA.»--PROGRESO EN TODAS LAS COLONIAS.--LAS BELLAS ARTES EN EL CANADÁ Y EN LOS ESTADOS UNIDOS.--LA INDUSTRIA EN EL CANADÁ Y EN LOS ESTADOS UNIDOS.--MINAS DE «NOVA SCOTIA.»--RIQUEZA FORESTAL.--PROSPERIDAD DEL COMERCIO EN LOS ESTADOS UNIDOS.--LOS AMERICANOS ENFRENTE DE LOS INGLESES.

Cuando el Canadá pasó al poder de Inglaterra, ya habían adquirido allí grandes adelantos las ciencias, las letras y la instrucción pública. Era natural que así sucediese, dada la continua comunicación del Canadá con Francia. El 1635 se fundó en Quebec una especie de Universidad, anterior en un año a la de Harvard. Corría el 1639, y llegaron de Francia dos señoras de clase distinguida, con el objeto de dedicarse a la enseñanza y a obras de caridad. Llamábanse Madame de la Peltrie y Madame Guyard, más bien conocida la última con el nombre de Madre de la Encarnación. De ellas ha quedado un monumento digno de toda alabanza, como es el convento de las Ursulinas de Quebec, donde se han educado generaciones de niñas, en particular franco-canadienses. El 1640 se estableció un Instituto de segunda enseñanza y una escuela para los hijos de los hurones.

En 1641, M. de Maisonneuve condujo a Montreal hombres decididos y deseosos de fundar allí una colonia completamente cristiana. Apenas habían pasado doce años, cuando la hermana Margarita Bourgeoys estableció en Montreal la Congregación de Notre Dame, para la educación de niñas, que tuvo fama universal. Por entonces, Jerónimo de la Danversière, asentista de contribuciones en la ciudad y territorio de La Fleche (Anjou) y Juan Olier, clérigo de París, acordaron fundar en Montreal las comunidades religiosas siguientes: una de sacerdotes seculares, que se ocuparía en la dirección de los colonos y en la conversión de los indígenas; otra de monjas para cuidar los enfermos; y la tercera, para enseñar la doctrina cristiana a los niños de europeos e indios. Sobre todos los establecimientos de enseñanza, figura en primera línea el Seminario fundado en Quebec por el obispo Laval, y que siglo y medio después se transformó en la gran Universidad conocida hasta nuestros días con el nombre de Laval.

Los primeros libros escritos por exploradores y misioneros católicos tratan de descubrimientos, tradiciones e historia. Champlain, fundador de la ciudad de Quebec, escribió, entre otras obras, curiosa historia de su primer viaje. Lascarbot, que tanta y tan importante parte tuvo en la colonización de Acadia (Nueva Escocia), publicó una interesante y completa historia de Nueva Francia, y después una colección de poemas con el título de Les muses de la Nouvelle France. El jesuíta P. Charlevoix, entre famosa pléyade de escritores, ocupa el primer lugar por su Histoire et description générale de la Nouvelle France. De este período han quedado multitud de cantos populares de origen bretón o normando, los cuales, poco a poco, tomaron el carácter propio del país en que se hallaban trasplantados. Algunos de dichos cantos tienen no poca delicadeza y dulzura[817].

[817] En el año 1865 Ernesto Gagnon publicó una colección de estas canciones con su correspondiente música, siendo las más conocidas las siguientes: L'Alouette, Parderrier' chez mon père, Isabeu s'y promène y A la claire fontaine.

La instrucción pública se extendió por todo el país, lo mismo en las grandes que en las pequeñas poblaciones, lo mismo en las ciudades que en los campos. La instrucción primaria era y es obligatoria en todas las provincias canadienses, ya católicas, ya protestantes. El Consejo que preside la organización de las escuelas católicas se compone de los obispos de la provincia, vocales por derecho propio, y cierto número de seglares nombrados por el gobierno. Las escuelas de segunda enseñanza son en su mayor parte colegios y conventos, donde dan la instrucción casi siempre individuos del clero y hermanas de la caridad. La Universidad principal y más antigua del Canadá es católica, y su Facultad más concurrida es la de Teología. Los protestantes, a su vez, tienen el derecho de organizar sus escuelas confesionales. Dirige y paga esta enseñanza una comisión protestante nombrada por el gobierno; pero la minoría religiosa de cada municipio, si no se halla satisfecha de la administración escolar, tiene derecho a elegir síndicos especiales para la gestión de sus intereses. Las escuelas de segunda enseñanza y las Universidades protestantes están dirigidas por el gobierno. Los inspectores de las escuelas católicas son católicos, y los de las protestantes son protestantes. Aunque la subvención del gobierno es algo mayor para la enseñanza protestante que para la católica, la igualdad de derechos es la misma entre ambas confesiones, siendo también la misma entre las dos lenguas. A veces se originan serios conflictos, «clamando los unos contra el poco caso que hacen los maestros del idioma dominante en la provincia, y reivindicando los otros el derecho de dar la enseñanza como les conviene. La opinión que parece prevalecer poco a poco en el Ontario es dar un carácter puramente laico a las escuelas y hacer obligatorio el estudio de la lengua inglesa, conforme al precedente que suministra la provincia de Manitoba, donde sostenían igual lucha las escuelas protestantes inglesas y las escuelas católicas francesas»[818].

[818] Reclus, América Boreal, págs. 649 y 650.

En suma, si la cultura en el Canadá es inferior a la de los Estados Unidos, quizá sea superior a la de las Repúblicas del Sur y del Centro de América. Allí viven en cordiales relaciones ingleses y franceses, protestantes y católicos. El catolicismo se halla muy extendido en la provincia de Quebec, especialmente en la capital citada y en Montreal. Considerablemente aumenta la cultura científica y literaria, siendo focos de luz las Universidades de Otawa y de Montreal.

Pasando a otro asunto, conviene no olvidar que conforme se iban extendiendo los ingleses por el territorio de lo que después se llamó República de los Estados Unidos, la civilización y la cultura adquirían mayor desarrollo. Las relaciones entre las colonias y la metrópoli fueron cada día mayores, progresando al mismo tiempo la instrucción pública, las ciencias y las letras. Muchos de los fundadores de Nueva Inglaterra eran hombres de bastante ilustración, adquirida en las Universidades de la Gran Bretaña y que deseaban extender en aquellas lejanas tierras. Ellos abrieron escuelas gratuítas o de primeras letras o de gramática.«Establecieron--escribe el historiador Spencer--una especie de colegio práctico en Newton, arrabal de Boston, que fué dotado por Mr. John Harvard, cuando ocurrió su fallecimiento en 1638, con su librería y la mitad de su hacienda, dándose a este colegio el nombre de su generoso bienhechor, y a la localidad que ocupaba, el de Cambridge, en conmemoración de la famosa Universidad de Inglaterra. Por concesiones y donaciones anuales de varios individuos, el nuevo colegio se vió habilitado para echar los cimientos de su futura preponderancia. En Cambridge fué donde, hacia el año 1640, se sentó la primera prensa para imprimir que se conoció en América[819].»

[819] Historia de los Estados Unidos, tomo I. págs. 112 y 113.

En los primeros años de la segunda mitad del siglo XVII la población de Maryland aumentó en riqueza, poderío y cultura.

El cuáquero Guillermo Penn fundó el Estado de Pensylvania. Llegó a América el año 1682, y el 1683 echó los cimientos de la ciudad del amor fraternal, Filadelfia, que, si por lo pronto se compuso de cuatro chozas, a los dos años contaba con 600 casas. Ninguna otra colonia se desarrolló tan rápida y vigorosamente. En el año 1687 comenzó a funcionar en Filadelfia una prensa de imprenta, y en 1689 una escuela pública.

En los últimos años del siglo XVII fueron notables los adelantos realizados por las Carolinas, lo mismo por su cultura que bajo el punto de vista material.

La capitalidad de Virginia pasó, en el año 1696, a Williamsburg, cuyo nombre tomó del rey Guillermo III de Orange. Tan poca importancia tuvo Williamsburg como Jamestown, la capital primera. Tampoco dió esplendor a la segunda capital el Colegio de Guillermo y María o Universidad, fundado a instancia del reverendo Santiago Blair, natural de Escocia, e inaugurado en el año 1700. En el Colegio se enseñaba la Filosofía, Teología, idiomas, artes, etc., y se componía de un director y seis profesores. De dicho Colegio o Universidad decía un estudiante treinta años después lo siguiente: «Aquí tenemos una Universidad sin claustro y sin estatutos, una Biblioteca sin libros y un rector sin sueldo.» No es de extrañar, pues, que los colonos ricos enviasen sus hijos al extranjero para hacer allí sus estudios; pero durante las guerras intercoloniales progresaron mucho las colonias, siendo extraordinario este progreso luego que se firmó la paz entre Francia e Inglaterra (noviembre de 1762).

Hace recordar Spencer en su Historia de los Estados Unidos que el colegio de Rhode-Island, conocido ahora con el nombre de Universidad de Brown, se estableció primero en Warren el año 1764, trasladándose a Providencia el 1770. Tanto el colegio de Rutger como el de Darmouth, creados, aquél el 1770, y el segundo el 1771, llegaron a organizar nueve colegios más, dirigidos tres por los episcopales, otros tres por los congregacionistas, y los restantes por los presbiterianos, holandeses reformados y baptistas[820].

[820] Véase tomo I, pág. 297.

La afición a las ciencias y a las letras creció rápidamente. Los colegios se llenaron de estudiantes. Luego, por las iniciativas de Morgan y Shippen, ambos naturales de Pensylvania, se estableció una escuela de Medicina, primera institución de esta clase en América. El doctor Francis en el aniversario que se verificó en febrero de 1856, dice que «Nueva York es la ciudad que primero organizó una facultad completa de Medicina durante nuestras relaciones coloniales con la Gran Bretaña. El colegio del Rey fué el primer instituto de América que en el año 1767 confirió el grado de doctor en Medicina[821].» De igual modo el estudio de las leyes adquirió verdadera y singular importancia.

[821] Véase el interesante informe de Mr. Francis.

En la colonia de Georgia se publicó, año 1763, el primer diario, que se intituló Gaceta de Georgia.

En suma, las trece colonias cultivaron con asiduidad y constancia todos los ramos del saber. New-Hampshire, Massachusetts-Bay, Rhode-Island, Connecticut, Delaware, Nueva-York, Nueva Jersey, Pennsylvania, Carolina del Norte, Maryland, Virginia, Carolina del Sur y Georgia, unas más y otras menos, dieron paso de gigante en el camino del progreso, pudiendo decir en la Declaración de la Independencia las siguientes palabras: «Las colonias unidas son y tienen derecho a ser Estados libres e independientes, sin sujeción alguna a la Corona de la Gran Bretaña, debiendo, en su consecuencia, romperse los lazos políticos que con ella nos unían.»

Si las bellas artes apenas se cultivaron por los primeros habitantes del Canadá y de los Estados Unidos, tiempo adelante los franceses e ingleses algo hicieron en sus respectivos países; pero el americano, entregado antes como ahora a constantes preocupaciones de orden material y a una vida sumamente agitada, no tuvo el espíritu libre para dedicarse al cultivo de la belleza. En general, las bellas artes se comprendían poco en el Canadá y en los Estados Unidos, a causa también de que la educación primera no la preparaba ni dirigía hacia las delicadezas y refinamientos del arte. Fijábase en la prosperidad material, que había aumentado mucho, y no echaba de menos los placeres del alma. Las siguientes palabras de Spencer, historiador de los Estados Unidos, son bastante significativas. Dice: «Hasta las bellas artes tuvieron (segunda mitad del siglo XVIII) sus partidarios: West y Copley, nacidos en el mismo año, comenzaron a despuntar como retratistas; pronto buscaron ambos en Londres más ancho campo a sus aspiraciones»[822].

[822] Tomo I, pág. 251.

Acerca de la industria del Canadá haremos notar que las pieles y la pesca constituyeron la riqueza del país. También citaremos los minerales, y las minas de oro de Nova Scotia se explotaron con grandes resultados. Del mismo modo afirmamos que tal vez no haya ningún país en América que tenga mayor riqueza forestal. La industria comercial estaba adelantada: exportaba ganado, muchas y excelentes maderas, lanas, minerales, etc., e importaba tejidos, frutas, vinos y toda clase de bebidas. Otras industrias se encontraban igualmente adelantadas.

Fijándonos en los Estados Unidos, trasladaremos a este lugar la autorizada opinión del general francés Montcalm y la del viajero sueco Pedro Kalm. Decía el primero en una de sus comunicaciones al gobierno de su nación: «Todas las colonias inglesas se hallan en estado floreciente; son populosas, ricas y tienen para satisfacer todas las necesidades de la vida. La Inglaterra ha estado muy torpe en permitir que se introduzcan las artes, la industria y el comercio en las colonias, porque así les ha permitido desembarazarse de las cadenas que las ligaban a la madre patria y hacerse independientes de ella. Tiempo hace que habrían sacudido también el yugo político y habrían cada una formado una pequeña república independiente, si el temor a los franceses no las hubiera detenido. Una vez amos en su país, preferirían sus compatriotas a los extraños; pero entretanto siguen el principio de obedecer lo menos posible. Aguarde usted a que hayan conquistado el Canadá y a que los canadienses y los colonos ingleses se hayan fundido en un sólo pueblo, y verá cómo los americanos dejan de obedecer en el momento en que crean que la Inglaterra daña sus intereses. Y si se sublevan, ¿qué podrán hacer?» El viajero sueco Kalm, que se hallaba en Nueva York doce años antes de la última guerra intercolonial, escribió lo que sigue en la interesante relación de su viaje: «Las colonias inglesas en esta parte del mundo se han aumentado tanto en población y riqueza, que quieren rivalizar con la Inglaterra europea; mas para sostener el poderío y el comercio de la metrópoli, ésta les ha prohibido establecer criaderos de oro y plata bajo la condición de remitir estos metales inmediatamente a Inglaterra. A excepción de algunas plazas señaladas, no pueden hacer comercio en ninguna otra parte con otros países fuera de Inglaterra, y a los extranjeros no les es permitido comerciar con estas colonias. Además de éstas, existen todavía muchas otras limitaciones y prohibiciones. Todo esto ha hecho que las colonias sientan cada vez menos afecto a su madre patria, y esta frialdad se aumenta con el establecimiento en ellas de muchos extranjeros, holandeses, alemanes y franceses, que ningún apego tienen a Inglaterra. A todo esto se agrega aquellas personas que descontentas siempre, desean a cada paso variación; la prosperidad y la mucha libertad producen la soberbia. No solamente hijos de América, sino emigrantes ingleses me han dicho sin rebozo que es muy fácil que las colonias inglesas de la América del Norte formen de aquí a treinta o cincuenta años un Estado completamente independiente de Inglaterra»[823]. Exactos son los relatos de Montcalm y de Kalm. Ni el Canadá, ni los Estados del Norte América han permanecido estacionarios. El ilustre historiador Hildreth denomina esta época la edad de oro de la Virginia, el Maryland y de las dos Carolinas, considerando la extraordinaria riqueza de los citados países[824]. Las dos Floridas por entonces se hallaban en la opulencia y tenían mucha industria. No era superior en muchas cosas la industria de la metrópoli a la de las colonias.

[823] Véase Oncken, Hist. Universal, tomo XII, pág. 53.

[824] History of the United States of América (Nueva York), 1849-1862.

De aquellas dilatadas y lejanas tierras se había desterrado la ociosidad y la vagancia, manantiales de vicios y de crímenes, promoviéndose, en cambio, apoyo al trabajo y a la aplicación, fuentes de moralidad y de virtud. Allí no campeaban los charlatanes, los estafadores, los truhanes, ni vagos, escoria de la sociedad y mortificación de los hombres de bien. Muchas fueron las reformas dictadas en pró de la industria y de los oficios más necesitados de protección. En beneficio de las clases productoras se dieron disposiciones que supieron aprovechar aquellos hombres laboriosos. Si la estadística de población de un país no es signo demasiado falible de prosperidad o de decadencia, si no es un dato demasiado incierto del bueno o mal régimen político y económico de un pueblo, si hemos de seguir en este punto la doctrina de distinguidos economistas, no tenemos más remedio que confesar el excelente estado de las colonias, considerando el aumento que en poco tiempo alcanzó la población de los Estados Unidos antes de su independencia.

Entretanto que la Corona y el Parlamento se dormían en sus laureles, «las colonias aumentaban rápidamente en población, en riqueza y en preponderancia; y en vez de ser unas cuantas obscuras comarcas que se ocupaban sólo de sus asuntos particulares, contando apenas con elementos de existencia, íbase formando un pueblo cuya agricultura, comercio, carácter emprendedor y posición respecto a otros Estados, le hacía acreedor a desempeñar un puesto de importancia. La madre patria no se hallaba en estado de gobernar bien a las colonias, ni tuvo tampoco la mala voluntad de oprimirlas demasiado, limitándose únicamente a molestarlas sin impedir su progreso»[825].

[825] Spencer, Hist. de los Estados Unidos, tomo I, pág. 254.

Tanta fué la prosperidad a que llegaron las colonias; tanto fué el progreso de su industria y de sus artes que, confiadas en su poder, se atrevieron a arrostrar las iras de Inglaterra. Allí sólo había hombres agrícolas e industriales.

No vaya a creerse que todos los colonos querían la resistencia armada contra la metrópoli, pues había algunos indecisos y también realistas. La mayoría, sin embargo, deseaba romper las trabas que unían a los colonos con la Gran Bretaña, o, lo que es lo mismo, aspiraban a la independencia. Debióse principalmente la fuerza de la revolución a que los patriotas estaban preparados, como si hubiesen presentido que había de llegar el día de pelear con los ingleses. La razón, además, estaba de parte de los americanos, quienes llevaban en su bandera la libertad de su comercio y la oposición al poder arbitrario del Rey.

Al reunirse el Parlamento de Inglaterra en el año 1765, se sometió a su aprobación el famoso bill, por el cual se decretaba el impuesto del sello. Semejante contribución, como era de esperar, causó profundo malestar en las colonias; pero el bill se aprobó, sancionándose el 22 de marzo por la Corona. Franklin, que se hallaba en Londres, escribió a su amigo Thompson la misma noche en que fué aprobado, lo siguiente: «El sol de la libertad se ha puesto; los americanos tendrán que encender en adelante las lámparas de su industria y de su economía.» Poco después contestó Thompson: «Lo que nosotros encenderemos no serán lámparas, sino antorchas; estad tranquilo sobre este punto.» La guerra de la independencia iba a comenzar pronto.

CAPITULO XXXV

CULTURA DE LAS COLONIAS ESPAÑOLAS ANTES DE LA INDEPENDENCIA: MÉXICO: IMPRENTA; ACUÑACIÓN DE LA MONEDA.--SIGLO XVII: SOR JUANA DE LA CRUZ.--POETAS Y PROSISTAS DEL SIGLO XVIII.--PERÚ: GARCILASO DE LA VEGA, "COMENTARIOS REALES."--LIMA EN EL SIGLO XVI: LA UNIVERSIDAD DE SAN MARCOS.--VALLE Y CAVIEDES.--SIGLO XVIII: OLAVIDE; SU VIDA Y SUS OBRAS.--PERALTA, ALONSO DE LA CUEVA Y LLANO ZAPATA.--EL PERIODISMO.--CUBA Y PUERTO RICO.--GUATEMALA: MATANZA, OSENA, PAZ SALGADO Y BERGAÑO.--LA INSTRUCCIÓN PUBLICA.--LA UNIVERSIDAD.--LA «GACETA.»--EL COLISEO.--EL CONSULADO.--LA SOCIEDAD ECONÓMICA.--LA IMPRENTA.--COSTA-RICA.--EL ECUADOR, VENEZUELA, BOLIVIA, BUENOS AIRES, CHILE, PARAGUAY Y URUGUAY.--LAS BELLAS ARTES: CATEDRAL DE MÉXICO.--EL ESCULTOR ROBLES.--EL P. CARLOS.--CHILL Y OTROS.--EL PINTOR CIFUENTES Y OTROS.--LAS BELLAS ARTES EN LIMA Y EN LA AMÉRICA CENTRAL.--EL PINTOR SANTIAGO EN EL ECUADOR.--EL ESCULTOR LAGARDA.--LAS BELLAS ARTES EN NUEVA GRANADA.--LA INDUSTRIA EN MÉXICO, PERÚ Y BOLIVIA, SANTO DOMINGO, CUBA, AMÉRICA CENTRAL, CHILE, NUEVA GRANADA, ECUADOR, VENEZUELA, BUENOS AIRES, PARAGUAY, URUGUAY Y BRASIL.

La vida intelectual de los pueblos hispano-americanos durante la época colonial permanece casi olvidada, no sólo por los hijos del país, sino también por los mismos españoles. Comenzaremos estudio tan interesante por la cultura literaria en México, no sin hacer antes notar que con la ayuda del obispo Zumárraga logró el virrey Mendoza traer la imprenta el 1536, publicándose en el mismo año la Escuela Mística, de San Juan Clímaco, traducción que hizo el Padre dominico Juan de la Magdalena. Registraremos también el hecho de que por entonces comenzó la acuñación de la moneda. De la literatura mejicana en el siglo XVII, colocaremos en primer término a la monja y poetisa Sor Juana Inés de la Cruz. Nació en San Miguel de Nepantla, alquería a doce leguas de México, y fué bautizada en la cercana villa de Ameca-Ameca[826]. Su padre se llamaba Manuel de Asbaje y su madre Isabel Ramírez de Cantillana. Tan bella de rostro como de espíritu, se hizo simpática a todos en la corte del virrey marqués de Mancera, pues fué dama de la virreina doña Leonor de Carreto. Por los consejos del Padre jesuíta Antonio Núñez se encerró en un convento de la orden de San Jerónimo y profesó el 24 de febrero de 1669. Falleció el 17 de abril del año 1695. Mujer de una cultura extraordinaria, vivió en la atmósfera de literatura gongorina y pedante, librándose, no del mal gusto de la época, pero sí de exageraciones ridículas y antiestéticas. En tiempos mejores y con otra educación, Sor Juana Inés de la Cruz ocuparía señalado lugar entre las mejores poetisas.

[826] Algunos escritores dicen que era peruana y otros guipuzcoana.

El siglo de oro de la cultura científica y literaria en México fué el XVIII. En la citada centuria se creó la Universidad y otros establecimientos de enseñanza, la imprenta adquirió gran desarrollo y las ciencias y las letras se cultivaron por esclarecidos ingenios en la capital y en las ciudades más importantes de la colonia. Fama tuvo de literato don Diego José de Abad, jesuíta y excelente latinista. En la poesía épica se distinguió D. Francisco Ruiz de León, autor de los poemas La Tebaida Indiana y La Hernandiada, sobresaliendo en el género lírico los Padres don José Manuel Sartorio y Fray Manuel de Navarrete. Nacieron por aquella época en la Nueva España dos historiadores dignos de fama: los jesuítas veracruzanos don Francisco Javier Clavigero, autor de la Historia Antigua de México y de la Historia de la Baja California, y don Francisco Javier de Alegre, que escribió la Historia de la Compañía de Jesús en la Nueva España.

Antes de estudiar la historia literaria del Perú, publicaremos la siguiente Real Cédula. Por ella veremos el mucho cuidado que tenían nuestros monarcas de que no sufriese detrimento alguno la religión católica.

Libros: «Informado el Príncipe, que de llevar al Perú los favulosos, como los de Amadís y otros, se seguía, que los indios que sabían leer se daban á ellos, olvidando los de buena y sana doctrina, y persuadidos de que las Historias vanas habían sido compuestas vanamente, y pasado como tales lo serian también las de Sagrada Escritura y Santos Doctores, teniéndolos por de una misma authoridad; mandó S. M. al virrey no consintiesse su venta, ni que los españoles los tuviessen en sus casas, ni los leyesen los indios.» Ced. de sep. de 1513. Vid. Tom. 9 de ellas, fol. 286, b, n.º 481[827].

[827] Arch. Hist. Nac.--Cedulario índico de Ayala o Dic. de Gobierno y Legislación de Indias, letra L. n.º 18.

El primero de los escritores peruanos fué Garcilaso de la Vega. Era hijo natural del capitán Garcilaso de la Vega y de la ñusta Doña Isabel Chimpu Ocllo, sobrina de Huayna Cápac y nieta de Túpac Yupanqui. Nació en el Cuzco el 12 de abril de 1539 y vivió en una época de guerras civiles. Conoció a Gonzalo Pizarro, a Francisco Carvajal, al presidente La Gasca, a Francisco Hernández Girón y a otros. «Residiendo--dice--mi madre en el Cozco, su patria, venían a visitarla casi cada semana los pocos parientes y parientas que de las crueldades y tiranías de Atahualpa escaparon; en las cuales visitas siempre sus más ordinarias pláticas eran tratar del origen de sus reyes, de la magestad dellos, de la grandeza de su imperio, de sus conquistas y hazañas, del gobierno que en paz y en guerra tenían, de las leyes que tan en provecho y en favor de sus vasallos ordenaban. En suma, no dejaban cosa de las prósperas que entre ellos hubiesen acaecido que no la trujesen a cuenta. De las grandezas y prosperidades pasadas, venían a las cosas presentes: lloraban sus reyes muertos, enajenado su imperio y acabada su república. Estas y otras semejantes pláticas tenían los incas y pallas en sus visitas, y con la memoria del bien perdido, siempre acababan su conversación en lágrimas y llanto, diciendo: trocósenos el reinar en vasallaje. En estas pláticas yo, como muchacho, entraba y salía muchas veces donde ellos estaban, y me holgaba de las oir, como huelgan los tales de oir fábulas»[828].

[828] Comentarios Reales, 1.ª parte, lib. I, cap. XV.

Manifiesta Garcilaso en su historia profundo amor a los incas y en general a toda la raza india. No es extraño que el historiador se convierta en defensor, y en defensor apasionado.

Habiendo fallecido su padre de muerte natural, Garcilaso se trasladó a España en el año 1560. Entró en el ejército y sirvió a las órdenes de Don Juan de Austria y de Don Alfonso Fernández de Córdova, marqués de Pliego, obteniendo el grado de capitán, inmérito de sueldo. Dice que «escapó de la guerra tan desvalijado y adeudado, que no le fué posible volver a la corte, sino acogerse a los rincones de la soledad y pobreza.» Solicitó del Rey la recompensa debida por los servicios de su padre y la restitución patrimonial de los bienes de su madre, no obteniendo ni la una ni la otra, a causa del mal recuerdo que se conservaba del conquistador Garcilaso, el cual siguió las banderas rebeldes de Gonzalo Pizarro. Se estableció en la ciudad de Córdoba, se ordenó de clérigo y escribió algunas obras, siendo la principal la que lleva el título de Comentarios Reales. Murió en Córdoba el 22 de Abril de 1616.

Si acabamos de indicar que Garcilaso es más bien panegirista que historiador, añadiendo ahora que le consideramos bastante parcial y algo inexacto; sin embargo, no creemos justas las siguientes palabras de Menéndez Pelayo: «Los Comentarios Reales no son texto histórico; son una novela utópica, como la de Tomás Moro, como la Ciudad del Sol, de Campanella, como la Océana, de Harrington; el sueño de un imperio patriarcal y regido con riendas de seda, de un siglo de oro gobernado por una especie de teocracia filosófica»[829]. No estamos conformes--repetimos--con el juicio de Menéndez Pelayo; pero aceptamos sin reparo alguno el de Pi y Margall. «En esta historia de los incas--escribe--sigo principalmente a Garcilaso de la Vega. Se disminuye hoy la autoridad que se le concedió en otros días; pero injustamente. No dispuso de mayores medios para descubrir la verdad ninguno de sus contemporáneos; tampoco ninguno de los que después escribieron. ¿Se han descubierto, acaso, nuevas fuentes para esta historia? Garcilaso era Inca y había recogido de labios de sus mismos padres la tradición quichua, conocía la lengua del país y había tenido ocasión de consultar a los quipucamayos; nadie pudo recoger mejor lo poco o mucho que de los incas se supiese. Es de temer que le hiciesen parcial el espíritu de nación y el de familia; pero la parcialidad suele estar más en la apreciación que en la averiguación de los hechos»[830].

[829] Antología de poetas hispano-americanos, tomo III, pág. CLXIII.

[830] Historia general de América, tom. I, volumen I. pág. 329.

Es cierto que desconoce la existencia de una civilización anterior a la de los incas, civilización preincásica que tuvo mucha importancia; no hace mención de los vestigios más antiguos de civilización que se han encontrado en los valles de la costa, desde Nazca hasta Trujillo; opina erradamente que en los primeros reinados de los incas no hubo revueltas ni revoluciones; no era Pachacámac la divinidad suprema, sino Viracocha, ni la religión era deísta, sino fetichista[831]; ni tampoco era cierto que bajo los incas no se celebrasen sacrificios humanos, pues se halla probado que inmolaban hombres a los dioses. Nada más tenemos que decir de la primera parte de los Comentarios Reales.

[831] Los primeros invasores que ocuparon la costa adoraron a Con, los segundos inmigrantes que subyugaron a los anteriores a Pachacámac. Viracocha era el dios de la primera civilización quechua, y el Sol o Inti era el dios particular de la tribu de los incas. También adoraban a la luna, a las estrellas, a los monarcas difuntos, etc.

La segunda parte, que trata de la conquista del Perú y de las guerras entre los conquistadores, no tiene tanto valor histórico como la primera. Si en ella repite y á veces aclara y amplía las narraciones de Gómera y Zárate, nunca llega á las ricas y hermosas crónicas de Cieza.

El apogeo de Lima fué el siglo XVII. Bajo la dinastía austriaca y de Felipe V, Lima, con sus numerosos frailes, blancos y pardos, calzados y sin calzar, con sus famosos virreyes rodeados de pretendientes, y con sus letrados y retóricos, manifestaba no poco brillo y esplendidez. Al lado de los conventos (agustinos, franciscanos, dominicos y mercenarios) y colegio de jesuítas, se hallaba el palacio del virrey, la Audiencia, el Cabildo y la Real y Pontificia Universidad de San Marcos. Nació la Universidad al amparo del convento de Santo Domingo y, cuando aquélla hubo de secularizarse veinte años después, conservó su carácter eminentemente religioso y aun teológico. «Pero a la vez que institución eminentemente religiosa, baluarte de la Teología, palestra del Escolasticismo, foco de los estudios de Derecho canónico y Derecho romano en toda la América del Sur, la Universidad, por la frecuencia de sus certámenes poéticos, recibimientos y fiestas, venía a ser como la Academia literaria oficial de la corte de los virreyes»[832]. Catedráticos no pocos y doctores numerosos se dedicaban con más pedantería que ciencia y con más retórica que elocuencia, a conquistar la benevolencia del virrey, de los oidores, de los altos empleados y hasta de los particulares distinguidos. Por eso los recibimientos tan fastuosos a virreyes, a oidores y a prelados. Los homenajes rendidos al representante del Rey, cuando, después de algún tiempo de la toma de posesión, visitaba la Universidad, excedían a toda ponderación. Bastará decir que el ilustre don Pedro de Peralta Barnuevo, varón justamente alabado por sus muchas y excelentes obras, escribió lo siguiente: «Es el príncipe una deidad visible, con quien no tiene otro oficio la lengua sino el del himno o el del ruego»[833].

[832] José de la Riva Agüero, La Historia en el Perú.--Lima, 1910.

[833] El templo de la fama vindicado, fol. 15 v.º--Lima, 1720.

Registraremos los nombres de algunos vates peruanos. A fines del siglo XVII se distinguió el poeta festivo Juan del Valle y Caviedes, por apodo «El poeta de la ribera», que escribió dos libros titulados: Diente del Parnaso y Poesías varias. Murió el 1692, antes de cumplir los cuarenta años. El romance a la bella Anarda comienza así:

Purgando estaba sus culpas Anarda en el hospital; que estos pecados en vida y en muerte se han de purgar...

Caviedes conocía perfectamente a Quevedo, según puede verse en muchas de sus composiciones. Trasladaremos aquí unos cuantos versos de la composición que dirigió a Machuca, por su nombramiento de médico de la Inquisición:

Ya los Autos de la fe, se han acabado sin duda, porque de la Inquisición, médico han hecho a Machuca.

Relajados en estatua saldrán judíos y brujas, no en persona, que estarán ya relajados con purgas.

Tan hechiceras como antes serán las tristes lechuzas, porque en manos del Doctor han de volar con unturas...

En el palacio del marqués de Castell-dos-Ríus, virrey del Perú, se reunían allá por los años de 1709 y 1710 los principales ingenios del país, entre otros, el presbítero Miguel Sáenz Cascante, el marqués de Brenes, Pedro José Bermúdez de la Torre, Juan Manuel de Rojas y Solórzano, Jerónimo de Monforte, el marqués del Villar del Tajo y el conde de la Granja. Las poesías que han llegado a nosotros, tanto del virrey como de sus cariñosos amigos, son conceptuosas y de mal gusto. El siguiente soneto es del conde de la Granja:

A LA MUERTE DEL MARQUÉS DE CASTELL-DOS-RÍUS, VIRREY DEL PERÚ:

Canto, bien que no sé si canto o lloro, aun en sombras, la muerte esclarecida de un héroe que dió vida con su vida a ciencias y artes, y al castalio coro.

Varón de un siglo en que volvió el de oro pues gobernó con rienda tan medida, que en la razón a la justicia unida cifró del mando el principal decoro.

Discreto fué sin presunción de sabio; supo hermanar con su saber su suerte, supo lo que en mortal junto no cupo.

Igualó al de Demóstenes su labio; ¿qué no supo él?... Él supo hasta en la muerte lo más que hay que saber, pues morir supo.

Natural de Lima, donde nació el año 1725, es Pablo de Olavide, doctor en Cánones de la Universidad de San Marcos, oidor de aquella Real Audiencia y auditor general de Guerra del virreinato del Perú. Intervino en las obras de reparación que tuvieron lugar con motivo del terremoto de 1746, y por sus manos pasaron grandes cantidades; pero como algunos dudasen de su integridad, se le mandó venir a Madrid a rendir cuentas. Casó en España con una viuda rica, y desde entonces sus casas de Madrid y de Leganés fueron el centro del buen gusto y de la sociedad más distinguida. Hacía Olavide frecuentes viajes a París y se aficionó a las doctrinas de los enciclopedistas. Protegióle mucho el conde de Aranda y por su influencia fué nombrado director del Hospicio de San Fernando. Alternaba sus obligaciones del destino con el cultivo de las bellas letras, a las cuales era inclinado, llegando a traducir algunas tragedias y comedias francesas.

Asistente de Sevilla e Intendente de los cuatro reinos de Andalucía, cargos que ya tenía en 1767, realizó la reforma de aquella Universidad, no sin respirar odio a los estudios teológicos y filosóficos «cuestiones frívolas e inútiles, pues o son superiores a los ingenios de los hombres, o incapaces de traer utilidad, aun cuando fuese posible demostrarlas...» Protegió las letras y más la Economía Política, y tuvo la dicha de guiar los primeros pasos de Jovellanos. De la tertulia de Olavide salió, entre otras obras, la comedia que el inmortal asturiano intituló El delincuente honrado.

Para remediar la despoblación de España y abrir al cultivo tierras eriales y baldías, presentó un proyecto el arbitrista prusiano D. Juan Gaspar Thurriegel, comprometiéndose a traer, en ocho meses, 6.000 alemanes y flamencos católicos, «y la concesión--escribe Menéndez Pelayo--se firmó el 2 de abril de 1767, el mismo día que la pragmática de expulsión de los jesuítas»[834].

[834] Ob. cit., tomo II, pág. 226.

Olavide fué nombrado Superintendente de la colonia, y en poco tiempo fundó hasta trece poblaciones, algunas de las cuales subsisten para eterna gloria de su nombre. Entre los mismos colonos comenzaron las murmuraciones contra Olavide, llegando el suizo D. José Antonio Yauch a quejarse en un Memorial (14 marzo 1769) de la falta de pasto espiritual que se notaba en las colonias, a la vez que de malversaciones y también de malos tratamientos a los nuevos pobladores. El obispo de Jaén confirmó algunas de dichas acusaciones y los visitadores (Valiente, Vall y marqués de la Corona) tampoco defendieron a Olavide. Cuando los ánimos se hallaban predispuestos contra el colonizador, vinieron frailes capuchinos de Suiza, trayendo como superior a Fr. Romualdo de Friburgo, quien hizo causa común con los enemigos del citado Olavide. Si él se quejaba de que los capuchinos le alborotaban la colonia, ellos repetían en todos los tonos de que el colonizador con su irreligión pervertía a los colonos. Fr. Romualdo, ya decidido a todo, delató (septiembre de 1775) a Olavide por hereje, ateo y materialista, o a lo menos naturalista y negador de lo sobrenatural, de la revelación, de la Providencia y de los milagros, de la eficacia de la oración y buenas obras; asíduo lector de Voltaire y de Rousseau, con quienes tenía constante correspondencia; poseedor de imágenes y figuras desnudas; no observante de los ayunos; profanador de los días festivos, y, por último, hombre de malas costumbres. Añadía que era defensor del movimiento de la tierra y que censuraba el toque de campanas en días de nublado.

El Santo Oficio, aprovechándose de la caída y ausencia de Aranda, solicitó licencia del Rey para procesar a Olavide. Vióse en un apuro el colonizador y en carta que escribió a Roda pidiéndole consejo, no tiene inconveniente en declararse católico, por cuya religión «derramaría la última gota de mi sangre...» La carta tiene fecha del 7 de febrero de 1776. Aunque Roda que era tan poco religioso como Olavide, le recomendó al inquisidor general, a la sazón D. Felipe Beltrán, antiguo obispo de Salamanca, fué condenado el famoso colonizador, cuyo autillo se celebró el 24 de noviembre de 1778. Se le declaró hereje y en su virtud se le desterraba a cuarenta leguas de la corte y sitios reales, no pudiendo volver a América, ni a las colonias de Sierra Morena, ni a Sevilla; se le recluía en un convento por ocho años para que aprendiera la doctrina cristiana y ayunase todos los viernes, se le degradaba y exoneraba de todos sus cargos; y se le confiscaban sus bienes e inhabilitaban sus descendientes hasta la quinta generación[835].

[835] Véase Menéndez Pelayo, ob. cit., tomo II, págs. 228 y 229.

Encerrado en el monasterio de Sahagún, si abatido en un principio, recobró pronto el ánimo ante sentencia tan absurda y bárbara. Dedicóse a cultivar la poesía, afición de sus primeros años, escribiendo entonces sentidos versos, los cuales vienen a ser una paráfrasis del Miserere, que luego incluyó en su traducción de los Salmos de David.

Decía así:

Señor, misericordia; a tus pies llega el mayor pecador, mas ya contrito, que a tu infinita paternal clemencia pide humilde perdón de sus delitos.

A mis oídos les darás entonces con tu perdón consuelo y regocijo, y mis huesos exánimes y yertos serán ya de tu cuerpo miembros vivos.

Porque si tú quisieras otra ofrenda, ninguna te negara el amor mío; pero no quieres tú más holocausto que un puro amor y un ánimo sumiso.

Señor, pues amas y deseas tanto a tu siervo salvar, dispón benigno que en la inmortal Jerusalén del alma se labre de tu amor el edificio.

Logró fugarse a Francia, donde vivió con el supuesto título de Conde del Pilo. Recibiéronle con palmas los enciclopedistas, especialmente Diderot y Marmontel. Habiendo pedido Floridablanca la extradición de Olavide en 1781, marchó a Ginebra, volviendo a Francia, y decretándole la Convención cívica corona y el título de ciudadano adoptivo de la República. Durante el gobierno del Terror fué preso, y habiéndose arrepentido de sus ideas, escribió El Evangelio en triunfo o Historia de un Filósofo desengañado, libro mediano o de mérito escaso. ¿Fué la retractación sincera de un incrédulo? Desde su publicación en Valencia (1798) se provocó en todas partes reacción favorable a Olavide, y en aquel mismo año se le abrieron las puertas de la patria, confiriéndole Carlos IV una pensión anual de 90.000 reales. Murió en Baeza el año 1804. Además de El Evangelio en triunfo, publicó una versión de los Salmos, todos los cánticos desde los dos de Moisés al de Simeón y varios himnos de la iglesia. Cantó en medianos versos El fin del hombre, La inmortalidad del alma, La Providencia, La Penitencia y otros asuntos, coleccionados luego con el título de Poemas Christianos.

No negaremos que en la citada Universidad de Lima, si dominaba la ciencia de relumbrón y erudición hueca e indigesta, había algunos ingenios, sobresaliendo entre todos el doctor D. Pedro de Peralta, profesor de Prima de Matemáticas desde el 1709. Nació Peralta en Lima (26 noviembre 1663), en cuya Universidad estudió, ejerciendo luego la abogacía ante la Real Audiencia; falleció el 30 de abril de 1743. Conocía siete idiomas: griego, latín, inglés, italiano, francés, portugués y quechua. Escribió muchos versos, siendo sus maestros favoritos Góngora y Quevedo.

Pero sus obras más notables son la Historia de España vindicada (1730) y el poema épico Lima Fundada (1732). Por lo que respecta a la Historia de España vindicada «libro--según Menéndez Pelayo--de más aparato que substancia y del cual puede prescindir sin gran trabajo el estudioso investigador de las cosas de la España Antigua»[836], hemos de disentir del ilustre crítico. Hállase muy bien hecha la descripción de España y sus productos (Lib. I, capítulos I, II y III); sostuvo que la primitiva lengua general de la península fué el vascongado o éuskaro (Lib. I, capítulos VI y IX)[837]; determinó con fijeza los límites de la Cantabria (comarca de Santander); refutó admirablemente las falsificaciones y mentiras de los falsos cronicones; defendió la venida a España de Santiago y la traslación del cuerpo del Santo desde Jerusalém a Galicia (Lib. III, capítulos I, II, III, IV y VIII); trató perfectamente la época romana y no tan bien la visigoda (Lib. V). No negaremos que es crédulo algunas veces y acerca de su estilo puede ser calificado de afectado y conceptista.

[836] Hist. de la poesía Hispano-Americana, tomo II, pág. 210.

[837] El origen del vascuence--según nuestra modesta opinión--es el antiguo turco mezclado con el persa (pero sin árabe), y mezclado también y unificado con el gótico.

Nació el licenciado Alonso de la Cueva en la ciudad de Lima el 4 de julio de 1684 y murió el año 1754. Estudió en el Colegio de San Martín y fué licenciado en Derecho. Ordenóse de clérigo en Panamá el año 1709, mereciendo ser nombrado después provisor y vicario de aquel obispado. Escribió Apuntes para la historia eclesiástica del Perú (Lima, 1873) en seis tomos, y algunos otros trabajos. Poco antes de morir entró en la Compañía de Jesús.

Don José Eusebio de Llano Zapata nació en Lima, allá por los años de 1721 o de 1722; estudió latinidad y los principios de las ciencias sagradas y profanas en los estudios particulares de los jesuítas de Lima. Conocía perfectamente varios idiomas extranjeros y era enemigo decidido de la enseñanza oficial, especialmente de la escolástica. Dedicóse, siendo todavía muy joven, a la enseñanza particular, dando lecciones de Latinidad, Retórica y Griego. Fué el primero que en el Perú enseñó públicamente la lengua griega. Publicó muchos libros de diferentes materias, retirándose á Cádiz (España), donde fijó su residencia.

Antes de terminar los breves apuntes referentes al Perú, recordaremos que, bajo la dirección de D. Jaime Bausate, comenzó á publicarse, en 1.º de octubre de 1790, el Diario erudito y comercial de Lima, periódico que sólo vivió dos años y en el cual vieron la luz importantes artículos de fondo y curiosas noticias. Con más elementos se verificó la publicación del Mercurio Peruano el 1.º de enero de 1791, bajo los auspicios de la Sociedad de Amigos del País. El director, D. Jacinto Calero y Moreyra, hizo un periódico que consiguió muchas suscripciones y fué muy estimado por todas las clases de la sociedad. Leyóse mucho en toda América y también en Europa. El virrey Gil de Taboada recomendaba á un sucesor la lectura de los once tomos que en 1796 formaban ya la colección del Mercurio Peruano, pues le decía: «Leerá V. E. con gusto y utilidad del Gobierno de su alto mando, por los conocimientos que contienen, capítulos y estados relativos al comercio recíproco interior y exterior del Perú. Muchas reflexiones y cálculos sobre minas, valles, descripciones sobre sus montañas y varios partidos de la parte conquistada, su navegación, su geografía, su agricultura, su historia civil y eclesiástica, y quanto contiene de notable este país fecundo y poco conocido, sin olvidar el actual estado triste de esta capital y medios que se proponen para fomentarla, dando destino a la gente vaga que la ocupa por necesidad y por faltarle materia a su útil entretenimiento.» Sin embargo, el periódico murió antes de terminar Gil de Taboada el período de su mando, lo cual indica que la sociedad peruana de aquellos tiempos no debía de ser muy dada a la lectura.

Si antes del año 1793, el doctor don Cosme Bueno, catedrático de Matemáticas, dió a luz una Guía, de poca extensión y con pocas noticias, el virrey, deseoso de proteger el comercio, encargó al genio fecundo y laborioso del doctor don Hipólito Unanue, la redacción de otra Guía más extensa y con mayor número de datos. Contenía la mencionada Guía ordenado catálogo de todas las ciudades, villas y aldeas del Perú, las diferentes castas y número de sus moradores, los productos del reino animal, vegetal y mineral, el comercio del virreinato con los demás Estados de América y con el antiguo mundo. Enumeraba los tribunales de justicia y de la Real Hacienda, daba cuenta de los presupuestos de ingresos y gastos del país, del estado de las fuerzas militares terrestres y marítimas, de las Universidades y colegios, etc. En los años sucesivos encargó el virrey la publicación de dicha Guía á la Casa de Huérfanos.

También en el mismo año de 1793, se publicó el primer número de la Gaceta de Lima, cuya publicación tuvo por principal objeto que los peruanos tuviesen conocimiento de los horrores de la revolución francesa.

Para terminar, diremos que se estableció la Academia Náutica en Lima, se subvencionó la publicación de la Flora Americana, se dieron disposiciones encaminadas a la higiene y seguridad públicas, como también a la reforma de las costumbres, no olvidando la erección de obras de pública utilidad; todo lo cual enumera con gran entusiasmo el cabildo municipal de Lima, en un informe fechado el 2 de enero de 1796. Muchas fueron--y por cierto con beneficiosos resultados--las expediciones que por entonces se hicieron y a las cuales dió protección y aliento el virrey Gil de Taboada.

También citaremos el periódico intitulado Diario Erudito, Económico y Comercial de Lima.

[Ilustración:

FOTOTIPIA LACOSTE.--MADRID.

PADRE VARELA.]

Habremos de recordar, por lo que a la cultura de Cuba respecta, que la instrucción pública realizó grandes progresos desde los últimos años de la centuria XVI. Francisco Paradas dejó un legado (1571) para el sostenimiento de clases de latinidad en Bayamo; Juan F. Carballo fundó la Escuela de Belén, la cual durante muchos años fué la única enseñanza primaria en la Habana; el obispo Juan de las Cabezas creó el Seminario en Santiago de Cuba (1607); el obispo Evelino de Compostela estableció el colegio eclesiástico en la Habana (1689), y además el colegio de niños y el asilo de niñas de San Francisco de Sales; el filántropo Conyedo se consagró a la enseñanza en Villaclara (1712) y fundó una escuela en San Juan de los Remedios. A petición del ayuntamiento de la Habana (1688) se creó la Universidad (1728), encargándose de la enseñanza los frailes dominicos. Siete años antes el mismo Felipe V, había concedido la fundación de un colegio a la Compañía de Jesús[838].

[838] Arch. hist. nac.--Cedulario índico, tomo XXXIV. n.º 109. págs. 124 y 124 v.ª

En los últimos años del siglo XVIII y en la primera mitad del XIX, las letras y las ciencias dieron un paso de gigante en la isla de Cuba. Nació entonces la Academia Cubana de Literatura y adquirió fama universal el periódico intitulado Revista Bimestre Cubana; en él escribieron Félix Varela, José de la Luz y Caballero, José Antonio Saco, Domingo del Monte y otros. El eminente filósofo D. Félix Varela enviaba sus escritos desde el destierro. De él dijo D. José de la Luz y Caballero lo que copiamos á continuación: «Mientras se piense en Cuba, se pensará con respeto y veneración en el primero que nos enseñó á pensar.» Saco, ilustre catedrático de Filosofía en el colegio seminario de San Carlos, sucesor de su sabio maestro Padre Varela, recibió la orden del Capitán general Tacón de salir de la Habana (1834), «porque la juventud seguía con mucho calor sus ideas.» D. José de la Luz y Caballero, sucesor de Varela y de Saco en la cátedra de Filosofía de San Carlos, merece también señalado lugar entre los pensadores cubanos. Murió el 22 de junio de 1862, rodeado de sus discípulos y admiradores, en su colegio de El Salvador. El capitán general Serrano, deseando halagar á los cubanos, presidió el entierro.

No careció de importancia el progreso moral y material de la isla de Puerto Rico en la centuria XVIII, progreso moral y material que aumentó considerablemente en el siglo XIX. Buena prueba de ello es el aumento de población: en 1775 se contaban 79.000 habitantes, y en 1887, 806.708.

No poca fama tuvieron algunos poetas en Guatemala. El primero de ellos es Juan de Mestanza. Miguel de Cervantes dice de él en su Viaje al Parnaso:

Llegó Juan de Mestanza cifra y suma de tanta condición doctrina y gala, que no hay muerte ni edad que la consuma.

Apolo lo arrancó de Guatemala y le trajo en su ayuda para ofensa de la canalla en todo extremo mala.

De Baltasar de Orena, que vivió en Guatemala por el año de 1591, dijo Cervantes en su Galatea lo siguiente:

Toda la suavidad que en dulce vena se puede ver, veréis en uno sólo, que al son sabroso de su musa enfrena la furia al mar, el curso al dios Eolo:

El nombre de éste es Baltasar de Orena, cuya fama al uno y otro polo corre ligera, y del oriente á ocaso, por honra verdadera del Parnaso.

Letrado en la Audiencia de Guatemala fué D. Antonio Paz y Salgado, y de él es el soneto que copiamos:

Mas quisiera que un toro me embistiera, que una mula cerril me derribara, que un trueno me aturdiera y me espantara y que una calentura me venciera.

De cornadas ningún caso hiciera, ni caída, ni patada me matara, relámpago ni rayo me asombrara, ni aun con la fiebre ardiente me muriera;

Nada fuera capaz de que á mi brío se opusiera; ni aun el mal postrero de la muerte temiera en desafío;

Impávido estuviera, y siempre entero el valor se portara como el mío, y sólo me asustara un majadero.

Del inspirado vate D. Simón Bergaño y Villegas es la fábula intitulada El poeta y el loro.

Así comienza:

«Un indio obsequioso que me visitaba, me trajo un lorito por cosa muy rara.»

Termina de este modo:

«¡Y cuántos doctores también con sus fajas, lo son de memoria como el camarada!»

Con motivo de haber apresado los ingleses cuatro navíos españoles, pues estaban en guerra ambas naciones, publicó el 23 de septiembre de 1805 una oda, de la cual copiamos la siguiente estrofa:

Y tú, español valiente, hijo de Palas y de Marte fiero, lleva, lleva el terror, lleva el espanto al solio del inglés. El refulgente y el cortador acero vibre al momento sobre su cabeza. Tiemble al mirarte; tiemble: oprima en tanto su orgullosa cerviz tu ilustre planta; y pase con fiereza tu acero vengador por su garganta.

En el año 1678 se fundó en la ciudad de Guatemala una Universidad y por Real Cédula de 6 de junio de 1680 se dispuso que se escribiesen los estatutos: en la Universidad se enseñaban especialmente las ciencias teológicas y la literatura. Un hecho que no pasó inadvertido se señaló en noviembre de 1729, y fué el comienzo de la publicación de la Gazeta de Goatemala, órgano oficial del gobierno. Veía mensualmente la luz pública.

En honor de Cortés y Larraz debemos registrar la siguiente noticia: desde su obispado de Tortosa, al cual fué promovido después de renunciar la silla arzobispal de Guatemala, no olvidaba su antigua diócesis, pues a ella destinó más de sesenta mil pesos, con el objeto de que se fundase un colegio para la instrucción de la juventud.

Dedicóse el arzobispo D. Cayetano Francos y Monroy (n. en Villavicencio de los Caballeros del Reino de León) a la fábrica de la nueva ciudad. El 7 de octubre de 1779 hizo su entrada pública en Guatemala, mereciendo por sus virtudes, por su generosidad y por su amor a los pobres agradecimiento eterno de Guatemala. Entre sus fundaciones citaremos las dos escuelas para niños pobres de San José de Calasanz y de San Casiano, que dotó con 40.000 pesos.

En el año 1793 se fundó un Coliseo; en el de 1794 tuvo comienzo un Consulado y en 1795 una Sociedad Económica que abrió el 1797 una Escuela de Dibujo, y en el año siguiente de 1798 otra de Matemáticas. Del mismo modo se estableció una imprenta; en ella hubo de publicarse un periódico para propagar los conocimientos útiles, siendo tiempo adelante prohibidas las reuniones en dicha sociedad y la publicación del periódico.

De Costa Rica no debemos pasar en silencio el nombre de D. José María Zamora y Coronado (n. en Cartago el año 1785), famoso jurisconsulto y hombre de conocimientos generales. En todos los ramos del saber se distinguieron ilustres literatos y hombres de ciencia, lo mismo en Costa Rica que en los demás Estados de la América Central.

La vida en el Ecuador desde los primeros días del gobierno de los españoles hasta su independencia, fué casi siempre pacífica y progresiva. En 1589 se abrió el primer curso de filosofía. La enseñanza para los hijos de españoles se introdujo en el Ecuador por la Compañía de Jesús. En el siglo XVI se fundaron el colegio de Quito, el Seminario de San Luis y la Universidad de San Fulgencio. Ya entrado el siglo XVII, los hijos de Loyola establecieron la Universidad definitiva de San Gregorio Magno con los títulos de Real y Pontificia. Figura como el primer poeta del Ecuador el español Lorenzo de Cepeda, hermano de Santa Teresa de Jesús. En 1550 era regidor del cabildo de Quito y vivió en la colonia más de treinta y cuatro años. Escribió Vida y virtudes de Doña Juana de Fuentes, natural de Trujillo en el Perú (su mujer), y algunas devotas poesías. Por el año 1630 floreció en Quito la poetisa Jerónima de Velasco, mujer de Luis Ladrón de Guevara, y de ella dice Lope de Vega:

¡Dichoso quien hurtó tan linda joya sin el peligro de perderse Troya! Pero diósela el cielo, aunque recelo que puede la virtud robar el cielo.

En el Ramillete de varias flores poéticas recogidas y cultivadas en los primeros abriles de sus años, publicado en Madrid el 1675, por el ecuatoriano Jacinto de Evia, se hallan las poesías de dicho Evia, de la poetisa Jerónima y del jesuíta Antonio Bastidas, maestro de Retórica en Guayaquil. Completan el Ramillete, entre otros trabajos en prosa, la novela El sueño de Celio. Poetas, gramáticos cultivadores de la lengua quichua, filósofos escolásticos, historiadores, naturalistas, etcétera, adquirieron fama en los siglos XVI, XVII y XVIII. A la cabeza de todos los escritores se halla el obispo Gaspar de Villarroel, autor del Gobierno Eclesiástico, que publicó en 1656, no inferior a la Política Indiana de Solórzano. El Padre jesuíta Ramón Viesca fué inspirado poeta y el Padre Juan de Velasco mostró en su Historia del reino de Quito sobresalientes cualidades, entre otras, laboriosidad y veracidad. Expulsada la Compañía del Ecuador, decayó la cultura literaria. Decaida se hallaba cuando visitaron el país los sabios franceses Godin, Bouguer, La Condamine y Jussieu, como también los españoles Jorge Juan, Antonio de Ulloa y Mutis. Más adelantada estaba en los comienzos del siglo XIX, cuando llegaron a Quito los insignes Humboldt y Boupland. Mostró vastos conocimientos y no poca afición a las nuevas y revolucionarias ideas, allá por el año 1779, el doctor Francisco Eugenio de Santa Cruz y Espejo, autor del famoso libro Nuevo Luciano ó Despertador de ingenios. Fundó el periódico Primicias de la cultura de Quito. Estuvo en la cárcel y tomó parte en el movimiento revolucionario de 1809. José Mejía, representante de Quito y José Joaquín de Olmedo, representante de Guayaquil, en las Cortes de Cádiz, deben figurar entre los primeros; Mejía fué orador muy elocuente, y Olmedo, del cual nos ocuparemos en el último tomo de esta obra, no es inferior al gran Quintana. Justo y merecido renombre adquirieron Pedro Vicente Maldonado (n. en Riobamba el 1709), el presbítero Juan de Velasco (n. en Riobamba el 1727) y el conde de Casa Gijón. El primero es autor del famoso Mapa del reino de Quito y ayudó en sus trabajos a los académicos franceses y españoles encargados de medir el arco del meridiano. El segundo escribió una obra en tres tomos, Historia Natural, Historia Antigua e Historia Moderna. El tercero se dedicó a estudios de agricultura y con este objeto vino a Europa, recorriendo España, Francia y Suiza y volviendo al Ecuador para implantar allí radicales reformas. Escribió unas Memorias, en las que se hallan conocimientos agrícolas muy útiles. Veamos lo que dice Luis Cordero, literato y ex-presidente de la República: «Aunque el sol de la libertad brillase sobre la cumbre del Pichincha, reflejando en la limpia espada del que luego había de ser gran mariscal de Ayacucho, ha tenido ya la antigua presidencia de Quito (hoy República del Ecuador) no pocos hombres ilustres, formados en los célebres Colegios y Universidades de la afamada capital. Teólogos y canonistas, como Villarroel y Peñafiel; historiadores, como Velasco; geógrafos, como Maldonado y Alcedo; oradores parlamentarios, como Mejía; publicistas, como Espejo; poetas, en fin, como Viescas y Orosco; suficiente lustre le daban para no ser relegada al último lugar entre las colonias españolas de América, y tener, por el contrario, cierto derecho de primacía para lanzar el grito de emancipación en agosto de 1809»[839].

[839] Enciclopedia Universal Ilustrada, tomo XVIII, pág. 2.969.

Escasa--y en ello convienen todos los cronistas--era la instrucción pública, lo mismo la elemental que la superior, en Venezuela. No negaremos, sin embargo, que en algunas poblaciones se notaban verdaderos deseos de saber. Ya en los últimos años de la centuria décimosexta hubo de crearse una escuela primaria, un preceptorado de Gramática Castellana y un Seminario. La Universidad se creó el 22 de diciembre de 1721, y se instaló el 12 de agosto de 1725. La Real y Pontificia Universidad de Caracas fué el foco de las ideas más absolutas y reaccionarias, aun entrado ya el siglo XIX. No huelga decir que poco antes de comenzar la revolución por la independencia, la Gaceta de Caracas publicó un trabajo del catedrático D. Juan Nepomuceno Quintana, aprobado por unanimidad en claustro pleno, en el que se lee, entre otras cosas peregrinas, lo que a continuación copiamos: «La autoridad de los Reyes es derivada del cielo: las personas de los Reyes, aun siendo tiranos, son inviolables, y aunque su voluntad no ha de confundirse siempre con la del mismo Dios, debe siempre respetárseles y obedecérseles: la Inquisición es un tribunal legítimo y necesario: no queda otro recurso contra la corrupción general, que la intolerancia político-religiosa.» El vejamen ó discurso festivo y satírico pronunciado por el doctor más moderno de la Facultad en el acto de conceder el grado a un doctorando, animaba un poco aquellas aulas, más propias de viejo convento que de moderna Universidad. Trasladaremos aquí el comienzo y el fin del vejamen que el 8 de diciembre de 1801 pronunció el Doctor D. José Antonio Montenegro en el acto de recibir el grado de Doctor D. Salvador Delgado:

No sé si es caballo ó mulo si es una yegua ó potranca, á quien á echar va la zanca hoy mi numen cachirulo; pero yo no me atribulo, ni me da ningún cuidado el corcovo, que ensebado traigo un ramoso ramal y haré ver a este animal que aquí se jila Delgado.

Pero, musa, para el trote en que Pegaso te trae, mira que si nó, se cae de la silla el monigote. Conque adiós, señor padrote, quien lo dijo ya se fué, y pues bajar no podré sin la venia de esta audiencia, alma parens, tu licencia pido para echarme á pie[840].

[840] Véanse Bosquejos histórico-literarios, del Dr. Angel María Alamo.

La poesía halló culto en casa de los hermanos Luis y Francisco Javier de Ustáriz, distinguiéndose, entre otros, Andrés Bello, poeta virgiliano y autor de Silvas Americanas[841], y Vicente Salias, que escribió el poema La Medicomaquia. No pasaremos en silencio el nombre de la poetisa María Josefa Paz del Castillo (en el claustro, Sor María Josefa de los Angeles), que solía imitar en sus poesías a Santa Teresa de Jesús, como lo indica el siguiente ejemplo:

[841] De este inspiradísimo poeta trataremos con más extensión en el cap. XXXIV del tomo III.

Es mi gloria mi esperanza, es mi vida mi tormento, pues muero de lo que vivo y vivo de lo que espero.

Desde que en el año de 1623 se fundó la Universidad de San Francisco Javier en Chuquisaca, gozó fama la citada ciudad de centro de cultura, hasta el punto que mereció el título de Atenas americana. El Padre Antonio de Calancha fué uno de los cronistas más notables de su siglo (1584-1654), mereciendo también especial mención el padre Jerónimo de Acebedo y D. Gaspar Escalona y Agüero.

Dignos de renombre son en la historia de Bolivia Fray Bernardino de Cárdenas, obispo de Santa Cruz y La Paz; el canónigo Alonso Cervera y Zárate, y Fray Miguel de Aguirre, muy estimado en la corte de Felipe IV y en Roma. Si de bolivianos ilustres se trata, no debemos omitir el nombre de Rodrigo de Orozco, marqués de Mortara, que mandó el ejército español en el Rosellón combatiendo con los franceses y fué virrey en las guerras de Cataluña. Otros hombres notables han tenido por cuna a Bolivia[842].

[842] Enciclopedia Universal Ilustrada, tomo VIII, pág. 1.451.

En Buenos Aires--según la excelente obra de D. Félix de Azara, terminada en el año 1806--las únicas poblaciones que podían llamarse propiamente españolas eran Buenos Aires, Montevideo, Maldonado, Santa Fe, Corrientes y Asunción del Paraguay[843]. Las demás podían llamarse caseríos, a los cuales servía de lazo de unión la iglesia parroquial. La enseñanza en Buenos Aires y en la Asunción se reducía, en los comienzos del siglo XIX, a la Gramática Latina, a la Teología y a los Cánones; también a las escuelas de Náutica y Dibujo establecidas por el Consulado. En Córdoba se estudiaba la Teología, y el colegio de Montserrat era centro importante de enseñanza. La Universidad de Charcas (1623) era la principal del virreinato, pues en ella estaba establecida la enseñanza jurídica y literaria, y de ella salieron muchos hombres que se distinguieron durante la guerra de la Independencia[844].

[843] A la sazón Montevideo y Maldonado pertenecen al Uruguay; Santa Fe y Corrientes a la República Argentina.

[844] No se olvide que en el siglo XVIII se formó un virreinato llamado del Río de la Plata.

Pasamos a tratar de la cultura en Chile. Datan de los últimos años del siglo XVI los primeros establecimientos de instrucción primaria. Fueron fundados por los frailes y las monjas en sus respectivos conventos. Comenzaron en la misma época los Seminarios conciliares, creados por los obispos respectivos, uno en Imperial y otro en Santiago. El primero de los poetas nacidos en Chile (nació en Angol y se educó en Lima) se llamaba Pedro de Oña, autor del poema épico Arauco domado. Como antes D. Alonso de Ercilla había escrito La Araucana, en cuyo poema no figura con el relieve que debiera el gobernador D. García Hurtado de Mendoza, cuando tiempo adelante ocupó el virreinato del Perú personaje tan ilustre, estimuló a algunos escritores, entre ellos a Oña, para que escribiesen los sucesos realizados en Chile, de cuya conquista él se creía valeroso capitán. El autor de Arauco domado sólo se propuso ensalzar las hazañas de D. García, a quien consideró como un semidios. Los dos colegios que adquirieron títulos de Universidades Pontificias porque, según especial concesión del Pontífice, podían conferir grado de doctores en teología, tuvieron relativa fama durante el siglo XVII. Uno de los colegios estaba dirigido por los dominicos, y el otro, el más notable, por los jesuítas. En el siglo XVIII Felipe V creó (1738) la Universidad que en honor del monarca se llamó de San Felipe. Inauguróse solemnemente en 1756, siendo su primer Rector don Tomás de Azúa Iturgoyen. Las clases no comenzaron hasta 1758, dos años después de su inauguración y veinte de su fundación. Más que los Seminarios conciliares, más que las Universidades pontificias y más que la Universidad de San Felipe, lo que hacía falta eran escuelas de primera enseñanza, donde las clases pobres pudieran educarse. La enseñanza elemental era tan rutinaria y deficiente, que Carlos III, en 11 de julio de 1771, dictó un reglamento en el cual decía: «Y para que se consiga el fin propuesto, á lo que contribuye mucho la elección de los libros en que los niños empiezan á leer, que habiendo sido hasta aquí de fábulas frías, historias mal formadas ó devociones indiscretas, sin lenguaje puro ni máximas sólidas, con las que se deprava el gusto de los niños y se acostumbran á locuciones impropias, á credulidades nocivas y á muchos vicios transcendentales á toda la vida...» Se enseñaba el latín de una manera rutinaria y los autores clásicos estaban proscritos de las aulas, adoptándose en ellas como modelos, libros religiosos, que, si en el fondo eran verdaderos, el latín de ellos más tenía de bárbaro que de otra cosa. Mejor se hallaba la enseñanza en los conventos de monjas. Allí se instruía a las niñas y se les daba lecciones de labores domésticas. Las bibliotecas tenían libros de teología, moral y jurisprudencia; muy pocos o ninguno de historia, de matemáticas y de ciencias físicas, químicas y naturales. Libros extranjeros no podían importarse, pues así se hallaba dispuesto por el suspicaz gobierno. Chile, por su situación, se encontraba en condiciones más desfavorables que otras colonias de América. Merced al ilustre chileno D. Manuel de Salas (nació en Santiago el año 1757) se creó la Academia de San Luis, equivalente a las Escuelas de Comercio de hoy, que empezó a funcionar en los últimos años del siglo XVIII. En la Academia se enseñaban la Aritmética, la Geometría y el Dibujo. El historiador chileno Barros Arana, que se ha dedicado a reunir datos acerca de la cultura científica, literaria y artística del país en el siglo XVIII, cita algunos nombres dignos de todo encomio. Entre otros, menciona el del maestre de campo D. Pedro Córdoba de Figueroa, autor de una Historia de Chile, en la que se hallan documentos de algún valor, encontrados en el archivo municipal de Santiago.

Bien será citar al P. Miguel de Olivares, autor de una Breve noticia de la provincia de la Compañía de Jesús de Chile. Brilló en la misma época el jesuíta D. Juan Ignacio Molina, quien expulsado del país en 1767, se refugió en Italia, muriendo en la ciudad de Bolonia a los 89 años. La ciudad de Santiago de Chile le erigió por suscripción popular una estatua[845]. D. Vicente Carvallo, ilustrado militar, escribió Descripción histórico-geográfica del reino de Chile, y el P. jesuíta Andrés Febrés, hijo de Manresa (Cataluña), dió a luz el año 1765 en Lima, un Arte de la lengua general del reino de Chile. Apenas registramos obras de amena literatura y esto es natural, si nos fijamos en el nivel intelectual de los moradores de la colonia. No sólo la supersticiosa ignorancia caracterizaba a los criollos, sino algo también a los españoles. Terminaremos la lista de los escritores de Chile con el nombre de Fray Sebastián Díaz, hijo del país y reputado como sabio por sus contemporáneos. Pertenecía a la orden dominicana y fué profesor en la Universidad de San Felipe. Intituló su obra principal Noticia general de las cosas del mundo y se imprimió en Lima. En ella trata, principalmente, de los ángeles y de su naturaleza, afirmando que el número de aquéllos es el de 6.666. Ocúpase en seguida de los duendes, de las distintas clases de milagros, de las estrellas, del aire y de los tres cielos que los supone poblados de espíritus invisibles.

[845] Véase apéndice II.

Atrasada estuvo por algún tiempo la cultura en el Paraguay. Los progresos que se hicieron, no muchos por cierto, se debieron principalmente á la Compañía de Jesús. A los hijos de Loyola deben los paraguayos no poco reconocimiento.

Todavía más atrasado que el Paraguay ha estado por mucho tiempo el Uruguay, no comenzando su progreso hasta bien entrado el siglo XIX. Por lo demás, sólo en Montevideo hubo de notarse cierta cultura.

Como resumen de todo lo expuesto diremos que algunos virreyes hicieron abrir escuelas y pusieron gran cuidado de que en ellas recibiesen enseñanza los indígenas. También los religiosos establecieron muchas escuelas en los conventos. Del mismo modo no pocos municipios fundaron escuelas. Conviene advertir que los americanos se contentaban con aprender a leer y a escribir; muy pocos estudiaban la carrera del sacerdocio o la abogacía; sólo en los últimos años del dominio español se enseñó la medicina en algunas capitales de las colonias. Los Seminarios que establecieron los prelados y los colegios fundados por los gobiernos o por las Sociedades Económicas de Amigos del País, tenían escasa importancia. De la enseñanza de las Universidades dicen los cronistas que eran estudios rutinarios de lengua latina, noticias de filosofía aristotélica, sin plan ni método, nociones desordenadas é incompletas de Derecho Romano y Canónico, pedantes disquisiciones de Teología moral y dogmática: a esto y nada más que a esto estaba reducida la ciencia. Tampoco tuvieron positivo valor las enseñanzas de Física, Química, Mecánica, Matemáticas, etc., que en los últimos tiempos del dominio español se establecieron en algunas poblaciones americanas. De algo sirvió el Observatorio Astronómico fundado en Santa Fe de Bogotá y el Jardín Botánico establecido en México. En general, bien puede afirmarse que en México, Lima y Santa Fe, las ciencias se cultivaron por algunos laboriosos maestros.

La literatura colonial estaba reducida a los sermones que se predicaban en el púlpito, a los romances destinados a celebrar los milagros de algún santo y a las composiciones poéticas que los doctores de las Universidades dedicaban a los virreyes o capitanes generales. Algunas veces también se ocupaban en describir un auto de fe o una corrida de toros. «Entre otras obras--escribe Barros Arana--escritas en América son notables tres, más que por su mérito literario, por el trabajo de paciencia que su composición había impuesto a sus autores. Un religioso mejicano llamado fray Juan Valencia, compuso en el siglo XVII, trescientos cincuenta dísticos en honor de Santa Teresa, que pueden leerse del mismo modo de izquierda a derecha que de derecha a izquierda. Un jesuíta peruano, el Padre Rodrigo de Valdés, compuso un poema en el siglo XVII, que contiene dos mil doscientos ochenta y ocho octosílabos que pueden leerse en latín o en castellano, según se quiera, porque en ambos idiomas el sentido es uno mismo. Un escritor mejicano, Francisco Javier Alegre, tradujo en exámetros latinos la Iliada de Homero»[846].

[846] Compendio elemental de Hist. de América, págs. 277 y 278.

Los conquistadores españoles importaron a las Indias, con su lengua, con sus ciencias, con sus leyes y con sus hábitos y costumbres, las bellas artes de la metrópoli. Allá fueron arquitectos, escultores, pintores y músicos; allá se hicieron algunas obras artísticas. La arquitectura de las colonias hispano-americanas señala verdadera decadencia del arte, aunque no faltan algunos buenos monumentos, en su mayor parte correspondientes al estilo neoclásico, como puede servir de ejemplo la catedral de México, cuya primera piedra puso, en el año 1573, el arzobispo Moya y Contreras. La catedral anterior era pequeña para las necesidades del culto, y por ello el citado prelado tuvo empeño en la fábrica de templo más suntuoso. En el siglo XVII se extendió la escuela de Churriguera, a la que pertenecen muchas iglesias de las ciudades americanas.

Acerca de la escultura, si las primeras estatuas de vírgenes y santos fueron llevadas de España, luego florecieron artistas en las mismas Indias. Diego de Robles, natural de Quito, mostró su inspiración artística en un San Juan Bautista que hizo para la iglesia de San Francisco de aquella ciudad, y el Padre Carlos, religioso de la Compañía, hizo, imitando el estilo de Miguel Angel, la Negación de San Pedro y la Oración del Huerto. Hasta los mestizos e indios se distinguieron en el arte escultórico: las obras de Manuel Chill[847] se admiran todavía en la catedral de Quito, y el limeño Baltasar Gavilán adquirió fama con la estatua ecuestre de Felipe V. Juan Tomás, indio del Cuzco, hizo varias imágenes, y entre ellas fué muy estimada una Virgen de la Almudena. Dos escultores del pueblo de Juli, cerca del lago Titicaca, indígenas, y llamados Juan Huaicán y Marcos Rengifo, construyeron hermoso altar en la iglesia de Moquegua.

[847] Se le llamó Caspicara porque tenía la cara muy delgada.

La pintura tuvo como primer maestro a Rodrigo de Cifuentes, que acompañó a Hernán Cortés y llegó a México el año 1523, dejando, como muestra de su inspiración, los retratos del conquistador mejicano y de D.ª Marina, algunos cuadros para los franciscanos de Tehuantepec, y se dice que es obra suya uno muy estimado por los inteligentes y que representa el Bautismo de Maxiscatzin. Son discípulos notables de Cifuentes: Andrés de Concha, citado por Bernardo de Balbuena en la Grandeza Mejicana, y Baltasar de Echave, el Viejo; también sobresalieron en el arte pictórico los indios Marcos de Aquino, el Crespillo y otros.

Al Perú, después de la conquista, acudieron muchos artistas italianos y españoles, atraídos por la esplendidez que desplegaban obispos y religiosos en la construcción de sus iglesias, contándose entre aquéllos Angélico Medoro, Mateo Pérez de Alesio, Leonardo Jaramillo y Andrés Ruiz de Sarabia. Medoro se estableció en Quito, donde contrajo matrimonio con D.ª Luisa Pimentel y fué el primero que trasladó al lienzo la imagen de Santa Rosa de Lima, y de Alesio, dice Palomino en su Museo Pictórico, que se distinguía como dibujante y tallador, añadiendo que, después de ejercer su profesión en Sevilla y en otras poblaciones de Andalucía, se trasladó a Lima, en cuya catedral dejó varias pinturas. Fray Francisco Bejarano--según escribe el padre Calancha en su Corónica moralizada de la provincia del Perú, del Orden de San Agustín--hizo para la iglesia de su convento de Lima doce grandes cuadros sobre la vida de la Virgen; fué el primer grabador que hubo en aquella ciudad. Del hermano Hernando de la Cruz, notable pintor y maestro de muchos jóvenes, se cuenta que en el siglo se llamaba D. Fernando de Ribera, ingresando en la Compañía, arrepentido por haber dado muerte en desafío a un amigo suyo; falleció en el año 1647.

Haremos expresa mención de la Academia de Nobles Artes de México. No puede negarse que contribuyó a perfeccionar el gusto estético en todo el país. Muestra de ello son los muchos edificios que se han erigido en la capital, en Guanajato, en Querétaro y en otras partes, revelándose en todos perfección y belleza. Citaremos la hermosa estatua ecuestre de Carlos IV, que llegó a fundir el escultor mejicano Tolsa; y no escatimaremos alabanzas a los muchos jóvenes que estudiaban en dicha Academia el dibujo de paisaje y de figura. Centenares de jóvenes se reunían allí; unos dibujaban modelos de yeso o del natural; otros copiaban diseños de muebles. Llama la atención el barón de Humboldt en su Ensayo Político, libro II, acerca del siguiente hecho: «En esta reunión--cosa muy notable por cierto en un país donde tan arraigadas están las preocupaciones de la nobleza contra las castas--se hallan confundidas las clases y las razas; allí se ve al indio y al mestizo sentados junto al blanco, y al hijo del pobre alternando con los vástagos de la más encopetada aristocracia. Consuela en verdad el observar que, en todas las zonas, el cultivo de las ciencias y las artes establece una cierta igualdad entre los hombres, haciéndoles olvidar, siquiera por algún tiempo, esas miserables pasiones que tantas trabas ponen a la felicidad social.»

Consideremos las bellas artes en la América Central. Lo mismo en Guatemala que en los demás pueblos de la América Central, hallamos construcciones notables. A D. Francisco Marroquín, primer obispo de Guatemala[848], se debe la construcción de la catedral de Guatemala la antigua, el Palacio episcopal, la casa de los oidores, el Hospital de Caballeros y otros establecimientos. Murió varón tan bueno el 18 de abril de 1563. Fué protector incansable de la instrucción pública. Procede recordar que el general Vázquez Prego se dirigió a Omoa (1753), y dió comienzo a la fábrica del fuerte de San Fernando. Aunque apenas comenzada la obra murió el general, su nombre vivirá siempre unido al del castillo que se eleva arrogante en el litoral del Norte de Honduras. Del mismo modo algunas iglesias no dejaron de llamar la atención. Cultivóse también la escultura, pintura y música, si bien con poco gusto y casi sin arte. A últimos del siglo XVIII, y por lo que a Guatemala se refiere, en 1797 se verificó la apertura de la Escuela de Dibujo, y desde entonces adelantaron las bellas artes, aunque no tanto como era de esperar.

[848] Dependiente del Arzobispado de México.

En los demás Estados de las Indias se manifestaron también las bellas artes, en particular en obras religiosas. Hubo, si no pocos, regulares artistas; buenos, en número escaso, y sobresalientes ó geniales, ninguno. La música fué cultivada en algunos Estados, pudiéndose citar algunos artistas de bastante inspiración.

En el Ecuador florecieron artistas de no escaso mérito. Samaniego, natural de Quito, fué admirado por la entonación de su colorido y por la frescura de sus toques. También se distinguió como miniaturista. Tal vez a la cabeza de todos los pintores que hubo en la América española, se halle Miguel de Santiago. Las obras del reputado artista fueron admiradas en Roma, quedando algunas muy notables en los claustros bajos del convento de San Agustín de Quito. La fama de su escuela, «ha sido sostenida, escribe el historiador Ceballos, por los Gorivar (sobrino del maestro), Morales, Velas y Oviedos. Sucedió tras éstos una época de gongorismo artístico, introducido por los muy hábiles, pero de extraviado gusto, Albán y Astudillo; mas en breve volvió á imperar aquella a esfuerzos del célebre Rodríguez, que la restauró, y de cuyos trabajos, unidos a los de Samaniego, puede formarse concepto por los lienzos que decoran las paredes de la catedral. Los llamados el Pincelillo, el Apeles y el Morlaco la sostuvieron con la misma nombradía que Rodríguez.» El pintor Santiago no deja de tener algunos rasgos de semejanza con Murillo, por lo correcto de su dibujo, buen colorido y expresión admirable. Isabel de Santiago, hija del inspirado artista, manejó el pincel con suma habilidad.

Entre los estatuarios, se encuentran en primera línea, Bernardo Lagarda y Jacinto López, en particular el primero, tal vez no inferior a los mejores de Europa.

Hábil maquinista de relojes fué Custodio Padilla, según puede verse por algunos de aquéllos que se admiran en Ibarra, su ciudad natal. Zangurima[849], hijo de Cuenca, figura entre los mejores artistas, y dejó ilustre prole que honró a su patria.

[849] Conocido por su apodo Iluqui (Zurdo).

Apenas se cultivaba el arte de la música en Venezuela y menos el de la pintura.

En Nueva Granada se distinguieron, entre otros, Antonio Acero de la Cruz (mediados del siglo XVII) y Gregorio Vázquez Ceballos, que nació en Santa Fe el 9 de mayo de 1638 y falleció en 1711. Fué discípulo del artista sevillano Baltasar Figueroa, en cuyo taller estuvo mucho tiempo. Cuéntase que encargado Figueroa de pintar un cuadro de San Roque para la iglesia de Santa Bárbara, halló no pocas dificultades al hacer los ojos del santo. Disgustado por su torpeza en aquella ocasión, dejó los pinceles y se marchó a dar un paseo. Vázquez entonces se atrevió a poner mano a la obra, que hizo pronto y con toda perfección. Cuando Figueroa regresó a su taller, lejos de aplaudir al aventajado discípulo le dijo lo siguiente: «Puesto que tanto sabéis, no os hacen falta mis lecciones. Idos a otra parte a poner tienda.» Encontró apoyo en un comerciante español, quien le facilitó todos los elementos necesarios para la continuación de sus trabajos. Pintor de una fecundidad admirable, hasta el punto que dicen de él que había pintado más cuadros que días había vivido, con la particularidad que muchos de ellos eran de grandes dimensiones. No hay iglesia en el país, rica o pobre, que no tenga algún cuadro del famoso artista. Logró reputación general en el desnudo y en la pintura de ángeles. Encantan sus grupos de ángeles y todas sus obras religiosas respiran puro misticismo. El barón de Humboldt y otros críticos reconocen el mérito extraordinario de aquel artista que no salió de las Indias. Medoro y Carmargo trataron de imitar al insigne maestro.

La industria en los diferentes Estados de la América española, no constituía verdadera fuente de riqueza. La poca afición de los colonizadores al trabajo manual, la facilidad de encomendar las citadas labores a los indios y a los negros, y la importancia que tuvieron en aquellos paises la minería, la ganadería y la agricultura, contribuyeron al atraso de las industrias manufactureras.

Prejuicios grandes ocasionó el sistema general de monopolio que caracterizó la política comercial de España con sus posesiones coloniales. Sólo los españoles podían ejercer el comercio con las colonias del Nuevo Mundo, y aun aquéllos tenían que sujetarse a ciertas trabas. Tan absurdo llegó a ser el sistema monopolizador, que se prohibió el comercio directo entre España y Filipinas, entre Filipinas y las regiones americanas, con excepción de México, entre América y Canarias, entre México y Perú, entre Buenos Aires y la metrópoli, (pues la región del Plata se hallaba supeditada al Perú y el comercio de la primera lo hacía la flota del segundo), y en general, entre las diferentes colonias del Nuevo Mundo. En el año 1505, se permitió a los extranjeros residentes en España, comerciar con las Indias, aunque con ciertas condiciones, como se dijo en el capítulo XXXII de este tomo. De igual manera que Sevilla y Cádiz fueron los únicos puertos habilitados en la metrópoli (aparte los de Canarias, a los que se autorizó en 1508, para comerciar con el Nuevo Mundo), en las Indias fueron: Veracruz, en la costa mejicana, y después Jalapa; Acapulco en la costa del Pacífico, y Panamá, a donde se llevaban los tesoros del Perú para reembarcarlos luego en Porto Bello y conducirlos a España.

En la primera mitad del siglo XVI, el virrey Mendoza tuvo cuidado de fomentar la cría del ganado caballar y la cría del gusano de seda. El ilustre cronista Bernal Díaz del Castillo, en su Conquista de Nueva España, se expresa de este modo: «Y pasemos adelante y digamos cómo todos los más indios naturales de estas tierras, han deprendido muy bien todos los oficios que hay en Castilla entre nosotros, y tienen sus tiendas de los oficios y obreros, y ganan de comer a ello, y los plateros de oro y plata así de martillo como de vaciadero, son muy extremados oficiales y así mismo lapidarios y pintores, y los entalladores hacen tan primas obras con sus sutiles alegres, especialmente entallan esmeriles y dentro de ellos pigmados todos los Pasos de la Santa Pasión de nuestro Redentor Jesucristo, que si no los hubiere visto no pudiere creer que los indios lo hacían. Y muchos hijos de principales saben leer y escribir y componen libros de canto llano, y hay oficiales de tejer seda, raso y tafetán, aunque sean veinticuatrenos, hasta fresas y sañal y mantas y fraesadas; y son cardadores y perailes y tejedores, según y de la manera que se hace en Sevilla y en Cuenca, y otros sombrereros y jaboneros... Algunos de ellos son cirujanos y herbolarios... y han plantado sus tierras y heredades de todos los árboles y frutos que hemos traido de España.»

Algunas poblaciones de México se distinguieron por sus industrias. Los tejidos de la Puebla se exportaban a varias partes, hasta el punto que disminuyó la importación de los fabricados en España. En la citada población se fabricaba perfectamente, entre otras cosas, el vidrio.

Por lo que a la agricultura respecta, trasladaremos aquí lo que dice el P. Acosta en su Historia natural y moral de las Indias: «Mejor han sido pagadas las Indias en lo que toca a plantas que en otras mercaderías, porque las que han venido a España son pocas y danse mal; las que han pasado de España son muchas y danse bien... En conclusión, cuasi cuanto bueno hay que se produce en España, hay allá y en partes aventajado y en otra no tal: trigo, cebada, hortaliza, verdura y legumbres de todas suertes, como son lechugas, berzas, rábanos, cebollas, perejil, nabos, zanahorias, berenjenas, escarolas, acelgas, espinacas, garbanzos, habas, lentejas... porque han sido cuidadosos los que han ido, en llevar semillas de todo y a todo ha respondido bien la tierra... La granjería del vino no es pequeña; pero no sale de su provincia.» Añade luego que la industria de la seda, que no existía en tiempo de los indios, a la sazón tiene importancia. De España se llevaron moreras a México, donde se cultivaron perfectamente. También en México, en el Perú y en otras partes fué una riqueza la caña de azúcar. De igual modo el olivo se cultivó con esmero en los citados virreinatos.

El fraile Tomás Gage, viajero del siglo XVII, habla del estado floreciente de las poblaciones que vió en México, y de hacendados que vivían exclusivamente de sus haciendas y cuya riqueza llegaba a 20.000, 30.000 y aun 40.000 ducados. En los comienzos del siglo XVIII la agricultura, la minería y el comercio sufrieron verdadero retroceso; la primera por los malos años, las dos últimas por los ataques de los piratas. Tanto las citadas industrias como la ganadería se resintieron cada vez más a causa de las muchas contribuciones y gabelas. No se olvide, por último, para explicar la decadencia de la agricultura, que las mejores haciendas estaban en manos de las comunidades religiosas. Sin embargo, no carecía de alguna importancia el algodón, el maíz, el maguey y otros artículos.

La cochinilla, insecto que se cría en México y en toda la América central, en las hojas de algunas plantas, se cultivó para el tinte de las telas.

Por lo que toca a la minería, desde que en 1546 se comenzaron a explotar las ricas minas de Zacatecas, no se ha interrumpido dicha industria.

El comercio en México mejoró poco. Algunas industrias estaban muy adelantadas. Cultivaban el maguey, el maíz, los plátanos, el algodón, varias plantas medicinales y el cacao, tejían admirablemente el algodón y le teñían con vistosos colores. Regaban por medio de canales y tenían hermosos jardines. «Sus trabajos de joyería--dice Barros Arana--aventajaban en mucho las obras de los joyeros españoles del tiempo de la conquista»[850]. Recogían el oro de los ríos; la plata, el cobre y el plomo lo extraían de las entrañas de la tierra. Se hacía el comercio, ya mediante cambios, ya considerando como moneda tubos de plumas de ave llenos de polvo de oro, saquillos de cacao que contenían cierto número de granos y pedazos de estaño en forma de T. En los mercados había hileras de plateros y de pintores, tiendas de telas y de toda clase de vasijas de barro. Un tribunal de comercio decidía las diferencias de los comerciantes.

[850] Hist. de América, pág. 12.

En suma, la industria tuvo sus períodos de adelanto y de decadencia. La agrícola fué en algunas partes bastante estimada, la comercial estaba reducida a estrechos límites y la fabril se desconocía completamente. Haremos notar, por último, que todo el dinero era poco para satisfacer las exigencias del poder real, y de aquí provenían impuestos y gabelas que arruinaban las industrias y el comercio. El ilustre Humboldt en su Ensayo político sobre la Nueva España, dice lo siguiente: «Estudiando la historia de la conquista, admírase la extraordinaria actividad con que extendieron los españoles del siglo XVI el cultivo de los vegetales europeos en la loma de las cordilleras de uno a otro extremo del continente. Los eclesiásticos, y en particular los frailes misioneros, han contribuído a estos rápidos progresos de la industria. Las huertas de los conventos y de los curas han sido otros tantos criaderos de donde han salido los vegetales útiles modernamente connaturalizados. Los mismos conquistadores, a los cuales no debemos considerar sin excepción como guerreros bárbaros, en su vejez se dedicaban a la vida campestre. Aquellos hombres sencillos, rodeados de indios cuya lengua no poseían, cultivaban con preferencia, como para consolarse de su soledad, las plantas que les recordaban el suelo de Extremadura y de ambas Castillas. La época en que por primera vez maduraba una fruta de Europa, señalábase como una fiesta de familia. No hay medio de leer sin conmoverse lo que dice el inca Garcilaso a propósito del modo de vivir de aquellos primeros colonos. Con una sencillez enternecedora refiere que su padre, el valeroso Andrés de la Vega, reunió un día a todos sus antiguos camaradas para partir con ellos tres espárragos. Eran los primeros que se habían criado en la meseta de Cuzco»[851].

[851] Libro IV, capitulo IX.

Sabemos por lo que a la industria del Perú se refiere, que tenían fama los tejidos y ciertos objetos de alfarería y determinados cultivos (maguey, etc.). No ignoramos que los indios del Perú eran diestros cazadores y pescadores. Aunque la industria en el Perú, como en todas las colonias españolas, estaba gravada con onerosos impuestos, careciendo de toda protección de parte de la metrópoli, no dejó de tener importancia en algunas poblaciones. Citaremos entre otras a Quito, donde se establecieron varios telares y cuyos tejidos eran muy estimados, no sólo en las Indias sino también en la metrópoli. Cobos, historiador del siglo XVII, dice que en el territorio peruano «hay grandes pagos de viñas, y algunas tan cuantiosas que dan de 15.000 a 20.000 arrobas de mosto, y del vino que se coge en el corregimiento de Ica, que es en la diócesis de Lima, salen cada año cargados dello más de cien navíos para otras provincias, así del reino como fuera de él.» En el Perú se extendió especialmente el cultivo del olivo y fué la región donde primero se comenzó a extraer el aceite. Cogíanse en algunos olivares del valle de Lima, ya entrado el siglo XVII, de 2.000 a 3.000 arrobas.

En Bolivia, cuya agricultura marchaba por el mismo camino que la del Perú, se descubrió casualmente, año 1545, el rico mineral de plata del Potosí. La industria agrícola, ganadera y minera, fué desarrollándose poco a poco.

La industria se hallaba adelantada en la Isla Española o Santo Domingo. Era natural que así fuese, dadas las relaciones con que la mencionada isla estuvo siempre con la metrópoli. En ella comenzaron los ingenios de azúcar, extendiéndose en seguida por Cuba y también por todo el continente. «De la isla de Santo Domingo--dice el P. Acosta--se trajeron en la flota que vino, 898 cajas y cajones de azúcar, que siendo de las que yo vi cargar en Puerto Rico, serán a mi parecer de ocho arrobas.» Para aumentar esta producción, publicóse Real provisión (13 enero 1529), concediendo a los ingenios el privilegio de no ser embargados por deudas.

La industria agrícola se hallaba más atrasada en Cuba que en Santo Domingo. Si el cultivo del tabaco proporcionaba cada vez más utilidades a los labradores, dando origen a poblaciones como Santiago de las Vegas y Santa María del Rosario (1733); si comenzaba a cultivarse la caña de azúcar y si la ganadería era muy importante, no puede negarse que el progreso agrícola no estaba en relación con la bondad del terruño ni con el clima de Cuba. Tampoco tenía importancia el comercio cubano, pues consistía en exportar cueros, tabaco y los demás productos del país. Contribuía a ello seguramente la poca población que había en la isla. Recordaremos que Felipe V, desde Madrid (16 julio 1712) se dirigía al concejo de la Villa de Sancti Spíritus diciéndole que el obispo Fr. Jerónimo de Valdés, le había representado la falta de población de la dicha isla y la conveniencia de poblar más el centro de ella, como también las ventajas de trasladar la iglesia de la ciudad de Cuba a Sancti Spíritus, centro de la isla, etc.[852].

[852] Arch. Hist. Nacional.--Cedulario índico, tomo XX, núm. 311, págs. 356 v.ª y siguientes.

La industria en la América Central antes de la conquista estaba adelantada. En Guatemala se hallaba casi en el mismo estado que en México y en Perú. Del mismo modo los indios de San Salvador mostraron su inteligencia en diferentes ramos de la industria. En Honduras, Nicaragua y Costa Rica los agricultores no desconocieron el cultivo de algunas y determinadas plantas. Mediante canales, como en los citados imperios, daban a sus tierras gran fertilidad. De la misma manera no desconocieron las riquezas del reino mineral. Recogían el oro en las arenas de los ríos y buscaban otros metales en las entrañas de la tierra. Ejercieron el comercio y en las principales ciudades había ferias con bastante frecuencia. Alfareros y tejedores diestros los hubo en Guatemala y en los demás pueblos.

En Guatemala, país lleno de montañas que se ensanchan hacia la cumbre con muchos ríos y lagos, con volcanes (Cerro Quemado, volcán de Fuego y montaña de Agua) se encontraban los cultivos de los países templados y cálidos. Allí se producía el maíz, los plátanos, los cereales, el algodón y las legumbres. La cochinilla fué uno de los principales productos; pero tiempo adelante se reemplazará, cuando se descubrieron los colores de la hulla, con el café, cacao y añil. Las maderas finas fueron siempre artículo muy productivo. Durante la dominación española, el cacao del occidente de Guatemala se reservaba para la corte de Madrid. Es de advertir que cuando se proclamó Guatemala independiente, eran casi nulos sus productos para la exportación.

Honduras es comarca muy montañosa, con ríos caudalosos, clima variado y abundantes aguas. El terreno es sumamente fértil y produce en los llanos tabaco, cacao, café, caña, añil, etc., y en los montes, donde abunda el pino, la vainilla, copaiba, ipecacuana, etc. Sin embargo, no es país agrícola: sus producciones se consumen allí mismo. El tabaco de Copán y de Santa Rosa es muy estimado desde hace tiempo. La madera de caoba tuvo siempre fama. En el subsuelo se encuentran minas de hierro, oro, plata, cobre, etc.

Nicaragua está atravesada por una doble cordillera, cuyas cimas tienen gran altura. Desde dicha altura se escalonan mesetas cada vez mayores hasta llegar a una llanura baja. Entre las dos cadenas existe larga depresión, donde se hallan los lagos de Managua y Nicaragua. Abundan los volcanes y entre los ríos el principal es el de San Juan. El clima es cálido y el suelo muy productivo. Dase en el terreno el plátano, caña de azúcar, café, cacao y añil; algodón, vainilla y caucho; trigo y maíz, maderas preciosas.

Salvador es sólo una zona estrecha, de forma cuadrilátera, que sigue la costa del Pacífico. «Pocas regiones--dice Reclus--hay en el mundo que puedan compararse al Salvador por la riqueza de la vegetación espontánea y lo productivo de los cultivos»[853]. Cerca de la capital se encuentra el volcán de su nombre. Sus productos son los mismos que los de la flora guatemalteca. El famoso bálsamo del Salvador se llamó en otro tiempo del Perú, porque en la época del régimen colonial se transportaba primeramente al Callao para mandarlo desde allí a España. Es rico el Salvador en plantas medicinales y en gomas.

[853] América Central, pág. 393. Tr.

Costa Rica, la comarca más meridional de la América Central, es país montuoso, atravesado por central cordillera, en la que estriban por cada lado altos montes. Se hallan muchos volcanes y en las serranías nacen varios ríos. El subsuelo es rico en oro, plata, cobre, plomo, mercurio, azufre y antracita; el suelo produce alguna cantidad de excelente café y plátanos. También produce caña de azúcar, tabaco, anís y zarzaparrilla, maíz, trigo, cebada, arroz y patatas. En madera se encuentran la caoba, haya, granadillo, roble negro y otras. Sin embargo, el país es pobre, y no sabemos porqué recibió la denominación de Costa Rica. En los comienzos del siglo XIX, la industria agrícola tuvo mucha importancia merced a las medidas que tomó el gobernador de la provincia D. Tomás de Acosta, sumamente popular y extraordinariamente querido por sus sentimientos y bondades, por el interés que mostró en el fomento de la agricultura, por la fábrica de obras públicas y por la construcción de caminos, puentes y acequias. Falleció en abril de 1821, y todavía recuerdan con cariño su nombre los costarriqueños, y los historiadores del país piden que se levante un monumento que recuerde sus preclaras virtudes. Si antes adelantaron poco las industrias se debió a la codicia de los extranjeros, pues no debe olvidarse que los ingleses de Jamaica hacían frecuentes incursiones por las costas del Norte, en las cuales desembarcaban, ora con la máscara de amigos, ora como piratas, ayudados a veces por los indios mosquitos, para saquear las granjas de los españoles y para devastar las aldeas de los indígenas.

Si en Chile, a la llegada de los españoles, cosechaban los aborígenes las papas, el maíz y el poroto, luego cultivaron el trigo y la vid. La ganadería, desde los comienzos de la colonia, adquirió bastante desarrollo: los cerdos, los ganados cabrío y lanar, los caballos y las gallinas, abundaban mucho. La minería se redujo a los lavaderos de Marga-Marga y de Quailacoya. La única industria fabril que se derivó de los productos agrícolas fué la harina, para cuyo objeto se establecieron poco a poco molinos. Las industrias manuales aumentaron pronto, especialmente los hornos de cocer pan, las fábricas de tejas e hilanderías. Del mismo modo se extendieron por todo el país los oficios manuales de carpinteros, herreros, zapateros, sastres y plateros. El comercio, sujeto--como ya se dijo en este mismo capítulo--a muchas trabas, adelantó muy poco. Tiempo adelante, esto es, en los últimos años del siglo XVI, se estimó más la industria, en particular la agrícola y minera. El cáñamo se cultivó con esmero, e igualmente los árboles frutales y las hortalizas. Las aves de corral merecieron especial cuidado. Las industrias de tejidos y curtidos existían en las ciudades y pueblos. Nada adelantó el movimiento mercantil, pues apenas merece citarse el comercio de importación y exportación. La vida social estaba reducida a estrechos límites, no había teatros ni circos, las corridas de toros se verificaban de tarde en tarde, y las riñas de gallos eran casi siempre privadas. Sólo cuando un Rey subía al trono o nacía un príncipe o contraía matrimonio un miembro de la familia real, entonces se celebraban corridas de toros, juegos de caña y sortija, funciones de iglesia y otras. La destrucción de la ciudad de Santiago por el terremoto de 1647, la larga guerra de Arauco y la inmoralidad administrativa contribuyeron a que el país no saliese antes de su atonía.

Desde 1700 se manifestó el adelanto en todos los ramos de la industria. La agricultura y ganadería adquirieron aumentos de consideración. Si el oro y la plata daban rendimientos escasos, en cambio la extracción del cobre constituyó excelente negocio. Se multiplicaron las herrerías e hilanderías, como también las carpinterías, joyerías, etcétera. Tomó mayor vuelo el comercio y se abrieron muchos caminos. Acerca del carácter de la vida, lo mismo familiar que pública, desarrolló extremada afición al lujo. Bien es verdad que contrastaba con la devoción religiosa de las mujeres y de los hombres, con los ejercicios espirituales, procesiones y misas. Introdújose la costumbre de colocar imágenes o bustos de santos encima de las puertas de las casas. Religiosas y religiosos pasaban casi todo el día en las iglesias. Abrieron nuevos conventos de monjas y de frailes. No importaba nada de esto para que la inmoralidad fuera en aumento, para que el vicio fuera mayor y para que se celebrasen frecuentemente alegres fiestas. Aumentaron los jugadores y borrachos; fueron frecuentes, lo mismo en hombres que en mujeres, los asesinatos por medio del puñal o el veneno.

Si en el último tercio del siglo XVIII adquirió la industria en Chile desarrollo considerable, aumentó en el XIX la producción de la agricultura, siendo sus principales productos el trigo, cebada, maíz, frejol, lenteja, papa y arbeja, los árboles frutales, el olivo y la vid, el cáñamo, etc. La ganadería bastaba para el consumo ordinario y permitía, además, la exportación. La pesquería, la explotación de maderas y la minería fueron en aumento. Adquirió desarrollo la industria fabril y manufacturera.

De la Capitanía general de Chile pasamos al virreinato de Nueva Granada o Colombia. Estimóse en Colombia la minería. De la agricultura se hará notar que el arroz introducido en Nueva Granada desde el año 1512, se propagó bastante, dándose con mucha abundancia en los terrenos bajos y húmedos. Allí se cosechaban los cereales, fríjoles, habas y uvas; allí crecían varias clases de frutales.

Del Ecuador recordaremos que en Quito comenzó la industria fabril, estableciéndose pequeñas fábricas de tejidos. En el mencionado Quito, el P. José Rixi, natural de Gante, sembró el primer trigo europeo cerca del convento de San Francisco. Cuéntase que los frailes recordaron por mucho tiempo el hecho, y aun en los comienzos del siglo XIX enseñaban con cierto orgullo la maceta, en la cual fueron llevadas desde España las semillas.

Los valerosos conquistadores de Venezuela y sus descendientes, ya terminadas las guerras, sólo se cuidaban de que los indios y negros esclavos trabajasen en las minas, en la agricultura y en la pesquería de perlas. Las industrias estaban limitadas a los tejidos de lana del Tocuyo, a los cordobanes de Carora, a las hamacas de Margarita y a la alfarería indígena. Acerca de las artes e industria se hallan noticias muy curiosas en la «Breve descripción y relación cierta de la muy leal ciudad de Nuestra Señora de la Concepción de Tocuyo de la provincia de Venezuela, etc.» Escribióla D. Juan de Salas, Subinspector de milicias y juez visitador de dicha ciudad el 30 de julio de 1766, para entregarla al Sr. D. José Solano, Gobernador y Capitán general de esta provincial[854]. Los caminos eran muy malos. Las comunicaciones se reducían a algunos barcos procedentes de la Isla Española y de tarde en tarde llegaba alguno de la metrópoli. Lo mismo en Venezuela que en los demás países de las Indias los impuestos eran enormes, siendo los principales los quintos reales, la alcabala, el almojarifazgo y la media annata. Consistía el primero en cobrar el quinto para el Rey del metal que se sacase de las minas y de las perlas que se sacasen de las pescaderías; el segundo era en un derecho de 2 por 100 en dinero de todo lo que se compraba y vendía; el tercero estaba reducido a un impuesto de entrada y salida sobre las mercaderías, así de España como de las Indias, y el cuarto consistía en la mitad de la renta del primer año de todos los oficios y cargos no eclesiásticos.

[854] Archivo general de navegación y pesca marítima.--Virreinato de Santa Fe, tomo III, b. 4.ª, documento 21.

Antes de referir los hechos de la Compañía Guipuzcoana de Caracas, daremos noticia de los asientos o contratos que celebró España, los cuales tienen carácter general. Dos asientos se celebraron en aquellos tiempos para el comercio de esclavos africanos: el primero, con la Compañía Real de la Guinea Francesa, durante la guerra de sucesión española (1701-1712), y el segundo, con la Compañía Inglesa del Mar del Sur, por treinta años, que comenzaron a contarse en el mismo que se firmó la paz de Utrech (1713) y terminó el 1743[855]. En virtud de los mencionados asientos, se concedió a la Compañía Francesa el derecho de introducir en las colonias españolas americanas 48.000 esclavos en once años, y a la Compañía Inglesa 144.000 en treinta años, debiendo pagar al rey de España 33-1/3 pesos por cada esclavo. Con la Compañía Inglesa se hubo de rescindir el contrato, a causa de la nueva guerra entre ambas naciones, teniendo España que indemnizar a la citada Compañía con 100.000 libras esterlinas[856].

[855] Cedulario índico, tomo XVII, núm. 200, págs. 165 y siguientes.

[856] Véase Dr. Vidal Morales, Hist. de Cuba, págs. 96 y 97.

No huelga decir en este lugar que durante todo el siglo XVI, la provincia de Venezuela no produjo ganancia alguna en su comercio. Ocupados los venezolanos en descubrir minas, apenas hacían caso de la agricultura. Tiempo adelante, cuando los holandeses se apoderaron de la isla de Curaçao (1634), donde establecieron considerable depósito de mercancías, se atrajeron las miradas de sus vecinos los venezolanos, los cuales pensaron entonces dedicarse muy especialmente al cultivo del cacao, que, con los cueros, hicieron objeto principal de su comercio. Los holandeses, pues, entregaban sus mercancías en cambio del cacao y de los cueros de los venezolanos.

Quiso entonces el comercio español competir con el de Holanda; pero no fué posible, «pues el sistema de la España para con sus colonias era tan extraño, que ninguna expedición mercantil podía hacerse a la América sin licencia del Rey, la que no se franqueaba sin trabajo ni sin gastos, y sólo con la condición de pagar derechos muy crecidos y de hacer de Sevilla el puerto de la salida y del retorno. Unas mercancías, ya caras por la mano de obra española, o por los beneficios de una segunda mano, si eran extranjeras, recargadas por otra parte con condiciones tan onerosas, no podían prometer utilidades sino a la locura y a la ignorancia, en un país donde los mismos efectos llegaban por medio del comercio holandés sin derechos, sin trabas, y directamente de las manufacturas europeas»[857]. Desde el citado año de 1634 fué poco activo el comercio de España con su colonia, y mayor, por el contrario, el de Holanda con aquellas posesiones americanas. En los primeros años del siglo XVIII las producciones de cacao en la provincia de Venezuela, eran, por término medio, de 65.000 fanegas cada año, exportándose únicamente, en el mismo tiempo, unas 31.400 para España y para otras posesiones de nuestra nación. Entonces, con objeto de cortar de raíz el comercio con los holandeses, el gobierno español persiguió el contrabando y arruinó a muchas familias; pero nada pudo conseguir, y casi puede afirmarse que el mal fué en aumento.

[857] Dr. Francisco de Pons, Cultivo y comercio de las provincias de Caracas, etc.--Manuscrito de la Biblioteca Nacional de Madrid, núm. 3.334.

Las cosas iban á variar por completo, pues la Corona celebró un contrato (25 septiembre 1728) con la Compañía Guipuzcoana de Caracas, la cual había formado tiempo atrás una escuadra mercante y de corso, bajo la advocación de San Ignacio de Loyola. La Compañía se comprometió a reprimir a su costa el contrabando que los extranjeros hacían con las provincias de Caracas, con tal de que se les permitiese abastecerlas y extraer sus frutos a la metrópoli. No puede negarse que las condiciones fueron beneficiosas a la Compañía, si bien se la obligó a que abasteciera, no sólo la provincia de Venezuela, sino también Cumaná, la Margarita y la Trinidad. Por Real decreto dado en el Palacio del Buen Retiro (20 junio 1738), se ve el gran interés de Felipe V por la Compañía; y esto no es de extrañar, porque «El y la Reina tienen en ella 200 acciones», consignando después que desea facilitar a la Compañía todo el fomento y alivios de que necesite para continuar la conservación de su comercio y asegurar el aumento de él, etcétera.[858] Tuvo su residencia en San Sebastián (Guipúzcoa), hasta que el marqués de la Ensenada comunicó a los Directores de la Compañía, que desde el 24 de mayo de 1750, la residencia de la dirección estaría en Madrid[859]. Con fecha 13 de junio de 1750, el marqués de Matallana dirigió un informe al marqués de la Ensenada acerca de la rebelión ocurrida en Caracas con motivo o con pretexto de los abusos de la Compañía de Guipúzcoa, siendo de opinión que se empleasen medios suaves[860]. No solamente Caracas, sino toda la provincia de Venezuela se hallaba por entonces en constante inquietud y recelosa, contribuyendo al malestar la conducta de la Compañía, no sin que hagamos observar respecto a otro orden de cosas los beneficios que hizo al país. «Mientras duró la Compañía--escribe el Sr. de Pons--la provincia de Venezuela vió salir de la nada los pueblos de Parraguire, Guatire, Calabozo, San Juan Bautista del Pao, Montalbán, Ospero, la sábana de Ocumare, todos los sitios desde Macarao hasta el río de Tuy, Volcano, San Pedro, las Lagunetas, las Mostazas y el Frayle»[861]. Añade más adelante que en el año 1763, se embarcaron de cacao.

[858] Arch. histórico nacional, Cedulario índico, tomo XXII, n.º 21, págs. 25-28.

[859] Cedulario índico, tomo XXII, núms. 35 y 36, pág. 38.

[860] Archivo de Indias.--Estado.--Caracas.--Legajo 13. (5).

[861] Cedulario índico, tomo XXII, núms. 35 y 36, pág. 128.

Fanegas. --------- Para España 50.319 Para Veracruz 16.864 Para Canarias 11.160 Para Santo Domingo, Puerto Rico y Cuba 2.316 El consumo total fué de 30.000 --------- Total 110.659[862]

[862] Ibidem, pág. 149.

La Compañía influyó para que prosperase el cultivo del cacao, algodón y de otros géneros, como también la industria de los cueros; pero el comercio que de aquellos géneros hicieron los habitantes de Venezuela con los contrabandistas holandeses, lo hacían a la sazón con los factores guipuzcoanos. La Compañía hizo construir en los puertos soberbios edificios, ya para alojar a sus factores, ya para colocar sus almacenes. Del mismo modo ella hizo los muelles de la Goayna y Puerto Cabello.

Contribuyó no poco, en los últimos años del reinado de Carlos III, a la decadencia de la Compañía Guipuzcoana de Caracas y del comercio en general, la guerra entre Inglaterra y España, guerra que fué consecuencia del Pacto de Familia. Al salir del puerto de Goayna nuestros barcos--como sucedió en el año 1780--eran apresados por los corsarios ingleses[863]. Por último, la Corona comenzó a cercenar el monopolio de que gozaba la Compañía, hasta el punto que quedó, en 1781, equiparada á las compañías particulares, y cuatro años después, esto es, en 1785, se refundió en la Compañía Real de Filipinas (Apéndice P).

[863] Archivo Histórico Nacional.--Cedulario índico, tomo XXXVIII, núm. 192. págs. 220 y 220 v.ª

Desde últimos del siglo XVIII aumentaron los cultivos en el país. Todos tienen noticia que en Venezuela, la provincia más poblada era la de Caracas, y de ella la parte más cultivada los valles de Aragua, que tienen unas 30 leguas cuadradas de superficie. Sus producciones principales eran el cacao, café y añil de Caracas, el tabaco de Barinas, los cueros y tasajos de los Llanos y las perlas de la isla Margarita. El algodón, planta indígena, se cultivaba en los citados valles de Aragua, en Maracaibo y en el golfo de Cariaco. La caña de azúcar, cuyo principal cultivo estaba en el mismo valle de Aragua y en el de Tuy, no logró mucha importancia. Por último, para el consumo de sus habitantes había, además, el plátano, el maíz, la yuca, el olivo, la viña, las hortalizas y los cereales; la miel era sumamente rica y las plantas medicinales abundaban mucho.

Por lo que al reino animal respecta, gozaba fama de excelente el ganado lanar y cabrío, siendo también bueno el vacuno, mular y caballar. No debemos olvidar que si los gobernadores de Venezuela, sucesores de Urpín, nada hicieron de particular durante dos tercios del siglo XVII y el primero del XVIII, desde 1732 a 1763 fomentaron la cría de ganados y la agricultura D. Carlos y D. Vicente de Sucre, D. Gregorio Espinosa de los Monteros, D. Diego Tabares Ahumada, D. Mateo Gual y Pueyo, D. Nicolás de Castro y D. José Diguja.

En las regiones del Plata, la principal riqueza del país consistió en la cría de ganados, y en las llanuras no colonizadas del Centro y del Oeste, abundaban de un modo extraordinario la ganadería salvaje, que era cazada por el argentino. Por cierto que entre ganaderos y labradores las quejas fueron frecuentes. El procurador del Cabildo de Buenos Aires pidió, en el año 1677, «que pe ponga remedio en el exceso de que en muchas chácaras... hay muchos ganados que hacen daño a las sementeras y que por esta causa muchos pobres no quieren sembrar.» Posteriormente, y a medida que avanzaba la colonización, la abundancia de tierras cultivables desvaneció el malestar entre labradores y ganaderos. No había fábricas. Los oficios se encontraban en lamentable estado, ejerciéndolos los indios, negros y alguno que otro español, porque no podía dedicarse á más elevadas tareas.

«Nuestra juventud debe ser educada en la vida industrial, y para ello ser instruida en las artes y ciencias auxiliares de la industria.

* * * * *

La industria es el único medio de encaminar la juventud al orden. Cuando Inglaterra ha visto arder la Europa en la guerra civil, no ha entregado su juventud al misticismo para salvarse; ha levantado un templo á la industria y le ha rendido un culto que ha obligado á los demagogos á avergonzarse de su locura.

La industria es el calmante por excelencia. Ella conduce por el bienestar y por la riqueza al orden, por el orden á la libertad; ejemplos de ello la Inglaterra y los Estados Unidos. La instrucción en América debe encaminar sus propósitos á la industria.

La industria es el gran medio de moralización.

* * * * *

La Inglaterra y los Estados Unidos han llegado á la moralidad religiosa por la industria; y la España no ha podido llegar á la industria y á la libertad por la simple devoción. La España no ha pecado nunca por impía; pero no le ha bastado eso para escapar de la pobreza, de la corrupción y del despotismo»[864].

[864] Alberdi, Organización política y económica de la Confederación Argentina, págs. 34 y 35. Besauton, 1856.

Durante el esplendor de las misiones en el Paraguay se desarrolló grandemente la industria. El historiador Robertson, aunque protestante y enemigo de los españoles, dice lo siguiente: «Hallaron á los habitantes de estas tierras casi en el mismo estado en que se hallan los hombres cuando empiezan á reunirse en sociedad: carecían de todo oficio; procurábanse una precaria subsistencia con el producto de su caza ó pesca, y apenas conocían los primeros rudimentos de subordinación y de política. Los jesuítas tomaron á su cargo la instrucción y civilización de aquellos salvajes. Les enseñaron á cultivar la tierra, á criar animales domésticos y á construir edificios. Les hicieron reunirse en aldeas, instruyéronlos en las artes y fabricación, hiciéronles probar los atractivos del trato y las ventajas que proporcionan la seguridad y el buen orden. Estos pueblos se convirtieron de esta suerte en vasallos de sus bienhechores, quienes les gobernaron con el amor y cuidado que un padre á sus hijos. Respetados, amados y casi idolatrados, unos cuantos jesuítas imperaban sobre millares de indios»[865].

[865] Historia del Emperador Carlos V, tomo III, lib. VI, págs. 178 y 179. Tr.

Consistía la riqueza del Brasil en esmeraldas halladas en el río Doce y entre los peñascos de la Serra do Mar, en minas de oro y de diamantes, en el palo brasil, en el cultivo de la caña de azúcar, etc.

En suma: por el estudio que acabamos de hacer respecto á la cultura literaria, artística é industrial de nuestras colonias, bien puede afirmarse que la dominación española no era tan egoísta y tiránica como han dicho y repiten todavía no pocos escritores. Más pudo y debió hacerse; pero no es exacto que la metrópoli sólo pensaba en el oro y la plata que, abundantes, sacaba de las minas.

APÉNDICES

A

BREVE Y SUMARIA RELACIÓN DE LOS SEÑORES, Y MANERAS Y DIFERENCIAS QUE HABÍA DE ELLOS EN LA NUEVA ESPAÑA, Y DE LA FORMA QUE HAN TENIDO Y TIENEN EN LOS TRIBUTOS: por el doctor Alonso de Zorita (sin fecha)[866].

[866] Colec. de doc. inéditos relativos á América y Oceanía, tomo II, págs. 1 á 126.

Entre estos naturales--dice--había y hay, donde no los han deshecho, tres señores supremos en cada provincia, y en algunas cuatro, como en Tlaxcala y en Tepeaca; y cada uno de estos señores tenía su señorío y jurisdicción conocida y apartada de los otros. Había otros señores inferiores ó caciques. En México y en su provincia había tres señores principales: el de México, el de Tezcuco y el de Tlacopan ó Tacuba. En asuntos de guerra los señores de Tezcuco y Tacuba obedecían al de México; pero en lo demás eran iguales. Aunque en la sucesión de dichos señoríos supremos eran diferentes los usos y costumbres, la más común era por sangre y línea recta, de padres á hijos. No sucedían las hijas, sino el hijo mayor, habido en la mujer más principal de todas las que tuviera el señor, debiéndose notar que se consideraba principal si era una de las señoras de México. Si el hijo mayor, por enfermedad o por otra causa, no podía gobernar, el padre señalaba otro. Si sólo tenía hijas y alguna de ellas tenía hijos, el señor nombraba á un nieto. Los nietos de los hijos eran preferidos á los de las nietas, debiendo siempre entenderse que la madre del heredero fuera mujer principal. Si el señor no tenía hijos ó nietos, era elegido por elección uno de sus hermanos; y si tampoco tenía hermanos, recaía la elección en un señor principal. Cuando faltaba sucesor al señor de México, el elegido por los señores principales era confirmado por los señores supremos de Tezcuco y Tacuba; cuando faltaba sucesor á los señores supremos de Tezcuco ó Tacuba, los señores principales elegían su correspondiente sucesor, que era confirmado por el de México. En algunas partes, en México, por ejemplo, sucedían los hermanos aunque hubiese hijos; mas, acabados los hermanos, tornaba la sucesión por el orden dicho á los hijos del señor. Moctezuma sucedió á dos hermanos suyos que reinaron antes que él. Para la sucesión y para la elección se tenía en cuenta el valor y, en general, las buenas cualidades del elegido.

El elegido era llevado al templo, lo subían por las gradas cogido del brazo dos indios principales y lo cubrían con dos mantas de algodón, una azul y otra negra, en las cuales estaban pintados muchas cabezas y huesos de muertos, para que se acordase que se había de morir como los demás. Últimamente, el ministro le dirigía la siguiente plática: «Señor mío; mirad cómo os han honrado vuestros vasallos, y pues ya sois señor confirmado, habéis de tener mucho cuidado de ellos, y mirarlos como á hijos; y mirad que no sean agraviados, ni los menores maltratados de los mayores. Ya veis cómo los señores de vuestra tierra, vuestros vasallos todos, están aquí con sus gentes, cuyo padre y madre sois vos, y como tal los habéis de amparar y defender y tener en justicia, porque los ojos de todos están puestos en vos, y vos sois el que los habéis de regir y dar orden. Habéis de tener gran cuidado de las cosas de la guerra, y habéis de velar y procurar de castigar los delincuentes, así señores como los demás, y corregir y enmendar los inobedientes. Habéis de tener muy especial cuidado del servicio de Dios y de su templo, el que no haya falta de todo lo necesario para los sacrificios, porque de esta manera todas vuestras cosas tendrán buen suceso y Dios tendrá cuidado de vos.»

Acabada la plática, el señor otorgaba todo aquello y daba las gracias. Todavía se celebraban otras fiestas antes que el señor supremo comenzaba á desempeñar su cargo.

La segunda clase de señores se denominaban tec-tecutcin y eran nombrados por los señores supremos, sólo de por vida, en premio de sus hazañas en la guerra ó en servicio de la república. Dábales el señor supremo sueldo y ración.

La tercera clase de señores tenían el nombre de calpulles (tribu entre los israelitas), y la cuarta de pipiltzin, principales (los que en Castilla llamamos caballeros).

Acerca de la administración de justicia en México, en Tezcuco y en Tacuba había jueces a manera de Audiencia que aplicaban rectamente las leyes. Percibían el salario que les asignaba el señor. «Dicen los religiosos, antiguos en aquella tierra, que después que los naturales están en la sujeción de los españoles, y se perdió la buena manera de gobierno que entre ellos había, comenzó a no haber orden ni concierto y se perdió la justicia y policía y execución de ella, que entre ellos había, y se han frecuentado mucho los pleitos y los divorcios, y anda todo confuso.»[867] Riñendo un español con un indio, como el primero le llamase ladrón, embustero y otras palabras injuriosas, contestó el segundo: «de vosotros he aprendido todas esas cosas.»

[867] Página 45.

Dichos jueces se colocaban al amanecer en sus estrados de esteras, donde permanecían hasta dos horas antes de ponerse el sol; oían los pleitos y daban las sentencias. Las apelaciones iban ante otros doce jueces, los cuales sentenciaban con parecer del señor. Lo más que duraba el pleito era ochenta días. No hacían distinción los jueces entre ricos y pobres, grandes y pequeños: «y porque un juez favoreció en un pleito a un principal contra un plebeyo, y la relación que hizo al señor de Tezcuco no fué verdadera, lo mandó ahorcar y que se tornase a ver el pleito, y así se hizo, y se sentenció por el plebeyo.»[868]

[868] Página 47.

En las provincias y pueblos había jueces ordinarios, que tenían jurisdicción limitada para sentenciar pleitos de poca calidad y para prender a los delincuentes. Cada cuatro meses (el mes era de veinte días) acudían a una junta ante el señor--junta que duraba de diez a doce días--donde se terminaban los pleitos importantes y los asuntos criminales, como también se trataban y resolvían otros asuntos de la república, adquiriendo dichas juntas el carácter de cortes.

Existían cárceles públicas para los delincuentes.

Celebrábanse los matrimonios conforme disponían sus leyes. Los solteros podían tener mancebas: un soltero se dirigía al padre de una joven y la pedía sólo para haber hijos. Cuando tenían el primer hijo, los padres de la joven requerían al mancebo para que la tomase por mujer o la dejara libre.

Las casas de los señores eran grandes y tenían jardines y huertas.

Ricos y pobres, grandes y pequeños criaban, educaban y enseñaban con todo esmero a sus hijos. Dignos son de encomio los consejos que daban los padres a sus hijos.

En carta que Hernán Cortés escribió al Emperador le decía que Tlaxcala era más grande, fuerte y de tan buenos edificios como Granada; que se hallaba abastecida de pan, aves, caza, pescado y legumbres; que había joyerías de oro y de plata, de piedras preciosas, de loza, etc.; que abundaban las tiendas de vestidos y calzado. Por lo que respeta a México también son de Cortés las siguientes palabras: «Tiene esta ciudad muchas plazas, donde hay continuo mercado, y trato de comprar y vender. Tiene otra plaza, dos veces más grande que la de la ciudad de Salamanca, toda cercada de portales, donde hay continuamente más de sesenta almas comprando y vendiendo, donde hay todo género de mercadurías que en toda la tierra se hallan, así de mantenimiento como de vitualla, joyas de oro y de plata, de plomo, de latón, de cobre, de estaño, de piedras, de huesos, de conchas, de caracoles y de plumas. Véndese sal y piedras labradas y por labrar, adobes, ladrillos, madera labrada y sin labrar, de diversas maneras. Hay calle de caza, donde venden todos los linajes de aves que hay en la tierra: gallinas, perdices, codornices y abantos, garcetes, tórtolas, palomas, pajaritos en cañuelas, papagayos, buharros, águilas, alcones, gavilanes, cernícalos y de algunas aves de rapiña; venden los cueros con su pluma y cabeza y pico y uñas; venden conejos, liebres, venados y perros pequeños, que crían para comer, castrados. Hay calle de herbolarios, donde hay todas las raíces y hierbas medicinales que en la tierra se hallan, y casas como de boticarios, donde se venden las medicinas hechas, así potables como ungüentos y emplastos. Hay casas donde dan de comer. Hay hombres, como los que se llaman en Castilla ganapanes, para traer cargas. Hay mucha leña, carbón, braseros de barro, y esteras de muchas maneras para camas y otras más delgadas para asiento, para esterar salas y recámaras. Y todas las maneras de verduras que se hallan, especialmente cebollas, ajos, puerros, mastuerzo, berros, borrajas, acederas, tagarninas, cardos. Hay frutas de muchas maneras, como ciruelas, cerezas, que son semejantes a las de España. Venden miel de abejas y cera, y miel de cañas de maiz, que son tan melosas y dulces como las de azúcar, y miel de unas plantas que en las islas llaman magüey, que es muy mejor que arrope; y de estas plantas hacen azúcar y vino y lo venden. Muchas maneras de hilado de algodón, de todos colores, en sus madejitas, que parecen propiamente a las del Alcaicería de Granada en las sedas, aunque este otro con mucha más cantidad. Venden colores para pintores cuantos se pueden hallar en España, y de tan excelentes matices, cuanto pueden ser. Venden cueros de venado, y son con pelos y sin ellos, muy blancos y teñidos de diversos colores. Venden mucha loza, en gran manera buena: tinajas grandes y pequeñas, jarros, ollas y otras infinitas maneras de vasijas, todas de singular barro y las más vidriadas y pintadas. Venden mucho maíz en grano y en pan, que hace mucha ventaja, así en grandor como en sabor a lo de las islas y Tierra Firme. Venden pasteles de aves y empanadas de pescado. Venden mucho pescado, fresco y salado, crudo y guisado. Venden huevos de gallina y de ánsares, y de todas las otras aves que he dicho en gran cantidad; venden tortillas de huevos hechas. Finalmente, que en estos mercados se venden todas cuantas cosas se hallan en la tierra, que son tantas y de tantas calidades, que, por la prolixidad y por me ocurrir a la memoria y por no saber los nombres, no las digo»[869].

[869] Págs. 68-70.

Añade que en dicha plaza se halla una buena casa, especie de Audiencia, donde diez o doce jueces libran todos los casos y cosas que en el mercado acaecen.

Levántanse muchos templos en la ciudad, donde adoran a sus ídolos; residen continuamente en ellos los religiosos, todos vestidos de negro; nunca cortan ni peinan el cabello. Los templos tienen sus torres; en el principal se halla una que es más alta que la de la iglesia mayor de Sevilla.

Pagaban tributos en México los tec-calli, que eran gentes dependientes de los señores llamados tec-tecutcin; los calpulles o chinancalli, que eran labradores de tierras propias; los mercaderes, y los tlalmaites o mayegües, labradores que cultivaban tierras ajenas. No pagaban tributos los teutles ni los pilles, servidores del señor supremo, ni las viudas, ni los hijos solteros, ni los mendicantes, ni los impedidos para trabajar, ni los que se ocupaban en el culto de los ídolos. Pagaban los labradores los tributos en maíz, frígoles, algodón, etc.; los mercaderes en lo que trataban (joyas, ropas, plumas, etc.). Se ignora lo que valdrían los tributos, pero puede asegurarse que era poco.

B

COSTA RICA DESDE MEDIADOS DEL SIGLO XVI HASTA COMIENZOS DEL XIX[870].

[870] Col. de doc. inéditos, etc., tomo XI.

Acerca de Costa Rica diremos que después que Felipe Gutiérrez murió en una expedición contra los indios, el licenciado Juan Cavallón afirmó en Costa Rica la dominación española. Nombrado Cavallón gobernador en el año 1561, se asoció para la conquista con Juan de Estrada Rávago, clérigo de Guatemala. En tanto que Estrada atravesaba el lago de Nicaragua con dos bergantines y cerca de 300 hombres, bajaba por el desaguadero, y siguiendo la costa del Atlántico, fundaba la villa del Castillo de Austria, el licenciado Cavallón salía de Granada con dirección á Nicoya, con 90 españoles, echaba los cimientos de la villa de los Reyes en el valle de Landecho y apresaba á los caciques Coyoche y Quizarco. Sucedióle, en el año 1562, Juan Vázquez Coronado, que sostuvo no pocas luchas con los indios, y atravesó la sierra, llegando á la provincia de Ara, que se le sometió. Luego descubrió minas de oro junto á los ríos Changuinola y Tilorio, sujetando las provincias de Muño, Tariaca, Buca, Auyaque y Pococi. Llegaron á la sazón á Costa Rica Fray Lorenzo de Bienvenida y algunos religiosos más destinados á la conversión de los indios. No carece de importancia la Provanza hecha en virtud de Real Cédula, sobre si es cierto que Juan Vázquez de Coronado entró y pobló la provincia de Costa Rica y Nueva Cartago.--Fechada en Santiago de Guatemala á 18 de agosto, año de 1564.

Tanto renombre alcanzó el citado Vázquez de Coronado, que algunos cronistas llegan á llamarle descubridor de Costa Rica. Lo cierto es que el Rey le nombró gobernador de la tierra por los días de su vida, según Real Carta dada en Aranjuez el 8 de abril de 1565[871]. Como Vázquez de Coronado había dicho en sus informaciones que, según sus cálculos, había 4.000 indios desde Quepo hasta Turucaca, con 1.600 hombres de guerra sólo en Coto, 20.000 indios en el interior de Costa Rica, y unos 40.000 en las costas del Atlántico, Juan Dávila, compañero de Vázquez en sus viajes, censuró tales exageraciones en carta dirigida al Rey el año 1566. Afirmaba Dávila que «había en Garabito hasta 500 indios, y los indios de Garabito, con los tices y botos, eran 500 á 600.» «En toda la provincia que llaman de Costa Rica habrá en toda ella 5.000 indios, y aguas vertientes á la mar del Norte, en todo lo que Juan Vázquez anduvo, no hay pasados de 2.000.» En aquel tiempo cada casa ó palenque tenía su cacique. «Una parentela de padres é hijos y nietos llamaban un pueblo y también provincia, según son los parientes pocos ó muchos»[872]. Continuó la colonización y fundó la ciudad del Nombre de Jesús el gobernador Perafán de Rivera, retirándose pronto del país porque no encontró las riquezas que buscaba. El repartimiento que hizo Perafán en enero de 1569 se hallaba fundado en los anteriores cálculos, bastante exagerados, acerca del número de indios. Dice que la población de Costa Rica era de 17.479. En el año 1573 una peste general hizo grandes estragos en el país. Por entonces (1575) comenzaron los frailes franciscanos á reunir los indios en los pueblos de Barba, Pacaca, Aserrí, Curridabat, Cot, Quircot, Tobosi, Ujarrás, Tucurrique y Turrialba.

[871] Págs. 124-128.

[872] Revista de Costa Rica en el siglo XIX. Tipografía Nacional, San José de Costa Rica, MCMII páginas 14 y 15.

El gobernador Diego de Artieda, sucesor de Perafán, echó los cimientos de una población, á la que dió su nombre; con fecha 1.º de abril de 1581 hubo de informar que los franciscanos habían bautizado desde 1577 á 1581 cerca de 7.000 indios, número que creemos bastante exagerado.

Dos años después, esto es, en 1583, Artieda formó el siguiente cuadro estadístico de los siguientes pueblos del interior:

En Garabito 500 indios. " Aserrí 250 " " Cot 80 " " Ujarrás 200 " " Pacaca 80 " " Chomes 16 "

El gobernador Juan de Ocón y Trillo, mandó fundar (1605), la ciudad de Santiago de Talamanca y castigó a los indios quequexques y moyaguas. Juan de Mendoza y Medrano ordenó hacer una información (1615) acerca de Costa Rica y de su antigua capital Cartago, resultando que había bastante pobreza, y a ella debió contribuir la peste que ocasionó muchas víctimas en el valle de Reventazón, en Tuis, Atirro, Tucurrique, Cachí, Orosí, Turrialba y Ujarrás.

Entre otros gobernadores citaremos los siguientes: Alonso del Castillo y Guzmán (1618-1622), quien sacó 400 indios de Talamanca, muriendo una tercera parte a la llegada a Cartago y los demás fueron repartidos entre las familias españolas. En el año 1620 manifestó Diego de Mercado que los indios votos eran unos 1.000. El gobernador Juan de Echaúz (1624-1628), fué muy querido de los naturales de Costa Rica. En su tiempo una Real cédula (1626) fijó el número de españoles en 200, y se contaron (1627) indios tributarios los siguientes:

En Parragua (siquirres) 22 " Orosí 7 " Atirro 10 " Pacaca 70 á 80 " Quepo 100 " Tucurrique 16 á 18 " Chomes 3

García Ramiro Coraje sacó (1628) algunos indios votos; Hernando de Sibaja trajo de los votos (1638) 56 indios güetares huidos de las encomiendas de Aserrí, Barba y Garabito; el capitán Gerónimo de Retes encontró (1640) unos 190 indios votos cerca de la confluencia del río San Carlos con el San Juan, hallándose entre ellos 60 varones; Diego de Zúñiga sacó después 90 indios votos que se establecieren en Atirro.

Celidón de Morales calculó, en el año 1644, la población española de Costa Rica en 200 hombres y los indios tributarios del interior en menos de 1.000; Juan Fernández de Salinas (1650-1655) calculó en 1651 unos 800 indios tributarios en el interior y no pudo remediar la pobreza cada vez mayor del país; Andrés de Arbieta, gobernador de Nicaragua, informó (1655) al Rey que había únicamente 620 indios tributarios en Costa Rica, y de ellos 100 de la Real Corona, añadiendo que existían pueblos de 30, de 6 y hasta 3 indios. Andrés Arias Maldonado y Velasco en Talamanca sacó (1659) algunos indios ateos del río Caen, afluente del Estrella, y el hijo del citado gobernador llamado Rodrigo Arias de Maldonado, entró en Talamanca el 1662 y 1663, sometiendo al cacique Cabsi con 1.200 indios. Desde entonces huyeron muchos indios de Talamanca al otro lado de la cordillera, los cuales fijaron su residencia en las llanuras que a la sazón llamamos del General. López de la Flor (1663-1673) no pudo contener las invasiones de los corsarios de Jamaica, y Juan Francisco Sáenz Vázquez declaró (1676) en una carta al Rey que en Caratgo había 600 indivíduos entre españoles, mestizos y mulatos, y en Esparza 100; también hacía notar que existían 22 pueblos de indios con sólo 500 personas.

Entre otros sucesos, haremos notar que los piratas ingleses en 1685 saquearon Esparza, repitieron el mismo hecho en 1686 e invadieron Nicoya en 1687, cometiendo todo género de desmanes. Por lo que respecta al número de habitantes, se contaron (1689) unos 297 y ocho familias de españoles en Bagaces, y en 1697 existían en el interior de Costa Rica 224 familias de indios. Según los libros parroquiales y otros documentos, la población de Costa Rica el 1.º de enero de 1700, llegó a tener entre españoles, indios, mestizos, negros, mulatos y zambos, 19.293 habitantes. Diezmaron la población las guerras civiles entre las tribus, la venta de indios como esclavos, las enfermedades y las pestes. Entre las enfermedades eran las principales las del pecho y las viruelas, causando muchas muertes la peste de 1614, la de 1654 y otras.

El Ilmo. Sr. José Antonio de la Huerta Caso, en virtud de Real orden del 10 de noviembre de 1776, mandó hacer un censo, basado en los padrones parroquiales. El bachiller D. Domingo Juarros, en su Compendio de la Historia de Guatemala, publicado en el año 1809, dice lo siguiente: «La ciudad de Cartago, su anexo Pueblo Nuevo, uno y otro 8.825 feligreses. Villa Nueva de San José, 8.316. Su anexo Escazú... Villa de Ujarrás, 714. Villa Vieja, 6.657. Su anexo Atajuela o Villa Hermosa, 3.890. La ciudad de Esparza... Sus anexos Bagaces y las Cañas... Barba, 988. La doctrina de Cot, 215. Quircot, 130. Tobosi, 122. Curridabat, 260, y Aserrí, 390. Orosí, Atirro y Tucurrique... Boruca... San Francisco de Térraba y Guadalupe... Nicoya... Su anexo Guanacoste, 886»[873].

[873] Ob. cit., págs. 15 y siguientes.

El gobernador D. Tomás Acosta comunicó a las Cortes el 19 de abril de 1809 que Costa Rica tenía 50 a 60.000 habitantes. D. Juan de Dios Ayala, sucesor de Acosta, manifestó a la Audiencia de Guatemala con fecha 5 de marzo de 1813, que no siendo posible elegir un Diputado á Cortes porque la provincia no llegaba a 60.000 habitantes, propuso que se uniese a parte de la de Nicaragua. El mismo Ayala, en su informe del 13 de noviembre de 1818, afirmó que la población era de 50 a 60.000 almas. Después (29 enero 1875) se dispuso que los pueblos de Nicoya y Santa Cruz debían considerarse agregados interinamente a Costa Rica.

«La Madre Patria, la hidalga y heróica España»[874], aunque tarde, tomó acertadas medidas para el bien y progreso de los países americanos. «Costa Rica, la olvidada y paupérrima Provincia, como gráficamente la llamaban los distinguidos y beneméritos gobernadores españoles D. Tomás de Acosta y D. Juan de Dios de Ayala, recabaron auxilios, apoyo y mejoras para ésta que tuvieron como su verdadera patria, gobernándola seria y morigeradamente, debió a estos dos hombres benéficos, a principios de este siglo, gran suma de tranquilidad y bienestar. Ambos murieron en Cartago, colmados de bendiciones y llorados por el buen pueblo costarricense, que tuvo en ellos, más que gobernantes, padres y protectores. El primero, ciego y retirado del servicio con el honorífico grado de brigadier de los Reales Ejércitos, vivió hasta cerca de los días de nuestra Independencia; y el segundo falleció poco tiempo antes, o sea a principios del año 1819. Mentores y moderadores de estos pueblos, no hay que extrañar que tanto contribuyesen a mantenerlos tranquilos en medio de las borrascas de época tan agitada»[875].

[874] Ibidem, pág. 55.

[875] Ibidem, pág. 56.

C

DESCRIPCIÓN DE LA ISLA DE PUERTO RICO HECHA EL 1.º DE ENERO DE 1582, CONFORME A UNA INSTRUCCIÓN Y MEMORIA DE S. M.[876].

[876] Colec. de documentos inéditos relativos al descubrimiento, etc., tomo XXI, págs. 240 y 285.

1.º Puerto Rico es la mejor población de la isla. Los indios llamaban a la isla Bosiguen y los españoles la denominaron Puerto Rico, a causa de la riqueza del país según unos, y según otros porque el puerto era muy bueno.

2.º El descubridor y conquistador de la isla fué Juan Ponce de León, natural de San Terbás del Campo.

3.º El clima es muy bueno.

4.º La superficie de la isla es muy áspera y montuosa, habiendo muchos ríos y arroyos. Carece de pastos para los ganados, abundando en cambio los árboles llamados Guayabo, que dan una fruta como manzanas, alimento de las vacas, puercos y aves.

5.º Cuando se ganó la isla había unos 1.000 indios y 500 indias; pero a la sazón eran muy pocos.

6.º La altura y elevación del pueblo de Puerto Rico se conoce por el eclipse que estudió Juan Ponce de León por mandado de Juan de Céspedes, gobernador de la isla.

7.º La villa denominada Nueva Salamanca o San Germán el Nuevo, fué fundada por el gobernador Francisco de Solís con los restos de la población Guadanylla, que estaba al Sur de la isla, quemada por indios caribes y robada por los franceses. También Salamanca ha sido robada por los franceses.

8.º Nada.

9.º La ciudad de Puerto Rico, cabeza de la isla, la fundó Juan Ponce de León en el año 21 y de su nombre la llamó San Juan. Despoblada la población llamada Parra, a causa de las malas aguas, se trasladó a tierra más saludable y distante legua y media; la nueva población fué San Juan.

10. El sitio de la ciudad de Puerto Rico es llano, levantándose en el sitio más elevado un convento de frailes dominicos.

11., 12. y 13. Nada.

14. Los indios de Puerto Rico, gente mansa, peleaban, los de la costa de la mar con flechas y arcos, y los de tierra adentro con palos a modo de bastones; temían a los indios de la parte de Levante que eran caribes o antropófagos.

15. En cada valle había un cacique, y bajo sus órdenes estaban otros capitanes (dibaynos); los españoles sacaron a los indios de sus respectivos pueblos para llevarlos a las minas, siendo ello la causa del acabamiento de la raza.

16. En la isla no hay pueblo alguno de indios; los españoles tienen la ciudad de San Juan de Puerto Rico y la villa de la Nueva Salamanca; esta población está en una sierra y el agua se halla lejos.

17. Las enfermedades más peligrosas en la isla son los pasmos, y se curan bebiendo el zumo de la yerba que llaman tabaco o aplicando fuego a la nuca o abajo de los riñones.

18. A la parte Sueste de la ciudad de San Juan hay una sierra que llaman de Loquillo, distante 10 leguas, cuyo nombre dieron los españoles porque en ella se cobijó un cacique que por espacio de algún tiempo tuvo en jaque a los cristianos; otra parte de la sierra se denominaba de Furudi, que quiere decir cosa llena de nublados, y hay una tercera que tenía el nombre de Espíritu Santo.

19. A una media legua de San Juan se encuentra el río Bayamón, por el cual suben barcos para el servicio de la ciudad, y en sus riberas hay haciendas de conucos, donde se hace el cazabe, que es el pan de esta tierra, y maíz, y donde se crían muchos plátanos. Otro río que se llama Toa está legua y media distante de la ciudad de San Juan y nace a 14 leguas en la sierra de Guabate; en la ribera del río se halla un árbol llamado leyba en lengua de indios, que en su tronco quiso un carpintero, de nombre Pantaleón, hacer una capilla y en ella un altar donde se dijera misa. Otro río que dicen Cebuco, al Oeste de la isla, es pequeño; en sus riberas se cría mucho ganado vacuno y porcuno. Considérase el río Guayanes casi tan grande como el Toa, y en sus riberas hubo muchas haciendas; también mencionaremos los ríos Arrecibo, Camuy, Guataca, Culibrina, Guaurabo, Guaynabo, Guadianylla, Triaboa, Xacagua, Cuamo, Albeyno, Guayama, Unabo, Guayamy, Jumacao, Pedagua, Fajardo, Río Grande y otros.

20 y 21. Nada.

22. Entre los árboles silvestres se halla el maga, de cuya madera hacían mesas, camas y otras obras de carpintería; del capa, árbol parecido a la encina, se servían para hacer navíos, casas, etc.; del ucar fabricaban prensas, cureñas etcétera, y del añón comían la fruta. Considerábanse como medicinales los árboles guayacán y palo-sano.

23. En la isla se crían granados, higueras, parras, naranjos, cidras, toronjas limoneros y limeras, etc.

24. Nada.

25. Las semillas de coles, lechugas, rábanos, nabos, etc., procedentes de España, fructifican en la isla.

26. En Puerto Rico abundan los vegetales medicinales: las hojas del arbolito que se llama higuillo pintado tiene la propiedad de curar las heridas, como también sucede lo mismo con el árbol del bálsamo y con el denominado Santa María; del manzanillo se cuenta que los que se echan a su sombra se levantan hinchados, y de la yerba conocida con el nombre de quivey se dice que es venenosa, muriendo en seguida el animal que la come.

27. Abundan los puercos montesinos, procedentes de los que se trajeron de España, y también las gallinas de Guinea, que trajo el año 49 Diego Lorenzo, canónigo de Cabo Verde.

28. En toda la isla se encuentran nacimientos de oro, de plata y de otros metales, que no se explotan, a causa «de acabarse los indios y de encarecerse los negros.»

29. Nada.

30. Las salinas principales se hallan en Cabo Rojo y en Guanica.

31. Muchas de las casas de la ciudad de Puerto Rico son de tapiería (mezcla de barro colorado arenisco, cal y tosca de piedra) y ladrillo, cubiertas de teja y algunas con azotea; no pocas casas se hacen con maderos clavados en el suelo y con tablas de palmera, cubiertas con teja.

32. Sobre la mar, puerto y barra de la ciudad de Puerto Rico está la fortaleza con una plataforma en donde se colocan doce piezas de artillería. A la entrada del puerto, en un fuerte que llaman el Morro, hay colocadas seis piezas medianas de bronce. El puerto sería fuerte e inexpugnable, si se colocasen dos pedreros y dos culebrinas gruesas, pues la fortaleza tiene buenos aposentos, salas, dos algibes de agua, etc.

33. Los tratos, contrataciones y grangerías de que viven los españoles de la Isla consiste en fábricas de cueros de los ganados vacunos, en ingenios de azúcar que hay once en la Isla, en cazabe, algo de maíz y jengibre. En los once ingenios se hacen anualmente quince mil arrobas de azúcar, y no se hace más por el escaso número que hay de negros.

34. El obispado reside en la ciudad de Puerto Rico y su metropolitano es el arzobispado de la Isla Española.

35. En la ciudad de Puerto Rico hay Iglesia Catedral que a la vez es parroquial y tiene las siguientes dignidades: Deán, Chantre, cuatro canónigos, dos racioneros, un cura y varios capellanes; en la ciudad de la Nueva Salamanca existe Iglesia parroquial.

36. También hay en Puerto Rico un convento de frailes dominicos; la Capilla Mayor fué fundada por García Troche, alcalde y contador de S. M. en la Isla, padre de Juan Ponce de León; otra Capilla la fundó Juan Guilarte de Salazar y doña Luisa de Vargas, su cuñada.

37. Existe en la ciudad de Puerto Rico un hospital de la Concepción de Nuestra Señora, fundado por Pedro de Herrera el año 24; tiene de renta unos 3.000 pesos. Existe otro hospital que llaman de San Ildefonso, fundado por D. Alonso Manzo, primer obispo de la Isla, Inquisidor general de las Indias y electo arzobispo de Granada.

38. La banda del Norte de la Isla no tiene puerto para las naves, pues la costa es brava, con muchos bajos y arrecifes; la banda del Sur tiene muchos y buenos puertos.

39. Nada.

40. Las mareas en la Isla son pequeñas; las mayores se verifican en las conjunciones y oposiciones de la luna, cuando la luna sale o se pone; la de la noche es mayor que la del día.

41. En la costa del Norte de la Isla, viniendo de la cabeza de ella hacia el Oeste, se encuentra la punta de Cangrejos; luego, corriendo de Norte Sur hasta el Cabo Rojo está la baya de San Germán, donde antiguamente estuvo e pueblo así llamado, y después se hallan muy grandes bajos. Desde el puerto de Vargas al de San Germán, por entre arrecifes y la tierra de la Isla, pueden ir navíos pequeños, habiendo también otras ensenadas que llaman puerto Trances y puerto de Pinar. Desde el Cabo Rojo, por la banda del Sur de la Isla, yendo al Este, está el puerto de Guanica, el mayor que hay en todas las Indias; antiguamente estuvo allí el primer pueblo, que se despobló, porque los indios se alzaron y mataron a D. Cristóbal Sotomayor (hijo de la condesa de la Mina y secretario del Rey Católico) que era teniente de Juan Ponce de León, el Adelantado; no se tornó a reedificar por los muchos mosquitos que había en el país. Dos leguas por la costa hacia el Este se halla el puerto de Guadanilla, donde estuvo el pueblo así llamado y que quemaron los caribes; y cinco leguas más arriba el puerto de Mosquitas, al abrigo de la Isla de Antías. Tomó dicho nombre la isla de unos animalejos parecidos a conejos que se llaman antías, y tienen la cola como ratón, aunque más corta. Más adelante y a unas dos leguas y media hacia Este se encuentra el puerto de Cuamo, en el cual se han hallado gran cantidad de ostras de perlas, si bien ninguna viva ni perlas. Siguiendo la dicha costa se toca con el puerto de Aleey, puerto bueno, pero no cerrado; luego aparecen muchas isletas, llamadas las bocas de los infiernos, donde se ven puertos sumamente abrigados. Aparece después el gran puerto de Guamany, en seguida bayas y surgidores buenos, inmediatamente el puerto de Guayama y dos leguas y media más adelante el puerto de Maunabo. Otras dos leguas y media más adelante está el puerto de Jubucoa y desde dicho puerto a la cabeza de San Juan habrá cuatro leguas.

Fírmalo el Bachiller Santa Clara.

Tiempo adelante aprobó S. M. el bando publicado por el gobernador de Puerto Rico, imponiendo pena de la vida a los que extrajesen ganado vacuno y de cerda para las colonias extranjeras (16 de enero de 1777).[877]

[877] Arch. hist. nacional.--Cedulario índico de Ayala, letra B, Documento 3.

D

ESCRITURA DE COMPAÑÍA ENTRE PIZARRO, ALMAGRO Y LUQUE[878].

[878] Libro primero de Cabildos de Lima, Parte tercera, págs. 131-134-1888.

En el nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero; y de la Santísima Virgen Nuestra Señora, hacemos esta compañía.

Sepan cuantos esta carta de Compañía vieren, como yo Don Fernando de Luque, clérigo presbítero, vicario de la Santa Iglesia de Panamá, de la una parte, y de la otra el capitán Francisco Pizarro y Diego de Almagro, vecinos que somos en esta ciudad de Panamá, decimos: que somos concertados y convencidos, de hacer y formar compañía, la cual sea firme y valedera para siempre jamás en esta manera: Que por cuanto nos los dicho capitán Francisco Pizarro y Diego de Almagro tenemos licencia del señor gobernador Pedro Arias de Avila para descubrir y conquistar las tierras y provincias de los reinos llamados del Perú, que está, por noticia que hay, pasado el golfo y travesía del mar de la otra parte y porque para hacer la dicha conquista y jornada y navíos y gente y bastimento y otras cosas que son necesarias, no lo podemos hacer por no tener dinero y posibilidad tanta cuanta es menester; y vos el dicho Don Fernando de Luque nos los dais porque esta compañía la hagamos por iguales partes: somos contentos y convenidos de que todos tres hermanablemente, sin que haya de haber ventaja ninguna más el uno que el otro, ni el otro que el otro, de todo lo que se descubriere, ganare y conquistare, y poblar en los dichos reinos y provincias del Perú:

Y por cuanto nos el dicho Don Fernando de Luque nos disteis y poneis de puesto por vuestra parte en esta dicha compañía para gastos de la armada y gente que se hace para la dicha jornada y conquista del dicho reino del Perú, veinte mill pesos en barras de oro y de á cuatrocientos y cincuenta maravedís el peso, los cuales los recibimos luego en las dichas barras de oro que pasaron de vuestro poder al nuestro en presencia del escribano de esta carta, que lo valió y montó; y yo Hernando del Castillo doy fe que los vide pasar los veinte mil pesos en las dichas barras de oro y lo recibieron en mi presencia los dicho capitán Francisco Pizarro y Diego de Almagro y se dieron por contentos y pagados de ello. Y nos los dichos capitán Francisco Pizarro y Diego de Almagro ponemos de nuestra parte en esta dicha compañía la merced que tenemos del dicho señor gobernador y que la dicha conquista y reino que descubriéremos de la tierra del dicho Perú, que en nombre de S. M. nos ha hecho, y las demás mercedes que nos hiciere y acrescentare S. M. y los de su Consejo de las Indias de aquí adelante para que de todo goceis y hayais vuestra tercera parte, sin que en cosa alguna hayamos de tener más parte alguno de nos, el uno que el otro, sino que hayamos de todo ello partes iguales. Y más ponemos en esta dicha compañía nuestras personas y el haber de hacer la dicha conquista y descubrimiento con asistir con ellas en la guerra todo el tiempo que se tardare en conquistar, y ganar y poblar el dicho reino del Perú, sin que por ello hayamos de llevar ninguna ventaja de lo que vos el dicho Fernando de Luque llevaredes, que ha de ser por iguales partes todos tres, así de los aprovechamientos que con nuestras personas tuvieremos y ventajas de las partes que nos cupieren en la guerra y en los despojos y ganancias y suertes que en la dicha tierra del Perú hubieremos y gozaremos, y nos cupiere por cualquier vía é forma que sea así á mí el dicho Francisco Pizarro como á mí Diego de Almagro, habeis de haber de todo ello y es vuestro, y os lo daremos bien y fielmente, sin defraudaros en cosa alguna de ello, la tercera parte, porque desde ahora en lo que Dios Nuestro Señor nos diere, decimos y confesamos que es vuestro y de vuestros herederos y sucesores, de quien en esta dicha compañía sucediere y lo hubiere de haber, en vuestro nombre se lo daremos y le daremos cuenta de todo ello á vos y á vuestros sucesores, quieta y pacificamente, sin llevar más parte cada uno de nos que vos el dicho Don Fernando de Luque, y quien vuestro poder hubiere y le perteneciere; y así de cualquier dictado y estado de señorío perpetuo, ó por tiempo señalado que S. M. nos hiciere merced en el dicho reino del Perú, así á mí el dicho capitan Francisco Pizarro, ó á mí Diego de Almagro, ó á cualquiera de nos, sea vuestro el tercio de toda la renta y estados y vasallos que á cada uno de nos se nos diere é hiciere merced en cualquiera manera ó forma que sea en el dicho reino del Perú, por vía de estado, ó renta, repartimiento de indios, situaciones, vasallos, seais señor y goceis de la tercera parte de ello como nosotros mismos, sin adicion ni condicion ninguna, y si la hubiere y alegaremos, yo el dicho capitan Francisco Pizarro y Diego de Almagro, y en nuestros nombres nuestros herederos, que no seamos oidos en juicio ni fuera de él, y nos damos por condenados en todo y por todo como en esta escritura se contiene para lo pagar y que haya efecto; y yo el dicho Don Fernando de Luque hago la dicha compañía en la forma y manera que de suso está declarado, y doy los veinte mil pesos de buen oro para el dicho descubrimiento y conquista del dicho reino del Perú, á pérdida ó ganancia, como Dios Nuestro Señor sea servido, y de lo sucedido en dicho descubrimiento de la dicha gobernacion y tierra, he yo de gozar y haber la tercera parte, y la otra tercera para el capitan Francisco Pizarro, y la otra tercera para Diego de Almagro, sin que el uno lleve más que el otro así de estado de señor como de repartimiento de indios perpetuos, como de tierras y solares, y heredades, como de tesoros y escondijos encubiertos, como de cualquier riqueza ó aprovechamiento de oro, plata, perlas, esmeraldas, diamantes y rubíes y de cualquier estado y condicion que sea, que los dichos capitan Francisco Pizarro y Diego de Almagro hayais y tengais en el dicho reino del Perú me habeis de dar la tercera parte. Y nos el dicho capitan Francisco Pizarro y Diego de Almagro decimos que aceptamos la dicha compañía y la hacemos con el dicho Don Fernando de Luque de la forma y manera que lo pide él y lo declara para que todos por iguales partes hayamos en todo y por todo, así de estados perpetuos que S. M. nos hiciese mercedes en vasallos ó indios ó en otras cualesquiera rentas, goce el derecho Don Fernando de Luque, y haga la dicha tercia parte de todo ello enteramente y goce de ello como cosa suya desde el dia que su Magestad nos hiciese cualesquiera mercedes como dicho es. Y para mayor verdad y seguridad de esta escritura de compañía y de todo lo en ella contenido, y que os acudiremos y pagaremos nos los dicho capitan Francisco Pizarro y Diego de Almagro á vos el dicho D. Fernando de Luque con la tercia parte de todo lo que se hubiere y descubriere, y nosotros hubieremos por cualquier vía y forma que sea; para mayor fuerza de que lo cumpliremos como en esta escritura se contiene, juramos á Dios Nuestro Señor y á los Santos Evangelios donde más largamente son escritos y están en este libro Misal, donde pusieron sus manos el dicho capitan Francisco Pizarro y Diego de Almagro, hicieron la señal de la cruz en semejanza de esta + con sus dedos de la mano en presencia de mi el presente escribano, y dijeron que guardarán y cumplirán esta dicha compañía y escritura en todo y por todo, como en ella se contiene, sopena de infames y malos cristianos, y caer en caso de menos valer, y que Dios se lo demande mal y caramente; y dijeron el dicho capitan Francisco Pizarro y Diego de Almagro, amén; y así lo juramos y le daremos el tercio de todo lo que descubrieremos y conquistaremos y poblaremos en el dicho reino y tierra del Perú; y que goce de ello como nuestras personas en todo aquello en que fuere nuestro y tuvieremos parte como dicho es en esta dicha escriptura, y nos obligamos de acudir con ello á vos el dicho Don Fernando de Luque y á quien en vuestro nombre le perteneciere y hubiere de haber, y les daremos cuenta con pago de todo ello cada y cuando que se nos pidiere, hecho el dicho descubrimiento y conquista y poblacion del dicho reino y tierra del Perú; y prometemos que en la dicha conquista y descubrimiento nos ocuparemos y trabajaremos con nuestras personas sin ocuparnos en otra cosa hasta que se conquiste la tierra y se ganare; y si no lo hicieremos, seamos castigados por todo rigor de justicia por infames y perjuros; seamos obligados á volver á vos el dicho Don Fernando de Luque los dichos veinte mil pesos de oro que de vos recibimos. Y para lo cumplir y pagar y haber por firme todo lo en esta escriptura contenido, cada uno por lo que le toca renunciaron todas y cualesquier leyes y ordenamientos y pramaticas y otras cualesquier constituciones, ordenanzas que estén fechas en su favor, y cualesquiera de ellos para que aunque las pidan y aleguen, que no les valga. Y valga esta escriptura dicha, y todo lo en ella contenido, y traiga aparejada y lista la debida ejecución así en sus personas y bienes habidos y por haber, segun dicho es y dieron poder cumplido á cualesquier justicia y jueces de S. M. para que por todo rigor y más breve remedio de derecho les compelen y apremien á lo así cumplir y pagar, como si lo que dicho es fuese sentencia definitiva de juez competente pasada en cosa juzgada; y renunciaron cualesquier leyes y derechos que en su favor hablan, especialmente la ley que dice: «Que general renunciacion de leyes no vale.» Que es fecha en la ciudad de Panamá á diez días del mes de marzo, año del nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil quinientos veinte y seis años: testigos que fueron presentes á lo que dicho es, Joan de Panés, y Alvaro del Quiro, y Joan de Vallejo, vecinos de la ciudad de Panamá, y firmó el dicho Don Fernando de Luque y porque no saben firmar el dicho capitan Francisco Pizarro y Diego de Almagro, firmaron por ellos en el registro de esta carta Joan de Panés y Alvaro del Quiro, á los cuales otorgantes yo el presente escribano doy fe que conozco.--Don Fernando de Luque.--A su ruego de Francisco Pizarro, Joan de Panés.--A su ruego de Diego de Almagro, Alvaro del Quiro.--E yo Hernando del Castillo, escribano de S. M. y escribano público y del número de esta ciudad de Panamá, presente fuí al otorgamiento de esta carta y la fice escribir en estas cuatro fojas con esta, y por ende fice aquí este mi signo á tal en testimonio de verdad.--Hernando del Castillo, escribano público.

E

CARTA DEL LICENCIADO CRISTÓBAL VACA DE CASTRO AL EMPERADOR DON CARLOS, PARTICIPÁNDOLE EL ASESINATO DEL MARQUÉS DON FRANCISCO PIZARRO Y LA REBELIÓN DE DON DIEGO DE ALMAGRO, EL MOZO.--Quito, 15 de noviembre de 1541[879].

[879] Cartas de Indias, págs. 465-473.--Madrid, 1877.

Sacra Cesarea Catholica Magestad:

Por otras he escrito á V. M. como fué Dios servido que en el galeon en que venia de Panamá, no pudiese tomar la tierra del Perú por la via de Puerto Viejo, y arribé á un puerto de Andagoya, que se dice la Buena Ventura, desde donde se viene á esta tierra por la governaçion de Popayán; y cómo en Cali estove tres meses á la muerte, y de allí, durante la enfermedad, puse en paz á los governadores Venalcaçar y Andagoya, que estavan para se matar; y luego que enbié al puerto que he dicho, enbié una caravela á Lima y puertos del Perú á que supiesen cómo avia llegado allí; y desde Cali hize mensagero por tierra hasta aquí, á Quito, para que desde aquí se enbiasen las cartas á Lima, é asy se hizo.

Antes que llegase á esta çiudad, supe cómo los de Chile y parte de don Diego de Almagro habian muerto al marqués D. Francisco Pizarro, y luego lo escrebí á V. M. por la via del puerto do arribé; después acá, heme detenido algunos dias en escrevir á V. M., por poder escrevir algunas cosas determinadas y muestra de tiempo.

Segun he sabido por cartas de personas que estaban en compañía y conformidad de aquella gente y de algunos que aquí han venido, y por otras vias, el matar al Marqués estava acordado entre ellos dias ha, y ansí a mucho tiempo que ellos conpran armas y an allegado á sí la gente que han podido, aunque esperavan que viniese juez y si no quitase la governaçion luego al Marqués é le degollase, matar á los dos; y así tenian acordado de lo hazer conmigo. Despues que supieron por cartas que les escrivieron de corte y se lo publicó el Marqués y su secretario que yo no traya poderes para hazer lo que ellos querian y me tuvieron por muerto, executaron su propósito en la muerte del Marqués y en alçarse con la tierra, que es lo que se deseavan y así lo paresçe por las cossas é delitos que despues han hecho, de que daré aquí cuenta á V. M.

Un Juan de Errada, que hera como curador de Don Diego, hijo del adelantado Almagro, con otros diez que fueron con él, salieron de la casa de Don Diego, aviendo poco que el Marqués avia venido de misa, y no estavan con él sino su hermano Françisco Martín y un Francisco de Chaves, y fueron dando bozes por la calle «mueran traidores», sacadas las espadas y armadas dos vallestas y un arcabuz; y entrando en la casa del Marqués, toparon en la escalera con Francisco de Chaves, que se yva á su casa, y allí le mataron, y á dos criados suyos; y entre tanto el Marqués se vistió unas coraças; y dos pajes que defendian la camara á do estava, los mataron, y despues al Marqués con un pasador que le dieron por los pechos, y al Francisco Martín tanbien; y el Marqués se defendió valientemente y mató á uno de los contrarios; y entre tanto que esto pasava, el Don Diego con algunos de acavallo por las calles, que no saliese nadie de sus casas á ympedir aquel hecho; y luego hizieron resçebir por governador al Don Diego; y á los que en el cabildo contradixeron, que fué el liçenciado Benito de Caravajal y Diego de Aguero, los prendieron y quisieron degollar; y hecharon al Marqués y á su hermano en la Plaça cabe la picota, como á dos hombres comunes y mal hechores, y alli estovieron hasta la tarde, que un Barbaran los hechó en una sepoltura entrambos. Saquearon las casas de Francisco Martín y de Francisco de Chaves y de Antonio Picado; tomaron las naos que estavan en el puerto y les quitaron las velas y timones; tomaron á todos los de la çiudad los cavallos é armas; no les dan lugar que hombre ninguno salga fuera; tienen guardas en los caminos; degollaron publicamente á un Horiguela, dos ó tres días despues que llegó á Lima de Panamá, dizen que porque los llamó traydores y por alborotador; dízese que han hecho lo mismo de Picado; tienen voluntad y ponenlo por obra de hazer lo mismo con los amigos y parte del Marqués. Y sabiendo mi venida, no han enbiado ni escrito, antes enbiaron á un Garçia de Alvarado á los pueblos de la costa, Truxillo y Piura, con çiento y çinquenta hombres, en un galeon grande, que era del Marqués, para me prender, y sino hiziera lo que ellos querian, matarme; y allí tomó las armas y cavallos á los vezinos, é á muchos el oro é plata é todos los dineros que allí hallaron de difuntos, que algunos, Maçuelas y otros, avian allegado; y en el camino prendieron á un Cabrera con otros veynte é çinco que venian para mí, é al Cabrera é á un Bozmediano y un Villegas degollaron en San Miguel publicamente, y tambien diz que por alborotadores, que por tales tienen á todos los que quieren servir á V. M. Dízese que á un Caçeres é un Cardenas, que llevaban en el galeon presos avian degollado en Truxillo; prendieron á un liçenciado Leon, que venia agora de España, en San Miguel, que hazia lo que allí tocava en servicio de V. M., y muy bien.

Dicen que han enbiado á V. M., y publican que para que los perdone y haga merçedes; y esta ni es fidelidad ni voluntad de obedesçer, syno dar manera de dilaçión en el obedesçer las provisiones que yo trayo de V. M., entre el yr y venir, y rehazerse en este tiempo para su proposito, si pudiesen. Esto es lo que, de su parte de estos, se á hecho hasta agora.

Lo que de mi parte se á hecho es, que luego que supe, aunque por ynçierta nueva, en Popayán, la muerte del Marqués, escreví al governador Venalcaçar que no se fuese de Cali hasta ver otra mia; escriviome que él la tenia por çierta y por esto queria venir á Quito comigo: así lo hizo, puesto que me a detenido aquí algunos dias esperándole.

Despues que supe la certinidad de la muerte del Marqués, escreví luego y enbié mensageros á los capitanes que estavan en entradas desta parte de Lima, á Alonso de Alvarado que estava en los Chachapoyas, é a un capitan Juan Pérez, que estava ay çerca, é a un Verdugo, que a dereçado çierta fortaleza cabe Caxamalca y está dentro con quarenta hombres, con yntençion de defenderse de los de Chile, sy viniesen; y al capitan Vergara, que estava en los Bracamoros. Y todos han holgado mucho con saber mi venida, y anme respondido que estavan todos aparejados para se juntar comigo en el camino, á do yo les escriviere, y con mucha afiçion de servir a V. M. Al capitan Alonso de Alvarado enbió Don Diego de Almagro á requerir que se juntase con él; é mandandoselo como governador, él les respondió que fuesen para traydores, que el avia de servir á V. M.; y así me a escripto que, aunque viniesen todos contra él, tenia aparejo para se defender; y lo mismo me escribió el cabildo de la Frontera, un lugar que se a poblado en los Chachapoyas.

Screvi luego asimismo al cabildo del Cuzco y personas particulares, y enbié el traslado auténtico por dos escribanos de la provision de governador que V. M. fué servido de darme y el testimonio de cómo aquí fuy resçebido por ella, y poder para la presentar y requerir. Escreví á un capitan Per Alvarez Holguín, que estava con çiento é çinquenta hombres en la tierra del Cuzco, que yva á una entrada; y despues escreví á Lima y enbié el mismo despacho por quatro vias, con cartas para el cabildo y para otras personas que solían ser de su parte, y agora les son contrarios, como es Gomez de Alvarado y otras personas de calidad. Escreví al Don Diego y enbié dos personas á la çiudad por espías, para que me escrivan lo que pasa ó venga uno; presto me verná de todos respuestas; y escreví á los pueblos de la costa y personas particulares della, y estaran todas de seruicio de V. M.

Y la gente que deste recaudo y provision se podrán juntar comigo, son el governador Venalcaçar, que á traido quarenta hombres, y a enbiado por otros çiento; alcançarme an en el camino, segun él dize. Muestra mucha voluntad de servir á V. M. De los capitanes Alonso de Alvarado y Juan Perez y Verdugo, dozientos; del capitan Vergara, çiento; de esta çiudad, con la copia de gente que ha venido á se juntar comigo y servir á V. M., saldrán más de dozientos; de los pueblos de la costa, con algunos pueblos de los de la sierra é gente que se an ydo allá al tiempo que vino á la costa García de Alvarado, çiento y çinquenta onbres y tengo por çierto que açercandome házia Lima, en Truxillo ó Caxamalca se me verná copia de gentes; por que, á lo que entiendo, hasta las piedras se querían levantar contra esta gente, y á lo que me han escripto, personas de credito, mucha de la gente que está con el don Diego, sabido que voy y llevo poder de governador, tienen voluntad de se venir para mi, y así lo dicen publicamente al don Diego; y para esto se dará en Lima de mi parte la manera que conviniere. Todas andan haziendo ynformaçiones que no fueron en la muerte del Marqués.

Demás desto, espero alguna gente de Panamá y Nicaragua, adonde enbié personas de recaudo por armas y cavallos, porque supe que en los que se avian de juntar conmigo avia falta de estas cosas, y provey que traxesen dos navíos con la gente que estoviese aparejada, para señorear la costa y que no se vayan estos ni hagan los daños que hazen. Escreví a los oydores é al governador de Nicaragua é Guatimala é Mexico que, si por allí fuesen personas de acá, les prendiesen é secrestasen sus bienes é lo que llevasen, hasta hazerlo saber á V. M., ó se me escriviese.

A Gonçalo Piçarro, que es entrado á la Canela con dozientos hombres bien aderezados, enbié á llamar con quarenta hombres bien armados, y no pudieron yr más de treynta ó quarenta leguas, por estar toda la tierra de guerra, y supieron cómo Gonçalo de Piçarro está ya tan adentro y tan lejos de aquí, que, si no enbiase tantos como él llevaua y con tan buen recaudo, no podría aprovechar de alcançarles, ni pasar adelante, porque la tierra está toda de guerra y los ríos grandes y el camino lexos; y porque todavia fuera poner en aventura la gente que á esto enbiase, y la tardança que podrían hazer, quise más conservar esto aquí, por la necesidad que al presente se muestra, y así enbié á que se viniesen los quarenta hombres, que no podían pasar adelante.

En el Cuzco resçibieron á don Diego por Gobernador, y algunos vezinos se salieron, y á subçedido, que despues que llegaron mis cartas y despachos, que se metió dentro Pero Alvarez Holguín, con la gente que tenía y un capitan de arcabuzeros Pedro de Castro é un capitan Diego de Rojas, con la gente que tenia, é un Gomez de Tordoya é otros, é toda la gente de los Charcas é Arequipa, que quedó despoblada; y enbiaron á llamar á Pero Anzures, que estava en çierta entrada çerca, é á un Don Alonso de Montemayor, que yva con çien honbres de parte de don Diego al Cuzco, y le prendieron, y alguna gente de la que con él yva, se fué al Cuzco de su voluntad. A se sabido esto por cartas de Lima, que an venido a Truxillo é á San Miguel é porque por parte de don Diego se enbió á llamar á Garçía de Alvarado, que estava en la costa, como he dicho, con gente, diziendole lo que pasaba en el Cuzco, que fuese luego, porque el don Diego, con toda su compañía queria yr sobre él, diziendo que estava alçado, como si fuera por el turco, estando en servicio de V. M.; y así se partió el Garçía de Alvarado con toda su gente para Lima. Dizen que ay en el Cuzco quinientos hombres y muy bien armados y mill negros y con sesenta pieças de artilleria; porque, demás de la que allí avia, se llevó toda la que traxo á Arequipa una nao gruesa bien armada, de las del obispo de Plasençia, que pasó el Estrecho y quedó allí en Arequipa; y más una pipa de pólvora que traya; demás de traer consigo un Candia, que hace cada día muniçion. El don Diego y sus prinçipales no pueden sacar la gente de Lima, que dizen que no quieren yr ni pelear contra christianos: esto me escrivió agora un Aguilera, de Guamachuco, que vino allí poco ha de Lima, y otras personas, por cosa çierta.

Y lo que acá paresçe y se puede colegir de todo, es, aunque el fin de la guerra es dudoso, que estos no se pueden sustentar, porque, si van al Cuzco, puedoles tomar las espaldas é la tierra, sy vienen á esta parte, los del Cuzco hazen lo mismo; si estan quedos, juntamonos los unos y los otros y somos dos tantos; y aunque tomasen el Cuzco, que no se sabe cómo, segund son muchos é aperçebidos los de dentro, ay muchas causas para que sea tan reñido el negocio, que los de Chile an de perder mucha parte de su gente, y aunque sea poca, no queda para sostener ni hazer rostro, y los que quedaren del Cuzco se an de juntar comigo, porque saben que, de los que tomaren, no an de dexar ninguno.

Esto es, en caso que, los de don Diego no se viniesen para mí algunos, que creo que serán muchos. Y como yo tenga de mi parte razon y justiçia, á quien Nuestro Señor Dios siempre corresponde, y la boz de V. M., tengo confiança que haré justicia destos, tan exemplar como latroçidad de sus delitos lo requieren, sin rompimiento ni batalla, que esta se á de escusar de mi parte lo que pudiere.

Tengo en mi compañía capitanes y personas cuerdas, sin las que se me an de juntar, y esperimentados, que se an hallado en la tierra é cosas en ella acaeçidas y en otras conquistas, servidores de V. M.; y ansí, todo lo de açá se tratará con la buena diligençia y buen consejo que ser pudiere, para dar á V. M. la cuenta que soy obligado.

Aunque yo tenía gran pena del trastorno de mi jornada, paresçe, segund muestran los negoçios, guiada por Dios; porque á executar esta gente la desverguença que tenian conçertada, la tierra se perdia, y en venir por este puerto de Quito, se á podido hazer y proveer lo que conviene, sin estorvo, que á ninguna parte llegara que lo pudiera hazer.

En las cosas que se an de hazer acá se entenderá, dando lugar el tiempo. Aquí se á començado á tomar quenta á los ofiçiales que agora ay, y todo anda mal parado, porque, desde que se ganó la tierra, no se á tomado cuenta y son muertos los oficiales syn tener fianças. A los principios no hubo libros de cuentas, syno papeles; dizen que no avia papel en la tierra, sacarse á en limpio lo posible y enbiaré á V. M. la relaçión de la cuenta y cobrança; y estando pacífica esta tierra, que será presto, plaziendo á Dios, queda aparejada para se poblar y hordenar lo de la hazienda, de manera que V. M. lleve más que hasta aquí; y tambien lo que toca á la justiçia y chistiandad y reformacion de la tierra, que hasta agora está hecho poco; deve aver sido la causa, las alteraçiones que ha avido.

A lo que he entendido desta provincia y Tierra Firme, me paresçe que estaria mejor el Audiençia en esta que en Panamá, porque casi todos los pleitos de allí son de esta tierra, y de Panamá y Nicaragua vienen aquí dos veçes en el año con su mercaduria, y podrian enbiar sus causas; y á Cartagena, tan bien le está yr á Santo Domingo como á Panamá, que con vendoval, es tan poco yr allí, como al Nombre de Dios, y muy pocas causas vienen de allí á Panamá, porque muchos de los que van á pleitos á Panamá se mueren de la enfermedad que allí ay, y si el pleito es largo no pueden allí asistir por la careza de la tierra y en esta provincia haria mucho provecho el Audiencia. V. M. provea lo que más fuere servido que será lo mejor.

Dizcese tambien acá, que allá se trabta de la entrada donde se tiene por çierto que ay lamina de esmeraldas. Sepa V. M. que ay acá quien la tome y lo haga bien á su costa syn partidos, sino que pueble la tierra y se reparta, y la mina quede por de V. M.; y para que se vea quan bien la busca, que ponga yo un vehedor ó dos. En semejantes cosas y otras que de acá se podrán pedir y escrevir V. M. se detenga hasta escrevirme, porque de todo podré enbiar desde acá çierta relaçion y lo que á mi paresçiere, sy V. M. mandare.

Llegado aquí con esta carta, vino á mi un mensagero de don Diego de Almagro y truxo solas dos cartas; una suya y otra del liçenciado Rodrigo Niño, que agora vino de España é luego fué á ser regente de don Diego. Lo que la carta de don Diego, en efecto, dezia es, contar las causas que huvo para la muerte del Marqués, y no concluye en que yo vaya ni obedesçer, sino que mirado por mi lo uno y lo otro, haga lo que fuere serviçio de Dios y de V. M. Quando este mensagero de allí partió, no heran llegados los mios, segund él dize. Escribeme el Rodrigo Niño, entre otros desvarios, que no vaya yo allá hasta que venga respuesta de V. M., porque vea la voluntad que estos tienen, yo respondí á todo lo que convenia, y en esto no ay más que dezir. De Truxillio y de otras partes me an escripto el don Diego y sus secazes enbian á mi á Francisco de Barrionuevo y á un Oñate. Dios lo guie todo á su serviçio y al de V. M., y como convenga al bien desta tierra.

Los yndios de la ysla de la Puna mataron á un Çepeda que los tenia á cargo; dizenme que á su culpa. Luego se porná en ello remedio, y, para lo uno y lo otro partiré de aquí en fin deste mes, plaziendo á Dios. El qual guarde y prospere la vida é ymperial estado de V. M. Desta çiudad de Quito á quince de noviembre deste año de 1541 años.

De algunas cosas, que por acá conviene se dén provisiones y cartas, se dará allá noticia á V. M. y Consejo. Suplica á V. M. las mande despachar.

Agora me an escrito que pasó una caravela por Paita, que venia de Lima, y que venia en ella el obispo del Cuzco y un dotor Velazquez, casado con una su hermana; fué teniente general del Marqués. Dizenme que viene huyendo para mí: no sé lo çierto.

De Vuestra Cesarea Catholica Magestad, humill criado y servidor que sus Reales pies y manos beso.--El liçenciado Vaca de Castro.

F

CARTA DEL VIRREY D. ANTONIO DE MENDOZA AL EMPERADOR D. CARLOS, CONTESTANDO A UN MANDATO DE S. M. RELATIVO AL REPARTIMIENTO DE LOS SERVICIOS PERSONALES EN LA NUEVA ESPAÑA[880].

[880] Cartas de Indias, págs. 88 y 89.--Madrid, 1877.

Guastepeque, 10 de junio de 1549.

Reçibi la carta de V. M. hecha en Agusta á XI de hebrero, y por ella me manda V. M. me dé priesa en hazer el repartimiento. Las condiçiones y particularidades que V. M. manda que se miren en este negoçio son muchas y á requerido tienpo para entendellas y para que aya razon de todo. Negoçios de calidad que se an ofresçido, y aver andado con poca salud, á ynpedido algo este negoçio, porque avrá un año que, estando para yr á visitar la provinçia de Guaxaca, que es lo que me falta de ver en toda esta Nueva España que sea de calidad, me empeçó una enfermedad que me convino salir de México y venir á tierra caliente, y en ella me apretó de arte que no se pensó que escapara. Yo boy convalesçiendo y con mejoría, aunque todavía estoy en la cama y me quedan algunas reliquias de la enfermedad, y con todo esto tengo al cabo y casi hecho el repartimiento; mas a venido una çedula de los gobernadores en que por ella mandan que no se den serviçios personales de yndios para hechar á las minas, ni para sus casas, ni otros serviçios y obras, y que los tales serviçios personales se quiten de las tasaçiones y se buelvan á tasar y comuten en otra cossa: será mucho estorvo y dilaçion para lo que V. M. me tiene mandado, porque será nesçesario bolver á hazer de nuevo lo que tenía hecho, y es dar una buelta á toda la tierra, y muy gran baja á las minas de plata, las quales andan al presente más prósperas que hasta aqui, y cada día se descubren en toda la tierra. En esta Nueva España, loado Nuestro Señor, ay salud, así en los españoles como en los naturales, y toda quietud y sosiego. Nuestro Señor, la Sacra Catholica Çesarea persona de V. M. guarde y ensalçe con acresçentamiento de mayores reynos y señoríos, commo sus criados deseamos. De Guastepeque 10 de junio de 1549 años.

Sacra Catholica Çesarea Magestad, muy humil criado de Vuestra Sacra Catholica Magestad, que sus Reales pies y manos besa,

D. ANTONIO DE MENDOÇA.

Sobre.--A la Sacra Catholica Çesarea Magestad del ynvitísimo Emperador Rey d'España nuestro Señor[881].

[881] Ibidem, págs. 258 y 259.--Madrid, 1877.

CARTA DEL PADRE PROVINCIAL FRAY ALONSO DE LA VERACRUZ AL PRÍNCIPE MAXIMILIANO, SUPLICANDO SUCEDA EN EL GOBIERNO DE LA NUEVA ESPAÑA AL VIRREY D. ANTONIO DE MENDOZA, SU HIJO D. FRANCISCO.--Nueva España, 1.º de octubre de 1549.

Muy alto y muy poderoso Señor:

El Spiritu Sancto sea en el alma de V. A. El oficio que al presente tengo, aunque indigno, de la orden de Sancto Augustin en esta Nueva Spaña, me fuerça á screvir á V. A, sobre lo que veo ser necesario en estas partes, para el seruicio de Dios y de S. M., que como vemos que en el cuerpo natural á los miembros de la cabeza se les comunica su ser, vivir y hobrar, no menos en un cuerpo místico de republica, del bien de la cabeza á los miembros redunda.

Esta Nueva Spaña, altíssimo Señor, ha tenido y tiene al presente su felicidad y prosperidad en estar subjecta á un tan catholico Monarca y ser acá gobernada por D. Antonio de Mendoça; y como naturalmente las cosas deseen su conservacion, esta republica, callando, da bozes temiendo su interitu, viendo que su governador y cabeza está ya cargado, pesado y más para descansar que para trabajar. Por tanto pide ser socorrida y será si V. A. provea en estas partes, gobierne y sea visorey D. Francisco de Mendoça, hijo de D. Antonio de Mendoça, el qual tiene tanto ser y valor y intilligencia de los negocios y cosas de la tierra, que me pareze es un traslado de su padre, el qual don Francisco, siete annos á no entiende en otra cosa sino en ver y en los negocios de la governacion studiar; y de verdad, poderoso Señor, que entiendo, si no me engaño, que si á tal padre otro que su hijo sucediesse, se daría con todo al traves; porque tengo entendido que vendría algun rey que no conociesse á Joseph, como allá en el Exodo se dize, y fatigaría al pueblo de Israel, que a esta natural gente no la entendería ni amaría, y de ay sucedería lo que todos los religiosos tememos; y pues Nuestro Señor proveyó á V. A. por gobernador en essa vieja Spaña, en esta Nueva sea puesto quien la sustente y augmente en lo spiritual y tenporal, pues á D. Francisco de Mendoça ni le falta saber, ni edad, ni las demás qualidades que en tales personas an de concurrir. Nuestro Señor á V. A. prospere y estado acresciente á su servicio. De esta Nueva Spaña, primero de octubre de 1549.

Capellán de V. A.,

FRAY ALONSO DE LA VERA CRUZ, Provinçial.

Sobre.--(Al) muy alto y poderoso Señor Príncipe Maximiliano.

G

CARTA DEL LICENCIADO PEDRO DE LA GASCA Á LOS PRÍNCIPES DE HUNGRÍA Y BOHEMIA, MAXIMILIANO Y MARÍA, GOBERNADORES DE ESPAÑA, DÁNDOLES CUENTA DEL ESTADO DE LOS ASUNTOS EN EL PERÚ. Puerto de la ciudad de Los Reyes, 6 de diciembre de 1549[882].

[882] Cartas de Indias, págs. 559 y 560. Madrid, 1877.

Muy altos y muy poderosos señores:

La carta de Vuestras Altezas de XXII de hebrero deste año, rescebí á XIII de noviembre proximo passado y muy gran favor en mostrarse Vuestras Altezas servidos de lo que acá se ha hecho en la pacificacion desta tierra, en la qual solo de my parte ha havido la fee que de buen vasallo de S. M. en my hay, porque todo lo demas ha hecho Dios que con my particular mano guía y favoresce las cosas de S. M.; y para que todo se atribuyese á su divina bondad de quien todo bien viene, quisso escoger instrumento tan inutil como yo, á quien nada se puede atribuyr.

Del estado que al presente las cosas acá tienen, hago relacion á los del Consejo de las Yndias, para que ellos, á tiempo, y con menos pesadumbre é fastidio, le dén á Vuestras Altezas y por esso no torné yo en esta más de qué hazerla sino que, loores á Dios, estas provincias están en mucha paz é sossiego, y en el estado que conviene para el servicio de Dios y de S. M.; y á los que en ellas viven, ansy españoles como naturales, los quales, con el buen tractamiento que se les haze y con ver que se les guarda justicia y que son defendidos de los robos y desventuras passadas, se van cada día reformando y afficionando á nuestra Santa Fee Catholica, y ansy, muchos caciques, que son los principales señores dellos, se han tornado christianos. Plegue á Nuestro Señor de lo llevar adelante, y que conserve y augmente las muy altas y muy poderosas personas y estado de Vuestras Altezas por muchos y bienaventurados años á su santo servicio, como los vassallos de S. M. deseamos y hemos menester.

Del puerto de la ciudad de Los Reyes, VI de diciembre de 1549.

De Vuestras Altezas humilde siervo que sus reales manos besa.

El licenciado GASCA.

Sobre. A los muy altos y muy poderosos señores (Príncipe) y Princesa, gobernadores de (España).

H

El P. Jesuíta Juan Ignacio Molina nació en Talca (Chile) en 1740 y murió en Bolonia (Italia) en 1829. Dedicóse al estudio de las lenguas clásicas y también al de algunas modernas, siguió los principios filosóficos de Newton y de Euler, desempeñó el cargo de bibliotecario del Colegio de los jesuítas de Santiago y abandonó a Chile después de la supresión de la compañía en las colonias españolas. Pasó a Italia en 1767, estableciéndose al poco tiempo en Bolonia, donde se dedicó a la enseñanza. Sus obras, llenas de noticias verdaderas e interesantes, se intitulan: Compendio di storia geografica naturale e civile del Regno del Chili (Bologne, 1776); Saggio sulla storia naturale del Chili (Bologne, 1782), y Saggio della storia civili del Chili (Bologne, 1787). Se tradujeron al inglés, al francés y al español[883].

[883] Sommervogel, S. J.--Bibliothèque de la Compagne de Jesús, tomo V. columnas 1.165 y 1.166.

I

Jorge Juan, de nobiliaria ascendencia levantina, nació en Novelda, villa perteneciente entonces al reino de Valencia y hoy á la provincia de Alicante, el 5 de enero de 1713. Sus padres, D. Bernardo Juan y Canicia y D.ª Violante Santacilia Soler de Cornella residían de ordinario en Alicante; pero D.ª Violante fué a pasar la temporada de embarazo a una finca rústica en las inmediaciones de Novelda, donde dió a luz al que luego había de merecer de su siglo el dictado de Sabio Español.

Huérfano de padre a los tres años, quedó bajo la tutela de unos tíos suyos, quienes le dieron excelente educación en Zaragoza. Allí estudió la Gramática Latina.

Como era costumbre en aquella época que los vástagos de familias nobles de las naciones católicas ingresasen en alguna orden militar, Jorge Juan, a los doce años, fué llevado a Malta, en cuya ciudad recibió el hábito de dicha orden, una de las más antiguas y distinguidas. Esto le obligó a permanecer soltero durante su vida, lo cual llevaba consigo el voto que hacían los que en dicha orden ingresaban.

En Malta--según dicen los cronistas--desempeñó el cargo de paje del Gran Maestre. Apenas hubo cumplido diez y seis años, esto es, en 1729, se dirigió a España, decidido a servir en la marina real. Expidiósele la carta orden para su ingreso en la Compañía de Reales Guardias Marinas de Cádiz. Durante los seis meses en que no hubo vacante, asistió a la Academia, y allí estudió Aritmética, Geometría Elemental, Trigonometría, Esfera, Globos y Navegación. Al comenzar el 1730 logró plaza y salió a campaña contra los moros argelinos; después pasó a Nápoles en la escuadra que condujo al infante don Carlos para ocupar aquel trono, concurriendo, por último, a la expedición contra Orán.

En este lapso de tiempo, o sea, desde 1730 hasta 1734, continuó sus estudios de Matemáticas elementales y superiores, alternándolos con las campañas marítimas que sólo se verificaban durante el verano. Dióse a conocer en esos estudios como joven de clarísima inteligencia y de mucha aplicación.

Pronto se vió que estaban en lo cierto los que habían formado de Jorge Juan idea tan elevada. Deseando la Academia de Ciencias de París resolver de un modo definitivo el hasta entonces dudoso problema de la figura y dimensiones de nuestro planeta, formó con tal objeto dos comisiones de eminentes matemáticos y académicos para medir el grado de meridiano terrestre en las inmediaciones del Polo y del Ecuador, a fin de que, comparando las medidas resultantes, se dedujese la forma exacta de la Tierra. Los sitios que se eligieron para efectuar dichas operaciones fueron la Laponia del Norte y la América Ecuatorial. Suecia quiso que su famoso astrónomo Celsio acompañase a la comisión francesa encargada de operar allí, y España solicitó que los Guardias Marinas de Cádiz Jorge Juan y Antonio Ulloa fuesen también con la comisión destinada a trabajar en territorio español[884]. Contaba a la sazón Jorge Juan veintiún años y Antonio Ulloa diez y nueve. Para suplir esa falta de edad y para darles mayor representación y carácter, fué preciso conferirles el empleo de teniente de navío, saltando por encima de alférez de fragata, alférez de navío y teniente de fragata, es decir, dándoles cuatro ascensos de una vez. Resolución semejante revela bien a las claras el concepto que por su saber merecían aquellos jóvenes marinos, así como el atraso de los demás elementos de la sociedad española.

[884] Los nombrados fueron Jorge Juan y Juan García del Postigo; pero como el último se hallaba navegando y se retrasara su vuelta, se dispuso que le sucediera el también guardia marina Antonio Ulloa.

Los académicos franceses designados para hacer sus estudios en la América Ecuatorial eligieron como lugar más a propósito el territorio de Quito, que se halla bajo la línea equinoccial.

A bordo del navío Conquistador y de la fragata Incendio, salieron de Cádiz el 28 de mayo de 1735 Jorge Juan y Antonio Ulloa, y con ellos fué también el nuevo virrey del Perú, en cuyo distrito habían de verificarse los trabajos científicos. El día 9 de julio fondearon en Cartagena de Indias, donde esperaron cinco meses la llegada de la comisión francesa. Mientras tanto, se dedicaron a estudiar el país en todos sus aspectos. Para conocer el mérito de los trabajos realizados por ambos, bastará leer la siguientes obras: Disertación histórica y geographica sobre el meridiano de demarcación entre los dominios de España y Portugal, y los parajes por donde passa en la América Meridional, conforme a los tratados y derechos de cada Estado. Madrid, MDCCXLIX.--Noticias secretas de América sobre el estado naval, militar y político de los reynos del Perú y provincias de Quito, costa de Nueva Granada y Chile. Londres, 1826. Relación histórica del viaje á la América Meridional hecho de orden de S. Magestad para medir algunos grados de meridiano terrestre, y venir por ellos en conocimiento de la verdadera figura y magnitud de la tierra, con otras varias observaciones astronómicas y phisicas. Madrid, 1743. Las mencionadas obras se tradujeron a muchos idiomas extranjeros.

Habiendo terminado sus trabajos la comisión francesa el 1745, diez años después de haber salido de España nuestros jóvenes marinos, los dos marcharon por tercera vez a Lima, ya para despedirse del virrey, ya para buscar embarcación y regresar a la Península. Decidieron hacer el viaje por el Cabo de Hornos y no por la vía tan trillada del istmo de Panamá. Fueron tan cautos, que determinaron hacer el viaje en buques diferentes, pues así evitaban el riesgo de que yendo en uno mismo, si se perdiese, desaparecerían documentos de trabajos científicos tan interesantes.

Jorge Juan hizo el viaje de regreso en una fragata francesa. Lo mismo hizo Antonio Ulloa, quien fué apresado por los ingleses el 13 de agosto de 1745 a la vista de la isla de Terranova y conducido a Inglaterra. Como era de esperar, no se le trató como prisionero de guerra, antes al contrario, se le hizo cariñoso recibimiento y mereció toda clase de consideraciones en la Real Sociedad de Londres, que presidió el inmortal Newton.

Por su parte Jorge Juan llegó felizmente a Brest (31 octubre 1745) y se dirigió a París, mereciendo el alto honor de que le nombrasen Socio de la Real Academia de Ciencias. Allí supo que la expedición enviada a Laponia no había dado resultado alguno, tal vez por lo helado y rígido de aquel clima. Poco importaba este contratiempo. Comparando la medida del grado de meridiano en el Ecuador con la obtenida en la medición del meridiano de París, resultó que la Tierra era una esferoide achatada hacia los polos.

Jorge Juan llegó a Madrid a principios del año 1746, cuando todavía no se conocían bien sus trabajos. Además, después de once años de ausencia, halló cambiada completamente la corte. A Felipe V le había sucedido Fernando VI y al ministro que le diera la comisión, el marqués de la Ensenada, excelente ministro de Marina y hombre de superiores dotes; pero--sin que conozcamos los motivos--poco dispuesto a favorecer la publicación de los estudios del Sabio Español.

Tentado estuvo Jorge Juan para dejar a España y volverse al servicio de Malta. Hizo la casualidad que se enterase de ello el Teniente general D. José Pizarro, con quien trabó amistad Jorge Juan en Chile. Pizarro procuró disuadirle de resolución tan extrema y habló a Ensenada, logrando obtener los recursos suficientes para la publicación de aquellas obras, recibidas con gran aplauso en toda Europa.

La Marina de Guerra española necesitaba adelantos y mejoras que las extranjeras poseían. Con el encargo de estudiar los métodos de construcción y tomar cuanto pudiera ser de utilidad para nuestra marina, Jorge Juan, después que hubo ascendido a Capitán de Fragata, salió para Inglaterra en noviembre de 1748. Los constructores ingleses encontraron en el marino español, no aprovechado discípulo, sino excelente maestro.

A su vuelta a España fué ascendido a Capitán de Navío y nombrado Director de los Arsenales. Entonces proyectó y dirigió las obras de los del Ferrol y Cartagena, que aún hoy son admirados por su solidez y perfección, pudiendo ser considerado Jorge Juan como el fundador de aquellos establecimientos de construcción naval. En ellos emprendió las nuevas construcciones y de ellos salió aquella poderosa armada, que pocos años después había de surcar los mares en el reinado de Carlos III.

Obedeciendo órdenes del gobierno recorrió la Península de un extremo a otro, visitando todos los puertos y establecimientos marítimos, levantando planos para ejecución de obras (las que muchas, por desgracia, no se realizaron), y siendo por todos consultado acerca de obras hidráulicas, laboreo de minas y proyectos de canales y riegos.

Se le dió la comisión de estudiar la liga y afinación de monedas y cuanto con su fabricación se relaciona. Sus trabajos fueron el fundamento de la instalación de la fábrica de la moneda de Madrid con arreglo a los últimos adelantos: Jorge Juan puede ser considerado como el fundador de la Casa de la Moneda que hoy existe en la Corte. Por esta razón, cuando se edificó el barrio de Salamanca, se dió el nombre de Jorge Juan a la calle que, partiendo del paseo de Recoletos, con ella confina la fachada del mediodía de la Casa de la Moneda.

Habiendo sido nombrado el 1751 Capitán de Guardias Marinas con residencia en Cádiz, entonces publicó el Compendio de Navegación, en cuya obra se halla todo cuanto había adelantado dicha ciencia hasta su tiempo. Aprovechó su estancia en Cádiz para establecer el Observatorio de San Fernando, único que durante mucho tiempo existió en España.

En Cádiz, y en su propia casa, dió habitación a los fundadores de una Asamblea amistosa literaria, que fué como ensayo para la Academia de Ciencias que se trataba de fundar en Madrid. Allí leyó algunas memorias, de las cuales una le sirvió de base para la gran obra que debía inmortalizar su nombre, El examen marítimo, publicada el 1771, dos años antes de su muerte. El Instituto Real de Francia hubo de decir que era el tratado más profundo y más completo que se había escrito sobre la materia.

Nuestro querido discípulo D. Tomás Abad Amorós (curso de 1913 a 1914) escribe lo que a continuación copiamos: «Esa obra nunca bastante encomiada, que constituye el honor más preciado de la cultura de nuestra patria y de nuestra Marina militar, marca el período más culminante de la labor científica de Jorge Juan, pues en ella creó una rama importantísima de la Ciencia de la mecánica. Hasta entonces la construcción de los buques y su manejo había sido un arte deducido de la práctica y perfeccionado por ella; pero nuestro sabio les dió carácter científico, estableciendo por primera vez las bases teóricas de la Arquitectura naval y de la Mecánica de los buques, con fórmulas tan exactas y precisas que son al presente el fundamento de estas nuevas ciencias y el origen del progreso que desde aquellos tiempos ha tenido la construcción de los buques. Resulta, por tanto, El examen marítimo, una producción verdaderamente genial que causó completa revolución en la ciencia naval, colocó a nuestro Jorge Juan a la altura de los hombres de ciencia más eminentes de Europa y consolidó el epíteto de Sabio Español con que venía siendo conocido.»

En 1766 ascendió a Jefe de Escuadra y se le concedió el tratamiento de Excelencia.

El Rey le nombró Embajador extraordinario en la Corte del Sultán de Marruecos, para donde salió el 15 de febrero de 1767 en compañía de Sidi-Amed-el-Gacel, que había venido a España con igual carácter por orden del soberano marroquí. Seis meses permaneció en Marruecos desempeñando con tino y prudencia su cometido.

A su vuelta, deseando Fernando VI mejorar la educación de la nobleza, le confió la dirección del Real Seminario de Nobles, de la que tomó posesión el 24 de Mayo de 1770.

Una vida de tanta actividad mental y física cayó prematuramente en postración profunda. Hacía ya algunos años que venía padeciendo de cólicos biliosos que frecuentemente interrumpían sus tareas científicas y le ponían en trance de muerte. El 23 de junio de 1773, a los 60 años de edad, como herido por un rayo, murió por una parálisis cerebral.

España entera lloró la muerte del insigne hijo de Novelda. Sus funerales en la parroquia de San Martín fueron suntuosos. Depositado su cadáver en una de las bóvedas de dicho templo, se trasladó después a la Capilla de Nuestra Señora de Valbanera, que fué destruída durante la invasión francesa de 1808. El gobierno de José Bonaparte proyectó erigir en San Isidro un panteón donde reposasen los restos de españoles ilustres. En espera de que el panteón llegara a terminarse, los de Jorge Juan se trasladaron desde su antiguo mausoleo a la Casa Municipal. Al erigirse, año 1845, en la ciudad de San Carlos, provincia de Cádiz, el panteón de Marinos ilustres, allí fueron llevados los restos del esclarecido sabio, gloria de la Armada Española y de su patria.

J

CARTA DE FRAY FRANCISCO DE BUSTAMANTE Y DE OTROS RELIGIOSOS DE LA ORDEN DE SAN FRANCISCO AL EMPERADOR DON CARLOS, EXPONIENDO LA NECESIDAD DE ADOPTAR DISPOSICIONES PARA EVITAR COMPETENCIAS ENTRE EL VIRREY Y LA AUDIENCIA DE LA NUEVA ESPAÑA.

México, 20 de octubre de 1552.

Sacra, Catholica, Çesarea, Real Magestad. Por cartas de V. M. nos ha sido mandado que, de lo que se ofreciere tocante á vuestro Real servicio y conciencia y al buen gobierno destas dos repúblicas española é indiana, demos relación. Ayuntados en nuestra Congregacion capitular, é confiriendo sobre lo dicho, pareció hazer saber á V. M. como al presente ay gran confusion en esta tierra, asi entre indios y españoles, como entre el Vyrrey y la Audiencia. Porque él, como governador, quiere prover lo que le parece que más conviene á la utilidad y buen gobierno de la tierra, y la Audiencia, por vía de appellacion, desaze lo que vuestro Visorrey manda y provee; de donde se sigue que los negocios no tienen buena expedicion, y los que tocan á los yndios se haze pleyto ordinario dellos, y como no se saben defender, redunda en daño dellos. Lo otro, que la persona del visorrey, que representa la vuestra, pierde gran parte de la auctoridad; lo qual parece causar gran detrimento en los yndios, á causa de tener ellos grande acatamiento y repecto al que representa la persona de V. M., y este pierde, viendo que la Audiencia desaze lo que el visorrey ha proveydo. Por lo qual, supplicamos á V. M. mande declarar á qué se estiende la Autoridad y poder de vuestro visorrey, y si proveyendo él como governador, ha lugar la appellacion, de lo que él proveyere, para vuestra Real Audiencia; porque acá parece en esto aver los ynconvenientes ya dichos y otros, como quiera que hasta aqui no emos sentido ni conocido de vuestro visorrey sino que tiene muy gran deseo y voluntad de favorecer y defender á estos pobres naturales, y cumplir lo que V. M. le tiene encargado y mandado. Cuya Real Persona y felicissimo estado Nuestro Señor prospere y acreciente en su santo servicio, con augmento de su Santa Fee Catholica. De Mexico, XX de Octubre de 1552.

De V. M. menores siervos que sus Reales é Imperiales manos besan.

FRAY FRANCISCO DE BUSTAMANTE, Comisario general.

FRAY JUAN DE SANT FRANCISCO, Minister provincialis.

FRAY DIEGO DE OLARTE, Guardian de México.

FRAY JUAN DE GAONA.

FRAY ANTONIO DE ÇIBDAD RODRIGO.

FRAY TORIBIO MOTOLINÍA.

FRAY JUAN DE RIBAS.

FRAY JUAN FOCHER.

FRAY BERNARDINO DE SAHAGUN.

Sobre.--A la Sacra Catholica Magestad del ynvictissimo Emperador Rey nuestro Señor. En su Real Consejo de Indias[885].

[885] Cartas de Indias, págs. 131 y 132.--Madrid, 1877.

L

Virreyes de México.

D. Antonio de Mendoza (1535-1550). " Luis de Velasco (1550-1564). " Gastón de Peralta (1566-1568). " Martín Enríquez de Almansa (1568-1580). " Lorenzo Suárez de Mendoza (1580-1583). " Pedro Moya de Contreras (1584-1585). " Alvaro Manrique de Zúñiga (1585-1590). " Luis de Velasco (1590-1595). " Gaspar de Zúñiga y Acevedo (1595-1603). " Juan de Mendoza y Luna (1603-1607). " Luis de Velasco (1607-1611). " Fr. García Guerra (1611-1612). " Diego Fernández de Córdoba (1612-1621). " Diego Carrillo de Mendoza Pimentel (1621-1624). " Rodrigo Pacheco Osorio (1624-1635). " Lope Díez de Armendáriz (1635-1640). " Diego López Pacheco Cabrera (1640-1642). " Juan de Palafox y Mendoza (1642). " García Sarmiento de Sotomayor (1642-1648). " Marcos de Torres Rueda (1648-1649). " Luis Enríquez de Guzmán (1650-1653). " Francisco Fernández de la Cueva (1653-1660). " Juan de Leyva y de la Cerda (1660-1664). " Diego Osorio de Escobar y Llamas (1664). " Antonio Sebastián de Toledo (1664-1674). " Pedro Nuño Colón de Portugal (1674). " Fr. Payo Enríquez de Ribera (1674-1680). " Tomás Antonio de la Cerda y Aragón (1680-1686). " Melchor Portocarrero Laso de la Vega (1687-1688). " Gaspar de la Cerda Silva y Mendoza (1688-1696) " Juan de Ortega Montañés (1696-1697). " José Sarmiento Valladares (1697-1701). " Juan de Ortega Montañés (1701-1702). " Francisco Fernández de la Cueva Enríquez (1702-1711). " Fernando de Alencastre Noroña y Silva (1711-1716). " Baltasar de Zúñiga (1716-1722). " Juan de Acuña (1722-1734). " Juan Antonio de Vizarrón (1734-1740). " Pedro de Castro y Figueroa (1740-1742) " Pedro Cebrián y Agustín (1742-1746). " Francisco de Güemes Horcasitas (1746-1755). " Agustín de Ahumada y Villalón (1755-1760). " Francisco Cagigal de la Vega (1760). " Joaquín de Monserrat (1760-1766). " Carlos Francisco de Croix (1766-1771). " Antonio María de Bucareli y Ursúa (1771-1779). " Martín de Mayorga (1779-1783). " Matías de Gálvez (1783-1784). " Bernardo de Gálvez (1785-1786). " Alonso Núñez de Haro y Peralta (1787). " Manuel Antonio Flores (1787-1789). " Juan Vicente de Güemes (1789-1794). " Manuel de la Grua Talamanca (1794-1798). " Miguel José de Azanza (1798-1800). " Félix Berenguer de Marquina (1800-1803). " José de Iturrigaray (1803-1808). " Pedro Garibay (1808-1809). " Francisco Javier Lizana y Beaumont (1809-1810). " Francisco Javier Venegas (1810-1813). " Félix María Calleja del Rey (1813-1816). " Juan Ruiz de Apodaca (1816-1821). " Juan O'Donojú (1821).

Virreyes y Capitanes Generales que hubo en el Perú hasta la penúltima década del siglo XVIII.

Francisco Pizarro (1529-1541). D. Cristóbal Vaca de Castro (1541-1544). " Blasco Núñez Vela, primero que llevó el título de virrey (1544-1546). " Pedro de La Gasca (1546-1550). " Antonio de Mendoza (1551-1552). " Andrés Hurtado de Mendoza (1555-1561). " Diego López de Zúñiga y Velasco (1561-1564). " Lope García de Castro (1566-1569). " Francisco de Toledo (1569-1581). " Martín Henríquez (1581-1583). " Fernando de Torres y Portugal (1584-1589). " García Hurtado de Mendoza (1590-1596). " Luis de Velasco (1596-1604). " Gaspar de Zúñiga y Acebedo (1604-1606.) " Juan de Mendoza y Luna (1607-1615). " Francisco de Borja y Aragón (1615-1621). " Diego Fernández de Córdoba (1622-1629). " Jerónimo Fernández de Cabrera Bobadilla y Mendoza (1629-1639). " Pedro de Toledo y Leiva (1639-1648). " García Sarmiento de Sotomayor (1648-1655). " Luis Henríquez de Guzmán (1655-1661). " Diego de Benavides y de la Cueva (1661-1666). " Pedro Fernández de Castro y Andrade (1667-1672). " Baltasar de la Cueva Henríquez y Saavedra (1674-1678). " Melchor de Liñán y Cisneros (1678-1681). " Melchor de Navarra y Rocafull (1681-1689). " Melchor Portocarrero Laso de la Vega (1689-1706). " Manuel Onís de Santa Pau Olim de Semanat y de Lanuza (1706-1710). " Diego Ladrón de Guevara (1710-1716). " Fr. Diego Morcillo Rubio de Auñón (1716). " Carmine Nicolás Caracciolo (1716-1720). " Fr. Diego Morcillo Rubio de Auñón (1720-1724). " José de Armendariz (1724-1736). " Antonio José de Mendoza Camacho y Sotomayor (1736-1745). " José Manso de Velasco (1745-1761). " Manuel de Amat Juniet Planella Aimesic y Santa Pau (1761-1775). " Manuel de Guirior (1775-1780). " Agustín de Jáuregui (1780-1784). " Teodoro de Croix (1784-1790)[886]. " Fray D. Francisco Gil y Lemos (1790-1796). " Ambrosio de O'Higgins (1796-1801). " Gabriel de Avilés (1801-1806). " José Fernando de Abascal (1806-1816). " Joaquín de Pezuela y Sánchez (1816-1821). " José de la Serna é Hinojosa (1821-1824).

[886] Documentos para la Historia de Bolívar, ordenados, etc., por José Félix Blanco, tomo I, páginas 474-481.

Presidentes que hubo en Quito desde la conquista hasta fines del año 1811.

D. Fernando Santillán (1564-1571). " Lope Díaz Armendáriz (1571-1575). " García de Valverde (1575-1578). " Diego Narváez (1578-1581). " Juan Martínez de Landecho (1582-1587). " Manuel Barros de Santillán (1587). " Esteban Marañón (interino). " Miguel de Ibarra (1600). " Juan Fernández de Recalde (1609-1615). " Antonio Murga (1616-1636). " Alonso Pérez de Salazar (1637-1641). " Juan de Lizarazu (1644-1645). " Martín Arriola (1648-1655). " Pedro Vázquez de Velasco (1655-1661). " Antonio Fernández de Heredia (1663-1665). " Diego del Corro (1670-1672). " Alonso Peña Montenegro (1672-1678). " Antonio Munive (1678-1691). " Mateo de la Mata Ponce de León (1691). " Francisco López Dicastillo (1703). " Juan de Sarsaya (1707). " Santiago de Larrain (1715).

Por Real Cédula (1717) se suprimieron las Audiencias de Quito y de Panamá, dejando sólo la de Santa Fe. Establecióse el Virreinato de Santa Fe. Restablecida en 1722 la Audiencia de Quito, se nombró presidente al citado Larrain.

D. Dionisio de Alcedo y Herrera (1729-1736). " José de Araujo y Río (1736-1743). " Manuel Rubio de Arévalo (1743-1745). " Fernando Sánchez de Orellana (1745). " Juan Pío Montufar y Frajo (1753). " Manuel Rubio de Arévalo, interino. " Antonio de Zelaya y Vergara (1766-1767). " José Dibuja (1767-1778). " José García de León y Pizarro (1778-1784). " Juan José Villaluenga y Martil (1784-1790). " Juan Antonio Mon y Velarde (1790-1791). " Luis Muñoz de Guzmán (1791-1798). Barón de Carandolet (1798 1807). D. Diego Antonio Nieto (1807-1808). " Manuel de Uries (1808-1811)[887].

[887] Documentos para la Historia de Bolívar, ordenados por José F. Blanco, tomo I, págs. 483-485.--También tomo I, pág. 339.

Gobernadores de la isla de Puerto Rico hasta mediados del siglo XIX.

D. Cristóbal de Sotomayor. " Miguel Cerón, desde 1509. " Juan Ponce de León, hasta 1512. " Miguel Cerón, hasta 1514. El Comendador Moscoso, parte del año 1514. D. Cristóbal de Mendoza, hasta 1516. El licenciado Velázquez, hasta 1520. D. Pedro Moreno. " Francisco Manuel de Olando. El licenciado Antonio de la Gama, interino. D. Juan de Céspedes, hasta 1581. " Diego Meléndez Valdés, en 1583. " Pedro Xuarez, en 1593. " Alonso Mercado, en 1599. " Sancho Ochoa de Castro, en 1602. " Gabriel de Rojas, en 1603. " Felipe Beaumont y Navarro, en 1614. " Juan de Vargas, en 1620. " Juan de Haro, en 1625. " Enrique Henríquez, en 1630. " Iñigo de la Mota, en 1635. " Fernando de la Riva-Agüero, en 1645. " Agustín de Silva, en 1656. " Juan Pérez de Guzmán, en 1661. " Gerónimo de Velasco, en 1664. " Gaspar de Arteaga, en 1670. " Diego Robladillo, en 1674, interino. " Baltasar Figueroa, en 1674, interino. " Alonso Campo, en 1675. " Juan Robles, en 1678. " Gaspar de Andino, en 1683. " Gaspar de Arredondo, desde 1690 hasta 1695. " Tomás Franco, hasta 1698. " Antonio Robles, hasta 1699, interino. " Gaspar de Arredondo, en 1699. " Gabriel Gutiérrez de Rivas, desde 1700 hasta 1702. " Diego Villarán, hasta 1703, interino. " Francisco Sánchez, en 1703, interino. " Pedro de Arroyo, hasta 1705. " Juan Morla, interino. " Francisco Granados, hasta 1720. " José Mendizábal, hasta 1724. " Matías Abadía, hasta 1731. " Domingo Nanclares, hasta 1743. " Juan Colomo, en 1743. " Agustín Pareja, hasta 1751. " Matías Bravo, hasta 1755. " Mateo de Guazo. " Felipe Ramírez. " Marcos Vergara, en 1766. " José Tentor, interino. " Miguel de Muesas, hasta 1775. " José Dufresne, hasta 1783. " Juan Dabán, hasta 1789. " Miguel Vitáriz, hasta 1792. " Francisco Torralba, hasta 1795. " Ramón de Castro, hasta 1804. " Toribio de Montes, hasta 1809. " Salvador Meléndez, hasta 1820. " Juan Vasco y Pascual, en 1820. " Gonzalo Aróstegui, hasta 1822. " José Navarro, en 1822, interino. " Miguel de la Torre, hasta 1837. " Francisco Moreda, hasta 1837. " Miguel López Baños, hasta 1840. " Santiago Méndez Vigo, hasta 1844. Conde de Mirasol, hasta 1847. D. Juan Prim, hasta 1848. " Juan de la Pezuela, hasta 1851. Marqués de España, hasta 1852, interino. D. Fernando de Zorzagaray, hasta 1855. " Andrés García Camba, en 1855. " José Lemery, hasta 1857. " Fernando Cotoner, hasta 1860. " Rafael Echagüe, hasta 1862. " Rafael Izquierdo, en 1862, interino. " Félix María de Messina, hasta 1865. " José María Marchesi, en 1866[888].

[888] Véase Fray Iñigo Abbad y Lasierra, Hist. geográfica, civil y natural de Puerto Rico, págs. 502-504.--Puerto Rico, 1866.

Gobernadores y Capitanes generales que tuvo la provincia de Caracas o Venezuela hasta el año 1810.

D. Ambrosio de Alfinger (1528-1531). " Juan Alemán (1531-1533). " Juan de Spira (1533-1540). " Juan de Villegas (1540). " Rodrigo de Bastidas (1540-1542). " Diego Boica. " Enrique Remboltt. Licenciado Frías (1546). D. Juan Pérez de Tolosa (1546-1548). " Juan Villegas, interino. Licenciado Villasinda (1554-1556). Gutiérrez de la Peña (1557-1559). D. Pablo Collado (1559-1562). Licenciado Bernáldez, interino. D. Alonso Manzanedo (1563-1564). Licenciado Bernáldez (1564-1565). D. Pedro Ponce de León (1565-1569). " Juan de Chaves (1569-1572). " Diego Mazariego (1572-1576). " Juan Pimentel (1576-1582). " Luis de Rojas (1582-1587). " Diego de Osorio (1587-1597). " Gonzalo de Piña Lidueña (1597-1600). " Alonso Arias Vaca (1600-1601). " Sancho de Alquiza (1601-1610). " Martín de Robles (1610-1616). " Francisco de la Hoz Berrio (1616-1622). " Francisco Núñez Melián (1622-1632). " Ruiz Fernández de Fuenmayor (1632-1638). " Marcos Gelder de Calatayud (1639-1644). " Pedro de León Villarroel (1644-1649). " Martín de Robles (1649-1654). " Pedro de Porras Toledo (1660). " Féliz González de León (1664). " Fernando de Villegas (1666). " Francisco Dávila Orejón (1673). " Francisco de Alverro (1677). " Diego Melo Maldonado (1682). Marqués del Casal (1688). D. Francisco Berroterán (1693). " Nicolás de Ponte (1699). Marqués del Valle de Santiago (1705). D. Fernando de Rojas (1706). " Antonio Alvarez de Abreu (1716). " Diego Portales (1724). " Lope Carrillo (1729). " Sebastián García de la Torre (1730-1733). " Martín Lardizábal (1733-1737). " Gabriel de Zuloaga (1737-1742). " Luis de Castellanos (1742-1749). Fr. Julián de Arriaga y Ribera Bailio (1749-1752). D. Felipe Ricardos (1752-1760). " Felipe Ramírez de Estenor (1760-1763). " José Solano (1763-1771). Marqués de la Torre (1771-1772). D. José Carlos de Agüero (1772-1777). " Luis Unzaca y Amezaga (1777-1783). " Manuel González, interino. " Juan Guillelmi (1783-1790). " Pedro Carbonell (1790-1799). " Manuel de Guevara Vasconcellos (1799-1807). " Juan de Casas (1807-1809). " Vicente Emparán (1809-1810)[889].

[889] Documentos para la Historia de Bolívar, tomo I. págs. 494-498. También tomo II, pág. 338.

Presidentes y virreyes que tuvo el Nuevo Reino de Granada desde la conquista hasta fines del siglo XVIII.

D. Alonso Luis de Lugo. " Miguel Díez de Armendariz fué juez de residencia desde 1545 hasta 1549, en cuyo año se creó la Audiencia y desempeñó el cargo de presidente. " Juan de Montaño (1551-1552). " Andrés Díaz Venero de Leyva (1564-1575). " Francisco Briceño (1575-1577). " Lope Díaz de Armendariz (1578-1588). " Antonio González (1590-1597). " Francisco Sande (1597-1602). " Nuño Núñez de Villavicencio (1605-1606). " Juan de Borja (1606-1610). " Sancho Girón (1610-1637). " Martín de Saavedra y Guzmán (1637-1645). " Juan Fernández de Córdova y Cohalla (1645-1652). " Dionisio Pérez Manrique (1654-1661). " Diego Egues Beaumont (1662-1667). " Francisco del Castillo Concha (1669-1680). " Sebastian de Velasco (1685-1686). " Gil Cabrera Dávalos (1686-1703). " Diego Córdoba Laso de la Vega (1708-1711). " Francisco Meneses de Sarabia (1712-1715). " Juan Francisco Cosido y Otero, interino. " Nicolás de las Infantas y Benegas, no tomó posesión. Fray Francisco del Rincón, interino. D. Antonio de la Pedrosa (1717-1721). " Jorge de Villalonga, primer virrey (1723-1724). " Antonio Manso Maldonado, presidente (1725-1731). " Rafael Eslaba (1733-1737). " Antonio González Manrrique (1738). " Francisco González Manrrique (1739-1740). " Sebastián de Eslaba, segundo virrey (1740-1749). " Juan Alonso Pizarro (1749-1753). " José Solís Folch de Cardona (1753-1761). " Pedro Mesía de la Cerda (1761-1772). " Manuel de Quirior (1772-1776). " Manuel de Flores (1776-1782). " Juan de Torrezal Díaz Pimienta (1782). " Antonio Caballero y Góngora (1782-1789). " Francisco Gil de Lemus (1789). " José de Ezpeleta Galdeano de Castillo y Prado (1789-1797). " Pedro Mendinueta Muzquiz (1797-1803)[890].

[890] Documentos para la Historia de Bolívar, ordenados por José F. Blanco, tomo I, págs. 487-490.

Gobernadores de la provincia del Paraguay desde 1620 hasta 1785.

D. Manuel de Frías (1620-1630). " Luis de Céspedes (1630-1636). " Martín de Ledesma (1636-1639). " Pedro de Lago Navarro (1639-1642). " Gregorio de Hinestrosa (1643-1648). " Diego de Escobar Osorio (1649). " Fray Bernardino de Cárdenas (1649). " Andrés Garavito de León (1649-1651). " Juan Vázquez de Valverde (1651-1665). " Felipe Rege Corbulón (1679). " Juan Díaz de Andino (1679-1685). " Antonio de Vera Moxica, interino. " Baltasar García Ros (1705). " Juan Gregorio Bazán de Pedrosa. " Diego de los Reyes Balmaseda (1717-1721). " José de Antequera y Castro (1721-1725). " Martín de Barna. " Bartolomé de Aldunate. " Ignacio de Soroeta (1730). " Ignacio Mirones Benavente (electo). " Manuel Agustín de Ruiloba (1733). " Fr. Juan de Arregui, interino. " Bruno Mauricio de Zavala (1735). " Martín José de Echaure (1736-1755). " Rafael de la Moneda. " Marcos Larrazabal. " Pedro Melo de Portugal (1777-1785). " Joaquín de Alós (1785)[891].

[891] Doc. para la hist. de Bolívar, tom. II, págs. 450-453.

Gobernadores y virreyes que hubo en Buenos Aires desde 1535 hasta 1784.

D. Pedro de Mendoza (1535-1537). " Juan de Ayolas (1538-1539). " Alvar Núñez Cabeza de Vaca (1540-1545). " Domingo Martínez de Irala (1545-1558). " Gonzalo de Mendoza (1558-1565). " Juan Ortiz de Zárate (1565-1581). " Diego Mendieta (1581-1596). " Hernando Arias de Saavedra (1598-1609). " Diego Martín Negrón (1609-1615). " Fernando de Arias (1616-1620). " Diego de Góngora (1620-1625). El gobierno se dividió en dos: el de Buenos Aires y el del Paraguay. D. Luis de Céspedes (1626-1635). " Pedro Esteban de Avila (1635-1644). " Jacinto de Laris (1644-1652). " Pedro Baigorri (1652-1663). " Alonso Mercado de Villacorta (1663-1664). " Juan Martínez de Salazar (1665-1668). " José de Garro (1669-1680). " Andrés de Robles (1680-1703). " Juan Alfonso de Valdés Inclán (1703-1710). " Manuel de Velasco (1710-1715). " Bruno Mauricio de Zavala (1716-1734). " Miguel de Salcedo (1735-1738). " Domingo Ortiz de Rozas (1738-1746). " José Andonaegui (1746-1756). " Pedro Ceballos (1756). " Francisco Bucareli Ursúa (1756-1770). " Juan José de Vestiz, primer virrey (1770-1784). " Nicolás del Campo (1784)[892].

[892] Doc. para la hist. de Bolívar, ordenados por José P. Blanco, tom. II, págs. 445-448.

Después de la fundación de la ciudad de Buenos Aires por el nunca bastante alabado Juan de Garay, gobernaron aquella población los siguientes:

D. Rodrigo Ortiz de Zárate, como delegado del citado Garay y cuyo nombramiento fué confirmado a la muerte del fundador de la ciudad (1583).

D. Juan de Torres y Navarrete, como lugarteniente del gobernador del Paraguay.

D. Alvaro de Vera y Aragón, nombrado del mismo modo que el anterior.

D. Hernando Arias de Saavedra, desde 1591 á 1594 (1.ª vez).

D. Fernando de Zárate, nombrado por el marqués de Cañete, virrey de Lima.

D. Juan Ramírez de Velasco.

D. Hernando Arias de Saavedra, que gobernó hasta 1598 (2.ª vez).

D. Diego Rodríguez Valdés y de la Banda, nombrado por el Rey (1598-1602).

El general François de Beaumont y Navarra.

El capitán Francisco de Barrasa, nombrado por el Rey en 1602.

D. Hernando Arias de Saavedra (3.ª vez) y cesó en 1609.

Don Diego Marín Negrón fué nombrado por el Rey (Valladolid 16 de agosto de 1608) y tomó posesión el 22 de diciembre de 1609; murió el 26 de julio de 1613.

Don Mateo Leal de Ayala, Justicia mayor, desempeñó interinamente el cargo.

Don Françes de Beaumont y Nabarro fué nombrado, en nombre del Rey, por el Marqués de Montesclaros, virrey de Lima el 8 de junio de 1614.

Don Hernando Arias de Saavedra fué nombrado por el Rey por Cédula real, dada en San Lorenzo el 7 de septiembre de 1614 (4.ª vez).

INDIAS ESPAÑOLAS DEL NORTE.

Virreinato de México ó de la Nueva España.

Distrito de la Audiencia de Santo Domingo o de la Isla Española. Inclúyense en dicha Audiencia la Isla Española, Cuba, San Juan, Jamaica, las Lucayas, las Caníbales, Venezuela, Guayana ó Nueva Andalucía y la Florida. En Santo Domingo, capital de la isla Española, reside la Audiencia, la Casa de Moneda, el Arzobispado[893], tres conventos de frailes (franciscanos, dominicos y mercenarios) y uno de monjas.

[893] Tiene por sufragáneos el Obispado de Concepción de la Vega (a 20 leguas de Santo Domingo), el de Cuba, el de San Juan y el de Venezuela; también la abadía de Jamaica.

Las poblaciones más importantes de la Isla Española son las siguientes: Igney, Leybo, Cotuy, Asrca, Yaguana, Concepción de la Vega, Santiago de los Caballeros, Puerto de la Plata, Montexpi y Dios de la Vega.

De la isla de Cuba o Fernandina son los pueblos principales Santiago, Baracoa, Bayamo, Puerto Príncipe, Sancti Espíritus, Habana y otros.

A la isla de Jamaica o de Santiago pertenecen Sevilla, Melilla, Oristan y otras.

Corresponden a la isla de San Juan de Puerto Rico la ciudad de San Juan, Guadianilla o San Germán el Nuevo y otras poblaciones.

Entre las islas Lucayas merecen especial mención Abacoa, Cigateo, Curates, Guanima, Guanami y otras.

Entre las Caníbales se encuentran la de Santa Cruz, Isaba, las Vírgenes y muchas más.

En Venezuela se hallan la ciudad de Loro o Venezuela, Nuestra Señora de Carvalleda, Santiago de León, Nueva Valencia, Nueva Xerez, Nueva Segovia, Trujillo o Nuestra Señora de la Paz, etc.

En la Guayana y la Florida hay algunos poblados de indios y pocos fuertes de españoles[894].

[894] Colec. de Doc. inéd. relativos a América, tomo XV, págs. 418-528.

Distrito de la Audiencia de México.

En México o Nueva España se fundó la segunda Audiencia y hay arzobispado. Se incluyen trece provincias o comarcas principales, que son las siguientes: México, Cateothalpa, Meztitlan, Xilotepec, Panuco, Matacingo, Cultepec, Tezcuco, Chalco, Suchimilco, Valuit, Coyxca y Acapulco.

Entrase a la ciudad de México, que antiguamente se llamó Tenustitan, por tres calzadas de a media legua de largo; en ella hay 3.000 vecinos de españoles y unas 30.000 casas de indios. En México--como se ha dicho--reside el virrey y la Audiencia; además Casa de moneda, Inquisición, tres conventos de frailes (San Francisco, Santo Domingo y San Agustín), la Compañía de Jesús, tres conventos de monjas y Universidad; el Arzobispado tiene por sufragáneos los Obispados de Taxcala, Guaxaca, Mechoacan, Nueva Galizia, Chiapa, Yucatán y Guatemala.

En la provincia de Panuco se halla la villa de Santistevan del Puerto o Panuco, la de Santiago de los Valles y la de San Luis de Tampico.

En la ciudad de Taxcala o Texcallan estuvo el Obispado desde el año 26 hasta el 50, que se trasladó a Puebla de los Angeles. Hállanse además varias poblaciones importantes, como Chilula, Vera Cruz y el puerto de San Juan de Ulúa.

Entre las poblaciones de la provincia de Guaxaca eligióse Antequera para residencia del Obispo. Además de Antequera, llamada también Guaxaca, se encuentran las villas de San Ildefonso de los Capotecos, Santiago de Nexapa, Espíritu Santo y otras.

Reside la catedral de la provincia de Mechoacan en Pazcuaro o Mechoacan y antes, hasta el año de 44, estuvo en Guayangues; entre otras poblaciones citaremos las villas de San Miguel, de San Felipe y de Colima.

La provincia de Yucatán que, cuando se descubrió, fué tenida por isla y la llamaron Nuestra Señora de los Remedios, y la provincia de Tabasco, forman un Obispado, hallándose la catedral en la ciudad de Mérida; además citaremos las villas de Vallid, San Francisco de Campeche y de Salamanca.

Distrito de la Audiencia de Guadalaxara.

En el distrito de la Audiencia de Nueva Galicia o de Xalisco se comprenden las provincias de Guadalaxara, Xalisco, Zacatecas, Chiametla, Culiacan, Camena, Vizcaya, Cinaloa y Quinia.

En Guadalaxara está la Audiencia y la catedral, las cuales estuvieron hasta el año 60 en la ciudad de Compostela. Hállase en dicha provincia de Guadalaxara la villa de Santa María de los Lagos.

En la provincia de Xalisco se encuentra la ciudad de Compostela y la villa de la Purificación.

Entre los pueblos de la provincia de los zacatecas deben mencionarse las villas de Xerez de la Frontera, de Llerena, del Nombre de Dios y de Durango.

En la provincia de Chiametla está el pueblo de San Sebastián, en la de Culiacan la villa de San Miguel y en la de Cinaloa el pueblo de San Juan.

Distrito de la Audiencia de Guatemala.

En el distrito de la Audiencia de Guatemala, antes llamada de los Confines por hallarse en los de Nicaragua y Guatemala, se hallan las provincias siguientes: Guatemala, Soconusco, Chiapa, Verapaz, Honduras, Nicaragua y Costa Rica.

Hállase en la provincia de Guatemala la ciudad de Santiago, residencia de la Audiencia, de la catedral y Casa de fundición. También citaremos la ciudad de San Salvador y la villa de la Trinidad.

En la provincia de Soconusco hay un pueblo que se llama Guevetlan, residencia del gobernador.

En la provincia de Chiapa--cuyo nombre lo toma del pueblo más importante de los indios--se encuentra Ciudad Real, residencia del obispo; y en la de Verapaz no hay pueblo alguno de españoles.

En la provincia de Honduras está la ciudad de Vallid, en lengua de indios Comayagua, donde reside la catedral y el gobierno; además se halla la ciudad de Gracias a Dios y las villas de San Pedro, San Juan, la ciudad de Truxillo y la villa de San Xorxe.

Se encuentra en la provincia de Nicaragua la ciudad de León de Nicaragua, donde residen el gobernador y el obispo; también la ciudad de Granada y las poblaciones de Nueva Segovia, Nueva Jaén y Realexo.

Pueblos son de la provincia de Costa Rica la villa de Aranjuez y la ciudad de Cartago.

INDIAS ESPAÑOLAS DEL MEDIODÍA.

Distrito de la Audiencia de Panamá.

Llamóse primero Castilla del Oro, después Tierra Firme, y, por último, Distrito de la Audiencia de Panamá. Al distrito de dicha Audiencia corresponden los gobiernos de Panamá y de Veragua. En Panamá reside la Audiencia, el gobierno, la catedral y tres conventos (franciscanos, dominicos y mercenarios). Es muy importante en el gobierno de Panamá la ciudad del Nombre de Dios y en el de Veragua las ciudades de la Concepción, de Santa Fe y de Carlos.

Distrito de la Audiencia de Santa Fe o del Nuevo Reino de Granada.

En la ciudad de Santa Fe de Bogotá, llamada así por la provincia en que se halla, reside la Audiencia; la catedral metropolitana, cuyos sufragáneos son Popayán, Cartaxena y Santa Marta; casa de fundición y dos conventos (uno de franciscanos y otro de dominicos). En el término de dicha provincia se encuentra la villa de San Miguel y la ciudad de Jocayma.

En la provincia de los Moriscos y Colinas, llamada también Canapeis, se encuentran dos pueblos: la ciudad de la Trinidad y la villa de la Palma.

En la provincia de Tunxa está la ciudad del mismo nombre, la de Pamplona, la de Mérida, la de Vélez, la de Ibaque, la de la Victoria, la de Nuestra Señora de los Remedios y la de San Juan de los Llanos.

En la provincia de Santa Marta se halla la ciudad del mismo nombre, residencia del gobernador y del obispo; también la ciudad de los Reyes y otros pueblos.

En la provincia de Cartaxena se encuentra la ciudad del mismo nombre, donde reside el gobernador, la catedral y dos conventos de frailes (franciscanos y dominicos); entre otros pueblos citaremos María y Santa Cruz de Mopox.

Las provincias del Dorado o Nuevo Extremadura pertenecen también al distrito del Nuevo Reino de Granada.

Las provincias del Perú se dividieron en dos gobiernos: Francisco Pizarro gobernó la Nueva Castilla, esto es, desde Quito hasta el Cuzco; Almagro, la Nueva Toledo, esto es, desde Chinchas hacia el Estrecho. Estos gobiernos duraron hasta que se fundó la Audiencia de los Reyes y se nombró virrey del Perú.

Distrito de la Audiencia de Quito.

En la ciudad de San Francisco de Quito existe la Audiencia para las cosas de justicia y el virrey para las del gobierno, catedral y tres conventos (de franciscanos, dominicos y mercenarios). En la jurisdicción de la citada provincia de Quito está la ciudad de Bamba, por otro nombre de Cuenca, como también la ciudad de Loxa, llamada por otros de la Zarza.

Citaremos además las poblaciones de Zamora, de San Miguel de Piura, de Puerto Viejo, etc.

En la provincia de Popayán se halla la ciudad del mismo nombre, donde reside un teniente gobernador, catedral y convento de la Merced. Tiene mucha importancia la ciudad de Calí, donde está el gobernador, casa de fundición y monasterio de San Francisco; no carecen tampoco de importancia Guadalaxara de Buga, San Sebastián de la Plata y otras ciudades.

De la provincia de los Quixos y Canela son las ciudades de Baeza (donde reside el gobernador nombrado por el virrey del Perú), Archidona y Avila.

De la provincia de los Pacamoros son las ciudades de Vallid, de Loyola ó Cumbinama y de Santiago de las Montañas.

VIRREINATO DEL PERÚ.

Distrito de la Audiencia de los Reyes.

El distrito de la Audiencia de los Reyes, que es lo que propiamente se denomina Perú, tiene como capital la ciudad de los Reyes ó de Lima, residencia del virrey y de la Audiencia, del Tribunal de la Inquisición, de la metrópoli arzobispal (cuyos sufragáneos son los obispados de Chile, Charcal, Cuzco, Quito, Panamá, Nicaragua y Río de la Plata), de cinco conventos de frailes y de dos de monjas, de la Compañía de Jesús, etc. Entre otras poblaciones citaremos las villas de Arnedo y de Parrilla ó Santa, las ciudades de Truxillo, de San Juan de la Frontera ó de los Chachapoyas, la de León de Guanuco, la de Guamauga ó San Juan de la Victoria, la del Cuzco (residencia del obispo y de varios conventos) y la de Arequipa.

Distrito de la Audiencia de los Charcas.

El gobierno de la Audiencia de los Charcas, como el de las Audiencias de Quito y de los Reyes, está á cargo del virrey del Perú; en la Audiencia de los Charcas se hallan dos gobiernos y dos obispados, el de Charcas y el de Tucumán. En la provincia de los Charcas se encuentra la ciudad de la Plata, residencia de la catedral y de cuatro conventos (franciscanos, dominicos, agustinos y mercenarios) y de la Audiencia. En su jurisdicción está la ciudad de Nuestra Señora de la Paz, de Chucuito, de Oropesa y de Potosí. En la provincia de Tucumán se halla la ciudad de Santiago del Estero, antes del Barco, y en ella está la catedral y el gobierno; además se encuentran las ciudades de San Miguel de Tucumán y de Santa María de Talavera.

En la provincia de Chile hay once pueblos de españoles con un gobernador bajo las órdenes del virrey y Audiencia del Perú. La ciudad de Santiago, en otro tiempo la primera población de Chile, es residencia de la catedral y de tres conventos (franciscanos, dominicos y mercenarios); también la ciudad de la Serena y otras poblaciones.

Merecen especial mención las siete poblaciones siguientes: la ciudad de la Concepción, residencia del gobernador y de tres conventos (franciscanos, dominicos y mercenarios); la ciudad de los Confines o de Villanueva de los Infantes, con dos conventos (de franciscanos y dominicos); la ciudad Imperial, residencia de la catedral y de dos conventos (franciscanos y mercenarios); la ciudad de Villarrica, con dos conventos (franciscanos y mercenarios); la ciudad de Valdivia, con tres conventos (franciscanos, dominicos y mercenarios); la ciudad de Osorno, con dos conventos de frailes (franciscanos y dominicos) y otro de monjas; y la ciudad de Castro, con un convento de franciscanos.

Llámanse provincias o tierras del Estrecho de Magallanes las que hay desde la costa de Chile hasta dicho Estrecho; las cuales, aunque habitadas por indios, no se han pacificado ni constituyen población.

Las provincias del Río de la Plata constituyen un gobierno subordinado al virrey del Perú y tienen un obispado. En la ciudad de la Asunción, fundada junto al río Paraguay, reside el gobernador y el obispo (sufragáneo del Arzobispado de los Reyes). Buenos Aires es un pueblo que antiguamente se despobló cerca de donde ahora se ha vuelto a poblar; hállase en la provincia que llaman los Morocotes y en la ribera derecha del Río de la Plata.

Las provincias y tierra del Brasil se hallan divididas en nueve gobiernos que llaman Capitanías, y en ellas 17 pueblos de portugueses situados en la costa.

SUELDOS ANUALES DE LOS MINISTROS PRINCIPALES Y SUBALTERNOS DE TODAS LAS AUDIENCIAS DE AMÉRICA DESDE 1.º DE JULIO DE 1776.

Audiencia de México.

El Virrey, Presidente, Gobernador y Capitán General, sesenta mil pesos. 60.000

El Regente, nueve mil pesos. 9.000

Diez Oidores, cinco Alcaldes del crimen y dos Fiscales, a cuatro mil y quinientos pesos cada uno. 76.500

Cuatro Relatores de lo civil y dos del crimen, a setecientos pesos cada uno. 4.200

Dos agentes Fiscales de lo civil y criminal, a ochocientos pesos cada uno. 1.600 ------- 150.300

Audiencia de Guadalajara.

El Regente con las facultades y funciones de la Presidencia, seis mil y seiscientos pesos. 6.600

Cinco Oidores y dos Fiscales de lo civil y criminal, a tres mil y trescientos pesos cada uno. 23.100

El Alguacil mayor, dos mil setecientos y cincuenta pesos. 2.750

Dos Relatores y dos agentes fiscales de lo civil y criminal, a quinientos pesos cada uno. 2.000 ------- 34.450

Audiencia de Guatemala.

El Presidente Gobernador y Capitán general, diez mil pesos. 10.000

El Regente, seis mil y seiscientos pesos. 6.600

Cinco Oidores y dos Fiscales de lo civil y criminal, á tres mil y trescientos pesos cada uno. 23.100

Dos Relatores y dos agentes Fiscales de lo civil y criminal, á quinientos pesos cada uno. 2.000 ------- 41.700

Audiencia de Santo Domingo.

El Presidente Gobernador y Capitán general de la Isla Española, ocho mil pesos. 8.000

El Regente, seis mil y seiscientos pesos. 6.600

Cinco Oidores y dos Fiscales de lo civil y criminal, á tres mil y trescientos pesos cada uno. 23.100

Dos Relatores y dos agentes Fiscales de lo civil y criminal, á quinientos pesos cada uno. 2.000 ------- 39.700

Audiencia de Lima.

El Virrey, Presidente Gobernador y Capitán general, sesenta mil y quinientos pesos. 60.500

El Regente, nueve mil setecientos veinte pesos. 9.700

Diez Oidores, cinco Alcaldes del crimen y dos Fiscales de lo civil y criminal, á cinco mil pesos cada uno. 85.000

Dos agentes Fiscales y cinco Relatores de lo civil y criminal á mil y ochenta pesos cada uno. 7.560 ------- 163.060

Audiencia de Charcas.

El Presidente, diez mil pesos. 10.000

El Regente, nueve mil setecientos y veinte pesos. 9.720

Cinco Oidores y dos Fiscales de lo civil y criminal, quatro mil ochocientos sesenta pesos cada uno. 34.020

El Alguacil mayor, tres mil doscientos quarenta pesos. 3.240

Dos Relatores y dos agentes Fiscales de lo civil y criminal, á ochocientos pesos cada uno. 3.200 ------- 60.180

Audiencia de Chile.

El Presidente Gobernador y Capitán general de aquel Reino, diez mil pesos. 10.000

El Regente, nueve mil setecientos veinte pesos. 9.720

Cinco Oidores y dos Fiscales de lo civil y criminal, á quatro mil ochocientos sesenta pesos cada uno. 34.020

El Alguacil mayor, quatro mil ochocientos sesenta pesos. 4.860

Dos Relatores y dos agentes Fiscales de lo civil y criminal, ochocientos pesos cada uno. 3.200 ------- 61.800

Audiencia de Santa Fee.

El Virrey, Presidente Gobernador y Capitán general, quarenta mil pesos. 40.000

El Regente, seis mil y seiscientos pesos. 6.600

Cinco Oidores y dos Fiscales de lo civil y criminal, á tres mil y trescientos pesos cada uno. 23.100

El Alguacil mayor, dos mil pesos. 2.000

Dos Relatores y dos agentes Fiscales de lo civil y criminal, á quinientos pesos cada uno. 2.000 ------- 73.700

Audiencia de Quito.

El Regente con la presidencia unida á su empleo, seis mil y seiscientos pesos. 6.600

Cinco Oidores y dos Fiscales de lo civil y criminal, á tres mil y trescientos pesos cada uno. 23.100

Dos Relatores y dos agentes Fiscales de lo civil y criminal á quinientos pesos cada uno. 2.000 ------- 31.700

M

Arzobispos de México desde la conquista hasta 1811.

D. Fray Juan de Zumárraga (1527-1548). " Fray Alonso de Montufar (1551-1569). " Pedro de Moya y Contreras (1573-1591). " Alonso Fernández de Bonilla (1592). " Fray García de Santa María Mendoza (1600-1606). " Fray García Guerra (1607-1612). " Juan Pérez de la Serna (1613-1626) " Francisco Manso y Zúñiga (1629-1637). " Francisco Verdugo (1639). " Feliciano de la Vega (1639-1640). " Juan de Palafox y Mendoza (1642-1643). " Juan de Mañosca (1643-1653). " Marcelo López de Azcona (1653 1654). " Mateo Saga de Bugueiro (1655-1662). " Diego Osorio Escobar y Llamas (1663-1664). " Alonso de Cuevas y Dávalos (1664-1665). " Fray Marcos Martínez de Prado (1666-1667). " Fray Payo Enríquez de Rivera (1668-1681). " Manuel Fernández de Santa Cruz (1681). " Francisco Aguiar y Seijas (1682-1698). " Juan de Ortega Montañez (1700-1708). " Fray José Lanciego y Eguiluz (1713-1728). " Manuel José de Endaya y Haro (1728). " Juan Antonio Lardizabal Elorza (1729). " Juan Antonio de Vizarrón Eguiarreta (1730-1747). " Manuel Rubio Salinas (1749-1765). " Francisco Antonio Lorenzana (1766-1771). " Alfonso Núñez de Haro Peralta (1771-1800). " Francisco Javier de Lizana Beaumont (1802-1811)[895].

[895] Documentos para la Hist. de Bolívar, ordenados por José F. Blanco, tomo II, págs. 598 y 599.

Obispos de Yucatán desde la conquista hasta fines del siglo XVIII.

D. Fr. Juan de San Francisco. " Fr. Juan de la Puerta (1552). " Fr. Francisco de Toral (1562-1571). " Fr. Diego de Landa (1572-1579). " Fr. Gregorio Montalvo (1580-1587). " Fr. Juan Izquierdo (1587-1602). " Diego Vázquez Mercado (1603-1608). " Fr. Gonzalo de Salazar (1608-1636). " Juan Alonso de Ocón (1638-1642). " Andrés Fernández de Ipenza (1643). " Marcos de Torres y Rueda (1646-1649). " Fr. Domingo de Villa-Escusa Ramírez de Arellano (1651-1652) " Lorenzo de Orta. " Fr. Luis de Cifuentes y Sotomayor (1657-1676). " Juan de Escalante Turcios y Mendoza (1676-1681). " Juan Cano Sandoval (1689-1695). " Fr. Antonio de Arriaga y Agüero (1696-1698). " Fr. Pedro de los Reyes Ríos de la Madrid (1700-1714). " Juan Gómez de Parada (1715-1728). " Juan Ignacio de Castorena y Ursúa (1729-1733). " Francisco Pablo Matos Coronado (1734-1741). " Fray Mateo de Zamora y Penagos (1741-1744). " Fr. Francisco de San Buenaventura Tejada Díez de Velasco (1746-1751). " Juan José de Eguiara y Eguren (1751). " Fray Ignacio Padilla y Estrada (1752-1760). " Fr. Antonio Alcalde (1761-1773). " Diego Peredo. " Fr. Juan Manuel de Vargas Rivera (1774). " Antonio Caballero y Góngora. " Fr. Luis de Piña y Mazo (1777)[896].

[896] Documentos para la Hist. de Bolívar, ordenados por José F. Blanco, tomo II, págs. 599-604.

Arzobispos que hubo en Lima hasta la penúltima década del siglo XVIII.

D. Diego Gómez de la Madrid, presentado para Obispo de Lima en 1538. " Fray Jerónimo de Loaiza, promovido para Obispo de Lima en 1540 y para Arzobispo de dicha población en 1545 hasta 1575. " San Toribio Alfonso Mogrovejo (1578-1606). " Bartolomé Lobo Guerrero (1609-1622). " Gonzalo de Ocampo (1623-1626). " Fernando Arias de Ugarte (1630-1638). " Fr. Fernando de Vera (1638). " Pedro de Villagómez (1640-1671). " Fr. Juan de Almoguera (1674-1676). " Melchor de Liñán y Cisneros (1678-1708). " Francisco de Levanto. " Antonio de Zuloaga (1714-1722). Fr. Diego Morcillo Rubio de Auñón (1724-1730). " Francisco Antonio de Escandón (1732-1739). " José Antonio Gutiérrez de Ceballos (1742-1745). " Agustín Rodríguez Delgado (1746). " Pedro Antonio Barroeta y Angel (1748-1758). " Diego del Corro (1759-1761). " Diego Antonio de Parada (1762-1779). " Juan Domingo González de la Reguera (1781)[897].

[897] Documentos para la Hist. de Bolívar, ordenados por José F. Blanco, tomo I, págs. 481-483.

OBISPOS Y ARZOBISPOS DE GUATEMALA.--OBISPOS DESDE 1534 HASTA 1743. ARZOBISPOS DESDE 1743 HASTA 1844.

Obispos.

D. Francisco Marroquín. " Bernardino Villalpando. " Gómez Fernández de Córdova. " Fr. Juan Ramírez de Arellano. " Fr. Juan Cabezas Altamirano. " Fr. Juan Zapata y Sandoval. " Agustín Ugarte y Sarabia. " Bartolomé Gómez Soltero. " Fr. Payo Henríquez de Ribera. " Juan de Santo Matía Saenz Mañozca y Murillo. " Juan de Ortega y Montañez. " Fr. Andrés de las Navas y Quevedo. " Fr. Mauro de Larreategui y Colón. " Fr. Juan Bautista Alvarez de Toledo. " Nicolás Carlos Gómez de Cervantes. " Juan Gómez de Parada. " Fr. Pedro Pardo de Figueroa.

Arzobispos.

D. Fr. Pedro Pardo de Figueroa. " Francisco José Figueredo y Victoria. " Pedro Cortés y Larraz. " Cayetano Francos y Monrroy[898]. " Juan Félix de Villegas. Sr. Peñalver y Cárdenas. Rafael de la Vara. Fr. Ramón Casaus y Torres (1811-1829). " García Pelaez (desde 1844)[899].

[898] Primer Arzobispo que residió en Nueva Guatemala.

[899] Véase Montufar, Reseña histórica de Centro-América, tomo IV, págs. 428-431.

Obispos de Honduras desde el año 1539 al 1810.

D. Cristóbal de Pedraza. " Fr. Jerónimo de Corella. " Fr. Alonso de la Cerda. " Fr. Gaspar de Andrada. " Fr. Alonso Galdo. " Fr. Luis de Cañizares. " Juan Merlo de la Fuente. " Fr. Alonso de Vargas. " Martín de Espinosa. " Fr. Juan Pérez. " Fr. Fernando de Guadalupe López Portillo. " Fr. Francisco Molina. " Diego Rodríguez de Rivas. " Isidoro Rodríguez. " Antonio de Macarulla. " Francisco José Palencia. " Fr. Antonio de San Miguel. " Fr. Fernando de Cadiñanos. " Fr. Vicente Navas. " Manuel Julián Rodríguez[900].

[900] Véase Montufar, Reseña histórica de Centro-América, tomo IV, pág. 217.

Obispos que tuvo Quito desde el primero hasta la penúltima década del siglo XVIII.

D. Garci Díaz Arias (1545-1562). " Pedro de la Peña (1563-1588). " Fr. Antonio de S. Miguel y Solier (1590-1591). " Fr. Luis López de Solís (1593-1600). " Fr. Salvador de Ribera (1607-1612). " Fernando Arias de Ugarte (1613-1616). " Fr. Alonso de Santillana (1618-1620). " Fr. Francisco de Sotomayor (1623-1628). " Pedro de Oviedo. " Agustín de Ugarte y Sarabia (1646-1650). " Alonso de la Peña Montenegro (1652-1688). " Sancho de Andrade y Figueroa (1688-1702). Diego Ladrón de Guevara (1702-1710). " Luis Francisco Romero (1722-1726). " Juan Gómez de Frías (1726-1729). " Juan de Escandón (1732). " Andrés de Paredes Polanco y Armendáriz (1734). " Juan Nieto Polo del Aguila (1749-1759). " Pedro Ponce y Carrasco (1762-1776). " Blas Sobrino y Minayo (1776). " José Pérez Calama (1788)[901].

[901] Documentos para la Hist. de Bolívar, ordenados por José F. Blanco, tomo I, págs. 485-487.

Obispos que tuvo Panamá desde la fundación de su Sede Episcopal hasta 1901.

D. Fr. Vicente Pedraza (15 Septiembre 1521). " Fr. Martín de Béjar, sustituto del anterior. " Fr. Tomás de Berlanga (1533). " Fr. Pablo Torres (obispo en 1550). " Fr. Juan de Vaca (obispo en 1563). " Fr. Francisco Abrego (1569-1574). " Fr. Manuel de Mercado Aldrete (1577-1580). " Maestro Bartolomé Ledesma (1580-1587). " Fr. Bartolomé Martínez Menacho (1588-1593). " Antonio Calderón (1599-1608). " Fr. Agustín de Carvajal (1608-1611). " Sancho Pardo de Figueroa (tomó posesión en 1663). " Antonio de León, obispo desde 1671. " Lucas Fernández de Piedrahita, desde 1676. " Diego Ladrón de Guevara (1689-1698). " Fr. Juan de Argüelles. " Fr. Manuel de Mimbela, obispo desde 1714. " Fr. Juan José de Llamas y Rivas, obispo desde 1716. " Fray Pedro Morcillo Rubio y Auñón, obispo en 1741. " Juan de Castañeda. " Francisco J. de Luna Victoria, obispo desde el 15 de agosto de 1751. " Miguel Moreno y Ollo, nombrado obispo en 1763, y tomó posesión el 20 de enero de 1764. " Manuel Joaquín González de Acuña, obispo en 1796. " Fr. Higinio Durán y Martel, electo en Madrid el 9 de enero de 1817, y tomó posesión en agosto del mismo año, falleciendo en 1823. " Manuel Vázquez Gallo, no aceptó el obispado en 1828. " Juan José Cabarcas, nombrado en 1835. " Francisco del Rosario Manfredo y Balletas (1847-1850). " Fr. Eduardo Vázquez, obispo desde 1856. " Ignacio Antonio Parra, obispo desde 1871. " José Telesforo Paúl, obispo desde 1875. " José Alejandro Peralta, sucesor de Paúl, tomó posesión el 29 de enero de 1887. " Javier Junquito, tomó posesión en agosto de 1901.

_Número de obispos en Guatemala, San Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica._

Guatemala, desde que gobernó la diócesis D. Francisco Marroquín hasta D. Bernardo Piñol, ha tenido 17 obispos y 10 arzobispos.

San Salvador, desde la formación de la diócesis y el gobierno de ella por D. Jorge Viteri, hasta hoy, han existido tres obispos.

Honduras, desde que en el año 1539 comenzó a gobernar la diócesis don Cristóbal de Pedraza, hasta 1878, en que la dirigía Fray Juan de Jesús Cepeda, se cuentan 24 obispos.

Nicaragua, desde el año 1532, en que gobernó la diócesis D. Diego Alvarez Osorio, hasta hoy, que la rige D. Manuel Ulloa, se cuentan 36 obispos.

Costa Rica, desde la formación de la diócesis y el gobierno de ella por D. Anselmo Llorente, hasta el presente, ha habido dos obispos.

Catálogo de los Obispos de la diócesis de Puerto Rico hasta mediados del siglo XIX.

D. Alonso Manso, murió el 27 de noviembre de 1538. " Fr. Manuel de Mercado. " Rodrigo de Bastidas, obispo primero de Venezuela, y desde 1542 de Puerto Rico. " Fr. Diego de Salamanca. " Fr. Nicolás de Ramos. " Antonio Calderón. " Fr. Martín Vázquez. Comenzó su obispado por los años 1600 y murió en 1609. " Fr. Alonso Monroy. No llegó a tomar posesión. " Fr. Francisco Cabrera (1610-1613). " Fr. Pedro Solier (1615-1617). " Bernardo de Balbuena (1623-1627)[902]. " Juan López Agurto de la Mata. " Fr. Juan Alonso de Solís. Murió el 19 de abril 1641. " Fr. Damián López de Haro. Entró en Puerto Rico el 1644. " Fernando Lobo del Castillo (1650-1651). " Francisco Naranjo (1652-1655). " Francisco Arnaldo de Isasi (1659-1661). " Manuel Molinero. Electo en 1663. " Fr. Benito de Rivas (1664-1668). " Fr. Bartolomé García de Escañuela. Tomó posesión por poder en 25 de abril de 1671, y fué promovido al obispado de Durango en 1675. " Marcos Arista de Sobremonte (1679-1681). " Fr. Francisco Padilla. Tomó posesión en 23 de junio de 1684, pasando al obispado de Santa Cruz de la Sierra el 1695. " Fr. Bartolomé García, electo. " Fr. Jerónimo Valdés, electo. " Urbano López, electo. " Fr. Pedro de la Concepción Urtiaga y Salazar, tomó posesión el 19 de mayo de 1706. " Raimundo Caballero, electo. " Fr. Fernando Valdivia y Mendoza (1719-1725). " Sebastián Lorenzo Pizarro (1728-1736). " Francisco Pérez Lozano (1738-1741). " Francisco Bejar. Tomó posesión en 1745. " José Martínez, electo. " Francisco Julián de Antolino. Entró en Puerto Rico el 18 de diciembre de 1749. " Pedro Martínez de Oneca (1756-1760). " Mariano Martí, obispo desde 1762, pasando luego a Caracas. " Fr. Manuel Giménez Pérez, electo en 1770 y tomó posesión en 1772. " Felipe José de Trespalacios, electo en 1784, tomó posesión en 1785 y pasó aCuba en 1789, muriendo obispo de la Habana en 1800. " Francisco de la Cuerda (1790-1795). " Fr. Juan Bautista de Zengotita y Bengoa, electo en 1795, tomó posesión en 1796 y murió en 1802. " Juan Alejo de Arizmendi y de la Torre (1803-1814). " Mariano Rodríguez de Olmedo y Valle (1817-1820); luego arzobispo de Cuba. " Pedro Gutiérrez de Cos (1826-1833). " Fr. Francisco de la Puente. Pasó a la península y fué trasladado á la silla deSegovia. " Gil Esteve y Tomás (1849-1853). " Fr. Pablo Benigno Carrión (1858)[903].

[902] El obispo Balbuena es autor de la Grandeza Mexicana, del Bernardo y del Siglo de Oro.

[903] Véase Abad y Lassierra, Ob. cit., págs. 498-502.

Arzobispos que tuvo Santa Fe de Bogotá desde el primero hasta fines del año de 1809.

D. Fr. Martín de Calatayud, (obispo). " Fr. Juan de los Barrios, (obispo). " Luis Zapata de Cárdenas, primer arzobispo (1573-1590). " Alonso López de Ayala (1591). " Bartolomé Martínez Menacho (1593-1594). " Fr. Andrés Caro. " Bartolomé Lobo Guerrero (1599-1608). " Juan de Castro. " Pedro Ordóñez Flores (1613-1625). " Julián de Cortazar (1627-1630). " Bernardino de Almansa (1630-1633). " Fr. Cristóbal de Torres (1635-1654). " Diego del Castillo y Artiga (1655). " Fr. Juan de Arquinao (1661). " Antonio Sanz Lozano. " Fr. Ignacio de Urbina. " Francisco Cosío y Otero (1703). " Francisco del Rincón (1716). " Antonio Claudio Alvarez de Quiñones (1724). " Fr. Juan Galavis (1737). " Fr. Fermín de Guevara (1740-1744). " Pedro Azua Iturgoyen Peruano (1745-1753). " Francisco Javier de Arauz (1754-1764). " Manuel de Sosa y Betancourt (1764). " Francisco Antonio de la Riva Mazo (1766). " Fr. Lucas José Ramírez Galán (1770). " Fr. Agustín Manuel Camacho y Rojas (1771-1774). " Agustín de Alvarado y Castillo (1775-1778). " Antonio Caballero y Góngora (1778-1791). " Baltasar Jaime Martínez y Campañón (1791-1797). " Fr. Fernando de Portillo y Torres (1798-1804). " Juan Bautista Sacristán (1804-1810)[904].

[904] Documentos para la Historia de Bolívar, ordenados por José F. Blanco, tomo I, págs. 490-493.--También tomo II, pág. 337 y 338.

Obispos y Arzobispos de Caracas y Venezuela desde su comienzo hasta fines del año 1816.

D. Rodrigo Bastidas (1531-1542). " Miguel Jerónimo Ballesteros (1543-1558). " Bartolomé (se ignora el apellido). " Fr. Pedro de Agreda (1561-1583). " Fr. Juan Martínez Manzanillo (1583-1591). " Fr. Pedro Martín Palomino (1595-1596). " Fr. Domingo de Salinas (1597-1600). " Fr. Pedro Martín Palomino (1601). Fr. Pedro de Oña (1601-1604). " Fr. Antonio de Alcega (1604-1610). " Fr. Juan de Bohorques (1610-1618). " Fr. Gonzalo de Angulo (1619-1633). " Juan López Aburto de la Mata (1635-1637). " Fr. Mauro de Tovar (1639-1661). " Fr. Alonso Briceño (1661-1668). " Fr. Antonio González de Acuña (1670-1682). " Diego de Baños Sotomayor (1682-1706). " Fr. Francisco del Rincón (1712-1717). " Juan José de Escalona y Calatayud (1717-1729). " José Félix Valverde (1731-1740). " Juan García Abadiano (1742-1747). " Manuel Jiménez Bretón (no tomó posesión). " Manuel Machado y Luna (1749-1752). " Francisco Julián de Antolino (1752-1755). " Miguel Argüelles (1756). " Diego Antonio Díez Madroñero (1756-1769). " Mariano Martí (1769-1792). " Fr. Juan Antonio de la Vírgen María Viana (1792-1799). " Francisco de Ibarra (1800-1806). " Narciso Coll y Prat (1807-1816)[905] " Ramón Ignacio Méndez (1828-1836). " Ignacio Fernández Peña (m. el 1849). " José Antonio Pérez de Velasco. " Silvestre de Guevara y Lira[906].

[905] Doc. para la hist. de Bolívar, ordenados por José F Blanco, tomo I, págs. 498-502.--También tomo I, pág. 338.

[906] Ibidem, tomo III, págs. 594-599.

Obispos del Paraguay desde 1547 hasta 1779.

D. Fr. Juan de los Barrios y Toledo (1547-1550). " Fr. Tomás de la Torre (1552-1555). " Fr. Fermín González (1559). " Fr. Juan del Campo (1575). " Fr. Alonso Guerra (1575). " Fr. Juan de Almaraz (1591-1592). " Tomás Vázquez del Caño (1596). " Fr. Baltasar de Covarrubias (1601). " Fr. Martín Ignacio de Loyola (1601-1607). " Fr. Reginaldo de Lizárraga (1607). " Lorenzo de Grado (1607-1608). " Fr. Tomás de Torres (1619-1625). " Fr. Agustín de Vega (1625). " Fr. Cristóbal de Aresti (1626-1635). " Fr. Francisco de la Serna (1635-1640). " Fr. Bernardino de Cárdenas (1640-1647). " Fr. Gabriel de Guillistegui (1666-1571). " Fernando de Balcázar (1672). " Fr. Faustino de las Casas (1672-1683). " Fr. Sebastián de Pastrana. " Juan Durana (electo) y " José de Palos (coadjutor) (1724-1738). " Fr. José Cayetano Palavicini (1739-1748). " Fernando Pérez de Oblitas (1748-1756). " Manuel de la Torre (1756-1763). " Manuel López de Espinosa (1763-1772). " Juan José Priego (1772-1779). " Fr. Luis de Velasco (1779)[907].

[907] Doc. para la hist. de Bolívar, tom. II, págs. 448-450.

Obispos que hubo en Buenos Aires desde 1627 hasta 1785.

D. Fr. Pedro Carranza (1627-1632). " Fr. Cristóbal de Aresti (1635-1640). " Fr. Cristóbal de la Mancha y Velasco (1641-1658). " Antonio de Azcona Imberto (1660-1681). " Fr. Juan Bautista Sicardo (1704-1708). " Fr. Pedro Fajardo (1708-1730). " Juan de Arregui (1731-1734). " Fr. José de Peralta (1740-1746). " Cayetano Pacheco de Cárdenas (1748). " Cayetano Marceliano Agramont (1747-1758). " José Antonio Basurto Herrera (1758-1762). " Manuel de la Torre (1763-1778). " Fr. Sebastián Malbar (1779-1784). " Manuel Azamor (1785)[908].

[908] Documentos para la Hist. de Bolívar por D. José F. Blanco, tomo II, págs. 444 y 445.

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